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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 04:50:16 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La Regenta + +Author: Leopoldo Alas + +Release Date: November 16, 2005 [EBook #17073] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + +La Regenta + +por + +Leopoldo Alas «Clarín» + +Librería de Fernando Fé, Madrid + +1900. + + + + +Prólogo + + +Creo que fue Wieland quien dijo _que los pensamientos de los hombres +valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género +humano_. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador. +Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al +otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos +más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano el hábito de pasar +fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen +de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo. +También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano +recreándonos en ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas +que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo +es más intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar +siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de +lo que llamaremos creación, por no tener mejor nombre que darle. + +Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una +labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas en vez de +amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo +se intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades +vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es +buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la +admiración, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u +oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiración del arte, y el +que no admira corre el peligro de morir de asfixia. + +El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo, +con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la +crítica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno, +guardándonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y +tonterías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los +órdenes, que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de +creernos un pueblo de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta +crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negación de +las cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un estado de +temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo +de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por +padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y +que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos +agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son +ilusorios, no sería malo suspender la crítica negativa, dedicándonos +todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al enfermo, +diciéndole: «Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia proviene del +sedentarismo. Levántate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la +engaña, sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea errónea de que +para nada sirves ya, y de que vives muriendo». Convendría, pues, que los +censores disciplentes se callarán por algún tiempo, dejando que alzasen +la voz los que repartan el oxígeno, la alegría, la admiración, los que +alientan todo esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz, +todo acierto artístico, o de cualquier orden que sea. + +Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación +especialísima de la raza española, las aplico a las cosas literarias, +pues en este terreno estamos más necesitados que en otro alguno de +prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que +muchas veces no he cogido el aparato de aereación (a que impropiamente +hemos venido dando el nombre de _incensario_) por tener las manos +aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la +primera ocasión de descanso, que felizmente coincide con una dichosa +oportunidad, la publicación de este libro, salgo con mis alabanzas, +gozoso de dárselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los más +señalados en mis preferencias. Así, cuando el editor de _La Regenta_ me +propuso escribir este prólogo, no esperé a que me lo dijera dos veces, +creyéndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en +letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me +cautivó, creía y creo deber mío celebrarla y enaltecerla como se merece, +en esta tercera salida, a la que seguirán otras, sin duda, que la lleven +a los extremos de la popularidad. + +Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la +estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su +asunto, no se concreten a los días más o menos largos de su aparición. +Por desgracia nuestra, para que la obra poética o narrativa alcance una +longevidad siquiera decorosa no basta que en sí tenga condiciones de +salud y robustez; se necesita que a su buena complexión se una la +perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en +obscuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten, +arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un +público, no tan malo por escaso como por distraído. El público responde +siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y +tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan, +pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los plantones +_aguardando el paso del público_, si la Prensa diera calor y verdadera +vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a +conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a +los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente +estado social y político la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y +de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados +mejores no le infundan la devoción del Arte. Debemos, pues, resignarnos +al plantón, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos +incómoda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las +muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasará; no dudemos que +pasará: todo es cuestión de paciencia. En los tiempos que corren, esa +preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artística; sin +ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida +miserable después de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes, +sufridos, tenaces en la esperanza, benévolos con nuestro tiempo y con la +sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos +como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorarán por virtud de +nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su +propio seno. Y como esto del público y sus perezas o estímulos, aunque +pertinente al asunto de este prólogo, no es la principal materia de él, +basta con lo dicho, y entremos en _La Regenta_, donde hay mucho que +admirar, encanto de la imaginación por una parte, por otra recreo del +pensamiento. + +Escribió Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andábamos en aquella +procesión del _Naturalismo_, marchando hacia el templo del arte con +menos pompa retórica de la que antes se usaba, abandonadas las +vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos +comunes de la vida. A muchos imponía miedo el tal Naturalismo, +creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su +mano veían un gran plumero con el cual se proponía limpiar el techo de +ideales, que a los ojos de él eran como telarañas, y una escoba, con la +cual había de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el +lenguaje decente. Creían que el Naturalismo substituía el Diccionario +usual por otro formado con la recopilación prolija de cuanto dicen en +sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos +más desvergonzados. Las personas crédulas y sencillas no ganan para +sustos en los días en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de +una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era +peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del +Naturalismo lo teníamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y +modernos conocían ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a +la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas, +caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan sólo novedad la +exaltación del principio, y un cierto desprecio de los resortes +imaginativos y de la psicología espaciada y ensoñadora. + +Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los españoles en +el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con +toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseñanza los noveladores +ingleses y franceses. Nuestros contemporáneos ciertamente no lo habían +olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista, +que no significaba más que la repatriación de una vieja idea; en los +días mismos de esta repatriación tan trompeteada, la pintura fiel de la +vida era practicada en España por Pereda y otros, y lo había sido antes +por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del +Naturalismo que acá volvía como una corriente circular parecida al _gulf +stream_, traía más calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la +corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un +humorismo que era quizás la forma más genial de nuestra raza. Al volver +a casa la onda, venía radicalmente desfigurada: en el paso por Albión +habíanle arrebatado la socarronería española, que fácilmente +convirtieron en _humour_ inglés las manos hábiles de Fielding, Dickens y +Thackeray, y despojado de aquella característica elemental, el +naturalismo cambió de fisonomía en manos francesas: lo que perdió en +gracia y donosura, lo ganó en fuerza analítica y en extensión, +aplicándose a estados psicológicos que no encajan fácilmente en la forma +picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos +del símil comercial) la mercancía que habíamos exportado, y casi +desconocíamos la sangre nuestra y el aliento del alma española que aquel +ser literario conservaba después de las alteraciones ocasionadas por sus +viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos +imponía una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra; +aceptámosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolviéndole lo que +le habían quitado, el humorismo, y empleando este en las formas +narrativa y descriptiva conforme a la tradición cervantesca. + +Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no podía tener en +Francia el eco que aquí tuvo la interpretación seca y descarnada de las +purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley +en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que +aquí damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de +esta pobre casa. Pero al fin, consolémonos de nuestro aislamiento en el +rincón occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la +naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo cómico responde +mejor que el francés a la verdad humana; que las crudezas descriptivas +pierden toda repugnancia bajo la máscara burlesca empleada por Quevedo, +y que los profundos estudios psicológicos pueden llegar a la mayor +perfección con los granos de sal española que escritores como D. Juan +Valera saben poner hasta en las más hondas disertaciones sobre cosa +mística y ascética. + +Para corroborar lo dicho, ningún ejemplo mejor que _La Regenta_, muestra +feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su +origen, empresa para _Clarín_ muy fácil y que hubo de realizar sin +sentirlo, dejándose llevar de los impulsos primordiales de su grande +ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opinión +literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admitió +estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena +de su graciosa picardía. Picaresca es en cierto modo _La Regenta_, lo +que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la +descripción acertada de los más graves estados del alma humana. Y al +propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas +juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión +equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero +en el arte seduce y enamora más cuando entre sus distintas vestiduras +poéticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la +que mejor cortan españolas tijeras, la que tiene por riquísima tela +nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de +los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que +_Clarín_ ha derramado en las páginas de _La Regenta_ da fe la tenacidad +con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo +camino desde el primero al último capítulo. De mí sé decir que pocas +obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y +la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las +dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por +delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o +reencarnación de los propios personajes. + +Desarróllase la acción de _La Regenta_ en la ciudad que bien podríamos +llamar patria de su autor, aunque no nació en ella, pues en _Vetusta_ +tiene _Clarín_ sus raíces atávicas y en _Vetusta_ moran todos sus +afectos, así los que están sepultados como los que risueños y alegres +viven, brindando esperanzas; en _Vetusta_ ha transcurrido la mayor parte +de su existencia; allí se inició su vocación literaria; en aquella +soledad melancólica y apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas +literarias y filosóficas: allí estuvieron sus maestros, allí están sus +discípulos. Más que ciudad, es para él _Vetusta_ una casa con calles, y +el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de +clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien +el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista encarcelado durante +los años en que las impresiones son más vivas, ni un sedentario la +estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los años maduros. +Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de +pasiones o chismes, figures graves o ridículas pasan de la realidad a +las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente +del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra +sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transeúntes que +andan por la _Encimada_, o al pie de la gallardísima torre de la Iglesia +Mayor. + +Comienza _Clarín_ su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de +verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida de casino +provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico de viejos +recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros +de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, llenan estas +admirables páginas, en las cuales el narrador hace gala de una +observación profunda y de los atrevimientos más felices. En medio del +grupo presenta _Clarín_ la figura culminante de su obra: el Magistral +don Fermín de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el +lado de sus méritos físicos, como por el de sus flaquezas morales, que +no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera +proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre +llaman _Glocester_, el Arcipreste don Cayetano Ripamilán, el beneficiado +D. Custodio, y el propio Obispo de la diócesis, orador ardiente y +asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermúdez, +al modo de transición zoológica (con perdón) entre el reino clerical y +el laico, ser híbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez +embarazosa parece inocencia: tras él vienen las mundanas, descollando +entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, tipo feliz de la +beatería bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias, +descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso. +La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy +restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y +desplieguen sus dotes de seducción en el terreno eclesiástico, toleradas +por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde +viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso +admitir en ellos para hacer bulto _lo peor de cada casa_. + +Por fin vemos a doña Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa +del ex-regente de la Audiencia D. Víctor Quintanar. Es dama de alto +linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla, +soñadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado +en los años críticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con +esto se completa la pintura, en la cual pone _Clarín_ todo su arte, su +observación más perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y +revueltas del alma humana. Doña Ana Ozores tiene horror al vacío, cosa +muy lógica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza, +y este vacío que siente crecer en su alma la lleva a un estado +espiritual de inmenso peligro, manifestándose en ella una lucha +tenebrosa con los obstáculos que le ofrecen los hechos sociales, +consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Engañada por la idealidad +mística que no acierta a encerrar en sus verdaderos términos, es víctima +al fin de su propia imaginación, de su sensibilidad no contenida, y se +ve envuelta en horrorosa catástrofe.... Pero no intentaré describir en +pocas palabras la sutil psicología de esta señora, tan interesante como +desgraciada. En ella se personifican los desvaríos a que conduce el +aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el +espíritu de la mujer por medio de una educación fuerte, y la deja +entregada a la ensoñación pietista, tan diferente de la verdadera +piedad, y a los riesgos del frívolo trato elegante, en el cual los +hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz, +estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de +reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron _La Regenta_ cuando se +publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella +conocimiento, y unos y otros verán que nunca ha tenido este libro +atmósfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado +social, repetición de las luchas de antaño, traídas del campo de las +creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las +intenciones escondidas. + +No referiré el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector +verá cómo se desarrolla el proceso psicológico y por qué caminos corre a +su desenlace el problema de doña Ana de Ozores, el cual no es otro que +discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y +estilo de esta perdición constituyen la obra, de un sutil parentesco +simbólico con la historia de nuestra raza. Verá también el lector que +_Clarín_, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por +el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesiástico, pues +tratándose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan, +natural es que sea postergado el que se vistió de sotana para sus +audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la +dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al +interés de los lectores, sólo mencionaré los caracteres, que son el +principal mérito de la obra, y lo que le da condición de duradera. La de +Ozores nos lleva como por la mano a D. Álvaro de Mesía, acabado tipo de +la corrupción que llamamos de buen tono, aristócrata de raza, que sabe +serlo en la capital de una región histórica, como lo sería en Madrid o +en cualquier metrópoli europea; hombre que posee el arte de hacer amable +su conducta viciosa y aun su tiranía caciquil. ¡Con que admirable fineza +de observación ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el +cotorrón guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos +partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder +fácil, sin ningún ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se +compenetran, formando la aleación más eficaz y práctica para grandes +masas de _distinguidos_, que aparentan energía social y sólo son +_materia inerte_ que no sirve para nada. + +De D. Álvaro, fácil es pasar a la gran figura del Magistral D. Fermín de +Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan +el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la +dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y +alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que +atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en +transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el +descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín +de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus +grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad +inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen. +Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por +rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la +humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino +de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor +grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de +los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía, +como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas +un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura +que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha +del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno +levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre, +modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las +páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino +de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz, +son de las más bellas de la obra. + +Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Víctor +Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su +compañero de empresas cinegéticas el graciosísimo _Frígilis_; los +marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las +pizpiretas señoras que componen el femenil rebaño eclesiástico; los +canónigos y sacristanes y el prelado mismo, apóstol ingenuo y orador +fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al +graciosísimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la +total impresión de la vida colectiva, heterogénea, con picantes matices +y espléndida variedad de acentos y fisonomías. Bien quisiera no +concretar el presente artículo al examen de _La Regenta_, extendiéndome +a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero +esto sería trabajo superior a mis cortas facultades de crítico, y además +rebasaría la medida que se me impone para esta limitada prefación. +Escribo tan sólo un juicio formado en los días de la primera salida de +la hermosa novela, y lo que intenté decir entonces, tributando al +compañero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en +esta manifestación tardía el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad. +Pero no entraré en el estudio integral del carácter literario de +_Clarín_, como creador de obras tan bellas en distintos órdenes del arte +y como infatigable luchador en el terreno crítico. Su obra es grande y +rica, y el que esto escribe no acertaría a encerrarla en una clara +síntesis, por mucho empeño que en ello pusiera. Otros lo harán con el +método y serenidad convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al +ilustre hijo de Asturias la consagración solemne, oficial en cierto +modo, de su extraordinario ingenio, consagración que cuanto más tardía +será más justa y necesaria. Como un Armando Palacio, está la literatura +oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparación, +toda España y las regiones de América que son nuestras por la lengua y +la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y valía en +el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo +de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de +inspiración, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo, +diciendo: «No son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril como +afirman los de fuera y más aún los de dentro de casa. Quizás no demos +todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y viéndolas y +admirándolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas, +obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el árbol». + + +B. Pérez Galdós Madrid, enero de 1901. + + + + +Tomo I + + + + + +--I-- + + +La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, +empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el +Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los +remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en +arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y +persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire +envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas +migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, +parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, +dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales +temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado +a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla +que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un +escaparate, agarrada a un plomo. + +Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la +digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre +sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que +retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La +torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de +dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, +aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por +un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares +exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando +horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una +de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, +amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era +maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos +corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose +desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y +proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en +la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el +aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se +mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra +más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos. + +Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre +con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en +las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la +inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme +botella de champaña.--Mejor era contemplarla en clara noche de luna, +resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su +aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que +velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies. + +Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los +de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al +badajo formidable de la _Wamba_, la gran campana que llamaba a coro a +los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades +y privilegios. + +Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era _de la tralla_, +según en Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus aficiones le +llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio, hombre de +iglesia, acólito en funciones de campanero, aunque tampoco en propiedad, +el ilustre diplomático _de la tralla_ disfrutaba algunos días la honra +de despertar al venerando cabildo de su beatífica siesta, convocándole a +los rezos y cánticos de su peculiar incumbencia. + +El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el +badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando +_posaba_ para la hora del coro--así se decía--Bismarck sentía en sí algo +de la dignidad y la responsabilidad de un reloj. + +Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba +asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el +colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas sobre +algún raro transeúnte que le parecía del tamaño y de la importancia de +un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y +les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas. + +--¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!--dijo el monaguillo, +casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a +la calle apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle. + +--¡Qué ha de poder!--respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a +Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva +fuerza las llaves para subir a tocar las _oraciones_--. Tú pués más que +toos los delanteros, menos yo. + +--Porque tú echas la zancadilla, mainate, y eres más grande.... Mia, +chico, ¿quiés que l'atice al señor Magistral que entra ahora? + +--¿Le conoces tú desde ahí? + +--Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No +ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se +me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el beneficiao a don Pedro el +campanero el otro día: «Ese don Fermín tié más orgullo que don Rodrigo +en la horca», y don Pedro se reía; y verás, el otro dijo después, cuando +ya había pasao don Fermín: «¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te +conoce el colorete!». ¿Qué te paece, chico? Se pinta la cara. + +Bismarck negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía envidia. Si +Bismarck fuera canónigo y _dinidad_ (creía que lo era el Magistral) en +vez de ser delantero, con un mote _sacao_ de las cajas de cerillas, se +daría más tono que un zagal. Pues, claro. Y si fuese campanero, el de +verdad, vamos don Pedro... ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con +el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo. + +--Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que +en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la +gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene; y si no, +ahí está el Papa, que es... no sé cómo dijo... así... una cosa como... +el criao de toos los criaos. + +--Eso será de boquirris--replicó Bismarck--. ¡Mia tú el Papa, que manda +más que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en +su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro +de _carcas_ (curas según Bismarck), y lo cual que le iban espantando las +moscas con un paraguas, que parecía cosa del teatro... hombre... ¡si +sabré yo! + +Se acaloró el debate. Celedonio defendía las costumbres de la Iglesia +primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto. +Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión. El de +la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas probables _pa en_ +bajando. Pero una campana que sonó en un tejado de la catedral les llamó +al orden. + +--¡El _Laudes_!--gritó Celedonio--, toca, que avisan. + +Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable +badajo. + +Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía +alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos +leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la +torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra +vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos, +con cien matices. + +Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y +vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos, +robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados +por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos +obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura. +Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas, +esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel +verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la +sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube +invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la +vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra estaba +al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se alejaba el +horizonte, señalado por siluetas de montañas desvanecidas en la niebla +que deslumbraba como polvareda luminosa. Al Norte se adivinaba el mar +detrás del arco perfecto del horizonte, bajo un cielo despejado, que +surcaban como naves, ligeras nubecillas de un dorado pálido. Un jirón de +la más leve parecía la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul +blanquecino. + +Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor +abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de +colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo obscuro de +la tierra constantemente removida y bien regada. + +Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos. +¿Quién era el osado? + +--¿Será Chiripa?--preguntó Celedonio entre airado y temeroso. + +--No; es un _carca_, ¿no oyes el manteo? + +Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor +silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo +apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, Magistral de +aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispo. El delantero +sintió escalofríos. Pensó: + +«¿Vendrá a pegarnos?». + +No había motivo, pero eso no importaba. Él vivía acostumbrado a recibir +bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don +Fermín era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba +Bismarck usando y abusando de la autoridad de repartir cachetes. No +discutía la legitimidad de esta prerrogativa, no hacía más que huir de +los grandes de la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los +polizontes. Se avenía a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si él +hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del Jardín +Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera +hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más que Bismarck, un +delantero, y sabía su oficio, huir de los _mainates_ de Vetusta. + +Pero allí no había modo de escapar. O tirarse por una ventana, o esperar +el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. Bismarck no +tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás de la Wamba, +encaramado en una viga, y aguardar así los acontecimientos. + +Celedonio no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas +tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después de coro. + +¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan respetable? Esto preguntaban los +ojos del delantero a los del acólito. También lo sabía Celedonio, pero +callaba y sonreía complaciéndose en el pavor de su amigo. + +El continente altivo del monaguillo se había convertido en humilde +actitud. Su rostro se había revestido de repente de la expresión +oficial. Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía ajustar los +músculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia. Sus ojos +eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en +funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de +arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y +trataba. + +Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada, +como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los +ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral +pública. La boca muy abierta y desdentada seguía a su manera los +aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresión de humildad +beatífica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso. + +Así como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de contornos +turgentes las elegantes líneas del sexo, en el acólito sin órdenes se +podía adivinar futura y próxima perversión de instintos naturales +provocada ya por aberraciones de una educación torcida. Cuando quería +imitar, bajo la sotana manchada de cera, los acompasados y ondulantes +movimientos de don Anacleto, familiar del Obispo--creyendo manifestar +así su vocación--, Celedonio se movía y gesticulaba como hembra +desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo había notado el _Palomo_, +empleado laico de la Catedral, perrero, según mal nombre de su oficio. +Pero no se había atrevido a comunicar sus aprensiones a ningún superior, +obedeciendo a un criterio, merced al cual había desempeñado treinta años +seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y +vigilancia. + +En presencia del Magistral, Celedonio había cruzado los brazos e +inclinado la cabeza, después de apearse de la ventana. Aquel don Fermín +que allá abajo en la calle de la Rúa parecía un escarabajo ¡qué grande +se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados +ojos de su compañero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al +canónigo. Veía enfrente de sí la sotana tersa de pliegues escultóricos, +rectos, simétricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor delgado, +y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos pliegues y +vuelos. + +Bismarck, detrás de la Wamba, no veía del canónigo más que los bajos y +los admiraba. ¡Aquello era señorío! ¡Ni una mancha! Los pies parecían +los de una dama; calzaban media morada, como si fueran de Obispo; y el +zapato era de esmerada labor y piel muy fina y lucía hebilla de plata, +sencilla pero elegante, que decía muy bien sobre el color de la media. + +Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermín, le +hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar +la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida +sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad +estereotipada en los labios. Tenía razón el delantero. De Pas no se +pintaba. Más bien parecía estucado. En efecto, su tez blanca tenía los +reflejos del estuco. En los pómulos, un tanto avanzados, bastante para +dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un +ligero encarnado que a veces tiraba al color del alzacuello y de las +medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni pregonero del +alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de +amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que +parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de +congestión también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo. +En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de +rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en +medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era +una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas. +Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco; +pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola +con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes, +como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin corrección +ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se +inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era +la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego, +porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y +pensaba. Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían +obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir, +amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta +de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto +apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en +cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse +que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que +jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado +de aquel tesoro. La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello +negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de +recios músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y +extremidades del fornido canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor +jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el +más apuesto azotacalles de Vetusta. + +Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio +doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano derecha, +blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuera la de +aristocrática señora. Celedonio contestó con una genuflexión como las de +ayudar a misa. + +Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo +interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro. Vio que el +tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se convertía en dos, y +luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un +cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante +como él. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y +hacía con él puntería. Bismarck respiró: no iba con su personilla aquel +disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El +acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había acercado por detrás al +Provisor y procuraba seguir la dirección del catalejo. Celedonio era un +monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores +casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un +fusil, se le reiría en las narices. + +Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a +las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los +montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había +visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más +soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de +pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas +acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o +a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la +provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes +de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados +ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más +experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga +sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de +fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso +para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, +contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a +los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los +parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, +mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu +altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en +sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía +saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la +torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o +por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión, +aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor, +sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores, +mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la +Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta +que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como +si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la +rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en +medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San +Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del +casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio, +había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el +anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una +grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que +se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el +Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas +por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación +los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como +el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los +cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes +y nubes; sus miradas no salían de la ciudad. + +Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio +teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de +Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y +por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los +rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad +era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere +estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no +aplicaba el escalpelo sino el trinchante. + +Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas +había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como +recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo, +guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado +en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en +Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le +pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era +seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban +haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. «Así son las +perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos +acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto +deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos +delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás, +en el lejano día del sueño...». No renunciaba a subir, a llegar cuanto +más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de +la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los +treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos +idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo +necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto +que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir +la fuente que está lejos en lugar desconocido. + +Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en +sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso +él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el +límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la +vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para +vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente, +del poderío que tenía en la mano; devoraba su presa, la Vetusta +levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el +domador le arroja. + +Concentrada su ambición entonces en punto concreto y tangible, era mucho +más intensa; la energía de su voluntad no encontraba obstáculo capaz de +resistir en toda la diócesis. Él era el amo del amo. Tenía al Obispo en +una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones. +En tales días el Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo +bíblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrísima. + +Estas crisis del ánimo solían provocarlas noticias del personal: el +nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus cuentas: él +estaba muy atrasado, no podría llegar a ciertas grandezas de la +jerarquía. Esto pensaba, en tanto que el beneficiado don Custodio le +aborrecía principalmente porque era Magistral desde los treinta. + +Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero +que acabaría de devorar él solo. ¡Qué! ¿También aquel mezquino imperio +habían de arrancarle? No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para +qué eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la cabeza; +también él veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas +y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y +eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo.... ¿Qué +habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la +Encimada que él tenía allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. ¿Y +él? ¿Qué había hecho él? Conquistar. Cuando era su ambición de joven la +que chisporroteaba en su alma, don Fermín encontraba estrecho el recinto +de Vetusta; él que había predicado en Roma, que había olfateado y +gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve +tiempo, se creía postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces, +las más, era el recuerdo de sus sueños de niño, precoz para ambicionar, +el que le asaltaba, y entonces veía en aquella ciudad que se humillaba a +sus plantas en derredor el colmo de sus deseos más locos. Era una +especie de placer material, pensaba De Pas, el que sentía comparando sus +ilusiones de la infancia con la realidad presente. Si de joven había +soñado cosas mucho más altas, su dominio presente parecía la tierra +prometida a las cavilaciones de la niñez, llena de tardes solitarias y +melancólicas en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a +despreciar un poco los años de su próxima juventud, le parecían a veces +algo ridículos sus ensueños y la conciencia no se complacía en repasar +todos los actos de aquella época de pasiones reconcentradas, poco y mal +satisfechas. Prefería las más veces recrear el espíritu contemplando lo +pasado en lo más remoto del recuerdo; su niñez le enternecía, su +juventud le disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy +querida, que nos hizo cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de +olvido y desprecio. Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho +de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del +ánimo. + +El Magistral había sido pastor en los puertos de Tarsa ¡y era él, el +mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este salto de la +imaginación estaba la esencia de aquel placer intenso, infantil y +material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia. + +¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto y airoso cuerpo el +roquete, cándido y rizado, bajo la señoril muceta, viendo allá abajo, en +el rostro de todos los fieles la admiración y el encanto, había tenido +que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y +le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en +silencio, respirando apenas, a que la emoción religiosa permitiera al +orador continuar, él oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo +de los cirios y de las lámparas; aspiraba con voluptuosidad extraña el +ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las +emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas que le +rodeaban; sentía como murmullo de la brisa en las hojas de un bosque el +contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en aquel +silencio de la atención que esperaba, delirante, creía comprender y +gustaba una adoración muda que subía a él; y estaba seguro de que en tal +momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz +melodiosa, de correctos ademanes a quien oían y veían, no en el Dios de +que les hablaba. Entonces sí que, sin poder él desechar aquellos +recuerdos se le presentaba su infancia en los puertos; aquellas tardes +de su vida de pastor melancólico y meditabundo.--Horas y horas, hasta el +crepúsculo, pasaba soñando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas +del ganado esparcido por el cueto ¿y qué soñaba? que allá, allá abajo, +en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como cien veces +el lugar de Tarsa, y más; aquella ciudad se llamaba Vetusta, era mucho +mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, que él tampoco +había visto. En la gran ciudad colocaba él maravillas que halagaban el +sentido y llenaban la soledad de su espíritu inquieto. Desde aquella +infancia ignorante y visionaria al momento en que se contemplaba el +predicador no había intervalo; se veía niño y se veía Magistral: lo +presente era la realidad del sueño de la niñez y de esto gozaba. + +Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando +con vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la +visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en jardín. + +Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo +recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la +_Encimada_ y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por +Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, en algunos patios y +jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla, +convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales. +La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más +linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros, +aquellos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustente era de la +Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa, +por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de +la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro, las dos +antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se +dividían el noble territorio de la Encimada. El Magistral veía a sus +pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios; +conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe +vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá +abajo, en el Campo del sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba +sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros +había surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas, +tortuosas, húmedas, sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de +aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones +por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las +cocinas pobres de los hospicios; parecía que la escoba municipal y la +escoba de la nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y +callejas las huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había por +allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía la +historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el +recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban +cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta +parte del área total de la Encimada: seguía en tamaño las Recoletas, +donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos +comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y +huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San Vicente estaba +convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la indiscreta voz +de la corneta, profanación constante del sagrado silencio secular; del +convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había hecho el Estado un +edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San Benito era +lóbrega prisión de mal seguros delincuentes. Todo esto era triste; pero +el Magistral que veía, con amargura en los labios, estos despojos de que +le daba elocuente representación el catalejo, podía abrir el pecho al +consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste +y al Norte, gráficas señales de la fe rediviva, en los alrededores de +Vetusta, donde construía la piedad nuevas moradas para la vida +conventual, más lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan +sólidas ni tan grandes. La Revolución había derribado, había robado; +pero la Restauración, que no podía restituir, alentaba el espíritu que +reedificaba y ya las Hermanitas de los Pobres tenían coronado el +edificio de su propiedad, tacita de plata, que brillaba cerca del +Espolón, al Oeste, no lejos de los palacios y _chalets_ de la Colonia, o +sea el barrio nuevo de americanos y comerciantes del reino. Hacia el +Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte, +se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las +Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los +vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa +vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino. Allí, como en nichos, +habitaban las herederas de muchas familias ricas y nobles; habían +dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y +cómodo de allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga, +mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso +cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la +Encimada. No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las +piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de +pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y +jardines y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área +del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques, +cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana. Y +mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los +árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como +querían, los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido +huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas +de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era +de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas +sobre otras, y se metían los tejados por los ojos, o sean las ventanas. +Parecían un rebaño de retozonas reses que apretadas en un camino, +brincan y se encaraman en los lomos de quien encuentran delante. + +A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de +sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la +catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos. La Encimada +era su imperio natural, la metrópoli del poder espiritual que ejercía. +El humo y los silbidos de la fábrica le hacían dirigir miradas recelosas +al Campo del Sol; allí vivían los rebeldes; los trabajadores sucios, +negros por el carbón y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban +con la boca abierta a los energúmenos que les predicaban igualdad, +federación, reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando les +hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era +que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los menos. +Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica arraigaba, era +con robustas raíces, como con cadenas de hierro. Pero si moría un obrero +bueno, creyente, nacían dos, tres, que ya jamás oirían hablar de +resignación, de lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hacía +ilusiones. El Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendían allí las +últimas trincheras. Poco tiempo antes del día en que De Pas meditaba +así, varias ciudadanas del barrio de obreros habían querido matar a +pedradas a un forastero que se titulaba pastor protestante; pero estos +excesos, estos paroxismos de la fe moribunda más entristecían que +animaban al Magistral.--No, aquel humo no era de incienso, subía a lo +alto, pero no iba al cielo; aquellos silbidos de las máquinas le +parecían burlescos, silbidos de sátira, silbidos de látigo. Hasta +aquellas chimeneas delgadas, largas, como monumentos de una idolatría, +parecían parodias de las agujas de las iglesias.... + +El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la _Colonia_, +la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con +reflejos acerados; parecía un pájaro de los bosques de América, o una +india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes. + +Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas. En los tejados +todos los colores del iris como en los muros de Ecbátana; galerías de +cristales robando a los edificios por todas partes la esbeltez que podía +suponérseles; alardes de piedra inoportunos, solidez afectada, lujo +vocinglero. La ciudad del sueño de un indiano que va mezclada con la +ciudad de un usurero o de un mercader de paños o de harinas que se +quedan y edifican despiertos. Una pulmonía posible por una pared maestra +ahorrada; una incomodidad segura por una fastuosidad ridícula. Pero no +importa, el Magistral no atiende a nada de eso; no ve allí más que +riqueza; un Perú en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro +espiritual. Y ya empieza a serlo. Los indianos de la Colonia que en +América oyeron muy pocas misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a +la piedad de sus mayores: la religión con las formas aprendidas en la +infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella España que +veían en sueños al otro lado del mar. Además los indianos no quieren +nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda +recordar los orígenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descreídos +no son más que cuatro pillos, que no tienen sobre qué caerse muertos; +todas las personas pudientes creen y practican, como se dice ahora. +Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los Argumosa y otros y +otros ilustres Américo Vespucios del barrio de la Colonia siguen +escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres _distinguidas_ +de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y demás +familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy +rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio impulso los Páez, los +Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, hijas y demás familia del +sexo débil obligaríanles a imitar en religión, como en todo, las +maneras, ideas y palabras de la envidiada aristocracia. Por todo lo cual +el Provisor mira al barrio del Noroeste con más codicia que antipatía; +si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha +tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones +hechas, las _factorías_ establecidas han dado muy buen resultado, y no +desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella +su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas +de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero. + +Pero, entre tanto, De Pas volvía amorosamente la visual del catalejo a +su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la +soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allí debajo tenía, como +dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquísimas que +la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores +que ellas jamás alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa María y +San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista, +y gloriosamente se pudren poco a poco víctimas de la humedad y hechas +polvo por los siglos. En rededor de Santa María y de San Pedro hay +esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor +gloria sería poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos. +Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su +arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de +muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está +ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda no +dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera. + +Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al +inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona, +era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de +aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales. +Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera +el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por +utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba +en _El Lábaro_, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos +artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de +haberlos leído; en ellos ponía por las nubes el mérito arqueológico de +cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era +todo un monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera +fuese por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico y de +lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, y más de una vez +hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared +fabricada por algún modesto cantero, vivo todavía. Estos lapsus del +erudito no lastimaban su reputación, porque los pocos que podían +descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos +beneméritos, y los demás vetustenses no leían nada de aquello. Mas no +por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retórica, en que creía, +ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energía, entre las que +descollaban las más temerarias personificaciones y las epanadiplosis más +cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solían decir: «tiemblan +mis cimientos y mis almenas tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que +hizo llorar con sus discursos patéticos; por lo cual solía terminar el +artículo del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión de +obras, _sunt lacrimae rerum!_». + +Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio aquella tarde. +Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza +Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, separose de la ventana, +redujo a su mínimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente +en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros, +descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En +cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la +iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro, +cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con +cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y +más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba +juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los +rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de +muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El +manteo que el canónigo movía con un ritmo de pasos y suave contoneo iba +tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento, +tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecía cola de pavo real; +algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo +teñían con un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le +daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un +cadáver. + +En la gran nave central del trascoro había muy pocos fieles, esparcidos +a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos +muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de mujeres +arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aquí +y allí se oía el leve rumor de la plática secreta de un sacerdote y una +devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte, +la más obscura, don Fermín distinguió dos señoras que hablaban en voz +baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, pero no se +atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin él. + +--Va al coro--dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que +rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del +Magistral. En el altar había dos candeleros de bronce, sin velas, +sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús +Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la +obscuridad; los reflejos del vidrio parecían una humedad fría. Era el +rostro el de un anémico; la expresión amanerada del gesto anunciaba una +idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pómulos +afilados, como gastados por el roce de besos devotos. + +Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del coro; +llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba +cerrada. Don Fermín, que iba a la sacristía, dio el rodeo de la nave del +trasaltar flanqueada por otra crujía de capillas. Frente a cada una de +estas, empotrados en la pared del ábside había haces de columnas entre +los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento +de colocarse enfrente de ellos. Allí comúnmente ataban y desataban +culpas los beneficiados. De uno de estos escondites salió, al pasar el +Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don +Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas +encendidas con un tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El +Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas +agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos. Humilló los suyos +don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, aturdido en dirección al coro. +Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido +con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo +ceñía, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda +mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su +beneficio. Este don Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de +la oposición. Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que +se quería derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber +de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la +envidia de aquel pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo, +los propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creía en su +porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte, +influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y +magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don Fermín más +grandezas que el mismo Magistral veía en sus esperanzas. La mirada de +este fue en seguida, rápida y rastrera, al confesonario de que salía el +envidioso. Arrodillada junto a una de las celosías vio una joven pálida +con hábito del Carmen. + +No era una señorita; debía de ser una doncella de servicio, una +costurera, o cosa así, pensó el Magistral. Tenía los ojos cargados de +una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha; se santiguó, como +si quisiera comerse la señal de la cruz, y se recogió, sentada sobre +los pies, a saborear los pormenores de la confesión, sin moverse del +sitio, pegada al confesonario lleno todavía del calor y el olor de don +Custodio. + +El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la +sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con +cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la +cajonería, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos del culto. +Encima de los cajones pendían cuadros de pintores adocenados, antiguos +los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y +cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna +reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio +de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del +país. Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas +pluviales en los armarios. El _Palomo_, con una sotana sucia y escotada, +cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de +barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabía +cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba +furioso. Los monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin +mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos, +repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió +adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan +extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que en el otro +extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada de la +conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos +señoras y dos caballeros. Los cuatro tenían la cabeza echada hacia +atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas +abiertas en la bóveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada. +El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y parecía una gran mancha +de negro mate. De otro color no se veía más que el frontal de una +calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco +minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito +de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con +la boca abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi +todos los días a don Saturnino en semejante ocupación. En cuanto llegaba +un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o +por otro una recomendación para que Bermúdez fuese tan amable que le +acompañara a ver las antigüedades de la catedral y otras de la Encimada. +Don Saturnino estaba muy ocupado todo el día, pero de tres a cuatro y +media siempre le tenían a su disposición cuantas personas decentes, como +él decía, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su +inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la +provincia, creía ser--y esto era verdad--el hombre más fino y cortés de +España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los +pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que +encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la +influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan +atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya +diácono por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, traía el +pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes +entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz le hubiera +lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo», +decía él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo +mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las +leyes naturales, don Saturno--así le llamaban--después de haber perdido +ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo, +se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como +el boj de su huerto. Tenía la boca muy grande, y al sonreír con +propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por +qué entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se quejaba de +vicio al quejarse del pícaro estómago, de digestiones difíciles y sobre +todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que +equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que +Bermúdez quería pasar por el hombre más _espiritual_ de Vetusta, y el +más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe +advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos +alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y +psicológicas que se escribían por entonces en París. Lo de parecer +clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de +tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que +vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno. +Siempre parecía que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas +veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda +la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de +pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su +pasión por la arqueología era un sentimiento de la clase de sucedáneos. +Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los +personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas +comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le +había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran +incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se +atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en +materia de amores. + +Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La +primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero +volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que +saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras +sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y +dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si +el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En +efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con +ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. Con los +ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías +que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus +amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las +alegorías ni las parábolas; no hacía más que decir a espaldas de +Bermúdez: + +--No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato. + +Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora +jubilado, había sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente +pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y amante del saber se +cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso, +aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio +hombre más aturdido que él en cuanto una mujer quería marearle con una o +dos miradas. Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de +confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le +veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka) +repetían: + +--¡Pero este Bermúdez está desconocido! + +¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le desesperaba. +Cierto que jamás había probado las dulzuras groseras y materiales del +amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? Cierto que primero +faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devoción, así +como el comulgar dos veces al mes, en nada empecía (su estilo) a los +títulos de hombre de mundo que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran! +¿Quién era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como +dicen en Vetusta, salía muy recatadamente por la calle del Rosario, +torcía entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a +los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por +la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez, +doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en +filosofía y letras y bachiller en ciencias: el autor ni más ni menos, de +_Vetusta Romana_, _Vetusta Goda_, _Vetusta Feudal_, _Vetusta Cristiana_, +y _Vetusta Transformada_, a tomo por Vetusta. Era él, que salía +disfrazado de capa y sombrero flexible. No había miedo que en tal guisa +le reconociera nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al aire +libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también a +olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía seguridad +de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible +pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso +en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y solía ser +una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algún callejón +inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la +tentación; entonces retrocedía el sabio más pronto, ganaba el terreno +perdido, volvía a las calles anchas y respiraba con delicia el aire +puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal +que eran su propio ambiente, cantaba la _Casta diva_ o _el Spirto +gentil_ o _el Santo Fuerte_, y pensaba en sus amores de niño o en alguna +heroína de sus novelas. + +¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara +y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo +así debía de ser el éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el +paso volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa +con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de idealidad, como él +decía para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso, +sobre todo en las noches de luna. + +Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribía +versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes; y por fin se +acostaba, satisfecho de sí mismo, contento con la vida, feliz en este +mundo calumniado donde, dígase lo que se quiera, aún hay hombres buenos, +ánimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a +la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho, +convertía poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el +imaginar aventuras románticas, de amores en París, que era el país de +sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. Solía volver a sus novelas de +la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o +con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponía el +ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre +estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas +promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño al arqueólogo, y +la lógica se hacía disparatada, y hasta el sentido moral se pervertía y +se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al +doctor en teología. + +A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de +estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el +cuerpo.--¡Memento homo!--decía el infeliz, y se arrojaba del lecho con +tedio, procurando una reacción en el espíritu mediante agudos y +terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con +chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas. Tal vez era +la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que +positivamente tenía el ilustre autor de _Vetusta Transformada_. Después +de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide +el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venía; y por vanidad o por fe +creía en su regeneración todas las mañanas aquel devoto del Corazón de +Jesús. Por eso el espíritu no envejecía: era el estómago, el pícaro +estómago el que no hacía caso de la fervorosa contrición del pobre +hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y +grosera! + +Aquel día había recibido antes de comer un billete perfumado de su +amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué emoción! No quiso abrir +el misterioso pliego hasta después de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar? + +¿Qué era aquello? O. F. decían dos letras enroscadas como culebras en el +lema del sobre.--De parte de doña Obdulia, había dicho el criado. +Aquella señora, todo Vetusta lo sabía, era una mujer despreocupada, tal +vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... ¿por qué no?... +una cita.... Ellos, al fin, se entendían algo, no tanto como algunos +maliciaban, pero se entendían.... Ella le miraba en la iglesia y +suspiraba. Le había dicho una vez que sabía más que el Tostado, elogio +que él supo apreciar en todo lo que valía, por haber leído al ilustre +hijo de Ávila. En cierta ocasión ella había dejado caer el pañuelo, un +pañuelo que olía como aquella carta, y él lo había recogido y al +entregárselo se habían tocado los dedos y ella había dicho:--«Gracias, +Saturno». Saturno, sin don. + +Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había +tocado con una rodilla en una pierna. Él no había retirado la pierna ni +ella la rodilla; él había tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella +no lo había retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió +vino y abrió la carta. + +Decía así: «Saturnillo: usted que es tan bueno ¿querrá hacerme el +obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero +con...». Hubo que dar vuelta a la hoja. + +--Impaciencia--pensó el sabio. Pero decía: «...Le espero con unos amigos +de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona +inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso colorado como si +estuviera en ridículo delante de una asamblea. + +--No importa--se dijo--esta visita a la catedral es un pretexto. + +Y añadió:--¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me +invita! + +Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo +como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a +casa de doña Obdulia. + +Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero el +mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veía apenas una +calavera de color de aceituna y el talón de un pie descarnado. +Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el pintor era un +vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de los especialistas en +antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor +eran tan notables para Bermúdez. + +El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy largo, de color de +pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación, +pero de cuatro o cinco onzas--su precio en la Habana--y por esto pensaba +que podía usarlo todo el otoño. Se creía el señor Infanzón en el caso de +comprender el entusiasmo artístico del sabio mejor que las señoras, +quien por su natural ignorancia tenían alguna disculpa si no se pasmaban +ante un cuadro que no se veía. Buscó alguna frase oportuna y por de +pronto halló esto: + +--¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme! + +Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en +realidad de verdad--estilo de Bermúdez--para descansar, con una reacción +proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un +cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó: + +--Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo cuadro del ilustre.... + +--Cenceño.--Pues; del ilustrísimo Cenceño; luciría más si.... + +--Si se pudiera ver--interrumpió la esposa del señor Infanzón. + +Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó +diciendo: + +--Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la +cera... el incienso.... + +--No señor; ¡qué ahumado!--respondió el sabio, sonriendo de oreja a +oreja--. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el +encanto de los cuadros antiguos. + +--¡La pátina!--exclamó el del pueblo convencido--. Sí, es lo más +probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para +saber qué era pátina. + +En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno; +reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al +saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los +de Palomares que le fueron presentados por el sabio. + +--El señor don Fermín de Pas, Magistral y provisor de la diócesis.... + +--¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!--exclamó Infanzón que hacía mucho admiraba de +lejos al señor Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de +besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra +vez, y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El +Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las +bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. Pronto +las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba +don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de +que había infestado la sacristía desde el momento de entrar. Era el olor +del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio +soñaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le sabía a +gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar así los olores místicos y +los eróticos, mediante una armonía o componenda, que creía él debía de +ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habían +sabido resistir toda clase de tentaciones. + +Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de +cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no +había entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien +era hija de confesión, por más que él había procurado varias veces +entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella +mujer le crispaba los nervios a don Fermín; era un escándalo andando. No +había más que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras +desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de terciopelo +carmesí, debajo de la cual salían abundantes, como cascada de oro, rizos +y más rizos de un rubio sucio, metálico, artificial. ¡Ocho días antes el +Magistral había visto aquella cabeza a través de las celosías del +confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de +particular mientras la dama no se movía; era negra, de raso. Pero lo +peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponía el grito en el +cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón (no podía ser +menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la +naturaleza de los atributos de su sexo. ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo +parecía que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras +irritaba al Magistral, que no quería aquellos escándalos en la iglesia. +Aquella señora entendía la devoción de un modo que podría pasar en otras +partes, en un gran centro, en Madrid, en París, en Roma; pero en Vetusta +no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como podía referírselas +en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el +Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; proponía rifas católicas, +_organizaba_ bailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada, +para las personas decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la +mano siempre que podía, pero no podía siempre. Su autoridad, que era +absoluta casi, no conseguía sujetar aquel azogue que se le marchaba por +las junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. ¡Y +ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel +prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel +de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más +negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas; +los adoradores de la viuda lo sabían y le envidiaban. Pero él maldecía +de aquel bloqueo. + +--«Necia, ¿si creerá que a mí se me conquista como a don Saturno?». + +A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés con la +viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y enemigos. Era +menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para +que don Fermín no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad +era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermúdez, pero sacaban +de ella muy diferente partido. + +Mientras se hablaba de lo mucho bueno que había en la catedral y el +lugareño se pasmaba y su señora repetía aquellas admiraciones, Obdulia +se miraba como podía, en las altas cornucopias. + +El Magistral se despidió. No podía acompañar a aquellas señoras, lo +sentía mucho... pero le esperaba la obligación... el coro. Todos se +inclinaron. + +--Lo primero es lo primero--dijo el de Palomares, aludiendo a la +Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la Divinidad o +ante el Provisor.) + +Afortunadamente, según don Fermín, nada les serviría su inutilidad, +mientras que Bermúdez era una crónica viva de las antigüedades +vetustenses. + +Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar el suelo; +después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda, +como diciéndole: + +--Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según la opinión +del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir +con los ojos; pero ella no debió de entenderlo, porque se despidió del +Magistral dejándole el alma, por conducto de las pupilas, entre los +pliegues amplios y rítmicos del manteo. De este se despojó don Fermín, +después de acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado +roquete, la señoril muceta y la capa de coro. + +--¡Qué guapo está!--dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños +admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino. + +Dieron vuelta a toda la sacristía. Cerca de la puerta había algunos +cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. A +la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas de Cenceño, sin +duda porque se veían mejor. Pero su prudente esposo, considerando que +Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y +flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por +allí se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros había una +copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro +de Murillo _San Juan de Dios_, del Hospital de incurables de Sevilla. A +la señora de pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde +que se ve una vez no se olvida. + +--¡Oh, qué hermoso!--exclamó sin poder contenerse. + +Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo: + +--Sí, es bonito; pero muy conocido. + +Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al +pordiosero enfermo, entre las tinieblas. + +El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en +voz baja la reprendió de esta suerte: + +--Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina? + +Salieron de la sacristía.--Por aquí--dijo Bermúdez señalando a la +derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo de algunas beatas que +interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego +de Obdulia. La falda de raso, que no tenía nada de particular mientras +no la movían, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba +a andar. Ajustábase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecía +apretado calzón ciñendo esculturales formas, que así mostradas, no +convenían a la santidad del lugar. + +--Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes--murmuró muy quedo el +arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de su _Vetusta Goda_ y +de su _Vetusta Cristiana_. Y en honor de la verdad se ha de decir que un +rey se le iba y otro se le venía; esto es, que los mezclaba y confundía, +siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el +sabio no podía menos de admirar aquella atrevidísima invención, nueva en +Vetusta, mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y +significativas curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran +pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del lugar +sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar +sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como +si a una hoguera la echasen petróleo.... + +Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, fría, de tosca +fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo +irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba Obdulia +debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la seda frotando +las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos de nieve y espuma +que tal se le antojaban a don Saturno, quien los había visto otras +veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de siglos a los reyes +allí sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo dijo respecto del +descanso eterno de tan respetables señores: + +--Aquí descansan desde la octava centuria los señores reyes don..., y +pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las +vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares, +decía _ue_ en vez de _oi_ y otros adefesios. + +Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y +elocuencia de don Saturnino. + +Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, había un sepulcro de +piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones ilegibles. +Entre el sepulcro y el muro había estrecho pasadizo, de un pie de ancho +y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte +interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los +lugareños. Bermúdez, y en pos de él Obdulia, se perdieron de vista en el +pasadizo sumido en tinieblas. Después de la enumeración de don Saturno, +hubo un silencio solemne. El sabio había tosido, iba a hablar. + +--Encienda usted un fósforo, señor Infanzón--dijo Obdulia. + +--No tengo... aquí. Pero se puede pedir una vela. + +--No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de memoria... y +además, no se pueden leer. + +--¿Están en latín?--se atrevió a decir la Infanzón. + +--No señora, están borradas. + +No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de hora. +Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos 1.º, 2.º, 3.º +y 4.º de una de sus _Vetustas_ y ya iba a terminar con el epílogo que +copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo: + +--¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones? Yo creo sentir.... + +Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las +tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía el hombro; +y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de +esta suerte: + +--Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque +de ricas preseas, envidiables privilegios y pías fundaciones a esta +Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica +para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depósito creció +tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonía, +digámoslo así, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga, +Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas _et sic de +coeteris_. + +--¡Amén!--exclamó la lugareña sin poder contenerse; mientras Obdulia +felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra. + + + + +--II-- + + +El coro había terminado: los venerables canónigos dejaban cumplido por +aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo. Uno tras +otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo +funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del +mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de +cada día. El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el +roce continuo de los cánticos canónicos, como la mayor parte de los +roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo. +Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas +corporaciones: algunos señores prebendados no se hablaban; otros no se +saludaban siquiera. Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta +de armonía: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto +reinaba la mayor y más jovial concordia. Había apretones de mano, +golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos +al oído. Algunos, taciturnos, se despedían pronto y abandonaban el +templo; no faltaba quien saliera sin despedirse. + +Cuando entraba el Magistral, el ilustrísimo señor don Cayetano +Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano en el mármol de la +mesa, porque los codos no llegaban a tamaña altura, y exclamaba después +de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro: + + --Hame dado en la nariz olor de... + +La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, cortando la +cita, añadió: + +--¿Parece que hemos tenido faldas por aquí, señor De Pas? + +Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco +verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita. + +Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, +alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino +al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a +punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque, +según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y +despeluznado. Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más, +visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de +los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio, +y como lo echaba hacia el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un +telescopio; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en +nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos +inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo +estudiante, solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era +de asunto teológico o canónico, extendía la mano derecha y formaba un +anteojo con el dedo pulgar y el índice. Como el interlocutor solía ser +más alto, para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un +ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque +era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de +arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha +del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por +estos vulgares títulos, ni por la cruz que le hacía ilustrísimo, sino +por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático. Sus dioses +eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a +Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio. Había venido a Vetusta de +beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis había asistido al coro +de aquella iglesia y podía tenerse por tan vetustense como el primero. +Muchos no sabían que era de otra provincia. Además de la poesía tenía +dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la última había +renunciado; no a la primera, que seguía adorando con el mismo pudibundo +y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo vetustense, aun +contando a los librepensadores que en cierto restaurant comían de carne +el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad +casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tenía +que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto +poético, como él decía, pues se preciaba de hablar como los poetas de +mejores siglos y al asunto solía llamarlo sujeto. Sentía desde su +juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar +su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención, +cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo +épocas de negra intransigencia en que se persiguió la manía de Ripamilán +como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de quemar un libro +de versos que publicó el Arcipreste a costa del marqués de Corujedo, +gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso +excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje que se encontrará más +adelante. + +Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era +entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas, +bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero +¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién se acordaba ya de +Meléndez Valdés, ni de las _Églogas y Canciones por un Pastor de +Bílbilis_, o sea don Cayetano Ripamilán? El romanticismo y el +liberalismo habían hecho estragos. Y había pasado el romanticismo, pero +el género pastoril no había vuelto, ni los epigramas causaban efecto por +maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigos +_laudatores temporis acti_, como decía él; no alababa el tiempo pasado +por sistema, pero en punto a poesía era preciso confesar que la +revolución no había traído nada bueno. + +--Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada--solía él +decir a los jóvenes de Vetusta, que le querían mucho--. Ustedes, por +ejemplo, no saben bailar. Díganme, si no, ¿de dónde se sacan que puede +ser buena crianza el coger a una señorita por la cintura y apretarla +contra el pecho? + +Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que él, años atrás, +había visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso. + +--En mi tiempo bailábamos de otra manera. + +El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había bailado más que +con alguna silla. Eso sí; allá, cuando seminarista, había sido gran +tañedor de flauta y bailarín sin pareja. De todas maneras, figurándose +con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los +rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en _petit +comité_--según decía--terciar el manteo, colocar la teja debajo del +brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y +conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados. + +Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en +sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba +en los tiempos de prosa a que habíamos llegado. + +Esto de los bailes solía acontecer en las tertulias a donde el setentón +acudía sin falta, porque desde que los médicos le habían prohibido +escribir y hasta leer de noche, no podía pasar sin la sociedad más +animada y galante. El tresillo le aburría y los conciliábulos de +canónigos y obispos de levita, como él decía siempre, le ponían triste. +«No era liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraía y +prefería su trato al de los más sesudos vetustenses. Los poetillas y +gacetilleros de la _localidad_ tenían en él un censor socarrón y +malicioso, aunque siempre cortés y afable. Encontrábase en la calle, por +ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el +eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba +con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y +decíale: + +--He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo de +_versate manu_. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo! +¿Dónde hay sencillez como aquella: + + Yo he visto un pajarillo + posarse en un tomillo? + +Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con +lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayoría del cabildo +absolvía de esa falta de formalidad al Arcipreste a condición de que se +le tuviera por chocho. + +--Y aun así y todo--decía un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y +en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia--aun así y todo +no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta +la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones +impropias de una dignidad. + +A este mismo señor canónigo que embozadamente le había reprendido +algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solía taparle la boca el +Arcipreste diciendo: + +--Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridísimo poeta Marcial dejó +escrito para casos tales, es a saber: + + _Lasciva est nobis pagina, vita proba est._ + +Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en +la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte. Y no era +de estos días el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino +que toda la vida había sido un boquirroto en tal materia, pero nada más +que un boquirroto. Y esta era la traducción libre del verso de Marcial. + +El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la +catedral había despertado sus instintos anafrodíticos, su pasión +desinteresada por la mujer, diríase mejor, por la señora. Aquel olor a +Obdulia, que ya nadie notaba, sentíalo aún don Cayetano. + +El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se +marchaba. Algo tenía que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que +solían quedarse al tertulín, como llamaban a la sabrosa plática de la +sacristía después del coro. Si hacía bueno, los del tertulín +acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espolón. Si +llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el _Palomo_ hacía +un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a +su casa. No se crea por esto que eran íntimos amigos los aficionados a +platicar después del coro. Acontecía allí lo que es ley general de los +corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no +tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida +hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban +cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debía de estar en su casa +el temerario, alguno de los que quedaban, decía de repente: + +--Como ese otro.... Y todos sabían que aquel gesto de señalar a la puerta +y tales palabras significaban: + +--¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a _ese otro_. + +El Arcipreste no era de los que menos murmuraban. + +Él le había puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al +señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba +Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro +derecho don Restituto--por lo demás buen mozo, casi tan alto como el +pariente del ministro--, y como este defecto incurable era un obstáculo +a las pretensiones de gallardía que siempre había alimentado, discurrió +hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad +de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de +disimularlo subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más hacia la +derecha, inclinándose como un sauce llorón. Resultaba de aquella extraña +postura que parecía Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantándose +a los rumores, avanzada de sí mismo para saber noticias, cazar +intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras. +Encontraba el Arcediano, sin haber leído a Darwin, cierta misteriosa y +acaso cabalística relación entre aquella manera de _F_ que figuraba su +cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y +hasta el maquiavelismo canónico que era lo que más le importaba. Creía +que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba +al mundo entero. Sí, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos +caras: iba con los de la feria y volvía con los del mercado; disimulaba +la envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que +no incurría nunca.--Pero, decía el Arcipreste, ni su amabilidad engaña a +todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como él +supone. + +Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba los ojos +alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera +intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que +fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su +piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvía secretos. Decía +él que abría el corazón por única vez al primero que quería oírle. + +--Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que olvidan que +en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente +en ser explícito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues +bien, oiga usted el secreto. + +Y lo decía. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacristía +muchas veces diciendo de modo que apenas se le oía: + +--¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure! + +Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro alguna rara vez, +escondiéndose en las sombras de una platea de proscenio o sea _bolsa_, +vio una noche el drama titulado: _Los hijos de Eduardo_, arreglado por +Bretón de los Herreros, y en cuanto salió a escena Glocester, el Regente +jorobado y torcido y lleno de malicias, exclamó: + +--¡Ahí está el Arcediano! + +La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo +para toda Vetusta ilustrada. Allí estaba, oyendo con fingida +complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía, +presente y ausente. Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba +girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al +Deán y barrenaba con un dedo la frente. Quería aludir a la locura del +poeta bucólico. El cual continuaba diciendo: + +--No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida que llevaba esta +señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de +Nauplia, a quien yo traté allí con gran intimidad. En una fonda de la +calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien +antes apenas saludaba aquí, a pesar de que éramos contertulios en casa +del Marqués de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No +cree en el sexto. + +Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con sonreír, +inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo +de los oídos. El Arcediano rio sin ganas. + +La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la sacristía, como +poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes. + +El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho +Marcial, salvo el latín. + +--Señores, a mí me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce +en el Espolón esa señora.... + +--Son bien escandalosos...--dijo el Deán. + +--Pero muy ricos--observó el pariente del ministro. + +--Y muchos; nunca lleva el mismo; cada día un perifollo nuevo--añadió el +Arcediano--; yo no sé de dónde los saca, porque ella no es rica; a pesar +de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más que una renta +miserable y una viudedad irrisoria.... + +--Pues a eso voy--interrumpió triunfante don Cayetano--. Me ha dicho el +chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico en San Carlos, que estos +últimos años Obdulita servía en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la +célebre querida del célebre.... + +--Sí ¿qué?--Que le servía de trotaconventos, digámoslo así. Es decir, +no tanto: pero vamos, que la acompañaba y... claro, la otra, +agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja +nuevos y tiene tantos y tan ricos.... + +El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, al Arcipreste, se +interesaba de veras con la crónica. Ripamilán saboreaba la plática +lasciva sólo por lo que tenía de gracejo. Los demás empezaron a +estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba +los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia; +parecía buscar su testimonio. + +El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con don Cayetano. +Sufría sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos +inocentes alardes de erotismo retórico porque conocía sus costumbres +intachables y su corazón de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamilán el +más decidido y entusiástico partidario de don Fermín en las luchas del +cabildo. Otros le seguían por interés, muchos por miedo; don Cayetano, +incapaz de temer a nadie, le servía y le amaba porque, según él, era el +único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito, +Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un sabio, +un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valía más que +todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los +supuestos cohechos del Provisor, de su tiranía, de su comercio sórdido, +se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simonía +más probables. Si le traían a cuento el capítulo de las aventuras +amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que +hiciera prueba, el Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que +aquello era posible, pero importaba menos. + +--La verdad es que don Fermín es muy buen mozo, y, si las beatas se +enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un +Crisóstomo en el púlpito, él no tiene la culpa ni la cosa es contraria a +las sabias leyes naturales. + +El Magistral sabía todo lo que Ripamilán pensaba de él y le consideraba +el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. Tenía que hacerle +ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrían ser +peligrosas. Glocester había olido algo. + +--«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo sufría aquella jaqueca? No, +pues él tampoco dejaba el puesto». Era el de Mourelo el más cordial +enemigo que tenía el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo +más refinado del Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas +relaciones con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle el +terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón. +Vastísimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas, +emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas infernales. +Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le había dado +aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del +Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy +principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, Regente en varias +Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el +pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas +incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podía vivir +holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió +llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo +conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora y aquí fue ella. +La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre +familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la _advenediza_ tuvo que +perdonar y contentarse con ser: la _otra_ Regenta. Además, el conflicto +duraría poco; ya empezaba a usarse el nombre de «Presidente» y pronto +habría nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de +Ozores. La cual siempre había sido hija de confesión de don Cayetano, +pero este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a algunas +pocas personas, señoras casi todas, de alta categoría, escogidísimos +amigos y amigas, al cabo se había cansado también de esta leve carga, +pesada para sus años; y resuelto a retirarse por completo del +confesonario, había suplicado a sus hijas de confesión que le librasen +de este trabajo y hasta señalado sucesor en tan grave e interesante +ministerio; sucesor diferente según las personas. Esta especie de +herencia, o mejor, sucesión _inter vivos_, era muy codiciada en el +cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la +reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habían producido +los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y +congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada, +porque tenía la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda había +cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral +que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por +costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por +seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas +continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo +se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas. + +Don Custodio, joven ardentísimo en sus deseos, creía demasiado en los +milagros de fortuna que hace la confesión auricular y atribuía a ellos +sin razón los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesión del +Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente. Había +averiguado que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno de los +más ricos americanos de _La Colonia_ había pasado, tiempo atrás, del +confesonario de Ripamilán al de don Fermín. Esto era ya una gollería. +Pero ¡oh escándalo! ahora (don Custodio lo había averiguado escuchando +detrás de una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al +Magistral la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin +duda la digna y virtuosa y hermosísima esposa de don Víctor Quintanar. +¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de la envidia manar de sus +labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se +había dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del _otro_, +había visto, mirando de soslayo, dos señoras; _nuevas_ sin duda, pues no +sabían que aquella tarde no _se sentaba_ don Fermín. Había vuelto a +pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las +sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en +persona. + +Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta +sucesión particular; creía pertenecerle por razón de su dignidad el +honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con el Obispo no había que contar; +el Deán era un viejo que no hacía más que comer y temblar; en una +procesión de desagravios cuatro borrachos le habían dado un susto, del +que sólo se repuso su estómago; digería muy bien, pero no discurría; no +pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al +coro; tampoco había que contar con él. El Arcipreste renunciaba a la +Regenta, ¿pues qué dignidad seguía? la suya; la jerarquía indicaba al +Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que +clamaba al cielo, y no podía clamar al Obispo, porque este era esclavo +de don Fermín». Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no +tenía el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan buen +bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba +a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos. +Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído del +confidente: + +--¿Será libre elección de esa señora?--Y separándose un poco, para ver +el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de +picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados +delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de +los labios. + +--Puede ser--contestó don Custodio, subrayando las palabras, para darse +por enterado de la intención del otro. + +Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que +era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia +Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podía tener el +Magistral para oír a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al +pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble. + +Se juraba a sí mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto +sin saber a qué atenerse. + +El Magistral había resuelto no entrar aquel día en la capilla que +llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción, +motivo para dar que decir. ¿Estarían allí todavía aquellas señoras? Al +bajar de la torre y pasar por el trascoro las había visto, las había +conocido, eran la Regenta y Visitación; estaba seguro. ¿Cómo habían +venido sin avisar? Don Cayetano debía de saberlo. Cuando una señora de +las principales, como era la Regenta, quería hacerse hija de confesión +del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedía hora. Las +personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a tanto, y +las pocas de esta clase que confesaban con él acudían en montón a la +capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; allí esperaban el +turno de las penitentes anónimas. Estas humildes devotas ya sabían +cuáles eran los días de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por +eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos señoras. +Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo +los días _fastos_ y _nefastos_, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y +cuándo no. La Regenta venía por primera vez, «¿por qué no le había +avisado? El suceso era bastante solemne y había de sonar lo suficiente +para merecer preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que +aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar +cuándo vendría a favorecerle con su visita?... ¿Era humildad? ¿Era que +con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de +Vetusta, quería confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una +de tantas?». Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecía +un rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de Obdulias y +Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacía ser +irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en general +con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones; +adquirían pronto una familiaridad importuna que daba ocasión a las +calumnias de los necios y de los mal intencionados». + +«No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de +ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, que tal vez se gana +en el confesonario, para que le halagasen todavía revelaciones +imprudentes, que sólo servían para inundarle el alma de hastío. Esperaba +algo nuevo, algo más delicado, algo selecto». Sabía, por rumores, que el +Arcipreste había aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del +Magistral, puesto que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano +nada le había dicho. Además, como en materia de confesión los buenos +clérigos son muy reservados, Ripamilán, que sabía tratar en serio los +asuntos serios, nunca había hablado al Magistral de lo que podía ser la +Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De +Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de +Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo; +y Glocester no se movía. Se habían ido despidiendo todos los señores +canónigos; quedaban los tres y el _Palomo_, que abría y cerraba cajones +con estrépito y murmuraba; maldiciones sin duda. + +Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba decirle +el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente que él también +quería hablar al Provisor, y como en casos tales no se mordía la lengua, +cortó la conversación diciendo: + +--¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una palabra, con permiso del señor +Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo... +son intereses espirituales. + +Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido tronco, haciéndose +un arco de puente, y salió de la sacristía diciendo para su alzacuello +morado y blanco: + +--«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!». + +El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del +Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros +expedientes por el estilo. + +--«Si todos fueran como yo, Glocester no sabría qué hacer de su +habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen +gallinas!». + +Glocester salía siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo +Norte del crucero; por allí llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso +salir por la puerta de la torre, porque así pasaba junto a la capilla +del Magistral. Miró; no había nadie. Entonces se detuvo, volvió a mirar +con ahínco, dio un paso dentro de la capilla; no había nadie; estaba +seguro. «¡Luego aquellas señoras se habían ido sin confesión; luego el +Magistral se permitía el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!». +El Arcediano vio un mundo de intrigas que podían fundarse en este +descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una pila grande de mármol +negro, y mientras se santiguaba, inclinándose frente al altar del +trascoro, decía para sí: + +--Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará caro. Lo +explotaré. + +Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que se le +antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos +secretos y escaleras subterráneas. + +El Arcipreste había abierto la boca al oír a De Pas que la Regenta +estaba en la catedral, según le habían dicho, y que él no había corrido +a saludarla y a confesarla, si a eso venía, como era de suponer. + +--¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?--gritaba don Cayetano, asustado +de veras. + +--A ver, Rodríguez (el _Palomo_) corre a la capilla del señor Magistral, +y si está allí una señora.... + +Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito que se metió +en la conversación diciendo: + +--No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora Regenta. Se han +ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el señor +Magistral; y doña Visita que ya quería irse antes, cogió del brazo a +doña Ana y se la llevó. + +--¿Y qué decían?--preguntó don Cayetano. + +--Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora +Regenta había querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron +a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón. + +--¡Al Espolón!--gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del +Magistral y con la otra la teja--. ¡Al Espolón! + +--¡Pero don Cayetano!--Es cuestión de honra para mí; de ese desaire +tengo yo culpa en cierto modo. + +--Pero si no fue desaire--repetía el Provisor dejándose llevar, y con el +rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo +inundaba. + +--Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una +explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino +hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente, +como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad +como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo. + +--Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía.... + +Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la +catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de este lado era +la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después que las +otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en el centro; +las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y +otros cosméticos del género decadente a que pertenecía. + +El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas +no paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, olfateando, y +tendió el cuello en actitud de escuchar. + +--¡Así Dios me valga, son ellos!--dijo pasmado. + +--¿Quién?--Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de +ese grillo destemplado. + +Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del +templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El Magistral le siguió, +para ocultar su deseo de llegar al Espolón cuanto antes. + +Eran _ellos_, en efecto. + +En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la +levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas las +orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección de +la bóveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignación la comunicaba +de grado o por fuerza a los Infanzones. + +--Señores--exclamaba--ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el +feo lunar, el borrón diré mejor, de esta joya gótica. Han visto ustedes +el panteón, de severa arquitectura románica, sublime en su desnudez; han +visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda, +de un gótico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta llamada +Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las +primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del +relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero +sublime artífice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y +gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo decir, +del cincel de un Grijalte; y _reasumiendo_, en toda la Santa Basílica +han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo, +puro, sencillo, delicado... _Empero_ aquí, señores, forzoso es +confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la redundancia se han +dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la +mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. Esta Santa +Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia +de la catedral de Vetusta. + +Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el +pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo +hacía en elocuencia liquefacta. + +Los Infanzones sudaban también. El marido tenía en la cabeza una olla de +grillos. Había oído en hora y media un curso peripatético--¡a pie y +andando todo el tiempo!--de arqueología y arquitectura y otro curso de +historia pragmática. El desgraciado ya confundía a los califas de +Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más +de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el +jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya +dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al +arco de medio punto; _reasumiendo_, como decía el sabio; sentía náuseas +invencibles y apenas oía al arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos +por contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido una +irreverencia. + +--Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno--pensaba--¡pero +en una catedral! + +El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía decir +la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía al +frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea. +Pero el pobre lugareño seguía diciendo que sí a todo. + +«Estaba conforme, aquello era una profanación. ¡Qué pesadez la de +aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya si eran pesados! +Como que el Infanzón temía que se le cayeran encima; porque se meneaban, +sin duda. Pero ¡buen Dios! añadía para sus adentros; si el género +plateresco es cargante y pesadísimo ¿dónde habrá cosa más plateresca que +este señor don Saturnino?». + +Se le pasó por la imaginación si estaría burlándose de ellos porque eran +de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no debía de mentir; +hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la emigración +de la piña pérsica a las columnas árabes; sólo que todo aquello ¡qué le +importaba a él que era un compromisario! + +La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, aburrida, despeada, +pero no aturdida. Hacía más de una hora que no oía palabra de cuanto +hablaba aquel charlatán, sin vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera +porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de +educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba +escandalizada, furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el +bobalicón de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. Él +pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía el distraído. ¿Y +la doña Obdulita? No, y que parecía maestra en aquel teje maneje. No +habían desperdiciado ni una sola ocasión. ¡Claro! y así les habían +traído y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto +estaba obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto una +vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y siempre juntos; y +en cuanto había algo estrecho querían pasar a la una... y pasaban ¡qué +desenfreno! ¿Pero de dónde le venía a su marido la amistad de aquella +señorona?». Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra; +y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el +Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y +cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó su discurso. Se trataba de +probar sus injuriosas afirmaciones. + +--Véase si no--continuaba--lo que salta a los ojos, a los del alma +quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el dignísimo Obispo, +salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo Obispo don García Madrejón +que consintió este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia +de lo barroco, de la profusión manirrota y de la falsedad. Cartelas, +medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones +rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por +las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre +del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e +inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia! + +--Pues oiga usted--se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su +esposo--; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a mí muy +bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... ¡blasfemando +así de Dios y sus santos! + +Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y escogía, con +un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado. +Además le gustaba de veras la capilla y no quería más contemplaciones. + +El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca. + +«Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no lo consiguió en cuanto +quiso. Obdulia soltó al aire una carcajada, que oyó don Cayetano desde +fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella +inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer +la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al +espejo. Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras. +Sólo contestó: + +--Señora... yo no profano nada.... El Arte.... + +--¡Sí profana usted!--¡Pero mujer, pero Carolina!--¡Oh! déjela usted, +señor Infanzón; yo respeto todas las opiniones. + +Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar o no +profanar, se apresuró a añadir: + +--Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, que yo sigo los cánones +de la belleza clásica condenando enérgicamente el gusto barroco.... Esto +es plateresco.... + +--¡Churrigueresco!--exclamó el compromisario queriendo así compensar la +protesta disparatada de su mujer. + +--¡Churrigueresco!--repitió--¡da náuseas!--y se vio claramente que las +sentía. + +--¡Churrigueresco!--pudo decir otra vez. + +--¡Rococó!--concluyó Obdulia. + +En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera +a besarle las botas color bronce. + +Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresuró a despedirse. +De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tenía mucho frío. El +viento caliente le sabía a cierzo. + +--¡Temo una pulmonía!--dijo, mientras escapaba abrochándose la levita +por la cintura. + +Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde. + +«Amaba y creía ser amado». + + + + +--III-- + + +Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El +Arcipreste procuró que se encontraran y por su confianza con la Regenta +facilitó la entrevista. + +Pocas veces habían cruzado la palabra la hermosa dama y el Provisor, y +nunca había pasado la conversación de los lugares comunes a que obliga +el trato social. + +Doña Ana Ozores no era de ninguna cofradía. Pagaba una cuota mensual en +las Escuelas Dominicales, pero no asistía a las lecciones ni a las +conferencias; vivía lejos del círculo en que el Provisor reinaba. Este +visitaba poco a las personas que no podían o no querían servirle en sus +planes de propaganda. Cuando el señor don Víctor Quintanar era Regente +de Vetusta, el Magistral le visitaba en todas las solemnidades en que +exigían este acto de cortesía las costumbres del pueblo; estas visitas +las pagaba con la exactitud que usaba en estos asuntos el señor +Quintanar, el más cumplido caballero de la ciudad, después de Bermúdez. +Los cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qué, +cuando se jubiló don Víctor, y por fin cesaron las visitas. Don Víctor y +don Fermín se hablaban algunas veces en la calle, en el Espolón; se +saludaban siempre con la mayor amabilidad. Se estimaban mutuamente. Las +calumnias con que la maledicencia perseguía a De Pas tenían un aislador +en don Víctor; por su conducto no se propagaban, y aun tomaba a su cargo +deshacer su perniciosa influencia. Doña Ana jamás había hablado a solas +con el Magistral, y después que cesaron las visitas apenas volvió a +verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que sabía +esto, hizo un simulacro de presentación diplomática en el tono jocoserio +que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, habían hablado +poco; todo casi se lo había dicho Ripamilán y lo demás Visitación, que +acompañaba a la de Quintanar. Doña Ana volvió pronto a su casa. Se +recogió temprano aquella noche. + +De la breve conversación de la tarde no recordaba más que esto: que al +día siguiente, después del coro, el Magistral la esperaba en su capilla. +Le había indicado, aunque por medio de indirectas, que convenía, al +mudar de confesor, hacer confesión general. + +Había hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, con +cierto tono frío, y algo distraído al parecer. No le había visto los +ojos. No le había visto más que los párpados, cargados de carne blanca. +Debajo de las pestañas asomaba un brillo singular. + +Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta. + +Después se sentó en una mecedora junto a su tocador, en el gabinete, +lejos del lecho por no caer en la tentación de acostarse, y leyó un +cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la +penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a las hojas. Dejó +de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que decían: _Si comió +carne_... + +Mentalmente y como por máquina repetía estas tres voces, que para ella +habían perdido todo significado; las repetía como si fueran de un idioma +desconocido. + +Después, saliendo de no sabía qué pozo negro su pensamiento, atendió a +lo que leía. Dejó el libro sobre el tocador y cruzó las manos sobre las +rodillas. Su abundante cabellera, de un castaño no muy obscuro, caía en +ondas sobre la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por +delante le cubría el regazo; entre los dedos cruzados se habían enredado +algunos cabellos. Sintió un escalofrío y se sorprendió con los dientes +apretados hasta causarle un dolor sordo. Pasó una mano por la frente; se +tomó el pulso, y después se puso los dedos de ambas manos delante de los +ojos. Era aquella su manera de experimentar si se le iba o no la vista. +Quedó tranquila. No era nada. Lo mejor sería no pensar en ello. + +«¡Confesión general!». Sí, esto había dado a entender aquel señor +sacerdote. Aquel libro no servía para tanto. Mejor era acostarse. El +examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde +la víspera. El examen para aquella confesión general podía hacerlo +acostada. Entró en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada. +La separaba del tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de +_satín_ granate. La Regenta dormía en una vulgarísima cama de matrimonio +dorada, con pabellón blanco. Sobre la alfombra, a los pies del lecho, +había una piel de tigre, auténtica. No había más imágenes santas que un +crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera; inclinándose hacia el +lecho parecía mirar a través del tul del pabellón blanco. + +Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias veces entrar +allí. + +--«¡Qué mujer esta Anita! + +»Era limpia, no se podía negar, limpia como el armiño; esto al fin era +un mérito... y una pulla para muchas damas vetustenses». + +Pero añadía Obdulia:--«Fuera de la limpieza y del orden, nada que +revele a la mujer elegante. La piel de tigre, ¿tiene un _cachet_? Ps... +qué sé yo. Me parece un capricho caro y extravagante, poco femenino al +cabo. ¡La cama es un horror! Muy buena para la alcaldesa de Palomares. +¡Una cama de matrimonio! ¡Y qué cama! Una grosería. ¿Y lo demás? Nada. +Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante. +Ni un objeto de arte. Ni un mal _bibelot_; nada de lo que piden el +_confort_ y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el estilo es el +hombre. Dime cómo duermes y te diré quién eres. ¿Y la devoción? Allí la +piedad está representada por un Cristo vulgar colocado de una manera +contraria a las _conveniencias_». + +--«¡Lástima--concluía Obdulia, sin sentir lástima--, que un _bijou_ tan +precioso se guarde en tan miserable joyero!». + +«¡Ah! debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa. +¡Qué sabanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo +aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no +sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas». + +Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y allá en el +fondo del corazón, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta no había +tigres; la viuda no podía exigir a sus amantes esta prueba de cariño. +Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en +tapiz miserable! + +Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien +pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul +con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don +Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez +podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no +habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre, +hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las +manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada, +y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de +la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en +una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni +confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de +distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del +aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había +creído ella que tal abandono fuese materia de confesión. + +Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella +blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana +y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que +corría desde la cintura a las sienes. + +--«¡Confesión general!»--estaba pensando--. Eso es la historia de toda +la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta +mojar la sábana. + +Se acordó de que no había conocido a su madre. + +Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados. + +«Ni madre ni hijos». Esta costumbre de acariciar la sábana con la +mejilla la había conservado desde la niñez.--Una mujer seca, delgada, +fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de +tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada, +después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y +pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora, +acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también. +Aquella blandura de los colchones era todo lo _maternal_ con que ella +podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía +de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían +pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había +tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su +memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo +aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de +acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba +todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a +quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a +levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de +blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana +sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían +oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la +chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un +perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova.--¿Qué +habría sido de él?--. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre +las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el +lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente. +En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de +yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por +buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de +caricias. Era el caso que ella tenía una mamá que le daba todo lo que +quería, que la apretaba contra su pecho y que la dormía cantando cerca +de su oído: + + Sábado, sábado, morena, + cayó el pajarillo en trena + con grillos y con cadenaaa.... + +Y esto otro: + + Estaba la pájara pinta + a la sombra de un verde limón.... + +Estos cantares los oía en una plaza grande a las mujeres del pueblo que +arrullaban a sus hijuelos.... + +Y así se dormía ella también, figurándose que era la almohada el seno de +su madre soñada y que realmente oía aquellas canciones que sonaban +dentro de su cerebro. Poco a poco se había acostumbrado a esto, a no +tener más placeres puros y tiernos que los de su imaginación. + +Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y +le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel +angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a +obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza +interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las +injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban. + +--«¡Vaya una manera de hacer examen de conciencia!»--pensó doña Ana algo +avergonzada. + +Salió descalza de la alcoba, cogió el devocionario que estaba sobre el +tocador y corrió a su lecho. Se acostó, acercó la luz y se puso a leer +con la cabeza hundida en las almohadas. _Si comió carne_, volvieron a +ver sus ojos cargados de sueño; pero pasó adelante. Una, dos, tres +hojas... leía sin saber qué. Por fin, se detuvo en un renglón que decía: + +--«Los parajes por donde anduvo...». + +Aquello lo entendió. Había estado, mientras pasaba hojas y hojas, +pensando, sin saber cómo, en don Álvaro Mesía, presidente del casino de +Vetusta y jefe del partido liberal dinástico; pero al leer: «Los parajes +por donde anduvo», su pensamiento volvió de repente a los tiempos +lejanos. Cuando era niña, pero ya confesaba, siempre que el libro de +examen decía «pase la memoria por los lugares que ha recorrido», se +acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que +había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca +con aquel Germán, su amigo.... ¡Infames! La Regenta sentía rubor y +cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro sobre la mesilla de +noche--otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia--apagó +la luz... y se encontró en la barca de Trébol, a medianoche, al lado de +Germán, un niño rubio de doce años, dos más que ella. Él la abrigaba +solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la +barca. Ella le había rogado que se abrigara él también. Debajo del saco, +como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablado de +la barca, cuyas bandas obscuras les impedían ver la campiña; sólo veían +allá arriba nubes que corrían delante de la cara de la luna. + +--¿Tienes frío?--preguntaba Germán. + +Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría, +detrás de las nubes: + +--¡No!--¿Tienes miedo?--¡Ca!--Somos marido y mujer--decía él. + +--¡Yo soy una mamá! Y oía debajo de su cabeza un rumor dulce que la +arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la corriente. + +Se habían contado muchos cuentos. Él había contado además su historia. +Tenía papá en Colondres y mamá también. + +--¿Cómo era una mamá? + +Germán lo explicaba como podía. + +--¿Dan muchos besos las mamás? + +--Sí.--¿Y cantan?--Sí, yo tengo una hermanita que le cantan. Yo ya soy +grande. + +--¡Y yo soy una mamá! Después venía la historia de ella. Vivía en +Loreto, una aldea, algo lejos de la ría por aquel lado, pero tocando con +el mar por allá arriba, por el arenal. Vivía con una señora que se +llamaba aya y doña Camila. No la quería. Aquella señora aya tenía +criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba besos a doña +Camila, que le pegaba y decía: «Delante de ella no, que es muy +maliciosa». + +Le decían que tenía un papá que la quería mucho y era el que mandaba los +vestidos y el dinero y todo. Pero él no podía venir, porque estaba +matando moros. La castigaban mucho, pero no la pegaban; eran encierros, +ayunos y el castigo peor, el de acostarse temprano. Se escapaba por la +puerta del jardín y corría llorando hacia el mar; quería meterse en un +barco y navegar hasta la tierra de los moros y buscar a su papá. Algún +marinero la encontraba llorando y la acariciaba. Ella le proponía el +viaje, el marinero se reía, le decía que sí, la cogía en los brazos, +pero el pícaro la llevaba a casa del aya y la volvían al encierro. Una +tarde se había escapado por otro camino, pero no encontraba el mar. +Había pasado junto a un molino; un perro le había cerrado el paso al +atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castaño; +Ana se había echado sobre el tronco porque se mareaba viendo el agua +blanca que ladraba debajo como el perro enfrente de ella. El perro había +pasado por encima de Anita; no había querido morderla. Ella entonces, +desde la otra orilla, le llamó y le dijo: + +--Chito, toma, ahí tienes eso. + +Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca +mojado en lágrimas. + +Casi siempre comía el pan de la merienda salado por las lágrimas. Cuando +estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y del +hombre, lloraba de rabia. Había encontrado después del molino un bosque +y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos +llenos de llanto, pero cantaba de miedo. Al salir del bosque había visto +un prado de yerba muy verde y muy alta.... + +--¿Y allí estaba yo, verdad?--gritó Germán. + +--Es verdad.--Y te dije si querías embarcarte en la barca de Trébol, +que el barquero había sido mi criado, y yo era de Colondres, que está al +otro lado de la ría. + +--Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso el +diálogo; pero creía que, en rigor, de lo que se acordaba no era de las +palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la niña había animado +y puesto en forma de novela los sucesos de aquella noche. + +Después se habían dormido. Ya era de día cuando los despertó una voz que +gritaba desde la orilla de Colondres. Era el barquero que veía su barca +en un islote que dejaba el agua en medio de la ría al bajar la marea. El +barquero los riñó mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel +hombre; pero en el camino los halló un criado del aya. Andaban +buscándola por todo el mundo. Creían que se había caído al mar. Doña +Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya +cogió a Anita por un brazo y se lo apretó hasta arrancarle sangre. Pero +ella no lloró. + +Le preguntaron dónde había pasado la noche y no quiso contestar por +temor de que castigaran a Germán si se sabía. La encerraron, no le +dieron de comer aquel día, pero no declaró nada. A la mañana siguiente +el aya hizo llamar al barquero de Trébol. Según aquel hombre, los niños +se habían concertado para pasar juntos una noche en la barca. ¿Quién lo +diría? Ana confesó al cabo que habían dormido juntos, pero que había +sido sin querer. Su propósito había sido hacerse dueños de la barca una +noche, aunque los riñeran en casa, pasar de orilla a orilla ellos solos, +tirando por la cuerda, y después volverse él a Colondres y ella a +Loreto. Pero el agua de la ría se había marchado, la barca tropezó en +el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por más esfuerzos que +habían hecho no habían conseguido moverla. Y se habían acostado y se +habían dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha +se hubieran ido a la tierra del moro, porque Germán sabía el camino por +el mar; ella hubiera buscado a su papá y él hubiera matado muchos moros; +pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron romperla y se acostaron para +contarse cuentos de dormir. + +Lo mismo había referido Germán al barquero, pero no se creyó la +historia. + +¡Qué escándalo! doña Camila cogió a Anita por la garganta y por poco la +ahoga. Después dijo un refrán desvergonzado en que se insultaba a su +madre y a ella, según comprendió mucho más tarde, porque entonces no +entendía aquellas palabras. + +Doña Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardías de la +niña. + +--Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias. + +Anita no entendía y el hombre, el señor del aya, reía a carcajadas. + +Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y +sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a +ella, pero nunca quiso dárselos. + +Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y le preguntó +unas cosas que ella no sabía lo que eran. Más adelante meditando mucho, +acabó por entender algo de aquello. Se la quiso convencer de que había +cometido un gran pecado. La llevaron a la iglesia de la aldea y la +hicieron confesarse. No supo contestar al cura y este declaró al aya que +no servía la niña para el caso todavía, porque por ignorancia o por +malicia, ocultaba sus pecadillos. Los chicos de la calle la miraban +como el hombre que besaba a doña Camila; la cogían por un brazo y +querían llevársela no sabía a dónde. No volvió a salir sin el aya. A +Germán no había vuelto a verle. + +--He escrito a tu papá diciéndole lo que tú eres. En cuanto cumplas los +once años, irás a un colegio de Recoletas. + +Esta amenaza de doña Camila no pasó de amenaza, pero Ana no sentía salir +de Loreto, ir donde quiera. + +Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien +de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los +pecados que la atribuían a ella.... + +Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se +sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha +pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas +bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha +quedó arrugada a los pies. + +Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron, +a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos. + +--«¡Qué vida tan estúpida!»--pensó Ana, pasando a reflexiones de otro +género. + +Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto +de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que se había +impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como poética +misión que explicaba el por qué de la vida. Entonces pensaba: + +--«La monotonía, la insulsez de esta existencia es aparente; mis días +están ocupados por grandes cosas; este sacrificio, esta lucha es más +grande que cualquier aventura del mundo». + +En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión sojuzgada; +protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia y decía:--¡Qué +vida tan estúpida! + +Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se +irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no +compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber +voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro +Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, ni +más ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los +balcones de Rosina: + +_Ecco ridente il ciel..._ La respiración de la Regenta era fuerte, +frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de +fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su +cuerpo ceñido por la manta de colores. + +Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la +aspereza de espíritu que la mortificaba. + +--¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, cantándole.... + +Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don +Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey +Amadeo. + +Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella +imperiosos, imponentes. + +Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la +mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo.... + +_Ya no era mala_, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su +sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una +corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don Álvaro +también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía +más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban +destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y +oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy +espesas... y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y +familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno. +Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana Ozores +depositó un casto beso en la frente del caballero. + +Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al +cuadro disolvente. + +Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el +anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las manos; no veía +bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le +estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí, +estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de +la campanilla, llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió a +empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos precipitados. Al mismo tiempo que +por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi +desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente, +el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la +mano. + +--¿Qué tienes, hija mía?--gritó don Víctor acercándose al lecho. «Era +el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato +nervioso de costumbre; pero los síntomas los de siempre; no veía, le +estallaban chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le +enfriaban las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió +a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se necesitaba, tila y +azahar. + +Don Víctor se tranquilizó. «Estaba acostumbrado al ataque de su querida +esposa; padecía la infeliz, pero no era nada». + +--No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor. + +--Sí, tienes razón; acércate, háblame, siéntate aquí. + +Don Víctor se sentó sobre la cama y _depositó_ un beso paternal en la +frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y +derramó algunas lágrimas. Notadas que fueron las cuales por don Víctor +exclamó este: + +--¿Ves? ya lloras; buena señal. La tormenta de nervios se deshace en +agua; está conjurado el ataque, verás como no sigue. + +En efecto, Ana comenzó a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifestó una +ternura que él le agradeció en lo que valía. Volvió Petra con la tila. + +Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su +traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de +lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al +cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran +encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que +sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes +debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia +azafranada.... + +Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse. Respiró con fuerza; +sintió un bienestar que le llenó el alma de optimismo. + +«¡Qué solícita era Petra! y su Víctor ¡qué bueno!». + +«Y había sido hermoso, no cabía duda. Verdad era que sus cincuenta y +tantos años parecían sesenta; pero sesenta años de una robustez +envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas grises le +daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de general. +No parecía un Regente de Audiencia jubilado, sino un ilustre caudillo en +situación de cuartel». + +Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos +brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala +contigua esperando órdenes. + +Ana se empeñó en que Quintanar--casi siempre le llamaba así--bebiese +aquella poca tila que quedaba en la taza. + +¡Pero si don Víctor no creía en los nervios! ¡Si estaba sereno! Muerto +de sueño, pero tranquilo. + +«No importaba. Era un capricho. No lo conocía él, pero se había +asustado». + +--Que no, hija mía; que te juro.... + +--Que sí, que sí... Don Víctor tomó tila y acto continuo bostezó +enérgicamente. + +--¿Tienes frío?--¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de +amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque--la huerta de +los Ozores--. Entonces sí que haría frío, sobre todo, cuando llegaran al +Montico, él y su querido Frígilis, su Pílades cinegético, como le +llamaba. + +Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita +no dejó a Víctor tan pronto como él quisiera. Estaba muy habladora su +querida mujercita. Le recordó mil episodios de la vida conyugal siempre +tranquila y armoniosa. + +--¿No quisieras tener un hijo, Víctor?--preguntó la esposa apoyando la +cabeza en el pecho del marido. + +--¡Con mil amores!--contestó el ex-regente buscando en su corazón la +fibra del amor paternal. No la encontró; y para figurarse algo parecido +pensó en su reclamo de perdiz, escogidísimo regalo de Frígilis. + +--«Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos horas y media de +descanso, me dejaría volver a la cama». + +Pero la pobrecita lo ignoraba todo, debía ignorarlo. Más de media hora +tardó la Regenta en cansarse de aquella locuacidad nerviosa. ¡Qué de +proyectos! ¡qué de horizontes de color de rosa! Y siempre, siempre +juntos Víctor y ella. + +--¿Verdad?--Sí, hijita mía, sí; pero debes descansar; te exaltas +hablando.... + +--Tienes razón; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir. + +Él se inclinó para besarle la frente, pero ella echándole los brazos al +cuello y hacia atrás la cabeza, recibió en los labios el beso. Don +Víctor se puso un poco encarnado; sintió hervir la sangre. Pero no se +atrevió. Además, antes de tres horas debía estar camino del Montico con +la escopeta al hombro. Si se quedaba con su mujer, adiós cacería.... Y +Frígilis era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar +o llegar tarde a un madrugón por el estilo. + +--«Sálvense los principios»--pensó el cazador. + +--¡Buenas noches, tórtola mía! + +Y se acordó de las que tenía en la pajarera. + +Y después de _depositar_ otro beso, por propia iniciativa, en la frente +de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano; con la +izquierda levantó el cortinaje granate; volviose, saludó a su esposa con +una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas +zapatillas, se restituyó a su habitación que estaba al otro extremo del +caserón de los Ozores. + +Atravesó un gran salón que se llamaba el estrado; anduvo por pasillos +anchos y largos, llegó a una galería de cristales y allí vaciló un +momento. Volvió pies atrás, desanduvo todos los pasillos y discretamente +llamó a una puerta. + +Petra se presentó en el mismo desorden de antes. + +--¿Qué hay? ¿se ha puesto peor? + +--No es eso, muchacha--contestó don Víctor. + +«¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba que estaba casi +desnuda?». + +--Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal de don +Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que tú me llames +si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Tomás.... + +--Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto ladre don Tomás iré a +llamarle. ¿No hay más?--añadió la rubia azafranada, con ojos +provocativos. + +--Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la ligera y hace mucho frío. + +Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y volvió la +espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo +apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella +chica. + +Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió de nuevo +su majestuosa marcha por los pasillos. + +Pero antes de entrar en su cuarto se dijo: + +--«Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente». + +En un extremo de la galería de cristales había una puerta; la empujó +suavemente y entró en la casa-habitación de sus pájaros que dormían el +sueño de los justos. + +Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la +palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera. No había novedad. +Su visita inoportuna no fue notada más que por dos o tres canarios, que +movieron las alas estremeciéndose y ocultaron la cabeza entre la pluma. +Siguió adelante. Las tórtolas también dormían; allí hubo ciertos +murmullos de desaprobación, y don Víctor se alejó por no ser indiscreto. +Se acercó a la jaula «del tordo más filarmónico de la provincia, sin +vanidad». El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, _con los hombros +encogidos_; pero no dormía. Sus ojos se fijaron de un modo impertinente +en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la noche se hubiera estado +el animalejo mira que te mirarás, con aire de desafío, sin bajar la +mirada; «le conocía bien; era muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a +Ripamilán!». Siguió adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje +africana se daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su +jaula chata y la dejó tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz quedó +extasiado. Si algún pensamiento impuro manchara acaso su conciencia poco +antes, la contemplación del reclamo, aquella obra maestra de la +naturaleza, le devolvió toda la elevación de miras y grandeza de +espíritu que convenía al primer ornitólogo y al cazador sin rival de +Vetusta. + +Equilibrado el ánimo, volvió don Víctor al amor de las sábanas. + +En aquella estancia dormían años atrás, en la cama dorada de Anita, él y +ella, amantes esposos. Pero... habían coincidido en una idea. + +A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador; a él le molestaba +ella porque le hacía sacrificarse y madrugar menos de lo que debía, por +no despertarla. Además, los pájaros estaban en una especie de destierro, +muy lejos del amo. Traerlos cerca estando allí Anita sería una crueldad; +no la dejarían dormir la mañana. Pero él ¡con qué deleite hubiera +saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las +tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofónico, +dulce al cazador, de la perdiz huraña! + +No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió a manifestar +el deseo de una separación en cuanto al tálamo--_quo ad thorum_--. Fue +acogida con mal disimulado júbilo la proposición tímida, y el matrimonio +mejor avenido del mundo dividió el lecho. Ella se fue al otro extremo +del caserón, que era caliente porque estaba al Mediodía, y él se quedó +en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la mañana, sin que nadie +interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la aurora y +recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices, +tordos, perdices, tórtolas y canarios. Si algo faltaba antes para la +completa armonía de aquella pareja, ya estaba colmada su felicidad +doméstica, por lo que toca a la concordia. + +Y a este propósito solía decir don Víctor, recordando su magistratura: + +--«La libertad de cada cual se extiende hasta el límite en que empieza +la libertad de los demás; por tener esto en cuenta, he sido siempre +feliz en mi matrimonio». + +Quiso dormir el poco tiempo de que disponía para ello, pero no pudo. En +cuanto se quedaba trasvolado, soñaba que oía los tres ladridos de +Frígilis. + +¡Cosa extraña! Otras veces no le sucedía esto, dormía a pierna suelta y +despertaba en el momento oportuno. + +¡Habría sido la tila! Volvió a encender luz. Cogió el único libro que +tenía sobre la mesa de noche. Era un tomo de mucho bulto. «Calderón de +la Barca» decían unas letras doradas en el lomo. Leyó. + +Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba +especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las +costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y +mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques del +puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones +tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo era, le +llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y +sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había +discurrido como nadie y sin quitar a «El castigo sin venganza» y otros +portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como +«El médico de su honra». + +--Si mi mujer--decía a Frígilis--fuese capaz de caer en liviandad digna +de castigo.... + +--Lo cual es absurdo aun supuesto...--Bien, pero suponiendo ese +absurdo... yo le doy una sangría suelta. + +Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos, +con todo lo demás del argumento. Tampoco le parecía mal lo de prender +fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto adulterio de su mujer. +Si llegara el caso, que claro que no llegaría, él no pensaba prorrumpir +en preciosa tirada de versos, porque ni era poeta ni quería calentarse +al calor de su casa incendiada; pero en todo lo demás había de ser, dado +el caso, no menos rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de +aquella España de mejores días. + +Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que +en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones +fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al +seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento. + +--¡Absurdo! ¡absurdo!--gritaba don Víctor--jamás se hizo cosa por el +estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas. + +--Afortunadamente--añadía calmándose--yo no me veré nunca en el doloroso +trance de escogitar medios para vengar tales agravios; pero juro a Dios +que llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en +décimas calderonianas. + +Y lo pensaba como lo decía. Todas las noches antes de dormir se daba un +atracón de honra a la antigua, como él decía; honra habladora, así con +la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la +espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por +el teatro. Cuando _trabajaba_ como aficionado, había comprendido en los +numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con +tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser +poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar +a nadie; era un espadachín lírico. Pero su mayor habilidad estaba en el +manejo de la pistola; encendía un fósforo con una bala a veinticinco +pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por +el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi +nadie sabía de ella. Lo principal era tener aquella sublime idea del +honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. Él era pacífico; +nunca había pegado a nadie. Las muertes que había firmado como juez, le +habían causado siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que +se creía irresponsable. + +Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver +cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que +pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos. «¡Era +Frígilis!». + +Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente, +desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los +pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la +independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que +ella estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no +continuar el sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una +calumnia capaz de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente. +Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol. +Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de +aquella injusta persecución de la calumnia, más adelante, gracias a +ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado, +que para el mundo no hay más virtud que la ostensible y aparatosa. Su +alma se regocijó contemplando en la fantasía el holocausto del general +respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se le tributaba. En +Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita +la _estúpida existencia_ de antes. Recordaba que la llamaban madre de +los pobres. Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban +buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades, +bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal +vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía.... Aquel mismo don Álvaro +que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la +adoraba sin duda alguna, estaba segura; más de dos años hacía que ella +lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde +Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen. + +Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas semanas +a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo imprudente, él que +era la prudencia misma, y sólo por esto digno de que ella no se irritara +contra su infame intento... pero ya sabría contenerle; sí, ella le +pondría a raya helándole con una mirada.... Y pensando en convertir en +carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego, +se quedó dormida dulcemente. + +En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado del tocador +de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, como si saliera de una +orgía; daba pataditas en el suelo para sacudir el frío y decía a +Frígilis, su amigo.... + +--¡Pobrecita! ¡cuán ajena estará, allá en su tranquilo sueño, de que su +esposo la engaña y sale de casa dos horas antes de lo que ella +piensa!... + +Frígilis sonrió como un filósofo y echó a andar delante. Era un señor ni +alto ni bajo, cuadrado; vestía cazadora de paño pardo; iba tocado con +gorra negra con orejeras y por único abrigo ostentaba una inmensa +bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello. Lo demás todo +era utensilios y atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod. + +Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar hacia el +balcón, lleno de remordimientos. + +--Anda, anda, que es tarde--murmuró Frígilis. + +No había amanecido. + + + + +--IV-- + + +La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el +tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la +ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan +ilustre linaje. + +Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de +Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su +padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama +principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada. + +El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que +heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso +de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas +batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó +duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a +coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas, +cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue +perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas: +prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales +ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo +se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos +amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que +ya no es joven. + +Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con +una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin +cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se +quedó sin ella. + +--«¡Menos mal!»--pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón +de Vetusta. + +Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia. +Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones. + +--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio +desigual. + +--¡Si viviera padre, moriría del disgusto!--decían las solteronas +implacables. + +Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas, +que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista +italiana, su cuñada indigna. + +El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron +en otra carta fría y lacónica: + +«Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo le pedían que +pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta +nobleza». + +El coronel contestó «que por Dios y todos los santos continuasen +viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la +misma finca, que sin ellas se vendría a tierra». Las solteronas, sin +contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio +para que no se derrumbara. + +A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su +hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la +rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente +para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la +suerte de su hija. + +Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la dignidad, si, +como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la +pobreza. Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho +masón, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de +negro y en el gran salón, en el estrado, recibieron a toda la +aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo. + +La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se +dejaba pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se +oía el aleteo de los abanicos. + +--¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclamó el +marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta. + +--¡Qué... loco!--contestó una de las hermanas, doña Anunciación--. Diga +usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así. + +Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se inclinaron +lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello del republicanismo no +necesitaba comentarios. + +Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los +estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de +resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha +excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella +muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía +poco de tranquila. Don Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para +lo cual creyó oportuno pedir la absoluta. + +--«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía en el espíritu de +cuerpo); como particular puedo procurar la salvación del país por los +medios más adecuados». + +No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático, +bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana +biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice. +Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que +se necesitaba para conspirar con progresistas. + +Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de don +Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y +se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se +distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de +libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo en que sólo +se admite lo que uno crea para sí mismo. De todas maneras, era +simpático. + +De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar mucho la +muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos que a él se +le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de +círculo determinado de españoles; procurar el triunfo del sistema +representativo en toda su integridad. Tanto valía entonces esto como +dedicarse a bandolero sin protección, por lo que toca a la necesidad de +vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una niña +sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborrecía. Tomó un aya, +una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no +tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía, +hacía mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en +calidad de católica liberal. Se le había dicho: + +--«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en Inglaterra donde +ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia». + +Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras +de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias. +Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les +gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término +medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser. La hipocresía de +doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues +siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo, +su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria +que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanación. + +Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que +por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de +la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las +conspiraciones cuestan caras al que las paga. + +Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña y el aya +escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le había +recomendado a doña Camila, vendía en una provincia del Norte, limítrofe +de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de +mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio órdenes para que se +vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda +que no había malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca +enajenación la dedicó a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte. +La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas más o menos +auténticos. En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban, +sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la +rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía presumir el +conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él no paraba +mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos que su patria; +pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él +entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba +poco. No era todo desprendimiento; vagamente veía en lontananza un +porvenir de indemnizaciones patrióticas que aunque estaban en el +programa de su partido, a él no le alcanzaron. + +A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los +criados y tras ellos el _hombre_, como llamó siempre la niña al +personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era +Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa de campo. + +El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su difunta esposa +era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía +descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana. +Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre +que se casaba con la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le +trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para +hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, don +Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red amorosa. Por +aquella época era él casi sansimoniano. Emigró Ozores y doña Camila juró +odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas +ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había +conseguido casarse con aquel estuco. Anita pagó por los dos. + +El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la +educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy +especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a +la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de +educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales +concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la madre de Anita tal vez +antes que modista había sido bailarina». + +De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y +preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad +inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra +se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya +aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada +a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno +fueron sus disciplinas. + +Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, se dio a +soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento de perder la +libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban secando al fuego de +la imaginación, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La niña +fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran +una muerte, figurábase vuelos imposibles. + +«Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como +esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba volando por el +azul que veía allá arriba. + +Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la +llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los +pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella +creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa +que centelleaba en su cerebro. + +Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del encierro pensativa, +altanera, callada; seguía soñando; la dieta le daba nueva fuerza para +ello. La heroína de sus novelas de entonces era una madre. A los seis +años había hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro. +Aquel poema estaba compuesto de las lágrimas de sus tristezas de +huérfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oía a los criados y a +los pastores de Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría +sola por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y +acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los +pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el +jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin cogía +yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al +lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la +fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida. A +los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde +el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una +parte. En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro +clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que +no parecía. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían +ser una madre, según la lógica poética de Anita. + +La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la +revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición +fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo padecer antes +de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos ella de todo +corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no +le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les +haría hablar de lo que quisiese. + +Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones fatigosas de ríos y +montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus +pinos altísimos y soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla, +porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. La +historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez de las +lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas concretas, ya no fue +nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas +de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna +desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido, +triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros. + +La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en +la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una +Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le +encontró: Germán, el niño de Colondres. Sin que él sospechara las +aventuras peligrosas en que su amiga le metía, se dejaba querer y acudía +a las citas que ella le daba en la barca de Trébol. + +Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en +el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de +reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso, +hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países remotos que él ni de +nombre conocía. Germán aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a +convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa. +No era eso. La niña quería ir a tierra de moros de verdad, a matar +infieles o a convertirlos, como Germán quisiera. Germán prefería +matarlos; y dicho y hecho se metían en la barca, mientras el barquero +dormía a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes +sudores conseguían un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y +entonces era cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca +navegados. + +Germán gritaba:--¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!... +¡un tiburón!... + +Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras, +muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán +correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado +Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna +desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable +que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la +grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal +índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que +el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con +tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos. + +--«¡Como su madre!--decía a las personas de confianza--. _¡improper! +¡improper!_ ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la +educación contra la naturaleza». + +Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si +cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba +nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila +refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz, +rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la +naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino +se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el +caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía +ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante. + +--Créanlo ustedes--decía el amante de doña Camila--el hombre nace +naturalmente malo, y la mujer lo mismo. + +Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos. + +--«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá». + +Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus +gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo. + +--Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...--decía el +hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo +porvenir. + +--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se +deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no +estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino. + +A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían quince años. «Por +este lado no había dificultad». Doña Camila se creyó obligada en +conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sería un golpe de +muerte. Escribió a las tías de Vetusta. + +«¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores deshonrado! porque al +fin Ozores era la niña, aunque indigna». + +Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don Carlos, porque +el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra _c_ por _b_, +porque ni sabía cómo había sido, ni era decente referir a un padre tales +escándalos, ni una señorita, una soltera, aunque tuviese más de cuarenta +años, podía descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos +nada más que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la +niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba +en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no +podía restituirse a la patria, como él decía. + +Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió desengañado. +Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí vivían parte del año +los tres juntos, pero el verano y el otoño los pasaban en la quinta de +Loreto. + +La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza +virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante +absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba +de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía +esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al +principio la calumnia habíale hecho poco daño, era una de tantas +injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu +una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma +que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones +obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban, +y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de +esta mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo en qué +consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender +que su aventura de la barca de Trébol había sido una vergüenza, su +ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia +perdió el último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella +edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo +distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido +culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal +cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas +culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era +la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres +opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de +su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los +impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse +al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le +impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer +traición nunca. + +Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. No le satisfizo +aquel carácter. + +¿No se le había dicho que la niña era un peligro para el honor de los +Ozores? Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y +reservada, de una prudencia exagerada para sus años. Ya le pesaba de +haber entregado su hija a la gazmoñería inglesa que, según él, no +servía para la raza latina. Volvía de la emigración muy latino. +Afortunadamente allí estaba él para corregir aquella educación viciosa. +Despidió a doña Camila y se encargó de la instrucción de su hija. En el +extranjero se había hecho don Carlos más filósofo y menos político. Para +España no había salvación. Era un pueblo gastado. América se tragaba a +Europa, además. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían +de los Estados Unidos. + +--«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que +sólo entendemos de tomar el sol». + +Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la +decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates. +Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y los amigos, nuevos, por +supuesto. + +Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, al tomar café, la +divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demócrata. Otros decían +que era un símbolo del sol y los apóstoles las constelaciones del +Zodiaco. + +Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la +susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué +tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su +padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo +papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá +que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el +telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar, +y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos +religiosos. + +Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de +las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del +mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; pero +no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella. +Así como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasía para huir de +la prosaica y necia persecución de doña Camila, ya adolescente se +encerraba también dentro de su cerebro para compensar las humillaciones +y tristezas que sufría su espíritu. No osaba ya oponer los impulsos +propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a +sus solas se desquitaba. El enemigo era más fuerte, pero a ella le +quedaba aquel reducto inexpugnable. + +Nunca le habían enseñado la religión como un sentimiento que consuela; +doña Camila entendía el Cristianismo como la Geografía o el arte de +coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad +doméstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús +procuró explicársela con un beso de madre. María Santísima era la Madre +de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del campo diciendo que +la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en el río los pañales del +Niño Jesús, doña Camila, indignada, exclamó: + +--_¡Improper!_ ¿quién le inculcará a esta chiquilla estas sandeces del +vulgo? + +En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila; +precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación era como la +lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, en virtud de la Mitología +comparada, encontraba en la religión de los indios dogmas parecidos. + +Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en +cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos. + +Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que +ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo. +¿Por qué no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la +educación _omnilateral_ y _armónica_, como la entendía él. + +--Yo quiero--concluía--que mi hija sepa el bien y el mal para que +libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito tendrán sus obras? + +Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, don +Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el ejercicio. + +De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se +trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía +leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por +Italia. + +--¡El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi +hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las +bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos. ¡Ya no +hay desnudo! Y suspiraba. + +La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de +Israel. + +--_¡Honni soit qui mal y pense!_--repetía don Carlos; y lo otro de: _Oh, +procul, procul estote prophani_. + +Y no tomaba más precauciones. + +Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte +antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su +fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel +inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos. + +La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había +soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas +aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa. + +También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con +la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con +cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia +ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de +abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había +originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba +todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto +hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún +placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y +de inocencia, en que la habían sumergido las calumnias del aya y los +groseros comentarios del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para +todo lo que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado +sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se aparta del +fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba como si fuera un +polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de la niñez; aquella +amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era +huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su +espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más +amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores; +estos caballeros debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y +mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía +amigas. Además don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si +no tuviera sexo. Era aquella una educación neutra. A pesar de que +Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada +vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante, +en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como +un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar +Anita. A su madre la había querido mucho, le había besado los pies +desnudos durante la luna de miel, que había sido exagerada; pero poco a +poco, sin querer, había visto él también en ella a la antigua modista, y +la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que +fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la +Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos +libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez +pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta +especie de varones, aunque parece rara, abunda más de lo que pudiera +creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que +habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto +hacían; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna +palmera del Mediodía. + +Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como mujer, +no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña +Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella +turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban +chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento; Anita iba a +transformarse en mujer cuando parecía muy lejos aún de esta crisis; +estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran ingratos: a los diez +tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos +menos. Como todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a +los filósofos, don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo +y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica. + +--«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la vida», según él, y +no se le ocurrió buscar trabajo; no quería trabajar más. Prefirió +retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que +se lo pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría mucho en +Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el +Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que +vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le +caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían llevarla a paseo, a una +tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza +en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran +cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus +teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis +meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su +antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia +subsiguiente. Pero de cuantos podrían recordarle aquella _vergüenza_, +sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don +Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger +los frutos. + +Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer +economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero +la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser +trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila. Otros años se +llevaba a la aldea algún cajón de libros; esta vez se mandó con el +maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos. + +Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por +dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la +quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles el +polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por don Carlos. + +Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una +de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el +libro cuando leyó en el lomo: _Confesiones de San Agustín_. + +¿Qué hacía allí San Agustín? + +Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni de +curas, ni de _neos_, como él decía. Pero San Agustín era una de las +pocas excepciones. Le consideraba como filósofo. + +Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro +inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un pagano libertino, a +quien habían convertido voces del cielo por influencia de las lágrimas +de su madre Santa Mónica. No sabía más. Dejó caer el plumero con que +sacudía el polvo; y en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña +y rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don Carlos no +estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; fue a la +huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las +sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban sobre las hojas +del libro, blancas y negras y brillantes; se oía cerca, detrás, el +murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corría despacio +calentándose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos +álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que +brillaban como lanzas de acero. + +Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página, +ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo. +Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor, +lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien +había hecho ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos +estudiantes le habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su +única aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. El santo +decía que los niños son por instinto malos, que su perversión innata +hace gozar y reír a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el +egoísmo, la ira, la vanidad los impulsan. + +--«Es verdad, es verdad»--pensaba ella arrepentida. + +Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de su corazón iba a +llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo +porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y necedades ¿iba a terminar? +Como si fuera un estallido, sintió dentro de la cabeza un «sí» tremendo +que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto +mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella +voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo +refiere que paseándose él también por un jardín oyó una voz que le decía +«_Tole, lege_» y que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la +Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y +en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó +erizados muchos segundos. + +Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo.... +Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente +que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las +lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista. + +Y lloró sobre las _Confesiones de San Agustín_, como sobre el seno de +una madre. Su alma se hacía mujer en aquel momento. + +Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos capítulos que no +entendía. + +De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo de Loreto y +varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, que prodigaba el +arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía que pensar a +solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El capellán quería +dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las +noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera. + +Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de +gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta, +soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles. Pensaba en +San Agustín; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro, +recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de +palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un +delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo con recordar la dulzura +de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a +oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía +amar al universo entero en aquel obispo. + +En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una +importación de la Bactriana. + +No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus +disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos, +porque contaba con la ignorancia del concurso. + +El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así le parecía el más +ridículo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de allí el +cristianismo. + +Y muerto de risa decía:--Pero hombre, buena _Batrania_ te dé Dios; +¿dónde ha leído eso el señor Ozores? + +«El capellán no era un San Agustín--pensaba Anita--; no, porque San +Agustín no bebería sidra ni refutaría tan mal argumentos como los de su +padre. No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba; decía grandes +verdades sin saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a +los maniqueos. + +--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer +en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco. + +«¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que +también había creído errores así. Pero su padre llegaría a convertirse; +como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios +y en el santo obispo de Hiponax». + +Después, buscando en la biblioteca, halló el _Genio del Cristianismo_, +que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le +pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los +argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y +con ella el albedrío. + +--«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según don Carlos. Él +tenía sus obras porque el estilo no era malo».--Se hablaba muy mal de +Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después leyó Ana _Los +Mártires_. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía +pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a +Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro? +Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él? + +Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que +hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del _Parnaso +Español_ estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más eran versos +pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor +impresión que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de +León comenzaban así: + + Si quieres, como algún día, + alabar rubios cabellos, + alaba los de María, + más dorados y más bellos + que el sol claro al mediodía. + +El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los de +María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco versos +despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el _sentimiento +de la Virgen_, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue su +locura de amor religioso. + +María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los +afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La +devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de +Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo +en mujer. El Ave María y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido. +Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quería más, quería inventar +ella misma oraciones. + +Don Carlos tenía también el _Cantar de los cantares_, en la versión +poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para +Anita. + +--A mí no me la dan--decía don Carlos guiñando un ojo--; esta _amada_ +podrá ser la Iglesia, pero... yo no me fío... no me fío.... + +Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus +semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba de +más. + +Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita +para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos +solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía a pico sobre +el mar. + +Versos _a lo San Juan_, como se decía ella, le salían a borbotones del +alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba +con la Virgen de aquella manera. + +Notaba Anita, excitada, nerviosa--y sentía un dolor extraño en la cabeza +al notarlo--una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y +aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte. + +Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que +ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas, +y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca +aguda. + +Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre +quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de +empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos +que ella conocía bien; era _una obra_ que días antes había imaginado, +una colección de poesías «A la Virgen». + +Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía al monte de los +tomillares por la puerta del jardín; por allí no podía verla nadie, y al +monte no se subía más que a buscar leña. + +Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta era ardua, +el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían a +pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que +llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la izquierda los +tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos +entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible +del océano. Ana subía a paso largo. El esfuerzo que exigía la cuesta la +excitaba; se sentía calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre +heladas, brotaba fuego, como en lejanos días. Subía con una ansiedad +apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba. + +Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de repente nuevo +panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oía +sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico, +más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una +fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de +placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En +los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de montañas que +parecían escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se +confundían, y se mandaban reflejados sus colores. En lo más alto de +aquel _cumulus_ de piedra azulada Ana divisó un punto; sabía que era un +santuario. Allí estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del +ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola +a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del +sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en +la sombra del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre las +aguas. + +Al fin llegó Ana a la _hondonada de los pinos_. Era una cañada entre dos +lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos +del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su +fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un pájaro, que a la +niña se le antojó ruiseñor, cantaba escondido en los arbustos de la loma +de poniente. Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco. Se +creía en el desierto. No había allí ruido que recordara al hombre. El +mar, que ya no veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; los +pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. Estaba segura de +su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y +escribió con lápiz en la primera página: «A la Virgen». + +Meditó, esperando la inspiración sagrada. + +Antes de escribir dejó hablar al pensamiento. + +Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, dentro del +alma, la primera estancia. Siguió el lápiz corriendo sobre el papel, +pero siempre el alma iba más deprisa; los versos engendraban los versos, +como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban +enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y +perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado. + +Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, tuvo la mano +que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía escribir; los +ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas. +Sentía latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que +apretaba. + +Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en la cañada; +calló el supuesto ruiseñor, y los versos de Ana, recitados como una +oración entre lágrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias +del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia +voz la entusiasmó, sintió escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron +sus rodillas, apoyó la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó +un momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo +sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados +cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza despavorida... no +tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía... y con los ojos +abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral +y pasar sobre su frente. + + + + +--V-- + + +La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete +años sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran +molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de +diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La +acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por +su condición y sus años, y una antigua criada de los Ozores. + +Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, sin ningún +sacramento. El médico decía que algún derrame, algún vaso.... +Materialismo puro. Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin +palo ni piedra. Esto no impidió que durante el viaje manifestase la +señorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado +por la resignación cristiana. + +«Ana, la hija de la modista, había caído en cama; estaba sola, en poder +de criados; no había más remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte +concluían las diferencias de familia». + +--«Muerto el perro se acabó la rabia»,--había dicho uno de los nobles de +Vetusta. + +Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte. +Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho el médico; la +enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la +edad; propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la +claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano podía +oírlo todo, pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis. +«El desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa metamorfosis», «la +crisálida que se rompe», todo eso estaba bien; pero el médico añadía +unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros. + +--«¡Qué gentes trataba mi hermano!»--decía poniendo los ojos en blanco. + +Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña, +huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje +de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre +de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogió la +catástrofe. Su enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se +explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que la afligió al +principio. No lloraba; pasaba el día temblando de frío en una +somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sintió un egoísmo +horrible lleno de remordimientos. Más que la muerte de su padre le dolía +entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareció; se +sintió esclava de los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio, +ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo. +Sabía que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había +vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el +último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había servido +para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba +hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En manos del +filósofo no había hecho más que ir perdiendo. + +--«Es decir, que estoy casi en la miseria». + +Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda irrisoria, +poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía quien le explicase +cómo y dónde se pedían. Estaba sola, completamente sola; ¿qué iba a ser +de ella? Los amigos del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más +que discutir. El capellán no apareció por allí; la muerte repentina de +don Carlos olía un poco a azufre. + +Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana quiso +levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La +noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de +frío. Había querido escribir a sus tías de Vetusta y no había podido +coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografía. + +Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el +mal pudo más, la rindió. El médico habló de fiebre, de grandes cuidados +necesarios; le hizo preguntas a que ella no sabía ni quería contestar. +Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tenía con quien +entenderse; añadió pestes de la incuria de los criados. + +--«La dejarán a usted morir, hija mía». + +Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; llorando y con +las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su +padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas +cristianas. + +Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del caserón. +Comprendían que valía más, mucho más de lo que habían pagado por él, +abusando de la situación apurada de don Carlos, que además era un +aturdido en materia de intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de +los Ozores!--«Por no ser víctima de una mixtificación». + +Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la +desventurada hija del hermano de sus pecados. + +Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio +que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La quinta que ellas habían +imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de +aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas +utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar +con lo que ella valía. Estaba fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse +el infeliz ateo. ¡Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra! +Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho. + +Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién no +tiene su cruz? + +Ana tardó un mes en dejar el lecho. + +Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había sociedad; y el +viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los consejos del +mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos más +transparentes. + +En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en su +convalecencia», según el médico de la casa, que era comedido y no +llamaba las cosas por su nombre. + +El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo. + +Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio +que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana +hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la +vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su conducta. + +En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni +contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo +lo que le daban, y si se le preguntaba: + +--¿Cómo estás, Anita? + +--Algo mejor, señora--contestaba la joven siempre que podía. + +Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a +veces no oía siquiera. + +Durante la nueva convalecencia no fue impertinente. + +No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos. + +En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían naturalmente +las señoritas de Ozores, no se hablaba más que de la abnegación de estas +santas mujeres. + +Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía +con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana: + +--Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula filantropía +moderna. Las señoritas de Ozores están llevando a cabo una obra de +caridad que, si quisiéramos analizarla detenidamente, nos daría por +resultado una larga serie de buenas acciones. No sólo se trata de echar +sobre sí la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar, +a una persona que las sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga +que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa +joven representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una +abdicación de su señor padre.... + +--Una abdicación abominable--se atrevió a decir un barón tronado. + +--Abominable--añadió Glocester inclinándose--. Representa una alianza +nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló +en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... según todos +sabemos, representa esa niña la poco meticulosa moralidad de su madre, +de su infausta.... + +--Sí, señor--interrumpió la marquesa de Vegallana, que no toleraba los +discursos de Glocester--; sí señor, su madre era una perdida, corriente; +pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías; es muy dócil y muy +callada. + +--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura debilidad. + +Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que asistía a +Anita. + +Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don Carlos +como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría para +nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería considerada +como sobrina de quien tantos elogios merecía. + +Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda al saber por el +médico esta resolución de la nobleza vetustense. + +Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de +trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la +sobrina estaba al otro extremo de la casa. + +Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste caserón +de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al +Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistían a todas +las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradías, y a todas las +tertulias de buen tono. Comían dos o tres veces por semana fuera de +casa. Lo más del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la +ocupación a que daban más importancia entre todas las de su atareada +existencia. No pagar una visita _de clase_, les parecía el mayor crimen +que se podía cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión, +porque éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su +corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido +incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de Vegallana, +María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas +hubieran asistido a la tertulia. + +La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por que se +gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía celeste. + +Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían +probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la sobrinita? Esta era la +cuestión. Las miradas de doña Águeda, algo más gruesa, más joven y más +bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se +clavaban en Anita al darle un caldo. + +La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme +con todo. Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado. +La niña no acababa de sanar, ni recaía; no se presentaba ninguna +solución. Además, así no se podía conocer su verdadero carácter. Aquella +sumisión absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo +que eso era. + +Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar que +estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos +hermanas de un asunto muy importante. + +--Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?--decía doña Anuncia. + +--¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa? + +--¿Qué es?--Si esa chica...--Si aquella vergüenza...--¡Eso!--¿Te +acuerdas de la carta del aya? + +--Como que yo la conservo.--Tenía la chiquilla doce o catorce años, +¿verdad? + +--Algo menos, pero peor todavía. + +--Y tú crees... que...--¡Bah! Pues claro.--¿Si será una Obdulita? + +--O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con +aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos? + +--Todo era inocencia--decían los bobalicones de aquí. + +--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes +(juntando y separando los dedos.) + +--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme... +--¡Si sabrá una!...--¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año +pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...--¡A mí, +que soy tambor de marina! + +--¡Si sabrá una!--¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de +Ozores. Suspiró su hermana también. + +Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de él a las +primeras palabras de aquella conversación. Pálida como una muerta, con +dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó +todo el diálogo de sus tías. + +No hablaban a solas como delante de los señores _de clase_; no eran +prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña Anuncia +decía palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La +conversación tardó en volver al pecado de Ana, a la vergüenza de que les +hablaba la carta de doña Camila. La huérfana oía, desde su alcoba, +historias que sublevaban su pudor, que le enseñaban mil desnudeces que +no había visto en los libros de Mitología. Pero aquellas mujeres ya se +habían olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que +se escapaba por el balcón en compañía de su novio, la misma marquesa de +Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de +clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en aquella venganza +solitaria de las dos señoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de +flaquezas, de escándalos, ¿quién recordaba ya la aventura, poco conocida +al cabo, de la sobrinilla enferma? + +Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según ellas, +se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia o de la +precocidad de la niña. Se discutió, como en el casino de Loreto, la +verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiológico. Hablaron +aquellas señoritas como dos comadronas matriculadas. ¡Qué riqueza de +datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la +boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana +que estaba a los pies de su butaca. + +«En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta +nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella muchacha hubiera +seguido con vida tan disoluta. Pero no había motivo para creerlo. Nada +más habían sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se había de ver». + +Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió que +sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en +adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo eran +ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más. + +Había habido algunos minutos de silencio. + +Doña Águeda lo rompió diciendo: + +--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa. + +--Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco desarrollada.... + +--Eso no importa; así fuí yo, y después que...--Ana sintió brasas en las +mejillas--empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de +manteca. + +Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose del rollo que había sido. + +Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos amores +románticos rabiosos. De aquellos amores le habían quedado varias +canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma +acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo: + + Esa luna que brilla en el cielo + melancólicamente me inspira: + es el último son de mi lira + que por última vez resonó. + +Se trataba de un condenado a muerte. + +El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con +un amante; pero una vez que el siglo estaba _metalizado_ y las muchachas +no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura +de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los +Ozores, pues lo traían de raza. Sí, era preciso darle bien de comer, +engordarla. Después se le buscaba un novio. Empresa difícil, pero no +imposible. En un noble no había que pensar. Estos eran muy finos, muy +galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las +hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una +dolorosa experiencia. Los chicos _innobles_, que pudiera decirse, de +Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera +apencar--apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza--, con +algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar +a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un +americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían más, +confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por consiguiente un +americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase. + +Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto. + +La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó en +procurar cuanto antes la salud. + +Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno, +ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. A no haber oído +aquella conversación de las tías, la pobre huérfana no se hubiera +atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso +de aquella carga: ella. Pero ya sabía a qué atenerse. Querían engordarla +como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque +costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados. + +La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la +voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quería +poder librar pronto a sus tías de su presencia. El cuidarse mucho, el +alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo. El estado de su +ánimo no contradecía estos propósitos. + +Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído revelación +providencial de una vocación verdadera, habían desaparecido. Ellos +determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero +al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traía. + +En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el +delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, los +enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas veces y +de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe suya era +demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo en qué; su desgracia +más grande, la muerte de su padre, no había tenido consuelo tan fuerte +como ella lo esperaba en la piedad que había creído tan firme y tan +honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que +sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo +la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para +remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento +que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de su abandono, que fue +el sentimiento que venció a todos, no lo curaba la fe. + +--«La Virgen está conmigo»--pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y +acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza +las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevenía un ataque +nervioso, sentía la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del +abandono sordo y mudo, y entonces las imágenes místicas no acudían. +Hacía falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien no +conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su presencia, creyó +firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia. + +Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que +tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías +sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por +ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al fin +era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y al +contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que +lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del +Niño Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión serena +examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan +profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza +artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de +Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran religiosos? ¿O era que en +la vanidad, en el egoísmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De +todas suertes ella padecía mucho. Se le figuraba que toda la vida se le +había subido a la cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el +cerebro un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar +sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado, +exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó envidiar a los +animales, a las plantas, a las piedras. + +En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta +actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después de +comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que +unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más +despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba tantos héroes y +heroínas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantásticos, sus +sentimientos menos alambicados, y se complacía en describir su belleza +exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan +todas las aventuras en batallas o en escenas de amor. + +Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el +alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías le permitían levantarse +tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no +estaba ya en aquel caserón de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la +tierra; estaba flotando en el aire, no sabía dónde. Ella se dejaba +columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar aéreo de sus +ensueños.... Y mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas, +ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias +purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas +ideales de sus visiones turgentes. + +Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas +o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de +cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del +hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se +despedía de la señora de sus pensamientos diciendo: + +--«Adiosito. Ahorita vuelvo»,--con un balanceo de hamaca en los +diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza ella y las tías. + +Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el empirismo del arte, y +además lo profesaba por principios. Sabía de memoria «_El Cocinero +Europeo_», un libro que contiene el arte de confeccionar todos los +platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, española y otras. +Pero salía por un ojo de la cara el guisar como el _Europeo_, según doña +Águeda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la +aristocracia, ella dirigía las operaciones en la cocina del marqués de +Vegallana y entonces recurría al _Europeo_. En su casa había muy poco +dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores. +Maravillas y primores de la cocina casera comió Anita en cuanto el +estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda con unos ojos dulzones, +inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a +la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores. +Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la +cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su +vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos +llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la +sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su obra se +dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato. + +Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo +mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático +de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y +de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus +sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doña Anuncia +y la ayudaba a regatear. + +La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para +pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo +al mundo. + +--Si ustedes la vieran--decía--está desconocida; se la ve engordar. +Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella +Águeda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cómo +guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la niña. En casa no entendemos la +caridad a medias. Todos los días se ve recoger a un pariente pobre, +¿para qué? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un +mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de +otro modo. En fin, ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya +verán ustedes. + +En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver engordar a +la niña. + +El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria +belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido +milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía +orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo +aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases. +Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder +de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había +recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era +hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media +era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella +hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del +pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la +catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de +Ozores. Eran las tres maravillas de la población. + +Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido +la admiración que el mundo tributó a su Minerva. + +--¡Es una estatua griega!--había dicho la marquesa de Vegallana, que se +figuraba las estatuas griegas según la idea que le había dado un +adorador suyo, amante de las formas abultadas. + +--¡Es la Venus _del Nilo_!--decía con embeleso un pollastre llamado +Ronzal, alias el Estudiante. + +--Más bien que la de Milo la de Médicis--rectificaba el joven y ya sabio +Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos. + +--¡Es _un_ Fidias!--exclamaba el marqués de Vegallana, que había viajado +y recordaba que se decía: «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc., +tratándose de cuadros. + +Y Bermúdez se atrevía a rectificar también: + +--En mi opinión más parece de Praxíteles. + +El marqués se encogía de hombros. + +--Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían juzgar mejor, porque +muchas de ellas habían conseguido ver a Anita como se ven las estatuas. +No sabían si era _un_ Fidias o _un_ Praxíteles, pero sí que era una real +moza; un _bijou_, decía la baronesa tronada que había estado ocho días +en la Exposición de París. + +Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en _la clase_, +en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la +modista italiana.--Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden +expresa de las tías--. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo +del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba +con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la +caballeriza y hasta la casa de un potentado. + +Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para +ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a +los vestidos, y creían que las proporciones--los novios +aceptables--harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en +los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a _la sobrina_ +adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos +más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se +casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que +prohibir a su novio formal--el futuro esposo--_hacer el amor_ a la +huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba, +pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad. +Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos +buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres +buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india, +como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano +plebeyo, un _vespucio_--como también los apellidaban--pagaba caro el +placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo +menos. + +El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había +modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se +casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un +ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener +advertida a la niña. + +--En el gran mundo de Vetusta--decía doña Anuncia--es preciso un ten +con ten muy difícil de aprender. + +Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco +embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo +todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en +que era indispensable dar instrucciones a la chica. + +Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y +menos estas, tratándose de los gustos y predilecciones de sus tías; pero +una noche no pudo menos de expresar su opinión al volver sola de la +tertulia íntima de Vegallana. + +--¿Te has divertido mucho?--preguntó doña Anuncia, que se había quedado +en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletín de _Las +Novedades_. (Era liberal en materia de folletines.) + +--No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá sin alguna +de ustedes. Cuando voy sola.... + +--¿Qué?--exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero +de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra +la tertulia de su predilección. + +--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos. + +No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería +más claridad y replicó: + +--¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco +fina la sociedad de Vetusta? + +Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había +disgustado. + +--No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se +figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña.... + +--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les +consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero. + +--Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una +cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse +tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por +todo. Tú eres de la clase. + +--Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero +tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas.... + +--¡No me toques a las hijas del marqués!--gritó la tía, poniéndose en +pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra. + +--«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». Cada vez que faltaba a su +propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de +remordimiento, como el del artista que se equivoca. + +Entró doña Águeda. Había oído la conversación desde el gabinete. Las dos +hermanas se miraron. Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con +ten. + +--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; tú eres una +niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna +experiencia, por lo que se observa. + +--Eso es; por lo que observamos en los demás. + +--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es +necesario... un ten con ten especial. + +--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. Tú +habrás notado que en público los de la clase jamás faltan a la más +estricta y meticulosa... eso, decencia. + +--Que es lo principal--dijo doña Anuncia, como quien recita el decálogo. + +--Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al +vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse +en lo más mínimo.... Pero en el trato íntimo, el que no es más que de la +clase, ya es otra cosa. + +--Otra cosa muy distinta--dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella, +por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten. + +--Como todos somos parientes--continuó--de cerca o de lejos, nos +tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni +porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la +hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo de +pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni +aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni +escandalizarte, ni darte por ofendida. + +--De ninguna manera--apoyó doña Águeda. + +--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu +inocencia te sirve para tolerar todo eso. + +--Así hacen Pilar, Emma y Lola. + +--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar.... + +--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama +mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la +juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes; +déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores +formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo. +Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna +cosa.... + +--Es una falta de educación entre la clase.... + +--Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de +ellos.... + +--Ni gana, tía--dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de +haberlo dicho. + +Doña Águeda sonrió. + +--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclamó doña Anuncia, puesta en +pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo. + +--Eres muy orgullosa--añadió. + +--Déjala; el que no se consuela.... + +--Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides +lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la +marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una +impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te +alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no +menos elogios del público que tu palmito y buen talle. + +--Sí, hija mía--interrumpió doña Águeda--. Es necesario sacar partido +de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas. + +Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se +figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana +trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella +hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana +era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como +pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la +esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de +esbelta, porque era delgada. + +Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón, +que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la +figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la +chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas +señoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían +en la sombra un embrión de aquelarre. + +Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les +gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que +no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre +concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la +observación en cabeza ajena. + +--Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo manifestamos nunca afición al +matrimonio. + +Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten. + +Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doña +Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió la deliciosa +pereza que era casi el único placer en aquella vida. Como entonces ya no +había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa +desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para +gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de +las sábanas. + +Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban +los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían; +pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían +su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos +labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel +perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda +Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba +exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era +verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos, +con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de +Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso estaba en un +porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado +hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba, +entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no +vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación +aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de +que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior +de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba +debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban +más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella +carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más +solemnemente las viejas. + +Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida +trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera +decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento. + +Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la +autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel +misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la +falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo +defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este +el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se +le había cortado de raíz. + +Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno +de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si +hubiera visto un _rewólver_, una baraja o una botella de aguardiente. +Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. +Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas +solteronas. «¡Una Ozores literata!». + +--«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en +efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su +célebre carta». + +El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la +aristocracia y del cabildo. + +El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido, +declaró que los versos eran libres. + +Doña Anuncia se volvía loca de ira. + +--¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina.... + +--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no +tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos +no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna +literata que fuese mujer de bien. + +Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido +por una poetisa traductora de folletines. + +El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso +buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba. + +--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan, +aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben +ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran. + +La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular +deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella +lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en +literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería +las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría +ella lo que era el mundo! En cuanto a la _sobrinita_, era indudable que +había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para +ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido +a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y +recordaba unas _Aventuras de una cortesana_, que había ella proyectado +allá en sus verdores, ricos de experiencia. + +Tan general y viva fue la protesta del _gran mundo_ de Vetusta contra +los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y +engañada por la vanidad. + +A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, +volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el +papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del +delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales +disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus +penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma +no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba +en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles. + +Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en +Ana, aprovecharon este flaco para _ponerla en berlina_ delante de los +hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién--pero se creía que +Obdulia--había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los +jóvenes desairados _Jorge Sandio_. + +Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún +se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas. +Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera +descubierto. + +--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--decía el +baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla. + +--¿Y quién se casa con una literata?--decía Vegallana sin mala +intención--. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que +yo. + +La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un +idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!»--pensaba satisfecha de lo +pasado. + +--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--añadía el afeminado +baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:--Pues +hijo mío, serán ustedes un matrimonio _sans-culotte_. + +Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la +opinión: la literata era un absurdo viviente. + +--«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no +escribiría más». Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y +desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos +aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su hermosura, pero +como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a +los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para ella eran +incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes, +cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula en cuanto se +refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que vivía; para +tales materias prefería las advertencias de doña Anuncia al propio +criterio. Al principio se le había figurado que ella, con un poco de +arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos +que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le +pareció una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató +de ensayar sus recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas +interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y miraba +a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: en +efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le antojaban de papel +marquilla. + +Los _pollos_ de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una +excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era una virtud +efectiva. + +--«¡Qué diablo, alguna había de haber!». Los seductores de la clase +media que anhelaban siempre _meter la cabeza_ en la aristocracia, +declararon lo mismo: «Ana era invulnerable». + +--Esperará algún príncipe ruso--decía Alvarito Mesía, que vivía entre +plebeyos y nobles. Alvarito no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos +tienes». Eran dos orgullos paralelos. + +Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya +en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los +mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta. + +La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con +sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. Álvaro las +vio y saludó desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de +Mesía. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto +bien. + +--«Buenos ojos--pensó el Tenorio--no sabía yo a lo que saben, hasta +ahora». + +Y continuó:--«Esa será una de las primeras». + +Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en +medio los ojos de _la sobrina_. + +La _sobrina_ también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y +ceja. + +Y pensaba:--«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no +era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con +elegancia... el menos tonto sin duda». + +El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos: + +--«Se ha ido el menos tonto». + +Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en +cuanto llegó a Madrid.--«¡Oh! el convento, el convento; ese era su +recurso más natural y decoroso. El convento o el americano». + +El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como +quien oye llover. + +--¡Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la +iglesia--. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita. +Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones +improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas +escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con +plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo +para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te +hablaré del asunto. Aquí sería una profanación. + +El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven +para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la +señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor +Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana +suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción, +hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia +sabía algo, impondría al novio sin más examen. + +--«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazón; +Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña gallardamente en su comedia +inmortal: _El sí de las niñas_». + +Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio +soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas, +en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada +de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas +las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y +un caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de las +pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él prendas +morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría expansiva, +y la despreocupación en materias supersticiosas. + +El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía a +saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no +estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simpático. + +«Era _un forastero_, palabra de sentido especial en Vetusta, para las +señoritas de Ozores, que no le habían visto aún en ninguna casa _de las +suyas_». + +--Es un magistrado--les había dicho Crespo un día--; un aragonés muy +cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de +comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro +antiguo es lo que hay que ver. + +Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les preparaba a +escondidas. + +Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin +encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera +de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado. +Las acompañaron aquellos señores durante el paseo y hasta dejarlas en el +sombrío portal del caserón de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don +Víctor. Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, y al +día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó a las nobles damas. +Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció muy simpático. + +La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le +pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las +preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas. + +Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba +que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella +quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta +era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta, +inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello +era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se +reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueños. + +Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía a medias +palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no hubieran entendido en +tomos como casas. + +A don Tomás le llamaban _Frígilis_, porque si se le refería un desliz de +los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de +moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia, +sino por filosofía, y exclamaba sonriendo: + +--¿Qué quieren ustedes? Somos _frígilis_; como decía el otro. + +_Frígilis_ quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la +fragilidad humana. + +Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la +adaptación al medio. Pero de esto ya se hablará en su día. Ocho años más +adelante brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo +todo. + +Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había +adivinado en Anita tesoros espirituales. + +--Mire usted, don Víctor--le decía a su amigo--esa niña merece un rey, y +por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted, v. gr. +Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las +minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es +el arbolado. + +--Deje usted la flora, don Tomás. + +--Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es una mujer de primer +orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho +un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese +caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para mí un alma buena +no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud. + +--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía usted que +la niña.... + +--¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí no hay que ponerme +motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo creo en la bondad +que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las +raíces... pues es lo mismo, el alma.... + +Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor +muchacha de Vetusta. + +Crespo, según él dijo, tomó un día por su cuenta a la joven para +recomendarle al señor Quintanar. + +«Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y pico eran como +los de los árboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud. +Más viejo es un perro de diez años que un cuervo de ciento, si es cierto +que los cuervos duran siglos». + +Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el trato de +Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones +que había impuesto a don Cayetano; no sabrían nada las tías. Don Víctor +aceptó aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--decía +Frígilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará +más pronto... ya verá usted como pica.... + +Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar. + +«Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas». + +No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo +declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de +Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como +Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso. + +Pero a solas se decía Anita:--«¿No es una temeridad casarse sin amor? +¿No decían que su vocación religiosa era falsa, que ella no servía para +esposa de Jesús porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don +Víctor, tampoco debía casarse con él». + +Consultado Ripamilán, contestó: + +--«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el +Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No confesaba Anita que le +agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día le encontraría más gracia. +Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada». + +Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró +convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una +mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro. + +--«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San +Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que +atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso +de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el +teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen +conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz +a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano +y amigo». + +Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le +gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. El claustro +era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quien iba a +vivir, sino con _hermanas_ más parecidas de fijo a sus tías que a San +Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de +las «veleidades místicas» de Anita, y las que la habían llamado _Jorge +Sandio_ no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el +nuevo antojo. + +Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún +_trapicheo_; pero esto era poco para creerse con vocación de santa. + +«¿Por ventura las demás eran unas tales?». + +--Es guapa, pero orgullosa--decía la baronesa tronada, que tenía a su +marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita. + +No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; fueron +las tías que descubrieron un novio para la niña. El nuevo pretendiente +era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de +Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto a edificar el mejor +_chalet_ de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser +diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta. Vio +a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sintió +herido de punta de amor. Se le advirtió que no le bastaban sus onzas +para conquistar aquella plaza. Entonces se enamoró mucho más. Se hizo +presentar en casa de las Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la +sobrina. + +Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y +terminada la conferencia compareció Anita. Doña Anuncia se puso en pie +al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó caer sobre la alfombra _La +Etelvina_, novela que había encantado su juventud, y exclamó: + +--Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede ser decisivo en +tu existencia. (Era el estilo de _La Etelvina._) Tu tía y yo hemos hecho +por ti todo género de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas +disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las +comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son +nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás lo que nos debes +(se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), nosotras hemos +perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha +sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra +ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que +vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable. + +--Incalificable--repitió doña Águeda--. Pero creo inútil todo este +sermón--añadió--porque la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo +que se trata. + +--Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo. + +--Todo.--Sí, todo, querida tía. + +--Como supongo--prosiguió doña Anuncia--que ya no te acordarás siquiera +de aquella locura del monjío.... + +--No señora...--En ese caso--interrumpió doña Águeda--como no querrás +quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos.... + +--Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente.... + +--Y como nosotras no podemos más.... + +--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece.... + +--Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico +del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano. + +Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló; +no se atrevía a dar una negativa categórica. + +Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco +que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la +pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces, +multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y +contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había +momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en +la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas +salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola. + +Doña Águeda misma estaba horrorizada. + +La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después de +aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo +tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a +leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la bailarina--¿quién +dudaba ya que la modista había bailado?--no le faltaría una cama en el +palacio de sus mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a la +mesa; todo lo había comido la niña». + +Ana escribió a Frígilis. + +Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, como el día de +la primera visita, entró en el estrado de los Ozores. Venía a pedir la +mano de Ana, «a quien creía no ser indiferente». + +«Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser +ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería +llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su +sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino. +Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y +hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una _aurea +mediocritas_, como había dicho el latino». + +Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... _mediocritas_... la +cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación. + +Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la cruz al pecho, que +a doña Anuncia la enamoraban los discursos que no entendía y las +condecoraciones. + +Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la vieja estaba +fascinada. + +«Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de +Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto en mangas de +camisa». + +La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la mano de su +sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia +de la nobleza, de la clase». + +Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda +aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días. + +La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos +siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de +anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la +Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas: + +--¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía +una boda loca. + +La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es +decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa. + +Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía +por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que +había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino. + +Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis +tenía lágrimas en los ojos. + +--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--decía con un +pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Será usted la Regenta +de Vetusta, Anita. + +--No lo permite la ley, por causa de las tías--contestaba don Víctor. + +--¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta. + +Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo. + +Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en el estrado, casi a +obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quizá los +mismos que les dieran en otra ocasión aquel pésame por la muerte civil +de don Carlos. + +--Y ella va contenta--decía el barón. + +--¡Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Señores, que va a +arrancar, _desapartarse_--gritó el zagal de la diligencia. + +Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas las manos de +aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero. + +Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: era un adiós triste de +verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa +veía marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que +le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla. + +Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre +que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla que aquel don +Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso. + +Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado +tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por +su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la +cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso +abandono: + +--Sí, sí, el primero, el único. + +«No le amaba, no; pero procuraría amarle». + +Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de +aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido +atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia +desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos +gritos de la despedida. + +Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había hablado +de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. Repasando todos los +años de la inútil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera +cargarse al capítulo de amor tal vez, alguna mirada de algún desconocido +en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de árboles poblados +de gorriones y jilgueros. + +Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto había +puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo. + +«No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre; +pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y +adocenados». + +Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había encontrado +un desdén altivo y una ironía cruel capaces de helar una brasa. + +«Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres +que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno +de ser querido... pero las tías se encargaban de mantener las distancias +que exigía el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez +demócratas teóricos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban +a su pesar, de ellas. No se acercaban». Todos los que habían producido +en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran +cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe +ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se +comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero _lo dejan_; falta +una posición; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas; +los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa +y se hacen jugadores. + +Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más ricos que los +que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta Vetusta. + +«Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos +hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo dijera don Frutos +Redondo.... Pero además, ¿para qué engañarse a sí misma? No estaba en +Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el +héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San +Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien +nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y +escogida...». + +«Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como +el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor era la +muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que +rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al +lado, era un delito. Todo había concluido... sin haber empezado». + +Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de +viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente, +algo arrugado el entrecejo, _El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca +de Jerusalén_, del inmortal Calderón de la Barca. + + + + +--VI-- + + +El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida +por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de +San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. Los socios +jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de +la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el +Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de +abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas +y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía +trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del +pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el Casino deja de +residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata. + +Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo; +lo demás se confesaba que valía poco. + +Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la +policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía +creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían tener +los camareros muy mala educación, también heredada. El uniforme se les +había puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados. + +En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de pino. Era +costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que +entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había +visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al +pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien +interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la +Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se +levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de +la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas. + +Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos +en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó, +todo ello junto y como quiera. Más adelante había otra sala más lujosa, +con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como +decían los mozos. Aquella leña suscitaba graves polémicas en las juntas +generales de fin de año. En tal estancia se prohibía el estridente +dominó, y allí se juntaban los más serios y los más importantes +personajes de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de +oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, estaba +la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había de +reinar el silencio, y si era posible también en la sala contigua. Antes +estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y +los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo, +donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca +de los billares. La sala del tresillo jamás recibía la luz del sol: +siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que hacían palpables las +tristes llamas de las bujías semejantes a lámparas de minero en las +entrañas de la tierra. + +Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, llamaba a los +del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel +antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda +alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito. Los +más bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se +revestían de una seriedad prematura; parecían sacerdotes jóvenes de un +culto extraño. Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga +pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún +joven pálido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres +hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo. +Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este +culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a +Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos. + +En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses +eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al +_cuarto del crimen_ en busca de más pingües y rápidas ganancias; porque +jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era +famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque +si no ¿quién ganaría a quién? Pero contra la afirmación del jefe de +Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron +aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas más altas, +tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la +administración del Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches. + +Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las +ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios +mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más veces para +pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no +sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor _espada_ +de los presentes. Es pálido y flaco. No se sabe si viste de artesano o +de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para +sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se +le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco; +apenas contesta si le hablan. Él va a su negocio: una casa de tres pisos +que está construyendo a costa del tresillo junto al Espolón. A su lado +está don Matías el procurador: juega al tresillo para huir del _monte_. +Cuando la suerte le es adversa _arriba_, baja y se expone a ganar al +tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo +deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las +cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del +Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un +mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo +durante las ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado +provincial para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo +vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos _espadas_ a quien +admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El tresillo de +su pueblo no le divertía. + +Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana, +sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y +el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban; +pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era +cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. Jugaban +muchos forasteros, casi todos empleados. + +Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había allí +muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza +solía oírse frases como estas: + +--Le digo a usted, que me lo ha dado usted. + +--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que sí.--Pues +miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted.... +Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera subsistir, por +una especie de equilibrio que la naturaleza establecía entre los +temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un +genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como corderos y +miedosos como palomas. + +Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza +necesaria. + +Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba +el del Ayuntamiento: + +--¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la mesa. + +Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos. + +Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos +instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un templo +jamás profanado por ríos de sangre. + +El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, era estrecho y +no muy largo. En medio había una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y +rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consistía en +un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban +representando la sabiduría de la sociedad el _Diccionario_ y la +_Gramática_ de la Academia. Estos libros se habían comprado con motivo +de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes +respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras. +Había además una colección incompleta de la _Revue des deux mondes_, y +otras de varias ilustraciones. La _Ilustración francesa_ se había dejado +en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecían +no se sabe qué reyes de España matando toros. Con ocasión de esta medida +radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy +buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de +Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En los cajones +inferiores del estante había algunos libros de más sólida enseñanza, +pero la llave de aquel departamento se había perdido. + +Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba de +mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la demanda. + +--Sí señor, la crónica de Vetusta.... + +--Pero ¿usted, sabe que está ahí? + +--Sí, señor, ahí está... + +--El caso es...--y se rascaba una oreja el señor conserje--como no hay +costumbre.... + +--¿Costumbre de qué?--En fin, buscaré la llave. El conserje daba media +vuelta y marchaba a paso de tortuga. + +El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales +pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia +y Turquía y el _Padre nuestro_ en grabados, que adornaban las paredes de +aquel centro de instrucción y recreo. Volvía el conserje con las manos +en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios. + +--Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave. + +Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en +la pared. + +De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; tanto que aquellos +desaparecían casi todas las noches y los grabados de mérito eran +cuidadosamente arrancados. Esta cuestión del hurto de periódicos era de +las difíciles que tenían que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se les +ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se +llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar los periódicos +libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. Don Frutos +Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el +_Imparcial_ del Casino. Y no había de trasladar su lecho al gabinete de +lectura. Se llevaba el periódico. Aquellos cinco céntimos que ahorraba +de esta manera, le sabían a gloria. En cuanto al papel de cartas que +desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un +pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El +conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato. +Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa probidad; les +guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acudía, y +solía negarse a mudar las plumas oxidadas. + +Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había tantos +lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios +amantes del saber no leían más que noticias. + +El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de +lectura, era un caballero apoplético, que había llevado granos a +Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera. +Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba _Le Figaro_, +después _The Times_, que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y +arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba +dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho +que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de apoplejía, +sobre _The Times_, se averiguó que no sabía inglés. Otro lector asiduo +era un joven opositor a fiscalías y registros que devoraba la _Gaceta_ +sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: sabía de memoria +cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra +administración pública. + +A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto: +escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más +contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» y siempre que un papel de +Madrid decía «Lo de Vestusta» era cosa de él. Al día siguiente desmentía +en otro periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» no era +nada. Así se había hecho un redomado escéptico en materia de prensa. +«¡Si sabría él cómo se hacían los periódicos!». Cuando franceses y +alemanes vinieron a las manos, _El Corresponsal_ dudaba de la guerra: +era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había hasta +la rendición de Metz. + +El poeta Trifón Cármenes también acudía sin falta a la hora del correo. +Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en +seguida con un desengaño más en el alma. Era que «no se lo habían +publicado». Se trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había +mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, que +en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no +podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas +madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las +composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía ser esta: «Muy +señor mío y de mi más distinguida consideración: adjuntos le remito unos +versos para que, si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz +pública en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin +pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, después de +un año, que se los devolvieran. Pero «no se devolvían los originales». +Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en _El Lábaro_, el periódico +reaccionario de Vetusta. + +Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se acostaba +sin haber leído todos los _fondos_ de la prensa que llegaba al Casino. +Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía +fama de hábil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales +eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de +sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches. + +--¡Qué habilidad!--decía sin entender palabra. + +Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara de ver ya no +la habría. + +Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo: + +--Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú entiendes esto +que he leído hoy en el periódico. «No deja de dejar de parecernos +reprensible...». ¿Lo entiendes tú, Paca? ¿Es que les parece reprensible +o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir.... + +Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en mano, +en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez +papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la +noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal +parte se ha escapado con los fondos. + +Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros +respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la +servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más de la mitad del caudal +fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la +_Correspondencia_ que los periódicos pobres se van echando, como +pelotas, de tijeras en tijeras. + +Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que +parecía oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos +lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar el piso y +los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los +ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando +ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los señores del +billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial +el ingenioso buen humor de los señores socios. + +A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El +conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la +llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a +dormir a la conserjería. + +Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, en +traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba +bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se acercaba al +estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el cajón inferior, +tomaba un libro, dejaba otro que venía oculto bajo la esclavina, +escondía el primero entre sus pliegues y cerraba el cajón. Se acercaba a +la mesa, después de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y fingía +echar un vistazo a los periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que +hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No era un ladrón, +era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la que el conserje había +perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez de tropa. Había sido +un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser +elegido presidente de un _Ateneo de infantería_, y vístose en la +necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran +sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en +otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse +solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de +la patria, ser un erudito. Empezó a llamar la atención de los +vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y +el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le +antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a poco llegó a +ser miembro, ya correspondiente, ya de número, de muchas sociedades +científicas, artísticas y literarias. Despuntaba en la Arqueología y en +la Botánica, sobre todo en la relación de esta a la Horticultura. Era +un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo +sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. También le +daba el naipe por la biografía militar. Sabía de varios tenientes +generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo +sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que +si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera +conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones, +como en efecto las había perdido el general inepto. + +De esta clase de biografías de personas que pudieron ser importantes, +estaban las fuentes en libros como aquellos que había en el cajón +inferior del estante del Casino. Más ejemplares habría por el mundo, +pero no se sabía de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que +encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto +él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con +aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le +antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades. +Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de +Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma, +el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía, +necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar! +Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y _tutti quanti_». Pero +no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en +puridad, tenía...--y miraba a los lados al decirlo--tenía un precioso +manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo +había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo. + +Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del +hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio. + +El _cuarto del crimen_, la sala de los juegos de azar, y más +concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se +llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos. +La autoridad no había turbado jamás la calma de aquel refugio repuesto y +escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad +pública. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del _Lábaro_, se +perseguía cruelmente la prostitución, pero el juego no se podía +perseguir. En cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como +decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del _Lábaro_, ¿cómo +no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones +de este género en la prensa local? + +Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se titulaba, por +ejemplo: _¡Esas palomas!_ o _¡Fuego en ellas!_ y en una ocasión el +mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente +que se llamaba a secas: _Meretrices_, y acababa diciendo: «de la +impúdica _scortum_». + +Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los +socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le +habían pronosticado una cesantía. Lo ordinario siempre fue que hiciese +la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más +decorosa posible, como decían las partes contratantes. Los jugadores +vetustenses tenían una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados +que tenían que madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de +perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana, +recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve, +el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo trabajo, volvía, +como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde +las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes, +industriales, empleados, propietarios, todos hacían lo mismo. En el +tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de +conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas, +los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar +donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas, +todos los gustos, todos los temperamentos. + +No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado +patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La +religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición +al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los +socios, si no se podía pasear? Por eso proponía don Pompeyo Guimarán, el +filósofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. «_¡Risum +teneatis!_» contestaba Cármenes en la gacetilla del _Lábaro_. + +La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, se +manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el Casino +portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un comerciante, +liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro +de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los +zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. Juraba que jamás +llevando botas nuevas le había favorecido la suerte. Venía a ser un +jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa +experiencia le daban ganancias seguras. Un año hizo una espléndida +novena a San Francisco, a la cual acudió toda _Vetusta edificada_, como +decía Bermúdez. + +Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto de los +porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más socios que ocho o +diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran +personajes averiados que habían contraído la costumbre de trasnochar en +Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de +esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a +ella asistían personajes importantes de esta historia. + +Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al +gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a +nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el +respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de +la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba +entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la +llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en +la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un +diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios +fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar +café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un +aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los +hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba, +sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de +lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que +sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna. +Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de +una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de +señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de +animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante, +aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor +fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay +inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros +irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato, +etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se +refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en +lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera, +y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba: + +--¿Quién es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era +hermana de.... + +Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los +vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase: + +--Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes. + +La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las +conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los +socios beneméritos. El invierno actual siempre era más frío que todos +los que recordaban, menos uno. + +También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento, +sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades. + +A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables +ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más +grato palique el silencio; y a él se consagraba principalmente aquella +especie de siesta que dormían despiertos. Casi siempre callaban. + +No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había dos +o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático +estrépito del dominó, que habían desterrado de su sala los venerables. +Los del dominó eran siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros +civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero +siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble, +hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar +a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía +jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros +personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de mucha agua, +cuando él no podía dar sus paseos. + +La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados. + +--«Allí no se respetaba nada ni a nadie»--decían los viejos del +rincón.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las +conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban. + +--¡Qué atolondramiento!--dijo un _venerable_ en voz baja. + +--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses +reales de la provincia. + +--Únicamente cuando viene el señor Mesía.... + +--Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa. + +--Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman +Economía política. + +--Yo también creo en la Economía política. + +--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, a quien +he conocido. + +Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba +tierra encima y a callar todos. + +En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal +y era usurero con todos los sistemas políticos; malicioso, y enemigo de +los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo. + +--Pero, vamos a ver--decía--¿quién le ha asegurado a usted que el +Magistral no ha querido confesar a la Regenta? + +--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la +capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta. + +--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón. + +--Es verdad--gritó un tercero--yo también los vi. De Pas iba con el +Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy +colorado. + +--¡Hombre, hombre!--exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse. + +--Pues yo sé más que todos ustedes--vociferó un pollo que imitaba a +Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de +Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina. + +Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro +se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una +mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el +respaldo en la mesa, dijo: + +--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don +Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque.... + +--¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?--interrumpió el enemigo del +clero--. ¡El secreto de la confesión! + +--¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho. +Mesía--y bajó mucho más la voz--Mesía le pone varas a la Regenta. + +Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro. + +«Aquello era demasiado». + +«Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el +Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero tocar a la Regenta! Era un +imprudente aquel sietemesino, sin duda». + +--Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que Álvaro quiere +ponérselas; lo cual es muy distinto. + +Todos negaron la probabilidad del aserto. + +--Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho! + +El pollo se encogió de hombros. + +--«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el íntimo de Mesía». + +--Y, vamos a ver--preguntó el señor Foja, el ex-alcalde--¿qué tiene que +ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el +Magistral y la confesión? + +No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía hablar mal de +los curas. + +--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al +otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra. + +--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirtió el padre del +deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo, +adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa. + +--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y seguía +bajando la voz, y los demás acercándose, hasta formar un racimo de +cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya +notado las miradas... y demás ¿eh? del otro... y querrá curar en +salud... y el Arcipreste no está para casos de conciencia complicados, y +el Magistral sabe mucho de eso. + +El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación. + +Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba un ojo a un amigo. +No cabía duda que los chicos sólo en Madrid se despabilaban. Caro +cuesta, pero al fin se tocan los resultados. + +El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía +la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de +sus gestos y acento. + +Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en +ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía +pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se +llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre +las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería. + +Se llamaba Joaquín Orgaz y _se timaba_ con todas las niñas casaderas de +la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y +tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había acabado la carrera aquel +año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella +aportaría el dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades +flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía parecer +más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en +Vetusta no podía temer a más de cinco o seis rivales importadores de +semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo +buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se había +hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le +tocaba del esplendor que irradiaba el célebre Mesía, flor y nata de los +elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba Álvaro por lo muy familiar que +era el trato de Paco y de Mesía, y como él tuteaba a Paquito... por eso. + +Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que +era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta. + +--Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de talento, +digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me apuran diré que +es una mujer superior--si hay mujeres así--pero al fin es mujer, _et +nihil humani_... + +No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de +quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles. + +Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe maldecir el +pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios +que le costaba aquel enemigo. + +Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que +había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su gloria cantando +algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró sobre un tacón y +cantó, o _se_ cantó, como él decía: + + Ábreme la puerta, + puerta del postigo.... + +--«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. ¡La Regenta! +¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y Álvaro siempre había sido +irresistible...». Orgaz hijo suspendió el baile, que había emprendido +mientras hacía observaciones. En la sala vecina habían sonado unas +pisadas que hacían temblar el pavimento. + +--Ahí está el inglés--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco +pálido. + +En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por +qué--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un +ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios +fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo, +desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a +Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la +carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que +Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos. + +Una vez le preguntaron en un examen: + +--¿Qué es un testamento, hijo mío? + +--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos. + +Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica +que él no comprendía. + +Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el +Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser +hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué. + +Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del +Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si +nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el +vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y +se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo +agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en +adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores +de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario +de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y +las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía +que esto le daba cierto aspecto de noble inglés. + +--«Yo soy muy inglés en todas mis cosas--decía con énfasis--sobre todo +en las botas». + +«_Militaba_» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el +poder. + +--«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal». + +Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra +cosa que no pertenece a esta historia. + +Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la +frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía +siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él +animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar +que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que +miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte, +daba escalofríos. + +Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que +se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía +muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen +oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la +finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban +las manos. + +Aborrecía lo que olía a plebe. Los _republicanitos_ tenían en él un +enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso colgaduras en los +balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso +arrojar por uno de aquellos balcones al mísero dependiente. + +--¡Señor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula! + +--¿Qué importa, animal?--respondió Trabuco furioso--. ¡No hay Paula que +valga: en siendo San Francisco es día de gala y se cuelga! + +Así entendía él que servía a las Instituciones. + +Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco. + +Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia +para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el +Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y +leían más periódicos del día. Y se dijo: + +«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio. +Afortunadamente tengo energía--tenía muy buenos puños--y a testarudo +nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por +supuesto.) Sin más que esto y leer _La Correspondencia_ seré el +Hipócrates de la provincia». + +Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó +Sócrates Trabuco, ni le hacía falta. + +Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de +Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con +atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo +procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima. + +Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no +puede llamarse el Cristo, porque era un _rotin_, y blandiéndolo gritaba: + +--¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los +terrenos! + +Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en +el tropo y en el garrote y se diera por vencido. + +Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más +bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior. +Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le +convenía. En tal caso el peligro estaba en los _lapsus_ geográficos. +Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos +invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con +el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol. + +También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando +sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde +que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas +piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo. + +--¡Este va a reina!--exclamó clavando con los suyos los ojos del +adversario. + +--No puede ser.--¿Cómo que no puede ser? + +Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del +peón que debía ir a reina. + +--A reina va, y lo hago cuestión personal--añadió envalentonado Trabuco, +dándose un puñetazo en el pecho. + +Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre. + +Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el +peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de +Pernueces. + + + + +--VII-- + + +Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito +Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín +imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Además, +Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran +amigos suyos. Joaquín era uña y carne del Marquesito--el hijo del +marqués de Vegallana--y este el amigo íntimo de don Álvaro. + +--Buenas tardes, señores--dijo Ronzal sentándose en el corro. + +Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso a mirar de hito en +hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse invisible. + +--¿De quién se murmura, pollo?--preguntó el diputado dando una palmada +en el muslo no muy lucido del sietemesino. + +Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del joven +para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín contestó:--De +nadie. Y encogió los hombros.--No lo creo. Estos madrileñitos siempre +tienen algo que decir de los infelices provincianos. + +--Así es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor, +era hoy la víctima. + +Ronzal se puso serio.--¡Hola!--dijo--¿también _espifor_? (Espíritu +fuerte en el francés de Trabuco.) + +--Se trataba--añadió Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama, +hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su +atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don +Fermín.... ¡Je, je!... + +Ronzal no entendía.--A ver, a ver; exijo que se hable claro. + +Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio. + +El señor Orgaz se atrevió a murmurar: + +--Hombre, eso de exigir...--Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión +personal! + +--Pero ¿qué es lo que usted exige?--preguntó el muchacho agotando su +valor en este rasgo de energía. + +--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la +cuestión personal. + +--¿Pero qué cuestión? + +--¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto. +Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le +echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo +que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor. + +--¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro! + +Ni él mismo sabía lo que exigía. + +Foja se encargó de poner las cosas claras. + +--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien +pone las varas que esa señora toma o deja de tomar. + +--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió +halagado con la suposición. + +--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela +de juicio la virtud de esa señora tan respetable.... + +--Pero ¿qué señora? + +--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie. + +La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables +del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por +unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba +demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le +enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos +prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de +la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y +virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el +señor Ronzal.... + +--Es Mesía--interrumpió Joaquín. + +--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la +noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que +la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales +cuentos a un establecimiento público.... + +--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja. + +--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y +eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz +hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera +de sí al bárbaro de Pernueces. + +No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y +dijo: + +--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara +a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en +el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños +crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que +escandalizó a los señores del rincón obscuro. + +--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la +puerta. + +--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito! + +Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso +Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con +los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco +Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este +había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el +café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del +corro. Quería decir que callaba por pura discreción. + +Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía +en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la +ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le +sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba +muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía +el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en +perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en +inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente +del Casino. + +Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el +valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el +prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que +confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el +Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema. +Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo, +su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno +modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz +e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable +patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este +pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos +que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al +Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese +adquirido de mala fe. + +Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico +también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba +las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor. +Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y +sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la +sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde +el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro +para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que +no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera +enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara. + +¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el +público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde +la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel +_gallo_ rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero +candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel +_plastón_ (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían +sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos +del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía +supersticiosamente al _plastón_ gran parte en las victorias de amor de +su enemigo. + +Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía +al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera +del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y +si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin +ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba +las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de +una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía +paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el +movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de +mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino +de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o +deshonrada cuando menos. + +Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba +haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba +sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una +vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama +para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción +ronzalesca. + +En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda +mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito. + +Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie. + +Negaba las conquistas de Mesía. + +--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando +las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que +entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el +actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la +moralidad de nuestras familias es el mejor escudo. + +Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la +murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto +nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo +diría. + +Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación. +Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de +Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y +le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de +que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas +cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él +le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase +en un espejo de _la Rigolade_. No le quería mal. Le hubiera hecho un +favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el +otro lo supiera. + +Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres +casadas. + +Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad +presente, debida a la restauración. + +--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo +el alcalde, con su malicia de siempre. + +Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó: + +--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene +incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las +ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero +catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral.... + +--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo +hablara.... Además, todos ustedes saben.... + +El que empleaba estas reticencias era Foja. + +--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no +es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante. + +--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz. + +Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no +Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja, +Joaquinito y otros dos. + +Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del +Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era +la simonía». + +El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar +la palabreja. + +Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales +del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso +el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el +Obispo. + +--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice +de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus +relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y +conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas +esas calumniosas especies. + +(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.) + +--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí. + +--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de +don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja, +y que don Manuel autoriza esto, y.... + +--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja. + +--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña? + +--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró +aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable +sonrisa. + +--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se +convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por +todos conceptos. + +--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una +pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz. + +Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo +contestar al liberalote. + +Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero +también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido. + +--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la +provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha +hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de +Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de +Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las +Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más +vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin, +que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el +día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre +saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho. + +El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía +al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La +libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés. +Todavía era más usurero que clerófobo. + +Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan +desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro. + +¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar +de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su +papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía; +y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja +le constaba que no le quería bien ni mucho menos. + +--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él +hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha +dicho. + +--_Vox populi_... + +--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a +Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates. + +--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la +presencia de don Álvaro. + +--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis.... + +--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja. + +Y cogiendo el sombrero añadió: + +--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes. + +Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don +Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--. +Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará +usted... aquella palabreja. + +--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con _h_... + +--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal. + +--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado +unos callos.... + +--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que +hay en la biblioteca. + +--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran +frecuentes. + +--Búsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a +Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de +aplastar al de Pernueces. + +Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que +tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más +bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos. + +--¡Qué callada! ¡qué callada! + +Orgaz, solemnemente, buscó avena con _h_. No pareció. + +--Será que la busca usted con _b_; búsquela usted con _v_ de corazón. + +--Nada, señor Ronzal, no parece. + +--Ahora búsquela usted sin _h_--exclamó don Frutos, ya muy serio, +queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria. + +Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído. + +Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie +en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de +Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre +un diván y gritando dijo: + +--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra +de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_. + +Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo: + +--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la +cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe +cómo se arreglan estas cosas. + +Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir: + +--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a +dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva +_h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario +será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades.... + +--Sí señor; es el diccionario del Gobierno.... + +--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la +avena con la Habana, donde hizo su fortuna.... + +Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la +avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido. + +--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada. + +Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal +objeto de burla general, le puso muy contento. + +Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de +don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la +economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de +energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de +vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había +diccionario. Pero ya que Foja lo decía.... + +Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la +noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios +trasnochadores. + +La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas +ocupaciones. + +¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían +interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de +amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió +espiarlos. + +Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El +Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz. + +--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa? + +--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes +razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia. + +--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene +usted en asedio a la viudita? + +--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena. + +Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco. +Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque +ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz +sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que +no. + +--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien +reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo +en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a +escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las +carboneras? Pues también en los palacios y en los templos... + + _Pauperum tabernas, regumque turres._ + +Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó: + +--Pero tú ¿cómo sabes todo eso? + +--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es. + +--Sí--dijo Mesía--la de Palomares.... + +--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en +la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas +partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a +mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre, +para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas +cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué +cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se +disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación +para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia +de la otra.... + +--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y... +ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles. + +--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales +circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil +blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire +y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota.... + +El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--. +¿Y él?--añadió. + +--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue +a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las +suyas, que parecen de _cocotte_ de sacristía.... + +--¿Qué contestó? + +--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta +de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería +feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las +vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas +bromas y se despidió. + +--¡Pobre diablo!--dijo Mesía. + +--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su +amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de +esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos. + +Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata +como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su +Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta, +ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco +tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más +contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro +Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los +mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en +ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las +maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don +Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y +cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos +de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito +original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que +le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de +mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy +holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de +los sombreros. + +Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier +figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas +compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería +los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La +esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el +peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin +rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha +salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la +mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder +todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de +ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las +queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño +a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la +_Historia de la prostitución_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y +sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída. +Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la +corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no +venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro. +Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido. + +Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas +aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como +virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le +dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen +marido. + +La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta: + +--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha +una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para +disfrutar de otras lozanías? + +No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose: +pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un +criminal? + +Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo. + +Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el +Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas +mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y +esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos, +su manera de entender los placeres. + +--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y +mejor, y quieren a uno por sus prendas personales. + +Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas, +Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y +Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le +admiraba. + +Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía +bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces. + +--¿A dónde vamos?--preguntó Vegallana, queriendo provocar así la +confidencia que esperaba. + +Don Álvaro se encogió de hombros. + +--Puede ser que esté ella en mi casa. + +--¿Quién?--Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal +a Paco. + +Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía: +--Muchacho, ¡tú eres _l'enfant terrible_! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién +te ha dicho a ti?... + +--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos. + +--¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido +indiscreto. + +--¿Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta. + +--¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que le gustas tú. + +Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de Vegallana. + +El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes +esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del _dandy_ se animaron. +Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de +sus emociones. + +Anduvieron algunos pasos en silencio. + +--¿Qué has visto tú... en ella? + +--¡Hola, hola! Parece que pica. + +--¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica? + +Vegallana se volvió para mirar a Mesía. + +Este señaló el corazón con ademán joco-serio. + +--¡Puf!--hizo con los labios Paco. + +--¿Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. ¿Tú no crees en la posibilidad +de enamorarse? + +--Yo me enamoro muy fácilmente.... + +--No es eso.--¿Y te pones colorado?--Sí; me da vergüenza, ¿qué +quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, ¿qué sientes? + +Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas +mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del +Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión +de su sentido moral le hacían afeminado en el alma en el sentido de +parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores, +ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del +vicio fácil y corriente. + +Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba +por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para +damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa +que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin +pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como +el de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo buscarlo y +se declaraba escéptico en esta materia; pero allá adentro, en regiones +de su espíritu en que él entraba rara vez, veía vagamente _algo mejor_ +que el ordinario galanteo, algo más serio que los apetitos carnales +satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera +a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasía más poderosa +que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de +Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En un +cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo +sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era +la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito. + +«Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad; +pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se +para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras +casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro +y el ordinario». + +Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que +Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se +convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La +amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había +dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo +poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros; +en la casa del Marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas +pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir +de Paquito. Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a +solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? Imposible, pensaba el +seductor; esto ya sería una traición formal, de las que asustan más a +las mujeres; semejantes enredos no podía admitirlos la Regenta: por lo +menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar más +a propósito para comenzar en regla un asedio y esperar los +acontecimientos. Don Álvaro lo sabía por larga experiencia. En casa de +Vegallana había ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le +aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a +todo Vetusta le parecería indispensable. + +Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran. + +Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón amarillo. ¿Qué +sabía Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las demás; +¿por qué se empeñaban todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje +llevaba en el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía +incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía en la virtud +absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la superioridad que +todos le reconocían. Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con +tales ideas tenía que ser irresistible. + +«Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa. + +Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta +la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el +deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que +verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito. + +«Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que +aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». Este era +su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora +con su cuenta y razón; por algo y para algo. Precisamente tenía entre +manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un +personaje político que había conocido en los baños de Palomares. Era +otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien, +había empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en +el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las +cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había +rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el +que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el +Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un +estudiante tímido que ama platónicamente. Había mujeres que sólo así +sucumbían; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos +con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del +rendimiento. La señora del personaje de Madrid era de las que exigían +años. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la +carrera, y esto era lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se +empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la +Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía +que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de +prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia +que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora +de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor +vergüenza todavía! otros dos años había empleado en merecer el poeta +Trifón Cármenes, enamorado líricamente de la Regenta. Bien lo había +conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy +ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y +en el sistema de ataque. Pero al principio no había más remedio, había +que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy atrás; no +había pasado de esta situación, poco lisonjera: la Regenta no sabía que +aquel chico estaba enamorado de ella. Le veía a veces mirarla con fijeza +y pensaba: + +«¡Qué distraído es ese poetilla de _El Lábaro_! deben de tenerle muy +preocupado los consonantes». Y en seguida se olvidaba de que había +Cármenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta más testigo de +su dolor que Mesía, la única persona del mundo que entendía el sentido +oculto y hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías +parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don Álvaro dueño de la +clave. + +Esta parte ridícula, según él, de su empeño, ponía furioso unas veces al +gentil Mesía y otras de muy buen humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de +Trifón! Había que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante +preparado. Aquello era el corazón de la Regenta. + +El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la +lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo +primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores. Verdad +era que en aquellos dos años había rendido otras fortalezas. Pero +ninguna aventura había sido de las ruidosas; nada podía saber la Regenta +de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador debían de ser +para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran +dotes positivas de don Álvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales +pocos las conocían; las que sonaban y hasta refería él siempre eran +antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse +querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el +Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino, +constante y platónico amador de su gentileza. Esto era lo que él quería +saber a punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría la tranquilidad de +la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar +honrado? + +Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno, +y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta. + +«Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don Álvaro. «La +devoción sería un rival más temible que Cármenes; el Magistral un +cancerbero más respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo». + +No había más remedio que jugar el todo por el todo. + +Había llegado la época de la recolección: ¿serían calabazas? No lo +esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a sí +mismo, no las tenía todas consigo. Por eso le irritaba más la +supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella señora; le irritaba +más porque él, sin querer, participaba de aquella fe estúpida. + +«Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y +además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si hasta la Biblia lo dice! +¿Mujer fuerte? ¿Quién la hallará?». + +Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que +probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en +la conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía +disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. Queriendo +tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en +corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo +una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete. + +--«¡Esta es la moral positiva!--decía el Marquesito muy serio cuando +alguien le oponía cualquier argumento--. Sí, señor, esta es la moral +moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica +otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño +se le hace a un marido _que no lo sabe_?». + +Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él +estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen +conservador, no la quería en las Universidades. + +«¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos». + +Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño +tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había ablandado el alma la +elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro! +Mucho más grande que nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre +frío, el _dandy_ desengañado, tenía otro hombre dentro? ¡Quién lo +pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices +delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente +indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si +es no es romántico!». Si en vez de la _Historia de la prostitución_ +Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don +Álvaro no hacía más que imitar--y de mala manera, porque él era ante +todo un hombre político--a los héroes de aquellos libros elegantes. Sin +embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesía; era este +una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por +amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa. + +«Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, frío y +prosaico por fuera, romántico y dulzón por dentro». + +Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más partido +entre las mozas del ídem, estaba resuelto: + +1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por seguros, +de la Regenta y Mesía. Y + +2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una _pasión +verdad_, compatible con su afición a las formas amplias y a las +turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto. + +--¿Quién está arriba?--preguntó a un criado, seguro de que estaría la +Regenta «porque se lo daba el corazón». + +--Hay dos señoras.--¿Quiénes son? El criado meditó.--Una creo que es +doña Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la +otra... no sé. + +--Bueno, bueno--dijo Paco, volviéndose a Mesía--. Son ellas. Estos días +Visita no se separa de Ana. + +A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo. + +--Oye--dijo--llévame primero a tu cuarto. Quiero que allí me expliques, +como si te fueras a morir, la verdad, nada más que la verdad de lo que +hayas notado en ella, que puede serme favorable. + +--Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había notado... no +era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... y precisamente +él estaba tan excitado en aquel momento.... + +Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al +vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina. +Era la carcajada eterna de Visita. + +--¡Están en la cocina!--dijo Mesía asombrado y recordando otros tiempos. + +--Oye--observó Paco--¿no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer +empanadas y no sé qué mas? + +--Sí, ella lo dijo.--Entonces... ¿cómo está aquí Visitación? + +--¿Y qué hacen en la cocina? + +Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía, +apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la +casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos +negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y +habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos +y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por +encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la +muerte; del pico caían gotas de sangre. + +Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán de retorcer +el pescuezo a su víctima y gritó triunfante: + +--¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos los hombres!... + +«¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra». + + + + +--VIII-- + + +El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más +reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición a la política y +más servía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre un favorito que era +el jefe verdadero. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego +natural de las instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don +Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. El reaccionario +creía resolver sus propios asuntos y en realidad obedecía a las +inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como +un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los +blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba de los negocios +conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si +mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y +licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran +gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales, el marqués de +Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y +daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico +en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los +soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las +aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo +sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble, +aprovechando el secreto. + +Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse leguas», o sea dar +paseos de muchos kilómetros. + +Le aburrían las intrigas de politiquilla. + +Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía. +Don Álvaro era al Marqués en política lo que a Paquito en amores, su +Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de +pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aquí +estaba el secreto de la política de Vegallana, conocido por pocos. + +Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», solían +exclamar: + +--¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació para amaños electorales, para +manejar pueblos. + +--No, y los años no le rinden; siempre es el mismo. + +Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía. + +Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía enfrente de +un candidato reaccionario a quien había que dejar el triunfo. El Marqués +agradecía a don Álvaro su abnegación, y le pagaba diciéndole, por +ejemplo: + +--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí me +carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y +entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor fidelísimo. + +¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía el verse diputado de la +Comisión a una de estas sabias combinaciones! + +El Marqués decía que «la fatalidad le había llevado a militar en un +partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su +temperamento era de liberal». Tenía grandes «amistades personales» en +las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la +redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían +manejando la complicada máquina de las influencias, el único servicio +positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía un +puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por las parroquias +electorales que visitaba en sus paseos de Judío Errante. + +Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, contaba los +pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los +kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los señalaba +con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana. Llegaba +a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar más +satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se +hablaba en primer término del paseo de Vegallana. + +--¿A dónde bueno, Marqués?--le preguntaba un amigo que le encontraba en +el campo. + +--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos... +tres... cuatro...--y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con +nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra. + +Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas +eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo el orgullo +y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense, +pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas. + +Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y +medidas. Sabía en números decimales la capacidad de todos los teatros, +congresos, iglesias, bolsas, circos y demás edificios notables de +Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo, +y tantos de altura»; y hallaba el cubo en un decir Jesús. El Real tiene +tantos metros cúbicos menos que la Gran Ópera. Mentía cuando quería +deslumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si +se le antojaba. «A mí hechos, datos, números--decía--; lo demás... +filosofía alemana». + +En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese +proporción entre la catedral y la plazuela, convendría retirar tres o +cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto de buen grado. Era +el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en materia de monumentos +históricos y ornato público. Todo lo quería alineado. Soñaba con las +calles de Nueva York--que nunca había visto--y si le sacaban este +argumento: + +--«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades». + +Contestaba:--«Señor mío, _distingue tempora_... (no quería decir eso) +no tergiversemos, no involucremos, _post hoc ergo propter hoc_ (tampoco +quería decir eso.) La verdadera desigualdad está en la sangre, pero los +tejados deben medirse todos por un rasero. Así lo hace América, que nos +lleva una gran ventaja». + +La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa +del Marqués, por un rasero se había medido. + +No había una casa más alta que otra. + +Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho pisos +para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el +Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los tejados +«dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la +sociedad en que vivimos», como decía el Marqués en un artículo anónimo +que publicó en _El Lábaro_. + +La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que +ella creía casi universal en los maridos. Ella sí que era liberal. Muy +devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devoción +consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a +la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco +duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer, +mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran +conservas. La libertad, según esta señora, se refería principalmente al +sexto mandamiento. «Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas +las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más +amplia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que la aristocracia de +ahora podía hacer era divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la +nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa +no había más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo y +la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles, +según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la +Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo grandes +modificaciones en el salón Regencia. + +El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón amarillo +diciendo: + +--«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la Regencia; ¿por +dónde? como no sea de la regencia de Espartero...». Los muebles eran +lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de +vista arqueológico, convertidos en flagrantes anacronismos. + +Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del +amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después, +y últimamente con raso basteado, _capitoné_ que ella decía, en +almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le +antojaban impúdicas. El tapicero protestó en tiempo oportuno; en el +salón sentaba mal lo _capitoné_, según su dogma, pero la Marquesa se +reía de estas imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón, +espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que +entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, según +el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal +gusto, contestaba que la moda moderna era lo _confortable_ y la +libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero +al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al +segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha +manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez +hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada +artísticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el día la Marquesa, la +anarquía de los muebles era completa, pero todos eran cómodos; casi +todos servían para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas, +confidentes, taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en +entrando allí daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza +anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como +pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con +los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a +todos los vientos. + +La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana, +se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía +novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete. +La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al +teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran +rayos; para eso tenía carruajes. _Si no había teatro_, y esto era muy +frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los +amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía +periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo +intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género +de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves +interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y +un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más +pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no +dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no +lo admitía ella. Cuando alguno _salía garante_ de una virtud, la +Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un +lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase +negaciones. A veces pronunciaba claramente: + +--A mí con esas... que soy tambor de marina. + +No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las +costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían +referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV. + +En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si había +pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara +de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante +altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los +demás se quejaban. Era una injusticia. + +--«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»--decían algunos un tanto +ofendidos. + +Doña Rufina se encogía de hombros. + +--«Cosas de ese»--respondía--aludiendo a su marido. + +No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero una +noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón y +llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó con +una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer--estaba seguro--y +sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por +discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara. +Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad +irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba todavía a la +llave del gas. + +De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían casado +y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella +escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas +vivían con ella, había desaparecido. Era el único consuelo de tanta +soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de +las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas +linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba +el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como +temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de +lo _mejorcito_ de la capital. Algunos padres timoratos oponían algunos +argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués, +pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la +señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de +las hijas ausentes;--el de Emma no volvió a ser habitado, pero se +entraba en él cuando hacía falta--. Las muchachas animaban por algunas +semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas +y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De +noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera +sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche había aventuras, pero +silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba +sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre +femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. _Videor meliora_, +le decía don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la +Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las +muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer +compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas. +Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los +acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón +amarillo habían salido muchos matrimonios _in extremis_, como decía +Paquito creyendo que _in extremis_ significaba una cosa muy divertida. +Pero lo que salía más veces, era asunto para la crónica escandalosa. Se +respetaba la casa del Marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se +contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre: + +--«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales +una casa tan respetable, tan digna». Los liberales avanzados, los que no +se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor. + +Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa +donde había tantas aventuras. + +Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan +estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q. e. p. d.) el +_de la clase_, aún no era para todos el entrar en la tertulia de +confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las +puertas, porque se daban tono así, y además no les convenían testigos. +«Estaban mejor en _petit comité_». El espíritu de tolerancia de la +Marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual +a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia, +las mamás que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a +las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de +cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y +quién duda que estas se harían respetar? Allí estaba Visitación por +ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las +ridículas, así como los maridos que seguían conducta análoga. Algún +canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia, +aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí +mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la Marquesa de día. A +los escrupulosos se les llamaba hipócritas y adelante. + +La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo +vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con +gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba +Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía a mirar, faltaba +Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía leyendo. Y pensaba: «Todos son personas +decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestión de +_peccata minuta_... allá los interesados». Y encogía los hombros. Este +criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces +seguía pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las +conozco, me avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías; +mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían casado y +nadie se las había devuelto quejándose de lesión enormísima. Si había +habido algo, serían niñerías. Y la otra había muerto porque Dios había +querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de +sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con +franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin +rodeos. + +Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no +tomaba ninguna precaución. + +--«Madres tienen», decía, o «con su pan se lo coman». + +Y añadía siempre lo de: + +--«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...». + +Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y +de su tertulia era Mesía. + +«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué +prudencia! ¡qué discreción!». + +«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un +escándalo». + +A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la +habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en +brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa. + +Su Paco era torpe, no sabía.... + +--«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No +llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser +cauto y después... tu alma tu palma». + +Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente: + +--«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a +Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que +tributaba al Tenorio vetustense. + +La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de subir +siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos. + +En la época en que venían las sobrinas, había además de tertulia +conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores +tiempos. La alegría corría otra vez por toda la casa; no había rincones +seguros contra el atrevimiento de los amigos íntimos; y en los +gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba aún el lecho virginal de +las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos, +delatores de los juegos en que consistía la vida de aquella Arcadia +casera. + +Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; en aquella +casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una +historia en íntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de +los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una +garantía del eterno silencio que les recomendaba. Parecía decirle la +madera de fino barniz blanco: No temas; no hablará nadie una palabra. +En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias +dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las +prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los +asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se +parecía al mismo Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos +amorosos. + +El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer. + +«Si no había podido moralizarla a ella, mal había de moralizar a sus +tertulios». Él vivía en el segundo piso. + +Había comprendido que el salón amarillo había ido perdiendo poco a poco +la severidad propia de un estrado, y se había decidido a convertir en +_sala de recibir_ la del segundo, que estaba sobre el salón Regencia. + +La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien +fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando eran de cumplido, se +morían de frío en el salón de antigüedades. El salón de antigüedades y +el despacho del Marqués, «constituían, como él decía, la parte seria de +la casa». En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente +nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana tenía en mucho la +severidad de su despacho; nada más serio que el roble para casos tales. +La «sobriedad del mueblaje» rayaba en pobreza. + +--¡Mi celda!--decía el Marqués con afectación. + +Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes +del _salón de antigüedades_ pendían tapices más o menos auténticos, pero +de notoria antigüedad. + +Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno de respeto en aquel +museo de trampas, según su expresión. El Marqués tenía la vanidad de ser +anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba +al cabo obra de los _truqueurs_, palabra del capitán. El implacable +Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta +le despreciaba; pero por no disgustarle, no había querido darle pruebas +inequívocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II +del salón de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este +los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero; ¡los +había comprado él mismo en París!... Pues Bedoya, al que le aducía este +argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los +viera, subía con él al segundo piso; se encerraba en el salón de +antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del +Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba +cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había hecho él varios +agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la +silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh +triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas, +pero no en polvo. + +--¿Ve usted?--decía Bedoya. + +--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone, +se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los +roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen +más que dinero y credulidad; ¡esto es _truquage_, puro _truquage_! + +Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía +triunfante diciendo por la escalera: + +--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay +que decirle una palabra! + +Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa +a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de +don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera +ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas +cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él +en semejante disposición de ánimo. + +Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio, +les llamaban a grandes voces, riendo como locas. + +--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose +los dedos llenos de almíbar. + +--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita +preparando la merienda? + +Visita se ruborizó levemente. + +Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito +Orgaz, que había ido _a caza_ de Obdulia.... + +Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto +flan invención de la difunta doña Águeda Ozores; además, el horno de la +cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin, +no le adornaban otras condiciones técnicas, que no entendían ellos. +Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se +habrían podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va! +habían trasladado su campamento a casa de Vegallana. + +La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían +sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. Salvo el +haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin moverse había +dado sus órdenes. + +--A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, que ayuden +a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten. + +Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho sonriente: + +--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz. + +Y se había enfrascado en la lectura de _Los Mohicanos_ de Dumas. + +Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier +amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero si su cocina era infernal! La +chimenea devolvía el humo; no se podía entrar allí sin asfixiarse, ni en +el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podían jactarse de haber +visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y +se presentaban charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba +ciertas puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los +estrechos y obscuros pasadizos: + +--Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra +esa puerta. + +Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía a +entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que los +_pollos_ de imaginación se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas +prendas se depositaban en una alcoba donde había una cama de excusa, +pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al aire. Aquél era el +vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestían todos juntos +porque todo se ponía sobre el propio traje. Además Visita no alumbraba +el cuarto, ¿para qué? Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las +cortinillas de tafetán verde: + +--Pepe que le doy a usted un cachete. + +--Hola, hola, eso no estaba en el programa.... + +--Niños, niños, formalidad. + +--¿Por qué no les da usted una luz, Visita? + +--Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa.... + +--Tiene razón Visita, tiene razón--gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o +el Pepe de la bofetada. + +Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y +trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras. + +Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había +alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los +treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le +decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala +crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había +querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo +era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo +y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún +dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía +creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza. + +--Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí +el otro día. + +--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted. + +--¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono! + +--No vale nada.--¡Es precioso!--Está a su disposición. + +--No me lo diga usted dos veces...--Está a su disposición... ¡vaya una +alhaja! + +--¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca.... + +Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca +ladrona. + +Donde hacía estragos era en los comestibles. + +Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas. + +--¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del +armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a +ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre. + +Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana. +Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una +comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente +Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el +pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección, +los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina. +Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro +humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios +la perdonara. + +El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de +buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía +de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por +lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa; +mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos +coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que +viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo +cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués. +Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la +merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios. + +--Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado? + +--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada +más justo.--A escote.--Dejen ustedes, ¿se quieren ustedes callar? No +se hable de eso, no merece la pena. + +Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses. Su +esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia, +pariente de títulos. Si Visita no se ingeniara ¿cómo se mantendría aquel +decente pasar que era indispensable para continuar siendo parientes de +la nobleza? + +Cuando Visitación era soltera, se dijo--¡de quién no se dice!--si había +saltado o no había saltado por un balcón... no por causa de incendio, +sino por causa de un novio que algunos presumían que había sido Mesía. +Todas eran conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no +guardaba las apariencias.... + +Ya nadie se acordaba de aquello; seguía siendo aturdida, tenía fama de +golosa y de _gorrona_--según la expresión que se usaba en Vetusta como +en todas partes--pero nada más. Era insoportable con su alegría +intempestiva; mas en materia grave, en lo que no admite parvedad de +materia, nadie la acusaba, a lo menos públicamente. Por supuesto, que no +se cuenta tal o cual descuidillo.... + +Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus +ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos invisibles, +tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que +ella suponía. Al tocarla la mano cuando no tenía guante, notaba el +tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer. + +Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de +Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco. Aseguraba que tenía +un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podría esperarse; +pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban mucho que desear... ya se +le entendía. Y solía limpiar los labios con el pañuelo después de decir +esto. + +Paco Vegallana, juraba que usaba aquella señora ligas de balduque, y que +él le había conocido una de bramante. Todo esto, por supuesto, se decía +nada más entre hombres, y habían de ser discretos. + +Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no así su +conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin +embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones +anteriores, menos las de Mesía. Eran su orgullo. Aquel hombre la había +fascinado, ¿para qué negarlo? Pero sólo él. Era viuda y jamás recordaba +al difunto; parecía la viuda de Alvarito; «¡era su único pasado!». + +Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo +menos Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a +consagrar el resto del día al idealismo, en buen hora despertado por las +relaciones de su amigo, consintió el Marquesito en pasar a la cocina de +su casa, al oler lo que guisaban aquellas señoras. + +En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no +eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero, +refinamiento en el arte culinario, todo esto y más se notaba desde el +momento de entrar allí. + +Pedro, el cocinero, y Colás, su pinche, preparaban la comida ordinaria, +y parecía que se trataba de un banquete. Por toda la provincia tenía +esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí +se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el +lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo +de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza +de los montes. Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas, +capones, gallinas, acudían mal de su grado a la cocina del Marqués, como +convocados a nueva Arca de Noé, en trance de diluvio universal. A todas +horas, de día y de noche, en alguna parte de la provincia se estaban +preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; podía asegurarse. + +A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dormía Pedro, y +dormía el amo, y nadie pensaba en comer, allá a dos leguas de Vetusta, +en el río Celonio velaba un pobre aldeano tripulando miserable barca +medio podrida y que hacía mucha agua. Debajo de peñón sombrío, que como +torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, y hace más obscura la +obscuridad del río en el remanso, acechaba el paso del salmón, empuñando +un haz de paja encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela +de fuego. Aquel salmón que pescaba el colono del magnate a la luz de una +hoguera portátil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas, +esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de +pino, blanca y pulcra. + +También de noche, cerca del alba, emprendía su viaje al monte el casero +que se preciaba de regalar a su _señor_ las primeras arceas, las mejores +perdices; y allí estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo +el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmón +despedazado. Allí cerca, en la despensa, gallinas, pichones, anguilas +monstruosas, jamones monumentales, morcillas blancas y morenas, chorizos +purpurinos, en aparente desorden yacían amontonados o pendían de +retorcidos ganchos de hierro, según su género. Aquella despensa devoraba +lo más exquisito de la fauna y la flora comestibles de la provincia. Los +colores vivos de la fruta mejor sazonada y de mayor tamaño animaban el +cuadro, algo melancólico si hubiesen estado solos aquellos tonos +apagados de la naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras +amarillentas, otras de asar, casi rojas, manzanas de oro y grana, +montones de nueces, avellanas y castañas, daban alegría, variedad y +armoniosa distribución de luz y sombra al conjunto, suculento sin más +que verlo, mientras al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de +la química culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas, +limones, manzanas y heno, que era el blando lecho de la fruta. + +Y todo aquello había sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en el +bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas, +luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en +vega, prados, ríos, montes.... «¡Indudablemente Vegallana sabía ser un +gran señor!», pensaba suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia +con aquella despensa, exposición permanente de lo más apetecible que +cría la provincia. + +El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el sufragio. «¿Y qué? +¿no son casi todos colonos míos? ¿no me regalan sus mejores frutos? ¿los +que me dan los bocados más apetitosos me negarán el voto insustancial, +_flatus vocis_?». + +El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despedía rayos desde +todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno de +la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz +imperiosa; mandaba allí como un tirano. Comía lo mejor; mantenía las +tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el servicio del comedor +desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo de pucheros y +peroles, sino un capitán general metido en el fuego y atento a la mesa. +No era viejo. Tenía cuarenta años muy bien cuidados; amaba mucho, y se +creía un lechuguino, en la esfera propia de su cargo, cuando dejaba el +mandil y se vestía de señorito. + +Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, de ojos +maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a más de la robusta +montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su +tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de sus amos, +colaboraba sabiamente. Había empezado por tolerar nada más aquella +irrupción de la merienda. La cocina daba espacio para todo; aquello no +valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable permiso con un desdén +mal disimulado. Poco a poco pasó del estado de tolerancia al de +protección: primero se rebajó hasta dar algunos consejos a la montañesa, +después le dio un pellizco. Se animó aquello. + +--Colás, ponte a la disposición de esas señoras--dijo Pedro con voz +solemne. + +Porque el mandato de la Marquesa no había bastado; el pinche obedecía a +Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo +contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido más que +su dimisión. Era su lenguaje. Leía muchos periódicos antes de +convertirlos en cucuruchos. + +Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó a +seducirle con miradas de medio minuto y algún choque involuntario, Pedro +se rindió, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la +merienda de Visita. + +Llegó a más; quiso enamorar a doña Obdulia con pruebas de su habilidad, +y acudía siempre que se presentaba una cuestión teórica o una dificultad +práctica. + +«¿Qué se echa ahora? + +»¿Qué se tuesta primero? + +»¿Cuántas vueltas se les da a estos huevos? + +»¿Cómo se envuelve esta pasta? + +»¿Lleva esto pimienta o no la lleva? + +»¿Será una indiscreción poner aquí canela? + +»El almíbar ¿está en su punto? + +»¿Cómo se baten estas claras?». + +A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro. +Cuando no bastaba una explicación, ponía él la mano en el asunto y era +cosa hecha. + +Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con +sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de +la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de +placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición +arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al +cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír +una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al +parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el +mismo recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer +de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía +al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo +le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con +sus labios de rubí (este rubí es del cocinero.) + +Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista de +aquella señora como una recompensa final, digna de una vida entera +consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que +gracias a él habían encontrado más fácil y provocativo el camino de los +dulces y sustanciales amores. + +Pedro llegó a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la casa +intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. Él amaba +a la mujer, a todas las mujeres, pero no creía en sus facultades +culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son términos +antitéticos, palabras que había aprendido en sus cucuruchos de papel +impreso. La libertad y el gobierno son antitéticos, había leído en un +periódico rojo, y aplicaba la frase a la cocina y a la mujer. Lo que +pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba Pedro de las +cocineras. Las llamaba marimachos. + +Si se le decía que los cocineros son más caros y gastan más, respondía: + +--Amigo, el que no sea rico que no coma. + +Por lo demás, él era socialista, pero en otras materias. + +Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a su continente +habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los +_caseros_ que traían las provisiones desde la aldea, remota a veces. El +fogón era un dios y él su Pontífice Máximo; los demás sacrificaban en +las aras del fogón y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio. +Volvió a su gesto desdeñoso, porque así entendía el respeto a los amos. +Apenas contestaba si le hablaban. No tardó en ver por sus ojos que _la +donna è movile_, como cantaba él a menudo. Obdulia, en cuanto entraron +los otros, le olvidó por completo. ¡Antes había olvidado a don +Saturnino, que yacía en «el lecho del dolor» con sendos parches de sebo +en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de +aquella tarde arqueológica! + +La conversación de metafísica erótica que Mesía y Paco acababan de dejar +no les permitía, al principio, participar de aquel entusiasmo +gastronómico y culinario a que estaban entregadas las damas. Verdad es +que la hora de comer se acercaba y aquellos olores excitaban el apetito. +Pero el ideal no come. Mesía gozaba del arte supremo de entrar en +carboneras, cocinas y hasta molinos, sin coger tiznes, grasa, ni harina. +Estaba en la cocina del Marqués como en el salón amarillo, a sus anchas +y sin tropezar con nada. Allí mismo había repartido él besos en muy +distintas y apartadas épocas. No había tal vez un rincón de aquella casa +libre de semejantes recuerdos para don Álvaro. En cuanto a Paquito, no +se diga. Su primer amor había sido una criada que tenía su dormitorio en +lo que hoy era despensa. Sabía el Marquesito andar por la cocina a +obscuras, a gatas, y ya había medido con su agazapado cuerpo las +dimensiones de la carbonera provisional que había cerca del fogón. + +No tardaron los señoritos, a pesar del ideal, en tomar parte más activa +en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. También ellos +eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del pinche y +de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron probar +sus habilidades metiendo la mano en pastas y almíbares y en cuanto se +preparaba. Paco se puso perdido. Mesía estaba como un armiño metido a +marmitón. + +Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito; se rozaban +sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y +fingían no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traía +falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal +blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un +gusto nuevo. Siempre había considerado el joven aristócrata como una +antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la escultura humana +con velos, sobre el desnudo puro. ¿Por qué le excitaba más el velo que +la carne? No se lo explicaba. Veía la rolliza pantorrilla de una aldeana +descalza de pie y pierna ¡y nada! ¡veía una media hasta ocho dedos más +arriba del tobillo... y adiós idealismo! Y así fue esta vez. Es más; si +la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no hubiese +perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos cuadros +rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a +la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida que triunfaba. + +Para la viuda, uno de los placeres más refinados era «una sesión» alegre +con uno de sus antiguos amantes; aquello de no principiar por los +preliminares le parecía delicioso. ¡Después, los recuerdos tenían un +encanto! ¡Saborear como cosa presente un recuerdo! ¿Qué mayor dicha? +Paco había sido su amante. Ella hubiera preferido a Mesía, que estaba en +las mismas condiciones y era mucho más antiguo. ¡Pero Álvaro estaba +hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de atreverse; +con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría y honrada +con que la miraba el señor Obispo. Estaba segura de que ni al Obispo ni +a Mesía les sugería su presencia jamás un deseo carnal. Era intratable +aquel don Álvaro. También lo era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sabía +Dios, ella le había sido fiel--a Mesía, por supuesto--; todavía le amaba +o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero él no quería +ya. Aquello se había acabado. + +Se habían cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todavía +encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y +alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro notó que +guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de azafrán +puro, que se consumía en la cocina del Marqués, con gran envidia de la +urraca ladrona. También almacenó entre las faldas un paquete de té +superior. + +Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones +humorísticas que ya no hacían reír. Todos sabían que aquél era el vicio +de doña Visita. + +Las señoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se fueron +a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sabían dónde estaba el +tocador para tales casos. Era la habitación donde había muerto la hija +segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. Allí estaba el +lecho, pero no quedaba de la pobre niña ni una prenda, ni un recuerdo. + +Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué no? Se conocían demasiado +para fingir escrúpulos. Además, «no se les había de ver nada» como dijo +Obdulia. Paco y la viuda se lavaron juntos las manos en una misma +jofaina; los dedos se enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un +placer muy picante, según ella. Esto les recordó mejores días. El sol +que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía +en una aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogón, las +bromas y la faena habían encendido brasas en las mejillas de Obdulia; +una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quería algo y no sabía qué. +No era cosa de comer de fijo, porque había probado de cien golosinas y +hasta algo de la comida del Marqués por chanza. + +Visitación y Mesía, más tranquilos, conversaban al balcón, apoyados en +el hierro frío del antepecho. «No volverían la cara; estaba ella +segura». Entre estos camaradas, jamás se falta a ciertos pactos tácitos. + +El Marquesito soltó una carcajada. + +--¿De qué te ríes?--dijo Obdulia. + +--De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andará buscándote por todas +partes. Es chusco ¿eh? + +Obdulia meditó y al fin rió a carcajadas. «Era chusco en efecto». Se +había sentado sobre la cama de la difunta. Los pies de la viuda se +movían oscilando como péndulos. Se veía otra vez la media escocesa. +Ahora se veían dos. Obdulia suspiró. Se habló de lo pasado. «En rigor, +siempre se habían querido; había _algo_ que les unía a pesar suyo. Se +tronaba porque la constancia es imposible y hastía al cabo; eran +ridículas unas relaciones muy largas; esto lo habían aprendido los dos +en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos años, a más tardar; +los arreglos pueden tirar algo más, poco». + +--Pero ¿verdad--dijo Obdulia, poniéndose más guapa--que esto de +encontrarse de vez en cuando se parece un poco a un buen día de sol en +invierno, en esta tierra maldita del agua y la niebla? + +--¡Magnífico!--exclamó Paco--es verdad; una cosa sentía yo que no sabía +explicarme... y era eso. + +Y como le pareciera alambicado y poético este sentimiento, se consagró a +enamorar de todo corazón a la viuda por aquella tarde. + +Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos. + +Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los +habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma, +arrancándoles reflejos de fingida pasión. Su pelo de un rubio obscuro +era rizoso y caía en mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y +don Álvaro como hermanos cariñosos. Él había sido su primer amor serio, +es decir, el primero que le había hecho cometer imprudencias, como, v. +gr., saltar de noche por un balcón. ¡Pero estaba ya tan lejos todo +aquello! La vida había puesto por medio todos sus prosaicos cuidados. + +La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las +heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el +espíritu de _aquella loca_ al positivismo vulgar, y había atajado las +demasías eróticas de su fantasía juvenil. + +Hacía muy buena casada, en opinión de las gentes; esto es, atendía con +gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domésticos. + +Mesía y Visita no tenían en el invierno de sus amores aquellos días de +sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se veían a solas y alguno de +ellos tenía algún cuidado o preocupación, de esos que piden confidentes +y consejeros, se lo decían todo, o casi todo; se hablaban en voz baja, +muy cerca uno de otro, y volvían a llamarse de tú como antaño. Parecían +un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años. + +--¡Bah!--decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba +interés al ocaso de su hermosura--; ¡bah! tú has caído esta vez de +veras, te lo conozco yo. Pero también te digo una cosa: que te va a +costar tu trabajo.... + +Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que con Paco. +Su _política_ tenía que ser diferente. Al Marquesito había que hablarle +de amor puro, por los motivos explicados antes; a Visita de una +conquista más. Comprendía don Álvaro que Visitación quería precipitar a +la Regenta en el agujero negro donde habían caído ella y tantas otras. +Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a Vetusta con su tía +doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste. Admiraba a su +amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la +molestaba como a todas, y la virtud la volvía loca. Quería ver aquel +armiño en el lodo. La aburría tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo: +«¡La Regenta, la Regenta es inexpugnable!». Al cabo llegaba a cansar +aquella canción eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. ¡La +Regenta! ¿Por qué? ¿No había otra? Ella lo había sido en Vetusta poco +tiempo. Su marido había dejado la carrera muy pronto, ¿a qué venía +aquello de Regenta por aquí, Regenta por allí? Poco tiempo tenía la +mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de +pura fantasía y mala intención; necesitaba la atención para la prosa de +la vida que era bien difícil; pero algún desahogo había de tener: pues +bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas. No se +separaba de ella en cuanto podía: a la iglesia, al paseo, al teatro, +iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La del Banco, +desde que había descubierto algún interés por don Álvaro en su amiga y +en Mesía deseos de vencer aquella virtud, no pensaba más que en +precipitar lo que en su concepto era necesario. No creía a nadie capaz +de resistir a su antiguo novio. + +En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto. + +Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte +arraigado en él por las dificultades. + +Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; disimulaba el +placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del otro. + +--Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades. + +--No hablemos de eso.--Se quiere una vez y después... se las arregla +uno como puede. + +Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación +humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy +interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.) + +--Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo. + +--Sí, eso a la vista está. + +--No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo +que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el +cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y +poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... ¡Si la vieras! + +--Me lo figuro.--No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó Visita: + +--¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de pasión en los +ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, contenida...? + +--¿Verdad que tiene razón Frígilis? + +--¿Qué dice ese sonámbulo? + +--Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla. + +--Es verdad; la cara sí...--Y la expresión; y aquel modo de inclinar la +cabeza cuando está distraída; parece que está acariciando a un niño con +la barba redonda y pura.... + +--¡Hola, hola! ¡el pintor! + +Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero +aventado. + +--¡Dice que no está enamorado y la compara con la Virgen!... + +--Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo. + +Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en +la garganta, dijo con voz ronca y rápida: + +--Que lo tenga. Mesía disimuló la repugnancia que le produjo aquella +frase. + +--Pero, ¡ay, Alvarín! ¡si la pudieras ver en su cuarto, sobre todo +cuando le da un ataque de esos que la hacen retorcerse!... ¡Cómo salta +sobre la cama! Parece otra.... Entonces, no sé por qué, me explico yo el +capricho de la piel de tigre que dicen que le regaló un inglés +americano. ¿Te acuerdas de aquel baile fantástico que bailaban los Bufos +que vinieron el año pasado? + +--Sí, ¿qué?--¿Te acuerdas de aquella danza de las Bacantes? Pues eso +parece, sólo que mucho mejor; una bacante como serían las de verdad, si +las hubo allá, en esos países que dicen. Eso parece cuando se retuerce. +¡Cómo se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de +lágrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la +remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas +subterráneas; parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado +y en prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da unos abrazos a las +almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! Cualquiera diría que en los +ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.... Ese +estúpido de don Víctor con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el +de los gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia; +el mundo no debía ser así. Y no es así. Sois los hombres los que habéis +inventado toda esa farsa. + +Calló un poco, perdido el hilo del discurso, y añadió: + +--Yo me entiendo. Después de calmarse volvió a su asunto. + +--¡Si la vieras! Es que no es así como se quiera. Verás... tiene los +brazos.... + +Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía explicar a +un hombre que había sido su amante y era su camarada, todas las +turgencias de Ana, su perfección plástica, los encantos velados, como +decía Cármenes en el _Lábaro_. Pero les daba su nombre propio unas +veces, y cuando no lo tenían, o ella lo ignoraba, usaba caprichosos +diminutivos inventados en otro tiempo por Álvaro en el entusiasmo de las +más dulces confianzas. Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen +masculinos, estaban grabados como si fuesen de fuego en la memoria de +Visita; no salían a sus labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces. +Le sabían a gloria a la del Banco. Pero después le quedaba un dejo +amargo.... «Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza, +los criados, el casero... ¡diablos coronados!». + +Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin pensar en lo que +hacía, las partes correspondientes de la Regenta, que describía con +entusiasmo; y dijo al terminar su descripción apuntando hacia atrás: + +--Se precia «esa otra» de buenas formas.... ¡Buena comparación tiene! + +La cita era sabia y oportuna. Visitación suponía a don Álvaro enterado +de lo que era aquella otra ¡y no había comparación! + +Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como +una amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas +que saltaban de los de Visita. + +--Pero te ha de costar mucho trabajo.... + +--Puede que no tanto--dijo Mesía, sin contenerse. + +--Ella tragar... ya tragó el anzuelo. + +--¿Crees tú?--Sí, estoy segura. Pero no te fíes; puedes marcharte con +una tajada y dejar el pez en el agua. + +--Como yo vea el momento de tirar...--Mucho tiempo llevas pensándolo. + +--¿Quién te lo ha dicho? + +--Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.--Y lo de ella, ¿cómo lo +sabes? + +--¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!... + +--¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cómo +está ella... para echar mis cuentas. + +--Ella no está como un guante, pero por dentro andará la procesión. +Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando se casó cesaron, +que después volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora. Su humor +es desigual. Exagera la severidad con que juzga a las demás, la aburre +todo. ¡Pasa unas encerronas! + +--¡Ta, ta, ta! eso no es decir nada. + +--Es mucho.--Nada en mi favor.--¿Tú qué sabes? Mira, si le hablan de +ti palidece o se pone como un tomate, enmudece y después cambia de +conversación en cuanto puede hablar. En el teatro, en el momento en que +tú vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el público está más +atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los +gemelos. Pero la observo yo; por curiosidad, claro; porque a mí, en +último caso ¿qué? Su alma su palma. + +--¿No eres su amiga íntima? + +--Su amiga, sí. ¿Íntima? Ella no tiene más intimidades que las de dentro +de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy cavilosa y todo se lo guarda. +Por ella no sabré nunca nada. + +Un momento de silencio.--A no ser que ahora se lo cuente todo al +Magistral.... Ya sabrás que le ha tomado de confesor. + +--Sí, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa de asistir +al confesonario. + +--No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo. + +Visita llamaba misticismo a toda devoción que no fuera como la suya, que +no era devoción. + +--Ana, cuando chica, allá en Loreto, tuvo ya, según yo averigüé, +arranques así... como de loca... y vio visiones... en fin desarreglos. +Ahora vuelve; pero es por otra causa (y señaló al corazón.) Está +enamorada, Alvarico, no te quepa duda. + +Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo agradecimiento. ¡Le daban una +fe en sí mismo aquellas palabras! + +No quería saber más: o mejor, comprendió que nada positivo podía añadir +Visita. + +Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos +músculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz +temblaba un poco. Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía. + +--Deja eso--dijo, acercándose a su amiga--. No hablemos de otros; +hablemos de nosotros. Estás guapísima.... + +--¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua metálica.) + +--Tontina... si tú no fueras tan desconfiada.... + +--¿Qué novedades son estas?--preguntaron los labios y la lengua de +placas de acero. + +--Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata? + +Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la +calle. Era de las más desiertas; crecía yerba entre las piedras. Aquel +silencio era el que llamaba solemne y aristocrático don Saturnino. + +Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don Álvaro estaba +seguro. Se aproximó más a Visita. + +Sonó una bofetada; y después la carcajada estrepitosa de la del Banco, +que dio un paso atrás, huyendo de don Álvaro. + +--¡Loca!... ¡idiota!...--gimió Mesía limpiando su mejilla que sintió +húmeda y pegajosa. + +--¡Vuelve por otra! A mí que soy tambor de marina, como dice la +Marquesa. + +La dama, completamente tranquila, sonriente, se metió un terrón de +azúcar en la boca. + +Era su sistema. Se prohibía a sí misma, por desconfianza, las dulzuras +de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas, que «se pegaban +al riñón». + +Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que +aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y enamorada. + +Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareció una +señora que los del balcón reconocieron al momento. Era la Regenta. Venía +de negro, de mantilla; la acompañaba Petra, su doncella. Pronto +estuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, porque no levantó la +cabeza. + +--Anita, Anita--gritó Visitación. + +Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía y saludaba. +Nunca la había visto tan hermosa. Traía las mejillas sonrosadas, y ella +era pálida; también parecía haber estado al lado de un fogón como Visita +y Obdulia; en sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se +difundían en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a +sus ideas. + +Y además de esto notó Mesía que le había mirado sin conmoverse, sin +turbarse, como a Visita, ni más ni menos; hasta en su saludo, más franco +y expansivo que otras veces, había visto una especie de desaire, la +expresión de una indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera +dicho: gozquecillo, tú no muerdes, no te temo. Se vería. Por lo pronto +aquella afabilidad era desprecio. ¿Qué había pasado en la catedral? ¿Qué +hombre era aquel don Fermín que en una sola conferencia había cambiado +aquella mujer? + +Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de +dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó con su aire +grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su +admirador y mortal enemigo. + +--¿Has confesado?--Sí, ahora mismo. + +--¿Con el Magistral, por supuesto? + +--Sí, con él.--¿Qué tal? ¿Excelente, verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No +subes? + +--No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón, sin +cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado. + +--¡Ana, sube, anda, tonta!--gritó la viuda mientras devoraba a la +Regenta con los ojos de pies a cabeza. + +Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí +de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo demás, los hombres. + +Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con graciosa sonrisa y +siguió adelante. Un momento se habían encontrado sus ojos con los de +Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces; le +habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar _el contacto_ de +aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado, +confundido con el deseo. + +Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía +por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló +la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso: + +--Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.--¡Cómetela!...--gritó al +oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y añadió +muy seria: + +--¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología parda!... + + + + +--IX-- + + +En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el +palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia, +de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa +hasta el tejado por las paredes. + +Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera frío. +Miró hacia la bocacalle próxima; por allí el horizonte se abría lleno de +resplandores. La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba +ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y +relucientes entonces. Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados +golondrinas gárrulas, inquietas, que iban y venían, como si hiciesen sus +visitas de despedida, próximo el viaje de invierno. + +--Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo.... + +--¿Las dos solas?--Sí, las dos... por los prados... a campo traviesa. + +--Pero, señorita, los prados estarán muy mojados.... + +--Por algún camino... extraviado... por donde no haya gente. Tú que eres +de esas aldeas, y conoces todo eso, ¿no sabes por dónde podremos ir sin +que encontremos a nadie? + +--Pero, si estará todo húmedo.... + +--Ya no; el sol habrá secado la tierra.... ¡Yo traigo buen calzado. +Anda... vamos, Petra! + +Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como +una mística que solicita favores celestiales. + +Petra miró asombrada a su señora. Nunca la había visto así. ¿Qué era de +aquella frialdad habitual, de aquella tranquilidad que parecía recelo y +desconfianza disimulados? + +Tenía la doncella algo más de veinticinco años; era rubia de color de +azafrán, muy blanca, de facciones correctas; su hermosura podía excitar +deseos, pero difícilmente producir simpatías. Procuraba disimular el +acento desagradable de la provincia y hablaba con afectación +insoportable. Había servido en muchas casas principales. Era buena para +todo, y se aburría en casa de Quintanar, donde no había aventuras ni +propias ni ajenas. Amos y criados parecían de estuco. Don Víctor era un +viejo tal vez amigo de los amores fáciles, pero jamás había pasado su +atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algún piropo +envuelto en circunloquios que no le comprometían. El ama era muy +callada, muy cavilosa; o no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien. +Sin embargo, Petra había adquirido la convicción de que aquella señora +estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella las pocas ocasiones que se +le ofrecían para procurarse la confianza de la Regenta. Era solícita, +discreta, y fingía humildad, virtud, la más difícil en su concepto. + +Un paseo a campo traviesa, después de confesar, solas, en una tarde +húmeda, daba mucho en qué pensar a Petra. Ella no deseaba otra cosa, +pero insistía en su oposición por ver adónde llegaba el capricho del +ama. Otras habían empezado así. + +Bajaron por la calle del Águila. A su extremo, pasaba, perpendicular, la +carretera de Madrid. + +--Por ahí no--dijo el ama--. Por aquí; vamos hacia la fuente de +Mari--Pepa. + +--A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará seco; +todavía da el sol. Mire usted, allí está la fuente. + +Petra mostró a su señora allá abajo, en la vega, una orla de álamos que +parecía en aquel momento de plata y oro, según la iluminaban los rayos +oblicuos del poniente. El camino era estrecho, pero igual y firme; a los +lados se extendían prados de yerba alta y espesa y campos de hortaliza. +Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son más fértiles +que toda la campiña; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles +azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los +rayos del sol en el ocaso deslumbran. Así brillaban entonces. Ana +entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por +aquella frescura del suelo. + +Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho +se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme +cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la calvicie, +varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo resonar como castañuelas +las hojas solitarias de sus extremos. + +--Mire usted, señora, ¡cosa más rara! a ninguna de esas ramas le queda +más hoja que la más alta, la de la punta.... + +Después de esta observación, y otras por el estilo, Petra se paraba a +coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se enganchaba el +vestido en las zarzas, daba gritos, reía; iba tomando cierta confianza +al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala +fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas dignas de ser +calladas. + +Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta. + +«¡Más de una hora de confesión! La carita como iluminada al levantarse +con la absolución encima... y ahora este paseo por los campos... y +reír... y permitirle ciertas libertades.... No me fío; esperemos». + +La doncella de Ana era amiga de llegar en sus cálculos y fantasías a las +últimas consecuencias. Ya veía en lontananza propinas sonantes, en +monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa--daba por +supuesto que había algo--traía complicaciones que ofrecían novedad para +la misma Petra, que había visto lo que ella y Dios y aquellos y otros +caminos solitarios sabían. + +Llegaron a la fuente de Mari--Pepa. Estaba a la sombra de robustos +castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en forma de +iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de álamos que se +veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más +escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se +levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la +naturaleza en torno del manantial. Aunque situado en una hondonada, +desde allí se veía magnífico paisaje, porque a la parte de occidente +otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban +contemplar los lejanos términos, y allá confundido con la neblina el +Corfín, una montaña que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico +sobre valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos. El sol +sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, detrás del +cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno. + +Ana se sentó sobre las raíces descubiertas de un castaño que daba sombra +a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaña iluminada como por +luces de bengala, y casi entre sueños oía a su lado el murmullo discreto +del manantial y de la corriente que se precipitaba a refrescar los +prados. Sobre las ramas del castaño saltaban gorriones y pinzones que no +cerraban el pico y no acababan nunca de cantar formalmente, distraídos +en cualquier cosa, inquietos, revoltosos y vanamente gárrulos. Hojas +secas caían de cuando en cuando de las ramas al manantial; flotaban +dando vueltas con lenta marcha, y, acercándose al cauce estrecho por +donde el agua salía, se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la +corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata. Una +nevatilla (en Vetusta _lavandera_) picoteaba el suelo y brincaba a los +pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba vueltas, +barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, de un salto +llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas bajas de la +zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, siempre alegre, +pizpireta; quedó inmóvil un instante como si deliberase; y de repente, +como asustada, por aprensión, sin el menor motivo, tendió el vuelo recto +y rápido al principio, ondulante y pausado después y se perdió en la +atmósfera que el sol oblicuo teñía de púrpura. Ana siguió el vuelo de la +_lavandera_ con la mirada mientras pudo. «Estos animalitos, pensó, +sienten, quieren y hasta hacen sus reflexiones.... Ese pajarillo ha +tenido una idea de repente; se ha cansado de esta sombra y se ha ido a +buscar luz, calor, espacio. ¡Feliz él! Cansarse ¡es tan natural!». Ella +misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que había +vivido siempre. ¿Sería algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que +el Magistral le había prometido? Cuando ella le había dicho que en la +adolescencia había tenido antojos místicos, y que después sus tías y +todas las amigas de Vetusta le habían hecho despreciar aquella vanidad +piadosa ¿qué había contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba +todavía en los oídos aquella voz dulce que salía en pedazos, como por +tamiz, por los cuadradillos de la celosía del confesonario. Le había +dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir al +pie de la letra, algo parecido a esto: «Hija mía, ni aquellos anhelos de +usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los +desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de +prudencia». Pizca había dicho, estaba ella segura. La elocuencia del +Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el púlpito; +ahora lo notaba. En el confesonario aprovechaba las palabras familiares +que dicen tan bien ciertas cosas que jamás había visto ella en los +libros llenos de retórica. Y le había puesto una comparación: «Si usted, +hija mía, se baña en un río, y revolviendo el agua al nadar, por juego, +como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro, +pequeñísima que no vale una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria? +¿pensará que aquel descubrimiento la va a hacer rica? ¿que todo el río +va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y +que todo va a ser para usted? Eso sería absurdo. Pero, por esto ¿va a +tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo +los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin +pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la +arena?». Estaba muy bien puesta la comparación. Ella se había visto con +su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de +avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete +blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no +arrojase la pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar así, que se +viera lo que se decía. Se había entusiasmado con aquel fluir de palabras +dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial; había abierto su +corazón delante de aquel agujero con varillas atravesadas. También ella +había dicho muchas palabras que no había usado en su vida hablando con +los demás. Entonces el Magistral, allá dentro, callaba; y cuando ella +terminó, la voz del confesonario temblaba al decir: «Hija mía, esa +historia de sus tristezas, de sus ensueños, de sus aprensiones merece +que yo medite mucho. Su alma es noble, y sólo porque en este sitio yo no +puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de señalar dónde está +el oro y dónde está el lodo... y de hacerle ver que hay más oro de lo +que parece. Sin embargo, usted está enferma; toda alma que viene aquí +está enferma. Yo no sé cómo hay quien hable mal de la confesión; aparte +de su carácter de institución divina, aun mirándola como asunto de +utilidad humana ¿no comprende usted, y puede comprender cualquiera que +es necesario este hospital de almas para los enfermos del espíritu?». El +Magistral había hablado de las consultas que los periódicos protestantes +establecen para dilucidar casos de conciencia. «Las señoras +protestantes, que no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. ¿No es +esto ridículo?». El Provisor había sonreído con la voz. + +Y había continuado diciendo lo que en sustancia era esto: «No debía ella +acudir allí sólo a pedir la absolución de sus pecados; el alma tiene, +como el cuerpo, su terapéutica y su higiene; el confesor es médico +higienista; pero así como el enfermo que no toma la medicina o que +oculta su enfermedad, y el sano que no sigue el régimen que se le indica +para conservar la salud, a sí mismos se hacen daño, a sí propios se +engañan; lo mismo se engaña y se daña a sí propio el pecador que oculta +los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de prisa y +mal, o falta al régimen espiritual que se le impone. No bastaba una +conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y +descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deducía +racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar +a menudo. No se trataba de cumplir con una fórmula: confesar no era eso. +Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de +ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como +lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido +religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan +y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se +desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religión, lo mandaría el +sentido común. La religión es toda razón, desde el dogma más alto hasta +el pormenor menos importante del rito». + +Aquella conformidad de la fe y de la razón encantaba a la Regenta. +¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás había oído esto? No se había +atrevido a preguntárselo al Magistral, pero tiempo habría. + +Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y +se atrevió a mirarla con insolencia. La dama se acordó del Arcipreste, +que tenía el don de parecerse a los pájaros. + +«Era un buen señor Ripamilán; pero ¡qué manera de confesar! Una rutina +que nunca le había enseñado nada. A no ser su matrimonio, nada había +sacado de aquellas confesiones. Decía el pobre hombre que se sabía de +memoria los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su +eterno:--'Bien, bien, adelante: ¿qué más? adelante... reza tres +Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. ¡Qué hombre tan raro! +¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía ella este o el otro +temperamento? Pues el Magistral en seguida: le había dicho que era un +temperamento especial, que todo esto y más había que tener en cuenta. +Esto era completamente nuevo». + +Además, la había halagado mucho el notar que don Fermín le hablaba como +a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le había citado +autores, dando por supuesto que los conocía, y al usar sin reparo +palabras técnicas se guardaba de explicárselas. + +«¡Y qué _elevación_! ¿Qué era la virtud? ¿Qué era la santidad? Aquello +había sido lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la +cosa más fácil para los espíritus nobles y limpios. Para un perezoso +enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un +imposible; para una persona decente (así había dicho) una necesidad de +las más imperiosas de la vida. La religión no presentaba como una senda +ardua la de la virtud, sino para los que viven sumidos en el pecado; +pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en nosotros; no había más +que darle una voz y acudía. La virtud comienza por un esfuerzo ligero, +si bien contrario al hábito adquirido; al día siguiente el esfuerzo era +menos costoso y su eficacia mayor por la _velocidad adquirida_, por la +_inercia del bien_, esto era mecánico (así lo había dicho el señor De +Pas.) La virtud podía definirse; el equilibrio estable del alma. Además, +era una alegría; un buen día de sol; ráfagas de aire fresco embalsamado; +el alma virtuosa se convertía en una pajarera donde gorjeaban alegres +los dones del Espíritu Santo animando el corazón en las tristezas de la +vida. Aquella melancolía de que ella se quejaba, era nostalgia de la +virtud a que llegaría, y por la que suspiraba su espíritu como por su +patria. La virtud era cuestión de arte, de habilidad. No sólo se +conseguía por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo, +pero había otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede +aspirar también a la perfección». (En aquel momento se figuraba la +Regenta como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan +pequeña, tan monótona y triste.) «Ella que había leído a San Agustín ¿no +recordaba que el santo Obispo gustaba de la música religiosa, no por el +deleite de los sentidos, sino porque elevaba el alma? Pues así todas las +artes, así la contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras +históricas, y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y +ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la virtud. ¿Por qué +no? ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí +mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se +encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos. +Así, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, veneno para los +débiles, era purga para los fuertes. Al que llega a cierto grado de +fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por el contraste». +El Magistral no había dicho si él era tan fuerte como todo eso, pero +ella suponía que sí. De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas +bien diferentes de lo que le habían enseñado sus tías y la devoción +vulgar (así la llamó para sus adentros) que había aprendido como una +rutina. Sí, la religión verdadera se parecía en definitiva a sus +ensueños de adolescente, a sus visiones del monte de Loreto más que a la +sosa y estúpida disciplina que la habían enseñado como piedad seria y +verdadera. ¡Y cuántas más lecciones le había prometido el Magistral para +otro día! ¡Cuántas cosas nuevas iba a saber y a sentir! ¡Y qué dicha +tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales +asuntos, los más interesantes, los más altos sin duda! + +De la _cuestión personal_, esto es, de los pecados de Ana, se había +hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. «No tenía datos, +necesitaba conocer la mujer». + +Al recordar esto sintió la Regenta escrúpulos. ¡Le había dado la +absolución y ella no había dicho nada de su inclinación a don Álvaro! +--«Sí, inclinación. Ahora que consideraba vencido aquel impulso +pecaminoso, quería mirarlo de frente. Era inclinación. Nada de disfrazar +las faltas. Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos, +pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero, +personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo +hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero ¿debía +haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, ¿no hubiera sido poner en berlina a +don Víctor sin por qué ni para qué, puesto que ella le era fiel de hecho +y de voluntad y se lo sería eternamente? Y con todo, debió haber +especificado más en aquella parte de la confesión. ¿Estaba bien +absuelta? ¿Podría comulgar tranquila al día siguiente? Eso no, de ningún +modo; no comulgaría; se quedaría en la cama fingiendo una jaqueca: de +tarde iría a reconciliar, y al otro día la comunión. Este era el mejor +plan. La resolución de no comulgar a la mañana siguiente le dio una +alegría de niña; era como un día de asueto. Podía pasar la noche +pensando en la religión, en la virtud en general, por aquel sistema +nuevo, y no preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor +dignamente. Era una prórroga; un respiro. Y ya no le parecía impropio +dar rienda suelta a su alegría, aquella alegría causada por fuerzas +morales puramente y que tal vez era la alborada del día esplendoroso de +la virtud. + +»¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa, +llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro +del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto +garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus +pequeños y... vetustenses. ¡Y qué color de salud! + +»¡Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! ¿Cómo no sería Obispo el +Magistral? ¡Quién sabe! ¿Por qué era ella, aunque digna de otro mundo, +nada más que una señora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era +lo de menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese +pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y +volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro, +radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió a la realidad. +Todo quedó en la sombra. El sol ocultaba entre nubes pardas y espesas, +detrás de la cortina de álamos, el último pedazo de su lumbre que se le +había quedado atrás, como un trapillo de púrpura. La sombra y el frío +fueron repentinos. Un coro estridente de ranas despidió al sol desde un +charco del prado vecino. Parecía un himno de salvajes paganos a las +tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta recordó las carracas +de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo misterioso y se +rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito horrísono. + +--¡Petra! ¡Petra!--gritó. + +Estaba sola. ¿Adónde había ido su doncella? + +Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raíz gruesa, +que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su +vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había +estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones. + +--¡Petra! ¡Petra! La doncella no respondía. El sapo la miraba con una +impertinencia que le daba asco y un pavor tonto. + +Llegó Petra. Venía sudando, muy encarnada, con la respiración fatigosa. +Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como había visto tan +ensimismada a la señora, se había llegado al molino de su primo Antonio +que estaba allí cerca, a un tiro de fusil. + +Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de +inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la +doncella; el ama lo sabía. Petra pensaba casarse con él, pero más +adelante cuando fuera más rico y ella más vieja. De vez en cuando iba a +verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para +calentarse en la vejez. Miraba el molino como una caja de ahorros donde +ella iba depositando sus economías de amor. Ana sin saber por qué, +sintió un poco de ira. «¿Cómo serían aquellos amores de Petra y el +molinero? ¿Qué le importaba a ella...?». Pero la manera de mirar a +Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo descompuesto, la +fatiga que no podía ocultar, el sudor, el color de sus mejillas, +revelaba una curiosidad que quería ocultar en vano la Regenta. «¿Qué +había hecho en el molino aquella mujer?». Este pensamiento baladí, +obsesión estúpida que era casi un dolor, absorbía toda la atención de +Ana, a su pesar. + +--Vamos, vamos, que es tarde.--Sí, señora; es tarde. Entraremos en casa +cuando ya estén encendidos los faroles. + +--No, no tanto.--Ya verá usted.--Si no te hubieras detenido en la +fragua de tu primo.... + +--¿Qué fragua? Es un molino, señora. + +A Petra le supo a malicia lo que era una equivocación. + +Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurecía. La luz +amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas +polvorientas de las raquíticas acacias que adornaban el boulevard, +nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo. + +--¿Cómo me has traído por aquí? + +--¿Qué importa? Petra se encogió de hombros. En vez de subir por la +calle del Águila habían dado un rodeo y entraban por una de las pocas +calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de +galerías con cristales de colores chillones y discordantes. La acera de +tres metros de anchura, una acera hiperbólica para Vetusta, estaba +orlada por una fila de faroles en columna, de hierro pintado de verde, y +por otra fila de árboles, prisioneros en estrecha caja de madera, verde +también. Por esto se llamaba _El boulevard_, o lo que era en rigor, +_Calle del Triunfo de 1836_. Al anochecer, hora en que dejaban el +trabajo los obreros, se convertía aquella acera en paseo donde era +difícil andar sin pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras, +planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros, +zapateros, sastres, carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar +otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del +Triunfo y paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras +con estridente sonsonete. + +Había comenzado aquel paseo años atrás como una especie de parodia; +imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las +conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes se fingían +caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia. Poco a +poco la broma se convirtió en costumbre y merced a ella la ciudad +solitaria, triste de día, se animaba al comenzar la noche, con una +alegría exaltada, que parecía una excitación nerviosa de toda la +«pobretería», como decían los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de +los talleres que salía al aire libre; los músculos se movían por su +cuenta, a su gusto, libres de la monotonía de la faena rutinaria. Cada +cual, además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho +algo útil, de haber trabajado. Las muchachas reían sin motivo, se +pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los +grupos de obreros crecía la algazara; había golpes en la espalda, +carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, de falso pudor, no +por hipocresía, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los +remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con +las mejillas ardiendo. Las virtudes que había allí sabían defenderse a +bofetadas. En general, se movía aquella multitud con cierto orden. Se +paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos señoritos se mezclaban con los +grupos de obreros. A ellas les solía parecer bien un piropo de un +estudiante o de un hortera; pero la indignación fingida era mayor cuando +un _levita_ se propasaba y siempre acompañaba a la protesta del pudor el +sarcasmo. Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al +volver a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas, +suponiendo que el _futraque_ tenía _carpanta_, o sea hambre. A lo sumo +concedían que comería cañamones. Los expertos no se aturdían por estos +improperios convencionales, que eran allí el buen tono; insistían y +acababan por sacar tajada, si la había. La virtud y el vicio se codeaban +sin escrúpulo, iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque +había algunas jóvenes limpias, de aquel montón de hijas del trabajo que +hace sudar, salía un olor picante, que los habituales transeúntes ni +siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un olor de miseria +perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo respiraban muchas +mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras delicadas, dulces, pero +todas mal vestidas, mal lavadas las más, mal peinadas algunas. El +estrépito era infernal; todos hablaban a gritos, todos reían, unos +silbaban, otros cantaban. Niñas de catorce años, con rostro de ángel, +oían sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír +como locas. Todos eran jóvenes. El trabajador viejo no tiene esa +alegría. Entre los hombres acaso ninguno había de treinta años. El +obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegría expansiva, sin +causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios. + +Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se podía +salir de la acera. Había mucho lodo y pasaban carros y coches sin cesar; +era la hora del correo y aquel el camino de la estación. + +Los grupos se abrían para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes más +osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza +bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía admiración y +respeto. + +Las chalequeras no murmuraban ni reían al pasar Ana. + +--¡Es la Regenta!--¡Qué guapa es! Esto decían ellas y ellos. Era una +alabanza espontánea, desinteresada. + +--¡Olé, salero! ¡Viva tu mare!--se atrevió a gritar un andaluz con +acento gallego. + +Su entusiasmo le costó una _galleta_--un coscorrón--de un su amigo, más +respetuoso. + +--¡So bruto, mira que es la Regenta! + +Era popular su hermosura. A Petra también le decían los pollastres que +era un arcángel; iba contenta. Ana sonreía y aceleraba el paso. + +--Dónde nos hemos metido...--¿Qué importa? ya ve usted que no se la +comen. + +Muchas señoritas podrían aprender crianza de estos pela-gatos. + +Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas, pero en +esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en +aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor picante de la _chusma_, en +la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor; del amor +que era por lo visto una necesidad universal. También había cuchicheos +secretos, al oído, entre aquel estrépito; rostros lánguidos, ceños de +enamorados celosos, miradas como rayos de pasión.... Entre aquel cinismo +aparente de los diálogos, de los roces bruscos, de los tropezones +insolentes, de la brutalidad jactanciosa, había flores delicadas, +verdadero pudor, ilusiones puras, ensueños amorosos que vivían allí sin +conciencia de los miasmas de la miseria. + +Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pensó en sí +misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibición absoluta +del placer, y se tuvo esa lástima profunda del egoísmo excitado ante las +propias desdichas. «Yo soy más pobre que todas estas. Mi criada tiene a +su molinero que le dice al oído palabras que le encienden el rostro; +aquí oigo carcajadas del placer que causan emociones para mí +desconocidas...». + +En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Había un +drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno, +vestido con blusa azul, gritaba: + +--¡La mato! ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla. + +Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El mozo echaba fuego +por los ojos. + +--¿Qué es eso?--preguntó Petra. + +--Nada--dijo uno--celucos.--Sí--gritó una joven--pero si ella se +descuida la ahoga. + +--Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul salió +del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto +a la Regenta la miró cara a cara, distraído, pensando en su venganza; +pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un contacto violento. +¡Eran los _celucos_! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal, +sin duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana! + +Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del +Comercio. De las tiendas salían haces de luz que llegaban al arroyo +iluminando las piedras húmedas cubiertas de lodo. Delante del escaparate +de una confitería nueva, la más lujosa de Vetusta, un grupo de _pillos_ +de ocho a doce años discutían la calidad y el nombre de aquellas +golosinas que no eran para ellos, y cuyas excelencias sólo podían +apreciar por conjeturas. + +El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos +cerrados. + +--Esa se llama _pitisa_--dijo uno en tono dogmático. + +--¡Ay qué farol!; si eso es un _pionono_, si sabré yo.... + +También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía apretada +la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres +admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para +ellos; esto le parecía la más terrible crueldad de la injusticia. Pero, +además, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no +habían de comer, se le antojaban compañeros de desgracia, hermanitos +suyos, sin saber por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse +por todo la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa». + +--Corre, Petra, corre--dijo con voz muy débil. + +--Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a +nosotras es. Ah, son ellos, sí...--¿Quién?--El señorito Paco y don +Álvaro. + +Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía. + +--¿Dónde están? A ver si podemos, antes que.... + +Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de ellas. El +Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, que era una de +sus maneras de _hacer esprit_, como decía ya el mismo Ronzal. Mesía +saludó muy formalmente. + +De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban a los +vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don Álvaro +veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de batería de teatro y +notó en la primer mirada que no era ya la mujer distraída de aquella +tarde. Sin saber por qué, le había desanimado la mirada plácida, franca, +tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida, +rápida, miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de Ana, el +triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba de verse animado. Sin fe +en sí mismo no daría un paso. Y había que dar muchos y pronto». + +En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos se +aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están +concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas pobres, que son +las más, no se resignan a enseñar el mismo vestido una tarde y otra y +siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se recorre la parte +nueva, la calle del Comercio, la plaza del Pan, que tiene soportales, +aunque muy estrechos, el boulevard un poco más tarde, cuando ya está +durmiendo la _chusma_. Y el pretexto es comprar algo. ¡En una casa hacen +falta tantas cosas! Se entra en las tiendas, pero se compra poco. La +calle del Comercio es el núcleo de estos paseos nocturnos y algo +disimulados. Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con +mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador. Con un +ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los +precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo. Los mancebos son casi todos +catalanes; pero pronuncian el castellano con suficiente corrección. Son +amables, guapos casi todos. Los más tienen la barba cortada a lo +Jesucristo. Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas. +Inclinan la cabeza con una languidez entre romántica y cachazuda; +aquello lo mismo puede significar: «Señorita, _abrigo_ una pasión +secreta, que...». «Señorita, ni la paciencia de Job... pero tendré +paciencia». + +--¡Oh, le estoy cansando a usted!--dice Visitación a un rubio con +cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de +percal. + +--¡Ah, no señora! Es mi obligación... y además lo hago con la mejor +voluntad.... «El mancebo ha de ser incansable, para eso está allí». + +Visitación siempre tiene que hacer un mandilón para la criada, pero no +se decide nunca. Otras noches es ella la que está desnuda. + +--«Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo». + +El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado a la dama +delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de +una nevada.... + +--«¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material!»--responde ella, +turbándose como una niña aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y +clava en el mancebo los ojos risueños, arrugaditos, que Visitación cree +que echan chispas. El catalán finge que se deja seducir por aquellos +ojos y en cada vara rebaja un perro chico. + +Visitación triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió a +Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que +podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío. + +Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de _El Lábaro_, no +saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y +les queda tiempo para _marear_ a los horteras y tomar varas al sesgo +(frase de Orgaz) de los señoritos que pasean por la acera disputando en +voz alta para anunciar su presencia. Domina allí una alegría bulliciosa, +la alegría sin motivo que es la más expansiva y contentadiza. ¿Quién lo +diría? No sólo _el elemento joven de ambos sexos_ (de _El Lábaro_) sino +las personas formales; magistrados, catedráticos, autoridades, abogados, +hasta clérigos, están deseando todo el día, sin darse cuenta, la hora de +las tiendas, los días que _hace bueno_ y pueden las damas +«decorosamente» coger la mantilla y echarse a la calle. Es aquella una +hora de cita que, sin saberlo ellos mismos, se dan los vetustenses para +satisfacer la necesidad de verse y codearse, y oír ruido humano. Es de +notar que los vetustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se +desprecian. Uno por uno el vetustense maldice de sus conciudadanos, pero +defiende el carácter del pueblo _en masa_, y si le sacan de allí suspira +por volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo +menos así lo llama don Saturnino, hay además el atractivo que le presta +la fantasía. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento lleno de +deudas, y un farol aquí, otro a cincuenta pasos (si no hace luna; en las +noches románticas no hay gas) no deslumbran ni quitan a la noche su +misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, según su imaginación, atribuye +a los que pasan la figura que quiere. + +--Parecen otras las chicas--dicen los pollos. + +Los vetustenses gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir de +su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que después no son nuevas. + +--¿Quién son ésas?--y resulta que son las de Mínguez, es decir, las +eternas Mínguez, las de ayer, las de antes de ayer, las de siempre. +¡Pero mientras la ilusión dura!... En los pueblos donde pocas veces se +tienen espectáculos gratuitos lo es y más interesante el de contemplarse +mutuamente. Un paseo, _cogido por los cabellos_, es un placer delicado, +intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la +honrada clase media española. + +Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas +recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón o por la +calle del Comercio; y niña casadera que tiene para ocho días con una +flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y que saborea a sus +solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días mortales, +detrás del cristal que azota la lluvia incansable. Así se explica aquel +entrar y salir en los comercios, aquel reír por cualquier cosa, aquel +encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un +estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. Todo es +movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste +silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido, +cabizbajo, lleno de unción (de _El Lábaro_), a los sermones, a las +novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al miserere. Ana creía +ver en cada rostro la llama de la poesía. Las vetustenses le parecían +más guapas, más elegantes, más seductoras que otros días: y en los +hombres veía aire distinguido, ademanes resueltos, corte romántico; con +la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según +pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas, +costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros, +estudiantes y militares de la reserva. + +Sólo ella no tenía amor; ella y los niños pobres que lamían los +cristales de las confiterías eran los desheredados. Una ola de rebeldía +se movía en su sangre, camino del cerebro. Temía otra vez el ataque. + +--«¿Qué era aquello, Señor, qué era aquello?». ¿Por qué en día +semejante, cuando su espíritu acababa de entrar en vida nueva, vida de +víctima, pero no de sacrificio estéril, sin testigos, si no acompañado +por la voz animadora de un alma hermana; por qué en ocasión tan +importuna se presentaba aquel afán de sus entrañas, que ella creía cosa +de los nervios, a mortificarla, a gritar ¡guerra! dentro de la cabeza, y +a volver lo de arriba abajo? ¿No había estado en la fuente de Mari--Pepa +entregada a la esperanza de la virtud? ¿No se abrían nuevos horizontes a +su alma? ¿No iba a vivir para algo en adelante? ¡Oh! ¡quién le hubiera +puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó con la de un hombre. +Sintió un calor dulce y un contacto pegajoso. No era el Magistral. Era +don Álvaro, que venía a su lado hablando de cualquier cosa. Ella apenas +le oía, ni quería atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura +moral, que lamentaba para sus adentros, en tanto que veía a las jóvenes +y a las jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas +deslumbrantes de gas. Don Álvaro opinaba lo contrario, que bastaba su +presencia y su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener +idea de lo que Mesía pensaba del prestigio de su _físico_, hay que +figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede echar +chispas. Él se creía una máquina eléctrica de amor. La cuestión era que +la máquina estuviese preparada. Era fatuo hasta ese extremo, pero dígase +en su abono que nadie lo sabía, y que podía citar numerosos hechos que +acreditaban el motivo de aquella vanidad monstruosa. Se creía hombre de +talento--«él era principalmente un político»--; confiaba en su +experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero +humildemente se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado +con el prestigio de su belleza corporal. «Para seducir a mujeres +gastadas, ahítas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no +basta la figura, ni es lo principal siquiera; pero las vírgenes +_honradas_ (conocía él otra clase) y las casadas honestas se rinden al +buen mozo». + +--No conozco seductores corcovados ni enanos--decía, encogiéndose de +hombros, las pocas veces que con sus amigos íntimos hablaba de estas +cosas: solía ser después de cenar fuerte--. ¿Se me habla de extravíos +del gusto? Eso es lo excepcional. Pero nadie querrá ser en el amor lo +que es el asafétida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de +la decadencia.... + +Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas +técnico-escandalosas. Describía todas las aberraciones de la lubricidad +femenil en lo antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No +había nada nuevo. «Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas, +lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de Cerbatana». Paco +padecía distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua. +Esta Cerbatana era Ecbátana, pero él la llamaba así por equivocación +indudablemente. Ya sabía a qué ciudad se refería. Era una que tenía +muchas murallas de colores diferentes. Lo había leído en la _Historia de +la prostitución_; en la de Dufour no, en otra que conocía también. Era +un sabio. + +--Yo he leído--añadía don Álvaro en casos tales--que ha habido +princesas y reinas encaprichadas y _metidas_ con monos, así como suena, +monos. + +--Sí señor--acudía Paco a decir--, lo afirma Víctor Hugo en una novela +que en francés se llama _El hombre que ríe_ y en español _De orden del +rey_. + +--Pero fuera de eso, que es lo excepcional--continuaba Mesía +diciendo--hay que desengañarse, lo que buscan las mujeres es un buen +_físico_. + +--Eso creo yo--solía afirmar Ronzal--la mujer es así _urbicesorbi_ (en +todas partes, en el latín de Trabuco.) + +Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba +a nadie. Como en él lo principal era el político, transigía con la +religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia +y el Estado. Es más, le parecía de mal tono llevar la contraria a los +católicos de buena fe. En París había aprendido ya en 1867, cuando fue a +la exposición, que lo _chic_ era el creer como el carbonero. Sport y +catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro +que lo de creer era decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni +bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte. +Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo +cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar de haber corrido +tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: «¡Bah! todo +eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, bueno era _ilustrarse_, +fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás +ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Había pedido a un +amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empezó +por aprender que ya no había tal metafísica, idea que le pareció +excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Leyó _Fuerza y materia_ +de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron; +hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y +precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era _chic_. +También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con +papel de color de azafrán. No entendió mucho pero se iba al grano: todo +era masa gris; corriente, lo que él quería. Lo principal era que no +hubiese infierno. También leyó en francés el poema de Lucrecio _De rerum +natura_: llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era muy +largo. Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz +conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las +mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así estaba por dentro Mesía +en punto a creencias, pero a estos subterráneos no había llegado el +mismo Paco, que era buen católico, según Mesía. Aquello era para él +solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a París sacaba el fondo +del baúl y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran +demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus +ideas acerca del átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil +de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se +convencía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro. +Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir +don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos: + +--«¡Qué mujer aquella!».--Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido +una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no +sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas. + +Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba +para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo +creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él +también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras +circunstancias; más adelante. + +Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba +hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las +clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con +ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni +mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y +por algo se empieza. + +--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--decía don Álvaro. + +Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por +lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión +oportuna. + +--Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto! + +--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte. + +--Será que usted no se fija en mí; bastante salgo. + +Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella +quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los hombres; ¡pero +ella, Ana! + +Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía aquella señora? ¿Provocar +una conversación para aludir a lo que había entre ellos, que en rigor +no era nada que mereciese comentarios? ¿Debía él extrañar aquella +inadvertencia de Ana? ¡Que no se fijaba en ella! ¿Era coquetería vulgar +o algo más alambicado que él no se explicaba? ¿Quería dar por nulo todo +lo que ambos sabían, las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el +teatro, en el paseo? ¿Quería negar valor a las miradas fijas, intensas, +que a veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse? + +El primer impulso de Ana había sido inconsciente. + +Había hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero +después pensó que aquella respuesta podía servir para desanimar a Mesía +dándole a entender que ella no había entrado en aquel pacto de +sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era demasiado negar, era +negar la evidencia. + +Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó lo menos +ridículo «hacerse el interesante», según el estilo que empleaban los +vetustenses para tales materias. Y dijo con el tono de una galantería +vulgar, obligada: + +--Señora, usted donde quiera tiene que llamar la atención, aun del más +distraído. + +Y como esto le pareció cursi y algo anfibológico, añadió algunas +palabras, no menos vulgares y frías. + +No comprendía él todavía que aquello de _hacerse el interesante_, si +hubiera sido ridículo tratándose de otras mujeres, era la mejor arma +contra la Regenta. Ana lo olvidó todo de repente para pensar en el dolor +que sintió al oír aquellas palabras. «¿Si habré yo visto visiones? ¿Si +jamás este hombre me habrá mirado con amor; si aquel verle en todas +partes sería casualidad; si sus ojos estarían distraídos al fijarse en +mí? Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de +impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo--¡ay! +¡sí, esto era lo cierto, con el rabillo!--¿serían ilusiones mías, nada +más que ilusiones? ¡Pero si no podía ser!». Y sentía sudores y +escalofríos al imaginarlo. Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las +ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia; sería +virtuosa siempre, consumaría el sacrificio, su don Víctor y nada más, es +decir, nada; pero la nada era su dote de amor. ¡Mas renunciar a la +tentación misma! Esto era demasiado. La tentación era suya, su único +placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse +tentar! + +La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le +parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba llenando de +vacío. «¡No, no; la tentación era suya, su placer el único! ¿Qué haría +si no luchaba? Y más, más todavía, pensaba sin poder remediarlo, ella no +debía, no podía querer; pero ser querida ¿por qué no? ¡Oh de qué manera +tan terrible acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día en +que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el confesor que +le decía que era tan fácil la virtud! Sí, era fácil, bien lo sabía ella, +pero si le quitaban la tentación no tendría mérito, sería prosa pura, +una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía...». + +Don Álvaro, que si no era tan buen político como se figuraba, de +diplomacia del galanteo entendía un poco, comprendió pronto que, sin +saber cómo, había acertado. + +En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, notó que le +había hecho efecto la sequedad de la vulgarísima galantería. «¿Esperaba +ya una declaración? ¡Pero si mañana va a comulgar! ¿Qué mujer es esta? +¡Una hermosísima mujer!»--añadió el materialista en sus adentros al +mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas. + +Habían llegado al portal del caserón de los Ozores, y se detuvieron. El +farol dorado que pendía del techo alumbraba apenas el ancho zaguán. +Estaban casi a obscuras. Hacía algunos minutos que callaban. + +--¿Y Petra? ¿Y Paco?--preguntó la Regenta alarmada. + +--Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina. + +Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la +lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la Regenta, y +sin poder contenerse, fuera de su plan, _natura naturans_, exclamó: + +--¡Qué monísima! ¡qué monísima! + +Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin +alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo +importaba más que una flor insípida, y no era una desfachatez. Podía +tomarse por una declaración, por una brutalidad de la naturaleza +excitada, por todo, menos por una osadía impertinente, imposible en el +más cumplido caballero. + +Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra, +buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le +pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como +lluvia benéfica en el alma de la Regenta. + +--Es mía--pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba +en el día del triunfo. + +--¿Quieren ustedes subir a descansar?--preguntó la dama a los +caballeros, al ver llegar a Paco. + +--No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte. + +--¿A buscarme?--Sí; ¿no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con +nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Calderón de la +Barca, el ídolo de tu marido. ¿No sabes? Ha venido un actor de Madrid, +Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen _La vida +es Sueño_... ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá se +empeña. Espera vestida. + +--Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar.... + +--¿Eso qué importa?--¡Vaya si importa!--Lo dejas para otro día. En +fin, ya arreglarás eso con mamá; porque ella viene a buscarte. + +Y sin atender a más, salió del portal el aturdido Marquesito. + +Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. «Ya sabía +a qué atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la +había entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conocía en +que estaba tan frío. No le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro». +Escuchó. Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy +humilde. + +--¿Irá usted al teatro? + +--No, de fijo no--contestó la Regenta, cerrando detrás de sí la puerta y +entrando en el patio. + + + + +--X-- + + +A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas +por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y +se detenía delante del caserón arrinconado. + +La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy +mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de +blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con +estrépito. + +--¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido? + +--¡Qué terca!--exclamó Paquito, que acompañaba a su madre. + +Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que +no era responsable de aquella terquedad. + +«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía +su levita de tricot muy ajustada. + +Ana sonrió a la Marquesa.--Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se +ha molestado usted? + +--¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he +molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo, +delante de estos señores te peino, te calzo y te visto. + +--Eso es--dijo Paco--te vestimos, te peinamos.... + +Don Víctor instó también. + +--_La vida es Sueño_, hija mía, es el portento de los portentos del +teatro.... Es un drama simbólico... filosófico. + +--Sí, ya sé, Quintanar.... + +--Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales. + +--Y que habrá tanta gente--añadió la Marquesa. + +--Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera.... ¿No voy otras veces? +¡Pero si mañana tengo que comulgar! + +--¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú +al teatro a pecar? + +--¡El arte es una religión!--advirtió don Víctor consultando el reloj, +temeroso de perder lo de + + Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento. + +Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué escándalo!». + +--Pero, niña--prosiguió--demasiado nos honra la Marquesa. + +--¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir. + +--No señora; es inútil insistir. + +Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también quería ver +empezar, cedió y se llevó a don Víctor, que hizo algunos remilgos. + +--Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.--¡No faltaba más! +--exclamó la Regenta asustada--. ¿No vas otras noches? + +Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel drama de +dramas. + +Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de +campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con +colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros +días tantos folletines la señorita doña Anunciación Ozores, que en paz +descansa. Ahora no había allí fuego; la hornilla, descubierta, era un +agujero de tristeza. + +Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró y salió +muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, sin mover los +párpados, a la hornilla negra y fría. La doncella se comía con los ojos +a la señora. «¡No va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me +necesitará?». + +--¿Querrá algo la señora?--preguntó. + +Sobresaltada la Regenta, respondió: + +--¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete. + +«Después de todo, era una tontería haber dado aquel desaire a la +Marquesa, estando decidida a no comulgar al día siguiente. Pero, ¿y por +qué no había de comulgar? ¿Era ella una beata con escrúpulos necios? +¿Qué tenía que echarse en cara? ¿En qué había faltado? Todo Vetusta en +aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, música, alegría; y ella +sola, sola, allí en aquel comedor obscuro, triste, frío, lleno de +recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasión de dar pábulo a una +pasión que halagaría a la mujer más presuntuosa. ¿Era esto pecar? Nada +tenía ella que ver con don Álvaro. Podía él estar todo lo enamorado que +quisiera, pero ella jamás le otorgaría el favor más insignificante. +Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. ¿Qué había que +confesar? Nada. ¿Para qué reconciliar? Para nada. Podía comulgar sin +miedo; sí, madrugaría, comulgaría. ¡Pero bastaba, bastaba por Dios, de +pensar en aquello! Se volvía loca. Aquel continuo estudiar su +pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas inocentes, de +malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía a los que la +vida le había traído y seguía trayendo sin buscarlos. Pero ¿qué había de +hacer sino cavilar una mujer como ella? ¿En qué se había de divertir? +¿En cazar con liga o con reclamo como su marido? ¿En plantar eucaliptus +donde no querían nacer, como Frígilis?». + +En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo, +entregados unos al vicio, otros a cualquier manía, pero todos +satisfechos. Sólo ella estaba allí como en un destierro. «Pero ¡ay! era +una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual +suspirar. Había vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez, y +en Valladolid; don Víctor siempre con ella; ¿qué había dejado ni a +orillas del Ebro, el río del Trovador, ni a orillas del Genil y el +Darro? Nada; a lo más, algún conato de aventura ridícula. Se acordó del +inglés que tenía un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de +ella y le regaló la piel del tigre cazado en la India por sus criados. +Había sabido más adelante que aquel hombre, que en una carta--que ella +rasgó--la juraba ahorcarse de un árbol histórico de los jardines del +Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesía y voluptuosa frescura', +aquel pobre Mr. Brooke se había casado con una gitana del Albaicín. Buen +provecho; pero de todas maneras era una aventura estúpida. La piel del +tigre la conservaba, por el tigre, no por el inglés». Esta historia no +la sabía bien Obdulia; creía que se trataba de un norte-americano; se lo +había dicho Visitación... + +«¿Por qué no había ido al teatro? Tal vez allí hubiera podido alejar de +sí aquellas ideas tristes, desconsoladoras que se clavaban en su cerebro +como alfileres en un acerico. Si estaba siendo una tonta. ¿Por qué no +había de hacer lo que todas las demás?». En aquel instante pensaba como +si no hubiera en toda la ciudad más mujeres honestas que ella. Se puso +en pie; estaba impaciente, casi airada. Miró a la llama de la lámpara +suspendida sobre la mesa.... La ofendía aquella luz. Salió del comedor; +entró en su gabinete; abrió el balcón, apoyó los codos en el hierro y la +cabeza en las manos. La luna brillaba en frente, detrás de los soberbios +eucaliptus del _Parque_, plantados por Frígilis. Duraba aquel viento sur +blando, templado, perezoso; a veces ráfagas vivas movían como sonajas de +panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre +metálico. Eran como estremecimientos de aquella naturaleza próxima a +dormir su sueño de invierno. + +Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas, +melancólicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. Todo +desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la +niebla tenue que se cernía sobre Vetusta, y parecía el cuerpo del viento +blando y caliente. Miró al cielo, a la luz grande que tenía en frente, +sin saber lo que miraba; sintió en los ojos un polvo de claridad +argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas +de araña; las lágrimas refractaban así los rayos de la luna. + +«¿Por qué lloraba? ¿A qué venía aquello? También ella era bien necia. +Tenía miedo de estos enternecimientos que no servían para nada». La +luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los +eucaliptus de Frígilis inclinando leve y majestuosamente su copa, se +acercaban unos a otros, cuchicheando, como diciéndose discretamente lo +que pensaban de aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin +amor, que había jurado fidelidad eterna a un hombre que prefería un buen +macho de perdiz a todas las caricias conyugales. + +«Aquel Frígilis, el de los eucaliptus, había tenido la culpa. Se lo +había metido por los ojos. Y hacía ocho años y todavía pensaba en esta +mala pasada de Frígilis como si fuera una injuria de la víspera. ¿Y si +se hubiera casado con don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel. +¡Pero aquel don Víctor era tan bueno, tan caballero! Parecía un padre, y +aparte la fe jurada, era una villanía, una ingratitud engañarle. Con don +Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido más remedio. +¡Sería tan brutal, tan grosero! Don Álvaro entonces la hubiera robado, +sí, y estarían al fin del mundo a estas horas. Y si Redondo se +incomodaba, tendría que batirse con Mesía». Ana contempló a don Frutos, +el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre, +como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi +negra, muy espesa y con espuma... + +«¡Qué horror!». Tuvo asco de aquella imagen y de las ideas que la habían +traído. + +«¡Qué miserable soy en estas horas de desaliento! ¡Qué infamias estoy +pensando!...». Se ahogaba en el balcón. Quiso bajar a la huerta, al +_Parque_; sin pedir luz ni encenderla, alumbrada por la luna, atravesó +algunas habitaciones buscando la escalera del parterre; pero al pasar +cerca del despacho de Quintanar, cambió de propósito y se dijo: «Entraré +ahí; ese debe de tener fósforos sobre la mesa. Voy a escribir al +Magistral; le diré que me espere mañana de tarde; necesito reconciliar; +yo no puedo recibir la comunión así; se lo contaré todo, todo, lo de +dentro, lo de más adentro también». + +El despacho estaba a obscuras; allí no entraba la luna. Ana avanzó +tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepintió +de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un pie +cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrás. Dio +un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las manos de +avanzada para evitar un choque.... + +--¡Ay! ¡Jesús! ¿Quién va? ¿quién es? ¿quién me sujeta?--gritó +horrorizada. + +Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la +opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos +en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían +la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo +para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando: + +--¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí? + +Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió +un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el +pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con +el piso. No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la +oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo. +Buscó la puerta, tropezó mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a +tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con +estrépito por el suelo. Llegó Petra con luz. + +--¡Señora!, ¡señora! ¿qué es esto? ¡Ladrones!--¡No, calla! Ven acá, +quítame esto que me oprime como unas tenazas. + +Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación tan grande +como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo. + +Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que había +caído. + +Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus inventores, +serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de +vencer cierta dificultad de mecánica que retardaba la aplicación del +artefacto. + +Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado; +si tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica y otra +idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del +resorte no era suficiente para matar al ladrón de corral, pero sí para +detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni +Frígilis ni Quintanar querían sangre; no pretendían más que tener bien +sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran +sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la +sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la +Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda +del culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara +sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese perfecta, más que +esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del +resorte endiablado, como había tropezado aquella señora. + +Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron que +destrozar--y buenos sudores les costó--para separarlo del brazo que +magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se contentó con decir: + +--¡Qué _estropicio_!--apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras +materias incalificables que yacían sobre el piso. + +--Si hubiera sido yo, me despedía don Víctor.... ¡Ay, señora! si ha roto +usted tres de esos tiestos nuevos... ¡y el cuadro de las mariposas se ha +hecho pedacitos! ¡y se ha roto una vitrina de herbario! y.... + +--¡Basta! deja esa luz ahí, vete--interrumpió la Regenta. + +Petra insistió gozándose en la disimulada cólera de su ama. + +--¿Quiere usted, que traiga árnica, señora? Mire usted, tiene el brazo +amoratado... ya lo creo... apenas mordería con fuerza ese demonio de +guillotina... pero, ¿qué será eso? ¿usted lo sabe? + +--Yo... no... no; déjame. Tráeme un poco de agua. + +--Ya lo creo; y tila, si está usted pálida como una muerta. ¿Pero por +qué andaba usted a obscuras, señora? ¡Qué susto! ¡pero qué susto!... +¿Qué demonches de diablura será eso? Pues para cazar gorriones no es.... +Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio. + +Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la Regenta; +después vino con tila, recogió los restos de los cachivaches y los puso +sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas. Sentía un júbilo +singular viendo aquella ruina de objetos que ella tenía que considerar +como vasos sagrados de un culto desconocido. + +--¡Si hubiera sido yo!--repetía entre dientes, al juntar los últimos +pedazos, puesta en cuclillas. + +Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista de su +irresponsabilidad. + +Ana bajó a la huerta, olvidada ya de la carta que quería escribir. Le +dolía el brazo. Le dolía con el escozor moral de las bofetadas que +deshonran. Le parecía una vergüenza y una degradación ridícula todo +aquello. Estaba furiosa. «¡Su don Víctor! ¡Aquel idiota! Sí, idiota; en +aquel momento no se volvía atrás. ¡Qué diría Petra para sus adentros! +¿Qué marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?». Miró a la +luna y se le figuró que le hacía muecas burlándose de su aventura. Los +árboles seguían hablándose al oído, murmurando con todas las hojas; +comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, como decía +Petra. + +«¡Qué hermosa noche! Pero ¿quién era ella para admirar la noche serena? +¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con +lo que le sucedía a ella?». + +«Si pensaría Quintanar que una mujer es de hierro y puede resistir, sin +caer en la tentación, manías de un marido que inventa máquinas absurdas +para magullar los brazos de su esposa. Su marido era botánico, +ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias, +cómico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quería más a Frígilis que a +su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero +ahora completamente _ido_, intratable; un hombre que tenía la manía de +la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que +injertaba perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y +pretendía que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había +llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos +españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta +despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda, +sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y +hacía tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, sin más +relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía más; aquello era la gota +de agua que hace desbordar... ¡caer en una trampa que un marido coloca +en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto el colmo de lo +ridículo!». + +La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, pueril, la +hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel +modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió contra sí todo +el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en +su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no +había pretexto, no había pretexto para la ingratitud...». + +«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la +juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a +que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias +del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y +hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, +había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba ese +amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su +luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los +sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí +misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al +despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un +magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que +estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga +de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias +materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo +tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le +sonaba como la frase del miércoles de ceniza, _¡quia pulvis es!_ eres +polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de +todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a +criados y pastores murmurar con malicia.... ¡Lo que aquello era y lo que +podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el +consuelo de ser tenida por mártir y heroína.... Recordaba también las +palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e. p. +d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás +decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse +para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello +continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada +otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de +hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto +de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le +sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso +sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero +llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca; +le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus +caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo +aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor +irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos; +era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en +Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de +confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era +confesarlo». + +«Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que +pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban plateadas, +pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y +caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin +esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas +de aves cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta +el horizonte. Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna +era la que corría a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su +luz en aquel mar de tinieblas». + +«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el mundo a +abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin +esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!». + +Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban +con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la +carne, derechos de la hermosura. Y la luna seguía corriendo, como +despeñada, a caer en el abismo de la nube negra que la tragaría como un +mar de betún. Ana, casi delirante, veía su destino en aquellas +apariencias nocturnas del cielo, y la luna era ella, y la nube la vejez, +la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. Tendió las manos al +cielo, corrió por los senderos del _Parque_, como si quisiera volar y +torcer el curso del astro eternamente romántico. Pero la luna se anegó +en los vapores espesos de la atmósfera y Vetusta quedó envuelta en la +sombra. La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se +destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus +encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros, +en la obscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo; más sombra en +la sombra. + +Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en las barras frías +de la gran puerta de hierro que era la entrada del _Parque_ por la calle +de Tras-la-cerca. Así estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de +fuera, abstraída en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como +las del pensamiento que iba y venía, sin saber por dónde, a merced de +impulsos de que no tenía conciencia. + +Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un +bulto por la calle solitaria pegado a la pared del _Parque_. + +«¡Es él!» pensó la Regenta que conoció a don Álvaro, aunque la aparición +fue momentánea; y retrocedió asustada. Dudaba si había pasado por la +calle o por su cerebro. + +Era don Álvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto se +le ocurrió salir a satisfacer una curiosidad intensa que había sentido. +«Si por casualidad estuviese en el balcón.... No estará, es casi seguro, +pero ¿si estuviese?». ¿No tenía él la vida llena de felices accidentes +de este género? ¿No debía a la buena suerte, a la _chance_ que decía don +Álvaro, gran parte de sus triunfos? ¡Yo y la ocasión! Era una de sus +divisas. ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía que sin ella ya no podía +vivir, que venía a rondar su casa como un enamorado de veinte años +platónico y romántico, que se contentaba con ver por fuera aquel +paraíso.... Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se +le ocurriría a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad, +estuviese en el balcón. Salió del teatro, subió por la calle de Roma, +atravesó la Plaza del Pan y entró en la del Águila. Al llegar a la Plaza +Nueva se detuvo, miró desde lejos a la rinconada... no había nadie al +balcón.... Ya lo suponía él. No siempre salen bien las corazonadas. No +importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas.... +Nadie; no se asomaba ni un gato. «Una vez allí ¿por qué no continuar el +cerco romántico?». Se reía de sí mismo. ¡Cuántos años tenía que remontar +en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole! +Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la +calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de +la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a +la calle a que daba la puerta del _Parque_. Allí no había casas, ni +aceras ni faroles; era una calle porque la llamaban así, pero consistía +en un camino maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones, +uno de la Cárcel y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la +puerta, pegado a la pared, por huir del fango, Mesía creyó sentir la +corazonada verdadera, la que él llamaba así, porque era como una +adivinación instantánea, una especie de doble vista. Sus mayores +triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada +verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor +insólito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las +mejillas, angustia en la garganta.... Se paró. «Estaba allí la Regenta, +allí en el Parque, se lo decía aquello que estaba sintiendo.... ¿Qué +haría si el corazón no le engañaba? Lo de siempre en tales casos; ¡jugar +el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que abriera; y +si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que imposible; +pero, sí, la saltaría. ¡Si volviera a salir la luna! No, no saldría; la +nube era inmensa y muy espesa; tardaría media hora la claridad». + +Llegó a la verja; él vio a la Regenta primero que ella a él. La conoció, +la adivinó antes. + +--«¡Es tuya!--le gritó el demonio de la seducción--; te adora, te +espera». + +Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su víctima. La +superstición vetustense respecto de la virtud de Ana la sintió él en sí; +aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo después de muerta +acaso; él huir; ¡lo que nunca había hecho! Tenía miedo... ¡la primera +vez! + +Siguió; dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver pie atrás, +por más que el demonio de la seducción le sujetaba los brazos, le atraía +hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al oído +llamándole: «¡Cobarde, seductor de meretrices!... ¡Atrévete, atrévete +con la verdadera virtud; ahora o nunca!...». + +--«¡Ahora, ahora!»--gritó Mesía con el único valor grande que tenía--; +y ya a diez pasos de la verja volvió atrás furioso, gritando: + +--¡Ana! ¡Ana! Le contestó el silencio. En la obscuridad del _Parque_ no +vio más que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaños de Indias; +y allá a lo lejos, como una pirámide negra el perfil de la +_Washingtonia_, el único amor de Frígilis, que la plantó y vio crecer +sus hojas, su tronco, sus ramas. + +Esperó en vano.--Ana, Ana--volvió a decir quedo, muy quedo--; pero sólo +le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la +arena de los senderos. + +Ana había huido. Al ver tan cerca aquella tentación que amaba, tuvo +pavor, el pánico de la honradez, y corrió a esconderse en su alcoba, +cerrando puertas tras de sí, como si aquel libertino osado pudiera +perseguirla, atravesando la muralla del _Parque_. Sí, sentía ella que +don Álvaro se infiltraba, se infiltraba en las almas, se filtraba por +las piedras; en aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle +aparecer de pronto, como ante la verja del _Parque_. + +«¿Será el demonio quien hace que sucedan estas casualidades?», pensó +seriamente Ana, que no era supersticiosa. + +Tenía miedo; veía su virtud y su casa bloqueadas, y acababa de ver al +enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen había +despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor +había dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a +infestarse. + +«¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la +obscuridad.... Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡sí! +aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos, +era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la +vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo, +la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo entre fango. +Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un +conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una +aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella. +Lucharía». + +Don Víctor volvió del teatro y se dirigió al gabinete de su mujer. Ana +se le arrojó a los brazos, le ciñó con los suyos la cabeza y lloró +abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot. + +La crisis nerviosa se resolvía, como la noche anterior, en lágrimas, en +ímpetus de piadosos propósitos de fidelidad conyugal. Su don Víctor, a +pesar de las máquinas infernales, era el deber; y el Magistral sería la +égida que la salvaría de todos los golpes de la tentación formidable. +Pero Quintanar no estaba enterado. Venía del teatro muerto de sueño--¡no +había dormido la noche anterior!--y lleno de entusiasmo +lírico-dramático. Francamente, aquellos enternecimientos periódicos le +parecían excesivos y molestos a la larga. «¿Qué diablos tenía su +mujer?». + +--Pero, hija, ¿qué te pasa? tú estás mala.... + +--No, Víctor, no; déjame, déjame por Dios ser así. ¿No sabes que soy +nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho y acariciarte... y que +tú me quieras también así. + +--¡Alma mía, con mil amores!... pero... esto no es natural, quiero +decir... está muy en orden, pero a estas horas... es decir... a estas +alturas... vamos... que.... Y si hubiéramos reñido... se explicaría +mejor... pero así sin más ni más.... Yo te quiero infinito, ya lo sabes; +pero tú estás mala y por eso te pones así; sí, hija mía, estos +extremos.... + +--No son extremos, Quintanar--dijo Ana sollozando y haciendo esfuerzos +supremos para idealizar a D. Víctor que traía el lazo de la corbata +debajo de una oreja. + +--Bien, vida mía, no serán; pero tú estás mala. Ayer amagó el ataque, te +pusiste nerviosilla... hoy ya ves cómo estás.... Tú tienes algo. + +Ana movió la cabeza negando.--Sí, hija mía; hemos hablado de eso en el +palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El doctor opina que la vida que +llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y +hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que +eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire +libre, ir y venir... y yo, por último, opino lo mismo, y estoy +resuelto--esto lo dijo con mucha energía--estoy resuelto a que termine +la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus +sueños.... Basta, hija mía, basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te +pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más +que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando +moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no +me trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste la +salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía mal +disimulada seguía, los nervios erre que erre.... Volvemos a Vetusta, casi +pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda +que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este +caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como +si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que riño pocas +veces; pero ya que ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es, +todo. Frígilis me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz». + +--¿Qué sabe él?--Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor +amigo. + +--Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?... + +--No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya me voy +inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas.... + +--Son los nervios, Quintanar. + +--Pues guerra a los nervios ¡caracoles! + +--Sí...--Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces, +y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras, +le mando a Paco o al mismísimo Mesía, el Tenorio, el simpático Tenorio, +que te enamoren. + +--¡Qué atrocidad!...--¡Programa!--gritó don Víctor--: al teatro dos +veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco +o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno; a las reuniones +de confianza del Casino en cuanto se inauguren este año; a las meriendas +de la Marquesa, a las excursiones de la _high life_ vetustense, y a la +catedral cuando predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el +verano a Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar +el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un +programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La +Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y +Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara +con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, saldremos de +nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero que Frígilis diga +que no eres feliz.... + +--¿Qué sabe él?--Ni quiero llantos que me quitan a mí el sueño. Cuando +lloras sin saber por qué, hija mía, me entra una comezón, un miedo +supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia. + +Ana tembló, como sintiendo escalofríos. + +--¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; todos a la cama; yo +me estoy cayendo. + +Bostezó don Víctor y salió del gabinete después de depositar un casto +beso en la frente de su mujer. + +Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella enfermedad +misteriosa de Ana--porque era una enfermedad, estaba seguro--le +preocupaba y le molestaba. No estaba él para templar gaitas: los nervios +le eran antipáticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban +compasión, le irritaban, le parecían mimos de enfermo; él quería mucho a +su mujer, pero a los nervios los aborrecía.... Además en el teatro había +tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que +estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no +debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el +verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil! +¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin +distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas +sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el +ilustre Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal +quiere quitarme la honra + + a obscuras, como el ladrón + de infame merecimiento; + +pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con +Tirso de Molina (representando): + + A satisfacer la fama + que me habéis hurtado vengo: + mi agravio es león que brama; + un león por armas tengo, + y Benavides se llama. + De vuestros torpes amores + dará venganza a mi enojo, + mostrando a mis sucesores + la nobleza de un león rojo + en sangre de dos traidores...?». + +Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba a +concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa: + + Desde que sois mi cuñado + ni de palabras me afrento..., etc., + +cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus +tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos +delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de +jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y +botánico, y otras no menos respetables. + +--¡Dios mío! ¡qué es esto!--gritó en prosa culta--¿quién ha causado esta +devastación...? ¡Petra! ¡Anselmo!--y se colgó del cordón de la +campanilla. + +Entró Petra sonriente.--¿Qué ha sido esto?--Señor, yo no he sido.... +Habrán entrado los gatos. + +--¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a mí? + +Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de +su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se +transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello, +comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la +escena y gritando como un energúmeno. + +--¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcón si +no me explica esto. + +Anselmo compareció. Tampoco había sido él. + +En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa de los +zorros, despedazada, inservible. + +--¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.... ¡Pero, +señor, quién anduvo aquí! + +Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido. + +Lo explicó todo.--Pero tú, Petra--añadió--¿por qué no le has dicho la +verdad al señor? + +--Señora, yo... no sabía si debía.... + +--¿Si debías qué?--preguntó don Víctor con expresión de no comprender. + +--Si debía...--Al amo no hay que ocultarle nunca nada--dijo la Regenta +clavando los ojos altaneros en la criada. + +Petra sonrió torciendo la boca, y bajó la cabeza. + +Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se quedó +solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, máquinas +y colecciones. + +--«¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita!»--decía entre suspiros +Quintanar, con las manos en la cabeza. Se acostó decidido a consultar +seriamente _lo_ de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos +Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano, +espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas. + +«Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... En aquella +casa iba a pasar algo. ¿Qué habría hecho la señora en la huerta? ¿No se +le había figurado a ella oír allá, hacia la puerta del _Parque_, una +voz...? Sería aprensión... pero... algo, algo había allí. ¿Qué papel la +reservarían? ¿Contarían con ella? ¡Ay de _ellos_ si no!». Y con una +delicia morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar, +oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; «otro estúpido que jamás +había venido a buscarla en el secreto de la noche»... + + + + +--XI-- + + +El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy +distinto género, no le dejaba libre para el estudio más que las horas +primeras del día y las más altas de la noche. Dormía muy poco. Su doble +misión de hombre de gobierno en la diócesis y sabio de la catedral le +imponía un trabajo abrumador; además, era un clérigo de mundo; recibía y +devolvía muchas visitas, y este cuidado, uno de los más fastidiosos, +pero de los más importantes, le robaba mucho tiempo. Por la mañana +estudiaba filosofía y teología, leía las revistas científicas de los +jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos literarios. Preparaba +una _Historia de la Diócesis de Vetusta_, obra seria, original, que +daría mucha luz a ciertos puntos obscuros de los anales eclesiásticos de +España. De este libro, sin conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino +Bermúdez, cuando estaba un poco alegre, después de comer. Uno de sus +secretos era, que «el Magistral merecía el nombre de sabio, pero no +precisamente el de arqueólogo; nadie sirve para todo». + +Don Fermín escribía a la luz tenue y blanca del crepúsculo; la mañana +estaba fresca; de vez en cuando, por vía de descanso, De Pas se +entretenía en soplarse los dedos. Meditaba. Tenía los pies envueltos en +un mantón viejo de su madre. Cubríale la cabeza un gorro de terciopelo +negro, raído; la sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y +las mangas de la chaqueta que vestía debajo de la sotana relucían con el +brillo triste del paño muy rozado. Aquel traje sórdido, que tal +contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el +mundo lucía el Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al +aproximarse la hora de las visitas probables. Entonces vestía don Fermín +un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la +alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; el +zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba +como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante +personaje. En su despacho sólo recibía a los que quería deslumbrar por +sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabiduría no deslumbraba a casi +nadie, y así la mayor parte de las visitas pasaban al salón inmediato. + +Pocos podían jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba abajo; +casi nadie había visto más que el vestíbulo, la escalera, un pasillo, la +antesala y el salón de cortinaje verde y sillería con funda de tela +gris; y aun el salón medio se veía porque estaba poco menos que a +obscuras. Uno de los argumentos que empleaban los que defendían la +honradez del Provisor, consistía en recordar la modestia de su ajuar y +de su vida doméstica. + +Justamente se había hablado de esto la tarde anterior en el Espolón, en +un corrillo de murmuradores, clérigos unos, seglares otros. + +--Entre su madre y él, puede que no gasten doce mil reales al año--decía +muy serio Ripamilán, el venerable Arcipreste--. Él viste bien, eso sí, +con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la +cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser +insignificante. Recuerden ustedes, señores, lo que nos duraba un +sombrero de teja en los ominosos tiempos en que no nos pagaba el +Gobierno. Y en lo demás, ¿qué gastan? Doña Paula con su hábito negro de +Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su +pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está +vestida para todo el año. ¿Y comer? Yo no les he visto comer, pero todo +se sabe; el catedrático de Psicología, Lógica y Ética, que saben ustedes +que es muy amigo mío, aunque partidario de no sé qué endiablada escuela +escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello +fuese la Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha visto a +la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo cuando está barato, +muy barato. Pues ¿y la casa? La casa, todos ustedes lo saben, es una +cabaña limpia, es la casa de un verdadero sacerdote de Jesús. Lo mejor +es lo que conocemos todos, el salón; ¡y válgate Dios por salón! A la +moda del rey que rabió: solemne, pulcro, eso sí; ¡pero qué de trampas +tapa aquella obscuridad! ¿Quién nos dice que las sillas de damasco verde +no tienen abiertas las entrañas? ¿Las han visto ustedes alguna vez sin +funda? ¿Y la consola panzuda, antiquísima, de un dorado que fue, con su +reloj de música sin música y sin cuerda? Señores, no se me diga: el +Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonías es infame +calumnia. + +--Todo esto es verdad--contestó Foja, el ex-alcalde usurero, que estaba +presente siempre en conversaciones de este género. Parecía nacido para +murmurar. + +--No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el +señor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los más +ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doña Paula esconde su gato, ¡un +gatazo! ¿Y las casas que compra el Magistral por esos pueblos? ¿Y las +fincas que ha adquirido doña Paula en Matalerejo, en Toraces, en Cañedo, +en Somieda? ¿Y las acciones del Banco? + +--¡Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; usted no +ha visto las pólizas; usted no ha visto nada.... + +--Pero sé quien lo ha visto.--¿Quién?--¡El mundo entero!--gritó don +Santos Barinaga, que siempre acudía a maldecir de su mortal enemigo el +Provisor--. ¡El mundo entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero +ya hablaré! + +--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este +proceso. + +--¿Por qué?--Porque usted aborrece al Magistral. + +--Claro que sí...--Y enseñaba los puños apretados. + +--¡Y ya me las pagará!--Pero usted, le aborrece por aquello de «¿quién +es tu enemigo? El de tu oficio». Usted vende objetos del culto: cálices, +patenas, vinajeras, lámparas, sagrarios, casullas, cera y hasta +hostias.... + +--Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste. + +--Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y.... + +--¡Hola! ¡hola!--interrumpió Foja--. ¡Preciosa confesión! ¡Dato +precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermín son +enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente +Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las +leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el +verdadero dueño de _La Cruz Roja_, el bazar de artículos de iglesia, al +que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del +obispado han de venir _velis nolis_ a comprar lo que necesitan y lo que +no necesitan. + +--Permítame usted, señor Foja o señor diablo.... + +--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara casualidad de +que _La Cruz Roja_ ocupa los bajos de la casa contigua a la del +Provisor; y como da la picarísima casualidad de que sabemos todos que +hay comunicación por los sótanos, entre casa y casa.... + +--Hombre, no sea usted barullón ni embustero. + +--Poco a poco, señor canónigo, yo no soy barullero, ni miento, ni soy +obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura. + +--No será usted obscurantista, pero tiene la moliera a obscuras para +todo lo que no sea picardía. ¿Qué tiene que ver que al señor Barinaga, +al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio +de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, según +él, le hace el Provisor? ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con +que el bazar, como lo llama, de _La Cruz Roja_, tenga sótanos y el +Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de +comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea +usted un boquirroto y mire más lo que dice. + +--Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragonés, le dan a +usted derecho para desvergonzarse.... + +--¡Poco ruido! ¡Poco ruido! señor Fierabrás--repuso el canónigo +terciando el manteo. + +Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se +decían les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen +humor consiste en soltarse pullas y _frescas_ todo el año, como en +perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal +educado. + +--Es que yo--gritó el ex-alcalde--mato un canónigo como un mosquito.... + +--Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, viborezno +libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; según ese +disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también se podrá asegurar +lo que dice el vulgo de los préstamos del Magistral al veinte por +ciento. + +--_Non capisco_--respondió el ex-alcalde, que sabía italiano de óperas. + +--Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. ¿No es usted otro libelo +infamatorio con lengua y pies--que viera yo cortados--de los muchos que +sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque +le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá +por lo de la usura; ¿quién es tu enemigo? + +--Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo a las narices. + +--Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos. + +--¡Me ha llamado usted usurero! + +--Eso; clarito.--Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al +empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y +recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas +de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la +Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y, +cuando hay caso, la prima del seguro.... + +--Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas.... + +--Yo contribuyo a la circulación de la riqueza.... + +--Como una esponja a la circulación del agua.... + +--Y los curas son los zánganos de la colmena social.... + +--Hombre, si a zánganos vamos.... + +--Los curas son los mostrencos...--Si a mostrencos vamos, conocía yo un +alcaldito en tiempos de la _Gloriosa_... + +--¿Qué tiene usted que decir de la _Gloriosa_? Me parece que la +Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor.... + +--¡Hizo un cuerno! Me hicieron mis méritos, mis trabajos, mis... ¡seor +ciruelo! + +--Déjese usted de insultos y explique por qué he de ser yo enemigo +personal del Provisor. ¿Reparto yo dinero por las aldeas al treinta por +ciento? Y el dinero que yo presto ¿procede de capellanías _cuyo soy_ el +depositario sin facultades para lucrar con el interés del depósito? ¿Mis +rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver +con la curia eclesiástica? ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se +llaman _Palacio_? + +--De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo +le dejo con la palabra en la boca.... + +--Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podrá ser un +viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un +Candelas eclesiástico. + +Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era +demasiado fuerte: + +--¡Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga gritó:--No señores, no +es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy +generoso, y robaba con exposición de la vida. + +Además, robaba a los ricos y daba a los pobres. + +--Sí, desnudaba a un santo para vestir a otro. + +--Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él. Es un +pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya sé yo de qué muerte va a morir. + +Barinaga olía a aguardiente. Era el olor de su bilis. + +Don Cayetano se encogió de hombros y dio media vuelta. Y mientras se +alejaba iba diciendo: + +--Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora +rabian porque no les dejan decir esas picardías en los periódicos.... + +Conversaciones de este género las había a diario en Vetusta; en el +paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacristía de la +Catedral. + +De Pas sabía todo lo que se murmuraba. Tenía varios espías, verdaderos +esbirros de sotana. El más activo, perspicaz y disimulado, era el +segundo organista de la Catedral, que ya había sido delator en el +seminario. Entonces iba al paraíso del teatro a sorprender a los +aprendices de cura aficionados a Talía o quien fuese. Era un presbítero +joven, chato, favorito de la madre del Provisor doña Paula. Se +apellidaba Campillo. + +A don Fermín no le importaba mucho lo que dijeran, pero quería saber lo +que se murmuraba y a dónde llegaban las injurias. + +No pensaba en tal cosa el Magistral aquella mañana fría de octubre, +mientras se soplaba los dedos meditabundo. + +Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin +poder remediarlo. Quería buscar dentro de sí fervor religioso, acendrada +fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo sonoro, +rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción; pero la voluntad no +obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le +asediaban. La mano fina, aristocrática, trazaba rayitas paralelas en el +margen de una cuartilla, después, encima, dibujaba otras rayitas, +cruzando las primeras; y aquello semejaba una celosía. Detrás de la +celosía se le figuró ver un manto negro y dos chispas detrás del manto, +dos ojos que brillaban en la obscuridad. ¡Y si no hubiese más que los +ojos! + +--«¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por la emoción +religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento, +pero no sin vergüenza ante un confesonario!...». + +«¿Qué mujer era aquella? ¿Había en Vetusta aquel tesoro de gracias +espirituales, aquella conquista reservada para la Iglesia, y él el amo +espiritual de la provincia, no lo había sabido antes?». + +El pobre don Cayetano era hombre de algún talento para ciertas cosas, +para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero ¿qué +sabía él de dirigir un alma como la de aquella señora? + +Don Fermín no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho +antes aquella joya que él, Ripamilán, no sabía apreciar en todo su +valor. Y gracias que, por pereza, se había decidido a dejarle aquel +tesoro. + +Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta. + +--«Don Fermín--le había dicho--usted es el único que podrá entenderse +con esta hija mía querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba +contándome sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la +entiendo siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que +eso no. ¿Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no +sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le +indiqué la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que +yo no daba más de mí. No doy, no. Yo entiendo la religión y la moral a +mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me parece que la +piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita--ya sabe usted que ha +escrito versos--es un poco romántica. Eso no quita que sea una santa; +pero quiere traer a la religión el romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no +me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro. A usted le será +fácil». + +El Arcipreste se había acercado más al Provisor, y estirando el cuello, +de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al oído, había +dicho después: + +--«Ella ha visto visiones... pseudo-místicas... allá en Loreto... al +llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, cuando tuvo +aquella fiebre y fuimos a buscarla su tía doña Anuncia y yo. Después... +pasó aquello y se hizo literata.... En fin, usted verá. No es una señora +como estas de por aquí. Tiene mucho tesón; parece una malva, pero otra +le queda; quiero decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre +protesta. Ella misma se me ha acusado de esto, que conocía que era +orgullo. Aprensiones. No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es +desgraciada, aunque nadie lo sospeche. En fin, usted verá. Don Víctor es +como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como +no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él--aquí volvió a +reír don Cayetano--lo mejor será que ustedes se entiendan». + +El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se +acordó también de que él se había puesto como una amapola. + +«¡Lo mejor será que ustedes se entiendan!». En esta frase que don +Cayetano había dicho sin asomos de malicia, encontraba don Fermín motivo +para meditar horas y horas. + +Toda la noche había pensado en ello. Algún día ¿llegarían a entenderse? +¿Querría doña Ana abrirle de par en par el corazón? + +El Magistral conocía una especie de Vetusta subterránea: era la ciudad +oculta de las conciencias. Conocía el interior de todas las casas +importantes y de todas las almas que podían servirle para algo. Sagaz +como ningún vetustense, clérigo o seglar, había sabido ir poco a poco +atrayendo a su confesonario a los principales creyentes de la piadosa +ciudad. Las damas de ciertas pretensiones habían llegado a considerar en +el Magistral el único confesor de buen tono. Pero él escogía hijos e +hijas de confesión. Tenía habilidad singular para desechar a los +importunos sin desairarlos. Había llegado a confesar a quien quería y +cuando quería. Su memoria para los pecados ajenos era portentosa. + +Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un año en acudir al +tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba +las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido +haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeñaba +a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su +manera. La _Encimada_ era toda suya; la _Colonia_ la iba conquistando +poco a poco. Como los observatorios meteorológicos anuncian los +ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en +Vetusta, dramas de familia, escándalos y aventuras de todo género. Sabía +que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse delata +flaquezas de todos los suyos. + +Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, los vicios y hasta +los crímenes a veces, de muchos señores vetustenses que no confesaban +con él o no confesaban con nadie. + +A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular, +hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que +había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su +mujer, con otros secretos más íntimos. Muchas veces, en las casas donde +era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas +de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo; y mientras +su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprendía, +acaso era el único que estaba en el secreto, el único que tenía el cabo +de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a los +vetustenses. «Era aquello un montón de basura». Pero muy buen abono, por +lo mismo, él lo empleaba en su huerto; todo aquel cieno que revolvía, le +daba hermosos y abundantes frutos. + +La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su +propia heredad. Era suyo, bien suyo; ¿quién osaría disputárselo? + +Recordaba minuto por minuto aquella hora--y algo más--de la confesión +de la Regenta. + +«¡Una hora larga!». El cabildo no hablaría de otra cosa aquella mañana +cuando se juntaran, después del coro, los señores canónigos del +tertulín. + +Don Custodio, el beneficiado, había pasado la tarde anterior sobre +espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después +espiando la confesión, que duraba, duraba «escandalosamente». Iba y +venía, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y pasaba ya +lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Había visto primero a otras +mujeres junto a la celosía y a doña Ana en oración, junto al altar. Al +pasar otra vez había visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el +confesonario, cubierta con la mantilla... y vuelta a pasar y ella +quieta... y otra vez... y siempre allí, siempre lo mismo. + +--Don Custodio--le decía Glocester, el ilustre Arcediano, que había +notado sus paseos--¿qué hay?, ¿ha venido esa dama? + +--¡Una hora! ¡una hora!--Confesión general. Ya usted ve.... + +Y más tarde:--¿Qué hay?--¡Hora y media!--Le estará contando los +pecados de sus abuelos desde Adán. + +Glocester había esperado en la sacristía «el final de aquel escándalo». + +El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y +juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan +descomunal noticia. + +«No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. ¡Dos +horas!». + +En efecto, había sido mucho tiempo. El Magistral no lo había sentido +pasar; doña Ana tampoco. La historia de ella había durado mucho. Y +además, ¡habían hablado de tantas cosas! Don Fermín estaba satisfecho de +su elocuencia, seguro de haber producido efecto. Doña Ana jamás había +oído hablar así. + +«Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en secreto con +aquella señora, había sido un anuncio de la realidad. Sí, sí, era +aquello algo nuevo, algo nuevo para su espíritu, cansado de vivir nada +más para la ambición propia y para la codicia ajena, la de su madre. +Necesitaba su alma alguna dulzura, una suavidad de corazón que +compensara tantas asperezas.... ¿Todo había de ser disimular, aborrecer, +dominar, conquistar, engañar?». + +Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se +preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. «Allí, +por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había +orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a +sacrificarse _en Jesús_... ¡Todo aquello estaba lejos! No le parecía ser +el mismo. ¿No era algo por el estilo lo que creía sentir desde la tarde +anterior? ¿No eran las mismas fibras las que vibraban entonces, allá en +las orillas del Bernesga, y las que ahora se movían como una música +plácida para el alma?». En los labios del Magistral asomó una sonrisa de +amargura. «Aunque todo ello sea una ilusión, un sueño, ¿por qué no +soñar? Y ¿quién sabe si esta ambición que me devora no es más que una +forma impropia de otra pasión más noble? Este fuego, ¿no podrá arder +para un afecto más alto, más digno del alma? ¿No podría yo abrasarme en +más pura llama que la de esta ambición? ¡Y qué ambición! Bien mezquina, +bien miserable. ¿No valdrá más la conquista del espíritu de esa señora +que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma tiara...?». + +El Magistral se sorprendió dibujando la tiara en el margen del papel. + +Suspiró, arrojó aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales +pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se +puso a escribir. + +El último párrafo decía: + +«El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición del dogma +de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en el glorioso día +de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: _haec dies quam fecit +Dominus_...». + +El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne modo la doctrina +del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: _Prima salus est rectae +fidei regulam custodire_; confirmábase la doctrina que los griegos +profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba +y definía, _sacro approbante Concilio_, que el Romano Pontífice, _quum +ex cathedra loquitur_, goza plenamente, _per assistentiam divinam_, de +aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su +Iglesia...». + +Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre las manos. + +«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso +no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La +infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable +de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como +estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas.... +¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la +batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la +voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica, +parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el +mar». + +Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia +entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él. Llamaba a +Dupanloup cobarde. En Madrid había llamado mucho la atención predicando +en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El +tema había sido también la infalibilidad. Los periódicos le habían +comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con +Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada, +legos. + +«Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, pensaba De Pas, +con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado +ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como +ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia +de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré a los +fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré Obispo cuando +llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no +aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores, +los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que +hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser +impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y +respeto. ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!... +Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que es +mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No quedábamos en +que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el +templo cristiano? Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima +el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, señor Cardenal, +¿en qué quedamos?». + +El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo sobre la +mesa. + +--Voy, señorito--gritó una voz dulce y fresca desde una habitación +contigua. + +El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el despacho una joven +de veinte años, alta, delgada, pálida, pero de formas suficientemente +rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La +palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con +el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos +bruscos; unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y +noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza +y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon +griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía. En +esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne, +hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un +perfume elocuente de todo el cuerpo. + +Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del despacho y de +la alcoba del _señorito_. Esta proximidad había sido siempre una +exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no +quería ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco +consentía que su hijo, su pobre Fermín, que para ella siempre sería un +niño a quien había que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura +cristiana. La doncella había de tener su lecho cerca del _señorito_, por +si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente. + +En casa el Magistral era _el señorito_. Así le nombraba el ama delante +de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenían que +darle. + +A doña Paula, que no siempre había sido _señora_, le sonaba mejor _el +señorito_ que un usía. Las doncellas de doña Paula venían siempre de su +aldea; las escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las +conservaba mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por +si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni las +muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. Los ojos +azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la +posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía que no toleraba +que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la +inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media +palabra de protesta, ni una leve objeción en nombre del qué dirán. ¿Qué +habían de decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su +hijo, que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una +evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín +continuaba siendo un niño que jamás crecería para la malicia». Este era +un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía que se creyera que ella +creía en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio. + +Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo de su +hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca de la cintura en la +espalda el pañuelo de seda también negro que le cruzaba el pecho. + +--¿Qué quería el señorito? ¿se siente mal? ¿traeré ya el café? + +--¿Yo?... hija mía... no... no he llamado. + +Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un +poco la boca, y añadió: + +--Apostaría... haber oído.... + +--No, yo no. ¿Qué hora es? + +Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo +la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta +coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea. + +--¿Y madre?--Duerme. Se acostó muy tarde. Como están con las cuentas +del trimestre.... + +--Bien; tráeme el café, hija mía. + +Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de +insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día anterior; +también tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que +yacían sobre las sillas y en el suelo. Aquéllos no se tocaban. Mientras +Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la +mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para +seguir trabajando o meditando. + +Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía decir misa; que +era un señor cura. ¿La tenía? ¿Había prometido decirla? No pudo resolver +sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó. + +Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. Ellas eran las +encargadas de oír la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto +se refería a los asuntos del rito. De Pas cumplía con estos deberes +rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. ¡Tenía tantas cosas +en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba +de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba +frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias. + +Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por el despacho; +quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le +permitían adelantar en su trabajo. + +Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí como el +silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó el servicio del +café, volvió a buscar un jarro de estaño y el cubo del lavabo; entró de +nuevo con ellos y una toalla limpia. Entró en la alcoba, dejando las +puertas de cristales abiertas, y se puso a _levantar_ la cama, operación +que consistía en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las +sábanas y la colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una +manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas, +pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, y doña +Paula, por economía, le preparaba así la cama. Hacerla formalmente +hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado. + +Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí veía, distraído, +los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las +piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados +colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a +cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las +enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral +seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su +pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de +brazos sobre la cama, Teresina dejó ver más de media pantorrilla y +mucha tela blanca. De Pas sintió en la retina toda aquella blancura, +como si hubiera visto un relámpago; y discretamente, se levantó y volvió +a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de +un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre +la cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas. + +--¿Le molesta el ruido, señorito? + +El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba +ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en el dintel de la puerta +de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada: + +--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es +igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no esté. + +--Bien está, señorito, bien está--respondió la criada, muy seria, con +voz gangosa y tono de canto llano. + +Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de +levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito. + +El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el +suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de +teología y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a sentarse. +Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le metió por los +puntos de la pluma, levantó la cabeza, satisfecho de su tarea. + +Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale +más por lo raro. El Magistral se frotó las manos suavemente. Estaba +contento. Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, _calamo +currente_, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica +que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan +de ataque. + +Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que iba a +tener un alma hermana. + +Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una +poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de +Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la +memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a +través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de +sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada +parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la +verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico, +incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por qué +recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver +con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la +Edad-media... y sueco? Él era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo +diecinueve, un _carca_, un obscurantista, un zángano de la colmena +social, como decía Foja el usurero...». + +Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De +Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le +quedaba de sus reflexiones de poco antes. + +Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más +fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la +postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos +cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y +fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus +músculos de acero, de una fuerza inútil. + +Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de +color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía +gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de +revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras, +cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del +aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no +se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don +Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que +corrían contra _La Cruz Roja_, como él llamaba, colectivamente, al +Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando +odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al +murmurar del Magistral añadían: + +--«¡Si yo hablara!». + +Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se +acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando +aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo +por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en +el espejo, le parecía un _otro yo_ que se había perdido, que había +quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de +Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba +muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En +cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de +la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía +siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida +torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y +bizarra, mística; pero de piedra. Quedó satisfecho, con la conciencia +de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante +y escultural. + +Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el +suelo, con la expresión de los santos de cromo. + +--¿Qué hay?--Una joven pregunta si se puede ver al señorito. + +--¿A mí?--don Fermín encogió los hombros--. ¿Quién es? + +--Petra, la doncella de la señora Regenta. + +Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su +amo. + +--¿No dice a qué viene? + +--No ha dicho nada más.--Pues que pase. Petra se presentó sola en el +despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin +rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa +en los labios. + +El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en +confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y +paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para +que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que +la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas +de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso +arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había +alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo +impidiesen. + +Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan +insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan +alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen +recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el +clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura +sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no +reconocerla. + +Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El +Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos. + +--¿Es usted criada de la señora de Quintanar? + +--Sí, señor; su doncella. + +--¿Viene usted de su parte?--Sí, señor; traigo una carta para Usía. + +Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno. + +--¿Y no es más que eso? + +--No, señor.--Entonces...--La señora me ha dicho que entregara a Usía +mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o +tardar en entregarla a Usía. + +Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo: + +--En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un +recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda +confianza. + +Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del +delantal. + +--Perdóneme Usía...--dijo con voz temblorosa y ruborizándose. + +--No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo. + +Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía +él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte, +sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la +imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de +aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con +despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a +atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta +casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la +figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la +madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de +cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza, +atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso; +la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos +de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un +contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella +mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del +Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda +angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña +con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una +amortajada. + +Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin +disimulo. + +--¿Qué quería usted?--preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared. + +Petra se repuso y, casi con altanería, contestó: + +--Era un recado para el señor Magistral. + +Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió con afable +sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas, +como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de +la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra +envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral. +Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento +de las maneras finas y de la vida de ciudad. + +--¿Qué te quiere esa señora?--preguntó doña Paula en cuanto se vio a +solas con su hijo. + +--No sé; aún no he abierto la carta. + +--¿Una carta?--Sí, esa. Don Fermín hubiera deseado a su madre a cien +leguas. No podía ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre sí +mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta, +y temía ruborizarse delante de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo, +sin saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel sobre +delante de doña Paula, se pondría como una cereza. Cosas de los nervios. +Pero su madre era como era. + +Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó los codos sobre la +mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió la difícil tarea +de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doña Paula fumaba; +pero «desde que eran de la catedral» fumaba en secreto, sólo delante de +la familia y algunos amigos íntimos. + +El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió +disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo +interior, debajo de la sotana. + +--Adiós, madre; voy a dar los días al señor de Carraspique. + +--¿Tan temprano?--Sí, porque después se llena aquello de visitas y +tengo que hablarle a solas. + +--¿No la lees?--¿Qué he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no +será urgente. + +--Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar en seguida o +dejar algún recado; ¿no comprendes? + +De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta. + +Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba +su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, ¿qué +podía decir la Regenta? Nada de particular». + + «Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted + antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrúpulos de esos + contra los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria. + Si usted fuera tan amable que consintiera en oírme esta tarde un + momento, mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma. + amiga, q.b.s.m., + + ANA DE OZORES DE QUINTANAR». + +--¡Jesús, qué carta!--exclamó doña Paula con los ojos clavados en su +hijo. + +--¿Qué tiene?--preguntó el Magistral, volviendo la espalda. + +--¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doña +Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una +tonta o de una loca. + +--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía.... +Me escribe como a un amigo cualquiera. + +--Vamos, es una pagana que quiere convertirse. + +El Magistral calló. Con su madre no disputaba. + +--Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal. + +--Se me pasó la hora de la cita.... + +--Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el señor +Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación que dar al señor +Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que tú y Ronzal y yo y todos +somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los +necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada. + +--Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se los han +llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay tiempo.... + +--Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y qué dirá Ronzal? +Si tú que estás más interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él? + +--Pero, señora, el deber es primero. + +--El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se +le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa +herencia? + +--¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de +alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de +salir pronto. + +--¿Qué herencia?--repitió. + +--Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no +tiene más que hacer que verla a ella. + +--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú... +eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes. + +Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a +las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosiguió--hicieron +anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación, +esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la +otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas.... + +El Magistral se santiguó y dijo: + +--¿Ya murmuran? ¡Infames! + +--Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te +acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer +aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te +lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber +aparentarla. + +--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--¿No ve usted cómo a +pesar de sus dicharachos yo los piso a todos? + +--Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la +fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un +borrego, pero.... + +--¡Le tengo en un puño!--Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es +ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da +otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian, +estás perdido. + +--Don Fortunato no se mueve sin orden mía. + +--No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver +tus escándalos.... + +--¿Cómo ha de ver eso, madre? + +--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día estamos +perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un tigre, y del +Provisorato te echa a la cárcel de corona.--Madre... está usted +exaltada... ve usted visiones. + +--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y arrojó la +punta del pitillo apurada y sucia. + +Prosiguió:--No quiero más cartitas; no quiero conferencias en la +catedral; que vaya al sermón la señora Regenta si quiere buenos +consejos; allí hablas para todos los cristianos; que vaya a oírte al +sermón y que me deje en paz. + +--¿Con que Glocester?...--Sí, y don Custodio.--Y a usted ¿quién le ha +dicho?... + +--El Chato.--¿Campillo?--El mismo.--Pero ¿qué han visto? ¿Qué pueden +decir esos miserables? ¿cómo se habla de estas cosas en una tertulia de +señoras? ¿cómo entiende esta gente el respeto a las cosas sagradas? + +--¡Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. ¿Respeto? Dios lo dé. El +Arcediano querría confesar a la de Quintanar, es natural, él es muy +amigo de darse tono, y de que digan.... ¡Dios me perdone! pero creo que +le gusta que murmuren de él, y que digan si enamora a las beatas o no +las enamora.... ¡Es un farolón... y un malvado! + +--Madre, usted exagera; ¿cómo un sacerdote?... + +--Fermo, tú eres un papanatas; el mundo está perdido: por eso todos +piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay que aparentar +más virtud que se tiene, aunque se sea un ángel. ¿No sabes que de +nosotros dicen mil perrerías? Glocester, don Custodio, Foja, don Santos +y el mismísimo don Álvaro Mesía, con toda su diplomacia, pasan la vida +desacreditándote. Si hacemos y acontecemos en palacio (doña Paula empezó +a contar por los dedos); si nos comemos la diócesis; si entramos en el +Provisorato desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco; +si tú cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ahí como +esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la +alberca de casa; si el Obispo es un maniquí en nuestras manos; si +vendemos cera, si vendemos aras, si tú hiciste cambiar las de todas las +parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don +Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si tú robas a +los que piden dispensas; si te comes capellanías; si yo cobro diezmos y +primicias en toda la diócesis; si.... + +--¡Basta, madre, basta por Dios! + +--Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero espiritual. Tú +(vuelta a contar por los dedos, pero además con pataditas en el suelo, +como llevando el compás) tienes fanatizado a medio pueblo; las de +Carraspique se han metido monjas por culpa tuya, y una de ellas está +muriendo tísica por culpa tuya también, como si tú fueras la humedad y +la inmundicia de aquella pocilga; tú tienes la culpa de que no se case +la de Páez, la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que +le agrade... por culpa tuya. + +--Madre...--¿Qué más? Hasta les parece mal que enseñes la doctrina a +las niñas de la Santa Obra del Catecismo.... + +--¡Miserables!--Sí, miserables; pero van siendo muchos miserables, y el +día menos pensado nos tumban. + +--Eso no, madre--gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las +mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas, +erizadas como dispuestas a la defensa--. ¡Eso no, madre! Yo los tengo a +todos debajo del zapato, y los aplasto el día que quiero. Soy el más +fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, son unos estúpidos; ni mala +intención saben tener. + +Doña Paula sonrió, sin que su hijo lo notase. «Así te quiero» pensó, y +siguió diciendo: + +--Pero el único flaco que podemos presentarles es este, Fermo; bien lo +sabes; acuérdate de la otra vez. + +--Aquella era una... mujer perdida.--Pero te engañó ¿verdad? + +--No, madre; no me engañó; ¿qué sabe usted? + +Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la +Brigadiera nunca había podido aclararlo. Sólo sabía, por su mal, que +había sido un escándalo que apenas se pudo sofocar antes que fuera +tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. Eran cosas de la +juventud. ¡Qué necedad temer que él volviese a descuidarse ahora, a los +treinta y cinco años! Entonces, en la época de la Brigadiera no tenía él +experiencia, le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso +de la adulación. + +«Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con que ahora +me mortifica». + +Doña Paula insistió en pintarle los peligros de la calumnia; sabía que +le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque +temía para su hijo la caída de Salomón. + +La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella era +buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa +contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella, +doña Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición, +el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula +se figuraba la diócesis como un lagar de sidra de los que había en su +aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto, +oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por +la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella +de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural. +«Era mecánico» como decía don Fermín explicando religión. «Pero a una +mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven todavía, +podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso +conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba +de su virtud. «¡La Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz +de pecar, pero ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo que se murmuraba. +Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y +otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces +aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más o menos, y sin +estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos días antes: +que don Álvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quería +enamorarla, como a tantas otras. «Aquel don Álvaro era un enemigo de su +hijo. Lo sabía ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por +más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de +Vetusta. Pero doña Paula tenía superior instinto; veía más que nadie en +lo que interesaba al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen +mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el prestigio del +amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de +Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres; +era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los +Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el +dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y +cuando no lo tenía se quejaba de la falta «_de carácter_» de los hombres +importantes. Y ¿por qué no había de estar ya Mesía disputando ese +dominio? ¿No cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don +Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre +Fermo?». Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las +suponía fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la +vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no +comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle contra la +Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre de Mesía. En +los labios le retozaba esta pregunta: + +«¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?». + +No se atrevió a tanto. «Al fin su hijo era un sacerdote y ella era +cristiana». + +Preguntar aquello le parecía una irreverencia, un sacrilegio que hubiera +puesto a Fermo fuera de sí, y no había para qué. + +--Adiós, madre--dijo don Fermín cuando doña Paula calló por no atreverse +con la pregunta sacrílega. + +Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oyó a su madre que decía: + +--¿De modo que hoy tampoco vas a coro? + +--Señora, si ya habrá concluido.... + +--¡Bueno, bueno!--quedó murmurando ella--no ganamos para multas. + +Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un +estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable. + +El sol brillaba acercándose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola nube. El +cielo parecía andaluz. + +Sí, pero el buen humor del Magistral se había nublado; su madre le había +puesto nervioso, airado, no sabía contra quién. + +«Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero +formidable a veces. ¿Y cómo romper aquellas cadenas? A ella se lo debía +todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su voluntad de acero +que iba derecha a un fin rompiendo por todo ¿qué hubiera sido él? Un +pastor en las montañas, o un cavador en las minas. Él valía más que +todos, pero su madre valía más que él. El instinto de doña Paula era +superior a todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido él arrollado +algunas veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se +enredaban en redes sutiles que le tendía un enemigo, ¿quién le libraba +de ellas? Su madre. Era su égida. Sí, ella primero que todo. Su +despotismo era la salvación; aquel yugo, saludable. Además, una voz +interior le decía que lo mejor de su alma era su cariño y su respeto +filial. En las horas en que a sí mismo se despreciaba, para encontrar +algo puro dentro de sí, que impidiera que aquella repugnancia llegase a +la desesperación, necesitaba recordar esto: que era un buen hijo, +humilde, dócil... un niño, un niño que nunca se hacía hombre. ¡Él que +con los demás era un hombre que solía convertirse en león!». + +«Pero ahora sentía una rebelión en el alma. Era una injusticia aquella +sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta creía toda Vetusta, y +en efecto era un ángel. Él sí que no merecía besar el polvo que pisaba +aquella señora. ¿Quién podía temer de quién?». + +En este momento comprendió la causa de su malhumor repentino. «La madre +había hablado de las calumnias con que le querían perder... de las +demasías de ambición, orgullo y sórdida codicia que le imputaban, de la +influencia perniciosa en la vida de muchas familias que se le +achacaba... pero ¿era todo calumnia? Oh, si la Regenta supiese quién era +él, no le confiaría los secretos de su corazón. Por un acto de fe, +aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos +le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado +a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a +pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la +vida. Si él hubiera sido un hombre honrado, le hubiera dicho allí +mismo:--¡Calle usted, señora! yo no soy digno de que la majestad de su +secreto entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a +decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro +palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel +con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido; +el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de +acíbar;... yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor, +infinitamente peor, yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas, +sí, mal adquiridas; yo soy un déspota en vez de un pastor; yo vendo la +Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que arrojó del +templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, señora; yo no soy digno +de ser su confidente, su director espiritual. Aquella elocuencia de ayer +era falsa, no me salía del alma, yo no soy el _vir bonus_, yo soy lo +que dice el mundo, lo que dicen mis detractores». + +Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sintió una +reacción en su conciencia, reacción favorable a su fama. + +«Hagámonos más justicia» pensó sin querer, por el instinto de +conservación que tiene el amor propio. + +Y entonces recordó que su madre era quien le empujaba a todos aquellos +actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro. + +«Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo debía todo, había +él llegado a manosear y mascar el lodo de aquella sordidez poco +escrupulosa. Su pasión propia, la que espontáneamente hacía en él +estragos era la ambición de dominar; pero esto ¿no era noble en el +fondo? y ¿no era justo al cabo? ¿No merecía él ser el primero de la +diócesis? El Obispo ¿no le reconocía de buen grado esta superioridad +moral? Bastante hacía él contentándose, por ahora, con no mandar más que +en Vetusta. ¡Oh! estaba seguro. Si algún día su amistad con Ana Ozores +llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál +era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería +de los pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le había +arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenían disculpa, los +feos, los vergonzosos, los inconfesables». + +Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente, +iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles +tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas +encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según +costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso, +flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha. + +Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos, +doblando la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni +veía al que saludaba. + +Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don de estar +hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa. + +Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registró la +alcoba. Vio la cama _levantada_, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue; +salió de la alcoba; en el despacho reparó el sofá de reps azul, las +butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas +por todas partes; se fijó en el orden de la mesa, en el del sillón, en +el de las sillas. Parecía olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le +preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la +mirada, como quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje, +correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo +hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La +despidió. + +--Oye...--volvió a decir--. Nada, vete. + +Se encogió de hombros.--«Es imposible--dijo entre dientes--; no hay +manera de averiguar nada». + +Y, saliendo del despacho, dijo todavía: + +--«¡Qué capricho de hombres!». + +Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió: + +--«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!». + + + + +--XII-- + + +Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más +importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más +_sacrificios pecuniarios_ en tiempo oportuno. Era político porque se le +había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los +buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su +mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá +en la otra guerra, los _cristinos_ habían ahorcado de un árbol a su +padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los +sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de +gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que +tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su +religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él +toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces +naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su +piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para +los suyos y para muchos de fuera. + +Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice +infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique; +todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido +educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos +primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas. + +El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un +noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de +los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja. + +El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona, +que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería +los pies de buen grado. + +--Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el +señor está allá dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y +agria.) Está ahí el médico... ese empecatado primo de la señora. + +--Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, Fulgencia? + +--Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto alarmar a +los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor Magistral, que la pobre señorita +no está de cuidado? + +--Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? ¿Viene de allá? + +--Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba gritos... viene furioso... es un +loco. No sé cómo le llaman a él. El parentesco, es cosa del parentesco. + +El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin +lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la +limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El único +mueble nuevo era un piano de cola de Erard. + +Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes. + +El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía con el +arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en +su porte su buena posición social. Era una hermosa figura que se +defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía. Don +Robustiano era el médico de la nobleza desde muchos años atrás; pero si +en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en +religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses +entendían por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le admiraba tanto +como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo había leído +tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano +no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían +de hambre en Vetusta. Había estudiado poco, pero había ganado mucho. Era +un médico de mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para él +todo era flato; ahora todo era _cuestión de nervios_. Curaba con buenas +palabras; por él nadie sabía que se iba a morir. Solía curar de balde a +los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhibía, mandaba +llamar a otro y no se ofendía. «Él no servía para ver morir a una +persona querida». + +Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma. + +--«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que +lo hemos de ver..., etc.». + +Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había +hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los +profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante, +pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el +sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de +policía. + +«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro». + +Y no se le había de replicar. + +Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía +apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre +de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador. + +Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas +nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa. + +De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la +cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre +majaderos y hombres de talento. + +--¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno.... Llega usted a tiempo, amigo +mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la +verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio, +se desespera.... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas +exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza, +porque es una persona ilustrada. + +--¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas? + +--Sí, señor; de aquella pocilga vengo. + +--¿Cómo está Rosita? + +--¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor +Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas. + +Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a +todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo: + +--¡Aquello es el acabose! + +El Magistral sintió un escalofrío. + +--¿Usted cree?--Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo, +distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada +bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña +sigue respirando en aquel _medio_... no hay salvación, pero si se la +saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un +crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja.... +Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la +religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es +una letrina; sí señor, una cloaca. + +--Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están +haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora. + +--Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan +trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto. + +--Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor +de lo que es. + +--¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá usted saber más que la ciencia? Ya +le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen +de lesa humanidad.... ¡Oh! ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa +de todo esto! Porque aquí anda un cura, señor Magistral, estoy seguro... +y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y +clero; si todos fueran como usted.... ¿A que mi señor don Fermín no +aconseja a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que +las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de +Panurgo? + +El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros de +Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repetía lo +de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado era aquel, como no +sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que él no leía libros: le +faltaba tiempo. + +Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las necedades de este majadero?». + +--Yo sospecho--continuó el doctor--que mi pobre Carraspique está +supeditado a la voluntad de algún fanático, v. gr. el Rector del +Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser el señor Escosura, ese +Torquemada _pour rire_, el que ha traído a esta casa tanta desgracia? + +--No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta +desgracia como usted dice. + +--¡Van ya dos niñas al hoyo! + +--¿Cómo al hoyo?--O al convento, llámelo usted hache. + +--Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo +opinar en este punto.... + +--Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen +conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo +fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la +ciencia. La higiene pública prescribe.... + +El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la +renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de +folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa. + +--¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo. + +--No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen.... + +--¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted, +que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe +libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más +que uno de los términos en que ha de consistir? + +Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba. + +--Si a mí no se me engaña--continuó--; si yo conozco bien esta comedia. +¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que +las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de +su existencia? Verá usted el sistema. + +Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo: + +--Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de mis primos no +ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí sabe Dios lo +que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben +las dictan las monjas y están siempre cortadas por el mismo patrón, +según el cual, «aquello es el Paraíso». A los quince años vuelven a +casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda +en el convento como un trasto inútil. Para dar una satisfacción al +mundo, a la opinión pública, desde los quince a los dieciocho o +diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo... +por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi señor +don Fermín. ¿Recuerda usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las +niñas ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los +bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la novena, al +sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el +Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en +seguida a casa. Después viene la gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se +ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería; +nada de teatros ni de bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta: +correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las +niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido +en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían +allí con las Madres y las compañeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se +enamora de cualquiera de las niñas... _¡Vade retro!_ Se le despide con +cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas canónicas; +maitines, vísperas... después el rosario con su coronilla, un +padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y +nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas.... Eso +sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción. Como artículo de +lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del +Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen +mozo torcido una gracia babosa, las niñas la ríen, al papá se le cae la +baba también ¡mísero Carraspique! y _tutti contenti_. El Arcediano no es +el cura que hay aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el +demonio o el mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el +atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en +cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor, +cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo +llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, señor de Pas, fácil +victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de +templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo +rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con +chistes de cura por todo encanto, resuelven _libremente_ meterse +monjas, para gozar un poco de... de autonomía, como dicen los +liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas +de Carraspique. + +El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo, +dijo: + +--No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a +cien leguas de toda gazmoñería. + +--¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado a mi prima esta comedia. +El que entra aquí piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez +monástica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engañan. +Esta alegría sin saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted +dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para +tapar la boca a los profanos. + +El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro. +«¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces discurría así en tal materia? +¿Sabía Somoza que era él y nadie más el _cura oculto_, el jefe +espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le hablaba así? ¿También +los tontos tenían el arte de disimular?». + +Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos de recientes +lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó fervorosamente que fuese a +las Salesas a ver cómo estaba su hija; él no tenía valor para ir en +persona. Don Fermín prometió ir aquel mismo día. + +Somoza volvió a describir la falta de _condiciones higiénicas_ del +convento. + +--Pero ¿qué quieres que haga, primo mío? + +--Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo sois. Pero lo que +digo es lo siguiente: la niña está muy enferma, y no por culpa suya; su +naturaleza era fuerte; en su _constitución_ no hay vicio alguno; pero no +le da el sol nunca y se la está comiendo la humedad; necesita calor y +no lo tiene; luz y allí le falta; aire puro y allí se respira la peste; +ejercicio y allí no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen +alimento y allí come mal y poco..., pero no importa; Dios está +satisfecho por lo visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos +alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a vivir metiditos en +un... inodoro. + +Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él +quería, sino lo contrario, añadió: + +--En un inodoro... que es la _antítesis_--así dijo--de un inodoro. + +--En fin, señores--prosiguió--ustedes defienden el absurdo y ahí no +llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con +aires de aldea, allá junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne +y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada. + +Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó con una cabezada al +Magistral y salió murmurando: + +--A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, pero no era +una columna... de este orden; no era un estercolero. + +Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las +palabras de su primo que había oído desde lejos: + +--Es un loco, hay que dejarle.--Pero nos quiere mucho--advirtió +Carraspique. + +--Pero es un loco... haciéndole favor. + +El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había que +hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento +provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un +barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol; +allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la +Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las +paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los olores eran +insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. Pero todo aquello +duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el médico decía. El de las +monjas aseguraba que no, y que sacarla de allí, sola, separarla de sus +queridas compañeras, de su vida regular, hubiera sido matarla». + +Después don Fermín consideró la cuestión desde el punto de vista +religioso. «Había algo más que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente +humanos, mundanos, que se podían oponer a Somoza y otros como él, eran +lo de menos. Lo principal era mirar si había escándalo en precipitarse y +tomar medidas que alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa +de un excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo a +la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se +diría que el convento de las Salesas era un matadero; que la religión +conducía a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse.... ¡Se +dirían tantas cosas! No, no era posible tomar todavía ninguna medida +radical. Había que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor +Teresa...». + +--¡Sí, don Fermín, por Dios!--exclamó doña Lucía, juntando las +manos--segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si +usted le lleva el consuelo de su palabra. + +No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios. + +Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca +directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que +las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación +superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio +era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo. +La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía +a desahuciarlo. «Era un impío». + +--¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!--se atrevió a decir Carraspique. + +--Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo +sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes. + +Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la +casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran +dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan +pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó +antes que asomara. + +La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el +nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un +defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien +hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal +hombre, a aquel santo, pensaría mejor». + +Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual +fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos +disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy +bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos. + +--¿Un impío Ronzal?--preguntó asustado Carraspique. + +--Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los +labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en +la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas +veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa. +Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen +cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la +Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el +ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad +suficiente.... ¿Daría usted una hija a don Álvaro? + +--¡Antes muerta!--Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la +unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es +buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una +Carraspique. + +Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia, +les llegaba al alma a los amos de la casa. + +Ronzal fue desahuciado. El Magistral habló todavía de otros asuntos. +Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para +Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa; +limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la +Concepción, porque habría que pagar caro un predicador, jesuita, que +vendría de lejos. «Era mucho, sí; pero si los buenos católicos que +todavía tenían algo no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si otros +pudieran!». + +Suspiró doña Lucía al oír esto. Había comprendido. El Magistral quería +decir que si él fuese rico, su dinero sería de San Pedro y de las +instituciones piadosas. «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel +santo suponiéndole cargado de oro!». + +Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía +límites, volvió a prometer una visita a las Salesas. + +«Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia». + +--En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno, +suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una +prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de cristiano obliga a eso +y a mucho más. + +Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil. + +Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a costa de mucho +padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo +terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también melosas. +La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al decir «Dios +misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba el susurro del aura +entre las flores.... + +Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos +de la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no +salvarse, a pesar de tantos disgustos. + +Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella mañana. No hablaba +con la sublime unción de otras veces. Su pesimismo piadoso le salía a +duras penas de los labios. Notó la buena señora que su director +espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa. + +Salió el Magistral. + +Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un +puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo de la suntuosa +escalera. + +--«¡No hay remedio, no hay remedio!--dijo entre dientes--no he de +empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo». + +Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer fuerte, +picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí +ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia.... +Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había procurado abreviar la +visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas. + +«Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. Eso debía +de ser». + +«Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar +algo con ira...». Se dirigió a _Palacio_. + +Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la +Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y estrecha que +llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice de la Basílica, +coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el +siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro +parecía un inválido de la arquitectura; y la fachada principal, +renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta +y el balcón de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde. + +El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío y desnudo, no muy +limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y +parterres de flores mustias; subió una escalera cuyo primer tramo era de +piedra y los demás de castaño casi podrido; y después de un corredor +cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala +donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del +Provisor interrumpió el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno +de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de +pulquérrimo traje talar, perfumado, abrió una mampara forrada de damasco +color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio +entonces y que atravesó De Pas sin detenerse. + +--¿Dónde estará, don Anacleto? + +--Creo que tiene visitas--respondió el paje--. Unas señoras.... + +--¿Qué señoras? Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y +sonrió. + +Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero en seguida volvió +a adelantarlo y abrió una puerta de escape por donde desapareció. + +Después de cruzar salas y pasadizos llegó al _salón claro_, como se +llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas +particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo por veinte de +ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal +obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a +cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que +entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría. +Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también, +de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus +contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en +columnas salomónicas. Los brazos de las butacas parecían puestos en +jarras, los pies de las consolas hacían piruetas. No había estera ni +alfombra, a no contar la que rendía homenaje al sofá; era de moqueta y +representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el +gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de +Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los +otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano. +Allí estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de +su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una +consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba +sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño que él, +colocada sobre la consola de enfrente. No había más santos en el salón +ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado. + +El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo de Vetusta, dejaba +al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; pero en su salón no había +de tocar. Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín +para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas +pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo, +jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos. + +--«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para que canten el +Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco de las +Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban +en el coro y era una delicia oírlos». + +Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se +podía admirar y amar una obra de Dios. + +Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo--pero este +era su secreto--no estaba a la altura de su cargo». + +--«No basta ser bueno--decía--para gobernar una diócesis. Ni los +poetas sirven para ministros, ni los místicos para Obispos». + +Esta opinión era la más corriente entre el clero del Obispado. Los +señores de la junta carlista creían lo mismo. ¡Jamás habían podido +contar para nada con el Obispo! + +¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en +brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la diócesis. +Esto, según unos, era la perdición del clero y el culto, según otros una +gran fortuna; pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía +voluntad. + +Era cierto que había aceptado la mitra a condición de escoger, sin que +valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar +los cuidados del gobierno eclesiástico. El Magistral era sin duda el +hombre de más talento que él había conocido. Además, doña Paula, cuando +su hijo era un humilde seminarista, había servido en calidad de ama de +llaves a Camoirán, a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces +aquella mujer de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo, +ayudado por la madre, continuó la tiranía, y, como decían ellos, «le +tenían en un puño». Y él estaba así muy contento. + +¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga, +de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se +buscó un santo a quien dar una mitra y se encontró al canónigo Camoirán. + +Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del pueblo. Con gran +escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su +virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasión, cuando hacía +su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña, +jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó +una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había +mordido al niño. + +--¡Sálvamelo, sálvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el +paso al borrico. + +--¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo +por la vida del angelillo. + +--¡Sí, sí, tú que eres santo!--replicaba la madre con alaridos. + +--¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé... + +--¡Un milagro! ¡un milagro!...--repetía la madre. + +La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la +Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario. + +Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se +abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya +había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las +alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia +predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a +la Mujer _sine labe concepta_. De memoria hubiera podido repetir cuanto +han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y +sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto, +del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo +romántico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases +de cariño paternal, filial y fraternal. + +Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después +se regalaban, titulados así: _El Rosal de María_ (en verso)--_Flores de +María_--_La devoción_ _de la Inmaculada_--_El Romancero de Nuestra +Señora_--_La Virgen y el dogma_. + +Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los +daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de una +alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las desdichas del +mundo, al menos las que él había padecido. + +En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y +mucho de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le quería +engañar cobrándole caros los remiendos de sus pantalones! ¿No sabía él +lo que eran remiendos? ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I. +muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes, +aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los +zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas. + +--Pero, señor--gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el +cargo de doña Paula--; si usted pide milagros. ¿Cómo no se han de +conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda, +y será mejor. + +--¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos +nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese remendón supiera su +oficio, parecerían estos una gloria. + +El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no +se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba revista, como a un +recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía distraído: y si +notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un +mitrado, le reprendía con acritud. + +--Esto es absurdo--decía De Pas--. ¿Quiere usted ser el Obispo de _Los +miserables_, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos +en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como +exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos +pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas, +llegaría la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita? + +--No es eso, hijo mío, no es eso--respondía el Obispo sofocado, con +ganas de meterse debajo de tierra. + +Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo sé. +¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del +ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro +sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si +eso es una bendición de Dios; si así debe ser.... ¿Pero sabes tú quién +es Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas +medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la +piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen; +¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor? + +Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en +Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la +cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad +primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su +elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador +verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión. +Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su +cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa +cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar +en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía +el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La +caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el +mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la +gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el +templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los +cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la +conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los +vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos. + +Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a +cansarse. Decían que el Obispo _se prodigaba demasiado_. «El Magistral +no se prodigaba». + +--Estudia más los sermones--decían unos. + +--Es más profundo, aunque menos ardiente. + +--Y más elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el púlpito. + +--El Magistral es un artista, el otro un apóstol. + +Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué +gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía +aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de _mera +retórica_ aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco». + +--«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de +nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra +revolucionaria, ni un satánico _non serviam_ librepensador». + +En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en +los _sermones de la Audiencia_. Todos los viernes de Cuaresma la Real +Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística +somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense +predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima. + +--«Pues bien--decía Glocester--allí no se habla por hablar, ni lo +primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es +necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos +señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y +hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo +había hablado a los _señores del margen_, a la Audiencia Territorial ni +más ni menos mal que al común de los fieles». + +El actual regente--que no era Quintanar--había dicho, en confianza, a un +oidor que _el sermón no tenía miga_. El oidor había corrido la noticia, +y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano. + +Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había +hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su +sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días +antes. + +--«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo +no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso, +leer entre líneas». + +La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se +presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había +desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se +dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de +la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún +libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven +podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me +alegro; ahora veréis lo que es bueno». El regente--que no era +Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio +de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador, +preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo. +Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir +disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la +experiencia de estrados. + +Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la +alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía +solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a +Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre +Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún +apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el +grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los +establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero +nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo, +esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester. + +Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato. +Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la +antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose +de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que +procuraba excitar Glocester. + +Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le +hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el +pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso +por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la +idolatría. + +--«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes +de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan +admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla». +_«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!»_ repetía encarándose con el perro +de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El +perro no se reía. + +Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con +tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que +adoraban tales inmundicias?». + +Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba +partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y +decía: + +--«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si +proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto +volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios, +adoradores de Isis y _Busilis_; una gata y un perro según creo». + +El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo, +arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió +por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza +de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los +sermones del prelado, que no se preparase y que _se prodigara tanto_. + +Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de +Glocester: + +--«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el +Magistral». + +Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces +la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en +Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria +prevaleciese. + +Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato +estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo. + +Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto +estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por +los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en +el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos, +lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el +sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba +con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se +veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se +extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho +del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que +llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía, +todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban; +ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras +su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos +se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies.... +Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de +Jesús.... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro, +el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos +crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar; +temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese +tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la +sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el +horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de +maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable, +como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su +voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo, +aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba +siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí, +y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia +del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por +vez primera oía la descripción de la escena del Calvario. + +A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba +al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de +ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del +auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los +mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros, +mitad eruptos de la vigilia. + +Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta +pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había +descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo». +El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba +para sus adentros. «¡Pero _eso_ es un cómico!» pensaba; y pensaba +repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero _eso_ es +un cómico!». + +El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar +el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya +cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los +lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De +Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar +las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor. +Cada vez que necesitaba repetir lo de: «_Y el verbo se hizo carne_» en +lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras +encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de +un altar: _Et Verbum caro factum est_. + +En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le +había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería +figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía +de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué +pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de +las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los +cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del +dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería +la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la +controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había +empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al +entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había +despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los +_Caracteres de La Bruyère_; de los libros de Balmes sólo admiraba _El +Criterio_ y--¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!--en las +novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba +costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su +experiencia con la ajena. + +¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un +autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos! +¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de +remordimientos! Estos liberales--añadía para sí--ni siquiera saben tener +mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de +teatro se parecen a los reyes». + +Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con +la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y +virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en +cuando, para conservar su fama de sabio entre las _personas ilustradas_ +de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se +remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que +descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se +burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de +sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los +Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos +desgraciados están locos!». + +No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el +error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del +predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola; +nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes. + +«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las +tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento +natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral, +alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho». + +El empeño constante del Magistral en la _cátedra_ era demostrar +«matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del +auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón.... Ella basta para +probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no +explica los misterios, es verdad: pero explica que no se +expliquen».--«Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo +familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía +entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su +_a+b_ teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor, +con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba +los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se +bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento +contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se +arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los +ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca.... +Pero ¡ay! esto era perderse. _Su_ público no entendía aquello... y De +Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y +tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de +allí con jaqueca y diciendo: + +«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días +deben de ser de cuarenta y ocho horas!». + +Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los +alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o +seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del +orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus +_sermones de costumbres_ y él también prefería agradar a las señoras. +Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de _la sana razón_, en +los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era +un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito. +«El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es _entenderla_». +Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante +aquellas fórmulas de la salvación. + +«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en +América, ahora en el _país natal_, sin moverse de casa, podían ganar +fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los +malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era +mecánico, también lo demostraba por _a+b_. Pintaba a veces, con rasgos +dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del +embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las +vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que _lo peor era +para él_. + +Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le +presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de +gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria... +y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil. + +Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del +vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las +señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en +sus adentros era este: + +«¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle +hablar del adulterio. Las más de estas eran _mujeres honradas_ que no +habían sido adúlteras, que no habían hecho más que _tontear, como +todas_. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que +el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en +el confesonario. + +También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al +Obispo. + +Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el _bello sexo_ de +todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en +el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y +tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba +mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado +madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras +delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día. + +Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la +capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas +pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por _rigorosa +antigüedad_, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o +criadas. «Era demasiado _hacer el apóstol_». Se le dejó. + +Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros, +albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas +de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este +fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy +afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos +que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!». + +En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil: + +--Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de +la zapatilla? + +Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el _Boulevard_, entre luz +y luz. + +Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la +corrupción creciente de Vetusta. + +Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de +Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor +en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo. + +El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá. + +Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano, +el segundo millonario de la Colonia. + +El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín +sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina. + +«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a +las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas +señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era +nuevo». + +Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que +fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la +virtud, _organizado_ por cierto circulo filantrópico. El círculo se +llamaba _La Libre Hermandad_, nombre feo, poco español y con olor nada +santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra _agregada_ +de damas _protectrices_ (gramática del Presidente del círculo.) + +_La Libre Hermandad_ se había fundado con ciertos aires de institución +independiente _de todo yugo religioso_, y su primer presidente fue el +señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que +no comulgaba jamás. + +Era el círculo algo como una oposición a _Las Hermanitas de los +Pobres_, a la _Santa Obra del Catecismo_, a las _Escuelas Dominicales_, +etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso +y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta +que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de _La Libre +Hermandad_. + +Las niñas de las _Escuelas Dominicales_ y los chiquillos del +_Catecismo_, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el + + Santo Dios, Santo Fuerte, + Santo Inmortal, + +y lo de + + Venid y vamos todos + con flores a María, + +inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así: + + Los niños pobres no quieren + ir a la Libre Hermandad, + los niños pobres prefieren + la Cristiana Caridad. + +La _cristiana caridad_ y la perfección de la rima revelaban el estilo de +don Custodio el beneficiado, que era--a tanto había llegado--director de +las Escuelas Dominicales de niñas pobres. + +La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso +sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los +tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y +presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del +fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de +don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas +_protectrices_ ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo +guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que +llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo. + +Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a +todo. Actualmente era la tesorera de las _protectrices_. + +Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que +fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que +presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le +ponía el cascabel al gato?--Visitación, la del Banco». ¿Quién más a +propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su +visita le acompañase otra dama de _viso_. Ninguna quiso ir, no se +atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su +papá y lo bienquista que era la joven en Palacio. + +--«Sí--decía en la junta Visitación--que venga Olvido; así no creerá el +Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede +ver...». + +Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una +grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al +Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo, +Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de +este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se +llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó». + +--«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba +la correveidile de Glocester». + +Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La +Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota, +agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y +lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación +se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes, +y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca +del estómago». + +--Pero, señoras mías--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento. + +--¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga +S. I.? + +--Creo, que...--¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos +vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo... +no oigo.... + +Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba +como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de +_protectrices_. + +Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de +Páez. + +El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un +ateo, era enemiga de la Iglesia...». + +--No hay tal--gritó desde la puerta Visita--; si así fuera, no +figuraríamos nosotras como damas agregadas. + +--Yo lo soy--advirtió la de Páez--por empeño de esta que convenció a +papá. + +--Pero, señores, si _La Libre Hermandad_ ha cantado ya la palinodia; si +desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda +esa jarana.... + +--Tiene razón--se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el +aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razón esa loquilla.... + +--¡No tiene tal!--gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo +menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia. + +Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó, +envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo. + +Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al +Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados, +se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar +explicaciones. + +El Magistral no pensó en buscarle. + +La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del +prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para +saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y +acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad: + +--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca. + +--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Papá +espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted +por convidado. + +--Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades? + +--Lo que digo es que papá...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy +convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos +dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo.... + +Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró, +dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno +eclesiástico. + +Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que +allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de +una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los +codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le +esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una +de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así +humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos +pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis +le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le +habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder +aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse +alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un +chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las +noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella +Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y +sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad, +recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una +historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia +suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era +poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato +sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca. +Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada +enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que +sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles, +qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su +culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué +prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo! +«¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!». + +--¿Qué hay?--gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los +escarabajos que tenía enfrente. + +Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal +afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de +púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de +aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino +tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también +un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote. + +Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres +cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las +personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del +señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para +arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las +garras de la disciplina. Había habido _un soplo_, cosa de envidiosos, y +el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de +convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido +echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas +sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había +consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el +párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero +arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado, +que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen +partidario de la causa óptima. + +--¿Qué hay?--repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario. +Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas +muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego, +boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez. +Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como +de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las +mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había +visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba, +pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien +puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que +Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un +gruñido, y el Provisor no contestó siquiera. + +El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para +dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el +lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía +bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no +era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y +como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló +con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las +hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el +resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes +sonrió como un oso que supiera hacerlo. + +El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes +que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se había +hablado palabra del _negocio_ y hasta el mismo Peláez comprendió que +había que abordar la _cuestión espinosa_. Don Fermín, recordando de +repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y +encarándose con el párroco--que también se levantó como si fueran a +atacarle--dijo con voz áspera: + +--Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que +su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el +delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si +usted sabrá que la Constitución _Universi Domini_ de 1622, dada por la +santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables +traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar _ad turpia_ a las +penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y +entregado al brazo secular. + +El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a +espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo. + +--Benedicto XIV--continuó el Magistral--confirmó respecto de los +solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin, +por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido.... + +--Yo creía...--¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi +palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «_Expositio juris +Pontificii_ que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran +copia de datos...». + +El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca +era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima. + +--Señor--se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo +mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no +es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte +que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco +resbalan pero no caen. + +El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la +espalda. + +--¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en +Vetusta!...--gritó. + +--Pero, señor...--¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted +en la cárcel de la corona.... + +Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio. + +--¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!--gritó Contracayes, +no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había +previsto aquel choque de dos malos genios. + +--Pero, señores, calma...--¡Fuera de aquí, so tunante!--gritó el +Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su +costumbre...--. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo.... + +--¿Pero yo qué he dicho, señor?--exclamó el párroco, que se asustó un +poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad +moral de un Júpiter eclesiástico. + +En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el +oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena: + +--Salga usted--dijo señalando a la puerta--, salga usted... libre por +ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con +alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable, +yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él +le comunicará lo que resolvamos. + +El clérigo quiso humillarse, pedir perdón.... + +--Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se +atrevió a decir: + +--¡Cuánto siento!... señor Magistral.... + +--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso. +Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi +mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira.... + +--¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje.... + +--Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo. + +--Lo que yo no perdono es el disgusto.... + +--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no +puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores +de la ley que está terminante. + +--Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica.... + +--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En +fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo.... + +Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó +que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza... + +«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como +una fiera en su jaula. + +Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto, +tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del +Magistral que hacía allí veces de secretario. + +--¿Qué habéis oído? + +--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje.... + +--Sí, ya sé...--¿Qué hay?--Nada urgente.--¿De modo que puedo irme? No +me necesitáis.... + +--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy +para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el +despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo.... + +--Sí, sí, eso sí. + +--¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya? + +--Sí.--¿Está corriente, puedo llevármela ahora? + +--Ahí la tienes, en ese cartapacio. + +--¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?... + +--Todo va en regla.--Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A +qué vino? + +--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura +de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha +hecho decir don Saturno.... + +--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Está empeñado con todo el +clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con +violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus +_ingleses_. + +--El cura de Tamaza es un vocinglero.... + +--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada.... +¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita? + +--Eso no. Lo pagaríamos en el _Lábaro_ que él inspira y que ahora te +trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «_La Caridad_» de +Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella +andaba la mano de Glocester. + +--¿Qué decía?--Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de +algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los +que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que +por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores +jerárquicos hacían la vista gorda. + +--De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general? + +--Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los +prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los +Papas.... + +--Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV. +¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural +de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos +católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho; +esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos! +¡bestias, nada más que bestias! + +El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel +ambiente de necedad.... + +Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban +en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de +las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta.... + +--¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir. + +Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de +Preces; y algunos asuntos de capellanías.... + +Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El +Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y +allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy +afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo +parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos; +era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de +sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los +empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero +producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y +malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas. + +Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que +hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor +de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían, +contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina +como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de +hipocresía impasible y cruel. + +Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él, +pero el _jefe_ se contentó con poner una mano delante de la cara como +rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un +expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda +pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño +eterno, cubiertos de polvo». + +El señor Carraspique daba pataditas en el suelo. + +--¡Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral. + +--¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con +distintos collares.... + +--El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay +concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada.... + +Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea; +también ellos querían saber si los expedientes de mansos.... + +--Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta, +para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más--en las +oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno +a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se +resolverán nunca los expedientes dichosos.... + +De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las +fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se +encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su +gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios +intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina, +muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos, +puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna +cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato, +congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas, +derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras +iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre +sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba +agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su +espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica. +Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas; +el Magistral era su instrumento inteligente. + +Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias +que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio +de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con +pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver +una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba +nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su +madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su +frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza +de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de +siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el +Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para +engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su +hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al +leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un +sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le +importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se +hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con +la codicia la sed de ambiciones fallidas?». + +«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva +manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba». + +--«¡Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre +avergonzado y contento--; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte +minutos!». + +Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró +con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir +de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga +y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de +monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la +parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus +resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su +hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro +encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle +del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre +anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la +piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo. + +Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín, +azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas, +medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el +hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín +grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de +preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier +cosa?». + +Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y +siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de +bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las +Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico +respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo? +¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire +fresco--el viento había cambiado del mediodía al noroeste--le llenaba +los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de +observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en +los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta +debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el +Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás +_Vespucios_ de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos +jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas +doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de +los pájaros. + +El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle +Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que +parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la +provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los +Normandos. + +El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar +estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la +«_elegancia sólida_ consistía en fabricar muros muy espesos, en +desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos _ciclopios_», según su +incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un +escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y +en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: _1868_, que no +indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas +del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas +de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas +águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la +alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico +americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al +_Vespucio_ de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía +el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía +visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien +a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud, +corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la +Corte. + +Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír misa, y el único +libro religioso que trajo de América fue el _Evangelio del pueblo_ del +señor Henao y Muñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase! +sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que +Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había +Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque +guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el +Magistral le fueron convenciendo de que la religión era un freno para el +socialismo y una señal infalible de buen tono. Al cabo llegó Páez a ser +el más ferviente partidario de la religión de sus mayores. +«Indudablemente, decía, la Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo +religioso; daba todo el dinero que se le pedía para el culto, y si +muchas veces al disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre +estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro +inofensivo. + +Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma de Magistral, +en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y berroqueño: los dos +flacos de Páez eran el amor a su hija y la manía del buen tono. + +Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión: + +--«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba de aquello que antes +le pareciera excelente. + +El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su +papá por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban +allí buen tono. + +Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos; +no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo +actividad y conciencia en el ídolo. La servían negros y negras y un +blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un capricho había dejado de +satisfacer en su vida la niña. A los dieciocho años se le ocurrió que +quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por +inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en +figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía +quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una +desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena +posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a +Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a +todos con una fórmula invariable. «El amor no era su lote»; no creía en +el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa +inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas; +renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el +alma. Amó el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en +paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión el traje. +No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro +vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse +jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de +merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniquí cargado de +artículos de moda, que sólo divertía a las señoritas. «Era una gran +proporción» en quien no había que pensar. + +«Olvido espera un príncipe ruso» era la frase consagrada. + +Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba +«el príncipe ruso» por ironía hasta que salía con las manos en la +cabeza. + +A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no tener en el corazón +más que trapos, hacerse devota. Buscó al Magistral con buenos modos, +como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró. Se +entendieron. Para don Fermín aquella muchacha delgada, fría, seca, no +era más que el camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus +millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de +enamorarse místicamente (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo +el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar +al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la +pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su +lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles +para la carne. De Pas tenía un proyecto: casar a Olvido con quien él +quisiera; creía poder conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella +proporción debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le +hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué necesidad fuerte. + +Aquella mañana se le recibió en el _hotel--Páez_ como siempre, bajo +palio, según la frase de don Francisco. + +Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan grandes +como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas +blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo y +deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que creía +adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba con orgullo, había nacido +para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente +para tanto esplendor, el estado eclesiástico, la necesidad de aparentar +modestia y casi estrechez, le tenían alejado del ambiente natural... que +era aquel.... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes +suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el +manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una +distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que +reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo... +o sus sucedáneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero +demostraba, sin más que moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin +dejar de serio, podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase +esta gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama +de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía la +marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable». + +Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con +ellos; no tenían a nadie, sería una comida de familia... los tres solos. + +--¡Los tres solos!--decía Olvido dejando de ser sorbete por un momento. + +El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de +terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con +gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo: +_no_ con el gesto... con cierta coquetería _epicena_. + +--¡Anda, papá! sujétale--decía Olvido con voz suplicante, arrastrando +las sílabas que parecían salir de la nariz. + +--Imposible.--Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le +agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa +para don Anselmo. + +--Agradézcaselo usted a Su Santidad. + +--Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia.... + +El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle. + +--Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón--gritó Olvido, otra +vez restituida a su natural frigorífico. + +El Magistral se puso un poco encarnado. + +Tuvo que mentir.--Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres +días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son +estos pueblos... qué dirían.... + +No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su +madre como todos los días. + +Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial, +que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un +presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar +en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le +habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina +solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas +suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con +_gaudeamus_, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita +para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses +a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a +esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los +oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta +come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque +a ella la miran como una de la familia». + +«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de +los marqueses?». + +Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata, +el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los +pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de +Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana, +que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz +temblorosa: + +--¿Está el señorito? + +En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban +dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba: + +--¡Pues no señor! no son azules.... + +--Sí, señora, azules con listas blancas--respondía Paco, batiendo +palmas. + +--¿A que no? ¿a que no? + +--Tonta, tonta--decía otra voz más suave desde una ventana del primer +piso--no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no +vi nada.... + +Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... y +entró en el patio. + + + + +--XIII-- + + +El sol entraba en el salón amarillo y en el gabinete de la Marquesa por +los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado también, +así como el vientecillo indiscreto que movía los flecos de los +guardamalletas de raso, los cristales prismáticos de las arañas, y las +hojas de los libros y periódicos esparcidos por el centro de la sala y +las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, salían +corrientes de alegría, carcajadas que iban a perder sus resonancias por +las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas +almidonadas, de manteos crujientes, de sillas traídas y llevadas, de +abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el salón y el +gabinete. Doña Rufina vestida de azul eléctrico, empolvada la cabeza que +adornaban flores naturales que parecían, sin que se supiera por qué, de +trapo, doña Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su +gusto, donde canónigos reían, aristócratas fatuos hacían el pavo real, +muchachuelas coqueteaban, jamonas lucían carne blanca y fuerte, +diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua +imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid. + +La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satén, estaba en la +galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la +calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un +abanico de nácar en la mano derecha, dándose aire voluptuosamente, +ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano izquierda +sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que caía +con gracia camino del suelo, deteniéndose en brillante montón de tela +negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia +Fandiño; quien a los pies de la Marquesa y a los pies del Arcediano, +sentada en un taburete histórico (robado al salón arqueológico del +Marqués) se inclinaba más graciosa que recatada y honesta sobre el +regazo de su noble amiga. Estas tres personas formaban grupo en el +balcón de galería, y desde el gabinete, sentados aquí y allá, y algunos +en pie, oían a Glocester tres canónigos más, el capellán de la casa, don +Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito Orgaz, y +otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte. + +Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de +generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases hechas +inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en +el claustro; y si se necesita más virtud para atreverse a resistir las +tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel esposa, que +para encerrarse en un convento. + +Todas las señoras menos una, alta, gruesa y vestida con hábito del +Carmen (una señora que parecía un fraile) sostenían que tiene más +mérito la buena casada del siglo que la esposa de Jesús. + +La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su +cabeza y llamaba _señor mío_ al Arcediano. + +Glocester defendía el claustro, pero batiéndose en retirada por +galantería, sonriendo y abanicándose. + +En el salón se hablaba de política local. Gran conflicto habían creado +al Gobierno, en opinión de todos los del corro, el alcalde presidente +del Ayuntamiento y la viuda del marqués de Corujedo exigiendo el mismo +estanquillo, el importante estanquillo del Espolón para sus respectivos +recomendados. + +El jefe económico había dicho que allá el gobernador; lo estaba +refiriendo él a los presentes. El gobernador había consultado al +Gobierno por telégrafo (lo acababa de decir la gobernadora), y el +Gobierno tenía que decidir entre desairar a la dama conservadora que +disponía de más votos en Vetusta o a uno de los más firmes apoyos de la +causa del orden, que era el señor alcalde. + +Los pareceres se dividían. El marqués de Vegallana y Ripamilán, que +estaban en medio del grupo, volviéndose a todos lados, opinaban que +_ellos gobierno_, darían el estanco a la viuda. «¡Primero que todo eran +las señoras!». + +Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisión provincial, creía con la +mayoría de los presentes, el jefe económico inclusive, que la razón de +Estado aconsejaba preferir la pretensión del alcalde, aunque este, según +malas lenguas, quería el estanco para una su ex-concubina. + +--¡Ya ven ustedes, eso es un escándalo!--decía el Marqués, que tenía +todos sus hijos ilegítimos en la aldea--; ese hombre no sabe +recatarse.... + +--Yo paso por eso--decía el Arcipreste--; lo malo no es que él quiera +pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contraído.... ¡Pero la otra +es una dama!... + +Mientras en el salón y en el gabinete se discutía así y de otras muchas +maneras, por las habitaciones interiores del primer piso, por el +comedor, por los pasillos, por la escalera que conducía al patio y a la +huerta, corrían alegres, revoltosos, Paco Vegallana, que celebraba sus +días, Visitación, Edelmira, sobrina de la Marquesa (una niña de quince +años que parecía de veinte), don Saturnino Bermúdez y el señor de +Quintanar; la Regenta y don Álvaro Mesía presenciaban los juegos +inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio. + +Quintanar le había pedido a Paco un batín para reemplazar la levita de +tricot que se le enredaba en las piernas. El batín le venía ancho y +corto. Era de alpaca muy clara. + +El Magistral se encontró en la escalera con Visitación y Quintanar que +buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que Edelmira y Paco +habían escondido. Don Saturnino Bermúdez, pálido y ojeroso, con una +sonrisa cortés que le llegaba de oreja a oreja, venía detrás, solo, +también hecho un loquillo de la manera más desgraciada del mundo. Daba +tristeza verle divertirse, saltar, imitar la alegría bulliciosa de los +otros. Pero, amigo, era su obligación: era pariente, era de los íntimos +de la casa, de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que +los demás, correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las señoras, si a +mano venía. Siempre se quedaba solo; si quería decir algo a la Regenta, +a Visitación o a Edelmira, le dejaban las damas con la palabra en la +boca, sin poder remediarlo, distraídas. No era falta de educación, sino +que los párrafos de Bermúdez eran tan complicados, constaban de tantos +incisos y colones, que oírle uno entero sería obra de regla. Cuando vio +al Magistral vio el cielo abierto; ya tenía pretexto para volver a ser +formal. Le saludó con la finura «que le era característica» y se dispuso +a acompañarle al salón. Paco le había saludado de lejos, deprisa y mal, +porque en aquel momento huía con la petaca de Quintanar a esconderla en +la huerta, seguido de Edelmira, su más rolliza y vivaracha y colorada +prima. + +--Es loco ese chico, cuando se pone a enredar--dijo Bermúdez disculpando +a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los marqueses al +señor Magistral. + +Don Fermín miró de soslayo a la Regenta y a don Álvaro que hablaban en +la ventana del comedor. Hizo como que no los veía, y con un poco de +fuego en las mejillas, se dejó llevar por don Saturnino hasta el salón. + +Los señores graves le recibieron con las más lisonjeras muestras de +respeto y estimación. + +--¡Oh, señor Magistral!--¡Oh cuánto bueno!--Aquí está el Antonelli de +Vetusta. + +El Marqués le dio un abrazo que envidió un cura pequeño, paniaguado de +la casa. + +Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño efusivo; y juntos +pasaron al gabinete. + +Los tres canónigos se levantaron; la señora que parecía un fraile sonrió +satisfecha y murmuró: + +--¡Ah, señor Provisor!... + +--Gracias a Dios, señor perdido...--gritó la Marquesa incorporándose un +poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena +estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco +sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo +parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos +negros.--El Arcediano se quedó con el abanico abierto, inmóvil, como +aspa de molino sin aire. Comprendió de repente que acababa de ser +desbancado; de papel principal se convertía en partiquino. En efecto, su +discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que +nadie lo echase de menos. Glocester se sintió eclipsado de tal modo, que +hasta creyó tener frío, como si de pronto se hubiera escondido el sol. + +«Siempre sucedía lo mismo; había motivo para aborrecer a aquel hombre». +Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de mundo, ocultó una vez más +sus sentimientos y tendió la mano a su enemigo, acompañando la acción +con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa +alegría. + +--¡Hola, hola, hola!...--y daba palmaditas en el hombro al otro. + +El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar, +ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del +comedor. Mientras respondía con modestia y discreción a todos aquellos +amigos, su imaginación estaba fuera. + +Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venían. + +«¿Comería en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no iría a reconciliar +aquella tarde, como rezaba su carta...». + +La aparente cordialidad y la alegría expansiva de todos los presentes, +ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas señoras, clérigos y +caballeros particulares estaban divididos en dos bandos enemigos en +aquel instante; el bando de los envidiados y el de los envidiosos; el de +los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no convidados. +Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que preocupaba a todos +era la del convite. No se aludía a él y no se pensaba en otra cosa. +Empezaron las despedidas, y los que se iban disimulaban el despecho, +cierta vergüenza; se creían humillados, casi en ridículo. Muchacho había +que saludaba torpemente y salía como corrido. Las señoras eran las que +peor fingían tranquilidad e indiferencia. Algunas salían ruborizadas. +Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que le +mortificaba era esta: «¿Y él? ¿estaba convidado De Pas?». No lo sabía, y +no quería marcharse sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya +gabinete y salón quedaban poco a poco despejados, el Magistral creyó que +debía irse. Se acercó a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse +y le habló de cualquier cosa. En aquel momento entró Visitación en el +gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y «con +permiso de aquellos señores» a la Marquesa y a Obdulia: las tres +rodearon al Magistral y con permiso de los señores--que ya no eran más +que el Arcediano y dos pollos vetustenses insignificantes--, tuvieron +con él un conciliábulo en que hubo risas, protestas del Magistral, +mimosas y elegantes en los gestos que las acompañaban. En los murmullos +de las damas había súplicas en quejidos, coqueterías sin sexo, otras con +él, aunque honestamente señaladas; Glocester, que fingía atender a lo +que le decían los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo a +los del grupo. «No cabía duda, le estaban suplicando que se quedase a +comer». Terminó el conciliábulo, salieron Obdulia y Visitación, +corriendo, alborotando, haciendo alarde de la confianza con que trataban +a los marqueses, y los jóvenes se despidieron. Quedaban en el gabinete +la Marquesa, el Magistral y Glocester. Hubo un momento de silencio. El +Arcediano se dio un minuto de prórroga para ver si el otro se despedía +también. En el salón se oyó la voz de algunos que decían adiós al +Marqués... ya no quedaban en la casa más que los convidados.... +Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levantó, tendió la mano a +doña Rufina, y salió diciendo chistes, haciendo venias y prodigando +risas falsas. Iba ciego; ciego de vergüenza y de ira. «¡Convidar al +otro... a un prebendado de oficio... y desairarle a él... que era +dignidad! ¡Siempre el enemigo triunfante!... Pero ya las pagaría todas +juntas». + +En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que hacía +calor) pensó esta frase: «¡esta señora Marquesa es una... +trotaconventos, es una Celestina!... ¡Se quiere perder a esa joven! ¡Se +quiere _metérselo_ por los ojos!...». Y salió a la calle pensando +atrocidades y buscando fórmula _decorosa_ para comunicar al prójimo lo +que pensaba. + +Los convidados eran: Quintanar y señora, Obdulia Fandiño, Visitación, +doña Petronila Rianzares (la señora que parecía un fraile), Ripamilán, +Álvaro Mesía, Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, y a última hora el +Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el médico +Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era huésped. + +Otros años no se celebraban de esta manera los días de Paco; los +celebraba él fuera de casa. Pero esta vez se había improvisado aquella +fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para +visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero, +donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una +fábrica de curtidos, montada a la antigua. Se trataba de ir a ver los +perros de caza y uno del monte de San Bernardo que Paco había comprado +días antes. Eran su orgullo. Después de las mujeres venales, el +Marquesito adoraba los animales mansos, sobre todo perros y caballos. + +Lo de convidar al Magistral había sido un _complot_ entre Quintanar, +Paco y Visitación. La idea se debía a la del Banco. Era una broma que +quería darle a Mesía; quería ver al confesor y al diablo, al tentador, +uno en frente de otro. A Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas +para ver a Obdulia coquetear con el clérigo, y al pobre Bermúdez, +enamorado de la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareció bien +la ocurrencia, pero dijo «que él se lavaba las manos, por lo que había +de irreverente en el propósito; a pesar de que ya se sabía que él +consideraba a los curas tan hombres como los demás». + +--Por otra parte--añadió el ex-regente--me alegro de que don Fermín coma +con nosotros, porque de este modo se le quitará a mi mujer la idea +empecatada de ir a reconciliar esta tarde.... Quiero que se acostumbre a +ver a su nuevo confesor de cerca, para que se convenza de que es un +hombre como los demás.... Eso es... y salvo el respeto debido... a ver si +ustedes me lo emborrachan.... + +Paco no quería perjudicar a Mesía en sus planes, a los cuales tal vez +obedecía en parte la fiesta de aquel día; pero encontró muy gracioso y +picante el molestar al señor Magistral, si, como Visitación sospechaba, +a este ilustre canónigo le disgustaba ver a la Regenta entregada al +brazo secular de Mesía. + +Visitación había dicho a Paco de buenas a primeras, que ella lo sabía +todo, que Álvaro tampoco para ella tenía secretos. + +--¿Pero y Ana? ¿Te ha dicho algo? + +--¿Ana? En su vida; buena es ella. Pero déjate.... + +--Por supuesto que no se trata más que de una _cosa_... _espiritual_... + +--Ya lo creo... espiritualísima.... + +--Porque sino, nosotros... no nos prestaríamos... ya ves... el pobre don +Víctor.... + +--¡Ya se ve!... Bromas, chico, nada más que bromas; pero ya veras como +al Provisor le saben a cuerno quemado (así hablaba Visitación con sus +amigos íntimos.) + +--Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al +mitrado y a mi amigo Joaquín. + +--Pero él la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan así... + +--Tú sí que le odias a él.... + +--Me cargan los hipócritas, chico.... Y oye; a ti te conviene que el +Magistral se quede. + +--¿Por qué?--Porque Obdulia te dejará en paz, y podrás cultivar a la +primita.... ¡Oh, eso sí que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo +vigilaré... + +--No seas boba... basta que esté en mi casa para que yo la respete.... + +--¡Ay, ay! qué bueno es eso... mire el señor del respeto... no me +fío.... + +Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se convino en rogar a +la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, si era preciso, al +señor Magistral. + +Visitación lo arregló todo en un minuto. + +Como siempre. Donde ella estaba, nadie hacía nada más que ella. Pasaba +la vida ocupada en su gran pasión de tratar asuntos de los demás, de +chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. Allá quedaba el modesto +marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeño, de rostro de +ángel envejecido, atusando el bigotillo gris y cuidando de la prole. +Visitación lo exigía así. No había de hacerlo ella todo. ¿Quién guiaba +la casa? ¿Quién la salvaba en los apuros? ¿Quién conjuraba las +cesantías? ¿Quién sorteaba las dificultades del presupuesto? ¿Quién era +allí el gran arbitrista rentístico? Visitación. Pues que la dejasen +divertirse, salir; no parar en casa en todo el día. Además, era mujer de +tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el día, la casa +limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un +escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila +la conciencia, salía a caza de noticias, de chismes, de terrones de +azúcar y de recomendaciones la señora del Banco que estaba en todas +partes y siempre en activo servicio. + +Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la llamaba ella +_para meterle por los ojos a ese_: el dativo que se suplía era Anita. +Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación +de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa. Por la mañana +había ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en +mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando: representaban, en +colores vivos de seda fina, todos los accidentes de la caza de un +ciervo fabuloso de cornamenta inverosímil. Ocupábase don Víctor en +abrochar un botón del cuello; mordía el labio inferior, y estiraba la +cabeza hacia lo alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino. +Visitación entró en el despacho equivocada.... + +--¡Ah! usted dispense--dijo--¿estorbo? + +--No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pícaro botón.... + +Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botón del +cuello, don Víctor comenzó a darle cuenta de sus propósitos irrevocables +de distraer a su mujer.... + +--Mi programa es este. Y se lo expuso _c_ por _b_. + +Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron al tocador +de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel instante la +carta que poco después don Fermín leía delante de su madre. + +Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se +vistiera, «como Dios manda», y saliese con ellos. Visita se había +separado en la plaza de la Catedral para ir al asunto de la _Libre +Hermandad_. En casa de Vegallana se volverían a ver. La Marquesa había +escrito muy temprano a los Quintanar convidándoles a comer y +anunciándoles el programa del día. Ana disputó con su marido; quería ir +a reconciliar, se lo había dicho así en una carta al Provisor, no era +cosa de traerle y llevarle.--«¡Nada, nada! Don Víctor estaba dispuesto a +ser inflexible...». + +--Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después de +comer en casa del Marqués; y pronto, para ir en seguida al Vivero.... +¡No transijo! + +Y se fueron a dar los días a varios Franciscos y Franciscas. A la una y +cuarto estaban en casa del Marqués. + +Lo primero que vio Ana fue a don Álvaro. + +Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar +al cortés saludo de Mesía. Miró a su marido, algo asustada, pero +Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa efusión. Le era +muy simpático, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban +estrechaban los lazos de una amistad incipiente que _amenazaba_ ser +íntima y duradera. Don Álvaro tenía para Quintanar el raro mérito de no +ser terco: en Vetusta todos lo eran según el buen aragonés; pero aquel +modelo de caballeros elegantes no insistía en mantener una opinión +descabellada, siempre concluía por darle la razón a Quintanar, quien +decía a espaldas del buen mozo: «¡Si este se fuera a Madrid haría +carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... ¡Oh, ha +de ser un hombre!». + +Ana tomó la resolución repentina de dominarse, de tratar a don Álvaro +como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en rigor nada +había, ni podía, ni debía haber entre los dos. + +Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana +del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a +ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para +mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel +hombre; que las miradas que podían haberle envalentonado no eran +compromisos de los que echa en cara ningún hombre de mundo. Ana hablaba +de los hombres de mundo por lo que había leído en las novelas; ella no +los había tratado en este terreno de prueba. + +Don Álvaro se guardó de aludir al encuentro de la noche anterior; nada +dijo de la escena rápida del parque; pero habló con más confianza; en un +tono familiar que nunca había empleado con ella. Se habían hablado pocas +veces y siempre entre mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con +los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones. Sólo Paco y +Frígilis eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad +invariable no animaba, contenía. Visita aseguraba que aquel corazoncito +no tenía puerta. Ella no había encontrado la llave, por lo menos. + +Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando +agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el +brillo y originalidad de las ideas. Se veía claramente que buscaba +simpatía, cordialidad, y que se ofrecía como un hombre de corazón sano, +sin pliegues ni repliegues. Reía con franca jovialidad, abriendo +bastante la boca y enseñando una dentadura perfecta. Ana encontró de muy +buen gusto el sesgo que Mesía daba a su extraña situación. Cuando don +Álvaro callaba, ella volvía a sus miedos; se le figuraba que él también +volvía a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la aparición diabólica +de la noche anterior, en el paseo por las calles, y en tantas citas +implícitas, buscadas, indagadas, solicitadas sin saber cómo por él; +cobarde, criminalmente consentidas por ella. + +Don Víctor era poco más alto que Ana; don Álvaro tenía que inclinarse +para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y +pequeña de la dama. Parecía una sombra protectora, un abrigo, un apoyo; +se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza. Ana, mientras +oía, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, sólo podía +vislumbrar de soslayo el gabán claro, pulquérrimo del buen mozo. Don +Álvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana +la primera vez que lo sintió reputó delicioso, después temible; un +perfume que debía marear muy pronto; ella no lo conocía, pero debía de +tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente masculinas, pero de +hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor se apoyaba sobre +el antepecho de la ventana; Ana veía, sin poder remediarlo, unos dedos +largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y +bien cortadas. Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que +le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva +sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra-vetustense. No +podía haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era +agradable, parecía bien y debía ser así. + +Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía con voces +de mando los preparativos de la comida; el rumor de los surtidores del +patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y +de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los corredores, por la +huerta, por toda la casa. + +No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la ventana para +decirle al oído: + +--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes al padre +espiritual... ya comerá contigo. + +Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle. + +--Hola, hola--dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y +colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con +ese caballero?... + +Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza. + +Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad. Pasaron todos +al salón donde estaban los demás convidados. Obdulia hablaba con el +Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués discutía con Bermúdez, que +inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas +sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las +afirmaciones del magnate. + +--Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y hacía el +mercado.... + +--¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que usted... se atreviera... +sus ideas. + +--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir +al aire libre, a la intemperie. + +--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia. + +--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia, +que le asediaba ya, según habían previsto Paco y Visita. + +Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una frase pausada y +elegante, porque no pudo menos, y se inclinó saludando sin gran +confianza. + +Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la mejilla izquierda algo +encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. Venía mirando al +frente, como quien ve lo que va pensando y no lo que tiene delante. El +Magistral le alargó la mano que Mesía estrechó mientras decía: + +--Señor Magistral, tengo mucho gusto.... + +Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos +altos, un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual según +su género; más fornido el Magistral, más noble de formas don Álvaro, +más inteligente por gestos y mirada el clérigo, más correcto de +facciones el elegante. + +Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía; el +Provisor no sospechaba que don Álvaro pudiera ser el enemigo tentador de +la Regenta; si no le quería bien, era por considerar peligrosa para la +propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía que sin ser +adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba. Cuando +le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos de los demás, +sintió don Fermín un malestar que fue creciendo mientras tuvo que +esperar su presencia. + +Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que +aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados +la tarde anterior. Recordó todo lo que se habían dicho y que había +hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le había +halagado el oído y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con +promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno, +grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo +del alma. En los libros algunas veces había leído algo así, pero ¿qué +vetustense sabía hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan +buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que tenía +en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, y miel en +palabras y movimientos. También recordó Ana la carta que pocas horas +antes le había escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que +hacía cosquillas a su modo. La carta era inocente, podía leerla el mundo +entero; sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que +no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su +cuerpo y en la que pensaba tal vez. + +No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se +compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que +iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía a ciencia cierta +era que en don Fermín estaba la salvación, la promesa de una vida +virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poéticas, que +exigían esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y +grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la +ofreciera hasta el día. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la +tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín, +quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos +ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que +de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus +llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. Si Ana, +asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de +los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los +cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban +siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza. + +Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las +mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran +más que un modo de puntuación de las palabras; allí no había +sentimiento, no había más que inteligencia y ortografía. En silencio y +cara a cara era como él no miraba a las señoras si había testigos. + +Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba a todos los +convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, la voz que les +llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y +junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras +sonreía ruborosa. + +Mesía recordó lo que Visitación le había dicho la tarde anterior: +_cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda_. Sin que nadie +le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y +mujeres. No creía en la virtud; aquel género de materialismo que era su +religión, le llevaba a pensar que nadie podía resistir los impulsos +naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la +lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y +cuando podía. Don Álvaro, que sabía presentarse como un personaje de +novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias, +era en lo que llamaba _El Lábaro_ el santuario de la conciencia, un +cínico sistemático. En general envidiaba a los curas con quienes +confesaban sus queridas y los temía. Cuando él tenía mucha influencia +sobre una mujer, la prohibía confesarse. «Sabía muchas cosas». En los +momentos de pasión desenfrenada a que él arrastraba _a la hembra_ +siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de veras con algo +nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en su presencia, y las +aberraciones de los sentidos se transmitían a la lengua, y brotaban +entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas, +secretos de mujer que Mesía saboreaba y apuntaba en la memoria. Como un +mal clérigo, que abusa del confesonario, sabía don Álvaro flaquezas +cómicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus +antecesores, y en el número de aquellas crónicas escandalosas entraban, +como parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones +lúbricas de los _solicitantes_, sus extravíos, dignos de lástima unas +veces, repugnantes, odiosos las más. Orgulloso de aquella ciencia, Mesía +generalizaba y creía estar en lo firme, y apoyarse en «hechos repetidos +hasta lo infinito» al asegurar que la mujer busca en el clérigo el +placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras +el clérigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una +institución «cuyo carácter sagrado don Álvaro no discutía...» delante de +gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en octavo +francés, de materialista a lo _commis-voyageur_. + +No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija +de penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos; ni él se +atrevería a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar +semejantes atropellos... pero «por lo fino, por lo fino» (repetía +pensándolo) es lo más probable que pretenda seducir a esta hermosa +mujer, desocupada, en la flor de la edad y sin amar. «Sí, este cura +quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los +recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.... ¡Oh! +debía acudir antes para impedirlo, pero ahora no puedo, aún no tengo +autoridad para tanto». Estas y otras reflexiones análogas pusieron a +Mesía de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en +Vetusta, especialmente sobre el sexo débil y devoto, le molestaba mucho +tiempo hacía. + +--¿De modo que esta tarde ya no puede ser?--decía Ana con humilde voz, +suave, temblorosa. + +--No señora--respondió el Magistral, con el timbre de un céfiro entre +flores--; lo principal es cumplir la voluntad de don Víctor, y hasta +adelantarse a ella cuando se pueda. Esta tarde, alegría y nada más que +alegría. Mañana temprano.... + +--Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la +Catedral a esa hora.... + +--No importa, iré mañana, es un deber... y es para mí una satisfacción +poder servir a usted, amiga mía.... + +No era en estas palabras, de una galantería vulgar, donde estaba la +dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oía: era en la voz, en los +movimientos, en un olor de _incienso espiritual_ que parecía entrar +hasta el alma. + +Quedaron en que a la mañana siguiente, muy temprano, don Fermín +esperaría en su capilla a la Regenta para reconciliar. + +--«Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, alborotar, +como manda el señor Quintanar, que además de tener derecho para +mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que sus... tristezas de +usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso levemente sonrosado, y +le tembló algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la +tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan +mucho de nerviosas y también puedan curarse, en la parte que al mal +físico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen. Sí, +señora, ¿por qué no? Oh, hija mía, cuando nos conozcamos mejor, cuando +usted sepa cómo pienso yo en materia de _placeres mundanos_... (Eran sus +frases) los _placeres del mundo_ pueden ser, para un alma firme y bien +alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante; distracción +útil, que se aprovecha como una medicina insípida, pero eficaz.... + +Ana comprendía perfectamente. «Quería decir el Magistral que cuando ella +gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que podía +solazarse el cuerpo le parecerían juegos pueriles, vulgares, sin gracia, +buenos sólo porque la distraían y daban descanso al espíritu. +Entendido. Después de todo, así era ahora; ¡la divertían tan poco los +bailes, los teatros, los paseos, los banquetes de Vetusta!». + +Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que era higiénico +el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, aplaudió al +Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su satisfacción cuando supo que +ya no reconciliaría Ana aquella tarde. + +--¡Absurdo!--dijo don Fermín--; esta tarde al campo... al Vivero.... + +--¡A comer, a comer!--gritó la Marquesa desde la puerta del salón donde +acababa de recibir la noticia. + +--¡Santa palabra!--exclamó el Marqués. + +Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando, +contentos, «sin ceremonias», que eran excusadas en casa de doña Rufina, +pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sabían tratar a sus +convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la +aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos íntimos, de +que a propósito se excluía a los parientes linajudos que no gustaban de +ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier plebeyo rico, +aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos aires de +distinción y señorío vetustense que les eran ingénitos. El Marqués tenía +el arte de saber darse tono _a la pata la llana_, como él decía en la +prosa más humilde que habló aristócrata. + +«La comida era de confianza, ya se sabía». Esto quería decir que el +Marqués y la Marquesa, no prescindirían de sus manías y caprichos +gastronómicos en consideración a los convidados; pero estos serían +tratados a cuerpo de rey; la confianza en aquella mesa no significaba +la escasez ni el desaliño; se prescindía de la librea, de la vajilla de +plata, heredada de un Vegallana, alto dignatario en Méjico, de las +ceremonias molestas, pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos +y entremeses en que era notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo +mejor que producía la fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y +aire. Otros aristócratas disputaban a Vegallana la supremacía en +cuestión de nobleza o riqueza, pero ninguno se atrevía a negar que la +cocina y la bodega del Marqués eran las primeras de Vetusta. + +Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte +abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias +como el oro. + +--«Ello será de mal tono--decía--cosa de pobretes, pero todos mis +convidados quedan contentos de tal servicio». + +--«Porque tengo observado--añadía--que a las señoras no les gustan, por +regla general, los criados; no se fijan en ellos, y a los hombres +siempre les gustan las buenas mozas, aunque sea en la sopa». + +Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá diciendo: +«¡Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que alegra; me recuerda +las horchaterías y algunos cafés de la Exposición...». Al Marqués le era +indiferente el cambio. De todas suertes él no pecaba en casa ni siquiera +dentro del casco de la población. + +El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio mediante +cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto. En +cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras, +jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores +vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del +nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en +molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que +rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y +un gran sofá arrimado a un testero. También adornaban las paredes, allí +donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples +industrias que tienen relación con el comer bien. Allí la caza del +tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la castellana en +el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño levantado sobre +su cabeza; la garza allá en las nubes, de color de yema de huevo; más +atrás el amo de aquellos bosques, del castillo roquero y del pueblecillo +que se pierde en lontananza.... En frente una escena de novela de +Feuillet; caza también; pero sin garza, ni azor, ni señor feudal: un +rincón del bosque, una dama que monta a la inglesa, y un jinete que le +va a los alcances dispuesto, según todas las señas, a besarle una mano +en cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; más allá un +bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por último, en el +techo, en la vertical del centro de mesa, en un medallón, el retrato de +don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué ni para qué. ¿Qué hace allí el +filósofo catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A +Bermúdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es «_un anacronismo_»; +pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón a +Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta. + +A la Marquesa le parece esta una de las tonterías menos cargantes de su +marido. + +Se sentaron los convidados: no hubo más sillas destinadas que las de la +derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha de +doña Rufina se sentó Ripamilán y a su izquierda, el Magistral; a la +derecha del Marqués doña Petronila Rianzares y a la izquierda don Víctor +Quintanar. Los demás donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre +Edelmira y Visitación; la Regenta entre Ripamilán y don Álvaro; Obdulia +entre el Magistral y Joaquín Orgaz, don Saturnino Bermúdez entre doña +Petronila y el capellán de los Vegallana. Don Víctor tenía a su +izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la nobleza, +que comía con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo. + +El Marqués, antes que los demás comiesen la sopa se sirvió un gran plato +de sardinas, mientras hablaba con doña Petronila del derribo de San +Pedro, que a la dama le parecía ignominioso. Los convidados en tanto se +entretenían con los variados, ricos y raros entremeses. ¡Ya lo sabían! +estaban en confianza y había que respetar las costumbres que todos +conocían. Vegallana empezaba siempre con sus sardinas; devoraba unas +cuantas docenas, y en seguida se levantaba, y discretamente desaparecía +del comedor. Siguiendo uso inveterado todos hicieron como que no notaban +la ausencia del Marqués; y en tanto llegó y se sirvió la sopa. Cuando el +amo de la casa volvió a su asiento, estaba un poco pálido y sudaba. + +--¿Qué tal?--preguntó la Marquesa entre dientes, más con el gesto que +con los labios. + +Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería decir: + +--¡Perfectamente!--y en tanto se servía un buen plato de sopa de +tortuga. El Marqués ya no tenía las sardinas en el cuerpo. + +Otro misterio como el de Balmes en el techo. + +La Marquesa hacía sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba ya +tampoco; comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con +vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocían sus caprichos de +la mesa y la servían solícitos, con alardes de larga experiencia en +aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de +la casa. Ripamilán, mientras discutía acalorado con su querido amigo don +Víctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la +ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de máquina en buen +uso, y la señora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de +sus manos, segura del acierto exacto del diminuto canónigo. + +--¡Señor mío!--gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de +doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un +cuchillo--; ¡señor mío! yo creo que el señor de Carraspique está en su +perfecto derecho; y no sé de dónde le vienen a usted esas ideas +disolventes, que en cuarenta años que llevamos de trato no le he +conocido.... + +--¡Oiga usted, mal clérigo!--exclamó Quintanar, que estaba de muy buen +humor y empezaba a sentirse rejuvenecido--; yo bien sé lo que me digo, y +ni tú ni ningún calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de +moralidad. Pero yo soy liberal.... + +--Pamplinas.--Más liberal hoy que ayer, mañana más que hoy.... + +--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Paco y Edelmira, que también se sentían muy +jóvenes; y obligaron a don Víctor a chocar las copas. + +Todo aquello era broma; ni don Víctor era hoy más liberal que ayer, ni +trataba de usted a Ripamilán, ni le tenía por calavera; pero así se +manifestaba allí la alegría que a todos los presentes comunicaba aquel +vino transparente que lucía en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya +con misteriosos tornasoles de gruta mágica, en el amaranto y el violeta +obscuro del Burdeos en que se bañaban los rayos más atrevidos del sol, +que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las +ventanas del patio. ¿Por qué no alegrarse? ¿por qué no reír y +disparatar? Todo era contento: allá en la huerta rumores de agua y de +árboles que mecía el viento, cánticos locos de pájaros dicharacheros; de +las ventanas del patio venían perfumes traídos por el airecillo que +hacía sonajas de las hojas de las plantas. Los surtidores de abajo eran +una orquesta que acompañaba al bullicioso banquete; Pepa y Rosa vestidas +de colorines, pero con trajes de buen corte ceñido, airosas, limpias +como armiños, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueñas, rubia la +una, morena como mulata la que tenía nombre de flor, servían con gracia, +rapidez, buen humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de +perlas, inclinándose con las fuentes con coquetona humildad, de modo +que, según Ripamilán, aquella buena comida presentada así era miel sobre +hojuelas. + +Los de la mesa correspondían a la alegría ambiente; reían, gritaban ya, +se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, por medio +de antífrasis; ya se sabía que una censura desvergonzada quería decir +todo lo contrario: era un elogio sin pudor. + +En la cocina había ecos de la alegría del comedor; Pepa y Rosa cuando +entraban con los platos venían sonriendo todavía al espectáculo que +dejaban allá dentro; en toda la casa no había en aquel momento más que +un personaje completamente serio: Pedro el cocinero. + +Ya se divertiría después; pero ahora pensaba en su responsabilidad; iba +y venía, dirigía aquello como una batalla; se asomaba a veces a la +puerta del comedor y rectificaba los ligeros errores del servicio con +miradas magnéticas a que obedecían Pepa y Rosa como autómatas, +disciplinadas a pesar de la expansión y la algazara, cual veteranos. + +Después de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el Magistral; a +veces se miraban, se sonreían, De Pas dirigía la palabra a Anita de rato +en rato, tendiendo hacia ella el busto por detrás de la Marquesa, para +hacerse oír; don Álvaro los observaba entonces, silencioso, cejijunto, +sin pensar que le miraba Visitación, que estaba a su lado. Un pisotón +discreto de la del Banco le sacaba de sus distracciones. + +--Pican, pican--decía Visita.--¿El qué?--preguntaba la Marquesa que +comía sin cesar y muy contenta entre el bullicio--¿qué es lo que pica? + +--Los pimientos, señora. Y don Álvaro agradecía a Visitación el aviso y +volvía a engolfarse en el palique general, ocultando como podía su +aburrimiento que para sus adentros llamaba soberano. + +«¡Cosa más rara! Estaba tocando el vestido y a veces hasta sentía una +rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba--¿cuándo se vería él en +otra?--y sin embargo se aburría, le parecía estar allí de más, seguro de +que aquella comida no le serviría para nada en sus planes, y de que la +Regenta no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por +ahora». + +«Sería una gran imprudencia dar un paso más; si yo aprovechase la +excitación de la comida me perdería para mucho tiempo en el ánimo de +esta señora; estoy seguro de que ella también se siente excitadilla, de +que también está pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es +tiempo todavía de aprovechar estas ventajas fisiológicas.... Esta ocasión +no es ocasión.... Veremos allá en el Vivero; pero aquí nada, nada; por +más que pinche el apetito». Y estaba más fino con Anita, la obsequiaba +con la distinción con que él sabía hacerlo, pero nada más. Visitación +veía visiones. «¿Qué era aquello?». Miraba pasmada a Mesía, cuando nadie +lo notaba, y abría los ojos mucho, hinchando los carrillos, gesto que +daba a entender algo como esto: + +«Me pareces un papanatas, y me pasma que estés hecho un doctrino cuando +yo te he puesto a su lado con el mejor propósito...». + +Mesía, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba un +pie; pero la del Banco le recibía a pataditas, con lo que daba a +entender «que era tambor de marina» y que seguía dominando en ella el +criterio que había presidido a la bofetada de la tarde anterior. + +Paco no se atrevía a pisar a su _prima nueva_, pero la tenía encantada +con sus bromas de señorito fino, que vivió y _la corrió_ en Madrid. +Además ¡olía tan bien el primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo +tan delicadas y elegantes! Allá, en su pueblo Edelmira había pensado +mucho en el Marquesito, a quien había visto dos o tres veces siendo ella +muy niña y él un adolescente. Ahora le veía como nuevo y superaba en +mucho a sus sueños e imaginaciones; era más guapo, más sonrosado, más +alegre y más gordo. El Marquesito vestía aquella tarde un traje de +alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del mismo color de piqué y +calzaba unas babuchas de verano que Edelmira consideraba el colmo de la +elegancia, aunque parecía cosa de turcos. Los dijes del primo, la camisa +de color, la corbata, las sortijas ricas y vistosas, las manos que +parecían de señorita, todo esto encantaba a Edelmira que era también muy +amiga de la limpieza y de la salud. + +Paco había ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al fin +sintió una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la niña permaneció +tan tranquila, que el primo se dejó aquella pierna arrimada allí como si +la hubiese olvidado. La inocencia de Edelmira era tan poco espantadiza +que Paco hubiera podido propasarse a pisarle un pie sin que ella +protestase a no sentirse lastimada. «Además, pensaba la joven, estas son +cosas de aquí»; la tradición contaba mayores maravillas de la casa de +los tíos. + +Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante +pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. ¡Paco ya +lo había olvidado! no pensaba más que en aquella hermosura fresca, +oliendo a yerba y romero que le venía de la aldea a alegrarle los +sentidos. Pero la viuda, después de consagrar un recuerdo triste a sus +devaneos de la víspera, se volvió al Magistral insinuante, provocativa; +procuraba marearle con sus perfumes, con sus miradas de _telón rápido_ y +con cuantos recursos conocía y podían ser empleados contra semejante +hombre y en tales circunstancias. De Pas respondía con mal disimulado +despego a las coqueterías de Obdulia y no le agradecía siquiera el +holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaquín Orgaz +que ella desdeñaba con mal disimulado énfasis. + +A Joaquinito le llevaban los demonios. «Aquella mujer era una... tal... +y lo decía en flamenco para sus adentros. + +¿Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?». Esto que no lo notaban, +o fingían no verlo, los demás convidados, lo estaba observando él por lo +que le importaba. Pero no se daba por vencido, insistía en galantear a +la viuda, fingiendo no ver lo del Magistral. Ordinariamente Obdulia y +Joaquinito se entendían. «¡Señor! ¡si había llegado a darle cita en una +carbonera! Verdad era que él no podía vanagloriarse de haber tomado +aquella plaza... desmantelada; no había gozado los supremos favores... +todavía; pero, en fin, anticipos... arras... o como quiera llamarse, eso +sí. ¡Oh! como él llegara a vencer por completo, y así lo esperaba, ya le +pagaría ella aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y +aquella humillación de posponerle a un _carca_». + +El que no esperaba nada, el que estaba desengañado, triste hasta la +muerte, era don Saturnino Bermúdez. Después de la escena de la Catedral +donde creía haber adelantado tanto--bien a costa de su conciencia--no +había vuelto a ver a Obdulia; y aquella mañana, al acercarse a ella para +decirle cuánto había padecido con la ausencia de aquellos días (si bien +ocultando los restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al +ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado--estilo Feuillet +pasado por la sacristía--Obdulia le había vuelto la espalda y no una +vez, sino tres o cuatro, dándole a entender claramente, que _non erat +hic locus_, que a él sólo se le toleraría en la iglesia. + +«¡Así eran las mujeres! ¡así era singularmente aquella mujer! ¿Para qué +amarlas? ¿Para qué perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, ¿para +qué amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era soñar, seguir +soñando». Así pensaba melancólico Bermúdez, que tenía el vino triste, +mientras contestaba distraído, pero muy fríamente, a doña Petronila +Rianzares que se ocupaba en hacer en voz baja un panegírico del +Magistral, su ídolo. Bermúdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a +quien había amado en secreto, y otras veces a Visitación, a quien había +querido siendo él adolescente, allá por la época en que la del Banco, +según malas lenguas, se escapó con un novio por un balcón. Ni siquiera +Visitación le había hecho caso en su vida; jamás le había mirado con los +ojillos arrugados con que ella creía encantar; no era desprecio; era que +para las señoras de Vetusta, Bermúdez era un sabio, un santo, pero no un +hombre. Obdulia había descubierto aquel varón, pero había despreciado en +seguida el descubrimiento. + +El Magistral, Ripamilán, don Víctor, don Álvaro, el Marqués y el médico +llevaban el peso de la conversación general; Vegallana y el Magistral +tendían a los asuntos serios, pero Ripamilán y don Víctor daban a todo +debate un sesgo festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqués +en cuanto se sintió fuerte, merced al sabio equilibrio gástrico de +líquidos y sólidos que él establecía con gran tino, insistió en su +espíritu de reformista de cal y canto. «¡Ea! que quería derribar a San +Pedro; y que no se le hablase de sus ideas; aparte de que él no era un +fanático, ni el partido conservador debía confundirse con ciertas +doctrinas ultramontanas, aparte de esto, una cosa era la religión y otra +los intereses locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una +necesidad. ¿Emplazamiento? uno solo, no admitía discusión en esto, la +plaza de San Pedro; ¿pero cómo? ¿dónde? Mediante el derribo de la +ruinosa iglesia». + +Doña Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El +Magistral votaba con doña Petronila, pero no esforzaba sus argumentos. +Ripamilán, que tenía los ojillos como dos abalorios, gritaba: + +--¡Fuera ese iconoclasta! ¡Las hortalizas, las hortalizas! ¿Eso quiere +decir que a V. E., señor Marqués, la religión, el arte y la historia le +importan menos que un rábano? + +--¡Bravo, paisano!--gritó don Víctor, en pie, con una copa de Champaña +en la mano. + +--No hay formalidad, no se puede discutir--decía el Marqués--; este +Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal. + +--¿Pero qué tiene que ver? + +--No quiere usted derribar la iglesia, pero quería exclaustrar a las +hijas de Carraspique.... + +--Una sencilla secularización. + +--Víctor, Víctor, no disparates...--se atrevió a decir sonriendo la +Regenta. + +--Son bromas--advirtió el Magistral. + +--¿Cómo bromas?--gritó el médico--. A fe de Somoza, que sin don Víctor +ataca a mi primo Carraspique en broma, yo empuño la espada, le ataco en +serio y las cañas se vuelven lanzas. Señores, aquella niña se pudre.... + +Se acabó la discusión, sin causa, o por causa de los vapores del vino, +mejor dicho. Todos hablaban; Paco quería también secularizar a las +monjas; Joaquinito Orgaz comenzó a decir chistes flamencos que hacían +mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira. Visitación llegó a levantarse +de la mesa para azotar con el abanico abierto a los que manifestaban +ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y las demás criadas sonreían +discretamente, sin atreverse a tomar parte en el desorden, pero un poco +menos disciplinadas que al empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a +la puerta. Se habían roto dos copas. + +Los pájaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las ventanas +para ver qué era aquello y mezclaban sus gritos gárrulos y agudos al +general estrépito. + +--¡El café en el cenador!--ordenó la Marquesa. + +--¡Bien, bien!--gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y +a los acordes de la marcha real (decía el ex-regente), que tocaba allá +dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a +la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor +con una corona de azahar. La había encontrado en un armario de la alcoba +de su hermana Emma. Allí iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la +huerta, que era grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de +árboles altos y de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte +del recinto. Don Víctor, Paco y Edelmira corrían por los senderos allá +lejos entre los árboles. Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y +delante de ellos, detenida por la conversación de doña Rufina iba Anita, +mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los +ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se había quedado +atrás, en poder de doña Petronila Rianzares que le hablaba de un asunto +serio: la casa de las Hermanitas de los Pobres que se construía cerca +del Espolón, en terrenos regalados por doña Petronila con admiración y +aplauso de toda Vetusta católica. Era la de Rianzares viuda de un +antiguo intendente de la Habana, quien la había dejado una fortuna de +las más respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la +empleaba en servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas, +levantar conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en +armas el partido. Creíase poco menos que papisa y se hubiera atrevido a +excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa +sancionaría su excomunión; trataba de potencia a potencia al Obispo, y +Ripamilán, que no la podía ver porque era un marimacho, según él, la +llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegió a la +Iglesia. «Piensa la buena señora que por haber sabido conservar con +decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para obras pías +es una santa y poco menos que el Metropolitano». Tenía razón el +Arcipreste; doña Petronila no pensaba más que en su protección al culto +católico y opinaba que los demás debían pasarse la vida alabando su +munificencia y su castidad de viuda. + +No reconocía entre todo el clero vetustense más superior que el +Magistral, a quien consideraba más que al Obispo; «era todo un gran +hombre que por humildad vivía postergado». El Magistral trataba a la de +Rianzares como a una reina, según el Arcipreste, o como si fuera el +obispo-madre; ella se lo agradecía y se lo pagaba siendo su abogado más +elocuente en todas partes. Donde ella estuviera, que no se murmurase; no +lo consentía. + +Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la de +Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del +Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca: + +--¡Vamos! ¡amigo mío!... se lo suplico yo... acompáñeme al Vivero... sea +amable... por caridad.... + +El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer aquel +incienso, detrás del cual habría tantas talegas. + +--Señora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que hacer, a +las siete he de estar.... + +--Oh, no, no valen disculpas.... Ayúdeme usted, Marquesa, ayúdeme usted a +convencer a este pícaro. + +La Marquesa ayudó, pero fue inútil. Don Fermín se había propuesto no ir +al Vivero aquella tarde; comprendía que eran allí todos íntimos de la +casa menos él; ya había aceptado el convite porque... no había podido +menos, por una debilidad, y no quería más debilidades. ¿Qué iba a hacer +él en aquella excursión? Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos, +Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a +imitar muy a lo vivo los juegos infantiles. Ripamilán se lo había dicho +varias veces. Ripamilán iba sin escrúpulo, pero ya se sabía que el +Arcipreste era como era; él, De Pas, no debía presenciar aquellas +escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para vistas +por un canónigo formal. No, no había que prodigarse; siempre había +sabido mantenerse en el difícil equilibrio de sacerdote sociable sin +degenerar en mundano; sabía conservar su buena fama. La excesiva +confianza, el trato sobrado familiar dañaría a su prestigio; no iría al +Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, eso sí; porque aquel señor Mesía +se había vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don +Fermín a sospechar si tendría propósitos _non sanctos_ el célebre don +Juan de Vetusta. + +La Marquesa, sin malicia, como ella hacía las cosas, llamó a su lado a +Anita para decirla: + +--Ven acá, ven acá, a ver si a ti te hace más caso que a nosotras este +señor displicente. + +--¿De qué se trata?--De don Fermín que no quiere venir al Vivero. + +El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de +las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza +cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena: + +--Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un disgusto; +acompáñenos usted, señor Magistral.... + +En el gesto, en la mirada de la Regenta podía ver cualquiera y lo vieron +De Pas y don Álvaro, sincera expresión de disgusto: era una contrariedad +para ella la noticia que le daba la Marquesa. + +Por el alma de don Álvaro pasó una emoción parecida a una quemadura; él, +que conocía la materia, no dudó en calificar de celos aquello que había +sentido. Le dio ira el sentirlo. «Quería decirse que aquella mujer le +interesaba más de veras de lo que él creyera; y había obstáculos, y ¡de +qué género! ¡Un cura! Un cura guapo, había que confesarlo...». Y +entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en +el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la +suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura. +A don Fermín le asustó la impresión que le produjo, más que las +palabras, el gesto de Ana; sintió un agradecimiento dulcísimo, un calor +en las entrañas completamente nuevo; ya no se trataba allí de la vanidad +suavemente halagada, sino de unas fibras del corazón que no sabía él +cómo sonaban. «¡Qué diablos es esto!» pensó De Pas; y entonces +precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro; fue una +mirada que se convirtió, al chocar, en un desafío; una mirada de esas +que dan bofetadas; nadie lo notó más que ellos y la Regenta. Estaban +ambos en pie, cerca uno de otro, los dos arrogantes, esbeltos; la ceñida +levita de Mesía, correcta, severa, ostentaba su gravedad con no menos +dignas y elegantes líneas que el manteo ampuloso, hierático del clérigo, +que relucía al sol, cayendo hasta la tierra. + +«Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como San +Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todavía; el Diablo +Arcángel también; los dos pensaban en ella, era seguro; don Fermín como +un amigo protector, el otro como un enemigo de su honra, pero amante de +su belleza; ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno, +que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía +bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser +debajo de una sotana. Se tenía que confesar la Regenta, aunque pensando +un instante nada más en ello, que la complacía encontrar a su salvador, +tan airoso y bizarro; tan distinguido como decía Obdulia, que en esto +tenía razón. Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así por ella, +reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su +voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo +que interesaba, que podía ser dramático, que ya empezaba a serlo. El +honor, aquella quisicosa que andaba siempre en los versos que recitaba +su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no había que pensar en él; pero +bueno sería que un hombre de tanta inteligencia como el Magistral la +defendiera contra los ataques más o menos temibles del buen mozo, que +tampoco era rana, que estaba demostrando mucho tacto, gran prudencia y +lo que era peor, un interés verdadero por ella. Eso sí, ya estaba +convencida, don Álvaro no quería vencerla por capricho, ni por vanidad, +sino por verdadero amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido +encontrarla soltera. En rigor, don Víctor era un respetable estorbo. + +Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un cariño +filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía por lo menos +tanto, a su modo, como una pasión de otro género. Y además, si no fuera +por don Víctor, el Magistral no tendría por qué defenderla, ni aquella +lucha entre dos hombres _distinguidos_ que comenzaba aquella tarde +tendría razón de ser. No había que olvidar que don Fermín no la quería +ni la podía querer para sí, sino para don Víctor». + +Cuando Ana se perdía en estas y otras reflexiones parecidas, se oyó la +voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que +tomaban pacíficamente café bajo la glorieta, acudieron al extremo de la +huerta. + +--¿Dónde están? ¿dónde están?--preguntaba asustada la Marquesa. + +--¡En el columpio! ¡en el columpio!--dijo el médico don Robustiano. + +Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público madrileño +en la romería de San Isidro, aunque más elegante y fabricado con esmero; +en uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en +cuclillas, sonriente y pálido, don Saturnino Bermúdez, como a una vara +del suelo inmóvil, hacía la figura más ridícula del mundo, con plena +conciencia de ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo, +procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía +tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se había +enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra +reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante +persona Obdulia Fandiño agarrada a la nave como un náufrago del aire, +muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto y de lo +que ella creía peligro. + +--No se mueva usted, no se mueva usted--gritaba don Víctor, haciendo +aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a +Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar. + +--No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...--decía +Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio. + +--Tres metros y medio--dijo el Marqués que llegó a tiempo de dar la +medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él hacía siempre los +cálculos geométricos. + +El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por su propia +industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a +Obdulia. + +--Tuvo la culpa Paco--decía Visitación, ceñidas con una cuerda las +piernas, por encima del vestido--. Empujó demasiado fuerte, para que se +cayera Saturno y, ¡zas! subió la barquilla allá arriba y al bajar... se +enganchó en ese palo. + +Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar. + +--No grites, hija--decía la Marquesa, que ya no la miraba por no +molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás--; ya +te bajarán.... + +Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos +travesaños, que servía al jardinero para recortar la copa de los +arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun subido al palo +más alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que +pudiera hacer fuerza para descolgarla. + +--Que llamen a Diego... a Bautista...--decía la Marquesa. + +--¡Sí, sí; que venga Bautista!...--gritaba Obdulia recordando la fuerza +del cochero. + +--Es inútil--advirtió el Marqués--. Bautista tiene fuerza pero no +alcanza; es de mi estatura... no hay más remedio que buscar otra +escalera.... + +--No la hay en el jardín...--Sabe Dios dónde parecerá... + +--¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo. + +Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada animadora y +suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había ocurrido que él, +gracias a su estatura, podría coger cómodamente la barquilla y +arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le importaba a él Obdulia? +Podía hacer una figura ridícula, mancharse la levita. La mirada de Ana +le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era ágil. La Regenta le vio +tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situación de farolero como +paseando por el Espolón. + +--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen +mozo entre los palos de la barquilla del columpio. + +--¡No me tires! ¡No me tires!--gritó Obdulia que sintió las manos de su +ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a +quien ya tuteaba. La chica se fijó en la intención del pellizco porque +se había fijado en el tratamiento. ¡Le había llamado de tú! + +--Esté usted tranquila; no va con usted nada--respondió don Álvaro... ya +arrepentido de haber cedido al ruego tácito de Anita. + +Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera +la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el +primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó en la cara que +estaría poniendo el Magistral. + +--¡Aúpa!...--gritó abajo Visitación para mayor ignominia. + +--¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, es peor!... +¡Me voy a matar!--gritó la Fandiño. + +Los demás callaban.--¡Estate quieta!--dijo en voz baja, ronca y furiosa +don Álvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza. + +E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna. + +Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de cansancio. Un hombre +como él debía poder levantar a pulso aquel peso. + +--Deje usted, deje usted, a ver si Bautista--dijo la Marquesa--... +¡demonio de chicos! + +--Bautista no alcanza--observó otra vez el Marqués--. Otra escalera... +que vayan a las cocheras.... Allí debe de haber.... + +Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró hacia abajo como +buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajón, debajo de +sus narices, en actitud humilde y ridícula, vio a don Saturnino en +cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los presentes. Mesía no pudo +menos de sonreír, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con +deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo +con calma forzada: + +--¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted? ¿usted se piensa que +yo hago juegos de Alcides y se me pone ahí en calidad de plomo?... + +Carcajada general.--Sí, ríanse ustedes--clamó Obdulia--pues el lance +es gracioso. + +--Yo...--balbuceó Bermúdez--usted dispense... como nadie me decía +nada... creí que no estorbaba... y además... creía que al bajarme... +pudiese empeorar la situación de esa señora... alguna sacudida. + +--¡Ay, no, no! no se baje usted--gritó la viuda con espanto. + +--¿Cómo que no?--rugió furioso don Álvaro--. ¿Quiere usted que yo +levante este armatoste con los dos encima y a pulso? + +--Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan alto +esto.... + +--Una vara escasa--advirtió el Marqués. + +Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón nefando. + +--Ahora--dijo--nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí abajo.... + +--Eso es inútil--observó el Magistral con una voz muy dulce--; como el +madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se +alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar. + +--Es claro--bramaba desde arriba el otro; y probó otra vez su fuerza. + +Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro no movió +el pesado artefacto. + +El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un brinco, que +procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de +las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo: + +--¡Es imposible! Que se busque otra escalera. + +--Ya podía estar buscada...--Si yo alcanzase...--insinuó entonces el +Magistral, con modestia en la voz y en el gesto. + +--Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto. + +--Sí llega, sí llega--gritó Paco, que quiso verle hacer títeres. + +--Sí, alcanza usted--concluyó Vegallana padre--. Como tenga usted +fuerza.... Y aquí nadie le ve. + +Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura +con el traje talar. + +--Quítese usted el manteo--observó Ripamilán. + +--No hace falta--contestó De Pas, horrorizado ante la idea de que le +vieran en sotana. + +Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia, +subió como una ardilla al travesaño más alto, mientras el manteo flotaba +ondulante a su espalda. + +--Perfectamente--dijo metiendo los brazos por donde poco antes había +introducido los suyos Mesía. + +Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género. + +Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo: + +--¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera! + +Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió +en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en su +descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó majestuosamente. +Somoza, Paco y Joaquín Orgaz ayudaron a Obdulia a salir del cajón +maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovación. Paco le admiró en +silencio: la fuerza muscular le inspiraba un terror algo religioso; él +había malgastado la suya en las lides de amor. Tenía bastante carne, +pero blanda. Don Álvaro disimuló difícilmente el bochorno. «¡Mayor +puerilidad! pero estaba avergonzado de veras». Además, él, que miraba a +los curas como flacas mujeres, como un sexo débil especial a causa del +traje talar y la lenidad que les imponen los cánones, acababa de ver en +el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle de un puñetazo si +llegaba esta ocasión inverosímil. Recordaba Mesía que muchas veces +(especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) había él +dicho, v. gr.: «Pues el señor cura que no se divierta, que no abuse de +la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y +le tiro por el balcón». Siempre se le había figurado, por no haberlo +pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se +les podía abofetear impunemente; no les suponía valor, ni fuerza, ni +sangre en las venas.... «Y ahora... aquel canónigo, que tal vez era un +poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien +podía ser una saludable advertencia». + +La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó +necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que +«no lo había hecho por ella». La viuda, sin embargo, insistió en +sostener que le debía la vida. + +--¡Indudablemente!--corroboraba doña Petronila, que no sospechaba cómo +quería pagar Obdulia aquella vida que decía deber al Magistral. + +Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que no +vio más que un símbolo físico de la fortaleza del alma; fortaleza en que +ella tenía, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las +tentaciones que empezaban a acosarla. + +Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no +quería que se le viesen los bajos. + +Obdulia protestó.--¿Cómo? ¿pues se veía algo? ¡no quiero! ¡no quiero! +¿por qué no se me ha advertido? Esto es una traición. + +--Tiene razón esta señora--dijo don Víctor--igualdad ante la ley; fuera +esa cuerda. + +Edelmira subió al columpio sin atarse. No había para qué tomar +precauciones, no se veía nada. + +Don Víctor y Ripamilán se columpiaron también, pero se mareaban. + +--Ya están los coches--gritó la Marquesa desde lejos; y corrieron todos +al patio. + +La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron a la +carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido excelente pero +que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos +negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un coche antiguo de +viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el +que servía ordinariamente al Marqués en sus excursiones por la +provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar +acaso en terreno vedado. ¡Se decían tantas cosas del coche de camino! Su +figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todavía hacen +el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo +llamaban la _Góndola_ y el _Familiar_ y con otros apodos. + +Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con +palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a +cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su +propósito de no ir al Vivero.) + +--Le secuestramos--había dicho Obdulia.... + +--Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará apearse--añadió +doña Petronila. + +--No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió +arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas +de la Encimada. Detrás iba la _Góndola_, atronando al vecindario con +horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y +voces y carcajadas que sonaban dentro. + +Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con +las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y +al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas de doña +Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su +contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo +sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los +abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco +menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de +Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo. + +El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado--y por otro +no--la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando +apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. Él estaba turbado, ella +no; iba satisfecha a su lado; seguía figurándoselo como un escudo bien +labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y él la defendía de don +Álvaro. «Si este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal +vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí +cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y +Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le +temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. ¡Si +este quisiera venir!...». + +--Don Fermín--le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el +respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre--. Don Fermín ¿por +qué no viene usted con nosotros? Poco más de una hora... creo que +volveremos hoy más pronto... ¡venga usted... venga usted! + +De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo al oír a la +Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imán. +Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en +una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre +Obdulia. Ripamilán citaba, como solía en tal materia, al Obispo de +Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc., +etc. No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de +quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y +temió además lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer el +cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del +columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su +manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a +ponerse en ridículo. No, no iría. Y sintió al afirmarse en su propósito +una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien +sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que +salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos; por lo +mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que +«indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar +con obscuros vetustenses». + +Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de +cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que +había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el +Magistral muy quedo: + +--No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a entender +que lo sentía, pero que como él era cura... y ella se había confesado +con él... y Paco y Obdulia y Visita eran un poco locos, y en Vetusta +los ociosos, que eran casi todos, murmuraban de lo más inocente.... + +Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendió la Regenta; +y se resignó a habérselas otra vez con Mesía sin el amparo del Provisor. + +No hablaron más. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levantó y saludó +a las damas. La Regenta le sonrió como hubiera sonreído muchas veces a +su madre si la hubiera conocido. De Pas no sabía sonreír de aquella +manera; la blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó +mirando con chispas de que él no se dio cuenta... ni Ana tampoco. + +Estaban en la entrada del Espolón, _el paseo de los curas_, según +antiguo nombre. Allí se apeó don Fermín entre lamentos de doña +Petronila. + +--Es usted muy desabrido--dijo la Marquesa, permitiéndose un tono +familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don Fermín. + +Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano. Quería +significar así su deseo de estrechar la amistad algo fría que mediaba +entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendió y lo agradeció De +Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don Víctor y su esposa, +ya lo sabía él; siempre estaban juntos unos y otros, en el teatro, en +paseo, en todas partes, y la Regenta comía en casa del Marqués muy a +menudo. De modo que, para verla, allí mucho mejor que en la catedral. +Todo esto se le pasó por las mientes al Magistral en el poco tiempo que +necesitó para quitar el pie del estribo y hacer el último saludo a las +señoras dando un paso atrás. + +--¡Anda, Bautista!--gritó la Marquesa; y la carretela siguió su marcha +ante la expectación de sacerdotes, damas y caballeros particulares que +paseaban en el Espolón, chiquillos que jugaban en el prado vecino y +artesanos que trabajaban al aire libre. + +Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La +Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco +antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico.... +Después no se vio más que el anguloso perfil de Ripamilán, que movía los +brazos como las aspas de un molino de muñecas. + +El otro coche pasó como un relámpago. De Pas vio una mano enguantada que +le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, la viuda +eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la izquierda se +la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jamás hizo +ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos. + + + + +--XIV-- + + +Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos +del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy +alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su +arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura, +revelando su origen en el ablativo absoluto _Rege Carolo III_, grabado +en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza +años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de +piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser +el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla +triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos +clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por +invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de +ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado, +solitario y lo que llamaban allí _recogido_, pero esto cuando la Colonia +no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba +por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron, +a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los +hoteles que se construían, de la barriada _colonial_ que se levantaba +como por encanto, según _El Lábaro_, para el cual diez o doce años eran +un soplo por lo visto. + +Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su +intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias, +y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la +proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se +_transformase de día en día_, de modo que a la vuelta de veinte años _no +hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilización bien +entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la +_Vetusta católica_ de Bermúdez. + +Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de +sacerdotes, magistrados melancólicos y _familias de luto_, como algunas +señoras notasen que el _Paseo de los curas_ era más caliente que todos +los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de +si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano +Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes: + +--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo; +pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo. +Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han +cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor +sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico.... + +En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a +romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía +Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras +aquéllas fueron atreviéndose otras; los _pollos_ advirtieron que el +Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y +esto les convenía. Y en un año se transformó en _Paseo de invierno_ el +apetecible Espolón, secularizándose en parte. + +Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por +abandonar _su_ Espolón desparramándose por las carreteras. + +--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo +lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras +calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles. + +Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que +vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de +canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la +invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo +disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos +no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían +_en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia +de los intrusos. + +Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el +gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos +sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la +capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos +mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta +todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba +lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie +tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes +elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del +amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y +rubores. Pero nada más. + +Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato, +según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas +mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto +que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas +escasas de ancho. + +--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa +inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas +las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas +eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del +boulevard, las chalequeras...». + +Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario. + +--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un +hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me +echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del +Corazón de Jesús! + +--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una +columna.... + +--Como San Simón _Estilista_--acudió Trabuco, que estaba presente. + +Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los +curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían +algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a _la influencia del +arbolado_ allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje +de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban +allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero +pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con +abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el +Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios +ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En +nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la +carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso +_inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en +medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don +Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal +usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los +tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos. + +--¡Qué desfachatez!--decía Foja. + +--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es +disimulo--advertía Mourelo. + +--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado +a comer con ellos.... + +--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante. + +--¿Y a dónde van los otros? + +--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros.... + +--¡Esas son las clases conservadoras! + +--No, señor; esa es la excepción.... + +--Y mire usted que venir en carruaje descubierto.... + +--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado. + +--Justo; tiene razón este... apearse aquí... + +--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está +dejado de la mano de Dios. + +--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito +señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con +malicia. + +En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio +con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los +otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a +voces: + +--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios! + +Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el +Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le +saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le +acarició con una palmadita familiar sobre el hombro. + +La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos +disimulo. O era diplomático o no lo era. + +El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros. + +Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la +amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba. +Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y +mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que +buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr... +detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora +desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los +más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro. +«¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio +habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que +dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le +pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de +murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a +él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como +hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las +posesiones de Vegallana». + +Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del +Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al +ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su +sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a +los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a +don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le +veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su +rostro. + +Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su +costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba +entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no +hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió +como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del +ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un _obispo de levita_ +(frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó; +se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le +parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes. +«¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril, +ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque +iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en +los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no +parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella +indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando +vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él +otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una +abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las +piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que +lleva debajo el cura». + +--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante, +deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta. + +No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los +cortes de la sotana. + +--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse. + +--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir +andando. + +--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece +estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo! + +El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta +_inopinada_, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores +asegurando que tenía que hacer en Palacio. + +No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba; +toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier +desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada +fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto +desaparecer entre nubes de polvo los coches. + +«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar +nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era +aquello que a él le pasaba? + +No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión +especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor; +esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había +recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil +formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la +conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo? +¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí». + +«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber +desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el +Vivero?». + +Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la +puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo +que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había +hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco +Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el +Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles +y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la +boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces +dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su +respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto +que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía +aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a +Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos +¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella +tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín +estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas. + +Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su +casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el +paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la +Corralada. + +«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde». + +¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta +falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los +cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más. + +«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era +ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no +como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí, +contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo. +Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había +pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su +madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le +horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su +madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las +necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he +comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar +aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la +miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días +todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de +malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué +había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión +general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo +cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué +tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis! +¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era +indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar +apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no +era un niño, despreciaba la calumnia, etc». + +Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los +tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo; +mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos +lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando +llamaradas en los cristales. + +El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las +pruebas de una pastoral. + +Fortunato levantó la cabeza y sonrió. + +--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco +mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad +pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le +había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin +saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no +sabía qué, servida por la Marquesa. + +Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al +Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que +le reprendiese por su condescendencia con las señoras _protectrices_ de +la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio. + +--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo +no veo bien. + +De Pas se acercó y leyó. + +--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido? + +Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo. + +--¿Que apesto? ¿por qué? + +--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo. + +De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era +impertinente y baladí. Se apartó de la mesa. + +--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre? + +--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo, +hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde +estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que +salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había +pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de +saber algo.... + +El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba +mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera +disimularlos. + +--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías +comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de +días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido? + +--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata +como a un niño! + +--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado.... + +--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no +has vuelto a casa? + +El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho: + +--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con +más fuerza de la necesaria. + +--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al +Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a +todos como muñecos. + +Y continuó corrigiendo la Pastoral. + +De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar +cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que +fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo +que le olía mal la boca. + +«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo +era un borracho...». + +«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír +sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa +anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es +insufrible!...». + +El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro +agudos, después otros graves, roncos, vibrantes. + +De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se +decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por +la que más pronto podría volver al Espolón. + +Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más +que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta. + +El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero, +después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón +cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba +en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran +indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo +tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado; +apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...». + +«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor, +este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales +murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en +que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente +de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de +hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus +ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la +vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente, +iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo +paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no +quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana +volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol +podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que +esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos +de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad +cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que +pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no había podido +secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus +colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi. + +--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque +añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no +le importaba nada. + +Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce +años, _pillos de la calle_, que jugaban allí cerca, alrededor de un +farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los +espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres +había una niña, que hacía de _madre_. Se trataba del _zurriágame la +melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_ +estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro; +un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por +el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La +niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de +mano en mano por el corro de chiquillos. + +--¡Na!...--decía la _madre_. + +--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía, +que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista. + +El pañuelo pasó a otro. + +--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es +Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y +poniéndole un codo delante de las narices. + +--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro. + +--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera! + +--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por +farolero. + +--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el +otro. ¿Na? ¿na? + +--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno. + +--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador. + +Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de +los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la +mano y añadió: + +--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma! + +Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la +_madre_. + +--Señas... señas... ¿a que no aciertas? + +--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy +rica! ¡muy rica! ¡muy rica! + +--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La +comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen +los señores? + +--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto. + +--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el +pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a +latigazos con sus compañeros. + +--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!... + +Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la +carretera y el Espolón. + +--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la _madre_. + +--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las +naranjas?... ¿y no son cosa rica? + +--Pero naranjas las comes tú también. + +--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto.... + +--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo, +tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la +voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo: + +--¡Natillas!...--_¡Zurriágame la melunga!_--gritó entusiasmada la +_madre_--, _¡castañas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el +vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a +sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza. + +El _Rojo_ no quería correr: protestaba. + +--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la +cara, mientras tímidamente el _Ratón_ le castigaba con simulacros de +azotes. + +Y añadía furioso el _Rojo_: + +--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo! + +--¡A la oreja! ¡a la oreja! + +El _Ratón_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de +las orejas. + +--_¡Zurriágame la melunga!_--volvió a gritar la _madre_, y los pillos se +dispersaron otra vez. + +En aquel momento el Magistral se acercó a la niña. + +La _madre_ dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a +recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía. + +--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches? + +--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie. + +--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con +cascabeles... hace poco.... + +--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si +esos... _¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!_--gritó, y la bandada de +mochuelos acudió al farol delante del _Ratón_. Al ver al Provisor, +todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que +tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se +limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no. + +--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba? + +--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te +inflo!... Para arriba, señor cura. + +--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te +rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se +inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando +vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho +el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los +dedos. + +Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que +volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas +diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba +volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo. + +«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al +animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo. + +La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades +pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja +de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa +mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más +alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta +del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo +de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado. +Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de +silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba. + +Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido +mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros +años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas +tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida +le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre... una +aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra. +Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él +años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... ¡Las estrellas! ¡qué pocas +veces las había mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se +detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a +los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo +alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio +oía los latidos de la sangre de su cabeza... y también se le figuró oír +otro ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran +ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles, +pero los caballos de la Góndola sí... ¿O serían cigarras, grillos... +ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el +silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba +seguro... ya sonaban más cerca, con cierto compás... cada vez más cerca. + +--¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!--dijo en voz alta, acercándose a la +cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo. + +Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero, +espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la obscuridad lejana, +después cuatro... eran ellos, los dos coches.... El ruido rítmico de los +cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con él otros +que parecían gritos, fragmentos de canciones. + +--«¡Qué locos, vienen cantando!». + +Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas... el aliento +fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona de +Ripamilán.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a +pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de hierro, para no +ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En +el lugar de Ripamilán vio a don Víctor de Quintanar, y en el de la +Regenta a Ripamilán; sí, los vio perfectamente. ¡No venía la Regenta en +el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a +la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!... Luego don +Álvaro y ella venían juntos... ¡y acaso venían todos borrachos, por lo +menos alegres! + +«¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el despecho atravesado en la +garganta. + +Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió: + +--«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa Marquesa es una Celestina de +afición!». + +«¡Y venían cantando!». + +Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la Colonia, sin +algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y +volvían a aparecer, cada vez más pequeñas... + +«¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, mucho peor!». + +Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras +en noche de estío.... + +El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y subió a buen +paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de +Vegallana. + +Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba. +«¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo +aquella fuerza que sentía en sus músculos, en su alma ociosa, molesta +como un hormigueo...». + +Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba entre las +filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo +ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la polvorienta +carretera. + +Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el paso. + +«Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no faltaba más, +siempre he sido dueño de mí... y ahora había de empezar a ser... un +majadero...». + +Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su furor sordo. +«Pronto es mañana.... A las ocho ya sabré yo.... Sí lo sabré... porque se +lo preguntaré todo. ¿Por qué no? A mi manera.... Tengo derecho...». + +Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el paseo de los +Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al +llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el caserón de los Ozores +no vio más luz que la del portal. + +--«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están juntos todavía?». Y sin pensar +lo que hacía, siguió hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que +había andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban +también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía a cortar +las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles +de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces roncas y +metálicas del piano desafinado. + +--«¡Sigue la broma!--se dijo mordiéndose los labios--. Pero yo ¿qué hago +aquí? ¿Qué me importa todo esto?... Si ella es como todas... mañana lo +sabré. ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!... ¡Si me viera mi madre!». En la +pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones +interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad +descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna +mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego +un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcón del +gabinete; frente a los del salón las sombras de la pared eran más +pequeñas, pero muchas y confusas; y se movían y mezclaban hasta marear +al canónigo. + +«No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba. + +Más allá del balcón del gabinete había otro cerrado. Era el de la +habitación en que había muerto la hija de los Marqueses. El Magistral +recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la +mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor. Hacía mucho tiempo. +Aquel balcón se abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se +apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como +si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos +que oprimían a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse. +«¿Quién era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo +mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la Regenta no podía +ser; no faltaba más! ¿Y el de los brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía +al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa +obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían +pasar... y ¿qué se pensaría si le veían allí, espiando a los convidados +del Marqués?... Debía marcharse... sí; pero hasta que aquellos bultos se +retirasen del balcón no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a +la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible, +hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves +manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla +por los hombros. + +«¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación... ¡qué escándalo!», +pensó don Fermín, que seguía inmóvil. + +La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por +la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo. + +«Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal. + +A pesar de estas reflexiones que no podían ser más racionales, no +estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le sofocaba, como si fuese +falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareció un momento; +hubo un silencio solemne y en medio de él sonó claro, casi estridente, +el chasquido de un beso bilateral, después un chillido como el de Rosina +en el primer acto del _Barbero_. + +El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el balcón no +quedaba nadie; Don Fermín salió del portal arrimado a la pared y se +alejó a buen paso. «No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era +la otra». + + + + +--XV-- + + +En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña Paula, +con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en +la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir lentamente con la +cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas. + +Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura de que +tenía que ser él. Ni una palabra al verle. El hijo subía y la madre no +se movía, parecía dispuesta a estorbarle el paso, allí en medio, tiesa, +como un fantasma negro, largo y anguloso. + +Cuando De Pas llegaba a los últimos peldaños, doña Paula dejó el puesto +y entró en el despacho. Don Fermín la miró entonces, sin que ella le +viese. + +Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las sienes; +unos parches grandes, ostentosos. + +«Lo sabe todo» pensó el Provisor. Cuando su madre callaba y se ponía +parches de sebo, daba a entender que no podía estar más enfadada, que +estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con +dos cubiertos. Era temprano para cenar, otras noches no se extendía el +mantel hasta las nueve y media; y acababan de dar las nueve. + +Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué de aceite con +que velaba su hijo. + +Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un lado y se limpió la frente +con el pañuelo. Miró a doña Paula. + +--¿Le duele la cabeza, madre?--Me ha dolido. ¡Teresina!--Señora.--¡La +cena! Y salió del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia y +salió tras ella. «No era todavía hora de cenar, faltaban más de cuarenta +minutos... pero ¿quién se lo decía a ella?». + +Doña Paula se sentó junto a la mesa, de lado, como los cómicos malos en +el teatro. Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller +con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tenía servilletero; la de su +madre no. + +Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer plato, +que era una ensalada. + +--¿No te sientas?--preguntó al Provisor su madre. + +--No tengo apetito... pero tengo mucha sed.... + +--¿Estás malo?--No, señora... eso no.--¿Cenarás más tarde? + +--No, señora, tampoco.... El Magistral ocupó su asiento enfrente de doña +Paula, que se sirvió en silencio. + +Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas +contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida +que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un +pensamiento que debía de ver ella en el suelo. + +Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien educado. +Acercó la ensalada al señorito. + +--Ya he dicho que no ceno.--Déjale, no cena. Ella no lo había oído, +hombre. + +Y acarició a la criada con los ojos. + +Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusión inmediatamente. +Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba sintiendo náuseas y no +se atrevía a pedir una taza de té. Se moría de sed, pero temía beber +agua. + +Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad +que usaba muy pocas veces. + +La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en +parte tuviera la misma doña Paula la culpa. Esto al menos creyó notar el +Magistral. + +Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traía +ella misma. + +Pidió azúcar don Fermín para echarlo en el vaso de agua y su madre dijo: + +--Está arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, iré yo por ella. + +--Pero, madre...--Déjame. Teresina quedó a solas con su amo y mientras +le servía agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspiró +discretamente. + +De Pas la miró, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parecía una +virgen de cera. Ella no levantó los ojos. De todas maneras, le era +antipática. Su madre la mimaba y a los criados no hay que darles alas. + +Bajó doña Paula y cuando salió Teresina dijo, mientras miraba hacia la +puerta: + +--La pobre no sé cómo tiene cuerpo. + +--¿Por qué?--preguntó don Fermín que acababa de oír el primer trueno. + +Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar en el vaso, +le miró desde arriba con gesto de indignación. + +--¿Por qué? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del +Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, otra a casa +del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las +Paulinas, otra... ¡qué sé yo! Está muerta la pobre. + +--¿Y a qué ha ido?--contestó De Pas al segundo trueno. + +Pausa solemne. Doña Paula volvió a sentarse y haciendo alarde de una +paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las +sílabas: + +--A buscarte, Fermo, a eso ha ido.--Mal hecho, madre. Yo no soy un +chiquillo para que se me busque de casa en casa. ¿Qué diría Carraspique, +qué diría Páez?... Todo eso es ridículo.... + +--Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si está mal hecho, +ríñeme a mí. + +--Un hijo no riñe a su madre.--Pero la mata a disgustos; la compromete, +compromete la casa... la fortuna, la honra... la posición... todo... por +una... por una.... ¿Dónde ha comido usted? + +Era inútil mentir, además de ser vergonzoso. Su madre lo sabía todo de +fijo. El Chato se lo habría contado. El Chato que le habría visto +apearse de la carretela en el Espolón. + +--He comido con los marqueses de Vegallana; eran los días de Paquito; se +empeñaron... no hubo remedio; y no mandé aviso... porque era ridículo, +porque allí no tengo confianza para eso.... + +--¿Quién comió allí? + +--Cincuenta, ¿qué sé yo? + +--¡Basta, Fermo, basta de disimulos!--gritó con voz ronca la de los +parches. Se levantó, cerró la puerta, y en pie y desde lejos prosiguió: + +--Has ido allí a buscar a esa... señora... has comido a su lado... has +paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has +apeado en el Espolón; ya tenemos otra Brigadiera.... Parece que necesitas +el escándalo, quieres perderme. + +--¡Madre! ¡madre!--¡Si no hay madre que valga! ¿te has acordado de tu +madre en todo el día? ¿No la has dejado comer sola, o mejor dicho, no +comer? ¿te importó nada que tu madre se asustara, como era natural? ¿Y +qué has hecho después hasta las diez de la noche? + +--¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño.... + +--No, no eres un niño; a ti no te duele que tu madre se consuma de +impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un mueble que +sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da su +sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero tú no eres +un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación... por una +mujerota.... + +--¡Madre!--¡Por una mala mujer!--¡Señora!--Cien veces, mil veces +peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas +cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las señoras chupan la +vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte años.... +¡Fermo... eres un ingrato!... ¡eres un loco! + +Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la cabeza improvisó una +banda para las sienes. + +--¡Va a estallarme la frente!--¡Madre, por Dios! sosiéguese usted. +Nunca la he visto así... ¿Pero qué pasa? ¿qué pasa?... Todo es +calumnia.... ¡Y qué pronto... qué pronto... la han urdido! ¡Qué +Brigadiera ni qué señoronas... si no hay nada de eso... si yo le juro +que no es eso... si no hay nada! + +--No tienes corazón, Fermo, no tienes corazón. + +--Señora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro.... + +--¿Qué has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la casa de esa +gigantona... de fijo.... + +--¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted. Está usted insultando a +una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado con ella tres +veces... es una santa.... + +--Es una como las otras.--¿Cómo qué otras? + +--Como las otras.--¡Señora! ¡Si la oyeran a usted! + +--¡Ta, ta, ta! Si me oyeran me callaría. Fermo... a buen entendedor.... +Mira, Fermo... tú no te acuerdas, pero yo sí... yo soy la madre que te +parió ¿sabes? y te conozco... y conozco el mundo... y sé tenerlo todo en +cuenta... todo.... Pero de estas cosas no podemos hablar tú y yo... ni a +solas... ya me entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he +callado, bastante he visto. + +--No ha visto usted nada...--Tienes razón... no he visto... pero he +comprendido y ya ves... nunca te hablé de estas... porquerías, pero +ahora parece que te complaces en que te vean... tomas por el peor +camino.... + +--Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y yo +hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas.... + +--Ya lo veo, Fermo, pero tú lo quieres. Lo de hoy ha sido un escándalo. + +--Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada que +ver con todas esas otras calumnias de antaño.... + +--Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro se +entere, que Camoirán crea todo eso que ya dicen. + +--¡Que ya dicen! ¡En dos días! + +--Sí, en dos; en medio... en una hora.... ¿No ves que te tienen ganas? +¿que llueve sobre mojado?... ¿Hace dos días? Pues ellos dirán que hace +dos meses, dos años, lo que quieran. ¿Empieza ahora? Pues dirán que +ahora se ha descubierto. Conocen al Obispo, saben que sólo por ahí +pueden atacarte.... Que le digan a Camoirán que has robado el copón... no +lo cree... pero eso sí; ¡acuérdate de la Brigadiera!... + +--¡Qué Brigadiera... madre... qué Brigadiera!... Es que no podemos +hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a usted.... + +--No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo sé... a mi +modo. Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar por tu madre, en +estas cosas miserables de tejas abajo? ¿Te fue bien? + +--¡Sí, madre mía, sí! + +--¿Te saqué yo o no de la pobreza? + +--¡Sí, madre del alma!--¿No nos dejó tu pobre padre muertos de hambre y +con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido? + +--Sí, señora, sí... y eternamente yo.... + +--Déjate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que sigas +creyéndome a mí; yo sé lo que hago. Tú predicas, tú alucinas al mundo +con tus buenas palabras y buenas formas... yo sigo mi juego. Fermo, si +siempre ha sido así, ¿por qué te me tuerces? ¿Por qué te me escapas? + +--Si no hay tal, madre.--Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, dices... +es verdad... pero peor si eres un tonto.... Sí, un tonto con toda tu +sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas por la espalda, en la honra? Pues +mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro... ahí tienes +un ignorante que sabe más que tú. + +Doña Paula se había arrancado los parches, las trenzas espesas de su +pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos apagados +casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos +parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de +experiencia. + +La tempestad se había deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya no +se reñía, se discutía con calor, pero sin ira. Los recuerdos evocados, +sin intención patética, por doña Paula, habían enternecido a Fermo. Ya +había allí un hijo y una madre, y no había miedo de que las palabras +fuesen rayos. + +Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja. Llamaba mojigangas a las +caricias, y quería a su hijo mucho a su manera, desde lejos. Era el suyo +un cariño opresor, un tirano. Fermo, además de su hijo, era su capital, +una fábrica de dinero. Ella le había hecho hombre, a costa de +sacrificios, de vergüenzas de que él no sabía ni la mitad, de vigilias, +de sudores, de cálculos, de paciencia, de astucia, de energía y de +pecados sórdidos; por consiguiente no pedía mucho si pedía intereses al +resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo era de su +hijo, porque él era el de más talento, el más elocuente, el más sagaz, +el más sabio, el más hermoso; pero su hijo era de ella, debía cobrar los +réditos de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, podía +reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a exigir que Fermo continuase +produciendo. + +En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de +las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que +ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la +ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían de las cuevas negros, +sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como +demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos +que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y +amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos. El dinero estaba +en las entrañas de la tierra; había que cavar hondo para sacar provecho. +En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los niños rubios +de tez amarillenta que pululan a orillas del río negro que serpea por +las faldas de los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de +sueños de avaricia. Paula era de niña rubia como una mazorca; tenía los +ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de +razón, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fábricas +que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden sostener en +la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que ganan así los +hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de la avaricia arrojada +en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que se incrusta en las +entrañas y jamás se arranca de allí. Paula veía en su casa la miseria +todos los días; o faltaba pan para cenar o para comer; el padre gastaba +en la taberna y en el juego lo que ganaba en la mina. + +La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran pena con que +los suyos lo lloraban ausente. A los nueve años era Paula una espiga +tostada por el sol, larga y seca; ya no se reía: pellizcaba a las amigas +con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía cuartos en un agujero del +corral. La codicia la hizo mujer antes de tiempo; tenía una seriedad +prematura, un juicio firme y frío. + +Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y vivía +con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero +¿cómo? Las alas tenían que ser de oro. ¿Dónde estaba el oro? Ella no +podía bajar a la mina. + +Su espíritu observador notó en la iglesia un filón menos obscuro y +triste que el de las cuevas de allá abajo. «El cura no trabajaba y era +más rico que su padre y los demás cavadores de las minas. Si ella fuera +hombre no pararía hasta hacerse cura. Pero podía ser ama como la señora +Rita». Comenzó a frecuentar la iglesia; no perdió novena, ni rogativas, +ni misiones, ni rosario y siempre salía la última del templo. Los +vecinos de Matalerejo habían enterrado la antigua piedad entre el +carbón; eran indiferentes y tenían fama de herejes en los pueblos +comarcanos. Por esto pudo notar la señorita Rita la piedad de Paula bien +pronto. «La hija de Antón Raíces, le dijo al señor cura, tira para +santa, no sale de la iglesia». El cura habló a la chicuela, y aseguró a +Rita que era una Teresa de Jesús en ciernes. En una enfermedad del ama, +el párroco pidió a Raíces su hija para reemplazar a Rita en su servicio. +Rita sanó pero Paula no salió de la Rectoral. Se acabó el ir y venir +con el cesto de tierra. Se vistió de negro, y por amor de Dios se olvidó +de sus padres. A los dos años la señora Rita salía de la casa del cura +enseñando los puños a Paula y llevándose en un cofre sus ahorros de +veinte años. El cura murió de viejo y el nuevo párroco, de treinta años, +admitió a la hija de Raíces como parte integrante de la casa Rectoral. +Paula era entonces una joven alta, blanca, fresca, de carne dura y piel +fina, pero mal hecha. Una noche, a las doce, a la luz de la luna salió +de la Rectoral, que estaba en lo alto de una loma rodeada de castaños y +acacias, cien pasos más abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un +pañuelo negro que envolvía ropa blanca. Detrás de ella salió una sombra, +con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la seguían, +Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la +alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó a detenerse; +hablaron; él abría los brazos, ponía las manos sobre el corazón, besaba +dos dedos en cruz; ella decía no con la cabeza. Después de media hora de +lucha, los dos volvieron a la Rectoral; entró él, ella detrás y cerró +por dentro después de decir a un perro que ladraba: + +--¡Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura desde aquella +noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la soledad le +costó al párroco, sin saciar el apetito, muchos años de esclavitud. +Tenía fama de santo; era un joven que predicaba moralidad, castidad, +sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo. Y una +noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, angulosa, sintió +una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, excitada por aquellos +ángulos de carne y hueso, por aquellas caderas desairadas, por aquellas +piernas largas, fuertes, que debían de ser como las de un hombre. A la +primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por +palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo +que le pedían; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin +arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula +dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su +cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí +muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo +desde la escalera: + +--¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre. + +La transacción le costó al clérigo humillarse hasta el polvo, una +abdicación absoluta. Vivieron en paz en adelante, pero él vio siempre en +ella a su señor de horca y cuchillo; tenía su honor en las manos; podía +perderle. No le perdió. Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde, +después de estudiar, Paula se acercó a él y le pidió que la oyese en +confesión. + +--Hija mía ¿a estas horas? + +--Sí, señor, ahora me atrevo... y no respondo de volver a atreverme +jamás. + +Le confesó que estaba encinta. + +Francisco De Pas, un licenciado de artillería, que entraba mucho en casa +del cura, de quien era algo pariente, la había requerido de amores y +ella le había contestado a bofetadas--el cura se puso colorado; se +acordó de la patada que había recibido él--pero el licenciado había sido +terco, y había vuelto a requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto +sacaran el estanquillo que le tenían prometido los del Gobierno; ella se +había tranquilizado y desde entonces admitía al habla aquel buque +sospechoso. Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar +con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo, +sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por +anchos pilares a dos o tres varas del suelo. Allí dormía ella en el +verano. Francisco faltó una noche a lo convenido, fue audaz, pasó del +corredor al interior de la panera; luchó Paula, luchó hasta caer +rendida--lo juraba ante un Cristo--, rendida por la fuerza del +artillero. Desde aquella noche le tomó ojeriza, pero quería casarse con +él. De aquella traición acaso nació Fermín a los dos meses de haber +unido el buen párroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos +los vecinos dijeron que Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con +buenas peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre había +tenido intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían +llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía el cura +estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero aquella noche +que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le convenció de la +inocencia del párroco y de la virtud de Paula. Aquello no se fingía; +mucho sabía el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas +falsas, pero él se fue a su casa al alba persuadido de que había +vencido, bien o mal, una honra verdadera. Y volvió a su proyecto de +casarse con el ama del cura. Así se lo juró a ella, de rodillas, como él +había visto a los galanes en los teatros, allá por el mundo +adelante.--«Yo te pediré a tus padres y al cura mañana mismo.--No--dijo +ella--, ahora no». Y siguieron viéndose. Cuando Paula estuvo segura de +que había fruto de aquella traición, o de las concesiones subsiguientes, +dijo a su novio: «Ahora se lo digo al amo y tú, cuando él te llame, te +niegas a casarte, dices que dicen que no eres tú solo... que en +fin...--Sí, sí, ya entiendo.--¡Lo que sospechabas, animal!--Sí, ya +sé.--Pues eso.--¿Y después?--Después deja que el cura te ofrezca... y +no digas que bueno a la primer promesa; deja que suba el precio... ni a +la segunda. A la tercera date por vencido...». + +Y así fue. Paula arrancó de una vez al pobre párroco de Matalerejo, el +más casto del Arciprestazgo, el resto del precio que ella había puesto +al silencio. ¡Con qué fervor predicaba el buen hombre después la +castidad firme! «¡Un momento de debilidad te pierde, pecador; basta un +momento! Un deseo, un deseo que no sacias siquiera, te cuesta la +salvación» (y todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad +de toda la vida, añadía para sus adentros.) + +Paula compró grandes partidas de vino y lo vendía al por mayor a los +taberneros de Matalerejo; empezó bien el comercio gracias a su +inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. Francisco era +muy _fantástico_, según su mujer. Le gustaba contar sus hazañas, y hasta +sus aventuras, esto en secreto, después de colocar unos cuantos pellejos +de Toro, al beber en compañía del parroquiano. Era rumboso y en el calor +de la amistad improvisada en la taberna, abría créditos exorbitantes a +los taberneros, sus consumidores. Esto originó reyertas trágicas; hubo +sillas por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de +pino, amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del +artillero; secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer. La manía +de dar al fiado llegó a ser un vicio, una pasión del manirroto +licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con +gran prosopopeya. «¡Los países que él había visto! ¡las mujeres que él +había seducido, allá muy lejos!». Sus amigos los taberneros que no +habían visto más río que el de su patria, le engañaban al segundo vaso. +Mientras él se perdía en sus recuerdos y en sus sueños pretéritos, que +daba por realizados, sus compadres interrumpiéndole, entre alabanzas y +admiraciones, le sacaban pellejos y más pellejos de vino pagaderos.... +«De eso no había que hablar». «El hombre es honrado» decía el artillero +y añadía: «Si yo tengo un duro pongo por ejemplo, y un amigo, por una +comparación, necesita ese duro... y quien dice un duro dice veinte +arrobas de vino, pongo por caso...». Pocos años necesitó, a pesar de la +prosperidad con que el comercio había empezado, para tocar en la +bancarrota. Se atrevió un parroquiano a no pagar y tras él fueron otros, +y al fin no le pagaba casi nadie. Paula que había dominado a dos curas, +y estaba dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido. «Lo que +tú quieras, tienes razón», decía él, y a la media hora volvía a las +andadas. Si ella se irritaba, se le acababa a él lo que llamaba la +paciencia, y una vez en el terreno de la fuerza el artillero vencía +siempre; fuerte era como un roble Paula, pero Francisco había sido el +más arrogante mozo de nuestro ejército, y tenía músculos de oso. Había +nacido en lo más alto de la montaña y hasta los veinte años había +servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza llamó a las +puertas, y Paula se decidió a dejar su comercio, De Pas decretó dedicar +los pocos cuartos que sacaron libres a la industria ganadera. Tomó vacas +en parcería y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del +pastoreo, en los más empinados vericuetos. Allí pasó la niñez y llegó a +la adolescencia Fermín, a quien su madre había deseado hacer +clérigo.--«Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre», +gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a +aprender latín con el cura de Matalerejo. El comercio de ganado no fue +mejor que el de vino. A Francisco se le ocurrió que él había sido +siempre un gran tirador; se consagró a la caza y perseguía corzos, +jabalíes, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se +atrevía. Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro +hombres que conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en +unas angarillas improvisadas con ramas de roble. Había caído de lo alto +de una peña abrazado a la osa mal herida que perseguían los vaqueros +hacía una semana. Murió con gloria el artillero, pero su viuda se +encontró abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte, +dueña de créditos sin fin que no se cobrarían jamás. Volvió a +Matalerejo, después de perder por embargo cuanto tenía. Llevaba aquellos +papeles inútiles y el hijo que había de ser clérigo. Era Fermín ya un +mozalbete como un castillo; sus 15 años parecían veinte; pero Paula +hacía de él cuanto quería, le manejaba mejor que a su padre. Le hizo +estudiar latín con el cura, el mismo que había dado la dote perdida por +el difunto. Había que adelantar tiempo y Fermín lo adelantó; estudiaba +por cuatro y trabajaba en los quehaceres domésticos de la Rectoral; +cuidaba la huerta además y así ganaba comida y enseñanza. Iba a dormir a +la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había levantado cuatro +tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no +subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, quien hizo el +desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no temía lo que pudiera +decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un +tiempo había amenazado terrible, cruel y fría. + +La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la +claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la +pasión del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que +dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las +noches de invierno interminables el _hijo del cura_, como le llamaban +cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermín, +que había probado a muchos que el estudio no le había debilitado los +brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento +le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera +piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su +madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que +le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos +aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor, +una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en +su espíritu. Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y +muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella +explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella +turba de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de +fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna pendencias, +brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energía de +Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con +más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio. +También ponía en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escándalo. A +veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas +trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía: + +--Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver sangre. Si te ven +entre estos ladrones, creerán que eres uno de ellos. + +Fermín, por respeto y por asco obedecía, y cuando el estrépito era +horrísono, tapaba los oídos y procuraba enfrascarse en el trabajo hasta +olvidar lo que pasaba detrás de aquellas tablas, en la taberna. Algo más +que las reyertas entre los parroquianos ocultaba Paula a su hijo. Aunque +ya no era joven, su cuerpo fuerte, su piel tersa y blanca, sus brazos +fornidos, sus caderas exuberantes excitaban la lujuria de aquellos +miserables que vivían en tinieblas. «_La Muerta_ es un buen bocado», se +decía en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura pálida; y +creyendo fácil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban sobre +ella como sobre una presa; pero Paula los recibía a puñadas, a patadas, +a palos; más de un vaso rompió en la cabeza de una fiera de las cuevas y +tuvo el valor de cobrárselo. Estos ataques de la lujuria animal solían +ser a las altas horas de la noche, cuando el enamorado salvaje se +eternizaba sobre su banco, para esperar la soledad. Fermín estudiaba o +dormía. Paula cerraba la puerta de la calle, porque la autoridad le +obligaba a ello. No despedía al borracho, aunque conocía su propósito, +porque mientras estaba allí hacía consumo, suprema aspiración de Paula. +Y entonces empezaba la lucha. Ella se defendía en silencio. Aunque él +gritase, Fermín no acudía; pensaba que era una riña entre mineros. +Además, le temían unos por fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer +sin que él se enterase. Pero nunca vencían. A lo sumo un abrazo furtivo, +un beso como un rasguño. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Más asco +le daba barrer las inmundicias que dejaban allí aquellos osos de la +cueva. + +Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quería teólogo, +nada de misa y olla. Allí estaba ella para barrer hacia la calle aquel +lodo que entraba todos los días por la puerta de la taberna; a ella la +manchaba, pero a él no; él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo +en los libros de la ciencia que le había de hacer señor; y su madre allí +fuera, manejando inmundicia entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo +el porvenir de su hijo; el de ella, también, pues estaba segura de que +llegaría a ser una señora. Allá en la Montaña, en cuanto Fermín había +aprendido a leer y escribir, le había obligado a enseñarle a ella su +ciencia. Leía y escribía. En la taberna, entre tantas blasfemias, entre +los aullidos de borrachos y jugadores, ella devoraba libros, que pedía +al cura. + +Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo +iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto. + +El cura, Fermín, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, la +habían aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tráfico +repugnante; ¿no la aburría pasar la vida entre borrachos y jugadores que +se convertían tan a menudo en asesinos? + +«¡No, no y no!». Que la dejasen a ella. Estaba haciendo bolsón sin que +nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria que emprendiese, con +sus pocos recursos, no podría ganar la décima parte de lo que iba +ganando allí. Los mineros salían de la obscuridad con el bolsillo +repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban bien, derrochaban y +comían y bebían veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y +caros. En la taberna de Paula todo era falsificado; ella compraba lo +peor de lo peor y los borrachos lo comían y bebían sin saber lo que +tragaban, y los jugadores sin mirarlo siquiera, fija el alma en los +naipes. + +El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable. Por eso +no había prendido ya fuego a la taberna con todos _los ladrones_ dentro. + +No dejó el tráfico hasta que los estudios y la edad de Fermín lo +exigieron. Hubo que dejar el país y por recomendaciones del párroco de +Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen del +Camino, a una legua de León, en un páramo. Fermín, también por +influencia de Matalerejo (el cura), y del párroco de la Virgen del +Camino, entró en San Marcos de León en el colegio de los Jesuitas, que +pocos años antes se habían instalado en las orillas del Bernesga. El +muchacho resistió todas las pruebas a que los PP. le sometieron; +demostró bien pronto gran talento, sagacidad, vocación, y el P. Rector +llegó a decir que aquel chico había nacido jesuita. Paula callaba, pero +estaba resuelta a sacar de allí a su hijo en tiempo oportuno, cuando +ella pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le +quería jesuita. Le quería canónigo, obispo, quién sabe cuántas cosas +más. Él hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, de los mártires +del Japón, de imitar su ejemplo; leía a su madre, con los ojos +brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros +del P. Sevillano, de la compañía, allá en tierra de salvajes. Paula +sonreía y callaba. ¡Bueno estaría que después de tantos sacrificios el +hijo se le convirtiera en mártir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la +locura de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja +mucha plata el día que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de +la Autoridad civil; pero el cura es pobre. + +Paula veía pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero aquello era +como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio de revolver +trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama de cura +corrió por toda la provincia; el párroco de la Virgen tenía la +imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad, +su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a +la mesa, después de comer bien y beber mejor. Cundió la fama de Paula, y +un canónigo de Astorga se la arrebató al cura de la Virgen. Fue una +traición y Paula una ingrata. Sin embargo, el canónigo era un santo, la +traición no había sido suya. Don Fortunato Camoirán no era capaz de +traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la aceptó, sin sospechar +que a los pocos meses sería él su esclavo. + +Nada convenía a Paula como un amo santo. Al año de servir al canónigo +Camoirán se vanagloriaba de haberle salvado varias veces de la +bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: todo hubiera +sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con +la ganzúa de la caridad. Paula puso en orden todo aquello. Camoirán se +lo agradeció y siguió dando limosna a hurtadillas, pero poca; lo que +podía sisar al ama. Era el canónigo incapaz de gobernarse en las +necesidades premiosas de la vida, no entendía palabra de los intereses +del mundo, y al poco tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos, +sus manos, sus oídos, hasta su sentido común. Sin Paula acaso, acaso le +hubieran llevado a un hospital por loco y pobre. + +Aquel imperio fue el más tiránico que ejerció en su vida el ama de +llaves. Lo aprovechó para la carrera de Fermín: el canónigo comprendió +que debía mirar al estudiante como a cosa suya; si Paula le consagraba +la vida a él, él debía consagrar sus cuidados y su dinero y su +influencia al hijo de Paula. Además, el mozo le enamoraba también; era +tan discreto, tan sagaz como su madre y más amable, más suave en el +trato. Pero había que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, el mozo +lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de jesuita lo +exigía. Se le sacó y entró en el Seminario, a terminar la teología. Fue +presbítero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a +predicar en San Isidro de León, y en Astorga, y en Villafranca y donde +quiera que el canónigo Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía +influencia. Cuando a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, él +vaciló; mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz: +pero Paula le amenazó con abandonarle.--«¡Eso era absurdo!». Solo ya no +podría vivir. «No por usted, señor; por el chico es necesario aceptar». +--«Acaso tenía razón». Camoirán aceptó por el chico... y fueron todos a +Vetusta. Pero allí se le buscó al Obispo una ama de llaves y Paula +siguió ejerciendo desde su casa sus funciones de suprema inspección. +Fermín fue medrando, medrando; el muchacho valía, pero más valía su +madre. Ella le había hecho hombre, es decir, cura; ella le había hecho +niño mimado de un Obispo, ella le había empujado para llegar adonde +había subido, y ella ganaba lo que ganaba, podía lo que podía... ¡y él +era un ingrato! + +A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después de +larga conversación con su madre, se encerró en su despacho a repasar en +la memoria todo lo que él sabía de los sacrificios que aquella mujer +fuerte había emprendido y realizado por él, porque él subiera, porque +dominase y ganara riquezas y honores. + +--«¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato!» y el amor filial le arrancaba dos +lágrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en +aquellas fuentes secas por tantos años. + +«¿Cómo lloraba él? ¡Cosa más rara! ¿Sería el alcohol la causa de aquel +llanto? Acaso. ¿Sería... lo que había sucedido aquel día? Tal vez todo +mezclado. Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era +cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos». + +Abrió el balcón del despacho de par en par. Ya había salido la luna, que +parecía ir rodando sobre el tejado de enfrente. La calle estaba +desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos pálidos de la +luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. «¡Qué cosas +tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas estaba +sintiendo! Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al +mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así había él +empezado a ponerse enfermucho, allá en los Jesuitas: pero entonces sus +anhelos eran vagos y ahora no; ahora anhelaba... tampoco se atrevía a +pedir claridad y precisión a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas +místicas, ansiedades de filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba +y producía aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las +fibras más hondas...». La sonrisa de la Regenta se le presentó unida a +la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y recordó una +a una todas las veces que le había sonreído. En los libros aquello se +llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras. +No; estaba seguro que aquello no era amor. El mundo entero, y su madre +con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa +aquella amistad inocente. ¡Si sabría él lo que era bueno y lo que era +malo! Su madre le quería mucho, a ella se lo debía todo, ya se sabe, +pero... no sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos finos, +sublimes... había que perdonarla. Sí, pero él necesitaba amor más blando +que el de doña Paula... más íntimo, de más fácil comunión por razón de +la edad, de la educación, de los gustos... Él, aunque viviera con su +madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha +suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el +nombre de grandes. Le faltaba compañía en el mundo; era indudable. + +De una casa de la misma calle, por un balcón abierto, salían las notas +dulces, lánguidas, perezosas de un violín que tocaban manos expertas. Se +trataba de motivos del tercer acto del _Fausto_. El Magistral no conocía +la música, no podía asociarla a las escenas a que correspondía, pero +comprendía que se hablaba de amor. El oír con deleite, como oía, aquella +música insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso: +pero... ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba +sintiendo él! + +De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que +había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez +menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu. Se tuvo una +lástima tiernísima; y mientras el violín gemía diciendo a su modo: + + _Al palido chiaror_ + _che vien degli astri d'or_ + _dami ancor contemplar il tuo viso..._ + + +el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas +telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos.... Mirábala ni +más ni menos como decía Trifón Cármenes en _El Lábaro_ que la +contemplaba él, todos los jueves y domingos, los días de folletín +literario. + +«¡Medrados estamos!» pensó don Fermín al dar en idea tan extravagante. Y +entonces volvió a ocurrírsele que en aquel sentimentalismo de última +hora debía de tener gran parte la copa de cognac, o lo que fuese. + +Abajo era día de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doña Paula al buen +Froilán Zapico, el propietario de _La Cruz Roja_ ante el público y el +derecho mercantil. Froilán era un esclavo blanco de doña Paula; a ella +se lo debía todo, hasta el no haber ido a presidio; le tenía agarrado, +como ella decía, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño +del comercio, sin miedo de una traición. Le llamaba de tú y muchas veces +animal y pillastre. Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la +boca, y decía con una calma de filósofo cínico: «Cosas del alma». Vestía +de levita, y hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tenía que +parecer un señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de _La +Cruz Roja_, el comercio más próspero de Vetusta, el único en su género, +desde que el mísero de don Santos Barinaga se había ido arruinando. + +Doña Paula había casado a Froilán con una criada de las que ella tomaba +en la aldea, una de las que habían precedido a Teresa en sus funciones +de doncella cerca del señorito. Había dormido como Teresa ahora, a +cuatro pasos del Magistral. + +Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froilán. +Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón. Creía +comprender. Pero él era muy filósofo: no se paraba en ciertos requisitos +que otros miran mucho. El ama, al proponerle el matrimonio, había +pensado: «Esto es algo fuerte; pero ¡ay de él si se subleva!». Froilán +no se sublevó. Juana era muy buena moza y sabía cuidar a un hombre. Se +casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de +soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida «de +haber estirado mucho la cuerda» observó que el novio estaba muy +contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer. + +«Gordas las tragas, Froilán, eres un valiente», pensaba ella admirándole +y despreciándole al mismo tiempo. + +Y él sonreía con más socarronería que nunca. + +«Buen chasco se había llevado la señora; si ella supiera...» pensaba él +fumando su pipa. Pero es claro que jamás dijo a doña Paula el secreto de +aquella noche en que hubo sorpresas muy diferentes de las que suponía la +señora. + +Era el único secreto que había entre ama y esclavo; la única mala pasada +que ella le había querido jugar.... Y como tampoco había tenido mal +resultado, sino muy beneficioso para Zapico, este seguía estimando a +doña Paula. Ella, al verle tan contento, nada resentido, rabiaba por +atreverse a preguntar; y él, muy satisfecho con el engaño del ama que +había sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos +callaban. No había más que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendían +a veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el +rostro del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Doña +Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la mano por las barbas +de puerco-espín que tenía debajo del mentón afeitado. + +Allí lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, limpias. +Froilán era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella casa el +recuento de la moneda era un culto. Desde niño se había acostumbrado don +Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de +dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la +plata. Allá abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la que no se +pasaba, desde la casa del Magistral por sótanos, como suponía la +maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la medianería en el piso +terreno, doña Paula, subida a una plataforma, ante un pupitre verde, +repasaba los libros del comercio y en serones de esparto y bolsas +grasientas contaba y recontaba el oro, la plata y el cobre o el bronce +que Froilán iba entregándole, en pie, en una grada de la plataforma, más +baja que la mesa en que el ama repasaba los libros. Parecía ella una +sacerdotisa y él un acólito de aquel culto platónico. El mismo don +Fermín, las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sentía un vago +respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre, +más pálido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una +Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusología. + +Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la +trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo había un gran foco de +podredumbre, aguas sucias estancadas. Oía vagos rumores lejanos del +chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino +timbre. Aquellos ruidos apagados por la distancia subían por el hueco de +la escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violín volvió a +rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían titilar +como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto +en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista +arrastraba perezosamente por las cuerdas del violín los quejidos de la +Traviata momentos antes de morir. + +El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se +acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el +arroyo. Era don Santos Barinaga, que volvía a su casa,--tres puertas más +arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente--. De Pas no le +conoció hasta que le vio debajo de su balcón. Pero antes, al pasar junto +a la casa donde sonaba el violín, Barinaga, que venía hablando solo, se +detuvo y calló. Se quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono +truncado, y alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente. De vez en +cuando hacía signos de aprobación.... «Conocía aquello; era la +_Traviata_ o el _Miserere del Trovador_, pero en fin cosa buena». + +«Perfecta... mente», dijo en voz alta; que sea muy enhorabuena, +Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada de +comercio... en esta tierra de ladrones. ¿Eh...? + +«Es el hijo del cerero», añadió mirando a un lado, hacia el suelo; como +contándoselo a otro que estuviese junto a él y más bajo. El violín calló +y don Santos dio media vuelta, como buscando las notas que se habían +extinguido. Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un +rótulo de letras doradas que decía: «La Cruz Roja». + +Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y +extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo, +gritó:--¡Ladrones! Sí, señor--dijo en voz más baja--, no retiro una sola +palabra... ladrones; usted y su madre señor Provisor... ¡ladrones! + +Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió +brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el +vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó +las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír +sin ser visto. Para mayor seguridad bajó la luz del quinqué y lo metió +en la alcoba. Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos +de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche, +sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la +misma hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones, +mientras él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse para +oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les atribuía a él y a +su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía; pero ¿quién +hacía caso de un miserable, víctima del aguardiente? + +Barinaga seguía diciendo:--Sí, señor Provisor, es usted un ladrón, y un +simoniaco, como le llama a usted el señor Foja... que es un liberal... +eso es, un liberal probado.... + +Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose a su propia +sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se acercaba a la +puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo señor De Pas, le +dijo: + +--¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!... usted ha arruinado a mi +familia... usted me ha hecho a mí hereje... masón, sí, señor, ahora soy +masón... por vengarme... por... ¡abajo la clerigalla! + +Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta +a la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y +desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe, +su buen amigo. + +El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin acelerar el +paso. + +--Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado... y te aprecio... +pero este carcunda, este comehostias, este _rapa-velas_, este maldito +tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrón, y lo sostengo.... +Toma un pitillo. + +Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y +dijo con voz grave: + +--Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la puerta? + +--¿Qué puerta?--La de su casa...--Yo no tengo ya casa... yo soy un +pordiosero... ¿no lo ves? ¿no ves qué pantalones, qué levita?... Y mi +hija... es una mala pécora... también me la han robado los curas, pero +no ha sido este.... Este me ha robado la parroquia... me ha arruinado... +y don Custodio me roba el amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo +no tengo hogar... ni tengo puchero a la lumbre.... ¡Y dicen que bebo!... +¿qué he de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el +aguardiente... ¿qué sería de este anciano?... + +--Vamos, don Santos, vamos a casa...--Te digo que no tengo casa... +déjame... hoy tengo que hacer aquí... Vete, vete tú... Es un secreto... +ellos creen... que no se sabe... pero yo lo sé... yo les espío... yo les +oigo.... Vete... no me preguntes... vete.... + +--Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de +usted los vecinos... y yo... qué quiere usted.... + +--Sí, tú... es claro, como soy un pobre.... Vete, déjame con esta ralea +de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza. + +El sereno cantó la hora y siguió adelante. + +Don Santos le convidaba a veces a _echar_ una copa... ¿qué había de +hacer? Además, no solía alborotar demasiado. + +Quedó solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrás de las +vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para sus +adentros su víctima.... + +Don Santos volvió a su monólogo, interrumpido por entorpecimientos del +estómago y por las dificultades de la lengua. + +--¡Miserables!--decía con voz patética, de bajo +profundo--¡miserables!... ¡Ministro de Dios!... ¡ministro de un +cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado +comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el pan a +nadie... que no obligo a los curas de toda la diócesis... eso, eso, a +comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, casullas, lámparas +(iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y demás, +con otros artículos... como aras; sí señor ¡que nos oigan los sordos, +señor Magistral! usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias +del obispado... y yo que lo supe... adquirí una gran partida de +ellas..., porque creí que era usted... una persona decente... un +cristiano.... ¡Buen cristiano te dé Dios! ¡Jesús... que era un gran +liberal, como el señor Foja... eso es... un republicano... no vendía +aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy +empeñado, embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras +al precio que ha querido... ¡se sabe todo, todo, señor apaga-luces... +_don_ Simón el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... ¿Ven ustedes este +santurrón? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado también +al cerero.... Y papel pintado... Él mismo ha hecho empapelar el Santuario +de Palomares... que lo diga la sociedad de Mareantes de aquel puerto... +si es un ladrón... si lo tengo dicho... un ladrón, un Felipe segundo... +Óigalo usted, ¡so pillo! yo no tengo esta noche qué cenar... no habrá +lumbre en mi cocina... pediré una taza de té... y mi hija me dará un +rosario.... ¡Sois unos miserables!... (Pausa.) ¡Vaya un siglo de las +luces! (señalando al farol) me río yo... de las luces... ¿para qué +quiero yo faroles si no cuelgan de ellos a los ladrones?... ¡Rayos y +truenos! ¿y esa revolución?... ¡el petróleo!... ¡venga petróleo!... + +Calló un momento el borracho, y a tropezones llegó a la puerta de La +Cruz Roja. Aplicó el oído al agujero de una cerradura, y después de +escuchar con atención, rió con lo que llaman en las comedias risa +sardónica. + +--¡Ja, ja, ja!--venía a decir, con la garganta y las narices--... ¡Ya +están dándole vueltas!... Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os +ocultéis... bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío; +esa plata es del cerero.... ¡Venga mi dinero, señora doña Paula... venga +mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi dinero es +mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga! + +Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura. + +El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó sobre la barandilla +para ver a don Santos. + +--¿Oirá algo? Parece imposible.... + +Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa +escuchó también con atención profunda.... Sí, él oía algo... era el +choque de las monedas, pero el ruido era confuso, podía conocerse +sabiendo antes que estaban contando dinero... pero desde la calle no +debía de oírse nada... era imposible.... Mas la idea de que la +alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más +todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso.... + +--¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!... Y todo +eso es mío y del cerero.... ¡Ladrones!... Caballero Magistral, +entendámonos; usted predica una religión de paz... pues bien, ese dinero +es mío.... + +Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre el sombrero +verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, exclamó: + +--Nada de violencias... ¡Ábrase a la justicia! ¡En nombre de la ley, +abajo esa puerta! + +--¡Señor don Santos, a la cama!--dijo el sereno, ya de vuelta--. No +puedo consentir que usted siga escandalizando.... + +--Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. Usted representa +la ley... pues bien... ahí están contando mi dinero. + +--Ea, ea, don Santos basta de desatinos. + +Y le cogió por un brazo, para llevárselo por fuerza. + +--Porque soy pobre... ¡ingrato!--dijo Barinaga cayendo en profundo +desaliento. + +Se dejó arrastrar. El Magistral, desde su balcón, escondido en la +obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo +entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había estado arrojando +lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa. + +Don Fermín estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes de +aquel borracho, de las palabras que más eructaba que decía: «¿Podía una +copa de cognac, una comida algo fuerte, un poco de Burdeos, producir +aquella irritación en la conciencia, en el cerebro o donde fuera?». No +lo sabía, pero jamás la presencia de una de sus víctimas le había +causado aquellos escalofríos trágicos que se le paseaban ahora por el +cuerpo. Se figuraba la tienda vacía, los anaqueles desiertos, mostrando +su fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus +muertos.... Y veía el hogar frío, sin una chispa entre la ceniza.... +¡Quién pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de té por que +suspiraba en su extravío; o caldo caliente... algo de lo que sirve a los +enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos! + +Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta de la +tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El Magistral oyó +retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abrían. Al Provisor +le consumía la impaciencia. «¿Se habrá dormido esa beatuela?», pensó. + +A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las palabras del +sereno y de Barinaga; parecía que hablaban un idioma extraño. + +Repitió Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abrió un balcón y +una voz agria dijo desde arriba. + +--¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con estrépito. Entró don Santos +en la tienda, que era como el Magistral se la había representado, y +dejándose alumbrar por el sereno atravesó el triste almacén donde +retumbaban los pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera +lentamente, respirando con fatiga. El sereno salió, después de entregar +la llave al amo de la casa. Cerró de un golpe y se fue calle arriba. +Obscuridad y silencio. El Magistral abrió entonces su balcón de par en +par y tendió el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa de Barinaga, +pretendiendo oír algo. + +Al principio parecía aprensión lo que oía, como si sonara dentro del +cerebro... pero después, cuando se vio luz detrás de los cristales, el +Magistral pudo asegurar que allí dentro reñían, arrojaban algo sobre el +piso de madera.... + +Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con +don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El +bando del Arcediano y del beneficiado había querido sacar gran partido +de la situación del infeliz don Santos para combatir al Magistral; para +ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su +padre. Bebía el señor Barinaga y en esto ya no se podía culpar de su +miseria al Provisor. «Es claro, dirían los partidarios de don Fermín, +todo lo gasta en aguardiente, está siempre borracho y espanta la +parroquia ¿cómo se quiere que el clero consuma los géneros de un +perdido... que además es un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar +de las amonestaciones y malos tratos de su hija, Barinaga no había +querido pasarse al partido contrario; se había hecho libre-pensador y +renegaba de todo el culto y de todo el clero.--Nada, nada; repetía, +todos son iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarán; el mal está en la +raíz; ¡fuego en la raíz! ¡abajo la clerigalla!». Y cuanto más borracho, +más de raíz quería cortar. En vano su hija le daba tormento doméstico +para convertirle. Sólo conseguía hacerle llorar desesperado, como el +infeliz rey Lear, o que montase en cólera y le arrojase a la cabeza +algún trasto. Ella pasaba plaza de mártir, pero el mártir era él. + +Como don Santos había sospechado, Celestina no quiso darle té, ni tila, +ni nada; no había nada. No había fuego, ni eran aquellas horas.... Hubo +gritos, llantos y trastos por el aire. El Magistral, gracias al silencio +de la noche, oía vagos rumores de la reyerta, que se alargaba, como si +no hubiera sueño en el mundo. A él se le cerraban los ojos, pero no +sabía qué fuerza le clavaba al balcón.... + +Aborrecía en aquel momento a Celestina. Recordó que era la joven que +había visto días antes a los pies de don Custodio junto a un +confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la había reconocido. Tenía +facha de sabandija de sacristía... de cualquier cosa. + +Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un golpe +seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo +obscuro. + +El sereno cantó las doce a lo lejos. + +Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces. + +El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían». + +La claridad de la vidriera desapareció de repente. + +El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz. + +El sereno volvió a cantar las doce... más lejos. + +De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes: + +--¡Ya estará durmiéndola! + +Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de +turbar el silencio de la noche. + +Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba. + +Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que +dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso. + +El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho. + +«Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! es decir, ya era hoy; +dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus pies confesando culpas que +había olvidado el otro día». + +--¡Sus pecados!--dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en +la llama del quinqué--¡si yo tuviese que confesarle los míos!... ¡Qué +asco le darían! + +Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don +Santos: + +«¡Ladrón... ladrón... _rapavelas_!». + +FIN DE LA PRIMERA PARTE + + + + + +La Regenta + +por + +Leopoldo Alas «Clarín» + +Librería de Fernando Fé, Madrid + +1900. + + + + +TOMO II + + + + +--XVI-- + + +Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele +lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa +y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del +viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo +que se llama el _veranillo de San Martín_. Los vetustenses no se fían de +aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar +de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta +fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo +del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos +protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve +usted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a +las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el +cielo o el suelo, todo no puede ser». + +Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las +campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía +una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, +y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de _otro_ invierno +húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos +bronces. + +Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre. + +Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de +estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, +que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la +taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo +impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con +pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos +objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran +símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro +abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el +marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una +mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había +servido para uno y que ya no podía servir para otro. + +Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las +campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en +toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos +martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune, +irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad +irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de +molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran _fúnebres +lamentos_, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versos +del _Lábaro_ del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazo +de su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino +de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; _¡tan, tan, tan!_ +¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos? +tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel _otro_ invierno. + +La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró _El +Lábaro_. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que +hacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los +acendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran los +placeres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». En +opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como había +dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo no +había que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas +_decididamente_. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, el +redactor, que había comenzado lamentando lo _solos que se quedaban_ los +muertos, concluía por envidiar su buena suerte. _Ellos_ ya sabían lo que +había _más allá_, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: _to be +or not to be_. ¿Qué era el más allá? Misterio. De todos modos el +articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y +firmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas en +lugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad, +aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, más +mecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué +triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original +sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad +convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por +las inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo del +mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas +con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!». +Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía de +tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglones +desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía +leer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí +los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros +versos, sin saber lo que querían decir.... Y de repente recordó que ella +también había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también. +«¿Si habría sido ella una _Trifona_? Probablemente; ¡y qué desconsolador +era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con +qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas, +místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray +Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos +fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los sentimientos +que los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? No +mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a +sentir una reacción de religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería ella +más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni +prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de la +poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!». + +Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la +exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de +todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a Frígilis, y +concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan +indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas. + +Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la +Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá del +Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de +cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran +la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres; +de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban +también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros +adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de +cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de +siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era +el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus +muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las _personas +decentes_ no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no +tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando, +luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año. +Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes +eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre, +el gesto algo más compuesto.... Se paseaba en el Espolón como se está en +una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún +pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegría +contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era en +la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofo +vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus +conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene +con los otros; cualquiera menos él. + +Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses; +aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que +se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el +rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza +ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta +de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a +la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada +de hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que +sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido no +había que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablaba +de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de +los nervios o lo que fuera. + +Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre +Quintanar y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocos +días, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se +había dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la +tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se +declaró cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D. +Víctor y la del Banco. + +Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué mujer era +Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguía +su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito +le ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer... y nada. +Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no +adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en el ajo?». Visita se impuso +la obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de las +tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí, +mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la _otra_. +Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a las +siete. «¡Hola! allí había gato». No presumía la del Banco las +atrocidades que se le habían pasado por la imaginación a Mesía; no +pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura +como la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que +despreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana era +también romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita +romanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre todo tan +pronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía era que el +Provisor, por hacer guerra al otro--las razones de pura moralidad no se +le ocurrían a la del Banco--empleara su grandísimo talento en convertir +a la Regenta y hacerla beata. ¡Qué horror! Era preciso evitarlo. Ella, +Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella +había caído; por lo menos verla padecer con la tentación. Nunca se le +había ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos +intensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había descubierto, +quería gozar aquellos extraños sabores picantes de la nueva golosina. +Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por +lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta +apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas, +asperezas en los labios. «Él dirá lo que quiera, pero está _chiflado_», +pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad +como la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía +en el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, los +necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al +gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía en +aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce +no la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nueva +pasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a la +impecable, en brazos de D. Álvaro; y también le gustaba ver a D. Álvaro +humillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por la +caída de la otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarse +sin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la +mala intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la +primer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo +Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas +visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus +tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros +artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las +excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa +fortuna. Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D. +Álvaro que no le temía. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes; +sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo. + +Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo +Octubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había declarado maestra +de la niña colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de robles +seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín Orgaz y otros +_íntimos_; veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado y +embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólica +picante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos, +saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentación +grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de +lejos, vista a sangre fría. D. Álvaro había notado que por este camino +poco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.--Nada más ridículo +en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no +fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel +dogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era +romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... ídem; +respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la +brisa... ídem; decir algo de las estrellas... ídem; encontrar expresión +amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla... ídem; tener +lástima de los niños pobres... ídem; comer poco... ¡oh! esto era el +colmo del romanticismo. + +--La de Páez no come garbanzos--decía Visita--porque eso no es +romántico. + +La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, era +romanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía ella a don +Álvaro: + +--Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, la +platónica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que +luego se van _dando pisto_ al Casino con sus demasías, no tiene nada de +particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivo +para desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a atrever a tocarle el +pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a mí no me la da; por +aquello de «_pulvisés_». + +En eso confiaba Mesía, en el _pulvisés_ de Visita; pero se impacientaba +ante aquel _romanticismo_ de la Regenta. Él creía firmemente que «no +había más amor que uno, el material, el de los sentidos; que a él había +de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser +tarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar ni +un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo». + +«Además pensaba don Álvaro, el día que yo me atreva, por tener ya +preparado el terreno, a intentar un ataque franco, _personal_ (era la +palabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo, +aunque parece que es el lugar más a propósito. He notado que esta mujer +enfrente de la naturaleza, de la bóveda estrellada, de los montes +lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchón, calla, y +se _sublimiza_, allá a sus solas. Está hermosísima así, pero no hay que +tocar en ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas +con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; se le había figurado +que aquella señora, a quien estaba seguro de gustar en el salón del +Marqués, allí le despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantar +después los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho: +«Esta mujer me está midiendo; me está comparando con los árboles y me +encuentra pequeño; ¡ya lo creo!». + +Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lo +presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas las +noches con él. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de sus +ensueños. ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerza +todo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a +despreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada +del espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del +enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas +pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, y +pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus +esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma. +Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía de juguete a +una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía la fe, que +se afanaba en conservar y hasta fortificar--con el terror de quedarse a +obscuras y abandonada si la perdía--volvía a desmoronar aquella +torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía mil +veces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplina +religiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto +desaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha se +recobraba.... Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contener +los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con +gran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado, +si daba un mal paso. + +Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes de +comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni en +las demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritual +dudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al +determinarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir: +no habló de la gran tentación que la empujaba al adulterio--así se +llamaba--mucho tiempo hacía. + +Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó a sí misma, y el +Magistral sólo supo que Ana vivía de hecho separada de su marido, _quo +ad thorum_, por lo que toca al tálamo, no por reyerta, ni causa alguna +vergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella. +Sí, esto lo confesó Ana, ella no amaba a su don Víctor como una mujer +debe amar al hombre que escogió, o le escogieron, por compañero; otra +cosa había: ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de la +naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde no +quería caer; sentía tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objeto +conocido; ansiedades inefables; sequedades del ánimo repentinas, agrias +y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y +buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel +estado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el +particular; nada de acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía a +preguntar a la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sido +necesariamente parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad le +quemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus +conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza más +de lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, lo primero +era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgares +de la humanidad. + +«En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aún +de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por +la grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del espíritu y después... +ella hablará... y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nada +entre dos platos». + +De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asís +y en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones que +tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajón sagrado no +había modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer como +Anita. + +La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. Veía con +placer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vida +virtuosa mediante la consabida _higiene espiritual_, que a escudriñar lo +pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como él +las había llamado hablando de estas cosas. + +«Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta; +había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo +notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese +camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchas +curvas, andar mucho y subir poco... pero no había remedio; después, más +arriba, sería otra cosa; ya se le haría subir por la línea de máxima +pendiente». Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en +tal asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapase +aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo. + +Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; cada palabra iba +cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; la +interrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultas +con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; y +aquel día pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicada +en la forma como todas las anteriores. Pero él entró en el coro menos +tranquilo que solía. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando +los relieves lúbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras los +colegiales ponían el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las +revelaciones de la Regenta. + +«¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase por la noche, y sin +que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensaciones +importunas, que a tener responsabilidad de ellas serían pecado +cierto.... «En plata, que doña Ana soñaba con un hombre...». Don Fermín +se revolvía en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno +de brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo índice de la mano derecha +frotaba dos prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve, +que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, sin pensar +en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignorancia +el secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba la Regenta? ¿Era +una persona determinada...? Y poniéndose colorado como una amapola en la +penumbra de su asiento, que estaba en un rincón del coro alto, pensaba: +¿seré yo? + +Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves del +sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que allá +abajo gruñía recitando de mala gana los latines de _Prima_. + +«No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistad +naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, en +vulgar escándalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le habían +acusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de los +ensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo, +¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la +tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver +con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de +los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su +voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era +aquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, lo que él quería era +una afición poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambición, +que le parecía ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis. +Ya lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle. + +»¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, quería que su +interés por doña Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado de +aquellos otros anhelos de volar más alto, de ser obispo, jefe de la +iglesia española, vicario de Cristo tal vez. Esta ambición de algunos +momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía, +quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la +vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.... Y sólo por +medio de una pasión noble, ideal, que un alma grande sabría comprender, +y que sólo un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerar +pecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr tan alto y tan +loable intento.--Sí, sí--concluía el Magistral: yo la salvo a ella y +ella, sin saberlo por ahora, me salva a mí». + +Y cantaban los del coro bajo: _Deus, in ajutorium meum intende_. + +La tarde de _Todos los Santos_ Ana creyó perder el terreno adelantado en +su curación moral; la aridez del alma de que ella se había quejado a D. +Fermín, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le había demostrado +ser debilidad común, y hasta de los santos, y general duelo de los +místicos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolvía el +espíritu como una cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo de +luz del cielo. + +«¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba que las tenía dentro del +cerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgia +que quería enseñorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos mal +avenidos. + +Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez, +fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias de +escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las +había oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecían +materia digna de atención. + +«De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vez +el mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos y +los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podía +asegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes antes +había pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, llevándola +consigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz. +«Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía mucho +talento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caía de +lo alto a lo mejor, la que volvía a aquel enojo, a la aridez que le +secaba el alma en aquel instante». + +Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni +chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en el +cementerio o en el Espolón.... + +Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza +de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía, +jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y +ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el +animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear, +revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; como si el +caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitado +por las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía de lejos y no vaciló +en acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcón de la +Regenta. + +El estrépito de los cascos del animal sobre las piedras, sus graciosos +movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de repente +de vida y alegría, y la Regenta sintió un soplo de frescura en el alma. +¡Qué a tiempo aparecía el galán! Algo sospechó él de tal oportunidad al +ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente +sonrisa. + +No le negó la delicia de anegarse en su mirada, y no trató de ocultar el +efecto que en ella producía la de don Álvaro. Hablaron del caballo, del +cementerio, de la tristeza del día, de la necedad de aburrirse todos de +común acuerdo, de lo inhabitable que era Vetusta. Ana estaba locuaz, +hasta se atrevió a decir lisonjas, que si directamente iban con el +caballo también comprendían al jinete. + +Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que +aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día +siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que +ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el +ataque _personal_, como llamaba al más brutal y ejecutivo. Pero ni +siquiera se atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo +caso muy difícil, pues no había de dejar el caballo en la plaza. Lo que +hacía era aproximarse lo más que podía al balcón, ponerse en pie sobre +los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella tuviese que +inclinarse sobre la barandilla si quería oírle, que sí quería aquella +tarde. + +¡Cosa más rara! En todo estaban de acuerdo: después de tantas +conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción de gustos +idénticos. En un incidente del diálogo se acordaron del día en que Mesía +dejó a Vetusta y encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía +de paseo con sus tías. Se discutió la probabilidad de que fuese el mismo +coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella cuando salió +para Granada con su esposo.... + +Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de +aquel hombre que tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le +subía a la cabeza, que las ideas se mezclaban y confundían, que las +nociones morales se deslucían, que los resortes de la voluntad se +aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia +en hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, +en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se +arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer, +como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias +sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez +vetustense que condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y +necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana sentía +deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no +como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta, +ideal, en propósitos de vida santa, en anhelos de abnegación y +sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica, de otras veces +quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos, +desabridos, infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al +dilacerar la voluntad, al vencerla, causaba en las entrañas placer, como +un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de los huesos. + +«Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a +mis pies, en este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo +decía con los ojos. Se le secaba la boca y pasaba la lengua por los +labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la +señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras +las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla +en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta. + +Callaron, después de haber dicho tantas cosas. No se había hablado +palabra de amor, es claro; ni don Álvaro se había permitido galantería +alguna directa y sobrado significativa; mas no por eso dejaban de estar +los dos convencidos de que por señas invisibles, por efluvios, por +adivinación o como fuera, uno a otro se lo estaban diciendo todo; ella +conocía que a don Álvaro le estaba quemando vivo la pasión allá abajo; +que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el +agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el +agradecimiento y con el señuelo de la ocasión le derretían; y Mesía +comprendía y sentía lo que estaba pasando por Ana, aquel abandono, +aquella flojedad del ánimo. «¡Lástima, pensaba el caballero, que me coja +tan lejos, y a caballo, y sin poder apearme decorosamente, este _momento +crítico_!...». Al cual momento groseramente llamaba él para sus adentros +el _cuarto de hora_. + +No había tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de la +hora a que aludía el materialista elegante. + +Todo Vetusta se aburría aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por lo +menos; parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no por agua ni +fuego sino por hastío, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando +Mesía apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, venía a +interrumpir tanta tristeza fría y cenicienta con una nota de color vivo, +de gracia y fuerza. Era una especie de resurrección del ánimo, de la +imaginación y del sentimiento la aparición de aquella arrogante figura +de caballo y caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la +plaza de repente. Era un rayo de sol en una cerrazón de la niebla, era +la viva reivindicación de sus derechos, una protesta alegre y +estrepitosa contra la apatía convencional, contra el silencio de muerte +de las calles y contra el ruido necio de los campanarios.... + +Ello era, que sin saber por qué, Ana, nerviosa, vio aparecer a don +Álvaro como un náufrago puede ver el buque salvador que viene a sacarle +de un peñón aislado en el océano. Ideas y sentimientos que ella tenía +aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras; y fue un +motín general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo +visto, lo que la Regenta sintió con deleite dentro de sí. + +Don Álvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel día la +fiesta de Todos los Santos; había salido a paseo porque le gustaba el +campo de Vetusta en Otoño y porque sentía opresiones, ansiedades que se +le quitaban a caballo, corriendo mucho, bañándose en el aire que le iba +cortando el aliento en la carrera... + +«¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, pensando en su +placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la +vida que se complace en sí misma; los otros, los que tocaban las +campanas y _conmemoraban_ maquinalmente a los muertos que tenían +olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que había +aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de +preocupaciones absurdas; la Vetusta que la había hecho infeliz.... ¡Oh, +pero estaba aún a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; que lo supieran +sus tías difuntas; que lo supiera su marido; que lo supiera la hipócrita +aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos... toda la +clase... se sublevaba...». Así era el cuarto de hora de Anita, y no como +se lo figuraba don Álvaro, que mientras hablaba sin propasarse, estaba +pensando en dónde podría dejar un momento el caballo. No había modo; sin +violencia, que podía echarlo todo a perder, no se podía buscar pretexto +para subir a casa de la Regenta en aquel momento. + +Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía del Casino, +encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático y +caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición que, según +frase suya, «no solía prodigar». + +--Estoy por decir--aseguraba--que después de Frígilis, Ripamilán y +Vegallana, ya es don Álvaro el vecino a quien más aprecio. + +No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía +saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó a mirar +volviendo un poco la cabeza al humilde infante. + + --Hola, hola, hipógrifo violento + que corriste parejas con el viento-- + +dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos +del Príncipe _de nuestros ingenios_ o de algún otro de los _astros de +primera magnitud_. + +--A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales +nos da por fin _Don Juan Tenorio_?... Algunos beatos habían intrigado +para que hoy no hubiera función.... ¡Mayor absurdo!... El teatro es +moral, cuando lo es, por supuesto; además la tradición... la +costumbre.... Don Víctor habló largo y tendido de la moralidad en el +arte, separándose a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con +aquella disertación académica. + +Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para suplicar a +Quintanar que obligase a su esposa a ver el _Don Juan_. + +--Calle usted, hombre... vergüenza da decirlo... pero es la verdad.... Mi +mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que hay en la vida... +¡nunca ha visto ni leído el _Tenorio_! Sabe versos sueltos de él, como +todos los españoles, pero no conoce el drama... o la comedia, lo que +sea; porque, con perdón de Zorrilla, yo no sé si.... ¡Demonio de animal, +me ha metido la cola por los ojos!... + +--Sepárese usted un poco, porque este no sabe estarse quieto.... Pero +dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable! + +Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso, +absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de +Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular +y lo hizo con frases de gacetillero agradecido. + +Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo +con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan +con doña Inés de Pantoja. «Así cualquiera es conquistador». Pero fuera +de esto juzgaba _hermosa creación_ la de Zorrilla... aunque las había +mejores en nuestro teatro moderno. A don Álvaro se le antojaba muy +verosímil y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis +y meterse en casa de su novia en calidad de prometido.... + +Aventuras así las había él llevado a feliz término, y no por eso se +creía deshonrado; pues el amor no se anda con libros de caballerías, y +unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria; cuando +se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos +los requisitos del punto de honor.--Pero esta opinión también se la +calló el jefe del partido liberal dinástico de Vetusta, y unió sus +ruegos a los de don Víctor para obligar a doña Ana a ir al teatro +aquella noche. + +--Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las andadas, +a las encerronas... y... pero... ¡lo que es hoy no tienes escape!... + +En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía, +prometió solemnemente ir al teatro. + +Y fue. Entró a las ocho y cuarto (la función comenzaba a las ocho) en el +palco de los Vegallana en compañía de la Marquesa, Edelmira, Paco y +Quintanar. + +El teatro de Vetusta, o sea _nuestro Coliseo de la plaza del Pan_, según +le llamaba en elegante perífrasis el gacetillero y crítico de _El +Lábaro_, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba +entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. Si soplaba el +Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la +lucerna. Al levantarse el telón pensaban los espectadores sensatos en la +pulmonía, y algunos de las butacas se embozaban prescindiendo de la +buena crianza. Era un axioma vetustense que al teatro había que ir +abrigado. Las más distinguidas señoritas, que en el Espolón y el Paseo +Grande lucían todo el año vestidos de colores alegres, blancos, rojos, +azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro +y matices infinitos del castaño, a no ser en los días de gran etiqueta. +Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de +malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con +diente debajo de los polvos de arroz. + +Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde +predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. Como en +la comedia que representan en el bosque los personajes del _Sueño de una +noche de verano_, la fantasía tenía que suplir en el teatro de Vetusta +las deficiencias del lienzo y del cartón. No había ya más bambalinas que +las del _salón regio_, que figuraban en sabia perspectiva artesonado de +oro y plata, y las de cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte +de nuestros dramas modernos se exige _sala decentemente amueblada_, sin +artesones ni cosa parecida, los directores de escena solían decidirse en +tales casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se +hacían los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el buen +Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró de repente en +el camarín de doña Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo +inverosímil a todas luces. La decoración de bosque se había desplomado. + +Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal +anacronismos, y pasaban por todo, en particular las _personas decentes_ +de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función, +sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no +quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de señoras, ni +butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y alguna dama de +aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la +sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y plateas +donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan, interrumpen la +representación, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitación de +lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros de Madrid. Las mamás +desengañadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son o se tienen +por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de +ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la +lengua cortan los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en +general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos +noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas. +No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; únicamente +cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una +de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y +enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes +alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para +ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad. No es mucho +más atento ni impresionable el resto del público ilustrado de la culta +capital. En lo que están casi todos de acuerdo es en que la zarzuela es +superior al _verso_, y la estadística demuestra que todas las compañías +de _verso_ truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio +suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno +con ropa de verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y +se dedican a coristas endémicos para todas las óperas y zarzuelas que +haya que cantar, y otros consiguen un beneficio en que ellos pasan a +primeros papeles y, ayudados por varios jóvenes aficionados de la +población representan alguna obra de empeño, ganan diez o doce duros y +se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de _verso_ +también paran a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los +destinos de la Nación. Suele tener la culpa el empresario que no paga y +además insulta el hambre de los actores. Al considerar esta mala suerte +de las compañías dramáticas en Vetusta, podría creerse que el vecindario +no amaba la escena, y así es en general: pero no faltan clases enteras, +la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan +en teatros caseros _el difícil arte de Talía_, y con _grandes +resultados_ según _El Lábaro_ y otros periódicos _locales_. + +Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de +preferencia, que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas y +principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba +y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la +curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas que se hablaba +mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto +coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas +partes. Se discutía si el Magistral haría de su partido a la de Ozores, +si llegaría a dominar a don Víctor por medio de su esposa, como había +hecho en casa de Carraspique. Algunos más audaces, más maliciosos, y que +se creían más enterados, decían al oído de sus _íntimos_ que no faltaba +quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. Visitación y +Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento, guardaban +prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas +que no había. + +--«¡La Regenta, bah! la Regenta será como todas.... + +Las demás somos tan buenas como ella... pero su temperamento frío, su +poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos expansiva +y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como ella son +muchas...». + +Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza, +en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría +de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes. +Obdulia meditaba poco lo que decía, hablaba siempre aturdida, por +máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole filo a la calumnia sin +sospecharlo. Además el mayor crimen que podía haber en la Regenta, y no +creía ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. «En Madrid y en +el extranjero, esto es el pan nuestro de cada día; pero en Vetusta +fingen que se escandalizan de ciertas libertades de la moda, las mismas +que se las toman de tapadillo, entre sustos y miedos, sin gracia, del +modo cursi como aquí se hace todo. ¡Pero qué se puede esperar de unas +mujeres que no se bañan, ni usan las esponjas más que para lavar a los +_bebés_!». Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su +desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las +mujeres de Vetusta. + +--«Créame usted, repetía, no sabe su cuerpo lo que es una esponja, se +lavan como gatas y se la pegan al marido como en tiempo del rey que +rabió. ¡Cuánta porquería y cuánta ignorancia!». + +Ana, acostumbrada muchos años hacía, a la mirada curiosa, insistente y +fría del público, no reparaba casi nunca en el efecto que producía su +entrada en la iglesia, en el paseo, en el teatro. Pero la noche de aquel +día de Todos los Santos, recibió como agradable incienso el tributo +espontáneo de admiración; y no vio en él como otras veces, curiosidad +estúpida, ni envidia ni malicia. Desde la aparición de don Álvaro en la +plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío +negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas +las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía +supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los +sucesos preparándolos, como experto autor de comedias, según convenía al +destino de los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los +demás, la creía evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba +segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba +coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y +consejos. Tal vez era esto lo más profundo en la fe religiosa de Ana; +creía en una atención directa, ostensible y singular de Dios a los actos +de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin esta creencia no +hubiera sabido resistir las contrariedades de una existencia triste, +sosa, descaminada, inútil. Aquellos ocho años vividos al lado de un +hombre que ella creía vulgar, bueno de la manera más molesta del mundo, +maniático, insustancial; aquellos ocho años de juventud sin amor, sin +fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras, +rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no +pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y +tener en qué fundar la predilección con que la miraba. Se creía en sus +momentos de fe egoísta, admirada por el Ojo invisible de la Providencia. +El que todo lo ve y la veía a ella, estaba satisfecho, y la vanidad de +la Regenta necesitaba esta convicción para no dejarse llevar de otros +instintos, de otras voces que arrancándola de sus abstracciones, le +presentaban imágenes plásticas de objetos del mundo, amables, llenas de +vida y de calor. + +Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un _alma hermana_, un +espíritu _supra-vetustense_ capaz de llevarla por un camino de flores y +de estrellas a la región luciente de la virtud, también creyó Ana que el +hallazgo se lo debía a Dios, y como aviso celestial pensaba +aprovecharlo. + +Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un +gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el +silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo +que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría, +voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes. Sus horas de +rebelión nunca habían sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningún +momento había dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida +pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que +Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de +tutor muy respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el +fondo de su espíritu que era una especie de subsuelo, que él no +sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor llamaba los +nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el +fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no +tenía que darle cuenta. «Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré +como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la +tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no +es capaz de comprenderlas». Estos pensamientos, que sentía Ana volar por +su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen +voces de otro que retumbaban allí, la llenaban de un terror que la +encantaba. Si algo en ella temía el engaño, veía el sofisma debajo de +aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos +derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose a sí misma, la +voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, de «_dejarse ir_». + +Así llegó al teatro. Había cedido a los ruegos de D. Álvaro y de D. +Víctor sin saber cómo; temiendo que aquello era una cita y una promesa; +y sin embargo iba. Cuando se vio sola delante del espejo en su tocador, +se le figuró que la Ana de enfrente le pedía cuentas; y formulando su +pensamiento en períodos completos dentro del cerebro, se dijo: + +--«Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no +dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno; no sé lo que +pasará allí, no sé hasta qué punto alcanza este aliento de libertad que +ha venido de repente a inundar la sequedad de dentro; pero el ir yo al +teatro es prueba de que allí no ha de haber pacto alguno que ofenda al +decoro; no saldré de allí con menos honor que tengo». + +Y después de pensar y resolver esto, se vistió y se peinó lo mejor que +supo, y no volvió a poner en tela de juicio puntos de honra, peligros, +ni compromisos de los que D. Víctor tanto gustaba ver en versos de +Calderón y de Moreto. + +El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en +Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda +aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente--izquierda del actor--, +era la de Mesía y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un +título y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos +Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perdía función; a este le +gustaba el verso, «el verso y tente tieso» como él decía, y se declaraba +a sí mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, _inteligente de +primera fuerza_, en achaques de comedias y dramas. «¡No veo la tostada!» +decía D. Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco +inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio. «No veo la +tostada», decía, refiriéndose a cualquier comedia en que no había una +lección moral, o por lo menos no la había al alcance de Redondo; y en no +viendo él la tostada, condenaba al autor y hasta decía que defraudaba a +los espectadores, haciéndoles perder un tiempo precioso. De todas partes +quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que decía, por +ejemplo: + +«Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde también se enamora, y +se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amén de la +gitana, se van al otro barrio, ¿y qué? ¿qué enseña eso? ¿qué vamos +aprendiendo? ¿qué voy yo ganando con eso? Nada». + +A pesar de D. Frutos y sus altercados de crítica dramática, la bolsa de +D. Álvaro, que así se llamaba en todas partes, era la más _distinguida_, +la que más atraía las miradas de las mamás y de las niñas y también las +de los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser +abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se reunían los +_hombres de mundo_ (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por +el jefe del partido liberal dinástico. La mayor parte de los allí +congregados, habían vivido en Madrid algún tiempo y todavía imitaban +costumbres, modales y gestos que habían observado allá. Así es que a +semejanza de los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su +palco, conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías o +desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes +ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos +de poesía. Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no +creían en virtud de mujer nacida--salvo D. Frutos, que conservaba +frescas sus creencias--, y despreciaban el amor consagrándose con toda +el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos; creían que un +hombre de mundo no puede vivir sin querida, y todos la tenían, más o +menos barata; las cómicas eran la carnaza que preferían para tragar el +anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres +corrompidas de pueblos grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices +inválidas, matronas del género serio demasiado sentimentales en su +juventud pretérita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta +aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los más de +intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los +humores herpéticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad +física o moral que la hiciesen fácil, traída y llevada. + +El único conquistador serio del bando era D. Álvaro y todos le +envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero nadie +como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la +bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el +núcleo de la que se llamaba _la otra bolsa_ y había procurado rivalizar +en elegancia, _sans façon_ y _mundo_ con los de Mesía. Pero a su palco +concurrían _elementos heterogéneos_, muchos de los cuales lo echaban +todo a perder; y no eran escépticos sino cínicos, ni seductores más o +menos auténticos, sino compradores de carne humana. Los abonados de esta +_otra bolsa_ eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su +hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho +dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus +buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no +comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones +de arqueólogo embustero; el juez de primera instancia, que se dividía a +sí mismo en dos entidades, 1.º el juez, incorruptible, intratable, +puerco-espín sin pizca de educación, y 2.º el hombre de sociedad, +perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de todas las que lloraban +desengaños de amores desgraciados; y tres o cuatro vejetes verdes del +partido conservador, concejales, que todo lo convertían en política. +Pero si estos eran los que pagaban el palco, a él concurrían cuantos +socios del Casino tenían amistad con cualquiera de ellos. Ronzal había +protestado varias veces.--¡Señores, parece esto la _cazuela_! había +dicho a menudo, pero en balde. Allí iba Joaquinito Orgaz, y cuantos +sietemesinos madrileños pasaban por Vetusta, y hasta los que habían +nacido y crecido en el pueblo y no lucían más que un barniz de la corte. +Y como la bolsa del _otro_ era respetada y sólo se atrevían a visitarla +personas de posición, a Ronzal le llevaban los diablos. Desde su bolsa +hasta se arrojaban perros-chicos a la escena, para exagerar la falta de +compostura de los de enfrente. Algunos insolentes fumaban allí a vista +del público y dejaban caer bolas de papel sobre alguna respetable calva +de la orquesta. De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraíso +o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban +con aires de desafío. Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas +de los palcos principales, y hacían señas ostentosas y nada pulcras a +ciertas señoritas cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud +eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las +preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayoría pecaban +por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se veían expuestas a +la contemplación del público, tomaban gestos y posturas de estatuas +egipcias de la primera época. + +Cuando había estreno de algún drama o comedia muy aplaudidos en Madrid, +en el palco de Ronzal se discutía a grito pelado y solía predominar el +criterio de un acendrado provincialismo, que parecía allí lo más natural +tratándose de arte. No había salido de Vetusta ningún dramaturgo +ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que +Madrid se quisiera imponer en todo, no lo toleraban en la bolsa de +Ronzal. Se llegó en alguna ocasión a declarar que se despreciaba la +comedia porque los madrileños la habían aplaudido mucho, y «en Vetusta +no se admitían imposiciones de nadie», no se seguía un juicio hecho. La +ópera, la ópera era el delirio de aquellos escribanos y concejales: +pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se les antojaba +contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por +el suelo con motivo de un desestero. + +--¡Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! ¡Qué voz de arcángel!--decía +Foja, socarrón, escéptico en todo, pero creyente fanático en la música +de los cuartetos de ópera de lance. + +--¡Oh, como el barítono Battistini, yo no he oído nada!--respondía el +escribano, que estimaba la voz de barítono, por lo _varonil_, más que +la del tenor y la del bajo. + +--Pues más varonil es la del bajo--decía Foja. + +--No lo crea usted. ¿Y usted qué dice, Ronzal? + +--Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a mí no me vengan +ustedes con música... ¿saben ustedes lo que yo digo? «Que la música es +el ruido que menos me incomoda.... ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Además, para tenor ahí +tenemos a Castelar... ¡ja! ¡ja! ¡ja!». + +El escribano reía también el chiste y los concejales sonreían, no por la +gracia, si no por la intención. + +Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces +los abonados del último se atrevían a entablar conversación con los +Vegallana o quien allí estuviera convidado. Además de que el tabique +intermedio dificultaba la conversación, los más no se atrevían, de +hecho, a dar por no existente una diferencia de clases de que en teoría +muchos se burlaban. + +«Todos somos iguale, decían muchos burgueses de Vetusta, la nobleza ya +no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el valor, etc., +etc.»; pero a pesar de tanta alharaca, a los más se les conocía hasta en +su falso desprecio que participaban desde abajo de las preocupaciones +que mantenían los nobles desde arriba. + +En cambio los de la bolsa de don Álvaro saludaban a los Vegallana; +sonreían a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacían señas +al Marqués, y a Paco, que solían visitar aquel rincón _comm'il faut_. + +También esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo político de Vegallana; +pero trataba poco a la Marquesa. + +--¡Es demasiado borrico!--decía doña Rufina cuando le hablaban de +Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratándole con frialdad +ceremoniosa. + +Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que +escribía en _La Flaca_ de Barcelona, y que había sido una cualquier cosa +en su juventud. Estas calumnias le servían de desahogo y si le +preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: «Señores, yo me debo a +la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda +tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, _en una palabra_, +desacredita el partido conservador-dinástico de Vetusta». + +Después de saborear el tributo de admiración del público, Ana miró a la +bolsa de Mesía. Allí estaba él, reluciente, armado de aquella pechera +blanquísima y tersa, la envidia de las envidias de Trabuco. En aquel +momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable +padre; Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita +demasía de don Juan había producido buen efecto en el público del +paraíso que aplaudía entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo, +saludaba con modesto ademán algo sorprendido de que se le aplaudiese en +escena que no era de empeño. + +--¡Mire usted el pueblo!--dijo un concejal de la _otra bolsa_, +volviéndose a Foja, el ex-alcalde liberal. + +--¿Qué tiene el pueblo? + +--¡Que es un majadero! Aplaude la gran felonía de arrancar la careta a +un enmascarado.... + +--Que resulta padre--añadió Ronzal--; circunstancia agravante. + +--El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y como +el pueblo no tiene educación.... + +El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con +que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres +almohadones en un palco contiguo al de Mesía. + +Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales decía +con un desdén gracioso y elegante: + + Son pláticas de familia + de las que nunca hice caso... + +Era el cómico alto, rubio--aquella noche--flexible, elegante y suelto, +lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantástico, con +pretensiones de arqueológico, que ceñía su figura esbelta. Don Víctor +estaba enamorado de Perales; él no había visto a Calvo y el imitador le +parecía excelente intérprete de las comedias de capa y espada. Le había +oído decir con énfasis musical las décimas de _La vida es sueño_, le +había admirado en _El desdén con el desdén_, declamando con soltura y +gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan así: + + Y porque veáis que es error + que haya en el mundo quien crea + que el que quiere lisonjea, + escuchad lo que es amor. + +y concluyen: + + A su propia conveniencia + dirige amor su fatiga, + luego es clara consecuencia + que ni con amor se obliga + ni con su correspondencia. + +Y don Víctor le reputaba excelentísimo cómico. No paró hasta que se lo +presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer fuera otra. En +general don Víctor envidiaba a todo el que dejaba ver la contera de una +espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en las tablas y sólo de +noche. Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura +de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con +voz trémula por la emoción: + +--¿Verdad, hijita, que es un buen mozo? ¡Y qué movimientos tan +artísticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es falso, que los hombres +no andamos así... ¡Pero debiéramos andar! y así seguramente andaríamos y +gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños +del mundo; esto ya lo decía más alto para que lo oyeran todos los +presentes. Bueno estaría que ahora que vamos a perder a Cuba, resto de +nuestras grandezas, nos diéramos esos aires de señores y midiéramos el +paso.... + +La Regenta no oía a su marido; el drama empezaba a interesarla de veras; +cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué +paraba la apuesta de don Juan y Mejía. + +En el primer entreacto D. Álvaro no se movió de su asiento; de cuando en +cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y prudencia, que +ella notó y le agradeció. Dos o tres veces se sonrieron y sólo la última +vez que tal osaron, sorprendió aquella correspondencia Pepe Ronzal, que, +como siempre, seguía la pista a los telégrafos de su aborrecido y +admirado modelo. + +Trabuco se propuso redoblar su atención, observar mucho y ser una tumba, +callar como un muerto. «¡Pero aquello era grave, muy grave!». Y la +envidia se lo comía. + +Empezó el segundo acto y D. Álvaro notó que por aquella noche tenía un +poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor +artístico del D. Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de +Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de +Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una +mercancía.... La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doña +Ana... los desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de +Mejía; la traición _interina_ del Burlador, que no necesitaba, por una +sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran +aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con +todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben +apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para +saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de +tinteros; Ana estaba admirada de la poesía que andaba por aquellas +callejas de lienzo, que ella transformaba en sólidos edificios de otra +edad; y admiraba no menos el desdén con que se veía y oía todo aquello +desde palcos y butacas; aquella noche el paraíso, alegre, entusiasmado, +le parecía mucho más inteligente y culto que el _señorío_ vetustense. + +Ana se sentía transportada a la época de D. Juan, que se figuraba como +el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido; y entonces +volviendo al egoísmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido +cuatro o cinco siglos antes.... «Tal vez en aquella época fuera +divertida la existencia en Vetusta; habría entonces conventos poblados +de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores +en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas +y calles tendrían, como ahora, aspecto feo, pero las llenaría la poesía +del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de +hierro, los soportales sombríos, las tinieblas de las rinconadas en las +noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de +vecindad, todo sería dramático, digno del verso de un Zorrilla; y no +como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda». Comparar aquella Edad +media soñada--ella colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa +de Perales--con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel +instante, era un triste despertar. Capas negras y pardas, sombreros de +copa alta absurdos, horrorosos... todo triste, todo negro, todo +desmañado, sin expresión... frío... hasta D. Álvaro parecíale entonces +mezclado con la prosa común. ¡Cuánto más le hubiera admirado con el +ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón de punto de Perales!... +Desde aquel momento vistió a su adorador con los arreos del cómico, y a +este en cuanto volvió a la escena le dio el gesto y las facciones de +Mesía, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y melódica y demás +cualidades artísticas. + +El tercer acto fue una revelación de poesía apasionada para doña Ana. Al +ver a doña Inés en su celda, sintió la Regenta escalofríos; la novicia +se parecía a ella; Ana lo conoció al mismo tiempo que el público; hubo +un murmullo de admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver +el rostro al palco de Vegallana con disimulo. La González era cómica por +amor; se había enamorado de Perales, que la había robado; casados en +secreto, recorrían después todas las provincias, y para ayuda del +presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos, +se decidió a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la había mandado +imitar, pero en algunas ocasiones se atrevía a ser original y hacía +excelentes papeles de virgen amante. Era muy guapa, y con el hábito +blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas +las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en +postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la +figura, interesaba profundamente. Decía los versos de doña Inés con voz +cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba +llevar por la pasión cierta--porque se trataba de su marido--y llegaba a +un realismo poético que ni Perales ni la mayor parte del público eran +capaces de apreciar en lo mucho que valía. + +Doña Ana sí; clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de +todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía +de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las +paredes. «¡Pero esto es divino!» dijo volviéndose hacia su marido, +mientras pasaba la lengua por los labios secos. La carta de don Juan +escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con +terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba +su bujía al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el +espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree +sentirlos, todo, todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba, +producía en Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo +contener las lágrimas que se le agolpaban a los ojos. + +«¡Ay! sí, el amor era aquello, un filtro, una atmósfera de fuego, una +locura mística; huir de él era imposible; imposible gozar mayor ventura +que saborearle con todos sus venenos. Ana se comparaba con la hija del +Comendador; el caserón de los Ozores era su convento, su marido la regla +estrecha de hastío y frialdad en que ya había profesado ocho años +hacía... y don Juan... ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba +por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su +presencia!». + +Entre el acto tercero y el cuarto don Álvaro vino al palco de los +marqueses. + +Ana al darle la mano tuvo miedo de que él se atreviera a apretarla un +poco, pero no hubo tal; dio aquel tirón enérgico que él siempre daba, +siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; pero no apretó. Se +sentó a su lado, eso sí, y al poco rato hablaban aislados de la +conversación general. + +Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar con los +pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a +Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte. + +Ana, sin dar tiempo a don Álvaro para buscar buena embocadura a la +conversación, dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre, el +chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo, +fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla. + +La pobre Regenta estuvo elocuente; se figuró que el jefe del partido +liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de +cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos +«bonitos, sonorosos, pero sin miga», según aseguró don Frutos en el +palco de la marquesa. + +A Mesía le extrañó y hasta disgustó el entusiasmo de Ana. ¡Hablar del +_Don Juan Tenorio_ como si se tratase de un estreno! ¡Si el _Don Juan_ +de Zorrilla ya sólo servía para hacer parodias!... No fue posible tratar +cosa de provecho, y el tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda +de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las +comedias y en las novelas de Feuillet: mucho _sprit_ que oculta un +corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad... +esto era el colmo de la _distinción_ según lo entendía don Álvaro, y así +procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien «estaba visto +que había que enamorar por todo lo alto». + +Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba +sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltación +notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su +interlocutor; apenas le oía, hablaba ella sin cesar, creía que lo que +estaba diciendo él coincidía con las propias ideas; este espejismo del +entusiasmo vidente, que suele aparecer en tales casos, fue lo que valió +a don Álvaro aquella noche. También le sirvió mucho su hermosura varonil +y noble, ayudada por la expresión de su pasioncilla, en aquel momento +irritada. Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía una +expresión espiritual y melancólica, que era puramente de apariencia; +combinación de líneas y sombras, algo también las huellas de una vida +malgastada en el vicio y el amor.--Cuando comenzó el cuarto acto, Ana +puso un dedo en la boca y sonriendo a don Álvaro le dijo: + +--¡Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... déjeme usted oír. + +--Es que... no sé... si debo despedirme.... + +--No... no... ¿por qué?--respondió ella, arrepentida al instante de +haberlo dicho. + +--No sé si estorbaré, si habrá sitio.... + +--Sitio sí, porque Quintanar está en la bolsa de ustedes... mírele +usted. + +Era verdad; estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que +el _Don Juan Tenorio_ carecía de la miga suficiente. + +Don Álvaro permaneció junto a la Regenta. + +Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador con +su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño que subía +por la nuca arriba con graciosa tensión y convergencia del cabello. +Dudaba don Álvaro si debía en aquella situación atreverse a acercarse un +poco más de lo acostumbrado. Sentía en las rodillas el roce de la falda +de Ana, más abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. «Ella +estaba aquella noche... _en punto de caramelo_» (frase simbólica en el +pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió. No se acercó ni más ni +menos; y eso que ya no tenía allí caballo que lo estorbase. «¡Pero la +buena señora se había _sublimizado_ tanto! y como él, por no perderla de +vista, y por agradarla, se había hecho el romántico también, el +_espiritual_, el _místico_... ¡quién diablos iba ahora a arriesgar un +ataque _personal y pedestre_!... ¡Se había puesto aquello en una +_tessitura_ endemoniada!». Y lo peor era que no había probabilidades de +hacer entrar, en mucho tiempo, a la Regenta por el aro; ¿quién iba a +decirle: «bájese usted, amiga mía, que todo esto es volar por los +_espacios imaginarios_»? Por estas consideraciones, que le estaban dando +vergüenza, que le parecían ridículas al cabo, don Álvaro resistió el +vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus +rodillas.... + +Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La +robusta virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don +Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era verdad que en +aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba +saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, cerca de la oreja, +palabras que parecían chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no haber +desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro. Se +abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en +medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse +a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas.... + +Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los +acontecimientos de su propia vida... ella aún no había llegado al cuarto +acto. «¿Representaba aquello lo porvenir? ¿Sucumbiría ella como doña +Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba; +creía tener valor para no entregar jamás el cuerpo, aquel miserable +cuerpo que era propiedad de don Víctor sin duda alguna. De todas +suertes, ¡qué cuarto acto tan poético! El Guadalquivir allá abajo.... +Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo del +balcón... la _declaración_ a la luz de la luna.... ¡Si aquello era +romanticismo, el romanticismo era eterno!...». Doña Inés decía: + + Don Juan, don Juan, yo lo imploro + de tu hidalga condición... + +Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos con +su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por sus labios +viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de Ana aquella noche +como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe +en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, entonces, no pudo +evitarlo, lloró, lloró, sintiendo por aquella Inés una compasión +infinita. No era ya una escena erótica lo que ella veía allí; era algo +religioso; el alma saltaba a las ideas más altas, al sentimiento +purísimo de la caridad universal... no sabía a qué; ello era que se +sentía desfallecer de tanta emoción. + +Las lágrimas de la Regenta nadie las notó. Don Álvaro sólo observó que +el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar. Se +equivocó el hombre de mundo; creyó que la emoción acusada por aquel +respirar violento la causaba su gallarda y próxima presencia, creyó en +un influjo _puramente fisiológico_ y por poco se pierde.... Buscó a +tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella, de una en +otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal +que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna para él, Mesía no +encontró, entre la hojarasca de las enaguas, ningún pie de Anita, que +acababa de apoyar los dos en la silla de Edelmira. + +El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la +realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se +había empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba en +Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió supersticioso miedo al ver +el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz; el +pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le +hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de repente, como a +la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con +jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con +una pistola en la mano, enfrente del cadáver. + +La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no aguantaba más +Tenorio. + +--Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos; +demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. Vosotros quedaos si +queréis.... ¡Jesús! las once y media, no se acaba esto a las dos.... + +Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del +drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía +encantada, y salió con la Marquesa y Mesía. + +Edelmira se quedó con don Víctor y Paco. + +--Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa en casa, señora +Marquesa--dijo Quintanar. + +Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apretó +un poco la mano de Anita que la retiró asustada. + +Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar conversación a don +Víctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a +Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesía, que tantas +veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir +con su deber. + +Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar +su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima, +andando el tiempo, o poco había de poder él. + +Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en +punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del +honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en +nuestros dominios. + +--Mire usted--decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don +Álvaro--mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que +yo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más +sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honor +quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajo +llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que +si mi mujer--hipótesis absurda--me faltase... se lo tengo dicho a Tomás +Crespo muchas veces... le daba una sangría suelta. + +(--¡Animal!--pensó don Álvaro.) + +--Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... Por de +pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era +aficionado a representar en los teatros caseros--es decir cuando mi edad +y posición social me permitían trabajar, porque la afición aún me +dura--comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomé +maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguida +grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad, +nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño... pero figúrese +usted... el día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la +pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice lo +traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es +prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a mi +tesis.... Mi tesis era... ¿qué?... ¿usted recuerda? + +Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le +había alarmado un poco. + +Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de +llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía +convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista +de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y +bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates del +ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la +espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes. + +Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmió +profundamente. + +Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella +rubia y taimada, que sonreía discretamente. + +--Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes? + +--Como la señorita pasó mala noche.... + +--¿Mala noche?... ¿yo?--Sí, hablaba alto, soñaba a gritos.... + +--¿Yo?--Sí, alguna pesadilla.--¿Y tú... me has oído desde?... + +--Sí, señora no me había acostado todavía; me quedé a esperar por el +señor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme.... Vino el amo a las +dos. + +--Y yo he hablado alto...--Poco después de llegar el señor. Él no oyó +nada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. Yo volví a ver si +dormía... si quería algo... y creí que era una pesadilla... pero no me +atreví a despertarla.... + +Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía los amagos de la +jaqueca. + +--¡Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido.... + +--No, pesadilla mala... no sería... porque sonreía la señora... daba +vueltas.... + +--Y... y... ¿qué decía? + +--¡Oh... qué decía! no se entendía bien... palabras sueltas... +nombres.... + +--¿Qué nombres?...--Ana preguntó esto encendido el rostro por el +rubor--... ¿qué nombres?--repitió. + +--Llamaba la señora... al amo. + +--¿Al amo?--Sí... sí, señora... decía: ¡Víctor! ¡Víctor! + +Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a su marido +Quintanar. + +Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas +de la señora. + +Calló y procuró ocultar su confusión. + +Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya +seria: + +--Han traído esto para la señora.... + +--¿Una carta? ¿De quién?--preguntó en voz trémula Ana, arrebatando el +papel de manos de Petra. + +«¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo». + +Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en el +rostro del ama, añadió: + +--De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresina +la doncella de doña Paula. + +Ana afirmó con la cabeza mientras leía. + +Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos. + +La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una +cruz morada sobre la fecha, decía así: + + «Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a + cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única + persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha + parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le + explicará su atento amigo y servidor, + + FERMÍN DE PAS». + +No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistral +desde la tarde anterior; ¡ni una vez sola, desde la aparición de don +Álvaro a caballo había pasado por su cerebro la imagen grave y airosa +del respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora se +presentaba de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecado +de infidelidad. Por la primera vez sintió Ana la vergüenza de su +imprudente conducta. Lo que no había despertado en ella la presencia de +don Víctor, lo despertaba la imagen de don Fermín.... Ahora se creía +infiel de pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un hombre a quien +no debía fidelidad ni podía debérsela». + +«Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana temprano iría a +confesar... ¡y se me había olvidado! y ahora él adelanta la confesión.... +Quiere que vaya esta tarde. ¡Imposible! No estoy preparada.... Con estas +ideas... con esta revolución del alma.... ¡Imposible!». + +Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el del +Magistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulce +con mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía. Le engañaba; +le decía que se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicaba +que la dispensase; que ella le avisaría.... + +Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su +destino inmediatamente, y sin que el señor se enterase. + +Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como él +decía, con aquella frecuencia del sacramento de la confesión; como temía +que se le tuviese por poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casa +en efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba. + +Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba +que su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la +catedral. + +«¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!». + +Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentes +tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que alegaba su +ama para ocultar la devoción, sospechaba horrores. + +Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba: + +«Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otro +santo. _¡Así en la tierra como en el cielo!_». + +Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no se +arrepentía de haber puesto en peligro su honor, dando alas (siquiera +fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don Álvaro; no +le pesaba de engañar al pobre don Víctor, porque le reservaba el cuerpo, +su propiedad legítima... pero ¡pensar que no se había acordado del +Magistral ni una vez en toda la noche anterior, a pesar de haber estado +pensando y sintiendo tantas cosas sublimes! + +«Y por contera, le engañaba, le decía que estaba enferma para excusar el +verle... ¡le tenía miedo!... y hasta el estilo dulce, casi cariñoso de +la carta era traidor... ¡aquello no era digno de ella! Para don Víctor +había que guardar el cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarle +el alma?». + + + + +--XVII-- + + +Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anunció +a la Regenta, que paseaba en el _Parque_, entre los eucaliptus de +Frígilis, la visita del Sr. Magistral. + +--Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la +huerta...--dijo Ana sorprendida y algo asustada. + +El Magistral pasó por el patio al + +_Parque_. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa la +tarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego se +caería el cielo hecho agua sobre Vetusta...». + +Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral se +atrevió a preguntarle por la jaqueca. + +«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo su +presencia en el Parque a pesar de la jaqueca. + +El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga. + +Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sin +cesar en la mecedora en que se le había invitado a sentarse. + +Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don +Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita. + +El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido un arranque +de mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa de +ningún modo podía él explicar a aquella señora. + +El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el vicio +de ir al teatro disfrazado. Había cogido esta afición en sus tiempos de +espionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al _paraíso_ +para delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba por +cuenta propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había visto +a la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña Paula, y al +comer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad para darle la +noticia a su hijo. + +--No creo que esa señora haya ido ayer al teatro. + +--Pues yo lo sé por quien la ha visto. + +El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse en +ridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos y +todo el _mundo devoto_ consideraban el teatro como recreo prohibido en +toda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de _Todos +los Santos_. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto la +noche anterior, sin permitir la entrada en él a nadie para señalar así +mejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El Gran +Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas, +tampoco les había consentido asistir. + +«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, por +devota en ejercicio, se había presentado en el teatro en noche +prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos +escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio.... Y +precisamente aquella noche...». + +El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importaba +que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría en que sería otra +cosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el Arcediano, todos sus +enemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistral +ejercía sobre sus penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía él +que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción a +doña Ana». + +Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán, +disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y +manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo, +que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota +de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de _Todos los +Santos_. + +Ripamilán gritaba:--Señor mío, los deberes sociales están por encima de +todo.... + +El Deán se escandalizó. + +--¡Oh! ¡oh!--dijo--eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos... +los religiosos... eso es.... + +Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Así +solía él terminar los períodos complicados. + +--Los deberes sociales... son muy respetables en efecto--dijo el +canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecido +regalista, y por consiguiente digna de aprobación por parte de un primo +del Notario mayor del reino. + +--Los deberes sociales--replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las +palabras, pausadas y subrayadas--los deberes sociales, con permiso de +usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita +bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos.... + +--¡Absurdo!--exclamó Ripamilán dando un salto. + +--¡Absurdo!--dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar. + +--¡Absurdo!--afirmó el canónigo regalista. + +--Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser +tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetable +Taparelli.... + +--¿Tapa qué?--preguntó el Deán--. No me venga usted con autores +alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un hereje.... + +--Señores, estamos fuera de la cuestión--gritó Ripamilán--el caso es.... + +--No estamos tal--insistió Glocester, que no quería en presencia de don +Fermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta. + +Tuvo habilidad para llevar la disputa al _terreno filosófico_, y de allí +al teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables +dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que +consistía en no querer hablar nunca de _cosas altas_. + +A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía para +comprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue en +aumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdido +crédito... y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a +una cita». Él se la había dado para decirle que no debía confesar por +las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público +de las beatas con atención exclusiva.... «Debe usted confesar entre +todas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo le +avisaré a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo esto +había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que.... «¡estaba +con jaqueca!».--En casa de Páez también le hablaron del escándalo del +teatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido +Ana Ozores que nunca asistía». + +El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa burlona de +Olvido, que se celaba ya, le había puesto furioso.... + +Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza Nueva, se +había metido en la Rinconada y había llamado a la puerta de la +Regenta.... Por eso estaba allí. + +¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita? + +Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había buscado un +embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín rayó en ira +y necesitó toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguir +sonriente. + +«¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla si +quería sublevarse? No había modo. ¿Por el terror de la religión? +Patarata. La religión para aquella señora nunca podría ser el terror. +¿Por la persuasión, por el interés, por el cariño? Él no podía jactarse +de tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la manera +espiritual a que aspiraba». + +No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate y ya te ensalzarás», +era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica. + +En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas de +sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sin +hacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausa +larga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.--Estaba +sentado a la entrada del cenador. + +Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, o por lo menos no +lo sentían. Ana había contestado a Petra, al anunciar esta que había luz +en el gabinete: + +--Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña Ana se sentía +ya bien, no era malo estar al aire libre. + +El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a la +dama que se iba a tratar de algo grave. + +Así fue. El Magistral dijo:--Todavía no he explicado a usted por qué +pretendía yo que fuese a la catedral esta tarde. Quería decirle, y por +eso he venido, además de que me interesaba saber cómo seguía, quería +decirle que no creo conveniente que usted confiese por la mañana. + +Ana preguntó el motivo con los ojos. + +--Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me ha dicho, no gusta +de que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, se +alarmará menos si usted va de tarde... y hasta puede no saberlo siquiera +muchas veces. No hay en esto engaño. Si pregunta, se le dice la verdad, +pero si calla... se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hay +engaño ni asomo de disimulo. + +--Eso es verdad.--Otra razón. Por la mañana yo confieso pocas veces, y +esta excepción hecha ahora en favor de usted hace murmurar a mis +enemigos, que son muchos y de infinitas clases. + +--¿Usted tiene enemigos?--¡Oh, amiga mía! cuenta las estrellas si +puedes--y señaló al cielo--el número de mis enemigos es infinito como +las estrellas. + +El Magistral sonrió como un mártir entre llamas. + +Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado y olvidado a +aquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera se +quejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las estrellas le llegaron +al alma a la Regenta. «¡Tenía enemigos!» pensó, y le entraron vehementes +deseos de defenderle contra todos. + +--Además--prosiguió don Fermín--hay señoras que se tienen por muy +devotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se divierten +en observar quién entra y quién sale en las capillas de la catedral; +quién confiesa a menudo, quién se descuida, cuánto duran las +confesiones... y también de esta murmuración se aprovechan los enemigos. + +La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué. + +--De modo, amiga mía--continuó De Pas que no creía oportuno insistir en +el último punto--de modo, que será mejor que usted acuda a la hora +ordinaria, entre las demás. Y algunas veces, cuando usted tenga muchas +cosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de los +que no me toca confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de ser +tan miserables que nos sigan los pasos.... + +A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más arriesgado +que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín en nada. + +--Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré cuando usted me indique; +mi confianza absoluta está puesta en usted. A usted solo en el mundo he +abierto mi corazón, usted sabe cuanto pienso y siento... de usted espero +luz en la obscuridad que tantas veces me rodea.... + +Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía entonado, impropio de +ella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decir +de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva. + +El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un consuelo oyendo a +su amiga hablar así. + +Se animó... y habló de lo que le mortificaba. + +--Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional +(sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted un +poco.... + +Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba. + +Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y notó +De Pas. + +--Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos mucho, +como diciendo irreflexivamente:--¿Y eso qué? + +--Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones +que toman por religión muchos espíritus apocados.... A usted no sólo le +es lícito ir a los espectáculos, sino que le conviene; necesita usted +distracciones; su señor marido pide como un santo; pero ayer... era día +prohibido. + +--Ya no me acordaba.... Ni creía que.... La verdad... no me pareció... + +--Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el teatro era +espectáculo tan inocente, para usted, como el resto del año. El caso es +que la Vetusta devota, que después de todo es la nuestra, la que +exagerando o no ciertas ideas, se acerca más a nuestro modo de ver las +cosas... esa respetable parte del pueblo mira como un escándalo la +infracción de ciertas costumbres piadosas.... + +Ana encogió los hombros. «No entendía aquello.... ¡Escándalo! ¡Ella que +en el teatro había llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un +entusiasmo artístico religioso que la había edificado!». + +El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él era un +médico del espíritu») se resistía a tomar la medicina; y pensó, +recordando la alegoría de la cuesta:--«No quiere tanta pendiente, +hagámosela parecida a lo llano». + +--Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido nada; su virtud de +usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... (vuelta al tono +festivo) ¿y mi orgullito de médico? Un enfermo que se me rebela... ¡ahí +es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión del +Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al _Don +Juan Tenorio_, en vez de rezar por los difuntos. + +--¿Se ha hablado de eso?--¡Bah! En San Vicente, en casa de doña +Petronila--que ha defendido a usted--y hasta en la catedral. El señor +Mourelo dudaba de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar.... + +--¿De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted en +ridículo?... + +--¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita, +esa imaginación! ¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!... +A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que aquellos de que soy +responsable, no entiendo el ridículo de otro modo... usted no ha sido +imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todo +ello es nada, y figúrese usted el caso que yo haré de hablillas +insustanciales.... Todo ha sido broma...; para llegar a un punto más +importante, que atañe a lo que nos interesa, a la curación de su +espíritu de usted... en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yo +creo que un buen médico (no precisamente el señor Somoza, que es persona +excelente y médico muy regular), podría ayudarme mucho. + +Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su +mecedora a la Regenta y prosigue: + +--Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como un +médico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, por razones +muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he llegado a +conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted... +sin embargo, creo...--le temblaba la voz; temía arriesgar +demasiado--creo... que la eficacia de nuestras conferencias sería mayor, +si algunas veces habláramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia. + +Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y por +la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, un +hombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadas +de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras del +Provisor, se oyó la respiración agitada de su amiga. + +D. Fermín continuó tranquilo: + +--En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos +puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo +prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio. +Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas +para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ocioso +hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer la +cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no se +trata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es también +indispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchos +clérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujer +de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de +negro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus +extravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es +allí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser, +sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y +otros muchos.... + +Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con la +suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba. +Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya +no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo, +sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los +caballeros en los tranvías de Nueva--York. + +--Pues bien--prosiguió don Fermín--nosotros necesitamos toda la verdad; +no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curar +lo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he +notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de +que me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y esas +confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos. +Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sino +que la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha parte +buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree +completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese +análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia.... Y +basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero +perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De ese +modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que +usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta o +no frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar más +pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión. + +El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía +preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por +temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber +asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su +confesor. Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando las +palabras de Ana. + +Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones +expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde, +y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de +sus poéticas ideas. + +Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la +buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba +aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar +consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo. + +El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la +cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de la +glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; la +locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de +partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus +tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del +Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, la +tirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decía +el clérigo, bendita sea tu boca!». + +No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de +hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removía +sobre la arena de los senderos. + +Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo. + +--Sí, tiene usted cien veces razón--decía ella--yo necesito una palabra +de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me +arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la +desesperación.... + +--Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra! + +--Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo. + +--Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?... + +El Magistral sonrió...--No se ría usted: serán los nervios, como dice +Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio +horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar. + +--No debe decirse así--interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la +mayor suavidad que pudo--. No sería un pecado ese tedio si se pudiera +remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios +gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía. + +Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía +su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se +decidió a decir al Magistral _lo demás_, lo que había venido detrás del +hastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa +puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco. + +--Otras veces--decía--aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia +de sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer, +la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé... no sé explicarlo bien... si +lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una +rebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no.... + +El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante +aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la +historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con +exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente. + +Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en +Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio. + +«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella; +que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada +tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad +consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin +límites y una fe que era una evidencia.... Un día después de dar una +peseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros que +acababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostro +para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy +amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su +cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz +potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... ¿Qué sabía +ella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese. +«Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la +pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan... ya veía el +Magistral qué situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una en +otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada... había llegado a +pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más ni +menos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Qué +era aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con +semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, ¿no serían +tampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu +aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?». + +«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que le +había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia. +«Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovechar +para la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior el +peligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la +presencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la +repetición de accesos por el estilo». + +Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar +más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más +fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; había +hablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que se +burlasen de él los que no lo comprendían... había llegado a decir que +sería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que +sentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar, +entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a su +escopeta.... + +--Todo aquello--añadió el Magistral después de presentarlo en +resumen--de puro peligroso rayaba en pecado. + +--Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero como lo siento, no; +¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es +pecado... sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo +demás (cambio de voz) dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismo +necio, vulgar, ya lo sé... pero no es eso, no es eso! + +--Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo +siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como +es.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser +peligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos. +El peligro que hay, decía, raya en pecado... pero añado, será pecado +claramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a un +objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que +vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio +sano... ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted, +Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un +globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted +la presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted +dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, en +todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. No +es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celda +de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos, +usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos +sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales +de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral, +pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a +donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispénseme si hablo +con esta severidad: en este momento es indispensable. + +Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad +aquella pendiente que le ponía en el camino. + +Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria, +abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba +aquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más que +halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral. + +El cual prosiguió, aflojando la cuerda: + +--Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas +tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porque +no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la +gracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía que hay que aprovechar +esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy +antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... y +por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchas +ocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible y +hasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesiones +protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de +Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que +satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Pues +todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida, +aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de +una mujer piadosa, de una... _beata_, para emplear la palabra fea, +_escandalosa_. Sí, amiga mía--el Magistral reía al decir esto--lo que +usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser _beata_. +Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la +letra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que +contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano, +creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las +menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus +pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma es +fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle: +«Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le +haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi +templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la +oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad +que son todo mi culto en resumen...». + +Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con +motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas +mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca. + +La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a +los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que +empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como un +aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeron +la señal de la torre que vigilaba. + +Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio: + +--¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse.... + +La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas +hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer +ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde +donde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo +abría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su +encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, a +decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a +tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita del +Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado el +caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿No +le habían hecho llevar cartas _sin necesidad de que lo supiera don +Víctor_? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de +una hora de palique en el cenador, y a obscuras?». + +Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solía +olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para el +despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima +del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina de +cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacía +tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la +prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojos +penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó. + +--Oye.--¿Señor?...--Nada.... Oye...--¿Señor?...--¿Anda ese reloj? +--Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer.... + +--¿De modo que son las ocho menos diez? + +--Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si le +preguntaba por el ama. + +--Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más +cartuchos. + +En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a +entender con lo de la vida beata. + +«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la +perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; si +otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de +la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la +perfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacar +gran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismos +lugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, una +fundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habían +pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la +rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para +satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa +Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dado +aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si +somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupaciones +de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las +fiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera a +las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa, +que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo; +al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas, +insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de +la piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan +humildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la +oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en +las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada +más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente +devoción profunda». + +--Verá usted--decía el Magistral--como llega un día en que no necesita a +Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en +otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia, +amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas! Verá +usted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos +ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden +antojársele indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosa +más hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena y +usted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas de +pura poesía del Nacimiento de Jesús.... Volverán a ser para usted las que +ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de +ternura, y llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá entonces +si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le +arrancaba el bueno de don Juan Tenorio.... + +--A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir--prosiguió De +Pas--por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra +en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicas +admirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevas +dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a +los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en los +días que él quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores +que hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí +algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí, +porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, que +exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la +cátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla... por ejemplo, +algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y +aparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija mía, de panteísmo, +sin que usted se dé cuenta de ello. + +Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había +de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y +terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas. + +Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa +Teresa y algunos místicos. + +«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal, +Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para +perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al principio es un +gran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propia +vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para +Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará +usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho +antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del +diablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay que +comparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algún +tiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez el +libro sabrá mejor, y dará más frutos. + +»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la +infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar, +eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo que +importa. + +»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro +compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la +inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del +mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no es +cosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos? +¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando +del espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre, +distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se +necesite y que indicarán las circunstancias. + +Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas +secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le +hubieran pinchado, y dijo con voz de susto: + +--¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí +charlando... charlando... + +«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el +parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Pero +esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en +voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero +temiéndolo. + +Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo +maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para +hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo. + +El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del +patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y +pasar por las habitaciones de Quintanar. + +En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que +había recibido al Provisor. + +--¿Ha venido el señor?--preguntó la Regenta. + +--Sí, señora--respondió en voz baja la doncella--; está en su despacho. + +--¿Quiere usted verle?--dijo Ana volviéndose al Magistral. + +Don Fermín contestó:--Con mucho gusto...--¡Disimulan, disimulan +conmigo!--, pensó Petra con rabia. + +--Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho en +palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme... +salúdele usted de mi parte. + +--Como usted quiera.--Además, estará abismado en sus trabajos... no +quiero distraerle... saldré por aquí... Buenas noches, señora, muy +buenas noches. + +--Disimulan--volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que +conducía al zaguán. + +Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja +dijo: + +--Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósito +para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos. + +--Bien--contestó la Regenta.--Lo he pensado, es el mejor.--Sí, sí, +tiene usted razón. + +Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la +puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los +ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que +pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició +con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo: + +--Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la +mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde. + +--¿Estás contenta con los señores? + +--Doña Ana es un ángel. + +--Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay +corrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor.... + +--Salga usted, salga usted, y por mí no tema. + +--Cierra ya, hija mía, puedes cerrar. + +--No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina.... + +--Muchas gracias... adiós, adiós. + +--Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la +cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier +ruido. + +«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín? +¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla +propicia como a la otra». + +La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador +de doña Ana sin ser llamada. + +--¿Qué quieres?--preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal +porque sentía mucho frío. + +--El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho... que +estaba aquí D. Fermín. + +--¿Quién?--Don Fermín.--¡Ah! Bien, bien... ¿para qué? ¿qué importa? + +Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando: + +--¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?... Pues si a una no le +diera la gana... pero yo lo hago por el otro.... + +Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien quería agradar +a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica. + +Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con +manchas de pólvora en la frente y en las mejillas. + +No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó nada: +¿para qué decírselo?». + +A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el +Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para +su uso particular. El amigo íntimo de Quintanar, era el dictador en +aquel pueblo de árboles y arbustos. Los días que no iban de caza, el +señor Crespo se los pasaba recorriendo sus _dominios_, que así llamaba +al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba, +según las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el +mundo, incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba +Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió al cenador. Recordaba +haber dejado encima de la mesa de mármol o de un banco, en fin, allí +dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposición de +floricultura. Buscó, y sobre una mecedora encontró un guante de seda +morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el +suelo. + +Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo +hasta los ojos. + +--¿Quién diablos ha andado aquí?--preguntó a las auras matutinas. + +Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había +llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los +granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos +monocromos, invención suya. + +Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos. + +--¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!... + +Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un +mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero +Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora. + +--Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche +a destrozarme las semillas?... + +--¿Qué dice usted que no le entiendo?--contestó Petra desde el patio. + +--Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé +allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro +la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este +guante de canónigo.... ¿Quién ha estado aquí de noche? + +--¡De noche! Usted sueña, D. Tomás. + +--¡Ira de Dios! De noche digo.... + +--A ver el guante...--Toma--contestó Frígilis, arrojando desde lejos la +prenda.... + +--Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios.... Lo que +entiende usted de modas, don Tomás.... ¿Pues no dice que es un guante de +canónigo?... + +--¿Pues de quién es?--De mi señora.... No ve usted la mano... qué +chiquita... a no ser que haya _canónigas_ también. + +--¿Y se usan ahora guantes morados? + +--Pues claro... con vestidos de cierto color.... + +Frígilis encogió los hombros. + +--Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar? + +--El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que +habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!... + +En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero. + +--¡El gato! ¡El moreno!...--dijo Frígilis, moviendo la cabeza--qué +gato... ni qué... + +Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a +Petra, señaló a la galería: + +--¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y +tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero... +oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo +viese vencer... ¡es mi macho! + +Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el +repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores. + +Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del +Magistral. + + + + +--XVIII-- + + +Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste, +tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en +agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como +latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas, +tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y +después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al +mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La tierra fungosa se +descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar +por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un +penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, desnuda, se +extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver de un náufrago que chorrea +el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada, +fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresión muda del +valle y del monte; la naturaleza muerta parecía esperar que el agua +disolviera su cuerpo inerte, inútil. La torre de la catedral aparecía a +lo lejos, entre la cerrazón, como un mástil sumergido. La desolación del +campo era resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza +de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y +paredes agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como +canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino +un tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y +arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las +praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde +fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo +espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas, +melancólicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de +agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para +estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su +esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se llegaba a Roca +Tajada una hora después, y a las diez de la noche entraban en Vetusta +silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. Allá +en las marismas de Palomares, don Víctor solía echar de menos el teatro. +«¡Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de +menos nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo, +en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar +compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario. +Frígilis en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las +corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña, +que no tiene puertas. + +Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la naturaleza; +Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál era su destino en la +tierra», como él decía, usando el lenguaje del tiempo romántico, del que +le quedaban algunos resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda +cera; fácilmente tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por +otras nuevas. Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un +lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más que +una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así se +explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión de mostrar +su valor luchando contra una voluntad contraria. Él sostenía que en su +casa no se hacía más que lo que él quería, y no echaba de ver que +siempre acababa por querer lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores +hubiera tenido un carácter dominante, don Víctor se hubiese visto en la +triste condición de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen +esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con +negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel +programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había +publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y +por el tiempo que a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar +en casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había prometido y hasta +jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que la retirada fuese +honrosa, fingía transigir y creía a salvo su honor de hombre enérgico y +amo de su casa, permitiéndose la audacia de gruñir un poco, entre +dientes, cuando ya nadie le oía. Los criados le imponían su voluntad, +sin que él lo sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado. +Amante, como buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de +la clásica abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y +comía ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos que +suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los +impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí +veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador +que les aburría con sermones que no entendían. Hasta en el estilo se +notaba que Quintanar carecía de carácter. Hablaba como el periódico o el +libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras +cualidades de su oratoria, que parecían señales de una _manera_ +original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas. +Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la +conversación familiar el tecnicismo jurídico, y esto era lo único que en +él quedaba del antiguo magistrado. No poco había contribuido en +Quintanar a privarle de originalidad y resolución, el contraste de su +oficio y de sus aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda, +para cómico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si +la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera +suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo +hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a _trabajar_, frase suya, +tan bien como cualquiera de esos _otros primeros galanes_ que recorren +las capitales de provincia, a guisa de buhoneros. + +Pero don Víctor comprendió que el cómico en España no vive de su honrado +trabajo si no se entrega a la vergüenza de servir al público el arte en +las compañías de comediantes de oficio; comprendió además que él +necesitaba con el tiempo _crear una familia_, y entró en la carrera +judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas +relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y +se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una +edad en que todavía se sentía capaz de representar el _Alcalde de +Zalamea_ con toda la energía que el papel exige. Pero la espina la +llevaba en el corazón; reconocía que el cargo de magistrado es +delicadísimo, grande su responsabilidad, pero él... «era ante todo un +artista». ¡Aborrecía los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas +_dignamente_! Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido +lícito representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la +vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de +serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón de +ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; y era +cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo lo que querían +hacer de él su amigo Frígilis y los vientos del azar y del capricho. + +Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo de tantos años de +trato íntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Salía +Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el +poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás Crespo, aquel pedazo de su +corazón, a quien no sabía si quería tanto como a su Anita del alma. La +simpatía había nacido de una pasión común: la caza. Pero la caza antes +no era más que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba +sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por +dentro; Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que +cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba +poco, y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión +lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oía. Así la +influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de +Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro +las ideas de aquel _buen hombre_, de quien los vetustenses decían que +era un _chiflado_, un tontiloco. + +Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza +de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El +_oidium_ consumía la uva, el _pintón_ dañaba el maíz, las patatas tenían +su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su +oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis +disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del +contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba +pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil +en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos los +_parques_ y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del +marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba +de tarde en tarde el jardín inglés de doña Petronila; pero ni conocía de +vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el +gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato +que el del Casino. Se entendía con los jardineros.--En cuanto las +lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San +Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto +los días en que le reclamaban sus árboles y sus flores. + +Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de +cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en +el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte, +claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos +alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra +la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel, gordos; y +más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos +del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño; si la +conversación degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba +de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña triste +ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a palmo. + +Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a +los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de +un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía una +inmundicia. + +«¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación de su alma, a +buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto mejor se hubiera +abierto su espíritu a estas grandezas religiosas en un escenario más +digno de tan sublime poesía! ¡Cuán difícil era admirar la creación para +elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de +humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles +estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo +de abandono--, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de +monótono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros +puntiagudos!...». + +No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía de casa en casa, +alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni menos al fango del +arroyo... sin pensar siquiera en que llovía, sin acordarse de que el +cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita +era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en él, y sólo le servía de +tópico de conversación en las visitas de cumplido. + +La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra, +esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las +enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor +media.--Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía: +también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, desafiando los +más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta +mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus +bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno, +inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de +espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo espiritualista. + +Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se +resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran +parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera. Cada cual +buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a +las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas. + +La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su +lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba +deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de +viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia +o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y +la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de +sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban +por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña +Rufina. Oír el agua que azota los cristales allá fuera, y estar +compadeciéndose de un pobre niño perdido en los hielos... ¡qué delicia +para un alma tierna, _a su modo_, como la de la señora Marquesa! + +--Yo no soy sentimental--decía ella a D. Saturnino Bermúdez, que la oía +con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a +oreja--yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería... +pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco... +lloro... pero no hago alarde de ello. + +--Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,--respondía +el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de los +secretos sentimentales. + +El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía por temporadas +de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. Pero sus _íntimos_ +le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a +la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que +el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto del agua y la nieve». +Y como sus aventuras eran todas rurales, salía el buen Vegallana a +desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y +nieve en su coche de camino. Y así preparaba las elecciones, buscando +votos para un porvenir lejano, según frase picaresca de D. Cayetano +Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravíos. + +La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el tiempo se +metía en agua. Los que tenían el privilegio envidiable y envidiado de +penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían los chubascos que daban +pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doña Rufina. ¿Qué +habían de hacer si no? ¿A dónde habían de ir?--En la chimenea ardían los +bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas feudales +se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban +_antiguas consejas_, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder +por fuerza en todo _hogar señorial_, pero se murmuraba del mundo +entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza +prosaica y sensual que, según Bermúdez, «era la característica del +presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética».--El +gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se +tocaban, se rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién +pensaba en los aguaceros? + +En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad +excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de +oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa +de Visita «los que la favorecían una vez por semana honrando sus +salones», que eran sala y gabinete; eran de oír las carcajadas, las +bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con +estrépito las duchas de los tremendos _serpentones_ de hojalata.... Todos +despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos de la lotería +y de las charadas representadas. + +--En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del _Lábaro_) se +metían en novenas así que el tiempo se metía en agua. El elemento devoto +era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios _de +Viernes santo_, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de +Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si +bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor +religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco +popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que +se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos +favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta +última. Pero además de las Novenas tenían las almas piadosas otras +muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan +notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en +los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los +viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según Cármenes. + +El temporal retrasó no poco el cumplimiento de aquel plan de higiene +moral, impuesto suavemente por don Fermín a su querida amiga. Ana +aborrecía el lodo y la humedad; le crispaba los nervios la frialdad de +la calle húmeda y sucia, y apenas salía del sombrío caserón de los +Ozores. Había confesado otras dos veces antes de terminar Noviembre, +pero no se había decidido a ir a casa de doña Petronila, ni el Magistral +se atrevió a recordarle aquella cita. El Gran Constantino sabía ya por +su querido y admirado señor De Pas, quien la visitaba más a menudo +ahora, que doña Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y en la +administración de tantas obras piadosas como ella dirigía y pagaba +sabiamente. + +--«¿Cuándo viene por acá ese ángel hermosísimo?»--preguntaba el Obispo +madre, en estilo de novena, cargado de superlativos abstractos. + +Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran +Constantino, las del _cónclave_, como las llamaba Ripamilán, esperaban +con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera, +que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa +y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús; pues nada +menos que esto se proponían aquellas devotas de armas tomar, militantes +como coraceros. + +Pero Ana, sin saber por qué, sentía una vaga repugnancia cuando pensaba +en ir a casa de doña Petronila; le parecía mejor ver al Magistral en la +iglesia, allí encontraba ella el fervor religioso necesario para +confesar sus ideas malas, sus deseos peligrosos. El Magistral comenzó a +impacientarse; la Regenta no subía la cuesta, persistía en sus +peligrosos anhelos panteísticos, que así los calificaba él, se empeñaba +en que era piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos +profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían +reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito +para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación +absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los +libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o en una +especie de marasmo intelectual que parecía estupidez. En cuanto a la +oración, Ana decía que recitar de memoria plegarias era un ejercicio +inútil, soporífero, que irritaba los nervios; las repetía cien veces, +para fijar en ellas la atención, y llegaba a sentir náuseas antes de +conseguir un poco de fervor.... «Nada, nada de eso; no hay cosa peor que +rezar así, respondía el Magistral; a la oración ya llegaremos; por ahora +en este punto basta con sus antiguas devociones». Y, aunque temiendo los +peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla +abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían +sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que +ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas. El miedo a las +expansiones naturales de aquel espíritu ardiente le había hecho cambiar +el plan suave de los primeros días por aquel otro expuesto en el cenador +del Parque, más parecido a la ordinaria disciplina a que él sometía a +los penitentes; pero ya veía don Fermín que era preciso volver a la +blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de +ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal. +Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a +él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de +aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no +pasaba de ser una idolatría disimulada, según don Fermín. No, él no se +dejaba seducir por panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el +de su amiga. + +De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en +semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que +ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones +místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas +noticias tenía ya el confesor diligente. + +Cuando ella volvía a hablarle de aburrimiento, del dolor del hastío, de +la estupidez del agua cayendo sin cesar, él repetía: «A la iglesia, hija +mía, a la iglesia; no a rezar; a estarse allí, a soñar allí, a pensar +allí oyendo la música del órgano y de nuestra excelente capilla, oliendo +el incienso del altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo +cuanto allí brilla y se mueve, contemplando las altas bóvedas, los +pilares esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poéticas de los +cristales de colores...». Poca gracia le hacía a don Fermín esta +retórica a lo Chateaubriand; siempre había creído que recomendar la +religión por su hermosura exterior, era ofender la santidad del dogma, +pero sabía hacer de tripas corazón y amoldarse a las circunstancias. +Además, sin que él quisiera pensar en ello, le halagaba la esperanza de +encontrar a menudo en la catedral, en las Conferencias de San Vicente, +en el Catecismo, a su amiga, que allí le vería triunfante luciendo su +talento, su ciencia y su elegancia natural y sencilla. + +Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; la +humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, al +lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y horas, de +día y de noche. Don Víctor no paraba en casa. Si no estaba de caza, +entraba y salía, pero sin detenerse; apenas se detenía en su despacho. +Le había tomado cierto miedo. Varias máquinas de las que estaban +inventando o perfeccionando se le habían sublevado, erizándose de +inesperadas dificultades de mecánica racional. Allí estaban cubiertos de +glorioso polvo sobre la mesa del despacho diabólicos artefactos de acero +y madera, esperando en posturas interinas a que don Víctor emprendiese +el estudio _serio_ de las matemáticas, de todas las matemáticas, que +tenía aplazado por culpa de la compañía dramática de Perales. En tanto +Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos juguetes +irónicos que se le reían en las barbas, esquivaba su despacho siempre +que podía; y ni cartas escribía allí. Además; las colecciones botánicas, +mineralógicas y entomológicas yacían en un desorden caótico, y la pereza +de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y +mosquitos también le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y a +jugar al ajedrez; hacía muchas visitas y buscaba modo de no aburrirse +metido en casa. «Mejor», pensaba Ana sin querer. Su don Víctor, a quien +en principio ella estimaba, respetaba y hasta quería todo lo que era +menester, a su juicio, le iba pareciendo más insustancial cada día: y +cada vez que se le ponía delante echaba a rodar los proyectos de vida +piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a +ser, en cuanto mejorase el tiempo, una _beata_ en el sentido en que el +Magistral lo había solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto +todo iba bien; sabía ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle; +pero se presentaba el señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda +negra torcido, junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de +pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando +con todo el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin +poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía un +rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al +universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante +hombre. Salía don Víctor dejando tras sí las puertas abiertas, dando +órdenes caprichosas para que se cumplieran en su ausencia; y cuando Ana +ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado, +quería volver a su propedéutica piadosa, a los preparativos de vida +virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fábrica +de su religiosidad, y calificaba de hipocresía toda su resignación. «¡Oh +no, no! ¡yo no puedo ser buena! yo no sé ser buena; no puedo perdonar +las flaquezas del prójimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. Ese +hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que +quiera don Fermín, para volar hacen falta alas, aire...». Estos +pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro +volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable, +brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había +clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante _dandy_ la +tarde memorable de _Todos los Santos_. Entonces Ana se ponía en pie, +recorría el comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del +chal apretado al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y +acababa por acercarse a los vidrios del balcón y apretar contra ellos la +frente. Salía, cruzando el estrado triste, pasillos y galerías; llegaba +a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con +ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los +castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas +largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes. Si no +llovía mucho, Frígilis solía andar por allí; más tiempo faltaba +Quintanar de casa que Frígilis de la huerta. Ana acababa por verle. +«Aquel había sido su único amigo en la triste juventud, en el tiempo de +la servidumbre miserable; y ahora casi le odiaba; él la había casado; y +sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba +ahora a sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su gusto, +sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos tajos y +aquellos injertos...». «¡Y pensar que aquel hombre había sido +inteligente, amable! Y ahora... no era más que una máquina agrícola, +unas tijeras, una segadora mecánica, ¡a quién no embrutecía la vida de +Vetusta!». + +Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los cristales, la saludaba +con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre la tierra; aplastaba un +caracol, cortaba un vástago importuno, afirmaba un rodrigón y seguía +adelante, arrastrando los zapatos blancos sobre la arena húmeda de los +senderos.... Y Ana veía desaparecer entre las ramas aquel sombrero +redondo, flexible, siempre gris, aquel tapabocas de cuadros de pana +eternamente colgado al cuello, aquella cazadora parda y aquellos +pantalones ni anchos ni estrechos, ni nuevos ni viejos, de ramitos +borrosos de lana verde y roja alternando sobre fondo negro. + +A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.--Paco +estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprendía +él que su ídolo, su don Álvaro tardase tanto en conquistar una voluntad, +en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya conquistada. + +--«Ella está enamorada de ti, de eso estoy seguro»--decía Paco a Mesía +en el Casino, a última hora, cuando sólo quedaban allí los +trasnochadores de oficio. + +Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca +servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y +llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias; Mesía +melancólico, pasando a tragos la nostalgia de lo infinito, que también +tienen los _descreídos_ a su modo, inclinaba mustia la gallarda y fina +cabeza de un rubio pálido, y parecía un poco más viejo que de ordinario. +Callaba, y comía y bebía. Paco, con la boca llena, pero no por modo +grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las +mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote. + +--Ella está enamorada, de eso estoy seguro... pero tú... tú no eres el +de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres venir conmigo a su +casa... y eso que don Víctor nunca está, siempre anda con el espiritista +de Frígilis por esos montes. + +Paco creía que Frígilis era espiritista, opinión muy generalizada en +Vetusta. + +--En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara... +histérica... hay que estudiarla bien. Dejadme a mí. + +No quería confesar que se tenía por derrotado: creía firmemente que Ana +estaba entregada al Magistral. No quería aquella conversación; se sentía +ahora humillado con la protección de Paco, solicitada meses antes por +él. Sin saberlo, el Marquesito le hacía daño cada vez que le hablaba de +tal asunto y le proponía planes de ataque y medios para entrar en la +plaza por sorpresa. «¿Cuándo había necesitado él, Mesía, socorros por el +estilo? ¿Cuándo había permitido a nadie saber el cómo y a qué hora +vencía a una mujer?... ¡Y esta señora le humillaba así! ¡Cómo se reiría +de él Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo Paco! ¿qué pensaría? ¡Ah +Regenta, Regenta, si venzo al fin!... ¡ya me las pagarás!». Pero ya no +esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo +permitía, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza española; +pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces veía detrás de los +cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba amable y +tranquila; pero no era el caballo talismán como él había creído, porque +la escena de la tarde aquélla no se repitió nunca. «Sí, lo que yo temía, +no fue más que un cuarto de hora que no pude aprovechar». Creía con fe +inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión dificilísima, +casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, coincidiendo con otro +cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no satisfacía su amor +propio, sería un placer efímero y una venganza... ¡y además era casi +imposible! Pocas veces se había atrevido a visitar a la Regenta, que no +le recibía si no estaba don Víctor en casa. Quintanar, en cambio, le +abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado, +como él decía, de aquel hermoso figurín: ¡qué arrogante primer galán en +comedia de costumbres haría el dignísimo don Álvaro! Pero ya que las +tablas no le llamasen ¿por qué no se hacía diputado a Cortes? Mesía +había nacido para algo más que cabeza de ratón; era poco ser jefe de un +partido, que nunca era poder, en una capital de segundo orden. ¿Por qué +no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo? + +Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro inclinaba la +cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo: + +--«¡Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este miserable +rincón!». + +--Usted es de la madera de los ministros.... + +--Oh... don Víctor... no crea usted que eso me halaga.... ¡Ministro! +¿Para qué? Yo no tengo ambición política.... Si milito en un partido es +por servir a mi país, pero la política me es antipática... tanta +farsa... tanta mentira.... + +--Efectivamente, en los Estados Unidos sólo son políticos los +perdidos... pero en España... es otra cosa... un hombre como usted.... +Subiría mi don Álvaro como la espuma. + +Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta.... Por lo +demás, él seguía considerando que ante todo era un hombre político. Lo +de ir a Madrid lo dejaba para más adelante. Ahora hacía diputados desde +Vetusta y se quedaba allí; pero en cuanto tuviera más blanda a la señora +del ministro, él volaría, él volaría... seguro de no dar un batacazo. +Estos eran sus planes. Pero además aquella resistencia de Ana, que había +creído vencer si no en pocas semanas en pocos meses, era un nuevo motivo +para retrasar el cambio de vecindad. + +¿Cómo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella mujer parecía ya +invencible. + +Desde la noche de Todos los Santos, Mesía, vergüenza le daba +confesárselo a sí mismo, no había adelantado un paso. Ocho días había +estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logró +tal intento fue para convencerse de que aquella exaltación de la tarde +dichosa había pasado acaso para siempre. + +Visitación se volvía loca. Su marido, el señor Cuervo, y sus hijos +comían los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella había +salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver. «¿Cómo +había de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y +resistía al hombre irresistible con heroicidad de roca?». El mísero +empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de tiple +decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa: + +--Silencio, niños, que mamá riñe si se come sin ella. + +Y la sopa se enfriaba, y al fin aparecía Visitación, sofocada, +distraída, de mal humor. Venía de casa de Vegallana donde había +conseguido que Ana y Álvaro se hablaran a solas un momento, por +casualidad... que había preparado ella. ¡Pero buena conversación te dé +Dios! Él había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a ella, a +Visita: «¡Déjame en paz! al querer darle una broma. ¡Déjame en paz!» +señal de que no daba un paso. Visitación sentía ahora una vergüenza +retrospectiva; recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, lo +comparaba con la resistencia de Ana y... se le encendían las mejillas de +cólera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le decía en la conciencia +que el oficio que había tomado era miserable... pero buena estaba ella +para oír consejos de comedia moral y gritos interiores; aquel anhelo +villano era una pasión cada día más fuerte, era de un saborcillo +agridulce y picante que prefería ya a todas las dulzuras de la +confitería. Era una pasión, una cosa que recordaba la juventud, aunque +al mismo tiempo parecía síntoma de la vejez. En fin, ella no trataba de +resistir, y había llegado a creer que sería capaz de arrojar a su amiga +a la fuerza en brazos del antiguo amante. De todos modos, en casa de +Visita faltaba la limpieza de suelo y muebles, de sala y cocina, y no +era su hogar una taza de plata, y día hubo que el marido no encontró +camisa en el armario y se fue al Banco... con un camisolín de su mujer, +que simulaba bien o mal un cuello marinero. + +Pero tanto afán era inútil; ni Visita, ni Paco, ni los paseos a caballo +de Mesía, conseguían rendir a la Regenta. ¡Y si al menos se viera que +era indiferencia aquella fortaleza! Pero, no; a leguas se veía, según +los tres, que Ana estaba interesada. Esto era lo que les irritaba más, +sobre todo a Visita. Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la +del Banco, por más que ella le hurgaba. Con Paco únicamente desahogaba, +y pocas veces.--Pero Ana creía en un complot y esto la ayudaba no poco +en su defensa. Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de +protestas pesadas, insufribles de Quintanar, que repetía: + +--¡Qué dirán esos señores, Anita, qué dirán los Marqueses! + +Si don Álvaro perdía la esperanza, el Magistral tampoco estaba +satisfecho. Veía muy lejos el día de la victoria; la inercia de Ana le +presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado. +Además, su amor propio estaba herido. Si alguna vez había ensayado +interesar a su amiga descubriéndole, o por vía de ejemplo o por alarde +de confianza, algo de la propia historia íntima, ella había escuchado +distraída, como absorta en el egoísmo de sus penas y cuidados. Más +había; aquella señora que hablaba de grandes sacrificios, que pretendía +vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus +costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la +lluvia; se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de +cosa santa, las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios. +«El madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una máquina +eléctrica». Esto era humillante para la religión y _depresivo_ para don +Fermín; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma al +Provisor y le quitaba el sueño. + +Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que +Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe violento. +Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía de vez en cuando, +había estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de +las huertas. Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un +libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él +mismo le había regalado. Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos, +había arrojado el libro con desdén sobre un banco. + +--¡Oh! ¡oh! ¡estamos mal!--había exclamado el clérigo desde la torre: +conteniendo en seguida la ira, como si Ana pudiera oír sus quejas. +Después habían aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar. +Don Álvaro había estrechado la mano de la Regenta que no la había +retirado tan pronto como debiera; «¡aunque no fuese más que por estar +viéndolos él!». Don Víctor había desaparecido y el seductor de oficio y +la dama se habían ocultado poco a poco entre los árboles, en un recodo +de un sendero. El Magistral sintió entonces impulsos de arrojarse de la +torre. Lo hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco +después había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor, +con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado de don +Tomás Crespo, el del tapabocas; los dos se habían ido en busca de los +otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el objetivo del +catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del canónigo. Don +Víctor levantaba la cabeza, extendía el brazo, señalaba a las nubes y +daba pataditas en el suelo. Ana había desaparecido otra vez, había +entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y +a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero; y los cuatro +habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave. +¡Iban al campo! + +Cuando don Fermín se vio encerrado entre las cuatro tablas de su +confesonario, se comparó al criminal metido en el cepo. + +Aquel día las hijas de confesión del Magistral le encontraron distraído, +impaciente; le sentían dar vueltas en el banco, la madera del armatoste +crujía, las penitencias eran desproporcionadas, enormes. + +En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la +capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese, +presentarse, que era lo que él quería, lo que él necesitaba. Verdad era +que no habían quedado en tal cosa; ocho días faltaban para la próxima +confesión, ¿por qué había de venir? «Por que sí, por que él lo +necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien, +que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad +no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén +sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre los árboles de +Frígilis sin más ni más, en compañía de un buen mozo materialista y +corrompido». Pero, no, no pareció por la capilla Ana. «Sabe Dios dónde +estarían. ¿Qué expedición era aquella? Necedades de don Víctor; había +levantado el brazo señalando a las nubes; aquello parecía como responder +del buen tiempo; en efecto, la tarde estaba hermosa, podía asegurarse +que no llovería... pero ¿y qué? ¿Era esa razón suficiente para salir con +el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, sí, don Fermín volvía +a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jamás se había acusado de una +afición singular; hablaba de tentaciones en general y de ensueños +lascivos, pero no confesaba amar a un hombre determinado. Y Ana, su +dulce amiga, no mentía jamás y menos en el tribunal santo. Pero entonces +¿con quién soñaba? El Magistral recordó la dulcísima hipótesis que había +acariciado algún día... y ahora se oponía esta otra que le hacía saltar +dentro del cajón de celosías: supongamos que sueña con... ese +caballero». Salió de la capilla furioso, sin disimularlo apenas. +Encontró en el trascoro a don Custodio y no le contestó al saludo; entró +en la sacristía y amenazó al _Palomo_ con la cesantía, porque el gato +había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pasó después al palacio +y el Obispo sufrió una fuerte reprensión de las que en tono casi +irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía enderezarle su Provisor. El +buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía dinero para pagar una cuenta +de un sastre que había hecho sotanas nuevas a los familiares de S. I. Y +el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un +papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los +dedos. El alfayate llamaba serenísimo señor al prelado, pero pedía lo +suyo. + +Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un préstamo. El Magistral se +hizo rogar, y ofreció anticipar el dinero después de humillar cien veces +al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metáforas religiosas. + +«¿A qué habían venido las sotanas nuevas? Y sobre todo, ¿por qué las +pagaba él, Fortunato, de su bolsillo? Si sabía que no tenía un cuarto, +porque toda la paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se +comprometía?». Fortunato confesó que parecía un subteniente de los +sometidos a descuento; dijo que quería salir de aquella vida de trampas. + +--«Yo no sé lo que debo ya a tu madre, Fermín, ¿debe de ser un +dineral?». + +--«Sí, señor, un dineral, pero lo peor no es que usted nos arruine, sino +que se arruina también, y lo sabe el mundo y esto es en desprestigio de +la Iglesia.... Empeñarse por los pobres.... Ser un tramposo de la caridad. +Hombre, por Dios, ¿dónde vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus +bienes y sígueme, pero no ha dicho: reparte los bienes de los demás...». + +--Hablas como un sabio, hijo mío, hablas como un sabio, y si no fuera +indecoroso, pedía al ministro que me pusiera a descuento, a ver si me +corregía. + +Después entró en las oficinas De Pas y allí tuvieron motivo para +acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontró mal; revolvió +expedientes, descubrió abusos, sacudió polvo, amenazó con suspender +sueldos, negó todo lo que pudo, preparó dos o tres castigos, para varios +párrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que «no daba un +cuarto» para una suscripción de los marineros náufragos de Palomares. + +--Señor--le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un +gorro catalán en la mano--¡señor, que este año nos morimos de hambre! +¡que no da para borona la costera del besugo!... + +Pero el Magistral salió sin responder siquiera, pensando en Ana y en +Mesía; y a la media hora, cuando paseaba por el Espolón solo y a paso +largo, olvidando el compás de su marcha ordinaria, le repetía en los +sesos, no sabía qué voz: ¡besugo, besugo! + +«¿Por qué se acordaba él del besugo?». Y encogió los hombros irritado +también con aquella obsesión de estúpido. + +--No faltaba más que ahora me volviera loco. + +Pasaron ocho días y a la hora señalada Anita se presentó de rodillas +ante la celosía del confesonario. + +Después de la absolución enjugó una lágrima que caía por su mejilla, se +levantó y salió al pórtico. Allí esperó al Magistral y juntos, cerca ya +del obscurecer, llegaron a casa de doña Petronila. + +Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la _Madre del +Amor Hermoso_, con sus ojazos de color de avellana asomados a los +cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda, +los párpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo +áspero que ceñía su cabeza; barba redonda y carnosa, nariz de corrección +insignificante, boca grande, labios pálidos y gruesos. Era alta, ancha +de hombros, y su larga viudez casta parecía haber echado sobre su cuerpo +algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen +vetusta. El vestido era negro, hábito de los Dolores, con una correa de +charol muy ancha y escudo de plata chillón, ostentoso, en la manga, +ceñida a la muñeca de gañán con presillas de abalorios. + +Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras +chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra. Se levantó, abrazó a +la Regenta y besó la mano del Magistral. Les suplicó, después de +agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen terminar aquel +embrollo de números; y dama y clérigo se vieron solos en el salón +sombrío, de damasco verde obscuro y de papel gris y oro. Ana se sentó en +el sofá, el Magistral a su lado en un sillón. Las maderas de los +balcones entornados dejaban pasar rayos estrechos de la luz del día +moribundo; apenas se veían Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha +salió un gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se +acercó al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a la +Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y después de frotar +el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, salió al pasillo +con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones. Ana tuvo +aprensión de que olía a incienso el blanquísimo gato; de todas maneras, +parecía un símbolo de la devoción doméstica de doña Petronila. En toda +la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era +tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a +estoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce pero +algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia. + +Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, entró con +una lámpara antigua de bronce, que dejó sobre un velador después de +decir con voz de monja acatarrada: «¡Buenas noches!» sin levantar los +ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises. + +Volvieron a quedar solos Ana y su confesor. + +Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una +voz que se parecía a la del gato blanco: + +--No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le agradezco esta +resolución.... + +--Hubiera usted hablado antes...--Bastante he hablado, picarilla... +--Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un desaire que yo le +hacía y que ya sabían estas señoras el negarme a venir.... ¡Llovía +tanto!... Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada me +horroriza.... Yo estoy enferma... sí, señor, a pesar de estos colores y +de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me +figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona.... No sé +cómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de +mí... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendría +lástima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado como +hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don Fermín, yo seré +cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que debo a usted, y que +nunca podré pagárselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en que +yo vivía, no puede usted figurarse lo que valía para mí... y la voz de +usted vino tan a tiempo.... Yo no he tenido madre, viví como usted +sabe... no sé ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino es +pura poesía, y la poesía de la virtud parece prosa al que no es +virtuoso... ya lo sé... Por eso quiero que usted me guíe.... Vendré a +esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas me +impongan.... Haré todo lo que usted manda; no ya por sumisión, por +egoísmo, porque está visto que no sé disponer de mí; prefiero que me +mande usted.... Yo quiero volver a ser una niña, empezar mi educación, +ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como +ahora.... Y además necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se +lo he dicho a usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro +alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia. «Si Él está +aquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero no vale, porque, ya se lo +he dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, como +dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelión, argumentos impíos, +preocupaciones necias, tercas, que no sé cuándo aprendí, que vagamente +recuerdo haber oído en mi casa, cuando vivía mi padre. Y a veces se me +antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso +doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por +probarme a mí misma la presencia de Dios?... + +--¡Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! Sí, sí, +hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos, estoy +seguro de ello; usted es buena, el Señor está con usted... y yo daría mi +vida por sacarla de esas aprensiones.... Todo ello es enfermedad, es +flato, nervios... ¿qué sé yo? Pero es material, no tiene nada que ver +con el alma... pero el contacto es un peligro, sí, Anita; no ya por mí, +por usted es necesario entrar en la vida devota práctica.... ¡Las obras, +las obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. Si +a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas +buenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no las condene +ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide +de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si usted pudiera +penetrar en mi alma, Anita! yo sí que jamás podré pagarle esta hermosa +resolución de esta tarde.... + +--¡Habló usted de un modo! + +--Hablé con el alma...--Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo.... + +--Pero al fin... vida nueva; ¿no es verdad, hija mía? + +--Sí, sí, padre mío, vida nueva.... + +Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió una +mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadón de crochet, y la +oprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana sintió fuego en el rostro, +pero le pareció absurdo alarmarse. Los dos se habían levantado, y +entonces entró doña Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de +la Regenta.... + +--Señora mía, llega usted a tiempo; usted será testigo de que la oveja +ofrece solemnemente al pastor no separarse jamás del redil que escoge.... + +El Gran Constantino besó la frente de Ana. + +Fue un beso solemne, apretado, pero frío.... Parecía poner allí el sello +de una cofradía mojado en hielo. + + + + +--XIX-- + + +Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía las +enfermedades de sus clientes a la _Primavera médica_, de la que no tenía +muy claro concepto; pero como su misión principal era consolar a los +afligidos y solía satisfacerles esta explicación climatológica, el +médico buen mozo no pensaba en buscar otra. La _Primavera médica_ fue la +que _postró en cama_, según don Robustiano, a la Regenta, que se acostó +una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la +cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al día siguiente, +saliendo de sueños poblados de larvas, comprendió que tenía fiebre. + +Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvería hasta +las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al médico y Petra se instaló +a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La cocinera, Servanda, iba +y venía con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia; +era nueva en la casa y venía del monte. Mucho tiempo hacía que Anita no +había tenido uno de aquellos impulsos cariñosos de que solía ser objeto +don Víctor, pero aquel día, a la tarde, sobre todo al obscurecer, lloró +ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. «¡Cuánto deseaba su +presencia! sólo él podría acompañarla en la soledad de enfermo que +empezaba aquel día». En vano la Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilán +acudieron presurosos al tener noticia del mal; a todos los recibió +afablemente, sonrió a todos, pero contaba los minutos que faltaban para +las diez de la noche. «¡Su Quintanar! Aquél era el verdadero amigo, el +padre, la madre, todo». La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga +enferma; le tocó la frente y dijo que no era nada, que tenía razón +Somoza, la primavera médica... y habló de zarzaparrilla y se despidió +pronto. Paco admiraba en silencio la hermosura de Ana, cuya cabeza +hundida en la blancura blanda de las almohadas le parecía «una joya en +su estuche». Observó Visita que más que nunca se parecía entonces Ana a +la Virgen de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la +Regenta, y a su rostro rosas encarnadas; y en el sonreír parecía una +santa. Paco pensó sin querer, «que estaba apetitosa». Se ofreció mucho, +como su madre, y salió. En el pasillo dio un pellizco a Petra que traía +un vaso de agua azucarada. Visita dejó la mantilla sobre el lecho de su +amiga y se preparó a meterse en todo, sin hacer caso del gesto +impertinente de Petra. «¿Quién se fiaba de criados? Afortunadamente +estaba ella allí para todo lo que hiciera falta». + +«Por lo demás, tu Quintanar del alma hemos de confesar que tiene sus +cosas; ¿a quién se le ocurre irse de caza dejándote así?». + +--Pero qué sabía él.... + +--¿Pues no te quejabas ya anoche? + +--Ese Frígilis tiene la culpa de todo.... + +--Y quien anda con Frígilis se vuelve loco ni más ni menos que él. ¿No +es ese Frígilis el que injertaba gallos ingleses? + +--Sí, sí, él era. + +--¿Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente mono mal +educado está él... pero, mujer, si ni siquiera viste de persona +decente.... Yo nunca le he visto el cuello de la camisa... ni +_chistera_... + +Somoza volvió a las ocho de la noche; a pesar de la primavera médica, no +estaba tranquilo; miró la lengua a la enferma, le tomó el pulso, le +mandó aplicar al sobaco un termómetro que sacó él del bolsillo, y contó +los grados. Se puso el doctor como una cereza.... Miró a Visita con torvo +ceño y echándose a adivinar exclamó con enojo: + +--¡Estamos mal!... Aquí se ha hablado mucho.... Me la han aturdido, +¿verdad? ¡Como si lo viera... mucha gente, de fijo... mucha +conversación!... + +Entonces fue Visita quien sintió encendido el rostro. Somoza había +adivinado. No sabía medicina, pero sabía con quién trataba. Recetó; +censuró también a don Víctor por su intempestiva ausencia; dijo que un +loco hacía ciento; que Frígilis sabía tanto de darwinismo como él de +herrar moscas; dio dos palmaditas en la cara a la Regenta, +complaciéndose en el contacto; y cerrando puertas con estrépito salió, +no sin despedirse hasta mañana temprano, desde lejos. + +Visitación, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una buena +ración de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que Somoza y la +carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco creía en la medicina casera +y renegaba de los médicos. Dos veces la había sacado a ella de peligros +puerperales una famosa matrona sin matrícula ni Dios que lo fundó: «Di +tú que todo es farsa en este mundo. ¡Cómo decir que estás peor porque +se ha procurado distraerte! ¡animal! ¡qué sabrá él lo que es una mujer +nerviosa, de imaginación viva! De fijo que si no estoy yo aquí, te +consumes todo el día pensando tristezas, y dándole vueltas a la idea de +tu Quintanar ausente; 'que por qué no estará aquí, que si es buen +marido, que ya no es un niño para no reflexionar'... y qué sé yo; las +cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con motivo +para quejarse de alguno». + +Ana estudiaba el modo de oír a Visita sin enterarse de lo que decía, +pensando en otra cosa, única manera de hacer soportable el tormento de +su palique. A las diez y cuarto entró en la alcoba don Víctor, +chorreando pájaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturón de +cuero; detrás venía don Tomás Crespo, Frígilis, con sombrero gris +arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de triple suela. +Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la +capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal hizo, saltó a los +brazos de su mujer, llenándole de besos la frente, sin acordarse de que +había testigos. + +«¡Ay, sí! aquello era el padre, la madre, el hermano, la fortaleza dulce +de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor casero; no, no +estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo». Eterna fidelidad le +juró callando, en el beso largo, intenso con que pagó los del marido. El +bigote de don Víctor parecía una escoba mojada; con la humedad que traía +de las marismas roció la frente de su esposa; pero ella no sintió +repugnancia, y vio oro y plata en aquellos pelos tiesos que parecían un +cepillo de yerbas hechas ceniza por la raíz y tostadas por las puntas. +También don Víctor opinó que «aquello no sería nada», pero de todos +modos, lamentó en el alma no haber venido en el tren de las cuatro y +media. + +--Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. Sí, +señora--añadió dirigiéndose a Visita--que lo diga este, no sé por qué se +me figuró que debía volver más temprano a casa.... + +--Oh, sí, de eso esté usted seguro. Hay presentimientos--gritó la del +Banco, que se disponía a narrar tres o cuatro adivinaciones suyas. + +--Pero este tuvo la culpa.... Frígilis encogió los hombros y tomó el +pulso a la enferma, que le apretó la mano, perdonándoselo todo. La +verdad era que don Víctor había querido volver temprano... para no +perder el teatro. Pero esto no se podía decir. Frígilis, en silencio, +tuvo una vez más ocasión de negar la existencia de los avisos +sobrenaturales.--Se había destocado y su cabello espeso, de color +montaraz, cortado por igual, parecía una mata, una muestra de las +breñas. Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo; le enojaba la +luz, tropezaba con los muebles, olía al monte; traía pegada al cuerpo la +niebla de las marismas y parecía rodeado de la obscuridad y la frescura +del campo. Tenía algo de la fiera que cae en la trampa, del murciélago +que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de +Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el símbolo de la salud +queriendo _contagiar_ con sus emanaciones a la enferma. + +Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin +trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a su +amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en +que temblaba el llanto: + +--No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, estáte +aquí, por Dios, Quintanar.... + +--Sí, hija, sí, pues no faltaba más...--Y solícito, cariñoso le ceñía el +embozo de las sábanas a la espalda sonrosada, de raso, que él no miraba +siquiera. Pero la Regenta notó luego que su marido estaba preocupado. + +--¿Qué tienes? ¿Tienes aprensión? Crees que estoy peor de lo que +dicen... y quieres disimular.... + +--No, hija, no... por amor de Dios... no es eso.... + +--Sí, sí; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te aseguro que esto +pasará; lo conozco yo; ya sabes cómo soy, parece que me amaga una +enfermedad... y después no es nada.... Ahora, sí, estoy muy nerviosa, se +me figura a lo mejor que me abandona el mundo, que me quedo sola, +sola... y te necesito a ti... pero esto pasa, esto es nervioso.... + +--Sí, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levantó diciendo: + +--Vida mía, soy contigo. Y salió por la puerta de escape. + +--A ver--gritó en el pasillo--; Petra, Servanda, Anselmo, cualquiera... +¿se llevó la perdiz don Tomás? + +Anselmo registró las aves muertas, depositadas en la cocina, y contestó +desde lejos: + +--¡Sí, señor; aquí no hay perdices! + +--¡Ira de Dios! ¡Pardiez! ¡Malhaya! ¡Siempre el mismo! Si es mía, si la +maté yo... si estoy seguro de que fue mi tiro.... ¡Es lo más +vanidoso!... ¡Anselmo! oye esto que digo: mañana al ser de día, +¿entiendes? te _personas_ en casa de don Tomás, y le pides de mi parte, +con la mayor energía y seriedad, la perdiz, esté como esté, ¿entiendes? +y que no es broma, y aunque esté pelada, que quiero que me la +restituya... _Suum cuique_. Ana oyó los gritos y se apresuró a perdonar +aquella debilidad inocente de su esposo. «Todos los cazadores son así», +pensó con la benevolencia de la fiebre incipiente. + +Volvió don Víctor y la sonrisa dulce, cristiana de su esposa, le +restituyó la calma, ya que la perdiz no podía. + +Hasta la una y media no _concilió el sueño_ su mujer, y _entonces y sólo +entonces_, pudo don Víctor disponerse a dormir. + +Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consideró que era un +contratiempo serio la enfermedad de su queridísima Ana. «Él no estaba +alarmado, bien lo sabía Dios; no había peligro; si lo hubiese lo +conocería en el susto, en el dolor que le estaría atormentando; no había +susto, no había dolor, luego no había peligro. Pero había contratiempo; +por de pronto, adiós teatro para muchos días, y aunque se trataba ahora +de una compañía de zarzuela, que era un _género híbrido_, sin embargo, +él confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y sencillas de +la zarzuela seria, y había encontrado noches pasadas cierto _color local +en Marina_, y _sabor_ de época en _El Dominó Azul_, sin contar con los +amores contrarios del _Juramento_, que eran cosa delicada. Pero ¿y la +expedición con el Gobernador de la provincia, para inaugurar el +ferrocarril económico de Occidente? ¿Y las partidas de dominó con el +Ingeniero jefe en el Casino? ¿Y los paseos largos que necesitaba para +hacer bien la digestión?». La idea de no salir de casa en muchos días, +le aterraba.... Se acostó de muy mal humor. Apagó la luz. La obscuridad +le sugirió un remordimiento. «Era un egoísta, no pensaba en su pobrecita +mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos». Y, como en desagravio, +para engañarse a sí propio, suspiró con fuerza y exclamó en voz alta: + +--¡Pobrecita de mi alma! Y se durmió satisfecho. Despertó con la cabeza +llena de proyectos, como solía; pero de repente pensó en Ana, en la +fiebre y se llenó su alma de tristeza cobarde.... «¡Sabe Dios lo que +sería aquello!». La botica, los jaropes que él aborrecía, el miedo a +equivocar las dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas, +creyendo que podían ser veneno (para don Víctor el veneno, a pesar de +sus estudios físico-químicos, siempre era verde o amarillo), las +equivocaciones y torpezas de las criadas, las horas de hastío y silencio +al pie del lecho de la enferma, las inquietudes naturales, el estar +pendiente de las palabras de Somoza, el hablar con todos los que +quisieran enterarse de la misma cosa, de los grados de la enfermedad... +todas estas incomodidades se aglomeraron en la imaginación de don +Víctor, que escupió bilis repetidas veces, y se levantó lleno de lástima +de sí mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvidó de repente de todo +aquello: Ana estaba mal, había delirado; no habían querido despertarle, +pero la señora había pasado una noche terrible según Petra, que había +velado. + +Somoza llegó a las ocho.--¿Qué es? ¿qué tiene? ¿hay gravedad? + +Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas +cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía. + +El médico no contestó. Recetó y salió al gabinete. + +--¿Qué hay? ¿qué hay?--repetía allí Quintanar con voz trémula y muy +bajo--... ¿Qué hay? + +Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación... + +«¡Qué hay! ¡qué hay! eso pronto se pregunta»; don Robustiano no sabía +lo que iba a hacer, pero parecía algo gordo por las señas; esto pensó, +pero dijo: + +--Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder +de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara...; eso hay. + +--Pero ¿es cosa grave, es cosa grave? + +--Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es +grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto.... ¿Se +trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis... tal +vez... pero hay fenómenos reflejos que engañan.... + +--¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la primavera médica?... + +--Hombre, los nervios siempre andan en el ajo... y la primavera... la +sangre... la savia nueva... es claro... todo influye... pero usted no +puede entender esto.... + +--No, señor, no puedo. En mis ratos de ocio he leído libros de medicina, +conozco el Jaccoud... pero semejante lectura me daba ganas de... vamos, +sentía náuseas y se me figuraba oír la sangre circular, y creía que era +así... una cosa como el depósito del Lozoya, con canales, compuertas en +el corazón.... + +--Bueno, bueno; por mí no disparate usted más. Hasta la tarde; si hay +novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni dejar... que +entre Visitación... que la aturde. ¡La ciencia prohíbe terminantemente +que esa señora protectora de comadronas parteras meta aquí la pata!... + +Cuatro días después, don Robustiano mandaba en su lugar a un médico +joven, su protegido; creía llegado el caso de inhibirse; ya se sabía, él +no podía asistir a las personas muy queridas cuando llegaban a cierto +estado.... + +El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declaró que la +enfermedad no era grave, pero sí larga, y de convalecencia penosa. No le +gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades, y +empleaba los técnicos si le apuraban, no por ridícula pedantería, sino +por salir con su gusto de no enterar a los profanos de lo que no importa +que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello fue que Anita creyó que se +moría, y padeció aún más que en el tiempo del mayor peligro, cuando +empezaron a decirle que estaba mejor. Al saber que había pasado seis +días en aquella torpeza con intervalos de exaltación y delirio, extrañó +mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio. + +La debilidad la tenía aún más que rendida, exaltada y vidriosa. Todo lo +veía de un color amarillento pálido; entre los objetos y ella, flotaban +infinitos puntos y circulillos de aire, como burbujas a veces, como +polvo y como telarañas muy sutiles otras: si dejaba los brazos tendidos +sobre el embozo de su lecho y miraba las manos flacas, surcadas por +haces de azul sobre fondo blanco mate, creía de repente que aquellos +dedos no eran suyos, que el moverlos no dependía de su voluntad, y el +decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran esfuerzo. Sus +mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos caldos +insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe +y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de +soplar. El ideal del caldo, según Quintanar, nunca lo _realizaban_ las +criadas de Vetusta. De esto hablaba él, mientras Ana sentía sudores +mortales que parecían sacarle de la piel la última fuerza, y hasta el +ánimo de vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por +dentro; a veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a +verse repartida en mil, y el horror dominándola producía una reacción de +energía suficiente a volverla a su _yo_, como a un puerto seguro; al +recobrar esta conciencia de sí, se sentía padeciendo mucho, pero casi +gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era +quien era. Si don Víctor hablaba a su lado, sin querer Ana seguía +entonces el pensamiento de su esposo, y contra su deseo, la atención se +fijaba en los juicios de Quintanar, y la inteligencia les aplicaba +rigorosa crítica, un análisis sutil y doloroso para la enferma, que al +pulverizar a pesar suyo las sinrazones del marido, padecía tormento +indescriptible, en el cerebro según ella. + +Veía al médico muy preocupado con el _tronco_ y sin pensar en los +dolores inefables que ella sentía en lo más suyo, en algo que sería +cuerpo, pero que parecía alma, según era íntimo. Todos los días había +que palpar el vientre y hacer preguntas relativas a las funciones más +humildes de la vida animal; don Víctor, que no se fiaba de su memoria, +siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que +asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al +médico importaba saber de estos pormenores. + +Mientras duró el temor de la gravedad, el amante esposo no pensó más que +en la enferma y cumplió como bueno; si era a veces importuno, +descuidado, o poco hábil, era sin conciencia. Después empezó a +aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba al decir las +horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidió tomarle +afición al oficio de enfermero y lo consiguió: llegó a ser para él tan +divertido como hacer pórticos ojivales de marquetería, el preparar +menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer con yodo; soplar y limpiar +caldos y consultar el reloj para contar los minutos y hasta los +segundos; operación en que llegó a poner una exactitud que impacientaba +a Petra y a Servanda. Esperaba con afán la visita del médico, primero +para hacerse decir veinte veces que Ana iba mejor, mucho mejor, y +además, para gozar con la conversación alegre, ajena a todas las +enfermedades del mundo, que seguía a la parte facultativa de la visita. +El sustituto de Somoza no era hablador, pero se divertía oyendo a +Quintanar, y este llegó a profesar gran cariño a Benítez, que así se +llamaba. El contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la +alcoba estrecha y llena de una atmósfera pesada; de la vida monótona de +casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el +aire libre, la última zarzuela, encantaba a don Víctor, que llevaba la +conversación a cosas frescas, grandes y de muchos accidentes. También le +gustaba discutir con Benítez y sondearle, como él decía. Uno de los +problemas que más preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad +de los mundos habitados. Él creía que sí, que había habitantes en todos +los astros, la generosidad de Dios lo exigía; y citaba a Flammarión, y +las cartas de Feijóo y la opinión de un obispo inglés, cuyo nombre no +recordaba «Mister no sé cuántos», porque para él todos los ingleses eran +Mister. + +Desde que el médico declaró que la mejoría, aunque lenta, sería continua +probablemente, Quintanar, muy contento, no permitió que se dudase de +aquella no interrumpida marcha en busca de la salud. Su egoísmo +candoroso, pero fuerte, estaba cansado de pensar en los demás, de +olvidarse a sí mismo, no quería más tiempo de servidumbre, y si Ana se +quejaba, su marido torcía el gesto, y hasta llegó a hablar con voz +agridulce de la paciencia y de la formalidad. + +--No seamos niños, Ana; tú estás mejor, eso que tienes es efecto de la +debilidad... no pienses en ello... es aprensión; la aprensión hace más +víctimas que el mal. Y repetía infaliblemente la parábola del cólera y +la aprensión. + +La idea de una recaída, de un estancamiento siquiera, le parecía +subversiva, una maquinación contra su reposo. «Él no era de piedra. No +podría resistir...». + +Ya no tenía compasión de la enferma; ya no había allí más que nervios... +y empezó a pensar en sí mismo exclusivamente. Entraba y salía a cada +momento en la alcoba de Ana; casi nunca se sentaba, y hasta llegó a +fastidiarle el registro de medicinas y demás pormenores íntimos. El +médico tuvo que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y +hasta mentiras para estar fuera, en su despacho, en el Parque. «¡Qué +gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el +autor de todo». Y respiraba don Víctor las auras de abril con placer +voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvió a componer sus +maquinillas, soñó con nuevos inventos, y envidió a Frígilis la +aclimatación del Eucaliptus globulus en Vetusta. + +La Regenta notó la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y horas +que a él le parecían minutos. Cuando las congojas la anegaban en mares +de tristeza, que parecían sin orillas, cuando se sentía como aislada del +mundo, abandonada sin remedio, ya no llamaba a Quintanar, aunque era el +único ser vivo de quien entonces se acordaba; prefería dejarle tranquilo +allá fuera, porque si venía le hacía daño con aquel desdén gárrulo y +absurdo de los padecimientos nerviosos. + +Una tarde de color de plomo, más triste por ser de primavera y parecer +de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas de +almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban +posturas trágicas abrigos de ella y unos pantalones que don Víctor +dejara allí; sin fe en el médico creyendo en no sabía qué mal incurable +que no comprendían los doctores de Vetusta, tuvo de repente, como un +amargor del cerebro, esta idea: «Estoy sola en el mundo». Y el mundo era +plomizo, amarillento o negro según las horas, según los días; el mundo +era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas, +monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los +cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el +gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol +dando vueltas muy rápidas alrededor de la tierra, y esto eran los días; +nada. Las gentes entraban y salían en su alcoba como en el escenario de +un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de fuera: +su realidad era otra, aquello la máscara. «Nadie amaba a nadie. Así era +el mundo y ella estaba sola». Miró a su cuerpo y le pareció tierra. «Era +cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podía; se parecía +más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella». «Yo soy mi +alma», dijo entre dientes, y soltando las sábanas que sus manos +oprimían, resbaló en el lecho, y quedó supina mientras el muro de +almohadas se desmoronaba. Lloró con los ojos cerrados. La vida volvía +entre aquellas olas de lágrimas. Oyó la campana de un reloj de la casa. +Era la hora de una medicina. Era aquella tarde el encargado de dársela +Quintanar y no aparecía. Ana esperó. No quiso llamar y se inclinó hacia +la mesilla de noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo +tomó y bebió. Entonces leyó distraída en el lomo del libro voluminoso: +_Obras de Santa Teresa. I_. + +Se estremeció, tuvo un terror vago; acudió de repente a su memoria +aquella tarde de la lectura de San Agustín en la glorieta de su huerto, +en Loreto, cuando era niña, y creyó oír voces sobrenaturales que +estallaban en su cerebro; ahora no tenía la cándida fe de entonces. «Era +una casualidad, pura casualidad la presencia de aquel libro místico +coincidiendo con los pensamientos de abandono que la entristecían, y +despertando ideas de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma, +serias, profundas, no impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto +con abrazos del deseo.... Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo, +ella tomaba la lección, aprovechaba la coincidencia, entendía el sentido +profundo del azar. ¿No se quejaba de que estaba sola, no había caído +como desvanecida por la idea del abandono?... Pues allí estaban aquellas +letras doradas: _Obras de Santa Teresa. I_. ¡Cuánta elocuencia en un +letrero! «¡Estás sola! pues ¿y Dios?». + +El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón; +todo ardió allí dentro en piedad; y Ana, con irresistible ímpetu de fe +ostensible, viva, material, fortísima, se puso de rodillas sobre el +lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos juntas temblando +sobre la cabeza, balbuciente, exclamó con voz de niña enferma y amorosa: + +--¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dios de mi alma! + +Sintió escalofríos y ondas de mareo que subían al cerebro; se apoyó en +el frío estuco, y cayó sin sentido sobre la colcha de damasco rojo. + +A pesar de la prohibición de don Víctor, vino el retroceso, recayó la +enferma, y se volvió a los sustos, a los apuros, a las noches en vela; +el médico volvió a ser un oráculo, los pormenores de alcoba negocios +arduos, el reloj un dictador lacónico. + +Ana tuvo aquellas noches sueños horribles. Al amanecer, cuando la luz +pálida y cobarde se arrastraba por el suelo, después de entrar laminada +por los intersticios del balcón, despertaba sofocada por aquellas +visiones, como náufrago que sale a la orilla.... Parecíale sentir todavía +el roce de los fantasmas groseros y cínicos, cubiertos de peste; oler +hediondas emanaciones de sus podredumbres, respirar en la atmósfera +fría, casi viscosa, de los subterráneos en que el delirio la +aprisionaba. Andrajosos vestiglos amenazándola con el contacto de sus +llagas purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien +veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cabía +sin darle tormento. Entonces creía morir. Una noche la Regenta reconoció +en aquel subterráneo las catacumbas, según las descripciones románticas +de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de vírgenes de blanca túnica, +vagaban por las galerías húmedas, angostas y aplastadas, larvas, +asquerosas, descarnadas, cubiertas de casullas de oro, capas pluviales y +manteos que al tocarlos eran como alas de murciélago. Ana corría, corría +sin poder avanzar cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto, +queriendo antes destrozar en él sus carnes que sufrir el olor y el +contacto de las asquerosas carátulas; pero al llegar a la salida, unos +la pedían besos, otros oro, y ella ocultaba el rostro y repartía monedas +de plata y cobre, mientras oía cantar responsos a carcajadas y le +salpicaba el rostro el agua sucia de los hisopos que bebían en los +charcos. + +Cuando despertó se sintió anegada en sudor frío y tuvo asco de su propio +cuerpo y aprensión de que su lecho olía como el fétido humor de los +hisopos de la pesadilla... + +«¿Iría a morir? ¿Eran aquellos sueños repugnantes emanaciones de la +sepultura, el sabor anticipado de la tierra? ¿Y aquellos subterráneos y +sus larvas eran imitación del infierno? ¡El infierno! Nunca había +pensado en él despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella +como en los más de los fieles; creía en el Infierno como en todo lo que +mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había +revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había dicho +«creo a ciegas», tomando las palabras y la resolución de creer por la +creencia. Pero otra cosa era en esta ocasión: el Infierno ya no era un +dogma englobado en otros: ella había sentido su olor, su sabor... y +comprendía que antes, en rigor, no creía en el Infierno. Sí, sí, era +material o lo parecía, ¿por qué no? ¡Qué vana se le antojaba ahora a la +Regenta la filosofía superficial del optimismo bullanguero, del +espiritualismo abstracto, bonachón, sin sentido de la realidad triste +del mundo! ¡Había infierno! Era así... la podredumbre de la materia para +los espíritus podridos.... Y ella había pecado, sí, sí, había pecado. +¡Qué diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que +el mundo solía tener y con el cual ella se había absuelto de ciertas +_ligerezas_ que ya le pesaban como plomo!». Y recordaba máximas y +aforismos religiosos que había oído al Magistral, sin penetrar su +terrible severidad, aquel sentido lúgubre y hondo que no parecían tener +en los labios finos, suaves, llenos de silbantes sonidos del pulquérrimo +canónigo. + +Ya había subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la mañana con +tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa creían postrada o +dormida a la Regenta y no abrían las maderas del balcón, ni interrumpían +el descanso de la enferma. Ana sentía el día en el melancólico regalo +que su mismo lecho, tantas veces aborrecido, le prestaba en aquellas +horas de la mañana de primavera; otra vez volvía la vida a moverse en +aquel cuerpo mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba +avanzando por aquel terreno de su victoria, dudosa de ella todavía. El +cerebro recobraba los dominios de la lógica, su salud; la memoria, +firme, no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates. + +Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en +sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quería +acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginación, y poco a poco, +según las olas de salud subían en su marea, la enferma, perdido el +terror con que despertara, oía la acusación con dulce curiosidad +creciente; la idea del infierno se desvanecía, como mueren las +vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de asco y terror; +aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad ordinaria, +pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor, fuerza al +ánimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el relato adquiría +más y más interés. + +Pasaron entonces por el recuerdo todos los días que siguieron al +entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el espíritu de Ana había +dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Recordó la romería +de San Blas, en la carretera de la Fábrica Vieja; aquella tarde de sol +que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral allá arriba, como +en la cúspide de un monumento, encaje de piedra obscura sobre fondo de +naranja y de violeta de un cielo suave, listado, de nubes largas, +estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo, como esperando a que se +acostara el sol para cerrar el horizonte.... Sin saber cómo, San Blas +anunciaba la primavera; Ana esperaba ya aquellos días en que, con largos +intervalos de mal tiempo, aparece un poco de luz que arranca vibraciones +de alegría y resplandor al verde dormido de los campos vetustenses; +aquellos días que son algo mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las +ideas tristes habían volado como pájaros de invierno, Ana se había visto +en el paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba +don Álvaro Mesía, enamorado, triste de tanto amor, resignado, cariñoso +sin interés, suave y tierno, sin esperanza. Algo así como el mismo +encanto del día; en rigor, el invierno, nada, pero en la tranquilidad y +tibia y vaga alegría del ambiente, una delicia que saboreaba con +inefable gozo la Regenta. + +Así don Álvaro; no sería jamás suya, eso no; ese verano ardiente no +vendría, ni siquiera le consentiría hablarle claro, insistir en sus +pretensiones; pero tenerle a su lado, _sentirle_ quererla, adorarla, eso +sí: era dulce, era suave, era un placer tranquilo, profundo.... Ella le +miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como +una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal, +llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego. Tal había sido el +paseo de San Blas. + +Desde aquella tarde Mesía había recobrado parte de sus esperanzas; creyó +otra vez en la influencia _del físico_ y se propuso estar al lado de Ana +la mayor cantidad de tiempo posible. Era una villanía, pero recurrió a +la ciega amistad de don Víctor. En el Casino se sentaba a su lado, tenía +la paciencia de verle jugar al dominó o al ajedrez, y terminada la +partida le cogía del brazo, y, como solía llover, paseaban por el salón +largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las +cinco o seis parejas que lo medían de arriba abajo a grandes pasos, que +tenían por el furor de los tacones, algo de protesta contra el mal +tiempo. Veterano del Casino había que llevaba andado en aquel salón +camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos amigos, y +Mesía iba entrando, entrando por el alma del jubilado regente y tomando +posesión de todos sus rincones. + +Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más +negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle, +tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las +tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del +relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo. Don +Álvaro sufría el tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se había +resistido su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino +subterráneo y traidor, pero ya no podía menos. Además «¡qué diablo! +mayores bellaquerías había en la historia de sus aventuras». + +Don Víctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la +cabeza para mirarle cara a cara, y decía, por ejemplo: + +--Mire usted, aquí en el secreto de la... pues... contando con el sigilo +de usted.... Frígilis tiene también sus defectos. Yo le quiero más que un +hermano, eso sí, pero él... él me tiene en poco... créalo usted.... No me +lo niegue usted, es inútil, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se +cree muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe más +arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es más constante que yo en el +trabajo... pero ¡tirar mejor que yo! ¡hombre por Dios! ¿Y el talento +mecánico? Él es torpe de dedos y tardo de ingenio.--Y don Víctor, +parándose otra vez, casi al oído de don Álvaro añadía--: Diré la +palabra: ¡un rutinario! + +Quintanar era inagotable en el capítulo de las quejas y de la envidia +pequeña, al pormenor, cuando se trataba de su amigo íntimo, de su +Frígilis; se sentía dominado por él y desahogaba la colerilla sorda, +cobarde, bonachona en el fondo, en estas confidencias; Mesía era una +especie de rival de Frígilis que asomaba; don Víctor encontraba cierta +satisfacción maligna en la infidelidad incipiente. + +Don Álvaro callaba y oía. Sólo cuando trataba don Víctor de su buena +puntería se quedaba un poco preocupado. Le parecía imposible que se +pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como don Tomás +Crespo, a quien él creía loco de nacimiento. + +Anochecía, seguía lloviendo, los mozos de servicio encendían dos o tres +luces de gas en el salón, y Quintanar conocía por esta seña y por el +cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que había hablado mucho; +sentía entonces remordimientos, se apiadaba de Mesía, le agradecía en el +alma su silencio y atención, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso +de cerveza alemana en su casa. + +La frase era:--¿Vamos a la Rinconada? Mesía, callando, seguía a don +Víctor. + +Una intuición singular le decía al ex-regente que pagaba bien al amigo +su atención llevándoselo a casa. ¿Por qué don Álvaro había de tener +gusto en seguirle? Si se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese +podido responder. Pero se lo daba el corazón; lo había observado, sin +fijarse en la observación: a Mesía le gustaba entrar en la casa de la +Rinconada. + +Solía llevarle al despacho, a su museo como él decía; allí le explicaba +el mecanismo de aquellos intrincados maderos y resortes y, convencido de +la ignorancia de su amigo, le engañaba sin conciencia. Lo que no +consentía don Álvaro era que se pasase revista a las colecciones de +yerbas y de insectos: le mareaba el fijar sucesiva y rápidamente la +atención en tantas cosas inútiles.--El único _bicho_ que le era +simpático a don Álvaro era un pavo real disecado por Frígilis y su +amigo.--Solía acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba: + +--Bueno--decía don Víctor--pues pasaremos a mi gabinete, ya que usted +desprecia mis colecciones.--Anselmo, la cerveza al gabinete. + +El gabinete era otro museo: estaban allí las armas y la indumentaria. +Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy brillantes y +bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas épocas y tamaños +llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios guardaba don +Víctor con el cariño de un coleccionador los trajes de aficionado que +había lucido en mejores tiempos. Si se entusiasmaba hablando de sus +marchitos laureles, abría las arcas, abría los armarios, y seda, galones +y plumas, abalorios y cintajos en mezcla de colores chillones saltaban a +la alfombra, y en aquel mar de recuerdos de trapo perdía la cabeza +Quintanar. En una caja de latón, entre yerba, guardaba como oro en paño, +un objeto, que a primera vista se le antojó a Mesía una serpiente; en +efecto, yacía enroscado y era verdinegro el bulto.... No había que +temer... don Víctor domaba fieras; aquello era la cadena que él había +arrastrado representando el Segismundo de _La vida es sueño_, en el +primer acto. + +--Mire usted, amigo mío, a usted puedo decírselo; no es inmodestia; +reconozco, ¿cómo no? la superioridad de Perales en el teatro antiguo, su +Segismundo es una revelación, concedo, revela mejor que el mío la +filosofía del drama, pero... no me gustaba su modo de arrastrar la +cadena; parecía un perro con maza; yo la manejaba con mucha mayor +verosimilitud y naturalidad; arrastraba la cadena, créame usted, como si +no hubiese arrastrado otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en +Calatayud, me arrojaron todo ese hierro al escenario, como símbolo de mi +habilidad. Por poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor +recuerdo de mi efímera vida artística. + +Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía resistir la conversación +de su amigo, pero muchas veces la Regenta no parecía por el gabinete de +su marido, y el galán tenía que contentarse con el bock de cerveza y el +teatro de Calderón y Lope. + +Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atreviéndose a ir a cualquier +hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontró a su lado como un objeto +familiar. Iba siendo Mesía al caserón lo que Frígilis a la huerta. + +Aquel procedimiento rastrero, de villano, debió irritarla, pero no la +irritó; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborrecía a don Álvaro, +a pesar de que sus intenciones eran torcidas, miserables; quería abusar +de la confianza de don Víctor. «Pero ¿y si no quería? ¿Si se contentaba +con estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por +amiga? Veríamos. Si él se propasaba, estaba segura de resistir y hasta +valor sentía para echarle en cara su crimen, su bajeza y arrojarle de +casa». + +Pasaron días y Ana cada vez estaba más tranquila. «No, no se propasaba; +no hacía más que admirarla, amarla en silencio. Ni una palabra +peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar ocasiones, nada de buscar +_escenas_; una honradez cabal; el amor que respeta la honra, la pasión +que se alimenta de ver y respirar el ambiente que rodea al ser amado. El +placer que ella sentía, también tenía que confesárselo, era el más +intenso que había saboreado en su vida. Poco decir era por que ¡había +gozado tan poco!». Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura de que no +había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu en una +somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio. Comparaba ella +la situación a la aventura de flotar sobre mansa corriente perezosa, +sombría, a la hora de la siesta; el agua va al abismo, el cuerpo +flota... pero hay la seguridad de salir de la corriente cuando el +peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los brazos y se +está fuera, en la orilla.... Ya sabía Ana en sus adentros que aquello no +estaba bien, por que ella no podía responder de la prudencia de don +Álvaro. «Pero, ¿no estaba segura de sí misma? sí ¡pues entonces! ¿por +qué no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de una +madre, la fidelidad de un perro?». «Además, quien mandaba en casa era su +marido, no era ella. ¿Buscaba ella a Mesía? No. ¿Mandaba ella a +Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba. Obrar de otro modo hubiera +sido alarmar al esposo sin motivo, infundir sospechas sin fundamento, +tal vez robar a don Víctor para siempre la paz del alma. Lo mejor era +callar, estar alerta, y... gozar la tibia llama de la pasión de soslayo; +que con ser poco tal calor era la más viva hoguera a que ella se había +arrimado en su vida». + +«Y al Magistral no se le decía nada de esto. ¿Para qué? No había pecado. +Había ocasión, pero no se buscaba». Además, Ana, puesto que defendía su +virtud, creía prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al +confesor. «Si crecía el peligro, hablaría. Mientras tanto, no». + +Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario +de la catedral, los preparativos de una expedición al campo en la que +acompañaban a la Regenta Mesía, Frígilis y Quintanar. No fue aquella +sola; muchas veces, en cuanto veía un rayo de sol, a don Víctor se le +antojaba aprovechar el buen tiempo y echar una cana al aire en los +ventorrillos de la carretera de Castilla o en los de Vistalegre, en +compañía de las personas que más quería en Vetusta, a saber: su cara +esposa, Frígilis... y don Álvaro. El pobre Ripamilán era invitado, pero +decía que si no le llevaban en coche.... «El espíritu no faltaba, pero +los huesos no tienen espíritu». + +Se comía, allá arriba, lo que salía al paso, lo que daban los pasmados +venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas migas, huevos +fritos, cualquier cosa; el pan era duro, ¡mejor! el vino malo, sabía a +la pez, ¡mejor! esto le gustaba a Quintanar: y en tal gusto coincidía +con su esposa, amiga también de estas meriendas aventuradas, en las que +encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegría +infantil. En aquellos altozanos se respiraba el aire como cosa nueva; +se calentaban a los rayos del sol con voluptuosa pereza, como si el sol +de Vetusta, de allá abajo, fuera menos benéfico. Notaba Ana que en +aquella altura, en aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela +picaresca, entre arrieros, maritornes y señores de castillos, a lo don +Quijote, se despertaba en ella el instinto del arte plástico y el +sentido de la observación; reparaba las siluetas de árboles, gallinas, +patos, cerdos, y se fijaba en las líneas que pedían el lápiz, veía más +matices en los colores, descubría grupos artísticos, combinaciones de +composición sabia y armónica, y, en suma, se le revelaba la naturaleza +como poeta y pintor en todo lo que veía y oía, en la respuesta aguda de +una aldeana o de un zafio gañán, en los episodios de la vida del corral, +en los grupos de las nubes, en la melancolía de una mula cansada y +cubierta de polvo, en la sombra de un árbol, en los reflejos de un +charco, y sobre todo en el ritmo recóndito de los fenómenos, divisibles +a lo infinito, sucediéndose, coincidiendo, formando la trama dramática +del tiempo con una armonía superior a nuestras facultades perceptivas, +que más se adivina que de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de +que tenía conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos +de Vistalegre, camino de Corfín, le inundaba de visiones el cerebro y la +sumía en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser una +fatiga. Entonces la sacaban de sus éxtasis naturalistas una atención +delicada de Mesía o una salida de buen humor intempestivo de Quintanar. +Don Víctor creía que en el campo, sobre todo si se merienda, no se debe +hacer más que locuras; y, por supuesto, era según él indispensable que +alguien se disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. Él solía en +tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del país; +se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana +negra al respetable concurso. Se reían por complacerle. Se merendaba +casi siempre al aire libre, contemplando allá abajo el caserío parduzco +de Vetusta; la catedral parecía desde allí hundida en un pozo, y muy +chiquita; esbelta, pero como un juguete; detrás el humo de las fábricas +en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y más allá los campos +de maíz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de +castaños y robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por +fin, confundiéndose con los picachos de los puertos lejanos. Se +filosofaba mientras se comía, tal vez con los dedos, salchichón o +chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamón, lo que fuese; +se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las +que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual +se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño; se hablaba +de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el +tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la +infancia, las fechas lejanas en que había una memoria común; y un +sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfín, se +extendía sobre los comensales bucólicos y su filosofía de sobremesa. + +Comenzaba la brisa; picaba un poco y tenía sus peligros, pero halagaba +la piel; salía una estrella; el cuarto de luna (que a don Víctor le +parecía la plegadera de oro que le habían regalado en Granada), tomaba +color, es decir, luz. La conversación, ya perezosa, daba entonces en la +astronomía y se paraba en el concepto de lo infinito; se acababa por +tener un deseo vago de oír música. Entonces Quintanar recordaba que se +cantaba aquella noche _El Relámpago_ o _Los Magyares_; levantaba el +campo, y paso a paso, volvían a la soñolienta Vetusta dejándose resbalar +por la pendiente suave de la carretera. Frígilis dejaba el brazo a la +Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mesía resignado, firme en +su propósito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con +don Víctor, que tal vez se permitía cantar a su modo el _spirto gentil_ +o la _casta diva_; aunque prefería recitar versos, sin que jamás se le +olvidase decir con Góngora: + + A su cabaña los guía + que el sol deja el horizonte, + y el humo de su cabaña + les va sirviendo de Norte. + +Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas +desnudas, que chocaban alegres, inclinándose, preñadas ya de las nuevas +hojas; y Ana, apoyándose tranquila en el brazo fuerte del mejor amigo, +olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la primavera. De esto +hablaban ella y Frígilis. Crespo, satisfecho, tranquilo, apacible, en +voz baja, como respetando el primer sueño del campo, su ídolo, dejaba +caer sus palabras como un rocío en el alma de Ana, que entonces +comprendía aquella adoración tranquila, aquel culto poético, nada +romántico, que consagraba Frígilis a la naturaleza, sin llamarla así, +por supuesto. Nada de _grandes síntesis_, de cuadros disolventes, de +filosofía panteística; pormenores, historia de los pájaros, de las +plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida natural +llena de lecciones de una observación riquísima. El amor de Frígilis a +la naturaleza era más de marido que de amante, y más de madre que de +otra cosa. En aquellos momentos, al volver a Vetusta con Ana del brazo, +se hacía elocuente, hablaba largo y sin miedo, aunque siempre +pausadamente; en su voz había arrullos amorosos para el campo que +describía, y temblaba en sus labios el agradecimiento con que oía a otra +persona palabras de cariño y de interés por árboles, pájaros y flores. +Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de árbol inteligente, y +se apoyaba y casi recostaba en Frígilis como en una encina venerable. Y +detrás venía el otro, ella lo sentía. A veces hablaba con Ana don Álvaro +y Ana contestaba con voz afable, como en pago de su prudencia, de su +paciencia y de su martirio.... «Porque, sin duda, sufrir tanto tiempo a +Quintanar era un martirio». + +Don Álvaro sudaba de congoja. Don Víctor se le colgaba del brazo, +levantaba los ojos al cielo y se divertía en encontrar parecidos entre +los nubarrones de la noche y las formas más vulgares de la tierra. + +--«Mire usted, mire usted, aquel cúmulus es lo mismo que Ripamilán; +figúreselo usted con la teja en la mano.... + +--»Aquel cirrus negro parece la moña de un torero...». + +Don Álvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante a +don Víctor, que traía llavín, levantaba el puño cerrado sobre la cabeza +del insoportable amigo.... No descargaba el golpe... no... pero.... «¡Ya +lo descargaría!». + +«¡Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por ojo». + +Así vivía Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes +remordimientos, aunque no satisfecha de sí misma. Ni permitía a don +Álvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni le +rechazaba con el categórico desdén que la virtud, lo que se llama la +virtud, exigía. Estas medias tintas de la moralidad le parecían entonces +a ella las más conformes a la flaca naturaleza humana. «¿Por qué he de +creerme más fuerte de lo que soy?». + +También volvió a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy bien recibida; +la del Banco se la comía a besos, le hablaba de modas, le mandaba +patrones a casa, y le recordaba visitas que tenía que pagar y a que ella +la acompañaba, porque don Víctor se negaba a perder el tiempo en estos +cumplidos. + +--Señor--gritaba él--yo no sirvo para eso; no se me haga a mi hablar del +tiempo, del mal servicio de criadas, de la carestía de los comestibles. +¡Exíjase de mí cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido! + +--Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades--decía para sus +adentros. + +Visitación procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, por la +boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el buen +tiempo la ayudaba. + +La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las +prefería a su estéril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba +tristezas, un hastío hondo y el rencoroso espíritu de protesta de la +carne pisoteada, que bramaba en cuanto podía. «Era mejor vivir como +todos, dejarse ir, ocupar el ánimo con los pasatiempos vulgares, sosos, +pero que, al fin, llenan las horas...». + +En esta situación estaba cuando el Magistral le dijo en el confesonario +que se perdía; que él la había visto arrojar con desdén sobre un banco +de césped la historia de Santa Juana Francisca.... Aquella tarde De Pas +estuvo más elocuente que nunca; ella comprendió que estaba siendo una +ingrata, no sólo con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo +fuego, razón luminosa, lengua de oro, de oro líquido.... La voz del +sacerdote vibraba, su aliento quemaba, y Ana creyó oír sollozos +comprimidos. «Era preciso seguirle o abandonarle; él no era el capellán +complaciente que sirve a los grandes como lacayo espiritual; él era el +padre del alma, el padre, ya que no se le quería oír como hermano. Había +que seguirle o dejarle». Y después había hablado de lo que él mismo +sentía, de sus ilusiones respecto de ella. «Sí, Ana (Ana la había +llamado, estaba ella segura), yo había soñado lo que parecía anunciarse +desde nuestra primer entrevista, un espíritu compañero, un hermano +menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en armónica +unión; yo había soñado que ya no era Vetusta para mí cárcel fría, ni +semillero de envidias que se convierten en culebras, sino el lugar en +que habitaba un espíritu noble, puro y delicado, que al buscarme para +caminar en la vía santa de salvación, sin saberlo, me guiaba también por +esa vía; yo esperaba que usted fuese lo que aquella historia que +llorando me contaba, prometía... lo que usted me prometió cien veces +después.... Pero no, usted desconfía de mí, no me cree digno de su +dirección espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que +siente, tal vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su +confidente». + +--No, no--repetía Ana llorando; pero él había seguido hablando de su +despecho, cada vez más triste, cada vez con más ardor en las palabras y +en el aliento.... Y habían concluido por reconciliarse, por prometerse +nueva vida, verdadera reforma, eficaz cambio de costumbres; y ella +exaltada le había dicho: «¿Quiere usted que hoy mismo le acompañe a casa +de doña Petronila?». «Sí, sí; eso, lo mejor es eso», había contestado +él. Y habían ido juntos sin pensar ni uno ni otro lo que hacían. + +Desde aquella tarde había empezado para la Regenta la vida de la devota +práctica; pero duró poco la eficacia de aquel impulso en que no había +piedad acendrada sino gratitud, el deseo de complacer al hombre que +tanto trabajaba por salvarla, y que era tan elocuente y que tanto valía. +Ana a veces, no pudiendo elevar su atención a las cosas invisibles, a la +contemplación piadosa, procuraba preparar este viaje místico pensando en +el Magistral. «¡Oh, qué grande hombre! ¡Y qué bien penetraba en el +espíritu, y qué bien hablaba de lo que parece inefable, de los +subterráneos de las intenciones, de las delicadezas del sentimiento! ¡Y +cuánto le debía ella! ¿Por qué tanto interés si aquella pecadora no lo +merecía?». Las lágrimas se agolpaban a los ojos de Ana. Lloraba de +gratitud y de admiración. Y no pudiendo meditar sobre cosas santas, +piadosas, poníase la mantilla y corría a la conferencia de San Vicente, +o a la Junta del Corazón o al Catecismo, o a misa... donde +correspondiera. Pero la fe era tibia; por allí no se iba a donde ella +había deseado. Además, se conocía; sabía que ella, de entregarse a Dios, +se entregaría de veras; que mientras su devoción fuese callejera, +ostentosa y distraída, ella misma la tendría en poco, y cualquier pasión +mala, pero fuerte, la haría polvo. + +Mas resuelta a huir de los extremos, a ser _como todo el mundo_, +insistió en seguir a las _demás beatas_ en todos sus pasos, y aunque sin +gusto, entró en todas las cofradías, fue hija y hermana, según se +quiso, de cuantas juntas piadosas lo solicitaron. + +Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni menos que doña +Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio +en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo, +en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de +hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Álvaro, +y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares +había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en +cuanto mujer de sociedad. + +Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer, +pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo. + +--Esta mujer--decía don Álvaro--es _peor_ que Troya. + +--El remedio ha sido peor que la enfermedad--pensaba don Fermín. + +Ana veía en los pormenores de la vida de beata mil motivos de +repugnancia; pero prefería apartar de ellos la atención: no dejaba que +el espíritu de contradicción buscase las debilidades, las groserías, las +miserias de aquella devoción exterior y bullanguera. No quería censurar, +no quería ver. + +Pero a sí misma se comparaba al cadáver del Cid venciendo moros. No era +ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia. + +Y volvió la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya otra +época de luchas interiores, de aridez y rebelión. + +Una noche, después de oír un sermón soporífero, entró en su tocador casi +avergonzada de haber estado dos horas en la iglesia como una piedra; +oyendo, sin piedad y sin indignación, sin lástima siquiera, necedades +monótonas, tristes; viendo ceremonias que nada le decían al alma.... + +--Oh, no, no--se dijo, mientras se desnudaba--yo no puedo seguir así... + +Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo, +había añadido en voz alta, para dar más solemnidad a su protesta: + +--¡Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de idiota.... +¡Cualquier cosa... menos ser como _todas esas_! + +Y a los pocos días cayó enferma. + +Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas +transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas +plásticas, teatrales--gracias a la salud que volvía a rodar con la +sangre--, sentía la débil convaleciente remordimientos que ella se +complacía en creer intensos, punzantes. «¡Oh! ¡qué diferencia entre +aquel sopor moral en que vivía pocas semanas antes, y la agudeza de su +conciencia ahora, allí postrada, sin poder levantar el embozo de la +colcha con la mano, pero con fuerza en la voluntad para levantar el +plomo del pecado, que la abrumaba con su pesadumbre!». + +«¡Esta sí que era resolución firme! Iba a ser buena, buena, de Dios, +sólo de Dios; ya lo vería el Magistral. Y él, don Fermín, sería su +maestro vivo, de carne y hueso; pero además tendría otro; la santa +doctora, la divina Teresa de Jesús... que estaba allí, junto a su +cabecera esperándola amorosa, para entregarle los tesoros de su +espíritu». + +Ana, burlando los decretos del médico, probó en los primeros días de +aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido: iba a él como +un niño a una golosina. Pero no podía. Las letras saltaban, estallaban, +se escondían, daban la vuelta... cambiaban de color... y la cabeza se +iba.... «Esperaría, esperaría». Y dejaba el libro sobre la mesilla de +noche, y con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía en +imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía corporal; se +contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la +arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. «¡Qué de cosas la diría +ahora que ella no había sabido comprender cuando la leyera distraída, +por máquina y sin gusto!». + +La impaciencia pudo más que las órdenes del médico, y antes de dejar el +lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez incorporarse entre +almohadones, algo más fuerte ya, Ana hizo nuevo ensayo y entonces +encontró las letras firmes, quietas, compactas; el papel blanco no era +un abismo sin fondo, sino tersa y consistente superficie. Leyó; leyó +siempre que pudo. En cuanto la dejaban sola, y eran largas sus +soledades, los ojos se agarraban a las páginas místicas de la Santa de +Ávila, y a no ser lágrimas de ternura ya nada turbaba aquel coloquio de +dos almas a través de tres siglos. + + + + +--XX-- + + +Don Pompeyo Guimarán, presidente dimisionario de la _Libre Hermandad_, +natural de Vetusta, era de familia portuguesa; y don Saturnino Bermúdez, +el arqueólogo y etnógrafo, que dividía a todos sus amigos en celtas, +íberos y celtíberos, sin más que mirarles el ángulo facial y a lo sumo +palparles el cráneo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la +gente lusitana, no precisamente en el cráneo, sino más bien en el +abdomen. Don Pompeyo no decía que sí ni que no; cierto era que el tenía +un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida sedentaria; que +andaba muy tieso, porque creía que «quien era recto como espíritu, +digámoslo así, debía serlo como físico»; pero en punto a los vestigios +de raza y nación él se declaraba neutral: quería decir que le era +indiferente esta cuestión, toda vez que tan español consideraba a un +portugués como a un castellano como a un extremeño. De modo, que siempre +que se le hablaba de tal asunto acababa por hacer una calorosa defensa +de la unión ibérica, unión que debía iniciarse en el arte, la industria +y el comercio para llegar después a la política. + +Además ¿qué le importaban a don Pompeyo estos accidentes del nacimiento? +Su inteligencia andaba siempre por más altas regiones. Él en este mundo +era principalmente un _altruista_, palabreja que, preciso es confesarlo, +no había conocido hasta que con motivo de una disputa filosófica de la +que salió derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llevó a leer +las obras de Comte. Allí vio que los hombres se dividían en egoístas y +_altruistas_ y él, a impulsos de su buen natural, se declaró _altruista_ +de por vida; y, en efecto, se la pasó metiéndose en lo que no le +importaba. Tenía algunas haciendas, pocas, la mayor parte procedentes de +bienes nacionales; y de su renta vivía con mujer y cuatro hijas +casaderas. + +Comía sopa, cocido y principio; cada cinco años se hacía una levita, +cada tres compraba un sombrero alto lamentándose de las exigencias de la +moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso. A esto lo llamaba +él su _aurea mediocritas_. Pudo haber sido empleado; pero «¿con quién? +¡si aquí nunca hay gobiernos!». Cargos gratuitos los desempeñaba siempre +que se le ofrecían, porque sus conciudadanos le tenían a su disposición, +sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo suyo. A pesar de tanta +modestia y parsimonia en los gastos, los maliciosos atribuían su +exaltado liberalismo y su descreimiento y desprecio del culto y del +clero a la procedencia de sus tierras. «¡Claro, decían las beatas en los +corrillos de San Vicente de Paúl, y los ultramontanos en la redacción de +_El Lábaro_, claro, como lo que tiene lo debe a los despojos impíos de +los liberalotes! ¿Cómo no ha de aborrecer al clero si se está comiendo +los bienes de la Iglesia?». A esto hubiera objetado don Pompeyo, si no +despreciara tales hablillas, «abroquelado en el santuario de su +conciencia», hubiera contestado que don Leandro Lobezno, el obispo de +levita, el Preste Juan de Vetusta, el seráfico presidente de la Juventud +Católica, era millonario gracias a los bienes nacionales que había +comprado cierto tío a quien heredara el don Leandro». Pero no, don +Pompeyo no contestaba. Él aborrecía el fanatismo, pero perdonaba a los +fanáticos. + +«¿No era él un filósofo? Bien sabía Dios que sí».--Esto de que bien lo +sabía Dios era una frase hecha, como él decía, que se le escapaba sin +querer, porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarán no creía en +Dios. No hay para qué ocultarlo. Era público y notorio. Don Pompeyo era +el ateo de Vetusta. «¡El único!» decía él, las pocas veces que podía +abrir el corazón a un amigo. Y al decir ¡el único! aunque afectaba +profundo dolor por la ceguedad en que, según él, vivían sus +conciudadanos, el observador notaba que había más orgullo y satisfacción +en esta frase que verdadera pena por la falta de propaganda. Él daba +ejemplo de ateísmo por todas partes, pero nadie le seguía. + +En Vetusta no se aclimataba esta planta; él era el único ejemplar, +robusto, inquebrantable eso sí, pero el único. Y don Pompeyo sentía +remordimientos cuando se sorprendía deseando que jamás cundiese _la +doctrina racional, salvadora_, que por tal la tenía. Todos le llamaban +el _Ateo_, pero la experiencia había convencido a los más fanáticos de +que no mordía. «Era el león enamorado de una doncella», decía +elegantemente Glocester, «una fiera sin dientes». Hasta las más +recalcitrantes beatas pasaban al lado del _Ateo_ sin echarle una mala +maldición: era como un oso viejo, ciego y con bozal que anduviese +domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los chiquillos; olía mal +pero no pasaba de ahí. Sin embargo, varias veces se había pensado en +darle un disgusto serio para que se convirtiera o abandonase el pueblo. +Esto dependía del mayor o menor celo apostólico de los obispos. Uno hubo +(después llegó a cardenal), que pensó seriamente en excomulgar a don +Pompeyo. Este recibió la noticia en el Casino--todavía iba al Casino +entonces--. Una sonrisa angelical se dibujó en su rostro: así debió de +sonreír el griego que dijo: pega, pero escucha. La boca se le hizo agua: +aquella excomunión le hacía cosquillas en el alma: ¡qué más podía +ambicionar! En seguida pensó en tomar una postura moral digna de las +circunstancias. Nada de aspavientos, nada de protestas.--Se contentó con +decir--: El señor obispo no tiene derecho de excomulgar a quien no +comulga; pero venga en buen hora la excomunión... y ahí me las den +todas. + +Su mujer y cuatro hijas pensaban de muy distinta manera. En vano quiso +ocultarlas que el rayo amenazaba su hogar tranquilo. La casa de don +Pompeyo se convirtió en un mar de lágrimas; hubo síncopes; doña +Gertrudis cayó en cama. El infeliz Guimarán sintió terribles +remordimientos: sintió además inesperada debilidad en las piernas y en +el espíritu. «¡No que él se convirtiera! ¡eso jamás! pero ¡su Gertrudis, +sus niñas!» y lloraba el desgraciado; y volviéndose del lado hacia donde +caía el palacio episcopal enseñaba los puños y gritaba entre suspiros y +sollozos:--«¡Me tienen atado, me tienen atado esos hijos de la +aberración y la ceguera! ¡desgraciado de mí! ¡pero más dignos de +compasión ellos que no ven la luz del medio día, ni el sol de la +Justicia». Ni aun en tan amargos instantes insultaba al obispo y demás +alto clero. Tuvo que transigir; tuvo que tolerar lo que al principio le +sublevaba sólo pensado, que sus hijas se _moviesen_, que sus amigos +pusieran en juego sus relaciones para que el obispo se metiera el rayo +en el bolsillo.... Se consiguió, no sin trabajo, y sin necesidad de que +don Pompeyo se retractase de sus errores. Se echó tierra al ateísmo de +Guimarán. Él calló una temporada, pero luego volvió a la carga, +incansable en aquella propaganda, que, en el fondo de su corazón, +deseaba infructuosa, por el gusto de ser el único ejemplar de la, para +él, preciosa especie del ateo. Sus principales batallas las daba en el +Casino, donde pasaba media vida (después lo abandonó por motivos +poderosos.) Los vetustenses eran, en general, poco aficionados a la +teología; ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas _de +tejas arriba_. Los _avanzados_ se contentaban con atacar al clero, +contar chascarrillos escandalosos en que hacían principal papel curas y +amas de cura; en esta amena conversación entraban también con gusto +algunos conservadores muy ortodoxos. Si creían haber llegado demasiado +lejos y temían que alguien pudiera sospechar de su acendrada +religiosidad, se añadía, después de la murmuración escandalosa:--«Por +supuesto que estas son las excepciones.--No hay regla sin excepción, +decía don Frutos el americano.--La excepción confirma la regla, añadía +Ronzal el diputado. Y hasta había quien dijera:--Y hay que distinguir +entre la religión y sus ministros.--Ellos son hombres como nosotros...». +Los avanzados presentaban objeciones, defendían la solidaridad del dogma +y el sacerdote, y entonces el mismo don Pompeyo tenía que ponerse de +parte de los reaccionarios, hasta cierto punto y decir:--Señores, no +confundamos las cosas, el mal está en la raíz.... El clero no es malo ni +bueno; es como tiene que ser.... Al oír tal, todos se levantaban en +contra, unos porque defendía al clero y otros porque atacaba el dogma. +Bien decía él que estaba completamente solo, que era el _único_.--De +aquellas discusiones, que buscaba y provocaba todos los días, afirmaba +él que «salía su espíritu, llamémosle así, lleno de amargura (y no era +verdad, el remordimiento se lo decía), lleno de amargura porque en +Vetusta nadie pensaba; se vegetaba y nada más. Mucho de intrigas, mucho +de politiquilla, mucho de intereses materiales mal entendidos; y nada de +filosofía, nada de elevar el pensamiento a las regiones de lo ideal. +Había algún erudito que otro, varios canonistas, tal cual jurisconsulto, +pero pensador ninguno. No había más pensador que él». «Señores, decía a +gritos después de tomar café, cerca del gabinete del tresillo, si aquí +se habla de las graves cuestiones de la inmortalidad del alma, que yo +niego por supuesto, de la Providencia, que yo niego también, o toman +ustedes la cosa a broma, a guasa, como dicen ustedes, o sólo se +preocupan con el aspecto utilitario, egoísta, de la cuestión: si Ronzal +será inmortal, si don Frutos prefiere el aniquilamiento a la vida futura +sin recuerdo de lo presente.... Señores ¿qué importa lo que quiera don +Frutos ni lo que prefiera Ronzal? La cuestión no es esa; la cuestión es +(y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios; si caso de haberlo, +piensa para algo en la mísera humanidad, si...». + +--«¡Chitón! ¡silencio!» gritaban desde dentro los del tresillo; y don +Pompeyo bajaba la voz, y el corro se alejaba de los tresillistas, lleno +de respeto, obedientes todos, convencidos de que aquello del juego era +cosa mucho más seria que las teologías de don Pompeyo, más práctica, más +respetable.--Miren ustedes, decía Ronzal, que todavía no era sabio, yo +creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la verdad, eso de que +el cielo ha de ser una contemplación eterna de la Divinidad... hombre, +eso es pesado.--¿Y qué? objetaba el americano don Frutos, en voz baja +también, temeroso de nuevo aviso de los tresillistas; ¿y qué? Yo me +contento con pasar la vida eterna mano sobre mano. Bastante he trabajado +en este mundo. ¡Peor sería eso que dicen que dice _Alancardan_, o san +Cardan, o san Diablo! pues... que.... No sabía cómo explicarlo el pobre +don Frutos. «Ello venía a ser que en muriéndonos íbamos a otra estrella, +y de allí a otra, a pasar otra vez las de Caín, y ganarnos la vida». La +idea de volver, en Venus o en Marte, a buscar negros al África y +comprarlos y venderlos a espaldas de la ley, le parecía absurda a +Redondo y le volvía loco. «¡Antes el aniquilamiento, como dice el ateo!» +concluía limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por aquel +esfuerzo intelectual, tan fuera de sus hábitos.--Con esta cuestión de la +inmortalidad, era con la que abría don Pompeyo brecha en el alcázar de +la fe de los socios, pero siempre concluían por cerrar aquella brecha +con las salvedades de rúbrica.--«Por supuesto. Dios sobre todo.... +Doctores tiene la Iglesia...». + +Y en último caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teologías. +Le dejaban solo. Los tresillistas se quejaron a la junta. Tuvo que +cambiar de mesa y de sala, si quiso seguir predicando ateísmo. + +«¡Este era el estado del libre examen en Vetusta!» pensaba Guimarán con +tristeza mezclada de orgullo. + +En el billar tampoco querían teología racional. Don Pompeyo, más +abandonado cada día, se colocaba taciturno, como Jeremías podría pararse +en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de piernas, delante de +la mesa pequeña, la de carambolas, y largo rato contemplaba a aquellos +ilusos que pasaban las horas de la brevísima existencia, viendo chocar +o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces tropezaba la maza de un +taco con el abdomen de don Pompeyo. + +--Usted dispense, señor Guimarán. + +--Está usted dispensado, joven--respondía el pensador rascándose la +barba con una ironía trágica, profunda, y sonriendo, mientras movía la +cabeza dando a entender que estaba perdido el mundo. + +Aburrido de tanta _superficialidad_ subía al _cuarto del crimen_, a ver +a los partidarios del azar. Allí oía el nombre de Dios a cada momento, +pero en términos que no le parecían nada filosóficos. + +--¡Don Pompeyo, tiene usted razón!--gritaba un perdido al despedirse de +la última peseta--¡tiene usted razón, no hay Providencia! + +--¡Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas! + +Y salía furioso del Casino. «No se podía ir allí». + +Cuando _estalló la Revolución de Septiembre_, Guimarán tuvo esperanzas +de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada. ¡Todo era hablar mal +del clero! Se creó una sociedad de filósofos... y resultó espiritista; +el jefe era un estudiante madrileño que se divertía en volver locos a +unos cuantos zapateros y sastres. Salió ganando la Iglesia, porque los +infelices menestrales comenzaron a ver visiones y pidieron confesión a +gritos, arrepintiéndose de sus errores con toda el alma. Y nada más: a +eso se había reducido la _revolución religiosa_ en Vetusta, como no se +cuente a los que _comían de carne_ en Viernes Santo. + +Don Pompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia. En +figurándosela con J mayúscula, tomaba para él cierto aire de divinidad, +y sin darse cuenta de ello, era idólatra de aquella palabra abstracta. +Por la _justicia_ se hubiera dejado hacer tajadas. + +«La Justicia le obligaba a reconocer que el actual obispo de Vetusta, +don Fortunato Camoirán, era una persona respetable, un varón virtuoso, +digno; equivocado, equivocado de medio a medio, pero digno. ¿Tenía un +ideal? pues don Pompeyo le respetaba». + +Don Pompeyo no leía, meditaba. Después de las obras de Comte (que no +pudo terminar), no volvió a leer libro alguno; y en verdad, él no los +tenía tampoco. Pero meditaba. + +Algunas veces discutía con Frígilis, en quien reconocía la _madera de un +libre pensador_, pero mal educado. No le quería bien. «¡Ese es +panteísta!» decía con desdén. «Ese adora la naturaleza, los animales, y +los árboles especialmente... además, no es filósofo; no quiere pensar en +las grandes cosas, sólo estudia nimiedades.... Está muy hueco porque +después de cien mil ensayos ridículos, aclimató el Eucaliptus en +Vetusta.... ¿Y qué? ¿Qué problema metafísico resuelve el Eucaliptus +globulus? Por lo demás yo reconozco que es íntegro... y que sabe... que +sabe... por más que su decantado darwinismo... y aquella locura de +injertar gallos ingleses...». + +Guimarán fue varias veces derrotado por Frígilis en sus polémicas. +Frígilis era apóstol ferviente del transformismo; le parecía absurdo y +hasta ridículo hacer ascos al abolengo animal.... Don Pompeyo, aunque se +sentía seducido por aquella teoría que _dejaba_ un subido y delicioso +olor a herética y atea, no se decidía a creerse descendiente de cien +orangutanes; sonreía como si le hiciesen cosquillas... pero no se +determinaba a decir sí ni a decir no. + +«Mi última afirmación es la duda.... Se me hace cuesta arriba». Pero de +todas suertes su ateísmo quedaba en pie; para negar a Dios con la +constancia y energía con que él lo negaba, no hacía falta leer mucho, ni +hacer experimentos, ni meterse a cocinero químico. «¡Mi razón me dice +que no hay Dios; no hay más que Justicia!». + +Frígilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba sonriendo +con benevolencia; y con un poco de burla, en que había algo de caridad, +le decía: + +--«¿Pero, señor Guimarán, tan seguro está usted de que no hay Dios?». + +--«¡Sí, señor mío! ¡mis principios son fijos! ¡fijos! ¿entiende usted? Y +yo no necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de +animales, para llegar a mi conclusión categórica.... Si su ciencia de +usted, después de tanta retorta, y tanto protoplasma y demás zarandajas, +no da por resultado más que esa duda, ¡guárdese la ciencia de los libros +en donde quiera, que yo no la he menester!». + +El honrado Guimarán daba media vuelta y se iba furioso, llena el alma de +rencores y envidias pasajeras, y Frígilis seguía sonriendo y movía la +cabeza a un lado y a otro. + +Si le preguntaban qué opinaba del + +_Ateo_, decía: + +--«¿Quién, don Pompeyo? Es una buena persona. No sabe nada, pero tiene +muy buen corazón». + +Guimarán juró--tenía que parar en ello--juró no poner jamás los pies en +el Casino. + +--«Lo que se ha hecho allí conmigo no se hace con ningún cristiano». + +Tenía el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, pero +protestaba en seguida contra «aquellas metáforas y solecismos del +lenguaje». + +Lo que habían hecho con él había sido celebrar el aniversario 25 de la +exaltación de Pío Nono al Pontificado, colgando los tapices de gala y +sacando a relucir los aparatos de gas, con que iluminaban la fachada en +las grandes solemnidades. + +Don Pompeyo se dirigió a la junta en papel de oficio citando los +artículos del Reglamento que, en su opinión, «prohibían semejantes +muestras de júbilo por parte de una corporación que, por su calidad de +círculo de recreo, no debía, no podía tener religión positiva +determinada». + +Y en el salón daba gritos, mientras los mozos colgaban los tapices de +los balcones; hacía aspavientos, e invocaba la tolerancia religiosa, la +libertad de cultos y hasta la sesión del juego de pelota. + +--Pero, hombre--le decía Ronzal, con deseos de pegarle--¿qué le importa +a usted que el Casino cuelgue e ilumine? ¿Qué le ha hecho a usted la +Santidad de Pío Nono? + +--¿Qué me ha hecho la Santidad?... Se lo diré a usted, sí señor, se lo +diré a usted. Pío Nono me era... hasta simpático... reconocía en él un +hombre de buena fe.... Pero la infalibilidad ha puesto entre los dos una +muralla de hielo; un abismo que no se puede salvar.... ¡Un hombre +infalible! ¿Comprende usted eso, Ronzal? + +--Sí, señor, perfectamente. Es la cosa más clara.... + +--Pues explíquemelo usted.--Entendámonos, señor Guimarán, si usted +quiere examinarme... ¡sepa usted que yo... no aguanto ancas!... + +--No se trata aquí de la grupa de nadie... sino de que usted pruebe la +infali.... + +--¿La _infalibidad_? + +--Sí, señor... la infalibilidad... la in... fa... li... bi... li.... + +--¡Oiga usted, señor don Pompeyo, que a mí las canas no me asustan! y si +usted se burla, yo hago la cuestión personal.... + +--¿Cómo personal? ¿También usted es infalible? + +--¡Señor Guimarán! + +--En resumen, señor mío.... + +--Eso es, _reasumiendo_... + +--Yo me borro de la lista...--¡Pues tal día hará un año! + +Ronzal no demostró el por qué de la infalibilidad, pero don Pompeyo se +borró de la lista del Casino. + +Perdió aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y anduvo +como alma en pena vagando de café en café hasta que al cabo de algunos +años tropezó con don Santos Barinaga en el _Restaurant y café de la +Paz_, donde todas las noches el enemigo implacable del Magistral se +preparaba a mal morir bebiendo un cognac con honores de espíritu de +vino. + +Entablaron amistad que llegó a ser íntima. Don Santos había sido siempre +un buen católico; es más, de la Iglesia vivía, pues su comercio era de +objetos del culto. + +Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de «La Cruz +Roja» había empezado a _labrar su ruina_, iba sintiendo cada día más +vacilante el alcázar de su fe... y más vacilantes las piernas. Empezaba, +como otros muchos, por negar la virtud del sacerdocio y, además--esto no +se sabe que lo hayan hecho otros heresiarcas--, coincidía en él aquel +desprecio de los ordenados _in sacris_ con la afición desmesurada al +alcohol en sus varias manifestaciones. + +Poco trabajo le costó a Guimarán hacer un prosélito de don Santos. De +día en día y de copa en copa avanzaba la impiedad en aquel espíritu; y +llegó a creer que Jesucristo no era más que una constelación; disparate +que había leído don Pompeyo en un libro viejo que compró en la feria. +Guimarán tenía la impiedad fría del filósofo, Barinaga los rencores del +sectario, la ira del apóstata. + +Cuando le parecía al buen tendero que iba demasiado lejos en sus +negaciones, para ocultar el miedo, se ponía de pie, copa en mano, y +decía solemnemente: + +--En último caso, si me equivoco, si blasfemo... toda la responsabilidad +caiga sobre ese pillo... sobre ese _rapavelas_... ¡sobre ese maldito don +Fermín!... + +El café de la Paz era grande, frío; el gas amarillento y escaso parecía +llenar de humo la atmósfera cargada con el de los cigarros y las +cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban estaba desierto +el salón; los mozos, de chaqueta negra y mandil blanco, dormitaban por +los rincones. Un gato pardo iba y venía del mostrador a la mesa de don +Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero convencido de que no +decía más que disparates, bostezaba, y daba media vuelta. + +Guimarán veía con gran satisfacción los progresos de la impiedad en +aquel espíritu lleno de pasión; no había llegado don Santos al ateísmo, +«pero este era un grado de perfección filosófica que tal vez le venía +muy ancho al antiguo comerciante de cálices y patenas». Don Pompeyo se +contentaba con arrancarle las raíces y retoños de toda religión +positiva. No le agradaba verle cada vez más _enfrascado_ en el +aguardiente y el cognac; pero don Santos si no bebía no daba pie con +bola, no entendía palabra de lugares teológicos. Había que dejarle +beber. + +A las diez y media de la noche salían juntos; don Pompeyo daba el brazo +a don Santos y le acompañaba hasta dejarle bastante lejos del café, +porque si no se volvía solo. En la esquina de una calleja se despedían +con largo apretón de manos, y Guimarán, sereno y satisfecho, se +restituía a su hogar tranquilo donde le esperaban su amante esposa y +cuatro hijas que le adoraban. + +Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con +nieblas en el pensamiento y en los ojos. Su pie vacilaba; el pudor +entregado a sí mismo, luchaba por encontrar una marcha y un continente +decoroso; pero en vano, un movimiento en zig-zag agitaba todo el cuerpo +del enfermo; cada paso era un triunfo; la cabeza se tenía mal sobre los +hombros... y de la faringe del borracho salían, como arrullos de +tórtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta monótona, +inarticulada, que era a su modo expresión de una idea fija, o mejor, de +un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de la manía. A todas +las manchas de las paredes, a todas las sombras de los faroles les +contaba, gruñendo, la historia de su ruina, y no había piedra de aquel +camino, que no supiese la escandalosa leyenda de la fortuna del +Magistral. + +Si Barinaga tomó de don Pompeyo su apostasía, Guimarán se contagió con +el odio de don Santos al Provisor y a doña Paula. «¡Era escandaloso, +ciertamente, aquel tráfico indigno!». Los dos viejos fueron trompas de +la fama contra la honra del Provisor. Don Santos alborotó la vecindad +muchas noches; no bastó la intervención del sereno; llegó a dar puñadas, +bastonazos y hasta patadas en la puerta de la _Cruz Roja_. El dueño del +establecimiento se quejó a la autoridad, creció el escándalo, los +enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se +gritaba: «¿Cómo se entiende? ¿van a prender a don Santos después de +haberle arruinado? + +¿Se atrevería la autoridad a tomar una _medida represiva_?». + +En el cabildo, Glocester, el maquiavélico Arcediano, hablaba al oído de +los canónigos «de descrédito colectivo, de lo que la iglesia, y la +catedral sobre todo, perdían con aquellas _algaradas_ (frase de +Glocester)». El beneficiado don Custodio apoyaba al señor Mourelo. + +--¡Y si fuera eso lo peor!--decía el Arcediano. + +Y entonces comenzaba el segundo capítulo de la murmuración. + +«Lo peor era que, con razón o sin ella, pero no sin que las apariencias +diesen motivo para las hablillas, se decía que el Magistral quería +seducir, y en camino estaba, nada menos que a la Regenta». + +--¡Hombre, eso no!--gritaba el chantre--¡ella está hecha una santa; +después de su enfermedad, desde que estuvo si la entrega o no la +entrega, su vida es ejemplar. Si antes era una señora virtuosa, como hay +muchas, ahora es una perfecta cristiana. Está más delgadilla, más +pálida, pero hermosísima... quiero decir, que edifica, que es una +santa... vamos... una santa.... + +--Señor, yo quiero hechos... y el público no se fía de santidades... se +fía de hechos.... + +Y Glocester citaba muchos hechos: la frecuencia de las confesiones de +Anita Ozores, lo mucho que duraban las visitas del Provisor al Caserón, +las visitas de la Regenta a doña Petronila.... + +--¡Cómo! ¿Y qué? ¿qué tenemos con esas visitas? ¿También va usted a +creer que doña Petronila se presta?... + +--Señor... yo no creo ni dejo de creer... yo cito hechos y digo lo que +dice el público.... El escándalo crece.... + +Era verdad. Tal maña se daban Glocester y don Custodio y otros señores +del cabildo, algunos empleados de la curia eclesiástica, y entre el +elemento lego Foja y don Álvaro; este por debajo de cuerda y +conteniéndose en lo que se refería a la simonía y despotismo que se +achacaba al Provisor. En el Casino tampoco se hablaba de otra cosa. Ya +todos aseguraban haber encontrado a don Santos dando patadas a la puerta +de la Cruz Roja y desafiando a gritos al Magistral. Había bandos: unos +reclamaban la intervención de la autoridad, otros sostenían _el derecho +del pataleo_ de Barinaga. + +El Chato iba y venía, espiaba en todas partes, y dos o tres veces al día +entraba en casa del Provisor a dar parte de las murmuraciones a su jefe, +a doña Paula, que le pagaba bien. + +La madre de don Fermín vivía en perpetua zozobra; pero no desmayaba. «Ya +que él quería perderse, allí estaba ella para salvarle». Era lo +principal visitar al Obispo, conseguir que la murmuración, la calumnia o +lo que fuese, no llegara a su Ilustrísima. Doña Paula pasaba gran parte +del día y de la noche en palacio. Su lugarteniente Úrsula, el ama de +llaves del Obispo, tenía orden de no dejar a ninguna persona sospechosa +llegar a la cámara de su dueño; los familiares, gente devota de doña +Paula, hechuras suyas, obedecían a la misma consigna. El Magistral, +aunque le disgustaba emplearse en tal oficio, también espiaba y +vigilaba; el instinto de conservación le obligaba a secundar los planes +de su madre. + +Doña Paula y don Fermín hablaban poco; se defendían por acuerdo tácito; +empleaban el mismo sistema de resistencia sin comunicárselo. Estaba la +madre irritada. «Su hijo la engañaba, la perdía. Para ella doña Ana +Ozores, la dichosa Regenta, era ya _barragana_ (esta palabra decía en +sus adentros) barragana de su Fermo. + +Por allí iba a romper la soga; por allí hacía agua el barco. Si se +hablaba tanto de los abusos de la curia eclesiástica, de la _Cruz Roja_ +y de don Santos, era porque el _otro negocio_, el más escandaloso, el de +las _faldas_ traía consigo los demás». Esto pensaba ella. «Lo otro es +antiguo; ya nadie hacía caso de esas hablillas por viejas, por gastadas, +pero con el escándalo nuevo, con lo de esa mala pécora, hipócrita y +astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un +mucho. Si Fortunato sabe algo, cree algo, nos hundimos». Al dueño de la +Cruz Roja se le prohibió oír los golpes que descargaba en la puerta +todas las noches el borracho de don Santos. No se volvió a pensar en +pedir auxilio a la autoridad. Se compró al sereno y se le dio orden de +que evitara el ruido ante todo. Era inútil. Muchos vecinos ya esperaban +con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y salían a los balcones a +presenciar la escena. + +Pero doña Paula tenía además que seguir los pasos a su hijo. + +El Chato había visto a la Regenta y al Magistral entrar juntos al +anochecer en casa de doña Petronila. Y ya lo sabía doña Paula. Pero +también les había visto don Custodio y se lo había dicho a Glocester y +después los dos a toda Vetusta. + +En tanto, en el café de la Paz había ya público para oír a don Pompeyo y +a don Santos maldecir de las religiones positivas y especialmente del +señor Vicario general, como llamaba siempre a De Pas el señor Guimarán. +Entre el _pueblo bajo_ corría la historia de las aras, de la ruina de +don Santos, de los millones del Magistral depositados en el Banco; con +tal motivo algunos obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al +clero en masa. A esto lo llamaban cortar por lo sano. + +Los trabajadores carlistas dudaban; tenía entre ellos amigos el +Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le temían por rico... y +sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del asunto de +_las faldas_. Allá cuando la Revolución, se había dicho si tenía o no +tenía don Fermín aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se +acordaba por allí de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la +voz en la propaganda revolucionaria habían muerto, o habían envejecido, +o se habían dispersado, o estaban desengañados de _la idea_; la +generación nueva no era clerófoba más que a ratos; era amiga de la +taberna, no del club. Se hablaba sólo de revolución social; y ya se +decía que los curas no son ni más ni menos malos que los demás +_burgueses_. Malo era el fanatismo, pero el _capital_ era peor. No había +en los barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las +sotanas. El Magistral era allí más despreciado que aborrecido. Pero el +escándalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o tres +rasgos de despotismo en la curia eclesiástica, el dineral que costaba +casarse--como si antes no costara lo mismo--y las acciones del Banco, +volvieron a encender los odios, y esta vez se habló de colgar al +Provisor y _demás clerigalla_. + +Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después de Glocester +que la creía obra suya exclusivamente, era don Álvaro Mesía. Ya +aborrecía de muerte al Magistral. «Era el primer hombre ¡y _con faldas_! +que le ponía el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba una +presa, y con trazas de llevársela!». «Tal vez se la había llevado ya. +Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario había podido más que +su sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual +el _arte_ decía que estaba la rendición de la más robusta fortaleza. Yo +pongo el cerco, pero ¿quién sabe si él ha entrado por la mina?». El +dandy vetustense sudaba de congoja recordando lo mucho que había +padecido bajo el poder de don Víctor Quintanar, que según su cuenta, en +pocos meses de íntima amistad le había _declamado_ todo el teatro de +Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcón. Y todo, ¿para qué? «Para +que el diablo haga a esa señora caer en cama, tomarle miedo a la muerte, +y de amable, sensible y condescendiente (que era el primer paso), +convertirse en arisca, timorata, mística... pero mística de verdad. ¿Y +quién se la había puesto así? El Magistral, ¿qué duda cabía? Cuando él +comenzaba a preparar la escena de la declaración, a la que había de +seguir de cerca la del _ataque personal_, cuando la próxima primavera +prometía eficaz ayuda... se encuentra con que la señora tiene fiebre». +«La señora no recibe», y estuvo sin verla quince días. Se le permitía +llegar al gabinete, preguntarle cómo estaba... pero no entrar en la +alcoba. Él había ido a visitarla todos los días, pero como si no, no le +dejaban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin +obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual». Durante la +primera convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él también +entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con +Ana. Y lo más triste había sido después; cuando la segunda arremetida +del mal, que fue tan peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud. +Ana le recibió en su gabinete. ¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante +delgada, y pálida como una muerta. «Hermosísima, eso sí, hermosísima... +pero a lo romántico. Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre +no luchaba él. Estaba entregada a Dios. ¡Claro! ¡Apenas comía! No podía +levantar un brazo sin cansarse». Don Álvaro calculaba, furioso de +impaciencia, cuánto tiempo tardaría aquella _naturaleza_ en adquirir la +fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos sensuales, que eran +la fe viva del señor Mesía y su esperanza. Tardaría mucho. Mientras +tanto él no podría emprender nada de provecho. «Y el Magistral estaba +haciendo allí su agosto; embutiendo aquel cerebro débil de visiones +celestes.... Ana era otra para él. No le miraba jamás, y las pocas +palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, eran +corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón. A veces se le +ocurría a él si se las dictaría el Magistral». Una tarde comía la +Regenta en presencia de su esposo, don Álvaro y De Pas. Le costaba +lágrimas cada bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no debía +comer. Entonces Mesía tomó con mucho calor la defensa del alimento +obligatorio. + +--Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo principal aquí es +sentirse bien; y pronto, para que no se apodere la anemia de ese +organismo.... + +--Oh, amigo mío--replicó el Magistral, sonriendo con mucha +amabilidad--la anemia, usted sabe mejor que yo que puede venir a pesar +del alimento.... Además, comer no es lo mismo que alimentarse.... + +--Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría carne cruda, +mucha carne a la inglesa... + +«¡Oh! le corría prisa; hubiera dado sangre de un brazo por verla correr +por aquellas venas que se figuraba exhaustas. ¡La vida, la fuerza a todo +trance, para aquella mujer!». Hasta habló un día don Álvaro de +transfusiones. «La ciencia había adelantado mucho en esta materia». + +Somoza solía aprobar moviendo la cabeza y diciendo: + +--¡Mucho! ¡mucho! ¡oh, sí, la ciencia! ¡mucho!... ¡la transfusión!... +¡claro! Tenía cierto miedo a los conocimientos médicos de don Álvaro. +Aquel hombre que iba a París y traía aquellos sombreros blancos y citaba +a Claudio Bernard y a Pasteur... debía de saber más que él de medicina +moderna... porque él, Somoza, no leía libros, ya se sabe, no tenía +tiempo. + +Pero la Regenta mejoraba; volvía la sangre, aunque poco a poco; los +músculos se fortalecían y redondeaban... y la frialdad y la reserva no +desaparecían. Don Víctor siempre el mismo para su don Álvaro; seguían +las confidencias acompañadas de cerveza... pero Ana jamás se presentaba. +Si don Álvaro se atrevía a preguntar por ella, don Víctor fingía no oír, +o mudaba de conversación; si el otro insistía, Quintanar suspiraba y +encogiendo los hombros decía: + +--¡Déjela usted... estará rezando! + +--¡Rezando!... Pero tanto rezar puede matarla.... + +--No... si... no reza... es decir... oración mental... ¿qué sé yo?... +cosas de ella. Hay que dejarla. + +Y suspiraba otra vez. Sí, había que dejarla. Pero a solas, don Álvaro se +mesaba los rubios y finos cabellos ¡quién lo diría! se llamaba animal, +bestia, bruto, como si no fuera todo lo mismo, y se decía: + +--¡Me he portado como un cadete! Me ha perdido la timidez.... Debí dar el +_ataque personal_ una noche que la encontré a obscuras... o aquella +tarde del cenador.... + +Pero no lo había dado.... Y ahora no había remedio. Un día llegó Ana _al +extremo_ de retirar la mano, que él solicitaba con la suya extendida. +Buscó un pretexto con la habilidad rápida que tienen las mujeres... y... +no le dio la mano. No volvió a tocarle aquellos dedos suaves. Y es más, +apenas la veía. + +--«¡Oh, a él, a don Álvaro Mesía le pasaba aquello! ¿Y el ridículo? ¡Qué +diría Visita, qué diría Obdulia, qué diría Ronzal, qué diría el mundo +entero! + +»Dirían que un cura le había derrotado. ¡Aquello pedía sangre! Sí, pero +esta era otra». «Si don Álvaro se figuraba al Magistral vestido de +levita, acudiendo a un duelo a que él le retaba... sentía escalofríos». +Se acordaba de la prueba de fuerza muscular en que el canónigo le había +vencido delante de Ana misma. Aquel valor que él sentía ante una sotana, +por la esperanza irreflexiva de que la mansedumbre obliga al clérigo a +no devolver las bofetadas, aquel valor desaparecía pensando en los puños +de don Fermín. «No había salida. No había más que acabar con él ayudando +a Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano +eclesiástico». + +Por las tardes, paseándose en el Espolón, donde ya iban quedándose a sus +anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la sombra +de los árboles frondosos del Paseo Grande, don Álvaro solía cruzarse con +el Provisor; y se saludaban con grandes reverencias, pero el seglar se +sentía humillado, y un rubor ligero le subía a las mejillas. Se le +figuraba que todos los presentes les miraban a los dos y los comparaban, +y encontraban más fuerte, más hábil, más airoso al vencedor, al cura. +Don Fermín era el de siempre; arrogante en su humildad, que más quería +parecer cortesía que virtud cristiana; sonriente, esbelto, armonioso al +andar, enfático en el sonsonete rítmico del manteo ampuloso, pasaba +desafiando el qué dirán, con imperturbable sangre fría. Solían juntarse +en el Espolón los tres mejores mozos del Cabildo: el chantre, alto y +corpulento; el pariente del ministro, más fino, más delgado, pero muy +largo también, y don Fermín, el más elegante y poco menos alto que la +dignidad. Gastaban entre los tres muchas varas de paño negro reluciente, +inmaculado; eran como firmes columnas de la Iglesia, enlutadas con +fúnebres colgaduras. Y a pesar de la tristeza del traje y de la seriedad +del continente, don Álvaro adivinaba en aquel grupo una seducción para +las vetustenses; iba allí el prestigio de la Iglesia, el prestigio de la +gracia, el prestigio del talento, el prestigio de la salud, de la fuerza +y de la carne que medró cuanto quiso... Él se figuraba tres monjas +hermosas, buenas mozas, que tuviesen además talento, gracia; se las +figuraba paseando por el Espolón... y estaba seguro de que los ojos de +los hombres se irían tras ellas. Pues lo mismo debía de suceder trocados +los sexos. Y, en efecto, en los saludos que las señoras que todavía +paseaban en el Espolón dedicaban a los tres buenos mozos del Cabildo, a +las tres torres davídicas, creía ver el Presidente del Casino ocultos +deseos, declaraciones inconscientes de la lascivia refinada y +contrahecha. + +Cada día aumentaba en don Álvaro la superstición del confesonario, cada +día creía más poderosa la influencia del cura sobre la mujer que le +cuenta sus culpas. Y mirando a las damas que iban y venían, unas +elegantes, lujosas, otras enlutadas o con hábito humilde, todas deseando +a su modo agradar, todas procurándolo, Mesía imaginaba secretos hilos +invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basquiña, del +cura a la hembra. + +En suma, don Álvaro tenía celos, envidia y rabia. Su materialismo +subrepticio era más radical que nunca. «Nada, nada, fuerza y materia, no +hay más que eso», pensaba. + +Y si no fuera porque los partidos avanzados nunca son poder o lo son +poco tiempo, se hubiera declarado demagogo y enemigo de la religión del +Estado. + +Llegó al extremo de proponer en la Junta del Casino que no se celebrara +en adelante ninguna fiesta de orden religioso colgando e iluminando los +balcones. Ronzal se opuso, pero el Presidente se impuso y se votó +aquella abstención. ¡Había triunfado al cabo don Pompeyo Guimarán! + +Don Álvaro quería que el ateo volviese al Casino, hacía falta aquel +refuerzo a los que se empeñaban en deshonrar al Magistral. Foja y +Joaquinito Orgaz, que capitaneaban la partida de los murmuradores, +propusieron a don Álvaro que fuera una comisión a buscar a don Pompeyo +para restituirlo al Casino, «de donde nunca debió haber salido». Se +celebraría la _restauración_ de Guimarán con una buena cena. Paco el +Marquesito, que como buen aristócrata se creía obligado a ser religioso +_en la forma por lo menos_, se opuso al principio a los proyectos de +Foja y Orgaz, pero considerando que su amigo, su ídolo Mesía deseaba +tener allí al otro para que le ayudara a desacreditar al Provisor, y +considerando que iban a divertirse de veras en el _gaudeamus_ de la +noche, falló que debía ayudar y ayudaba a los enemigos del Magistral y +se agregó a la comisión que fue a buscar a don Pompeyo. + +Fueron: el señor Foja, ex-alcalde, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz. + +Los recibió el señor Guimarán en su despacho, lleno de periódicos y +bustos de yeso, baratos, que representaban bien o mal a Voltaire, +Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden de colocación +sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros viejos. + +Usaba don Pompeyo en casa bata de cuadros azules y blancos, en forma de +tablero de damas. Acogió a los comisionados con la amabilidad que le +distinguía y ocultando mal la sorpresa. + +«¿A qué vendrían aquellos señores? ¿Querrían darle alguna broma? No lo +esperaba». De todos modos el ver allí al hijo del marqués de Vegallana +le inundaba el alma de alegría, aunque él no quisiera reconocerlo. + +Cuando supo de lo que se trataba, por boca de Foja, tuvo que levantarse +para ocultar la emoción. Sintió que la hebilla del chaleco estallaba en +su espalda. + +--Señores--pudo decir al cabo con voz temblorosa--si un juramento +solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que voluntariamente +me impuse hace tantos años, o mejor dicho, que me impusieron el +fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volvería con mil amores +al seno de aquella sociedad de la que fuí fundador con otros seis o +siete amigos. ¿Y cómo no, señores, si allí corrieron los mejores días, +para mí, en pláticas provechosas y amenas con el elemento más culto de +la población? Allí la tolerancia solía tener su asiento; y las personas, +los personajes en quien más arraigadas están ciertas ideas venerables al +fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta cierto punto de +abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes, entre los cuales +cuento al papá de este joven ilustrado, a mi buen amigo y condiscípulo +el excelentísimo señor marqués de Vegallana, respetaban mis opiniones, +como yo las suyas. Lo que ustedes hacen ahora nunca lo agradeceré yo +bastante. Pero lo principal ya se ha logrado; la libertad del +pensamiento vuelve a brillar en el Casino.... Mi aspiración se ha +realizado. Ahora, por lo que a mí toca, señores, debo declarar que no +puedo romper un voto solemne, un juramento... y no iré con ustedes, +aunque bien quisiera. + +La comisión insistió, conociendo en la cara de don Pompeyo que +vencerían. + +Foja presentó un argumento de mucha fuerza. + +--Dice usted, señor don Pompeyo, que por su gusto vendría con nosotros, +se restituiría al Casino. + +--¡Con mil amores! Esa es la palabra... me restituiría.... + +--Que únicamente le retrae el juramento.... + +--Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida allí los pies. + +--¿Pero qué solemnidad ni qué castañuelas? y usted dispense que me +exprese así. El que jura, pone a Dios por testigo; pero usted no cree en +Dios... luego usted no puede jurar. + +--Perfectamente--dijo Joaquinito Orgaz; de _p_ y _p_ y _w_ y se puso en +pie para hacer una pirueta flamenca. + +Creía Joaquín que en casa de un ateo de profesión, de un loco, en otros +términos, la buena crianza estaba de más. + +Don Pompeyo se quedó mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez, +mientras consideraba el argumento de Foja. + +No tenía qué contestar. + +Al cabo dijo:--La verdad es... que jurar... yo no puedo jurar... +pero... metafóricamente.... Además, puedo prometer por mi honor.... + +--Pero amigo, en aquella ocasión usted no prometió por su honor; juró +usted no poner allí los pies... todo Vetusta recuerda sus palabras de +usted. + +Don Pompeyo sintió vapores en la cabeza al oír que todo Vetusta +recordaba sus palabras. + +Pero insistió, aunque más débilmente cada vez, en su negativa. + +Foja guiñó el ojo al Marquesito. Empezó entonces este el ataque, y +Guimarán no pudo resistir más. Se rindió. + +¡El hijo de Vegallana, del primer aristócrata, venía a suplicarle que +volviera al Casino! Oh, aquello era demasiado. No pudo sostener la +fortaleza de su resolución. + +--Después de todo--dijo--en el mero hecho de haberse restablecido la +legislación que yo invocaba... ya puedo pisar sin desdoro aquel +pavimento.... + +--Pues claro que puede usted pisar. Nada, nada; póngase usted la levita, +que la cena espera. + +--¿Qué cena?--Sí, señor; se ha acordado por el elemento vencedor, por +los que solicitan la presencia de usted, obsequiarle con un banquete... +y vamos a cenar juntos unos doce amigos.... + +Don Pompeyo no sabía si debía aceptar.... No le dejaron ser modesto; y +corrió aturdido a ponerse la levita y el sombrero de copa alta. Estaba +deslumbrado y creía sentir alrededor de su cuerpo un baño; un baño de +agua rosada. + +La presencia del Marquesito era el principal factor de aquella alegría. +«¡Oh! al fin la aristocracia era algo, algo más que una palabra, era un +elemento histórico, una grandeza positiva... podía haber nobleza y no +haber Dios... ¿qué duda cabía?». + +Una hora después en el comedor del Casino que ocupaba una crujía del +segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa +presidida por don Pompeyo Guimarán, don Álvaro Mesía, enfrente del +protagonista, y en agradable confusión después, sin pensar en +preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, Foja, don +Frutos Redondo (que acudía a todas las cenas fuesen del partido +religioso o político que fuesen), el capitán Bedoya, el coronel +Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas pulgas y +buena espada, un tal Juanito Reseco, que escribía en los periódicos de +Madrid y venía a Vetusta, su patria, a darse tono de vez en cuando, y +además un banquero y varios jóvenes de la _bolsa_ de Mesía, +trasnochadores abonados del Casino. + +Pocas veces comía en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones con los +poderosos de la tierra eran muy poco íntimas, casi nunca veía una mesa +bien puesta. Así le parecía digno de Baltasar aquel vulgarísimo aparato +de restaurant provinciano. El mantel adamascado, más terso que fino; los +platos pesados, gruesos; de blanco mate con filete de oro; las +servilletas en forma de tienda de campaña dentro de las copas grandes, +la fila escalonada de las destinadas a los vinos; las conchas de +porcelana que ostentaban rojos pimientos, cárdena lengua de escarlata, +húmedas aceitunas, pepinillos rozagantes y otros entremeses; la gravedad +aristocrática de las botellas de Burdeos, que guardaban su aromático +licor como un secreto; los reflejos de la luz quebrándose en el vino y +en las copas vacías y en los cubiertos relucientes de plata Meneses; el +centro de mesa en que se erguía un ramillete de trapo con guardia de +honor de dos floreros cilíndricos con pinturas chinescas, de cuya boca +salían imitaciones groseras de no se sabía qué plantas, pero que a don +Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna _miss_ de +circo ecuestre; las cajas de cigarros, unas de madera olorosa, otras de +latón; los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y vinagre +y con más especias que un barco de Oriente...; todo contribuía a +deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y fascinado el +conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de la mesa aún +pulcra, correcta, intacta. + +Se comenzó a comer sin mucho ruido; todos se esforzaban en decir +chistes. Joaquinito se burlaba del servicio y hablaba de Fornos... y de +La Taurina y el Puerto, donde se cenaba _por todo lo flamenco_. + +Todos comían mucho, menos don Pompeyo, a quien la emoción apretaba la +garganta. Desde el segundo plato comenzó a atormentarle un cuidado. +«Estoy, pensó, en el ineludible compromiso de brindar; tengo que +improvisar un discurso». Y ya no comió bocado que le aprovechase. Oía +hablar como quien oye llover: sonreía a derecha e izquierda, contestaba +con monosílabos, pero él pensaba en su brindis; las orejas se le +convertían en brasas y a veces sentía náuseas y temblor de piernas. En +resumidas cuentas, estaba pasando un mal rato. Él esperaba que las cosas +sucedieran así: hablaría primero don Álvaro, haría un elogio de la +constancia con que él, don Pompeyo, había sostenido la idea santa de la +libertad de pensamiento, y prometería en nombre de la Junta que el +Casino jamás tendría religión, como no debía tenerla el Estado. Después +hablarían Foja, el Marquesito y otros, abundando en las mismas ideas... +y por último él, Guimarán, tendría que levantarse a... _hacer el +resumen_. Y mientras comía y bebía por máquina preparaba su arenga, sin +poder pasar del exordio, que quería original, sin afectación, modesto +sin falsa humildad.... «Estos jóvenes... debieron haberme avisado +ayer... y entonces tendría yo tiempo». + +Contra lo que esperaba el _ateo_, la conversación, al llegar el +Champaña, había tomado un rumbo que no podía llevarla a los asuntos +serios que él creía propios de aquella solemnidad. Se hablaba de +mujeres. Casi todos echaban de menos la edad de las ilusiones, no por +las ilusiones, sino por la secreta fuerza, que según ellos era su +origen. Se declaraban, aun los jóvenes, en la edad triste en que el amor +es de cabeza, pura imaginación. Sólo Paco, franco y noble, confesaba que +se sentía mejor que nunca, a pesar de haber vivido tanto como +cualquiera. + +Uno de los compañeros de bolsa de Mesía, viejo verde de cincuenta años, +el señor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y +con lágrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vacía en la mano, +exponía su sistema filosófico de un pesimismo desgarrador, como decía el +capitán Bedoya. Hubo interrupciones y entonces la conversación tomó un +vuelo más alto; Guimarán se dignó prestar atención. Se hablaba ya de la +otra vida, y de la moral, que era relativa según la opinión de la +mayoría. + +Foja, pálido, desencajado, con voz temblorosa, sostenía que no había +moral de ninguna clase--y también se puso de pie--; que el hombre era un +animal de costumbres; que cada cual barría para adentro. + +--_Homo homini lupus_--advirtió Bedoya el capitán. + +El coronel Fulgosio le miró con respeto y aprobó la proposición sin +entenderla. + +--Eso es la lucha por la existencia--dijo muy serio Joaquinito Orgaz. + +--No hay más que materia...--añadió Foja, que sólo en sus borracheras +exponía sus opiniones filosóficas. + +--Fuerza y materia--dijo Orgaz padre--que lo había oído a su hijo. + +--Materia... y pesetas--rectificó Juanito Reseco--con voz aguda, +estridente y cargada de una ironía que Orgaz padre no podía comprender. + +--Eso es--gritó el orador Palma; y siguió brindando por todas las +excelencias naturales que él echaba de menos en su miserable cuerpo de +anémico incurable. + +Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones, +coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón. Entre la +ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y vino, +rodaron el nombre y el honor de muchas señoras. «Allí se podía decir +todo, estaban solos, todos eran unos». Mesía hablaba poco, era su +costumbre en tales casos. Temía estas expansiones en que se toma por +amigo a cualquiera y en que se dicen secretos que en vano después se +querría recoger. Mientras los demás referían aventuras vulgares, sin +gloria, él atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y +la barba apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco +con cariño y voluptuosa calma; los ojos animados, húmedos, llenos de +reflejos de la luz y de reflejos eléctricos del vino, se fijaban en el +techo. Las demás figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no +tenía dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mesía estaba +hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armonía de sus formas +de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la gula no +imprimían groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre melancólica +y lasciva; se veía al hombre del vicio, pero sacerdote, no víctima: +dominaba él a su borrachera, _morigerada_, señoril, discreta. Don +Álvaro, a solas entre aquellos pobres diablos, soñaba despierto, +enternecido. En aquellos momentos se creía enamorado de veras, y se +creía y se sentía de veras interesante. Aunque él era sensualista ¡qué +diablo! la sensualidad, pensaba, también tiene su romanticismo. El +_claire de lune es claire de lune_ aunque la luna sea un cacho de hierro +viejo, una herradura de algún caballo del sol. + +Y pasaban por su memoria y por su imaginación recuerdos de noches de +amor, no todas claras ni todas poéticas, pero muchas, muchas noches de +amor. Y sintió comezón de hablar, de contar sus hazañas. Este prurito +era nuevo en él; no lo había sentido hasta que la Regenta le había +humillado con su resistencia. + +Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno +de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a él, y +callaron los demás para oírle. Entonces habló, sin poder remediarlo, +para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su historia. Habló +el maestro. Quitó el codo de la mesa y apoyó en ella los dos brazos +cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía el cigarro, cargado con +una pulgada de ceniza; inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo +báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra +suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con +silencio de iglesia. Los que estaban lejos se incorporaban para +escuchar, apoyándose en la mesa o en el hombro del más cercano. +Recordaba el cuadro, por modo miserable, la _Cena_ de Leonardo de Vinci. + +La atención profunda del auditorio, el interés que se asomaba a las +miradas y a las bocas entreabiertas, sedujeron al Tenorio de Vetusta, le +halagaron y habló como podría hablar sobre el pecho de un amigo. Joaquín +Orgaz y el Marquesito oían con recogimiento de sectario al maestro. +Aquella era palabra de sabiduría. + +Unas veces las aventuras eran románticas, peligrosas, de audacia y +fortuna; las más probaban la flaqueza de la mujer, sea quien sea; otras +demostraban la necesidad de prescindir de escrúpulos; muchas el buen +éxito de la constancia, de la astucia y de la rapidez en el ataque. + +De vez en cuando el silencio era interrumpido por carcajadas +estrepitosas; era que una aventura cómica alegraba al concurso, +sacándole de su estupor malsano y corrosivo. Entre la admiración general +serpeaba la envidia abrazada a la lujuria: las tenias del alma. Los ojos +brillaban secos. + +El arte del seductor se extendía sobre aquel mantel, ya arrugado y +sucio; anfiteatro propio del cadáver del amor carnal. + +Mesía se dejaba ver por dentro, más que por complacer a sus oyentes, por +oírse a sí mismo, por saber que él era todavía quien era. + +«Las trazas del amor eran casi siempre malas artes; era un soñador el +que pensase otra cosa. Alguna vez se le había arrojado a Mesía a los +brazos una mujer loca de puro enamorada; pero estas aventuras eran muy +raras. Además: si la mujer no fuera tan lasciva a ratos, las victorias +escasearían; por amor puro se entregan pocas. Más hace la ocasión que la +seducción. La seducción debe transformarse en ocasión». + +Llegó el caso de contar cómo había podido don Álvaro vencer a la hija de +un maestro de la Fábrica vieja, muy honrado, que velaba por el honor de +su casa como un Argos. Angelina tenía padre, madre, abuela, hermanos; +ella era pura como un armiño.... Mesía había empezado por seducir a los +parientes. En cada casa entraba según lo exigía la vida de aquel hogar. + +Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de papel, +jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de devanadera, oía con +paciencia y fingida atención las lucubraciones socialistas y +humanitarias del padre, encantaba a todos; llegaba a ser el tertulio +necesario, el paño de lágrimas, el consejero, el mejor ornamento de la +casa; la llenaba con su hermosa presencia; era dulce, cariñoso, tenía +blanduras de padrazo; cuidaba de los intereses domésticos como si fueran +propios, hasta ponía paz entre los criados y los amos. Así iba entrando, +entrando en el corazón de todos; los amores con Angelina (o quien fuera, +pues de tales aventuras había tenido muchas) comenzaban en secreto; y +poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran tapete +debajo del cual hay un brasero; en el balcón al obscurecer, en cuantas +ocasiones podía, se acercaba, se apretaba contra su víctima, la llenaba +de deseos de él, de su arrogante belleza varonil y simpática; después +hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal amparo que +parecía la misma inocencia; y cualquier día o cualquiera noche, en una +merienda en el campo, después de la cena de Noche-buena, mientras los +demás de la familia reían alegres, descuidados, la pasión de Angelina +llegaba al paroxismo, la ocasión echaba el resto y la deshonra entraba +en la casa, y el amigo íntimo, el favorito de todos, salía para no +volver nunca. + +Los que oían a don Álvaro se figuraban presenciar aquellas escenas de +amistad íntima, tranquilas, dulces, llenas de expansión y confianza; en +el rostro del seductor, en sus ademanes, en las sonrisas, en la voz, se +reflejaban, por virtud del recuerdo, la bondad suave, el aire bonachón y +entrañable, la franqueza sencilla, noble, familiar, la habilidad +casera, todas las artes y cualidades que hacían vencer a Mesía en lides +tales. + +--Otras veces, amigos, había que recurrir a la fuerza. Renunciar a una +victoria que se consigue con los puños y sudando gotas como garbanzos, +entre arañazos y coces, es ser un platónico del amor, un _cursi_; el +verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como +puede; es romántico, caballeresco, pundonoroso cuando conviene; grosero, +violento, descarado, torpe si hace falta. + +Nunca se le olvidaría a don Álvaro un combate de amor que duró tres +noches, y fue más glorioso para la vencida que para el vencedor. La +escena representaba una panera, casa de madera sostenida por cuatro pies +de piedra, como las habitaciones palúdicas sustentadas por troncos, y +las de algunos pueblos salvajes. En la panera dormía Ramona, aldeana, y +cerca de su lecho de madera pintada de azul y rojo, que rechinaba a cada +movimiento del jergón, yacía la cosecha de maíz de su casería, en montón +deleznable que subía al techo. + +Allí fue la batalla. Y don Álvaro, como si lo estuviera pasando todavía, +describía la obscuridad de la noche, las dificultades del escalo, los +ladridos del perro, el crujir de la ventana del corredor al saltar el +pestillo; y después las quejas de la cama frágil, el gruñir del jergón +de gárrulas hojas de mazorca, y la protesta muda, pero enérgica, brutal +de la moza, que se defendía a puñadas, a patadas, con los dientes, +despertando en él, decía don Álvaro, una lascivia montaraz, desconocida, +fuerte, invencible. + +«Hubo momentos en que peleé, como César en Munda, por la vida. Era +Ramona, señores, morena; su carne de cañón, dura, tersa, y aquellos +brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en arrebato amoroso, me +probaban su fuerza dando tortura a los míos, oprimidos, inertes. Mi +deseo era más poderoso, porque tenía un incentivo más picante que la +pimienta: conocía yo que Ramona gozaba, gozaba como una loca en la +refriega. Segura de no ser vencida por la fuerza, enamorada a su modo +del _señorito_, sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos +mudos, gimnásticos, callaba, forcejeaba, mordía con deleite, magullaba +con voluptuosidad bárbara, y encontraba placer de salvaje en el martirio +de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sentían dominados por ella. +La cama se hundió; rodamos por el suelo; y rodando llegamos al monte de +maíz. Entonces salió la luna; entraron sus rayos por la ventana que yo +dejara abierta, y vi a mi robusta aldeana, en pie, hundida una pierna +entre los granos de oro y la rodilla de la otra clavada sobre mi pecho. +Me intimaba la muerte o la huida, amenazándome con una medida para +áridos, cajón enorme de madera con chapas de hierro. Huí, huí por la +ventana; del corredor de la panera salté al callejón como pude, y tuve +que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. (Pausa.) Pero +volví a la noche siguiente. El perro ladró menos. La ventana no estaba +cerrada, el pestillo estaba descompuesto; Ramona no dormía, me esperaba; +en cuanto me sintió, descargó tremendo bofetón sobre mi rostro. No +importaba. Volvimos a la lucha; los mismos incidentes; rodamos, nos +anegamos en maíz; yo tragué muchos granos. Y tampoco vencí aquella +noche. Salí de allí por un armisticio, con promesas de futura victoria. +Y a la noche tercera luché todavía; me había engañado; el premio me +costó batalla nueva, y sólo pude recogerlo entre molestias sin cuento, +por culpa del maíz deleznable, curioso, importuno, entremetido. Ramona, +ya rendida, se quejaba también. Nos hundíamos, olvidados de todo; y si +no estuviera mandado que lo cómico no acabe en trágico, en buena +retórica, en aquel montón inquieto hubieran encontrado sepultura Álvaro +y Ramona sofocados por uno de nuestros más humildes cereales». + +Aplausos y carcajadas ahogaron la voz del narrador. Y entonces don +Álvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con el +contraste de aventuras románticas, en que él aparecía como un caballero +de la Tabla Redonda. + +Y a todo esto don Pompeyo Guimarán olvidaba su exordio, interesado a su +pesar en las aventuras eróticas del _frívolo_ Presidente del Casino. +Paco Vegallana había hecho beber al ateo, sin que este lo sintiera, más +de lo que la justicia manda. No estaba borracho, pero se sentía mal y a +su pesar encontraba cierto deleite en oír aquellas escenas escandalosas +que en otra ocasión le hubieran indignado. + +Mesía al fin, cansado, y algo arrepentido de haber hablado tanto, puso +término a sus confesiones, y volviéndose a don Pompeyo le invitó a usar +de la palabra. + +--Don Pompeyo--dijo, y se puso en pie tambaleándose, lo cual probaba +que, si no el vino, sus recuerdos le habían embriagado--don Pompeyo; +puesto que ésta es la hora de las grandes revelaciones, es preciso que +usted nos diga cuál es el fondo de su alma.... + +--Señores--interrumpió el ateo--el fondo de mi alma lo traigo en la +superficie para que el mundo se entere. + +--¡Bravo! ¡bravo!--gritó el concurso. + +Y se vertieron y rompieron algunas copas. + +--Propongo--gritó Juanito Reseco, encaramado en una silla--que en vista +de ese rasgo de genio... se le permita llamarnos de tú y estar a la +recíproca. + +--¡Admitido! ¡Aprobado!--Pues bien--prosiguió Juanito--; oh tú, +Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un disgusto. Tú piensas que en +Vetusta no hay más ateos que tú... + +--¡Caballerito!--Pues yo soy otro; _anch'io... so pittore_. Sólo que tú +eres un ateo progresista, un ateo fanático, un teólogo patas arriba.... +Tú pasas la vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por +debajo de tus piernas. Y aunque hay contradicción aparente en eso de +patas arriba y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la +antinomia como dicen los filósofos cursis, considerando que el ser +bípedo no es para todos.... + +--Caballerito... no comprendo esa jerga filosófica. Antes que usted +naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone es +insultar mis canas, y mi consecuencia.... + +--Decía que eres un teólogo patas arriba; pues sabe que en el mundo +civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La cuestión +de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve. Tú no puedes +entender esto, pero oye lo que te importa; tú, fanático de la negación, +morirás en el seno de la Iglesia, del que nunca debiste haber salido. +_Amen dico vobis_. + +Y cayó Juanito debajo de la mesa. + +A todos había indignado su discurso, menos a Mesía que extendiendo su +mano hacia él, exclamó: + +--¡Perdonadle... porque ha bebido mucho! + +--Ese Juanito--decía el coronel a don Frutos el americano--me parece un +gran pedante. + +--Es un hambriento con más orgullo que don Rodrigo en la horca. + +Se habló de religión otra vez. Don Frutos expuso sus creencias con una +palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto +sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las +cláusulas. + +Insistía don Frutos en que él sentía que su alma era inmortal: había +otro mundo, además de las Américas, otro mundo mejor al cual iban las +almas de los que no habían robado en las carreteras. Además Dios era +misericordioso, hacía la vista gorda. Y por supuesto, quería don Frutos +ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si +no, ¡vaya una gracia! + +--¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la +haz de la tierra?--preguntaba Foja al oído de Orgaz hijo. + +--¡Señores--gritó Joaquín--si en la otra vida no hay _cante_ o es cante +adulterado, renuncio al más allá! + +Y dio un salto sobre la mesa agarrándose a una columna y comenzó un +baile flamenco con perfección clásica. No faltaron jaleadores, y sonaban +las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancolía de +chulo: + + a coooosa + que maravilla mamá + ver al Frascueeeelo + la pantorriiiilla mamá... + +Don Pompeyo sentía escalofríos. ¡Qué degradación! Meditaba y veía dos +Orgaz hijo sobre la mesa. + +--Me han embriagado con sus herejías... quiero decir... con sus +blasfemias...--dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo +aquello era muy soso sin mujeres. + +Joaquín gritó:--Allá va una a la salud de don Pompeyo. + +Y comenzó una copla impía y brutal alusiva a una sagrada imagen. + +--¡Alto ahí, señor mío!--exclamó indignado el buen Guimarán al oír el +penúltimo verso--. Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo +que ustedes hacen con tamañas blasfemias indecorosas es la causa, el +caldo gordo del clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y +procaz, que por el mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy +se ha creído esto y mañana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido +los pueblos cultos, ni ahora, ni en la antigüedad, es de la buena +crianza, y del respeto que nos debemos todos. + +--¡Bien, muy bien!--dijeron todos, incluso Joaquín. + +--Y yo estoy cansado de que se me tome a mí por un iconoclasta; sí, +iconoclasta soy, pero iconoclasta del vicio, apóstol de la virtud y +heresiarca de las tinieblas que envuelven la inteligencia y el corazón +de la humanidad. + +--¡Bravo!¡bravo!--Y si por alguien se ha creído que yo puedo +fraternizar con el escándalo, aunarme con la desfachatez y adherirme a +la orgía, protesto indignado, que a muy otra cosa he venido aquí. Y creo +llegado el momento de que se hable con alguna formalidad. + +--Perfectamente--interrumpió Foja--el señor Guimarán ha hablado como un +libro, y eso que no los lee, pero no importa, ha hablado como el libro +de su conciencia, según él dice. Aquí, señores, nos hemos reunido para +celebrar la vuelta del señor Guimarán al hogar doméstico, llamémoslo +así, del Casino. Pero ¡ah! señores diputados, ¿por qué ha vuelto al +Casino el señor Guimarán? _Tatiste question_, como dice Trabuco, a quien +siento no ver entre nosotros. (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque +nos hemos emancipado de la repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto +a fundar una sociedad cuya sesión inaugural estáis celebrando, acaso sin +saberlo. Esta sociedad que, desde luego, no se llamará de la templanza, +se propone perseguir a los fariseos, arrancar las caretas de los +hipócritas y arrancar del cuerpo social de Vetusta las sanguijuelas +místicas que chupan su sangre. (Estrepitosos aplausos. Paco se abstiene +y piensa lo mismo que antes: que faltan chicas.) Señores... guerra al +clero usurpador, invasor, inquisidor; guerra a esa parte del clero que +comercia con las cosas santas, que se vale de subterráneos para entrar +con sus tentáculos de pólipo en las arcas de la _Cruz Roja_... + +--¡Ahí, ahí le duele!... + +--A ese clero que condena a la tisis del hambre a dignos comerciantes, a +padres de familia; a ese clero que dispersa los hogares y hunde en +alcantarillas inmundas, mal llamadas celdas, a las vírgenes del Señor, y +que entiende que las entrega a Jesús entregándolas a la muerte. +(Frenéticos aplausos.) Juremos todos ser trompetas del escándalo, para +que tanto sea, y a tales oídos llegue, que la ruina del enemigo común +sea un hecho. Porque, señores, nadie como yo respeta al clero +parroquial, ese clero honrado, pobre, humilde... pero el alto clero... +muera... y sobre todo... muera el señor Provisor... el.... + +--¡Muera! ¡muera!--contestaron algunos: Joaquín, el coronel, que +estaba sereno, pero quería que muriese el Magistral, y otros dos o tres +comensales borrachos. + +Cuando se levantaron de la mesa amanecía. Se había hablado mucho más; se +había contado la historia del Provisor tal como la narraba la leyenda +escandalosa. Convinieron, hasta los más prudentes, en que era preciso +fundar seriamente aquella sociedad propuesta por Foja. Se acordó +juntarse a cenar una vez al mes y hacer gran propaganda contra el +Magistral. Al salir, repartidos en grupos, se decían en voz baja: + +--«Todo esto lo ha preparado Mesía; don Fermín es su rival y él quiere +arruinarle, aniquilarle. + +--»¿Pero ¿quién llevará el gato al agua? + +--»¿Qué gato?--»¿O la gata?--»El Magistral.--»Álvaro.--»O los dos... +--»O ninguno.--»En fin--advirtió Foja--yo ni quito ni pongo rey.... + +--»Pero ayudo a mi señor»--concluyó el coro. + +Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz acompañaron a don Pompeyo a su +casa. Era una mañana de Junio alegre, tibia, sonrosada. El sol anunciaba +sus rayos en los colores vivos de las nubes de Oriente. Los pasos de los +trasnochadores retumbaban en las calles de la Encimada como si +anduvieran sobre una caja sonora. Aunque no hacía frío, todos habían +levantado el cuello de la levita o lo que fuese. Don Pompeyo iba +taciturno. Abrió la puerta de su casa con su llavín; entró sin hacer +ruido; y a poco cerraba los ojos, metido en su lecho, por no ver la +claridad acusadora que entraba por las rendijas de los balcones +cerrados. Aquello de acostarse de día era una revolución que mareaba a +Guimarán; dudaba ya si las leyes del mundo seguían siendo las mismas. Al +cerrar los ojos sintió que su lecho, siempre inmóvil, también se +sublevaba bajando y subiendo. Poco después se creía en el Océano, +encerrado en un camarote, víctima del mareo y corriendo borrasca. + +Se levantó a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de la +cena, de la dichosa cena. Sin embargo, aunque se prometió no verse en +otra; pocas horas después, en el Casino, donde le recibieron con +muestras de simpatía y de júbilo, ofrecía solemnemente volver a las +andadas, acudir a los _gaudeamus_ mensuales en que se daría cuenta de +los trabajos de la _sociedad innominada_ que había fundado +_inter-pocula_. + +Doña Paula supo por el Chato, a quien se lo contó un mozo del restaurant +del Casino, cuanto se había hablado en la cena inaugural, y lo que +pretendían aquellos señores. Cuando el Magistral oyó a su madre que se +había gritado: «Muera el Provisor» encogió los hombros, se levantó y +salió de casa. + +--Este chico anda tonto... yo no sé lo que tiene; parece que no está en +este mundo.... ¡Oh, maldita Regenta! ¡Esa mala pécora me lo tiene +embrujado! + +Al mes siguiente se celebró la segunda sesión de la _Innominada_; se +bebió, se emborracharon los que solían y se dio cuenta de los trabajos +de propaganda. Foja participó que se había entendido en secreto con el +Arcediano, don Custodio y otros _enemigos capitulares_ (así dijo) del +Provisor. Se sabían muchos escándalos nuevos; el elemento eclesiástico y +el secular, de común acuerdo para librar a Vetusta del enemigo general, +tramaban la ruina del monstruo; pronto se llegaría a poner en manos del +Obispo las pruebas de aquellas prevaricaciones de todas clases de que +se acusaba a don Fermín de Pas. Lo peor de todo, lo que haría saltar al +Obispo, era lo que se refería al abuso indecoroso del confesonario. Se +contaban horrores; en fin, ello diría. + +Don Álvaro propuso que las cenas mensuales se suspendiesen hasta el +Otoño y suplicó que se guardase el más profundo secreto. Además, él, +sintiéndolo, tenía que privarse en adelante de asistir a tales +reuniones; su espíritu allí quedaba, pero él, don Álvaro, por razones +poderosas, que suplicaba a los presentes respetaran, se abstendría de +acudir a tan agradables banquetes. + +Quince días después, a mediados de Julio, entraba una tarde el +Presidente del Casino en el caserón de los Ozores. Iba a despedirse. Don +Víctor le recibió en el despacho. Estaba el amo de la casa en mangas de +camisa, como solía en cuanto llegaba el verano, aunque no tuviera mucho +calor. Para él venían a ser ideas inseparables el estío y aquel traje +ligero. Quintanar al ver a don Álvaro suspiró, le tendió ambas manos, +después de dejar un libro negro sobre la mesa y exclamó: + +--¡Oh mi queridísimo Mesía! ¡Ingrato! cuánto tiempo sin parecer por +aquí... + +--Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias, +después a los baños de Sobrón y a mediados de Agosto estaré de vuelta en +Palomares, por no perder la costumbre. + +--De modo que hasta Septiembre...--Hasta fines de Septiembre no nos +veremos.... + +Don Álvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la casa. + +Don Víctor lamentó aquella ausencia. Suspiró. «Era un nuevo +contratiempo, nuevo asunto de tristeza». + +Notó don Álvaro que su amigo estaba menos decidor que antes, que se +movía y gesticulaba menos. + +--¿Ha estado usted malo?--¡Quiá! ¿quién? ¿yo? ¡ni pensarlo! Pues qué, +¿tengo mala cara? Dígame usted con franqueza... ¿tengo mala cara?... +Pálido... ¿tal vez? ¿pálido?... + +--No, no, nada de eso. Pero... se me figura que está usted menos alegre, +preocupado... qué sé yo.... + +Don Víctor suspiró otra vez. Tras una pausa preguntó, con tono +quejumbroso: + +--¿Ha leído usted eso?--¿Qué es eso?--Kempis, la _Imitación de +Jesucristo_... + +--¿Cómo? ¡usted! ¿también usted?... + +--Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas cosas... +que no se le habían ocurrido nunca.... No importa. La vida, de todas +maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero. Usted se nos va.... +Los marqueses se van.... Visita se va.... Ripamilán ya se marchó... +Vetusta antes de quince días se quedará sola; de la Colonia... ni un +alma queda.... De la Encimada se ausenta lo mejor... quedan los pobres... +los jornaleros... y nosotros. Nosotros no salimos este año. ¡Y qué +triste es un verano entero en Vetusta! El césped del paseo grande se +pone como un ruedo de esparto... no se ve un alma por allí, en las +calles no hay más que perros y policías.... Mire usted, prefiero el +invierno con todas sus borrascas y su agua eterna... qué sé yo... a mí +el frío me anima.... En fin, felices ustedes los que se van.... + +Y don Víctor suspiró otra vez. + +--Voy a llamar a mi mujer. ¿Querrá usted decirla adiós, verdad? Es +natural. + +--No... si está ocupada... no la moleste usted.... + +--No faltaba más. Ocupada... ella siempre está ocupada... y +desocupada... qué sé yo. Cosas de ella. + +Salió. Don Álvaro tomó en las manos el Kempis; era un ejemplar nuevo, +pero tenía manoseadas las cien primeras páginas, y llenas de registros. +Nunca había leído él aquello. Lo miraba como una caja explosiva. Lo dejó +sobre la mesa con miedo y con ciertas precauciones. + +Ana entró en el despacho. Vestía hábito del Carmen. Seguía pálida, pero +había vuelto a engordar un poco. A Mesía le latió el corazón y se le +apretó la garganta, con lo que se asustó no poco. + +Aquella mujer despertaba en él, ahora, una ira sorda mezclada de un +deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un +continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez +para siempre, antes de poner el pie en tierra. «¿Qué sabía él si jamás +aquella mujer sería suya?». Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras +voces le decían: «Renuncia para siempre a la Regenta». Ya se vería. Pero +era doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo, toda +esperanza, todo proyecto de conquista. + +Quería observar en el rostro de Ana la huella de una emoción, al decirle +que se marchaba sin saber cuándo volvería. Pero Ana oyó la noticia como +distraída; ni un solo músculo de su rostro se movió. + +--Nosotros--dijo--nos quedamos este verano en Vetusta. Yo no puedo +bañarme y el médico me ha dicho que el aire del mar más podría hacerme +daño que provecho por ahora. + +--Vetusta se pone muy triste por el verano.... + +--No... no me parece.... Don Víctor los dejó solos. + +Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantó +los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, a +la tentación de años y años. Sintió él que perdía el aplomo, creyó que +iba a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en +pie delante de ella. + +--¿Se marcha usted ya? «Si yo me arrojo a sus pies ahora, ¿qué pasa +aquí?» se preguntó don Álvaro. Y sin saber lo que hacía, tendió la mano +enguantada y dijo temblando: + +--Anita... si usted quiere... algo para las provincias.... + +--Que usted se divierta mucho, Álvaro...--contestó ella sin asomo de +ironía. Pero a él se le figuró que se burlaba de su torpeza ridícula, de +su miedo estúpido... y sintió vehementes deseos de ahogarla. La mano de +la Regenta tocó la de Mesía sin temblar, fría, seca. + +Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después con la +puerta. En el pasillo se despidió de su amigo Quintanar. + +La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y +amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lágrimas, buscaban +el cielo azul entre las nubes pardas. + + + + +--XXI-- + + +Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los cuarenta capítulos +de la _Vida de Santa Teresa escrita por ella misma_. + +Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y +crisis nerviosas. Don Víctor, a quien los remordimientos, durante la +recaída de su mujer, habían hecho jurar que hasta verla salva, sana, +jamás se apartaría de ella, faltó al juramento en cuanto la creyó fuera +de peligro. Un día se aventuró a dar una vuelta por el Casino; después +iba a ver los periódicos: más adelante jugaba una partida de ajedrez, y +«ya se sabe lo pesado que es este juego». Al fin, sin dar pretexto +alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le caía encima. «Empezaba +el calor--porque don Víctor, en cuestión de temperatura, se regía por el +calendario--y ya se sabía que él no podía trabajar en su despacho en +cuanto el sudor le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo, +mucha naturaleza». + +La Marquesa, Visitación, Obdulia, doña Petronila y otras amigas que +habían hecho compañía a la Regenta mientras duró el mal tiempo, ahora la +visitaban cada dos o tres días y las visitas eran breves. Hacía un sol +hermoso, días azules, sin una nube en el cielo; había que aprovechar el +buen tiempo; era la época del año en que Vetusta se anima un poco: había +teatro, paseos concurridos, con música, forasteros... una exposición de +minerales.--Hasta Petra pidió una tarde permiso a la señora para ir a +ver un arco de carbón que habían construido.... + +Ana pasaba horas y más horas en la soledad de su caserón: a su lecho +llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensión de los +sentidos. Allá abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a veces Petra. +Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola, su único +amigo. + +La Regenta sentía más la soledad con tal compañía; aquellos criados +indiferentes, mudos, respetuosos, sin cariño, le hacían echar de menos +la humanidad que compadece. Petra le era antipática. La temía sin saber +por qué. Para tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la +invadían, preguntaba a la doncella: + +--¿Anda don Tomás por la huerta? + +Si Frígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cerca de sí. Se +calmaba. Crespo subía una vez cada tarde a verla; pero no se sentaba +casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcón a +la puerta, y se despedía con un gruñido cariñoso. + +Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad +en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo, +cuando estaba serena, sobre todo después de dormir algunas horas o de +tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi +voluptuoso en aquella soledad. El balcón del gabinete daba al Parque: +incorporándose en el lecho, veía detrás de los cristales las copas de +algunos árboles que brillaban con la hoja nueva, rumorosa, tersa y +fresca. Gorjeos de pájaros y rayos de un sol vivo, fuerte y alegre la +hablaban de la vida de fuera, de la naturaleza que resucitaba, con +esperanza de salud y alegría para todos. + +«Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a qué mundo tan +diferente! ¡Cuán otra vida iba a ser de la que había sido! se preparaba +a sí misma una vida de sacrificios, pero sin intermitencias de malos +pensamientos y de rebelión sorda y rencorosa, una vida de buenas obras, +de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en +Dios y por Dios». Pero entretanto, mientras no podía moverse de aquella +prisión de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al espíritu +sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de +Cristo. + +Ana vivía ahora de una pasión; tenía un ídolo y era feliz entre +sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, miserias del barro +humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces leyendo se +mareaba; no veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar la +cabeza sobre las almohadas y _dejarse desvanecer_. Pero recobraba el +sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la lectura, a devorar +aquellas páginas por las cuales en otro tiempo su espíritu distraído, +creyéndose, vanamente, religioso, había pasado sin ver lo que allí +estaba, con hastío, pensando que las visiones de una mística del siglo +dieciséis no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste. + +La debilidad había aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba con +la razón y con el sentimiento en los más recónditos pliegues del alma +mística que hablaba en aquel papel áspero, de un blanco sucio, de letra +borrosa y apelmazada. Pasmábase de que el mundo entero no estuviese +convertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzas +de la santa de Ávila. «Oh, bien decía aquel bendito, dulce, triste y +tierno fray Luis de León: la mano de Santa Teresa, al escribir, era +guiada por el Espíritu Santo, y por eso enciende el corazón de quien la +saborea». + +«Sí, bien encendido tenía el suyo Ana; no más, no más ídolos en la +tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto de la santa, de la adorada +heroína de tantas hazañas del espíritu, de tantas victorias sobre la +carne». + +Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo +de Santa Teresa; o si no: ¡qué placer celestial si ella viviese ahora! +Ana la hubiera buscado en el último rincón del mundo; antes la hubiera +escrito derritiéndose de amor y admiración en la carta que le dirigiese. +No estaba la Regenta acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos +en oraciones mentales, según los prudentes consejos del Magistral; su +educación pagana, dislocada, confusa, daba extrañas formas a la piedad +sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza +después de tantos años. + +Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de +Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se veía +los pensamientos que la mística dedicaba a las vicisitudes de su +historia. + +El espíritu de imitación se apoderaba de la lectora, sin darse ella +cuenta de tamaño atrevimiento. + +La Santa había encontrado refuerzo de piedad en el _Tercer Abecedario_ +por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mandó a Petra a las librerías a buscar +aquel libro. No pareció el _Tercer Abecedario_, el Magistral no lo tenía +tampoco. Pero mejor era su suerte en lo tocante al confesor. Veinte +años lo había buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y no +parecía. Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida. +«¡Qué grande hombre era y cuánto le debía! ¿Quién sino él había sembrado +aquella piedad en su alma?». + +En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a +don Fermín una carta con que había soñado ella muchas noches, que era +uno de sus caprichos de convaleciente. La escribió sin que lo supiera +Quintanar, que le tenía prohibidos _toda clase de quebraderos de +cabeza_. + +De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los +progresos que la piedad más pura hacía en aquel espíritu. Pero ella +quería escribirle; de palabra no se atrevía a decir ciertas cosas +íntimas, profundas; además no podía decirlas; y sobre todo, la retórica, +que era indispensable emplear, porque a ideas grandes, grandes palabras, +le parecía amanerada, falsa en la conversación, de silla a silla. + +La carta, de tres pliegos, la llevó Petra a casa del Provisor; la +recibió Teresina sonriente, más pálida y más delgada que meses atrás, +pero más contenta. El Magistral se encerró en su despacho para leer. +Cuando su madre le llamó a comer, don Fermín se presentó con los ojos +relucientes y las mejillas como brasas. Doña Paula miraba a su hijo y a +Teresina alternativamente, encogía los hombros cuando no la veían ni la +doncella, que iba y venía con platos y fuentes, ni su hijo que miraba al +mantel distraído, comiendo por máquina y muy poco. Teresina era ya toda +del señorito; nada decía al ama de las cartas que a don Fermín +entregaba. Las traía Petra que llamaba a la puerta con seña particular, +bajaba Teresa, en silencio se besaban como las señoritas, en ambas +mejillas, cuchicheaban, reían sin ruido y se daban algún pellizco. Petra +reconocía cierta superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de +pelo negro, los ojos de Dolorosa, el cutis y demás prendas envidiables +de su amiga. Teresina prometía futuras ventajas a Petra, y se despedían +con más besos. + +--¿Quién ha estado ahí?--preguntaba doña Paula. + +Era un pobre o uno del pueblo.--Nunca se decía la verdad. Doña Paula no +sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registrándole el baúl, +en su ausencia, había encontrado varias alhajas que bien valdrían dos +mil reales. Había sonreído entre satisfecha y envidiosa. «Dos mil reales +valdría aquello... sí... era demasiado... era un escándalo. Si el decoro +lo permitiese... si no fuese por vergüenza... exigiría que se le dejase +a ella recompensar a las gentes como merecían, sin despilfarros ociosos. +El descubrimiento la satisfacía; aquello era obra suya al fin y al cabo, +pero los dos mil reales le dolían: también eran suyos». + +Al día siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral salió +de casa, fue al Paseo Grande, buscó un lugar retirado en los jardines +que lo rodean; y sin más compañía que los pájaros locos de alegría, y +las flores que hacían su tocado lavándose con rocío, volvió a leer +aquellos pliegos en que Ana le mandaba el corazón desleído en retórica +mística. Ya casi sabía de memoria algunos párrafos de los que le +parecían más interesantes y para él más halagüeños; y como la alegría le +inundaba el corazón, se sentía hecho un chiquillo aquella mañana +sonrosada de un día de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el +sol rasgara el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubría la +lontananza por Oriente. + +Se puso de pie el Magistral, miró a todos lados por encima del seto de +boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le +ocurrió mezclar a la cháchara insustancial y armoniosa de los pájaros +que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz más dulce y +melódica, recitando aquellas palabras de espiritual hermosura que la +Regenta le había escrito. + +«Ya tengo el don de lágrimas, leyó el Magistral en voz alta como +diciéndoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y demás vecinos de la +enramada, ya lloro, amigo mío por algo más que mis penas; lloro de amor, +llena el alma de la presencia del Señor a quien usted y la santa querida +me enseñaron a conocer. No tema que vuelva la pereza a detenerme en casa +olvidada de mi salvación; ya sé que la tibieza es muerte, leído tengo lo +que dice nuestra querida Madre y Maestra hablando de sus pecados: «no +hacía caso de los veniales y esto fue lo que me destruyó». Yo ni de los +mortales hice caso, y aunque usted me advertía del peligro, seguí mucho +tiempo ciega; pero Dios me mandó a tiempo (creo yo que era a tiempo; +¿verdad, hermano mío?) me mandó a tiempo el mal; vi en las pesadillas de +la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra Santa en agujero angustioso, +donde mi cuerpo estrujado padecía tormentos que no se pueden describir; +y a mí además, por la carne aterida y erizada me pasaban llagas +asquerosas unos fantasmas que eran diablos vestidos por irrisión, de +clérigos, con casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le hablé. +Pero no sólo del terror nació mi piedad, que ahora creo que va de veras, +sino también de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a +millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo +todo, sepa que en mucho, en mucho, debo al afán de no ser ingrata esta +voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivió muchos años sin +encontrar quien pudiera guiarla como ella quería; yo, más débil, recibí +más pronto amparo de Dios por mano de quien quisiera llamar mi padre y +prefiere que no le llame si no hermano mío; sí, hermano mío, hermano muy +querido, me complazco en llamárselo, aquí, ahora, segura del secreto, +sin oídos profanos que entenderían las palabras con la impureza ruin que +ellos llevarán dentro de sí, feliz yo mil veces que a la primera ocasión +en que tuve idea de ser buena, hallé quien me ayudara a serlo. ¡Y cuánto +tiempo tardé en entenderle del todo! Pero mi hermano, mi hermano mayor +querido me perdona ¿verdad? Y si necesita pruebas, si quiere que sufra +penitencias, hable, mande, verá como obedezco. Mas no extraño haber +querido tanto tiempo lo que la Santa declara haber querido también +«concertar vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos +sensuales». Ahora esto se acabó. Usted dirá por dónde hemos de ir; yo +iré ciega. De la confianza cariñosa de que me hablaba el otro día, al +salir yo de aquel paroxismo, estoy también enamorada, quiero también que +sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, además de esos +monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma Teresa de +Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta +bromas alegres que tenía, con purísima intención, con un clérigo amigo +suyo, consiguió apartarle del pecado. Recuerdo lo que dice: aquel +confesor le tenía gran afición, pero estaba perdido por culpa de unos +amores sacrílegos; habíale hechizado una mujer con malas artes, con un +idolillo puesto al cuello, y no cesó el mal hasta que la Santa, por la +gran afición que su confesor le tenía, logró que él le entregase el +hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame; y usted sabe que +ella lo arrojó al río y el clérigo dejó su pecado y murió después libre +de tan gran delito. Amistades así ayudan en la vida, que sin ellas es +como un desierto, y los que de ellas pudieran sospechar son los +malvados, que no han de saberlas, porque son incapaces de entender como +se debe cosa tan buena y que tanto sirve para la salvación de los +débiles. Aquí el débil no es el confesor, sino la penitente; usted no +tiene hechizos colgados del cuello, ni tenemos ídolos que echar al +río... yo soy la pecadora, aunque ningún hombre me hizo el mal que +aquella mujer al clérigo hechizado; sólo quise a mi marido, y de este ya +sabe usted de qué modo estoy enamorada; no con pasión que quite a Dios +cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le +deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de León me enseñó en +su _Perfecta casada_ que en cada estado la obligación es diferente; en +el mío mi esposo merecía más de lo que yo le daba, pero advertida por el +sabio poeta y por usted, ya voy poniendo más esmero en cuidar a mi +Quintanar y en quererle como usted sabe que puedo. Y por cierto que he +de poner por obra un proyecto que tengo, que es convertirle poco a poco +y hacerle leer libros santos en vez de patrañas de comedias. Algo he de +conseguir, que él es dócil y usted me ayudará. También en esto imitaré a +nuestra Doctora, que puso empeño en traer a mayor piedad a su buen +padre, que ya tenía mucha...». + +Estos últimos párrafos ya no los leía el Magistral en voz alta, sino que +había vuelto a sentarse y leía sin ruido y para dentro. Aunque algunos +celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga, +estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios. +«Aquello era vivir; lo demás era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello +que él había soñado, lo que una voz secreta le había dicho el día en que +ella se había acercado por primera vez a su confesonario». Seguía el +Magistral ocultándose a sí mismo las ramificaciones carnales que pudiera +tener aquella pasión ideal que ya se confesaban los dos _hermanos_; no +quería pensar en esto, no quería sustos de conciencia ni peligros de +otro género, no quería más que gozar aquella dicha que se le entraba por +el alma. + +Al leer lo de «hermano mayor querido», le daba el corazón unos brincos +que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la emoción más +fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba, esto era el hecho, la +realidad; ¿qué falta hacía darle un nombre? Lo que importaba era la +cosa, no el nombre. Además, acabase aquello como acabase, él estaba +seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar +satisfacción de apetitos que a él no le atormentaban. Cuando pensaba +así, oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba, +al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturia de +escuela «_Veritas in re est res ipsa, veritas in intellectu..._» Era un +seminarista de primer año de filosofía que repasaba la primera lección +de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto, +pensando entonces en los años en que él también aprendía que «la verdad +en la cosa es la cosa misma». Ahora le importaba muy poco la cosa misma, +y la verdad y todo... no quería más que hundir el alma en aquella pasión +innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo, +las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias, +las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo, +menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores. +¡Cuántos años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin +sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba el +Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia; nada de +teología, nada de quebraderos de cabeza que habían hecho de su +adolescencia y primera juventud un desierto estéril por donde sólo +pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. Bastaba +para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había seguido: la +ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas, +subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, más +que por nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en que +había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, sin tormentos +del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una mañana de Mayo +cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con +deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las +enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres +ocultos y encogidos en su cuna de pétalos. El Magistral arrancó un botón +de rosa; con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto +fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a +nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus +deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar +misterios naturales debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral, +perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta +cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volvía a caer en +su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón ya +no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo +metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad +refinada de que él no se daba cuenta. + +Llegó a la catedral. Entró en el coro. El Palomo barría. Don Fermín le +habló con caricias en la voz. Le debía muchos desagravios. ¡Cuántos +sofiones inútiles había sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba, +alababa su celo, su amor a la catedral; el Palomo, pasmado y agradecido, +se deshacía en cumplidos y buenas palabras. De Pas se acercó al +facistol, hojeó los libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en +voz baja, leyendo la música señalada con notas cuadradas, de un +centímetro por lado. Todo estaba bien. Los órganos allá arriba extendían +su lengüetería en rayas verticales y horizontales, deslumbrantes; +parecían dos soles cara a cara. Ángeles dorados tocaban el violín cerca +de la bóveda, a la que trepaban los relieves platerescos de los órganos; +detrás del coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y +rosetones dejaban pasar la luz deshaciéndola en rojo, azul, verde y +amarillo. + +En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una cuarta, +partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde +sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el pesebre de Belén +cuadriculado también por rayas opacas. Jesús sonreía a la mula y al buey +en su cuna de heno color naranja. Don Fermín miraba todo aquello como +por la primera vez de su vida. Hacía un fresco agradable en la iglesia y +el olor de humedad mezclado con el de la cera le parecía fino, +misteriosamente simbólico y a su modo voluptuoso. Aquella mañana cumplió +en el coro como el mejor, y sintió no ser hebdomadario para lucirse. +Glocester, al verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos +ocultos se dijo: «¡Disimula! ¡Pues a disimulo no me ha de ganar este +simoníaco!». Y se deshizo en amabilidad, cortesía y bromas lisonjeras. +«Bueno era él». + +--¿Ha visto usted--decía al salir de la catedral don Custodio--qué +satisfecho está el Provisor? + +Y contestaba Glocester, al oído del beneficiado: + +--Es que ya no tiene vergüenza; se ha puesto el mundo por montera. + +--Debe de haber pasado algo gordo...--¿A qué crimen alude usted? + +--Al de adulterio...--Ps... yo creo que... todavía están algo verdes. +Sin embargo, por él no quedará, y el crimen es el mismo.... + +A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta. +Era caso de envidia. Pero convenía suponerlo, para cargar el delito a la +cuenta de los muchos que atribuían al enemigo. + +Don Fermín, a las once, recordó que era día de conferencia en la Santa +Obra del Catecismo de las Niñas. Él era el director de aquella +institución docente y piadosa, que celebraba sus sesiones en el crucero +de la Iglesia de Santa María la Blanca. Sentía el humor más apropósito +para el caso. Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, con +sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa. En medio del recinto +se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; sobre ella +a un lado había tres filas de bancos sin respaldos, y enfrente de ellos +una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera, presidida por un +sillón de pana roja y varios taburetes de igual paño. El sillón era para +el Magistral, los taburetes para los capellanes catequistas, y en los +bancos se sentaban las niñas de siete a catorce años que aprendían la +doctrina cristiana, más algo de liturgia, historia sagrada y cánticos +religiosos. + +Cuando De Pas entró en el templo hubo un murmullo en los bancos de la +plataforma, semejante al rumor de una ráfaga que rueda sobre las copas +de los árboles. + +Tomó el amado director agua bendita, y después de santiguarse, subió, +radiante de alegría evangélica, las gradas de la plataforma; se frotó +las manos y a una niña de ocho años que encontró de pie al paso, la +sujetó suavemente; y mientras él miraba a la bóveda y mordía el labio +inferior, oprimía contra su cuerpo la cabeza rubia, y entre los dedos de +la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada. + +--¿Qué pájaro me habrá dicho a mí que doña Rufinita no quiere ser buena, +y enreda en la iglesia y descompone el coro cuando canta? + +Carcajada general. Las niñas ríen de todo corazón y el templo retumba +devolviendo el eco de la alegría desde la bóveda blanca, llena de luz +que penetra por ventanas anchas de cristales comunes. + +Todo lo que dice allí el Magistral se ríe; es un chiste. Niños y +clérigos están como en su casa. Los pocos fieles esparcidos por la +Iglesia son beatas que rezan con devoción; no se piensa en ellas. A +veces son espectadores de aquella algazara algunos adolescentes y pollos +con cascarón que tienen en los bancos de la plataforma sus amores. Los +catequistas, jóvenes todos, no ven con buenos ojos a tales señoritos que +vienen con propósitos profanos. + +El Magistral no se sentó en el sillón de la presidencia. Prefería pasear +por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo con ondulaciones de +palmera, acercándose de vez en cuando a los bancos llenos de alegría +para azotar una mejilla con suave palmada, o decir al oído de un +angelito con faldas un secreto que excita la curiosidad de todas y +origina siempre una broma de las que sabe preparar don Fermín de modo +que acaben en lección moral o religiosa. También los catequistas +alegres, graciosos, vivarachos, van y vienen, reprenden a las educandas +con palabras de miel y sonrisas paternales, y se meten entre banco y +banco mezclando lo negro de sus manteos redundantes con las faldas +cortas de colores vivos, y el blanco de nieve de las medias que ciñen +pantorrillas de mujer a las que el traje largo no dio todavía patente de +tales. En la primera fila se mueven, siempre inquietas, sobre la dura +tabla, las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más, hombrunas +casi en gestos, líneas y contornos, algunas rodeadas de precoces +turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes; algo +avergonzadas, sin conciencia clara de ello, de su desarrollo temprano. +Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa +que acababa de mascar, del que un fragmento arrugado se le asomaba a los +labios todavía. En las siguientes filas estaban las educandas de doce y +trece primaveras, presumidillas, entonadas; y detrás de estas las +señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura +vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios +legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación +natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias, +mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de +malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los ensayos de +coro, las niñas se levantaban, se repartían en secciones por el +tablado, formaban círculos, los deshacían, como bailarinas de ópera; y +los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban, +entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad +quinti-esenciada con cierta dentera moral que les encendía las mejillas +y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos análogos a los +del kirschen o del ajenjo. + +El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran +suyas y no del Ayuntamiento como las del _Paseo grande_, se recreaba en +los ojos de las que ya los tenían transparentes de malicia; y, más +sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de ángeles menores. +Llegó la hora de los discursos, después de los cánticos, en que la voz +de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios fisiológicos por +que estaban pasando. Una joven de quince años, catorce oficialmente, se +adelantó, y colocada cerca de la mesa recitó con desparpajo una filípica +un tanto moderada por los eufemismos de la retórica jesuítica, contra +los materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era +rubia, de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepción de la +barba, que apuntaba hacia arriba; tenía el torso de mujer, y debajo de +la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas +armoniosas, de seducción extraña. Tenía los ojos azules claros; el metal +de la voz, vibrante, poco agradable, hierático en su monotonía, +expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de un alma que preparaban +para el convento. La rubia hermosa, con brazos de escultura griega, no +entendía cabalmente lo que iba diciendo, pero adivinaba el sentido de su +arenga, y le daba el tono de intolerancia y de soberbia que le +convenía. También ella parecía una estatua de la soberbia y de la +intolerancia: una estatua hermosísima. Sus compañeras, los catequistas, +el escaso público esparcido por la nave la oían con asombro, sin pensar +en lo que decía, sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente +de su voz metálica. Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el +símbolo del fanatismo sentimental, la iniciación del _eterno femenino_ +en la eterna idolatría. El Magistral, con la boca abierta, sin sonreír +ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella +arrogante amazona de la religión, que labraba con arte la naturaleza, +por fuera, y él por dentro, por el alma. Sí, era obra suya aquel +fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su museo de +beatas; pero todavía estaba en el taller. Cuando aquel vestido gris, que +no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver dos dedos de +pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de su estudio +saldría a luz, el público la admiraría y para sí la guardaría la +Iglesia. + +La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones +finas, de expresión dulce, tímida y nerviosa. Apretaba con el cuerpo del +vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza; y más +que en su oración pensaba en que los muchachos que miraban desde abajo, +podían verla las pantorrillas, que tapaba mal la falda, a pesar de los +esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo terminar la historia de los +Macabeos que tenía a su cargo. Se le puso un nudo en la garganta, le +zumbaron los oídos y todo el lado derecho de la cabeza se quedó de +repente frío y el cutis pálido. Se ponía enferma de vergüenza. Tuvo que +salir de la Iglesia. El desparpajo de otras oradoras precoces hizo +olvidar la escena triste y desairada de la niña pusilánime, que había +salido llorando. El Magistral reanimó también el espíritu de la escuela +con chascarrillos morales y apólogos joco-místicos. Las muchachas se +morían de risa, se retorcían en los bancos, y dejaban ver a los profanos +y a los catequistas, relámpagos de blancura debajo de las faldas que +movían indiscretas, sin pensar en ello muchas, algunas sin pensar en +otra cosa. + +Cuando salió don Fermín de Santa María la Blanca, tenía la boca hecha +agua engomada. Aquellas sensaciones, que le habían invadido por +sorpresa, le recordaban años que quedaban muy atrás. No le gustaba +aquello; era poca formalidad. «¡Diablo de chicas!» iba pensando. De +todas suertes, lo que le pasaba probaba que aún era joven, que no era +por necesidad disfrazada de idealismo por lo que se juraba ser +platónico, siempre platónico, o por lo menos indefinidamente, en sus +relaciones con la fiel y querida amiga. Volvió su pensamiento a la +Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se +convirtió en deseo fuerte y definido de ver a doña Ana, de agradecerle +su carta y decírselo con la más eficaz elocuencia que pudiera. + +Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde +la visita. Su madre le habló como siempre, de lo que se murmuraba, y él +encogió los hombros. Oía la voz dura y seca de doña Paula anunciando, +por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de su honra, como +si le hablase de los cataclismos geológicos del tiempo de Noé. Le +parecía que era otro Provisor aquel de quien el público se quejaba. +«¡Ambición, simonía, soberbia, sordidez, escándalo!... ¿qué tenía él que +ver con todo aquello? ¿Para qué perseguían a aquel pobre don Fermín si +ya había muerto? Ahora el don Fermín era otro, otro que despreciaba a +sus vecinos y ni siquiera se tomaba la molestia de quererlos mal. Él +vivía para su pasión, que le ennoblecía, que le redimía. Si le apuraban, +daría una campanada». El Magistral gozaba encontrando dentro de sí +semejante hombre, más fuerte que nunca, decidido a todo, enamorado de la +vida que tiene guardados para sus predilectos estos sentimientos +intensos, avasalladores. La realidad adquiría para él nuevo sentido, era +más realidad. Se acordaba de las dudas de los filósofos y los ensueños +de los teólogos y le daban lástima. Los unos negando el mundo, los otros +_volatilizándolo_, parecíanle desocupados dignos de compasión. «La +filosofía era una manera de bostezar». «La vida era lo que sentía él, él +que estaba en el riñón de la actividad, del sentimiento. Una mujer +deslumbrante de hermosura por alma y cuerpo, que en una hora de +confesión le había hecho ver mundos nuevos, le llamaba ahora su _hermano +mayor querido_, se entregaba a él, para ser guiada por las sendas y +trochas del misticismo apasionado, poético.... Afortunadamente él tenía +arte para todo: sabría ser místico, hasta donde hiciera falta, perderse +en las nubes sin olvidar la tierra». Recordaba que años atrás había +pensado en escribir novelas, en hacer una _sibila_ verdaderamente +cristiana, y una _Fabiola_ moderna; lo había dejado, no por sentirse con +pocas facultades, sino porque le hacía daño gastar la imaginación. «Las +novelas era mejor vivirlas». + +Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de +pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester y las +maquinaciones de los _conjurados_ del Casino. + +En cuanto pudo el Magistral escapó de casa, prometiendo ir a sondear al +Obispo. Tomó el camino de la Plaza Nueva. El caserón de la Rinconada le +pareció envuelto en una aureola. + +Le recibieron Ana y don Víctor en el comedor. Ya era amigo de confianza. +Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral había prestado +muchos servicios a don Víctor, y este aunque le era algo antipático el +Magistral, se los había agradecido. Pero ya empezaba Quintanar, que +siempre había sido regalista, a sospechar algo malo de la _influencia +del sacerdocio_ en su hogar, o sea el _imperio_. «El clero era +absorbente». Sobre todo don Fermín había sido un poco jesuita. +«¡Jesuita! ¡El casuismo!... ¡El Paraguay!... _¡Caveant consules!_». +Aunque la cortesía, ley suprema, le obligaba al más fino trato, no menos +que la gratitud, don Víctor estuvo un poco frío con el canónigo, pero de +modo que el otro no lo echó de ver siquiera. Notó que estorbaba allí el +amo de la casa, pero nada más. + +Ana afectuosa, lánguida todavía, había estrechado la mano a su confesor, +que sin darse cuenta, prolongó cuanto pudo el contacto. Don Víctor los +dejó solos a eso de las seis. Le esperaban en el Gobierno civil para una +junta de ganaderos. Se trataba de traer sementales del extranjero. Pero +don Víctor trataba principalmente de que le eligiesen segundo +vicepresidente y reclamaba para Frígilis la primera secretaría. +«Frígilis había jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes +la elección era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de +Tomás». Quintanar contaba con el gobernador. Salió. + +La Regenta sonrió a don Fermín y dijo: + +--Dirá usted que soy una loca; ¿para qué escribirle cuando podemos +hablar todos los días? No pude menos. ¡Soy tan feliz! ¡y debo en tanta +parte a usted mi felicidad! Quise contener aquel impulso y no pude. A +veces me reprendo a mí misma porque pienso que robo a Dios muchos +pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvió escoger para +salvarme. + +El Magistral se sentía como estrangulado por la emoción. La Regenta +hablaba ni más ni menos como él la había hecho hablar tantas veces en +las novelas que se contaba a sí mismo al dormirse. + +No vaciló en referir todo lo que había pasado por él desde que leyera +aquella carta. «El mundo sin una amistad como la suya era un páramo +inhabitable; para las almas enamoradas de lo Infinito, vivir en Vetusta +la vida ordinaria de los demás era como encerrarse en un cuarto estrecho +con un brasero. Era el suicidio por asfixia. Pero abriendo aquella +ventana que tenía vistas al cielo, ya no había que temer». + +La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra; el +Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que empleaba al +hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que veía ahora +en Anita. Don Fermín tenía celos de la Santa de Ávila. + +Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones +místicas, temía que cayera en el éxtasis, que tenía siempre +complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a +él de otra enfermedad probable, si Ana seguía aquel camino peligroso. +Aconsejó la actividad piadosa. «En su estado y en el tiempo en que vivía +la pura contemplación tenía que dejar mucho espacio a las buenas obras. +Si ahora sentía Anita cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se +debía a la convalecencia de que en rigor no había salido; pero cuando +el vigor volviera por completo ya no la asustaría la acción, el ir y +venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba». + +Desde aquel día el Magistral influyó cuanto pudo en aquel espíritu que +dominaba por entonces, para arrancarle de la contemplación y atraerle a +la vida activa. «Si se remontaba demasiado, le olvidaría a él, que al +fin era un ser finito. Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada +momento que tenía: '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que +se acaba', y como don Fermín había de acabarse, le espantaba la idea de +que por eso Ana llegase a tenerle en poco». + +No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los +primeros meses. Aunque tanto quería a su confesor, Ana muchas horas le +olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo. + +Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio, +sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del +alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre, +con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de +imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella. +Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía deseos vehementes de +levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrándole la +verdad que ella palpaba; y entonces le costaba trabajo reconocer la +realidad de las criaturas. «¡Qué pequeñas eran! ¡qué frágiles! ¡cuánto +más tenían de apariencia que de nada! Lo único que en ellas valía no era +de ellas, era de Dios, era cosa prestada. ¡Dichas! ¡dolores! palabras +nada más; ¿cómo apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que +duraban no daba tiempo a ello?». Ana recordaba la vida de unos mosquitos +muy pequeños que crecían todas las mañanas a la orilla del río, volaban +desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas morían y eran pasto +de unos peces que contaban todos los días con aquel alimento. Pues así +era el vivir para todas las criaturas, un rayo de sol que se cruza, para +volver a la sombra de que se vino. Y estos pensamientos, que +antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegría. Porque el vivir +era el estar sin Dios, el morir renacer en Él, pero renunciando a sí +mismo. + +Y como si sus entrañas entrasen en una fundición, Ana sentía +chisporroteos dentro de sí, fuego líquido, que la evaporaba... y llegaba +a no sentir nada más que una idea pura, vaga, que aborrecía toda +determinación, que se complacía en su simplicidad. Prolongaba cuanto +podía aquel estado; tenía horror al movimiento, a la variedad, a la +vida. + +Entonces solía don Víctor asomar la cabeza, con su gorro de borla +dorada, por la puerta de escape que abría con cautela, sin ruido.... +Anita no le oía; y él, un poco asustado, con una emoción como creía que +la tendría entrando en la alcoba de un muerto, se retiraba, de +puntillas, con un respeto supersticioso. A dos cosas tenía horror: al +magnetismo y al éxtasis. ¡Ni electricidad ni misticismo! Una vez le +había dado una bofetada a un chusco que le había cogido por la levita, +en el gabinete de física de la Universidad, para hacerle entrar en una +corriente eléctrica. Don Víctor había sentido la sacudida, pero acto +continuo ¡zas! había santiguado al gracioso. El magnetismo, en que +creía, (aunque estaba en mantillas, según él, esta ciencia) le asustaba +también; y en cuanto a ver a su Divina Majestad, o figurársele, le +parecía emoción superior a sus fuerzas. «Yo no necesito de eso para +creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer +que hay un más allá y un Juez Supremo. Al que no le convence un rayo, no +le convence nada». + +«Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que veía que +iba de veras». + +Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... subía la +escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solían, y +preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste: + +--¿Y la señora? ¿dónde está? + +Como si preguntara ¿cómo va la enferma?--Así andaba por todo el caserón, +como si estuviera muriendo alguno. Sin darse cuenta del porqué, don +Víctor se figuraba el misticismo de su mujer como una cefalalgia muy +aguda. Lo principal era no hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba +abajo, en el patio, don Víctor se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba +con timbre apagado y gutural: + +--¡A ver! ¡ese gato! ¡que se calle o que lo maten! + +Entraba en su despacho. Volvía entonces a sus máquinas y colecciones; a +veces tenía que clavar, serrar o cepillar. ¿Cómo no hacer ruido? Sobre +todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo forró con bayeta negra, +como un catafalco, y así clavaba, los martillazos apagados tenían una +resonancia mate, fúnebre, de mal agüero, que llenaba de melancolía a don +Víctor. Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hacían +demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus +cánticos profanos al tocador-oratorio de la Regenta. + +Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en +la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus palabras un rumorcillo +leve. + +--Pero, hombre, parece que hablas con sordina...--decía Crespo +malhumorado. + +Quintanar le consultaba acerca del _estado_ de Ana. + +--¿A ti qué te parece de esto? + +--Ps... allá ella. Sus razones tendrá. + +--Yo creo Tomás, aquí para _interinos_... que Anita se nos hace santa, +si Dios no lo remedia. A mí me asusta a veces. ¡Si vieses qué ojos en +cuanto se distrae! Ello sería un honor para la familia... +indudablemente, pero... ofrece sus molestias.... Sobre todo, yo no sirvo +para esto. Me da miedo lo sobrenatural. ¿Tendrá apariciones? + +Frígilis se permitía la confianza de no contestar a las que estimaba +sandeces de su amigo. + +También él pensaba en Anita. La veía muchas veces desde la huerta, en su +gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcón mirando al cielo. +Ella casi nunca reparaba en él; no era como antes que le saludaba +siempre. Aquello de Ana también era una enfermedad, y grave, sólo que él +no sabía clasificarla. Era como si tratándose de un árbol, empezara a +echar flores, y más flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara +delgado, delgado, y cada vez más florido; después se secaban las raíces, +el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas, +venían al suelo con la leña seca; y en el suelo... en el suelo... si no +había un milagro, se marchitaban, se pudrían, se hacían lodo como todo +lo demás. Así era la enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que +debía de haberlo habido, él lo atribuía al Magistral. Se acordaba del +guante morado. Mucho tiempo lo había tenido olvidado, pero un día se le +ocurrió preguntar a la Regenta si las señoras usaban guantes de seda +morada y ella se había reído. Era, por consiguiente, un guante de +canónigo. Ripamilán no los usaba casi nunca. No quedaba más canónigo +probable que el Magistral; el único bastante listo para meter aquellas +cosas en la cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y +Petra andaba en el ajo. Era encubridora. ¿De qué? Esta era la cuestión. +De nada malo debía de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era +relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Frígilis no +temía lo presente si no lo futuro; lo que podía suceder. No veía una +falta sino un peligro. Algo había oído de lo que se murmuraba en +Vetusta, aunque en su presencia no se atrevían las malas lenguas a poner +en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se le miraba como hermano +de don Víctor. «De todas maneras, él estaría alerta». Y seguía velando +por los árboles de don Víctor y por su honor «tal vez en peligro». + +Petra tampoco veía claro. Estaba desorientada. La conducta de su ama le +parecía propia de una loca. «¿A qué venía aquella santidad? ¿A quién +engañaba? ¡Oh! si no fuera porque ella quería tener contento al +Magistral, no serviría más tiempo a la hipócrita que la utilizaba como +correo secreto y no le daba una mala propina, ni le decía palabra de sus +trapicheos ni le ponía una buena cara, a no ser aquella de beata +bobalicona con que engañaba a todos». + +Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su +cama de madera, tenía una cartera de viaje, sucia y vieja. Allí guardaba +con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuantía, y algunos papeles +que podían comprometerla. De allí sacaba el guante morado del Magistral, +del que a nadie había hablado. Era una prueba, no sabía de qué, pero +adivinaba que sin saber ella cómo ni cuándo, aquella prenda podía llegar +a valer mucho. + +«¿Y qué probaba aquel guante respecto a la santidad de la señora? Que +era una hipócrita. ¡Si no fuera por el Magistral!». + +Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqués creía en la +santidad de Anita; la Marquesa encogía los hombros; temía por la cabeza +de aquella chica. Visitación estaba _volada_, furiosa. «¡Sus planes por +tierra! ¡Ana resistía! ¡No era de tierra como ella!». Obdulia Fandiño no +envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino _el ruido que metía_, +lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jamás había hecho +_tanta sensación_ ella, la viudita, con el vestido más escandaloso, como +Ana con su hábito y su _beatería_. «¡Qué atrasado, pero qué atrasado +estaba aquel miserable lugarón!». + +Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volvía a borbotones. Tenía +sueños castos, tales se le antojaban, sin sujeto humano, como decía +Ripamilán, pero dulces, suaves. Sentía, medio dormida, a la hora de +amanecer sobre todo, palpitaciones de las entrañas que eran agradable +cosquilleo; otras veces, como si por sus venas corriese arroyo de leche +y miel, se le figuraba que el sentido del gusto, de un gusto exquisito, +intenso, se le había trasladado al pecho, más abajo, mejor, no sabía +dónde, no era en el estómago, era claro pero tampoco en el corazón, era +en el medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin +falta, era para el Señor. Oía los gritos de los pájaros en la huerta, +encontraba en ellos sentido místico, y la piedad matutina de Ana era +optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su obra. Cada día +encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea de las cosas +finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su realidad: volvían +los seres materiales a tener para ella la poesía inefable del dibujo; +la plasticidad de los cuerpos era una especie de bienestar de la +materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se sentía bien en +medio de la vida. Pensaba en las armonías del mundo y veía que todo era +bueno, según su género. La idea de Dios, la emoción profunda, intensa +que le causaba la evidencia de la divinidad presente, no se deslucían, +no se borraban; pero Dios ya no se le aparecía en la idea de su soledad +sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la +creación infinita. Empezó a olvidar algunas noches la lectura de Santa +Teresa. Seguía enamorada de la Doctora sublime, pero algunas opiniones +de la Santa prefería pasarlas por alto, estaban en pugna con las ideas +propias; «al fin no en balde habían pasado tres siglos». Empezó Ana a +comprender mejor lo que el Magistral le quería decir al hablarle de +actividad piadosa. + +«Es verdad, se decía, no he de vivir en este egoísmo de recrearme en +Dios; necesito, sí, trabajar más y más en la oración mental y en la +contemplación, para ver más y más cada día en esa región de luz en que +el alma penetra, pero... ¿y mis hermanos? La caridad exige que se piense +en los demás. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el +prójimo; ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido». + +El Magistral, mientras duraba la debilidad, le había prohibido +incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la mañana. Pero +ella en cuanto sintió aquella bienhechora fortaleza de los músculos, que +es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros que +volvían a cubrirse de rosas pálidas, otra vez repletos de vida +circulante. Y sin descender del lecho, sobre las sábanas tibias, +levemente mecida por los muelles del colchón al incorporarse, rezaba, +toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de raso en la blandura +apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su fervor religioso +acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera, y besaba las +llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas lágrimas +dulces eran la miel mezclada que corría dentro y ahora saltaba por los +ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, aún más fuerte, huyó la +pereza del colchón y saltó al suelo y rezó sobre la piel de tigre. Aún +quería más dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el +pavimento hincaba las rodillas. Pensó en el cilicio, lo deseó con fuego +en la carne, que quería beber el dolor desconocido, pero el Magistral +había prohibido tales tormentos sabrosos. + +El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la +conversión de su marido. Santa Teresa había trabajado por la piedad de +su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habíale ella querido +más piadoso todavía. Ana se propuso emplear su celo en ganar para Dios +el alma de su don Víctor, «que venía también a ser su padre». + +La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios, +lícitos todos, que empleó con arte de maestro. Quintanar tardó en +conocer que su Anita, su querida Anita quería convertirle a la piedad +verdadera. Al principio sólo notó que su mujer se hacía más +comunicativa, cariñosa a todas horas, como antes lo era después de los +ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades. «¿Quería discutir por +pasar el rato? Enhorabuena; él amaba la discusión». Y sostenía la tesis +contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta había +ido haciendo la cuestión personal; ya no se trataba de si Cristo había +redimido a todas las _Humanidades_ repartidas por los planetas, de una +sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en todas muerte de +cruz; ahora se trataba ya de si don Víctor confesaba muy de tarde en +tarde, si perdía o no muchas misas, (y sí que las perdía). «Además, los +libros en que apacentaba el espíritu eran vanos; comedias, mentiras +fútiles y peligrosas». + +--¿Tú nunca has leído vida de santos, verdad? + +--Sí, hija, sí, y autos sacramentales.... + +--No es eso.... Quintanar; hablo de _La Leyenda de Oro_ y del _Año +Cristiano_ de Croiset, por ejemplo. + +--¿Sabes, hija mía?... Yo prefiero los libros de meditación.... + +--Pues toma el _Kempis_, la _Imitación de Cristo_... lee y medita. + +Y se lo hizo leer. Y entre _Kempis_ y la Regenta, y el calor que +empezaba a molestarle, y la prohibición de los baños le quitaron el +humor al digno magistrado. Ya no leía, al dormirse, a Calderón, sino a +Job y al dichoso Kempis. «¡Vaya unas cosas que decía aquel demonche de +fraile o lo que fuese! No, y lo que es razón tenía, es claro; el mundo, +bien mirado, era un montón de escorias. Él no podía quejarse, en su vida +no había habido desengaños terribles, grandes contrariedades, aparte de +la muy considerable de no haber sido cómico; pero en tesis general, el +mundo estaba perdido. Y además, esto de hacerse viejo, que le tocaba a +él como a cada cual, era un gravísimo inconveniente. En la muerte no +quería pensar, porque eso le ponía malo, y Dios no manda que enfermemos. +La muerte... la muerte... él tenía así... una vaga y disparatada +esperanza de no morirse.... ¡La medicina progresa tanto! Y además, se +podía morir sin grandes dolores, por más que Frígilis lo negaba». En +fin, no quería pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue +tiznándole el alma de negro y don Víctor llegó a despreciar las cosas +por efímeras. Una tarde, en su _Parque_, contemplaba a Frígilis que +estaba a sus pies agachado plantando cebolletas, embebecido en su +operación. + +«¡Valiente filósofo era Frígilis!». Don Víctor le miraba desde la altura +de su pesimismo prestado, y le despreciaba y compadecía. «¡Plantar +cebolletas! ¿No prohibía San Alfonso Ligorio plantar árboles en general +y edificar casas, que al cabo de los años mil se caen? Pues entonces, +¿para qué plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?...». + +«Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido. ¿Qué +iba él a hacer mano sobre mano un verano entero sin baños, ni bromas en +las aguas de Termasaltas?». + +«Y quedaba el rabo por desollar. La cuestión de salvarse o no salvarse. +Aquello era serio. A él le daba el corazón que se salvaría; pero los +santos escritores presentaban como tan difícil la cosa, que ya le +inquietaban ciertas dudas.... ¿Si no habría sido él toda su vida +bastante bueno? Había que pensar en esto; pero ¡Dios mío! ¡él no quería +quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en una +enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo arreglar sus +papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era cosa temporal... +con que la salvación del alma, la jubilación eterna como quien decía +¡apenas iba a exigir esfuerzos, expedientes, y también recomendaciones! +Era preciso entregarse a su esposa para que le ayudase en tan arduo +negocio». + +La Regenta conoció bien pronto que don Víctor se entregaba. Aunque ella +hubiera querido más acendrada piedad, tuvo que contentarse con el dolor +de atrición que claramente manifestaba su marido. Y no tuvo escrúpulo en +asustarle un poco más de lo que estaba, recordándole las penas del +Infierno, aunque estos recursos de terror le repugnaban a ella. +Quintanar mostraba gran empeño en sostener que el fuego de que se +trataba no era material, era simbólico. + +--No es de fe--repetía--en mi opinión, creer que ese fuego es físico, +material; es un símbolo, el símbolo del remordimiento. + +Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con símbolos en el caso +desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente. + +El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto +llevar a su don Víctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el +Magistral. + +A don Víctor al comulgar le atormentaba la idea de que no había +confesado un pecadillo considerable: tenía sus dudas respecto de la +infalibilidad pontificia. + +El canónigo Döllinger, de quien no sabía más sino que existía y que se +había separado de la Iglesia, le seducía por su tenacidad, que le +recordaba la de su tierra, Aragón, el reino más noble y testarudo del +Universo. + +Los días para la Regenta se deslizaban suavemente. + +El Magistral, su maestro, y don Víctor, su discípulo, eran los +compañeros de su vida al parecer sosa, monótona, pero _por dentro_ llena +de emociones. Seguía encontrando en la oración mental delicias +inefables. Dios era no menos amable como Padre de las criaturas, como +Director de la gran «fábrica de la inmensa arquitectura», que en la pura +contemplación de su Idea. Además, pensaba Anita, fuera orgullo aspirar +ahora a la visión de la Divinidad directamente; me faltan muchos pasos, +muchas _moradas_. Ya llegaré si el Señor lo tiene así dispuesto. Ahora +debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi +cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que él llama +higiene del espíritu. La ociosidad me volvería al pecado, como volvía a +la misma Santa Teresa. Si para ella tenía tan grave peligro ¡qué será +para mí!». + +Anita recibía las pocas visitas que don Álvaro se atrevía a hacerle, sin +alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila después que se +marchaba. Procuraba apartar de él su pensamiento, con la conciencia de +que era aquel recuerdo una llaga del espíritu que tocándola dolería. +Tuvo valor para mostrarse fría con él, para cortar el paso a la +confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para verle +despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, «ciego de amor y +pena», creía ella, una lástima infinita le inundó el alma, y tembló de +miedo; su seno se hinchó con un suspiro... y la carne flaca tropezó con +el Cristo amarillento de marfil que el Magistral había regalado a su +amiga para que lo llevase sobre el pecho. + +Ana besó la imagen y volvió los ojos al cielo. + +--Jesús, Jesús, tú no puedes tener un rival. Sería infame, sería +asqueroso.... + +Y recordó la ira de Jesús cuando se aparecía a Teresa que le olvidaba. + +--Sería engañar a Dios, engañar al Magistral pensar en ese hombre ni un +solo instante, ni siquiera para compadecerle.... ¡Oh! ¡qué hipócrita, +qué gazmoña miserable sería yo si tal hiciera! ¡Qué romanticismo del +género más ridículo y repugnante sería el mío, si después de tanta +piedad que yo creí profunda, vocación de mi vida en adelante, volviera +una pasión prohibida a enroscarse en el corazón, o en la carne, o donde +sea!... ¡No, no! ¡Ridículo, villano, infame, vergonzoso, además de +criminal! ¡Mil veces no! Quiero morir, morir, Señor, antes que caer otra +vez en aquellos pensamientos que manchan el alma y le clavan las alas al +suelo, entre lodo.... + +Pero al día siguiente de la despedida de don Álvaro, Ana despertó +pensando en él. «Ya no estaba en Vetusta. Mejor. La terrible tentación +le volvía la espalda, huía derrotada.... Mejor... era un favor especial +de Dios». + +Aquella tarde bajó al parque, a la hora en que don Álvaro se había +despedido el día anterior. + +«Veinticuatro horas hacía ya». Otras veces había estado días y días sin +verle, y le parecía muy tolerable la ausencia y corta. Pero estas +veinticuatro horas eran de otra manera, se contaban por minutos... que +es como se cuentan las horas. «Y bien, lo normal, lo constante, lo que +debía ser ya siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y +después otras tantas... y así... toda la vida». + +Hacía mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los castaños de Indias, +ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, podía Ana respirar +una ráfaga de aire fresco. Su pensamiento quería elevarse, volar al +cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta es mucho, le +derretía las alas al pensamiento y caía en la tierra, que ardía, en +concepto de Ana. + +Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó en +el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano _sentaba_ bien, +y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y baratos. Venía alegre, +vaporosa, y con las apariencias de un torbellino; daba gana de cerrar +los ojos al verla acercarse. En la calle la había querido abrazar un +mozo de cordel. La aventura, ridícula y todo, la había rejuvenecido, +había encendido chispas en sus ojuelos, y «¡ea! venía con afán de +abrazar ella también». Abrazó a la Regenta, se la comió a besos... y +después de contarla el _paso de comedia_ del mozo de cordel, gritó de +repente: + +--A propósito, ¿no te ha contado Víctor lo de Álvaro? + +Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga. Estaba tomándola el +pulso a su modo. + +Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió: + +--¿No sabes lo de Álvaro? + +El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción. «A mí con +santidades, pensó; _pulvisés_, como dijo el otro». + +--¿Qué le pasa? ¿qué se ha marchado? Ya lo sé. + +--No, no es eso.--¿Qué? ¿No se ha marchado? + +Nueva alteración del pulso, según Visita. + +--Sí, hija, sí, se ha marchado, pero verás cómo. Ya sabes que tenía +relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en +fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares. + +--Sí, sí, bien...--Pues bueno; esta mañana, lo ha visto medio Vetusta, +al ir Mesía a tomar el tren de Madrid, el correo, el que sube... ¿estás? +se encontró con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del +andén. ¡Figúrate! Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha +comprado una especie de chalet o demonios; bueno, pues, cátate que +nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma +el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el +equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón +con cama y demás. Y el marido no venía, por supuesto; ella, dos criados +y los _bebés_ como dice Obdulia. ¡Figúrate! Todo Vetusta, que estaba en +la estación esta mañana por casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho +Álvaro. ¿Pero ella? ¿qué te parece de ella? A eso vamos; a lo +escandalosas que son esas señoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama +de virtuosa, ¡uf! ¡yo lo creo!... La virtuosísima señora ministra de +Gracia y salero... ¡pero, señor, cómo demonches se llama ese tipo de +ministro!... + +Ana recordaba perfectamente cómo se llamaba aquel «tipo de ministro», +pero no quiso decirlo; sintió que palidecía, por un frío de muerte que +le subió al rostro; dio media vuelta, y disimulando cuanto pudo, se +recostó en un árbol. Fingió entretenerse en rayar la corteza del tronco, +y mudando de conversación, preguntó a Visita por un niño que tenía +enfermo. + +Pero Visita era tambor de marina, como decían ella y la Marquesa; de +otro modo, que nadie se la pegaba; conoció la turbación de Ana, y con +gran júbilo, confirmó para sus adentros la teoría del _pulvisés_ o sea +de la ceniza universal. + +«Ana tenía celos; luego, tenía amor; no hay humo sin fuego». + +Se despidió al poco rato; ya había dado su noticia, ya sabía lo que +quería; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en otra parte +otra buena obra por el estilo. Se marchó, como la marejada que se +retira. Dejó los senderos blancos como si los hubiesen peinado. La +escoba almidonada de enaguas y percal engomado dejó su rastro de rayas +sinuosas y paralelas grabado en la arena. + +Ana tuvo miedo. La tentación, la vieja tentación de don Álvaro, le había +sabido a cosa nueva; se le figuró un momento que aquel dolor que +sintiera al saber lo de la ministra, era más de las entrañas que sus +demás penas; era un dolor que la aturdía, que pedía remedio a gritos +desde dentro.... Por la primera vez, después de su enfermedad, sintió la +rebelión en el alma. + +«Oh, no; no quería volver a empezar. Ella era de Jesús, lo había jurado. +Pero el enemigo era fuerte, mucho más de lo que ella había creído. Otras +veces había desafiado el peligro; ahora temblaba delante de él. Antes la +tentación era bella por el contraste, por la hermosura dramática de la +lucha, por el placer de la victoria; ahora no era más que formidable; +detrás de la tentación no estaba ya sólo el placer prohibido, +desconocido, seductor a su modo para la imaginación; estaban además el +castigo, la cólera de Dios, el infierno. Todo había cambiado; su +vocación religiosa, su pacto serio con Jesús la obligaban de otro modo +más fuerte que los lazos demasiado sutiles del deber vagamente admitido +por la conciencia, sin pensar en sanción divina. Antes no quería pecar +por dignidad, por gratitud, porque... no. Ahora el pecado era algo más +que el adulterio repugnante, era la burla, la blasfemia, el escarnio de +Jesús... y era el infierno. Si caía en los lazos de la tentación, ¿quién +la consolaría cuando viniese el remordimiento tardío? ¿cómo llamar a +Jesús otra vez? ¿cómo pensar en Teresa, que jamás había caído? No, no la +llamaría, preferiría morir desesperada y sola. ¿Pero después? El +infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal sin término». + +--«Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás--exclamó en voz alta, hablando con +las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en +calma». + +Aquella noche lloró la Regenta lágrimas que salían de lo más profundo de +sus entrañas, de rodillas sobre la piel de tigre, con la cabeza hundida +en el lecho, los brazos tendidos más allá de la cabeza, las manos en +cruz. + +Desde el día siguiente el Magistral notó con mucha alegría, que Ana +volvía su piedad del lado por donde él quería llevarla. «Menos +contemplación y más devociones, obras piadosas y culto externo, que +entretiene la imaginación». + +Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las voluntades, +Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de caridad, a la +enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de la devoción complicada y +bizantina, que era la que predominaba en Vetusta. Aquellas +exageraciones, que tal le habían parecido en otro tiempo, ahora las +encontraba justificables, como los amantes se explican las mil tonterías +ridículas que se dicen a solas. + +«¿No había en los amores humanos un vocabulario infantil, ridículo, sin +sentido para los profanos? Sí, lo había, ella no podía asegurarlo por +experiencia, pero lo había leído y el corazón se lo confirmaba. Pues +bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus +nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes». Hasta llegó a +comprender los superlativos de letanía de doña Petronila o sea el gran +Constantino. + +Al Magistral mismo se atrevía la Regenta a hablarle con cierto mimo, con +una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, con un +estilo que podría llamarse humorismo piadoso. Y además se permitía Ana +interesarse por los bienes puramente temporales de su confesor. No le +dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado. «¡Buena la haríamos +si usted se me muriese! todo esto, señor mío, es egoísmo, ni Dios ni +usted han de agradecerlo». + +Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el Magistral +tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable. «Sí, inefable. Él no +se explicaba qué era aquello. No sospechaba que en el mundo, en el +pícaro mundo se podía gozar así. A los treinta y seis años, cuando él +creía que ya nadie podía enseñarle nada, una señora inocente, joven, sin +mundo, venía a mostrarle un universo nuevo, donde sin más que una +sonrisita, una palabra que era como la letra de una música que había en +el modo de decirla, se veía uno de repente entre los ángeles, gozando +como en el Paraíso, sin querer nada más, sin pensar en nada más. +¡Gozando, gozando y gozando!». + +Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situación. ¿Era +aquello pecado? ¿Era aquello amor del que está prohibido a un sacerdote? +Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermín de tales preguntas. Peor +para ellas si se hubiera acordado. + +--¡Usted nunca me habla de sí mismo!--le decía Ana con tono de +reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de +Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban +solos. Tácitamente habían convenido en que aquellas expansiones de la +amistad eran inocentes. Ellos eran dos ángeles puros que no tenían +cuerpo. Anita estaba tan segura de que para nada entraba en aquella +amistad la carne, que ella era la que se propasaba, la que daba primero +cada paso nuevo en el terreno resbaladizo de la intimidad entre varón y +hembra. + +El Magistral con la cara llena del rocío de la flor y el corazón más +fresco todavía, contestó: + +--¿Hablarle de mí mismo? ¡Para qué! Yo tengo, por razón de mi oficio en +la Iglesia militante, la mitad de mi vida entregada a la calumnia, al +odio, a la envidia, que la devoran y hacen de ella lo que quieren: se me +persigue, se me preparan asechanzas, hasta hay sociedades secretas que +tienen por objeto derribarme, como ellos dicen, de lo que llaman el +poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo desprecio. Puedo asegurar a +usted que yo no pienso más que en la otra mitad de mí mismo, que es la +que traigo aquí, la que vive en la paz dulce de la fe, acompañada de +almas nobles, santas, como la de una señora... que usted conoce... y a +quien no aprecia en todo lo que vale.... + +Y el Magistral sonrió como un ángel, mientras aspiraba con delicia el +perfume de rosa de Alejandría, que Ana sin resistencia había dejado en +manos del clérigo. + +Ella se puso seria, quiso explicaciones. «Se le perseguía, se le +calumniaba... tenía enemigos... y él sin decir nada a su amiga. ¡Estaba +bueno!». Algo había oído ella mucho tiempo hacía, pero vagamente. Se +acusaba al Magistral, a lo que podía entender, de vicios tan torpes, de +tan miserables delitos, que lo grosero de la calumnia la hacía de puro +inverosímil inofensiva casi. + +La Regenta había despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que +llegaban de tarde en tarde a sus oídos. Pero ya que el Magistral mismo +se quejaba, daba a entender que aquella persecución le dolía, era +necesario saber más, procurar el consuelo de aquel corazón atribulado, +buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido, calumniado, que +además del justo era el padre espiritual, el hermano mayor del alma, el +faro de luz mística, el guía en el camino del cielo. + +Aquella mañana de Agosto el Provisor la señaló como una de las más +felices de su vida. Ana le obligó a hablar, a contárselo todo. Él, +elocuente, con imaginación viva, fuerte y hábil, improvisó de palabra +una de aquellas novelas que hubiera escrito a no robarle el tiempo +ocupaciones más serias. Se sentaron en el cenador. Don Fermín dijo, +primero, sonriendo, que él también quería confesarse con ella. «¿Creía +Ana que era perfecto? ¿Que no había pasiones debajo de la sotana? ¡Ay +sí! Demasiado cierto era por desgracia». La confesión del Magistral se +pareció a la de muchos autores que en vez de contar sus pecados +aprovechan la ocasión de pintarse a sí mismos como héroes, echando al +mundo la culpa de sus males, y quedándose con faltas leves, por confesar +algo. + +De aquella confidencia, Ana sacó en limpio que el Magistral, como ella +creía, era un alma grande, que no había tenido más delito que cierta +vaga melancolía en la juventud y una ambición noble, _elevada_, en la +edad viril. Pero aquella ambición había desaparecido ante otra más +grande, más pura, la de salvar las almas buenas, la de ella por ejemplo. +Ana, al oír aquello, cerraba los ojos para contener el llanto, y se +juraba en silencio consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a +quien tanto debía, que tan grande se le mostraba, que prefería vivir +cerca de ella para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo, +cardenal, pontífice. «¡Y le calumniaban! ¡Y tenía enemigos! ¡Y había +habido tiempo en que querían ponerle en ridículo, por que ella, Anita, +seguía entregada a las vanidades del mundo, a pesar de ser hija de +confesión de don Fermín! ¡Oh, ya verían, ya verían en adelante!». + +«¿Qué cosa mejor que aquella pasión ideal, aquel afán por una buena +obra, aquella abnegación, a que se proponía entregarse, para combatir la +tentación cada vez más temible del recuerdo de Mesía, que estaba en +Palomares enamorado de la ministra?». + +De Pas ya no sabía dónde iba a parar aquello. + +Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal +suerte, que el peligro cada día era mayor. «Aunque la pasión que él +sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello) +ni era amor a lo profano, ni tenía nombre ni le hacía falta, podía ir a +dar no se sabía dónde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor +descuido de la carne, intrusa, temible, la Regenta saltaría hacia atrás, +se indignaría y él perdería el prestigio casi sobrenatural de que estaba +rodeado. Además, suponiendo que aquello parase en un amor sacrílego y +adúltero, miserablemente sacrílego, por haber tenido tales comienzos, +¡adiós encanto! Ya sabía él lo que era esto. Una locura grosera de +algunos meses. Después un dejo de remordimiento mezclado de asco de sí +mismo; verse despreciable, bajo, insufrible; y después ira y orgullo, y +ambición vulgar y huracanes en la Curia eclesiástica.--No, no. La +Regenta debía de ser otra cosa. Había que hacer a toda costa que aquello +no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre todo, lo +de antes, que la Regenta se llamaría a engaño; era seguro». + +Y después de una pausa, pensaba el Magistral: + +«Y en último caso, ello dirá». + +Don Víctor estaba cada día más triste. Por una parte aquel dolor de +atrición, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser tan bueno, de no +haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel sudor continuo, +aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la yerba agostada +del Paseo grande, la falta de espectáculos.... «Y además que nadie le +comprendía. Frígilis era un estuco: en tratándose de cosas espirituales +ya se sabía que no había que contar con él. Ni el verano le sofocaba, ni +el invierno le encogía: era un marmolillo. ¡Y a su mujer y al Magistral +el estío de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos no les +disgustaba!». Iba don Víctor al Casino: ni un alma. Algún magistrado sin +vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa. En el gabinete +de lectura, Trifón Cármenes repasando _Ilustraciones_ antiguas; en el +tresillo ni un socio; no le quedaba más que el dominó, que le era +antipático por el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin +parar. Su contendiente de ajedrez estaba en unos baños. «¡Claro! _todo +el mundo_ se estaba bañando». Aunque don Víctor otros veranos, si bien +pasaba junto al mar un mes, no se bañaba más que dos o tres veces, ahora +echaba de menos todos los días la frescura de las olas. En el Casino +leía los periódicos de _La Costa_: conciertos nocturnos al aire libre, +giras campestres, regatas, de todo esto hablaban; ¡cuánta gente! ¡cuánta +música! ¡teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar... +el mar inmenso.... ¡Aquello era divertirse! Don Víctor suspiraba y se +volvía a casa. + +--«No estaba la señora». + +Pero estaba Kempis. Allí, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin poder +resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, después de quitarse el +_chaquet_ de alpaca y quedarse en mangas de camisa: tomaba el libro y +leía.... «¡Vuelta al miedo! a la tristeza, a la languidez espiritual. +Era en efecto el mundo una lacería, como decía el texto, y sobre todo en +el verano. Vetusta era un pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los +árboles, tan desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero +causaba ahora hastío: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor +dibujo». Hasta era capaz de hacerse artista de veras don Víctor a fuerza +de triste y aburrido. + +Y Ana volvía contenta de la calle. «Mejor, más valía que alguno lo +pasara bien: él no era egoísta». + +«¿Pero qué gracia le encontraría su mujer a la soledad de Vetusta? +Además, ¿no estaba allí el Kempis sangrando, probando, como tres y dos +son cinco, que en el mundo nunca hay motivo para estar alegre? Verdad +era que su Anita era feliz por razones más altas. Él no podía llegar a +tal grado de piedad. Temía a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro! +¡había hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez +reconocido este Infinito Poder, él, Víctor Quintanar, seguía +aburriéndose en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin +mar, sin regatas, sin nada de este mundo. ¡Oh, si no fuera por sus +pájaros!». + +En tanto Ana, cada día más activa, procuraba olvidar, y muchas veces lo +conseguía, lo que llamaba la tentación, que cada vez era más formidable; +y cuanto más temida más fuerte. Pero huía de ella, acogíase a la piedad, +y visitaba con celo apostólico y ardiente caridad las moradas miserables +de los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la +religión para el espíritu y la limosna para el cuerpo; solían +acompañarla doña Petronila Rianzares o alguna otra dama de su cónclave; +pero también iba sola. De cuantas ocupaciones le imponía la vida devota, +esta era la que más le agradaba. + +El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ejércitos +piadosos del Corazón de Jesús, la Corte de María, el Catecismo, las +Paulinas y demás instituciones análogas; muchas señoras iban a baños o a +la aldea. Pero el núcleo quedaba: era el grupo numeroso y considerable +de beatas ilustres que rodeaban al Gran Constantino, a doña Petronila. +Durante los meses del calor disminuían bastante las limosnas, pero se +hablaba mucho en las cofradías, preparando las fiestas de Otoño y de +Invierno; y además, se murmuraba un poco de las ausentes. La Regenta, +sin entrar jamás en estos conciliábulos, los perdonaba como falta leve, +«que ella, cargada de otras más graves, no tenía derecho a censurar». + +Don Fermín y Ana se veían todos los días; en el caserón de los Ozores, +unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San Vicente de +Paúl, y más a menudo en casa de doña Petronila. El obispo madre siempre +estaba ocupada; los dejaba solos en el salón obscuro, y ella, con +permiso de sus amigos, se iba a arreglar sus cuentas o lo que fuese. + +Vetusta era de ellos: la soledad del verano parecía darles posesión del +pueblo; hablaban en el pórtico de la catedral mucho tiempo para +despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la +iglesia se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de +Vetusta más tolerable que en invierno. En este particular no se +entendían ella y su marido. + +Don Fermín hubiera deseado que la estación no pasara, que los ausentes +se quedaran por allá. Su madre había ido a Matalerejo a cobrar rentas y +preparar la recolección; a recoger intereses de mucho dinero esparcido +por aquellas montañas. Teresina era el ama de casa. Alegre todo el día, +activa, solícita, llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos +a los que daba, sin saber cómo, sentido profano, aire de la calle. Aquel +tono alegre era más picante por el contraste con el rostro de Dolorosa +de la joven. Teresina había tomado un poco de color, y los ojos, +rodeados de ligeras sombras, eran más profundos, más hermosos que nunca +en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y criada +estaban contentos. La libertad les sabía a gloria. Cada cual hacía lo +que quería. No estaba doña Paula, no había que dar cuentas a nadie. Y no +faltaba nada. El señorito lo tenía todo a su tiempo y en su sitio como +siempre. Ya podía vivir sin la señora. + +El Magistral salía y entraba sin temor de interrogatorios insidiosos; si +volvía tarde, no importaba. Todo, todo le sonreía. ¡Ojalá fuera eterno +el verano! Hasta sus enemigos habían cedido en la calumnia; ya no se +murmuraba tanto; muchos de los calumniadores veraneaban; a los que +quedaban les faltaba auditorio. Don Santos Barinaga no salía de casa, +estaba enfermo. Sólo Foja, que no veraneaba, por economía, procuraba +mantener el fuego sagrado de la murmuración en el Casino, entre cuatro o +cinco socios aburridos, que iban allí media hora a tomar café. En fin, +parecía aquello una suspensión de hostilidades. «Bien venido fuera; don +Fermín aceptaba la lucha, si se ofrecía, pero prefería la paz. Sobre +todo ahora, que tenía más que hacer, algo mejor y más dulce que odiar y +perseguir a miserables, dignos de desprecio y de lástima». + +Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los bocados, +aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía más +voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de amor sin nombre, +la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus +ojos y oírla dulcísimas palabras de una amistad misteriosa, casi +mística, hacían desear a don Fermín que el sol se detuviera otra vez, +que el tiempo no pasara. Aquel agosto, tan triste para don Víctor, era +para el Magistral el tiempo más dichoso de su vida. + +Cuando oía, desde su despacho, muy temprano, el «Santo Dios, Santo +Fuerte», que cantaba como si fueran malagueñas, Teresina, que hacía la +limpieza allá fuera, tentaciones sentía de cantar él también. No +cantaba, pero se levantaba, salía al pasillo. + +--Teresina, el chocolate--gritaba alegre, frotándose las manos. + +Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en +reluciente jícara de china con ramitos de oro. Cerraba tras sí la +puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extendía +la servilleta delante del señorito... y esperaba inmóvil a su lado. + +Don Fermín, risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa acercaba el +rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abría la boca de labios +finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más de lo preciso la lengua, +húmeda y colorada; en ella depositaba el bizcocho don Fermín, con +dientes de perlas lo partía la criada, y el _señorito_ se comía la otra +mitad. + +Y así todas las mañanas. + + + + +--XXII-- + + +Alegre, rozagante, como nuevo volvió de los baños de Termasaltas el +señor Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a emprender otra +campaña, que esperaba fuese la última y decisiva, «contra el despotismo +del simoníaco y lascivo y sórdido enemigo de la Iglesia que, apoderado +del ánimo del señor Obispo, tenía sojuzgada a la diócesis». Con esta +perífrasis aludía al señor Provisor el diplomático Glocester. + +El primer disgustillo que tuvo De Pas aquel verano fue esta noticia, que +le dieron en el coro, por la mañana. + +«Ha llegado Glocester». «No le temía, ni a él ni a nadie... ¡pero estaba +tan cansado de luchar y aborrecer!». + +Mourelo se encontró con otros muchos murmuradores de refresco y con los +_de depósito_ que no estaban menos ganosos de romper el fuego contra el +común enemigo. Todos ardían en el santo entusiasmo de la maledicencia. +Los que venían de las aldeas y pueblos de pesca, traían hambre de +cuentos y chismes; la soledad del campo les había abierto el apetito de +la murmuración; por aquellas montañas y valles de la provincia, ¿de +quién se iba a maldecir? «¡Su Vetusta querida! Oh, no hay como los +centros de civilización para despellejar cómodamente al prójimo. En los +pueblos se habla mal del médico, del boticario, del cura, del alcalde; +pero ellos, los vetustenses, los de la capital ¿cómo han de contentarse +con tan miserable comidilla?». _¡Civis romanus sum!_ decía Mourelo: +«Quiero murmuración digna de mí. Aplastemos, con la lengua, al coloso, +no al médico de Termasaltas por ejemplo». + +Y Foja y los demás que se habían quedado, también ansiaban la vuelta de +los ausentes, para contarles las novedades y comentarlas todos juntos. +La animación de Vetusta renacía en cabildo, cofradías, casinos, calles y +paseos cuando los del veraneo empezaban a aparecer. Las amistades +falsas, gastadas hasta hacerse insoportables durante el común +aburrimiento de un invierno sin fin, ahora se renovaban; los que volvían +encontraban gracia y talento en los que habían quedado y viceversa; +todos reían los chistes y las picardías de todos. Poco a poco los +círculos de la murmuración se animaban, la calumnia encendía los hornos, +y los últimos que llegaban, los regazados, encontraban aquello hecho una +gloria. «¡Qué ocurrencias, qué fina malicia, qué perspicacia! ¡Oh, el +ingenio vetustense!». + +El Magistral fue aquel año la víctima de las dionisíacas de la injuria; +no se hablaba más que de él. + +«Don Santos Barinaga, el rival mercantil de _La Cruz Roja_, la víctima +del monopolio ilegal y escandaloso de doña Paula y su hijo; el pobre don +Santos, se moría sin remedio, según don Robustiano Somoza, el médico de +la aristocracia cuyas ideas no eran sospechosas». + +--¿Y de qué dirán ustedes que se muere?--preguntaba Foja en un +corrillo, delante de la catedral, al salir de misa de doce. + +--Se morirá de borracho--contestaba Ripamilán. + +--No señor, ¡se muere de hambre!... + +--Se muere de aguardiente.--¡De hambre!... Y llegaba don Robustiano al +corro y _hablaba la ciencia_: + +--Yo no acuso a nadie, la ciencia no acusa a nadie; otra es su misión. +Yo no niego que el alcoholismo crónico tenga parte en la enfermedad de +Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido _cohonestarse_ +(así decía) con una buena alimentación. Además, hoy día el pobre don +Santos ya no tiene dinero ni para emborracharse, ya no puede beber de +pura miseria.... Y aunque ustedes no comprendan esto, la ciencia declara +que la privación del alcohol precipita la muerte de ese hombre, enfermo +por abuso del alcohol.... + +--¿Cómo es eso, hombre?--preguntaba el Arcipreste. + +--A ver explíquese usted--decía Foja. + +Don Robustiano sonreía; movía la cabeza con gesto de compasión y se +dignaba explicar aquello. «Don Santos, aunque se pasmasen aquellos +señores, a pesar de morir envenenado por el alcohol, necesitaba más +alcohol para _tirar_ algunos meses más. Sin el aguardiente, que le +mataba, se moriría más pronto». + +--Pero don Robustiano, ¿cómo puede ser eso? + +--Señor Foja, ahí verá usted. ¿Conoce usted a Todd? + +--¿A quién?--A Todd.--No señor.--Pues no hable usted. ¿Sabe usted lo +que es el poder hipotérmico del alcohol? Tampoco; pues cállese usted. + +¿Sabe usted con qué se come el poder diaforético del citado alcohol? +Tampoco; pues sonsoniche. ¿Niega usted la acción hemostática del alcohol +reconocida por Campbell y Chevrière? Hará usted mal en negarla; se +entiende, si se trata del uso interno. De modo que no sabe usted una +palabra.... + +--Pues por eso pregunto.... Pero oiga usted, señor mío, por mucho que +usted sepa y diga lo que quiera el señor Todd; ni la ciencia, ni santa +ciencia, tienen derecho para calumniar a don Santos Barinaga; harto +tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin que usted por +haber leído, sabe Dios dónde y con cuánta prisa, un articulillo acerca +del aguardiente, digámoslo así, se crea autorizado para insultar a mi +buen amigo y llamarle borrachón en términos técnicos. + +--Poco a poco--gritó Ripamilán--en eso estoy yo conforme con la ciencia +y con el señor Somoza su legítimo representante. No sé si un clavo saca +otro clavo en medicina, ni si la mancha de la borrachera con otra verde +se quita, pero don Santos es un tonel en persona y tiene más espíritu de +vino en el cuerpo que sangre en las venas; es una mecha empapada en +alcohol... prenda usted fuego y verá... + +--Yo, señor Ripamilán, para confundir a este progresista trasnochado no +necesito que me ayude la Iglesia; me sobra y me basta con la ciencia que +es, en definitiva, mi religión. + +Y volviéndose a Foja añadía el médico: + +--Oiga usted, señor decurión retirado, ¿conoce usted la acción del +alcohol en las flegmasías de los bebedores? no mienta usted, porque no +la conoce. + +--¡Váyase usted a paseo, señor Fraigerundio de hospital! ¡El embustero +será usted! ¡Pues hombre! bonita manía saca el señor doctor; hacérsenos +el sabio ahora. A la vejez viruelas. + +--Menos insultos y más hechos. + +--Menos botarga y más sentido común.... + +--Caballero miliciano, yo soy el hombre de ciencia y usted es un +doceañista en conserva.... Chomel admite, y con él todo el que tenga dos +dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es +imprescindible la administración de los espirituosos.... + +--¡Pero si yo niego la menor, so alcornoque! + +--En medicina no hay mayores ni menores, ni judías ni contrajudías, +señor tahúr. + +--La menor es que sea borracho Barinaga.... + +--De modo que si usted me niega los... prodromos del mal.... + +Don Robustiano se puso colorado al pensar que había dicho un disparate. + +--Qué hipódromos ni qué hipopótamos; yo defiendo a un ausente.... + +--En fin, una palabra para concluir: ¿niega usted que si a un borracho +se le priva por completo del alcohol, es lo más fácil que se presente un +decaimiento alarmante, un verdadero colapso?... + +--Mire usted, señor pedantón, si sigue usted rompiéndome el tímpano con +esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil versos y sentencias en +latín y le dejo bizco; y si no oiga usted: + + _Ordine confectu, quisque libellus habet:_ + _quis, quid, coram quo, quo jure petatur et a quo._ + _Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas..._ + + +Ripamilán se retorcía de risa. Somoza, furioso, gritaba; y se oía: +colapso... flegmasía... cardiopatía... y el ex-alcalde, sin atender, +continuaba mezclando latines: + + Masculino es fustis, axis + turris, caulis, sanguis collis... + piscis, vermis, callis follis. + +El médico y el prestamista estuvieron a punto de venir a las manos. No +se pudo averiguar de qué se moría don Santos, pero a la media hora se +corría por Vetusta que, por culpa del Provisor, se habían pegado y +desafiado Foja y Somoza, y no se sabía si el mismo Ripamilán había +recogido alguna bofetada. + +Por algunos días vino a eclipsar al valetudinario Barinaga, que, en +efecto, se consumía en la miseria, un suceso de gravedad suma, según +Glocester y Foja y bandos respectivos: «La hija de Carraspique, sor +Teresa, agonizaba en el _inmundo asilo_ de las Salesas, en la celda que +era, según Somoza, un _inodoro_, por no decir todo lo contrario». + +Y dicho y hecho. Rosa Carraspique en el mundo, sor Teresa en el +convento, murió de una tuberculosis, según Somoza, de una tisis caseosa, +según el médico de las monjas, que era dualista en materia de tisis. + +Pero lo que no dudó ningún enemigo del Provisor fue que la culpa de +aquella muerte la tenía don Fermín, fuese lo que quiera de los pulmones +de la chica. + +Doña Paula y don Álvaro llegaron a Vetusta el mismo día, aquel en que +_voló al cielo un ángel más_, en opinión de Trifoncito Cármenes, que +seguía siendo romántico, contra los consejos de don Cayetano. + +Un periódico liberal del pueblo, _El Alerta_, publicaba una tras otra +estas dos gacetillas, que pusieron a don Fermín de un humor endiablado. + +«_Bien venido_.--De vuelta de su excursión veraniega ha llegado a esta +capital el ilustre caudillo del partido liberal dinástico de Vetusta, el +Ilmo. Sr. D. Álvaro Mesía. Dicen los numerosos amigos que han acudido a +visitar a nuestro distinguido correligionario, que viene dispuesto a +proseguir su campaña de propaganda sensatamente liberal, así en el orden +político como en el moral y canónico y religioso. Cuente con nuestro +humilde apoyo para vencer los obstáculos tradicionales que aquí opone al +verdadero progreso un despotismo teocrático de que está ya todo Vetusta +hasta los pelos, como se dice vulgarmente». + +«_En paz descanse_.--Ha fallecido en su celda del convento de las +Salesas la señorita doña Rosa Carraspique y Somoza, hija del conocido +capitalista ultramontano don Francisco de Asís, monja profesa con el +nombre de sor Teresa. Mucho tendríamos que decir si quisiéramos hacernos +eco de todos los comentarios a que ha dado lugar esta desgracia +inopinada. Sólo diremos que, en concepto de los facultativos más +acreditados, no ha sido extraña a la pérdida que lamentamos la falta de +condiciones higiénicas del edificio miserable que habitan las Salesas. +Pero además, se nos ocurre preguntar: ¿Es muy higiénico que _ciertos +roedores_ se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a +poco y con influencia deletérea y _pseudo-religiosa_, la paz de las +familias, la tranquilidad de las conciencias? + +»Si todos los elementos liberales, sin exageraciones, de nuestra culta +capital no aúnan sus esfuerzos para combatir al poderoso tirano +hierocrático que nos oprime, pronto seremos todos víctimas del fanatismo +más torpe y descarado.--R. I. P.». + +Ripamilán, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se +decidió a tomar la pluma y publicar en el _Lábaro_ un articulejo, sin +firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramática, +maltratada por el periódico progresista, según el canónigo. «Aparte, +decía entre otras cosas, de que no sabemos si la monja profesa es el +señor Carraspique o su hija, ¿quiere decirme el periodista +cascaciruelas, etc., etc...?». + +Aquel cascaciruelas delató al Arcipreste; era su estilo humorístico: lo +conocieron todos. + +En Vetusta los insultos y murmuraciones en letras de molde llamaban +mucho la atención. En vano publicaba Cármenes odas y elegías, nadie las +leía; pero la gacetilla más insignificante que pudiera molestar un poco +a cualquier vecino, era leída, comentada días y días, y cuando había +tiroteo de sueltos o comunicados, los _habituales abonados_ no querían +mejor diversión. + +Por todo lo cual fue mayor el escándalo, y no se habló en mucho tiempo +más que de la _influencia deletérea_ del Magistral y de la muerte de sor +Teresa. + +--Sobre su conciencia tiene esa desgracia. + +--Es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas. + +--Esto es una especie de contribución de sangre que pagamos al +fanatismo. + +--Esto es una especie de tributo de las cien doncellas. + +El Magistral hubiera querido poder despreciar tantos disparates, tales +absurdos, pero a su pesar le irritaban. Creyó al principio que «su +pasión noble, sublime, le levantaría cien codos sobre todas aquellas +miserias», pero el oleaje de la falsa indignación pública salpicaba su +alma, llegaba tan arriba como su deliquio sin nombre; y la ira le +borraba del cerebro muchas veces las más puras ideas, las impresiones +más dulces y risueñas. Se ponía loco de cólera, y más y más le irritaba +el no poder dominar sus arrebatos. Además, el mal era cierto; no por +ser desatinada la acusación de los necios era menos poderosa y temible. +Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba, que el esfuerzo de +tantos y tantos miserables servía para minarle el terreno.... En muchas +casas empezaba a notar cierta reserva; dejaron de confesar con él +algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien +tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle con ojos fríos y llenos de +preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de +acero. + +Volvió la época del paseo en el Espolón, y don Fermín al pasear allí su +humilde arrogancia, su hermosa figura de buen mozo místico, observaba +que ya no era aquello una marcha triunfal, un camino de gloria; en los +saludos, en las miradas, en los cuchicheos que dejaba detrás de sí, como +una estela, hasta en la manera de dejarle libre el paso los transeúntes, +notaba asperezas, espinas, una sorda enemistad general, algo como el +miedo que está próximo a tener sus peculiares valentías insolentes. + +Y en casa, doña Paula ceñuda, silenciosa, desconfiada, preparándose para +una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero, realizando cuanto +podía, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse de los géneros de la +_Cruz Roja_. «No parecía sino que se preparaba una liquidación. ¿A qué +venía aquello?». Doña Paula no daba explicaciones. «Sabía a qué +atenerse: su hijo, su Fermo, estaba perdido; aquella _pájara_, aquella +Regenta, santurrona en pecado mortal, le tenía ciego, loco; ¡sabía Dios +lo que pasaría en aquel caserón de los Ozores! ¡Qué escándalo! Todo se +lo iba a llevar la trampa. Había que prepararse. Oh, podrían arrojarla +de Vetusta, pero ella no se iría sin llevarse medio pueblo entre los +dientes». + +Por eso mordía con aquel furor que asustaba a su hijo. + +Fermo, el _señorito_, pensaba a solas, en su despacho de Fausto +eclesiástico. «¡Solo, estoy solo, ni mi madre me consuela! ¿Qué he de +hacer? Entregarme con toda el alma a esta pasión noble, fuerte.... ¡Ana, +Ana y nada más en el mundo! Ella también está sola, ella también me +necesita.... Los dos juntos bastamos para vencer a todos estos necios y +malvados». + +Pálido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al lado de +su amiga mística, cada vez más hermosa, de nuevo fresca y rozagante, de +formas llenas, fuertes y armoniosas. La dulzura parecía una aureola de +Anita. La salud había vuelto, purificada con cierta unción de idealidad, +al cuerpo de arrogante transtiberina de aquel modelo de _madona_. + +Don Víctor Quintanar se había restituido a su amistad íntima con don +Álvaro Mesía, en cuanto regresó este de Palomares, y al poco tiempo notó +el Magistral que el converso se le rebelaba. Si bien seguía creyéndose +profundamente piadoso, don Víctor hacía distinciones sospechosas entre +la religión y el clero, entre el catolicismo y el ultramontanismo. «Yo +soy tan católico como el primero», esta era su frase cada vez que decía +alguna herejía o algo parecido; pero se metía a interpretar a su modo +los textos del Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atrevía a decir +delante de curas y señoras, que el hombre virtuoso es siempre un +sacerdote, y que un bosque secular es el templo más propio de la +religión pura, y que Jesucristo había sido liberal, con otros +disparates. No era esto lo peor, sino que la Regenta y don Fermín +notaban en Quintanar cierta frialdad cada vez que los veía juntos y el +Magistral tuvo que fingirse distraído ante algunos desaires +disimulados. + +Don Álvaro no iba a casa de los Ozores sino muy de tarde en tarde y sólo +hacía visitas de cumplido, muy breves. ¿Por qué así? preguntaba don +Víctor. Y con medias palabras, su amigo le daba a entender que la +Regenta le recibía con mala voluntad y que a él no le gustaba estorbar. +Además, no era él solo el que se retraía. El mismo Paco, el Marquesito, +que en otro tiempo no hacía más que entrar y salir, ahora apenas parecía +por aquella casa. Visitación también iba de tarde en tarde, la Marquesa +casi nunca, y así de todos los amigos y amigas; el Magistral y sólo el +Magistral. Aquel buen señor «hacía el vacío» en derredor de la Regenta. +Ella estaba contenta, no parecía echar de menos a nadie; pero él, don +Víctor, no era de la misma opinión; quería trato, conversación, amena +compañía. + +Seguía confesando y comulgando cada dos meses, pero _Kempis_ seguía +cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo al infierno +Quintanar, «pero no quería prescindir por completo de las ventajas +positivas que le ofrecía su breve existencia sobre el haz de la tierra». +«Y sobre todo no quería que el fanatismo se enseñorease de su casa». Los +consejos que para excitarlo le daba Mesía, allá en el Casino, los tomaba +muy en cuenta don Víctor, y siempre se estaba preparando para ponerlos +por obra, pero no se atrevía. No llegaba a más su audacia que a poner un +gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde en tarde, al enemigo, +al Magistral; pero como este fingía no comprender aquellas indirectas +mímicas, no se adelantaba nada. + +Don Víctor llegó a reconocer, pero sin confesarlo a nadie, que él era +menos enérgico de lo que había creído; «no, no tenía fuerza para +oponerse al _jesuitismo_ que había invadido su hogar». ¡Oh, por algo él +vacilaba antes de consentir a De Pas apoderarse del ánimo de su esposa! +Sí... al fin había sido jesuita...». Quintanar acabó por comparar el +poder del Provisor en el caserón de los Ozores, con el que tuvieron los +jesuitas en el Paraguay. «Sí, mi casa es otro Paraguay». Y cada día se +encontraba más incapaz de oponerse a la _perniciosa influencia_. No +sabía más que poner mala cara y parar poco en casa. + +Con esto sólo consiguió que la Regenta y el Magistral conviniesen en +verse más a menudo fuera del caserón y menos veces en él. «Mejor era +hablarse en casa de doña Petronila. ¿Para qué molestar al pobre don +Víctor? Ya que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y +le envenenaban el alma con insinuaciones malévolas, con sospechas torpes +e impías, más valía dejarle en paz, apartar de su vista el espectáculo +inocente, mas para él poco agradable, de dos almas hermanas que viven +unidas, con lazo fuerte, en la piedad y el idealismo más poético». + +En casa de doña Petronila, en el salón de balcones discretamente +entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban horas y horas +los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales, como decía +el gran Constantino, sin más testigo que el gato blanco, cada vez más +gordo, que iba y venía sin ruido, y se frotaba el lomo contra las faldas +de la Regenta y el manteo del Magistral, cada día más familiarmente. + +Anita notaba en don Fermín una palidez interesante, grandes cercos +amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que +la ponía en cuidado. + +Le suplicaba que se cuidase, se lo pedía con voz de madre cariñosa que +ruega al hijo de sus entrañas que tome una medicina. Él respondía +sonriendo, echando fuego por los ojos, «que no tenía nada, que era +aprensión, que no había que pensar en su cuerpo miserable». + +Algunos días había en sus diálogos pausas embarazosas; el silencio se +prolongaba molestándoles como un hablador importuno. + +Los dos guardaban un secreto. Cuando creían conocerse uno a otro hasta +el último rincón del alma, estaba pensando cada cual en la mala acción +que cometía callando lo que callaba. + +El Magistral padecía mucho siempre que Ana le hablaba de la salud que él +perdía. «¡Si ella supiera!». + +Resuelto a que su amistad «con aquel ángel hermoso» no acabase de mala +manera, en una aventura de grosero materialismo llena de remordimientos +y dejos repugnantes; seguro de que aquella mujer ponía en aquel lazo +piadoso toda la sinceridad de un alma pura, y que degradarla, caso de +que se pudiera, sería hacerle perder su mayor encanto; el Magistral que +vivía ya nada más de esta refinada pasión que según él no tenía nombre, +luchaba con tentaciones formidables, y sólo conseguía contrarrestar las +rebeliones súbitas y furiosas de la carne con armisticios vergonzosos +que le parecían una especie de infidelidad. En vano pensaba: ¿qué le +importa a mi doña Ana que mi corpachón de cazador montañés viva como +quiera cuando me aparto de ella? Nada de mi cuerpo me pide ella; el alma +es toda suya, y nada del alma pongo al saciar, lejos de su presencia, +apetitos que ella misma sin saberlo excita; en vano pensaba esto, porque +agudos remordimientos le pinchaban cada vez que Ana, solícita, dulce y +sonriente le pedía con las manos en cruz que se cuidara, que no +entregase todas sus horas al trabajo y a la penitencia. «¿Qué sería de +ella sin él?». + +--«Figurémonos que usted se me muere: ¿qué va a ser de mí?». + +«Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de santo +a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha de +vivir. Engañar a los demás no me duele; ¡pero a ella! Y no hay más +remedio». Quería que le consolase el reflexionar que _por ella_ era todo +aquello, que por ella había él vuelto a sentir con vigor las pasiones de +la juventud que creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza, +se encenagaba él en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no +apagaba el remordimiento. + +Algunas semanas pasaba Teresina triste, temerosa de haber perdido su +dominio sobre el _señorito_; entonces era cuando el Magistral vivía al +lado de Ana libre de congojas, tranquilo en su conciencia; pero poco a +poco el tormento de la tentación reaparecía; sus ataques eran más +terribles, sobre todo más peligrosos, que los del remordimiento; la +castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa, su piedad sincera, la +fe con que creía en aquella amistad espiritual, sin mezcla de pecado, +eran incentivo para la pasión de don Fermín y hacían mayor el peligro; +por que ella que no temía nada malo, vivía descuidada sin ver que su +confianza, su cariñosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que +decía y hacía era leña que echaba en una hoguera. Y volvía De Pas, para +evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el contento de +Teresina, lo que ella creía con orgullo su victoria. + +Ana también tenía su secreto. Su piedad era sincera, su deseo de +salvarse firme, su propósito de ascender de morada en morada, como decía +la santa de Ávila, serio; pero la tentación cada día más formidable. +Cuanto más horroroso le parecía el pecado de pensar en don Álvaro, más +placer encontraba en él. Ya no dudaba que aquel hombre representaba para +ella la perdición, pero tampoco que estaba enamorada de él cuanto en +ella había de mundano, carnal, frágil y perecedero. Ya no se hubiera +atrevido, como en otro tiempo, a mirarle cara a cara, a verle a su lado +horas y horas, a probarle que su presencia la dejaba impasible: no, +ahora huir de él, de su sombra, de su recuerdo; era el demonio, era el +poderoso enemigo de Jesús. No había más remedio que huir de él; esto era +humildad, lo de antes orgullo loco. A la gracia y sólo a la gracia debía +el vivir pura todavía; abandonada a sí misma, Ana se confesaba que +sucumbiría; si el Señor aflojara la mano un momento, don Álvaro podría +extender la suya y tomar su presa. Por todo lo cual no quería ni verle. +Pero, sin querer, pensaba en él. Desechaba aquellos pensamientos con +todas sus fuerzas, pero volvían. ¡Qué horrible remordimiento! ¿Qué +pensaría Jesús? y también ¿qué pensaría el Magistral... si lo supiera? A +la Regenta le repugnaba, como una villanía, como una bajeza aquella +predilección con que sus sentidos se recreaban en el recuerdo de Mesía +apenas se les dejaba suelta la rienda un momento. ¿Por qué Mesía? El +remordimiento que la infidelidad a Jesús despertaba en ella, era de +terror, de tristeza profunda, pero se envolvía en una vaguedad ideal que +lo atenuaba; el remordimiento de su infidelidad al amigo del alma, al +hermano mayor, a don Fermín era punzante, era el que traía aquel asco de +sí misma, el tormento incomparable de tener que despreciarse. Además, +Anita no se atrevía a confesar aquello con el Magistral. Hubiera sido +hacerle mucho daño, destrozar el encanto de sus relaciones de pura +idealidad. Volvía a valerse de sofismas para callar en la confesión +aquella flaqueza: «ella no quería» en cuanto mandaba en su pensamiento, +lo apartaba de las imágenes pecaminosas; huía de don Álvaro, no pecaba +voluntariamente. ¿Habría pecado involuntario? De esto habló un día con +el Magistral, sin decirle que la consulta le importaba por ella misma. +Don Fermín contestó que la cuestión era compleja... y le citó autores. +Entre ellos recordó Ana que estaba Pascal en sus _Provinciales_; ella +tenía aquel libro, lo leyó... y creyó volverse loca. «Oh, el ser bueno +era además cuestión de talento. Tantos distingos, tantas sutilezas la +aturdían». Pero siguió callando el tormento de la tentación. Arma +poderosa para combatirla fue la ardiente caridad con que la Regenta se +consagró a defender y consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron +contra él los huracanes de la injuria, que Ana creía de todo en todo +calumniosa. + +La idea de sacrificarse por salvar a aquel hombre a quien debía la +redención de su espíritu, se apoderó de la devota. Fue como una pasión +poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogió con placer, porque así +alimentaba el hambre de amor que sentía, de amor, que tuviese objeto +sensible, algo finito, una criatura. «Sí, sí, pensaba, yo combatiré la +inclinación al mal, enamorándome de este bien, de este sacrificio, de +esta abnegación. Estoy dispuesta a morir por este hombre, si es +preciso...». Pero no había modo de poner por obra tales propósitos. Ana +buscaba y no encontraba manera de sacrificarse por el Magistral. ¿Qué +podía ella hacer para contrarrestar la violencia de la calumnia? Nada. +Nada por ahora. Pero tenía esperanza; tal vez se presentaría un modo de +utilizar en beneficio del _pobre mártir_ aquella abnegación a que estaba +resuelta.... Mientras llegaba el momento, no podía más que consolarle, y +esto sabía hacerlo de modo que el Magistral tenía que emplear esfuerzos +de titán para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de +rodillas y besándole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien +calzados. + +Y en tanto Foja, Mourelo, don Custodio, Guimarán, _El Alerta_ y, entre +bastidores, don Álvaro y Visitación Olías de Cuervo, trabajaban como +titanes por derrumbar aquella montaña que tenían encima; el poder del +Magistral. + +Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en +aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por +algún tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de +algunas semanas este volvió a brillar dentro de su aureola de víctima y +la compasión fementida del público marrullero se volvió a él, solícita, +con cuidados de madrastra que representa la comedia de la _segunda +madre_. A los vetustenses, en general, les importaba poco la vida o la +muerte de don Santos; nadie había extendido una mano para sacarle de su +miseria; hasta seguían llamándole borracho; pero en cambio todos se +indignaban contra el Provisor, todos maldecían al autor de tanta +desgracia, y quedaban muy satisfechos, creyendo, o fingiendo creer, que +así la caridad quedaría contenta. + +«Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo calumniado +por los enemigos de todo progreso, en este siglo _materialista_ y +_corrompido_, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos +filantrópicos del pueblo, sin que una voz unánime se levante a protestar +en nombre de la humanidad ultrajada. El pobre don Santos Barinaga, +víctima del monopolio escandaloso de la _Cruz Roja_, muere de hambre en +los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los vasos sagrados, +patenas y copones, lámparas y candeleros con otros cien objetos del +culto; muere en aquel rincón y muere de inanición, señores, por culpa +del simoniaco que todos conocemos: muere, sí, morirá; pero el que se +burla con artificios de nuestro código mercantil y de las leyes de la +Iglesia, comerciando a pesar de ser sacerdote; el que mata de hambre al +pobre ciudadano señor Barinaga, ¡ese no se gozará en su obra mucho +tiempo, porque la indignación pública sube, sube, como la marea... y +acabará por tragarse al tirano!... + +Pero a pesar de este discurso y otros por el estilo, a Foja no se le +ocurría mandar una gallina a don Santos para que le hiciesen caldo. + +Y como él obraban todos los defensores teóricos del comerciante +arruinado. Decían a una que moría de hambre y nadie al visitarle le +llevaba un pedazo de pan. Y hasta le visitaban pocos. Foja solía entrar +y salir en seguida; en cuanto se cercioraba de la miseria y de la +enfermedad del pobre anciano, ya tenía bastante; salía corriendo a decir +pestes del _otro_, del Provisor: así creía servir a la buena causa del +progreso y de la _humanidad solidaria_. + +La fama bien sentada de hereje que había conquistado en los últimos +tiempos el buen don Santos, retraía a muchas almas piadosas que de buen +grado le hubieran socorrido. + +Y solamente las _Paulinas_ fueron osadas a acercarse al lecho del vejete +para ofrecerle los auxilios materiales de la sociedad y los espirituales +de la Iglesia. + +Fue en vano. «Afortunadamente decía don Pompeyo Guimarán al referir el +lance, afortunadamente estaba yo allí para evitar una indignidad». + +Don Santos había dado plenos poderes a su amigo don Pompeyo para +rechazar en su nombre _toda sugestión del fanatismo_. + +Guimarán estaba muy satisfecho con «aquella _misión delicada_ e +importante, que exigía grandes dotes de energía y arraigadas +convicciones por su parte». + +En efecto, llegaron al zaquizamí desnudo y frío en que yacía aquella +víctima del alcoholismo crónico los enviados de _San Vicente de Paúl_, +que eran doña Petronila, o sea el gran Constantino, y el beneficiado don +Custodio, la hija de Barinaga, la beata paliducha y seca, los recibió +abajo, en la tienda vacía, lloriqueando. Hablaron los tres en voz baja; +don Custodio decía las palabras, llenas de silbidos suaves--imitación +del Magistral--al oído de su hija de penitencia; la consolaba, y ella +levantando los ojos llenos de lágrimas los fijaba como quien se acomoda +en sitio conocido y frecuentado, en los del clérigo de almíbar. +Subieron, de puntillas, dispuestos a intentar un ataque contra el +enemigo. + +--¿Con que está arriba don Pompeyo?--preguntó en la escalera don +Custodio. + +--Sí; no sale de casa estos días; mi padre me arroja a mí de su lado y +clama por ese hereje chocho.... + +Don Pompeyo Guimarán oyó la voz del beneficiado y le sonó a cura. Se +preparó a la defensa, y procuró tomar un continente digno de un +libre-pensador convencido y prudentísimo. Echó las manos cruzadas a la +espalda, y se puso a medir la pobre estancia a grandes pasos, haciendo +crujir la madera vieja del piso, de castaño comido por los gusanos. En +la alcoba contigua, sin puerta, separada de la sala por una cortina +sucia de percal encarnado, se oían los quejidos frecuentes y la +respiración fatigosa del enfermo. + +--¿Quién está ahí?--preguntó don Santos con voz débil, sin más energía +que la de una ira impotente. + +--Creo que son ellos; pero no tema usted. Aquí estoy yo. Usted silencio, +que no le conviene irritarse. Yo me basto y me sobro. + +Entró el enemigo; y aunque venía de paz y don Pompeyo se había propuesto +ser muy prudente, en cuanto doña Petronila abrió el pico, el ateo +extendió una mano y dijo interrumpiendo: + +--Dispénseme usted, señora, y dispense este digno sacerdote católico... +vienen ustedes equivocados; aquí no se admiten limosnas condicionales.... + +--¿Cómo condicionales?...--preguntó don Custodio, con muy buenos modos. + +--No se sulfure usted, amigo mío, que otra me parece que es su misión en +la tierra; mire usted como yo hablo con toda tranquilidad.... + +--Hombre, me parece que yo no he dicho.... + +--Usted ha dicho ¿cómo condicionales? y a mí no se me impone nadie, +vista por los pies, vista por la cabeza. Yo no odio al clero +sistemáticamente, pero exijo buena crianza en toda persona culta.... + +--Caballero, no venimos aquí a disputar, venimos a ejercer la caridad.... + +--Condicional...--¡Qué condicional, ni qué calabazas!--gritó doña +Petronila, que no comprendía por qué se había de tener tantos +miramientos con un ateo loco--. Usted no tiene--añadió--autoridad alguna +en esta casa; esta señorita es hija de don Santos y con ella y con él es +con quien queremos entendernos. Venimos a ofrecer espontáneamente los +auxilios que nuestra sociedad presta.... + +--A condición de una retractación indigna, ya lo sé. Don Santos ha +delegado en mí todos los poderes de su autonomía religiosa, y en su +nombre, y con los mejores modos les intimo la retirada.... + +Y don Pompeyo extendió una mano hacia la puerta y estuvo un rato +contemplando su brazo estirado y su energía. + +Pero tuvo que bajar el brazo, porque doña Petronila replicó que no +estaba dispuesta a recibir órdenes de un entrometido.... + +--Señora, aquí los entrometidos son ustedes. No se les ha llamado, no se +les quiere; aquí sólo se admite la caridad que no pide cédula de +comunión. + +--Nosotros tampoco pedimos cédula.... + +--Señor cura, a mí no me venga usted con argucias de seminario; la +filosofía moderna ha demostrado que el escolasticismo es un tejido de +puerilidades, y yo sé a lo que vienen ustedes. Quieren comprar las +arraigadas convicciones de mi amigo por un plato de lentejas; una taza +de caldo por la confesión de un dogma; una peseta por una apostasía... +¡esto es indigno! + +--¡Pero, caballero!...--Señor cura, acabemos. Don Santos está dispuesto +a morir sin confesar ni comulgar, no reconoce la religión de sus +mayores. Estas son sus condiciones irrevocables; pues bien, a ese precio +¿consienten ustedes en asistirle, cuidarle, darle el alimento y las +medicinas que necesita? + +--Pero, señor mío...--¡Ah!... ¡señor de usted... ya decía yo! ¿Ve usted +como a mí la escolástica no me confunde? + +--Todo eso y mucho más--dijo el Gran Constantino--queremos tratarlo con +el interesado. + +--Pues no será....--Pues sí será....--Señora, salvo el sexo, estoy +dispuesto a arrojarles a ustedes por las escaleras si insisten en su +procaz atentado.... + +Y don Pompeyo se colocó delante de la cortina de percal para cortar el +paso al obispo-madre. + +--¿Quién va? ¿quién va?--gritó desde dentro Barinaga ronco y jadeante. + +--Son las Paulinas--respondió Guimarán. + +--¡Rayos y truenos! fuera de mi casa.... ¿No tiene usted una escoba, don +Pompeyo? Fuego en ellas... infames... ¿y no anda ahí un cura también?... + +--Sí, señor, anda...--¡Será el Magistral, el ladrón, el _rapavelas_, el +que me ha despojado... y vendrá a burlarse... oh, si yo me levanto!... +¿pero usted qué hace que no les balda a palos? Fuera de mi casa.... La +justicia... ¿ya no hay justicia? ¿no hay justicia para los pobres? + +--Tranquilícese usted, que no es el Magistral. + +--Sí es, sí es; lo sé yo; ¿no ve usted que es el amo del cotarro, el +presidente de las Paulinas?... Entre usted, entre usted, so bandido... y +verá usted con qué arma digna de usted le aplasto los cascos.... + +--Calma, calma, amigo mío; yo me basto y me sobro para despedir con +buenos modos a estos señores. + +--No, no, si es el Provisor déjele usted que entre, que quiero matarle +yo mismo.... ¿Quién llora ahí? + +--Es su hija de usted.--¡Ah grandísima hipocritona, si me levanto, mala +pécora! la que mata a su padre de hambre, la que echa cuentas de rosario +y pelos en el caldo, la que me echa en las narices el polvo de la sala, +la que se va a misa de alba y vuelve a la hora de comer... ¡infame, si +me levanto! + +--Padre, por Dios, por Nuestra Señora del Amor Hermoso, tranquilícese +usted.... Está aquí doña Petronila, está un señor sacerdote.... + +--Será tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo del +cabildo... ¡ah, barragana, si os cojo a los dos!... + +--¡Jesús, Jesús! vámonos de aquí--gritó doña Petronila buscando la +escalera. + +Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cayó +desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos +y de las injurias de su padre. Quedó el campo por don Pompeyo, que +volvió a sus paseos y después fue a la cocina a espumar el puchero +miserable de don Santos. + +«Allí no había más caridad que la de él. Cierto que no podía ser pródigo +con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tenía apenas lo +necesario; pero solicitud, atenciones no le faltarían al enfermo». + +Volvió a poco soplando un líquido pálido y humeante en el que flotaban +partículas de carbón. + +Se lo hizo beber a don Santos, sujetándole la cabeza que temblaba y sin +permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba también. + +De esta manera quedó el campo libre y por don Pompeyo, el cual no +pensaba más que en asegurar _el triunfo de sus ideas_, para lo que era +necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del enfermo, y +así evitar que la hija de don Santos introdujese allí subrepticiamente +«el elemento clerical». + +Guimarán madrugaba para correr a casa de Barinaga; estaba allí casi +siempre hasta la hora de cenar, y esta _necesidad material_ la +despachaba en un decir Jesús, dando prisa a la criada, a su mujer, a las +niñas. + +--Ea, ea... menos cháchara, la sopa... que me esperan.... + +Comía, recogía los mendrugos de pan que quedaban sobre la mesa, un poco +de azúcar y otros desperdicios, se los metía en un bolsillo y echaba a +correr. + +Algunas noches entraba en su hogar gritando: + +--¡A ver! ¡a ver! las zapatillas y el frasco del anís, que hoy velo a +don Santos. + +La esposa de don Pompeyo suspiraba y entregaba las zapatillas suizas y +el frasco del aguardiente, y el amo de la casa desaparecía. + +Foja, los Orgaz, Glocester «como particular, no como sacerdote», don +Álvaro Mesía, los socios librepensadores que comían de carne +solemnemente en Semana Santa, algunos de los que asistían a las cenas +secretas del Casino, los redactores del _Alerta_ y otros muchos enemigos +del Provisor visitaban de vez en cuando a don Santos; todos compadecían +aquella miseria entre protestas de cólera mal comprimida. «Oh el hombre +que había reducido a tal estado al señor Barinaga era bien miserable, +merecía la pública execración». Pero nada más. Casi nadie se atrevía a +dejar allí una limosna «por no ofender la susceptibilidad del enfermo». +Muchos se ofrecían a velarle en caso de necesidad. + +Don Pompeyo recibía las visitas como si él fuera el amo de casa; +Celestina tenía que tolerarlo porque su padre lo exigía. + +--Él es mi único hijo... descastada... mi único padre... mi único +amigo... tú eres la que estás aquí de más... ¡mala entraña!... +¡mojigata!...--gritaba desde su alcoba el borracho moribundo. + +La enfermedad se agravó con las fuertes heladas con que terminó aquel +año noviembre. + +El primer día de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don +Custodio, dar el último ataque para conseguir que su padre admitiera los +Sacramentos. + +Al entrar, por la mañana, a eso de las ocho, don Pompeyo Guimarán, que +venía soplándose los dedos, la beata le detuvo en la tienda abandonada, +fría, llena de ratones. + +Empleó la joven toda clase de resortes; pidió, suplicó, se puso de +rodillas con las manos en cruz, lloró... Después exigió, amenazó, +insultó: todo fue inútil. + +--Hable usted con su papá--decía Guimarán por toda contestación--. Yo +no hago más que cumplir su voluntad. + +Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró otra vez, +de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, mientras don +Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía una majestad especial, +compuesta de dolor, locura, abyección y miseria: + +--¡Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, abomino +de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la tienda, +que no me dejarán un copón... ni una patena.... ¡Esa lámpara, seor +bandido! y tú, hija de perdición, no ocultes debajo del mandil... eso... +eso... ese sacramento.... ¡Fuera de aquí!... + +--¡Padre, padre, por compasión... admita usted los santos +sacramentos!... + +--Me los han robado todos... y las lámparas... y tú los ayudas... eres +cómplice.... ¡A la cárcel! + +--Padre, señor, por compasión de su hija... los Sacramentos... tome +usted... tome usted.... + +--No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos... +¿para qué? Si la tomo... ahí se pudrirá en la tienda.... El Provisor les +prohíbe comprar aquí... Ellos, los pobrecitos curas de aldea... ¿qué han +de hacer?... ¡Infelices!... Le temen... le temen.... ¡Infame! +¡Infelices! + +Y don Santos se incorporó como pudo, inclinó la cabeza sobre el pecho, y +lloró en silencio. + +Y repetía de tarde en tarde:--¡Infelices!... Celestina salió de la +alcoba sollozando. + +«Su padre había perdido la cabeza. Ya no podría confesar si no recobraba +la razón... sólo por milagro de Dios». + +--Ni puede, ni quiere, ni debe--exclamó don Pompeyo cruzado de brazos, +inflexible, dispuesto a no dejarse enternecer por el dolor ajeno. + +El día de la Concepción, muy temprano, el médico Somoza dijo que don +Santos moriría al obscurecer. + +El enfermo perdía el uso de la poca razón que tenía muy a menudo; se +necesitaba alguna impresión fuerte para que volviese a discurrir lo poco +que sabía. La entrada de don Robustiano, o sea de la ciencia, le hacía +volver la atención a lo exterior. Al medio día le anunció Celestina que +quería verle el señor Carraspique. Aquel honor inesperado puso al +moribundo muy despierto, Carraspique, sin saludar a don Pompeyo, que se +quedó, siempre cruzado de brazos, a la puerta de la alcoba, se colocó a +la cabecera de Barinaga en compañía de un clérigo, el cura de la +parroquia. Era este un anciano de rostro simpático, de voz dulce, +hablaba con el acento del país muy pronunciado. Carraspique, a quien en +otro tiempo había pedido dinero prestado don Santos, tenía alguna +autoridad sobre el enfermo; no se hablaban muchos años hacía, pero se +estimaban a pesar de las ideas y de la frialdad que el tiempo había +traído. Barinaga, con buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era +ordinario en él, se negó a las pretensiones del ilustre carlista y +sincero creyente D. Francisco Carraspique. + +--«Todo es inútil... la Iglesia me ha arruinado... no quiero nada con la +Iglesia.... Creo en Dios... creo en Jesucristo... que era... un grande +hombre... pero no quiero confesarme, señor Carraspique, y siento... +darle a usted este disgusto. Por lo demás... yo estoy seguro... de que +esto que tengo... se curaría... o por lo menos... se... se... con +aguardiente.... Crea usted que muero por falta de líquidos... gaseosos... +y sólidos.... + +Don Santos levantó un poco la cabeza y conoció al cura de la parroquia. + +--Don Antero... usted también... por aquí... Me alegro... así... podrá +usted dar fe pública... como escribano... espiritual... digámoslo así... +de esto que digo... y es todo mi testamento: que muero, yo, Santos +Barinaga... por falta de líquidos suficientemente... alcohólicos... que +muero... de... eso... que llama el señor médico.... Colasa... o Colás... +segundo.... + +Se detuvo, la tos le sofocaba. Hizo un esfuerzo y trayendo hacia la +barba el embozo sucio de la sábana rota, continuó: + +--Ítem: muero por falta de tabaco.... Otrosí... muero... por falta de +alimento... sano.... Y de esto tienen la culpa el señor Magistral, y mi +señora hija.... + +--Vamos, don Santos--se atrevió a decir el cura--no aflija usted a la +pobre Celesta. Hablemos de otra cosa. Ni usted se muere, ni nada de eso. +Va usted a sanar en seguida.... Esta tarde le traeré yo, con toda +solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a +solas un rato. Y después... después... recibirá usted el Pan del alma.... + +--¡El pan del cuerpo!--gritó con supremo esfuerzo el moribundo, irritado +cuando podía--. ¡El pan del cuerpo es lo que yo necesito!... que así me +salve Dios... ¡muero de hambre! Sí, el pan del cuerpo... ¡que muero de +hambre... de hambre!... + +Fueron sus últimas palabras razonables. Poco después empezaba el +delirio. Celestina lloraba a los pies del lecho. Don Antero, el cura, se +paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable, haciendo +rechinar el piso. Guimarán con los brazos cruzados también, entre la +alcoba y la sala, admiraba lo que él llamaba la muerte del justo. +Carraspique había corrido a Palacio. + +Llegó y todo se supo; el Obispo rezaba ante una imagen de la Virgen, y +al oír que don Santos se negaba a recibir al Señor, y a confesar, +levantó las manos cruzadas... y con voz dulcemente majestuosa y llena de +lágrimas, exclamó: + +--¡Madre mía, madre de Dios, ilumina a ese desgraciado!... + +Estaba pálido el buen Fortunato; le temblaba el labio inferior, algo +grueso, al balbucear sus plegarias íntimas. + +El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en +la cámara roja, cubierta de damasco. + +Carraspique, que vestía el luto reciente de su hija, miraba a don Fermín +con los ojos arrasados en lágrimas. + +«Don Fermín padecía», pensaba el pobre don Francisco y sin querer, con +gran remordimiento, él se alegraba un poco, gozaba el placer de una +venganza... «irracional... injusta... todo lo que se quiera... pero +gozaba acordándose de su hija muerta». + +Sí, don Fermín padecía. «Aquella necedad del tendero de enfrente era una +complicación». + +De Pas ya no era el mismo que sentía remordimientos románticos aquella +noche de luna al ver a don Santos arrastrar su degradación y su miseria +por el arroyo; ahora no era más que un egoísta, no vivía más que para su +pasión; lo que podría turbarle en el deliquio sin nombre que gozaba en +presencia de Ana, eso aborrecía; lo que pudiera traer una solución al +terrible conflicto, cada vez más terrible, de los sentidos enfrenados y +de la eternidad pura de su pasión, eso amaba. Lo demás del mundo no +existía. «Y ahora don Santos moría escandalosamente, moría como un +perro, habría que enterrarle en aquel pozo inmundo, desamparado, que +había detrás del cementerio y que servía para los _enterramientos +civiles_; y de todo esto iba a tener la culpa él, y Vetusta se le iba a +echar encima». Ya empezaba el rum rum del motín, el Chato venía a cada +momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se llenaban de +gente, de enemigos del Magistral... que se le llamaba asesino en los +grupos--porque él obligaba al Chato a decirle la verdad sin +rodeos--asesino, ladrón.... El Magistral al llegar a este pasaje de sus +reflexiones, sin poder contenerse, golpeó el pavimento con el pie. +Carraspique dio un salto. El Obispo, saliendo de su oratorio, con las +manos en cruz, se acercó al Provisor. + +--Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes.... + +--¿Qué?...--Ir yo mismo; ver a ese hombre... quiero verle yo... a mí me +ha de obedecer... yo he de persuadirle.... Que traigan un coche si no +quieres que me vean, una tartana, un carro... lo que quieras.... Voy a +verle, sí, voy a verle.... + +--¡Locuras, señor, locuras!--rugió el Provisor sacudiendo la cabeza. + +--¡Pero Fermo, es un alma que se pierde!... + +--No hay que salir de aquí... Ir... el Obispo... a un hereje +contumaz..., absurdo.... + +--Por lo mismo, Fermo...--¡Bueno! ¡bueno! _Los Miserables_, siempre la +comedia.... La escena del Convencional, ¿no es eso? don Santos es un +borracho insolente que escupiría al Obispo con mucha frescura; don +Pompeyo discutiría con Su Ilustrísima si había Dios o no había Dios.... +No hay que pensar en ello. ¡Absurdo moverse de aquí! + +Hubo algunos momentos de silencio. Carraspique, único testigo de la +escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su +energía. + +«Era verdad, tenía a S. I. en un puño». Después continuó don Fermín: + +--Además, sería inútil ir allá. El señor Carraspique lo ha dicho.... +Barinaga ya ha perdido el conocimiento, ¿verdad? Ya es tarde, ya no hay +que hacer allí. Está ya como si hubiese muerto. + +Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su afán piadoso de +salvar a don Santos, se atrevió a decir: + +--Sin embargo, tal vez.... Se ven muchos casos.... + +--¿Casos de qué?--preguntó el Magistral con un tono y una mirada que +parecían navajas de afeitar--. ¿Casos de qué?--repitió porque el otro +callaba. + +--Puede pasar el delirio y volver a la razón el enfermo. + +--No lo crea usted. Además, allí está el cura... para eso está don +Antero.... ¡Su Ilustrísima no puede... no saldrá de aquí! + +Y no salió. El que entraba y salía era el Chato, Campillo, que hablaba +en secreto con don Fermín y volvía a la calle a recoger rumores y a +espiar al enemigo. El cual se presentaba amenazador en la calle estrecha +y empinada en que vivía don Santos, casi enfrente de la casa del +Magistral. Era la calle de _los Canónigos_, una de las más feas y más +aristocráticas de la Encimada. + +Al obscurecer de aquel día no se podía pasar sin muchos codazos y +tropezones por delante de la tienda triste y desnuda de Barinaga. Sus +amigos, que habían aumentado prodigiosamente en pocas horas, +interceptaban la acera y llegaban hasta el arroyo divididos en grupos +que cuchicheaban, se mezclaban, se disolvían. + +Por allí andaban Foja, los dos Orgaz y algunos otros de los socios del +Casino que asistían a las cenas mensuales en que se conspiraba contra el +Provisor. El ex-alcalde se multiplicaba, entraba y salía en casa de don +Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos. + +--Está espirando.--¿Pero conserva el conocimiento? + +--Ya lo creo, como usted y como yo. Era mentira. Barinaga moría +hablando, pero sin saber lo que decía; sus frases eran incoherentes; +mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija. Unas veces +se lamentaba como el rey Lear y otras blasfemaba como un carretero. + +--Y diga usted, señor Foja, ¿hay arriba algún cura? Dicen que ha venido +el mismo Magistral.... + +--¿El Magistral? ¡No faltaba más! Sería añadir el sarcasmo a la... +al.... No vendrá, no. Quien está arriba es don Antero, el cura de la +parroquia, el pobre es un bendito, un fanático digno de lástima y cree +cumplir con su deber... pero como si cantara. Don Santos era un hombre +de convicciones arraigadas. + +--¿Cómo era? ¿pues ha muerto ya?--preguntó uno que llegaba en aquel +momento. + +--No señor, no ha muerto. Digo eso, porque ya está más allá que acá. + +--También don Pompeyo se ha portado con mucha energía, según dicen.... + +--También...--Pero estando sano es más fácil. + +--Y como no va con él la cosa.... + +--Morirá esta noche.--El médico no ha vuelto.--Somoza aseguraba que +moriría esta tarde. + +--Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado.... + +--El cura dice que durará hasta mañana. + +--Y muere de hambre.--Dicen que lo ha dicho él mismo. + +--Sí, señor, fueron sus últimas palabras sensatas, advirtió Foja +contradiciéndose. + +--Dicen que dijo: «--¡El pan del cuerpo es el que yo necesito, que así +me salve Dios muero de hambre!». + +A Orgaz hijo se le escapó la risa, que procuró ahogar con el embozo de +la capa. + +--Sí, ríase usted, joven, que el caso es para bromas. + +--Hombre, no me río del moribundo... me río de la gracia. + +--Profundísima lección debía llamarla usted. Se muere de hambre, es un +hecho; le dan una hostia consagrada, que yo respeto, que yo venero, +pero no le dan un panecillo.--Así habló un maestro de escuela perseguido +por su liberalismo... y por el hambre. + +--Yo soy tan católico como el primero--dijo un maestro de la Fábrica +Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista cristiano a su +manera--soy tan católico como el primero, pero creo que al Magistral se +le debería arrastrar hoy y colgarlo de ese farol, para que viese salir +el entierro.... + +--La verdad es, señores--observó Foja--que si don Santos muere fuera +del seno de la Iglesia, como un judío, se debe al señor Provisor. + +--Es claro.--Evidente.--¿Quién lo duda?--Y diga usted, señor Foja, +¿no le enterrarán en sagrado, verdad? + +--Eso creo: los cánones están sangrando; quiero decir que la Sinodal +está terminante.--Y se puso algo colorado, porque no sabía si los +cánones sangraban o no, ni si la Sinodal hablaba del caso. + +--¡De modo que le van a enterrar como un perro! + +--Eso es lo de menos--dijo el maestro de la Fábrica--toda la tierra está +consagrada por el trabajo del hombre. + +--Y además en muriéndose uno.... + +--Más despacio, señores, más despacio--interrumpió Foja que no quería +desperdiciar el arma que le ponían en las manos para atacar al +Magistral--. Estas cosas no se pueden juzgar filosóficamente. +Filosóficamente es claro que no le importa a uno que le entierren donde +quiera. Pero ¿y la familia? ¿Y la sociedad? ¿Y la honra? Todos ustedes +saben que el local destinado en nuestro cementerio _municipal_--y +subrayó la palabra--a los cadáveres no católicos, digámoslo así... + +Orgaz hijo sonrió.--Ya sé, joven, ya sé que he cometido un _lapsus_. +Pero no sea usted tan material. + +Aquel grupo de progresistas y socialistas serios miró _en masa_ al +mediquillo impertinente con desprecio. + +Y dijo el socialista cristiano:--Aquí lo que sobra es la materia; la +letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que sobran en +España son oradores.... + +--Pues usted no habla mal ni poco; acuérdese del club difunto, señor +Parcerisa.... + +Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la fábrica. + +Parcerisa sonrió satisfecho. La conversación se extravió. Se discutió si +el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energía al Obispo la +administración del cementerio. + +En tanto subían y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a ver +al enfermo o a su hija. Don Pompeyo había hecho llevar a Celestina a su +cuarto y allí recibía la beata a sus correligionarias y a los sacerdotes +que venían a consolarla. Guimarán no dejaba entrar en la sala más que a +los espíritus fuertes, o por lo menos, si no tan fuertes como él, que +eso era difícil, partidarios de dejar a un moribundo «espirar en la +confesión que le parezca, o sin religión alguna si lo considera +conveniente». + +--¡Muerte gloriosa!--decía don Pompeyo al oído de cualquier enemigo del +Provisor que venía a compadecerse a última hora de la miseria de +Barinaga--. «¡Muerte gloriosa! ¡Qué energía! ¡Qué tesón! Ni la muerte +de Sócrates... porque a Sócrates nadie le mandó confesarse». + +Los que subían o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban una +mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y +cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas. + +Sobre el mostrador, pintado de color de chocolate, un velón de petróleo +alumbraba malamente el triste almacén cuya desnudez daba frío. Aquellos +anaqueles vacíos representaban a su modo el estómago de don Santos. Las +últimas existencias, que había tenido allí años y años cubiertas de +polvo, las había vendido por cuatro cuartos a un comerciante de aldea; +con el producto de aquella liquidación miserable había vivido y se había +emborrachado en la última parte de su vida el pobre Barinaga. Ahora los +ratones roían las tablas de los estantes y la consunción roía las +entrañas del tendero. + +Murió al amanecer. Las nieblas de Corfín dormían todavía sobre los +tejados y a lo largo de las calles de Vetusta. La mañana estaba templada +y húmeda. La luz cenicienta penetraba por todas las rendijas como un +polvo pegajoso y sucio. Don Pompeyo había pasado la noche al lado del +moribundo, solo, completamente solo, porque no había de contarse un +perro faldero que se moría de viejo sin salir jamás de casa. Abrió +Guimarán el balcón de par en par; una ráfaga húmeda sacudió la cortina +de percal y la triste luz del día de plomo cayó sobre la palidez del +cadáver tibio. + +A las ocho se sacó a Celestina de la «casa mortuoria» y _el cuerpo_, +metido ya en su caja de pino, lisa y estrecha, fue depositado sobre el +mostrador de la tienda vacía, a las diez. No volvió a parecer por allí +ningún sacerdote ni beata alguna. + +--Mejor--decía don Pompeyo, que se multiplicaba. + +--Para nada queremos cuervos--exclamaba Foja, que se multiplicaba +también. + +--Esto tiene que ser una manifestación--decía del ex-alcalde a muchos +correligionarios y otros enemigos del Magistral reunidos en la tienda, +al pie del cadáver--. Esto tiene que ser una manifestación: el gobierno +no nos permite otras, aprovechemos esta coyuntura. Además, esto es una +iniquidad: ese pobre viejo ha muerto de hambre, asesinado por los +acaparadores sacrílegos de la _Cruz Roja_. Y para mayor deshonra y +ludibrio, ahora se le niega honrada y cristiana sepultura, y habrá que +enterrarle en los escombros, allá, detrás de la tapia nueva, en aquel +estercolero que dedican a los entierros civiles esos infames.... + +--¡Muerto de hambre y enterrado como un perro!--exclamó el maestro de +escuela perseguido por sus ideas. + +--¡Oh, hay que protestar muy alto! + +--¡Sí, sí!--¡Esto es una iniquidad!--¡Hay que hacer una manifestación! + +Hablaban también muchos conjurados con trazas de curiales de Palacio; +eran amigos del Arcediano, del implacable Mourelo, que conspiraba desde +la sombra. + +--A ver usted, señor Sousa, usted que escribe los telegramas del +_Alerta_... es preciso que hoy retrasen ustedes un poco el número para +que haya tiempo de insertar algo.... + +--Sí, señor, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la mayor energía que +permite la ley, la pícara ley de imprenta, redactaré allí mismo un +suelto convocando a los liberales, amigos de la justicia, etc., etc.... +Descuide usted, señor Foja. + +--Llame usted al suelto: _Entierro civil_. + +--Sí, señor; así lo haré. + +--Con letras grandes.--Como puños, ya verá usted. + +--Eso podrá servir de aviso a todo el pueblo liberal.... + +--¿Vendrán los de la Fábrica? + +--¡Ya lo creo!--exclamó Parcerisa--. Ahora mismo voy yo allá a calentar +a la gente. Esto no nos lo puede prohibir el gobierno.... + +--Como no se alborote.... El entierro fue cerca del anochecer. Sólo así +podían asistirlos de la Fábrica. + +Llovía. Caían hilos de agua perezosa, diagonales, sutiles. + +La calle se cubrió de paraguas. + +El Magistral, que espiaba detrás de las vidrieras de su despacho, vio un +fondo negro y pardo; y de repente, como si se alzase sobre un pavés, +apareció por encima de todo una caja negra, estrecha y larga, que al +salir de la tienda se inclinó hacia adelante y se detuvo como vacilando. +Era don Santos que salía por última vez de su casa. Parecía dudar entre +desafiar el agua o volver a su vivienda. Salió; se perdió el ataúd entre +el oleaje de seda y percal obscuro. En el balcón que había sobre la +puerta, entre las rejas asomó la cabeza de un perro de lanas negro y +sucio: el Magistral lo miró con terror. El faldero estiró el pescuezo, +procuró mirar a la calle y se le erizaron las orejas. Ladró a la caja, a +los paraguas y volvió a esconderse. Lo habían olvidado en la sala, +cerrada con llave por don Pompeyo. + +Guimarán, de levita negra presidía el duelo. + +Delante del féretro, en filas, iban muchos obreros y algunos +comerciantes al por menor, con más, varios zapateros y sastres, rezando +Padrenuestros. + +Guimarán había propuesto que no se dijese palabra. + +«No había muerto el gran Barinaga, aquel mártir de las ideas, dentro de +ninguna confesión cristiana; luego era contradictorio...». + +--Deje usted, deje usted--había advertido Foja con mal gesto--. No +seamos intransigentes, no extrememos las cosas. Es de más efecto que se +rece. + +--Esto no es una manifestación anti-católica--observó el maestro de +escuela. + +--Es anti-clerical--dijo otro liberal probado. + +--El tiro va contra el Provisor--manifestó un lampiño, de la policía +secreta de Glocester. + +Así pues, se convino que se rezaría y se rezó. _Requiescat in pace_, +decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada +oración. + +Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas: +_Requiescat in pace_. + +Ni el latín ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero había que +transigir. + +«Todo aquello era una contradicción, pero Vetusta no estaba preparada +para un verdadero entierro civil». + +Las mujeres del pueblo, que cogían agua en las fuentes públicas, las +ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y por +el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal +calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena, +se arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayoría de votos +condenaban el atrevimiento de enterrar «a un cristiano» (sinónimo de +hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal pergeñadas, +alababan la idea en voz alta. + +Hubo una que gritó:--¡Así, que rabien los de la pitanza! + +Esta imprudencia provocó otra del lado contrario. + +--¡_Anday_, judíos!--exclamaba una moza del partido azotando con un +zueco la espalda de muchos de sus conocidos, peones de albañil y +canteros. + +Detrás del duelo iba una escasa representación del sexo débil; pero, +según las de la cesta y las de las fuentes públicas, «eran malas +mujeres». + +--¡Anda tú, _pendón_! + +--¿Adónde vais, _pingos_? + +Y las correligionarias de don Pompeyo reían a carcajadas, demostrando +así lo poco arraigado de sus convicciones. La noche se acercaba; el +cementerio estaba lejos, y hubo que apretar el paso. + +La lluvia empezó a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los +paraguas retumbaban con estrépito lúgubre y chorreaban por todas sus +varillas. Los balcones se abrían y cerraban, cuajados de cabezas de +curiosos. + +Se miraba el espectáculo generalmente con curiosidad burlona, con algo +de desprecio. «Pero por lo mismo se declaraba mayor el delito del +Magistral. Aquel pobre don Santos había muerto como un perro por culpa +del Provisor; había renegado de la religión por culpa del Provisor, +había muerto de hambre y sin sacramentos por culpa del Provisor». + +«Y ahora los revolucionarios, que de todo sacan raja, aprovechan la +ocasión para hacer una de las suyas...». + +«Y por culpa del Provisor...». + +«No se puede estirar demasiado la cuerda». + +«Ese hombre nos pierde a todos». + +Estos eran los comentarios en los balcones. Y después de cerrarlos, +continuaban dentro las censuras. Muchas amistades perdió De Pas aquella +tarde. + +Sin que se supiera cómo, llegó a ser un _lugar común_, verdad evidente +para Vetusta, que «Barinaga había muerto como un perro por culpa del +Magistral». + +Los amigos que le quedaban a don Fermín reconocían que no se podía +luchar, por aquellos días a lo menos, contra aquella afirmación injusta, +pero tan generalizada. + +El entierro dejó atrás la calle principal de la Colonia, que estaba +convertida en un lodazal de un kilómetro de largo, y empezó a subir la +cuesta que terminaba en el cementerio. El agua volvía a azotar a los del +duelo en diagonales, que el viento hacía penetrar por debajo de los +paraguas. Llovía a latigazos. Una nube negra, en forma de pájaro +monstruoso, cubría toda la ciudad y lanzaba sobre el duelo aquel +chaparrón furioso. Parecía que los arrojaba de Vetusta, silbándoles con +las fauces del viento que soplaba por la espalda. + +Se subía la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado el +féretro miserable se había abierto por dos o tres lados; se veía la +carne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que conducían el +cadáver le zarandeaban. La fatiga y cierta superstición inconsciente les +había hecho perder gran parte del respeto que merecía el difunto. Todos +los hachones se habían apagado y chorreaban agua en vez de cera. Se +hablaba alto en las filas. + +--¡De prisa, de prisa! se oía a cada paso. + +Algunos se permitían decir chistes alusivos a la tormenta. En el duelo +había más circunspección, pero todos convenían en la necesidad de +apretar el paso. + +Aquel furor de los elementos despertó muchas preocupaciones taciturnas. + +Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le +hacía mucho daño, le ponía nervioso y con esto se le achicaba el ánimo. + +--No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podría +creerse que nos está dando azotes con estos diablos de aguaceros. + +Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementerio +se destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del +horizonte. No se veía nada distintamente. Los cipreses, detrás de la +tapia, se balanceaban, parecían fantasmas que se hablaban al oído, +tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar la paz del +camposanto. + +En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades para +entrar. Se habían olvidado ciertos pormenores y la mala fe del +enterrador--tal vez la del capellán también--ponía obstáculos +reglamentarios. + +--¡A ver, dónde está Foja!--gritó don Pompeyo, que no se encontraba con +ánimo para dar otra batalla al obscurantismo clerical. + +Foja no estaba allí. Nadie le había visto en el duelo. + +Don Pompeyo sintió el ánimo desfallecer. «Estoy solo; ese capitán Araña +me ha dejado solo». + +Sacó fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignación general, se +impuso. El cortejo entró en el cementerio, pero no por la puerta +principal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia del +corralón inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que se +enterraba a los que morían fuera de la Iglesia católica. Eran muy pocos. +El enterrador actual sólo recordaba tres o cuatro entierros así. + +El duelo se despidió sin ceremonia; a latigazos lo despedía el viento +con disciplinas de agua helada. + +Don Pompeyo Guimarán salió del cementerio el último. «Era su deber». + +Había cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo alto +de la cuesta. «A su espalda, a veinte pasos tenía la tapia fúnebre. Allí +detrás quedaba el mísero amigo, abandonado, pronto olvidado del mundo +entero; estaba a flor de tierra... separado de los demás vetustenses que +habían sido, por un muro que era una deshonra; perdido, como el +esqueleto de un rocín, entre ortigas, escajos y lodo.... Por aquella +brecha penetraban perros y gatos en el cementerio civil.... A toda +profanación estaba abierto.... Y allí estaba don Santos... el buen +Barinaga que había vendido patenas y viriles... y creía en ellos... en +otro tiempo. ¡Y todo aquello era obra suya... de don Pompeyo; él, en el +café--restaurant de la Paz, había comenzado a demoler el alcázar de la +fe... del pobre comerciante!...». + +Un escalofrío sacudió el cuerpo de Guimarán. Se abrochó. «Había sido +_otra_ imprudencia venir sin capa». + +Entonces sintió que no sentía ya el agua.... «Era que ya no llovía». +Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios de sombra algunas luces +pálidas, las estrellas; y entre las sombras de la ciudad aparecían +puntos rojizos simétricos: los faroles. + +Guimarán volvió a temblar; sintió la humedad de los pies de nuevo... y +apretó el paso. Hubo más, se le figuró que le seguían; que a veces le +tocaban sutilmente las faldas de la levita y el cabello del cogote.... Y +como estaba solo, seguramente solo... no tuvo inconveniente en emprender +por la cuesta abajo un trote ligero, con el paraguas debajo del brazo. + +«No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estábamos +frescos...». + +Y más abajo: «Y de todas maneras, eso de que le han de enterrar a uno de +fijo, sin escape, en ese estercolero... no tiene gracia». + +Y corría, sintiendo de vez en cuando escalofríos. + +Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche. + +«Ya lo decía él; ¡la humedad!». + +Deliró. «Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en el +vientre y por allí entraban y salían gatos y perros, y alguno que otro +diablejo con rabo». + + + + +--XXIII-- + + +_«Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, ex +utero ante luciferum genui te»._ Esto leyó la Regenta sin entenderlo +bien; y la traducción del _Eucologio_ decía: «Tú poseerás el principado +y el imperio en el día de tu poderío y en medio del resplandor que +brillará en tus santos: yo te he engendrado de mis entrañas desde antes +del nacimiento del lucero de la mañana». + +Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario: +_Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui te. Alleluia._ +¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le gritaba el corazón a ella... y el órgano +como si entendiese lo que quería el corazón de la Regenta, dejaba +escapar unos diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban +los ámbitos obscuros de la catedral, subían a la bóveda y pugnaban por +salir a la calle, remontándose al cielo... empapando el mundo de música +retozona. Decía el órgano a su manera: + + Adiós, María Dolores, + marcho mañana + en un barco de flores + para la Habana. + +y de repente, cambiaba de aire y gritaba: + + La casa del señor cura + nunca la vi como ahora... + +y sin pizca de formalidad, se interrumpía para cantar: + + Arriba, Manolillo, + abajo, Manolé, + de la quinta pasada + yo te liberté; + de la que viene ahora + no sé si podré... + arriba, Manolillo, + Manolillo Manolé. + +Y todo esto era porque hacía mil ochocientos setenta y tantos años había +nacido en el portal de Belén el Niño Jesús.... ¿Qué le importaba al +órgano? Y sin embargo, parecía que se volvía loco de alegría... que +perdía la cabeza y echaba por aquellos tubos cónicos, por aquellas +trompetas y cañones, chorros de notas que parecían lucecillas para +alumbrar las almas. + +El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en +algún pilar, un quinqué de petróleo con reverbero, interrumpía las +tinieblas que volvían a dominar poco más adelante. No había más luz que +aquella esparcida por las naves, el trasaltar y el trascoro, y los +cirios del altar y las velas del coro que brillaban a lo lejos, en alto, +como estrellitas. Pero la música alegre botando de pilar en capilla, del +pavimento a la bóveda, parecía iluminar la catedral con rayos del alba. + +Y no eran más que las doce. Empezaba la _misa del gallo_. + +El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella hora sublime, +recordaba todos los aires populares clásicos en la tierra vetustense y +los que el capricho del pueblo había puesto en moda aquellos últimos +años. A la Regenta le temblaba el alma con una emoción religiosa dulce, +risueña, en que rebosaba una caridad universal; amor a todos los hombres +y a todas las criaturas... a las aves, a los brutos, a las hierbas del +campo, a los gusanos de la tierra... a las ondas del mar, a los suspiros +del aire.... «La cosa era bien clara, la religión no podía ser más +sencilla, más evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y amando su +obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios había nacido en la tierra +y por tal honor y divina prueba de cariño, el mundo entero se alegraba y +se ennoblecía; y no importaba que hubiesen pasado tantos siglos, el amor +no cuenta el tiempo; hoy era tan cierto como en tiempo de los Apóstoles, +que Dios había venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los +seres, el mismo. Por consiguiente, el organista hacía muy bien en +declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solía +alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes +bulliciosos a cielo abierto. Aquel recuerdo de canciones efímeras, que +habían sido un poco de aire olvidado, le parecía a la Regenta una +delicada obra de caridad por parte del músico.... Recordar lo más +humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pasó... y dignificar +las emociones profanas del amor, de la alegría juvenil, haciendo resonar +sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jesús... todo esto +era hermoso, según Ana; la religión que lo consentía, maternal, +cariñosa, artística». + +«No había allí barreras, en aquel momento, entre el templo y el mundo; +la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la iglesia; en la +música del órgano había recuerdos del verano, de las romerías alegres +del campo, de los cánticos de los marineros a la orilla del mar; y había +olor a tomillo y a madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del +monte, y dominándolos a todos olor místico, de poesía inefable... que +arrancaba lágrimas...». La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta.... +Su pensamiento al remontarse se extraviaba y al difundirse se +desvanecía.... Apoyó la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar +de piedra, nuevo, que era el principal de la capilla en que estaba, +sumida en la sombra. Apenas pensaba ya, no hacía más que sentir. + +La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se +interrumpía en ambos extremos para dejar espacio a los púlpitos de +hierro, todos filigrana. Servían de atriles para la Epístola y el +Evangelio, sendas águilas doradas con las alas abiertas. Ana vio +aparecer en el púlpito de la izquierda del altar la figura de Glocester, +siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela briscada +despedía rayos herida por la luz de los ciriales que acompañaban al +canónigo. El Arcediano, en cuanto calló el órgano, como quien quiere +interrumpir una broma con una nota seria, leyó la epístola de San Pablo +Apóstol a Tito, capítulo segundo, dándole una intención que no tenía. +Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención del +público, y leía despacio, señalando con fuerza las terminaciones en _us_ +y en _i_ y en _is_: por el tono que se daba al leer no parecía sino que +la epístola de San Pablo era cosa del mismo Glocester, una +composicioncilla suya. El órgano, como si hubiera oído llover, en cuanto +terminó el presuntuoso Arcediano, soltó el trapo, abrió todos sus +agujeros, y volvió a regar la catedral con chorritos de canciones +alegres, el fuelle parecía soplar en una fragua de la que salían chispas +de música retozona; ahora tocaba como las gaitas del país, imitando el +modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del Ayuntamiento +interpretaba el brindis de la _Traviata_ y el Miserere del _Trovador_. +Por último, y cuando ya Ripamilán asomaba la cabecita vivaracha sobre el +antepecho del otro púlpito para cantar el Evangelio, el organista la +emprendió con la _mandilona_: + + Ahora sí que estarás contentón + mandilón, + mandilón, + mandilón. + +Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia, +hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de +paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios +de todos, que nacía, las diferencias políticas eran nimiedades que se +olvidaban. + +Ripamilán no pudo menos de sonreír, mientras colocaba, con gran +dificultad, el libro en que había de leer el Evangelio de San Lucas, +sobre las alas del águila de hierro. + +El Arcediano, en la escalera del púlpito esperaba con los brazos +cruzados sobre la panza; cerca de él y haciendo guardia estaban dos +acólitos con los ciriales; uno era Celedonio. + +«_¡Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!_»... cantó Ripamilán, +muerto de sueño y aprovechándose del canto llano para bostezar en la +última nota. + +«_¡In illo tempore!_»... continuó... En aquel tiempo se promulgó un +edicto mandando empadronar a todo el mundo. Fue cosa de César Augusto, +muy aficionado a la Estadística. «Este empadronamiento fue hecho por +Cirino, que después fue gobernador de la Siria». Ripamilán se dormía +sobre el recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de José +se animó el Arcipreste, figurándose a los santos esposos camino de +Bethlehem (o mejor Belén.) «Y sucedió que hallándose allí le llegó a +María la hora de su alumbramiento; y dio a luz a su Hijo primogénito y +envolviole en pañales y recostole en un pesebre». Ripamilán leía ahora +pausadamente, a ver si se enteraba el público. Cuando llegó a los +pastores que estaban en vela, cuidando sus rebaños, don Cayetano recordó +su grandísima afición a la égloga y se enterneció muy de veras. + +Más enternecida estaba la Regenta, que seguía en su libro la sencilla y +sublime narración. «¡El Niño Dios! ¡El Niño Dios! Ella comprendía ahora +toda la grandeza de aquella Religión dulce y poética que comenzaba en +una cuna y acababa en una cruz. ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que le +pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo que tenía +un poco más abajo, más hacia el medio de su cuerpo!... ¡Y aquel +Ripamilán allá arriba, aquel viejecillo que contaba lo del parto como si +acabara de asistir a él! También Ripamilán estaba hermoso a su manera». + +En tanto el _público_ empezaba a impacientarse, se iba acabando la +formalidad, y en algunos rincones se oían risas que provocaba algún +chusco. En la nave del trasaltar, la más obscura, escondidos en la +sombra de los pilares y en las capillas, algunos señoritos se divertían +en echar a rodar sobre el juego de damas del pavimento de mármol +monedas de cobre, cuyo profano estrépito despertaba la codicia de la +gente menuda; bandos de pilletes que ya esperaban ojo avizor la +tradicional profanación, corrían tras las monedas, y al caer tantos +sobre una sola en racimo de carne y andrajos, excitaban la risa de los +fieles, mientras ellos se empujaban, pisaban y mordían disputándose el +ochavo miserable. + +Pero llegaba la _ronda_ y el racimo de pillos se deshacía, cada cual +corría por su lado. La _ronda_ la presidía el señor Magistral, de +roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas sobre el vientre, llevaba +el bonete; a derecha e izquierda, como dándole guardia caminaban con +paso solemne acólitos con sendas hachas de cera. La _ronda_ daba vueltas +por el trascoro, las naves y el trasaltar. Se vigilaba para evitar +abusos de mayor cuantía. La obscuridad del templo, los excesos de la +colación clásica, la falta de respeto que el pueblo creía tradicional en +la _misa del gallo_, hacían necesarias todas estas precauciones. + +Había otra clase de profanaciones que no podía evitar la ronda. +Apiñábase el público en el crucero, oprimiéndose unos a otros contra la +verja del altar mayor, y la valla del centro, debajo de los púlpitos, y +quedaban en el resto de la catedral muy a sus anchas los pocos que +preferían la comodidad al calorcillo humano de aquel montón de carne +repleta. Como la religión es igual para todos, allí se mezclaban todas +las clases, edades y condiciones. Obdulia Fandiño, en pie, oía la misa +apoyando su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de +Vegallana, y en la nuca sentía la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que +no podía, ni tal vez quería, impedir que los de atrás empujasen. Para la +de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse sin distinción +de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia +conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy +confusa idea. Visitación estaba también allí, más cerca de la capilla, +con la cabeza metida entre las rejas. Paco Vegallana, cerca de +Visitación, fingía resistir la fuerza anónima que le arrojaba, como un +oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja como una cereza, con los +ojos en un San José de su devocionario y el alma en los movimientos de +su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual +amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí en lo obscuro +imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la negrura de su sombra. +Todo el _elemento joven_ de que hablaba _El Lábaro_ en sus crónicas del +pequeñísimo _gran mundo_ de Vetusta, estaba allí, en el crucero de la +catedral, oyendo como entre sueños el órgano, dirigiendo la colación de +Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza +pinchazos de la carne. El sueño traía impíos disparates, ideas que eran +profanaciones, y se desechaban para atenerse a los pecados veniales con +que brindaba la realidad ambiente. Miradas y sonrisas, si la distancia +no consentía otra cosa, iban y venían enfilándose como podían en aquella +selva espesa de cabezas humanas. Se tosía mucho y no todas las toses +eran ingenuas. En aquella quietud soporífera, en aquella obscuridad de +pesadilla hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas +señoritas hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es +claro que no lo decía sino en el seno de la mayor confianza, pensaba, +que el _hacer el oso_, que era a lo que llamaba _timarse_ Joaquín Orgaz, +si siempre era agradable, lo era mucho más en la iglesia, porque allí +tenía un _cachet_. Y para la viuda las cosas con _cachet_ eran las +mejores. + +«En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeración de malos +cristianos», estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarán, que, mal +curado de una fiebre, había consentido en cenar con don Álvaro, Orgaz, +Foja y demás trasnochadores en el Casino y había venido con ellos a la +misa del gallo. + +«¡Sí, le remordía la conciencia, en medio de su embriaguez!, pero el +hecho era que estaba allí. Habían empezado por emborracharle con un +licor dulce que ahora le estaba dando náuseas, un licor que le había +convertido el estómago en algo así como una perfumería... ¡puf! ¡qué +asco!; después le habían hecho comer más de la cuenta y beber, +últimamente, de todo. Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si +alguno de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle ¡oh colmo de +las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con él en medio de la +catedral, donde no había puesto los pies hacía muchos años. Había +protestado, había querido marcharse, pero no le dejaron, y él tampoco se +atrevía a buscar solo su casa; y en la calle hacía frío». + +--Señores--dijo en voz baja a don Álvaro y a Orgaz--conste que protesto, +y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera de ustedes, +al permanecer en semejante sitio. + +--¡Bien, hombre, bien!--Conste que esto no es una abdicación.... + +--No... qué ha de ser... abdicación.... + +--Ni una profanación. Yo respeto todas las religiones, aunque no profeso +ninguna.... ¿Qué dirá el mundo si sabe que yo vengo aquí... con una +compañía de borrachos matriculados? Reconozco en el _Palomo_ el derecho +de arrojarme del templo a latigazos o a patadas.... + +--Ya lo sabemos, hombre...--pudo balbucear Foja--. + +En resumen: don Pompeyo reconoce que él aquí representa lo mismo... que +los perros en misa. + +--Comparación exacta... eso, yo aquí lo mismo que un perro.... Y además +esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista, borracho como ustedes +probablemente: convierte el templo del Señor, llamémoslo así, en un +baile de candil... en una orgía.... Señores, ¿en qué quedamos, es que ha +nacido Cristo o es que ha resucitado el dios Pan? + +--¡Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum. + +Esto lo cantó bajito Joaquín Orgaz, tocando el tambor en la cabeza de +Guimarán. Y acto continuo el mediquillo salió de la capilla obscura +donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una aguja en un +pajar, como él dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre la multitud. Y la +encontró, emparedada entre el formidable Ronzal y el cocinero de Paco. +Joaquín dio media vuelta y se volvió al lado de don Pompeyo. + +La capilla desde la que oía misa la Regenta estaba separada sólo por una +verja alta de la en que se habían escondido los trasnochadores del +Casino. Ana oyó la voz de Orgaz que disuadía al ateo de su propósito de +abandonar el templo. Pero de una capilla a otra no se distinguían las +personas, sólo se veían bultos. + +Cuando pasó la ronda fue otra cosa; las hachas de los acólitos dejaron a +Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del +Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don Álvaro, que +con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la cabeza inclinada, y +cogido a la verja que separaba las capillas, parecía atender a los +oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano. + +El Magistral también pudo ver a la Regenta y a don Álvaro, casi juntos, +aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembló el bonete en las manos; +necesitó gran esfuerzo para continuar aquella procesión que en aquel +instante le pareció ridícula. + +Mesía no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba medio +dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca +escandaloso. Nadie sospechaba su estado. + +Ana siguió viendo a don Álvaro aun después que la ronda se alejó con sus +luces soñolientas. Siguió viéndole en su cerebro; y se le antojó vestido +de rojo, con un traje muy ajustado y muy airoso. No sabía si era aquello +un traje de Mefistófeles de ópera o el de cazador elegante, pero estaba +el enemigo muy hermoso, muy hermoso.... «Y estaba allí cerca, detrás de +aquella reja, ¡si daba tres pasos podía tocarla a ella!». El órgano se +despedía de los fieles con las mayores locuras del repertorio; un aire +que Ana había oído por primera vez al lado de Mesía, en la romería de +San Blas, aquel mismo año.... Cerró los ojos, que se le habían llenado de +lágrimas.... «¡Por dónde la tomaba ahora la tentación! Se hacía +sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos, +que era siempre cosa sagrada, dulce, entrañable.... ¿Qué había pasado en +aquella romería de San Blas? Nada, y sin embargo, ahora recordando +aquella tarde, por culpa del organista, Ana veía a don Álvaro a su lado, +muerto de amor, mudo de respeto, y a sí misma se veía, contenta en lo +más hondo del alma... ¡ay sí, ay sí!... en unas honduras del alma, o del +cuerpo, o del infierno... a que no llegaban las suaves pláticas del +misticismo y fraternidad de que seguía gozando en compañía de aquel +señor canónigo que acababa de pasar por allí, con las manos cruzadas +sobre el vientre, rodeado de monaguillos». + +Cuando Ana procuró sacudir, moviendo la cabeza, aquellas imágenes +importunas y pecaminosas, el templo iba quedándose vacío. Tuvo ella frío +y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en que se apoyaba. Se +levantó y salió de la catedral, que empezaba a dormirse. + +El órgano se había callado como un borracho que duerme después de +alborotar el mundo. Las luces se apagaban.... + +En el pórtico encontró Ana al Magistral. + +Don Fermín estaba pálido; lo vio ella a la luz de una cerilla que +encendieron por allí. Cuando volvió la obscuridad, De Pas se acercó a la +Regenta y con una voz dulce en que había quejas le preguntó: + +--¿Se ha divertido usted en misa? + +--¡Divertirme en misa!--Quiero decir... si le ha gustado... lo que +tocan... lo que cantan.... + +Notó Ana que su confesor no sabía lo que decía. + +En aquel momento salían del pórtico; en la calle había algunos grupos de +rezagados. Había que separarse. + +--¡Buenas noches, buenas noches!--dijo el Magistral con tono de mal +humor, casi con ira. + +Y embozándose sin decir más, tomó a paso largo el camino de su casa. + +Ana sintió deseos de seguirle: ella no sabía por qué pero le tenía +enfadado: ¿qué había hecho ella? Pensar, pensar en el enemigo, gozar con +recuerdos vitandos... pero... de todo eso ¿cómo podía tener don Fermín +noticia?... ¡Y se había marchado así! Una profunda lástima y una +gratitud que parecía amor invadieron el ánimo de Ana en aquel +instante.... «¡Oh! ¿por qué ella no podía ahora ir con aquel hombre, +llamarle, consolarle... probarle que era la de siempre, que ella no le +volvía la espalda como tantas otras?...». «Sí, sí, le volvían la espalda +a él, el santo, el hombre de genio, el mártir de la piedad... le volvían +la espalda las que antes se le disputaban, y todo ¿por qué? por viles +calumnias. Ella no, ella creía en él... le seguiría ciega al fin del +mundo; sabía que entre él y Santa Teresa la habían salvado del +infierno...». Pero no se podía correr detrás de él para consolarle, para +decirle todo esto. «¡Qué hubiera pensado, sin ir más lejos, Petra la +doncella que estaba allí, a su lado, silenciosa, sonriente, cada día más +antipática, y más servicial... y más insufrible!». + +Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se había separado +discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con +tanto garbo, pensó la criada: + +«Están de monos» y sonrió. + +La Regenta tomó el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio dormida; +estaba como embriagada de sueño y música y fantasía.... Sin saber cómo se +encontró en el portal de su casa pensando en el Niño Jesús, en su cuna, +en el portal de Belén. Ella se figuraba la escena como la representaba +un _nacimiento_ que había visto aquella noche a primera hora. + +Cuando se quedó sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al +espejo; suelto el cabello, cayó sobre la espalda. + +«Era verdad, ella se parecía a la Virgen: a la Virgen de la Silla... +pero le faltaba el niño»; y cruzada de brazos se estuvo contemplando +algunos segundos. + +A veces tenía miedo de volverse loca. La piedad huía de repente, y la +dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para aquella +sequedad del alma en la oración o en las lecturas piadosas. Ya meditaba +pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar +abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía. + +«Creía que había muerto aquella Ana que iba y venía de la desesperación +a la esperanza, de la rebeldía a la resignación, y no había tal; estaba +allí, dentro de ella; sojuzgada, sí, perseguida, arrinconada, pero no +muerta. Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que +Herodías le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento, +gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el +cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía +todos los buenos propósitos de Ana la devota, la _hermana_ humilde y +cariñosa del Magistral. + +»¡El Niño Jesús! ¡Qué dulce emoción despertaba aquella imagen! ¿Pero por +qué había servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad +del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una +vaguedad tierna, anhelante». + +Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba frío.... +¡Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas aquellas +luchas de su espíritu ocioso, que buscaba fuera del centro natural de la +vida, fuera del hogar, pábulo para el afán de amor, objeto para la sed +de sacrificios!... + +Sin saber lo que hacía, Ana salió de sus habitaciones, atravesó el +estrado, a obscuras, como solía, dejó atrás un pasillo, el comedor, la +galería... y sin ruido, llegó a la puerta de la alcoba de Quintanar. No +estaba bien cerrada aquella puerta y por un intersticio vio Ana +claridad. No dormía su marido. Se oía un rum rum de palabras. + +«¿Con quién habla ese hombre?». Acercó la Regenta el rostro a la raya de +luz y vio a don Víctor sentado en su lecho; de medio cuerpo abajo le +cubría la ropa de la cama, y la parte del torso que quedaba fuera +abrigábala una chaqueta de franela roja; no usaba gorro de dormir don +Víctor por una superstición respetable; él incapaz de sospechar de su +Ana la falta más leve, huía de los gorros de noche por una preocupación +literaria. Decía que el gorro de dormir era una punta que atraía los +atributos de la infidelidad conyugal. Pero aquella noche había tenido +frío, y a falta de gorro de algodón o de hilo, se había cubierto con el +que usaba de día, aquel gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y +oyó que en aquel traje grotesco Quintanar leía en voz alta, a la luz de +un candelabro elástico clavado en la pared. + +Pero hacía más que leer, declamaba; y, con cierto miedo de que su marido +se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor, +entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño de +una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Víctor +leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera +armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada. + +Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy noble y +verosímil acción la de azotar el aire con el limpio acero. Se trataba de +defender en hermosos versos del siglo diez y siete a una señora que un +su hermano quería descubrir y matar, y don Víctor juraba en quintillas +que antes le harían a él tajadas que consentir, siendo como era +caballero, atrocidad semejante. + +Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en los +pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que +repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido, +la única persona de este mundo que tenía derecho a las caricias de ella, +a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella suponía en la +maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de +Belén y otros recuerdos análogos. + +Iba la Regenta al cuarto de su marido con ánimo de conversar, si estaba +despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, sobre el +lecho. Quería la infeliz desechar las ideas que la volvían loca, +aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la carne +rebelde y desabrida; quería palabras dulces, intimidad cordial, el calor +de la familia... algo más, aunque la avergonzaba vagamente el quererlo, +quería... no sabía qué... a que tenía derecho... y encontraba a su +marido declamando de medio cuerpo arriba, como muñeco de resortes que +salta en una caja de sorpresa.... La ola de la indignación subió al +rostro de la Regenta y lo cubrió de llamas rojas. Dio un paso atrás +Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda +meneó algo en el suelo, porque don Víctor gritó asustado: + +--¡Quién anda ahí! + +No respondió Ana.--¿Quién anda ahí?--repitió exaltado don Víctor, que +se había asustado un poco a sí mismo con aquellos versos fanfarrones. + +Y algo más tranquilo, dijo a poco: + +--¡Petra! ¡Petra! ¿Eres tú, Petra? + +Una sospecha cruzó por la imaginación de Ana; unos celos grotescos, tal +los reputó, se le aparecieron casi como una forma de la tentación que la +perseguía. + +«¿Si aquel hombre sería amante de su criada?». + +--«¡Anselmo! ¡Anselmo!»--añadió don Víctor en el mismo tono suave y +familiar. + +Y Ana se retiró de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus +sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba ridículo, de su +marido, de sí misma... + +«¡Oh, qué ridículo viaje por salas y pasillos, a obscuras, a las dos de +la madrugada, en busca de un imposible, de una grotesca farsa... de un +absurdo cómico... pero tan amargo para ella!...». Y Ana, sin querer, +como siempre, mientras iba a tientas por el salón, pero sin tropezar, +pensaba: Y si ahora, por milagro, por milagro de amor, Álvaro se +presentase aquí, en esta obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la +cintura... y me dijera: tú eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo +carne flaca, qué haría sino sucumbir... perder el sentido en sus +brazos.... «¡Sí, sucumbir!», gritó todo dentro de ella; y desvanecida, +buscó a tientas el sofá de damasco y sobre él, tendida, medio desnuda, +lloró, lloró sin saber cuánto tiempo. + +Una campanada del reloj del comedor la despertó de aquella somnolencia +de fiebre; tembló de frío y a tientas otra vez, el cabello por la +espalda, la bata desceñida, y abierta por el pecho, llegó Ana a su +tocador; la luz de esperma que se reflejaba en el espejo estaba próxima +a extinguirse, se acababa... y Ana se vio como un hermoso fantasma +flotante en el fondo obscuro de alcoba que tenía enfrente, en el cristal +límpido. Sonrió a su imagen con una amargura que le pareció diabólica... +tuvo miedo de sí misma... se refugió en la alcoba, y sobre la piel de +tigre dejó caer toda la ropa de que se despojaba para dormir. En un +rincón del cuarto había dejado Petra olvidados los zorros con que +limpiaba algunos muebles que necesitaban tales disciplinas; y pensando +ella misma en que estaba borracha... no sabía de qué, Ana, desnuda, +viendo a trechos su propia carne de raso entre la holanda, saltó al +rincón, empuñó los zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azotó +su hermosura inútil una, dos, diez veces.... Y como aquello también era +ridículo, arrojó lejos de sí las prosaicas disciplinas, entró de un +brinco de bacante en su lecho; y más exaltada en su cólera por la +frialdad voluptuosa de las sábanas, algo húmedas, mordió con furor la +almohada. A fuerza de no querer pensar, por huir de sí misma, media hora +después se quedó dormida. + +Aquella misma mañana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de la +casa del Magistral. ¿A qué había ido allí? Aquel no era camino de la +catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don Fermín, de verle al +balcón, de algo que ella no podía precisar, le había hecho tomar por la +calle de los Canónigos. No topó con el suyo. Se dirigió a la catedral y +se sentó sobre la tarima que había en medio del crucero, desde el coro a +la capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fría +como un carámbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos, rezando +oraciones que no terminaban y soñando despierta hasta que concluyó el +coro. Vio entrar en él a su amigo, a su De Pas, a quien sonrió cariñosa, +con la dulzura que a él le entraba por las entrañas como si fuera fuego; +el Magistral no sonrió, pero su mirada fue intensa; duró muy poco, pero +dijo muchas cosas, acusó, se quejó, inquirió, perdonó, agradeció... Y +pasó don Fermín. Entró en el coro y se fue a su rincón. Terminadas las +horas canónicas, el Magistral salió, se inclinó ante el Altar, se +dirigió a la sacristía, y a poco volvió a verle la Regenta, sin roquete, +muceta ni capa, con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se +miraron. + +Ahora sonrieron los dos. Ana se levantó cinco minutos después. Sin +necesidad de decírselo, ni por señas, acudieron ambos a una cita.... Se +encontraron a poco en el salón de doña Petronila Rianzares donde habían +muchas señoras y tres clérigos. Allí se había reunido la flor y nata de +lo que llamaba _El Alerta_ «_el elemento levítico_» de la población. +Aquellas señoras de respetable aspecto las más, guapas y jóvenes +algunas, celebraban con alegría evangélica el natalicio de Nuestro Señor +Jesucristo como si el Hijo de María hubiese venido al mundo +exclusivamente para ellas y otras cuantas personas distinguidas. La +Natividad del Señor se les antojaba algo como una fiesta de familia. +Doña Petronila, con una manteleta de raso negro, antiquísima, mal +cortada, recibía a su _mundo devoto_ como si estuviese ella de +cumpleaños. Todo se volvía allí sonrisas, apretones de manos, elogios +mutuos, carcajadas sonoras, que reflejaban el interior contento de +aquellas almas en gracia de Dios. El Magistral fue recibido en triunfo. +¡Qué fino! ¡qué atento! Una hora después tenía que subir al púlpito, en +la catedral, a predicar un sermón de los de tabla, ¡y sin embargo acudía +antes a dar las Pascuas a su amiga doña Petronila! «¡Qué hombre! ¡qué +ángel! ¡qué pico de oro! ¡qué lumbrera!». + +El descrédito de don Fermín no había llegado al círculo de doña +Petronila; allí nadie dudaba de la virtud del Provisor, nadie la +discutía. Si alguno de los presentes, fuera de aquel salón venerable, se +atrevía a calumniar a aquel santo, no se sabía, no se quería saber, pero +en casa del gran Constantino nadie osaría poner en tela de juicio la +santidad del Crisóstomo vetustense. + +Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermín. Fue en el +gabinete de doña Petronila. Ella los encontró...; pero sonriéndoles y +saludando con la mano les dijo, desde la puerta: + +--Nada, nada... venía por unos papeles.... Ya volveré... + +Ana iba a llamarla: «no había secretos, ¿por qué se retiraba aquella +señora?...» esto quería decirle, pero un gesto del Magistral la contuvo. + +--Déjela usted--dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta +siempre le sonaba bien. Eso quería ella, que el Magistral mandase, +dispusiera de ella y de sus actos. + +Ana volvió hacia De Pas, que estaba cerca del balcón y le sonrió como +poco antes en la catedral. Aquella sonrisa pedía perdón y bendecía. + +Don Fermín estaba pálido, le temblaba la voz. Estaba más delgado que por +el verano. En esto pensaba Anita. + +--¡Estoy tan cansado!--dijo él y suspiró con mucha tristeza. + +Ana se sentó a su lado, al verle dejarse caer en una butaca. + +--¡Estoy tan solo!--¿Cómo solo...? No entiendo. + +--Mi madre me adora, ya lo sé... pero no es como yo; ella procura mi +bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe todo +esto, Ana. + +--Pero... ¿por qué está usted solo? y... ¿los demás? + +--Los demás... no son mi madre. No son nada mío. ¿Qué tiene usted, Ana? +¿se pone usted mala? ¿qué es esto? llamaré... + +--No, no, de ningún modo.... Un escalofrío... un temblor... ya pasó... +esto no es nada. + +--¿Tendrá usted un ataque? + +--No... el ataque se presenta con otros síntomas... deje usted... deje +usted. Esto es frío... humedad... nada.... Callaron. De Pas vio que Ana +contenía el llanto que quería saltar a la cara. + +--¿Qué sucede aquí? yo necesito saberlo todo, tengo derecho... creo que +tengo derecho.... + +Ana cayó de rodillas a los pies de su _hermano mayor_, y sollozando pudo +decir: + +--Sí, todo, todo lo sabrá usted... pero aquí no, en la Iglesia.... +Mañana... temprano.... + +--¡No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese +ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos +y llevó los puños crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete. +Volvió a paso largo al lado de la Regenta que seguía de rodillas, +sollozando y ahogando el llanto para que no sonase. + +--Ahora, Ana, ahora es mejor... aquí... aún hay tiempo.... + +--Aquí no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde.... + +--Pero ¿qué es esto... qué pasa? por caridad... señora... por compasión, +Ana... no ve usted que tiemblo como una vara verde.... Yo no soy un +juguete.... ¿Qué pasa... qué debo temer...? Ayer ese hombre estaba +borracho... él y otros pasaron delante de mi casa... a las tres de la +madrugada.... Orgaz le llamaba a gritos: «¡Álvaro! ¡Álvaro! aquí vive... +tu rival... eso decía, tu rival...» ¡la calumnia ha llegado hasta +ahí!... + +Ana miró espantada al Provisor.... Parecía que no comprendía sus +palabras.... + +--Sí, señora, les pesa de nuestra amistad, y quieren separarnos, y así +podrán conseguirlo... echan lodo en medio... y se acabó... + +Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se habían +acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; él +pensaba en ella, pero no convenía a sus planes decir a la Regenta: yo +soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con la malicia.... Pero ahora, +sin poder contenerse, había dicho: _tu rival_, con fuerza... aunque +aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta. + +«Sí, sí, él también era hombre, podía ser rival, ¿por qué no?». No se +conocía; se paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula; +comprendía que en aquel momento diría todo lo que le sugiriese la pasión +exaltada, el amor propio herido.... Después le pesaría de haber +hablado... pero no importaba, ahora quería desahogar. «¡Ay! no era el +Fermín de antaño». + +Ana se levantó, esperó a que el Magistral llegase en sus paseos al +extremo del gabinete y dijo: + +--No me ha comprendido usted.... Yo soy la que está sola... usted es el +ingrato.... Su madre le querrá más que yo... pero no le debe tanto como +yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si hacía falta.... El mundo +entero le calumnia, le persigue... y yo aborrezco al mundo entero y me +arrojo a los pies de usted a contarle mis secretos más hondos.... No +sabía qué sacrificio podría hacer por usted.... Ahora ya lo sé... Usted +me lo ha descubierto.... Hablan de mi honra... ¡miserables! yo no +sospechaba que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo +no quiero separarme del mártir que persiguen con calumnias como a +pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a +mí... yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... ¡Ya sé para qué +sirvo yo! ¡Ya sé para qué nací yo! Para esto.... Para estar a los pies +del mártir que matan a calumnias.... + +--¡Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa señora.... + +El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos como brasas, se +acercó a la Regenta, le oprimió las manos y dijo ronco, estrangulado por +la pasión: + +--¡Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la catedral... junto +al altar de la Concepción... en frente del púlpito.... + +--Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tenía +que decir... está dicho.... + +--¡Pero ese hombre!...--De ese hombre... nada. La voz de doña Petronila +se había oído cuando el Magistral avisó que llegaba. Hablaba desde lejos +la señora de Rianzares, que decía: + +--Allá va, allá va el señor Magistral, está en mi gabinete solo, +repasando su sermón sin duda.... + +Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la +confusión que él hubiera leído en el rostro de ella, a no haber tenido +que atender a doña Petronila que gritaba: + +--Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado la +misa.... + +El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba, por donde había +entrado el ama de la casa. + +Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas +manos la besó con estrépito en la frente; y después dijo: + +--¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó! + +--¡A la catedral, a la catedral!--gritaron los del salón. + +Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas +subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán cantara al +comenzar el día el Evangelio de San Lucas. + +Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción. + +--Desde aquí se ve perfectamente--dijo doña Petronila. + +E inclinándose hacia Ana, añadió en voz baja y melosa: + +--¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los +gentiles! ¡Qué roquete! Parece de espuma.... En el nombre del Padre..., +del Hijo... y del Espíritu.... Santo... + + + + +--XXIV-- + + +--Pero, ¿y si él se empeña en que vaya? + +--Es muy débil... si insistimos, cederá. + +--¿Y si no cede, si se obstina? + +--Pero, ¿por qué?--Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la +cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy.... Y nos alude... habla +del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que +se la gobiernan desde fuera.... Y después, que la Marquesa está ya algo +fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo! + +--Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese +baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda +con él? ¿Tan amigotes siempre? + +--Ya se sabe que a casa no le lleva.... + +--¿Y es de etiqueta el baile?--Creo... que sí...--¿Hay que ir +escotada?--Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van +como quieren; algunas completamente _subidas_. + +--Nosotros iremos... _subidos_ ¿eh? + +--Sí, es claro.... ¿Cuándo toca la catedral? ¿pasado? pues pasado iré a +la capilla con el vestido que he de llevar al baile. + +--¿Cómo puede ser eso?... + +--Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la +falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a +confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos +satisfechos. + +--Así lo espero. Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de +que _fuéramos_ al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los +ojos a la celosía del confesonario, era bastante subido, no dejaba ver +más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes, +que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el +conjunto. + +Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don +Víctor se empeñó «en que se fuera, y se fue». + +Aquel acto de energía, verdaderamente extraordinario, le hacía pensar al +ex-regente, mientras subían la escalera del caserón negruzco del Casino, +que él, don Víctor, hubiera sido un regular dictador. «Le faltaba un +teatro, pero no carácter. Que lo dijera su mujer, que mal de su grado +subía colgada de su brazo, hermosísima, casi contenta, pese a todos los +confesores del mundo. Ya no estábamos en el Paraguay: ¡A él jesuitas!». + +Era lunes de Carnaval. El día anterior, el domingo se había discutido +con mucho calor en el Casino si la sociedad abriría o no abriría sus +salones aquel año. Era costumbre inveterada que aquel _círculo +aristocrático_ (como le llamaba el _Alerta_, a cuyos redactores no se +convidaba nunca, porque se empeñaban en asistir de _jaquet_) diese +baile, pero jamás de trajes, el lunes de Carnaval. + +--¿Por qué no ha de ser este año como los demás?--preguntaba Ronzal, que +acababa de hacerse un frac en Madrid. + +--Porque este año el Carnaval está muy desanimado por culpa de los +Misioneros, por eso--respondía Foja, a quien había metido en la Junta +directiva don Álvaro. + +--La verdad es--dijo el presidente, Mesía--que nos exponemos a un +desaire. La mayor parte de las señoritas _comm'il faut_ están entregadas +en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que muchas traen cilicios debajo +de la camisa. + +--¡Qué horror!--exclamó don Víctor, que estaba presente, aunque no era +de la Junta. (Pero por no separarse de Mesía.) + +--Sí, señor, cilicios--corroboró Foja--. Amigo, el Magistral no puede +tanto. No ha conseguido que sus hijas de confesión usen cilicios y otras +invenciones diabólicas. + +--Porque tampoco se lo ha propuesto--contestó Ronzal. + +Don Álvaro observó que Quintanar se ponía colorado. Le había sabido mal +la alusión de Foja. «Sí, aludía a su mujer al hablar del Magistral; con +él iba la pulla». + +--Lo cierto es--continuó el ex-alcalde--que nos exponemos a un desaire, +como dice muy bien el presidente. La flor y nata de la _conservaduría_, +que son las que animan esto, no vendrá; las conozco bien: ahora se +divierten en jugar a las santas. Ahora son místicas... zurriagazo y +tente tieso, ¡ja, ja, ja! + +--A mí se me ocurre una cosa--dijo Mesía--. Exploremos el terreno. +Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias +distinguidas se enteren de si las niñas vienen o no. Si ellas asisten, +las demás, las de reata, vendrán de fijo, _malgré_ todos los jesuitas y +padres descalzos del mundo. + +--¡Magnífico! ¡Magnífico! + +--Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreció traer a quien +pudiera. + +Don Víctor, a quien otra pulla de Foja había picado mucho, no pudo menos +de decir: + +--Yo, señores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila pero hace +bulto. + +--¡Oh, gran adquisición!--dijo un socio--; si doña Ana viene, será un +gran ejemplo, porque ella, hace tanto tiempo retirada... ¡oh! será un +gran ejemplo. + +--Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenará esto con +lo mejorcito. + +--Señor Quintanar--dijo el ex-alcalde--se le declara a usted benemérito +del Casino... si consigue traer a su señora la Regenta. + +--Pues sí señor ¡que vendrá!... En mi casa, señor Foja, una ligera +insinuación mía es un decreto sancionado.... + +Y don Víctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le había +ocurrido asistir a la Junta. + +«¿Por qué habría ofrecido él lo que no había de cumplir?». + +«Sin embargo, la palabra era palabra». + +Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el +infierno con horror. De su piedad pasajera sólo le quedaba la convicción +de que son necesarias las buenas obras además de la fe para salvarse, y +la costumbre de persignarse al levantarse, al salir de casa, al dormir, +etc., etc. Había vuelto a Calderón y Lope con más entusiasmo que nunca. +Se encerraba en su despacho o en su alcoba y recitaba grandes +_relaciones_ como él decía, de las más famosas comedias, casi siempre +con la espada en la mano. Así le había sorprendido su mujer, sin que él +lo supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que había cenado +fuerte el buen señor y se le había ocurrido celebrar a su modo el +Nacimiento de Jesús. + +Pero si la propia religiosidad había volado, o se había escondido en +pliegues recónditos del alma, donde él no la encontraba, don Víctor +respetaba la piedad ajena. + +«No obstante, se decía a sí mismo, animándose al ataque, mi mujer ya no +va para santa; respeto como antes su piedad, pero ya no me da miedo; ya +es una devota como otras muchas, va y viene, y no se detiene; la novena, +la misa, la cofradía, la visita al Santísimo... pero ya no tenemos +aquellas encerronas con que a mí me asustaba, como si tuviéramos un +para-rayos en casa. Ea, pues, me atrevo, se lo digo...». + +Y se lo dijo. Se lo dijo cuando acababan de comer. Con gran sorpresa del +enérgico marido «que no quería que su casa fuese un nuevo Paraguay» +(alusión que no entendió Ana), la esposa no resistió tanto como él +esperaba; se rindió pronto. Pero él lo achacó a la propia energía. +«Comprende que yo no he de ceder y no se obstina». + +Cuando Ana consultó con el Magistral en casa de doña Petronila, ya tenía +dado su consentimiento. Pero pensaba retirarlo si el canónigo decía _non +possumus_. + +Todo se arregló, menos la conciencia de Ana que siguió intranquila. +«¿Por qué había dicho que sí después de una débil resistencia? ¿A qué +iba ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero ¿por qué +estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora sí?». + +No lo sabía; no quería saberlo. No quería atormentarse más. + +«El baile y ella ¿qué tenían que ver? ¿qué le importaba a ella, a la +_hermana_ de don Fermín el santo, el mártir, que bailasen o no las +muchachas insulsas de Vetusta en el salón estrecho y largo del Casino? +Nada, nada». + +Así pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las propias +manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel +ángulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba ver. + +Ronzal, de la comisión que recibía a las señoras, se apresuró, en cuanto +asomaron los de Quintanar en el vestíbulo, a ofrecer a la Regenta su +brazo. ¿Cuál? «el derecho, sin duda el derecho pensó». Grande fue su +pena al notar que Paco Vegallana ofrecía a Olvido Páez que entraba al +mismo tiempo, no el brazo derecho, sino el izquierdo. De todos modos +entró en el salón triunfante con su pareja... de un minuto. Tuvo tiempo +suficiente, sin embargo, para participar del triunfo de Ana. Las +conversaciones se suspendieron, las miradas se clavaron en la hija de la +italiana. Hubo un rumor de asombro: + +--¡La Regenta!--¡La Regenta!--¡Quién lo diría! + +--¡Pobre Magistral!--¡Y qué hermosa!--¡Pero qué sencilla!... + +Esta exclamación fue de Obdulia. + +--¡Qué sencilla, pero qué hermosa!... + +--La virgen de la Silla...--La Venus del Nilo, como dice Trabuco. + +Esto lo dijo Joaquín Orgaz. El círculo de la nobleza se abrió para +acoger en su seno a la _Hija pródiga de la Sociedad_, como acertó a +decir el barón de la Barcaza, que _in illo tempore_ había estado muy +enamorado de Anita, a pesar de la señora baronesa e hijas. + +La marquesa de Vegallana, todavía de azul eléctrico, se levantó de su +silla de raso carmesí con respaldo de nogal, y abrazó sin que pareciera +mal, a su querida Anita. + +--Hija, gracias a Dios, creía que era el desaire ciento uno. + +La Marquesa también había puesto empeño en que Ana asistiera al baile y +a la cena, «que tendría la _élite_ en _petit comité_». Todos estos +galicismos los había importado Mesía. + +--¡Pero qué divina, Ana, pero qué divina!--le decía a la Regenta cara a +cara, y con voz gangosa, la hija mayor del Barón, Rudesinda, que según +don Saturnino Bermúdez, era una _belleza ojival_. En efecto, parecía una +torrecilla gótica, aunque, por ciertas curvas del busto, sobre todo del +cuello, a la Marquesa se le antojaba «un caballo de ajedrez». + +Por lo demás, a ella y a sus dos hermanas, las llamaban los plebeyos +«Las tres desgracias», y a su señor padre, barón de la Barcaza, el barón +de la _Deuda flotante_, aludiendo al título y a los muchos acreedores +del magnate. + +Solía esta familia, digna de mejores rentas, pasar gran parte del año en +Madrid, y las _niñas_ (de veintiséis años la menor) cuando estaban en +público ante los vetustenses fingían disimular su desprecio de todo lo +que les rodeaba. Refugiábanse en el círculo aristocrático, donde +también entraban, por especial privilegio, Visitación y Obdulia, +pariente de nobles. Las señoritas de la clase media (y cuenta que en +Vetusta el gobernador civil y familia entraban en la aristocracia) se +vengaban de aquel desdén mal disimulado contándoles los huesos de la +pechuga a las del barón y a otras jóvenes aristócratas. Daba la +casualidad de que casi todas las niñas nobles de Vetusta eran flacas. + +Ana se sentó al lado de la marquesa de Vegallana, única persona que le +era simpática entre todas las del corro. Entonces anunciaba la orquesta +un rigodón. + +Y no fue vana su amenaza; a los dos minutos aquellos violines y violas, +clarinetes y flautas, a quienes acompañaba en su laboriosa gestación +armónica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus acordes, +como se prometía decir en _El Lábaro_ del día siguiente Trifón Cármenes, +el cual había osado preguntar a la hija segunda del barón «si le +favorecía». Mal gesto puso Fabiolita, que así se llamaba, pero una seña +de su padre la obligó _a favorecer_ a Trifón, aunque se propuso no +contestarle, si él se atrevía a hablar, más que con monosílabos. El +barón de la Deuda Flotante creía en el poder de la prensa periódica, +pero su hija no. Enfrente de esta pareja se colocó resplandeciente +Ronzal, el gallardo Trabuco, diputado de la comisión y miembro de la +Junta directiva del Casino. La pechera que lucía Ronzal no podía ser más +brillante. Estaba él orgulloso de aquella pechera, de aquel frac +madrileño, de aquellas botas sin tacones que eran la última moda, lo más +_chic_, como ya empezaba a decirse en Vetusta. Pero no estaba tan +satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el _arte de Terpsícore_ +(otra frase que Trifón se proponía emplear.) Tenía a su lado Trabuco, +como pareja a Olvido Páez, que no le miraba siquiera. Pero él no +pensaba en esto, pensaba en que, según veía, tarde ya, le tocaba romper +la marcha; su _bis a bis_ era Trifón, y Trifón había empezado a ponerse +en movimiento. Trabuco sudaba antes de haber motivo para ello. A cada +momento se metía los dedos de la mano derecha entre el cuello de la +camisa y lo que él llamaba _mi pescuezo_ cuando «apostaba la cabeza» por +cualquier cosa. Aquel movimiento le parecía muy elegante y sobre todo +era muy socorrido. Mientras la de Páez daba a entender con su aire +melancólico y aburrido que su reino no era de este mundo, y que Ronzal +había hecho demasiado atreviéndose a invitarla a bailar, el diputado +ponía los cinco sentidos en no equivocarse, en no pisar el vestido ni +los pies a ninguna señorita y en imitar servilmente las idas y venidas y +las genuflexiones de Trifón. Mal poeta era Cármenes, pero el rigodón lo +conocía muy a fondo. Bien se lo envidiaba Ronzal. La de Páez y la del +barón al pasar cerca una de otra se sonreían discretamente, como +diciendo:--¡Vaya todo por Dios! o bien ¡qué par de cursis nos han +tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran; pensaba en la pechera, +en el cuello de la camisa, y en las colas de los vestidos. A su derecha +tenía Trabuco a Joaquín Orgaz que hablaba sin cesar con su pareja, una +americana muy rica y muy perezosa. Como el salón era estrecho y las +costumbres vetustenses un poco descuidadas, las parejas, mientras no les +tocaba moverse, se sentaban en la silla que tenían detrás de sí muy +cerca. Ronzal, que no podía sentarse, porque no tenía dónde, pensaba que +aquello era una corruptela, y era verdad. La de Páez y la del barón +apenas se tenían en pie; se dejaban caer sobre su silla respectiva, como +si cada figura del rigodón fuera un viaje alrededor del mundo. + +Después del rigodón vino un wals. Ronzal se retiró a fumar un cigarro de +papel. Él no bailaba wals, no había podido aprender nunca. Todas las +puertas del salón estaban atestadas de socios... que no tenían frac. Un +frac en Vetusta suponía _cierta posición_. Muchos _pollos_ se figuraban +que semejante prenda exigía la fortuna de un Montecristo. + +Y como el baile era de etiqueta, la más florida juventud se quedaba a la +puerta. Unos fingían desdeñar el ridículo placer de dar vueltas por allí +como una peonza... _para nada_. Otros hacían alardes de desidia, de +escepticismo, de cualquier cosa que fuera incompatible con el frac, +según ellos. Y algunos, más ingenuos, confesaban la penuria de su +presupuesto, maldecían de las exigencias sociales... y se reservaban +para «última hora». Porque a última hora bailaban, pese a Ronzal, los de +levita, los de _jaquet_ y hasta los de cazadora. «¡No faltaba más!». + +Saturnino Bermúdez, que tenía frac, y clac y todo lo necesario, llegó un +poco tarde al salón. Se detuvo en una puerta... y... tembló. No podía +remediarlo.... La emoción de entrar en los salones en día solemne era +para él semejante a la de echarse al agua. Y en efecto, cualquier +observador hubiera dicho que aquel hombre creía estar en aquel umbral a +la orilla del Océano. Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a las +bromas de los envidiosos sin frac que le decían: + +--¡Vamos, hombre, láncese usted... valor! + +--Ya... ya... voy... no si... ya voy.... + +Y sujetó bien los guantes, y se arregló el lazo de la corbata, y se +aseguró de que el pañuelo estaba en su sitio, y... también pasó dos +dedos por la tirilla de la camisola. Por último... a la una, a las +dos... (a las dos se compuso el peinado con los dedos, sin recordar que +traía la cabeza como un recluta) y después de este ademán automático, +muy frecuente en los que van a arrojarse al baño de cabeza... después de +esto ¡al agua! Saturno entra en el salón, saludando a diestro y +siniestro, y aunque parece que su propósito es enterarse de quién está +allí, en el _fuero interno_ bien sabe él que lo que busca es un rincón +de un diván o una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada +navegación por los mares del _gran mundo_. Pero poco a poco se +acostumbra al agua, es decir, al salón, y ya está allí muy tranquilo, y +baila y dice galanterías en unos párrafos tan largos y complicados, que +nadie se los agradece. + +Ana al principio tenía sueño. Eran las doce. No pensaba más que en lo +que pasaba ante sus ojos. No quería reflexionar. Al entrar en el Casino +se había dicho: «¿Se acercará don Álvaro a saludarme?». Y había sentido +miedo y estuvo tentada a fingirse enferma para volver a casa. Pero +aquella idea pasó. Álvaro no acababa de parecer por allí. La Marquesa +hablaba como una cotorra. Anita contestaba con sonrisas.... De pronto +apareció Visitación la del Banco, que vestía un traje de organdí con +flores de trapo por arriba y por abajo. El escote era exagerado. + +--Chica, vienes escandalosa--le dijo la Marquesa, mientras le mordía la +cara al besarla, para apagar así la risa. + +Visita miró como pudo hacia donde había mirado doña Rufina, y contestó +sin turbarse: + +--¡Bah, no me parece! Pero no sería extraño, porque ni tiempo he tenido +para mirarme al espejo.... ¡Aquellos demonios de hijos! ¡Su padre que no +tiene energía, que no sabe engañarlos!... no me los podía quitar de +encima. + +¿Pero Ana, qué es esto? ¿tú aquí? pero feísima mía, ¿qué es esto? ¿qué +bula tenemos?... + +Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a +la Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra. + +La que estaba de pie inclinaba el cuerpo hacia atrás. + +Media hora después, Visita, un poco escondida detrás del cortinaje de un +balcón, refería una historia a la Regenta, que la oía atenta, vuelta +hacia el rincón de su amiga. + +El baile se animaba, la maledicencia y los recelos ridículos de la +etiqueta fría e irracional de nobles y plebeyos codeándose, dejaban el +puesto a otros vicios y pasiones. Ronzal ya no parecía a la de Páez un +_hombre tosco_, sino un hombre; las del barón se humanizaban, las niñas +de _la clase media_ olvidaban los huesos que enseñaba la nobleza, y +pensaban en la alegría ambiente, se entregaban al baile con furor +invencible, como ansiando beber en aquella atmósfera perfumada, +demasiado perfumada tal vez, el licor desconocido que pudiera saciar sus +vagos anhelos. Las cursis, si eran bonitas ya no parecían cursis; ya no +se pensaba en la _reina del baile_, en el _mejor traje_, en las joyas +más ricas; la juventud buscaba a la juventud, algo de amor volaba por +allí; ya había miradas de fuego, sonrisas perezosas que presentían +imposibles, celos dramáticos que daban al conjunto un tono de grandeza. +Las niñas más recatadas, y hasta las más parecidas a muñecas de resorte, +hacían pensar en la mujer que traían debajo de aquellos vestidos +vulgares y de aquella educación falsa y desabrida. + +Ana, a las dos de la mañana se levantó de su silla por vez primera y +consintió en dar una vuelta por el salón, en un intermedio del baile. +Visita iba a su lado callada, pensativa, satisfecha de lo que acababa de +hacer. Había referido a la Regenta la historia de don Álvaro desde +principios del verano pasado hasta la fecha. La del Banco echaba fuego +por ojos y mejillas. Saboreaba el triunfo de su elocuencia. Ana +disimulaba mal la impresión viva y profunda que le causaron las palabras +de su amiga. «Don Álvaro había vencido la virtud de la _ministra_, había +sido su amante todo el verano en Palomares... y después se había burlado +de ella, no había querido seguirla a Madrid». Esta era en resumen la +historia. Y el final así, lo recordaba Ana palabra por palabra: + +«Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque +ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté: + +«Pero, chico, ¿cómo diablos dejaste a esa mujer siendo tan hermosa, +influyente... y tan lista como dices? ¿Por qué no seguirla a Madrid? + +Y Álvaro me contestó muy triste, ya sabes qué cara pone cuando habla +así, me contestó: + +«Pche... para amoríos basta el verano. El invierno es para el amor +verdadero. Además, la ministra, como tú la llamas, a pesar de todos sus +encantos no consiguió lo que yo quería... hacerme olvidar... lo que no +te importa. Y después de suspirar como tú sabes que él suspira, añadió +Álvaro: ¿Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor, +le dio un temblorcico así como un escalofrío.... Ya ves, dijo luego, +queriendo sonreír, me ofrecían un distrito, un distrito de cunero, _sine +cura_ admirable (sine cura, dijo)... apetitoso bocado... pero, ¡quiá!... +yo estoy atado a una cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apretó +la mano, chica, y se fue yo creo que para que no le viera llorar». + +Esto era lo más sustancial de las confidencias de Visita. Ana saludaba a +diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba más que +en aquella confesión de don Álvaro. «De que era verosímil respondía el +efecto que su presencia, la de Ana, había producido aquella noche en el +Casino.... Ahora, ahora mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus oídos +el rumor dulce, más dulce que todos los rumores, de la alabanza +contenida, de la admiración estupefacta... de la galantería sincera y +discreta.... ¿Por qué don Álvaro no había de estar tan enamorado como la +historia de Visita daba a entender?». + +--Oye, tú--dijo la del Banco, volviéndose de repente a la +Regenta--¿quién será esa cadena? + +--¿Qué cadena?--preguntó con voz temblorosa Anita. + +--Bah, la que sujeta a Mesía, la mujer que le tiene enamorado de veras. +¡Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero ¿quién será? + +--Qué... sé yo...--¿Te atreverías tú a preguntárselo? + +--Dios me libre.--Debe de ser casada...--¡Jesús!--Mira, esta noche le +voy a sentar junto a ti, a ver, si después de la cena se atreve a +decírtelo.... Pregúntaselo tú misma.... + +--¡Visitación! tú estás loca.... + +--Ja, ja, ja... ahí le tienes... ahí le tienes.... Ya me contarás.... + +La de Olías de Cuervo soltó el brazo de Ana y desapareció entre los +grupos que dificultaban el tránsito por el salón estrecho. + +La Regenta vio enfrente de sí a don Álvaro, del brazo de Quintanar, su +inseparable amigo. + +El frac, la corbata, la pechera, el chaleco, el pantalón, el clac de +Mesía, no se parecían a las prendas análogas de los demás. Ana vio esto +sin querer, sin pensar apenas en ello, pero fue lo primero que vio. Se +le figuraban ya todos los caballeros que andaban por allí, don Víctor +inclusive, criados vestidos de etiqueta; todos eran camareros, el único +señor Mesía. De todas maneras estaba bien don Álvaro; de frac era como +mejor estaba. En todas partes parecía hermoso, dominaba a todos con su +arrogante figura; allí, en el baile, debajo de aquella araña de cristal, +que casi tocaba con la cabeza, era más elegante, más bizarro, más airoso +que en cualquier otro sitio. El baile animado, ardiendo de voluptuosidad +fuerte y disimulada, era el cuadro propio para servir de fondo a la +figura que ella, la pobre Ana, había visto tantas veces en sueños. + +Todo esto pasó por el cerebro de la Regenta mientras Mesía, sin ocultar +la emoción que le ponía pálido, se inclinaba con gracia, y alargaba +tímidamente una mano. + +Antes que ella quisiera, Ana sintió sus dedos entre los del enemigo +tentador... debajo de la piel fina del guante la sensación fue más +suave, más corrosiva. Ana la sintió llegar como una corriente fría y +vibrante a sus entrañas, más abajo del pecho. Le zumbaron los oídos, el +baile se transformó de repente para ella en una fiesta nueva, +desconocida, de irresistible belleza, de diabólica seducción. Temió +perder el sentido... y sin saber cómo, se vio colgada de un brazo de +Mesía.... Y entre un torbellino de faldas de color y de ropa negra, +oyendo a lo lejos la madera constipada de los violines y los chirridos +del bronce, que a ella se le antojaba música voluptuosa, pudo comprender +que la arrastraban fuera del salón. Gritaba la Marquesa, reía a +carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Barón... y +atrás quedaba el ruido del wals que comenzaba. + +«¿A dónde la llevaban?». A cenar. + +--A cenar, hija mía--le dijo al oído Quintanar--. ¡Y por Dios, Anita, +que no se te ocurra negarte... sería un desaire!... + +La Marquesa de Vegallana y su tertulia, más la del barón de la Barcaza y +Pepe Ronzal cenaron en el gabinete de lectura. Todo fue cosa de Trabuco. +Convídesele, había dicho Mesía y la vanidad satisfecha le inspirará +maravillas. En efecto Ronzal, abusando de su cargo en la Junta +directiva, acaparó lo mejor del restaurant, tomó por asalto el gabinete +de lectura, quitó periódicos de la mesa y puso manteles, cerró con llave +la puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba +cerca del armario de libros, y allí pudo cenar la flor y nata de la +nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se +encargó desde el primer momento de premiar el celo y la actividad de +Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron por +su energía para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de la mesa. +Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movían. Obdulia le +sentó a su lado. ¡Feliz Ronzal aquella noche! + +Ana se encontró sentada entre la Marquesa y don Álvaro. Enfrente don +Víctor, un poco alegre, fingía enamorar a Visitación y recitaba versos +de sus poetas adorados y repetía hasta parecer un martillo: + + ¿Qué delito cometí + para odiarme, ingrata fiera? + quiera Dios... pero no quiera + que te quiero más que a mí. + +--Por Dios y por las once mil... cállese usted, Quintanar--decía la +Marquesa. + +Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitación: + + En fin, señora, me veo + sin mí, sin Dios y sin vos, + sin vos porque no os poseo... + +Y Visitación le tapaba la boca con las manos. + +--¡Escandaloso, escandaloso! gritaba. + +Las de la Deuda Flotante sonreían y se miraban como diciéndose:--¡Buena +sociedad la de la Marquesa! + +El Marqués le decía en tanto al barón: + +--¡Como estamos en confianza!... + +--¡Oh, perfectamente, perfectamente! + +Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristócrata que +estaba sola. + +Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y «le hacía el amor +por todo lo alto», aunque a su madre no le gustaba, porque era feo +engañar a una prima. + +Joaquín Orgaz había prometido cantar _por lo flamenco_ a los postres. + +La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena +champaña; en fin, como decía el Marqués, primero mar y pimienta, después +fantasía y alcohol. + +Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá fuera +seguían bailando y tenían que contentarse con los helados que se +servían sobre las mesas de billar. + +De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera. + +--¿Quién está ahí?--gritaba Ronzal con su alabada energía. + +--Mi abrigo... café con leche... tengo ahí dentro mi abrigo.... + +--Ja, ja, ja...--contestaban los de dentro. + +--¡Está esto que arde!--le decía Joaquín Orgaz a una niña del barón, que +sonreía y miraba al techo. + +«Sí ardía aquello, pero sin faltar a las reglas del buen tono +vetustense», decía el Marqués al Barón, que estaba ya como un tomate y +cada vez más cerca de la jamona. + +La Marquesa tenía sueño, pero así y todo le gustaba la broma. + +--Así debiera ser siempre--le decía a Saturnino que estaba decidido a +emborracharse para no desentonar. + +--Este poblachón se va poniendo lo más soso. ¿Verdad, pollo? + +--So... sí... si... mo...--Saturno bebió una copa de champaña acto +continuo. Lo de pollo le había halagado. + +A la Marquesa se le ocurrió el disparate, tal vez sugerido por las +nieblas del sueño, de mirar muy fijamente a Bermúdez, y ponerle unos +ojos que ella sabía que _in illo tempore_ mareaban a cualquiera. + +--¿Por qué no se casa usted?--preguntó doña Rufina seria y melancólica, +al parecer. + +Bermúdez sostuvo la mirada de la ilustre dama y olvidó por un momento +los cincuenta años de la Marquesa. Suspiró... y en seguida se le subió +la champaña a las narices, tosió, se puso casi negro, medio asfixiado y +la Marquesa tuvo que darle palmadas en la espalda. + +Cuando Saturnino volvió en sí, la de Vegallana tenía los ojos cerrados y +sólo los abría de tarde en tarde para mirar a la Regenta y a Mesía. + +¡El idilio senil con que soñó un instante Bermúdez se había deshecho... +y eso que él ya se había acordado de Ninon de Lenclós para justificar a +los ojos del mundo unas relaciones con doña Rufina! + +En tanto don Álvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia que +ella había oído ya a Visita, aunque en forma muy distinta. + +No había podido la Regenta resistir a la tentación de preguntarle si se +había divertido mucho aquel verano.... + +Mesía vio el cielo abierto en aquella pregunta. + +Supo _hacerse el interesante_, lo cual poco trabajo le costaba +tratándose de Ana, que cada día iba descubriendo en él, aun sin verle, +más encantos diabólicos. + +El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el +café... el ambiente, todo contribuía a embotar la voluntad, a despertar +la pereza y los instintos de voluptuosidad.... Ana se creía próxima a una +asfixia moral.... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos +aquellos vulgares placeres, en aquella seducción de una cena en un +baile, que para los demás era ya goce gastado.... Sentía ella más que +todos juntos los efectos de aquella atmósfera envenenada de lascivia +romántica y señoril, y ella era la que tenía allí que luchar contra la +tentación. Había en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza +de la piel nueva para el tacto. Todo le llegaba a las entrañas, todo era +nuevo para ella. En el _bouquet_ del vino, en el sabor del queso Gruyer, +y en las chispas de la champaña, en el reflejo de unos ojos, hasta en el +contraste del pelo negro de Ronzal y su frente pálida y morena... en +todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un +valor íntimo, una expresión amorosa.... + +--¡Qué colorada está Anita!--le decía Paco a Visitación por lo bajo. + +--Claro, de un lado la pone así la proximidad de Álvaro. + +--¿Y del otro?--Del otro la ponen así... las majaderías de su esposo +que me está dando jaqueca. + +En efecto, estaba inaguantable don Víctor con sus versos, por buenos que +fueran. + +Álvaro, en cuanto vio a la Regenta en el salón, sintió lo que él llamaba +la corazonada. _Aquella cara_, aquella palidez repentina le dieron a +entender que la noche era suya, que había llegado el momento de +arriesgar algo. + +Nunca había desistido de conquistar aquella plaza. + +¡No faltaba más! Pero comprendiendo que mientras reinase en el corazón +de Ana lo que él llamaba el misticismo erótico (era tan grosero como +todo esto al pensar) no podría adelantar un paso, se había retirado, +había levantado el campo hasta mejor ocasión. Además, esperaba que la +ausencia, la indiferencia fingida y la historia de sus amores con la +_ministra_ le prepararían el terreno. + +«Por supuesto, concluía, siempre y cuando que la fortaleza no se haya +rendido al caudillo de la iglesia. Si el Magistral es aquí el amo... +entonces no tengo que esperar nada... y además, ya no vale tanto la +victoria». + +«Sin buscar él la ocasión, se la ofrecía aquella noche: le habían puesto +a la Regenta a su lado... la corazonada le decía que adelante... pues +adelante. Lo primero que quería averiguar era lo del _otro_, si el +Magistral mandaba allí». + +En su narración tuvo que alterar la verdad histórica, porque a la +Regenta no se le podía hablar francamente de amores con una mujer casada +(«tan atrasada estaba aquella señora»), pero vino a dar a entender, como +pudo, que él había despreciado la pasión de una mujer codiciada por +muchos... porque... porque... para el hijo de su madre los amoríos ya no +eran ni siquiera un pasatiempo, desde que el amor le había caído encima +del alma como un castigo. + +El rostro de la dama al decir Mesía aquello y otras cosas por el estilo, +todas de novela perfumada, le dejó ver al gallo vetustense que el +Magistral no era dueño del corazón de Anita. Pero como en la anatomía +humana nos encontramos con muchos más órganos que el corazón, Mesía no +se dio por satisfecho porque pensó: «Suponiendo que Ana esté enamorada +de mí, necesito todavía saber si la carne flaca no me ha buscado un +sucedáneo». + +No, don Álvaro no se hacía ilusiones. A esta modestia material y grosera +le obligaba su filosofía, que cada vez le parecía más firme. + +Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces lo +apretaba. No recordaba en qué momento había empezado aquel contacto; mas +cuando puso en él la atención sintió un miedo parecido al del ataque +nervioso más violento, pero mezclado con un placer material tan intenso, +que no lo recordaba igual en su vida. El miedo, el terror era como el de +aquella noche en que vio a Mesía pasar por la calle de la Traslacerca, +junto a la verja del parque; pero el placer era nuevo, nuevo en absoluto +y tan fuerte, que le ataba como con cadenas de hierro a lo que ella ya +estaba juzgando crimen, caída, perdición. + +Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía bonachona, +familiar, con una pasión dulce, suave, insinuante.... Recordó mil +incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba también. Ella no +hablaba pero oía. Los pies también seguían su diálogo; diálogo poético +sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la +sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto. + +Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del +roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se presentó en seguida: +se oía a lo lejos la música del salón. + +--¡A bailar, a bailar!--gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y Ronzal. + +Para Trabuco era el paraíso aquel baile que él llamó clandestino, allí, +entre los mejores, lejos del vulgo de la clase media.... + +Se entreabrió la puerta para oír mejor la música, se separó la mesa +hacia un rincón, y apretándose unas a otras las parejas, sin poder +moverse del sitio que tomaban, se empezó aquel baile improvisado. + +Don Víctor gritó:--Ana ¡a bailar! Álvaro, cójala usted.... + +No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro ofreció el +brazo a la Regenta que buscó valor para negarse y no lo encontró. + +Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en el aire, como +en un rapto; sintió que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas dulces, +temblaba en sus brazos. + +Ana callaba, no veía, no oía, no hacía más que sentir un placer que +parecía fuego; aquel gozo intenso, irresistible, la espantaba; se dejaba +llevar como cuerpo muerto, como en una catástrofe; se le figuraba que +dentro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, la vergüenza; +estaba perdida, pensaba vagamente.... + +El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro +de belleza material que tenía en los brazos, pensaba.... «¡Es mía! ¡ese +Magistral debe de ser un cobarde! Es mía.... Este es el primer abrazo de +que ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay sí, era un abrazo disimulado, +hipócrita, diplomático, pero un abrazo para Anita! + +--¡Qué sosos van Álvaro y Ana!--decía Obdulia a Ronzal, su pareja. + +En aquel instante Mesía notó que la cabeza de Ana caía sobre la limpia y +tersa pechera que envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen mozo, miró a la +Regenta inclinando el rostro y vio que estaba desmayada. Tenía dos +lágrimas en las mejillas pálidas, otras dos habían caído sobre la tela +almidonada de la pechera. Alarma general. Se suspende el baile +clandestino, don Víctor se aturde, ruega a su esposa que vuelva en sí... +se busca agua, esencias... llega Somoza, pulsa a la dama, pide... un +coche. Y se acuerda que Visita y Quintanar lleven a aquella señora a su +casa, bien tapada, en la berlina de la Marquesa. Y así fue. En cuanto +Ana volvió en sí, pidiendo mil perdones por haber turbado la fiesta, don +Víctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llenó el cuerpo de pieles, la +embozó, se despidió de la amable compañía y con la del Banco se llevó a +la Regenta a la cama. + +«¡El humo! ¡el calor, la falta de costumbre, la polka después de cenar, +las luces!... Cualquier cosa, en fin, aquello no valía nada. Podía +continuar la fiesta». Y continuó. Los del salón se habían enterado: «A +la Regenta le había dado el ataque». «La habían hecho bailar a la +fuerza». Pero pronto se olvidó el incidente, para comentar la conducta +de aquellas señoras y caballeros que se encerraban en el gabinete de +lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos.... + +A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesía con un apretón +de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclamó: + +--¡Bravo! ¡Al fin! ¿Eh? + +Mesía tardó en contestar; se abrochó su gabán entallado de color de +ceniza, hasta el cuello; se apretó a la garganta un pañuelo de seda +blanco, y al cabo dijo: + +--Ps.... Veremos. Llegó a su casa, la fonda; llamó al sereno que tardó en +venir; pero en vez de reñirle como solía, le dio dos palmadas en el +hombro y una propina en plata. + +--¡Qué contento viene el señorito!... ¿Del baile, eh? + +--Señor Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una percha una +prenda de abrigo interior, de franela, murmuró a media voz don Álvaro, +como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba mano: + +--¡Lástima que la campaña me coja un poco viejo!... + + + + +--XXV-- + + +Al día siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasión, refería +en la catedral todo lo que había sucedido en el baile. «La aristocracia +se había encerrado en un gabinete, en el gabinete de lectura, para cenar +y bailar, y doña Ana Ozores, la mismísima Regenta que viste y calza, se +había desmayado en brazos del señor don Álvaro Mesía». + +El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba noticias +de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un recluta; era +la primera vez que el puñal de Glocester, aquella lengua, le llegaba al +corazón. Pálido, temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo el +labio inferior, don Fermín miró a su enemigo con asombro y con una +expresión de dolor que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano. +Aquella mirada quería decir «venciste, ahora sí, ahora me ha llegado a +las entrañas el veneno». De Pas estaba pensando que los miserables, por +viles, débiles y necios que parezcan, tienen en su maldad una grandeza +formidable. «¡Aquel sapo, aquel pedazo de sotana podrida, sabía dar +aquellas puñaladas!». Después don Fermín se acordó de su madre; su madre +no le había hecho nunca traición, su madre era suya, era la misma carne; +Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extraño que se le había +atravesado en el corazón.... + +Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el más hondo, +el más frío y sin consuelo que recordaba en su vida, salió De Pas de la +sacristía, y anduvo por las naves de la catedral vacilante, sin saber +encontrar la puerta. Ignoraba a dónde quería ir, le faltaba en absoluto +la voluntad... y al notar que algunos fieles le observaban, se dejó caer +de rodillas delante del altar de una capilla. Allí estuvo meditando lo +que haría. ¿Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano. +Pero su soledad le horrorizaba... tenía miedo del aire libre, quería un +refugio, todo era enemigo. «Su madre, su madre del alma». Salió del +templo, corrió, entró en su casa. Doña Paula barría el comedor; un +pañuelo de percal negro le ceñía la cabeza sobre la plata del pelo +espeso y duro, como un turbante. + +--¿Vienes del coro?--Sí, señora. Doña Paula siguió barriendo. + +Don Fermín daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su madre. +«Allí estaba el consuelo único posible, allí el regazo en que llorar... +allí la única compasión verdadera, allí el único contagio posible de la +pena; aquel veneno que a él le mataba sólo sería veneno, saliendo de él +para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta con +angustias de muerte.... Y no podía, no podía hablar.... Era una crueldad +de su madre no adivinar los tormentos del hijo. Doña Paula le miraba +como los demás, como la gente con que había tropezado en la calle, sin +conocer que moría desesperado. ¡Y no podía él hablar!». + +--¿Qué tienes, hombre? ¿qué haces aquí? te estoy llenando de polvo la +ropa nueva.... + +Don Fermín salió del comedor. Entró en el despacho. Teresina hacía la +cama del señorito. No le oyó entrar porque cantaba y la hoja del jergón +sacudida le llenaba de estrépito los oídos. El señorito como huyendo, +salió del despacho también. Salió de casa. Llegó a la de doña Petronila +Rianzares. «La señora estaba en misa». Esperó paseando por la sala, con +las manos a la espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre. El +gato pulcro y rollizo entró y saludó a su amigo con un conato de +quejido. Y se le enredó en los pies, haciendo eses con el cuerpo. +«Parecía que el gato sabía ya algo de aquella traición». El sofá donde +solía sentarse Ana llamó al Magistral con la voz de los recuerdos. En un +extremo del asiento había un muelle algo flojo, la tela estaba arrugada; +allí se sentaba ella. De Pas se sentó en la butaca al lado de aquella +tela floja. Cerró los ojos, y una pereza de vivir que parecía sueño o +sopor le embargó el ánimo. Quería detener el tiempo. Ya deseaba que +tardase en volver doña Petronila: le asustaba la actividad, tenía miedo +de cualquier resolución; todo sería peor. La muerte ya estaba en el +alma. Los recuerdos lejanos bullían en el cerebro, como preparándose a +bailar la danza macabra del delirio de la agonía. Sintió el olor de una +rosa muy grande que Ana oprimía contra los labios de su buen amigo, de +su hermano mayor; la música de las palabras se mezclaba con el aroma de +la flor en mística composición.... «Ay, sí, amor, y buen amor era todo +aquello.... Era _un enamorado_; el amor no era todo lascivia, era también +aquella pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor +dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave. +Deber... sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a +hueco: parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, le habían +pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo habían +inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella +enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley suprema de justicia. Ella, ella +misma lo había jurado; no se sabía para qué era suya, pero lo era...». +El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de +sentir él como un bofetón; podían estar conspirando los otros con el +tiempo y contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas.... +«¡Infame, infame! y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la +capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... sí a +deshonrar... él era allí el dueño, el esposo, el esposo espiritual... +don Víctor no era más que un idiota incapaz de mirar por el honor +propio, ni por el ajeno... ¡aquello era la mujer!». + +Salió al pasillo y gritó: + +--¿Vino doña Petronila? + +--Ahora llama, contestaron. Entró la de Rianzares. Don Fermín le cortó +el saludo en la boca. + +--Ahora mismo hay que llamarla--dijo. + +--¿A quién... a Ana?--Sí, ahora mismo. Don Fermín volvió a sus paseos. +No quería conversación. La de Rianzares, sierva de aquel hombre, calló y +entró en el gabinete. + +Pasó media hora. Sonó la campanilla de la puerta. Ana vio al gran +Constantino que abría. + +--¿Qué pasa?--Don Fermín... ahí en la sala.... + +--¡Ah!... me alegro. Entró la Regenta y doña Petronila se fue hacia la +cocina, al otro extremo de la casa. «Si llaman, que no estoy», dijo a la +criada. Y pasó al oratorio que tenía cerca de su alcoba. + +De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego +misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias +íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él +parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un +contorno adorado todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero, +infinito, de la pasión única. + +--¿Qué es esto?--dijo, ronco de repente, don Fermín, plantado, como con +raíces, en medio de la sala. + +--Lo que yo quería, que nos viéramos en seguida. Yo estoy loca, esta +noche creí que me moría... ayer... hoy... no sé cuándo.... Estoy loca.... + +Se ahogaba al hablar. De Pas sintió una lástima que le pareció +vergonzosa. + +--Ya lo sé todo; no necesito historias.... + +--¿Qué es todo?--Lo de ayer... lo de hoy.... El baile, la cena; ¿qué es +esto, Ana, qué es esto?... + +--¡Qué baile! ¡qué cena! no es eso.... Me emborracharon... qué sé yo... +pero no es eso.... Es que tengo miedo... aquí, Fermín, aquí, en la +cabeza.... ¡Tener lástima de mí! ¡Que tenga alguno lástima de mí! Yo no +tengo madre.... Yo estoy sola... + +«Era verdad, no tenía madre como él, estaba más sola que él». Entonces +el amor de don Fermín sintió la lástima inefable que sólo el amor puede +sentir; se acercó a la Regenta, le tomó las manos. + +--A ver, a ver, ¿qué ha sido? a mí me han dicho... pero qué ha sido... a +ver...--decía la voz trémula y congojosa del Magistral. + +Ana, entre sollozos, refirió lo que podía referir de sus angustias, de +sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre. «Después que +se vio en su lecho, mil espantosas imágenes la asaltaron entre los +recuerdos confusos del baile.... Creyó que volvía a caer de repente en +aquellos pozos negros del delirio en que se sentía sumergida en las +noches lúgubres de su enfermedad.... Después la idea del mal que había +hecho la había horrorizado...». Y Ana se interrumpía al ver al Magistral +quedarse lívido, y como rectificando añadía, «el mal... es decir... el +no haber sido bastante buena...». La enfermedad había sido una lección, +una lección olvidada, y aquella mañana, al sentir en el lecho la misma +flaqueza, aquel desgajarse de las entrañas, que parecían pulverizarse +allá dentro, aquel desvanecerse la vida en el delirio... la conciencia +había visto, como a la luz de un fogonazo, horrores de vergüenza, de +castigo, el espejo de la propia miseria, el reflejo del cieno triste que +se lleva en el alma... y después... la locura, sin duda la locura... un +dudar de todo espantoso, repentino, obstinado, doloroso. Dios, el mismo +Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se +movía en su cerebro royéndolo, como un sonido de tic-tac, como el del +insecto que late en las paredes y se llama el _reloj de la muerte_. + +--Oh sí, estuve loca--seguía Anita espantada todavía--estuve loca una +hora... ¿qué hora? un siglo.... Ya no pedía más que salud, reposo... la +conciencia clara de mí misma.... Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido... +yo... todo, todos desaparecíamos. ¡Todo era polvo allá dentro! + +Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una +imagen confusa del recuerdo formidable.... + +De Pas callaba. También él tuvo un momento la sensación fría del terror. +La locura pasó por su imaginación como un mareo. + +«¡Si se le volviera loca!». Una ola de púrpura inundó el rostro del +clérigo. Primero había visto desvanecerse dentro de aquella cabeza de +gracia musical lo que él amaba debajo de aquella hermosura, el alma de +la Regenta, su pensamiento; después pensó en aquella hermosura exterior +incólume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo, +solo él con un cuerpo adorado.... + +--¡Salvarme, quiero salvarme!--gritó Ana de repente volviendo a la +realidad--... quiero volver a nuestro verano, al verano dulce, +tranquilo... sí, tranquilo al cabo; a nuestro hablar sin fin de Dios, +del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... sí, quiero que +mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no +se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermín, esto +es confesar... aquí... no importa el lugar; donde quiera... sí, +confesar.... + +--Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo también padezco, yo +también creí morirme, aquí mismo... sentado ahí... donde otras veces +hablábamos del cielo... y de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso +también; yo también necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora.... +Sí, creí que moría.... + +--¿Por mí, por culpa mía, verdad? ¿Morir por ser yo traidora, si mentía, +si me manchaba?... + +--Sí, sí... hay que decirlo todo... pronto.... + +--No, no.--Sí... sí...--No... si no digo eso... si lo diré todo... +pero ¿qué es todo? Nada.... Si... yo no fuí... si me llevaron a la +fuerza... no, eso no. No sé cómo; no sé por qué cedí. Y allí... hay una +mujer muy mala.... + +--No, no acusemos a los demás.... Los hechos, quiero los hechos. Yo los +diré; los sé yo. + +--¿Pero qué?--Ese hombre, Mesía; Ana... ¿qué pasó con ese hombre?... + +Ana recogió sus fuerzas, atendió a la realidad, a lo que le preguntaban, +con intensidad, luchando con el confesor, batiéndose por su interés que +era ocultar lo más hondo de su pensamiento. «Al fin aquello no era el +confesonario; además, era caridad mentir, callar a lo menos lo peor». + +--Yo no le amo--fue lo primero que pudo decir después que consiguió +dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en defender su secreto. + +--Pero anoche... hoy... no sé a qué hora... ¿qué hubo? + +--Bailé con él.... Fue Quintanar... lo mandó Quintanar.... + +--¡Disculpas no, Ana! eso no es confesar. + +Ana miró en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. Este +sofisma de hipócrita era en ella candoroso. Estaba segura de que un +_deber superior_ la mandaba mentir. «¿Decirle al Magistral que ella +estaba enamorada de Mesía? ¡Primero a su marido!». + +--Bailé con él porque quiso mi marido.... Me hicieron beber... me sentí +mal... estaba mareada... me desmayé... y me llevaron a casa. + +--¿El desmayo fue... en los brazos de ese hombre? + +--¡En brazos!... ¡Fermín! + +--Bien, bien.... Así... lo oí yo.... ¡Oigámoslo todos! Quiere decirse... +bailando con él.... + +--Yo no recuerdo... tal vez...--¡Infame!...--¡Fermín... por Dios, +Fermín! + +Ana dio un paso atrás.--Silencio... no hay que gritar... no hay que +hacer aspavientos... yo no como a nadie... ¿a qué ese miedo?... ¿Doy yo +espanto, verdad?... ¿Por qué? yo... ¿qué puedo? yo ¿quién soy? yo... +¿qué mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no creía en +Dios.... + +--¡En mi Dios! Fermín, caridad.... + +--Sí, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios... no soy +nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se acabó... +Estoy en ridículo, Vetusta entera se ríe de mí a carcajadas.... Mesía me +desprecia, me escupirá en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un +pobre diablo. ¡Oh, pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque +estoy preso!... + +El Magistral se sacudió dentro de la sotana, como entre cadenas, y +descargó un puñetazo de Hércules sobre el testero del sofá. + +Después procuró recobrar la razón, se pasó las manos por la frente; +requirió el manteo; buscó el sombrero de teja, se obstinó en callar, +buscó a tientas la puerta y salió sin volver la cabeza. + +Creyó que Ana le seguiría, le llamaría, lloraría.... Pero pronto se +sintió abandonado. Llegó al portal. Se detuvo, escuchó... Nada, no le +llamaban. Desde la calle miró a los balcones. Ninguno se abría. «No le +seguían ni con los ojos. Aquella mujer se quedaba allí. Todo era +verdad. + +Le engañaba; era una mujer. ¡Pero cuál! ¡la suya! ¡la de su alma! ¡Sí, +sí, de su alma! Para eso la había querido. Pero las mujeres no entendían +esto.... La más pura quería otra cosa». Y pasaban por su memoria mil +horrores. La carnaza amontonada de muchos años de confesonario. La +conciencia le recordó a Teresina. A Teresina pálida y sonriente que +decía, dentro del cerebro: «¿Y tú...?». «Él era hombre»; se contestaba. +Y apretaba el paso. «Yo la quería para mi alma...». «Y su cuerpo también +querías, decía la Teresina del cerebro, el cuerpo también... acuérdate». +«Sí, sí... pero... esperaba... esperaría hasta morir... antes que +perderla. Porque la quería entera.... Es mi mujer... la mujer de mis +entrañas.... ¡Y quedaba allá atrás, ya lejos, perdida para siempre!...». + +Ana, inmóvil, había visto salir al Magistral sin valor para detenerle, +sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras había sonado +dentro de ella, cerca de los oídos. «¡Aquel señor canónigo estaba +enamorado de ella!». «Sí, enamorado como un hombre, no con el amor +místico, ideal, seráfico que ella se había figurado. Tenía celos, moría +de celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre +que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... ¡La +amaba un canónigo!». Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo +viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreír a ella misma con +amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas.--Su padre, don +Carlos el libre pensador, se le apareció de repente, en mangas de +camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y +varios amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de +oírlas, frases de su padre y de aquellos señores: «el clero corrompía +las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato +eclesiástico era una careta». Todo esto que había oído sin entenderlo +volvía a su memoria con sentido claro, preciso, y como otras tantas +lecciones de la experiencia.... ¡Querían corromperla! Aquella casa... +aquel silencio... aquella doña Petronila.... Ana sintió asco, vergüenza y +corrió a buscar la puerta. Salió sin despedirse. Llegó a su casa. Don +Víctor atronaba el mundo a martillazos. Construía un puente modelo que +pensaba presentar en la exposición de San Mateo. Ya no forraba el +martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el +estrépito era horrísono.--«Allí era él el amo, prueba de ello que su +mujer había ido al baile: se había acabado el Paraguay, no más +misticismo; una prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y +sobra. Por lo demás, actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha +caza, y mucho martillazo. ¡Zas, zas, zas, pum! ¡Viva la vida!». Así +pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te +clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta +al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar arrancando chispas de +los abalorios y cinta dorada de las babuchas semi-turcas. El carpintero +silbaba, el tordo, el mejor tordo de la provincia, que Quintanar llevaba +de habitación en habitación, silbaba también colgada de un alambre su +jaula. Ana contempló en silencio a su marido.--«¡Era su padre! ¡Le +quería como a su padre! Hasta se parecía un poco a don Carlos. Aquel sol +de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a +la actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos, +aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que servía +de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba». «¡Aquella era +su casa, allí era ella la reina, aquella paz era suya!». Al dejar el +martillo para coger la sierra don Víctor vio a su mujer. + +Se sonrieron en silencio. «El sol rejuvenecía a Quintanar. Además era un +gran carpintero. Sus inventos podían ser más o menos fantásticos, su +mecánica idealista, pero hacía de una tabla lo que quería. ¡Y qué +limpieza!». + +Ana alabó el arte de su marido. + +Él se animó: se puso colorado de satisfacción y le prometió un costurero +para la semana siguiente. «Todo, todo, obra de mis manos». + +La Regenta olvidó un momento el desencanto de aquella mañana. Cuando +volvió a su memoria se encontró con que no era don Fermín un malvado, +sino un desgraciado, pero de todas suertes le parecía absurdo enamorarse +siendo canónigo. En todas las combinaciones del amor romántico había +dado la imaginación de Ana muchas veces, menos en aquélla. «Se concebía +el amor sacrílego de un sacerdote de ópera, ¡pero el de un prebendado +con alzacuello morado!». Además la honradez protestaba también con su +repugnancia instintiva. «Pero De Pas era digno de compasión. Doña +Petronila era la que no tenía perdón. Oh, si alguna vez volvía ella a +hablar con el Magistral, como era probable, porque al fin debían mediar +explicaciones, no sería ciertamente en casa de aquella vieja. ¿Qué se +había propuesto aquella señora? ¿Qué estaría pensando de ella, de Ana?». + +Cuando volvió de la calle don Víctor muy contento, cantando trozos de +zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la súplica de la +Marquesa que los había convidado a tomar café, después de almorzar, para +ir juntos a paseo... a ver las máscaras. + +--¡Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval.... No +quiero más fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo daño el baile... no +quiero más... no quiero más.... ¿No te obedecí ayer...? Basta por Dios, +basta. + +--Bueno, hija, bueno... no insisto. Y calló don Víctor, perdiendo parte +de su alegría. No se atrevió a hacer uso de aquella energía que Dios le +había dado. «No había para qué estirar demasiado la cuerda». + +Pero él, por supuesto, fue a tomar café y a paseo. + +Ana se quedó sola. Desde el balcón abierto de su tocador se oía la +música lejana del Paseo Grande donde se celebraba el carnaval. Aquella +música confusa, que parecía ráfagas intermitentes, le llenó el alma de +tristeza. Pensó en Mesía, el tentador, y pensó en el Magistral +enamorado, celoso... indefenso. Ahora la compasión era infinita.... Al +fin había sido quien había abierto su alma a la luz de la religión, de +la virtud.... Ana pensó en la fe quebrantada, agrietada, como si la +hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado +unidos en su espíritu para que el desengaño no lastimara las creencias. +Además, ella siempre había amado más que creído. Don Fermín había +procurado asegurar en ella el temor de Dios y de la Iglesia, la +espiritualidad vaga y soñadora.... Pero de los dogmas había hablado poco. +Ana estaba sintiendo que la fantasía había tenido en su piedad más +influencia de la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya +estaban lejos los días del misticismo supuesto, de la contemplación.... +Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la +tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad.... +Pero con la salud había vencido la piedad activa, irreflexiva; el +Magistral había eclipsado a la santa, se había hablado más de aquella +dulce hermandad en la virtud que de Dios mismo.... Ahora comprendía +muchas cosas. Don Fermín la quería para sí... + +«Todo aquello era una preparación. ¿Para qué?». + +«Oh, Mesía era más noble, luchaba sin visera, mostrando el pecho, +anunciando el golpe.... No había abusado de su amistad con don Víctor, no +había insistido. ¡Pero los dos la amaban!». La tristeza de Ana +encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso. «Ella no +podría ser de ninguno; del Magistral no podía ni quería.... Le debía +eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. Daba +asco. Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los treinta +años... ¡y a un clérigo!... La vergüenza y algo de cólera encendían el +rostro de Ana. ¡Pero ese hombre esperaría que yo... en mi vida!...». + +Como aquella tarde pasó muchos días la Regenta. Las mismas ideas +cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado. + +Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía de ella +avergonzada, avergonzada también de que no fuera un remordimiento +punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto de don +Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo como un sueño; no se creía +responsable, claramente responsable de lo que había sucedido aquella +noche. La habían emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con +ruido... con champaña.... Pero ahora sería una miserable si consentía a +don Álvaro insistir en sus provocaciones. No quería venderse al sofisma +de la tentación que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es +canónigo; si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira, +gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín le quiero +con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo +no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis sentidos; pero de no +amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. Sí, bien segura. +Debo huir del Magistral, sí, pero más de don Álvaro. Su pasión es +ilegítima también, aunque no repugnante y sacrílega como la del otro.... +¡Huiré de los dos!». + +No había más refugio que el hogar. Don Víctor con su Frígilis y todos +los cacharros del museo de manías, don Víctor con el teatro español a +cuestas. + +«Pero la casa tenía también su poesía». Ana se esforzó en encontrársela. +¡Si tuviera hijos le darían tanto que hacer! ¡Qué delicia! Pero no los +había. No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana +comenzó a trabajar en casa con afán... a cuidar a don Víctor con +esmero.... A los ocho días comprendió que aquello era una hipocresía +mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas en poco tiempo. +¿Por qué fingirse a sí misma satisfecha con una actividad insuficiente, +insignificante, que no distraía el pensamiento ni media hora? Don Víctor +agradecía en el alma aquella solicitud doméstica, pero en lo que tocaba +a él hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta allí. Nadie le +cosía un botón a su gusto más que él mismo; limpiarle el despacho era +martirizarle a él, a don Víctor; la cama era inútil hacérsela con esmero +porque de todas maneras había de descomponerla él, sacudir las almohadas +y poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvió a dejar los quehaceres +domésticos en la antigua marcha, don Víctor se lo agradeció en el alma +también y respiro a sus anchas. «Aquellas injerencias de su querida +esposa eran dignas de eterno agradecimiento... pero molestas para él. +Más sabe el loco en su casa...» Don Álvaro no se apresuraba. «Esta vez +estaba seguro». Pero no quería _brusquer_--según pensaba él en +francés--un ataque. «La teoría del _cuarto de hora_ era una teoría +incompleta». Algo había de eso, pero en ciertos casos los cuartos de +hora de una mujer sólo los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que +pasara la Cuaresma. Al fin se trataba de una beata que ayunaría y +comería de vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofrecía la mejor +ocasión. El mundo, después de resucitar Nuestro Señor Jesucristo, parece +más alegre, más lícitos sus placeres; la primavera, ya adelantada, +ayuda... las fiestas, a que él haría que don Víctor llevase a su mujer, +serían aguijones del deseo. «¡Oh!... sí, en la Pascua nos veríamos». + +«Además, quería él prepararse para la campaña. Estaba debilucho. Aquel +verano en Palomares había hecho una especie de bancarrota de salud. La +señora ministra había amado mucho. Estas exageraciones de las mujeres +vencidas siempre estaban en razón directa del cuadrado de las +distancias. Es decir, que cuanto más lejos estaba una mujer del vicio, +más exagerada era cuando llegaba a caer. La Regenta, si caía iba a ser +exageradísima». Y se preparaba Mesía. Leyó libros de higiene, hizo +gimnasia de salón, paseó mucho a caballo. Y se negó a acompañar a Paco +Vegallana en sus aventurillas fáciles y pagaderas a la vista. «El diablo +harto de carne...» le decía Paco. Y don Álvaro sonreía y se acostaba +temprano. Madrugaba. El Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y +cánticos al amanecer. Los pájaros, saltando de rama en rama preparaban +los nidos para los huevos de Abril; se diría que eran tapiceros de la +enramada que adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de +la primavera. Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano +calentaba y picaba el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en +Vetusta, era una burla de la naturaleza; después volvía el invierno, +como en sus mejores días, con fríos, escarchas y lluvia, lluvia +interminable. Pero don Álvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y +calor, que no por efímero le agradaba menos; no era él de los que medían +la felicidad por la duración; es más, no creía en la felicidad, concepto +metafísico según él, creía en el placer que no se mide por el tiempo. +Una mañana, en el salón principal del Paseo Grande, solitario a tales +horas porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don +Álvaro allá lejos la silueta de un clérigo. Era alto, sus movimientos +señoriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo; tenían que +encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo lado. Se saludaron +sin hablar. Don Álvaro tuvo un poco de miedo, de aprensión de miedo. «Si +este hombre, pensó, enamorado de la Regenta, desairado por ella, se +volviera loco de repente al verme, creyéndome su rival y se echara sobre +mí a puñetazo limpio aquí, a solas...». Mesía recordaba la escena del +columpio en la huerta de Vegallana. + +El Magistral pensó por su parte al ver a don Álvaro: «¡Si yo me arrojara +sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder, le +arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entrañas!...». Y +tuvo miedo de sí mismo. Había leído que en las personas nerviosas, +imágenes y aprensiones de este género provocan los actos +correspondientes. Se acordó de cierto asesino de los cuentos de Edgar +Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Saludó como diciendo con +los ojos: «¡Toma! ahí tienes esa bofetada». Pero el saludo y la mirada +de Mesía quisieron decir: «Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de +eso que usted me quiere decir». + +Y siguieron cada cual por su lado, pero a la mañana siguiente no +volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban allí contrario +objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas inútiles; Mesía +para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen mucha falta +dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por sitios +extraviados. Temían otro encuentro. + +Pero pronto tuvieron que quedarse en casa. + +Como era de esperar, el invierno volvió con todos sus rigores, riéndose +a carcajadas de los incautos que se creían en plena primavera. Los +pájaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los árboles floridos +padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas damiselas que +en día de campo, vestidas con percales alegres, adornos vistosos y +delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un chubasco, al aire +libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las florecillas blancas y +rosadas de los frutales caían muertas sobre el fango: el granizo las +despedazaba; todo volvía atrás; aquel ensayo de primavera temprana había +salido mal; vuelta a empezar, cada mochuelo a su olivo. + +Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entregó con reduplicado +fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros habían pasado también +por allí como una granizada; las flores de amor y alegría que sembrara +el carnaval las destruyeron a penitencia limpia el Padre Maroto, un +artillero retirado que predicaba a cañonazos y sacaba el Cristo, y el +Padre Goberna, un melifluo padre francés que pronunciaba el castellano +con la garganta y las narices y hablaba de _Gomogga_ y citaba las +grandezas de Nínive y de Babilonia, ya perdidas, al cabo de los años +mil, como prueba de la pequeñez de las cosas humanas. Ello era que +Vetusta estaba metida en un puño. Entre el agua y los jesuitas la tenían +triste, aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza, +parda, disuelta en charcos y lodazales, más que a pensar en la brevedad +de la existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo +parecía que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus +contornos, más que un sueño efímero, parecía una pesadilla larga, llena +de imágenes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que sabía dar _color +local_ a sus oraciones, no decía en Vetusta que no somos más que un poco +de polvo, sino un poco de barro. ¿Polvo en Vetusta? Dios lo diera. + +El mal tiempo se llevó la resignación tranquila, perezosa de Anita +Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas +aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que +le pinchaban el alma. ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla! + +Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que +había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole +huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el +corazón como un dardo envenenado. «¿Por qué ella no había sentido más +aquel desengaño, aquella profanación de una amistad pura, desinteresada, +ideal?--Tal vez porque el ser amada, fuera por quien fuera, no podía +saberle mal aunque ella tuviese que desdeñar y hasta vituperar aquel +amor. Tal vez porque sabía que el remedio de aquella separación estaba +en sus manos. ¿No podía ella, el día tal vez próximo, en que necesitara +consuelo espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a +don Fermín, de que ella no era lo que él se figuraba?». Y acaso debía +hacerlo cuanto antes. «¿Por qué había de estar pensando De Pas lo que no +había? Sí, había que decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no +había; don Álvaro no había conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto +era lo cierto». + +Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el espíritu por +sí misma. Sentía la fe vacilante, los sofismas vulgares de don +Carlos--el libre-pensador--venían a atormentarla a cada instante. +Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a dudar de la +iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corría a la iglesia. Saltando +charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en parroquia, de novena +en novena, y pasaba también mucho tiempo en la nave fría de algún templo +a la hora en que los fieles solían dejarlos desiertos. Se sentaba en un +banco y meditaba. Sonaba y resonaba en la bóveda la tos de un viejo que +rezaba en una capilla escondida; los pasos de un monaguillo irreverente +retumbaban sobre la tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio +llegaba a los oídos un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana pedía a +la soledad y al silencio perezoso de la iglesia, algo como una +inspiración, o como un perfume de piedad que creía ella debía +desprenderse de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz +blanca del día ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como +gastados por el roce de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas +imágenes a la luz del día recordaban vagamente las decoraciones de un +teatro vistas al sol y a los cómicos en la calle sin los esplendores del +gas de las baterías. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba allí la fe +que se desmoronaba. «¿Por qué se desmoronaba? ¿Qué tenía que ver la +Iglesia con el Magistral? ¿No podía aquel señor haberse enamorado de +ella... y ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que +sí. Pero rezaba para creer. Oh, malo sería que el Magistral no saliese +inocente de aquella prueba.... Si él, si el hermano mayor no era más que +un hipócrita... había que dar la razón en muchas cosas a don Carlos, al +que después de todo era su padre. ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que +había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la +religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no +podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones +positivas, sino mucho mejor, mucho más grande!... ¡Era su padre quien +decía todas estas herejías!». Y rezaba, rezaba porque el meditar ya no +servía para nada bueno.--Y una voz interior severa y algo pedantesca +gritaba después de todo aquello: «Pero entendámonos, aunque don Carlos +tuviera razón, aunque Dios sea más grande, más bueno que todo lo que +pudieran decir y pensar los libros de los hombres, no por eso perdona +los pecados de que la conciencia acusa a todos. Don Álvaro estará +prohibido, sea Dios como sea. El mal es el mal de todas suertes. Eso sí, +se decía la Regenta, que encontraba consuelo en esta resolución; aunque +la fe caiga, yo seguiré combatiendo esta pasión de mis sentidos, que +seguirá siendo mala...». + +Empezó a notar que el templo solitario no excitaba su devoción; aquellas +paredes frías, aquella especie de descanso de los santos a las horas en +que cesa la adoración, le recordaban por extrañas analogías que +establecía el cerebro, enfermo acaso, le recordaban la fatiga de los +reyes, la fatiga de los monstruos de ferias, la fatiga de cómicos, +políticos, y cuantos seres tienen por destino darse en público +espectáculo a la admiración material y boquiabierta de la necia +multitud.... La iglesia sin culto activo, la iglesia descansando, llegó a +parecerle a ella también algo como un teatro de día. El sacristán y el +acólito subiendo al retablo, hombreándose con la imagen de madera, +colocando los cirios con simetría, consultando las leyes de la +perspectiva, le parecían al cabo cómplices de no sabía qué engaño.... +Además de todas estas aprensiones sacrílegas, tentación malsana del +espíritu enfermo, causa de tanta lucha, sentía el tormento de la +distracción; las oraciones comenzaban y no concluían; el estribillo de +tal o cual piadosa leyenda llegaba a darle náuseas; la soledad se +poblaba de mil imágenes, diablillos de la distracción; el silencio era +enjambre de ruidos interiores. Todo esto le obligó a dejar el templo +solitario. Volvió a las horas del culto. Conocía que en la nueva piedad +que buscaba debían tomar parte importante los sentidos. Buscó el olor +del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de +la oración común, el susurro del _ora pro nobis_ de las _masas +católicas_, la fuerza misteriosa de la oración colectiva, la parsimonia +sistemática del ceremonial, la gravedad del sacerdote en funciones, la +misteriosa vaguedad del cántico sagrado que, bajando del coro nada más, +parece descender de las nubes; las melodías del órgano que hacían +recordar en un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la +piedad antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de +esperanza mística. + +La novena de los Dolores tuvo aquel año en Vetusta una importancia +excepcional, si se ha de creer lo que decía _El Lábaro_. + +Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adornó como +nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa habían dejado los PP. +Goberna y Maroto. No se podía, como en la novena de la Concepción, +colgar el templo de azul y plata, ni colocar un templete de cartón +delante del retablo del altar mayor imitando capilla gótica de +marquetería; pero todo lo que fue compatible con los siete Dolores de la +Virgen se hizo: el lujo fue majestuoso, triste, fúnebre. Todo era negro +y oro. La capilla de la catedral se trasladó en masa al coro de San +Isidro reforzada por algunas partes rezagadas de la última compañía de +zarzuela, que había tronado en Vetusta.--Los sermones se encomendaron a +_otro jesuita_, el Padre Martínez, que vino de muy lejos y cobrando muy +caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al altar mayor a espaldas +del cancel de la puerta principal, pedían limosna y vendían libros +devotos, medallas y escapularios las damas de más alta alcurnia, las más +guapas y las más entrometidas. + +La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su +contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en +bote. No cabía un vetustense más. + +Los jóvenes laicos de la ciudad, estudiantes los más, no se distinguían +ni por su excesiva devoción ni por una impiedad prematura; no pensaban +en ciertas cosas; los había carlistas y liberales, pero casi todos iban +a misa a ver las muchachas. A la novena no faltaban; se desparramaban +por las capillas y rincones de San Isidro, y terciando la capa, el +rostro con un tinte romántico o picaresco, según el carácter, _se +timaban_, como decían ellos, con las niñas casaderas, más recatadas, +mejores cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban +_relaciones_. Mientras el P. Martínez repetía por centésima vez--y ya +llevaba ganados unos cinco mil reales--que como el dolor de una madre no +hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen enlutada +del altar, toda la retórica averiada de su oratoria de un barroquismo +mustio y sobado; el amor sacrílego iba y venía volando invisible por +naves y capillas como una mariposa que la primavera manda desde el campo +al pueblo para anunciar la alegría nueva. + +Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el espíritu +para sumirlo en acendrada piedad, oía el _rum rum_ lastimero del +púlpito, como el rumor lejano de un aguacero acompañado por ayes del +viento cogido entre puertas. No oía al jesuita, oía la elocuencia +silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos en millares +y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devoción común, aquella +elevación casi milagrosa de un pueblo entero prosaico, empequeñecido por +la pobreza y la ignorancia, a las regiones de lo ideal, a la adoración +de lo Absoluto por abstracción prodigiosa. En esto pensaba a su modo la +Regenta, y quería que aquella ola de piedad la arrastrase, quería ser +molécula de aquella espuma, partícula de aquel polvo que una fuerza +desconocida arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal +vagamente comprendido. + +Calló el P. Martínez y comenzó el órgano a decir de otro modo, y mucho +mejor, lo mismo que había dicho el orador de lujo. El órgano parecía +sentir más de corazón las penas de María.... Ana pensó en María, en +Rossini, en la primera vez que había oído, a los diez y ocho años, en +aquella misma iglesia, el _Stabat Mater_... Y después que el órgano dijo +lo que tenía que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien +ensayado el estribillo monótono, solemne, de varias canciones que caían +de arriba como lluvia de flores frescas. Cantaban los niños, cantaban +los ancianos, cantaban las mujeres. Y Ana, sin saber por qué, empezó a +llorar. A su lado un niño pobre, rubio, pálido y delgado, de seis años, +sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos, +cantaba sin pestañear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar portátil; +cantaba, y de repente, por no se sabe qué asociación de ideas, calló, +volvió el rostro a su madre y dijo:--¡Madre, dame pan! + +Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y +dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le +obligaba, contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el +órgano, como un padre, acompañaba el coro y le guiaba por las regiones +ideales de inefable tristeza consoladora, de la música. + +«¡Y había infames, pensó Ana, que querían acabar con aquello! ¡Oh, no, +no, yo no! Contigo, Virgen santa, siempre contigo, siempre a tus pies; +estar con los tristes, ésa es la religión eterna, vivir llorando por las +penas del mundo, amar entre lágrimas...». Y se acordó del Magistral. +«¡Oh qué ingrata, qué cruel había sido con aquel hombre! ¡Qué triste, +qué solo le había dejado!... Vetusta le insultaba, le escarnecía, le +despreciaba, después de haberle levantado un trono de admiración; y +ella, ella que le debía su honra, su religión, lo más precioso, le +abandonaba y le olvidaba también.... ¿Y por qué? Tal vez, casi de fijo, +por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y grosera. ¡Ah!, +porque ella estaba tocada del gusano maldito, del amor de los sentidos; +porque ella estaba rendida a don Álvaro si no de hecho con el +deseo--esta era la verdad--porque ella era pecadora ¿había de serlo +también el _hermano de su alma_, el padre espiritual querido? ¿qué +pruebas tenía ella? ¿No podía ser aprensión todo, no podía la vanidad +haber visto visiones? ¿Cuándo De Pas se había insinuado de modo que +pudiera sospecharse de su pureza? ¿No habían estado mil veces solos, muy +cerca uno de otro, no se habían tocado, no había ella, tal vez con +imprudencia, aventurado caricias inocentes, someros halagos que hubieran +hecho brotar el fuego si lo hubiera habido allí escondido?... ¡Y está +abandonado! Se burlan de él hasta en los periódicos; hasta los impíos +alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la +moda y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me +pongo a gritar también, ¡crucifícale, crucifícale!... ¿Y el sacrificio +que había prometido? ¿Aquel gran sacrificio que yo andaba buscando para +pagar lo que debo a ese hombre?...». + +En aquel momento cesaron los cánticos del pueblo devoto; siguió silencio +solemne; después hubo toses, estrépito de suelas y zuecos sobre la +piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia contenida. Hacia la +puerta sonaba el _tic, tac_, de las monedas con que Visitación y la +Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la atención de la caridad +distraída. Rechinaban los canceles; había en el aire un cuchicheo tenue. +En el coro daban señales de vida violines y flautas con quejidos y +suspiros ahogados; se oía el ruido de las hojas del papel de música. +Gruñó un violín. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra +vez.... Comenzó el _Stabat Mater_. + +La música sublime de Rossini exaltó más y más la fantasía de Ana; una +resolución de los nervios irritados brotó en aquel cerebro con fuerza de +manía: como una alucinación de la voluntad. Vio, como si allí mismo +estuviese, la imagen de su resolución, «sí... ella... ella, Ana a los +pies del Magistral, como María a los pies de la Cruz. El Magistral +estaba crucificado también por la calumnia, por la necedad, por la +envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volvía las espaldas y +le dejaba allí solo... y ella... ella... ¡estaba haciendo lo mismo! ¡Oh, +no, al Calvario, al Calvario! al pie de la cruz del que no era su hijo, +sino su padre, su hermano, el hermano y el padre del espíritu». + +«La Virgen le decía que sí, que estaba bien hecho; que aquella +resolución era digna de un cristiano. Donde quiera que hay una cruz con +un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era el que está +allí colgado; mejor se podrá llorar al pie de la cruz de un mártir. +Hasta del mal ladrón le estaba dando lástima en aquel momento. ¡Cuánta +mayor lástima le daría del Magistral que, según ella, no era ladrón, ni +malo ni bueno!». La forma del sacrificio, el día, la ocasión, todo +estaba señalado: se juró no volverse atrás; aquella exaltación era lo +que ella necesitaba para poder vivir; si más tarde el cansancio, la +relajación de aquellas fibras tirantes traían a su ánimo la cobardía, +los reparos mundanales, prosaicos, el miedo al qué dirán, no haría +caso... iría derecha a su propósito sin vacilar, sin deliberar más. +Haría lo que había resuelto. Y tranquila, segura de sí misma, volvió su +pensamiento a la Madre Dolorosa, y se arrojó a las olas de la música +triste con un arranque de suicida.... Sí, quería matar dentro de ella la +duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio, circunspecto, +_mirado_... quería volver al fuego de la pasión, que era su ambiente. + + + + +--XXVI-- + + +Desde el día en que presidió el entierro de don Santos Barinaga, don +Pompeyo no volvió a tener hora buena, de salud completa. Los escalofríos +que le hicieron temblar en el cementerio y se repitieron, cada vez más +fuertes, durante la enfermedad que siguió a la gran mojadura, volvían de +cuando en cuando. Guimarán estaba triste sin cesar; aquel sol de +Justicia que adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad +ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del +progreso definitivo de la Humanidad. «Laurent decía bien, estábamos +nosotros mucho más adelantados que los bárbaros. ¡Pero había cada pillo +todavía! ¿Y la amistad? La amistad era cosa perdida». Paquito Vegallana, +Álvaro Mesía, Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable +señor Foja, que se decían tan amigos suyos, le habían engañado como a un +chino; se habían burlado de él. Eran unos libertinos que renegaban en +sus comilonas de la religión positiva para seducirle a él y librarse del +miedo del infierno. Don Pompeyo rompió bruscamente sus relaciones con +todos aquellos «espíritus frívolos» y no volvió a poner los pies en el +Casino. Tomó esta resolución el día de Navidad, cuando supo que por +Vetusta se corría que él, don Pompeyo Guimarán, el hombre que más +respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno, había profanado la +catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se llegó a decir que había +llevado al templo, debajo de la capa, una botella de anís del mono.... +«¡Del mono!... ¡él... don Pompeyo!...». No volvió al Casino. «Aquellos +infames que le habían embriagado o poco menos, obligándole después a +penetrar en el templo, eran muy capaces de haber inventado en seguida la +calumnia con que querían perderle. ¿Qué autoridad iba a tener en +adelante aquel ateísmo que se emborrachaba para celebrar las fiestas del +cristianismo, y que asistía a los santos oficios a blasfemar y hacer +eses por las respetables naves de la basílica?». + +«¡Bastante tenía él sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la +consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo había tomado al señor +Magistral!». + +«No, no quería más luchas religiosas. Ya iba siendo viejo para tamañas +empresas. Mejor era callar, vivir en paz con todos». La muerte de +Barinaga le hacía temblar al recordarla. «¡Morir como un perro! ¡Y yo +que tengo mujer y cuatro hijas!». + +Se hizo misántropo. Siempre salía solo, al obscurecer, y volvía pronto a +casa. + +Una noche le llamó la atención un ruido de colmena que venía de la parte +de la catedral. Oyó cohetes. ¿Qué era aquello? La torre estaba iluminada +con vasos y faroles a la veneciana. A sus pies, en el atrio estrecho y +corto, de resbaladizo pavimento de piedra, cerrado por verja de hierro +tosco y fuerte, se agolpaba una multitud confusa, como un montón de +gusanos negros. De aquel fermento humano brotaban, como burbujas, +gritos, carcajadas, y un zumbido sordo que parecía el ruido de la marea +de un mar lejano. + +Don Pompeyo, que daba diente con diente, de frío con fiebre, se detuvo +en lo más alto de la calle de la Rúa para contemplar aquella muchedumbre +apiñada a los pies de la torre, en tan estrecho recinto, cuando podía +extenderse a sus anchas por toda la plazuela. «Ya sabía lo que era. _Los +católicos_ celebraban un aniversario religioso. ¿Pero cómo? ¡Oh +ludibrio!». Don Pompeyo se acercó al atrio: observó desde fuera. Lo +mejor y lo peor de Vetusta estaba allí amontonado; las chalequeras, los +armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del +andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero +con la _Vetusta elegante_ del Espolón y de los bailes del Casino: y para +colmo del escándalo, según don Pompeyo, _so capa_ de celebrar una fiesta +religiosa la juventud dorada del clero vetustense, todos aquellos +«_licenciados de seminario_» como él los llamaba con pésima intención, +«¡paseaban también por allí, apretados, prensados, con sus manteos y +todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que +respirar, sin más recreo que el poco honesto de sentir el roce de la +especie, el instinto del rebaño, mejor, de la piara!». Y separando los +ojos «de aquella podredumbre en fermento, de aquella _gusanera +inconsciente_», volviolos Guimarán a lo alto, y miró a la torre que con +un punto de luz roja señalaba al cielo.... «¡Aquí no hay nada cristiano, +pensó, más que ese montón de piedras!». + +Huyó de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de la +Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen +los de arriba con los de abajo. Entró en su casa.... Pidió tila, se +acostó... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas que le echaban +sobre el cuerpo cuantas mantas había en casa, el ateo empedernido sintió +una dulce ternura nerviosa, un calorcillo confortante y se dijo: «Al +fin, hay una religión, la del hogar». + +A la mañana siguiente despertó a toda la casa a campanillazos. «Se +sentía mal. Que llamasen a Somoza». Somoza dijo que aquello no era nada. +Ocho días después propuso a la señora de Guimarán el arduo problema de +lo que allí se llamaba «la preparación del enfermo». «Había que +prepararle», ¿a qué? «A bien morir». + +De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compañía de su +madre al oír la noticia. + +Las otras dos, más fuertes, deliberaron. ¿Quién le ponía el cascabel al +gato? ¿Quién proponía a su señor padre que recibiera los Sacramentos? + +Se lo propuso la hija mayor, Agapita. + +--Papá, tú que eres tan bueno, ¿querrías darme un disgusto, dárselo a +mamá, sobre todo, que te quiere tanto... y es tan religiosa?... + +--No prosigas, Agapita querida--dijo el enfermo con voz meliflua, débil, +mimosa--. Ya sé lo que pides. Que confiese. Está bien, hija mía. ¿Cómo +ha de ser? Hace días que esperaba este momento. El señor de Somoza es +tan angelical que no quería darme un susto; pero yo conocía que esto iba +mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de complaceros. Sólo +os pido una cosa... que venga el señor Magistral. Quiero que me oiga en +confesión el señor De Pas; necesito que me oiga, y que me perdone. + +Agapita lloró sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala habían +oído el diálogo Somoza y la hija menor de Guimarán, Perpetua. Media +hora después toda Vetusta sabía el milagro. «¡_El Ateo_ llamaba al +Magistral para que le ayudara a bien morir!». + +Don Fermín estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho, como un +perro, gruñía en cuanto olfateaba la presencia de algún importuno. El +Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido menor le sonaba a patadas en +la cabeza. Doña Paula había prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se +andaba de puntillas y se procuraba volar. + +Teresina creyó que el recado de las señoritas de Guimarán era cosa +grave, y merecía la pena de infringir la regla general. + +--Están ahí de parte de la señora y señoritas de Guimarán.... + +--¡De Guimarán!--dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tenía +los ojos cerrados. + +--¡De Guimarán! Tú estás loca...--dijo doña Paula muy bajo. + +--Sí, señora, de Guimarán, de don Pompeyo, que se está muriendo y quiere +que le vaya a confesar el señorito. + +Hijo y Madre dieron un salto; doña Paula quedó en pie, don Fermín +sentado en su lecho. + +Se hizo entrar a la criada de Guimarán y repetir el recado. + +La criada lloraba y describía entre suspiros la tristeza de la familia y +el consuelo que era ver al señor pedir los Santos Sacramentos. + +El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos. Se entendieron. + +--¿Te hará daño? + +--No. Que voy ahora mismo. + +--Salid. Que el señorito está muy enfermo, pero que lo primero es lo +primero y que va allá ahora mismo. + +Quedaron solos hijo y madre.--¿Será una broma de ese tunante? + +--No señora; es un pobre diablo. Tenía que acabar así. Pero yo no sabía +que estaba enfermo. + +De Pas hablaba mientras se vestía ayudado por su madre, que buscó en el +fondo de un baúl la ropa de más abrigo. + +--¿Fermo, y si tú te pones malo de veras... es decir, de cuidado?... + +--No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza sí. Es +preciso llegar allá antes que se sepa por ahí... ¿No comprende usted? + +--Sí, claro; tienes razón. + +Callaron. El Magistral se cogió a la pared y al hombro de su madre para +tenerse en pie. + +En su despacho se sentó un momento. + +--¿Mandamos por un coche?...--Sí, es claro; ya debía estar hecho eso. A +Benito, aquí en la esquina.... + +Entró Teresa.--Esta carta para el señorito. + +Doña Paula la tomó, no conoció la letra del sobre. + +Fermín sí; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano temblorosa.... + +--¿De quién es?--preguntó la madre al ver que Fermín palidecía. + +--No sé... ya la veré después. Ahora al coche... a ver a Guimarán.... + +Y se puso de pies, escondió la carta en un bolsillo interior, y se +dirigió a la puerta con paso firme. + +Doña Paula, aunque sospechaba, no sabía qué, no se atrevió esta vez a +insistir. Le daba lástima de aquel hijo que enfermo, triste, tal vez +desesperado, iba por ella a continuar la historia de su grandeza, de sus +ganancias; iba a rescatar el crédito perdido buscando un milagro de los +más sonados, de los más eficaces y provechosos, un milagro de +conversión. «Era un héroe». «¡Cuánto había padecido durante aquella +cuaresma!». Ella, doña Paula, había acabado por adivinar que su hijo y +la Regenta no se veían ya; habían reñido por lo visto. Al principio el +egoísmo de la madre triunfó y se alegró de aquel rompimiento que +suponía. Conoció que su hijo no se humillaría jamás a pedir una +reconciliación, que antes moriría desesperado como un perro, allí, en +aquel lecho donde había caído al cabo, después de pasear la cólera +comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de día y de noche. Pero +la desesperación taciturna de su Fermo, complicada con una enfermedad +misteriosa, de mal aspecto, que podía parar en locura, asustó a la madre +que adoraba a su modo al hijo; y noche hubo en que, mientras velaba el +dolor de su Fermo pensó en mil absurdos, en milagros de madre, en ir +ella misma a buscar a la infame que tenía la culpa de aquello, y +degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, allí, al +pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a +su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvación, de todo, a +salvarle o morir con él.... De estas ideas absurdas, que rechazaba +después el buen sentido, le quedaba a doña Paula una ira sorda, +reconcentrada, y una aspiración vaga a formar un proyecto extraño, una +intriga para cazar a la Regenta y hacerla servir para lo que Fermo +quisiera... y después matarla o arrancarle la lengua.... + +Los primeros días, después de separarse Ana y De Pas, era el Magistral +quien preguntaba más a menudo a Teresina, afectando indiferencia, pero +sin que su madre le oyera: «¿Ha habido algún recado, alguna carta para +mí?». Después, también doña Paula, a solas también, preguntaba a la +doncella, con voz gutural, estrangulada: «¿Han traído algún recado... +algún papel... para el señorito?». + +No, no habían traído nada. La cuaresma había pasado así, había comenzado +la semana de Dolores, estaba concluyendo... y nada. + +«Debe de ser de ella», pensó doña Paula cuando vio el papel que presentó +Teresina. Sintió ira y placer a un tiempo. + +El Magistral sentía en los oídos huracanes. Temía caerse. Pero estaba +dispuesto a salir. También se juró negarse a leer la carta delante de su +madre, aunque ella lo pidiera puesta en cruz. «Aquella carta era de él, +de él solo». Llegó el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada +por un caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y +sucios. + +Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el portal, dijo con +énfasis al cochero: + +--A casa de don Pompeyo Guimarán... ya sabes.... + +--Sí, sí... Dobló el coche la esquina; don Fermín corrió un cristal y +gritó: + +--Despacio, al paso. Miró la carta de Ana. Rompió el sobre con dedos que +temblaban y leyó aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se +confundían enganchadas unas con otras. Adivinó más que descifró los +caracteres que se evaporaban ante su vista débil. + +«Fermín: necesito ver a usted, quiero pedirle perdón y jurarle que soy +digna de su cariñoso amparo; Dios ha querido iluminarme otra vez; la +Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que yo le busque a usted, +que le llame. Pensé en ir yo misma a su casa. Pero temo que sea +indiscreción. Sin embargo, iré, a pesar de todo, si es verdad que está +usted enfermo y que no puede salir. ¿Dónde le podré hablar? Estoy segura +de que por caridad a lo menos no dejará sin respuesta mi carta. Y si la +deja, allá voy. Su mejor amiga, su esclava, según ha jurado y sabrá +cumplir.--ANA». + +De Pas dejó de sentir sus dolores, no pensó siquiera en esto; miró al +cielo, iba a obscurecer. Cogió con mano febril la blusa azul del cochero +que volvió la cabeza. + +--¿Qué hay señorito? + +--A la Plaza Nueva... a la Rinconada.... + +--Sí, ya sé... pero ¿ahora? + +--Sí, ahora mismo, y a escape. + +El coche siguió al paso. «Si está don Víctor, que no lo quiera Dios, +basta con que Ana me mire, con que me vea allí... Si no está... mejor. +Entonces hablaré, hablaré...». + +Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Fermín dejó caer la +cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rincón obscuro +del coche, ocultando el rostro en las manos que ardían, lloró como un +niño, sin vergüenza de aquellas lágrimas de que él solo sabría. + +No estaba don Víctor en casa. + +El Magistral estuvo en el caserón de los Ozores desde las siete hasta +más de las ocho y media. Cuando salió, el cochero dormía en el pescante. +Había encendido los faroles del coche y esperaba, seguro de cobrar caro +aquel sueño. Don Fermín entró en casa de don Pompeyo a las nueve menos +cuarto. La sala estaba llena de curas y seglares devotos. Todas las +hijas de Guimarán salieron al encuentro del Provisor, cuyo rostro +relucía con una palidez que parecía sobrenatural. Se hubiera dicho que +le rodeaba una aureola. + +Tres veces se había mandado aviso a casa del Magistral para que viniera +en seguida. Don Pompeyo quería confesar, pero con De Pas y sólo con De +Pas: decía que sólo al Magistral quería decir sus pecados y declarar sus +errores; que una voz interior le pedía con fuerza invencible que llamara +al Magistral y sólo al Magistral. + +Doña Paula contestaba que su hijo había salido a las siete, en coche, en +cuanto había recibido aviso, que había ido derecho a casa de Guimarán. +Pero como no llegaba, se repetían los recados. Doña Paula estaba +furiosa. ¿Qué era de su hijo? ¿Qué nueva locura era aquella? + +Al fin las de Guimarán, en vista de que el Provisor no parecía, llamaron +al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros +clérigos que más o menos trataban al enfermo. Todo inútil. Él quería al +Magistral; la voz interior se lo pedía a gritos. Glocester al lado de +aquel lecho de muerte se moría de envidia y estaba verde de ira, aunque +sonreía como siempre. + +--Pero, señor don Pompeyo, hágase usted cargo de que todos somos +sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversión de usted.... + +--Sí señor, sincera; yo nunca he engañado a nadie. Yo quiero +reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está de Dios que +muera.... + +--Oh, no, eso no...--Tal creo yo; pero de todas suertes... quiero +volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del señor +don Fermín; tengo motivos poderosos para exigir esto, son voces de mi +conciencia.... + +--Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese señor Magistral no +parece.... + +--Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesaré con cualquiera de +ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a esperar. + +El cura de la parroquia no consiguió más que el Arcediano. De don +Custodio no hay que hablar. Todos aquellos señores sacerdotes «estaban +allí en ridículo», según opinión de Glocester. La verdad era que un +color se les iba y otro se les venía. + +--¿Será esto un complot?--dijo Mourelo al oído de don Custodio. + +Después de tanto hacerse esperar llegó el Magistral. + +Las hijas de Guimarán le llevaron en triunfo junto a su padre. + +De Pas parecía un santo bajado del cielo; una alegría de arcángel +satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que había reflejos +de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la juventud +de la pasión, rozagante en aquel momento. Mientras Guimarán estrechaba +la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su pensamiento a +la realidad presente, seguía saboreando la escena de dulcísima +reconciliación en que acababa de representar papel tan importante. «¡Ana +era suya otra vez, su esclava! ella lo había dicho de rodillas, +llorando.... ¡Y aquel proyecto, aquel irrevocable propósito de hacer ver +a toda Vetusta en ocasión solemne que la Regenta era sierva de su +confesor, que creía en él con fe ciega!...». Al recordar esto, con todos +los pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermín sintió que +le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que +él llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de soplo +caliente. Pidió una silla. Se sentó al lado del enfermo y por primera +vez vio lo que tenía delante; un rostro pálido, avellanado, todo huesos +y pellejo que parecía pergamino claro. Los ojos de Guimarán tenían una +humedad reluciente, estaban muy abiertos, miraban a los abismos de ideas +en que se perdía aquel cerebro enfermo, y parecían dos ventanas a que se +asomaba el asombro mudo. + +Quedaron solos el enfermo y el confesor. + +De Pas se acordó de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de +Glocester, de Mesía, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia se +decidió a sacar todo el partido posible de aquella conversión que se le +venía a las manos. En un solo día ¡cuánta felicidad! Ana y la influencia +que se habían separado de él volvían a un tiempo; Ana más humilde que +nunca, la influencia con cierto carácter sobrenatural. Sí, él estaba +seguro de ello, conocía a los vetustenses; un entierro les había hecho +despreciar a su tirano, otro entierro les haría arrodillarse a sus pies, +fanatizados unos, asustados por lo menos los demás. Mientras hablaba con +don Pompeyo de la religión, de sus dulzuras, de la necesidad de una +Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el Magistral preparaba +todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya que aquel +tontiloco se le metía entre los dedos, no sería en vano. Los otros +tontos, los que creían que Guimarán era ateo de puro malvado y de puro +sabio, mirarían aquella conquista como cosa muy seria, como una ganancia +de incalculable valor para la Iglesia. + +«¡El ateo! Aunque todos le tenían por inofensivo, creían los más en su +maldad ingénita y en una misteriosa superioridad diabólica. Y aquel +diablo, aquel malhechor se arrojaba a los pies del señor espiritual de +Vetusta.... ¡Oh! ¡qué gran efecto teatral!... No, no sería él bobo, su +madre tenía razón, había que sacar provecho.... Y después, aquello no era +más que una preparación para otro triunfo más importante; ¿no se había +dicho que hasta la Regenta le abandonaba? Pues ya se vería lo que iba a +hacer la Regenta...». Don Fermín se ahogaba de placer, de orgullo; se le +atragantaban las pasiones mientras don Pompeyo tosía, y entre esputo y +esputo de flema decía con voz débil: + +--Puede usted creer... señor Magistral... que ha sido un milagro esto... +sí, un milagro.... He visto coros de ángeles, he pensado en el Niño +Dios... metidito en su cuna... en el portal de Belem... y he sentido una +ternura... así... como paternal... ¡qué sé yo!... ¡Eso es sublime, don +Fermín... sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!... +pero dice usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios, +hablando de Él... sólo que al revés... todo lo entendía al revés.... + +Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por +sollozos. + +Después el Magistral le hizo callar y escucharle. + +Habló mucho y bien don Fermín. Era necesario para obtener el perdón de +Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda sanaría--y eso +pensaba él también--diese un ejemplo edificante de piedad. Su conversión +debía ser solemne, para escarmiento de pícaros y enseñanza saludable de +los creyentes tibios. + +--Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos males +ha hecho.... + +--Pues usted dirá... don Fermín... yo soy esclavo de su voluntad.... +Quiero el perdón de Dios y el de usted... el de usted a quien tanto he +ofendido haciéndome eco de calumnias.... Y crea usted que yo no le quería +a usted mal, pero como mi propósito era combatir el fanatismo, al clero +en general... y además Barinaga sólo así podía ser conquistado.... ¡Oh +Barinaga! ¡infeliz don Santos! ¿Estará en el infierno, verdad, don +Fermín? ¡Infeliz! ¡Y por mi culpa! + +--Quién sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y además, +puede contarse con su bondad infinita.... ¡Quién sabe!... Lo principal +es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de piedad acendrada.... +Esta lección puede traer muchas conversiones detrás de sí. ¡Ah, don +Pompeyo, no sabe usted cuánto puede ganar la Religión con lo que usted +ha hecho y piensa hacer!... + +A la mañana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompañar el +Viático que por la tarde debía ser administrado al señor Guimarán. Era +Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del pueblo más que +religión. + +--¡El papel Provisor sube!--decía Foja furioso al oído de Glocester, a +quien encontró en el atrio de la catedral, al salir de misa. + +--¡Esto es un complot!--Lo que es un idiota ese don Pompeyo. + +--No, un complot.... La verdad era que el _papel Provisor_ subía mucho +más de lo que podían sus enemigos figurarse. + +Así como no se explicaba fácilmente por qué el descrédito había sido tan +grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora podía nadie darse cuenta de +cómo en pocas horas el espíritu de la opinión se había vuelto en favor +del Magistral, hasta el punto de que ya nadie se atrevía delante de +gente a recordar sus vicios y pecados; y no se hablaba más que de la +conversión milagrosa que había hecho. + +No importaba que Mourelo gritase en todas partes: + +--Pero si no fue él, si fue un arranque espontáneo del ateo.... Si así +hacen todos los espíritus fuertes cuando les llega su hora.... + +Nadie hacía caso del murmurador. «Milagro sí lo había, pero lo había +hecho el Magistral». Ya nadie dudaba esto. «Era un gran hombre, había +que reconocerlo».--Doña Paula, por medio del Chato y otros ayudantes, +doña Petronila, su cónclave, Ripamilán, el mismo Obispo, que había +abrazado al Magistral en la catedral poco después de bendecir las +palmas, todos estos, y otros muchos, eran propagandistas entusiastas de +la gloria reciente, fresca de don Fermín, de su triunfo palmario sobre +las huestes de Satán. + +Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesía que habló con el +ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de la +opinión, favorable hasta no poder más, a don Fermín. + +«Más valía esperar; ya pasaría aquella racha y volvería toda Vetusta a +ver al milagroso don Fermín de Pas tal como era, _en toda su horrible +desnudez_». + +Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las +circunstancias, teniendo a su lado al _cura de cabecera_, a don Fermín y +a Somoza, el médico, Vetusta entera, que había acudido a la casa y a las +puertas de la casa del converso, se esparció por todo el recinto de la +ciudad haciéndose lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien +ahora todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría +descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, su +influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de milagro. + +Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de médicos. Somoza se había +equivocado como solía. Don Pompeyo estaba enfermo de muerte, pero podía +durar muchos días: era fuerte... no había más que oírle hablar. + +Somoza mantuvo su opinión con energía heroica. «Cierto que podía durar +algunos días más de los que él había anunciado, el señor Guimarán; pero +la ciencia no podía menos de declarar que la muerte era inminente. Podía +durar, sí, el enfermo, mil y mil veces sí, pero ¿debido a qué? +Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No que él, don +Robustiano Somoza, hombre científico ante todo, creyese en la eficacia +material de la religión: pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba +con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tenía dicho, podía +admitir y admitía, aleccionado por la experiencia, que lo psíquico +influye en lo físico y viceversa, y que la conversión repentina de don +Pompeyo podría haber determinado una variación en el curso natural de su +enfermedad... todo lo cual era extraño a la ciencia médica como tal y +sin más». + +En efecto, don Pompeyo duró hasta el miércoles Santo. + +Trifón Cármenes, desde el día en que se supo la conversión de Guimarán, +concibió la empecatada idea de consagrar una _hoja literaria_ del +_lábaro_ al importantísimo suceso. Pero había que esperar a que el +enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto último era lo +más probable y lo que más convenía a los planes de Cármenes, el cual +desde el domingo de Ramos tenía a punto de terminar una larguísima +composición poética en que se _cantaba_ la muerte del ateo felizmente +restituido a la fe de Cristo. La oda elegíaca, o elegía a secas, lo que +fuera, que Trifón no lo sabía, comenzaba así: + + ¿Qué me anuncia ese fúnebre lamento...? + +El poeta iba y venía de la _casa mortuoria_ como él la llamaba ya para +sus adentros, a la redacción, de la redacción a la casa mortuoria. + +--¿Cómo está?--preguntaba en voz muy baja, desde el portal. + +La criada contestaba:--Sigue lo mismo. Y Trifón corría, se encerraba +con su elegía y continuaba escribiendo: + + ¡Duda fatal, incertidumbre impía!... + Parada en el umbral, la Parca fiera + ni ceja ni adelanta en su porfía; + como sombra de horror, calla y espera... + +Pasaban algunas horas, volvía a presentarse Trifón en casa del +moribundo; con voz meliflua y tenue decía: + +--¿Cómo sigue don Pompeyo? + +--Algo recargado--le contestaban. Volvía a escape a la redacción, +anhelante, «había que trabajar con ahínco, podía morirse aquel señor y +la poesía quedar sin el último pergeño...». Y escribía con _pulso +febril_: + + Mas ¡ay! en vano fue; del almo cielo + la sentencia se cumple; inexorable... + +No sabía Trifón lo que significaba almo, es decir, no lo sabía a punto +fijo, pero le sonaba bien. + +Cuando la criada de Guimarán le contestaba: «Que el señor había pasado +mejor la noche», Cármenes, sin darse cuenta de ello, torcía el gesto, y +sentía una impresión desagradable parecida a la que experimentaba cuando +llegaba a convencerse de que un periódico de Madrid no le publicaría los +versos que le había remitido. Él no quería mal a nadie, pero lo cierto +era que, una vez tan adelantada la elegía, don Pompeyo le iba a hacer un +flaco servicio si no se moría cuanto antes. + +Murió. Murió el miércoles Santo. El Magistral y Trifón respiraron. +También respiró Somoza. Los tres hubieran quedado en ridículo a suceder +otra cosa. En cuanto a Cármenes, terminó sus versos de esta suerte: + + No le lloréis. Del bronce los tañidos + himnos de gloria son; la Iglesia santa + le recogió en su seno... etc. + +Al pobre Trifón le salían los versos montados unos sobre otros: igual +defecto tenía en los dedos de los pies. + +El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. _Acompañaron a la +última morada el cadáver del finado_ las autoridades civiles y +militares; una comisión del Cabildo presidida por el Deán, la Audiencia, +la Universidad, y además cuantos se preciaban de buenos o malos +católicos. La viuda y las huérfanas recibían especial favor y consuelo +con aquella pública manifestación de simpatía. El Magistral iba +presidiendo el duelo de familia: no era pariente del difunto, pero le +había sacado de las garras del Demonio, según Glocester, que se quedó en +la sala capitular murmurando. «Aquello más que el entierro de un +cristiano fue la apoteosis pagana del pío, felice, triunfador Vicario +general». En efecto, el pueblo se lo enseñaba con el dedo: «Aquel es, +aquel es, decía la muchedumbre señalando al Apóstol, al Magistral». + +Los milagros que doña Paula había hecho correr entre las masas +impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo señor Obispo, +en su último sermón a las beatas pobres y clase de tropa, criadas de +servicio, etc., etc., había aludido al triunfo de aquel hijo predilecto +de la Iglesia.... + +--No habrá más remedio que agachar la cabeza y dejar pasar el +temporal--decía Foja. + +Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que comían de carne +en una fonda todos los viernes Santos. + +«¡Aquel don Pompeyo les había desacreditado! + +»¡Vaya un libre-pensador! + +»¡Era un gallina! »¡Murió loco! »¡Le dieron hechizos! »¿Qué hechizos? +Morfina. + +»El clero, milagros del clero... + +»Le convirtieron con opio... »La debilidad hace sola esos milagros... + +»Sobre todo era un badulaque...». + +El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los +anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un +profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la +jota Aragonesa. + +En casa de Vegallana la tal noticia _estalló como una bomba_. Volvía la +Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María con +Visitación; volvía también Obdulia Fandiño que había pedido en San +Pedro, a la hora en que visitaban los _monumentos_ los oficiales de la +guarnición; y todas aquellas señoras, en el gabinete de la Marquesa +reunidas, escuchaban pasmadas lo que solemnemente decía el gran +Constantino, doña Petronila Rianzares, que había recaudado veinte duros +en la mesa de petitorio de San Isidro. Y decía el obispo-madre: + +--Sí, señora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita está resuelta a +dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo.... + +--Pero Quintanar... no lo consentirá... + +--Ya ha consentido... a regañadientes, por supuesto. Ana le ha hecho +comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle cumplir su +promesa sería un acto de despotismo que ella no perdonaría jamás.... + +--¿Y el pobre calzonazos dio su permiso?--dijo Visita, colorada de +indignación--. ¡Qué maridos de la isla de San Balandrán!--añadió +acordándose del suyo. + +La Marquesa no acababa de santiguarse. «Aquello no era piedad, no era +religión; era locura, simplemente locura. La devoción racional, +_ilustrada_, de buen tono, era aquella otra, pedir para el Hospital a +las corporaciones y particulares a las puertas del templo, regalar +estandartes bordados a la parroquia; ¡pero vestirse de mamarracho y +darse en espectáculo!...». + +--¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría por +una demagoga, por una _Suñera_. + +--Pues yo, ¿qué he dicho? + +--¿Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una _nazarena_... + +La Marquesa encogió los hombros y volvió a santiguarse. Obdulia tenía la +boca seca y los ojos inflamados. Sentía una inmensa curiosidad y cierta +envidia vaga... + +«¡Ana iba a darse en espectáculo!» cierto, esa era la frase. ¿Qué más +hubiera querido ella, la de Fandiño, que darse en espectáculo, que +hacerse mirar y contemplar por toda Vetusta? + +--¿Y el traje? ¿cómo es el traje? ¿sabe usted...? + +--¿Pues no he de saber?--contestó doña Petronila, orgullosa porque +estaba enterada de todo--. Ana llevará túnica talar morada, de +terciopelo, con franja _marrón foncé_.... + +--¿Marrón foncé?--objetó Obdulia--... no dice bien... oro sería mejor. + +--¿Qué sabe usted de esas cosas?... Yo misma he dirigido el trabajo de +la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha dejado a mí el cuidado +de todos los pormenores. + +--¿Y la túnica es de vuelo? + +--Un poco...--¿Y cola?--No, ras con ras...--¿Y calzado? +¿sandalias...? + +--¡Calzado! ¿qué calzado? El pie desnudo.... + +--¡Descalza!--gritaron las tres damas. + +--Pues claro, hijas, ahí está la gracia.... Ana ha ofrecido ir +descalza.... + +--¿Y si llueve?--¿Y las piedras?--Pero se va a destrozar la piel... +--Esa mujer está loca...--¿Pero dónde ha visto ella a nadie hacer esas +diabluras? + +--¡Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto como este, +un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante.... + +--Pero, ¿cómo se le ha ocurrido... eso? ¿Dónde ha visto ella eso?... + +--Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los +muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sería +meritorio exponerse a los sarcasmos de los impíos, y a las burlas +disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo +que hizo el Señor por nosotros pecadores. + +--¡Descalza!--repetía asombrada Obdulia.--La envidia crecía en su pecho. +«Oh, lo que es esto--pensaba--indudablemente tiene _cachet_. Sale de lo +vulgar, es una _boutade_, es algo... de un buen tono superfino...». + +El Marqués entró en aquel momento con don Víctor colgado del brazo. + +Vegallana venía consolando al mísero Quintanar, que no ocultaba su +tristeza, su decaimiento de ánimo. + +Doña Petronila se despidió antes de que el atribulado ex-regente pudiera +echarle el tanto de culpa que la correspondía en aquella aventura que él +reputaba una desgracia. + +--Vamos a ver, Quintanar--preguntó la Marquesa con verdadero interés y +mucha curiosidad.... + +--Señora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el poeta... + + ¡No podían vencerme... y me vencieron...! + +--Déjese usted de versos, alma de Dios.... ¿Quién le ha metido a Ana eso +en la cabeza? + +--¿Quién había de ser? Santa Teresa... digo... no... el Paraguay. + +--¿El Para...?--No, no es eso. No sé lo que me digo.... Quiero decir.... +Señores, mi mujer está loca.... Yo creo que está loca.... Lo he dicho mil +veces.... El caso es... que cuando yo creía tenerla dominada, cuando yo +creía que el misticismo y el Provisor eran agua pasada que no movía +molino... cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a +lo mejor ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión. + +--Pero si en Vetusta jamás ha hecho eso nadie.... + +--Sí tal--dijo el Marqués--. Todos los años va en el entierro de Cristo, +Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de +Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas.... + +--Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre. + +--No, si yo no comparo...--Pero, señores, señores, digo yo--repetía +doña Rufina--¿cuándo ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro +detrás de la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?... + +--Sí, verlo, sí lo ha visto. Lo hemos visto en Zaragoza... por ejemplo. +Pero yo no sé si aquellas eran señoras de verdad.... + +--Y además, no irían descalzas--dijo Obdulia. + +--¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira de Dios! ¡eso sí que +no!... ¡Pardiez! + +Gran trabajo costó contener la indignación colérica de don Víctor. El +cual, más calmado, se volvió a casa, y entre tener _otra explicación_ +con su señora o encerrarse en un significativo silencio, prefirió +encerrarse en el silencio... y en el despacho. + +«A sí mismo no se podía engañar. Comprendía que la resolución de Ana era +irrevocable». + +El Viernes Santo amaneció plomizo; el Magistral muy temprano, en cuanto +fue de día, se asomó al balcón a consultar las nubes. «¿Llovería? +Hubiera dado años de vida porque el sol barriera aquel toldo ceniciento +y se asomara a iluminar cara a cara y sin rebozo aquel día de su +triunfo.... ¡Dos días de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo +convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín +triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos +tragando polvo, dispersos y aniquilados!». + +También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder remediarlo pensó +¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía la conciencia de este deseo. +Estaba asustada de su propia obra. «Yo soy una loca--pensaba--tomo +resoluciones extremas en los momentos de la exaltación y después tengo +que cumplirlas cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza +para querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había +ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su +adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había ocurrido +aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los +Dolores, oyendo el _Stabat Mater_ de Rossini, figurándose con +calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies +de su hijo, _dum pendebat filius_, como decía la letra. Había recordado, +como por inspiración, que ella había visto en Zaragoza a una mujer +vestida de Nazareno, caminar descalza detrás de la urna de cristal que +encerraba la imagen supina del Señor, y sin pensarlo más, había +resuelto, se había jurado a sí misma caminar así, a la vista del pueblo +entero, por todas las calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de +aquel Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado, +despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no había +remedio, don Fermín, después de una oposición no muy obstinada, había +accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doña +Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras +sacrílegas, se había ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores +del _sacrificio_... «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se +acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se +abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el +trance de la procesión!». + +Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, cierto; +era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero ¿no +había otra manera de ser piadosa? ¿No había sido un arrebato de locura +aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que +ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas +las calles de la Encimada, _dándose en espectáculo_ a la malicia, a la +envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y +balcones aquel _cuadro vivo_ que ella iba a representar? Buscaba Ana el +fuego del entusiasmo, el frenesí de la abnegación que hacía ocho días, +en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel proyecto; pero el +entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la fe siquiera la acompañaba. El +miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por +completo; ya no creía, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en +Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para +restaurar la fama del Magistral: no pensaba más que en _el escándalo_ de +aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la mujer de su casa, la esposa +honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectáculo próximo.... No, +no estaba segura de que su abnegación fuese buena siquiera; acaso era +una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con +silencio solemne...» y Ana sudaba de congoja.... «¡Lo que había +prometido!». + +No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el pueblo todo +el día. Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de +la iglesia de San Isidro. + +--«¡Ya llega, ya llega!»--murmuraban los socios del Casino apiñados en +los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del +cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de +contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada +de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni +menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela. + +Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar +la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas +de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la +Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba». +No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido +en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete +espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se +esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del +Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio +churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí +y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa, +Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada +aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba +pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de +los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus +gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, +admirados y compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de +Fandiño el bello ideal de la coquetería. + +Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a +negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas +vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían +atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un +pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y +también procesiones.... ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente, +significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que +dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo +del terciopelo morado de la _nazarena_! «Y era natural; todo Vetusta, +seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies +descalzos, ¿por qué? porque hay un _cachet_ distinguidísimo en el modo +de la exhibición, porque... esto es cuestión de _escenario_». «¿Cuándo +llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una +envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria +bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en +aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre. + +Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario, +que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre +inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás +días del año. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de +corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor +maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al +natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el +movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la +frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le +atravesasen el cráneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la +escuela. + +Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su +mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no +sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había +inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a +los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en +aquella exhibición anual la pícara vanidad. El saber que una vez al año, +él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la _espectación general_, le +llenaba el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo; +él era el único Nazareno de la población y gozaba de este privilegio +tranquilamente muchos años hacía. + +La competencia de doña Ana Ozores en vez de molestarle le colmó de +orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de +San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su +cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino +del Calvario, un cumplido caballero; si había charcos él era el que se +metía por ellos para evitar el fango a los pies desnudos y de nácar de +aquella ilustre señora, su compañera. Ana iba como ciega, no oía ni +entendía tampoco, pero la presencia grotesca de aquel compañero +inesperado la hizo ruborizarse y sintió deseos locos de echar a correr. +«La habían engañado, nada le habían dicho de aquella caricatura que iba +a llevar al lado». «Oh, si ella tuviese todavía aquel espíritu +sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva mortificación, este +escarnio, esta saturación de ridículo le hubiera agradado, porque así el +sacrificio era mayor, la fuerza de su abnegación sublime». + +Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los +pies descalzos de la Regenta. En cuanto a él lucía deslumbradora bota de +charol, con perdón de la propiedad histórica. Demasiado sabía Vinagre +que las botas de charol no existían en tiempo de Augusto, ni aunque +existieran las había de llevar Jesús al Calvario; pero él no era más que +un devoto, un devoto que en todo el año no tenía ocasión de lucirse; +había que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasión sus botas +como espejos, que sólo se calzaba en tan solemne día. + +«¡Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las señoras de la +Audiencia cuando la procesión llegaba de verdad. Ahora no era un rumor +falso, eran _ellos_, era el Entierro». + +Cesaron los comentarios en los balcones. + +Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos. + +Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal instante. + +El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto. + +Visitación, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle +estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las +cruces y ciriales, observaba el gesto de don Álvaro Mesía, que estaba +solo, al parecer, en el último balcón de la fachada del Casino, en el de +la esquina. Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello, +don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en +la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a +un interlocutor, invisible para Visita. + +Era don Víctor Quintanar. Los dos amigos se habían encerrado en la +secretaría del Casino, a ruegos del ex-regente, que quería ver, sin ser +visto, lo que él llamaba la _subida al Calvario de su dignidad_. Detrás +de Mesía, que daba buena sombra, temblando sin saber por qué, +impaciente, casi con fiebre, Quintanar se disponía a ver todo lo que +pudiera. + +--Mire usted--decía--si yo tuviera aquí una bomba Orsini... se la +arrojaba sin inconveniente al señor Magistral cuando pase triunfante por +ahí debajo. ¡Secuestrador! + +--Calma, don Víctor, calma; esto es el principio del fin. Estoy seguro +de que Ana está muerta de vergüenza a estas horas. Nos la han +fanatizado, ¿qué le hemos de hacer? pero ya abrirá los ojos; el exceso +del mal traerá el remedio.... Ese hombre ha querido estirar demasiado la +cuerda; claro que esto es un gran triunfo para él... pero Ana tendrá que +ver al cabo que ha sido instrumento del orgullo de ese hombre. + +--¡Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ahí como un triunfador +romano a una esclava... detrás del carro de su gloria.... + +Don Víctor se embrollaba en estas alegorías, pero lo cierto era que él +se figuraba a don Fermín de Pas, en medio de la procesión, y de pie en +un carro de cartón, como él había visto entrar al barítono en el +escenario del Real, una noche que cantaba el _Poliuto_. + +Don Álvaro no fingía su buen humor. Estaba un poco excitado, pero no se +sentía vencido; él se atenía a sus experiencias. «Aquel clérigo no había +tocado en la Regenta, estaba seguro». Sonreía de todo corazón, sonreía a +sus pensamientos, a sus planes. «Claro que les molestaba a los nervios +aquel espectáculo en que aparentemente el rival se mostraba triunfando a +la romana, según don Víctor, pero... no había tocado en ella». + +Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros +del balcón una cruz dorada, remate de un pendón viejo y venerable. Se +puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle, +y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos. + +Mesía, dejando detrás de sí a su amigo, ocupó el medio del balcón, +arrogante y desafiando las miradas de los clérigos que pasaban debajo de +él. + +Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en resucitar un dolor +muerto hacía diez y nueve siglos; a don Víctor sí le sonaba aquello a +himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patíbulo. + +El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono. + +En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepúsculo; +las largas filas de hachas encendidas, se perdían a lo lejos hacia +arriba, mostrando la luz amarillenta de los pábilos, como un rosario de +cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas +cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles, +subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras lucientes, en +confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin +ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas +que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de +ensueño. No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de +blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros +morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos, +preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer +religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería. +Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él; +a cumplir con el oficio. Después venían en las filas clérigos con +manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, algunos +carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también. Iba +allí Zapico, el dueño ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doña Paula. +El Cristo tendido en un lecho de batista, sudaba gotas de barniz. +Parecía haber muerto de consunción. A pesar de la miseria del arte, la +estatua supina, por la grandeza del símbolo infundía respeto +religioso.... Representaba a través de tantos siglos un duelo sublime. +Detrás venía la Madre. Alta, escuálida, de negro, pálida como el hijo, +con cara de muerta como él. Fija la mirada de idiota en las piedras de +la calle, la impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel +rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del +sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no +daba señales de sentirlas; no sentía más que la muerte que llevaba +delante. Se tambaleaba sobre las andas. También esto era natural. Desde +su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. La Madre de Jesús no +miraba a los vetustenses.... Don Álvaro Mesía, al pasar cerca de sus pies +la Dolorosa tuvo miedo, dio un paso atrás en vez de arrodillarse. El +choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don +Álvaro, todos profanación y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba +pensando que Ana, después de _aquella locura_ que cometía por el +confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía. + +Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a +los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto. +También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz. +Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los +pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de +que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían. +Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de +toda el alma. «¡Ella era una loca que había caído en una especie de +prostitución singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después de +aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la +tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca +sin vergüenza». Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en +todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel +calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la +_Perfecta Casada_, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo. +«Me cegó la vanidad, no la piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy +lo que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la +Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús no la miraba, no +hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí +porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, ¿a qué iba?...». + +Según el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermín no presidía +este entierro como el del miércoles, pero celebraba con él su nuevo +triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la tila derecha, entre +otros señores canónigos, con roquete, muceta y capa; empuñaba el cirio +apagado, como un cetro. «Él era el amo de todo aquello. Él, a pesar de +las calumnias de sus enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta +haciéndole morir en el seno de la Iglesia; él llevaba allí, a su lado, +prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada por su +hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta edificando +al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne +flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se le debía a +él sólo. ¿No se decía que los jesuitas le habían eclipsado? ¿Que los +Misioneros podían más que él con sus hijas de confesión? Pues allí +tenían prueba de lo contrario. ¿Los jesuitas obligaban a las vírgenes +vetustenses a ceñir el cilicio? Pues él descalzaba los más floridos pies +del pueblo y los arrastraba por el lodo... allí estaban, asomando a +veces debajo de aquel terciopelo morado, entre el fango. ¿Quién podía +más?». Y después de las sugestiones del orgullo, los temblores cardíacos +de la esperanza del amor. «¿Qué serían, cómo serían en adelante sus +relaciones con Ana?». Don Fermín se estremecía. «Por de pronto mucha +cautela. Tal vez el día en que dejé la puerta abierta a los celos la +asusté y por eso tardó en volver a buscarme. Cautela por ahora... +después... ello dirá». De Pas sentía que lo poco de clérigo que quedaba +en su alma desaparecía. Se comparaba a sí mismo a una concha vacía +arrojada a la arena por las olas. «Él era la cáscara de un sacerdote». + +Al pasar delante del Casino, frente al balcón de Mesía, Ana miraba al +suelo, no vio a nadie. Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el +topetazo de su mirada con la de don Álvaro; el cual reculó otra vez, +como al pasar la Virgen, y de pálido pasó a lívido. La mirada del +Magistral fue altanera, provocativa, sarcástica en su humildad y dulzura +aparentes: quería decir _¡Vae Victis!_ La de Mesía no reconocía la +victoria; reconocía una ventaja pasajera... fue discreta, suavemente +irónica, no quería decir: «Venciste, Galileo» sino «hasta el fin nadie +es dichoso». De Pas comprendió, con ira, que el del balcón no se daba +por vencido. + +--¡Va hermosísima!--decían en tanto las señoras del balcón de la +Audiencia. + +--¡Hermosísima!--¡Pero se necesita valor!--Amigo, es una santa.--Yo +creo que va muerta--dijo Obdulia--; ¡qué pálida! ¡qué _parada_! parece +de escayola. + +--Yo creo que va muerta de vergüenza--dijo al oído de la Marquesa, +Visita. + +Doña Rufina suspiraba con aires de compasión. Y advirtió: + +--Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho días +con los pies hechos migas. + +La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en +Vetusta, se atrevió a decir encogiendo los hombros: + +--Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de personas +decentes. + +El Marqués apoyó la idea muy eruditamente. + +--Eso es piedad de transtiberina.--Justo--dijo la baronesa, sin +recordar en aquel instante lo que era una transtiberina. + +Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, después de +pasar la procesión y haber contemplado y admirado la hermosura y la +valentía de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba inconvenientes +graves en aquel «rasgo de inaudito atrevimiento». + +Foja en el Casino, lejos de Mesía y don Víctor, decía pestes del +Magistral y la Regenta. «Todo eso es indigno. No sirve más que para dar +alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarán los curas de +aldea. Además, la mujer casada la pierna quebrada y en casa». + +--Sin contar--añadía Joaquín Orgaz--con que esto se presta a +exageraciones y abusos. El año que viene vamos a ver a Obdulia Fandiño +descalza de pie... y pierna, del brazo de Vinagre. + +Se rió mucho la gracia. Pero también se notó que Orgaz decía aquello +porque no había sacado nada de sus pretensiones amorosas, o por lo +menos, no había sacado bastante. + +El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de +aquella señora. «Aquello era imitar a Cristo de verdad. ¡Emparejarse, +como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno; y recorrer +descalza todo el pueblo!... ¡Bah! ¡era una santa!». + +En cuanto a don Víctor, al pasar debajo de su balcón el Magistral y Ana +preguntó a Mesía: + +--¿Están ya ahí? + +--Sí, ahí van.... Y el mismo esposo estiró el cuello... y asomó la +cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atrás. + +--¡Infame! ¡es un infame! ¡me la ha fanatizado! + +Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón que iba +de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre. + +Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró al oír +aquella música que estaba viudo, que aquello era el entierro de su +mujer. + +--Ánimo, don Víctor--le dijo Mesía volviéndose a él, y dejando el +balcón--. Ya van lejos. + +--No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño! + +--Ánimo.... Todo esto pasará... + +Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo. + +El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir con los +brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de +sollozo: + +--¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en +brazos de un amante! + +--Sí, mil veces, sí--añadió--¡búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo +antes que verla en brazos del fanatismo!... + +Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía. + +La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El _chin, chin_ de los platillos, +el _rum rum_ del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes +de Quintanar. + +--¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no +ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse! + +--_¡Chin, chin, chin! ¡bom, bom, bom!_--¡Sí, amigo mío! ¡Primero +seducida que fanatizada!... + +--Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para las +ocasiones son los hombres.... + +--Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre usted el balcón, porque se me +figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza! + + + + +--XXVII-- + + +--¡Las diez! ¿Has oído? el reloj del comedor ha dado las diez.... ¿Te +parece que subamos?... + +--Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral. + +--¡En la catedral! ¿Pero se oye desde aquí, muchacha? ¿Se oye el reloj +de la torre desde aquí?... Mira que es media legua larga.... + +--Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye. +¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás las campanadas... +tristes y apagadas por la distancia.... + +--La verdad es que la noche está hermosa.... + +--Parece de Agosto.--Cuando contemplo el cielo, + + de innumerables luces rodeado + y miro hacia el suelo... + +perdóname, hija mía, sin querer me vuelvo a mis versos.... + +--¿Y qué? mejor, Quintanar: eso es muy hermoso. _La Noche Serena_ ya lo +creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era niña y empezaba a leer +versos, mi autor predilecto era ese. + +El recuerdo de Fray Luis de León pasó como una nubecilla por el +pensamiento de Ana que sintió un poco de melancolía amarga. Sacudió la +cabeza, se puso en pie y dijo: + +--Dame el brazo, Quintanar; vamos a dar una vuelta por la galería de los +perales, mientras la señora torre de la catedral se decide a cantar la +hora.... + +--Con mil amores, _mia sposa cara_. + +La pareja se escondió bajo la bóveda no muy alta de una galería de +perales franceses en espaldar. La luna atravesaba a trechos el follaje +nuevo y sembraba de charcos de luz el suelo a lo largo del obscuro +camino. + +--Mayo se despide con una espléndida noche--dijo Ana, apoyándose con +fuerza en el brazo de su marido. + +--Es verdad; hoy se acaba Mayo. Mañana Junio. Junio la caña en el puño. +¿Te gusta a ti pescar? El río Soto, ya sabes, ese que está ahí en +pasando la Pumarada de Chusquin. + +--Sí, ya sé... donde se bañan Obdulia y Visita algunos veranos antes de +ir al mar. + +--Justo, ese... pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según me dijo +el Marqués. ¿Quieres que escriba a Frígilis, que nos mande dos cañas con +todos sus accesorios? + +--Sí, sí, ¡magnífico! Pescaremos. + +Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer que colgaba +del suyo, y la tomó la mano como un tenor de ópera. Y cantó: + + Lasciami, lasciami + oh lasciami partir... + +Calló y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Miró a su +esposa, que también volvió el rostro hacia su marido. + +--¿Te gustan los Hugonotes? ¿Te acuerdas? Qué mal los cantaba aquel +tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea... hermosa idea.... +Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, junto al estanque, figúrate a +Gayarre o a Masini cantando... en esta noche tranquila, en este +silencio... y nosotros aquí, debajo de esta bóveda... oyendo... +oyendo.... Las óperas deberían cantarse así... ¿Qué nos falta a nosotros +ahora? Música nada más que música.... El panorama hermoso... la brisa... +el follaje... la luna... pues esto con acompañamiento de un buen +cuarteto... y ¡el paraíso! Oh, los versos... los versos a veces no dicen +tanto como el pentagrama. Estoy por la canción, por la poesía que se +acompaña en efecto de la lira o de la forminge.... ¿Tú sabes lo que era +la forminge, _phorminx_? + +Ana sonrió y le explicó el instrumento griego a su buen esposo. + +--Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pasó por la frente de Ana. + +El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez, +pausadas, vibrantes, llenando el aire de melancolía. + +--Pues es verdad que se oye--dijo Quintanar. + +Y después de un silencio, comentario de la hora, añadió: + +--¿Vamos a cenar?--¡A cenar!--gritó Ana. Y soltando el brazo de don +Víctor corrió, levantando un poco la falda de la _matinée_ que vestía, +hasta perderse en la obscuridad de la bóveda. Quintanar la siguió dando +voces: + +--Espera, espera... loca, que puedes tropezar. + +Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de la +escalinata de mármol, con una mano apoyada en el cancel dorado de la +puerta de la casa, a su querida esposa que extendía el brazo derecho +hacia la luna, con una flor entre los dedos. + +--Eh, ¿qué tal, Quintanar? ¿Qué tal efecto de luna hago?... + +--¡Magnífico! Magnífica estatua... original pensamiento... oye: «La +Aurora suplica a Diana que apresure el curso de la noche...». + +Ana aplaudió y atravesó el umbral. Don Víctor entró detrás diciéndose a +sí mismo en voz alta: + +--¡Hija mía! Es otra.... Ese Benítez me la ha salvado.... Es otra.... +¡Hija de mi alma! + +Cenaron en la vajilla de los marqueses. Los dos tenían muy buen apetito. +Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia Quintanar que +sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía un cuchillo aprobaba con +la cabeza. + +--La casa es alegre hasta de noche--dijo ella. + +Y añadió:--Toma, móndame esa manzana.... + +--«Móndame la manzana, móndame la manzana...» ¿dónde he oído yo eso?... +Ah ya.... + +Y se atragantó con la risa.--¿Qué tienes, hombre?--Es de una +zarzuela.... De una zarzuela de un académico.... Verás... se trata de la +marquesa de Pompadour: un señor Beltrand anda en su busca; en un molino +encuentra una aldeana... y como es natural se ponen a cenar juntos, y a +comer manzanas por más señas. + +--Como tú y yo .--Justo. Pues bueno, la aldeana, como es natural +también, coge un cuchillo. + +--Para matar a Beltrand.... + +--No, para mondar la manzana.... + +--Eso ya es inverosímil. + +--Lo mismo opinan Beltrand y la orquesta. La orquesta se eriza de +espanto con todos sus violines en trémolo y pitando con todos sus +clarinetes; y Beltrand canta, no menos asustado: + +_(Cantando y puesto en pie)_ + + ¡Cielos! monda la manzana; + ¡es la marquesa + de Pompadour!... + ¡de Pompadour!... + +Ana soltó el trapo. Rió de todo corazón el disparate del académico y la +gracia de su marido. «La verdad era que Quintanar parecía otro». + +Petra sirvió el té.--¿Ha vuelto Anselmo de Vetusta?--preguntó el amo. + +--Sí, señor, hace una hora.... + +--¿Ha traído los cartuchos? + +--Sí, señor.--¿Y el alpiste?--Sí, señor.--Pues dile que mañana muy +temprano tiene que volver a la ciudad, con un recado para el señor +Crespo. Deja... voy yo mismo a enterarle.... Escribiré dos letras; ¿no te +parece, Ana? ese Anselmo es tan bruto.... + +Salió el amo del comedor. Petra dijo, mientras levantaba el mantel: + +--Si la señorita quiere algo... yo también pienso ir mañana al ser de +día a Vetusta... tengo que ver a la planchadora... si quiere que lleve +algún recado... a la señora Marquesa... o.... + +--Sí: llevarás dos cartas; las dejaré esta noche sobre la mesa del +gabinete y tú las cogerás mañana, sin hacer ruido, para no despertarnos. + +--Descuide usted. Una hora después don Víctor dormía en una alcoba +espaciosa, estucada, con dos camas. En el gabinete contiguo Ana escribía +con pluma rápida y que parecía silbar dulcemente al correr sobre el +papel satinado. + +--No tardes; no escribas mucho, que te puede hacer daño. Ya sabes lo que +dice Benítez. + +--Sí, ya sé; calla y duerme. + +Ana escribió primero a su médico, que era en la actualidad el antiguo +sustituto de Somoza. Benítez, el joven de pocas palabras y muchos +estudios, observador y taciturno, había permitido a su enferma, a la +Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distraía, a ciertas horas +en que la aldea no ofrece ocupación mejor. «Escríbame usted a mí, por +ejemplo, de vez en cuando, diciéndome lo que sabe que importa para mi +pleito. Pero si se siente mal de esas aprensiones dichosas no me dé +pormenores, bastan generalidades...». + +Ana escribía: «...Buenas noticias. Nada más que buenas noticias. Ya no +hay aprensiones: ya no veo hormigas en el aire, ni burbujas, ni nada de +eso; hablo de ello sin miedo de que vuelvan las visiones: me siento +capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus figuras de sesos y +demás interioridades, sin asco ni miedo. Hablo de mi temor a la locura +con Quintanar como de la manía de un extraño. Estoy segura de mi salud. +Gracias, amigo mío; a usted se la debo. Si no me prohibiera usted +_filosofar_, aquí le explicaría por qué estoy segura de que debo al plan +de vida que me impuso la felicidad inefable de esta salud serena, de +este placer refinado de vivir con sangre pura y corriente en medio de la +atmósfera saludable... pero nada de retórica; recuerdo cuánto le +disgustan las frases.... En fin, estoy como un reloj, que es la expresión +que usted prefiere. El régimen respetado con religiosa escrupulosidad. +El miedo guarda la viña, seré esclava de la higiene. Todo menos volver a +las andadas. Continúo mi diario, en el cual no me permito el lujo de +perderme en _psicologías_ ya que usted lo prohíbe también. Todos los +días escribo algo, pero poco. Ya ve que en todo le obedezco. Adiós. No +retarde su visita. Quintanar le saluda... roncando. Ronca, es un hecho. +_En aquel tiempo_ la Regenta hubiera mirado esto como una desgracia +suya, que le mandaba exprofeso el _destino_ para ponerla a prueba. ¡Un +marido que ronca! Horror... basta. Veo que tuerce usted el gesto. +Perdón. No más cháchara. A Frígilis que venga con usted o antes. Diga lo +que quiera mi esposo, si Crespo no viene a prepararme la caña y a +convencer a las truchas de que se dejen pescar no haremos nada. Adiós +otra vez. La esclava de su régimen, q. b. s. m., + + _Anita Ozores de Quintanar_». + +Después de firmar y cerrar esta carta, Ana se puso a continuar otra que +había empezado a escribir por la mañana. + +Ahora la pluma corría menos, se detenía en los perfiles. + +Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que +contestaba y que tenía delante de los ojos. + +«...No se queje de que soy demasiado breve en mis explicaciones. Ya le +tengo dicho, amigo mío, que Benítez me prohíbe, y creo que con razón, +analizar mucho, estudiar todos los pormenores de mi pensamiento. No ya +el hacerlo, sólo el pensar en hacerlo, en desmenuzar mis ideas, me da la +aprensión de volver a sentir aquella horrorosa debilidad del cerebro.... +No hablemos más de esto. Bastante hago si le escribo, pues prohibido me +lo tienen. Pero entendámonos. Lo prohibido no es escribir a usted. +¿Hablo ahora claro? Lo prohibido es escribir mucho, sea a quien sea, y +sobre todo de asuntos serios. + +»¿Qué cuándo volvemos a Vetusta? No lo sé. Fermín, no lo sé. + +»Que yo estoy mucho mejor. Es verdad. Pero quien manda, manda. Benítez +es enérgico, habla poco pero bien; ha prometido curarme si se le +obedece, abandonarme si se le engaña o se desprecian sus mandatos. Estoy +decidida a obedecer. Usted me lo ha dicho siempre: lo primero es que +tengamos salud. + +»¿Que hay tibieza tal vez? No, Fermín, mil veces no. Yo le convenceré +cuando vuelva. + +»¿Que rezo poco? Es verdad. Pero tal vez es demasiado para mi salud. ¡Si +yo dijera a Quintanar o a Benítez el daño que me hace, sana y todo, +repetir oraciones!... Que en mis cartas no hablo más que de don Víctor y +del médico. ¿Pero de qué quiere que le hable? Aquí no veo más que a mi +marido; y Benítez me acaba de salvar la vida, tal vez la razón.... Ya sé +que a usted no le gusta que yo hable de mis miedos de volverme loca... +pero es verdad, los tuve y le hablo de ellos, para que me ayude a +agradecer al médico (de quien tanto hablo) mi _salvación intelectual_. +¿Para qué me hubiera querido mi _hermano_ _mayor del alma_, sin el +alma, o con el alma obscurecida por la locura?... + +»¿Que se acabó esto y se acabó lo otro...? No y no. No se acabó nada. A +su tiempo volverá todo. Menos el visitar a doña Petronila. No me +pregunte usted por qué, pero estoy resuelta a no volver a casa de esa +señora. Y... nada más. No _puedo ser más larga_. Me está prohibido +(¡otra vez!). Acabo de cenar. Su más fiel amiga y penitente agradecida. + +_Ana Ozores_». + +«P. D.--¿Qué se conoce que tengo buen humor? También es verdad. Me lo da +la salud. Si lo tuviera malo y pensara mal, creería que a usted le pesa +de mi buen humor, a juzgar por el _tono_ con que lo dice. Perdón por +todas las faltas». + +Anita leyó toda esta carta. Tachó algunas palabras; meditó y volvió a +escribirlas encima de lo tachado. + +Y mientras pasaba la lengua por la goma del sobre, moviendo la cabeza a +derecha e izquierda, encogió los hombros y dijo a media voz: + +--No tiene por qué ofenderse. Se acostó en el lecho blanco y alegre que +estaba junto al de Quintanar. + +El viejo madrugaba más que Ana, y salía a la huerta a esperarla. A las +ocho tomaban juntos el chocolate en el invernáculo que él llamaba con +cierto orgullo enfático _la serre_. + +--¡Si esto fuera nuestro!...--pensaba a veces Quintanar contemplando +las plantas exóticas de los anaqueles atestados y de los jarrones +etruscos y japoneses más o menos auténticos. + +La Regenta no pensaba en los títulos de propiedad del Vivero; gozaba de +la naturaleza, de la salud y del relativo lujo que habían acumulado los +Vegallana en su famosa quinta, sin fijarse en nada más que gozar. Vivía +allí como en un baño, en cuya eficacia creía. + +Don Víctor salió de la huerta y atravesando prados, pumaradas y tierras +de maíz, buscó entre las casuchas vecinas la bajada al río Soto, y por +su orilla el lugar más a propósito para sentar sus reales y pescar, en +cuanto volviese Anselmo con los trastos necesarios. + +Ana, durante las horas del calor, que ya era respetable, subió a su +gabinete, y después de leer un poco, tendida sobre el lecho blanco, se +acercó al escritorio de palisandro, y hojeó su libro de memorias. +Siempre hacía lo mismo; antes de empezar a escribir en él repasaba +algunas páginas, a saltos.... + +Leyó la primera que casi sabía de memoria. La leyó con cariño de +artista. Decía así, en letra sólo para Ana inteligible, nerviosa y +rapidísima: + +«¡Memorias!... ¡Diario!... ¿por qué no? Benítez lo consiente». + +_Memorias de Juan García_, podría decir algún chusco.... Pero como esto +no ha de leerlo nadie más que yo.... ¿Qué es ridículo? ¡Qué ha de ser! +Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me +agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera +el _mundo_ me llamaría cursilona, literata... o romántica, como dice +Visita. A Dios gracias, estos miedos al qué dirán ya han pasado. La +salud me ha hecho más independiente. Sobre todo ¿qué han de decir si +nadie ha de leerlo? Ni Quintanar. Nunca ha entendido mi letra cuando +escribo deprisa. Estoy sola, completamente sola. Hablo conmigo misma, +secreto absoluto. Puedo reír, llorar, cantar, hablar con Dios, con los +pájaros, con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de mí. +Empecemos por un himno. Hagamos versos en prosa. «¡Salud, salve! A ti +debo las ideas nuevas, este vigor del alma, este olvido de larvas y +aprensiones... y el equilibrio del ánimo, que me trajo la calma +apetecida...». Suspendo el himno porque Quintanar jura que se muere de +hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna en la +boca.... ¡Ya bajo, ya bajo!... ¡Allá voy!.. + + * * * * * + +El Vivero, Mayo 1... Llueve, son las cinco de la tarde y ha llovido todo +el día. _In illo tempore_, me tendría yo por desgraciada sin más que +esto. Pensaría en la pequeñez--y la humedad--de las cosas humanas, en +el gran aburrimiento universal, etc., etc.... Y ahora encuentro natural y +hasta muy divertido que llueva. ¿Qué es el agua que cae sobre esas +colinas, esos prados y esos bosques? El tocado de la naturaleza. Mañana +el sol sacará lustre a toda esa verdura mojada. Y además, aquí en el +campo, la lluvia es una música. Mientras Quintanar duerme la siesta +(costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro +la ventana y oigo + + el rumor de la lluvia + sobre las hojas + y el ruido de las alas + de las palomas + +que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y +saliendo por las ventanas angostas. Ese palomar tiene algo de serrallo o +de casa de vecindad, según se mire. La vida común con sus horas de +hastío, de descuido, de pereza pública se refleja en las posturas de +esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las alas. Hay +parejas que se juntan por costumbre, _por deber_, pero se aburren como +si cada cual estuviese en el desierto. De repente el macho, supongo que +será el macho, tiene una idea, un remordimiento, _improvisa_ una pasión +_que está muy lejos de sentir_, y besa a la hembra, y hace la rueda y +canta el _rucutucua_ y se eriza de plumas.... Ella, sorprendida, sin +sacudir la pereza corresponde con tibias caricias, y a poco, ambos +fatigados, soñolientos, encontrando en la molicie de mojarse inmóviles, +inflados, mayor voluptuosidad que en los devaneos, vuelven a su +quietismo, tranquilos, sin rencores, sin engaño, sin quejarse de la +mutua displicencia. ¡Racionales palomas!--Quintanar ronca; yo escribo.... +Pie atrás. Esto no iba bien. Había algo de ironía; la ironía siempre +tiene algo de bilis.... Los amargos abren el apetito... pero más vale +tenerlo sin necesitarlos. A otra cosa. + + * * * * * + +Llueve todavía. No importa. Todo el diluvio no me arrancaría hoy un +gesto de impaciencia. La ventana está cerrada, los regueros del agua +resbalando por el cristal me borran el paisaje. Víctor ha salido con +Frígilis (segunda visita del buen Crespo, el único grande hombre que +conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pinón de Pepa--el casero de los +marqueses--recorren, como cobijados en una tienda de campaña, el bosque +de encinas que mi marido llama siempre seculares. Van a comprobar no sé +qué experimento de química, invención de Frígilis, según él. Dios les +haga felices y les conserve los pies secos. Hoy me siento inclinada a la +historia, a los recuerdos. No los temo. Poco más de cinco semanas han +pasado y ya me parece de la historia antigua todo aquello. + +¡Qué tres días! Yo me figuraba estar prostituida de un modo extraño +(aquí la letra de la Regenta se hace casi indescifrable para ella +misma.) ¡Todo Vetusta me había visto los pies desnudos, en medio de una +procesión, casi casi del brazo de Vinagre! ¡Y tres días con los pies +abrasados por dolores que me avergonzaban, inmóvil en una butaca! Llamé +a Somoza que se excusó. Vino el sustituto Benítez, silencioso, frío; +pero comprendí que me observaba con atención cuando yo no le miraba. +Debía de creer que yo me iba volviendo loca. Él lo niega, dice que todo +aquello lo explica la exaltación religiosa y la exquisita moralidad con +que decidí sacrificarme al bien del que creía ofendido por mis +pensamientos y desaires. Benítez cuando se decide a hablar parece +también un confesor. Yo le he dicho secretos de mi vida interior como +quien revela síntomas de una enfermedad. Conocía yo cuando le hablaba de +estas cosas, que él, a pesar de su rostro impasible, me estaba +aprendiendo de memoria.... El mal subió de los pies a la cabeza. Tuve +fiebre, guardé cama... y sentí aquel terror... aquel terror pánico a la +locura. De esto no quiero hablar ni conmigo misma. Lo dejo por hoy; voy +al piano a recordar la _Casta diva_... con un dedo». + + * * * * * + +Pasó Ana, sin querer leerlas, algunas hojas. En ellas había escrito la +historia de los días que siguieron al de la procesión, famosa en los +anales de Vetusta. Sí, se había creído prostituida; aquella publicidad +devota le parecía una especie de sacrificio babilónico, algo como +entregarse en el templo de Belo para la vigilia misteriosa. Además +sentía vergüenza; aquello había sido como lo de ser literata, una cosa +ridícula, que acababa por parecérselo a ella misma. No osaba pisar la +calle. En todos los transeúntes adivinaba burlas; cualquier murmuración +iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura. +«Había sido ridícula, había hecho una tontería»; esta idea fija la +atormentaba. Si quería huir de ella, se la recordaba sin cesar el dolor +de sus pies, que ardían, como abrasados de vergüenza; aquellos pies que +habían sido del público, desnudos una tarde entera. + +Si quería consolarse con la religión y el amparo del Magistral, su mal +era mayor, porque sentía que la fe, la fe vigorosa, puramente ortodoxa, +se derretía dentro de su alma. En cuanto a Santa Teresa había concluido +por no poder leerla; prefería esto al tormento del análisis irreverente +a que ella, Ana, se entregaba sin querer al verse cara a cara con las +ideas y las frases de la santa. ¿Y el Magistral? Aquella compasión +intensa que la había arrojado otra vez a las plantas de aquel hombre ya +no existía. Los triunfos habían desvanecido acaso a don Fermín. De todas +suertes, Ana ya no le tenía lástima; le veía triunfante abusar tal vez +de la victoria, humillar al enemigo...; ahora veía ella claro; por lo +menos no veía tan turbio como antes. Ella había sido tal vez un +instrumento en manos de su _hermano mayor_. Cierto que de Pas no había +vuelto a manifestar con movimientos patéticos que le descubrieran, ni +celos, ni amor, ni cosa parecida; Ana le observaba con miradas de +inquisidor, de las que algo le remordía la conciencia, y sin embargo no +pudo notar síntomas de pasión mundana. ¿Veía ella mal? ¿Disimulaba él +bien? ¿O era que no había nada? Ello fue que la devoción antigua no +volvió, que la fe se desmoronaba, que las antiguas teorías que sin darse +entonces cuenta de ellas había oído a su padre, Ana las sentía dentro de +sí. + +Un panteísmo vago, poético, bonachón y romántico, o mejor, un deísmo +campestre, a lo Rousseau, sentimental y optimista a la larga, aunque +tristón y un poco fosco; esto, todo esto mezclado era lo que encontraba +ahora Ana dentro de sí y lo que se empeñaba en que fuera todavía pura +religión cristiana. No quería ella ni apostatar, ni filosofar siquiera; +también esto le parecía ridículo, pero sin querer las ideas, las +protestas, las censuras venían en tropel a su mente y a su corazón. Esto +era nuevo tormento. A pesar de todo seguía confesando a menudo con don +Fermín. Le guardaba ahora una fidelidad consuetudinaria; temía los +remordimientos si faltaba a lo que creía deber a aquel hombre. Temía +sobre todo que si rompía sus relaciones devotas con él, volviese una +reacción de lástima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la +arrastrase a otra locura como la del viernes Santo. Tantas ideas y +sentimientos encontrados, la vida retirada, y la conciencia de que en +ella algo padecía y se rebelaba y amenazaba estallar, fueron concausas +que trajeron las crisis nerviosas que estaba curando Benítez lo mejor +que podía. + +Con toda el alma había creído Ana que iba a volverse loca. A una +exaltación sentimental sucedía un marasmo del espíritu que causaba +atonía moral; la horrorizaba pensar que en tales días eran indiferentes +para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal. «Dios, como decía +ella, se le hacía migajas en el cerebro y entonces sentía un abandono +ambiente y una flaqueza de la voluntad que la atormentaban y producían +pánico; el extremo de la tortura era el desprecio de la lógica, la duda +de las leyes del pensamiento y de la palabra, y por último el +desvanecimiento de la conciencia de su unidad; creía la Regenta que sus +facultades morales se separaban, que dentro de ella ya no había nadie +que fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el vértigo, +el terror, que traía la reacción con gritos y pasmos periféricos». + +Por muchos días lo olvidó todo para no pensar más que en su salud; la +horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor desconocido, +extraño, del cerebro descompuesto. Llamó a Benítez con toda el alma, y +principio de la cura fue este mismo afán y el obedecer ciegamente las +prescripciones del médico. + +Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta baños, lo más y lo +principal lo encomendó al cambio de vida, a la distracción, al aire +libre, a la alegría, a las emociones tranquilas. ¡Al campo, al campo! +fue el grito de salvación, y Ana y Quintanar (que buen susto había +llevado también), gritaron sin cesar desde la mañana a la noche: ¡Al +campo, al campo! + +Pero, ¿dónde estaba el campo? Ellos no tenían en la provincia de Vetusta +una quinta de recreo. Don Víctor continuaba siendo propietario en +Aragón. + +Ana en un arranque de valor, de un valor mucho más heroico de lo que +podía suponer su marido, se atrevió a decir: + +--Quintanar, ¿qué te parece esta idea...? irnos a pasar unos meses, +hasta que vuelva el invierno.... + +--¿A dónde?--A tu tierra, a la Almunia de don Godino. + +Don Víctor dio un salto.--¡Hija, por Dios!... ya soy viejo para un +traqueteo tan grande de mis pobres huesos.... ¡La Almunia!... ¡con mil +amores... en otro tiempo, pero ahora! Yo amo la patria, es claro, soy +aragonés de corazón, y digo lo que el poeta, que es muy feliz el que no +ha visto + + más río que el de su patria; + +pero yo soy a estas horas más vetustense que otra cosa, y otro poeta lo +ha dicho también, el príncipe Esquilache: + + Porque es la patria al que dichoso fuere + donde se nace no, donde se quiere. + +¡La Almunia de don Godino! Dónde íbamos a parar.... Y además separarnos +de Frígilis... de don Álvaro, de los Marqueses, de Benítez, ¡imposible! + +No se pensó más en ello. Ana en el fondo del alma, se alegró de lo muy +vetustense que era aquel aragonés. + +Esta alegría se la ocultó a sí propia. Creyó haber cumplido con su deber +en este punto. + +Pero ¿a dónde irían a pasar aquellos meses de campo que Benítez exigía +como condición indispensable para la salud de Ana? + +Un día se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a más +de Quintanar y los Marqueses, Álvaro y Paco. + +--El médico--decía el ex-regente--exige que la aldea a donde vayamos +ofrezca una porción de circunstancias difíciles de reunir. + +--Veamos--dijo de Marqués.--Ha de estar cerca de Vetusta para que +Benítez pueda hacernos frecuentes visitas y para trasladar a Ana pronto +a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante cómoda, amena, ofrecer +un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba fresca, leche de +vacas... ¡qué sé yo! + +Don Álvaro tuvo una inspiración en aquel momento. Se acercó al oído de +Paco y dijo: + +--¡El Vivero! Paco adivinó y admiró. «¡Sólo el genio tenía aquellas +revelaciones!». + +Sin pensar en que secundaba planes mefistofélicos, dijo en voz baja: + +--Papá, no conozco más quinta que reúna las condiciones de Benítez que +una... que está a nuestra disposición.... + +Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su +hijo: + +--¡El Vivero!--¡Bravo, bravo, eureka!--repetía el Marqués--. Paco +tiene razón, ¡al Vivero! se van ustedes al Vivero. + +Y la Marquesa:--¡Hermosa idea! ¡Qué gusto! Y nos veremos a menudo antes +de irnos a baños.... + +Don Víctor protestó.--¡Cómo el Vivero! ¿Y ustedes? + +--Nosotros no vamos este año.--O iremos mucho más tarde.--Y cuando +vayamos cabremos todos.--Allí hemos dormido, cada cual con entera +independencia, más de veinte personas--advirtió Álvaro. + +--Es claro; aquello es un convento.--No se hable más, no se hable más. + +--¿Cómo que no se hable más? ¿Y mi delicadeza? + +A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que su mujer y +él y los criados que quisieran llevar, irían a pasar aquellos meses que +pedía Benítez en el Vivero, donde serían dueños absolutos.... Nada, nada, +los Marqueses no admitieron objeciones. + +--«¿No eran parientes?». + +--«Cierto que sí»--tuvo que responder, muy orgulloso, Quintanar. + +Ana al saber la noticia, comprendió que aquello era todo lo contrario de +irse a la Almunia de don Godino. Pero no quiso pensar en los peligros +que la estancia en el Vivero podía tener. Aborrecía ahora las +cavilaciones. Sin embargo, sin investigar las causas de ello, sintió +durante todo aquel día una alegría de niña satisfecha en sus gustos más +vivos, y aún más intenso fue su placer al despertar a la mañana +siguiente con este pensamiento: «Voy al Vivero a hacer vida de aldeana, +a correr, respirar, engordar... alegrar la vida... allí el sol, el agua +corriente, el follaje... la salud...» y como un acompañamiento musical +que encantaba toda aquella perspectiva, Ana sentía una indecisa +esperanza que era como un sabor con perfumes... una esperanza... no +quería pensar de qué... Pero ello era que el mundo parecía alegrarse, +que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo, de los +que se gozan cuando duran las ilusiones. «Aquel Benítez la estaba +rejuveneciendo». + +Después de las hojas del libro de memorias que se referían, a su modo, a +la materia que va reseñada brevemente, Ana encontró, y en ella se +detuvo, la página en que rápidamente había reflejado sus impresiones al +entrar en el Vivero en un día de Abril que parecía de Junio, alegre, +ardiente, despejado. + +Leyó con deleite aquella página, no recreándose en el estilo, sino en +los recuerdos. Decía: + + * * * * * + +«El Romero y el Clavel torcieron de repente; el landó se dobló sin +ruido, nos sacudió un poco, dejamos la carretera de Santianes y las +ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del +Vivero; los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos +hacían cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la frente +como cabello movido por el viento. Se abrió la gran puerta de la cerca +vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de la +_quintana_ vieja, despertando con el ruido resonancias en el silencio +del _palación_ cerrado y vacío. Por mi gusto nos hubiéramos quedado a +vivir en aquella casa inmensa, con dos torres de piedra parda y +soportales con columnas... pero el coche siguió al trote; el Marqués +tiene la vanidad de hacer que la entrada al Vivero _habitable_ sea por +aquí, por delante de la antigua mansión señorial.... Las ruedas vuelven a +callar, como enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estrépito con los +cascos briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y +flanqueada de pretil de mármol con macetas y rosetones de verdura +exótica. + +La _casa nueva_ nos sonríe enfrente y delante de la coquetona marquesina +de la entrada nos detenemos; silencio general... un momento. Habla el +sol... nosotros gozamos; la limpieza, la corrección, la elegancia +parecen allí obra de la naturaleza, y el follaje, el esplendor de su +verdura, los susurros del aire discreto, la hermosura de la perspectiva, +los vuelos graciosos de miles de pájaros, parecen importación del lujo; +riqueza y naturaleza se juntan allí; el sol, cortesano del _confort_, +alumbra más.... ¡Cosa extraña! Yo no había visto el Vivero hasta ahora, +lo que se llama ver, hasta ahora nunca había comprendido esta armonía +íntima del lujo y del campo. Está bien así. Debe haber rincones en la +tierra en que no haya nada feo, ni pobre ni triste. + +Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesión del Vivero, comen +con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta. + +Ya estamos solos. Examino toda la casa. En el piso bajo, salón, billar, +gabinete-biblioteca, galería de costura sobre el jardín, rodeada de +cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de mármol +blanco. ¡Qué alegría! Todo es cristal, flores, plantas de hojas +gigantescas, de colores fuertes, raros. Lo que me agrada más es el +capricho del Marqués en el piso principal; una galería con cierre de +cristales rodea todo el edificio. He dado dos vueltas a todo el corredor +como si nunca hubiera visto el Vivero. ¿Qué será que todo me parece +nuevo, mejor, más elegante, más poético? Quintanar está encantado, y se +me figura que tiene un poco de envidia. + + * * * * * + +Vida excelente. La primavera entró en mi alma. Madrugo. El baño me +fortifica y me alegra el espíritu. Tendida en la pila, con la mano en el +grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantasía como en sopor se +detiene en imágenes plásticas tranquilas y suaves. Después tiemblo +dentro de la sábana y vuelvo gozosa al calor de mi cuerpo, contenta de +la vida que siento circular por mis venas. La cabeza está firme; jamás +vienen a mortificarme ideas sutiles, alambicadas.... Pienso poco, +vagamente, y los pormenores de los accidentes ordinarios que me rodean +absorben lo mejor de mi atención. Benítez puede estar satisfecho. Así la +salud volverá con más fuerza. Vivir es esto: gozar del placer dulce de +vegetar al sol. + + * * * * * + +Y sin embargo hay horas en que las vibraciones de las cosas me hablan de +una música recóndita de ideas sentimientos. ¿Qué es esta esperanza de +un bien incierto? A veces se me antoja todo el Vivero escenario de una +comedia o de una novela.... Entonces me parece más solitario el bosque, +más solitario el palacio. Esta soledad parece meditabunda. Está todo en +silencio reflexivo, recordando los ruidos de la alegría y del placer que +latieron aquí, o preparándose a retumbar con la algazara de fiestas +venideras.... Insisto en ello, hay aquí algo de escenario antes de la +comedia. Los vetustenses que tienen la dicha de ser convidados a las +excursiones del Vivero son los personajes de las escenas que aquí se +representan.... Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaquinito, Álvaro... y +tantos otros han hablado aquí, han cantado, corrido, jugado, bailado... +reído sobre todo.... Y algo olfateo de la alegría pasada o algo presiento +de la alegría futura. Sí, Quintanar dice bien, esto es el paraíso, ¿qué +nos falta a nosotros en él? Según Quintanar, nada más que música.... Oh, +pues por música que no quede. Corro al salón a tocar _la donna é +movile_, con el dedo índice, mi único dedo músico. ¡Qué cursi es esto +según Obdulia!... ¡Una dama que no sabe tocar el piano más que con un +dedo! + + * * * * * + +Quintanar es feliz. ¡Y es tan bueno! ¡Cómo me cuida! ¡qué agasajos, qué +mimos! Parece otro. Piensa más en mí que en la marquetería. ¡Pasa días +enteros sin serrar nada! No hay alma que no tenga su poesía en el fondo. +Su alegría es demasiado bulliciosa, pero es sincera. Yo no podría vivir +aquí sin él. Imagínole ausente, me veo aquí sola y tengo miedo y siento +la soledad.... Luego no me estorba, luego su compañía me agrada. + + * * * * * + +Petra, la misma Petra, me gusta aquí en el campo. + +Se viste como las aldeanas del país, canta con ellas en la _quintana_, +se mete en la danza y toca la _trompa_ con maestría. Ayer, al morir el +día, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la lengüeta de hierro vibrando +entre sus labios, los aires del país monótonos y de dulce tristeza. +Pepe, el casero, cantaba cantares andaluces convertidos en +vetustenses... y Petra tañía la _trompa_ quejumbrosa, y yo sentía +lágrimas dulces dentro del pecho... y la vaga esperanza volvía a +iluminar mi espíritu. Cuanto más triste la lengüeta de la _trompa_, más +esperanza, más alegría dentro de mí. Todo esto es salud, nada más que +salud. + + * * * * * + +He traído al Vivero algunos libros de mi padre. Hacía muchos años que no +los había abierto. Quintanar los tenía en los cajones más altos de sus +estantes. + +¡Qué impresiones! He encontrado entre las hojas de una _Mitología +ilustrada_, pedacitos de yerba de Loreto... eran polvo; papeles escritos +en que reconocí mis garabatos de niña... y un marinero dibujado por mi +pluma que, según la leyenda que tiene al pie, era _Germán_. + + * * * * * + +Probablemente Benítez condenaría este afán de leer y me prohibiría la +desmedida afición. ¡Oh, qué cosas tan nuevas encuentro en estos libros +que apenas entendía en Loreto! Los dioses, los héroes, la vida al aire +libre, el arte por religión, un cielo lleno de pasiones humanas, el +contento de este mundo... el olvido de las tristezas hondas, del +porvenir incierto... un pueblo joven, sano en suma.... Quisiera saber +dibujar para dar formas a estas imágenes de la Mitología que me +asedian». + + * * * * * + +Ana, después de leer estas y otras páginas, escribió sus impresiones de +aquellos días. Don Víctor vino a interrumpirla para anunciarle que ya +había instalado su tienda de campaña a la orilla del río, en el paraje +más ameno y fresco, junto a una mancha de sombra en el agua, donde +infaliblemente habría truchas. + +Desde aquella tarde pescaron. Pescaron poco, pero muy alabado. Ana leía +sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras +sujetaba la caña con la mano izquierda, sin más fuerza que la necesaria +para que la corriente no la llevase. + +Mientras ella, a orillas del río Soto, a media legua de Vetusta en +compañía de su Quintanar, dejaba a las truchas escapar muertas de risa, +su imaginación, vuelta a los tiempos y a los parajes clásicos, se bañaba +en el Cefiso, aspiraba los perfumes de las rosas del Tempé, volaba al +Escamandro, subía al Taigeto y saltaba de isla en isla de Lesbos a las +Cíclades, de Chipre a Sicilia.... + +Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien +navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente pendían +racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica +orilla del Soto, llamada por la voz del ex-regente que gritaba: + +--¡Pero muchacha, que te están comiendo el cebo! + +No importaba; Ana era feliz y Quintanar también. «¡Parece otro!» se +decía ella. «¡Parece otra!» pensaba él. + +El tiempo volaba. Junio se metió en calor. Vetusta en verano es una +Andalucía en primavera. Ana todas las mañanas, _por la fresca_ recorría +la huerta y sacudía las ramas cargadas de cerezas acompañada de don +Víctor, Pepe el casero y Petra; llenaban grandes cestas, forradas con +hojas de higuera, de aquellos corales húmedos y relucientes; y la +Regenta sentía singular voluptuosidad sana y risueña al pasar la +finísima mano blanca por las cerezas apiñadas sobre la verdura de las +hojas anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del +Marqués y a veces a las de sus amigos. Una mañana vio Ana que Petra y +Pepe llenaban de la más colorada fruta un canastillo de paja blanca y de +colores. Ana se acercó a ayudarlos. De pronto dijo: + +--¿Para quién es esto?--Para don Álvaro--contestó Petra. + +--Sí, voy a llevárselo yo mismo a la fonda--añadió Pepe sonriendo ya a +la propina que veía en lontananza. + +Ana sintió que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto le +pareció de repente más dulce y voluptuoso. + +Y cuando nadie la veía, a hurtadillas, sin pensar lo que hacía, sin +poder contenerse, como una colegiala enamorada, besó con fuego la paja +blanca del canastillo. Besó las cerezas también... y hasta mordió una +que dejó allí, señalada apenas por la huella de dos dientes. + +Y asustada de su desfachatez pensó todo el día en la aventura, sin +vergüenza. + +«¡También esto era cosa de la salud!». + +La víspera de San Pedro, por la noche, el Magistral recibió un B. L. M. +del marqués de Vegallana invitándole a pasar el día siguiente, desde la +hora en que le dejasen libre sus deberes de la catedral, en el Vivero en +compañía de los dueños de la quinta y de sus actuales inquilinos los +señores de Quintanar, más otros muchos buenos amigos. Pertenecía el +Vivero a la parroquia rural de San Pedro de Santianes; Pepe el casero +era aquel año factor de la fiesta de la parroquia, y pensaba echar la +casa por la ventana, «para no dejar mal al señor Marqués». + +Anita, en la postdata de su última carta decía al confesor: + +«El Marqués me ha dicho que piensa invitar a usted a la romería de San +Pedro. Somos nosotros _los factores_... Supongo que no faltará usted. +Sería un solemne desaire». + +«No, no faltaré, pensaba don Fermín dando vueltas en la cama. Ojalá +tuviera valor para faltar, para despreciaros, para olvidarlo todo... +pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesión que me vence +siempre. Sí, si he de acabar por ir, si estoy seguro de que al fin he de +tomar el camino del Vivero, más vale ahorrarme el tormento de la batalla +y declararme vencido. Iré». + +Y no pudo dormir una hora seguida en toda la noche. Pero esto era +achaque antiguo ya. Desde que Anita «_había vuelto a engañarle_» don +Fermín no gozaba hora de sosiego. + +Como el Marqués no le había invitado a hacer el viaje en su coche, lo +cual tal vez indicaba cierta frialdad premeditada, que De Pas fingía no +sentir, tuvo el señor canónigo que ir en persona a alquilar una berlina. +Mandó que le esperase fuera del Espolón a las diez en punto. Fue a la +catedral, pero no pudo parar allí y a las nueve y media ya estaba en +medio de la carretera de Santianes o del Vivero paseándola a lo ancho, +agitado, pálido, de un humor de mil diablos. + +«¿A qué voy yo allá? De fijo estará el otro. ¿Que voy yo a hacer allí? +¡Maldito Vivero!». La berlina tardaba. De Pas daba pataditas de +impaciencia. Por fin llegó el coche destartalado, sucio, a paso de +tortuga. + +--¡Al Vivero, a escape!--gritó don Fermín dejándose caer como un plomo +sobre el asiento duro que crujió. + +Sonrió el cochero, sacudió un latigazo al aire, el caballo extenuado +saltó sobre la carretera dos o tres minutos, y como si aquello fuese +una falta de formalidad indigna de sus años, que eran muchos, volvió al +paso perezoso sin protesta de nadie. + +El Magistral recordó que en aquella misma berlina u otro coche de la +misma casa por lo menos, pocas semanas antes iba él llorando de alegría, +llena el alma de esperanzas, de proyectos que le hacían cosquillas en +los sentidos y en lo más profundo de las entrañas. Y ahora un +presentimiento le decía que todo había acabado, que Ana ya no era suya, +que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero era ridículo; que si +estaba allí Mesía, como era casi seguro, todas las ventajas eran del +petimetre. Vestía el Provisor balandrán de alpaca fina con botones muy +pequeños, de esclavina cortada en forma de alas de murciélago. Tenía +algo su traje del que luce Mefistófeles en el _Fausto_ en el acto de la +serenata. Había deliberado mucho tiempo a solas: ¿qué ropa llevaría? +Cada vez le pesaba más la sotana y le abrumaba más el manteo. El +sombrero de teja larga era odioso; demasiado corto era cursi, ridículo, +parecía cosa de don Custodio; muy cerrado, antiguo, muy abierto, indigno +de un Vicario general. ¿Iría de levita? ¡Vade retro! No, el cura de +levita se convierte por fuerza en cura de aldea o en clérigo liberal. El +Magistral muy pocas veces recurría a tal indumentaria. Oh, si le fuera +lícito vestir su traje de cazador, su zamarra ceñida, su pantalón fuerte +y apretado al muslo, sus botas de montar, su chambergo, entonces sí, +iría de paisano, y la vanidad le decía que en tal caso no tendría que +temer el parangón con el arrogante mozo a quien aborrecía. Sí, a quien +aborrecía. Don Fermín ya no se lo ocultaba a sí mismo. No daba nombre a +su pasión, pero reconocía todos sus derechos y estaba muy lejos de +sentir remordimientos. «Él era cura, cura, una cosa ridícula, puestas +las cosas en el estado a que habían llegado». Había comprendido que Ana +sentía repugnancia ante el canónigo en cuanto el canónigo quería +demostrarle que además era hombre. «¡Y sí era hombre vive Dios que era +hombre, y tanto y más que el otro; capaz de deshacerle entre sus brazos, +de arrojarle tan alto como una pelota!...». Dejaba de pensar en sus +tristezas y en su cólera. Miraba como tonto los accidentes del paisaje, +los palos del telégrafo que iba dejando atrás de tarde en tarde. Tuvo +que levantar los vidrios de las ventanillas porque el polvo le sofocaba. +El sol le aburría y le picaba; no había cortinas. El viaje se hacía +interminable. Aquella media legua se había estirado indefinidamente. «El +Marqués se había portado como un grosero no ofreciéndole un asiento en +su coche. La culpa la tenía él que había aceptado el convite. ¿Pero qué +remedio?». + +Oyó el estrépito de cascos de caballo que machacaba la grava reciente +detrás de la berlina. Se asomó a ver quiénes eran los jinetes y +reconoció a don Álvaro y a Paco que pasaron al galope de dos hermosos +caballos blancos, de pura raza española. + +Ellos no le vieron; el placer de la carrera los llevaba absortos y no +repararon en la mísera berlina que seguía al paso. Incapaz de toda noble +emulación, el mísero jaco de alquiler siguió caminando lo menos posible, +seguro de que la felicidad no estaba en el término de ninguna carrera de +este mundo. Para comer mal siempre se llega a tiempo. Esta era toda su +filosofía. El cochero debía de ser discípulo del caballo. + +Cuando el Magistral llegó al Vivero no había ningún convidado en la +casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban tampoco. + +Petra se le presentó vestida de aldeana, con una coquetería provocativa, +luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana sujeto atrás, +sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy apretado al cuerpo +esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubría otra roja que se +vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela. Estaba hermosa +y segura de ello. Sonrió al Magistral, y dijo: + +--Los señores están en San Pedro. + +--Ya lo suponía, hija mía, pero vengo muerto de sed y.... + +La aldeana fingida sirvió en la glorieta del jardín al Magistral un +refresco delicioso que improvisó con arte. + +--Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hacían +allí los señores. + +Petra dijo que doña Ana parecía otra: ¡qué alegre! ¡qué revoltosa! nada +de encerrarse en la capilla horas y horas, nada de rezar siglos y +siglos, nada de leer a su Santa Teresa eternidades.... Vamos, era otra. +¿Y salud? Como un roble. + +--¿El señorito Paco vino?--preguntó de repente De Pas. + +--Sí, señor, hará un cuarto de hora. Llegaron él y el señorito Álvaro, a +caballo, a escape; tomaron un refresco como usted, y corrieron a San +Pedro.... Creo que no habían oído misa y quisieron coger la de la +fiesta.... + +En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de +cohetes cargados de dinamita. + +--Ya están al alzar--dijo la doncella. + +Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que +preguntó: + +--¿La iglesia está cerca, creo, saliendo por ahí por el bosque, verdad? + +--Sí, señor; pero hay tres callejas que se cruzan y puede darse en el +río en vez de... si quiere usted ir, le acompañaré yo misma; ahora no +tengo nada que hacer allá dentro.... + +--Si eres tan amable.... Petra echó a andar delante del Magistral. Por un +postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de corpulentas +encinas y robles retorcidos y ásperos. Ocupaba el bosque las laderas de +una loma y el altozano, que era lo más espeso. Subía un repecho y don +Fermín veía los bajos irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo +Petra, más algo de la muy bordada falda blanca y de una media de seda +calada, refinada coquetería que quitaba propiedad al traje y por lo +mismo le daba picante atractivo. + +--¡Qué calor, don Fermín!--decía la rubia, enjugando el sudor de la +frente con pañuelo de batista barata. + +--Mucho, rubita, mucho--respondía el Magistral, desabrochándose el +maldito balandrán y soplando con fuerza. + +--Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que allá en Matalerejo +tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos.... + +--¿Quién te lo ha dicho a ti? + +--¡Bah! Teresina...--¿Sois amigas, eh?--Mucho. Silencio. Los dos +meditan. El canónigo reanuda el diálogo. + +--No creas; yo, aquí donde me ves, soy un aldeano; juego a los bolos que +ya ya.... + +Petra se detuvo y se volvió para ver a don Fermín que hacía el ademán de +arrojar una bola de roble por la cóncava bolera adelante.... + +Rió la doncella y continuando la marcha, dijo: + +--No, que es usted fuerte no necesita decirlo: bien a la vista está. + +Callaron otra vez. Detrás de la loma, y ya más cerca, estallaron cohetes +de dinamita y en seguida la gaita y el tamboril de timbre tembloroso, +apagadas las voces por la distancia, resonaron al través de la hojarasca +del bosque. + +La gaita hablaba a las entrañas del Provisor y de Petra, ambos aldeanos. +Volvieron a mirarse y a sonreírse. + +--Ya vuelven--dijo Petra, deteniéndose de nuevo. + +--¿Llegamos tarde? + +--Sí, señor; la comitiva tomará el camino de la calleja de abajo y +cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estarán en el Vivero.... + +--De modo.... + +--De modo, que es mejor volvernos. ¡Ay, don Fermín, perdóneme usted este +paseo... esta molestia!... + +--No, hija, no hay de qué... al contrario.... Aquí se está bien... esta +sombra... pero yo estoy algo cansado... y con tu permiso... entre +aquellas raíces, sobre aquel montón verde y fresco de yerba segada... +¿eh? ¿qué te parece? voy a sentarme un rato.... + +Y lo hizo como lo dijo. Petra, sin atreverse a sentarse y sin querer +dejar el puesto, miró al suelo ruborosa, hizo movimientos felinos, y se +puso a retorcer una punta del delantal.... + +--¿Cansado? ¡bah!--se atrevió a decir--un mozo como usted.... + +La gaita y el tambor llenaban las bóvedas verdes con sus chorretadas, +alegres ahora, luego melancólicas, cargadas siempre de ideales perfumes +campestres, de recuerdos amables. + +El Magistral mordía yerbas largas y ásperas y meditaba con una sonrisa +amarga entre los labios. «¡Ironías de la suerte! El fruto que se +ofrecía, que le caía en la boca, allí... despreciado... y el imposible +codiciado... cuanto más imposible, más codiciado.... Sin embargo, para +que fuese menos ridícula su situación en el Vivero, le parecía muy +oportuno poner por obra lo que meditaba. Y además, a él le convenía +tener de su parte a la doncella de la Regenta, hacerla suya, +completamente suya...». + +--Petra.... + +--¿Señor?--gritó ella fingiendo susto. + +--¿Quieres crecer? Pues bastante buena moza eres. Mira, no seas tonta... +si no tienes prisa... puedes sentarte.... Así como así, yo quisiera +preguntarte... algunas cositas respecto de.... + +--Lo que usted quiera, don Fermín. Por aquí de fijo no pasa nadie; +porque, sobre que poca gente atraviesa el bosque para ir a la iglesia, +los que van siguen la trocha casa del leñador; es muy fresca y tiene +asientos muy cómodos. + +--Mejor que mejor. Hablaremos más a gusto. Vamos allá. + +Se levantó y emprendieron la marcha. Subían en silencio. El monte se +hacía más espeso. + +La gaita y el tambor sonaban ya muy lejos, como una aprensión de ruido. + +Petra, al llegar a la casa del leñador, se dejó caer sobre la yerba, +algo distante de don Fermín; y encarnada como su saya bajera, se atrevió +a mirarle cara a cara con ojos serios y decidores. + +El Magistral se sentó dentro de la cabaña. + +Hablaron. Por algo don Fermín temía el momento de encontrarse con la +comitiva, como decía Petra. Cuando media hora después entraba solo por +el postigo del bosque en la huerta, lo primero que vio fue a la Regenta +metida en el pozo seco, cargado de yerba, y a su lado a don Álvaro que +se defendía y la defendía de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira, +Paco, Joaquín y don Víctor que arrojaban sobre ellos todo el heno que +podían robar a puñados de una vara de yerba, que se erguía en la próxima +pomarada de Pepe el casero. + +El Marqués gritaba desde la galería del primer piso: + +--¡Eh, locos! ¡locos! que os echo los perros, que destrozáis la yerba de +Pepe.... ¿Qué va a cenar el ganado? ¡Locos!...--Pepe, no lejos del pozo, +vestido con los trapos de cristianar, más una corbata negra que había +creído digna de un factor, dejaba hacer, dejaba pasar, se rascaba la +cabeza y sonreía gozoso.... + +--Deje, señor, deje que _rebrinquen_ los señoritos, que la _erba_ yo la +apañaré... en sin perjuicio.... + +La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados, +no pudo ver al Magistral hasta que se acabó la broma y le tocó salir del +pozo... con ayuda de don Álvaro y los que estaban fuera. + +No se avergonzó de que su confesor la hubiera visto en tal situación.... +Le saludó amable, bulliciosa, y volvió con Obdulia, con Visita y con +Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaquín, don Álvaro +y don Víctor. + +Del Magistral se apoderó el Marqués que le llevó al salón donde estaban +la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa y su hija mayor, que no +quería correr con _aquellos locos_; el Barón, Ripamilán, Bermúdez, que +tampoco quería correr, Benítez el médico de Anita, y otros vetustenses +ilustres. + +--Mire usted, señor Provisor--dijo Vegallana--; la fiesta se ha dividido +en dos partes: como Pepe es el factor, ha convidado a todos los curas de +la comarca, catorce salvo error; yo les he propuesto venirse a comer +aquí con nosotros, pero como algunos de ellos son cerriles, comprendí +que preferían verse libres de damas y caballeretes de la ciudad y se les +ha puesto su mesa en el palacio viejo, donde yo pienso acompañarlos. +Ahora bien, yo proponía a Ripamilán que viniese conmigo, pero él no +quiere.... Si usted fuese tan amable que me acompañara, aquellos buenos +párrocos se creerían honrados infinitamente... ¡ya ve usted, como usted +es el señor Vicario general!... + +No hubo más remedio. El Magistral tuvo que comer con el Marqués y los +curas en el palacio viejo. + +Petra se encargó de presidir el servicio de la _mesa de aldea_, aún +vestida de aldeana del país, y colorada, echando chispas de oro de los +rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos, elocuentes, +llenos de una alegría maligna que robaba los corazones de los aldeanos y +de algunos clérigos rurales. + +A la hora del café don Fermín no pudo resistir más, se escapó como pudo +y volvió a la casa nueva, donde la algazara había llegado a ser +estrépito de los diablos. En el momento de entrar él, don Víctor (con +una montera _picona_ en la cabeza) cantaba un dúo con Ripamilán, +rejuvenecido, junto al piano, que tocaba como sabía don Álvaro, con un +puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos +brillantes que el humo del cigarro cegaba. + +Las señoras ya no estaban allí. La Marquesa, la gobernadora y la +Baronesa paseaban por la huerta; la gente _joven_, Obdulia, Visita, Ana, +Edelmira y la niña del Barón, corrían solas por el bosque. + +Se las oía gritar, desde la galería de cristales. Obdulia, Visita y +Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los hombres. + +Así lo comprendió Joaquín que propuso a Paco dejar el concierto de +Quintanar y don Cayetano y correr detrás de _aquellas_. + +--Deja, luego--decía Paco, que gozaba mucho con las canciones +antiquísimas de Ripamilán y ya se iba cansando a ratos de su prima. + +Cuando Quintanar y el Arcipreste se quedaron roncos, que fue pronto, se +dejó el piano y se cumplieron los deseos de Orgaz. Él, Paco, Mesía y +Bermúdez salieron de la casa y entraron en el bosque. «Ya no se oían los +gritos de _aquellas_». «¿Se habrían escondido?». «Eso debía de ser». + +«A buscarlas cada cual por su lado». + +«¡Magnífico! ¡magnífico!». + +Se dispersaron y pronto dejaron de verse unos a otros. + +Bermúdez, en cuanto se sintió solo, se sentó sobre la yerba. Un +encuentro a solas con cualquiera de aquellas señoras y señoritas en un +bosque espeso de encinas seculares, le parecía una situación que exigía +una oratoria especial de la que él no se sentía capaz. Y, sin embargo, +¡qué deliciosa podría ser una conferencia íntima con Obdulia o con Ana +_sobre la verde alfombra_! + +El Magistral tuvo que quedarse con Ripamilán, don Víctor, el gobernador, +Benítez y otros señores graves. Benítez era joven, pero prefería hacer +la digestión sentado y fumando un buen cigarro. + +Don Víctor se acercó al médico, en el hueco de un balcón y De Pas pudo +oír el diálogo que entablaron. + +--¡Oh! no puede figurarse usted cuánto le debo. + +--¿A mí, don Víctor? + +--Sí a usted; Ana es otra. ¡Qué alegría, qué salud, qué apetito! Se +acabaron las cavilaciones, la devoción exagerada, las aprensiones, los +nervios... las locuras... como aquella de la procesión.... Oh, cada vez +que me acuerdo se me crispan los... pues nada, ya no hay nada de +aquello. Ella misma está avergonzada de lo pasado. Se ha convencido de +que la santidad ya no es cosa de este siglo. Este es el siglo de las +luces, no es el siglo de los santos. ¿No opina usted lo mismo, señor +Benítez? + +--Sí señor--dijo el médico sonriendo y chupando su cigarro. + +--¿De modo que usted opina que mi mujer está curada del todo?... +¿radicalmente?... + +--Doña Ana, amigo mío, no estaba enferma; se lo he dicho a usted cien +veces; lo que tenía se curaba sin más que cambiar de vida; pero no era +enfermedad... por eso no puede decirse con exactitud que se ha curado... +por lo demás... esa misma exaltación de la alegría, ese optimismo, ese +olvido sistemático de sus antiguas aprensiones... no son más que el +reverso de la misma medalla. + +--¿Cómo? usted me asusta. + +--Pues no hay por qué. Doña Ana es así; extremosa... viva... +exaltada... necesita mucha actividad, algo que la estimule... +necesita.... + +Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los +ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca. + +--¿Qué necesita?--Eso... un estímulo fuerte, algo que le ocupe la +atención con... fuerza...; una actividad... grande... en fin, eso... que +es extremosa por temperamento.... Ayer era mística, estaba enamorada del +cielo; ahora come bien, se pasea al aire libre entre árboles y flores... +y tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la manía de la +salud.... + +--Es verdad; no habla más que de la salud la pobrecita. + +--¡Qué pobrecita! ¿Pobrecita por qué? + +--¿Por qué? por esos extremos... por esos estímulos que necesita.... + +--¿Y eso qué importa? Su temperamento exige todo eso.... + +--¿De modo que usted cree que ayer era devota, exageradamente devota +porque... tal vez había quien influía en su espíritu en cierto +sentido?... + +--Justo. Es muy probable. Don Víctor, aturdido como solía, hablaba sin +miedo de ser oído, sin ver al Magistral, que fingiendo leer un periódico +y a ratos atender a Ripamilán, se esforzaba en no perder ni una palabra +del diálogo del balcón. + +--¿De modo... que el cambio de Anita se debe a... otra influencia?... +¿su pasión por el campo, por la alegría, por las distracciones se +debe... a un nuevo influjo? + +--Sí señor; es un aforismo médico: _ubi irritatio ibi fluxus_. + +--¡Perfectamente! ¡_Ubi irritatio_... justo, _ibi_... _fluxus_! + +¡Convencido! Pero aquí el nuevo influjo... ¿dónde está? Veo el otro, el +clero, el jesuitismo... pero, ¿y este? ¿quién representa esta nueva +influencia... esta nueva _irritatio_ que pudiéramos decir?... + +--Pues es bien claro. Nosotros. El nuevo régimen, la higiene, el +Vivero... usted... yo... los alimentos sanos... la leche... el aire... +el heno... el tufillo del establo... la brisa de la mañana... etc., etc. + +--Basta, basta; comprendido... la higiene... la leche... el olor del +ganado... ¡magnífico!... ¡De modo que Ana está salvada! + +--Sí señor.--¿Porque esta nueva exageración no puede llevarnos a nada +malo?... + +Benítez escupió un pedazo del puro, que había roto con los dientes, y +contestó con la misma sonrisa de antes: + +--A nada.--¡Santa Bárbara!--gritó Quintanar cerrando los ojos y +poniéndose en pie de un salto. + +Y tras el relámpago, que le había deslumbrado, retumbó un trueno que +hizo temblar las paredes. Cesaron todas las conversaciones, todos se +pusieron en pie; Ripamilán y don Víctor estaban pálidos. Eran dos +hombres valientes de veras que se echaban a temblar en cuanto sonaba un +trueno. + +Ripamilán, aunque algo sordo de algunos años acá, había oído +perfectamente la descarga de las nubes y ya se sentía mal. No tenía +bastante confianza para pedir un colchón con que taparse la cabeza, +según acostumbraba hacer en su casa. + +Todos los convidados, menos los dos miedosos, se acercaron a los +balcones para ver llover. Caía el agua a torrentes. Allá al extremo de +la huerta se veía a la Marquesa y a las señoras que la acompañaban +refugiadas bajo la cúpula del Belvedere que dominaba el paisaje, en una +esquina del predio, junto a la tapia. + +--¿Y los chicos?--preguntó Ripamilán asustado, fingiendo temer por los +demás. + +Llamaba _los chicos_ a los que habían salido al bosque. + +--¡Es verdad! ¿Qué era de ellos? Hay que buscarlos.... Se van a poner +perdidos--exclamó Quintanar, acordándose de su mujer, lleno de +remordimientos por no haberlo dicho antes. + +El Magistral no pensaba en otra cosa, pero callaba. Estaba pasando un +purgatorio y aquello era ya el colmo. «Los otros en el bosque... y el +cielo cayendo a cántaros sobre ellos.... ¡A qué cosas no estaría +obligando la galantería de don Álvaro en aquel momento!». + +--Es preciso ir a buscarlos--decía el gobernador. + +--Hay que llevarles paraguas...--Y el caso es que la Marquesa está +sitiada por el chubasco allá abajo y no puede disponer.... + +--Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y +mandar.... + +Y se deliberó largamente qué se haría. + +--Hay que salvar a los náufragos--dijo el Barón a guisa de chiste. + +El Magistral, que había salido del salón, se presentó con dos paraguas +grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreció uno a don Víctor, diciendo: + +--Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que también lo soy... +¡al monte! ¡al monte! + +Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole +con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores. + +--¡Bravo, bravo!--gritaron aquellos señores, que aplaudían el heroísmo +ajeno. + +Un trueno formidable, simultáneo con el relámpago, estalló sobre la casa +y puso pálidos a los más valientes. + +--¡Vamos, vamos, pronto!--gritó el Magistral, cuya palidez no la +causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su mala suerte, +a sarcasmos del diablo que se burlaba de él y de su miserable condición +de clérigo. + +--Pero... don Fermín--se atrevió a decir Quintanar--por lo mismo que soy +cazador... conozco el peligro.... El árbol atrae el rayo.... Ahí arriba +también hay laureles, el laurel llama la electricidad; ¡si fueran pinos +menos mal! ¡pero el laurel!... + +--¿Qué quiere usted decir? ¿Que los parta un rayo a los otros? No ve +usted que con ellos está doña Ana.... + +--Sí, verdad es... pero ¿no podría ir Pepe con algún criado... con +Anselmo...? Usted va a mojarse el balandrán... y la sotana.... + +--¡Al monte! ¡don Víctor, al monte!--rugió el Provisor. + +Y la voz terrible fue apagada por un trueno más horrísono que los +anteriores. + +--Señores--dijo Ripamilán que estaba escondido en una alcoba--. No se +apuren ustedes, los chicos deben de estar a techo. + +--¿Cómo a techo?...--Sí, Fermín, no se asuste usted. A techo... en la +casa del leñador que usted no conoce; es una cabaña rústica, que el +Marqués se hizo construir con cañas y césped allá arriba, en lo más +espeso del monte.... + +El Magistral no quiso oír más. Salió con un paraguas bajo el brazo y +dejó caer el otro a los pies de don Víctor. + +El cual recogió el arma defensiva, que llamó escudo para sus adentros, y +siguió sin chistar «al loco del Magistral», sin explicarse por qué se +empeñaba en que fueran ellos a buscar a la Regenta y no los criados. + +Tampoco los señores del salón comprendían aquello; y sonreían con +discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un misterio la +conducta del Magistral. + +--Tenía razón don Víctor--advirtió el barón--¿por qué no habían de haber +ido los criados? + +--Además--dijo el gobernador--eso parece una lección a todos nosotros, +especialmente a usted que tiene por allá a su hija.... + +El trueno que estalló en aquel instante se le antojó a Ripamilán que +había metido cien rayos en la casa. + +El miedo ya era general.--Ea, ea, señores--dijo el Arcipreste desde la +alcoba--a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso de ustedes... _In +nomine Patris_... + + + + +--XXVIII-- + + +--¿Adónde van ustedes?--gritaba la Marquesa desde el _Belvedere_ al +Magistral y a don Víctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia, +corrían por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua +por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero. + +--¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don +Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que +tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas. + +La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por señas, pero don Víctor +ya no la entendía y don Fermín ni la oía siquiera. + +--Pero aguarde usted, santo varón; espere usted, ¡deliberemos; formemos +un plan!... ¿a dónde me lleva usted? + +Por lo visto tampoco oía a Quintanar aquel santo varón, porque +continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrás un momento. + +De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y +bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex-regente, +que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia. + +--¡Esto es un telar!--gritaba, y se envolvía en los hilos como si fueran +cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caía de hinojos, +blasfemando, contra su costumbre. + +--También es ocurrencia de chicos venir al monte a divertirse.... Si no +hay más que arañas y espinas.... Don Fermín, espere usted por las once +mil... de a caballo, que yo me pierdo y me caigo. + +Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto. + +No osó blasfemar otra vez.--¡Don Fermín! ¡don Fermín! ¡espere usted en +nombre de la humanidad! + +De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima y +disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría: + +--Parece mentira que sea usted cazador. + +--Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un +bombardeo... y las arañas se me meten en el estómago... y sobre todo a +mí me gustan las acciones heroicas que tienen alguna utilidad. _Nisi +utile est id quod facimus, stulta est gloria_ ha dicho Baglivio. ¿A +dónde vamos nosotros, a ver, dígalo usted si lo sabe? + +--A buscar a doña Ana que estará... poniéndose perdida.... + +--¡Quiá perdida! ¿Cree usted que son tontos? De fijo están a techo.... +¿Cree usted que han de estar papando... arañas y nadando como nosotros? +¿Además no tienen pies para volverse a casa? ¿No saben el camino? Dirá +usted que les llevamos paraguas; ¿y para qué sirven los paraguas? + +El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no servían de +nada en el bosque. + +--Haga usted lo que quiera--dijo--yo sigo. + +--Eso es darme una lección--replicó don Víctor algo picado y +continuando también la ascensión penosa. + +--No señor.--Sí señor; eso... es ser más papista que el Papa. Me parece +a mí que mi mujer me importa más a mí que a nadie.... Y usted dispense +este lenguaje... pero, francamente, esto ha sido una quijotada. + +Quintanar comprendió que aquello era una insolencia, pero estaba furioso +y no quiso recogerla. + +El primer impulso de don Fermín fue descargar el puño del paraguas sobre +la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en aquella ocasión; +pero se contuvo por multitud de consideraciones... y continuó subiendo +en silencio. + +A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonarían a +un náufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas llevaba +clavadas en el cerebro con clavos de fuego: _Ubi irritatio ibi fluxus_ +decía una; y la otra: ¡estarán en la casa del leñador! No creía el +Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte, +combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente +enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra, +con las escenas también campestres en que temía groseramente ver +enredada a la Regenta. + +«¡_Ubi irritatio ibi fluxus_!» iba pensando; es verdad, es verdad... he +estado ciego... la mujer siempre es mujer, la más pura... es mujer... y +yo fuí un majadero desde el primer día.... Y ahora es tarde... y la perdí +por completo. Y ese infame.... + +Echó a correr monte arriba. «¡Pero ese hombre está loco!», pensaba +Quintanar, que le seguía jadeante, con un palmo de lengua colgando y a +veinte pasos otra vez. + +El Magistral procuraba orientarse, recordar por dónde había bajado pocas +horas antes de la casa del leñador. Se perdía, confundía las señales, +iba y venía... y don Víctor detrás, librándose de las arañas como de +leones, de sus hilos como de cadenas. + +«Lo mejor es subir por la máxima pendiente, ello está hacia lo más +alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar...». + +Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don Víctor, con cara amable y voz +dulce y suplicante advirtió: + +--Señor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que separarnos; +hágame usted el favor de subir por ahí, por la derecha.... + +Don Víctor se negó, pero el Magistral insistiendo, y con alusiones +embozadas al miedo positivo de su compañero, logró picar otra vez su +amor propio y le obligó a torcer por la derecha. + +Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subió corriendo cuanto podía, +tropezando con troncos y zarzas, ramas caídas y ramas pendientes.... Iba +ciego; le daba el corazón, que reventaba de celos, de cólera, que iba a +sorprender a don Álvaro y a la Regenta en coloquio amoroso cuando menos. +«¿Por qué? ¿No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaquín, +Visita, Obdulia y los demás que habían subido al bosque?». No, no, +gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don Álvaro sabe mucho de +estas aventuras, ya habrá él aprovechado la ocasión, ya se habrá dado +trazas para quedarse a solas con ella. Paco y Joaquín no habrán puesto +obstáculos, habrán procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y +Edelmira respectivamente. Visitación los habrá ayudado. Bermúdez es un +idiota... de fijo están solos. Y vuelta a correr cuanto podía, +tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrán empapado +que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de lodo y +telarañas mojadas. También él llevaba la boca y los ojos envueltos en +hilos pegajosos, tenues, entremetidos. + +Llegó a lo más alto, a lo más espeso. Los truenos, todavía formidables, +retumbaban ya más lejos. Se había equivocado, no estaba hacia aquel lado +la cabaña. Siguió hacia la derecha, separando con dificultad las espinas +de cien plantas ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las +ramas la caseta rústica.... Alguien se movía dentro.... Corrió como un +loco, sin saber lo que iba a hacer si encontraba allí lo que +esperaba..., dispuesto a matar si era preciso... ciego.... + +--¡Jinojo! que me ha dado usted un susto...--gritó don Víctor, que +descansaba allí dentro, sobre un banco rústico, mientras retorcía con +fuerza el sombrero flexible que chorreaba una catarata de agua clara. + +--¡No están!--dijo el Magistral sin pensar en la sospecha que podían +despertar su aspecto, su conducta, su voz trémula, todo lo que delataba +a voces su pasión, sus celos, su indignación de marido ultrajado, +absurda en él. + +Pero don Víctor también estaba preocupado. No le faltaba motivo. + +--Mire usted lo que me encontrado aquí--dijo y sacó del bolsillo, entre +dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata. + +--¿Qué es eso?--preguntó De Pas, sin poder ocultar su ansiedad.--¡Una +liga de mi mujer!--contestó aquel marido tranquilo como tal, pero +sorprendido con el hallazgo por lo raro. + +--¡Una liga de su mujer! El Magistral abrió la boca estupefacto, +admirando la estupidez de aquel hombre que aún no sospechaba nada. + +--Es decir--continuó Quintanar--una liga que fue de mi mujer, pero que +me consta que ya no es suya.... Sé que no le sirven... desde que ha +engordado con los aires de la aldea... con la leche... etc., y que se +las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo que esta liga... es de +Petra. Petra ha estado aquí. Esto es lo que me preocupa.... ¿A qué ha +venido Petra aquí... a perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he +creído oportuno dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa, +está a mi servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es +de Petra. + +Don Fermín estaba rojo de vergüenza, lo sentía él. Todo aquello, que +había podido ser trágico, se había convertido en una aventura cómica, +ridícula, y el remordimiento de lo grotesco empezó a pincharle el +cerebro con botonazos de jaqueca.... Por fortuna don Víctor, según +observó también De Pas, no estaba para atender a la vergüenza de los +demás, pensaba en la suya; se había puesto también muy colorado. +Comprendió el Magistral por qué torcidos senderos conocía el ex-regente +las ligas de su mujer. + +También Quintanar tenía, además de vergüenza, celos. + +No podía saber De Pas hasta qué punto había llegado la debilidad de don +Víctor, que se decía a sí mismo: «Probablemente este clérigo, malicioso +como todos, estará sospechando... lo que no ha habido». + +Lo cierto era que don Víctor, al cabo, había cedido hasta cierto punto a +las insinuaciones de Petra. + +Pero acordándose de lo que debía a su esposa, de lo que se debía a sí +mismo, de lo que debía a sus años, y de otra porción de deudas, y sobre +todo, por fatalidad de su destino que nunca le había permitido llevar a +término natural cierta clase de empresas, era lo cierto que había +retrocedido en _aquel camino de perdición_ desde el día en que una +tentativa de seducción se le frustó, por fingido pudor de la criada. «No +había, en suma, llegado a ser dueño de los encantos de su doncella, pero +en aquellos primeros y últimos escarceos amorosos había podido adquirir +la convicción de que la Regenta le había regalado a Petra unas ligas que +el amante esposo le había regalado a ella». + +«¿Por qué se le había ido la lengua delante del Magistral?». + +«No podía explicárselo, los celos, si así podían llamarse, le habían +hecho hablar alto. Por lo demás, él despreciaba a la rubia lúbrica en el +fondo del alma... y sólo en un momento de exaltación... de la mente, +había podido...». + +La tempestad ya estaba lejos... los árboles continuaban chorreando el +agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul. + +Por decir algo, don Víctor dijo: + +--Verá usted como esto repite a la noche.... Por allá abajo viene otro +mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas.... + +Vamos a bajar antes que vuelva el agua--advirtió De Pas, que hubiera +querido estar cinco estados bajo tierra. + +Los dos se tenían miedo. + +Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra. + +Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los +llamó de lejos, entre los árboles. + +--Don Víctor, don Víctor... eh, don Víctor... por aquí. + +--¿Qué pasa? ¿Han parecido? ¿Alguna desgracia? + +--¿Qué desgracia? no señor, que los señoritos y las señoritas ya estaban +en casa muy tranquilos cuando ustedes estarían llegando a mitad del +monte... apenas se han mojado.... Yo salí, por orden de la señora +Marquesa, en su busca apenas comenzó a llover.... Fui con el carro y el +toldo encerado a la calleja de Arreo donde sabía yo que el señorito Paco +había de parecer, porque aquel es el camino más corto y la casa de +Chinto está allí, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban todas +las señoritas, que no se habían mojado apenas... porque en el monte +cuando empieza el chaparrón se está como a techo.... De modo que todos +están en casa muertos de risa, menos la señora doña Anita que teme por +usted y... por este señor cura.... + +--¿Pero y la señora Marquesa cómo no nos advirtió?... + +--Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hacía caso, +y que ella le decía que ya había salido el carro.... + +Y Pepe se reía a carcajadas.--No ha sido mala broma, je, je.... +Probecicos y da lástima verles... sobre todo este señor cura está hecho +un _eciomo_, perdonando la comparanza, es una sopa.... Anda, anda, y cómo +se le ha ponío too el melindrán este... y la sotana parece un charco.... + +Tenía razón Pepe. De Pas y don Víctor se miraban y se encontraban +aspecto de náufragos. + +--Anden, anden, ángeles de Dios, que la mojadura puede llegar a los +huesos y darles un romantismo.... + +--Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado. + +--La señorita Ana ya tié preparada ropa caliente pa usté y creo que no +falta pa este señor cura: y si no, yo tengo una camisa fina que podría +ponérsela una princesa.... + +El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde +habían salido, dio vuelta a la muralla y entró en las cocheras, de donde +hizo sacar su miserable berlina de alquiler. + +Don Víctor no le vio siquiera separarse de él. Tan absorto iba. + +Encontró el Magistral al Marqués que no quería dejarle marchar en aquel +estado.... + +--Pero si va usted a coger una pulmonía.... Múdese usted.... Ahí habrá +ropa.... + +No hubo modo de convencerle.--Despídame usted de la Marquesa. En una +carrera estoy en mi casa.... + +Y dejó el Vivero, no tan a escape como él hubiera querido, sino a un +trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos que +regular. + +--Pero, hombre, castigue usted a ese animal--gritaba don Fermín al +cochero--. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero llegar +pronto a mi casa. + +El cochero, ante la perspectiva de una propina, descargó dos tremendos +latigazos sobre los lomos del rocín, que vino a pagar así la ira +concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos +latigazos los hubiera descargado el canónigo de buen grado sobre el +rostro de Mesía. + +Cuando el miserable y desvencijado vehículo llegaba a las primeras +casas de los arrabales de Vetusta, obscurecía. La noche, según había +anunciado don Víctor, amenazaba con nueva tormenta. Todo el cielo se +cubría de nubes pardas que se ennegrecían poco a poco. Ya se veían +relámpagos extensos en el horizonte por Norte y Oeste, y de tarde en +tarde zumbaba rodando un trueno allá muy lejos. + +Don Fermín llevaba el alma sofocada de hastío, de desprecio de sí mismo. +¡Qué jornada! pensaba, ¡qué jornada! No le quedaba ni el consuelo de +compadecerse; merecido tenía todo aquello; el mundo era como el +confesonario lo mostraba, un montón de basura; las pasiones nobles, +grandes, sueños, aprensiones, hipocresía del vicio.... Buena prueba era +él mismo, que a pesar de sentirse enamorado por modo angélico, caía una +y otra vez en groseras aventuras, y satisfacía como un miserable los +apetitos más bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra era +de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del +maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada. «Con +unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo». «¿Y don +Víctor? Otro miserable y además un estúpido que merecía cuanto mal le +viniera encima, como él, como Ana lo merecían también, como lo merecía +el mundo entero que era un lodazal.... ¡Oh, aquellos relámpagos debían +quemar el mundo entero si se quería hacer justicia de una vez!». + +Lo que más le irritaba era que su conciencia le envolvía a él también en +el general desprecio.... «Todo era pequeño, asqueroso, bajo... y él como +todo». + +«¿Y lo que había dicho el médico? _Ubi irritatio_... es decir que Ana +caería en brazos de don Álvaro... ¡que era fatal aquella caída!... Y +tanto misticismo, y tanto hermano mayor del alma... ¿para qué había +servido? Farsa, hipocresía, hipocresía inconsciente, como la propia, +como la del universo entero...». + +El Magistral daba diente con diente. El frío le hizo pensar en la ropa, +la ropa en su madre. + +«Esta es otra. ¿Qué va a decir al verme entrar así? Tendré que inventar +una mentira. ¡Bah! una más, ¿qué importa?... Y los otros allá... a sus +anchas.... Podrán, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo +idiota del marido.... Oh, ¿quién es aquí el marido? ¿Quién es aquí el +ofendido? ¡Yo, yo! que siento la ofensa, que la preveo, que la huelo en +el aire... no él que no la ve aun puesta delante de los ojos...». + +Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso +al Vivero a sorprender «lo que el presentimiento le daba por seguro, lo +que no había pasado tal vez en el bosque, pero lo que estaría pasando en +la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas damas +lascivas, locas y encubridoras...». + +Un trueno que retumbó sobre Vetusta sirvió de acompañamiento a la cólera +del canónigo. + +--«¡Eso! ¡eso!--rugió mientras abría la portezuela y se apeaba frente a +su casa--. ¡Esto sólo se arregla con rayos!». + +Y entró en su casa después de pagar al cochero. + +Los rayos que quería le esperaban arriba dispuestos a estallar sobre su +cabeza. + +Cuando se acostó aquella noche, pensaba que en su vida había tenido tan +formidable reyerta con su señora madre, ni había visto jamás a doña +Paula ostentar mayores parches de sebo en las sienes. + +Y al dormirse, la última idea que le perseguía, la que más le +atormentaba con sus punzadas, era la del ridículo. + +«¡Qué aventuras tan grotescas... qué horrorosa ironía de lo cómico +durante todo el día! Y... la culpa de todo la tenía la odiosa, la +repugnante sotana...». + +Los últimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a pesar +de todo durmió, rendido por tanta fatiga. + +Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara, +y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos +otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde +al monte, que llamaba el clero del campo _la santina_, en la casa nueva +todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los +prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se +tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa. +Ya se sabía que al Vivero no se iba a otra cosa. Visitación, Obdulia y +Edelmira también, eran las que conocían mejor los lugares más +escondidos, dónde había puertas de escape, y todo lo que exigían +aquellos juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos +años que tenían varias de aquellas personas tan alegres. + +A don Víctor se le recibió en triunfo; triunfo burlesco. Algunos, Visita +y Paco entre ellos, querían coronarlo, pero él prefirió correr a su +cuarto para mudarse de pies a cabeza. + +Entró con él la Regenta para ayudarle. + +--¿Y don Fermín?--preguntó. + +--Tu don Fermín es un botarate, hija mía, y perdona--contestó Quintanar +de mal humor, mientras se mudaba los calcetines. + +Y refirió a su mujer todo lo que les había sucedido, menos el hallazgo +de la liga. + +Ana convino en que De Pas había llevado la galantería a un extremo +ridículo, sobre todo ridículo, en un sacerdote. + +--¿A quién le importará más mi mujer, a él o a mí?--repetía a cada +instante el marido, como supremo argumento contra el Magistral. + +«Sí, pensaba Ana, tiene razón don Álvaro, ese hombre... tiene celos, +celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido una imprudencia.... Debo +huir de él, tiene razón Álvaro». + +Mesía y Paco, en los días anteriores, habían venido varias veces al +Vivero, a caballo; Mesía había encontrado a la Regenta expansiva, +alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo conseguir que ella +escuchase consejos que él juraba higiénicos principalmente. + +«El misticismo era una exaltación nerviosa». + +En eso estaba Ana también, asustada todavía con los recuerdos de sus +aprensiones. + +«Además, el Magistral no era un místico; lo menos malo que se podía +pensar de él era que se proponía ganar a las señoras de categoría para +adquirir más y más influencia». + +Cuando don Álvaro se atrevió a decir esto, ya sus confidencias habían +sido muy íntimas. + +De amor no se hablaba; Mesía, aunque con trabajo, respetaba a la Regenta +hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo agradecía y, +como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar en los peligros +de aquella amistad; y lo conseguía mejor que antes. + +«Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre de +cavilaciones y propósitos quijotescos y excesivos: quiero paz, quiero +calma... seré como todas. Mi honor no padecerá... pero los escrúpulos +me volverían a la locura, a las aprensiones horrorosas...». + +Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados. + +La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía minando el +terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas. + +Cuando Quintanar refirió los pasos imprudentes del Magistral, Ana sintió +por un momento algo de odio. «¿Cómo? ¿Su mismo confesor la comprometía? +Si Víctor fuera otro, ¿no podría haber sospechado o de don Álvaro o del +canónigo mismo? ¿Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos? +¡No faltaba más! ¡qué horror! ¡qué asco! ¡amores con un clérigo!». + +Y ahora sí que la imagen de don Álvaro se le presentaba risueña, +elegante, fresca y viva. «Al fin aquello estaba dentro de las leyes +naturales y sociales... a lo menos era cosa menos repugnante... menos +ridícula; no, lo que es ridículo, nada... ¡pero un canónigo!...». + +Y le parecía que el pecado de querer a un Mesía era ya poco menos que +nada, sobre todo si servía para huir de los amores de un Magistral... +«¿Pero qué se habría figurado aquel señor cura?». + +No se acordaba la Regenta ahora de aquello del «hermano mayor del alma», +ni de la leña que ella, sin mala intención, sin asomo de coquetería, +había arrojado al fuego de que ahora se avergonzaba. La pasión, que +ahora halagaba con su nueva vida, vencedora, próxima a estallar, le +sugería sofisma tras sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal +la conducta del Provisor, y noble y caballeresca la de Mesía. + +El cual, aquella misma mañana en el pozo lleno de yerba, antes en el +patio de la iglesia, por las callejas, cuando venían detrás del tambor +y de la gaita, en el bosque, después en el carro de Pepe, donde venían +juntos, casi sentada ella encima de él, sin poder remediarlo, más tarde +en el salón, en todas partes y en todo el día le había estado dejando +ver que la adoraba, «pero no se lo había dicho, por respeto... a fuerza +de quererla tanto». + +Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del +clérigo. + +Y le faltó tiempo para decírselo a don Álvaro. + +En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue +diciendo, cuando pudo hablarle sin que los oyeran: + +--¿Qué le parece a usted la conducta del Magistral? + +¿Que le había de parecer a don Álvaro? ¡Abominable! ¿Pues qué era lo que +él, don Álvaro, tenía dicho? Que no había que fiarse del Provisor, etc., +etc. + +--«Sí, Ana, está enamorado de usted, loco, loco... eso se lo conocí yo +hace mucho tiempo... porque... porque...». + +Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo perfectamente, y hasta con +acompañamiento de una música dulcísima que la Regenta creía oír dentro +de sus entrañas; una música que le salía de los ojos y de la boca.... +«¡qué sabía ella! pero aquello era una delicia mucho más fuerte que +todas las del _misticismo_». + +Cuando hablaban así, como _otros dos hermanos del alma_, empezaba la +noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo los +relámpagos que a don Fermín le sorprendieron al entrar en Vetusta. Ana y +Mesía estaban solos apoyados en el antepecho de la galería del primer +piso, en una esquina de aquel corredor de cristales que daba vuelta a +toda la casa. La mayor parte de los convidados abajo, en el salón, se +preparaban a volver a Vetusta, otros preferían aceptar la hospitalidad +que los Marqueses les ofrecían en el Vivero por aquella noche. Todo era +abajo ruido, movimiento, órdenes confusas, broma, vacilaciones, unos que +se quedaban y de repente preferían emprender el viaje, otros que se +preparaban a ocupar un asiento en un coche y volvían a la casa +prefiriendo «dormir en el suelo aunque fuera». Ripamilán desde luego +aceptó la cama que le ofreció la Marquesa «para él solo». + +--Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me +consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo. + +Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Barón quería más +quedarse, pero tuvo que seguirlas. También se metió en el coche el +gobernador, pero su esposa se quedó con los Marqueses. Bermúdez volvió a +Vetusta; Visitación, Obdulia, Edelmira, Paco y Mesía se quedaban. + +Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas +materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaquín corrían como locos +por el corredor del primer piso. Visitación estaba un poco borracha, no +tanto por lo que había bebido como por lo que había alborotado; Obdulia +decía que tenía un clavo en la sien: había bebido mucho más, pero el +torbellino del baile, las emociones fuertes del escondite la mantenían +en pie firme de puro excitada. Edelmira, maestra ya en el arte de +divertirse al estilo de la casa de sus tíos, estaba como una amapola y +reía y gozaba con estrépito; su alegría era comunicativa y simpática. +Paco la pellizcaba sin compasión y ella despedazaba los brazos de Paco; +Joaquín Orgaz, que había conseguido aquella tarde algunas ventajas +positivas en el amor siempre efímero de Obdulia, pellizcaba también; y +había carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos, sorpresas. +Ahora, mientras Ana y Álvaro hablaban asomados a la galería, sin miedo +al agua que les salpicaba el rostro ni a los relámpagos que rasgaban el +horizonte negro enfrente de sus ojos, los demás, en la obscuridad del +corredor estrecho jugaban a un juego de niños que se llamaba en Vetusta +_el cachipote_, y que consiste en esconder un pañuelo convertido en +látigo y buscarlo por las señas conocidas de: frío y caliente. El que lo +encuentra corre detrás de los otros a latigazos hasta llegar a la madre. +Este juego inocente daba ocasión a multitud de sabrosos incidentes entre +aquellos jugadores todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y +otra de varón, buscaban en el mismo agujero el _cachipote_; los que +corrían se atropellaban, y la verdad histórica exige que se declare, por +más que parezca inverosímil, que muy a menudo aquellos _chicos_ que +corrían como locos todos juntos por la estrecha galería, huyendo del +látigo, caían al suelo en confuso montón, mientras el zurriago les medía +las espaldas. + +Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y gárrulo de las despedidas y +preparativos de marcha, y detrás el estrépito de los que corrían en la +galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno, +la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando +deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida una +declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda +idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el +estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para +aquella mujer que sentía las emociones de los quince años al frisar con +los treinta. + +No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que +se reportase, que mirase quién era ella. «Bastante lo miraba, bastante +se contenía para lo mucho que aseguraba sentir y sentiría de fijo». + +«No, no, que no calle, que hable toda la vida», decía el alma entera. Y +Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el presidente del +Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que +había sido _mística_, ni siquiera en que había maridos y Magistrales en +el mundo. Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí, +pero _caer al cielo_. + +Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo +presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que +había encontrado en la meditación religiosa. En esta última había un +esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor algo enfermizo, +una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era +pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer, +salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo +ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin +trascender a nada más que a la esperanza de que durase eternamente. «No, +por allí no se iba a la locura». + +Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una respuesta; +es más, lloraba, sin llorar por supuesto, «de pura gratitud, sólo porque +le oían». «¡Había callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones, +millones de obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo sabía él; +pero él no pedía más que lástima, y la dicha de que le dejaran hablar, +de hacerse oír y de no ser tenido por un libertino _vulgar_, necio, que +era lo que el _vulgo estúpido_ había querido hacer de él». + +Siempre le había gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo _estúpido_; +para ella la señal de la _distinción_ espiritual estaba en el desprecio +del vulgo, de los vetustenses. Tenía la Regenta este defecto, tal vez +heredado de su padre: que para distinguirse de la _masa de los +creyentes_, necesitaba recurrir a la teoría hoy muy generalizada del +_vulgo idiota_, de la _bestialidad humana_, etc., etcétera. + +Por fortuna, don Álvaro sabía perfectamente manejar este resorte: era él +capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol del medio día si se +oponía a sus pasiones. «Todo era preocupación, pequeñez de ánimo.... +Pero, ¿tenía él derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase +las maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya sabía que la +_letra_ estaba contra él.... Al fin, ¿qué era él? Un hombre que hablaba +de amor a una señora que era de otro, ante los hombres.... Ya lo sabía, +sí; no exigía que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y +costumbres, lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que +había en el mundo mujeres, virtuosas como la que más, que ya sabían a +qué atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel +amor de Mesía; pero ¿podía él pedir a Ana, educada por fanáticos, que +había pasado su juventud en un pueblo como Vetusta, podía pedirla que se +dignase siquiera alentar su pasión con una esperanza? Oh, no; demasiado +sabía que no... bastaba con que le oyera. ¡Cuántos años había estado sin +querer oírle! ¡Y lo que él había padecido!... Pero, en fin, de esto ya +no había que acordarse. El dolor había sido infinito... infinito... pero +todo lo compensaba la felicidad de aquel momento. Callaba Ana, oía... +¿pues qué más dicha podía él ambicionar?...». + +A la luz de un relámpago, la Regenta vio los ojos de Álvaro brillantes +y envueltos en humedad de lágrimas. + +También tenía las mejillas húmedas.... Ella no pensó que esto podía ser +agua del cielo. + +«¡Estaba llorando aquel hombre... el hombre más hermoso que ella había +visto, el compañero de sus sueños, el que debió haberlo sido de su +vida!...». + +«Pero ¿por qué hablaba de agradecimiento? ¿Porque ella no le +interrumpía? ¡Si él supiera... si él supiera que no podía ni +hablar!...». + +Ana sentía un placer _puramente material_, pensaba ella, en aquel sitio +de sus entrañas que no era el vientre ni el corazón, sino en el medio. +Sí, el placer era _puramente material_, pero su intensidad le hacía +grandioso, sublime. «Cuando se gozaba tanto, debía de haber derecho a +gozar». + +Cuando Álvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplicó que se le +dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaración, si se +le quería mal, si se había puesto en ridículo... si se burlaba de él, +etc., Ana, separándose del roce de aquel brazo que la abrasaba, con un +mohín de niña, pero sin asomo de coquetería, arisca, como un animal +débil y montaraz herido, se quejó... se quejó con un sonido gutural, +hondo, mimoso, de víctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor +de la virtud que expiraba en aquel espíritu solitario hasta entonces.... + +Y se alejó de Álvaro, llamó a Visita... la abrazó nerviosa y dijo, +pudiendo al fin hablar: + +--¿A qué jugáis, locos...? + +--Ahora ya a nada.... Jugábamos al cachipote, pero Paco y Edelmira están +allá en la esquina del otro frente disputando sobre quién tiene más +fuerza, si ella o él.... Ven, ven, verás qué puños los de Edelmira. + +En la más obscura de las galerías, en un rincón, amontonados estaban los +demás compañeros de broma; Edelmira y Paco espalda con espalda, como se +baila a veces la _muñeira_, sobre todo en el teatro, medían sus +fuerzas.... Paco resistía con dificultad el empuje violento de su prima, +que gozando lo que ella y el diablo sabían, se incrustaba en la carne de +su primo, más blanda que la suya, empeñada en vencerle y hacerle andar +hacia adelante mientras ella andaba hacia atrás. Al cabo Edelmira +venció, y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con +las manos apoyadas en los hombros del contrario. Así se hizo y esta vez +venció Paco. + +Joaquín propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevió a medir con +la Regenta sus fuerzas. Joaquín y Ana vencieron. A don Álvaro, que no +tenía con quién luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio +en que le venció el maldito De Pas.... «Pero ahora le tenía debajo de +los pies». + +«Más valía maña que fuerza». + +Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los +relámpagos, los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de +la comida, la estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a +la alegría aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia, +moderados en ellos por instintos de la educación. Pero volvieron los +pellizcos, los gritos, los puñetazos de las mujeres en la cabeza de los +varones. Ana jamás había asistido a escenas semejantes; ella y don +Álvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero al fin le +tocó a la Regenta algún pellizco, ninguno de Mesía, a este varios de +Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general contienda más de +una vez sintió su espalda oprimida por la de Álvaro, y aunque huía el +contacto delicioso, de un sabor especial, en cuanto lo notaba, el +contacto volvía, y Ana iba sintiendo emociones extrañas, nuevas del +todo, una inquietud alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de +sed de todo el cuerpo que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no +fuese aquel rincón obscuro, estrecho, donde cantaban, reían, saltaban.... +Como una música lejana, dulcísima en su suavidad, recordaba todos los +pormenores de la declaración amorosa de Mesía.... + +Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y +excitaciones vanas, Paco y Joaquín, antes que Edelmira, Obdulia y +Visita, dejaron de correr y _enredar_; y muy serios, con la melancolía +del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareció en el +horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que +yacían desgarradas por el cielo. + +Paco, con regular voz de barítono, cantó pedazos de _Favorita_ y de +_Sonámbula_ y Joaquín _salió por malagueñas_, como él decía; en su voz +había una tristeza que contrastaba con la alegría que le brillaba en los +ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto +dar el premio de sus favores, no el principal, al género flamenco. Por +fortuna Joaquín se conformaba con el _accèsit_. + +Don Víctor, que se aburría abajo, oyó cantar el _Spirto gentil_ y subió. +Le daba ahora por la música. Cantar óperas, a su modo, y oír cantar a +los que _afinaban_ más que él, era su delicia por aquella temporada, y +si todo esto se hacía a la luz de la luna, miel sobre hojuelas. + +Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la +luna que salía por la bóveda desgarrando jirones de nubes de forma +caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, como +respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del +cuerpo y del alma. + +Don Víctor era más soñador que ninguno de los presentes. Se acercó a +Mesía, consiguió entablar conversación particular con él; y como +encontró a su amigo más atento que nunca, más cordial, más afectuoso, no +tardó en abrirle el alma de par en par. + +Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas y las +malagueñas, don Víctor, que había comido bien y merendado con frecuentes +libaciones, seguía abriendo el pecho ante la atención de Mesía, atención +muda, intachable. + +--Mire usted--decía el viejo--yo no sé cómo soy, pero sin creerme un +Tenorio, siempre he sido afortunado en mis tentativas amorosas; pocas +veces las mujeres con quien me he atrevido a ser audaz, han tomado a mal +mis demasías... pero debo decirlo todo: no sé por qué tibieza o +encogimiento de carácter, por frialdad de la sangre o por lo que sea, la +mayor parte de mis aventuras se han quedado a medio camino.... No tengo +el don de la constancia. + +--Pues es indispensable.--Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis pasiones son +fuegos fatuos; he tenido más de diez mujeres medio rendidas... y muy +pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido mía, lo que se llama +mía.... Sin ir más lejos.... + +Don Víctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mesía había de ser +un pozo, le refirió las persecuciones de que había sido víctima, las +provocaciones lascivas de Petra; y confesó que al fin, después de +resistir mucho tiempo, años, como un José... habíase cegado en un +momento... y había jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre; +bastó que la muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor +exigía, para que él, seguro de vencer, enfriara, cejase en su +descabellado propósito, contentándose con pequeños favores y con el +conocimiento exacto de la hermosura que ya no había de poseer. + +Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin +decir que había sido de su mujer. Le parecía una debilidad indigna de un +marido «de mundo» regalarle ligas a su señora. Pidió consejo a Mesía +respecto de su conducta futura con Petra. + +--¿Debo despedirla?--¿Tiene usted celos?--No señor; yo no soy el perro +del hortelano... aunque he de confesar que algo me disgustó en el primer +momento el descubrir aquella prueba de su liviandad. + +--Pero ¿está usted seguro de que la liga es de Petra? + +--Ah, sí; estoy absolutamente seguro. + +Y siguió Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo. + +La alcoba en que dormían Ana y don Víctor tenía una ventana a la galería +precisamente del lado en que estaban conversando los dos amigos. + +La Regenta abrió de repente las vidrieras y llamó a su marido. + +--Pero, Víctor, ¿no te acuestas hoy? + +Los dos amigos se volvieron. Quintanar tenía los ojos inflamados y las +mejillas encendidas.... Sus confidencias le habían rejuvenecido.... + +--¿Pero qué hora es, hija mía? + +--Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los +Marqueses ya están recogidos. + +Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su +cuarto. + +--Bobadas de mamá--dijo Paco del mal humor--apareciendo por un extremo +de la galería. Edelmira prefería dormir con Obdulia, como es natural... +y ahora doña Rufina la hacía acostarse en su misma alcoba.... Bobadas.... +Tonterías de mamá... + +--Buena está Obdulia para dormir con nadie--dijo Visita que venía del +cuarto contiguo al de Ana. + +--¿Pues qué tiene?--Yo creo que una _mica_, una borrachera de mil +cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qué sé yo; ello es que +está en la cama dando ayes y dice que allí no se acuesta nadie, que +quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy a poner mi cama al +lado de la suya.... Buenas noches.... + +Y acercándose a la ventana sujetó a la Regenta por los hombros, le habló +al oído, le llenó de besos estrepitosos la cara y corrió a su cuarto, +haciendo antes una mueca de conmiseración burlesca a Joaquinito Orgaz +que, cabizbajo y tristón, rondaba por los pasillos. + +--Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. Víctor, a la cama. + +Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de +acostarse. + +--¿Y ustedes?--dijo Quintanar. + +--Nosotros--respondió Paco--nos hemos quedado sin cama porque a la +señora gobernadora le dio el capricho de tener miedo a los truenos y +quedarse a dormir.... + +--¿De modo?...--preguntó Ana risueña. + +--Que dormiremos en un sofá.--Vaya, vaya, pues buenas noches. + +--Espera un poco, tonta, mira qué buena noche está... hablemos aquí un +poco.... + +--Yo no tengo sueño; tiene razón Paco; hablemos--dijo don Víctor, que +había entrado en su cuarto y se había puesto las zapatillas y el gorro +de borla de oro. + +--¿Cómo hablar? no señor..., a la cama.... + +Y Ana, coqueta sin querer, amenazó graciosa, provocativa, con cerrar las +ventanas y las contraventanas.... + +Mesía con un mohín le suplicó que esperase.... + +Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del día, las +bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora +todavía; Ana y su marido dentro, Paco, Joaquín y Álvaro en la galería.... + +Don Víctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva, y +allí, cerca del propio lecho, a los amigos jóvenes en cuya compañía se +sentía él joven también, ¿qué mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha +se le asomaba al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la +casa, todos dormían, y sólo en aquel rincón de la galería, junto a +aquella ventana abierta había el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a +veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que parecía dar más +intimidad e interés a lo que se decían. Ana esquivaba unas veces las +miradas de don Álvaro, que fumaba apoyando un codo muy cerca de los de +Anita, también reclinada sobre el antepecho. Otras veces, las más, los +ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se +decían amores, cada vez más elocuentes. + +Álvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y codicia al +interior de la alcoba.... Ana sorprendió alguna de aquellas miradas +rápidas y compadeció al enamorado galán, sin tomar a mal su curiosidad +indiscreta. Don Víctor no llevaba traza de poner fin al palique y Ana +misma se creyó en el caso de decir: + +--Vaya, vaya... hasta mañana; Víctor, adentro, adentro. + +Y cerró las vidrieras en las narices de Álvaro y de los pollos. Paco y +Joaquín desaparecieron en lo obscuro del corredor. Quintanar ya estaba +de espaldas, allá en el fondo de la alcoba, en mangas de camisa. Don +Álvaro no se movía; y vio a la Regenta detrás de los cristales, cerrando +pausadamente las maderas; y ella en medio, en el hueco de luz, mirándole +seria, dulce... y después cuando ya sólo quedaba un intersticio le miró +risueña, juguetona. Volvió a abrir otro poco... y volvió a verle todo el +rostro. + +--Adiós, adiós, dormir bien--dijo Ana, detrás de las vidrieras; y cerró +las contraventanas de golpe y corrió el pestillo. + +Como la romería de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio por los +alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y sus +amigos. Quintanar y señora esperaban a los de Vetusta en la quinta; y +unas veces a pie, otras en coche, se emprendía la marcha, se recorría +aquellas aldeas pintorescas, se oían aquellos cánticos, monótonos, pero +siempre agradables, dulces y melancólicos de la danza indígena, y se +volvía al obscurecer, comiendo avellanas y cantando, entre labriegos y +campesinas retozonas, confundidos señores y colonos en una mezcla que +enternecía a don Víctor, el cual decía: «Vea usted, si se pudieran +realizar la igualdad y la fraternidad... no había cosa mejor ni más +poética». + +Mesía y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, además, +solían visitar a la Regenta cada tres o cuatro días. A veces Ana y +Quintanar, después de comer, a eso de las cuatro de la tarde, salían a +la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La soledad le iba +pesando un poco a don Víctor y aquellas visitas las agradecía en el +alma. Ana al divisar allá lejos, en el extremo de la cinta larga y +estrecha de carretera las siluetas de los dos poderosos caballos blancos +de Mesía y Vegallana, sentía un placer que se le antojaba infantil... y +se ponía nerviosa de ansiedad, que crecía según se acercaban los bultos +y se aclaraban las figuras de caballos y jinetes. + +Ni Visitación ni Paco se atrevían ya nunca a decir nada a don Álvaro +alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer; conocían en _la +cara de gloria_ del Tenorio que esperaba el triunfo, que tal vez lo +estaba tocando, y comprendían que el pudor, la vergüenza, mejor dicho, +exigía un silencio absoluto respecto del caso. Don Álvaro agradecía «la +delicadeza» de sus cómplices y callaba también, tranquilo y satisfecho. + +A fines del mes comenzó la dispersión general; todos los que tenían +cuatro cuartos, y muchos que no los tenían, dejaron la capital y +buscaron la frescura de la playa. + +Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer y con Petra +y se instaló en el puerto mejor de la provincia, _La Costa_, villa +floreciente más rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a +la moda. Otros años Quintanar pasaba el mes de Agosto en Palomares, a +donde iban también Visita, Obdulia y alguna vez los Marqueses y Mesía. + +--¡Dos años hace que no he veraneado!--decía Quintanar alegre como un +chiquillo. + +La Regenta prefirió La Costa a Palomares porque el Magistral había +suplicado que no se fuera a baños, y que si el médico lo exigía que por +lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana contradecir este deseo +del confesor y transigió. + +«Iremos a La Costa» dijo en la carta en que contestó a don Fermín. Tenía +éste pésima idea de los efectos morales de los baños de todo el +Cantábrico, y especialmente de los baños de Palomares. La mayor parte de +los penitentes volvían de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena +de pecadillos que, si tratándose de otros casi le hacían sonreír, en la +Regenta le hubieran hecho muy poca gracia. + +Comprendía don Fermín que su influencia iba disminuyendo, que la fe de +Ana se entibiaba y en cambio crecía la desconfianza en ella; y como +perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando tormento al +orgullo, a los celos, hacía de tripas corazón, fingía no ver, y mantenía +su poder espiritual claudicante «con puntales de tolerancia y estribos +de paciencia». La ira la desahogaba sobre el Obispo y con la curia +eclesiástica. Cada vez era su poder mayor y más cruel su tiranía. Las +ventajas de don Álvaro en el ánimo de Ana las pagaba el clero +parroquial, aquel clero que Foja decía respetar tanto. + +También Ana prefería aquel _modus vivendi_; no quería volver a las +andadas, temía que viniesen la compasión y los remordimientos y las +aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo +rompía con el Provisor. + +«Me conozco, pensaba; sé que, después de todo, le tengo cierto cariño, y +si abandonase su amistad, una voz insufrible me había de estar gritando +siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya que él disimula, y finge no ver +este cambio, y ya no se queja como al principio, dejémoslo todo así; +quiero paz, paz, no más batallas aquí dentro». + +Don Álvaro, en el tono confidencial que había adoptado después de su +declaración, había venido a indicar vagamente que no convenía irritar a +don Fermín, que él le creía capaz de hacer daño siempre de un modo o de +otro. Ana, aunque Álvaro no se atrevía a ser muy explícito en este +particular, comprendía lo que su amigo, _nuevo hermano_, quería decir y +aprobaba su prudencia. + +Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que +en otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposición de +motivos. + +Ana fue a La Costa. Mesía, por disimular, pasó cinco días en Palomares, +después se corrió a San Sebastián, y el día de Nuestra Señora de Agosto +se presentó en La Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente. + +A don Víctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda. Se +había instalado en la más lujosa, de más movimiento y ruido, situada en +el muelle. Allá se fue también Mesía, accediendo a los ruegos de su +amigo el ex-regente. + +Veinte días después volvían los tres juntos a Vetusta; Benítez felicitó +a la Regenta por su notable mejoría; ahora si que estaba la salud +asegurada; ¡qué color! ¡qué morbidez! ¡qué _sólidamente_ robusta volvía! + +A don Víctor se le caía la baba. «¡Oh, el mar, si no hay como el mar, y +la mesa redonda, y la casa de baños, y los paseos por el muelle, y los +conciertos al aire libre... y los teatros y circos!». ¡Qué contento +estaba con la vida Quintanar! Su mujer era una joya; la más hermosa de +la provincia, como había sido siempre, pero además ahora suya, +completamente suya, y de un humor nuevo, alegre, activo, como el que +Dios le había otorgado a él.... + +--¿Y yo? ¿eh? ¿qué tal vengo yo señor Benítez? + +--Magnífico, magnífico también; hecho un pollo. + +--¡Ya lo creo!--¿Y este galápago? Este galápago que ya va siendo viejo, +¿qué tal?--Y daba palmaditas en la espalda de Mesía--. Este sí que +parece un chiquillo. + +Y volviéndose a Frígilis que estaba presente, algo triste y desmejorado, +añadía Quintanar: + +--En cambio tú vas a escape para Villavieja.... Y eso que tanto tono +sabes darte con tu higiene, y tu vida de árbol secular. No, lo que es al +siglo no llegas, carcamal.... + +Y abrazaba y daba palmadas en la espalda también a su Frígilis para que +no tuviera celos de Mesía. Quintanar era feliz; quería que lo fueran +todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta los +conocidos, el mundo entero. + +Si Mesía le preguntaba en broma: + +--¿Qué tal _Kempis_? ¿Qué dice de esto _Kempis_? + +El otro contestaba:--¿Quién? ¡Qué + +_Kempis_ ni qué ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el caserón. Voy a +blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la +piedra de la fachada. Verán ustedes qué hermosa queda la piedra +amarillenta después que la piquemos. No quiero obscuridad, no quiero +negruras, no quiero tristezas. + +Mesía había convencido a la Regenta de que don Víctor, en rigor, venía a +ser una cosa así... como un padre. Siempre había pensado ella algo por +el estilo. + +Sin embargo, se le debía el honor; y a pesar de tanta intimidad, de +aquel amor confesado implícitamente, Ana podía decir que don Álvaro no +había puesto sus labios en aquella piel con cuyo contacto soñaba de +fijo. + +Mesía no se daba prisa. «Aquella casada no era como otras; había que +conquistarla como a una virgen; en rigor él era su primer amor y los +ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran robado mil ilusiones. +Además a él también le rejuvenecía aquella situación de amor platónico, +de intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor con la boca y +ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que era mudo y no era +deshonesto y grosero». + +«Así como así el verano siempre le tenía un poco lánguido y desmadejado. +Calculaba él, con aquella frivolidad afectada y natural al mismo tiempo +de materialista práctico, calculaba que allá para el invierno él se +sentiría fuerte como un roble y la Regenta estaría suave y dócil como +una malva. Además, una barbaridad podía, si no echarlo todo a perder, +retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que el que +llevaban. Ello diría, ello diría y no había de tardar». + +Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como él +decía, _était déjà sur le retour_, se sentía transformado por la +juventud y la pasión vehemente y soñadora de Anita. No recordaba don +Álvaro haber deseado tanto a una mujer ni haber gozado con los amores +platónicos, según él llamaba a todos los no consumados, como estaba +gozando entonces. + +La Regenta cayendo, cayendo era feliz; sentía el mareo de la caída en +las entrañas, pero si algunos días al despertar en vez de pensamientos +alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, algo como un +remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafísica naturalista que +ella, sin darse cuenta de ello, había creado a última hora para +satisfacer su afán invencible de llevar siempre a la abstracción, a las +generalidades, los sucesos de su vida. + +Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tenía poco tiempo para +ellas. Toda la vida era diversión, excursiones, comidas alegres, +teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se +había establecido una especie de convivencia de que participaban +Obdulia, Visita, Álvaro, Joaquín y algunos otros amigos íntimos. + +Se iba al Vivero muy a menudo; se corría por el bosque, por la galería +que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del río. Todos +parecían cómplices. Obdulia y Visita adoraban a la Regenta, eran +esclavas de sus caprichos, se la comían a besos; juraban que eran +felices viéndola tan tratable, tan _humanizada_. Y jamás una alusión +picaresca, ni una pregunta indiscreta, ni una sorpresa importuna. Nadie +hablaba allí del peligro que sólo ignoraba Quintanar. Muchas veces, +cuando una tormenta como la de San Pedro descargaba sobre el Vivero, se +quedaba allí toda la comitiva a pasar la noche. Ana se encontraba, sin +buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con Álvaro, +apretada contra él en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada +semana. + +Un día de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martín, se +emprendió la última excursión, por aquel año, al Vivero. + +La alegría era extremada, nerviosa. _Aquellos chicos_, como seguía +llamándolos Ripamilán, también expedicionario a pesar de los años, +aquellos chicos que tenían en la quinta de Vegallana los mejores +recuerdos de sus juegos alegres, se despedían con pesar de aquel rincón +de sus primaveras y sus otoños. Querían saborear hasta la última gota +de alegría loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas y +picantes del bosque. Jamás Visita _hizo la niña_ de mejor buena fe, +jamás Obdulia consintió a Joaquín _más tonterías_, según su vocabulario +lleno de eufemismos; Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho días +antes; hasta los viejos cantaron, bailaron un minué y corrieron por el +bosque; don Víctor hizo diabluras y se cayó al río, pretendiendo +saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho. + +Ana y Álvaro, al darse la mano por la mañana, al subir al coche, se +encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La noche +anterior Álvaro había dicho que él se quería morir. No pedía nada, pero +se quería morir. Ana en todo el camino de Vetusta al Vivero no dijo más +que esto, y bajo, al oído de Álvaro: «Hoy es el último día». + +Después de comer, a todos los amantes del Vivero les preocupó la idea de +que la tarde sería muy corta. Joaquín y Obdulia sabían que todo el mundo +era patria: «¡pero como allí!» Edelmira y Paco suspiraban también por +sus escondites de la quinta, que iban a dejar muy pronto.... Antes del +último arranque de locura, de las últimas carreras por el bosque y de la +última alegría hubo un cuarto de hora de melancolía... de cansancio +mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la última. Visita se +sentó al piano y tocó la polka de _Salacia_, un baile fantástico de gran +espectáculo que se representaba aquellas noches en Vetusta. _Salacia_, +la hija del mar, sacaba a sus hermanas del océano y no se sabe por qué a +las bacantes a bailar en la playa una danza infernal; Ana recordó la +impresión que aquella polka había causado en sus sentidos.... «¡Las +bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco».--Ana sabía +mucho de estos recuerdos mitológicos y pronto había dejado de ver el +pobre aparato escénico del teatro de Vetusta y las bailarinas prosaicas +y no todas bien formadas, para trasladarse a la imaginada región de +Oriente donde su fantasía, a medias ilustrada, veía bosques misteriosos, +carreras frenéticas de las bacantes enloquecidas por la música +estridente y por las libaciones de perpetua orgía, al aire libre. ¡La +bacante! la fanática de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida +lozana y salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo; +aquella carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos, +cayendo con delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de +precipicios y enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita +recordaba de mala manera en el piano aquella humilde polka de _Salacia_, +que tenía de bueno lo que tenía de copia, la Regenta dejaba bailar en su +cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueños y de su +pasión irritada. + +De pronto se le antojó mirar una _Ilustración_ que estaba sobre un +centro de sala. «La última flor» decía la leyenda de un grabado en que +clavó Ana los ojos. En un jardín, en Otoño, una mujer, hermosa, de unos +treinta años, aspiraba con frenesí y oprimía contra su rostro una +flor... la última.... + +--¡Ea, ea, al monte!--gritó en aquel momento Obdulia desde la +huerta--¡al monte, al monte! a despedirse de los árboles.... + +Visitación azotó con fuerza las teclas violentando el compás de su +polka... y en seguida cerró el piano con ímpetu: + +--¡Al monte! ¡al monte!--gritaron de arriba y de abajo. + +Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos, +zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la otoñada. + +Aquella noche se prolongó la fiesta en Vetusta; era la despedida del +buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la puerta.... +Y se improvisó una cena para todos aquellos señores. Muchos a las doce, +después de bailar y cantar y alborotar, ya tenían apetito; se había +comido temprano; otros no hicieron más que probar golosinas y beber. +Como la noche se había quedado tan serena y templada que parecía de las +primeras de Septiembre, se cenó en la estufa nueva que se inauguró en +este día; era grande, alta, confortable, construida por modelo de París. +Don Álvaro, inteligente en la materia, dijo que se parecía, en pequeño, +a la de la princesa Matilde. ¡Cómo envidió Obdulia aquel dato! Y sintió +orgullo. ¡Un hombre que había sido su amante podía hablar de la _serre_ +de la princesa Matilde! + +Se cenó allí. En el salón amarillo, donde se había bailado después de +volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de refresco, se apagaban +solas las velas de esperma, en los candelabros, corriéndose por culpa +del viento que dejaba pasar un balcón abierto. Los criados no habían +apagado más que la araña de cristal. Las sillas estaban en desorden; +sobre la alfombra yacían dos o tres libros, pedazos de papel, barro del +Vivero, hojas de flores, y una rota de Begonia, como un pedazo de +brocado viejo. Parecía el salón fatigado. Las figuras de los cromos +finos y provocativos de la Marquesa reían con sus posturas de falsa +gracia violentas y amaneradas. Todo era allí ausencia de honestidad; los +muebles sin orden, en posturas inusitadas, parecían amotinados, +amenazando contar a los sordos lo que sabían y callaban tantos años +hacía. El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con más +experiencia que todo, callaba, conservando su puesto. + +Una ráfaga de viento apagó la última luz que alumbraba el cuadro +solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se abrió la puerta del +salón y pasaron dos bultos. Las pisadas las apagó en seguida la +alfombra. Por toda claridad la poca de la calle, producto de la luna +nueva y de un farol de enfrente, adulación del municipio nuevo a la casa +del Marqués. Al abrirse la puerta se oyó a lo lejos el ruido de la +servidumbre en la cocina; carcajadas y el _run, run_ de una guitarra +tañida con timidez y cierto respeto a los amos; este rumor se mezclaba +con otro más apagado, el que venía de la huerta, atravesaba los +cristales de la estufa y llegaba al salón como murmullo de un barrio +populoso lejano. + +Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidencias +perseguía a su amigo íntimo con el relato de las aventuras de su +juventud, allá en la Almunia de don Godino. + +Don Álvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a don +Víctor, oía la voz del deseo ardiente, brutal, que gritaba: «¡hoy, hoy, +ahora, aquí, aquí mismo!». + +Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del salón y aquella +discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían muy a +propósito para confesar sus picardías eróticas, continuaba el relato, +para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo: + +--¡Pero qué fatalidad! ¿Cree usted que por fin la hice mía? ¡pues, no +señor! pásmese usted.... Lo de siempre, me faltó la constancia, la +decisión, el entusiasmo... y me quedé a media miel, amigo mío. No sé qué +es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crítico me falta el +valor... y estoy por decir que el deseo.... + +Una vez, al repetir esta canción don Víctor, a Mesía se le antojó +atender; oyó lo de quedarse a media miel, lo de faltarle el valor... y +con suprema resolución, casi con ira pensó: + +--Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.... Ya que él lo quiere, +que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo, aquí mismo.... + +Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Víctor de +confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de +las buenas digestiones después de las cenas grandiosas. No estaba allí +Anita. + +Salió Álvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en si +salía o no, y entró de nuevo en el caserón. En la cocina seguía la +algazara. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. No había nadie. +«No podía ser». Entró en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio entre +las sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellas +ningún bulto de mujer. «No podía ser». Con aquella fe en sus +corazonadas, que era toda su religión, Álvaro buscó más en lo obscuro... +llegó al balcón entornado; lo abrió... + +--¡Ana!--¡Jesús! + + + + +--XXIX-- + + +«El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros. Me lo han +mandado de León lleno de nueces. Será cosa exquisita. Además, tengo vino +de mi tierra, un Valdiñón que se masca...». + +Mesía no faltó a su promesa, y el día de Navidad comió en el caserón de +los Ozores. El salón estaba ahora empapelado de azul y oro a cuadros; la +gran chimenea churrigueresca se había conservado con sus ondulantes +sirenas de abultado seno de yeso. Don Víctor se contentó con pintar de +un blanco gris _discreto_, como él decía, todas aquellas cornisas, +volutas, acantos, escocias y hojarasca. + +A los postres, el amo de la casa se quedó pensativo. Seguía con la +mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que servía a la +mesa. Después del café pudo notar don Álvaro que su amigo estaba +impaciente. Desde aquel verano, desde que habían vivido juntos en la +fonda de La Costa, don Víctor se había acostumbrado a la comensalía de +don Álvaro; le encontraba a la mesa más decidor y simpático que en +ninguna otra parte y le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces, +después de charlar cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar una +vuelta por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar así media hora +larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se movía. Ana y Álvaro +se miraban, preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella. + +La Regenta se inclinó un instante para recoger una servilleta del suelo, +y don Víctor hizo a Mesía una seña que quería decir claramente: + +--Me estorba esa; si se fuera... hablaríamos. + +Mesía encogió los hombros. + +Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, sin verlo +Quintanar, apuntó a la puerta sin mover más que los ojos. + +Ana salió en seguida.--¡Gracias a Dios!--dijo su marido, respirando con +fuerza--. Creí que no se marchaba hoy esa muchacha. + +Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él. + +--Ahora podremos hablar.--Usted dirá--respondió tranquilamente Álvaro, +chupando su habano y tapándose la cara con el humo, según su costumbre +de _enturbiar el aire_ cuando le convenía. + +«¿Qué tripa se le habrá roto a este?», pensó con un vago recelo, que no +se explicaba siquiera. + +Don Víctor acercó su silla a la del otro, y tomó el tono de las grandes +revelaciones. + +--Actualmente--dijo--todo me sonríe. Soy feliz en mi hogar, no entro ni +salgo en la vida pública; ya no temo la invasión absorbente de la +iglesia, cuya influencia deletérea... pero esa Petra me parece que me +quiere dar un disgusto. + +Movimiento de sobresalto en Mesía. + +--Explíquese usted. ¿Ha vuelto usted a las andadas? + +--He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos... +explicaciones... treguas... promesas de respetar... lo que esa +grandísima tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella está +picada porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de mi +lecho, de mi tálamo... como si dijéramos, a la satisfacción de efímeros +placeres.... ¿Me entiende usted? Finge que se alborota por defender su +honor que, en resumidas cuentas, aquí nadie se atreve a amenazar +seriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi frialdad.... + +--¿Pero qué hace? vamos a ver.... + +--Mire usted, Álvaro, por nada de este mundo daría yo un disgusto a mi +Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena, pero antes +tenía sus caprichos, ya recuerda usted.... + +--Sí, sí... al grano.--Ahora la pobrecita coincide con mis gustos en +todo. Por aquí, digo, y por aquí se va. Hasta le ha pasado aquella +exaltación un poco selvática, aquel amor excesivo a los placeres +bucólicos, aquella exclusiva preocupación de la salud al aire libre, del +ejercicio, de la higiene en suma.... Todos los extremos son malos, y +Benítez me tenía dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando +se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por +pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma. ¡Aquello era lo peor! + +--Pero... no me dice usted...--Allá voy; Ana vive ahora en un +equilibrio que es garantía de la salud por la que tanto tiempo hemos +suspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da aquellos +sustos; no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena la casa de +sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero +perderla a ningún precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo que quiere +comprometernos. + +--Pero vamos a ver, ¿qué hace Petra? + +--Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos +prevaliéndose de mi situación falsa, falsísima... lo confieso. ¿No +comprende usted que para Ana tendría que ser un golpe terrible cualquier +revelación de esa... ramerilla hipócrita? + +--¿Pero qué sucede, señor? ¡hable usted claro y pronto!--gritó Mesía +impaciente, más interesado en el asunto de lo que su amigo podía +suponer. + +--Más bajo, Álvaro, más bajo. ¿Qué sucede? Mucho. Petra sabe que yo +quiero evitar a toda costa un disgusto a mi mujer, porque temo que +cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar y volviéramos a las +andadas. Un desengaño, mi escasa fidelidad descubierta, de fijo la +volvería a sus antiguas cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscaría +consuelo en la religión y ahí teníamos al señor Magistral otra vez.... +¡Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a toda costa que Ana +sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y sensual fuí capaz de +solicitar los favores de esa _scortum_, como las llama don Saturnino. + +--Pero ¿por qué ha de saber Ana eso? Si, después de todo, no hay nada +que saber.... + +--Sí; lo que hay basta para clavarle un puñal a la pobrecita. La conozco +yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi esposa pensará lo +demás, lo que no hay.--¿Pero Petra?... Acabe usted. ¿Ha dicho algo? +¿Ha amenazado con decir?... + +--Esa es la cuestión. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, no admite +riñas y aspira a ponerse en un pie de igualdad absurdo.... + +--Absurdo...--Y la infame ¿con quién creerá usted que está más altiva, +más soberbia, más insolente? ¿Conmigo? Eso parecería lo natural. ¡Pues +no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana! + +Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó: + +--¡Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal vez celos! + +--Eso digo yo.... «Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que quisiste +hacer tu concubina... o se lo cuento todo». Este es el lenguaje de la +conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; solución; +¿qué hago? ¿sufrir en silencio? Absurdo. Además, puede acabársele la +paciencia a Anita, que si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que +le queda de cuando fue casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si +sospecha... si... ¡triste de mí! + +--Calma, hombre, calma.--¿Qué hacemos, Álvaro, qué hacemos? + +--Es muy sencillo.--¡Sencillo!--Sí, hay que echar a Petra de esta +casa. + +Don Víctor saltó en su silla. + +--Eso es cortar el nudo...--Pues no hay más solución. Echarla. + +Don Víctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero don +Álvaro prometió allanarlo todo. «Él sabía cómo se trataba a esta gente. +Daba la casualidad feliz de que en la fonda en que él vivía como niño +mimado hacía tantos años, se necesitaba una muchacha para servir a los +huéspedes. Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagaría la +proposición; se la haría el mismo don Álvaro, y si por caso extraño +resistía, él sabría amenazarla de suerte que...» etc., etc. En fin, don +Víctor lo dejó en manos de su amigo y se fue al Casino, algo más +tranquilo. + +--¿Usted se queda a preparar el terreno, eh? + +--Sí, hombre, a arreglarlo todo. + +En cuanto don Víctor cerró de un golpe la puerta de la escalera, Ana +entró asustada en el comedor. Iba a hablar, pero llegó Petra a recoger +el servicio del café y calló fingiendo leer _El Lábaro_. Salió la +doncella y Ana dijo: + +--¿Qué hay, Álvaro?... + +--Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche. + +--No te entiendo...--Petra marcha de esta casa. Adiós espías. + +--¡Petra! ¿qué marcha Petra? + +--Sí, él me ha encargado de despedirla; dice que es insolente, que te +trata mal.... + +--¡Dios mío! ¿ha notado él?... + +--Sí, boba, pero no te asustes... él lo toma... por donde no quema.... + +Mesía explicó a la Regenta el caso. La había enterado de todo y de mucho +más. Las tentativas del mísero don Víctor eran para la Regenta, gracias +a las calumnias de Álvaro, delitos consumados. Pero ella no atribuía a +esto la insolencia de la criada; temía que hubiese descubierto sus +amores con Mesía y que aquella soberbia, aquel desafío constante de sus +miradas, de sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don +Víctor su secreto. + +--Ya ves como no era lo que tú temías, aprensiva.... Es muy posible, +probable que la pobre chica no sospeche nada, que su atrevimiento no sea +más que una amenaza al amo.... + +Ana se ruborizó. Todo aquello le repugnaba. «¡Aquel marido a quien ella +había sacrificado lo mejor de la vida, no sólo era un maníaco, un hombre +frío para ella, insustancial, sino que perseguía a las criadas de noche +por los pasillos, las sorprendía en su cuarto, les veía las ligas!... +¡Qué asco! No eran celos, ¿cómo habían de ser celos? Era asco; y una +especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a semejante +hombre la vida. Sí, la vida, que era la juventud». + +«Álvaro--seguía pensando Ana--había hecho mal en revelarle aquellas +miserias, en hacer traición a Quintanar, por indigno que este fuera, y +sobre todo en avergonzarla a ella con las aventuras ridículas y +repugnantes del viejo». Pero como tenía empeño en limpiar de toda culpa +a su Mesía, a su señor, al hombre a quien se había entregado en cuerpo y +en alma _por toda la vida_, según ella, pronto le disculpaba, +reflexionando que «el pobre Álvaro hacía aquello por amor, por arrojar +del pensamiento de su Ana todo escrúpulo, todo miramiento que pudiera +atarla al viejo que había hecho de lo mejor de su vida un desierto de +tristeza». + +«Tampoco le agradaba a Anita ver a su Álvaro metido en aquellos cuidados +domésticos de despedir criadas; y menos encontrarle tan experto en el +asunto; todo aquello, de puro prosaico y bajo, era repugnante, pero ¿qué +remedio? Álvaro lo hacía por ella, por gozar tranquilamente de aquella +felicidad que tantos años de martirio le había costado...». + +Estos y todos los demás lunares que en Mesía le obligaba a descubrir de +poco acá el endiablado espíritu de análisis, camino de la locura según +ella, procuraba Ana convertirlos en otras tantas estrellas luminosas de +pura hermosura. Si alguna vez le sobrecogía la ida de perder a don +Álvaro, temblaba horrorizada, como en otro tiempo cuando temía perder a +Jesús. + +Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a murmurar +con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el día de la +rendición, mucho después, fueron para pedirle el juramento de la +constancia... + +«Para siempre, Álvaro, para siempre, júramelo; si no es para siempre, +esto es un bochorno, es un crimen infame, villano...». + +Mesía había jurado, y seguía jurando todos los días, una eternidad de +amores. + +La idea de la soledad _después de aquello_, le parecía a la Regenta más +horrorosa que en un tiempo se le antojara la imagen del Infierno. + +Con amor se podía vivir donde quiera, como quiera, sin pensar más que en +el amor mismo...; pero sin él... volverían los fantasmas negros que ella +a veces sentía rebullir allá en el fondo de su cabeza, como si asomaran +en un horizonte muy lejano, cual primeras sombras de una noche eterna, +vacía, espantosa. Ana sentía que acabarse el amor, aquella pasión +absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por la primera vez en la vida, +sería para ella comenzar la locura. + +«Sí, Álvaro; si tú me dejaras me volvería loca de fijo; tengo miedo a mi +cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en ti. Contigo no pienso +más que en quererte». + +Esto solía decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocresía, +sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mesía, +pero que al desaparecer no dejó en su lugar fingimiento. Ana se +entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento, +y con una especie de furor que groseramente llamaba Mesía, para sí, +hambre atrasada. + +Él estuvo el primer mes asustado. Si los primeros días renegaba del +miedo, de la ignorancia y de los escrúpulos (_absurdos en una mujer +casada de treinta años_, según la filosofía del Presidente del Casino), +pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que llegó a inquietarle +«otro aspecto» de sus amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería +satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos +disgustos? Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y le +adoraba por él, por su persona, por su cuerpo, por _el físico_. Muchas +veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la +boca con la mano y le decía en éxtasis de amor: «No hables». Mesía no +echaba esto a mala parte; también él reconocía que lo mejor era callar, +dejarse adorar por buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne +ahíta, gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma +ignorancia de Ana y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su +vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura +facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero +capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesía +estaba intranquilo. + +--Está usted desmejorado--le decía Somoza. + +--Cuidado--repetía Visitación. + +Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había +recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia +que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a +la fortaleza de la Regenta. + +«Sí, sentía que dentro de su cuerpo había algo que hacía _crac_ de +cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no +era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen +soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla. +Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en +presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él +faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con +escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por +excesos de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes +bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a +última hora, a Paco, a Joaquín y demás trasnochadores, para referirlos +después de pasados, cuando el vigor volvía y ya las trazas cómicas no +eran necesarias; pero expedientes odiosos como la miseria y sus engaños. +Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal, +parecíale a don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa +que describe Quevedo en el _Gran Tacaño_. Él también había sido más de +una vez, después de pródigo, el Gran Tacaño del amor.... Pero las trazas +antiguas serían imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas.... +«No, antes huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tenía derecho a +una juventud eterna e inagotable». Pero estas ideas tristes, aprensiones +de la edad, venían de tarde en tarde; lo más del tiempo semejante +inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos amores +que reputaba la gloria más alta de su vida. Por su parte se confesaba +todo lo enamorado que él podía estarlo de quien no fuese don Álvaro +Mesía. Después del Presidente del Casino ningún ser de la tierra le +parecía más digno de adoración que su dócil Ana, su Ana frenética de +amor, como él había esperado siempre aun en los días de mayor +apartamiento. Don Álvaro no se confesaba a sí mismo, que había habido un +tiempo en que perdiera la esperanza de vencer a la Regenta. ¡La tenía +ahora tan vencida! + +Mejor que nunca lo conoció cuando hubo que dar la gran batalla para +trasladar al caserón de los Ozores el nido del amor adúltero. Ana se +opuso, lloró, suplicó... «no, no; eso no, Álvaro, por Dios no, eso +nunca». Y resistió muchos días a las súplicas del amante que se quejaba +de lo poco y deprisa y sin comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre +se veían en casa de Vegallana; allí eran sus cariños furtivos, +precipitados; pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa +intimidad no era posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos +expuesto a sobresaltos, intermitencias y disimulos. Ana se negaba a +acudir a un rincón de amores que Álvaro prometía buscar; el mismo Álvaro +confesaba que era difícil encontrar semejante rincón seguro en un pueblo +_tan atrasado_ como Vetusta. Además, el lugar que él pudiera encontrar, +al cabo tenía que parecerle repugnante a ella; y como en Ana la +imaginación influía tanto, el desprecio del albergue podía llevarla a la +repugnancia del adulterio.... No había más remedio que tomar por asilo el +caserón de los Ozores. Era lo más seguro, lo más tranquilo, lo más +cómodo. Comprendía Álvaro los escrúpulos de Ana, pero se propuso +vencerlos y los venció. Sin embargo, si los obstáculos del orden +puramente moral, los _escrúpulos místicos_, como se decía Álvaro con +frase tan impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a +fuerza de pasión, los _inconvenientes materiales_, las precauciones del +miedo opusieron dificultades de más importancia. A don Álvaro se le +ocurría que sin tener de su parte a una criada, a la doncella mejor, era +todo sino imposible muy difícil; pero ni siquiera se atrevió a proponer +a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, mostrando antipatía mal +oculta hacia Petra, y comprendió además que era muy nueva la Regenta en +esta clase de aventuras, para llegar al cinismo de ampararse de +domésticas, y menos sabiendo de ellas que eran solicitadas por su +marido. + +Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama. ¿No +era Petra muy tentada de la risa? La aventura de la liga y otras de que +él tenía noticia ¿no probaban que era muy fácil interesar en su favor a +aquella muchacha? Sí. Y dicho y hecho. En ausencia de Ana y de don +Víctor, detrás de la puerta, en los pasillos, donde podía, don Álvaro +comenzó el ataque de Petra que se rindió mucho más pronto de lo que él +esperaba. Pero había un inconveniente muy grave. A la chica se le +ocurrió ser, o fingirse, desinteresada, preferir los locos juegos del +amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discretísimas medias +palabras y buenas obras, a cambio de un cariño que Mesía no estaba en +circunstancias de prodigar. «¡Pobre Ana, qué sabía ella de todas estas +complicaciones!». No sabía tampoco don Álvaro tanto como él creía. +Ignoraba por ejemplo que Petra podía permitirse el lujo de servirle bien +a él sin pensar en el interés, sin más pago que el del amor con que el +gallo vetustense ya no podía ser manirroto: no era Petra enemiga del +vil metal, ni la ambición de mejorar de suerte y hasta de _esfera_, como +ella sabía decir, era floja pasión en su alma, concupiscente de arriba +abajo; pero en Mesía no buscaba ella esto; le quería por buen mozo, por +burlarse a su modo del ama, a quien aborrecía «por hipócrita, por +guapetona y por orgullosa»; le quería por vanidad, y en cuanto a +servirle en lo que él deseaba, también a ella le convenía por satisfacer +su pasión favorita, después de la lujuria acaso, por satisfacer sus +venganzas. Vengábase protegiendo ahora los amores de Mesía y Ana, «del +idiota de don Víctor» que se ponía a comprometer a las muchachas sin +saber de la misa la media; vengábase de la misma Regenta que caía, caía, +gracias a ella, en un agujero sin fondo, que estaba, sin saberlo la +hipocritona en poder de su criada, la cual el día que le conviniese +podía descubrirlo todo. Tenía entre sus uñas a la señora ¿qué más quería +ella? Todas las noches pasaba unas cuantas horas, la honra y tal vez la +vida del amo, pendiente de un hilo que tenía ella, Petra, en la mano, y +si ella quería, si a ella se le antojaba, ¡zas! todo se aplastaba de +repente... ardía el mundo. Y como si esto en vez de un placer, en vez de +una gloria fuese para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de +Vetusta le pagaba el servicio con _amores de señorito_ que eran los que +ella había saboreado siempre con más delicia, por un instinto de señorío +que siempre la había dominado. Pero además gozaba de otra venganza más +suculenta que todas estas la endiablada moza. ¿Y el Magistral? El +Magistral la había querido engañar, la había hecho suya; ella se había +entregado creyendo pasar en seguida a la plaza que más envidiaba en +Vetusta, la de Teresina. Petra sabía lo bien que colocaba doña Paula a +todas las que eran por algún tiempo doncellas en su casa. Teresina, a +quien esperaba para muy pronto una colocación de _señorona_ allá en +cierta administración de bienes del amo, casada con un buen mozo, +Teresina la había enterado de lo que ella no había podido observar y +adivinar, le había abierto los ojos y llenado la boca de agua; Petra +comprendía que la casa del Magistral era el camino más seguro para +llegar a casarse y ser _señora_ o poco menos.... La ocasión había +llegado; después de la romería de San Pedro creía ella que todo era +cuestión de semanas, de esperar una oportunidad; Teresina saldría pronto +bien colocada y entraría ella en su puesto.... Pero no fue así; el +Magistral no volvió a solicitar a Petra; cuando tuvo que hablarla, no +fue para asuntos que a ella directamente le importasen, fue... ¡qué +vergüenza! para comprarla como espía. Cierto es que el Provisor le +prometió para muy pronto la plaza de Teresina, con todas las ventajas +que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar; pero de todas suertes a ella +se la había engañado; o mejor, se había engañado ella; pero esto no +quería reconocerlo la orgullosa rubia. Era el caso que, en su opinión, +el Magistral era amante de doña Ana hacía mucho tiempo, y que la escena +del bosque del Vivero la interpretó la vanidad de la criada como una +victoria de su belleza que había hecho caer en pecado de inconstancia al +canónigo. Creyó Petra que don Fermín la quería a ella ahora después de +haber querido a su ama. Caprichos así había visto ella muchos. Cuando se +convenció de que don Fermín, por mucho que disimulase, estaba enamorado +como un loco de la Regenta, furioso de celos, y de que no había sido su +amante ni con cien leguas, y de que a ella, a Petra, sólo la había +querido por instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se +sublevaron dentro de ella saltando como sierpes; pero las acalló por de +pronto, disimuló, y por entonces sólo dio satisfacción a la avaricia. +Aceptó las proposiciones del canónigo. Ella entraría en casa de don +Fermín el día que fuese necesario salir del caserón de los Ozores, pero +entre tanto prestaría allí sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo +que podía pensar. El canónigo sabría todo lo que pasaba; si doña Ana +recibía visitas, quién entraba cuando no estaba don Víctor o se quedaba +después de salir el amo, etc., etcétera. + +Petra prometió decir todo lo que hubiera. Fingió no recordar siquiera +ciertas promesas de otro orden que a don Fermín se le habían escapado en +el calor de la improvisación en aquella dichosa mañana del Vivero, de +que estaba avergonzado. Cuando vio don Fermín a Petra tan propicia para +servirle por dinero, sintió más y más haber comenzado por el camino +absurdo, vergonzoso de una seducción... ridícula. Aquella aventura que +le recordaba las de antaño, le sonrojaba ahora, porque contradecía en +cierto modo aquel andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasión +por la Regenta. «El amor purísimo que yo tengo, todo lo disculpa». +«¿Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque? Claro que +no», le decía la conciencia. Por eso le repugnaba Petra ahora. Pero no +había más remedio que valerse de ella. + +Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola +tenía el cabo. Por ahora a quien servía con lealtad era a Mesía; este +pagaba en amor, aunque era algo remiso para el pago, y ella le ayudaba +cuanto podía, porque ayudarle era satisfacer los propios deseos: hundir +al ama, tenerla en un puño, y burlarse sangrientamente, del _idiota del +amo_ y del indino del canónigo. Para más adelante se reservaba la astuta +moza el derecho de vender a don Álvaro y ayudar a su señor, al que +pagaba, al que había de hacerla a ella señorona, a don Fermín. ¿Cuándo +había de ser esto? Ello diría. Si don Álvaro no se portaba bien, podía +ocurrir el caso, llegar la oportunidad; si ella se cansaba, o si +Teresina dejaba la plaza y por miedo de que otra la ocupase le convenía +correr a ella, también podía convenir echarlo a rodar todo. Entre tanto +don Fermín no sabía por Petra nada más que noticias vagas, suficientes +para tenerle toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco +furioso que tenía además el tormento de disimular sus furores delante +del mundo, y de doña Paula singularmente. + +De modo que si don Álvaro podía decir con razón: ¡Pobre Ana, que no sabe +nada de esto! también Petra podía exclamar: ¡Pobre don Álvaro, que no +sabe ni la cuarta parte de lo que tanto le importa! + +El presidente del Casino de Vetusta no tuvo inconveniente en engañar a +la Regenta. Era, según él, muy justo respetar los escrúpulos de aquella +adúltera primeriza (otra frase grosera del seductor), que no podía +avenirse a tomar por encubridora a Petra; pero también era equitativo +que él, sin decírselo a doña Ana, fingiendo desconfiar también de la +doncella, aprovechase los servicios de esta, preciosos en tales +circunstancias. La cuestión era entrar todas las noches en la habitación +de la Regenta por el balcón. Esto se decía pronto, pero hacerlo ofrecía +serias dificultades. ¿A dónde daba el balcón del tocador? Al parque. +¿Cómo se podía entrar en el parque? Por la puerta. ¿Pero quién tenía la +llave de la puerta? Una, Frígilis; con esta no había que contar. ¿Y la +otra? + +Don Víctor. Esta podía sustraérsele, pero Petra dijo que a tanto no se +comprometía, que aquello de andar llaves en el ajo era delicado y podía +comprometerla. Lo mejor era que el señorito saltase por la pared. +Justamente don Álvaro tenía las piernas muy largas. De esta manera la +comedia se representaba mejor; segura doña Ana de que don Álvaro saltaba +por el muro, no podía sospechar tan fácilmente que tenía cómplices +dentro de casa. Después llegar bajo el balcón, trepar por la reja del +piso bajo y encaramarse en la barandilla de hierro era cosa fácil para +tan buen mozo. + +Todo esto lo hacía don Álvaro sin la ayuda directa, inmediata de Petra, +y doña Ana encontraba así muy verosímil todo lo que su amante decía de +su industria para entrar en el cuarto de ella. Para lo que servía Petra +era para vigilar, para evitar que don Álvaro pudiera ser sorprendido al +entrar o al salir, y para darse tales trazas que doña Ana creyese que +ella, la doncella, no había estado durante toda la noche en +circunstancias de poder notar la presencia del amante. Estaba además +allí para dar el grito de alarma si llegaba el caso, y para combinar las +horas. En el servicio de Petra había algo de la responsabilidad de un +jefe de estación de ferrocarril. Don Álvaro sabía, porque don Víctor se +lo había confesado, que el ex-regente y Frígilis, en cuanto llegaba el +tiempo, salían de caza mucho más temprano de lo que Ana creía. Petra era +la encargada de despertar al amo, porque Anselmo se dormía sin falta y +no cumplía su cometido: Frígilis llegaba al parque a la hora convenida, +ladraba... y bajaba don Víctor. Llegó a quejarse don Tomás de que sus +ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que se le +hacía esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y plantones, se +acordó que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a la misma hora sin +necesidad de ladrar a nadie. Para mayor seguridad don Víctor compró un +reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este aviso +automático, como él decía, acudió en adelante a la hora señalada para la +cita. Casi todas las mañanas Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la +misma hora. El tren que los llevaba a las marismas y montes de Palomares +salía este año un poco más tarde y no necesitaban levantarse antes del +ser de día. + +Todo esto necesitó saber don Álvaro para no exponerse a un choque en la +vía con Frígilis o con el mismísimo don Víctor. Este mismo, sin saber lo +que hacía, le enteró de sus horas de salida; y lo demás que necesitaba +saber de los pormenores se lo refirió Petra. Así pues no había miedo. Lo +de saltar la tapia ofreció algunas dificultades; pero una noche, por la +parte de fuera en la solitaria calleja de Traslacerca, el Tenorio +preparó removiendo piedras y quitando cal, dos o tres estribos muy +disimulados en el muro, hacia la esquina; hizo también con disimulo +fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y ayudar la +ascensión, y quedó así vencido el principal obstáculo. Por la parte de +dentro todo fue como coser y cantar. Un tonel viejo arrimado al descuido +a la pared, y los restos de una espaldera, fueron escalones suficientes, +sin que nadie pudiese notarlo, para subir y bajar don Álvaro por la +parte del parque con toda la prisa que pudieran aconsejar las +circunstancias. Aquella escalera disimulada, la comparaba don Álvaro con +esas cajas de cerillas que ostentan la popular leyenda, ¿dónde está la +pastora? ¿dónde estaba la escala? Después de verla una vez no se veía +otra cosa; pero al que no se la mostraban no se le aparecía ella. + +No faltaba más que lo peor, persuadir a la Regenta a que abriera el +balcón. Como a ella no se le podía hablar de las garantías de seguridad +que don Álvaro tenía dentro de casa, nada o poco se podía oponer a sus +argumentos relativos a las sospechas probables de la antipática Petra. +Pero al fin don Álvaro que había triunfado de lo más, triunfó de lo +menos: llegó a comprender Ana que era imposible, y tal vez ridículo, +negarse a recibir en su alcoba a un hombre a quien se había entregado +ella por completo. Mucho valía la castidad del lecho nupcial, o +ex-nupcial mejor dicho, pero ¿no valía más la castidad de la esposa +misma? Entre estos sofismas y la pasión y la constancia en el pedir +dieron la victoria a Mesía, que si no pudo acallar los sobresaltos de +Ana, quien a cada ruido creía sentir el espionaje de Petra, conseguía a +menudo hacerla olvidarse de todo para gozar del delirio amoroso en que +él sabía envolverla, como en una nube envenenada con opio. + +Y así pasaban los días, asustada Ana de que tan poco después de la caída +fuese ella capaz de recibir a un hombre en su alcoba, ella, que tantos +años había sabido luchar antes de caer. + +Aquella tarde de Navidad, después de recoger el servicio del café, Petra +salió de casa y se dirigió a la del Magistral. + +La recibió doña Paula. Eran ahora muy buenas amigas. La madre del +Provisor conocía la estrecha simpatía que existía entre Teresina y la +doncella de la Regenta; y por la actual criada del _señorito_, de su +hijo, sabía que en el ánimo de Fermín, Petra era la persona destinada a +sustituir a Teresa el día, próximo ya, en que esta alcanzara el premio +consabido de salir de allí casada para administrar ciertos bienes de los +_Provisores_. + +Doña Paula, que entendía a medias palabras, y aun sin necesidad de +ellas, ganosa de satisfacer aquel deseo de su hijo, según su política +constante, y de satisfacerle de una manera pulcra, intachable en la +forma, anticipándose a él, había resuelto tomar la iniciativa y ofrecer +a Petra ella misma aquel puesto que la rubia lúbrica tanto ambicionaba. +La proposición se hizo aquella tarde. Teresina iba a salir de casa de un +día a otro. Petra aceptó sin titubear, temblando de alegría. Hasta que +estuvo en el caserón de vuelta, no se le ocurrió pensar que aquella +felicidad suya acarreaba la desgracia de muchos, y hasta cierto punto su +propio daño. Adiós amores con don Álvaro, amores cada vez más escasos, +más escatimados por el libertino gracioso, que iba menudeando las +propinas y encareciendo las caricias, pero al fin _amores_ señoritos, +que la tenían orgullosa. ¿Qué hacer? No cabía duda, ser prudente, coger +el codiciado fruto, entrar en aquella _canonjía_, en casa del Magistral. +Para esto era preciso echar a rodar todo lo demás, romper aquel hilo que +ella tenía en la mano y del que estaban colgadas la honra, la +tranquilidad, tal vez la vida de varias personas. Al pensar esto Petra +se encogió de hombros. Se le figuró ver que caía la Regenta y se +aplastaba, que caía el Magistral y se aplastaba, que caía don Víctor y +se convertía en tortilla, que el mismo don Álvaro rodaba por el suelo +hecho añicos. No importaba. Había llegado el momento. Si perdía la +ocasión, la vacante de Teresina, podía entrar otra y adiós _señorío_ +futuro. No había más remedio que ocupar la plaza inmediatamente. Pero +entonces había que decírselo todo al Provisor, porque en saliendo de +aquella casa ya no podía ser espía, ni ayudar al que la pagaba a abrir +los ojos de aquel estúpido de don Víctor, que, como era natural, +querría vengarse, castigar a los culpables; que sería lo que necesitaba +el canónigo, puesto que él no podía con sus manteos al hombro ir a +desafiar a don Álvaro. Petra discurría perfectamente en estas materias, +porque leía folletines, la colección de _Las Novedades_, que dejara en +un desván doña Anuncia, y sabía quién desafía a quién, llegado el caso +de descubrirse los amores de una señora casada. El que desafía es el +marido, no un pretendiente desairado, y mucho menos siendo cura. No +había duda, el Magistral la necesitaba a ella en el caserón llegado el +momento crítico... si salía antes y después no le servía, podía echarla +de casa por inútil. Había que hacerlo todo pronto, inmediatamente. ¿Y +qué iba a hacer? Una traición, eso desde luego, pero ¿cómo...? + +En esto pensaba cuando entró en el comedor, ya al obscurecer, a preparar +la lámpara. Sintió que la sujetaban por la cintura y le daban un beso en +la nuca. + +«Era el otro; ¡pobre, no sabía lo que le aguardaba!». + +Don Álvaro, después de su conversación con Ana, la había hecho retirarse +y se había quedado solo en el comedor para «dar el ataque» a Petra y +proponerle, entre caricias, de que cada día le pesaba más, el cambio de +amos. No era cierto que hubiese vacante en la fonda, pero allí era él +amo y se crearía la vacante. Con toda la diplomacia que pudo emplear un +hombre que se creía principalmente político y era seductor de oficio, +ofreció a la doncella la nueva posición, «que sería divertidísima, y +lucrativa como pocas». Don Víctor le tenía miedo, doña Ana también, cada +cual por su motivo, y él, don Álvaro, sería mucho mejor servido si Petra +consentía en salir de la casa. + +«Ya ves, hija, tú has cometido una falta, tratar a la señora con +altivez, con insolencia; esto, que es feo de por sí, la asustó a ella +haciéndole creer que sabes algo y que abusas de tu secreto; le asustó a +él que teme que vas a cantar, y me perjudica a mí, como comprendes, +porque... ya ves... estando asustada ella... recelosa... pago yo. A ti +ya no te necesito en esta casa, porque yo entro y salgo ya sin guías... +y allá en casa... en la fonda puedes sernos útil.... Además...». + +Además, don Álvaro comprendía que ya no podía pagar a Petra sus +servicios con amor, porque cada día era más urgente economizarlo; y +llevando a la chica a la fonda, allí otros huéspedes hambrientos de esta +clase de bocados la distraerían y él cumpliría con propinas en adelante. +En suma, ya le estorbaba Petra en el caserón de los Ozores por muchos +conceptos. Pero a ella no se le podían dar tales razones. + +--Señorito--dijo Petra, que a pesar de su resolución reciente, sintió en +el orgullo una herida de tres pulgadas--no necesita apurarse tanto para +convencerme de que debo irme de esta casa. + +--No, hija, lo que es, si tú lo tomas por donde quema, yo no insisto. + +--No señor, si no me deja usted explicarme.... Si yo quiero salir de +aquí; si precisamente... pero en cuanto a lo de irme a la fonda, no +señor. Una cosa es que una tenga sus caprichos y una buena voluntad, +¿entiende usted? y otra cosa que a una la regalen a los amigos, y la +lleven y la traigan... y.... + +--Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien.... + +Don Álvaro bajaba la voz y Petra la levantaba. + +Pero la astuta moza, que sabía contenerse, cuando era por su bien, se +reprimió, y cambiando el tono, y el estilo se disculpó, disimuló el +enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella misma pediría +la soldada, y se iría tan contenta, no a la fonda, sino a otra casa; una +proporción que tenía, y que no podía decir todavía cuál era. Por lo +demás, tan amigos, y si el señorito, don Álvaro, la necesitaba, allí la +tenía, porque la ley era ley; y en lo tocante a callar, un sepulcro. Que +ella lo había hecho por afición a una persona, que no había por qué +ocultarlo, y por lástima de otra, casada con un viejo chocho, inútil y +_chiflao_ que era una compasión. + +Petra engañó otra vez a Mesía. Hasta le consintió nuevas caricias de +gratitud que él se juró serían las últimas, por lo de la economía, que +le tenía maniático. + +Don Víctor supo aquella noche en el Casino que al día siguiente Petra +pediría la cuenta, se marcharía. + +¡Oh placer! Quintanar respiró con fuerza de fuelle y abrazó a su amigo. +«Le debía algo mejor que la vida, la tranquilidad de su hogar +doméstico». + +Trabajaba don Fermín en su despacho, envueltos los pies en el mantón +viejo de su madre; escribía a la luz blanquecina y monótona de la mañana +nublada. Un ruido le distrajo, levantó los ojos y vio en medio del +umbral a doña Paula, pálida, más pálida que solía. + +--¿Qué hay, madre?--Está ahí esa Petra, la de Quintanar, que quiere +hablarte. + +--¡Hablarme!... ¿tan temprano? ¿qué hora es? + +--Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene asustada... +le tiembla la voz.... + +El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por máquina: + +--Que entre, que entre.... Doña Paula dio media vuelta y salió al +pasillo. Antes acarició a su hijo con una mirada de compasión de madre. + +--Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza +inclinada sobre el pecho. + +Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la criada. ¿Qué +sería? Dudó un momento... estuvo casi resuelta a preguntar... pero se +contuvo y dijo otra vez: + +--Anda, hija mía, entra. «Hija mía--pensó Petra--esta me quiere en casa; +segura es mi suerte». + +--¿Qué hay?--gritó el Magistral acercándose a la criada, como queriendo +salir al paso a las noticias.... + +Petra vio que estaban solos... y se echó a llorar. + +Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tenía +los ojos humillados. Había querido hablar el canónigo, pero no había +podido; sentía en la garganta manos de hierro, y por el espinazo y las +piernas sacudimientos y un temblor tenue, frío y constante. + +--¡Pronto! ¿qué pasa?...--pudo preguntar al cabo. + +Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en +confesión, que no sabía si era una buena obra o un pecado lo que iba a +hacer, que ella quería servirle a él, servir a su amo, servir a Dios, +que al fin religión era también el interés del prójimo, pero... temía... +no sabía si debía.... + +--¡Habla!... ¡habla!... te digo que hables pronto... ¿qué hay, Petra?... +¿qué hay?...--Don Fermín, con disimulo, apoyó una mano en la mesa. Hubo +una pausa--. Habla, por Dios.... + +--¿En confesión?--Petra, habla... pronto...--Señor, yo he prometido +decir a usted... todo.... + +--Sí, todo, habla.--Pero ahora no sé... no sé... si debo.... + +Don Fermín corrió a la puerta, la cerró por dentro, y volviéndose rápido +y con ademán descompuesto, gritó, sujetando con fuerza el brazo de la +criada: + +--¡Déjate de disimulos, habla o te arranco yo las palabras! + +Petra le miró cara a cara, fingiendo humildad y miedo; «quería ver el +gesto que ponía aquel canónigo al saber que la señorona se la pegaba». + +Petra dijo, sin rodeos, que había visto ella, con sus propios ojos, lo +que jamás hubiera creído. El mejor amigo del amo, aquel don Álvaro que +de día no se separaba de don Víctor... entraba de noche en el cuarto de +la señora por el balcón y no salía de allí hasta el amanecer. Ella le +había visto una noche, creyendo que soñaba, porque se había puesto a +espiar creyendo así desvanecer ciertas sospechas, pero ¡ay! era verdad, +era verdad.... Aquel infame había pervertido a la señorita, una santa.... +¡Bien temía don Fermín!...». + +Petra seguía hablando, pero hacía rato que De Pas no la oía. + +En cuanto comprendió de qué se trataba, antes de oír las frases crudas +con que pintó la rubia lúbrica el asalto del caserón de los Ozores por +el Tenorio vetustense, don Fermín giró sobre los talones, como si fuera +a caer desplomado, dio dos pasos inciertos y llegó al balcón contra +cuyos cristales apoyó la frente. Parecía mirar a la calle. Pero tenía +los ojos cerrados. + +Oía a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de la +voz aguda y lacrimosa, no lo que decía, que ya no llegaba a la atención +del canónigo; quería mandarla callar, pero no podía, no podía hablar, no +podía moverse.... + +Petra habló todo lo que quiso. Cuando calló, se oyeron nada más los +ruidos apagados de la calle; las ruedas de un coche que corría muy +lejos, la voz de un mercader ambulante que pregonaba a grito limpio +paños de manos y encajes finos. + +El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente +parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además +que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan +desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de +lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el +eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad del +cristal helado. «Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de +risa, una cosa repugnante de puro ridícula.... Su mujer, la Regenta, que +era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante +ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, +ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su +mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había +deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre, +ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, +seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de +reducirle a cachos, a polvo, a viento; él atado por los pies con un +trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín +libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado +de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el +alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le +escupía en la cara porque él tenía las manos atadas.... ¿Quién le tenía +sujeto? El mundo entero.... Veinte siglos de religión, millones de +espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía +a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era suplicio +injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel.... Cientos de +papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de +catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la +civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos, +sobre sus piernas, eran sus grilletes.... Ana que le había consagrado el +alma, una fidelidad de un amor sobrehumano, le engañaba como a un marido +idiota, carnal y grosero.... ¡Le dejaba para entregarse a un miserable +lechuguino, a un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso... +a una estatua hueca!... Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo, +ni su madre que creía adorarle, podía darle consuelo, el consuelo de sus +brazos y sus lágrimas.... Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a +sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que +era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse... su madre no +tenía llanto, abrazos, desesperación, ni miradas siquiera... Él no podía +hablar, ella no podía adivinar, no debía.... No había más que un deber +supremo, el disimulo; silencio... ¡ni una queja, ni un movimiento! +Quería correr, buscar a los traidores, matarlos... ¿sí? pues silencio... +ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa.... Dentro de un +rato sí, ¡a coro a coro! ¡Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!». El +Provisor sintió una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; sí, el +diablo se le había reído en las entrañas... ¡y aquella risa profunda, +que tenía raíces en el vientre, en el pecho, le sofocaba... y le +asfixiaba!... + +Abrió el balcón de un puñetazo y el aire frío y húmedo le trajo la idea +lejana de la realidad, y oyó la tos discreta de Petra, que aguardaba +allí, detrás, clavándole los ojos en la nuca. + +Cerró el balcón don Fermín, volviose y miró con ojos de idiota a la +rubia que enjugaba lágrimas villanas. «¿No necesitaba un instrumento +para luchar, para hacer daño? Aquel era el único que tenía». + +Petra callaba inmóvil, esperando servir a su dueño. + +Gozaba voluptuosa delicia viendo padecer al canónigo, pero quería más, +quería continuar su obra, que la mandasen clavar en el alma de su ama, +de la orgullosa señorona, todas aquellas agujas que acababa de hundir en +las carnes del clérigo loco. + +Una voz lenta, ronca, mate, que no parecía haber sonado en el despacho, +voz de ventrílocuo, preguntó: + +--¿Y tú, qué piensas hacer... ahora? + +--¿Yo?... dejar aquella casa, señor... «¿No quiere ser franco?--pensó +Petra--pues que padezca; él vendrá a buscarme donde quiero que me +busque». Dejar aquella casa--repitió--¿qué he de hacer? Yo no quiero +ayudar con mi silencio a la vergüenza del amo; remediarlo no puedo, pero +puedo salir de aquella casa. + +--¿Y a ti... no te importa el honor de don Víctor? Así agradeces el +pan... que comiste tantos años.... + +--Señor, yo ¿qué puedo hacer por él? + +--En saliendo nada.--Pues me echan.--¿Ellos?--Sí, ellos; ayer el +señorito Álvaro, que es el que manda allí... porque el amo está ciego, +ve por sus ojos: el señorito Álvaro me puso de patitas en la calle. Hoy +debo despedirme. Me ofreció colocación en la fonda; pero yo prefiero +quedar en la calle.... + +--Vendrás a esta casa, Petra--dijo la voz de caverna, con esfuerzos +inútiles por ser dulce. + +Petra volvió a llorar. «¿Cómo pagaría ella tal caridad, etc., etc.?». + +Aquella ternura facilitó el tratado; cediendo cada cual un poco de su +tesón, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga asquerosa y +vil; al principio fingiendo pulcritud, invocando santos intereses, +después olvidando estas fórmulas; y por fin el Magistral ofreció a la +moza asegurar su suerte, colmar su ambición, y ella poner ante los ojos +de Quintanar su vergüenza de modo tan evidente, tan palpable que aquel +señor, si corría sangre de hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a +los traidores como tenían bien merecido. + +Al terminar aquella conferencia hablaban como dos cómplices de un crimen +difícil. El Magistral excusaba palabras, pero no las que aclaraban su +proyecto. «¿Qué iba a hacer Petra para poner a la vista del estúpido +Quintanar aquella vergüenza? ¿Revelaciones? no podían hacérsele. +¿Anónimos? eran expuestos...». «¡Qué! no señor, nada de eso; ha de verlo +él», repetía Petra, olvidada de sus fingimientos, con placer de artista. + +Había allí dos criminales apasionados, y ningún testigo de la ignominia; +cada cual veía su venganza, no el crimen del otro ni la vergüenza del +pacto. + +Cuando Petra salió de casa del Magistral, este sintió dentro de sí un +hombre nuevo; el hombre que hería de muerte por venganza, el criminal, +el ciego por la pasión, «el asesino, sí, el asesino; la otra era su +instrumento, el asesino él. Y no le pesaba, no... cien muertes, cien +muertes para los infames». «¿Qué haría don Víctor? ¿De qué comedia +antigua se acordaría para vengar su ultraje cumplidamente? ¿La mataría +a ella primero? ¿Iría antes a buscarle a él?...». + +Al día siguiente, 27 de Diciembre, don Víctor y Frígilis debían tomar el +tren de Roca--Tajada a las ocho cincuenta para estar en las Marismas de +Palomares a las nueve y media próximamente. Algo tarde era para comenzar +la persecución de los patos y alcaravanes, pero no había de establecer +la empresa un tren especial para los cazadores. Así que se madrugaba +menos que otros años. Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte +que le llamase con un estrépito horrísono a las ocho en punto. En un +decir Jesús se vestía, se lavaba, salía al parque donde solía esperar +dos o tres minutos a Frígilis, si no le encontraba ya allí, y en esto y +en el viaje a la estación se empleaba el tiempo necesario para llegar +algunos minutos antes de la salida del tren mixto. + +De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó Quintanar +aquella mañana con más susto que solía, aturdido por el estridente +repique de aquel estertor metálico, rápido y descompasado. Venció con +gran trabajo la pereza, bostezó muchas veces, y al decidirse a saltar +del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugón +importuno. El sueño y la pereza le decían que parecía más temprano que +otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, que no debía +de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. No hizo caso de tales +sofismas el cazador, y sin dejar de abrir la boca y estirar los brazos +se dirigió al lavabo y de buenas a primeras zambulló la cabeza en agua +fría. Así contestaba don Víctor a las sugestiones de la mísera carne que +pretendía volverse a las ociosas plumas. + +Cuando ya tenía _las ideas más despejadas_, reconoció imparcialmente que +la pereza aquella mañana no se quejaba de vicio. «Debía de ser en efecto +bastante más temprano de lo que decía el reloj. Sin embargo, él estaba +seguro de que el despertador no adelantaba y de que por su propia mano +le había dado cuerda y puéstole en la hora la mañana anterior. Y con +todo, debía de ser más temprano de lo que allí decía; no podían ser las +ocho, ni siquiera las siete, se lo decía el sueño que volvía, a pesar de +las abluciones, y con más autoridad se lo decía la escasa luz del día». +«El orto del sol hoy debe de ser a las siete y veinte, minuto arriba o +abajo; pues bien, el sol no ha salido todavía, es indudable; cierto que +la niebla espesísima y las nubes cenicientas y pesadas que cubren el +cielo hacen la mañana muy obscura, pero no importa, el sol no ha salido +todavía, es demasiada obscuridad esta, no deben de ser ni siquiera las +siete». No podía consultar el reloj de bolsillo, porque el día anterior +al darle cuerda le había encontrado roto el muelle real. + +«Lo mejor será llamar». + +Salió a los pasillos en zapatillas. + +--¡Petra! ¡Petra!--dijo, queriendo dar voces sin hacer ruido. + +--Petra, Petra.... ¡Qué diablos! cómo ha de contestar si ya no está en +casa... la pícara costumbre, el hombre es un animal de costumbres. + +Suspiró don Víctor. Se alegraba en el alma de verse libre de aquel +testigo y semi-víctima de sus flaquezas; pero, así y todo, al recordar +ahora que en vano gritaba «¡Petra!», sentía una extraña y poética +melancolía. «¡Cosas del corazón humano!». + +--¡Servanda! ¡Servanda! ¡Anselmo! ¡Anselmo! + +Nadie respondía.--No hay duda, es muy temprano. No es hora de +levantarse los criados siquiera. ¿Pero entonces? ¿Quién me ha adelantado +el reloj?... ¡Dos relojes echados a perder en dos días!... Cuando entra +la desgracia por una casa.... + +Don Víctor volvió a dudar. ¿No podían haberse dormido los criados? ¿No +podía aquella escasez de luz originarse de la densidad de las nubes? +¿Por qué desconfiar del reloj si nadie había podido tocar en él? ¿Y +quién iba a tener interés en adelantarle? ¿Quién iba a permitirse +semejante broma? Quintanar pasó a la convicción contraria; se le antojó +que bien podían ser las ocho, se vistió deprisa, cogió el frasco del +anís, bebió un trago según acostumbraba cuando salía de caza aquel +enemigo mortal del chocolate, y echándose al hombro el saco de las +provisiones, repleto de ricos fiambres, bajó a la huerta por la escalera +del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el +silencio de la casa. «Pero a los criados ya los compondría él a la +vuelta. ¡Perezosos! Ahora no había tiempo para nada.... Frígilis debía de +estar ya en el Parque esperándole impaciente...». + +--Pues señor, si en efecto son las ocho no he visto día más obscuro en +mi vida. Y sin embargo, la niebla no es muy densa... no... ni el cielo +está muy cargado.... No lo entiendo. + +Llegó Quintanar al cenador que era el lugar de cita.... ¡Cosa más rara! +Frígilis no estaba allí. ¿Andaría por el parque?... Se echó la escopeta +al hombro, y salió de la glorieta. + +En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres +campanadas. Don Víctor se detuvo pensativo, apoyó la culata de su +escopeta en la arena húmeda del sendero y exclamó: + +--¡Me lo han adelantado! ¿Pero quién? ¿Son las ocho menos cuarto o las +siete menos cuarto? ¡Esta obscuridad!... + +Sin saber por qué sintió una angustia extraña, «también él tenía +nervios, por lo visto». Sin comprender la causa, le preocupaba y le +molestaba mucho aquella incertidumbre. «¿Qué incertidumbre? Estaba antes +obcecado; aquella luz no podía ser la de las ocho, eran las siete menos +cuarto, aquello era el crepúsculo matutino, ahora estaba seguro.... Pero +entonces ¿quién le había adelantado el despertador más de una hora? +¿Quién y para qué? Y sobre todo, ¿por qué este accidente sin importancia +le llegaba tan adentro? ¿qué presentía? ¿por qué creía que iba a ponerse +malo?...». + +Había echado a andar otra vez; iba en dirección a la casa, que se veía +entre las ramas deshojadas de los árboles, apiñados por aquella parte. +Oyó un ruido que le pareció el de un balcón que abrían con cautela; dio +dos pasos más entre los troncos que le impedían saber qué era aquello, y +al fin vio que cerraban un balcón de su casa y que un hombre que parecía +muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la +reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y después saltar +sobre un montón de tierra. + +«El balcón era el de Anita». + +El hombre se embozó en una capa de vueltas de grana y esquivando la +arena de los senderos, saltando de uno a otro cuadro de flores, y +corriendo después sobre el césped a brincos, llegó a la muralla, a la +esquina que daba a la calleja de Traslacerca; de un salto se puso sobre +una pipa medio podrida que estaba allá arrinconada, y haciendo escala +de unos restos de palos de espaldar clavados entre la piedra, llegó, +gracias a unas piernas muy largas, a verse a caballo sobre el muro. + +Don Víctor le había seguido de lejos, entre los árboles; había levantado +el gatillo de la escopeta sin pensar en ello, por instinto, como en la +caza, pero no había apuntado al fugitivo. «Antes quería conocerle». No +se contentaba con adivinarle. + +A pesar de la escasa luz del crepúsculo, cuando aquel hombre estuvo a +caballo en la tapia, el dueño del parque ya no pudo dudar. + +«¡Es Álvaro!» pensó don Víctor, y se echó el arma a la cara. + +Mesía estaba quieto, mirando hacia la calleja, inclinado el rostro, +atento sólo a buscar las piedras y resquicios que le servían de estribos +en aquel descendimiento. + +«¡Es Álvaro!» pensó otra vez don Víctor, que tenía la cabeza de su amigo +al extremo del cañón de la escopeta. + +«Él estaba entre árboles; aunque el otro mirase hacia el parque no le +vería. Podía esperar, podía reflexionar, tiempo había, era tiro seguro; +cuando el otro se moviera para descolgarse... entonces». + +«Pero tardaba años, tardaba siglos. Así no se podía vivir, con aquel +cañón que pesaba quintales, mundos de plomo y aquel frío que comía el +cuerpo y el alma no se podía vivir.... Mejor suerte hubiera sido estar al +otro extremo del cañón, allí sobre la tapia.... Sí, sí; él hubiera +cambiado de sitio. Y eso que el otro iba a morir». + +«Era Álvaro, ¡y no iba a durar un minuto! ¿Caería en el parque o a la +calleja?...». + +No cayó; descendió sin prisa del lado de Traslacerca, tranquilo, +acostumbrado a tal escalo, conocido ya de las piedras del muro. Don +Víctor le vio desaparecer sin dejar la puntería y sin osar mover el dedo +que apoyaba en el gatillo; ya estaba Mesía en la calleja y su amigo +seguía apuntando al cielo. + +--¡Miserable! ¡debí matarle!--gritó don Víctor cuando ya no era tiempo; +y como si le remordiera la conciencia, corrió a la puerta del parque, la +abrió, salió a la calleja y corrió hacia la esquina de la tapia por +donde había saltado su enemigo. No se veía a nadie. Quintanar se acercó +a la pared y vio en sus piedras y resquicios _la escalera de su +deshonra_. + +«Sí, ahora lo veía perfectamente; ahora no veía más que eso; ¡y cuántas +veces había pasado por allí sin sospechar que por aquella tapia se subía +a la alcoba de la Regenta!. Volvió al parque; reconoció la pared por +aquel lado. La pipa medio podrida arrimada al muro, como al descuido, +los palos del espaldar roto formaban otra escala; aquella la veía todos +los días veinte veces y hasta ahora no había reparado lo que era: ¡una +escala! Aquello le parecía símbolo de su vida: bien claras estaban en +ella las señales de su deshonra, los pasos de la traición; aquella +amistad fingida, aquel sufrirle comedias y confidencias, aquel +malquistarle con el señor Magistral... todo aquello era otra escala y él +no la había visto nunca, y ahora no veía otra cosa». + +«¿Y Ana? ¡Ana! Aquella estaba allí, en casa, en el lecho; la tenía en +sus manos, podía matarla, debía matarla. Ya que al otro le había +perdonado la vida... por horas, nada más que por horas, ¿por qué no +empezaba por ella? Sí, sí, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro, +había que matar, ¿quién lo dudaba? pero antes... antes quería meditar, +necesitaba calcular... sí, las consecuencias del delito... porque al +fin era delito...». «Ellos eran unos infames, habían engañado al esposo, +al amigo... pero él iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que +se quiera, pero asesino». + +Se sentó en un banco de piedra. Pero se levantó en seguida: el frío del +asiento le había llegado a los huesos; y sentía una extraña pereza su +cuerpo, un egoísmo material que le pareció a don Víctor indigno de él y +de las circunstancias. Tenía mucho frío y mucho sueño; sin querer, +pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se referían a su +desgracia, a su deshonra, a su vergüenza, se mostraban reacias, huían, +se confundían y se negaban a ordenarse en forma de raciocinio. + +Entró en el cenador y se sentó en una mecedora. Desde allí se veía el +balcón de donde había saltado don Álvaro. + +El reloj de la catedral dio las siete. + +Aquellas campanadas fijaron en la cabeza aturdida de Quintanar la triste +realidad.... «Le habían adelantado el reloj. ¿Quién? Petra, sin duda +Petra. Había sido una venganza. ¡Oh! una venganza bien cumplida. Ahora +le parecía absurdo haber tomado la poca luz del alba por día nublado. Y +si Petra no hubiera adelantado el reloj o si él no lo hubiese creído, +tal vez ignoraría toda la vida la desgracia horrible... aquella +desgracia que había acabado con la felicidad para siempre. La pereza de +ser desgraciado, de padecer, unida a la pereza del cuerpo que pedía a +gritos colchones y sábanas calientes, entumecían el ánimo de don Víctor +que no quería moverse, ni sentir, ni pensar, ni vivir siquiera. La +actividad le horrorizaba.... ¡Oh, qué bien si se parase el tiempo! Pero +no, no se paraba; corría, le arrastraba consigo; le gritaba: muévete; +haz algo, tu deber; aquí de tus promesas, mata, quema, vocifera, +anuncia al mundo tu venganza, despídete de la tranquilidad para siempre, +busca energía en el fondo del sueño, de los bostezos arranca los +apóstrofes del honor ultrajado, representa tu papel, ahora te toca a ti, +ahora no es Perales quien trabaja, eres tú, no es Calderón quien inventa +casos de honor, es la vida, es tu pícara suerte, es el mundo miserable +que te parecía tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos.... +Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, después desafía al galán y +mátale también... no hay otro camino. ¡Y a todo esto sin poder menear +pie ni mano, muerto de sueño, aborreciendo la vigilia que presentaba +tales miserias, tanta desgracia, que iba a durar ya siempre!». + +«Pero había llegado la suya. Aquel era su drama de capa y espada. Los +había en el mundo también. ¡Pero qué feos eran, qué horrorosos! ¿Cómo +podía ser que tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes, +aquellos rencores en verso y en el teatro? ¡Qué malo era el hombre! ¿Por +qué recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto dolían +cuando eran propias? ¡Y él, el miserable, hombre indigno, cobarde, +estaba filosofando y su honor sin vengar todavía!... ¡Había que empezar, +volaba el tiempo!... ¡Otro tormento! ¡el orden de la función, el orden +de la trama! ¿Por dónde iba a empezar, qué iba a decir; qué iba a hacer, +cómo la mataba a ella, cómo le buscaba a él?». + +El reloj de la catedral dio las siete y media. + +De un brinco se puso Quintanar en pie. + +--¡Media hora! media hora en un minuto; y no he oído el cuarto.... + +Y Frígilis va a llegar... y yo no he resuelto.... + +Don Víctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte, no +podía resolver. Se despreció profundamente, pero más profundo que el +desprecio fue el consuelo que sintió al comprender que no tenía valor +para matar a nadie, así, tan de repente. + +--O subo y la mato ahora mismo, antes que llegue Tomás, o ya no la mato +hoy.... + +Volvió a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la +laxitud del ánimo, que ya no luchaba con la impotencia de la voluntad, +recobró parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de la traición le +pinchó por la vez primera con fuerza bastante para arrancarle lágrimas. + +Lloró como un anciano, y pensó en que ya lo era. Jamás se le había +ocurrido tal idea. Su temperamento le engañaba, fingiendo una juventud +sin fin; la desgracia al herirle de repente le desteñía, como un +chubasco, todas las canas del espíritu. + +«Ay, sí, era un pobre viejo; un pobre viejo, y le engañaban, se burlaban +de él. Llegaba la edad en que iba a necesitar una compañera, como un +báculo... y el báculo se le rompía en las manos, la compañera le hacía +traición, iba a estar solo... solo; le abandonaban la mujer y el +amigo...». + +El dolor, la lástima de sí mismo, trajeron a su pensamiento ideas más +naturales y oportunas que las que despertara, entre fantasmas de fiebre +y de insomnio, la indignación contrahecha por las lecturas románticas y +combatida por la pereza, el egoísmo y la flaqueza del carácter. + +No sentía celos, no sentía en aquel momento la vergüenza de la deshonra, +no pensaba ya en el mundo, en el ridículo que sobre él caería; pensaba +en la traición, sentía el engaño de aquella Ana a quien había dado su +honor, su vida, todo. ¡Ay, ahora veía que su cariño era más hondo de lo +que él mismo creyera; queríala más ahora que nunca, pero claramente +sentía que no era aquel amor de amante, amor de esposo enamorado, sino +como de amigo tierno, y de padre... sí, de padre dulce, indulgente y +deseoso de cuidados y atenciones! + +«¡Matarla!--eso se decía pronto--¡pero matarla!... Bah, bah... los +cómicos matan en seguida, los poetas también, porque no matan de +veras... pero una persona honrada, un cristiano no mata así, de repente, +sin morirse él de dolor, a las personas a quien vive unido con todos los +lazos del cariño, de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y él +sentía su deshonra como la siente un padre, quería castigar, quería +vengarse, pero matar era mucho. No, no tendría valor ni hoy ni mañana, +ni nunca, ¿para qué engañarse a sí mismo? Mata el que se ciega, el que +aborrece, él no estaba ciego, no aborrecía, estaba triste hasta la +muerte, ahogándose entre lágrimas heladas; sentía la herida, comprendía +todo lo ingrata que era ella, pero no la aborrecía, no quería, no podría +matarla. Al otro sí; Álvaro tenía que morir; pero frente a frente, en +duelo, no de un tiro, no; con una espada lo mataría, aquello era más +noble, más digno de él. Frígilis tenía que encargarse de todo. Pero +¿cuándo? ¿ahora? ¿en cuanto llegase? No... tampoco se atrevía a +decírselo así, de repente. Después de hablar con alma humana de tan +vergonzoso descubrimiento, ya no había modo de volverse atrás, esto es, +de cambiar de resolución, de aplazar ni modificar la venganza. En cuanto +alguien lo supiera había que proceder de prisa, con violencia; lo exigía +así el mundo, las ideas del honor; él era al fin un marido burlado.... Y +a ella habría que llevarla a un convento. Y él, se volvería a su tierra, +si no le mataba Mesía; se escondería en La Almunia de don Godino». + +Al llegar aquí se acordó el infeliz esposo que Ana, meses antes, le +proponía un viaje a La Almunia. «¡Tal vez si él hubiera aceptado, se +hubiese evitado aquella desgracia... irreparable! Sí, irreparable, ¿qué +duda cabía?». + +«¿Y Petra? ¡Maldita sea! Petra.... ¡Es ella quien me hace tan +desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza, de donde +ya no saldré aunque mate al mundo entero; aunque haga pedazos a Mesía y +entierre viva a la pobre Ana!... ¡Ay, Ana también va a ser bien +infeliz!». + +La catedral dio ocho campanadas. «¡Las ocho! Ahora debía yo despertar... +y no sabría nada». + +Este pensamiento le avergonzó. En su cerebro estalló la palabra grosera +con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que toleran su +deshonra... y la ira volvió a encenderse en su pecho, sopló con fuerza y +barrió el dolor tierno.... «¡Venganza! ¡venganza!--se dijo--o soy un +miserable, un ser digno de desprecio...». + +Sintió pasos sobre la arena, levantó la cabeza y vio a su lado a +Frígilis. + +--¡Hola! parece que se ha madrugado--dijo Crespo, que gustaba de ser +siempre el primero. + +--Vamos, vamos--contestó don Víctor, volviendo a levantarse y después de +colgar la escopeta del hombro. + +La presencia de Frígilis le había asustado; sacó fuerzas de flaqueza +para tomar un partido de repente. Se resolvió por fin. Resolvió callar, +disimular, ir a caza. «Allá en los prados de las marismas, cuando se +quedara solo en acecho, en todo aquel día triste que iba a ser tan +largo, meditaría... y a la vuelta, a la vuelta acaso tendría ya formado +su plan, y consultaría con Tomás y le mandaría a desafiar al otro, si +era esto lo que procedía. Por ahora callar, disimular. Aquello no podía +echarse a volar así como quiera. El descubrimiento que debía a Petra no +era para revelado sin su cuenta y razón. A Frígilis podía decírsele +todo, pero a su tiempo». + +Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerró la verja con su llave. +Crespo iba delante. Miró don Víctor hacia el fondo de la huerta, hacia +el caserón que ya le parecía otro... «¿Qué hacía? ¿Era un cobarde +aplazando su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no +escaparían, no había miedo. Silencio y disimulo, esto hacía falta ahora. +Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera ¡iba a ser tan grave!». +Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus próximos +actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza, impresionable y +débil iban ahora a depender sucesos tan importantes, la suerte de varias +personas, le sumía en una especie de pánico taciturno y desesperado. +Veleidades tenía de llamar a Frígilis, decírselo todo, ponerlo en sus +manos todo.... «Frígilis, aunque era un soñador, llegado el caso tenía +mejor sentido que él; sabría ser más práctico.... ¿Qué haría?». + +Por lo pronto seguir a Tomás a la estación. Y callar. Para hablar +siempre era tiempo. + +La mañana seguía cenicienta; nubes y más nubes plomizas salían como de +un telar de los picos y mesetas del Corfín, caían sobre la sierra, se +arrastraban por sus cumbres, resbalaban hacia Vetusta y llenaban el +espacio de una tristeza gris, muda y sorda. + +«No hace frío», observó Frígilis al llegar a la estación. No llevaba más +abrigo que su bufanda a cuadros. Pero decía él que su cazadora valía por +la piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros. + +En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía que +hacer esfuerzos para no dar diente con diente.--¡No, no hace mucho +frío!--dijo, por miedo de delatarse. + +«Afortunadamente éste es un sonámbulo que no se fija nunca en si los +demás tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo de estar pálido, +desencajado... pero este egoísta no ve nada de eso». + +Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Frígilis encontró +antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volvían de Castilla y después +de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar allá en la aldea. +Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que se ahogaban +en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le inspiraba a él la +helada en las mañanas más frías del año, frotaba las manos y hablaba del +precio de las reses, y de las ventajas de la parcería, locuaz, como +nunca se le veía en Vetusta. Parecía que, según el tren se alejaba de +los tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en +sueño y en niebla, el alma de Frígilis se ensanchaba, respiraba a su +gusto aquel pulmón de hierro. + +«No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor, que su +amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren había tenido +tentaciones de arrojarse al andén; y después, de tirarse por la +ventanilla a la vía, y correr, correr desalado a Vetusta, entrar en el +caserón de los Ozores y coser a puñaladas el pecho de una infame...». + +Sí, todo esto había querido hacer don Víctor que se sintió morir de +vergüenza y de cólera contra los infames adúlteros y contra sí mismo, en +cuanto notó que el tren se movía y le alejaba del lugar del crimen, de +su deshonra y de su venganza necesaria... + +«¡Soy un miserable, soy un miserable!» gritaba por dentro Quintanar +mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba allá lejos; tan lejos, que +detrás de las lomas y de los árboles desnudos ya sólo se veía la torre +de la catedral, como un gallardete negro destacándose en el fondo +blanquecino de Corfín, envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba +de soslayo. + +«Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella... esto +no tiene nombre, ¡oh!... sí lo tiene...». Y ¡zas! el nombre que tenía +aquello, según Quintanar, estallaba como un cohete de dinamita en el +cerebro del pobre viejo. + +«¡Soy un tal, soy un tal!» y se lo decía a sí mismo con todas sus +letras, y tan alto que le parecía imposible que no le oyeran todos los +presentes. + +«Pero el tren huía de Vetusta, silbaba, le silbaba a él; y él no tenía +el valor de arrojarse a tierra, de volver al pueblo... iba a tardar más +de doce horas en ver el caserón, ¡aplazaba su venganza más de doce +horas!...». + +Pasaron un túnel y no quedó ya nada de Vetusta ni de su paisaje. Era +otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes rojizos, lomas +monótonas como oleaje simétrico se extendían cerrando el horizonte a la +izquierda de la vía. El cielo estaba obscuro por aquel lado, bajas las +nubes, que como grandes sacos de ropa sucia se deshilachaban sobre las +colinas de lontananza; a la derecha campos de maíz, ahora vacíos, +enseñaban la tierra, negra con la humedad; entre las manchas de las +tierras desnudas aparecían el monte bajo, de trecho en trecho, las +pomaradas ahora tristes con sus manzanos sin hojas, con sus ramos +afilados, que parecían manos y dedos de esqueleto. Por aquel lado el +cielo prometía despejarse, la niebla hacía palidecer las nubes altas y +delgadas que empezaban a rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se +extendía una franja lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los +castañares que semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en +verano misterios de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los +campos desnudos y las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en +triángulo macedónico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como +náufragos de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentándose con +graznar lúgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja +subterránea. + +Mientras Frígilis hablaba de la conveniencia de abandonar el cultivo del +maíz y de cultivar los prados con intensidad, don Víctor, apoyada la +cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo pardo y +veía desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por aquel +desierto de aire. Ya parecían polvos de imprenta, después aprensión de +la vista, después nada. + +«¡Lugarejo, dos minutos!» gritó una voz rápida y ronca. + +Don Víctor asomó la cabeza por la ventanilla. La estación, triste cabaña +muy pintada de chocolate y muerta de frío, estaba al alcance de su mano +o poco más distante. Sobre la puerta, asomada a una ventana una mujer +rubia, como de treinta años, daba de mamar a un niño. + +«Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos» pensó +Quintanar. + +Pasó el jefe de la estación que parecía un pordiosero. Era joven; más +joven que la mujer de la ventana parecía. + +«Se querrán. Ella por lo menos le será fiel». + +Después de esta conjetura don Víctor se dejó caer otra vez en su +asiento. Cerró los ojos, tapó el rostro cuanto pudo con una mano. El +tren volvió a moverse. El ruido del hierro y de la madera y la +trepidación uniforme eran como canción que atraía el sueño. Quintanar, +sin pensar en ello, medía el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes +con el compás de una marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de +la casa.... Después midió el paso del tren con los de cierta polka... y +después se quedó dormido. + +Media hora después llegaban a la estación en que dejaban el tren para +tomar a pie la carretera que los conducía a las marismas de Palomares. + +Don Víctor despertó asustado, gracias a un golpe que le dio en el hombro +Frígilis. + +Había soñado mil disparates inconexos; él mismo, vestido de canónigo con +traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don Álvaro y +a la Regenta. Y don Álvaro estaba en traje de clérigo también, pero con +bigote y perilla.... Después los tres juntos se habían puesto a cantar el +Barbero, la escena del piano; él, don Víctor, se había adelantado a las +baterías para decir con voz cascada: + +Quando la mia Rosina... el público de las butacas había graznado al +oírle como un solo espectador.... Todas las butacas estaban llenas de +cuervos que abrían el pico mucho y retorcían el pescuezo con +ondulaciones de culebra.... «Una pesadilla» pensó Quintanar, y entre +dormido y despierto emprendía la marcha a pie por la carretera de +Palomares abajo. Estaban en Roca--Tajada; a la derecha, a pico, se +elevaba el monte Arco partido por aquel desfiladero; estrecha garganta +por donde sólo cabían la angosta carretera y el río Abroño que se +cruzaban en mitad de la hoz pasando el camino, perpendicular al río, por +un puente de piedra blanca. + +Después de almorzar en Roca--Tajada, en la taberna de Matiella, +estanquero y albañil, grande amigo de Frígilis, los dos amigos cazadores +dejaron el camino real, y por prados fangosos de hierba alta, de un +verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abroño, allí más +ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las ondas verdes que le +mandaba el mar ya vecino. + +Frígilis y Quintanar pasaron el río en una barca, comenzaron a subir una +colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por pomaradas y +laureles, pinos de copa redonda y ancha y álamos esbeltos. El verde de +los pinares y de los laureles y de algunos naranjos de las huertas, +sobre el verde más claro de las praderas en declive, limpias y como +recortadas con tijeras, alegraba la cumbre resaltando bajo el cielo +lechoso y entre las paredes blancas, que se comían toda la luz del día, +difusa y como cernida a través de las nubes delgadas. Según subían por +la falda de la loma que era como primer escalón para la colina, el +terreno se afirmaba, la hierba aclaraba su color y menguaba. Frígilis se +detuvo y contempló el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante +que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que +se veía en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río, +como una pared obscura que subía hacia las nubes. + +Quintanar se sentó sobre una peña que dejaba descubierta el prado. De la +parte de Areo, cruzando sobre el río a mucha altura, vieron venir un +bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Frígilis disparó los +de su escopeta con tan mala suerte, que no consiguió más que dispersar +las apretadas filas. + +--¡Tira tú, bobo!--gritó Crespo furioso. + +Quintanar se levantó, apuntó, disparó y cuatro tordos de agua cayeron +heridos por los perdigones que, según pensó en aquel instante don +Víctor, debía tener en los sesos el amigo traidor, el infame don Álvaro. + +«Sí, aquel tiro era el de Álvaro, los tordos, inocentes, caían a pares, +y el ladrón de su honra vivía». Y ¡cosa extraña! cuando allá en el +parque había estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el +cartucho mortífero tenía carga de perdigón; suponíalo lleno de postas o +de balas. + +Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tenía encima, el +cazador sintió el placer de la vanidad satisfecha. «Frígilis había +disparado dos tiros y... nada; disparaba él uno solo y... cuatro.... Sí, +cuatro, allí estaban, sangrando sobre el prado, mezclando las gotas +rojas con la escarcha blanca de la hierba». + +Media hora después Frígilis tomaba el desquite matando un soberbio pato +marino. Quintanar, por gusto, mató un cuervo que no recogió. + +Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de +Frígilis se aburrían. Aquella caza en que ellos representaban un papel +secundario, les parecía una vergüenza; bostezaban y obedecían mal a la +voz del amo. + +Después de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Víctor +sintió su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo veía claro, +toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le aparecía +como un tratado clásico de historia. Lo que había sucedido, lo que iba +a suceder, lo veía como en un panorama. Y sentía comezón de hablar y +ansias de llorar. ¿Por qué no abría el pecho al amigo del alma, al +verdadero, al único? No se lo abrió. «No era tiempo». + +Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado, +siempre alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se comían, pero +Frígilis les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los +cazadores con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional. +Esperaban, _fingían_ estar descuidados, disimulaban su vigilancia, y al +ir Frígilis a disparar, escondido tras un seto... volaban los condenados +gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por eso los perseguía +tenaz, irritado. + +Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que +cubrían tiñéndolo de negro, se encontraban con la descarga de Crespo; si +tomaban por el otro lado, disparaba don Víctor. + +El cual se quedó solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no +había conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detrás de un toldo +blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un poco de +aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de +invierno, que después aparecían bajo las nubes, volando fuera de tiro, +sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida, suponía +Quintanar. + +«El campo estaba melancólico. El invierno parecía una desnudez. Y a +pesar de todo, ¡qué hermosa era la naturaleza! ¡qué tranquilamente +reposaba!... ¡Los hombres, los hombres eran los que habían engendrado +los odios, las traiciones, las leyes convencionales que atan a la +desgracia el corazón!». La filosofía de Frígilis, aquel pensador +agrónomo que despreciaba la sociedad con sus _falsos principios_, con +sus preocupaciones, exageraciones y violencias, se le presentó a +Quintanar, a quien el cuerpo repleto le pedía siesta, como la filosofía +verdadera, la sabiduría única, eterna. «Vetusta quedaba allá, detrás de +montes y montes, ¿qué era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto. +Y todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga, +fabricaba su albergue, ¿qué eran comparados con los bosques vírgenes, +los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?... Nada. Y las leyes +de honor, las preocupaciones de la vida social todas, ¿qué eran al lado +de las grandes y fijas y naturales leyes a que obedecían los astros en +el cielo, las olas en el mar, el fuego bajo la tierra, la savia +circulando por las plantas?». + +Vivos deseos sintió Quintanar por un momento de echar raíces y ramas, y +llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que veía coronando +las cimas del monte Areo. «Vegetar era mucho mejor que vivir». + +Oyó un tiro lejano, después el estrépito de las peguetas que volaban +riéndose con estridentes chillidos; las vio pasar sobre su cabeza. No se +movió. Que se fueran al diablo. Él estaba pensando en Tomás Kempis. Sí, +Kempis, a quien había olvidado, tenía razón; donde quiera estaba la +cruz. «Arregla, decía el sabio asceta, arregla y ordena todas las cosas +según tu modo de ver y según tu voluntad, y verás que siempre tienes +algo que padecer de grado o por fuerza; siempre hallarás la cruz». + +Y también recordaba lo de: «Algunas veces parecerá que Dios te deja, +otras veces serás mortificado por el prójimo; y lo que es más, muchas +veces te serás molesto a ti mismo». + +«Sí, el prójimo me mortifica, y yo mismo me molesto, me hago daño hasta +sangrar el alma.... No sé lo que debo hacer, ni lo que debo pensar +siquiera. Anita me engaña, es una infame sí... pero ¿y yo? ¿No la engaño +yo a ella? ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo distraído y soso a +los ardores y a los sueños de su juventud romántica y extremosa? ¿Y por +qué alegué derechos de mi edad para no servir como soldado del +matrimonio y pretendí después batirme como contrabandista del adulterio? +¿Dejará de ser adulterio el del hombre también, digan lo que quieran las +leyes?». + +Le daba ira encontrarse tan filósofo, pero no podía otra cosa. +Comprendía que aquellas meditaciones le alejaban de su venganza, que en +el fondo del alma él no quería ya vengarse, quería castigar como un juez +recto y salvar su honor, nada más. Y esto mismo le irritaba. Después +volvía la lástima tierna de sí mismo, la imagen de la vejez solitaria... +y los alcaravanes, allá en el cielo gris, iban cantando sus ayes como +quien recita el _Kempis_ en una lengua desconocida. + +«Sí, la tristeza era universal; todo el mundo era podredumbre; el ser +humano lo más podrido de todo». + +Y siempre sacaba en consecuencia que él no sabía lo que debía hacer, ni +siquiera lo que debía pensar, ni aun lo que debía sentir. + +«De todas suertes, las comedias de capa y espada mentían como bellacas; +el mundo no era lo que ellas decían: al prójimo no se le atraviesa el +cuerpo sin darle tiempo más que para recitar una rendondilla. Los +hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan deprisa». + +De noche, en el tren, cuando volvían solos a Vetusta en un coche de +segunda, por miedo al frío de los de tercera, Frígilis que miraba el +paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez había podido más que +el sol y había roto las nubes, Frígilis sintió un suspiro como un +barreno detrás de sí, y volvió la cabeza diciendo: + +--¿Qué te pasa, hombre? Todo el día te he visto preocupado, tristón... +¿qué pasa? + +La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas rompía +las tinieblas de aquel coche que parecía caja de muerto. + +Frígilis no podía ver bien el rostro de don Víctor, pero le oyó, de +repente, llorar como un chiquillo, y sintió la cabeza fuerte y blanca de +Quintanar apoyada en el hombro del amigo. Sí, se apoyaba el pobre viejo +con cariño, confianza, y con la fuerza con que se deja caer un muerto. +Parecía aquello la abdicación de su pensamiento, de toda iniciativa. + +--Tomás, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado; escucha... + + + + +--XXX-- + + +--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer. + +--¿Tú no entras? + +--No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer. + +--¡Me dejas solo ahora! + +--Volveré si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Mañana vendré +temprano. + +--Te advierto que no te he dicho que sí. + +--Bueno, bueno... adiós. + +--Espera, espera... no me dejes solo... todavía. No te he dicho que sí; +tal vez... lo piense más y... me decida por seguir el camino opuesto. + +--Pero por de pronto, Víctor, prudencia, disimulo.... Es decir, si no +quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes.... + +--¡Sí, sí! Benítez cree que un gran susto, una impresión fuerte.... + +--Eso; puede matarla. + +--¡Está enferma! + +--Sí, más de lo que tú crees. + +--¡Está enferma! Y un susto, un susto grande... puede matarla. + +--Eso, así como suena. + +--Y yo debo subir, y guardar para mí todos estos rencores, toda esta +hiel tragármela... y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y +no se asuste... y no se me muera de repente.... + +--Sí, Víctor, sí; todo eso debes hacer. + +--Pero confiesa, Tomás, que todo eso se dice mejor que se hace; y +comprende que ese aldabón me inspire miedo, explícate la razón que tengo +para tenerle el mismo asco que si fuera de hierro líquido.... + +Calló a esto Frígilis. + +Llegaban de la estación; estaban en el portal del caserón de los Ozores, +que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo. + +Quintanar no tenía valor para subir a su casa. No quería llamar. «Iban a +abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se atrevería a sonreír +como siempre, tal vez a ponerle la frente cerca de los labios para que +la besara.... Y él tendría que sonreír, y besar y callar... y acostarse +tan sereno como todas las noches.... Tomás debía comprender que aquello +era demasiado...». + +Y además, las revelaciones de Frígilis respecto a la salud de Ana le +habían caído al pobre ex-regente como una maza sobre la cabeza. «Aquella +alegría, aquella exaltación que la habían llevado... al crimen, a la +infamia de una traición... eran una enfermedad; Ana podía morir de +repente cualquier día; una impresión extraordinaria lo mismo de dolor +que de alegría, mejor si era dolorosa, podía matarla en pocas horas...». +Esto había contestado Frígilis a la historia de su amigo. A Mesía +fusilémosle, había dicho, si eso te consuela; pero hay que esperar, hay +que evitar el escándalo, y sobre todo hay que evitar el susto, el +espanto que sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su alcoba como +los maridos de teatro.... Ana, culpable según las leyes divinas y +humanas, no lo era tanto en concepto de Frígilis que mereciera la +muerte. + +--¿Quién quiere matarla? ¡Yo no quiero eso!--había interrumpido don +Víctor al oír esto. + +Pero Frígilis había replicado: + +--Sí quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay que hacer +hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la única +solución; pero confiesa que el perdonar es una solución también. + +--Perdonarla es transigir con la deshonra.... + +--Eso ya lo veríamos. ¿Tú eres cristiano? + +--Sí, de todo corazón, más cada día.... Como que ya no veo más refugio +para mi alma que la religión.... + +--Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. Pero +no se trata de esto todavía; se trata de no cortar el camino al perdón, +antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa puñalada mortal al entrar +en su cuarto y gritar: «¡Muera la esposa infiel!» para que ella +conteste: «¡Jesús mil veces!» y caiga redonda. Yo no sé si diría «Jesús +mil veces» pero de que caería estoy seguro. Y ya ves, antes de matarla +hay que ver si tenemos derecho para ello. + +--No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia.... + +--Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada +trágico. Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te +acordarás, creí hacer la felicidad de ambos.... + +--Y no parecía que te habías equivocado. La mía la habías hecho. La de +ella... durante más de diez años pareció que también. + +--Sí, pareció; pero la procesión andaba por dentro.... + +Diez años fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco. + +--Mira, Frígilis, tu filosofía no es para consolar a un marido en mi +situación.... Ya sé yo todo lo que tú puedes decirme, y mucho más.... Eso +no es consolarme.... + +--Ni yo creo que tu situación admita consuelos más que el del tiempo y +la reflexión lenta y larga.... Pero ahora no se trata de ti, se trata de +ella. ¿Te empeñas en coser el cuerpo con un florete o con una espada a +Mesía? Sea; pero hay que ver cuándo y cómo. Hay que tener calma. Después +de lo que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Benítez me impuso y +que rompo por lo apurado del caso, después de saber que puede sucumbir +ante una revelación semejante.... + +--¿Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo sé? ¿Quién te +asegura a ti que no me despreciará, que no procurará huir con el otro? + +--¡Víctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil. No hizo más que +esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no está enamorada de +Mesía.... En cuanto vea que es un cobarde y que la abandona antes que +pelear por ella... le despreciará, le maldecirá... y en cambio los +remordimientos la volverán a ti, a quien siempre quiso. + +--¡Que quiso!--Sí, más que a un padre. ¿Qué mejor prueba quieres que +todo lo pasado? ¿Por qué se hizo mística?... Y la pobre... también tuvo +que sufrir ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de +esto no hablemos. ¿Por qué luchó, como luchó sin duda? Porque te +quería... porque te quiere... te quiere mucho.... + +--¡Y me vende!--¡Te vende! ¡te vende!... En fin, no hablemos de eso... +ya has dicho que no quieres mis filosofías. Ello es, que si armas +arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay otra de entierro. + +--¡Hombre dices las cosas de un modo!... + +--La verdad. Un drama completo. Pero en último caso, si tan irritado +estás, si tan ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu +conciencia que bien claro te habla; llama, sube, alborota, quema la +casa.... O no hagas tanto, que bastará con que la espantes con tu noticia +para que Ana caiga de espaldas y le estalle dentro una de esas cosas en +que tú no crees, pero que son para la vida como los alambres para el +telégrafo. Si estás furioso, si no puedes contenerte, también tú tendrás +disculpa hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes +perdón de Dios. + +Esto último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a +su amigo estremecerse. + +Después de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la +estación a casa, y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se +acercó a la puerta para coger el aldabón, y cuando Frígilis exclamó: + +--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer. + +Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr +en busca de don Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición, +para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la +cita, si la tenía como era de suponer. Pensaba Crespo que a Víctor no se +le había ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que +aquella noche se repetiría la escena de la anterior, que debía de ser ya +antigua costumbre; podía don Álvaro, que no había visto a su víctima +cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas, sorprenderle +Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia. Además, +Frígilis tenía la convicción de que don Álvaro escaparía de Vetusta en +cuanto él le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban +motivos para creer muy cobarde al don Juan Tenorio. + +«¡Pero aquel Víctor no le dejaba marchar!». + +Por fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su +ira, lo que fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el digno regente +jubilado con el mismo aldabonazo enérgico y conciso con que hacía +retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el jefe de familia +respetado y tal vez querido. + +--¡Adiós, adiós, hasta mañana temprano!--dijo Frígilis librándose de la +mano trémula que le sujetaba un brazo. + +--«¡Egoísta, pensó don Víctor al quedarse solo--; es la única persona +que me quiere en el mundo... y es egoísta!». + +Se abrió la puerta. Vaciló un momento.... Se le figuró que del patio +salía una corriente de aire helado.... + +Entró, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que dejaba +atrás; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a +paso, por el portal adelante, se acercaba a él y que se le quitaba el +sombrero que era de teja. + +--¡Mi señor don Víctor!--dijo una voz melosa y temblona. + +--¡Cómo! ¿usted? ¡es usted... señor Magistral!... Un temblor frío, como +precursor de un síncope, le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras +añadía, procurando una voz serena: + +--¿A qué debo... a estas horas... la honra...? ¿qué pasa?... ¿Alguna +desgracia?... + +«Pero este hombre ¿no sabe nada?» se preguntó De Pas que parecía un +desenterrado. + +Miró a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado +el rostro; y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le +tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta +llegar allí, el Magistral no había hablado, no había hecho más que +estrechar la mano de don Víctor e invitarle con un ademán gracioso y +enérgico al par, a subir aquella escalera. + +--Pero ¿qué pasa?--repitió don Víctor en voz baja en el primer +descanso. + +--¿Viene usted de caza?--contestó el otro con voz débil. + +--Sí, señor, con Crespo; ¿pero qué sucede? Hace tanto tiempo... y a +estas horas.... + +--Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al despacho.... + +Anselmo alumbraba por los pasillos del caserón a su amo a quien seguía +el Magistral. + +--«No pregunta por Ana»--pensó De Pas. + +--La señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor +que la avise?--preguntó Anselmo. + +--¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral quiere hablarme a +solas...--y se volvió el amo de la casa al decir esto. + +--Bien, sí; al despacho... entremos en su despacho.... + +Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle +aquel hombre? ¿A qué venía?...». + +Anselmo encendió dos luces de esperma y salió. + +--Oye, si la señora pregunta por mí, que allá voy... que estoy +ocupado... que me espere en su cuarto.... ¿No es eso? ¿No quiere usted +que estemos solos? + +El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la +puerta por donde salía Anselmo. + +«Ya estaba allí, ya había que hablar... ¿qué iba a decir? Terrible +trance; tenía que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle +luz; no sabía absolutamente nada de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo +hablar sin preguntar antes? ¿Qué sabía don Víctor? esta era la +cuestión... según lo que supiera, así él debía hablar... pero no, no era +esto... había que comenzar por explicarse. Buen apuro». Estaba el +Magistral como si don Víctor le hubiera sorprendido allí, en su +despacho, robándole los candeleros de plata en que ardían las velas. + +Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos +y pasmados. + +--«¿Usted dirá?» decían aquellas pupilas brillantes y en aquel momento +sin más expresión que un tono interrogante. + +«Había que hablar». + +--¿Tendría usted... por ahí... un poquito de agua?...--dijo don Fermín, +que se ahogaba, y que no podía separar la lengua del cielo de la boca. + +Don Víctor buscó agua y la encontró en un vaso, sobre la mesilla de +noche. El agua estaba llena de polvo, sabía mal. Don Fermín no hubiera +extrañado que supiera a vinagre. Estaba en el calvario. Había entrado en +aquella casa porque no había podido menos: sabía que necesitaba estar +allí, hacer algo, ver, procurar su venganza, pero ignoraba cómo. +«Estaba, cerca de las diez de la noche, en el despacho del marido de la +mujer que le engañaba a él, a De Pas, y al marido; ¿qué hacía allí?, +¿qué iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral pasaron todas +las estaciones de aquel día de Pasión. Mientras bebía el vaso de agua, y +se limpiaba los labios pálidos y estrechos, sentía pasar las emociones +de aquel día por su cerebro, como un amargor de purga. Por la mañana +había despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no +podía explicarle la causa de su mal había preferido fingirse sano, y +levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un +resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces sonaban +apagados, los cuerpos sólidos parecían todos huecos; todo parecía tener +la fragilidad del sueño. Antojábasele una crueldad de fiera, un egoísmo +de piedra, la indiferencia universal; ¿por qué hablaban todos los +vetustenses de mil y mil asuntos que a él no le importaban, y por qué +nadie adivinaba su dolor, ni le compadecía, ni le ayudaba a maldecir a +los traidores y a castigarlos? Había salido de las calles y había +paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena húmeda bordada +por las huellas del agua corriente, con sus árboles desnudos y helados. +Había paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera rasgar +la sotana con las rodillas; aquella sotana que se le enredaba entre las +piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un trapo de carnaval colgado +al cuello. + +«Él, él era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que aún no había +matado a nadie (y ya era medio día) y que debía de saberlo todo desde +las siete. Las leyes del mundo ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho +de vengarse y no tenía el deseo; él tenía el deseo, la necesidad de +matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho.... Era un clérigo, un +canónigo, un prebendado. Otras tantas carcajadas de la suerte que se le +reía desde todas partes». En aquellos momentos don Fermín tenía en la +cabeza toda una mitología de divinidades burlonas que se conjuraban +contra aquel miserable Magistral de Vetusta. + +La sotana, azotada por las piernas vigorosas, decía: _ras, ras, ras_; +como una cadena estridente que no ha de romperse. + +Sin saber cómo, De Pas había pasado delante de la fonda de Mesía. «Sabía +él que don Álvaro estaba en casa, en la cama. Si, como temía, don Víctor +no le había cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había +ocurrido, en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del +placer. Podía subir, entrar en su cuarto, y ahogarle allí... en la cama, +entre las almohadas.... Y era lo que debía hacer; si no lo hacía era un +cobarde; temía a su madre, al mundo, a la justicia.... Temía el +escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le sujetaba la +inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras... era un cobarde: +un hombre de corazón subía, mataba. Y si el mundo, si los necios +vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban ¿por qué? él +respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas ¿que, por +qué mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha engañado mi +mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para conservar +su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma +porque no le he tomado también el cuerpo.... Los mato a los dos porque +olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que _ubi irritatio ibi +fluxus_, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su +carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la +pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me está +envenenando el alma.... Mato porque me engañó; porque sus ojos se +clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de +sus labios que también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato +porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy +fiera...». + +Pero no mató. Se acercó a la portería y preguntó... por el señor obispo +de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta. + +--Ha salido--le dijeron. Y don Fermín sin ver lo que hacía, dobló una +tarjeta y la dejó al portero. + +Y volvió a su casa. Se encerró en el despacho. Dijo que no estaba para +nadie y se paseó por la estrecha habitación como por una jaula. + +Se sentó, escribió dos pliegos. Era una carta a la Regenta. Leyó lo +escrito y lo rasgó todo en cien pedazos. Volvió a pasear y volvió a +escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba las uñas en la cabeza. + +En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gemía, imprecaba, deprecaba, +rugía, arrullaba; unas veces parecían aquellos regueros tortuosos y +estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias que tenía el +Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia engañada y +sofocada y provocada, salían a borbotones, como podredumbre líquida y +espesa. La pasión hablaba entonces con el murmullo ronco y gutural de la +basura corriente y encauzada. Otras veces se quejaba el idealismo +fantástico del clérigo como una tórtola; recordaba sin rencor, como en +una elegía, los días de la amistad suave, tierna, íntima, de las +sonrisas que prometían eterna fidelidad de los espíritus; de las citas +para el cielo, de las promesas fervientes, de las dulces confianzas; +recordaba aquellas mañanas de un verano, entre flores y rocío, místicas +esperanzas y sabrosa plática, felicidad presente comparable a la futura. +Pero entre los quejidos de tórtola el viento volvía a bramar sacudiendo +la enramada, volvía a rugir el huracán, estallaba el trueno y un +sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo negro un rayo. +«¡Y por quién dejaba Ana la salvación del alma, la compañía de los +santos y la amistad de un corazón fiel y confiado...! ¡por un don Juan +de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de temporada, por +un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por +un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y +hueca!...». «Pero ya comprendía él la causa de aquel amor; era la impura +lascivia, se había enamorado de la carne fofa, y de menos todavía, de la +ropa del sastre, de los primores de la planchadora, de la habilidad del +zapatero, de la estampa del caballo, de las necedades de la fama, de los +escándalos del libertino, del capricho, de la ociosidad, del polvo, del +aire.... Hipócrita... hipócrita... lasciva, condenada sin remedio, por +vil, por indigna, por embustera, por falsa, por...» y al llegar aquí era +cuando furioso contra sí mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral, +airado porque no sabía escribir de modo que insultara, que matara, que +despedazara, sin insultar, sin matar, sin despedazar con las palabras. +«Aquello no podía mandarse bajo un sobre a una mujer, por más que la +mujer lo mereciera todo. No, era más noble sacar de una vaina un puñal y +herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre +perfumado». + +Pero escribía otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la indignación, +la franqueza necesaria a su pasión estallaban por otro lado; y entonces +era él mismo quien aparecía hipócrita, lascivo, engañando al mundo +entero. «Sí, sí, decía, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para +mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro +sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor, +nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de +niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el +quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la +máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí donde no lo +puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre ¿no lo sabías? ¿por eso me +engañaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene +miedo, sábelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos +frente a frente, escaparía de mí... Yo soy tu esposo; me lo has +prometido de cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se +queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma +que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como tu +miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer, ¿qué saben +ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo...? Sí, tú las sabías +también... y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por +todas las mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la orgía, los +labios que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las +heridas del estupro, por...». + +Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas +las otras. No acertaba a arrojar en el cesto los pedacitos blancos y +negros, y el piso parecía nevado; y sobre aquellas ruinas de su +indignación artística se paseaba furioso, deseando algo más suculento +para la ira y la venganza que la tinta y el papel mudo y frío. + +Salió otra vez de casa; paseó por los soportales que había en la Plaza +Nueva, enfrente de la casa de los Ozores. + +«¿Qué habría pasado? ¿Habría descubierto algo don Víctor? No; si hubiera +habido algo, ya se sabría. Don Víctor habría disparado su escopeta sobre +don Álvaro, o se estaría concertando un desafío y ya se sabría; no se +sabía nada, nada; luego nada había sucedido». + +Dos, tres veces, ya al obscurecer, entró el Magistral en el zaguán +obscuro del caserón de la Rinconada. Quería saber algo, espiar los +ruidos... pero a llamar no se atrevía... «¿A qué iba él allí? ¿Quién le +llamaba a él en aquella casa donde en otro tiempo tanto valía su +consejo, tanto se le respetaba y hasta quería? Nadie le llamaba. No +debía entrar». No entró. «Además, iba pensando mientras se alejaba, si +yo me veo frente a ella, ¿qué sé yo lo que haré? Si ese marido indigno, +de sangre de horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la +tuviera entre mis manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo +que haría. No, no debo entrar en esa casa; me perdería, los perdería a +todos». + +Y volvió a la suya. Doña Paula entró en el despacho. Hablaron de los +negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de muchas cosas más; +pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y a la madre. + +--«No se podía hablar de aquello» pensaba él. + +--«No se podía hablar de aquello, ni a solas» pensaba ella. + +La madre lo sabía todo. Había comprado el secreto a Petra. + +Además, ya ella, por su servicio de policía secreta, y por lo que +observaba directamente, había llegado a comprender que su hijo había +perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldecía porque la creía +querida de su Fermo, ahora la aborrecía porque el desprecio, la burla, +el engaño, la herían a ella también. ¡Despreciar a su hijo, abandonarle +por un barbilindo mustio como don Álvaro! El orgullo de la madre daba +brincos de cólera dentro de doña Paula. «Su hijo era lo mejor del mundo. +Era pecado enamorarse de él, porque era clérigo; pero mayor pecado era +engañarle, clavarle aquellas espinas en el alma.... ¡Y pensar que no +había modo de vengarse! No, no lo había». Y lo que más temía doña Paula +era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese +algún delito escandaloso. + +La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle. + +A doña Paula se le ocurría un medio de castigar a los infames, sobre +todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el crimen, propalar +el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don Víctor para que +saliera lanza en ristre a matar a don Álvaro. + +«Y nada de esto se le podía decir a Fermo». + +Doña Paula entraba, salía, hablaba de todo, observaba todos los gestos +de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor de manos, +aquel ir y venir por el despacho. + +«¡Qué no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! Sí, bien +merecía aquel hijo de las entrañas que se le arrancasen aquellas espinas +del alma. ¡Había sido tan buen hijo! ¡Había sido tan hábil para +conservar y engrandecer el prestigio que le disputaban!». Desde que doña +Paula vio que «no estallaba un escándalo», que don Fermín mostraba +discreción y cautela incomparables en sus extrañas relaciones con la +Regenta, se lo perdonó todo y dejó de molestarle con sus amonestaciones. +Y después del triunfo de su hijo sobre la impiedad representada en don +Pompeyo Guimarán, después de aquella conversión gloriosa, su madre le +admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción de sus +deseos íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que ella +reputaba decencia. + +No, no se podía hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y al +fin doña Paula dejó solo a don Fermín; subió a su cuarto. Y desde allí, +en vela, se propuso espiar los pasos de su hijo, que continuaba +moviéndose abajo: le oía ella vagamente. + +Sí, don Fermín, que cerró la puerta del despacho con llave en cuanto se +quedó solo, se movía mucho: tenía fiebre. Se le ocurrían proyectos +disparatados, crímenes de tragedia, pero los desechaba en seguida. +«Estaba atado por todas partes». Cualquier atrocidad de las que se le +ocurrían, que podía ser sublime en otro, en él se le antojaba, ante +todo, grotesca, ridícula. + +Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de maníaco de que +estaba vestido de máscara llegó a ser una obsesión intolerable. Sin +saber lo que hacía, y sin poder contenerse, corrió a un armario, sacó de +él su traje de cazador, que solía usar algunos años allá en Matalerejo, +para perseguir alimañas por los vericuetos; y se transformó el clérigo +en dos minutos en un montañés esbelto, fornido, que lucía apuesto talle +con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte y de elegancia natural y +varonil, lleno de juventud todavía. Se miró al espejo. «Aquello ya era +un hombre». La Regenta nunca le había visto así. + +«En el armario había un cuchillo de montaña». + +Lo buscó, lo encontró y lo colgó del cinto de cuero negro. La hoja +relucía, el filo señalado por rayos luminosos, parecía tener una +expresión de armonía con la pasión del clérigo. El Magistral le +encontraba _una música_ al filo insinuante. + +«Podía salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría poca +gente por las calles, nadie le reconocería con aquel traje de cazador +montañés; podía ir a esperar a don Álvaro a la calleja de Traslacerca, a +la esquina por donde decía Petra que le había visto trepar una noche. +Don Álvaro, si don Víctor no había descubierto nada o si no sabía que +don Víctor le había descubierto, volvería otra vez, como todas las +noches acaso... y él, don Fermín, podía esperarle al pie de la tapia, en +la calleja, en la obscuridad... y allí, cuerpo a cuerpo, obligándole a +luchar, vencerle, derribarle, matarle.... ¡Para eso serviría aquel +cuchillo!». + +Doña Paula se movió arriba. Crujieron las tablas del techo. + +Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y caído +en el cerebro del hijo, don Fermín pensó de repente: + +«Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal +a ese infame.... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de +novela. ¿Para qué pensar en lo que no he de hacer nunca? No hay más +remedio que utilizar el valor y las ideas románticas y caballerescas de +don Víctor; guardaré el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...». + +Y don Fermín se despojó del chaquetón pardo, dejó el sombrero de anchas +alas, desciñó el cinto negro, guardó todas estas prendas, más el +cuchillo, en el armario y se vistió la sotana y el manteo, como una +armadura. «Sí, aquella era su loriga, aquéllos sus arreos». + +«Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar a +Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora +del tren. Voy a su casa...». + +Y salió. «Si mi madre me sale al paso le diré que me espera un enfermo, +que quiere confesar conmigo sin falta...». + +En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula corriendo. + +--¿A dónde vas? Él dijo su mentira. Y ella fingió creerla y le dejó +marchar, porque adivinó en el rostro, en la voz, en todo, que su hijo no +iba ciego, no iba a dar escándalo. + +«Acaso se le había ocurrido lo mismo que a ella». + +Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás +Crespo desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a +saludar a don Víctor, que abría la puerta, y subió con él; y estaba +dispuesto a hablarle, a preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la +venganza necesaria... y no sabía cómo empezar. + +Cuando acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el Magistral +aún no sabía lo que iba a decir. + +Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín +habló... + +--Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted +y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y +por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, de poco agradable +acceso.... + +--Al grano, señor Magistral.--La hora de mi visita, el hacer yo pocas a +esta casa hace algún tiempo; todo esto contribuirá... + +--Sí, señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué pasa, don Fermín? ¡Por +los clavos de Cristo! + +--De Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus clavos, y de +sus espinas y de la cruz.... + +--Por compasión...--Don Víctor, yo necesito antes de hablar que usted +me declare el estado de su ánimo.... + +--¿Qué quiere usted decir? + +--Está usted pálido, visiblemente preocupado, bajo el peso de un gran +disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del farol de la +escalera.... + +--Y usted también... está. + +La voz de Quintanar temblaba.--Pues eso quiero saber; si usted conoce +la causa de mi visita, en parte a lo menos, podré ahorrarme el disgusto +de abordar los preliminares enojosísimos de una cuestión.... + +--Pero, ¿de qué se trata? ¡por las once mil!... + +--Señor Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si usted tiene +algo que... decir... algún consejo que buscar.... Yo también vengo a +hablarle a usted de lo que sé como sacerdote, pero la conciencia de +quien me lo comunicó exige precisamente que yo dé este paso.... + +Don Víctor se puso en pie de un salto. + +En aquel momento estaba muy satisfecho de sí mismo el Magistral, porque +acababa de ver claro. Ya sabía qué camino era el suyo. + +--¿Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a mi casa?... + +--Don Víctor, confiéseme usted si usted sabe algo de un asunto que le +interesa muchísimo, y si el saberlo es la causa de esa alteración de su +semblante.... Necesito empezar por aquí. + +--Sí, señor; hoy sé algo que no sabía ayer... que me importa muchísimo +¡ya lo creo! más que la vida.... Pero, si usted no habla más claro, yo no +sé si debo... si puedo.... + +--Ahora, sí; ahora ya puedo hablar más claro. + +--Una persona... decía usted.... + +--Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... ha +acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su +complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la había +acusado, y que por medida perentoria de reparación... había puesto en +poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero temiendo +nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se apresuraba a +declararme lo que había, para ver si podían evitarse más crímenes... que +al cabo, crimen sería una violencia... una venganza sangrienta.... + +Don Fermín se interrumpió para callar, respetando así el dolor de don +Víctor, que se había dejado caer sobre un sofá, y apretaba la cabeza +entre las manos. + +--¿Petra... ha sido Petra?--dijo don Víctor preguntando con el tono +especial del que ya sabe lo mismo que pregunta. + +--La infeliz no comprendió al principio que su conducta podía causar +nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don Víctor, a impedirlos si es +tiempo.... En nombre del Crucificado, don Víctor, ¿qué ha sucedido aquí? + +--Nada, ¡pero aún estamos a tiempo!--contestó el marido burlado, puesto +en pie, con los puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa +en medio de la plaza; furioso ante la idea de que no había habido allí +_nada_, ningún crimen cuyo autor debía ser él, según exigían las leyes +del honor... y del teatro.--Nada, nada... pero habrá, habrá sangre.... +¿Y usted lo sabe? ¿Esa mujer ha divulgado mi deshonra?... Eso ha sido +también una venganza, no es arrepentimiento; es venganza... pero esto +importa poco. ¡Lo que importa es que el mundo sabe!... ¡Desgraciado +Quintanar! ¡Mísero de mí!... + +Y volvió a caer sobre el sofá el pobre viejo, que volvía a sentir el +mismo sueño soporífero que le había encogido el ánimo por la mañana. + +«El mundo sabe»--había dicho don Víctor--y estas palabras sugirieron a +don Fermín otra mentira provechosa. + +Pero antes dijo:--Don Víctor, no extraño que en su dolor usted no tenga +tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he dicho que el mundo +supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor. + +--¿Pero cree usted que Petra no habrá dicho?... + +--Petra no; pero... por desgracia...--Además, lo que importa aquí es mi +honra, no que el mundo sepa o ignore.... De todas maneras, pronto sabrá +de mi venganza y se podrá enterar de todo. + +Y se puso a dar vueltas por el despacho. + +De Pas se levantó también. + +--Por desgracia--continuó--la maledicencia se ha apoderado hace tiempo +de ciertos rumores, de algo aparente.... + +Don Víctor rugió al gritar: + +--¡Dios mío! ¿qué es esto? ¿esto más? ¿El mundo dice?... ¿Vetusta entera +habla?... + +Y se clavaba las uñas en la cabeza, mesándose las canas. + +Don Fermín, mientras el otro se entregaba a los arranques mímicos de su +dolor, de su vergüenza, habló largo y tendido del asunto. «Sí, por +desgracia, hacía meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se +murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don Álvaro entraba +en el palacio de los Ozores. Esto era lo peor, después de la desgracia +en sí misma. Era lo peor porque el Magistral, que conocía las exaltadas +ideas de don Víctor respecto al honor, temía que obedeciendo a impulsos +disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la religión, se +arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo +crimen no podía ser más repugnante y digno de castigo. Pero, amigo, +aunque él, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se +explicaba la vehemente cólera que debía de dominar a don Víctor, y +comprendía, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta y +terrible venganza; si tal hacía como hombre, en cuanto sacerdote de una +religión de paz y de perdón, tenía que aconsejar y procurar, en cuanto +pudiese, la suavidad, los procedimientos que la moral recomienda para +tales casos». Don Víctor, con el rostro entre las manos hacía signos de +protesta; negaba como si quisiese arrancarse la cabeza del tronco. + +«Pero qué le diría, o le podría decir Quintanar al Magistral, que él no +comprendiera.... Sí, sí, mirando las cosas como las mira el mundo, +aquello pedía sangre, es más, no ya sólo por satisfacer el deseo de +vengarse, hasta para poder vivir entre las gentes con lo que llama el +mundo decoro, era necesario, según las leyes sociales, según lo que las +costumbres y las ideas corrientes exigían, que don Víctor buscase a +Mesía, le desafiase, le matase si posible le era, o si le cogía _in +fraganti_ en el delito, o cerca de él, que le sacrificase sin +miramientos, con justicia pronta. Así lo habían hecho varones +esclarecidos que eran asombro del mundo y se veían cantados y alabados +en poemas y tragedias. Todo esto lo sabía el Magistral perfectamente». +Y en efecto, con tal calor y elocuencia exponía «las _razones_ que, +desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre» +que después, cuando recordaba que tenía que defender el partido +contrario, el de caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los +agravios y conformidad con la cruz; cansado ya por los esfuerzos +anteriores era otro el Magistral, se volvía premioso, decía con frialdad +vulgaridades de sermón de aldea. Su propósito no lo penetraba don +Víctor, pero sentía los efectos de la perfidia del canónigo. «Sí», +pensaba el ex-regente, mientras el Magistral volvía a enumerar los +sacrificios de amor propio, pundonor y otras muchas cosas que exigía la +religión a un buen cristiano a quien su mujer engañaba: «sí, he estado +ciego, me he portado indignamente, he debido matar a Mesía de una +perdigonada, sobre la tapia, o si no correr en seguida a su casa y +obligarle a batirse a muerte acto continuo; el mundo lo sabe todo, +Vetusta entera me tiene por... un... por un...» y saltaba don Víctor +cerca del techo al oírse a sí mismo en el cerebro la vergonzosa palabra. + +Y entonces las frases frías, desmadejadas, con que el Magistral +recomendaba el perdón, el olvido, le sonaban a hueco, a retórica vana: +«Aquel santo varón no sabía lo que era un ultraje de aquella especie; ni +lo que exigía la sociedad». + +Para que el clérigo le dejase en paz y no le cansase más con sus +sermones sosos y desprovistos de vida, de unción, don Víctor fingió +ceder; y dijo que no haría ningún disparate, que meditaría, que +procuraría armonizar las exigencias de su honor y aquello que la +religión le pedía.... + +Entonces se alarmó don Fermín; creyó que había perdido terreno, y +volvió a la carga. Con vivos colores pintó el desprecio que el mundo +arroja sobre el marido que perdona y que la malicia cree que +consiente.... + +Don Víctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre más despreciable +del mundo si no hacía una que fuese sonada.... «Oh, sí, cuanto antes... +en cuanto fuera de día daría sus pasos, mandaría dos padrinos a don +Álvaro; había que matarle». + +Don Fermín volvió a tranquilizarse, viendo la exaltación de la ira +pintada en el magistrado. «Sí, había hombre; la máquina estaba +dispuesta; el cañón con que él, don Fermín, iba a disparar su odio de +muerte, ya estaba cargado hasta la boca». + +Don Víctor no hablaba. Gruñía arrimado a la pared, en un rincón... + +«Ya no había qué hacer allí». El Magistral se despidió. Pero al salir, +al llegar a la puerta, se volvió de repente y con ademán solemne, como +sacerdote de ópera, exclamó: + +--Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy +todavía, de usted, le exijo en nombre de Dios... que... si esta... +noche... sorprendiera usted... algún nuevo... atentado... si ese infame, +que ignora que usted lo sabe todo, volviera esta noche.... Yo sé que es +mucho pedir... pero un asesinato no tiene jamás disculpa a los ojos de +Dios, aunque la tenga a los del mundo.... Evite usted que ese hombre +pueda llegar aquí... pero... ¡nada de sangre, don Víctor, nada de sangre +en nombre de la que vertió por todos el Crucificado!... + +«¡Es verdad, pensó don Víctor cuando se quedó solo, es verdad! ¿Y yo, +estúpido, tonto, no había dado en ello? Ese hombre debe volver esta +noche.... ¡Y yo, por no matarla a ella con el susto, iba a dejar que +otra vez... otra vez!... ¡Y no pensaba en ello!...». + +Se abrió la puerta y entró la Regenta. + +Venía pálida, vestía un peinador blanco, y no hacía ruido al andar. Sus +ojos parecían más grandes que nunca, y miraban con una fijeza que daba +escalofríos. A lo menos los sintió don Víctor, que dio un paso atrás, y +tuvo terror, como en presencia de un fantasma. Antes que en la traición +de aquella mujer pensó en el gran peligro que corría la vida de Ana, si +una emoción fuerte la espantaba. No le pareció su mujer a don Víctor, le +pareció la Traviata en la escena en que muere cantando. Sintió el pobre +viejo una compasión supersticiosa; aquel ser vaporoso que se le aparecía +de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quería él en aquel +instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo temía +al mismo tiempo como a cosa del otro mundo.... «¡Qué fácil era asesinar +con una palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de +su delito! Oh, no, lo que es a ella no la mataría, ni con puñal, ni con +bala, ni con palabras fulminantes...». + +--¿Quién estaba ahí?--preguntó Ana tranquila. + +--El Magistral--respondió don Víctor, que suponía a su mujer enterada de +lo mismo que preguntaba. + +Ana se turbó.--¿A qué venía... a estas horas?--preguntó disimulando sus +temores. + +--¿A qué? Cosas de política.... Eso del obispo y el gobernador... lo de +las votaciones que corre prisa... en fin... cosas de política. + +La Regenta no insistió. Se retiró sin acercarse a su marido, que no la +buscó tampoco para darle el beso en la frente con que solían despedirse +todas las noches. + +Respiró Quintanar cuando se vio solo. «Aquello había salido bien. No se +había descubierto. Anita no había podido sospechar.... Tenía la +conciencia tranquila, señal de que había hecho bien por lo pronto». + +Pidió el té que era su cena los días de caza y de comida de fiambre; dio +orden a los criados de acostarse, y a las once y media, de puntillas y +sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, bajó al parque en +zapatillas, armado de escopeta. La había cargado con postas. + +«¡Oh, sí! el Magistral le había sugerido, sin querer, una buena idea. +¿Qué no hubiera sangre, eh? Oh, lo que es como volviese aquella noche... +¡moría don Álvaro! Y que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que +cayera redonda, que le prendieran a él.... Cualquier cosa... pero como +volviera, moría». Así como poco antes había sentido la conciencia +tranquila al contener su cólera delante de Ana, ahora se sentía +satisfecho ante su resolución de matar al ladrón de su honra si volvía. + +La noche era obscura, el frío intenso. Don Víctor no tuvo más remedio +que volver a su cuarto por la capa. Se exponía a hacer ruido, o que el +otro tuviera tiempo de venir y escalar el balcón entre tanto... pero a +cuerpo no se podía estar allí. Se quedaría helado. Fue, con la prisa que +pudo, a buscar la capa, y bien embozado volvió a su puesto de centinela +en el cenador, desde el cual veía el perfil de la tapia, destacándose +borrosa en el cielo negro; y vería también el balcón del tocador si se +abría para dar paso a don Álvaro. + +Oyó las doce, la una, las dos... no oyó las tres, porque debió de +dormitar un poco, aunque él se lo negaba a sí mismo.... Y a las cuatro no +pudo resistir ya el frío y el sueño; y delirante, sin conciencia de sí +mismo ni del mundo ambiente, tropezando en todo, subió a su cuarto, +buscó la cama a tientas, se desnudó por máquina, se envolvió entre las +sábanas y se quedó dormido en un sopor de fiebre lleno de fantasmas +ardientes, de monstruos dolorosos. + +Aquella tarde no asistieron al Casino a la hora del café, como solían, +ni Mesía, ni Ronzal, ni el capitán Bedoya ni el coronel Fulgosio. + +Lo cual notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son +de misterio: + +--Señores, cuando yo digo que hay gato.... + +--¿Qué gato?--preguntó don Frutos Redondo el americano. + +Estaban, como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo, +el del tresillo. + +Todos los presentes rodearon a Foja que añadió: + +--Noten ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capitán ni el +coronel. Ciertos son los toros. Cuando el río suena.... + +--Pero ¿qué suena?--preguntó Orgaz padre, que algo sabía. + +Joaquinito, que se daba aires de saber muchas cosas, dijo: + +--Nada, señores, yo digo a ustedes que no hay nada.... + +--Pues con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades. Lo sé de +buena tinta.... Quintanar debe de haber mandado a estas horas sus +padrinos a don Álvaro. + +--¡Padrinos! ¿por qué?--preguntó Redondo. + +--¡Bah! Está usted buen cazurro. Demasiado sabe usted por qué. La verdad +es que aquello era un escándalo. + +Joaquín Orgaz defendió a don Álvaro. + +Pero Foja no atacaba a Mesía, atacaba a don Víctor que había consentido +tanto tiempo aquella desvergüenza. + +--¿Pero qué sabe usted si consentía? No sabía nada. Y si ahora desafía +al otro, será que descubrió algo.... + +--O que se ha cansado de aguantar...--O no habrá tal desafío. + +Toda la tarde se habló allí de lo mismo. Al obscurecer llegó Ronzal. +Nadie se atrevió a interrogarle al principio. Foja se cansó de ser +prudente y preguntó a Trabuco dándole un golpecito en el hombro: + +--¿Es usted padrino?--¿Padrino de qué?--dijo Ronzal con ceño adusto, +aire misterioso, y como hombre prudentísimo que opone un muro de hielo a +una indiscreción. + +--Padrino del duelo a muerte entre Mesía y Quintanar.... + +--¿Pero a usted quién le ha dicho?... Palabra de... quiero decir... yo +no sé... yo niego.... Es usted un mentecato y un hablador insustancial +¿Cree usted que asuntos tan serios se vienen a tratar al café? + +--¿Ven ustedes? Lo que yo decía--gritó Foja triunfante sin hacer caso de +los insultos. + +Ronzal negó, se obstinó en callar; pero se conocía que le costaba +grandes esfuerzos. + +Miró el reloj muchas veces y preguntó a Joaquinito Orgaz, aparte, pero +de modo que lo oyeran los demás: + +--¿Sabe usted si don Pedro el picador tiene todavía sables de...? + +Y lo demás lo dijo en voz baja. + +Orgaz no sabía nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y salió del +Casino, diciendo: + +--Adiós, señores.--¿Ven ustedes? Lo que yo decía. Duelo tenemos. +Aquellos señores se declararon en sesión permanente. Los mozos +encendieron el gas, y continuó el tertulín de la tarde empalmándose con +el de la noche. Algunos fueron a cenar y volvieron. A las ocho en todo +el Casino no se hablaba más que del duelo. Los del billar dejaron los +tacos para venir a la sala de las mentiras a cazar noticias; hasta _los +de arriba_, los del cuarto del crimen, que solían dejar que pasaran +revoluciones sin darse por entendidos, mandaron sus emisarios abajo para +saber lo que ocurría. + +Un desafío en Vetusta era un acontecimiento de los más extraordinarios. +De tarde en tarde algunos señoritos se daban de bofetadas en el Espolón, +en algún sitio público, pero no pasaba de ahí. Los insultos no tenían +jamás consecuencias. Nunca había habido en Vetusta una sala de armas. +Hacía años, un comandante retirado había querido ganarse la vida dando +lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y otros +varios comenzaron con gran afición a dejarse dar de palos, pero pronto +se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro prestado +a cualquiera. + +No se recordaba en la población más que dos desafíos en que se hubiera +llegado _al terreno_; uno de Mesía, allá, muchos años atrás, cuando era +muy joven; había sido padrino del contrario Frígilis, único vetustense +que asistió al lance. + +Nunca había querido decir lo que había pasado allí, pero era lo cierto +que ni Mesía ni su adversario habían guardado cama un solo día después +del duelo. + +El otro desafío había sido entre un jefe económico y un cajero por +cuestiones de la caja. Sobre si sacaste tú o saqué yo. Se habían batido +a primera sangre. El cajero había recibido un arañazo en el cuello, +porque el jefe económico daba sablazos horizontales con el propósito de +degollar al contrario. Y no había más desafíos _llevados al terreno_ en +las crónicas vetustenses. + +Se discutió mucho aquella noche, para pasar el rato mientras llegaban +noticias, sobre la legitimidad de esta _costumbre bárbara que habíamos +heredado de la Edad media_. + +Orgaz padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, aseguró +que el duelo era resto de las ordalías. + +Don Frutos dijo que sí sería, pero que ni ordalías ni san ordalías le +hacían a él batirse. Él acudía al juez si le ofendían, y si no había +modo, ventilaba la cuestión a palos.--Eso de que me mate un espadachín, +que no ha tenido que trabajar para ganarse la comida, no lo consentirá +el hijo de mi madre. + +--Sin embargo--decía Orgaz padre--hay circunstancias... el honor... la +sociedad.... Ya ve usted, Fígaro condena el duelo, y confiesa que él se +batiría llegado el caso. + +--Es que yo no soy un mal barbero, señor mío--gritó don Frutos--tengo +algo que perder. + +Hubo que explicarle a don Frutos quién era Fígaro; pero aún después de +enterado, Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y gritar, vociferó +diciendo, que de todas maneras, al que le desafiase, él le rompía el +alma.... + +--Pues yo--dijo el ex-alcalde--a la justicia me atengo... una querella +criminal, la ley está terminante.... + +--Pues yo--exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz +temblorosa--yo no hago nada de eso. Al que me desafíe, si es un diestro, +le obligo a aceptar un duelo en las condiciones siguientes: (Atención +general.) A dos pasos de distancia (se coloca, midiendo dos pasos +largos, enfrente de don Frutos que se pone muy serio y erguido) una +pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz palidece ante la idea de que +aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos, tres (da las tres +palmadas) ¡plun! ¡y al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga! Así me +bato yo. La cuestión no es ser diestro, es tener valor. + +--¡Bravo, bravo! ¡eso, eso!--gritó gran parte del concurso, como si +oyera aquello por primera vez. + +Siempre que se hablaba de desafíos decían lo mismo que aquel día Foja, +don Frutos, Orgaz y otros caballeros. + +En vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron +por allí ni Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, según se decía, eran +los padrinos, amén de Frígilis. + +Era verdad. Por más que Crespo encargó el secreto más absoluto a todas +las personas que tuvieron que intervenir en el triste negocio, no se +sabe cómo, aunque se sospecha que por culpa de Ronzal, pronto corrió por +Vetusta el rumor de lo cierto. Petra y Ronzal habían sido los +indiscretos. Petra, por venganza, por mala índole, había hablado, había +dicho a alguna amiga _lo de_ su antigua ama. «¿Que por qué había dejado +aquella casa? Por tal y por cual». Trabuco, a quien la honra de merecer +la confianza de Quintanar había llenado de vanidad, no había podido +resistir la tentación de dejar _transparentarse_ su secreto. Ello era +que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa. + +El Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su +deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de +caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de topo, y los +tendría.... + +Pasó aquel día, y pasó el siguiente y no se sabía nada. + +--¿Era _una papa_ lo del duelo?--preguntaba Foja en el Casino. + +Y entonces reventó Joaquinito Orgaz, que lo sabía todo por el +Marquesito. + +--No, no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte. + +Pero los padrinos se habían portado mal, eran torpes, a pesar de las +ínfulas del coronel Fulgosio que decía tener el código del honor en la +punta de los dedos: no parecían armas, se había hablado del sable +primero, pero no parecían sables de desafío; no había en Vetusta sables +así, o no querían darlos los que los tenían. Se había recurrido a la +pistola... y tampoco parecían pistolas a propósito. «Yo creo--añadía +Joaquinito, y Paco cree lo mismo, que esto es inverosímil y que Frígilis +quiere dar largas al asunto a ver si convence a Mesía y lo hace +marcharse de Vetusta». + +--¡Qué indignidad!--gritó Foja. + +--Pues ésa había sido la primera solución. La misma noche del día en +que, al parecer (esto se cuenta por lo menos) don Víctor descubrió su +deshonra, Frígilis fue a ver a Mesía y le suplicó que saliera del pueblo +cuanto antes. Mesía se lo contó _ce_ por _be_ a Paco. + +--Bueno, ¿y qué más? + +--Nada, que Mesía, como era natural, se opuso; dijo que Quintanar y todo +Vetusta podían atribuir a miedo su ausencia.--Pero Frígilis, que tiene +cierta influencia sobre don Álvaro, le obligó a darle palabra de honor +de que al día siguiente tomaría el tren de Madrid. Parece ser que +Quintanar tuvo en sus manos la vida de Álvaro; que pudo matarle de un +tiro y no le mató. Y Frígilis invocaba esto y los derechos del marido +ultrajado para obligar a Mesía a huir. «Eso no es cobardía--dice que +le dijo--eso es hacerse justicia a sí mismo, usted merece la muerte por +su traición y yo le conmutó la pena por el destierro». + +--¿Eso dijo Crespo?--Eso.--¡Miren Frígilis!--Tiene mucha confianza +con Álvaro, que le respeta mucho. + +--Bueno, ¿y qué más? + +--Nada, que Álvaro dio palabra. Pero al día siguiente, ayer por la +mañana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el equipaje para +largarse, se le presentaron Frígilis y Ronzal en son de desafío. Parece +ser que muy temprano don Víctor llamó a Frígilis y le obligó a buscar a +Trabuco para ir juntos a desafiar al burlador; Frígilis no tuvo más +remedio que obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba +escapar, amenazó con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los +periódicos, en la calle.... Estaba furioso. + +--¡Claro, las comedias!--Ello es, que Frígilis tuvo que devolver a +Álvaro la promesa de huir y mandarle buscar padrinos. + +--¿Y Mesía?--Es claro; dejó el viaje y buscó padrinos; querían que yo +fuese uno (mentira) pero después... como yo soy muy amigo de ambos... en +fin, se buscó otros... y no parecían.... Sólo Fulgosio, que siempre se +presta a tales enredos... y Bedoya, que al fin es militar.... + +En general, Joaquinito estaba bien enterado. Mesía se lo había dicho +todo al Marquesito que había ido a verle a la fonda. + +Lo que no le había dicho era que él tenía mucho miedo; que así como se +alegraba de ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca +salud que le quedaba y a dejarle en ridículo a los mismos ojos de Ana, +le horrorizaba la idea de verse frente a frente de don Víctor con una +espada o una pistola en la mano. + +La proposición primera de Frígilis la aceptó inmediatamente. + +«¡Era natural! debía huir, ¿con qué derecho iba él a procurar la muerte +del hombre que le había perdonado la vida aquella mañana y a quien él +había robado la honra? Huiría; al día siguiente, sin falta tomaría el +tren». + +Ya lo esperaba Frígilis, que sabía a qué atenerse respecto del valor de +Álvaro. + +Como que había sido testigo de aquel duelo misterioso, a que aludían los +socios del Casino. Don Álvaro, por culpa de una mujer, había sido retado +a singular combate por un forastero; todos los padrinos eran de la +guarnición menos Frígilis, único vetustense que presenció el lance. El +duelo era a sable, en el Montico, en una arboleda, de tarde, cerca del +obscurecer. Mesía y su adversario estaban en mangas de camisa (se +acordaba Frígilis como si hubiese sido el día anterior), estaban en +mangas de camisa, sable en mano... ambos pálidos y temblando de frío y +de miedo. El cielo encapotado amenazaba desplomarse en torrentes de +lluvia. Los dos _combatientes_ miraban a las nubes. Frígilis comprendió +lo que deseaban. Comenzó la lid soltera y al primer choque de los aceros +estalló un trueno y empezaron a caer gotas como puños. Mesía y su +adversario temblaban como las ramas de los árboles que batía el +viento.... Tan grande fue el chaparrón que los padrinos suspendieron el +duelo... que no se continuó. «No habían ido a batirse contra los +elementos». Mesía quedó incólume y Crespo implícitamente le dio +seguridades de que guardaría el secreto de aquel trance ridículo y de la +cobardía del Tenorio vetustense. + +Recordando todo esto, Frígilis trató como un zapato a Mesía aquella +noche memorable en que le intimó la huida. Pero--decía bien Joaquín +Orgaz--al día siguiente tuvo que devolver su palabra a don Álvaro. Ya no +debía huir. Quintanar se empeñaba en batirse; era aragonés y no cejaría. + +«No sé quién me le ha cambiado. Anoche parecía resuelto o poco menos a +una solución pacífica, se contentaba con que usted desapareciera; y hoy, +cuando fui a verle me encontré al señor de Ronzal, que está presente, al +lado del lecho de mi amigo». + +Ronzal saludó. Mesía se había puesto muy pálido. Estaba metiendo ropa +blanca en un mundo y suspendió la tarea. + +--De modo que...--Que tiene usted que buscar padrinos. + +A Frígilis le había disgustado que don Víctor, sin consultar con él, +hubiese llamado a Ronzal. Quintanar creía en la energía del diputado por +Pernueces y sabía que no estimaba a don Álvaro. Según el ex-magistrado, +era un buen padrino. Error, según Frígilis. + +Lo peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar. + +«¡Ni un día se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra es pública, que la +reparación lo sea, y además terrible y rápida». + +«Pero si tienes fiebre, si estás malo...». + +«No importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me +levanto y busco yo mismo otros padrinos». + +No hubo más remedio. Mesía, a regañadientes, y ocultando el pavor como +podía, buscó sus dos padrinos. + +Se convino que el duelo fuese a sable. Pero no parecían sables útiles. +Además, surgieron dificultades sobre ciertos pormenores. Y así pasó un +día. + +Al siguiente por la mañana se acordó que se batieran a pistola. + +Don Víctor formó entonces su plan. Se alegró de que fuese el duelo a +pistola. + +Pero tampoco parecían pistolas de desafío. + +Y pasó otro día. Don Víctor se levantó al siguiente después de pasar +setenta horas en la cama, con fiebre un día entero, impaciente a ratos, +angustiado otros, y siempre disimulando en presencia de Ana, que le +cuidaba solícita. + +Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedió a la +calentura vinieron accesos de melancolía, y meditaciones +filosófico-religiosas. Don Víctor sintió que el ánimo aflojaba, no por +amor a la vida propia, que no creía en gran peligro ante don Álvaro, +sino por miedo a los remordimientos. Cuando supo lo de las pistolas, +resolvió no matar a su contrario. «Le dejaría cojo. Tiraría a las +piernas. El otro no era probable que le hiriese a él tirando a veinte +pasos; tendría que ser por una casualidad». + +Sin que Ana sospechase nada, porque Mesía había cumplido su palabra, +dada a Frígilis, de despedirse por escrito para un viaje electoral, +urgentísimo y breve; sin que Ana sospechase por lo menos que se trataba +de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, salió de casa don +Víctor por la puerta del parque acompañado de Frígilis, a la hora en que +solían ir de caza. + +En la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La mañana estaba fría +y la helada sobre la hierba imitaba una somera nevada. + +En la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de él estaba +Benítez, el médico de Ana. Al verle don Víctor palideció, pero en nada +más se pudo notar su emoción. + +Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero. +Se apearon, y rodeando la quinta del Marqués, entraron en el bosque de +robles donde meses antes don Víctor había buscado a su mujer ayudado del +Magistral. «¡Cuántas cosas se explicaba ahora que no había comprendido +entonces!». No importaba; la verdad era que del furor que en su corazón +había hecho estragos después de la visita nocturna de don Fermín, ya no +quedaban más que restos apagados: ya no aborrecía a don Álvaro, ya no se +figuraba imposible la vida mientras no muriese aquel hombre: la +filosofía y la religión triunfaban en el ánimo de don Víctor. Estaba +decidido a no matar. + +Llegaron a lo más alto del bosque; allí había una meseta, y en un claro +sitio suficiente para medir más de treinta pasos. Las últimas +condiciones del duelo eran estas: veinticinco pasos, pudiendo avanzar +cinco cada cual. Valía apuntar en los intervalos de las palmadas que +habían de ser muy breves. Lo cierto era que Fulgosio, el coronel, nunca +había presenciado un duelo a pistola, aunque él aseguraba haber asistido +a muchos, y Ronzal y Bedoya en su vida habían intervenido en semejantes +negocios. Frígilis sólo había visto el duelo frustrado de Mesía. +Aquellas condiciones las había copiado el coronel de una novela francesa +que le había prestado Bedoya. Lo único original allí era que Fulgosio +juraba que su honor de soldado no le permitía autorizar un simulacro de +desafío, y que el duelo a pistola y a tal distancia y a la voz de mando +sin apuntar y entre dos _primerizos_, pues primerizo era también Mesía a +pistola, sería la carabina de Ambrosio. + +Bedoya pensó que don Víctor era buen tirador, pero no se atrevió a +presentar objeciones a su colega. La parte contraria tampoco tuvo nada +que decir. + +Cuando llegaron a la meseta, lugar del duelo, don Víctor y los suyos +encontraron solo el terreno. Quince minutos después aparecieron entre +los árboles desnudos don Álvaro y sus padrinos, más el señor don +Robustiano Somoza. Mesía estaba hermoso con su palidez mate, y su traje +negro cerrado, elegante y pulquérrimo. + +A don Víctor se le saltaron las lágrimas al ver a su enemigo. En aquel +instante hubiera gritado de buena gana: ¡perdono! ¡perdono!... como +Jesús en la cruz. Quintanar no tenía miedo, pero desfallecía de +tristeza; «¡qué amarga era la ironía de la suerte! ¡Él, él iba a +disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera hecho feliz a Anita, si diez +años antes la hubiera enamorado! ¡Y él... él, Quintanar, estaría a estas +horas tranquilo en el Tribunal Supremo o en La Almunia de don Godino!... +Todo aquello de matarse era absurdo.... Pero no había remedio. La prueba +era que ya le llamaban, ya le ponían la pistola fría en la mano...». + +Frígilis, sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de que +Mesía tuviera valor para disparar y, por casualidad también, herir a +Víctor, Frígilis apretó la mano a Quintanar al dejarle en su puesto de +honor. + +Y se separaron testigos y médicos a buena distancia, porque todos temían +una _bala perdida_. Don Álvaro pensó en Dios sin querer. Esta idea +aumentó su pavor; recordó que aquella piedad sólo le acudía en las +enfermedades graves, en la soledad de su lecho de solterón.... + +Frígilis estaba asustado del valor de aquel hombre. + +Mesía mismo se explicaba mal cómo había llegado hasta allí. + +Pensando en esto, y mientras apuntaba a don Víctor, sin verle, sin ver +nada, sin fuerza para apretar el gatillo, oyó tres palmadas rápidas y en +seguida una detonación. La bala de Quintanar quemó el pantalón ajustado +del petimetre. + +Mesía sintió de repente una fuerza extraña en el corazón; era robusto, +la sangre bulló dentro con energía. El instinto de conservación despertó +con ímpetu. «Había que defenderse. Si el otro volvía a disparar iba a +matarle; ¡era don Víctor, el gran cazador!». + +Mesía avanzó cinco pasos y apuntó. En aquel instante se sintió tan bravo +como cualquiera. ¡Era la corazonada! El pulso estaba firme; creía tener +la cabeza de don Víctor apoyada en la boca de su pistola; suavemente +oprimió el gatillo frío y... creyó que se le había escapado el tiro. +«No, no había sido él quien había disparado, había sido la +_corazonada_». + +Ello era que don Víctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba cubierta +de escarcha, y mordía la tierra. + +La bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba llena. + +Esto lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva del Vivero, +adonde se trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado. +Yacía don Víctor en la misma cama donde meses antes había dormido con el +dulce sueño de los niños. + +Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que tenía lágrimas +heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de +remordimientos. Bedoya había acompañado a Mesía, que pocas horas después +tomaba el tren de Madrid, tres días más tarde de lo que Frígilis había +pensado. + +Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y +triste, esperaba órdenes en la habitación contigua a la del moribundo. +Vio salir a Frígilis que enseñaba los puños al cielo, creyéndose solo. + +--¿Qué hay, señor? ¿Cómo está ese bendito del Señor?... + +Frígilis miró a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo +mismo dijo: + +--La vejiga llena.... La peritonitis de... no sé quién.... Eso dicen +ellos. + +--¿La qué, señor? + +--Nada... ¡que se muere de fijo! + +Y Frígilis entró en un gabinete, que estaba a obscuras para llorar a +solas. + +Poco después Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrás a Somoza el +médico. + +--¿Y trasladarle a Vetusta?...--decía el militar. + +--¡Imposible! ¡Ni soñarlo! ¿Y para qué? Morirá esta tarde de fijo. + +Somoza solía equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos. + +Esta vez se equivocó dándole a don Víctor más tiempo de vida del que le +otorgó la bala de don Álvaro. + +Murió Quintanar a las once de la mañana. + + * * * * * + +El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa rara! + +Las nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus humores en Marzo y +en Abril. Los vetustenses salían a la calle como el cuervo de Noé pudo +salir del arca, y todos se explicaban que no hubiera vuelto. Después de +dos meses pasados debajo del agua, ¡era tan dulce ver el cielo azul, +respirar aire y pasearse por prados verdes cubiertos de belloritas que +parecen chispas del sol! + +Toda Vetusta paseaba. Pero Frígilis no pudo conseguir que Ana pusiera el +pie en la calle. + +--Pero, hija mía, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha dicho +Benítez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios no se +callarán mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el sol... +vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable... tenga usted caridad... +consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer si usted quiere; ¡está +el paseo grande tan hermoso a tales horas! O si no al obscurecer, a +tomar el fresco, por una carretera.... Por Dios, hija, va usted a +enfermar otra vez. + +--No, no salgo...--y Ana movía la cabeza como los ciegos--. Por Dios, +don Tomás, no me atormenten, no me atormenten con ese empeño.... Ya +saldré más adelante... no sé cuándo. Ahora me horroriza la idea de la +calle.... ¡Oh, no, por Dios... no! por Dios me dejen. + +Y juntaba las manos y se exaltaba; y Frígilis tenía que callar. + +Ocho días había estado Ana entre la vida y la muerte, un mes entero en +el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente, padeciendo +ataques nerviosos de formas extrañas, que a ella misma le parecían +enfermedades nuevas cada vez. + +Frígilis había dicho a la Regenta que Quintanar estaba herido allá en +las marismas de Palomares, que se le había disparado la escopeta y.... +Pero Ana, espantada, adivinando la verdad, había exigido que se la +llevase a las marismas de Palomares inmediatamente.... + +--«No podía ser, no había tren hasta el día siguiente...». + +--«Pues un coche, un coche.... Se me engaña; si eso fuera cierto, usted +estaría al lado de Víctor...». + +Frígilis explicó su presencia lo menos mal que pudo. + +Las mentiras piadosas fueron inútiles; Ana se dispuso a salir sola, a +correr en busca de su Víctor.... Hubo que decirle una verdad; la muerte +de su esposo. Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cayó sin sentido +y despertó en el lecho. Dos días creyó Frígilis tenerla engañada, +atribuyendo la desgracia a un accidente de la caza. Pero Ana creía la +verdad, no lo que le decían; la ausencia de Mesía y la muerte de Víctor +se lo explicaron todo. + +Y una tarde, a los tres días de la catástrofe, en ausencia de Frígilis, +Anselmo entregó a su ama una carta en que don Álvaro explicaba desde +Madrid su desaparición y su silencio. + +Cuando Crespo, al obscurecer, entró en la alcoba de Ana, la llamó en +vano dos, tres veces.... Pidió luz asustado y vio a su amiga como muerta, +supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de Mesía. + +Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a +la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos, +complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la +carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino; y +después de leer el papel asqueroso, lo arrugaba entre sus puños de +labrador y decía con voz ronca: + +--¡Idiota! ¡infame! ¡grosero! ¡idiota! Don Álvaro en aquel papel que +olía a mujerzuela, hablaba con frases románticas e incorrectas de su +crimen, de la muerte de Quintanar, de la _ceguera de la pasión_. «Había +huido porque...». + +--¡Porque tuviste miedo a la justicia, y a mí también, cobarde!--se dijo +Frígilis. + +«Había huido porque el remordimiento le arrastró lejos de _ella_... Pero +que el amor le mandaba volver. ¿Volvía? ¿Creía Ana que debía volver? ¿O +que debían juntarse en otra parte, en Madrid por ejemplo?». Todo era +falso, frío, necio, en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de +amar de veras a los demás, y no menos inepto para saber ser digno en las +circunstancias en que la suerte y sus crímenes le habían puesto. + +Ana, que no había podido terminar la lectura de la carta, que había +caído sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos renglones +fangosos la confirmación terminante de sus sospechas, no pudo por +entonces pensar en la pequeñez de aquel espíritu miserable que albergaba +el cuerpo gallardo que ella había creído amar de veras, del que sus +sentidos habían estado realmente enamorados a su modo. No, en esto no +pensó la Regenta hasta mucho más tarde. + +En el delirio de la enfermedad grave y larga que Benítez combatió +desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento +mezclado con los disparates plásticos de la fiebre. + +Otra vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el pánico de la locura, la +horrorosa aprensión de perder el juicio y conocerlo ella; y otra vez +este terror superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y seguir +las prescripciones de aquel médico frío, siempre fiel, siempre atento, +siempre inteligente. + +Días enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar; pero +esto fue al principio de la mejoría; cuando el cuerpo débil volvió a +sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un náufrago cansado +de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga. + +Con el alimento y la nueva fuerza reapareció el fantasma del crimen. +¡Oh, qué evidente era el mal! Ella estaba condenada. Esto era claro como +la luz. Pero a ratos, meditando, pensando en su delito, en su doble +delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al remordimiento, que era +una cosa sólida en la conciencia, un mal palpable, una desesperación +definida, evidente, se mezclaba, como una niebla que pasa delante de un +cuerpo, un vago terror más temible que el infierno, el terror de la +locura, la aprensión de perder el juicio; Ana dejaba de ver tan claro su +crimen; no sabía quién, discutía dentro de ella, inventaba sofismas sin +contestación, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hacían +dudar de todo, de que hubiera justicia, crímenes, piedad, Dios, lógica, +alma.... Ana. «No, no hay nada, decía aquel tormento del cerebro; no hay +más que un juego de dolores, un choque de contrasentidos que pueden +hacer que padezcas infinitamente; no hay razón para que tenga límites +esta tortura del espíritu, que duda de todo, de sí mismo también, pero +no del dolor que es lo único que llega al que dentro de ti siente, que +no se sabe cómo es ni lo que es, pero que padece, pues padeces». + +Estas logomaquias de la voz interior, para la enferma eran claras, +porque no hablaba así en sus adentros sino en vista de lo que +experimentaba; todo esto lo pensaba porque lo observaba dentro de sí: +llegaba a no creer más que en su dolor. + +Y era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los +pies, volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la +evidencia de la vida, de la lógica, del orden y la consistencia del +mundo; aunque fuera para volver a encontrar el recuerdo de un adulterio +infame y de un marido burlado, herido por la bala de un miserable +cobarde que huía de un muerto y no había huido del crimen. + +Y este mismo placer, esta complacencia egoísta, que ella no podía +evitar, que la sentía aun repugnándole sentirla, era nuevo +remordimiento. + +Se sorprendía sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en ella +la lógica regularmente y creía en las leyes morales y se veía criminal, +claramente criminal, según principios que su razón acataba. Esto era +horrible, pero al fin era vivir en tierra firme, no sobre la masa +enferma movediza de disparates del capricho intelectual, no en una +especie de _terremoto_ interior que era lo peor que podía traer la +sensación al cerebro. + +Ana explicó todo esto a Benítez como pudo, eludiendo el referirse a sus +remordimientos. + +Pero él comprendió lo que decía y lo que callaba y declaró que el +principal deber por entonces era librarse del peligro de la muerte. + +--¿Quiere usted un suicidio?--¡Oh, no, eso no!--Pues si no hemos de +suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del cuerpo exige +otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted señora cree +que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y +aborreciendo lo que no debió haber sido.... Todo esto sería muy bueno si +usted tuviera fuerzas para soportar ese teje maneje del pensamiento. No +las tiene usted. Olvido, paz, silencio interior, conversación con el +mundo, con la primavera que empieza y que viene a ayudarnos a vivir.... +Yo le prometo a usted que el día en que la vea fuera de todo cuidado, +sana y salva, le diré, si usted quiere: Anita, ahora ya tiene usted +bastante salud para empezar a darse tormento a sí misma. + +Y Frígilis hablaba en el mismo sentido. + +Y nadie más hablaba, porque Anselmo apenas sabía hablar, Servanda iba y +venía como una estatua de movimiento... y los demás vetustenses no +entraban en el caserón de los Ozores después de la muerte de don Víctor. + +No entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a +otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos +vetustenses el íntimo placer que les causaba _aquel gran escándalo que +era como una novela_, algo que interrumpía la monotonía eterna de la +ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido. +¡Era un escándalo! ¡Un adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un +ex-regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En +Vetusta, ni aun en los días de revolución había habido tiros. No había +costado a nadie un cartucho la conquista de los derechos inalienables +del hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la _Regenta_, +rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y +precavido. «Ya se sabía que muchas damas principales de la Encimada y de +la Colonia engañaban o habían engañado o estaban a punto de engañar a su +respectivo esposo, ¡pero no a tiros!». La envidia que hasta allí se +había disfrazado de admiración, salió a la calle con toda la amarillez +de sus carnes. Y resultó que envidiaban en secreto la hermosura y la +fama de virtuosa de la Regenta no sólo Visitación Olías de Cuervo y +Obdulia Fandiño y la baronesa de la _Deuda Flotante_, sino también la +Gobernadora, y la de Páez y la señora de Carraspique y la de Rianzares o +sea el Gran Constantino, y las criadas de la Marquesa y toda la +aristocracia, y toda la clase media y hasta las mujeres del pueblo... y +¡quién lo dijera! la Marquesa misma, aquella doña Rufina tan liberal que +con tanta magnanimidad se absolvía a sí misma de las _ligerezas_ de la +juventud... ¡y otras! + +Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la +envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas +mujeres. Glocester en el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de +escándalo, de hipocresía, de perversión, de extravíos babilónicos; y en +el Casino, Ronzal. Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos sobre +la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro paredes. + +Obdulia Fandiño, pocas horas después de saberse en el pueblo la +catástrofe, había salido a la calle con su sombrero más grande y su +vestido más apretado a las piernas y sus faldas más crujientes, a tomar +el aire de la maledicencia, a olfatear el escándalo, a saborear el dejo +del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina que lamían +todos, disimulando el placer de aquella dulzura pegajosa. + +«¿Ven ustedes? decían las miradas triunfantes de la Fandiño. Todas somos +iguales». + +Y sus labios decían:--¡Pobre Ana! ¡Perdida sin remedio! ¿Con qué cara +se ha de presentar en público? ¡Como era tan romántica! Hasta una +cosa... como esa, tuvo que salirle a ella así... a cañonazos, para que +se enterase todo el mundo. + +--¿Se acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo?--preguntaba el barón. + +--Sí, comparen ustedes.... ¡Quién lo diría!... + +--Yo lo diría--exclamaba la Marquesa--. A mí ya me dio mala espina +aquella desfachatez... aquello de ir enseñando los pies descalzos... +_malorum signum_. + +--Sí, _malorum signum_--repetía la baronesa, como si dijera: _et cum +spiritu tuo_. + +--¡Y sobre todo el escándalo!--añadía doña Rufina indignada, después de +una pausa. + +--¡El escándalo!--repetía el coro. + +--¡La imprudencia, la torpeza!--¡Eso! ¡Eso!--¡Pobre don Víctor!--Sí, +pobre, y Dios le haya perdonado... pero él, merecido se lo tenía. + +--Merecidísimo.--Miren ustedes que aquella amistad tan íntima.... + +--Era escandalosa.--Aquello era...--¡Nauseabundo! Esto lo dijo el +Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea todos sus hijos ilegítimos. + +Obdulia asistía a tales conversaciones como a un triunfo de su fama. +Ella no había dado nunca escándalos por el estilo. Toda Vetusta sabía +quién era Obdulia... pero ella no había dado ningún escándalo. + +Sí, sí, el escándalo era lo peor, aquel duelo funesto también era una +complicación. Mesía había huido y vivía en Madrid.... Ya se hablaba de +sus amores _reanudados_ con la _Ministra_ de Palomares.... Vetusta había +perdido dos de sus personajes más importantes... por culpa de Ana y su +torpeza. + +Y se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue a +verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le había pasado por +las mientes recoger aquella herencia de Mesía. + +La fórmula de aquel rompimiento, de aquel cordón sanitario fue esta: + +--¡Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la _hija de la +bailarina italiana_! + +El honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de la +Barcaza. + +Si Ripamilán hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado aquel +acuerdo cruel del _gran mundo_. Pero el pobre don Cayetano había caído +en su lecho para no levantarse. Allí vivió, siempre contento, dos años +más. + +Acabó su peregrinación en la tierra cantando y recitando versos de +Villegas. + +La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como se +había prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba muy +mala, y los más caritativos se contentaron con preguntar a los criados y +a Benítez cómo iba la enferma, a quien solían llamar _esa desgraciada_. + +Ana prefería aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se hubiera +adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente, volvió a +pensar en el mundo que la rodeaba, en los años futuros, sintió el hielo +ambiente y saboreó la amargura de aquella maldad universal. «¡Todos la +abandonaban! Lo merecía, pero... de todas maneras ¡qué malvados eran +todos aquellos vetustenses que ella había despreciado siempre, hasta +cuando la adulaban y mimaban!». + +La viuda de Quintanar resolvió seguir hasta donde pudiera los consejos +de Benítez. Pensaba lo menos posible en sus remordimientos, en su +soledad, en el porvenir triste, monótono en su negrura. + +En cuanto se lo permitió la fortaleza del cuerpo redivivo trabajó en +obras de aguja, y se empeñó, con voluntad de hierro, en encontrarle +gracia al punto de crochet y al de media. + +Aborrecía los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la llevaba +a pensar en sus desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo +conseguía. Entonces se le figuraba que lo mejor de su alma se dormía, +mientras quedaba en ella despierto el espíritu suficiente para ser tan +mujer como tantas otras. + +Llegó a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el +patio, sentado en cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin +hacer más que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo, tal +vez lo mejor. Por allí debía de irse a la muerte.... Y Ana iba sin miedo. +El morir no la asustaba, lo que quería era morir sin desvanecerse en +aquellas locuras de la debilidad de su cerebro.... + +Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le +preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda: + +--¿Está usted contento? + +Y con otra sonrisa fría, triste, contestaba el médico: + +--Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente.... + +Pero cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía: + +--No me gusta Ana...--Pues yo la veo muy tranquila a ratos.... + +--Sí, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a distraerse. + +Y Frígilis se propuso conseguir que se distrajera. + +Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel Mayo +risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta. + +Pero como no consiguió nada, como Anita le pedía con las manos en cruz +que la dejasen en paz, tranquila en su caserón, Crespo resolvió divertir +a su pobre amiga en su misma casa. + +«¡Si él pudiera hacer que se aficionara a los árboles y a las flores!». + +Por ensayar nada se perdía. Ensayó. + +Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente, +y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas. Frígilis +llegó a entusiasmarse, y una tarde contó la historia de su gran triunfo, +la aclimatación del Eucaliptus globulus en la región vetustense. + +Durante la enfermedad de su amiga, don Tomás Crespo, desconfiando del +celo de Anselmo y de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instaló +en el caserón de los Ozores. Trasladó su lecho de la posada en que vivía +desde el año sesenta, a los bajos del caserón. El tocador y la alcoba de +Ana estaban encima del cuarto que escogió Frígilis. Allí, con el menor +aparato posible, sin molestar a nadie se instaló para velar a la Regenta +y acudir al menor peligro. + +Comía y cenaba en la posada, pero dormía en el caserón. + +Esto no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quejó un día de +aquella soledad. Confesó que de noche tenía a veces miedo. Y poniéndose +como un tomate el buen Frígilis advirtió tímidamente que hacía más de +mes y medio él se había tomado la libertad de venirse a dormir debajo de +la Regenta. Los criados tenían orden de no decírselo a la señora. + +Desde que esto supo Ana se creyó menos sola en sus noches tristes. Roto +el secreto, Frígilis tosía fuerte abajo a propósito, para que le oyera +Ana, como diciendo: «No temas, estoy yo aquí». + +Pero como la malicia lo sabe todo, también supo esto Vetusta. Se dijo +que Frígilis se había metido a vivir de pupilo en casa de la Regenta, en +el caserón nobilísimo de los Ozores. + +Y decían unos:--Será una obra de caridad. La pobre estará mal de +recursos y con la ayuda de Frígilis... podrá ir tirando. + +Y el _gran mundo_ echaba por los dedos la cuenta de lo que le habría +quedado a Anita. «No debía de haberle quedado nada». + +--Ella rentas no las tiene.--Las de su marido, las de don Víctor allá +en Aragón no le pertenecen. + +--La viudedad no la habrá pedido.... + +--¡Sería ignominioso!... + +--¡Ya lo creo! ¡Reclamar la viudedad... ella... causa de la muerte del +digno magistrado! + +--Sería indigno. + +--Indigno. + +--Y ya no está bien que viva en el caserón de los Ozores. + +--Claro, porque aunque se lo regaló su esposo, según dicen, él fue quien +se lo compró a las tías de Ana, y no con bienes gananciales, sino +vendiendo tierras en la Almunia. + +--Sea como sea, ella no debía vivir en esa casa. + +--De modo que no se sabe de qué vive. + +--Vivirá de eso. De mantener en su casa a Frígilis, que pagará bien. + +--Eso sí, porque él es un chiflado, que no tiene escrúpulos... pero es +bueno. + +--Bueno... relativamente--decía el Marqués que con la gota que le +empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un humor negro +como un carbón. + +Y recordando aquel gerundio que tanto efecto había hecho en otra +ocasión, resumía diciendo: + +--De todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la +viuda infiel de su mejor amigo es... ¡es nauseabundo! + +Y nadie se atrevía a negarlo. + +Todos aquellos escrúpulos que tenía la tertulia de los Vegallana, habían +atormentado también a la Regenta. En cuanto se sintió bastante fuerte +para salir a la huerta, se atrevió a decir a Frígilis lo que la +atormentaba tiempo atrás. + +--Yo... quisiera salir de esta casa.... Esta casa... en rigor... no es +mía.... Es de los herederos de Víctor, de su hermana doña Paquita, que +tiene hijos... y.... + +Frígilis se puso furioso. ¡Cómo se entiende! Todo lo había arreglado él +ya. Había escrito a Zaragoza y la doña Paquita se había contentado con +lo de la Almunia. «Bastante era. El caserón era de Ana legalmente y +moralmente». + +Ana cedió porque no tenía ya energía para contrariar una voluntad +fuerte. + +Con más ahínco se negó a firmar los documentos que Frígilis le presentó, +cuando se propuso pedir la viudedad que correspondía a la Regenta. + +--¡Eso no, eso no, don Tomás; primero morir de hambre! + +Y en efecto, sí, el hambre, una pobreza triste y molesta amenazaba a la +viuda si no solicitaba sus derechos pasivos. + +Ana dijo que prefería reclamar la orfandad que le pertenecía como hija +de militar. + +--Échele usted un galgo.... Si eso no valdrá nada.... Y no sé si +podríamos.... + +Y Frígilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsificó la firma de +Ana, y después de algunos meses le presentó la primera paga de viuda. + +Y era tal la necesidad; tan imposible que por otro camino tuviera ella +lo suficiente para vivir, que la Regenta, después de llorar y rehusar +cien veces, aceptó el dinero triste de la viudez y en adelante firmó +ella los documentos. + +Benítez y Frígilis veían en esto síntomas tristes. «Aquella voluntad se +moría, pensaba Crespo; en otro tiempo Ana hubiera preferido pedir +limosna.... Ahora cede... por no luchar». + +Y se le caían las lágrimas. + +«Si yo fuera rico... pero es uno tan pobre...». + +«Y, añadía, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos no es vergonzoso... +a ella se lo parece... pero no lo es.... Ese dinero es suyo». + +Así vivía Ana. Benítez desde que desapareció el peligro inminente, +visitó menos a la viuda. + +Servanda y Anselmo eran fieles, tal vez tenían cariño al ama, pero eran +incapaces de mostrarlo. Obedecían y servían como sombras. Le hacía más +compañía el gato que ellos. + +Frígilis era el amigo constante, el compañero de sus tristezas. + +Hablaba poco. Pero a ella la consolaba el pensar: «está Crespo ahí». + +Paso a paso volvía la salud a enseñorearse del cuerpo siempre hermoso de +Ana Ozores. + +Y con algo de remordimiento de conciencia, sentía de nuevo apego a la +vida, deseo de actividad. Llegó un día en que ya no le bastó vegetar al +lado de Frígilis, viéndole sembrar y plantar en la huerta y oyendo sus +apologías del Eucaliptus. + +Se había prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle una +cárcel demasiado estrecha. + +Una mañana despertó pensando que aquel año _no había cumplido_ con la +Iglesia. Además ya podía salir de su caserón triste para ir a misa. Sí, +iría a misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la +capilla de la Victoria que estaba allí cerca. + +Y también iría a confesar. + +Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en +aquellas _grandes cosas_ que la volvían loca, Anita Ozores volvió a las +prácticas religiosas, jurándose a sí misma no dejarse vencer ya jamás +por aquel _misticismo falso_ que era su vergüenza. «La visión de Dios.... +Santa Teresa.... Todo aquello había pasado para no volver.... Ya no le +atormentaba el terror del infierno, aunque se creía perdida por su +pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que +en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino». + +Ahora nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad +mecánica, aquel rezar y oír misa como las demás le parecía bien, le +parecía la religión compatible con el marasmo de su alma. Y además, sin +darse cuenta de ello, la _religión vulgar_ (que así la llamaba para sus +adentros), le daba un pretexto para faltar a su promesa de no salir +jamás de casa. + +Llegó Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y +caliente, Ana salió del caserón de los Ozores y con el velo tupido sobre +el rostro, toda de negro, entró en la catedral solitaria y silenciosa. +Ya había terminado el coro. + +Algunos canónigos y beneficiados ocupaban sus respectivos confesonarios +esparcidos por las capillas laterales y en los intercolumnios del +ábside, en el trasaltar. + +¡Cuánto tiempo hacía que ella no entraba allí! + +Como quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de ternura en los +ojos. ¡Pero qué triste era lo que la decía el templo hablando con +bóvedas, pilares, cristalerías, naves, capillas... hablando con todo lo +que contenía a los recuerdos de la Regenta!... + +Aquel olor singular de la catedral, que no se parecía a ningún otro, +olor fresco y de una voluptuosidad íntima, le llegaba al alma, le +parecía música sorda que penetraba en el corazón sin pasar por los +oídos. + +«¡Ay si renaciera la fe! ¡Si ella pudiese llorar como una Magdalena a +los pies de Jesús!». + +Y por la vez primera, después de tanto tiempo, sintió dentro de la +cabeza aquel estallido que le parecía siempre voz sobrenatural, sintió +en sus entrañas aquella ascensión de la ternura que subía hasta la +garganta y producía un amago de estrangulación deliciosa.... Salieron +lágrimas a los ojos, y sin pensar más, Ana entró en la capilla obscura +donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del amor de +las almas. + +«¿Quién la había traído allí? No lo sabía. Iba a confesar con +cualquiera y sin saber cómo se encontraba a dos pasos del confesonario +de aquel hermano mayor del alma, a quien había calumniado el mundo por +culpa de ella y a quien ella misma, aconsejada por los sofismas de la +pasión grosera que la había tenido ciega, había calumniado también +pensando que aquel cariño del sacerdote era amor brutal, amor como el de +Álvaro, el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no había +comprendido por culpa de la propia torpeza». + +«Volver a aquella amistad ¿era un sueño? El impulso que la había +arrojado dentro de la capilla ¿era voz de lo alto o capricho del +histerismo, de aquella maldita enfermedad que a veces era lo más íntimo +de su deseo y de su pensamiento, ella misma?». Ana pidió de todo corazón +a Dios, a quien claramente creía ver en tal instante, le pidió que fuera +voz Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien +tanto tiempo había creído y no el solicitante lascivo que le había +pintado Mesía el infame. Ana oró, con fervor, como en los días de su +piedad exaltada; creyó posible volver a la fe y al amor de Dios y de la +vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que +el infierno; creyó salvarse cogida a aquella tabla de aquel cajón +sagrado que tantos sueños y dolores suyos sabía.... + +La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y +misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro +anémico de aquel Jesús del altar, siempre triste y pálido, que tenía +concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que reflejaban una +idea inmóvil, eterna.... Cuatro o cinco bultos negros llenaban la +capilla. En el confesonario sonaba el cuchicheo de una beata como rumor +de moscas en verano vagando por el aire. + +El Magistral estaba en su sitio. Al entrar la Regenta en la capilla, la +reconoció a pesar del manto. Oía distraído la cháchara de la penitente; +miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel perfil conocido y +amado, se había presentado como en un sueño. El talle, el contorno de +toda la figura, la genuflexión ante el altar, otras señales que sólo él +recordaba y reconocía, le gritaron como una explosión en el cerebro: + +--¡Es Ana! La beata de la celosía continuaba el rum rum de sus pecados. +El Magistral no la oía, oía los rugidos de su pasión que vociferaban +dentro. + +Cuando calló la beata volvió a la realidad el clérigo, y como una +máquina de echar bendiciones desató las culpas de la devota, y con la +misma mano hizo señas a otra para que se acercase a la celosía vacante. + +Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de +tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de +Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la +penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada, +no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno.... +Quería llorar allí, donde había llorado tantas veces, unas con amargura, +otras sonriendo de placer entre las lágrimas; quería encontrar al +Magistral de aquellos días en que ella le juzgaba emisario de Dios, +quería fe, quería caridad... y después el castigo de sus pecados, si más +castigo merecía que aquella obscuridad y aquel sopor del alma.... + +El confesonario crujía de cuando en cuando, como si le rechinaran los +huesos. + +El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata.... La +capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos +absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin +quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor +dentro del confesonario. + +Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche. + +Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la seña que la llamase a la +celosía.... + +Pero el confesonario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la +madera. + +Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de +cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una +escena trágica inminente. + +Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño.... + +Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba.... + +La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso +que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar un paso hacia +el confesonario. + +Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una +figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, +unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del Jesús +del altar.... + +El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta, +que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso +gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta la +boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el +terror le decía que iba a asesinarla. + +El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre el vientre. No podía +hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo, volvió a extender los +brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después clavándose las +uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y +con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando estuvo en el +trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no +tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar +siquiera. + +Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol +blanco y negro; cayó sin sentido. + +La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se +iban juntando y dejaban el templo en tinieblas. + +Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y +sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del +manojo sonaban chocando. + +Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito. + +Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el +rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en +la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor +que otras veces.... + +Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, +como un suspiro. + +Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada. + +Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de +su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, +inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios. + +Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba +náuseas. + +Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo. + +FIN DE LA NOVELA + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA *** + +***** This file should be named 17073-8.txt or 17073-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/7/0/7/17073/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +https://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/17073-8.zip b/17073-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..f68e0e1 --- /dev/null +++ b/17073-8.zip diff --git a/17073-h.zip b/17073-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..26c9dba --- /dev/null +++ b/17073-h.zip diff --git a/17073-h/17073-h.htm b/17073-h/17073-h.htm new file mode 100644 index 0000000..4d67c91 --- /dev/null +++ b/17073-h/17073-h.htm @@ -0,0 +1,44124 @@ +<?xml version="1.0" encoding="iso-8859-1"?> + +<!DOCTYPE html + PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd" > + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> + <head> + <title> + The Project Gutenberg eBook of La Regenta Tomo I, por Leopoldo Alas + «Clarín». + </title> + <style type="text/css" xml:space="preserve"> + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + } + h1,h2,h3,h4,h5,h6 { + text-align: center; /* all headings centered */ + clear: both; + } + hr { width: 33%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; + } + P {text-indent: 2% } + P.noindent {text-indent: 0% } + a:link {color: blue; text-decoration: none; } + link {color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {color: red } + table {margin-left: auto; margin-right: auto;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%;} + </style> + </head> + <body> +<pre xml:space="preserve"> +The Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La Regenta + +Author: Leopoldo Alas + +Release Date: November 16, 2005 [EBook #17073] +Last Updated: May 7, 2018 + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + +</pre> + <h1> + La Regenta + </h1> + <h3> + por + </h3> + <h1> + Leopoldo Alas «Clarín» + </h1> + <h3> + Librería de Fernando Fé, Madrid + </h3> + <h3> + 1900. + </h3> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + TOMO I + </h2> + <h3> + <a href="#Prologo">Prólogo</a> + </h3> + <table summary="capitulos"> + <tbody> + <tr> + <td> + <a href="#tomo_I"><b>CAPÍTULOS:</b></a> <a href="#Imdash"><b>I,</b></a> + <a href="#IImdash"><b>II,</b></a> <a href="#IIImdash"><b>III,</b></a> + <a href="#IVmdash"><b>IV,</b></a> <a href="#Vmdash"><b>V,</b></a> <a + href="#VImdash"><b>VI,</b></a> <a href="#VIImdash"><b>VII,</b></a> + <a href="#VIIImdash"><b>VIII,</b></a> <a href="#IXmdash"><b>IX,</b></a> + <a href="#Xmdash"><b>X,</b></a> <a href="#XImdash"><b>XI,</b></a> <a + href="#XIImdash"><b>XII,</b></a> <a href="#XIIImdash"><b>XIII,</b></a> + <a href="#XIVmdash"><b>XIV,</b></a> <a href="#XVmdash"><b>XV</b></a><br /> + </td> + </tr> + </tbody> + </table> + <h2> + TOMO II + </h2> + <table summary="capitulos"> + <tbody> + <tr> + <td> + <a href="#tomo_II"><b>CAPÍTULOS:</b></a> <a href="#XVImdash"><b>XVI,</b></a> + <a href="#XVIImdash"><b>XVII,</b></a> <a href="#XVIIImdash"><b>XVIII,</b></a> + <a href="#XIXmdash"><b>XIX,</b></a> <a href="#XXmdash"><b>XX,</b></a> + <a href="#XXImdash"><b>XXI,</b></a> <a href="#XXIImdash"><b>XXII,</b></a> + <a href="#XXIIImdash"><b>XXIII,</b></a> <a href="#XXIVmdash"><b>XXIV,</b></a> + <a href="#XXVmdash"><b>XXV,</b></a> <a href="#XXVImdash"><b>XXVI,</b></a> + <a href="#XXVIImdash"><b>XXVII,</b></a> <a href="#XXVIIImdash"><b>XXVIII,</b></a> + <a href="#XXIXmdash"><b>XXIX,</b></a> <a href="#XXXmdash"><b>XXX</b></a><br /> + </td> + </tr> + </tbody> + </table> + <hr style="width: 65%;" /> + <h1> + La Regenta + </h1> + <h3> + por + </h3> + <h1> + Leopoldo Alas «Clarín» + </h1> + <h3> + Librería de Fernando Fé, Madrid + </h3> + <h3> + 1900. + </h3> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="tomo_I" id="tomo_I"></a>TOMO I + </h2> + <table summary="capitulos"> + <tr> + <td> + <a href="#Prologo"><b>Prólogo</b></a><br /> <a href="#tomo_I"><b>CAPÍTULOS:</b></a> + <a href="#Imdash"><b>I,</b></a> <a href="#IImdash"><b>II,</b></a> <a + href="#IIImdash"><b>III,</b></a> <a href="#IVmdash"><b>IV,</b></a> <a + href="#Vmdash"><b>V,</b></a> <a href="#VImdash"><b>VI,</b></a> <a + href="#VIImdash"><b>VII,</b></a> <a href="#VIIImdash"><b>VIII,</b></a> + <a href="#IXmdash"><b>IX,</b></a> <a href="#Xmdash"><b>X,</b></a> <a + href="#XImdash"><b>XI,</b></a> <a href="#XIImdash"><b>XII,</b></a> <a + href="#XIIImdash"><b>XIII,</b></a> <a href="#XIVmdash"><b>XIV,</b></a> + <a href="#XVmdash"><b>XV</b></a><br /> <a + href="#tomo_II"><b>PASAR AL TOMO II</b></a> + </td> + </tr> + </table> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="Prologo" id="Prologo"></a>Prólogo + </h2> + <p> + Creo que fue Wieland quien dijo <i>que los pensamientos de los hombres + valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el + género humano</i>. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso + y consolador. Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos + de este mundo al otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción + en que valemos más que aquí, y véase por qué, + cuando un cristiano el hábito de pasar fácilmente a mejor + vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen de los de por acá, + le cuesta no poco trabajo volver a este mundo. También digo que si + grata es la tarea de fabricar género humano recreándonos en + ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas que sean, a + las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo es más + intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar siempre en los + propios trae un desasosiego que amengua los placeres de lo que llamaremos + creación, por no tener mejor nombre que darle. + </p> + <p> + Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una + labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales + visitas en vez de amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo + se hacen o cómo se intenta su ejecución; es buscar y + sorprender las dificultades vencidas, los aciertos fáciles o + alcanzados con poderoso esfuerzo; es buscar y satisfacer uno de los pocos + placeres que hay en la vida, la admiración, a más de placer, + necesidad imperiosa en toda profesión u oficio, pues el admirar + entendiendo que es la respiración del arte, y el que no admira + corre el peligro de morir de asfixia. + </p> + <p> + El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo, con + desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la crítica + afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno, guardándonos + el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y tonterías. Se + ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los órdenes, + que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de creernos + un pueblo de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta crítica + pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negación de las + cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un + estado de temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por + miedo de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por + padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón + y que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos + agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son ilusorios, + no sería malo suspender la crítica negativa, dedicándonos + todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al + enfermo, diciéndole: «Tu debilidad no es más que + pereza, y tu anemia proviene del sedentarismo. Levántate y anda, tu + naturaleza es fuerte: el miedo la engaña, sugiriéndole la + desconfianza de sí misma, la idea errónea de que para nada + sirves ya, y de que vives muriendo». Convendría, pues, que + los censores disciplentes se callarán por algún tiempo, + dejando que alzasen la voz los que repartan el oxígeno, la alegría, + la admiración, los que alientan todo esfuerzo útil, toda + iniciativa fecunda, toda idea feliz, todo acierto artístico, o de + cualquier orden que sea. + </p> + <p> + Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación + especialísima de la raza española, las aplico a las cosas + literarias, pues en este terreno estamos más necesitados que en + otro alguno de prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, + declaro que muchas veces no he cogido el aparato de aereación (a + que impropiamente hemos venido dando el nombre de <i>incensario</i>) por + tener las manos aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo + quisiera. Pero a la primera ocasión de descanso, que felizmente + coincide con una dichosa oportunidad, la publicación de este libro, + salgo con mis alabanzas, gozoso de dárselas a un autor y a una obra + que siempre fueron de los más señalados en mis preferencias. + Así, cuando el editor de <i>La Regenta</i> me propuso escribir este + prólogo, no esperé a que me lo dijera dos veces, creyéndome + muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en letras de + molde la primera salida de una novela que hondamente me cautivó, + creía y creo deber mío celebrarla y enaltecerla como se + merece, en esta tercera salida, a la que seguirán otras, sin duda, + que la lleven a los extremos de la popularidad. + </p> + <p> + Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la + estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas + por su asunto, no se concreten a los días más o menos largos + de su aparición. Por desgracia nuestra, para que la obra poética + o narrativa alcance una longevidad siquiera decorosa no basta que en sí + tenga condiciones de salud y robustez; se necesita que a su buena complexión + se una la perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer + en obscuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten, + arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de + un público, no tan malo por escaso como por distraído. El público + responde siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y + tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan, + pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los + plantones <i>aguardando el paso del público</i>, si la Prensa diera + calor y verdadera vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de + limitarse a conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin + ton ni son a los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al + presente estado social y político la culpa de que nuestra Prensa + sea como es, y de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y + estados mejores no le infundan la devoción del Arte. Debemos, pues, + resignarnos al plantón, sentarnos todos en la parte del camino que + nos parezca menos incómoda, para esperar a que pase la Prensa, + despertadora de las muchedumbres en materias de arte; que al fin ella + pasará; no dudemos que pasará: todo es cuestión de + paciencia. En los tiempos que corren, esa preciosa virtud hace falta para + muchas cosas de la vida artística; sin ella la obra literaria corre + peligro de no nacer, o de arrastrar vida miserable después de un + penoso nacimiento. Seamos pues pacientes, sufridos, tenaces en la + esperanza, benévolos con nuestro tiempo y con la sociedad en que + vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos como vulgarmente + se cree y se dice, y de que no mejorarán por virtud de nuestras + declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su propio seno. + Y como esto del público y sus perezas o estímulos, aunque + pertinente al asunto de este prólogo, no es la principal materia de + él, basta con lo dicho, y entremos en <i>La Regenta</i>, donde hay + mucho que admirar, encanto de la imaginación por una parte, por + otra recreo del pensamiento. + </p> + <p> + Escribió Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andábamos + en aquella procesión del <i>Naturalismo</i>, marchando hacia el + templo del arte con menos pompa retórica de la que antes se usaba, + abandonadas las vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada + en los actos comunes de la vida. A muchos imponía miedo el tal + Naturalismo, creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y + humanas; en su mano veían un gran plumero con el cual se proponía + limpiar el techo de ideales, que a los ojos de él eran como telarañas, + y una escoba, con la cual había de barrer del suelo las virtudes, + los sentimientos puros y el lenguaje decente. Creían que el + Naturalismo substituía el Diccionario usual por otro formado con la + recopilación prolija de cuanto dicen en sus momentos de furor los + carreteros y verduleras, los chulos y golfos más desvergonzados. + Las personas crédulas y sencillas no ganan para sustos en los días + en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de una rara novedad y de + un peligro para el arte. Luego se vio que no era peligro ni sistema, ni + siquiera novedad, pues todo lo esencial del Naturalismo lo teníamos + en casa desde tiempos remotos, y antiguos y modernos conocían ya la + soberana ley de ajustar las ficciones del arte a la realidad de la + naturaleza y del alma, representando cosas y personas, caracteres y + lugares como Dios los ha hecho. Era tan sólo novedad la exaltación + del principio, y un cierto desprecio de los resortes imaginativos y de la + psicología espaciada y ensoñadora. + </p> + <p> + Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los españoles + en el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron + con toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseñanza los + noveladores ingleses y franceses. Nuestros contemporáneos + ciertamente no lo habían olvidado cuando vieron traspasar la + frontera el estandarte naturalista, que no significaba más que la + repatriación de una vieja idea; en los días mismos de esta + repatriación tan trompeteada, la pintura fiel de la vida era + practicada en España por Pereda y otros, y lo había sido + antes por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del + Naturalismo que acá volvía como una corriente circular + parecida al <i>gulf stream</i>, traía más calor y menos + delicadeza y gracia. El nuestro, la corriente inicial, encarnaba la + realidad en el cuerpo y rostro de un humorismo que era quizás la + forma más genial de nuestra raza. Al volver a casa la onda, venía + radicalmente desfigurada: en el paso por Albión habíanle + arrebatado la socarronería española, que fácilmente + convirtieron en <i>humour</i> inglés las manos hábiles de + Fielding, Dickens y Thackeray, y despojado de aquella característica + elemental, el naturalismo cambió de fisonomía en manos + francesas: lo que perdió en gracia y donosura, lo ganó en + fuerza analítica y en extensión, aplicándose a + estados psicológicos que no encajan fácilmente en la forma + picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos del + símil comercial) la mercancía que habíamos exportado, + y casi desconocíamos la sangre nuestra y el aliento del alma española + que aquel ser literario conservaba después de las alteraciones + ocasionadas por sus viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder + incontrastable, nos imponía una reforma de nuestra propia obra, sin + saber que era nuestra; aceptámosla nosotros restaurando el + Naturalismo y devolviéndole lo que le habían quitado, el + humorismo, y empleando este en las formas narrativa y descriptiva conforme + a la tradición cervantesca. + </p> + <p> + Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no podía tener + en Francia el eco que aquí tuvo la interpretación seca y + descarnada de las purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa + impone su ley en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y + las voces que aquí damos, por mucho que quieran elevarse, no salen + de la estrechez de esta pobre casa. Pero al fin, consolémonos de + nuestro aislamiento en el rincón occidental, reconociendo en + familia que nuestro arte de la naturalidad con su feliz concierto entre lo + serio y lo cómico responde mejor que el francés a la verdad + humana; que las crudezas descriptivas pierden toda repugnancia bajo la máscara + burlesca empleada por Quevedo, y que los profundos estudios psicológicos + pueden llegar a la mayor perfección con los granos de sal española + que escritores como D. Juan Valera saben poner hasta en las más + hondas disertaciones sobre cosa mística y ascética. + </p> + <p> + Para corroborar lo dicho, ningún ejemplo mejor que <i>La Regenta</i>, + muestra feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser + de su origen, empresa para <i>Clarín</i> muy fácil y que + hubo de realizar sin sentirlo, dejándose llevar de los impulsos + primordiales de su grande ingenio. Influido intensamente por la + irresistible fuerza de opinión literaria en favor de la sinceridad + narrativa y descriptiva, admitió estas ideas con entusiasmo y las + expuso disueltas en la inagotable vena de su graciosa picardía. + Picaresca es en cierto modo <i>La Regenta</i>, lo que no excluye de ella + la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la descripción acertada + de los más graves estados del alma humana. Y al propio tiempo, + ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, + fundidas juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la + expresión equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es + la verdad siempre; pero en el arte seduce y enamora más cuando + entre sus distintas vestiduras poéticas escoge y usa con desenfado + la de la gracia, que es sin duda la que mejor cortan españolas + tijeras, la que tiene por riquísima tela nuestra lengua + incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de los maestros del + siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que <i>Clarín</i> + ha derramado en las páginas de <i>La Regenta</i> da fe la tenacidad + con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo camino + desde el primero al último capítulo. De mí sé + decir que pocas obras he leído en que el interés profundo, + la verdad de los caracteres y la viveza del lenguaje me hayan hecho + olvidar tanto como en esta las dimensiones, terminando la lectura con el + desconsuelo de no tener por delante otra derivación de los mismos + sucesos y nueva salida o reencarnación de los propios personajes. + </p> + <p> + Desarróllase la acción de <i>La Regenta</i> en la ciudad que + bien podríamos llamar patria de su autor, aunque no nació en + ella, pues en <i>Vetusta</i> tiene <i>Clarín</i> sus raíces + atávicas y en <i>Vetusta</i> moran todos sus afectos, así + los que están sepultados como los que risueños y alegres + viven, brindando esperanzas; en <i>Vetusta</i> ha transcurrido la mayor + parte de su existencia; allí se inició su vocación + literaria; en aquella soledad melancólica y apacible aprendió + lo mucho que sabe en cosas literarias y filosóficas: allí + estuvieron sus maestros, allí están sus discípulos. Más + que ciudad, es para él <i>Vetusta</i> una casa con calles, y el + vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de + clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá + bien el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista + encarcelado durante los años en que las impresiones son más + vivas, ni un sedentario la estancia en que ha encerrado su persona y sus + ideas en los años maduros. Calles y personas, rincones de la + Catedral y del Casino, ambiente de pasiones o chismes, figures graves o + ridículas pasan de la realidad a las manos del arte, y con + exactitud pasmosa se reproducen en la mente del lector, que acaba por + creerse vetustense, y ve proyectada su sombra sobre las piedras musgosas, + entre las sombras de los transeúntes que andan por la <i>Encimada</i>, + o al pie de la gallardísima torre de la Iglesia Mayor. + </p> + <p> + Comienza <i>Clarín</i> su obra con un cuadro de vida clerical, + prodigio de verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida + de casino provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico + de viejos recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos + negros de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, + llenan estas admirables páginas, en las cuales el narrador hace + gala de una observación profunda y de los atrevimientos más + felices. En medio del grupo presenta <i>Clarín</i> la figura + culminante de su obra: el Magistral don Fermín de Pas, personalidad + grande y compleja, tan humana por el lado de sus méritos físicos, + como por el de sus flaquezas morales, que no son flojas, bloque arrancado + de la realidad. De la misma cantera proceden el derrengado y malicioso + Arcediano, a quien por mal nombre llaman <i>Glocester</i>, el Arcipreste + don Cayetano Ripamilán, el beneficiado D. Custodio, y el propio + Obispo de la diócesis, orador ardiente y asceta. Pronto vemos + aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermúdez, al modo de + transición zoológica (con perdón) entre el reino + clerical y el laico, ser híbrido, cuya levita parece sotana, y cuya + timidez embarazosa parece inocencia: tras él vienen las mundanas, + descollando entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, + tipo feliz de la beatería bullanguera, que acude a las iglesias con + chillonas elegancias, descotada hasta en sus devociones, perturbadora del + personal religioso. La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un + campo muy restringido, permite que estas diablesas entretengan su + liviandad y desplieguen sus dotes de seducción en el terreno eclesiástico, + toleradas por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de + donde viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea + forzoso admitir en ellos para hacer bulto <i>lo peor de cada casa</i>. + </p> + <p> + Por fin vemos a doña Ana Ozores, que da nombre a la novela, como + esposa del ex-regente de la Audiencia D. Víctor Quintanar. Es dama + de alto linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla, + soñadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha + realizado en los años críticos. Su esposo le dobla la edad: + no tienen hijos, y con esto se completa la pintura, en la cual pone <i>Clarín</i> + todo su arte, su observación más perspicaz y su conocimiento + de los escondrijos y revueltas del alma humana. Doña Ana Ozores + tiene horror al vacío, cosa muy lógica, pues en cada ser se + cumplen las eternas leyes de Naturaleza, y este vacío que siente + crecer en su alma la lleva a un estado espiritual de inmenso peligro, + manifestándose en ella una lucha tenebrosa con los obstáculos + que le ofrecen los hechos sociales, consumados ya, abrumadores como una + ley fatal. Engañada por la idealidad mística que no acierta + a encerrar en sus verdaderos términos, es víctima al fin de + su propia imaginación, de su sensibilidad no contenida, y se ve + envuelta en horrorosa catástrofe.... Pero no intentaré + describir en pocas palabras la sutil psicología de esta señora, + tan interesante como desgraciada. En ella se personifican los desvaríos + a que conduce el aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido + vigorizar el espíritu de la mujer por medio de una educación + fuerte, y la deja entregada a la ensoñación pietista, tan + diferente de la verdadera piedad, y a los riesgos del frívolo trato + elegante, en el cual los hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida + seria y eficaz, estiman en las mujeres el formulismo religioso como un + medio seguro de reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron <i>La + Regenta</i> cuando se publicó, léanla de nuevo ahora; los + que la desconocen, hagan con ella conocimiento, y unos y otros verán + que nunca ha tenido este libro atmósfera de oportunidad como la que + al presente le da nuestro estado social, repetición de las luchas + de antaño, traídas del campo de las creencias vigorosas al + de las conciencias desmayadas y de las intenciones escondidas. + </p> + <p> + No referiré el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el + lector verá cómo se desarrolla el proceso psicológico + y por qué caminos corre a su desenlace el problema de doña + Ana de Ozores, el cual no es otro que discernir si debe perderse por lo + clerical o por lo laico. El modo y estilo de esta perdición + constituyen la obra, de un sutil parentesco simbólico con la + historia de nuestra raza. Verá también el lector que <i>Clarín</i>, + obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por el mal + seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesiástico, pues + tratándose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la + disputan, natural es que sea postergado el que se vistió de sotana + para sus audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma + y la dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al + interés de los lectores, sólo mencionaré los + caracteres, que son el principal mérito de la obra, y lo que le da + condición de duradera. La de Ozores nos lleva como por la mano a D. + Álvaro de Mesía, acabado tipo de la corrupción que + llamamos de buen tono, aristócrata de raza, que sabe serlo en la + capital de una región histórica, como lo sería en + Madrid o en cualquier metrópoli europea; hombre que posee el arte + de hacer amable su conducta viciosa y aun su tiranía caciquil. + ¡Con que admirable fineza de observación ha fundido Alas en + este personaje las dos naturalezas: el cotorrón guapo de buena ropa + y el jefe provinciano de uno de estos partidos circunstanciales que + representan la vida presente, el poder fácil, sin ningún + ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se compenetran, formando la + aleación más eficaz y práctica para grandes masas de + <i>distinguidos</i>, que aparentan energía social y sólo son + <i>materia inerte</i> que no sirve para nada. + </p> + <p> + De D. Álvaro, fácil es pasar a la gran figura del Magistral + D. Fermín de Pas, de una complexión estética + formidable, pues en ella se sintetizan el poder fisiológico de un + temperamento nacido para las pasiones y la dura armazón del + celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y alma. D. Fermín + es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que atesora en su + espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en + transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso + el descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que + Fermín de Pas es más que un clérigo, es el estado + eclesiástico con sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de + la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de + nuestro origen. Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban + siempre por rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a + todos nos salva es la humildad de aspiraciones, el arte de poner límites + discretos al camino de la imposible perfección, contentándonos + con ser hombres en el menor grado posible de maldad, y dando por cerrado + para siempre el ciclo de los santos. En medio de sus errores, Fermín + de Pas despierta simpatía, como todo atleta a quien se ve luchando + por sostener sobre sus espaldas un mundo de exorbitante y abrumadora + pesadumbre. Hermosa es la pintura que Alas nos presenta de la juventud de + su personaje, la tremenda lucha del coloso por la posición social, + elegida erradamente en el terreno levítico, y con él hace + gallarda pareja la vigorosa figura de su madre, modelada en arcilla + grosera, con formas impresas a puñetazos. Las páginas en que + esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino de la + posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad + feroz, son de las más bellas de la obra. + </p> + <p> + Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Víctor + Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su compañero + de empresas cinegéticas el graciosísimo <i>Frígilis</i>; + los marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las + pizpiretas señoras que componen el femenil rebaño eclesiástico; + los canónigos y sacristanes y el prelado mismo, apóstol + ingenuo y orador fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, + ni al graciosísimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias + que dan la total impresión de la vida colectiva, heterogénea, + con picantes matices y espléndida variedad de acentos y fisonomías. + Bien quisiera no concretar el presente artículo al examen de <i>La + Regenta</i>, extendiéndome a expresar lo que siento sobre la obra + entera de Leopoldo Alas; pero esto sería trabajo superior a mis + cortas facultades de crítico, y además rebasaría la + medida que se me impone para esta limitada prefación. Escribo tan sólo + un juicio formado en los días de la primera salida de la hermosa + novela, y lo que intenté decir entonces, tributando al compañero + y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en esta + manifestación tardía el tiempo avalora y aquilata mi + sinceridad. Pero no entraré en el estudio integral del carácter + literario de <i>Clarín</i>, como creador de obras tan bellas en + distintos órdenes del arte y como infatigable luchador en el + terreno crítico. Su obra es grande y rica, y el que esto escribe no + acertaría a encerrarla en una clara síntesis, por mucho empeño + que en ello pusiera. Otros lo harán con el método y + serenidad convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al + ilustre hijo de Asturias la consagración solemne, oficial en cierto + modo, de su extraordinario ingenio, consagración que cuanto más + tardía será más justa y necesaria. Como un Armando + Palacio, está la literatura oficial en apremiante deuda con + Leopoldo Alas. Esperando la reparación, toda España y las + regiones de América que son nuestras por la lengua y la literatura, + le tienen por personalidad de inmenso relieve y valía en el grupo + final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo de hombres + de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de inspiración, + por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo, diciendo: «No + son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril como + afirman los de fuera y más aún los de dentro de casa. Quizás + no demos todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y viéndolas + y admirándolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas, + obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el árbol». + </p> + <p> + B. Pérez Galdós Madrid, enero de 1901. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="Tomo_I" id="Tomo_I"></a>Tomo I + </h2> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="Imdash" id="Imdash"></a>—I— + </h2> + <p> + La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y + perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia + el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor + estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de + arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y + persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire + envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas + migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, + parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo + sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta + los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de + papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un + tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, + en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo. + </p> + <p> + Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía + la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo + entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de + coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa + Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de + piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, + era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, + pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía + que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista + no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra + que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se + quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas + cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada + de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante + balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde + allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en + sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la + piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo + equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos + malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una + bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y + sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos. + </p> + <p> + Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre + con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose + en las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con + estas galas la inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de + una enorme botella de champaña.—Mejor era contemplarla en + clara noche de luna, resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que + parecían su aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, + fantasma gigante que velaba por la ciudad pequeña y negruzca que + dormía a sus pies. + </p> + <p> + Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los de + su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel + atado al badajo formidable de la <i>Wamba</i>, la gran campana que llamaba + a coro a los muy venerables canónigos, cabildo catedral de + preeminentes calidades y privilegios. + </p> + <p> + Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era <i>de la tralla</i>, + según en Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus + aficiones le llevaban a los campanarios; y por delegación de + Celedonio, hombre de iglesia, acólito en funciones de campanero, + aunque tampoco en propiedad, el ilustre diplomático <i>de la tralla</i> + disfrutaba algunos días la honra de despertar al venerando cabildo + de su beatífica siesta, convocándole a los rezos y cánticos + de su peculiar incumbencia. + </p> + <p> + El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el + badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando + <i>posaba</i> para la hora del coro—así se decía—Bismarck + sentía en sí algo de la dignidad y la responsabilidad de un + reloj. + </p> + <p> + Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, + estaba asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén + y por el colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas + sobre algún raro transeúnte que le parecía del tamaño + y de la importancia de un ratoncillo. Aquella altura se les subía a + la cabeza a los pilluelos y les inspiraba un profundo desprecio de las + cosas terrenas. + </p> + <p> + —¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más + que yo!—dijo el monaguillo, casi escupiendo las palabras; y disparó + media patata asada y podrida a la calle apuntando a un canónigo, + pero seguro de no tocarle. + </p> + <p> + —¡Qué ha de poder!—respondió Bismarck, que + en el campanario adulaba a Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés + y le arrancaba a viva fuerza las llaves para subir a tocar las <i>oraciones</i>—. + Tú pués más que toos los delanteros, menos yo. + </p> + <p> + —Porque tú echas la zancadilla, mainate, y eres más + grande.... Mia, chico, ¿quiés que l'atice al señor + Magistral que entra ahora? + </p> + <p> + —¿Le conoces tú desde ahí? + </p> + <p> + —Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. + ¿No ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la + fachenda que se me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el + beneficiao a don Pedro el campanero el otro día: «Ese don + Fermín tié más orgullo que don Rodrigo en la horca», + y don Pedro se reía; y verás, el otro dijo después, + cuando ya había pasao don Fermín: «¡Anda, anda, + buen mozo, que bien se te conoce el colorete!». ¿Qué + te paece, chico? Se pinta la cara. + </p> + <p> + Bismarck negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía + envidia. Si Bismarck fuera canónigo y <i>dinidad</i> (creía + que lo era el Magistral) en vez de ser delantero, con un mote <i>sacao</i> + de las cajas de cerillas, se daría más tono que un zagal. + Pues, claro. Y si fuese campanero, el de verdad, vamos don Pedro... + ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con el Obispo y el + señor Roque el mayoral del correo. + </p> + <p> + —Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el + beneficiao que en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, + rebajarse con la gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si + a mano viene; y si no, ahí está el Papa, que es... no sé + cómo dijo... así... una cosa como... el criao de toos los + criaos. + </p> + <p> + —Eso será de boquirris—replicó Bismarck—. + ¡Mia tú el Papa, que manda más que el rey! Y que le vi + yo pintao, en un santo mu grande, sentao en su coche, que era como una + butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro de <i>carcas</i> (curas según + Bismarck), y lo cual que le iban espantando las moscas con un paraguas, + que parecía cosa del teatro... hombre... ¡si sabré yo! + </p> + <p> + Se acaloró el debate. Celedonio defendía las costumbres de + la Iglesia primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto. + Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión. + El de la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas probables + <i>pa en</i> bajando. Pero una campana que sonó en un tejado de la + catedral les llamó al orden. + </p> + <p> + —¡El <i>Laudes</i>!—gritó Celedonio—, toca, + que avisan. + </p> + <p> + Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la + porra del formidable badajo. + </p> + <p> + Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras + Celedonio hacía alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como + si estuviera a dos leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento + arrebataba de la torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a + la sierra vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes + todos, con cien matices. + </p> + <p> + Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había + crecido fresca y vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. + Los castañedos, robledales y pomares que en hondonadas y laderas se + extendían sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados + y maizales con tonos obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba + entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, + blancas todas, esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como + espejos. Aquel verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se + apagaba en la sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de + una nube invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies + de la vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La + sierra estaba al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se + alejaba el horizonte, señalado por siluetas de montañas + desvanecidas en la niebla que deslumbraba como polvareda luminosa. Al + Norte se adivinaba el mar detrás del arco perfecto del horizonte, + bajo un cielo despejado, que surcaban como naves, ligeras nubecillas de un + dorado pálido. Un jirón de la más leve parecía + la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul blanquecino. + </p> + <p> + Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor + abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de + colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo + obscuro de la tierra constantemente removida y bien regada. + </p> + <p> + Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron + estupefactos. ¿Quién era el osado? + </p> + <p> + —¿Será Chiripa?—preguntó Celedonio entre + airado y temeroso. + </p> + <p> + —No; es un <i>carca</i>, ¿no oyes el manteo? + </p> + <p> + Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra + producía un rumor silbante, como el de una voz apagada que + impusiera silencio. El manteo apareció por escotillón; era + el de don Fermín de Pas, Magistral de aquella santa iglesia + catedral y provisor del Obispo. El delantero sintió escalofríos. + Pensó: + </p> + <p> + «¿Vendrá a pegarnos?». + </p> + <p> + No había motivo, pero eso no importaba. Él vivía + acostumbrado a recibir bofetadas y puntapiés sin saber por qué. + A todo poderoso, y para él don Fermín era un personaje de + los más empingorotados, se le figuraba Bismarck usando y abusando + de la autoridad de repartir cachetes. No discutía la legitimidad de + esta prerrogativa, no hacía más que huir de los grandes de + la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los polizontes. Se + avenía a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si él + hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del + Jardín Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, + en suma, hubiera hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más + que Bismarck, un delantero, y sabía su oficio, huir de los <i>mainates</i> + de Vetusta. + </p> + <p> + Pero allí no había modo de escapar. O tirarse por una + ventana, o esperar el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. + Bismarck no tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás + de la Wamba, encaramado en una viga, y aguardar así los + acontecimientos. + </p> + <p> + Celedonio no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas + tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después + de coro. + </p> + <p> + ¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan + respetable? Esto preguntaban los ojos del delantero a los del acólito. + También lo sabía Celedonio, pero callaba y sonreía + complaciéndose en el pavor de su amigo. + </p> + <p> + El continente altivo del monaguillo se había convertido en humilde + actitud. Su rostro se había revestido de repente de la expresión + oficial. Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía + ajustar los músculos de su cara de chato a las exigencias de la + liturgia. Sus ojos eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el + pillastre se creía en funciones eclesiásticas los movía + con afectación, de abajo arriba, de arriba abajo, imitando a muchos + sacerdotes y beatas que conocía y trataba. + </p> + <p> + Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica + a su mirada, como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio + con los ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de + la moral pública. La boca muy abierta y desdentada seguía a + su manera los aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresión + de humildad beatífica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso. + </p> + <p> + Así como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de + contornos turgentes las elegantes líneas del sexo, en el acólito + sin órdenes se podía adivinar futura y próxima + perversión de instintos naturales provocada ya por aberraciones de + una educación torcida. Cuando quería imitar, bajo la sotana + manchada de cera, los acompasados y ondulantes movimientos de don + Anacleto, familiar del Obispo—creyendo manifestar así su + vocación—, Celedonio se movía y gesticulaba como + hembra desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo había notado el + <i>Palomo</i>, empleado laico de la Catedral, perrero, según mal + nombre de su oficio. Pero no se había atrevido a comunicar sus + aprensiones a ningún superior, obedeciendo a un criterio, merced al + cual había desempeñado treinta años seguidos con + dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y vigilancia. + </p> + <p> + En presencia del Magistral, Celedonio había cruzado los brazos e + inclinado la cabeza, después de apearse de la ventana. Aquel don + Fermín que allá abajo en la calle de la Rúa parecía + un escarabajo ¡qué grande se mostraba ahora a los ojos + humillados del monaguillo y a los aterrados ojos de su compañero! + Celedonio apenas le llegaba a la cintura al canónigo. Veía + enfrente de sí la sotana tersa de pliegues escultóricos, + rectos, simétricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor + delgado, y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos + pliegues y vuelos. + </p> + <p> + Bismarck, detrás de la Wamba, no veía del canónigo más + que los bajos y los admiraba. ¡Aquello era señorío! + ¡Ni una mancha! Los pies parecían los de una dama; calzaban + media morada, como si fueran de Obispo; y el zapato era de esmerada labor + y piel muy fina y lucía hebilla de plata, sencilla pero elegante, + que decía muy bien sobre el color de la media. + </p> + <p> + Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermín, le + hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar la + presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida sonriente, con + una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad estereotipada en los + labios. Tenía razón el delantero. De Pas no se pintaba. Más + bien parecía estucado. En efecto, su tez blanca tenía los + reflejos del estuco. En los pómulos, un tanto avanzados, bastante + para dar energía y expresión característica al + rostro, sin afearlo, había un ligero encarnado que a veces tiraba + al color del alzacuello y de las medias. No era pintura, ni el color de la + salud, ni pregonero del alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al + calor de palabras de amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de + ellas, palabras que parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta + especie de congestión también la causa el orgasmo de + pensamientos del mismo estilo. En los ojos del Magistral, verdes, con + pintas que parecían polvo de rapé, lo más notable era + la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en medio de aquella crasitud + pegajosa salía un resplandor punzante, que era una sorpresa + desagradable, como una aguja en una almohada de plumas. Aquella mirada la + resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco; pero cuando + algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola + con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, + insignificantes, como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, + sin corrección ni dignidad, también era sobrada de carne + hacia el extremo y se inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo + fruto. Aquella nariz era la obra muerta en aquel rostro todo expresión, + aunque escrito en griego, porque no era fácil leer y traducir lo + que el Magistral sentía y pensaba. Los labios largos y delgados, + finos, pálidos, parecían obligados a vivir comprimidos por + la barba que tendía a subir, amenazando para la vejez, aún + lejana, entablar relaciones con la punta de la nariz claudicante. Por + entonces no daba al rostro este defecto apariencias de vejez, sino expresión + de prudencia de la que toca en cobarde hipocresía y anuncia frío + y calculador egoísmo. Podía asegurarse que aquellos labios + guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que jamás se + pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado de aquel + tesoro. La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello negro + muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de recios músculos, + un cuello de atleta, proporcionado al tronco y extremidades del fornido + canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor jugador de bolos, + el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el más + apuesto azotacalles de Vetusta. + </p> + <p> + Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio + doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano + derecha, blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si + fuera la de aristocrática señora. Celedonio contestó + con una genuflexión como las de ayudar a misa. + </p> + <p> + Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un + bolsillo interior de la sotana un tubo que a él le pareció + de oro. Vio que el tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se + convertía en dos, y luego en tres, todos seguidos, pegados. + Indudablemente aquello era un cañón chico, suficiente para + acabar con un delantero tan insignificante como él. No; era un + fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y hacía con + él puntería. Bismarck respiró: no iba con su + personilla aquel disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una + ventana. El acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había + acercado por detrás al Provisor y procuraba seguir la dirección + del catalejo. Celedonio era un monaguillo de mundo, entraba como amigo de + confianza en las mejores casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck + tomaba un anteojo por un fusil, se le reiría en las narices. + </p> + <p> + Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía + en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba + las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los + países que había visitado había subido a la montaña + más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. + No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, + abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas + acompañando al Obispo en su visita, siempre había de + emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más + empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por + todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más + arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más + robusto andarín, al más experto montañés. + Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga + sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento + de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo + voluptuoso para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar + lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, + imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un + milano, según los parajes, debajo de sus ojos, enseñándole + el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos + placeres de su espíritu altanero, que De Pas se procuraba siempre + que podía. Entonces sí que en sus mejillas había + fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía saciar esta pasión; + tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la + catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o + por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna + ocasión, aprovechando un descuido, había mirado por el + anteojo del Provisor, sabía que era de poderosa atracción; + desde los segundos corredores, mucho más altos que el campanario, + había él visto perfectamente a la Regenta, una guapísima + señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que se llamaba el + Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como + si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la + rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía + en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de + San Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía + un poco del billar del casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; + y él, Celedonio, había visto pasar las bolas de marfil + rodando por la mesa. Y sin el anteojo ¡quiá! en cuanto se veía + el balcón como un ventanillo de una grillera. Mientras el acólito + hablaba así, en voz baja, a Bismarck que se había atrevido a + acercarse, seguro de que no había peligro, el Magistral, olvidado + de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas por la ciudad escudriñando + sus rincones, levantando con la imaginación los techos, aplicando + su espíritu a aquella inspección minuciosa, como el + naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los + cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes y + nubes; sus miradas no salían de la ciudad. + </p> + <p> + Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían + por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él + estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a + palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había + escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las + casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; + hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo + quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados + apetitosos; no aplicaba el escalpelo sino el trinchante. + </p> + <p> + Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De + Pas había soñado con más altos destinos, y aún + no renunciaba a ellos. Como recuerdos de un poema heroico leído en + la juventud con entusiasmo, guardaba en la memoria brillantes cuadros que + la ambición había pintado en su fantasía; en ellos se + contemplaba oficiando de pontifical en Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave + de cardenales. Ni la tiara le pareciera demasiado ancha; todo estaba en el + camino; lo importante era seguir andando. Pero estos sueños según + pasaba el tiempo se iban haciendo más y más vaporosos, como + si se alejaran. «Así son las perspectivas de la esperanza, + pensaba el Magistral; cuanto más nos acercamos al término de + nuestra ambición, más distante parece el objeto deseado, + porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos + delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás, + en el lejano día del sueño...». No renunciaba a subir, + a llegar cuanto más arriba pudiese, pero cada día pensaba + menos en estas vaguedades de la ambición a largo plazo, propias de + la juventud. Había llegado a los treinta y cinco años y la + codicia del poder era más fuerte y menos idealista; se contentaba + con menos pero lo quería con más fuerza, lo necesitaba más + cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto que abrasa y se + satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir la fuente que está + lejos en lugar desconocido. + </p> + <p> + Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y + de la fe en sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en + tales momentos que acaso él no sería jamás nada de + aquello a que había aspirado, que tal vez el límite de su + carrera sería el estado actual o un mal obispado en la vejez, todo + un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para vencerlas y + olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente, del poderío + que tenía en la mano; devoraba su presa, la Vetusta levítica, + como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el domador + le arroja. + </p> + <p> + Concentrada su ambición entonces en punto concreto y tangible, era + mucho más intensa; la energía de su voluntad no encontraba + obstáculo capaz de resistir en toda la diócesis. Él + era el amo del amo. Tenía al Obispo en una garra, prisionero + voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones. En tales días el + Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo bíblico, + un azote de Dios sancionado por su ilustrísima. + </p> + <p> + Estas crisis del ánimo solían provocarlas noticias del + personal: el nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus + cuentas: él estaba muy atrasado, no podría llegar a ciertas + grandezas de la jerarquía. Esto pensaba, en tanto que el + beneficiado don Custodio le aborrecía principalmente porque era + Magistral desde los treinta. + </p> + <p> + Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, + pero que acabaría de devorar él solo. ¡Qué! + ¿También aquel mezquino imperio habían de arrancarle? + No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para qué + eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la + cabeza; también él veía a los vetustenses como + escarabajos; sus viviendas viejas y negruzcas, aplastadas, las creían + los vanidosos ciudadanos palacios y eran madrigueras, cuevas, montones de + tierra, labor de topo.... ¿Qué habían hecho los dueños + de aquellos palacios viejos y arruinados de la Encimada que él tenía + allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. + ¿Y él? ¿Qué había hecho él? + Conquistar. Cuando era su ambición de joven la que chisporroteaba + en su alma, don Fermín encontraba estrecho el recinto de Vetusta; + él que había predicado en Roma, que había olfateado y + gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve tiempo, + se creía postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces, + las más, era el recuerdo de sus sueños de niño, + precoz para ambicionar, el que le asaltaba, y entonces veía en + aquella ciudad que se humillaba a sus plantas en derredor el colmo de sus + deseos más locos. Era una especie de placer material, pensaba De + Pas, el que sentía comparando sus ilusiones de la infancia con la + realidad presente. Si de joven había soñado cosas mucho más + altas, su dominio presente parecía la tierra prometida a las + cavilaciones de la niñez, llena de tardes solitarias y melancólicas + en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a despreciar un poco + los años de su próxima juventud, le parecían a veces + algo ridículos sus ensueños y la conciencia no se complacía + en repasar todos los actos de aquella época de pasiones + reconcentradas, poco y mal satisfechas. Prefería las más + veces recrear el espíritu contemplando lo pasado en lo más + remoto del recuerdo; su niñez le enternecía, su juventud le + disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy querida, que nos hizo + cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de olvido y desprecio. + Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho de + pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del + ánimo. + </p> + <p> + El Magistral había sido pastor en los puertos de Tarsa ¡y era + él, el mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este + salto de la imaginación estaba la esencia de aquel placer intenso, + infantil y material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia. + </p> + <p> + ¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto + y airoso cuerpo el roquete, cándido y rizado, bajo la señoril + muceta, viendo allá abajo, en el rostro de todos los fieles la + admiración y el encanto, había tenido que suspender el vuelo + de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y le cortaba la voz en la + garganta! Mientras el auditorio aguardaba en silencio, respirando apenas, + a que la emoción religiosa permitiera al orador continuar, él + oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo de + los cirios y de las lámparas; aspiraba con voluptuosidad extraña + el ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las + emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas + que le rodeaban; sentía como murmullo de la brisa en las hojas de + un bosque el contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en + aquel silencio de la atención que esperaba, delirante, creía + comprender y gustaba una adoración muda que subía a él; + y estaba seguro de que en tal momento pensaban los fieles en el orador + esbelto, elegante, de voz melodiosa, de correctos ademanes a quien oían + y veían, no en el Dios de que les hablaba. Entonces sí que, + sin poder él desechar aquellos recuerdos se le presentaba su + infancia en los puertos; aquellas tardes de su vida de pastor melancólico + y meditabundo.—Horas y horas, hasta el crepúsculo, pasaba soñando + despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas del ganado esparcido por el + cueto ¿y qué soñaba? que allá, allá + abajo, en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como + cien veces el lugar de Tarsa, y más; aquella ciudad se llamaba + Vetusta, era mucho mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, + que él tampoco había visto. En la gran ciudad colocaba + él maravillas que halagaban el sentido y llenaban la soledad de su + espíritu inquieto. Desde aquella infancia ignorante y visionaria al + momento en que se contemplaba el predicador no había intervalo; se + veía niño y se veía Magistral: lo presente era la + realidad del sueño de la niñez y de esto gozaba. + </p> + <p> + Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando con + vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la + visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en + jardín. + </p> + <p> + Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el + primitivo recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el + barrio de la <i>Encimada</i> y dominaba todo el pueblo que se había + ido estirando por Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, + en algunos patios y jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la + antigua muralla, convertidos en terrados o paredes medianeras, entre + huertos y corrales. La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de + Vetusta. Los más linajudos y los más andrajosos vivían + allí, cerca unos de otros, aquellos a sus anchas, los otros apiñados. + El buen vetustente era de la Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho + la propiedad de una casa, por miserable que fuera, en la parte alta de la + ciudad, a la sombra de la catedral, o de Santa María la Mayor o de + San Pedro, las dos antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica + y parroquias que se dividían el noble territorio de la Encimada. El + Magistral veía a sus pies el barrio linajudo compuesto de caserones + con ínfulas de palacios; conventos grandes como pueblos; y + tugurios, donde se amontonaba la plebe vetustense, demasiado pobre para + poder habitar las barriadas nuevas allá abajo, en el Campo del sol, + al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba sus augustas + chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros había + surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas, tortuosas, húmedas, + sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de aquellas en que + predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones por lo menos, era + triste, casi miserable, como la limpieza de las cocinas pobres de los + hospicios; parecía que la escoba municipal y la escoba de la + nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y callejas las + huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había + por allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía + la historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el + recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban + cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta parte + del área total de la Encimada: seguía en tamaño las + Recoletas, donde se habían reunido en tiempo de la Revolución + de Septiembre dos comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban + con su convento y huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San + Vicente estaba convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la + indiscreta voz de la corneta, profanación constante del sagrado + silencio secular; del convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había + hecho el Estado un edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San + Benito era lóbrega prisión de mal seguros delincuentes. Todo + esto era triste; pero el Magistral que veía, con amargura en los + labios, estos despojos de que le daba elocuente representación el + catalejo, podía abrir el pecho al consuelo y a la esperanza + contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste y al Norte, gráficas + señales de la fe rediviva, en los alrededores de Vetusta, donde + construía la piedad nuevas moradas para la vida conventual, más + lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan sólidas + ni tan grandes. La Revolución había derribado, había + robado; pero la Restauración, que no podía restituir, + alentaba el espíritu que reedificaba y ya las Hermanitas de los + Pobres tenían coronado el edificio de su propiedad, tacita de + plata, que brillaba cerca del Espolón, al Oeste, no lejos de los + palacios y <i>chalets</i> de la Colonia, o sea el barrio nuevo de + americanos y comerciantes del reino. Hacia el Norte, entre prados de + terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte, se levantaba la blanca fábrica + que con sumas fabulosas construían las Salesas, por ahora + arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los vertederos de la Encimada, + casi sepultadas en las cloacas, en una casa vieja, que tenía por + iglesia un oratorio mezquino. Allí, como en nichos, habitaban las + herederas de muchas familias ricas y nobles; habían dejado, en + obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y cómodo de + allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga, mientras + sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso cuerpo en las + anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la Encimada. No sólo + era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las piernas en el + recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de + pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas + cuadras y jardines y huertas que podían pasar por bosques, con + relación al área del pueblo, y que en efecto se llamaban, + algo hiperbólicamente, parques, cuando eran tan extensos como el de + los Ozores y el de los Vegallana. Y mientras no sólo a los + conventos, y a los palacios, sino también a los árboles se + les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como querían, + los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido + huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían + hacinados en casas de tierra que el municipio obligaba a tapar con una + capa de cal; y era de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, + se enchufaban, y saltaban unas sobre otras, y se metían los tejados + por los ojos, o sean las ventanas. Parecían un rebaño de + retozonas reses que apretadas en un camino, brincan y se encaraman en los + lomos de quien encuentran delante. + </p> + <p> + A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía + debajo de sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el + barrio de la catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre + todos. La Encimada era su imperio natural, la metrópoli del poder + espiritual que ejercía. El humo y los silbidos de la fábrica + le hacían dirigir miradas recelosas al Campo del Sol; allí + vivían los rebeldes; los trabajadores sucios, negros por el carbón + y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban con la boca abierta a + los energúmenos que les predicaban igualdad, federación, + reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando + les hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era + que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los + menos. Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica + arraigaba, era con robustas raíces, como con cadenas de hierro. + Pero si moría un obrero bueno, creyente, nacían dos, tres, + que ya jamás oirían hablar de resignación, de + lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hacía ilusiones. El + Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendían allí las + últimas trincheras. Poco tiempo antes del día en que De Pas + meditaba así, varias ciudadanas del barrio de obreros habían + querido matar a pedradas a un forastero que se titulaba pastor + protestante; pero estos excesos, estos paroxismos de la fe moribunda más + entristecían que animaban al Magistral.—No, aquel humo no era + de incienso, subía a lo alto, pero no iba al cielo; aquellos + silbidos de las máquinas le parecían burlescos, silbidos de + sátira, silbidos de látigo. Hasta aquellas chimeneas + delgadas, largas, como monumentos de una idolatría, parecían + parodias de las agujas de las iglesias.... + </p> + <p> + El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la + <i>Colonia</i>, la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante + de colores vivos con reflejos acerados; parecía un pájaro de + los bosques de América, o una india brava adornada con plumas y + cintas de tonos discordantes. + </p> + <p> + Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas. + En los tejados todos los colores del iris como en los muros de Ecbátana; + galerías de cristales robando a los edificios por todas partes la + esbeltez que podía suponérseles; alardes de piedra + inoportunos, solidez afectada, lujo vocinglero. La ciudad del sueño + de un indiano que va mezclada con la ciudad de un usurero o de un mercader + de paños o de harinas que se quedan y edifican despiertos. Una + pulmonía posible por una pared maestra ahorrada; una incomodidad + segura por una fastuosidad ridícula. Pero no importa, el Magistral + no atiende a nada de eso; no ve allí más que riqueza; un Perú + en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro espiritual. Y ya empieza a + serlo. Los indianos de la Colonia que en América oyeron muy pocas + misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a la piedad de sus mayores: + la religión con las formas aprendidas en la infancia es para ellos + una de las dulces promesas de aquella España que veían en + sueños al otro lado del mar. Además los indianos no quieren + nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda + recordar los orígenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descreídos + no son más que cuatro pillos, que no tienen sobre qué caerse + muertos; todas las personas pudientes creen y practican, como se dice + ahora. Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los + Argumosa y otros y otros ilustres Américo Vespucios del barrio de + la Colonia siguen escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres + <i>distinguidas</i> de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, + Carraspiques y demás familias nobles de la Encimada, que se precian + de muy buenos y muy rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio + impulso los Páez, los Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, + hijas y demás familia del sexo débil obligaríanles a + imitar en religión, como en todo, las maneras, ideas y palabras de + la envidiada aristocracia. Por todo lo cual el Provisor mira al barrio del + Noroeste con más codicia que antipatía; si allí hay + muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si + hay mucha tierra que descubrir en aquella América abreviada, las + exploraciones hechas, las <i>factorías</i> establecidas han dado + muy buen resultado, y no desconfía don Fermín de llevar la + luz de la fe más acendrada, y con ella su natural influencia, a + todos los rincones de las bien alineadas casas de la Colonia, a quien el + municipio midió los tejados por un rasero. + </p> + <p> + Pero, entre tanto, De Pas volvía amorosamente la visual del + catalejo a su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la + sombra de la soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allí + debajo tenía, como dando guardia de honor a la catedral, las dos + iglesias antiquísimas que la vieron tal vez nacer, o por lo menos + pasar a grandezas y esplendores que ellas jamás alcanzaron. Se + llamaban, como va dicho, Santa María y San Pedro; su historia anda + escrita en los cronicones de la Reconquista, y gloriosamente se pudren + poco a poco víctimas de la humedad y hechas polvo por los siglos. + En rededor de Santa María y de San Pedro hay esparcidas, por + callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor gloria sería + poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos. Pero no + pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su + arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de muy + posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está + ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda + no dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera. + </p> + <p> + Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al + inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo + en persona, era el más perito en la materia de contar la historia + de cada uno de aquellos caserones, que él consideraba otras tantas + glorias nacionales. Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía + o proyectaba siquiera el derribo de algunas ruinas o la expropiación + de algún solar por utilidad pública, don Saturnino ponía + el grito en el cielo y publicaba en <i>El Lábaro</i>, el órgano + de los ultramontanos de Vetusta, largos artículos que nadie leía, + y que el alcalde no hubiera entendido, de haberlos leído; en ellos + ponía por las nubes el mérito arqueológico de cada + tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era todo un + monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera fuese + por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico + y de lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, + y más de una vez hizo remontarse a los tiempos de Fruela los + fundamentos de una pared fabricada por algún modesto cantero, vivo + todavía. Estos lapsus del erudito no lastimaban su reputación, + porque los pocos que podían descubrirlos los consideraban piadosas + exageraciones, anacronismos beneméritos, y los demás + vetustenses no leían nada de aquello. Mas no por esto dejaba el + sabio de sacar a relucir la retórica, en que creía, + ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energía, + entre las que descollaban las más temerarias personificaciones y + las epanadiplosis más cadenciosas: hablaban las murallas como + libros y solían decir: «tiemblan mis cimientos y mis almenas + tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que hizo llorar con sus + discursos patéticos; por lo cual solía terminar el artículo + del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión + de obras, <i>sunt lacrimae rerum!</i>». + </p> + <p> + Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio + aquella tarde. Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, + hacia la Plaza Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, + separose de la ventana, redujo a su mínimo tamaño el + instrumento óptico, guardolo cuidadosamente en el bolsillo y + saludando con la mano y la cabeza a los campaneros, descendió con + el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En cuanto abrió + la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la iglesia, + recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su + rostro, cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia + delante un poco con cierta languidez entre mística y romántica + la bien modelada cabeza, y más que anduvo se deslizó sobre + el mármol del pavimento que figuraba juego de damas, blanco y + negro. Por las altas ventanas y por los rosetones del arco toral y de los + laterales entraban haces de luz de muchos colores que remedaban pedazos + del iris dentro de las naves. El manteo que el canónigo movía + con un ritmo de pasos y suave contoneo iba tomando en sus anchos pliegues, + al flotar casi al ras del pavimento, tornasoles de plumas de faisán, + y otras veces parecía cola de pavo real; algunas franjas de luz + trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo teñían con + un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le + daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un cadáver. + </p> + <p> + En la gran nave central del trascoro había muy pocos fieles, + esparcidos a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los + gruesos muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de + mujeres arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los + confesonarios. Aquí y allí se oía el leve rumor de la + plática secreta de un sacerdote y una devota en el tribunal de la + penitencia. En la segunda capilla del Norte, la más obscura, don + Fermín distinguió dos señoras que hablaban en voz + baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, + pero no se atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin + él. + </p> + <p> + —Va al coro—dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la + tarima que rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla + del Magistral. En el altar había dos candeleros de bronce, sin + velas, sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús + Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la + obscuridad; los reflejos del vidrio parecían una humedad fría. + Era el rostro el de un anémico; la expresión amanerada del + gesto anunciaba una idea fija petrificada en aquellos labios finos y en + aquellos pómulos afilados, como gastados por el roce de besos + devotos. + </p> + <p> + Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del + coro; llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla + mayor estaba cerrada. Don Fermín, que iba a la sacristía, + dio el rodeo de la nave del trasaltar flanqueada por otra crujía de + capillas. Frente a cada una de estas, empotrados en la pared del ábside + había haces de columnas entre los que se ocultaban sendos + confesonarios, invisibles hasta el momento de colocarse enfrente de ellos. + Allí comúnmente ataban y desataban culpas los beneficiados. + De uno de estos escondites salió, al pasar el Provisor, como una + perdiz levantada por los perros, el señor don Custodio el + beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas encendidas con un + tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El Magistral + miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con + aquellas agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos. + Humilló los suyos don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, + aturdido en dirección al coro. Era gruesecillo, adamado, tenía + aires de comisionista francés vestido con traje talar muy pulcro y + elegante. El cuerpo bien torneado se lo ceñía, debajo del + manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda mujeril, sobre la + cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su beneficio. Este don + Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de la oposición. + Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que se quería + derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber de cierto en + el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la envidia de aquel + pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo, los + propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creía + en su porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte, + influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y + magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don Fermín + más grandezas que el mismo Magistral veía en sus esperanzas. + La mirada de este fue en seguida, rápida y rastrera, al + confesonario de que salía el envidioso. Arrodillada junto a una de + las celosías vio una joven pálida con hábito del + Carmen. + </p> + <p> + No era una señorita; debía de ser una doncella de servicio, + una costurera, o cosa así, pensó el Magistral. Tenía + los ojos cargados de una curiosidad maliciosa más irritada que + satisfecha; se santiguó, como si quisiera comerse la señal + de la cruz, y se recogió, sentada sobre los pies, a saborear los + pormenores de la confesión, sin moverse del sitio, pegada al + confesonario lleno todavía del calor y el olor de don Custodio. + </p> + <p> + El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró + en la sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, + fría, con cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las + paredes estaba la cajonería, de castaño, donde se guardaba + ropas y objetos del culto. Encima de los cajones pendían cuadros de + pintores adocenados, antiguos los más, y algunas copias no malas de + artistas buenos. Entre cuadro y cuadro ostentaban su dorado viejo algunas + cornucopias cuya luna reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y + las moscas. En medio de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa + de mármol negro, del país. Dos monaguillos con ropón + encarnado, guardaban casullas y capas pluviales en los armarios. El <i>Palomo</i>, + con una sotana sucia y escotada, cubierta la cabeza con enorme peluca + echada hacia el cogote, acababa de barrer en un rincón las + inmundicias de cierto gato que, no se sabía cómo, entraba en + la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba furioso. Los + monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin + mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos, + repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió + adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan + extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que + en el otro extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada + de la conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. + Eran dos señoras y dos caballeros. Los cuatro tenían la + cabeza echada hacia atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba + por ventanas estrechas abiertas en la bóveda y a las pinturas + llegaba muy torcida y menguada. El cuadro que miraban estaba casi en la + sombra y parecía una gran mancha de negro mate. De otro color no se + veía más que el frontal de una calavera y el tarso de un pie + desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco minutos llevaba don Saturnino + Bermúdez empleados en explicar el mérito de la pintura a + aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con la boca + abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi + todos los días a don Saturnino en semejante ocupación. En + cuanto llegaba un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba + por un lado o por otro una recomendación para que Bermúdez + fuese tan amable que le acompañara a ver las antigüedades de + la catedral y otras de la Encimada. Don Saturnino estaba muy ocupado todo + el día, pero de tres a cuatro y media siempre le tenían a su + disposición cuantas personas decentes, como él decía, + quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su + inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la + provincia, creía ser—y esto era verdad—el hombre más + fino y cortés de España. No era clérigo, sino + anfibio. En su traje pulcro y negro de los pies a la cabeza se veía + algo que Frígilis, personaje darwinista que encontraremos más + adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la influencia del + medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan atrevido que se + decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya diácono + por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, + traía el pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar + grandes entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz + le hubiera lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor + Jesucristo», decía él, creyendo haber aventurado un + chiste respetuoso, pero algo mundano. Como lo de parecer cura no estaba en + su intención, sino en las leyes naturales, don Saturno—así + le llamaban—después de haber perdido ciertas ilusiones en una + aventura seria en que le tomaron por clérigo, se dejaba la barba, + de un negro de tinta china, pero la recortaba como el boj de su huerto. + Tenía la boca muy grande, y al sonreír con propósito + de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por qué + entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se + quejaba de vicio al quejarse del pícaro estómago, de + digestiones difíciles y sobre todo de perpetuos restriñimientos. + Era una sonrisa llena de arrugas, que equivalía a una mueca + provocada por un dolor intestinal, aquella con que Bermúdez quería + pasar por el hombre más <i>espiritual</i> de Vetusta, y el más + capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe + advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos + alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más + finas y psicológicas que se escribían por entonces en París. + Lo de parecer clérigo no era sino muy a su pesar. Él se + encargaba unas levitas de tricot como las de un lechuguino, pero el sastre + veía con asombro que vestir la prenda don Saturno y quedar + convertida en sotana era todo uno. Siempre parecía que iba de luto, + aunque no fuera. Sin embargo, pocas veces quitaba la gasa del sombrero + porque se tenía por pariente de toda la nobleza vetustense, y en + cuanto moría un aristócrata estaba de pésame. Allá, + en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su pasión + por la arqueología era un sentimiento de la clase de sucedáneos. + Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España + que los personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más + o menos las mismas comezones de que él era víctima, ya no + vaciló en pensar que lo que le había faltado había + sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran incapaces de + comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se + atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa + mayor en materia de amores. + </p> + <p> + Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle + mejor. La primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una + semana; pero volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las + novelas que saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las + heroínas, pecadoras sí, pero al fin redimidas por el amor y + la mucha fe, vino en averiguar y dar por evidente que se podía + querer a una casada y hasta decírselo, si el amor se contenía + en los límites del más acendrado idealismo. En efecto, don + Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió + con ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. + Con los ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas + y alegorías que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero + la señora de sus amores no hacía caso de los ojos de don + Saturno ni entendía las alegorías ni las parábolas; + no hacía más que decir a espaldas de Bermúdez: + </p> + <p> + —No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece + un mentecato. + </p> + <p> + Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, + ahora jubilado, había sido regente de la Audiencia, nunca supo la + ardiente pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y + amante del saber se cansó de devorar en silencio aquel amor + único y procuró ser veleidoso, aturdirse, y esto último + poco trabajo le costaba, porque nunca se vio hombre más aturdido + que él en cuanto una mujer quería marearle con una o dos + miradas. Cuatro años hacía que no perdía baile, ni + reunión de confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las + damas, cada vez que le veían bailando un rigodón (no se + atrevía con el wals ni con la polka) repetían: + </p> + <p> + —¡Pero este Bermúdez está desconocido! + </p> + <p> + ¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le + desesperaba. Cierto que jamás había probado las dulzuras + groseras y materiales del amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? + Cierto que primero faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero + esta devoción, así como el comulgar dos veces al mes, en + nada empecía (su estilo) a los títulos de hombre de mundo + que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran! ¿Quién + era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como dicen en + Vetusta, salía muy recatadamente por la calle del Rosario, torcía + entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a los + porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por + la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez, + doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, + licenciado en filosofía y letras y bachiller en ciencias: el autor + ni más ni menos, de <i>Vetusta Romana</i>, <i>Vetusta Goda</i>, <i>Vetusta + Feudal</i>, <i>Vetusta Cristiana</i>, y <i>Vetusta Transformada</i>, a + tomo por Vetusta. Era él, que salía disfrazado de capa y + sombrero flexible. No había miedo que en tal guisa le reconociera + nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al + aire libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también + a olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía + seguridad de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por + invencible pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y + decisivo paso en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, + y solía ser una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras + de algún callejón inmundo. Alguna vez desde el fondo del + susodicho abismo le llamaba la tentación; entonces retrocedía + el sabio más pronto, ganaba el terreno perdido, volvía a las + calles anchas y respiraba con delicia el aire puro; puro como su cuerpo; y + para llegar antes a las regiones del ideal que eran su propio ambiente, + cantaba la <i>Casta diva</i> o <i>el Spirto gentil</i> o <i>el Santo + Fuerte</i>, y pensaba en sus amores de niño o en alguna heroína + de sus novelas. + </p> + <p> + ¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la + virtud! ¡Qué clara y evidente se le presentaba entonces la + idea de una Providencia! ¡Algo así debía de ser el + éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el paso + volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa + con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de + idealidad, como él decía para sus adentros. Su + enternecimiento era eminentemente piadoso, sobre todo en las noches de + luna. + </p> + <p> + Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien + escribía versos a la luz del petróleo o manejaba sus + librotes; y por fin se acostaba, satisfecho de sí mismo, contento + con la vida, feliz en este mundo calumniado donde, dígase lo que se + quiera, aún hay hombres buenos, ánimos fuertes. Esta + voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a la sensación + agradable del calorcillo del suave y blando lecho, convertía poco a + poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el imaginar aventuras + románticas, de amores en París, que era el país de + sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. Solía volver a sus + novelas de la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con + ella, o con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en + que ponía el ingenio femenil en lucha con el serio y varonil + ingenio suyo; y entre estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo + y, a lo sumo, vagas promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño + al arqueólogo, y la lógica se hacía disparatada, y + hasta el sentido moral se pervertía y se desplomaba la fortaleza de + aquel miedo que poco antes salvara al doctor en teología. + </p> + <p> + A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor + de estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el + cuerpo.—¡Memento homo!—decía el infeliz, y se + arrojaba del lecho con tedio, procurando una reacción en el espíritu + mediante agudos y terribles remordimientos y propósitos de buen + obrar, que facilitaba con chorros de agua en la nuca y lavándose + con grandes esponjas. Tal vez era la limpieza, esa gran virtud que tanto + recomienda Mahoma, la única que positivamente tenía el + ilustre autor de <i>Vetusta Transformada</i>. Después de bien + lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide el + Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venía; y por vanidad o por + fe creía en su regeneración todas las mañanas aquel + devoto del Corazón de Jesús. Por eso el espíritu no + envejecía: era el estómago, el pícaro estómago + el que no hacía caso de la fervorosa contrición del pobre + hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y + grosera! + </p> + <p> + Aquel día había recibido antes de comer un billete perfumado + de su amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué + emoción! No quiso abrir el misterioso pliego hasta después + de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar? + </p> + <p> + ¿Qué era aquello? O. F. decían dos letras enroscadas + como culebras en el lema del sobre.—De parte de doña Obdulia, + había dicho el criado. Aquella señora, todo Vetusta lo sabía, + era una mujer despreocupada, tal vez demasiado; era una original.... + Entonces... acaso... ¿por qué no?... una cita.... Ellos, al + fin, se entendían algo, no tanto como algunos maliciaban, pero se + entendían.... Ella le miraba en la iglesia y suspiraba. Le había + dicho una vez que sabía más que el Tostado, elogio que + él supo apreciar en todo lo que valía, por haber leído + al ilustre hijo de Ávila. En cierta ocasión ella había + dejado caer el pañuelo, un pañuelo que olía como + aquella carta, y él lo había recogido y al entregárselo + se habían tocado los dedos y ella había dicho:—«Gracias, + Saturno». Saturno, sin don. + </p> + <p> + Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, + Obdulia le había tocado con una rodilla en una pierna. Él no + había retirado la pierna ni ella la rodilla; él había + tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella no lo había + retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió + vino y abrió la carta. + </p> + <p> + Decía así: «Saturnillo: usted que es tan bueno + ¿querrá hacerme el obsequio de venir a esta su casa a las + tres de la tarde? Le espero con...». Hubo que dar vuelta a la hoja. + </p> + <p> + —Impaciencia—pensó el sabio. Pero decía: «...Le + espero con unos amigos de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados + de una persona inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso + colorado como si estuviera en ridículo delante de una asamblea. + </p> + <p> + —No importa—se dijo—esta visita a la catedral es un + pretexto. + </p> + <p> + Y añadió:—¡Bien sabe Dios que siento la + profanación a que se me invita! + </p> + <p> + Se vistió lo más correctamente que supo, y después de + verse en el espejo como un Lovelace que estudia arqueología en sus + ratos de ocio, se fue a casa de doña Obdulia. + </p> + <p> + Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero + el mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veía + apenas una calavera de color de aceituna y el talón de un pie + descarnado. Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el + pintor era un vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de + los especialistas en antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso + el cuadro y el pintor eran tan notables para Bermúdez. + </p> + <p> + El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy + largo, de color de pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio + de la estación, pero de cuatro o cinco onzas—su precio en la + Habana—y por esto pensaba que podía usarlo todo el otoño. + Se creía el señor Infanzón en el caso de comprender + el entusiasmo artístico del sabio mejor que las señoras, + quien por su natural ignorancia tenían alguna disculpa si no se + pasmaban ante un cuadro que no se veía. Buscó alguna frase + oportuna y por de pronto halló esto: + </p> + <p> + —¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme! + </p> + <p> + Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, + pero en realidad de verdad—estilo de Bermúdez—para + descansar, con una reacción proporcionada, de la postura incómoda + en que el sabio le había tenido un cuarto de hora. Por fin el del + jipijapa exclamó: + </p> + <p> + —Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo + cuadro del ilustre.... + </p> + <p> + —Cenceño.—Pues; del ilustrísimo Cenceño; + luciría más si.... + </p> + <p> + —Si se pudiera ver—interrumpió la esposa del señor + Infanzón. + </p> + <p> + Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y + rectificó diciendo: + </p> + <p> + —Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... + Tal vez la cera... el incienso.... + </p> + <p> + —No señor; ¡qué ahumado!—respondió + el sabio, sonriendo de oreja a oreja—. Eso que usted cree obra del + humo es la pátina; precisamente el encanto de los cuadros antiguos. + </p> + <p> + —¡La pátina!—exclamó el del pueblo + convencido—. Sí, es lo más probable. Y se juró, + en llegando a Palomares, mirar el diccionario para saber qué era pátina. + </p> + <p> + En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno; + reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos + sonriente que al saludar a Bermúdez. Después dobló la + cabeza y parte del cuerpo ante los de Palomares que le fueron presentados + por el sabio. + </p> + <p> + —El señor don Fermín de Pas, Magistral y provisor de + la diócesis.... + </p> + <p> + —¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!—exclamó + Infanzón que hacía mucho admiraba de lejos al señor + Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de + besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra vez, + y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El + Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las bóvedas + y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. + Pronto las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como + las llamaba don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor + mundano de que había infestado la sacristía desde el momento + de entrar. Era el olor del billete, el olor del pañuelo, el olor de + Obdulia con que el sabio soñaba algunas veces. Mezclado al de la + cera y del incienso le sabía a gloria al anticuario, cuyo ideal era + juntar así los olores místicos y los eróticos, + mediante una armonía o componenda, que creía él debía + de ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habían + sabido resistir toda clase de tentaciones. + </p> + <p> + Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de + cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no + había entendido nunca, se animó con la presencia del + Magistral de quien era hija de confesión, por más que + él había procurado varias veces entregarla a don Custodio, + hambriento de esta clase de presas. Aquella mujer le crispaba los nervios + a don Fermín; era un escándalo andando. No había más + que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras + desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de + terciopelo carmesí, debajo de la cual salían abundantes, + como cascada de oro, rizos y más rizos de un rubio sucio, metálico, + artificial. ¡Ocho días antes el Magistral había visto + aquella cabeza a través de las celosías del confesonario + completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de + particular mientras la dama no se movía; era negra, de raso. Pero + lo peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponía el grito + en el cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón + (no podía ser menos) que figuraba formas de una mujer + exageradamente dotada por la naturaleza de los atributos de su sexo. + ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo parecía + que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras irritaba al + Magistral, que no quería aquellos escándalos en la iglesia. + Aquella señora entendía la devoción de un modo que + podría pasar en otras partes, en un gran centro, en Madrid, en París, + en Roma; pero en Vetusta no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, + como podía referírselas en su tocador a alguna amiga de su + estofa. Citaba mucho a su amigo el Patriarca y al campechano obispo de + Nauplia; proponía rifas católicas, <i>organizaba</i> bailes + de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada, para las personas + decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la mano siempre que + podía, pero no podía siempre. Su autoridad, que era absoluta + casi, no conseguía sujetar aquel azogue que se le marchaba por las + junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. + ¡Y ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de + Nauplia, aquel prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron + en el hotel de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más + ardientes, más negras de aquellos ojos negros, grandes y + abrasadores eran para De Pas; los adoradores de la viuda lo sabían + y le envidiaban. Pero él maldecía de aquel bloqueo. + </p> + <p> + —«Necia, ¿si creerá que a mí se me + conquista como a don Saturno?». + </p> + <p> + A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés + con la viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y + enemigos. Era menester que una persona estuviese debajo de sus pies, + aplastada, para que don Fermín no usase con ella de formas + irreprochables. La urbanidad era un dogma para el Magistral lo mismo que + para Bermúdez, pero sacaban de ella muy diferente partido. + </p> + <p> + Mientras se hablaba de lo mucho bueno que había en la catedral y el + lugareño se pasmaba y su señora repetía aquellas + admiraciones, Obdulia se miraba como podía, en las altas + cornucopias. + </p> + <p> + El Magistral se despidió. No podía acompañar a + aquellas señoras, lo sentía mucho... pero le esperaba la + obligación... el coro. Todos se inclinaron. + </p> + <p> + —Lo primero es lo primero—dijo el de Palomares, aludiendo a la + Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la + Divinidad o ante el Provisor.) + </p> + <p> + Afortunadamente, según don Fermín, nada les serviría + su inutilidad, mientras que Bermúdez era una crónica viva de + las antigüedades vetustenses. + </p> + <p> + Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar + el suelo; después miró a Obdulia con mirada seria, + penetrante, como con una sonda, como diciéndole: + </p> + <p> + —Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según + la opinión del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. + Todo esto quiso decir con los ojos; pero ella no debió de + entenderlo, porque se despidió del Magistral dejándole el + alma, por conducto de las pupilas, entre los pliegues amplios y rítmicos + del manteo. De este se despojó don Fermín, después de + acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado roquete, + la señoril muceta y la capa de coro. + </p> + <p> + —¡Qué guapo está!—dijo desde lejos + Obdulia, mientras los lugareños admiraban con la fe del carbonero + otro cuadro que alababa don Saturnino. + </p> + <p> + Dieron vuelta a toda la sacristía. Cerca de la puerta había + algunos cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. + A la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas + de Cenceño, sin duda porque se veían mejor. Pero su prudente + esposo, considerando que Bermúdez pasaba con afectado desdén + delante de aquellos vivos y flamantes colores, dio un codazo a su mujer + para que entendiera que por allí se pasaba sin hacer aspavientos. + Entre aquellos cuadros había una copia bastante fiel y muy + discretamente comprendida del célebre cuadro de Murillo <i>San Juan + de Dios</i>, del Hospital de incurables de Sevilla. A la señora de + pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde + que se ve una vez no se olvida. + </p> + <p> + —¡Oh, qué hermoso!—exclamó sin poder + contenerse. + </p> + <p> + Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo: + </p> + <p> + —Sí, es bonito; pero muy conocido. + </p> + <p> + Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al + pordiosero enfermo, entre las tinieblas. + </p> + <p> + El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy + colorado y en voz baja la reprendió de esta suerte: + </p> + <p> + —Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina? + </p> + <p> + Salieron de la sacristía.—Por aquí—dijo Bermúdez + señalando a la derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo + de algunas beatas que interrumpieron sus oraciones para descoser y + recortar la coraza de fuego de Obdulia. La falda de raso, que no tenía + nada de particular mientras no la movían, era lo más + subversivo del traje en cuanto la viuda echaba a andar. Ajustábase + de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecía apretado calzón + ciñendo esculturales formas, que así mostradas, no convenían + a la santidad del lugar. + </p> + <p> + —Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes—murmuró + muy quedo el arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de + su <i>Vetusta Goda</i> y de su <i>Vetusta Cristiana</i>. Y en honor de la + verdad se ha de decir que un rey se le iba y otro se le venía; esto + es, que los mezclaba y confundía, siendo la falda de Obdulia la + causa de tales confusiones, porque el sabio no podía menos de + admirar aquella atrevidísima invención, nueva en Vetusta, + mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y significativas + curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran + pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del + lugar sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez + de apagar sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que + deploraba, como si a una hoguera la echasen petróleo.... + </p> + <p> + Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, fría, + de tosca fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El + taconeo irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba + Obdulia debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la + seda frotando las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos + de nieve y espuma que tal se le antojaban a don Saturno, quien los había + visto otras veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de + siglos a los reyes allí sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo + dijo respecto del descanso eterno de tan respetables señores: + </p> + <p> + —Aquí descansan desde la octava centuria los señores + reyes don..., y pronunció los nombres de seis o siete soberanos con + variantes en las vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo + corrupciones vulgares, decía <i>ue</i> en vez de <i>oi </i> y otros + adefesios. + </p> + <p> + Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y + elocuencia de don Saturnino. + </p> + <p> + Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, había un sepulcro + de piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones + ilegibles. Entre el sepulcro y el muro había estrecho pasadizo, de + un pie de ancho y del otro lado, a la misma distancia, una verja de + hierro. En la parte interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la + verja quedaron los lugareños. Bermúdez, y en pos de él + Obdulia, se perdieron de vista en el pasadizo sumido en tinieblas. Después + de la enumeración de don Saturno, hubo un silencio solemne. El + sabio había tosido, iba a hablar. + </p> + <p> + —Encienda usted un fósforo, señor Infanzón—dijo + Obdulia. + </p> + <p> + —No tengo... aquí. Pero se puede pedir una vela. + </p> + <p> + —No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de + memoria... y además, no se pueden leer. + </p> + <p> + —¿Están en latín?—se atrevió a + decir la Infanzón. + </p> + <p> + —No señora, están borradas. + </p> + <p> + No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de + hora. Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos + 1.º, 2.º, 3.º y 4.º de una de sus <i>Vetustas</i> y ya + iba a terminar con el epílogo que copiaremos a la letra, cuando + Obdulia le interrumpió diciendo: + </p> + <p> + —¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones? + Yo creo sentir.... + </p> + <p> + Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por + las tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía + el hombro; y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón + enérgico, concluyó de esta suerte: + </p> + <p> + —Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el + alboroque de ricas preseas, envidiables privilegios y pías + fundaciones a esta Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne + mansión ultratelúrica para los mortales despojos; con la + majestad de cuyo depósito creció tanto su fama, que presto + se vio siendo emporio, y gozó hegemonía, digámoslo así, + sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga, Iria, Coimbra, + Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas <i>et sic de coeteris</i>. + </p> + <p> + —¡Amén!—exclamó la lugareña sin + poder contenerse; mientras Obdulia felicitaba a Bermúdez con un + apretón de manos, en la sombra. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="IImdash" id="IImdash"></a>—II— + </h2> + <p> + El coro había terminado: los venerables canónigos dejaban + cumplido por aquel día su deber de alabar al Señor entre + bostezo y bostezo. Uno tras otro iban entrando en la sacristía con + el aire aburrido de todo funcionario que desempeña cargos oficiales + mecánicamente, siempre del mismo modo, sin creer en la utilidad del + esfuerzo con que gana el pan de cada día. El ánimo de + aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el roce continuo de los cánticos + canónicos, como la mayor parte de los roquetes, mucetas y capas de + que se despojaban para recobrar el manteo. Se notaba en el cabildo de + Vetusta lo que es ordinario en muchas corporaciones: algunos señores + prebendados no se hablaban; otros no se saludaban siquiera. Pero a un + extraño no le era fácil conocer esta falta de armonía: + la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto reinaba la mayor y + más jovial concordia. Había apretones de mano, golpecitos en + el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos al oído. + Algunos, taciturnos, se despedían pronto y abandonaban el templo; + no faltaba quien saliera sin despedirse. + </p> + <p> + Cuando entraba el Magistral, el ilustrísimo señor don + Cayetano Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano + en el mármol de la mesa, porque los codos no llegaban a tamaña + altura, y exclamaba después de haber olfateado varias veces, como + perro que sigue un rastro: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">—Hame dado en la nariz olor de...</span><br /> + </p> + <p> + La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, + cortando la cita, añadió: + </p> + <p> + —¿Parece que hemos tenido faldas por aquí, señor + De Pas? + </p> + <p> + Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco + verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita. + </p> + <p> + Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, + alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino + al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a + punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño + natural; aunque, según otros, más se parecía a una + urraca, o a un tordo encogido y despeluznado. Tenía sin duda mucho + de pájaro en figura y gestos, y más, visto en su sombra. Era + anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de los antiguos, largo y + estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio, y como lo echaba hacia + el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un telescopio; era + miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en nariz + larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos + inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo estudiante, + solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era + de asunto teológico o canónico, extendía la mano + derecha y formaba un anteojo con el dedo pulgar y el índice. Como + el interlocutor solía ser más alto, para verle la cara + Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un ojo solo, como + también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque era don + Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de + arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la + derecha del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun + de admiración no por estos vulgares títulos, ni por la cruz + que le hacía ilustrísimo, sino por el don inapreciable de + poeta bucólico y epigramático. Sus dioses eran Garcilaso y + Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a Meléndez + Valdés y no poco a Inarco Celenio. Había venido a Vetusta de + beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis había + asistido al coro de aquella iglesia y podía tenerse por tan + vetustense como el primero. Muchos no sabían que era de otra + provincia. Además de la poesía tenía dos pasiones + mundanas: la mujer y la escopeta. A la última había + renunciado; no a la primera, que seguía adorando con el mismo + pudibundo y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo + vetustense, aun contando a los librepensadores que en cierto restaurant + comían de carne el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a + dudar de la castidad casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a + la dama no tenía que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer + era el sujeto poético, como él decía, pues se + preciaba de hablar como los poetas de mejores siglos y al asunto solía + llamarlo sujeto. Sentía desde su juventud, imperiosa necesidad de + ser galante con las damas, frecuentar su trato y hacerlas objeto de + madrigales tan inocentes en la intención, cuanto llenos de picardía + y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo épocas de negra + intransigencia en que se persiguió la manía de Ripamilán + como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de + quemar un libro de versos que publicó el Arcipreste a costa del + marqués de Corujedo, gran protector de las letras. Por este tiempo + fue cuando se quiso excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje + que se encontrará más adelante. + </p> + <p> + Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era + entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas + inocentadas, bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los + montes. Pero ¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién + se acordaba ya de Meléndez Valdés, ni de las <i>Églogas + y Canciones por un Pastor de Bílbilis</i>, o sea don Cayetano + Ripamilán? El romanticismo y el liberalismo habían hecho + estragos. Y había pasado el romanticismo, pero el género + pastoril no había vuelto, ni los epigramas causaban efecto por + maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigos + <i>laudatores temporis acti</i>, como decía él; no alababa + el tiempo pasado por sistema, pero en punto a poesía era preciso + confesar que la revolución no había traído nada + bueno. + </p> + <p> + —Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada—solía + él decir a los jóvenes de Vetusta, que le querían + mucho—. Ustedes, por ejemplo, no saben bailar. Díganme, si + no, ¿de dónde se sacan que puede ser buena crianza el coger + a una señorita por la cintura y apretarla contra el pecho? + </p> + <p> + Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que + él, años atrás, había visto bailar en Madrid, + con ocasión de cierto viaje curioso. + </p> + <p> + —En mi tiempo bailábamos de otra manera. + </p> + <p> + El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había + bailado más que con alguna silla. Eso sí; allá, + cuando seminarista, había sido gran tañedor de flauta y + bailarín sin pareja. De todas maneras, figurándose con la + abundante y poética fantasía que Dios le había dado, + los rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en + <i>petit comité</i>—según decía—terciar + el manteo, colocar la teja debajo del brazo, levantar un poco la sotana y + bailar unos solos muy pespunteados y conceptuosos, llenos de piruetas, + genuflexiones y hasta trenzados. + </p> + <p> + Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste + quedaba en sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no + alcanzaba en los tiempos de prosa a que habíamos llegado. + </p> + <p> + Esto de los bailes solía acontecer en las tertulias a donde el + setentón acudía sin falta, porque desde que los médicos + le habían prohibido escribir y hasta leer de noche, no podía + pasar sin la sociedad más animada y galante. El tresillo le aburría + y los conciliábulos de canónigos y obispos de levita, como + él decía siempre, le ponían triste. «No era + liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraía + y prefería su trato al de los más sesudos vetustenses. Los + poetillas y gacetilleros de la <i>localidad</i> tenían en él + un censor socarrón y malicioso, aunque siempre cortés y + afable. Encontrábase en la calle, por ejemplo, con Trifón Cármenes, + el poeta de más alientos de Vetusta, el eterno vencedor en las + justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba con un dedo, acercaba su + corva nariz a la ancha oreja del vate y decíale: + </p> + <p> + —He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo + de <i>versate manu</i>. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos + sobre todo! ¿Dónde hay sencillez como aquella: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Yo he visto un pajarillo</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">posarse en un tomillo?</span><br /> + </p> + <p> + Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último + verso, con lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayoría + del cabildo absolvía de esa falta de formalidad al Arcipreste a + condición de que se le tuviera por chocho. + </p> + <p> + —Y aun así y todo—decía un canónigo muy + buen mozo, nuevo en Vetusta y en el oficio, pariente del ministro de + Gracia y Justicia—aun así y todo no se puede llevar en calma + la imprudencia con que habla de todo; suelta la sin hueso y juzga + precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones impropias de una dignidad. + </p> + <p> + A este mismo señor canónigo que embozadamente le había + reprendido algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solía + taparle la boca el Arcipreste diciendo: + </p> + <p> + —Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridísimo poeta + Marcial dejó escrito para casos tales, es a saber: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;"><i>Lasciva est nobis pagina, vita proba + est.</i></span><br /> + </p> + <p> + Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los + verdores en la lengua, y otros, no menos canónigos que él, + en otra parte. Y no era de estos días el ser don Cayetano muy + honesto en el orden aludido, sino que toda la vida había sido un + boquirroto en tal materia, pero nada más que un boquirroto. Y esta + era la traducción libre del verso de Marcial. + </p> + <p> + El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la + catedral había despertado sus instintos anafrodíticos, su + pasión desinteresada por la mujer, diríase mejor, por la señora. + Aquel olor a Obdulia, que ya nadie notaba, sentíalo aún don + Cayetano. + </p> + <p> + El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se marchaba. + Algo tenía que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que solían + quedarse al tertulín, como llamaban a la sabrosa plática de + la sacristía después del coro. Si hacía bueno, los + del tertulín acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o + ir al Espolón. Si llovía o amenazaba, prolongaban el palique + hasta que el <i>Palomo</i> hacía un discreto ruido con las llaves + de la catedral y cada canónigo se iba a su casa. No se crea por + esto que eran íntimos amigos los aficionados a platicar después + del coro. Acontecía allí lo que es ley general de los + corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no + tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida + hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban + cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debía de estar en su + casa el temerario, alguno de los que quedaban, decía de repente: + </p> + <p> + —Como ese otro.... Y todos sabían que aquel gesto de señalar + a la puerta y tales palabras significaban: + </p> + <p> + —¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a <i>ese otro</i>. + </p> + <p> + El Arcipreste no era de los que menos murmuraban. + </p> + <p> + Él le había puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como + una maza, al señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo + nadie le llamaba Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco + torcido del hombro derecho don Restituto—por lo demás buen + mozo, casi tan alto como el pariente del ministro—, y como este + defecto incurable era un obstáculo a las pretensiones de gallardía + que siempre había alimentado, discurrió hacer de tripas + corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad de gracia, + de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de disimularlo + subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más + hacia la derecha, inclinándose como un sauce llorón. + Resultaba de aquella extraña postura que parecía Mourelo un + hombre en perpetuo acecho, adelantándose a los rumores, avanzada de + sí mismo para saber noticias, cazar intenciones y hasta escuchar + por los agujeros de las cerraduras. Encontraba el Arcediano, sin haber leído + a Darwin, cierta misteriosa y acaso cabalística relación + entre aquella manera de <i>F</i> que figuraba su cuerpo y la sagacidad, la + astucia, el disimulo, la malicia discreta y hasta el maquiavelismo canónico + que era lo que más le importaba. Creía que su sonrisa, un + poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba al mundo + entero. Sí, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos caras: + iba con los de la feria y volvía con los del mercado; disimulaba la + envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que + no incurría nunca.—Pero, decía el Arcipreste, ni su + amabilidad engaña a todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan + Maquiavelo como él supone. + </p> + <p> + Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba + los ojos alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera + intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita + que fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para + que su piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvía + secretos. Decía él que abría el corazón por + única vez al primero que quería oírle. + </p> + <p> + —Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que + olvidan que en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo + inconveniente en ser explícito y franco, acaso por la primera vez + en mi vida. Pues bien, oiga usted el secreto. + </p> + <p> + Y lo decía. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la + sacristía muchas veces diciendo de modo que apenas se le oía: + </p> + <p> + —¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure! + </p> + <p> + Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro + alguna rara vez, escondiéndose en las sombras de una platea de + proscenio o sea <i>bolsa</i>, vio una noche el drama titulado: <i>Los + hijos de Eduardo</i>, arreglado por Bretón de los Herreros, y en + cuanto salió a escena Glocester, el Regente jorobado y torcido y + lleno de malicias, exclamó: + </p> + <p> + —¡Ahí está el Arcediano! + </p> + <p> + La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo + para toda Vetusta ilustrada. Allí estaba, oyendo con fingida + complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía, + presente y ausente. Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues + hablaba girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba + un ojo al Deán y barrenaba con un dedo la frente. Quería + aludir a la locura del poeta bucólico. El cual continuaba diciendo: + </p> + <p> + —No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida + que llevaba esta señora viuda en la corte, porque era muy amiga del + célebre obispo de Nauplia, a quien yo traté allí con + gran intimidad. En una fonda de la calle del Arenal tuve ocasión de + conocer bien a esa Obdulia, a quien antes apenas saludaba aquí, a + pesar de que éramos contertulios en casa del Marqués de + Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No cree en el sexto. + </p> + <p> + Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con + sonreír, inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de + Dios el escándalo de los oídos. El Arcediano rio sin ganas. + </p> + <p> + La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la + sacristía, como poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus + perfumes. + </p> + <p> + El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho + Marcial, salvo el latín. + </p> + <p> + —Señores, a mí me ha dicho Joaquinito Orgaz que los + vestidos que luce en el Espolón esa señora.... + </p> + <p> + —Son bien escandalosos...—dijo el Deán. + </p> + <p> + —Pero muy ricos—observó el pariente del ministro. + </p> + <p> + —Y muchos; nunca lleva el mismo; cada día un perifollo nuevo—añadió + el Arcediano—; yo no sé de dónde los saca, porque ella + no es rica; a pesar de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más + que una renta miserable y una viudedad irrisoria.... + </p> + <p> + —Pues a eso voy—interrumpió triunfante don Cayetano—. + Me ha dicho el chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico + en San Carlos, que estos últimos años Obdulita servía + en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la célebre querida del + célebre.... + </p> + <p> + —Sí ¿qué?—Que le servía de + trotaconventos, digámoslo así. Es decir, no tanto: pero + vamos, que la acompañaba y... claro, la otra, agradecida... le + manda ahora los vestidos que deja, y como los deja nuevos y tiene tantos y + tan ricos.... + </p> + <p> + El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, + al Arcipreste, se interesaba de veras con la crónica. Ripamilán + saboreaba la plática lasciva sólo por lo que tenía de + gracejo. Los demás empezaron a estorbarse oyendo juntos aquellas + murmuraciones. El Arcipreste clavaba los ojuelos negros y punzantes en el + Magistral, confesor de Obdulia; parecía buscar su testimonio. + </p> + <p> + El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con + don Cayetano. Sufría sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le + perdonaba aquellos inocentes alardes de erotismo retórico porque + conocía sus costumbres intachables y su corazón de oro. Eran + muy buenos amigos, y Ripamilán el más decidido y entusiástico + partidario de don Fermín en las luchas del cabildo. Otros le seguían + por interés, muchos por miedo; don Cayetano, incapaz de temer a + nadie, le servía y le amaba porque, según él, era el + único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito, + Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un + sabio, un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valía + más que todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le + hablaba de los supuestos cohechos del Provisor, de su tiranía, de + su comercio sórdido, se indignaba el anciano y negaba en redondo + hasta los casos de simonía más probables. Si le traían + a cuento el capítulo de las aventuras amorosas, que no pasaban de + ser rumores anónimos, sin fundamento que hiciera prueba, el + Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que aquello era + posible, pero importaba menos. + </p> + <p> + —La verdad es que don Fermín es muy buen mozo, y, si las + beatas se enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante + y hablando como un Crisóstomo en el púlpito, él no + tiene la culpa ni la cosa es contraria a las sabias leyes naturales. + </p> + <p> + El Magistral sabía todo lo que Ripamilán pensaba de él + y le consideraba el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. + Tenía que hacerle ciertas preguntas que, no tratándose del + Arcipreste, podrían ser peligrosas. Glocester había olido + algo. + </p> + <p> + —«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo + sufría aquella jaqueca? No, pues él tampoco dejaba el puesto». + Era el de Mourelo el más cordial enemigo que tenía el + Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo más refinado del + Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas relaciones + con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle + el terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón. + Vastísimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y + revueltas, emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas + infernales. Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le había + dado aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del + Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, + muy principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, + Regente en varias Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde + se jubiló con el pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas + dudosas incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podía + vivir holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió + llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo + conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora + y aquí fue ella. La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de + Quintanar de la ilustre familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la + <i>advenediza</i> tuvo que perdonar y contentarse con ser: la <i>otra</i> + Regenta. Además, el conflicto duraría poco; ya empezaba a + usarse el nombre de «Presidente» y pronto habría nombre + distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de Ozores. La cual + siempre había sido hija de confesión de don Cayetano, pero + este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a + algunas pocas personas, señoras casi todas, de alta categoría, + escogidísimos amigos y amigas, al cabo se había cansado + también de esta leve carga, pesada para sus años; y resuelto + a retirarse por completo del confesonario, había suplicado a sus + hijas de confesión que le librasen de este trabajo y hasta señalado + sucesor en tan grave e interesante ministerio; sucesor diferente según + las personas. Esta especie de herencia, o mejor, sucesión <i>inter + vivos</i>, era muy codiciada en el cabildo y por todos los dependientes + del clero catedral. Antes de la reacción religiosa que en Vetusta, + como en toda España, habían producido los excesos de los + libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y congresos, era + el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada, porque tenía + la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda había cambiado, + se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral que se + iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por costumbre, + otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por seguir contentas + con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas continuaban asistiendo + al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo se cansó y + con buenos modos empezó a sacudirse las moscas. + </p> + <p> + Don Custodio, joven ardentísimo en sus deseos, creía + demasiado en los milagros de fortuna que hace la confesión + auricular y atribuía a ellos sin razón los progresos del + Magistral; por esto acechaba la sucesión del Arcipreste con más + avaricia que todos, con pasión imprudente. Había averiguado + que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno + de los más ricos americanos de <i>La Colonia</i> había + pasado, tiempo atrás, del confesonario de Ripamilán al de + don Fermín. Esto era ya una gollería. Pero ¡oh escándalo! + ahora (don Custodio lo había averiguado escuchando detrás de + una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al Magistral + la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin duda + la digna y virtuosa y hermosísima esposa de don Víctor + Quintanar. ¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de + la envidia manar de sus labios! Después de haber tropezado en el + trasaltar con el Provisor, se había dirigido hacia el trascoro, y + dentro de la capilla del <i>otro</i>, había visto, mirando de + soslayo, dos señoras; <i>nuevas</i> sin duda, pues no sabían + que aquella tarde no <i>se sentaba</i> don Fermín. Había + vuelto a pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, + a pesar de las sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la + Regenta en persona. + </p> + <p> + Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a + esta sucesión particular; creía pertenecerle por razón + de su dignidad el honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con + el Obispo no había que contar; el Deán era un viejo que no + hacía más que comer y temblar; en una procesión de + desagravios cuatro borrachos le habían dado un susto, del que sólo + se repuso su estómago; digería muy bien, pero no discurría; + no pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo + al coro; tampoco había que contar con él. El Arcipreste + renunciaba a la Regenta, ¿pues qué dignidad seguía? + la suya; la jerarquía indicaba al Arcediano. Se trataba, pues, de + un atropello, de una injusticia que clamaba al cielo, y no podía + clamar al Obispo, porque este era esclavo de don Fermín». + Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no tenía + el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan + buen bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su + enemigo. Adulaba a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de + sus derechos. Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído + del confidente: + </p> + <p> + —¿Será libre elección de esa señora?—Y + separándose un poco, para ver el efecto de su malicia, miró + al beneficiado con ojos llenos de picaresca intención, mientras los + carrillos cárdenos e hinchados delataban un buche de risa, próxima + a derramarse por las comisuras de los labios. + </p> + <p> + —Puede ser—contestó don Custodio, subrayando las + palabras, para darse por enterado de la intención del otro. + </p> + <p> + Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que + era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de + Obdulia Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que + podía tener el Magistral para oír a don Cayetano, en vez de + correr al confesonario al pie del cual le esperaba la más codiciada + penitente de Vetusta la noble. + </p> + <p> + Se juraba a sí mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el + puesto sin saber a qué atenerse. + </p> + <p> + El Magistral había resuelto no entrar aquel día en la + capilla que llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción, + motivo para dar que decir. ¿Estarían allí todavía + aquellas señoras? Al bajar de la torre y pasar por el trascoro las + había visto, las había conocido, eran la Regenta y Visitación; + estaba seguro. ¿Cómo habían venido sin avisar? Don + Cayetano debía de saberlo. Cuando una señora de las + principales, como era la Regenta, quería hacerse hija de confesión + del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedía hora. Las + personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a + tanto, y las pocas de esta clase que confesaban con él acudían + en montón a la capilla obscura cuyos secretos envidiaba don + Custodio; allí esperaban el turno de las penitentes anónimas. + Estas humildes devotas ya sabían cuáles eran los días + de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por eso la capilla estuvo + desierta hasta que llegaron las dos señoras. Visitación se + confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo los días + <i>fastos</i> y <i>nefastos</i>, ignoraba cuándo se sentaba el + Provisor y cuándo no. La Regenta venía por primera vez, + «¿por qué no le había avisado? El suceso era + bastante solemne y había de sonar lo suficiente para merecer + preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que + aquella señora pensaba que él había de beber los + vientos para averiguar cuándo vendría a favorecerle con su + visita?... ¿Era humildad? ¿Era que con una delicadeza y un + buen gusto cristiano y no común en las damas de Vetusta, quería + confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una de tantas?». + Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecía un + rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de + Obdulias y Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacía + ser irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en + general con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones; + adquirían pronto una familiaridad importuna que daba ocasión + a las calumnias de los necios y de los mal intencionados». + </p> + <p> + «No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, + lleno de ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, + que tal vez se gana en el confesonario, para que le halagasen todavía + revelaciones imprudentes, que sólo servían para inundarle el + alma de hastío. Esperaba algo nuevo, algo más delicado, algo + selecto». Sabía, por rumores, que el Arcipreste había + aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del Magistral, puesto + que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano nada le había + dicho. Además, como en materia de confesión los buenos clérigos + son muy reservados, Ripamilán, que sabía tratar en serio los + asuntos serios, nunca había hablado al Magistral de lo que podía + ser la Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba + De Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de + Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo; y + Glocester no se movía. Se habían ido despidiendo todos los + señores canónigos; quedaban los tres y el <i>Palomo</i>, que + abría y cerraba cajones con estrépito y murmuraba; + maldiciones sin duda. + </p> + <p> + Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba + decirle el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente + que él también quería hablar al Provisor, y como en + casos tales no se mordía la lengua, cortó la conversación + diciendo: + </p> + <p> + —¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una + palabra, con permiso del señor Arcediano... es decir, no es una + palabra, tenemos que hablar largo... son intereses espirituales. + </p> + <p> + Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido + tronco, haciéndose un arco de puente, y salió de la sacristía + diciendo para su alzacuello morado y blanco: + </p> + <p> + —«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar + todas juntas!». + </p> + <p> + El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del + Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros + expedientes por el estilo. + </p> + <p> + —«Si todos fueran como yo, Glocester no sabría qué + hacer de su habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas + no fuesen gallinas!». + </p> + <p> + Glocester salía siempre por la puerta del claustro, abierta al + extremo Norte del crucero; por allí llegaba antes a su casa: pero + esta vez quiso salir por la puerta de la torre, porque así pasaba + junto a la capilla del Magistral. Miró; no había nadie. + Entonces se detuvo, volvió a mirar con ahínco, dio un paso + dentro de la capilla; no había nadie; estaba seguro. «¡Luego + aquellas señoras se habían ido sin confesión; luego + el Magistral se permitía el lujo de desairar nada menos que a la + Regenta!». El Arcediano vio un mundo de intrigas que podían + fundarse en este descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una + pila grande de mármol negro, y mientras se santiguaba, inclinándose + frente al altar del trascoro, decía para sí: + </p> + <p> + —Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará + caro. Lo explotaré. + </p> + <p> + Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que + se le antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta + postigos secretos y escaleras subterráneas. + </p> + <p> + El Arcipreste había abierto la boca al oír a De Pas que la + Regenta estaba en la catedral, según le habían dicho, y que + él no había corrido a saludarla y a confesarla, si a eso venía, + como era de suponer. + </p> + <p> + —¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?—gritaba + don Cayetano, asustado de veras. + </p> + <p> + —A ver, Rodríguez (el <i>Palomo</i>) corre a la capilla del + señor Magistral, y si está allí una señora.... + </p> + <p> + Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito + que se metió en la conversación diciendo: + </p> + <p> + —No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora + Regenta. Se han ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se + sentaba el señor Magistral; y doña Visita que ya quería + irse antes, cogió del brazo a doña Ana y se la llevó. + </p> + <p> + —¿Y qué decían?—preguntó don + Cayetano. + </p> + <p> + —Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada + porque la señora Regenta había querido venir sin mandar + antes un recado. Creo que fueron a paseo, porque doña Visita dijo + no sé qué del Espolón. + </p> + <p> + —¡Al Espolón!—gritó Ripamilán, + cogiendo con una mano un brazo del Magistral y con la otra la teja—. + ¡Al Espolón! + </p> + <p> + —¡Pero don Cayetano!—Es cuestión de honra para mí; + de ese desaire tengo yo culpa en cierto modo. + </p> + <p> + —Pero si no fue desaire—repetía el Provisor dejándose + llevar, y con el rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de + alegría que lo inundaba. + </p> + <p> + —Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero + dar una explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! + Por el camino hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente, + como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de + bondad como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo. + </p> + <p> + —Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía.... + </p> + <p> + Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la + catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de + este lado era la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después + que las otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en + el centro; las paredes estaban adornadas con profusión de + hojarasca, arabescos y otros cosméticos del género decadente + a que pertenecía. + </p> + <p> + El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas no + paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, + olfateando, y tendió el cuello en actitud de escuchar. + </p> + <p> + —¡Así Dios me valga, son ellos!—dijo pasmado. + </p> + <p> + —¿Quién?—Ellos; la viudita y don Saturno; + reconozco el chirrido de ese grillo destemplado. + </p> + <p> + Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del + templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El + Magistral le siguió, para ocultar su deseo de llegar al Espolón + cuanto antes. + </p> + <p> + Eran <i>ellos</i>, en efecto. + </p> + <p> + En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la + levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas + las orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección + de la bóveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignación + la comunicaba de grado o por fuerza a los Infanzones. + </p> + <p> + —Señores—exclamaba—ya lo ven ustedes: esta + capilla es el lunar, el feo lunar, el borrón diré mejor, de + esta joya gótica. Han visto ustedes el panteón, de severa + arquitectura románica, sublime en su desnudez; han visto el + claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda, + de un gótico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta + llamada Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las + primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del + relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero + sublime artífice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y + gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo + decir, del cincel de un Grijalte; y <i>reasumiendo</i>, en toda la Santa + Basílica han podido corroborar la idea de que este templo es obra + de arte severo, puro, sencillo, delicado... <i>Empero</i> aquí, señores, + forzoso es confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la + redundancia se han dado cita para labrar estas piedras en las que lo + amanerado va de la mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. + Esta Santa Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la + ignominia de la catedral de Vetusta. + </p> + <p> + Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote + con el pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado + tiempo hacía en elocuencia liquefacta. + </p> + <p> + Los Infanzones sudaban también. El marido tenía en la cabeza + una olla de grillos. Había oído en hora y media un curso + peripatético—¡a pie y andando todo el tiempo!—de + arqueología y arquitectura y otro curso de historia pragmática. + El desgraciado ya confundía a los califas de Córdoba con las + columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más + de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el + jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y + ya dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile + descalzo o al arco de medio punto; <i>reasumiendo</i>, como decía + el sabio; sentía náuseas invencibles y apenas oía al + arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos por + contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido + una irreverencia. + </p> + <p> + —Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno—pensaba—¡pero + en una catedral! + </p> + <p> + El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía + decir la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía + al frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea. + Pero el pobre lugareño seguía diciendo que sí a todo. + </p> + <p> + «Estaba conforme, aquello era una profanación. ¡Qué + pesadez la de aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya + si eran pesados! Como que el Infanzón temía que se le + cayeran encima; porque se meneaban, sin duda. Pero ¡buen Dios! añadía + para sus adentros; si el género plateresco es cargante y pesadísimo + ¿dónde habrá cosa más plateresca que este señor + don Saturnino?». + </p> + <p> + Se le pasó por la imaginación si estaría burlándose + de ellos porque eran de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no debía + de mentir; hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la + emigración de la piña pérsica a las columnas árabes; + sólo que todo aquello ¡qué le importaba a él + que era un compromisario! + </p> + <p> + La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, + aburrida, despeada, pero no aturdida. Hacía más de una hora + que no oía palabra de cuanto hablaba aquel charlatán, sin + vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera porque su marido + todo lo consideraba inconveniencia y falta de educación! ¡Si + no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba escandalizada, + furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el bobalicón + de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. + Él pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía + el distraído. ¿Y la doña Obdulita? No, y que parecía + maestra en aquel teje maneje. No habían desperdiciado ni una sola + ocasión. ¡Claro! y así les habían traído + y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto estaba + obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto + una vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y + siempre juntos; y en cuanto había algo estrecho querían + pasar a la una... y pasaban ¡qué desenfreno! ¿Pero de + dónde le venía a su marido la amistad de aquella señorona?». + Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra; + y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el + Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes + amable y cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó + su discurso. Se trataba de probar sus injuriosas afirmaciones. + </p> + <p> + —Véase si no—continuaba—lo que salta a los ojos, + a los del alma quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el + dignísimo Obispo, salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo + Obispo don García Madrejón que consintió este confuso + acervo de adornos y follajes, quinta esencia de lo barroco, de la profusión + manirrota y de la falsedad. Cartelas, medallas, hornacinas (y señalaba + con el dedo), capiteles, frontones rotos, guirnaldas, colgadizos, + hojarasca, arabescos, que pululáis por las decoraciones de puertas, + ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre del arte, de la santa idea de + sobriedad y la no menos inmortal e inmaculada de armonía, yo os + condeno a la maldición de la historia! + </p> + <p> + —Pues oiga usted—se atrevió a decir la Infanzón + sin mirar a su esposo—; diga usted lo que quiera, esta capilla me + parece a mí muy bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el + templo... ¡blasfemando así de Dios y sus santos! + </p> + <p> + Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y + escogía, con un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro + y desinteresado. Además le gustaba de veras la capilla y no quería + más contemplaciones. + </p> + <p> + El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca. + </p> + <p> + «Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no + lo consiguió en cuanto quiso. Obdulia soltó al aire una + carcajada, que oyó don Cayetano desde fuera. Don Saturno, cortado y + sospechando algo del motivo de aquella inesperada oposición, se + contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer la boca y las cejas + de una manera inventada por él mismo frente al espejo. Quería + aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras. Sólo + contestó: + </p> + <p> + —Señora... yo no profano nada.... El Arte.... + </p> + <p> + —¡Sí profana usted!—¡Pero mujer, pero + Carolina!—¡Oh! déjela usted, señor Infanzón; + yo respeto todas las opiniones. + </p> + <p> + Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar + o no profanar, se apresuró a añadir: + </p> + <p> + —Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, + que yo sigo los cánones de la belleza clásica condenando enérgicamente + el gusto barroco.... Esto es plateresco.... + </p> + <p> + —¡Churrigueresco!—exclamó el compromisario + queriendo así compensar la protesta disparatada de su mujer. + </p> + <p> + —¡Churrigueresco!—repitió—¡da náuseas!—y + se vio claramente que las sentía. + </p> + <p> + —¡Churrigueresco!—pudo decir otra vez. + </p> + <p> + —¡Rococó!—concluyó Obdulia. + </p> + <p> + En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera a + besarle las botas color bronce. + </p> + <p> + Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresuró a + despedirse. De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tenía + mucho frío. El viento caliente le sabía a cierzo. + </p> + <p> + —¡Temo una pulmonía!—dijo, mientras escapaba + abrochándose la levita por la cintura. + </p> + <p> + Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde. + </p> + <p> + «Amaba y creía ser amado». + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="IIImdash" id="IIImdash"></a>—III— + </h2> + <p> + Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El + Arcipreste procuró que se encontraran y por su confianza con la + Regenta facilitó la entrevista. + </p> + <p> + Pocas veces habían cruzado la palabra la hermosa dama y el + Provisor, y nunca había pasado la conversación de los + lugares comunes a que obliga el trato social. + </p> + <p> + Doña Ana Ozores no era de ninguna cofradía. Pagaba una cuota + mensual en las Escuelas Dominicales, pero no asistía a las + lecciones ni a las conferencias; vivía lejos del círculo en + que el Provisor reinaba. Este visitaba poco a las personas que no podían + o no querían servirle en sus planes de propaganda. Cuando el señor + don Víctor Quintanar era Regente de Vetusta, el Magistral le + visitaba en todas las solemnidades en que exigían este acto de + cortesía las costumbres del pueblo; estas visitas las pagaba con la + exactitud que usaba en estos asuntos el señor Quintanar, el más + cumplido caballero de la ciudad, después de Bermúdez. Los + cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qué, + cuando se jubiló don Víctor, y por fin cesaron las visitas. + Don Víctor y don Fermín se hablaban algunas veces en la + calle, en el Espolón; se saludaban siempre con la mayor amabilidad. + Se estimaban mutuamente. Las calumnias con que la maledicencia perseguía + a De Pas tenían un aislador en don Víctor; por su conducto + no se propagaban, y aun tomaba a su cargo deshacer su perniciosa + influencia. Doña Ana jamás había hablado a solas con + el Magistral, y después que cesaron las visitas apenas volvió + a verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que sabía + esto, hizo un simulacro de presentación diplomática en el + tono jocoserio que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, habían + hablado poco; todo casi se lo había dicho Ripamilán y lo demás + Visitación, que acompañaba a la de Quintanar. Doña + Ana volvió pronto a su casa. Se recogió temprano aquella + noche. + </p> + <p> + De la breve conversación de la tarde no recordaba más que + esto: que al día siguiente, después del coro, el Magistral + la esperaba en su capilla. Le había indicado, aunque por medio de + indirectas, que convenía, al mudar de confesor, hacer confesión + general. + </p> + <p> + Había hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, + con cierto tono frío, y algo distraído al parecer. No le había + visto los ojos. No le había visto más que los párpados, + cargados de carne blanca. Debajo de las pestañas asomaba un brillo + singular. + </p> + <p> + Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta. + </p> + <p> + Después se sentó en una mecedora junto a su tocador, en el + gabinete, lejos del lecho por no caer en la tentación de acostarse, + y leyó un cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del + sacramento de la penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a + las hojas. Dejó de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que + decían: <i>Si comió carne</i>... + </p> + <p> + Mentalmente y como por máquina repetía estas tres voces, que + para ella habían perdido todo significado; las repetía como + si fueran de un idioma desconocido. + </p> + <p> + Después, saliendo de no sabía qué pozo negro su + pensamiento, atendió a lo que leía. Dejó el libro + sobre el tocador y cruzó las manos sobre las rodillas. Su abundante + cabellera, de un castaño no muy obscuro, caía en ondas sobre + la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por delante le cubría + el regazo; entre los dedos cruzados se habían enredado algunos + cabellos. Sintió un escalofrío y se sorprendió con + los dientes apretados hasta causarle un dolor sordo. Pasó una mano + por la frente; se tomó el pulso, y después se puso los dedos + de ambas manos delante de los ojos. Era aquella su manera de experimentar + si se le iba o no la vista. Quedó tranquila. No era nada. Lo mejor + sería no pensar en ello. + </p> + <p> + «¡Confesión general!». Sí, esto había + dado a entender aquel señor sacerdote. Aquel libro no servía + para tanto. Mejor era acostarse. El examen de conciencia de sus pecados de + la temporada lo tenía hecho desde la víspera. El examen para + aquella confesión general podía hacerlo acostada. Entró + en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada. La separaba del + tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de <i>satín</i> + granate. La Regenta dormía en una vulgarísima cama de + matrimonio dorada, con pabellón blanco. Sobre la alfombra, a los + pies del lecho, había una piel de tigre, auténtica. No había + más imágenes santas que un crucifijo de marfil colgado sobre + la cabecera; inclinándose hacia el lecho parecía mirar a + través del tul del pabellón blanco. + </p> + <p> + Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias + veces entrar allí. + </p> + <p> + —«¡Qué mujer esta Anita! + </p> + <p> + »Era limpia, no se podía negar, limpia como el armiño; + esto al fin era un mérito... y una pulla para muchas damas + vetustenses». + </p> + <p> + Pero añadía Obdulia:—«Fuera de la limpieza y del + orden, nada que revele a la mujer elegante. La piel de tigre, ¿tiene + un <i>cachet</i>? Ps... qué sé yo. Me parece un capricho + caro y extravagante, poco femenino al cabo. ¡La cama es un horror! + Muy buena para la alcaldesa de Palomares. ¡Una cama de matrimonio! + ¡Y qué cama! Una grosería. ¿Y lo demás? + Nada. Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un + estudiante. Ni un objeto de arte. Ni un mal <i>bibelot</i>; nada de lo que + piden el <i>confort</i> y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el + estilo es el hombre. Dime cómo duermes y te diré quién + eres. ¿Y la devoción? Allí la piedad está + representada por un Cristo vulgar colocado de una manera contraria a las + <i>conveniencias</i>». + </p> + <p> + —«¡Lástima—concluía Obdulia, sin + sentir lástima—, que un <i>bijou</i> tan precioso se guarde + en tan miserable joyero!». + </p> + <p> + «¡Ah! debía confesar que el juego de cama era digno de + una princesa. ¡Qué sabanas! ¡Qué almohadones! + Ella había pasado la mano por todo aquello, ¡qué + suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no sentiría + asperezas en el roce de aquellas sábanas». + </p> + <p> + Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y allá + en el fondo del corazón, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta + no había tigres; la viuda no podía exigir a sus amantes esta + prueba de cariño. Ella tenía a los pies de la cama la caza + del león, ¡pero estampada en tapiz miserable! + </p> + <p> + Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si + alguien pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia + su bata azul con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la + figuraba don Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa + que Bermúdez podía representársela. Después de + abandonar todas las prendas que no habían de acompañarla en + el lecho, quedó sobre la piel de tigre, hundiendo los pies + desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las manchas pardas. + Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada, y el otro pendía + a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de la robusta cadera. + Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en + una postura académica impuesta por el artista. Jamás el + Arcipreste, ni confesor alguno había prohibido a la Regenta esta + voluptuosidad de distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir + el contacto del aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. + Nunca había creído ella que tal abandono fuese materia de + confesión. + </p> + <p> + Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre + aquella blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana + y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto + que corría desde la cintura a las sienes. + </p> + <p> + —«¡Confesión general!»—estaba + pensando—. Eso es la historia de toda la vida. Una lágrima + asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta mojar la sábana. + </p> + <p> + Se acordó de que no había conocido a su madre. + </p> + <p> + Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados. + </p> + <p> + «Ni madre ni hijos». Esta costumbre de acariciar la sábana + con la mejilla la había conservado desde la niñez.—Una + mujer seca, delgada, fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse + todas las noches antes de tener sueño. Apagaba la luz y se iba. + Anita lloraba sobre la almohada, después saltaba del lecho; pero no + se atrevía a andar en la obscuridad y pegada a la cama seguía + llorando, tendida así, de bruces, como ahora, acariciando con el + rostro la sábana que mojaba con lágrimas también. + Aquella blandura de los colchones era todo lo <i>maternal</i> con que ella + podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. + Entonces debía de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. + Veintitrés habían pasado, y aquel dolor aún la + enternecía. Después, casi siempre, había tenido + grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su memoria; una + porción de necios se habían conjurado contra ella; todo + aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la + injusticia de acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin + luz, la sublevaba todavía y le inspiraba una dulcísima lástima + de sí misma. Como aquel a quien, antes de descansar en su lecho el + tiempo que necesita, obligan a levantarse, siente sensación extraña + que podría llamarse nostalgia de blandura y del calor de su sueño, + así, con parecida sensación, había Ana sentido toda + su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían oprimido su + cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la + chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un + perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova.—¿Qué + habría sido de él?—. El perro se tendía al sol, + con la cabeza entre las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la + mejilla sobre el lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana + suave y caliente. En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre + los montones de yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse + llorando, acababa por buscar consuelo en sí misma, contándose + cuentos llenos de luz y de caricias. Era el caso que ella tenía una + mamá que le daba todo lo que quería, que la apretaba contra + su pecho y que la dormía cantando cerca de su oído: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Sábado, sábado, morena,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">cayó el pajarillo en trena</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">con grillos y con cadenaaa....</span><br /> + </p> + <p> + Y esto otro: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Estaba la pájara pinta</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">a la sombra de un verde limón....</span><br /> + </p> + <p> + Estos cantares los oía en una plaza grande a las mujeres del pueblo + que arrullaban a sus hijuelos.... + </p> + <p> + Y así se dormía ella también, figurándose que + era la almohada el seno de su madre soñada y que realmente oía + aquellas canciones que sonaban dentro de su cerebro. Poco a poco se había + acostumbrado a esto, a no tener más placeres puros y tiernos que + los de su imaginación. + </p> + <p> + Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la + admiraba y le parecía que su vida se había partido en dos, + una era la de aquel angelillo que se le antojaba muerto. La niña + que saltaba del lecho a obscuras era más enérgica que esta + Anita de ahora, tenía una fuerza interior pasmosa para resistir sin + humillarse las exigencias y las injusticias de las personas frías, + secas y caprichosas que la criaban. + </p> + <p> + —«¡Vaya una manera de hacer examen de conciencia!»—pensó + doña Ana algo avergonzada. + </p> + <p> + Salió descalza de la alcoba, cogió el devocionario que + estaba sobre el tocador y corrió a su lecho. Se acostó, + acercó la luz y se puso a leer con la cabeza hundida en las + almohadas. <i>Si comió carne</i>, volvieron a ver sus ojos cargados + de sueño; pero pasó adelante. Una, dos, tres hojas... leía + sin saber qué. Por fin, se detuvo en un renglón que decía: + </p> + <p> + —«Los parajes por donde anduvo...». + </p> + <p> + Aquello lo entendió. Había estado, mientras pasaba hojas y + hojas, pensando, sin saber cómo, en don Álvaro Mesía, + presidente del casino de Vetusta y jefe del partido liberal dinástico; + pero al leer: «Los parajes por donde anduvo», su pensamiento + volvió de repente a los tiempos lejanos. Cuando era niña, + pero ya confesaba, siempre que el libro de examen decía «pase + la memoria por los lugares que ha recorrido», se acordaba sin querer + de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que había + cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca + con aquel Germán, su amigo.... ¡Infames! La Regenta sentía + rubor y cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro + sobre la mesilla de noche—otro mueble vulgar que irritaba el buen + gusto de Obdulia—apagó la luz... y se encontró en la + barca de Trébol, a medianoche, al lado de Germán, un niño + rubio de doce años, dos más que ella. Él la abrigaba + solícito con un saco de lona que habían encontrado en el + fondo de la barca. Ella le había rogado que se abrigara él + también. Debajo del saco, como si fuera una colcha, estaban los dos + tendidos sobre el tablado de la barca, cuyas bandas obscuras les impedían + ver la campiña; sólo veían allá arriba nubes + que corrían delante de la cara de la luna. + </p> + <p> + —¿Tienes frío?—preguntaba Germán. + </p> + <p> + Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que + corría, detrás de las nubes: + </p> + <p> + —¡No!—¿Tienes miedo?—¡Ca!—Somos + marido y mujer—decía él. + </p> + <p> + —¡Yo soy una mamá! Y oía debajo de su cabeza un + rumor dulce que la arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la + corriente. + </p> + <p> + Se habían contado muchos cuentos. Él había contado + además su historia. Tenía papá en Colondres y mamá + también. + </p> + <p> + —¿Cómo era una mamá? + </p> + <p> + Germán lo explicaba como podía. + </p> + <p> + —¿Dan muchos besos las mamás? + </p> + <p> + —Sí.—¿Y cantan?—Sí, yo tengo una + hermanita que le cantan. Yo ya soy grande. + </p> + <p> + —¡Y yo soy una mamá! Después venía la + historia de ella. Vivía en Loreto, una aldea, algo lejos de la ría + por aquel lado, pero tocando con el mar por allá arriba, por el + arenal. Vivía con una señora que se llamaba aya y doña + Camila. No la quería. Aquella señora aya tenía + criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba + besos a doña Camila, que le pegaba y decía: «Delante + de ella no, que es muy maliciosa». + </p> + <p> + Le decían que tenía un papá que la quería + mucho y era el que mandaba los vestidos y el dinero y todo. Pero él + no podía venir, porque estaba matando moros. La castigaban mucho, + pero no la pegaban; eran encierros, ayunos y el castigo peor, el de + acostarse temprano. Se escapaba por la puerta del jardín y corría + llorando hacia el mar; quería meterse en un barco y navegar hasta + la tierra de los moros y buscar a su papá. Algún marinero la + encontraba llorando y la acariciaba. Ella le proponía el viaje, el + marinero se reía, le decía que sí, la cogía en + los brazos, pero el pícaro la llevaba a casa del aya y la volvían + al encierro. Una tarde se había escapado por otro camino, pero no + encontraba el mar. Había pasado junto a un molino; un perro le había + cerrado el paso al atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco + hueco de castaño; Ana se había echado sobre el tronco porque + se mareaba viendo el agua blanca que ladraba debajo como el perro enfrente + de ella. El perro había pasado por encima de Anita; no había + querido morderla. Ella entonces, desde la otra orilla, le llamó y + le dijo: + </p> + <p> + —Chito, toma, ahí tienes eso. + </p> + <p> + Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca + mojado en lágrimas. + </p> + <p> + Casi siempre comía el pan de la merienda salado por las lágrimas. + Cuando estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y + del hombre, lloraba de rabia. Había encontrado después del + molino un bosque y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que + tenía aún los ojos llenos de llanto, pero cantaba de miedo. + Al salir del bosque había visto un prado de yerba muy verde y muy + alta.... + </p> + <p> + —¿Y allí estaba yo, verdad?—gritó Germán. + </p> + <p> + —Es verdad.—Y te dije si querías embarcarte en la barca + de Trébol, que el barquero había sido mi criado, y yo era de + Colondres, que está al otro lado de la ría. + </p> + <p> + —Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso + el diálogo; pero creía que, en rigor, de lo que se acordaba + no era de las palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la niña + había animado y puesto en forma de novela los sucesos de aquella + noche. + </p> + <p> + Después se habían dormido. Ya era de día cuando los + despertó una voz que gritaba desde la orilla de Colondres. Era el + barquero que veía su barca en un islote que dejaba el agua en medio + de la ría al bajar la marea. El barquero los riñó + mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel hombre; pero en el + camino los halló un criado del aya. Andaban buscándola por + todo el mundo. Creían que se había caído al mar. Doña + Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya cogió + a Anita por un brazo y se lo apretó hasta arrancarle sangre. Pero + ella no lloró. + </p> + <p> + Le preguntaron dónde había pasado la noche y no quiso + contestar por temor de que castigaran a Germán si se sabía. + La encerraron, no le dieron de comer aquel día, pero no declaró + nada. A la mañana siguiente el aya hizo llamar al barquero de Trébol. + Según aquel hombre, los niños se habían concertado + para pasar juntos una noche en la barca. ¿Quién lo diría? + Ana confesó al cabo que habían dormido juntos, pero que había + sido sin querer. Su propósito había sido hacerse dueños + de la barca una noche, aunque los riñeran en casa, pasar de orilla + a orilla ellos solos, tirando por la cuerda, y después volverse + él a Colondres y ella a Loreto. Pero el agua de la ría se + había marchado, la barca tropezó en el fondo con las piedras + en mitad del pasaje y por más esfuerzos que habían hecho no + habían conseguido moverla. Y se habían acostado y se habían + dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha se + hubieran ido a la tierra del moro, porque Germán sabía el + camino por el mar; ella hubiera buscado a su papá y él + hubiera matado muchos moros; pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron + romperla y se acostaron para contarse cuentos de dormir. + </p> + <p> + Lo mismo había referido Germán al barquero, pero no se creyó + la historia. + </p> + <p> + ¡Qué escándalo! doña Camila cogió a + Anita por la garganta y por poco la ahoga. Después dijo un refrán + desvergonzado en que se insultaba a su madre y a ella, según + comprendió mucho más tarde, porque entonces no entendía + aquellas palabras. + </p> + <p> + Doña Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardías + de la niña. + </p> + <p> + —Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias. + </p> + <p> + Anita no entendía y el hombre, el señor del aya, reía + a carcajadas. + </p> + <p> + Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y + sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le + pedía besos a ella, pero nunca quiso dárselos. + </p> + <p> + Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y + le preguntó unas cosas que ella no sabía lo que eran. Más + adelante meditando mucho, acabó por entender algo de aquello. Se la + quiso convencer de que había cometido un gran pecado. La llevaron a + la iglesia de la aldea y la hicieron confesarse. No supo contestar al cura + y este declaró al aya que no servía la niña para el + caso todavía, porque por ignorancia o por malicia, ocultaba sus + pecadillos. Los chicos de la calle la miraban como el hombre que besaba a + doña Camila; la cogían por un brazo y querían llevársela + no sabía a dónde. No volvió a salir sin el aya. A + Germán no había vuelto a verle. + </p> + <p> + —He escrito a tu papá diciéndole lo que tú + eres. En cuanto cumplas los once años, irás a un colegio de + Recoletas. + </p> + <p> + Esta amenaza de doña Camila no pasó de amenaza, pero Ana no + sentía salir de Loreto, ir donde quiera. + </p> + <p> + Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien de + lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su + madre los pecados que la atribuían a ella.... + </p> + <p> + Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se + sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó + de sí la colcha pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se + revelaron exageradas bajo la manta de finísima lana de colores ceñida + al cuerpo. La colcha quedó arrugada a los pies. + </p> + <p> + Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que + despertaron, a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos. + </p> + <p> + —«¡Qué vida tan estúpida!»—pensó + Ana, pasando a reflexiones de otro género. + </p> + <p> + Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto + de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que + se había impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba + como poética misión que explicaba el por qué de la + vida. Entonces pensaba: + </p> + <p> + —«La monotonía, la insulsez de esta existencia es + aparente; mis días están ocupados por grandes cosas; este + sacrificio, esta lucha es más grande que cualquier aventura del + mundo». + </p> + <p> + En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión + sojuzgada; protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, + necia y decía:—¡Qué vida tan estúpida! + </p> + <p> + Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería + aplacarla y se irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas + no quería a nadie, no compadecía a nadie. En aquel instante + deseaba oír música; no podía haber voz más + oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el + Teatro Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el + presidente del Casino, ni más ni menos, envuelto en una capa de + embozos grana, cantando bajo los balcones de Rosina: + </p> + <p> + <i>Ecco ridente il ciel...</i> La respiración de la Regenta era + fuerte, frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían + fulgores de fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra + sinuosa de su cuerpo ceñido por la manta de colores. + </p> + <p> + Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la + aspereza de espíritu que la mortificaba. + </p> + <p> + —¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, + cantándole.... + </p> + <p> + Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el + esbelto don Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola + como saludaba el rey Amadeo. + </p> + <p> + Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de + ella imperiosos, imponentes. + </p> + <p> + Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que + la mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo.... + </p> + <p> + <i>Ya no era mala</i>, ya sentía como ella quería sentir; y + la idea de su sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande + ahora, sublime, como una corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La + imagen de don Álvaro también fue desvaneciéndose, + cual un cuadro disolvente; ya no se veía más que el gabán + blanco y detrás, como una filtración de luz, iban destacándose + una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y oro, con + borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy espesas... y + al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y familiar + figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno. + Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana + Ozores depositó un casto beso en la frente del caballero. + </p> + <p> + Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al + cuadro disolvente. + </p> + <p> + Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el + anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las + manos; no veía bien los dedos, el pulso latía con violencia, + en los párpados le estallaban estrellitas, como chispas de fuegos + artificiales, sí, sí, estaba mala, iba a darle el ataque; + había que llamar; cogió el cordón de la campanilla, + llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió + a empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos + precipitados. Al mismo tiempo que por una puerta de escape entraba Petra, + su doncella, asustada, casi desnuda, se abrió la colgadura granate + y apareció el cuadro disolvente, el hombre de la bata escocesa y el + gorro verde, con una palmatoria en la mano. + </p> + <p> + —¿Qué tienes, hija mía?—gritó don + Víctor acercándose al lecho. «Era el ataque, aunque no + estaba segura de que viniese con todo el aparato nervioso de costumbre; + pero los síntomas los de siempre; no veía, le estallaban + chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le enfriaban + las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió + a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se + necesitaba, tila y azahar. + </p> + <p> + Don Víctor se tranquilizó. «Estaba acostumbrado al + ataque de su querida esposa; padecía la infeliz, pero no era nada». + </p> + <p> + —No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor. + </p> + <p> + —Sí, tienes razón; acércate, háblame, siéntate + aquí. + </p> + <p> + Don Víctor se sentó sobre la cama y <i>depositó</i> + un beso paternal en la frente de su señora esposa. Ella le apretó + la cabeza contra su pecho y derramó algunas lágrimas. + Notadas que fueron las cuales por don Víctor exclamó este: + </p> + <p> + —¿Ves? ya lloras; buena señal. La tormenta de nervios + se deshace en agua; está conjurado el ataque, verás como no + sigue. + </p> + <p> + En efecto, Ana comenzó a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifestó + una ternura que él le agradeció en lo que valía. + Volvió Petra con la tila. + </p> + <p> + Don Víctor observó que la muchacha no había reparado + el desorden de su traje, que no era traje, pues se componía de la + camisa, un pañuelo de lana, corto, echado sobre los hombros y una + falda que, mal atada al cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la + doncella, dado que fueran encantos, que don Víctor no entraba en + tales averiguaciones, por más que sin querer aventuró, para + sus adentros, la hipótesis de que las carnes debían de ser + muy blancas, toda vez que la chica era rubia azafranada.... + </p> + <p> + Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse. Respiró + con fuerza; sintió un bienestar que le llenó el alma de + optimismo. + </p> + <p> + «¡Qué solícita era Petra! y su Víctor + ¡qué bueno!». + </p> + <p> + «Y había sido hermoso, no cabía duda. Verdad era que + sus cincuenta y tantos años parecían sesenta; pero sesenta años + de una robustez envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas + grises le daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de + general. No parecía un Regente de Audiencia jubilado, sino un + ilustre caudillo en situación de cuartel». + </p> + <p> + Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos + brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó + en la sala contigua esperando órdenes. + </p> + <p> + Ana se empeñó en que Quintanar—casi siempre le llamaba + así—bebiese aquella poca tila que quedaba en la taza. + </p> + <p> + ¡Pero si don Víctor no creía en los nervios! ¡Si + estaba sereno! Muerto de sueño, pero tranquilo. + </p> + <p> + «No importaba. Era un capricho. No lo conocía él, pero + se había asustado». + </p> + <p> + —Que no, hija mía; que te juro.... + </p> + <p> + —Que sí, que sí... Don Víctor tomó tila + y acto continuo bostezó enérgicamente. + </p> + <p> + —¿Tienes frío?—¡Frío yo! Y pensó + que dentro de tres horas, antes de amanecer, saldría con gran + sigilo por la puerta del parque—la huerta de los Ozores—. + Entonces sí que haría frío, sobre todo, cuando + llegaran al Montico, él y su querido Frígilis, su Pílades + cinegético, como le llamaba. + </p> + <p> + Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita no + dejó a Víctor tan pronto como él quisiera. Estaba muy + habladora su querida mujercita. Le recordó mil episodios de la vida + conyugal siempre tranquila y armoniosa. + </p> + <p> + —¿No quisieras tener un hijo, Víctor?—preguntó + la esposa apoyando la cabeza en el pecho del marido. + </p> + <p> + —¡Con mil amores!—contestó el ex-regente buscando + en su corazón la fibra del amor paternal. No la encontró; y + para figurarse algo parecido pensó en su reclamo de perdiz, escogidísimo + regalo de Frígilis. + </p> + <p> + —«Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos + horas y media de descanso, me dejaría volver a la cama». + </p> + <p> + Pero la pobrecita lo ignoraba todo, debía ignorarlo. Más de + media hora tardó la Regenta en cansarse de aquella locuacidad + nerviosa. ¡Qué de proyectos! ¡qué de horizontes + de color de rosa! Y siempre, siempre juntos Víctor y ella. + </p> + <p> + —¿Verdad?—Sí, hijita mía, sí; pero + debes descansar; te exaltas hablando.... + </p> + <p> + —Tienes razón; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir. + </p> + <p> + Él se inclinó para besarle la frente, pero ella echándole + los brazos al cuello y hacia atrás la cabeza, recibió en los + labios el beso. Don Víctor se puso un poco encarnado; sintió + hervir la sangre. Pero no se atrevió. Además, antes de tres + horas debía estar camino del Montico con la escopeta al hombro. Si + se quedaba con su mujer, adiós cacería.... Y Frígilis + era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar o llegar + tarde a un madrugón por el estilo. + </p> + <p> + —«Sálvense los principios»—pensó el + cazador. + </p> + <p> + —¡Buenas noches, tórtola mía! + </p> + <p> + Y se acordó de las que tenía en la pajarera. + </p> + <p> + Y después de <i>depositar</i> otro beso, por propia iniciativa, en + la frente de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la + diestra mano; con la izquierda levantó el cortinaje granate; + volviose, saludó a su esposa con una sonrisa, y con majestuoso + paso, no obstante calzar bordadas zapatillas, se restituyó a su + habitación que estaba al otro extremo del caserón de los + Ozores. + </p> + <p> + Atravesó un gran salón que se llamaba el estrado; anduvo por + pasillos anchos y largos, llegó a una galería de cristales y + allí vaciló un momento. Volvió pies atrás, + desanduvo todos los pasillos y discretamente llamó a una puerta. + </p> + <p> + Petra se presentó en el mismo desorden de antes. + </p> + <p> + —¿Qué hay? ¿se ha puesto peor? + </p> + <p> + —No es eso, muchacha—contestó don Víctor. + </p> + <p> + «¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba + que estaba casi desnuda?». + </p> + <p> + —Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal + de don Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... + Quiero que tú me llames si oyes los tres ladridos... ya sabes... + don Tomás.... + </p> + <p> + —Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto + ladre don Tomás iré a llamarle. ¿No hay más?—añadió + la rubia azafranada, con ojos provocativos. + </p> + <p> + —Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la + ligera y hace mucho frío. + </p> + <p> + Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y + volvió la espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó + entonces los ojos y pudo apreciar que eran, en efecto, encantos los que no + velaba bien aquella chica. + </p> + <p> + Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió + de nuevo su majestuosa marcha por los pasillos. + </p> + <p> + Pero antes de entrar en su cuarto se dijo: + </p> + <p> + —«Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente». + </p> + <p> + En un extremo de la galería de cristales había una puerta; + la empujó suavemente y entró en la casa-habitación de + sus pájaros que dormían el sueño de los justos. + </p> + <p> + Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la + palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera. No había + novedad. Su visita inoportuna no fue notada más que por dos o tres + canarios, que movieron las alas estremeciéndose y ocultaron la + cabeza entre la pluma. Siguió adelante. Las tórtolas también + dormían; allí hubo ciertos murmullos de desaprobación, + y don Víctor se alejó por no ser indiscreto. Se acercó + a la jaula «del tordo más filarmónico de la provincia, + sin vanidad». El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, <i>con + los hombros encogidos</i>; pero no dormía. Sus ojos se fijaron de + un modo impertinente en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la + noche se hubiera estado el animalejo mira que te mirarás, con aire + de desafío, sin bajar la mirada; «le conocía bien; era + muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a Ripamilán!». + Siguió adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje africana se + daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su jaula chata y + la dejó tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz quedó + extasiado. Si algún pensamiento impuro manchara acaso su conciencia + poco antes, la contemplación del reclamo, aquella obra maestra de + la naturaleza, le devolvió toda la elevación de miras y + grandeza de espíritu que convenía al primer ornitólogo + y al cazador sin rival de Vetusta. + </p> + <p> + Equilibrado el ánimo, volvió don Víctor al amor de + las sábanas. + </p> + <p> + En aquella estancia dormían años atrás, en la cama + dorada de Anita, él y ella, amantes esposos. Pero... habían + coincidido en una idea. + </p> + <p> + A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador; a él + le molestaba ella porque le hacía sacrificarse y madrugar menos de + lo que debía, por no despertarla. Además, los pájaros + estaban en una especie de destierro, muy lejos del amo. Traerlos cerca + estando allí Anita sería una crueldad; no la dejarían + dormir la mañana. Pero él ¡con qué deleite + hubiera saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de + las tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, + chas cacofónico, dulce al cazador, de la perdiz huraña! + </p> + <p> + No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió + a manifestar el deseo de una separación en cuanto al tálamo—<i>quo + ad thorum</i>—. Fue acogida con mal disimulado júbilo la + proposición tímida, y el matrimonio mejor avenido del mundo + dividió el lecho. Ella se fue al otro extremo del caserón, + que era caliente porque estaba al Mediodía, y él se quedó + en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la mañana, sin que + nadie interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la + aurora y recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de + codornices, tordos, perdices, tórtolas y canarios. Si algo faltaba + antes para la completa armonía de aquella pareja, ya estaba colmada + su felicidad doméstica, por lo que toca a la concordia. + </p> + <p> + Y a este propósito solía decir don Víctor, recordando + su magistratura: + </p> + <p> + —«La libertad de cada cual se extiende hasta el límite + en que empieza la libertad de los demás; por tener esto en cuenta, + he sido siempre feliz en mi matrimonio». + </p> + <p> + Quiso dormir el poco tiempo de que disponía para ello, pero no + pudo. En cuanto se quedaba trasvolado, soñaba que oía los + tres ladridos de Frígilis. + </p> + <p> + ¡Cosa extraña! Otras veces no le sucedía esto, dormía + a pierna suelta y despertaba en el momento oportuno. + </p> + <p> + ¡Habría sido la tila! Volvió a encender luz. Cogió + el único libro que tenía sobre la mesa de noche. Era un tomo + de mucho bulto. «Calderón de la Barca» decían + unas letras doradas en el lomo. Leyó. + </p> + <p> + Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le + deleitaba especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las + costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y + mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía + en achaques del puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan + reputaciones tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo + era, le llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar + justa y sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había + discurrido como nadie y sin quitar a «El castigo sin venganza» + y otros portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor + nada encontraba como «El médico de su honra». + </p> + <p> + —Si mi mujer—decía a Frígilis—fuese capaz + de caer en liviandad digna de castigo.... + </p> + <p> + —Lo cual es absurdo aun supuesto...—Bien, pero suponiendo ese + absurdo... yo le doy una sangría suelta. + </p> + <p> + Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar + los ojos, con todo lo demás del argumento. Tampoco le parecía + mal lo de prender fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto + adulterio de su mujer. Si llegara el caso, que claro que no llegaría, + él no pensaba prorrumpir en preciosa tirada de versos, porque ni + era poeta ni quería calentarse al calor de su casa incendiada; pero + en todo lo demás había de ser, dado el caso, no menos + rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de aquella España + de mejores días. + </p> + <p> + Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero + que en el mundo un marido no está para divertir al público + con emociones fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación + es perseguir al seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya + a un convento. + </p> + <p> + —¡Absurdo! ¡absurdo!—gritaba don Víctor—jamás + se hizo cosa por el estilo en los gloriosos siglos de estos insignes + poetas. + </p> + <p> + —Afortunadamente—añadía calmándose—yo + no me veré nunca en el doloroso trance de escogitar medios para + vengar tales agravios; pero juro a Dios que llegado el caso, mis + atrocidades serían dignas de ser puestas en décimas + calderonianas. + </p> + <p> + Y lo pensaba como lo decía. Todas las noches antes de dormir se + daba un atracón de honra a la antigua, como él decía; + honra habladora, así con la espada como con la discreta lengua. + Quintanar manejaba el florete, la espada española, la daga. Esta + afición le había venido de su pasión por el teatro. + Cuando <i>trabajaba</i> como aficionado, había comprendido en los + numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con tal + calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que + llegó a ser poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en + sus planes matar a nadie; era un espadachín lírico. Pero su + mayor habilidad estaba en el manejo de la pistola; encendía un fósforo + con una bala a veinticinco pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía + con otros ejercicios por el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en + poco su destreza; casi nadie sabía de ella. Lo principal era tener + aquella sublime idea del honor, tan propia para redondillas y hasta + sonetos. Él era pacífico; nunca había pegado a nadie. + Las muertes que había firmado como juez, le habían causado + siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que se creía + irresponsable. + </p> + <p> + Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo + estaba a ver cómo se atravesaban con sendas quintillas dos + valerosos caballeros que pretendían la misma dama, cuando oyó + tres ladridos lejanos. «¡Era Frígilis!». + </p> + <p> + Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue + impaciente, desabrida. El espíritu se había refrigerado con + el nuevo sesgo de los pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía + la dignidad y la independencia de su vida, bien merecía la abnegación + constante a que ella estaba resuelta. Le había sacrificado su + juventud: ¿por qué no continuar el sacrificio? No pensó + más en aquellos años en que había una calumnia capaz + de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente. + Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol. + Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna + enseñanza de aquella injusta persecución de la calumnia, más + adelante, gracias a ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, + recordando lo pasado, que para el mundo no hay más virtud que la + ostensible y aparatosa. Su alma se regocijó contemplando en la + fantasía el holocausto del general respeto, de la admiración + que como virtuosa y bella se le tributaba. En Vetusta, decir la Regenta + era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita la <i>estúpida + existencia</i> de antes. Recordaba que la llamaban madre de los pobres. + Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban + buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus + temeridades, bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en + silencio. Tal vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía.... + Aquel mismo don Álvaro que tenía fama de atreverse a todo y + conseguirlo todo, la quería, la adoraba sin duda alguna, estaba + segura; más de dos años hacía que ella lo había + conocido, pero él no había hablado más que con los + ojos, donde Ana fingía no adivinar una pasión que era un + crimen. + </p> + <p> + Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas + semanas a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo + imprudente, él que era la prudencia misma, y sólo por esto + digno de que ella no se irritara contra su infame intento... pero ya sabría + contenerle; sí, ella le pondría a raya helándole con + una mirada.... Y pensando en convertir en carámbano a don Álvaro + Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego, se quedó + dormida dulcemente. + </p> + <p> + En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado + del tocador de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, + como si saliera de una orgía; daba pataditas en el suelo para + sacudir el frío y decía a Frígilis, su amigo.... + </p> + <p> + —¡Pobrecita! ¡cuán ajena estará, allá + en su tranquilo sueño, de que su esposo la engaña y sale de + casa dos horas antes de lo que ella piensa!... + </p> + <p> + Frígilis sonrió como un filósofo y echó a + andar delante. Era un señor ni alto ni bajo, cuadrado; vestía + cazadora de paño pardo; iba tocado con gorra negra con orejeras y + por único abrigo ostentaba una inmensa bufanda, a cuadros, que le + daba diez vueltas al cuello. Lo demás todo era utensilios y + atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod. + </p> + <p> + Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar + hacia el balcón, lleno de remordimientos. + </p> + <p> + —Anda, anda, que es tarde—murmuró Frígilis. + </p> + <p> + No había amanecido. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="IVmdash" id="IVmdash"></a>—IV— + </h2> + <p> + La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. + Era el tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había + en la ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan + ilustre linaje. + </p> + <p> + Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón + del conde de Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y + Águeda, que con su padre habitaron mucho tiempo el caserón + de sus mayores. La rama principal, la de los condes, vivía años + hacía emigrada. + </p> + <p> + El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser + algo más que heredero de algunas caserías, unos cuantos + foros y un palacio achacoso de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó + como un valiente; en muchas batallas demostró grandes conocimientos + en el arte de Vauban, construyó duraderos y bien dispuestos fuertes + en varias costas, y llegó pronto a coronel de ejército, + comandante del cuerpo. Cansado de casamatas, cortinas, paralelas y + castillos, procurose un empleo en la corte y fue perdiendo sus aficiones + militares, quedándose sólo con las científicas: + prefirió la física, las matemáticas a las + aplicaciones de tales ciencias, al arte, y cada día fue menos + guerrero. Pero al mismo tiempo se entregaba a las delicias de Capua, y por + fin, después de muchos amoríos, tuvo un amor serio, una pasión + de sabio (o cosa parecida) que ya no es joven. + </p> + <p> + Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años + con una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones + sin cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se + quedó sin ella. + </p> + <p> + —«¡Menos mal!»—pensaban las hermanas de don + Carlos allá en su caserón de Vetusta. + </p> + <p> + Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su + familia. Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones. + </p> + <p> + —Si viviera mi padre—pensaba Ozores—de fijo perdonaba + este matrimonio desigual. + </p> + <p> + —¡Si viviera padre, moriría del disgusto!—decían + las solteronas implacables. + </p> + <p> + Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas, + que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista + italiana, su cuñada indigna. + </p> + <p> + El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron en + otra carta fría y lacónica: + </p> + <p> + «Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo + le pedían que pensase cómo se había de conservar + aquel resto precioso de tanta nobleza». + </p> + <p> + El coronel contestó «que por Dios y todos los santos + continuasen viviendo donde habían nacido, que él se lo + suplicaba por bien de la misma finca, que sin ellas se vendría a + tierra». Las solteronas, sin contestar ni transigir en lo del + matrimonio, se quedaron en el palacio para que no se derrumbara. + </p> + <p> + A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su + hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase + la rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo + suficiente para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse + de la suerte de su hija. + </p> + <p> + Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la + dignidad, si, como era de presumir, la conducta loca de su padre le + arrastraba a la pobreza. Además, se corrió por Vetusta que + don Carlos se había hecho masón, republicano y por + consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de negro y en el gran salón, + en el estrado, recibieron a toda la aristocracia de Vetusta, como si se + tratara de visitas de duelo. + </p> + <p> + La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se dejaba + pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se oía + el aleteo de los abanicos. + </p> + <p> + —¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!—exclamó + el marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta. + </p> + <p> + —¡Qué... loco!—contestó una de las + hermanas, doña Anunciación—. Diga usted, marqués, + que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así. + </p> + <p> + Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se + inclinaron lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello + del republicanismo no necesitaba comentarios. + </p> + <p> + Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y + de los estudios físicos matemáticos había pasado a + los filosóficos; y de resultas era un hombre que ya no creía + sino lo que tocaba, hecha excepción de la libertad que no la pudo + tocar nunca y creyó en ella muchos años. La vida de liberal + en ejercicio de aquellos tiempos tenía poco de tranquila. Don + Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para lo cual + creyó oportuno pedir la absoluta. + </p> + <p> + —«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía + en el espíritu de cuerpo); como particular puedo procurar la + salvación del país por los medios más adecuados». + </p> + <p> + No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático, + bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana biblioteca + donde había no pocos libros de los condenados en el Índice. + Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico + que se necesitaba para conspirar con progresistas. + </p> + <p> + Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de + don Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y + se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no + se distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de + libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo + en que sólo se admite lo que uno crea para sí mismo. De + todas maneras, era simpático. + </p> + <p> + De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar + mucho la muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos + que a él se le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre + examen dentro de círculo determinado de españoles; procurar + el triunfo del sistema representativo en toda su integridad. Tanto valía + entonces esto como dedicarse a bandolero sin protección, por lo que + toca a la necesidad de vivir a salto de mata. Un conspirador no puede + tener consigo una niña sin madre. Le hablaron de colegios, pero los + aborrecía. Tomó un aya, una española inglesa que en + nada se parecía a la de Cervantes, pues no tenía encantos + morales, y de los corporales, si de alguno disponía, hacía + mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en calidad + de católica liberal. Se le había dicho: + </p> + <p> + —«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en + Inglaterra donde ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia». + </p> + <p> + Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños + con píldoras de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de + las familias. Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los + hombres no les gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, + sino, así un término medio, que los hombres mismos no saben + cómo ha de ser. La hipocresía de doña Camila llegaba + hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues siendo su aspecto el de + una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo, su pasión principal + era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria que pudiera llamarse + metodista si no fuera una profanación. + </p> + <p> + Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña + Camila, que por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su + antojo de la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más + flacas, pues las conspiraciones cuestan caras al que las paga. + </p> + <p> + Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña + y el aya escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le + había recomendado a doña Camila, vendía en una + provincia del Norte, limítrofe de Vetusta, una casa de campo en un + pueblecillo pintoresco, puerto de mar y saludable a todos los vientos. + Ozores dio órdenes para que se vendiese como se pudiera en la + provincia de Vetusta la poca hacienda que no había malbaratado + antes, y la mitad del producto de tan loca enajenación la dedicó + a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte. La otra mitad fue + destinada al socorro de los patriotas más o menos auténticos. + En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban, sin + pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la + rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía + presumir el conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él + no paraba mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos + que su patria; pero así como la lista civil le dolía lo + mismo que si la pagase él entera, de las mangas y capirotes que hacían + con sus bienes le importaba poco. No era todo desprendimiento; vagamente + veía en lontananza un porvenir de indemnizaciones patrióticas + que aunque estaban en el programa de su partido, a él no le + alcanzaron. + </p> + <p> + A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los criados + y tras ellos el <i>hombre</i>, como llamó siempre la niña al + personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era + Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa + de campo. + </p> + <p> + El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su + difunta esposa era una humilde modista, y ella, doña Camila + Portocarrero que se creía descendiente de nobles, bien podía + aspirar a la sucesión de la italiana. Creyó que don Carlos + se había casado por compromiso, que era un hombre que se casaba con + la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le + trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar + para hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, + don Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red + amorosa. Por aquella época era él casi sansimoniano. Emigró + Ozores y doña Camila juró odio eterno al ingrato, y consagró, + con la paciencia de los reformistas ingleses, un culto de envidia póstuma + a la modista italiana que había conseguido casarse con aquel + estuco. Anita pagó por los dos. + </p> + <p> + El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la + educación de aquella señorita de cuatro años exigía + cuidados muy especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en + misterios a la condición social de la italiana, daba a entender que + la ciencia de educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de + meridionales concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la + madre de Anita tal vez antes que modista había sido bailarina». + </p> + <p> + De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas + y preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de + moralidad inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a + flor de tierra se encontró ya con un rodrigón al lado para + que creciese derecha. El aya aseguraba que Anita necesitaba aquel palo + seco junto a sí y estar atada a él fuertemente. El palo seco + era doña Camila. El encierro y el ayuno fueron sus disciplinas. + </p> + <p> + Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, + se dio a soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento + de perder la libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban + secando al fuego de la imaginación, que le caldeaba el cerebro y + las mejillas. La niña fantaseaba primero milagros que la salvaban + de sus prisiones que eran una muerte, figurábase vuelos imposibles. + </p> + <p> + «Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como + esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba + volando por el azul que veía allá arriba. + </p> + <p> + Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la + llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, + brillantes, los pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo + espacios que ella creaba llenos de ensueños confusos, pero + iluminados por una luz difusa que centelleaba en su cerebro. + </p> + <p> + Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del + encierro pensativa, altanera, callada; seguía soñando; la + dieta le daba nueva fuerza para ello. La heroína de sus novelas de + entonces era una madre. A los seis años había hecho un poema + en su cabecita rizada de un rubio obscuro. Aquel poema estaba compuesto de + las lágrimas de sus tristezas de huérfana maltratada y de + fragmentos de cuentos que oía a los criados y a los pastores de + Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría sola + por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y + acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los + pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la + abeja con el jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin + cogía yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que + trasladaba al lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje + con los ojos y la fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor + que gozó en su vida. A los veintisiete años Ana Ozores + hubiera podido contar aquel poema desde el principio al fin, y eso que en + cada nueva edad le había añadido una parte. En la primera + había una paloma encantada con un alfiler negro clavado en la + cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que no parecía. + Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían ser una + madre, según la lógica poética de Anita. + </p> + <p> + La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la revelación + más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición + fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo + padecer antes de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos + ella de todo corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que + llegaban a sus manos, no le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. + No importaba; ella les haría hablar de lo que quisiese. + </p> + <p> + Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones + fatigosas de ríos y montañas, veía Ana aguas + corrientes, cristalinas y la sierra con sus pinos altísimos y + soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla, + porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. + La historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez + de las lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas + concretas, ya no fue nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que + ella bordó con franjas de colores, acamparon ejércitos de + bravos marineros de Loreto, de pierna desnuda, musculosa y velluda, de + gorro catalán, de rostro curtido, triste y bondadoso, barba espesa + y rizada y ojos negros. + </p> + <p> + La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los + pueblos en la de los hombres. Ana soñó en adelante más + que nada batallas, una Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. + Necesitaba un héroe y le encontró: Germán, el niño + de Colondres. Sin que él sospechara las aventuras peligrosas en que + su amiga le metía, se dejaba querer y acudía a las citas que + ella le daba en la barca de Trébol. + </p> + <p> + Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar + en el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel + de reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso, + hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países + remotos que él ni de nombre conocía. Germán aceptaba + inmediatamente, y estaba dispuesto a convertirse en diligencia si Ana + aceptaba el cargo de mula, o viceversa. No era eso. La niña quería + ir a tierra de moros de verdad, a matar infieles o a convertirlos, como + Germán quisiera. Germán prefería matarlos; y dicho y + hecho se metían en la barca, mientras el barquero dormía a + la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes sudores conseguían + un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y entonces era + cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca navegados. + </p> + <p> + Germán gritaba:—¡Orza!... ¡a babor, a estribor! + ¡hombre al agua!... ¡un tiburón!... + </p> + <p> + Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar + de veras, muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión + en que Germán correspondió al tipo ideal que de su carácter + y prendas se había forjado Anita, fue cuando aceptó la + escapatoria nocturna para ver juntos la luna desde la barca y contarse + cuentos. Este proyecto le pareció más viable que el de irse + a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió + la grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. + Era de tal índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las + desazones que el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella + tenía, con tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos. + </p> + <p> + —«¡Como su madre!—decía a las personas de + confianza—. <i>¡improper! ¡improper!</i> ¡Si ya lo + decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la educación + contra la naturaleza». + </p> + <p> + Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; + como si cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No + esperaba nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como + doña Camila refería la aventura a quien la quisiera oír, + llorando la infeliz, rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella + poco podía contra la naturaleza), el escándalo corrió + de boca en boca, y hasta en el casino se supo lo de aquella confesión + a que se obligó a la reo. Se discutió el caso fisiológicamente. + Se formaron partidos; unos decían que bien podía ser, y se + citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante. + </p> + <p> + —Créanlo ustedes—decía el amante de doña + Camila—el hombre nace naturalmente malo, y la mujer lo mismo. + </p> + <p> + Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos. + </p> + <p> + —«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá». + </p> + <p> + Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus + gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo. + </p> + <p> + —Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...—decía + el hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria + de lo porvenir. + </p> + <p> + —En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se + deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos + que no estaban en la niña sino en la imaginación de los + socios del casino. + </p> + <p> + A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían + quince años. «Por este lado no había dificultad». + Doña Camila se creyó obligada en conciencia a indicar algo a + la familia. Al padre no; sería un golpe de muerte. Escribió + a las tías de Vetusta. + </p> + <p> + «¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores + deshonrado! porque al fin Ozores era la niña, aunque indigna». + </p> + <p> + Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don + Carlos, porque el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra + <i>c</i> por <i>b</i>, porque ni sabía cómo había + sido, ni era decente referir a un padre tales escándalos, ni una señorita, + una soltera, aunque tuviese más de cuarenta años, podía + descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos nada más + que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la niña + no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no + estaba en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces + no podía restituirse a la patria, como él decía. + </p> + <p> + Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió + desengañado. Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí + vivían parte del año los tres juntos, pero el verano y el + otoño los pasaban en la quinta de Loreto. + </p> + <p> + La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la + pureza virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó + de semejante absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años + ya nadie se acordaba de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su + hombre, que seguía esperando, y las tías de Vetusta. Pero se + acordaba y mucho Ana misma. Al principio la calumnia habíale hecho + poco daño, era una de tantas injusticias de doña Camila; + pero poco a poco fue entrando en su espíritu una sospecha, aplicó + sus potencias con intensidad increíble al enigma que tanta + influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones obligaba al + aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban, y en la + maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de esta + mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo + en qué consistía tener honor y en qué perderlo; y + como todos daban a entender que su aventura de la barca de Trébol + había sido una vergüenza, su ignorancia dio por cierto su + pecado. Mucho después, cuando su inocencia perdió el + último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella + edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo + distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había + sido culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba + en tal cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes + con verdaderas culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran + injusticia que era la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo + de lo que los hombres opinaban de todas las acciones, y contradiciendo + poderosos instintos de su naturaleza, vivió en perpetua escuela de + disimulo, contuvo los impulsos de espontánea alegría; y + ella, antes altiva, capaz de oponerse al mundo entero, se declaró + vencida, siguió la conducta moral que se le impuso, sin discutirla, + ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer traición nunca. + </p> + <p> + Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. + No le satisfizo aquel carácter. + </p> + <p> + ¿No se le había dicho que la niña era un peligro para + el honor de los Ozores? Pues él veía, por el contrario, una + muchacha demasiado tímida y reservada, de una prudencia exagerada + para sus años. Ya le pesaba de haber entregado su hija a la gazmoñería + inglesa que, según él, no servía para la raza latina. + Volvía de la emigración muy latino. Afortunadamente allí + estaba él para corregir aquella educación viciosa. Despidió + a doña Camila y se encargó de la instrucción de su + hija. En el extranjero se había hecho don Carlos más filósofo + y menos político. Para España no había salvación. + Era un pueblo gastado. América se tragaba a Europa, además. + Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían de los + Estados Unidos. + </p> + <p> + —«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos + miserables que sólo entendemos de tomar el sol». + </p> + <p> + Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba + su estrechez a la decadencia general, a la falta de sangre en la raza y + otros disparates. Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y + los amigos, nuevos, por supuesto. + </p> + <p> + Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, + al tomar café, la divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer + demócrata. Otros decían que era un símbolo del sol y + los apóstoles las constelaciones del Zodiaco. + </p> + <p> + Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la + susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué + tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su + padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo papá, + esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido + papá que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, + un reloj, el telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a + fuerza de filosofar, y no sabía vivir con una hija que ya entendía + más que él de asuntos religiosos. + </p> + <p> + Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, + de las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del + mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; + pero no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba + dentro de ella. Así como en la infancia se refugiaba dentro de su + fantasía para huir de la prosaica y necia persecución de doña + Camila, ya adolescente se encerraba también dentro de su cerebro + para compensar las humillaciones y tristezas que sufría su espíritu. + No osaba ya oponer los impulsos propios a lo que creía conjuración + de todos los necios del mundo, pero a sus solas se desquitaba. El enemigo + era más fuerte, pero a ella le quedaba aquel reducto inexpugnable. + </p> + <p> + Nunca le habían enseñado la religión como un + sentimiento que consuela; doña Camila entendía el + Cristianismo como la Geografía o el arte de coser y planchar; era + una asignatura de adorno o una necesidad doméstica. Nada le dijo + contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús procuró + explicársela con un beso de madre. María Santísima + era la Madre de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del + campo diciendo que la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en + el río los pañales del Niño Jesús, doña + Camila, indignada, exclamó: + </p> + <p> + —<i>¡Improper!</i> ¿quién le inculcará a + esta chiquilla estas sandeces del vulgo? + </p> + <p> + En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila; + precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación + era como la lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, + en virtud de la Mitología comparada, encontraba en la religión + de los indios dogmas parecidos. + </p> + <p> + Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en + cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos. + </p> + <p> + Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, + era lo que ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía + y debía conocerlo. ¿Por qué no? Y con multitud de + citas explicaba y recomendaba Ozores la educación <i>omnilateral</i> + y <i>armónica</i>, como la entendía él. + </p> + <p> + —Yo quiero—concluía—que mi hija sepa el bien y el + mal para que libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito + tendrán sus obras? + </p> + <p> + Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, + don Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el + ejercicio. + </p> + <p> + De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se + trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había + velos, podía leerse todo. El romántico Ozores era clásico + después de su viaje por Italia. + </p> + <p> + —¡El arte no tiene sexo!—gritaba—. Vean ustedes, + yo entrego a mi hija esos grabados que representan el arte antiguo, con + todas las bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los + modernos. ¡Ya no hay desnudo! Y suspiraba. + </p> + <p> + La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la + historia de Israel. + </p> + <p> + —<i>¡Honni soit qui mal y pense!</i>—repetía don + Carlos; y lo otro de: <i>Oh, procul, procul estote prophani</i>. + </p> + <p> + Y no tomaba más precauciones. + </p> + <p> + Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más + fuerte del arte antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; + se excitó su fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a + don Carlos, aquel inoportuno estudio del desnudo clásico no causó + estragos. + </p> + <p> + La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella + había soñado que se debía vivir, al aire libre, con + mucha luz, muchas aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa. + </p> + <p> + También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; + soñaba con la gruta fresca y sombría del Cíclope + enamorado, y gozaba mucho, con cierta melancolía, trasladándose + con sus ilusiones a aquella Sicilia ardiente que ella se figuraba como un + nido de amores. Pero como de abandonarse a sus instintos, a sus ensueños + y quimeras se había originado la nebulosa aventura de la barca de + Trébol, que la avergonzaba todavía, miraba con desconfianza, + y hasta repugnancia moral, cuanto hablaba de relaciones entre hombres y + mujeres, si de ellas nacía algún placer, por ideal que + fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y de inocencia, en que la + habían sumergido las calumnias del aya y los groseros comentarios + del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para todo lo + que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado + sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se + aparta del fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba + como si fuera un polvorín. «Se había equivocado su + natural instinto de la niñez; aquella amistad de Germán había + sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era huir + del hombre. No quería más humillaciones». Esta + aberración de su espíritu la facilitaban las circunstancias. + Don Carlos no tenía más amistad que la de unos cuantos + hongos, filosofastros y conspiradores; estos caballeros debían de + estar solos en el mundo; si tenían hijos y mujer, no los + presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía amigas. Además + don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si no tuviera sexo. + Era aquella una educación neutra. A pesar de que Ozores pedía + a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada + vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su + amante, en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser + inferior, como un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo + que podía necesitar Anita. A su madre la había querido + mucho, le había besado los pies desnudos durante la luna de miel, + que había sido exagerada; pero poco a poco, sin querer, había + visto él también en ella a la antigua modista, y la trató + al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que fuere, + él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de + Pinturas, a la Armería, algunas veces al Real y casi siempre a + paseo con algunos libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para + discutir a cada diez pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han + hablado con mujeres. Esta especie de varones, aunque parece rara, abunda más + de lo que pudiera creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele + conocer en que habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de + Ozores ni esto hacían; eran pinos solitarios del Norte que no + suspiraban por ninguna palmera del Mediodía. + </p> + <p> + Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como + mujer, no llamaba la atención; nadie se había enamorado de + ella. Entre doña Camila y don Carlos habían ajado las rosas + de su rostro; aquella turgencia y expansión de formas que al amante + del aya le arrancaban chispas de los ojos, habían contenido su + crecimiento; Anita iba a transformarse en mujer cuando parecía muy + lejos aún de esta crisis; estaba delgada, pálida, débil; + sus quince años eran ingratos: a los diez tenía las + apariencias de los trece, y a los quince representaba dos menos. Como + todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a los filósofos, + don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo y + condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica. + </p> + <p> + —«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la + vida», según él, y no se le ocurrió buscar + trabajo; no quería trabajar más. Prefirió retirarse a + su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que se lo + pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría + mucho en Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, + el Olimpo, el Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, + tenía que vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero + entresuelo que se le caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían + llevarla a paseo, a una tertulia y a los teatros extraviados que ellas + frecuentaban. La pobreza en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. + Aquellas vecinas eran cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban + asco ellas, su tertulia y sus teatros. Pronto la llamaron el comino + orgulloso, la mona sabia. Los seis meses de aldea los pasaba mucho mejor, + aun con ser aquel lugar el de su antiguo cautiverio y el de la aventura de + la barca, y la calumnia subsiguiente. Pero de cuantos podrían + recordarle aquella <i>vergüenza</i>, sólo veía ella al + señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don Carlos y + miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger los + frutos. + </p> + <p> + Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para + hacer economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue + por un día entero la niña expansiva y alegre que había + empezado a brotar antes de ser trasplantada al invernadero pedagógico + de doña Camila. Otros años se llevaba a la aldea algún + cajón de libros; esta vez se mandó con el maragato la + biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos. + </p> + <p> + Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por + dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la + quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles + el polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por + don Carlos. + </p> + <p> + Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó + que era una de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya + iba a dejar el libro cuando leyó en el lomo: <i>Confesiones de San + Agustín</i>. + </p> + <p> + ¿Qué hacía allí San Agustín? + </p> + <p> + Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni + de curas, ni de <i>neos</i>, como él decía. Pero San Agustín + era una de las pocas excepciones. Le consideraba como filósofo. + </p> + <p> + Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro + inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un + pagano libertino, a quien habían convertido voces del cielo por + influencia de las lágrimas de su madre Santa Mónica. No sabía + más. Dejó caer el plumero con que sacudía el polvo; y + en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña y + rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don + Carlos no estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; + fue a la huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera + perenne. Las sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban + sobre las hojas del libro, blancas y negras y brillantes; se oía + cerca, detrás, el murmullo discreto y fresco del agua de una + acequia que corría despacio calentándose al sol; fuera de la + huerta sonaban las ramas de los altos álamos con el suave castañeteo + de las hojas nuevas y claras que brillaban como lanzas de acero. + </p> + <p> + Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía + una página, ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. + Aquello sí que era nuevo. Toda la Mitología era una locura, + según el santo. Y el amor, aquel amor, lo que ella se figuraba, + pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien había hecho + ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos estudiantes le + habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su única + aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. + El santo decía que los niños son por instinto malos, que su + perversión innata hace gozar y reír a los que los aman; pero + sus gracias son defectos; el egoísmo, la ira, la vanidad los + impulsan. + </p> + <p> + —«Es verdad, es verdad»—pensaba ella arrepentida. + </p> + <p> + Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de + su corazón iba a llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo + pasado, negra en lo porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y + necedades ¿iba a terminar? Como si fuera un estallido, sintió + dentro de la cabeza un «sí» tremendo que se deshizo en + chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto mientras seguía + leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella voz que + oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo + refiere que paseándose él también por un jardín + oyó una voz que le decía «<i>Tole, lege</i>» y + que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la + Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de + su cuerpo y en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó + y los dejó erizados muchos segundos. + </p> + <p> + Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele + algo.... Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin + madre sintió dulce corriente que le suavizaba el pecho al subir a + las fuentes de los ojos. Las lágrimas agolpándose en ellos + le quitaban la vista. + </p> + <p> + Y lloró sobre las <i>Confesiones de San Agustín</i>, como + sobre el seno de una madre. Su alma se hacía mujer en aquel + momento. + </p> + <p> + Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos + capítulos que no entendía. + </p> + <p> + De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo + de Loreto y varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, + que prodigaba el arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía + que pensar a solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El + capellán quería dejar bien puesto el pabellón de la + Iglesia y pasar agradablemente las noches que se hacían eternas en + Loreto, aun en primavera. + </p> + <p> + Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de + gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho + despierta, soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, + inmóviles. Pensaba en San Agustín; se le figuraba con gran + mitra dorada y capa de raso y oro, recorriendo el desierto en un África + que poblaba ella de fieras y de palmeras que llegaban a las nubes. Era, + como en la infancia, un delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo + con recordar la dulzura de San Agustín al reconciliarse en su cátedra + con un amigo que asistió a oírle, del cual vivía + separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía amar al + universo entero en aquel obispo. + </p> + <p> + En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una + importación de la Bactriana. + </p> + <p> + No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, + pero en sus disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos, + porque contaba con la ignorancia del concurso. + </p> + <p> + El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así + le parecía el más ridículo y gracioso disparate la + ocurrencia de traer de allí el cristianismo. + </p> + <p> + Y muerto de risa decía:—Pero hombre, buena <i>Batrania</i> te + dé Dios; ¿dónde ha leído eso el señor + Ozores? + </p> + <p> + «El capellán no era un San Agustín—pensaba Anita—; + no, porque San Agustín no bebería sidra ni refutaría + tan mal argumentos como los de su padre. No importaba, el clérigo + tenía razón y eso bastaba; decía grandes verdades sin + saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a los + maniqueos. + </p> + <p> + —Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que + creer en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, + un polaco. + </p> + <p> + «¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos + San Agustín, que también había creído errores + así. Pero su padre llegaría a convertirse; como ella, que + tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios y + en el santo obispo de Hiponax». + </p> + <p> + Después, buscando en la biblioteca, halló el <i>Genio del + Cristianismo</i>, que fue una revelación para ella. Probar la + religión por la belleza, le pareció la mejor ocurrencia del + mundo. Si su razón se resistía a los argumentos de + Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y con ella + el albedrío. + </p> + <p> + —«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según + don Carlos. Él tenía sus obras porque el estilo no era malo».—Se + hablaba muy mal de Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después + leyó Ana <i>Los Mártires</i>. Ella hubiera sido de buen + grado Cimodocea, su padre podía pasar por un Demodoco bastante + regular, sobre todo después de su viaje a Italia que le había + hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro? + Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de + él? + </p> + <p> + Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que + hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del <i>Parnaso + Español</i> estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más + eran versos pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le + hicieron mejor impresión que el mismo Chateaubriand. Unas + quintillas de Fray Luis de León comenzaban así: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Si quieres, como algún día,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">alabar rubios cabellos,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">alaba los de María,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">más dorados y más bellos</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">que el sol claro al mediodía.</span><br /> + </p> + <p> + El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los + de María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco + versos despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el <i>sentimiento + de la Virgen</i>, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue + su locura de amor religioso. + </p> + <p> + María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de + los afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La + devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de + San Agustín y la de Chateaubriand en el corazón de aquella + niña que se estaba convirtiendo en mujer. El Ave María y la + Salve adquirieron para ella nuevo sentido. Rezaba sin cesar. Pero no + bastaba aquello, quería más, quería inventar ella + misma oraciones. + </p> + <p> + Don Carlos tenía también el <i>Cantar de los cantares</i>, + en la versión poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre + los libros prohibidos para Anita. + </p> + <p> + —A mí no me la dan—decía don Carlos guiñando + un ojo—; esta <i>amada</i> podrá ser la Iglesia, pero... yo + no me fío... no me fío.... + </p> + <p> + Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus + semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba + de más. + </p> + <p> + Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua + expedita para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos + solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía + a pico sobre el mar. + </p> + <p> + Versos <i>a lo San Juan</i>, como se decía ella, le salían a + borbotones del alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; + y hablaba con la Virgen de aquella manera. + </p> + <p> + Notaba Anita, excitada, nerviosa—y sentía un dolor extraño + en la cabeza al notarlo—una misteriosa analogía entre los + versos de San Juan y aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al + subir por el monte. + </p> + <p> + Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin + que ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las + cosas, y por todas sentía un cariño melancólico que + acababa por ser una jaqueca aguda. + </p> + <p> + Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín + que su padre quiso que bebiera detrás del café, Anita salió + sola, con el proyecto de empezar a escribir un libro, allá arriba, + en la hondonada de los pinos que ella conocía bien; era <i>una obra</i> + que días antes había imaginado, una colección de poesías + «A la Virgen». + </p> + <p> + Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía + al monte de los tomillares por la puerta del jardín; por allí + no podía verla nadie, y al monte no se subía más que + a buscar leña. + </p> + <p> + Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta + era ardua, el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían + a pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con + bramidos que llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la + izquierda los tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, + coronada por pinos entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la + queja inextinguible del océano. Ana subía a paso largo. El + esfuerzo que exigía la cuesta la excitaba; se sentía + calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre heladas, brotaba fuego, + como en lejanos días. Subía con una ansiedad apasionada, + como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba. + </p> + <p> + Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de + repente nuevo panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el + mar, que antes oía sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde + el puerto, más pacífico, más solemne; desde allí + las olas no parecían sacudidas violentas de una fiera enjaulada, + sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de placas + sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En + los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de + montañas que parecían escala de gigantes para ascender al + cielo; nubes y cumbres se confundían, y se mandaban reflejados sus + colores. En lo más alto de aquel <i>cumulus</i> de piedra azulada + Ana divisó un punto; sabía que era un santuario. Allí + estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del ocaso se rasgaban + brotando luz de sus entrañas para formar una aureola a la Madre de + Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del sol era + una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en la sombra + del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre + las aguas. + </p> + <p> + Al fin llegó Ana a la <i>hondonada de los pinos</i>. Era una cañada + entre dos lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy + lucidos del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco + dejaba ver su fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un + pájaro, que a la niña se le antojó ruiseñor, + cantaba escondido en los arbustos de la loma de poniente. Ana se sentó + sobre una piedra cerca del cauce seco. Se creía en el desierto. No + había allí ruido que recordara al hombre. El mar, que ya no + veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; + los pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. + Estaba segura de su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en + sus rodillas, y escribió con lápiz en la primera página: + «A la Virgen». + </p> + <p> + Meditó, esperando la inspiración sagrada. + </p> + <p> + Antes de escribir dejó hablar al pensamiento. + </p> + <p> + Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, + dentro del alma, la primera estancia. Siguió el lápiz + corriendo sobre el papel, pero siempre el alma iba más deprisa; los + versos engendraban los versos, como un beso provoca ciento; de cada + concepto amoroso y rítmico brotaban enjambres de ideas poéticas, + que nacían vestidas con todos los colores y perfumes de aquel decir + poético, sencillo, noble, apasionado. + </p> + <p> + Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, + tuvo la mano que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía + escribir; los ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban + llenos de lágrimas. Sentía latigazos en las sienes, y en la + garganta mano de hierro que apretaba. + </p> + <p> + Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en + la cañada; calló el supuesto ruiseñor, y los versos + de Ana, recitados como una oración entre lágrimas, salieron + al viento repetidos por las resonancias del monte. Llamaba con palabras de + fuego a su Madre Celestial. Su propia voz la entusiasmó, sintió + escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron sus rodillas, apoyó + la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó un + momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo + sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados + cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza + despavorida... no tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se + movía... y con los ojos abiertos al milagro, vio un pájaro + obscuro salir volando de un matorral y pasar sobre su frente. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="Vmdash" id="Vmdash"></a>—V— + </h2> + <p> + La señorita doña Anunciación Ozores había + llegado a los cuarenta y siete años sin salir de la provincia de + Vetusta. Era por consiguiente una gran molestia, tal vez un peligro, + aventurarse a recorrer en veinte horas de diligencia la carretera de la + costa que llegaba hasta Loreto. La acompañaron en su viaje don + Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por su condición + y sus años, y una antigua criada de los Ozores. + </p> + <p> + Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, + sin ningún sacramento. El médico decía que algún + derrame, algún vaso.... Materialismo puro. Doña Anuncia veía + la mano de Dios que castiga sin palo ni piedra. Esto no impidió que + durante el viaje manifestase la señorita de Ozores, vestida de + riguroso luto, un dolor apenas mitigado por la resignación + cristiana. + </p> + <p> + «Ana, la hija de la modista, había caído en cama; + estaba sola, en poder de criados; no había más remedio que + ir a recogerla. Ante aquella muerte concluían las diferencias de + familia». + </p> + <p> + —«Muerto el perro se acabó la rabia»,—había + dicho uno de los nobles de Vetusta. + </p> + <p> + Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de + muerte. Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho + el médico; la enfermedad había coincidido con ciertas + transformaciones propias de la edad; propias sí, pero delante de señoritas + no debían explicarse con la claridad y los pormenores que empleaba + el doctor. Don Cayetano podía oírlo todo, pero doña + Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis. «El + desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa + metamorfosis», «la crisálida que se rompe», todo + eso estaba bien; pero el médico añadía unos detalles + que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros. + </p> + <p> + —«¡Qué gentes trataba mi hermano!»—decía + poniendo los ojos en blanco. + </p> + <p> + Quince días había vivido sola en poder de criados aquella + pobre niña, huérfana y enferma, pues doña Anuncia no + se decidió a emprender el viaje de las veinte horas hasta que se le + pidió esta obra de caridad en nombre de su sobrina moribunda. Ana + estaba ya enferma cuando la sobrecogió la catástrofe. Su + enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se + explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que + la afligió al principio. No lloraba; pasaba el día temblando + de frío en una somnolencia poblada de pensamientos disparatados. + Sintió un egoísmo horrible lleno de remordimientos. Más + que la muerte de su padre le dolía entonces su abandono, que la + aterraba. Todo su valor desapareció; se sintió esclava de + los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio, ni el + refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo. Sabía + que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había + vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el + último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había + servido para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta + estaba hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En + manos del filósofo no había hecho más que ir + perdiendo. + </p> + <p> + —«Es decir, que estoy casi en la miseria». + </p> + <p> + Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda + irrisoria, poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía + quien le explicase cómo y dónde se pedían. Estaba + sola, completamente sola; ¿qué iba a ser de ella? Los amigos + del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más + que discutir. El capellán no apareció por allí; la + muerte repentina de don Carlos olía un poco a azufre. + </p> + <p> + Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana + quiso levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La + noche anterior se había dormido con los dientes apretados y + temblando de frío. Había querido escribir a sus tías + de Vetusta y no había podido coordinar las palabras; hasta dudaba + de su ortografía. + </p> + <p> + Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el + mal pudo más, la rindió. El médico habló de + fiebre, de grandes cuidados necesarios; le hizo preguntas a que ella no + sabía ni quería contestar. Estaba sola y era absurdo. El + doctor dijo que no tenía con quien entenderse; añadió + pestes de la incuria de los criados. + </p> + <p> + —«La dejarán a usted morir, hija mía». + </p> + <p> + Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; + llorando y con las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, + unas hermanas de su padre que vivían en Vetusta y que tenía + entendido que eran muy buenas cristianas. + </p> + <p> + Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del + caserón. Comprendían que valía más, mucho más + de lo que habían pagado por él, abusando de la situación + apurada de don Carlos, que además era un aturdido en materia de + intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de los + Ozores!—«Por no ser víctima de una mixtificación». + </p> + <p> + Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la + desventurada hija del hermano de sus pecados. + </p> + <p> + Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra + cuando vio que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La + quinta que ellas habían imaginado digna de un Ozores, aunque fuese + extraviado, era una casa de aldea muy pintada, pero sin valor, con una + huerta de medianas utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda + que mal se podría enjugar con lo que ella valía. Estaba + fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse el infeliz ateo. ¡Perder + el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra! Negocio redondo. Pero, en fin, + a lo hecho pecho. + </p> + <p> + Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién + no tiene su cruz? + </p> + <p> + Ana tardó un mes en dejar el lecho. + </p> + <p> + Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había + sociedad; y el viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los + consejos del mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos + más transparentes. + </p> + <p> + En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en + su convalecencia», según el médico de la casa, que era + comedido y no llamaba las cosas por su nombre. + </p> + <p> + El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo. + </p> + <p> + Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el + juicio que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana + hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la + vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su + conducta. + </p> + <p> + En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación + ni contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía + nada; tomaba todo lo que le daban, y si se le preguntaba: + </p> + <p> + —¿Cómo estás, Anita? + </p> + <p> + —Algo mejor, señora—contestaba la joven siempre que podía. + </p> + <p> + Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a + veces no oía siquiera. + </p> + <p> + Durante la nueva convalecencia no fue impertinente. + </p> + <p> + No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos. + </p> + <p> + En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían + naturalmente las señoritas de Ozores, no se hablaba más que + de la abnegación de estas santas mujeres. + </p> + <p> + Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, + decía con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués + de Vegallana: + </p> + <p> + —Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula + filantropía moderna. Las señoritas de Ozores están + llevando a cabo una obra de caridad que, si quisiéramos analizarla + detenidamente, nos daría por resultado una larga serie de buenas + acciones. No sólo se trata de echar sobre sí la enorme carga + de mantener, y creo que hasta vestir y calzar, a una persona que las + sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga que es de + por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa joven + representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una + abdicación de su señor padre.... + </p> + <p> + —Una abdicación abominable—se atrevió a decir un + barón tronado. + </p> + <p> + —Abominable—añadió Glocester inclinándose—. + Representa una alianza nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de + los Ozores, se mezcló en mal hora con sangre plebeya; y lo que es + lo peor... según todos sabemos, representa esa niña la poco + meticulosa moralidad de su madre, de su infausta.... + </p> + <p> + —Sí, señor—interrumpió la marquesa de + Vegallana, que no toleraba los discursos de Glocester—; sí señor, + su madre era una perdida, corriente; pero la chica se presenta bien, según + dicen sus tías; es muy dócil y muy callada. + </p> + <p> + —Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura + debilidad. + </p> + <p> + Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que + asistía a Anita. + </p> + <p> + Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don + Carlos como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría + para nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería + considerada como sobrina de quien tantos elogios merecía. + </p> + <p> + Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda + al saber por el médico esta resolución de la nobleza + vetustense. + </p> + <p> + Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de + trabajar—hacer calceta y colcha—en el comedor; la alcoba de la + sobrina estaba al otro extremo de la casa. + </p> + <p> + Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste + caserón de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar + la visita al Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por + semana. Asistían a todas las novenas, a todos los sermones, a todas + las cofradías, y a todas las tertulias de buen tono. Comían + dos o tres veces por semana fuera de casa. Lo más del tiempo lo + empleaban en pagar visitas. Esta era la ocupación a que daban más + importancia entre todas las de su atareada existencia. No pagar una visita + <i>de clase</i>, les parecía el mayor crimen que se podía + cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión, porque + éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su + corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido + incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de + Vegallana, María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera + perdonado, pero ellas hubieran asistido a la tertulia. + </p> + <p> + La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por + que se gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía + celeste. + </p> + <p> + Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían + probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la + sobrinita? Esta era la cuestión. Las miradas de doña + Águeda, algo más gruesa, más joven y más + bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se + clavaban en Anita al darle un caldo. + </p> + <p> + La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. + Estaba conforme con todo. Las tías veían con impaciencia que + se prolongaba aquel estado. La niña no acababa de sanar, ni recaía; + no se presentaba ninguna solución. Además, así no se + podía conocer su verdadero carácter. Aquella sumisión + absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo que + eso era. + </p> + <p> + Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar + que estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos + hermanas de un asunto muy importante. + </p> + <p> + —Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?—decía + doña Anuncia. + </p> + <p> + —¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa? + </p> + <p> + —¿Qué es?—Si esa chica...—Si aquella vergüenza...—¡Eso!—¿Te + acuerdas de la carta del aya? + </p> + <p> + —Como que yo la conservo.—Tenía la chiquilla doce o + catorce años, ¿verdad? + </p> + <p> + —Algo menos, pero peor todavía. + </p> + <p> + —Y tú crees... que...—¡Bah! Pues claro.—¿Si + será una Obdulita? + </p> + <p> + —O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel + lance con aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé + qué amoríos? + </p> + <p> + —Todo era inocencia—decían los bobalicones de aquí. + </p> + <p> + —Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los + amantes (juntando y separando los dedos.) + </p> + <p> + —Si es claro, si genio y figura...—Cuando falta una base + firme... —¡Si sabrá una!...—¿Pues, + Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año pasado; después se + negó, se aseguró que era una calumnia...—¡A mí, + que soy tambor de marina! + </p> + <p> + —¡Si sabrá una!—¡Si una hubiera querido! Y + suspiró esta señorita de Ozores. Suspiró su hermana + también. + </p> + <p> + Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de + él a las primeras palabras de aquella conversación. Pálida + como una muerta, con dos lágrimas heladas en los párpados, + con las manos flacas en cruz, oyó todo el diálogo de sus tías. + </p> + <p> + No hablaban a solas como delante de los señores <i>de clase</i>; no + eran prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña + Anuncia decía palabras que la hubieran escandalizado en labios + ajenos. La conversación tardó en volver al pecado de Ana, a + la vergüenza de que les hablaba la carta de doña Camila. La huérfana + oía, desde su alcoba, historias que sublevaban su pudor, que le + enseñaban mil desnudeces que no había visto en los libros de + Mitología. Pero aquellas mujeres ya se habían olvidado de + ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que se escapaba + por el balcón en compañía de su novio, la misma + marquesa de Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, + la de clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en + aquella venganza solitaria de las dos señoritas incasables de + Ozores. En aquel mundo de flaquezas, de escándalos, ¿quién + recordaba ya la aventura, poco conocida al cabo, de la sobrinilla enferma? + </p> + <p> + Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según + ellas, se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia + o de la precocidad de la niña. Se discutió, como en el + casino de Loreto, la verosimilitud del delito desde el punto de vista + fisiológico. Hablaron aquellas señoritas como dos comadronas + matriculadas. ¡Qué riqueza de datos! ¡Qué + empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la + boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana que + estaba a los pies de su butaca. + </p> + <p> + «En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta + nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella + muchacha hubiera seguido con vida tan disoluta. Pero no había + motivo para creerlo. Nada más habían sabido que la + condenase. Sobre todo, pronto se había de ver». + </p> + <p> + Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió + que sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal + de ser en adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo + eran ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más. + </p> + <p> + Había habido algunos minutos de silencio. + </p> + <p> + Doña Águeda lo rompió diciendo: + </p> + <p> + —Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa. + </p> + <p> + —Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco + desarrollada.... + </p> + <p> + —Eso no importa; así fuí yo, y después que...—Ana + sintió brasas en las mejillas—empecé a engordar, a + comer bien y me puse como un rollo de manteca. + </p> + <p> + Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose + del rollo que había sido. + </p> + <p> + Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos + amores románticos rabiosos. De aquellos amores le habían + quedado varias canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella + misma acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba + diciendo: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Esa luna que brilla en el cielo</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">melancólicamente me inspira:</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">es el último son de mi lira</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">que por última vez resonó.</span><br /> + </p> + <p> + Se trataba de un condenado a muerte. + </p> + <p> + El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a + Venecia con un amante; pero una vez que el siglo estaba <i>metalizado</i> + y las muchachas no sabían enamorarse, ella quería utilizar, + si era posible, la hermosura de Ana, que si se alimentaba bien sería + guapa como su padre y todos los Ozores, pues lo traían de raza. Sí, + era preciso darle bien de comer, engordarla. Después se le buscaba + un novio. Empresa difícil, pero no imposible. En un noble no había + que pensar. Estos eran muy finos, muy galantes con las de su clase, pero + si no tenían dote se casaban con las hijas de los americanos y de + los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una dolorosa experiencia. + Los chicos <i>innobles</i>, que pudiera decirse, de Vetusta, no eran + grandes proporciones; pero aunque se quisiera apencar—apencar decía + doña Águeda en el seno de la confianza—, con algún + abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar + a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un + americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían + más, confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por + consiguiente un americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase. + </p> + <p> + Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto. + </p> + <p> + La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó + en procurar cuanto antes la salud. + </p> + <p> + Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya + oportuno, ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. + A no haber oído aquella conversación de las tías, la + pobre huérfana no se hubiera atrevido a comer mucho, aunque tuviera + apetito, por no aumentar el peso de aquella carga: ella. Pero ya sabía + a qué atenerse. Querían engordarla como una vaca que ha de + ir al mercado. Era preciso devorar, aunque costase un poco de llanto al + principio el pasar los bocados. + </p> + <p> + La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la + voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, + quería poder librar pronto a sus tías de su presencia. El + cuidarse mucho, el alimentarse bien le pareció entonces el deber + supremo. El estado de su ánimo no contradecía estos propósitos. + </p> + <p> + Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído + revelación providencial de una vocación verdadera, habían + desaparecido. Ellos determinaron la crisis violenta que puso en peligro la + vida de Ana, pero al volver la salud no volvieron con ella: la sangre + nueva no los traía. + </p> + <p> + En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el + delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, + los enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas + veces y de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe + suya era demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo + en qué; su desgracia más grande, la muerte de su padre, no + había tenido consuelo tan fuerte como ella lo esperaba en la piedad + que había creído tan firme y tan honda, aunque tan nueva. + Para aquella ausencia, para la necesidad que sentía de creer que + vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo la + religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para + remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del + momento que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de + su abandono, que fue el sentimiento que venció a todos, no lo + curaba la fe. + </p> + <p> + —«La Virgen está conmigo»—pensaba Ana en el + lecho, allá en Loreto, y acababa por llorar, por rezar + fervorosamente y sentir sobre su cabeza las caricias de la mano invisible + de Dios; pero sobrevenía un ataque nervioso, sentía la + congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del abandono sordo y mudo, + y entonces las imágenes místicas no acudían. Hacía + falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien + no conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su + presencia, creyó firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos + de la familia. + </p> + <p> + Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que + tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías + sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por + ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al + fin era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y + al contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que + lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del Niño + Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión + serena examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan + profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la + belleza artística que ella creaba, como contemplando la hermosura + de la idea de Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran + religiosos? ¿O era que en la vanidad, en el egoísmo estaba + la causa de aquel enternecimiento? De todas suertes ella padecía + mucho. Se le figuraba que toda la vida se le había subido a la + cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el cerebro + un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar + sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado, + exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó + envidiar a los animales, a las plantas, a las piedras. + </p> + <p> + En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta + actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después + de comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó + que unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían + más despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba + tantos héroes y heroínas, y los que le quedaban en la cabeza + eran menos fantásticos, sus sentimientos menos alambicados, y se + complacía en describir su belleza exterior; los colocaba en parajes + deliciosos y pintorescos y acababan todas las aventuras en batallas o en + escenas de amor. + </p> + <p> + Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una + sonrisa en el alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías + le permitían levantarse tarde, y gozaba con delicia de aquellas + horas. Para ella su lecho no estaba ya en aquel caserón de sus + mayores, ni en Vetusta, ni en la tierra; estaba flotando en el aire, no + sabía dónde. Ella se dejaba columpiar dentro de la blanda + barquilla en aquel navegar aéreo de sus ensueños.... Y + mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas, + ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias + purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los + aromas ideales de sus visiones turgentes. + </p> + <p> + Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles + finas o el noble escocés que lucía torneada y robusta + pantorrilla con media de cuadros brillantes, se convertían de + repente en un caballero enfermo del hígado, pálido, delgado, + tocado con sombrero de jipijapa, que se despedía de la señora + de sus pensamientos diciendo: + </p> + <p> + —«Adiosito. Ahorita vuelvo»,—con un balanceo de + hamaca en los diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza + ella y las tías. + </p> + <p> + Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el + empirismo del arte, y además lo profesaba por principios. Sabía + de memoria «<i>El Cocinero Europeo</i>», un libro que contiene + el arte de confeccionar todos los platos de las cocinas inglesa, francesa, + italiana, española y otras. Pero salía por un ojo de la cara + el guisar como el <i>Europeo</i>, según doña Águeda. + Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la aristocracia, ella + dirigía las operaciones en la cocina del marqués de + Vegallana y entonces recurría al <i>Europeo</i>. En su casa había + muy poco dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara + de sus mayores. Maravillas y primores de la cocina casera comió + Anita en cuanto el estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda + con unos ojos dulzones, inútilmente grandes, que nadie había + querido para sí, miraba extasiada a la convaleciente que iba + engordando a ojos vistas, según las de Ozores. Mientras la joven + saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la cocinera a cada + bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de + su vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como + chorizos llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño + de la sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su + obra se dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato. + </p> + <p> + Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía + lo mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un + antiguo catedrático de psicología, lógica y ética, + gran partidario de la escuela escocesa y de los embutidos caseros. No se + fiaba mucho ni del testimonio de sus sentidos ni de las longanizas de la + plaza. Era muy amigo de doña Anuncia y la ayudaba a regatear. + </p> + <p> + La solterona después del mercado recorría las casas de la + nobleza para pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana + daban ejemplo al mundo. + </p> + <p> + —Si ustedes la vieran—decía—está + desconocida; se la ve engordar. Parece un globo que se va hinchando poco a + poco. Verdad es que aquella Águeda tiene unas manos.... En fin, + ustedes saben por experiencia cómo guisa mi hermanita. Yo me + desvivo por la niña. En casa no entendemos la caridad a medias. + Todos los días se ve recoger a un pariente pobre, ¿para qué? + para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un mendrugo y no se le + paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de otro modo. En fin, + ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya verán + ustedes. + </p> + <p> + En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver + engordar a la niña. + </p> + <p> + El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la + extraordinaria belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, + Ana había crecido milagrosamente, sus formas habían tomado + una amplitud armónica que tenía orgullosa a la nobleza + vetustense. La verdad era que el tipo aristocrático no se perdía, + pese a la chusma que no quiere clases. Aquella niña en cuanto la + habían separado de una vida vulgar, en poder de un padre extraviado + y liberalote, y la habían alimentado bien, había recobrado + el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era hermosísima. + La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media era de igual + parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella hermosura y + Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del + pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la + catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de + Ozores. Eran las tres maravillas de la población. + </p> + <p> + Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias + pudiera haber agradecido la admiración que el mundo tributó + a su Minerva. + </p> + <p> + —¡Es una estatua griega!—había dicho la marquesa + de Vegallana, que se figuraba las estatuas griegas según la idea + que le había dado un adorador suyo, amante de las formas abultadas. + </p> + <p> + —¡Es la Venus <i>del Nilo</i>!—decía con embeleso + un pollastre llamado Ronzal, alias el Estudiante. + </p> + <p> + —Más bien que la de Milo la de Médicis—rectificaba + el joven y ya sabio Saturnino Bermúdez, que sabía lo que + quería decir, o poco menos. + </p> + <p> + —¡Es <i>un</i> Fidias!—exclamaba el marqués de + Vegallana, que había viajado y recordaba que se decía: + «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc., + tratándose de cuadros. + </p> + <p> + Y Bermúdez se atrevía a rectificar también: + </p> + <p> + —En mi opinión más parece de Praxíteles. + </p> + <p> + El marqués se encogía de hombros. + </p> + <p> + —Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían + juzgar mejor, porque muchas de ellas habían conseguido ver a Anita + como se ven las estatuas. No sabían si era <i>un</i> Fidias o <i>un</i> + Praxíteles, pero sí que era una real moza; un <i>bijou</i>, + decía la baronesa tronada que había estado ocho días + en la Exposición de París. + </p> + <p> + Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin + reparo en <i>la clase</i>, en la intimidad de la clase por su hermosura. + Nadie se acordaba de la modista italiana.—Tampoco Ana debía + mentarla siquiera, según orden expresa de las tías—. + Se había olvidado todo, incluso el republicanismo del padre, todo: + era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba con su + hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la + caballeriza y hasta la casa de un potentado. + </p> + <p> + Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. + Para ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la + dote y a los vestidos, y creían que las proporciones—los + novios aceptables—harían lo mismo. Sabían a qué + atenerse. En las tertulias, en los bailes, en las excursiones campestres + no le faltarían a <i>la sobrina</i> adoradores; los muchachos de la + aristocracia eran casi todos libertinos más o menos disimulados; + les atraería la hermosura de Ana, pero no se casarían con + ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado + que prohibir a su novio formal—el futuro esposo—<i>hacer el + amor</i> a la huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si + Anita se descuidaba, pensaban las herederas, podía verse + comprometida sin ninguna utilidad. Dentro de la nobleza no era probable + que se casara. Los nobles ricos buscaban a las aristócratas ricas, + sus iguales; los nobles pobres buscaban su acomodo en la parte nueva de + Vetusta, en la Colonia india, como llamaban al barrio de los americanos + los aristócratas. Un indiano plebeyo, un <i>vespucio</i>—como + también los apellidaban—pagaba caro el placer de verse suegro + de un título, o de un caballero linajudo por lo menos. + </p> + <p> + El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se + había modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por + guapa no se casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla + casarse con un ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha + vigilancia y tener advertida a la niña. + </p> + <p> + —En el gran mundo de Vetusta—decía doña Anuncia—es + preciso un ten con ten muy difícil de aprender. + </p> + <p> + Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco + embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía + ignorarlo todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las + hermanas en que era indispensable dar instrucciones a la chica. + </p> + <p> + Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o + repugnancias, y menos estas, tratándose de los gustos y + predilecciones de sus tías; pero una noche no pudo menos de + expresar su opinión al volver sola de la tertulia íntima de + Vegallana. + </p> + <p> + —¿Te has divertido mucho?—preguntó doña + Anuncia, que se había quedado en el comedor, junto a la gran + chimenea, leyendo el folletín de <i>Las Novedades</i>. (Era liberal + en materia de folletines.) + </p> + <p> + —No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá + sin alguna de ustedes. Cuando voy sola.... + </p> + <p> + —¿Qué?—exclamó doña Anuncia, + invitando a su sobrina con el tono áspero de aquel monosílabo + a que no profiriese censura de ningún género contra la + tertulia de su predilección. + </p> + <p> + —Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos. + </p> + <p> + No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; + pero quería más claridad y replicó: + </p> + <p> + —¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. + ¿Es que le parece poco fina la sociedad de Vetusta? + </p> + <p> + Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña + Anuncia se había disgustado. + </p> + <p> + —No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé + qué se figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña.... + </p> + <p> + —Claro que no...—Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia + les consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero. + </p> + <p> + —Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella + es... una cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la + tertulia; y por darse tono, por decir que es íntima de la marquesa + y de sus hijas, pasa por todo. Tú eres de la clase. + </p> + <p> + —Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no + quiero tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas.... + </p> + <p> + —¡No me toques a las hijas del marqués!—gritó + la tía, poniéndose en pie y dejando caer el Werther sobre la + raída alfombra. + </p> + <p> + —«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». + Cada vez que faltaba a su propósito de no contradecir a las tías, + sentía una especie de remordimiento, como el del artista que se + equivoca. + </p> + <p> + Entró doña Águeda. Había oído la + conversación desde el gabinete. Las dos hermanas se miraron. Era + llegada la ocasión de explicar lo del ten con ten. + </p> + <p> + —Oye, Anita—dijo con voz meliflua la perfecta cocinera—; + tú eres una niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, + tenemos alguna experiencia, por lo que se observa. + </p> + <p> + —Eso es; por lo que observamos en los demás. + </p> + <p> + —En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es + necesario... un ten con ten especial. + </p> + <p> + —Un ten con ten, eso.—Sobre todo en el trato con los hombres. + Tú habrás notado que en público los de la clase jamás + faltan a la más estricta y meticulosa... eso, decencia. + </p> + <p> + —Que es lo principal—dijo doña Anuncia, como quien + recita el decálogo. + </p> + <p> + —Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al + baroncito, ni al vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda + con ellos, propasarse en lo más mínimo.... Pero en el trato + íntimo, el que no es más que de la clase, ya es otra cosa. + </p> + <p> + —Otra cosa muy distinta—dijo doña Anuncia, + comprendiendo que a ella, por mayor en edad, le tocaba seguir explicando + el ten con ten. + </p> + <p> + —Como todos somos parientes—continuó—de cerca o + de lejos, nos tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para + hablarte, ni porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de + gracia, a la hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo + de pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, + ni aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni + escandalizarte, ni darte por ofendida. + </p> + <p> + —De ninguna manera—apoyó doña Águeda. + </p> + <p> + —Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu + inocencia te sirve para tolerar todo eso. + </p> + <p> + —Así hacen Pilar, Emma y Lola. + </p> + <p> + —Pero...—Pero, hija...—Pero, si lo que no es de + esperar.... + </p> + <p> + —De ninguna manera...—Alguno se propasase a mayores, lo que se + llama mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote + (palabra de la juventud de doña Anuncia), obsequiándote en + regla, entonces no te fíes; déjale decir, pero no te dejes + tocar. Al que te proponga amores formales, no le toleres pellizcos, ni + nada que no sea inofensivo. Escandalizarse es ridículo, es como no + saber con qué se come alguna cosa.... + </p> + <p> + —Es una falta de educación entre la clase.... + </p> + <p> + —Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con + ninguno de ellos.... + </p> + <p> + —Ni gana, tía—dijo Anita sin poder contenerse, pesándole + en seguida de haberlo dicho. + </p> + <p> + Doña Águeda sonrió. + </p> + <p> + —Eso de la gana te lo guardas para ti—exclamó doña + Anuncia, puesta en pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo. + </p> + <p> + —Eres muy orgullosa—añadió. + </p> + <p> + —Déjala; el que no se consuela.... + </p> + <p> + —Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es + que tú no olvides lo que te digo. Es necesario que dejes antes de + entrar en casa de la marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, + porque es una impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves + como lo bueno se te alaba, es que en público mantengas el severo + continente que merece no menos elogios del público que tu palmito y + buen talle. + </p> + <p> + —Sí, hija mía—interrumpió doña + Águeda—. Es necesario sacar partido de los dones que el Señor + ha prodigado en ti a manos llenas. + </p> + <p> + Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor + martirio. Se figuraba sacada a pública subasta. Doña + Águeda y después su hermana trataron con gran espacio el + asunto de la cotización probable de aquella hermosura que + consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana + era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como + pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería + a la esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña + Anuncia, que se picaba de esbelta, porque era delgada. + </p> + <p> + Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón, + que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a + la figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la + chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas señoritas, + y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían en la + sombra un embrión de aquelarre. + </p> + <p> + Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les + gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, + lo que no se había de tolerar después, todo esto se discutió + por largo, siempre concluyendo con la protesta de que era hija tanta + sabiduría de la observación en cabeza ajena. + </p> + <p> + —Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo + manifestamos nunca afición al matrimonio. + </p> + <p> + Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten + con ten. + </p> + <p> + Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de + doña Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió + la deliciosa pereza que era casi el único placer en aquella vida. + Como entonces ya no había motivo para no madrugar y el trabajo la + reclamaba en aquella casa desde muy temprano, procuraba despertar mucho + antes de lo necesario para gozar de aquellos sueños de la mañana, + rebozada con el dulce calor de las sábanas. + </p> + <p> + Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban los + señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían; + pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían + su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos labios + condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel perfume. Y como + la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda Tácito, + sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba + exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era + verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas + unos, con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes + de Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso + estaba en un porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado + grande, demasiado hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida + que la ahogaba, entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. + Acaso el amor no vendría nunca; pero prefería perderlo a + profanarlo. Toda su resignación aparente era por dentro un + pesimismo invencible: se había convencido de que estaba condenada a + vivir entre necios; creía en la fuerza superior de la estupidez + general; ella tenía razón contra todos, pero estaba debajo, + era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban más + que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella + carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más + solemnemente las viejas. + </p> + <p> + Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía + ganarse la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había + manera decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el + convento. + </p> + <p> + Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la + autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de + aquel misticismo pasajero, se habían burlado de él + cruelmente. Además, la falsa devoción de la niña venía + complicada con el mayor y más ridículo defecto que en + Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este el + único vicio grave que las tías habían descubierto en + la joven y ya se le había cortado de raíz. + </p> + <p> + Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con + un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual + asombro que si hubiera visto un <i>rewólver</i>, una baraja o una + botella de aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres + vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la + estupefacción de aquellas solteronas. «¡Una Ozores + literata!». + </p> + <p> + —«Por allí, por allí asomaba la oreja de la + modista italiana que, en efecto, debía de haber sido bailarina, + como insinuaba doña Camila en su célebre carta». + </p> + <p> + El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la + aristocracia y del cabildo. + </p> + <p> + El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de + instruido, declaró que los versos eran libres. + </p> + <p> + Doña Anuncia se volvía loca de ira. + </p> + <p> + —¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! + La bailarina.... + </p> + <p> + —No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no + tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, + los versos no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he + conocido ninguna literata que fuese mujer de bien. + </p> + <p> + Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en + Madrid mantenido por una poetisa traductora de folletines. + </p> + <p> + El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos + eran regulares, acaso buenos, pero de una escuela romántico-religiosa + que a él le empalagaba. + </p> + <p> + —Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me + gustan, aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las + mujeres deben ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, + inspiran. + </p> + <p> + La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular + deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le + mezclase a ella lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, + y en literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la + poesía; prefería las novelas en que se pinta todo a lo vivo, + y tal como pasa. «¡Si sabría ella lo que era el mundo! + En cuanto a la <i>sobrinita</i>, era indudable que había que + cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para ser literata, + además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido a vivir + en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». + Y recordaba unas <i>Aventuras de una cortesana</i>, que había ella + proyectado allá en sus verdores, ricos de experiencia. + </p> + <p> + Tan general y viva fue la protesta del <i>gran mundo</i> de Vetusta contra + los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo + y engañada por la vanidad. + </p> + <p> + A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, + volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el + papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el + cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a + tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar + por escrito sus ideas y sus penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la + pluma; se juró a sí misma no ser la «literata», + aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como + de los monstruos asquerosos y horribles. + </p> + <p> + Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué + censurar en Ana, aprovecharon este flaco para <i>ponerla en berlina </i> + delante de los hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién—pero + se creía que Obdulia—había inventado un apodo para + Ana. La llamaban sus amigas y los jóvenes desairados <i>Jorge + Sandio</i>. + </p> + <p> + Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de + poetisa, aún se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia + de las literatas. Ana se turbaba, como si se tratase de algún + crimen suyo que se hubiera descubierto. + </p> + <p> + —En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir—decía + el baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla. + </p> + <p> + —¿Y quién se casa con una literata?—decía + Vegallana sin mala intención—. A mí no me gustaría + que mi mujer tuviese más talento que yo. + </p> + <p> + La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su + marido era un idiota. «¡A qué llamarán talento + los maridos!»—pensaba satisfecha de lo pasado. + </p> + <p> + —Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones—añadía + el afeminado baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su + marido, decía:—Pues hijo mío, serán ustedes un + matrimonio <i>sans-culotte</i>. + </p> + <p> + Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la + opinión: la literata era un absurdo viviente. + </p> + <p> + —«Tenían razón en este punto aquellos necios, + llegó a pensar Ana; no escribiría más». Pero + ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y desdeñando + los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos + aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su + hermosura, pero como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno + despreciaba a los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para + ella eran incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces + antes, cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula + en cuanto se refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en + que vivía; para tales materias prefería las advertencias de + doña Anuncia al propio criterio. Al principio se le había + figurado que ella, con un poco de arte, hubiera podido conquistar a + cualquiera de aquellos nobles ricos que se divertían con todas y se + casaban con la de mayor dote. Pero le pareció una indignidad + asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató de ensayar sus + recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas + interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y + miraba a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: + en efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le + antojaban de papel marquilla. + </p> + <p> + Los <i>pollos</i> de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una + excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era + una virtud efectiva. + </p> + <p> + —«¡Qué diablo, alguna había de haber!». + Los seductores de la clase media que anhelaban siempre <i>meter la cabeza</i> + en la aristocracia, declararon lo mismo: «Ana era invulnerable». + </p> + <p> + —Esperará algún príncipe ruso—decía + Alvarito Mesía, que vivía entre plebeyos y nobles. Alvarito + no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos tienes». + Eran dos orgullos paralelos. + </p> + <p> + Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba + ya en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, + pero los mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta. + </p> + <p> + La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había + salido a paseo con sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron + el coche. Álvaro las vio y saludó desde la berlina. Se + encontraron los ojos de Ana y de Mesía. Se miraron como si hasta + aquel momento nunca se hubieran visto bien. + </p> + <p> + —«Buenos ojos—pensó el Tenorio—no sabía + yo a lo que saben, hasta ahora». + </p> + <p> + Y continuó:—«Esa será una de las primeras». + </p> + <p> + Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía + de luz y en medio los ojos de <i>la sobrina</i>. + </p> + <p> + La <i>sobrina</i> también llevó a casa la imagen de don + Álvaro entre ceja y ceja. + </p> + <p> + Y pensaba:—«Ese era de los menos malos. Parecía más + distinguido; y no era pesado; tenía cierta dignidad... era + comedido... frío con elegancia... el menos tonto sin duda». + </p> + <p> + El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos: + </p> + <p> + —«Se ha ido el menos tonto». + </p> + <p> + Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro + de Ana en cuanto llegó a Madrid.—«¡Oh! el + convento, el convento; ese era su recurso más natural y decoroso. + El convento o el americano». + </p> + <p> + El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición + de la joven como quien oye llover. + </p> + <p> + —¡Ta, ta, ta, ta!—dijo en voz alta sin pensar que estaba + en la iglesia—. Hija mía, las esposas de Jesús no se + hacen de tu maderita. Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate + de vocaciones improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus + dramas escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con + plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo + tengo para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que + allá iré yo y te hablaré del asunto. Aquí sería + una profanación. + </p> + <p> + El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, + joven para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía + entonces la señorita doña Ana Ozores diez y nueve años + y el señor don Víctor Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero + estaba muy bien conservado. Ana suplicó a don Cayetano que nada + dijese a sus tías de aquella proporción, hasta que ella + tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia sabía + algo, impondría al novio sin más examen. + </p> + <p> + —«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva + el corazón; Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña + gallardamente en su comedia inmortal: <i>El sí de las niñas</i>». + </p> + <p> + Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña + Anuncia que aquel novio soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba + todos los días cerca de ellas, en el Espolón, el Paseo de + invierno, o en la carretera de Madrid, orlada de altos álamos que + se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas las tardes se + encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y un + caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de + las pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él + prendas morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría + expansiva, y la despreocupación en materias supersticiosas. + </p> + <p> + El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía + a saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. + Efectivamente, no estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de + aspecto simpático. + </p> + <p> + «Era <i>un forastero</i>, palabra de sentido especial en Vetusta, + para las señoritas de Ozores, que no le habían visto aún + en ninguna casa <i>de las suyas</i>». + </p> + <p> + —Es un magistrado—les había dicho Crespo un día—; + un aragonés muy cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y + gran aficionado de comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en + el teatro antiguo es lo que hay que ver. + </p> + <p> + Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les + preparaba a escondidas. + </p> + <p> + Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin + encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera + de Castilla y les presentó al señor don Víctor + Quintanar, magistrado. Las acompañaron aquellos señores + durante el paseo y hasta dejarlas en el sombrío portal del caserón + de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don Víctor. + Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, + y al día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó + a las nobles damas. Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció + muy simpático. + </p> + <p> + La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de + lo que le pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía + él, de todas las preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que + era de las más tontas. + </p> + <p> + Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y + pensaba que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese + como ella quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto + Vetusta era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía + sujeta, inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, + las beatas, todo aquello era más fuerte que ella; no podía + luchar, se rendía a discreción y se reservaba el derecho a + despreciar a su tirano, viviendo de sueños. + </p> + <p> + Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía + a medias palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no + hubieran entendido en tomos como casas. + </p> + <p> + A don Tomás le llamaban <i>Frígilis</i>, porque si se le + refería un desliz de los que suelen castigar los pueblos con hipócritas + aspavientos de moralidad asustadiza, él se encogía de + hombros, no por indiferencia, sino por filosofía, y exclamaba + sonriendo: + </p> + <p> + —¿Qué quieren ustedes? Somos <i>frígilis</i>; + como decía el otro. + </p> + <p> + <i>Frígilis</i> quería decir frágiles. Tal era la + divisa de don Tomás: la fragilidad humana. + </p> + <p> + Él mismo había sido frágil. Había creído + demasiado en las leyes de la adaptación al medio. Pero de esto ya + se hablará en su día. Ocho años más adelante + brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo todo. + </p> + <p> + Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había + adivinado en Anita tesoros espirituales. + </p> + <p> + —Mire usted, don Víctor—le decía a su amigo—esa + niña merece un rey, y por lo menos un magistrado que pronto será + Regente, como usted, v. gr. Figúrese usted una mina de oro en un país + donde nadie sabe explotar las minas de oro; eso es Anita en mi querida + Vetusta. En Vetusta lo mejor es el arbolado. + </p> + <p> + —Deje usted la flora, don Tomás. + </p> + <p> + —Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es + una mujer de primer orden. ¿Ve usted qué hermoso es su + cuerpecito que le tiene a usted hecho un caramelo? Pues cuando vea usted + su alma, se derretirá como ese caramelo puesto al sol. Debo + advertir a usted que para mí un alma buena no es más que un + alma sana; la bondad nace de la salud. + </p> + <p> + —Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía + usted que la niña.... + </p> + <p> + —¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí + no hay que ponerme motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo + creo en la bondad que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de + entrarle por las raíces... pues es lo mismo, el alma.... + </p> + <p> + Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor + muchacha de Vetusta. + </p> + <p> + Crespo, según él dijo, tomó un día por su + cuenta a la joven para recomendarle al señor Quintanar. + </p> + <p> + «Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y + pico eran como los de los árboles que duran siglos, una juventud, + la primera juventud. Más viejo es un perro de diez años que + un cuervo de ciento, si es cierto que los cuervos duran siglos». + </p> + <p> + Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el + trato de Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás + condiciones que había impuesto a don Cayetano; no sabrían + nada las tías. Don Víctor aceptó aquella manera de + ser pretendiente.—Mire usted—decía Frígilis—el + secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará más + pronto... ya verá usted como pica.... + </p> + <p> + Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar. + </p> + <p> + «Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas». + </p> + <p> + No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje + algo declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos + versos de Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba + trabajo no hablar como Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso. + </p> + <p> + Pero a solas se decía Anita:—«¿No es una + temeridad casarse sin amor? ¿No decían que su vocación + religiosa era falsa, que ella no servía para esposa de Jesús + porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don Víctor, + tampoco debía casarse con él». + </p> + <p> + Consultado Ripamilán, contestó: + </p> + <p> + —«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala + siquiera, y el Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No + confesaba Anita que le agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día + le encontraría más gracia. Mientras que en el convento, la + que empieza sin amor acaba desesperada». + </p> + <p> + Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró + convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una mujer + honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro. + </p> + <p> + —«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín + y a San Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la + edad crítica que atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no + había que hacer caso de él. Todo eso de hacerse monja sin + vocación, estaba bien para el teatro; pero en el mundo no había + Manriques ni Tenorios, que escalasen conventos, a Dios gracias. La + verdadera piedad consistía en hacer feliz a tan cumplido y + enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano y amigo». + </p> + <p> + Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le + gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. + El claustro era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús + con quien iba a vivir, sino con <i>hermanas</i> más parecidas de + fijo a sus tías que a San Agustín y a Santa Teresa. Algo se + supo en el círculo de la nobleza de las «veleidades místicas» + de Anita, y las que la habían llamado <i>Jorge Sandio</i> no se + mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el nuevo antojo. + </p> + <p> + Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún + <i>trapicheo</i>; pero esto era poco para creerse con vocación de + santa. + </p> + <p> + «¿Por ventura las demás eran unas tales?». + </p> + <p> + —Es guapa, pero orgullosa—decía la baronesa tronada, + que tenía a su marido y a su hijo enamorados en vano de la + sobrinita. + </p> + <p> + No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; + fueron las tías que descubrieron un novio para la niña. El + nuevo pretendiente era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, + procedente de Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto + a edificar el mejor <i>chalet</i> de Vetusta, a tener los mejores coches + de Vetusta, a ser diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más + guapa de Vetusta. Vio a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del + pueblo y se sintió herido de punta de amor. Se le advirtió + que no le bastaban sus onzas para conquistar aquella plaza. Entonces se + enamoró mucho más. Se hizo presentar en casa de las Ozores y + pidió a doña Anuncia la mano de la sobrina. + </p> + <p> + Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña + Águeda, y terminada la conferencia compareció Anita. Doña + Anuncia se puso en pie al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó + caer sobre la alfombra <i>La Etelvina</i>, novela que había + encantado su juventud, y exclamó: + </p> + <p> + —Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede + ser decisivo en tu existencia. (Era el estilo de <i>La Etelvina.</i>) Tu tía + y yo hemos hecho por ti todo género de sacrificios; ni nuestra + miseria, a duras penas disimulada delante del mundo, nos ha impedido + rodearte de todas las comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, + pero no lo son nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás + lo que nos debes (se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), + nosotras hemos perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, + todo, todo ha sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías + tú con la más negra ingratitud, con la ingratitud más + criminal, si a la proposición que vamos a hacerte contestaras con + una negativa... incalificable. + </p> + <p> + —Incalificable—repitió doña Águeda—. + Pero creo inútil todo este sermón—añadió—porque + la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo que + se trata. + </p> + <p> + —Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien + tanto debo. + </p> + <p> + —Todo.—Sí, todo, querida tía. + </p> + <p> + —Como supongo—prosiguió doña Anuncia—que + ya no te acordarás siquiera de aquella locura del monjío.... + </p> + <p> + —No señora...—En ese caso—interrumpió doña + Águeda—como no querrás quedarte sola en el mundo el día + que nosotras faltemos.... + </p> + <p> + —Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería + indecente.... + </p> + <p> + —Y como nosotras no podemos más.... + </p> + <p> + —Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece.... + </p> + <p> + —Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el + más rico del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano. + </p> + <p> + Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de + gusto. Calló; no se atrevía a dar una negativa categórica. + </p> + <p> + Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda + suelta al basilisco que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra + en las sombras de la pared, parecía ahora la de una bruja + gigantesca; otras veces, multiplicándose por los saltos de la llama + y por los saltos y contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno + desencadenado; había momentos en que la sombra de la señorita + de Ozores tenía tres cabezas en la pared y tres o cuatro en el + techo, y se diría que de todas ellas salían gritos y + alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola. + </p> + <p> + Doña Águeda misma estaba horrorizada. + </p> + <p> + La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después + de aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo tenía + de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, + severa a leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la + bailarina—¿quién dudaba ya que la modista había + bailado?—no le faltaría una cama en el palacio de sus + mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a + la mesa; todo lo había comido la niña». + </p> + <p> + Ana escribió a Frígilis. + </p> + <p> + Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, + como el día de la primera visita, entró en el estrado de los + Ozores. Venía a pedir la mano de Ana, «a quien creía + no ser indiferente». + </p> + <p> + «Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser + ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería + llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su + sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de + don Godino. Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, + ilustre y hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una + <i>aurea mediocritas</i>, como había dicho el latino». + </p> + <p> + Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... <i>mediocritas</i>... + la cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación. + </p> + <p> + Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la + cruz al pecho, que a doña Anuncia la enamoraban los discursos que + no entendía y las condecoraciones. + </p> + <p> + Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la + vieja estaba fascinada. + </p> + <p> + «Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los + suburbios de Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto + en mangas de camisa». + </p> + <p> + La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la + mano de su sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar + la venia de la nobleza, de la clase». + </p> + <p> + Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda + aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días. + </p> + <p> + La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos + siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de + anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de + la Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas: + </p> + <p> + —¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó + que Anita hacía una boda loca. + </p> + <p> + La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver + vengado, es decir, con muchos más millones. Cumplió su + promesa. + </p> + <p> + Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo + salía por la carretera de Castilla en la berlina de aquella + diligencia en que había visto marchar a don Álvaro Mesía + por el mismo camino. + </p> + <p> + Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis + tenía lágrimas en los ojos. + </p> + <p> + —En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla—decía + con un pie en el estribo y la cabeza dentro del coche—. Será + usted la Regenta de Vetusta, Anita. + </p> + <p> + —No lo permite la ley, por causa de las tías—contestaba + don Víctor. + </p> + <p> + —¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted + la Regenta. + </p> + <p> + Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo. + </p> + <p> + Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en + el estrado, casi a obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y + amigas, quizá los mismos que les dieran en otra ocasión + aquel pésame por la muerte civil de don Carlos. + </p> + <p> + —Y ella va contenta—decía el barón. + </p> + <p> + —¡Uf! Ya lo creo.—La juventud es ingrata...—Señores, + que va a arrancar, <i>desapartarse</i>—gritó el zagal de la + diligencia. + </p> + <p> + Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas + las manos de aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero. + </p> + <p> + Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: + era un adiós triste de verdad, era la despedida de la maravilla del + pueblo; Vetusta en masa veía marchar a la nueva Presidenta de Sala + como pudiera haber visto que le llevaban la torre de la catedral, otra + maravilla. + </p> + <p> + Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella + muchedumbre que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla + que aquel don Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico + misterioso. + </p> + <p> + Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado + tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él + por su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana + inclinaba la cabeza y decía con una melancolía que le sonaba + al marido a voluptuoso abandono: + </p> + <p> + —Sí, sí, el primero, el único. + </p> + <p> + «No le amaba, no; pero procuraría amarle». + </p> + <p> + Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas + de aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba + el ruido atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia + desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los + últimos gritos de la despedida. + </p> + <p> + Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había + hablado de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. + Repasando todos los años de la inútil juventud, recordaba, + como la mayor delicia que pudiera cargarse al capítulo de amor tal + vez, alguna mirada de algún desconocido en uno de aquellos paseos + por las carreteras orladas de árboles poblados de gorriones y + jilgueros. + </p> + <p> + Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto + había puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de + hielo. + </p> + <p> + «No se casarían con ella, había dicho doña + Anuncia, porque era pobre; pero ella les tomaba la delantera, y los + despreciaba por fatuos y adocenados». + </p> + <p> + Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había + encontrado un desdén altivo y una ironía cruel capaces de + helar una brasa. + </p> + <p> + «Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos + hombres que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría + alguno digno de ser querido... pero las tías se encargaban de + mantener las distancias que exigía el tono, y los pobres + abogadillos, o lo que fueran, tal vez demócratas teóricos, + respetaban aquellas preocupaciones, y participaban a su pesar, de ellas. + No se acercaban». Todos los que habían producido en Ana algún + efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran cualquier cosa menos + proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe ganarse la vida, a lo + sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se comen a miradas, se + quieren, hasta se lo dicen... pero <i>lo dejan</i>; falta una posición; + las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas; los muchachos dejan + el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa y se hacen jugadores. + </p> + <p> + Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más + ricos que los que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta + Vetusta. + </p> + <p> + «Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y + grotescos hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo + dijera don Frutos Redondo.... Pero además, ¿para qué + engañarse a sí misma? No estaba en Vetusta, no podía + estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el héroe + del poema, que primero se había llamado Germán, después + San Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y + después con cien nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura + delicada, rara y escogida...». + </p> + <p> + «Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no + como el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor + era la muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica + aparición que rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de + hombre que tenía al lado, era un delito. Todo había + concluido... sin haber empezado». + </p> + <p> + Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la + luz de una lámpara de viaje, calada hasta las orejas una gorra de + seda, leía tranquilamente, algo arrugado el entrecejo, <i>El Mayor + Monstruo los celos o el Tetrarca de Jerusalén</i>, del inmortal + Calderón de la Barca. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="VImdash" id="VImdash"></a>—VI— + </h2> + <p> + El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra + ennegrecida por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste + cerca de San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. + Los socios jóvenes querían mudarse, pero el cambio de + domicilio sería la muerte de la sociedad según el elemento + serio y de más arraigo. No se mudó el Casino y siguió + remendando como pudo sus goteras y demás achaques de abolengo. Tres + generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas y + obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía + trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del + pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el + Casino deja de residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata. + </p> + <p> + Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros + con orgullo; lo demás se confesaba que valía poco. + </p> + <p> + Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la + policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía + creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían + tener los camareros muy mala educación, también heredada. El + uniforme se les había puesto para que se conociese en algo que eran + ellos los criados. + </p> + <p> + En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de + pino. Era costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a + los socios que entraban o salían. Pero desde que era de la Junta + Ronzal, que había visto otros usos en sus cortos viajes, los + porteros se inclinaban al pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban + oír un gruñido, que bien interpretado podía tomarse + por un saludo; si era un individuo de la Junta se levantaban de su silla + cosa de medio palmo, si era Ronzal se levantaban un palmo entero y si + pasaba don Álvaro Mesía, presidente de la sociedad, se ponían + de pie y se cuadraban como reclutas. + </p> + <p> + Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos + convertidos en salas de espera, de descanso, de conversación, de + juego de dominó, todo ello junto y como quiera. Más adelante + había otra sala más lujosa, con grandes chimeneas que consumían + mucha leña, pero no tanta como decían los mozos. Aquella leña + suscitaba graves polémicas en las juntas generales de fin de año. + En tal estancia se prohibía el estridente dominó, y allí + se juntaban los más serios y los más importantes personajes + de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de + oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, + estaba la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había + de reinar el silencio, y si era posible también en la sala + contigua. Antes estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de + las bolas y los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al + gabinete rojo, donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura + se fue cerca de los billares. La sala del tresillo jamás recibía + la luz del sol: siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que + hacían palpables las tristes llamas de las bujías semejantes + a lámparas de minero en las entrañas de la tierra. + </p> + <p> + Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, + llamaba a los del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que + en aquel antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía + toda alegría, toda expansión del ánimo, no se podía + hacer nada lícito. Los más bulliciosos muchachos al entrar + en el gabinete del tresillo se revestían de una seriedad prematura; + parecían sacerdotes jóvenes de un culto extraño. + Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga pretexta y + tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún joven pálido, + ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres hastiado tal vez, + y preferir los serios cuidados del solo y el codillo. Examinar con algún + detenimiento a los habituales sacerdotes de este culto ceremonioso y + circunspecto de la espada y el basto, es conocer a Vetusta intelectual en + uno de sus aspectos característicos. + </p> + <p> + En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses + eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al + <i>cuarto del crimen</i> en busca de más pingües y rápidas + ganancias; porque jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección + que ya era famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran + necesarios, porque si no ¿quién ganaría a quién? + Pero contra la afirmación del jefe de Fomento protestaban los + hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron aquellos insignes + tresillistas que, una vez en esferas más altas, tendieron el vuelo + y llegaron a ocupar puestos eminentes en la administración del + Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches. + </p> + <p> + Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las + ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios + mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más + veces para pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se + necesitan o no sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, + es el mejor <i>espada</i> de los presentes. Es pálido y flaco. No + se sabe si viste de artesano o de persona decente, como dicen en Vetusta. + El sueldo no le bastaba para sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; + se ayuda con el tresillo; se le respeta. Juega como quien trabaja sin + gusto; de mal humor; es brusco; apenas contesta si le hablan. Él va + a su negocio: una casa de tres pisos que está construyendo a costa + del tresillo junto al Espolón. A su lado está don Matías + el procurador: juega al tresillo para huir del <i>monte</i>. Cuando la + suerte le es adversa <i>arriba</i>, baja y se expone a ganar al tresillo + todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo deja. El que + descansa en este momento, porque acaba de repartir las cartas, y juegan + cuatro, es la gallina de los huevos de oro del Procurador y de don + Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un mayorazgo de + aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo durante las + ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado provincial + para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo vecino de + Vetusta para no separarse nunca de aquellos <i>espadas</i> a quien + admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El + tresillo de su pueblo no le divertía. + </p> + <p> + Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana, + sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don + Basilio y el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se + relevaban; pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era + cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. + Jugaban muchos forasteros, casi todos empleados. + </p> + <p> + Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había + allí muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor + confianza solía oírse frases como estas: + </p> + <p> + —Le digo a usted, que me lo ha dado usted. + </p> + <p> + —Yo le digo a usted, que no.—Yo le digo a usted, que sí.—Pues + miente usted.—Valiente crianza tiene usted.—Mejor que la de + usted.... Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera + subsistir, por una especie de equilibrio que la naturaleza establecía + entre los temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y + de un genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como + corderos y miedosos como palomas. + </p> + <p> + Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza + necesaria. + </p> + <p> + Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces + gritaba el del Ayuntamiento: + </p> + <p> + —¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la + mesa. + </p> + <p> + Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos. + </p> + <p> + Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos + instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un + templo jamás profanado por ríos de sangre. + </p> + <p> + El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, + era estrecho y no muy largo. En medio había una mesa oblonga + cubierta de bayeta verde y rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. + La biblioteca consistía en un estante de nogal no grande, empotrado + en la pared. Allí estaban representando la sabiduría de la + sociedad el <i>Diccionario</i> y la <i>Gramática</i> de la + Academia. Estos libros se habían comprado con motivo de las + repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes respecto del + significado y aun de la ortografía de ciertas palabras. Había + además una colección incompleta de la <i>Revue des deux + mondes</i>, y otras de varias ilustraciones. La <i>Ilustración + francesa</i> se había dejado en un arranque de patriotismo; por + culpa de un grabado en que aparecían no se sabe qué reyes de + España matando toros. Con ocasión de esta medida radical y + patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy buenos + discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de + Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En + los cajones inferiores del estante había algunos libros de más + sólida enseñanza, pero la llave de aquel departamento se había + perdido. + </p> + <p> + Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba + de mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la + demanda. + </p> + <p> + —Sí señor, la crónica de Vetusta.... + </p> + <p> + —Pero ¿usted, sabe que está ahí? + </p> + <p> + —Sí, señor, ahí está... + </p> + <p> + —El caso es...—y se rascaba una oreja el señor conserje—como + no hay costumbre.... + </p> + <p> + —¿Costumbre de qué?—En fin, buscaré la + llave. El conserje daba media vuelta y marchaba a paso de tortuga. + </p> + <p> + El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales + pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de + Rusia y Turquía y el <i>Padre nuestro</i> en grabados, que + adornaban las paredes de aquel centro de instrucción y recreo. Volvía + el conserje con las manos en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los + labios. + </p> + <p> + —Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave. + </p> + <p> + Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en la + pared. + </p> + <p> + De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; + tanto que aquellos desaparecían casi todas las noches y los + grabados de mérito eran cuidadosamente arrancados. Esta cuestión + del hurto de periódicos era de las difíciles que tenían + que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se + les ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o + se llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar + los periódicos libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. + Don Frutos Redondo, el más rico americano, no podía dormirse + sin leer en la cama el <i>Imparcial</i> del Casino. Y no había de + trasladar su lecho al gabinete de lectura. Se llevaba el periódico. + Aquellos cinco céntimos que ahorraba de esta manera, le sabían + a gloria. En cuanto al papel de cartas que desaparecía también, + y era más caro, se tomó la resolución de dar un + pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El + conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este + trato. Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa + probidad; les guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le + llamaba acudía, y solía negarse a mudar las plumas oxidadas. + </p> + <p> + Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había + tantos lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los + socios amantes del saber no leían más que noticias. + </p> + <p> + El más digno de consideración, entre los abonados al + gabinete de lectura, era un caballero apoplético, que había + llevado granos a Inglaterra y se creía en la obligación de + leer la prensa extranjera. Llegaba a las nueve de la noche + indefectiblemente, tomaba <i>Le Figaro</i>, después <i>The Times</i>, + que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y arrullado por + cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba dulcemente + dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho que + nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de + apoplejía, sobre <i>The Times</i>, se averiguó que no sabía + inglés. Otro lector asiduo era un joven opositor a fiscalías + y registros que devoraba la <i>Gaceta</i> sin dejar una subasta. Era un + Alcubilla en un tomo: sabía de memoria cuanto se ha hecho, + deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra administración + pública. + </p> + <p> + A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio + secreto: escribir cartas a los periódicos de la corte con las + noticias más contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» + y siempre que un papel de Madrid decía «Lo de Vestusta» + era cosa de él. Al día siguiente desmentía en otro + periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» + no era nada. Así se había hecho un redomado escéptico + en materia de prensa. «¡Si sabría él cómo + se hacían los periódicos!». Cuando franceses y + alemanes vinieron a las manos, <i>El Corresponsal</i> dudaba de la guerra: + era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había + hasta la rendición de Metz. + </p> + <p> + El poeta Trifón Cármenes también acudía sin + falta a la hora del correo. Pasaba revista a varios periódicos con + febril ansiedad y desaparecía en seguida con un desengaño más + en el alma. Era que «no se lo habían publicado». Se + trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había + mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, + que en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas + naturales, no podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las + prensas madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que + recomendaba las composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía + ser esta: «Muy señor mío y de mi más + distinguida consideración: adjuntos le remito unos versos para que, + si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz pública + en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin + pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, + después de un año, que se los devolvieran. Pero «no se + devolvían los originales». Aprovechaba el borrador y + publicaba aquello en <i>El Lábaro</i>, el periódico + reaccionario de Vetusta. + </p> + <p> + Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se + acostaba sin haber leído todos los <i>fondos</i> de la prensa que + llegaba al Casino. Deleitábale singularmente la prosa amazacotada + de un periódico que tenía fama de hábil y + circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales eufemismos, + pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de sutiles, que el viejo + se quedaba siempre a buenas noches. + </p> + <p> + —¡Qué habilidad!—decía sin entender + palabra. + </p> + <p> + Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara + de ver ya no la habría. + </p> + <p> + Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo: + </p> + <p> + —Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú + entiendes esto que he leído hoy en el periódico. «No + deja de dejar de parecernos reprensible...». ¿Lo entiendes tú, + Paca? ¿Es que les parece reprensible o que no? Hasta que lo + resuelva no puedo dormir.... + </p> + <p> + Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en + mano, en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez + papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de + las once de la noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el + cajero de tal parte se ha escapado con los fondos. + </p> + <p> + Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos + caballeros respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña + servidumbre, la servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más + de la mitad del caudal fugitivo de sus conocimientos consiste en los + recortes de la <i>Correspondencia</i> que los periódicos pobres se + van echando, como pelotas, de tijeras en tijeras. + </p> + <p> + Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que parecía + oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos + lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar + el piso y los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni + levantaban los ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las + paredes esperando ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los + señores del billar azotaban el pavimento con las mazas de los + tacos. Era proverbial el ingenioso buen humor de los señores + socios. + </p> + <p> + A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El + conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la llave + del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a + dormir a la conserjería. + </p> + <p> + Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, + en traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba + bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se + acercaba al estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el + cajón inferior, tomaba un libro, dejaba otro que venía + oculto bajo la esclavina, escondía el primero entre sus pliegues y + cerraba el cajón. Se acercaba a la mesa, después de respirar + fuerte, silbaba la marcha real, y fingía echar un vistazo a los + periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que + hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No + era un ladrón, era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la + que el conserje había perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez + de tropa. Había sido un bravo militar; pero como hubiera tenido el + honor años atrás de ser elegido presidente de un <i>Ateneo + de infantería</i>, y vístose en la necesidad de estudiar y + pronunciar un discurso, se encontró con gran sorpresa excelente + orador en su opinión y la de los jefes, y de una en otra vino a + parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse solemnemente y con la + energía que tan bien sienta en los defensores de la patria, ser un + erudito. Empezó a llamar la atención de los vetustenses + aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y + el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él + se le antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a + poco llegó a ser miembro, ya correspondiente, ya de número, + de muchas sociedades científicas, artísticas y literarias. + Despuntaba en la Arqueología y en la Botánica, sobre todo en + la relación de esta a la Horticultura. Era un especialista en las + enfermedades de la patata, y tenía un trabajo sobre el particular + que no acababa de premiarle el Gobierno. También le daba el naipe + por la biografía militar. Sabía de varios tenientes + generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, + sin que lo sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal + brigadier que si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción + de tal parte, hubiera conquistado la gloria de un Napoleón, en vez + de perder las posiciones, como en efecto las había perdido el + general inepto. + </p> + <p> + De esta clase de biografías de personas que pudieron ser + importantes, estaban las fuentes en libros como aquellos que había + en el cajón inferior del estante del Casino. Más ejemplares + habría por el mundo, pero no se sabía de ellos, y Bedoya era + de esa clase de eruditos que encuentran el mérito en copiar lo que + nadie ha querido leer. En cuanto él veía en el papel de su + propiedad los párrafos que iba copiando con aquella letra inglesa + esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le antojaba obra + suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades. Para + él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del + tiempo de Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez + amaba la antigüedad por sí misma, el polvo por el polvo, + Bedoya era más subjetivo como él decía, necesitaba + que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera + hablar! Tamañitos se quedarían Bermúdez y el + Magistral y <i>tutti quanti</i>». Pero no podía hablar. Iría + a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en puridad, tenía...—y + miraba a los lados al decirlo—tenía un precioso manuscrito de + Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo había + robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo. + </p> + <p> + Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por + encima del hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por + miedo al presidio. + </p> + <p> + El <i>cuarto del crimen</i>, la sala de los juegos de azar, y más + concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se + llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y + estrechos. La autoridad no había turbado jamás la calma de + aquel refugio repuesto y escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos + de mayor moralidad pública. A ruegos de los gacetilleros, + singularmente el del <i>Lábaro</i>, se perseguía cruelmente + la prostitución, pero el juego no se podía perseguir. En + cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como decía + Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del <i>Lábaro</i>, + ¿cómo no habían de ser maltratadas, si diariamente se + publicaban excitaciones de este género en la prensa local? + </p> + <p> + Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se + titulaba, por ejemplo: <i>¡Esas palomas!</i> o <i>¡Fuego en + ellas!</i> y en una ocasión el mismísimo don Saturnino Bermúdez + escribió su gacetilla correspondiente que se llamaba a secas: <i>Meretrices</i>, + y acababa diciendo: «de la impúdica <i>scortum</i>». + </p> + <p> + Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había + amenazado a los socios del Casino con darles un susto, los jugadores + influyentes le habían pronosticado una cesantía. Lo + ordinario siempre fue que hiciese la vista gorda, y no faltaron a veces + subvenciones en la forma más decorosa posible, como decían + las partes contratantes. Los jugadores vetustenses tenían una + virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados que tenían que + madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de + perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana, + recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la + nieve, el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo + trabajo, volvía, como con una ofrenda ante el altar, a depositar + sobre el tapete verde las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, + escribanos, comerciantes, industriales, empleados, propietarios, todos hacían + lo mismo. En el tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las + salas de conversación, de dominó y ajedrez, había + siempre las mismas personas, los aficionados respectivos; pero el cuarto + del crimen era el lugar donde se reunían todos los oficios, todas + las edades, todas las ideas, todos los gustos, todos los temperamentos. + </p> + <p> + No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado + patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. + La religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición + al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían + de hacer los socios, si no se podía pasear? Por eso proponía + don Pompeyo Guimarán, el filósofo, que la catedral se + convirtiera en paseo cubierto. «<i>¡Risum teneatis!</i>» + contestaba Cármenes en la gacetilla del <i>Lábaro</i>. + </p> + <p> + La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, + se manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el + Casino portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un + comerciante, liberal y nada timorato, tenía depositados en la + puerta de aquel centro de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al + Casino, calzaba los zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. + Juraba que jamás llevando botas nuevas le había favorecido + la suerte. Venía a ser un jugador de la orden de los descalzos. + Entre su fe y cierta maliciosa experiencia le daban ganancias seguras. Un + año hizo una espléndida novena a San Francisco, a la cual + acudió toda <i>Vetusta edificada</i>, como decía Bermúdez. + </p> + <p> + Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto + de los porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más + socios que ocho o diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. + Unos eran personajes averiados que habían contraído la + costumbre de trasnochar en Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta + que los imitaban. Pero de esta tertulia de última hora tendremos + que hablar más adelante, porque a ella asistían personajes + importantes de esta historia. + </p> + <p> + Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al + gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a nada + y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el + respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En + el fondo de la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de + mármol brillaba entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás + de niebla, la llama de una bujía que servía para dar lumbre + a los cigarros. Ocultos en la sombra de un rincón, alrededor de + aquella mesa, arrellanados en un diván unos, otros en mecedoras de + paja, estaban media docena de socios fundadores, que de tiempo inmemorial + acudían a las tres en punto a tomar café y copa. Hablaban + poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un aserto que no + pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los hombres + y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba, sin + ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de + lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que sabían + ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna. Antes mentir + que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más + de una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo + de señores respetables. Pero en general preferían a esto + hablar de animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el + elefante, aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: + «el castor fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; + no hay inteligencia, es instinto». Hablaban también de la + utilidad de otros irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la + vaca, el gato, etc., etc. Y aún les parecía más + interesante la conversación si se refería a objetos + inanimados. El derecho civil también les encantaba en lo que atañe + al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera, y si no le + conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba: + </p> + <p> + —¿Quién es ese?—Ese es hijo de... nieto de... + que casó con... que era hermana de.... + </p> + <p> + Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos + los vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase: + </p> + <p> + —Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes. + </p> + <p> + La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las + conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a + los socios beneméritos. El invierno actual siempre era más + frío que todos los que recordaban, menos uno. + </p> + <p> + También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor + comedimiento, sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras + o autoridades. + </p> + <p> + A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables + ancianos, con los que sólo había un joven y éste + calvo, prefería al más grato palique el silencio; y a + él se consagraba principalmente aquella especie de siesta que dormían + despiertos. Casi siempre callaban. + </p> + <p> + No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había + dos o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático + estrépito del dominó, que habían desterrado de su + sala los venerables. Los del dominó eran siempre los mismos: un + catedrático, dos ingenieros civiles y un magistrado. Reían y + gritaban mucho; se insultaban, pero siempre en broma. Aquellos cuatro + amigos, ligados por el seis doble, hubieran vendido la ciencia, la + justicia y las obras públicas por salvar a cualquiera de la + partida. En el salón de baile, donde no se permitía jugar ni + tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros + personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de + mucha agua, cuando él no podía dar sus paseos. + </p> + <p> + La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados. + </p> + <p> + —«Allí no se respetaba nada ni a nadie»—decían + los viejos del rincón.—Aunque estaban a dos pasos de ellos, + rara vez se mezclaban las conversaciones. Los ancianos callaban y + juzgaban. + </p> + <p> + —¡Qué atolondramiento!—dijo un <i>venerable</i> + en voz baja. + </p> + <p> + —Observe usted,—le respondieron—que rara vez hablan de + intereses reales de la provincia. + </p> + <p> + —Únicamente cuando viene el señor Mesía.... + </p> + <p> + —Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa. + </p> + <p> + —Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que + llaman Economía política. + </p> + <p> + —Yo también creo en la Economía política. + </p> + <p> + —Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, + a quien he conocido. + </p> + <p> + Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba + tierra encima y a callar todos. + </p> + <p> + En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido + alcalde liberal y era usurero con todos los sistemas políticos; + malicioso, y enemigo de los curas, porque así creía probar + su liberalismo con poco trabajo. + </p> + <p> + —Pero, vamos a ver—decía—¿quién le + ha asegurado a usted que el Magistral no ha querido confesar a la Regenta? + </p> + <p> + —Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en + la capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a + la Regenta. + </p> + <p> + —Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón. + </p> + <p> + —Es verdad—gritó un tercero—yo también los + vi. De Pas iba con el Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, + el Magistral se puso muy colorado. + </p> + <p> + —¡Hombre, hombre!—exclamó el ex-alcalde fingiendo + escandalizarse. + </p> + <p> + —Pues yo sé más que todos ustedes—vociferó + un pollo que imitaba a Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a + todos los actores cómicos de Madrid, donde acababa de licenciarse + en Medicina. + </p> + <p> + Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los + del corro se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la + boca, como una mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, + hasta apoyar el respaldo en la mesa, dijo: + </p> + <p> + —Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre + don Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque.... + </p> + <p> + —¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?—interrumpió + el enemigo del clero—. ¡El secreto de la confesión! + </p> + <p> + —¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo + ha dicho. Mesía—y bajó mucho más la voz—Mesía + le pone varas a la Regenta. + </p> + <p> + Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro. + </p> + <p> + «Aquello era demasiado». + </p> + <p> + «Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. + Vaya por el Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero + tocar a la Regenta! Era un imprudente aquel sietemesino, sin duda». + </p> + <p> + —Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que + Álvaro quiere ponérselas; lo cual es muy distinto. + </p> + <p> + Todos negaron la probabilidad del aserto. + </p> + <p> + —Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho! + </p> + <p> + El pollo se encogió de hombros. + </p> + <p> + —«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el + íntimo de Mesía». + </p> + <p> + —Y, vamos a ver—preguntó el señor Foja, el + ex-alcalde—¿qué tiene que ver eso de las varas que Mesía + quiere poner a la Regenta con el Magistral y la confesión? + </p> + <p> + No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía + hablar mal de los curas. + </p> + <p> + —Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al + otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra. + </p> + <p> + —Muchacho, muchacho, que te resbalas—advirtió el padre + del deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo, + adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa. + </p> + <p> + —Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos—y + seguía bajando la voz, y los demás acercándose, hasta + formar un racimo de cabezas, dignas de otra Campana de Huesca—es + cavilosa y tal vez haya notado las miradas... y demás ¿eh? + del otro... y querrá curar en salud... y el Arcipreste no está + para casos de conciencia complicados, y el Magistral sabe mucho de eso. + </p> + <p> + El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación. + </p> + <p> + Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba + un ojo a un amigo. No cabía duda que los chicos sólo en + Madrid se despabilaban. Caro cuesta, pero al fin se tocan los resultados. + </p> + <p> + El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego + vencía la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín + manolesco de sus gestos y acento. + </p> + <p> + Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en + ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía + pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que + entonces se llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros + echan sobre las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería. + </p> + <p> + Se llamaba Joaquín Orgaz y <i>se timaba</i> con todas las niñas + casaderas de la población, lo cual quiere decir que las miraba con + insistencia y tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había + acabado la carrera aquel año y su propósito era casarse + cuanto antes con una muchacha rica. Ella aportaría el dote y + él su figura, el título de médico y sus habilidades + flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía + parecer más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno + de tantos, en Vetusta no podía temer a más de cinco o seis + rivales importadores de semejantes maneras. En los meses de vacaciones + aprovechaba el tiempo buscando el trato de las familias ricas o nobles de + Vetusta. Se había hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, + aunque de lejos, algo le tocaba del esplendor que irradiaba el célebre + Mesía, flor y nata de los elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba + Álvaro por lo muy familiar que era el trato de Paco y de Mesía, + y como él tuteaba a Paquito... por eso. + </p> + <p> + Se animó Joaquín con el buen éxito de sus + murmuraciones y sostuvo que era cursi aquel respeto y admiración + que inspiraba la Regenta. + </p> + <p> + —Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de + talento, digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me + apuran diré que es una mujer superior—si hay mujeres así—pero + al fin es mujer, <i>et nihil humani</i>... + </p> + <p> + No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde + iba a parar, ni de quién era, pero lo usaba siempre que se trataba + de debilidades posibles. + </p> + <p> + Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe + maldecir el pillastre!», pensó el padre, más + satisfecho cada vez de los sacrificios que le costaba aquel enemigo. + </p> + <p> + Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que + había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su + gloria cantando algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró + sobre un tacón y cantó, o <i>se</i> cantó, como + él decía: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Ábreme la puerta,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">puerta del postigo....</span><br /> + </p> + <p> + —«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. + ¡La Regenta! ¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y + Álvaro siempre había sido irresistible...». Orgaz hijo + suspendió el baile, que había emprendido mientras hacía + observaciones. En la sala vecina habían sonado unas pisadas que hacían + temblar el pavimento. + </p> + <p> + —Ahí está el inglés—dijo entre dientes el + flamenco; y se puso un poco pálido. + </p> + <p> + En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal—alias Trabuco, no se sabe por qué—era + natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un ganadero rico, + pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios fueron, + en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo, desde la + adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a Pernueces, + ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la carrera. No + bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que + Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos. + </p> + <p> + Una vez le preguntaron en un examen: + </p> + <p> + —¿Qué es un testamento, hijo mío? + </p> + <p> + —Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos. + </p> + <p> + Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica + que él no comprendía. + </p> + <p> + Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó + de ser el Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la + capital y empezó a ser hombre político, no se sabe a punto + fijo cómo ni por qué. + </p> + <p> + Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del + Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por + Pernueces. Si nunca pudo sacudir de sí la prístina + ignorancia, en el andar, y en el vestir y hasta en el saludar, fue + consiguiendo paulatinos progresos, y se necesitaba ser un poco antiguo en + Vetusta para recordar todo lo agreste que aquel hombre había sido. + Desde el año de la Restauración en adelante pasaba ya Ronzal + por hombre de iniciativa, afortunado en amores de cierto género y + en negocios de quintas. Era muy decidido partidario de las instituciones + vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y las pesetas, y en + cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía que + esto le daba cierto aspecto de noble inglés. + </p> + <p> + —«Yo soy muy inglés en todas mis cosas—decía + con énfasis—sobre todo en las botas». + </p> + <p> + «<i>Militaba</i>» en el partido más reaccionario de los + que turnaban en el poder. + </p> + <p> + —«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré + liberal». + </p> + <p> + Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, + sino otra cosa que no pertenece a esta historia. + </p> + <p> + Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, + redonda y la frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, + asustados, que no movía siempre que quería, sino cuando podía. + Hablar con Ronzal, verle a él animado, decidor, disparatando con + gran energía y entusiasmo, y notar que sus ojos no se movían, + ni expresaban nada de aquello, sino que miraban fijos con el pasmo y la + desconfianza de los animales del monte, daba escalofríos. + </p> + <p> + Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo + que se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque + los traía muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, + fuesen oportunos o no. Para él siempre había el guante sido + el distintivo de la finura, como decía, del señorío, + según decía también. Además, le sudaban las + manos. + </p> + <p> + Aborrecía lo que olía a plebe. Los <i>republicanitos</i> tenían + en él un enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso + colgaduras en los balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de + la Junta, quiso arrojar por uno de aquellos balcones al mísero + dependiente. + </p> + <p> + —¡Señor—gritaba el conserje—si hoy es San + Francisco de Paula! + </p> + <p> + —¿Qué importa, animal?—respondió Trabuco + furioso—. ¡No hay Paula que valga: en siendo San Francisco es + día de gala y se cuelga! + </p> + <p> + Así entendía él que servía a las + Instituciones. + </p> + <p> + Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco. + </p> + <p> + Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó + perspicacia para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y + que en el Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, + eran más tercos y leían más periódicos del día. + Y se dijo: + </p> + <p> + «Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré + sabio. Afortunadamente tengo energía—tenía muy buenos + puños—y a testarudo nadie me gana, y disfruto de un pulmón + como un manolito (monolito, por supuesto.) Sin más que esto y leer + <i>La Correspondencia</i> seré el Hipócrates de la provincia». + </p> + <p> + Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca + llamó Sócrates Trabuco, ni le hacía falta. + </p> + <p> + Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault—Lebrun + y Paul de Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse + acto continuo. Oía con atención las conversaciones que le + sonaban a sabiduría; y sobre todo procuraba imponerse dando muchas + voces y quedando siempre encima. + </p> + <p> + Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no + puede llamarse el Cristo, porque era un <i>rotin</i>, y blandiéndolo + gritaba: + </p> + <p> + —¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! + ¡en todos los terrenos! + </p> + <p> + Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se + fijara en el tropo y en el garrote y se diera por vencido. + </p> + <p> + Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran + las de más bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la + política exterior. Cuanto más lejos estaba el país + cuyos intereses se discutían, más le convenía. En tal + caso el peligro estaba en los <i>lapsus</i> geográficos. Solía + confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos + invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos + con el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general + Sebastopol. + </p> + <p> + También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría + probando sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha + energía. Una tarde que jugaba en presencia de varios socios y + llevaba perdidas muchas piezas, vio su salvación en convertir en + reina un peoncillo. + </p> + <p> + —¡Este va a reina!—exclamó clavando con los suyos + los ojos del adversario. + </p> + <p> + —No puede ser.—¿Cómo que no puede ser? + </p> + <p> + Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el + paso del peón que debía ir a reina. + </p> + <p> + —A reina va, y lo hago cuestión personal—añadió + envalentonado Trabuco, dándose un puñetazo en el pecho. + </p> + <p> + Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre. + </p> + <p> + Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, + convirtió el peón en reina, y ganó el juego el enérgico + diputado provincial de Pernueces. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="VIImdash" id="VIImdash"></a>—VII— + </h2> + <p> + Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien + Joaquinito Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de + Pernueces que Joaquín imitaba perfectamente sus disparates y manera + de decirlos. Además, Ronzal aborrecía a don Álvaro + Mesía y a cuantos le alababan y eran amigos suyos. Joaquín + era uña y carne del Marquesito—el hijo del marqués de + Vegallana—y este el amigo íntimo de don Álvaro. + </p> + <p> + —Buenas tardes, señores—dijo Ronzal sentándose + en el corro. + </p> + <p> + Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso + a mirar de hito en hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse + invisible. + </p> + <p> + —¿De quién se murmura, pollo?—preguntó el + diputado dando una palmada en el muslo no muy lucido del sietemesino. + </p> + <p> + Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del + joven para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín + contestó:—De nadie. Y encogió los hombros.—No lo + creo. Estos madrileñitos siempre tienen algo que decir de los + infelices provincianos. + </p> + <p> + —Así es la verdad—dijo el ex-alcalde—. Su amigo + de usted el Provisor, era hoy la víctima. + </p> + <p> + Ronzal se puso serio.—¡Hola!—dijo—¿también + <i>espifor</i>? (Espíritu fuerte en el francés de Trabuco.) + </p> + <p> + —Se trataba—añadió Foja—de las varas que + toma o no toma cierta dama, hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos + espirituales que su atribulada conciencia busca o no busca en la dirección + moral de don Fermín.... ¡Je, je!... + </p> + <p> + Ronzal no entendía.—A ver, a ver; exijo que se hable claro. + </p> + <p> + Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio. + </p> + <p> + El señor Orgaz se atrevió a murmurar: + </p> + <p> + —Hombre, eso de exigir...—Sí, señor; exigir. + ¡Y hago la cuestión personal! + </p> + <p> + —Pero ¿qué es lo que usted exige?—preguntó + el muchacho agotando su valor en este rasgo de energía. + </p> + <p> + —Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la + cuestión personal. + </p> + <p> + —¿Pero qué cuestión? + </p> + <p> + —¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido + como un muerto. Comprendió que el tener razón era allí + lo de menos. A Ronzal ya le echaban chispas los ojos montaraces. Se había + embrollado y esto era lo que más le irritaba siempre, perder el + discurso a lo mejor. + </p> + <p> + —¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que + se hable claro! + </p> + <p> + Ni él mismo sabía lo que exigía. + </p> + <p> + Foja se encargó de poner las cosas claras. + </p> + <p> + —El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que + es él quien pone las varas que esa señora toma o deja de + tomar. + </p> + <p> + —¡Eso es!—dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero + que se sintió halagado con la suposición. + </p> + <p> + —Quiero saber—añadió—si se piensa que yo + soy capaz de poner en tela de juicio la virtud de esa señora tan + respetable.... + </p> + <p> + —Pero ¿qué señora? + </p> + <p> + —Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie. + </p> + <p> + La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores + venerables del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se + pusieron por unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían + que se enfadaba demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había + dejado que le enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho + allí con más o menos prudencia, que el señor + Magistral iba a ser en adelante el confesor de la señora doña + Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y virtuosísima + dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el señor + Ronzal.... + </p> + <p> + —Es Mesía—interrumpió Joaquín. + </p> + <p> + —Pues miente quien tal diga—gritó Trabuco muy + disgustado con la noticia—. Y ese señor don Juan Tenorio + puede llamar a otra puerta, que la Regenta es una fortaleza inexpugnable. + Y en cuanto al que trae tales cuentos a un establecimiento público.... + </p> + <p> + —El Casino no es un establecimiento público—interrumpió + Foja. + </p> + <p> + —Y se hablaba entre amigos, en confianza—añadió + Orgaz, padre.—Y eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo + a Mesía—gritó Orgaz hijo desde la puerta, dispuesto a + echar a correr si la pulla ponía fuera de sí al bárbaro + de Pernueces. + </p> + <p> + No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, + y dijo: + </p> + <p> + —¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! + y yo lo que digo, lo digo cara a cara y a la faz del mundo, <i>surbicesorbi</i> + (a la ciudad y al mundo en el latín ronzalesco.) No parece sino que + don Alvarito se come los niños crudos, y que todas las mujeres se + le...—y dijo una atrocidad que escandalizó a los señores + del rincón obscuro. + </p> + <p> + —¡Silencio!—se atrevió a decir bajando la voz + Joaquinito, sin dejar la puerta. + </p> + <p> + —¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito! + </p> + <p> + Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre + del fogoso Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. + Estaba hablando con los señores del dominó en la sala + contigua. Le acompañaban Paco Vegallana y don Frutos Redondo. + Llegaron a donde estaba Ronzal. Este había vuelto a sentarse y se + quejaba de que se le había enfriado el café, que tomaba a + pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del + corro. Quería decir que callaba por pura discreción. + </p> + <p> + Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más + esbelto. Se vestía en París y solía ir él + mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la ropa a Madrid; por cada + traje le pedían el valor de tres y nunca le sentaban bien las + levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba muchas + veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía el + acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería + pronunciar en perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, + en italiano y un poco en inglés. El diputado por Pernueces tenía + soberana envidia al Presidente del Casino. + </p> + <p> + Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni + por el valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por + el prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. + Trabuco tenía que confesarse inferior a este que era su bello + ideal. Ante su fantasía el Presidente del Casino era todo un hombre + de novela y hasta de poema. Creíale más valiente que el Cid, + más diestro en las armas que el Zuavo, su figura le parecía + un figurín intachable, aquella ropa el eterno modelo de la ropa; y + en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz e irresistible + conquistador, reputábala auténtica y el más + envidiable patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse + en este pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores + maliciosos que corrían acerca del origen de la regular fortuna que + se atribuía al Presidente, él, Ronzal, no creía que + ni un solo céntimo hubiese adquirido de mala fe. + </p> + <p> + Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico + también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que + acataba las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero + vencedor. Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión + permanente, y sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, + y él quedaba en la sombra; no era Mesía de la casa, tenía + allí una exigua minoría, y desde el portero al Presidente + todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro para aquí, y + don Álvaro para allá; y no había alcalde de don + Álvaro que no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía + que no estuviera enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él + moviese que no volara. + </p> + <p> + ¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el + público fijaba la atención en el escenario, un espectador, + Ronzal, desde la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, + aquel <i>gallo</i> rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi + siempre, pero candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, + aquel <i>plastón</i> (como decía Ronzal) inimitable, de un + brillo que no sabían sacar en Vetusta, que no venía en las + camisas de Madrid, atraía los ojos del diputado provincial como la + luz a las mariposas. Atribuía supersticiosamente al <i>plastón</i> + gran parte en las victorias de amor de su enemigo. + </p> + <p> + Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero + insensiblemente tendía al chaleco cerrado y a la corbata + acartonada. Volvía a ver la pechera del otro, y volvía + él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y si + aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero + pausadamente y sin ruido, como el otro. Ponía los codos en el + antepecho del palco y cruzaba las manos, y se volvía para hablar + con sus amigos aquel don Álvaro de una manera singular que Trabuco + no supo imitar en su vida. Si Mesía paseaba los gemelos por los + palcos y las butacas, seguía Ronzal el movimiento de aquellos que + se le antojaban dos cañones cargados de mortífera metralla: + ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino de corazones! Señora + o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o + deshonrada cuando menos. + </p> + <p> + Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de + Vetusta iba haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus + pasos, interpretaba sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que + confesarlo), más de una vez esperó el tiempo que solía + tardar el otro en cansarse de una dama para procurar cogerla en las torpes + y groseras redes de la seducción ronzalesca. + </p> + <p> + En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de + segunda mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito. + </p> + <p> + Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie. + </p> + <p> + Negaba las conquistas de Mesía. + </p> + <p> + —Ya está viejo—solía decir—; no digo que + allá en sus verdores, cuando las costumbres estaban perdidas, + gracias a la gloriosa... no digo que entonces no haya tenido alguna + aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el actual momento histórico—el + de Pernueces se crecía hablando de esto—la moralidad de + nuestras familias es el mejor escudo. + </p> + <p> + Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto + de la murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases + de efecto nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir + y cuándo lo diría. + </p> + <p> + Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar + alguna conversación. Estaba acostumbrado a ello. Sabía el + odio que le consagraba el de Pernueces y la admiración de que este + odio iba acompañada. Le divertía y le convenía la + inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de que era Mesía + el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas cosas. + También había conocido la imitación grotesca del + Estudiante—él le llamaba así todavía—y se + complacía en observarle como si se mirase en un espejo de <i>la + Rigolade</i>. No le quería mal. Le hubiera hecho un favor, siendo + cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el otro + lo supiera. + </p> + <p> + Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres + casadas. + </p> + <p> + Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la + moralidad presente, debida a la restauración. + </p> + <p> + —Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...—dijo + el alcalde, con su malicia de siempre. + </p> + <p> + Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó: + </p> + <p> + —Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene + incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las + ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero catedral, + hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral.... + </p> + <p> + —Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con + cuentos.... Si yo hablara.... Además, todos ustedes saben.... + </p> + <p> + El que empleaba estas reticencias era Foja. + </p> + <p> + —El señor Magistral—dijo Mesía, hablando por + primera vez al corro—no es un místico que digamos, pero no + creo que sea solicitante. + </p> + <p> + —¿Qué significa eso?—preguntó Joaquinito + Orgaz. + </p> + <p> + Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. + Dijeron que no Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros + cuatro; que sí Foja, Joaquinito y otros dos. + </p> + <p> + Ganada la votación, para contentar a la minoría, el + presidente del Casino declaró imparcialmente que «el + verdadero pecado del Provisor era la simonía». + </p> + <p> + El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo + explicar la palabreja. + </p> + <p> + Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los + pecados capitales del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás + era un sabio; acaso el único sabio de Vetusta; un orador + incomparablemente mejor que el Obispo. + </p> + <p> + —No es un santo—añadía—pero no se puede + creer nada de lo que se dice de doña Obdulia y él, ni lo de + él y Visitación; y en cuanto a sus relaciones con los Páez, + yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y conozco a su hija + desde que era así—media vara—protesto contra todas esas + calumniosas especies. + </p> + <p> + (Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía + especias.) + </p> + <p> + —¿Qué especies?—preguntó el Marquesito, + que para eso estaba allí. + </p> + <p> + —¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada + a la voluntad de don Fermín; que no se casa ni se casará + porque él quiere hacerla monja, y que don Manuel autoriza esto, + y.... + </p> + <p> + —Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro—gritó + Foja. + </p> + <p> + —¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el + amor a la niña? + </p> + <p> + —Eso es lo que yo no sé.—Ni lo otro—dijo Ronzal. + Mesía le miró aprobando sus palabras con una inclinación + de cabeza y una afable sonrisa. + </p> + <p> + —Señores—añadió Trabuco, animándose—esto + es escandaloso. Aquí todo se convierte en política. El señor + Magistral es una persona muy digna por todos conceptos. + </p> + <p> + —Díjolo Blas.—¡Lo digo yo!—Como si lo + dijera el gato. Hubo una pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz. + </p> + <p> + Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía + cómo contestar al liberalote. + </p> + <p> + Por último dijo:—Es usted un grosero. Foja, que sabía + insultar, pero también perdonaba los insultos, no se tuvo por + ofendido. + </p> + <p> + —Yo lo que digo lo pruebo—replicó—; el Magistral + es el azote de la provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño + al clero; se ha hecho millonario en cinco o seis años que lleva de + Provisor; la curia de Palacio no es una curia eclesiástica sino una + sucursal de los Montes de Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y + de la Junta de las Paulinas tampoco; y de las niñas del + Catecismo... chitón, porque más vale no hablar; y de la + Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin, que no hay por dónde + cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el día que haya en + España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre saldrá + de aquí con la sotana entre piernas. He dicho. + </p> + <p> + El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía + o no se perseguía al clero. Esta persecución y la libertad + de comercio era lo esencial. La libertad de comercio para él se + reducía a la libertad del interés. Todavía era más + usurero que clerófobo. + </p> + <p> + Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de + tan desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro. + </p> + <p> + ¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se + había dejado llevar de aquel arrebato? No había tal cosa. + Estaba muy sereno. Bien sabía su papel. Su propósito era + agradar a don Álvaro, por causas que él conocía; y + aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a + Foja le constaba que no le quería bien ni mucho menos. + </p> + <p> + —Señor Foja—respondió Mesía, seguro de + que todos esperaban que él hablase—hay cuando menos notable + exageración en todo lo que usted ha dicho. + </p> + <p> + —<i>Vox populi</i>... + </p> + <p> + —El pueblo es un majadero—gritó Ronzal—. El + pueblo crucificó a Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio + la cicuta a Hipócrates. + </p> + <p> + —A Sócrates—corrigió Orgaz, hijo, vengándose + bajo el seguro de la presencia de don Álvaro. + </p> + <p> + —El pueblo—continuó el otro sin hacer caso—mató + a Luis diez y seis.... + </p> + <p> + —¡Adiós! ya se desató—interrumpió + Foja. + </p> + <p> + Y cogiendo el sombrero añadió: + </p> + <p> + —Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los + ignorantes. + </p> + <p> + Y se aproximó a la puerta.—Hombre, a propósito de + sabios—dijo don Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no + había hablado—. Tengo pendiente una apuesta con usted, señor + Ronzal... ya recordará usted... aquella palabreja. + </p> + <p> + —¿Cuál?—Avena. Usted decía que se escribe + con <i>h</i>... + </p> + <p> + —Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal. + </p> + <p> + —No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había + apostado unos callos.... + </p> + <p> + —Van apostados.—Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el + Calepino, ese que hay en la biblioteca. + </p> + <p> + —¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas + consultas eran frecuentes. + </p> + <p> + —Búsquelo usted primero con <i>h</i>—dijo Ronzal con + voz de trueno a Joaquinito, que había tomado a su cargo, con + deleite, la tarea de aplastar al de Pernueces. + </p> + <p> + Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los + muchos que tenía, hubiera dado él por una victoria así. + Ahora verían quién era más bruto. Guiñaba los + ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos. + </p> + <p> + —¡Qué callada! ¡qué callada! + </p> + <p> + Orgaz, solemnemente, buscó avena con <i>h</i>. No pareció. + </p> + <p> + —Será que la busca usted con <i>b</i>; búsquela usted + con <i>v</i> de corazón. + </p> + <p> + —Nada, señor Ronzal, no parece. + </p> + <p> + —Ahora búsquela usted sin <i>h</i>—exclamó don + Frutos, ya muy serio, queriendo tomar un continente digno en el momento de + la victoria. + </p> + <p> + Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió + estar distraído. + </p> + <p> + Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie en + medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de + Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo + lanzó sobre un diván y gritando dijo: + </p> + <p> + —Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, + bajo palabra de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con + <i>h</i>. + </p> + <p> + Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle + tiempo: + </p> + <p> + —El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me + tira a la cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; + ya se sabe cómo se arreglan estas cosas. + </p> + <p> + Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió + a decir: + </p> + <p> + —Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, + se atreva a dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en + que lleva <i>h</i> la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué + diccionario será ese.... Debe de ser el diccionario de + Autoridades.... + </p> + <p> + —Sí señor; es el diccionario del Gobierno.... + </p> + <p> + —Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos + confunde la avena con la Habana, donde hizo su fortuna.... + </p> + <p> + Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la + avena que se había de comer el otro y fingió creerse + vencido. + </p> + <p> + —Señores—dijo—corriente, no se hable más + de esto; yo pago la callada. + </p> + <p> + Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y + el ver a Ronzal objeto de burla general, le puso muy contento. + </p> + <p> + Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a + costa de don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón + amante de la economía! Ronzal creyó que una vez más + se había impuesto a fuerza de energía; ¡y ahora + delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de + vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había + diccionario. Pero ya que Foja lo decía.... + </p> + <p> + Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, + despidiéndose hasta la noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, + los ordinarios trasnochadores. + </p> + <p> + La cena sería a última hora. Mesía ofreció + asistir a pesar de sus muchas ocupaciones. + </p> + <p> + ¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió + que todos habían interpretado lo mismo que él aquellas + «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de amor. «¡Tal + vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió + espiarlos. + </p> + <p> + Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz + salieron juntos. El Marquesito comprendió que a don Álvaro + le estorbaba Orgaz. + </p> + <p> + —Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que + pasa? + </p> + <p> + —Tú dirás.—Que tienes un rival temible.—¿En + qué... plaza?—Tienes razón, olvidaba tus muchas + empresas.... Se trata de Obdulia. + </p> + <p> + —Hola, hola—dijo Mesía, sonriendo de pura lástima—; + ¿con que tiene usted en asedio a la viudita? + </p> + <p> + —Sí—dijo Paco—es... el Gran Cerco de Viena. + </p> + <p> + Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado + y hueco. Sabía positivamente que don Álvaro había + sido amante de Obdulia, porque ella se lo había confesado. «¡El + único!» según la dama. Pero Orgaz sospechaba que había + heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que no. + </p> + <p> + —Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de + cien reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que + hubo un escándalo en la catedral, que el <i>Palomo</i> tuvo que + echarlos poco menos que a escobazos: ¿qué creías tú, + que Obdulia sólo tenía citas en las carboneras? Pues también + en los palacios y en los templos... + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;"><i>Pauperum tabernas, regumque turres.</i></span><br /> + </p> + <p> + Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó: + </p> + <p> + —Pero tú ¿cómo sabes todo eso? + </p> + <p> + —Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe + este quién es. + </p> + <p> + —Sí—dijo Mesía—la de Palomares.... + </p> + <p> + —Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el + arqueólogo, y en la capilla de las reliquias, en los sótanos, + en la bóveda, en todas partes creo que se daban unos... + apretones.... La Infanzón se lo contó a mamá que se + moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre, + para divertirse—ya sabes lo que a la pobre le gustan estas cosas—quería + ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué cara ponían, + aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se + disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa + de Visitación para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, + la de la tertulia de la otra.... + </p> + <p> + —Sí, ya sé.—Con que allí las tienes, con + los brazos al aire... y... ya sabes... en fin, que está el horno + para pasteles. + </p> + <p> + —En honor de la verdad—observó Mesía—la + viuda está apetitosa en tales circunstancias. Yo la he visto en + casa de este, con su gran mandil blanco, su falda bajera ceñida al + cuerpo, la pantorrilla un poco al aire y los brazos <i>un</i> todo al + fresco... colorada, excitadota.... + </p> + <p> + El flamenco tragó saliva.—Es la mujer X—dijo sin poder + contenerse—. ¿Y él?—añadió. + </p> + <p> + —¿Quién?—El sabihondo ese...—¡Ah! + ¿don Saturnino? Pues tampoco fue a casa. Contestó muy fino + en una esquela perfumada, como todas las suyas, que parecen de <i>cocotte</i> + de sacristía.... + </p> + <p> + —¿Qué contestó? + </p> + <p> + —Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle + la receta de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez + sería feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas + irregularidades de las vías digestivas. Joaquín siguió + algunos minutos hablando de aquellas bromas y se despidió. + </p> + <p> + —¡Pobre diablo!—dijo Mesía. + </p> + <p> + —Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su + amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio + era de esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos + íntimos. + </p> + <p> + Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata como + a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía + en su Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más + envidiable de Vetusta, ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, + envanecían a Paco tanto como su intimidad con don Álvaro. + Cuarenta años y alguno más contaba el presidente del Casino, + de veinticinco a veintiséis el futuro Marqués y a pesar de + esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los mismos gustos, + las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en ideas y gustos a su + ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las maneras, porque + discretamente, al notar algunos conatos de ello, don Álvaro le había + hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y cursis. + Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía + instintos de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así + era el Marquesito original, vestía a la moda, según la + entendía su sastre de Madrid, que le tomaba en serio, que le + cuidaba, como a parroquiano inteligente y de mérito. No exageraba + ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy holgada, ni se excedía + en los picos de los cuellos, ni en las alas de los sombreros. + </p> + <p> + Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier figurín. + No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas compraba en + su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería los + sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La esencia + del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el + peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero + sin rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena + sangre, mucha salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes + inclusive, la mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre + suele perder todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas + verdaderas y de ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén + a las queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta + cariño a las que le costaban su dinero. Su literatura se había + reducido a la <i>Historia de la prostitución</i> por Dufour, a <i>La + Dama de las Camelias</i> y sus derivados, con más algunos panegíricos + novelescos de la mujer caída. Creía en el buen corazón + de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la corrupción + absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no venía + otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de + un día a otro. Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido. + </p> + <p> + Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas + aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida + como virtuosa, y había puesto por condición, para + comprometer su mano, que le dejaran muchos años de libertad en la + que se prepararía a ser un buen marido. + </p> + <p> + La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta: + </p> + <p> + —¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis + brazos hecha una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más + tiempo para disfrutar de otras lozanías? + </p> + <p> + No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en + casándose: pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto + de mata, ocultándose como un criminal? + </p> + <p> + Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo. + </p> + <p> + Después de Mesía, pocos seductores había tan + afortunados como el Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus + conquistas; no pocas mujeres se rendían al futuro marqués de + Vegallana; pero otras veces, y esto era lo que él prefería, + vencían sus ojos azules, suaves y amorosos, su manera de entender + los placeres. + </p> + <p> + —Para gozar—decía—las de treinta a cuarenta. Son + las que saben más y mejor, y quieren a uno por sus prendas + personales. + </p> + <p> + Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas, + Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas + usados. Y Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto + le admiraba. + </p> + <p> + Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía + bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de + Pernueces. + </p> + <p> + —¿A dónde vamos?—preguntó Vegallana, + queriendo provocar así la confidencia que esperaba. + </p> + <p> + Don Álvaro se encogió de hombros. + </p> + <p> + —Puede ser que esté ella en mi casa. + </p> + <p> + —¿Quién?—Anita. ¡Bah! Don Álvaro + sonrió, mirando con cariño paternal a Paco. + </p> + <p> + Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía: + —Muchacho, ¡tú eres <i>l'enfant terrible</i>! ¡Qué + ingenuidad! Pero ¿quién te ha dicho a ti?... + </p> + <p> + —Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos. + </p> + <p> + —¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no + haber sido indiscreto. + </p> + <p> + —¿Y ella?—Ella... no estoy seguro de que sepa que me + gusta. + </p> + <p> + —¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que + le gustas tú. + </p> + <p> + Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de + Vegallana. + </p> + <p> + El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes + esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del <i>dandy</i> + se animaron. Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar + con él la expresión de sus emociones. + </p> + <p> + Anduvieron algunos pasos en silencio. + </p> + <p> + —¿Qué has visto tú... en ella? + </p> + <p> + —¡Hola, hola! Parece que pica. + </p> + <p> + —¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica? + </p> + <p> + Vegallana se volvió para mirar a Mesía. + </p> + <p> + Este señaló el corazón con ademán joco-serio. + </p> + <p> + —¡Puf!—hizo con los labios Paco. + </p> + <p> + —¿Lo dudas?—Lo niego.—No seas tonto. ¿Tú + no crees en la posibilidad de enamorarse? + </p> + <p> + —Yo me enamoro muy fácilmente.... + </p> + <p> + —No es eso.—¿Y te pones colorado?—Sí; me + da vergüenza, ¿qué quieres? Esto debe de ser la vejez.—Pero, + vamos a ver, ¿qué sientes? + </p> + <p> + Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó + como engañaba a ciertas mujeres que tenían educación + y sentimientos semejantes a los del Marquesito. La fantasía de + Paco, sus costumbres, la especial perversión de su sentido moral le + hacían afeminado en el alma en el sentido de parecerse a tantas y + tantas señoras y señoritas, sin malos humores, ociosas, de + buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del vicio fácil + y corriente. + </p> + <p> + Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba + por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para + damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa que + la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin pensar + claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como el + de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo + buscarlo y se declaraba escéptico en esta materia; pero allá + adentro, en regiones de su espíritu en que él entraba rara + vez, veía vagamente <i>algo mejor</i> que el ordinario galanteo, + algo más serio que los apetitos carnales satisfechos y la vanidad + contenta. Necesitaba para que todo eso saliera a la superficie, para darse + cuenta de ello, que fantasía más poderosa que la suya + provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de Mesía, + insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En + un cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro + hizo sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, + que era la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del + Marquesito. + </p> + <p> + «Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, + es verdad; pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas + no se para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras + casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro y + el ordinario». + </p> + <p> + Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta + que Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si + se convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría + no poco. La amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. + Paco jamás había dicho una palabra de amor a su amiga Anita, + y esta le estimaba mucho; lo poco expansiva que era ella con Paco lo había + sido mejor que con otros; en la casa del Marqués, además, se + la podía ver a menudo; en otras casas pocas veces. Si Mesía + quería conseguir algo, no era posible prescindir de Paquito. + Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a + solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? + Imposible, pensaba el seductor; esto ya sería una traición + formal, de las que asustan más a las mujeres; semejantes enredos no + podía admitirlos la Regenta: por lo menos al principio. La casa de + Paco era un terreno neutral; el lugar más a propósito para + comenzar en regla un asedio y esperar los acontecimientos. Don Álvaro + lo sabía por larga experiencia. En casa de Vegallana había + ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le aconsejaba + que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a todo + Vetusta le parecería indispensable. + </p> + <p> + Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran. + </p> + <p> + Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón + amarillo. ¿Qué sabía Vetusta de estas cosas? Tan + mujer era la Regenta como las demás; ¿por qué se empeñaban + todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje llevaba en + el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía + incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía + en la virtud absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la + superioridad que todos le reconocían. Un hombre hermoso, como + él lo era sin duda, con tales ideas tenía que ser + irresistible. + </p> + <p> + «Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa. + </p> + <p> + Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a + Vetusta la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, + para aguijonearle el deseo, para hacerle empeñarse más y más, + para que fuese poco menos que verdad aquello del enamoramiento que le + estaba contando a su amiguito. + </p> + <p> + «Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político + que aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». + Este era su dogma hacía más de seis años. Antes + conquistaba por conquistar. Ahora con su cuenta y razón; por algo y + para algo. Precisamente tenía entre manos un vastísimo plan + en que entraba por mucho la señora de un personaje político + que había conocido en los baños de Palomares. Era otra + virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien, había + empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en + el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las + cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que + había rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de + pugilato, el que había deshecho una boda en una noche, para + sustituir al novio, el Tenorio repentista, en los casos graves procedía + con la paciencia de un estudiante tímido que ama platónicamente. + Había mujeres que sólo así sucumbían; a no ser + que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos con seguridad del + secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del rendimiento. La señora + del personaje de Madrid era de las que exigían años. Pero el + triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la carrera, y esto era + lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se empezaba + a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los + ojos en la Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí + propio! ¡Dos años hacía que ella debía creerle + enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de prudente + sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia que + la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora de + tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor + vergüenza todavía! otros dos años había empleado + en merecer el poeta Trifón Cármenes, enamorado líricamente + de la Regenta. Bien lo había conocido don Álvaro, y aunque + el rival no le parecía temible, era muy ridículo coincidir + con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y en el sistema + de ataque. Pero al principio no había más remedio, había + que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy + atrás; no había pasado de esta situación, poco + lisonjera: la Regenta no sabía que aquel chico estaba enamorado de + ella. Le veía a veces mirarla con fijeza y pensaba: + </p> + <p> + «¡Qué distraído es ese poetilla de <i>El Lábaro</i>! + deben de tenerle muy preocupado los consonantes». Y en seguida se + olvidaba de que había Cármenes en el mundo. Entonces ya no + le quedaba al poeta más testigo de su dolor que Mesía, la + única persona del mundo que entendía el sentido oculto y + hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías + parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don + Álvaro dueño de la clave. + </p> + <p> + Esta parte ridícula, según él, de su empeño, + ponía furioso unas veces al gentil Mesía y otras de muy buen + humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de Trifón! Había + que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante preparado. + Aquello era el corazón de la Regenta. + </p> + <p> + El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la + lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo + primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita + Ozores. Verdad era que en aquellos dos años había rendido + otras fortalezas. Pero ninguna aventura había sido de las ruidosas; + nada podía saber la Regenta de cierto y el amor y la constancia del + discreto adorador debían de ser para ella cosa poco menos que + segura. La prudencia y el sigilo eran dotes positivas de don Álvaro + en tales asuntos. Sus aventuras actuales pocos las conocían; las + que sonaban y hasta refería él siempre eran antiguas. Con + esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse querida de veras, + la Regenta podía, si le importaba, creer que el Tenorio de Vetusta + había dejado de serlo para convertirse en fino, constante y platónico + amador de su gentileza. Esto era lo que él quería saber a + punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría + la tranquilidad de la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba + en su hogar honrado? + </p> + <p> + Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder + terreno, y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la + Regenta. + </p> + <p> + «Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don + Álvaro. «La devoción sería un rival más + temible que Cármenes; el Magistral un cancerbero más + respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo». + </p> + <p> + No había más remedio que jugar el todo por el todo. + </p> + <p> + Había llegado la época de la recolección: ¿serían + calabazas? No lo esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque + se lo ocultase a sí mismo, no las tenía todas consigo. Por + eso le irritaba más la supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de + aquella señora; le irritaba más porque él, sin + querer, participaba de aquella fe estúpida. + </p> + <p> + «Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y + además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si + hasta la Biblia lo dice! ¿Mujer fuerte? ¿Quién la + hallará?». + </p> + <p> + Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que + probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en la + conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía + disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. + Queriendo tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más + haría la Regenta en corresponderle. Una mujer casada, peca menos + que una soltera cometiendo una falta, porque, es claro, la casada... no se + compromete. + </p> + <p> + —«¡Esta es la moral positiva!—decía el + Marquesito muy serio cuando alguien le oponía cualquier argumento—. + Sí, señor, esta es la moral moderna, la científica; y + eso que se llama el Positivismo no predica otra cosa; lo inmoral es lo que + hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño se le + hace a un marido <i>que no lo sabe</i>?». + </p> + <p> + Creía Paco que así hablaba la filosofía de última + novedad, que él estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, + como buen conservador, no la quería en las Universidades. + </p> + <p> + «¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para + chicos». + </p> + <p> + Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño + tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había + ablandado el alma la elocuencia de Mesía! ¡Qué grande + contemplaba ahora a su don Álvaro! Mucho más grande que + nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre frío, + el <i>dandy</i> desengañado, tenía otro hombre dentro? + ¡Quién lo pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos + colores (aquellos matices delicados, quería decir Paco), aquel + contraste de la aparente indiferencia, del elegante pesimismo con el + oculto fervor erótico, un si es no es romántico!». Si + en vez de la <i>Historia de la prostitución</i> Paquito hubiese leído + ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don Álvaro no hacía + más que imitar—y de mala manera, porque él era ante + todo un hombre político—a los héroes de aquellos + libros elegantes. Sin embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas + parecido a Mesía; era este una Margarita Gauthier del sexo fuerte; + un hombre capaz de redimirse por amor. Era necesario redimirle, ayudarle a + toda costa. + </p> + <p> + «Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, + frío y prosaico por fuera, romántico y dulzón por + dentro». + </p> + <p> + Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más + partido entre las mozas del ídem, estaba resuelto: + </p> + <p> + 1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por + seguros, de la Regenta y Mesía. Y + </p> + <p> + 2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una <i>pasión + verdad</i>, compatible con su afición a las formas amplias y a las + turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por + supuesto. + </p> + <p> + —¿Quién está arriba?—preguntó a un + criado, seguro de que estaría la Regenta «porque se lo daba + el corazón». + </p> + <p> + —Hay dos señoras.—¿Quiénes son? El criado + meditó.—Una creo que es doña Visita, aunque no las he + visto; pero se la oye de lejos... la otra... no sé. + </p> + <p> + —Bueno, bueno—dijo Paco, volviéndose a Mesía—. + Son ellas. Estos días Visita no se separa de Ana. + </p> + <p> + A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo. + </p> + <p> + —Oye—dijo—llévame primero a tu cuarto. Quiero que + allí me expliques, como si te fueras a morir, la verdad, nada más + que la verdad de lo que hayas notado en ella, que puede serme favorable. + </p> + <p> + —Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había + notado... no era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... + y precisamente él estaba tan excitado en aquel momento.... + </p> + <p> + Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al + vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la + cocina. Era la carcajada eterna de Visita. + </p> + <p> + —¡Están en la cocina!—dijo Mesía asombrado + y recordando otros tiempos. + </p> + <p> + —Oye—observó Paco—¿no esperaba Visita a + Obdulia en su casa para hacer empanadas y no sé qué mas? + </p> + <p> + —Sí, ella lo dijo.—Entonces... ¿cómo está + aquí Visitación? + </p> + <p> + —¿Y qué hacen en la cocina? + </p> + <p> + Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía, + apareció en una ventana al otro lado del patio que había en + medio de la casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes + rizos negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy + grandes y habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien + torneados, blancos y macizos, rematados por manos de muñeca, + mostraban, levantándolo por encima del gorro, un pollo pelado, que + palpitaba con las ansias de la muerte; del pico caían gotas de + sangre. + </p> + <p> + Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán + de retorcer el pescuezo a su víctima y gritó triunfante: + </p> + <p> + —¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos + los hombres!... + </p> + <p> + «¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra». + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="VIIImdash" id="VIIImdash"></a>—VIII— + </h2> + <p> + El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más + reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición + a la política y más servía de adorno que de otra + cosa. Tenía siempre un favorito que era el jefe verdadero. El + favorito actual era (¡oh escándalo del juego natural de las + instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don + Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. + El reaccionario creía resolver sus propios asuntos y en realidad + obedecía a las inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba + de su poder secreto. Como un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo + se interesa por los blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba + de los negocios conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes + prestados. Si mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía + estanquillos, comisiones y licencias de caza, y a menudo algo más + suculento, como si fueran gobierno los suyos; pero cuando venían + los liberales, el marqués de Vegallana seguía siendo + árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y daba + estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico + en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los + soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las + aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más + listos algo sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada + doble, aprovechando el secreto. + </p> + <p> + Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse + leguas», o sea dar paseos de muchos kilómetros. + </p> + <p> + Le aburrían las intrigas de politiquilla. + </p> + <p> + Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía. + Don Álvaro era al Marqués en política lo que a + Paquito en amores, su Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se + consideraban incapaces de pensar en las respectivas materias sin la ayuda + de su Pitonisa. Aquí estaba el secreto de la política de + Vegallana, conocido por pocos. + </p> + <p> + Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», + solían exclamar: + </p> + <p> + —¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació + para amaños electorales, para manejar pueblos. + </p> + <p> + —No, y los años no le rinden; siempre es el mismo. + </p> + <p> + Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía. + </p> + <p> + Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía + enfrente de un candidato reaccionario a quien había que dejar el + triunfo. El Marqués agradecía a don Álvaro su + abnegación, y le pagaba diciéndole, por ejemplo: + </p> + <p> + —Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí + me carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y + entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor + fidelísimo. + </p> + <p> + ¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía + el verse diputado de la Comisión a una de estas sabias + combinaciones! + </p> + <p> + El Marqués decía que «la fatalidad le había + llevado a militar en un partido reaccionario; el nacimiento, los + compromisos de clase; pero su temperamento era de liberal». Tenía + grandes «amistades personales» en las aldeas, y repartía + abrazos por el distrito en muchas leguas a la redonda. Durante las + elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían manejando la + complicada máquina de las influencias, el único servicio + positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía + un puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por + las parroquias electorales que visitaba en sus paseos de Judío + Errante. + </p> + <p> + Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, + contaba los pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de + los kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los + señalaba con piedras menudas que metía en los bolsillos de + la americana. Llegaba a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos + para contar más satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en + la tertulia se hablaba en primer término del paseo de Vegallana. + </p> + <p> + —¿A dónde bueno, Marqués?—le preguntaba + un amigo que le encontraba en el campo. + </p> + <p> + —A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos... + tres... cuatro...—y seguía marcando el paso, apoyándose + en un palo con nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra. + </p> + <p> + Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas + eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo + el orgullo y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza + vetustense, pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas + sencillas. + </p> + <p> + Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía + de las pesas y medidas. Sabía en números decimales la + capacidad de todos los teatros, congresos, iglesias, bolsas, circos y demás + edificios notables de Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de + ancho por tantos de largo, y tantos de altura»; y hallaba el cubo en + un decir Jesús. El Real tiene tantos metros cúbicos menos + que la Gran Ópera. Mentía cuando quería deslumbrar al + auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si se le + antojaba. «A mí hechos, datos, números—decía—; + lo demás... filosofía alemana». + </p> + <p> + En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese + proporción entre la catedral y la plazuela, convendría + retirar tres o cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto + de buen grado. Era el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en + materia de monumentos históricos y ornato público. Todo lo + quería alineado. Soñaba con las calles de Nueva York—que + nunca había visto—y si le sacaban este argumento: + </p> + <p> + —«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas + igualdades». + </p> + <p> + Contestaba:—«Señor mío, <i>distingue tempora</i>... + (no quería decir eso) no tergiversemos, no involucremos, <i>post + hoc ergo propter hoc</i> (tampoco quería decir eso.) La verdadera + desigualdad está en la sangre, pero los tejados deben medirse todos + por un rasero. Así lo hace América, que nos lleva una gran + ventaja». + </p> + <p> + La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa del + Marqués, por un rasero se había medido. + </p> + <p> + No había una casa más alta que otra. + </p> + <p> + Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho + pisos para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el + Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los + tejados «dejando para otras esferas de la vida las naturales + desigualdades de la sociedad en que vivimos», como decía el + Marqués en un artículo anónimo que publicó en + <i>El Lábaro</i>. + </p> + <p> + La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, + condición que ella creía casi universal en los maridos. Ella + sí que era liberal. Muy devota, pero muy liberal, porque lo uno no + quita lo otro. Su devoción consistía en presidir muchas + cofradías, pedir limosna con gran descaro a la puerta de las + iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco duros, regalar + platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer, mandar + capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran conservas. La + libertad, según esta señora, se refería + principalmente al sexto mandamiento. «Ella no había sido ni + mala ni buena, sino como todas las que no son completamente malas, pero + tenía la virtud de la más amplia tolerancia. Opinaba que lo + único bueno que la aristocracia de ahora podía hacer era + divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la nobleza de + otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa no había + más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo + y la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles, + según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la + Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo + grandes modificaciones en el salón Regencia. + </p> + <p> + El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón + amarillo diciendo: + </p> + <p> + —«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la + Regencia; ¿por dónde? como no sea de la regencia de + Espartero...». Los muebles eran lujosos, pero estaban maltratados y + lo que era peor, desde el punto de vista arqueológico, convertidos + en flagrantes anacronismos. + </p> + <p> + Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base + del amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada + después, y últimamente con raso basteado, <i>capitoné</i> + que ella decía, en almohadillas muy abultadas y menudas, que a don + Saturnino se le antojaban impúdicas. El tapicero protestó en + tiempo oportuno; en el salón sentaba mal lo <i>capitoné</i>, + según su dogma, pero la Marquesa se reía de estas + imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón, + espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que + entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, + según el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le + hablaba de mal gusto, contestaba que la moda moderna era lo <i>confortable</i> + y la libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin + duda, pero al fin venerables como recuerdos de familia, los había + mandado al segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho + torero y mucha manola y algún fraile pícaro; y con escándalo + de Bedoya y de Bermúdez hasta había colgado de las paredes + cromos un poco verdes y nada artísticos. En el gabinete contiguo, + donde pasaba el día la Marquesa, la anarquía de los muebles + era completa, pero todos eran cómodos; casi todos servían + para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas, confidentes, + taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en entrando allí + daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza anchísima + y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como pistilos de rosas + amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con los + olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a todos + los vientos. + </p> + <p> + La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, + marquesa de Vegallana, se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora + de comer leía novelas o hacía crochet, sentada o echada en + algún mueble del gabinete. La gran chimenea tenía lumbre + desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al teatro doña Rufina + siempre que había función, aunque nevase o cayeran rayos; + para eso tenía carruajes. <i>Si no había teatro</i>, y esto + era muy frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía + a los amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía + periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo + intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia + del género de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas + breves interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento + del mundo y un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no + había más pecado mortal que la hipocresía; y llamaba + hipócritas a todos los que no dejaban traslucir aficiones eróticas + que podían no tener. Pero esto no lo admitía ella. Cuando + alguno <i>salía garante</i> de una virtud, la Marquesa, sin separar + los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un lado a otro y + murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase negaciones. A veces + pronunciaba claramente: + </p> + <p> + —A mí con esas... que soy tambor de marina. + </p> + <p> + No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más + fiel a las costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas + solían referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis + XIV. + </p> + <p> + En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si + había pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía + una lámpara de cristal tallado, colgada en medio del salón. + Estaba a bastante altura; sólo podía llegar a la llave del + gas Mesía, el mejor mozo. Los demás se quejaban. Era una + injusticia. + </p> + <p> + —«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»—decían + algunos un tanto ofendidos. + </p> + <p> + Doña Rufina se encogía de hombros. + </p> + <p> + —«Cosas de ese»—respondía—aludiendo a + su marido. + </p> + <p> + No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero + una noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón + y llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó + con una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer—estaba + seguro—y sintió ruido de sillas y pasos apagados en la + alfombra. Calló por discreción, pero ordenó a los + criados que colocaran más alta la lámpara. Así nadie + podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una + desigualdad irritante, porque Mesía, poniéndose de + puntillas, llegaba todavía a la llave del gas. + </p> + <p> + De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían + casado y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. + Aquella escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada + cuando sus hijas vivían con ella, había desaparecido. Era el + único consuelo de tanta soledad. En tiempo de ferias, doña + Rufina hacía venir alguna sobrina de las muchas que tenía + por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas linajudas + esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba el + turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como + temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en + medio de lo <i>mejorcito</i> de la capital. Algunos padres timoratos oponían + algunos argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués, + pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en + ferias la señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los + aposentos de las hijas ausentes;—el de Emma no volvió a ser + habitado, pero se entraba en él cuando hacía falta—. + Las muchachas animaban por algunas semanas con el ruido de mejores días + aquellas salas y pasillos, alcobas y gabinetes, demasiado grandes y + tristes cuando estaban desiertos. De noche, sin embargo, no faltaba + algazara en el piso principal, hubiera sobrinas o no. En el segundo, de día + y de noche había aventuras, pero silenciosas. Un personaje de ellas + siempre era Paquito. Cuando estaba sereno, juraba que no había cosa + peor que perseguir a la servidumbre femenina en la propia casa; pero no + podía dominarse. <i>Videor meliora</i>, le decía don Saturno + sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la Marquesa, con sobrinas o + sin ellas, predominaba la juventud. Las muchachas de las familias más + distinguidas iban muy a menudo a hacer compañía a la pobre + señora que se había quedado sin sus tres hijas. Previamente + se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los + acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón + amarillo habían salido muchos matrimonios <i>in extremis</i>, como + decía Paquito creyendo que <i>in extremis</i> significaba una cosa + muy divertida. Pero lo que salía más veces, era asunto para + la crónica escandalosa. Se respetaba la casa del Marqués, + pero se despellejaba a los tertulios. Se contaba cualquier aventurilla y + se añadía casi siempre: + </p> + <p> + —«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido + para sus... cuales una casa tan respetable, tan digna». Los + liberales avanzados, los que no se andaban con paños calientes, + sostenían que la casa era lo peor. + </p> + <p> + Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa + donde había tantas aventuras. + </p> + <p> + Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo + tan estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda + (q. e. p. d.) el <i>de la clase</i>, aún no era para todos el + entrar en la tertulia de confianza de Vegallana. Los mismos tertulios + procuraban cerrar las puertas, porque se daban tono así, y además + no les convenían testigos. «Estaban mejor en <i>petit comité</i>». + El espíritu de tolerancia de la Marquesa había contagiado a + sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual a su asunto. Como el ama de + la casa autorizaba sobradamente la tertulia, las mamás que nada + esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a las niñas + solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de + cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. + ¿Y quién duda que estas se harían respetar? Allí + estaba Visitación por ejemplo. Algunas madres había que no + pasaban por esto; pero eran las ridículas, así como los + maridos que seguían conducta análoga. Algún canónigo + solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia, + aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba + allí mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la + Marquesa de día. A los escrupulosos se les llamaba hipócritas + y adelante. + </p> + <p> + La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes + un poco a lo vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría + la puerta con gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los + ojos; faltaba Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía + a mirar, faltaba Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía + leyendo. Y pensaba: «Todos son personas decentes, todos saben lo que + se debe a mi casa, y en cuestión de <i>peccata minuta</i>... allá + los interesados». Y encogía los hombros. Este criterio ya lo + aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces seguía + pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las conozco, me + avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías; + mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían + casado y nadie se las había devuelto quejándose de lesión + enormísima. Si había habido algo, serían niñerías. + Y la otra había muerto porque Dios había querido. Una tisis, + la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de sus hijas, al + notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto + con franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, + pero sin rodeos. + </p> + <p> + Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, + no tomaba ninguna precaución. + </p> + <p> + —«Madres tienen», decía, o «con su pan se + lo coman». + </p> + <p> + Y añadía siempre lo de: + </p> + <p> + —«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...». + </p> + <p> + Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de + la Marquesa y de su tertulia era Mesía. + </p> + <p> + «Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué + tacto! ¡qué prudencia! ¡qué discreción!». + </p> + <p> + «Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo + de un escándalo». + </p> + <p> + A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la + habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas + en brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa. + </p> + <p> + Su Paco era torpe, no sabía.... + </p> + <p> + —«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, + muchacho!... No llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende + primero a ser cauto y después... tu alma tu palma». + </p> + <p> + Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente: + </p> + <p> + —«Además, esas aventuras... no deben tenerse en + casa.... Pregunta a Mesía». Era su madre quien había + iniciado al Marquesito en el culto que tributaba al Tenorio vetustense. + </p> + <p> + La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de + subir siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos. + </p> + <p> + En la época en que venían las sobrinas, había además + de tertulia conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los + mejores tiempos. La alegría corría otra vez por toda la + casa; no había rincones seguros contra el atrevimiento de los + amigos íntimos; y en los gabinetes, y hasta en las alcobas donde + estaba aún el lecho virginal de las hijas de Vegallana, sonaban a + veces carcajadas, gritos comprimidos, delatores de los juegos en que + consistía la vida de aquella Arcadia casera. + </p> + <p> + Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; + en aquella casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada + mueble le contaba una historia en íntimo secreto; en la seriedad de + las sillas panzudas y de los sillones solemnes con sus brazos e ídolos + orientales, encontraba una garantía del eterno silencio que les + recomendaba. Parecía decirle la madera de fino barniz blanco: No + temas; no hablará nadie una palabra. En el salón amarillo veía + el galán un libro de memorias, de memorias dulces y alegres, no + cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las prendas por su bien + halladas eran los tapices discretos, la seda de los asientos, basteada, + turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se parecía al mismo + Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos amorosos. + </p> + <p> + El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer. + </p> + <p> + «Si no había podido moralizarla a ella, mal había de + moralizar a sus tertulios». Él vivía en el segundo + piso. + </p> + <p> + Había comprendido que el salón amarillo había ido + perdiendo poco a poco la severidad propia de un estrado, y se había + decidido a convertir en <i>sala de recibir</i> la del segundo, que estaba + sobre el salón Regencia. + </p> + <p> + La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese + de quien fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando + eran de cumplido, se morían de frío en el salón de + antigüedades. El salón de antigüedades y el despacho del + Marqués, «constituían, como él decía, la + parte seria de la casa». En el despacho todo era de roble mate; + nada, absolutamente nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana + tenía en mucho la severidad de su despacho; nada más serio + que el roble para casos tales. La «sobriedad del mueblaje» + rayaba en pobreza. + </p> + <p> + —¡Mi celda!—decía el Marqués con afectación. + </p> + <p> + Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De + las paredes del <i>salón de antigüedades</i> pendían + tapices más o menos auténticos, pero de notoria antigüedad. + </p> + <p> + Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno + de respeto en aquel museo de trampas, según su expresión. El + Marqués tenía la vanidad de ser anticuario por su dinero; + pero le costaba mucha plata lo que resultaba al cabo obra de los <i>truqueurs</i>, + palabra del capitán. El implacable Bedoya, asiduo tertulio de la + Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta le despreciaba; pero por + no disgustarle, no había querido darle pruebas inequívocas + de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II del salón + de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este + los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del + rey caballero; ¡los había comprado él mismo en París!... + Pues Bedoya, al que le aducía este argumento en casa de Vegallana, + le llamaba aparte, y sin que nadie los viera, subía con él + al segundo piso; se encerraba en el salón de antigüedades, y + con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del Casino, se + dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba + cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había + hecho él varios agujeros con un cortaplumas y los había + tapado con cera del color de la silla; quitaba la cera con el cortaplumas, + raspaba la madera y... ¡oh triunfo! esta no se deshacía en + polvo; saltaba en astillas muy pequeñas, pero no en polvo. + </p> + <p> + —¿Ve usted?—decía Bedoya. + </p> + <p> + —¿Qué?—La madera es nueva; si fuese del tiempo + que el Marqués supone, se desharía en polvo; la madera vieja + siempre deja caer el polvo de los roedores: eso lo conocemos nosotros, no + los aficionados, que no tienen más que dinero y credulidad; ¡esto + es <i>truquage</i>, puro <i>truquage</i>! + </p> + <p> + Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y + descendía triunfante diciendo por la escalera: + </p> + <p> + —¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, + por supuesto, no hay que decirle una palabra! + </p> + <p> + Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su + casa a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las + confidencias de don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu + volaba en una atmósfera ideal; aquel airecillo romántico le + hacía en las entrañas sabrosas cosquillas, más + punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él en + semejante disposición de ánimo. + </p> + <p> + Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al + patio, les llamaban a grandes voces, riendo como locas. + </p> + <p> + —¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el + mundo!—gritaba Visita chupándose los dedos llenos de almíbar. + </p> + <p> + —¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban + ustedes en casa de Visita preparando la merienda? + </p> + <p> + Visita se ruborizó levemente. + </p> + <p> + Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre + Joaquinito Orgaz, que había ido <i>a caza</i> de Obdulia.... + </p> + <p> + Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de + cierto flan invención de la difunta doña Águeda + Ozores; además, el horno de la cocina no tenía tanto hueco + como el de la cocina de la Marquesa; en fin, no le adornaban otras + condiciones técnicas, que no entendían ellos. Vamos, que ni + los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se habrían + podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va! habían + trasladado su campamento a casa de Vegallana. + </p> + <p> + La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían + sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. + Salvo el haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin + moverse había dado sus órdenes. + </p> + <p> + —A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, + que ayuden a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten. + </p> + <p> + Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho + sonriente: + </p> + <p> + —Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz. + </p> + <p> + Y se había enfrascado en la lectura de <i>Los Mohicanos</i> de + Dumas. + </p> + <p> + Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de + cualquier amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero + si su cocina era infernal! La chimenea devolvía el humo; no se podía + entrar allí sin asfixiarse, ni en el comedor, que estaba cerca. + Pocos vetustenses podían jactarse de haber visto ni el comedor ni + la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y se presentaban + charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba ciertas + puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los + estrechos y obscuros pasadizos: + </p> + <p> + —Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie + me abra esa puerta. + </p> + <p> + Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía + a entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que + los <i>pollos</i> de imaginación se disfrazasen de mujeres o de + turcos. Aquellas prendas se depositaban en una alcoba donde había + una cama de excusa, pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al + aire. Aquél era el vestuario de los actores y actrices de charadas. + Se vestían todos juntos porque todo se ponía sobre el propio + traje. Además Visita no alumbraba el cuarto, ¿para qué? + Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las cortinillas + de tafetán verde: + </p> + <p> + —Pepe que le doy a usted un cachete. + </p> + <p> + —Hola, hola, eso no estaba en el programa.... + </p> + <p> + —Niños, niños, formalidad. + </p> + <p> + —¿Por qué no les da usted una luz, Visita? + </p> + <p> + —Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa.... + </p> + <p> + —Tiene razón Visita, tiene razón—gritaban desde + dentro Joaquín Orgaz o el Pepe de la bofetada. + </p> + <p> + Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su + franqueza y trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí + hacía locuras. + </p> + <p> + Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había + alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de + los treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, + según le decía en el álbum Cármenes el poeta. + Lo que era una catarata de mala crianza, según doña Paula, + la madre del Provisor, que nunca había querido pagarle las visitas. + Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo era con cuenta y razón. + Su aturdimiento era obra de un estudio profundo y minucioso: se aturdía + mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún dije, una + golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía + creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza. + </p> + <p> + —Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio + usted por mí el otro día. + </p> + <p> + —Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence + usted. + </p> + <p> + —¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué + alfiletero tan mono! + </p> + <p> + —No vale nada.—¡Es precioso!—Está a su + disposición. + </p> + <p> + —No me lo diga usted dos veces...—Está a su disposición... + ¡vaya una alhaja! + </p> + <p> + —¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una + urraca.... + </p> + <p> + Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña + Paula: la urraca ladrona. + </p> + <p> + Donde hacía estragos era en los comestibles. + </p> + <p> + Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas. + </p> + <p> + —¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la + llave del armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de + hambre. A ver, a ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de + hambre. + </p> + <p> + Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la + aduana. Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una + comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran + invariablemente Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y + porque le daban asco el pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, + y bajo su dirección, los hojaldres, los almíbares, todo lo + que podía hacerse en su cocina. Después resultaba que en su + cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro humo! El + casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios la + perdonara. + </p> + <p> + El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u + otra de buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía + todo. Visita disponía de los criados del Marqués; previo el + consentimiento del cocinero, por lo que respecta a la cocina, sacaba + algunas provisiones de la despensa; mandaba a la tienda por azúcar, + pasas, pimienta, sal, ¡diablos coronados! si el señor Pedro + no abría los cajones de sus armarios; que viniera todo lo que se + necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo cuenta». + Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués. + Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían + la merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los + comentarios. + </p> + <p> + —Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado? + </p> + <p> + —Poca cosa... un piquillo...—Pues a ver, a ver, que se pague.—Nada + más justo.—A escote.—Dejen ustedes, ¿se quieren + ustedes callar? No se hable de eso, no merece la pena. + </p> + <p> + Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses. + Su esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia, + pariente de títulos. Si Visita no se ingeniara ¿cómo + se mantendría aquel decente pasar que era indispensable para + continuar siendo parientes de la nobleza? + </p> + <p> + Cuando Visitación era soltera, se dijo—¡de quién + no se dice!—si había saltado o no había saltado por un + balcón... no por causa de incendio, sino por causa de un novio que + algunos presumían que había sido Mesía. Todas eran + conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no guardaba las + apariencias.... + </p> + <p> + Ya nadie se acordaba de aquello; seguía siendo aturdida, tenía + fama de golosa y de <i>gorrona</i>—según la expresión + que se usaba en Vetusta como en todas partes—pero nada más. + Era insoportable con su alegría intempestiva; mas en materia grave, + en lo que no admite parvedad de materia, nadie la acusaba, a lo menos públicamente. + Por supuesto, que no se cuenta tal o cual descuidillo.... + </p> + <p> + Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus + ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos + invisibles, tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso + por lo picante, que ella suponía. Al tocarla la mano cuando no tenía + guante, notaba el tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa + de comer. + </p> + <p> + Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de + Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco. Aseguraba + que tenía un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que + podría esperarse; pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban + mucho que desear... ya se le entendía. Y solía limpiar los + labios con el pañuelo después de decir esto. + </p> + <p> + Paco Vegallana, juraba que usaba aquella señora ligas de balduque, + y que él le había conocido una de bramante. Todo esto, por + supuesto, se decía nada más entre hombres, y habían + de ser discretos. + </p> + <p> + Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no así su + conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin embargo, + negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones anteriores, menos + las de Mesía. Eran su orgullo. Aquel hombre la había + fascinado, ¿para qué negarlo? Pero sólo él. + Era viuda y jamás recordaba al difunto; parecía la viuda de + Alvarito; «¡era su único pasado!». + </p> + <p> + Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo menos + Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a consagrar + el resto del día al idealismo, en buen hora despertado por las + relaciones de su amigo, consintió el Marquesito en pasar a la + cocina de su casa, al oler lo que guisaban aquellas señoras. + </p> + <p> + En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no + eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero, refinamiento + en el arte culinario, todo esto y más se notaba desde el momento de + entrar allí. + </p> + <p> + Pedro, el cocinero, y Colás, su pinche, preparaban la comida + ordinaria, y parecía que se trataba de un banquete. Por toda la + provincia tenía esparcidos sus dominios el Marqués, en forma + de arrendamientos que allí se llaman caseríos, y a más + de la renta, que era baja, por consistir el lujo en esta materia en no + subirla jamás, pagaban los colonos el tributo de los mejores frutos + naturales de su corral, del río vecino, de la caza de los montes. + Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas, capones, gallinas, + acudían mal de su grado a la cocina del Marqués, como + convocados a nueva Arca de Noé, en trance de diluvio universal. A + todas horas, de día y de noche, en alguna parte de la provincia se + estaban preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; podía + asegurarse. + </p> + <p> + A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dormía Pedro, y + dormía el amo, y nadie pensaba en comer, allá a dos leguas + de Vetusta, en el río Celonio velaba un pobre aldeano tripulando + miserable barca medio podrida y que hacía mucha agua. Debajo de peñón + sombrío, que como torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, + y hace más obscura la obscuridad del río en el remanso, + acechaba el paso del salmón, empuñando un haz de paja + encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela de fuego. Aquel + salmón que pescaba el colono del magnate a la luz de una hoguera + portátil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas, + esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de pino, + blanca y pulcra. + </p> + <p> + También de noche, cerca del alba, emprendía su viaje al + monte el casero que se preciaba de regalar a su <i>señor</i> las + primeras arceas, las mejores perdices; y allí estaban las perdices, + sobre la mesa de pino, ofreciendo el contraste de sus plumas pardas con el + rojo y plata del salmón despedazado. Allí cerca, en la + despensa, gallinas, pichones, anguilas monstruosas, jamones monumentales, + morcillas blancas y morenas, chorizos purpurinos, en aparente desorden yacían + amontonados o pendían de retorcidos ganchos de hierro, según + su género. Aquella despensa devoraba lo más exquisito de la + fauna y la flora comestibles de la provincia. Los colores vivos de la + fruta mejor sazonada y de mayor tamaño animaban el cuadro, algo + melancólico si hubiesen estado solos aquellos tonos apagados de la + naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras amarillentas, otras de + asar, casi rojas, manzanas de oro y grana, montones de nueces, avellanas y + castañas, daban alegría, variedad y armoniosa distribución + de luz y sombra al conjunto, suculento sin más que verlo, mientras + al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de la química + culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas, limones, manzanas y + heno, que era el blando lecho de la fruta. + </p> + <p> + Y todo aquello había sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en + el bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas, + luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en + vega, prados, ríos, montes.... «¡Indudablemente + Vegallana sabía ser un gran señor!», pensaba + suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia con aquella + despensa, exposición permanente de lo más apetecible que cría + la provincia. + </p> + <p> + El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el + sufragio. «¿Y qué? ¿no son casi todos colonos míos? + ¿no me regalan sus mejores frutos? ¿los que me dan los + bocados más apetitosos me negarán el voto insustancial, <i>flatus + vocis</i>?». + </p> + <p> + El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despedía rayos + desde todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno + de la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con + voz imperiosa; mandaba allí como un tirano. Comía lo mejor; + mantenía las tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el + servicio del comedor desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo + de pucheros y peroles, sino un capitán general metido en el fuego y + atento a la mesa. No era viejo. Tenía cuarenta años muy bien + cuidados; amaba mucho, y se creía un lechuguino, en la esfera + propia de su cargo, cuando dejaba el mandil y se vestía de señorito. + </p> + <p> + Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, + de ojos maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a más de la + robusta montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a + las damas en su tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de + sus amos, colaboraba sabiamente. Había empezado por tolerar nada más + aquella irrupción de la merienda. La cocina daba espacio para todo; + aquello no valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable + permiso con un desdén mal disimulado. Poco a poco pasó del + estado de tolerancia al de protección: primero se rebajó + hasta dar algunos consejos a la montañesa, después le dio un + pellizco. Se animó aquello. + </p> + <p> + —Colás, ponte a la disposición de esas señoras—dijo + Pedro con voz solemne. + </p> + <p> + Porque el mandato de la Marquesa no había bastado; el pinche obedecía + a Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo + contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido más + que su dimisión. Era su lenguaje. Leía muchos periódicos + antes de convertirlos en cucuruchos. + </p> + <p> + Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó + a seducirle con miradas de medio minuto y algún choque + involuntario, Pedro se rindió, y de rato en rato daba algunos + toques de maestro a la merienda de Visita. + </p> + <p> + Llegó a más; quiso enamorar a doña Obdulia con + pruebas de su habilidad, y acudía siempre que se presentaba una + cuestión teórica o una dificultad práctica. + </p> + <p> + «¿Qué se echa ahora? + </p> + <p> + »¿Qué se tuesta primero? + </p> + <p> + »¿Cuántas vueltas se les da a estos huevos? + </p> + <p> + »¿Cómo se envuelve esta pasta? + </p> + <p> + »¿Lleva esto pimienta o no la lleva? + </p> + <p> + »¿Será una indiscreción poner aquí + canela? + </p> + <p> + »El almíbar ¿está en su punto? + </p> + <p> + »¿Cómo se baten estas claras?». + </p> + <p> + A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro. + Cuando no bastaba una explicación, ponía él la mano + en el asunto y era cosa hecha. + </p> + <p> + Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a + premiar con sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del + arte y de la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había + vuelto loco de placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en + premio de su erudición arqueológica, ahora vino a otorgar + fortuitos y subrepticios favores al cocinero de Vegallana con miradas + ardientes, como al descuido, al oír una luminosa teoría + acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al parecer + casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el mismo + recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer de + espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía + al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo + Pedro y sonriendo le metió en la boca la misma cucharilla que ella + acababa de tocar con sus labios de rubí (este rubí es del + cocinero.) + </p> + <p> + Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista + de aquella señora como una recompensa final, digna de una vida + entera consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, + que gracias a él habían encontrado más fácil y + provocativo el camino de los dulces y sustanciales amores. + </p> + <p> + Pedro llegó a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la + casa intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. + Él amaba a la mujer, a todas las mujeres, pero no creía en + sus facultades culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son términos + antitéticos, palabras que había aprendido en sus cucuruchos + de papel impreso. La libertad y el gobierno son antitéticos, había + leído en un periódico rojo, y aplicaba la frase a la cocina + y a la mujer. Lo que pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba + Pedro de las cocineras. Las llamaba marimachos. + </p> + <p> + Si se le decía que los cocineros son más caros y gastan más, + respondía: + </p> + <p> + —Amigo, el que no sea rico que no coma. + </p> + <p> + Por lo demás, él era socialista, pero en otras materias. + </p> + <p> + Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a + su continente habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y + con los <i>caseros</i> que traían las provisiones desde la aldea, + remota a veces. El fogón era un dios y él su Pontífice + Máximo; los demás sacrificaban en las aras del fogón + y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio. Volvió a su gesto + desdeñoso, porque así entendía el respeto a los amos. + Apenas contestaba si le hablaban. No tardó en ver por sus ojos que + <i>la donna è movile</i>, como cantaba él a menudo. Obdulia, + en cuanto entraron los otros, le olvidó por completo. ¡Antes + había olvidado a don Saturnino, que yacía en «el lecho + del dolor» con sendos parches de sebo en las sienes, entregado al + placer de rumiar los dulces recuerdos de aquella tarde arqueológica! + </p> + <p> + La conversación de metafísica erótica que Mesía + y Paco acababan de dejar no les permitía, al principio, participar + de aquel entusiasmo gastronómico y culinario a que estaban + entregadas las damas. Verdad es que la hora de comer se acercaba y + aquellos olores excitaban el apetito. Pero el ideal no come. Mesía + gozaba del arte supremo de entrar en carboneras, cocinas y hasta molinos, + sin coger tiznes, grasa, ni harina. Estaba en la cocina del Marqués + como en el salón amarillo, a sus anchas y sin tropezar con nada. + Allí mismo había repartido él besos en muy distintas + y apartadas épocas. No había tal vez un rincón de + aquella casa libre de semejantes recuerdos para don Álvaro. En + cuanto a Paquito, no se diga. Su primer amor había sido una criada + que tenía su dormitorio en lo que hoy era despensa. Sabía el + Marquesito andar por la cocina a obscuras, a gatas, y ya había + medido con su agazapado cuerpo las dimensiones de la carbonera provisional + que había cerca del fogón. + </p> + <p> + No tardaron los señoritos, a pesar del ideal, en tomar parte más + activa en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. También + ellos eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del + pinche y de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron + probar sus habilidades metiendo la mano en pastas y almíbares y en + cuanto se preparaba. Paco se puso perdido. Mesía estaba como un + armiño metido a marmitón. + </p> + <p> + Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito; se + rozaban sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y + fingían no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traía + falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal + blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de + un gusto nuevo. Siempre había considerado el joven aristócrata + como una antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la + escultura humana con velos, sobre el desnudo puro. ¿Por qué + le excitaba más el velo que la carne? No se lo explicaba. Veía + la rolliza pantorrilla de una aldeana descalza de pie y pierna ¡y + nada! ¡veía una media hasta ocho dedos más arriba del + tobillo... y adiós idealismo! Y así fue esta vez. Es más; + si la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no + hubiese perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos + cuadros rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le + volvieron a la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida + que triunfaba. + </p> + <p> + Para la viuda, uno de los placeres más refinados era «una + sesión» alegre con uno de sus antiguos amantes; aquello de no + principiar por los preliminares le parecía delicioso. ¡Después, + los recuerdos tenían un encanto! ¡Saborear como cosa presente + un recuerdo! ¿Qué mayor dicha? Paco había sido su + amante. Ella hubiera preferido a Mesía, que estaba en las mismas + condiciones y era mucho más antiguo. ¡Pero Álvaro + estaba hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de + atreverse; con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría + y honrada con que la miraba el señor Obispo. Estaba segura de que + ni al Obispo ni a Mesía les sugería su presencia jamás + un deseo carnal. Era intratable aquel don Álvaro. También lo + era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sabía Dios, ella le había + sido fiel—a Mesía, por supuesto—; todavía le + amaba o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero él + no quería ya. Aquello se había acabado. + </p> + <p> + Se habían cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todavía + encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y + alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro notó + que guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de + azafrán puro, que se consumía en la cocina del Marqués, + con gran envidia de la urraca ladrona. También almacenó entre + las faldas un paquete de té superior. + </p> + <p> + Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones humorísticas + que ya no hacían reír. Todos sabían que aquél + era el vicio de doña Visita. + </p> + <p> + Las señoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se + fueron a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sabían dónde + estaba el tocador para tales casos. Era la habitación donde había + muerto la hija segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. Allí + estaba el lecho, pero no quedaba de la pobre niña ni una prenda, ni + un recuerdo. + </p> + <p> + Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué + no? Se conocían demasiado para fingir escrúpulos. Además, + «no se les había de ver nada» como dijo Obdulia. Paco y + la viuda se lavaron juntos las manos en una misma jofaina; los dedos se + enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un placer muy picante, según + ella. Esto les recordó mejores días. El sol que se acercaba + al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía en una + aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogón, las + bromas y la faena habían encendido brasas en las mejillas de + Obdulia; una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quería algo y + no sabía qué. No era cosa de comer de fijo, porque había + probado de cien golosinas y hasta algo de la comida del Marqués por + chanza. + </p> + <p> + Visitación y Mesía, más tranquilos, conversaban al + balcón, apoyados en el hierro frío del antepecho. «No + volverían la cara; estaba ella segura». Entre estos + camaradas, jamás se falta a ciertos pactos tácitos. + </p> + <p> + El Marquesito soltó una carcajada. + </p> + <p> + —¿De qué te ríes?—dijo Obdulia. + </p> + <p> + —De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andará buscándote + por todas partes. Es chusco ¿eh? + </p> + <p> + Obdulia meditó y al fin rió a carcajadas. «Era chusco + en efecto». Se había sentado sobre la cama de la difunta. Los + pies de la viuda se movían oscilando como péndulos. Se veía + otra vez la media escocesa. Ahora se veían dos. Obdulia suspiró. + Se habló de lo pasado. «En rigor, siempre se habían + querido; había <i>algo</i> que les unía a pesar suyo. Se + tronaba porque la constancia es imposible y hastía al cabo; eran + ridículas unas relaciones muy largas; esto lo habían + aprendido los dos en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos años, + a más tardar; los arreglos pueden tirar algo más, poco». + </p> + <p> + —Pero ¿verdad—dijo Obdulia, poniéndose más + guapa—que esto de encontrarse de vez en cuando se parece un poco a + un buen día de sol en invierno, en esta tierra maldita del agua y + la niebla? + </p> + <p> + —¡Magnífico!—exclamó Paco—es verdad; + una cosa sentía yo que no sabía explicarme... y era eso. + </p> + <p> + Y como le pareciera alambicado y poético este sentimiento, se + consagró a enamorar de todo corazón a la viuda por aquella + tarde. + </p> + <p> + Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos. + </p> + <p> + Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus + ojos pequeños los habían hermoseado el calor de la cocina y + la animación de la broma, arrancándoles reflejos de fingida + pasión. Su pelo de un rubio obscuro era rizoso y caía en + mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y don Álvaro como + hermanos cariñosos. Él había sido su primer amor + serio, es decir, el primero que le había hecho cometer + imprudencias, como, v. gr., saltar de noche por un balcón. ¡Pero + estaba ya tan lejos todo aquello! La vida había puesto por medio + todos sus prosaicos cuidados. + </p> + <p> + La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las + heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había + convertido el espíritu de <i>aquella loca</i> al positivismo + vulgar, y había atajado las demasías eróticas de su + fantasía juvenil. + </p> + <p> + Hacía muy buena casada, en opinión de las gentes; esto es, + atendía con gran esmero y diligencia a la hacienda y a los + quehaceres domésticos. + </p> + <p> + Mesía y Visita no tenían en el invierno de sus amores + aquellos días de sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se veían + a solas y alguno de ellos tenía algún cuidado o preocupación, + de esos que piden confidentes y consejeros, se lo decían todo, o + casi todo; se hablaban en voz baja, muy cerca uno de otro, y volvían + a llamarse de tú como antaño. Parecían un matrimonio + bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años. + </p> + <p> + —¡Bah!—decía Visitación con un poco de + tristeza verdadera, que daba interés al ocaso de su hermosura—; + ¡bah! tú has caído esta vez de veras, te lo conozco + yo. Pero también te digo una cosa: que te va a costar tu + trabajo.... + </p> + <p> + Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que + con Paco. Su <i>política</i> tenía que ser diferente. Al + Marquesito había que hablarle de amor puro, por los motivos + explicados antes; a Visita de una conquista más. Comprendía + don Álvaro que Visitación quería precipitar a la + Regenta en el agujero negro donde habían caído ella y tantas + otras. Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a + Vetusta con su tía doña Anunciación y con Ripamilán, + el hoy Arcipreste. Admiraba a su amiguita, elogiaba su hermosura y su + virtud; pero la hermosura la molestaba como a todas, y la virtud la volvía + loca. Quería ver aquel armiño en el lodo. La aburría + tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo: «¡La Regenta, la + Regenta es inexpugnable!». Al cabo llegaba a cansar aquella canción + eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. ¡La Regenta! ¿Por + qué? ¿No había otra? Ella lo había sido en + Vetusta poco tiempo. Su marido había dejado la carrera muy pronto, + ¿a qué venía aquello de Regenta por aquí, + Regenta por allí? Poco tiempo tenía la mujer del empleado + del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de pura fantasía + y mala intención; necesitaba la atención para la prosa de la + vida que era bien difícil; pero algún desahogo había + de tener: pues bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como + todas. No se separaba de ella en cuanto podía: a la iglesia, al + paseo, al teatro, iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La + del Banco, desde que había descubierto algún interés + por don Álvaro en su amiga y en Mesía deseos de vencer + aquella virtud, no pensaba más que en precipitar lo que en su + concepto era necesario. No creía a nadie capaz de resistir a su + antiguo novio. + </p> + <p> + En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto. + </p> + <p> + Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte + arraigado en él por las dificultades. + </p> + <p> + Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; + disimulaba el placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del + otro. + </p> + <p> + —Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades. + </p> + <p> + —No hablemos de eso.—Se quiere una vez y después... se + las arregla uno como puede. + </p> + <p> + Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de + desesperación humorística que a él y a sus + adoratrices se les antojaba muy interesante, byroniano (si las adoratrices + sabían de Byron.) + </p> + <p> + —Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro + yo. + </p> + <p> + —Sí, eso a la vista está. + </p> + <p> + —No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no + hace lo que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, + donde se oía el cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás + se aprieta con cintas y poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... + ¡Si la vieras! + </p> + <p> + —Me lo figuro.—No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó + Visita: + </p> + <p> + —¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de + pasión en los ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, + contenida...? + </p> + <p> + —¿Verdad que tiene razón Frígilis? + </p> + <p> + —¿Qué dice ese sonámbulo? + </p> + <p> + —Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla. + </p> + <p> + —Es verdad; la cara sí...—Y la expresión; y + aquel modo de inclinar la cabeza cuando está distraída; + parece que está acariciando a un niño con la barba redonda y + pura.... + </p> + <p> + —¡Hola, hola! ¡el pintor! + </p> + <p> + Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero + aventado. + </p> + <p> + —¡Dice que no está enamorado y la compara con la + Virgen!... + </p> + <p> + —Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo. + </p> + <p> + Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo + que tenía en la garganta, dijo con voz ronca y rápida: + </p> + <p> + —Que lo tenga. Mesía disimuló la repugnancia que le + produjo aquella frase. + </p> + <p> + —Pero, ¡ay, Alvarín! ¡si la pudieras ver en su + cuarto, sobre todo cuando le da un ataque de esos que la hacen + retorcerse!... ¡Cómo salta sobre la cama! Parece otra.... + Entonces, no sé por qué, me explico yo el capricho de la + piel de tigre que dicen que le regaló un inglés americano. + ¿Te acuerdas de aquel baile fantástico que bailaban los + Bufos que vinieron el año pasado? + </p> + <p> + —Sí, ¿qué?—¿Te acuerdas de aquella + danza de las Bacantes? Pues eso parece, sólo que mucho mejor; una + bacante como serían las de verdad, si las hubo allá, en esos + países que dicen. Eso parece cuando se retuerce. ¡Cómo + se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de lágrimas, + y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la remonísima + garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas subterráneas; + parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado y en + prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da + unos abrazos a las almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! + Cualquiera diría que en los ataques tiene pesadillas, y que rabia + de celos o se muere de amor.... Ese estúpido de don Víctor + con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el de los + gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia; el mundo + no debía ser así. Y no es así. Sois los hombres los + que habéis inventado toda esa farsa. + </p> + <p> + Calló un poco, perdido el hilo del discurso, y añadió: + </p> + <p> + —Yo me entiendo. Después de calmarse volvió a su + asunto. + </p> + <p> + —¡Si la vieras! Es que no es así como se quiera. Verás... + tiene los brazos.... + </p> + <p> + Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía + explicar a un hombre que había sido su amante y era su camarada, + todas las turgencias de Ana, su perfección plástica, los + encantos velados, como decía Cármenes en el <i>Lábaro</i>. + Pero les daba su nombre propio unas veces, y cuando no lo tenían, o + ella lo ignoraba, usaba caprichosos diminutivos inventados en otro tiempo + por Álvaro en el entusiasmo de las más dulces confianzas. + Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen masculinos, estaban grabados + como si fuesen de fuego en la memoria de Visita; no salían a sus + labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces. Le sabían a + gloria a la del Banco. Pero después le quedaba un dejo amargo.... + «Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza, los + criados, el casero... ¡diablos coronados!». + </p> + <p> + Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin + pensar en lo que hacía, las partes correspondientes de la Regenta, + que describía con entusiasmo; y dijo al terminar su descripción + apuntando hacia atrás: + </p> + <p> + —Se precia «esa otra» de buenas formas.... ¡Buena + comparación tiene! + </p> + <p> + La cita era sabia y oportuna. Visitación suponía a don + Álvaro enterado de lo que era aquella otra ¡y no había + comparación! + </p> + <p> + Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como una + amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las + chispas que saltaban de los de Visita. + </p> + <p> + —Pero te ha de costar mucho trabajo.... + </p> + <p> + —Puede que no tanto—dijo Mesía, sin contenerse. + </p> + <p> + —Ella tragar... ya tragó el anzuelo. + </p> + <p> + —¿Crees tú?—Sí, estoy segura. Pero no te + fíes; puedes marcharte con una tajada y dejar el pez en el agua. + </p> + <p> + —Como yo vea el momento de tirar...—Mucho tiempo llevas pensándolo. + </p> + <p> + —¿Quién te lo ha dicho? + </p> + <p> + —Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.—Y lo de ella, + ¿cómo lo sabes? + </p> + <p> + —¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!... + </p> + <p> + —¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera + saber cómo está ella... para echar mis cuentas. + </p> + <p> + —Ella no está como un guante, pero por dentro andará + la procesión. Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando + se casó cesaron, que después volvieron, pero nunca con la + frecuencia de ahora. Su humor es desigual. Exagera la severidad con que + juzga a las demás, la aburre todo. ¡Pasa unas encerronas! + </p> + <p> + —¡Ta, ta, ta! eso no es decir nada. + </p> + <p> + —Es mucho.—Nada en mi favor.—¿Tú qué + sabes? Mira, si le hablan de ti palidece o se pone como un tomate, + enmudece y después cambia de conversación en cuanto puede + hablar. En el teatro, en el momento en que tú vuelves la cara, te + clava los ojos, y cuando el público está más atento a + la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los gemelos. Pero la + observo yo; por curiosidad, claro; porque a mí, en último + caso ¿qué? Su alma su palma. + </p> + <p> + —¿No eres su amiga íntima? + </p> + <p> + —Su amiga, sí. ¿Íntima? Ella no tiene más + intimidades que las de dentro de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy + cavilosa y todo se lo guarda. Por ella no sabré nunca nada. + </p> + <p> + Un momento de silencio.—A no ser que ahora se lo cuente todo al + Magistral.... Ya sabrás que le ha tomado de confesor. + </p> + <p> + —Sí, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa + de asistir al confesonario. + </p> + <p> + —No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo. + </p> + <p> + Visita llamaba misticismo a toda devoción que no fuera como la + suya, que no era devoción. + </p> + <p> + —Ana, cuando chica, allá en Loreto, tuvo ya, según yo + averigüé, arranques así... como de loca... y vio + visiones... en fin desarreglos. Ahora vuelve; pero es por otra causa (y señaló + al corazón.) Está enamorada, Alvarico, no te quepa duda. + </p> + <p> + Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo + agradecimiento. ¡Le daban una fe en sí mismo aquellas + palabras! + </p> + <p> + No quería saber más: o mejor, comprendió que nada + positivo podía añadir Visita. + </p> + <p> + Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos músculos, + mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz temblaba un poco. + Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía. + </p> + <p> + —Deja eso—dijo, acercándose a su amiga—. No + hablemos de otros; hablemos de nosotros. Estás guapísima.... + </p> + <p> + —¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua + metálica.) + </p> + <p> + —Tontina... si tú no fueras tan desconfiada.... + </p> + <p> + —¿Qué novedades son estas?—preguntaron los + labios y la lengua de placas de acero. + </p> + <p> + —Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata? + </p> + <p> + Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie + pasaba por la calle. Era de las más desiertas; crecía yerba + entre las piedras. Aquel silencio era el que llamaba solemne y aristocrático + don Saturnino. + </p> + <p> + Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don + Álvaro estaba seguro. Se aproximó más a Visita. + </p> + <p> + Sonó una bofetada; y después la carcajada estrepitosa de la + del Banco, que dio un paso atrás, huyendo de don Álvaro. + </p> + <p> + —¡Loca!... ¡idiota!...—gimió Mesía + limpiando su mejilla que sintió húmeda y pegajosa. + </p> + <p> + —¡Vuelve por otra! A mí que soy tambor de marina, como + dice la Marquesa. + </p> + <p> + La dama, completamente tranquila, sonriente, se metió un terrón + de azúcar en la boca. + </p> + <p> + Era su sistema. Se prohibía a sí misma, por desconfianza, + las dulzuras de los engaños de amor, y los compensaba con + golosinas, que «se pegaban al riñón». + </p> + <p> + Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la + noche en que aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y + enamorada. + </p> + <p> + Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareció una + señora que los del balcón reconocieron al momento. Era la + Regenta. Venía de negro, de mantilla; la acompañaba Petra, + su doncella. Pronto estuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, + porque no levantó la cabeza. + </p> + <p> + —Anita, Anita—gritó Visitación. + </p> + <p> + Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía + y saludaba. Nunca la había visto tan hermosa. Traía las + mejillas sonrosadas, y ella era pálida; también parecía + haber estado al lado de un fogón como Visita y Obdulia; en sus ojos + había un brillo seco, destellos de alegría que se difundían + en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a + sus ideas. + </p> + <p> + Y además de esto notó Mesía que le había + mirado sin conmoverse, sin turbarse, como a Visita, ni más ni + menos; hasta en su saludo, más franco y expansivo que otras veces, + había visto una especie de desaire, la expresión de una + indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera dicho: gozquecillo, tú + no muerdes, no te temo. Se vería. Por lo pronto aquella afabilidad + era desprecio. ¿Qué había pasado en la catedral? + ¿Qué hombre era aquel don Fermín que en una sola + conferencia había cambiado aquella mujer? + </p> + <p> + Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de + salir de dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó + con su aire grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba + Trabuco, su admirador y mortal enemigo. + </p> + <p> + —¿Has confesado?—Sí, ahora mismo. + </p> + <p> + —¿Con el Magistral, por supuesto? + </p> + <p> + —Sí, con él.—¿Qué tal? ¿Excelente, + verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No subes? + </p> + <p> + —No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió + al balcón, sin cuidarse de reparar el desorden de su traje y + peinado. + </p> + <p> + —¡Ana, sube, anda, tonta!—gritó la viuda mientras + devoraba a la Regenta con los ojos de pies a cabeza. + </p> + <p> + Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor + que el de un maniquí de colgar vestidos; para trapos ellas; para + todo lo demás, los hombres. + </p> + <p> + Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con + graciosa sonrisa y siguió adelante. Un momento se habían + encontrado sus ojos con los de Mesía, pero no se habían + turbado ni escondido como otras veces; le habían mirado distraídos, + sin que ella procurase evitar <i>el contacto</i> de aquellas pupilas + cargadas de lascivia y de amor propio irritado, confundido con el deseo. + </p> + <p> + Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y + desaparecía por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada + hasta que dobló la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono + algo desdeñoso: + </p> + <p> + —Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.—¡Cómetela!...—gritó + al oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de + burla. Y añadió muy seria: + </p> + <p> + —¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología + parda!... + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="IXmdash" id="IXmdash"></a>—IX— + </h2> + <p> + En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el + palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia, de + sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa hasta + el tejado por las paredes. + </p> + <p> + Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera + frío. Miró hacia la bocacalle próxima; por allí + el horizonte se abría lleno de resplandores. La calle del Águila + era una pendiente rápida que dejaba ver en lontananza la sierra y + los prados que forman su falda, verdes y relucientes entonces. Cruzaban la + plaza y pasaban sobre los tejados golondrinas gárrulas, inquietas, + que iban y venían, como si hiciesen sus visitas de despedida, próximo + el viaje de invierno. + </p> + <p> + —Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo.... + </p> + <p> + —¿Las dos solas?—Sí, las dos... por los + prados... a campo traviesa. + </p> + <p> + —Pero, señorita, los prados estarán muy mojados.... + </p> + <p> + —Por algún camino... extraviado... por donde no haya gente. Tú + que eres de esas aldeas, y conoces todo eso, ¿no sabes por dónde + podremos ir sin que encontremos a nadie? + </p> + <p> + —Pero, si estará todo húmedo.... + </p> + <p> + —Ya no; el sol habrá secado la tierra.... ¡Yo traigo + buen calzado. Anda... vamos, Petra! + </p> + <p> + Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto + como una mística que solicita favores celestiales. + </p> + <p> + Petra miró asombrada a su señora. Nunca la había + visto así. ¿Qué era de aquella frialdad habitual, de + aquella tranquilidad que parecía recelo y desconfianza disimulados? + </p> + <p> + Tenía la doncella algo más de veinticinco años; era + rubia de color de azafrán, muy blanca, de facciones correctas; su + hermosura podía excitar deseos, pero difícilmente producir + simpatías. Procuraba disimular el acento desagradable de la + provincia y hablaba con afectación insoportable. Había + servido en muchas casas principales. Era buena para todo, y se aburría + en casa de Quintanar, donde no había aventuras ni propias ni + ajenas. Amos y criados parecían de estuco. Don Víctor era un + viejo tal vez amigo de los amores fáciles, pero jamás había + pasado su atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algún + piropo envuelto en circunloquios que no le comprometían. El ama era + muy callada, muy cavilosa; o no tenía nada que tapar o lo tapaba + muy bien. Sin embargo, Petra había adquirido la convicción + de que aquella señora estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella + las pocas ocasiones que se le ofrecían para procurarse la confianza + de la Regenta. Era solícita, discreta, y fingía humildad, + virtud, la más difícil en su concepto. + </p> + <p> + Un paseo a campo traviesa, después de confesar, solas, en una tarde + húmeda, daba mucho en qué pensar a Petra. Ella no deseaba + otra cosa, pero insistía en su oposición por ver adónde + llegaba el capricho del ama. Otras habían empezado así. + </p> + <p> + Bajaron por la calle del Águila. A su extremo, pasaba, + perpendicular, la carretera de Madrid. + </p> + <p> + —Por ahí no—dijo el ama—. Por aquí; vamos + hacia la fuente de Mari—Pepa. + </p> + <p> + —A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará + seco; todavía da el sol. Mire usted, allí está la + fuente. + </p> + <p> + Petra mostró a su señora allá abajo, en la vega, una + orla de álamos que parecía en aquel momento de plata y oro, + según la iluminaban los rayos oblicuos del poniente. El camino era + estrecho, pero igual y firme; a los lados se extendían prados de + yerba alta y espesa y campos de hortaliza. Huertas y prados los riegan las + aguas de la ciudad y son más fértiles que toda la campiña; + los prados, de un verde fuerte, con tornasoles azulados, casi negros, + parecen de tupido terciopelo. Reflejando los rayos del sol en el ocaso + deslumbran. Así brillaban entonces. Ana entornaba los ojos con + delicia, como bañándose en la luz tamizada por aquella + frescura del suelo. + </p> + <p> + Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho + se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de + enorme cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la + calvicie, varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo + resonar como castañuelas las hojas solitarias de sus extremos. + </p> + <p> + —Mire usted, señora, ¡cosa más rara! a ninguna + de esas ramas le queda más hoja que la más alta, la de la + punta.... + </p> + <p> + Después de esta observación, y otras por el estilo, Petra se + paraba a coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se + enganchaba el vestido en las zarzas, daba gritos, reía; iba tomando + cierta confianza al verse sola con su ama, en medio de los prados, por + caminos de mala fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas + dignas de ser calladas. + </p> + <p> + Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta. + </p> + <p> + «¡Más de una hora de confesión! La carita como + iluminada al levantarse con la absolución encima... y ahora este + paseo por los campos... y reír... y permitirle ciertas + libertades.... No me fío; esperemos». + </p> + <p> + La doncella de Ana era amiga de llegar en sus cálculos y fantasías + a las últimas consecuencias. Ya veía en lontananza propinas + sonantes, en monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa—daba + por supuesto que había algo—traía complicaciones que + ofrecían novedad para la misma Petra, que había visto lo que + ella y Dios y aquellos y otros caminos solitarios sabían. + </p> + <p> + Llegaron a la fuente de Mari—Pepa. Estaba a la sombra de robustos + castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en + forma de iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de + álamos que se veía desde lejos servía como de muralla + para hacer el lugar más escondido y darle sombra a la hora de + ponerse el sol; por oriente se levantaba una loma que daba abrigo al + apacible retiro formado por la naturaleza en torno del manantial. Aunque + situado en una hondonada, desde allí se veía magnífico + paisaje, porque a la parte de occidente otras ondas del terreno que + semejaban un oleaje de verdura, dejaban contemplar los lejanos términos, + y allá confundido con la neblina el Corfín, una montaña + que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico sobre + valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos. + El sol sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, + detrás del cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno. + </p> + <p> + Ana se sentó sobre las raíces descubiertas de un castaño + que daba sombra a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaña + iluminada como por luces de bengala, y casi entre sueños oía + a su lado el murmullo discreto del manantial y de la corriente que se + precipitaba a refrescar los prados. Sobre las ramas del castaño + saltaban gorriones y pinzones que no cerraban el pico y no acababan nunca + de cantar formalmente, distraídos en cualquier cosa, inquietos, + revoltosos y vanamente gárrulos. Hojas secas caían de cuando + en cuando de las ramas al manantial; flotaban dando vueltas con lenta + marcha, y, acercándose al cauce estrecho por donde el agua salía, + se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la + corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata. + Una nevatilla (en Vetusta <i>lavandera</i>) picoteaba el suelo y brincaba + a los pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba + vueltas, barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, + de un salto llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas + bajas de la zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, + siempre alegre, pizpireta; quedó inmóvil un instante como si + deliberase; y de repente, como asustada, por aprensión, sin el + menor motivo, tendió el vuelo recto y rápido al principio, + ondulante y pausado después y se perdió en la atmósfera + que el sol oblicuo teñía de púrpura. Ana siguió + el vuelo de la <i>lavandera</i> con la mirada mientras pudo. «Estos + animalitos, pensó, sienten, quieren y hasta hacen sus + reflexiones.... Ese pajarillo ha tenido una idea de repente; se ha cansado + de esta sombra y se ha ido a buscar luz, calor, espacio. ¡Feliz + él! Cansarse ¡es tan natural!». Ella misma, la Regenta, + estaba bien cansada de aquella sombra en que había vivido siempre. + ¿Sería algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que el + Magistral le había prometido? Cuando ella le había dicho que + en la adolescencia había tenido antojos místicos, y que + después sus tías y todas las amigas de Vetusta le habían + hecho despreciar aquella vanidad piadosa ¿qué había + contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba todavía en + los oídos aquella voz dulce que salía en pedazos, como por + tamiz, por los cuadradillos de la celosía del confesonario. Le había + dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir + al pie de la letra, algo parecido a esto: «Hija mía, ni + aquellos anhelos de usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran + acendrada piedad, ni los desdenes con que después fueron + maltratados tuvieron pizca de prudencia». Pizca había dicho, + estaba ella segura. La elocuencia del Magistral en el confesonario no era + como la que usaba en el púlpito; ahora lo notaba. En el + confesonario aprovechaba las palabras familiares que dicen tan bien + ciertas cosas que jamás había visto ella en los libros + llenos de retórica. Y le había puesto una comparación: + «Si usted, hija mía, se baña en un río, y + revolviendo el agua al nadar, por juego, como solemos hacer, encuentra + entre la arena una pepita de oro, pequeñísima que no vale + una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria? ¿pensará + que aquel descubrimiento la va a hacer rica? ¿que todo el río + va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y que + todo va a ser para usted? Eso sería absurdo. Pero, por esto + ¿va a tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con + el agua, moviendo los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla + con los pies y sin pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que + encontró entre la arena?». Estaba muy bien puesta la + comparación. Ella se había visto con su traje de baño, + sin mangas, braceando en el río, a la sombra de avellanos y + nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete blanquísimo, + de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no arrojase la + pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar así, que se viera + lo que se decía. Se había entusiasmado con aquel fluir de + palabras dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial; había + abierto su corazón delante de aquel agujero con varillas + atravesadas. También ella había dicho muchas palabras que no + había usado en su vida hablando con los demás. Entonces el + Magistral, allá dentro, callaba; y cuando ella terminó, la + voz del confesonario temblaba al decir: «Hija mía, esa + historia de sus tristezas, de sus ensueños, de sus aprensiones + merece que yo medite mucho. Su alma es noble, y sólo porque en este + sitio yo no puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de señalar + dónde está el oro y dónde está el lodo... y de + hacerle ver que hay más oro de lo que parece. Sin embargo, usted + está enferma; toda alma que viene aquí está enferma. + Yo no sé cómo hay quien hable mal de la confesión; + aparte de su carácter de institución divina, aun mirándola + como asunto de utilidad humana ¿no comprende usted, y puede + comprender cualquiera que es necesario este hospital de almas para los + enfermos del espíritu?». El Magistral había hablado de + las consultas que los periódicos protestantes establecen para + dilucidar casos de conciencia. «Las señoras protestantes, que + no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. ¿No es esto ridículo?». + El Provisor había sonreído con la voz. + </p> + <p> + Y había continuado diciendo lo que en sustancia era esto: «No + debía ella acudir allí sólo a pedir la absolución + de sus pecados; el alma tiene, como el cuerpo, su terapéutica y su + higiene; el confesor es médico higienista; pero así como el + enfermo que no toma la medicina o que oculta su enfermedad, y el sano que + no sigue el régimen que se le indica para conservar la salud, a sí + mismos se hacen daño, a sí propios se engañan; lo + mismo se engaña y se daña a sí propio el pecador que + oculta los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de + prisa y mal, o falta al régimen espiritual que se le impone. No + bastaba una conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades + viejas y descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deducía + racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar a + menudo. No se trataba de cumplir con una fórmula: confesar no era + eso. Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba + de ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como + lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido + religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan y + los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se + desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religión, lo mandaría + el sentido común. La religión es toda razón, desde el + dogma más alto hasta el pormenor menos importante del rito». + </p> + <p> + Aquella conformidad de la fe y de la razón encantaba a la Regenta. + ¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás + había oído esto? No se había atrevido a preguntárselo + al Magistral, pero tiempo habría. + </p> + <p> + Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de + Ana y se atrevió a mirarla con insolencia. La dama se acordó + del Arcipreste, que tenía el don de parecerse a los pájaros. + </p> + <p> + «Era un buen señor Ripamilán; pero ¡qué + manera de confesar! Una rutina que nunca le había enseñado + nada. A no ser su matrimonio, nada había sacado de aquellas + confesiones. Decía el pobre hombre que se sabía de memoria + los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su eterno:—'Bien, + bien, adelante: ¿qué más? adelante... reza tres + Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. ¡Qué hombre tan + raro! ¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía + ella este o el otro temperamento? Pues el Magistral en seguida: le había + dicho que era un temperamento especial, que todo esto y más había + que tener en cuenta. Esto era completamente nuevo». + </p> + <p> + Además, la había halagado mucho el notar que don Fermín + le hablaba como a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le había + citado autores, dando por supuesto que los conocía, y al usar sin + reparo palabras técnicas se guardaba de explicárselas. + </p> + <p> + «¡Y qué <i>elevación</i>! ¿Qué era + la virtud? ¿Qué era la santidad? Aquello había sido + lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la cosa más + fácil para los espíritus nobles y limpios. Para un perezoso + enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un + imposible; para una persona decente (así había dicho) una + necesidad de las más imperiosas de la vida. La religión no + presentaba como una senda ardua la de la virtud, sino para los que viven + sumidos en el pecado; pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en + nosotros; no había más que darle una voz y acudía. La + virtud comienza por un esfuerzo ligero, si bien contrario al hábito + adquirido; al día siguiente el esfuerzo era menos costoso y su + eficacia mayor por la <i>velocidad adquirida</i>, por la <i>inercia del + bien</i>, esto era mecánico (así lo había dicho el señor + De Pas.) La virtud podía definirse; el equilibrio estable del alma. + Además, era una alegría; un buen día de sol; ráfagas + de aire fresco embalsamado; el alma virtuosa se convertía en una + pajarera donde gorjeaban alegres los dones del Espíritu Santo + animando el corazón en las tristezas de la vida. Aquella melancolía + de que ella se quejaba, era nostalgia de la virtud a que llegaría, + y por la que suspiraba su espíritu como por su patria. La virtud + era cuestión de arte, de habilidad. No sólo se conseguía + por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo, pero había + otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede aspirar también + a la perfección». (En aquel momento se figuraba la Regenta + como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan pequeña, + tan monótona y triste.) «Ella que había leído a + San Agustín ¿no recordaba que el santo Obispo gustaba de la + música religiosa, no por el deleite de los sentidos, sino porque + elevaba el alma? Pues así todas las artes, así la + contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras históricas, + y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y + ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la + virtud. ¿Por qué no? ¡Ah! y después, cuando se + llegaba más arriba, a la seguridad de sí mismo, cuando ya no + se temía la tentación sino con temor prudente, se + encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran + peligrosos. Así, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, + veneno para los débiles, era purga para los fuertes. Al que llega a + cierto grado de fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por + el contraste». El Magistral no había dicho si él era + tan fuerte como todo eso, pero ella suponía que sí. De todas + maneras, la virtud y la piedad eran cosas bien diferentes de lo que le habían + enseñado sus tías y la devoción vulgar (así la + llamó para sus adentros) que había aprendido como una + rutina. Sí, la religión verdadera se parecía en + definitiva a sus ensueños de adolescente, a sus visiones del monte + de Loreto más que a la sosa y estúpida disciplina que la habían + enseñado como piedad seria y verdadera. ¡Y cuántas más + lecciones le había prometido el Magistral para otro día! + ¡Cuántas cosas nuevas iba a saber y a sentir! ¡Y qué + dicha tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales + asuntos, los más interesantes, los más altos sin duda! + </p> + <p> + De la <i>cuestión personal</i>, esto es, de los pecados de Ana, se + había hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. «No + tenía datos, necesitaba conocer la mujer». + </p> + <p> + Al recordar esto sintió la Regenta escrúpulos. ¡Le había + dado la absolución y ella no había dicho nada de su + inclinación a don Álvaro! —«Sí, inclinación. + Ahora que consideraba vencido aquel impulso pecaminoso, quería + mirarlo de frente. Era inclinación. Nada de disfrazar las faltas. + Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos, pero le + parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero, + personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo hombre + de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero + ¿debía haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, ¿no + hubiera sido poner en berlina a don Víctor sin por qué ni + para qué, puesto que ella le era fiel de hecho y de voluntad y se + lo sería eternamente? Y con todo, debió haber especificado más + en aquella parte de la confesión. ¿Estaba bien absuelta? + ¿Podría comulgar tranquila al día siguiente? Eso no, + de ningún modo; no comulgaría; se quedaría en la cama + fingiendo una jaqueca: de tarde iría a reconciliar, y al otro día + la comunión. Este era el mejor plan. La resolución de no + comulgar a la mañana siguiente le dio una alegría de niña; + era como un día de asueto. Podía pasar la noche pensando en + la religión, en la virtud en general, por aquel sistema nuevo, y no + preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor + dignamente. Era una prórroga; un respiro. Y ya no le parecía + impropio dar rienda suelta a su alegría, aquella alegría + causada por fuerzas morales puramente y que tal vez era la alborada del día + esplendoroso de la virtud. + </p> + <p> + »¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en + luz de alegría virtuosa, llena el alma de pájaros que le + cantaban como coros de ángeles dentro del corazón! Así + él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto + garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus + pequeños y... vetustenses. ¡Y qué color de salud! + </p> + <p> + »¡Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! ¿Cómo + no sería Obispo el Magistral? ¡Quién sabe! ¿Por + qué era ella, aunque digna de otro mundo, nada más que una + señora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era lo de + menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese pajarillo no + tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y volaré + con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro, + radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió + a la realidad. Todo quedó en la sombra. El sol ocultaba entre nubes + pardas y espesas, detrás de la cortina de álamos, el + último pedazo de su lumbre que se le había quedado atrás, + como un trapillo de púrpura. La sombra y el frío fueron + repentinos. Un coro estridente de ranas despidió al sol desde un + charco del prado vecino. Parecía un himno de salvajes paganos a las + tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta recordó las + carracas de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo + misterioso y se rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito + horrísono. + </p> + <p> + —¡Petra! ¡Petra!—gritó. + </p> + <p> + Estaba sola. ¿Adónde había ido su doncella? + </p> + <p> + Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raíz + gruesa, que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un + palmo de su vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que + aquel sapo había estado oyéndola pensar y se burlaba de sus + ilusiones. + </p> + <p> + —¡Petra! ¡Petra! La doncella no respondía. El + sapo la miraba con una impertinencia que le daba asco y un pavor tonto. + </p> + <p> + Llegó Petra. Venía sudando, muy encarnada, con la respiración + fatigosa. Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como había + visto tan ensimismada a la señora, se había llegado al + molino de su primo Antonio que estaba allí cerca, a un tiro de + fusil. + </p> + <p> + Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió + aquella mirada de inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba + enamorado de la doncella; el ama lo sabía. Petra pensaba casarse + con él, pero más adelante cuando fuera más rico y + ella más vieja. De vez en cuando iba a verle para que no se apagase + aquel fuego con que ella contaba para calentarse en la vejez. Miraba el + molino como una caja de ahorros donde ella iba depositando sus economías + de amor. Ana sin saber por qué, sintió un poco de ira. + «¿Cómo serían aquellos amores de Petra y el + molinero? ¿Qué le importaba a ella...?». Pero la + manera de mirar a Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo + descompuesto, la fatiga que no podía ocultar, el sudor, el color de + sus mejillas, revelaba una curiosidad que quería ocultar en vano la + Regenta. «¿Qué había hecho en el molino aquella + mujer?». Este pensamiento baladí, obsesión estúpida + que era casi un dolor, absorbía toda la atención de Ana, a + su pesar. + </p> + <p> + —Vamos, vamos, que es tarde.—Sí, señora; es + tarde. Entraremos en casa cuando ya estén encendidos los faroles. + </p> + <p> + —No, no tanto.—Ya verá usted.—Si no te hubieras + detenido en la fragua de tu primo.... + </p> + <p> + —¿Qué fragua? Es un molino, señora. + </p> + <p> + A Petra le supo a malicia lo que era una equivocación. + </p> + <p> + Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurecía. La luz + amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas + polvorientas de las raquíticas acacias que adornaban el boulevard, + nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo. + </p> + <p> + —¿Cómo me has traído por aquí? + </p> + <p> + —¿Qué importa? Petra se encogió de hombros. En + vez de subir por la calle del Águila habían dado un rodeo y + entraban por una de las pocas calles nuevas de Vetusta, de casas de tres + pisos, iguales, cargadas de galerías con cristales de colores + chillones y discordantes. La acera de tres metros de anchura, una acera + hiperbólica para Vetusta, estaba orlada por una fila de faroles en + columna, de hierro pintado de verde, y por otra fila de árboles, + prisioneros en estrecha caja de madera, verde también. Por esto se + llamaba <i>El boulevard</i>, o lo que era en rigor, <i>Calle del Triunfo + de 1836</i>. Al anochecer, hora en que dejaban el trabajo los obreros, se + convertía aquella acera en paseo donde era difícil andar sin + pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras, planchadoras, + ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros, zapateros, sastres, + carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar otras muchas + clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del Triunfo y + paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras con + estridente sonsonete. + </p> + <p> + Había comenzado aquel paseo años atrás como una + especie de parodia; imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, + las conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes + se fingían caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada + jactancia. Poco a poco la broma se convirtió en costumbre y merced + a ella la ciudad solitaria, triste de día, se animaba al comenzar + la noche, con una alegría exaltada, que parecía una excitación + nerviosa de toda la «pobretería», como decían + los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de los talleres que salía + al aire libre; los músculos se movían por su cuenta, a su + gusto, libres de la monotonía de la faena rutinaria. Cada cual, + además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho + algo útil, de haber trabajado. Las muchachas reían sin + motivo, se pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al + pasar los grupos de obreros crecía la algazara; había golpes + en la espalda, carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, + de falso pudor, no por hipocresía, sino como si se tratara de un + paso de comedia. Los remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se + exponía a salir con las mejillas ardiendo. Las virtudes que había + allí sabían defenderse a bofetadas. En general, se movía + aquella multitud con cierto orden. Se paseaba en filas de ida y vuelta. + Algunos señoritos se mezclaban con los grupos de obreros. A ellas + les solía parecer bien un piropo de un estudiante o de un hortera; + pero la indignación fingida era mayor cuando un <i>levita</i> se + propasaba y siempre acompañaba a la protesta del pudor el sarcasmo. + Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al volver + a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas, + suponiendo que el <i>futraque</i> tenía <i>carpanta</i>, o sea + hambre. A lo sumo concedían que comería cañamones. + Los expertos no se aturdían por estos improperios convencionales, + que eran allí el buen tono; insistían y acababan por sacar + tajada, si la había. La virtud y el vicio se codeaban sin escrúpulo, + iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque había + algunas jóvenes limpias, de aquel montón de hijas del + trabajo que hace sudar, salía un olor picante, que los habituales + transeúntes ni siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un + olor de miseria perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo + respiraban muchas mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras + delicadas, dulces, pero todas mal vestidas, mal lavadas las más, + mal peinadas algunas. El estrépito era infernal; todos hablaban a + gritos, todos reían, unos silbaban, otros cantaban. Niñas de + catorce años, con rostro de ángel, oían sin turbarse + blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír como + locas. Todos eran jóvenes. El trabajador viejo no tiene esa alegría. + Entre los hombres acaso ninguno había de treinta años. El + obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegría + expansiva, sin causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios. + </p> + <p> + Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se podía + salir de la acera. Había mucho lodo y pasaban carros y coches sin + cesar; era la hora del correo y aquel el camino de la estación. + </p> + <p> + Los grupos se abrían para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes más + osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza + bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía + admiración y respeto. + </p> + <p> + Las chalequeras no murmuraban ni reían al pasar Ana. + </p> + <p> + —¡Es la Regenta!—¡Qué guapa es! Esto decían + ellas y ellos. Era una alabanza espontánea, desinteresada. + </p> + <p> + —¡Olé, salero! ¡Viva tu mare!—se atrevió + a gritar un andaluz con acento gallego. + </p> + <p> + Su entusiasmo le costó una <i>galleta</i>—un coscorrón—de + un su amigo, más respetuoso. + </p> + <p> + —¡So bruto, mira que es la Regenta! + </p> + <p> + Era popular su hermosura. A Petra también le decían los + pollastres que era un arcángel; iba contenta. Ana sonreía y + aceleraba el paso. + </p> + <p> + —Dónde nos hemos metido...—¿Qué importa? + ya ve usted que no se la comen. + </p> + <p> + Muchas señoritas podrían aprender crianza de estos + pela-gatos. + </p> + <p> + Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales + horas, pero en esta ocasión, con una especie de doble vista, creía + ver, sentir allí, en aquel montón de ropa sucia, en el mismo + olor picante de la <i>chusma</i>, en la algazara de aquellas turbas, una + forma de placer del amor; del amor que era por lo visto una necesidad + universal. También había cuchicheos secretos, al oído, + entre aquel estrépito; rostros lánguidos, ceños de + enamorados celosos, miradas como rayos de pasión.... Entre aquel + cinismo aparente de los diálogos, de los roces bruscos, de los + tropezones insolentes, de la brutalidad jactanciosa, había flores + delicadas, verdadero pudor, ilusiones puras, ensueños amorosos que + vivían allí sin conciencia de los miasmas de la miseria. + </p> + <p> + Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pensó + en sí misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibición + absoluta del placer, y se tuvo esa lástima profunda del egoísmo + excitado ante las propias desdichas. «Yo soy más pobre que + todas estas. Mi criada tiene a su molinero que le dice al oído + palabras que le encienden el rostro; aquí oigo carcajadas del + placer que causan emociones para mí desconocidas...». + </p> + <p> + En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Había un + drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno, + vestido con blusa azul, gritaba: + </p> + <p> + —¡La mato! ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla. + </p> + <p> + Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El + mozo echaba fuego por los ojos. + </p> + <p> + —¿Qué es eso?—preguntó Petra. + </p> + <p> + —Nada—dijo uno—celucos.—Sí—gritó + una joven—pero si ella se descuida la ahoga. + </p> + <p> + —Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul salió + del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto a + la Regenta la miró cara a cara, distraído, pensando en su + venganza; pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un + contacto violento. ¡Eran los <i>celucos</i>! ¡Así + miraban los celos! Era una belleza infernal, sin duda, la de aquellos + ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana! + </p> + <p> + Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del + Comercio. De las tiendas salían haces de luz que llegaban al arroyo + iluminando las piedras húmedas cubiertas de lodo. Delante del + escaparate de una confitería nueva, la más lujosa de + Vetusta, un grupo de <i>pillos</i> de ocho a doce años discutían + la calidad y el nombre de aquellas golosinas que no eran para ellos, y + cuyas excelencias sólo podían apreciar por conjeturas. + </p> + <p> + El más pequeño lamía el cristal con éxtasis + delicioso, con los ojos cerrados. + </p> + <p> + —Esa se llama <i>pitisa</i>—dijo uno en tono dogmático. + </p> + <p> + —¡Ay qué farol!; si eso es un <i>pionono</i>, si sabré + yo.... + </p> + <p> + También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía + apretada la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a + los niños pobres admirar los dulces o los juguetes de los + escaparates. No eran para ellos; esto le parecía la más + terrible crueldad de la injusticia. Pero, además, ahora aquellos + granujas discutiendo el nombre de lo que no habían de comer, se le + antojaban compañeros de desgracia, hermanitos suyos, sin saber por + qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse por todo la + asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa». + </p> + <p> + —Corre, Petra, corre—dijo con voz muy débil. + </p> + <p> + —Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen + seña... sí, a nosotras es. Ah, son ellos, sí...—¿Quién?—El + señorito Paco y don Álvaro. + </p> + <p> + Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía. + </p> + <p> + —¿Dónde están? A ver si podemos, antes que.... + </p> + <p> + Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de + ellas. El Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, + que era una de sus maneras de <i>hacer esprit</i>, como decía ya el + mismo Ronzal. Mesía saludó muy formalmente. + </p> + <p> + De la confitería nueva salían chorros de gas que + deslumbraban a los vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de + gas. Don Álvaro veía a la Regenta envuelta en aquella + claridad de batería de teatro y notó en la primer mirada que + no era ya la mujer distraída de aquella tarde. Sin saber por qué, + le había desanimado la mirada plácida, franca, tranquila de + poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida, rápida, + miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de + Ana, el triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba + de verse animado. Sin fe en sí mismo no daría un paso. Y había + que dar muchos y pronto». + </p> + <p> + En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos + se aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están + concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas + pobres, que son las más, no se resignan a enseñar el mismo + vestido una tarde y otra y siempre. De noche es otra cosa; se sale de + trapillo, se recorre la parte nueva, la calle del Comercio, la plaza del + Pan, que tiene soportales, aunque muy estrechos, el boulevard un poco más + tarde, cuando ya está durmiendo la <i>chusma</i>. Y el pretexto es + comprar algo. ¡En una casa hacen falta tantas cosas! Se entra en las + tiendas, pero se compra poco. La calle del Comercio es el núcleo de + estos paseos nocturnos y algo disimulados. Los caballeros van y vienen por + la ancha acera y miran con mayor o menor descaro a las damas sentadas + junto al mostrador. Con un ojo en las novedades de la estación y + con otro en la calle, regatean los precios, y cazan lisonjas y señas + al vuelo. Los mancebos son casi todos catalanes; pero pronuncian el + castellano con suficiente corrección. Son amables, guapos casi + todos. Los más tienen la barba cortada a lo Jesucristo. Muchos ojos + negros almibarados y rosas en las mejillas. Inclinan la cabeza con una + languidez entre romántica y cachazuda; aquello lo mismo puede + significar: «Señorita, <i>abrigo</i> una pasión + secreta, que...». «Señorita, ni la paciencia de Job... + pero tendré paciencia». + </p> + <p> + —¡Oh, le estoy cansando a usted!—dice Visitación + a un rubio con cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta + piezas de percal. + </p> + <p> + —¡Ah, no señora! Es mi obligación... y además + lo hago con la mejor voluntad.... «El mancebo ha de ser incansable, + para eso está allí». + </p> + <p> + Visitación siempre tiene que hacer un mandilón para la + criada, pero no se decide nunca. Otras noches es ella la que está + desnuda. + </p> + <p> + —«Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo». + </p> + <p> + El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado + a la dama delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los + rigores de una nevada.... + </p> + <p> + —«¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material!»—responde + ella, turbándose como una niña aturdida que sospecha haber + sido indiscreta, y clava en el mancebo los ojos risueños, + arrugaditos, que Visitación cree que echan chispas. El catalán + finge que se deja seducir por aquellos ojos y en cada vara rebaja un perro + chico. + </p> + <p> + Visitación triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió + a Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que + podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío. + </p> + <p> + Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de <i>El Lábaro</i>, + no saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y + les queda tiempo para <i>marear</i> a los horteras y tomar varas al sesgo + (frase de Orgaz) de los señoritos que pasean por la acera + disputando en voz alta para anunciar su presencia. Domina allí una + alegría bulliciosa, la alegría sin motivo que es la más + expansiva y contentadiza. ¿Quién lo diría? No sólo + <i>el elemento joven de ambos sexos</i> (de <i>El Lábaro</i>) sino + las personas formales; magistrados, catedráticos, autoridades, + abogados, hasta clérigos, están deseando todo el día, + sin darse cuenta, la hora de las tiendas, los días que <i>hace + bueno</i> y pueden las damas «decorosamente» coger la mantilla + y echarse a la calle. Es aquella una hora de cita que, sin saberlo ellos + mismos, se dan los vetustenses para satisfacer la necesidad de verse y + codearse, y oír ruido humano. Es de notar que los vetustenses se + aman y se aborrecen; se necesitan y se desprecian. Uno por uno el + vetustense maldice de sus conciudadanos, pero defiende el carácter + del pueblo <i>en masa</i>, y si le sacan de allí suspira por + volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo menos + así lo llama don Saturnino, hay además el atractivo que le + presta la fantasía. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento + lleno de deudas, y un farol aquí, otro a cincuenta pasos (si no + hace luna; en las noches románticas no hay gas) no deslumbran ni + quitan a la noche su misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, según + su imaginación, atribuye a los que pasan la figura que quiere. + </p> + <p> + —Parecen otras las chicas—dicen los pollos. + </p> + <p> + Los vetustenses gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir + de su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que después no son + nuevas. + </p> + <p> + —¿Quién son ésas?—y resulta que son las + de Mínguez, es decir, las eternas Mínguez, las de ayer, las + de antes de ayer, las de siempre. ¡Pero mientras la ilusión + dura!... En los pueblos donde pocas veces se tienen espectáculos + gratuitos lo es y más interesante el de contemplarse mutuamente. Un + paseo, <i>cogido por los cabellos</i>, es un placer delicado, intenso que + gozan con delicia inefable las masas proletarias de la honrada clase media + española. + </p> + <p> + Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas + recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón + o por la calle del Comercio; y niña casadera que tiene para ocho días + con una flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y + que saborea a sus solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días + mortales, detrás del cristal que azota la lluvia incansable. Así + se explica aquel entrar y salir en los comercios, aquel reír por + cualquier cosa, aquel encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la + diablura de un estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. + Todo es movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste + silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido, + cabizbajo, lleno de unción (de <i>El Lábaro</i>), a los + sermones, a las novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al + miserere. Ana creía ver en cada rostro la llama de la poesía. + Las vetustenses le parecían más guapas, más + elegantes, más seductoras que otros días: y en los hombres + veía aire distinguido, ademanes resueltos, corte romántico; + con la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según + pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas, + costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, + obreros, estudiantes y militares de la reserva. + </p> + <p> + Sólo ella no tenía amor; ella y los niños pobres que + lamían los cristales de las confiterías eran los + desheredados. Una ola de rebeldía se movía en su sangre, + camino del cerebro. Temía otra vez el ataque. + </p> + <p> + —«¿Qué era aquello, Señor, qué era + aquello?». ¿Por qué en día semejante, cuando su + espíritu acababa de entrar en vida nueva, vida de víctima, + pero no de sacrificio estéril, sin testigos, si no acompañado + por la voz animadora de un alma hermana; por qué en ocasión + tan importuna se presentaba aquel afán de sus entrañas, que + ella creía cosa de los nervios, a mortificarla, a gritar ¡guerra! + dentro de la cabeza, y a volver lo de arriba abajo? ¿No había + estado en la fuente de Mari—Pepa entregada a la esperanza de la + virtud? ¿No se abrían nuevos horizontes a su alma? ¿No + iba a vivir para algo en adelante? ¡Oh! ¡quién le + hubiera puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó + con la de un hombre. Sintió un calor dulce y un contacto pegajoso. + No era el Magistral. Era don Álvaro, que venía a su lado + hablando de cualquier cosa. Ella apenas le oía, ni quería + atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura moral, que lamentaba + para sus adentros, en tanto que veía a las jóvenes y a las + jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas deslumbrantes + de gas. Don Álvaro opinaba lo contrario, que bastaba su presencia y + su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener idea de lo que + Mesía pensaba del prestigio de su <i>físico</i>, hay que + figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede + echar chispas. Él se creía una máquina eléctrica + de amor. La cuestión era que la máquina estuviese preparada. + Era fatuo hasta ese extremo, pero dígase en su abono que nadie lo + sabía, y que podía citar numerosos hechos que acreditaban el + motivo de aquella vanidad monstruosa. Se creía hombre de talento—«él + era principalmente un político»—; confiaba en su + experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero humildemente + se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado con el + prestigio de su belleza corporal. «Para seducir a mujeres gastadas, + ahítas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no basta la + figura, ni es lo principal siquiera; pero las vírgenes <i>honradas</i> + (conocía él otra clase) y las casadas honestas se rinden al + buen mozo». + </p> + <p> + —No conozco seductores corcovados ni enanos—decía, + encogiéndose de hombros, las pocas veces que con sus amigos + íntimos hablaba de estas cosas: solía ser después de + cenar fuerte—. ¿Se me habla de extravíos del gusto? + Eso es lo excepcional. Pero nadie querrá ser en el amor lo que es + el asafétida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de la + decadencia.... + </p> + <p> + Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas técnico-escandalosas. + Describía todas las aberraciones de la lubricidad femenil en lo + antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No había nada + nuevo. «Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas, + lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de + Cerbatana». Paco padecía distracciones cada vez que se + remontaba a la historia antigua. Esta Cerbatana era Ecbátana, pero + él la llamaba así por equivocación indudablemente. Ya + sabía a qué ciudad se refería. Era una que tenía + muchas murallas de colores diferentes. Lo había leído en la + <i>Historia de la prostitución</i>; en la de Dufour no, en otra que + conocía también. Era un sabio. + </p> + <p> + —Yo he leído—añadía don Álvaro en + casos tales—que ha habido princesas y reinas encaprichadas y <i>metidas</i> + con monos, así como suena, monos. + </p> + <p> + —Sí señor—acudía Paco a decir—, lo + afirma Víctor Hugo en una novela que en francés se llama <i>El + hombre que ríe</i> y en español <i>De orden del rey</i>. + </p> + <p> + —Pero fuera de eso, que es lo excepcional—continuaba Mesía + diciendo—hay que desengañarse, lo que buscan las mujeres es + un buen <i>físico</i>. + </p> + <p> + —Eso creo yo—solía afirmar Ronzal—la mujer es así + <i>urbicesorbi</i> (en todas partes, en el latín de Trabuco.) + </p> + <p> + Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no + lo confesaba a nadie. Como en él lo principal era el político, + transigía con la religión de los mayores de Paco y se reía + de la separación de la Iglesia y el Estado. Es más, le parecía + de mal tono llevar la contraria a los católicos de buena fe. En París + había aprendido ya en 1867, cuando fue a la exposición, que + lo <i>chic</i> era el creer como el carbonero. Sport y catolicismo, esta + era la moda que continuaba imperando. Pero es claro que lo de creer era + decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni + bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte. + Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de + todo cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar + de haber corrido tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: + «¡Bah! todo eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, + bueno era <i>ilustrarse</i>, fundar en algo aquel materialismo que tan + bien casaba con sus demás ideas respecto del mundo y la manera de + explotarlo. Había pedido a un amigo libros que le probasen el + materialismo en pocas palabras. Empezó por aprender que ya no había + tal metafísica, idea que le pareció excelente, porque + evitaba muchos rompecabezas. Leyó <i>Fuerza y materia</i> de + Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron; + hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y + precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era + <i>chic</i>. También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt + traducidos, cubiertos con papel de color de azafrán. No entendió + mucho pero se iba al grano: todo era masa gris; corriente, lo que él + quería. Lo principal era que no hubiese infierno. También + leyó en francés el poema de Lucrecio <i>De rerum natura</i>: + llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era + muy largo. Ya no veía más que átomos, y su buena + figura era un feliz conjunto de moléculas en forma de gancho para + prender a todas las mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así + estaba por dentro Mesía en punto a creencias, pero a estos subterráneos + no había llegado el mismo Paco, que era buen católico, según + Mesía. Aquello era para él solo, mientras estaba en Vetusta. + En sus viajes a París sacaba el fondo del baúl y el fondo + del materialismo. A sus queridas, cuando no eran demasiado beatas y + estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus ideas acerca del + átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil + de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se convencía + de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don + Álvaro. Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo + solía decir don Álvaro con una llama en los ojos muy + abiertos: + </p> + <p> + —«¡Qué mujer aquella!».—Y suspiraba. + Aquella mujer nunca había sido una vetustense. Las vetustenses + tampoco creían en la metafísica, no sabían de ella, + pero no pasaban por ciertas cosas. + </p> + <p> + Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia + bastaba para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que + él mismo creía. Las palabras eran por entonces, y sin + perjuicio, lo de menos. Él también solía hablar con + elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras circunstancias; más + adelante. + </p> + <p> + Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de + Petra, que se mirlaba hablando con el Marquesito. En materia de amor la + criada no creía en las clases y concebía muy bien que un + noble se encaprichara y se casase con ella verbigracia. No decía + que don Paquito estuviera en tal caso, ni mucho menos; pero le alababa el + pelo de oro y la blancura del cutis, y por algo se empieza. + </p> + <p> + —Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana—decía + don Álvaro. + </p> + <p> + Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto + por lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada + la ocasión oportuna. + </p> + <p> + —Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto! + </p> + <p> + —Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte. + </p> + <p> + —Será que usted no se fija en mí; bastante salgo. + </p> + <p> + Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella + quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los + hombres; ¡pero ella, Ana! + </p> + <p> + Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía + aquella señora? ¿Provocar una conversación para + aludir a lo que había entre ellos, que en rigor no era nada que + mereciese comentarios? ¿Debía él extrañar + aquella inadvertencia de Ana? ¡Que no se fijaba en ella! ¿Era + coquetería vulgar o algo más alambicado que él no se + explicaba? ¿Quería dar por nulo todo lo que ambos sabían, + las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el teatro, en el paseo? + ¿Quería negar valor a las miradas fijas, intensas, que a + veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse? + </p> + <p> + El primer impulso de Ana había sido inconsciente. + </p> + <p> + Había hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero + después pensó que aquella respuesta podía servir para + desanimar a Mesía dándole a entender que ella no había + entrado en aquel pacto de sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era + demasiado negar, era negar la evidencia. + </p> + <p> + Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó + lo menos ridículo «hacerse el interesante», según + el estilo que empleaban los vetustenses para tales materias. Y dijo con el + tono de una galantería vulgar, obligada: + </p> + <p> + —Señora, usted donde quiera tiene que llamar la atención, + aun del más distraído. + </p> + <p> + Y como esto le pareció cursi y algo anfibológico, añadió + algunas palabras, no menos vulgares y frías. + </p> + <p> + No comprendía él todavía que aquello de <i>hacerse el + interesante</i>, si hubiera sido ridículo tratándose de + otras mujeres, era la mejor arma contra la Regenta. Ana lo olvidó + todo de repente para pensar en el dolor que sintió al oír + aquellas palabras. «¿Si habré yo visto visiones? + ¿Si jamás este hombre me habrá mirado con amor; si + aquel verle en todas partes sería casualidad; si sus ojos estarían + distraídos al fijarse en mí? Aquellas tristezas, aquellos + arranques mal disimulados de impaciencia, de despecho, que yo observaba + con el rabillo del ojo—¡ay! ¡sí, esto era lo + cierto, con el rabillo!—¿serían ilusiones mías, + nada más que ilusiones? ¡Pero si no podía ser!». + Y sentía sudores y escalofríos al imaginarlo. Nunca, nunca + accedería ella a satisfacer las ansias que aquellas miradas le + revelaban con muda elocuencia; sería virtuosa siempre, consumaría + el sacrificio, su don Víctor y nada más, es decir, nada; + pero la nada era su dote de amor. ¡Mas renunciar a la tentación + misma! Esto era demasiado. La tentación era suya, su único + placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería + dejarse tentar! + </p> + <p> + La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le + parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba + llenando de vacío. «¡No, no; la tentación era + suya, su placer el único! ¿Qué haría si no + luchaba? Y más, más todavía, pensaba sin poder + remediarlo, ella no debía, no podía querer; pero ser querida + ¿por qué no? ¡Oh de qué manera tan terrible + acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día + en que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el + confesor que le decía que era tan fácil la virtud! Sí, + era fácil, bien lo sabía ella, pero si le quitaban la + tentación no tendría mérito, sería prosa pura, + una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía...». + </p> + <p> + Don Álvaro, que si no era tan buen político como se + figuraba, de diplomacia del galanteo entendía un poco, comprendió + pronto que, sin saber cómo, había acertado. + </p> + <p> + En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, notó + que le había hecho efecto la sequedad de la vulgarísima + galantería. «¿Esperaba ya una declaración? + ¡Pero si mañana va a comulgar! ¿Qué mujer es + esta? ¡Una hermosísima mujer!»—añadió + el materialista en sus adentros al mirarla a su lado con llamas en los + ojos y carmín en las mejillas. + </p> + <p> + Habían llegado al portal del caserón de los Ozores, y se + detuvieron. El farol dorado que pendía del techo alumbraba apenas + el ancho zaguán. Estaban casi a obscuras. Hacía algunos + minutos que callaban. + </p> + <p> + —¿Y Petra? ¿Y Paco?—preguntó la Regenta + alarmada. + </p> + <p> + —Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina. + </p> + <p> + Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la + lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la + Regenta, y sin poder contenerse, fuera de su plan, <i>natura naturans</i>, + exclamó: + </p> + <p> + —¡Qué monísima! ¡qué monísima! + </p> + <p> + Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin + alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo + importaba más que una flor insípida, y no era una + desfachatez. Podía tomarse por una declaración, por una + brutalidad de la naturaleza excitada, por todo, menos por una osadía + impertinente, imposible en el más cumplido caballero. + </p> + <p> + Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando + en la sombra, buscando a don Álvaro que había retrocedido un + paso en la obscuridad, le pagaron con creces las delicias que aquellas + palabras dejaron caer como lluvia benéfica en el alma de la + Regenta. + </p> + <p> + —Es mía—pensó don Álvaro con deleite + superior al que él mismo esperaba en el día del triunfo. + </p> + <p> + —¿Quieren ustedes subir a descansar?—preguntó la + dama a los caballeros, al ver llegar a Paco. + </p> + <p> + —No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte. + </p> + <p> + —¿A buscarme?—Sí; ¿no te lo ha dicho ese? + Hoy vas al teatro con nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don + Pedro Calderón de la Barca, el ídolo de tu marido. ¿No + sabes? Ha venido un actor de Madrid, Perales, muy amigo mío, que + imita a Calvo muy bien. Hoy hacen <i>La vida es Sueño</i>... + ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá + se empeña. Espera vestida. + </p> + <p> + —Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar.... + </p> + <p> + —¿Eso qué importa?—¡Vaya si importa!—Lo + dejas para otro día. En fin, ya arreglarás eso con mamá; + porque ella viene a buscarte. + </p> + <p> + Y sin atender a más, salió del portal el aturdido + Marquesito. + </p> + <p> + Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. + «Ya sabía a qué atenerse; era aquel. Por lo menos + aquel era uno. El Marquesito la había entretenido a ella para dejar + solos a los otros. Se le conocía en que estaba tan frío. No + le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro». Escuchó. + Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y + muy humilde. + </p> + <p> + —¿Irá usted al teatro? + </p> + <p> + —No, de fijo no—contestó la Regenta, cerrando detrás + de sí la puerta y entrando en el patio. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="Xmdash" id="Xmdash"></a>—X— + </h2> + <p> + A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando + chispas por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza + Nueva y se detenía delante del caserón arrinconado. + </p> + <p> + La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy + mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte + empolvado de blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas + con estrépito. + </p> + <p> + —¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has + vestido? + </p> + <p> + —¡Qué terca!—exclamó Paquito, que acompañaba + a su madre. + </p> + <p> + Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, + dando a entender que no era responsable de aquella terquedad. + </p> + <p> + «Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se + abrochaba los guantes y lucía su levita de tricot muy ajustada. + </p> + <p> + Ana sonrió a la Marquesa.—Pero, señora, si es una + locura. ¿Por qué se ha molestado usted? + </p> + <p> + —¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya + que me he molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! + arriba; o aquí mismo, delante de estos señores te peino, te + calzo y te visto. + </p> + <p> + —Eso es—dijo Paco—te vestimos, te peinamos.... + </p> + <p> + Don Víctor instó también. + </p> + <p> + —<i>La vida es Sueño</i>, hija mía, es el portento de + los portentos del teatro.... Es un drama simbólico... filosófico. + </p> + <p> + —Sí, ya sé, Quintanar.... + </p> + <p> + —Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales. + </p> + <p> + —Y que habrá tanta gente—añadió la + Marquesa. + </p> + <p> + —Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera.... ¿No + voy otras veces? ¡Pero si mañana tengo que comulgar! + </p> + <p> + —¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? + ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú al teatro a pecar? + </p> + <p> + —¡El arte es una religión!—advirtió don Víctor + consultando el reloj, temeroso de perder lo de + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Hipógrifo violento que corriste + parejas con el viento.</span><br /> + </p> + <p> + Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué + escándalo!». + </p> + <p> + —Pero, niña—prosiguió—demasiado nos honra + la Marquesa. + </p> + <p> + —¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de + venir. + </p> + <p> + —No señora; es inútil insistir. + </p> + <p> + Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también + quería ver empezar, cedió y se llevó a don Víctor, + que hizo algunos remilgos. + </p> + <p> + —Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.—¡No + faltaba más! —exclamó la Regenta asustada—. + ¿No vas otras noches? + </p> + <p> + Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel + drama de dramas. + </p> + <p> + Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de + campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con + colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros días + tantos folletines la señorita doña Anunciación + Ozores, que en paz descansa. Ahora no había allí fuego; la + hornilla, descubierta, era un agujero de tristeza. + </p> + <p> + Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró + y salió muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, + sin mover los párpados, a la hornilla negra y fría. La + doncella se comía con los ojos a la señora. «¡No + va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me + necesitará?». + </p> + <p> + —¿Querrá algo la señora?—preguntó. + </p> + <p> + Sobresaltada la Regenta, respondió: + </p> + <p> + —¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete. + </p> + <p> + «Después de todo, era una tontería haber dado aquel + desaire a la Marquesa, estando decidida a no comulgar al día + siguiente. Pero, ¿y por qué no había de comulgar? + ¿Era ella una beata con escrúpulos necios? ¿Qué + tenía que echarse en cara? ¿En qué había + faltado? Todo Vetusta en aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, música, + alegría; y ella sola, sola, allí en aquel comedor obscuro, + triste, frío, lleno de recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasión + de dar pábulo a una pasión que halagaría a la mujer más + presuntuosa. ¿Era esto pecar? Nada tenía ella que ver con + don Álvaro. Podía él estar todo lo enamorado que + quisiera, pero ella jamás le otorgaría el favor más + insignificante. Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. + ¿Qué había que confesar? Nada. ¿Para qué + reconciliar? Para nada. Podía comulgar sin miedo; sí, + madrugaría, comulgaría. ¡Pero bastaba, bastaba por + Dios, de pensar en aquello! Se volvía loca. Aquel continuo estudiar + su pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas + inocentes, de malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía + a los que la vida le había traído y seguía trayendo + sin buscarlos. Pero ¿qué había de hacer sino cavilar + una mujer como ella? ¿En qué se había de divertir? + ¿En cazar con liga o con reclamo como su marido? ¿En plantar + eucaliptus donde no querían nacer, como Frígilis?». + </p> + <p> + En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo, entregados + unos al vicio, otros a cualquier manía, pero todos satisfechos. Sólo + ella estaba allí como en un destierro. «Pero ¡ay! era + una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual + suspirar. Había vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra + vez, y en Valladolid; don Víctor siempre con ella; ¿qué + había dejado ni a orillas del Ebro, el río del Trovador, ni + a orillas del Genil y el Darro? Nada; a lo más, algún conato + de aventura ridícula. Se acordó del inglés que tenía + un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de ella y le regaló + la piel del tigre cazado en la India por sus criados. Había sabido + más adelante que aquel hombre, que en una carta—que ella rasgó—la + juraba ahorcarse de un árbol histórico de los jardines del + Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesía y voluptuosa + frescura', aquel pobre Mr. Brooke se había casado con una gitana + del Albaicín. Buen provecho; pero de todas maneras era una aventura + estúpida. La piel del tigre la conservaba, por el tigre, no por el + inglés». Esta historia no la sabía bien Obdulia; creía + que se trataba de un norte-americano; se lo había dicho Visitación... + </p> + <p> + «¿Por qué no había ido al teatro? Tal vez allí + hubiera podido alejar de sí aquellas ideas tristes, desconsoladoras + que se clavaban en su cerebro como alfileres en un acerico. Si estaba + siendo una tonta. ¿Por qué no había de hacer lo que + todas las demás?». En aquel instante pensaba como si no + hubiera en toda la ciudad más mujeres honestas que ella. Se puso en + pie; estaba impaciente, casi airada. Miró a la llama de la lámpara + suspendida sobre la mesa.... La ofendía aquella luz. Salió + del comedor; entró en su gabinete; abrió el balcón, + apoyó los codos en el hierro y la cabeza en las manos. La luna + brillaba en frente, detrás de los soberbios eucaliptus del <i>Parque</i>, + plantados por Frígilis. Duraba aquel viento sur blando, templado, + perezoso; a veces ráfagas vivas movían como sonajas de + panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre metálico. + Eran como estremecimientos de aquella naturaleza próxima a dormir + su sueño de invierno. + </p> + <p> + Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas, + melancólicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. + Todo desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la + niebla tenue que se cernía sobre Vetusta, y parecía el + cuerpo del viento blando y caliente. Miró al cielo, a la luz grande + que tenía en frente, sin saber lo que miraba; sintió en los + ojos un polvo de claridad argentina; hilo de plata que bajaba desde lo + alto a sus ojos, como telas de araña; las lágrimas + refractaban así los rayos de la luna. + </p> + <p> + «¿Por qué lloraba? ¿A qué venía + aquello? También ella era bien necia. Tenía miedo de estos + enternecimientos que no servían para nada». La luna la miraba + a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los eucaliptus de Frígilis + inclinando leve y majestuosamente su copa, se acercaban unos a otros, + cuchicheando, como diciéndose discretamente lo que pensaban de + aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin amor, que había + jurado fidelidad eterna a un hombre que prefería un buen macho de + perdiz a todas las caricias conyugales. + </p> + <p> + «Aquel Frígilis, el de los eucaliptus, había tenido la + culpa. Se lo había metido por los ojos. Y hacía ocho años + y todavía pensaba en esta mala pasada de Frígilis como si + fuera una injuria de la víspera. ¿Y si se hubiera casado con + don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel. ¡Pero aquel don Víctor + era tan bueno, tan caballero! Parecía un padre, y aparte la fe + jurada, era una villanía, una ingratitud engañarle. Con don + Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido más + remedio. ¡Sería tan brutal, tan grosero! Don Álvaro + entonces la hubiera robado, sí, y estarían al fin del mundo + a estas horas. Y si Redondo se incomodaba, tendría que batirse con + Mesía». Ana contempló a don Frutos, el mísero + tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre, como la + que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi negra, + muy espesa y con espuma... + </p> + <p> + «¡Qué horror!». Tuvo asco de aquella imagen y de + las ideas que la habían traído. + </p> + <p> + «¡Qué miserable soy en estas horas de desaliento! + ¡Qué infamias estoy pensando!...». Se ahogaba en el + balcón. Quiso bajar a la huerta, al <i>Parque</i>; sin pedir luz ni + encenderla, alumbrada por la luna, atravesó algunas habitaciones + buscando la escalera del parterre; pero al pasar cerca del despacho de + Quintanar, cambió de propósito y se dijo: «Entraré + ahí; ese debe de tener fósforos sobre la mesa. Voy a + escribir al Magistral; le diré que me espere mañana de + tarde; necesito reconciliar; yo no puedo recibir la comunión así; + se lo contaré todo, todo, lo de dentro, lo de más adentro + también». + </p> + <p> + El despacho estaba a obscuras; allí no entraba la luna. Ana avanzó + tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepintió + de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un + pie cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrás. + Dio un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las + manos de avanzada para evitar un choque.... + </p> + <p> + —¡Ay! ¡Jesús! ¿Quién va? ¿quién + es? ¿quién me sujeta?—gritó horrorizada. + </p> + <p> + Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que + había cedido a la opresión, y en seguida oyó un + chasquido y sintió dos golpes simultáneos en el brazo, que + quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían la + carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo + para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando: + </p> + <p> + —¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí? + </p> + <p> + Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió + un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en + el pavimento al caer en compañía de otros objetos, + resonantes al chocar con el piso. No se atrevía a coger con la otra + mano las tenazas que la oprimían, y no se libraba de ellas aunque + seguía sacudiendo el brazo. Buscó la puerta, tropezó + mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a tierra; sonaba sin cesar el ruido + de algo que se quebraba o rodaba con estrépito por el suelo. Llegó + Petra con luz. + </p> + <p> + —¡Señora!, ¡señora! ¿qué es + esto? ¡Ladrones!—¡No, calla! Ven acá, quítame + esto que me oprime como unas tenazas. + </p> + <p> + Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación + tan grande como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo. + </p> + <p> + Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que + había caído. + </p> + <p> + Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus + inventores, serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto + acabasen ellos de vencer cierta dificultad de mecánica que + retardaba la aplicación del artefacto. + </p> + <p> + Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado; si + tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica + y otra idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La + fuerza del resorte no era suficiente para matar al ladrón de + corral, pero sí para detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos + sabiamente preparados. Ni Frígilis ni Quintanar querían + sangre; no pretendían más que tener bien sujeto al + delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran sabido + armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la sociedad + protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la Regenta. + Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda del + culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara + sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese + perfecta, más que esto: que los ladrones de gallinas viniesen a + tropezar con el botón del resorte endiablado, como había + tropezado aquella señora. + </p> + <p> + Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron + que destrozar—y buenos sudores les costó—para separarlo + del brazo que magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se + contentó con decir: + </p> + <p> + —¡Qué <i>estropicio</i>!—apuntando a los pedazos + de loza, cristal, y otras materias incalificables que yacían sobre + el piso. + </p> + <p> + —Si hubiera sido yo, me despedía don Víctor.... + ¡Ay, señora! si ha roto usted tres de esos tiestos nuevos... + ¡y el cuadro de las mariposas se ha hecho pedacitos! ¡y se ha + roto una vitrina de herbario! y.... + </p> + <p> + —¡Basta! deja esa luz ahí, vete—interrumpió + la Regenta. + </p> + <p> + Petra insistió gozándose en la disimulada cólera de + su ama. + </p> + <p> + —¿Quiere usted, que traiga árnica, señora? Mire + usted, tiene el brazo amoratado... ya lo creo... apenas mordería + con fuerza ese demonio de guillotina... pero, ¿qué será + eso? ¿usted lo sabe? + </p> + <p> + —Yo... no... no; déjame. Tráeme un poco de agua. + </p> + <p> + —Ya lo creo; y tila, si está usted pálida como una + muerta. ¿Pero por qué andaba usted a obscuras, señora? + ¡Qué susto! ¡pero qué susto!... ¿Qué + demonches de diablura será eso? Pues para cazar gorriones no es.... + Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio. + </p> + <p> + Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la + Regenta; después vino con tila, recogió los restos de los + cachivaches y los puso sobre mesas y armarios como si fueran reliquias + santas. Sentía un júbilo singular viendo aquella ruina de + objetos que ella tenía que considerar como vasos sagrados de un + culto desconocido. + </p> + <p> + —¡Si hubiera sido yo!—repetía entre dientes, al + juntar los últimos pedazos, puesta en cuclillas. + </p> + <p> + Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista + de su irresponsabilidad. + </p> + <p> + Ana bajó a la huerta, olvidada ya de la carta que quería + escribir. Le dolía el brazo. Le dolía con el escozor moral + de las bofetadas que deshonran. Le parecía una vergüenza y una + degradación ridícula todo aquello. Estaba furiosa. «¡Su + don Víctor! ¡Aquel idiota! Sí, idiota; en aquel + momento no se volvía atrás. ¡Qué diría + Petra para sus adentros! ¿Qué marido era aquel que cazaba + con trampa a su esposa?». Miró a la luna y se le figuró + que le hacía muecas burlándose de su aventura. Los árboles + seguían hablándose al oído, murmurando con todas las + hojas; comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, + como decía Petra. + </p> + <p> + «¡Qué hermosa noche! Pero ¿quién era ella + para admirar la noche serena? ¿Qué tenía que ver toda + aquella poesía melancólica de cielo y tierra con lo que le + sucedía a ella?». + </p> + <p> + «Si pensaría Quintanar que una mujer es de hierro y puede + resistir, sin caer en la tentación, manías de un marido que + inventa máquinas absurdas para magullar los brazos de su esposa. Su + marido era botánico, ornitólogo, floricultor, arboricultor, + cazador, crítico de comedias, cómico, jurisconsulto; todo + menos un marido. Quería más a Frígilis que a su + mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático + años atrás, pero ahora completamente <i>ido</i>, intratable; + un hombre que tenía la manía de la aclimatación, que + todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que injertaba + perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y pretendía + que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había + llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en + gallos españoles: ¡Lo había visto ella! Unos + pobrecitos animales con la cresta despedazada, y encima, sujeto con trapos + un muñón de carne cruda, sanguinolenta ¡qué + asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y hacía + tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, + sin más relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía + más; aquello era la gota de agua que hace desbordar... ¡caer + en una trampa que un marido coloca en su despacho como si fuera el monte! + ¡no era esto el colmo de lo ridículo!». + </p> + <p> + La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, + pueril, la hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! + ¡Irritarse de aquel modo por un incidente vulgar, insignificante!». + Y volvió contra sí todo el desprecio. «¿Qué + culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en su despacho? + ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. + ¡Oh! no había pretexto, no había pretexto para la + ingratitud...». + </p> + <p> + «Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía + veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años + de mujer eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando... y no había + gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el + asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único + que vale la pena de vivir, había ella oído y leído + muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba + ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y + furiosa que su luna de miel había sido una excitación inútil, + una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, + ¿para qué ocultárselo a sí misma si a voces se + lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al despertar en su lecho + de esposa, sintió junto a sí la respiración de un + magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que + ya que estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera + con su levita larga de tricot y su pantalón negro de castor; + recordaba que las delicias materiales, irremediables, la avergonzaban, y + se reían de ella al mismo tiempo que la aturdían: el gozar + sin querer junto a aquel hombre le sonaba como la frase del miércoles + de ceniza, <i>¡quia pulvis es!</i> eres polvo, eres materia... pero + al mismo tiempo se aclaraba el sentido de todo aquello que había leído + en sus mitologías, de lo que había oído a criados y + pastores murmurar con malicia.... ¡Lo que aquello era y lo que podía + haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el + consuelo de ser tenida por mártir y heroína.... Recordaba + también las palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña + Águeda (q. e. p. d.) en los primeros días del matrimonio; + recordaba que ella, que jamás decía palabras irrespetuosas a + sus tías, había tenido que esforzarse para no gritar: + «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y + aquello continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en + Zaragoza, en Granada otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la + compadecían. Nada de hijos. Don Víctor no era pesado, eso es + verdad. Se había cansado pronto de hacer el galán y + paulatinamente había pasado al papel de barba que le sentaba mejor. + ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso sí!; + no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero + llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca; + le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear + sus caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados + en vano. De todo aquello resultaba una gran injusticia no sabía de + quién, un dolor irremediable que ni siquiera tenía el + atractivo de los dolores poéticos; era un dolor vergonzoso, como + las enfermedades que ella había visto en Madrid anunciadas en + faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de confesar + aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era + confesarlo». + </p> + <p> + «Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada + que pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban + plateadas, pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño + de luz argentina y caían en las tinieblas que eran la vejez, la + vejez triste, sin esperanzas de amor. Detrás de los vellones de + plata que, como bandadas de aves cruzaban el cielo, venía una gran + nube negra que llegaba hasta el horizonte. Las imágenes entonces se + invirtieron; Ana vio que la luna era la que corría a caer en + aquella sima de obscuridad, a extinguir su luz en aquel mar de tinieblas». + </p> + <p> + «Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el + mundo a abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin + esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!». + </p> + <p> + Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía + que reclamaban con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, + derechos de la carne, derechos de la hermosura. Y la luna seguía + corriendo, como despeñada, a caer en el abismo de la nube negra que + la tragaría como un mar de betún. Ana, casi delirante, veía + su destino en aquellas apariencias nocturnas del cielo, y la luna era + ella, y la nube la vejez, la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. + Tendió las manos al cielo, corrió por los senderos del <i>Parque</i>, + como si quisiera volar y torcer el curso del astro eternamente romántico. + Pero la luna se anegó en los vapores espesos de la atmósfera + y Vetusta quedó envuelta en la sombra. La torre de la catedral, que + a la luz de la clara noche se destacaba con su espiritual contorno, + transparentando el cielo con sus encajes de piedra, rodeada de estrellas, + como la Virgen en los cuadros, en la obscuridad ya no fue más que + un fantasma puntiagudo; más sombra en la sombra. + </p> + <p> + Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en + las barras frías de la gran puerta de hierro que era la entrada del + <i>Parque</i> por la calle de Tras-la-cerca. Así estuvo mucho + tiempo, mirando las tinieblas de fuera, abstraída en su dolor, + sueltas las riendas de la voluntad, como las del pensamiento que iba y venía, + sin saber por dónde, a merced de impulsos de que no tenía + conciencia. + </p> + <p> + Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó + un bulto por la calle solitaria pegado a la pared del <i>Parque</i>. + </p> + <p> + «¡Es él!» pensó la Regenta que conoció + a don Álvaro, aunque la aparición fue momentánea; y + retrocedió asustada. Dudaba si había pasado por la calle o + por su cerebro. + </p> + <p> + Era don Álvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto + se le ocurrió salir a satisfacer una curiosidad intensa que había + sentido. «Si por casualidad estuviese en el balcón.... No + estará, es casi seguro, pero ¿si estuviese?». ¿No + tenía él la vida llena de felices accidentes de este género? + ¿No debía a la buena suerte, a la <i>chance</i> que decía + don Álvaro, gran parte de sus triunfos? ¡Yo y la ocasión! + Era una de sus divisas. ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía + que sin ella ya no podía vivir, que venía a rondar su casa + como un enamorado de veinte años platónico y romántico, + que se contentaba con ver por fuera aquel paraíso.... Sí, + todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se le + ocurriría a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad, + estuviese en el balcón. Salió del teatro, subió por + la calle de Roma, atravesó la Plaza del Pan y entró en la + del Águila. Al llegar a la Plaza Nueva se detuvo, miró desde + lejos a la rinconada... no había nadie al balcón.... Ya lo + suponía él. No siempre salen bien las corazonadas. No + importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas.... + Nadie; no se asomaba ni un gato. «Una vez allí ¿por qué + no continuar el cerco romántico?». Se reía de sí + mismo. ¡Cuántos años tenía que remontar en la + historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole! Sin + embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la + calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se metió por un + arco de la Plaza Nueva, entró en un callejón, después + en otro y llegó al cabo a la calle a que daba la puerta del <i>Parque</i>. + Allí no había casas, ni aceras ni faroles; era una calle + porque la llamaban así, pero consistía en un camino + maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones, uno de la Cárcel + y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la puerta, pegado a la + pared, por huir del fango, Mesía creyó sentir la corazonada + verdadera, la que él llamaba así, porque era como una + adivinación instantánea, una especie de doble vista. Sus + mayores triunfos de todos géneros habían venido así, + con la corazonada verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de + la victoria, un valor insólito, una seguridad absoluta; latidos en + las sienes, sangre en las mejillas, angustia en la garganta.... Se paró. + «Estaba allí la Regenta, allí en el Parque, se lo decía + aquello que estaba sintiendo.... ¿Qué haría si el + corazón no le engañaba? Lo de siempre en tales casos; + ¡jugar el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que + abriera; y si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que + imposible; pero, sí, la saltaría. ¡Si volviera a salir + la luna! No, no saldría; la nube era inmensa y muy espesa; tardaría + media hora la claridad». + </p> + <p> + Llegó a la verja; él vio a la Regenta primero que ella a + él. La conoció, la adivinó antes. + </p> + <p> + —«¡Es tuya!—le gritó el demonio de la + seducción—; te adora, te espera». + </p> + <p> + Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su víctima. La + superstición vetustense respecto de la virtud de Ana la sintió + él en sí; aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo + después de muerta acaso; él huir; ¡lo que nunca había + hecho! Tenía miedo... ¡la primera vez! + </p> + <p> + Siguió; dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver + pie atrás, por más que el demonio de la seducción le + sujetaba los brazos, le atraía hacia la puerta y se le burlaba con + palabras de fuego al oído llamándole: «¡Cobarde, + seductor de meretrices!... ¡Atrévete, atrévete con la + verdadera virtud; ahora o nunca!...». + </p> + <p> + —«¡Ahora, ahora!»—gritó Mesía + con el único valor grande que tenía—; y ya a diez + pasos de la verja volvió atrás furioso, gritando: + </p> + <p> + —¡Ana! ¡Ana! Le contestó el silencio. En la + obscuridad del <i>Parque</i> no vio más que las sombras de los + eucaliptus, acacias y castaños de Indias; y allá a lo lejos, + como una pirámide negra el perfil de la <i>Washingtonia</i>, el + único amor de Frígilis, que la plantó y vio crecer + sus hojas, su tronco, sus ramas. + </p> + <p> + Esperó en vano.—Ana, Ana—volvió a decir quedo, + muy quedo—; pero sólo le contestaban las hojas secas, + arrastradas por el viento suave sobre la arena de los senderos. + </p> + <p> + Ana había huido. Al ver tan cerca aquella tentación que + amaba, tuvo pavor, el pánico de la honradez, y corrió a + esconderse en su alcoba, cerrando puertas tras de sí, como si aquel + libertino osado pudiera perseguirla, atravesando la muralla del <i>Parque</i>. + Sí, sentía ella que don Álvaro se infiltraba, se + infiltraba en las almas, se filtraba por las piedras; en aquella casa todo + se iba llenando de él, temía verle aparecer de pronto, como + ante la verja del <i>Parque</i>. + </p> + <p> + «¿Será el demonio quien hace que sucedan estas + casualidades?», pensó seriamente Ana, que no era + supersticiosa. + </p> + <p> + Tenía miedo; veía su virtud y su casa bloqueadas, y acababa + de ver al enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen había + despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor + había dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a + infestarse. + </p> + <p> + «¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la + noche... la obscuridad.... Todo se volvía cómplice. Pero + ella resistiría. ¡Oh! ¡sí! aquella tentación + fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos, era un enemigo digno + de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la vida + ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el + ridículo, la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo + entre fango. Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece + como un conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene + como una aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de + ella. Lucharía». + </p> + <p> + Don Víctor volvió del teatro y se dirigió al gabinete + de su mujer. Ana se le arrojó a los brazos, le ciñó + con los suyos la cabeza y lloró abundantemente sobre las solapas de + la levita de tricot. + </p> + <p> + La crisis nerviosa se resolvía, como la noche anterior, en lágrimas, + en ímpetus de piadosos propósitos de fidelidad conyugal. Su + don Víctor, a pesar de las máquinas infernales, era el + deber; y el Magistral sería la égida que la salvaría + de todos los golpes de la tentación formidable. Pero Quintanar no + estaba enterado. Venía del teatro muerto de sueño—¡no + había dormido la noche anterior!—y lleno de entusiasmo lírico-dramático. + Francamente, aquellos enternecimientos periódicos le parecían + excesivos y molestos a la larga. «¿Qué diablos tenía + su mujer?». + </p> + <p> + —Pero, hija, ¿qué te pasa? tú estás + mala.... + </p> + <p> + —No, Víctor, no; déjame, déjame por Dios ser así. + ¿No sabes que soy nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho + y acariciarte... y que tú me quieras también así. + </p> + <p> + —¡Alma mía, con mil amores!... pero... esto no es + natural, quiero decir... está muy en orden, pero a estas horas... + es decir... a estas alturas... vamos... que.... Y si hubiéramos reñido... + se explicaría mejor... pero así sin más ni más.... + Yo te quiero infinito, ya lo sabes; pero tú estás mala y por + eso te pones así; sí, hija mía, estos extremos.... + </p> + <p> + —No son extremos, Quintanar—dijo Ana sollozando y haciendo + esfuerzos supremos para idealizar a D. Víctor que traía el + lazo de la corbata debajo de una oreja. + </p> + <p> + —Bien, vida mía, no serán; pero tú estás + mala. Ayer amagó el ataque, te pusiste nerviosilla... hoy ya ves cómo + estás.... Tú tienes algo. + </p> + <p> + Ana movió la cabeza negando.—Sí, hija mía; + hemos hablado de eso en el palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El + doctor opina que la vida que llevas no es sana, que necesitas dar variedad + a la actividad cerebral y hacer ejercicio, es decir, distracciones y + paseos. La Marquesa dice que eres demasiado formal, demasiado buena, que + necesitas un poco de aire libre, ir y venir... y yo, por último, + opino lo mismo, y estoy resuelto—esto lo dijo con mucha energía—estoy + resuelto a que termine la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; + tú vives allá en tus sueños.... Basta, hija mía, + basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te pasó en + Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más que + escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando + moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no me + trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste + la salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía + mal disimulada seguía, los nervios erre que erre.... Volvemos a + Vetusta, casi pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre + tía Águeda que se fue a juntar con la otra, y con ese + pretexto te encierras en este caserón y no hay quien te saque al + sol en un año. Leer y trabajar como si estuvieras a destajo.... No + me interrumpas; ya sabes que riño pocas veces; pero ya que ha + llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es, todo. Frígilis + me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz». + </p> + <p> + —¿Qué sabe él?—Bien sabes que él + te quiere, que es nuestro mejor amigo. + </p> + <p> + —Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué + lo conoce?... + </p> + <p> + —No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya + me voy inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas.... + </p> + <p> + —Son los nervios, Quintanar. + </p> + <p> + —Pues guerra a los nervios ¡caracoles! + </p> + <p> + —Sí...—Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta + vida que haces, y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas + partes y, si me apuras, le mando a Paco o al mismísimo Mesía, + el Tenorio, el simpático Tenorio, que te enamoren. + </p> + <p> + —¡Qué atrocidad!...—¡Programa!—gritó + don Víctor—: al teatro dos veces a la semana por lo menos; a + la tertulia de la Marquesa cada cinco o seis días, al Espolón + todas las tardes que haga bueno; a las reuniones de confianza del Casino + en cuanto se inauguren este año; a las meriendas de la Marquesa, a + las excursiones de la <i>high life</i> vetustense, y a la catedral cuando + predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el verano a + Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar el + aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un + programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La + Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y Visitación, + que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara + con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, + saldremos de nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero + que Frígilis diga que no eres feliz.... + </p> + <p> + —¿Qué sabe él?—Ni quiero llantos que me + quitan a mí el sueño. Cuando lloras sin saber por qué, + hija mía, me entra una comezón, un miedo supersticioso.... + Se me figura que anuncias una desgracia. + </p> + <p> + Ana tembló, como sintiendo escalofríos. + </p> + <p> + —¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; + todos a la cama; yo me estoy cayendo. + </p> + <p> + Bostezó don Víctor y salió del gabinete después + de depositar un casto beso en la frente de su mujer. + </p> + <p> + Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella + enfermedad misteriosa de Ana—porque era una enfermedad, estaba + seguro—le preocupaba y le molestaba. No estaba él para + templar gaitas: los nervios le eran antipáticos; estas penas sin + causa conocida no le inspiraban compasión, le irritaban, le parecían + mimos de enfermo; él quería mucho a su mujer, pero a los + nervios los aborrecía.... Además en el teatro había + tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que + estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón + no debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era + poco natural el verso, que para los dramas de la época era mejor la + prosa. ¡Imbécil! ¡que el verso es poco natural! ¡Cuando + lo natural sería que todos, sin distinción de clases, al + vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas sonoras! La poesía + será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el ilustre + Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal + quiere quitarme la honra + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">a obscuras, como el ladrón</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">de infame merecimiento;</span><br /> + </p> + <p> + pues ¿dónde habrá cosa más natural que + incomodarme yo, y exclamar con Tirso de Molina (representando): + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">A satisfacer la fama</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">que me habéis hurtado vengo:</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">mi agravio es león que brama;</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">un león por armas tengo,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">y Benavides se llama.</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">De vuestros torpes amores</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">dará venganza a mi enojo,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">mostrando a mis sucesores</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">la nobleza de un león rojo</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">en sangre de dos traidores...?».</span><br /> + </p> + <p> + Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba + a concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Desde que sois mi cuñado</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">ni de palabras me afrento..., etc.,</span><br /> + </p> + <p> + cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus + tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos + delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante + de jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo + y botánico, y otras no menos respetables. + </p> + <p> + —¡Dios mío! ¡qué es esto!—gritó + en prosa culta—¿quién ha causado esta devastación...? + ¡Petra! ¡Anselmo!—y se colgó del cordón de + la campanilla. + </p> + <p> + Entró Petra sonriente.—¿Qué ha sido esto?—Señor, + yo no he sido.... Habrán entrado los gatos. + </p> + <p> + —¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a + mí? + </p> + <p> + Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los + cacharros de su museo, como él llamaba aquella exposición + permanente de manías, se transformaba en un Segismundo. En efecto, + sin darse cuenta de ello, comenzó a parodiar a Perales a quien + acababa de ver dando patadas en la escena y gritando como un energúmeno. + </p> + <p> + —¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el + balcón si no me explica esto. + </p> + <p> + Anselmo compareció. Tampoco había sido él. + </p> + <p> + En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa + de los zorros, despedazada, inservible. + </p> + <p> + —¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara + a Frígilis.... ¡Pero, señor, quién anduvo aquí! + </p> + <p> + Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido. + </p> + <p> + Lo explicó todo.—Pero tú, Petra—añadió—¿por + qué no le has dicho la verdad al señor? + </p> + <p> + —Señora, yo... no sabía si debía.... + </p> + <p> + —¿Si debías qué?—preguntó don Víctor + con expresión de no comprender. + </p> + <p> + —Si debía...—Al amo no hay que ocultarle nunca nada—dijo + la Regenta clavando los ojos altaneros en la criada. + </p> + <p> + Petra sonrió torciendo la boca, y bajó la cabeza. + </p> + <p> + Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se + quedó solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus + inventos, máquinas y colecciones. + </p> + <p> + —«¡Dios mío! ¡si estará loca la + pobrecita!»—decía entre suspiros Quintanar, con las + manos en la cabeza. Se acostó decidido a consultar seriamente <i>lo</i> + de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos Petra, que en + medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano, espiaba el silencio + del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas. + </p> + <p> + «Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... + En aquella casa iba a pasar algo. ¿Qué habría hecho + la señora en la huerta? ¿No se le había figurado a + ella oír allá, hacia la puerta del <i>Parque</i>, una + voz...? Sería aprensión... pero... algo, algo había + allí. ¿Qué papel la reservarían? ¿Contarían + con ella? ¡Ay de <i>ellos</i> si no!». Y con una delicia + morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar, + oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; «otro estúpido + que jamás había venido a buscarla en el secreto de la noche»... + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XImdash" id="XImdash"></a>—XI— + </h2> + <p> + El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy + distinto género, no le dejaba libre para el estudio más que + las horas primeras del día y las más altas de la noche. Dormía + muy poco. Su doble misión de hombre de gobierno en la diócesis + y sabio de la catedral le imponía un trabajo abrumador; además, + era un clérigo de mundo; recibía y devolvía muchas + visitas, y este cuidado, uno de los más fastidiosos, pero de los más + importantes, le robaba mucho tiempo. Por la mañana estudiaba + filosofía y teología, leía las revistas científicas + de los jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos + literarios. Preparaba una <i>Historia de la Diócesis de Vetusta</i>, + obra seria, original, que daría mucha luz a ciertos puntos obscuros + de los anales eclesiásticos de España. De este libro, sin + conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino Bermúdez, cuando estaba un + poco alegre, después de comer. Uno de sus secretos era, que «el + Magistral merecía el nombre de sabio, pero no precisamente el de + arqueólogo; nadie sirve para todo». + </p> + <p> + Don Fermín escribía a la luz tenue y blanca del crepúsculo; + la mañana estaba fresca; de vez en cuando, por vía de + descanso, De Pas se entretenía en soplarse los dedos. Meditaba. Tenía + los pies envueltos en un mantón viejo de su madre. Cubríale + la cabeza un gorro de terciopelo negro, raído; la sotana bordada de + zurcidos, pardeaba de puro vieja, y las mangas de la chaqueta que vestía + debajo de la sotana relucían con el brillo triste del paño + muy rozado. Aquel traje sórdido, que tal contraste mostraba con la + elegancia, riqueza y pulcritud que ante el mundo lucía el + Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al aproximarse la hora + de las visitas probables. Entonces vestía don Fermín un cómodo, + flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la + alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; + el zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba + como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante + personaje. En su despacho sólo recibía a los que quería + deslumbrar por sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabiduría + no deslumbraba a casi nadie, y así la mayor parte de las visitas + pasaban al salón inmediato. + </p> + <p> + Pocos podían jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba + abajo; casi nadie había visto más que el vestíbulo, + la escalera, un pasillo, la antesala y el salón de cortinaje verde + y sillería con funda de tela gris; y aun el salón medio se + veía porque estaba poco menos que a obscuras. Uno de los argumentos + que empleaban los que defendían la honradez del Provisor, consistía + en recordar la modestia de su ajuar y de su vida doméstica. + </p> + <p> + Justamente se había hablado de esto la tarde anterior en el Espolón, + en un corrillo de murmuradores, clérigos unos, seglares otros. + </p> + <p> + —Entre su madre y él, puede que no gasten doce mil reales al + año—decía muy serio Ripamilán, el venerable + Arcipreste—. Él viste bien, eso sí, con elegancia, + hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la cuida, la cepilla + bien, y esta partida del presupuesto viene a ser insignificante. Recuerden + ustedes, señores, lo que nos duraba un sombrero de teja en los + ominosos tiempos en que no nos pagaba el Gobierno. Y en lo demás, + ¿qué gastan? Doña Paula con su hábito negro de + Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, + y su pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya + está vestida para todo el año. ¿Y comer? Yo no les he + visto comer, pero todo se sabe; el catedrático de Psicología, + Lógica y Ética, que saben ustedes que es muy amigo mío, + aunque partidario de no sé qué endiablada escuela escocesa, + y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello fuese la + Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha + visto a la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo + cuando está barato, muy barato. Pues ¿y la casa? La casa, + todos ustedes lo saben, es una cabaña limpia, es la casa de un + verdadero sacerdote de Jesús. Lo mejor es lo que conocemos todos, + el salón; ¡y válgate Dios por salón! A la moda + del rey que rabió: solemne, pulcro, eso sí; ¡pero qué + de trampas tapa aquella obscuridad! ¿Quién nos dice que las + sillas de damasco verde no tienen abiertas las entrañas? ¿Las + han visto ustedes alguna vez sin funda? ¿Y la consola panzuda, + antiquísima, de un dorado que fue, con su reloj de música + sin música y sin cuerda? Señores, no se me diga: el + Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonías es + infame calumnia. + </p> + <p> + —Todo esto es verdad—contestó Foja, el ex-alcalde + usurero, que estaba presente siempre en conversaciones de este género. + Parecía nacido para murmurar. + </p> + <p> + —No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el + señor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los más + ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doña Paula esconde su gato, + ¡un gatazo! ¿Y las casas que compra el Magistral por esos + pueblos? ¿Y las fincas que ha adquirido doña Paula en + Matalerejo, en Toraces, en Cañedo, en Somieda? ¿Y las + acciones del Banco? + </p> + <p> + —¡Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; + usted no ha visto las pólizas; usted no ha visto nada.... + </p> + <p> + —Pero sé quien lo ha visto.—¿Quién?—¡El + mundo entero!—gritó don Santos Barinaga, que siempre acudía + a maldecir de su mortal enemigo el Provisor—. ¡El mundo + entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero ya hablaré! + </p> + <p> + —Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en + este proceso. + </p> + <p> + —¿Por qué?—Porque usted aborrece al Magistral. + </p> + <p> + —Claro que sí...—Y enseñaba los puños + apretados. + </p> + <p> + —¡Y ya me las pagará!—Pero usted, le aborrece por + aquello de «¿quién es tu enemigo? El de tu oficio». + Usted vende objetos del culto: cálices, patenas, vinajeras, lámparas, + sagrarios, casullas, cera y hasta hostias.... + </p> + <p> + —Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste. + </p> + <p> + —Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y.... + </p> + <p> + —¡Hola! ¡hola!—interrumpió Foja—. + ¡Preciosa confesión! ¡Dato precioso! Don Cayetano + confiesa que don Santos y don Fermín son enemigos porque son del + mismo oficio. Luego reconoce el eminente Ripamilán que es cierto lo + que dice el mundo entero: que, contra las leyes divinas y humanas, el + Magistral es comerciante, es el dueño, el verdadero dueño de + <i>La Cruz Roja</i>, el bazar de artículos de iglesia, al que por + fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del obispado han + de venir <i>velis nolis</i> a comprar lo que necesitan y lo que no + necesitan. + </p> + <p> + —Permítame usted, señor Foja o señor diablo.... + </p> + <p> + —Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara + casualidad de que <i>La Cruz Roja</i> ocupa los bajos de la casa contigua + a la del Provisor; y como da la picarísima casualidad de que + sabemos todos que hay comunicación por los sótanos, entre + casa y casa.... + </p> + <p> + —Hombre, no sea usted barullón ni embustero. + </p> + <p> + —Poco a poco, señor canónigo, yo no soy barullero, ni + miento, ni soy obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura. + </p> + <p> + —No será usted obscurantista, pero tiene la moliera a + obscuras para todo lo que no sea picardía. ¿Qué tiene + que ver que al señor Barinaga, al bueno de don Santos, se le haya + metido en la cabeza que su comercio de quincalla y cera va a menos por una + competencia imaginaria que, según él, le hace el Provisor? + ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con que el + bazar, como lo llama, de <i>La Cruz Roja</i>, tenga sótanos y el + Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y + el Código de comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a + Dios, pero no sea usted un boquirroto y mire más lo que dice. + </p> + <p> + —Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragonés, le + dan a usted derecho para desvergonzarse.... + </p> + <p> + —¡Poco ruido! ¡Poco ruido! señor Fierabrás—repuso + el canónigo terciando el manteo. + </p> + <p> + Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se decían + les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen humor + consiste en soltarse pullas y <i>frescas</i> todo el año, como en + perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal + educado. + </p> + <p> + —Es que yo—gritó el ex-alcalde—mato un canónigo + como un mosquito.... + </p> + <p> + —Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, + viborezno libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; + según ese disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también + se podrá asegurar lo que dice el vulgo de los préstamos del + Magistral al veinte por ciento. + </p> + <p> + —<i>Non capisco</i>—respondió el ex-alcalde, que sabía + italiano de óperas. + </p> + <p> + —Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. + ¿No es usted otro libelo infamatorio con lengua y pies—que + viera yo cortados—de los muchos que sacrifican la honra del + Magistral? Pues si don Santos le maldice porque le roba los parroquianos + de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá por lo de la usura; + ¿quién es tu enemigo? + </p> + <p> + —Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo + a las narices. + </p> + <p> + —Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de + sesos. + </p> + <p> + —¡Me ha llamado usted usurero! + </p> + <p> + —Eso; clarito.—Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al + empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y recojo + la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas de misa + y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la + Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el + riesgo y, cuando hay caso, la prima del seguro.... + </p> + <p> + —Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas.... + </p> + <p> + —Yo contribuyo a la circulación de la riqueza.... + </p> + <p> + —Como una esponja a la circulación del agua.... + </p> + <p> + —Y los curas son los zánganos de la colmena social.... + </p> + <p> + —Hombre, si a zánganos vamos.... + </p> + <p> + —Los curas son los mostrencos...—Si a mostrencos vamos, conocía + yo un alcaldito en tiempos de la <i>Gloriosa</i>... + </p> + <p> + —¿Qué tiene usted que decir de la <i>Gloriosa</i>? Me + parece que la Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor.... + </p> + <p> + —¡Hizo un cuerno! Me hicieron mis méritos, mis + trabajos, mis... ¡seor ciruelo! + </p> + <p> + —Déjese usted de insultos y explique por qué he de ser + yo enemigo personal del Provisor. ¿Reparto yo dinero por las aldeas + al treinta por ciento? Y el dinero que yo presto ¿procede de + capellanías <i>cuyo soy</i> el depositario sin facultades para + lucrar con el interés del depósito? ¿Mis rentas + proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver con la + curia eclesiástica? ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se + llaman <i>Palacio</i>? + </p> + <p> + —De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, + yo le dejo con la palabra en la boca.... + </p> + <p> + —Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podrá + ser un viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un + Candelas eclesiástico. + </p> + <p> + Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era + demasiado fuerte: + </p> + <p> + —¡Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga gritó:—No + señores, no es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones + caballerosos era muy generoso, y robaba con exposición de la vida. + </p> + <p> + Además, robaba a los ricos y daba a los pobres. + </p> + <p> + —Sí, desnudaba a un santo para vestir a otro. + </p> + <p> + —Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él. + Es un pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya sé yo de qué + muerte va a morir. + </p> + <p> + Barinaga olía a aguardiente. Era el olor de su bilis. + </p> + <p> + Don Cayetano se encogió de hombros y dio media vuelta. Y mientras + se alejaba iba diciendo: + </p> + <p> + —Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora + rabian porque no les dejan decir esas picardías en los periódicos.... + </p> + <p> + Conversaciones de este género las había a diario en Vetusta; + en el paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacristía de + la Catedral. + </p> + <p> + De Pas sabía todo lo que se murmuraba. Tenía varios espías, + verdaderos esbirros de sotana. El más activo, perspicaz y + disimulado, era el segundo organista de la Catedral, que ya había + sido delator en el seminario. Entonces iba al paraíso del teatro a + sorprender a los aprendices de cura aficionados a Talía o quien + fuese. Era un presbítero joven, chato, favorito de la madre del + Provisor doña Paula. Se apellidaba Campillo. + </p> + <p> + A don Fermín no le importaba mucho lo que dijeran, pero quería + saber lo que se murmuraba y a dónde llegaban las injurias. + </p> + <p> + No pensaba en tal cosa el Magistral aquella mañana fría de + octubre, mientras se soplaba los dedos meditabundo. + </p> + <p> + Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin poder + remediarlo. Quería buscar dentro de sí fervor religioso, + acendrada fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo + sonoro, rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción; pero la + voluntad no obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los + recuerdos que le asediaban. La mano fina, aristocrática, trazaba + rayitas paralelas en el margen de una cuartilla, después, encima, + dibujaba otras rayitas, cruzando las primeras; y aquello semejaba una + celosía. Detrás de la celosía se le figuró ver + un manto negro y dos chispas detrás del manto, dos ojos que + brillaban en la obscuridad. ¡Y si no hubiese más que los + ojos! + </p> + <p> + —«¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por + la emoción religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda + sin remordimiento, pero no sin vergüenza ante un confesonario!...». + </p> + <p> + «¿Qué mujer era aquella? ¿Había en + Vetusta aquel tesoro de gracias espirituales, aquella conquista reservada + para la Iglesia, y él el amo espiritual de la provincia, no lo había + sabido antes?». + </p> + <p> + El pobre don Cayetano era hombre de algún talento para ciertas + cosas, para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero + ¿qué sabía él de dirigir un alma como la de + aquella señora? + </p> + <p> + Don Fermín no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho + antes aquella joya que él, Ripamilán, no sabía + apreciar en todo su valor. Y gracias que, por pereza, se había + decidido a dejarle aquel tesoro. + </p> + <p> + Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta. + </p> + <p> + —«Don Fermín—le había dicho—usted es + el único que podrá entenderse con esta hija mía + querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba contándome + sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la entiendo + siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que eso no. + ¿Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no sirvo + para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le indiqué + la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que yo + no daba más de mí. No doy, no. Yo entiendo la religión + y la moral a mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me + parece que la piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita—ya + sabe usted que ha escrito versos—es un poco romántica. Eso no + quita que sea una santa; pero quiere traer a la religión el + romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no me encuentro con fuerzas para + librarla de ese peligro. A usted le será fácil». + </p> + <p> + El Arcipreste se había acercado más al Provisor, y estirando + el cuello, de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al oído, + había dicho después: + </p> + <p> + —«Ella ha visto visiones... pseudo-místicas... allá + en Loreto... al llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, + cuando tuvo aquella fiebre y fuimos a buscarla su tía doña + Anuncia y yo. Después... pasó aquello y se hizo literata.... + En fin, usted verá. No es una señora como estas de por aquí. + Tiene mucho tesón; parece una malva, pero otra le queda; quiero + decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre protesta. Ella misma + se me ha acusado de esto, que conocía que era orgullo. Aprensiones. + No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es desgraciada, aunque + nadie lo sospeche. En fin, usted verá. Don Víctor es como + Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como no + hemos de buscarle un amante para que desahogue con él—aquí + volvió a reír don Cayetano—lo mejor será que + ustedes se entiendan». + </p> + <p> + El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se acordó + también de que él se había puesto como una amapola. + </p> + <p> + «¡Lo mejor será que ustedes se entiendan!». En + esta frase que don Cayetano había dicho sin asomos de malicia, + encontraba don Fermín motivo para meditar horas y horas. + </p> + <p> + Toda la noche había pensado en ello. Algún día + ¿llegarían a entenderse? ¿Querría doña + Ana abrirle de par en par el corazón? + </p> + <p> + El Magistral conocía una especie de Vetusta subterránea: era + la ciudad oculta de las conciencias. Conocía el interior de todas + las casas importantes y de todas las almas que podían servirle para + algo. Sagaz como ningún vetustense, clérigo o seglar, había + sabido ir poco a poco atrayendo a su confesonario a los principales + creyentes de la piadosa ciudad. Las damas de ciertas pretensiones habían + llegado a considerar en el Magistral el único confesor de buen + tono. Pero él escogía hijos e hijas de confesión. Tenía + habilidad singular para desechar a los importunos sin desairarlos. Había + llegado a confesar a quien quería y cuando quería. Su + memoria para los pecados ajenos era portentosa. + </p> + <p> + Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un año en acudir al + tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba las + confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido + haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeñaba + a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su manera. + La <i>Encimada</i> era toda suya; la <i>Colonia</i> la iba conquistando + poco a poco. Como los observatorios meteorológicos anuncian los + ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en + Vetusta, dramas de familia, escándalos y aventuras de todo género. + Sabía que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse + delata flaquezas de todos los suyos. + </p> + <p> + Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, + los vicios y hasta los crímenes a veces, de muchos señores + vetustenses que no confesaban con él o no confesaban con nadie. + </p> + <p> + A más de un liberal de los que renegaban de la confesión + auricular, hubiera podido decirle las veces que se había + embriagado, el dinero que había perdido al juego, o si tenía + las manos sucias o si maltrataba a su mujer, con otros secretos más + íntimos. Muchas veces, en las casas donde era recibido como amigo + de confianza, escuchaba en silencio las reyertas de familia, con los ojos + discretamente clavados en el suelo; y mientras su gesto daba a entender + que nada de aquello le importaba ni comprendía, acaso era el + único que estaba en el secreto, el único que tenía el + cabo de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a + los vetustenses. «Era aquello un montón de basura». + Pero muy buen abono, por lo mismo, él lo empleaba en su huerto; + todo aquel cieno que revolvía, le daba hermosos y abundantes + frutos. + </p> + <p> + La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su propia + heredad. Era suyo, bien suyo; ¿quién osaría disputárselo? + </p> + <p> + Recordaba minuto por minuto aquella hora—y algo más—de + la confesión de la Regenta. + </p> + <p> + «¡Una hora larga!». El cabildo no hablaría de + otra cosa aquella mañana cuando se juntaran, después del + coro, los señores canónigos del tertulín. + </p> + <p> + Don Custodio, el beneficiado, había pasado la tarde anterior sobre + espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después + espiando la confesión, que duraba, duraba «escandalosamente». + Iba y venía, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y + pasaba ya lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Había visto + primero a otras mujeres junto a la celosía y a doña Ana en + oración, junto al altar. Al pasar otra vez había visto ya a + la Regenta con la cabeza apoyada en el confesonario, cubierta con la + mantilla... y vuelta a pasar y ella quieta... y otra vez... y siempre allí, + siempre lo mismo. + </p> + <p> + —Don Custodio—le decía Glocester, el ilustre Arcediano, + que había notado sus paseos—¿qué hay?, ¿ha + venido esa dama? + </p> + <p> + —¡Una hora! ¡una hora!—Confesión general. + Ya usted ve.... + </p> + <p> + Y más tarde:—¿Qué hay?—¡Hora y + media!—Le estará contando los pecados de sus abuelos desde Adán. + </p> + <p> + Glocester había esperado en la sacristía «el final de + aquel escándalo». + </p> + <p> + El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y + juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan + descomunal noticia. + </p> + <p> + «No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. + ¡Dos horas!». + </p> + <p> + En efecto, había sido mucho tiempo. El Magistral no lo había + sentido pasar; doña Ana tampoco. La historia de ella había + durado mucho. Y además, ¡habían hablado de tantas + cosas! Don Fermín estaba satisfecho de su elocuencia, seguro de + haber producido efecto. Doña Ana jamás había oído + hablar así. + </p> + <p> + «Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en + secreto con aquella señora, había sido un anuncio de la + realidad. Sí, sí, era aquello algo nuevo, algo nuevo para su + espíritu, cansado de vivir nada más para la ambición + propia y para la codicia ajena, la de su madre. Necesitaba su alma alguna + dulzura, una suavidad de corazón que compensara tantas + asperezas.... ¿Todo había de ser disimular, aborrecer, + dominar, conquistar, engañar?». + </p> + <p> + Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, + de León, cuando se preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la + Compañía de Jesús. «Allí, por algún + tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había + orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto + a sacrificarse <i>en Jesús</i>... ¡Todo aquello estaba lejos! + No le parecía ser el mismo. ¿No era algo por el estilo lo + que creía sentir desde la tarde anterior? ¿No eran las + mismas fibras las que vibraban entonces, allá en las orillas del + Bernesga, y las que ahora se movían como una música plácida + para el alma?». En los labios del Magistral asomó una sonrisa + de amargura. «Aunque todo ello sea una ilusión, un sueño, + ¿por qué no soñar? Y ¿quién sabe si + esta ambición que me devora no es más que una forma impropia + de otra pasión más noble? Este fuego, ¿no podrá + arder para un afecto más alto, más digno del alma? ¿No + podría yo abrasarme en más pura llama que la de esta ambición? + ¡Y qué ambición! Bien mezquina, bien miserable. + ¿No valdrá más la conquista del espíritu de + esa señora que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma + tiara...?». + </p> + <p> + El Magistral se sorprendió dibujando la tiara en el margen del + papel. + </p> + <p> + Suspiró, arrojó aquella pluma, como si tuviera la culpa de + tales pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza + se puso a escribir. + </p> + <p> + El último párrafo decía: + </p> + <p> + «El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición + del dogma de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en + el glorioso día de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: <i>haec + dies quam fecit Dominus</i>...». + </p> + <p> + El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne + modo la doctrina del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: <i>Prima + salus est rectae fidei regulam custodire</i>; confirmábase la + doctrina que los griegos profesaron con aprobación del segundo + Concilio lionense, y se declaraba y definía, <i>sacro approbante + Concilio</i>, que el Romano Pontífice, <i>quum ex cathedra loquitur</i>, + goza plenamente, <i>per assistentiam divinam</i>, de aquella infalibilidad + de que el Divino Redentor ha querido proveer a su Iglesia...». + </p> + <p> + Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre + las manos. + </p> + <p> + «Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. + ¿Sería el asunto? Acaso no estaría él aquella + mañana para tratar materia tan sublime. ¡La infalibilidad! + Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable de + la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como + estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas.... + ¡Mejor! así debía ser». El Magistral había + sido desde el principio de la batalla entusiástico partidario de la + declaración. «Era el valor, la voluntad enérgica, la + afirmación del imperio, una aventura teológica, parecida a + las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el mar». + </p> + <p> + Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con + elocuencia entonces espontánea, con calor, como si el infalible + fuera él. Llamaba a Dupanloup cobarde. En Madrid había + llamado mucho la atención predicando en las Calatravas, al volver + de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El tema había sido también + la infalibilidad. Los periódicos le habían comparado con los + mejores oradores católicos, con Monescillo, con Manterola, eclesiásticos + como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada, legos. + </p> + <p> + «Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, + pensaba De Pas, con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la + mesa, olvidado ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es + humilde como ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para + contener la impaciencia de la ambición que espera desde abajo. Yo + me lucí en Roma, admiré a los fieles en Madrid, deslumbro a + los vetustenses y seré Obispo cuando llegue a los sesenta. Entonces + haré yo la comedia de la humildad y no aceptaré esa limosna. + Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores, los lacayos medran sin + necesidad de sermones; pero nosotros, los que hemos de ascender por + nuestro mérito apostólico, no podemos ser impacientes, + tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y respeto. + ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!... + Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que + es mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No + quedábamos en que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí + tenía firme columna el templo cristiano? Pues si soy una columna, + ¿por qué no me echan encima el peso que me toca? Soy columna + o palillo de dientes, señor Cardenal, ¿en qué + quedamos?». + </p> + <p> + El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo + sobre la mesa. + </p> + <p> + —Voy, señorito—gritó una voz dulce y fresca + desde una habitación contigua. + </p> + <p> + El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el + despacho una joven de veinte años, alta, delgada, pálida, + pero de formas suficientemente rellenas para los contornos que necesita la + hermosura femenina. La palidez era de un tono suave, delicado, que hacía + muy buen contraste con el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, + de movimientos bruscos; unos ojos que parecía que hacían + gimnasia, obligados día y noche a las contorsiones místicas + de una piedad maquinal, mitad postiza y falsificada. Las facciones de + aquel rostro se acercaban al canon griego y casaba muy bien con ellas la + dulce seriedad de la fisonomía. En esta figura larga, pero no sin + gracia, espiritual, no flaca, solemne, hierática, todo estaba mudo + menos los ojos y la dulzura que era como un perfume elocuente de todo el + cuerpo. + </p> + <p> + Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del + despacho y de la alcoba del <i>señorito</i>. Esta proximidad había + sido siempre una exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo + piso, a sus anchas; no quería ruido de curas y frailes entrando y + saliendo; pero tampoco consentía que su hijo, su pobre Fermín, + que para ella siempre sería un niño a quien había que + cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura cristiana. La doncella había + de tener su lecho cerca del <i>señorito</i>, por si llamaba, para + avisar a la madre, que bajaba inmediatamente. + </p> + <p> + En casa el Magistral era <i>el señorito</i>. Así le nombraba + el ama delante de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y + tenían que darle. + </p> + <p> + A doña Paula, que no siempre había sido <i>señora</i>, + le sonaba mejor <i>el señorito</i> que un usía. Las + doncellas de doña Paula venían siempre de su aldea; las + escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las conservaba + mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por + si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni + las muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. + Los ojos azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña + Paula, alejaban la posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía + que no toleraba que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres + de su hijo y la inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le + hubiera consentido media palabra de protesta, ni una leve objeción + en nombre del qué dirán. ¿Qué habían de + decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su hijo, + que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una + evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín + continuaba siendo un niño que jamás crecería para la + malicia». Este era un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía + que se creyera que ella creía en la pureza perfecta de su hijo. + Pero todo en silencio. + </p> + <p> + Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo + de su hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca + de la cintura en la espalda el pañuelo de seda también negro + que le cruzaba el pecho. + </p> + <p> + —¿Qué quería el señorito? ¿se + siente mal? ¿traeré ya el café? + </p> + <p> + —¿Yo?... hija mía... no... no he llamado. + </p> + <p> + Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por + los ojos, abrió un poco la boca, y añadió: + </p> + <p> + —Apostaría... haber oído.... + </p> + <p> + —No, yo no. ¿Qué hora es? + </p> + <p> + Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le + dijo la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con + cierta coquetería, contenida por la expresión de piedad que + allí era la librea. + </p> + <p> + —¿Y madre?—Duerme. Se acostó muy tarde. Como están + con las cuentas del trimestre.... + </p> + <p> + —Bien; tráeme el café, hija mía. + </p> + <p> + Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de + insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día + anterior; también tocó los libros de la mesa, pero no se + atrevió con los que yacían sobre las sillas y en el suelo. + Aquéllos no se tocaban. Mientras Teresina estuvo en el despacho, el + Magistral la siguió impaciente con la mirada, algo fruncido el + entrecejo, como esperando que se fuera para seguir trabajando o meditando. + </p> + <p> + Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía + decir misa; que era un señor cura. ¿La tenía? + ¿Había prometido decirla? No pudo resolver sus dudas. Pero + la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó. + </p> + <p> + Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. + Ellas eran las encargadas de oír la campana del coro, de apuntar + las misas, de cuanto se refería a los asuntos del rito. De Pas + cumplía con estos deberes rutinarios, pero necesitaba que se los + recordasen. ¡Tenía tantas cosas en la cabeza! Sus olvidos + eran dentro de casa, porque fuera se jactaba de ser el más fiel + guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba frecuentes lecciones + al mismo maestro de ceremonias. + </p> + <p> + Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por + el despacho; quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos + importunos que no le permitían adelantar en su trabajo. + </p> + <p> + Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí + como el silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó + el servicio del café, volvió a buscar un jarro de estaño + y el cubo del lavabo; entró de nuevo con ellos y una toalla limpia. + Entró en la alcoba, dejando las puertas de cristales abiertas, y se + puso a <i>levantar</i> la cama, operación que consistía en + sacudir las almohadas y los colchones, doblar las sábanas y la + colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una + manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas, + pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, + y doña Paula, por economía, le preparaba así la cama. + Hacerla formalmente hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado. + </p> + <p> + Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí + veía, distraído, los movimientos rápidos de la falda + negra de Teresina, que apretaba las piernas contra la cama para hacer + fuerza al manejar los pesados colchones. Ella azotaba la lana con vigor y + la falda subía y bajaba a cada golpe con violenta sacudida, dejando + descubiertos los bajos de las enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la + pantorrilla. El Magistral seguía con los ojos los movimientos de la + faena doméstica, pero su pensamiento estaba muy lejos. En uno de + sus movimientos, casi tendida de brazos sobre la cama, Teresina dejó + ver más de media pantorrilla y mucha tela blanca. De Pas sintió + en la retina toda aquella blancura, como si hubiera visto un relámpago; + y discretamente, se levantó y volvió a sus paseos. La + doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de un colchón + doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre la + cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas. + </p> + <p> + —¿Le molesta el ruido, señorito? + </p> + <p> + El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no + conservaba ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en + el dintel de la puerta de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada: + </p> + <p> + —La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te + es igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no + esté. + </p> + <p> + —Bien está, señorito, bien está—respondió + la criada, muy seria, con voz gangosa y tono de canto llano. + </p> + <p> + Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó + de levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito. + </p> + <p> + El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el + suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de teología + y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a + sentarse. Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le + metió por los puntos de la pluma, levantó la cabeza, + satisfecho de su tarea. + </p> + <p> + Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta + vale más por lo raro. El Magistral se frotó las manos + suavemente. Estaba contento. Mientras había escrito, casi por máquina, + una defensa, <i>calamo currente</i>, de la Infalibilidad, con destino a + cierta Revista Católica que leían católicos + convencidos nada más, había estado madurando su plan de + ataque. + </p> + <p> + Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que + iba a tener un alma hermana. + </p> + <p> + Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, + recordaba una poética narración del impío Renan en + que figuraban un fraile de allá de Suecia o Noruega, y una joven + devota, alemana, si le era fiel la memoria. De todas suertes, eran dos + almas que se amaban en Jesús, a través de gran distancia. No + había en aquellas relaciones nada de sentimentalismo falso, + pseudo-religioso; eran afectos puros, nada parecidos a los amores de un + Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la verdad severa, noble, + inmaculada del amor místico; amor anafrodítico, incapaz de + mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por + qué recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué + tenía él que ver con un monje romántico y fanático, + místico y apasionado, de la Edad-media... y sueco? Él era el + Magistral de Vetusta, un cura del siglo diecinueve, un <i>carca</i>, un + obscurantista, un zángano de la colmena social, como decía + Foja el usurero...». + </p> + <p> + Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y + peinaba, De Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de + optimismo que le quedaba de sus reflexiones de poco antes. + </p> + <p> + Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más + fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la + postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos + cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y fuerte, + parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus músculos + de acero, de una fuerza inútil. + </p> + <p> + Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía + de color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas + hacía gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. + Un día de revolución un patriota le había dado el + ¡quién vive! en las afueras, cerca de la noche. De Pas rompió + el fusil de chispa en las espaldas del aguerrido centinela, que le había + querido coser a bayonetazos, porque no se entregaba a discreción. + Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don Santos Barinaga que + andaba a caza de las calumnias y verdades que corrían contra <i>La + Cruz Roja</i>, como él llamaba, colectivamente, al Provisor y a su + madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando odio eterno + al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al murmurar del + Magistral añadían: + </p> + <p> + —«¡Si yo hablara!». + </p> + <p> + Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín + se acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, + cuando aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje + corriendo por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía + enfrente, en el espejo, le parecía un <i>otro yo</i> que se había + perdido, que había quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo + como el rey de Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, + le llevaba muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a + vestirse. En cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió + a ser la imagen de la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, + humilde: seguía siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía + un poco a su querida torre de la catedral, también robusta, también + proporcionada, esbelta y bizarra, mística; pero de piedra. Quedó + satisfecho, con la conciencia de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo + epiceno y la sotana flotante y escultural. + </p> + <p> + Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada + en el suelo, con la expresión de los santos de cromo. + </p> + <p> + —¿Qué hay?—Una joven pregunta si se puede ver al + señorito. + </p> + <p> + —¿A mí?—don Fermín encogió los + hombros—. ¿Quién es? + </p> + <p> + —Petra, la doncella de la señora Regenta. + </p> + <p> + Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su amo. + </p> + <p> + —¿No dice a qué viene? + </p> + <p> + —No ha dicho nada más.—Pues que pase. Petra se presentó + sola en el despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre + la frente, sin rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa + dulce y candorosa en los labios. + </p> + <p> + El Magistral la reconoció. Era una joven que se había + obstinado en confesar con él y que lo había conseguido a + fuerza de tenacidad y paciencia; pero después había tenido + que desairarla varias veces, para que no le importunase. Era de las + infelices que creen los absurdos que la calumnia propala para descrédito + de los sacerdotes. Confesaba cosas de su alcoba, se desnudaba ante la + celosía entre llanto de falso arrepentimiento. Era hermosa, + incitante; pero el Magistral la había alejado de sí, como + haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo impidiesen. + </p> + <p> + Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona + tan insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan + alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen recibimiento; + pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió + el clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella + extraviada criatura sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. + Fingió también no reconocerla. + </p> + <p> + Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El + Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de + testigos. + </p> + <p> + —¿Es usted criada de la señora de Quintanar? + </p> + <p> + —Sí, señor; su doncella. + </p> + <p> + —¿Viene usted de su parte?—Sí, señor; + traigo una carta para Usía. + </p> + <p> + Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy + oportuno. + </p> + <p> + —¿Y no es más que eso? + </p> + <p> + —No, señor.—Entonces...—La señora me ha + dicho que entregara a Usía mismo esta carta, que era urgente y los + criados podrían perderla... o tardar en entregarla a Usía. + </p> + <p> + Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo: + </p> + <p> + —En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene + usted con un recado por escrito, puede usted entregarlo ahí + fuera... con toda confianza. + </p> + <p> + Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció + una punta del delantal. + </p> + <p> + —Perdóneme Usía...—dijo con voz temblorosa y + ruborizándose. + </p> + <p> + —No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo. + </p> + <p> + Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle + útil, no sabía él cuándo, ni cómo, ni + para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte, sin saber + por qué esto podía importarle. También se le pasó + por la imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la + conducta de aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se + contentó con despedirla con un saludo señoril, cortés, + pero frío. Cuando Petra iba a atravesar el umbral, ocupó la + puerta por completo una mujer tan alta casi como el Magistral y que parecía + más ancha de hombros; tenía la figura cortada a hachazos, + vestía como una percha. Era doña Paula, la madre del + Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más + de cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría + su cabeza, atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y + lustroso; la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el + rostro; los ojos de un azul muy claro, no tenían más expresión + que la semejanza de un contacto frío, eran ojos mudos; por ellos + nadie sabría nada de aquella mujer. La nariz, la boca y la barba se + parecían mucho a las del Magistral. Un mantón negro de + merino ceñido con fuerza a la espalda angulosa, caía sin + gracia sobre el hábito, negro también, de estameña + con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, + una amortajada. + </p> + <p> + Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con + los ojos, sin disimulo. + </p> + <p> + —¿Qué quería usted?—preguntó, como + pudo haberlo preguntado la pared. + </p> + <p> + Petra se repuso y, casi con altanería, contestó: + </p> + <p> + —Era un recado para el señor Magistral. + </p> + <p> + Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió + con afable sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las + mejillas, como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la + aristocracia de la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse + envidia. Petra envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del + Magistral. Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su + conocimiento de las maneras finas y de la vida de ciudad. + </p> + <p> + —¿Qué te quiere esa señora?—preguntó + doña Paula en cuanto se vio a solas con su hijo. + </p> + <p> + —No sé; aún no he abierto la carta. + </p> + <p> + —¿Una carta?—Sí, esa. Don Fermín hubiera + deseado a su madre a cien leguas. No podía ocultar la impaciencia, + a pesar del dominio sobre sí mismo, que era una de sus mayores + fuerzas; ansiaba poder leer la carta, y temía ruborizarse delante + de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo, sin + saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel + sobre delante de doña Paula, se pondría como una cereza. + Cosas de los nervios. Pero su madre era como era. + </p> + <p> + Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó + los codos sobre la mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió + la difícil tarea de envolver un cigarro de papel, gordo como un + dedo. Doña Paula fumaba; pero «desde que eran de la catedral» + fumaba en secreto, sólo delante de la familia y algunos amigos + íntimos. + </p> + <p> + El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió + disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo + interior, debajo de la sotana. + </p> + <p> + —Adiós, madre; voy a dar los días al señor de + Carraspique. + </p> + <p> + —¿Tan temprano?—Sí, porque después se + llena aquello de visitas y tengo que hablarle a solas. + </p> + <p> + —¿No la lees?—¿Qué he de leer?—Esa + carta.—Luego, en la calle; no será urgente. + </p> + <p> + —Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar + en seguida o dejar algún recado; ¿no comprendes? + </p> + <p> + De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta. + </p> + <p> + Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No + estaba su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, + ¿qué podía decir la Regenta? Nada de particular». + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">«Mi querido amigo: hoy no he podido + ir a comulgar; necesito ver a usted</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">antes; necesito reconciliar. No crea usted que + son escrúpulos de esos</span><br /> <span style="margin-left: 4em;">contra + los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria.</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">Si usted fuera tan amable que consintiera + en oírme esta tarde un</span><br /> <span style="margin-left: 4em;">momento, + mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma.</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">amiga, q.b.s.m.,</span><br /> <br /> <span + style="margin-left: 4em;">ANA DE OZORES DE QUINTANAR».</span><br /> + </p> + <p> + —¡Jesús, qué carta!—exclamó doña + Paula con los ojos clavados en su hijo. + </p> + <p> + —¿Qué tiene?—preguntó el Magistral, + volviendo la espalda. + </p> + <p> + —¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece + cosa de doña Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan + discreta? Esa carta es de una tonta o de una loca. + </p> + <p> + —No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía.... + Me escribe como a un amigo cualquiera. + </p> + <p> + —Vamos, es una pagana que quiere convertirse. + </p> + <p> + El Magistral calló. Con su madre no disputaba. + </p> + <p> + —Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal. + </p> + <p> + —Se me pasó la hora de la cita.... + </p> + <p> + —Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y + el señor Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación + que dar al señor Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que + tú y Ronzal y yo y todos somos unos mequetrefes sin palabra, que + sabemos explotarlos cuando los necesitamos y cuando ellos nos necesitan + los dejamos en la estacada. + </p> + <p> + —Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se + los han llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay + tiempo.... + </p> + <p> + —Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y + qué dirá Ronzal? Si tú que estás más + interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él? + </p> + <p> + —Pero, señora, el deber es primero. + </p> + <p> + —El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! + ¿Y por qué se le ha antojado al espantajo de don Cayetano + encajarte ahora esa herencia? + </p> + <p> + —¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al + sombrero de teja, de alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, + indicando deseo de salir pronto. + </p> + <p> + —¿Qué herencia?—repitió. + </p> + <p> + —Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi + hijo no tiene más que hacer que verla a ella. + </p> + <p> + —Madre, es usted injusta.—Fermo, yo bien sé lo que me + digo. Tú... eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni + entiendes. + </p> + <p> + Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como + elevar el pensamiento a las regiones celestes.—El Arcediano y don + Custodio—prosiguió—hicieron anoche comidilla de la + confesata en la tertulia de doña Visitación, esa tarasca; sí + señor, comidilla de la confesata de la otra; y si había + durado dos horas o no había durado dos horas.... + </p> + <p> + El Magistral se santiguó y dijo: + </p> + <p> + —¿Ya murmuran? ¡Infames! + </p> + <p> + —Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas + cosas, en tiempo. ¿Te acuerdas de la Brigadiera? ¿Te + acuerdas de lo que me dio que hacer aquella miserable calumnia por ser tú + noble y confiadote?... Fermo, te lo he dicho mil veces; no basta la + virtud, es necesario saber aparentarla. + </p> + <p> + —Yo desprecio la calumnia, madre.—Yo no, hijo.—¿No + ve usted cómo a pesar de sus dicharachos yo los piso a todos? + </p> + <p> + —Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas + veces va el cántaro a la fuente.... Don Fortunato es una malva, + corriente; no es un Obispo, es un borrego, pero.... + </p> + <p> + —¡Le tengo en un puño!—Ya lo sé, y yo en + otro; pero ya sabes que es ciego cuando se empeña en una cosa; y si + Su Ilustrísima polichinela da otra vez en la manía de que + pueden decir verdad los que te calumnian, estás perdido. + </p> + <p> + —Don Fortunato no se mueve sin orden mía. + </p> + <p> + —No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día + que le hagan ver tus escándalos.... + </p> + <p> + —¿Cómo ha de ver eso, madre? + </p> + <p> + —Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día + estamos perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un + tigre, y del Provisorato te echa a la cárcel de corona.—Madre... + está usted exaltada... ve usted visiones. + </p> + <p> + —Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y + arrojó la punta del pitillo apurada y sucia. + </p> + <p> + Prosiguió:—No quiero más cartitas; no quiero + conferencias en la catedral; que vaya al sermón la señora + Regenta si quiere buenos consejos; allí hablas para todos los + cristianos; que vaya a oírte al sermón y que me deje en paz. + </p> + <p> + —¿Con que Glocester?...—Sí, y don Custodio.—Y + a usted ¿quién le ha dicho?... + </p> + <p> + —El Chato.—¿Campillo?—El mismo.—Pero + ¿qué han visto? ¿Qué pueden decir esos + miserables? ¿cómo se habla de estas cosas en una tertulia de + señoras? ¿cómo entiende esta gente el respeto a las + cosas sagradas? + </p> + <p> + —¡Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. ¿Respeto? Dios + lo dé. El Arcediano querría confesar a la de Quintanar, es + natural, él es muy amigo de darse tono, y de que digan.... ¡Dios + me perdone! pero creo que le gusta que murmuren de él, y que digan + si enamora a las beatas o no las enamora.... ¡Es un farolón... + y un malvado! + </p> + <p> + —Madre, usted exagera; ¿cómo un sacerdote?... + </p> + <p> + —Fermo, tú eres un papanatas; el mundo está perdido: + por eso todos piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay + que aparentar más virtud que se tiene, aunque se sea un ángel. + ¿No sabes que de nosotros dicen mil perrerías? Glocester, + don Custodio, Foja, don Santos y el mismísimo don Álvaro Mesía, + con toda su diplomacia, pasan la vida desacreditándote. Si hacemos + y acontecemos en palacio (doña Paula empezó a contar por los + dedos); si nos comemos la diócesis; si entramos en el Provisorato + desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco; si tú + cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ahí como + esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la alberca + de casa; si el Obispo es un maniquí en nuestras manos; si vendemos + cera, si vendemos aras, si tú hiciste cambiar las de todas las + parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don + Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si tú + robas a los que piden dispensas; si te comes capellanías; si yo + cobro diezmos y primicias en toda la diócesis; si.... + </p> + <p> + —¡Basta, madre, basta por Dios! + </p> + <p> + —Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero + espiritual. Tú (vuelta a contar por los dedos, pero además + con pataditas en el suelo, como llevando el compás) tienes + fanatizado a medio pueblo; las de Carraspique se han metido monjas por + culpa tuya, y una de ellas está muriendo tísica por culpa + tuya también, como si tú fueras la humedad y la inmundicia + de aquella pocilga; tú tienes la culpa de que no se case la de Páez, + la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que le agrade... + por culpa tuya. + </p> + <p> + —Madre...—¿Qué más? Hasta les parece mal + que enseñes la doctrina a las niñas de la Santa Obra del + Catecismo.... + </p> + <p> + —¡Miserables!—Sí, miserables; pero van siendo + muchos miserables, y el día menos pensado nos tumban. + </p> + <p> + —Eso no, madre—gritó el Magistral perdiendo el aplomo, + con las mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía + en las pupilas, erizadas como dispuestas a la defensa—. ¡Eso + no, madre! Yo los tengo a todos debajo del zapato, y los aplasto el día + que quiero. Soy el más fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, + son unos estúpidos; ni mala intención saben tener. + </p> + <p> + Doña Paula sonrió, sin que su hijo lo notase. «Así + te quiero» pensó, y siguió diciendo: + </p> + <p> + —Pero el único flaco que podemos presentarles es este, Fermo; + bien lo sabes; acuérdate de la otra vez. + </p> + <p> + —Aquella era una... mujer perdida.—Pero te engañó + ¿verdad? + </p> + <p> + —No, madre; no me engañó; ¿qué sabe + usted? + </p> + <p> + Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la + Brigadiera nunca había podido aclararlo. Sólo sabía, + por su mal, que había sido un escándalo que apenas se pudo + sofocar antes que fuera tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. + Eran cosas de la juventud. ¡Qué necedad temer que él + volviese a descuidarse ahora, a los treinta y cinco años! Entonces, + en la época de la Brigadiera no tenía él experiencia, + le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso de la + adulación. + </p> + <p> + «Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con + que ahora me mortifica». + </p> + <p> + Doña Paula insistió en pintarle los peligros de la calumnia; + sabía que le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor + necesario, porque temía para su hijo la caída de Salomón. + </p> + <p> + La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. + Ella era buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo + pudiesen gran cosa contra el prestigio de su Fermín, que era el + instrumento de que ella, doña Paula, se valía para estrujar + el Obispado. Fermín era la ambición, el ansia de dominar; su + madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula se figuraba la diócesis + como un lagar de sidra de los que había en su aldea; su hijo era la + fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto, oprimiendo, + cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por la espiga de + acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella de cera, de su + hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural. «Era mecánico» + como decía don Fermín explicando religión. «Pero + a una mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era + joven todavía, podían seducírselo, como ya otra vez + habían intentado y acaso conseguido». Ella creía en la + influencia de la mujer, pero no se fiaba de su virtud. «¡La + Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz de pecar, pero + ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo + que se murmuraba. Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en + la iglesia y otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben + todo, a veces aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más + o menos, y sin estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino + dos días antes: que don Álvaro estaba enamorado de la + Regenta, o por lo menos quería enamorarla, como a tantas otras. + «Aquel don Álvaro era un enemigo de su hijo. Lo sabía + ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, + por más que varias veces había adivinado en él un + rival en el dominio de Vetusta. Pero doña Paula tenía + superior instinto; veía más que nadie en lo que interesaba + al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen + mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el + prestigio del amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos + personajes de Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las + mujeres; era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, + de los Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas + iguales acaso, el dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba + siempre un amo y cuando no lo tenía se quejaba de la falta «<i>de + carácter</i>» de los hombres importantes. Y ¿por qué + no había de estar ya Mesía disputando ese dominio? ¿No + cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don + Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre Fermo?». + Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las suponía + fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba + la vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no + comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle + contra la Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre + de Mesía. En los labios le retozaba esta pregunta: + </p> + <p> + «¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?». + </p> + <p> + No se atrevió a tanto. «Al fin su hijo era un sacerdote y + ella era cristiana». + </p> + <p> + Preguntar aquello le parecía una irreverencia, un sacrilegio que + hubiera puesto a Fermo fuera de sí, y no había para qué. + </p> + <p> + —Adiós, madre—dijo don Fermín cuando doña + Paula calló por no atreverse con la pregunta sacrílega. + </p> + <p> + Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oyó a su madre que decía: + </p> + <p> + —¿De modo que hoy tampoco vas a coro? + </p> + <p> + —Señora, si ya habrá concluido.... + </p> + <p> + —¡Bueno, bueno!—quedó murmurando ella—no + ganamos para multas. + </p> + <p> + Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un + estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable. + </p> + <p> + El sol brillaba acercándose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola + nube. El cielo parecía andaluz. + </p> + <p> + Sí, pero el buen humor del Magistral se había nublado; su + madre le había puesto nervioso, airado, no sabía contra quién. + </p> + <p> + «Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero + formidable a veces. ¿Y cómo romper aquellas cadenas? A ella + se lo debía todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su + voluntad de acero que iba derecha a un fin rompiendo por todo ¿qué + hubiera sido él? Un pastor en las montañas, o un cavador en + las minas. Él valía más que todos, pero su madre valía + más que él. El instinto de doña Paula era superior a + todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido él arrollado algunas + veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se enredaban en + redes sutiles que le tendía un enemigo, ¿quién le + libraba de ellas? Su madre. Era su égida. Sí, ella primero + que todo. Su despotismo era la salvación; aquel yugo, saludable. + Además, una voz interior le decía que lo mejor de su alma + era su cariño y su respeto filial. En las horas en que a sí + mismo se despreciaba, para encontrar algo puro dentro de sí, que + impidiera que aquella repugnancia llegase a la desesperación, + necesitaba recordar esto: que era un buen hijo, humilde, dócil... + un niño, un niño que nunca se hacía hombre. ¡Él + que con los demás era un hombre que solía convertirse en león!». + </p> + <p> + «Pero ahora sentía una rebelión en el alma. Era una + injusticia aquella sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta creía + toda Vetusta, y en efecto era un ángel. Él sí que no + merecía besar el polvo que pisaba aquella señora. ¿Quién + podía temer de quién?». + </p> + <p> + En este momento comprendió la causa de su malhumor repentino. + «La madre había hablado de las calumnias con que le querían + perder... de las demasías de ambición, orgullo y sórdida + codicia que le imputaban, de la influencia perniciosa en la vida de muchas + familias que se le achacaba... pero ¿era todo calumnia? Oh, si la + Regenta supiese quién era él, no le confiaría los + secretos de su corazón. Por un acto de fe, aquella señora + había despreciado todas las injurias con que sus enemigos le + perseguían a él, no había creído nada de + aquello y se había acercado a su confesonario a pedirle luz en las + tinieblas de su conciencia, a pedirle un hilo salvador en los abismos que + se abrían a cada paso de la vida. Si él hubiera sido un + hombre honrado, le hubiera dicho allí mismo:—¡Calle + usted, señora! yo no soy digno de que la majestad de su secreto + entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a decir cuatro + palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro palabras de + terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel con los + que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido; el señuelo + es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de acíbar;... + yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor, infinitamente peor, + yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas, sí, mal + adquiridas; yo soy un déspota en vez de un pastor; yo vendo la + Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que + arrojó del templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, señora; + yo no soy digno de ser su confidente, su director espiritual. Aquella + elocuencia de ayer era falsa, no me salía del alma, yo no soy el <i>vir + bonus</i>, yo soy lo que dice el mundo, lo que dicen mis detractores». + </p> + <p> + Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sintió una + reacción en su conciencia, reacción favorable a su fama. + </p> + <p> + «Hagámonos más justicia» pensó sin + querer, por el instinto de conservación que tiene el amor propio. + </p> + <p> + Y entonces recordó que su madre era quien le empujaba a todos + aquellos actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro. + </p> + <p> + «Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo debía + todo, había él llegado a manosear y mascar el lodo de + aquella sordidez poco escrupulosa. Su pasión propia, la que espontáneamente + hacía en él estragos era la ambición de dominar; pero + esto ¿no era noble en el fondo? y ¿no era justo al cabo? + ¿No merecía él ser el primero de la diócesis? + El Obispo ¿no le reconocía de buen grado esta superioridad + moral? Bastante hacía él contentándose, por ahora, + con no mandar más que en Vetusta. ¡Oh! estaba seguro. Si algún + día su amistad con Ana Ozores llegaba al punto de poder él + confesarse ante ella también y decirle cuál era su ambición, + ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería de los + pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le había + arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenían disculpa, + los feos, los vergonzosos, los inconfesables». + </p> + <p> + Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente, + iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles + tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas + encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según + costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso, + flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha. + </p> + <p> + Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos, doblando + la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni veía + al que saludaba. + </p> + <p> + Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don + de estar hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa. + </p> + <p> + Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. + Registró la alcoba. Vio la cama <i>levantada</i>, tiesa, muda, + fresca, sin un pliegue; salió de la alcoba; en el despacho reparó + el sofá de reps azul, las butacas, las correctas filas de libros + amontonados sobre sillas y tablas por todas partes; se fijó en el + orden de la mesa, en el del sillón, en el de las sillas. Parecía + olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le preguntó + cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la mirada, como + quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje, correcto, + como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo hablar para + apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La despidió. + </p> + <p> + —Oye...—volvió a decir—. Nada, vete. + </p> + <p> + Se encogió de hombros.—«Es imposible—dijo entre + dientes—; no hay manera de averiguar nada». + </p> + <p> + Y, saliendo del despacho, dijo todavía: + </p> + <p> + —«¡Qué capricho de hombres!». + </p> + <p> + Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió: + </p> + <p> + —«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!». + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XIImdash" id="XIImdash"></a>—XII— + </h2> + <p> + Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más + importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más <i>sacrificios + pecuniarios</i> en tiempo oportuno. Era político porque se le había + convencido de que la causa de la religión no prosperaría si + los buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por + completo su mujer, fanática ardentísima, que aborrecía + a los liberales porque allá en la otra guerra, los <i>cristinos</i> + habían ahorcado de un árbol a su padre sin darle tiempo para + confesar. Carraspique frisaba con los sesenta años, y no se + distinguía ni por su valor ni por sus dotes de gobierno; se + distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que tenía + en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su + religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él + toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces + naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían + su piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, + para los suyos y para muchos de fuera. + </p> + <p> + Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era + el pontífice infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro + hijas los Carraspique; todas habían hecho su primera confesión + con don Fermín; habían sido educadas en el convento que había + escogido don Fermín; y las dos primeras habían profesado, + una en las Salesas y otra en las Clarisas. + </p> + <p> + El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un + noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón + de los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja. + </p> + <p> + El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada + sesentona, que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les + lamería los pies de buen grado. + </p> + <p> + —Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de + sentarse; el señor está allá dentro y sale en + seguida... (Con voz misteriosa y agria.) Está ahí el médico... + ese empecatado primo de la señora. + </p> + <p> + —Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, + Fulgencia? + </p> + <p> + —Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto + alarmar a los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor + Magistral, que la pobre señorita no está de cuidado? + </p> + <p> + —Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? + ¿Viene de allá? + </p> + <p> + —Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba + gritos... viene furioso... es un loco. No sé cómo le llaman + a él. El parentesco, es cosa del parentesco. + </p> + <p> + El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, + sin lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, + de la limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El + único mueble nuevo era un piano de cola de Erard. + </p> + <p> + Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia + hablando entre dientes. + </p> + <p> + El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía + con el arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren + revelar en su porte su buena posición social. Era una hermosa + figura que se defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito + todavía. Don Robustiano era el médico de la nobleza desde + muchos años atrás; pero si en política pasaba por + reaccionario y se burlaba de los progresistas, en religión se le + tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses entendían + por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le + admiraba tanto como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo + había leído tampoco. En punto a letras, las de su ciencia + inclusive, don Robustiano no podía alzar el gallo a ningún + mediquillo moderno de los que se morían de hambre en Vetusta. Había + estudiado poco, pero había ganado mucho. Era un médico de + mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para + él todo era flato; ahora todo era <i>cuestión de nervios</i>. + Curaba con buenas palabras; por él nadie sabía que se iba a + morir. Solía curar de balde a los amigos; pero si la enfermedad se + agravaba, se inhibía, mandaba llamar a otro y no se ofendía. + «Él no servía para ver morir a una persona querida». + </p> + <p> + Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma. + </p> + <p> + —«¿Con que se nos quiere usted morir, señor + Fulano? Pues vive Dios, que lo hemos de ver..., etc.». + </p> + <p> + Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así + se había hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, + porque, según él, a los profanos no se les ha de asustar con + griego y latín. No era pedante, pero cuando le apuraban un poco, + cuando le contradecían, invocaba el sacrosanto nombre de la + ciencia, como si llamase al comisario de policía. + </p> + <p> + «La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro». + </p> + <p> + Y no se le había de replicar. + </p> + <p> + Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía + apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta + hombre de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador. + </p> + <p> + Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en + las casas nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa. + </p> + <p> + De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero + le tributaba la cortesía que empleaba siempre en el trato, sin + distinguir entre majaderos y hombres de talento. + </p> + <p> + —¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto + bueno.... Llega usted a tiempo, amigo mío; el primo está + inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la verdad, + toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio, se + desespera.... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas + ideas exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza, + porque es una persona ilustrada. + </p> + <p> + —¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las + Salesas? + </p> + <p> + —Sí, señor; de aquella pocilga vengo. + </p> + <p> + —¿Cómo está Rosita? + </p> + <p> + —¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se + acabó Rosita; ahora es Sor Teresa, que no tiene rosas ni en el + nombre, ni en las mejillas. + </p> + <p> + Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los + rincones, a todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo: + </p> + <p> + —¡Aquello es el acabose! + </p> + <p> + El Magistral sintió un escalofrío. + </p> + <p> + —¿Usted cree?—Sí, creo en una catástrofe + próxima. Es decir, distingo, distingo en nombre de la ciencia. Yo, + Somoza, no puedo esperar nada bueno; yo, hombre de ciencia, necesito + declarar, primero: que si la niña sigue respirando en aquel <i>medio</i>... + no hay salvación, pero si se la saca de allí... tal vez haya + esperanza; segundo: que es un crimen, un crimen de lesa humanidad no poner + los medios que la ciencia aconseja.... Señor Magistral, usted que + es una persona ilustrada, ¿cree usted que la religión + consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es una + letrina; sí señor, una cloaca. + </p> + <p> + —Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están + haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora. + </p> + <p> + —Sí, ya sé; pero cuando el convento esté + edificado y las mujeres puedan trasladarse a él, nuestra Rosita + habrá muerto. + </p> + <p> + —Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver + el peligro mayor de lo que es. + </p> + <p> + —¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá + usted saber más que la ciencia? Ya le he dicho a usted lo que la + ciencia opina: segundo: que es un crimen de lesa humanidad.... ¡Oh! + ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa de todo esto! Porque aquí + anda un cura, señor Magistral, estoy seguro... y usted dispense... + pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y clero; si todos fueran + como usted.... ¿A que mi señor don Fermín no aconseja + a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que las + haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de Panurgo? + </p> + <p> + El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros + de Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano + repetía lo de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado + era aquel, como no sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que + él no leía libros: le faltaba tiempo. + </p> + <p> + Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las + necedades de este majadero?». + </p> + <p> + —Yo sospecho—continuó el doctor—que mi pobre + Carraspique está supeditado a la voluntad de algún fanático, + v. gr. el Rector del Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser + el señor Escosura, ese Torquemada <i>pour rire</i>, el que ha traído + a esta casa tanta desgracia? + </p> + <p> + —No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa + tanta desgracia como usted dice. + </p> + <p> + —¡Van ya dos niñas al hoyo! + </p> + <p> + —¿Cómo al hoyo?—O al convento, llámelo + usted hache. + </p> + <p> + —Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo + opinar en este punto.... + </p> + <p> + —Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya + que existen conventos, señor, que los construyan en condiciones + higiénicas. Si yo fuera gobierno, cerraba todos los que no + estuvieran reconocidos por la ciencia. La higiene pública + prescribe.... + </p> + <p> + El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la + renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás + asuntos de folletín semicientífico. Después volvió + a la desgracia de aquella casa. + </p> + <p> + —¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo. + </p> + <p> + —No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente + escogen.... + </p> + <p> + —¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor + Magistral, ríase usted, que es una persona tan ilustrada, de esa + pretendida libertad. ¿Cabe libertad donde no hay elección? + ¿Cabe elección donde no se conoce más que uno de los + términos en que ha de consistir? + </p> + <p> + Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba. + </p> + <p> + —Si a mí no se me engaña—continuó—; + si yo conozco bien esta comedia. ¿No ve usted, señor mío, + que yo las he visto nacer a todas ellas, que las he visto crecer, que he + seguido paso a paso todas las vicisitudes de su existencia? Verá + usted el sistema. + </p> + <p> + Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo: + </p> + <p> + —Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de + mis primos no ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí + sabe Dios lo que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que + escriben las dictan las monjas y están siempre cortadas por el + mismo patrón, según el cual, «aquello es el Paraíso». + A los quince años vuelven a casa; no traen voluntad; esta facultad + del alma, o lo que sea, les queda en el convento como un trasto inútil. + Para dar una satisfacción al mundo, a la opinión pública, + desde los quince a los dieciocho o diecinueve, se representa la farsa + piadosa de hacerles ver el siglo... por un agujero. Esta manera de ver el + mundo es muy graciosa, mi señor don Fermín. ¿Recuerda + usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las niñas ven + el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los + bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la + novena, al sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la + mamá por el Espolón o el Paseo de Verano; los ojitos en el + suelo; no se habla con nadie; y en seguida a casa. Después viene la + gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se ven las fieras del Retiro, + el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería; nada de teatros ni de + bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta: correr + calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las niñas + vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido en + la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se + divertían allí con las Madres y las compañeras. + Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se enamora de cualquiera de las niñas... + <i>¡Vade retro!</i> Se le despide con cajas destempladas. En casa se + rezan todas las horas canónicas; maitines, vísperas... después + el rosario con su coronilla, un padrenuestro a cada santo de la Corte + Celestial; ayunos, vigilias; y nada de balcón, ni de tertulia, ni + de amigas, que son peligrosas.... Eso sí, tocar el piano si se + quiere y coser a discreción. Como artículo de lujo se + permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes + del Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias + Glocester. Suelta el buen mozo torcido una gracia babosa, las niñas + la ríen, al papá se le cae la baba también ¡mísero + Carraspique! y <i>tutti contenti</i>. El Arcediano no es el cura que hay + aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el demonio o el + mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el + atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en + cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor, + cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que + yo llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, + señor de Pas, fácil victoria la de la Iglesia! Las niñas + en vista de que Vetusta es andar de templo en templo con los ojos bajos; + Madrid ir de museo en museo rompiéndose los pies y tropezando; el + hogar un cuartel místico, con chistes de cura por todo encanto, + resuelven <i>libremente</i> meterse monjas, para gozar un poco de... de + autonomía, como dicen los liberalotes, que nos dan una libertad + parecida a la que gozan las hijas de Carraspique. + </p> + <p> + El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por + decir algo, dijo: + </p> + <p> + —No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, + franco; a cien leguas de toda gazmoñería. + </p> + <p> + —¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado + a mi prima esta comedia. El que entra aquí piensa que es calumnia + lo que se cuenta de la rigidez monástica de este hogar honrado, + pero aburrido. Las apariencias engañan. Esta alegría sin + saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted dispense, esta + tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para tapar la boca a + los profanos. + </p> + <p> + El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de + asombro. «¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces + discurría así en tal materia? ¿Sabía Somoza + que era él y nadie más el <i>cura oculto</i>, el jefe + espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le + hablaba así? ¿También los tontos tenían el + arte de disimular?». + </p> + <p> + Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos + de recientes lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó + fervorosamente que fuese a las Salesas a ver cómo estaba su hija; + él no tenía valor para ir en persona. Don Fermín + prometió ir aquel mismo día. + </p> + <p> + Somoza volvió a describir la falta de <i>condiciones higiénicas</i> + del convento. + </p> + <p> + —Pero ¿qué quieres que haga, primo mío? + </p> + <p> + —Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo + sois. Pero lo que digo es lo siguiente: la niña está muy + enferma, y no por culpa suya; su naturaleza era fuerte; en su <i>constitución</i> + no hay vicio alguno; pero no le da el sol nunca y se la está + comiendo la humedad; necesita calor y no lo tiene; luz y allí le + falta; aire puro y allí se respira la peste; ejercicio y allí + no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen alimento y allí + come mal y poco..., pero no importa; Dios está satisfecho por lo + visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos + alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a + vivir metiditos en un... inodoro. + </p> + <p> + Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que + él quería, sino lo contrario, añadió: + </p> + <p> + —En un inodoro... que es la <i>antítesis</i>—así + dijo—de un inodoro. + </p> + <p> + —En fin, señores—prosiguió—ustedes + defienden el absurdo y ahí no llega mi paciencia. Resumen; la + ciencia ofrece la salud de Rosita con aires de aldea, allá junto al + mar; vida alegre, buenos alimentos, carne y leche sobre todo... sin + esto... no respondo de nada. + </p> + <p> + Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó + con una cabezada al Magistral y salió murmurando: + </p> + <p> + —A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, + pero no era una columna... de este orden; no era un estercolero. + </p> + <p> + Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente + contestó a las palabras de su primo que había oído + desde lejos: + </p> + <p> + —Es un loco, hay que dejarle.—Pero nos quiere mucho—advirtió + Carraspique. + </p> + <p> + —Pero es un loco... haciéndole favor. + </p> + <p> + El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había + que hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento + provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un + barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol; + allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de + la Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las + paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los + olores eran insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. + Pero todo aquello duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el + médico decía. El de las monjas aseguraba que no, y que + sacarla de allí, sola, separarla de sus queridas compañeras, + de su vida regular, hubiera sido matarla». + </p> + <p> + Después don Fermín consideró la cuestión desde + el punto de vista religioso. «Había algo más que el + cuerpo. Aquellos argumentos puramente humanos, mundanos, que se podían + oponer a Somoza y otros como él, eran lo de menos. Lo principal era + mirar si había escándalo en precipitarse y tomar medidas que + alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa de un + excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo + a la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de + la Iglesia? Se diría que el convento de las Salesas era un + matadero; que la religión conducía a la juventud lozana a + aquella letrina a pudrirse.... ¡Se dirían tantas cosas! No, + no era posible tomar todavía ninguna medida radical. Había + que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor + Teresa...». + </p> + <p> + —¡Sí, don Fermín, por Dios!—exclamó + doña Lucía, juntando las manos—segura estoy de que + recobrará la salud aquella querida niña, si usted le lleva + el consuelo de su palabra. + </p> + <p> + No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo + de Dios. + </p> + <p> + Después se habló de otra cosa. Aunque no se había + tratado nunca directamente del asunto, se había convenido, por un + acuerdo tácito, que las dos niñas últimas no serían + monjas, a no haber en ellas una vocación superior a toda + resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio era una + imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del + mundo. La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. + El Magistral venía a desahuciarlo. «Era un impío». + </p> + <p> + —¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!—se + atrevió a decir Carraspique. + </p> + <p> + —Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. + Yo sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de + ustedes. + </p> + <p> + Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro + de la señora de la casa. Más estético y más + simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran dos; pero no + fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan pequeña, + que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó + antes que asomara. + </p> + <p> + La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les + sacrificaba el nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran + amigo, de un defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el + diputado. Bien hacía ella en entregar las llaves del corazón + y de la conciencia a tal hombre, a aquel santo, pensaría mejor». + </p> + <p> + Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual + fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos disminuía; + y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy bien a + sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos. + </p> + <p> + —¿Un impío Ronzal?—preguntó asustado + Carraspique. + </p> + <p> + —Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión + esté en los labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se + la proteja; en la política y en el trato social es necesario + contentarse con eso muchas veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, + pero eso es otra cosa. Ronzal, comparado con otros... con Mesía, + por ejemplo, es un buen cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo + no se ha separado de la Iglesia, es católico, religioso... + comparado con don Pompeyo Guimarán el ateo. Pero ni Mesía, + ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad suficiente.... ¿Daría + usted una hija a don Álvaro? + </p> + <p> + —¡Antes muerta!—Pues Ronzal, aunque se llama conservador + y quiere la unidad católica y otros principios que contiene nuestra + política, no es buen cristiano, no lo es como se necesita que lo + sea el marido de una Carraspique. + </p> + <p> + Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la + familia, les llegaba al alma a los amos de la casa. + </p> + <p> + Ronzal fue desahuciado. El Magistral habló todavía de otros + asuntos. Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes + limosnas para Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar + una casa; limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena + de la Concepción, porque habría que pagar caro un + predicador, jesuita, que vendría de lejos. «Era mucho, sí; + pero si los buenos católicos que todavía tenían algo + no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si + otros pudieran!». + </p> + <p> + Suspiró doña Lucía al oír esto. Había + comprendido. El Magistral quería decir que si él fuese rico, + su dinero sería de San Pedro y de las instituciones piadosas. + «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel santo + suponiéndole cargado de oro!». + </p> + <p> + Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía + límites, volvió a prometer una visita a las Salesas. + </p> + <p> + «Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia». + </p> + <p> + —En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo + creyó oportuno, suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por + bien de la fe una prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de + cristiano obliga a eso y a mucho más. + </p> + <p> + Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil. + </p> + <p> + Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a + costa de mucho padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en + el estilo terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también + melosas. La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al + decir «Dios misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba + el susurro del aura entre las flores.... + </p> + <p> + Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos de + la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no + salvarse, a pesar de tantos disgustos. + </p> + <p> + Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella + mañana. No hablaba con la sublime unción de otras veces. Su + pesimismo piadoso le salía a duras penas de los labios. Notó + la buena señora que su director espiritual hablaba como quien + piensa en otra cosa. + </p> + <p> + Salió el Magistral. + </p> + <p> + Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un + puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo + de la suntuosa escalera. + </p> + <p> + —«¡No hay remedio, no hay remedio!—dijo entre + dientes—no he de empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir + siendo el mismo». + </p> + <p> + Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer + fuerte, picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí + ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce + complacencia.... Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había + procurado abreviar la visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas. + </p> + <p> + «Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. + Eso debía de ser». + </p> + <p> + «Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, + pisar algo con ira...». Se dirigió a <i>Palacio</i>. + </p> + <p> + Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra + de la Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y + estrecha que llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice + de la Basílica, coetáneo de la torre, pero de peor gusto, + remendado muchas veces en el siglo pasado y el presente. Con emplastos de + cal y sinapismos de barro parecía un inválido de la + arquitectura; y la fachada principal, renovada, recargada de adornos + churriguerescos, sobre todo en la puerta y el balcón de encima, le + daba un aspecto grotesco de viejo verde. + </p> + <p> + El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío + y desnudo, no muy limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas + acacias raquíticas y parterres de flores mustias; subió una + escalera cuyo primer tramo era de piedra y los demás de castaño + casi podrido; y después de un corredor cerrado con mampostería + y ventanas estrechas, encontró una antesala donde los familiares + del Obispo jugaban al tute. La presencia del Provisor interrumpió + el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno de ellos hermoso, rubio, + de movimientos suaves y ondulantes, de pulquérrimo traje talar, + perfumado, abrió una mampara forrada de damasco color cereza. De lo + mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio entonces y que atravesó + De Pas sin detenerse. + </p> + <p> + —¿Dónde estará, don Anacleto? + </p> + <p> + —Creo que tiene visitas—respondió el paje—. Unas + señoras.... + </p> + <p> + —¿Qué señoras? Don Anacleto encogió los + hombros con mucha gracia y sonrió. + </p> + <p> + Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero + en seguida volvió a adelantarlo y abrió una puerta de escape + por donde desapareció. + </p> + <p> + Después de cruzar salas y pasadizos llegó al <i>salón + claro</i>, como se llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus + visitas particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo + por veinte de ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de + nogal obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas + a cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que + entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría. + Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también, + de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a + carcajadas, con sus contorsiones de madera retorcida, ora en curvas + panzudas, ora en columnas salomónicas. Los brazos de las butacas + parecían puestos en jarras, los pies de las consolas hacían + piruetas. No había estera ni alfombra, a no contar la que rendía + homenaje al sofá; era de moqueta y representaba un canastillo de + rosas encarnadas, verdes y azules. Era el gusto de S. I. De las paredes + del Norte y Sur pendían sendos cuadros de Cenceño, pero + retocados con colores chillones que daban gloria; los otros muros los + adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano. Allí + estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de + su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una + consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba sin + quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño + que él, colocada sobre la consola de enfrente. No había más + santos en el salón ni otra cosa que revelase la morada de un + mitrado. + </p> + <p> + El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo + de Vetusta, dejaba al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; + pero en su salón no había de tocar. Por esto habían + valido poco las amonestaciones de don Fermín para que Fortunato se + abstuviese de adornar los balcones con jaulas pobres, pero alegres, en que + saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo, jilgueros y canarios, que en + honor de la verdad, parecían locos. + </p> + <p> + —«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para + que canten el Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco + de las Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y + silbaban en el coro y era una delicia oírlos». + </p> + <p> + Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia + donde se podía admirar y amar una obra de Dios. + </p> + <p> + Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo—pero + este era su secreto—no estaba a la altura de su cargo». + </p> + <p> + —«No basta ser bueno—decía—para gobernar + una diócesis. Ni los poetas sirven para ministros, ni los místicos + para Obispos». + </p> + <p> + Esta opinión era la más corriente entre el clero del + Obispado. Los señores de la junta carlista creían lo mismo. + ¡Jamás habían podido contar para nada con el Obispo! + </p> + <p> + ¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se + abandonaba en brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la + diócesis. Esto, según unos, era la perdición del + clero y el culto, según otros una gran fortuna; pero todos convenían + en que el bueno de Camoirán no tenía voluntad. + </p> + <p> + Era cierto que había aceptado la mitra a condición de + escoger, sin que valieran recomendaciones, una persona de su confianza en + quien depositar los cuidados del gobierno eclesiástico. El + Magistral era sin duda el hombre de más talento que él había + conocido. Además, doña Paula, cuando su hijo era un humilde + seminarista, había servido en calidad de ama de llaves a Camoirán, + a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces aquella mujer + de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo, ayudado + por la madre, continuó la tiranía, y, como decían + ellos, «le tenían en un puño». Y él + estaba así muy contento. + </p> + <p> + ¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de + nombramientos de intriga, de complacencias palaciegas, para aplacar las + quejas de la opinión se buscó un santo a quien dar una mitra + y se encontró al canónigo Camoirán. + </p> + <p> + Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del + pueblo. Con gran escándalo de su corazón sencillo y humilde + se contaban maravillas de su virtud y casi le atribuyeron milagros. En + cierta ocasión, cuando hacía su visita a las parroquias de + los vericuetos, en el riñón de la montaña, jinete en + un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó una + madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había + mordido al niño. + </p> + <p> + —¡Sálvamelo, sálvamelo!—gritaba la madre, + de rodillas, cerrando el paso al borrico. + </p> + <p> + —¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!—gritaba + el Obispo desesperado, temiendo por la vida del angelillo. + </p> + <p> + —¡Sí, sí, tú que eres santo!—replicaba + la madre con alaridos. + </p> + <p> + —¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé... + </p> + <p> + —¡Un milagro! ¡un milagro!...—repetía la + madre. + </p> + <p> + La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la + Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario. + </p> + <p> + Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón + todavía se abrasaba en fuego de amor a María Santísima. + Desde el seminario, y ya había llovido después, su vida había + sido una oda consagrada a las alabanzas de la Madre de Dios. Sabía + mucha teología, pero su ciencia predilecta consistía en la + doctrina de los Misterios que se refieren a la Mujer <i>sine labe concepta</i>. + De memoria hubiera podido repetir cuanto han dicho los Santos Padres y los + Místicos en honor de la Virgen, y sabía alabarla en estilo + oriental, con metáforas tomadas del desierto, del mar, de los + valles floridos, de los montes de cedros; en estilo romántico—que + irritaba al Arcipreste—y en estilo familiar con frases de cariño + paternal, filial y fraternal. + </p> + <p> + Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta + y después se regalaban, titulados así: <i>El Rosal de María</i> + (en verso)—<i>Flores de María</i>—<i>La devoción</i> + <i>de la Inmaculada</i>—<i>El Romancero de Nuestra Señora</i>—<i>La + Virgen y el dogma</i>. + </p> + <p> + Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se + los daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de + una alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las + desdichas del mundo, al menos las que él había padecido. + </p> + <p> + En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y mucho + de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le + quería engañar cobrándole caros los remiendos de sus + pantalones! ¿No sabía él lo que eran remiendos? + ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I. muchas + veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes, aguzaba + el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los + zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas. + </p> + <p> + —Pero, señor—gritaba el ama de llaves, doña + Úrsula, heredera en el cargo de doña Paula—; si usted + pide milagros. ¿Cómo no se han de conocer las puntadas? + Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda, y será mejor. + </p> + <p> + —¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda + comprar zapatos nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese + remendón supiera su oficio, parecerían estos una gloria. + </p> + <p> + El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del + calzado no se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba + revista, como a un recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía + distraído: y si notaba algún descuido de indumentaria que + acusara pobreza indigna de un mitrado, le reprendía con acritud. + </p> + <p> + —Esto es absurdo—decía De Pas—. ¿Quiere + usted ser el Obispo de <i>Los miserables</i>, un Obispo de libro + prohibido? ¿Hace usted eso para darnos en cara a los demás + que vamos vestidos como personas decentes y como exige el decoro de la + Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos pantalones + remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas, llegaría + la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita? + </p> + <p> + —No es eso, hijo mío, no es eso—respondía el + Obispo sofocado, con ganas de meterse debajo de tierra. + </p> + <p> + Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo + sé. ¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y + a don Custodio y al primo del ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, + tan lechuguinos con vuestro sombrero de teja cortito, abierto, + felpudo...?, pues ya lo creo... si eso es una bendición de Dios; si + así debe ser.... ¿Pero sabes tú quién es + Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas + medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la + piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen; + ¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor? + </p> + <p> + Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de + moda en Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y + el verle a él en la cátedra del Espíritu Santo casi + todos los días, despertó la curiosidad primero, después + el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su elocuencia era + espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador verdadero, valía + más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión. + Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su + corazón a su cerebro, y el púlpito se convertía en un + pebetero de poesía religiosa cuyos perfumes inundaban el templo, + penetraban en las almas. Sin pensar en ello, Fortunato poseía el + arte supremo del escalofrío; sí, los sentía el + auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y + santa. La caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, + el mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a + todos la gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado + corría por el templo como una influencia magnética; parecía + que si se tocaban los cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; + el entusiasmo, la conversión, se leían en miradas y + sonrisas; en aquellos momentos los vetustenses tomaban en serio lo de ser + todos hermanos. + </p> + <p> + Pero esto había sido al principio. Después... el público + empezó a cansarse. Decían que el Obispo <i>se prodigaba + demasiado</i>. «El Magistral no se prodigaba». + </p> + <p> + —Estudia más los sermones—decían unos. + </p> + <p> + —Es más profundo, aunque menos ardiente. + </p> + <p> + —Y más elegante en el decir.—Y tiene mejor figura en el + púlpito. + </p> + <p> + —El Magistral es un artista, el otro un apóstol. + </p> + <p> + Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por + qué gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba + que no entendía aquello. Era demasiado florido». Para + Glocester no pasaba de <i>mera retórica</i> aquello de abrasarse en + amor del prójimo. «Le sonaba a hueco». + </p> + <p> + —«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo + nunca hablaba mal de nadie; para él como si no hubiera un grosero + materialismo ni una hidra revolucionaria, ni un satánico <i>non + serviam</i> librepensador». + </p> + <p> + En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a + desacreditarse en los <i>sermones de la Audiencia</i>. Todos los viernes + de Cuaresma la Real Audiencia Territorial pagaba y oía con + religiosa atención o mística somnolencia un sermón + que alguna notabilidad del púlpito vetustense predicaba en Santa + María, la iglesia antiquísima. + </p> + <p> + —«Pues bien—decía Glocester—allí no + se habla por hablar, ni lo primero que viene a la boca; allí no + basta abrasarse en fuego divino; es necesario algo más, so pena de + ofender la ilustración de aquellos señores. Se habla a + jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y hay que + tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo había + hablado a los <i>señores del margen</i>, a la Audiencia Territorial + ni más ni menos mal que al común de los fieles». + </p> + <p> + El actual regente—que no era Quintanar—había dicho, en + confianza, a un oidor que <i>el sermón no tenía miga</i>. El + oidor había corrido la noticia, y el fiscal se atrevió a + decir que el Obispo no se iba al grano. + </p> + <p> + Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo + había hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, + se lució en su sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo + anunciaba él muchos días antes. + </p> + <p> + —«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay + que leerme entre líneas; yo no hablo para criadas y soldados; hablo + para un público que sepa... eso, leer entre líneas». + </p> + <p> + La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, + Mourelo se presentó en el púlpito sonriente, como solía + (ocho días antes se había desacreditado el Obispo), saludó + al altar, saludó a la Audiencia y se dignó saludar al católico + auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de la Iglesia + para ver si, conforme le habían anunciado, algún + libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven + podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, + y pensó: «Me alegro; ahora veréis lo que es bueno». + El regente—que no era Quintanar—con el entrecejo arrugado y la + toga tersa, sentado en medio de la nave en un sillón de terciopelo + y oro, contemplaba al predicador, preparándose a separar el grano + de la paja, dado que hubiera de todo. Otros magistrados, menos inclinados + a la crítica, se disponían a dormir disimuladamente, valiéndose + de recursos que les suministraba la experiencia de estrados. + </p> + <p> + Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, + la alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, + que él creía solapada y hábil, los arrojó + sobre el impío Arouet, como él llamaba a Voltaire siempre. + Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre Voltaire; de + los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún + apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi + ninguno: el grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de + los establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el + gasto; pero nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga + y Götinga: amigo, esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia + de Glocester. + </p> + <p> + Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el + pato. Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el + paganismo, la antigua idolatría. Aquel día, el viernes, + estuvo oportunísimo burlándose de los egipcios. Al regente + le costó trabajo contener la risa, que procuraba excitar Glocester. + </p> + <p> + Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y + cebollas, le hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con + qué sandunga les tomaba el pelo a los egipcios!», según + expresión de Joaquinito Orgaz, religioso por buen tono y que creía + sinceramente que era un disparate la idolatría. + </p> + <p> + —«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico + auditorio, aquellos habitantes de las orillas del Nilo, aquellos ciegos + cuya sabiduría nos mandan admirar los autores impíos, + adoraban el puerro, el ajo, la cebolla». <i>«¡Risum + teneatis! ¡Risum teneatis!»</i> repetía encarándose + con el perro de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de + enfrente. El perro no se reía. + </p> + <p> + Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos + con tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza + aquellos hombres que adoraban tales inmundicias?». + </p> + <p> + Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después + sacaba partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y + decía: + </p> + <p> + —«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los + terrenos, es que si proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio + civil, pronto volveremos a la idolatría, y seremos como los + antiguos egipcios, adoradores de Isis y <i>Busilis</i>; una gata y un + perro según creo». + </p> + <p> + El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor + Mourelo, arcediano, había estado a mayor altura que el señor + Obispo. Esto cundió por las tertulias, corrillos y paseos, y + cuantos pretendían pasar plaza de personas instruidas, lamentaron + que no hubiera más fondo en los sermones del prelado, que no se + preparase y que <i>se prodigara tanto</i>. + </p> + <p> + Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el + visto bueno de Glocester: + </p> + <p> + —«Que había que desengañarse; el verdadero + predicador de Vetusta era el Magistral». + </p> + <p> + Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y + desde entonces la fama del Obispo como orador se perdió + irremisiblemente. Cuando en Vetusta se decía algo por rutina, era + imposible que idea contraria prevaleciese. + </p> + <p> + Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa + Fortunato estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo. + </p> + <p> + Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto + estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por + los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo + allá, en el tabernáculo, brillaban pálidos algunos + cirios largos y estrechos, lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, + que goteaban sangre; el sudor pintado reflejaba la luz con tonos de + tristeza. El Obispo hablaba con una voz de trueno lejano, sumido en la + sombra del púlpito; sólo se veía de él, de vez + en cuando, un reflejo morado y una mano que se extendía sobre el + auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho del Señor + al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que llegaran + los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía, + todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban; + ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», + exclamaba el Justo, mientras su cuerpo dislocado se rompía dentro + con chasquidos sordos. Los verdugos se irritaban contra la propia torpeza; + no acababan de clavar los pies.... Sudaban jadeantes y maldicientes; su + aliento manchaba el rostro de Jesús.... «¡Y era un + Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro, el de + todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las + manos crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría + del pilar; temblando ante una visión, como si aquel aliento de los + sayones hubiese tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, + suspendidos en la sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La + inmensa tristeza, el horror infinito de la ingratitud del hombre matando a + Dios, absurdo de maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con + desconsuelo inefable, como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. + Y su ademán, su voz, su palabra supieron decir lo indecible, + aquella pena. Él mismo, aunque de lejos, y como si se tratara de + otro, comprendió que estaba siendo sublime; pero esta idea pasó + como un relámpago, se olvidó de sí, y no quedó + en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia del apóstol, + a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca + que por vez primera oía la descripción de la escena del + Calvario. + </p> + <p> + A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que + obligaba al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los + suspiros de ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la + mayoría del auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días + de Pasión, los mismos que se exhalaban ante un sermón de + cura de aldea, mitad suspiros, mitad eruptos de la vigilia. + </p> + <p> + Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y + hasta pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se + había descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello + era sacar el Cristo». El púlpito no era aquello. Glocester, + desde un rincón, se escandalizaba para sus adentros. «¡Pero + <i>eso</i> es un cómico!» pensaba; y pensaba repetirlo en + saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero <i>eso</i> + es un cómico!». + </p> + <p> + El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. + «No le gustaba sacar el Cristo». En general prescindía + en sus sermones de la epopeya cristiana y pocas veces predicó en la + Semana de Pasión. «Rehuía los lugares comunes», + según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De Pas no + tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria + para pintar las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con + vigor. Cada vez que necesitaba repetir lo de: «<i>Y el verbo se hizo + carne</i>» en lugar del pesebre y el Niño Dios veía, + dentro del cerebro, las letras encarnadas del Evangelio de San Juan, en un + cuadro de madera en medio de un altar: <i>Et Verbum caro factum est</i>. + </p> + <p> + En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda + le había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si + quería figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo + de tales imágenes; huía de ellas, no quería + quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué + pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto + de las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los + cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del + dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al + dogma prefería la moral. La vocación de la filosofía + teológica y el prurito de la controversia habían nacido ya + en el seminario; su espíritu se había empapado allí + de la pasión de escuela, que suple muchas veces al entusiasmo de la + verdadera fe. La experiencia de la vida había despertado su afición + a los estudios morales. Leía con deleite los <i>Caracteres de La + Bruyère</i>; de los libros de Balmes sólo admiraba <i>El + Criterio</i> y—¡quien se lo hubiera dicho al señor + Carraspique!—en las novelas, prohibidas tal vez, de autores + contemporáneos, estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba + observaciones, comparando su experiencia con la ajena. + </p> + <p> + ¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima + al leer en un autor impío las aventuras ideales de un presbítero! + «¡Qué de escrúpulos! ¡qué de + sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después + ¡qué de remordimientos! Estos liberales—añadía + para sí—ni siquiera saben tener mala intención. Estos + curas se parecen a los míos como los reyes de teatro se parecen a + los reyes». + </p> + <p> + Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o + la lucha con la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los + vicios y virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta + última materia. De vez en cuando, para conservar su fama de sabio + entre las <i>personas ilustradas</i> de Vetusta, la emprendía con + los infieles y herejes. Pero no se remontaba a los egipcios, ni siquiera a + Voltaire. Los herejes que descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba + a los protestantes; se burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con + arte el lado flaco de sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. + Describiendo a veces los Consistorios de Berlín hacía pensar + al auditorio: «¡Pero aquellos desgraciados están locos!». + </p> + <p> + No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en + el error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del + predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una + sola; nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos + vanidades conformes. + </p> + <p> + «¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como + viven en las tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., + no tuviesen el talento natural de los vetustenses apiñados en el + crucero de la catedral, alrededor del público! La salvación + del mundo sería un hecho». + </p> + <p> + El empeño constante del Magistral en la <i>cátedra</i> era + demostrar «matemáticamente» la verdad del dogma. + «Prescindamos por un momento del auxilio de la fe, ayudémonos + sólo de nuestra razón.... Ella basta para probar...». + ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! + «La razón no explica los misterios, es verdad: pero explica + que no se expliquen».—«Esto es mecánico», + repetía, descendiendo gustoso al estilo familiar. En tales momentos + su elocuencia era sincera; cuando traía entre ceja y ceja un + argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su <i>a+b</i> teológico-racional + cualquier artículo de fe, hablaba con calor, con entusiasmo. + Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba los + ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las + piernas, se bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el + argumento contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, + se arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en + los ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo + ronca.... Pero ¡ay! esto era perderse. <i>Su</i> público no + entendía aquello... y De Pas volvía a ser quien era, se erguía, + doblaba las puntas de acero y tornaba a descargar citas sobre los + abrumados vetustenses, que salían de allí con jaqueca y + diciendo: + </p> + <p> + «¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! + ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días + deben de ser de cuarenta y ocho horas!». + </p> + <p> + Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a + los alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y + otros cinco o seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de + Tubinga y lo del orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír + al Magistral en sus <i>sermones de costumbres</i> y él también + prefería agradar a las señoras. Si en los asuntos dogmáticos + buscaba el auxilio de <i>la sana razón</i>, en los temas de moral + iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era un negocio, el + gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito. + «El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es <i>entenderla</i>». + Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer + ante aquellas fórmulas de la salvación. + </p> + <p> + «¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber + hecho su fortuna en América, ahora en el <i>país natal</i>, + sin moverse de casa, podían ganar fácilmente el cielo. + ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los + malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era + mecánico, también lo demostraba por <i>a+b</i>. Pintaba a + veces, con rasgos dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, + del borracho, del embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y + después de las vicisitudes de una existencia mísera + resultaba siempre que <i>lo peor era para él</i>. + </p> + <p> + Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la + lujuria. Le presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, + lleno de gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y + de la patria... y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil. + </p> + <p> + Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas + del vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían + las señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían + de ella en sus adentros era este: + </p> + <p> + «¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón + tiene!», pensaban muchas damas al oírle hablar del adulterio. + Las más de estas eran <i>mujeres honradas</i> que no habían + sido adúlteras, que no habían hecho más que <i>tontear, + como todas</i>. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín + que el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían + dicho en el confesonario. + </p> + <p> + También en el tribunal de la penitencia había derrotado el + Provisor al Obispo. + </p> + <p> + Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el <i>bello + sexo</i> de todas las clases: todas querían al Obispo por padre + espiritual. Pero en el confesonario se desacreditó antes que en el + púlpito. ¡Era tan soso! Y tenía la manga muy estrecha + y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba mucho y a todas les decía + casi lo mismo. Además, era demasiado madrugador y ni siquiera + guardaba consideraciones a las señoras delicadas. Se ponía + en el confesonario al ser de día. + </p> + <p> + Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la + capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas + pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por <i>rigorosa + antigüedad</i>, como en una peluquería, sin tener en cuenta si + eran amas o criadas. «Era demasiado <i>hacer el apóstol</i>». + Se le dejó. + </p> + <p> + Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros, + albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas + tocadas de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y + ribeteadoras, este fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso + él se quejaba, muy afligido, de las malas costumbres y de los + muchos nacimientos ilegítimos que debía de haber, según + su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!». + </p> + <p> + En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil: + </p> + <p> + —Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted + prohibir el paseo de la zapatilla? + </p> + <p> + Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el <i>Boulevard</i>, + entre luz y luz. + </p> + <p> + Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía + la corrupción creciente de Vetusta. + </p> + <p> + Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis + exenta de Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el + Provisor en cuanto entró en el salón reprendió con + una mirada como un rayo. + </p> + <p> + El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en + el sofá. + </p> + <p> + Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el + Americano, el segundo millonario de la Colonia. + </p> + <p> + El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de + latín sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina. + </p> + <p> + «¿Qué era aquello?», quería decir la + mirada del Magistral, que saludó a las señoras inclinándose + con gracia y coquetería inocente. «¡Unas señoras + con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! + Esto era nuevo». + </p> + <p> + Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima + para que fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a + la virtud, <i>organizado</i> por cierto circulo filantrópico. El círculo + se llamaba <i>La Libre Hermandad</i>, nombre feo, poco español y + con olor nada santo. En tal sociedad había una junta de caballeros + y otra <i>agregada</i> de damas <i>protectrices</i> (gramática del + Presidente del círculo.) + </p> + <p> + <i>La Libre Hermandad</i> se había fundado con ciertos aires de + institución independiente <i>de todo yugo religioso</i>, y su + primer presidente fue el señor don Pompeyo Guimarán, que de + milagro no estaba excomulgado y que no comulgaba jamás. + </p> + <p> + Era el círculo algo como una oposición a <i>Las Hermanitas + de los Pobres</i>, a la <i>Santa Obra del Catecismo</i>, a las <i>Escuelas + Dominicales</i>, etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por + el elemento religioso y a los pocos meses no había un pobre en todo + el Ayuntamiento de Vetusta que quisiera las limosnas, los premios, ni la + enseñanza de <i>La Libre Hermandad</i>. + </p> + <p> + Las niñas de las <i>Escuelas Dominicales</i> y los chiquillos del + <i>Catecismo</i>, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Santo Dios, Santo Fuerte,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">Santo Inmortal,</span><br /> + </p> + <p> + y lo de + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Venid y vamos todos</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">con flores a María,</span><br /> + </p> + <p> + inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Los niños pobres no quieren</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">ir a la Libre Hermandad,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">los niños pobres prefieren</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">la Cristiana Caridad.</span><br /> + </p> + <p> + La <i>cristiana caridad</i> y la perfección de la rima revelaban el + estilo de don Custodio el beneficiado, que era—a tanto había + llegado—director de las Escuelas Dominicales de niñas pobres. + </p> + <p> + La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso + sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán + que los tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras + letras y presentó su dimisión «sacrificándose, + decía, no a las imposiciones del fanatismo, sino al bien de los niños + abandonados». Con la dimisión de don Pompeyo y la feliz idea + de crear la junta agregada de damas <i>protectrices</i> ganó algo + la sociedad benéfica, y ya no se la hizo guerra sin cuartel. Pero aún + no había lavado su pecado original que llevaba en el nombre. El + Provisor despreciaba el tal círculo. + </p> + <p> + Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de + agregarse a todo. Actualmente era la tesorera de las <i>protectrices</i>. + </p> + <p> + Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía + o lo que fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor + Obispo que presidiera el solemne reparto de premios aquel año. + «Pero ¿quién le ponía el cascabel al gato?—Visitación, + la del Banco». ¿Quién más a propósito + para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su + visita le acompañase otra dama de <i>viso</i>. Ninguna quiso ir, no + se atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, + por la representación de su papá y lo bienquista que era la + joven en Palacio. + </p> + <p> + —«Sí—decía en la junta Visitación—que + venga Olvido; así no creerá el Magistral que el tiro va + contra él; porque, como a mí no me puede ver...». + </p> + <p> + Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía + por una grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras + que ayudaban al Arcediano en su conspiración contra el Vicario + general. Sin embargo, Visita confesaba a veces con don Fermín, a + pesar de los desaires de este. «Ya sabía él a qué + iba allí aquella buena pécora, pero chasco se llevaba; la + confesaba por los mandamientos y se acabó». + </p> + <p> + —«¿Y qué más? adelante; ¿y qué + más? estilo Ripamilán. A buena parte iba la correveidile de + Glocester». + </p> + <p> + Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión + de La Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más + fiel devota, agravó el mal humor del Vicario. Le costó + trabajo estar fino y cortés y lo consiguió gracias a la + costumbre de dominarse y disimular. Visitación se complacía + en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes, y le + mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía + en la boca del estómago». + </p> + <p> + —Pero, señoras mías—dijo De Pas—hablemos + con formalidad un momento. + </p> + <p> + —¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere + usted recoger velas, que se desdiga S. I.? + </p> + <p> + —Creo, que...—¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos + vamos, nos vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, + Olvido... no oigo... no oigo.... + </p> + <p> + Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación + sonaba como siete; parecía que estaba allí perorando toda la + junta de <i>protectrices</i>. + </p> + <p> + Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque + a la de Páez. + </p> + <p> + El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había + fundado un ateo, era enemiga de la Iglesia...». + </p> + <p> + —No hay tal—gritó desde la puerta Visita—; si así + fuera, no figuraríamos nosotras como damas agregadas. + </p> + <p> + —Yo lo soy—advirtió la de Páez—por empeño + de esta que convenció a papá. + </p> + <p> + —Pero, señores, si <i>La Libre Hermandad</i> ha cantado ya la + palinodia; si desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de + la libertad y toda esa jarana.... + </p> + <p> + —Tiene razón—se atrevió a decir el Obispo, a + quien todavía engañaba el aturdimiento postizo de la del + Banco—; tiene razón esa loquilla.... + </p> + <p> + —¡No tiene tal!—gritó el Provisor, perdiendo un + estribo por lo menos—. No tiene tal; y esto ha sido... una + imprudencia. + </p> + <p> + Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo + le trata!» pensó, envidiando a un hombre que osaba llamar + imprudente al Obispo. + </p> + <p> + Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de + indicar al Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos + y enrevesados, se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para + evitar explicaciones. + </p> + <p> + El Magistral no pensó en buscarle. + </p> + <p> + La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una + reprensión del prebendado. Este aprovechó un momento en que + Visita se detuvo para saludar a una familia que ella había + recomendado al Obispo, y acercándose al oído de la joven + dijo en tono de paternal autoridad: + </p> + <p> + —Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... + loca. + </p> + <p> + —Pero si me votaron...—Si usted no fuera de esa junta...—Papá + espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted por + convidado. + </p> + <p> + —Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades? + </p> + <p> + —Lo que digo es que papá...—Pues hoy no puedo ir... a + comer. Estoy convidado hace días... otro Francisco que... pero allá + nos veremos dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y + corriendo.... + </p> + <p> + Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró, + dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas + del gobierno eclesiástico. + </p> + <p> + Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar + a los que allí le esperaban, se sentó en un sillón de + terciopelo carmesí detrás de una mesa de ministro cargada de + papeles atados con balduque. Apoyó los codos en el pupitre y + escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le esperaban, + que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era + una de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; + así humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no + verlos a los dos pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de + pez. La bilis le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. + Ningún disgusto grave le habían dado; pero tantas pequeñeces + juntas le habían echado a perder aquel día que había + creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse alegre frente al + espejo. Primero su madre tratándole como a un chiquillo, recordándole + las calumnias con que le perseguían; después las noticias + alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella Visitación, + La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y sobre todo + aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad, recordándole + nada más que con su presencia de liebre asustada toda una historia + de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia suya, la de + don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí + mismo? era poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo + Fortunato sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más + que nunca. Ahora le parecía que la superioridad intelectual del + vicario era nada enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era + la única persona que sabía comprender todo el valor de + Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles, qué + espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, + su culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué + ruines, qué prosaicas! su carácter fuerte y dominante, + ¡qué ridículo en el fondo! «¿A quién + dominaba él? ¡A escarabajos!». + </p> + <p> + —¿Qué hay?—gritó con voz agria, + levantando la cabeza y mirando a los escarabajos que tenía + enfrente. + </p> + <p> + Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía + clérigo; mal afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el + rostro lleno de púas negras ásperas; vestían ambos de + paisano, pero como los curas de aldea; el alzacuello del clérigo + era blanco y estaba manchado con vino tinto y sudor grasiento; el cuello + de la camisa del otro parecía también un alzacuello; usaba + corbatín negro abrochado en el cogote. + </p> + <p> + Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba + otros dos o tres cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de + ser una de las personas más influyentes en la curia eclesiástica + y aun en el ánimo del señor Provisor. Bien iba a probarlo + ahora interponiendo su favor para arrancar al mísero párroco + de Contracayes, aldea de la montaña, de las garras de la + disciplina. Había habido <i>un soplo</i>, cosa de envidiosos, y el + Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad + de convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había + querido echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más + severas penas sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había + consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el párroco + montañés, prometiendo que, si advertía en él + verdadero arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter + reservado, que en nada perjudicaría la fama del clérigo, + gran elector, y muy buen partidario de la causa óptima. + </p> + <p> + —¿Qué hay?—repitió el Magistral, + sonriendo por máquina al notario. Peláez señaló + a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas muy + pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego, + boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez. Parecía + todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero + como de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne + amoratada de las mejillas se hubiera creído que le cubría + todo el cuerpo. Nunca se había visto enfrente del Provisor, a quien + temía por los rayos que manejaba, pero nada más hasta el + punto que un gigantón salvaje puede temer a quien puede aplastar, + en último caso, de una puñada. Notó don Fermín + que Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó + el cura con un gruñido, y el Provisor no contestó siquiera. + </p> + <p> + El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una + silla para dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; + hablaba con el lenguaje más familiar posible, sin pecar de + irreverente; se permitía bromitas y estuvo a punto de declarar que + el pecado de solicitación no era de los más feos y que se + podría echar tierra fácilmente al asunto. Y como el + Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación + y habló con falso aturdimiento de las últimas elecciones y + hasta aludió a las hazañas de cierto cura de la montaña + que conocía él, que había metido el resuello en el + cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes sonrió como un + oso que supiera hacerlo. + </p> + <p> + El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes + que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se + había hablado palabra del <i>negocio</i> y hasta el mismo Peláez + comprendió que había que abordar la <i>cuestión + espinosa</i>. Don Fermín, recordando de repente su mal humor, sus + contratiempos del día, se puso en pie y encarándose con el párroco—que + también se levantó como si fueran a atacarle—dijo con + voz áspera: + </p> + <p> + —Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el + disgusto de decirle que su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio + Tridentino considera el delito que usted ha cometido, como semejante al de + herejía. No sé si usted sabrá que la Constitución + <i>Universi Domini</i> de 1622, dada por la santidad de Gregorio XV le + llama a usted y a otro como usted execrables traidores, y la pena que señala + al crimen de solicitar <i>ad turpia</i> a las penitentes, es severísima; + y manda además que sea usted degradado y entregado al brazo + secular. + </p> + <p> + El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al + notario, que, a espaldas de don Fermín, le guiñó un + ojo. + </p> + <p> + —Benedicto XIV—continuó el Magistral—confirmó + respecto de los solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio + XV... y, en fin, por donde quiera que se mire el asunto está usted + perdido.... + </p> + <p> + —Yo creía...—¡Creía usted mal, señor + mío! Y si usted duda de mi palabra, ahí tiene usted en ese + estante a Giraldi «<i>Expositio juris Pontificii</i> que en el tomo + II, parte 1.º, trata la cuestión con gran copia de datos...». + </p> + <p> + El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, + que nunca era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima. + </p> + <p> + —Señor—se atrevió a decir Contracayes, algo + amostazado y perdiendo mucha parte del miedo—; con la palabra de V. + S. tengo ya bastante, y no es de los sagrados cánones de lo que me + quejo, sino de mi mala suerte que me hizo resbalar y caer donde otros + muchos, muchísimos que conozco resbalan pero no caen. + </p> + <p> + El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la + espalda. + </p> + <p> + —¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me + duerma usted en Vetusta!...—gritó. + </p> + <p> + —Pero, señor...—¡Silencio digo! silencio y + obediencia o duerme usted en la cárcel de la corona.... + </p> + <p> + Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la + mesa-escritorio. + </p> + <p> + —¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!—gritó + Contracayes, no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, + que no había previsto aquel choque de dos malos genios. + </p> + <p> + —Pero, señores, calma...—¡Fuera de aquí, + so tunante!—gritó el Magistral terciando el manteo, + descomponiéndose contra su costumbre...—. ¡Desgraciado + de ti! Date por perdido, mal clérigo.... + </p> + <p> + —¿Pero yo qué he dicho, señor?—exclamó + el párroco, que se asustó un poco ante la actitud de aquel + hombre, en quien reconocía la superioridad moral de un Júpiter + eclesiástico. + </p> + <p> + En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando + el oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya + serena: + </p> + <p> + —Salga usted—dijo señalando a la puerta—, salga + usted... libre por ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la + ciudad, ni hable con alma viviente de lo ocurrido aquí... y en + cuanto a su crimen execrable, yo me entenderé, sin necesidad de ver + a usted, con el señor Peláez, y él le comunicará + lo que resolvamos. + </p> + <p> + El clérigo quiso humillarse, pedir perdón.... + </p> + <p> + —Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y + lívido se atrevió a decir: + </p> + <p> + —¡Cuánto siento!... señor Magistral.... + </p> + <p> + —No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy + nervioso. Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté + con mi mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la + ira.... + </p> + <p> + —¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un + salvaje.... + </p> + <p> + —Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle + de otro modo. + </p> + <p> + —Lo que yo no perdono es el disgusto.... + </p> + <p> + —Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. + Hoy no puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar + los rigores de la ley que está terminante. + </p> + <p> + —Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica.... + </p> + <p> + —Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. + En fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo.... + </p> + <p> + Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con + su pensamiento, dejó que le subiera al rostro la sangre amontonada + por la vergüenza... + </p> + <p> + «¡Qué degradación!» pensó; y se + puso a dar paseos por el despacho, como una fiera en su jaula. + </p> + <p> + Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró + un joven alto, tonsurado, pálido y triste, tísico + probablemente. Era un primo del Magistral que hacía allí + veces de secretario. + </p> + <p> + —¿Qué habéis oído? + </p> + <p> + —Voces; nada.—El cura de Contracayes, que es un salvaje.... + </p> + <p> + —Sí, ya sé...—¿Qué hay?—Nada + urgente.—¿De modo que puedo irme? No me necesitáis.... + </p> + <p> + —No; hoy no.—Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no + estoy para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé + el despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo.... + </p> + <p> + —Sí, sí, eso sí. + </p> + <p> + —¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, + ¿vino ya? + </p> + <p> + —Sí.—¿Está corriente, puedo llevármela + ahora? + </p> + <p> + —Ahí la tienes, en ese cartapacio. + </p> + <p> + —¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor + de Parves?... + </p> + <p> + —Todo va en regla.—Aquí veo una tarjeta de don Saturno + Bermúdez. ¿A qué vino? + </p> + <p> + —A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el + cura de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le + ha hecho decir don Saturno.... + </p> + <p> + —Y que no le quiere pagar.—Es su costumbre. Está empeñado + con todo el clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió + con violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus <i>ingleses</i>. + </p> + <p> + —El cura de Tamaza es un vocinglero.... + </p> + <p> + —Pero pide lo que le deben...—Pero no se puede hacer nada.... + ¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de + levita? + </p> + <p> + —Eso no. Lo pagaríamos en el <i>Lábaro</i> que + él inspira y que ahora te trata bien. A propósito de periódicos; + ayer venía en «<i>La Caridad</i>» de Madrid, una + correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella andaba la + mano de Glocester. + </p> + <p> + —¿Qué decía?—Tontunas, que los carlistas + estaban enseñoreados de algunas diócesis en que, contra el + derecho, eran vicarios generales los que no podían serlo, sino + interinamente y por gracia especial; pero que por ciertos servicios a la + causa del Pretendiente, los superiores jerárquicos hacían la + vista gorda. + </p> + <p> + —De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general? + </p> + <p> + —Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan + «los prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué + disposiciones de los Papas.... + </p> + <p> + —Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de + Gregorio XV. ¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también + con lo de «ser natural de la diócesis». ¡Idiotas! + ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos católicos!... + Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho; esas agudezas + romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, + qué enemigos! ¡bestias, nada más que bestias! + </p> + <p> + El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel + ambiente de necedad.... + </p> + <p> + Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los + que esperaban en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo + defenderse de las invasiones; el señor Carraspique asomó las + narices por una puerta.... + </p> + <p> + —¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, + hubo que decir. + </p> + <p> + Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la + agencia de Preces; y algunos asuntos de capellanías.... + </p> + <p> + Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El Magistral, + distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y + allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy + afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo parecía. + La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos; era grande, + fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de + sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los + empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, + pero producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido + y malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas. + </p> + <p> + Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos + que hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en + pedir algo con temor de un desaire; los empleados, más tranquilos, + fumaban o escribían, contestaban con monosílabos, y a veces + no contestaban. Era una oficina como otra cualquiera con algo menos de + malos modos y un poco más de hipocresía impasible y cruel. + </p> + <p> + Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más + se volvieron a él, pero el <i>jefe</i> se contentó con poner + una mano delante de la cara como rechazando a todos los importunos y se + fue a una mesa a preguntar por un expediente de mansos. «Lo que + él decía; en las oficinas de Hacienda pública no + daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño + eterno, cubiertos de polvo». + </p> + <p> + El señor Carraspique daba pataditas en el suelo. + </p> + <p> + —¡Estos liberales!—murmuraba cerca del Magistral. + </p> + <p> + —¡Qué Restauración ni qué niño + muerto! Son los mismos perros con distintos collares.... + </p> + <p> + —El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es + evidente, no hay concordato que valga; todo se promete, y no se hace + nada.... + </p> + <p> + Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea; + también ellos querían saber si los expedientes de mansos.... + </p> + <p> + —Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes—dijo el + Provisor en voz alta, para que se enterasen todos los presentes y no le + aburrieran más—en las oficinas del gobierno civil dicen que + se resolverán los expedientes uno a uno, porque no hay criterio + general aplicable, es decir, que no se resolverán nunca los + expedientes dichosos.... + </p> + <p> + De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las + fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, + se encenagó como todos los días en las complicadas + cuestiones de su gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más + íntimo con sus propios intereses y los de su señora madre; + con cien nombres de la disciplina, muchos de los cuales significaban en la + primitiva Iglesia poéticos, puros objetos del culto y del + sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna cuestión del + dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato, congruas, capellanías, + estola, pie de altar, licencias, dispensas, derechos, cuartas + parroquiales... y otras muchas docenas de palabras iban y venían, + se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre + sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba + agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña + Paula, pero su espíritu parecía presidir el mercado singular + de la curia eclesiástica. Ella era el general invisible que dirigía + aquellas cotidianas batallas; el Magistral era su instrumento inteligente. + </p> + <p> + Como todos los días, se presentaron aquella mañana + cuestiones turbias que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, + con el criterio de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más + correcta forma, con pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, + sin embargo, al resolver una injusticia, un despojo, una crueldad útil, + vaciló su ánimo (estaba nervioso, no sabía qué + hierba había pisado), pero el recuerdo de su madre por un lado, la + presencia de aquellos testigos ordinarios de su frescura, de su habilidad + y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza de la inercia, la + costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de siempre, resolvió + como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el Provisor se habría + vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para engañar + a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su + hijo; de su hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana + se turbaba al leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por + qué al ver un sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El + sol, el cielo! ¿qué le importaban al Vicario general de + Vetusta? ¿No era él un curial que se hacía millonario + para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con la codicia la sed + de ambiciones fallidas?». + </p> + <p> + «Sí, sí; eso era él; y no había que + hacerse ilusiones, ni buscar nueva manera de vivir. Debía estar + satisfecho y lo estaba». + </p> + <p> + —«¡Hora y media en la oficina!—se dijo al salir + del palacio, entre avergonzado y contento—; ¡y él que + creía no haber pasado allí veinte minutos!». + </p> + <p> + Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró + con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era + salir de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la + boca seca y amarga y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se + encontraba un aire de monedero falso. Se apresuró a dejar la + plazuela que cubría de sombra la parda catedral... huyó + hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus resonantes aceras + gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su hierba entre los + guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro encorvadas, y buscó + la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle del Comercio y el + Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre anchas + losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la + piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo. + </p> + <p> + Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta + del Corfín, azulada también. Aquello era la alegría, + la vida. «¡Capellanías, bulas, medias annatas, + reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el + hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, + el Corfín grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si + la había de preces, ni por qué costaba dinero el sacar + licencias de cualquier cosa?». + </p> + <p> + Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y + siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos + pensamientos de bucólica religiosa. Precisamente siempre había + sido enemigo de las Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie + de positivismo prosaico respecto de las necesidades temporales de la + Iglesia. ¿Estaría enfermo? ¿Se iría a volver + loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire fresco—el + viento había cambiado del mediodía al noroeste—le + llenaba los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin + hacer caso de observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se + había plantado en los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral + se veía con una cesta debajo del brazo recogiendo de puerta en + puerta por el Boulevard y el Espolón las ricas frutas que Páez, + don Frutos Redondo y demás <i>Vespucios</i> de la Colonia, + arrancaban con sus propias manos en aquellos jardines que, en efecto, iba + viendo a un lado y a otro detrás de verjas doradas, entre follaje + deslumbrante y lleno de rumores del viento y de los pájaros. + </p> + <p> + El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle + Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que + parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en + la provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa + contra los Normandos. + </p> + <p> + El señor de Páez no temía ningún desembarco de + piratas, pues el mar estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía + que la «<i>elegancia sólida</i> consistía en fabricar + muros muy espesos, en desperdiciar los mármoles, y, en fin, en + trabajos <i>ciclopios</i>», según su incorrecta expresión. + En lo más alto del frontispicio había en vez de un escudo, + que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo + de jaspe negro y en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: <i>1868</i>, + que no indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. + En las esquinas del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, + sendas águilas de hierro pintadas de verde probaban a levantar el + vuelo. Aquellas águilas, según el señor Páez, + hacían juego con otras dos bordadas en la alfombra de su despacho. + No era el bueno de don Francisco el más rico americano de la + Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al <i>Vespucio</i> + de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía + el pie delante tocante al rumbo» y él era el único + vetustense que hacía visitas en coche y tenía lacayos de + librea con galones a diario, si bien a estos lacayos jamás conseguía + hacerles vestirse con la pulcritud, corrección y severidad que + él había observado en los congéneres de la Corte. + </p> + <p> + Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír + misa, y el único libro religioso que trajo de América fue el + <i>Evangelio del pueblo</i> del señor Henao y Muñoz; no + porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase! sino + porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que + Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había + Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas + ideas, aunque guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su + hija y el Magistral le fueron convenciendo de que la religión era + un freno para el socialismo y una señal infalible de buen tono. Al + cabo llegó Páez a ser el más ferviente partidario de + la religión de sus mayores. «Indudablemente, decía, la + Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo religioso; daba todo + el dinero que se le pedía para el culto, y si muchas veces al + disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre estaba + dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro inofensivo. + </p> + <p> + Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma + de Magistral, en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y + berroqueño: los dos flacos de Páez eran el amor a su hija y + la manía del buen tono. + </p> + <p> + Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión: + </p> + <p> + —«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba + de aquello que antes le pareciera excelente. + </p> + <p> + El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su papá + por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban + allí buen tono. + </p> + <p> + Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y + orgullosos; no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, + suponiendo actividad y conciencia en el ídolo. La servían + negros y negras y un blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un + capricho había dejado de satisfacer en su vida la niña. A + los dieciocho años se le ocurrió que quería ser + desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por + inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía + en figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía + quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una + desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de + buena posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a + declararse a Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había + jurado dar a todos con una fórmula invariable. «El amor no + era su lote»; no creía en el amor. Poco a poco se fue + apoderando de su ánimo aquella farsa inventada por ella y tomó + la niña en serio su papel de reina Midas; renunció al amor, + antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el alma. Amó + el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en + paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión + el traje. No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, + daba tres o cuatro vueltas, y cuando ya se sentía bastante + envidiada, a casa, sin dignarse jamás pasar los ojos sobre ningún + individuo del sexo fuerte en estado de merecer. Los vetustenses llegaron a + mirarla como un maniquí cargado de artículos de moda, que sólo + divertía a las señoritas. «Era una gran proporción» + en quien no había que pensar. + </p> + <p> + «Olvido espera un príncipe ruso» era la frase + consagrada. + </p> + <p> + Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le + llamaba «el príncipe ruso» por ironía hasta que + salía con las manos en la cabeza. + </p> + <p> + A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no + tener en el corazón más que trapos, hacerse devota. Buscó + al Magistral con buenos modos, como al Magistral le gustaba que le + buscasen, y lo encontró. Se entendieron. Para don Fermín + aquella muchacha delgada, fría, seca, no era más que el + camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus millones en + comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de enamorarse místicamente + (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo el + desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña + para ganar al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para + nadie en la pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la + apartó de su lado, como había hecho con otras mujeres menos + tímidas y más temibles para la carne. De Pas tenía un + proyecto: casar a Olvido con quien él quisiera; creía poder + conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella proporción + debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le + hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué + necesidad fuerte. + </p> + <p> + Aquella mañana se le recibió en el <i>hotel—Páez</i> + como siempre, bajo palio, según la frase de don Francisco. + </p> + <p> + Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan + grandes como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en + aquellas blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo + y deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que + creía adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba + con orgullo, había nacido para aquello; pero su madre codiciosa, la + fortuna propia insuficiente para tanto esplendor, el estado eclesiástico, + la necesidad de aparentar modestia y casi estrechez, le tenían + alejado del ambiente natural... que era aquel.... El Magistral al entrar + en estos salones y gabinetes suavizaba más sus modales suaves y con + fácil elegancia, manejaba el manteo y plegaba la sotana y movía + manos, ojos y cuello con una distinción profana que no llegaba + nunca a la desfachatez del cura que reniega del pudor de los hábitos + al pisar los palacios del gran mundo... o sus sucedáneos. De Pas + nunca dejaba de ser el Magistral; pero demostraba, sin más que + moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin dejar de serio, + podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase esta + gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama + de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía + la marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable». + </p> + <p> + Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que + comiera con ellos; no tenían a nadie, sería una comida de + familia... los tres solos. + </p> + <p> + —¡Los tres solos!—decía Olvido dejando de ser + sorbete por un momento. + </p> + <p> + El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de + terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con gracia, + sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada + diciendo: <i>no</i> con el gesto... con cierta coquetería <i>epicena</i>. + </p> + <p> + —¡Anda, papá! sujétale—decía Olvido + con voz suplicante, arrastrando las sílabas que parecían + salir de la nariz. + </p> + <p> + —Imposible.—Es muy terco, hija, déjale... no quiere que + le agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa + para don Anselmo. + </p> + <p> + —Agradézcaselo usted a Su Santidad. + </p> + <p> + —Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta + gracia.... + </p> + <p> + El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle. + </p> + <p> + —Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón—gritó + Olvido, otra vez restituida a su natural frigorífico. + </p> + <p> + El Magistral se puso un poco encarnado. + </p> + <p> + Tuvo que mentir.—Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres + días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo + que son estos pueblos... qué dirían.... + </p> + <p> + No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le + esperaba su madre como todos los días. + </p> + <p> + Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y + cordial, que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía + a un presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le + iban a convidar en casa de Vegallana, última visita que pensaba + hacer. ¿Por qué le habían de convidar? Además + allá comían a la francesa, aunque doña Rufina solía + cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas suertes, los días + de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con <i>gaudeamus</i>, ni + él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita + para última hora. Y ¿por qué había de preferir + la mesa de los marqueses a la de Páez, no menos espléndida? + Aunque quiso rehuir la contestación a esta pregunta capciosa, la + conciencia se la dio como un estallido en los oídos, antes que + pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta come a + veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque a + ella la miran como una de la familia». + </p> + <p> + «¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la + Regenta, ni la comida de los marqueses?». + </p> + <p> + Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca + beata, el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró + por los pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, + atravesó la de Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al + portero del marqués de Vegallana, que era un enano vestido con + librea caprichosa, le preguntó con voz temblorosa: + </p> + <p> + —¿Está el señorito? + </p> + <p> + En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito + y sonaban dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de + Visita que gritaba: + </p> + <p> + —¡Pues no señor! no son azules.... + </p> + <p> + —Sí, señora, azules con listas blancas—respondía + Paco, batiendo palmas. + </p> + <p> + —¿A que no? ¿a que no? + </p> + <p> + —Tonta, tonta—decía otra voz más suave desde una + ventana del primer piso—no le creas; si no se ha visto nada... si + estaba yo más abajo y no vi nada.... + </p> + <p> + Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... + y entró en el patio. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XIIImdash" id="XIIImdash"></a>—XIII— + </h2> + <p> + El sol entraba en el salón amarillo y en el gabinete de la Marquesa + por los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado también, + así como el vientecillo indiscreto que movía los flecos de + los guardamalletas de raso, los cristales prismáticos de las arañas, + y las hojas de los libros y periódicos esparcidos por el centro de + la sala y las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, salían + corrientes de alegría, carcajadas que iban a perder sus resonancias + por las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas + almidonadas, de manteos crujientes, de sillas traídas y llevadas, + de abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el salón y + el gabinete. Doña Rufina vestida de azul eléctrico, + empolvada la cabeza que adornaban flores naturales que parecían, + sin que se supiera por qué, de trapo, doña Rufina reinaba y + no gobernaba en aquella sociedad tan de su gusto, donde canónigos + reían, aristócratas fatuos hacían el pavo real, + muchachuelas coqueteaban, jamonas lucían carne blanca y fuerte, + diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua + imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid. + </p> + <p> + La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satén, estaba en + la galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de + la calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un + abanico de nácar en la mano derecha, dándose aire + voluptuosamente, ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano + izquierda sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que + caía con gracia camino del suelo, deteniéndose en brillante + montón de tela negra sobre la falda de color cereza de la siempre + llamativa Obdulia Fandiño; quien a los pies de la Marquesa y a los + pies del Arcediano, sentada en un taburete histórico (robado al salón + arqueológico del Marqués) se inclinaba más graciosa + que recatada y honesta sobre el regazo de su noble amiga. Estas tres + personas formaban grupo en el balcón de galería, y desde el + gabinete, sentados aquí y allá, y algunos en pie, oían + a Glocester tres canónigos más, el capellán de la + casa, don Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito + Orgaz, y otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte. + </p> + <p> + Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de + generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases + hechas inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo + que en el claustro; y si se necesita más virtud para atreverse a + resistir las tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel + esposa, que para encerrarse en un convento. + </p> + <p> + Todas las señoras menos una, alta, gruesa y vestida con hábito + del Carmen (una señora que parecía un fraile) sostenían + que tiene más mérito la buena casada del siglo que la esposa + de Jesús. + </p> + <p> + La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su + cabeza y llamaba <i>señor mío</i> al Arcediano. + </p> + <p> + Glocester defendía el claustro, pero batiéndose en retirada + por galantería, sonriendo y abanicándose. + </p> + <p> + En el salón se hablaba de política local. Gran conflicto habían + creado al Gobierno, en opinión de todos los del corro, el alcalde + presidente del Ayuntamiento y la viuda del marqués de Corujedo + exigiendo el mismo estanquillo, el importante estanquillo del Espolón + para sus respectivos recomendados. + </p> + <p> + El jefe económico había dicho que allá el gobernador; + lo estaba refiriendo él a los presentes. El gobernador había + consultado al Gobierno por telégrafo (lo acababa de decir la + gobernadora), y el Gobierno tenía que decidir entre desairar a la + dama conservadora que disponía de más votos en Vetusta o a + uno de los más firmes apoyos de la causa del orden, que era el señor + alcalde. + </p> + <p> + Los pareceres se dividían. El marqués de Vegallana y Ripamilán, + que estaban en medio del grupo, volviéndose a todos lados, opinaban + que <i>ellos gobierno</i>, darían el estanco a la viuda. «¡Primero + que todo eran las señoras!». + </p> + <p> + Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisión provincial, creía + con la mayoría de los presentes, el jefe económico + inclusive, que la razón de Estado aconsejaba preferir la pretensión + del alcalde, aunque este, según malas lenguas, quería el + estanco para una su ex-concubina. + </p> + <p> + —¡Ya ven ustedes, eso es un escándalo!—decía + el Marqués, que tenía todos sus hijos ilegítimos en + la aldea—; ese hombre no sabe recatarse.... + </p> + <p> + —Yo paso por eso—decía el Arcipreste—; lo malo no + es que él quiera pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contraído.... + ¡Pero la otra es una dama!... + </p> + <p> + Mientras en el salón y en el gabinete se discutía así + y de otras muchas maneras, por las habitaciones interiores del primer + piso, por el comedor, por los pasillos, por la escalera que conducía + al patio y a la huerta, corrían alegres, revoltosos, Paco + Vegallana, que celebraba sus días, Visitación, Edelmira, + sobrina de la Marquesa (una niña de quince años que parecía + de veinte), don Saturnino Bermúdez y el señor de Quintanar; + la Regenta y don Álvaro Mesía presenciaban los juegos + inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio. + </p> + <p> + Quintanar le había pedido a Paco un batín para reemplazar la + levita de tricot que se le enredaba en las piernas. El batín le venía + ancho y corto. Era de alpaca muy clara. + </p> + <p> + El Magistral se encontró en la escalera con Visitación y + Quintanar que buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que + Edelmira y Paco habían escondido. Don Saturnino Bermúdez, pálido + y ojeroso, con una sonrisa cortés que le llegaba de oreja a oreja, + venía detrás, solo, también hecho un loquillo de la + manera más desgraciada del mundo. Daba tristeza verle divertirse, + saltar, imitar la alegría bulliciosa de los otros. Pero, amigo, era + su obligación: era pariente, era de los íntimos de la casa, + de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que los demás, + correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las señoras, si a mano + venía. Siempre se quedaba solo; si quería decir algo a la + Regenta, a Visitación o a Edelmira, le dejaban las damas con la + palabra en la boca, sin poder remediarlo, distraídas. No era falta + de educación, sino que los párrafos de Bermúdez eran + tan complicados, constaban de tantos incisos y colones, que oírle + uno entero sería obra de regla. Cuando vio al Magistral vio el + cielo abierto; ya tenía pretexto para volver a ser formal. Le saludó + con la finura «que le era característica» y se dispuso + a acompañarle al salón. Paco le había saludado de + lejos, deprisa y mal, porque en aquel momento huía con la petaca de + Quintanar a esconderla en la huerta, seguido de Edelmira, su más + rolliza y vivaracha y colorada prima. + </p> + <p> + —Es loco ese chico, cuando se pone a enredar—dijo Bermúdez + disculpando a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los + marqueses al señor Magistral. + </p> + <p> + Don Fermín miró de soslayo a la Regenta y a don Álvaro + que hablaban en la ventana del comedor. Hizo como que no los veía, + y con un poco de fuego en las mejillas, se dejó llevar por don + Saturnino hasta el salón. + </p> + <p> + Los señores graves le recibieron con las más lisonjeras + muestras de respeto y estimación. + </p> + <p> + —¡Oh, señor Magistral!—¡Oh cuánto + bueno!—Aquí está el Antonelli de Vetusta. + </p> + <p> + El Marqués le dio un abrazo que envidió un cura pequeño, + paniaguado de la casa. + </p> + <p> + Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño + efusivo; y juntos pasaron al gabinete. + </p> + <p> + Los tres canónigos se levantaron; la señora que parecía + un fraile sonrió satisfecha y murmuró: + </p> + <p> + —¡Ah, señor Provisor!... + </p> + <p> + —Gracias a Dios, señor perdido...—gritó la + Marquesa incorporándose un poco y alargando una mano, que desde + lejos, y gracias a su buena estatura, pudo estrechar el Magistral con + gallardía, haciendo un arco sobre el cuerpo gentil, color cereza, + de Obdulia, que desde allá abajo parecía querer tragar al + buen mozo en los abismos de los grandes ojos negros.—El Arcediano se + quedó con el abanico abierto, inmóvil, como aspa de molino + sin aire. Comprendió de repente que acababa de ser desbancado; de + papel principal se convertía en partiquino. En efecto, su discurso, + que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que nadie lo + echase de menos. Glocester se sintió eclipsado de tal modo, que + hasta creyó tener frío, como si de pronto se hubiera + escondido el sol. + </p> + <p> + «Siempre sucedía lo mismo; había motivo para aborrecer + a aquel hombre». Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de + mundo, ocultó una vez más sus sentimientos y tendió + la mano a su enemigo, acompañando la acción con una catarata + de gritos guturales con que significaba su inmensa alegría. + </p> + <p> + —¡Hola, hola, hola!...—y daba palmaditas en el hombro al + otro. + </p> + <p> + El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar, + ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del + comedor. Mientras respondía con modestia y discreción a + todos aquellos amigos, su imaginación estaba fuera. + </p> + <p> + Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venían. + </p> + <p> + «¿Comería en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no + iría a reconciliar aquella tarde, como rezaba su carta...». + </p> + <p> + La aparente cordialidad y la alegría expansiva de todos los + presentes, ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas señoras, + clérigos y caballeros particulares estaban divididos en dos bandos + enemigos en aquel instante; el bando de los envidiados y el de los + envidiosos; el de los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no + convidados. Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que + preocupaba a todos era la del convite. No se aludía a él y + no se pensaba en otra cosa. Empezaron las despedidas, y los que se iban + disimulaban el despecho, cierta vergüenza; se creían + humillados, casi en ridículo. Muchacho había que saludaba + torpemente y salía como corrido. Las señoras eran las que + peor fingían tranquilidad e indiferencia. Algunas salían + ruborizadas. Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que + le mortificaba era esta: «¿Y él? ¿estaba + convidado De Pas?». No lo sabía, y no quería marcharse + sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya gabinete y salón + quedaban poco a poco despejados, el Magistral creyó que debía + irse. Se acercó a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse y + le habló de cualquier cosa. En aquel momento entró Visitación + en el gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y + «con permiso de aquellos señores» a la Marquesa y a + Obdulia: las tres rodearon al Magistral y con permiso de los señores—que + ya no eran más que el Arcediano y dos pollos vetustenses + insignificantes—, tuvieron con él un conciliábulo en + que hubo risas, protestas del Magistral, mimosas y elegantes en los gestos + que las acompañaban. En los murmullos de las damas había súplicas + en quejidos, coqueterías sin sexo, otras con él, aunque + honestamente señaladas; Glocester, que fingía atender a lo + que le decían los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo + a los del grupo. «No cabía duda, le estaban suplicando que se + quedase a comer». Terminó el conciliábulo, salieron + Obdulia y Visitación, corriendo, alborotando, haciendo alarde de la + confianza con que trataban a los marqueses, y los jóvenes se + despidieron. Quedaban en el gabinete la Marquesa, el Magistral y + Glocester. Hubo un momento de silencio. El Arcediano se dio un minuto de + prórroga para ver si el otro se despedía también. En + el salón se oyó la voz de algunos que decían adiós + al Marqués... ya no quedaban en la casa más que los + convidados.... Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levantó, + tendió la mano a doña Rufina, y salió diciendo + chistes, haciendo venias y prodigando risas falsas. Iba ciego; ciego de + vergüenza y de ira. «¡Convidar al otro... a un prebendado + de oficio... y desairarle a él... que era dignidad! ¡Siempre + el enemigo triunfante!... Pero ya las pagaría todas juntas». + </p> + <p> + En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que hacía + calor) pensó esta frase: «¡esta señora Marquesa + es una... trotaconventos, es una Celestina!... ¡Se quiere perder a + esa joven! ¡Se quiere <i>metérselo</i> por los ojos!...». + Y salió a la calle pensando atrocidades y buscando fórmula + <i>decorosa</i> para comunicar al prójimo lo que pensaba. + </p> + <p> + Los convidados eran: Quintanar y señora, Obdulia Fandiño, + Visitación, doña Petronila Rianzares (la señora que + parecía un fraile), Ripamilán, Álvaro Mesía, + Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, y a última hora el + Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el médico + Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era huésped. + </p> + <p> + Otros años no se celebraban de esta manera los días de Paco; + los celebraba él fuera de casa. Pero esta vez se había + improvisado aquella fiesta de confianza y se comía a la española, + por excepción, para visitar por la tarde, en los coches de la casa, + la quinta del Vivero, donde el Marqués tenía un palacio + rodeado de grandes bosques y una fábrica de curtidos, montada a la + antigua. Se trataba de ir a ver los perros de caza y uno del monte de San + Bernardo que Paco había comprado días antes. Eran su + orgullo. Después de las mujeres venales, el Marquesito adoraba los + animales mansos, sobre todo perros y caballos. + </p> + <p> + Lo de convidar al Magistral había sido un <i>complot</i> entre + Quintanar, Paco y Visitación. La idea se debía a la del + Banco. Era una broma que quería darle a Mesía; quería + ver al confesor y al diablo, al tentador, uno en frente de otro. A + Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas para ver a Obdulia + coquetear con el clérigo, y al pobre Bermúdez, enamorado de + la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareció bien la + ocurrencia, pero dijo «que él se lavaba las manos, por lo que + había de irreverente en el propósito; a pesar de que ya se + sabía que él consideraba a los curas tan hombres como los + demás». + </p> + <p> + —Por otra parte—añadió el ex-regente—me + alegro de que don Fermín coma con nosotros, porque de este modo se + le quitará a mi mujer la idea empecatada de ir a reconciliar esta + tarde.... Quiero que se acostumbre a ver a su nuevo confesor de cerca, + para que se convenza de que es un hombre como los demás.... Eso + es... y salvo el respeto debido... a ver si ustedes me lo emborrachan.... + </p> + <p> + Paco no quería perjudicar a Mesía en sus planes, a los + cuales tal vez obedecía en parte la fiesta de aquel día; + pero encontró muy gracioso y picante el molestar al señor + Magistral, si, como Visitación sospechaba, a este ilustre canónigo + le disgustaba ver a la Regenta entregada al brazo secular de Mesía. + </p> + <p> + Visitación había dicho a Paco de buenas a primeras, que ella + lo sabía todo, que Álvaro tampoco para ella tenía + secretos. + </p> + <p> + —¿Pero y Ana? ¿Te ha dicho algo? + </p> + <p> + —¿Ana? En su vida; buena es ella. Pero déjate.... + </p> + <p> + —Por supuesto que no se trata más que de una <i>cosa</i>... + <i>espiritual</i>... + </p> + <p> + —Ya lo creo... espiritualísima.... + </p> + <p> + —Porque sino, nosotros... no nos prestaríamos... ya ves... el + pobre don Víctor.... + </p> + <p> + —¡Ya se ve!... Bromas, chico, nada más que bromas; pero + ya veras como al Provisor le saben a cuerno quemado (así hablaba + Visitación con sus amigos íntimos.) + </p> + <p> + —Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don + Saturno, al mitrado y a mi amigo Joaquín. + </p> + <p> + —Pero él la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan así... + </p> + <p> + —Tú sí que le odias a él.... + </p> + <p> + —Me cargan los hipócritas, chico.... Y oye; a ti te conviene + que el Magistral se quede. + </p> + <p> + —¿Por qué?—Porque Obdulia te dejará en + paz, y podrás cultivar a la primita.... ¡Oh, eso sí + que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo vigilaré... + </p> + <p> + —No seas boba... basta que esté en mi casa para que yo la + respete.... + </p> + <p> + —¡Ay, ay! qué bueno es eso... mire el señor del + respeto... no me fío.... + </p> + <p> + Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se + convino en rogar a la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, + si era preciso, al señor Magistral. + </p> + <p> + Visitación lo arregló todo en un minuto. + </p> + <p> + Como siempre. Donde ella estaba, nadie hacía nada más que + ella. Pasaba la vida ocupada en su gran pasión de tratar asuntos de + los demás, de chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. Allá + quedaba el modesto marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeño, + de rostro de ángel envejecido, atusando el bigotillo gris y + cuidando de la prole. Visitación lo exigía así. No + había de hacerlo ella todo. ¿Quién guiaba la casa? + ¿Quién la salvaba en los apuros? ¿Quién + conjuraba las cesantías? ¿Quién sorteaba las + dificultades del presupuesto? ¿Quién era allí el gran + arbitrista rentístico? Visitación. Pues que la dejasen + divertirse, salir; no parar en casa en todo el día. Además, + era mujer de tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el día, + la casa limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un + escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila la + conciencia, salía a caza de noticias, de chismes, de terrones de azúcar + y de recomendaciones la señora del Banco que estaba en todas partes + y siempre en activo servicio. + </p> + <p> + Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la + llamaba ella <i>para meterle por los ojos a ese</i>: el dativo que se suplía + era Anita. Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después + de la conversación de la tarde anterior con Mesía, no + pensaba en otra cosa. Por la mañana había ido a casa de + Quintanar, quien se paseaba por su despacho en mangas de camisa, con los + tirantes bordados colgando: representaban, en colores vivos de seda fina, + todos los accidentes de la caza de un ciervo fabuloso de cornamenta + inverosímil. Ocupábase don Víctor en abrochar un botón + del cuello; mordía el labio inferior, y estiraba la cabeza hacia lo + alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino. Visitación + entró en el despacho equivocada.... + </p> + <p> + —¡Ah! usted dispense—dijo—¿estorbo? + </p> + <p> + —No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pícaro botón.... + </p> + <p> + Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botón + del cuello, don Víctor comenzó a darle cuenta de sus propósitos + irrevocables de distraer a su mujer.... + </p> + <p> + —Mi programa es este. Y se lo expuso <i>c</i> por <i>b</i>. + </p> + <p> + Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron + al tocador de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel + instante la carta que poco después don Fermín leía + delante de su madre. + </p> + <p> + Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que + Ana se vistiera, «como Dios manda», y saliese con ellos. + Visita se había separado en la plaza de la Catedral para ir al + asunto de la <i>Libre Hermandad</i>. En casa de Vegallana se volverían + a ver. La Marquesa había escrito muy temprano a los Quintanar + convidándoles a comer y anunciándoles el programa del día. + Ana disputó con su marido; quería ir a reconciliar, se lo + había dicho así en una carta al Provisor, no era cosa de + traerle y llevarle.—«¡Nada, nada! Don Víctor + estaba dispuesto a ser inflexible...». + </p> + <p> + —Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después + de comer en casa del Marqués; y pronto, para ir en seguida al + Vivero.... ¡No transijo! + </p> + <p> + Y se fueron a dar los días a varios Franciscos y Franciscas. A la + una y cuarto estaban en casa del Marqués. + </p> + <p> + Lo primero que vio Ana fue a don Álvaro. + </p> + <p> + Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar al + cortés saludo de Mesía. Miró a su marido, algo + asustada, pero Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa + efusión. Le era muy simpático, y aunque se trataban poco, + cada vez que se hablaban estrechaban los lazos de una amistad incipiente + que <i>amenazaba</i> ser íntima y duradera. Don Álvaro tenía + para Quintanar el raro mérito de no ser terco: en Vetusta todos lo + eran según el buen aragonés; pero aquel modelo de caballeros + elegantes no insistía en mantener una opinión descabellada, + siempre concluía por darle la razón a Quintanar, quien decía + a espaldas del buen mozo: «¡Si este se fuera a Madrid haría + carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... ¡Oh, + ha de ser un hombre!». + </p> + <p> + Ana tomó la resolución repentina de dominarse, de tratar a + don Álvaro como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en + rigor nada había, ni podía, ni debía haber entre los + dos. + </p> + <p> + Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a + una ventana del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las + habitaciones de este a ponerse el batín ancho y corto, la Regenta + necesitó recordar, para mantenerse fría y serena, que nada + serio había habido entre ella y aquel hombre; que las miradas que + podían haberle envalentonado no eran compromisos de los que echa en + cara ningún hombre de mundo. Ana hablaba de los hombres de mundo + por lo que había leído en las novelas; ella no los había + tratado en este terreno de prueba. + </p> + <p> + Don Álvaro se guardó de aludir al encuentro de la noche + anterior; nada dijo de la escena rápida del parque; pero habló + con más confianza; en un tono familiar que nunca había + empleado con ella. Se habían hablado pocas veces y siempre entre + mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con los hombres siempre habían + sido poco íntimas sus relaciones. Sólo Paco y Frígilis + eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad invariable no + animaba, contenía. Visita aseguraba que aquel corazoncito no tenía + puerta. Ella no había encontrado la llave, por lo menos. + </p> + <p> + Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, + procurando agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más + que por el brillo y originalidad de las ideas. Se veía claramente + que buscaba simpatía, cordialidad, y que se ofrecía como un + hombre de corazón sano, sin pliegues ni repliegues. Reía con + franca jovialidad, abriendo bastante la boca y enseñando una + dentadura perfecta. Ana encontró de muy buen gusto el sesgo que Mesía + daba a su extraña situación. Cuando don Álvaro + callaba, ella volvía a sus miedos; se le figuraba que él + también volvía a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la + aparición diabólica de la noche anterior, en el paseo por + las calles, y en tantas citas implícitas, buscadas, indagadas, + solicitadas sin saber cómo por él; cobarde, criminalmente + consentidas por ella. + </p> + <p> + Don Víctor era poco más alto que Ana; don Álvaro tenía + que inclinarse para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la + cabeza graciosa y pequeña de la dama. Parecía una sombra + protectora, un abrigo, un apoyo; se estaba bien junto a aquel hombre como + una fortaleza. Ana, mientras oía, con la frente inclinada, mirando + las piedras del patio, sólo podía vislumbrar de soslayo el + gabán claro, pulquérrimo del buen mozo. Don Álvaro al + moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana la primera + vez que lo sintió reputó delicioso, después temible; + un perfume que debía marear muy pronto; ella no lo conocía, + pero debía de tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente + masculinas, pero de hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor + se apoyaba sobre el antepecho de la ventana; Ana veía, sin poder + remediarlo, unos dedos largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas + pulidas ovaladas y bien cortadas. Y si bajaba los ojos más, para + que el otro no creyese que le contemplaba las manos, veía el pantalón + que caía en graciosa curva sobre un pie estrecho, largo, calzado + con esmero ultra-vetustense. No podía haber pecado ni cosa parecida + en reconocer que todo aquello era agradable, parecía bien y debía + ser así. + </p> + <p> + Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía + con voces de mando los preparativos de la comida; el rumor de los + surtidores del patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de + Edelmira y de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los + corredores, por la huerta, por toda la casa. + </p> + <p> + No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la + ventana para decirle al oído: + </p> + <p> + —Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes + al padre espiritual... ya comerá contigo. + </p> + <p> + Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle. + </p> + <p> + —Hola, hola—dijo don Víctor que entraba dando el brazo + a la robusta y colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se + está usted de palique con ese caballero?... + </p> + <p> + Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa + venganza. + </p> + <p> + Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella + novedad. Pasaron todos al salón donde estaban los demás + convidados. Obdulia hablaba con el Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués + discutía con Bermúdez, que inclinaba la cabeza a la derecha, + abría la boca hasta las orejas sonriendo, y con la mayor cortesía + del mundo ponía en duda las afirmaciones del magnate. + </p> + <p> + —Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y + hacía el mercado.... + </p> + <p> + —¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que + usted... se atreviera... sus ideas. + </p> + <p> + —Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede + seguir al aire libre, a la intemperie. + </p> + <p> + —Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia. + </p> + <p> + —Es una ruina.—No tanto.... El Magistral intervino huyendo de + Obdulia, que le asediaba ya, según habían previsto Paco y + Visita. + </p> + <p> + Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una + frase pausada y elegante, porque no pudo menos, y se inclinó + saludando sin gran confianza. + </p> + <p> + Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la + mejilla izquierda algo encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. + Venía mirando al frente, como quien ve lo que va pensando y no lo + que tiene delante. El Magistral le alargó la mano que Mesía + estrechó mientras decía: + </p> + <p> + —Señor Magistral, tengo mucho gusto.... + </p> + <p> + Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos altos, + un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual + según su género; más fornido el Magistral, más + noble de formas don Álvaro, más inteligente por gestos y + mirada el clérigo, más correcto de facciones el elegante. + </p> + <p> + Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía; + el Provisor no sospechaba que don Álvaro pudiera ser el enemigo + tentador de la Regenta; si no le quería bien, era por considerar + peligrosa para la propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía + que sin ser adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la + estimaba. Cuando le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos + de los demás, sintió don Fermín un malestar que fue + creciendo mientras tuvo que esperar su presencia. + </p> + <p> + Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad + pudorosa que aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los + secretos confesados la tarde anterior. Recordó todo lo que se habían + dicho y que había hablado como con nadie en el mundo con aquel + hombre que le había halagado el oído y el alma con palabras + de esperanza y consuelo, con promesas de luz y de poesía, de vida + importante, empleada en algo bueno, grande y digno de lo que ella sentía + dentro de sí, como siendo el fondo del alma. En los libros algunas + veces había leído algo así, pero ¿qué + vetustense sabía hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan + buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que + tenía en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, + y miel en palabras y movimientos. También recordó Ana la + carta que pocas horas antes le había escrito, y este era otro lazo + agradable, misterioso, que hacía cosquillas a su modo. La carta era + inocente, podía leerla el mundo entero; sin embargo, era una carta + de que podía hablar a un hombre, que no era su marido, y que este + hombre tenía acaso guardada cerca de su cuerpo y en la que pensaba + tal vez. + </p> + <p> + No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente + voluptuosa se compadecía con el claro concepto que tenía de + la clase de amistad que iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía + a ciencia cierta era que en don Fermín estaba la salvación, + la promesa de una vida virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones + nobles, poéticas, que exigían esfuerzos, sacrificios, pero + que por lo mismo daban dignidad y grandeza a la existencia muerta, animal, + insoportable que Vetusta la ofreciera hasta el día. Por lo mismo + que estaba segura de salvarse de la tentación francamente criminal + de don Álvaro, entregándose a don Fermín, quería + desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos ojos + grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que + de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus + llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. + Si Ana, asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, + huyendo de los otros, no encontraba más que el telón de + carne blanca que los cubría, aquellos párpados + insignificantes, que ni discreción expresaban siquiera, al caer con + la casta oportunidad de ordenanza. + </p> + <p> + Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en + mirar a las mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces + sus ojos no eran más que un modo de puntuación de las + palabras; allí no había sentimiento, no había más + que inteligencia y ortografía. En silencio y cara a cara era como + él no miraba a las señoras si había testigos. + </p> + <p> + Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba + a todos los convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, + la voz que les llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había + acercado al Magistral y junto a un balcón le hablaba un poco + turbada y muy quedo, mientras sonreía ruborosa. + </p> + <p> + Mesía recordó lo que Visitación le había dicho + la tarde anterior: <i>cuidado con el Magistral que tiene mucha teología + parda</i>. Sin que nadie le instigara era él ya muy capaz de pensar + groseramente de clérigos y mujeres. No creía en la virtud; + aquel género de materialismo que era su religión, le llevaba + a pensar que nadie podía resistir los impulsos naturales, que los + clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la lujuria + mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y cuando + podía. Don Álvaro, que sabía presentarse como un + personaje de novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las + circunstancias, era en lo que llamaba <i>El Lábaro</i> el santuario + de la conciencia, un cínico sistemático. En general + envidiaba a los curas con quienes confesaban sus queridas y los temía. + Cuando él tenía mucha influencia sobre una mujer, la prohibía + confesarse. «Sabía muchas cosas». En los momentos de + pasión desenfrenada a que él arrastraba <i>a la hembra</i> + siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de + veras con algo nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en + su presencia, y las aberraciones de los sentidos se transmitían a + la lengua, y brotaban entre caricias absurdas y besos disparatados + confesiones vergonzosas, secretos de mujer que Mesía saboreaba y + apuntaba en la memoria. Como un mal clérigo, que abusa del + confesonario, sabía don Álvaro flaquezas cómicas o + asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus antecesores, y en el + número de aquellas crónicas escandalosas entraban, como + parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones lúbricas + de los <i>solicitantes</i>, sus extravíos, dignos de lástima + unas veces, repugnantes, odiosos las más. Orgulloso de aquella + ciencia, Mesía generalizaba y creía estar en lo firme, y + apoyarse en «hechos repetidos hasta lo infinito» al asegurar + que la mujer busca en el clérigo el placer secreto y la + voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras el clérigo + abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una institución + «cuyo carácter sagrado don Álvaro no discutía...» + delante de gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en + octavo francés, de materialista a lo <i>commis-voyageur</i>. + </p> + <p> + No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija de + penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos; ni + él se atrevería a tanto, ni con dama como aquella era + posible intentar semejantes atropellos... pero «por lo fino, por lo + fino» (repetía pensándolo) es lo más probable + que pretenda seducir a esta hermosa mujer, desocupada, en la flor de la + edad y sin amar. «Sí, este cura quiere hacer lo mismo que yo, + sólo que por otro sistema y con los recursos que le facilita su + estado y su oficio de confesor.... ¡Oh! debía acudir antes + para impedirlo, pero ahora no puedo, aún no tengo autoridad para + tanto». Estas y otras reflexiones análogas pusieron a Mesía + de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en Vetusta, + especialmente sobre el sexo débil y devoto, le molestaba mucho + tiempo hacía. + </p> + <p> + —¿De modo que esta tarde ya no puede ser?—decía + Ana con humilde voz, suave, temblorosa. + </p> + <p> + —No señora—respondió el Magistral, con el timbre + de un céfiro entre flores—; lo principal es cumplir la + voluntad de don Víctor, y hasta adelantarse a ella cuando se pueda. + Esta tarde, alegría y nada más que alegría. Mañana + temprano.... + </p> + <p> + —Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la + Catedral a esa hora.... + </p> + <p> + —No importa, iré mañana, es un deber... y es para mí + una satisfacción poder servir a usted, amiga mía.... + </p> + <p> + No era en estas palabras, de una galantería vulgar, donde estaba la + dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oía: era en la voz, + en los movimientos, en un olor de <i>incienso espiritual</i> que parecía + entrar hasta el alma. + </p> + <p> + Quedaron en que a la mañana siguiente, muy temprano, don Fermín + esperaría en su capilla a la Regenta para reconciliar. + </p> + <p> + —«Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, + alborotar, como manda el señor Quintanar, que además de + tener derecho para mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que + sus... tristezas de usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso + levemente sonrosado, y le tembló algo la voz, porque estaba + aludiendo a las confidencias de la tarde anterior), esas angustias de que + usted se queja y se acusa tengan mucho de nerviosas y también + puedan curarse, en la parte que al mal físico corresponde, con esa + nueva vida que le aconsejan y le exigen. Sí, señora, + ¿por qué no? Oh, hija mía, cuando nos conozcamos + mejor, cuando usted sepa cómo pienso yo en materia de <i>placeres + mundanos</i>... (Eran sus frases) los <i>placeres del mundo</i> pueden + ser, para un alma firme y bien alimentada, pasatiempo inocente, hasta + soso, insignificante; distracción útil, que se aprovecha + como una medicina insípida, pero eficaz.... + </p> + <p> + Ana comprendía perfectamente. «Quería decir el + Magistral que cuando ella gozase las delicias de la virtud, las + diversiones con que podía solazarse el cuerpo le parecerían + juegos pueriles, vulgares, sin gracia, buenos sólo porque la distraían + y daban descanso al espíritu. Entendido. Después de todo, así + era ahora; ¡la divertían tan poco los bailes, los teatros, + los paseos, los banquetes de Vetusta!». + </p> + <p> + Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que + era higiénico el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, + aplaudió al Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su + satisfacción cuando supo que ya no reconciliaría Ana aquella + tarde. + </p> + <p> + —¡Absurdo!—dijo don Fermín—; esta tarde al + campo... al Vivero.... + </p> + <p> + —¡A comer, a comer!—gritó la Marquesa desde la + puerta del salón donde acababa de recibir la noticia. + </p> + <p> + —¡Santa palabra!—exclamó el Marqués. + </p> + <p> + Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando, + contentos, «sin ceremonias», que eran excusadas en casa de doña + Rufina, pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sabían + tratar a sus convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de + la aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos íntimos, + de que a propósito se excluía a los parientes linajudos que + no gustaban de ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier + plebeyo rico, aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos + aires de distinción y señorío vetustense que les eran + ingénitos. El Marqués tenía el arte de saber darse + tono <i>a la pata la llana</i>, como él decía en la prosa más + humilde que habló aristócrata. + </p> + <p> + «La comida era de confianza, ya se sabía». Esto quería + decir que el Marqués y la Marquesa, no prescindirían de sus + manías y caprichos gastronómicos en consideración a + los convidados; pero estos serían tratados a cuerpo de rey; la + confianza en aquella mesa no significaba la escasez ni el desaliño; + se prescindía de la librea, de la vajilla de plata, heredada de un + Vegallana, alto dignatario en Méjico, de las ceremonias molestas, + pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos y entremeses en que era + notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo mejor que producía la + fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y aire. Otros aristócratas + disputaban a Vegallana la supremacía en cuestión de nobleza + o riqueza, pero ninguno se atrevía a negar que la cocina y la + bodega del Marqués eran las primeras de Vetusta. + </p> + <p> + Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte + abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y + limpias como el oro. + </p> + <p> + —«Ello será de mal tono—decía—cosa + de pobretes, pero todos mis convidados quedan contentos de tal servicio». + </p> + <p> + —«Porque tengo observado—añadía—que + a las señoras no les gustan, por regla general, los criados; no se + fijan en ellos, y a los hombres siempre les gustan las buenas mozas, + aunque sea en la sopa». + </p> + <p> + Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá + diciendo: «¡Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que + alegra; me recuerda las horchaterías y algunos cafés de la + Exposición...». Al Marqués le era indiferente el + cambio. De todas suertes él no pecaba en casa ni siquiera dentro + del casco de la población. + </p> + <p> + El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio + mediante cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy + alto. En cada ventana había acumulado la Marquesa flores en + tiestos, jardineras, jarrones japoneses, más o menos auténticos + y contrastaban los colores vivos y metálicos de esta exposición + de flores con los severos tonos del nogal mate que asombraban el + artesonado del techo y se mostraban en molduras y tableros de los grandes + armarios corridos, de cristales, que rodeaban el comedor en todo el + espacio que dejaban libres los huecos y un gran sofá arrimado a un + testero. También adornaban las paredes, allí donde cabían, + cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples + industrias que tienen relación con el comer bien. Allí la + caza del tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la + castellana en el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño + levantado sobre su cabeza; la garza allá en las nubes, de color de + yema de huevo; más atrás el amo de aquellos bosques, del + castillo roquero y del pueblecillo que se pierde en lontananza.... En + frente una escena de novela de Feuillet; caza también; pero sin + garza, ni azor, ni señor feudal: un rincón del bosque, una + dama que monta a la inglesa, y un jinete que le va a los alcances + dispuesto, según todas las señas, a besarle una mano en + cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; más allá + un bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por + último, en el techo, en la vertical del centro de mesa, en un + medallón, el retrato de don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué + ni para qué. ¿Qué hace allí el filósofo + catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A Bermúdez + le parece un absurdo; Ronzal dice que es «<i>un anacronismo</i>»; + pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón + a Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta. + </p> + <p> + A la Marquesa le parece esta una de las tonterías menos cargantes + de su marido. + </p> + <p> + Se sentaron los convidados: no hubo más sillas destinadas que las + de la derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha + de doña Rufina se sentó Ripamilán y a su izquierda, + el Magistral; a la derecha del Marqués doña Petronila + Rianzares y a la izquierda don Víctor Quintanar. Los demás + donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre Edelmira y Visitación; + la Regenta entre Ripamilán y don Álvaro; Obdulia entre el + Magistral y Joaquín Orgaz, don Saturnino Bermúdez entre doña + Petronila y el capellán de los Vegallana. Don Víctor tenía + a su izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la + nobleza, que comía con la servilleta sujeta al cuello con un + gracioso nudo. + </p> + <p> + El Marqués, antes que los demás comiesen la sopa se sirvió + un gran plato de sardinas, mientras hablaba con doña Petronila del + derribo de San Pedro, que a la dama le parecía ignominioso. Los + convidados en tanto se entretenían con los variados, ricos y raros + entremeses. ¡Ya lo sabían! estaban en confianza y había + que respetar las costumbres que todos conocían. Vegallana empezaba + siempre con sus sardinas; devoraba unas cuantas docenas, y en seguida se + levantaba, y discretamente desaparecía del comedor. Siguiendo uso + inveterado todos hicieron como que no notaban la ausencia del Marqués; + y en tanto llegó y se sirvió la sopa. Cuando el amo de la + casa volvió a su asiento, estaba un poco pálido y sudaba. + </p> + <p> + —¿Qué tal?—preguntó la Marquesa entre + dientes, más con el gesto que con los labios. + </p> + <p> + Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería + decir: + </p> + <p> + —¡Perfectamente!—y en tanto se servía un buen + plato de sopa de tortuga. El Marqués ya no tenía las + sardinas en el cuerpo. + </p> + <p> + Otro misterio como el de Balmes en el techo. + </p> + <p> + La Marquesa hacía sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba + ya tampoco; comía lechuga con casi todos los platos y todo lo + rociaba con vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocían + sus caprichos de la mesa y la servían solícitos, con alardes + de larga experiencia en aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en + que ayudaban al ama de la casa. Ripamilán, mientras discutía + acalorado con su querido amigo don Víctor, en pie, moviendo la + cabeza como con un resorte, arreglaba la ensalada tercera de la Marquesa, + con una habilidad de máquina en buen uso, y la señora le + dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de sus manos, segura del + acierto exacto del diminuto canónigo. + </p> + <p> + —¡Señor mío!—gritaba Ripamilán, + mientras disolvía sal en el plato de doña Rufina batiendo el + aceite y el vinagre con la punta de un cuchillo—; ¡señor + mío! yo creo que el señor de Carraspique está en su + perfecto derecho; y no sé de dónde le vienen a usted esas + ideas disolventes, que en cuarenta años que llevamos de trato no le + he conocido.... + </p> + <p> + —¡Oiga usted, mal clérigo!—exclamó + Quintanar, que estaba de muy buen humor y empezaba a sentirse rejuvenecido—; + yo bien sé lo que me digo, y ni tú ni ningún + calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de + moralidad. Pero yo soy liberal.... + </p> + <p> + —Pamplinas.—Más liberal hoy que ayer, mañana más + que hoy.... + </p> + <p> + —¡Bravo! ¡bravo!—gritaron Paco y Edelmira, que + también se sentían muy jóvenes; y obligaron a don Víctor + a chocar las copas. + </p> + <p> + Todo aquello era broma; ni don Víctor era hoy más liberal + que ayer, ni trataba de usted a Ripamilán, ni le tenía por + calavera; pero así se manifestaba allí la alegría que + a todos los presentes comunicaba aquel vino transparente que lucía + en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya con misteriosos tornasoles de + gruta mágica, en el amaranto y el violeta obscuro del Burdeos en + que se bañaban los rayos más atrevidos del sol, que entraba + atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las ventanas del patio. + ¿Por qué no alegrarse? ¿por qué no reír + y disparatar? Todo era contento: allá en la huerta rumores de agua + y de árboles que mecía el viento, cánticos locos de pájaros + dicharacheros; de las ventanas del patio venían perfumes traídos + por el airecillo que hacía sonajas de las hojas de las plantas. Los + surtidores de abajo eran una orquesta que acompañaba al bullicioso + banquete; Pepa y Rosa vestidas de colorines, pero con trajes de buen corte + ceñido, airosas, limpias como armiños, sinuosas al andar de + faldas sonoras, risueñas, rubia la una, morena como mulata la que + tenía nombre de flor, servían con gracia, rapidez, buen + humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de perlas, inclinándose + con las fuentes con coquetona humildad, de modo que, según Ripamilán, + aquella buena comida presentada así era miel sobre hojuelas. + </p> + <p> + Los de la mesa correspondían a la alegría ambiente; reían, + gritaban ya, se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, + por medio de antífrasis; ya se sabía que una censura + desvergonzada quería decir todo lo contrario: era un elogio sin + pudor. + </p> + <p> + En la cocina había ecos de la alegría del comedor; Pepa y + Rosa cuando entraban con los platos venían sonriendo todavía + al espectáculo que dejaban allá dentro; en toda la casa no + había en aquel momento más que un personaje completamente + serio: Pedro el cocinero. + </p> + <p> + Ya se divertiría después; pero ahora pensaba en su + responsabilidad; iba y venía, dirigía aquello como una + batalla; se asomaba a veces a la puerta del comedor y rectificaba los + ligeros errores del servicio con miradas magnéticas a que obedecían + Pepa y Rosa como autómatas, disciplinadas a pesar de la expansión + y la algazara, cual veteranos. + </p> + <p> + Después de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el + Magistral; a veces se miraban, se sonreían, De Pas dirigía + la palabra a Anita de rato en rato, tendiendo hacia ella el busto por detrás + de la Marquesa, para hacerse oír; don Álvaro los observaba + entonces, silencioso, cejijunto, sin pensar que le miraba Visitación, + que estaba a su lado. Un pisotón discreto de la del Banco le sacaba + de sus distracciones. + </p> + <p> + —Pican, pican—decía Visita.—¿El qué?—preguntaba + la Marquesa que comía sin cesar y muy contenta entre el bullicio—¿qué + es lo que pica? + </p> + <p> + —Los pimientos, señora. Y don Álvaro agradecía + a Visitación el aviso y volvía a engolfarse en el palique + general, ocultando como podía su aburrimiento que para sus adentros + llamaba soberano. + </p> + <p> + «¡Cosa más rara! Estaba tocando el vestido y a veces + hasta sentía una rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba—¿cuándo + se vería él en otra?—y sin embargo se aburría, + le parecía estar allí de más, seguro de que aquella + comida no le serviría para nada en sus planes, y de que la Regenta + no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por ahora». + </p> + <p> + «Sería una gran imprudencia dar un paso más; si yo + aprovechase la excitación de la comida me perdería para + mucho tiempo en el ánimo de esta señora; estoy seguro de que + ella también se siente excitadilla, de que también está + pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es tiempo todavía + de aprovechar estas ventajas fisiológicas.... Esta ocasión + no es ocasión.... Veremos allá en el Vivero; pero aquí + nada, nada; por más que pinche el apetito». Y estaba más + fino con Anita, la obsequiaba con la distinción con que él + sabía hacerlo, pero nada más. Visitación veía + visiones. «¿Qué era aquello?». Miraba pasmada a + Mesía, cuando nadie lo notaba, y abría los ojos mucho, + hinchando los carrillos, gesto que daba a entender algo como esto: + </p> + <p> + «Me pareces un papanatas, y me pasma que estés hecho un + doctrino cuando yo te he puesto a su lado con el mejor propósito...». + </p> + <p> + Mesía, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba + un pie; pero la del Banco le recibía a pataditas, con lo que daba a + entender «que era tambor de marina» y que seguía + dominando en ella el criterio que había presidido a la bofetada de + la tarde anterior. + </p> + <p> + Paco no se atrevía a pisar a su <i>prima nueva</i>, pero la tenía + encantada con sus bromas de señorito fino, que vivió y <i>la + corrió</i> en Madrid. Además ¡olía tan bien el + primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo tan delicadas y elegantes! + Allá, en su pueblo Edelmira había pensado mucho en el + Marquesito, a quien había visto dos o tres veces siendo ella muy niña + y él un adolescente. Ahora le veía como nuevo y superaba en + mucho a sus sueños e imaginaciones; era más guapo, más + sonrosado, más alegre y más gordo. El Marquesito vestía + aquella tarde un traje de alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del + mismo color de piqué y calzaba unas babuchas de verano que Edelmira + consideraba el colmo de la elegancia, aunque parecía cosa de + turcos. Los dijes del primo, la camisa de color, la corbata, las sortijas + ricas y vistosas, las manos que parecían de señorita, todo + esto encantaba a Edelmira que era también muy amiga de la limpieza + y de la salud. + </p> + <p> + Paco había ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al + fin sintió una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la niña + permaneció tan tranquila, que el primo se dejó aquella + pierna arrimada allí como si la hubiese olvidado. La inocencia de + Edelmira era tan poco espantadiza que Paco hubiera podido propasarse a + pisarle un pie sin que ella protestase a no sentirse lastimada. «Además, + pensaba la joven, estas son cosas de aquí»; la tradición + contaba mayores maravillas de la casa de los tíos. + </p> + <p> + Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante + pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. ¡Paco + ya lo había olvidado! no pensaba más que en aquella + hermosura fresca, oliendo a yerba y romero que le venía de la aldea + a alegrarle los sentidos. Pero la viuda, después de consagrar un + recuerdo triste a sus devaneos de la víspera, se volvió al + Magistral insinuante, provocativa; procuraba marearle con sus perfumes, + con sus miradas de <i>telón rápido</i> y con cuantos + recursos conocía y podían ser empleados contra semejante + hombre y en tales circunstancias. De Pas respondía con mal + disimulado despego a las coqueterías de Obdulia y no le agradecía + siquiera el holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaquín + Orgaz que ella desdeñaba con mal disimulado énfasis. + </p> + <p> + A Joaquinito le llevaban los demonios. «Aquella mujer era una... + tal... y lo decía en flamenco para sus adentros. + </p> + <p> + ¿Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?». Esto que no + lo notaban, o fingían no verlo, los demás convidados, lo + estaba observando él por lo que le importaba. Pero no se daba por + vencido, insistía en galantear a la viuda, fingiendo no ver lo del + Magistral. Ordinariamente Obdulia y Joaquinito se entendían. + «¡Señor! ¡si había llegado a darle cita en + una carbonera! Verdad era que él no podía vanagloriarse de + haber tomado aquella plaza... desmantelada; no había gozado los + supremos favores... todavía; pero, en fin, anticipos... arras... o + como quiera llamarse, eso sí. ¡Oh! como él llegara a + vencer por completo, y así lo esperaba, ya le pagaría ella + aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y aquella + humillación de posponerle a un <i>carca</i>». + </p> + <p> + El que no esperaba nada, el que estaba desengañado, triste hasta la + muerte, era don Saturnino Bermúdez. Después de la escena de + la Catedral donde creía haber adelantado tanto—bien a costa + de su conciencia—no había vuelto a ver a Obdulia; y aquella + mañana, al acercarse a ella para decirle cuánto había + padecido con la ausencia de aquellos días (si bien ocultando los + restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al + ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado—estilo + Feuillet pasado por la sacristía—Obdulia le había + vuelto la espalda y no una vez, sino tres o cuatro, dándole a + entender claramente, que <i>non erat hic locus</i>, que a él sólo + se le toleraría en la iglesia. + </p> + <p> + «¡Así eran las mujeres! ¡así era + singularmente aquella mujer! ¿Para qué amarlas? ¿Para + qué perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, ¿para qué + amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era soñar, seguir + soñando». Así pensaba melancólico Bermúdez, + que tenía el vino triste, mientras contestaba distraído, + pero muy fríamente, a doña Petronila Rianzares que se + ocupaba en hacer en voz baja un panegírico del Magistral, su + ídolo. Bermúdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a + quien había amado en secreto, y otras veces a Visitación, a + quien había querido siendo él adolescente, allá por + la época en que la del Banco, según malas lenguas, se escapó + con un novio por un balcón. Ni siquiera Visitación le había + hecho caso en su vida; jamás le había mirado con los ojillos + arrugados con que ella creía encantar; no era desprecio; era que + para las señoras de Vetusta, Bermúdez era un sabio, un + santo, pero no un hombre. Obdulia había descubierto aquel varón, + pero había despreciado en seguida el descubrimiento. + </p> + <p> + El Magistral, Ripamilán, don Víctor, don Álvaro, el + Marqués y el médico llevaban el peso de la conversación + general; Vegallana y el Magistral tendían a los asuntos serios, + pero Ripamilán y don Víctor daban a todo debate un sesgo + festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqués en cuanto + se sintió fuerte, merced al sabio equilibrio gástrico de líquidos + y sólidos que él establecía con gran tino, insistió + en su espíritu de reformista de cal y canto. «¡Ea! que + quería derribar a San Pedro; y que no se le hablase de sus ideas; + aparte de que él no era un fanático, ni el partido + conservador debía confundirse con ciertas doctrinas ultramontanas, + aparte de esto, una cosa era la religión y otra los intereses + locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una necesidad. + ¿Emplazamiento? uno solo, no admitía discusión en + esto, la plaza de San Pedro; ¿pero cómo? ¿dónde? + Mediante el derribo de la ruinosa iglesia». + </p> + <p> + Doña Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El + Magistral votaba con doña Petronila, pero no esforzaba sus + argumentos. Ripamilán, que tenía los ojillos como dos + abalorios, gritaba: + </p> + <p> + —¡Fuera ese iconoclasta! ¡Las hortalizas, las + hortalizas! ¿Eso quiere decir que a V. E., señor Marqués, + la religión, el arte y la historia le importan menos que un rábano? + </p> + <p> + —¡Bravo, paisano!—gritó don Víctor, en + pie, con una copa de Champaña en la mano. + </p> + <p> + —No hay formalidad, no se puede discutir—decía el Marqués—; + este Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal. + </p> + <p> + —¿Pero qué tiene que ver? + </p> + <p> + —No quiere usted derribar la iglesia, pero quería exclaustrar + a las hijas de Carraspique.... + </p> + <p> + —Una sencilla secularización. + </p> + <p> + —Víctor, Víctor, no disparates...—se atrevió + a decir sonriendo la Regenta. + </p> + <p> + —Son bromas—advirtió el Magistral. + </p> + <p> + —¿Cómo bromas?—gritó el médico—. + A fe de Somoza, que sin don Víctor ataca a mi primo Carraspique en + broma, yo empuño la espada, le ataco en serio y las cañas se + vuelven lanzas. Señores, aquella niña se pudre.... + </p> + <p> + Se acabó la discusión, sin causa, o por causa de los vapores + del vino, mejor dicho. Todos hablaban; Paco quería también + secularizar a las monjas; Joaquinito Orgaz comenzó a decir chistes + flamencos que hacían mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira. + Visitación llegó a levantarse de la mesa para azotar con el + abanico abierto a los que manifestaban ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y + las demás criadas sonreían discretamente, sin atreverse a + tomar parte en el desorden, pero un poco menos disciplinadas que al + empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a la puerta. Se habían + roto dos copas. + </p> + <p> + Los pájaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las + ventanas para ver qué era aquello y mezclaban sus gritos gárrulos + y agudos al general estrépito. + </p> + <p> + —¡El café en el cenador!—ordenó la + Marquesa. + </p> + <p> + —¡Bien, bien!—gritaron don Víctor y Edelmira, que + cogidos del brazo y a los acordes de la marcha real (decía el + ex-regente), que tocaba allá dentro Visitación en un piano + desafinado, se dirigieron los primeros a la huerta, seguidos de Paco, empeñado + en ceñir las canas de don Víctor con una corona de azahar. + La había encontrado en un armario de la alcoba de su hermana Emma. + Allí iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la huerta, que era + grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de árboles altos y + de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte del recinto. Don Víctor, + Paco y Edelmira corrían por los senderos allá lejos entre + los árboles. Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y + delante de ellos, detenida por la conversación de doña + Rufina iba Anita, mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente + inclinada, los ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se + había quedado atrás, en poder de doña Petronila + Rianzares que le hablaba de un asunto serio: la casa de las Hermanitas de + los Pobres que se construía cerca del Espolón, en terrenos + regalados por doña Petronila con admiración y aplauso de + toda Vetusta católica. Era la de Rianzares viuda de un antiguo + intendente de la Habana, quien la había dejado una fortuna de las más + respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la empleaba en + servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas, levantar + conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en armas el + partido. Creíase poco menos que papisa y se hubiera atrevido a + excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa sancionaría + su excomunión; trataba de potencia a potencia al Obispo, y Ripamilán, + que no la podía ver porque era un marimacho, según él, + la llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegió + a la Iglesia. «Piensa la buena señora que por haber sabido + conservar con decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para + obras pías es una santa y poco menos que el Metropolitano». + Tenía razón el Arcipreste; doña Petronila no pensaba + más que en su protección al culto católico y opinaba + que los demás debían pasarse la vida alabando su + munificencia y su castidad de viuda. + </p> + <p> + No reconocía entre todo el clero vetustense más superior que + el Magistral, a quien consideraba más que al Obispo; «era + todo un gran hombre que por humildad vivía postergado». El + Magistral trataba a la de Rianzares como a una reina, según el + Arcipreste, o como si fuera el obispo-madre; ella se lo agradecía y + se lo pagaba siendo su abogado más elocuente en todas partes. Donde + ella estuviera, que no se murmurase; no lo consentía. + </p> + <p> + Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la + de Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del + Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca: + </p> + <p> + —¡Vamos! ¡amigo mío!... se lo suplico yo... acompáñeme + al Vivero... sea amable... por caridad.... + </p> + <p> + El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer + aquel incienso, detrás del cual habría tantas talegas. + </p> + <p> + —Señora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que + hacer, a las siete he de estar.... + </p> + <p> + —Oh, no, no valen disculpas.... Ayúdeme usted, Marquesa, ayúdeme + usted a convencer a este pícaro. + </p> + <p> + La Marquesa ayudó, pero fue inútil. Don Fermín se había + propuesto no ir al Vivero aquella tarde; comprendía que eran allí + todos íntimos de la casa menos él; ya había aceptado + el convite porque... no había podido menos, por una debilidad, y no + quería más debilidades. ¿Qué iba a hacer + él en aquella excursión? Sabía que al Vivero iban + todos aquellos locos, Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a + divertirse con demasiada libertad, a imitar muy a lo vivo los juegos + infantiles. Ripamilán se lo había dicho varias veces. + Ripamilán iba sin escrúpulo, pero ya se sabía que el + Arcipreste era como era; él, De Pas, no debía presenciar + aquellas escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para + vistas por un canónigo formal. No, no había que prodigarse; + siempre había sabido mantenerse en el difícil equilibrio de + sacerdote sociable sin degenerar en mundano; sabía conservar su + buena fama. La excesiva confianza, el trato sobrado familiar dañaría + a su prestigio; no iría al Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, + eso sí; porque aquel señor Mesía se había + vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don Fermín + a sospechar si tendría propósitos <i>non sanctos</i> el célebre + don Juan de Vetusta. + </p> + <p> + La Marquesa, sin malicia, como ella hacía las cosas, llamó a + su lado a Anita para decirla: + </p> + <p> + —Ven acá, ven acá, a ver si a ti te hace más + caso que a nosotras este señor displicente. + </p> + <p> + —¿De qué se trata?—De don Fermín que no + quiere venir al Vivero. + </p> + <p> + El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por + culpa de las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso + como una cereza cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con + verdadera pena: + </p> + <p> + —Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un + disgusto; acompáñenos usted, señor Magistral.... + </p> + <p> + En el gesto, en la mirada de la Regenta podía ver cualquiera y lo + vieron De Pas y don Álvaro, sincera expresión de disgusto: + era una contrariedad para ella la noticia que le daba la Marquesa. + </p> + <p> + Por el alma de don Álvaro pasó una emoción parecida a + una quemadura; él, que conocía la materia, no dudó en + calificar de celos aquello que había sentido. Le dio ira el + sentirlo. «Quería decirse que aquella mujer le interesaba más + de veras de lo que él creyera; y había obstáculos, y + ¡de qué género! ¡Un cura! Un cura guapo, había + que confesarlo...». Y entonces, los ojos apagados del elegante Mesía + brillaron al clavarse en el Magistral que sintió el choque de la + mirada y la resistió con la suya, erizando las puntas que tenía + en las pupilas entre tanta blandura. A don Fermín le asustó + la impresión que le produjo, más que las palabras, el gesto + de Ana; sintió un agradecimiento dulcísimo, un calor en las + entrañas completamente nuevo; ya no se trataba allí de la + vanidad suavemente halagada, sino de unas fibras del corazón que no + sabía él cómo sonaban. «¡Qué + diablos es esto!» pensó De Pas; y entonces precisamente fue + cuando se encontró con los ojos de don Álvaro; fue una + mirada que se convirtió, al chocar, en un desafío; una + mirada de esas que dan bofetadas; nadie lo notó más que + ellos y la Regenta. Estaban ambos en pie, cerca uno de otro, los dos + arrogantes, esbeltos; la ceñida levita de Mesía, correcta, + severa, ostentaba su gravedad con no menos dignas y elegantes líneas + que el manteo ampuloso, hierático del clérigo, que relucía + al sol, cayendo hasta la tierra. + </p> + <p> + «Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como + San Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todavía; + el Diablo Arcángel también; los dos pensaban en ella, era + seguro; don Fermín como un amigo protector, el otro como un enemigo + de su honra, pero amante de su belleza; ella daría la victoria al + que la merecía, al ángel bueno, que era un poco menos alto, + que no tenía bigote (que siempre parecía bien), pero que era + gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser debajo de una sotana. Se + tenía que confesar la Regenta, aunque pensando un instante nada más + en ello, que la complacía encontrar a su salvador, tan airoso y + bizarro; tan distinguido como decía Obdulia, que en esto tenía + razón. Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así + por ella, reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista + de su voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida + vetustense, algo que interesaba, que podía ser dramático, + que ya empezaba a serlo. El honor, aquella quisicosa que andaba siempre en + los versos que recitaba su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no había + que pensar en él; pero bueno sería que un hombre de tanta + inteligencia como el Magistral la defendiera contra los ataques más + o menos temibles del buen mozo, que tampoco era rana, que estaba + demostrando mucho tacto, gran prudencia y lo que era peor, un interés + verdadero por ella. Eso sí, ya estaba convencida, don Álvaro + no quería vencerla por capricho, ni por vanidad, sino por verdadero + amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido encontrarla soltera. En + rigor, don Víctor era un respetable estorbo. + </p> + <p> + Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un + cariño filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía + por lo menos tanto, a su modo, como una pasión de otro género. + Y además, si no fuera por don Víctor, el Magistral no tendría + por qué defenderla, ni aquella lucha entre dos hombres <i>distinguidos</i> + que comenzaba aquella tarde tendría razón de ser. No había + que olvidar que don Fermín no la quería ni la podía + querer para sí, sino para don Víctor». + </p> + <p> + Cuando Ana se perdía en estas y otras reflexiones parecidas, se oyó + la voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que + tomaban pacíficamente café bajo la glorieta, acudieron al + extremo de la huerta. + </p> + <p> + —¿Dónde están? ¿dónde están?—preguntaba + asustada la Marquesa. + </p> + <p> + —¡En el columpio! ¡en el columpio!—dijo el médico + don Robustiano. + </p> + <p> + Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público + madrileño en la romería de San Isidro, aunque más + elegante y fabricado con esmero; en uno de los asientos, que imitaban la + barquilla de un globo, en cuclillas, sonriente y pálido, don + Saturnino Bermúdez, como a una vara del suelo inmóvil, hacía + la figura más ridícula del mundo, con plena conciencia de + ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo, + procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía + tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se había + enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra + reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante + persona Obdulia Fandiño agarrada a la nave como un náufrago + del aire, muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto + y de lo que ella creía peligro. + </p> + <p> + —No se mueva usted, no se mueva usted—gritaba don Víctor, + haciendo aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que + a Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar. + </p> + <p> + —No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...—decía + Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio. + </p> + <p> + —Tres metros y medio—dijo el Marqués que llegó a + tiempo de dar la medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él + hacía siempre los cálculos geométricos. + </p> + <p> + El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por + su propia industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y + librar a Obdulia. + </p> + <p> + —Tuvo la culpa Paco—decía Visitación, ceñidas + con una cuerda las piernas, por encima del vestido—. Empujó + demasiado fuerte, para que se cayera Saturno y, ¡zas! subió + la barquilla allá arriba y al bajar... se enganchó en ese + palo. + </p> + <p> + Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar. + </p> + <p> + —No grites, hija—decía la Marquesa, que ya no la miraba + por no molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia + atrás—; ya te bajarán.... + </p> + <p> + Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de + pocos travesaños, que servía al jardinero para recortar la + copa de los arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun + subido al palo más alto no llegaba a coger la barquilla del + columpio, de modo que pudiera hacer fuerza para descolgarla. + </p> + <p> + —Que llamen a Diego... a Bautista...—decía la Marquesa. + </p> + <p> + —¡Sí, sí; que venga Bautista!...—gritaba + Obdulia recordando la fuerza del cochero. + </p> + <p> + —Es inútil—advirtió el Marqués—. + Bautista tiene fuerza pero no alcanza; es de mi estatura... no hay más + remedio que buscar otra escalera.... + </p> + <p> + —No la hay en el jardín...—Sabe Dios dónde + parecerá... + </p> + <p> + —¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo + de miedo. + </p> + <p> + Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada + animadora y suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había + ocurrido que él, gracias a su estatura, podría coger cómodamente + la barquilla y arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le + importaba a él Obdulia? Podía hacer una figura ridícula, + mancharse la levita. La mirada de Ana le hizo saltar a la escalera. Por + fortuna era ágil. La Regenta le vio tan airoso, tan pulcro y + elegante en aquella situación de farolero como paseando por el + Espolón. + </p> + <p> + —¡Bravo! ¡bravo!—gritaron Edelmira y Paco al ver + los brazos del buen mozo entre los palos de la barquilla del columpio. + </p> + <p> + —¡No me tires! ¡No me tires!—gritó Obdulia + que sintió las manos de su ex-amante debajo de las piernas. Visita + le dio un pellizco a Edelmira a quien ya tuteaba. La chica se fijó + en la intención del pellizco porque se había fijado en el + tratamiento. ¡Le había llamado de tú! + </p> + <p> + —Esté usted tranquila; no va con usted nada—respondió + don Álvaro... ya arrepentido de haber cedido al ruego tácito + de Anita. + </p> + <p> + Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera + la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el + primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó + en la cara que estaría poniendo el Magistral. + </p> + <p> + —¡Aúpa!...—gritó abajo Visitación + para mayor ignominia. + </p> + <p> + —¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, + es peor!... ¡Me voy a matar!—gritó la Fandiño. + </p> + <p> + Los demás callaban.—¡Estate quieta!—dijo en voz + baja, ronca y furiosa don Álvaro, que de buena gana la hubiera + visto caer de cabeza. + </p> + <p> + E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna. + </p> + <p> + Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de + cansancio. Un hombre como él debía poder levantar a pulso + aquel peso. + </p> + <p> + —Deje usted, deje usted, a ver si Bautista—dijo la Marquesa—... + ¡demonio de chicos! + </p> + <p> + —Bautista no alcanza—observó otra vez el Marqués—. + Otra escalera... que vayan a las cocheras.... Allí debe de + haber.... + </p> + <p> + Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró + hacia abajo como buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro + cajón, debajo de sus narices, en actitud humilde y ridícula, + vio a don Saturnino en cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los + presentes. Mesía no pudo menos de sonreír, a pesar de que le + estaban llevando los demonios. Con deseos de escupirle miró a Bermúdez, + que le sonreía sin cesar, y dijo con calma forzada: + </p> + <p> + —¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está + usted? ¿usted se piensa que yo hago juegos de Alcides y se me pone + ahí en calidad de plomo?... + </p> + <p> + Carcajada general.—Sí, ríanse ustedes—clamó + Obdulia—pues el lance es gracioso. + </p> + <p> + —Yo...—balbuceó Bermúdez—usted dispense... + como nadie me decía nada... creí que no estorbaba... y además... + creía que al bajarme... pudiese empeorar la situación de esa + señora... alguna sacudida. + </p> + <p> + —¡Ay, no, no! no se baje usted—gritó la viuda con + espanto. + </p> + <p> + —¿Cómo que no?—rugió furioso don Álvaro—. + ¿Quiere usted que yo levante este armatoste con los dos encima y a + pulso? + </p> + <p> + —Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan + alto esto.... + </p> + <p> + —Una vara escasa—advirtió el Marqués. + </p> + <p> + Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón + nefando. + </p> + <p> + —Ahora—dijo—nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí + abajo.... + </p> + <p> + —Eso es inútil—observó el Magistral con una voz + muy dulce—; como el madero aquel se ha metido entre los dos palos de + la banda... si no se alza a pulso todo el columpio... no se puede + desenganchar. + </p> + <p> + —Es claro—bramaba desde arriba el otro; y probó otra + vez su fuerza. + </p> + <p> + Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro + no movió el pesado artefacto. + </p> + <p> + El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un + brinco, que procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. + Sacudiendo el polvo de las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo: + </p> + <p> + —¡Es imposible! Que se busque otra escalera. + </p> + <p> + —Ya podía estar buscada...—Si yo alcanzase...—insinuó + entonces el Magistral, con modestia en la voz y en el gesto. + </p> + <p> + —Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto. + </p> + <p> + —Sí llega, sí llega—gritó Paco, que quiso + verle hacer títeres. + </p> + <p> + —Sí, alcanza usted—concluyó Vegallana padre—. + Como tenga usted fuerza.... Y aquí nadie le ve. + </p> + <p> + Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste + figura con el traje talar. + </p> + <p> + —Quítese usted el manteo—observó Ripamilán. + </p> + <p> + —No hace falta—contestó De Pas, horrorizado ante la + idea de que le vieran en sotana. + </p> + <p> + Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su + gracia, subió como una ardilla al travesaño más alto, + mientras el manteo flotaba ondulante a su espalda. + </p> + <p> + —Perfectamente—dijo metiendo los brazos por donde poco antes + había introducido los suyos Mesía. + </p> + <p> + Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género. + </p> + <p> + Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó + por lo bajo: + </p> + <p> + —¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera! + </p> + <p> + Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió + en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en + su descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó + majestuosamente. Somoza, Paco y Joaquín Orgaz ayudaron a Obdulia a + salir del cajón maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovación. + Paco le admiró en silencio: la fuerza muscular le inspiraba un + terror algo religioso; él había malgastado la suya en las + lides de amor. Tenía bastante carne, pero blanda. Don Álvaro + disimuló difícilmente el bochorno. «¡Mayor + puerilidad! pero estaba avergonzado de veras». Además, + él, que miraba a los curas como flacas mujeres, como un sexo débil + especial a causa del traje talar y la lenidad que les imponen los cánones, + acababa de ver en el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle + de un puñetazo si llegaba esta ocasión inverosímil. + Recordaba Mesía que muchas veces (especialmente con motivo de las + elecciones en las aldeas) había él dicho, v. gr.: «Pues + el señor cura que no se divierta, que no abuse de la ventaja de sus + faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y le tiro por el balcón». + Siempre se le había figurado, por no haberlo pensado bien, que a + los curas, una vez perdido el respeto religioso, se les podía + abofetear impunemente; no les suponía valor, ni fuerza, ni sangre + en las venas.... «Y ahora... aquel canónigo, que tal vez era + un poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien + podía ser una saludable advertencia». + </p> + <p> + La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral + creyó necesario buscárselos mostrándose frío, + seco y dándola a entender que «no lo había hecho por + ella». La viuda, sin embargo, insistió en sostener que le debía + la vida. + </p> + <p> + —¡Indudablemente!—corroboraba doña Petronila, que + no sospechaba cómo quería pagar Obdulia aquella vida que decía + deber al Magistral. + </p> + <p> + Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que + no vio más que un símbolo físico de la fortaleza del + alma; fortaleza en que ella tenía, indudablemente, una defensa + segura, inexpugnable, contra las tentaciones que empezaban a acosarla. + </p> + <p> + Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no + quería que se le viesen los bajos. + </p> + <p> + Obdulia protestó.—¿Cómo? ¿pues se veía + algo? ¡no quiero! ¡no quiero! ¿por qué no se me + ha advertido? Esto es una traición. + </p> + <p> + —Tiene razón esta señora—dijo don Víctor—igualdad + ante la ley; fuera esa cuerda. + </p> + <p> + Edelmira subió al columpio sin atarse. No había para qué + tomar precauciones, no se veía nada. + </p> + <p> + Don Víctor y Ripamilán se columpiaron también, pero + se mareaban. + </p> + <p> + —Ya están los coches—gritó la Marquesa desde + lejos; y corrieron todos al patio. + </p> + <p> + La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron + a la carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido + excelente pero que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de + caballos negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un + coche antiguo de viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por + cuatro caballos; era el que servía ordinariamente al Marqués + en sus excursiones por la provincia, para llevar y traer electores unas + veces y otras para cazar acaso en terreno vedado. ¡Se decían + tantas cosas del coche de camino! Su figura se aproximaba a las sillas de + posta antiguas, que todavía hacen el servicio del correo en Madrid + desde la Central a las Estaciones. Lo llamaban la <i>Góndola</i> y + el <i>Familiar</i> y con otros apodos. + </p> + <p> + Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, + con palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía + que buscar a cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto + para cumplir su propósito de no ir al Vivero.) + </p> + <p> + —Le secuestramos—había dicho Obdulia.... + </p> + <p> + —Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará + apearse—añadió doña Petronila. + </p> + <p> + —No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió + arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas + de la Encimada. Detrás iba la <i>Góndola</i>, atronando al + vecindario con horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, + cristales saltarines, y voces y carcajadas que sonaban dentro. + </p> + <p> + Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron + con las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al + Magistral y al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas + de doña Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no + por su contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo + sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los + abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica + cortesana, o poco menos! El bello ideal del poeta setentón, del + eterno amador platónico de Filis y Amarilis con corpiño de + seda, se estaba cumpliendo. + </p> + <p> + El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado—y por + otro no—la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. + Tocando apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. + Él estaba turbado, ella no; iba satisfecha a su lado; seguía + figurándoselo como un escudo bien labrado y fuerte. Ella le quitaba + el sol, y él la defendía de don Álvaro. «Si + este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal + vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí + cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y + Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le temo + no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. + ¡Si este quisiera venir!...». + </p> + <p> + —Don Fermín—le dijo, cerca ya del Espolón, con + voz humilde, con el respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre—. + Don Fermín ¿por qué no viene usted con nosotros? Poco + más de una hora... creo que volveremos hoy más pronto... + ¡venga usted... venga usted! + </p> + <p> + De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo + al oír a la Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como + si fuera un imán. Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste + iban muy enfrascados en una agradable conversación que tenía + por objeto despellejar a la pobre Obdulia. Ripamilán citaba, como + solía en tal materia, al Obispo de Nauplia, la fonda de Madrid, los + vestidos de la prima cortesana, etc., etc. No cabe negar que la resolución + del Magistral estuvo a punto de quebrantarse, pero le pareció + indigno de él mostrar tan poca voluntad y temió además + lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer + el cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la + derrota del columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, + él, con su manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, + estaba muy expuesto a ponerse en ridículo. No, no iría. Y + sintió al afirmarse en su propósito una voluptuosidad + intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien sabía él + la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación + que salía de aquellos labios más seductores cuanto menos + maliciosos; por lo mismo apreció más la propia energía, + el temple de su alma, que «indudablemente había venido al + mundo para empresas más altas que luchar con obscuros vetustenses». + </p> + <p> + Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de + cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó + la Regenta, al que había usado Mesía aquella tarde en el + balcón del comedor, contestó el Magistral muy quedo: + </p> + <p> + —No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a + entender que lo sentía, pero que como él era cura... y ella + se había confesado con él... y Paco y Obdulia y Visita eran + un poco locos, y en Vetusta los ociosos, que eran casi todos, murmuraban + de lo más inocente.... + </p> + <p> + Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendió la + Regenta; y se resignó a habérselas otra vez con Mesía + sin el amparo del Provisor. + </p> + <p> + No hablaron más. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levantó + y saludó a las damas. La Regenta le sonrió como hubiera + sonreído muchas veces a su madre si la hubiera conocido. De Pas no + sabía sonreír de aquella manera; la blandura de sus ojos no + servía para tales trances, y contestó mirando con chispas de + que él no se dio cuenta... ni Ana tampoco. + </p> + <p> + Estaban en la entrada del Espolón, <i>el paseo de los curas</i>, + según antiguo nombre. Allí se apeó don Fermín + entre lamentos de doña Petronila. + </p> + <p> + —Es usted muy desabrido—dijo la Marquesa, permitiéndose + un tono familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don + Fermín. + </p> + <p> + Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano. Quería + significar así su deseo de estrechar la amistad algo fría + que mediaba entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendió y + lo agradeció De Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don + Víctor y su esposa, ya lo sabía él; siempre estaban + juntos unos y otros, en el teatro, en paseo, en todas partes, y la Regenta + comía en casa del Marqués muy a menudo. De modo que, para + verla, allí mucho mejor que en la catedral. Todo esto se le pasó + por las mientes al Magistral en el poco tiempo que necesitó para + quitar el pie del estribo y hacer el último saludo a las señoras + dando un paso atrás. + </p> + <p> + —¡Anda, Bautista!—gritó la Marquesa; y la + carretela siguió su marcha ante la expectación de + sacerdotes, damas y caballeros particulares que paseaban en el Espolón, + chiquillos que jugaban en el prado vecino y artesanos que trabajaban al + aire libre. + </p> + <p> + Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La Regenta + le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco + antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico.... + Después no se vio más que el anguloso perfil de Ripamilán, + que movía los brazos como las aspas de un molino de muñecas. + </p> + <p> + El otro coche pasó como un relámpago. De Pas vio una mano + enguantada que le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, + la viuda eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la + izquierda se la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, + quien jamás hizo ascos a platos de segunda mesa, en siendo + suculentos. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XIVmdash" id="XIVmdash"></a>—XIV— + </h2> + <p> + Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de + los vientos del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, + por una muralla no muy alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos + extremos ostentaban su arquitectura achaparrada sendas fuentes + monumentales de piedra obscura, revelando su origen en el ablativo + absoluto <i>Rege Carolo III</i>, grabado en medio de cada mole como por + obra del agua resbalando por la caliza años y más años. + Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de piedra también; y + no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no + ser el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla + triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos clérigos + que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por invierno + de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de ponerse el + sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado, + solitario y lo que llamaban allí <i>recogido</i>, pero esto cuando + la Colonia no existía. Ahora lo mejor de la población, el + ensanche de Vetusta iba por aquel lado, y si bien el Espolón y sus + inmediaciones se respetaron, a pocos pasos comenzaba el ruido, el + movimiento y la animación de los hoteles que se construían, + de la barriada <i>colonial</i> que se levantaba como por encanto, según + <i>El Lábaro</i>, para el cual diez o doce años eran un + soplo por lo visto. + </p> + <p> + Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su + intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta + disciplinarias, y si se quiere políticas, no había puesto + nunca malos ojos a la proximidad del progreso urbano, y antes se + felicitaba de que Vetusta se <i>transformase de día en día</i>, + de modo que a la vuelta de veinte años <i>no hubiera quien la + conociese</i>. Lo cual demuestra que la civilización bien entendida + no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la <i>Vetusta + católica</i> de Bermúdez. + </p> + <p> + Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía + siendo patrimonio de sacerdotes, magistrados melancólicos y <i>familias + de luto</i>, como algunas señoras notasen que el <i>Paseo de los + curas</i> era más caliente que todos los demás, comenzaron + en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de si debía + trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano Somoza, + que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes: + </p> + <p> + —¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un + siglo; pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el + fanatismo. Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el + retiro han cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para + sí el mejor sitio de recreo, el más abrigado, el más + higiénico.... + </p> + <p> + En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se + atrevieron a romper la tradición, y desde Octubre en adelante, + hasta que volvía Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el + Espolón. Tras aquéllas fueron atreviéndose otras; los + <i>pollos</i> advirtieron que el Paseo de los curas era más corto y + más estrecho que el Paseo Grande, y esto les convenía. Y en + un año se transformó en <i>Paseo de invierno</i> el + apetecible Espolón, secularizándose en parte. + </p> + <p> + Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y + acabaron por abandonar <i>su</i> Espolón desparramándose por + las carreteras. + </p> + <p> + —«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario + recreo! ¡El siglo lo invadía todo!». Y la emprendían + por el camino de Castilla y otras calzadas polvorosas entre las filas + interminables de álamos y robles. + </p> + <p> + Pero el elemento joven, los más de los canónigos y + beneficiados, los que vestían con más pulcritud y elegancia, + los que usaban el sombrero de canal suelta el ala, ancho y corto, se + resignaron, y toleraron la invasión de la Vetusta elegante. No + tuvieron inconveniente, o lo disimularon, en codearse con damas y + caballeros; después de todo, ellos no habían ido a buscar el + gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían <i>en su casa</i>, + en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia de los + intrusos. + </p> + <p> + Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en + parte el gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje + de muchos sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del + clero de la capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, + que según ellos mismos se embrutecían a ojos vistas, la + juventud dorada acudía sin falta todas las tardes de otoño y + de invierno que hacía bueno al Espolón; iba lo que se llama + reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie tuviera nada + que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes + elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales + del amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas + y rubores. Pero nada más. + </p> + <p> + Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato, según + frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas mescolanzas de + curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto que no tenía + un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas escasas de + ancho. + </p> + <p> + —«No señor—le decía al Obispo—; yo + no comprendo que pueda ser cosa inocente e inofensiva que un sacerdote + tropiece con los codos de todas las señoritas majas del pueblo...». + El Obispo creía que las señoritas eran incapaces de tales + tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del boulevard, las + chalequeras...». + </p> + <p> + Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario. + </p> + <p> + —¿Quién hace caso de ese señor?—decía + Visitación la del Banco—un hombre cerril; santo, eso sí, + pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me echó a mí de + la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del Corazón + de Jesús! + </p> + <p> + —Un hombre así—aseveraba Obdulia—debía + pasar la vida sobre una columna.... + </p> + <p> + —Como San Simón <i>Estilista</i>—acudió Trabuco, + que estaba presente. + </p> + <p> + Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, + los curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre + volvían algunas señoras que tenían miedo a la humedad + y a <i>la influencia del arbolado</i> allá arriba en el paseo de + Verano. La tarde en que el carruaje de los Vegallana dejó al + Magistral a la entrada del Espolón, paseaban allí muchos clérigos + y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero pocas señoras. Sin + embargo, las que había bastaron para comentar con abundancia de + escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el Magistral de la + carretela de los Vegallana donde todas con sus propios ojos—cada + cual—le acababan de ver al lado de la Regenta. «En nombrando + el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la + carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso + <i>inopinado</i>, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba + en medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don + Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía + el liberal usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había + juntado a los tres enemigos del Magistral la importancia de los + acontecimientos. + </p> + <p> + —¡Qué desfachatez!—decía Foja. + </p> + <p> + —Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es disimulo—advertía + Mourelo. + </p> + <p> + —Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que + se había quedado a comer con ellos.... + </p> + <p> + —¡Ya ve usted!—exclamó Glocester triunfante. + </p> + <p> + —¿Y a dónde van los otros? + </p> + <p> + —Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como + potros.... + </p> + <p> + —¡Esas son las clases conservadoras! + </p> + <p> + —No, señor; esa es la excepción.... + </p> + <p> + —Y mire usted que venir en carruaje descubierto.... + </p> + <p> + —Y junto a ella...—Y apearse aquí—se atrevió + a decir el beneficiado. + </p> + <p> + —Justo; tiene razón este... apearse aquí... + </p> + <p> + —Señor Arcediano, permítame usted decirle que su + colega de usted está dejado de la mano de Dios. + </p> + <p> + —¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese + Obispo, ese bendito señor.... En fin, ¿qué quiere + usted?—indicó Glocester sonriendo con malicia. + </p> + <p> + En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su + auditorio con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como + separando a los otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al + oído, a voces: + </p> + <p> + —¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios! + </p> + <p> + Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el + Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos + le saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia + él, le acarició con una palmadita familiar sobre el hombro. + </p> + <p> + La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase + menos disimulo. O era diplomático o no lo era. + </p> + <p> + El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros. + </p> + <p> + Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la + amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien + saludaba. Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a + indicarse; y mano sobre mano—ya se sabe que eran muy hermosas—a + paso lento (que buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado + a correr... detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí + un cuarto de hora desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de + que todos o los más hablaban de él; y de la confesión + de dos horas o tres o cuatro. «¡Sabría Dios cuántas + serían ya!—Aquel Glocester y su don Custodio habrían + tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que dirían + ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que + ahora le pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían + de murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a + él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque + él, como hacía Ripamilán, como habían hecho + otros sacerdotes, fuese a las posesiones de Vegallana». + </p> + <p> + Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del + Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a + acercarse al ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a + pesar de su sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía + en la calle. Así como a los delicados de la vista la claridad les + hace arrugar los párpados, a don Fermín le hacía + sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le veía + el público, un efecto extraño de la luz en los músculos + de su rostro. + </p> + <p> + Pero esto no engañaba a los que le conocían bien—los más + muy a su costa—. El primero que se atrevió a acercarse fue el + Deán que llegaba entonces al paseo. El mismo De Pas le salió + al encuentro. El Deán no hablaba casi nunca, y paseando menos. Se + emparejaron y don Fermín siguió como si estuviera solo. Se + acercó después el canónigo pariente del ministro y + hubo que hablar y en seguida se agregó un <i>obispo de levita</i> + (frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación + se animó; se habló de política y de intrigas + palaciegas; de mil cosas que le parecían al Magistral necedades, + dicharachos indignos de sacerdotes. «¿Pero y él? + ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era + pueril, ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había + puesto a fijarse, porque iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas + de sus colegas, y en los suyos, y no estaba pensando que el traje talar + era absurdo, que no parecían hombres, que había + afeminamiento carnavalesco en aquella indumentaria...? ¡mil locuras! + lo cierto era que le estaba dando vergüenza en aquel momento llevar + traje largo y aquella sotana que él otras veces ostentaba con + majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una abertura lateral, como + algunas túnicas... pero entonces se verían las piernas—¡qué + horror!—, los pantalones negros, el varón vergonzante que + lleva debajo el cura». + </p> + <p> + —¿Qué opina usted?—le preguntó el obispo + laico en aquel instante, deteniéndose, poniéndosele delante + para intimarle la respuesta. + </p> + <p> + No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al + cielo con los cortes de la sotana. + </p> + <p> + —La verdad es que la cuestión—dijo—la cuestión... + merece pensarse. + </p> + <p> + —¡Pues eso digo yo!—gritó el otro, triunfante, y + le dejó seguir andando. + </p> + <p> + —¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que + yo; dice que merece estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo + lo creo! + </p> + <p> + El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta <i>inopinada</i>, + como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores + asegurando que tenía que hacer en Palacio. + </p> + <p> + No podía más; aquella tarde la compañía de sus + colegas le asfixiaba; toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía + decir cualquier desatino si continuaba allí. Y se marchó a + paso largo. Su última mirada fue para la lontananza del camino del + Vivero por donde había visto desaparecer entre nubes de polvo los + coches. + </p> + <p> + «¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era + enemigo de dar nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de + bautizar. ¿Qué era aquello que a él le pasaba? + </p> + <p> + No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una + pasión especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera + llamar amor; esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía + del pecado había recurrido a esa palabra santificante para + disfrazar muchas de las mil formas de la lujuria. Lo que él sentía + no era lujuria; no le remordía la conciencia. Tenía la + convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo? + ¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí». + </p> + <p> + «De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una + grosería, haber desairado a aquellas señoras. ¿Qué + estarían diciendo de él en el Vivero?». + </p> + <p> + Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó + por la puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, + vio un pozo que él sabía que estaba ciego. Se acordó + de que Ripamilán le había hablado varias veces de un pozo + seco que había en el Vivero. Paco Vegallana, Obdulia, Visita y demás + gente loca—había dicho el Arcipreste—se entretienen en + cortar helechos, yerbas, ramas de árboles y arrojarlo todo al pozo, + y cuando ya llega la hojarasca cerca de la boca... ¡zas! se tiran + ellos dentro, primero uno, después otro y a veces dos o tres a un + tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su respetabilidad, le habían + hecho descender a aquel agujero, y por cierto que para sacarlo se había + necesitado una cuerda.... El Magistral tenía aquel pozo, que no había + visto, delante de los ojos, y se figuraba a Mesía dentro de + él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos ¡esperando + la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella + tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? + Don Fermín estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a + él? Pues estaba en ascuas. + </p> + <p> + Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la + puerta de su casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había + visto, apretó el paso bajando por un callejón que conducía + a la plazuela de Palacio, a la Corralada. + </p> + <p> + «¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella + en toda la tarde». + </p> + <p> + ¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula + consideraba esta falta de disciplina doméstica como pecado de + calibre. Pocas veces los cometía su hijo, y por lo mismo la + impresionaban más. + </p> + <p> + «¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! + pero... ¿por quién? ¿no era ridículo decirle a + la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no como hoy con + ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí, + contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el + mundo. Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? + Bastante tiempo había pasado fuera... ¿volvería pie + atrás, desafiaría el mal humor de su madre? No, no se atrevía; + no estaba el suyo para escenas fuertes, le horrorizaba la idea de una filípica + embozada, como solían ser las de su madre, de un discurso de moral + utilitaria.... De fijo le hablaría de las necedades que le habían + contado por la mañana.... Y si le decía: he comido... con la + Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar aquello! + Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había + empezado la gentuza, la miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella + amistad! ¡en dos días todo aquel run run, su madre con los oídos + llenos de calumnias, de malicias, y el alma de sospechas, de miedos y + aprensiones!... ¿y qué había? nada; absolutamente + nada; una señora que había hecho confesión general y + que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo cargado + de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. + ¿Y él qué tenía que ver con todo aquello? + ¡Él, el Vicario general de la diócesis! ¡Oh, sí! + volvería a casa, se impondría a su madre, le diría + que era indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar + apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que + tapar en aquel asunto; no era un niño, despreciaba la calumnia, etc». + </p> + <p> + Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose + sobre los tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo + obscurecía todo; mientras los rayos del sol poniente teñían + de púrpura los términos lejanos, y prendían fuego a + muchas casas de la Encimada, reflejando llamaradas en los cristales. + </p> + <p> + El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía + las pruebas de una pastoral. + </p> + <p> + Fortunato levantó la cabeza y sonrió. + </p> + <p> + —Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en + un sofá. Estaba un poco mareado; le dolía la cabeza y sentía + en las fauces ardor y una sequedad pegajosa; se ahogaba en aquel recinto + cerrado y estrecho; el alcohol le había perturbado. Nunca bebía + licores y aquella tarde, distraído, sin saber lo que estaba + haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no sabía qué, + servida por la Marquesa. + </p> + <p> + Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía + temer ya al Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él + de miedo a que le reprendiese por su condescendencia con las señoras + <i>protectrices</i> de la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio. + </p> + <p> + —¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras + borradas?... yo no veo bien. + </p> + <p> + De Pas se acercó y leyó. + </p> + <p> + —¡Chico apestas!... ¿qué has bebido? + </p> + <p> + Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo + sorprendido y ceñudo. + </p> + <p> + —¿Que apesto? ¿por qué? + </p> + <p> + —A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué + sé yo. + </p> + <p> + De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación + era impertinente y baladí. Se apartó de la mesa. + </p> + <p> + —A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu + madre? + </p> + <p> + —¿De qué?—De que comías fuera...—¿Pero + usted sabe?...—Ya lo creo, hijo mío. Dos veces estuvo aquí + Teresina de parte de Paula; que dónde estaba el señorito, + que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que salir yo + mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había + pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que + yo debía de saber algo.... + </p> + <p> + El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba + mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera + disimularlos. + </p> + <p> + —Yo—continuó Fortunato—les dije que no se + apurasen; que habrías comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; + como los dos están de días.... Y eso habrá sido, + ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido? + </p> + <p> + —¡No, señor!—¿Con Páez?—¡No, + señor! ¡Mi madre... mi madre me trata como a un niño! + </p> + <p> + —Te quiere tanto, la pobrecita...—Pero esto es demasiado.... + </p> + <p> + —Oye—exclamó el Obispo dejando de leer pruebas—¿de + modo que aún no has vuelto a casa? + </p> + <p> + El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había + dicho: + </p> + <p> + —Hasta mañana;—y había cerrado detrás de + sí la puerta del gabinete con más fuerza de la necesaria. + </p> + <p> + —Tiene razón el muchacho—se quedó pensando el + Obispo que trataba al Magistral como un padre débil a un hijo + mimado—. Esa Paula nos maneja a todos como muñecos. + </p> + <p> + Y continuó corrigiendo la Pastoral. + </p> + <p> + De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; + pero al llegar cerca de su casa se detuvo. No sabía qué + hacer. La chartreuse o lo que fuera—¿¡si sería + cognac!?—seguía molestándole y conocía ya + él mismo que le olía mal la boca. + </p> + <p> + «Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría + que yo era un borracho...». + </p> + <p> + «¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no + estoy para oír sermones ni aguantar pullas ni traducir + reticencias.... ¡Hasta Teresa anda en ello! ¡Dos veces a + palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es insufrible!...». + </p> + <p> + El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro + agudos, después otros graves, roncos, vibrantes. + </p> + <p> + De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se + decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta + abajo; por la que más pronto podría volver al Espolón. + </p> + <p> + Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó + más que en los coches del Marqués que debían de estar + de vuelta. + </p> + <p> + El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del + Vivero, después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó + al Espolón cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el + paseo. No pensaba en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y + venidas eran indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó + después; ahora sólo tenía esta idea. «¿Habrán + pasado ya? No, no debían de haber pasado; apenas había + tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...». + </p> + <p> + «Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me + quitará este calor, este aturdimiento, esta sed...». El agua + de las fuentes monumentales murmuraba a lo lejos con melancólica + monotonía en medio del silencio en que yacía el paseo + triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente de Oeste, De + Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de hierro que apretaba + con sus dientes un león de piedra, y saciar sus ansias en el chorro + bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la vuelta, + continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente, iguales + ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así + estuvo paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué + no se iba? porque no quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los + coches, se entiende. Ana volvería, era natural, en la carretela, y + al pasar junto a un farol podría verla, sin ser visto, o por lo + menos sin ser conocido. La sed que esperase. El reloj de la Universidad + dio tres campanadas. ¡Tres cuartos de hora! Andaría + adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad cronométrica, + ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que pudiera + valer <i>el reloj del Ayuntamiento</i>, que no había podido + secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por + sus colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón + cursi. + </p> + <p> + —«¿Pero qué hace allá esa gente?»—se + preguntó el Magistral, aunque añadiendo para satisfacción + de su conciencia que a él, por supuesto, no le importaba nada. + </p> + <p> + Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce + años, <i>pillos de la calle</i>, que jugaban allí cerca, + alrededor de un farol, de los que señalaban el límite del + paseo y de la carretera en los espacios que dejaban libres los bancos de + piedra. Entre los pillastres había una niña, que hacía + de <i>madre</i>. Se trataba del <i>zurriágame la melunga</i>, juego + popular al alcance de todas las fortunas. La <i>madre</i> estaba sentada + al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro; un pañuelo + muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por el + medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. + La niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro + iba pasando de mano en mano por el corro de chiquillos. + </p> + <p> + —¡Na!...—decía la <i>madre</i>. + </p> + <p> + —Narigudo...—contestó un pillo rubio, el más + fuerte de la compañía, que siempre se colocaba el primero + por derecho de conquista. + </p> + <p> + El pañuelo pasó a otro. + </p> + <p> + —¿Na?—Narices.—Otro. ¿Na?—Napoleón.—¡Ay + qué mainate! ¿qué es Napoleón?—gritó + el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo + y poniéndole un codo delante de las narices. + </p> + <p> + —Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro. + </p> + <p> + —¡Qué ha de ser!—¡No hay más cera! + </p> + <p> + —Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por + farolero. + </p> + <p> + —¿Qué más da, si no es eso?—dijo la niña + poniendo paces—. A ver el otro. ¿Na? ¿na? + </p> + <p> + —Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno. + </p> + <p> + —Otra rueda.—¡Da señas, tísica!—escupió + más que dijo el dictador. + </p> + <p> + Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás + de los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo + alrededor de la mano y añadió: + </p> + <p> + —¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma! + </p> + <p> + Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la <i>madre</i>. + </p> + <p> + —Señas... señas... ¿a que no aciertas? + </p> + <p> + —¿A que sí?...—No tires...—Pues da señas...—¡Es + una cosa muy rica! ¡muy rica! ¡muy rica! + </p> + <p> + —¿Que se come?—Pues claro... siendo muy rica...—¿Dónde + la hay?—La comen los señores...—Eso no vale, ¡so + tísica! ¿qué sé yo lo que comen los señores? + </p> + <p> + —Pues alguna vez puede ser que la hayas visto. + </p> + <p> + —¿De qué color?—Amarilla, amarilla...—¡Naranjas, + rediós!—aulló el pillastre y dio un tirón al pañuelo, + preparándose a emprenderla a latigazos con sus compañeros. + </p> + <p> + —¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!... + </p> + <p> + Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían + por la carretera y el Espolón. + </p> + <p> + —¡Venir! ¡venir! que no es eso...—gritó la + <i>madre</i>. + </p> + <p> + —¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues + no son amarillas las naranjas?... ¿y no son cosa rica? + </p> + <p> + —Pero naranjas las comes tú también. + </p> + <p> + —Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto.... + </p> + <p> + —Pues no es eso. Otro.—¿Na? ¿na? Un niño + flaco, pálido, casi desnudo, tomó la punta del pañuelo; + le brillaban los ojos... le temblaba la voz... y mirando con miedo al de + las naranjas, dijo muy quedo: + </p> + <p> + —¡Natillas!...—<i>¡Zurriágame la melunga!</i>—gritó + entusiasmada la <i>madre</i>—, <i>¡castañas de + catalunga!</i> Y todos corrieron, mientras el vencedor iba detrás + con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a sus amigos, contento + con el triunfo, pero sin deseos de venganza. + </p> + <p> + El <i>Rojo</i> no quería correr: protestaba. + </p> + <p> + —¡Rediós! ¿qué son natillas?—gritaba + poniendo la mano delante de la cara, mientras tímidamente el <i>Ratón</i> + le castigaba con simulacros de azotes. + </p> + <p> + Y añadía furioso el <i>Rojo</i>: + </p> + <p> + —¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo! + </p> + <p> + —¡A la oreja! ¡a la oreja! + </p> + <p> + El <i>Ratón</i> se vio acosado por todos sus colegas que se le + colgaron de las orejas. + </p> + <p> + —<i>¡Zurriágame la melunga!</i>—volvió a + gritar la <i>madre</i>, y los pillos se dispersaron otra vez. + </p> + <p> + En aquel momento el Magistral se acercó a la niña. + </p> + <p> + La <i>madre</i> dio un grito de espantada. Creía que era su padre + que venía a recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía. + </p> + <p> + —Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches? + </p> + <p> + —¿Para dónde?—contestó ella poniéndose + en pie. + </p> + <p> + —Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con + cascabeles... hace poco.... + </p> + <p> + —No señor, me parece que no.... Espere usted, señor + cura, a ver si esos... <i>¡A la oreja madre! ¡a la oreja + madre!</i>—gritó, y la bandada de mochuelos acudió al + farol delante del <i>Ratón</i>. Al ver al Provisor, todos, menos el + <i>Rojo</i>, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que tenían + gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se + limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no. + </p> + <p> + —¿Habéis visto pasar dos coches para arriba? + </p> + <p> + —Sí.—No.—Dos.—Tres.—Para abajo.—Mentira, + mainate... ¡si te inflo!... Para arriba, señor cura. + </p> + <p> + —Era una galera.—¡Un coche, farol!—Dos carros + eran, mainate.—¡Te rompo!...—¡Te inflo!... El + Magistral no pudo averiguar nada. Se inclinó a creer que habían + pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando vueltas y + limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho el + pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco + los dedos. + </p> + <p> + Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un + murciélago que volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole + con las alas diabólicas. También el murciélago llegó + a molestarle, apenas pasaba volvíase, cada vez era más + reducida la órbita de su vuelo. + </p> + <p> + «Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez + que veía al animalucho encima sentía un poco de frío + en las raíces del pelo. + </p> + <p> + La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas + claridades pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo + perfil señalaba una faja de vapor tenue y luminoso, brillaban las + estrellas del carro, la Osa mayor, y Aldebarán, por la parte del + Corfín, casi rozando la cresta más alta de la cordillera + obscura, lucía solitario en una región desierta del cielo. + La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo de + perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado. + Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de + silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba. + </p> + <p> + Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había + sido mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los + primeros años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y + tenía aquellas tristezas y aquellos escrúpulos que le comían + el alma. Después la vida le había hecho hombre, había + seguido la escuela de su madre... una aldeana que no veía en el + campo más que la explotación de la tierra. Aquello que se + llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a + él años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... + ¡Las estrellas! ¡qué pocas veces las había + mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se + detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó + mirando a los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de + lo alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía + que cantaban». En aquel silencio oía los latidos de la sangre + de su cabeza... y también se le figuró oír otro + ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran + ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba + cascabeles, pero los caballos de la Góndola sí... ¿O + serían cigarras, grillos... ranas... cualquier cosa de las que + cantan en el campo acompañando el silencio de la noche?... No... + no; eran cascabeles, ahora estaba seguro... ya sonaban más cerca, + con cierto compás... cada vez más cerca. + </p> + <p> + —¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!—dijo en + voz alta, acercándose a la cuneta de la carretera, a la sombra de + un farol de los del paseo. + </p> + <p> + Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección + del Vivero, espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la + obscuridad lejana, después cuatro... eran ellos, los dos coches.... + El ruido rítmico de los cascabeles se hizo claro, estridente; a + veces se mezclaban con él otros que parecían gritos, + fragmentos de canciones. + </p> + <p> + —«¡Qué locos, vienen cantando!». + </p> + <p> + Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas... + el aliento fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona + de Ripamilán.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela + iba a pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de + hierro, para no ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas + se hizo todo ojos. En el lugar de Ripamilán vio a don Víctor + de Quintanar, y en el de la Regenta a Ripamilán; sí, los vio + perfectamente. ¡No venía la Regenta en el coche abierto! + ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían + echado a la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña + Petronila!... Luego don Álvaro y ella venían juntos... + ¡y acaso venían todos borrachos, por lo menos alegres! + </p> + <p> + «¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el + despecho atravesado en la garganta. + </p> + <p> + Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió: + </p> + <p> + —«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa + Marquesa es una Celestina de afición!». + </p> + <p> + «¡Y venían cantando!». + </p> + <p> + Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la + Colonia, sin algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se + ocultaban y volvían a aparecer, cada vez más pequeñas... + </p> + <p> + «¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, + mucho peor!». + </p> + <p> + Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras + en noche de estío.... + </p> + <p> + El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y + subió a buen paso por la calle principal de la Colonia, en pos de + los coches de Vegallana. + </p> + <p> + Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta + arriba. «¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal + humor, por emplear en algo aquella fuerza que sentía en sus músculos, + en su alma ociosa, molesta como un hormigueo...». + </p> + <p> + Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba + entre las filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, + le hizo ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la + polvorienta carretera. + </p> + <p> + Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el + paso. + </p> + <p> + «Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no + faltaba más, siempre he sido dueño de mí... y ahora + había de empezar a ser... un majadero...». + </p> + <p> + Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su + furor sordo. «Pronto es mañana.... A las ocho ya sabré + yo.... Sí lo sabré... porque se lo preguntaré todo. + ¿Por qué no? A mi manera.... Tengo derecho...». + </p> + <p> + Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el + paseo de los Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza + del Pan, y al llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el + caserón de los Ozores no vio más luz que la del portal. + </p> + <p> + —«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están + juntos todavía?». Y sin pensar lo que hacía, siguió + hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que había + andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban + también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía + a cortar las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos + faroles de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces + roncas y metálicas del piano desafinado. + </p> + <p> + —«¡Sigue la broma!—se dijo mordiéndose los + labios—. Pero yo ¿qué hago aquí? ¿Qué + me importa todo esto?... Si ella es como todas... mañana lo sabré. + ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!... ¡Si me viera mi madre!». + En la pared de la casa de enfrente la luz que salía por los + balcones interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y + por aquella claridad descarada y chillona pasaban figuras negras, como + dibujos de linterna mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras + una mano enorme, luego un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas + frente al balcón del gabinete; frente a los del salón las + sombras de la pared eran más pequeñas, pero muchas y + confusas; y se movían y mezclaban hasta marear al canónigo. + </p> + <p> + «No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba. + </p> + <p> + Más allá del balcón del gabinete había otro + cerrado. Era el de la habitación en que había muerto la hija + de los Marqueses. El Magistral recordaba haber estado allí, de + rodillas, con un hacha de cera en la mano, mientras le daban a la pobre + joven el Señor. Hacía mucho tiempo. Aquel balcón se + abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se apretaba a + las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como si fuera a + arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos que oprimían + a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse. «¿Quién + era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo + mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la + Regenta no podía ser; no faltaba más! ¿Y el de los + brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía + al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en + completa obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían + pasar... y ¿qué se pensaría si le veían allí, + espiando a los convidados del Marqués?... Debía marcharse... + sí; pero hasta que aquellos bultos se retirasen del balcón + no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a la calle, + ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible, hablaba + tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves + manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla + por los hombros. + </p> + <p> + «¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación... + ¡qué escándalo!», pensó don Fermín, + que seguía inmóvil. + </p> + <p> + La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla + por la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo. + </p> + <p> + «Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal. + </p> + <p> + A pesar de estas reflexiones que no podían ser más + racionales, no estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le + sofocaba, como si fuese falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer + desapareció un momento; hubo un silencio solemne y en medio de + él sonó claro, casi estridente, el chasquido de un beso + bilateral, después un chillido como el de Rosina en el primer acto + del <i>Barbero</i>. + </p> + <p> + El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el + balcón no quedaba nadie; Don Fermín salió del portal + arrimado a la pared y se alejó a buen paso. «No era ella, de + fijo no era ella, iba pensando. Era la otra». + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XVmdash" id="XVmdash"></a>—XV— + </h2> + <p> + En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña + Paula, con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle + en la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir + lentamente con la cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de + anchas alas. + </p> + <p> + Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura + de que tenía que ser él. Ni una palabra al verle. El hijo + subía y la madre no se movía, parecía dispuesta a + estorbarle el paso, allí en medio, tiesa, como un fantasma negro, + largo y anguloso. + </p> + <p> + Cuando De Pas llegaba a los últimos peldaños, doña + Paula dejó el puesto y entró en el despacho. Don Fermín + la miró entonces, sin que ella le viese. + </p> + <p> + Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las + sienes; unos parches grandes, ostentosos. + </p> + <p> + «Lo sabe todo» pensó el Provisor. Cuando su madre + callaba y se ponía parches de sebo, daba a entender que no podía + estar más enfadada, que estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, + De Pas vio la mesa puesta con dos cubiertos. Era temprano para cenar, + otras noches no se extendía el mantel hasta las nueve y media; y + acababan de dar las nueve. + </p> + <p> + Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué + de aceite con que velaba su hijo. + </p> + <p> + Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un + lado y se limpió la frente con el pañuelo. Miró a doña + Paula. + </p> + <p> + —¿Le duele la cabeza, madre?—Me ha dolido. ¡Teresina!—Señora.—¡La + cena! Y salió del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia + y salió tras ella. «No era todavía hora de cenar, + faltaban más de cuarenta minutos... pero ¿quién se lo + decía a ella?». + </p> + <p> + Doña Paula se sentó junto a la mesa, de lado, como los cómicos + malos en el teatro. Junto al cubierto de don Fermín había un + palillero, un taller con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tenía + servilletero; la de su madre no. + </p> + <p> + Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer + plato, que era una ensalada. + </p> + <p> + —¿No te sientas?—preguntó al Provisor su madre. + </p> + <p> + —No tengo apetito... pero tengo mucha sed.... + </p> + <p> + —¿Estás malo?—No, señora... eso no.—¿Cenarás + más tarde? + </p> + <p> + —No, señora, tampoco.... El Magistral ocupó su asiento + enfrente de doña Paula, que se sirvió en silencio. + </p> + <p> + Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas contemplaba + a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más + pálida que solía estar, con los grandes ojos azules, claros + y fríos fijos en un pensamiento que debía de ver ella en el + suelo. + </p> + <p> + Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien + educado. Acercó la ensalada al señorito. + </p> + <p> + —Ya he dicho que no ceno.—Déjale, no cena. Ella no lo + había oído, hombre. + </p> + <p> + Y acarició a la criada con los ojos. + </p> + <p> + Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusión + inmediatamente. Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba + sintiendo náuseas y no se atrevía a pedir una taza de té. + Se moría de sed, pero temía beber agua. + </p> + <p> + Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una + amabilidad que usaba muy pocas veces. + </p> + <p> + La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en + parte tuviera la misma doña Paula la culpa. Esto al menos creyó + notar el Magistral. + </p> + <p> + Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traía + ella misma. + </p> + <p> + Pidió azúcar don Fermín para echarlo en el vaso de + agua y su madre dijo: + </p> + <p> + —Está arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, iré + yo por ella. + </p> + <p> + —Pero, madre...—Déjame. Teresina quedó a solas + con su amo y mientras le servía agua dejando caer el chorro desde + muy alto, suspiró discretamente. + </p> + <p> + De Pas la miró, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parecía + una virgen de cera. Ella no levantó los ojos. De todas maneras, le + era antipática. Su madre la mimaba y a los criados no hay que + darles alas. + </p> + <p> + Bajó doña Paula y cuando salió Teresina dijo, + mientras miraba hacia la puerta: + </p> + <p> + —La pobre no sé cómo tiene cuerpo. + </p> + <p> + —¿Por qué?—preguntó don Fermín que + acababa de oír el primer trueno. + </p> + <p> + Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar + en el vaso, le miró desde arriba con gesto de indignación. + </p> + <p> + —¿Por qué? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una + vez a casa del Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, + otra a casa del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a + las Paulinas, otra... ¡qué sé yo! Está muerta + la pobre. + </p> + <p> + —¿Y a qué ha ido?—contestó De Pas al + segundo trueno. + </p> + <p> + Pausa solemne. Doña Paula volvió a sentarse y haciendo + alarde de una paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, + pesando las sílabas: + </p> + <p> + —A buscarte, Fermo, a eso ha ido.—Mal hecho, madre. Yo no soy + un chiquillo para que se me busque de casa en casa. ¿Qué diría + Carraspique, qué diría Páez?... Todo eso es ridículo.... + </p> + <p> + —Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si está mal + hecho, ríñeme a mí. + </p> + <p> + —Un hijo no riñe a su madre.—Pero la mata a disgustos; + la compromete, compromete la casa... la fortuna, la honra... la posición... + todo... por una... por una.... ¿Dónde ha comido usted? + </p> + <p> + Era inútil mentir, además de ser vergonzoso. Su madre lo sabía + todo de fijo. El Chato se lo habría contado. El Chato que le habría + visto apearse de la carretela en el Espolón. + </p> + <p> + —He comido con los marqueses de Vegallana; eran los días de + Paquito; se empeñaron... no hubo remedio; y no mandé + aviso... porque era ridículo, porque allí no tengo confianza + para eso.... + </p> + <p> + —¿Quién comió allí? + </p> + <p> + —Cincuenta, ¿qué sé yo? + </p> + <p> + —¡Basta, Fermo, basta de disimulos!—gritó con voz + ronca la de los parches. Se levantó, cerró la puerta, y en + pie y desde lejos prosiguió: + </p> + <p> + —Has ido allí a buscar a esa... señora... has comido a + su lado... has paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda + Vetusta, te has apeado en el Espolón; ya tenemos otra + Brigadiera.... Parece que necesitas el escándalo, quieres perderme. + </p> + <p> + —¡Madre! ¡madre!—¡Si no hay madre que valga! + ¿te has acordado de tu madre en todo el día? ¿No la + has dejado comer sola, o mejor dicho, no comer? ¿te importó + nada que tu madre se asustara, como era natural? ¿Y qué has + hecho después hasta las diez de la noche? + </p> + <p> + —¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño.... + </p> + <p> + —No, no eres un niño; a ti no te duele que tu madre se + consuma de impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un + mueble que sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da + su sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero tú + no eres un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación... + por una mujerota.... + </p> + <p> + —¡Madre!—¡Por una mala mujer!—¡Señora!—Cien + veces, mil veces peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, + porque esas cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las señoras + chupan la vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte años.... + ¡Fermo... eres un ingrato!... ¡eres un loco! + </p> + <p> + Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la + cabeza improvisó una banda para las sienes. + </p> + <p> + —¡Va a estallarme la frente!—¡Madre, por Dios! + sosiéguese usted. Nunca la he visto así... ¿Pero qué + pasa? ¿qué pasa?... Todo es calumnia.... ¡Y qué + pronto... qué pronto... la han urdido! ¡Qué Brigadiera + ni qué señoronas... si no hay nada de eso... si yo le juro + que no es eso... si no hay nada! + </p> + <p> + —No tienes corazón, Fermo, no tienes corazón. + </p> + <p> + —Señora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro.... + </p> + <p> + —¿Qué has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la + casa de esa gigantona... de fijo.... + </p> + <p> + —¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted. Está + usted insultando a una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado + con ella tres veces... es una santa.... + </p> + <p> + —Es una como las otras.—¿Cómo qué otras? + </p> + <p> + —Como las otras.—¡Señora! ¡Si la oyeran a + usted! + </p> + <p> + —¡Ta, ta, ta! Si me oyeran me callaría. Fermo... a buen + entendedor.... Mira, Fermo... tú no te acuerdas, pero yo sí... + yo soy la madre que te parió ¿sabes? y te conozco... y + conozco el mundo... y sé tenerlo todo en cuenta... todo.... Pero de + estas cosas no podemos hablar tú y yo... ni a solas... ya me + entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he callado, bastante he + visto. + </p> + <p> + —No ha visto usted nada...—Tienes razón... no he + visto... pero he comprendido y ya ves... nunca te hablé de estas... + porquerías, pero ahora parece que te complaces en que te vean... + tomas por el peor camino.... + </p> + <p> + —Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y + yo hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas.... + </p> + <p> + —Ya lo veo, Fermo, pero tú lo quieres. Lo de hoy ha sido un + escándalo. + </p> + <p> + —Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada + que ver con todas esas otras calumnias de antaño.... + </p> + <p> + —Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro + se entere, que Camoirán crea todo eso que ya dicen. + </p> + <p> + —¡Que ya dicen! ¡En dos días! + </p> + <p> + —Sí, en dos; en medio... en una hora.... ¿No ves que + te tienen ganas? ¿que llueve sobre mojado?... ¿Hace dos días? + Pues ellos dirán que hace dos meses, dos años, lo que + quieran. ¿Empieza ahora? Pues dirán que ahora se ha + descubierto. Conocen al Obispo, saben que sólo por ahí + pueden atacarte.... Que le digan a Camoirán que has robado el copón... + no lo cree... pero eso sí; ¡acuérdate de la + Brigadiera!... + </p> + <p> + —¡Qué Brigadiera... madre... qué Brigadiera!... + Es que no podemos hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a + usted.... + </p> + <p> + —No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo sé... + a mi modo. Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar + por tu madre, en estas cosas miserables de tejas abajo? ¿Te fue + bien? + </p> + <p> + —¡Sí, madre mía, sí! + </p> + <p> + —¿Te saqué yo o no de la pobreza? + </p> + <p> + —¡Sí, madre del alma!—¿No nos dejó + tu pobre padre muertos de hambre y con el agua al cuello, todo embargado, + todo perdido? + </p> + <p> + —Sí, señora, sí... y eternamente yo.... + </p> + <p> + —Déjate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que + sigas creyéndome a mí; yo sé lo que hago. Tú + predicas, tú alucinas al mundo con tus buenas palabras y buenas + formas... yo sigo mi juego. Fermo, si siempre ha sido así, ¿por + qué te me tuerces? ¿Por qué te me escapas? + </p> + <p> + —Si no hay tal, madre.—Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, + dices... es verdad... pero peor si eres un tonto.... Sí, un tonto + con toda tu sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas + por la espalda, en la honra? Pues mira al Arcediano, torcido y todo, las + da como un maestro... ahí tienes un ignorante que sabe más + que tú. + </p> + <p> + Doña Paula se había arrancado los parches, las trenzas + espesas de su pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos + apagados casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a + hachazos parecía una estatua rústica de la Elocuencia + prudente y cargada de experiencia. + </p> + <p> + La tempestad se había deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya + no se reñía, se discutía con calor, pero sin ira. Los + recuerdos evocados, sin intención patética, por doña + Paula, habían enternecido a Fermo. Ya había allí un + hijo y una madre, y no había miedo de que las palabras fuesen + rayos. + </p> + <p> + Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja. + Llamaba mojigangas a las caricias, y quería a su hijo mucho a su + manera, desde lejos. Era el suyo un cariño opresor, un tirano. + Fermo, además de su hijo, era su capital, una fábrica de + dinero. Ella le había hecho hombre, a costa de sacrificios, de vergüenzas + de que él no sabía ni la mitad, de vigilias, de sudores, de + cálculos, de paciencia, de astucia, de energía y de pecados + sórdidos; por consiguiente no pedía mucho si pedía + intereses al resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo + era de su hijo, porque él era el de más talento, el más + elocuente, el más sagaz, el más sabio, el más + hermoso; pero su hijo era de ella, debía cobrar los réditos + de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, + podía reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a + exigir que Fermo continuase produciendo. + </p> + <p> + En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años + al lado de las minas de carbón en que trabajaba su padre, un + miserable labrador que ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz + y patatas, y con la ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían + de las cuevas negros, sudando carbón y con los ojos hinchados, + adustos, blasfemos como demonios, manejaban más plata entre los + dedos sucios que los campesinos que removían la tierra en la + superficie de los campos y segaban y amontonaban la yerba de los prados + frescos y floridos. El dinero estaba en las entrañas de la tierra; + había que cavar hondo para sacar provecho. En Matalerejo, y en todo + su valle, reina la codicia, y los niños rubios de tez amarillenta + que pululan a orillas del río negro que serpea por las faldas de + los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de sueños + de avaricia. Paula era de niña rubia como una mazorca; tenía + los ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de + razón, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fábricas + que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden + sostener en la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que + ganan así los hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de + la avaricia arrojada en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que + se incrusta en las entrañas y jamás se arranca de allí. + Paula veía en su casa la miseria todos los días; o faltaba + pan para cenar o para comer; el padre gastaba en la taberna y en el juego + lo que ganaba en la mina. + </p> + <p> + La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran + pena con que los suyos lo lloraban ausente. A los nueve años era + Paula una espiga tostada por el sol, larga y seca; ya no se reía: + pellizcaba a las amigas con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía + cuartos en un agujero del corral. La codicia la hizo mujer antes de + tiempo; tenía una seriedad prematura, un juicio firme y frío. + </p> + <p> + Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y vivía + con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero + ¿cómo? Las alas tenían que ser de oro. ¿Dónde + estaba el oro? Ella no podía bajar a la mina. + </p> + <p> + Su espíritu observador notó en la iglesia un filón + menos obscuro y triste que el de las cuevas de allá abajo. «El + cura no trabajaba y era más rico que su padre y los demás + cavadores de las minas. Si ella fuera hombre no pararía hasta + hacerse cura. Pero podía ser ama como la señora Rita». + Comenzó a frecuentar la iglesia; no perdió novena, ni + rogativas, ni misiones, ni rosario y siempre salía la última + del templo. Los vecinos de Matalerejo habían enterrado la antigua + piedad entre el carbón; eran indiferentes y tenían fama de + herejes en los pueblos comarcanos. Por esto pudo notar la señorita + Rita la piedad de Paula bien pronto. «La hija de Antón Raíces, + le dijo al señor cura, tira para santa, no sale de la iglesia». + El cura habló a la chicuela, y aseguró a Rita que era una + Teresa de Jesús en ciernes. En una enfermedad del ama, el párroco + pidió a Raíces su hija para reemplazar a Rita en su + servicio. Rita sanó pero Paula no salió de la Rectoral. Se + acabó el ir y venir con el cesto de tierra. Se vistió de + negro, y por amor de Dios se olvidó de sus padres. A los dos años + la señora Rita salía de la casa del cura enseñando + los puños a Paula y llevándose en un cofre sus ahorros de + veinte años. El cura murió de viejo y el nuevo párroco, + de treinta años, admitió a la hija de Raíces como + parte integrante de la casa Rectoral. Paula era entonces una joven alta, + blanca, fresca, de carne dura y piel fina, pero mal hecha. Una noche, a + las doce, a la luz de la luna salió de la Rectoral, que estaba en + lo alto de una loma rodeada de castaños y acacias, cien pasos más + abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un pañuelo negro que + envolvía ropa blanca. Detrás de ella salió una + sombra, con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la seguían, + Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la + alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó + a detenerse; hablaron; él abría los brazos, ponía las + manos sobre el corazón, besaba dos dedos en cruz; ella decía + no con la cabeza. Después de media hora de lucha, los dos volvieron + a la Rectoral; entró él, ella detrás y cerró + por dentro después de decir a un perro que ladraba: + </p> + <p> + —¡Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura + desde aquella noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la + soledad le costó al párroco, sin saciar el apetito, muchos años + de esclavitud. Tenía fama de santo; era un joven que predicaba + moralidad, castidad, sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con + el ejemplo. Y una noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, + angulosa, sintió una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, + excitada por aquellos ángulos de carne y hueso, por aquellas + caderas desairadas, por aquellas piernas largas, fuertes, que debían + de ser como las de un hombre. A la primera insinuación amorosa, + brusca, significada más por gestos que por palabras, el ama contestó + con un gruñido, y fingiendo no comprender lo que le pedían; + a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin arte, de hombre + casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula dio por respuesta + un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su cuarto, hizo un lío + de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí + muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió + diciendo desde la escalera: + </p> + <p> + —¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre. + </p> + <p> + La transacción le costó al clérigo humillarse hasta + el polvo, una abdicación absoluta. Vivieron en paz en adelante, + pero él vio siempre en ella a su señor de horca y cuchillo; + tenía su honor en las manos; podía perderle. No le perdió. + Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde, después de estudiar, + Paula se acercó a él y le pidió que la oyese en + confesión. + </p> + <p> + —Hija mía ¿a estas horas? + </p> + <p> + —Sí, señor, ahora me atrevo... y no respondo de volver + a atreverme jamás. + </p> + <p> + Le confesó que estaba encinta. + </p> + <p> + Francisco De Pas, un licenciado de artillería, que entraba mucho en + casa del cura, de quien era algo pariente, la había requerido de + amores y ella le había contestado a bofetadas—el cura se puso + colorado; se acordó de la patada que había recibido él—pero + el licenciado había sido terco, y había vuelto a + requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto sacaran el estanquillo que + le tenían prometido los del Gobierno; ella se había + tranquilizado y desde entonces admitía al habla aquel buque + sospechoso. Según costumbre de la tierra, iba el de artillería + a hablar con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en + Matalerejo, sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida + por anchos pilares a dos o tres varas del suelo. Allí dormía + ella en el verano. Francisco faltó una noche a lo convenido, fue + audaz, pasó del corredor al interior de la panera; luchó + Paula, luchó hasta caer rendida—lo juraba ante un Cristo—, + rendida por la fuerza del artillero. Desde aquella noche le tomó + ojeriza, pero quería casarse con él. De aquella traición + acaso nació Fermín a los dos meses de haber unido el buen párroco + a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos los vecinos dijeron que + Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con buenas + peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre había tenido + intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían + llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía + el cura estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero + aquella noche que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le + convenció de la inocencia del párroco y de la virtud de + Paula. Aquello no se fingía; mucho sabía el artillero de las + trampas del mundo, de las doncellas falsas, pero él se fue a su + casa al alba persuadido de que había vencido, bien o mal, una honra + verdadera. Y volvió a su proyecto de casarse con el ama del cura. + Así se lo juró a ella, de rodillas, como él había + visto a los galanes en los teatros, allá por el mundo adelante.—«Yo + te pediré a tus padres y al cura mañana mismo.—No—dijo + ella—, ahora no». Y siguieron viéndose. Cuando Paula + estuvo segura de que había fruto de aquella traición, o de + las concesiones subsiguientes, dijo a su novio: «Ahora se lo digo al + amo y tú, cuando él te llame, te niegas a casarte, dices que + dicen que no eres tú solo... que en fin...—Sí, sí, + ya entiendo.—¡Lo que sospechabas, animal!—Sí, ya + sé.—Pues eso.—¿Y después?—Después + deja que el cura te ofrezca... y no digas que bueno a la primer promesa; + deja que suba el precio... ni a la segunda. A la tercera date por + vencido...». + </p> + <p> + Y así fue. Paula arrancó de una vez al pobre párroco + de Matalerejo, el más casto del Arciprestazgo, el resto del precio + que ella había puesto al silencio. ¡Con qué fervor + predicaba el buen hombre después la castidad firme! «¡Un + momento de debilidad te pierde, pecador; basta un momento! Un deseo, un + deseo que no sacias siquiera, te cuesta la salvación» (y + todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad de toda la vida, + añadía para sus adentros.) + </p> + <p> + Paula compró grandes partidas de vino y lo vendía al por + mayor a los taberneros de Matalerejo; empezó bien el comercio + gracias a su inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. + Francisco era muy <i>fantástico</i>, según su mujer. Le + gustaba contar sus hazañas, y hasta sus aventuras, esto en secreto, + después de colocar unos cuantos pellejos de Toro, al beber en compañía + del parroquiano. Era rumboso y en el calor de la amistad improvisada en la + taberna, abría créditos exorbitantes a los taberneros, sus + consumidores. Esto originó reyertas trágicas; hubo sillas + por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de pino, + amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del artillero; + secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer. La manía + de dar al fiado llegó a ser un vicio, una pasión del + manirroto licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el + dinero con gran prosopopeya. «¡Los países que él + había visto! ¡las mujeres que él había + seducido, allá muy lejos!». Sus amigos los taberneros que no + habían visto más río que el de su patria, le engañaban + al segundo vaso. Mientras él se perdía en sus recuerdos y en + sus sueños pretéritos, que daba por realizados, sus + compadres interrumpiéndole, entre alabanzas y admiraciones, le + sacaban pellejos y más pellejos de vino pagaderos.... «De eso + no había que hablar». «El hombre es honrado» decía + el artillero y añadía: «Si yo tengo un duro pongo por + ejemplo, y un amigo, por una comparación, necesita ese duro... y + quien dice un duro dice veinte arrobas de vino, pongo por caso...». + Pocos años necesitó, a pesar de la prosperidad con que el + comercio había empezado, para tocar en la bancarrota. Se atrevió + un parroquiano a no pagar y tras él fueron otros, y al fin no le + pagaba casi nadie. Paula que había dominado a dos curas, y estaba + dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido. «Lo que + tú quieras, tienes razón», decía él, y a + la media hora volvía a las andadas. Si ella se irritaba, se le + acababa a él lo que llamaba la paciencia, y una vez en el terreno + de la fuerza el artillero vencía siempre; fuerte era como un roble + Paula, pero Francisco había sido el más arrogante mozo de + nuestro ejército, y tenía músculos de oso. Había + nacido en lo más alto de la montaña y hasta los veinte años + había servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza + llamó a las puertas, y Paula se decidió a dejar su comercio, + De Pas decretó dedicar los pocos cuartos que sacaron libres a la + industria ganadera. Tomó vacas en parcería y se fue con su + mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del pastoreo, en los más + empinados vericuetos. Allí pasó la niñez y llegó + a la adolescencia Fermín, a quien su madre había deseado + hacer clérigo.—«Pastor y vaquero ha de ser, como su + abuelo y como su padre», gritaba el licenciado cada vez que la madre + hablaba de mandar al niño a aprender latín con el cura de + Matalerejo. El comercio de ganado no fue mejor que el de vino. A Francisco + se le ocurrió que él había sido siempre un gran + tirador; se consagró a la caza y perseguía corzos, jabalíes, + y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se atrevía. + Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro hombres que + conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en unas + angarillas improvisadas con ramas de roble. Había caído de + lo alto de una peña abrazado a la osa mal herida que perseguían + los vaqueros hacía una semana. Murió con gloria el + artillero, pero su viuda se encontró abrumada de trampas, de deudas + y para sarcasmo de la suerte, dueña de créditos sin fin que + no se cobrarían jamás. Volvió a Matalerejo, después + de perder por embargo cuanto tenía. Llevaba aquellos papeles inútiles + y el hijo que había de ser clérigo. Era Fermín ya un + mozalbete como un castillo; sus 15 años parecían veinte; + pero Paula hacía de él cuanto quería, le manejaba + mejor que a su padre. Le hizo estudiar latín con el cura, el mismo + que había dado la dote perdida por el difunto. Había que + adelantar tiempo y Fermín lo adelantó; estudiaba por cuatro + y trabajaba en los quehaceres domésticos de la Rectoral; cuidaba la + huerta además y así ganaba comida y enseñanza. Iba a + dormir a la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había + levantado cuatro tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo + comercio, que no subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, + quien hizo el desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no + temía lo que pudiera decir Paula ni ella creía tampoco en la + fuerza del arma con que en un tiempo había amenazado terrible, + cruel y fría. + </p> + <p> + La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la claridad y + allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la pasión + del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que + dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las + noches de invierno interminables el <i>hijo del cura</i>, como le llamaban + cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de + Fermín, que había probado a muchos que el estudio no le había + debilitado los brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y + del embrutecimiento le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba + con fervor en la sincera piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo + que para él quería su madre: el seminario, la sotana, que + era la toga del hombre libre, la que le podría arrancar de la + esclavitud a que se vería condenado con todos aquellos miserables + si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor, una digna del vuelo de + su ambición y de los instintos que despertaban en su espíritu. + Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y + muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella + explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella turba + de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de + fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna + pendencias, brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La + energía de Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones + brutales, y con más ahínco en obligar al que rompía + algo a pagarlo y a buen precio. También ponía en la cuenta, + a su modo, el perjuicio del escándalo. A veces quería Fermín + ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas trágicas + de la taberna, pero su madre se lo prohibía: + </p> + <p> + —Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver + sangre. Si te ven entre estos ladrones, creerán que eres uno de + ellos. + </p> + <p> + Fermín, por respeto y por asco obedecía, y cuando el estrépito + era horrísono, tapaba los oídos y procuraba enfrascarse en + el trabajo hasta olvidar lo que pasaba detrás de aquellas tablas, + en la taberna. Algo más que las reyertas entre los parroquianos + ocultaba Paula a su hijo. Aunque ya no era joven, su cuerpo fuerte, su + piel tersa y blanca, sus brazos fornidos, sus caderas exuberantes + excitaban la lujuria de aquellos miserables que vivían en + tinieblas. «<i>La Muerta</i> es un buen bocado», se decía + en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura pálida; y + creyendo fácil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban + sobre ella como sobre una presa; pero Paula los recibía a puñadas, + a patadas, a palos; más de un vaso rompió en la cabeza de + una fiera de las cuevas y tuvo el valor de cobrárselo. Estos + ataques de la lujuria animal solían ser a las altas horas de la + noche, cuando el enamorado salvaje se eternizaba sobre su banco, para + esperar la soledad. Fermín estudiaba o dormía. Paula cerraba + la puerta de la calle, porque la autoridad le obligaba a ello. No despedía + al borracho, aunque conocía su propósito, porque mientras + estaba allí hacía consumo, suprema aspiración de + Paula. Y entonces empezaba la lucha. Ella se defendía en silencio. + Aunque él gritase, Fermín no acudía; pensaba que era + una riña entre mineros. Además, le temían unos por + fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer sin que él se enterase. + Pero nunca vencían. A lo sumo un abrazo furtivo, un beso como un + rasguño. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Más asco le + daba barrer las inmundicias que dejaban allí aquellos osos de la + cueva. + </p> + <p> + Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quería teólogo, + nada de misa y olla. Allí estaba ella para barrer hacia la calle + aquel lodo que entraba todos los días por la puerta de la taberna; + a ella la manchaba, pero a él no; él allá dentro con + Dios y los santos, bebiendo en los libros de la ciencia que le había + de hacer señor; y su madre allí fuera, manejando inmundicia + entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo el porvenir de su hijo; el de + ella, también, pues estaba segura de que llegaría a ser una + señora. Allá en la Montaña, en cuanto Fermín + había aprendido a leer y escribir, le había obligado a enseñarle + a ella su ciencia. Leía y escribía. En la taberna, entre + tantas blasfemias, entre los aullidos de borrachos y jugadores, ella + devoraba libros, que pedía al cura. + </p> + <p> + Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco + tiempo iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o + hurto. + </p> + <p> + El cura, Fermín, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, + la habían aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tráfico + repugnante; ¿no la aburría pasar la vida entre borrachos y + jugadores que se convertían tan a menudo en asesinos? + </p> + <p> + «¡No, no y no!». Que la dejasen a ella. Estaba haciendo + bolsón sin que nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria + que emprendiese, con sus pocos recursos, no podría ganar la décima + parte de lo que iba ganando allí. Los mineros salían de la + obscuridad con el bolsillo repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban + bien, derrochaban y comían y bebían veneno barato en calidad + de vino y manjares buenos y caros. En la taberna de Paula todo era + falsificado; ella compraba lo peor de lo peor y los borrachos lo comían + y bebían sin saber lo que tragaban, y los jugadores sin mirarlo + siquiera, fija el alma en los naipes. + </p> + <p> + El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable. + Por eso no había prendido ya fuego a la taberna con todos <i>los + ladrones</i> dentro. + </p> + <p> + No dejó el tráfico hasta que los estudios y la edad de Fermín + lo exigieron. Hubo que dejar el país y por recomendaciones del párroco + de Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen + del Camino, a una legua de León, en un páramo. Fermín, + también por influencia de Matalerejo (el cura), y del párroco + de la Virgen del Camino, entró en San Marcos de León en el + colegio de los Jesuitas, que pocos años antes se habían + instalado en las orillas del Bernesga. El muchacho resistió todas + las pruebas a que los PP. le sometieron; demostró bien pronto gran + talento, sagacidad, vocación, y el P. Rector llegó a decir + que aquel chico había nacido jesuita. Paula callaba, pero estaba + resuelta a sacar de allí a su hijo en tiempo oportuno, cuando ella + pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le quería + jesuita. Le quería canónigo, obispo, quién sabe cuántas + cosas más. Él hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, + de los mártires del Japón, de imitar su ejemplo; leía + a su madre, con los ojos brillantes de entusiasmo, los periódicos + que hablaban de los peligros del P. Sevillano, de la compañía, + allá en tierra de salvajes. Paula sonreía y callaba. ¡Bueno + estaría que después de tantos sacrificios el hijo se le + convirtiera en mártir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la locura + de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja mucha plata + el día que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de la + Autoridad civil; pero el cura es pobre. + </p> + <p> + Paula veía pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero + aquello era como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio + de revolver trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama + de cura corrió por toda la provincia; el párroco de la + Virgen tenía la imprudencia de alabar su talento culinario, su + despacho, su integridad, su pulcritud, su piedad y demás cualidades + delante de otros clérigos, a la mesa, después de comer bien + y beber mejor. Cundió la fama de Paula, y un canónigo de + Astorga se la arrebató al cura de la Virgen. Fue una traición + y Paula una ingrata. Sin embargo, el canónigo era un santo, la + traición no había sido suya. Don Fortunato Camoirán + no era capaz de traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la aceptó, + sin sospechar que a los pocos meses sería él su esclavo. + </p> + <p> + Nada convenía a Paula como un amo santo. Al año de servir al + canónigo Camoirán se vanagloriaba de haberle salvado varias + veces de la bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: + todo hubiera sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le + saqueaban con la ganzúa de la caridad. Paula puso en orden todo + aquello. Camoirán se lo agradeció y siguió dando + limosna a hurtadillas, pero poca; lo que podía sisar al ama. Era el + canónigo incapaz de gobernarse en las necesidades premiosas de la + vida, no entendía palabra de los intereses del mundo, y al poco + tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos, sus manos, sus oídos, + hasta su sentido común. Sin Paula acaso, acaso le hubieran llevado + a un hospital por loco y pobre. + </p> + <p> + Aquel imperio fue el más tiránico que ejerció en su + vida el ama de llaves. Lo aprovechó para la carrera de Fermín: + el canónigo comprendió que debía mirar al estudiante + como a cosa suya; si Paula le consagraba la vida a él, él + debía consagrar sus cuidados y su dinero y su influencia al hijo de + Paula. Además, el mozo le enamoraba también; era tan + discreto, tan sagaz como su madre y más amable, más suave en + el trato. Pero había que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, + el mozo lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de + jesuita lo exigía. Se le sacó y entró en el + Seminario, a terminar la teología. Fue presbítero, y obtuvo + un economato de los buenos, y fue llamado a predicar en San Isidro de León, + y en Astorga, y en Villafranca y donde quiera que el canónigo + Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía influencia. Cuando + a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, él vaciló; + mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz: pero + Paula le amenazó con abandonarle.—«¡Eso era + absurdo!». Solo ya no podría vivir. «No por usted, señor; + por el chico es necesario aceptar». —«Acaso tenía + razón». Camoirán aceptó por el chico... y + fueron todos a Vetusta. Pero allí se le buscó al Obispo una + ama de llaves y Paula siguió ejerciendo desde su casa sus funciones + de suprema inspección. Fermín fue medrando, medrando; el + muchacho valía, pero más valía su madre. Ella le había + hecho hombre, es decir, cura; ella le había hecho niño + mimado de un Obispo, ella le había empujado para llegar adonde había + subido, y ella ganaba lo que ganaba, podía lo que podía... + ¡y él era un ingrato! + </p> + <p> + A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después + de larga conversación con su madre, se encerró en su + despacho a repasar en la memoria todo lo que él sabía de los + sacrificios que aquella mujer fuerte había emprendido y realizado + por él, porque él subiera, porque dominase y ganara riquezas + y honores. + </p> + <p> + —«¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato!» + y el amor filial le arrancaba dos lágrimas de fuego que enjugaba, + sorprendido de sentir humedad en aquellas fuentes secas por tantos años. + </p> + <p> + «¿Cómo lloraba él? ¡Cosa más rara! + ¿Sería el alcohol la causa de aquel llanto? Acaso. ¿Sería... + lo que había sucedido aquel día? Tal vez todo mezclado. Oh, + pero también, también el amor que él tenía a + su madre era cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos». + </p> + <p> + Abrió el balcón del despacho de par en par. Ya había + salido la luna, que parecía ir rodando sobre el tejado de enfrente. + La calle estaba desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos pálidos + de la luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. «¡Qué + cosas tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas + estaba sintiendo! Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el + pecho al mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así + había él empezado a ponerse enfermucho, allá en los + Jesuitas: pero entonces sus anhelos eran vagos y ahora no; ahora + anhelaba... tampoco se atrevía a pedir claridad y precisión + a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas místicas, ansiedades de + filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba y producía + aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las + fibras más hondas...». La sonrisa de la Regenta se le presentó + unida a la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y recordó + una a una todas las veces que le había sonreído. En los + libros aquello se llamaba estar enamorado platónicamente; pero + él no creía en palabras. No; estaba seguro que aquello no + era amor. El mundo entero, y su madre con todo el mundo, pensaban + groseramente al calificar de pecaminosa aquella amistad inocente. ¡Si + sabría él lo que era bueno y lo que era malo! Su madre le + quería mucho, a ella se lo debía todo, ya se sabe, pero... + no sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos + finos, sublimes... había que perdonarla. Sí, pero él + necesitaba amor más blando que el de doña Paula... más + íntimo, de más fácil comunión por razón + de la edad, de la educación, de los gustos... Él, aunque + viviera con su madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía + ser la dicha suprema de las almas serias, de las almas que pretendían + merecer el nombre de grandes. Le faltaba compañía en el + mundo; era indudable. + </p> + <p> + De una casa de la misma calle, por un balcón abierto, salían + las notas dulces, lánguidas, perezosas de un violín que + tocaban manos expertas. Se trataba de motivos del tercer acto del <i>Fausto</i>. + El Magistral no conocía la música, no podía asociarla + a las escenas a que correspondía, pero comprendía que se + hablaba de amor. El oír con deleite, como oía, aquella música + insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso: pero... + ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que + estaba sintiendo él! + </p> + <p> + De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida + estéril que había tenido, fecunda sólo en sobresaltos + y remordimientos, cada vez menos punzantes, pero más soporíferos + para el espíritu. Se tuvo una lástima tiernísima; y + mientras el violín gemía diciendo a su modo: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;"><i>Al palido chiaror</i></span><br /> <span + style="margin-left: 4em;"><i>che vien degli astri d'or</i></span><br /> + <span style="margin-left: 4em;"><i>dami ancor contemplar il tuo viso...</i></span><br /> + </p> + <p> + el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de + unas telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los + ojos.... Mirábala ni más ni menos como decía Trifón + Cármenes en <i>El Lábaro</i> que la contemplaba él, + todos los jueves y domingos, los días de folletín literario. + </p> + <p> + «¡Medrados estamos!» pensó don Fermín al + dar en idea tan extravagante. Y entonces volvió a ocurrírsele + que en aquel sentimentalismo de última hora debía de tener + gran parte la copa de cognac, o lo que fuese. + </p> + <p> + Abajo era día de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doña + Paula al buen Froilán Zapico, el propietario de <i>La Cruz Roja</i> + ante el público y el derecho mercantil. Froilán era un + esclavo blanco de doña Paula; a ella se lo debía todo, hasta + el no haber ido a presidio; le tenía agarrado, como ella decía, + por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño del + comercio, sin miedo de una traición. Le llamaba de tú y + muchas veces animal y pillastre. Él sonreía, fumaba su pipa, + siempre pegada a la boca, y decía con una calma de filósofo + cínico: «Cosas del alma». Vestía de levita, y + hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tenía que parecer un + señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de <i>La Cruz + Roja</i>, el comercio más próspero de Vetusta, el único + en su género, desde que el mísero de don Santos Barinaga se + había ido arruinando. + </p> + <p> + Doña Paula había casado a Froilán con una criada de + las que ella tomaba en la aldea, una de las que habían precedido a + Teresa en sus funciones de doncella cerca del señorito. Había + dormido como Teresa ahora, a cuatro pasos del Magistral. + </p> + <p> + Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froilán. + Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón. + Creía comprender. Pero él era muy filósofo: no se + paraba en ciertos requisitos que otros miran mucho. El ama, al proponerle + el matrimonio, había pensado: «Esto es algo fuerte; pero + ¡ay de él si se subleva!». Froilán no se sublevó. + Juana era muy buena moza y sabía cuidar a un hombre. Se casó + Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le + miraba de soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida + «de haber estirado mucho la cuerda» observó que el + novio estaba muy contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar + con su mujer. + </p> + <p> + «Gordas las tragas, Froilán, eres un valiente», pensaba + ella admirándole y despreciándole al mismo tiempo. + </p> + <p> + Y él sonreía con más socarronería que nunca. + </p> + <p> + «Buen chasco se había llevado la señora; si ella + supiera...» pensaba él fumando su pipa. Pero es claro que jamás + dijo a doña Paula el secreto de aquella noche en que hubo sorpresas + muy diferentes de las que suponía la señora. + </p> + <p> + Era el único secreto que había entre ama y esclavo; la + única mala pasada que ella le había querido jugar.... Y como + tampoco había tenido mal resultado, sino muy beneficioso para + Zapico, este seguía estimando a doña Paula. Ella, al verle + tan contento, nada resentido, rabiaba por atreverse a preguntar; y + él, muy satisfecho con el engaño del ama que había + sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos callaban. No había + más que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendían a + veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el rostro + del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Doña + Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la + mano por las barbas de puerco-espín que tenía debajo del + mentón afeitado. + </p> + <p> + Allí lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, + limpias. Froilán era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella + casa el recuento de la moneda era un culto. Desde niño se había + acostumbrado don Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban + los asuntos de dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el + oro y la plata. Allá abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la + que no se pasaba, desde la casa del Magistral por sótanos, como + suponía la maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la + medianería en el piso terreno, doña Paula, subida a una + plataforma, ante un pupitre verde, repasaba los libros del comercio y en + serones de esparto y bolsas grasientas contaba y recontaba el oro, la + plata y el cobre o el bronce que Froilán iba entregándole, + en pie, en una grada de la plataforma, más baja que la mesa en que + el ama repasaba los libros. Parecía ella una sacerdotisa y él + un acólito de aquel culto platónico. El mismo don Fermín, + las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sentía un vago + respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre, más + pálido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una + Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusología. + </p> + <p> + Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la + trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo había un gran foco de + podredumbre, aguas sucias estancadas. Oía vagos rumores lejanos del + chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino timbre. + Aquellos ruidos apagados por la distancia subían por el hueco de la + escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violín volvió + a rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían + titilar como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de + Fausto en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista + arrastraba perezosamente por las cuerdas del violín los quejidos de + la Traviata momentos antes de morir. + </p> + <p> + El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se + acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el + arroyo. Era don Santos Barinaga, que volvía a su casa,—tres + puertas más arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente—. + De Pas no le conoció hasta que le vio debajo de su balcón. + Pero antes, al pasar junto a la casa donde sonaba el violín, + Barinaga, que venía hablando solo, se detuvo y calló. Se + quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono truncado, y + alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente. De vez en cuando + hacía signos de aprobación.... «Conocía + aquello; era la <i>Traviata</i> o el <i>Miserere del Trovador</i>, pero en + fin cosa buena». + </p> + <p> + «Perfecta... mente», dijo en voz alta; que sea muy + enhorabuena, Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada + de comercio... en esta tierra de ladrones. ¿Eh...? + </p> + <p> + «Es el hijo del cerero», añadió mirando a un + lado, hacia el suelo; como contándoselo a otro que estuviese junto + a él y más bajo. El violín calló y don Santos + dio media vuelta, como buscando las notas que se habían extinguido. + Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un rótulo + de letras doradas que decía: «La Cruz Roja». + </p> + <p> + Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y + extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo, gritó:—¡Ladrones! + Sí, señor—dijo en voz más baja—, no + retiro una sola palabra... ladrones; usted y su madre señor + Provisor... ¡ladrones! + </p> + <p> + Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió + brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el vecino, + se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, + entornó las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio + por donde ver y oír sin ser visto. Para mayor seguridad bajó + la luz del quinqué y lo metió en la alcoba. Volvió al + balcón, a espiar las palabras y los movimientos de aquel borracho a + quien despreciaba todo el año y que aquella noche, sin que él + supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la misma + hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones, mientras + él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse + para oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les + atribuía a él y a su madre la ruina del comercio de + quincalla de que vivía; pero ¿quién hacía caso + de un miserable, víctima del aguardiente? + </p> + <p> + Barinaga seguía diciendo:—Sí, señor Provisor, + es usted un ladrón, y un simoniaco, como le llama a usted el señor + Foja... que es un liberal... eso es, un liberal probado.... + </p> + <p> + Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose + a su propia sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se + acercaba a la puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo + señor De Pas, le dijo: + </p> + <p> + —¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!... usted ha + arruinado a mi familia... usted me ha hecho a mí hereje... masón, + sí, señor, ahora soy masón... por vengarme... por... + ¡abajo la clerigalla! + </p> + <p> + Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta a + la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y + desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de + Pepe, su buen amigo. + </p> + <p> + El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin + acelerar el paso. + </p> + <p> + —Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado... y te + aprecio... pero este carcunda, este comehostias, este <i>rapa-velas</i>, + este maldito tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrón, y + lo sostengo.... Toma un pitillo. + </p> + <p> + Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a + la pared el chuzo y dijo con voz grave: + </p> + <p> + —Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la + puerta? + </p> + <p> + —¿Qué puerta?—La de su casa...—Yo no tengo + ya casa... yo soy un pordiosero... ¿no lo ves? ¿no ves qué + pantalones, qué levita?... Y mi hija... es una mala pécora... + también me la han robado los curas, pero no ha sido este.... Este + me ha robado la parroquia... me ha arruinado... y don Custodio me roba el + amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo no tengo hogar... ni tengo + puchero a la lumbre.... ¡Y dicen que bebo!... ¿qué he + de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el aguardiente... + ¿qué sería de este anciano?... + </p> + <p> + —Vamos, don Santos, vamos a casa...—Te digo que no tengo + casa... déjame... hoy tengo que hacer aquí... Vete, vete tú... + Es un secreto... ellos creen... que no se sabe... pero yo lo sé... + yo les espío... yo les oigo.... Vete... no me preguntes... vete.... + </p> + <p> + —Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de + usted los vecinos... y yo... qué quiere usted.... + </p> + <p> + —Sí, tú... es claro, como soy un pobre.... Vete, déjame + con esta ralea de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza. + </p> + <p> + El sereno cantó la hora y siguió adelante. + </p> + <p> + Don Santos le convidaba a veces a <i>echar</i> una copa... ¿qué + había de hacer? Además, no solía alborotar demasiado. + </p> + <p> + Quedó solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrás + de las vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para + sus adentros su víctima.... + </p> + <p> + Don Santos volvió a su monólogo, interrumpido por + entorpecimientos del estómago y por las dificultades de la lengua. + </p> + <p> + —¡Miserables!—decía con voz patética, de + bajo profundo—¡miserables!... ¡Ministro de Dios!... + ¡ministro de un cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, + honrado comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el + pan a nadie... que no obligo a los curas de toda la diócesis... + eso, eso, a comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, + casullas, lámparas (iba contando por los dedos, que encontraba con + dificultad), y demás, con otros artículos... como aras; sí + señor ¡que nos oigan los sordos, señor Magistral! + usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias del obispado... y yo + que lo supe... adquirí una gran partida de ellas..., porque creí + que era usted... una persona decente... un cristiano.... ¡Buen + cristiano te dé Dios! ¡Jesús... que era un gran + liberal, como el señor Foja... eso es... un republicano... no vendía + aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy empeñado, + embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras al precio que + ha querido... ¡se sabe todo, todo, señor apaga-luces... <i>don</i> + Simón el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... ¿Ven ustedes + este santurrón? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado + también al cerero.... Y papel pintado... Él mismo ha hecho + empapelar el Santuario de Palomares... que lo diga la sociedad de + Mareantes de aquel puerto... si es un ladrón... si lo tengo + dicho... un ladrón, un Felipe segundo... Óigalo usted, + ¡so pillo! yo no tengo esta noche qué cenar... no habrá + lumbre en mi cocina... pediré una taza de té... y mi hija me + dará un rosario.... ¡Sois unos miserables!... (Pausa.) + ¡Vaya un siglo de las luces! (señalando al farol) me río + yo... de las luces... ¿para qué quiero yo faroles si no + cuelgan de ellos a los ladrones?... ¡Rayos y truenos! ¿y esa + revolución?... ¡el petróleo!... ¡venga petróleo!... + </p> + <p> + Calló un momento el borracho, y a tropezones llegó a la + puerta de La Cruz Roja. Aplicó el oído al agujero de una + cerradura, y después de escuchar con atención, rió + con lo que llaman en las comedias risa sardónica. + </p> + <p> + —¡Ja, ja, ja!—venía a decir, con la garganta y + las narices—... ¡Ya están dándole vueltas!... + Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os ocultéis... + bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío; esa + plata es del cerero.... ¡Venga mi dinero, señora doña + Paula... venga mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi + dinero es mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga! + </p> + <p> + Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura. + </p> + <p> + El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó + sobre la barandilla para ver a don Santos. + </p> + <p> + —¿Oirá algo? Parece imposible.... + </p> + <p> + Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa + escuchó también con atención profunda.... Sí, + él oía algo... era el choque de las monedas, pero el ruido + era confuso, podía conocerse sabiendo antes que estaban contando + dinero... pero desde la calle no debía de oírse nada... era + imposible.... Mas la idea de que la alucinación del borracho + coincidiese con la realidad le disgustaba más todavía, le + asustaba, con un miedo supersticioso.... + </p> + <p> + —¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!... + Y todo eso es mío y del cerero.... ¡Ladrones!... Caballero + Magistral, entendámonos; usted predica una religión de + paz... pues bien, ese dinero es mío.... + </p> + <p> + Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre + el sombrero verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, + exclamó: + </p> + <p> + —Nada de violencias... ¡Ábrase a la justicia! ¡En + nombre de la ley, abajo esa puerta! + </p> + <p> + —¡Señor don Santos, a la cama!—dijo el sereno, ya + de vuelta—. No puedo consentir que usted siga escandalizando.... + </p> + <p> + —Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. + Usted representa la ley... pues bien... ahí están contando + mi dinero. + </p> + <p> + —Ea, ea, don Santos basta de desatinos. + </p> + <p> + Y le cogió por un brazo, para llevárselo por fuerza. + </p> + <p> + —Porque soy pobre... ¡ingrato!—dijo Barinaga cayendo en + profundo desaliento. + </p> + <p> + Se dejó arrastrar. El Magistral, desde su balcón, escondido + en la obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado + del mundo entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había + estado arrojando lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez + lastimosa. + </p> + <p> + Don Fermín estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes + de aquel borracho, de las palabras que más eructaba que decía: + «¿Podía una copa de cognac, una comida algo fuerte, un + poco de Burdeos, producir aquella irritación en la conciencia, en + el cerebro o donde fuera?». No lo sabía, pero jamás la + presencia de una de sus víctimas le había causado aquellos + escalofríos trágicos que se le paseaban ahora por el cuerpo. + Se figuraba la tienda vacía, los anaqueles desiertos, mostrando su + fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus muertos.... Y + veía el hogar frío, sin una chispa entre la ceniza.... + ¡Quién pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de té + por que suspiraba en su extravío; o caldo caliente... algo de lo + que sirve a los enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos! + </p> + <p> + Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta + de la tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El + Magistral oyó retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No + abrían. Al Provisor le consumía la impaciencia. «¿Se + habrá dormido esa beatuela?», pensó. + </p> + <p> + A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las + palabras del sereno y de Barinaga; parecía que hablaban un idioma + extraño. + </p> + <p> + Repitió Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abrió + un balcón y una voz agria dijo desde arriba. + </p> + <p> + —¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con + estrépito. Entró don Santos en la tienda, que era como el + Magistral se la había representado, y dejándose alumbrar por + el sereno atravesó el triste almacén donde retumbaban los + pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera lentamente, + respirando con fatiga. El sereno salió, después de entregar + la llave al amo de la casa. Cerró de un golpe y se fue calle + arriba. Obscuridad y silencio. El Magistral abrió entonces su balcón + de par en par y tendió el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa + de Barinaga, pretendiendo oír algo. + </p> + <p> + Al principio parecía aprensión lo que oía, como si + sonara dentro del cerebro... pero después, cuando se vio luz detrás + de los cristales, el Magistral pudo asegurar que allí dentro reñían, + arrojaban algo sobre el piso de madera.... + </p> + <p> + Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con don + Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El bando + del Arcediano y del beneficiado había querido sacar gran partido de + la situación del infeliz don Santos para combatir al Magistral; + para ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su + padre. Bebía el señor Barinaga y en esto ya no se podía + culpar de su miseria al Provisor. «Es claro, dirían los + partidarios de don Fermín, todo lo gasta en aguardiente, está + siempre borracho y espanta la parroquia ¿cómo se quiere que + el clero consuma los géneros de un perdido... que además es + un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar de las amonestaciones y + malos tratos de su hija, Barinaga no había querido pasarse al + partido contrario; se había hecho libre-pensador y renegaba de todo + el culto y de todo el clero.—Nada, nada; repetía, todos son + iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarán; el mal está en la + raíz; ¡fuego en la raíz! ¡abajo la clerigalla!». + Y cuanto más borracho, más de raíz quería + cortar. En vano su hija le daba tormento doméstico para + convertirle. Sólo conseguía hacerle llorar desesperado, como + el infeliz rey Lear, o que montase en cólera y le arrojase a la + cabeza algún trasto. Ella pasaba plaza de mártir, pero el mártir + era él. + </p> + <p> + Como don Santos había sospechado, Celestina no quiso darle té, + ni tila, ni nada; no había nada. No había fuego, ni eran + aquellas horas.... Hubo gritos, llantos y trastos por el aire. El + Magistral, gracias al silencio de la noche, oía vagos rumores de la + reyerta, que se alargaba, como si no hubiera sueño en el mundo. A + él se le cerraban los ojos, pero no sabía qué fuerza + le clavaba al balcón.... + </p> + <p> + Aborrecía en aquel momento a Celestina. Recordó que era la + joven que había visto días antes a los pies de don Custodio + junto a un confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la había + reconocido. Tenía facha de sabandija de sacristía... de + cualquier cosa. + </p> + <p> + Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un + golpe seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en + tarde un cuerpo obscuro. + </p> + <p> + El sereno cantó las doce a lo lejos. + </p> + <p> + Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces. + </p> + <p> + El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían». + </p> + <p> + La claridad de la vidriera desapareció de repente. + </p> + <p> + El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz. + </p> + <p> + El sereno volvió a cantar las doce... más lejos. + </p> + <p> + De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes: + </p> + <p> + —¡Ya estará durmiéndola! + </p> + <p> + Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con + miedo de turbar el silencio de la noche. + </p> + <p> + Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba. + </p> + <p> + Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz + del jergón en que dormía Teresa, y después un suspiro + estrepitoso. + </p> + <p> + El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho. + </p> + <p> + «Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! + es decir, ya era hoy; dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus + pies confesando culpas que había olvidado el otro día». + </p> + <p> + —¡Sus pecados!—dijo a media voz el Provisor, con los + ojos clavados en la llama del quinqué—¡si yo tuviese + que confesarle los míos!... ¡Qué asco le darían! + </p> + <p> + Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don + Santos: + </p> + <p> + «¡Ladrón... ladrón... <i>rapavelas</i>!». + </p> + <h3> + FIN DE LA PRIMERA PARTE + </h3> + <p> + <a href="#tomo_II"><b>PASAR AL TOMO II</b></a> + </p> + <h1> + La Regenta + </h1> + <h3> + por + </h3> + <h1> + Leopoldo Alas «Clarín» + </h1> + <h3> + Librería de Fernando Fé, Madrid + </h3> + <h3> + 1900. + </h3> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="tomo_II" id="tomo_II"></a>TOMO II + </h2> + <table summary="capitulos"> + <tr> + <td> + <a href="#tomo_II"><b>CAPÍTULOS:</b></a> <a href="#XVImdash"><b>XVI,</b></a> + <a href="#XVIImdash"><b>XVII,</b></a> <a href="#XVIIImdash"><b>XVIII,</b></a> + <a href="#XIXmdash"><b>XIX,</b></a> <a href="#XXmdash"><b>XX,</b></a> + <a href="#XXImdash"><b>XXI,</b></a> <a href="#XXIImdash"><b>XXII,</b></a> + <a href="#XXIIImdash"><b>XXIII,</b></a> <a href="#XXIVmdash"><b>XXIV,</b></a> + <a href="#XXVmdash"><b>XXV,</b></a> <a href="#XXVImdash"><b>XXVI,</b></a> + <a href="#XXVIImdash"><b>XXVII,</b></a> <a href="#XXVIIImdash"><b>XXVIII,</b></a> + <a href="#XXIXmdash"><b>XXIX,</b></a> <a href="#XXXmdash"><b>XXX</b></a><br /> + <a href="#tomo_I"><b>PASAR AL TOMO I</b></a> + </td> + </tr> + </table> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XVImdash" id="XVImdash"></a>—XVI— + </h2> + <p> + Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele + lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa y + hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del viaje + del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo que + se llama el <i>veranillo de San Martín</i>. Los vetustenses no se fían + de aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera + peculiar de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se + prolonga hasta fines de Abril próximamente. Son anfibios que se + preparan a vivir debajo del agua la temporada que su destino les condena a + este elemento. Unos protestan todos los años haciéndose de + nuevas y diciendo: «¡Pero ve usted qué tiempo!». + Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a las muchas + lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el cielo o + el suelo, todo no puede ser». + </p> + <p> + Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír + las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, + sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los + objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, + de <i>otro</i> invierno húmedo, monótono, interminable, que + empezaba con el clamor de aquellos bronces. + </p> + <p> + Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre. + </p> + <p> + Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, + la taza y la copa en que había tomado café y anís don + Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el + platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba + repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo + esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La + insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el + alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, + ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío + del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro + entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como + aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no + podía servir para otro. + </p> + <p> + Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las + campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en toda + la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos + martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune, + irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad + irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón + universal de molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran + <i>fúnebres lamentos</i>, las campanadas como decía Trifón + Cármenes en aquellos versos del <i>Lábaro</i> del día, + que la doncella acababa de poner sobre el regazo de su ama; no eran fúnebres + lamentos, no hablaban de los muertos, sino de la tristeza de los vivos, + del letargo de todo; <i>¡tan, tan, tan!</i> ¡cuántos! + ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué + contaban aquellos tañidos? tal vez las gotas de lluvia que iban a + caer en aquel <i>otro</i> invierno. + </p> + <p> + La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró <i>El + Lábaro</i>. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, + sin saber lo que hacía, comenzó a leer, hablaba de la + brevedad de la existencia y de los acendrados sentimientos católicos + de la redacción. «¿Qué eran los placeres de + este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». En + opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como + había dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. + En este mundo no había que buscar la felicidad, la tierra no era el + centro de las almas <i>decididamente</i>. Por todo lo cual lo más + acertado era morirse; y así, el redactor, que había + comenzado lamentando lo <i>solos que se quedaban</i> los muertos, concluía + por envidiar su buena suerte. <i>Ellos</i> ya sabían lo que había + <i>más allá</i>, ya habían resuelto el gran problema + de Hamlet: <i>to be or not to be</i>. ¿Qué era el más + allá? Misterio. De todos modos el articulista deseaba a los + difuntos el descanso y la gloria eterna. Y firmaba: «Trifón Cármenes». + Todas aquellas necedades ensartadas en lugares comunes; aquella retórica + fiambre, sin pizca de sinceridad, aumentó la tristeza de la + Regenta; esto era peor que las campanas, más mecánico, más + fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué + triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original + sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad + convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por las + inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un + símbolo del mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, + andaban confundidas con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había + modo de separarlas!». Después Cármenes se presentaba + en el cementerio y cantaba una elegía de tres columnas, en tercetos + entreverados de silva. Ana veía los renglones desiguales como si + estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía leer; no + entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí + los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó + los cinco primeros versos, sin saber lo que querían decir.... Y de + repente recordó que ella también había escrito + versos, y pensó que podían ser muy malos también. + «¿Si habría sido ella una <i>Trifona</i>? + Probablemente; ¡y qué desconsolador era tener que echar sobre + sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con qué + entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías + religiosas, místicas, que ahora le aparecían amaneradas, + rapsodias serviles de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo + peor no era que los versos fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... + ¿y los sentimientos que los habían inspirado? ¿Aquella + piedad lírica? ¿Había valido algo? No mucho cuando + ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a sentir una + reacción de religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería + ella más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya + versos ni prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el + espíritu falso, torcido de la poetisa, que por algo el buen sentido + vulgar desprecia!». + </p> + <p> + Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, + que la exageración la obligó a retroceder y no paró + hasta echar la culpa de todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. + Víctor, a Frígilis, y concluyó por tenerse aquella lástima + tierna y profunda que la hacía tan indulgente a ratos para con los + propios defectos y culpas. + </p> + <p> + Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario + de la Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más + allá del Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses + los trajes de cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de + chiquillos eran la mayoría de los transeúntes; hablaban a + gritos, gesticulaban alegres; de fijo no pensaban en los muertos. Niños + y mujeres del pueblo pasaban también, cargados de coronas fúnebres + baratas, de cirios flacos y otros adornos de sepultura. De vez en cuando + un lacayo de librea, un mozo de cordel atravesaban la plaza abrumados por + el peso de colosal corona de siemprevivas, de blandones como columnas, y + catafalcos portátiles. Era el luto oficial de los ricos que sin + ánimo o tiempo para visitar a sus muertos les mandaban aquella + especie de besa-la-mano. Las <i>personas decentes</i> no llegaban al + cementerio; las señoritas emperifolladas no tenían valor + para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando, + luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días + del año. Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; + los trajes eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de + costumbre, el gesto algo más compuesto.... Se paseaba en el Espolón + como se está en una visita de duelo en los momentos en que no está + delante ningún pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de + discreta alegría contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la + solemnidad del día era en la ventaja positiva de no contarse entre + los muertos. Al más filósofo vetustense se le ocurría + que no somos nada, que muchos de sus conciudadanos que se paseaban tan + tranquilos, estarían el año que viene con los otros; + cualquiera menos él. + </p> + <p> + Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los + vetustenses; aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia + de lo que se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica + igualdad como el rítmico volver de las frases o los gestos de un + loco; aquella tristeza ambiente que no tenía grandeza, que no se + refería a la suerte incierta de los muertos, sino al aburrimiento + seguro de los vivos, se le ponían a la Regenta sobre el corazón, + y hasta creía sentir la atmósfera cargada de hastío, + de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que sentía + a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido + no había que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y + hablaba de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos + apiadarse de los nervios o lo que fuera. + </p> + <p> + Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre Quintanar + y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocos días, + y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se + había dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la + tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se declaró + cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D. Víctor + y la del Banco. + </p> + <p> + Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué + mujer era Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía + retebién, Álvaro seguía su persecución con + gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito le + ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer... + y nada. Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su + pesar, que no adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en + el ajo?». Visita se impuso la obligación de espiar la capilla + del Magistral; se enteró bien de las tardes que se sentaba en el + confesonario, y se daba una vuelta por allí, mirando por entre las + rejas con disimulo para ver si estaba la <i>otra</i>. Después + averiguó que la habían visto confesando por la mañana + a las siete. «¡Hola! allí había gato». No + presumía la del Banco las atrocidades que se le habían + pasado por la imaginación a Mesía; no pensaba, Dios la + librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura como la escandalosa + Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que despreciaba las + buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana era también + romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita + romanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre + todo tan pronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía + era que el Provisor, por hacer guerra al otro—las razones de pura + moralidad no se le ocurrían a la del Banco—empleara su grandísimo + talento en convertir a la Regenta y hacerla beata. ¡Qué + horror! Era preciso evitarlo. Ella, Visita, no quería renunciar al + placer de ver a su amiga caer donde ella había caído; por lo + menos verla padecer con la tentación. Nunca se le había + ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos + intensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había + descubierto, quería gozar aquellos extraños sabores picantes + de la nueva golosina. Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, + o preparando las redes por lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación + sentía la garganta apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, + fuego en las mejillas, asperezas en los labios. «Él dirá + lo que quiera, pero está <i>chiflado</i>», pensaba con un + secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad como la + produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía en el + orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, + los necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al + gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se + permitía en aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones + repetidas. El dulce no la empalagaba, pero ya le sabía poco a + dulce; aquella nueva pasioncilla era cosa más vehemente. Quería + ver a la Regenta, a la impecable, en brazos de D. Álvaro; y también + le gustaba ver a D. Álvaro humillado ahora, por más que + deseara su victoria, no por él, sino por la caída de la + otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarse sin que + ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la mala + intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la + primer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho + ofrecer por el mismo Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había + aventurado algunas visitas, comprendió que por entonces no debía + ser aquel el teatro de sus tentativas, y donde se insinuaba era en el + Espolón, con miradas y otros artificios de poco resultado, o en + casa de Vegallana y en las excursiones al Vivero con más audacia, + aunque no mucha, pero con escasa fortuna. Ana ponía todas las + fuerzas de su voluntad en demostrar a D. Álvaro que no le temía. + Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes; sin jactancia le daba a + entender que le tenía por inofensivo. + </p> + <p> + Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante + todo Octubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había + declarado maestra de la niña colorada y fuerte, correr como locas + por el bosque de robles seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín + Orgaz y otros <i>íntimos</i>; veíalas arrojarse intrépidas + al pozo que estaba cegado y embutido con hierba seca, y en estas y otras + escenas de bucólica picante llenas de alegría, misteriosos + gritos, sorpresas, sustos, saltos, roces y contactos, no había + encontrado más que una tentación grosera, fuerte al + acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de lejos, vista a sangre fría. + D. Álvaro había notado que por este camino poco se podría + adelantar, por ahora, con la Regenta.—Nada más ridículo + en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que + no fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de + aquel dogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido + era romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... + ídem; respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la + hora de la brisa... ídem; decir algo de las estrellas... ídem; + encontrar expresión amorosa en las miradas, sin necesidad de + ponerse al habla... ídem; tener lástima de los niños + pobres... ídem; comer poco... ¡oh! esto era el colmo del + romanticismo. + </p> + <p> + —La de Páez no come garbanzos—decía Visita—porque + eso no es romántico. + </p> + <p> + La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, + era romanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía + ella a don Álvaro: + </p> + <p> + —Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, + la platónica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos + mocosos que luego se van <i>dando pisto</i> al Casino con sus demasías, + no tiene nada de particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella + no tiene motivo para desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a + atrever a tocarle el pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a + mí no me la da; por aquello de «<i>pulvisés</i>». + </p> + <p> + En eso confiaba Mesía, en el <i>pulvisés</i> de Visita; pero + se impacientaba ante aquel <i>romanticismo</i> de la Regenta. Él + creía firmemente que «no había más amor que + uno, el material, el de los sentidos; que a él había de + venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser + tarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había + que aventurar ni un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a + rodar todo». + </p> + <p> + «Además pensaba don Álvaro, el día que yo me + atreva, por tener ya preparado el terreno, a intentar un ataque franco, <i>personal</i> + (era la palabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser + en el campo, aunque parece que es el lugar más a propósito. + He notado que esta mujer enfrente de la naturaleza, de la bóveda + estrellada, de los montes lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria + como un colchón, calla, y se <i>sublimiza</i>, allá a sus + solas. Está hermosísima así, pero no hay que tocar en + ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a + solas con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; + se le había figurado que aquella señora, a quien estaba + seguro de gustar en el salón del Marqués, allí le + despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantar después + los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho: + «Esta mujer me está midiendo; me está comparando con + los árboles y me encuentra pequeño; ¡ya lo creo!». + </p> + <p> + Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas + favorables lo presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba + casi todas las noches con él. Irritaba a la de Quintanar esta + insistencia de sus ensueños. ¿De qué le servía + resistir en vela, luchar con valor y fuerza todo el día, llegar a + creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a despreciar la + tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada del espíritu, + se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del + enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas + pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, + y pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus + esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma. + Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía + de juguete a una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía + la fe, que se afanaba en conservar y hasta fortificar—con el terror + de quedarse a obscuras y abandonada si la perdía—volvía + a desmoronar aquella torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño + impuro que renacía mil veces en aquel espíritu educado lejos + de una saludable disciplina religiosa. Se humillaba Ana a los designios de + Dios, pero no por esto desaparecía el disgusto de sí misma, + ni el valor para seguir la lucha se recobraba.... Contribuían estos + desfallecimientos nocturnos a contener los progresos de la piedad, que el + Magistral procuraba despertar con gran prudencia, temeroso de perder en un + día todo el terreno adelantado, si daba un mal paso. + </p> + <p> + Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, + antes de comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió + al confesonario, ni en las demás conferencias matutinas en que + declaró al padre espiritual dudas, temores, escrúpulos, + tristezas, dijo Ana aquello que al determinarse a rectificar su confesión + general se había propuesto decir: no habló de la gran + tentación que la empujaba al adulterio—así se llamaba—mucho + tiempo hacía. + </p> + <p> + Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó + a sí misma, y el Magistral sólo supo que Ana vivía de + hecho separada de su marido, <i>quo ad thorum</i>, por lo que toca al tálamo, + no por reyerta, ni causa alguna vergonzosa, sino por falta de iniciativa + en el esposo y de amor en ella. Sí, esto lo confesó Ana, + ella no amaba a su don Víctor como una mujer debe amar al hombre + que escogió, o le escogieron, por compañero; otra cosa había: + ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables + de la naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos + obscuros, donde no quería caer; sentía tristezas profundas, + caprichosas; ternura sin objeto conocido; ansiedades inefables; sequedades + del ánimo repentinas, agrias y espinosas, y todo ello la volvía + loca, tenía miedo no sabía a qué, y buscaba el amparo + de la religión para luchar con los peligros de aquel estado. Esto + fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el particular; nada de + acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía a preguntar a + la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sido necesariamente + parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad le quemaba + las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus + conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza más + de lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, + lo primero era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos + vulgares de la humanidad. + </p> + <p> + «En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se + trata aún de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de + imponerme por la grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del + espíritu y después... ella hablará... y sabré + lo del Vivero, que me parece que no fue nada entre dos platos». + </p> + <p> + De lo que había pasado en la excursión del día de San + Francisco de Asís y en otras sucesivas procuró De Pas + enterarse en las conversaciones que tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; + dentro del cajón sagrado no había modo decoroso de preguntar + ciertas menudencias a una mujer como Anita. + </p> + <p> + La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. + Veía con placer que más se aplicaba el bendito varón + a prepararle una vida virtuosa mediante la consabida <i>higiene espiritual</i>, + que a escudriñar lo pasado y las turbaciones presentes con + preguntas de microscopio, como él las había llamado hablando + de estas cosas. + </p> + <p> + «Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de + la Regenta; había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin + que ella lo notase al principio, por una pendiente imperceptible, que + pareciese camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer + muchas curvas, andar mucho y subir poco... pero no había remedio; + después, más arriba, sería otra cosa; ya se le haría + subir por la línea de máxima pendiente». Así, + con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en tal + asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le + escapase aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo. + </p> + <p> + Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; + cada palabra iba cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para + comprender; la interrumpió, le ahorró la molestia de + rebuscar las pocas frases cultas con que cuenta nuestro rico idioma para + expresar materias escabrosas; y aquel día pudo ser, merced a esto, + la conferencia tan ideal y delicada en la forma como todas las anteriores. + Pero él entró en el coro menos tranquilo que solía. + Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando los relieves lúbricos + de los brazos de su silla, De Pas, mientras los colegiales ponían + el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las revelaciones de la + Regenta. + </p> + <p> + «¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase + por la noche, y sin que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones + y sensaciones importunas, que a tener responsabilidad de ellas serían + pecado cierto.... «En plata, que doña Ana soñaba con + un hombre...». Don Fermín se revolvía en la silla de + coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno de brasas y de espinas. Y en + tanto que el dedo índice de la mano derecha frotaba dos + prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve, + que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, + sin pensar en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su + ignorancia el secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba + la Regenta? ¿Era una persona determinada...? Y poniéndose + colorado como una amapola en la penumbra de su asiento, que estaba en un + rincón del coro alto, pensaba: ¿seré yo? + </p> + <p> + Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves + del sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que allá + abajo gruñía recitando de mala gana los latines de <i>Prima</i>. + </p> + <p> + «No, no caería en la tentación de convertir aquella + dulcísima amistad naciente, que tantas sensaciones nuevas y + exquisitas le prometía, en vulgar escándalo de las pasiones + bajas de que sus enemigos le habían acusado otras veces. Verdad era + que la idea de ser objeto de los ensueños que confesaba la Regenta, + le halagaba; esto no podía negarlo, ¿cómo engañarse + a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre + la tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía + que ver con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero + hartazgo de los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, + de su voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan + miserable como era aquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, + lo que él quería era una afición poderosa, viva, + ardiente, eficaz para vencer la ambición, que le parecía + ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis. Ya + lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle. + </p> + <p> + »¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, + quería que su interés por doña Ana ocupase en su alma + el lugar privilegiado de aquellos otros anhelos de volar más alto, + de ser obispo, jefe de la iglesia española, vicario de Cristo tal + vez. Esta ambición de algunos momentos, descabellada, pueril, + locura que pasaba, pero que volvía, quería vencerla, para no + padecer tanto, para conformarse mejor con la vida, para no encontrar tan + triste y desabrido el mundo.... Y sólo por medio de una pasión + noble, ideal, que un alma grande sabría comprender, y que sólo + un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerar + pecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr + tan alto y tan loable intento.—Sí, sí—concluía + el Magistral: yo la salvo a ella y ella, sin saberlo por ahora, me salva a + mí». + </p> + <p> + Y cantaban los del coro bajo: <i>Deus, in ajutorium meum intende</i>. + </p> + <p> + La tarde de <i>Todos los Santos</i> Ana creyó perder el terreno + adelantado en su curación moral; la aridez del alma de que ella se + había quejado a D. Fermín, y que este, citando a San Alfonso + Ligorio, le había demostrado ser debilidad común, y hasta de + los santos, y general duelo de los místicos; esa aridez que parece + inacabable al sentirla, la envolvía el espíritu como una + cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo de luz + del cielo. + </p> + <p> + «¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba + que las tenía dentro del cerebro; que no eran golpes del metal sino + aldabonazos de la neuralgia que quería enseñorearse de + aquella mala cabeza, olla de grillos mal avenidos. + </p> + <p> + Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez, + fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, + sentencias de escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos + lejanos en que las había oído no tenían sentido claro + para ella, mas que ahora le parecían materia digna de atención. + </p> + <p> + «De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal + vez el mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos + y los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podía + asegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes antes + había pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, + llevándola consigo, sin salir de la catedral, a regiones + superiores, llenas de luz. «Y capaz de hacerlo como lo decía + debía de ser, porque tenía mucho talento y muchas cosas que + explicar; pero ella, ella era la que caía de lo alto a lo mejor, la + que volvía a aquel enojo, a la aridez que le secaba el alma en + aquel instante». + </p> + <p> + Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni + chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en el + cementerio o en el Espolón.... + </p> + <p> + Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza de + este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía, + jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y + ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el + animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, + caracolear, revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; + como si el caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no + excitado por las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía + de lejos y no vaciló en acercarse a la Rinconada, hasta llegar + debajo del balcón de la Regenta. + </p> + <p> + El estrépito de los cascos del animal sobre las piedras, sus + graciosos movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de + repente de vida y alegría, y la Regenta sintió un soplo de + frescura en el alma. ¡Qué a tiempo aparecía el galán! + Algo sospechó él de tal oportunidad al ver en los ojos y en + los labios de Ana, dulce, franca y persistente sonrisa. + </p> + <p> + No le negó la delicia de anegarse en su mirada, y no trató + de ocultar el efecto que en ella producía la de don Álvaro. + Hablaron del caballo, del cementerio, de la tristeza del día, de la + necedad de aburrirse todos de común acuerdo, de lo inhabitable que + era Vetusta. Ana estaba locuaz, hasta se atrevió a decir lisonjas, + que si directamente iban con el caballo también comprendían + al jinete. + </p> + <p> + Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que + aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al + día siguiente podría encontrarse con que era lo más + inexpugnable lo que ahora se le antojaba brecha, hubiese creído + llegada la ocasión de dar el ataque <i>personal</i>, como llamaba + al más brutal y ejecutivo. Pero ni siquiera se atrevió a + intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo caso muy difícil, + pues no había de dejar el caballo en la plaza. Lo que hacía + era aproximarse lo más que podía al balcón, ponerse + en pie sobre los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella + tuviese que inclinarse sobre la barandilla si quería oírle, + que sí quería aquella tarde. + </p> + <p> + ¡Cosa más rara! En todo estaban de acuerdo: después de + tantas conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción + de gustos idénticos. En un incidente del diálogo se + acordaron del día en que Mesía dejó a Vetusta y + encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía de + paseo con sus tías. Se discutió la probabilidad de que fuese + el mismo coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella + cuando salió para Granada con su esposo.... + </p> + <p> + Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en + los ojos de aquel hombre que tenía allí debajo; le parecía + que toda la sangre se le subía a la cabeza, que las ideas se + mezclaban y confundían, que las nociones morales se deslucían, + que los resortes de la voluntad se aflojaban; y viendo como veía un + peligro, y desde luego una imprudencia en hablar así con don + Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, en alabarle y + abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se arrepentía + de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer, como si + aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias sociales, de + bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez vetustense que + condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y necia de los + insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana sentía + deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no como + otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura + abstracta, ideal, en propósitos de vida santa, en anhelos de + abnegación y sacrificios; no era la fortaleza, más o menos + fantástica, de otras veces quien la sacaba del desierto de los + pensamientos secos, fríos, desabridos, infecundos; era cosa nueva, + era un relajamiento, algo que al dilacerar la voluntad, al vencerla, + causaba en las entrañas placer, como un soplo fresco que recorriese + las venas y la médula de los huesos. + </p> + <p> + «Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara + a mis pies, en este instante me vencía, me vencía». + Pensaba esto y casi lo decía con los ojos. Se le secaba la boca y + pasaba la lengua por los labios. Y como si al caballo le hiciese + cosquillas aquel gesto de la señora del balcón, saltaba y + azotaba las piedras con el hierro; mientras las miradas del jinete eran + cohetes que se encaramaban a la barandilla en que descansaba el pecho + fuerte y bien torneado de la Regenta. + </p> + <p> + Callaron, después de haber dicho tantas cosas. No se había + hablado palabra de amor, es claro; ni don Álvaro se había + permitido galantería alguna directa y sobrado significativa; mas no + por eso dejaban de estar los dos convencidos de que por señas + invisibles, por efluvios, por adivinación o como fuera, uno a otro + se lo estaban diciendo todo; ella conocía que a don Álvaro + le estaba quemando vivo la pasión allá abajo; que al + sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el agradecimiento + tierno y dulce del amante y el amor irritado con el agradecimiento y con + el señuelo de la ocasión le derretían; y Mesía + comprendía y sentía lo que estaba pasando por Ana, aquel + abandono, aquella flojedad del ánimo. «¡Lástima, + pensaba el caballero, que me coja tan lejos, y a caballo, y sin poder + apearme decorosamente, este <i>momento crítico</i>!...». Al + cual momento groseramente llamaba él para sus adentros el <i>cuarto + de hora</i>. + </p> + <p> + No había tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de + la hora a que aludía el materialista elegante. + </p> + <p> + Todo Vetusta se aburría aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por + lo menos; parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no + por agua ni fuego sino por hastío, por la gran culpa de la + estupidez humana, cuando Mesía apareciendo a caballo en la plaza, + vistoso, alegre, venía a interrumpir tanta tristeza fría y + cenicienta con una nota de color vivo, de gracia y fuerza. Era una especie + de resurrección del ánimo, de la imaginación y del + sentimiento la aparición de aquella arrogante figura de caballo y + caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la plaza de repente. + Era un rayo de sol en una cerrazón de la niebla, era la viva + reivindicación de sus derechos, una protesta alegre y estrepitosa + contra la apatía convencional, contra el silencio de muerte de las + calles y contra el ruido necio de los campanarios.... + </p> + <p> + Ello era, que sin saber por qué, Ana, nerviosa, vio aparecer a don + Álvaro como un náufrago puede ver el buque salvador que + viene a sacarle de un peñón aislado en el océano. + Ideas y sentimientos que ella tenía aprisionados como peligrosos + enemigos rompieron las ligaduras; y fue un motín general del alma, + que hubiera asustado al Magistral de haberlo visto, lo que la Regenta + sintió con deleite dentro de sí. + </p> + <p> + Don Álvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel día + la fiesta de Todos los Santos; había salido a paseo porque le + gustaba el campo de Vetusta en Otoño y porque sentía + opresiones, ansiedades que se le quitaban a caballo, corriendo mucho, bañándose + en el aire que le iba cortando el aliento en la carrera... + </p> + <p> + «¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, + pensando en su placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad + racional, la vida que se complace en sí misma; los otros, los que + tocaban las campanas y <i>conmemoraban</i> maquinalmente a los muertos que + tenían olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que + había aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de + preocupaciones absurdas; la Vetusta que la había hecho infeliz.... + ¡Oh, pero estaba aún a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; + que lo supieran sus tías difuntas; que lo supiera su marido; que lo + supiera la hipócrita aristocracia del pueblo, los Vegallana, los + Corujedos... toda la clase... se sublevaba...». Así era el + cuarto de hora de Anita, y no como se lo figuraba don Álvaro, que + mientras hablaba sin propasarse, estaba pensando en dónde podría + dejar un momento el caballo. No había modo; sin violencia, que podía + echarlo todo a perder, no se podía buscar pretexto para subir a + casa de la Regenta en aquel momento. + </p> + <p> + Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía + del Casino, encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático + y caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición + que, según frase suya, «no solía prodigar». + </p> + <p> + —Estoy por decir—aseguraba—que después de Frígilis, + Ripamilán y Vegallana, ya es don Álvaro el vecino a quien más + aprecio. + </p> + <p> + No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía + saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó + a mirar volviendo un poco la cabeza al humilde infante. + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 3.5em;">—Hola, hola, hipógrifo + violento</span><br /> <span style="margin-left: 4em;">que corriste parejas + con el viento—</span><br /> + </p> + <p> + dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando + versos del Príncipe <i>de nuestros ingenios</i> o de algún + otro de los <i>astros de primera magnitud</i>. + </p> + <p> + —A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que + esta noche el buen Perales nos da por fin <i>Don Juan Tenorio</i>?... + Algunos beatos habían intrigado para que hoy no hubiera función.... + ¡Mayor absurdo!... El teatro es moral, cuando lo es, por supuesto; + además la tradición... la costumbre.... Don Víctor + habló largo y tendido de la moralidad en el arte, separándose + a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con aquella + disertación académica. + </p> + <p> + Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para + suplicar a Quintanar que obligase a su esposa a ver el <i>Don Juan</i>. + </p> + <p> + —Calle usted, hombre... vergüenza da decirlo... pero es la + verdad.... Mi mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que + hay en la vida... ¡nunca ha visto ni leído el <i>Tenorio</i>! + Sabe versos sueltos de él, como todos los españoles, pero no + conoce el drama... o la comedia, lo que sea; porque, con perdón de + Zorrilla, yo no sé si.... ¡Demonio de animal, me ha metido la + cola por los ojos!... + </p> + <p> + —Sepárese usted un poco, porque este no sabe estarse + quieto.... Pero dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es + imperdonable! + </p> + <p> + Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, + falso, absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el + Don Juan de Molière (que no había leído), le convenía + ahora alabar el poema popular y lo hizo con frases de gacetillero + agradecido. + </p> + <p> + Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía + codo con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de + don Juan con doña Inés de Pantoja. «Así + cualquiera es conquistador». Pero fuera de esto juzgaba <i>hermosa + creación</i> la de Zorrilla... aunque las había mejores en + nuestro teatro moderno. A don Álvaro se le antojaba muy verosímil + y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis y meterse + en casa de su novia en calidad de prometido.... + </p> + <p> + Aventuras así las había él llevado a feliz término, + y no por eso se creía deshonrado; pues el amor no se anda con + libros de caballerías, y unas eran las empresas del placer, y otras + las de la vanagloria; cuando se trataba de estas, lo mismo él que + don Juan, sabían proceder con todos los requisitos del punto de + honor.—Pero esta opinión también se la calló el + jefe del partido liberal dinástico de Vetusta, y unió sus + ruegos a los de don Víctor para obligar a doña Ana a ir al + teatro aquella noche. + </p> + <p> + —Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las + andadas, a las encerronas... y... pero... ¡lo que es hoy no tienes + escape!... + </p> + <p> + En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía, + prometió solemnemente ir al teatro. + </p> + <p> + Y fue. Entró a las ocho y cuarto (la función comenzaba a las + ocho) en el palco de los Vegallana en compañía de la + Marquesa, Edelmira, Paco y Quintanar. + </p> + <p> + El teatro de Vetusta, o sea <i>nuestro Coliseo de la plaza del Pan</i>, + según le llamaba en elegante perífrasis el gacetillero y crítico + de <i>El Lábaro</i>, era un antiguo corral de comedias que + amenazaba ruina y daba entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. + Si soplaba el Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por + la claraboya de la lucerna. Al levantarse el telón pensaban los + espectadores sensatos en la pulmonía, y algunos de las butacas se + embozaban prescindiendo de la buena crianza. Era un axioma vetustense que + al teatro había que ir abrigado. Las más distinguidas señoritas, + que en el Espolón y el Paseo Grande lucían todo el año + vestidos de colores alegres, blancos, rojos, azules, no llevaban al + coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro y matices + infinitos del castaño, a no ser en los días de gran + etiqueta. Los cómicos temblaban de frío en el escenario, + dentro de la cota de malla, y las bailarinas aparecían azules y + moradas dando diente con diente debajo de los polvos de arroz. + </p> + <p> + Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, + donde predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. + Como en la comedia que representan en el bosque los personajes del <i>Sueño + de una noche de verano</i>, la fantasía tenía que suplir en + el teatro de Vetusta las deficiencias del lienzo y del cartón. No + había ya más bambalinas que las del <i>salón regio</i>, + que figuraban en sabia perspectiva artesonado de oro y plata, y las de + cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte de nuestros dramas + modernos se exige <i>sala decentemente amueblada</i>, sin artesones ni + cosa parecida, los directores de escena solían decidirse en tales + casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se hacían + los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el + buen Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró + de repente en el camarín de doña Isabel de Segura, con lo + que el drama se hizo inverosímil a todas luces. La decoración + de bosque se había desplomado. + </p> + <p> + Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal + anacronismos, y pasaban por todo, en particular las <i>personas decentes</i> + de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función, + sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no + quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de señoras, ni + butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y alguna dama + de aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la + sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y + plateas donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan, + interrumpen la representación, por ser todo esto de muy buen tono y + fiel imitación de lo que muchos de ellos han visto en algunos + teatros de Madrid. Las mamás desengañadas dormitan en el + fondo de los palcos; las que son o se tienen por dignas de lucirse, + comparten con las jóvenes la seria ocupación de ostentar sus + encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la lengua cortan + los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en + general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas + cada dos noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y + amigas. No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; únicamente + cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o + con una de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de + todos y enamorados de sus parientes más cercanos, con los + consiguientes alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena + dama de Vetusta, para ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe + de verdad. No es mucho más atento ni impresionable el resto del público + ilustrado de la culta capital. En lo que están casi todos de + acuerdo es en que la zarzuela es superior al <i>verso</i>, y la estadística + demuestra que todas las compañías de <i>verso</i> truenan en + Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio suelen quedarse en el + pueblo y se les conoce porque les coge el invierno con ropa de verano, muy + ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y se dedican a coristas endémicos + para todas las óperas y zarzuelas que haya que cantar, y otros + consiguen un beneficio en que ellos pasan a primeros papeles y, ayudados + por varios jóvenes aficionados de la población representan + alguna obra de empeño, ganan diez o doce duros y se van a otra + provincia a tronar otra vez. Estos artistas de <i>verso</i> también + paran a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los + destinos de la Nación. Suele tener la culpa el empresario que no + paga y además insulta el hambre de los actores. Al considerar esta + mala suerte de las compañías dramáticas en Vetusta, + podría creerse que el vecindario no amaba la escena, y así + es en general: pero no faltan clases enteras, la de mancebos de tienda, la + de los cajistas, por ejemplo, que cultivan en teatros caseros <i>el difícil + arte de Talía</i>, y con <i>grandes resultados</i> según <i>El + Lábaro</i> y otros periódicos <i>locales</i>. + </p> + <p> + Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de + preferencia, que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas + y principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba + y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la + curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas que se + hablaba mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por + cierto coincidía con el afán del señor Quintanar, de + llevar a su mujer a todas partes. Se discutía si el Magistral haría + de su partido a la de Ozores, si llegaría a dominar a don Víctor + por medio de su esposa, como había hecho en casa de Carraspique. + Algunos más audaces, más maliciosos, y que se creían + más enterados, decían al oído de sus <i>íntimos</i> + que no faltaba quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. + Visitación y Paco Vegallana, que eran los que podían hablar + con fundamento, guardaban prudente reserva; era Obdulia quien se daba + aires de saber muchas cosas que no había. + </p> + <p> + —«¡La Regenta, bah! la Regenta será como + todas.... + </p> + <p> + Las demás somos tan buenas como ella... pero su temperamento frío, + su poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos + expansiva y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como + ella son muchas...». + </p> + <p> + Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con + desconfianza, en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala + lengua, corría de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones + vagas y cobardes. Obdulia meditaba poco lo que decía, hablaba + siempre aturdida, por máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole + filo a la calumnia sin sospecharlo. Además el mayor crimen que podía + haber en la Regenta, y no creía ella que a tanto llegase, era + seguir la corriente. «En Madrid y en el extranjero, esto es el pan + nuestro de cada día; pero en Vetusta fingen que se escandalizan de + ciertas libertades de la moda, las mismas que se las toman de tapadillo, + entre sustos y miedos, sin gracia, del modo cursi como aquí se hace + todo. ¡Pero qué se puede esperar de unas mujeres que no se bañan, + ni usan las esponjas más que para lavar a los <i>bebés</i>!». + Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su + desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las + mujeres de Vetusta. + </p> + <p> + —«Créame usted, repetía, no sabe su cuerpo lo + que es una esponja, se lavan como gatas y se la pegan al marido como en + tiempo del rey que rabió. ¡Cuánta porquería y + cuánta ignorancia!». + </p> + <p> + Ana, acostumbrada muchos años hacía, a la mirada curiosa, + insistente y fría del público, no reparaba casi nunca en el + efecto que producía su entrada en la iglesia, en el paseo, en el + teatro. Pero la noche de aquel día de Todos los Santos, recibió + como agradable incienso el tributo espontáneo de admiración; + y no vio en él como otras veces, curiosidad estúpida, ni + envidia ni malicia. Desde la aparición de don Álvaro en la + plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el + hastío negro y frío, a una región de luz y calor que + bañaban y penetraban todas las cosas: aquellas bruscas + transformaciones del ánimo, las atribuía supersticiosamente + a una voluntad superior, que regía la marcha de los sucesos preparándolos, + como experto autor de comedias, según convenía al destino de + los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los demás, la + creía evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba segura + de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba + coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y + consejos. Tal vez era esto lo más profundo en la fe religiosa de + Ana; creía en una atención directa, ostensible y singular de + Dios a los actos de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin + esta creencia no hubiera sabido resistir las contrariedades de una + existencia triste, sosa, descaminada, inútil. Aquellos ocho años + vividos al lado de un hombre que ella creía vulgar, bueno de la + manera más molesta del mundo, maniático, insustancial; + aquellos ocho años de juventud sin amor, sin fuego de pasión + alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras, + rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no + pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su + alma y tener en qué fundar la predilección con que la + miraba. Se creía en sus momentos de fe egoísta, admirada por + el Ojo invisible de la Providencia. El que todo lo ve y la veía a + ella, estaba satisfecho, y la vanidad de la Regenta necesitaba esta + convicción para no dejarse llevar de otros instintos, de otras + voces que arrancándola de sus abstracciones, le presentaban imágenes + plásticas de objetos del mundo, amables, llenas de vida y de calor. + </p> + <p> + Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un <i>alma + hermana</i>, un espíritu <i>supra-vetustense</i> capaz de llevarla + por un camino de flores y de estrellas a la región luciente de la + virtud, también creyó Ana que el hallazgo se lo debía + a Dios, y como aviso celestial pensaba aprovecharlo. + </p> + <p> + Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en + presencia de un gallardo jinete, que venía a turbar con las + corvetas de su caballo, el silencio triste de un día de marasmo, la + Regenta no vaciló en creer lo que le decían voces interiores + de independencia, amor, alegría, voluptuosidad pura, bella, digna + de las almas grandes. Sus horas de rebelión nunca habían + sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningún momento había + dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida pasase como una + muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que Vetusta era un + lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de tutor muy + respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no + el fondo de su espíritu que era una especie de subsuelo, que + él no sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor + llamaba los nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que + era el fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de + aquello no tenía que darle cuenta. «Amaré, lo amaré + todo, lloraré de amor, soñaré como quiera y con quien + quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la tendré anegada + en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no es capaz de + comprenderlas». Estos pensamientos, que sentía Ana volar por + su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen voces + de otro que retumbaban allí, la llenaban de un terror que la + encantaba. Si algo en ella temía el engaño, veía el + sofisma debajo de aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que + reclamaban supuestos derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose + a sí misma, la voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, + de «<i>dejarse ir</i>». + </p> + <p> + Así llegó al teatro. Había cedido a los ruegos de D. + Álvaro y de D. Víctor sin saber cómo; temiendo que + aquello era una cita y una promesa; y sin embargo iba. Cuando se vio sola + delante del espejo en su tocador, se le figuró que la Ana de + enfrente le pedía cuentas; y formulando su pensamiento en períodos + completos dentro del cerebro, se dijo: + </p> + <p> + —«Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi + honra a no dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno; + no sé lo que pasará allí, no sé hasta qué + punto alcanza este aliento de libertad que ha venido de repente a inundar + la sequedad de dentro; pero el ir yo al teatro es prueba de que allí + no ha de haber pacto alguno que ofenda al decoro; no saldré de allí + con menos honor que tengo». + </p> + <p> + Y después de pensar y resolver esto, se vistió y se peinó + lo mejor que supo, y no volvió a poner en tela de juicio puntos de + honra, peligros, ni compromisos de los que D. Víctor tanto gustaba + ver en versos de Calderón y de Moreto. + </p> + <p> + El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en + Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda + aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente—izquierda del actor—, + era la de Mesía y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un + título y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos + Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perdía función; a + este le gustaba el verso, «el verso y tente tieso» como + él decía, y se declaraba a sí mismo, con la autoridad + de sus millones de pesos, <i>inteligente de primera fuerza</i>, en + achaques de comedias y dramas. «¡No veo la tostada!» decía + D. Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco + inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio. + «No veo la tostada», decía, refiriéndose a + cualquier comedia en que no había una lección moral, o por + lo menos no la había al alcance de Redondo; y en no viendo él + la tostada, condenaba al autor y hasta decía que defraudaba a los + espectadores, haciéndoles perder un tiempo precioso. De todas + partes quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que + decía, por ejemplo: + </p> + <p> + «Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde también se + enamora, y se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amén + de la gitana, se van al otro barrio, ¿y qué? ¿qué + enseña eso? ¿qué vamos aprendiendo? ¿qué + voy yo ganando con eso? Nada». + </p> + <p> + A pesar de D. Frutos y sus altercados de crítica dramática, + la bolsa de D. Álvaro, que así se llamaba en todas partes, + era la más <i>distinguida</i>, la que más atraía las + miradas de las mamás y de las niñas y también las de + los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser + abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se + reunían los <i>hombres de mundo</i> (en Vetusta el mundo se andaba + pronto) presididos por el jefe del partido liberal dinástico. La + mayor parte de los allí congregados, habían vivido en Madrid + algún tiempo y todavía imitaban costumbres, modales y gestos + que habían observado allá. Así es que a semejanza de + los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su palco, + conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías + o desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes + ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero + llenos de poesía. Todos eran escépticos en materia de moral + doméstica, no creían en virtud de mujer nacida—salvo + D. Frutos, que conservaba frescas sus creencias—, y despreciaban el + amor consagrándose con toda el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a + los amoríos; creían que un hombre de mundo no puede vivir + sin querida, y todos la tenían, más o menos barata; las cómicas + eran la carnaza que preferían para tragar el anzuelo de la lujuria + rebozado con la vanidad de imitar costumbres corrompidas de pueblos + grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices inválidas, matronas del + género serio demasiado sentimentales en su juventud pretérita, + eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta aburridas por aquellos + seductores de campanario, incapaces los más de intentar una + aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los humores herpéticos + de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad física o moral + que la hiciesen fácil, traída y llevada. + </p> + <p> + El único conquistador serio del bando era D. Álvaro y todos + le envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero + nadie como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la + bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el núcleo + de la que se llamaba <i>la otra bolsa</i> y había procurado + rivalizar en elegancia, <i>sans façon</i> y <i>mundo</i> con los de + Mesía. Pero a su palco concurrían <i>elementos heterogéneos</i>, + muchos de los cuales lo echaban todo a perder; y no eran escépticos + sino cínicos, ni seductores más o menos auténticos, + sino compradores de carne humana. Los abonados de esta <i>otra bolsa</i> + eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para + su hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho + dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus + buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no + comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones + de arqueólogo embustero; el juez de primera instancia, que se dividía + a sí mismo en dos entidades, 1.º el juez, incorruptible, + intratable, puerco-espín sin pizca de educación, y 2.º + el hombre de sociedad, perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de + todas las que lloraban desengaños de amores desgraciados; y tres o + cuatro vejetes verdes del partido conservador, concejales, que todo lo + convertían en política. Pero si estos eran los que pagaban + el palco, a él concurrían cuantos socios del Casino tenían + amistad con cualquiera de ellos. Ronzal había protestado varias + veces.—¡Señores, parece esto la <i>cazuela</i>! había + dicho a menudo, pero en balde. Allí iba Joaquinito Orgaz, y cuantos + sietemesinos madrileños pasaban por Vetusta, y hasta los que habían + nacido y crecido en el pueblo y no lucían más que un barniz + de la corte. Y como la bolsa del <i>otro</i> era respetada y sólo + se atrevían a visitarla personas de posición, a Ronzal le + llevaban los diablos. Desde su bolsa hasta se arrojaban perros-chicos a la + escena, para exagerar la falta de compostura de los de enfrente. Algunos + insolentes fumaban allí a vista del público y dejaban caer + bolas de papel sobre alguna respetable calva de la orquesta. De vez en + cuando les llamaban al orden desde el paraíso o desde las butacas, + pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban con aires de desafío. + Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas de los palcos principales, + y hacían señas ostentosas y nada pulcras a ciertas señoritas + cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud eterna, + siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las + preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayoría + pecaban por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se veían + expuestas a la contemplación del público, tomaban gestos y + posturas de estatuas egipcias de la primera época. + </p> + <p> + Cuando había estreno de algún drama o comedia muy aplaudidos + en Madrid, en el palco de Ronzal se discutía a grito pelado y solía + predominar el criterio de un acendrado provincialismo, que parecía + allí lo más natural tratándose de arte. No había + salido de Vetusta ningún dramaturgo ilustre, y por lo mismo se + miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que Madrid se quisiera imponer + en todo, no lo toleraban en la bolsa de Ronzal. Se llegó en alguna + ocasión a declarar que se despreciaba la comedia porque los madrileños + la habían aplaudido mucho, y «en Vetusta no se admitían + imposiciones de nadie», no se seguía un juicio hecho. La + ópera, la ópera era el delirio de aquellos escribanos y + concejales: pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se + les antojaba contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas + arrastradas por el suelo con motivo de un desestero. + </p> + <p> + —¡Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! ¡Qué voz + de arcángel!—decía Foja, socarrón, escéptico + en todo, pero creyente fanático en la música de los + cuartetos de ópera de lance. + </p> + <p> + —¡Oh, como el barítono Battistini, yo no he oído + nada!—respondía el escribano, que estimaba la voz de barítono, + por lo <i>varonil</i>, más que la del tenor y la del bajo. + </p> + <p> + —Pues más varonil es la del bajo—decía Foja. + </p> + <p> + —No lo crea usted. ¿Y usted qué dice, Ronzal? + </p> + <p> + —Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a mí no me + vengan ustedes con música... ¿saben ustedes lo que yo digo? + «Que la música es el ruido que menos me incomoda.... ¡Ja! + ¡ja! ¡ja! Además, para tenor ahí tenemos a + Castelar... ¡ja! ¡ja! ¡ja!». + </p> + <p> + El escribano reía también el chiste y los concejales sonreían, + no por la gracia, si no por la intención. + </p> + <p> + Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces los + abonados del último se atrevían a entablar conversación + con los Vegallana o quien allí estuviera convidado. Además + de que el tabique intermedio dificultaba la conversación, los más + no se atrevían, de hecho, a dar por no existente una diferencia de + clases de que en teoría muchos se burlaban. + </p> + <p> + «Todos somos iguale, decían muchos burgueses de Vetusta, la + nobleza ya no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el + valor, etc., etc.»; pero a pesar de tanta alharaca, a los más + se les conocía hasta en su falso desprecio que participaban desde + abajo de las preocupaciones que mantenían los nobles desde arriba. + </p> + <p> + En cambio los de la bolsa de don Álvaro saludaban a los Vegallana; + sonreían a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacían + señas al Marqués, y a Paco, que solían visitar aquel + rincón <i>comm'il faut</i>. + </p> + <p> + También esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo político de + Vegallana; pero trataba poco a la Marquesa. + </p> + <p> + —¡Es demasiado borrico!—decía doña Rufina + cuando le hablaban de Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratándole + con frialdad ceremoniosa. + </p> + <p> + Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que escribía + en <i>La Flaca</i> de Barcelona, y que había sido una cualquier + cosa en su juventud. Estas calumnias le servían de desahogo y si le + preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: «Señores, yo + me debo a la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con + profunda tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, + <i>en una palabra</i>, desacredita el partido conservador-dinástico + de Vetusta». + </p> + <p> + Después de saborear el tributo de admiración del público, + Ana miró a la bolsa de Mesía. Allí estaba él, + reluciente, armado de aquella pechera blanquísima y tersa, la + envidia de las envidias de Trabuco. En aquel momento don Juan Tenorio + arrancaba la careta del rostro de su venerable padre; Ana tuvo que mirar + entonces a la escena, porque la inaudita demasía de don Juan había + producido buen efecto en el público del paraíso que aplaudía + entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo, saludaba con modesto ademán + algo sorprendido de que se le aplaudiese en escena que no era de empeño. + </p> + <p> + —¡Mire usted el pueblo!—dijo un concejal de la <i>otra + bolsa</i>, volviéndose a Foja, el ex-alcalde liberal. + </p> + <p> + —¿Qué tiene el pueblo? + </p> + <p> + —¡Que es un majadero! Aplaude la gran felonía de + arrancar la careta a un enmascarado.... + </p> + <p> + —Que resulta padre—añadió Ronzal—; + circunstancia agravante. + </p> + <p> + —El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y + como el pueblo no tiene educación.... + </p> + <p> + El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos + con que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres + almohadones en un palco contiguo al de Mesía. + </p> + <p> + Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales + decía con un desdén gracioso y elegante: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Son pláticas de familia</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">de las que nunca hice caso...</span><br /> + </p> + <p> + Era el cómico alto, rubio—aquella noche—flexible, + elegante y suelto, lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el + traje fantástico, con pretensiones de arqueológico, que ceñía + su figura esbelta. Don Víctor estaba enamorado de Perales; él + no había visto a Calvo y el imitador le parecía excelente + intérprete de las comedias de capa y espada. Le había oído + decir con énfasis musical las décimas de <i>La vida es sueño</i>, + le había admirado en <i>El desdén con el desdén</i>, + declamando con soltura y gran meneo de brazos y piernas las sutiles + razones que comienzan así: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Y porque veáis que es error</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">que haya en el mundo quien crea</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">que el que quiere lisonjea,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">escuchad lo que es amor.</span><br /> + </p> + <p> + y concluyen: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">A su propia conveniencia</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">dirige amor su fatiga,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">luego es clara consecuencia</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">que ni con amor se obliga</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">ni con su correspondencia.</span><br /> + </p> + <p> + Y don Víctor le reputaba excelentísimo cómico. No paró + hasta que se lo presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer + fuera otra. En general don Víctor envidiaba a todo el que dejaba + ver la contera de una espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en + las tablas y sólo de noche. Conoció que Anita contemplaba + con gusto los ademanes y la figura de don Juan y se acercó a ella + el buen Quintanar diciéndole al oído con voz trémula + por la emoción: + </p> + <p> + —¿Verdad, hijita, que es un buen mozo? ¡Y qué + movimientos tan artísticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es + falso, que los hombres no andamos así... ¡Pero debiéramos + andar! y así seguramente andaríamos y gesticularíamos + los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños + del mundo; esto ya lo decía más alto para que lo oyeran + todos los presentes. Bueno estaría que ahora que vamos a perder a + Cuba, resto de nuestras grandezas, nos diéramos esos aires de señores + y midiéramos el paso.... + </p> + <p> + La Regenta no oía a su marido; el drama empezaba a interesarla de + veras; cuando cayó el telón, quedó con gran + curiosidad y deseó saber en qué paraba la apuesta de don + Juan y Mejía. + </p> + <p> + En el primer entreacto D. Álvaro no se movió de su asiento; + de cuando en cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y + prudencia, que ella notó y le agradeció. Dos o tres veces se + sonrieron y sólo la última vez que tal osaron, sorprendió + aquella correspondencia Pepe Ronzal, que, como siempre, seguía la + pista a los telégrafos de su aborrecido y admirado modelo. + </p> + <p> + Trabuco se propuso redoblar su atención, observar mucho y ser una + tumba, callar como un muerto. «¡Pero aquello era grave, muy + grave!». Y la envidia se lo comía. + </p> + <p> + Empezó el segundo acto y D. Álvaro notó que por + aquella noche tenía un poderoso rival: el drama. Anita comenzó + a comprender y sentir el valor artístico del D. Juan emprendedor, + loco, valiente y trapacero de Zorrilla; a ella también la fascinaba + como a la doncella de doña Ana de Pantoja, y a la Trotaconventos + que ofrecía el amor de Sor Inés como una mercancía.... + La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doña Ana... los + desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de Mejía; + la traición <i>interina</i> del Burlador, que no necesitaba, por + una sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de + la gran aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta + con todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no + saben apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio + para saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera + de tinteros; Ana estaba admirada de la poesía que andaba por + aquellas callejas de lienzo, que ella transformaba en sólidos + edificios de otra edad; y admiraba no menos el desdén con que se veía + y oía todo aquello desde palcos y butacas; aquella noche el paraíso, + alegre, entusiasmado, le parecía mucho más inteligente y + culto que el <i>señorío</i> vetustense. + </p> + <p> + Ana se sentía transportada a la época de D. Juan, que se + figuraba como el vago romanticismo arqueológico quiere que haya + sido; y entonces volviendo al egoísmo de sus sentimientos, + deploraba no haber nacido cuatro o cinco siglos antes.... «Tal vez + en aquella época fuera divertida la existencia en Vetusta; habría + entonces conventos poblados de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, + serenatas de Trovadores en las callejas y postigos; aquellas tristes, + sucias y estrechas plazas y calles tendrían, como ahora, aspecto + feo, pero las llenaría la poesía del tiempo, y las fachadas + ennegrecidas por la humedad, las rejas de hierro, los soportales sombríos, + las tinieblas de las rinconadas en las noches sin luna, el fanatismo de + los habitantes, las venganzas de vecindad, todo sería dramático, + digno del verso de un Zorrilla; y no como ahora suciedad, prosa, fealdad + desnuda». Comparar aquella Edad media soñada—ella + colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa de Perales—con + los espectadores que la rodeaban a ella en aquel instante, era un triste + despertar. Capas negras y pardas, sombreros de copa alta absurdos, + horrorosos... todo triste, todo negro, todo desmañado, sin expresión... + frío... hasta D. Álvaro parecíale entonces mezclado + con la prosa común. ¡Cuánto más le hubiera + admirado con el ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón + de punto de Perales!... Desde aquel momento vistió a su adorador + con los arreos del cómico, y a este en cuanto volvió a la + escena le dio el gesto y las facciones de Mesía, sin quitarle el + propio andar, la voz dulce y melódica y demás cualidades artísticas. + </p> + <p> + El tercer acto fue una revelación de poesía apasionada para + doña Ana. Al ver a doña Inés en su celda, sintió + la Regenta escalofríos; la novicia se parecía a ella; Ana lo + conoció al mismo tiempo que el público; hubo un murmullo de + admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver el rostro + al palco de Vegallana con disimulo. La González era cómica + por amor; se había enamorado de Perales, que la había + robado; casados en secreto, recorrían después todas las + provincias, y para ayuda del presupuesto conyugal la enamorada joven, que + era hija de padres ricos, se decidió a pisar las tablas; imitaba a + quien Perales la había mandado imitar, pero en algunas ocasiones se + atrevía a ser original y hacía excelentes papeles de virgen + amante. Era muy guapa, y con el hábito blanco de novicia, la cabeza + prisionera de la rígida toca, muy coloradas las mejillas, lucientes + los ojos, los labios hechos fuego, las manos en postura hierática y + la modestia y castidad más límpida en toda la figura, + interesaba profundamente. Decía los versos de doña Inés + con voz cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa + se dejaba llevar por la pasión cierta—porque se trataba de su + marido—y llegaba a un realismo poético que ni Perales ni la + mayor parte del público eran capaces de apreciar en lo mucho que + valía. + </p> + <p> + Doña Ana sí; clavados los ojos en la hija del Comendador, + olvidada de todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con + ansiedad toda la poesía de aquella celda casta en que se estaba + filtrando el amor por las paredes. «¡Pero esto es divino!» + dijo volviéndose hacia su marido, mientras pasaba la lengua por los + labios secos. La carta de don Juan escondida en el libro devoto, leída + con voz temblorosa primero, con terror supersticioso después, por + doña Inés, mientras Brígida acercaba su bujía + al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el espanto que sus + hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree sentirlos, todo, + todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba, producía en + Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo contener las lágrimas + que se le agolpaban a los ojos. + </p> + <p> + «¡Ay! sí, el amor era aquello, un filtro, una atmósfera + de fuego, una locura mística; huir de él era imposible; + imposible gozar mayor ventura que saborearle con todos sus venenos. Ana se + comparaba con la hija del Comendador; el caserón de los Ozores era + su convento, su marido la regla estrecha de hastío y frialdad en + que ya había profesado ocho años hacía... y don + Juan... ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba + por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su + presencia!». + </p> + <p> + Entre el acto tercero y el cuarto don Álvaro vino al palco de los + marqueses. + </p> + <p> + Ana al darle la mano tuvo miedo de que él se atreviera a apretarla + un poco, pero no hubo tal; dio aquel tirón enérgico que + él siempre daba, siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; + pero no apretó. Se sentó a su lado, eso sí, y al poco + rato hablaban aislados de la conversación general. + </p> + <p> + Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar + con los pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban + a Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte. + </p> + <p> + Ana, sin dar tiempo a don Álvaro para buscar buena embocadura a la + conversación, dejó caer sobre la prosaica imaginación + del petimetre, el chorro abundante de poesía que había + bebido en el poema gallardo, fresco, exuberante de hermosura y color del + maestro Zorrilla. + </p> + <p> + La pobre Regenta estuvo elocuente; se figuró que el jefe del + partido liberal dinástico la entendía, que no era como + aquellos vetustenses de cal y canto que hasta se sonreían con lástima + al oír tantos versos «bonitos, sonorosos, pero sin miga», + según aseguró don Frutos en el palco de la marquesa. + </p> + <p> + A Mesía le extrañó y hasta disgustó el + entusiasmo de Ana. ¡Hablar del <i>Don Juan Tenorio</i> como si se + tratase de un estreno! ¡Si el <i>Don Juan</i> de Zorrilla ya sólo + servía para hacer parodias!... No fue posible tratar cosa de + provecho, y el tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda de + su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las comedias + y en las novelas de Feuillet: mucho <i>sprit</i> que oculta un corazón + de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad... esto era + el colmo de la <i>distinción</i> según lo entendía + don Álvaro, y así procuró aquella noche presentarse a + la Regenta, a quien «estaba visto que había que enamorar por + todo lo alto». + </p> + <p> + Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba + sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su + exaltación notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo + copiado de su interlocutor; apenas le oía, hablaba ella sin cesar, + creía que lo que estaba diciendo él coincidía con las + propias ideas; este espejismo del entusiasmo vidente, que suele aparecer + en tales casos, fue lo que valió a don Álvaro aquella noche. + También le sirvió mucho su hermosura varonil y noble, + ayudada por la expresión de su pasioncilla, en aquel momento + irritada. Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía + una expresión espiritual y melancólica, que era puramente de + apariencia; combinación de líneas y sombras, algo también + las huellas de una vida malgastada en el vicio y el amor.—Cuando + comenzó el cuarto acto, Ana puso un dedo en la boca y sonriendo a + don Álvaro le dijo: + </p> + <p> + —¡Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... déjeme + usted oír. + </p> + <p> + —Es que... no sé... si debo despedirme.... + </p> + <p> + —No... no... ¿por qué?—respondió ella, + arrepentida al instante de haberlo dicho. + </p> + <p> + —No sé si estorbaré, si habrá sitio.... + </p> + <p> + —Sitio sí, porque Quintanar está en la bolsa de + ustedes... mírele usted. + </p> + <p> + Era verdad; estaba allí disputando con don Frutos, que insistía + en que el <i>Don Juan Tenorio</i> carecía de la miga suficiente. + </p> + <p> + Don Álvaro permaneció junto a la Regenta. + </p> + <p> + Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador + con su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño + que subía por la nuca arriba con graciosa tensión y + convergencia del cabello. Dudaba don Álvaro si debía en + aquella situación atreverse a acercarse un poco más de lo + acostumbrado. Sentía en las rodillas el roce de la falda de Ana, más + abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. «Ella estaba + aquella noche... <i>en punto de caramelo</i>» (frase simbólica + en el pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió. No se + acercó ni más ni menos; y eso que ya no tenía allí + caballo que lo estorbase. «¡Pero la buena señora se había + <i>sublimizado</i> tanto! y como él, por no perderla de vista, y + por agradarla, se había hecho el romántico también, + el <i>espiritual</i>, el <i>místico</i>... ¡quién + diablos iba ahora a arriesgar un ataque <i>personal y pedestre</i>!... + ¡Se había puesto aquello en una <i>tessitura</i> endemoniada!». + Y lo peor era que no había probabilidades de hacer entrar, en mucho + tiempo, a la Regenta por el aro; ¿quién iba a decirle: + «bájese usted, amiga mía, que todo esto es volar por + los <i>espacios imaginarios</i>»? Por estas consideraciones, que le + estaban dando vergüenza, que le parecían ridículas al + cabo, don Álvaro resistió el vehemente deseo de pisar un pie + a la Regenta o tocarle la pierna con sus rodillas.... + </p> + <p> + Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La robusta + virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don + Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era + verdad que en aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba + y tragaba saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, + cerca de la oreja, palabras que parecían chispas de fragua. + Edelmira, a pesar de no haber desmejorado, tenía los ojos rodeados + de un ligero tinte obscuro. Se abanicaba sin punto de reposo y tapaba la + boca con el abanico cuando en medio de una situación culminante del + drama se le antojaba a ella reírse a carcajadas con las ocurrencias + del Marquesito, que tenía unas cosas.... + </p> + <p> + Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con + los acontecimientos de su propia vida... ella aún no había + llegado al cuarto acto. «¿Representaba aquello lo porvenir? + ¿Sucumbiría ella como doña Inés, caería + en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba; creía tener + valor para no entregar jamás el cuerpo, aquel miserable cuerpo que + era propiedad de don Víctor sin duda alguna. De todas suertes, + ¡qué cuarto acto tan poético! El Guadalquivir allá + abajo.... Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo + del balcón... la <i>declaración</i> a la luz de la luna.... + ¡Si aquello era romanticismo, el romanticismo era eterno!...». + Doña Inés decía: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Don Juan, don Juan, yo lo imploro</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">de tu hidalga condición...</span><br /> + </p> + <p> + Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos + con su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por + sus labios viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de + Ana aquella noche como frase sublime de un amor inocente y puro que se + entrega con la fe en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, + entonces, no pudo evitarlo, lloró, lloró, sintiendo por + aquella Inés una compasión infinita. No era ya una escena erótica + lo que ella veía allí; era algo religioso; el alma saltaba a + las ideas más altas, al sentimiento purísimo de la caridad + universal... no sabía a qué; ello era que se sentía + desfallecer de tanta emoción. + </p> + <p> + Las lágrimas de la Regenta nadie las notó. Don Álvaro + sólo observó que el seno se le movía con más + rapidez y se levantaba más al respirar. Se equivocó el + hombre de mundo; creyó que la emoción acusada por aquel + respirar violento la causaba su gallarda y próxima presencia, creyó + en un influjo <i>puramente fisiológico</i> y por poco se pierde.... + Buscó a tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella, + de una en otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, + puro, universal que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna + para él, Mesía no encontró, entre la hojarasca de las + enaguas, ningún pie de Anita, que acababa de apoyar los dos en la + silla de Edelmira. + </p> + <p> + El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la + realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se había + empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba + en Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió + supersticioso miedo al ver el mal en que paraban aquellas aventuras del + libertino andaluz; el pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con + el Comendador le hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de + repente, como a la luz de un relámpago, a don Víctor vestido + de terciopelo negro, con jubón y ferreruelo, bañado en + sangre, boca arriba, y a don Álvaro con una pistola en la mano, + enfrente del cadáver. + </p> + <p> + La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no + aguantaba más Tenorio. + </p> + <p> + —Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni + esqueletos; demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. + Vosotros quedaos si queréis.... ¡Jesús! las once y + media, no se acaba esto a las dos.... + </p> + <p> + Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del + drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía + encantada, y salió con la Marquesa y Mesía. + </p> + <p> + Edelmira se quedó con don Víctor y Paco. + </p> + <p> + —Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa + en casa, señora Marquesa—dijo Quintanar. + </p> + <p> + Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. + Entonces apretó un poco la mano de Anita que la retiró + asustada. + </p> + <p> + Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar + conversación a don Víctor. Eran panes prestados: Paco + necesitaba que le distrajeran a Quintanar para quedarse como a solas con + Edelmira; Mesía, que tantas veces había utilizado servicios + análogos del Marquesito, fue a cumplir con su deber. + </p> + <p> + Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión + de estrechar su amistad con el simpático aragonés que había + de ser su víctima, andando el tiempo, o poco había de poder + él. + </p> + <p> + Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas + en punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su + teoría del honor según se entendía en el siglo de + oro, cuando el sol no se ponía en nuestros dominios. + </p> + <p> + —Mire usted—decía don Víctor, a quien ya + escuchaba con interés don Álvaro—mire usted, yo + ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que yo, + ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más + sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de + honor quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí + abajo llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el + corazón, de que si mi mujer—hipótesis absurda—me + faltase... se lo tengo dicho a Tomás Crespo muchas veces... le daba + una sangría suelta. + </p> + <p> + (—¡Animal!—pensó don Álvaro.) + </p> + <p> + —Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... + Por de pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era + aficionado a representar en los teatros caseros—es decir cuando mi + edad y posición social me permitían trabajar, porque la + afición aún me dura—comprendiendo que era muy ridículo + batirse mal en las tablas, tomé maestro de esgrima y dio la + casualidad de que demostré en seguida grandes facultades para el + arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad, nunca me ha dado nadie + motivo para hacerle un rasguño... pero figúrese usted... el + día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la + pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice + lo traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, + es prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a + mi tesis.... Mi tesis era... ¿qué?... ¿usted + recuerda? + </p> + <p> + Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con + arma blanca le había alarmado un poco. + </p> + <p> + Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de + llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se + prometía convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, + protagonista de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar + y bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros + disparates del ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada + en la mano. Era la espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes. + </p> + <p> + Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. + Durmió profundamente. + </p> + <p> + Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella rubia + y taimada, que sonreía discretamente. + </p> + <p> + —Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado + antes? + </p> + <p> + —Como la señorita pasó mala noche.... + </p> + <p> + —¿Mala noche?... ¿yo?—Sí, hablaba alto, + soñaba a gritos.... + </p> + <p> + —¿Yo?—Sí, alguna pesadilla.—¿Y tú... + me has oído desde?... + </p> + <p> + —Sí, señora no me había acostado todavía; + me quedé a esperar por el señor, porque Anselmo es tan bruto + que se duerme.... Vino el amo a las dos. + </p> + <p> + —Y yo he hablado alto...—Poco después de llegar el señor. + Él no oyó nada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. + Yo volví a ver si dormía... si quería algo... y creí + que era una pesadilla... pero no me atreví a despertarla.... + </p> + <p> + Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía + los amagos de la jaqueca. + </p> + <p> + —¡Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido.... + </p> + <p> + —No, pesadilla mala... no sería... porque sonreía la + señora... daba vueltas.... + </p> + <p> + —Y... y... ¿qué decía? + </p> + <p> + —¡Oh... qué decía! no se entendía bien... + palabras sueltas... nombres.... + </p> + <p> + —¿Qué nombres?...—Ana preguntó esto + encendido el rostro por el rubor—... ¿qué nombres?—repitió. + </p> + <p> + —Llamaba la señora... al amo. + </p> + <p> + —¿Al amo?—Sí... sí, señora... decía: + ¡Víctor! ¡Víctor! + </p> + <p> + Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a + su marido Quintanar. + </p> + <p> + Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las + sospechas de la señora. + </p> + <p> + Calló y procuró ocultar su confusión. + </p> + <p> + Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra + dijo, ya seria: + </p> + <p> + —Han traído esto para la señora.... + </p> + <p> + —¿Una carta? ¿De quién?—preguntó + en voz trémula Ana, arrebatando el papel de manos de Petra. + </p> + <p> + «¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo». + </p> + <p> + Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó + en el rostro del ama, añadió: + </p> + <p> + —De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído + Teresina la doncella de doña Paula. + </p> + <p> + Ana afirmó con la cabeza mientras leía. + </p> + <p> + Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus + pensamientos. + </p> + <p> + La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una + cruz morada sobre la fecha, decía así: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">«Señora y amiga mía: + Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">cinco y media. No necesitará usted + esperar, porque será hoy la única</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba + hoy sentarme, pero me ha</span><br /> <span style="margin-left: 4em;">parecido + preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">explicará su atento amigo y + servidor,</span><br /> + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 7.5em;">FERMÍN DE PAS».</span><br /> + </p> + <p> + No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se + había olvidado del Magistral desde la tarde anterior; ¡ni una + vez sola, desde la aparición de don Álvaro a caballo había + pasado por su cerebro la imagen grave y airosa del respetado, estimado y + admirado padre espiritual! Y ahora se presentaba de repente dándole + un susto, como sorprendiéndola en pecado de infidelidad. Por la + primera vez sintió Ana la vergüenza de su imprudente conducta. + Lo que no había despertado en ella la presencia de don Víctor, + lo despertaba la imagen de don Fermín.... Ahora se creía + infiel de pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un + hombre a quien no debía fidelidad ni podía debérsela». + </p> + <p> + «Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana + temprano iría a confesar... ¡y se me había olvidado! y + ahora él adelanta la confesión.... Quiere que vaya esta + tarde. ¡Imposible! No estoy preparada.... Con estas ideas... con + esta revolución del alma.... ¡Imposible!». + </p> + <p> + Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo + olor que el del Magistral, pero más fuerte, y escribió a don + Fermín una carta muy dulce con mano trémula, turbada, como + si cometiera una felonía. Le engañaba; le decía que + se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicaba + que la dispensase; que ella le avisaría.... + </p> + <p> + Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su + destino inmediatamente, y sin que el señor se enterase. + </p> + <p> + Don Víctor ya había manifestado varias veces su no + conformidad, como él decía, con aquella frecuencia del + sacramento de la confesión; como temía que se le tuviese por + poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casa en efecto, + alborotaba mucho cuando se enfadaba. + </p> + <p> + Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba que + su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la + catedral. + </p> + <p> + «¡No podía presumir el buen señor que por su + bien eran!». + </p> + <p> + Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos + inocentes tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que + alegaba su ama para ocultar la devoción, sospechaba horrores. + </p> + <p> + Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba: + </p> + <p> + «Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y + otro santo. <i>¡Así en la tierra como en el cielo!</i>». + </p> + <p> + Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no + se arrepentía de haber puesto en peligro su honor, dando alas + (siquiera fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don + Álvaro; no le pesaba de engañar al pobre don Víctor, + porque le reservaba el cuerpo, su propiedad legítima... pero + ¡pensar que no se había acordado del Magistral ni una vez en + toda la noche anterior, a pesar de haber estado pensando y sintiendo + tantas cosas sublimes! + </p> + <p> + «Y por contera, le engañaba, le decía que estaba + enferma para excusar el verle... ¡le tenía miedo!... y hasta + el estilo dulce, casi cariñoso de la carta era traidor... ¡aquello + no era digno de ella! Para don Víctor había que guardar el + cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarle el alma?». + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XVIImdash" id="XVIImdash"></a>—XVII— + </h2> + <p> + Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra + anunció a la Regenta, que paseaba en el <i>Parque</i>, entre los + eucaliptus de Frígilis, la visita del Sr. Magistral. + </p> + <p> + —Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la + huerta...—dijo Ana sorprendida y algo asustada. + </p> + <p> + El Magistral pasó por el patio al + </p> + <p> + <i>Parque</i>. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba + hermosa la tarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el + buen tiempo, luego se caería el cielo hecho agua sobre Vetusta...». + </p> + <p> + Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral se + atrevió a preguntarle por la jaqueca. + </p> + <p> + «¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó + lo mejor que pudo su presencia en el Parque a pesar de la jaqueca. + </p> + <p> + El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado + su dulce amiga. + </p> + <p> + Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se + movía sin cesar en la mecedora en que se le había invitado a + sentarse. + </p> + <p> + Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que + don Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita. + </p> + <p> + El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido + un arranque de mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y + cuya causa de ningún modo podía él explicar a aquella + señora. + </p> + <p> + El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña + Paula, tenía el vicio de ir al teatro disfrazado. Había + cogido esta afición en sus tiempos de espionaje en el seminario; + entonces el Rector le mandaba al <i>paraíso</i> para delatar a los + seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba por cuenta propia. + Había estado en el teatro la noche anterior y había visto a + la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña + Paula, y al comer, en un incidente de la conversación, tuvo + habilidad para darle la noticia a su hijo. + </p> + <p> + —No creo que esa señora haya ido ayer al teatro. + </p> + <p> + —Pues yo lo sé por quien la ha visto. + </p> + <p> + El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al + verse en ridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta + los beatos y todo el <i>mundo devoto</i> consideraban el teatro como + recreo prohibido en toda la Cuaresma y algunos otros días del año; + entre ellos el de <i>Todos los Santos</i>. Muchas señoras abonadas + habían dejado su palco desierto la noche anterior, sin permitir la + entrada en él a nadie para señalar así mejor su + protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o + sea El Gran Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a + cuatro sobrinas, tampoco les había consentido asistir. + </p> + <p> + «Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del + Magistral, por devota en ejercicio, se había presentado en el + teatro en noche prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no + respetar piadosos escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba + semejante sitio.... Y precisamente aquella noche...». + </p> + <p> + El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él + no le importaba que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría + en que sería otra cosa; pero la gente murmuraría; don + Custodio, el Arcediano, todos sus enemigos se burlarían, hablarían + de la escasa fuerza que el Magistral ejercía sobre sus + penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía + él que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción + a doña Ana». + </p> + <p> + Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al + ilustre Ripamilán, disputando como si se tratara de un asalto de + esgrima, con aspavientos y manotadas al aire; su contendiente era el + Arcediano, el señor Mourelo, que con más calma y sonriendo, + sostenía que la Regenta o no era devota de buena ley, o no debía + haber ido al teatro en noche de <i>Todos los Santos</i>. + </p> + <p> + Ripamilán gritaba:—Señor mío, los deberes + sociales están por encima de todo.... + </p> + <p> + El Deán se escandalizó. + </p> + <p> + —¡Oh! ¡oh!—dijo—eso no, señor + Arcipreste... los deberes religiosos... los religiosos... eso es.... + </p> + <p> + Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una + caja de nácar. Así solía él terminar los períodos + complicados. + </p> + <p> + —Los deberes sociales... son muy respetables en efecto—dijo el + canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había + parecido regalista, y por consiguiente digna de aprobación por + parte de un primo del Notario mayor del reino. + </p> + <p> + —Los deberes sociales—replicó Glocester tranquilo, con + almíbar en las palabras, pausadas y subrayadas—los deberes + sociales, con permiso de usted, son respetabilísimos, pero quiere + Dios, consiente su infinita bondad que estén siempre en armonía + con los deberes religiosos.... + </p> + <p> + —¡Absurdo!—exclamó Ripamilán dando un + salto. + </p> + <p> + —¡Absurdo!—dijo el Deán, cerrando de un bofetón + la caja de nácar. + </p> + <p> + —¡Absurdo!—afirmó el canónigo regalista. + </p> + <p> + —Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber + social, por ser tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice + el respetable Taparelli.... + </p> + <p> + —¿Tapa qué?—preguntó el Deán—. + No me venga usted con autores alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un + hereje.... + </p> + <p> + —Señores, estamos fuera de la cuestión—gritó + Ripamilán—el caso es.... + </p> + <p> + —No estamos tal—insistió Glocester, que no quería + en presencia de don Fermín sostener su tesis de la escasa + religiosidad de la Regenta. + </p> + <p> + Tuvo habilidad para llevar la disputa al <i>terreno filosófico</i>, + y de allí al teológico, que fue como echarle agua al fuego. + Aquellas venerables dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto + singular, que consistía en no querer hablar nunca de <i>cosas altas</i>. + </p> + <p> + A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la + sacristía para comprender que se había comentado lo del + teatro. Su mal humor fue en aumento. «Lo sabía toda Vetusta, + su influencia moral había perdido crédito... y la autora de + todo aquello, tenía la crueldad de negarse a una cita». + Él se la había dado para decirle que no debía + confesar por las mañanas, sino de tarde, porque así no se + fijaba en ellos el público de las beatas con atención + exclusiva.... «Debe usted confesar entre todas, y además + algunos días en que no se sabe que me siento; yo le avisaré + a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo + esto había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía + que.... «¡estaba con jaqueca!».—En casa de Páez + también le hablaron del escándalo del teatro. «Habían + ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido Ana + Ozores que nunca asistía». + </p> + <p> + El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa + burlona de Olvido, que se celaba ya, le había puesto furioso.... + </p> + <p> + Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza + Nueva, se había metido en la Rinconada y había llamado a la + puerta de la Regenta.... Por eso estaba allí. + </p> + <p> + ¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita? + </p> + <p> + Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había + buscado un embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín + rayó en ira y necesitó toda la fuerza de la costumbre para + contenerse y seguir sonriente. + </p> + <p> + «¿Qué derechos tenía él sobre aquella + mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla si quería sublevarse? + No había modo. ¿Por el terror de la religión? + Patarata. La religión para aquella señora nunca podría + ser el terror. ¿Por la persuasión, por el interés, + por el cariño? Él no podía jactarse de tenerla + persuadida, interesada y menos enamorada de la manera espiritual a que + aspiraba». + </p> + <p> + No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate + y ya te ensalzarás», era su máxima, que no tenía + nada que ver con la promesa evangélica. + </p> + <p> + En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban + trazas de sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería + marcharse sin hacer algo, puso término a las palabras + insignificantes con una pausa larga y una mirada profunda y triste a la bóveda + estrellada.—Estaba sentado a la entrada del cenador. + </p> + <p> + Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, + o por lo menos no lo sentían. Ana había contestado a Petra, + al anunciar esta que había luz en el gabinete: + </p> + <p> + —Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña + Ana se sentía ya bien, no era malo estar al aire libre. + </p> + <p> + El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a + la dama que se iba a tratar de algo grave. + </p> + <p> + Así fue. El Magistral dijo:—Todavía no he explicado a + usted por qué pretendía yo que fuese a la catedral esta + tarde. Quería decirle, y por eso he venido, además de que me + interesaba saber cómo seguía, quería decirle que no + creo conveniente que usted confiese por la mañana. + </p> + <p> + Ana preguntó el motivo con los ojos. + </p> + <p> + —Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me + ha dicho, no gusta de que usted frecuente la iglesia y menos de que + madrugue para ello, se alarmará menos si usted va de tarde... y + hasta puede no saberlo siquiera muchas veces. No hay en esto engaño. + Si pregunta, se le dice la verdad, pero si calla... se calla. Como se + trata de una cosa inocente, no hay engaño ni asomo de disimulo. + </p> + <p> + —Eso es verdad.—Otra razón. Por la mañana yo + confieso pocas veces, y esta excepción hecha ahora en favor de + usted hace murmurar a mis enemigos, que son muchos y de infinitas clases. + </p> + <p> + —¿Usted tiene enemigos?—¡Oh, amiga mía! + cuenta las estrellas si puedes—y señaló al cielo—el + número de mis enemigos es infinito como las estrellas. + </p> + <p> + El Magistral sonrió como un mártir entre llamas. + </p> + <p> + Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado + y olvidado a aquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes + y ni siquiera se quejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las + estrellas le llegaron al alma a la Regenta. «¡Tenía + enemigos!» pensó, y le entraron vehementes deseos de + defenderle contra todos. + </p> + <p> + —Además—prosiguió don Fermín—hay señoras + que se tienen por muy devotas, y caballeros, que se estiman muy + religiosos, que se divierten en observar quién entra y quién + sale en las capillas de la catedral; quién confiesa a menudo, quién + se descuida, cuánto duran las confesiones... y también de + esta murmuración se aprovechan los enemigos. + </p> + <p> + La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué. + </p> + <p> + —De modo, amiga mía—continuó De Pas que no creía + oportuno insistir en el último punto—de modo, que será + mejor que usted acuda a la hora ordinaria, entre las demás. Y + algunas veces, cuando usted tenga muchas cosas que decir, me avisa con + tiempo y le señalo hora en un día de los que no me toca + confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de ser tan + miserables que nos sigan los pasos.... + </p> + <p> + A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más + arriesgado que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín + en nada. + </p> + <p> + —Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré + cuando usted me indique; mi confianza absoluta está puesta en + usted. A usted solo en el mundo he abierto mi corazón, usted sabe + cuanto pienso y siento... de usted espero luz en la obscuridad que tantas + veces me rodea.... + </p> + <p> + Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía + entonado, impropio de ella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían + mal, pero no sabía decir de otro modo sus afanes, a no hablar con + una claridad excesiva. + </p> + <p> + El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un + consuelo oyendo a su amiga hablar así. + </p> + <p> + Se animó... y habló de lo que le mortificaba. + </p> + <p> + —Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder + discrecional (sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir + a usted un poco.... + </p> + <p> + Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba. + </p> + <p> + Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y + notó De Pas. + </p> + <p> + —Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos + mucho, como diciendo irreflexivamente:—¿Y eso qué? + </p> + <p> + —Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones + que toman por religión muchos espíritus apocados.... A usted + no sólo le es lícito ir a los espectáculos, sino que + le conviene; necesita usted distracciones; su señor marido pide + como un santo; pero ayer... era día prohibido. + </p> + <p> + —Ya no me acordaba.... Ni creía que.... La verdad... no me + pareció... + </p> + <p> + —Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el + teatro era espectáculo tan inocente, para usted, como el resto del + año. El caso es que la Vetusta devota, que después de todo + es la nuestra, la que exagerando o no ciertas ideas, se acerca más + a nuestro modo de ver las cosas... esa respetable parte del pueblo mira + como un escándalo la infracción de ciertas costumbres + piadosas.... + </p> + <p> + Ana encogió los hombros. «No entendía aquello.... + ¡Escándalo! ¡Ella que en el teatro había + llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un entusiasmo artístico + religioso que la había edificado!». + </p> + <p> + El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él + era un médico del espíritu») se resistía a + tomar la medicina; y pensó, recordando la alegoría de la + cuesta:—«No quiere tanta pendiente, hagámosela parecida + a lo llano». + </p> + <p> + —Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido + nada; su virtud de usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... + (vuelta al tono festivo) ¿y mi orgullito de médico? Un + enfermo que se me rebela... ¡ahí es nada! Se ha murmurado, se + ha dicho que las hijas de confesión del Magistral no deben de temer + su manga estrecha cuando asisten al <i>Don Juan Tenorio</i>, en vez de + rezar por los difuntos. + </p> + <p> + —¿Se ha hablado de eso?—¡Bah! En San Vicente, en + casa de doña Petronila—que ha defendido a usted—y hasta + en la catedral. El señor Mourelo dudaba de la piedad de doña + Ana Ozores de Quintanar.... + </p> + <p> + —¿De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted + en ridículo?... + </p> + <p> + —¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a + parar! ¡Esa imaginación, Anita, esa imaginación! + ¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!... + A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que + aquellos de que soy responsable, no entiendo el ridículo de otro + modo... usted no ha sido imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en + las lenguas ociosas. Todo ello es nada, y figúrese usted el caso + que yo haré de hablillas insustanciales.... Todo ha sido broma...; + para llegar a un punto más importante, que atañe a lo que + nos interesa, a la curación de su espíritu de usted... en lo + que depende de la parte moral. Ya sabe que yo creo que un buen médico + (no precisamente el señor Somoza, que es persona excelente y médico + muy regular), podría ayudarme mucho. + </p> + <p> + Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su + mecedora a la Regenta y prosigue: + </p> + <p> + —Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como + un médico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, + por razones muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he + llegado a conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por + usted... sin embargo, creo...—le temblaba la voz; temía + arriesgar demasiado—creo... que la eficacia de nuestras conferencias + sería mayor, si algunas veces habláramos de nuestras cosas + fuera de la Iglesia. + </p> + <p> + Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y + por la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, + un hombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal + pensadas de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las + palabras del Provisor, se oyó la respiración agitada de su + amiga. + </p> + <p> + D. Fermín continuó tranquilo: + </p> + <p> + —En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar + muchos puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo + prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel + sitio. Usted misma no habla allí con la libertad y extensión + que son precisas para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, + parece ocioso hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de + él; hacer la cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi + profanación, no se trata allí de eso; y, sin embargo, para + nuestro objeto, eso es también indispensable. Usted que ha leído, + sabe perfectamente que muchos clérigos que han escrito acerca de + las costumbres y carácter de la mujer de su tiempo, han recargado + las sombras, han llenado sus cuadros de negro... porque hablaban de la + mujer del confesonario, la que cuenta sus extravíos y prefiere + exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es allí natural, sus + virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser, sin salir de España, + el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y otros muchos.... + </p> + <p> + Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con + la suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la + encantaba. Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del + Magistral; ya no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado + sin miedo, sobre sus rodillas, como había oído decir que + hacen las señoras con los caballeros en los tranvías de + Nueva—York. + </p> + <p> + —Pues bien—prosiguió don Fermín—nosotros + necesitamos toda la verdad; no la verdad fea sólo, sino también + la hermosa. ¿Para qué hemos de curar lo sano? ¿Para + qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he + notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de que + me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y + esas confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos. + Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la + corrijan, sino que la animen también, elogiando sincera y + noblemente la mucha parte buena que hay en ciertas ideas y en los actos + que usted cree completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse + de ese análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de + la penitencia.... Y basta de argumentos; usted me ha entendido desde el + primero perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me + acuerdo. De ese modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no + es preciso que usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá + decir si frecuenta o no frecuenta el sacramento demasiado; y además, + podemos despachar más pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, + los días de confesión. + </p> + <p> + El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía + preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado + mil veces por temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, + que podía haber asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la + intención de su confesor. Después de su audacia el Magistral + temblaba, esperando las palabras de Ana. + </p> + <p> + Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones + expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de + tarde en tarde, y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza + con el calor de sus poéticas ideas. + </p> + <p> + Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo + la buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba + aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus + confidencias, a dar consejos, a consolarla en la aridez de alma que la + atormentaba a menudo. + </p> + <p> + El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; + apoyaba la cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón + de la glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; + la locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, + llenas de partículas del corazón de aquella mujer, exaltada + al hablar de sus tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en + el ánimo del Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad + desaparecía, la tirantez se convertía en muelle flojedad. + «¡Habla, habla así, se decía el clérigo, + bendita sea tu boca!». + </p> + <p> + No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, + el ruido de hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella + noche, removía sobre la arena de los senderos. + </p> + <p> + Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo. + </p> + <p> + —Sí, tiene usted cien veces razón—decía + ella—yo necesito una palabra de amistad y de consejo muchos días + que siento ese desabrimiento que me arranca todas las ideas buenas y sólo + me deja la tristeza y la desesperación.... + </p> + <p> + —Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué + palabra! + </p> + <p> + —Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo. + </p> + <p> + —Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?... + </p> + <p> + El Magistral sonrió...—No se ría usted: serán + los nervios, como dice Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena + de un tedio horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo + pudiera remediar. + </p> + <p> + —No debe decirse así—interrumpió el Magistral, + poniendo en la voz la mayor suavidad que pudo—. No sería un + pecado ese tedio si se pudiera remediar, sería un pecado si no se + quisiera remediar; pero a Dios gracias se quiere y se puede curar... y de + eso se trata, amiga mía. + </p> + <p> + Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que + entendía su confidente todo, o casi todo lo que ella quería + dar a entender, se decidió a decir al Magistral <i>lo demás</i>, + lo que había venido detrás del hastío de aquella + tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa + puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo + blanco. + </p> + <p> + —Otras veces—decía—aquella sequedad se convierte + en llanto, en ansia de sacrificio, en propósitos de abnegación... + usted lo sabe; pero ayer, la exaltación tomó otro rumbo... + yo no sé... no sé explicarlo bien... si lo digo como yo + puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una rebelión, es + horrible... pero tal como yo lo sentía no.... + </p> + <p> + El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su + amiga durante aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres + en la historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba + con exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía + perfectamente. + </p> + <p> + Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber + llegado Ana a pensar en Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo + de don Juan Tenorio. + </p> + <p> + «Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era + nuevo en ella; que muchas veces le había sucedido en medio de + espectáculos que nada tenían de religiosos, sentir poco a + poco el influjo de una piedad consoladora, lágrimas de amor de + Dios, esperanza infinita, caridad sin límites y una fe que era una + evidencia.... Un día después de dar una peseta a un niño + pobre para comprar un globo de goma, como otros que acababan de repartirse + otros niños, había tenido que esconder el rostro para que no + la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy amargo, después, + por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su cerebro, había + sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz + potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... ¿Qué + sabía ella? No podía explicarse». Y suplicaba al + Magistral que la entendiese. «Pues la noche anterior había + pasado algo por el estilo, al ver a la pobre novicia, a Sor Inés, + caer en brazos de don Juan... ya veía el Magistral qué + situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una en otra, al + sentir lástima de aquella inocente enamorada... había + llegado a pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más + ni menos que el día en que regaló a un niño pobre un + globo de colores. ¿Qué era aquello? Demasiado sabía + ella que no era piedad verdadera, que con semejantes arrebatos nada ganaba + para con Dios... pero, ¿no serían tampoco más que + nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu + aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?». + </p> + <p> + «Había de todo». El Magistral, procurando vencer la + exaltación que le había comunicado su amiga, quiso hablar + con toda calma y prudencia. «Había de todo. Había un + tesoro de sentimiento que se podía aprovechar para la virtud; pero + había también un peligro. La noche anterior el peligro había + sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la presencia de + don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la repetición + de accesos por el estilo». + </p> + <p> + Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de + volar más allá de las estrechas paredes de su caserón, + de sentir más, con más fuerza, de vivir para algo más + que para vegetar como otras; había hablado también de un + amor universal, que no era ridículo por más que se burlasen + de él los que no lo comprendían... había llegado a + decir que sería hipócrita si aseguraba que bastaba para + colmar los anhelos que sentía el cariño suave, frío, + prosaico, distraído de Quintanar, entregado a sus comedias, a sus + colecciones, a su amigo Frígilis y a su escopeta.... + </p> + <p> + —Todo aquello—añadió el Magistral después + de presentarlo en resumen—de puro peligroso rayaba en pecado. + </p> + <p> + —Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero + como lo siento, no; ¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, + nada de lo que he dicho es pecado... sentirlo; ¡peligro habrá, + no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo demás (cambio de voz) + dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismo necio, vulgar, ya + lo sé... pero no es eso, no es eso! + </p> + <p> + —Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo + siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como + es.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser + peligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá + como nos entendemos. El peligro que hay, decía, raya en pecado... + pero añado, será pecado claramente si no se aplica toda esa + energía de su alma ardentísima a un objeto digno de ella, + digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que vuelvan esos accesos sin + tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio sano... ellos tomarán + el camino de atajo, el del vicio; créalo usted, Anita. Es muy + santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un globo de + colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted la + presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted + dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, + en todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de + eso. No es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino + en la celda de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus + brazos, usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo + de aquellos sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los + caminos naturales de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta + la sana moral, pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de + podredumbre, llegar a donde los justos llegan por muy diferentes pasos. + Dispénseme si hablo con esta severidad: en este momento es + indispensable. + </p> + <p> + Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con + dificultad aquella pendiente que le ponía en el camino. + </p> + <p> + Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria, + abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba aquella + energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más + que halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral. + </p> + <p> + El cual prosiguió, aflojando la cuerda: + </p> + <p> + —Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas + tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré + ahora, porque no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos + y descaminos de la gracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía + que hay que aprovechar esas tendencias a la piedad y a la contemplación, + que son en usted muy antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio + de la virtud... y por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el + porqué de muchas ocupaciones del cristiano, el por qué del + culto externo, más visible y hasta aparatoso en la religión + verdadera que en las frías confesiones protestantes. Necesita usted + objetos que le sugieran la idea santa de Dios, ocupaciones que le llenen + el alma de energía piadosa, que satisfagan sus instintos, como + usted dice, de amor universal.... Pues todo eso, hija mía, se puede + lograr, satisfacer y cumplir en la vida, aparentemente prosaica y hasta + cursi, como la llamaría doña Obdulia, de una mujer piadosa, + de una... <i>beata</i>, para emplear la palabra fea, <i>escandalosa</i>. Sí, + amiga mía—el Magistral reía al decir esto—lo que + usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser <i>beata</i>. + Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la letra + y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que + contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano, + creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las + menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus + pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; + la forma es fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende + amarle: «Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar + que a Zorrilla se le haya ocurrido pintar los amores de una monja y un + libertino; ven a mi templo, y allí encontrarán los sentidos + incentivo del alma para la oración, para la meditación y + para esos actos de fe, esperanza y caridad que son todo mi culto en + resumen...». + </p> + <p> + Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, + con motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas + y risas mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca. + </p> + <p> + La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba + a los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que + empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas + como un aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. + Pero ellos no oyeron la señal de la torre que vigilaba. + </p> + <p> + Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio: + </p> + <p> + —¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse.... + </p> + <p> + La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de + puntillas hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para + no hacer ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía + hasta el patio, desde donde no podía oír más que un + murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo abría la puerta + del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su + encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a + mentir, a decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, + donde quiera, a tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar + la visita del Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía + llegado el caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. + «¿No le habían hecho llevar cartas <i>sin necesidad de + que lo supiera don Víctor</i>? ¿Pues qué necesidad + había de que supiera que llevaban más de una hora de palique + en el cenador, y a obscuras?». + </p> + <p> + Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; + solía olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. + Pidió luz para el despacho, se sentó a su mesa, y separando + libros y papeles, dejó encima del pupitre un envoltorio que tenía + debajo del brazo. Era una máquina de cargar cartuchos de fusil. + Acababa de apostar con Frígilis que él hacía tantas + docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la + prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró + con ojos penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se + turbó. + </p> + <p> + —Oye.—¿Señor?...—Nada.... Oye...—¿Señor?...—¿Anda + ese reloj? —Sí, señor, le ha dado usted cuerda + ayer.... + </p> + <p> + —¿De modo que son las ocho menos diez? + </p> + <p> + —Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía + dispuesta a mentir si le preguntaba por el ama. + </p> + <p> + —Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez + cartuchos y más cartuchos. + </p> + <p> + En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería + dar a entender con lo de la vida beata. + </p> + <p> + «Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la + perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por + hechos; si otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás + lugares ordinarios de la vida devota con un espíritu rutinario que + hacía nulas respecto a la perfección moral aquellas prácticas + piadosas; ella, Ana, podía sacar gran utilidad para la ocupación + digna de su alma de aquellos mismos lugares y quehaceres. ¿Qué + había sido Santa Teresa? Una monja, una fundadora de conventos; + ¿cuántas monjas había habido que no habían + pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la + rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada + útil para satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin + embargo, a la Santa Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué + Universo de soles no la había dado aquella vida del claustro? La + gran actividad va en nosotros mismos, si somos capaces de ella. Pero hay + que buscar la ocasión en las ocupaciones de la vida buena. Era + necesario que Anita frecuentase en adelante las fiestas del culto; que + oyese más sermones, más misas, que asistiera a las novenas, + que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa, que visitara a + los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo; al principio + tales ocupaciones podrían parecerla pesadas, insustanciales, + prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de la piedad + acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan humildes + menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la oración, + del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en + las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo + nada más con los sentidos, es edificante espectáculo para + quien siente devoción profunda». + </p> + <p> + —Verá usted—decía el Magistral—como llega + un día en que no necesita a Zorrilla ni poeta nacido para llorar de + ternura y elevarse, de una en otra, como usted dice, hasta la idea santa + de Dios. ¡Tiene la Iglesia, amiga mía, tal sagacidad para + buscar el camino de las entrañas! Verá usted, verá + usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos + ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden antojársele + indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué + cosa más hermosa, querida hija mía! Llegará, por + ejemplo, la Noche-buena y usted empleará su imaginación + poderosa en representarse las escenas de pura poesía del Nacimiento + de Jesús.... Volverán a ser para usted las que ya parecían + vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de ternura, y + llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá + entonces si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que + las que anoche le arrancaba el bueno de don Juan Tenorio.... + </p> + <p> + —A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir—prosiguió + De Pas—por más que a veces la palabra de un pobre cura de + aldea encierra en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas + lacónicas admirables, rasgos de filosofía profunda y + sincera, parábolas nuevas dignas de la Biblia; pero como esto es + pocas veces, conviene acudir a los sermones de oradores acreditados. Oiga + usted al señor Obispo en los días que él quiere + lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores que hay.... Y si no + fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí + algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del + todo. Sí, porque así como hay cosas que no pueden decirse + desde el púlpito, que exigen el confesonario o la conferencia + familiar, hay otras que piden la cátedra, que sería ridículo + decirlas de silla a silla... por ejemplo, algo de lo que yo tengo que + advertir a usted respecto de esas vagas y aparentes visiones de Dios en + idea... tocadas, hija mía, de panteísmo, sin que usted se dé + cuenta de ello. + </p> + <p> + Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a + que había de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día + siguiente, y terminó tratando con detenimiento especial la cuestión + de las lecturas. + </p> + <p> + Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de + Santa Teresa y algunos místicos. + </p> + <p> + «Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de + Chantal, Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, + para perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al + principio es un gran peligro el desaliento que produce la comparación + entre la propia vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya + porque ve que para Teresa son pecados muchos actos que usted creía + dignos de elogio! Pasará usted la vergüenza de ver que era + vanidad muy grande creerse buena mucho antes de serlo, tomar por voces de + Dios voces que la Santa llama del diablo... pero en estos pasajes no hay + que detenerse.... No hay que comparar... hay que seguir leyendo... y + cuando se haya vivido algún tiempo dentro de la disciplina sana... + vuelta a leer, y cada vez el libro sabrá mejor, y dará más + frutos. + </p> + <p> + »Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós + todo! se ve la infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde + se ha de llegar, eso Dios lo dirá después; ahora andar, + andar hacia adelante es lo que importa. + </p> + <p> + »Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar + el rostro compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al + marido con la inquisición en casa, y con el huir los paseos, y + negarse al trato del mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La + paz del hogar no es cosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del + cuerpo, ¿dónde la dejamos? ¿Pues no se trataba de + ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando del espíritu + y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre, distracciones honestas, y + todo eso ha de continuar en el grado que se necesite y que indicarán + las circunstancias. + </p> + <p> + Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y + arremolinó hojas secas a la entrada del cenador. El Magistral se + puso en pie, como si le hubieran pinchado, y dijo con voz de susto: + </p> + <p> + —¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí + charlando... charlando... + </p> + <p> + «No le haría gracia que don Víctor los encontrase a + tales horas en el parque, dentro del cenador solos y a la luz de las + estrellas...». Pero esto que pensó se guardó de + decirlo. Salió de la glorieta hablando en voz alta, pero no muy + alta, aparentando no temer al ruido, pero temiéndolo. + </p> + <p> + Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había + en el mundo maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios + inconvenientes para hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, + aunque sea clérigo. + </p> + <p> + El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la + puerta del patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera + de la galería y pasar por las habitaciones de Quintanar. + </p> + <p> + En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que había + recibido al Provisor. + </p> + <p> + —¿Ha venido el señor?—preguntó la + Regenta. + </p> + <p> + —Sí, señora—respondió en voz baja la + doncella—; está en su despacho. + </p> + <p> + —¿Quiere usted verle?—dijo Ana volviéndose al + Magistral. + </p> + <p> + Don Fermín contestó:—Con mucho gusto...—¡Disimulan, + disimulan conmigo!—, pensó Petra con rabia. + </p> + <p> + —Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a + las ocho en palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo + detenerme... salúdele usted de mi parte. + </p> + <p> + —Como usted quiera.—Además, estará abismado en + sus trabajos... no quiero distraerle... saldré por aquí... + Buenas noches, señora, muy buenas noches. + </p> + <p> + —Disimulan—volvió a pensar Petra, mientras abría + la puerta que conducía al zaguán. + </p> + <p> + Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz + baja dijo: + </p> + <p> + —Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a + propósito para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya + hablaremos. + </p> + <p> + —Bien—contestó la Regenta.—Lo he pensado, es el + mejor.—Sí, sí, tiene usted razón. + </p> + <p> + Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don + Fermín. En la puerta se detuvo, miró a Petra mientras se + embozaba, y la vio con los ojos fijos en el suelo, con una llave grande en + la mano, esperando a que pasara él para cerrar. Parecía la + estatua del sigilo. De Pas la acarició con una palmadita familiar + en el hombro y dijo sonriendo: + </p> + <p> + —Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió + con la mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde. + </p> + <p> + —¿Estás contenta con los señores? + </p> + <p> + —Doña Ana es un ángel. + </p> + <p> + —Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, + sube, que aquí hay corrientes... y estás muy coloradilla... + debes de tener calor.... + </p> + <p> + —Salga usted, salga usted, y por mí no tema. + </p> + <p> + —Cierra ya, hija mía, puedes cerrar. + </p> + <p> + —No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a + la esquina.... + </p> + <p> + —Muchas gracias... adiós, adiós. + </p> + <p> + —Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, + sacando la cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no + hacer cualquier ruido. + </p> + <p> + «¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por + qué me llama esta D. Fermín? ¿Qué se habrá + figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla propicia + como a la otra». + </p> + <p> + La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó + en el tocador de doña Ana sin ser llamada. + </p> + <p> + —¿Qué quieres?—preguntó el ama, que se + estaba embozando en su chal porque sentía mucho frío. + </p> + <p> + —El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le + he dicho... que estaba aquí D. Fermín. + </p> + <p> + —¿Quién?—Don Fermín.—¡Ah! + Bien, bien... ¿para qué? ¿qué importa? + </p> + <p> + Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando: + </p> + <p> + —¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?... + Pues si a una no le diera la gana... pero yo lo hago por el otro.... + </p> + <p> + Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien + quería agradar a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica. + </p> + <p> + Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a + su mujer con manchas de pólvora en la frente y en las mejillas. + </p> + <p> + No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó + nada: ¿para qué decírselo?». + </p> + <p> + A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró + en el Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que + él tenía para su uso particular. El amigo íntimo de + Quintanar, era el dictador en aquel pueblo de árboles y arbustos. + Los días que no iban de caza, el señor Crespo se los pasaba + recorriendo sus <i>dominios</i>, que así llamaba al parque de + Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba, según las + estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el mundo, + incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba + Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió + al cenador. Recordaba haber dejado encima de la mesa de mármol o de + un banco, en fin, allí dentro, unas semillas preparadas para mandar + a cierta exposición de floricultura. Buscó, y sobre una + mecedora encontró un guante de seda morada entre las semillas + esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el suelo. + </p> + <p> + Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, + levantándolo hasta los ojos. + </p> + <p> + —¿Quién diablos ha andado aquí?—preguntó + a las auras matutinas. + </p> + <p> + Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no + había llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger + y separar los granos. Se trataba de una singularísima especie de + pensamientos monocromos, invención suya. + </p> + <p> + Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos. + </p> + <p> + —¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!... + </p> + <p> + Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con + un mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas + guedejas; pero Frígilis, mal humorado, se encaró con la + aurora. + </p> + <p> + —Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de + obispo entra aquí por la noche a destrozarme las semillas?... + </p> + <p> + —¿Qué dice usted que no le entiendo?—contestó + Petra desde el patio. + </p> + <p> + —Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del + obscurecer, que dejé allá dentro unas semillas envueltas en + un papel... y ahora me encuentro la simiente revuelta con la tierra en el + suelo, y sobre una butaca este guante de canónigo.... ¿Quién + ha estado aquí de noche? + </p> + <p> + —¡De noche! Usted sueña, D. Tomás. + </p> + <p> + —¡Ira de Dios! De noche digo.... + </p> + <p> + —A ver el guante...—Toma—contestó Frígilis, + arrojando desde lejos la prenda.... + </p> + <p> + —Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo + te dé Dios.... Lo que entiende usted de modas, don Tomás.... + ¿Pues no dice que es un guante de canónigo?... + </p> + <p> + —¿Pues de quién es?—De mi señora.... No + ve usted la mano... qué chiquita... a no ser que haya <i>canónigas</i> + también. + </p> + <p> + —¿Y se usan ahora guantes morados? + </p> + <p> + —Pues claro... con vestidos de cierto color.... + </p> + <p> + Frígilis encogió los hombros. + </p> + <p> + —Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha + echado a rodar? + </p> + <p> + —El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, + el moreno, el mismo que habrá llevado el guante a la glorieta... + ¡es lo más urraca!... + </p> + <p> + En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero. + </p> + <p> + —¡El gato! ¡El moreno!...—dijo Frígilis, + moviendo la cabeza—qué gato... ni qué... + </p> + <p> + Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose + a Petra, señaló a la galería: + </p> + <p> + —¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy + seguro... ¡es mi macho!... y tu amo que decía... que su + canario... que iba a cantar primero... oyes... ¿oyes? es mi macho, + se lo he prestado quince días para que lo viese vencer... ¡es + mi macho! + </p> + <p> + Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado + oyendo el repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus + amores. + </p> + <p> + Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del + Magistral. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XVIIImdash" id="XVIIImdash"></a>—XVIII— + </h2> + <p> + Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste, + tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en + agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como + latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas, + tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y + después otras que parecían las de antes, que habían + dado la vuelta al mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La + tierra fungosa se descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se + dejaba arrastrar por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, + semejante a un penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, + desnuda, se extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver + de un náufrago que chorrea el agua de las olas que le arrojaron a + la orilla. La tristeza resignada, fatal de la piedra que la gota eterna + horada, era la expresión muda del valle y del monte; la naturaleza + muerta parecía esperar que el agua disolviera su cuerpo inerte, inútil. + La torre de la catedral aparecía a lo lejos, entre la cerrazón, + como un mástil sumergido. La desolación del campo era + resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza de la + ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y paredes + agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como canturia + de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino un + tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y + arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las + praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde fatigaban + el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo espeso de los + altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas, melancólicos y + quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de agua, patos + marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para estas + excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito + de su esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se + llegaba a Roca Tajada una hora después, y a las diez de la noche + entraban en Vetusta silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como + sopa en vino. Allá en las marismas de Palomares, don Víctor + solía echar de menos el teatro. «¡Si el tren saliese + dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de menos + nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo, + en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar compartía + aquella afición con su amor a las farsas del escenario. Frígilis + en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las + corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de + la campiña, que no tiene puertas. + </p> + <p> + Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la + naturaleza; Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál + era su destino en la tierra», como él decía, usando el + lenguaje del tiempo romántico, del que le quedaban algunos + resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda cera; fácilmente + tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por otras nuevas. + Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un + lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más + que una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así + se explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión + de mostrar su valor luchando contra una voluntad contraria. Él + sostenía que en su casa no se hacía más que lo que + él quería, y no echaba de ver que siempre acababa por querer + lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores hubiera tenido un carácter + dominante, don Víctor se hubiese visto en la triste condición + de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen esposo entregado a las + veleidades de sus caprichos y se contentaba con negarle toda influencia + sobre los propios gustos y aficiones. Aquel programa de diversiones, alegría, + actividad bulliciosa, que había publicado a son de trompeta + Quintanar, se cumplía sólo en las partes y por el tiempo que + a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar en + casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había + prometido y hasta jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que + la retirada fuese honrosa, fingía transigir y creía a salvo + su honor de hombre enérgico y amo de su casa, permitiéndose + la audacia de gruñir un poco, entre dientes, cuando ya nadie le oía. + Los criados le imponían su voluntad, sin que él lo + sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado. Amante, como + buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de la clásica + abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y comía + ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos + que suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los + impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque + allí veían una voluntad seria, y en el señor sólo + encontraban un predicador que les aburría con sermones que no + entendían. Hasta en el estilo se notaba que Quintanar carecía + de carácter. Hablaba como el periódico o el libro que + acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras cualidades de + su oratoria, que parecían señales de una <i>manera</i> + original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones + pasadas. Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal + Supremo, usaba en la conversación familiar el tecnicismo jurídico, + y esto era lo único que en él quedaba del antiguo + magistrado. No poco había contribuido en Quintanar a privarle de + originalidad y resolución, el contraste de su oficio y de sus + aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda, para cómico + de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si la sociedad + estuviera constituida de modo que fuese una carrera suficiente para + ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo hubiera sido + hasta la muerte y hubiera llegado a <i>trabajar</i>, frase suya, tan bien + como cualquiera de esos <i>otros primeros galanes</i> que recorren las + capitales de provincia, a guisa de buhoneros. + </p> + <p> + Pero don Víctor comprendió que el cómico en España + no vive de su honrado trabajo si no se entrega a la vergüenza de + servir al público el arte en las compañías de + comediantes de oficio; comprendió además que él + necesitaba con el tiempo <i>crear una familia</i>, y entró en la + carrera judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las + buenas relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con + rapidez, y se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, + a una edad en que todavía se sentía capaz de representar el + <i>Alcalde de Zalamea</i> con toda la energía que el papel exige. + Pero la espina la llevaba en el corazón; reconocía que el + cargo de magistrado es delicadísimo, grande su responsabilidad, + pero él... «era ante todo un artista». ¡Aborrecía + los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas <i>dignamente</i>! + Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido lícito + representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la vida, + pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de + serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón + de ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; + y era cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo + lo que querían hacer de él su amigo Frígilis y los + vientos del azar y del capricho. + </p> + <p> + Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo + de tantos años de trato íntimo a su imagen y semejanza, en + cuanto era posible. Salía Quintanar de la servidumbre ignorada de + su domicilio para entrar en el poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás + Crespo, aquel pedazo de su corazón, a quien no sabía si quería + tanto como a su Anita del alma. La simpatía había nacido de + una pasión común: la caza. Pero la caza antes no era más + que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba sin + saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por dentro; Frígilis + estudiaba la fauna y la flora del país de camino que cazaba, y además + meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba poco, y + menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su + opinión lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le + oía. Así la influencia de la filosofía naturalista de + Frígilis llegó al alma de Quintanar por aluvión: + insensiblemente se le fueron pegando al cerebro las ideas de aquel <i>buen + hombre</i>, de quien los vetustenses decían que era un <i>chiflado</i>, + un tontiloco. + </p> + <p> + Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía + su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía + la culpa ella. El <i>oidium</i> consumía la uva, el <i>pintón</i> + dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y + cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la + ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía + él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, + perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar + de él a los pocos a quien quería. Visitaba pocas casas y + muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil + en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos + los <i>parques</i> y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la + huerta del marqués de Corujedo, había plantado árboles + en la de Vegallana, visitaba de tarde en tarde el jardín inglés + de doña Petronila; pero ni conocía de vista al Gran + Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el + gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de + Corujedo más trato que el del Casino. Se entendía con los + jardineros.—En cuanto las lluvias de invierno se inauguraban, después + del irónico verano de San Martín, a Frígilis se le caía + encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto los días en que + le reclamaban sus árboles y sus flores. + </p> + <p> + Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su + uniforme de cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien + usaba la misma ropa en el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos + blancos de suela fuerte, claveteada. Se metían en un coche de + tercera clase, entre aldeanos alegres, frescos, colorados; Quintanar + dormitaba dando cabezadas contra la tabla dura; Frígilis repartía + o tomaba cigarros de papel, gordos; y más decidor que en Vetusta, + hablaba, jovial, expansivo, con los hijos del campo, de las cosechas de + ogaño y de las nubes de antaño; si la conversación + degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba + de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña + triste ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a + palmo. + </p> + <p> + Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a + los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de + un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía + una inmundicia. + </p> + <p> + «¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación + de su alma, a buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto + mejor se hubiera abierto su espíritu a estas grandezas religiosas + en un escenario más digno de tan sublime poesía! ¡Cuán + difícil era admirar la creación para elevarse a la idea del + Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de humedad hasta los huesos + de piedra y madera carcomida; de calles estrechas, cubiertas de + hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo de abandono—, + lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de monótono y + eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros puntiagudos!...». + </p> + <p> + No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía + de casa en casa, alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni + menos al fango del arroyo... sin pensar siquiera en que llovía, sin + acordarse de que el cielo era un sudario en vez de un manto azul, como + debiera. Para Visita era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en + él, y sólo le servía de tópico de conversación + en las visitas de cumplido. + </p> + <p> + La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra, + esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las + enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor + media.—Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía: + también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, + desafiando los más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una + gota indiscreta mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte + con que sus bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel + peligro del cieno, inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca + sonante de espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo + espiritualista. + </p> + <p> + Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se + resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran + parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la + primavera. Cada cual buscaba su rincón y parecían no menos + contentos que Frígilis huyendo a las llanuras vecinas del mar a + mojarse a sus anchas. + </p> + <p> + La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; + en su lecho blindado contra los más recios ataques del frío, + disfrutaba deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien + arropada, novelas de viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían + su acción en Rusia o en la Alemania del Norte por lo menos. El + contraste del calorcillo y la inmovilidad que ella gozaba con los grandes + fríos que habían de sufrir los héroes de sus libros, + y con los largos paseos que se daban por el globo, era el mayor placer que + gozaba al cabo del año doña Rufina. Oír el agua que + azota los cristales allá fuera, y estar compadeciéndose de + un pobre niño perdido en los hielos... ¡qué delicia + para un alma tierna, <i>a su modo</i>, como la de la señora + Marquesa! + </p> + <p> + —Yo no soy sentimental—decía ella a D. Saturnino Bermúdez, + que la oía con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas + de oreja a oreja—yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la + sensiblería... pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... + me enternezco... lloro... pero no hago alarde de ello. + </p> + <p> + —Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,—respondía + el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de + los secretos sentimentales. + </p> + <p> + El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía + por temporadas de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. + Pero sus <i>íntimos</i> le habían oído, en el secreto + de la confianza, después de comer bien, a la hora de las + confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor + que el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto + del agua y la nieve». Y como sus aventuras eran todas rurales, salía + el buen Vegallana a desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre + lodo, hielo y nieve en su coche de camino. Y así preparaba las + elecciones, buscando votos para un porvenir lejano, según frase + picaresca de D. Cayetano Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar + esta clase de extravíos. + </p> + <p> + La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el + tiempo se metía en agua. Los que tenían el privilegio + envidiable y envidiado de penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían + los chubascos que daban pretexto para asistir todas las noches al gabinete + de doña Rufina. ¿Qué habían de hacer si no? + ¿A dónde habían de ir?—En la chimenea ardían + los bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas + feudales se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se + contaban <i>antiguas consejas</i>, como presumía Trifón Cármenes + que había de suceder por fuerza en todo <i>hogar señorial</i>, + pero se murmuraba del mundo entero, se inventaban calumnias nuevas y se + amaba con toda la franqueza prosaica y sensual que, según Bermúdez, + «era la característica del presente momento histórico, + desnudo de toda presea ideal y poética».—El gabinete no + era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se tocaban, se + rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién + pensaba en los aguaceros? + </p> + <p> + En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad + excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era + de oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de + la casa de Visita «los que la favorecían una vez por semana + honrando sus salones», que eran sala y gabinete; eran de oír + las carcajadas, las bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas + que recibían con estrépito las duchas de los tremendos <i>serpentones</i> + de hojalata.... Todos despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos + de la lotería y de las charadas representadas. + </p> + <p> + —En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del + <i>Lábaro</i>) se metían en novenas así que el tiempo + se metía en agua. El elemento devoto era todo el pueblo en llegando + el mal tiempo, y hasta los socios <i>de Viernes santo</i>, unos perdidos + que se juntaban durante la Semana de Pasión a comer de carne en la + fonda, hasta esos acudían al templo, si bien a criticar a los + predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor religioso de Vetusta + comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco popular, y la muy + concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que se + celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco + menos favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta + última. Pero además de las Novenas tenían las almas + piadosas otras muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en + solemnidades tan notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, + especialmente en los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial + todos los viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según + Cármenes. + </p> + <p> + El temporal retrasó no poco el cumplimiento de aquel plan de + higiene moral, impuesto suavemente por don Fermín a su querida + amiga. Ana aborrecía el lodo y la humedad; le crispaba los nervios + la frialdad de la calle húmeda y sucia, y apenas salía del + sombrío caserón de los Ozores. Había confesado otras + dos veces antes de terminar Noviembre, pero no se había decidido a + ir a casa de doña Petronila, ni el Magistral se atrevió a + recordarle aquella cita. El Gran Constantino sabía ya por su + querido y admirado señor De Pas, quien la visitaba más a + menudo ahora, que doña Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y + en la administración de tantas obras piadosas como ella dirigía + y pagaba sabiamente. + </p> + <p> + —«¿Cuándo viene por acá ese ángel + hermosísimo?»—preguntaba el Obispo madre, en estilo de + novena, cargado de superlativos abstractos. + </p> + <p> + Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran + Constantino, las del <i>cónclave</i>, como las llamaba Ripamilán, + esperaban con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la + nueva compañera, que tanto prestigio traería con su juventud + y su hermosura a la piadosa y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús + y por Jesús; pues nada menos que esto se proponían aquellas + devotas de armas tomar, militantes como coraceros. + </p> + <p> + Pero Ana, sin saber por qué, sentía una vaga repugnancia + cuando pensaba en ir a casa de doña Petronila; le parecía + mejor ver al Magistral en la iglesia, allí encontraba ella el + fervor religioso necesario para confesar sus ideas malas, sus deseos + peligrosos. El Magistral comenzó a impacientarse; la Regenta no subía + la cuesta, persistía en sus peligrosos anhelos panteísticos, + que así los calificaba él, se empeñaba en que era + piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos + profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían + reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito + para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación + absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los + libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o + en una especie de marasmo intelectual que parecía estupidez. En + cuanto a la oración, Ana decía que recitar de memoria + plegarias era un ejercicio inútil, soporífero, que irritaba + los nervios; las repetía cien veces, para fijar en ellas la atención, + y llegaba a sentir náuseas antes de conseguir un poco de fervor.... + «Nada, nada de eso; no hay cosa peor que rezar así, respondía + el Magistral; a la oración ya llegaremos; por ahora en este punto + basta con sus antiguas devociones». Y, aunque temiendo los peligros + de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que + dejarla abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa + que venían sin saber cómo, a lo mejor, provocados por + cualquier accidente que ninguna relación parecía tener con + las ideas religiosas. El miedo a las expansiones naturales de aquel espíritu + ardiente le había hecho cambiar el plan suave de los primeros días + por aquel otro expuesto en el cenador del Parque, más parecido a la + ordinaria disciplina a que él sometía a los penitentes; pero + ya veía don Fermín que era preciso volver a la blandura y + dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de ganar + para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal. Este + sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a + él presentarse a los ojos de Ana más simpático, + hablando el lenguaje de aquella vaguedad romántica que ella creía + religiosidad sincera, y no pasaba de ser una idolatría disimulada, + según don Fermín. No, él no se dejaba seducir por + panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el de su amiga. + </p> + <p> + De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que + en semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día + en que ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo + a las sensaciones místicas por aquella excitación nerviosa, + de cuyos accesos tantas noticias tenía ya el confesor diligente. + </p> + <p> + Cuando ella volvía a hablarle de aburrimiento, del dolor del hastío, + de la estupidez del agua cayendo sin cesar, él repetía: + «A la iglesia, hija mía, a la iglesia; no a rezar; a estarse + allí, a soñar allí, a pensar allí oyendo la música + del órgano y de nuestra excelente capilla, oliendo el incienso del + altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo cuanto allí + brilla y se mueve, contemplando las altas bóvedas, los pilares + esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poéticas de los + cristales de colores...». Poca gracia le hacía a don Fermín + esta retórica a lo Chateaubriand; siempre había creído + que recomendar la religión por su hermosura exterior, era ofender + la santidad del dogma, pero sabía hacer de tripas corazón y + amoldarse a las circunstancias. Además, sin que él quisiera + pensar en ello, le halagaba la esperanza de encontrar a menudo en la + catedral, en las Conferencias de San Vicente, en el Catecismo, a su amiga, + que allí le vería triunfante luciendo su talento, su ciencia + y su elegancia natural y sencilla. + </p> + <p> + Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; + la humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, + al lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y + horas, de día y de noche. Don Víctor no paraba en casa. Si + no estaba de caza, entraba y salía, pero sin detenerse; apenas se + detenía en su despacho. Le había tomado cierto miedo. Varias + máquinas de las que estaban inventando o perfeccionando se le habían + sublevado, erizándose de inesperadas dificultades de mecánica + racional. Allí estaban cubiertos de glorioso polvo sobre la mesa + del despacho diabólicos artefactos de acero y madera, esperando en + posturas interinas a que don Víctor emprendiese el estudio <i>serio</i> + de las matemáticas, de todas las matemáticas, que tenía + aplazado por culpa de la compañía dramática de + Perales. En tanto Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos + juguetes irónicos que se le reían en las barbas, esquivaba + su despacho siempre que podía; y ni cartas escribía allí. + Además; las colecciones botánicas, mineralógicas y + entomológicas yacían en un desorden caótico, y la + pereza de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y + mosquitos también le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y + a jugar al ajedrez; hacía muchas visitas y buscaba modo de no + aburrirse metido en casa. «Mejor», pensaba Ana sin querer. Su + don Víctor, a quien en principio ella estimaba, respetaba y hasta + quería todo lo que era menester, a su juicio, le iba pareciendo más + insustancial cada día: y cada vez que se le ponía delante + echaba a rodar los proyectos de vida piadosa que Ana poco a poco iba + acumulando en su cerebro, dispuesta a ser, en cuanto mejorase el tiempo, + una <i>beata</i> en el sentido en que el Magistral lo había + solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto todo iba bien; sabía + ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle; pero se presentaba el + señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda negra torcido, + junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de pensamientos + insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando con todo + el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin + poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía + un rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al + universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante + hombre. Salía don Víctor dejando tras sí las puertas + abiertas, dando órdenes caprichosas para que se cumplieran en su + ausencia; y cuando Ana ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras + de yeso ahumado, quería volver a su propedéutica piadosa, a + los preparativos de vida virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda + aquella sentimental fábrica de su religiosidad, y calificaba de + hipocresía toda su resignación. «¡Oh no, no! + ¡yo no puedo ser buena! yo no sé ser buena; no puedo perdonar + las flaquezas del prójimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. + Ese hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que + quiera don Fermín, para volar hacen falta alas, aire...». + Estos pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don + Álvaro volvía a presentarse brindando con la protesta, con + aquella amable, brillante, dulcísima protesta de los sentidos + poetizados, que había clavado en su corazón con puñaladas + de los ojos el elegante <i>dandy</i> la tarde memorable de <i>Todos los + Santos</i>. Entonces Ana se ponía en pie, recorría el + comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del chal apretado + al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y acababa por acercarse + a los vidrios del balcón y apretar contra ellos la frente. Salía, + cruzando el estrado triste, pasillos y galerías; llegaba a su + gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y + miraba con ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas + desnudas de los castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, + cubiertos de hojas largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas + y resonantes. Si no llovía mucho, Frígilis solía + andar por allí; más tiempo faltaba Quintanar de casa que Frígilis + de la huerta. Ana acababa por verle. «Aquel había sido su + único amigo en la triste juventud, en el tiempo de la servidumbre + miserable; y ahora casi le odiaba; él la había casado; y sin + remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba ahora a + sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su + gusto, sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos + tajos y aquellos injertos...». «¡Y pensar que aquel + hombre había sido inteligente, amable! Y ahora... no era más + que una máquina agrícola, unas tijeras, una segadora mecánica, + ¡a quién no embrutecía la vida de Vetusta!». + </p> + <p> + Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los + cristales, la saludaba con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre + la tierra; aplastaba un caracol, cortaba un vástago importuno, + afirmaba un rodrigón y seguía adelante, arrastrando los + zapatos blancos sobre la arena húmeda de los senderos.... Y Ana veía + desaparecer entre las ramas aquel sombrero redondo, flexible, siempre + gris, aquel tapabocas de cuadros de pana eternamente colgado al cuello, + aquella cazadora parda y aquellos pantalones ni anchos ni estrechos, ni + nuevos ni viejos, de ramitos borrosos de lana verde y roja alternando + sobre fondo negro. + </p> + <p> + A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.—Paco + estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprendía + él que su ídolo, su don Álvaro tardase tanto en + conquistar una voluntad, en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya + conquistada. + </p> + <p> + —«Ella está enamorada de ti, de eso estoy seguro»—decía + Paco a Mesía en el Casino, a última hora, cuando sólo + quedaban allí los trasnochadores de oficio. + </p> + <p> + Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca + servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y + llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias; + Mesía melancólico, pasando a tragos la nostalgia de lo + infinito, que también tienen los <i>descreídos</i> a su + modo, inclinaba mustia la gallarda y fina cabeza de un rubio pálido, + y parecía un poco más viejo que de ordinario. Callaba, y comía + y bebía. Paco, con la boca llena, pero no por modo grosero, sino + casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las mejillas, con el + sombrero echado hacia el cogote. + </p> + <p> + —Ella está enamorada, de eso estoy seguro... pero tú... + tú no eres el de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres + venir conmigo a su casa... y eso que don Víctor nunca está, + siempre anda con el espiritista de Frígilis por esos montes. + </p> + <p> + Paco creía que Frígilis era espiritista, opinión muy + generalizada en Vetusta. + </p> + <p> + —En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara... histérica... + hay que estudiarla bien. Dejadme a mí. + </p> + <p> + No quería confesar que se tenía por derrotado: creía + firmemente que Ana estaba entregada al Magistral. No quería aquella + conversación; se sentía ahora humillado con la protección + de Paco, solicitada meses antes por él. Sin saberlo, el Marquesito + le hacía daño cada vez que le hablaba de tal asunto y le + proponía planes de ataque y medios para entrar en la plaza por + sorpresa. «¿Cuándo había necesitado él, + Mesía, socorros por el estilo? ¿Cuándo había + permitido a nadie saber el cómo y a qué hora vencía a + una mujer?... ¡Y esta señora le humillaba así! ¡Cómo + se reiría de él Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo + Paco! ¿qué pensaría? ¡Ah Regenta, Regenta, si + venzo al fin!... ¡ya me las pagarás!». Pero ya no + esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo + permitía, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza española; + pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces veía detrás + de los cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba + amable y tranquila; pero no era el caballo talismán como él + había creído, porque la escena de la tarde aquélla no + se repitió nunca. «Sí, lo que yo temía, no fue + más que un cuarto de hora que no pude aprovechar». Creía + con fe inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión + dificilísima, casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, + coincidiendo con otro cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no + satisfacía su amor propio, sería un placer efímero y + una venganza... ¡y además era casi imposible! Pocas veces se + había atrevido a visitar a la Regenta, que no le recibía si + no estaba don Víctor en casa. Quintanar, en cambio, le abría + los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más + enamorado, como él decía, de aquel hermoso figurín: + ¡qué arrogante primer galán en comedia de costumbres + haría el dignísimo don Álvaro! Pero ya que las tablas + no le llamasen ¿por qué no se hacía diputado a + Cortes? Mesía había nacido para algo más que cabeza + de ratón; era poco ser jefe de un partido, que nunca era poder, en + una capital de segundo orden. ¿Por qué no se iba a Madrid + con un acta en el bolsillo? + </p> + <p> + Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro + inclinaba la cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como + diciendo: + </p> + <p> + —«¡Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este + miserable rincón!». + </p> + <p> + —Usted es de la madera de los ministros.... + </p> + <p> + —Oh... don Víctor... no crea usted que eso me halaga.... + ¡Ministro! ¿Para qué? Yo no tengo ambición política.... + Si milito en un partido es por servir a mi país, pero la política + me es antipática... tanta farsa... tanta mentira.... + </p> + <p> + —Efectivamente, en los Estados Unidos sólo son políticos + los perdidos... pero en España... es otra cosa... un hombre como + usted.... Subiría mi don Álvaro como la espuma. + </p> + <p> + Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta.... + Por lo demás, él seguía considerando que ante todo + era un hombre político. Lo de ir a Madrid lo dejaba para más + adelante. Ahora hacía diputados desde Vetusta y se quedaba allí; + pero en cuanto tuviera más blanda a la señora del ministro, + él volaría, él volaría... seguro de no dar un + batacazo. Estos eran sus planes. Pero además aquella resistencia de + Ana, que había creído vencer si no en pocas semanas en pocos + meses, era un nuevo motivo para retrasar el cambio de vecindad. + </p> + <p> + ¿Cómo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella + mujer parecía ya invencible. + </p> + <p> + Desde la noche de Todos los Santos, Mesía, vergüenza le daba + confesárselo a sí mismo, no había adelantado un paso. + Ocho días había estado sin conseguir hablar a solas un + momento con Ana, y cuando logró tal intento fue para convencerse de + que aquella exaltación de la tarde dichosa había pasado + acaso para siempre. + </p> + <p> + Visitación se volvía loca. Su marido, el señor + Cuervo, y sus hijos comían los garbanzos duros, se lavaban sin + toalla porque ella había salido con las llaves, como siempre, y no + acababa de volver. «¿Cómo había de volver si + aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y resistía al + hombre irresistible con heroicidad de roca?». El mísero + empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de + tiple decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa: + </p> + <p> + —Silencio, niños, que mamá riñe si se come sin + ella. + </p> + <p> + Y la sopa se enfriaba, y al fin aparecía Visitación, + sofocada, distraída, de mal humor. Venía de casa de + Vegallana donde había conseguido que Ana y Álvaro se + hablaran a solas un momento, por casualidad... que había preparado + ella. ¡Pero buena conversación te dé Dios! Él + había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a + ella, a Visita: «¡Déjame en paz! al querer darle una + broma. ¡Déjame en paz!» señal de que no daba un + paso. Visitación sentía ahora una vergüenza + retrospectiva; recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, + lo comparaba con la resistencia de Ana y... se le encendían las + mejillas de cólera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le decía + en la conciencia que el oficio que había tomado era miserable... + pero buena estaba ella para oír consejos de comedia moral y gritos + interiores; aquel anhelo villano era una pasión cada día más + fuerte, era de un saborcillo agridulce y picante que prefería ya a + todas las dulzuras de la confitería. Era una pasión, una + cosa que recordaba la juventud, aunque al mismo tiempo parecía síntoma + de la vejez. En fin, ella no trataba de resistir, y había llegado a + creer que sería capaz de arrojar a su amiga a la fuerza en brazos + del antiguo amante. De todos modos, en casa de Visita faltaba la limpieza + de suelo y muebles, de sala y cocina, y no era su hogar una taza de plata, + y día hubo que el marido no encontró camisa en el armario y + se fue al Banco... con un camisolín de su mujer, que simulaba bien + o mal un cuello marinero. + </p> + <p> + Pero tanto afán era inútil; ni Visita, ni Paco, ni los + paseos a caballo de Mesía, conseguían rendir a la Regenta. + ¡Y si al menos se viera que era indiferencia aquella fortaleza! + Pero, no; a leguas se veía, según los tres, que Ana estaba + interesada. Esto era lo que les irritaba más, sobre todo a Visita. + Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la del Banco, por más + que ella le hurgaba. Con Paco únicamente desahogaba, y pocas veces.—Pero + Ana creía en un complot y esto la ayudaba no poco en su defensa. + Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de protestas pesadas, + insufribles de Quintanar, que repetía: + </p> + <p> + —¡Qué dirán esos señores, Anita, qué + dirán los Marqueses! + </p> + <p> + Si don Álvaro perdía la esperanza, el Magistral tampoco + estaba satisfecho. Veía muy lejos el día de la victoria; la + inercia de Ana le presentaba cada vez nuevos obstáculos con que + él no había contado. Además, su amor propio estaba + herido. Si alguna vez había ensayado interesar a su amiga descubriéndole, + o por vía de ejemplo o por alarde de confianza, algo de la propia + historia íntima, ella había escuchado distraída, como + absorta en el egoísmo de sus penas y cuidados. Más había; + aquella señora que hablaba de grandes sacrificios, que pretendía + vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus + costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la lluvia; + se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de cosa santa, + las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios. «El + madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una máquina eléctrica». + Esto era humillante para la religión y <i>depresivo</i> para don + Fermín; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma + al Provisor y le quitaba el sueño. + </p> + <p> + Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que + Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe + violento. Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía + de vez en cuando, había estado registrando con su catalejo los + rincones de las casas y de las huertas. Había visto a la Regenta en + el parque pasear, leyendo un libro que debía de ser la historia de + Santa Juana Francisca, que él mismo le había regalado. Pues + bien, Ana, después de leer cinco minutos, había arrojado el + libro con desdén sobre un banco. + </p> + <p> + —¡Oh! ¡oh! ¡estamos mal!—había + exclamado el clérigo desde la torre: conteniendo en seguida la ira, + como si Ana pudiera oír sus quejas. Después habían + aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar. Don Álvaro + había estrechado la mano de la Regenta que no la había + retirado tan pronto como debiera; «¡aunque no fuese más + que por estar viéndolos él!». Don Víctor había + desaparecido y el seductor de oficio y la dama se habían ocultado + poco a poco entre los árboles, en un recodo de un sendero. El + Magistral sintió entonces impulsos de arrojarse de la torre. Lo + hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco después + había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor, + con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado + de don Tomás Crespo, el del tapabocas; los dos se habían ido + en busca de los otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el + objetivo del catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del canónigo. + Don Víctor levantaba la cabeza, extendía el brazo, señalaba + a las nubes y daba pataditas en el suelo. Ana había desaparecido + otra vez, había entrado en la casa, olvidando a Santa Juana + Francisca sobre el banco, y a los dos minutos estaba otra vez allí + con chal y sombrero; y los cuatro habían salido por la puerta del + parque, que abrió Frígilis con su llave. ¡Iban al + campo! + </p> + <p> + Cuando don Fermín se vio encerrado entre las cuatro tablas de su + confesonario, se comparó al criminal metido en el cepo. + </p> + <p> + Aquel día las hijas de confesión del Magistral le + encontraron distraído, impaciente; le sentían dar vueltas en + el banco, la madera del armatoste crujía, las penitencias eran + desproporcionadas, enormes. + </p> + <p> + En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en + la capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese, + presentarse, que era lo que él quería, lo que él + necesitaba. Verdad era que no habían quedado en tal cosa; ocho días + faltaban para la próxima confesión, ¿por qué + había de venir? «Por que sí, por que él lo + necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba + bien, que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que + la piedad no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran + con desdén sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre + los árboles de Frígilis sin más ni más, en + compañía de un buen mozo materialista y corrompido». + Pero, no, no pareció por la capilla Ana. «Sabe Dios dónde + estarían. ¿Qué expedición era aquella? + Necedades de don Víctor; había levantado el brazo señalando + a las nubes; aquello parecía como responder del buen tiempo; en + efecto, la tarde estaba hermosa, podía asegurarse que no llovería... + pero ¿y qué? ¿Era esa razón suficiente para + salir con el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, sí, don + Fermín volvía a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jamás + se había acusado de una afición singular; hablaba de + tentaciones en general y de ensueños lascivos, pero no confesaba + amar a un hombre determinado. Y Ana, su dulce amiga, no mentía jamás + y menos en el tribunal santo. Pero entonces ¿con quién soñaba? + El Magistral recordó la dulcísima hipótesis que había + acariciado algún día... y ahora se oponía esta otra + que le hacía saltar dentro del cajón de celosías: + supongamos que sueña con... ese caballero». Salió de + la capilla furioso, sin disimularlo apenas. Encontró en el trascoro + a don Custodio y no le contestó al saludo; entró en la + sacristía y amenazó al <i>Palomo</i> con la cesantía, + porque el gato había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pasó + después al palacio y el Obispo sufrió una fuerte reprensión + de las que en tono casi irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía + enderezarle su Provisor. El buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía + dinero para pagar una cuenta de un sastre que había hecho sotanas + nuevas a los familiares de S. I. Y el sastre, con las mejores maneras del + mundo, pedía los cuartos en un papel sobado, lleno de letras + gordas, que el Obispo tenía entre los dedos. El alfayate llamaba + serenísimo señor al prelado, pero pedía lo suyo. + </p> + <p> + Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un préstamo. El Magistral + se hizo rogar, y ofreció anticipar el dinero después de + humillar cien veces al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metáforas + religiosas. + </p> + <p> + «¿A qué habían venido las sotanas nuevas? Y + sobre todo, ¿por qué las pagaba él, Fortunato, de su + bolsillo? Si sabía que no tenía un cuarto, porque toda la + paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se + comprometía?». Fortunato confesó que parecía un + subteniente de los sometidos a descuento; dijo que quería salir de + aquella vida de trampas. + </p> + <p> + —«Yo no sé lo que debo ya a tu madre, Fermín, + ¿debe de ser un dineral?». + </p> + <p> + —«Sí, señor, un dineral, pero lo peor no es que + usted nos arruine, sino que se arruina también, y lo sabe el mundo + y esto es en desprestigio de la Iglesia.... Empeñarse por los + pobres.... Ser un tramposo de la caridad. Hombre, por Dios, ¿dónde + vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus bienes y sígueme, pero + no ha dicho: reparte los bienes de los demás...». + </p> + <p> + —Hablas como un sabio, hijo mío, hablas como un sabio, y si + no fuera indecoroso, pedía al ministro que me pusiera a descuento, + a ver si me corregía. + </p> + <p> + Después entró en las oficinas De Pas y allí tuvieron + motivo para acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontró + mal; revolvió expedientes, descubrió abusos, sacudió + polvo, amenazó con suspender sueldos, negó todo lo que pudo, + preparó dos o tres castigos, para varios párrocos de aldea y + por fin dijo, ya en la puerta, que «no daba un cuarto» para + una suscripción de los marineros náufragos de Palomares. + </p> + <p> + —Señor—le dijo llorando un pobre pescador de barba + blanca, con un gorro catalán en la mano—¡señor, + que este año nos morimos de hambre! ¡que no da para borona la + costera del besugo!... + </p> + <p> + Pero el Magistral salió sin responder siquiera, pensando en Ana y + en Mesía; y a la media hora, cuando paseaba por el Espolón + solo y a paso largo, olvidando el compás de su marcha ordinaria, le + repetía en los sesos, no sabía qué voz: ¡besugo, + besugo! + </p> + <p> + «¿Por qué se acordaba él del besugo?». Y + encogió los hombros irritado también con aquella obsesión + de estúpido. + </p> + <p> + —No faltaba más que ahora me volviera loco. + </p> + <p> + Pasaron ocho días y a la hora señalada Anita se presentó + de rodillas ante la celosía del confesonario. + </p> + <p> + Después de la absolución enjugó una lágrima + que caía por su mejilla, se levantó y salió al pórtico. + Allí esperó al Magistral y juntos, cerca ya del obscurecer, + llegaron a casa de doña Petronila. + </p> + <p> + Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la <i>Madre del + Amor Hermoso</i>, con sus ojazos de color de avellana asomados a los + cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda, los + párpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo + áspero que ceñía su cabeza; barba redonda y carnosa, + nariz de corrección insignificante, boca grande, labios pálidos + y gruesos. Era alta, ancha de hombros, y su larga viudez casta parecía + haber echado sobre su cuerpo algo como matorral de pureza que le daba + cierto aspecto de virgen vetusta. El vestido era negro, hábito de + los Dolores, con una correa de charol muy ancha y escudo de plata chillón, + ostentoso, en la manga, ceñida a la muñeca de gañán + con presillas de abalorios. + </p> + <p> + Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras chinescas, + doradas, incrustadas en la madera negra. Se levantó, abrazó + a la Regenta y besó la mano del Magistral. Les suplicó, + después de agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen + terminar aquel embrollo de números; y dama y clérigo se + vieron solos en el salón sombrío, de damasco verde obscuro y + de papel gris y oro. Ana se sentó en el sofá, el Magistral a + su lado en un sillón. Las maderas de los balcones entornados + dejaban pasar rayos estrechos de la luz del día moribundo; apenas + se veían Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha salió un + gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se acercó + al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a + la Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y + después de frotar el lomo familiarmente contra la sotana del + Provisor, salió al pasillo con lentitud, sin ruido, como si + anduviera entre algodones. Ana tuvo aprensión de que olía a + incienso el blanquísimo gato; de todas maneras, parecía un símbolo + de la devoción doméstica de doña Petronila. En toda + la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era + tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a + estoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce + pero algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía + vagamente la asfixia. + </p> + <p> + Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, + entró con una lámpara antigua de bronce, que dejó + sobre un velador después de decir con voz de monja acatarrada: + «¡Buenas noches!» sin levantar los ojos de la alfombra + de fieltro, a cuadros verdes y grises. + </p> + <p> + Volvieron a quedar solos Ana y su confesor. + </p> + <p> + Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una + voz que se parecía a la del gato blanco: + </p> + <p> + —No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le + agradezco esta resolución.... + </p> + <p> + —Hubiera usted hablado antes...—Bastante he hablado, + picarilla... —Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un + desaire que yo le hacía y que ya sabían estas señoras + el negarme a venir.... ¡Llovía tanto!... Ya sabe usted que a + mí la humedad me mata, la calle mojada me horroriza.... Yo estoy + enferma... sí, señor, a pesar de estos colores y de esta + carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me figura que + soy por dentro un montón de arena que se desmorona.... No sé + cómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de + mí... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendría + lástima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado + como hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don Fermín, + yo seré cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que + debo a usted, y que nunca podré pagárselo. Una voz, una voz + en el desierto solitario en que yo vivía, no puede usted figurarse + lo que valía para mí... y la voz de usted vino tan a + tiempo.... Yo no he tenido madre, viví como usted sabe... no sé + ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino es pura poesía, + y la poesía de la virtud parece prosa al que no es virtuoso... ya + lo sé... Por eso quiero que usted me guíe.... Vendré + a esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con + la tarea que ellas me impongan.... Haré todo lo que usted manda; no + ya por sumisión, por egoísmo, porque está visto que + no sé disponer de mí; prefiero que me mande usted.... Yo + quiero volver a ser una niña, empezar mi educación, ser algo + de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como ahora.... Y además + necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se lo he dicho a + usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro alejar las ideas + tristes pensando en Dios, en su presencia. «Si Él está + aquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero + no vale, porque, ya se lo he dicho, me saltan de repente en la cabeza, + ideas antiguas, como dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelión, + argumentos impíos, preocupaciones necias, tercas, que no sé + cuándo aprendí, que vagamente recuerdo haber oído en + mi casa, cuando vivía mi padre. Y a veces se me antoja preguntarme, + ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este + peso doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo + por probarme a mí misma la presencia de Dios?... + </p> + <p> + —¡Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! Sí, + sí, hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos, + estoy seguro de ello; usted es buena, el Señor está con + usted... y yo daría mi vida por sacarla de esas aprensiones.... + Todo ello es enfermedad, es flato, nervios... ¿qué sé + yo? Pero es material, no tiene nada que ver con el alma... pero el + contacto es un peligro, sí, Anita; no ya por mí, por usted + es necesario entrar en la vida devota práctica.... ¡Las + obras, las obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. + Si a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas + buenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no las + condene ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se + cuide de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si + usted pudiera penetrar en mi alma, Anita! yo sí que jamás + podré pagarle esta hermosa resolución de esta tarde.... + </p> + <p> + —¡Habló usted de un modo! + </p> + <p> + —Hablé con el alma...—Yo estaba siendo una ingrata sin + saberlo.... + </p> + <p> + —Pero al fin... vida nueva; ¿no es verdad, hija mía? + </p> + <p> + —Sí, sí, padre mío, vida nueva.... + </p> + <p> + Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió + una mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadón de + crochet, y la oprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana + sintió fuego en el rostro, pero le pareció absurdo + alarmarse. Los dos se habían levantado, y entonces entró doña + Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de la Regenta.... + </p> + <p> + —Señora mía, llega usted a tiempo; usted será + testigo de que la oveja ofrece solemnemente al pastor no separarse jamás + del redil que escoge.... + </p> + <p> + El Gran Constantino besó la frente de Ana. + </p> + <p> + Fue un beso solemne, apretado, pero frío.... Parecía poner + allí el sello de una cofradía mojado en hielo. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XIXmdash" id="XIXmdash"></a>—XIX— + </h2> + <p> + Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía las + enfermedades de sus clientes a la <i>Primavera médica</i>, de la + que no tenía muy claro concepto; pero como su misión + principal era consolar a los afligidos y solía satisfacerles esta + explicación climatológica, el médico buen mozo no + pensaba en buscar otra. La <i>Primavera médica</i> fue la que <i>postró + en cama</i>, según don Robustiano, a la Regenta, que se acostó + una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la + cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al día siguiente, + saliendo de sueños poblados de larvas, comprendió que tenía + fiebre. + </p> + <p> + Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvería + hasta las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al médico y Petra + se instaló a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La + cocinera, Servanda, iba y venía con tazas de tila, silenciosa, sin + disimular su indiferencia; era nueva en la casa y venía del monte. + Mucho tiempo hacía que Anita no había tenido uno de aquellos + impulsos cariñosos de que solía ser objeto don Víctor, + pero aquel día, a la tarde, sobre todo al obscurecer, lloró + ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. «¡Cuánto + deseaba su presencia! sólo él podría acompañarla + en la soledad de enfermo que empezaba aquel día». En vano la + Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilán acudieron presurosos + al tener noticia del mal; a todos los recibió afablemente, sonrió + a todos, pero contaba los minutos que faltaban para las diez de la noche. + «¡Su Quintanar! Aquél era el verdadero amigo, el padre, + la madre, todo». La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga + enferma; le tocó la frente y dijo que no era nada, que tenía + razón Somoza, la primavera médica... y habló de + zarzaparrilla y se despidió pronto. Paco admiraba en silencio la + hermosura de Ana, cuya cabeza hundida en la blancura blanda de las + almohadas le parecía «una joya en su estuche». Observó + Visita que más que nunca se parecía entonces Ana a la Virgen + de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la Regenta, y a su + rostro rosas encarnadas; y en el sonreír parecía una santa. + Paco pensó sin querer, «que estaba apetitosa». Se + ofreció mucho, como su madre, y salió. En el pasillo dio un + pellizco a Petra que traía un vaso de agua azucarada. Visita dejó + la mantilla sobre el lecho de su amiga y se preparó a meterse en + todo, sin hacer caso del gesto impertinente de Petra. «¿Quién + se fiaba de criados? Afortunadamente estaba ella allí para todo lo + que hiciera falta». + </p> + <p> + «Por lo demás, tu Quintanar del alma hemos de confesar que + tiene sus cosas; ¿a quién se le ocurre irse de caza dejándote + así?». + </p> + <p> + —Pero qué sabía él.... + </p> + <p> + —¿Pues no te quejabas ya anoche? + </p> + <p> + —Ese Frígilis tiene la culpa de todo.... + </p> + <p> + —Y quien anda con Frígilis se vuelve loco ni más ni + menos que él. ¿No es ese Frígilis el que injertaba + gallos ingleses? + </p> + <p> + —Sí, sí, él era. + </p> + <p> + —¿Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente + mono mal educado está él... pero, mujer, si ni siquiera + viste de persona decente.... Yo nunca le he visto el cuello de la + camisa... ni <i>chistera</i>... + </p> + <p> + Somoza volvió a las ocho de la noche; a pesar de la primavera médica, + no estaba tranquilo; miró la lengua a la enferma, le tomó el + pulso, le mandó aplicar al sobaco un termómetro que sacó + él del bolsillo, y contó los grados. Se puso el doctor como + una cereza.... Miró a Visita con torvo ceño y echándose + a adivinar exclamó con enojo: + </p> + <p> + —¡Estamos mal!... Aquí se ha hablado mucho.... Me la + han aturdido, ¿verdad? ¡Como si lo viera... mucha gente, de + fijo... mucha conversación!... + </p> + <p> + Entonces fue Visita quien sintió encendido el rostro. Somoza había + adivinado. No sabía medicina, pero sabía con quién + trataba. Recetó; censuró también a don Víctor + por su intempestiva ausencia; dijo que un loco hacía ciento; que Frígilis + sabía tanto de darwinismo como él de herrar moscas; dio dos + palmaditas en la cara a la Regenta, complaciéndose en el contacto; + y cerrando puertas con estrépito salió, no sin despedirse + hasta mañana temprano, desde lejos. + </p> + <p> + Visitación, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una + buena ración de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que + Somoza y la carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco creía en la + medicina casera y renegaba de los médicos. Dos veces la había + sacado a ella de peligros puerperales una famosa matrona sin matrícula + ni Dios que lo fundó: «Di tú que todo es farsa en este + mundo. ¡Cómo decir que estás peor porque se ha + procurado distraerte! ¡animal! ¡qué sabrá + él lo que es una mujer nerviosa, de imaginación viva! De + fijo que si no estoy yo aquí, te consumes todo el día + pensando tristezas, y dándole vueltas a la idea de tu Quintanar + ausente; 'que por qué no estará aquí, que si es buen + marido, que ya no es un niño para no reflexionar'... y qué sé + yo; las cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con + motivo para quejarse de alguno». + </p> + <p> + Ana estudiaba el modo de oír a Visita sin enterarse de lo que decía, + pensando en otra cosa, única manera de hacer soportable el tormento + de su palique. A las diez y cuarto entró en la alcoba don Víctor, + chorreando pájaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturón + de cuero; detrás venía don Tomás Crespo, Frígilis, + con sombrero gris arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de + triple suela. Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como + Manrique arroja la capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal + hizo, saltó a los brazos de su mujer, llenándole de besos la + frente, sin acordarse de que había testigos. + </p> + <p> + «¡Ay, sí! aquello era el padre, la madre, el hermano, + la fortaleza dulce de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor + casero; no, no estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo». + Eterna fidelidad le juró callando, en el beso largo, intenso con + que pagó los del marido. El bigote de don Víctor parecía + una escoba mojada; con la humedad que traía de las marismas roció + la frente de su esposa; pero ella no sintió repugnancia, y vio oro + y plata en aquellos pelos tiesos que parecían un cepillo de yerbas + hechas ceniza por la raíz y tostadas por las puntas. También + don Víctor opinó que «aquello no sería nada», + pero de todos modos, lamentó en el alma no haber venido en el tren + de las cuatro y media. + </p> + <p> + —Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. Sí, + señora—añadió dirigiéndose a Visita—que + lo diga este, no sé por qué se me figuró que debía + volver más temprano a casa.... + </p> + <p> + —Oh, sí, de eso esté usted seguro. Hay presentimientos—gritó + la del Banco, que se disponía a narrar tres o cuatro adivinaciones + suyas. + </p> + <p> + —Pero este tuvo la culpa.... Frígilis encogió los + hombros y tomó el pulso a la enferma, que le apretó la mano, + perdonándoselo todo. La verdad era que don Víctor había + querido volver temprano... para no perder el teatro. Pero esto no se podía + decir. Frígilis, en silencio, tuvo una vez más ocasión + de negar la existencia de los avisos sobrenaturales.—Se había + destocado y su cabello espeso, de color montaraz, cortado por igual, parecía + una mata, una muestra de las breñas. Cerraba los ojos grises y + arrugaba el entrecejo; le enojaba la luz, tropezaba con los muebles, olía + al monte; traía pegada al cuerpo la niebla de las marismas y parecía + rodeado de la obscuridad y la frescura del campo. Tenía algo de la + fiera que cae en la trampa, del murciélago que entra por su mal en + vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de Ana nerviosa, aprensiva, + febril, semejaba el símbolo de la salud queriendo <i>contagiar</i> + con sus emanaciones a la enferma. + </p> + <p> + Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin + trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a + su amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo + con voz en que temblaba el llanto: + </p> + <p> + —No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, + estáte aquí, por Dios, Quintanar.... + </p> + <p> + —Sí, hija, sí, pues no faltaba más...—Y + solícito, cariñoso le ceñía el embozo de las sábanas + a la espalda sonrosada, de raso, que él no miraba siquiera. Pero la + Regenta notó luego que su marido estaba preocupado. + </p> + <p> + —¿Qué tienes? ¿Tienes aprensión? Crees + que estoy peor de lo que dicen... y quieres disimular.... + </p> + <p> + —No, hija, no... por amor de Dios... no es eso.... + </p> + <p> + —Sí, sí; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te + aseguro que esto pasará; lo conozco yo; ya sabes cómo soy, + parece que me amaga una enfermedad... y después no es nada.... + Ahora, sí, estoy muy nerviosa, se me figura a lo mejor que me + abandona el mundo, que me quedo sola, sola... y te necesito a ti... pero + esto pasa, esto es nervioso.... + </p> + <p> + —Sí, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levantó + diciendo: + </p> + <p> + —Vida mía, soy contigo. Y salió por la puerta de + escape. + </p> + <p> + —A ver—gritó en el pasillo—; Petra, Servanda, + Anselmo, cualquiera... ¿se llevó la perdiz don Tomás? + </p> + <p> + Anselmo registró las aves muertas, depositadas en la cocina, y + contestó desde lejos: + </p> + <p> + —¡Sí, señor; aquí no hay perdices! + </p> + <p> + —¡Ira de Dios! ¡Pardiez! ¡Malhaya! ¡Siempre + el mismo! Si es mía, si la maté yo... si estoy seguro de que + fue mi tiro.... ¡Es lo más vanidoso!... ¡Anselmo! oye + esto que digo: mañana al ser de día, ¿entiendes? te + <i>personas</i> en casa de don Tomás, y le pides de mi parte, con + la mayor energía y seriedad, la perdiz, esté como esté, + ¿entiendes? y que no es broma, y aunque esté pelada, que + quiero que me la restituya... <i>Suum cuique</i>. Ana oyó los + gritos y se apresuró a perdonar aquella debilidad inocente de su + esposo. «Todos los cazadores son así», pensó con + la benevolencia de la fiebre incipiente. + </p> + <p> + Volvió don Víctor y la sonrisa dulce, cristiana de su + esposa, le restituyó la calma, ya que la perdiz no podía. + </p> + <p> + Hasta la una y media no <i>concilió el sueño</i> su mujer, y + <i>entonces y sólo entonces</i>, pudo don Víctor disponerse + a dormir. + </p> + <p> + Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consideró que era un + contratiempo serio la enfermedad de su queridísima Ana. «Él + no estaba alarmado, bien lo sabía Dios; no había peligro; si + lo hubiese lo conocería en el susto, en el dolor que le estaría + atormentando; no había susto, no había dolor, luego no había + peligro. Pero había contratiempo; por de pronto, adiós + teatro para muchos días, y aunque se trataba ahora de una compañía + de zarzuela, que era un <i>género híbrido</i>, sin embargo, + él confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y + sencillas de la zarzuela seria, y había encontrado noches pasadas + cierto <i>color local en Marina</i>, y <i>sabor</i> de época en <i>El + Dominó Azul</i>, sin contar con los amores contrarios del <i>Juramento</i>, + que eran cosa delicada. Pero ¿y la expedición con el + Gobernador de la provincia, para inaugurar el ferrocarril económico + de Occidente? ¿Y las partidas de dominó con el Ingeniero + jefe en el Casino? ¿Y los paseos largos que necesitaba para hacer + bien la digestión?». La idea de no salir de casa en muchos días, + le aterraba.... Se acostó de muy mal humor. Apagó la luz. La + obscuridad le sugirió un remordimiento. «Era un egoísta, + no pensaba en su pobrecita mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos». + Y, como en desagravio, para engañarse a sí propio, suspiró + con fuerza y exclamó en voz alta: + </p> + <p> + —¡Pobrecita de mi alma! Y se durmió satisfecho. Despertó + con la cabeza llena de proyectos, como solía; pero de repente pensó + en Ana, en la fiebre y se llenó su alma de tristeza cobarde.... + «¡Sabe Dios lo que sería aquello!». La botica, + los jaropes que él aborrecía, el miedo a equivocar las + dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas, creyendo que podían + ser veneno (para don Víctor el veneno, a pesar de sus estudios físico-químicos, + siempre era verde o amarillo), las equivocaciones y torpezas de las + criadas, las horas de hastío y silencio al pie del lecho de la + enferma, las inquietudes naturales, el estar pendiente de las palabras de + Somoza, el hablar con todos los que quisieran enterarse de la misma cosa, + de los grados de la enfermedad... todas estas incomodidades se aglomeraron + en la imaginación de don Víctor, que escupió bilis + repetidas veces, y se levantó lleno de lástima de sí + mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvidó de repente de todo + aquello: Ana estaba mal, había delirado; no habían querido + despertarle, pero la señora había pasado una noche terrible + según Petra, que había velado. + </p> + <p> + Somoza llegó a las ocho.—¿Qué es? ¿qué + tiene? ¿hay gravedad? + </p> + <p> + Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba + estas cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía. + </p> + <p> + El médico no contestó. Recetó y salió al + gabinete. + </p> + <p> + —¿Qué hay? ¿qué hay?—repetía + allí Quintanar con voz trémula y muy bajo—... ¿Qué + hay? + </p> + <p> + Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación... + </p> + <p> + «¡Qué hay! ¡qué hay! eso pronto se + pregunta»; don Robustiano no sabía lo que iba a hacer, pero + parecía algo gordo por las señas; esto pensó, pero + dijo: + </p> + <p> + —Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en + poder de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara...; + eso hay. + </p> + <p> + —Pero ¿es cosa grave, es cosa grave? + </p> + <p> + —Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es + grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto.... + ¿Se trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis... + tal vez... pero hay fenómenos reflejos que engañan.... + </p> + <p> + —¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la primavera médica?... + </p> + <p> + —Hombre, los nervios siempre andan en el ajo... y la primavera... la + sangre... la savia nueva... es claro... todo influye... pero usted no + puede entender esto.... + </p> + <p> + —No, señor, no puedo. En mis ratos de ocio he leído + libros de medicina, conozco el Jaccoud... pero semejante lectura me daba + ganas de... vamos, sentía náuseas y se me figuraba oír + la sangre circular, y creía que era así... una cosa como el + depósito del Lozoya, con canales, compuertas en el corazón.... + </p> + <p> + —Bueno, bueno; por mí no disparate usted más. Hasta la + tarde; si hay novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni + dejar... que entre Visitación... que la aturde. ¡La ciencia + prohíbe terminantemente que esa señora protectora de + comadronas parteras meta aquí la pata!... + </p> + <p> + Cuatro días después, don Robustiano mandaba en su lugar a un + médico joven, su protegido; creía llegado el caso de + inhibirse; ya se sabía, él no podía asistir a las + personas muy queridas cuando llegaban a cierto estado.... + </p> + <p> + El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declaró + que la enfermedad no era grave, pero sí larga, y de convalecencia + penosa. No le gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las + enfermedades, y empleaba los técnicos si le apuraban, no por ridícula + pedantería, sino por salir con su gusto de no enterar a los + profanos de lo que no importa que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello + fue que Anita creyó que se moría, y padeció aún + más que en el tiempo del mayor peligro, cuando empezaron a decirle + que estaba mejor. Al saber que había pasado seis días en + aquella torpeza con intervalos de exaltación y delirio, extrañó + mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio. + </p> + <p> + La debilidad la tenía aún más que rendida, exaltada y + vidriosa. Todo lo veía de un color amarillento pálido; entre + los objetos y ella, flotaban infinitos puntos y circulillos de aire, como + burbujas a veces, como polvo y como telarañas muy sutiles otras: si + dejaba los brazos tendidos sobre el embozo de su lecho y miraba las manos + flacas, surcadas por haces de azul sobre fondo blanco mate, creía + de repente que aquellos dedos no eran suyos, que el moverlos no dependía + de su voluntad, y el decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran + esfuerzo. Sus mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos + caldos insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a + soplos, soplando con fe y perseverancia, dando a entender su celo y su + cariño en aquel modo de soplar. El ideal del caldo, según + Quintanar, nunca lo <i>realizaban</i> las criadas de Vetusta. De esto + hablaba él, mientras Ana sentía sudores mortales que parecían + sacarle de la piel la última fuerza, y hasta el ánimo de + vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por dentro; a + veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a verse + repartida en mil, y el horror dominándola producía una + reacción de energía suficiente a volverla a su <i>yo</i>, + como a un puerto seguro; al recobrar esta conciencia de sí, se sentía + padeciendo mucho, pero casi gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, + prueba de que ella era quien era. Si don Víctor hablaba a su lado, + sin querer Ana seguía entonces el pensamiento de su esposo, y + contra su deseo, la atención se fijaba en los juicios de Quintanar, + y la inteligencia les aplicaba rigorosa crítica, un análisis + sutil y doloroso para la enferma, que al pulverizar a pesar suyo las + sinrazones del marido, padecía tormento indescriptible, en el + cerebro según ella. + </p> + <p> + Veía al médico muy preocupado con el <i>tronco</i> y sin + pensar en los dolores inefables que ella sentía en lo más + suyo, en algo que sería cuerpo, pero que parecía alma, según + era íntimo. Todos los días había que palpar el + vientre y hacer preguntas relativas a las funciones más humildes de + la vida animal; don Víctor, que no se fiaba de su memoria, siempre + reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que asentaba con + pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al médico + importaba saber de estos pormenores. + </p> + <p> + Mientras duró el temor de la gravedad, el amante esposo no pensó + más que en la enferma y cumplió como bueno; si era a veces + importuno, descuidado, o poco hábil, era sin conciencia. Después + empezó a aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba + al decir las horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidió + tomarle afición al oficio de enfermero y lo consiguió: llegó + a ser para él tan divertido como hacer pórticos ojivales de + marquetería, el preparar menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer + con yodo; soplar y limpiar caldos y consultar el reloj para contar los + minutos y hasta los segundos; operación en que llegó a poner + una exactitud que impacientaba a Petra y a Servanda. Esperaba con afán + la visita del médico, primero para hacerse decir veinte veces que + Ana iba mejor, mucho mejor, y además, para gozar con la conversación + alegre, ajena a todas las enfermedades del mundo, que seguía a la + parte facultativa de la visita. El sustituto de Somoza no era hablador, + pero se divertía oyendo a Quintanar, y este llegó a profesar + gran cariño a Benítez, que así se llamaba. El + contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la alcoba estrecha + y llena de una atmósfera pesada; de la vida monótona de + casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el aire + libre, la última zarzuela, encantaba a don Víctor, que + llevaba la conversación a cosas frescas, grandes y de muchos + accidentes. También le gustaba discutir con Benítez y + sondearle, como él decía. Uno de los problemas que más + preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad de los mundos + habitados. Él creía que sí, que había + habitantes en todos los astros, la generosidad de Dios lo exigía; y + citaba a Flammarión, y las cartas de Feijóo y la opinión + de un obispo inglés, cuyo nombre no recordaba «Mister no sé + cuántos», porque para él todos los ingleses eran + Mister. + </p> + <p> + Desde que el médico declaró que la mejoría, aunque + lenta, sería continua probablemente, Quintanar, muy contento, no + permitió que se dudase de aquella no interrumpida marcha en busca + de la salud. Su egoísmo candoroso, pero fuerte, estaba cansado de + pensar en los demás, de olvidarse a sí mismo, no quería + más tiempo de servidumbre, y si Ana se quejaba, su marido torcía + el gesto, y hasta llegó a hablar con voz agridulce de la paciencia + y de la formalidad. + </p> + <p> + —No seamos niños, Ana; tú estás mejor, eso que + tienes es efecto de la debilidad... no pienses en ello... es aprensión; + la aprensión hace más víctimas que el mal. Y repetía + infaliblemente la parábola del cólera y la aprensión. + </p> + <p> + La idea de una recaída, de un estancamiento siquiera, le parecía + subversiva, una maquinación contra su reposo. «Él no + era de piedra. No podría resistir...». + </p> + <p> + Ya no tenía compasión de la enferma; ya no había allí + más que nervios... y empezó a pensar en sí mismo + exclusivamente. Entraba y salía a cada momento en la alcoba de Ana; + casi nunca se sentaba, y hasta llegó a fastidiarle el registro de + medicinas y demás pormenores íntimos. El médico tuvo + que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y hasta mentiras + para estar fuera, en su despacho, en el Parque. «¡Qué + gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el + autor de todo». Y respiraba don Víctor las auras de abril con + placer voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvió a componer + sus maquinillas, soñó con nuevos inventos, y envidió + a Frígilis la aclimatación del Eucaliptus globulus en + Vetusta. + </p> + <p> + La Regenta notó la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y + horas que a él le parecían minutos. Cuando las congojas la + anegaban en mares de tristeza, que parecían sin orillas, cuando se + sentía como aislada del mundo, abandonada sin remedio, ya no + llamaba a Quintanar, aunque era el único ser vivo de quien entonces + se acordaba; prefería dejarle tranquilo allá fuera, porque + si venía le hacía daño con aquel desdén gárrulo + y absurdo de los padecimientos nerviosos. + </p> + <p> + Una tarde de color de plomo, más triste por ser de primavera y + parecer de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas + de almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban + posturas trágicas abrigos de ella y unos pantalones que don Víctor + dejara allí; sin fe en el médico creyendo en no sabía + qué mal incurable que no comprendían los doctores de + Vetusta, tuvo de repente, como un amargor del cerebro, esta idea: «Estoy + sola en el mundo». Y el mundo era plomizo, amarillento o negro según + las horas, según los días; el mundo era un rumor triste, + lejano, apagado, donde había canciones de niñas, monótonas, + sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los cristales, + rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el gruñir de + las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol dando vueltas + muy rápidas alrededor de la tierra, y esto eran los días; + nada. Las gentes entraban y salían en su alcoba como en el + escenario de un teatro, hablaban allí con afectado interés y + pensaban en lo de fuera: su realidad era otra, aquello la máscara. + «Nadie amaba a nadie. Así era el mundo y ella estaba sola». + Miró a su cuerpo y le pareció tierra. «Era cómplice + de los otros, también se escapaba en cuanto podía; se parecía + más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella». + «Yo soy mi alma», dijo entre dientes, y soltando las sábanas + que sus manos oprimían, resbaló en el lecho, y quedó + supina mientras el muro de almohadas se desmoronaba. Lloró con los + ojos cerrados. La vida volvía entre aquellas olas de lágrimas. + Oyó la campana de un reloj de la casa. Era la hora de una medicina. + Era aquella tarde el encargado de dársela Quintanar y no aparecía. + Ana esperó. No quiso llamar y se inclinó hacia la mesilla de + noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo tomó y bebió. + Entonces leyó distraída en el lomo del libro voluminoso: <i>Obras + de Santa Teresa. I</i>. + </p> + <p> + Se estremeció, tuvo un terror vago; acudió de repente a su + memoria aquella tarde de la lectura de San Agustín en la glorieta + de su huerto, en Loreto, cuando era niña, y creyó oír + voces sobrenaturales que estallaban en su cerebro; ahora no tenía + la cándida fe de entonces. «Era una casualidad, pura + casualidad la presencia de aquel libro místico coincidiendo con los + pensamientos de abandono que la entristecían, y despertando ideas + de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma, serias, profundas, no + impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto con abrazos del + deseo.... Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo, ella tomaba la + lección, aprovechaba la coincidencia, entendía el sentido + profundo del azar. ¿No se quejaba de que estaba sola, no había + caído como desvanecida por la idea del abandono?... Pues allí + estaban aquellas letras doradas: <i>Obras de Santa Teresa. I</i>. ¡Cuánta + elocuencia en un letrero! «¡Estás sola! pues ¿y + Dios?». + </p> + <p> + El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón; + todo ardió allí dentro en piedad; y Ana, con irresistible + ímpetu de fe ostensible, viva, material, fortísima, se puso + de rodillas sobre el lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos + juntas temblando sobre la cabeza, balbuciente, exclamó con voz de + niña enferma y amorosa: + </p> + <p> + —¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Señor! + ¡Señor! ¡Dios de mi alma! + </p> + <p> + Sintió escalofríos y ondas de mareo que subían al + cerebro; se apoyó en el frío estuco, y cayó sin + sentido sobre la colcha de damasco rojo. + </p> + <p> + A pesar de la prohibición de don Víctor, vino el retroceso, + recayó la enferma, y se volvió a los sustos, a los apuros, a + las noches en vela; el médico volvió a ser un oráculo, + los pormenores de alcoba negocios arduos, el reloj un dictador lacónico. + </p> + <p> + Ana tuvo aquellas noches sueños horribles. Al amanecer, cuando la + luz pálida y cobarde se arrastraba por el suelo, después de + entrar laminada por los intersticios del balcón, despertaba + sofocada por aquellas visiones, como náufrago que sale a la + orilla.... Parecíale sentir todavía el roce de los fantasmas + groseros y cínicos, cubiertos de peste; oler hediondas emanaciones + de sus podredumbres, respirar en la atmósfera fría, casi + viscosa, de los subterráneos en que el delirio la aprisionaba. + Andrajosos vestiglos amenazándola con el contacto de sus llagas + purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien veces por + angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cabía sin + darle tormento. Entonces creía morir. Una noche la Regenta reconoció + en aquel subterráneo las catacumbas, según las descripciones + románticas de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de vírgenes + de blanca túnica, vagaban por las galerías húmedas, + angostas y aplastadas, larvas, asquerosas, descarnadas, cubiertas de + casullas de oro, capas pluviales y manteos que al tocarlos eran como alas + de murciélago. Ana corría, corría sin poder avanzar + cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto, queriendo antes destrozar en + él sus carnes que sufrir el olor y el contacto de las asquerosas + carátulas; pero al llegar a la salida, unos la pedían besos, + otros oro, y ella ocultaba el rostro y repartía monedas de plata y + cobre, mientras oía cantar responsos a carcajadas y le salpicaba el + rostro el agua sucia de los hisopos que bebían en los charcos. + </p> + <p> + Cuando despertó se sintió anegada en sudor frío y + tuvo asco de su propio cuerpo y aprensión de que su lecho olía + como el fétido humor de los hisopos de la pesadilla... + </p> + <p> + «¿Iría a morir? ¿Eran aquellos sueños + repugnantes emanaciones de la sepultura, el sabor anticipado de la tierra? + ¿Y aquellos subterráneos y sus larvas eran imitación + del infierno? ¡El infierno! Nunca había pensado en él + despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella como en los más + de los fieles; creía en el Infierno como en todo lo que mandaba + creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había + revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había + dicho «creo a ciegas», tomando las palabras y la resolución + de creer por la creencia. Pero otra cosa era en esta ocasión: el + Infierno ya no era un dogma englobado en otros: ella había sentido + su olor, su sabor... y comprendía que antes, en rigor, no creía + en el Infierno. Sí, sí, era material o lo parecía, + ¿por qué no? ¡Qué vana se le antojaba ahora a + la Regenta la filosofía superficial del optimismo bullanguero, del + espiritualismo abstracto, bonachón, sin sentido de la realidad + triste del mundo! ¡Había infierno! Era así... la + podredumbre de la materia para los espíritus podridos.... Y ella + había pecado, sí, sí, había pecado. ¡Qué + diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que el mundo + solía tener y con el cual ella se había absuelto de ciertas + <i>ligerezas</i> que ya le pesaban como plomo!». Y recordaba máximas + y aforismos religiosos que había oído al Magistral, sin + penetrar su terrible severidad, aquel sentido lúgubre y hondo que + no parecían tener en los labios finos, suaves, llenos de silbantes + sonidos del pulquérrimo canónigo. + </p> + <p> + Ya había subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la mañana + con tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa creían + postrada o dormida a la Regenta y no abrían las maderas del balcón, + ni interrumpían el descanso de la enferma. Ana sentía el día + en el melancólico regalo que su mismo lecho, tantas veces + aborrecido, le prestaba en aquellas horas de la mañana de + primavera; otra vez volvía la vida a moverse en aquel cuerpo + mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba avanzando por aquel + terreno de su victoria, dudosa de ella todavía. El cerebro + recobraba los dominios de la lógica, su salud; la memoria, firme, + no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates. + </p> + <p> + Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en + sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quería + acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginación, y poco a + poco, según las olas de salud subían en su marea, la + enferma, perdido el terror con que despertara, oía la acusación + con dulce curiosidad creciente; la idea del infierno se desvanecía, + como mueren las vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de + asco y terror; aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad + ordinaria, pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor, + fuerza al ánimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el + relato adquiría más y más interés. + </p> + <p> + Pasaron entonces por el recuerdo todos los días que siguieron al + entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el espíritu de Ana había + dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Recordó la + romería de San Blas, en la carretera de la Fábrica Vieja; + aquella tarde de sol que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral + allá arriba, como en la cúspide de un monumento, encaje de + piedra obscura sobre fondo de naranja y de violeta de un cielo suave, + listado, de nubes largas, estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo, + como esperando a que se acostara el sol para cerrar el horizonte.... Sin + saber cómo, San Blas anunciaba la primavera; Ana esperaba ya + aquellos días en que, con largos intervalos de mal tiempo, aparece + un poco de luz que arranca vibraciones de alegría y resplandor al + verde dormido de los campos vetustenses; aquellos días que son algo + mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las ideas tristes habían + volado como pájaros de invierno, Ana se había visto en el + paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba don + Álvaro Mesía, enamorado, triste de tanto amor, resignado, + cariñoso sin interés, suave y tierno, sin esperanza. Algo así + como el mismo encanto del día; en rigor, el invierno, nada, pero en + la tranquilidad y tibia y vaga alegría del ambiente, una delicia + que saboreaba con inefable gozo la Regenta. + </p> + <p> + Así don Álvaro; no sería jamás suya, eso no; + ese verano ardiente no vendría, ni siquiera le consentiría + hablarle claro, insistir en sus pretensiones; pero tenerle a su lado, <i>sentirle</i> + quererla, adorarla, eso sí: era dulce, era suave, era un placer + tranquilo, profundo.... Ella le miraba con llamaradas que apagaba al + brotar de los ojos, le sonreía como una diosa que admite el + holocausto, pero una diosa humilde, maternal, llena de caridad y de + gracia, sino de amor de fuego. Tal había sido el paseo de San Blas. + </p> + <p> + Desde aquella tarde Mesía había recobrado parte de sus + esperanzas; creyó otra vez en la influencia <i>del físico</i> + y se propuso estar al lado de Ana la mayor cantidad de tiempo posible. Era + una villanía, pero recurrió a la ciega amistad de don Víctor. + En el Casino se sentaba a su lado, tenía la paciencia de verle + jugar al dominó o al ajedrez, y terminada la partida le cogía + del brazo, y, como solía llover, paseaban por el salón + largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las + cinco o seis parejas que lo medían de arriba abajo a grandes pasos, + que tenían por el furor de los tacones, algo de protesta contra el + mal tiempo. Veterano del Casino había que llevaba andado en aquel + salón camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos + amigos, y Mesía iba entrando, entrando por el alma del jubilado + regente y tomando posesión de todos sus rincones. + </p> + <p> + Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le + importaban en el mundo más negocios que los de él, los de + Quintanar, y sin miedo de aburrirle, tardes enteras le tenía + amarrado a su brazo, dando vueltas por las tablas temblonas del salón, + parándose a cada pasaje interesante del relato o siempre que había + una duda que consultar con el amigo. Don Álvaro sufría el + tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se había resistido + su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino subterráneo + y traidor, pero ya no podía menos. Además «¡qué + diablo! mayores bellaquerías había en la historia de sus + aventuras». + </p> + <p> + Don Víctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la + cabeza para mirarle cara a cara, y decía, por ejemplo: + </p> + <p> + —Mire usted, aquí en el secreto de la... pues... contando con + el sigilo de usted.... Frígilis tiene también sus defectos. + Yo le quiero más que un hermano, eso sí, pero él... + él me tiene en poco... créalo usted.... No me lo niegue + usted, es inútil, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se cree + muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe más + arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es más constante que yo + en el trabajo... pero ¡tirar mejor que yo! ¡hombre por Dios! + ¿Y el talento mecánico? Él es torpe de dedos y tardo + de ingenio.—Y don Víctor, parándose otra vez, casi al + oído de don Álvaro añadía—: Diré + la palabra: ¡un rutinario! + </p> + <p> + Quintanar era inagotable en el capítulo de las quejas y de la + envidia pequeña, al pormenor, cuando se trataba de su amigo + íntimo, de su Frígilis; se sentía dominado por + él y desahogaba la colerilla sorda, cobarde, bonachona en el fondo, + en estas confidencias; Mesía era una especie de rival de Frígilis + que asomaba; don Víctor encontraba cierta satisfacción + maligna en la infidelidad incipiente. + </p> + <p> + Don Álvaro callaba y oía. Sólo cuando trataba don Víctor + de su buena puntería se quedaba un poco preocupado. Le parecía + imposible que se pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como + don Tomás Crespo, a quien él creía loco de + nacimiento. + </p> + <p> + Anochecía, seguía lloviendo, los mozos de servicio encendían + dos o tres luces de gas en el salón, y Quintanar conocía por + esta seña y por el cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que + había hablado mucho; sentía entonces remordimientos, se + apiadaba de Mesía, le agradecía en el alma su silencio y + atención, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso de cerveza + alemana en su casa. + </p> + <p> + La frase era:—¿Vamos a la Rinconada? Mesía, callando, + seguía a don Víctor. + </p> + <p> + Una intuición singular le decía al ex-regente que pagaba + bien al amigo su atención llevándoselo a casa. ¿Por + qué don Álvaro había de tener gusto en seguirle? Si + se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese podido responder. Pero + se lo daba el corazón; lo había observado, sin fijarse en la + observación: a Mesía le gustaba entrar en la casa de la + Rinconada. + </p> + <p> + Solía llevarle al despacho, a su museo como él decía; + allí le explicaba el mecanismo de aquellos intrincados maderos y + resortes y, convencido de la ignorancia de su amigo, le engañaba + sin conciencia. Lo que no consentía don Álvaro era que se + pasase revista a las colecciones de yerbas y de insectos: le mareaba el + fijar sucesiva y rápidamente la atención en tantas cosas inútiles.—El + único <i>bicho</i> que le era simpático a don Álvaro + era un pavo real disecado por Frígilis y su amigo.—Solía + acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba: + </p> + <p> + —Bueno—decía don Víctor—pues pasaremos a + mi gabinete, ya que usted desprecia mis colecciones.—Anselmo, la + cerveza al gabinete. + </p> + <p> + El gabinete era otro museo: estaban allí las armas y la + indumentaria. Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy + brillantes y bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas épocas + y tamaños llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios + guardaba don Víctor con el cariño de un coleccionador los + trajes de aficionado que había lucido en mejores tiempos. Si se + entusiasmaba hablando de sus marchitos laureles, abría las arcas, + abría los armarios, y seda, galones y plumas, abalorios y cintajos + en mezcla de colores chillones saltaban a la alfombra, y en aquel mar de + recuerdos de trapo perdía la cabeza Quintanar. En una caja de latón, + entre yerba, guardaba como oro en paño, un objeto, que a primera + vista se le antojó a Mesía una serpiente; en efecto, yacía + enroscado y era verdinegro el bulto.... No había que temer... don Víctor + domaba fieras; aquello era la cadena que él había arrastrado + representando el Segismundo de <i>La vida es sueño</i>, en el + primer acto. + </p> + <p> + —Mire usted, amigo mío, a usted puedo decírselo; no es + inmodestia; reconozco, ¿cómo no? la superioridad de Perales + en el teatro antiguo, su Segismundo es una revelación, concedo, + revela mejor que el mío la filosofía del drama, pero... no + me gustaba su modo de arrastrar la cadena; parecía un perro con + maza; yo la manejaba con mucha mayor verosimilitud y naturalidad; + arrastraba la cadena, créame usted, como si no hubiese arrastrado + otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en Calatayud, me arrojaron + todo ese hierro al escenario, como símbolo de mi habilidad. Por + poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor recuerdo de mi + efímera vida artística. + </p> + <p> + Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía + resistir la conversación de su amigo, pero muchas veces la Regenta + no parecía por el gabinete de su marido, y el galán tenía + que contentarse con el bock de cerveza y el teatro de Calderón y + Lope. + </p> + <p> + Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atreviéndose a ir a + cualquier hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontró a su lado como + un objeto familiar. Iba siendo Mesía al caserón lo que Frígilis + a la huerta. + </p> + <p> + Aquel procedimiento rastrero, de villano, debió irritarla, pero no + la irritó; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborrecía + a don Álvaro, a pesar de que sus intenciones eran torcidas, + miserables; quería abusar de la confianza de don Víctor. + «Pero ¿y si no quería? ¿Si se contentaba con + estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por amiga? + Veríamos. Si él se propasaba, estaba segura de resistir y + hasta valor sentía para echarle en cara su crimen, su bajeza y + arrojarle de casa». + </p> + <p> + Pasaron días y Ana cada vez estaba más tranquila. «No, + no se propasaba; no hacía más que admirarla, amarla en + silencio. Ni una palabra peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar + ocasiones, nada de buscar <i>escenas</i>; una honradez cabal; el amor que + respeta la honra, la pasión que se alimenta de ver y respirar el + ambiente que rodea al ser amado. El placer que ella sentía, también + tenía que confesárselo, era el más intenso que había + saboreado en su vida. Poco decir era por que ¡había gozado + tan poco!». Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura + de que no había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu + en una somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio. + Comparaba ella la situación a la aventura de flotar sobre mansa + corriente perezosa, sombría, a la hora de la siesta; el agua va al + abismo, el cuerpo flota... pero hay la seguridad de salir de la corriente + cuando el peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los + brazos y se está fuera, en la orilla.... Ya sabía Ana en sus + adentros que aquello no estaba bien, por que ella no podía + responder de la prudencia de don Álvaro. «Pero, ¿no + estaba segura de sí misma? sí ¡pues entonces! ¿por + qué no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de + una madre, la fidelidad de un perro?». «Además, quien + mandaba en casa era su marido, no era ella. ¿Buscaba ella a Mesía? + No. ¿Mandaba ella a Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba. + Obrar de otro modo hubiera sido alarmar al esposo sin motivo, infundir + sospechas sin fundamento, tal vez robar a don Víctor para siempre + la paz del alma. Lo mejor era callar, estar alerta, y... gozar la tibia + llama de la pasión de soslayo; que con ser poco tal calor era la más + viva hoguera a que ella se había arrimado en su vida». + </p> + <p> + «Y al Magistral no se le decía nada de esto. ¿Para qué? + No había pecado. Había ocasión, pero no se buscaba». + Además, Ana, puesto que defendía su virtud, creía + prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al confesor. «Si + crecía el peligro, hablaría. Mientras tanto, no». + </p> + <p> + Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario + de la catedral, los preparativos de una expedición al campo en la + que acompañaban a la Regenta Mesía, Frígilis y + Quintanar. No fue aquella sola; muchas veces, en cuanto veía un + rayo de sol, a don Víctor se le antojaba aprovechar el buen tiempo + y echar una cana al aire en los ventorrillos de la carretera de Castilla o + en los de Vistalegre, en compañía de las personas que más + quería en Vetusta, a saber: su cara esposa, Frígilis... y + don Álvaro. El pobre Ripamilán era invitado, pero decía + que si no le llevaban en coche.... «El espíritu no faltaba, + pero los huesos no tienen espíritu». + </p> + <p> + Se comía, allá arriba, lo que salía al paso, lo que + daban los pasmados venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas + migas, huevos fritos, cualquier cosa; el pan era duro, ¡mejor! el + vino malo, sabía a la pez, ¡mejor! esto le gustaba a + Quintanar: y en tal gusto coincidía con su esposa, amiga también + de estas meriendas aventuradas, en las que encontraba un condimento + picante que despertaba el hambre y la alegría infantil. En aquellos + altozanos se respiraba el aire como cosa nueva; se calentaban a los rayos + del sol con voluptuosa pereza, como si el sol de Vetusta, de allá + abajo, fuera menos benéfico. Notaba Ana que en aquella altura, en + aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela picaresca, entre + arrieros, maritornes y señores de castillos, a lo don Quijote, se + despertaba en ella el instinto del arte plástico y el sentido de la + observación; reparaba las siluetas de árboles, gallinas, + patos, cerdos, y se fijaba en las líneas que pedían el lápiz, + veía más matices en los colores, descubría grupos artísticos, + combinaciones de composición sabia y armónica, y, en suma, + se le revelaba la naturaleza como poeta y pintor en todo lo que veía + y oía, en la respuesta aguda de una aldeana o de un zafio gañán, + en los episodios de la vida del corral, en los grupos de las nubes, en la + melancolía de una mula cansada y cubierta de polvo, en la sombra de + un árbol, en los reflejos de un charco, y sobre todo en el ritmo + recóndito de los fenómenos, divisibles a lo infinito, sucediéndose, + coincidiendo, formando la trama dramática del tiempo con una armonía + superior a nuestras facultades perceptivas, que más se adivina que + de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de que tenía + conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos de + Vistalegre, camino de Corfín, le inundaba de visiones el cerebro y + la sumía en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser + una fatiga. Entonces la sacaban de sus éxtasis naturalistas una + atención delicada de Mesía o una salida de buen humor + intempestivo de Quintanar. Don Víctor creía que en el campo, + sobre todo si se merienda, no se debe hacer más que locuras; y, por + supuesto, era según él indispensable que alguien se + disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. Él solía en + tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del país; + se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel + trapo de pana negra al respetable concurso. Se reían por + complacerle. Se merendaba casi siempre al aire libre, contemplando allá + abajo el caserío parduzco de Vetusta; la catedral parecía + desde allí hundida en un pozo, y muy chiquita; esbelta, pero como + un juguete; detrás el humo de las fábricas en la barriada de + los obreros en el campo del Sol, y más allá los campos de maíz, + ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de castaños y + robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por fin, confundiéndose + con los picachos de los puertos lejanos. Se filosofaba mientras se comía, + tal vez con los dedos, salchichón o chorizos mal tostados, queso + duro, o tortillas de jamón, lo que fuese; se hablaba al descuido, + lentamente, pensando en cosas más hondas que las que se decía, + con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual se vela + el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño; se hablaba de + lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el tiempo, + de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la infancia, + las fechas lejanas en que había una memoria común; y un + sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfín, + se extendía sobre los comensales bucólicos y su filosofía + de sobremesa. + </p> + <p> + Comenzaba la brisa; picaba un poco y tenía sus peligros, pero + halagaba la piel; salía una estrella; el cuarto de luna (que a don + Víctor le parecía la plegadera de oro que le habían + regalado en Granada), tomaba color, es decir, luz. La conversación, + ya perezosa, daba entonces en la astronomía y se paraba en el + concepto de lo infinito; se acababa por tener un deseo vago de oír + música. Entonces Quintanar recordaba que se cantaba aquella noche + <i>El Relámpago</i> o <i>Los Magyares</i>; levantaba el campo, y + paso a paso, volvían a la soñolienta Vetusta dejándose + resbalar por la pendiente suave de la carretera. Frígilis dejaba el + brazo a la Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mesía + resignado, firme en su propósito de ser prudente mientras fuera + necesario, se emparejaba con don Víctor, que tal vez se permitía + cantar a su modo el <i>spirto gentil</i> o la <i>casta diva</i>; aunque + prefería recitar versos, sin que jamás se le olvidase decir + con Góngora: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">A su cabaña los guía</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">que el sol deja el horizonte,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">y el humo de su cabaña</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">les va sirviendo de Norte.</span><br /> + </p> + <p> + Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas + desnudas, que chocaban alegres, inclinándose, preñadas ya de + las nuevas hojas; y Ana, apoyándose tranquila en el brazo fuerte + del mejor amigo, olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la + primavera. De esto hablaban ella y Frígilis. Crespo, satisfecho, + tranquilo, apacible, en voz baja, como respetando el primer sueño + del campo, su ídolo, dejaba caer sus palabras como un rocío + en el alma de Ana, que entonces comprendía aquella adoración + tranquila, aquel culto poético, nada romántico, que + consagraba Frígilis a la naturaleza, sin llamarla así, por + supuesto. Nada de <i>grandes síntesis</i>, de cuadros disolventes, + de filosofía panteística; pormenores, historia de los pájaros, + de las plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida + natural llena de lecciones de una observación riquísima. El + amor de Frígilis a la naturaleza era más de marido que de + amante, y más de madre que de otra cosa. En aquellos momentos, al + volver a Vetusta con Ana del brazo, se hacía elocuente, hablaba + largo y sin miedo, aunque siempre pausadamente; en su voz había + arrullos amorosos para el campo que describía, y temblaba en sus + labios el agradecimiento con que oía a otra persona palabras de + cariño y de interés por árboles, pájaros y + flores. Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de árbol + inteligente, y se apoyaba y casi recostaba en Frígilis como en una + encina venerable. Y detrás venía el otro, ella lo sentía. + A veces hablaba con Ana don Álvaro y Ana contestaba con voz afable, + como en pago de su prudencia, de su paciencia y de su martirio.... «Porque, + sin duda, sufrir tanto tiempo a Quintanar era un martirio». + </p> + <p> + Don Álvaro sudaba de congoja. Don Víctor se le colgaba del + brazo, levantaba los ojos al cielo y se divertía en encontrar + parecidos entre los nubarrones de la noche y las formas más + vulgares de la tierra. + </p> + <p> + —«Mire usted, mire usted, aquel cúmulus es lo mismo que + Ripamilán; figúreselo usted con la teja en la mano.... + </p> + <p> + —»Aquel cirrus negro parece la moña de un torero...». + </p> + <p> + Don Álvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante + a don Víctor, que traía llavín, levantaba el puño + cerrado sobre la cabeza del insoportable amigo.... No descargaba el + golpe... no... pero.... «¡Ya lo descargaría!». + </p> + <p> + «¡Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por + ojo». + </p> + <p> + Así vivía Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes + remordimientos, aunque no satisfecha de sí misma. Ni permitía + a don Álvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni + le rechazaba con el categórico desdén que la virtud, lo que + se llama la virtud, exigía. Estas medias tintas de la moralidad le + parecían entonces a ella las más conformes a la flaca + naturaleza humana. «¿Por qué he de creerme más + fuerte de lo que soy?». + </p> + <p> + También volvió a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy + bien recibida; la del Banco se la comía a besos, le hablaba de + modas, le mandaba patrones a casa, y le recordaba visitas que tenía + que pagar y a que ella la acompañaba, porque don Víctor se + negaba a perder el tiempo en estos cumplidos. + </p> + <p> + —Señor—gritaba él—yo no sirvo para eso; no + se me haga a mi hablar del tiempo, del mal servicio de criadas, de la + carestía de los comestibles. ¡Exíjase de mí + cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido! + </p> + <p> + —Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades—decía + para sus adentros. + </p> + <p> + Visitación procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, + por la boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el + buen tiempo la ayudaba. + </p> + <p> + La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las prefería + a su estéril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba + tristezas, un hastío hondo y el rencoroso espíritu de + protesta de la carne pisoteada, que bramaba en cuanto podía. + «Era mejor vivir como todos, dejarse ir, ocupar el ánimo con + los pasatiempos vulgares, sosos, pero que, al fin, llenan las horas...». + </p> + <p> + En esta situación estaba cuando el Magistral le dijo en el + confesonario que se perdía; que él la había visto + arrojar con desdén sobre un banco de césped la historia de + Santa Juana Francisca.... Aquella tarde De Pas estuvo más elocuente + que nunca; ella comprendió que estaba siendo una ingrata, no sólo + con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo fuego, razón + luminosa, lengua de oro, de oro líquido.... La voz del sacerdote + vibraba, su aliento quemaba, y Ana creyó oír sollozos + comprimidos. «Era preciso seguirle o abandonarle; él no era + el capellán complaciente que sirve a los grandes como lacayo + espiritual; él era el padre del alma, el padre, ya que no se le + quería oír como hermano. Había que seguirle o dejarle». + Y después había hablado de lo que él mismo sentía, + de sus ilusiones respecto de ella. «Sí, Ana (Ana la había + llamado, estaba ella segura), yo había soñado lo que parecía + anunciarse desde nuestra primer entrevista, un espíritu compañero, + un hermano menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en armónica + unión; yo había soñado que ya no era Vetusta para mí + cárcel fría, ni semillero de envidias que se convierten en + culebras, sino el lugar en que habitaba un espíritu noble, puro y + delicado, que al buscarme para caminar en la vía santa de salvación, + sin saberlo, me guiaba también por esa vía; yo esperaba que + usted fuese lo que aquella historia que llorando me contaba, prometía... + lo que usted me prometió cien veces después.... Pero no, + usted desconfía de mí, no me cree digno de su dirección + espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que siente, tal + vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su confidente». + </p> + <p> + —No, no—repetía Ana llorando; pero él había + seguido hablando de su despecho, cada vez más triste, cada vez con + más ardor en las palabras y en el aliento.... Y habían + concluido por reconciliarse, por prometerse nueva vida, verdadera reforma, + eficaz cambio de costumbres; y ella exaltada le había dicho: + «¿Quiere usted que hoy mismo le acompañe a casa de doña + Petronila?». «Sí, sí; eso, lo mejor es eso», + había contestado él. Y habían ido juntos sin pensar + ni uno ni otro lo que hacían. + </p> + <p> + Desde aquella tarde había empezado para la Regenta la vida de la + devota práctica; pero duró poco la eficacia de aquel impulso + en que no había piedad acendrada sino gratitud, el deseo de + complacer al hombre que tanto trabajaba por salvarla, y que era tan + elocuente y que tanto valía. Ana a veces, no pudiendo elevar su + atención a las cosas invisibles, a la contemplación piadosa, + procuraba preparar este viaje místico pensando en el Magistral. + «¡Oh, qué grande hombre! ¡Y qué bien + penetraba en el espíritu, y qué bien hablaba de lo que + parece inefable, de los subterráneos de las intenciones, de las + delicadezas del sentimiento! ¡Y cuánto le debía ella! + ¿Por qué tanto interés si aquella pecadora no lo + merecía?». Las lágrimas se agolpaban a los ojos de + Ana. Lloraba de gratitud y de admiración. Y no pudiendo meditar + sobre cosas santas, piadosas, poníase la mantilla y corría a + la conferencia de San Vicente, o a la Junta del Corazón o al + Catecismo, o a misa... donde correspondiera. Pero la fe era tibia; por allí + no se iba a donde ella había deseado. Además, se conocía; + sabía que ella, de entregarse a Dios, se entregaría de + veras; que mientras su devoción fuese callejera, ostentosa y distraída, + ella misma la tendría en poco, y cualquier pasión mala, pero + fuerte, la haría polvo. + </p> + <p> + Mas resuelta a huir de los extremos, a ser <i>como todo el mundo</i>, + insistió en seguir a las <i>demás beatas</i> en todos sus + pasos, y aunque sin gusto, entró en todas las cofradías, fue + hija y hermana, según se quiso, de cuantas juntas piadosas lo + solicitaron. + </p> + <p> + Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni + menos que doña Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto + modo la Marquesa. Se la vio en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el + Vivero y en el Catecismo, en el teatro y en el sermón. Casi todos + los días tenían ocasión de hablar con ella, en sus + respectivos círculos, el Magistral y don Álvaro, y a veces + uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares había en + que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en cuanto + mujer de sociedad. + </p> + <p> + Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban + vencer, pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo. + </p> + <p> + —Esta mujer—decía don Álvaro—es <i>peor</i> + que Troya. + </p> + <p> + —El remedio ha sido peor que la enfermedad—pensaba don Fermín. + </p> + <p> + Ana veía en los pormenores de la vida de beata mil motivos de + repugnancia; pero prefería apartar de ellos la atención: no + dejaba que el espíritu de contradicción buscase las + debilidades, las groserías, las miserias de aquella devoción + exterior y bullanguera. No quería censurar, no quería ver. + </p> + <p> + Pero a sí misma se comparaba al cadáver del Cid venciendo + moros. No era ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia. + </p> + <p> + Y volvió la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya + otra época de luchas interiores, de aridez y rebelión. + </p> + <p> + Una noche, después de oír un sermón soporífero, + entró en su tocador casi avergonzada de haber estado dos horas en + la iglesia como una piedra; oyendo, sin piedad y sin indignación, + sin lástima siquiera, necedades monótonas, tristes; viendo + ceremonias que nada le decían al alma.... + </p> + <p> + —Oh, no, no—se dijo, mientras se desnudaba—yo no puedo + seguir así... + </p> + <p> + Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo, + había añadido en voz alta, para dar más solemnidad a + su protesta: + </p> + <p> + —¡Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de + idiota.... ¡Cualquier cosa... menos ser como <i>todas esas</i>! + </p> + <p> + Y a los pocos días cayó enferma. + </p> + <p> + Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas + transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas plásticas, + teatrales—gracias a la salud que volvía a rodar con la sangre—, + sentía la débil convaleciente remordimientos que ella se + complacía en creer intensos, punzantes. «¡Oh! ¡qué + diferencia entre aquel sopor moral en que vivía pocas semanas + antes, y la agudeza de su conciencia ahora, allí postrada, sin + poder levantar el embozo de la colcha con la mano, pero con fuerza en la + voluntad para levantar el plomo del pecado, que la abrumaba con su + pesadumbre!». + </p> + <p> + «¡Esta sí que era resolución firme! Iba a ser + buena, buena, de Dios, sólo de Dios; ya lo vería el + Magistral. Y él, don Fermín, sería su maestro vivo, + de carne y hueso; pero además tendría otro; la santa + doctora, la divina Teresa de Jesús... que estaba allí, junto + a su cabecera esperándola amorosa, para entregarle los tesoros de + su espíritu». + </p> + <p> + Ana, burlando los decretos del médico, probó en los primeros + días de aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido: + iba a él como un niño a una golosina. Pero no podía. + Las letras saltaban, estallaban, se escondían, daban la vuelta... + cambiaban de color... y la cabeza se iba.... «Esperaría, + esperaría». Y dejaba el libro sobre la mesilla de noche, y + con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía + en imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía + corporal; se contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más + espeso de la arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. «¡Qué + de cosas la diría ahora que ella no había sabido comprender + cuando la leyera distraída, por máquina y sin gusto!». + </p> + <p> + La impaciencia pudo más que las órdenes del médico, y + antes de dejar el lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez + incorporarse entre almohadones, algo más fuerte ya, Ana hizo nuevo + ensayo y entonces encontró las letras firmes, quietas, compactas; + el papel blanco no era un abismo sin fondo, sino tersa y consistente + superficie. Leyó; leyó siempre que pudo. En cuanto la + dejaban sola, y eran largas sus soledades, los ojos se agarraban a las páginas + místicas de la Santa de Ávila, y a no ser lágrimas de + ternura ya nada turbaba aquel coloquio de dos almas a través de + tres siglos. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXmdash" id="XXmdash"></a>—XX— + </h2> + <p> + Don Pompeyo Guimarán, presidente dimisionario de la <i>Libre + Hermandad</i>, natural de Vetusta, era de familia portuguesa; y don + Saturnino Bermúdez, el arqueólogo y etnógrafo, que + dividía a todos sus amigos en celtas, íberos y celtíberos, + sin más que mirarles el ángulo facial y a lo sumo palparles + el cráneo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la gente + lusitana, no precisamente en el cráneo, sino más bien en el + abdomen. Don Pompeyo no decía que sí ni que no; cierto era + que el tenía un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida + sedentaria; que andaba muy tieso, porque creía que «quien era + recto como espíritu, digámoslo así, debía + serlo como físico»; pero en punto a los vestigios de raza y + nación él se declaraba neutral: quería decir que le + era indiferente esta cuestión, toda vez que tan español + consideraba a un portugués como a un castellano como a un extremeño. + De modo, que siempre que se le hablaba de tal asunto acababa por hacer una + calorosa defensa de la unión ibérica, unión que debía + iniciarse en el arte, la industria y el comercio para llegar después + a la política. + </p> + <p> + Además ¿qué le importaban a don Pompeyo estos + accidentes del nacimiento? Su inteligencia andaba siempre por más + altas regiones. Él en este mundo era principalmente un <i>altruista</i>, + palabreja que, preciso es confesarlo, no había conocido hasta que + con motivo de una disputa filosófica de la que salió + derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llevó a leer las + obras de Comte. Allí vio que los hombres se dividían en egoístas + y <i>altruistas</i> y él, a impulsos de su buen natural, se declaró + <i>altruista</i> de por vida; y, en efecto, se la pasó metiéndose + en lo que no le importaba. Tenía algunas haciendas, pocas, la mayor + parte procedentes de bienes nacionales; y de su renta vivía con + mujer y cuatro hijas casaderas. + </p> + <p> + Comía sopa, cocido y principio; cada cinco años se hacía + una levita, cada tres compraba un sombrero alto lamentándose de las + exigencias de la moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso. A + esto lo llamaba él su <i>aurea mediocritas</i>. Pudo haber sido + empleado; pero «¿con quién? ¡si aquí + nunca hay gobiernos!». Cargos gratuitos los desempeñaba + siempre que se le ofrecían, porque sus conciudadanos le tenían + a su disposición, sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo + suyo. A pesar de tanta modestia y parsimonia en los gastos, los maliciosos + atribuían su exaltado liberalismo y su descreimiento y desprecio + del culto y del clero a la procedencia de sus tierras. «¡Claro, + decían las beatas en los corrillos de San Vicente de Paúl, y + los ultramontanos en la redacción de <i>El Lábaro</i>, + claro, como lo que tiene lo debe a los despojos impíos de los + liberalotes! ¿Cómo no ha de aborrecer al clero si se está + comiendo los bienes de la Iglesia?». A esto hubiera objetado don + Pompeyo, si no despreciara tales hablillas, «abroquelado en el + santuario de su conciencia», hubiera contestado que don Leandro + Lobezno, el obispo de levita, el Preste Juan de Vetusta, el seráfico + presidente de la Juventud Católica, era millonario gracias a los + bienes nacionales que había comprado cierto tío a quien + heredara el don Leandro». Pero no, don Pompeyo no contestaba. + Él aborrecía el fanatismo, pero perdonaba a los fanáticos. + </p> + <p> + «¿No era él un filósofo? Bien sabía Dios + que sí».—Esto de que bien lo sabía Dios era una + frase hecha, como él decía, que se le escapaba sin querer, + porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarán no creía + en Dios. No hay para qué ocultarlo. Era público y notorio. + Don Pompeyo era el ateo de Vetusta. «¡El único!» + decía él, las pocas veces que podía abrir el corazón + a un amigo. Y al decir ¡el único! aunque afectaba profundo + dolor por la ceguedad en que, según él, vivían sus + conciudadanos, el observador notaba que había más orgullo y + satisfacción en esta frase que verdadera pena por la falta de + propaganda. Él daba ejemplo de ateísmo por todas partes, + pero nadie le seguía. + </p> + <p> + En Vetusta no se aclimataba esta planta; él era el único + ejemplar, robusto, inquebrantable eso sí, pero el único. Y + don Pompeyo sentía remordimientos cuando se sorprendía + deseando que jamás cundiese <i>la doctrina racional, salvadora</i>, + que por tal la tenía. Todos le llamaban el <i>Ateo</i>, pero la + experiencia había convencido a los más fanáticos de + que no mordía. «Era el león enamorado de una doncella», + decía elegantemente Glocester, «una fiera sin dientes». + Hasta las más recalcitrantes beatas pasaban al lado del <i>Ateo</i> + sin echarle una mala maldición: era como un oso viejo, ciego y con + bozal que anduviese domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los + chiquillos; olía mal pero no pasaba de ahí. Sin embargo, + varias veces se había pensado en darle un disgusto serio para que + se convirtiera o abandonase el pueblo. Esto dependía del mayor o + menor celo apostólico de los obispos. Uno hubo (después llegó + a cardenal), que pensó seriamente en excomulgar a don Pompeyo. Este + recibió la noticia en el Casino—todavía iba al Casino + entonces—. Una sonrisa angelical se dibujó en su rostro: así + debió de sonreír el griego que dijo: pega, pero escucha. La + boca se le hizo agua: aquella excomunión le hacía cosquillas + en el alma: ¡qué más podía ambicionar! En + seguida pensó en tomar una postura moral digna de las + circunstancias. Nada de aspavientos, nada de protestas.—Se contentó + con decir—: El señor obispo no tiene derecho de excomulgar a + quien no comulga; pero venga en buen hora la excomunión... y ahí + me las den todas. + </p> + <p> + Su mujer y cuatro hijas pensaban de muy distinta manera. En vano quiso + ocultarlas que el rayo amenazaba su hogar tranquilo. La casa de don + Pompeyo se convirtió en un mar de lágrimas; hubo síncopes; + doña Gertrudis cayó en cama. El infeliz Guimarán + sintió terribles remordimientos: sintió además + inesperada debilidad en las piernas y en el espíritu. «¡No + que él se convirtiera! ¡eso jamás! pero ¡su + Gertrudis, sus niñas!» y lloraba el desgraciado; y volviéndose + del lado hacia donde caía el palacio episcopal enseñaba los + puños y gritaba entre suspiros y sollozos:—«¡Me + tienen atado, me tienen atado esos hijos de la aberración y la + ceguera! ¡desgraciado de mí! ¡pero más dignos de + compasión ellos que no ven la luz del medio día, ni el sol + de la Justicia». Ni aun en tan amargos instantes insultaba al obispo + y demás alto clero. Tuvo que transigir; tuvo que tolerar lo que al + principio le sublevaba sólo pensado, que sus hijas se <i>moviesen</i>, + que sus amigos pusieran en juego sus relaciones para que el obispo se + metiera el rayo en el bolsillo.... Se consiguió, no sin trabajo, y + sin necesidad de que don Pompeyo se retractase de sus errores. Se echó + tierra al ateísmo de Guimarán. Él calló una + temporada, pero luego volvió a la carga, incansable en aquella + propaganda, que, en el fondo de su corazón, deseaba infructuosa, + por el gusto de ser el único ejemplar de la, para él, + preciosa especie del ateo. Sus principales batallas las daba en el Casino, + donde pasaba media vida (después lo abandonó por motivos + poderosos.) Los vetustenses eran, en general, poco aficionados a la teología; + ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas <i>de tejas + arriba</i>. Los <i>avanzados</i> se contentaban con atacar al clero, + contar chascarrillos escandalosos en que hacían principal papel + curas y amas de cura; en esta amena conversación entraban también + con gusto algunos conservadores muy ortodoxos. Si creían haber + llegado demasiado lejos y temían que alguien pudiera sospechar de + su acendrada religiosidad, se añadía, después de la + murmuración escandalosa:—«Por supuesto que estas son + las excepciones.—No hay regla sin excepción, decía don + Frutos el americano.—La excepción confirma la regla, añadía + Ronzal el diputado. Y hasta había quien dijera:—Y hay que + distinguir entre la religión y sus ministros.—Ellos son + hombres como nosotros...». Los avanzados presentaban objeciones, + defendían la solidaridad del dogma y el sacerdote, y entonces el + mismo don Pompeyo tenía que ponerse de parte de los reaccionarios, + hasta cierto punto y decir:—Señores, no confundamos las + cosas, el mal está en la raíz.... El clero no es malo ni + bueno; es como tiene que ser.... Al oír tal, todos se levantaban en + contra, unos porque defendía al clero y otros porque atacaba el + dogma. Bien decía él que estaba completamente solo, que era + el <i>único</i>.—De aquellas discusiones, que buscaba y + provocaba todos los días, afirmaba él que «salía + su espíritu, llamémosle así, lleno de amargura (y no + era verdad, el remordimiento se lo decía), lleno de amargura porque + en Vetusta nadie pensaba; se vegetaba y nada más. Mucho de + intrigas, mucho de politiquilla, mucho de intereses materiales mal + entendidos; y nada de filosofía, nada de elevar el pensamiento a + las regiones de lo ideal. Había algún erudito que otro, + varios canonistas, tal cual jurisconsulto, pero pensador ninguno. No había + más pensador que él». «Señores, decía + a gritos después de tomar café, cerca del gabinete del + tresillo, si aquí se habla de las graves cuestiones de la + inmortalidad del alma, que yo niego por supuesto, de la Providencia, que + yo niego también, o toman ustedes la cosa a broma, a guasa, como + dicen ustedes, o sólo se preocupan con el aspecto utilitario, egoísta, + de la cuestión: si Ronzal será inmortal, si don Frutos + prefiere el aniquilamiento a la vida futura sin recuerdo de lo + presente.... Señores ¿qué importa lo que quiera don + Frutos ni lo que prefiera Ronzal? La cuestión no es esa; la cuestión + es (y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios; si caso de + haberlo, piensa para algo en la mísera humanidad, si...». + </p> + <p> + —«¡Chitón! ¡silencio!» gritaban desde + dentro los del tresillo; y don Pompeyo bajaba la voz, y el corro se + alejaba de los tresillistas, lleno de respeto, obedientes todos, + convencidos de que aquello del juego era cosa mucho más seria que + las teologías de don Pompeyo, más práctica, más + respetable.—Miren ustedes, decía Ronzal, que todavía + no era sabio, yo creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la + verdad, eso de que el cielo ha de ser una contemplación eterna de + la Divinidad... hombre, eso es pesado.—¿Y qué? + objetaba el americano don Frutos, en voz baja también, temeroso de + nuevo aviso de los tresillistas; ¿y qué? Yo me contento con + pasar la vida eterna mano sobre mano. Bastante he trabajado en este mundo. + ¡Peor sería eso que dicen que dice <i>Alancardan</i>, o san + Cardan, o san Diablo! pues... que.... No sabía cómo + explicarlo el pobre don Frutos. «Ello venía a ser que en muriéndonos + íbamos a otra estrella, y de allí a otra, a pasar otra vez + las de Caín, y ganarnos la vida». La idea de volver, en Venus + o en Marte, a buscar negros al África y comprarlos y venderlos a + espaldas de la ley, le parecía absurda a Redondo y le volvía + loco. «¡Antes el aniquilamiento, como dice el ateo!» + concluía limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por + aquel esfuerzo intelectual, tan fuera de sus hábitos.—Con + esta cuestión de la inmortalidad, era con la que abría don + Pompeyo brecha en el alcázar de la fe de los socios, pero siempre + concluían por cerrar aquella brecha con las salvedades de rúbrica.—«Por + supuesto. Dios sobre todo.... Doctores tiene la Iglesia...». + </p> + <p> + Y en último caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teologías. + Le dejaban solo. Los tresillistas se quejaron a la junta. Tuvo que cambiar + de mesa y de sala, si quiso seguir predicando ateísmo. + </p> + <p> + «¡Este era el estado del libre examen en Vetusta!» + pensaba Guimarán con tristeza mezclada de orgullo. + </p> + <p> + En el billar tampoco querían teología racional. Don Pompeyo, + más abandonado cada día, se colocaba taciturno, como Jeremías + podría pararse en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de + piernas, delante de la mesa pequeña, la de carambolas, y largo rato + contemplaba a aquellos ilusos que pasaban las horas de la brevísima + existencia, viendo chocar o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces + tropezaba la maza de un taco con el abdomen de don Pompeyo. + </p> + <p> + —Usted dispense, señor Guimarán. + </p> + <p> + —Está usted dispensado, joven—respondía el + pensador rascándose la barba con una ironía trágica, + profunda, y sonriendo, mientras movía la cabeza dando a entender + que estaba perdido el mundo. + </p> + <p> + Aburrido de tanta <i>superficialidad</i> subía al <i>cuarto del + crimen</i>, a ver a los partidarios del azar. Allí oía el + nombre de Dios a cada momento, pero en términos que no le parecían + nada filosóficos. + </p> + <p> + —¡Don Pompeyo, tiene usted razón!—gritaba un + perdido al despedirse de la última peseta—¡tiene usted + razón, no hay Providencia! + </p> + <p> + —¡Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas! + </p> + <p> + Y salía furioso del Casino. «No se podía ir allí». + </p> + <p> + Cuando <i>estalló la Revolución de Septiembre</i>, Guimarán + tuvo esperanzas de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada. + ¡Todo era hablar mal del clero! Se creó una sociedad de filósofos... + y resultó espiritista; el jefe era un estudiante madrileño + que se divertía en volver locos a unos cuantos zapateros y sastres. + Salió ganando la Iglesia, porque los infelices menestrales + comenzaron a ver visiones y pidieron confesión a gritos, arrepintiéndose + de sus errores con toda el alma. Y nada más: a eso se había + reducido la <i>revolución religiosa</i> en Vetusta, como no se + cuente a los que <i>comían de carne</i> en Viernes Santo. + </p> + <p> + Don Pompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia. En + figurándosela con J mayúscula, tomaba para él cierto + aire de divinidad, y sin darse cuenta de ello, era idólatra de + aquella palabra abstracta. Por la <i>justicia</i> se hubiera dejado hacer + tajadas. + </p> + <p> + «La Justicia le obligaba a reconocer que el actual obispo de + Vetusta, don Fortunato Camoirán, era una persona respetable, un varón + virtuoso, digno; equivocado, equivocado de medio a medio, pero digno. + ¿Tenía un ideal? pues don Pompeyo le respetaba». + </p> + <p> + Don Pompeyo no leía, meditaba. Después de las obras de Comte + (que no pudo terminar), no volvió a leer libro alguno; y en verdad, + él no los tenía tampoco. Pero meditaba. + </p> + <p> + Algunas veces discutía con Frígilis, en quien reconocía + la <i>madera de un libre pensador</i>, pero mal educado. No le quería + bien. «¡Ese es panteísta!» decía con desdén. + «Ese adora la naturaleza, los animales, y los árboles + especialmente... además, no es filósofo; no quiere pensar en + las grandes cosas, sólo estudia nimiedades.... Está muy + hueco porque después de cien mil ensayos ridículos, aclimató + el Eucaliptus en Vetusta.... ¿Y qué? ¿Qué + problema metafísico resuelve el Eucaliptus globulus? Por lo demás + yo reconozco que es íntegro... y que sabe... que sabe... por más + que su decantado darwinismo... y aquella locura de injertar gallos + ingleses...». + </p> + <p> + Guimarán fue varias veces derrotado por Frígilis en sus polémicas. + Frígilis era apóstol ferviente del transformismo; le parecía + absurdo y hasta ridículo hacer ascos al abolengo animal.... Don + Pompeyo, aunque se sentía seducido por aquella teoría que <i>dejaba</i> + un subido y delicioso olor a herética y atea, no se decidía + a creerse descendiente de cien orangutanes; sonreía como si le + hiciesen cosquillas... pero no se determinaba a decir sí ni a decir + no. + </p> + <p> + «Mi última afirmación es la duda.... Se me hace cuesta + arriba». Pero de todas suertes su ateísmo quedaba en pie; + para negar a Dios con la constancia y energía con que él lo + negaba, no hacía falta leer mucho, ni hacer experimentos, ni + meterse a cocinero químico. «¡Mi razón me dice + que no hay Dios; no hay más que Justicia!». + </p> + <p> + Frígilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba + sonriendo con benevolencia; y con un poco de burla, en que había + algo de caridad, le decía: + </p> + <p> + —«¿Pero, señor Guimarán, tan seguro está + usted de que no hay Dios?». + </p> + <p> + —«¡Sí, señor mío! ¡mis + principios son fijos! ¡fijos! ¿entiende usted? Y yo no + necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de animales, + para llegar a mi conclusión categórica.... Si su ciencia de + usted, después de tanta retorta, y tanto protoplasma y demás + zarandajas, no da por resultado más que esa duda, ¡guárdese + la ciencia de los libros en donde quiera, que yo no la he menester!». + </p> + <p> + El honrado Guimarán daba media vuelta y se iba furioso, llena el + alma de rencores y envidias pasajeras, y Frígilis seguía + sonriendo y movía la cabeza a un lado y a otro. + </p> + <p> + Si le preguntaban qué opinaba del + </p> + <p> + <i>Ateo</i>, decía: + </p> + <p> + —«¿Quién, don Pompeyo? Es una buena persona. No + sabe nada, pero tiene muy buen corazón». + </p> + <p> + Guimarán juró—tenía que parar en ello—juró + no poner jamás los pies en el Casino. + </p> + <p> + —«Lo que se ha hecho allí conmigo no se hace con ningún + cristiano». + </p> + <p> + Tenía el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, + pero protestaba en seguida contra «aquellas metáforas y + solecismos del lenguaje». + </p> + <p> + Lo que habían hecho con él había sido celebrar el + aniversario 25 de la exaltación de Pío Nono al Pontificado, + colgando los tapices de gala y sacando a relucir los aparatos de gas, con + que iluminaban la fachada en las grandes solemnidades. + </p> + <p> + Don Pompeyo se dirigió a la junta en papel de oficio citando los + artículos del Reglamento que, en su opinión, «prohibían + semejantes muestras de júbilo por parte de una corporación + que, por su calidad de círculo de recreo, no debía, no podía + tener religión positiva determinada». + </p> + <p> + Y en el salón daba gritos, mientras los mozos colgaban los tapices + de los balcones; hacía aspavientos, e invocaba la tolerancia + religiosa, la libertad de cultos y hasta la sesión del juego de + pelota. + </p> + <p> + —Pero, hombre—le decía Ronzal, con deseos de pegarle—¿qué + le importa a usted que el Casino cuelgue e ilumine? ¿Qué le + ha hecho a usted la Santidad de Pío Nono? + </p> + <p> + —¿Qué me ha hecho la Santidad?... Se lo diré a + usted, sí señor, se lo diré a usted. Pío Nono + me era... hasta simpático... reconocía en él un + hombre de buena fe.... Pero la infalibilidad ha puesto entre los dos una + muralla de hielo; un abismo que no se puede salvar.... ¡Un hombre + infalible! ¿Comprende usted eso, Ronzal? + </p> + <p> + —Sí, señor, perfectamente. Es la cosa más + clara.... + </p> + <p> + —Pues explíquemelo usted.—Entendámonos, señor + Guimarán, si usted quiere examinarme... ¡sepa usted que yo... + no aguanto ancas!... + </p> + <p> + —No se trata aquí de la grupa de nadie... sino de que usted + pruebe la infali.... + </p> + <p> + —¿La <i>infalibidad</i>? + </p> + <p> + —Sí, señor... la infalibilidad... la in... fa... li... + bi... li.... + </p> + <p> + —¡Oiga usted, señor don Pompeyo, que a mí las + canas no me asustan! y si usted se burla, yo hago la cuestión + personal.... + </p> + <p> + —¿Cómo personal? ¿También usted es + infalible? + </p> + <p> + —¡Señor Guimarán! + </p> + <p> + —En resumen, señor mío.... + </p> + <p> + —Eso es, <i>reasumiendo</i>... + </p> + <p> + —Yo me borro de la lista...—¡Pues tal día hará + un año! + </p> + <p> + Ronzal no demostró el por qué de la infalibilidad, pero don + Pompeyo se borró de la lista del Casino. + </p> + <p> + Perdió aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y + anduvo como alma en pena vagando de café en café hasta que + al cabo de algunos años tropezó con don Santos Barinaga en + el <i>Restaurant y café de la Paz</i>, donde todas las noches el + enemigo implacable del Magistral se preparaba a mal morir bebiendo un + cognac con honores de espíritu de vino. + </p> + <p> + Entablaron amistad que llegó a ser íntima. Don Santos había + sido siempre un buen católico; es más, de la Iglesia vivía, + pues su comercio era de objetos del culto. + </p> + <p> + Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de «La + Cruz Roja» había empezado a <i>labrar su ruina</i>, iba + sintiendo cada día más vacilante el alcázar de su + fe... y más vacilantes las piernas. Empezaba, como otros muchos, + por negar la virtud del sacerdocio y, además—esto no se sabe + que lo hayan hecho otros heresiarcas—, coincidía en él + aquel desprecio de los ordenados <i>in sacris</i> con la afición + desmesurada al alcohol en sus varias manifestaciones. + </p> + <p> + Poco trabajo le costó a Guimarán hacer un prosélito + de don Santos. De día en día y de copa en copa avanzaba la + impiedad en aquel espíritu; y llegó a creer que Jesucristo + no era más que una constelación; disparate que había + leído don Pompeyo en un libro viejo que compró en la feria. + Guimarán tenía la impiedad fría del filósofo, + Barinaga los rencores del sectario, la ira del apóstata. + </p> + <p> + Cuando le parecía al buen tendero que iba demasiado lejos en sus + negaciones, para ocultar el miedo, se ponía de pie, copa en mano, y + decía solemnemente: + </p> + <p> + —En último caso, si me equivoco, si blasfemo... toda la + responsabilidad caiga sobre ese pillo... sobre ese <i>rapavelas</i>... + ¡sobre ese maldito don Fermín!... + </p> + <p> + El café de la Paz era grande, frío; el gas amarillento y + escaso parecía llenar de humo la atmósfera cargada con el de + los cigarros y las cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban + estaba desierto el salón; los mozos, de chaqueta negra y mandil + blanco, dormitaban por los rincones. Un gato pardo iba y venía del + mostrador a la mesa de don Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero + convencido de que no decía más que disparates, bostezaba, y + daba media vuelta. + </p> + <p> + Guimarán veía con gran satisfacción los progresos de + la impiedad en aquel espíritu lleno de pasión; no había + llegado don Santos al ateísmo, «pero este era un grado de + perfección filosófica que tal vez le venía muy ancho + al antiguo comerciante de cálices y patenas». Don Pompeyo se + contentaba con arrancarle las raíces y retoños de toda + religión positiva. No le agradaba verle cada vez más <i>enfrascado</i> + en el aguardiente y el cognac; pero don Santos si no bebía no daba + pie con bola, no entendía palabra de lugares teológicos. Había + que dejarle beber. + </p> + <p> + A las diez y media de la noche salían juntos; don Pompeyo daba el + brazo a don Santos y le acompañaba hasta dejarle bastante lejos del + café, porque si no se volvía solo. En la esquina de una + calleja se despedían con largo apretón de manos, y Guimarán, + sereno y satisfecho, se restituía a su hogar tranquilo donde le + esperaban su amante esposa y cuatro hijas que le adoraban. + </p> + <p> + Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con + nieblas en el pensamiento y en los ojos. Su pie vacilaba; el pudor + entregado a sí mismo, luchaba por encontrar una marcha y un + continente decoroso; pero en vano, un movimiento en zig-zag agitaba todo + el cuerpo del enfermo; cada paso era un triunfo; la cabeza se tenía + mal sobre los hombros... y de la faringe del borracho salían, como + arrullos de tórtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta + monótona, inarticulada, que era a su modo expresión de una + idea fija, o mejor, de un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de + la manía. A todas las manchas de las paredes, a todas las sombras + de los faroles les contaba, gruñendo, la historia de su ruina, y no + había piedra de aquel camino, que no supiese la escandalosa leyenda + de la fortuna del Magistral. + </p> + <p> + Si Barinaga tomó de don Pompeyo su apostasía, Guimarán + se contagió con el odio de don Santos al Provisor y a doña + Paula. «¡Era escandaloso, ciertamente, aquel tráfico + indigno!». Los dos viejos fueron trompas de la fama contra la honra + del Provisor. Don Santos alborotó la vecindad muchas noches; no + bastó la intervención del sereno; llegó a dar puñadas, + bastonazos y hasta patadas en la puerta de la <i>Cruz Roja</i>. El dueño + del establecimiento se quejó a la autoridad, creció el escándalo, + los enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se + gritaba: «¿Cómo se entiende? ¿van a prender a + don Santos después de haberle arruinado? + </p> + <p> + ¿Se atrevería la autoridad a tomar una <i>medida represiva</i>?». + </p> + <p> + En el cabildo, Glocester, el maquiavélico Arcediano, hablaba al oído + de los canónigos «de descrédito colectivo, de lo que + la iglesia, y la catedral sobre todo, perdían con aquellas <i>algaradas</i> + (frase de Glocester)». El beneficiado don Custodio apoyaba al señor + Mourelo. + </p> + <p> + —¡Y si fuera eso lo peor!—decía el Arcediano. + </p> + <p> + Y entonces comenzaba el segundo capítulo de la murmuración. + </p> + <p> + «Lo peor era que, con razón o sin ella, pero no sin que las + apariencias diesen motivo para las hablillas, se decía que el + Magistral quería seducir, y en camino estaba, nada menos que a la + Regenta». + </p> + <p> + —¡Hombre, eso no!—gritaba el chantre—¡ella + está hecha una santa; después de su enfermedad, desde que + estuvo si la entrega o no la entrega, su vida es ejemplar. Si antes era + una señora virtuosa, como hay muchas, ahora es una perfecta + cristiana. Está más delgadilla, más pálida, + pero hermosísima... quiero decir, que edifica, que es una santa... + vamos... una santa.... + </p> + <p> + —Señor, yo quiero hechos... y el público no se fía + de santidades... se fía de hechos.... + </p> + <p> + Y Glocester citaba muchos hechos: la frecuencia de las confesiones de + Anita Ozores, lo mucho que duraban las visitas del Provisor al Caserón, + las visitas de la Regenta a doña Petronila.... + </p> + <p> + —¡Cómo! ¿Y qué? ¿qué + tenemos con esas visitas? ¿También va usted a creer que doña + Petronila se presta?... + </p> + <p> + —Señor... yo no creo ni dejo de creer... yo cito hechos y + digo lo que dice el público.... El escándalo crece.... + </p> + <p> + Era verdad. Tal maña se daban Glocester y don Custodio y otros señores + del cabildo, algunos empleados de la curia eclesiástica, y entre el + elemento lego Foja y don Álvaro; este por debajo de cuerda y + conteniéndose en lo que se refería a la simonía y + despotismo que se achacaba al Provisor. En el Casino tampoco se hablaba de + otra cosa. Ya todos aseguraban haber encontrado a don Santos dando patadas + a la puerta de la Cruz Roja y desafiando a gritos al Magistral. Había + bandos: unos reclamaban la intervención de la autoridad, otros + sostenían <i>el derecho del pataleo</i> de Barinaga. + </p> + <p> + El Chato iba y venía, espiaba en todas partes, y dos o tres veces + al día entraba en casa del Provisor a dar parte de las + murmuraciones a su jefe, a doña Paula, que le pagaba bien. + </p> + <p> + La madre de don Fermín vivía en perpetua zozobra; pero no + desmayaba. «Ya que él quería perderse, allí + estaba ella para salvarle». Era lo principal visitar al Obispo, + conseguir que la murmuración, la calumnia o lo que fuese, no + llegara a su Ilustrísima. Doña Paula pasaba gran parte del día + y de la noche en palacio. Su lugarteniente Úrsula, el ama de llaves + del Obispo, tenía orden de no dejar a ninguna persona sospechosa + llegar a la cámara de su dueño; los familiares, gente devota + de doña Paula, hechuras suyas, obedecían a la misma + consigna. El Magistral, aunque le disgustaba emplearse en tal oficio, + también espiaba y vigilaba; el instinto de conservación le + obligaba a secundar los planes de su madre. + </p> + <p> + Doña Paula y don Fermín hablaban poco; se defendían + por acuerdo tácito; empleaban el mismo sistema de resistencia sin + comunicárselo. Estaba la madre irritada. «Su hijo la engañaba, + la perdía. Para ella doña Ana Ozores, la dichosa Regenta, + era ya <i>barragana</i> (esta palabra decía en sus adentros) + barragana de su Fermo. + </p> + <p> + Por allí iba a romper la soga; por allí hacía agua el + barco. Si se hablaba tanto de los abusos de la curia eclesiástica, + de la <i>Cruz Roja</i> y de don Santos, era porque el <i>otro negocio</i>, + el más escandaloso, el de las <i>faldas</i> traía consigo + los demás». Esto pensaba ella. «Lo otro es antiguo; ya + nadie hacía caso de esas hablillas por viejas, por gastadas, pero + con el escándalo nuevo, con lo de esa mala pécora, hipócrita + y astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un + mucho. Si Fortunato sabe algo, cree algo, nos hundimos». Al dueño + de la Cruz Roja se le prohibió oír los golpes que descargaba + en la puerta todas las noches el borracho de don Santos. No se volvió + a pensar en pedir auxilio a la autoridad. Se compró al sereno y se + le dio orden de que evitara el ruido ante todo. Era inútil. Muchos + vecinos ya esperaban con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y salían + a los balcones a presenciar la escena. + </p> + <p> + Pero doña Paula tenía además que seguir los pasos a + su hijo. + </p> + <p> + El Chato había visto a la Regenta y al Magistral entrar juntos al + anochecer en casa de doña Petronila. Y ya lo sabía doña + Paula. Pero también les había visto don Custodio y se lo había + dicho a Glocester y después los dos a toda Vetusta. + </p> + <p> + En tanto, en el café de la Paz había ya público para + oír a don Pompeyo y a don Santos maldecir de las religiones + positivas y especialmente del señor Vicario general, como llamaba + siempre a De Pas el señor Guimarán. Entre el <i>pueblo bajo</i> + corría la historia de las aras, de la ruina de don Santos, de los + millones del Magistral depositados en el Banco; con tal motivo algunos + obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al clero en masa. A + esto lo llamaban cortar por lo sano. + </p> + <p> + Los trabajadores carlistas dudaban; tenía entre ellos amigos el + Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le temían por + rico... y sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del + asunto de <i>las faldas</i>. Allá cuando la Revolución, se + había dicho si tenía o no tenía don Fermín + aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se acordaba por allí + de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la voz en la + propaganda revolucionaria habían muerto, o habían + envejecido, o se habían dispersado, o estaban desengañados + de <i>la idea</i>; la generación nueva no era clerófoba más + que a ratos; era amiga de la taberna, no del club. Se hablaba sólo + de revolución social; y ya se decía que los curas no son ni + más ni menos malos que los demás <i>burgueses</i>. Malo era + el fanatismo, pero el <i>capital</i> era peor. No había en los + barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las sotanas. El + Magistral era allí más despreciado que aborrecido. Pero el + escándalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o + tres rasgos de despotismo en la curia eclesiástica, el dineral que + costaba casarse—como si antes no costara lo mismo—y las + acciones del Banco, volvieron a encender los odios, y esta vez se habló + de colgar al Provisor y <i>demás clerigalla</i>. + </p> + <p> + Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después + de Glocester que la creía obra suya exclusivamente, era don + Álvaro Mesía. Ya aborrecía de muerte al Magistral. + «Era el primer hombre ¡y <i>con faldas</i>! que le ponía + el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba una presa, y con + trazas de llevársela!». «Tal vez se la había + llevado ya. Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario había + podido más que su sistema prudente, que aquel sitio de meses y + meses, al fin del cual el <i>arte</i> decía que estaba la rendición + de la más robusta fortaleza. Yo pongo el cerco, pero ¿quién + sabe si él ha entrado por la mina?». El dandy vetustense + sudaba de congoja recordando lo mucho que había padecido bajo el + poder de don Víctor Quintanar, que según su cuenta, en pocos + meses de íntima amistad le había <i>declamado</i> todo el + teatro de Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcón. Y + todo, ¿para qué? «Para que el diablo haga a esa señora + caer en cama, tomarle miedo a la muerte, y de amable, sensible y + condescendiente (que era el primer paso), convertirse en arisca, timorata, + mística... pero mística de verdad. ¿Y quién se + la había puesto así? El Magistral, ¿qué duda + cabía? Cuando él comenzaba a preparar la escena de la + declaración, a la que había de seguir de cerca la del <i>ataque + personal</i>, cuando la próxima primavera prometía eficaz + ayuda... se encuentra con que la señora tiene fiebre». + «La señora no recibe», y estuvo sin verla quince días. + Se le permitía llegar al gabinete, preguntarle cómo + estaba... pero no entrar en la alcoba. Él había ido a + visitarla todos los días, pero como si no, no le dejaban verla. Y + ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin + obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual». + Durante la primera convalecencia, que duró pocos días, se le + permitió a él también entrar en la alcoba dos o tres + veces, pero nunca pudo hablar a solas con Ana. Y lo más triste había + sido después; cuando la segunda arremetida del mal, que fue tan + peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud. Ana le recibió + en su gabinete. ¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante + delgada, y pálida como una muerta. «Hermosísima, eso sí, + hermosísima... pero a lo romántico. Con mujeres de aquellas + carnes y de aquella sangre no luchaba él. Estaba entregada a Dios. + ¡Claro! ¡Apenas comía! No podía levantar un + brazo sin cansarse». Don Álvaro calculaba, furioso de + impaciencia, cuánto tiempo tardaría aquella <i>naturaleza</i> + en adquirir la fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos + sensuales, que eran la fe viva del señor Mesía y su + esperanza. Tardaría mucho. Mientras tanto él no podría + emprender nada de provecho. «Y el Magistral estaba haciendo allí + su agosto; embutiendo aquel cerebro débil de visiones celestes.... + Ana era otra para él. No le miraba jamás, y las pocas + palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, + eran corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón. + A veces se le ocurría a él si se las dictaría el + Magistral». Una tarde comía la Regenta en presencia de su + esposo, don Álvaro y De Pas. Le costaba lágrimas cada + bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no debía comer. + Entonces Mesía tomó con mucho calor la defensa del alimento + obligatorio. + </p> + <p> + —Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo + principal aquí es sentirse bien; y pronto, para que no se apodere + la anemia de ese organismo.... + </p> + <p> + —Oh, amigo mío—replicó el Magistral, sonriendo + con mucha amabilidad—la anemia, usted sabe mejor que yo que puede + venir a pesar del alimento.... Además, comer no es lo mismo que + alimentarse.... + </p> + <p> + —Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría + carne cruda, mucha carne a la inglesa... + </p> + <p> + «¡Oh! le corría prisa; hubiera dado sangre de un brazo + por verla correr por aquellas venas que se figuraba exhaustas. ¡La + vida, la fuerza a todo trance, para aquella mujer!». Hasta habló + un día don Álvaro de transfusiones. «La ciencia había + adelantado mucho en esta materia». + </p> + <p> + Somoza solía aprobar moviendo la cabeza y diciendo: + </p> + <p> + —¡Mucho! ¡mucho! ¡oh, sí, la ciencia! + ¡mucho!... ¡la transfusión!... ¡claro! Tenía + cierto miedo a los conocimientos médicos de don Álvaro. + Aquel hombre que iba a París y traía aquellos sombreros + blancos y citaba a Claudio Bernard y a Pasteur... debía de saber más + que él de medicina moderna... porque él, Somoza, no leía + libros, ya se sabe, no tenía tiempo. + </p> + <p> + Pero la Regenta mejoraba; volvía la sangre, aunque poco a poco; los + músculos se fortalecían y redondeaban... y la frialdad y la + reserva no desaparecían. Don Víctor siempre el mismo para su + don Álvaro; seguían las confidencias acompañadas de + cerveza... pero Ana jamás se presentaba. Si don Álvaro se + atrevía a preguntar por ella, don Víctor fingía no oír, + o mudaba de conversación; si el otro insistía, Quintanar + suspiraba y encogiendo los hombros decía: + </p> + <p> + —¡Déjela usted... estará rezando! + </p> + <p> + —¡Rezando!... Pero tanto rezar puede matarla.... + </p> + <p> + —No... si... no reza... es decir... oración mental... + ¿qué sé yo?... cosas de ella. Hay que dejarla. + </p> + <p> + Y suspiraba otra vez. Sí, había que dejarla. Pero a solas, + don Álvaro se mesaba los rubios y finos cabellos ¡quién + lo diría! se llamaba animal, bestia, bruto, como si no fuera todo + lo mismo, y se decía: + </p> + <p> + —¡Me he portado como un cadete! Me ha perdido la timidez.... + Debí dar el <i>ataque personal</i> una noche que la encontré + a obscuras... o aquella tarde del cenador.... + </p> + <p> + Pero no lo había dado.... Y ahora no había remedio. Un día + llegó Ana <i>al extremo</i> de retirar la mano, que él + solicitaba con la suya extendida. Buscó un pretexto con la + habilidad rápida que tienen las mujeres... y... no le dio la mano. + No volvió a tocarle aquellos dedos suaves. Y es más, apenas + la veía. + </p> + <p> + —«¡Oh, a él, a don Álvaro Mesía le + pasaba aquello! ¿Y el ridículo? ¡Qué diría + Visita, qué diría Obdulia, qué diría Ronzal, + qué diría el mundo entero! + </p> + <p> + »Dirían que un cura le había derrotado. ¡Aquello + pedía sangre! Sí, pero esta era otra». «Si don + Álvaro se figuraba al Magistral vestido de levita, acudiendo a un + duelo a que él le retaba... sentía escalofríos». + Se acordaba de la prueba de fuerza muscular en que el canónigo le + había vencido delante de Ana misma. Aquel valor que él sentía + ante una sotana, por la esperanza irreflexiva de que la mansedumbre obliga + al clérigo a no devolver las bofetadas, aquel valor desaparecía + pensando en los puños de don Fermín. «No había + salida. No había más que acabar con él ayudando a + Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano eclesiástico». + </p> + <p> + Por las tardes, paseándose en el Espolón, donde ya iban quedándose + a sus anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la + sombra de los árboles frondosos del Paseo Grande, don Álvaro + solía cruzarse con el Provisor; y se saludaban con grandes + reverencias, pero el seglar se sentía humillado, y un rubor ligero + le subía a las mejillas. Se le figuraba que todos los presentes les + miraban a los dos y los comparaban, y encontraban más fuerte, más + hábil, más airoso al vencedor, al cura. Don Fermín + era el de siempre; arrogante en su humildad, que más quería + parecer cortesía que virtud cristiana; sonriente, esbelto, + armonioso al andar, enfático en el sonsonete rítmico del + manteo ampuloso, pasaba desafiando el qué dirán, con + imperturbable sangre fría. Solían juntarse en el Espolón + los tres mejores mozos del Cabildo: el chantre, alto y corpulento; el + pariente del ministro, más fino, más delgado, pero muy largo + también, y don Fermín, el más elegante y poco menos + alto que la dignidad. Gastaban entre los tres muchas varas de paño + negro reluciente, inmaculado; eran como firmes columnas de la Iglesia, + enlutadas con fúnebres colgaduras. Y a pesar de la tristeza del + traje y de la seriedad del continente, don Álvaro adivinaba en + aquel grupo una seducción para las vetustenses; iba allí el + prestigio de la Iglesia, el prestigio de la gracia, el prestigio del + talento, el prestigio de la salud, de la fuerza y de la carne que medró + cuanto quiso... Él se figuraba tres monjas hermosas, buenas mozas, + que tuviesen además talento, gracia; se las figuraba paseando por + el Espolón... y estaba seguro de que los ojos de los hombres se irían + tras ellas. Pues lo mismo debía de suceder trocados los sexos. Y, + en efecto, en los saludos que las señoras que todavía + paseaban en el Espolón dedicaban a los tres buenos mozos del + Cabildo, a las tres torres davídicas, creía ver el + Presidente del Casino ocultos deseos, declaraciones inconscientes de la + lascivia refinada y contrahecha. + </p> + <p> + Cada día aumentaba en don Álvaro la superstición del + confesonario, cada día creía más poderosa la + influencia del cura sobre la mujer que le cuenta sus culpas. Y mirando a + las damas que iban y venían, unas elegantes, lujosas, otras + enlutadas o con hábito humilde, todas deseando a su modo agradar, + todas procurándolo, Mesía imaginaba secretos hilos + invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basquiña, + del cura a la hembra. + </p> + <p> + En suma, don Álvaro tenía celos, envidia y rabia. Su + materialismo subrepticio era más radical que nunca. «Nada, + nada, fuerza y materia, no hay más que eso», pensaba. + </p> + <p> + Y si no fuera porque los partidos avanzados nunca son poder o lo son poco + tiempo, se hubiera declarado demagogo y enemigo de la religión del + Estado. + </p> + <p> + Llegó al extremo de proponer en la Junta del Casino que no se + celebrara en adelante ninguna fiesta de orden religioso colgando e + iluminando los balcones. Ronzal se opuso, pero el Presidente se impuso y + se votó aquella abstención. ¡Había triunfado al + cabo don Pompeyo Guimarán! + </p> + <p> + Don Álvaro quería que el ateo volviese al Casino, hacía + falta aquel refuerzo a los que se empeñaban en deshonrar al + Magistral. Foja y Joaquinito Orgaz, que capitaneaban la partida de los + murmuradores, propusieron a don Álvaro que fuera una comisión + a buscar a don Pompeyo para restituirlo al Casino, «de donde nunca + debió haber salido». Se celebraría la <i>restauración</i> + de Guimarán con una buena cena. Paco el Marquesito, que como buen + aristócrata se creía obligado a ser religioso <i>en la forma + por lo menos</i>, se opuso al principio a los proyectos de Foja y Orgaz, + pero considerando que su amigo, su ídolo Mesía deseaba tener + allí al otro para que le ayudara a desacreditar al Provisor, y + considerando que iban a divertirse de veras en el <i>gaudeamus</i> de la + noche, falló que debía ayudar y ayudaba a los enemigos del + Magistral y se agregó a la comisión que fue a buscar a don + Pompeyo. + </p> + <p> + Fueron: el señor Foja, ex-alcalde, Paco Vegallana y Joaquín + Orgaz. + </p> + <p> + Los recibió el señor Guimarán en su despacho, lleno + de periódicos y bustos de yeso, baratos, que representaban bien o + mal a Voltaire, Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden + de colocación sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros + viejos. + </p> + <p> + Usaba don Pompeyo en casa bata de cuadros azules y blancos, en forma de + tablero de damas. Acogió a los comisionados con la amabilidad que + le distinguía y ocultando mal la sorpresa. + </p> + <p> + «¿A qué vendrían aquellos señores? + ¿Querrían darle alguna broma? No lo esperaba». De + todos modos el ver allí al hijo del marqués de Vegallana le + inundaba el alma de alegría, aunque él no quisiera + reconocerlo. + </p> + <p> + Cuando supo de lo que se trataba, por boca de Foja, tuvo que levantarse + para ocultar la emoción. Sintió que la hebilla del chaleco + estallaba en su espalda. + </p> + <p> + —Señores—pudo decir al cabo con voz temblorosa—si + un juramento solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que + voluntariamente me impuse hace tantos años, o mejor dicho, que me + impusieron el fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volvería + con mil amores al seno de aquella sociedad de la que fuí fundador + con otros seis o siete amigos. ¿Y cómo no, señores, + si allí corrieron los mejores días, para mí, en pláticas + provechosas y amenas con el elemento más culto de la población? + Allí la tolerancia solía tener su asiento; y las personas, + los personajes en quien más arraigadas están ciertas ideas + venerables al fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta + cierto punto de abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes, + entre los cuales cuento al papá de este joven ilustrado, a mi buen + amigo y condiscípulo el excelentísimo señor marqués + de Vegallana, respetaban mis opiniones, como yo las suyas. Lo que ustedes + hacen ahora nunca lo agradeceré yo bastante. Pero lo principal ya + se ha logrado; la libertad del pensamiento vuelve a brillar en el + Casino.... Mi aspiración se ha realizado. Ahora, por lo que a mí + toca, señores, debo declarar que no puedo romper un voto solemne, + un juramento... y no iré con ustedes, aunque bien quisiera. + </p> + <p> + La comisión insistió, conociendo en la cara de don Pompeyo + que vencerían. + </p> + <p> + Foja presentó un argumento de mucha fuerza. + </p> + <p> + —Dice usted, señor don Pompeyo, que por su gusto vendría + con nosotros, se restituiría al Casino. + </p> + <p> + —¡Con mil amores! Esa es la palabra... me restituiría.... + </p> + <p> + —Que únicamente le retrae el juramento.... + </p> + <p> + —Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida allí los + pies. + </p> + <p> + —¿Pero qué solemnidad ni qué castañuelas? + y usted dispense que me exprese así. El que jura, pone a Dios por + testigo; pero usted no cree en Dios... luego usted no puede jurar. + </p> + <p> + —Perfectamente—dijo Joaquinito Orgaz; de <i>p</i> y <i>p</i> y + <i>w</i> y se puso en pie para hacer una pirueta flamenca. + </p> + <p> + Creía Joaquín que en casa de un ateo de profesión, de + un loco, en otros términos, la buena crianza estaba de más. + </p> + <p> + Don Pompeyo se quedó mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez, + mientras consideraba el argumento de Foja. + </p> + <p> + No tenía qué contestar. + </p> + <p> + Al cabo dijo:—La verdad es... que jurar... yo no puedo jurar... + pero... metafóricamente.... Además, puedo prometer por mi + honor.... + </p> + <p> + —Pero amigo, en aquella ocasión usted no prometió por + su honor; juró usted no poner allí los pies... todo Vetusta + recuerda sus palabras de usted. + </p> + <p> + Don Pompeyo sintió vapores en la cabeza al oír que todo + Vetusta recordaba sus palabras. + </p> + <p> + Pero insistió, aunque más débilmente cada vez, en su + negativa. + </p> + <p> + Foja guiñó el ojo al Marquesito. Empezó entonces este + el ataque, y Guimarán no pudo resistir más. Se rindió. + </p> + <p> + ¡El hijo de Vegallana, del primer aristócrata, venía a + suplicarle que volviera al Casino! Oh, aquello era demasiado. No pudo + sostener la fortaleza de su resolución. + </p> + <p> + —Después de todo—dijo—en el mero hecho de haberse + restablecido la legislación que yo invocaba... ya puedo pisar sin + desdoro aquel pavimento.... + </p> + <p> + —Pues claro que puede usted pisar. Nada, nada; póngase usted + la levita, que la cena espera. + </p> + <p> + —¿Qué cena?—Sí, señor; se ha + acordado por el elemento vencedor, por los que solicitan la presencia de + usted, obsequiarle con un banquete... y vamos a cenar juntos unos doce + amigos.... + </p> + <p> + Don Pompeyo no sabía si debía aceptar.... No le dejaron ser + modesto; y corrió aturdido a ponerse la levita y el sombrero de + copa alta. Estaba deslumbrado y creía sentir alrededor de su cuerpo + un baño; un baño de agua rosada. + </p> + <p> + La presencia del Marquesito era el principal factor de aquella alegría. + «¡Oh! al fin la aristocracia era algo, algo más que una + palabra, era un elemento histórico, una grandeza positiva... podía + haber nobleza y no haber Dios... ¿qué duda cabía?». + </p> + <p> + Una hora después en el comedor del Casino que ocupaba una crujía + del segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa + presidida por don Pompeyo Guimarán, don Álvaro Mesía, + enfrente del protagonista, y en agradable confusión después, + sin pensar en preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, + Foja, don Frutos Redondo (que acudía a todas las cenas fuesen del + partido religioso o político que fuesen), el capitán Bedoya, + el coronel Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas + pulgas y buena espada, un tal Juanito Reseco, que escribía en los + periódicos de Madrid y venía a Vetusta, su patria, a darse + tono de vez en cuando, y además un banquero y varios jóvenes + de la <i>bolsa</i> de Mesía, trasnochadores abonados del Casino. + </p> + <p> + Pocas veces comía en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones + con los poderosos de la tierra eran muy poco íntimas, casi nunca veía + una mesa bien puesta. Así le parecía digno de Baltasar aquel + vulgarísimo aparato de restaurant provinciano. El mantel + adamascado, más terso que fino; los platos pesados, gruesos; de + blanco mate con filete de oro; las servilletas en forma de tienda de campaña + dentro de las copas grandes, la fila escalonada de las destinadas a los + vinos; las conchas de porcelana que ostentaban rojos pimientos, cárdena + lengua de escarlata, húmedas aceitunas, pepinillos rozagantes y + otros entremeses; la gravedad aristocrática de las botellas de + Burdeos, que guardaban su aromático licor como un secreto; los + reflejos de la luz quebrándose en el vino y en las copas vacías + y en los cubiertos relucientes de plata Meneses; el centro de mesa en que + se erguía un ramillete de trapo con guardia de honor de dos + floreros cilíndricos con pinturas chinescas, de cuya boca salían + imitaciones groseras de no se sabía qué plantas, pero que a + don Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna <i>miss</i> + de circo ecuestre; las cajas de cigarros, unas de madera olorosa, otras de + latón; los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y + vinagre y con más especias que un barco de Oriente...; todo + contribuía a deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y + fascinado el conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de + la mesa aún pulcra, correcta, intacta. + </p> + <p> + Se comenzó a comer sin mucho ruido; todos se esforzaban en decir + chistes. Joaquinito se burlaba del servicio y hablaba de Fornos... y de La + Taurina y el Puerto, donde se cenaba <i>por todo lo flamenco</i>. + </p> + <p> + Todos comían mucho, menos don Pompeyo, a quien la emoción + apretaba la garganta. Desde el segundo plato comenzó a atormentarle + un cuidado. «Estoy, pensó, en el ineludible compromiso de + brindar; tengo que improvisar un discurso». Y ya no comió + bocado que le aprovechase. Oía hablar como quien oye llover: sonreía + a derecha e izquierda, contestaba con monosílabos, pero él + pensaba en su brindis; las orejas se le convertían en brasas y a + veces sentía náuseas y temblor de piernas. En resumidas + cuentas, estaba pasando un mal rato. Él esperaba que las cosas + sucedieran así: hablaría primero don Álvaro, haría + un elogio de la constancia con que él, don Pompeyo, había + sostenido la idea santa de la libertad de pensamiento, y prometería + en nombre de la Junta que el Casino jamás tendría religión, + como no debía tenerla el Estado. Después hablarían + Foja, el Marquesito y otros, abundando en las mismas ideas... y por + último él, Guimarán, tendría que levantarse + a... <i>hacer el resumen</i>. Y mientras comía y bebía por máquina + preparaba su arenga, sin poder pasar del exordio, que quería + original, sin afectación, modesto sin falsa humildad.... «Estos + jóvenes... debieron haberme avisado ayer... y entonces tendría + yo tiempo». + </p> + <p> + Contra lo que esperaba el <i>ateo</i>, la conversación, al llegar + el Champaña, había tomado un rumbo que no podía + llevarla a los asuntos serios que él creía propios de + aquella solemnidad. Se hablaba de mujeres. Casi todos echaban de menos la + edad de las ilusiones, no por las ilusiones, sino por la secreta fuerza, + que según ellos era su origen. Se declaraban, aun los jóvenes, + en la edad triste en que el amor es de cabeza, pura imaginación. Sólo + Paco, franco y noble, confesaba que se sentía mejor que nunca, a + pesar de haber vivido tanto como cualquiera. + </p> + <p> + Uno de los compañeros de bolsa de Mesía, viejo verde de + cincuenta años, el señor Palma, banquero, lamentaba que la + juventud no fuese eterna, y con lágrimas en los ojos, de pie, con + una copa ya vacía en la mano, exponía su sistema filosófico + de un pesimismo desgarrador, como decía el capitán Bedoya. + Hubo interrupciones y entonces la conversación tomó un vuelo + más alto; Guimarán se dignó prestar atención. + Se hablaba ya de la otra vida, y de la moral, que era relativa según + la opinión de la mayoría. + </p> + <p> + Foja, pálido, desencajado, con voz temblorosa, sostenía que + no había moral de ninguna clase—y también se puso de + pie—; que el hombre era un animal de costumbres; que cada cual barría + para adentro. + </p> + <p> + —<i>Homo homini lupus</i>—advirtió Bedoya el capitán. + </p> + <p> + El coronel Fulgosio le miró con respeto y aprobó la + proposición sin entenderla. + </p> + <p> + —Eso es la lucha por la existencia—dijo muy serio Joaquinito + Orgaz. + </p> + <p> + —No hay más que materia...—añadió Foja, + que sólo en sus borracheras exponía sus opiniones filosóficas. + </p> + <p> + —Fuerza y materia—dijo Orgaz padre—que lo había oído + a su hijo. + </p> + <p> + —Materia... y pesetas—rectificó Juanito Reseco—con + voz aguda, estridente y cargada de una ironía que Orgaz padre no + podía comprender. + </p> + <p> + —Eso es—gritó el orador Palma; y siguió + brindando por todas las excelencias naturales que él echaba de + menos en su miserable cuerpo de anémico incurable. + </p> + <p> + Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones, + coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón. + Entre la ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y + vino, rodaron el nombre y el honor de muchas señoras. «Allí + se podía decir todo, estaban solos, todos eran unos». Mesía + hablaba poco, era su costumbre en tales casos. Temía estas + expansiones en que se toma por amigo a cualquiera y en que se dicen + secretos que en vano después se querría recoger. Mientras + los demás referían aventuras vulgares, sin gloria, él + atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y la barba + apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco con cariño + y voluptuosa calma; los ojos animados, húmedos, llenos de reflejos + de la luz y de reflejos eléctricos del vino, se fijaban en el + techo. Las demás figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no + tenía dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mesía + estaba hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armonía de + sus formas de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la + gula no imprimían groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre + melancólica y lasciva; se veía al hombre del vicio, pero + sacerdote, no víctima: dominaba él a su borrachera, <i>morigerada</i>, + señoril, discreta. Don Álvaro, a solas entre aquellos pobres + diablos, soñaba despierto, enternecido. En aquellos momentos se creía + enamorado de veras, y se creía y se sentía de veras + interesante. Aunque él era sensualista ¡qué diablo! la + sensualidad, pensaba, también tiene su romanticismo. El <i>claire + de lune es claire de lune</i> aunque la luna sea un cacho de hierro viejo, + una herradura de algún caballo del sol. + </p> + <p> + Y pasaban por su memoria y por su imaginación recuerdos de noches + de amor, no todas claras ni todas poéticas, pero muchas, muchas + noches de amor. Y sintió comezón de hablar, de contar sus + hazañas. Este prurito era nuevo en él; no lo había + sentido hasta que la Regenta le había humillado con su resistencia. + </p> + <p> + Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno + de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a él, y + callaron los demás para oírle. Entonces habló, sin + poder remediarlo, para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su + historia. Habló el maestro. Quitó el codo de la mesa y apoyó + en ella los dos brazos cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía + el cigarro, cargado con una pulgada de ceniza; inclinó un poco la + cabeza, con cierto misticismo báquico, y con los ojos levantados a + la luz de la araña, con palabra suave, tibia, lenta, comenzó + la confesión que oían sus amigos con silencio de iglesia. + Los que estaban lejos se incorporaban para escuchar, apoyándose en + la mesa o en el hombro del más cercano. Recordaba el cuadro, por + modo miserable, la <i>Cena</i> de Leonardo de Vinci. + </p> + <p> + La atención profunda del auditorio, el interés que se + asomaba a las miradas y a las bocas entreabiertas, sedujeron al Tenorio de + Vetusta, le halagaron y habló como podría hablar sobre el + pecho de un amigo. Joaquín Orgaz y el Marquesito oían con + recogimiento de sectario al maestro. Aquella era palabra de sabiduría. + </p> + <p> + Unas veces las aventuras eran románticas, peligrosas, de audacia y + fortuna; las más probaban la flaqueza de la mujer, sea quien sea; + otras demostraban la necesidad de prescindir de escrúpulos; muchas + el buen éxito de la constancia, de la astucia y de la rapidez en el + ataque. + </p> + <p> + De vez en cuando el silencio era interrumpido por carcajadas estrepitosas; + era que una aventura cómica alegraba al concurso, sacándole + de su estupor malsano y corrosivo. Entre la admiración general + serpeaba la envidia abrazada a la lujuria: las tenias del alma. Los ojos + brillaban secos. + </p> + <p> + El arte del seductor se extendía sobre aquel mantel, ya arrugado y + sucio; anfiteatro propio del cadáver del amor carnal. + </p> + <p> + Mesía se dejaba ver por dentro, más que por complacer a sus + oyentes, por oírse a sí mismo, por saber que él era + todavía quien era. + </p> + <p> + «Las trazas del amor eran casi siempre malas artes; era un soñador + el que pensase otra cosa. Alguna vez se le había arrojado a Mesía + a los brazos una mujer loca de puro enamorada; pero estas aventuras eran + muy raras. Además: si la mujer no fuera tan lasciva a ratos, las + victorias escasearían; por amor puro se entregan pocas. Más + hace la ocasión que la seducción. La seducción debe + transformarse en ocasión». + </p> + <p> + Llegó el caso de contar cómo había podido don + Álvaro vencer a la hija de un maestro de la Fábrica vieja, + muy honrado, que velaba por el honor de su casa como un Argos. Angelina + tenía padre, madre, abuela, hermanos; ella era pura como un armiño.... + Mesía había empezado por seducir a los parientes. En cada + casa entraba según lo exigía la vida de aquel hogar. + </p> + <p> + Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de + papel, jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de + devanadera, oía con paciencia y fingida atención las + lucubraciones socialistas y humanitarias del padre, encantaba a todos; + llegaba a ser el tertulio necesario, el paño de lágrimas, el + consejero, el mejor ornamento de la casa; la llenaba con su hermosa + presencia; era dulce, cariñoso, tenía blanduras de padrazo; + cuidaba de los intereses domésticos como si fueran propios, hasta + ponía paz entre los criados y los amos. Así iba entrando, + entrando en el corazón de todos; los amores con Angelina (o quien + fuera, pues de tales aventuras había tenido muchas) comenzaban en + secreto; y poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran + tapete debajo del cual hay un brasero; en el balcón al obscurecer, + en cuantas ocasiones podía, se acercaba, se apretaba contra su víctima, + la llenaba de deseos de él, de su arrogante belleza varonil y simpática; + después hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal + amparo que parecía la misma inocencia; y cualquier día o + cualquiera noche, en una merienda en el campo, después de la cena + de Noche-buena, mientras los demás de la familia reían + alegres, descuidados, la pasión de Angelina llegaba al paroxismo, + la ocasión echaba el resto y la deshonra entraba en la casa, y el + amigo íntimo, el favorito de todos, salía para no volver + nunca. + </p> + <p> + Los que oían a don Álvaro se figuraban presenciar aquellas + escenas de amistad íntima, tranquilas, dulces, llenas de expansión + y confianza; en el rostro del seductor, en sus ademanes, en las sonrisas, + en la voz, se reflejaban, por virtud del recuerdo, la bondad suave, el + aire bonachón y entrañable, la franqueza sencilla, noble, + familiar, la habilidad casera, todas las artes y cualidades que hacían + vencer a Mesía en lides tales. + </p> + <p> + —Otras veces, amigos, había que recurrir a la fuerza. + Renunciar a una victoria que se consigue con los puños y sudando + gotas como garbanzos, entre arañazos y coces, es ser un platónico + del amor, un <i>cursi</i>; el verdadero don Juan del siglo, y de todos los + siglos tal vez, vence como puede; es romántico, caballeresco, + pundonoroso cuando conviene; grosero, violento, descarado, torpe si hace + falta. + </p> + <p> + Nunca se le olvidaría a don Álvaro un combate de amor que + duró tres noches, y fue más glorioso para la vencida que + para el vencedor. La escena representaba una panera, casa de madera + sostenida por cuatro pies de piedra, como las habitaciones palúdicas + sustentadas por troncos, y las de algunos pueblos salvajes. En la panera + dormía Ramona, aldeana, y cerca de su lecho de madera pintada de + azul y rojo, que rechinaba a cada movimiento del jergón, yacía + la cosecha de maíz de su casería, en montón + deleznable que subía al techo. + </p> + <p> + Allí fue la batalla. Y don Álvaro, como si lo estuviera + pasando todavía, describía la obscuridad de la noche, las + dificultades del escalo, los ladridos del perro, el crujir de la ventana + del corredor al saltar el pestillo; y después las quejas de la cama + frágil, el gruñir del jergón de gárrulas hojas + de mazorca, y la protesta muda, pero enérgica, brutal de la moza, + que se defendía a puñadas, a patadas, con los dientes, + despertando en él, decía don Álvaro, una lascivia + montaraz, desconocida, fuerte, invencible. + </p> + <p> + «Hubo momentos en que peleé, como César en Munda, por + la vida. Era Ramona, señores, morena; su carne de cañón, + dura, tersa, y aquellos brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en + arrebato amoroso, me probaban su fuerza dando tortura a los míos, + oprimidos, inertes. Mi deseo era más poderoso, porque tenía + un incentivo más picante que la pimienta: conocía yo que + Ramona gozaba, gozaba como una loca en la refriega. Segura de no ser + vencida por la fuerza, enamorada a su modo del <i>señorito</i>, + sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos mudos, gimnásticos, + callaba, forcejeaba, mordía con deleite, magullaba con + voluptuosidad bárbara, y encontraba placer de salvaje en el + martirio de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sentían + dominados por ella. La cama se hundió; rodamos por el suelo; y + rodando llegamos al monte de maíz. Entonces salió la luna; + entraron sus rayos por la ventana que yo dejara abierta, y vi a mi robusta + aldeana, en pie, hundida una pierna entre los granos de oro y la rodilla + de la otra clavada sobre mi pecho. Me intimaba la muerte o la huida, + amenazándome con una medida para áridos, cajón enorme + de madera con chapas de hierro. Huí, huí por la ventana; del + corredor de la panera salté al callejón como pude, y tuve + que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. (Pausa.) Pero + volví a la noche siguiente. El perro ladró menos. La ventana + no estaba cerrada, el pestillo estaba descompuesto; Ramona no dormía, + me esperaba; en cuanto me sintió, descargó tremendo bofetón + sobre mi rostro. No importaba. Volvimos a la lucha; los mismos incidentes; + rodamos, nos anegamos en maíz; yo tragué muchos granos. Y + tampoco vencí aquella noche. Salí de allí por un + armisticio, con promesas de futura victoria. Y a la noche tercera luché + todavía; me había engañado; el premio me costó + batalla nueva, y sólo pude recogerlo entre molestias sin cuento, + por culpa del maíz deleznable, curioso, importuno, entremetido. + Ramona, ya rendida, se quejaba también. Nos hundíamos, + olvidados de todo; y si no estuviera mandado que lo cómico no acabe + en trágico, en buena retórica, en aquel montón + inquieto hubieran encontrado sepultura Álvaro y Ramona sofocados + por uno de nuestros más humildes cereales». + </p> + <p> + Aplausos y carcajadas ahogaron la voz del narrador. Y entonces don + Álvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con + el contraste de aventuras románticas, en que él aparecía + como un caballero de la Tabla Redonda. + </p> + <p> + Y a todo esto don Pompeyo Guimarán olvidaba su exordio, interesado + a su pesar en las aventuras eróticas del <i>frívolo</i> + Presidente del Casino. Paco Vegallana había hecho beber al ateo, + sin que este lo sintiera, más de lo que la justicia manda. No + estaba borracho, pero se sentía mal y a su pesar encontraba cierto + deleite en oír aquellas escenas escandalosas que en otra ocasión + le hubieran indignado. + </p> + <p> + Mesía al fin, cansado, y algo arrepentido de haber hablado tanto, + puso término a sus confesiones, y volviéndose a don Pompeyo + le invitó a usar de la palabra. + </p> + <p> + —Don Pompeyo—dijo, y se puso en pie tambaleándose, lo + cual probaba que, si no el vino, sus recuerdos le habían embriagado—don + Pompeyo; puesto que ésta es la hora de las grandes revelaciones, es + preciso que usted nos diga cuál es el fondo de su alma.... + </p> + <p> + —Señores—interrumpió el ateo—el fondo de + mi alma lo traigo en la superficie para que el mundo se entere. + </p> + <p> + —¡Bravo! ¡bravo!—gritó el concurso. + </p> + <p> + Y se vertieron y rompieron algunas copas. + </p> + <p> + —Propongo—gritó Juanito Reseco, encaramado en una silla—que + en vista de ese rasgo de genio... se le permita llamarnos de tú y + estar a la recíproca. + </p> + <p> + —¡Admitido! ¡Aprobado!—Pues bien—prosiguió + Juanito—; oh tú, Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un + disgusto. Tú piensas que en Vetusta no hay más ateos que tú... + </p> + <p> + —¡Caballerito!—Pues yo soy otro; <i>anch'io... so + pittore</i>. Sólo que tú eres un ateo progresista, un ateo + fanático, un teólogo patas arriba.... Tú pasas la + vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por debajo de tus + piernas. Y aunque hay contradicción aparente en eso de patas arriba + y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la antinomia como dicen + los filósofos cursis, considerando que el ser bípedo no es + para todos.... + </p> + <p> + —Caballerito... no comprendo esa jerga filosófica. Antes que + usted naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone + es insultar mis canas, y mi consecuencia.... + </p> + <p> + —Decía que eres un teólogo patas arriba; pues sabe que + en el mundo civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La + cuestión de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve. + Tú no puedes entender esto, pero oye lo que te importa; tú, + fanático de la negación, morirás en el seno de la + Iglesia, del que nunca debiste haber salido. <i>Amen dico vobis</i>. + </p> + <p> + Y cayó Juanito debajo de la mesa. + </p> + <p> + A todos había indignado su discurso, menos a Mesía que + extendiendo su mano hacia él, exclamó: + </p> + <p> + —¡Perdonadle... porque ha bebido mucho! + </p> + <p> + —Ese Juanito—decía el coronel a don Frutos el americano—me + parece un gran pedante. + </p> + <p> + —Es un hambriento con más orgullo que don Rodrigo en la + horca. + </p> + <p> + Se habló de religión otra vez. Don Frutos expuso sus + creencias con una palabra aquí, otra allí, haciendo islas y + continentes de vino tinto sobre el mantel y suplicando con los ojos que le + terminasen las cláusulas. + </p> + <p> + Insistía don Frutos en que él sentía que su alma era + inmortal: había otro mundo, además de las Américas, + otro mundo mejor al cual iban las almas de los que no habían robado + en las carreteras. Además Dios era misericordioso, hacía la + vista gorda. Y por supuesto, quería don Frutos ir a ese mundo mejor + con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si no, ¡vaya una + gracia! + </p> + <p> + —¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo + bruto que ha sido sobre la haz de la tierra?—preguntaba Foja al oído + de Orgaz hijo. + </p> + <p> + —¡Señores—gritó Joaquín—si en + la otra vida no hay <i>cante</i> o es cante adulterado, renuncio al más + allá! + </p> + <p> + Y dio un salto sobre la mesa agarrándose a una columna y comenzó + un baile flamenco con perfección clásica. No faltaron + jaleadores, y sonaban las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz + ronca y melancolía de chulo: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">a coooosa</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">que maravilla mamá</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">ver al Frascueeeelo</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">la pantorriiiilla mamá...</span><br /> + </p> + <p> + Don Pompeyo sentía escalofríos. ¡Qué degradación! + Meditaba y veía dos Orgaz hijo sobre la mesa. + </p> + <p> + —Me han embriagado con sus herejías... quiero decir... con + sus blasfemias...—dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo + aquello era muy soso sin mujeres. + </p> + <p> + Joaquín gritó:—Allá va una a la salud de don + Pompeyo. + </p> + <p> + Y comenzó una copla impía y brutal alusiva a una sagrada + imagen. + </p> + <p> + —¡Alto ahí, señor mío!—exclamó + indignado el buen Guimarán al oír el penúltimo verso—. + Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo que ustedes hacen con + tamañas blasfemias indecorosas es la causa, el caldo gordo del + clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y procaz, que por el + mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy se ha creído + esto y mañana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido los + pueblos cultos, ni ahora, ni en la antigüedad, es de la buena + crianza, y del respeto que nos debemos todos. + </p> + <p> + —¡Bien, muy bien!—dijeron todos, incluso Joaquín. + </p> + <p> + —Y yo estoy cansado de que se me tome a mí por un + iconoclasta; sí, iconoclasta soy, pero iconoclasta del vicio, apóstol + de la virtud y heresiarca de las tinieblas que envuelven la inteligencia y + el corazón de la humanidad. + </p> + <p> + —¡Bravo!¡bravo!—Y si por alguien se ha creído + que yo puedo fraternizar con el escándalo, aunarme con la + desfachatez y adherirme a la orgía, protesto indignado, que a muy + otra cosa he venido aquí. Y creo llegado el momento de que se hable + con alguna formalidad. + </p> + <p> + —Perfectamente—interrumpió Foja—el señor + Guimarán ha hablado como un libro, y eso que no los lee, pero no + importa, ha hablado como el libro de su conciencia, según él + dice. Aquí, señores, nos hemos reunido para celebrar la + vuelta del señor Guimarán al hogar doméstico, llamémoslo + así, del Casino. Pero ¡ah! señores diputados, ¿por + qué ha vuelto al Casino el señor Guimarán? <i>Tatiste + question</i>, como dice Trabuco, a quien siento no ver entre nosotros. + (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque nos hemos emancipado de la + repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto a fundar una sociedad cuya + sesión inaugural estáis celebrando, acaso sin saberlo. Esta + sociedad que, desde luego, no se llamará de la templanza, se + propone perseguir a los fariseos, arrancar las caretas de los hipócritas + y arrancar del cuerpo social de Vetusta las sanguijuelas místicas + que chupan su sangre. (Estrepitosos aplausos. Paco se abstiene y piensa lo + mismo que antes: que faltan chicas.) Señores... guerra al clero + usurpador, invasor, inquisidor; guerra a esa parte del clero que comercia + con las cosas santas, que se vale de subterráneos para entrar con + sus tentáculos de pólipo en las arcas de la <i>Cruz Roja</i>... + </p> + <p> + —¡Ahí, ahí le duele!... + </p> + <p> + —A ese clero que condena a la tisis del hambre a dignos + comerciantes, a padres de familia; a ese clero que dispersa los hogares y + hunde en alcantarillas inmundas, mal llamadas celdas, a las vírgenes + del Señor, y que entiende que las entrega a Jesús entregándolas + a la muerte. (Frenéticos aplausos.) Juremos todos ser trompetas del + escándalo, para que tanto sea, y a tales oídos llegue, que + la ruina del enemigo común sea un hecho. Porque, señores, + nadie como yo respeta al clero parroquial, ese clero honrado, pobre, + humilde... pero el alto clero... muera... y sobre todo... muera el señor + Provisor... el.... + </p> + <p> + —¡Muera! ¡muera!—contestaron algunos: Joaquín, + el coronel, que estaba sereno, pero quería que muriese el + Magistral, y otros dos o tres comensales borrachos. + </p> + <p> + Cuando se levantaron de la mesa amanecía. Se había hablado + mucho más; se había contado la historia del Provisor tal + como la narraba la leyenda escandalosa. Convinieron, hasta los más + prudentes, en que era preciso fundar seriamente aquella sociedad propuesta + por Foja. Se acordó juntarse a cenar una vez al mes y hacer gran + propaganda contra el Magistral. Al salir, repartidos en grupos, se decían + en voz baja: + </p> + <p> + —«Todo esto lo ha preparado Mesía; don Fermín es + su rival y él quiere arruinarle, aniquilarle. + </p> + <p> + —»¿Pero ¿quién llevará el gato al + agua? + </p> + <p> + —»¿Qué gato?—»¿O la gata?—»El + Magistral.—»Álvaro.—»O los dos... —»O + ninguno.—»En fin—advirtió Foja—yo ni quito + ni pongo rey.... + </p> + <p> + —»Pero ayudo a mi señor»—concluyó el + coro. + </p> + <p> + Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz acompañaron a + don Pompeyo a su casa. Era una mañana de Junio alegre, tibia, + sonrosada. El sol anunciaba sus rayos en los colores vivos de las nubes de + Oriente. Los pasos de los trasnochadores retumbaban en las calles de la + Encimada como si anduvieran sobre una caja sonora. Aunque no hacía + frío, todos habían levantado el cuello de la levita o lo que + fuese. Don Pompeyo iba taciturno. Abrió la puerta de su casa con su + llavín; entró sin hacer ruido; y a poco cerraba los ojos, + metido en su lecho, por no ver la claridad acusadora que entraba por las + rendijas de los balcones cerrados. Aquello de acostarse de día era + una revolución que mareaba a Guimarán; dudaba ya si las + leyes del mundo seguían siendo las mismas. Al cerrar los ojos sintió + que su lecho, siempre inmóvil, también se sublevaba bajando + y subiendo. Poco después se creía en el Océano, + encerrado en un camarote, víctima del mareo y corriendo borrasca. + </p> + <p> + Se levantó a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de + la cena, de la dichosa cena. Sin embargo, aunque se prometió no + verse en otra; pocas horas después, en el Casino, donde le + recibieron con muestras de simpatía y de júbilo, ofrecía + solemnemente volver a las andadas, acudir a los <i>gaudeamus</i> mensuales + en que se daría cuenta de los trabajos de la <i>sociedad innominada</i> + que había fundado <i>inter-pocula</i>. + </p> + <p> + Doña Paula supo por el Chato, a quien se lo contó un mozo + del restaurant del Casino, cuanto se había hablado en la cena + inaugural, y lo que pretendían aquellos señores. Cuando el + Magistral oyó a su madre que se había gritado: «Muera + el Provisor» encogió los hombros, se levantó y salió + de casa. + </p> + <p> + —Este chico anda tonto... yo no sé lo que tiene; parece que + no está en este mundo.... ¡Oh, maldita Regenta! ¡Esa + mala pécora me lo tiene embrujado! + </p> + <p> + Al mes siguiente se celebró la segunda sesión de la <i>Innominada</i>; + se bebió, se emborracharon los que solían y se dio cuenta de + los trabajos de propaganda. Foja participó que se había + entendido en secreto con el Arcediano, don Custodio y otros <i>enemigos + capitulares</i> (así dijo) del Provisor. Se sabían muchos + escándalos nuevos; el elemento eclesiástico y el secular, de + común acuerdo para librar a Vetusta del enemigo general, tramaban + la ruina del monstruo; pronto se llegaría a poner en manos del + Obispo las pruebas de aquellas prevaricaciones de todas clases de que se + acusaba a don Fermín de Pas. Lo peor de todo, lo que haría + saltar al Obispo, era lo que se refería al abuso indecoroso del + confesonario. Se contaban horrores; en fin, ello diría. + </p> + <p> + Don Álvaro propuso que las cenas mensuales se suspendiesen hasta el + Otoño y suplicó que se guardase el más profundo + secreto. Además, él, sintiéndolo, tenía que + privarse en adelante de asistir a tales reuniones; su espíritu allí + quedaba, pero él, don Álvaro, por razones poderosas, que + suplicaba a los presentes respetaran, se abstendría de acudir a tan + agradables banquetes. + </p> + <p> + Quince días después, a mediados de Julio, entraba una tarde + el Presidente del Casino en el caserón de los Ozores. Iba a + despedirse. Don Víctor le recibió en el despacho. Estaba el + amo de la casa en mangas de camisa, como solía en cuanto llegaba el + verano, aunque no tuviera mucho calor. Para él venían a ser + ideas inseparables el estío y aquel traje ligero. Quintanar al ver + a don Álvaro suspiró, le tendió ambas manos, después + de dejar un libro negro sobre la mesa y exclamó: + </p> + <p> + —¡Oh mi queridísimo Mesía! ¡Ingrato! cuánto + tiempo sin parecer por aquí... + </p> + <p> + —Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias, + después a los baños de Sobrón y a mediados de Agosto + estaré de vuelta en Palomares, por no perder la costumbre. + </p> + <p> + —De modo que hasta Septiembre...—Hasta fines de Septiembre no + nos veremos.... + </p> + <p> + Don Álvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la + casa. + </p> + <p> + Don Víctor lamentó aquella ausencia. Suspiró. «Era + un nuevo contratiempo, nuevo asunto de tristeza». + </p> + <p> + Notó don Álvaro que su amigo estaba menos decidor que antes, + que se movía y gesticulaba menos. + </p> + <p> + —¿Ha estado usted malo?—¡Quiá! ¿quién? + ¿yo? ¡ni pensarlo! Pues qué, ¿tengo mala cara? + Dígame usted con franqueza... ¿tengo mala cara?... Pálido... + ¿tal vez? ¿pálido?... + </p> + <p> + —No, no, nada de eso. Pero... se me figura que está usted + menos alegre, preocupado... qué sé yo.... + </p> + <p> + Don Víctor suspiró otra vez. Tras una pausa preguntó, + con tono quejumbroso: + </p> + <p> + —¿Ha leído usted eso?—¿Qué es eso?—Kempis, + la <i>Imitación de Jesucristo</i>... + </p> + <p> + —¿Cómo? ¡usted! ¿también usted?... + </p> + <p> + —Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas + cosas... que no se le habían ocurrido nunca.... No importa. La + vida, de todas maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero. Usted + se nos va.... Los marqueses se van.... Visita se va.... Ripamilán + ya se marchó... Vetusta antes de quince días se quedará + sola; de la Colonia... ni un alma queda.... De la Encimada se ausenta lo + mejor... quedan los pobres... los jornaleros... y nosotros. Nosotros no + salimos este año. ¡Y qué triste es un verano entero en + Vetusta! El césped del paseo grande se pone como un ruedo de + esparto... no se ve un alma por allí, en las calles no hay más + que perros y policías.... Mire usted, prefiero el invierno con + todas sus borrascas y su agua eterna... qué sé yo... a mí + el frío me anima.... En fin, felices ustedes los que se van.... + </p> + <p> + Y don Víctor suspiró otra vez. + </p> + <p> + —Voy a llamar a mi mujer. ¿Querrá usted decirla adiós, + verdad? Es natural. + </p> + <p> + —No... si está ocupada... no la moleste usted.... + </p> + <p> + —No faltaba más. Ocupada... ella siempre está + ocupada... y desocupada... qué sé yo. Cosas de ella. + </p> + <p> + Salió. Don Álvaro tomó en las manos el Kempis; era un + ejemplar nuevo, pero tenía manoseadas las cien primeras páginas, + y llenas de registros. Nunca había leído él aquello. + Lo miraba como una caja explosiva. Lo dejó sobre la mesa con miedo + y con ciertas precauciones. + </p> + <p> + Ana entró en el despacho. Vestía hábito del Carmen. + Seguía pálida, pero había vuelto a engordar un poco. + A Mesía le latió el corazón y se le apretó la + garganta, con lo que se asustó no poco. + </p> + <p> + Aquella mujer despertaba en él, ahora, una ira sorda mezclada de un + deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un + continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez + para siempre, antes de poner el pie en tierra. «¿Qué + sabía él si jamás aquella mujer sería suya?». + Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras voces le decían: + «Renuncia para siempre a la Regenta». Ya se vería. Pero + era doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo, + toda esperanza, todo proyecto de conquista. + </p> + <p> + Quería observar en el rostro de Ana la huella de una emoción, + al decirle que se marchaba sin saber cuándo volvería. Pero + Ana oyó la noticia como distraída; ni un solo músculo + de su rostro se movió. + </p> + <p> + —Nosotros—dijo—nos quedamos este verano en Vetusta. Yo + no puedo bañarme y el médico me ha dicho que el aire del mar + más podría hacerme daño que provecho por ahora. + </p> + <p> + —Vetusta se pone muy triste por el verano.... + </p> + <p> + —No... no me parece.... Don Víctor los dejó solos. + </p> + <p> + Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y + ella levantó los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró + sin miedo al seductor, a la tentación de años y años. + Sintió él que perdía el aplomo, creyó que iba + a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en pie + delante de ella. + </p> + <p> + —¿Se marcha usted ya? «Si yo me arrojo a sus pies + ahora, ¿qué pasa aquí?» se preguntó don + Álvaro. Y sin saber lo que hacía, tendió la mano + enguantada y dijo temblando: + </p> + <p> + —Anita... si usted quiere... algo para las provincias.... + </p> + <p> + —Que usted se divierta mucho, Álvaro...—contestó + ella sin asomo de ironía. Pero a él se le figuró que + se burlaba de su torpeza ridícula, de su miedo estúpido... y + sintió vehementes deseos de ahogarla. La mano de la Regenta tocó + la de Mesía sin temblar, fría, seca. + </p> + <p> + Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después + con la puerta. En el pasillo se despidió de su amigo Quintanar. + </p> + <p> + La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y + amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lágrimas, + buscaban el cielo azul entre las nubes pardas. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXImdash" id="XXImdash"></a>—XXI— + </h2> + <p> + Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los + cuarenta capítulos de la <i>Vida de Santa Teresa escrita por ella + misma</i>. + </p> + <p> + Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y + crisis nerviosas. Don Víctor, a quien los remordimientos, durante + la recaída de su mujer, habían hecho jurar que hasta verla + salva, sana, jamás se apartaría de ella, faltó al + juramento en cuanto la creyó fuera de peligro. Un día se + aventuró a dar una vuelta por el Casino; después iba a ver + los periódicos: más adelante jugaba una partida de ajedrez, + y «ya se sabe lo pesado que es este juego». Al fin, sin dar + pretexto alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le caía + encima. «Empezaba el calor—porque don Víctor, en cuestión + de temperatura, se regía por el calendario—y ya se sabía + que él no podía trabajar en su despacho en cuanto el sudor + le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo, mucha naturaleza». + </p> + <p> + La Marquesa, Visitación, Obdulia, doña Petronila y otras + amigas que habían hecho compañía a la Regenta + mientras duró el mal tiempo, ahora la visitaban cada dos o tres días + y las visitas eran breves. Hacía un sol hermoso, días + azules, sin una nube en el cielo; había que aprovechar el buen + tiempo; era la época del año en que Vetusta se anima un + poco: había teatro, paseos concurridos, con música, + forasteros... una exposición de minerales.—Hasta Petra pidió + una tarde permiso a la señora para ir a ver un arco de carbón + que habían construido.... + </p> + <p> + Ana pasaba horas y más horas en la soledad de su caserón: a + su lecho llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensión + de los sentidos. Allá abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a + veces Petra. Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola, + su único amigo. + </p> + <p> + La Regenta sentía más la soledad con tal compañía; + aquellos criados indiferentes, mudos, respetuosos, sin cariño, le + hacían echar de menos la humanidad que compadece. Petra le era + antipática. La temía sin saber por qué. Para + tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la invadían, + preguntaba a la doncella: + </p> + <p> + —¿Anda don Tomás por la huerta? + </p> + <p> + Si Frígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cerca de sí. + Se calmaba. Crespo subía una vez cada tarde a verla; pero no se + sentaba casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcón + a la puerta, y se despedía con un gruñido cariñoso. + </p> + <p> + Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad + en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo, + cuando estaba serena, sobre todo después de dormir algunas horas o + de tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi + voluptuoso en aquella soledad. El balcón del gabinete daba al + Parque: incorporándose en el lecho, veía detrás de + los cristales las copas de algunos árboles que brillaban con la + hoja nueva, rumorosa, tersa y fresca. Gorjeos de pájaros y rayos de + un sol vivo, fuerte y alegre la hablaban de la vida de fuera, de la + naturaleza que resucitaba, con esperanza de salud y alegría para + todos. + </p> + <p> + «Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a + qué mundo tan diferente! ¡Cuán otra vida iba a ser de + la que había sido! se preparaba a sí misma una vida de + sacrificios, pero sin intermitencias de malos pensamientos y de rebelión + sorda y rencorosa, una vida de buenas obras, de amor a todas las + criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en Dios y por Dios». + Pero entretanto, mientras no podía moverse de aquella prisión + de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al espíritu + sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de + Cristo. + </p> + <p> + Ana vivía ahora de una pasión; tenía un ídolo + y era feliz entre sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, + miserias del barro humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces + leyendo se mareaba; no veía las letras, tenía que cerrar los + ojos, inclinar la cabeza sobre las almohadas y <i>dejarse desvanecer</i>. + Pero recobraba el sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la + lectura, a devorar aquellas páginas por las cuales en otro tiempo + su espíritu distraído, creyéndose, vanamente, + religioso, había pasado sin ver lo que allí estaba, con hastío, + pensando que las visiones de una mística del siglo dieciséis + no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste. + </p> + <p> + La debilidad había aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba + con la razón y con el sentimiento en los más recónditos + pliegues del alma mística que hablaba en aquel papel áspero, + de un blanco sucio, de letra borrosa y apelmazada. Pasmábase de que + el mundo entero no estuviese convertido, de que toda la humanidad no + cantara sin cesar las alabanzas de la santa de Ávila. «Oh, + bien decía aquel bendito, dulce, triste y tierno fray Luis de León: + la mano de Santa Teresa, al escribir, era guiada por el Espíritu + Santo, y por eso enciende el corazón de quien la saborea». + </p> + <p> + «Sí, bien encendido tenía el suyo Ana; no más, + no más ídolos en la tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto + de la santa, de la adorada heroína de tantas hazañas del espíritu, + de tantas victorias sobre la carne». + </p> + <p> + Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en + tiempo de Santa Teresa; o si no: ¡qué placer celestial si + ella viviese ahora! Ana la hubiera buscado en el último rincón + del mundo; antes la hubiera escrito derritiéndose de amor y + admiración en la carta que le dirigiese. No estaba la Regenta + acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos en oraciones mentales, + según los prudentes consejos del Magistral; su educación + pagana, dislocada, confusa, daba extrañas formas a la piedad + sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza después + de tantos años. + </p> + <p> + Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de + Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se veía + los pensamientos que la mística dedicaba a las vicisitudes de su + historia. + </p> + <p> + El espíritu de imitación se apoderaba de la lectora, sin + darse ella cuenta de tamaño atrevimiento. + </p> + <p> + La Santa había encontrado refuerzo de piedad en el <i>Tercer + Abecedario</i> por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mandó a Petra a + las librerías a buscar aquel libro. No pareció el <i>Tercer + Abecedario</i>, el Magistral no lo tenía tampoco. Pero mejor era su + suerte en lo tocante al confesor. Veinte años lo había + buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y no parecía. + Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida. «¡Qué + grande hombre era y cuánto le debía! ¿Quién + sino él había sembrado aquella piedad en su alma?». + </p> + <p> + En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a don + Fermín una carta con que había soñado ella muchas + noches, que era uno de sus caprichos de convaleciente. La escribió + sin que lo supiera Quintanar, que le tenía prohibidos <i>toda clase + de quebraderos de cabeza</i>. + </p> + <p> + De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los progresos + que la piedad más pura hacía en aquel espíritu. Pero + ella quería escribirle; de palabra no se atrevía a decir + ciertas cosas íntimas, profundas; además no podía + decirlas; y sobre todo, la retórica, que era indispensable emplear, + porque a ideas grandes, grandes palabras, le parecía amanerada, + falsa en la conversación, de silla a silla. + </p> + <p> + La carta, de tres pliegos, la llevó Petra a casa del Provisor; la + recibió Teresina sonriente, más pálida y más + delgada que meses atrás, pero más contenta. El Magistral se + encerró en su despacho para leer. Cuando su madre le llamó a + comer, don Fermín se presentó con los ojos relucientes y las + mejillas como brasas. Doña Paula miraba a su hijo y a Teresina + alternativamente, encogía los hombros cuando no la veían ni + la doncella, que iba y venía con platos y fuentes, ni su hijo que + miraba al mantel distraído, comiendo por máquina y muy poco. + Teresina era ya toda del señorito; nada decía al ama de las + cartas que a don Fermín entregaba. Las traía Petra que + llamaba a la puerta con seña particular, bajaba Teresa, en silencio + se besaban como las señoritas, en ambas mejillas, cuchicheaban, reían + sin ruido y se daban algún pellizco. Petra reconocía cierta + superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de pelo negro, los + ojos de Dolorosa, el cutis y demás prendas envidiables de su amiga. + Teresina prometía futuras ventajas a Petra, y se despedían + con más besos. + </p> + <p> + —¿Quién ha estado ahí?—preguntaba doña + Paula. + </p> + <p> + Era un pobre o uno del pueblo.—Nunca se decía la verdad. Doña + Paula no sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registrándole + el baúl, en su ausencia, había encontrado varias alhajas que + bien valdrían dos mil reales. Había sonreído entre + satisfecha y envidiosa. «Dos mil reales valdría aquello... sí... + era demasiado... era un escándalo. Si el decoro lo permitiese... si + no fuese por vergüenza... exigiría que se le dejase a ella + recompensar a las gentes como merecían, sin despilfarros ociosos. + El descubrimiento la satisfacía; aquello era obra suya al fin y al + cabo, pero los dos mil reales le dolían: también eran suyos». + </p> + <p> + Al día siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral + salió de casa, fue al Paseo Grande, buscó un lugar retirado + en los jardines que lo rodean; y sin más compañía que + los pájaros locos de alegría, y las flores que hacían + su tocado lavándose con rocío, volvió a leer aquellos + pliegos en que Ana le mandaba el corazón desleído en retórica + mística. Ya casi sabía de memoria algunos párrafos de + los que le parecían más interesantes y para él más + halagüeños; y como la alegría le inundaba el corazón, + se sentía hecho un chiquillo aquella mañana sonrosada de un + día de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el sol rasgara + el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubría la lontananza por + Oriente. + </p> + <p> + Se puso de pie el Magistral, miró a todos lados por encima del seto + de boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le + ocurrió mezclar a la cháchara insustancial y armoniosa de + los pájaros que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz más + dulce y melódica, recitando aquellas palabras de espiritual + hermosura que la Regenta le había escrito. + </p> + <p> + «Ya tengo el don de lágrimas, leyó el Magistral en voz + alta como diciéndoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y demás + vecinos de la enramada, ya lloro, amigo mío por algo más que + mis penas; lloro de amor, llena el alma de la presencia del Señor a + quien usted y la santa querida me enseñaron a conocer. No tema que + vuelva la pereza a detenerme en casa olvidada de mi salvación; ya sé + que la tibieza es muerte, leído tengo lo que dice nuestra querida + Madre y Maestra hablando de sus pecados: «no hacía caso de + los veniales y esto fue lo que me destruyó». Yo ni de los + mortales hice caso, y aunque usted me advertía del peligro, seguí + mucho tiempo ciega; pero Dios me mandó a tiempo (creo yo que era a + tiempo; ¿verdad, hermano mío?) me mandó a tiempo el + mal; vi en las pesadillas de la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra + Santa en agujero angustioso, donde mi cuerpo estrujado padecía + tormentos que no se pueden describir; y a mí además, por la + carne aterida y erizada me pasaban llagas asquerosas unos fantasmas que + eran diablos vestidos por irrisión, de clérigos, con + casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le hablé. Pero no sólo + del terror nació mi piedad, que ahora creo que va de veras, sino + también de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a + millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo todo, + sepa que en mucho, en mucho, debo al afán de no ser ingrata esta + voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivió muchos años + sin encontrar quien pudiera guiarla como ella quería; yo, más + débil, recibí más pronto amparo de Dios por mano de + quien quisiera llamar mi padre y prefiere que no le llame si no hermano mío; + sí, hermano mío, hermano muy querido, me complazco en llamárselo, + aquí, ahora, segura del secreto, sin oídos profanos que + entenderían las palabras con la impureza ruin que ellos llevarán + dentro de sí, feliz yo mil veces que a la primera ocasión en + que tuve idea de ser buena, hallé quien me ayudara a serlo. ¡Y + cuánto tiempo tardé en entenderle del todo! Pero mi hermano, + mi hermano mayor querido me perdona ¿verdad? Y si necesita pruebas, + si quiere que sufra penitencias, hable, mande, verá como obedezco. + Mas no extraño haber querido tanto tiempo lo que la Santa declara + haber querido también «concertar vida espiritual y contentos + y gustos y pasatiempos sensuales». Ahora esto se acabó. Usted + dirá por dónde hemos de ir; yo iré ciega. De la + confianza cariñosa de que me hablaba el otro día, al salir + yo de aquel paroxismo, estoy también enamorada, quiero también + que sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, además + de esos monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma + Teresa de Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo + que hasta bromas alegres que tenía, con purísima intención, + con un clérigo amigo suyo, consiguió apartarle del pecado. + Recuerdo lo que dice: aquel confesor le tenía gran afición, + pero estaba perdido por culpa de unos amores sacrílegos; habíale + hechizado una mujer con malas artes, con un idolillo puesto al cuello, y + no cesó el mal hasta que la Santa, por la gran afición que + su confesor le tenía, logró que él le entregase el + hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame; y usted sabe + que ella lo arrojó al río y el clérigo dejó su + pecado y murió después libre de tan gran delito. Amistades + así ayudan en la vida, que sin ellas es como un desierto, y los que + de ellas pudieran sospechar son los malvados, que no han de saberlas, + porque son incapaces de entender como se debe cosa tan buena y que tanto + sirve para la salvación de los débiles. Aquí el débil + no es el confesor, sino la penitente; usted no tiene hechizos colgados del + cuello, ni tenemos ídolos que echar al río... yo soy la + pecadora, aunque ningún hombre me hizo el mal que aquella mujer al + clérigo hechizado; sólo quise a mi marido, y de este ya sabe + usted de qué modo estoy enamorada; no con pasión que quite a + Dios cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le + deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de León me enseñó + en su <i>Perfecta casada</i> que en cada estado la obligación es + diferente; en el mío mi esposo merecía más de lo que + yo le daba, pero advertida por el sabio poeta y por usted, ya voy poniendo + más esmero en cuidar a mi Quintanar y en quererle como usted sabe + que puedo. Y por cierto que he de poner por obra un proyecto que tengo, + que es convertirle poco a poco y hacerle leer libros santos en vez de + patrañas de comedias. Algo he de conseguir, que él es dócil + y usted me ayudará. También en esto imitaré a nuestra + Doctora, que puso empeño en traer a mayor piedad a su buen padre, + que ya tenía mucha...». + </p> + <p> + Estos últimos párrafos ya no los leía el Magistral en + voz alta, sino que había vuelto a sentarse y leía sin ruido + y para dentro. Aunque algunos celos tenía de Santa Teresa, de la + que veía enamorada a su amiga, estaba satisfecho, y el gozo le + saltaba por ojos, mejillas y labios. «Aquello era vivir; lo demás + era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello que él había soñado, + lo que una voz secreta le había dicho el día en que ella se + había acercado por primera vez a su confesonario». Seguía + el Magistral ocultándose a sí mismo las ramificaciones + carnales que pudiera tener aquella pasión ideal que ya se + confesaban los dos <i>hermanos</i>; no quería pensar en esto, no + quería sustos de conciencia ni peligros de otro género, no + quería más que gozar aquella dicha que se le entraba por el + alma. + </p> + <p> + Al leer lo de «hermano mayor querido», le daba el corazón + unos brincos que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la + emoción más fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba, + esto era el hecho, la realidad; ¿qué falta hacía + darle un nombre? Lo que importaba era la cosa, no el nombre. Además, + acabase aquello como acabase, él estaba seguro de que nada tenía + que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar satisfacción + de apetitos que a él no le atormentaban. Cuando pensaba así, + oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en + que se apoyaba, al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba + con canturia de escuela «<i>Veritas in re est res ipsa, veritas in + intellectu...</i>» Era un seminarista de primer año de + filosofía que repasaba la primera lección de la obra de + texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto, pensando + entonces en los años en que él también aprendía + que «la verdad en la cosa es la cosa misma». Ahora le + importaba muy poco la cosa misma, y la verdad y todo... no quería más + que hundir el alma en aquella pasión innominada que le hacía + olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo, las trampas + sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias, + las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo, + menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores. ¡Cuántos + años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin + sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba + el Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia; + nada de teología, nada de quebraderos de cabeza que habían + hecho de su adolescencia y primera juventud un desierto estéril por + donde sólo pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. + Bastaba para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había + seguido: la ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas, + subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, más + que por nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en + que había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, + sin tormentos del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una mañana + de Mayo cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, + con deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban + guirnaldas en las enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los + estambres ocultos y encogidos en su cuna de pétalos. El Magistral + arrancó un botón de rosa; con miedo de ser visto; sintió + placer de niño con el contacto fresco del rocío que cubría + aquel huevecillo de rosal; como no olía a nada más que a + juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus deseos, que eran ansias + de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar misterios naturales + debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral, perdiéndose por + senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta cantando + entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volvía a caer en su + mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón + ya no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín + se lo metió en la boca y mordió con apetito extraño, + con una voluptuosidad refinada de que él no se daba cuenta. + </p> + <p> + Llegó a la catedral. Entró en el coro. El Palomo barría. + Don Fermín le habló con caricias en la voz. Le debía + muchos desagravios. ¡Cuántos sofiones inútiles había + sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba, alababa su celo, su amor a la + catedral; el Palomo, pasmado y agradecido, se deshacía en cumplidos + y buenas palabras. De Pas se acercó al facistol, hojeó los + libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en voz baja, leyendo + la música señalada con notas cuadradas, de un centímetro + por lado. Todo estaba bien. Los órganos allá arriba extendían + su lengüetería en rayas verticales y horizontales, + deslumbrantes; parecían dos soles cara a cara. Ángeles + dorados tocaban el violín cerca de la bóveda, a la que + trepaban los relieves platerescos de los órganos; detrás del + coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y rosetones dejaban + pasar la luz deshaciéndola en rojo, azul, verde y amarillo. + </p> + <p> + En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una + cuarta, partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía + un mundo verde sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el + pesebre de Belén cuadriculado también por rayas opacas. Jesús + sonreía a la mula y al buey en su cuna de heno color naranja. Don + Fermín miraba todo aquello como por la primera vez de su vida. Hacía + un fresco agradable en la iglesia y el olor de humedad mezclado con el de + la cera le parecía fino, misteriosamente simbólico y a su + modo voluptuoso. Aquella mañana cumplió en el coro como el + mejor, y sintió no ser hebdomadario para lucirse. Glocester, al + verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos ocultos se dijo: + «¡Disimula! ¡Pues a disimulo no me ha de ganar este + simoníaco!». Y se deshizo en amabilidad, cortesía y + bromas lisonjeras. «Bueno era él». + </p> + <p> + —¿Ha visto usted—decía al salir de la catedral + don Custodio—qué satisfecho está el Provisor? + </p> + <p> + Y contestaba Glocester, al oído del beneficiado: + </p> + <p> + —Es que ya no tiene vergüenza; se ha puesto el mundo por + montera. + </p> + <p> + —Debe de haber pasado algo gordo...—¿A qué + crimen alude usted? + </p> + <p> + —Al de adulterio...—Ps... yo creo que... todavía están + algo verdes. Sin embargo, por él no quedará, y el crimen es + el mismo.... + </p> + <p> + A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta. + Era caso de envidia. Pero convenía suponerlo, para cargar el delito + a la cuenta de los muchos que atribuían al enemigo. + </p> + <p> + Don Fermín, a las once, recordó que era día de + conferencia en la Santa Obra del Catecismo de las Niñas. Él + era el director de aquella institución docente y piadosa, que + celebraba sus sesiones en el crucero de la Iglesia de Santa María + la Blanca. Sentía el humor más apropósito para el + caso. Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, + con sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa. En medio del + recinto se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; + sobre ella a un lado había tres filas de bancos sin respaldos, y + enfrente de ellos una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera, + presidida por un sillón de pana roja y varios taburetes de igual paño. + El sillón era para el Magistral, los taburetes para los capellanes + catequistas, y en los bancos se sentaban las niñas de siete a + catorce años que aprendían la doctrina cristiana, más + algo de liturgia, historia sagrada y cánticos religiosos. + </p> + <p> + Cuando De Pas entró en el templo hubo un murmullo en los bancos de + la plataforma, semejante al rumor de una ráfaga que rueda sobre las + copas de los árboles. + </p> + <p> + Tomó el amado director agua bendita, y después de + santiguarse, subió, radiante de alegría evangélica, + las gradas de la plataforma; se frotó las manos y a una niña + de ocho años que encontró de pie al paso, la sujetó + suavemente; y mientras él miraba a la bóveda y mordía + el labio inferior, oprimía contra su cuerpo la cabeza rubia, y + entre los dedos de la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada. + </p> + <p> + —¿Qué pájaro me habrá dicho a mí + que doña Rufinita no quiere ser buena, y enreda en la iglesia y + descompone el coro cuando canta? + </p> + <p> + Carcajada general. Las niñas ríen de todo corazón y + el templo retumba devolviendo el eco de la alegría desde la bóveda + blanca, llena de luz que penetra por ventanas anchas de cristales comunes. + </p> + <p> + Todo lo que dice allí el Magistral se ríe; es un chiste. Niños + y clérigos están como en su casa. Los pocos fieles + esparcidos por la Iglesia son beatas que rezan con devoción; no se + piensa en ellas. A veces son espectadores de aquella algazara algunos + adolescentes y pollos con cascarón que tienen en los bancos de la + plataforma sus amores. Los catequistas, jóvenes todos, no ven con + buenos ojos a tales señoritos que vienen con propósitos + profanos. + </p> + <p> + El Magistral no se sentó en el sillón de la presidencia. + Prefería pasear por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo + con ondulaciones de palmera, acercándose de vez en cuando a los + bancos llenos de alegría para azotar una mejilla con suave palmada, + o decir al oído de un angelito con faldas un secreto que excita la + curiosidad de todas y origina siempre una broma de las que sabe preparar + don Fermín de modo que acaben en lección moral o religiosa. + También los catequistas alegres, graciosos, vivarachos, van y + vienen, reprenden a las educandas con palabras de miel y sonrisas + paternales, y se meten entre banco y banco mezclando lo negro de sus + manteos redundantes con las faldas cortas de colores vivos, y el blanco de + nieve de las medias que ciñen pantorrillas de mujer a las que el + traje largo no dio todavía patente de tales. En la primera fila se + mueven, siempre inquietas, sobre la dura tabla, las niñas de ocho a + diez años, anafroditas las más, hombrunas casi en gestos, líneas + y contornos, algunas rodeadas de precoces turgencias, que sin disimulo + deja ver su traje de inocentes; algo avergonzadas, sin conciencia clara de + ello, de su desarrollo temprano. Mirando estos capullos de mujer, don Fermín + recordaba el botón de rosa que acababa de mascar, del que un + fragmento arrugado se le asomaba a los labios todavía. En las + siguientes filas estaban las educandas de doce y trece primaveras, + presumidillas, entonadas; y detrás de estas las señoritas + que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura vetustense + algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios legendarios del + amor de devaneo, muchas próximas a la transformación natural + que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y + recias, mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores + cargados de malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los + ensayos de coro, las niñas se levantaban, se repartían en + secciones por el tablado, formaban círculos, los deshacían, + como bailarinas de ópera; y los catequistas dirigiendo aquellos + remolinos ordenados, aspiraban, entre tanta juventud verde, aromas + espirituales de voluptuosidad quinti-esenciada con cierta dentera moral + que les encendía las mejillas y los ojos, y causaba en su + naturaleza robusta efectos análogos a los del kirschen o del + ajenjo. + </p> + <p> + El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran suyas + y no del Ayuntamiento como las del <i>Paseo grande</i>, se recreaba en los + ojos de las que ya los tenían transparentes de malicia; y, más + sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de ángeles + menores. Llegó la hora de los discursos, después de los cánticos, + en que la voz de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios + fisiológicos por que estaban pasando. Una joven de quince años, + catorce oficialmente, se adelantó, y colocada cerca de la mesa + recitó con desparpajo una filípica un tanto moderada por los + eufemismos de la retórica jesuítica, contra los + materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era rubia, + de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepción de la + barba, que apuntaba hacia arriba; tenía el torso de mujer, y debajo + de la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas + armoniosas, de seducción extraña. Tenía los ojos + azules claros; el metal de la voz, vibrante, poco agradable, hierático + en su monotonía, expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de + un alma que preparaban para el convento. La rubia hermosa, con brazos de + escultura griega, no entendía cabalmente lo que iba diciendo, pero + adivinaba el sentido de su arenga, y le daba el tono de intolerancia y de + soberbia que le convenía. También ella parecía una + estatua de la soberbia y de la intolerancia: una estatua hermosísima. + Sus compañeras, los catequistas, el escaso público esparcido + por la nave la oían con asombro, sin pensar en lo que decía, + sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente de su voz metálica. + Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el símbolo del + fanatismo sentimental, la iniciación del <i>eterno femenino</i> en + la eterna idolatría. El Magistral, con la boca abierta, sin sonreír + ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella + arrogante amazona de la religión, que labraba con arte la + naturaleza, por fuera, y él por dentro, por el alma. Sí, era + obra suya aquel fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su + museo de beatas; pero todavía estaba en el taller. Cuando aquel + vestido gris, que no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver + dos dedos de pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de + su estudio saldría a luz, el público la admiraría y + para sí la guardaría la Iglesia. + </p> + <p> + La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones + finas, de expresión dulce, tímida y nerviosa. Apretaba con + el cuerpo del vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza; + y más que en su oración pensaba en que los muchachos que + miraban desde abajo, podían verla las pantorrillas, que tapaba mal + la falda, a pesar de los esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo + terminar la historia de los Macabeos que tenía a su cargo. Se le + puso un nudo en la garganta, le zumbaron los oídos y todo el lado + derecho de la cabeza se quedó de repente frío y el cutis pálido. + Se ponía enferma de vergüenza. Tuvo que salir de la Iglesia. + El desparpajo de otras oradoras precoces hizo olvidar la escena triste y + desairada de la niña pusilánime, que había salido + llorando. El Magistral reanimó también el espíritu de + la escuela con chascarrillos morales y apólogos joco-místicos. + Las muchachas se morían de risa, se retorcían en los bancos, + y dejaban ver a los profanos y a los catequistas, relámpagos de + blancura debajo de las faldas que movían indiscretas, sin pensar en + ello muchas, algunas sin pensar en otra cosa. + </p> + <p> + Cuando salió don Fermín de Santa María la Blanca, tenía + la boca hecha agua engomada. Aquellas sensaciones, que le habían + invadido por sorpresa, le recordaban años que quedaban muy atrás. + No le gustaba aquello; era poca formalidad. «¡Diablo de + chicas!» iba pensando. De todas suertes, lo que le pasaba probaba + que aún era joven, que no era por necesidad disfrazada de idealismo + por lo que se juraba ser platónico, siempre platónico, o por + lo menos indefinidamente, en sus relaciones con la fiel y querida amiga. + Volvió su pensamiento a la Regenta, y aquel vago y picante anhelo + con que saliera de la iglesia se convirtió en deseo fuerte y + definido de ver a doña Ana, de agradecerle su carta y decírselo + con la más eficaz elocuencia que pudiera. + </p> + <p> + Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde la + visita. Su madre le habló como siempre, de lo que se murmuraba, y + él encogió los hombros. Oía la voz dura y seca de doña + Paula anunciando, por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de + su honra, como si le hablase de los cataclismos geológicos del + tiempo de Noé. Le parecía que era otro Provisor aquel de + quien el público se quejaba. «¡Ambición, simonía, + soberbia, sordidez, escándalo!... ¿qué tenía + él que ver con todo aquello? ¿Para qué perseguían + a aquel pobre don Fermín si ya había muerto? Ahora el don + Fermín era otro, otro que despreciaba a sus vecinos y ni siquiera + se tomaba la molestia de quererlos mal. Él vivía para su + pasión, que le ennoblecía, que le redimía. Si le + apuraban, daría una campanada». El Magistral gozaba + encontrando dentro de sí semejante hombre, más fuerte que + nunca, decidido a todo, enamorado de la vida que tiene guardados para sus + predilectos estos sentimientos intensos, avasalladores. La realidad adquiría + para él nuevo sentido, era más realidad. Se acordaba de las + dudas de los filósofos y los ensueños de los teólogos + y le daban lástima. Los unos negando el mundo, los otros <i>volatilizándolo</i>, + parecíanle desocupados dignos de compasión. «La + filosofía era una manera de bostezar». «La vida era lo + que sentía él, él que estaba en el riñón + de la actividad, del sentimiento. Una mujer deslumbrante de hermosura por + alma y cuerpo, que en una hora de confesión le había hecho + ver mundos nuevos, le llamaba ahora su <i>hermano mayor querido</i>, se + entregaba a él, para ser guiada por las sendas y trochas del + misticismo apasionado, poético.... Afortunadamente él tenía + arte para todo: sabría ser místico, hasta donde hiciera + falta, perderse en las nubes sin olvidar la tierra». Recordaba que años + atrás había pensado en escribir novelas, en hacer una <i>sibila</i> + verdaderamente cristiana, y una <i>Fabiola</i> moderna; lo había + dejado, no por sentirse con pocas facultades, sino porque le hacía + daño gastar la imaginación. «Las novelas era mejor + vivirlas». + </p> + <p> + Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una + corteza de pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester + y las maquinaciones de los <i>conjurados</i> del Casino. + </p> + <p> + En cuanto pudo el Magistral escapó de casa, prometiendo ir a + sondear al Obispo. Tomó el camino de la Plaza Nueva. El caserón + de la Rinconada le pareció envuelto en una aureola. + </p> + <p> + Le recibieron Ana y don Víctor en el comedor. Ya era amigo de + confianza. Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral había + prestado muchos servicios a don Víctor, y este aunque le era algo + antipático el Magistral, se los había agradecido. Pero ya + empezaba Quintanar, que siempre había sido regalista, a sospechar + algo malo de la <i>influencia del sacerdocio</i> en su hogar, o sea el <i>imperio</i>. + «El clero era absorbente». Sobre todo don Fermín había + sido un poco jesuita. «¡Jesuita! ¡El casuismo!... + ¡El Paraguay!... <i>¡Caveant consules!</i>». Aunque la + cortesía, ley suprema, le obligaba al más fino trato, no + menos que la gratitud, don Víctor estuvo un poco frío con el + canónigo, pero de modo que el otro no lo echó de ver + siquiera. Notó que estorbaba allí el amo de la casa, pero + nada más. + </p> + <p> + Ana afectuosa, lánguida todavía, había estrechado la + mano a su confesor, que sin darse cuenta, prolongó cuanto pudo el + contacto. Don Víctor los dejó solos a eso de las seis. Le + esperaban en el Gobierno civil para una junta de ganaderos. Se trataba de + traer sementales del extranjero. Pero don Víctor trataba + principalmente de que le eligiesen segundo vicepresidente y reclamaba para + Frígilis la primera secretaría. «Frígilis había + jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes la elección + era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de Tomás». + Quintanar contaba con el gobernador. Salió. + </p> + <p> + La Regenta sonrió a don Fermín y dijo: + </p> + <p> + —Dirá usted que soy una loca; ¿para qué + escribirle cuando podemos hablar todos los días? No pude menos. + ¡Soy tan feliz! ¡y debo en tanta parte a usted mi felicidad! + Quise contener aquel impulso y no pude. A veces me reprendo a mí + misma porque pienso que robo a Dios muchos pensamientos, para consagrarlos + al hombre que se sirvió escoger para salvarme. + </p> + <p> + El Magistral se sentía como estrangulado por la emoción. La + Regenta hablaba ni más ni menos como él la había + hecho hablar tantas veces en las novelas que se contaba a sí mismo + al dormirse. + </p> + <p> + No vaciló en referir todo lo que había pasado por él + desde que leyera aquella carta. «El mundo sin una amistad como la + suya era un páramo inhabitable; para las almas enamoradas de lo + Infinito, vivir en Vetusta la vida ordinaria de los demás era como + encerrarse en un cuarto estrecho con un brasero. Era el suicidio por + asfixia. Pero abriendo aquella ventana que tenía vistas al cielo, + ya no había que temer». + </p> + <p> + La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra; + el Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que + empleaba al hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que + veía ahora en Anita. Don Fermín tenía celos de la + Santa de Ávila. + </p> + <p> + Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las + especulaciones místicas, temía que cayera en el éxtasis, + que tenía siempre complicaciones nerviosas, y era preciso evitar + que pudiesen culparle a él de otra enfermedad probable, si Ana seguía + aquel camino peligroso. Aconsejó la actividad piadosa. «En su + estado y en el tiempo en que vivía la pura contemplación tenía + que dejar mucho espacio a las buenas obras. Si ahora sentía Anita + cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se debía a la + convalecencia de que en rigor no había salido; pero cuando el vigor + volviera por completo ya no la asustaría la acción, el ir y + venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba». + </p> + <p> + Desde aquel día el Magistral influyó cuanto pudo en aquel + espíritu que dominaba por entonces, para arrancarle de la + contemplación y atraerle a la vida activa. «Si se remontaba + demasiado, le olvidaría a él, que al fin era un ser finito. + Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada momento que tenía: + '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que se acaba', y como don + Fermín había de acabarse, le espantaba la idea de que por + eso Ana llegase a tenerle en poco». + </p> + <p> + No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los + primeros meses. Aunque tanto quería a su confesor, Ana muchas horas + le olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo. + </p> + <p> + Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de + oratorio, sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las + soledades del alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la + piel de tigre, con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad + dúctil de imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho + polvo ante ella. Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía + deseos vehementes de levantarse, correr a los balcones y predicar al + mundo, mostrándole la verdad que ella palpaba; y entonces le + costaba trabajo reconocer la realidad de las criaturas. «¡Qué + pequeñas eran! ¡qué frágiles! ¡cuánto + más tenían de apariencia que de nada! Lo único que en + ellas valía no era de ellas, era de Dios, era cosa prestada. + ¡Dichas! ¡dolores! palabras nada más; ¿cómo + apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que duraban no daba tiempo + a ello?». Ana recordaba la vida de unos mosquitos muy pequeños + que crecían todas las mañanas a la orilla del río, + volaban desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas morían + y eran pasto de unos peces que contaban todos los días con aquel + alimento. Pues así era el vivir para todas las criaturas, un rayo + de sol que se cruza, para volver a la sombra de que se vino. Y estos + pensamientos, que antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegría. + Porque el vivir era el estar sin Dios, el morir renacer en Él, pero + renunciando a sí mismo. + </p> + <p> + Y como si sus entrañas entrasen en una fundición, Ana sentía + chisporroteos dentro de sí, fuego líquido, que la + evaporaba... y llegaba a no sentir nada más que una idea pura, + vaga, que aborrecía toda determinación, que se complacía + en su simplicidad. Prolongaba cuanto podía aquel estado; tenía + horror al movimiento, a la variedad, a la vida. + </p> + <p> + Entonces solía don Víctor asomar la cabeza, con su gorro de + borla dorada, por la puerta de escape que abría con cautela, sin + ruido.... Anita no le oía; y él, un poco asustado, con una + emoción como creía que la tendría entrando en la + alcoba de un muerto, se retiraba, de puntillas, con un respeto + supersticioso. A dos cosas tenía horror: al magnetismo y al + éxtasis. ¡Ni electricidad ni misticismo! Una vez le había + dado una bofetada a un chusco que le había cogido por la levita, en + el gabinete de física de la Universidad, para hacerle entrar en una + corriente eléctrica. Don Víctor había sentido la + sacudida, pero acto continuo ¡zas! había santiguado al + gracioso. El magnetismo, en que creía, (aunque estaba en mantillas, + según él, esta ciencia) le asustaba también; y en + cuanto a ver a su Divina Majestad, o figurársele, le parecía + emoción superior a sus fuerzas. «Yo no necesito de eso para + creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer que + hay un más allá y un Juez Supremo. Al que no le convence un + rayo, no le convence nada». + </p> + <p> + «Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que veía + que iba de veras». + </p> + <p> + Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... subía la + escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solían, y + preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste: + </p> + <p> + —¿Y la señora? ¿dónde está? + </p> + <p> + Como si preguntara ¿cómo va la enferma?—Así + andaba por todo el caserón, como si estuviera muriendo alguno. Sin + darse cuenta del porqué, don Víctor se figuraba el + misticismo de su mujer como una cefalalgia muy aguda. Lo principal era no + hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba abajo, en el patio, don Víctor + se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba con timbre apagado y + gutural: + </p> + <p> + —¡A ver! ¡ese gato! ¡que se calle o que lo maten! + </p> + <p> + Entraba en su despacho. Volvía entonces a sus máquinas y + colecciones; a veces tenía que clavar, serrar o cepillar. ¿Cómo + no hacer ruido? Sobre todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo + forró con bayeta negra, como un catafalco, y así clavaba, + los martillazos apagados tenían una resonancia mate, fúnebre, + de mal agüero, que llenaba de melancolía a don Víctor. + Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hacían + demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus cánticos + profanos al tocador-oratorio de la Regenta. + </p> + <p> + Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, + que hasta en la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus + palabras un rumorcillo leve. + </p> + <p> + —Pero, hombre, parece que hablas con sordina...—decía + Crespo malhumorado. + </p> + <p> + Quintanar le consultaba acerca del <i>estado</i> de Ana. + </p> + <p> + —¿A ti qué te parece de esto? + </p> + <p> + —Ps... allá ella. Sus razones tendrá. + </p> + <p> + —Yo creo Tomás, aquí para <i>interinos</i>... que + Anita se nos hace santa, si Dios no lo remedia. A mí me asusta a + veces. ¡Si vieses qué ojos en cuanto se distrae! Ello sería + un honor para la familia... indudablemente, pero... ofrece sus + molestias.... Sobre todo, yo no sirvo para esto. Me da miedo lo + sobrenatural. ¿Tendrá apariciones? + </p> + <p> + Frígilis se permitía la confianza de no contestar a las que + estimaba sandeces de su amigo. + </p> + <p> + También él pensaba en Anita. La veía muchas veces + desde la huerta, en su gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcón + mirando al cielo. Ella casi nunca reparaba en él; no era como antes + que le saludaba siempre. Aquello de Ana también era una enfermedad, + y grave, sólo que él no sabía clasificarla. Era como + si tratándose de un árbol, empezara a echar flores, y más + flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara delgado, delgado, y + cada vez más florido; después se secaban las raíces, + el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más + hermosas, venían al suelo con la leña seca; y en el suelo... + en el suelo... si no había un milagro, se marchitaban, se pudrían, + se hacían lodo como todo lo demás. Así era la + enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que debía de haberlo + habido, él lo atribuía al Magistral. Se acordaba del guante + morado. Mucho tiempo lo había tenido olvidado, pero un día + se le ocurrió preguntar a la Regenta si las señoras usaban + guantes de seda morada y ella se había reído. Era, por + consiguiente, un guante de canónigo. Ripamilán no los usaba + casi nunca. No quedaba más canónigo probable que el + Magistral; el único bastante listo para meter aquellas cosas en la + cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y Petra andaba en el + ajo. Era encubridora. ¿De qué? Esta era la cuestión. + De nada malo debía de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era + relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Frígilis + no temía lo presente si no lo futuro; lo que podía suceder. + No veía una falta sino un peligro. Algo había oído de + lo que se murmuraba en Vetusta, aunque en su presencia no se atrevían + las malas lenguas a poner en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se + le miraba como hermano de don Víctor. «De todas maneras, + él estaría alerta». Y seguía velando por los + árboles de don Víctor y por su honor «tal vez en + peligro». + </p> + <p> + Petra tampoco veía claro. Estaba desorientada. La conducta de su + ama le parecía propia de una loca. «¿A qué venía + aquella santidad? ¿A quién engañaba? ¡Oh! si no + fuera porque ella quería tener contento al Magistral, no serviría + más tiempo a la hipócrita que la utilizaba como correo + secreto y no le daba una mala propina, ni le decía palabra de sus + trapicheos ni le ponía una buena cara, a no ser aquella de beata + bobalicona con que engañaba a todos». + </p> + <p> + Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su + cama de madera, tenía una cartera de viaje, sucia y vieja. Allí + guardaba con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuantía, y + algunos papeles que podían comprometerla. De allí sacaba el + guante morado del Magistral, del que a nadie había hablado. Era una + prueba, no sabía de qué, pero adivinaba que sin saber ella cómo + ni cuándo, aquella prenda podía llegar a valer mucho. + </p> + <p> + «¿Y qué probaba aquel guante respecto a la santidad de + la señora? Que era una hipócrita. ¡Si no fuera por el + Magistral!». + </p> + <p> + Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqués creía + en la santidad de Anita; la Marquesa encogía los hombros; temía + por la cabeza de aquella chica. Visitación estaba <i>volada</i>, + furiosa. «¡Sus planes por tierra! ¡Ana resistía! + ¡No era de tierra como ella!». Obdulia Fandiño no + envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino <i>el ruido que metía</i>, + lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jamás había + hecho <i>tanta sensación</i> ella, la viudita, con el vestido más + escandaloso, como Ana con su hábito y su <i>beatería</i>. + «¡Qué atrasado, pero qué atrasado estaba aquel + miserable lugarón!». + </p> + <p> + Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volvía a borbotones. + Tenía sueños castos, tales se le antojaban, sin sujeto + humano, como decía Ripamilán, pero dulces, suaves. Sentía, + medio dormida, a la hora de amanecer sobre todo, palpitaciones de las + entrañas que eran agradable cosquilleo; otras veces, como si por + sus venas corriese arroyo de leche y miel, se le figuraba que el sentido + del gusto, de un gusto exquisito, intenso, se le había trasladado + al pecho, más abajo, mejor, no sabía dónde, no era en + el estómago, era claro pero tampoco en el corazón, era en el + medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin falta, + era para el Señor. Oía los gritos de los pájaros en + la huerta, encontraba en ellos sentido místico, y la piedad + matutina de Ana era optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su + obra. Cada día encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea + de las cosas finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su + realidad: volvían los seres materiales a tener para ella la poesía + inefable del dibujo; la plasticidad de los cuerpos era una especie de + bienestar de la materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se + sentía bien en medio de la vida. Pensaba en las armonías del + mundo y veía que todo era bueno, según su género. La + idea de Dios, la emoción profunda, intensa que le causaba la + evidencia de la divinidad presente, no se deslucían, no se + borraban; pero Dios ya no se le aparecía en la idea de su soledad + sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la creación + infinita. Empezó a olvidar algunas noches la lectura de Santa + Teresa. Seguía enamorada de la Doctora sublime, pero algunas + opiniones de la Santa prefería pasarlas por alto, estaban en pugna + con las ideas propias; «al fin no en balde habían pasado tres + siglos». Empezó Ana a comprender mejor lo que el Magistral le + quería decir al hablarle de actividad piadosa. + </p> + <p> + «Es verdad, se decía, no he de vivir en este egoísmo + de recrearme en Dios; necesito, sí, trabajar más y más + en la oración mental y en la contemplación, para ver más + y más cada día en esa región de luz en que el alma + penetra, pero... ¿y mis hermanos? La caridad exige que se piense en + los demás. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el prójimo; + ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido». + </p> + <p> + El Magistral, mientras duraba la debilidad, le había prohibido + incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la mañana. + Pero ella en cuanto sintió aquella bienhechora fortaleza de los músculos, + que es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros + que volvían a cubrirse de rosas pálidas, otra vez repletos + de vida circulante. Y sin descender del lecho, sobre las sábanas + tibias, levemente mecida por los muelles del colchón al + incorporarse, rezaba, toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de + raso en la blandura apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su + fervor religioso acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera, + y besaba las llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas lágrimas + dulces eran la miel mezclada que corría dentro y ahora saltaba por + los ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, aún más + fuerte, huyó la pereza del colchón y saltó al suelo y + rezó sobre la piel de tigre. Aún quería más + dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el pavimento + hincaba las rodillas. Pensó en el cilicio, lo deseó con + fuego en la carne, que quería beber el dolor desconocido, pero el + Magistral había prohibido tales tormentos sabrosos. + </p> + <p> + El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la + conversión de su marido. Santa Teresa había trabajado por la + piedad de su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habíale + ella querido más piadoso todavía. Ana se propuso emplear su + celo en ganar para Dios el alma de su don Víctor, «que venía + también a ser su padre». + </p> + <p> + La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios, lícitos + todos, que empleó con arte de maestro. Quintanar tardó en + conocer que su Anita, su querida Anita quería convertirle a la + piedad verdadera. Al principio sólo notó que su mujer se hacía + más comunicativa, cariñosa a todas horas, como antes lo era + después de los ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades. + «¿Quería discutir por pasar el rato? Enhorabuena; + él amaba la discusión». Y sostenía la tesis + contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta había + ido haciendo la cuestión personal; ya no se trataba de si Cristo + había redimido a todas las <i>Humanidades</i> repartidas por los + planetas, de una sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en + todas muerte de cruz; ahora se trataba ya de si don Víctor + confesaba muy de tarde en tarde, si perdía o no muchas misas, (y sí + que las perdía). «Además, los libros en que apacentaba + el espíritu eran vanos; comedias, mentiras fútiles y + peligrosas». + </p> + <p> + —¿Tú nunca has leído vida de santos, verdad? + </p> + <p> + —Sí, hija, sí, y autos sacramentales.... + </p> + <p> + —No es eso.... Quintanar; hablo de <i>La Leyenda de Oro</i> y del <i>Año + Cristiano</i> de Croiset, por ejemplo. + </p> + <p> + —¿Sabes, hija mía?... Yo prefiero los libros de + meditación.... + </p> + <p> + —Pues toma el <i>Kempis</i>, la <i>Imitación de Cristo</i>... + lee y medita. + </p> + <p> + Y se lo hizo leer. Y entre <i>Kempis</i> y la Regenta, y el calor que + empezaba a molestarle, y la prohibición de los baños le + quitaron el humor al digno magistrado. Ya no leía, al dormirse, a + Calderón, sino a Job y al dichoso Kempis. «¡Vaya unas + cosas que decía aquel demonche de fraile o lo que fuese! No, y lo + que es razón tenía, es claro; el mundo, bien mirado, era un + montón de escorias. Él no podía quejarse, en su vida + no había habido desengaños terribles, grandes + contrariedades, aparte de la muy considerable de no haber sido cómico; + pero en tesis general, el mundo estaba perdido. Y además, esto de + hacerse viejo, que le tocaba a él como a cada cual, era un gravísimo + inconveniente. En la muerte no quería pensar, porque eso le ponía + malo, y Dios no manda que enfermemos. La muerte... la muerte... él + tenía así... una vaga y disparatada esperanza de no + morirse.... ¡La medicina progresa tanto! Y además, se podía + morir sin grandes dolores, por más que Frígilis lo negaba». + En fin, no quería pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue + tiznándole el alma de negro y don Víctor llegó a + despreciar las cosas por efímeras. Una tarde, en su <i>Parque</i>, + contemplaba a Frígilis que estaba a sus pies agachado plantando + cebolletas, embebecido en su operación. + </p> + <p> + «¡Valiente filósofo era Frígilis!». Don Víctor + le miraba desde la altura de su pesimismo prestado, y le despreciaba y + compadecía. «¡Plantar cebolletas! ¿No prohibía + San Alfonso Ligorio plantar árboles en general y edificar casas, + que al cabo de los años mil se caen? Pues entonces, ¿para qué + plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?...». + </p> + <p> + «Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido. + ¿Qué iba él a hacer mano sobre mano un verano entero + sin baños, ni bromas en las aguas de Termasaltas?». + </p> + <p> + «Y quedaba el rabo por desollar. La cuestión de salvarse o no + salvarse. Aquello era serio. A él le daba el corazón que se + salvaría; pero los santos escritores presentaban como tan difícil + la cosa, que ya le inquietaban ciertas dudas.... ¿Si no habría + sido él toda su vida bastante bueno? Había que pensar en + esto; pero ¡Dios mío! ¡él no quería + quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en + una enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo + arreglar sus papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era + cosa temporal... con que la salvación del alma, la jubilación + eterna como quien decía ¡apenas iba a exigir esfuerzos, + expedientes, y también recomendaciones! Era preciso entregarse a su + esposa para que le ayudase en tan arduo negocio». + </p> + <p> + La Regenta conoció bien pronto que don Víctor se entregaba. + Aunque ella hubiera querido más acendrada piedad, tuvo que + contentarse con el dolor de atrición que claramente manifestaba su + marido. Y no tuvo escrúpulo en asustarle un poco más de lo + que estaba, recordándole las penas del Infierno, aunque estos + recursos de terror le repugnaban a ella. Quintanar mostraba gran empeño + en sostener que el fuego de que se trataba no era material, era simbólico. + </p> + <p> + —No es de fe—repetía—en mi opinión, creer + que ese fuego es físico, material; es un símbolo, el símbolo + del remordimiento. + </p> + <p> + Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con símbolos en el + caso desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente. + </p> + <p> + El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto + llevar a su don Víctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el + Magistral. + </p> + <p> + A don Víctor al comulgar le atormentaba la idea de que no había + confesado un pecadillo considerable: tenía sus dudas respecto de la + infalibilidad pontificia. + </p> + <p> + El canónigo Döllinger, de quien no sabía más + sino que existía y que se había separado de la Iglesia, le + seducía por su tenacidad, que le recordaba la de su tierra, Aragón, + el reino más noble y testarudo del Universo. + </p> + <p> + Los días para la Regenta se deslizaban suavemente. + </p> + <p> + El Magistral, su maestro, y don Víctor, su discípulo, eran + los compañeros de su vida al parecer sosa, monótona, pero <i>por + dentro</i> llena de emociones. Seguía encontrando en la oración + mental delicias inefables. Dios era no menos amable como Padre de las + criaturas, como Director de la gran «fábrica de la inmensa + arquitectura», que en la pura contemplación de su Idea. Además, + pensaba Anita, fuera orgullo aspirar ahora a la visión de la + Divinidad directamente; me faltan muchos pasos, muchas <i>moradas</i>. Ya + llegaré si el Señor lo tiene así dispuesto. Ahora + debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi + cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que él + llama higiene del espíritu. La ociosidad me volvería al + pecado, como volvía a la misma Santa Teresa. Si para ella tenía + tan grave peligro ¡qué será para mí!». + </p> + <p> + Anita recibía las pocas visitas que don Álvaro se atrevía + a hacerle, sin alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila después + que se marchaba. Procuraba apartar de él su pensamiento, con la + conciencia de que era aquel recuerdo una llaga del espíritu que tocándola + dolería. Tuvo valor para mostrarse fría con él, para + cortar el paso a la confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para + verle despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, «ciego + de amor y pena», creía ella, una lástima infinita le + inundó el alma, y tembló de miedo; su seno se hinchó + con un suspiro... y la carne flaca tropezó con el Cristo + amarillento de marfil que el Magistral había regalado a su amiga + para que lo llevase sobre el pecho. + </p> + <p> + Ana besó la imagen y volvió los ojos al cielo. + </p> + <p> + —Jesús, Jesús, tú no puedes tener un rival. Sería + infame, sería asqueroso.... + </p> + <p> + Y recordó la ira de Jesús cuando se aparecía a Teresa + que le olvidaba. + </p> + <p> + —Sería engañar a Dios, engañar al Magistral + pensar en ese hombre ni un solo instante, ni siquiera para + compadecerle.... ¡Oh! ¡qué hipócrita, qué + gazmoña miserable sería yo si tal hiciera! ¡Qué + romanticismo del género más ridículo y repugnante sería + el mío, si después de tanta piedad que yo creí + profunda, vocación de mi vida en adelante, volviera una pasión + prohibida a enroscarse en el corazón, o en la carne, o donde + sea!... ¡No, no! ¡Ridículo, villano, infame, + vergonzoso, además de criminal! ¡Mil veces no! Quiero morir, + morir, Señor, antes que caer otra vez en aquellos pensamientos que + manchan el alma y le clavan las alas al suelo, entre lodo.... + </p> + <p> + Pero al día siguiente de la despedida de don Álvaro, Ana + despertó pensando en él. «Ya no estaba en Vetusta. + Mejor. La terrible tentación le volvía la espalda, huía + derrotada.... Mejor... era un favor especial de Dios». + </p> + <p> + Aquella tarde bajó al parque, a la hora en que don Álvaro se + había despedido el día anterior. + </p> + <p> + «Veinticuatro horas hacía ya». Otras veces había + estado días y días sin verle, y le parecía muy + tolerable la ausencia y corta. Pero estas veinticuatro horas eran de otra + manera, se contaban por minutos... que es como se cuentan las horas. + «Y bien, lo normal, lo constante, lo que debía ser ya + siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y después + otras tantas... y así... toda la vida». + </p> + <p> + Hacía mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los castaños + de Indias, ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, podía + Ana respirar una ráfaga de aire fresco. Su pensamiento quería + elevarse, volar al cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta + es mucho, le derretía las alas al pensamiento y caía en la + tierra, que ardía, en concepto de Ana. + </p> + <p> + Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó + en el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano + <i>sentaba</i> bien, y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y + baratos. Venía alegre, vaporosa, y con las apariencias de un + torbellino; daba gana de cerrar los ojos al verla acercarse. En la calle + la había querido abrazar un mozo de cordel. La aventura, ridícula + y todo, la había rejuvenecido, había encendido chispas en + sus ojuelos, y «¡ea! venía con afán de abrazar + ella también». Abrazó a la Regenta, se la comió + a besos... y después de contarla el <i>paso de comedia</i> del mozo + de cordel, gritó de repente: + </p> + <p> + —A propósito, ¿no te ha contado Víctor lo de + Álvaro? + </p> + <p> + Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga. Estaba tomándola + el pulso a su modo. + </p> + <p> + Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió: + </p> + <p> + —¿No sabes lo de Álvaro? + </p> + <p> + El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción. + «A mí con santidades, pensó; <i>pulvisés</i>, + como dijo el otro». + </p> + <p> + —¿Qué le pasa? ¿qué se ha marchado? Ya + lo sé. + </p> + <p> + —No, no es eso.—¿Qué? ¿No se ha marchado? + </p> + <p> + Nueva alteración del pulso, según Visita. + </p> + <p> + —Sí, hija, sí, se ha marchado, pero verás cómo. + Ya sabes que tenía relaciones con la señora de ese que es o + fue ministro, no recuerdo, en fin ya sabes quién es, ese que viene + a baños a Palomares. + </p> + <p> + —Sí, sí, bien...—Pues bueno; esta mañana, + lo ha visto medio Vetusta, al ir Mesía a tomar el tren de Madrid, + el correo, el que sube... ¿estás? se encontró con esa + ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del andén. ¡Figúrate! + Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha comprado una especie de + chalet o demonios; bueno, pues, cátate que nuestro Alvarito, en vez + de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma el que baja, da + órdenes a su criado, para que recoja corriendo el equipaje y se + meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón + con cama y demás. Y el marido no venía, por supuesto; ella, + dos criados y los <i>bebés</i> como dice Obdulia. ¡Figúrate! + Todo Vetusta, que estaba en la estación esta mañana por + casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho Álvaro. ¿Pero ella? + ¿qué te parece de ella? A eso vamos; a lo escandalosas que + son esas señoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama de + virtuosa, ¡uf! ¡yo lo creo!... La virtuosísima señora + ministra de Gracia y salero... ¡pero, señor, cómo + demonches se llama ese tipo de ministro!... + </p> + <p> + Ana recordaba perfectamente cómo se llamaba aquel «tipo de + ministro», pero no quiso decirlo; sintió que palidecía, + por un frío de muerte que le subió al rostro; dio media + vuelta, y disimulando cuanto pudo, se recostó en un árbol. + Fingió entretenerse en rayar la corteza del tronco, y mudando de + conversación, preguntó a Visita por un niño que tenía + enfermo. + </p> + <p> + Pero Visita era tambor de marina, como decían ella y la Marquesa; + de otro modo, que nadie se la pegaba; conoció la turbación + de Ana, y con gran júbilo, confirmó para sus adentros la + teoría del <i>pulvisés</i> o sea de la ceniza universal. + </p> + <p> + «Ana tenía celos; luego, tenía amor; no hay humo sin + fuego». + </p> + <p> + Se despidió al poco rato; ya había dado su noticia, ya sabía + lo que quería; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en + otra parte otra buena obra por el estilo. Se marchó, como la + marejada que se retira. Dejó los senderos blancos como si los + hubiesen peinado. La escoba almidonada de enaguas y percal engomado dejó + su rastro de rayas sinuosas y paralelas grabado en la arena. + </p> + <p> + Ana tuvo miedo. La tentación, la vieja tentación de don + Álvaro, le había sabido a cosa nueva; se le figuró un + momento que aquel dolor que sintiera al saber lo de la ministra, era más + de las entrañas que sus demás penas; era un dolor que la + aturdía, que pedía remedio a gritos desde dentro.... Por la + primera vez, después de su enfermedad, sintió la rebelión + en el alma. + </p> + <p> + «Oh, no; no quería volver a empezar. Ella era de Jesús, + lo había jurado. Pero el enemigo era fuerte, mucho más de lo + que ella había creído. Otras veces había desafiado el + peligro; ahora temblaba delante de él. Antes la tentación + era bella por el contraste, por la hermosura dramática de la lucha, + por el placer de la victoria; ahora no era más que formidable; detrás + de la tentación no estaba ya sólo el placer prohibido, + desconocido, seductor a su modo para la imaginación; estaban además + el castigo, la cólera de Dios, el infierno. Todo había + cambiado; su vocación religiosa, su pacto serio con Jesús la + obligaban de otro modo más fuerte que los lazos demasiado sutiles + del deber vagamente admitido por la conciencia, sin pensar en sanción + divina. Antes no quería pecar por dignidad, por gratitud, porque... + no. Ahora el pecado era algo más que el adulterio repugnante, era + la burla, la blasfemia, el escarnio de Jesús... y era el infierno. + Si caía en los lazos de la tentación, ¿quién + la consolaría cuando viniese el remordimiento tardío? + ¿cómo llamar a Jesús otra vez? ¿cómo + pensar en Teresa, que jamás había caído? No, no la + llamaría, preferiría morir desesperada y sola. ¿Pero + después? El infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal + sin término». + </p> + <p> + —«Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás—exclamó + en voz alta, hablando con las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo + las olas del mar en calma». + </p> + <p> + Aquella noche lloró la Regenta lágrimas que salían de + lo más profundo de sus entrañas, de rodillas sobre la piel + de tigre, con la cabeza hundida en el lecho, los brazos tendidos más + allá de la cabeza, las manos en cruz. + </p> + <p> + Desde el día siguiente el Magistral notó con mucha alegría, + que Ana volvía su piedad del lado por donde él quería + llevarla. «Menos contemplación y más devociones, obras + piadosas y culto externo, que entretiene la imaginación». + </p> + <p> + Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las + voluntades, Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de + caridad, a la enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de + la devoción complicada y bizantina, que era la que predominaba en + Vetusta. Aquellas exageraciones, que tal le habían parecido en otro + tiempo, ahora las encontraba justificables, como los amantes se explican + las mil tonterías ridículas que se dicen a solas. + </p> + <p> + «¿No había en los amores humanos un vocabulario + infantil, ridículo, sin sentido para los profanos? Sí, lo + había, ella no podía asegurarlo por experiencia, pero lo había + leído y el corazón se lo confirmaba. Pues bien, el amor de + Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus + nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes». + Hasta llegó a comprender los superlativos de letanía de doña + Petronila o sea el gran Constantino. + </p> + <p> + Al Magistral mismo se atrevía la Regenta a hablarle con cierto + mimo, con una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, + con un estilo que podría llamarse humorismo piadoso. Y además + se permitía Ana interesarse por los bienes puramente temporales de + su confesor. No le dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado. + «¡Buena la haríamos si usted se me muriese! todo esto, + señor mío, es egoísmo, ni Dios ni usted han de + agradecerlo». + </p> + <p> + Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el + Magistral tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable. + «Sí, inefable. Él no se explicaba qué era + aquello. No sospechaba que en el mundo, en el pícaro mundo se podía + gozar así. A los treinta y seis años, cuando él creía + que ya nadie podía enseñarle nada, una señora + inocente, joven, sin mundo, venía a mostrarle un universo nuevo, + donde sin más que una sonrisita, una palabra que era como la letra + de una música que había en el modo de decirla, se veía + uno de repente entre los ángeles, gozando como en el Paraíso, + sin querer nada más, sin pensar en nada más. ¡Gozando, + gozando y gozando!». + </p> + <p> + Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situación. + ¿Era aquello pecado? ¿Era aquello amor del que está + prohibido a un sacerdote? Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermín + de tales preguntas. Peor para ellas si se hubiera acordado. + </p> + <p> + —¡Usted nunca me habla de sí mismo!—le decía + Ana con tono de reconvención, una mañana de Agosto, en el + parque, metiéndole una rosa de Alejandría, muy grande, muy + olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban solos. Tácitamente habían + convenido en que aquellas expansiones de la amistad eran inocentes. Ellos + eran dos ángeles puros que no tenían cuerpo. Anita estaba + tan segura de que para nada entraba en aquella amistad la carne, que ella + era la que se propasaba, la que daba primero cada paso nuevo en el terreno + resbaladizo de la intimidad entre varón y hembra. + </p> + <p> + El Magistral con la cara llena del rocío de la flor y el corazón + más fresco todavía, contestó: + </p> + <p> + —¿Hablarle de mí mismo? ¡Para qué! Yo + tengo, por razón de mi oficio en la Iglesia militante, la mitad de + mi vida entregada a la calumnia, al odio, a la envidia, que la devoran y + hacen de ella lo que quieren: se me persigue, se me preparan asechanzas, + hasta hay sociedades secretas que tienen por objeto derribarme, como ellos + dicen, de lo que llaman el poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo + desprecio. Puedo asegurar a usted que yo no pienso más que en la + otra mitad de mí mismo, que es la que traigo aquí, la que + vive en la paz dulce de la fe, acompañada de almas nobles, santas, + como la de una señora... que usted conoce... y a quien no aprecia + en todo lo que vale.... + </p> + <p> + Y el Magistral sonrió como un ángel, mientras aspiraba con + delicia el perfume de rosa de Alejandría, que Ana sin resistencia + había dejado en manos del clérigo. + </p> + <p> + Ella se puso seria, quiso explicaciones. «Se le perseguía, se + le calumniaba... tenía enemigos... y él sin decir nada a su + amiga. ¡Estaba bueno!». Algo había oído ella + mucho tiempo hacía, pero vagamente. Se acusaba al Magistral, a lo + que podía entender, de vicios tan torpes, de tan miserables + delitos, que lo grosero de la calumnia la hacía de puro inverosímil + inofensiva casi. + </p> + <p> + La Regenta había despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que + llegaban de tarde en tarde a sus oídos. Pero ya que el Magistral + mismo se quejaba, daba a entender que aquella persecución le dolía, + era necesario saber más, procurar el consuelo de aquel corazón + atribulado, buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido, + calumniado, que además del justo era el padre espiritual, el + hermano mayor del alma, el faro de luz mística, el guía en + el camino del cielo. + </p> + <p> + Aquella mañana de Agosto el Provisor la señaló como + una de las más felices de su vida. Ana le obligó a hablar, a + contárselo todo. Él, elocuente, con imaginación viva, + fuerte y hábil, improvisó de palabra una de aquellas novelas + que hubiera escrito a no robarle el tiempo ocupaciones más serias. + Se sentaron en el cenador. Don Fermín dijo, primero, sonriendo, que + él también quería confesarse con ella. «¿Creía + Ana que era perfecto? ¿Que no había pasiones debajo de la + sotana? ¡Ay sí! Demasiado cierto era por desgracia». La + confesión del Magistral se pareció a la de muchos autores + que en vez de contar sus pecados aprovechan la ocasión de pintarse + a sí mismos como héroes, echando al mundo la culpa de sus + males, y quedándose con faltas leves, por confesar algo. + </p> + <p> + De aquella confidencia, Ana sacó en limpio que el Magistral, como + ella creía, era un alma grande, que no había tenido más + delito que cierta vaga melancolía en la juventud y una ambición + noble, <i>elevada</i>, en la edad viril. Pero aquella ambición había + desaparecido ante otra más grande, más pura, la de salvar + las almas buenas, la de ella por ejemplo. Ana, al oír aquello, + cerraba los ojos para contener el llanto, y se juraba en silencio + consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a quien tanto debía, + que tan grande se le mostraba, que prefería vivir cerca de ella + para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo, cardenal, pontífice. + «¡Y le calumniaban! ¡Y tenía enemigos! ¡Y + había habido tiempo en que querían ponerle en ridículo, + por que ella, Anita, seguía entregada a las vanidades del mundo, a + pesar de ser hija de confesión de don Fermín! ¡Oh, ya + verían, ya verían en adelante!». + </p> + <p> + «¿Qué cosa mejor que aquella pasión ideal, + aquel afán por una buena obra, aquella abnegación, a que se + proponía entregarse, para combatir la tentación cada vez más + temible del recuerdo de Mesía, que estaba en Palomares enamorado de + la ministra?». + </p> + <p> + De Pas ya no sabía dónde iba a parar aquello. + </p> + <p> + Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal + suerte, que el peligro cada día era mayor. «Aunque la pasión + que él sentía nada tenía que ver con la lascivia + vulgar (estaba seguro de ello) ni era amor a lo profano, ni tenía + nombre ni le hacía falta, podía ir a dar no se sabía + dónde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor descuido de la + carne, intrusa, temible, la Regenta saltaría hacia atrás, se + indignaría y él perdería el prestigio casi + sobrenatural de que estaba rodeado. Además, suponiendo que aquello + parase en un amor sacrílego y adúltero, miserablemente sacrílego, + por haber tenido tales comienzos, ¡adiós encanto! Ya sabía + él lo que era esto. Una locura grosera de algunos meses. Después + un dejo de remordimiento mezclado de asco de sí mismo; verse + despreciable, bajo, insufrible; y después ira y orgullo, y ambición + vulgar y huracanes en la Curia eclesiástica.—No, no. La + Regenta debía de ser otra cosa. Había que hacer a toda costa + que aquello no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre + todo, lo de antes, que la Regenta se llamaría a engaño; era + seguro». + </p> + <p> + Y después de una pausa, pensaba el Magistral: + </p> + <p> + «Y en último caso, ello dirá». + </p> + <p> + Don Víctor estaba cada día más triste. Por una parte + aquel dolor de atrición, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser + tan bueno, de no haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel + sudor continuo, aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la + yerba agostada del Paseo grande, la falta de espectáculos.... + «Y además que nadie le comprendía. Frígilis era + un estuco: en tratándose de cosas espirituales ya se sabía + que no había que contar con él. Ni el verano le sofocaba, ni + el invierno le encogía: era un marmolillo. ¡Y a su mujer y al + Magistral el estío de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos + no les disgustaba!». Iba don Víctor al Casino: ni un alma. + Algún magistrado sin vacaciones que jugaba al billar con un mozo de + la casa. En el gabinete de lectura, Trifón Cármenes + repasando <i>Ilustraciones</i> antiguas; en el tresillo ni un socio; no le + quedaba más que el dominó, que le era antipático por + el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin parar. Su + contendiente de ajedrez estaba en unos baños. «¡Claro! + <i>todo el mundo</i> se estaba bañando». Aunque don Víctor + otros veranos, si bien pasaba junto al mar un mes, no se bañaba más + que dos o tres veces, ahora echaba de menos todos los días la + frescura de las olas. En el Casino leía los periódicos de <i>La + Costa</i>: conciertos nocturnos al aire libre, giras campestres, regatas, + de todo esto hablaban; ¡cuánta gente! ¡cuánta música! + ¡teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar... el + mar inmenso.... ¡Aquello era divertirse! Don Víctor suspiraba + y se volvía a casa. + </p> + <p> + —«No estaba la señora». + </p> + <p> + Pero estaba Kempis. Allí, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin + poder resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, después de + quitarse el <i>chaquet</i> de alpaca y quedarse en mangas de camisa: + tomaba el libro y leía.... «¡Vuelta al miedo! a la + tristeza, a la languidez espiritual. Era en efecto el mundo una lacería, + como decía el texto, y sobre todo en el verano. Vetusta era un + pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los árboles, tan + desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero causaba ahora + hastío: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor dibujo». + Hasta era capaz de hacerse artista de veras don Víctor a fuerza de + triste y aburrido. + </p> + <p> + Y Ana volvía contenta de la calle. «Mejor, más valía + que alguno lo pasara bien: él no era egoísta». + </p> + <p> + «¿Pero qué gracia le encontraría su mujer a la + soledad de Vetusta? Además, ¿no estaba allí el Kempis + sangrando, probando, como tres y dos son cinco, que en el mundo nunca hay + motivo para estar alegre? Verdad era que su Anita era feliz por razones más + altas. Él no podía llegar a tal grado de piedad. Temía + a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro! ¡había + hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez reconocido este + Infinito Poder, él, Víctor Quintanar, seguía aburriéndose + en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin mar, sin regatas, + sin nada de este mundo. ¡Oh, si no fuera por sus pájaros!». + </p> + <p> + En tanto Ana, cada día más activa, procuraba olvidar, y + muchas veces lo conseguía, lo que llamaba la tentación, que + cada vez era más formidable; y cuanto más temida más + fuerte. Pero huía de ella, acogíase a la piedad, y visitaba + con celo apostólico y ardiente caridad las moradas miserables de + los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la + religión para el espíritu y la limosna para el cuerpo; solían + acompañarla doña Petronila Rianzares o alguna otra dama de + su cónclave; pero también iba sola. De cuantas ocupaciones + le imponía la vida devota, esta era la que más le agradaba. + </p> + <p> + El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ejércitos + piadosos del Corazón de Jesús, la Corte de María, el + Catecismo, las Paulinas y demás instituciones análogas; + muchas señoras iban a baños o a la aldea. Pero el núcleo + quedaba: era el grupo numeroso y considerable de beatas ilustres que + rodeaban al Gran Constantino, a doña Petronila. Durante los meses + del calor disminuían bastante las limosnas, pero se hablaba mucho + en las cofradías, preparando las fiestas de Otoño y de + Invierno; y además, se murmuraba un poco de las ausentes. La + Regenta, sin entrar jamás en estos conciliábulos, los + perdonaba como falta leve, «que ella, cargada de otras más + graves, no tenía derecho a censurar». + </p> + <p> + Don Fermín y Ana se veían todos los días; en el caserón + de los Ozores, unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San + Vicente de Paúl, y más a menudo en casa de doña + Petronila. El obispo madre siempre estaba ocupada; los dejaba solos en el + salón obscuro, y ella, con permiso de sus amigos, se iba a arreglar + sus cuentas o lo que fuese. + </p> + <p> + Vetusta era de ellos: la soledad del verano parecía darles posesión + del pueblo; hablaban en el pórtico de la catedral mucho tiempo para + despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la iglesia + se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de Vetusta más + tolerable que en invierno. En este particular no se entendían ella + y su marido. + </p> + <p> + Don Fermín hubiera deseado que la estación no pasara, que + los ausentes se quedaran por allá. Su madre había ido a + Matalerejo a cobrar rentas y preparar la recolección; a recoger + intereses de mucho dinero esparcido por aquellas montañas. Teresina + era el ama de casa. Alegre todo el día, activa, solícita, + llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos a los que daba, sin + saber cómo, sentido profano, aire de la calle. Aquel tono alegre + era más picante por el contraste con el rostro de Dolorosa de la + joven. Teresina había tomado un poco de color, y los ojos, rodeados + de ligeras sombras, eran más profundos, más hermosos que + nunca en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y + criada estaban contentos. La libertad les sabía a gloria. Cada cual + hacía lo que quería. No estaba doña Paula, no había + que dar cuentas a nadie. Y no faltaba nada. El señorito lo tenía + todo a su tiempo y en su sitio como siempre. Ya podía vivir sin la + señora. + </p> + <p> + El Magistral salía y entraba sin temor de interrogatorios + insidiosos; si volvía tarde, no importaba. Todo, todo le sonreía. + ¡Ojalá fuera eterno el verano! Hasta sus enemigos habían + cedido en la calumnia; ya no se murmuraba tanto; muchos de los + calumniadores veraneaban; a los que quedaban les faltaba auditorio. Don + Santos Barinaga no salía de casa, estaba enfermo. Sólo Foja, + que no veraneaba, por economía, procuraba mantener el fuego sagrado + de la murmuración en el Casino, entre cuatro o cinco socios + aburridos, que iban allí media hora a tomar café. En fin, + parecía aquello una suspensión de hostilidades. «Bien + venido fuera; don Fermín aceptaba la lucha, si se ofrecía, + pero prefería la paz. Sobre todo ahora, que tenía más + que hacer, algo mejor y más dulce que odiar y perseguir a + miserables, dignos de desprecio y de lástima». + </p> + <p> + Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los + bocados, aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía + más voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de + amor sin nombre, la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y + mirarse en sus ojos y oírla dulcísimas palabras de una + amistad misteriosa, casi mística, hacían desear a don Fermín + que el sol se detuviera otra vez, que el tiempo no pasara. Aquel agosto, + tan triste para don Víctor, era para el Magistral el tiempo más + dichoso de su vida. + </p> + <p> + Cuando oía, desde su despacho, muy temprano, el «Santo Dios, + Santo Fuerte», que cantaba como si fueran malagueñas, + Teresina, que hacía la limpieza allá fuera, tentaciones sentía + de cantar él también. No cantaba, pero se levantaba, salía + al pasillo. + </p> + <p> + —Teresina, el chocolate—gritaba alegre, frotándose las + manos. + </p> + <p> + Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en + reluciente jícara de china con ramitos de oro. Cerraba tras sí + la puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extendía + la servilleta delante del señorito... y esperaba inmóvil a + su lado. + </p> + <p> + Don Fermín, risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa + acercaba el rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abría la + boca de labios finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más + de lo preciso la lengua, húmeda y colorada; en ella depositaba el + bizcocho don Fermín, con dientes de perlas lo partía la + criada, y el <i>señorito</i> se comía la otra mitad. + </p> + <p> + Y así todas las mañanas. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXIImdash" id="XXIImdash"></a>—XXII— + </h2> + <p> + Alegre, rozagante, como nuevo volvió de los baños de + Termasaltas el señor Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a + emprender otra campaña, que esperaba fuese la última y + decisiva, «contra el despotismo del simoníaco y lascivo y sórdido + enemigo de la Iglesia que, apoderado del ánimo del señor + Obispo, tenía sojuzgada a la diócesis». Con esta perífrasis + aludía al señor Provisor el diplomático Glocester. + </p> + <p> + El primer disgustillo que tuvo De Pas aquel verano fue esta noticia, que + le dieron en el coro, por la mañana. + </p> + <p> + «Ha llegado Glocester». «No le temía, ni a + él ni a nadie... ¡pero estaba tan cansado de luchar y + aborrecer!». + </p> + <p> + Mourelo se encontró con otros muchos murmuradores de refresco y con + los <i>de depósito</i> que no estaban menos ganosos de romper el + fuego contra el común enemigo. Todos ardían en el santo + entusiasmo de la maledicencia. Los que venían de las aldeas y + pueblos de pesca, traían hambre de cuentos y chismes; la soledad + del campo les había abierto el apetito de la murmuración; + por aquellas montañas y valles de la provincia, ¿de quién + se iba a maldecir? «¡Su Vetusta querida! Oh, no hay como los + centros de civilización para despellejar cómodamente al prójimo. + En los pueblos se habla mal del médico, del boticario, del cura, + del alcalde; pero ellos, los vetustenses, los de la capital ¿cómo + han de contentarse con tan miserable comidilla?». <i>¡Civis + romanus sum!</i> decía Mourelo: «Quiero murmuración + digna de mí. Aplastemos, con la lengua, al coloso, no al médico + de Termasaltas por ejemplo». + </p> + <p> + Y Foja y los demás que se habían quedado, también + ansiaban la vuelta de los ausentes, para contarles las novedades y + comentarlas todos juntos. La animación de Vetusta renacía en + cabildo, cofradías, casinos, calles y paseos cuando los del veraneo + empezaban a aparecer. Las amistades falsas, gastadas hasta hacerse + insoportables durante el común aburrimiento de un invierno sin fin, + ahora se renovaban; los que volvían encontraban gracia y talento en + los que habían quedado y viceversa; todos reían los chistes + y las picardías de todos. Poco a poco los círculos de la + murmuración se animaban, la calumnia encendía los hornos, y + los últimos que llegaban, los regazados, encontraban aquello hecho + una gloria. «¡Qué ocurrencias, qué fina malicia, + qué perspicacia! ¡Oh, el ingenio vetustense!». + </p> + <p> + El Magistral fue aquel año la víctima de las dionisíacas + de la injuria; no se hablaba más que de él. + </p> + <p> + «Don Santos Barinaga, el rival mercantil de <i>La Cruz Roja</i>, la + víctima del monopolio ilegal y escandaloso de doña Paula y + su hijo; el pobre don Santos, se moría sin remedio, según + don Robustiano Somoza, el médico de la aristocracia cuyas ideas no + eran sospechosas». + </p> + <p> + —¿Y de qué dirán ustedes que se muere?—preguntaba + Foja en un corrillo, delante de la catedral, al salir de misa de doce. + </p> + <p> + —Se morirá de borracho—contestaba Ripamilán. + </p> + <p> + —No señor, ¡se muere de hambre!... + </p> + <p> + —Se muere de aguardiente.—¡De hambre!... Y llegaba don + Robustiano al corro y <i>hablaba la ciencia</i>: + </p> + <p> + —Yo no acuso a nadie, la ciencia no acusa a nadie; otra es su misión. + Yo no niego que el alcoholismo crónico tenga parte en la enfermedad + de Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido <i>cohonestarse</i> + (así decía) con una buena alimentación. Además, + hoy día el pobre don Santos ya no tiene dinero ni para + emborracharse, ya no puede beber de pura miseria.... Y aunque ustedes no + comprendan esto, la ciencia declara que la privación del alcohol + precipita la muerte de ese hombre, enfermo por abuso del alcohol.... + </p> + <p> + —¿Cómo es eso, hombre?—preguntaba el Arcipreste. + </p> + <p> + —A ver explíquese usted—decía Foja. + </p> + <p> + Don Robustiano sonreía; movía la cabeza con gesto de compasión + y se dignaba explicar aquello. «Don Santos, aunque se pasmasen + aquellos señores, a pesar de morir envenenado por el alcohol, + necesitaba más alcohol para <i>tirar</i> algunos meses más. + Sin el aguardiente, que le mataba, se moriría más pronto». + </p> + <p> + —Pero don Robustiano, ¿cómo puede ser eso? + </p> + <p> + —Señor Foja, ahí verá usted. ¿Conoce + usted a Todd? + </p> + <p> + —¿A quién?—A Todd.—No señor.—Pues + no hable usted. ¿Sabe usted lo que es el poder hipotérmico + del alcohol? Tampoco; pues cállese usted. + </p> + <p> + ¿Sabe usted con qué se come el poder diaforético del + citado alcohol? Tampoco; pues sonsoniche. ¿Niega usted la acción + hemostática del alcohol reconocida por Campbell y Chevrière? + Hará usted mal en negarla; se entiende, si se trata del uso + interno. De modo que no sabe usted una palabra.... + </p> + <p> + —Pues por eso pregunto.... Pero oiga usted, señor mío, + por mucho que usted sepa y diga lo que quiera el señor Todd; ni la + ciencia, ni santa ciencia, tienen derecho para calumniar a don Santos + Barinaga; harto tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin + que usted por haber leído, sabe Dios dónde y con cuánta + prisa, un articulillo acerca del aguardiente, digámoslo así, + se crea autorizado para insultar a mi buen amigo y llamarle borrachón + en términos técnicos. + </p> + <p> + —Poco a poco—gritó Ripamilán—en eso estoy + yo conforme con la ciencia y con el señor Somoza su legítimo + representante. No sé si un clavo saca otro clavo en medicina, ni si + la mancha de la borrachera con otra verde se quita, pero don Santos es un + tonel en persona y tiene más espíritu de vino en el cuerpo + que sangre en las venas; es una mecha empapada en alcohol... prenda usted + fuego y verá... + </p> + <p> + —Yo, señor Ripamilán, para confundir a este + progresista trasnochado no necesito que me ayude la Iglesia; me sobra y me + basta con la ciencia que es, en definitiva, mi religión. + </p> + <p> + Y volviéndose a Foja añadía el médico: + </p> + <p> + —Oiga usted, señor decurión retirado, ¿conoce + usted la acción del alcohol en las flegmasías de los + bebedores? no mienta usted, porque no la conoce. + </p> + <p> + —¡Váyase usted a paseo, señor Fraigerundio de + hospital! ¡El embustero será usted! ¡Pues hombre! + bonita manía saca el señor doctor; hacérsenos el + sabio ahora. A la vejez viruelas. + </p> + <p> + —Menos insultos y más hechos. + </p> + <p> + —Menos botarga y más sentido común.... + </p> + <p> + —Caballero miliciano, yo soy el hombre de ciencia y usted es un + doceañista en conserva.... Chomel admite, y con él todo el + que tenga dos dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es + imprescindible la administración de los espirituosos.... + </p> + <p> + —¡Pero si yo niego la menor, so alcornoque! + </p> + <p> + —En medicina no hay mayores ni menores, ni judías ni + contrajudías, señor tahúr. + </p> + <p> + —La menor es que sea borracho Barinaga.... + </p> + <p> + —De modo que si usted me niega los... prodromos del mal.... + </p> + <p> + Don Robustiano se puso colorado al pensar que había dicho un + disparate. + </p> + <p> + —Qué hipódromos ni qué hipopótamos; yo + defiendo a un ausente.... + </p> + <p> + —En fin, una palabra para concluir: ¿niega usted que si a un + borracho se le priva por completo del alcohol, es lo más fácil + que se presente un decaimiento alarmante, un verdadero colapso?... + </p> + <p> + —Mire usted, señor pedantón, si sigue usted rompiéndome + el tímpano con esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil + versos y sentencias en latín y le dejo bizco; y si no oiga usted: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;"><i>Ordine confectu, quisque libellus + habet:</i></span><br /> <span style="margin-left: 4em;"><i>quis, quid, + coram quo, quo jure petatur et a quo.</i></span><br /> <span + style="margin-left: 4em;"><i>Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen, + honestas...</i></span><br /> <br /> + </p> + <p> + Ripamilán se retorcía de risa. Somoza, furioso, gritaba; y + se oía: colapso... flegmasía... cardiopatía... y el + ex-alcalde, sin atender, continuaba mezclando latines: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Masculino es fustis, axis</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">turris, caulis, sanguis collis...</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">piscis, vermis, callis follis.</span><br /> + </p> + <p> + El médico y el prestamista estuvieron a punto de venir a las manos. + No se pudo averiguar de qué se moría don Santos, pero a la + media hora se corría por Vetusta que, por culpa del Provisor, se + habían pegado y desafiado Foja y Somoza, y no se sabía si el + mismo Ripamilán había recogido alguna bofetada. + </p> + <p> + Por algunos días vino a eclipsar al valetudinario Barinaga, que, en + efecto, se consumía en la miseria, un suceso de gravedad suma, según + Glocester y Foja y bandos respectivos: «La hija de Carraspique, sor + Teresa, agonizaba en el <i>inmundo asilo</i> de las Salesas, en la celda + que era, según Somoza, un <i>inodoro</i>, por no decir todo lo + contrario». + </p> + <p> + Y dicho y hecho. Rosa Carraspique en el mundo, sor Teresa en el convento, + murió de una tuberculosis, según Somoza, de una tisis + caseosa, según el médico de las monjas, que era dualista en + materia de tisis. + </p> + <p> + Pero lo que no dudó ningún enemigo del Provisor fue que la + culpa de aquella muerte la tenía don Fermín, fuese lo que + quiera de los pulmones de la chica. + </p> + <p> + Doña Paula y don Álvaro llegaron a Vetusta el mismo día, + aquel en que <i>voló al cielo un ángel más</i>, en + opinión de Trifoncito Cármenes, que seguía siendo romántico, + contra los consejos de don Cayetano. + </p> + <p> + Un periódico liberal del pueblo, <i>El Alerta</i>, publicaba una + tras otra estas dos gacetillas, que pusieron a don Fermín de un + humor endiablado. + </p> + <p> + «<i>Bien venido</i>.—De vuelta de su excursión + veraniega ha llegado a esta capital el ilustre caudillo del partido + liberal dinástico de Vetusta, el Ilmo. Sr. D. Álvaro Mesía. + Dicen los numerosos amigos que han acudido a visitar a nuestro distinguido + correligionario, que viene dispuesto a proseguir su campaña de + propaganda sensatamente liberal, así en el orden político + como en el moral y canónico y religioso. Cuente con nuestro humilde + apoyo para vencer los obstáculos tradicionales que aquí + opone al verdadero progreso un despotismo teocrático de que está + ya todo Vetusta hasta los pelos, como se dice vulgarmente». + </p> + <p> + «<i>En paz descanse</i>.—Ha fallecido en su celda del convento + de las Salesas la señorita doña Rosa Carraspique y Somoza, + hija del conocido capitalista ultramontano don Francisco de Asís, + monja profesa con el nombre de sor Teresa. Mucho tendríamos que + decir si quisiéramos hacernos eco de todos los comentarios a que ha + dado lugar esta desgracia inopinada. Sólo diremos que, en concepto + de los facultativos más acreditados, no ha sido extraña a la + pérdida que lamentamos la falta de condiciones higiénicas + del edificio miserable que habitan las Salesas. Pero además, se nos + ocurre preguntar: ¿Es muy higiénico que <i>ciertos roedores</i> + se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a poco y con + influencia deletérea y <i>pseudo-religiosa</i>, la paz de las + familias, la tranquilidad de las conciencias? + </p> + <p> + »Si todos los elementos liberales, sin exageraciones, de nuestra + culta capital no aúnan sus esfuerzos para combatir al poderoso + tirano hierocrático que nos oprime, pronto seremos todos víctimas + del fanatismo más torpe y descarado.—R. I. P.». + </p> + <p> + Ripamilán, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se + decidió a tomar la pluma y publicar en el <i>Lábaro</i> un + articulejo, sin firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramática, + maltratada por el periódico progresista, según el canónigo. + «Aparte, decía entre otras cosas, de que no sabemos si la + monja profesa es el señor Carraspique o su hija, ¿quiere + decirme el periodista cascaciruelas, etc., etc...?». + </p> + <p> + Aquel cascaciruelas delató al Arcipreste; era su estilo humorístico: + lo conocieron todos. + </p> + <p> + En Vetusta los insultos y murmuraciones en letras de molde llamaban mucho + la atención. En vano publicaba Cármenes odas y elegías, + nadie las leía; pero la gacetilla más insignificante que + pudiera molestar un poco a cualquier vecino, era leída, comentada días + y días, y cuando había tiroteo de sueltos o comunicados, los + <i>habituales abonados</i> no querían mejor diversión. + </p> + <p> + Por todo lo cual fue mayor el escándalo, y no se habló en + mucho tiempo más que de la <i>influencia deletérea</i> del + Magistral y de la muerte de sor Teresa. + </p> + <p> + —Sobre su conciencia tiene esa desgracia. + </p> + <p> + —Es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas. + </p> + <p> + —Esto es una especie de contribución de sangre que pagamos al + fanatismo. + </p> + <p> + —Esto es una especie de tributo de las cien doncellas. + </p> + <p> + El Magistral hubiera querido poder despreciar tantos disparates, tales + absurdos, pero a su pesar le irritaban. Creyó al principio que + «su pasión noble, sublime, le levantaría cien codos + sobre todas aquellas miserias», pero el oleaje de la falsa indignación + pública salpicaba su alma, llegaba tan arriba como su deliquio sin + nombre; y la ira le borraba del cerebro muchas veces las más puras + ideas, las impresiones más dulces y risueñas. Se ponía + loco de cólera, y más y más le irritaba el no poder + dominar sus arrebatos. Además, el mal era cierto; no por ser + desatinada la acusación de los necios era menos poderosa y temible. + Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba, que el esfuerzo de tantos + y tantos miserables servía para minarle el terreno.... En muchas + casas empezaba a notar cierta reserva; dejaron de confesar con él + algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a + quien tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle + con ojos fríos y llenos de preguntas que entraban por las pupilas + del Magistral como puntas de acero. + </p> + <p> + Volvió la época del paseo en el Espolón, y don Fermín + al pasear allí su humilde arrogancia, su hermosa figura de buen + mozo místico, observaba que ya no era aquello una marcha triunfal, + un camino de gloria; en los saludos, en las miradas, en los cuchicheos que + dejaba detrás de sí, como una estela, hasta en la manera de + dejarle libre el paso los transeúntes, notaba asperezas, espinas, + una sorda enemistad general, algo como el miedo que está próximo + a tener sus peculiares valentías insolentes. + </p> + <p> + Y en casa, doña Paula ceñuda, silenciosa, desconfiada, + preparándose para una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero, + realizando cuanto podía, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse + de los géneros de la <i>Cruz Roja</i>. «No parecía + sino que se preparaba una liquidación. ¿A qué venía + aquello?». Doña Paula no daba explicaciones. «Sabía + a qué atenerse: su hijo, su Fermo, estaba perdido; aquella <i>pájara</i>, + aquella Regenta, santurrona en pecado mortal, le tenía ciego, loco; + ¡sabía Dios lo que pasaría en aquel caserón de + los Ozores! ¡Qué escándalo! Todo se lo iba a llevar la + trampa. Había que prepararse. Oh, podrían arrojarla de + Vetusta, pero ella no se iría sin llevarse medio pueblo entre los + dientes». + </p> + <p> + Por eso mordía con aquel furor que asustaba a su hijo. + </p> + <p> + Fermo, el <i>señorito</i>, pensaba a solas, en su despacho de + Fausto eclesiástico. «¡Solo, estoy solo, ni mi madre me + consuela! ¿Qué he de hacer? Entregarme con toda el alma a + esta pasión noble, fuerte.... ¡Ana, Ana y nada más en + el mundo! Ella también está sola, ella también me + necesita.... Los dos juntos bastamos para vencer a todos estos necios y + malvados». + </p> + <p> + Pálido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al + lado de su amiga mística, cada vez más hermosa, de nuevo + fresca y rozagante, de formas llenas, fuertes y armoniosas. La dulzura + parecía una aureola de Anita. La salud había vuelto, + purificada con cierta unción de idealidad, al cuerpo de arrogante + transtiberina de aquel modelo de <i>madona</i>. + </p> + <p> + Don Víctor Quintanar se había restituido a su amistad + íntima con don Álvaro Mesía, en cuanto regresó + este de Palomares, y al poco tiempo notó el Magistral que el + converso se le rebelaba. Si bien seguía creyéndose + profundamente piadoso, don Víctor hacía distinciones + sospechosas entre la religión y el clero, entre el catolicismo y el + ultramontanismo. «Yo soy tan católico como el primero», + esta era su frase cada vez que decía alguna herejía o algo + parecido; pero se metía a interpretar a su modo los textos del + Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atrevía a decir delante de + curas y señoras, que el hombre virtuoso es siempre un sacerdote, y + que un bosque secular es el templo más propio de la religión + pura, y que Jesucristo había sido liberal, con otros disparates. No + era esto lo peor, sino que la Regenta y don Fermín notaban en + Quintanar cierta frialdad cada vez que los veía juntos y el + Magistral tuvo que fingirse distraído ante algunos desaires + disimulados. + </p> + <p> + Don Álvaro no iba a casa de los Ozores sino muy de tarde en tarde y + sólo hacía visitas de cumplido, muy breves. ¿Por qué + así? preguntaba don Víctor. Y con medias palabras, su amigo + le daba a entender que la Regenta le recibía con mala voluntad y + que a él no le gustaba estorbar. Además, no era él + solo el que se retraía. El mismo Paco, el Marquesito, que en otro + tiempo no hacía más que entrar y salir, ahora apenas parecía + por aquella casa. Visitación también iba de tarde en tarde, + la Marquesa casi nunca, y así de todos los amigos y amigas; el + Magistral y sólo el Magistral. Aquel buen señor «hacía + el vacío» en derredor de la Regenta. Ella estaba contenta, no + parecía echar de menos a nadie; pero él, don Víctor, + no era de la misma opinión; quería trato, conversación, + amena compañía. + </p> + <p> + Seguía confesando y comulgando cada dos meses, pero <i>Kempis</i> + seguía cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo + al infierno Quintanar, «pero no quería prescindir por + completo de las ventajas positivas que le ofrecía su breve + existencia sobre el haz de la tierra». «Y sobre todo no quería + que el fanatismo se enseñorease de su casa». Los consejos que + para excitarlo le daba Mesía, allá en el Casino, los tomaba + muy en cuenta don Víctor, y siempre se estaba preparando para + ponerlos por obra, pero no se atrevía. No llegaba a más su + audacia que a poner un gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde + en tarde, al enemigo, al Magistral; pero como este fingía no + comprender aquellas indirectas mímicas, no se adelantaba nada. + </p> + <p> + Don Víctor llegó a reconocer, pero sin confesarlo a nadie, + que él era menos enérgico de lo que había creído; + «no, no tenía fuerza para oponerse al <i>jesuitismo</i> que + había invadido su hogar». ¡Oh, por algo él + vacilaba antes de consentir a De Pas apoderarse del ánimo de su + esposa! Sí... al fin había sido jesuita...». Quintanar + acabó por comparar el poder del Provisor en el caserón de + los Ozores, con el que tuvieron los jesuitas en el Paraguay. «Sí, + mi casa es otro Paraguay». Y cada día se encontraba más + incapaz de oponerse a la <i>perniciosa influencia</i>. No sabía más + que poner mala cara y parar poco en casa. + </p> + <p> + Con esto sólo consiguió que la Regenta y el Magistral + conviniesen en verse más a menudo fuera del caserón y menos + veces en él. «Mejor era hablarse en casa de doña + Petronila. ¿Para qué molestar al pobre don Víctor? Ya + que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y le + envenenaban el alma con insinuaciones malévolas, con sospechas + torpes e impías, más valía dejarle en paz, apartar de + su vista el espectáculo inocente, mas para él poco + agradable, de dos almas hermanas que viven unidas, con lazo fuerte, en la + piedad y el idealismo más poético». + </p> + <p> + En casa de doña Petronila, en el salón de balcones + discretamente entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban + horas y horas los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales, + como decía el gran Constantino, sin más testigo que el gato + blanco, cada vez más gordo, que iba y venía sin ruido, y se + frotaba el lomo contra las faldas de la Regenta y el manteo del Magistral, + cada día más familiarmente. + </p> + <p> + Anita notaba en don Fermín una palidez interesante, grandes cercos + amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que la + ponía en cuidado. + </p> + <p> + Le suplicaba que se cuidase, se lo pedía con voz de madre cariñosa + que ruega al hijo de sus entrañas que tome una medicina. Él + respondía sonriendo, echando fuego por los ojos, «que no tenía + nada, que era aprensión, que no había que pensar en su + cuerpo miserable». + </p> + <p> + Algunos días había en sus diálogos pausas + embarazosas; el silencio se prolongaba molestándoles como un + hablador importuno. + </p> + <p> + Los dos guardaban un secreto. Cuando creían conocerse uno a otro + hasta el último rincón del alma, estaba pensando cada cual + en la mala acción que cometía callando lo que callaba. + </p> + <p> + El Magistral padecía mucho siempre que Ana le hablaba de la salud + que él perdía. «¡Si ella supiera!». + </p> + <p> + Resuelto a que su amistad «con aquel ángel hermoso» no + acabase de mala manera, en una aventura de grosero materialismo llena de + remordimientos y dejos repugnantes; seguro de que aquella mujer ponía + en aquel lazo piadoso toda la sinceridad de un alma pura, y que + degradarla, caso de que se pudiera, sería hacerle perder su mayor + encanto; el Magistral que vivía ya nada más de esta refinada + pasión que según él no tenía nombre, luchaba + con tentaciones formidables, y sólo conseguía contrarrestar + las rebeliones súbitas y furiosas de la carne con armisticios + vergonzosos que le parecían una especie de infidelidad. En vano + pensaba: ¿qué le importa a mi doña Ana que mi corpachón + de cazador montañés viva como quiera cuando me aparto de + ella? Nada de mi cuerpo me pide ella; el alma es toda suya, y nada del + alma pongo al saciar, lejos de su presencia, apetitos que ella misma sin + saberlo excita; en vano pensaba esto, porque agudos remordimientos le + pinchaban cada vez que Ana, solícita, dulce y sonriente le pedía + con las manos en cruz que se cuidara, que no entregase todas sus horas al + trabajo y a la penitencia. «¿Qué sería de ella + sin él?». + </p> + <p> + —«Figurémonos que usted se me muere: ¿qué + va a ser de mí?». + </p> + <p> + «Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de + santo a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha + de vivir. Engañar a los demás no me duele; ¡pero a + ella! Y no hay más remedio». Quería que le consolase + el reflexionar que <i>por ella</i> era todo aquello, que por ella había + él vuelto a sentir con vigor las pasiones de la juventud que + creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza, se encenagaba + él en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no apagaba + el remordimiento. + </p> + <p> + Algunas semanas pasaba Teresina triste, temerosa de haber perdido su + dominio sobre el <i>señorito</i>; entonces era cuando el Magistral + vivía al lado de Ana libre de congojas, tranquilo en su conciencia; + pero poco a poco el tormento de la tentación reaparecía; sus + ataques eran más terribles, sobre todo más peligrosos, que + los del remordimiento; la castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa, + su piedad sincera, la fe con que creía en aquella amistad + espiritual, sin mezcla de pecado, eran incentivo para la pasión de + don Fermín y hacían mayor el peligro; por que ella que no + temía nada malo, vivía descuidada sin ver que su confianza, + su cariñosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que decía + y hacía era leña que echaba en una hoguera. Y volvía + De Pas, para evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el + contento de Teresina, lo que ella creía con orgullo su victoria. + </p> + <p> + Ana también tenía su secreto. Su piedad era sincera, su + deseo de salvarse firme, su propósito de ascender de morada en + morada, como decía la santa de Ávila, serio; pero la tentación + cada día más formidable. Cuanto más horroroso le + parecía el pecado de pensar en don Álvaro, más placer + encontraba en él. Ya no dudaba que aquel hombre representaba para + ella la perdición, pero tampoco que estaba enamorada de él + cuanto en ella había de mundano, carnal, frágil y + perecedero. Ya no se hubiera atrevido, como en otro tiempo, a mirarle cara + a cara, a verle a su lado horas y horas, a probarle que su presencia la + dejaba impasible: no, ahora huir de él, de su sombra, de su + recuerdo; era el demonio, era el poderoso enemigo de Jesús. No había + más remedio que huir de él; esto era humildad, lo de antes + orgullo loco. A la gracia y sólo a la gracia debía el vivir + pura todavía; abandonada a sí misma, Ana se confesaba que + sucumbiría; si el Señor aflojara la mano un momento, don + Álvaro podría extender la suya y tomar su presa. Por todo lo + cual no quería ni verle. Pero, sin querer, pensaba en él. + Desechaba aquellos pensamientos con todas sus fuerzas, pero volvían. + ¡Qué horrible remordimiento! ¿Qué pensaría + Jesús? y también ¿qué pensaría el + Magistral... si lo supiera? A la Regenta le repugnaba, como una villanía, + como una bajeza aquella predilección con que sus sentidos se + recreaban en el recuerdo de Mesía apenas se les dejaba suelta la + rienda un momento. ¿Por qué Mesía? El remordimiento + que la infidelidad a Jesús despertaba en ella, era de terror, de + tristeza profunda, pero se envolvía en una vaguedad ideal que lo + atenuaba; el remordimiento de su infidelidad al amigo del alma, al hermano + mayor, a don Fermín era punzante, era el que traía aquel + asco de sí misma, el tormento incomparable de tener que + despreciarse. Además, Anita no se atrevía a confesar aquello + con el Magistral. Hubiera sido hacerle mucho daño, destrozar el + encanto de sus relaciones de pura idealidad. Volvía a valerse de + sofismas para callar en la confesión aquella flaqueza: «ella + no quería» en cuanto mandaba en su pensamiento, lo apartaba + de las imágenes pecaminosas; huía de don Álvaro, no + pecaba voluntariamente. ¿Habría pecado involuntario? De esto + habló un día con el Magistral, sin decirle que la consulta + le importaba por ella misma. Don Fermín contestó que la + cuestión era compleja... y le citó autores. Entre ellos + recordó Ana que estaba Pascal en sus <i>Provinciales</i>; ella tenía + aquel libro, lo leyó... y creyó volverse loca. «Oh, el + ser bueno era además cuestión de talento. Tantos distingos, + tantas sutilezas la aturdían». Pero siguió callando el + tormento de la tentación. Arma poderosa para combatirla fue la + ardiente caridad con que la Regenta se consagró a defender y + consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron contra él los + huracanes de la injuria, que Ana creía de todo en todo calumniosa. + </p> + <p> + La idea de sacrificarse por salvar a aquel hombre a quien debía la + redención de su espíritu, se apoderó de la devota. + Fue como una pasión poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogió + con placer, porque así alimentaba el hambre de amor que sentía, + de amor, que tuviese objeto sensible, algo finito, una criatura. «Sí, + sí, pensaba, yo combatiré la inclinación al mal, + enamorándome de este bien, de este sacrificio, de esta abnegación. + Estoy dispuesta a morir por este hombre, si es preciso...». Pero no + había modo de poner por obra tales propósitos. Ana buscaba y + no encontraba manera de sacrificarse por el Magistral. ¿Qué + podía ella hacer para contrarrestar la violencia de la calumnia? + Nada. Nada por ahora. Pero tenía esperanza; tal vez se presentaría + un modo de utilizar en beneficio del <i>pobre mártir</i> aquella + abnegación a que estaba resuelta.... Mientras llegaba el momento, + no podía más que consolarle, y esto sabía hacerlo de + modo que el Magistral tenía que emplear esfuerzos de titán + para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de rodillas y + besándole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien calzados. + </p> + <p> + Y en tanto Foja, Mourelo, don Custodio, Guimarán, <i>El Alerta</i> + y, entre bastidores, don Álvaro y Visitación Olías de + Cuervo, trabajaban como titanes por derrumbar aquella montaña que + tenían encima; el poder del Magistral. + </p> + <p> + Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en + aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por algún + tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de algunas + semanas este volvió a brillar dentro de su aureola de víctima + y la compasión fementida del público marrullero se volvió + a él, solícita, con cuidados de madrastra que representa la + comedia de la <i>segunda madre</i>. A los vetustenses, en general, les + importaba poco la vida o la muerte de don Santos; nadie había + extendido una mano para sacarle de su miseria; hasta seguían llamándole + borracho; pero en cambio todos se indignaban contra el Provisor, todos + maldecían al autor de tanta desgracia, y quedaban muy satisfechos, + creyendo, o fingiendo creer, que así la caridad quedaría contenta. + </p> + <p> + «Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo + calumniado por los enemigos de todo progreso, en este siglo <i>materialista</i> + y <i>corrompido</i>, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos + filantrópicos del pueblo, sin que una voz unánime se levante + a protestar en nombre de la humanidad ultrajada. El pobre don Santos + Barinaga, víctima del monopolio escandaloso de la <i>Cruz Roja</i>, + muere de hambre en los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los + vasos sagrados, patenas y copones, lámparas y candeleros con otros + cien objetos del culto; muere en aquel rincón y muere de inanición, + señores, por culpa del simoniaco que todos conocemos: muere, sí, + morirá; pero el que se burla con artificios de nuestro código + mercantil y de las leyes de la Iglesia, comerciando a pesar de ser + sacerdote; el que mata de hambre al pobre ciudadano señor Barinaga, + ¡ese no se gozará en su obra mucho tiempo, porque la + indignación pública sube, sube, como la marea... y acabará + por tragarse al tirano!... + </p> + <p> + Pero a pesar de este discurso y otros por el estilo, a Foja no se le ocurría + mandar una gallina a don Santos para que le hiciesen caldo. + </p> + <p> + Y como él obraban todos los defensores teóricos del + comerciante arruinado. Decían a una que moría de hambre y + nadie al visitarle le llevaba un pedazo de pan. Y hasta le visitaban + pocos. Foja solía entrar y salir en seguida; en cuanto se + cercioraba de la miseria y de la enfermedad del pobre anciano, ya tenía + bastante; salía corriendo a decir pestes del <i>otro</i>, del + Provisor: así creía servir a la buena causa del progreso y + de la <i>humanidad solidaria</i>. + </p> + <p> + La fama bien sentada de hereje que había conquistado en los + últimos tiempos el buen don Santos, retraía a muchas almas + piadosas que de buen grado le hubieran socorrido. + </p> + <p> + Y solamente las <i>Paulinas</i> fueron osadas a acercarse al lecho del + vejete para ofrecerle los auxilios materiales de la sociedad y los + espirituales de la Iglesia. + </p> + <p> + Fue en vano. «Afortunadamente decía don Pompeyo Guimarán + al referir el lance, afortunadamente estaba yo allí para evitar una + indignidad». + </p> + <p> + Don Santos había dado plenos poderes a su amigo don Pompeyo para + rechazar en su nombre <i>toda sugestión del fanatismo</i>. + </p> + <p> + Guimarán estaba muy satisfecho con «aquella <i>misión + delicada</i> e importante, que exigía grandes dotes de energía + y arraigadas convicciones por su parte». + </p> + <p> + En efecto, llegaron al zaquizamí desnudo y frío en que yacía + aquella víctima del alcoholismo crónico los enviados de <i>San + Vicente de Paúl</i>, que eran doña Petronila, o sea el gran + Constantino, y el beneficiado don Custodio, la hija de Barinaga, la beata + paliducha y seca, los recibió abajo, en la tienda vacía, + lloriqueando. Hablaron los tres en voz baja; don Custodio decía las + palabras, llenas de silbidos suaves—imitación del Magistral—al + oído de su hija de penitencia; la consolaba, y ella levantando los + ojos llenos de lágrimas los fijaba como quien se acomoda en sitio + conocido y frecuentado, en los del clérigo de almíbar. + Subieron, de puntillas, dispuestos a intentar un ataque contra el enemigo. + </p> + <p> + —¿Con que está arriba don Pompeyo?—preguntó + en la escalera don Custodio. + </p> + <p> + —Sí; no sale de casa estos días; mi padre me arroja a + mí de su lado y clama por ese hereje chocho.... + </p> + <p> + Don Pompeyo Guimarán oyó la voz del beneficiado y le sonó + a cura. Se preparó a la defensa, y procuró tomar un + continente digno de un libre-pensador convencido y prudentísimo. + Echó las manos cruzadas a la espalda, y se puso a medir la pobre + estancia a grandes pasos, haciendo crujir la madera vieja del piso, de + castaño comido por los gusanos. En la alcoba contigua, sin puerta, + separada de la sala por una cortina sucia de percal encarnado, se oían + los quejidos frecuentes y la respiración fatigosa del enfermo. + </p> + <p> + —¿Quién está ahí?—preguntó + don Santos con voz débil, sin más energía que la de + una ira impotente. + </p> + <p> + —Creo que son ellos; pero no tema usted. Aquí estoy yo. Usted + silencio, que no le conviene irritarse. Yo me basto y me sobro. + </p> + <p> + Entró el enemigo; y aunque venía de paz y don Pompeyo se había + propuesto ser muy prudente, en cuanto doña Petronila abrió + el pico, el ateo extendió una mano y dijo interrumpiendo: + </p> + <p> + —Dispénseme usted, señora, y dispense este digno + sacerdote católico... vienen ustedes equivocados; aquí no se + admiten limosnas condicionales.... + </p> + <p> + —¿Cómo condicionales?...—preguntó don + Custodio, con muy buenos modos. + </p> + <p> + —No se sulfure usted, amigo mío, que otra me parece que es su + misión en la tierra; mire usted como yo hablo con toda + tranquilidad.... + </p> + <p> + —Hombre, me parece que yo no he dicho.... + </p> + <p> + —Usted ha dicho ¿cómo condicionales? y a mí no + se me impone nadie, vista por los pies, vista por la cabeza. Yo no odio al + clero sistemáticamente, pero exijo buena crianza en toda persona + culta.... + </p> + <p> + —Caballero, no venimos aquí a disputar, venimos a ejercer la + caridad.... + </p> + <p> + —Condicional...—¡Qué condicional, ni qué + calabazas!—gritó doña Petronila, que no comprendía + por qué se había de tener tantos miramientos con un ateo + loco—. Usted no tiene—añadió—autoridad + alguna en esta casa; esta señorita es hija de don Santos y con ella + y con él es con quien queremos entendernos. Venimos a ofrecer + espontáneamente los auxilios que nuestra sociedad presta.... + </p> + <p> + —A condición de una retractación indigna, ya lo sé. + Don Santos ha delegado en mí todos los poderes de su autonomía + religiosa, y en su nombre, y con los mejores modos les intimo la + retirada.... + </p> + <p> + Y don Pompeyo extendió una mano hacia la puerta y estuvo un rato + contemplando su brazo estirado y su energía. + </p> + <p> + Pero tuvo que bajar el brazo, porque doña Petronila replicó + que no estaba dispuesta a recibir órdenes de un entrometido.... + </p> + <p> + —Señora, aquí los entrometidos son ustedes. No se les + ha llamado, no se les quiere; aquí sólo se admite la caridad + que no pide cédula de comunión. + </p> + <p> + —Nosotros tampoco pedimos cédula.... + </p> + <p> + —Señor cura, a mí no me venga usted con argucias de + seminario; la filosofía moderna ha demostrado que el escolasticismo + es un tejido de puerilidades, y yo sé a lo que vienen ustedes. + Quieren comprar las arraigadas convicciones de mi amigo por un plato de + lentejas; una taza de caldo por la confesión de un dogma; una + peseta por una apostasía... ¡esto es indigno! + </p> + <p> + —¡Pero, caballero!...—Señor cura, acabemos. Don + Santos está dispuesto a morir sin confesar ni comulgar, no reconoce + la religión de sus mayores. Estas son sus condiciones irrevocables; + pues bien, a ese precio ¿consienten ustedes en asistirle, cuidarle, + darle el alimento y las medicinas que necesita? + </p> + <p> + —Pero, señor mío...—¡Ah!... ¡señor + de usted... ya decía yo! ¿Ve usted como a mí la escolástica + no me confunde? + </p> + <p> + —Todo eso y mucho más—dijo el Gran Constantino—queremos + tratarlo con el interesado. + </p> + <p> + —Pues no será....—Pues sí será....—Señora, + salvo el sexo, estoy dispuesto a arrojarles a ustedes por las escaleras si + insisten en su procaz atentado.... + </p> + <p> + Y don Pompeyo se colocó delante de la cortina de percal para cortar + el paso al obispo-madre. + </p> + <p> + —¿Quién va? ¿quién va?—gritó + desde dentro Barinaga ronco y jadeante. + </p> + <p> + —Son las Paulinas—respondió Guimarán. + </p> + <p> + —¡Rayos y truenos! fuera de mi casa.... ¿No tiene usted + una escoba, don Pompeyo? Fuego en ellas... infames... ¿y no anda ahí + un cura también?... + </p> + <p> + —Sí, señor, anda...—¡Será el + Magistral, el ladrón, el <i>rapavelas</i>, el que me ha + despojado... y vendrá a burlarse... oh, si yo me levanto!... + ¿pero usted qué hace que no les balda a palos? Fuera de mi + casa.... La justicia... ¿ya no hay justicia? ¿no hay + justicia para los pobres? + </p> + <p> + —Tranquilícese usted, que no es el Magistral. + </p> + <p> + —Sí es, sí es; lo sé yo; ¿no ve usted + que es el amo del cotarro, el presidente de las Paulinas?... Entre usted, + entre usted, so bandido... y verá usted con qué arma digna + de usted le aplasto los cascos.... + </p> + <p> + —Calma, calma, amigo mío; yo me basto y me sobro para + despedir con buenos modos a estos señores. + </p> + <p> + —No, no, si es el Provisor déjele usted que entre, que quiero + matarle yo mismo.... ¿Quién llora ahí? + </p> + <p> + —Es su hija de usted.—¡Ah grandísima hipocritona, + si me levanto, mala pécora! la que mata a su padre de hambre, la + que echa cuentas de rosario y pelos en el caldo, la que me echa en las + narices el polvo de la sala, la que se va a misa de alba y vuelve a la + hora de comer... ¡infame, si me levanto! + </p> + <p> + —Padre, por Dios, por Nuestra Señora del Amor Hermoso, + tranquilícese usted.... Está aquí doña + Petronila, está un señor sacerdote.... + </p> + <p> + —Será tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo + del cabildo... ¡ah, barragana, si os cojo a los dos!... + </p> + <p> + —¡Jesús, Jesús! vámonos de aquí—gritó + doña Petronila buscando la escalera. + </p> + <p> + Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cayó + desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos y + de las injurias de su padre. Quedó el campo por don Pompeyo, que + volvió a sus paseos y después fue a la cocina a espumar el + puchero miserable de don Santos. + </p> + <p> + «Allí no había más caridad que la de él. + Cierto que no podía ser pródigo con su amigo, porque la + propia familia tan numerosa tenía apenas lo necesario; pero + solicitud, atenciones no le faltarían al enfermo». + </p> + <p> + Volvió a poco soplando un líquido pálido y humeante + en el que flotaban partículas de carbón. + </p> + <p> + Se lo hizo beber a don Santos, sujetándole la cabeza que temblaba y + sin permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba también. + </p> + <p> + De esta manera quedó el campo libre y por don Pompeyo, el cual no + pensaba más que en asegurar <i>el triunfo de sus ideas</i>, para lo + que era necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del + enfermo, y así evitar que la hija de don Santos introdujese allí + subrepticiamente «el elemento clerical». + </p> + <p> + Guimarán madrugaba para correr a casa de Barinaga; estaba allí + casi siempre hasta la hora de cenar, y esta <i>necesidad material</i> la + despachaba en un decir Jesús, dando prisa a la criada, a su mujer, + a las niñas. + </p> + <p> + —Ea, ea... menos cháchara, la sopa... que me esperan.... + </p> + <p> + Comía, recogía los mendrugos de pan que quedaban sobre la + mesa, un poco de azúcar y otros desperdicios, se los metía + en un bolsillo y echaba a correr. + </p> + <p> + Algunas noches entraba en su hogar gritando: + </p> + <p> + —¡A ver! ¡a ver! las zapatillas y el frasco del anís, + que hoy velo a don Santos. + </p> + <p> + La esposa de don Pompeyo suspiraba y entregaba las zapatillas suizas y el + frasco del aguardiente, y el amo de la casa desaparecía. + </p> + <p> + Foja, los Orgaz, Glocester «como particular, no como sacerdote», + don Álvaro Mesía, los socios librepensadores que comían + de carne solemnemente en Semana Santa, algunos de los que asistían + a las cenas secretas del Casino, los redactores del <i>Alerta</i> y otros + muchos enemigos del Provisor visitaban de vez en cuando a don Santos; + todos compadecían aquella miseria entre protestas de cólera + mal comprimida. «Oh el hombre que había reducido a tal estado + al señor Barinaga era bien miserable, merecía la pública + execración». Pero nada más. Casi nadie se atrevía + a dejar allí una limosna «por no ofender la susceptibilidad + del enfermo». Muchos se ofrecían a velarle en caso de + necesidad. + </p> + <p> + Don Pompeyo recibía las visitas como si él fuera el amo de + casa; Celestina tenía que tolerarlo porque su padre lo exigía. + </p> + <p> + —Él es mi único hijo... descastada... mi único + padre... mi único amigo... tú eres la que estás aquí + de más... ¡mala entraña!... ¡mojigata!...—gritaba + desde su alcoba el borracho moribundo. + </p> + <p> + La enfermedad se agravó con las fuertes heladas con que terminó + aquel año noviembre. + </p> + <p> + El primer día de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don + Custodio, dar el último ataque para conseguir que su padre + admitiera los Sacramentos. + </p> + <p> + Al entrar, por la mañana, a eso de las ocho, don Pompeyo Guimarán, + que venía soplándose los dedos, la beata le detuvo en la + tienda abandonada, fría, llena de ratones. + </p> + <p> + Empleó la joven toda clase de resortes; pidió, suplicó, + se puso de rodillas con las manos en cruz, lloró... Después + exigió, amenazó, insultó: todo fue inútil. + </p> + <p> + —Hable usted con su papá—decía Guimarán + por toda contestación—. Yo no hago más que cumplir su + voluntad. + </p> + <p> + Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró + otra vez, de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, + mientras don Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía + una majestad especial, compuesta de dolor, locura, abyección y + miseria: + </p> + <p> + —¡Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, + abomino de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la + tienda, que no me dejarán un copón... ni una patena.... + ¡Esa lámpara, seor bandido! y tú, hija de perdición, + no ocultes debajo del mandil... eso... eso... ese sacramento.... ¡Fuera + de aquí!... + </p> + <p> + —¡Padre, padre, por compasión... admita usted los + santos sacramentos!... + </p> + <p> + —Me los han robado todos... y las lámparas... y tú los + ayudas... eres cómplice.... ¡A la cárcel! + </p> + <p> + —Padre, señor, por compasión de su hija... los + Sacramentos... tome usted... tome usted.... + </p> + <p> + —No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos... + ¿para qué? Si la tomo... ahí se pudrirá en la + tienda.... El Provisor les prohíbe comprar aquí... Ellos, + los pobrecitos curas de aldea... ¿qué han de hacer?... + ¡Infelices!... Le temen... le temen.... ¡Infame! ¡Infelices! + </p> + <p> + Y don Santos se incorporó como pudo, inclinó la cabeza sobre + el pecho, y lloró en silencio. + </p> + <p> + Y repetía de tarde en tarde:—¡Infelices!... Celestina + salió de la alcoba sollozando. + </p> + <p> + «Su padre había perdido la cabeza. Ya no podría + confesar si no recobraba la razón... sólo por milagro de + Dios». + </p> + <p> + —Ni puede, ni quiere, ni debe—exclamó don Pompeyo + cruzado de brazos, inflexible, dispuesto a no dejarse enternecer por el + dolor ajeno. + </p> + <p> + El día de la Concepción, muy temprano, el médico + Somoza dijo que don Santos moriría al obscurecer. + </p> + <p> + El enfermo perdía el uso de la poca razón que tenía + muy a menudo; se necesitaba alguna impresión fuerte para que + volviese a discurrir lo poco que sabía. La entrada de don + Robustiano, o sea de la ciencia, le hacía volver la atención + a lo exterior. Al medio día le anunció Celestina que quería + verle el señor Carraspique. Aquel honor inesperado puso al + moribundo muy despierto, Carraspique, sin saludar a don Pompeyo, que se + quedó, siempre cruzado de brazos, a la puerta de la alcoba, se + colocó a la cabecera de Barinaga en compañía de un clérigo, + el cura de la parroquia. Era este un anciano de rostro simpático, + de voz dulce, hablaba con el acento del país muy pronunciado. + Carraspique, a quien en otro tiempo había pedido dinero prestado + don Santos, tenía alguna autoridad sobre el enfermo; no se hablaban + muchos años hacía, pero se estimaban a pesar de las ideas y + de la frialdad que el tiempo había traído. Barinaga, con + buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era ordinario en él, + se negó a las pretensiones del ilustre carlista y sincero creyente + D. Francisco Carraspique. + </p> + <p> + —«Todo es inútil... la Iglesia me ha arruinado... no + quiero nada con la Iglesia.... Creo en Dios... creo en Jesucristo... que + era... un grande hombre... pero no quiero confesarme, señor + Carraspique, y siento... darle a usted este disgusto. Por lo demás... + yo estoy seguro... de que esto que tengo... se curaría... o por lo + menos... se... se... con aguardiente.... Crea usted que muero por falta de + líquidos... gaseosos... y sólidos.... + </p> + <p> + Don Santos levantó un poco la cabeza y conoció al cura de la + parroquia. + </p> + <p> + —Don Antero... usted también... por aquí... Me + alegro... así... podrá usted dar fe pública... como + escribano... espiritual... digámoslo así... de esto que + digo... y es todo mi testamento: que muero, yo, Santos Barinaga... por + falta de líquidos suficientemente... alcohólicos... que + muero... de... eso... que llama el señor médico.... + Colasa... o Colás... segundo.... + </p> + <p> + Se detuvo, la tos le sofocaba. Hizo un esfuerzo y trayendo hacia la barba + el embozo sucio de la sábana rota, continuó: + </p> + <p> + —Ítem: muero por falta de tabaco.... Otrosí... + muero... por falta de alimento... sano.... Y de esto tienen la culpa el señor + Magistral, y mi señora hija.... + </p> + <p> + —Vamos, don Santos—se atrevió a decir el cura—no + aflija usted a la pobre Celesta. Hablemos de otra cosa. Ni usted se muere, + ni nada de eso. Va usted a sanar en seguida.... Esta tarde le traeré + yo, con toda solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que + hablemos a solas un rato. Y después... después... recibirá + usted el Pan del alma.... + </p> + <p> + —¡El pan del cuerpo!—gritó con supremo esfuerzo + el moribundo, irritado cuando podía—. ¡El pan del + cuerpo es lo que yo necesito!... que así me salve Dios... ¡muero + de hambre! Sí, el pan del cuerpo... ¡que muero de hambre... + de hambre!... + </p> + <p> + Fueron sus últimas palabras razonables. Poco después + empezaba el delirio. Celestina lloraba a los pies del lecho. Don Antero, + el cura, se paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable, + haciendo rechinar el piso. Guimarán con los brazos cruzados también, + entre la alcoba y la sala, admiraba lo que él llamaba la muerte del + justo. Carraspique había corrido a Palacio. + </p> + <p> + Llegó y todo se supo; el Obispo rezaba ante una imagen de la + Virgen, y al oír que don Santos se negaba a recibir al Señor, + y a confesar, levantó las manos cruzadas... y con voz dulcemente + majestuosa y llena de lágrimas, exclamó: + </p> + <p> + —¡Madre mía, madre de Dios, ilumina a ese + desgraciado!... + </p> + <p> + Estaba pálido el buen Fortunato; le temblaba el labio inferior, + algo grueso, al balbucear sus plegarias íntimas. + </p> + <p> + El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en la + cámara roja, cubierta de damasco. + </p> + <p> + Carraspique, que vestía el luto reciente de su hija, miraba a don + Fermín con los ojos arrasados en lágrimas. + </p> + <p> + «Don Fermín padecía», pensaba el pobre don + Francisco y sin querer, con gran remordimiento, él se alegraba un + poco, gozaba el placer de una venganza... «irracional... injusta... + todo lo que se quiera... pero gozaba acordándose de su hija muerta». + </p> + <p> + Sí, don Fermín padecía. «Aquella necedad del + tendero de enfrente era una complicación». + </p> + <p> + De Pas ya no era el mismo que sentía remordimientos románticos + aquella noche de luna al ver a don Santos arrastrar su degradación + y su miseria por el arroyo; ahora no era más que un egoísta, + no vivía más que para su pasión; lo que podría + turbarle en el deliquio sin nombre que gozaba en presencia de Ana, eso + aborrecía; lo que pudiera traer una solución al terrible + conflicto, cada vez más terrible, de los sentidos enfrenados y de + la eternidad pura de su pasión, eso amaba. Lo demás del + mundo no existía. «Y ahora don Santos moría + escandalosamente, moría como un perro, habría que enterrarle + en aquel pozo inmundo, desamparado, que había detrás del + cementerio y que servía para los <i>enterramientos civiles</i>; y + de todo esto iba a tener la culpa él, y Vetusta se le iba a echar + encima». Ya empezaba el rum rum del motín, el Chato venía + a cada momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se + llenaban de gente, de enemigos del Magistral... que se le llamaba asesino + en los grupos—porque él obligaba al Chato a decirle la verdad + sin rodeos—asesino, ladrón.... El Magistral al llegar a este + pasaje de sus reflexiones, sin poder contenerse, golpeó el + pavimento con el pie. Carraspique dio un salto. El Obispo, saliendo de su + oratorio, con las manos en cruz, se acercó al Provisor. + </p> + <p> + —Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes.... + </p> + <p> + —¿Qué?...—Ir yo mismo; ver a ese hombre... + quiero verle yo... a mí me ha de obedecer... yo he de + persuadirle.... Que traigan un coche si no quieres que me vean, una + tartana, un carro... lo que quieras.... Voy a verle, sí, voy a + verle.... + </p> + <p> + —¡Locuras, señor, locuras!—rugió el + Provisor sacudiendo la cabeza. + </p> + <p> + —¡Pero Fermo, es un alma que se pierde!... + </p> + <p> + —No hay que salir de aquí... Ir... el Obispo... a un hereje + contumaz..., absurdo.... + </p> + <p> + —Por lo mismo, Fermo...—¡Bueno! ¡bueno! <i>Los + Miserables</i>, siempre la comedia.... La escena del Convencional, + ¿no es eso? don Santos es un borracho insolente que escupiría + al Obispo con mucha frescura; don Pompeyo discutiría con Su Ilustrísima + si había Dios o no había Dios.... No hay que pensar en ello. + ¡Absurdo moverse de aquí! + </p> + <p> + Hubo algunos momentos de silencio. Carraspique, único testigo de la + escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su energía. + </p> + <p> + «Era verdad, tenía a S. I. en un puño». Después + continuó don Fermín: + </p> + <p> + —Además, sería inútil ir allá. El señor + Carraspique lo ha dicho.... Barinaga ya ha perdido el conocimiento, + ¿verdad? Ya es tarde, ya no hay que hacer allí. Está + ya como si hubiese muerto. + </p> + <p> + Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su afán piadoso de + salvar a don Santos, se atrevió a decir: + </p> + <p> + —Sin embargo, tal vez.... Se ven muchos casos.... + </p> + <p> + —¿Casos de qué?—preguntó el Magistral con + un tono y una mirada que parecían navajas de afeitar—. + ¿Casos de qué?—repitió porque el otro callaba. + </p> + <p> + —Puede pasar el delirio y volver a la razón el enfermo. + </p> + <p> + —No lo crea usted. Además, allí está el cura... + para eso está don Antero.... ¡Su Ilustrísima no + puede... no saldrá de aquí! + </p> + <p> + Y no salió. El que entraba y salía era el Chato, Campillo, + que hablaba en secreto con don Fermín y volvía a la calle a + recoger rumores y a espiar al enemigo. El cual se presentaba amenazador en + la calle estrecha y empinada en que vivía don Santos, casi enfrente + de la casa del Magistral. Era la calle de <i>los Canónigos</i>, una + de las más feas y más aristocráticas de la Encimada. + </p> + <p> + Al obscurecer de aquel día no se podía pasar sin muchos + codazos y tropezones por delante de la tienda triste y desnuda de + Barinaga. Sus amigos, que habían aumentado prodigiosamente en pocas + horas, interceptaban la acera y llegaban hasta el arroyo divididos en + grupos que cuchicheaban, se mezclaban, se disolvían. + </p> + <p> + Por allí andaban Foja, los dos Orgaz y algunos otros de los socios + del Casino que asistían a las cenas mensuales en que se conspiraba + contra el Provisor. El ex-alcalde se multiplicaba, entraba y salía + en casa de don Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos. + </p> + <p> + —Está espirando.—¿Pero conserva el conocimiento? + </p> + <p> + —Ya lo creo, como usted y como yo. Era mentira. Barinaga moría + hablando, pero sin saber lo que decía; sus frases eran + incoherentes; mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija. + Unas veces se lamentaba como el rey Lear y otras blasfemaba como un + carretero. + </p> + <p> + —Y diga usted, señor Foja, ¿hay arriba algún + cura? Dicen que ha venido el mismo Magistral.... + </p> + <p> + —¿El Magistral? ¡No faltaba más! Sería añadir + el sarcasmo a la... al.... No vendrá, no. Quien está arriba + es don Antero, el cura de la parroquia, el pobre es un bendito, un fanático + digno de lástima y cree cumplir con su deber... pero como si + cantara. Don Santos era un hombre de convicciones arraigadas. + </p> + <p> + —¿Cómo era? ¿pues ha muerto ya?—preguntó + uno que llegaba en aquel momento. + </p> + <p> + —No señor, no ha muerto. Digo eso, porque ya está más + allá que acá. + </p> + <p> + —También don Pompeyo se ha portado con mucha energía, + según dicen.... + </p> + <p> + —También...—Pero estando sano es más fácil. + </p> + <p> + —Y como no va con él la cosa.... + </p> + <p> + —Morirá esta noche.—El médico no ha vuelto.—Somoza + aseguraba que moriría esta tarde. + </p> + <p> + —Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado.... + </p> + <p> + —El cura dice que durará hasta mañana. + </p> + <p> + —Y muere de hambre.—Dicen que lo ha dicho él mismo. + </p> + <p> + —Sí, señor, fueron sus últimas palabras + sensatas, advirtió Foja contradiciéndose. + </p> + <p> + —Dicen que dijo: «—¡El pan del cuerpo es el que yo + necesito, que así me salve Dios muero de hambre!». + </p> + <p> + A Orgaz hijo se le escapó la risa, que procuró ahogar con el + embozo de la capa. + </p> + <p> + —Sí, ríase usted, joven, que el caso es para bromas. + </p> + <p> + —Hombre, no me río del moribundo... me río de la + gracia. + </p> + <p> + —Profundísima lección debía llamarla usted. Se + muere de hambre, es un hecho; le dan una hostia consagrada, que yo + respeto, que yo venero, pero no le dan un panecillo.—Así habló + un maestro de escuela perseguido por su liberalismo... y por el hambre. + </p> + <p> + —Yo soy tan católico como el primero—dijo un maestro de + la Fábrica Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista + cristiano a su manera—soy tan católico como el primero, pero + creo que al Magistral se le debería arrastrar hoy y colgarlo de ese + farol, para que viese salir el entierro.... + </p> + <p> + —La verdad es, señores—observó Foja—que si + don Santos muere fuera del seno de la Iglesia, como un judío, se + debe al señor Provisor. + </p> + <p> + —Es claro.—Evidente.—¿Quién lo duda?—Y + diga usted, señor Foja, ¿no le enterrarán en sagrado, + verdad? + </p> + <p> + —Eso creo: los cánones están sangrando; quiero decir + que la Sinodal está terminante.—Y se puso algo colorado, + porque no sabía si los cánones sangraban o no, ni si la + Sinodal hablaba del caso. + </p> + <p> + —¡De modo que le van a enterrar como un perro! + </p> + <p> + —Eso es lo de menos—dijo el maestro de la Fábrica—toda + la tierra está consagrada por el trabajo del hombre. + </p> + <p> + —Y además en muriéndose uno.... + </p> + <p> + —Más despacio, señores, más despacio—interrumpió + Foja que no quería desperdiciar el arma que le ponían en las + manos para atacar al Magistral—. Estas cosas no se pueden juzgar + filosóficamente. Filosóficamente es claro que no le importa + a uno que le entierren donde quiera. Pero ¿y la familia? ¿Y + la sociedad? ¿Y la honra? Todos ustedes saben que el local + destinado en nuestro cementerio <i>municipal</i>—y subrayó la + palabra—a los cadáveres no católicos, digámoslo + así... + </p> + <p> + Orgaz hijo sonrió.—Ya sé, joven, ya sé que he + cometido un <i>lapsus</i>. Pero no sea usted tan material. + </p> + <p> + Aquel grupo de progresistas y socialistas serios miró <i>en masa</i> + al mediquillo impertinente con desprecio. + </p> + <p> + Y dijo el socialista cristiano:—Aquí lo que sobra es la + materia; la letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que + sobran en España son oradores.... + </p> + <p> + —Pues usted no habla mal ni poco; acuérdese del club difunto, + señor Parcerisa.... + </p> + <p> + Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la fábrica. + </p> + <p> + Parcerisa sonrió satisfecho. La conversación se extravió. + Se discutió si el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energía + al Obispo la administración del cementerio. + </p> + <p> + En tanto subían y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a + ver al enfermo o a su hija. Don Pompeyo había hecho llevar a + Celestina a su cuarto y allí recibía la beata a sus + correligionarias y a los sacerdotes que venían a consolarla. Guimarán + no dejaba entrar en la sala más que a los espíritus fuertes, + o por lo menos, si no tan fuertes como él, que eso era difícil, + partidarios de dejar a un moribundo «espirar en la confesión + que le parezca, o sin religión alguna si lo considera conveniente». + </p> + <p> + —¡Muerte gloriosa!—decía don Pompeyo al oído + de cualquier enemigo del Provisor que venía a compadecerse a + última hora de la miseria de Barinaga—. «¡Muerte + gloriosa! ¡Qué energía! ¡Qué tesón! + Ni la muerte de Sócrates... porque a Sócrates nadie le mandó + confesarse». + </p> + <p> + Los que subían o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban + una mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y + cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas. + </p> + <p> + Sobre el mostrador, pintado de color de chocolate, un velón de petróleo + alumbraba malamente el triste almacén cuya desnudez daba frío. + Aquellos anaqueles vacíos representaban a su modo el estómago + de don Santos. Las últimas existencias, que había tenido allí + años y años cubiertas de polvo, las había vendido por + cuatro cuartos a un comerciante de aldea; con el producto de aquella + liquidación miserable había vivido y se había + emborrachado en la última parte de su vida el pobre Barinaga. Ahora + los ratones roían las tablas de los estantes y la consunción + roía las entrañas del tendero. + </p> + <p> + Murió al amanecer. Las nieblas de Corfín dormían + todavía sobre los tejados y a lo largo de las calles de Vetusta. La + mañana estaba templada y húmeda. La luz cenicienta penetraba + por todas las rendijas como un polvo pegajoso y sucio. Don Pompeyo había + pasado la noche al lado del moribundo, solo, completamente solo, porque no + había de contarse un perro faldero que se moría de viejo sin + salir jamás de casa. Abrió Guimarán el balcón + de par en par; una ráfaga húmeda sacudió la cortina + de percal y la triste luz del día de plomo cayó sobre la + palidez del cadáver tibio. + </p> + <p> + A las ocho se sacó a Celestina de la «casa mortuoria» y + <i>el cuerpo</i>, metido ya en su caja de pino, lisa y estrecha, fue + depositado sobre el mostrador de la tienda vacía, a las diez. No + volvió a parecer por allí ningún sacerdote ni beata + alguna. + </p> + <p> + —Mejor—decía don Pompeyo, que se multiplicaba. + </p> + <p> + —Para nada queremos cuervos—exclamaba Foja, que se + multiplicaba también. + </p> + <p> + —Esto tiene que ser una manifestación—decía del + ex-alcalde a muchos correligionarios y otros enemigos del Magistral + reunidos en la tienda, al pie del cadáver—. Esto tiene que + ser una manifestación: el gobierno no nos permite otras, + aprovechemos esta coyuntura. Además, esto es una iniquidad: ese + pobre viejo ha muerto de hambre, asesinado por los acaparadores sacrílegos + de la <i>Cruz Roja</i>. Y para mayor deshonra y ludibrio, ahora se le + niega honrada y cristiana sepultura, y habrá que enterrarle en los + escombros, allá, detrás de la tapia nueva, en aquel + estercolero que dedican a los entierros civiles esos infames.... + </p> + <p> + —¡Muerto de hambre y enterrado como un perro!—exclamó + el maestro de escuela perseguido por sus ideas. + </p> + <p> + —¡Oh, hay que protestar muy alto! + </p> + <p> + —¡Sí, sí!—¡Esto es una iniquidad!—¡Hay + que hacer una manifestación! + </p> + <p> + Hablaban también muchos conjurados con trazas de curiales de + Palacio; eran amigos del Arcediano, del implacable Mourelo, que conspiraba + desde la sombra. + </p> + <p> + —A ver usted, señor Sousa, usted que escribe los telegramas + del <i>Alerta</i>... es preciso que hoy retrasen ustedes un poco el número + para que haya tiempo de insertar algo.... + </p> + <p> + —Sí, señor, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la + mayor energía que permite la ley, la pícara ley de imprenta, + redactaré allí mismo un suelto convocando a los liberales, + amigos de la justicia, etc., etc.... Descuide usted, señor Foja. + </p> + <p> + —Llame usted al suelto: <i>Entierro civil</i>. + </p> + <p> + —Sí, señor; así lo haré. + </p> + <p> + —Con letras grandes.—Como puños, ya verá usted. + </p> + <p> + —Eso podrá servir de aviso a todo el pueblo liberal.... + </p> + <p> + —¿Vendrán los de la Fábrica? + </p> + <p> + —¡Ya lo creo!—exclamó Parcerisa—. Ahora + mismo voy yo allá a calentar a la gente. Esto no nos lo puede + prohibir el gobierno.... + </p> + <p> + —Como no se alborote.... El entierro fue cerca del anochecer. Sólo + así podían asistirlos de la Fábrica. + </p> + <p> + Llovía. Caían hilos de agua perezosa, diagonales, sutiles. + </p> + <p> + La calle se cubrió de paraguas. + </p> + <p> + El Magistral, que espiaba detrás de las vidrieras de su despacho, + vio un fondo negro y pardo; y de repente, como si se alzase sobre un pavés, + apareció por encima de todo una caja negra, estrecha y larga, que + al salir de la tienda se inclinó hacia adelante y se detuvo como + vacilando. Era don Santos que salía por última vez de su + casa. Parecía dudar entre desafiar el agua o volver a su vivienda. + Salió; se perdió el ataúd entre el oleaje de seda y + percal obscuro. En el balcón que había sobre la puerta, + entre las rejas asomó la cabeza de un perro de lanas negro y sucio: + el Magistral lo miró con terror. El faldero estiró el + pescuezo, procuró mirar a la calle y se le erizaron las orejas. + Ladró a la caja, a los paraguas y volvió a esconderse. Lo + habían olvidado en la sala, cerrada con llave por don Pompeyo. + </p> + <p> + Guimarán, de levita negra presidía el duelo. + </p> + <p> + Delante del féretro, en filas, iban muchos obreros y algunos + comerciantes al por menor, con más, varios zapateros y sastres, + rezando Padrenuestros. + </p> + <p> + Guimarán había propuesto que no se dijese palabra. + </p> + <p> + «No había muerto el gran Barinaga, aquel mártir de las + ideas, dentro de ninguna confesión cristiana; luego era + contradictorio...». + </p> + <p> + —Deje usted, deje usted—había advertido Foja con mal + gesto—. No seamos intransigentes, no extrememos las cosas. Es de más + efecto que se rece. + </p> + <p> + —Esto no es una manifestación anti-católica—observó + el maestro de escuela. + </p> + <p> + —Es anti-clerical—dijo otro liberal probado. + </p> + <p> + —El tiro va contra el Provisor—manifestó un lampiño, + de la policía secreta de Glocester. + </p> + <p> + Así pues, se convino que se rezaría y se rezó. <i>Requiescat + in pace</i>, decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, + al terminar cada oración. + </p> + <p> + Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas: <i>Requiescat + in pace</i>. + </p> + <p> + Ni el latín ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero había + que transigir. + </p> + <p> + «Todo aquello era una contradicción, pero Vetusta no estaba + preparada para un verdadero entierro civil». + </p> + <p> + Las mujeres del pueblo, que cogían agua en las fuentes públicas, + las ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y + por el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal + calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena, se + arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayoría de votos + condenaban el atrevimiento de enterrar «a un cristiano» (sinónimo + de hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal pergeñadas, + alababan la idea en voz alta. + </p> + <p> + Hubo una que gritó:—¡Así, que rabien los de la + pitanza! + </p> + <p> + Esta imprudencia provocó otra del lado contrario. + </p> + <p> + —¡<i>Anday</i>, judíos!—exclamaba una moza del + partido azotando con un zueco la espalda de muchos de sus conocidos, + peones de albañil y canteros. + </p> + <p> + Detrás del duelo iba una escasa representación del sexo débil; + pero, según las de la cesta y las de las fuentes públicas, + «eran malas mujeres». + </p> + <p> + —¡Anda tú, <i>pendón</i>! + </p> + <p> + —¿Adónde vais, <i>pingos</i>? + </p> + <p> + Y las correligionarias de don Pompeyo reían a carcajadas, + demostrando así lo poco arraigado de sus convicciones. La noche se + acercaba; el cementerio estaba lejos, y hubo que apretar el paso. + </p> + <p> + La lluvia empezó a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los + paraguas retumbaban con estrépito lúgubre y chorreaban por + todas sus varillas. Los balcones se abrían y cerraban, cuajados de + cabezas de curiosos. + </p> + <p> + Se miraba el espectáculo generalmente con curiosidad burlona, con + algo de desprecio. «Pero por lo mismo se declaraba mayor el delito + del Magistral. Aquel pobre don Santos había muerto como un perro + por culpa del Provisor; había renegado de la religión por + culpa del Provisor, había muerto de hambre y sin sacramentos por + culpa del Provisor». + </p> + <p> + «Y ahora los revolucionarios, que de todo sacan raja, aprovechan la + ocasión para hacer una de las suyas...». + </p> + <p> + «Y por culpa del Provisor...». + </p> + <p> + «No se puede estirar demasiado la cuerda». + </p> + <p> + «Ese hombre nos pierde a todos». + </p> + <p> + Estos eran los comentarios en los balcones. Y después de cerrarlos, + continuaban dentro las censuras. Muchas amistades perdió De Pas + aquella tarde. + </p> + <p> + Sin que se supiera cómo, llegó a ser un <i>lugar común</i>, + verdad evidente para Vetusta, que «Barinaga había muerto como + un perro por culpa del Magistral». + </p> + <p> + Los amigos que le quedaban a don Fermín reconocían que no se + podía luchar, por aquellos días a lo menos, contra aquella + afirmación injusta, pero tan generalizada. + </p> + <p> + El entierro dejó atrás la calle principal de la Colonia, que + estaba convertida en un lodazal de un kilómetro de largo, y empezó + a subir la cuesta que terminaba en el cementerio. El agua volvía a + azotar a los del duelo en diagonales, que el viento hacía penetrar + por debajo de los paraguas. Llovía a latigazos. Una nube negra, en + forma de pájaro monstruoso, cubría toda la ciudad y lanzaba + sobre el duelo aquel chaparrón furioso. Parecía que los + arrojaba de Vetusta, silbándoles con las fauces del viento que + soplaba por la espalda. + </p> + <p> + Se subía la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado el + féretro miserable se había abierto por dos o tres lados; se + veía la carne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que + conducían el cadáver le zarandeaban. La fatiga y cierta + superstición inconsciente les había hecho perder gran parte + del respeto que merecía el difunto. Todos los hachones se habían + apagado y chorreaban agua en vez de cera. Se hablaba alto en las filas. + </p> + <p> + —¡De prisa, de prisa! se oía a cada paso. + </p> + <p> + Algunos se permitían decir chistes alusivos a la tormenta. En el + duelo había más circunspección, pero todos convenían + en la necesidad de apretar el paso. + </p> + <p> + Aquel furor de los elementos despertó muchas preocupaciones + taciturnas. + </p> + <p> + Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le + hacía mucho daño, le ponía nervioso y con esto se le + achicaba el ánimo. + </p> + <p> + —No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podría + creerse que nos está dando azotes con estos diablos de aguaceros. + </p> + <p> + Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementerio se + destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del + horizonte. No se veía nada distintamente. Los cipreses, detrás + de la tapia, se balanceaban, parecían fantasmas que se hablaban al + oído, tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar + la paz del camposanto. + </p> + <p> + En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades para entrar. + Se habían olvidado ciertos pormenores y la mala fe del enterrador—tal + vez la del capellán también—ponía obstáculos + reglamentarios. + </p> + <p> + —¡A ver, dónde está Foja!—gritó don + Pompeyo, que no se encontraba con ánimo para dar otra batalla al + obscurantismo clerical. + </p> + <p> + Foja no estaba allí. Nadie le había visto en el duelo. + </p> + <p> + Don Pompeyo sintió el ánimo desfallecer. «Estoy solo; + ese capitán Araña me ha dejado solo». + </p> + <p> + Sacó fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignación + general, se impuso. El cortejo entró en el cementerio, pero no por + la puerta principal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia + del corralón inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que + se enterraba a los que morían fuera de la Iglesia católica. + Eran muy pocos. El enterrador actual sólo recordaba tres o cuatro + entierros así. + </p> + <p> + El duelo se despidió sin ceremonia; a latigazos lo despedía + el viento con disciplinas de agua helada. + </p> + <p> + Don Pompeyo Guimarán salió del cementerio el último. + «Era su deber». + </p> + <p> + Había cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo + alto de la cuesta. «A su espalda, a veinte pasos tenía la + tapia fúnebre. Allí detrás quedaba el mísero + amigo, abandonado, pronto olvidado del mundo entero; estaba a flor de + tierra... separado de los demás vetustenses que habían sido, + por un muro que era una deshonra; perdido, como el esqueleto de un rocín, + entre ortigas, escajos y lodo.... Por aquella brecha penetraban perros y + gatos en el cementerio civil.... A toda profanación estaba + abierto.... Y allí estaba don Santos... el buen Barinaga que había + vendido patenas y viriles... y creía en ellos... en otro tiempo. + ¡Y todo aquello era obra suya... de don Pompeyo; él, en el + café—restaurant de la Paz, había comenzado a demoler + el alcázar de la fe... del pobre comerciante!...». + </p> + <p> + Un escalofrío sacudió el cuerpo de Guimarán. Se + abrochó. «Había sido <i>otra</i> imprudencia venir sin + capa». + </p> + <p> + Entonces sintió que no sentía ya el agua.... «Era que + ya no llovía». Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios + de sombra algunas luces pálidas, las estrellas; y entre las sombras + de la ciudad aparecían puntos rojizos simétricos: los + faroles. + </p> + <p> + Guimarán volvió a temblar; sintió la humedad de los + pies de nuevo... y apretó el paso. Hubo más, se le figuró + que le seguían; que a veces le tocaban sutilmente las faldas de la + levita y el cabello del cogote.... Y como estaba solo, seguramente solo... + no tuvo inconveniente en emprender por la cuesta abajo un trote ligero, + con el paraguas debajo del brazo. + </p> + <p> + «No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estábamos + frescos...». + </p> + <p> + Y más abajo: «Y de todas maneras, eso de que le han de + enterrar a uno de fijo, sin escape, en ese estercolero... no tiene gracia». + </p> + <p> + Y corría, sintiendo de vez en cuando escalofríos. + </p> + <p> + Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche. + </p> + <p> + «Ya lo decía él; ¡la humedad!». + </p> + <p> + Deliró. «Soñaba que él era de cal y canto y que + tenía una brecha en el vientre y por allí entraban y salían + gatos y perros, y alguno que otro diablejo con rabo». + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXIIImdash" id="XXIIImdash"></a>—XXIII— + </h2> + <p> + <i>«Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, + ex utero ante luciferum genui te».</i> Esto leyó la Regenta + sin entenderlo bien; y la traducción del <i>Eucologio</i> decía: + «Tú poseerás el principado y el imperio en el día + de tu poderío y en medio del resplandor que brillará en tus + santos: yo te he engendrado de mis entrañas desde antes del + nacimiento del lucero de la mañana». + </p> + <p> + Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su + devocionario: <i>Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui + te. Alleluia.</i> ¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le + gritaba el corazón a ella... y el órgano como si entendiese + lo que quería el corazón de la Regenta, dejaba escapar unos + diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban los ámbitos + obscuros de la catedral, subían a la bóveda y pugnaban por + salir a la calle, remontándose al cielo... empapando el mundo de música + retozona. Decía el órgano a su manera: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Adiós, María Dolores,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">marcho mañana</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">en un barco de flores</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">para la Habana.</span><br /> + </p> + <p> + y de repente, cambiaba de aire y gritaba: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">La casa del señor cura</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">nunca la vi como ahora...</span><br /> + </p> + <p> + y sin pizca de formalidad, se interrumpía para cantar: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Arriba, Manolillo,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">abajo, Manolé,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">de la quinta pasada</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">yo te liberté;</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">de la que viene ahora</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">no sé si podré...</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">arriba, Manolillo,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">Manolillo Manolé.</span><br /> + </p> + <p> + Y todo esto era porque hacía mil ochocientos setenta y tantos años + había nacido en el portal de Belén el Niño Jesús.... + ¿Qué le importaba al órgano? Y sin embargo, parecía + que se volvía loco de alegría... que perdía la cabeza + y echaba por aquellos tubos cónicos, por aquellas trompetas y cañones, + chorros de notas que parecían lucecillas para alumbrar las almas. + </p> + <p> + El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en algún + pilar, un quinqué de petróleo con reverbero, interrumpía + las tinieblas que volvían a dominar poco más adelante. No + había más luz que aquella esparcida por las naves, el + trasaltar y el trascoro, y los cirios del altar y las velas del coro que + brillaban a lo lejos, en alto, como estrellitas. Pero la música + alegre botando de pilar en capilla, del pavimento a la bóveda, + parecía iluminar la catedral con rayos del alba. + </p> + <p> + Y no eran más que las doce. Empezaba la <i>misa del gallo</i>. + </p> + <p> + El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella + hora sublime, recordaba todos los aires populares clásicos en la + tierra vetustense y los que el capricho del pueblo había puesto en + moda aquellos últimos años. A la Regenta le temblaba el alma + con una emoción religiosa dulce, risueña, en que rebosaba + una caridad universal; amor a todos los hombres y a todas las criaturas... + a las aves, a los brutos, a las hierbas del campo, a los gusanos de la + tierra... a las ondas del mar, a los suspiros del aire.... «La cosa + era bien clara, la religión no podía ser más + sencilla, más evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y + amando su obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios había + nacido en la tierra y por tal honor y divina prueba de cariño, el + mundo entero se alegraba y se ennoblecía; y no importaba que + hubiesen pasado tantos siglos, el amor no cuenta el tiempo; hoy era tan + cierto como en tiempo de los Apóstoles, que Dios había + venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los seres, el mismo. + Por consiguiente, el organista hacía muy bien en declarar dignos + del templo aquellos aires humildes, con que solía alegrarse el + pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes bulliciosos a cielo + abierto. Aquel recuerdo de canciones efímeras, que habían + sido un poco de aire olvidado, le parecía a la Regenta una delicada + obra de caridad por parte del músico.... Recordar lo más + humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pasó... y + dignificar las emociones profanas del amor, de la alegría juvenil, + haciendo resonar sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jesús... + todo esto era hermoso, según Ana; la religión que lo consentía, + maternal, cariñosa, artística». + </p> + <p> + «No había allí barreras, en aquel momento, entre el + templo y el mundo; la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la + iglesia; en la música del órgano había recuerdos del + verano, de las romerías alegres del campo, de los cánticos + de los marineros a la orilla del mar; y había olor a tomillo y a + madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del monte, y dominándolos + a todos olor místico, de poesía inefable... que arrancaba lágrimas...». + La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta.... Su pensamiento al + remontarse se extraviaba y al difundirse se desvanecía.... Apoyó + la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar de piedra, nuevo, que + era el principal de la capilla en que estaba, sumida en la sombra. Apenas + pensaba ya, no hacía más que sentir. + </p> + <p> + La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se + interrumpía en ambos extremos para dejar espacio a los púlpitos + de hierro, todos filigrana. Servían de atriles para la Epístola + y el Evangelio, sendas águilas doradas con las alas abiertas. Ana + vio aparecer en el púlpito de la izquierda del altar la figura de + Glocester, siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela + briscada despedía rayos herida por la luz de los ciriales que + acompañaban al canónigo. El Arcediano, en cuanto calló + el órgano, como quien quiere interrumpir una broma con una nota + seria, leyó la epístola de San Pablo Apóstol a Tito, + capítulo segundo, dándole una intención que no tenía. + Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención + del público, y leía despacio, señalando con fuerza + las terminaciones en <i>us</i> y en <i>i</i> y en <i>is</i>: por el tono + que se daba al leer no parecía sino que la epístola de San + Pablo era cosa del mismo Glocester, una composicioncilla suya. El órgano, + como si hubiera oído llover, en cuanto terminó el + presuntuoso Arcediano, soltó el trapo, abrió todos sus + agujeros, y volvió a regar la catedral con chorritos de canciones + alegres, el fuelle parecía soplar en una fragua de la que salían + chispas de música retozona; ahora tocaba como las gaitas del país, + imitando el modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del + Ayuntamiento interpretaba el brindis de la <i>Traviata</i> y el Miserere + del <i>Trovador</i>. Por último, y cuando ya Ripamilán + asomaba la cabecita vivaracha sobre el antepecho del otro púlpito + para cantar el Evangelio, el organista la emprendió con la <i>mandilona</i>: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Ahora sí que estarás contentón</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">mandilón,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">mandilón,</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">mandilón.</span><br /> + </p> + <p> + Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia, + hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de + paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios + de todos, que nacía, las diferencias políticas eran + nimiedades que se olvidaban. + </p> + <p> + Ripamilán no pudo menos de sonreír, mientras colocaba, con + gran dificultad, el libro en que había de leer el Evangelio de San + Lucas, sobre las alas del águila de hierro. + </p> + <p> + El Arcediano, en la escalera del púlpito esperaba con los brazos + cruzados sobre la panza; cerca de él y haciendo guardia estaban dos + acólitos con los ciriales; uno era Celedonio. + </p> + <p> + «<i>¡Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!</i>»... + cantó Ripamilán, muerto de sueño y aprovechándose + del canto llano para bostezar en la última nota. + </p> + <p> + «<i>¡In illo tempore!</i>»... continuó... En + aquel tiempo se promulgó un edicto mandando empadronar a todo el + mundo. Fue cosa de César Augusto, muy aficionado a la Estadística. + «Este empadronamiento fue hecho por Cirino, que después fue + gobernador de la Siria». Ripamilán se dormía sobre el + recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de José se + animó el Arcipreste, figurándose a los santos esposos camino + de Bethlehem (o mejor Belén.) «Y sucedió que hallándose + allí le llegó a María la hora de su alumbramiento; y + dio a luz a su Hijo primogénito y envolviole en pañales y + recostole en un pesebre». Ripamilán leía ahora + pausadamente, a ver si se enteraba el público. Cuando llegó + a los pastores que estaban en vela, cuidando sus rebaños, don + Cayetano recordó su grandísima afición a la égloga + y se enterneció muy de veras. + </p> + <p> + Más enternecida estaba la Regenta, que seguía en su libro la + sencilla y sublime narración. «¡El Niño Dios! + ¡El Niño Dios! Ella comprendía ahora toda la grandeza + de aquella Religión dulce y poética que comenzaba en una + cuna y acababa en una cruz. ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que + le pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo + que tenía un poco más abajo, más hacia el medio de su + cuerpo!... ¡Y aquel Ripamilán allá arriba, aquel + viejecillo que contaba lo del parto como si acabara de asistir a él! + También Ripamilán estaba hermoso a su manera». + </p> + <p> + En tanto el <i>público</i> empezaba a impacientarse, se iba + acabando la formalidad, y en algunos rincones se oían risas que + provocaba algún chusco. En la nave del trasaltar, la más + obscura, escondidos en la sombra de los pilares y en las capillas, algunos + señoritos se divertían en echar a rodar sobre el juego de + damas del pavimento de mármol monedas de cobre, cuyo profano estrépito + despertaba la codicia de la gente menuda; bandos de pilletes que ya + esperaban ojo avizor la tradicional profanación, corrían + tras las monedas, y al caer tantos sobre una sola en racimo de carne y + andrajos, excitaban la risa de los fieles, mientras ellos se empujaban, + pisaban y mordían disputándose el ochavo miserable. + </p> + <p> + Pero llegaba la <i>ronda</i> y el racimo de pillos se deshacía, + cada cual corría por su lado. La <i>ronda</i> la presidía el + señor Magistral, de roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas + sobre el vientre, llevaba el bonete; a derecha e izquierda, como dándole + guardia caminaban con paso solemne acólitos con sendas hachas de + cera. La <i>ronda</i> daba vueltas por el trascoro, las naves y el + trasaltar. Se vigilaba para evitar abusos de mayor cuantía. La + obscuridad del templo, los excesos de la colación clásica, + la falta de respeto que el pueblo creía tradicional en la <i>misa + del gallo</i>, hacían necesarias todas estas precauciones. + </p> + <p> + Había otra clase de profanaciones que no podía evitar la + ronda. Apiñábase el público en el crucero, oprimiéndose + unos a otros contra la verja del altar mayor, y la valla del centro, + debajo de los púlpitos, y quedaban en el resto de la catedral muy a + sus anchas los pocos que preferían la comodidad al calorcillo + humano de aquel montón de carne repleta. Como la religión es + igual para todos, allí se mezclaban todas las clases, edades y + condiciones. Obdulia Fandiño, en pie, oía la misa apoyando + su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de Vegallana, y en la + nuca sentía la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que no podía, + ni tal vez quería, impedir que los de atrás empujasen. Para + la de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse + sin distinción de clases ni sexos en las grandes solemnidades con + que la Iglesia conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, + tenía muy confusa idea. Visitación estaba también allí, + más cerca de la capilla, con la cabeza metida entre las rejas. Paco + Vegallana, cerca de Visitación, fingía resistir la fuerza anónima + que le arrojaba, como un oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja + como una cereza, con los ojos en un San José de su devocionario y + el alma en los movimientos de su primo, procuraba huir de la valla del + centro contra la cual amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí + en lo obscuro imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la + negrura de su sombra. Todo el <i>elemento joven</i> de que hablaba <i>El Lábaro</i> + en sus crónicas del pequeñísimo <i>gran mundo</i> de + Vetusta, estaba allí, en el crucero de la catedral, oyendo como + entre sueños el órgano, dirigiendo la colación de + Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza + pinchazos de la carne. El sueño traía impíos + disparates, ideas que eran profanaciones, y se desechaban para atenerse a + los pecados veniales con que brindaba la realidad ambiente. Miradas y + sonrisas, si la distancia no consentía otra cosa, iban y venían + enfilándose como podían en aquella selva espesa de cabezas + humanas. Se tosía mucho y no todas las toses eran ingenuas. En + aquella quietud soporífera, en aquella obscuridad de pesadilla + hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas señoritas + hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es claro que no + lo decía sino en el seno de la mayor confianza, pensaba, que el <i>hacer + el oso</i>, que era a lo que llamaba <i>timarse</i> Joaquín Orgaz, + si siempre era agradable, lo era mucho más en la iglesia, porque + allí tenía un <i>cachet</i>. Y para la viuda las cosas con + <i>cachet</i> eran las mejores. + </p> + <p> + «En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeración de malos + cristianos», estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarán, + que, mal curado de una fiebre, había consentido en cenar con don + Álvaro, Orgaz, Foja y demás trasnochadores en el Casino y + había venido con ellos a la misa del gallo. + </p> + <p> + «¡Sí, le remordía la conciencia, en medio de su + embriaguez!, pero el hecho era que estaba allí. Habían + empezado por emborracharle con un licor dulce que ahora le estaba dando náuseas, + un licor que le había convertido el estómago en algo así + como una perfumería... ¡puf! ¡qué asco!; después + le habían hecho comer más de la cuenta y beber, últimamente, + de todo. Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si alguno + de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle + ¡oh colmo de las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con + él en medio de la catedral, donde no había puesto los pies + hacía muchos años. Había protestado, había + querido marcharse, pero no le dejaron, y él tampoco se atrevía + a buscar solo su casa; y en la calle hacía frío». + </p> + <p> + —Señores—dijo en voz baja a don Álvaro y a Orgaz—conste + que protesto, y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera + de ustedes, al permanecer en semejante sitio. + </p> + <p> + —¡Bien, hombre, bien!—Conste que esto no es una abdicación.... + </p> + <p> + —No... qué ha de ser... abdicación.... + </p> + <p> + —Ni una profanación. Yo respeto todas las religiones, aunque + no profeso ninguna.... ¿Qué dirá el mundo si sabe que + yo vengo aquí... con una compañía de borrachos + matriculados? Reconozco en el <i>Palomo</i> el derecho de arrojarme del + templo a latigazos o a patadas.... + </p> + <p> + —Ya lo sabemos, hombre...—pudo balbucear Foja—. + </p> + <p> + En resumen: don Pompeyo reconoce que él aquí representa lo + mismo... que los perros en misa. + </p> + <p> + —Comparación exacta... eso, yo aquí lo mismo que un + perro.... Y además esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista, + borracho como ustedes probablemente: convierte el templo del Señor, + llamémoslo así, en un baile de candil... en una orgía.... + Señores, ¿en qué quedamos, es que ha nacido Cristo o + es que ha resucitado el dios Pan? + </p> + <p> + —¡Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum. + </p> + <p> + Esto lo cantó bajito Joaquín Orgaz, tocando el tambor en la + cabeza de Guimarán. Y acto continuo el mediquillo salió de + la capilla obscura donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una + aguja en un pajar, como él dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre + la multitud. Y la encontró, emparedada entre el formidable Ronzal y + el cocinero de Paco. Joaquín dio media vuelta y se volvió al + lado de don Pompeyo. + </p> + <p> + La capilla desde la que oía misa la Regenta estaba separada sólo + por una verja alta de la en que se habían escondido los + trasnochadores del Casino. Ana oyó la voz de Orgaz que disuadía + al ateo de su propósito de abandonar el templo. Pero de una capilla + a otra no se distinguían las personas, sólo se veían + bultos. + </p> + <p> + Cuando pasó la ronda fue otra cosa; las hachas de los acólitos + dejaron a Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura + arrogante del Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don + Álvaro, que con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la + cabeza inclinada, y cogido a la verja que separaba las capillas, parecía + atender a los oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero + cristiano. + </p> + <p> + El Magistral también pudo ver a la Regenta y a don Álvaro, + casi juntos, aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembló el + bonete en las manos; necesitó gran esfuerzo para continuar aquella + procesión que en aquel instante le pareció ridícula. + </p> + <p> + Mesía no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba + medio dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca + escandaloso. Nadie sospechaba su estado. + </p> + <p> + Ana siguió viendo a don Álvaro aun después que la + ronda se alejó con sus luces soñolientas. Siguió viéndole + en su cerebro; y se le antojó vestido de rojo, con un traje muy + ajustado y muy airoso. No sabía si era aquello un traje de Mefistófeles + de ópera o el de cazador elegante, pero estaba el enemigo muy + hermoso, muy hermoso.... «Y estaba allí cerca, detrás + de aquella reja, ¡si daba tres pasos podía tocarla a ella!». + El órgano se despedía de los fieles con las mayores locuras + del repertorio; un aire que Ana había oído por primera vez + al lado de Mesía, en la romería de San Blas, aquel mismo año.... + Cerró los ojos, que se le habían llenado de lágrimas.... + «¡Por dónde la tomaba ahora la tentación! Se hacía + sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos, que + era siempre cosa sagrada, dulce, entrañable.... ¿Qué + había pasado en aquella romería de San Blas? Nada, y sin + embargo, ahora recordando aquella tarde, por culpa del organista, Ana veía + a don Álvaro a su lado, muerto de amor, mudo de respeto, y a sí + misma se veía, contenta en lo más hondo del alma... ¡ay + sí, ay sí!... en unas honduras del alma, o del cuerpo, o del + infierno... a que no llegaban las suaves pláticas del misticismo y + fraternidad de que seguía gozando en compañía de + aquel señor canónigo que acababa de pasar por allí, + con las manos cruzadas sobre el vientre, rodeado de monaguillos». + </p> + <p> + Cuando Ana procuró sacudir, moviendo la cabeza, aquellas imágenes + importunas y pecaminosas, el templo iba quedándose vacío. + Tuvo ella frío y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en + que se apoyaba. Se levantó y salió de la catedral, que + empezaba a dormirse. + </p> + <p> + El órgano se había callado como un borracho que duerme después + de alborotar el mundo. Las luces se apagaban.... + </p> + <p> + En el pórtico encontró Ana al Magistral. + </p> + <p> + Don Fermín estaba pálido; lo vio ella a la luz de una + cerilla que encendieron por allí. Cuando volvió la + obscuridad, De Pas se acercó a la Regenta y con una voz dulce en + que había quejas le preguntó: + </p> + <p> + —¿Se ha divertido usted en misa? + </p> + <p> + —¡Divertirme en misa!—Quiero decir... si le ha + gustado... lo que tocan... lo que cantan.... + </p> + <p> + Notó Ana que su confesor no sabía lo que decía. + </p> + <p> + En aquel momento salían del pórtico; en la calle había + algunos grupos de rezagados. Había que separarse. + </p> + <p> + —¡Buenas noches, buenas noches!—dijo el Magistral con + tono de mal humor, casi con ira. + </p> + <p> + Y embozándose sin decir más, tomó a paso largo el + camino de su casa. + </p> + <p> + Ana sintió deseos de seguirle: ella no sabía por qué + pero le tenía enfadado: ¿qué había hecho ella? + Pensar, pensar en el enemigo, gozar con recuerdos vitandos... pero... de + todo eso ¿cómo podía tener don Fermín + noticia?... ¡Y se había marchado así! Una profunda lástima + y una gratitud que parecía amor invadieron el ánimo de Ana + en aquel instante.... «¡Oh! ¿por qué ella no podía + ahora ir con aquel hombre, llamarle, consolarle... probarle que era la de + siempre, que ella no le volvía la espalda como tantas otras?...». + «Sí, sí, le volvían la espalda a él, el + santo, el hombre de genio, el mártir de la piedad... le volvían + la espalda las que antes se le disputaban, y todo ¿por qué? + por viles calumnias. Ella no, ella creía en él... le seguiría + ciega al fin del mundo; sabía que entre él y Santa Teresa la + habían salvado del infierno...». Pero no se podía + correr detrás de él para consolarle, para decirle todo esto. + «¡Qué hubiera pensado, sin ir más lejos, Petra + la doncella que estaba allí, a su lado, silenciosa, sonriente, cada + día más antipática, y más servicial... y más + insufrible!». + </p> + <p> + Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se había separado + discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con tanto + garbo, pensó la criada: + </p> + <p> + «Están de monos» y sonrió. + </p> + <p> + La Regenta tomó el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio + dormida; estaba como embriagada de sueño y música y fantasía.... + Sin saber cómo se encontró en el portal de su casa pensando + en el Niño Jesús, en su cuna, en el portal de Belén. + Ella se figuraba la escena como la representaba un <i>nacimiento</i> que + había visto aquella noche a primera hora. + </p> + <p> + Cuando se quedó sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al + espejo; suelto el cabello, cayó sobre la espalda. + </p> + <p> + «Era verdad, ella se parecía a la Virgen: a la Virgen de la + Silla... pero le faltaba el niño»; y cruzada de brazos se + estuvo contemplando algunos segundos. + </p> + <p> + A veces tenía miedo de volverse loca. La piedad huía de + repente, y la dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para + aquella sequedad del alma en la oración o en las lecturas piadosas. + Ya meditaba pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a + contemplar abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía. + </p> + <p> + «Creía que había muerto aquella Ana que iba y venía + de la desesperación a la esperanza, de la rebeldía a la + resignación, y no había tal; estaba allí, dentro de + ella; sojuzgada, sí, perseguida, arrinconada, pero no muerta. Como + San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que Herodías le + guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento, gritaba desde el + fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el + cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía + todos los buenos propósitos de Ana la devota, la <i>hermana</i> + humilde y cariñosa del Magistral. + </p> + <p> + »¡El Niño Jesús! ¡Qué dulce emoción + despertaba aquella imagen! ¿Pero por qué había + servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad del amor + maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una vaguedad tierna, + anhelante». + </p> + <p> + Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba frío.... + ¡Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas + aquellas luchas de su espíritu ocioso, que buscaba fuera del centro + natural de la vida, fuera del hogar, pábulo para el afán de + amor, objeto para la sed de sacrificios!... + </p> + <p> + Sin saber lo que hacía, Ana salió de sus habitaciones, + atravesó el estrado, a obscuras, como solía, dejó atrás + un pasillo, el comedor, la galería... y sin ruido, llegó a + la puerta de la alcoba de Quintanar. No estaba bien cerrada aquella puerta + y por un intersticio vio Ana claridad. No dormía su marido. Se oía + un rum rum de palabras. + </p> + <p> + «¿Con quién habla ese hombre?». Acercó la + Regenta el rostro a la raya de luz y vio a don Víctor sentado en su + lecho; de medio cuerpo abajo le cubría la ropa de la cama, y la + parte del torso que quedaba fuera abrigábala una chaqueta de + franela roja; no usaba gorro de dormir don Víctor por una + superstición respetable; él incapaz de sospechar de su Ana + la falta más leve, huía de los gorros de noche por una + preocupación literaria. Decía que el gorro de dormir era una + punta que atraía los atributos de la infidelidad conyugal. Pero + aquella noche había tenido frío, y a falta de gorro de algodón + o de hilo, se había cubierto con el que usaba de día, aquel + gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y oyó que en aquel + traje grotesco Quintanar leía en voz alta, a la luz de un + candelabro elástico clavado en la pared. + </p> + <p> + Pero hacía más que leer, declamaba; y, con cierto miedo de + que su marido se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor, + entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño + de una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Víctor + leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como + si estuviera armando caballero al espíritu familiar de las comedias + de capa y espada. + </p> + <p> + Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy + noble y verosímil acción la de azotar el aire con el limpio + acero. Se trataba de defender en hermosos versos del siglo diez y siete a + una señora que un su hermano quería descubrir y matar, y don + Víctor juraba en quintillas que antes le harían a él + tajadas que consentir, siendo como era caballero, atrocidad semejante. + </p> + <p> + Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en + los pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela + que repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su + marido, la única persona de este mundo que tenía derecho a + las caricias de ella, a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella + suponía en la maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con + motivo del portal de Belén y otros recuerdos análogos. + </p> + <p> + Iba la Regenta al cuarto de su marido con ánimo de conversar, si + estaba despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, + sobre el lecho. Quería la infeliz desechar las ideas que la volvían + loca, aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la + carne rebelde y desabrida; quería palabras dulces, intimidad + cordial, el calor de la familia... algo más, aunque la avergonzaba + vagamente el quererlo, quería... no sabía qué... a + que tenía derecho... y encontraba a su marido declamando de medio + cuerpo arriba, como muñeco de resortes que salta en una caja de + sorpresa.... La ola de la indignación subió al rostro de la + Regenta y lo cubrió de llamas rojas. Dio un paso atrás + Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda + meneó algo en el suelo, porque don Víctor gritó + asustado: + </p> + <p> + —¡Quién anda ahí! + </p> + <p> + No respondió Ana.—¿Quién anda ahí?—repitió + exaltado don Víctor, que se había asustado un poco a sí + mismo con aquellos versos fanfarrones. + </p> + <p> + Y algo más tranquilo, dijo a poco: + </p> + <p> + —¡Petra! ¡Petra! ¿Eres tú, Petra? + </p> + <p> + Una sospecha cruzó por la imaginación de Ana; unos celos + grotescos, tal los reputó, se le aparecieron casi como una forma de + la tentación que la perseguía. + </p> + <p> + «¿Si aquel hombre sería amante de su criada?». + </p> + <p> + —«¡Anselmo! ¡Anselmo!»—añadió + don Víctor en el mismo tono suave y familiar. + </p> + <p> + Y Ana se retiró de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus + sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba ridículo, de su + marido, de sí misma... + </p> + <p> + «¡Oh, qué ridículo viaje por salas y pasillos, a + obscuras, a las dos de la madrugada, en busca de un imposible, de una + grotesca farsa... de un absurdo cómico... pero tan amargo para + ella!...». Y Ana, sin querer, como siempre, mientras iba a tientas + por el salón, pero sin tropezar, pensaba: Y si ahora, por milagro, + por milagro de amor, Álvaro se presentase aquí, en esta + obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la cintura... y me dijera: tú + eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo carne flaca, qué haría + sino sucumbir... perder el sentido en sus brazos.... «¡Sí, + sucumbir!», gritó todo dentro de ella; y desvanecida, buscó + a tientas el sofá de damasco y sobre él, tendida, medio + desnuda, lloró, lloró sin saber cuánto tiempo. + </p> + <p> + Una campanada del reloj del comedor la despertó de aquella + somnolencia de fiebre; tembló de frío y a tientas otra vez, + el cabello por la espalda, la bata desceñida, y abierta por el + pecho, llegó Ana a su tocador; la luz de esperma que se reflejaba + en el espejo estaba próxima a extinguirse, se acababa... y Ana se + vio como un hermoso fantasma flotante en el fondo obscuro de alcoba que + tenía enfrente, en el cristal límpido. Sonrió a su + imagen con una amargura que le pareció diabólica... tuvo + miedo de sí misma... se refugió en la alcoba, y sobre la + piel de tigre dejó caer toda la ropa de que se despojaba para + dormir. En un rincón del cuarto había dejado Petra olvidados + los zorros con que limpiaba algunos muebles que necesitaban tales + disciplinas; y pensando ella misma en que estaba borracha... no sabía + de qué, Ana, desnuda, viendo a trechos su propia carne de raso + entre la holanda, saltó al rincón, empuñó los + zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azotó su hermosura + inútil una, dos, diez veces.... Y como aquello también era + ridículo, arrojó lejos de sí las prosaicas + disciplinas, entró de un brinco de bacante en su lecho; y más + exaltada en su cólera por la frialdad voluptuosa de las sábanas, + algo húmedas, mordió con furor la almohada. A fuerza de no + querer pensar, por huir de sí misma, media hora después se + quedó dormida. + </p> + <p> + Aquella misma mañana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de + la casa del Magistral. ¿A qué había ido allí? + Aquel no era camino de la catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don + Fermín, de verle al balcón, de algo que ella no podía + precisar, le había hecho tomar por la calle de los Canónigos. + No topó con el suyo. Se dirigió a la catedral y se sentó + sobre la tarima que había en medio del crucero, desde el coro a la + capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fría + como un carámbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos, + rezando oraciones que no terminaban y soñando despierta hasta que + concluyó el coro. Vio entrar en él a su amigo, a su De Pas, + a quien sonrió cariñosa, con la dulzura que a él le + entraba por las entrañas como si fuera fuego; el Magistral no sonrió, + pero su mirada fue intensa; duró muy poco, pero dijo muchas cosas, + acusó, se quejó, inquirió, perdonó, agradeció... + Y pasó don Fermín. Entró en el coro y se fue a su + rincón. Terminadas las horas canónicas, el Magistral salió, + se inclinó ante el Altar, se dirigió a la sacristía, + y a poco volvió a verle la Regenta, sin roquete, muceta ni capa, + con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se miraron. + </p> + <p> + Ahora sonrieron los dos. Ana se levantó cinco minutos después. + Sin necesidad de decírselo, ni por señas, acudieron ambos a + una cita.... Se encontraron a poco en el salón de doña + Petronila Rianzares donde habían muchas señoras y tres clérigos. + Allí se había reunido la flor y nata de lo que llamaba <i>El + Alerta</i> «<i>el elemento levítico</i>» de la población. + Aquellas señoras de respetable aspecto las más, guapas y jóvenes + algunas, celebraban con alegría evangélica el natalicio de + Nuestro Señor Jesucristo como si el Hijo de María hubiese + venido al mundo exclusivamente para ellas y otras cuantas personas + distinguidas. La Natividad del Señor se les antojaba algo como una + fiesta de familia. Doña Petronila, con una manteleta de raso negro, + antiquísima, mal cortada, recibía a su <i>mundo devoto</i> + como si estuviese ella de cumpleaños. Todo se volvía allí + sonrisas, apretones de manos, elogios mutuos, carcajadas sonoras, que + reflejaban el interior contento de aquellas almas en gracia de Dios. El + Magistral fue recibido en triunfo. ¡Qué fino! ¡qué + atento! Una hora después tenía que subir al púlpito, + en la catedral, a predicar un sermón de los de tabla, ¡y sin + embargo acudía antes a dar las Pascuas a su amiga doña + Petronila! «¡Qué hombre! ¡qué ángel! + ¡qué pico de oro! ¡qué lumbrera!». + </p> + <p> + El descrédito de don Fermín no había llegado al círculo + de doña Petronila; allí nadie dudaba de la virtud del + Provisor, nadie la discutía. Si alguno de los presentes, fuera de + aquel salón venerable, se atrevía a calumniar a aquel santo, + no se sabía, no se quería saber, pero en casa del gran + Constantino nadie osaría poner en tela de juicio la santidad del + Crisóstomo vetustense. + </p> + <p> + Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermín. Fue en + el gabinete de doña Petronila. Ella los encontró...; pero + sonriéndoles y saludando con la mano les dijo, desde la puerta: + </p> + <p> + —Nada, nada... venía por unos papeles.... Ya volveré... + </p> + <p> + Ana iba a llamarla: «no había secretos, ¿por qué + se retiraba aquella señora?...» esto quería decirle, + pero un gesto del Magistral la contuvo. + </p> + <p> + —Déjela usted—dijo De Pas con un tono imperioso que a + la Regenta siempre le sonaba bien. Eso quería ella, que el + Magistral mandase, dispusiera de ella y de sus actos. + </p> + <p> + Ana volvió hacia De Pas, que estaba cerca del balcón y le + sonrió como poco antes en la catedral. Aquella sonrisa pedía + perdón y bendecía. + </p> + <p> + Don Fermín estaba pálido, le temblaba la voz. Estaba más + delgado que por el verano. En esto pensaba Anita. + </p> + <p> + —¡Estoy tan cansado!—dijo él y suspiró con + mucha tristeza. + </p> + <p> + Ana se sentó a su lado, al verle dejarse caer en una butaca. + </p> + <p> + —¡Estoy tan solo!—¿Cómo solo...? No + entiendo. + </p> + <p> + —Mi madre me adora, ya lo sé... pero no es como yo; ella + procura mi bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe + todo esto, Ana. + </p> + <p> + —Pero... ¿por qué está usted solo? y... + ¿los demás? + </p> + <p> + —Los demás... no son mi madre. No son nada mío. + ¿Qué tiene usted, Ana? ¿se pone usted mala? ¿qué + es esto? llamaré... + </p> + <p> + —No, no, de ningún modo.... Un escalofrío... un + temblor... ya pasó... esto no es nada. + </p> + <p> + —¿Tendrá usted un ataque? + </p> + <p> + —No... el ataque se presenta con otros síntomas... deje + usted... deje usted. Esto es frío... humedad... nada.... Callaron. + De Pas vio que Ana contenía el llanto que quería saltar a la + cara. + </p> + <p> + —¿Qué sucede aquí? yo necesito saberlo todo, + tengo derecho... creo que tengo derecho.... + </p> + <p> + Ana cayó de rodillas a los pies de su <i>hermano mayor</i>, y + sollozando pudo decir: + </p> + <p> + —Sí, todo, todo lo sabrá usted... pero aquí no, + en la Iglesia.... Mañana... temprano.... + </p> + <p> + —¡No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que + lo viese ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, + levantó los brazos y llevó los puños crispados a los + ojos. Dio dos vueltas por el gabinete. Volvió a paso largo al lado + de la Regenta que seguía de rodillas, sollozando y ahogando el + llanto para que no sonase. + </p> + <p> + —Ahora, Ana, ahora es mejor... aquí... aún hay + tiempo.... + </p> + <p> + —Aquí no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde.... + </p> + <p> + —Pero ¿qué es esto... qué pasa? por caridad... + señora... por compasión, Ana... no ve usted que tiemblo como + una vara verde.... Yo no soy un juguete.... ¿Qué pasa... qué + debo temer...? Ayer ese hombre estaba borracho... él y otros + pasaron delante de mi casa... a las tres de la madrugada.... Orgaz le + llamaba a gritos: «¡Álvaro! ¡Álvaro! aquí + vive... tu rival... eso decía, tu rival...» ¡la + calumnia ha llegado hasta ahí!... + </p> + <p> + Ana miró espantada al Provisor.... Parecía que no comprendía + sus palabras.... + </p> + <p> + —Sí, señora, les pesa de nuestra amistad, y quieren + separarnos, y así podrán conseguirlo... echan lodo en + medio... y se acabó... + </p> + <p> + Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se + habían acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella + calumnia; él pensaba en ella, pero no convenía a sus planes + decir a la Regenta: yo soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga + con la malicia.... Pero ahora, sin poder contenerse, había dicho: + <i>tu rival</i>, con fuerza... aunque aquellas palabras pudiesen asustar a + la Regenta. + </p> + <p> + «Sí, sí, él también era hombre, podía + ser rival, ¿por qué no?». No se conocía; se + paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula; comprendía que + en aquel momento diría todo lo que le sugiriese la pasión + exaltada, el amor propio herido.... Después le pesaría de + haber hablado... pero no importaba, ahora quería desahogar. «¡Ay! + no era el Fermín de antaño». + </p> + <p> + Ana se levantó, esperó a que el Magistral llegase en sus + paseos al extremo del gabinete y dijo: + </p> + <p> + —No me ha comprendido usted.... Yo soy la que está sola... + usted es el ingrato.... Su madre le querrá más que yo... + pero no le debe tanto como yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si + hacía falta.... El mundo entero le calumnia, le persigue... y yo + aborrezco al mundo entero y me arrojo a los pies de usted a contarle mis + secretos más hondos.... No sabía qué sacrificio podría + hacer por usted.... Ahora ya lo sé... Usted me lo ha + descubierto.... Hablan de mi honra... ¡miserables! yo no sospechaba + que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo no quiero + separarme del mártir que persiguen con calumnias como a + pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a mí... + yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... ¡Ya sé para qué + sirvo yo! ¡Ya sé para qué nací yo! Para + esto.... Para estar a los pies del mártir que matan a calumnias.... + </p> + <p> + —¡Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa señora.... + </p> + <p> + El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos + como brasas, se acercó a la Regenta, le oprimió las manos y + dijo ronco, estrangulado por la pasión: + </p> + <p> + —¡Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la + catedral... junto al altar de la Concepción... en frente del púlpito.... + </p> + <p> + —Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tenía + que decir... está dicho.... + </p> + <p> + —¡Pero ese hombre!...—De ese hombre... nada. La voz de + doña Petronila se había oído cuando el Magistral avisó + que llegaba. Hablaba desde lejos la señora de Rianzares, que decía: + </p> + <p> + —Allá va, allá va el señor Magistral, está + en mi gabinete solo, repasando su sermón sin duda.... + </p> + <p> + Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo + la confusión que él hubiera leído en el rostro de + ella, a no haber tenido que atender a doña Petronila que gritaba: + </p> + <p> + —Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado + la misa.... + </p> + <p> + El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba, por donde había + entrado el ama de la casa. + </p> + <p> + Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza + con ambas manos la besó con estrépito en la frente; y después + dijo: + </p> + <p> + —¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa + de Jericó! + </p> + <p> + —¡A la catedral, a la catedral!—gritaron los del salón. + </p> + <p> + Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas + subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán + cantara al comenzar el día el Evangelio de San Lucas. + </p> + <p> + Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción. + </p> + <p> + —Desde aquí se ve perfectamente—dijo doña + Petronila. + </p> + <p> + E inclinándose hacia Ana, añadió en voz baja y + melosa: + </p> + <p> + —¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo + ese apóstol de los gentiles! ¡Qué roquete! Parece de + espuma.... En el nombre del Padre..., del Hijo... y del Espíritu.... + Santo... + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXIVmdash" id="XXIVmdash"></a>—XXIV— + </h2> + <p> + —Pero, ¿y si él se empeña en que vaya? + </p> + <p> + —Es muy débil... si insistimos, cederá. + </p> + <p> + —¿Y si no cede, si se obstina? + </p> + <p> + —Pero, ¿por qué?—Porque... es así. No sé + quién se lo ha metido por la cabeza, dice que le pongo en ridículo + si no voy.... Y nos alude... habla del que tiene la culpa de esto... dice + que él no es amo de su casa, que se la gobiernan desde fuera.... Y + después, que la Marquesa está ya algo fría con + nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo! + </p> + <p> + —Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos + que ir a ese baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el + otro ¿anda con él? ¿Tan amigotes siempre? + </p> + <p> + —Ya se sabe que a casa no le lleva.... + </p> + <p> + —¿Y es de etiqueta el baile?—Creo... que sí...—¿Hay + que ir escotada?—Ps... no. Aquí la etiqueta es para los + hombres. Ellas van como quieren; algunas completamente <i>subidas</i>. + </p> + <p> + —Nosotros iremos... <i>subidos</i> ¿eh? + </p> + <p> + —Sí, es claro.... ¿Cuándo toca la catedral? + ¿pasado? pues pasado iré a la capilla con el vestido que he + de llevar al baile. + </p> + <p> + —¿Cómo puede ser eso?... + </p> + <p> + —Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se + separa de la falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a + confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos + satisfechos. + </p> + <p> + —Así lo espero. Don Fermín quedó satisfecho del + vestido, aunque no de que <i>fuéramos</i> al baile. El vestido, según + pudo entrever acercando los ojos a la celosía del confesonario, era + bastante subido, no dejaba ver más que un ángulo del pecho + en que apenas cabía la cruz de brillantes, que Ana llevó + también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el + conjunto. + </p> + <p> + Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don Víctor + se empeñó «en que se fuera, y se fue». + </p> + <p> + Aquel acto de energía, verdaderamente extraordinario, le hacía + pensar al ex-regente, mientras subían la escalera del caserón + negruzco del Casino, que él, don Víctor, hubiera sido un + regular dictador. «Le faltaba un teatro, pero no carácter. + Que lo dijera su mujer, que mal de su grado subía colgada de su + brazo, hermosísima, casi contenta, pese a todos los confesores del + mundo. Ya no estábamos en el Paraguay: ¡A él jesuitas!». + </p> + <p> + Era lunes de Carnaval. El día anterior, el domingo se había + discutido con mucho calor en el Casino si la sociedad abriría o no + abriría sus salones aquel año. Era costumbre inveterada que + aquel <i>círculo aristocrático</i> (como le llamaba el <i>Alerta</i>, + a cuyos redactores no se convidaba nunca, porque se empeñaban en + asistir de <i>jaquet</i>) diese baile, pero jamás de trajes, el + lunes de Carnaval. + </p> + <p> + —¿Por qué no ha de ser este año como los demás?—preguntaba + Ronzal, que acababa de hacerse un frac en Madrid. + </p> + <p> + —Porque este año el Carnaval está muy desanimado por + culpa de los Misioneros, por eso—respondía Foja, a quien había + metido en la Junta directiva don Álvaro. + </p> + <p> + —La verdad es—dijo el presidente, Mesía—que nos + exponemos a un desaire. La mayor parte de las señoritas <i>comm'il + faut</i> están entregadas en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que + muchas traen cilicios debajo de la camisa. + </p> + <p> + —¡Qué horror!—exclamó don Víctor, + que estaba presente, aunque no era de la Junta. (Pero por no separarse de + Mesía.) + </p> + <p> + —Sí, señor, cilicios—corroboró Foja—. + Amigo, el Magistral no puede tanto. No ha conseguido que sus hijas de + confesión usen cilicios y otras invenciones diabólicas. + </p> + <p> + —Porque tampoco se lo ha propuesto—contestó Ronzal. + </p> + <p> + Don Álvaro observó que Quintanar se ponía colorado. + Le había sabido mal la alusión de Foja. «Sí, + aludía a su mujer al hablar del Magistral; con él iba la + pulla». + </p> + <p> + —Lo cierto es—continuó el ex-alcalde—que nos + exponemos a un desaire, como dice muy bien el presidente. La flor y nata + de la <i>conservaduría</i>, que son las que animan esto, no vendrá; + las conozco bien: ahora se divierten en jugar a las santas. Ahora son místicas... + zurriagazo y tente tieso, ¡ja, ja, ja! + </p> + <p> + —A mí se me ocurre una cosa—dijo Mesía—. + Exploremos el terreno. Hagamos que los socios que tienen relaciones con + las familias distinguidas se enteren de si las niñas vienen o no. + Si ellas asisten, las demás, las de reata, vendrán de fijo, + <i>malgré</i> todos los jesuitas y padres descalzos del mundo. + </p> + <p> + —¡Magnífico! ¡Magnífico! + </p> + <p> + —Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreció traer a + quien pudiera. + </p> + <p> + Don Víctor, a quien otra pulla de Foja había picado mucho, + no pudo menos de decir: + </p> + <p> + —Yo, señores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila + pero hace bulto. + </p> + <p> + —¡Oh, gran adquisición!—dijo un socio—; si + doña Ana viene, será un gran ejemplo, porque ella, hace + tanto tiempo retirada... ¡oh! será un gran ejemplo. + </p> + <p> + —Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenará + esto con lo mejorcito. + </p> + <p> + —Señor Quintanar—dijo el ex-alcalde—se le declara + a usted benemérito del Casino... si consigue traer a su señora + la Regenta. + </p> + <p> + —Pues sí señor ¡que vendrá!... En mi + casa, señor Foja, una ligera insinuación mía es un + decreto sancionado.... + </p> + <p> + Y don Víctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le había + ocurrido asistir a la Junta. + </p> + <p> + «¿Por qué habría ofrecido él lo que no + había de cumplir?». + </p> + <p> + «Sin embargo, la palabra era palabra». + </p> + <p> + Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya + en el infierno con horror. De su piedad pasajera sólo le quedaba la + convicción de que son necesarias las buenas obras además de + la fe para salvarse, y la costumbre de persignarse al levantarse, al salir + de casa, al dormir, etc., etc. Había vuelto a Calderón y + Lope con más entusiasmo que nunca. Se encerraba en su despacho o en + su alcoba y recitaba grandes <i>relaciones</i> como él decía, + de las más famosas comedias, casi siempre con la espada en la mano. + Así le había sorprendido su mujer, sin que él lo + supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que había cenado + fuerte el buen señor y se le había ocurrido celebrar a su + modo el Nacimiento de Jesús. + </p> + <p> + Pero si la propia religiosidad había volado, o se había + escondido en pliegues recónditos del alma, donde él no la + encontraba, don Víctor respetaba la piedad ajena. + </p> + <p> + «No obstante, se decía a sí mismo, animándose + al ataque, mi mujer ya no va para santa; respeto como antes su piedad, + pero ya no me da miedo; ya es una devota como otras muchas, va y viene, y + no se detiene; la novena, la misa, la cofradía, la visita al Santísimo... + pero ya no tenemos aquellas encerronas con que a mí me asustaba, + como si tuviéramos un para-rayos en casa. Ea, pues, me atrevo, se + lo digo...». + </p> + <p> + Y se lo dijo. Se lo dijo cuando acababan de comer. Con gran sorpresa del + enérgico marido «que no quería que su casa fuese un + nuevo Paraguay» (alusión que no entendió Ana), la + esposa no resistió tanto como él esperaba; se rindió + pronto. Pero él lo achacó a la propia energía. + «Comprende que yo no he de ceder y no se obstina». + </p> + <p> + Cuando Ana consultó con el Magistral en casa de doña + Petronila, ya tenía dado su consentimiento. Pero pensaba retirarlo + si el canónigo decía <i>non possumus</i>. + </p> + <p> + Todo se arregló, menos la conciencia de Ana que siguió + intranquila. «¿Por qué había dicho que sí + después de una débil resistencia? ¿A qué iba + ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero ¿por qué + estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora sí?». + </p> + <p> + No lo sabía; no quería saberlo. No quería + atormentarse más. + </p> + <p> + «El baile y ella ¿qué tenían que ver? ¿qué + le importaba a ella, a la <i>hermana</i> de don Fermín el santo, el + mártir, que bailasen o no las muchachas insulsas de Vetusta en el + salón estrecho y largo del Casino? Nada, nada». + </p> + <p> + Así pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las + propias manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel + ángulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba + ver. + </p> + <p> + Ronzal, de la comisión que recibía a las señoras, se + apresuró, en cuanto asomaron los de Quintanar en el vestíbulo, + a ofrecer a la Regenta su brazo. ¿Cuál? «el derecho, + sin duda el derecho pensó». Grande fue su pena al notar que + Paco Vegallana ofrecía a Olvido Páez que entraba al mismo + tiempo, no el brazo derecho, sino el izquierdo. De todos modos entró + en el salón triunfante con su pareja... de un minuto. Tuvo tiempo + suficiente, sin embargo, para participar del triunfo de Ana. Las + conversaciones se suspendieron, las miradas se clavaron en la hija de la + italiana. Hubo un rumor de asombro: + </p> + <p> + —¡La Regenta!—¡La Regenta!—¡Quién + lo diría! + </p> + <p> + —¡Pobre Magistral!—¡Y qué hermosa!—¡Pero + qué sencilla!... + </p> + <p> + Esta exclamación fue de Obdulia. + </p> + <p> + —¡Qué sencilla, pero qué hermosa!... + </p> + <p> + —La virgen de la Silla...—La Venus del Nilo, como dice + Trabuco. + </p> + <p> + Esto lo dijo Joaquín Orgaz. El círculo de la nobleza se abrió + para acoger en su seno a la <i>Hija pródiga de la Sociedad</i>, + como acertó a decir el barón de la Barcaza, que <i>in illo + tempore</i> había estado muy enamorado de Anita, a pesar de la señora + baronesa e hijas. + </p> + <p> + La marquesa de Vegallana, todavía de azul eléctrico, se + levantó de su silla de raso carmesí con respaldo de nogal, y + abrazó sin que pareciera mal, a su querida Anita. + </p> + <p> + —Hija, gracias a Dios, creía que era el desaire ciento uno. + </p> + <p> + La Marquesa también había puesto empeño en que Ana + asistiera al baile y a la cena, «que tendría la <i>élite</i> + en <i>petit comité</i>». Todos estos galicismos los había + importado Mesía. + </p> + <p> + —¡Pero qué divina, Ana, pero qué divina!—le + decía a la Regenta cara a cara, y con voz gangosa, la hija mayor + del Barón, Rudesinda, que según don Saturnino Bermúdez, + era una <i>belleza ojival</i>. En efecto, parecía una torrecilla gótica, + aunque, por ciertas curvas del busto, sobre todo del cuello, a la Marquesa + se le antojaba «un caballo de ajedrez». + </p> + <p> + Por lo demás, a ella y a sus dos hermanas, las llamaban los + plebeyos «Las tres desgracias», y a su señor padre, barón + de la Barcaza, el barón de la <i>Deuda flotante</i>, aludiendo al título + y a los muchos acreedores del magnate. + </p> + <p> + Solía esta familia, digna de mejores rentas, pasar gran parte del año + en Madrid, y las <i>niñas</i> (de veintiséis años la + menor) cuando estaban en público ante los vetustenses fingían + disimular su desprecio de todo lo que les rodeaba. Refugiábanse en + el círculo aristocrático, donde también entraban, por + especial privilegio, Visitación y Obdulia, pariente de nobles. Las + señoritas de la clase media (y cuenta que en Vetusta el gobernador + civil y familia entraban en la aristocracia) se vengaban de aquel desdén + mal disimulado contándoles los huesos de la pechuga a las del barón + y a otras jóvenes aristócratas. Daba la casualidad de que + casi todas las niñas nobles de Vetusta eran flacas. + </p> + <p> + Ana se sentó al lado de la marquesa de Vegallana, única + persona que le era simpática entre todas las del corro. Entonces + anunciaba la orquesta un rigodón. + </p> + <p> + Y no fue vana su amenaza; a los dos minutos aquellos violines y violas, + clarinetes y flautas, a quienes acompañaba en su laboriosa gestación + armónica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus + acordes, como se prometía decir en <i>El Lábaro</i> del día + siguiente Trifón Cármenes, el cual había osado + preguntar a la hija segunda del barón «si le favorecía». + Mal gesto puso Fabiolita, que así se llamaba, pero una seña + de su padre la obligó <i>a favorecer</i> a Trifón, aunque se + propuso no contestarle, si él se atrevía a hablar, más + que con monosílabos. El barón de la Deuda Flotante creía + en el poder de la prensa periódica, pero su hija no. Enfrente de + esta pareja se colocó resplandeciente Ronzal, el gallardo Trabuco, + diputado de la comisión y miembro de la Junta directiva del Casino. + La pechera que lucía Ronzal no podía ser más + brillante. Estaba él orgulloso de aquella pechera, de aquel frac + madrileño, de aquellas botas sin tacones que eran la última + moda, lo más <i>chic</i>, como ya empezaba a decirse en Vetusta. + Pero no estaba tan satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el <i>arte + de Terpsícore</i> (otra frase que Trifón se proponía + emplear.) Tenía a su lado Trabuco, como pareja a Olvido Páez, + que no le miraba siquiera. Pero él no pensaba en esto, pensaba en + que, según veía, tarde ya, le tocaba romper la marcha; su <i>bis + a bis</i> era Trifón, y Trifón había empezado a + ponerse en movimiento. Trabuco sudaba antes de haber motivo para ello. A + cada momento se metía los dedos de la mano derecha entre el cuello + de la camisa y lo que él llamaba <i>mi pescuezo</i> cuando «apostaba + la cabeza» por cualquier cosa. Aquel movimiento le parecía + muy elegante y sobre todo era muy socorrido. Mientras la de Páez + daba a entender con su aire melancólico y aburrido que su reino no + era de este mundo, y que Ronzal había hecho demasiado atreviéndose + a invitarla a bailar, el diputado ponía los cinco sentidos en no + equivocarse, en no pisar el vestido ni los pies a ninguna señorita + y en imitar servilmente las idas y venidas y las genuflexiones de Trifón. + Mal poeta era Cármenes, pero el rigodón lo conocía + muy a fondo. Bien se lo envidiaba Ronzal. La de Páez y la del barón + al pasar cerca una de otra se sonreían discretamente, como + diciendo:—¡Vaya todo por Dios! o bien ¡qué par de + cursis nos han tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran; pensaba en + la pechera, en el cuello de la camisa, y en las colas de los vestidos. A + su derecha tenía Trabuco a Joaquín Orgaz que hablaba sin + cesar con su pareja, una americana muy rica y muy perezosa. Como el salón + era estrecho y las costumbres vetustenses un poco descuidadas, las + parejas, mientras no les tocaba moverse, se sentaban en la silla que tenían + detrás de sí muy cerca. Ronzal, que no podía + sentarse, porque no tenía dónde, pensaba que aquello era una + corruptela, y era verdad. La de Páez y la del barón apenas + se tenían en pie; se dejaban caer sobre su silla respectiva, como + si cada figura del rigodón fuera un viaje alrededor del mundo. + </p> + <p> + Después del rigodón vino un wals. Ronzal se retiró a + fumar un cigarro de papel. Él no bailaba wals, no había + podido aprender nunca. Todas las puertas del salón estaban + atestadas de socios... que no tenían frac. Un frac en Vetusta suponía + <i>cierta posición</i>. Muchos <i>pollos</i> se figuraban que + semejante prenda exigía la fortuna de un Montecristo. + </p> + <p> + Y como el baile era de etiqueta, la más florida juventud se quedaba + a la puerta. Unos fingían desdeñar el ridículo placer + de dar vueltas por allí como una peonza... <i>para nada</i>. Otros + hacían alardes de desidia, de escepticismo, de cualquier cosa que + fuera incompatible con el frac, según ellos. Y algunos, más + ingenuos, confesaban la penuria de su presupuesto, maldecían de las + exigencias sociales... y se reservaban para «última hora». + Porque a última hora bailaban, pese a Ronzal, los de levita, los de + <i>jaquet</i> y hasta los de cazadora. «¡No faltaba más!». + </p> + <p> + Saturnino Bermúdez, que tenía frac, y clac y todo lo + necesario, llegó un poco tarde al salón. Se detuvo en una + puerta... y... tembló. No podía remediarlo.... La emoción + de entrar en los salones en día solemne era para él + semejante a la de echarse al agua. Y en efecto, cualquier observador + hubiera dicho que aquel hombre creía estar en aquel umbral a la + orilla del Océano. Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a + las bromas de los envidiosos sin frac que le decían: + </p> + <p> + —¡Vamos, hombre, láncese usted... valor! + </p> + <p> + —Ya... ya... voy... no si... ya voy.... + </p> + <p> + Y sujetó bien los guantes, y se arregló el lazo de la + corbata, y se aseguró de que el pañuelo estaba en su sitio, + y... también pasó dos dedos por la tirilla de la camisola. + Por último... a la una, a las dos... (a las dos se compuso el + peinado con los dedos, sin recordar que traía la cabeza como un + recluta) y después de este ademán automático, muy + frecuente en los que van a arrojarse al baño de cabeza... después + de esto ¡al agua! Saturno entra en el salón, saludando a + diestro y siniestro, y aunque parece que su propósito es enterarse + de quién está allí, en el <i>fuero interno</i> bien + sabe él que lo que busca es un rincón de un diván o + una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada navegación + por los mares del <i>gran mundo</i>. Pero poco a poco se acostumbra al + agua, es decir, al salón, y ya está allí muy + tranquilo, y baila y dice galanterías en unos párrafos tan + largos y complicados, que nadie se los agradece. + </p> + <p> + Ana al principio tenía sueño. Eran las doce. No pensaba más + que en lo que pasaba ante sus ojos. No quería reflexionar. Al + entrar en el Casino se había dicho: «¿Se acercará + don Álvaro a saludarme?». Y había sentido miedo y + estuvo tentada a fingirse enferma para volver a casa. Pero aquella idea + pasó. Álvaro no acababa de parecer por allí. La + Marquesa hablaba como una cotorra. Anita contestaba con sonrisas.... De + pronto apareció Visitación la del Banco, que vestía + un traje de organdí con flores de trapo por arriba y por abajo. El + escote era exagerado. + </p> + <p> + —Chica, vienes escandalosa—le dijo la Marquesa, mientras le + mordía la cara al besarla, para apagar así la risa. + </p> + <p> + Visita miró como pudo hacia donde había mirado doña + Rufina, y contestó sin turbarse: + </p> + <p> + —¡Bah, no me parece! Pero no sería extraño, + porque ni tiempo he tenido para mirarme al espejo.... ¡Aquellos + demonios de hijos! ¡Su padre que no tiene energía, que no + sabe engañarlos!... no me los podía quitar de encima. + </p> + <p> + ¿Pero Ana, qué es esto? ¿tú aquí? pero + feísima mía, ¿qué es esto? ¿qué + bula tenemos?... + </p> + <p> + Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a la + Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra. + </p> + <p> + La que estaba de pie inclinaba el cuerpo hacia atrás. + </p> + <p> + Media hora después, Visita, un poco escondida detrás del + cortinaje de un balcón, refería una historia a la Regenta, + que la oía atenta, vuelta hacia el rincón de su amiga. + </p> + <p> + El baile se animaba, la maledicencia y los recelos ridículos de la + etiqueta fría e irracional de nobles y plebeyos codeándose, + dejaban el puesto a otros vicios y pasiones. Ronzal ya no parecía a + la de Páez un <i>hombre tosco</i>, sino un hombre; las del barón + se humanizaban, las niñas de <i>la clase media</i> olvidaban los + huesos que enseñaba la nobleza, y pensaban en la alegría + ambiente, se entregaban al baile con furor invencible, como ansiando beber + en aquella atmósfera perfumada, demasiado perfumada tal vez, el + licor desconocido que pudiera saciar sus vagos anhelos. Las cursis, si + eran bonitas ya no parecían cursis; ya no se pensaba en la <i>reina + del baile</i>, en el <i>mejor traje</i>, en las joyas más ricas; la + juventud buscaba a la juventud, algo de amor volaba por allí; ya + había miradas de fuego, sonrisas perezosas que presentían + imposibles, celos dramáticos que daban al conjunto un tono de + grandeza. Las niñas más recatadas, y hasta las más + parecidas a muñecas de resorte, hacían pensar en la mujer + que traían debajo de aquellos vestidos vulgares y de aquella + educación falsa y desabrida. + </p> + <p> + Ana, a las dos de la mañana se levantó de su silla por vez + primera y consintió en dar una vuelta por el salón, en un + intermedio del baile. Visita iba a su lado callada, pensativa, satisfecha + de lo que acababa de hacer. Había referido a la Regenta la historia + de don Álvaro desde principios del verano pasado hasta la fecha. La + del Banco echaba fuego por ojos y mejillas. Saboreaba el triunfo de su + elocuencia. Ana disimulaba mal la impresión viva y profunda que le + causaron las palabras de su amiga. «Don Álvaro había + vencido la virtud de la <i>ministra</i>, había sido su amante todo + el verano en Palomares... y después se había burlado de + ella, no había querido seguirla a Madrid». Esta era en + resumen la historia. Y el final así, lo recordaba Ana palabra por + palabra: + </p> + <p> + «Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho + Visita, le pregunté, porque ya sabes que nos tratamos con mucha + confianza, pues bien, le pregunté: + </p> + <p> + «Pero, chico, ¿cómo diablos dejaste a esa mujer siendo + tan hermosa, influyente... y tan lista como dices? ¿Por qué + no seguirla a Madrid? + </p> + <p> + Y Álvaro me contestó muy triste, ya sabes qué cara + pone cuando habla así, me contestó: + </p> + <p> + «Pche... para amoríos basta el verano. El invierno es para el + amor verdadero. Además, la ministra, como tú la llamas, a + pesar de todos sus encantos no consiguió lo que yo quería... + hacerme olvidar... lo que no te importa. Y después de suspirar como + tú sabes que él suspira, añadió Álvaro: + ¿Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor, le + dio un temblorcico así como un escalofrío.... Ya ves, dijo + luego, queriendo sonreír, me ofrecían un distrito, un + distrito de cunero, <i>sine cura</i> admirable (sine cura, dijo)... + apetitoso bocado... pero, ¡quiá!... yo estoy atado a una + cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apretó la mano, chica, + y se fue yo creo que para que no le viera llorar». + </p> + <p> + Esto era lo más sustancial de las confidencias de Visita. Ana + saludaba a diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba + más que en aquella confesión de don Álvaro. «De + que era verosímil respondía el efecto que su presencia, la + de Ana, había producido aquella noche en el Casino.... Ahora, ahora + mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus oídos el rumor dulce, más + dulce que todos los rumores, de la alabanza contenida, de la admiración + estupefacta... de la galantería sincera y discreta.... ¿Por + qué don Álvaro no había de estar tan enamorado como + la historia de Visita daba a entender?». + </p> + <p> + —Oye, tú—dijo la del Banco, volviéndose de + repente a la Regenta—¿quién será esa cadena? + </p> + <p> + —¿Qué cadena?—preguntó con voz temblorosa + Anita. + </p> + <p> + —Bah, la que sujeta a Mesía, la mujer que le tiene enamorado + de veras. ¡Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero + ¿quién será? + </p> + <p> + —Qué... sé yo...—¿Te atreverías tú + a preguntárselo? + </p> + <p> + —Dios me libre.—Debe de ser casada...—¡Jesús!—Mira, + esta noche le voy a sentar junto a ti, a ver, si después de la cena + se atreve a decírtelo.... Pregúntaselo tú misma.... + </p> + <p> + —¡Visitación! tú estás loca.... + </p> + <p> + —Ja, ja, ja... ahí le tienes... ahí le tienes.... Ya + me contarás.... + </p> + <p> + La de Olías de Cuervo soltó el brazo de Ana y desapareció + entre los grupos que dificultaban el tránsito por el salón + estrecho. + </p> + <p> + La Regenta vio enfrente de sí a don Álvaro, del brazo de + Quintanar, su inseparable amigo. + </p> + <p> + El frac, la corbata, la pechera, el chaleco, el pantalón, el clac + de Mesía, no se parecían a las prendas análogas de + los demás. Ana vio esto sin querer, sin pensar apenas en ello, pero + fue lo primero que vio. Se le figuraban ya todos los caballeros que + andaban por allí, don Víctor inclusive, criados vestidos de + etiqueta; todos eran camareros, el único señor Mesía. + De todas maneras estaba bien don Álvaro; de frac era como mejor + estaba. En todas partes parecía hermoso, dominaba a todos con su + arrogante figura; allí, en el baile, debajo de aquella araña + de cristal, que casi tocaba con la cabeza, era más elegante, más + bizarro, más airoso que en cualquier otro sitio. El baile animado, + ardiendo de voluptuosidad fuerte y disimulada, era el cuadro propio para + servir de fondo a la figura que ella, la pobre Ana, había visto + tantas veces en sueños. + </p> + <p> + Todo esto pasó por el cerebro de la Regenta mientras Mesía, + sin ocultar la emoción que le ponía pálido, se + inclinaba con gracia, y alargaba tímidamente una mano. + </p> + <p> + Antes que ella quisiera, Ana sintió sus dedos entre los del enemigo + tentador... debajo de la piel fina del guante la sensación fue más + suave, más corrosiva. Ana la sintió llegar como una + corriente fría y vibrante a sus entrañas, más abajo + del pecho. Le zumbaron los oídos, el baile se transformó de + repente para ella en una fiesta nueva, desconocida, de irresistible + belleza, de diabólica seducción. Temió perder el + sentido... y sin saber cómo, se vio colgada de un brazo de Mesía.... + Y entre un torbellino de faldas de color y de ropa negra, oyendo a lo + lejos la madera constipada de los violines y los chirridos del bronce, que + a ella se le antojaba música voluptuosa, pudo comprender que la + arrastraban fuera del salón. Gritaba la Marquesa, reía a + carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Barón... + y atrás quedaba el ruido del wals que comenzaba. + </p> + <p> + «¿A dónde la llevaban?». A cenar. + </p> + <p> + —A cenar, hija mía—le dijo al oído Quintanar—. + ¡Y por Dios, Anita, que no se te ocurra negarte... sería un + desaire!... + </p> + <p> + La Marquesa de Vegallana y su tertulia, más la del barón de + la Barcaza y Pepe Ronzal cenaron en el gabinete de lectura. Todo fue cosa + de Trabuco. Convídesele, había dicho Mesía y la + vanidad satisfecha le inspirará maravillas. En efecto Ronzal, + abusando de su cargo en la Junta directiva, acaparó lo mejor del + restaurant, tomó por asalto el gabinete de lectura, quitó + periódicos de la mesa y puso manteles, cerró con llave la + puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba cerca + del armario de libros, y allí pudo cenar la flor y nata de la + nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se + encargó desde el primer momento de premiar el celo y la actividad + de Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron + por su energía para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de + la mesa. Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movían. + Obdulia le sentó a su lado. ¡Feliz Ronzal aquella noche! + </p> + <p> + Ana se encontró sentada entre la Marquesa y don Álvaro. + Enfrente don Víctor, un poco alegre, fingía enamorar a + Visitación y recitaba versos de sus poetas adorados y repetía + hasta parecer un martillo: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">¿Qué delito cometí</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">para odiarme, ingrata fiera?</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">quiera Dios... pero no quiera</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">que te quiero más que a mí.</span><br /> + </p> + <p> + —Por Dios y por las once mil... cállese usted, Quintanar—decía + la Marquesa. + </p> + <p> + Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitación: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">En fin, señora, me veo</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">sin mí, sin Dios y sin vos,</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">sin vos porque no os poseo...</span><br /> + </p> + <p> + Y Visitación le tapaba la boca con las manos. + </p> + <p> + —¡Escandaloso, escandaloso! gritaba. + </p> + <p> + Las de la Deuda Flotante sonreían y se miraban como diciéndose:—¡Buena + sociedad la de la Marquesa! + </p> + <p> + El Marqués le decía en tanto al barón: + </p> + <p> + —¡Como estamos en confianza!... + </p> + <p> + —¡Oh, perfectamente, perfectamente! + </p> + <p> + Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristócrata + que estaba sola. + </p> + <p> + Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y «le hacía + el amor por todo lo alto», aunque a su madre no le gustaba, porque + era feo engañar a una prima. + </p> + <p> + Joaquín Orgaz había prometido cantar <i>por lo flamenco</i> + a los postres. + </p> + <p> + La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena champaña; + en fin, como decía el Marqués, primero mar y pimienta, después + fantasía y alcohol. + </p> + <p> + Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá + fuera seguían bailando y tenían que contentarse con los + helados que se servían sobre las mesas de billar. + </p> + <p> + De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera. + </p> + <p> + —¿Quién está ahí?—gritaba Ronzal + con su alabada energía. + </p> + <p> + —Mi abrigo... café con leche... tengo ahí dentro mi + abrigo.... + </p> + <p> + —Ja, ja, ja...—contestaban los de dentro. + </p> + <p> + —¡Está esto que arde!—le decía Joaquín + Orgaz a una niña del barón, que sonreía y miraba al + techo. + </p> + <p> + «Sí ardía aquello, pero sin faltar a las reglas del + buen tono vetustense», decía el Marqués al Barón, + que estaba ya como un tomate y cada vez más cerca de la jamona. + </p> + <p> + La Marquesa tenía sueño, pero así y todo le gustaba + la broma. + </p> + <p> + —Así debiera ser siempre—le decía a Saturnino + que estaba decidido a emborracharse para no desentonar. + </p> + <p> + —Este poblachón se va poniendo lo más soso. ¿Verdad, + pollo? + </p> + <p> + —So... sí... si... mo...—Saturno bebió una copa + de champaña acto continuo. Lo de pollo le había halagado. + </p> + <p> + A la Marquesa se le ocurrió el disparate, tal vez sugerido por las + nieblas del sueño, de mirar muy fijamente a Bermúdez, y + ponerle unos ojos que ella sabía que <i>in illo tempore</i> + mareaban a cualquiera. + </p> + <p> + —¿Por qué no se casa usted?—preguntó doña + Rufina seria y melancólica, al parecer. + </p> + <p> + Bermúdez sostuvo la mirada de la ilustre dama y olvidó por + un momento los cincuenta años de la Marquesa. Suspiró... y + en seguida se le subió la champaña a las narices, tosió, + se puso casi negro, medio asfixiado y la Marquesa tuvo que darle palmadas + en la espalda. + </p> + <p> + Cuando Saturnino volvió en sí, la de Vegallana tenía + los ojos cerrados y sólo los abría de tarde en tarde para + mirar a la Regenta y a Mesía. + </p> + <p> + ¡El idilio senil con que soñó un instante Bermúdez + se había deshecho... y eso que él ya se había + acordado de Ninon de Lenclós para justificar a los ojos del mundo + unas relaciones con doña Rufina! + </p> + <p> + En tanto don Álvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia + que ella había oído ya a Visita, aunque en forma muy + distinta. + </p> + <p> + No había podido la Regenta resistir a la tentación de + preguntarle si se había divertido mucho aquel verano.... + </p> + <p> + Mesía vio el cielo abierto en aquella pregunta. + </p> + <p> + Supo <i>hacerse el interesante</i>, lo cual poco trabajo le costaba tratándose + de Ana, que cada día iba descubriendo en él, aun sin verle, + más encantos diabólicos. + </p> + <p> + El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el café... + el ambiente, todo contribuía a embotar la voluntad, a despertar la + pereza y los instintos de voluptuosidad.... Ana se creía próxima + a una asfixia moral.... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos + aquellos vulgares placeres, en aquella seducción de una cena en un + baile, que para los demás era ya goce gastado.... Sentía + ella más que todos juntos los efectos de aquella atmósfera + envenenada de lascivia romántica y señoril, y ella era la + que tenía allí que luchar contra la tentación. Había + en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza de la piel nueva + para el tacto. Todo le llegaba a las entrañas, todo era nuevo para + ella. En el <i>bouquet</i> del vino, en el sabor del queso Gruyer, y en + las chispas de la champaña, en el reflejo de unos ojos, hasta en el + contraste del pelo negro de Ronzal y su frente pálida y morena... + en todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un + valor íntimo, una expresión amorosa.... + </p> + <p> + —¡Qué colorada está Anita!—le decía + Paco a Visitación por lo bajo. + </p> + <p> + —Claro, de un lado la pone así la proximidad de Álvaro. + </p> + <p> + —¿Y del otro?—Del otro la ponen así... las + majaderías de su esposo que me está dando jaqueca. + </p> + <p> + En efecto, estaba inaguantable don Víctor con sus versos, por + buenos que fueran. + </p> + <p> + Álvaro, en cuanto vio a la Regenta en el salón, sintió + lo que él llamaba la corazonada. <i>Aquella cara</i>, aquella + palidez repentina le dieron a entender que la noche era suya, que había + llegado el momento de arriesgar algo. + </p> + <p> + Nunca había desistido de conquistar aquella plaza. + </p> + <p> + ¡No faltaba más! Pero comprendiendo que mientras reinase en + el corazón de Ana lo que él llamaba el misticismo erótico + (era tan grosero como todo esto al pensar) no podría adelantar un + paso, se había retirado, había levantado el campo hasta + mejor ocasión. Además, esperaba que la ausencia, la + indiferencia fingida y la historia de sus amores con la <i>ministra</i> le + prepararían el terreno. + </p> + <p> + «Por supuesto, concluía, siempre y cuando que la fortaleza no + se haya rendido al caudillo de la iglesia. Si el Magistral es aquí + el amo... entonces no tengo que esperar nada... y además, ya no + vale tanto la victoria». + </p> + <p> + «Sin buscar él la ocasión, se la ofrecía + aquella noche: le habían puesto a la Regenta a su lado... la + corazonada le decía que adelante... pues adelante. Lo primero que + quería averiguar era lo del <i>otro</i>, si el Magistral mandaba + allí». + </p> + <p> + En su narración tuvo que alterar la verdad histórica, porque + a la Regenta no se le podía hablar francamente de amores con una + mujer casada («tan atrasada estaba aquella señora»), + pero vino a dar a entender, como pudo, que él había + despreciado la pasión de una mujer codiciada por muchos... + porque... porque... para el hijo de su madre los amoríos ya no eran + ni siquiera un pasatiempo, desde que el amor le había caído + encima del alma como un castigo. + </p> + <p> + El rostro de la dama al decir Mesía aquello y otras cosas por el + estilo, todas de novela perfumada, le dejó ver al gallo vetustense + que el Magistral no era dueño del corazón de Anita. Pero + como en la anatomía humana nos encontramos con muchos más + órganos que el corazón, Mesía no se dio por + satisfecho porque pensó: «Suponiendo que Ana esté + enamorada de mí, necesito todavía saber si la carne flaca no + me ha buscado un sucedáneo». + </p> + <p> + No, don Álvaro no se hacía ilusiones. A esta modestia + material y grosera le obligaba su filosofía, que cada vez le parecía + más firme. + </p> + <p> + Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces + lo apretaba. No recordaba en qué momento había empezado + aquel contacto; mas cuando puso en él la atención sintió + un miedo parecido al del ataque nervioso más violento, pero + mezclado con un placer material tan intenso, que no lo recordaba igual en + su vida. El miedo, el terror era como el de aquella noche en que vio a Mesía + pasar por la calle de la Traslacerca, junto a la verja del parque; pero el + placer era nuevo, nuevo en absoluto y tan fuerte, que le ataba como con + cadenas de hierro a lo que ella ya estaba juzgando crimen, caída, + perdición. + </p> + <p> + Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía + bonachona, familiar, con una pasión dulce, suave, insinuante.... + Recordó mil incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba + también. Ella no hablaba pero oía. Los pies también + seguían su diálogo; diálogo poético sin duda, + a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la sensación + engrandecía la humildad prosaica del contacto. + </p> + <p> + Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del + roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se presentó + en seguida: se oía a lo lejos la música del salón. + </p> + <p> + —¡A bailar, a bailar!—gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y + Ronzal. + </p> + <p> + Para Trabuco era el paraíso aquel baile que él llamó + clandestino, allí, entre los mejores, lejos del vulgo de la clase + media.... + </p> + <p> + Se entreabrió la puerta para oír mejor la música, se + separó la mesa hacia un rincón, y apretándose unas a + otras las parejas, sin poder moverse del sitio que tomaban, se empezó + aquel baile improvisado. + </p> + <p> + Don Víctor gritó:—Ana ¡a bailar! Álvaro, + cójala usted.... + </p> + <p> + No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro + ofreció el brazo a la Regenta que buscó valor para negarse y + no lo encontró. + </p> + <p> + Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en + el aire, como en un rapto; sintió que aquel cuerpo macizo, + ardiente, de curvas dulces, temblaba en sus brazos. + </p> + <p> + Ana callaba, no veía, no oía, no hacía más que + sentir un placer que parecía fuego; aquel gozo intenso, + irresistible, la espantaba; se dejaba llevar como cuerpo muerto, como en + una catástrofe; se le figuraba que dentro de ella se había + roto algo, la virtud, la fe, la vergüenza; estaba perdida, pensaba + vagamente.... + </p> + <p> + El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro + de belleza material que tenía en los brazos, pensaba.... «¡Es + mía! ¡ese Magistral debe de ser un cobarde! Es mía.... + Este es el primer abrazo de que ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay + sí, era un abrazo disimulado, hipócrita, diplomático, + pero un abrazo para Anita! + </p> + <p> + —¡Qué sosos van Álvaro y Ana!—decía + Obdulia a Ronzal, su pareja. + </p> + <p> + En aquel instante Mesía notó que la cabeza de Ana caía + sobre la limpia y tersa pechera que envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen + mozo, miró a la Regenta inclinando el rostro y vio que estaba + desmayada. Tenía dos lágrimas en las mejillas pálidas, + otras dos habían caído sobre la tela almidonada de la + pechera. Alarma general. Se suspende el baile clandestino, don Víctor + se aturde, ruega a su esposa que vuelva en sí... se busca agua, + esencias... llega Somoza, pulsa a la dama, pide... un coche. Y se acuerda + que Visita y Quintanar lleven a aquella señora a su casa, bien + tapada, en la berlina de la Marquesa. Y así fue. En cuanto Ana + volvió en sí, pidiendo mil perdones por haber turbado la + fiesta, don Víctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llenó + el cuerpo de pieles, la embozó, se despidió de la amable + compañía y con la del Banco se llevó a la Regenta a + la cama. + </p> + <p> + «¡El humo! ¡el calor, la falta de costumbre, la polka + después de cenar, las luces!... Cualquier cosa, en fin, aquello no + valía nada. Podía continuar la fiesta». Y continuó. + Los del salón se habían enterado: «A la Regenta le había + dado el ataque». «La habían hecho bailar a la fuerza». + Pero pronto se olvidó el incidente, para comentar la conducta de + aquellas señoras y caballeros que se encerraban en el gabinete de + lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos.... + </p> + <p> + A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesía con un + apretón de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclamó: + </p> + <p> + —¡Bravo! ¡Al fin! ¿Eh? + </p> + <p> + Mesía tardó en contestar; se abrochó su gabán + entallado de color de ceniza, hasta el cuello; se apretó a la + garganta un pañuelo de seda blanco, y al cabo dijo: + </p> + <p> + —Ps.... Veremos. Llegó a su casa, la fonda; llamó al + sereno que tardó en venir; pero en vez de reñirle como solía, + le dio dos palmadas en el hombro y una propina en plata. + </p> + <p> + —¡Qué contento viene el señorito!... ¿Del + baile, eh? + </p> + <p> + —Señor Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una + percha una prenda de abrigo interior, de franela, murmuró a media + voz don Álvaro, como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba + mano: + </p> + <p> + —¡Lástima que la campaña me coja un poco + viejo!... + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXVmdash" id="XXVmdash"></a>—XXV— + </h2> + <p> + Al día siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasión, + refería en la catedral todo lo que había sucedido en el + baile. «La aristocracia se había encerrado en un gabinete, en + el gabinete de lectura, para cenar y bailar, y doña Ana Ozores, la + mismísima Regenta que viste y calza, se había desmayado en + brazos del señor don Álvaro Mesía». + </p> + <p> + El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba + noticias de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un + recluta; era la primera vez que el puñal de Glocester, aquella + lengua, le llegaba al corazón. Pálido, temblorosa la barba + hasta que la sujetó mordiendo el labio inferior, don Fermín + miró a su enemigo con asombro y con una expresión de dolor + que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano. Aquella + mirada quería decir «venciste, ahora sí, ahora me ha + llegado a las entrañas el veneno». De Pas estaba pensando que + los miserables, por viles, débiles y necios que parezcan, tienen en + su maldad una grandeza formidable. «¡Aquel sapo, aquel pedazo + de sotana podrida, sabía dar aquellas puñaladas!». + Después don Fermín se acordó de su madre; su madre no + le había hecho nunca traición, su madre era suya, era la + misma carne; Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extraño que + se le había atravesado en el corazón.... + </p> + <p> + Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el más + hondo, el más frío y sin consuelo que recordaba en su vida, + salió De Pas de la sacristía, y anduvo por las naves de la + catedral vacilante, sin saber encontrar la puerta. Ignoraba a dónde + quería ir, le faltaba en absoluto la voluntad... y al notar que + algunos fieles le observaban, se dejó caer de rodillas delante del + altar de una capilla. Allí estuvo meditando lo que haría. + ¿Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano. Pero su + soledad le horrorizaba... tenía miedo del aire libre, quería + un refugio, todo era enemigo. «Su madre, su madre del alma». + Salió del templo, corrió, entró en su casa. Doña + Paula barría el comedor; un pañuelo de percal negro le ceñía + la cabeza sobre la plata del pelo espeso y duro, como un turbante. + </p> + <p> + —¿Vienes del coro?—Sí, señora. Doña + Paula siguió barriendo. + </p> + <p> + Don Fermín daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su + madre. «Allí estaba el consuelo único posible, allí + el regazo en que llorar... allí la única compasión + verdadera, allí el único contagio posible de la pena; aquel + veneno que a él le mataba sólo sería veneno, saliendo + de él para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la + garganta con angustias de muerte.... Y no podía, no podía + hablar.... Era una crueldad de su madre no adivinar los tormentos del + hijo. Doña Paula le miraba como los demás, como la gente con + que había tropezado en la calle, sin conocer que moría + desesperado. ¡Y no podía él hablar!». + </p> + <p> + —¿Qué tienes, hombre? ¿qué haces aquí? + te estoy llenando de polvo la ropa nueva.... + </p> + <p> + Don Fermín salió del comedor. Entró en el despacho. + Teresina hacía la cama del señorito. No le oyó entrar + porque cantaba y la hoja del jergón sacudida le llenaba de estrépito + los oídos. El señorito como huyendo, salió del + despacho también. Salió de casa. Llegó a la de doña + Petronila Rianzares. «La señora estaba en misa». Esperó + paseando por la sala, con las manos a la espalda unas veces, otras + cruzadas sobre el vientre. El gato pulcro y rollizo entró y saludó + a su amigo con un conato de quejido. Y se le enredó en los pies, + haciendo eses con el cuerpo. «Parecía que el gato sabía + ya algo de aquella traición». El sofá donde solía + sentarse Ana llamó al Magistral con la voz de los recuerdos. En un + extremo del asiento había un muelle algo flojo, la tela estaba + arrugada; allí se sentaba ella. De Pas se sentó en la butaca + al lado de aquella tela floja. Cerró los ojos, y una pereza de + vivir que parecía sueño o sopor le embargó el + ánimo. Quería detener el tiempo. Ya deseaba que tardase en + volver doña Petronila: le asustaba la actividad, tenía miedo + de cualquier resolución; todo sería peor. La muerte ya + estaba en el alma. Los recuerdos lejanos bullían en el cerebro, + como preparándose a bailar la danza macabra del delirio de la agonía. + Sintió el olor de una rosa muy grande que Ana oprimía contra + los labios de su buen amigo, de su hermano mayor; la música de las + palabras se mezclaba con el aroma de la flor en mística composición.... + «Ay, sí, amor, y buen amor era todo aquello.... Era <i>un + enamorado</i>; el amor no era todo lascivia, era también aquella + pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor dulce y + amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave. Deber... + sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a hueco: + parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, + le habían pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto + no lo habían inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el + que le daba aquella enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley + suprema de justicia. Ella, ella misma lo había jurado; no se sabía + para qué era suya, pero lo era...». El Magistral se puso en + pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de sentir él como un + bofetón; podían estar conspirando los otros con el tiempo y + contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas.... «¡Infame, + infame! y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la + capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... sí + a deshonrar... él era allí el dueño, el esposo, el + esposo espiritual... don Víctor no era más que un idiota + incapaz de mirar por el honor propio, ni por el ajeno... ¡aquello + era la mujer!». + </p> + <p> + Salió al pasillo y gritó: + </p> + <p> + —¿Vino doña Petronila? + </p> + <p> + —Ahora llama, contestaron. Entró la de Rianzares. Don Fermín + le cortó el saludo en la boca. + </p> + <p> + —Ahora mismo hay que llamarla—dijo. + </p> + <p> + —¿A quién... a Ana?—Sí, ahora mismo. Don + Fermín volvió a sus paseos. No quería conversación. + La de Rianzares, sierva de aquel hombre, calló y entró en el + gabinete. + </p> + <p> + Pasó media hora. Sonó la campanilla de la puerta. Ana vio al + gran Constantino que abría. + </p> + <p> + —¿Qué pasa?—Don Fermín... ahí en + la sala.... + </p> + <p> + —¡Ah!... me alegro. Entró la Regenta y doña + Petronila se fue hacia la cocina, al otro extremo de la casa. «Si + llaman, que no estoy», dijo a la criada. Y pasó al oratorio + que tenía cerca de su alcoba. + </p> + <p> + De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía + fuego misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las + conferencias íntimas, espirituales; una aureola de una gloria + desconocida para él parecía rodear a aquella mujer que + encerraba en el breve espacio de un contorno adorado todo lo que valía + algo en la vida, el mundo entero, infinito, de la pasión única. + </p> + <p> + —¿Qué es esto?—dijo, ronco de repente, don Fermín, + plantado, como con raíces, en medio de la sala. + </p> + <p> + —Lo que yo quería, que nos viéramos en seguida. Yo + estoy loca, esta noche creí que me moría... ayer... hoy... + no sé cuándo.... Estoy loca.... + </p> + <p> + Se ahogaba al hablar. De Pas sintió una lástima que le + pareció vergonzosa. + </p> + <p> + —Ya lo sé todo; no necesito historias.... + </p> + <p> + —¿Qué es todo?—Lo de ayer... lo de hoy.... El + baile, la cena; ¿qué es esto, Ana, qué es esto?... + </p> + <p> + —¡Qué baile! ¡qué cena! no es eso.... Me + emborracharon... qué sé yo... pero no es eso.... Es que + tengo miedo... aquí, Fermín, aquí, en la cabeza.... + ¡Tener lástima de mí! ¡Que tenga alguno lástima + de mí! Yo no tengo madre.... Yo estoy sola... + </p> + <p> + «Era verdad, no tenía madre como él, estaba más + sola que él». Entonces el amor de don Fermín sintió + la lástima inefable que sólo el amor puede sentir; se acercó + a la Regenta, le tomó las manos. + </p> + <p> + —A ver, a ver, ¿qué ha sido? a mí me han + dicho... pero qué ha sido... a ver...—decía la voz trémula + y congojosa del Magistral. + </p> + <p> + Ana, entre sollozos, refirió lo que podía referir de sus + angustias, de sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre. + «Después que se vio en su lecho, mil espantosas imágenes + la asaltaron entre los recuerdos confusos del baile.... Creyó que + volvía a caer de repente en aquellos pozos negros del delirio en + que se sentía sumergida en las noches lúgubres de su + enfermedad.... Después la idea del mal que había hecho la + había horrorizado...». Y Ana se interrumpía al ver al + Magistral quedarse lívido, y como rectificando añadía, + «el mal... es decir... el no haber sido bastante buena...». La + enfermedad había sido una lección, una lección + olvidada, y aquella mañana, al sentir en el lecho la misma + flaqueza, aquel desgajarse de las entrañas, que parecían + pulverizarse allá dentro, aquel desvanecerse la vida en el + delirio... la conciencia había visto, como a la luz de un fogonazo, + horrores de vergüenza, de castigo, el espejo de la propia miseria, el + reflejo del cieno triste que se lleva en el alma... y después... la + locura, sin duda la locura... un dudar de todo espantoso, repentino, + obstinado, doloroso. Dios, el mismo Dios ya no era para ella más + que una idea fija, una manía, algo que se movía en su + cerebro royéndolo, como un sonido de tic-tac, como el del insecto + que late en las paredes y se llama el <i>reloj de la muerte</i>. + </p> + <p> + —Oh sí, estuve loca—seguía Anita espantada todavía—estuve + loca una hora... ¿qué hora? un siglo.... Ya no pedía + más que salud, reposo... la conciencia clara de mí misma.... + Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido... yo... todo, todos desaparecíamos. + ¡Todo era polvo allá dentro! + </p> + <p> + Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una + imagen confusa del recuerdo formidable.... + </p> + <p> + De Pas callaba. También él tuvo un momento la sensación + fría del terror. La locura pasó por su imaginación + como un mareo. + </p> + <p> + «¡Si se le volviera loca!». Una ola de púrpura + inundó el rostro del clérigo. Primero había visto + desvanecerse dentro de aquella cabeza de gracia musical lo que él + amaba debajo de aquella hermosura, el alma de la Regenta, su pensamiento; + después pensó en aquella hermosura exterior incólume, + en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo, solo + él con un cuerpo adorado.... + </p> + <p> + —¡Salvarme, quiero salvarme!—gritó Ana de repente + volviendo a la realidad—... quiero volver a nuestro verano, al + verano dulce, tranquilo... sí, tranquilo al cabo; a nuestro hablar + sin fin de Dios, del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... sí, + quiero que mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su + vida no se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermín, + esto es confesar... aquí... no importa el lugar; donde quiera... sí, + confesar.... + </p> + <p> + —Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo también + padezco, yo también creí morirme, aquí mismo... + sentado ahí... donde otras veces hablábamos del cielo... y + de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso también; yo también + necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora.... Sí, creí + que moría.... + </p> + <p> + —¿Por mí, por culpa mía, verdad? ¿Morir + por ser yo traidora, si mentía, si me manchaba?... + </p> + <p> + —Sí, sí... hay que decirlo todo... pronto.... + </p> + <p> + —No, no.—Sí... sí...—No... si no digo + eso... si lo diré todo... pero ¿qué es todo? Nada.... + Si... yo no fuí... si me llevaron a la fuerza... no, eso no. No sé + cómo; no sé por qué cedí. Y allí... hay + una mujer muy mala.... + </p> + <p> + —No, no acusemos a los demás.... Los hechos, quiero los + hechos. Yo los diré; los sé yo. + </p> + <p> + —¿Pero qué?—Ese hombre, Mesía; Ana... + ¿qué pasó con ese hombre?... + </p> + <p> + Ana recogió sus fuerzas, atendió a la realidad, a lo que le + preguntaban, con intensidad, luchando con el confesor, batiéndose + por su interés que era ocultar lo más hondo de su + pensamiento. «Al fin aquello no era el confesonario; además, + era caridad mentir, callar a lo menos lo peor». + </p> + <p> + —Yo no le amo—fue lo primero que pudo decir después que + consiguió dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en + defender su secreto. + </p> + <p> + —Pero anoche... hoy... no sé a qué hora... ¿qué + hubo? + </p> + <p> + —Bailé con él.... Fue Quintanar... lo mandó + Quintanar.... + </p> + <p> + —¡Disculpas no, Ana! eso no es confesar. + </p> + <p> + Ana miró en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. + Este sofisma de hipócrita era en ella candoroso. Estaba segura de + que un <i>deber superior</i> la mandaba mentir. «¿Decirle al + Magistral que ella estaba enamorada de Mesía? ¡Primero a su + marido!». + </p> + <p> + —Bailé con él porque quiso mi marido.... Me hicieron + beber... me sentí mal... estaba mareada... me desmayé... y + me llevaron a casa. + </p> + <p> + —¿El desmayo fue... en los brazos de ese hombre? + </p> + <p> + —¡En brazos!... ¡Fermín! + </p> + <p> + —Bien, bien.... Así... lo oí yo.... ¡Oigámoslo + todos! Quiere decirse... bailando con él.... + </p> + <p> + —Yo no recuerdo... tal vez...—¡Infame!...—¡Fermín... + por Dios, Fermín! + </p> + <p> + Ana dio un paso atrás.—Silencio... no hay que gritar... no + hay que hacer aspavientos... yo no como a nadie... ¿a qué + ese miedo?... ¿Doy yo espanto, verdad?... ¿Por qué? + yo... ¿qué puedo? yo ¿quién soy? yo... + ¿qué mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no + creía en Dios.... + </p> + <p> + —¡En mi Dios! Fermín, caridad.... + </p> + <p> + —Sí, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios... + no soy nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se + acabó... Estoy en ridículo, Vetusta entera se ríe de + mí a carcajadas.... Mesía me desprecia, me escupirá + en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un pobre diablo. ¡Oh, + pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque estoy preso!... + </p> + <p> + El Magistral se sacudió dentro de la sotana, como entre cadenas, y + descargó un puñetazo de Hércules sobre el testero del + sofá. + </p> + <p> + Después procuró recobrar la razón, se pasó las + manos por la frente; requirió el manteo; buscó el sombrero + de teja, se obstinó en callar, buscó a tientas la puerta y + salió sin volver la cabeza. + </p> + <p> + Creyó que Ana le seguiría, le llamaría, lloraría.... + Pero pronto se sintió abandonado. Llegó al portal. Se + detuvo, escuchó... Nada, no le llamaban. Desde la calle miró + a los balcones. Ninguno se abría. «No le seguían ni + con los ojos. Aquella mujer se quedaba allí. Todo era verdad. + </p> + <p> + Le engañaba; era una mujer. ¡Pero cuál! ¡la + suya! ¡la de su alma! ¡Sí, sí, de su alma! Para + eso la había querido. Pero las mujeres no entendían esto.... + La más pura quería otra cosa». Y pasaban por su + memoria mil horrores. La carnaza amontonada de muchos años de + confesonario. La conciencia le recordó a Teresina. A Teresina pálida + y sonriente que decía, dentro del cerebro: «¿Y tú...?». + «Él era hombre»; se contestaba. Y apretaba el paso. + «Yo la quería para mi alma...». «Y su cuerpo + también querías, decía la Teresina del cerebro, el + cuerpo también... acuérdate». «Sí, sí... + pero... esperaba... esperaría hasta morir... antes que perderla. + Porque la quería entera.... Es mi mujer... la mujer de mis entrañas.... + ¡Y quedaba allá atrás, ya lejos, perdida para + siempre!...». + </p> + <p> + Ana, inmóvil, había visto salir al Magistral sin valor para + detenerle, sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras había + sonado dentro de ella, cerca de los oídos. «¡Aquel señor + canónigo estaba enamorado de ella!». «Sí, + enamorado como un hombre, no con el amor místico, ideal, seráfico + que ella se había figurado. Tenía celos, moría de + celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre que + debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... ¡La + amaba un canónigo!». Ana se estremeció como al + contacto de un cuerpo viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la + hizo sonreír a ella misma con amargura que llegó hasta la + boca desde las entrañas.—Su padre, don Carlos el libre + pensador, se le apareció de repente, en mangas de camisa, + disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y varios + amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de oírlas, + frases de su padre y de aquellos señores: «el clero corrompía + las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato + eclesiástico era una careta». Todo esto que había oído + sin entenderlo volvía a su memoria con sentido claro, preciso, y + como otras tantas lecciones de la experiencia.... ¡Querían + corromperla! Aquella casa... aquel silencio... aquella doña + Petronila.... Ana sintió asco, vergüenza y corrió a + buscar la puerta. Salió sin despedirse. Llegó a su casa. Don + Víctor atronaba el mundo a martillazos. Construía un puente + modelo que pensaba presentar en la exposición de San Mateo. Ya no + forraba el martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el + estrépito era horrísono.—«Allí era + él el amo, prueba de ello que su mujer había ido al baile: + se había acabado el Paraguay, no más misticismo; una + prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y sobra. Por lo demás, + actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha caza, y mucho + martillazo. ¡Zas, zas, zas, pum! ¡Viva la vida!». Así + pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y + clava que te clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso + bajo, con puerta al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar + arrancando chispas de los abalorios y cinta dorada de las babuchas + semi-turcas. El carpintero silbaba, el tordo, el mejor tordo de la + provincia, que Quintanar llevaba de habitación en habitación, + silbaba también colgada de un alambre su jaula. Ana contempló + en silencio a su marido.—«¡Era su padre! ¡Le quería + como a su padre! Hasta se parecía un poco a don Carlos. Aquel sol + de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a la + actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos, + aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que servía + de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba». «¡Aquella + era su casa, allí era ella la reina, aquella paz era suya!». + Al dejar el martillo para coger la sierra don Víctor vio a su + mujer. + </p> + <p> + Se sonrieron en silencio. «El sol rejuvenecía a Quintanar. + Además era un gran carpintero. Sus inventos podían ser más + o menos fantásticos, su mecánica idealista, pero hacía + de una tabla lo que quería. ¡Y qué limpieza!». + </p> + <p> + Ana alabó el arte de su marido. + </p> + <p> + Él se animó: se puso colorado de satisfacción y le + prometió un costurero para la semana siguiente. «Todo, todo, + obra de mis manos». + </p> + <p> + La Regenta olvidó un momento el desencanto de aquella mañana. + Cuando volvió a su memoria se encontró con que no era don + Fermín un malvado, sino un desgraciado, pero de todas suertes le + parecía absurdo enamorarse siendo canónigo. En todas las + combinaciones del amor romántico había dado la imaginación + de Ana muchas veces, menos en aquélla. «Se concebía el + amor sacrílego de un sacerdote de ópera, ¡pero el de + un prebendado con alzacuello morado!». Además la honradez + protestaba también con su repugnancia instintiva. «Pero De + Pas era digno de compasión. Doña Petronila era la que no tenía + perdón. Oh, si alguna vez volvía ella a hablar con el + Magistral, como era probable, porque al fin debían mediar + explicaciones, no sería ciertamente en casa de aquella vieja. + ¿Qué se había propuesto aquella señora? + ¿Qué estaría pensando de ella, de Ana?». + </p> + <p> + Cuando volvió de la calle don Víctor muy contento, cantando + trozos de zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la súplica + de la Marquesa que los había convidado a tomar café, después + de almorzar, para ir juntos a paseo... a ver las máscaras. + </p> + <p> + —¡Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval.... + No quiero más fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo daño + el baile... no quiero más... no quiero más.... ¿No te + obedecí ayer...? Basta por Dios, basta. + </p> + <p> + —Bueno, hija, bueno... no insisto. Y calló don Víctor, + perdiendo parte de su alegría. No se atrevió a hacer uso de + aquella energía que Dios le había dado. «No había + para qué estirar demasiado la cuerda». + </p> + <p> + Pero él, por supuesto, fue a tomar café y a paseo. + </p> + <p> + Ana se quedó sola. Desde el balcón abierto de su tocador se + oía la música lejana del Paseo Grande donde se celebraba el + carnaval. Aquella música confusa, que parecía ráfagas + intermitentes, le llenó el alma de tristeza. Pensó en Mesía, + el tentador, y pensó en el Magistral enamorado, celoso... + indefenso. Ahora la compasión era infinita.... Al fin había + sido quien había abierto su alma a la luz de la religión, de + la virtud.... Ana pensó en la fe quebrantada, agrietada, como si la + hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado unidos + en su espíritu para que el desengaño no lastimara las + creencias. Además, ella siempre había amado más que + creído. Don Fermín había procurado asegurar en ella + el temor de Dios y de la Iglesia, la espiritualidad vaga y soñadora.... + Pero de los dogmas había hablado poco. Ana estaba sintiendo que la + fantasía había tenido en su piedad más influencia de + la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya estaban lejos los + días del misticismo supuesto, de la contemplación.... + Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la + tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura + idealidad.... Pero con la salud había vencido la piedad activa, + irreflexiva; el Magistral había eclipsado a la santa, se había + hablado más de aquella dulce hermandad en la virtud que de Dios + mismo.... Ahora comprendía muchas cosas. Don Fermín la quería + para sí... + </p> + <p> + «Todo aquello era una preparación. ¿Para qué?». + </p> + <p> + «Oh, Mesía era más noble, luchaba sin visera, + mostrando el pecho, anunciando el golpe.... No había abusado de su + amistad con don Víctor, no había insistido. ¡Pero los + dos la amaban!». La tristeza de Ana encontraba en este pensamiento + un consuelo dulce sino intenso. «Ella no podría ser de + ninguno; del Magistral no podía ni quería.... Le debía + eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. + Daba asco. Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los + treinta años... ¡y a un clérigo!... La vergüenza + y algo de cólera encendían el rostro de Ana. ¡Pero ese + hombre esperaría que yo... en mi vida!...». + </p> + <p> + Como aquella tarde pasó muchos días la Regenta. Las mismas + ideas cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado. + </p> + <p> + Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía + de ella avergonzada, avergonzada también de que no fuera un + remordimiento punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto + de don Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo como un sueño; + no se creía responsable, claramente responsable de lo que había + sucedido aquella noche. La habían emborrachado con palabras, con + luz, con vanidad, con ruido... con champaña.... Pero ahora sería + una miserable si consentía a don Álvaro insistir en sus + provocaciones. No quería venderse al sofisma de la tentación + que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es canónigo; + si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira, + gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín + le quiero con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede + vencer como yo no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis + sentidos; pero de no amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. + Sí, bien segura. Debo huir del Magistral, sí, pero más + de don Álvaro. Su pasión es ilegítima también, + aunque no repugnante y sacrílega como la del otro.... ¡Huiré + de los dos!». + </p> + <p> + No había más refugio que el hogar. Don Víctor con su + Frígilis y todos los cacharros del museo de manías, don Víctor + con el teatro español a cuestas. + </p> + <p> + «Pero la casa tenía también su poesía». + Ana se esforzó en encontrársela. ¡Si tuviera hijos le + darían tanto que hacer! ¡Qué delicia! Pero no los había. + No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana comenzó + a trabajar en casa con afán... a cuidar a don Víctor con + esmero.... A los ocho días comprendió que aquello era una + hipocresía mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas + en poco tiempo. ¿Por qué fingirse a sí misma + satisfecha con una actividad insuficiente, insignificante, que no distraía + el pensamiento ni media hora? Don Víctor agradecía en el + alma aquella solicitud doméstica, pero en lo que tocaba a él + hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta allí. Nadie le + cosía un botón a su gusto más que él mismo; + limpiarle el despacho era martirizarle a él, a don Víctor; + la cama era inútil hacérsela con esmero porque de todas + maneras había de descomponerla él, sacudir las almohadas y + poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvió a dejar los + quehaceres domésticos en la antigua marcha, don Víctor se lo + agradeció en el alma también y respiro a sus anchas. «Aquellas + injerencias de su querida esposa eran dignas de eterno agradecimiento... + pero molestas para él. Más sabe el loco en su casa...» + Don Álvaro no se apresuraba. «Esta vez estaba seguro». + Pero no quería <i>brusquer</i>—según pensaba él + en francés—un ataque. «La teoría del <i>cuarto + de hora</i> era una teoría incompleta». Algo había de + eso, pero en ciertos casos los cuartos de hora de una mujer sólo + los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que pasara la Cuaresma. Al + fin se trataba de una beata que ayunaría y comería de + vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofrecía la mejor ocasión. + El mundo, después de resucitar Nuestro Señor Jesucristo, + parece más alegre, más lícitos sus placeres; la + primavera, ya adelantada, ayuda... las fiestas, a que él haría + que don Víctor llevase a su mujer, serían aguijones del + deseo. «¡Oh!... sí, en la Pascua nos veríamos». + </p> + <p> + «Además, quería él prepararse para la campaña. + Estaba debilucho. Aquel verano en Palomares había hecho una especie + de bancarrota de salud. La señora ministra había amado + mucho. Estas exageraciones de las mujeres vencidas siempre estaban en razón + directa del cuadrado de las distancias. Es decir, que cuanto más + lejos estaba una mujer del vicio, más exagerada era cuando llegaba + a caer. La Regenta, si caía iba a ser exageradísima». + Y se preparaba Mesía. Leyó libros de higiene, hizo gimnasia + de salón, paseó mucho a caballo. Y se negó a acompañar + a Paco Vegallana en sus aventurillas fáciles y pagaderas a la + vista. «El diablo harto de carne...» le decía Paco. Y + don Álvaro sonreía y se acostaba temprano. Madrugaba. El + Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y cánticos al amanecer. + Los pájaros, saltando de rama en rama preparaban los nidos para los + huevos de Abril; se diría que eran tapiceros de la enramada que + adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de la primavera. + Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano calentaba y picaba + el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en Vetusta, era una burla + de la naturaleza; después volvía el invierno, como en sus + mejores días, con fríos, escarchas y lluvia, lluvia + interminable. Pero don Álvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y + calor, que no por efímero le agradaba menos; no era él de + los que medían la felicidad por la duración; es más, + no creía en la felicidad, concepto metafísico según + él, creía en el placer que no se mide por el tiempo. Una mañana, + en el salón principal del Paseo Grande, solitario a tales horas + porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don Álvaro + allá lejos la silueta de un clérigo. Era alto, sus + movimientos señoriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo; + tenían que encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo + lado. Se saludaron sin hablar. Don Álvaro tuvo un poco de miedo, de + aprensión de miedo. «Si este hombre, pensó, enamorado + de la Regenta, desairado por ella, se volviera loco de repente al verme, + creyéndome su rival y se echara sobre mí a puñetazo + limpio aquí, a solas...». Mesía recordaba la escena + del columpio en la huerta de Vegallana. + </p> + <p> + El Magistral pensó por su parte al ver a don Álvaro: «¡Si + yo me arrojara sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder, + le arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entrañas!...». + Y tuvo miedo de sí mismo. Había leído que en las + personas nerviosas, imágenes y aprensiones de este género + provocan los actos correspondientes. Se acordó de cierto asesino de + los cuentos de Edgar Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Saludó + como diciendo con los ojos: «¡Toma! ahí tienes esa + bofetada». Pero el saludo y la mirada de Mesía quisieron + decir: «Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de eso que usted me + quiere decir». + </p> + <p> + Y siguieron cada cual por su lado, pero a la mañana siguiente no + volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban allí contrario + objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas inútiles; + Mesía para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen + mucha falta dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por + sitios extraviados. Temían otro encuentro. + </p> + <p> + Pero pronto tuvieron que quedarse en casa. + </p> + <p> + Como era de esperar, el invierno volvió con todos sus rigores, riéndose + a carcajadas de los incautos que se creían en plena primavera. Los + pájaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los árboles + floridos padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas + damiselas que en día de campo, vestidas con percales alegres, + adornos vistosos y delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un + chubasco, al aire libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las + florecillas blancas y rosadas de los frutales caían muertas sobre + el fango: el granizo las despedazaba; todo volvía atrás; + aquel ensayo de primavera temprana había salido mal; vuelta a + empezar, cada mochuelo a su olivo. + </p> + <p> + Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entregó con + reduplicado fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros habían + pasado también por allí como una granizada; las flores de + amor y alegría que sembrara el carnaval las destruyeron a + penitencia limpia el Padre Maroto, un artillero retirado que predicaba a + cañonazos y sacaba el Cristo, y el Padre Goberna, un melifluo padre + francés que pronunciaba el castellano con la garganta y las narices + y hablaba de <i>Gomogga</i> y citaba las grandezas de Nínive y de + Babilonia, ya perdidas, al cabo de los años mil, como prueba de la + pequeñez de las cosas humanas. Ello era que Vetusta estaba metida + en un puño. Entre el agua y los jesuitas la tenían triste, + aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza, parda, disuelta + en charcos y lodazales, más que a pensar en la brevedad de la + existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo parecía + que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus contornos, más + que un sueño efímero, parecía una pesadilla larga, + llena de imágenes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que sabía + dar <i>color local</i> a sus oraciones, no decía en Vetusta que no + somos más que un poco de polvo, sino un poco de barro. ¿Polvo + en Vetusta? Dios lo diera. + </p> + <p> + El mal tiempo se llevó la resignación tranquila, perezosa de + Anita Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas + aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que le + pinchaban el alma. ¡Y ahora no tenía al Magistral para + ayudarla! + </p> + <p> + Cada día se sentía más sola, más abandonada y + ya empezaba a pensar que había sido injusta con el Provisor + pensando de él tan mal y dejándole huir desesperado con + aquellas sospechas que llevaba clavadas en el corazón como un dardo + envenenado. «¿Por qué ella no había sentido más + aquel desengaño, aquella profanación de una amistad pura, + desinteresada, ideal?—Tal vez porque el ser amada, fuera por quien + fuera, no podía saberle mal aunque ella tuviese que desdeñar + y hasta vituperar aquel amor. Tal vez porque sabía que el remedio + de aquella separación estaba en sus manos. ¿No podía + ella, el día tal vez próximo, en que necesitara consuelo + espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a don Fermín, + de que ella no era lo que él se figuraba?». Y acaso debía + hacerlo cuanto antes. «¿Por qué había de estar + pensando De Pas lo que no había? Sí, había que + decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no había; don + Álvaro no había conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto + era lo cierto». + </p> + <p> + Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el espíritu + por sí misma. Sentía la fe vacilante, los sofismas vulgares + de don Carlos—el libre-pensador—venían a atormentarla a + cada instante. Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a + dudar de la iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corría a la + iglesia. Saltando charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en + parroquia, de novena en novena, y pasaba también mucho tiempo en la + nave fría de algún templo a la hora en que los fieles solían + dejarlos desiertos. Se sentaba en un banco y meditaba. Sonaba y resonaba + en la bóveda la tos de un viejo que rezaba en una capilla + escondida; los pasos de un monaguillo irreverente retumbaban sobre la + tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio llegaba a los oídos + un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana pedía a la soledad y + al silencio perezoso de la iglesia, algo como una inspiración, o + como un perfume de piedad que creía ella debía desprenderse + de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz blanca del día + ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como gastados por el roce + de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas imágenes a la luz + del día recordaban vagamente las decoraciones de un teatro vistas + al sol y a los cómicos en la calle sin los esplendores del gas de + las baterías. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba allí la + fe que se desmoronaba. «¿Por qué se desmoronaba? + ¿Qué tenía que ver la Iglesia con el Magistral? + ¿No podía aquel señor haberse enamorado de ella... y + ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que sí. + Pero rezaba para creer. Oh, malo sería que el Magistral no saliese + inocente de aquella prueba.... Si él, si el hermano mayor no era más + que un hipócrita... había que dar la razón en muchas + cosas a don Carlos, al que después de todo era su padre. ¡Sí, + sí, era su padre, aquel padre que había llorado ella con lágrimas + del corazón, el que decía que la religión es un + homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no podemos imaginar + como es, y que no es como dicen las religiones positivas, sino mucho + mejor, mucho más grande!... ¡Era su padre quien decía + todas estas herejías!». Y rezaba, rezaba porque el meditar ya + no servía para nada bueno.—Y una voz interior severa y algo + pedantesca gritaba después de todo aquello: «Pero entendámonos, + aunque don Carlos tuviera razón, aunque Dios sea más grande, + más bueno que todo lo que pudieran decir y pensar los libros de los + hombres, no por eso perdona los pecados de que la conciencia acusa a + todos. Don Álvaro estará prohibido, sea Dios como sea. El + mal es el mal de todas suertes. Eso sí, se decía la Regenta, + que encontraba consuelo en esta resolución; aunque la fe caiga, yo + seguiré combatiendo esta pasión de mis sentidos, que seguirá + siendo mala...». + </p> + <p> + Empezó a notar que el templo solitario no excitaba su devoción; + aquellas paredes frías, aquella especie de descanso de los santos a + las horas en que cesa la adoración, le recordaban por extrañas + analogías que establecía el cerebro, enfermo acaso, le + recordaban la fatiga de los reyes, la fatiga de los monstruos de ferias, + la fatiga de cómicos, políticos, y cuantos seres tienen por + destino darse en público espectáculo a la admiración + material y boquiabierta de la necia multitud.... La iglesia sin culto + activo, la iglesia descansando, llegó a parecerle a ella también + algo como un teatro de día. El sacristán y el acólito + subiendo al retablo, hombreándose con la imagen de madera, + colocando los cirios con simetría, consultando las leyes de la + perspectiva, le parecían al cabo cómplices de no sabía + qué engaño.... Además de todas estas aprensiones sacrílegas, + tentación malsana del espíritu enfermo, causa de tanta + lucha, sentía el tormento de la distracción; las oraciones + comenzaban y no concluían; el estribillo de tal o cual piadosa + leyenda llegaba a darle náuseas; la soledad se poblaba de mil imágenes, + diablillos de la distracción; el silencio era enjambre de ruidos + interiores. Todo esto le obligó a dejar el templo solitario. Volvió + a las horas del culto. Conocía que en la nueva piedad que buscaba + debían tomar parte importante los sentidos. Buscó el olor + del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de + la oración común, el susurro del <i>ora pro nobis</i> de las + <i>masas católicas</i>, la fuerza misteriosa de la oración + colectiva, la parsimonia sistemática del ceremonial, la gravedad + del sacerdote en funciones, la misteriosa vaguedad del cántico + sagrado que, bajando del coro nada más, parece descender de las + nubes; las melodías del órgano que hacían recordar en + un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la piedad + antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de esperanza mística. + </p> + <p> + La novena de los Dolores tuvo aquel año en Vetusta una importancia + excepcional, si se ha de creer lo que decía <i>El Lábaro</i>. + </p> + <p> + Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adornó + como nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa habían dejado + los PP. Goberna y Maroto. No se podía, como en la novena de la + Concepción, colgar el templo de azul y plata, ni colocar un + templete de cartón delante del retablo del altar mayor imitando + capilla gótica de marquetería; pero todo lo que fue + compatible con los siete Dolores de la Virgen se hizo: el lujo fue + majestuoso, triste, fúnebre. Todo era negro y oro. La capilla de la + catedral se trasladó en masa al coro de San Isidro reforzada por + algunas partes rezagadas de la última compañía de + zarzuela, que había tronado en Vetusta.—Los sermones se + encomendaron a <i>otro jesuita</i>, el Padre Martínez, que vino de + muy lejos y cobrando muy caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al + altar mayor a espaldas del cancel de la puerta principal, pedían + limosna y vendían libros devotos, medallas y escapularios las damas + de más alta alcurnia, las más guapas y las más + entrometidas. + </p> + <p> + La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su + contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en + bote. No cabía un vetustense más. + </p> + <p> + Los jóvenes laicos de la ciudad, estudiantes los más, no se + distinguían ni por su excesiva devoción ni por una impiedad + prematura; no pensaban en ciertas cosas; los había carlistas y + liberales, pero casi todos iban a misa a ver las muchachas. A la novena no + faltaban; se desparramaban por las capillas y rincones de San Isidro, y + terciando la capa, el rostro con un tinte romántico o picaresco, + según el carácter, <i>se timaban</i>, como decían + ellos, con las niñas casaderas, más recatadas, mejores + cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban <i>relaciones</i>. + Mientras el P. Martínez repetía por centésima vez—y + ya llevaba ganados unos cinco mil reales—que como el dolor de una + madre no hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen + enlutada del altar, toda la retórica averiada de su oratoria de un + barroquismo mustio y sobado; el amor sacrílego iba y venía + volando invisible por naves y capillas como una mariposa que la primavera + manda desde el campo al pueblo para anunciar la alegría nueva. + </p> + <p> + Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el espíritu + para sumirlo en acendrada piedad, oía el <i>rum rum</i> lastimero + del púlpito, como el rumor lejano de un aguacero acompañado + por ayes del viento cogido entre puertas. No oía al jesuita, oía + la elocuencia silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos + en millares y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devoción + común, aquella elevación casi milagrosa de un pueblo entero + prosaico, empequeñecido por la pobreza y la ignorancia, a las + regiones de lo ideal, a la adoración de lo Absoluto por abstracción + prodigiosa. En esto pensaba a su modo la Regenta, y quería que + aquella ola de piedad la arrastrase, quería ser molécula de + aquella espuma, partícula de aquel polvo que una fuerza desconocida + arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal vagamente + comprendido. + </p> + <p> + Calló el P. Martínez y comenzó el órgano a + decir de otro modo, y mucho mejor, lo mismo que había dicho el + orador de lujo. El órgano parecía sentir más de corazón + las penas de María.... Ana pensó en María, en + Rossini, en la primera vez que había oído, a los diez y ocho + años, en aquella misma iglesia, el <i>Stabat Mater</i>... Y después + que el órgano dijo lo que tenía que decir, los fieles + cantaron como coro monstruo bien ensayado el estribillo monótono, + solemne, de varias canciones que caían de arriba como lluvia de + flores frescas. Cantaban los niños, cantaban los ancianos, cantaban + las mujeres. Y Ana, sin saber por qué, empezó a llorar. A su + lado un niño pobre, rubio, pálido y delgado, de seis años, + sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos, + cantaba sin pestañear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar portátil; + cantaba, y de repente, por no se sabe qué asociación de + ideas, calló, volvió el rostro a su madre y dijo:—¡Madre, + dame pan! + </p> + <p> + Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y + dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le obligaba, + contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el órgano, + como un padre, acompañaba el coro y le guiaba por las regiones + ideales de inefable tristeza consoladora, de la música. + </p> + <p> + «¡Y había infames, pensó Ana, que querían + acabar con aquello! ¡Oh, no, no, yo no! Contigo, Virgen santa, + siempre contigo, siempre a tus pies; estar con los tristes, ésa es + la religión eterna, vivir llorando por las penas del mundo, amar + entre lágrimas...». Y se acordó del Magistral. «¡Oh + qué ingrata, qué cruel había sido con aquel hombre! + ¡Qué triste, qué solo le había dejado!... + Vetusta le insultaba, le escarnecía, le despreciaba, después + de haberle levantado un trono de admiración; y ella, ella que le + debía su honra, su religión, lo más precioso, le + abandonaba y le olvidaba también.... ¿Y por qué? Tal + vez, casi de fijo, por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y + grosera. ¡Ah!, porque ella estaba tocada del gusano maldito, del + amor de los sentidos; porque ella estaba rendida a don Álvaro si no + de hecho con el deseo—esta era la verdad—porque ella era + pecadora ¿había de serlo también el <i>hermano de su + alma</i>, el padre espiritual querido? ¿qué pruebas tenía + ella? ¿No podía ser aprensión todo, no podía + la vanidad haber visto visiones? ¿Cuándo De Pas se había + insinuado de modo que pudiera sospecharse de su pureza? ¿No habían + estado mil veces solos, muy cerca uno de otro, no se habían tocado, + no había ella, tal vez con imprudencia, aventurado caricias + inocentes, someros halagos que hubieran hecho brotar el fuego si lo + hubiera habido allí escondido?... ¡Y está abandonado! + Se burlan de él hasta en los periódicos; hasta los impíos + alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la moda + y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me pongo a + gritar también, ¡crucifícale, crucifícale!... + ¿Y el sacrificio que había prometido? ¿Aquel gran + sacrificio que yo andaba buscando para pagar lo que debo a ese hombre?...». + </p> + <p> + En aquel momento cesaron los cánticos del pueblo devoto; siguió + silencio solemne; después hubo toses, estrépito de suelas y + zuecos sobre la piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia + contenida. Hacia la puerta sonaba el <i>tic, tac</i>, de las monedas con + que Visitación y la Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la + atención de la caridad distraída. Rechinaban los canceles; + había en el aire un cuchicheo tenue. En el coro daban señales + de vida violines y flautas con quejidos y suspiros ahogados; se oía + el ruido de las hojas del papel de música. Gruñó un + violín. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra + vez.... Comenzó el <i>Stabat Mater</i>. + </p> + <p> + La música sublime de Rossini exaltó más y más + la fantasía de Ana; una resolución de los nervios irritados + brotó en aquel cerebro con fuerza de manía: como una + alucinación de la voluntad. Vio, como si allí mismo + estuviese, la imagen de su resolución, «sí... ella... + ella, Ana a los pies del Magistral, como María a los pies de la + Cruz. El Magistral estaba crucificado también por la calumnia, por + la necedad, por la envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volvía + las espaldas y le dejaba allí solo... y ella... ella... ¡estaba + haciendo lo mismo! ¡Oh, no, al Calvario, al Calvario! al pie de la + cruz del que no era su hijo, sino su padre, su hermano, el hermano y el + padre del espíritu». + </p> + <p> + «La Virgen le decía que sí, que estaba bien hecho; que + aquella resolución era digna de un cristiano. Donde quiera que hay + una cruz con un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era + el que está allí colgado; mejor se podrá llorar al + pie de la cruz de un mártir. Hasta del mal ladrón le estaba + dando lástima en aquel momento. ¡Cuánta mayor lástima + le daría del Magistral que, según ella, no era ladrón, + ni malo ni bueno!». La forma del sacrificio, el día, la ocasión, + todo estaba señalado: se juró no volverse atrás; + aquella exaltación era lo que ella necesitaba para poder vivir; si + más tarde el cansancio, la relajación de aquellas fibras + tirantes traían a su ánimo la cobardía, los reparos + mundanales, prosaicos, el miedo al qué dirán, no haría + caso... iría derecha a su propósito sin vacilar, sin + deliberar más. Haría lo que había resuelto. Y + tranquila, segura de sí misma, volvió su pensamiento a la + Madre Dolorosa, y se arrojó a las olas de la música triste + con un arranque de suicida.... Sí, quería matar dentro de + ella la duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio, + circunspecto, <i>mirado</i>... quería volver al fuego de la pasión, + que era su ambiente. + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXVImdash" id="XXVImdash"></a>—XXVI— + </h2> + <p> + Desde el día en que presidió el entierro de don Santos + Barinaga, don Pompeyo no volvió a tener hora buena, de salud + completa. Los escalofríos que le hicieron temblar en el cementerio + y se repitieron, cada vez más fuertes, durante la enfermedad que + siguió a la gran mojadura, volvían de cuando en cuando. + Guimarán estaba triste sin cesar; aquel sol de Justicia que + adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad + ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del + progreso definitivo de la Humanidad. «Laurent decía bien, estábamos + nosotros mucho más adelantados que los bárbaros. ¡Pero + había cada pillo todavía! ¿Y la amistad? La amistad + era cosa perdida». Paquito Vegallana, Álvaro Mesía, + Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable señor + Foja, que se decían tan amigos suyos, le habían engañado + como a un chino; se habían burlado de él. Eran unos + libertinos que renegaban en sus comilonas de la religión positiva + para seducirle a él y librarse del miedo del infierno. Don Pompeyo + rompió bruscamente sus relaciones con todos aquellos «espíritus + frívolos» y no volvió a poner los pies en el Casino. + Tomó esta resolución el día de Navidad, cuando supo + que por Vetusta se corría que él, don Pompeyo Guimarán, + el hombre que más respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno, + había profanado la catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se + llegó a decir que había llevado al templo, debajo de la + capa, una botella de anís del mono.... «¡Del mono!... + ¡él... don Pompeyo!...». No volvió al Casino. + «Aquellos infames que le habían embriagado o poco menos, + obligándole después a penetrar en el templo, eran muy + capaces de haber inventado en seguida la calumnia con que querían + perderle. ¿Qué autoridad iba a tener en adelante aquel ateísmo + que se emborrachaba para celebrar las fiestas del cristianismo, y que + asistía a los santos oficios a blasfemar y hacer eses por las + respetables naves de la basílica?». + </p> + <p> + «¡Bastante tenía él sobre su alma con el + entierro civil de Barinaga y la consiguiente ojeriza que gran parte del + pueblo había tomado al señor Magistral!». + </p> + <p> + «No, no quería más luchas religiosas. Ya iba siendo + viejo para tamañas empresas. Mejor era callar, vivir en paz con + todos». La muerte de Barinaga le hacía temblar al recordarla. + «¡Morir como un perro! ¡Y yo que tengo mujer y cuatro + hijas!». + </p> + <p> + Se hizo misántropo. Siempre salía solo, al obscurecer, y + volvía pronto a casa. + </p> + <p> + Una noche le llamó la atención un ruido de colmena que venía + de la parte de la catedral. Oyó cohetes. ¿Qué era + aquello? La torre estaba iluminada con vasos y faroles a la veneciana. A + sus pies, en el atrio estrecho y corto, de resbaladizo pavimento de + piedra, cerrado por verja de hierro tosco y fuerte, se agolpaba una + multitud confusa, como un montón de gusanos negros. De aquel + fermento humano brotaban, como burbujas, gritos, carcajadas, y un zumbido + sordo que parecía el ruido de la marea de un mar lejano. + </p> + <p> + Don Pompeyo, que daba diente con diente, de frío con fiebre, se + detuvo en lo más alto de la calle de la Rúa para contemplar + aquella muchedumbre apiñada a los pies de la torre, en tan estrecho + recinto, cuando podía extenderse a sus anchas por toda la plazuela. + «Ya sabía lo que era. <i>Los católicos</i> celebraban + un aniversario religioso. ¿Pero cómo? ¡Oh ludibrio!». + Don Pompeyo se acercó al atrio: observó desde fuera. Lo + mejor y lo peor de Vetusta estaba allí amontonado; las chalequeras, + los armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del + andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero con + la <i>Vetusta elegante</i> del Espolón y de los bailes del Casino: + y para colmo del escándalo, según don Pompeyo, <i>so capa</i> + de celebrar una fiesta religiosa la juventud dorada del clero vetustense, + todos aquellos «<i>licenciados de seminario</i>» como él + los llamaba con pésima intención, «¡paseaban + también por allí, apretados, prensados, con sus manteos y + todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que + respirar, sin más recreo que el poco honesto de sentir el roce de + la especie, el instinto del rebaño, mejor, de la piara!». Y + separando los ojos «de aquella podredumbre en fermento, de aquella + <i>gusanera inconsciente</i>», volviolos Guimarán a lo alto, + y miró a la torre que con un punto de luz roja señalaba al + cielo.... «¡Aquí no hay nada cristiano, pensó, más + que ese montón de piedras!». + </p> + <p> + Huyó de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de + la Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen + los de arriba con los de abajo. Entró en su casa.... Pidió + tila, se acostó... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas + que le echaban sobre el cuerpo cuantas mantas había en casa, el + ateo empedernido sintió una dulce ternura nerviosa, un calorcillo + confortante y se dijo: «Al fin, hay una religión, la del + hogar». + </p> + <p> + A la mañana siguiente despertó a toda la casa a + campanillazos. «Se sentía mal. Que llamasen a Somoza». + Somoza dijo que aquello no era nada. Ocho días después + propuso a la señora de Guimarán el arduo problema de lo que + allí se llamaba «la preparación del enfermo». + «Había que prepararle», ¿a qué? «A + bien morir». + </p> + <p> + De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compañía + de su madre al oír la noticia. + </p> + <p> + Las otras dos, más fuertes, deliberaron. ¿Quién le + ponía el cascabel al gato? ¿Quién proponía a + su señor padre que recibiera los Sacramentos? + </p> + <p> + Se lo propuso la hija mayor, Agapita. + </p> + <p> + —Papá, tú que eres tan bueno, ¿querrías + darme un disgusto, dárselo a mamá, sobre todo, que te quiere + tanto... y es tan religiosa?... + </p> + <p> + —No prosigas, Agapita querida—dijo el enfermo con voz + meliflua, débil, mimosa—. Ya sé lo que pides. Que + confiese. Está bien, hija mía. ¿Cómo ha de + ser? Hace días que esperaba este momento. El señor de Somoza + es tan angelical que no quería darme un susto; pero yo conocía + que esto iba mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de + complaceros. Sólo os pido una cosa... que venga el señor + Magistral. Quiero que me oiga en confesión el señor De Pas; + necesito que me oiga, y que me perdone. + </p> + <p> + Agapita lloró sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala habían + oído el diálogo Somoza y la hija menor de Guimarán, + Perpetua. Media hora después toda Vetusta sabía el milagro. + «¡<i>El Ateo</i> llamaba al Magistral para que le ayudara a + bien morir!». + </p> + <p> + Don Fermín estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho, + como un perro, gruñía en cuanto olfateaba la presencia de + algún importuno. El Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido + menor le sonaba a patadas en la cabeza. Doña Paula había + prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se andaba de puntillas y se + procuraba volar. + </p> + <p> + Teresina creyó que el recado de las señoritas de Guimarán + era cosa grave, y merecía la pena de infringir la regla general. + </p> + <p> + —Están ahí de parte de la señora y señoritas + de Guimarán.... + </p> + <p> + —¡De Guimarán!—dijo el Magistral que estaba + despierto, aunque tenía los ojos cerrados. + </p> + <p> + —¡De Guimarán! Tú estás loca...—dijo + doña Paula muy bajo. + </p> + <p> + —Sí, señora, de Guimarán, de don Pompeyo, que + se está muriendo y quiere que le vaya a confesar el señorito. + </p> + <p> + Hijo y Madre dieron un salto; doña Paula quedó en pie, don + Fermín sentado en su lecho. + </p> + <p> + Se hizo entrar a la criada de Guimarán y repetir el recado. + </p> + <p> + La criada lloraba y describía entre suspiros la tristeza de la + familia y el consuelo que era ver al señor pedir los Santos + Sacramentos. + </p> + <p> + El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos. Se + entendieron. + </p> + <p> + —¿Te hará daño? + </p> + <p> + —No. Que voy ahora mismo. + </p> + <p> + —Salid. Que el señorito está muy enfermo, pero que lo + primero es lo primero y que va allá ahora mismo. + </p> + <p> + Quedaron solos hijo y madre.—¿Será una broma de ese + tunante? + </p> + <p> + —No señora; es un pobre diablo. Tenía que acabar así. + Pero yo no sabía que estaba enfermo. + </p> + <p> + De Pas hablaba mientras se vestía ayudado por su madre, que buscó + en el fondo de un baúl la ropa de más abrigo. + </p> + <p> + —¿Fermo, y si tú te pones malo de veras... es decir, + de cuidado?... + </p> + <p> + —No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza sí. + Es preciso llegar allá antes que se sepa por ahí... ¿No + comprende usted? + </p> + <p> + —Sí, claro; tienes razón. + </p> + <p> + Callaron. El Magistral se cogió a la pared y al hombro de su madre + para tenerse en pie. + </p> + <p> + En su despacho se sentó un momento. + </p> + <p> + —¿Mandamos por un coche?...—Sí, es claro; ya debía + estar hecho eso. A Benito, aquí en la esquina.... + </p> + <p> + Entró Teresa.—Esta carta para el señorito. + </p> + <p> + Doña Paula la tomó, no conoció la letra del sobre. + </p> + <p> + Fermín sí; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano + temblorosa.... + </p> + <p> + —¿De quién es?—preguntó la madre al ver + que Fermín palidecía. + </p> + <p> + —No sé... ya la veré después. Ahora al coche... + a ver a Guimarán.... + </p> + <p> + Y se puso de pies, escondió la carta en un bolsillo interior, y se + dirigió a la puerta con paso firme. + </p> + <p> + Doña Paula, aunque sospechaba, no sabía qué, no se + atrevió esta vez a insistir. Le daba lástima de aquel hijo + que enfermo, triste, tal vez desesperado, iba por ella a continuar la + historia de su grandeza, de sus ganancias; iba a rescatar el crédito + perdido buscando un milagro de los más sonados, de los más + eficaces y provechosos, un milagro de conversión. «Era un héroe». + «¡Cuánto había padecido durante aquella + cuaresma!». Ella, doña Paula, había acabado por + adivinar que su hijo y la Regenta no se veían ya; habían reñido + por lo visto. Al principio el egoísmo de la madre triunfó y + se alegró de aquel rompimiento que suponía. Conoció + que su hijo no se humillaría jamás a pedir una reconciliación, + que antes moriría desesperado como un perro, allí, en aquel + lecho donde había caído al cabo, después de pasear la + cólera comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de día + y de noche. Pero la desesperación taciturna de su Fermo, complicada + con una enfermedad misteriosa, de mal aspecto, que podía parar en + locura, asustó a la madre que adoraba a su modo al hijo; y noche + hubo en que, mientras velaba el dolor de su Fermo pensó en mil + absurdos, en milagros de madre, en ir ella misma a buscar a la infame que + tenía la culpa de aquello, y degollarla, o traerla arrastrando por + los malditos cabellos, allí, al pie de aquella cama, a velar como + ella, a llorar como ella, a salvar a su hijo a toda costa, a costa de la + fama, de la salvación, de todo, a salvarle o morir con él.... + De estas ideas absurdas, que rechazaba después el buen sentido, le + quedaba a doña Paula una ira sorda, reconcentrada, y una aspiración + vaga a formar un proyecto extraño, una intriga para cazar a la + Regenta y hacerla servir para lo que Fermo quisiera... y después + matarla o arrancarle la lengua.... + </p> + <p> + Los primeros días, después de separarse Ana y De Pas, era el + Magistral quien preguntaba más a menudo a Teresina, afectando + indiferencia, pero sin que su madre le oyera: «¿Ha habido algún + recado, alguna carta para mí?». Después, también + doña Paula, a solas también, preguntaba a la doncella, con + voz gutural, estrangulada: «¿Han traído algún + recado... algún papel... para el señorito?». + </p> + <p> + No, no habían traído nada. La cuaresma había pasado + así, había comenzado la semana de Dolores, estaba + concluyendo... y nada. + </p> + <p> + «Debe de ser de ella», pensó doña Paula cuando + vio el papel que presentó Teresina. Sintió ira y placer a un + tiempo. + </p> + <p> + El Magistral sentía en los oídos huracanes. Temía + caerse. Pero estaba dispuesto a salir. También se juró + negarse a leer la carta delante de su madre, aunque ella lo pidiera puesta + en cruz. «Aquella carta era de él, de él solo». + Llegó el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada por un + caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y sucios. + </p> + <p> + Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el + portal, dijo con énfasis al cochero: + </p> + <p> + —A casa de don Pompeyo Guimarán... ya sabes.... + </p> + <p> + —Sí, sí... Dobló el coche la esquina; don Fermín + corrió un cristal y gritó: + </p> + <p> + —Despacio, al paso. Miró la carta de Ana. Rompió el + sobre con dedos que temblaban y leyó aquellas letras de tinta + rosada que saltaban y se confundían enganchadas unas con otras. + Adivinó más que descifró los caracteres que se + evaporaban ante su vista débil. + </p> + <p> + «Fermín: necesito ver a usted, quiero pedirle perdón y + jurarle que soy digna de su cariñoso amparo; Dios ha querido + iluminarme otra vez; la Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que + yo le busque a usted, que le llame. Pensé en ir yo misma a su casa. + Pero temo que sea indiscreción. Sin embargo, iré, a pesar de + todo, si es verdad que está usted enfermo y que no puede salir. + ¿Dónde le podré hablar? Estoy segura de que por + caridad a lo menos no dejará sin respuesta mi carta. Y si la deja, + allá voy. Su mejor amiga, su esclava, según ha jurado y sabrá + cumplir.—ANA». + </p> + <p> + De Pas dejó de sentir sus dolores, no pensó siquiera en + esto; miró al cielo, iba a obscurecer. Cogió con mano febril + la blusa azul del cochero que volvió la cabeza. + </p> + <p> + —¿Qué hay señorito? + </p> + <p> + —A la Plaza Nueva... a la Rinconada.... + </p> + <p> + —Sí, ya sé... pero ¿ahora? + </p> + <p> + —Sí, ahora mismo, y a escape. + </p> + <p> + El coche siguió al paso. «Si está don Víctor, + que no lo quiera Dios, basta con que Ana me mire, con que me vea allí... + Si no está... mejor. Entonces hablaré, hablaré...». + </p> + <p> + Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Fermín dejó + caer la cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rincón + obscuro del coche, ocultando el rostro en las manos que ardían, + lloró como un niño, sin vergüenza de aquellas lágrimas + de que él solo sabría. + </p> + <p> + No estaba don Víctor en casa. + </p> + <p> + El Magistral estuvo en el caserón de los Ozores desde las siete + hasta más de las ocho y media. Cuando salió, el cochero dormía + en el pescante. Había encendido los faroles del coche y esperaba, + seguro de cobrar caro aquel sueño. Don Fermín entró + en casa de don Pompeyo a las nueve menos cuarto. La sala estaba llena de + curas y seglares devotos. Todas las hijas de Guimarán salieron al + encuentro del Provisor, cuyo rostro relucía con una palidez que + parecía sobrenatural. Se hubiera dicho que le rodeaba una aureola. + </p> + <p> + Tres veces se había mandado aviso a casa del Magistral para que + viniera en seguida. Don Pompeyo quería confesar, pero con De Pas y + sólo con De Pas: decía que sólo al Magistral quería + decir sus pecados y declarar sus errores; que una voz interior le pedía + con fuerza invencible que llamara al Magistral y sólo al Magistral. + </p> + <p> + Doña Paula contestaba que su hijo había salido a las siete, + en coche, en cuanto había recibido aviso, que había ido + derecho a casa de Guimarán. Pero como no llegaba, se repetían + los recados. Doña Paula estaba furiosa. ¿Qué era de + su hijo? ¿Qué nueva locura era aquella? + </p> + <p> + Al fin las de Guimarán, en vista de que el Provisor no parecía, + llamaron al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros + clérigos que más o menos trataban al enfermo. Todo inútil. + Él quería al Magistral; la voz interior se lo pedía a + gritos. Glocester al lado de aquel lecho de muerte se moría de + envidia y estaba verde de ira, aunque sonreía como siempre. + </p> + <p> + —Pero, señor don Pompeyo, hágase usted cargo de que + todos somos sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversión + de usted.... + </p> + <p> + —Sí señor, sincera; yo nunca he engañado a + nadie. Yo quiero reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está + de Dios que muera.... + </p> + <p> + —Oh, no, eso no...—Tal creo yo; pero de todas suertes... + quiero volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del + señor don Fermín; tengo motivos poderosos para exigir esto, + son voces de mi conciencia.... + </p> + <p> + —Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese señor + Magistral no parece.... + </p> + <p> + —Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesaré con + cualquiera de ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a + esperar. + </p> + <p> + El cura de la parroquia no consiguió más que el Arcediano. + De don Custodio no hay que hablar. Todos aquellos señores + sacerdotes «estaban allí en ridículo», según + opinión de Glocester. La verdad era que un color se les iba y otro + se les venía. + </p> + <p> + —¿Será esto un complot?—dijo Mourelo al oído + de don Custodio. + </p> + <p> + Después de tanto hacerse esperar llegó el Magistral. + </p> + <p> + Las hijas de Guimarán le llevaron en triunfo junto a su padre. + </p> + <p> + De Pas parecía un santo bajado del cielo; una alegría de arcángel + satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que había + reflejos de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la + juventud de la pasión, rozagante en aquel momento. Mientras Guimarán + estrechaba la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su + pensamiento a la realidad presente, seguía saboreando la escena de + dulcísima reconciliación en que acababa de representar papel + tan importante. «¡Ana era suya otra vez, su esclava! ella lo + había dicho de rodillas, llorando.... ¡Y aquel proyecto, + aquel irrevocable propósito de hacer ver a toda Vetusta en ocasión + solemne que la Regenta era sierva de su confesor, que creía en + él con fe ciega!...». Al recordar esto, con todos los + pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermín sintió + que le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que + él llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de + soplo caliente. Pidió una silla. Se sentó al lado del + enfermo y por primera vez vio lo que tenía delante; un rostro pálido, + avellanado, todo huesos y pellejo que parecía pergamino claro. Los + ojos de Guimarán tenían una humedad reluciente, estaban muy + abiertos, miraban a los abismos de ideas en que se perdía aquel + cerebro enfermo, y parecían dos ventanas a que se asomaba el + asombro mudo. + </p> + <p> + Quedaron solos el enfermo y el confesor. + </p> + <p> + De Pas se acordó de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de + Glocester, de Mesía, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia + se decidió a sacar todo el partido posible de aquella conversión + que se le venía a las manos. En un solo día ¡cuánta + felicidad! Ana y la influencia que se habían separado de él + volvían a un tiempo; Ana más humilde que nunca, la + influencia con cierto carácter sobrenatural. Sí, él + estaba seguro de ello, conocía a los vetustenses; un entierro les + había hecho despreciar a su tirano, otro entierro les haría + arrodillarse a sus pies, fanatizados unos, asustados por lo menos los demás. + Mientras hablaba con don Pompeyo de la religión, de sus dulzuras, + de la necesidad de una Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el + Magistral preparaba todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya + que aquel tontiloco se le metía entre los dedos, no sería en + vano. Los otros tontos, los que creían que Guimarán era ateo + de puro malvado y de puro sabio, mirarían aquella conquista como + cosa muy seria, como una ganancia de incalculable valor para la Iglesia. + </p> + <p> + «¡El ateo! Aunque todos le tenían por inofensivo, creían + los más en su maldad ingénita y en una misteriosa + superioridad diabólica. Y aquel diablo, aquel malhechor se arrojaba + a los pies del señor espiritual de Vetusta.... ¡Oh! ¡qué + gran efecto teatral!... No, no sería él bobo, su madre tenía + razón, había que sacar provecho.... Y después, + aquello no era más que una preparación para otro triunfo más + importante; ¿no se había dicho que hasta la Regenta le + abandonaba? Pues ya se vería lo que iba a hacer la Regenta...». + Don Fermín se ahogaba de placer, de orgullo; se le atragantaban las + pasiones mientras don Pompeyo tosía, y entre esputo y esputo de + flema decía con voz débil: + </p> + <p> + —Puede usted creer... señor Magistral... que ha sido un + milagro esto... sí, un milagro.... He visto coros de ángeles, + he pensado en el Niño Dios... metidito en su cuna... en el portal + de Belem... y he sentido una ternura... así... como paternal... + ¡qué sé yo!... ¡Eso es sublime, don Fermín... + sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!... pero dice + usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios, hablando de + Él... sólo que al revés... todo lo entendía al + revés.... + </p> + <p> + Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por + sollozos. + </p> + <p> + Después el Magistral le hizo callar y escucharle. + </p> + <p> + Habló mucho y bien don Fermín. Era necesario para obtener el + perdón de Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda + sanaría—y eso pensaba él también—diese un + ejemplo edificante de piedad. Su conversión debía ser + solemne, para escarmiento de pícaros y enseñanza saludable + de los creyentes tibios. + </p> + <p> + —Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos + males ha hecho.... + </p> + <p> + —Pues usted dirá... don Fermín... yo soy esclavo de su + voluntad.... Quiero el perdón de Dios y el de usted... el de usted + a quien tanto he ofendido haciéndome eco de calumnias.... Y crea + usted que yo no le quería a usted mal, pero como mi propósito + era combatir el fanatismo, al clero en general... y además Barinaga + sólo así podía ser conquistado.... ¡Oh + Barinaga! ¡infeliz don Santos! ¿Estará en el infierno, + verdad, don Fermín? ¡Infeliz! ¡Y por mi culpa! + </p> + <p> + —Quién sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y + además, puede contarse con su bondad infinita.... ¡Quién + sabe!... Lo principal es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de + piedad acendrada.... Esta lección puede traer muchas conversiones + detrás de sí. ¡Ah, don Pompeyo, no sabe usted cuánto + puede ganar la Religión con lo que usted ha hecho y piensa + hacer!... + </p> + <p> + A la mañana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompañar + el Viático que por la tarde debía ser administrado al señor + Guimarán. Era Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del + pueblo más que religión. + </p> + <p> + —¡El papel Provisor sube!—decía Foja furioso al oído + de Glocester, a quien encontró en el atrio de la catedral, al salir + de misa. + </p> + <p> + —¡Esto es un complot!—Lo que es un idiota ese don + Pompeyo. + </p> + <p> + —No, un complot.... La verdad era que el <i>papel Provisor</i> subía + mucho más de lo que podían sus enemigos figurarse. + </p> + <p> + Así como no se explicaba fácilmente por qué el descrédito + había sido tan grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora podía + nadie darse cuenta de cómo en pocas horas el espíritu de la + opinión se había vuelto en favor del Magistral, hasta el + punto de que ya nadie se atrevía delante de gente a recordar sus + vicios y pecados; y no se hablaba más que de la conversión + milagrosa que había hecho. + </p> + <p> + No importaba que Mourelo gritase en todas partes: + </p> + <p> + —Pero si no fue él, si fue un arranque espontáneo del + ateo.... Si así hacen todos los espíritus fuertes cuando les + llega su hora.... + </p> + <p> + Nadie hacía caso del murmurador. «Milagro sí lo había, + pero lo había hecho el Magistral». Ya nadie dudaba esto. + «Era un gran hombre, había que reconocerlo».—Doña + Paula, por medio del Chato y otros ayudantes, doña Petronila, su cónclave, + Ripamilán, el mismo Obispo, que había abrazado al Magistral + en la catedral poco después de bendecir las palmas, todos estos, y + otros muchos, eran propagandistas entusiastas de la gloria reciente, + fresca de don Fermín, de su triunfo palmario sobre las huestes de + Satán. + </p> + <p> + Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesía que habló + con el ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de + la opinión, favorable hasta no poder más, a don Fermín. + </p> + <p> + «Más valía esperar; ya pasaría aquella racha y + volvería toda Vetusta a ver al milagroso don Fermín de Pas + tal como era, <i>en toda su horrible desnudez</i>». + </p> + <p> + Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad + requerida por las circunstancias, teniendo a su lado al <i>cura de + cabecera</i>, a don Fermín y a Somoza, el médico, Vetusta + entera, que había acudido a la casa y a las puertas de la casa del + converso, se esparció por todo el recinto de la ciudad haciéndose + lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien ahora + todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría + descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, + su influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de + milagro. + </p> + <p> + Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de médicos. Somoza se + había equivocado como solía. Don Pompeyo estaba enfermo de + muerte, pero podía durar muchos días: era fuerte... no había + más que oírle hablar. + </p> + <p> + Somoza mantuvo su opinión con energía heroica. «Cierto + que podía durar algunos días más de los que él + había anunciado, el señor Guimarán; pero la ciencia + no podía menos de declarar que la muerte era inminente. Podía + durar, sí, el enfermo, mil y mil veces sí, pero ¿debido + a qué? Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No + que él, don Robustiano Somoza, hombre científico ante todo, + creyese en la eficacia material de la religión: pero sin incurrir + en un fanatismo que pugnaba con todas sus convicciones de hombre de + ciencia, como tenía dicho, podía admitir y admitía, + aleccionado por la experiencia, que lo psíquico influye en lo físico + y viceversa, y que la conversión repentina de don Pompeyo podría + haber determinado una variación en el curso natural de su + enfermedad... todo lo cual era extraño a la ciencia médica + como tal y sin más». + </p> + <p> + En efecto, don Pompeyo duró hasta el miércoles Santo. + </p> + <p> + Trifón Cármenes, desde el día en que se supo la + conversión de Guimarán, concibió la empecatada idea + de consagrar una <i>hoja literaria</i> del <i>lábaro</i> al + importantísimo suceso. Pero había que esperar a que el + enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto último + era lo más probable y lo que más convenía a los + planes de Cármenes, el cual desde el domingo de Ramos tenía + a punto de terminar una larguísima composición poética + en que se <i>cantaba</i> la muerte del ateo felizmente restituido a la fe + de Cristo. La oda elegíaca, o elegía a secas, lo que fuera, + que Trifón no lo sabía, comenzaba así: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">¿Qué me anuncia ese fúnebre + lamento...?</span><br /> + </p> + <p> + El poeta iba y venía de la <i>casa mortuoria</i> como él la + llamaba ya para sus adentros, a la redacción, de la redacción + a la casa mortuoria. + </p> + <p> + —¿Cómo está?—preguntaba en voz muy baja, + desde el portal. + </p> + <p> + La criada contestaba:—Sigue lo mismo. Y Trifón corría, + se encerraba con su elegía y continuaba escribiendo: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">¡Duda fatal, incertidumbre impía!...</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">Parada en el umbral, la Parca fiera</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">ni ceja ni adelanta en su porfía;</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">como sombra de horror, calla y espera...</span><br /> + </p> + <p> + Pasaban algunas horas, volvía a presentarse Trifón en casa + del moribundo; con voz meliflua y tenue decía: + </p> + <p> + —¿Cómo sigue don Pompeyo? + </p> + <p> + —Algo recargado—le contestaban. Volvía a escape a la + redacción, anhelante, «había que trabajar con ahínco, + podía morirse aquel señor y la poesía quedar sin el + último pergeño...». Y escribía con <i>pulso + febril</i>: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Mas ¡ay! en vano fue; del almo cielo</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">la sentencia se cumple; inexorable...</span><br /> + </p> + <p> + No sabía Trifón lo que significaba almo, es decir, no lo sabía + a punto fijo, pero le sonaba bien. + </p> + <p> + Cuando la criada de Guimarán le contestaba: «Que el señor + había pasado mejor la noche», Cármenes, sin darse + cuenta de ello, torcía el gesto, y sentía una impresión + desagradable parecida a la que experimentaba cuando llegaba a convencerse + de que un periódico de Madrid no le publicaría los versos + que le había remitido. Él no quería mal a nadie, pero + lo cierto era que, una vez tan adelantada la elegía, don Pompeyo le + iba a hacer un flaco servicio si no se moría cuanto antes. + </p> + <p> + Murió. Murió el miércoles Santo. El Magistral y Trifón + respiraron. También respiró Somoza. Los tres hubieran + quedado en ridículo a suceder otra cosa. En cuanto a Cármenes, + terminó sus versos de esta suerte: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">No le lloréis. Del bronce los tañidos</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">himnos de gloria son; la Iglesia santa</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">le recogió en su seno... etc.</span><br /> + </p> + <p> + Al pobre Trifón le salían los versos montados unos sobre + otros: igual defecto tenía en los dedos de los pies. + </p> + <p> + El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. <i>Acompañaron + a la última morada el cadáver del finado</i> las autoridades + civiles y militares; una comisión del Cabildo presidida por el Deán, + la Audiencia, la Universidad, y además cuantos se preciaban de + buenos o malos católicos. La viuda y las huérfanas recibían + especial favor y consuelo con aquella pública manifestación + de simpatía. El Magistral iba presidiendo el duelo de familia: no + era pariente del difunto, pero le había sacado de las garras del + Demonio, según Glocester, que se quedó en la sala capitular + murmurando. «Aquello más que el entierro de un cristiano fue + la apoteosis pagana del pío, felice, triunfador Vicario general». + En efecto, el pueblo se lo enseñaba con el dedo: «Aquel es, + aquel es, decía la muchedumbre señalando al Apóstol, + al Magistral». + </p> + <p> + Los milagros que doña Paula había hecho correr entre las + masas impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo señor + Obispo, en su último sermón a las beatas pobres y clase de + tropa, criadas de servicio, etc., etc., había aludido al triunfo de + aquel hijo predilecto de la Iglesia.... + </p> + <p> + —No habrá más remedio que agachar la cabeza y dejar + pasar el temporal—decía Foja. + </p> + <p> + Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que comían de + carne en una fonda todos los viernes Santos. + </p> + <p> + «¡Aquel don Pompeyo les había desacreditado! + </p> + <p> + »¡Vaya un libre-pensador! + </p> + <p> + »¡Era un gallina! »¡Murió loco! »¡Le + dieron hechizos! »¿Qué hechizos? Morfina. + </p> + <p> + »El clero, milagros del clero... + </p> + <p> + »Le convirtieron con opio... »La debilidad hace sola esos + milagros... + </p> + <p> + »Sobre todo era un badulaque...». + </p> + <p> + El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer + época en los anales de Vetusta, anales que por cierto escribía + con gran cachaza un profesor del Instituto, autor también de unos + comentarios acerca de la jota Aragonesa. + </p> + <p> + En casa de Vegallana la tal noticia <i>estalló como una bomba</i>. + Volvía la Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María + con Visitación; volvía también Obdulia Fandiño + que había pedido en San Pedro, a la hora en que visitaban los <i>monumentos</i> + los oficiales de la guarnición; y todas aquellas señoras, en + el gabinete de la Marquesa reunidas, escuchaban pasmadas lo que + solemnemente decía el gran Constantino, doña Petronila + Rianzares, que había recaudado veinte duros en la mesa de petitorio + de San Isidro. Y decía el obispo-madre: + </p> + <p> + —Sí, señora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita + está resuelta a dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo.... + </p> + <p> + —Pero Quintanar... no lo consentirá... + </p> + <p> + —Ya ha consentido... a regañadientes, por supuesto. Ana le ha + hecho comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle + cumplir su promesa sería un acto de despotismo que ella no perdonaría + jamás.... + </p> + <p> + —¿Y el pobre calzonazos dio su permiso?—dijo Visita, + colorada de indignación—. ¡Qué maridos de la + isla de San Balandrán!—añadió acordándose + del suyo. + </p> + <p> + La Marquesa no acababa de santiguarse. «Aquello no era piedad, no + era religión; era locura, simplemente locura. La devoción + racional, <i>ilustrada</i>, de buen tono, era aquella otra, pedir para el + Hospital a las corporaciones y particulares a las puertas del templo, + regalar estandartes bordados a la parroquia; ¡pero vestirse de + mamarracho y darse en espectáculo!...». + </p> + <p> + —¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría + por una demagoga, por una <i>Suñera</i>. + </p> + <p> + —Pues yo, ¿qué he dicho? + </p> + <p> + —¿Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una <i>nazarena</i>... + </p> + <p> + La Marquesa encogió los hombros y volvió a santiguarse. + Obdulia tenía la boca seca y los ojos inflamados. Sentía una + inmensa curiosidad y cierta envidia vaga... + </p> + <p> + «¡Ana iba a darse en espectáculo!» cierto, esa + era la frase. ¿Qué más hubiera querido ella, la de + Fandiño, que darse en espectáculo, que hacerse mirar y + contemplar por toda Vetusta? + </p> + <p> + —¿Y el traje? ¿cómo es el traje? ¿sabe + usted...? + </p> + <p> + —¿Pues no he de saber?—contestó doña + Petronila, orgullosa porque estaba enterada de todo—. Ana llevará + túnica talar morada, de terciopelo, con franja <i>marrón + foncé</i>.... + </p> + <p> + —¿Marrón foncé?—objetó Obdulia—... + no dice bien... oro sería mejor. + </p> + <p> + —¿Qué sabe usted de esas cosas?... Yo misma he + dirigido el trabajo de la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha + dejado a mí el cuidado de todos los pormenores. + </p> + <p> + —¿Y la túnica es de vuelo? + </p> + <p> + —Un poco...—¿Y cola?—No, ras con ras...—¿Y + calzado? ¿sandalias...? + </p> + <p> + —¡Calzado! ¿qué calzado? El pie desnudo.... + </p> + <p> + —¡Descalza!—gritaron las tres damas. + </p> + <p> + —Pues claro, hijas, ahí está la gracia.... Ana ha + ofrecido ir descalza.... + </p> + <p> + —¿Y si llueve?—¿Y las piedras?—Pero se va + a destrozar la piel... —Esa mujer está loca...—¿Pero + dónde ha visto ella a nadie hacer esas diabluras? + </p> + <p> + —¡Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto + como este, un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante.... + </p> + <p> + —Pero, ¿cómo se le ha ocurrido... eso? ¿Dónde + ha visto ella eso?... + </p> + <p> + —Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los + muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sería + meritorio exponerse a los sarcasmos de los impíos, y a las burlas + disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo que + hizo el Señor por nosotros pecadores. + </p> + <p> + —¡Descalza!—repetía asombrada Obdulia.—La + envidia crecía en su pecho. «Oh, lo que es esto—pensaba—indudablemente + tiene <i>cachet</i>. Sale de lo vulgar, es una <i>boutade</i>, es algo... + de un buen tono superfino...». + </p> + <p> + El Marqués entró en aquel momento con don Víctor + colgado del brazo. + </p> + <p> + Vegallana venía consolando al mísero Quintanar, que no + ocultaba su tristeza, su decaimiento de ánimo. + </p> + <p> + Doña Petronila se despidió antes de que el atribulado + ex-regente pudiera echarle el tanto de culpa que la correspondía en + aquella aventura que él reputaba una desgracia. + </p> + <p> + —Vamos a ver, Quintanar—preguntó la Marquesa con + verdadero interés y mucha curiosidad.... + </p> + <p> + —Señora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el + poeta... + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">¡No podían vencerme... y me + vencieron...!</span><br /> + </p> + <p> + —Déjese usted de versos, alma de Dios.... ¿Quién + le ha metido a Ana eso en la cabeza? + </p> + <p> + —¿Quién había de ser? Santa Teresa... digo... + no... el Paraguay. + </p> + <p> + —¿El Para...?—No, no es eso. No sé lo que me + digo.... Quiero decir.... Señores, mi mujer está loca.... Yo + creo que está loca.... Lo he dicho mil veces.... El caso es... que + cuando yo creía tenerla dominada, cuando yo creía que el + misticismo y el Provisor eran agua pasada que no movía molino... + cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a lo mejor + ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión. + </p> + <p> + —Pero si en Vetusta jamás ha hecho eso nadie.... + </p> + <p> + —Sí tal—dijo el Marqués—. Todos los años + va en el entierro de Cristo, Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el + maestro más sanguinario de Vetusta, vestido de nazareno y con una + cruz a cuestas.... + </p> + <p> + —Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre. + </p> + <p> + —No, si yo no comparo...—Pero, señores, señores, + digo yo—repetía doña Rufina—¿cuándo + ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro detrás de + la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?... + </p> + <p> + —Sí, verlo, sí lo ha visto. Lo hemos visto en + Zaragoza... por ejemplo. Pero yo no sé si aquellas eran señoras + de verdad.... + </p> + <p> + —Y además, no irían descalzas—dijo Obdulia. + </p> + <p> + —¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira + de Dios! ¡eso sí que no!... ¡Pardiez! + </p> + <p> + Gran trabajo costó contener la indignación colérica + de don Víctor. El cual, más calmado, se volvió a + casa, y entre tener <i>otra explicación</i> con su señora o + encerrarse en un significativo silencio, prefirió encerrarse en el + silencio... y en el despacho. + </p> + <p> + «A sí mismo no se podía engañar. Comprendía + que la resolución de Ana era irrevocable». + </p> + <p> + El Viernes Santo amaneció plomizo; el Magistral muy temprano, en + cuanto fue de día, se asomó al balcón a consultar las + nubes. «¿Llovería? Hubiera dado años de vida + porque el sol barriera aquel toldo ceniciento y se asomara a iluminar cara + a cara y sin rebozo aquel día de su triunfo.... ¡Dos días + de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo convertido, el + viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín + triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos + tragando polvo, dispersos y aniquilados!». + </p> + <p> + También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder + remediarlo pensó ¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía + la conciencia de este deseo. Estaba asustada de su propia obra. «Yo + soy una loca—pensaba—tomo resoluciones extremas en los + momentos de la exaltación y después tengo que cumplirlas + cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza para + querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había + ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su + adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había + ocurrido aquella tremenda traza de mortificación propia en la + novena de los Dolores, oyendo el <i>Stabat Mater</i> de Rossini, figurándose + con calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María + a los pies de su hijo, <i>dum pendebat filius</i>, como decía la + letra. Había recordado, como por inspiración, que ella había + visto en Zaragoza a una mujer vestida de Nazareno, caminar descalza detrás + de la urna de cristal que encerraba la imagen supina del Señor, y + sin pensarlo más, había resuelto, se había jurado a sí + misma caminar así, a la vista del pueblo entero, por todas las + calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de aquel + Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado, + despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no había + remedio, don Fermín, después de una oposición no muy + obstinada, había accedido y aceptaba la prueba de fidelidad + espiritual de Ana; doña Petronila, a quien ya no miraba como + tercera repugnante de aventuras sacrílegas, se había + ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores del <i>sacrificio</i>... + «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se + acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se + abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el + trance de la procesión!». + </p> + <p> + Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, + cierto; era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero + ¿no había otra manera de ser piadosa? ¿No había + sido un arrebato de locura aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo + aquel marido que tenía que ver a su esposa descalza, vestida de + morado, pisando el lodo de todas las calles de la Encimada, <i>dándose + en espectáculo</i> a la malicia, a la envidia, a todos los pecados + capitales, que contemplarían desde aceras y balcones aquel <i>cuadro + vivo</i> que ella iba a representar? Buscaba Ana el fuego del entusiasmo, + el frenesí de la abnegación que hacía ocho días, + en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel + proyecto; pero el entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la + fe siquiera la acompañaba. El miedo a los ojos de Vetusta, a la + malicia boquiabierta, la dominaba por completo; ya no creía, ni + dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en Cristo, ni en María, + ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para restaurar la fama del + Magistral: no pensaba más que en <i>el escándalo</i> de + aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la + mujer de su casa, la esposa honesta, protestaba dentro de Ana contra el + espectáculo próximo.... No, no estaba segura de que su + abnegación fuese buena siquiera; acaso era una desfachatez; la paz + de su casa, el recato del hogar, lo decían con silencio solemne...» + y Ana sudaba de congoja.... «¡Lo que había prometido!». + </p> + <p> + No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el + pueblo todo el día. Una hora antes de obscurecer salió la + procesión del Entierro de la iglesia de San Isidro. + </p> + <p> + —«¡Ya llega, ya llega!»—murmuraban los + socios del Casino apiñados en los balcones, codeándose, pisándose, + estrujándose, los músculos del cuello en tensión, por + el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de + contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada de + curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni + menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de + escuela. + </p> + <p> + Como una ola de admiración precedía al fúnebre + cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía + en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada + a ventanas y balcones que «la Regenta venía guapísima, + pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba». No se hablaba + de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo + cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía + detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se + esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del + Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco + de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y + oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa, + Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de + la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia + estaba pálida de emoción. Se moría de envidia. + «¡El pueblo entero pendiente de los pasos, de los movimientos, + del traje de Ana, de su color, de sus gestos!... ¡Y venía + descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, admirados y + compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de Fandiño + el bello ideal de la coquetería. + </p> + <p> + Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo + a negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de + curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían + atraído así, ni con cien leguas, la atención y la + admiración de un pueblo entero, por más que los luciera en + bailes, teatros, paseos y también procesiones.... ¡Toda + aquella carne blanca, dura, turgente, significativa, principal, era menos + por razón de las circunstancias, que dos pies descalzos que apenas + se podían entrever de vez en cuando debajo del terciopelo morado de + la <i>nazarena</i>! «Y era natural; todo Vetusta, seguía + pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies descalzos, + ¿por qué? porque hay un <i>cachet</i> distinguidísimo + en el modo de la exhibición, porque... esto es cuestión de + <i>escenario</i>». «¿Cuándo llegará?» + preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una envidia + admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria + bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia + en aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre. + </p> + <p> + Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario, + que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según + costumbre inveterada y era el más terrible Herodes de primeras + letras los demás días del año. Todos los chiquillos + de su escuela, que le aborrecían de corazón, se agolpaban en + calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor maestro, con su + cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al natural, que le + pinchaban efectivamente, como se conocía por el movimiento de las + cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la frente. Deseaban + los muchachos cordialmente que aquellas espinas le atravesasen el cráneo. + El entierro de Cristo era la venganza de toda la escuela. + </p> + <p> + Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban + por su mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero + no sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le + había inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un + gustazo a los recentales de su rebaño pedagógico, sino que + era gran parte en aquella exhibición anual la pícara + vanidad. El saber que una vez al año, él, Vinagre, don + Belisario, era objeto de la <i>espectación general</i>, le llenaba + el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo; + él era el único Nazareno de la población y gozaba de + este privilegio tranquilamente muchos años hacía. + </p> + <p> + La competencia de doña Ana Ozores en vez de molestarle le colmó + de orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir + de San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, + y con su cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, + y aun camino del Calvario, un cumplido caballero; si había charcos + él era el que se metía por ellos para evitar el fango a los + pies desnudos y de nácar de aquella ilustre señora, su compañera. + Ana iba como ciega, no oía ni entendía tampoco, pero la + presencia grotesca de aquel compañero inesperado la hizo + ruborizarse y sintió deseos locos de echar a correr. «La habían + engañado, nada le habían dicho de aquella caricatura que iba + a llevar al lado». «Oh, si ella tuviese todavía aquel + espíritu sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva + mortificación, este escarnio, esta saturación de ridículo + le hubiera agradado, porque así el sacrificio era mayor, la fuerza + de su abnegación sublime». + </p> + <p> + Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, + los pies descalzos de la Regenta. En cuanto a él lucía + deslumbradora bota de charol, con perdón de la propiedad histórica. + Demasiado sabía Vinagre que las botas de charol no existían + en tiempo de Augusto, ni aunque existieran las había de llevar Jesús + al Calvario; pero él no era más que un devoto, un devoto que + en todo el año no tenía ocasión de lucirse; había + que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasión sus botas + como espejos, que sólo se calzaba en tan solemne día. + </p> + <p> + «¡Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las señoras + de la Audiencia cuando la procesión llegaba de verdad. Ahora no era + un rumor falso, eran <i>ellos</i>, era el Entierro». + </p> + <p> + Cesaron los comentarios en los balcones. + </p> + <p> + Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos. + </p> + <p> + Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal + instante. + </p> + <p> + El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto. + </p> + <p> + Visitación, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle + estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las + cruces y ciriales, observaba el gesto de don Álvaro Mesía, + que estaba solo, al parecer, en el último balcón de la + fachada del Casino, en el de la esquina. Todo de negro, abrochada la + levita ceñida hasta el cuello, don Álvaro, pálido, + mordía de rato en rato el puro habano que tenía en la boca, + sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar + a un interlocutor, invisible para Visita. + </p> + <p> + Era don Víctor Quintanar. Los dos amigos se habían encerrado + en la secretaría del Casino, a ruegos del ex-regente, que quería + ver, sin ser visto, lo que él llamaba la <i>subida al Calvario de + su dignidad</i>. Detrás de Mesía, que daba buena sombra, + temblando sin saber por qué, impaciente, casi con fiebre, Quintanar + se disponía a ver todo lo que pudiera. + </p> + <p> + —Mire usted—decía—si yo tuviera aquí una + bomba Orsini... se la arrojaba sin inconveniente al señor Magistral + cuando pase triunfante por ahí debajo. ¡Secuestrador! + </p> + <p> + —Calma, don Víctor, calma; esto es el principio del fin. + Estoy seguro de que Ana está muerta de vergüenza a estas + horas. Nos la han fanatizado, ¿qué le hemos de hacer? pero + ya abrirá los ojos; el exceso del mal traerá el remedio.... + Ese hombre ha querido estirar demasiado la cuerda; claro que esto es un + gran triunfo para él... pero Ana tendrá que ver al cabo que + ha sido instrumento del orgullo de ese hombre. + </p> + <p> + —¡Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ahí como + un triunfador romano a una esclava... detrás del carro de su + gloria.... + </p> + <p> + Don Víctor se embrollaba en estas alegorías, pero lo cierto + era que él se figuraba a don Fermín de Pas, en medio de la + procesión, y de pie en un carro de cartón, como él + había visto entrar al barítono en el escenario del Real, una + noche que cantaba el <i>Poliuto</i>. + </p> + <p> + Don Álvaro no fingía su buen humor. Estaba un poco excitado, + pero no se sentía vencido; él se atenía a sus + experiencias. «Aquel clérigo no había tocado en la + Regenta, estaba seguro». Sonreía de todo corazón, + sonreía a sus pensamientos, a sus planes. «Claro que les + molestaba a los nervios aquel espectáculo en que aparentemente el + rival se mostraba triunfando a la romana, según don Víctor, + pero... no había tocado en ella». + </p> + <p> + Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros del + balcón una cruz dorada, remate de un pendón viejo y + venerable. Se puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto + desde la calle, y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre + los brazos. + </p> + <p> + Mesía, dejando detrás de sí a su amigo, ocupó + el medio del balcón, arrogante y desafiando las miradas de los clérigos + que pasaban debajo de él. + </p> + <p> + Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en + resucitar un dolor muerto hacía diez y nueve siglos; a don Víctor + sí le sonaba aquello a himno de muerte; se le figuraba ya que + llevaban a su mujer al patíbulo. + </p> + <p> + El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono. + </p> + <p> + En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepúsculo; + las largas filas de hachas encendidas, se perdían a lo lejos hacia + arriba, mostrando la luz amarillenta de los pábilos, como un + rosario de cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las + tiendas cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles, + subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras + lucientes, en confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, + aquellos pasos sin ruido, aquellos rostros sin expresión de los + colegiales de blancas albas que alumbraban con cera la calle triste, daban + al conjunto apariencia de ensueño. No parecían seres vivos + aquellos seminaristas cubiertos de blanco y negro, pálidos unos, + con cercos morados en los ojos, otros morenos, casi negros, de pelo en + matorral, casi todos cejijuntos, preocupados con la idea fija del + aburrimiento, máquinas de hacer religión, reclutas de una + leva forzosa del hambre y de la holgazanería. Iban a enterrar a + Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él; a cumplir con + el oficio. Después venían en las filas clérigos con + manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, + algunos carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores + también. Iba allí Zapico, el dueño ostensible de la + Cruz Roja, esclavo de doña Paula. El Cristo tendido en un lecho de + batista, sudaba gotas de barniz. Parecía haber muerto de consunción. + A pesar de la miseria del arte, la estatua supina, por la grandeza del símbolo + infundía respeto religioso.... Representaba a través de + tantos siglos un duelo sublime. Detrás venía la Madre. Alta, + escuálida, de negro, pálida como el hijo, con cara de muerta + como él. Fija la mirada de idiota en las piedras de la calle, la + impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel + rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa + del sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. + Pero no daba señales de sentirlas; no sentía más que + la muerte que llevaba delante. Se tambaleaba sobre las andas. También + esto era natural. Desde su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. + La Madre de Jesús no miraba a los vetustenses.... Don Álvaro + Mesía, al pasar cerca de sus pies la Dolorosa tuvo miedo, dio un + paso atrás en vez de arrodillarse. El choque de aquella imagen del + dolor infinito con los pensamientos de don Álvaro, todos profanación + y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba pensando que Ana, + después de <i>aquella locura</i> que cometía por el + confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía. + </p> + <p> + Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más + adelante, a los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de + Jesús muerto. También Ana parecía de madera pintada; + su palidez era como un barniz. Sus ojos no veían. A cada paso creía + caer sin sentido. Sentía en los pies, que pisaban las piedras y el + lodo un calor doloroso; cuidaba de que no asomasen debajo de la túnica + morada; pero a veces se veían. Aquellos pies desnudos eran para + ella la desnudez de todo el cuerpo y de toda el alma. «¡Ella + era una loca que había caído en una especie de prostitución + singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después + de aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. + Allí iba la tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la + fatua, la loca, la loca sin vergüenza». Ni un solo pensamiento + de piedad vino en su ayuda en todo el camino. El pensamiento no le daba más + que vinagre en aquel calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray + Luis de León en la <i>Perfecta Casada</i>, que, según ella, + condenaban lo que estaba haciendo. «Me cegó la vanidad, no la + piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy lo + que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, + a la Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús + no la miraba, no hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; + ella, María, iba allí porque delante llevaba a su Hijo + muerto, pero Ana, ¿a qué iba?...». + </p> + <p> + Según el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermín no + presidía este entierro como el del miércoles, pero celebraba + con él su nuevo triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en + la tila derecha, entre otros señores canónigos, con roquete, + muceta y capa; empuñaba el cirio apagado, como un cetro. «Él + era el amo de todo aquello. Él, a pesar de las calumnias de sus + enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta haciéndole + morir en el seno de la Iglesia; él llevaba allí, a su lado, + prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada + por su hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta + edificando al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la + carne flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se + le debía a él sólo. ¿No se decía que + los jesuitas le habían eclipsado? ¿Que los Misioneros podían + más que él con sus hijas de confesión? Pues allí + tenían prueba de lo contrario. ¿Los jesuitas obligaban a las + vírgenes vetustenses a ceñir el cilicio? Pues él + descalzaba los más floridos pies del pueblo y los arrastraba por el + lodo... allí estaban, asomando a veces debajo de aquel terciopelo + morado, entre el fango. ¿Quién podía más?». + Y después de las sugestiones del orgullo, los temblores cardíacos + de la esperanza del amor. «¿Qué serían, cómo + serían en adelante sus relaciones con Ana?». Don Fermín + se estremecía. «Por de pronto mucha cautela. Tal vez el día + en que dejé la puerta abierta a los celos la asusté y por + eso tardó en volver a buscarme. Cautela por ahora... después... + ello dirá». De Pas sentía que lo poco de clérigo + que quedaba en su alma desaparecía. Se comparaba a sí mismo + a una concha vacía arrojada a la arena por las olas. «Él + era la cáscara de un sacerdote». + </p> + <p> + Al pasar delante del Casino, frente al balcón de Mesía, Ana + miraba al suelo, no vio a nadie. Pero don Fermín levantó los + ojos y sintió el topetazo de su mirada con la de don Álvaro; + el cual reculó otra vez, como al pasar la Virgen, y de pálido + pasó a lívido. La mirada del Magistral fue altanera, + provocativa, sarcástica en su humildad y dulzura aparentes: quería + decir <i>¡Vae Victis!</i> La de Mesía no reconocía la + victoria; reconocía una ventaja pasajera... fue discreta, + suavemente irónica, no quería decir: «Venciste, + Galileo» sino «hasta el fin nadie es dichoso». De Pas + comprendió, con ira, que el del balcón no se daba por + vencido. + </p> + <p> + —¡Va hermosísima!—decían en tanto las señoras + del balcón de la Audiencia. + </p> + <p> + —¡Hermosísima!—¡Pero se necesita valor!—Amigo, + es una santa.—Yo creo que va muerta—dijo Obdulia—; + ¡qué pálida! ¡qué <i>parada</i>! parece + de escayola. + </p> + <p> + —Yo creo que va muerta de vergüenza—dijo al oído + de la Marquesa, Visita. + </p> + <p> + Doña Rufina suspiraba con aires de compasión. Y advirtió: + </p> + <p> + —Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho días + con los pies hechos migas. + </p> + <p> + La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en Vetusta, + se atrevió a decir encogiendo los hombros: + </p> + <p> + —Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de + personas decentes. + </p> + <p> + El Marqués apoyó la idea muy eruditamente. + </p> + <p> + —Eso es piedad de transtiberina.—Justo—dijo la baronesa, + sin recordar en aquel instante lo que era una transtiberina. + </p> + <p> + Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, después + de pasar la procesión y haber contemplado y admirado la hermosura y + la valentía de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba + inconvenientes graves en aquel «rasgo de inaudito atrevimiento». + </p> + <p> + Foja en el Casino, lejos de Mesía y don Víctor, decía + pestes del Magistral y la Regenta. «Todo eso es indigno. No sirve más + que para dar alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarán + los curas de aldea. Además, la mujer casada la pierna quebrada y en + casa». + </p> + <p> + —Sin contar—añadía Joaquín Orgaz—con + que esto se presta a exageraciones y abusos. El año que viene vamos + a ver a Obdulia Fandiño descalza de pie... y pierna, del brazo de + Vinagre. + </p> + <p> + Se rió mucho la gracia. Pero también se notó que + Orgaz decía aquello porque no había sacado nada de sus + pretensiones amorosas, o por lo menos, no había sacado bastante. + </p> + <p> + El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de + aquella señora. «Aquello era imitar a Cristo de verdad. + ¡Emparejarse, como un cualquiera, con el señor Vinagre el + nazareno; y recorrer descalza todo el pueblo!... ¡Bah! ¡era + una santa!». + </p> + <p> + En cuanto a don Víctor, al pasar debajo de su balcón el + Magistral y Ana preguntó a Mesía: + </p> + <p> + —¿Están ya ahí? + </p> + <p> + —Sí, ahí van.... Y el mismo esposo estiró el + cuello... y asomó la cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atrás. + </p> + <p> + —¡Infame! ¡es un infame! ¡me la ha fanatizado! + </p> + <p> + Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón + que iba de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre. + </p> + <p> + Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró + al oír aquella música que estaba viudo, que aquello era el + entierro de su mujer. + </p> + <p> + —Ánimo, don Víctor—le dijo Mesía volviéndose + a él, y dejando el balcón—. Ya van lejos. + </p> + <p> + —No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño! + </p> + <p> + —Ánimo.... Todo esto pasará... + </p> + <p> + Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo. + </p> + <p> + El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir + con los brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz + solemne y de sollozo: + </p> + <p> + —¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, + prefiero verla en brazos de un amante! + </p> + <p> + —Sí, mil veces, sí—añadió—¡búsquenle + un amante, sedúzcanmela; todo antes que verla en brazos del + fanatismo!... + </p> + <p> + Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía. + </p> + <p> + La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El <i>chin, chin</i> de los + platillos, el <i>rum rum</i> del bombo servían de marco a las + palabras grandilocuentes de Quintanar. + </p> + <p> + —¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la + vida, si la amistad no ofreciera al pobre náufrago una tabla donde + apoyarse! + </p> + <p> + —<i>¡Chin, chin, chin! ¡bom, bom, bom!</i>—¡Sí, + amigo mío! ¡Primero seducida que fanatizada!... + </p> + <p> + —Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para + las ocasiones son los hombres.... + </p> + <p> + —Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre + usted el balcón, porque se me figura que tengo ese bombo maldito + dentro de la cabeza! + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXVIImdash" id="XXVIImdash"></a>—XXVII— + </h2> + <p> + —¡Las diez! ¿Has oído? el reloj del comedor ha + dado las diez.... ¿Te parece que subamos?... + </p> + <p> + —Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral. + </p> + <p> + —¡En la catedral! ¿Pero se oye desde aquí, + muchacha? ¿Se oye el reloj de la torre desde aquí?... Mira + que es media legua larga.... + </p> + <p> + —Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que + se oye. ¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás + las campanadas... tristes y apagadas por la distancia.... + </p> + <p> + —La verdad es que la noche está hermosa.... + </p> + <p> + —Parece de Agosto.—Cuando contemplo el cielo, + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">de innumerables luces rodeado</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">y miro hacia el suelo...</span><br /> + </p> + <p> + perdóname, hija mía, sin querer me vuelvo a mis versos.... + </p> + <p> + —¿Y qué? mejor, Quintanar: eso es muy hermoso. <i>La + Noche Serena</i> ya lo creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era niña + y empezaba a leer versos, mi autor predilecto era ese. + </p> + <p> + El recuerdo de Fray Luis de León pasó como una nubecilla por + el pensamiento de Ana que sintió un poco de melancolía + amarga. Sacudió la cabeza, se puso en pie y dijo: + </p> + <p> + —Dame el brazo, Quintanar; vamos a dar una vuelta por la galería + de los perales, mientras la señora torre de la catedral se decide a + cantar la hora.... + </p> + <p> + —Con mil amores, <i>mia sposa cara</i>. + </p> + <p> + La pareja se escondió bajo la bóveda no muy alta de una + galería de perales franceses en espaldar. La luna atravesaba a + trechos el follaje nuevo y sembraba de charcos de luz el suelo a lo largo + del obscuro camino. + </p> + <p> + —Mayo se despide con una espléndida noche—dijo Ana, + apoyándose con fuerza en el brazo de su marido. + </p> + <p> + —Es verdad; hoy se acaba Mayo. Mañana Junio. Junio la caña + en el puño. ¿Te gusta a ti pescar? El río Soto, ya + sabes, ese que está ahí en pasando la Pumarada de Chusquin. + </p> + <p> + —Sí, ya sé... donde se bañan Obdulia y Visita + algunos veranos antes de ir al mar. + </p> + <p> + —Justo, ese... pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según + me dijo el Marqués. ¿Quieres que escriba a Frígilis, + que nos mande dos cañas con todos sus accesorios? + </p> + <p> + —Sí, sí, ¡magnífico! Pescaremos. + </p> + <p> + Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer + que colgaba del suyo, y la tomó la mano como un tenor de ópera. + Y cantó: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Lasciami, lasciami</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">oh lasciami partir...</span><br /> + </p> + <p> + Calló y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Miró + a su esposa, que también volvió el rostro hacia su marido. + </p> + <p> + —¿Te gustan los Hugonotes? ¿Te acuerdas? Qué + mal los cantaba aquel tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea... + hermosa idea.... Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, + junto al estanque, figúrate a Gayarre o a Masini cantando... en + esta noche tranquila, en este silencio... y nosotros aquí, debajo + de esta bóveda... oyendo... oyendo.... Las óperas deberían + cantarse así... ¿Qué nos falta a nosotros ahora? Música + nada más que música.... El panorama hermoso... la brisa... + el follaje... la luna... pues esto con acompañamiento de un buen + cuarteto... y ¡el paraíso! Oh, los versos... los versos a + veces no dicen tanto como el pentagrama. Estoy por la canción, por + la poesía que se acompaña en efecto de la lira o de la + forminge.... ¿Tú sabes lo que era la forminge, <i>phorminx</i>? + </p> + <p> + Ana sonrió y le explicó el instrumento griego a su buen + esposo. + </p> + <p> + —Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pasó por la frente + de Ana. + </p> + <p> + El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez, pausadas, + vibrantes, llenando el aire de melancolía. + </p> + <p> + —Pues es verdad que se oye—dijo Quintanar. + </p> + <p> + Y después de un silencio, comentario de la hora, añadió: + </p> + <p> + —¿Vamos a cenar?—¡A cenar!—gritó + Ana. Y soltando el brazo de don Víctor corrió, levantando un + poco la falda de la <i>matinée</i> que vestía, hasta + perderse en la obscuridad de la bóveda. Quintanar la siguió + dando voces: + </p> + <p> + —Espera, espera... loca, que puedes tropezar. + </p> + <p> + Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto + de la escalinata de mármol, con una mano apoyada en el cancel + dorado de la puerta de la casa, a su querida esposa que extendía el + brazo derecho hacia la luna, con una flor entre los dedos. + </p> + <p> + —Eh, ¿qué tal, Quintanar? ¿Qué tal + efecto de luna hago?... + </p> + <p> + —¡Magnífico! Magnífica estatua... original + pensamiento... oye: «La Aurora suplica a Diana que apresure el curso + de la noche...». + </p> + <p> + Ana aplaudió y atravesó el umbral. Don Víctor entró + detrás diciéndose a sí mismo en voz alta: + </p> + <p> + —¡Hija mía! Es otra.... Ese Benítez me la ha + salvado.... Es otra.... ¡Hija de mi alma! + </p> + <p> + Cenaron en la vajilla de los marqueses. Los dos tenían muy buen + apetito. Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia + Quintanar que sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía + un cuchillo aprobaba con la cabeza. + </p> + <p> + —La casa es alegre hasta de noche—dijo ella. + </p> + <p> + Y añadió:—Toma, móndame esa manzana.... + </p> + <p> + —«Móndame la manzana, móndame la manzana...» + ¿dónde he oído yo eso?... Ah ya.... + </p> + <p> + Y se atragantó con la risa.—¿Qué tienes, + hombre?—Es de una zarzuela.... De una zarzuela de un académico.... + Verás... se trata de la marquesa de Pompadour: un señor + Beltrand anda en su busca; en un molino encuentra una aldeana... y como es + natural se ponen a cenar juntos, y a comer manzanas por más señas. + </p> + <p> + —Como tú y yo .—Justo. Pues bueno, la aldeana, como es + natural también, coge un cuchillo. + </p> + <p> + —Para matar a Beltrand.... + </p> + <p> + —No, para mondar la manzana.... + </p> + <p> + —Eso ya es inverosímil. + </p> + <p> + —Lo mismo opinan Beltrand y la orquesta. La orquesta se eriza de + espanto con todos sus violines en trémolo y pitando con todos sus + clarinetes; y Beltrand canta, no menos asustado: + </p> + <p> + <i>(Cantando y puesto en pie)</i> + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">¡Cielos! monda la manzana;</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">¡es la marquesa</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">de Pompadour!...</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">¡de Pompadour!...</span><br /> + </p> + <p> + Ana soltó el trapo. Rió de todo corazón el disparate + del académico y la gracia de su marido. «La verdad era que + Quintanar parecía otro». + </p> + <p> + Petra sirvió el té.—¿Ha vuelto Anselmo de + Vetusta?—preguntó el amo. + </p> + <p> + —Sí, señor, hace una hora.... + </p> + <p> + —¿Ha traído los cartuchos? + </p> + <p> + —Sí, señor.—¿Y el alpiste?—Sí, + señor.—Pues dile que mañana muy temprano tiene que + volver a la ciudad, con un recado para el señor Crespo. Deja... voy + yo mismo a enterarle.... Escribiré dos letras; ¿no te + parece, Ana? ese Anselmo es tan bruto.... + </p> + <p> + Salió el amo del comedor. Petra dijo, mientras levantaba el mantel: + </p> + <p> + —Si la señorita quiere algo... yo también pienso ir mañana + al ser de día a Vetusta... tengo que ver a la planchadora... si + quiere que lleve algún recado... a la señora Marquesa... + o.... + </p> + <p> + —Sí: llevarás dos cartas; las dejaré esta noche + sobre la mesa del gabinete y tú las cogerás mañana, + sin hacer ruido, para no despertarnos. + </p> + <p> + —Descuide usted. Una hora después don Víctor dormía + en una alcoba espaciosa, estucada, con dos camas. En el gabinete contiguo + Ana escribía con pluma rápida y que parecía silbar + dulcemente al correr sobre el papel satinado. + </p> + <p> + —No tardes; no escribas mucho, que te puede hacer daño. Ya + sabes lo que dice Benítez. + </p> + <p> + —Sí, ya sé; calla y duerme. + </p> + <p> + Ana escribió primero a su médico, que era en la actualidad + el antiguo sustituto de Somoza. Benítez, el joven de pocas palabras + y muchos estudios, observador y taciturno, había permitido a su + enferma, a la Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distraía, + a ciertas horas en que la aldea no ofrece ocupación mejor. «Escríbame + usted a mí, por ejemplo, de vez en cuando, diciéndome lo que + sabe que importa para mi pleito. Pero si se siente mal de esas aprensiones + dichosas no me dé pormenores, bastan generalidades...». + </p> + <p> + Ana escribía: «...Buenas noticias. Nada más que buenas + noticias. Ya no hay aprensiones: ya no veo hormigas en el aire, ni + burbujas, ni nada de eso; hablo de ello sin miedo de que vuelvan las + visiones: me siento capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus + figuras de sesos y demás interioridades, sin asco ni miedo. Hablo + de mi temor a la locura con Quintanar como de la manía de un extraño. + Estoy segura de mi salud. Gracias, amigo mío; a usted se la debo. + Si no me prohibiera usted <i>filosofar</i>, aquí le explicaría + por qué estoy segura de que debo al plan de vida que me impuso la + felicidad inefable de esta salud serena, de este placer refinado de vivir + con sangre pura y corriente en medio de la atmósfera saludable... + pero nada de retórica; recuerdo cuánto le disgustan las + frases.... En fin, estoy como un reloj, que es la expresión que + usted prefiere. El régimen respetado con religiosa escrupulosidad. + El miedo guarda la viña, seré esclava de la higiene. Todo + menos volver a las andadas. Continúo mi diario, en el cual no me + permito el lujo de perderme en <i>psicologías</i> ya que usted lo + prohíbe también. Todos los días escribo algo, pero + poco. Ya ve que en todo le obedezco. Adiós. No retarde su visita. + Quintanar le saluda... roncando. Ronca, es un hecho. <i>En aquel tiempo</i> + la Regenta hubiera mirado esto como una desgracia suya, que le mandaba + exprofeso el <i>destino</i> para ponerla a prueba. ¡Un marido que + ronca! Horror... basta. Veo que tuerce usted el gesto. Perdón. No más + cháchara. A Frígilis que venga con usted o antes. Diga lo + que quiera mi esposo, si Crespo no viene a prepararme la caña y a + convencer a las truchas de que se dejen pescar no haremos nada. Adiós + otra vez. La esclava de su régimen, q. b. s. m., + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 7.5em;"><i>Anita Ozores de Quintanar</i>».</span><br /> + </p> + <p> + Después de firmar y cerrar esta carta, Ana se puso a continuar otra + que había empezado a escribir por la mañana. + </p> + <p> + Ahora la pluma corría menos, se detenía en los perfiles. + </p> + <p> + Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que + contestaba y que tenía delante de los ojos. + </p> + <p> + «...No se queje de que soy demasiado breve en mis explicaciones. Ya + le tengo dicho, amigo mío, que Benítez me prohíbe, y + creo que con razón, analizar mucho, estudiar todos los pormenores + de mi pensamiento. No ya el hacerlo, sólo el pensar en hacerlo, en + desmenuzar mis ideas, me da la aprensión de volver a sentir aquella + horrorosa debilidad del cerebro.... No hablemos más de esto. + Bastante hago si le escribo, pues prohibido me lo tienen. Pero entendámonos. + Lo prohibido no es escribir a usted. ¿Hablo ahora claro? Lo + prohibido es escribir mucho, sea a quien sea, y sobre todo de asuntos + serios. + </p> + <p> + »¿Qué cuándo volvemos a Vetusta? No lo sé. + Fermín, no lo sé. + </p> + <p> + »Que yo estoy mucho mejor. Es verdad. Pero quien manda, manda. Benítez + es enérgico, habla poco pero bien; ha prometido curarme si se le + obedece, abandonarme si se le engaña o se desprecian sus mandatos. + Estoy decidida a obedecer. Usted me lo ha dicho siempre: lo primero es que + tengamos salud. + </p> + <p> + »¿Que hay tibieza tal vez? No, Fermín, mil veces no. + Yo le convenceré cuando vuelva. + </p> + <p> + »¿Que rezo poco? Es verdad. Pero tal vez es demasiado para mi + salud. ¡Si yo dijera a Quintanar o a Benítez el daño + que me hace, sana y todo, repetir oraciones!... Que en mis cartas no hablo + más que de don Víctor y del médico. ¿Pero de + qué quiere que le hable? Aquí no veo más que a mi + marido; y Benítez me acaba de salvar la vida, tal vez la razón.... + Ya sé que a usted no le gusta que yo hable de mis miedos de + volverme loca... pero es verdad, los tuve y le hablo de ellos, para que me + ayude a agradecer al médico (de quien tanto hablo) mi <i>salvación + intelectual</i>. ¿Para qué me hubiera querido mi <i>hermano</i> + <i>mayor del alma</i>, sin el alma, o con el alma obscurecida por la + locura?... + </p> + <p> + »¿Que se acabó esto y se acabó lo otro...? No y + no. No se acabó nada. A su tiempo volverá todo. Menos el + visitar a doña Petronila. No me pregunte usted por qué, pero + estoy resuelta a no volver a casa de esa señora. Y... nada más. + No <i>puedo ser más larga</i>. Me está prohibido (¡otra + vez!). Acabo de cenar. Su más fiel amiga y penitente agradecida. + </p> + <p> + <i>Ana Ozores</i>». + </p> + <p> + «P. D.—¿Qué se conoce que tengo buen humor? + También es verdad. Me lo da la salud. Si lo tuviera malo y pensara + mal, creería que a usted le pesa de mi buen humor, a juzgar por el + <i>tono</i> con que lo dice. Perdón por todas las faltas». + </p> + <p> + Anita leyó toda esta carta. Tachó algunas palabras; meditó + y volvió a escribirlas encima de lo tachado. + </p> + <p> + Y mientras pasaba la lengua por la goma del sobre, moviendo la cabeza a + derecha e izquierda, encogió los hombros y dijo a media voz: + </p> + <p> + —No tiene por qué ofenderse. Se acostó en el lecho + blanco y alegre que estaba junto al de Quintanar. + </p> + <p> + El viejo madrugaba más que Ana, y salía a la huerta a + esperarla. A las ocho tomaban juntos el chocolate en el invernáculo + que él llamaba con cierto orgullo enfático <i>la serre</i>. + </p> + <p> + —¡Si esto fuera nuestro!...—pensaba a veces Quintanar + contemplando las plantas exóticas de los anaqueles atestados y de + los jarrones etruscos y japoneses más o menos auténticos. + </p> + <p> + La Regenta no pensaba en los títulos de propiedad del Vivero; + gozaba de la naturaleza, de la salud y del relativo lujo que habían + acumulado los Vegallana en su famosa quinta, sin fijarse en nada más + que gozar. Vivía allí como en un baño, en cuya + eficacia creía. + </p> + <p> + Don Víctor salió de la huerta y atravesando prados, + pumaradas y tierras de maíz, buscó entre las casuchas + vecinas la bajada al río Soto, y por su orilla el lugar más + a propósito para sentar sus reales y pescar, en cuanto volviese + Anselmo con los trastos necesarios. + </p> + <p> + Ana, durante las horas del calor, que ya era respetable, subió a su + gabinete, y después de leer un poco, tendida sobre el lecho blanco, + se acercó al escritorio de palisandro, y hojeó su libro de + memorias. Siempre hacía lo mismo; antes de empezar a escribir en + él repasaba algunas páginas, a saltos.... + </p> + <p> + Leyó la primera que casi sabía de memoria. La leyó + con cariño de artista. Decía así, en letra sólo + para Ana inteligible, nerviosa y rapidísima: + </p> + <p> + «¡Memorias!... ¡Diario!... ¿por qué no? + Benítez lo consiente». + </p> + <p> + <i>Memorias de Juan García</i>, podría decir algún + chusco.... Pero como esto no ha de leerlo nadie más que yo.... + ¿Qué es ridículo? ¡Qué ha de ser! Más + ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio + que me agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo + porque si lo supiera el <i>mundo</i> me llamaría cursilona, + literata... o romántica, como dice Visita. A Dios gracias, estos + miedos al qué dirán ya han pasado. La salud me ha hecho más + independiente. Sobre todo ¿qué han de decir si nadie ha de + leerlo? Ni Quintanar. Nunca ha entendido mi letra cuando escribo deprisa. + Estoy sola, completamente sola. Hablo conmigo misma, secreto absoluto. + Puedo reír, llorar, cantar, hablar con Dios, con los pájaros, + con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de mí. + Empecemos por un himno. Hagamos versos en prosa. «¡Salud, + salve! A ti debo las ideas nuevas, este vigor del alma, este olvido de + larvas y aprensiones... y el equilibrio del ánimo, que me trajo la + calma apetecida...». Suspendo el himno porque Quintanar jura que se + muere de hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna + en la boca.... ¡Ya bajo, ya bajo!... ¡Allá voy!.. + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + El Vivero, Mayo 1... Llueve, son las cinco de la tarde y ha llovido todo + el día. <i>In illo tempore</i>, me tendría yo por + desgraciada sin más que esto. Pensaría en la pequeñez—y + la humedad—de las cosas humanas, en el gran aburrimiento universal, + etc., etc.... Y ahora encuentro natural y hasta muy divertido que llueva. + ¿Qué es el agua que cae sobre esas colinas, esos prados y + esos bosques? El tocado de la naturaleza. Mañana el sol sacará + lustre a toda esa verdura mojada. Y además, aquí en el + campo, la lluvia es una música. Mientras Quintanar duerme la siesta + (costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro la + ventana y oigo + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">el rumor de la lluvia</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">sobre las hojas</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">y el ruido de las alas</span><br /> <span + style="margin-left: 4em;">de las palomas</span><br /> + </p> + <p> + que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y + saliendo por las ventanas angostas. Ese palomar tiene algo de serrallo o + de casa de vecindad, según se mire. La vida común con sus + horas de hastío, de descuido, de pereza pública se refleja + en las posturas de esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las + alas. Hay parejas que se juntan por costumbre, <i>por deber</i>, pero se + aburren como si cada cual estuviese en el desierto. De repente el macho, + supongo que será el macho, tiene una idea, un remordimiento, <i>improvisa</i> + una pasión <i>que está muy lejos de sentir</i>, y besa a la + hembra, y hace la rueda y canta el <i>rucutucua</i> y se eriza de + plumas.... Ella, sorprendida, sin sacudir la pereza corresponde con tibias + caricias, y a poco, ambos fatigados, soñolientos, encontrando en la + molicie de mojarse inmóviles, inflados, mayor voluptuosidad que en + los devaneos, vuelven a su quietismo, tranquilos, sin rencores, sin engaño, + sin quejarse de la mutua displicencia. ¡Racionales palomas!—Quintanar + ronca; yo escribo.... Pie atrás. Esto no iba bien. Había + algo de ironía; la ironía siempre tiene algo de bilis.... + Los amargos abren el apetito... pero más vale tenerlo sin + necesitarlos. A otra cosa. + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + Llueve todavía. No importa. Todo el diluvio no me arrancaría + hoy un gesto de impaciencia. La ventana está cerrada, los regueros + del agua resbalando por el cristal me borran el paisaje. Víctor ha + salido con Frígilis (segunda visita del buen Crespo, el único + grande hombre que conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pinón de + Pepa—el casero de los marqueses—recorren, como cobijados en + una tienda de campaña, el bosque de encinas que mi marido llama + siempre seculares. Van a comprobar no sé qué experimento de + química, invención de Frígilis, según él. + Dios les haga felices y les conserve los pies secos. Hoy me siento + inclinada a la historia, a los recuerdos. No los temo. Poco más de + cinco semanas han pasado y ya me parece de la historia antigua todo + aquello. + </p> + <p> + ¡Qué tres días! Yo me figuraba estar prostituida de un + modo extraño (aquí la letra de la Regenta se hace casi + indescifrable para ella misma.) ¡Todo Vetusta me había visto + los pies desnudos, en medio de una procesión, casi casi del brazo + de Vinagre! ¡Y tres días con los pies abrasados por dolores + que me avergonzaban, inmóvil en una butaca! Llamé a Somoza + que se excusó. Vino el sustituto Benítez, silencioso, frío; + pero comprendí que me observaba con atención cuando yo no le + miraba. Debía de creer que yo me iba volviendo loca. Él lo + niega, dice que todo aquello lo explica la exaltación religiosa y + la exquisita moralidad con que decidí sacrificarme al bien del que + creía ofendido por mis pensamientos y desaires. Benítez + cuando se decide a hablar parece también un confesor. Yo le he + dicho secretos de mi vida interior como quien revela síntomas de + una enfermedad. Conocía yo cuando le hablaba de estas cosas, que + él, a pesar de su rostro impasible, me estaba aprendiendo de + memoria.... El mal subió de los pies a la cabeza. Tuve fiebre, + guardé cama... y sentí aquel terror... aquel terror pánico + a la locura. De esto no quiero hablar ni conmigo misma. Lo dejo por hoy; + voy al piano a recordar la <i>Casta diva</i>... con un dedo». + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + Pasó Ana, sin querer leerlas, algunas hojas. En ellas había + escrito la historia de los días que siguieron al de la procesión, + famosa en los anales de Vetusta. Sí, se había creído + prostituida; aquella publicidad devota le parecía una especie de + sacrificio babilónico, algo como entregarse en el templo de Belo + para la vigilia misteriosa. Además sentía vergüenza; + aquello había sido como lo de ser literata, una cosa ridícula, + que acababa por parecérselo a ella misma. No osaba pisar la calle. + En todos los transeúntes adivinaba burlas; cualquier murmuración + iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura. + «Había sido ridícula, había hecho una tontería»; + esta idea fija la atormentaba. Si quería huir de ella, se la + recordaba sin cesar el dolor de sus pies, que ardían, como + abrasados de vergüenza; aquellos pies que habían sido del público, + desnudos una tarde entera. + </p> + <p> + Si quería consolarse con la religión y el amparo del + Magistral, su mal era mayor, porque sentía que la fe, la fe + vigorosa, puramente ortodoxa, se derretía dentro de su alma. En + cuanto a Santa Teresa había concluido por no poder leerla; prefería + esto al tormento del análisis irreverente a que ella, Ana, se + entregaba sin querer al verse cara a cara con las ideas y las frases de la + santa. ¿Y el Magistral? Aquella compasión intensa que la había + arrojado otra vez a las plantas de aquel hombre ya no existía. Los + triunfos habían desvanecido acaso a don Fermín. De todas + suertes, Ana ya no le tenía lástima; le veía + triunfante abusar tal vez de la victoria, humillar al enemigo...; ahora veía + ella claro; por lo menos no veía tan turbio como antes. Ella había + sido tal vez un instrumento en manos de su <i>hermano mayor</i>. Cierto + que de Pas no había vuelto a manifestar con movimientos patéticos + que le descubrieran, ni celos, ni amor, ni cosa parecida; Ana le observaba + con miradas de inquisidor, de las que algo le remordía la + conciencia, y sin embargo no pudo notar síntomas de pasión + mundana. ¿Veía ella mal? ¿Disimulaba él bien? + ¿O era que no había nada? Ello fue que la devoción + antigua no volvió, que la fe se desmoronaba, que las antiguas teorías + que sin darse entonces cuenta de ellas había oído a su + padre, Ana las sentía dentro de sí. + </p> + <p> + Un panteísmo vago, poético, bonachón y romántico, + o mejor, un deísmo campestre, a lo Rousseau, sentimental y + optimista a la larga, aunque tristón y un poco fosco; esto, todo + esto mezclado era lo que encontraba ahora Ana dentro de sí y lo que + se empeñaba en que fuera todavía pura religión + cristiana. No quería ella ni apostatar, ni filosofar siquiera; + también esto le parecía ridículo, pero sin querer las + ideas, las protestas, las censuras venían en tropel a su mente y a + su corazón. Esto era nuevo tormento. A pesar de todo seguía + confesando a menudo con don Fermín. Le guardaba ahora una fidelidad + consuetudinaria; temía los remordimientos si faltaba a lo que creía + deber a aquel hombre. Temía sobre todo que si rompía sus + relaciones devotas con él, volviese una reacción de lástima, + arrepentimiento y piedad imaginaria que la arrastrase a otra locura como + la del viernes Santo. Tantas ideas y sentimientos encontrados, la vida + retirada, y la conciencia de que en ella algo padecía y se rebelaba + y amenazaba estallar, fueron concausas que trajeron las crisis nerviosas + que estaba curando Benítez lo mejor que podía. + </p> + <p> + Con toda el alma había creído Ana que iba a volverse loca. A + una exaltación sentimental sucedía un marasmo del espíritu + que causaba atonía moral; la horrorizaba pensar que en tales días + eran indiferentes para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal. + «Dios, como decía ella, se le hacía migajas en el + cerebro y entonces sentía un abandono ambiente y una flaqueza de la + voluntad que la atormentaban y producían pánico; el extremo + de la tortura era el desprecio de la lógica, la duda de las leyes + del pensamiento y de la palabra, y por último el desvanecimiento de + la conciencia de su unidad; creía la Regenta que sus facultades + morales se separaban, que dentro de ella ya no había nadie que + fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el vértigo, + el terror, que traía la reacción con gritos y pasmos periféricos». + </p> + <p> + Por muchos días lo olvidó todo para no pensar más que + en su salud; la horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor + desconocido, extraño, del cerebro descompuesto. Llamó a Benítez + con toda el alma, y principio de la cura fue este mismo afán y el + obedecer ciegamente las prescripciones del médico. + </p> + <p> + Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta baños, lo más + y lo principal lo encomendó al cambio de vida, a la distracción, + al aire libre, a la alegría, a las emociones tranquilas. ¡Al + campo, al campo! fue el grito de salvación, y Ana y Quintanar (que + buen susto había llevado también), gritaron sin cesar desde + la mañana a la noche: ¡Al campo, al campo! + </p> + <p> + Pero, ¿dónde estaba el campo? Ellos no tenían en la + provincia de Vetusta una quinta de recreo. Don Víctor continuaba + siendo propietario en Aragón. + </p> + <p> + Ana en un arranque de valor, de un valor mucho más heroico de lo + que podía suponer su marido, se atrevió a decir: + </p> + <p> + —Quintanar, ¿qué te parece esta idea...? irnos a pasar + unos meses, hasta que vuelva el invierno.... + </p> + <p> + —¿A dónde?—A tu tierra, a la Almunia de don + Godino. + </p> + <p> + Don Víctor dio un salto.—¡Hija, por Dios!... ya soy + viejo para un traqueteo tan grande de mis pobres huesos.... ¡La + Almunia!... ¡con mil amores... en otro tiempo, pero ahora! Yo amo la + patria, es claro, soy aragonés de corazón, y digo lo que el + poeta, que es muy feliz el que no ha visto + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">más río que el de su patria;</span><br /> + </p> + <p> + pero yo soy a estas horas más vetustense que otra cosa, y otro + poeta lo ha dicho también, el príncipe Esquilache: + </p> + <p class="noindent"> + <span style="margin-left: 4em;">Porque es la patria al que dichoso fuere</span><br /> + <span style="margin-left: 4em;">donde se nace no, donde se quiere.</span><br /> + </p> + <p> + ¡La Almunia de don Godino! Dónde íbamos a parar.... Y + además separarnos de Frígilis... de don Álvaro, de + los Marqueses, de Benítez, ¡imposible! + </p> + <p> + No se pensó más en ello. Ana en el fondo del alma, se alegró + de lo muy vetustense que era aquel aragonés. + </p> + <p> + Esta alegría se la ocultó a sí propia. Creyó + haber cumplido con su deber en este punto. + </p> + <p> + Pero ¿a dónde irían a pasar aquellos meses de campo + que Benítez exigía como condición indispensable para + la salud de Ana? + </p> + <p> + Un día se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a + más de Quintanar y los Marqueses, Álvaro y Paco. + </p> + <p> + —El médico—decía el ex-regente—exige que + la aldea a donde vayamos ofrezca una porción de circunstancias difíciles + de reunir. + </p> + <p> + —Veamos—dijo de Marqués.—Ha de estar cerca de + Vetusta para que Benítez pueda hacernos frecuentes visitas y para + trasladar a Ana pronto a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante cómoda, + amena, ofrecer un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba + fresca, leche de vacas... ¡qué sé yo! + </p> + <p> + Don Álvaro tuvo una inspiración en aquel momento. Se acercó + al oído de Paco y dijo: + </p> + <p> + —¡El Vivero! Paco adivinó y admiró. «¡Sólo + el genio tenía aquellas revelaciones!». + </p> + <p> + Sin pensar en que secundaba planes mefistofélicos, dijo en voz + baja: + </p> + <p> + —Papá, no conozco más quinta que reúna las + condiciones de Benítez que una... que está a nuestra + disposición.... + </p> + <p> + Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su + hijo: + </p> + <p> + —¡El Vivero!—¡Bravo, bravo, eureka!—repetía + el Marqués—. Paco tiene razón, ¡al Vivero! se + van ustedes al Vivero. + </p> + <p> + Y la Marquesa:—¡Hermosa idea! ¡Qué gusto! Y nos + veremos a menudo antes de irnos a baños.... + </p> + <p> + Don Víctor protestó.—¡Cómo el Vivero! + ¿Y ustedes? + </p> + <p> + —Nosotros no vamos este año.—O iremos mucho más + tarde.—Y cuando vayamos cabremos todos.—Allí hemos + dormido, cada cual con entera independencia, más de veinte personas—advirtió + Álvaro. + </p> + <p> + —Es claro; aquello es un convento.—No se hable más, no + se hable más. + </p> + <p> + —¿Cómo que no se hable más? ¿Y mi + delicadeza? + </p> + <p> + A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que + su mujer y él y los criados que quisieran llevar, irían a + pasar aquellos meses que pedía Benítez en el Vivero, donde + serían dueños absolutos.... Nada, nada, los Marqueses no + admitieron objeciones. + </p> + <p> + —«¿No eran parientes?». + </p> + <p> + —«Cierto que sí»—tuvo que responder, muy + orgulloso, Quintanar. + </p> + <p> + Ana al saber la noticia, comprendió que aquello era todo lo + contrario de irse a la Almunia de don Godino. Pero no quiso pensar en los + peligros que la estancia en el Vivero podía tener. Aborrecía + ahora las cavilaciones. Sin embargo, sin investigar las causas de ello, + sintió durante todo aquel día una alegría de niña + satisfecha en sus gustos más vivos, y aún más intenso + fue su placer al despertar a la mañana siguiente con este + pensamiento: «Voy al Vivero a hacer vida de aldeana, a correr, + respirar, engordar... alegrar la vida... allí el sol, el agua + corriente, el follaje... la salud...» y como un acompañamiento + musical que encantaba toda aquella perspectiva, Ana sentía una + indecisa esperanza que era como un sabor con perfumes... una esperanza... + no quería pensar de qué... Pero ello era que el mundo parecía + alegrarse, que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo, + de los que se gozan cuando duran las ilusiones. «Aquel Benítez + la estaba rejuveneciendo». + </p> + <p> + Después de las hojas del libro de memorias que se referían, + a su modo, a la materia que va reseñada brevemente, Ana encontró, + y en ella se detuvo, la página en que rápidamente había + reflejado sus impresiones al entrar en el Vivero en un día de Abril + que parecía de Junio, alegre, ardiente, despejado. + </p> + <p> + Leyó con deleite aquella página, no recreándose en el + estilo, sino en los recuerdos. Decía: + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + «El Romero y el Clavel torcieron de repente; el landó se dobló + sin ruido, nos sacudió un poco, dejamos la carretera de Santianes y + las ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del + Vivero; los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos + hacían cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la + frente como cabello movido por el viento. Se abrió la gran puerta + de la cerca vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de + la <i>quintana</i> vieja, despertando con el ruido resonancias en el + silencio del <i>palación</i> cerrado y vacío. Por mi gusto + nos hubiéramos quedado a vivir en aquella casa inmensa, con dos + torres de piedra parda y soportales con columnas... pero el coche siguió + al trote; el Marqués tiene la vanidad de hacer que la entrada al + Vivero <i>habitable</i> sea por aquí, por delante de la antigua + mansión señorial.... Las ruedas vuelven a callar, como + enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estrépito con los cascos + briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y flanqueada + de pretil de mármol con macetas y rosetones de verdura exótica. + </p> + <p> + La <i>casa nueva</i> nos sonríe enfrente y delante de la coquetona + marquesina de la entrada nos detenemos; silencio general... un momento. + Habla el sol... nosotros gozamos; la limpieza, la corrección, la + elegancia parecen allí obra de la naturaleza, y el follaje, el + esplendor de su verdura, los susurros del aire discreto, la hermosura de + la perspectiva, los vuelos graciosos de miles de pájaros, parecen + importación del lujo; riqueza y naturaleza se juntan allí; + el sol, cortesano del <i>confort</i>, alumbra más.... ¡Cosa + extraña! Yo no había visto el Vivero hasta ahora, lo que se + llama ver, hasta ahora nunca había comprendido esta armonía + íntima del lujo y del campo. Está bien así. Debe + haber rincones en la tierra en que no haya nada feo, ni pobre ni triste. + </p> + <p> + Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesión del Vivero, + comen con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta. + </p> + <p> + Ya estamos solos. Examino toda la casa. En el piso bajo, salón, + billar, gabinete-biblioteca, galería de costura sobre el jardín, + rodeada de cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de + mármol blanco. ¡Qué alegría! Todo es cristal, + flores, plantas de hojas gigantescas, de colores fuertes, raros. Lo que me + agrada más es el capricho del Marqués en el piso principal; + una galería con cierre de cristales rodea todo el edificio. He dado + dos vueltas a todo el corredor como si nunca hubiera visto el Vivero. + ¿Qué será que todo me parece nuevo, mejor, más + elegante, más poético? Quintanar está encantado, y se + me figura que tiene un poco de envidia. + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + Vida excelente. La primavera entró en mi alma. Madrugo. El baño + me fortifica y me alegra el espíritu. Tendida en la pila, con la + mano en el grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantasía + como en sopor se detiene en imágenes plásticas tranquilas y + suaves. Después tiemblo dentro de la sábana y vuelvo gozosa + al calor de mi cuerpo, contenta de la vida que siento circular por mis + venas. La cabeza está firme; jamás vienen a mortificarme + ideas sutiles, alambicadas.... Pienso poco, vagamente, y los pormenores de + los accidentes ordinarios que me rodean absorben lo mejor de mi atención. + Benítez puede estar satisfecho. Así la salud volverá + con más fuerza. Vivir es esto: gozar del placer dulce de vegetar al + sol. + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + Y sin embargo hay horas en que las vibraciones de las cosas me hablan de + una música recóndita de ideas sentimientos. ¿Qué + es esta esperanza de un bien incierto? A veces se me antoja todo el Vivero + escenario de una comedia o de una novela.... Entonces me parece más + solitario el bosque, más solitario el palacio. Esta soledad parece + meditabunda. Está todo en silencio reflexivo, recordando los ruidos + de la alegría y del placer que latieron aquí, o preparándose + a retumbar con la algazara de fiestas venideras.... Insisto en ello, hay + aquí algo de escenario antes de la comedia. Los vetustenses que + tienen la dicha de ser convidados a las excursiones del Vivero son los + personajes de las escenas que aquí se representan.... Obdulia, + Visita, Edelmira, Paco, Joaquinito, Álvaro... y tantos otros han + hablado aquí, han cantado, corrido, jugado, bailado... reído + sobre todo.... Y algo olfateo de la alegría pasada o algo presiento + de la alegría futura. Sí, Quintanar dice bien, esto es el + paraíso, ¿qué nos falta a nosotros en él? Según + Quintanar, nada más que música.... Oh, pues por música + que no quede. Corro al salón a tocar <i>la donna é movile</i>, + con el dedo índice, mi único dedo músico. ¡Qué + cursi es esto según Obdulia!... ¡Una dama que no sabe tocar + el piano más que con un dedo! + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + Quintanar es feliz. ¡Y es tan bueno! ¡Cómo me cuida! + ¡qué agasajos, qué mimos! Parece otro. Piensa más + en mí que en la marquetería. ¡Pasa días enteros + sin serrar nada! No hay alma que no tenga su poesía en el fondo. Su + alegría es demasiado bulliciosa, pero es sincera. Yo no podría + vivir aquí sin él. Imagínole ausente, me veo aquí + sola y tengo miedo y siento la soledad.... Luego no me estorba, luego su + compañía me agrada. + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + Petra, la misma Petra, me gusta aquí en el campo. + </p> + <p> + Se viste como las aldeanas del país, canta con ellas en la <i>quintana</i>, + se mete en la danza y toca la <i>trompa</i> con maestría. Ayer, al + morir el día, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la lengüeta + de hierro vibrando entre sus labios, los aires del país monótonos + y de dulce tristeza. Pepe, el casero, cantaba cantares andaluces + convertidos en vetustenses... y Petra tañía la <i>trompa</i> + quejumbrosa, y yo sentía lágrimas dulces dentro del pecho... + y la vaga esperanza volvía a iluminar mi espíritu. Cuanto más + triste la lengüeta de la <i>trompa</i>, más esperanza, más + alegría dentro de mí. Todo esto es salud, nada más + que salud. + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + He traído al Vivero algunos libros de mi padre. Hacía muchos + años que no los había abierto. Quintanar los tenía en + los cajones más altos de sus estantes. + </p> + <p> + ¡Qué impresiones! He encontrado entre las hojas de una <i>Mitología + ilustrada</i>, pedacitos de yerba de Loreto... eran polvo; papeles + escritos en que reconocí mis garabatos de niña... y un + marinero dibujado por mi pluma que, según la leyenda que tiene al + pie, era <i>Germán</i>. + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + Probablemente Benítez condenaría este afán de leer y + me prohibiría la desmedida afición. ¡Oh, qué + cosas tan nuevas encuentro en estos libros que apenas entendía en + Loreto! Los dioses, los héroes, la vida al aire libre, el arte por + religión, un cielo lleno de pasiones humanas, el contento de este + mundo... el olvido de las tristezas hondas, del porvenir incierto... un + pueblo joven, sano en suma.... Quisiera saber dibujar para dar formas a + estas imágenes de la Mitología que me asedian». + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + Ana, después de leer estas y otras páginas, escribió + sus impresiones de aquellos días. Don Víctor vino a + interrumpirla para anunciarle que ya había instalado su tienda de + campaña a la orilla del río, en el paraje más ameno y + fresco, junto a una mancha de sombra en el agua, donde infaliblemente habría + truchas. + </p> + <p> + Desde aquella tarde pescaron. Pescaron poco, pero muy alabado. Ana leía + sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras + sujetaba la caña con la mano izquierda, sin más fuerza que + la necesaria para que la corriente no la llevase. + </p> + <p> + Mientras ella, a orillas del río Soto, a media legua de Vetusta en + compañía de su Quintanar, dejaba a las truchas escapar + muertas de risa, su imaginación, vuelta a los tiempos y a los + parajes clásicos, se bañaba en el Cefiso, aspiraba los + perfumes de las rosas del Tempé, volaba al Escamandro, subía + al Taigeto y saltaba de isla en isla de Lesbos a las Cíclades, de + Chipre a Sicilia.... + </p> + <p> + Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o + bien navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente + pendían racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a + la prosaica orilla del Soto, llamada por la voz del ex-regente que + gritaba: + </p> + <p> + —¡Pero muchacha, que te están comiendo el cebo! + </p> + <p> + No importaba; Ana era feliz y Quintanar también. «¡Parece + otro!» se decía ella. «¡Parece otra!» + pensaba él. + </p> + <p> + El tiempo volaba. Junio se metió en calor. Vetusta en verano es una + Andalucía en primavera. Ana todas las mañanas, <i>por la + fresca</i> recorría la huerta y sacudía las ramas cargadas + de cerezas acompañada de don Víctor, Pepe el casero y Petra; + llenaban grandes cestas, forradas con hojas de higuera, de aquellos + corales húmedos y relucientes; y la Regenta sentía singular + voluptuosidad sana y risueña al pasar la finísima mano + blanca por las cerezas apiñadas sobre la verdura de las hojas + anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del Marqués + y a veces a las de sus amigos. Una mañana vio Ana que Petra y Pepe + llenaban de la más colorada fruta un canastillo de paja blanca y de + colores. Ana se acercó a ayudarlos. De pronto dijo: + </p> + <p> + —¿Para quién es esto?—Para don Álvaro—contestó + Petra. + </p> + <p> + —Sí, voy a llevárselo yo mismo a la fonda—añadió + Pepe sonriendo ya a la propina que veía en lontananza. + </p> + <p> + Ana sintió que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto + le pareció de repente más dulce y voluptuoso. + </p> + <p> + Y cuando nadie la veía, a hurtadillas, sin pensar lo que hacía, + sin poder contenerse, como una colegiala enamorada, besó con fuego + la paja blanca del canastillo. Besó las cerezas también... y + hasta mordió una que dejó allí, señalada + apenas por la huella de dos dientes. + </p> + <p> + Y asustada de su desfachatez pensó todo el día en la + aventura, sin vergüenza. + </p> + <p> + «¡También esto era cosa de la salud!». + </p> + <p> + La víspera de San Pedro, por la noche, el Magistral recibió + un B. L. M. del marqués de Vegallana invitándole a pasar el + día siguiente, desde la hora en que le dejasen libre sus deberes de + la catedral, en el Vivero en compañía de los dueños + de la quinta y de sus actuales inquilinos los señores de Quintanar, + más otros muchos buenos amigos. Pertenecía el Vivero a la + parroquia rural de San Pedro de Santianes; Pepe el casero era aquel año + factor de la fiesta de la parroquia, y pensaba echar la casa por la + ventana, «para no dejar mal al señor Marqués». + </p> + <p> + Anita, en la postdata de su última carta decía al confesor: + </p> + <p> + «El Marqués me ha dicho que piensa invitar a usted a la romería + de San Pedro. Somos nosotros <i>los factores</i>... Supongo que no faltará + usted. Sería un solemne desaire». + </p> + <p> + «No, no faltaré, pensaba don Fermín dando vueltas en + la cama. Ojalá tuviera valor para faltar, para despreciaros, para + olvidarlo todo... pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesión + que me vence siempre. Sí, si he de acabar por ir, si estoy seguro + de que al fin he de tomar el camino del Vivero, más vale ahorrarme + el tormento de la batalla y declararme vencido. Iré». + </p> + <p> + Y no pudo dormir una hora seguida en toda la noche. Pero esto era achaque + antiguo ya. Desde que Anita «<i>había vuelto a engañarle</i>» + don Fermín no gozaba hora de sosiego. + </p> + <p> + Como el Marqués no le había invitado a hacer el viaje en su + coche, lo cual tal vez indicaba cierta frialdad premeditada, que De Pas + fingía no sentir, tuvo el señor canónigo que ir en + persona a alquilar una berlina. Mandó que le esperase fuera del + Espolón a las diez en punto. Fue a la catedral, pero no pudo parar + allí y a las nueve y media ya estaba en medio de la carretera de + Santianes o del Vivero paseándola a lo ancho, agitado, pálido, + de un humor de mil diablos. + </p> + <p> + «¿A qué voy yo allá? De fijo estará el + otro. ¿Que voy yo a hacer allí? ¡Maldito Vivero!». + La berlina tardaba. De Pas daba pataditas de impaciencia. Por fin llegó + el coche destartalado, sucio, a paso de tortuga. + </p> + <p> + —¡Al Vivero, a escape!—gritó don Fermín + dejándose caer como un plomo sobre el asiento duro que crujió. + </p> + <p> + Sonrió el cochero, sacudió un latigazo al aire, el caballo + extenuado saltó sobre la carretera dos o tres minutos, y como si + aquello fuese una falta de formalidad indigna de sus años, que eran + muchos, volvió al paso perezoso sin protesta de nadie. + </p> + <p> + El Magistral recordó que en aquella misma berlina u otro coche de + la misma casa por lo menos, pocas semanas antes iba él llorando de + alegría, llena el alma de esperanzas, de proyectos que le hacían + cosquillas en los sentidos y en lo más profundo de las entrañas. + Y ahora un presentimiento le decía que todo había acabado, + que Ana ya no era suya, que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero + era ridículo; que si estaba allí Mesía, como era casi + seguro, todas las ventajas eran del petimetre. Vestía el Provisor + balandrán de alpaca fina con botones muy pequeños, de + esclavina cortada en forma de alas de murciélago. Tenía algo + su traje del que luce Mefistófeles en el <i>Fausto</i> en el acto + de la serenata. Había deliberado mucho tiempo a solas: ¿qué + ropa llevaría? Cada vez le pesaba más la sotana y le + abrumaba más el manteo. El sombrero de teja larga era odioso; + demasiado corto era cursi, ridículo, parecía cosa de don + Custodio; muy cerrado, antiguo, muy abierto, indigno de un Vicario + general. ¿Iría de levita? ¡Vade retro! No, el cura de + levita se convierte por fuerza en cura de aldea o en clérigo + liberal. El Magistral muy pocas veces recurría a tal indumentaria. + Oh, si le fuera lícito vestir su traje de cazador, su zamarra ceñida, + su pantalón fuerte y apretado al muslo, sus botas de montar, su + chambergo, entonces sí, iría de paisano, y la vanidad le decía + que en tal caso no tendría que temer el parangón con el + arrogante mozo a quien aborrecía. Sí, a quien aborrecía. + Don Fermín ya no se lo ocultaba a sí mismo. No daba nombre a + su pasión, pero reconocía todos sus derechos y estaba muy + lejos de sentir remordimientos. «Él era cura, cura, una cosa + ridícula, puestas las cosas en el estado a que habían + llegado». Había comprendido que Ana sentía repugnancia + ante el canónigo en cuanto el canónigo quería + demostrarle que además era hombre. «¡Y sí era + hombre vive Dios que era hombre, y tanto y más que el otro; capaz + de deshacerle entre sus brazos, de arrojarle tan alto como una pelota!...». + Dejaba de pensar en sus tristezas y en su cólera. Miraba como tonto + los accidentes del paisaje, los palos del telégrafo que iba dejando + atrás de tarde en tarde. Tuvo que levantar los vidrios de las + ventanillas porque el polvo le sofocaba. El sol le aburría y le + picaba; no había cortinas. El viaje se hacía interminable. + Aquella media legua se había estirado indefinidamente. «El + Marqués se había portado como un grosero no ofreciéndole + un asiento en su coche. La culpa la tenía él que había + aceptado el convite. ¿Pero qué remedio?». + </p> + <p> + Oyó el estrépito de cascos de caballo que machacaba la grava + reciente detrás de la berlina. Se asomó a ver quiénes + eran los jinetes y reconoció a don Álvaro y a Paco que + pasaron al galope de dos hermosos caballos blancos, de pura raza española. + </p> + <p> + Ellos no le vieron; el placer de la carrera los llevaba absortos y no + repararon en la mísera berlina que seguía al paso. Incapaz + de toda noble emulación, el mísero jaco de alquiler siguió + caminando lo menos posible, seguro de que la felicidad no estaba en el término + de ninguna carrera de este mundo. Para comer mal siempre se llega a + tiempo. Esta era toda su filosofía. El cochero debía de ser + discípulo del caballo. + </p> + <p> + Cuando el Magistral llegó al Vivero no había ningún + convidado en la casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban + tampoco. + </p> + <p> + Petra se le presentó vestida de aldeana, con una coquetería + provocativa, luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana + sujeto atrás, sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy + apretado al cuerpo esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubría + otra roja que se vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela. + Estaba hermosa y segura de ello. Sonrió al Magistral, y dijo: + </p> + <p> + —Los señores están en San Pedro. + </p> + <p> + —Ya lo suponía, hija mía, pero vengo muerto de sed + y.... + </p> + <p> + La aldeana fingida sirvió en la glorieta del jardín al + Magistral un refresco delicioso que improvisó con arte. + </p> + <p> + —Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hacían + allí los señores. + </p> + <p> + Petra dijo que doña Ana parecía otra: ¡qué + alegre! ¡qué revoltosa! nada de encerrarse en la capilla + horas y horas, nada de rezar siglos y siglos, nada de leer a su Santa + Teresa eternidades.... Vamos, era otra. ¿Y salud? Como un roble. + </p> + <p> + —¿El señorito Paco vino?—preguntó de + repente De Pas. + </p> + <p> + —Sí, señor, hará un cuarto de hora. Llegaron + él y el señorito Álvaro, a caballo, a escape; tomaron + un refresco como usted, y corrieron a San Pedro.... Creo que no habían + oído misa y quisieron coger la de la fiesta.... + </p> + <p> + En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de cohetes + cargados de dinamita. + </p> + <p> + —Ya están al alzar—dijo la doncella. + </p> + <p> + Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que + preguntó: + </p> + <p> + —¿La iglesia está cerca, creo, saliendo por ahí + por el bosque, verdad? + </p> + <p> + —Sí, señor; pero hay tres callejas que se cruzan y + puede darse en el río en vez de... si quiere usted ir, le acompañaré + yo misma; ahora no tengo nada que hacer allá dentro.... + </p> + <p> + —Si eres tan amable.... Petra echó a andar delante del + Magistral. Por un postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de + corpulentas encinas y robles retorcidos y ásperos. Ocupaba el + bosque las laderas de una loma y el altozano, que era lo más + espeso. Subía un repecho y don Fermín veía los bajos + irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo Petra, más algo + de la muy bordada falda blanca y de una media de seda calada, refinada + coquetería que quitaba propiedad al traje y por lo mismo le daba + picante atractivo. + </p> + <p> + —¡Qué calor, don Fermín!—decía la + rubia, enjugando el sudor de la frente con pañuelo de batista + barata. + </p> + <p> + —Mucho, rubita, mucho—respondía el Magistral, desabrochándose + el maldito balandrán y soplando con fuerza. + </p> + <p> + —Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que allá en + Matalerejo tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos.... + </p> + <p> + —¿Quién te lo ha dicho a ti? + </p> + <p> + —¡Bah! Teresina...—¿Sois amigas, eh?—Mucho. + Silencio. Los dos meditan. El canónigo reanuda el diálogo. + </p> + <p> + —No creas; yo, aquí donde me ves, soy un aldeano; juego a los + bolos que ya ya.... + </p> + <p> + Petra se detuvo y se volvió para ver a don Fermín que hacía + el ademán de arrojar una bola de roble por la cóncava bolera + adelante.... + </p> + <p> + Rió la doncella y continuando la marcha, dijo: + </p> + <p> + —No, que es usted fuerte no necesita decirlo: bien a la vista está. + </p> + <p> + Callaron otra vez. Detrás de la loma, y ya más cerca, + estallaron cohetes de dinamita y en seguida la gaita y el tamboril de + timbre tembloroso, apagadas las voces por la distancia, resonaron al través + de la hojarasca del bosque. + </p> + <p> + La gaita hablaba a las entrañas del Provisor y de Petra, ambos + aldeanos. Volvieron a mirarse y a sonreírse. + </p> + <p> + —Ya vuelven—dijo Petra, deteniéndose de nuevo. + </p> + <p> + —¿Llegamos tarde? + </p> + <p> + —Sí, señor; la comitiva tomará el camino de la + calleja de abajo y cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estarán + en el Vivero.... + </p> + <p> + —De modo.... + </p> + <p> + —De modo, que es mejor volvernos. ¡Ay, don Fermín, perdóneme + usted este paseo... esta molestia!... + </p> + <p> + —No, hija, no hay de qué... al contrario.... Aquí se + está bien... esta sombra... pero yo estoy algo cansado... y con tu + permiso... entre aquellas raíces, sobre aquel montón verde y + fresco de yerba segada... ¿eh? ¿qué te parece? voy a + sentarme un rato.... + </p> + <p> + Y lo hizo como lo dijo. Petra, sin atreverse a sentarse y sin querer dejar + el puesto, miró al suelo ruborosa, hizo movimientos felinos, y se + puso a retorcer una punta del delantal.... + </p> + <p> + —¿Cansado? ¡bah!—se atrevió a decir—un + mozo como usted.... + </p> + <p> + La gaita y el tambor llenaban las bóvedas verdes con sus + chorretadas, alegres ahora, luego melancólicas, cargadas siempre de + ideales perfumes campestres, de recuerdos amables. + </p> + <p> + El Magistral mordía yerbas largas y ásperas y meditaba con + una sonrisa amarga entre los labios. «¡Ironías de la + suerte! El fruto que se ofrecía, que le caía en la boca, allí... + despreciado... y el imposible codiciado... cuanto más imposible, más + codiciado.... Sin embargo, para que fuese menos ridícula su situación + en el Vivero, le parecía muy oportuno poner por obra lo que + meditaba. Y además, a él le convenía tener de su + parte a la doncella de la Regenta, hacerla suya, completamente suya...». + </p> + <p> + —Petra.... + </p> + <p> + —¿Señor?—gritó ella fingiendo susto. + </p> + <p> + —¿Quieres crecer? Pues bastante buena moza eres. Mira, no + seas tonta... si no tienes prisa... puedes sentarte.... Así como así, + yo quisiera preguntarte... algunas cositas respecto de.... + </p> + <p> + —Lo que usted quiera, don Fermín. Por aquí de fijo no + pasa nadie; porque, sobre que poca gente atraviesa el bosque para ir a la + iglesia, los que van siguen la trocha casa del leñador; es muy + fresca y tiene asientos muy cómodos. + </p> + <p> + —Mejor que mejor. Hablaremos más a gusto. Vamos allá. + </p> + <p> + Se levantó y emprendieron la marcha. Subían en silencio. El + monte se hacía más espeso. + </p> + <p> + La gaita y el tambor sonaban ya muy lejos, como una aprensión de + ruido. + </p> + <p> + Petra, al llegar a la casa del leñador, se dejó caer sobre + la yerba, algo distante de don Fermín; y encarnada como su saya + bajera, se atrevió a mirarle cara a cara con ojos serios y + decidores. + </p> + <p> + El Magistral se sentó dentro de la cabaña. + </p> + <p> + Hablaron. Por algo don Fermín temía el momento de + encontrarse con la comitiva, como decía Petra. Cuando media hora + después entraba solo por el postigo del bosque en la huerta, lo + primero que vio fue a la Regenta metida en el pozo seco, cargado de yerba, + y a su lado a don Álvaro que se defendía y la defendía + de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaquín y don Víctor + que arrojaban sobre ellos todo el heno que podían robar a puñados + de una vara de yerba, que se erguía en la próxima pomarada + de Pepe el casero. + </p> + <p> + El Marqués gritaba desde la galería del primer piso: + </p> + <p> + —¡Eh, locos! ¡locos! que os echo los perros, que destrozáis + la yerba de Pepe.... ¿Qué va a cenar el ganado? ¡Locos!...—Pepe, + no lejos del pozo, vestido con los trapos de cristianar, más una + corbata negra que había creído digna de un factor, dejaba + hacer, dejaba pasar, se rascaba la cabeza y sonreía gozoso.... + </p> + <p> + —Deje, señor, deje que <i>rebrinquen</i> los señoritos, + que la <i>erba</i> yo la apañaré... en sin perjuicio.... + </p> + <p> + La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados, + no pudo ver al Magistral hasta que se acabó la broma y le tocó + salir del pozo... con ayuda de don Álvaro y los que estaban fuera. + </p> + <p> + No se avergonzó de que su confesor la hubiera visto en tal situación.... + Le saludó amable, bulliciosa, y volvió con Obdulia, con + Visita y con Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaquín, + don Álvaro y don Víctor. + </p> + <p> + Del Magistral se apoderó el Marqués que le llevó al + salón donde estaban la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa + y su hija mayor, que no quería correr con <i>aquellos locos</i>; el + Barón, Ripamilán, Bermúdez, que tampoco quería + correr, Benítez el médico de Anita, y otros vetustenses + ilustres. + </p> + <p> + —Mire usted, señor Provisor—dijo Vegallana—; la + fiesta se ha dividido en dos partes: como Pepe es el factor, ha convidado + a todos los curas de la comarca, catorce salvo error; yo les he propuesto + venirse a comer aquí con nosotros, pero como algunos de ellos son + cerriles, comprendí que preferían verse libres de damas y + caballeretes de la ciudad y se les ha puesto su mesa en el palacio viejo, + donde yo pienso acompañarlos. Ahora bien, yo proponía a + Ripamilán que viniese conmigo, pero él no quiere.... Si + usted fuese tan amable que me acompañara, aquellos buenos párrocos + se creerían honrados infinitamente... ¡ya ve usted, como + usted es el señor Vicario general!... + </p> + <p> + No hubo más remedio. El Magistral tuvo que comer con el Marqués + y los curas en el palacio viejo. + </p> + <p> + Petra se encargó de presidir el servicio de la <i>mesa de aldea</i>, + aún vestida de aldeana del país, y colorada, echando chispas + de oro de los rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos, + elocuentes, llenos de una alegría maligna que robaba los corazones + de los aldeanos y de algunos clérigos rurales. + </p> + <p> + A la hora del café don Fermín no pudo resistir más, + se escapó como pudo y volvió a la casa nueva, donde la + algazara había llegado a ser estrépito de los diablos. En el + momento de entrar él, don Víctor (con una montera <i>picona</i> + en la cabeza) cantaba un dúo con Ripamilán, rejuvenecido, + junto al piano, que tocaba como sabía don Álvaro, con un + puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos + brillantes que el humo del cigarro cegaba. + </p> + <p> + Las señoras ya no estaban allí. La Marquesa, la gobernadora + y la Baronesa paseaban por la huerta; la gente <i>joven</i>, Obdulia, + Visita, Ana, Edelmira y la niña del Barón, corrían + solas por el bosque. + </p> + <p> + Se las oía gritar, desde la galería de cristales. Obdulia, + Visita y Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los + hombres. + </p> + <p> + Así lo comprendió Joaquín que propuso a Paco dejar el + concierto de Quintanar y don Cayetano y correr detrás de <i>aquellas</i>. + </p> + <p> + —Deja, luego—decía Paco, que gozaba mucho con las + canciones antiquísimas de Ripamilán y ya se iba cansando a + ratos de su prima. + </p> + <p> + Cuando Quintanar y el Arcipreste se quedaron roncos, que fue pronto, se + dejó el piano y se cumplieron los deseos de Orgaz. Él, Paco, + Mesía y Bermúdez salieron de la casa y entraron en el + bosque. «Ya no se oían los gritos de <i>aquellas</i>». + «¿Se habrían escondido?». «Eso debía + de ser». + </p> + <p> + «A buscarlas cada cual por su lado». + </p> + <p> + «¡Magnífico! ¡magnífico!». + </p> + <p> + Se dispersaron y pronto dejaron de verse unos a otros. + </p> + <p> + Bermúdez, en cuanto se sintió solo, se sentó sobre la + yerba. Un encuentro a solas con cualquiera de aquellas señoras y señoritas + en un bosque espeso de encinas seculares, le parecía una situación + que exigía una oratoria especial de la que él no se sentía + capaz. Y, sin embargo, ¡qué deliciosa podría ser una + conferencia íntima con Obdulia o con Ana <i>sobre la verde alfombra</i>! + </p> + <p> + El Magistral tuvo que quedarse con Ripamilán, don Víctor, el + gobernador, Benítez y otros señores graves. Benítez + era joven, pero prefería hacer la digestión sentado y + fumando un buen cigarro. + </p> + <p> + Don Víctor se acercó al médico, en el hueco de un + balcón y De Pas pudo oír el diálogo que entablaron. + </p> + <p> + —¡Oh! no puede figurarse usted cuánto le debo. + </p> + <p> + —¿A mí, don Víctor? + </p> + <p> + —Sí a usted; Ana es otra. ¡Qué alegría, + qué salud, qué apetito! Se acabaron las cavilaciones, la + devoción exagerada, las aprensiones, los nervios... las locuras... + como aquella de la procesión.... Oh, cada vez que me acuerdo se me + crispan los... pues nada, ya no hay nada de aquello. Ella misma está + avergonzada de lo pasado. Se ha convencido de que la santidad ya no es + cosa de este siglo. Este es el siglo de las luces, no es el siglo de los + santos. ¿No opina usted lo mismo, señor Benítez? + </p> + <p> + —Sí señor—dijo el médico sonriendo y + chupando su cigarro. + </p> + <p> + —¿De modo que usted opina que mi mujer está curada del + todo?... ¿radicalmente?... + </p> + <p> + —Doña Ana, amigo mío, no estaba enferma; se lo he + dicho a usted cien veces; lo que tenía se curaba sin más que + cambiar de vida; pero no era enfermedad... por eso no puede decirse con + exactitud que se ha curado... por lo demás... esa misma exaltación + de la alegría, ese optimismo, ese olvido sistemático de sus + antiguas aprensiones... no son más que el reverso de la misma + medalla. + </p> + <p> + —¿Cómo? usted me asusta. + </p> + <p> + —Pues no hay por qué. Doña Ana es así; + extremosa... viva... exaltada... necesita mucha actividad, algo que la + estimule... necesita.... + </p> + <p> + Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría + mucho los ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco + burlesca. + </p> + <p> + —¿Qué necesita?—Eso... un estímulo + fuerte, algo que le ocupe la atención con... fuerza...; una + actividad... grande... en fin, eso... que es extremosa por + temperamento.... Ayer era mística, estaba enamorada del cielo; + ahora come bien, se pasea al aire libre entre árboles y flores... y + tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la manía de la + salud.... + </p> + <p> + —Es verdad; no habla más que de la salud la pobrecita. + </p> + <p> + —¡Qué pobrecita! ¿Pobrecita por qué? + </p> + <p> + —¿Por qué? por esos extremos... por esos estímulos + que necesita.... + </p> + <p> + —¿Y eso qué importa? Su temperamento exige todo + eso.... + </p> + <p> + —¿De modo que usted cree que ayer era devota, exageradamente + devota porque... tal vez había quien influía en su espíritu + en cierto sentido?... + </p> + <p> + —Justo. Es muy probable. Don Víctor, aturdido como solía, + hablaba sin miedo de ser oído, sin ver al Magistral, que fingiendo + leer un periódico y a ratos atender a Ripamilán, se + esforzaba en no perder ni una palabra del diálogo del balcón. + </p> + <p> + —¿De modo... que el cambio de Anita se debe a... otra + influencia?... ¿su pasión por el campo, por la alegría, + por las distracciones se debe... a un nuevo influjo? + </p> + <p> + —Sí señor; es un aforismo médico: <i>ubi + irritatio ibi fluxus</i>. + </p> + <p> + —¡Perfectamente! ¡<i>Ubi irritatio</i>... justo, <i>ibi</i>... + <i>fluxus</i>! + </p> + <p> + ¡Convencido! Pero aquí el nuevo influjo... ¿dónde + está? Veo el otro, el clero, el jesuitismo... pero, ¿y este? + ¿quién representa esta nueva influencia... esta nueva <i>irritatio</i> + que pudiéramos decir?... + </p> + <p> + —Pues es bien claro. Nosotros. El nuevo régimen, la higiene, + el Vivero... usted... yo... los alimentos sanos... la leche... el aire... + el heno... el tufillo del establo... la brisa de la mañana... etc., + etc. + </p> + <p> + —Basta, basta; comprendido... la higiene... la leche... el olor del + ganado... ¡magnífico!... ¡De modo que Ana está + salvada! + </p> + <p> + —Sí señor.—¿Porque esta nueva exageración + no puede llevarnos a nada malo?... + </p> + <p> + Benítez escupió un pedazo del puro, que había roto + con los dientes, y contestó con la misma sonrisa de antes: + </p> + <p> + —A nada.—¡Santa Bárbara!—gritó + Quintanar cerrando los ojos y poniéndose en pie de un salto. + </p> + <p> + Y tras el relámpago, que le había deslumbrado, retumbó + un trueno que hizo temblar las paredes. Cesaron todas las conversaciones, + todos se pusieron en pie; Ripamilán y don Víctor estaban pálidos. + Eran dos hombres valientes de veras que se echaban a temblar en cuanto + sonaba un trueno. + </p> + <p> + Ripamilán, aunque algo sordo de algunos años acá, había + oído perfectamente la descarga de las nubes y ya se sentía + mal. No tenía bastante confianza para pedir un colchón con + que taparse la cabeza, según acostumbraba hacer en su casa. + </p> + <p> + Todos los convidados, menos los dos miedosos, se acercaron a los balcones + para ver llover. Caía el agua a torrentes. Allá al extremo + de la huerta se veía a la Marquesa y a las señoras que la + acompañaban refugiadas bajo la cúpula del Belvedere que + dominaba el paisaje, en una esquina del predio, junto a la tapia. + </p> + <p> + —¿Y los chicos?—preguntó Ripamilán + asustado, fingiendo temer por los demás. + </p> + <p> + Llamaba <i>los chicos</i> a los que habían salido al bosque. + </p> + <p> + —¡Es verdad! ¿Qué era de ellos? Hay que + buscarlos.... Se van a poner perdidos—exclamó Quintanar, + acordándose de su mujer, lleno de remordimientos por no haberlo + dicho antes. + </p> + <p> + El Magistral no pensaba en otra cosa, pero callaba. Estaba pasando un + purgatorio y aquello era ya el colmo. «Los otros en el bosque... y + el cielo cayendo a cántaros sobre ellos.... ¡A qué + cosas no estaría obligando la galantería de don Álvaro + en aquel momento!». + </p> + <p> + —Es preciso ir a buscarlos—decía el gobernador. + </p> + <p> + —Hay que llevarles paraguas...—Y el caso es que la Marquesa + está sitiada por el chubasco allá abajo y no puede + disponer.... + </p> + <p> + —Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y + no puede venir y mandar.... + </p> + <p> + Y se deliberó largamente qué se haría. + </p> + <p> + —Hay que salvar a los náufragos—dijo el Barón a + guisa de chiste. + </p> + <p> + El Magistral, que había salido del salón, se presentó + con dos paraguas grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreció uno a + don Víctor, diciendo: + </p> + <p> + —Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que también + lo soy... ¡al monte! ¡al monte! + </p> + <p> + Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole + con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores. + </p> + <p> + —¡Bravo, bravo!—gritaron aquellos señores, que + aplaudían el heroísmo ajeno. + </p> + <p> + Un trueno formidable, simultáneo con el relámpago, estalló + sobre la casa y puso pálidos a los más valientes. + </p> + <p> + —¡Vamos, vamos, pronto!—gritó el Magistral, cuya + palidez no la causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su + mala suerte, a sarcasmos del diablo que se burlaba de él y de su + miserable condición de clérigo. + </p> + <p> + —Pero... don Fermín—se atrevió a decir Quintanar—por + lo mismo que soy cazador... conozco el peligro.... El árbol atrae + el rayo.... Ahí arriba también hay laureles, el laurel llama + la electricidad; ¡si fueran pinos menos mal! ¡pero el + laurel!... + </p> + <p> + —¿Qué quiere usted decir? ¿Que los parta un + rayo a los otros? No ve usted que con ellos está doña + Ana.... + </p> + <p> + —Sí, verdad es... pero ¿no podría ir Pepe con + algún criado... con Anselmo...? Usted va a mojarse el balandrán... + y la sotana.... + </p> + <p> + —¡Al monte! ¡don Víctor, al monte!—rugió + el Provisor. + </p> + <p> + Y la voz terrible fue apagada por un trueno más horrísono + que los anteriores. + </p> + <p> + —Señores—dijo Ripamilán que estaba escondido en + una alcoba—. No se apuren ustedes, los chicos deben de estar a + techo. + </p> + <p> + —¿Cómo a techo?...—Sí, Fermín, no + se asuste usted. A techo... en la casa del leñador que usted no + conoce; es una cabaña rústica, que el Marqués se hizo + construir con cañas y césped allá arriba, en lo más + espeso del monte.... + </p> + <p> + El Magistral no quiso oír más. Salió con un paraguas + bajo el brazo y dejó caer el otro a los pies de don Víctor. + </p> + <p> + El cual recogió el arma defensiva, que llamó escudo para sus + adentros, y siguió sin chistar «al loco del Magistral», + sin explicarse por qué se empeñaba en que fueran ellos a + buscar a la Regenta y no los criados. + </p> + <p> + Tampoco los señores del salón comprendían aquello; y + sonreían con discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un + misterio la conducta del Magistral. + </p> + <p> + —Tenía razón don Víctor—advirtió + el barón—¿por qué no habían de haber ido + los criados? + </p> + <p> + —Además—dijo el gobernador—eso parece una lección + a todos nosotros, especialmente a usted que tiene por allá a su + hija.... + </p> + <p> + El trueno que estalló en aquel instante se le antojó a + Ripamilán que había metido cien rayos en la casa. + </p> + <p> + El miedo ya era general.—Ea, ea, señores—dijo el + Arcipreste desde la alcoba—a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso + de ustedes... <i>In nomine Patris</i>... + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXVIIImdash" id="XXVIIImdash"></a>—XXVIII— + </h2> + <p> + —¿Adónde van ustedes?—gritaba la Marquesa desde + el <i>Belvedere</i> al Magistral y a don Víctor que uno tras otro, + a veinte pasos de distancia, corrían por el bosque, calados ya + hasta los huesos, chorreando el agua por todos los pliegues de la ropa y + por las alas del sombrero. + </p> + <p> + —¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me + lleva este hombre! contestó don Víctor sin dar muchas voces, + furioso, empeñado en abrir el paraguas que tropezaba con las ramas + y se enredaba en las zarzas. + </p> + <p> + La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por señas, pero don Víctor + ya no la entendía y don Fermín ni la oía siquiera. + </p> + <p> + —Pero aguarde usted, santo varón; espere usted, ¡deliberemos; + formemos un plan!... ¿a dónde me lleva usted? + </p> + <p> + Por lo visto tampoco oía a Quintanar aquel santo varón, + porque continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrás un + momento. + </p> + <p> + De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y + bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al + ex-regente, que escupía y se sacudía las telas sutilísimas + con asco y rabia. + </p> + <p> + —¡Esto es un telar!—gritaba, y se envolvía en los + hilos como si fueran cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y + caía de hinojos, blasfemando, contra su costumbre. + </p> + <p> + —También es ocurrencia de chicos venir al monte a + divertirse.... Si no hay más que arañas y espinas.... Don + Fermín, espere usted por las once mil... de a caballo, que yo me + pierdo y me caigo. + </p> + <p> + Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto. + </p> + <p> + No osó blasfemar otra vez.—¡Don Fermín! ¡don + Fermín! ¡espere usted en nombre de la humanidad! + </p> + <p> + De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima + y disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría: + </p> + <p> + —Parece mentira que sea usted cazador. + </p> + <p> + —Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un + bombardeo... y las arañas se me meten en el estómago... y + sobre todo a mí me gustan las acciones heroicas que tienen alguna + utilidad. <i>Nisi utile est id quod facimus, stulta est gloria</i> ha + dicho Baglivio. ¿A dónde vamos nosotros, a ver, dígalo + usted si lo sabe? + </p> + <p> + —A buscar a doña Ana que estará... poniéndose + perdida.... + </p> + <p> + —¡Quiá perdida! ¿Cree usted que son tontos? De + fijo están a techo.... ¿Cree usted que han de estar + papando... arañas y nadando como nosotros? ¿Además no + tienen pies para volverse a casa? ¿No saben el camino? Dirá + usted que les llevamos paraguas; ¿y para qué sirven los + paraguas? + </p> + <p> + El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no servían + de nada en el bosque. + </p> + <p> + —Haga usted lo que quiera—dijo—yo sigo. + </p> + <p> + —Eso es darme una lección—replicó don Víctor + algo picado y continuando también la ascensión penosa. + </p> + <p> + —No señor.—Sí señor; eso... es ser más + papista que el Papa. Me parece a mí que mi mujer me importa más + a mí que a nadie.... Y usted dispense este lenguaje... pero, + francamente, esto ha sido una quijotada. + </p> + <p> + Quintanar comprendió que aquello era una insolencia, pero estaba + furioso y no quiso recogerla. + </p> + <p> + El primer impulso de don Fermín fue descargar el puño del + paraguas sobre la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en + aquella ocasión; pero se contuvo por multitud de consideraciones... + y continuó subiendo en silencio. + </p> + <p> + A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonarían + a un náufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas + llevaba clavadas en el cerebro con clavos de fuego: <i>Ubi irritatio ibi + fluxus</i> decía una; y la otra: ¡estarán en la casa + del leñador! No creía el Provisor en una Providencia que + aprovecha juegos de la suerte, combinaciones de teatro para dar lecciones, + pero supersticiosamente enlazaba el recuerdo de la mañana, de su + paseo y conversación con Petra, con las escenas también + campestres en que temía groseramente ver enredada a la Regenta. + </p> + <p> + «¡<i>Ubi irritatio ibi fluxus</i>!» iba pensando; es + verdad, es verdad... he estado ciego... la mujer siempre es mujer, la más + pura... es mujer... y yo fuí un majadero desde el primer día.... + Y ahora es tarde... y la perdí por completo. Y ese infame.... + </p> + <p> + Echó a correr monte arriba. «¡Pero ese hombre está + loco!», pensaba Quintanar, que le seguía jadeante, con un + palmo de lengua colgando y a veinte pasos otra vez. + </p> + <p> + El Magistral procuraba orientarse, recordar por dónde había + bajado pocas horas antes de la casa del leñador. Se perdía, + confundía las señales, iba y venía... y don Víctor + detrás, librándose de las arañas como de leones, de + sus hilos como de cadenas. + </p> + <p> + «Lo mejor es subir por la máxima pendiente, ello está + hacia lo más alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar...». + </p> + <p> + Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don Víctor, con cara amable y + voz dulce y suplicante advirtió: + </p> + <p> + —Señor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que + separarnos; hágame usted el favor de subir por ahí, por la + derecha.... + </p> + <p> + Don Víctor se negó, pero el Magistral insistiendo, y con + alusiones embozadas al miedo positivo de su compañero, logró + picar otra vez su amor propio y le obligó a torcer por la derecha. + </p> + <p> + Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subió corriendo cuanto podía, + tropezando con troncos y zarzas, ramas caídas y ramas + pendientes.... Iba ciego; le daba el corazón, que reventaba de + celos, de cólera, que iba a sorprender a don Álvaro y a la + Regenta en coloquio amoroso cuando menos. «¿Por qué? + ¿No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaquín, + Visita, Obdulia y los demás que habían subido al bosque?». + No, no, gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don Álvaro + sabe mucho de estas aventuras, ya habrá él aprovechado la + ocasión, ya se habrá dado trazas para quedarse a solas con + ella. Paco y Joaquín no habrán puesto obstáculos, + habrán procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y Edelmira + respectivamente. Visitación los habrá ayudado. Bermúdez + es un idiota... de fijo están solos. Y vuelta a correr cuanto podía, + tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrán + empapado que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de + lodo y telarañas mojadas. También él llevaba la boca + y los ojos envueltos en hilos pegajosos, tenues, entremetidos. + </p> + <p> + Llegó a lo más alto, a lo más espeso. Los truenos, + todavía formidables, retumbaban ya más lejos. Se había + equivocado, no estaba hacia aquel lado la cabaña. Siguió + hacia la derecha, separando con dificultad las espinas de cien plantas + ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las ramas la caseta rústica.... + Alguien se movía dentro.... Corrió como un loco, sin saber + lo que iba a hacer si encontraba allí lo que esperaba..., dispuesto + a matar si era preciso... ciego.... + </p> + <p> + —¡Jinojo! que me ha dado usted un susto...—gritó + don Víctor, que descansaba allí dentro, sobre un banco rústico, + mientras retorcía con fuerza el sombrero flexible que chorreaba una + catarata de agua clara. + </p> + <p> + —¡No están!—dijo el Magistral sin pensar en la + sospecha que podían despertar su aspecto, su conducta, su voz trémula, + todo lo que delataba a voces su pasión, sus celos, su indignación + de marido ultrajado, absurda en él. + </p> + <p> + Pero don Víctor también estaba preocupado. No le faltaba + motivo. + </p> + <p> + —Mire usted lo que me encontrado aquí—dijo y sacó + del bolsillo, entre dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata. + </p> + <p> + —¿Qué es eso?—preguntó De Pas, sin poder + ocultar su ansiedad.—¡Una liga de mi mujer!—contestó + aquel marido tranquilo como tal, pero sorprendido con el hallazgo por lo + raro. + </p> + <p> + —¡Una liga de su mujer! El Magistral abrió la boca + estupefacto, admirando la estupidez de aquel hombre que aún no + sospechaba nada. + </p> + <p> + —Es decir—continuó Quintanar—una liga que fue de + mi mujer, pero que me consta que ya no es suya.... Sé que no le + sirven... desde que ha engordado con los aires de la aldea... con la + leche... etc., y que se las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo + que esta liga... es de Petra. Petra ha estado aquí. Esto es lo que + me preocupa.... ¿A qué ha venido Petra aquí... a + perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he creído oportuno + dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa, está a mi + servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es de Petra. + </p> + <p> + Don Fermín estaba rojo de vergüenza, lo sentía él. + Todo aquello, que había podido ser trágico, se había + convertido en una aventura cómica, ridícula, y el + remordimiento de lo grotesco empezó a pincharle el cerebro con + botonazos de jaqueca.... Por fortuna don Víctor, según + observó también De Pas, no estaba para atender a la vergüenza + de los demás, pensaba en la suya; se había puesto también + muy colorado. Comprendió el Magistral por qué torcidos + senderos conocía el ex-regente las ligas de su mujer. + </p> + <p> + También Quintanar tenía, además de vergüenza, + celos. + </p> + <p> + No podía saber De Pas hasta qué punto había llegado + la debilidad de don Víctor, que se decía a sí mismo: + «Probablemente este clérigo, malicioso como todos, estará + sospechando... lo que no ha habido». + </p> + <p> + Lo cierto era que don Víctor, al cabo, había cedido hasta + cierto punto a las insinuaciones de Petra. + </p> + <p> + Pero acordándose de lo que debía a su esposa, de lo que se + debía a sí mismo, de lo que debía a sus años, + y de otra porción de deudas, y sobre todo, por fatalidad de su + destino que nunca le había permitido llevar a término + natural cierta clase de empresas, era lo cierto que había + retrocedido en <i>aquel camino de perdición</i> desde el día + en que una tentativa de seducción se le frustó, por fingido + pudor de la criada. «No había, en suma, llegado a ser dueño + de los encantos de su doncella, pero en aquellos primeros y últimos + escarceos amorosos había podido adquirir la convicción de + que la Regenta le había regalado a Petra unas ligas que el amante + esposo le había regalado a ella». + </p> + <p> + «¿Por qué se le había ido la lengua delante del + Magistral?». + </p> + <p> + «No podía explicárselo, los celos, si así podían + llamarse, le habían hecho hablar alto. Por lo demás, + él despreciaba a la rubia lúbrica en el fondo del alma... y + sólo en un momento de exaltación... de la mente, había + podido...». + </p> + <p> + La tempestad ya estaba lejos... los árboles continuaban chorreando + el agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul. + </p> + <p> + Por decir algo, don Víctor dijo: + </p> + <p> + —Verá usted como esto repite a la noche.... Por allá + abajo viene otro mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas.... + </p> + <p> + Vamos a bajar antes que vuelva el agua—advirtió De Pas, que + hubiera querido estar cinco estados bajo tierra. + </p> + <p> + Los dos se tenían miedo. + </p> + <p> + Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra. + </p> + <p> + Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los llamó + de lejos, entre los árboles. + </p> + <p> + —Don Víctor, don Víctor... eh, don Víctor... + por aquí. + </p> + <p> + —¿Qué pasa? ¿Han parecido? ¿Alguna + desgracia? + </p> + <p> + —¿Qué desgracia? no señor, que los señoritos + y las señoritas ya estaban en casa muy tranquilos cuando ustedes + estarían llegando a mitad del monte... apenas se han mojado.... Yo + salí, por orden de la señora Marquesa, en su busca apenas + comenzó a llover.... Fui con el carro y el toldo encerado a la + calleja de Arreo donde sabía yo que el señorito Paco había + de parecer, porque aquel es el camino más corto y la casa de Chinto + está allí, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban + todas las señoritas, que no se habían mojado apenas... + porque en el monte cuando empieza el chaparrón se está como + a techo.... De modo que todos están en casa muertos de risa, menos + la señora doña Anita que teme por usted y... por este señor + cura.... + </p> + <p> + —¿Pero y la señora Marquesa cómo no nos advirtió?... + </p> + <p> + —Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hacía + caso, y que ella le decía que ya había salido el carro.... + </p> + <p> + Y Pepe se reía a carcajadas.—No ha sido mala broma, je, + je.... Probecicos y da lástima verles... sobre todo este señor + cura está hecho un <i>eciomo</i>, perdonando la comparanza, es una + sopa.... Anda, anda, y cómo se le ha ponío too el melindrán + este... y la sotana parece un charco.... + </p> + <p> + Tenía razón Pepe. De Pas y don Víctor se miraban y se + encontraban aspecto de náufragos. + </p> + <p> + —Anden, anden, ángeles de Dios, que la mojadura puede llegar + a los huesos y darles un romantismo.... + </p> + <p> + —Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado. + </p> + <p> + —La señorita Ana ya tié preparada ropa caliente pa usté + y creo que no falta pa este señor cura: y si no, yo tengo una + camisa fina que podría ponérsela una princesa.... + </p> + <p> + El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde habían + salido, dio vuelta a la muralla y entró en las cocheras, de donde + hizo sacar su miserable berlina de alquiler. + </p> + <p> + Don Víctor no le vio siquiera separarse de él. Tan absorto + iba. + </p> + <p> + Encontró el Magistral al Marqués que no quería + dejarle marchar en aquel estado.... + </p> + <p> + —Pero si va usted a coger una pulmonía.... Múdese + usted.... Ahí habrá ropa.... + </p> + <p> + No hubo modo de convencerle.—Despídame usted de la Marquesa. + En una carrera estoy en mi casa.... + </p> + <p> + Y dejó el Vivero, no tan a escape como él hubiera querido, + sino a un trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos + que regular. + </p> + <p> + —Pero, hombre, castigue usted a ese animal—gritaba don Fermín + al cochero—. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero + llegar pronto a mi casa. + </p> + <p> + El cochero, ante la perspectiva de una propina, descargó dos + tremendos latigazos sobre los lomos del rocín, que vino a pagar así + la ira concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos + latigazos los hubiera descargado el canónigo de buen grado sobre el + rostro de Mesía. + </p> + <p> + Cuando el miserable y desvencijado vehículo llegaba a las primeras + casas de los arrabales de Vetusta, obscurecía. La noche, según + había anunciado don Víctor, amenazaba con nueva tormenta. + Todo el cielo se cubría de nubes pardas que se ennegrecían + poco a poco. Ya se veían relámpagos extensos en el horizonte + por Norte y Oeste, y de tarde en tarde zumbaba rodando un trueno allá + muy lejos. + </p> + <p> + Don Fermín llevaba el alma sofocada de hastío, de desprecio + de sí mismo. ¡Qué jornada! pensaba, ¡qué + jornada! No le quedaba ni el consuelo de compadecerse; merecido tenía + todo aquello; el mundo era como el confesonario lo mostraba, un montón + de basura; las pasiones nobles, grandes, sueños, aprensiones, + hipocresía del vicio.... Buena prueba era él mismo, que a + pesar de sentirse enamorado por modo angélico, caía una y + otra vez en groseras aventuras, y satisfacía como un miserable los + apetitos más bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra + era de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del + maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada. + «Con unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo». + «¿Y don Víctor? Otro miserable y además un estúpido + que merecía cuanto mal le viniera encima, como él, como Ana + lo merecían también, como lo merecía el mundo entero + que era un lodazal.... ¡Oh, aquellos relámpagos debían + quemar el mundo entero si se quería hacer justicia de una vez!». + </p> + <p> + Lo que más le irritaba era que su conciencia le envolvía a + él también en el general desprecio.... «Todo era pequeño, + asqueroso, bajo... y él como todo». + </p> + <p> + «¿Y lo que había dicho el médico? <i>Ubi + irritatio</i>... es decir que Ana caería en brazos de don Álvaro... + ¡que era fatal aquella caída!... Y tanto misticismo, y tanto + hermano mayor del alma... ¿para qué había servido? + Farsa, hipocresía, hipocresía inconsciente, como la propia, + como la del universo entero...». + </p> + <p> + El Magistral daba diente con diente. El frío le hizo pensar en la + ropa, la ropa en su madre. + </p> + <p> + «Esta es otra. ¿Qué va a decir al verme entrar así? + Tendré que inventar una mentira. ¡Bah! una más, + ¿qué importa?... Y los otros allá... a sus anchas.... + Podrán, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo idiota + del marido.... Oh, ¿quién es aquí el marido? ¿Quién + es aquí el ofendido? ¡Yo, yo! que siento la ofensa, que la + preveo, que la huelo en el aire... no él que no la ve aun puesta + delante de los ojos...». + </p> + <p> + Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso + al Vivero a sorprender «lo que el presentimiento le daba por seguro, + lo que no había pasado tal vez en el bosque, pero lo que estaría + pasando en la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas + damas lascivas, locas y encubridoras...». + </p> + <p> + Un trueno que retumbó sobre Vetusta sirvió de acompañamiento + a la cólera del canónigo. + </p> + <p> + —«¡Eso! ¡eso!—rugió mientras abría + la portezuela y se apeaba frente a su casa—. ¡Esto sólo + se arregla con rayos!». + </p> + <p> + Y entró en su casa después de pagar al cochero. + </p> + <p> + Los rayos que quería le esperaban arriba dispuestos a estallar + sobre su cabeza. + </p> + <p> + Cuando se acostó aquella noche, pensaba que en su vida había + tenido tan formidable reyerta con su señora madre, ni había + visto jamás a doña Paula ostentar mayores parches de sebo en + las sienes. + </p> + <p> + Y al dormirse, la última idea que le perseguía, la que más + le atormentaba con sus punzadas, era la del ridículo. + </p> + <p> + «¡Qué aventuras tan grotescas... qué horrorosa + ironía de lo cómico durante todo el día! Y... la + culpa de todo la tenía la odiosa, la repugnante sotana...». + </p> + <p> + Los últimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a + pesar de todo durmió, rendido por tanta fatiga. + </p> + <p> + Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo + buena cara, y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, + y algunos otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera + hora y más tarde al monte, que llamaba el clero del campo <i>la + santina</i>, en la casa nueva todas las damas y los caballeros que habían + querido correr por los prados en la romería, procuraban divertirse + como podían y se bailaba, se tocaba el piano, se cantaba y se + jugaba al escondite por toda la casa. Ya se sabía que al Vivero no + se iba a otra cosa. Visitación, Obdulia y Edelmira también, + eran las que conocían mejor los lugares más escondidos, dónde + había puertas de escape, y todo lo que exigían aquellos + juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos años + que tenían varias de aquellas personas tan alegres. + </p> + <p> + A don Víctor se le recibió en triunfo; triunfo burlesco. + Algunos, Visita y Paco entre ellos, querían coronarlo, pero + él prefirió correr a su cuarto para mudarse de pies a + cabeza. + </p> + <p> + Entró con él la Regenta para ayudarle. + </p> + <p> + —¿Y don Fermín?—preguntó. + </p> + <p> + —Tu don Fermín es un botarate, hija mía, y perdona—contestó + Quintanar de mal humor, mientras se mudaba los calcetines. + </p> + <p> + Y refirió a su mujer todo lo que les había sucedido, menos + el hallazgo de la liga. + </p> + <p> + Ana convino en que De Pas había llevado la galantería a un + extremo ridículo, sobre todo ridículo, en un sacerdote. + </p> + <p> + —¿A quién le importará más mi mujer, a + él o a mí?—repetía a cada instante el marido, + como supremo argumento contra el Magistral. + </p> + <p> + «Sí, pensaba Ana, tiene razón don Álvaro, ese + hombre... tiene celos, celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido + una imprudencia.... Debo huir de él, tiene razón Álvaro». + </p> + <p> + Mesía y Paco, en los días anteriores, habían venido + varias veces al Vivero, a caballo; Mesía había encontrado a + la Regenta expansiva, alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo + conseguir que ella escuchase consejos que él juraba higiénicos + principalmente. + </p> + <p> + «El misticismo era una exaltación nerviosa». + </p> + <p> + En eso estaba Ana también, asustada todavía con los + recuerdos de sus aprensiones. + </p> + <p> + «Además, el Magistral no era un místico; lo menos malo + que se podía pensar de él era que se proponía ganar a + las señoras de categoría para adquirir más y más + influencia». + </p> + <p> + Cuando don Álvaro se atrevió a decir esto, ya sus + confidencias habían sido muy íntimas. + </p> + <p> + De amor no se hablaba; Mesía, aunque con trabajo, respetaba a la + Regenta hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo + agradecía y, como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar + en los peligros de aquella amistad; y lo conseguía mejor que antes. + </p> + <p> + «Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre + de cavilaciones y propósitos quijotescos y excesivos: quiero paz, + quiero calma... seré como todas. Mi honor no padecerá... + pero los escrúpulos me volverían a la locura, a las + aprensiones horrorosas...». + </p> + <p> + Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados. + </p> + <p> + La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía + minando el terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con + sofismas. + </p> + <p> + Cuando Quintanar refirió los pasos imprudentes del Magistral, Ana + sintió por un momento algo de odio. «¿Cómo? + ¿Su mismo confesor la comprometía? Si Víctor fuera + otro, ¿no podría haber sospechado o de don Álvaro o + del canónigo mismo? ¿Pues no estaba bien claro que todo + aquello eran celos? ¡No faltaba más! ¡qué + horror! ¡qué asco! ¡amores con un clérigo!». + </p> + <p> + Y ahora sí que la imagen de don Álvaro se le presentaba + risueña, elegante, fresca y viva. «Al fin aquello estaba + dentro de las leyes naturales y sociales... a lo menos era cosa menos + repugnante... menos ridícula; no, lo que es ridículo, + nada... ¡pero un canónigo!...». + </p> + <p> + Y le parecía que el pecado de querer a un Mesía era ya poco + menos que nada, sobre todo si servía para huir de los amores de un + Magistral... «¿Pero qué se habría figurado + aquel señor cura?». + </p> + <p> + No se acordaba la Regenta ahora de aquello del «hermano mayor del + alma», ni de la leña que ella, sin mala intención, sin + asomo de coquetería, había arrojado al fuego de que ahora se + avergonzaba. La pasión, que ahora halagaba con su nueva vida, + vencedora, próxima a estallar, le sugería sofisma tras + sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal la conducta del + Provisor, y noble y caballeresca la de Mesía. + </p> + <p> + El cual, aquella misma mañana en el pozo lleno de yerba, antes en + el patio de la iglesia, por las callejas, cuando venían detrás + del tambor y de la gaita, en el bosque, después en el carro de + Pepe, donde venían juntos, casi sentada ella encima de él, + sin poder remediarlo, más tarde en el salón, en todas partes + y en todo el día le había estado dejando ver que la adoraba, + «pero no se lo había dicho, por respeto... a fuerza de + quererla tanto». + </p> + <p> + Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del clérigo. + </p> + <p> + Y le faltó tiempo para decírselo a don Álvaro. + </p> + <p> + En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue diciendo, + cuando pudo hablarle sin que los oyeran: + </p> + <p> + —¿Qué le parece a usted la conducta del Magistral? + </p> + <p> + ¿Que le había de parecer a don Álvaro? ¡Abominable! + ¿Pues qué era lo que él, don Álvaro, tenía + dicho? Que no había que fiarse del Provisor, etc., etc. + </p> + <p> + —«Sí, Ana, está enamorado de usted, loco, + loco... eso se lo conocí yo hace mucho tiempo... porque... + porque...». + </p> + <p> + Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo + perfectamente, y hasta con acompañamiento de una música dulcísima + que la Regenta creía oír dentro de sus entrañas; una + música que le salía de los ojos y de la boca.... «¡qué + sabía ella! pero aquello era una delicia mucho más fuerte + que todas las del <i>misticismo</i>». + </p> + <p> + Cuando hablaban así, como <i>otros dos hermanos del alma</i>, + empezaba la noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo + los relámpagos que a don Fermín le sorprendieron al entrar + en Vetusta. Ana y Mesía estaban solos apoyados en el antepecho de + la galería del primer piso, en una esquina de aquel corredor de + cristales que daba vuelta a toda la casa. La mayor parte de los convidados + abajo, en el salón, se preparaban a volver a Vetusta, otros preferían + aceptar la hospitalidad que los Marqueses les ofrecían en el Vivero + por aquella noche. Todo era abajo ruido, movimiento, órdenes + confusas, broma, vacilaciones, unos que se quedaban y de repente preferían + emprender el viaje, otros que se preparaban a ocupar un asiento en un + coche y volvían a la casa prefiriendo «dormir en el suelo + aunque fuera». Ripamilán desde luego aceptó la cama + que le ofreció la Marquesa «para él solo». + </p> + <p> + —Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me + consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo. + </p> + <p> + Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Barón quería + más quedarse, pero tuvo que seguirlas. También se metió + en el coche el gobernador, pero su esposa se quedó con los + Marqueses. Bermúdez volvió a Vetusta; Visitación, + Obdulia, Edelmira, Paco y Mesía se quedaban. + </p> + <p> + Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas + materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaquín corrían + como locos por el corredor del primer piso. Visitación estaba un + poco borracha, no tanto por lo que había bebido como por lo que había + alborotado; Obdulia decía que tenía un clavo en la sien: había + bebido mucho más, pero el torbellino del baile, las emociones + fuertes del escondite la mantenían en pie firme de puro excitada. + Edelmira, maestra ya en el arte de divertirse al estilo de la casa de sus + tíos, estaba como una amapola y reía y gozaba con estrépito; + su alegría era comunicativa y simpática. Paco la pellizcaba + sin compasión y ella despedazaba los brazos de Paco; Joaquín + Orgaz, que había conseguido aquella tarde algunas ventajas + positivas en el amor siempre efímero de Obdulia, pellizcaba también; + y había carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos, + sorpresas. Ahora, mientras Ana y Álvaro hablaban asomados a la + galería, sin miedo al agua que les salpicaba el rostro ni a los relámpagos + que rasgaban el horizonte negro enfrente de sus ojos, los demás, en + la obscuridad del corredor estrecho jugaban a un juego de niños que + se llamaba en Vetusta <i>el cachipote</i>, y que consiste en esconder un + pañuelo convertido en látigo y buscarlo por las señas + conocidas de: frío y caliente. El que lo encuentra corre detrás + de los otros a latigazos hasta llegar a la madre. Este juego inocente daba + ocasión a multitud de sabrosos incidentes entre aquellos jugadores + todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y otra de varón, + buscaban en el mismo agujero el <i>cachipote</i>; los que corrían + se atropellaban, y la verdad histórica exige que se declare, por más + que parezca inverosímil, que muy a menudo aquellos <i>chicos</i> + que corrían como locos todos juntos por la estrecha galería, + huyendo del látigo, caían al suelo en confuso montón, + mientras el zurriago les medía las espaldas. + </p> + <p> + Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y gárrulo de las + despedidas y preparativos de marcha, y detrás el estrépito + de los que corrían en la galería, y allá en el cielo, + de tarde en tarde, el bramido del trueno, la Regenta, sin notar las gotas + de agua en el rostro, o encontrando deliciosa aquella frescura, oía + por la primera vez de su vida una declaración de amor apasionada + pero respetuosa, discreta, toda idealismo, llena de salvedades y + eufemismos que las circunstancias y el estado de Ana exigían, con + lo cual crecía su encanto, irresistible para aquella mujer que sentía + las emociones de los quince años al frisar con los treinta. + </p> + <p> + No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se + callase, que se reportase, que mirase quién era ella. «Bastante + lo miraba, bastante se contenía para lo mucho que aseguraba sentir + y sentiría de fijo». + </p> + <p> + «No, no, que no calle, que hable toda la vida», decía + el alma entera. Y Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el + presidente del Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era + casada, ni en que había sido <i>mística</i>, ni siquiera en + que había maridos y Magistrales en el mundo. Se sentía caer + en un abismo de flores. Aquello era caer, sí, pero <i>caer al cielo</i>. + </p> + <p> + Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo + presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que + había encontrado en la meditación religiosa. En esta + última había un esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y + en rigor algo enfermizo, una exaltación malsana; y en lo que estaba + pasando ahora ella era pasiva, no había esfuerzo, no había + frialdad, no había más que placer, salud, fuerza, nada de + abstracción, nada de tener que figurarse algo ausente, delicia + positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin trascender a nada más + que a la esperanza de que durase eternamente. «No, por allí + no se iba a la locura». + </p> + <p> + Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una + respuesta; es más, lloraba, sin llorar por supuesto, «de pura + gratitud, sólo porque le oían». «¡Había + callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones, + millones de obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo + sabía él; pero él no pedía más que lástima, + y la dicha de que le dejaran hablar, de hacerse oír y de no ser + tenido por un libertino <i>vulgar</i>, necio, que era lo que el <i>vulgo + estúpido</i> había querido hacer de él». + </p> + <p> + Siempre le había gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo <i>estúpido</i>; + para ella la señal de la <i>distinción</i> espiritual estaba + en el desprecio del vulgo, de los vetustenses. Tenía la Regenta + este defecto, tal vez heredado de su padre: que para distinguirse de la <i>masa + de los creyentes</i>, necesitaba recurrir a la teoría hoy muy + generalizada del <i>vulgo idiota</i>, de la <i>bestialidad humana</i>, + etc., etcétera. + </p> + <p> + Por fortuna, don Álvaro sabía perfectamente manejar este + resorte: era él capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol + del medio día si se oponía a sus pasiones. «Todo era + preocupación, pequeñez de ánimo.... Pero, ¿tenía + él derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase las + maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya sabía que + la <i>letra</i> estaba contra él.... Al fin, ¿qué era + él? Un hombre que hablaba de amor a una señora que era de + otro, ante los hombres.... Ya lo sabía, sí; no exigía + que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y costumbres, + lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que había en el + mundo mujeres, virtuosas como la que más, que ya sabían a qué + atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel amor de + Mesía; pero ¿podía él pedir a Ana, educada por + fanáticos, que había pasado su juventud en un pueblo como + Vetusta, podía pedirla que se dignase siquiera alentar su pasión + con una esperanza? Oh, no; demasiado sabía que no... bastaba con + que le oyera. ¡Cuántos años había estado sin + querer oírle! ¡Y lo que él había padecido!... + Pero, en fin, de esto ya no había que acordarse. El dolor había + sido infinito... infinito... pero todo lo compensaba la felicidad de aquel + momento. Callaba Ana, oía... ¿pues qué más + dicha podía él ambicionar?...». + </p> + <p> + A la luz de un relámpago, la Regenta vio los ojos de Álvaro + brillantes y envueltos en humedad de lágrimas. + </p> + <p> + También tenía las mejillas húmedas.... Ella no pensó + que esto podía ser agua del cielo. + </p> + <p> + «¡Estaba llorando aquel hombre... el hombre más hermoso + que ella había visto, el compañero de sus sueños, el + que debió haberlo sido de su vida!...». + </p> + <p> + «Pero ¿por qué hablaba de agradecimiento? ¿Porque + ella no le interrumpía? ¡Si él supiera... si él + supiera que no podía ni hablar!...». + </p> + <p> + Ana sentía un placer <i>puramente material</i>, pensaba ella, en + aquel sitio de sus entrañas que no era el vientre ni el corazón, + sino en el medio. Sí, el placer era <i>puramente material</i>, pero + su intensidad le hacía grandioso, sublime. «Cuando se gozaba + tanto, debía de haber derecho a gozar». + </p> + <p> + Cuando Álvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplicó + que se le dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaración, + si se le quería mal, si se había puesto en ridículo... + si se burlaba de él, etc., Ana, separándose del roce de + aquel brazo que la abrasaba, con un mohín de niña, pero sin + asomo de coquetería, arisca, como un animal débil y montaraz + herido, se quejó... se quejó con un sonido gutural, hondo, + mimoso, de víctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor de + la virtud que expiraba en aquel espíritu solitario hasta + entonces.... + </p> + <p> + Y se alejó de Álvaro, llamó a Visita... la abrazó + nerviosa y dijo, pudiendo al fin hablar: + </p> + <p> + —¿A qué jugáis, locos...? + </p> + <p> + —Ahora ya a nada.... Jugábamos al cachipote, pero Paco y + Edelmira están allá en la esquina del otro frente disputando + sobre quién tiene más fuerza, si ella o él.... Ven, + ven, verás qué puños los de Edelmira. + </p> + <p> + En la más obscura de las galerías, en un rincón, + amontonados estaban los demás compañeros de broma; Edelmira + y Paco espalda con espalda, como se baila a veces la <i>muñeira</i>, + sobre todo en el teatro, medían sus fuerzas.... Paco resistía + con dificultad el empuje violento de su prima, que gozando lo que ella y + el diablo sabían, se incrustaba en la carne de su primo, más + blanda que la suya, empeñada en vencerle y hacerle andar hacia + adelante mientras ella andaba hacia atrás. Al cabo Edelmira venció, + y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con las manos + apoyadas en los hombros del contrario. Así se hizo y esta vez venció + Paco. + </p> + <p> + Joaquín propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevió + a medir con la Regenta sus fuerzas. Joaquín y Ana vencieron. A don + Álvaro, que no tenía con quién luchar, se le vino a + la memoria la escena del columpio en que le venció el maldito De + Pas.... «Pero ahora le tenía debajo de los pies». + </p> + <p> + «Más valía maña que fuerza». + </p> + <p> + Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los relámpagos, + los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de la comida, la + estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a la alegría + aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia, moderados en + ellos por instintos de la educación. Pero volvieron los pellizcos, + los gritos, los puñetazos de las mujeres en la cabeza de los + varones. Ana jamás había asistido a escenas semejantes; ella + y don Álvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero + al fin le tocó a la Regenta algún pellizco, ninguno de Mesía, + a este varios de Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general + contienda más de una vez sintió su espalda oprimida por la + de Álvaro, y aunque huía el contacto delicioso, de un sabor + especial, en cuanto lo notaba, el contacto volvía, y Ana iba + sintiendo emociones extrañas, nuevas del todo, una inquietud + alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de sed de todo el cuerpo + que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no fuese aquel rincón + obscuro, estrecho, donde cantaban, reían, saltaban.... Como una música + lejana, dulcísima en su suavidad, recordaba todos los pormenores de + la declaración amorosa de Mesía.... + </p> + <p> + Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y excitaciones + vanas, Paco y Joaquín, antes que Edelmira, Obdulia y Visita, + dejaron de correr y <i>enredar</i>; y muy serios, con la melancolía + del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareció en el + horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que yacían + desgarradas por el cielo. + </p> + <p> + Paco, con regular voz de barítono, cantó pedazos de <i>Favorita</i> + y de <i>Sonámbula</i> y Joaquín <i>salió por malagueñas</i>, + como él decía; en su voz había una tristeza que + contrastaba con la alegría que le brillaba en los ojos, clavados en + los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto dar el + premio de sus favores, no el principal, al género flamenco. Por + fortuna Joaquín se conformaba con el <i>accèsit</i>. + </p> + <p> + Don Víctor, que se aburría abajo, oyó cantar el <i>Spirto + gentil</i> y subió. Le daba ahora por la música. Cantar + óperas, a su modo, y oír cantar a los que <i>afinaban</i> más + que él, era su delicia por aquella temporada, y si todo esto se hacía + a la luz de la luna, miel sobre hojuelas. + </p> + <p> + Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la luna + que salía por la bóveda desgarrando jirones de nubes de + forma caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, + como respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del + cuerpo y del alma. + </p> + <p> + Don Víctor era más soñador que ninguno de los + presentes. Se acercó a Mesía, consiguió entablar + conversación particular con él; y como encontró a su + amigo más atento que nunca, más cordial, más + afectuoso, no tardó en abrirle el alma de par en par. + </p> + <p> + Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas + y las malagueñas, don Víctor, que había comido bien y + merendado con frecuentes libaciones, seguía abriendo el pecho ante + la atención de Mesía, atención muda, intachable. + </p> + <p> + —Mire usted—decía el viejo—yo no sé cómo + soy, pero sin creerme un Tenorio, siempre he sido afortunado en mis + tentativas amorosas; pocas veces las mujeres con quien me he atrevido a + ser audaz, han tomado a mal mis demasías... pero debo decirlo todo: + no sé por qué tibieza o encogimiento de carácter, por + frialdad de la sangre o por lo que sea, la mayor parte de mis aventuras se + han quedado a medio camino.... No tengo el don de la constancia. + </p> + <p> + —Pues es indispensable.—Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis + pasiones son fuegos fatuos; he tenido más de diez mujeres medio + rendidas... y muy pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido mía, + lo que se llama mía.... Sin ir más lejos.... + </p> + <p> + Don Víctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mesía + había de ser un pozo, le refirió las persecuciones de que + había sido víctima, las provocaciones lascivas de Petra; y + confesó que al fin, después de resistir mucho tiempo, años, + como un José... habíase cegado en un momento... y había + jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre; bastó que la + muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor exigía, para + que él, seguro de vencer, enfriara, cejase en su descabellado propósito, + contentándose con pequeños favores y con el conocimiento + exacto de la hermosura que ya no había de poseer. + </p> + <p> + Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin decir + que había sido de su mujer. Le parecía una debilidad indigna + de un marido «de mundo» regalarle ligas a su señora. + Pidió consejo a Mesía respecto de su conducta futura con + Petra. + </p> + <p> + —¿Debo despedirla?—¿Tiene usted celos?—No + señor; yo no soy el perro del hortelano... aunque he de confesar + que algo me disgustó en el primer momento el descubrir aquella + prueba de su liviandad. + </p> + <p> + —Pero ¿está usted seguro de que la liga es de Petra? + </p> + <p> + —Ah, sí; estoy absolutamente seguro. + </p> + <p> + Y siguió Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo. + </p> + <p> + La alcoba en que dormían Ana y don Víctor tenía una + ventana a la galería precisamente del lado en que estaban + conversando los dos amigos. + </p> + <p> + La Regenta abrió de repente las vidrieras y llamó a su + marido. + </p> + <p> + —Pero, Víctor, ¿no te acuestas hoy? + </p> + <p> + Los dos amigos se volvieron. Quintanar tenía los ojos inflamados y + las mejillas encendidas.... Sus confidencias le habían + rejuvenecido.... + </p> + <p> + —¿Pero qué hora es, hija mía? + </p> + <p> + —Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los + Marqueses ya están recogidos. + </p> + <p> + Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su + cuarto. + </p> + <p> + —Bobadas de mamá—dijo Paco del mal humor—apareciendo + por un extremo de la galería. Edelmira prefería dormir con + Obdulia, como es natural... y ahora doña Rufina la hacía + acostarse en su misma alcoba.... Bobadas.... Tonterías de mamá... + </p> + <p> + —Buena está Obdulia para dormir con nadie—dijo Visita + que venía del cuarto contiguo al de Ana. + </p> + <p> + —¿Pues qué tiene?—Yo creo que una <i>mica</i>, + una borrachera de mil cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qué + sé yo; ello es que está en la cama dando ayes y dice que allí + no se acuesta nadie, que quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy + a poner mi cama al lado de la suya.... Buenas noches.... + </p> + <p> + Y acercándose a la ventana sujetó a la Regenta por los + hombros, le habló al oído, le llenó de besos + estrepitosos la cara y corrió a su cuarto, haciendo antes una mueca + de conmiseración burlesca a Joaquinito Orgaz que, cabizbajo y tristón, + rondaba por los pasillos. + </p> + <p> + —Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. Víctor, a la + cama. + </p> + <p> + Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de + acostarse. + </p> + <p> + —¿Y ustedes?—dijo Quintanar. + </p> + <p> + —Nosotros—respondió Paco—nos hemos quedado sin + cama porque a la señora gobernadora le dio el capricho de tener + miedo a los truenos y quedarse a dormir.... + </p> + <p> + —¿De modo?...—preguntó Ana risueña. + </p> + <p> + —Que dormiremos en un sofá.—Vaya, vaya, pues buenas + noches. + </p> + <p> + —Espera un poco, tonta, mira qué buena noche está... + hablemos aquí un poco.... + </p> + <p> + —Yo no tengo sueño; tiene razón Paco; hablemos—dijo + don Víctor, que había entrado en su cuarto y se había + puesto las zapatillas y el gorro de borla de oro. + </p> + <p> + —¿Cómo hablar? no señor..., a la cama.... + </p> + <p> + Y Ana, coqueta sin querer, amenazó graciosa, provocativa, con + cerrar las ventanas y las contraventanas.... + </p> + <p> + Mesía con un mohín le suplicó que esperase.... + </p> + <p> + Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del día, + las bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora + todavía; Ana y su marido dentro, Paco, Joaquín y Álvaro + en la galería.... + </p> + <p> + Don Víctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva, + y allí, cerca del propio lecho, a los amigos jóvenes en cuya + compañía se sentía él joven también, + ¿qué mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha se le asomaba + al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la casa, todos dormían, + y sólo en aquel rincón de la galería, junto a aquella + ventana abierta había el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a + veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que parecía + dar más intimidad e interés a lo que se decían. Ana + esquivaba unas veces las miradas de don Álvaro, que fumaba apoyando + un codo muy cerca de los de Anita, también reclinada sobre el + antepecho. Otras veces, las más, los ojos se clavaban en los ojos y + sin que nadie pudiera remediarlo se decían amores, cada vez más + elocuentes. + </p> + <p> + Álvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y + codicia al interior de la alcoba.... Ana sorprendió alguna de + aquellas miradas rápidas y compadeció al enamorado galán, + sin tomar a mal su curiosidad indiscreta. Don Víctor no llevaba + traza de poner fin al palique y Ana misma se creyó en el caso de + decir: + </p> + <p> + —Vaya, vaya... hasta mañana; Víctor, adentro, adentro. + </p> + <p> + Y cerró las vidrieras en las narices de Álvaro y de los + pollos. Paco y Joaquín desaparecieron en lo obscuro del corredor. + Quintanar ya estaba de espaldas, allá en el fondo de la alcoba, en + mangas de camisa. Don Álvaro no se movía; y vio a la Regenta + detrás de los cristales, cerrando pausadamente las maderas; y ella + en medio, en el hueco de luz, mirándole seria, dulce... y después + cuando ya sólo quedaba un intersticio le miró risueña, + juguetona. Volvió a abrir otro poco... y volvió a verle todo + el rostro. + </p> + <p> + —Adiós, adiós, dormir bien—dijo Ana, detrás + de las vidrieras; y cerró las contraventanas de golpe y corrió + el pestillo. + </p> + <p> + Como la romería de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio + por los alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y + sus amigos. Quintanar y señora esperaban a los de Vetusta en la + quinta; y unas veces a pie, otras en coche, se emprendía la marcha, + se recorría aquellas aldeas pintorescas, se oían aquellos cánticos, + monótonos, pero siempre agradables, dulces y melancólicos de + la danza indígena, y se volvía al obscurecer, comiendo + avellanas y cantando, entre labriegos y campesinas retozonas, confundidos + señores y colonos en una mezcla que enternecía a don Víctor, + el cual decía: «Vea usted, si se pudieran realizar la + igualdad y la fraternidad... no había cosa mejor ni más poética». + </p> + <p> + Mesía y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, además, + solían visitar a la Regenta cada tres o cuatro días. A veces + Ana y Quintanar, después de comer, a eso de las cuatro de la tarde, + salían a la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La + soledad le iba pesando un poco a don Víctor y aquellas visitas las + agradecía en el alma. Ana al divisar allá lejos, en el + extremo de la cinta larga y estrecha de carretera las siluetas de los dos + poderosos caballos blancos de Mesía y Vegallana, sentía un + placer que se le antojaba infantil... y se ponía nerviosa de + ansiedad, que crecía según se acercaban los bultos y se + aclaraban las figuras de caballos y jinetes. + </p> + <p> + Ni Visitación ni Paco se atrevían ya nunca a decir nada a + don Álvaro alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer; + conocían en <i>la cara de gloria</i> del Tenorio que esperaba el + triunfo, que tal vez lo estaba tocando, y comprendían que el pudor, + la vergüenza, mejor dicho, exigía un silencio absoluto + respecto del caso. Don Álvaro agradecía «la delicadeza» + de sus cómplices y callaba también, tranquilo y satisfecho. + </p> + <p> + A fines del mes comenzó la dispersión general; todos los que + tenían cuatro cuartos, y muchos que no los tenían, dejaron + la capital y buscaron la frescura de la playa. + </p> + <p> + Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer + y con Petra y se instaló en el puerto mejor de la provincia, <i>La + Costa</i>, villa floreciente más rica que Vetusta, emporio del + cabotaje y vestida muy a la moda. Otros años Quintanar pasaba el + mes de Agosto en Palomares, a donde iban también Visita, Obdulia y + alguna vez los Marqueses y Mesía. + </p> + <p> + —¡Dos años hace que no he veraneado!—decía + Quintanar alegre como un chiquillo. + </p> + <p> + La Regenta prefirió La Costa a Palomares porque el Magistral había + suplicado que no se fuera a baños, y que si el médico lo + exigía que por lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana + contradecir este deseo del confesor y transigió. + </p> + <p> + «Iremos a La Costa» dijo en la carta en que contestó a + don Fermín. Tenía éste pésima idea de los + efectos morales de los baños de todo el Cantábrico, y + especialmente de los baños de Palomares. La mayor parte de los + penitentes volvían de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena + de pecadillos que, si tratándose de otros casi le hacían + sonreír, en la Regenta le hubieran hecho muy poca gracia. + </p> + <p> + Comprendía don Fermín que su influencia iba disminuyendo, + que la fe de Ana se entibiaba y en cambio crecía la desconfianza en + ella; y como perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando + tormento al orgullo, a los celos, hacía de tripas corazón, + fingía no ver, y mantenía su poder espiritual claudicante + «con puntales de tolerancia y estribos de paciencia». La ira + la desahogaba sobre el Obispo y con la curia eclesiástica. Cada vez + era su poder mayor y más cruel su tiranía. Las ventajas de + don Álvaro en el ánimo de Ana las pagaba el clero + parroquial, aquel clero que Foja decía respetar tanto. + </p> + <p> + También Ana prefería aquel <i>modus vivendi</i>; no quería + volver a las andadas, temía que viniesen la compasión y los + remordimientos y las aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer + enferma, si por completo rompía con el Provisor. + </p> + <p> + «Me conozco, pensaba; sé que, después de todo, le + tengo cierto cariño, y si abandonase su amistad, una voz insufrible + me había de estar gritando siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya + que él disimula, y finge no ver este cambio, y ya no se queja como + al principio, dejémoslo todo así; quiero paz, paz, no más + batallas aquí dentro». + </p> + <p> + Don Álvaro, en el tono confidencial que había adoptado después + de su declaración, había venido a indicar vagamente que no + convenía irritar a don Fermín, que él le creía + capaz de hacer daño siempre de un modo o de otro. Ana, aunque + Álvaro no se atrevía a ser muy explícito en este + particular, comprendía lo que su amigo, <i>nuevo hermano</i>, quería + decir y aprobaba su prudencia. + </p> + <p> + Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que en + otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposición de + motivos. + </p> + <p> + Ana fue a La Costa. Mesía, por disimular, pasó cinco días + en Palomares, después se corrió a San Sebastián, y el + día de Nuestra Señora de Agosto se presentó en La + Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente. + </p> + <p> + A don Víctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda. + Se había instalado en la más lujosa, de más + movimiento y ruido, situada en el muelle. Allá se fue también + Mesía, accediendo a los ruegos de su amigo el ex-regente. + </p> + <p> + Veinte días después volvían los tres juntos a + Vetusta; Benítez felicitó a la Regenta por su notable mejoría; + ahora si que estaba la salud asegurada; ¡qué color! ¡qué + morbidez! ¡qué <i>sólidamente</i> robusta volvía! + </p> + <p> + A don Víctor se le caía la baba. «¡Oh, el mar, + si no hay como el mar, y la mesa redonda, y la casa de baños, y los + paseos por el muelle, y los conciertos al aire libre... y los teatros y + circos!». ¡Qué contento estaba con la vida Quintanar! + Su mujer era una joya; la más hermosa de la provincia, como había + sido siempre, pero además ahora suya, completamente suya, y de un + humor nuevo, alegre, activo, como el que Dios le había otorgado a + él.... + </p> + <p> + —¿Y yo? ¿eh? ¿qué tal vengo yo señor + Benítez? + </p> + <p> + —Magnífico, magnífico también; hecho un pollo. + </p> + <p> + —¡Ya lo creo!—¿Y este galápago? Este galápago + que ya va siendo viejo, ¿qué tal?—Y daba palmaditas en + la espalda de Mesía—. Este sí que parece un chiquillo. + </p> + <p> + Y volviéndose a Frígilis que estaba presente, algo triste y + desmejorado, añadía Quintanar: + </p> + <p> + —En cambio tú vas a escape para Villavieja.... Y eso que + tanto tono sabes darte con tu higiene, y tu vida de árbol secular. + No, lo que es al siglo no llegas, carcamal.... + </p> + <p> + Y abrazaba y daba palmadas en la espalda también a su Frígilis + para que no tuviera celos de Mesía. Quintanar era feliz; quería + que lo fueran todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta + los conocidos, el mundo entero. + </p> + <p> + Si Mesía le preguntaba en broma: + </p> + <p> + —¿Qué tal <i>Kempis</i>? ¿Qué dice de + esto <i>Kempis</i>? + </p> + <p> + El otro contestaba:—¿Quién? ¡Qué + </p> + <p> + <i>Kempis</i> ni qué ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el caserón. + Voy a blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la + piedra de la fachada. Verán ustedes qué hermosa queda la + piedra amarillenta después que la piquemos. No quiero obscuridad, + no quiero negruras, no quiero tristezas. + </p> + <p> + Mesía había convencido a la Regenta de que don Víctor, + en rigor, venía a ser una cosa así... como un padre. Siempre + había pensado ella algo por el estilo. + </p> + <p> + Sin embargo, se le debía el honor; y a pesar de tanta intimidad, de + aquel amor confesado implícitamente, Ana podía decir que don + Álvaro no había puesto sus labios en aquella piel con cuyo + contacto soñaba de fijo. + </p> + <p> + Mesía no se daba prisa. «Aquella casada no era como otras; + había que conquistarla como a una virgen; en rigor él era su + primer amor y los ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran + robado mil ilusiones. Además a él también le + rejuvenecía aquella situación de amor platónico, de + intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor + con la boca y ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que + era mudo y no era deshonesto y grosero». + </p> + <p> + «Así como así el verano siempre le tenía un + poco lánguido y desmadejado. Calculaba él, con aquella + frivolidad afectada y natural al mismo tiempo de materialista práctico, + calculaba que allá para el invierno él se sentiría + fuerte como un roble y la Regenta estaría suave y dócil como + una malva. Además, una barbaridad podía, si no echarlo todo + a perder, retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que + el que llevaban. Ello diría, ello diría y no había de + tardar». + </p> + <p> + Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como él + decía, <i>était déjà sur le retour</i>, se + sentía transformado por la juventud y la pasión vehemente y + soñadora de Anita. No recordaba don Álvaro haber deseado + tanto a una mujer ni haber gozado con los amores platónicos, según + él llamaba a todos los no consumados, como estaba gozando entonces. + </p> + <p> + La Regenta cayendo, cayendo era feliz; sentía el mareo de la caída + en las entrañas, pero si algunos días al despertar en vez de + pensamientos alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, + algo como un remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafísica + naturalista que ella, sin darse cuenta de ello, había creado a + última hora para satisfacer su afán invencible de llevar + siempre a la abstracción, a las generalidades, los sucesos de su + vida. + </p> + <p> + Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tenía poco tiempo para + ellas. Toda la vida era diversión, excursiones, comidas alegres, + teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se había + establecido una especie de convivencia de que participaban Obdulia, + Visita, Álvaro, Joaquín y algunos otros amigos íntimos. + </p> + <p> + Se iba al Vivero muy a menudo; se corría por el bosque, por la + galería que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del río. + Todos parecían cómplices. Obdulia y Visita adoraban a la + Regenta, eran esclavas de sus caprichos, se la comían a besos; + juraban que eran felices viéndola tan tratable, tan <i>humanizada</i>. + Y jamás una alusión picaresca, ni una pregunta indiscreta, + ni una sorpresa importuna. Nadie hablaba allí del peligro que sólo + ignoraba Quintanar. Muchas veces, cuando una tormenta como la de San Pedro + descargaba sobre el Vivero, se quedaba allí toda la comitiva a + pasar la noche. Ana se encontraba, sin buscarlo, pero sin esquivar las + ocasiones, en contacto con Álvaro, apretada contra él en + coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada semana. + </p> + <p> + Un día de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martín, + se emprendió la última excursión, por aquel año, + al Vivero. + </p> + <p> + La alegría era extremada, nerviosa. <i>Aquellos chicos</i>, como + seguía llamándolos Ripamilán, también + expedicionario a pesar de los años, aquellos chicos que tenían + en la quinta de Vegallana los mejores recuerdos de sus juegos alegres, se + despedían con pesar de aquel rincón de sus primaveras y sus + otoños. Querían saborear hasta la última gota de + alegría loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas + y picantes del bosque. Jamás Visita <i>hizo la niña</i> de + mejor buena fe, jamás Obdulia consintió a Joaquín <i>más + tonterías</i>, según su vocabulario lleno de eufemismos; + Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho días antes; hasta + los viejos cantaron, bailaron un minué y corrieron por el bosque; + don Víctor hizo diabluras y se cayó al río, + pretendiendo saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho. + </p> + <p> + Ana y Álvaro, al darse la mano por la mañana, al subir al + coche, se encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La + noche anterior Álvaro había dicho que él se quería + morir. No pedía nada, pero se quería morir. Ana en todo el + camino de Vetusta al Vivero no dijo más que esto, y bajo, al oído + de Álvaro: «Hoy es el último día». + </p> + <p> + Después de comer, a todos los amantes del Vivero les preocupó + la idea de que la tarde sería muy corta. Joaquín y Obdulia + sabían que todo el mundo era patria: «¡pero como allí!» + Edelmira y Paco suspiraban también por sus escondites de la quinta, + que iban a dejar muy pronto.... Antes del último arranque de + locura, de las últimas carreras por el bosque y de la última + alegría hubo un cuarto de hora de melancolía... de cansancio + mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la última. Visita + se sentó al piano y tocó la polka de <i>Salacia</i>, un + baile fantástico de gran espectáculo que se representaba + aquellas noches en Vetusta. <i>Salacia</i>, la hija del mar, sacaba a sus + hermanas del océano y no se sabe por qué a las bacantes a + bailar en la playa una danza infernal; Ana recordó la impresión + que aquella polka había causado en sus sentidos.... «¡Las + bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco».—Ana + sabía mucho de estos recuerdos mitológicos y pronto había + dejado de ver el pobre aparato escénico del teatro de Vetusta y las + bailarinas prosaicas y no todas bien formadas, para trasladarse a la + imaginada región de Oriente donde su fantasía, a medias + ilustrada, veía bosques misteriosos, carreras frenéticas de + las bacantes enloquecidas por la música estridente y por las + libaciones de perpetua orgía, al aire libre. ¡La bacante! la + fanática de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida lozana y + salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo; aquella + carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos, cayendo con + delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de precipicios y + enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita recordaba de mala + manera en el piano aquella humilde polka de <i>Salacia</i>, que tenía + de bueno lo que tenía de copia, la Regenta dejaba bailar en su + cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueños y + de su pasión irritada. + </p> + <p> + De pronto se le antojó mirar una <i>Ilustración</i> que + estaba sobre un centro de sala. «La última flor» decía + la leyenda de un grabado en que clavó Ana los ojos. En un jardín, + en Otoño, una mujer, hermosa, de unos treinta años, aspiraba + con frenesí y oprimía contra su rostro una flor... la + última.... + </p> + <p> + —¡Ea, ea, al monte!—gritó en aquel momento + Obdulia desde la huerta—¡al monte, al monte! a despedirse de + los árboles.... + </p> + <p> + Visitación azotó con fuerza las teclas violentando el compás + de su polka... y en seguida cerró el piano con ímpetu: + </p> + <p> + —¡Al monte! ¡al monte!—gritaron de arriba y de + abajo. + </p> + <p> + Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos, + zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la otoñada. + </p> + <p> + Aquella noche se prolongó la fiesta en Vetusta; era la despedida + del buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la + puerta.... Y se improvisó una cena para todos aquellos señores. + Muchos a las doce, después de bailar y cantar y alborotar, ya tenían + apetito; se había comido temprano; otros no hicieron más que + probar golosinas y beber. Como la noche se había quedado tan serena + y templada que parecía de las primeras de Septiembre, se cenó + en la estufa nueva que se inauguró en este día; era grande, + alta, confortable, construida por modelo de París. Don Álvaro, + inteligente en la materia, dijo que se parecía, en pequeño, + a la de la princesa Matilde. ¡Cómo envidió Obdulia + aquel dato! Y sintió orgullo. ¡Un hombre que había + sido su amante podía hablar de la <i>serre</i> de la princesa + Matilde! + </p> + <p> + Se cenó allí. En el salón amarillo, donde se había + bailado después de volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de + refresco, se apagaban solas las velas de esperma, en los candelabros, + corriéndose por culpa del viento que dejaba pasar un balcón + abierto. Los criados no habían apagado más que la araña + de cristal. Las sillas estaban en desorden; sobre la alfombra yacían + dos o tres libros, pedazos de papel, barro del Vivero, hojas de flores, y + una rota de Begonia, como un pedazo de brocado viejo. Parecía el + salón fatigado. Las figuras de los cromos finos y provocativos de + la Marquesa reían con sus posturas de falsa gracia violentas y + amaneradas. Todo era allí ausencia de honestidad; los muebles sin + orden, en posturas inusitadas, parecían amotinados, amenazando + contar a los sordos lo que sabían y callaban tantos años hacía. + El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con más + experiencia que todo, callaba, conservando su puesto. + </p> + <p> + Una ráfaga de viento apagó la última luz que + alumbraba el cuadro solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se + abrió la puerta del salón y pasaron dos bultos. Las pisadas + las apagó en seguida la alfombra. Por toda claridad la poca de la + calle, producto de la luna nueva y de un farol de enfrente, adulación + del municipio nuevo a la casa del Marqués. Al abrirse la puerta se + oyó a lo lejos el ruido de la servidumbre en la cocina; carcajadas + y el <i>run, run</i> de una guitarra tañida con timidez y cierto + respeto a los amos; este rumor se mezclaba con otro más apagado, el + que venía de la huerta, atravesaba los cristales de la estufa y + llegaba al salón como murmullo de un barrio populoso lejano. + </p> + <p> + Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidencias + perseguía a su amigo íntimo con el relato de las aventuras + de su juventud, allá en la Almunia de don Godino. + </p> + <p> + Don Álvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento + y soñador; no oía a don Víctor, oía la voz del + deseo ardiente, brutal, que gritaba: «¡hoy, hoy, ahora, aquí, + aquí mismo!». + </p> + <p> + Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del salón y + aquella discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían + muy a propósito para confesar sus picardías eróticas, + continuaba el relato, para decir de cuando en cuando, a manera de + estribillo: + </p> + <p> + —¡Pero qué fatalidad! ¿Cree usted que por fin la + hice mía? ¡pues, no señor! pásmese usted.... Lo + de siempre, me faltó la constancia, la decisión, el + entusiasmo... y me quedé a media miel, amigo mío. No sé + qué es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crítico + me falta el valor... y estoy por decir que el deseo.... + </p> + <p> + Una vez, al repetir esta canción don Víctor, a Mesía + se le antojó atender; oyó lo de quedarse a media miel, lo de + faltarle el valor... y con suprema resolución, casi con ira pensó: + </p> + <p> + —Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.... Ya que + él lo quiere, que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo, + aquí mismo.... + </p> + <p> + Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Víctor + de confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de + las buenas digestiones después de las cenas grandiosas. No estaba + allí Anita. + </p> + <p> + Salió Álvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie + pensara en si salía o no, y entró de nuevo en el caserón. + En la cocina seguía la algazara. Lo demás todo era silencio. + Volvió al salón. No había nadie. «No podía + ser». Entró en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio + entre las sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. + Sobre ellas ningún bulto de mujer. «No podía ser». + Con aquella fe en sus corazonadas, que era toda su religión, + Álvaro buscó más en lo obscuro... llegó al + balcón entornado; lo abrió... + </p> + <p> + —¡Ana!—¡Jesús! + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXIXmdash" id="XXIXmdash"></a>—XXIX— + </h2> + <p> + «El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros. + Me lo han mandado de León lleno de nueces. Será cosa + exquisita. Además, tengo vino de mi tierra, un Valdiñón + que se masca...». + </p> + <p> + Mesía no faltó a su promesa, y el día de Navidad comió + en el caserón de los Ozores. El salón estaba ahora + empapelado de azul y oro a cuadros; la gran chimenea churrigueresca se había + conservado con sus ondulantes sirenas de abultado seno de yeso. Don Víctor + se contentó con pintar de un blanco gris <i>discreto</i>, como + él decía, todas aquellas cornisas, volutas, acantos, + escocias y hojarasca. + </p> + <p> + A los postres, el amo de la casa se quedó pensativo. Seguía + con la mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que servía + a la mesa. Después del café pudo notar don Álvaro que + su amigo estaba impaciente. Desde aquel verano, desde que habían + vivido juntos en la fonda de La Costa, don Víctor se había + acostumbrado a la comensalía de don Álvaro; le encontraba a + la mesa más decidor y simpático que en ninguna otra parte y + le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces, después de charlar + cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar una vuelta + por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar así media hora + larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se movía. Ana y + Álvaro se miraban, preguntándose con los ojos qué + novedad sería aquella. + </p> + <p> + La Regenta se inclinó un instante para recoger una servilleta del + suelo, y don Víctor hizo a Mesía una seña que quería + decir claramente: + </p> + <p> + —Me estorba esa; si se fuera... hablaríamos. + </p> + <p> + Mesía encogió los hombros. + </p> + <p> + Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, + sin verlo Quintanar, apuntó a la puerta sin mover más que + los ojos. + </p> + <p> + Ana salió en seguida.—¡Gracias a Dios!—dijo su + marido, respirando con fuerza—. Creí que no se marchaba hoy + esa muchacha. + </p> + <p> + Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él. + </p> + <p> + —Ahora podremos hablar.—Usted dirá—respondió + tranquilamente Álvaro, chupando su habano y tapándose la + cara con el humo, según su costumbre de <i>enturbiar el aire</i> + cuando le convenía. + </p> + <p> + «¿Qué tripa se le habrá roto a este?», + pensó con un vago recelo, que no se explicaba siquiera. + </p> + <p> + Don Víctor acercó su silla a la del otro, y tomó el + tono de las grandes revelaciones. + </p> + <p> + —Actualmente—dijo—todo me sonríe. Soy feliz en mi + hogar, no entro ni salgo en la vida pública; ya no temo la invasión + absorbente de la iglesia, cuya influencia deletérea... pero esa + Petra me parece que me quiere dar un disgusto. + </p> + <p> + Movimiento de sobresalto en Mesía. + </p> + <p> + —Explíquese usted. ¿Ha vuelto usted a las andadas? + </p> + <p> + —He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos... + explicaciones... treguas... promesas de respetar... lo que esa grandísima + tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella está picada + porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de mi lecho, de + mi tálamo... como si dijéramos, a la satisfacción de + efímeros placeres.... ¿Me entiende usted? Finge que se + alborota por defender su honor que, en resumidas cuentas, aquí + nadie se atreve a amenazar seriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi + frialdad.... + </p> + <p> + —¿Pero qué hace? vamos a ver.... + </p> + <p> + —Mire usted, Álvaro, por nada de este mundo daría yo + un disgusto a mi Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena, + pero antes tenía sus caprichos, ya recuerda usted.... + </p> + <p> + —Sí, sí... al grano.—Ahora la pobrecita coincide + con mis gustos en todo. Por aquí, digo, y por aquí se va. + Hasta le ha pasado aquella exaltación un poco selvática, + aquel amor excesivo a los placeres bucólicos, aquella exclusiva + preocupación de la salud al aire libre, del ejercicio, de la + higiene en suma.... Todos los extremos son malos, y Benítez me tenía + dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando se la + viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por pienso, al + cuidado excesivo y loco de su alma. ¡Aquello era lo peor! + </p> + <p> + —Pero... no me dice usted...—Allá voy; Ana vive ahora + en un equilibrio que es garantía de la salud por la que tanto + tiempo hemos suspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da + aquellos sustos; no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena la + casa de sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero + perderla a ningún precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo que + quiere comprometernos. + </p> + <p> + —Pero vamos a ver, ¿qué hace Petra? + </p> + <p> + —Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos prevaliéndose + de mi situación falsa, falsísima... lo confieso. ¿No + comprende usted que para Ana tendría que ser un golpe terrible + cualquier revelación de esa... ramerilla hipócrita? + </p> + <p> + —¿Pero qué sucede, señor? ¡hable usted + claro y pronto!—gritó Mesía impaciente, más + interesado en el asunto de lo que su amigo podía suponer. + </p> + <p> + —Más bajo, Álvaro, más bajo. ¿Qué + sucede? Mucho. Petra sabe que yo quiero evitar a toda costa un disgusto a + mi mujer, porque temo que cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar + y volviéramos a las andadas. Un desengaño, mi escasa + fidelidad descubierta, de fijo la volvería a sus antiguas + cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscaría consuelo en la + religión y ahí teníamos al señor Magistral + otra vez.... ¡Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a + toda costa que Ana sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y + sensual fuí capaz de solicitar los favores de esa <i>scortum</i>, + como las llama don Saturnino. + </p> + <p> + —Pero ¿por qué ha de saber Ana eso? Si, después + de todo, no hay nada que saber.... + </p> + <p> + —Sí; lo que hay basta para clavarle un puñal a la + pobrecita. La conozco yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi + esposa pensará lo demás, lo que no hay.—¿Pero + Petra?... Acabe usted. ¿Ha dicho algo? ¿Ha amenazado con + decir?... + </p> + <p> + —Esa es la cuestión. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, + no admite riñas y aspira a ponerse en un pie de igualdad + absurdo.... + </p> + <p> + —Absurdo...—Y la infame ¿con quién creerá + usted que está más altiva, más soberbia, más + insolente? ¿Conmigo? Eso parecería lo natural. ¡Pues + no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana! + </p> + <p> + Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó: + </p> + <p> + —¡Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal + vez celos! + </p> + <p> + —Eso digo yo.... «Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que + quisiste hacer tu concubina... o se lo cuento todo». Este es el + lenguaje de la conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; + solución; ¿qué hago? ¿sufrir en silencio? + Absurdo. Además, puede acabársele la paciencia a Anita, que + si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que le queda de cuando fue + casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si sospecha... si... ¡triste + de mí! + </p> + <p> + —Calma, hombre, calma.—¿Qué hacemos, Álvaro, + qué hacemos? + </p> + <p> + —Es muy sencillo.—¡Sencillo!—Sí, hay que + echar a Petra de esta casa. + </p> + <p> + Don Víctor saltó en su silla. + </p> + <p> + —Eso es cortar el nudo...—Pues no hay más solución. + Echarla. + </p> + <p> + Don Víctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero + don Álvaro prometió allanarlo todo. «Él sabía + cómo se trataba a esta gente. Daba la casualidad feliz de que en la + fonda en que él vivía como niño mimado hacía + tantos años, se necesitaba una muchacha para servir a los huéspedes. + Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagaría la + proposición; se la haría el mismo don Álvaro, y si + por caso extraño resistía, él sabría + amenazarla de suerte que...» etc., etc. En fin, don Víctor lo + dejó en manos de su amigo y se fue al Casino, algo más + tranquilo. + </p> + <p> + —¿Usted se queda a preparar el terreno, eh? + </p> + <p> + —Sí, hombre, a arreglarlo todo. + </p> + <p> + En cuanto don Víctor cerró de un golpe la puerta de la + escalera, Ana entró asustada en el comedor. Iba a hablar, pero llegó + Petra a recoger el servicio del café y calló fingiendo leer + <i>El Lábaro</i>. Salió la doncella y Ana dijo: + </p> + <p> + —¿Qué hay, Álvaro?... + </p> + <p> + —Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche. + </p> + <p> + —No te entiendo...—Petra marcha de esta casa. Adiós espías. + </p> + <p> + —¡Petra! ¿qué marcha Petra? + </p> + <p> + —Sí, él me ha encargado de despedirla; dice que es + insolente, que te trata mal.... + </p> + <p> + —¡Dios mío! ¿ha notado él?... + </p> + <p> + —Sí, boba, pero no te asustes... él lo toma... por + donde no quema.... + </p> + <p> + Mesía explicó a la Regenta el caso. La había enterado + de todo y de mucho más. Las tentativas del mísero don Víctor + eran para la Regenta, gracias a las calumnias de Álvaro, delitos + consumados. Pero ella no atribuía a esto la insolencia de la + criada; temía que hubiese descubierto sus amores con Mesía y + que aquella soberbia, aquel desafío constante de sus miradas, de + sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don Víctor + su secreto. + </p> + <p> + —Ya ves como no era lo que tú temías, aprensiva.... Es + muy posible, probable que la pobre chica no sospeche nada, que su + atrevimiento no sea más que una amenaza al amo.... + </p> + <p> + Ana se ruborizó. Todo aquello le repugnaba. «¡Aquel + marido a quien ella había sacrificado lo mejor de la vida, no sólo + era un maníaco, un hombre frío para ella, insustancial, sino + que perseguía a las criadas de noche por los pasillos, las sorprendía + en su cuarto, les veía las ligas!... ¡Qué asco! No + eran celos, ¿cómo habían de ser celos? Era asco; y + una especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a + semejante hombre la vida. Sí, la vida, que era la juventud». + </p> + <p> + «Álvaro—seguía pensando Ana—había + hecho mal en revelarle aquellas miserias, en hacer traición a + Quintanar, por indigno que este fuera, y sobre todo en avergonzarla a ella + con las aventuras ridículas y repugnantes del viejo». Pero + como tenía empeño en limpiar de toda culpa a su Mesía, + a su señor, al hombre a quien se había entregado en cuerpo y + en alma <i>por toda la vida</i>, según ella, pronto le disculpaba, + reflexionando que «el pobre Álvaro hacía aquello por + amor, por arrojar del pensamiento de su Ana todo escrúpulo, todo + miramiento que pudiera atarla al viejo que había hecho de lo mejor + de su vida un desierto de tristeza». + </p> + <p> + «Tampoco le agradaba a Anita ver a su Álvaro metido en + aquellos cuidados domésticos de despedir criadas; y menos + encontrarle tan experto en el asunto; todo aquello, de puro prosaico y + bajo, era repugnante, pero ¿qué remedio? Álvaro lo + hacía por ella, por gozar tranquilamente de aquella felicidad que + tantos años de martirio le había costado...». + </p> + <p> + Estos y todos los demás lunares que en Mesía le obligaba a + descubrir de poco acá el endiablado espíritu de análisis, + camino de la locura según ella, procuraba Ana convertirlos en otras + tantas estrellas luminosas de pura hermosura. Si alguna vez le sobrecogía + la ida de perder a don Álvaro, temblaba horrorizada, como en otro + tiempo cuando temía perder a Jesús. + </p> + <p> + Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a + murmurar con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el + día de la rendición, mucho después, fueron para + pedirle el juramento de la constancia... + </p> + <p> + «Para siempre, Álvaro, para siempre, júramelo; si no + es para siempre, esto es un bochorno, es un crimen infame, villano...». + </p> + <p> + Mesía había jurado, y seguía jurando todos los días, + una eternidad de amores. + </p> + <p> + La idea de la soledad <i>después de aquello</i>, le parecía + a la Regenta más horrorosa que en un tiempo se le antojara la + imagen del Infierno. + </p> + <p> + Con amor se podía vivir donde quiera, como quiera, sin pensar más + que en el amor mismo...; pero sin él... volverían los + fantasmas negros que ella a veces sentía rebullir allá en el + fondo de su cabeza, como si asomaran en un horizonte muy lejano, cual + primeras sombras de una noche eterna, vacía, espantosa. Ana sentía + que acabarse el amor, aquella pasión absorbente, fuerte, nueva, que + gozaba por la primera vez en la vida, sería para ella comenzar la + locura. + </p> + <p> + «Sí, Álvaro; si tú me dejaras me volvería + loca de fijo; tengo miedo a mi cerebro cuando estoy sin ti, cuando no + pienso en ti. Contigo no pienso más que en quererte». + </p> + <p> + Esto solía decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocresía, + sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mesía, + pero que al desaparecer no dejó en su lugar fingimiento. Ana se + entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento, y + con una especie de furor que groseramente llamaba Mesía, para sí, + hambre atrasada. + </p> + <p> + Él estuvo el primer mes asustado. Si los primeros días + renegaba del miedo, de la ignorancia y de los escrúpulos (<i>absurdos + en una mujer casada de treinta años</i>, según la filosofía + del Presidente del Casino), pronto vio tan colmada la medida de sus + deseos, que llegó a inquietarle «otro aspecto» de sus + amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería + satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos + disgustos? Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y + le adoraba por él, por su persona, por su cuerpo, por <i>el físico</i>. + Muchas veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le + tapaba la boca con la mano y le decía en éxtasis de amor: + «No hables». Mesía no echaba esto a mala parte; también + él reconocía que lo mejor era callar, dejarse adorar por + buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne ahíta, + gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma ignorancia de Ana + y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su vida anterior y + las condiciones de su temperamento y la de su hermosura facilitaban estos + alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero capaz de morir de + placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesía estaba + intranquilo. + </p> + <p> + —Está usted desmejorado—le decía Somoza. + </p> + <p> + —Cuidado—repetía Visitación. + </p> + <p> + Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia + que había recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y + abstinencia que él, prudentemente, había observado antes de + dar el ataque decisivo a la fortaleza de la Regenta. + </p> + <p> + «Sí, sentía que dentro de su cuerpo había algo + que hacía <i>crac</i> de cuando en cuando. Había polilla por + allá dentro. Y lo que él temía no era la enfermedad + por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen soldado del amor, héroe + del placer, sabría morir en el campo de batalla. Su inquietud era + por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en presencia de Ana + era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él + faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con + escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, + producidas por excesos de placer, le habían obligado a recurrir a + expedientes bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el + Casino, a última hora, a Paco, a Joaquín y demás + trasnochadores, para referirlos después de pasados, cuando el vigor + volvía y ya las trazas cómicas no eran necesarias; pero + expedientes odiosos como la miseria y sus engaños. Aquel fingir + juventud, virilidad, constancia en el amor corporal, parecíale a + don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa que + describe Quevedo en el <i>Gran Tacaño</i>. Él también + había sido más de una vez, después de pródigo, + el Gran Tacaño del amor.... Pero las trazas antiguas serían + imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas.... «No, antes + huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tenía derecho a una + juventud eterna e inagotable». Pero estas ideas tristes, aprensiones + de la edad, venían de tarde en tarde; lo más del tiempo + semejante inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos + amores que reputaba la gloria más alta de su vida. Por su parte se + confesaba todo lo enamorado que él podía estarlo de quien no + fuese don Álvaro Mesía. Después del Presidente del + Casino ningún ser de la tierra le parecía más digno + de adoración que su dócil Ana, su Ana frenética de + amor, como él había esperado siempre aun en los días + de mayor apartamiento. Don Álvaro no se confesaba a sí + mismo, que había habido un tiempo en que perdiera la esperanza de + vencer a la Regenta. ¡La tenía ahora tan vencida! + </p> + <p> + Mejor que nunca lo conoció cuando hubo que dar la gran batalla para + trasladar al caserón de los Ozores el nido del amor adúltero. + Ana se opuso, lloró, suplicó... «no, no; eso no, + Álvaro, por Dios no, eso nunca». Y resistió muchos días + a las súplicas del amante que se quejaba de lo poco y deprisa y sin + comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre se veían en casa de + Vegallana; allí eran sus cariños furtivos, precipitados; + pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa intimidad no era + posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos expuesto a sobresaltos, + intermitencias y disimulos. Ana se negaba a acudir a un rincón de + amores que Álvaro prometía buscar; el mismo Álvaro + confesaba que era difícil encontrar semejante rincón seguro + en un pueblo <i>tan atrasado</i> como Vetusta. Además, el lugar que + él pudiera encontrar, al cabo tenía que parecerle repugnante + a ella; y como en Ana la imaginación influía tanto, el + desprecio del albergue podía llevarla a la repugnancia del + adulterio.... No había más remedio que tomar por asilo el + caserón de los Ozores. Era lo más seguro, lo más + tranquilo, lo más cómodo. Comprendía Álvaro + los escrúpulos de Ana, pero se propuso vencerlos y los venció. + Sin embargo, si los obstáculos del orden puramente moral, los <i>escrúpulos + místicos</i>, como se decía Álvaro con frase tan + impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a fuerza de + pasión, los <i>inconvenientes materiales</i>, las precauciones del + miedo opusieron dificultades de más importancia. A don Álvaro + se le ocurría que sin tener de su parte a una criada, a la doncella + mejor, era todo sino imposible muy difícil; pero ni siquiera se + atrevió a proponer a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, + mostrando antipatía mal oculta hacia Petra, y comprendió + además que era muy nueva la Regenta en esta clase de aventuras, + para llegar al cinismo de ampararse de domésticas, y menos sabiendo + de ellas que eran solicitadas por su marido. + </p> + <p> + Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama. + ¿No era Petra muy tentada de la risa? La aventura de la liga y + otras de que él tenía noticia ¿no probaban que era + muy fácil interesar en su favor a aquella muchacha? Sí. Y + dicho y hecho. En ausencia de Ana y de don Víctor, detrás de + la puerta, en los pasillos, donde podía, don Álvaro comenzó + el ataque de Petra que se rindió mucho más pronto de lo que + él esperaba. Pero había un inconveniente muy grave. A la + chica se le ocurrió ser, o fingirse, desinteresada, preferir los + locos juegos del amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discretísimas + medias palabras y buenas obras, a cambio de un cariño que Mesía + no estaba en circunstancias de prodigar. «¡Pobre Ana, qué + sabía ella de todas estas complicaciones!». No sabía + tampoco don Álvaro tanto como él creía. Ignoraba por + ejemplo que Petra podía permitirse el lujo de servirle bien a + él sin pensar en el interés, sin más pago que el del + amor con que el gallo vetustense ya no podía ser manirroto: no era + Petra enemiga del vil metal, ni la ambición de mejorar de suerte y + hasta de <i>esfera</i>, como ella sabía decir, era floja pasión + en su alma, concupiscente de arriba abajo; pero en Mesía no buscaba + ella esto; le quería por buen mozo, por burlarse a su modo del ama, + a quien aborrecía «por hipócrita, por guapetona y por + orgullosa»; le quería por vanidad, y en cuanto a servirle en + lo que él deseaba, también a ella le convenía por + satisfacer su pasión favorita, después de la lujuria acaso, + por satisfacer sus venganzas. Vengábase protegiendo ahora los + amores de Mesía y Ana, «del idiota de don Víctor» + que se ponía a comprometer a las muchachas sin saber de la misa la + media; vengábase de la misma Regenta que caía, caía, + gracias a ella, en un agujero sin fondo, que estaba, sin saberlo la + hipocritona en poder de su criada, la cual el día que le conviniese + podía descubrirlo todo. Tenía entre sus uñas a la señora + ¿qué más quería ella? Todas las noches pasaba + unas cuantas horas, la honra y tal vez la vida del amo, pendiente de un + hilo que tenía ella, Petra, en la mano, y si ella quería, si + a ella se le antojaba, ¡zas! todo se aplastaba de repente... ardía + el mundo. Y como si esto en vez de un placer, en vez de una gloria fuese + para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de Vetusta le pagaba el + servicio con <i>amores de señorito</i> que eran los que ella había + saboreado siempre con más delicia, por un instinto de señorío + que siempre la había dominado. Pero además gozaba de otra + venganza más suculenta que todas estas la endiablada moza. ¿Y + el Magistral? El Magistral la había querido engañar, la había + hecho suya; ella se había entregado creyendo pasar en seguida a la + plaza que más envidiaba en Vetusta, la de Teresina. Petra sabía + lo bien que colocaba doña Paula a todas las que eran por algún + tiempo doncellas en su casa. Teresina, a quien esperaba para muy pronto + una colocación de <i>señorona</i> allá en cierta + administración de bienes del amo, casada con un buen mozo, Teresina + la había enterado de lo que ella no había podido observar y + adivinar, le había abierto los ojos y llenado la boca de agua; + Petra comprendía que la casa del Magistral era el camino más + seguro para llegar a casarse y ser <i>señora</i> o poco menos.... + La ocasión había llegado; después de la romería + de San Pedro creía ella que todo era cuestión de semanas, de + esperar una oportunidad; Teresina saldría pronto bien colocada y + entraría ella en su puesto.... Pero no fue así; el Magistral + no volvió a solicitar a Petra; cuando tuvo que hablarla, no fue + para asuntos que a ella directamente le importasen, fue... ¡qué + vergüenza! para comprarla como espía. Cierto es que el + Provisor le prometió para muy pronto la plaza de Teresina, con + todas las ventajas que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar; pero de + todas suertes a ella se la había engañado; o mejor, se había + engañado ella; pero esto no quería reconocerlo la orgullosa + rubia. Era el caso que, en su opinión, el Magistral era amante de + doña Ana hacía mucho tiempo, y que la escena del bosque del + Vivero la interpretó la vanidad de la criada como una victoria de + su belleza que había hecho caer en pecado de inconstancia al canónigo. + Creyó Petra que don Fermín la quería a ella ahora + después de haber querido a su ama. Caprichos así había + visto ella muchos. Cuando se convenció de que don Fermín, + por mucho que disimulase, estaba enamorado como un loco de la Regenta, + furioso de celos, y de que no había sido su amante ni con cien + leguas, y de que a ella, a Petra, sólo la había querido por + instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se sublevaron + dentro de ella saltando como sierpes; pero las acalló por de + pronto, disimuló, y por entonces sólo dio satisfacción + a la avaricia. Aceptó las proposiciones del canónigo. Ella + entraría en casa de don Fermín el día que fuese + necesario salir del caserón de los Ozores, pero entre tanto prestaría + allí sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo que podía + pensar. El canónigo sabría todo lo que pasaba; si doña + Ana recibía visitas, quién entraba cuando no estaba don Víctor + o se quedaba después de salir el amo, etc., etcétera. + </p> + <p> + Petra prometió decir todo lo que hubiera. Fingió no recordar + siquiera ciertas promesas de otro orden que a don Fermín se le habían + escapado en el calor de la improvisación en aquella dichosa mañana + del Vivero, de que estaba avergonzado. Cuando vio don Fermín a + Petra tan propicia para servirle por dinero, sintió más y más + haber comenzado por el camino absurdo, vergonzoso de una seducción... + ridícula. Aquella aventura que le recordaba las de antaño, + le sonrojaba ahora, porque contradecía en cierto modo aquel + andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasión por la + Regenta. «El amor purísimo que yo tengo, todo lo disculpa». + «¿Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque? + Claro que no», le decía la conciencia. Por eso le repugnaba + Petra ahora. Pero no había más remedio que valerse de ella. + </p> + <p> + Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola + tenía el cabo. Por ahora a quien servía con lealtad era a + Mesía; este pagaba en amor, aunque era algo remiso para el pago, y + ella le ayudaba cuanto podía, porque ayudarle era satisfacer los + propios deseos: hundir al ama, tenerla en un puño, y burlarse + sangrientamente, del <i>idiota del amo</i> y del indino del canónigo. + Para más adelante se reservaba la astuta moza el derecho de vender + a don Álvaro y ayudar a su señor, al que pagaba, al que había + de hacerla a ella señorona, a don Fermín. ¿Cuándo + había de ser esto? Ello diría. Si don Álvaro no se + portaba bien, podía ocurrir el caso, llegar la oportunidad; si ella + se cansaba, o si Teresina dejaba la plaza y por miedo de que otra la + ocupase le convenía correr a ella, también podía + convenir echarlo a rodar todo. Entre tanto don Fermín no sabía + por Petra nada más que noticias vagas, suficientes para tenerle + toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco furioso que + tenía además el tormento de disimular sus furores delante + del mundo, y de doña Paula singularmente. + </p> + <p> + De modo que si don Álvaro podía decir con razón: + ¡Pobre Ana, que no sabe nada de esto! también Petra podía + exclamar: ¡Pobre don Álvaro, que no sabe ni la cuarta parte + de lo que tanto le importa! + </p> + <p> + El presidente del Casino de Vetusta no tuvo inconveniente en engañar + a la Regenta. Era, según él, muy justo respetar los escrúpulos + de aquella adúltera primeriza (otra frase grosera del seductor), + que no podía avenirse a tomar por encubridora a Petra; pero también + era equitativo que él, sin decírselo a doña Ana, + fingiendo desconfiar también de la doncella, aprovechase los + servicios de esta, preciosos en tales circunstancias. La cuestión + era entrar todas las noches en la habitación de la Regenta por el + balcón. Esto se decía pronto, pero hacerlo ofrecía + serias dificultades. ¿A dónde daba el balcón del + tocador? Al parque. ¿Cómo se podía entrar en el + parque? Por la puerta. ¿Pero quién tenía la llave de + la puerta? Una, Frígilis; con esta no había que contar. + ¿Y la otra? + </p> + <p> + Don Víctor. Esta podía sustraérsele, pero Petra dijo + que a tanto no se comprometía, que aquello de andar llaves en el + ajo era delicado y podía comprometerla. Lo mejor era que el señorito + saltase por la pared. Justamente don Álvaro tenía las + piernas muy largas. De esta manera la comedia se representaba mejor; + segura doña Ana de que don Álvaro saltaba por el muro, no + podía sospechar tan fácilmente que tenía cómplices + dentro de casa. Después llegar bajo el balcón, trepar por la + reja del piso bajo y encaramarse en la barandilla de hierro era cosa fácil + para tan buen mozo. + </p> + <p> + Todo esto lo hacía don Álvaro sin la ayuda directa, + inmediata de Petra, y doña Ana encontraba así muy verosímil + todo lo que su amante decía de su industria para entrar en el + cuarto de ella. Para lo que servía Petra era para vigilar, para + evitar que don Álvaro pudiera ser sorprendido al entrar o al salir, + y para darse tales trazas que doña Ana creyese que ella, la + doncella, no había estado durante toda la noche en circunstancias + de poder notar la presencia del amante. Estaba además allí + para dar el grito de alarma si llegaba el caso, y para combinar las horas. + En el servicio de Petra había algo de la responsabilidad de un jefe + de estación de ferrocarril. Don Álvaro sabía, porque + don Víctor se lo había confesado, que el ex-regente y Frígilis, + en cuanto llegaba el tiempo, salían de caza mucho más + temprano de lo que Ana creía. Petra era la encargada de despertar + al amo, porque Anselmo se dormía sin falta y no cumplía su + cometido: Frígilis llegaba al parque a la hora convenida, + ladraba... y bajaba don Víctor. Llegó a quejarse don Tomás + de que sus ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que + se le hacía esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y + plantones, se acordó que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a + la misma hora sin necesidad de ladrar a nadie. Para mayor seguridad don Víctor + compró un reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este + aviso automático, como él decía, acudió en + adelante a la hora señalada para la cita. Casi todas las mañanas + Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la misma hora. El tren que los + llevaba a las marismas y montes de Palomares salía este año + un poco más tarde y no necesitaban levantarse antes del ser de día. + </p> + <p> + Todo esto necesitó saber don Álvaro para no exponerse a un + choque en la vía con Frígilis o con el mismísimo don + Víctor. Este mismo, sin saber lo que hacía, le enteró + de sus horas de salida; y lo demás que necesitaba saber de los + pormenores se lo refirió Petra. Así pues no había + miedo. Lo de saltar la tapia ofreció algunas dificultades; pero una + noche, por la parte de fuera en la solitaria calleja de Traslacerca, el + Tenorio preparó removiendo piedras y quitando cal, dos o tres + estribos muy disimulados en el muro, hacia la esquina; hizo también + con disimulo fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y + ayudar la ascensión, y quedó así vencido el principal + obstáculo. Por la parte de dentro todo fue como coser y cantar. Un + tonel viejo arrimado al descuido a la pared, y los restos de una + espaldera, fueron escalones suficientes, sin que nadie pudiese notarlo, + para subir y bajar don Álvaro por la parte del parque con toda la + prisa que pudieran aconsejar las circunstancias. Aquella escalera + disimulada, la comparaba don Álvaro con esas cajas de cerillas que + ostentan la popular leyenda, ¿dónde está la pastora? + ¿dónde estaba la escala? Después de verla una vez no + se veía otra cosa; pero al que no se la mostraban no se le aparecía + ella. + </p> + <p> + No faltaba más que lo peor, persuadir a la Regenta a que abriera el + balcón. Como a ella no se le podía hablar de las garantías + de seguridad que don Álvaro tenía dentro de casa, nada o + poco se podía oponer a sus argumentos relativos a las sospechas + probables de la antipática Petra. Pero al fin don Álvaro que + había triunfado de lo más, triunfó de lo menos: llegó + a comprender Ana que era imposible, y tal vez ridículo, negarse a + recibir en su alcoba a un hombre a quien se había entregado ella + por completo. Mucho valía la castidad del lecho nupcial, o + ex-nupcial mejor dicho, pero ¿no valía más la + castidad de la esposa misma? Entre estos sofismas y la pasión y la + constancia en el pedir dieron la victoria a Mesía, que si no pudo + acallar los sobresaltos de Ana, quien a cada ruido creía sentir el + espionaje de Petra, conseguía a menudo hacerla olvidarse de todo + para gozar del delirio amoroso en que él sabía envolverla, + como en una nube envenenada con opio. + </p> + <p> + Y así pasaban los días, asustada Ana de que tan poco después + de la caída fuese ella capaz de recibir a un hombre en su alcoba, + ella, que tantos años había sabido luchar antes de caer. + </p> + <p> + Aquella tarde de Navidad, después de recoger el servicio del café, + Petra salió de casa y se dirigió a la del Magistral. + </p> + <p> + La recibió doña Paula. Eran ahora muy buenas amigas. La + madre del Provisor conocía la estrecha simpatía que existía + entre Teresina y la doncella de la Regenta; y por la actual criada del <i>señorito</i>, + de su hijo, sabía que en el ánimo de Fermín, Petra + era la persona destinada a sustituir a Teresa el día, próximo + ya, en que esta alcanzara el premio consabido de salir de allí + casada para administrar ciertos bienes de los <i>Provisores</i>. + </p> + <p> + Doña Paula, que entendía a medias palabras, y aun sin + necesidad de ellas, ganosa de satisfacer aquel deseo de su hijo, según + su política constante, y de satisfacerle de una manera pulcra, + intachable en la forma, anticipándose a él, había + resuelto tomar la iniciativa y ofrecer a Petra ella misma aquel puesto que + la rubia lúbrica tanto ambicionaba. La proposición se hizo + aquella tarde. Teresina iba a salir de casa de un día a otro. Petra + aceptó sin titubear, temblando de alegría. Hasta que estuvo + en el caserón de vuelta, no se le ocurrió pensar que aquella + felicidad suya acarreaba la desgracia de muchos, y hasta cierto punto su + propio daño. Adiós amores con don Álvaro, amores cada + vez más escasos, más escatimados por el libertino gracioso, + que iba menudeando las propinas y encareciendo las caricias, pero al fin + <i>amores</i> señoritos, que la tenían orgullosa. ¿Qué + hacer? No cabía duda, ser prudente, coger el codiciado fruto, + entrar en aquella <i>canonjía</i>, en casa del Magistral. Para esto + era preciso echar a rodar todo lo demás, romper aquel hilo que ella + tenía en la mano y del que estaban colgadas la honra, la + tranquilidad, tal vez la vida de varias personas. Al pensar esto Petra se + encogió de hombros. Se le figuró ver que caía la + Regenta y se aplastaba, que caía el Magistral y se aplastaba, que + caía don Víctor y se convertía en tortilla, que el + mismo don Álvaro rodaba por el suelo hecho añicos. No + importaba. Había llegado el momento. Si perdía la ocasión, + la vacante de Teresina, podía entrar otra y adiós <i>señorío</i> + futuro. No había más remedio que ocupar la plaza + inmediatamente. Pero entonces había que decírselo todo al + Provisor, porque en saliendo de aquella casa ya no podía ser espía, + ni ayudar al que la pagaba a abrir los ojos de aquel estúpido de + don Víctor, que, como era natural, querría vengarse, + castigar a los culpables; que sería lo que necesitaba el canónigo, + puesto que él no podía con sus manteos al hombro ir a + desafiar a don Álvaro. Petra discurría perfectamente en + estas materias, porque leía folletines, la colección de <i>Las + Novedades</i>, que dejara en un desván doña Anuncia, y sabía + quién desafía a quién, llegado el caso de descubrirse + los amores de una señora casada. El que desafía es el + marido, no un pretendiente desairado, y mucho menos siendo cura. No había + duda, el Magistral la necesitaba a ella en el caserón llegado el + momento crítico... si salía antes y después no le + servía, podía echarla de casa por inútil. Había + que hacerlo todo pronto, inmediatamente. ¿Y qué iba a hacer? + Una traición, eso desde luego, pero ¿cómo...? + </p> + <p> + En esto pensaba cuando entró en el comedor, ya al obscurecer, a + preparar la lámpara. Sintió que la sujetaban por la cintura + y le daban un beso en la nuca. + </p> + <p> + «Era el otro; ¡pobre, no sabía lo que le aguardaba!». + </p> + <p> + Don Álvaro, después de su conversación con Ana, la + había hecho retirarse y se había quedado solo en el comedor + para «dar el ataque» a Petra y proponerle, entre caricias, de + que cada día le pesaba más, el cambio de amos. No era cierto + que hubiese vacante en la fonda, pero allí era él amo y se + crearía la vacante. Con toda la diplomacia que pudo emplear un + hombre que se creía principalmente político y era seductor + de oficio, ofreció a la doncella la nueva posición, «que + sería divertidísima, y lucrativa como pocas». Don Víctor + le tenía miedo, doña Ana también, cada cual por su + motivo, y él, don Álvaro, sería mucho mejor servido + si Petra consentía en salir de la casa. + </p> + <p> + «Ya ves, hija, tú has cometido una falta, tratar a la señora + con altivez, con insolencia; esto, que es feo de por sí, la asustó + a ella haciéndole creer que sabes algo y que abusas de tu secreto; + le asustó a él que teme que vas a cantar, y me perjudica a mí, + como comprendes, porque... ya ves... estando asustada ella... recelosa... + pago yo. A ti ya no te necesito en esta casa, porque yo entro y salgo ya + sin guías... y allá en casa... en la fonda puedes sernos + útil.... Además...». + </p> + <p> + Además, don Álvaro comprendía que ya no podía + pagar a Petra sus servicios con amor, porque cada día era más + urgente economizarlo; y llevando a la chica a la fonda, allí otros + huéspedes hambrientos de esta clase de bocados la distraerían + y él cumpliría con propinas en adelante. En suma, ya le + estorbaba Petra en el caserón de los Ozores por muchos conceptos. + Pero a ella no se le podían dar tales razones. + </p> + <p> + —Señorito—dijo Petra, que a pesar de su resolución + reciente, sintió en el orgullo una herida de tres pulgadas—no + necesita apurarse tanto para convencerme de que debo irme de esta casa. + </p> + <p> + —No, hija, lo que es, si tú lo tomas por donde quema, yo no + insisto. + </p> + <p> + —No señor, si no me deja usted explicarme.... Si yo quiero + salir de aquí; si precisamente... pero en cuanto a lo de irme a la + fonda, no señor. Una cosa es que una tenga sus caprichos y una + buena voluntad, ¿entiende usted? y otra cosa que a una la regalen a + los amigos, y la lleven y la traigan... y.... + </p> + <p> + —Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien.... + </p> + <p> + Don Álvaro bajaba la voz y Petra la levantaba. + </p> + <p> + Pero la astuta moza, que sabía contenerse, cuando era por su bien, + se reprimió, y cambiando el tono, y el estilo se disculpó, + disimuló el enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella + misma pediría la soldada, y se iría tan contenta, no a la + fonda, sino a otra casa; una proporción que tenía, y que no + podía decir todavía cuál era. Por lo demás, + tan amigos, y si el señorito, don Álvaro, la necesitaba, allí + la tenía, porque la ley era ley; y en lo tocante a callar, un + sepulcro. Que ella lo había hecho por afición a una persona, + que no había por qué ocultarlo, y por lástima de + otra, casada con un viejo chocho, inútil y <i>chiflao</i> que era + una compasión. + </p> + <p> + Petra engañó otra vez a Mesía. Hasta le consintió + nuevas caricias de gratitud que él se juró serían las + últimas, por lo de la economía, que le tenía maniático. + </p> + <p> + Don Víctor supo aquella noche en el Casino que al día + siguiente Petra pediría la cuenta, se marcharía. + </p> + <p> + ¡Oh placer! Quintanar respiró con fuerza de fuelle y abrazó + a su amigo. «Le debía algo mejor que la vida, la tranquilidad + de su hogar doméstico». + </p> + <p> + Trabajaba don Fermín en su despacho, envueltos los pies en el mantón + viejo de su madre; escribía a la luz blanquecina y monótona + de la mañana nublada. Un ruido le distrajo, levantó los ojos + y vio en medio del umbral a doña Paula, pálida, más pálida + que solía. + </p> + <p> + —¿Qué hay, madre?—Está ahí esa + Petra, la de Quintanar, que quiere hablarte. + </p> + <p> + —¡Hablarme!... ¿tan temprano? ¿qué hora + es? + </p> + <p> + —Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene + asustada... le tiembla la voz.... + </p> + <p> + El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por máquina: + </p> + <p> + —Que entre, que entre.... Doña Paula dio media vuelta y salió + al pasillo. Antes acarició a su hijo con una mirada de compasión + de madre. + </p> + <p> + —Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza + inclinada sobre el pecho. + </p> + <p> + Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la + criada. ¿Qué sería? Dudó un momento... estuvo + casi resuelta a preguntar... pero se contuvo y dijo otra vez: + </p> + <p> + —Anda, hija mía, entra. «Hija mía—pensó + Petra—esta me quiere en casa; segura es mi suerte». + </p> + <p> + —¿Qué hay?—gritó el Magistral acercándose + a la criada, como queriendo salir al paso a las noticias.... + </p> + <p> + Petra vio que estaban solos... y se echó a llorar. + </p> + <p> + Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque + tenía los ojos humillados. Había querido hablar el canónigo, + pero no había podido; sentía en la garganta manos de hierro, + y por el espinazo y las piernas sacudimientos y un temblor tenue, frío + y constante. + </p> + <p> + —¡Pronto! ¿qué pasa?...—pudo preguntar al + cabo. + </p> + <p> + Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en confesión, + que no sabía si era una buena obra o un pecado lo que iba a hacer, + que ella quería servirle a él, servir a su amo, servir a + Dios, que al fin religión era también el interés del + prójimo, pero... temía... no sabía si debía.... + </p> + <p> + —¡Habla!... ¡habla!... te digo que hables pronto... + ¿qué hay, Petra?... ¿qué hay?...—Don + Fermín, con disimulo, apoyó una mano en la mesa. Hubo una + pausa—. Habla, por Dios.... + </p> + <p> + —¿En confesión?—Petra, habla... pronto...—Señor, + yo he prometido decir a usted... todo.... + </p> + <p> + —Sí, todo, habla.—Pero ahora no sé... no sé... + si debo.... + </p> + <p> + Don Fermín corrió a la puerta, la cerró por dentro, y + volviéndose rápido y con ademán descompuesto, gritó, + sujetando con fuerza el brazo de la criada: + </p> + <p> + —¡Déjate de disimulos, habla o te arranco yo las + palabras! + </p> + <p> + Petra le miró cara a cara, fingiendo humildad y miedo; «quería + ver el gesto que ponía aquel canónigo al saber que la señorona + se la pegaba». + </p> + <p> + Petra dijo, sin rodeos, que había visto ella, con sus propios ojos, + lo que jamás hubiera creído. El mejor amigo del amo, aquel + don Álvaro que de día no se separaba de don Víctor... + entraba de noche en el cuarto de la señora por el balcón y + no salía de allí hasta el amanecer. Ella le había + visto una noche, creyendo que soñaba, porque se había puesto + a espiar creyendo así desvanecer ciertas sospechas, pero ¡ay! + era verdad, era verdad.... Aquel infame había pervertido a la señorita, + una santa.... ¡Bien temía don Fermín!...». + </p> + <p> + Petra seguía hablando, pero hacía rato que De Pas no la oía. + </p> + <p> + En cuanto comprendió de qué se trataba, antes de oír + las frases crudas con que pintó la rubia lúbrica el asalto + del caserón de los Ozores por el Tenorio vetustense, don Fermín + giró sobre los talones, como si fuera a caer desplomado, dio dos + pasos inciertos y llegó al balcón contra cuyos cristales + apoyó la frente. Parecía mirar a la calle. Pero tenía + los ojos cerrados. + </p> + <p> + Oía a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de + la voz aguda y lacrimosa, no lo que decía, que ya no llegaba a la + atención del canónigo; quería mandarla callar, pero + no podía, no podía hablar, no podía moverse.... + </p> + <p> + Petra habló todo lo que quiso. Cuando calló, se oyeron nada + más los ruidos apagados de la calle; las ruedas de un coche que + corría muy lejos, la voz de un mercader ambulante que pregonaba a + grito limpio paños de manos y encajes finos. + </p> + <p> + El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su + frente parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y + pensaba además que su madre al meterle por la cabeza una sotana le + había hecho tan desgraciado, tan miserable, que él era en el + mundo lo único digno de lástima. La idea vulgar, falsa y + grosera de comparar al clérigo con el eunuco se le fue metiendo + también por el cerebro con la humedad del cristal helado. «Sí, + él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa + repugnante de puro ridícula.... Su mujer, la Regenta, que era su + mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante + ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de + hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del + alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, + le había deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que + tenía sed de sangre, ansias de apretar el cuello al infame, de + ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de + pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; él + atado por los pies con un trapo ignominioso, como un presidiario, como una + cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo + cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, él tenía + que callar, morderse la lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada del + otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque + él tenía las manos atadas.... ¿Quién le tenía + sujeto? El mundo entero.... Veinte siglos de religión, millones de + espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque + no les dolía a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, + virtud a lo que era suplicio injusto, bárbaro, necio, y sobre todo + cruel... cruel.... Cientos de papas, docenas de concilios, miles de + pueblos, millones de piedras de catedrales y cruces y conventos... toda la + historia, toda la civilización, un mundo de plomo, yacían + sobre él, sobre sus brazos, sobre sus piernas, eran sus + grilletes.... Ana que le había consagrado el alma, una fidelidad de + un amor sobrehumano, le engañaba como a un marido idiota, carnal y + grosero.... ¡Le dejaba para entregarse a un miserable lechuguino, a + un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso... a una estatua + hueca!... Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo, ni + su madre que creía adorarle, podía darle consuelo, el + consuelo de sus brazos y sus lágrimas.... Si él se estuviera + muriendo, su madre estaría a sus pies mesándose el cabello, + llorando desesperada; y para aquello, que era mucho peor que morirse, + mucho peor que condenarse... su madre no tenía llanto, abrazos, + desesperación, ni miradas siquiera... Él no podía + hablar, ella no podía adivinar, no debía.... No había + más que un deber supremo, el disimulo; silencio... ¡ni una + queja, ni un movimiento! Quería correr, buscar a los traidores, + matarlos... ¿sí? pues silencio... ni una mano había + que mover, ni un pie fuera de casa.... Dentro de un rato sí, + ¡a coro a coro! ¡Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!». + El Provisor sintió una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; sí, + el diablo se le había reído en las entrañas... + ¡y aquella risa profunda, que tenía raíces en el + vientre, en el pecho, le sofocaba... y le asfixiaba!... + </p> + <p> + Abrió el balcón de un puñetazo y el aire frío + y húmedo le trajo la idea lejana de la realidad, y oyó la + tos discreta de Petra, que aguardaba allí, detrás, clavándole + los ojos en la nuca. + </p> + <p> + Cerró el balcón don Fermín, volviose y miró + con ojos de idiota a la rubia que enjugaba lágrimas villanas. + «¿No necesitaba un instrumento para luchar, para hacer daño? + Aquel era el único que tenía». + </p> + <p> + Petra callaba inmóvil, esperando servir a su dueño. + </p> + <p> + Gozaba voluptuosa delicia viendo padecer al canónigo, pero quería + más, quería continuar su obra, que la mandasen clavar en el + alma de su ama, de la orgullosa señorona, todas aquellas agujas que + acababa de hundir en las carnes del clérigo loco. + </p> + <p> + Una voz lenta, ronca, mate, que no parecía haber sonado en el + despacho, voz de ventrílocuo, preguntó: + </p> + <p> + —¿Y tú, qué piensas hacer... ahora? + </p> + <p> + —¿Yo?... dejar aquella casa, señor... «¿No + quiere ser franco?—pensó Petra—pues que padezca; + él vendrá a buscarme donde quiero que me busque». + Dejar aquella casa—repitió—¿qué he de + hacer? Yo no quiero ayudar con mi silencio a la vergüenza del amo; + remediarlo no puedo, pero puedo salir de aquella casa. + </p> + <p> + —¿Y a ti... no te importa el honor de don Víctor? Así + agradeces el pan... que comiste tantos años.... + </p> + <p> + —Señor, yo ¿qué puedo hacer por él? + </p> + <p> + —En saliendo nada.—Pues me echan.—¿Ellos?—Sí, + ellos; ayer el señorito Álvaro, que es el que manda allí... + porque el amo está ciego, ve por sus ojos: el señorito + Álvaro me puso de patitas en la calle. Hoy debo despedirme. Me + ofreció colocación en la fonda; pero yo prefiero quedar en + la calle.... + </p> + <p> + —Vendrás a esta casa, Petra—dijo la voz de caverna, con + esfuerzos inútiles por ser dulce. + </p> + <p> + Petra volvió a llorar. «¿Cómo pagaría + ella tal caridad, etc., etc.?». + </p> + <p> + Aquella ternura facilitó el tratado; cediendo cada cual un poco de + su tesón, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga + asquerosa y vil; al principio fingiendo pulcritud, invocando santos + intereses, después olvidando estas fórmulas; y por fin el + Magistral ofreció a la moza asegurar su suerte, colmar su ambición, + y ella poner ante los ojos de Quintanar su vergüenza de modo tan + evidente, tan palpable que aquel señor, si corría sangre de + hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a los traidores como tenían + bien merecido. + </p> + <p> + Al terminar aquella conferencia hablaban como dos cómplices de un + crimen difícil. El Magistral excusaba palabras, pero no las que + aclaraban su proyecto. «¿Qué iba a hacer Petra para + poner a la vista del estúpido Quintanar aquella vergüenza? + ¿Revelaciones? no podían hacérsele. ¿Anónimos? + eran expuestos...». «¡Qué! no señor, nada + de eso; ha de verlo él», repetía Petra, olvidada de + sus fingimientos, con placer de artista. + </p> + <p> + Había allí dos criminales apasionados, y ningún + testigo de la ignominia; cada cual veía su venganza, no el crimen + del otro ni la vergüenza del pacto. + </p> + <p> + Cuando Petra salió de casa del Magistral, este sintió dentro + de sí un hombre nuevo; el hombre que hería de muerte por + venganza, el criminal, el ciego por la pasión, «el asesino, sí, + el asesino; la otra era su instrumento, el asesino él. Y no le + pesaba, no... cien muertes, cien muertes para los infames». «¿Qué + haría don Víctor? ¿De qué comedia antigua se + acordaría para vengar su ultraje cumplidamente? ¿La mataría + a ella primero? ¿Iría antes a buscarle a él?...». + </p> + <p> + Al día siguiente, 27 de Diciembre, don Víctor y Frígilis + debían tomar el tren de Roca—Tajada a las ocho cincuenta para + estar en las Marismas de Palomares a las nueve y media próximamente. + Algo tarde era para comenzar la persecución de los patos y + alcaravanes, pero no había de establecer la empresa un tren + especial para los cazadores. Así que se madrugaba menos que otros años. + Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte que le llamase con un + estrépito horrísono a las ocho en punto. En un decir Jesús + se vestía, se lavaba, salía al parque donde solía + esperar dos o tres minutos a Frígilis, si no le encontraba ya allí, + y en esto y en el viaje a la estación se empleaba el tiempo + necesario para llegar algunos minutos antes de la salida del tren mixto. + </p> + <p> + De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó + Quintanar aquella mañana con más susto que solía, + aturdido por el estridente repique de aquel estertor metálico, rápido + y descompasado. Venció con gran trabajo la pereza, bostezó + muchas veces, y al decidirse a saltar del lecho no lo hizo sin que el + cuerpo encogido protestara del madrugón importuno. El sueño + y la pereza le decían que parecía más temprano que + otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, + que no debía de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. No + hizo caso de tales sofismas el cazador, y sin dejar de abrir la boca y + estirar los brazos se dirigió al lavabo y de buenas a primeras + zambulló la cabeza en agua fría. Así contestaba don Víctor + a las sugestiones de la mísera carne que pretendía volverse + a las ociosas plumas. + </p> + <p> + Cuando ya tenía <i>las ideas más despejadas</i>, reconoció + imparcialmente que la pereza aquella mañana no se quejaba de vicio. + «Debía de ser en efecto bastante más temprano de lo + que decía el reloj. Sin embargo, él estaba seguro de que el + despertador no adelantaba y de que por su propia mano le había dado + cuerda y puéstole en la hora la mañana anterior. Y con todo, + debía de ser más temprano de lo que allí decía; + no podían ser las ocho, ni siquiera las siete, se lo decía + el sueño que volvía, a pesar de las abluciones, y con más + autoridad se lo decía la escasa luz del día». «El + orto del sol hoy debe de ser a las siete y veinte, minuto arriba o abajo; + pues bien, el sol no ha salido todavía, es indudable; cierto que la + niebla espesísima y las nubes cenicientas y pesadas que cubren el + cielo hacen la mañana muy obscura, pero no importa, el sol no ha + salido todavía, es demasiada obscuridad esta, no deben de ser ni + siquiera las siete». No podía consultar el reloj de bolsillo, + porque el día anterior al darle cuerda le había encontrado + roto el muelle real. + </p> + <p> + «Lo mejor será llamar». + </p> + <p> + Salió a los pasillos en zapatillas. + </p> + <p> + —¡Petra! ¡Petra!—dijo, queriendo dar voces sin + hacer ruido. + </p> + <p> + —Petra, Petra.... ¡Qué diablos! cómo ha de + contestar si ya no está en casa... la pícara costumbre, el + hombre es un animal de costumbres. + </p> + <p> + Suspiró don Víctor. Se alegraba en el alma de verse libre de + aquel testigo y semi-víctima de sus flaquezas; pero, así y + todo, al recordar ahora que en vano gritaba «¡Petra!», + sentía una extraña y poética melancolía. + «¡Cosas del corazón humano!». + </p> + <p> + —¡Servanda! ¡Servanda! ¡Anselmo! ¡Anselmo! + </p> + <p> + Nadie respondía.—No hay duda, es muy temprano. No es hora de + levantarse los criados siquiera. ¿Pero entonces? ¿Quién + me ha adelantado el reloj?... ¡Dos relojes echados a perder en dos días!... + Cuando entra la desgracia por una casa.... + </p> + <p> + Don Víctor volvió a dudar. ¿No podían haberse + dormido los criados? ¿No podía aquella escasez de luz + originarse de la densidad de las nubes? ¿Por qué desconfiar + del reloj si nadie había podido tocar en él? ¿Y quién + iba a tener interés en adelantarle? ¿Quién iba a + permitirse semejante broma? Quintanar pasó a la convicción + contraria; se le antojó que bien podían ser las ocho, se + vistió deprisa, cogió el frasco del anís, bebió + un trago según acostumbraba cuando salía de caza aquel + enemigo mortal del chocolate, y echándose al hombro el saco de las + provisiones, repleto de ricos fiambres, bajó a la huerta por la + escalera del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el + silencio de la casa. «Pero a los criados ya los compondría + él a la vuelta. ¡Perezosos! Ahora no había tiempo para + nada.... Frígilis debía de estar ya en el Parque esperándole + impaciente...». + </p> + <p> + —Pues señor, si en efecto son las ocho no he visto día + más obscuro en mi vida. Y sin embargo, la niebla no es muy densa... + no... ni el cielo está muy cargado.... No lo entiendo. + </p> + <p> + Llegó Quintanar al cenador que era el lugar de cita.... ¡Cosa + más rara! Frígilis no estaba allí. ¿Andaría + por el parque?... Se echó la escopeta al hombro, y salió de + la glorieta. + </p> + <p> + En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres + campanadas. Don Víctor se detuvo pensativo, apoyó la culata + de su escopeta en la arena húmeda del sendero y exclamó: + </p> + <p> + —¡Me lo han adelantado! ¿Pero quién? ¿Son + las ocho menos cuarto o las siete menos cuarto? ¡Esta obscuridad!... + </p> + <p> + Sin saber por qué sintió una angustia extraña, + «también él tenía nervios, por lo visto». + Sin comprender la causa, le preocupaba y le molestaba mucho aquella + incertidumbre. «¿Qué incertidumbre? Estaba antes + obcecado; aquella luz no podía ser la de las ocho, eran las siete + menos cuarto, aquello era el crepúsculo matutino, ahora estaba + seguro.... Pero entonces ¿quién le había adelantado + el despertador más de una hora? ¿Quién y para qué? + Y sobre todo, ¿por qué este accidente sin importancia le + llegaba tan adentro? ¿qué presentía? ¿por qué + creía que iba a ponerse malo?...». + </p> + <p> + Había echado a andar otra vez; iba en dirección a la casa, + que se veía entre las ramas deshojadas de los árboles, apiñados + por aquella parte. Oyó un ruido que le pareció el de un balcón + que abrían con cautela; dio dos pasos más entre los troncos + que le impedían saber qué era aquello, y al fin vio que + cerraban un balcón de su casa y que un hombre que parecía + muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la + reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y después + saltar sobre un montón de tierra. + </p> + <p> + «El balcón era el de Anita». + </p> + <p> + El hombre se embozó en una capa de vueltas de grana y esquivando la + arena de los senderos, saltando de uno a otro cuadro de flores, y + corriendo después sobre el césped a brincos, llegó a + la muralla, a la esquina que daba a la calleja de Traslacerca; de un salto + se puso sobre una pipa medio podrida que estaba allá arrinconada, y + haciendo escala de unos restos de palos de espaldar clavados entre la + piedra, llegó, gracias a unas piernas muy largas, a verse a caballo + sobre el muro. + </p> + <p> + Don Víctor le había seguido de lejos, entre los árboles; + había levantado el gatillo de la escopeta sin pensar en ello, por + instinto, como en la caza, pero no había apuntado al fugitivo. + «Antes quería conocerle». No se contentaba con + adivinarle. + </p> + <p> + A pesar de la escasa luz del crepúsculo, cuando aquel hombre estuvo + a caballo en la tapia, el dueño del parque ya no pudo dudar. + </p> + <p> + «¡Es Álvaro!» pensó don Víctor, y + se echó el arma a la cara. + </p> + <p> + Mesía estaba quieto, mirando hacia la calleja, inclinado el rostro, + atento sólo a buscar las piedras y resquicios que le servían + de estribos en aquel descendimiento. + </p> + <p> + «¡Es Álvaro!» pensó otra vez don Víctor, + que tenía la cabeza de su amigo al extremo del cañón + de la escopeta. + </p> + <p> + «Él estaba entre árboles; aunque el otro mirase hacia + el parque no le vería. Podía esperar, podía + reflexionar, tiempo había, era tiro seguro; cuando el otro se + moviera para descolgarse... entonces». + </p> + <p> + «Pero tardaba años, tardaba siglos. Así no se podía + vivir, con aquel cañón que pesaba quintales, mundos de plomo + y aquel frío que comía el cuerpo y el alma no se podía + vivir.... Mejor suerte hubiera sido estar al otro extremo del cañón, + allí sobre la tapia.... Sí, sí; él hubiera + cambiado de sitio. Y eso que el otro iba a morir». + </p> + <p> + «Era Álvaro, ¡y no iba a durar un minuto! ¿Caería + en el parque o a la calleja?...». + </p> + <p> + No cayó; descendió sin prisa del lado de Traslacerca, + tranquilo, acostumbrado a tal escalo, conocido ya de las piedras del muro. + Don Víctor le vio desaparecer sin dejar la puntería y sin + osar mover el dedo que apoyaba en el gatillo; ya estaba Mesía en la + calleja y su amigo seguía apuntando al cielo. + </p> + <p> + —¡Miserable! ¡debí matarle!—gritó + don Víctor cuando ya no era tiempo; y como si le remordiera la + conciencia, corrió a la puerta del parque, la abrió, salió + a la calleja y corrió hacia la esquina de la tapia por donde había + saltado su enemigo. No se veía a nadie. Quintanar se acercó + a la pared y vio en sus piedras y resquicios <i>la escalera de su deshonra</i>. + </p> + <p> + «Sí, ahora lo veía perfectamente; ahora no veía + más que eso; ¡y cuántas veces había pasado por + allí sin sospechar que por aquella tapia se subía a la + alcoba de la Regenta!. Volvió al parque; reconoció la pared + por aquel lado. La pipa medio podrida arrimada al muro, como al descuido, + los palos del espaldar roto formaban otra escala; aquella la veía + todos los días veinte veces y hasta ahora no había reparado + lo que era: ¡una escala! Aquello le parecía símbolo de + su vida: bien claras estaban en ella las señales de su deshonra, + los pasos de la traición; aquella amistad fingida, aquel sufrirle + comedias y confidencias, aquel malquistarle con el señor + Magistral... todo aquello era otra escala y él no la había + visto nunca, y ahora no veía otra cosa». + </p> + <p> + «¿Y Ana? ¡Ana! Aquella estaba allí, en casa, en + el lecho; la tenía en sus manos, podía matarla, debía + matarla. Ya que al otro le había perdonado la vida... por horas, + nada más que por horas, ¿por qué no empezaba por + ella? Sí, sí, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro, + había que matar, ¿quién lo dudaba? pero antes... + antes quería meditar, necesitaba calcular... sí, las + consecuencias del delito... porque al fin era delito...». «Ellos + eran unos infames, habían engañado al esposo, al amigo... + pero él iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que se + quiera, pero asesino». + </p> + <p> + Se sentó en un banco de piedra. Pero se levantó en seguida: + el frío del asiento le había llegado a los huesos; y sentía + una extraña pereza su cuerpo, un egoísmo material que le + pareció a don Víctor indigno de él y de las + circunstancias. Tenía mucho frío y mucho sueño; sin + querer, pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se referían + a su desgracia, a su deshonra, a su vergüenza, se mostraban reacias, + huían, se confundían y se negaban a ordenarse en forma de + raciocinio. + </p> + <p> + Entró en el cenador y se sentó en una mecedora. Desde allí + se veía el balcón de donde había saltado don Álvaro. + </p> + <p> + El reloj de la catedral dio las siete. + </p> + <p> + Aquellas campanadas fijaron en la cabeza aturdida de Quintanar la triste + realidad.... «Le habían adelantado el reloj. ¿Quién? + Petra, sin duda Petra. Había sido una venganza. ¡Oh! una + venganza bien cumplida. Ahora le parecía absurdo haber tomado la + poca luz del alba por día nublado. Y si Petra no hubiera adelantado + el reloj o si él no lo hubiese creído, tal vez ignoraría + toda la vida la desgracia horrible... aquella desgracia que había + acabado con la felicidad para siempre. La pereza de ser desgraciado, de + padecer, unida a la pereza del cuerpo que pedía a gritos colchones + y sábanas calientes, entumecían el ánimo de don Víctor + que no quería moverse, ni sentir, ni pensar, ni vivir siquiera. La + actividad le horrorizaba.... ¡Oh, qué bien si se parase el + tiempo! Pero no, no se paraba; corría, le arrastraba consigo; le + gritaba: muévete; haz algo, tu deber; aquí de tus promesas, + mata, quema, vocifera, anuncia al mundo tu venganza, despídete de + la tranquilidad para siempre, busca energía en el fondo del sueño, + de los bostezos arranca los apóstrofes del honor ultrajado, + representa tu papel, ahora te toca a ti, ahora no es Perales quien + trabaja, eres tú, no es Calderón quien inventa casos de + honor, es la vida, es tu pícara suerte, es el mundo miserable que + te parecía tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos.... + Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, después desafía al + galán y mátale también... no hay otro camino. ¡Y + a todo esto sin poder menear pie ni mano, muerto de sueño, + aborreciendo la vigilia que presentaba tales miserias, tanta desgracia, + que iba a durar ya siempre!». + </p> + <p> + «Pero había llegado la suya. Aquel era su drama de capa y + espada. Los había en el mundo también. ¡Pero qué + feos eran, qué horrorosos! ¿Cómo podía ser que + tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes, aquellos rencores + en verso y en el teatro? ¡Qué malo era el hombre! ¿Por + qué recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto + dolían cuando eran propias? ¡Y él, el miserable, + hombre indigno, cobarde, estaba filosofando y su honor sin vengar todavía!... + ¡Había que empezar, volaba el tiempo!... ¡Otro + tormento! ¡el orden de la función, el orden de la trama! + ¿Por dónde iba a empezar, qué iba a decir; qué + iba a hacer, cómo la mataba a ella, cómo le buscaba a + él?». + </p> + <p> + El reloj de la catedral dio las siete y media. + </p> + <p> + De un brinco se puso Quintanar en pie. + </p> + <p> + —¡Media hora! media hora en un minuto; y no he oído el + cuarto.... + </p> + <p> + Y Frígilis va a llegar... y yo no he resuelto.... + </p> + <p> + Don Víctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte, + no podía resolver. Se despreció profundamente, pero más + profundo que el desprecio fue el consuelo que sintió al comprender + que no tenía valor para matar a nadie, así, tan de repente. + </p> + <p> + —O subo y la mato ahora mismo, antes que llegue Tomás, o ya + no la mato hoy.... + </p> + <p> + Volvió a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la + laxitud del ánimo, que ya no luchaba con la impotencia de la + voluntad, recobró parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de + la traición le pinchó por la vez primera con fuerza bastante + para arrancarle lágrimas. + </p> + <p> + Lloró como un anciano, y pensó en que ya lo era. Jamás + se le había ocurrido tal idea. Su temperamento le engañaba, + fingiendo una juventud sin fin; la desgracia al herirle de repente le + desteñía, como un chubasco, todas las canas del espíritu. + </p> + <p> + «Ay, sí, era un pobre viejo; un pobre viejo, y le engañaban, + se burlaban de él. Llegaba la edad en que iba a necesitar una compañera, + como un báculo... y el báculo se le rompía en las + manos, la compañera le hacía traición, iba a estar + solo... solo; le abandonaban la mujer y el amigo...». + </p> + <p> + El dolor, la lástima de sí mismo, trajeron a su pensamiento + ideas más naturales y oportunas que las que despertara, entre + fantasmas de fiebre y de insomnio, la indignación contrahecha por + las lecturas románticas y combatida por la pereza, el egoísmo + y la flaqueza del carácter. + </p> + <p> + No sentía celos, no sentía en aquel momento la vergüenza + de la deshonra, no pensaba ya en el mundo, en el ridículo que sobre + él caería; pensaba en la traición, sentía el + engaño de aquella Ana a quien había dado su honor, su vida, + todo. ¡Ay, ahora veía que su cariño era más + hondo de lo que él mismo creyera; queríala más ahora + que nunca, pero claramente sentía que no era aquel amor de amante, + amor de esposo enamorado, sino como de amigo tierno, y de padre... sí, + de padre dulce, indulgente y deseoso de cuidados y atenciones! + </p> + <p> + «¡Matarla!—eso se decía pronto—¡pero + matarla!... Bah, bah... los cómicos matan en seguida, los poetas + también, porque no matan de veras... pero una persona honrada, un + cristiano no mata así, de repente, sin morirse él de dolor, + a las personas a quien vive unido con todos los lazos del cariño, + de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y él sentía + su deshonra como la siente un padre, quería castigar, quería + vengarse, pero matar era mucho. No, no tendría valor ni hoy ni mañana, + ni nunca, ¿para qué engañarse a sí mismo? Mata + el que se ciega, el que aborrece, él no estaba ciego, no aborrecía, + estaba triste hasta la muerte, ahogándose entre lágrimas + heladas; sentía la herida, comprendía todo lo ingrata que + era ella, pero no la aborrecía, no quería, no podría + matarla. Al otro sí; Álvaro tenía que morir; pero + frente a frente, en duelo, no de un tiro, no; con una espada lo mataría, + aquello era más noble, más digno de él. Frígilis + tenía que encargarse de todo. Pero ¿cuándo? ¿ahora? + ¿en cuanto llegase? No... tampoco se atrevía a decírselo + así, de repente. Después de hablar con alma humana de tan + vergonzoso descubrimiento, ya no había modo de volverse atrás, + esto es, de cambiar de resolución, de aplazar ni modificar la + venganza. En cuanto alguien lo supiera había que proceder de prisa, + con violencia; lo exigía así el mundo, las ideas del honor; + él era al fin un marido burlado.... Y a ella habría que + llevarla a un convento. Y él, se volvería a su tierra, si no + le mataba Mesía; se escondería en La Almunia de don Godino». + </p> + <p> + Al llegar aquí se acordó el infeliz esposo que Ana, meses + antes, le proponía un viaje a La Almunia. «¡Tal vez si + él hubiera aceptado, se hubiese evitado aquella desgracia... + irreparable! Sí, irreparable, ¿qué duda cabía?». + </p> + <p> + «¿Y Petra? ¡Maldita sea! Petra.... ¡Es ella quien + me hace tan desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza, + de donde ya no saldré aunque mate al mundo entero; aunque haga + pedazos a Mesía y entierre viva a la pobre Ana!... ¡Ay, Ana + también va a ser bien infeliz!». + </p> + <p> + La catedral dio ocho campanadas. «¡Las ocho! Ahora debía + yo despertar... y no sabría nada». + </p> + <p> + Este pensamiento le avergonzó. En su cerebro estalló la + palabra grosera con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que + toleran su deshonra... y la ira volvió a encenderse en su pecho, + sopló con fuerza y barrió el dolor tierno.... «¡Venganza! + ¡venganza!—se dijo—o soy un miserable, un ser digno de + desprecio...». + </p> + <p> + Sintió pasos sobre la arena, levantó la cabeza y vio a su + lado a Frígilis. + </p> + <p> + —¡Hola! parece que se ha madrugado—dijo Crespo, que + gustaba de ser siempre el primero. + </p> + <p> + —Vamos, vamos—contestó don Víctor, volviendo a + levantarse y después de colgar la escopeta del hombro. + </p> + <p> + La presencia de Frígilis le había asustado; sacó + fuerzas de flaqueza para tomar un partido de repente. Se resolvió + por fin. Resolvió callar, disimular, ir a caza. «Allá + en los prados de las marismas, cuando se quedara solo en acecho, en todo + aquel día triste que iba a ser tan largo, meditaría... y a + la vuelta, a la vuelta acaso tendría ya formado su plan, y + consultaría con Tomás y le mandaría a desafiar al + otro, si era esto lo que procedía. Por ahora callar, disimular. + Aquello no podía echarse a volar así como quiera. El + descubrimiento que debía a Petra no era para revelado sin su cuenta + y razón. A Frígilis podía decírsele todo, pero + a su tiempo». + </p> + <p> + Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerró la verja con su + llave. Crespo iba delante. Miró don Víctor hacia el fondo de + la huerta, hacia el caserón que ya le parecía otro... + «¿Qué hacía? ¿Era un cobarde aplazando + su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no escaparían, + no había miedo. Silencio y disimulo, esto hacía falta ahora. + Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera ¡iba a ser tan + grave!». Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus + próximos actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza, + impresionable y débil iban ahora a depender sucesos tan + importantes, la suerte de varias personas, le sumía en una especie + de pánico taciturno y desesperado. Veleidades tenía de + llamar a Frígilis, decírselo todo, ponerlo en sus manos + todo.... «Frígilis, aunque era un soñador, llegado el + caso tenía mejor sentido que él; sabría ser más + práctico.... ¿Qué haría?». + </p> + <p> + Por lo pronto seguir a Tomás a la estación. Y callar. Para + hablar siempre era tiempo. + </p> + <p> + La mañana seguía cenicienta; nubes y más nubes + plomizas salían como de un telar de los picos y mesetas del Corfín, + caían sobre la sierra, se arrastraban por sus cumbres, resbalaban + hacia Vetusta y llenaban el espacio de una tristeza gris, muda y sorda. + </p> + <p> + «No hace frío», observó Frígilis al + llegar a la estación. No llevaba más abrigo que su bufanda a + cuadros. Pero decía él que su cazadora valía por la + piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros. + </p> + <p> + En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía + que hacer esfuerzos para no dar diente con diente.—¡No, no + hace mucho frío!—dijo, por miedo de delatarse. + </p> + <p> + «Afortunadamente éste es un sonámbulo que no se fija + nunca en si los demás tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo + de estar pálido, desencajado... pero este egoísta no ve nada + de eso». + </p> + <p> + Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Frígilis encontró + antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volvían de Castilla y + después de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar allá + en la aldea. Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que + se ahogaban en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le + inspiraba a él la helada en las mañanas más frías + del año, frotaba las manos y hablaba del precio de las reses, y de + las ventajas de la parcería, locuaz, como nunca se le veía + en Vetusta. Parecía que, según el tren se alejaba de los + tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en sueño + y en niebla, el alma de Frígilis se ensanchaba, respiraba a su + gusto aquel pulmón de hierro. + </p> + <p> + «No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor, + que su amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren había + tenido tentaciones de arrojarse al andén; y después, de + tirarse por la ventanilla a la vía, y correr, correr desalado a + Vetusta, entrar en el caserón de los Ozores y coser a puñaladas + el pecho de una infame...». + </p> + <p> + Sí, todo esto había querido hacer don Víctor que se + sintió morir de vergüenza y de cólera contra los + infames adúlteros y contra sí mismo, en cuanto notó + que el tren se movía y le alejaba del lugar del crimen, de su + deshonra y de su venganza necesaria... + </p> + <p> + «¡Soy un miserable, soy un miserable!» gritaba por + dentro Quintanar mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba allá + lejos; tan lejos, que detrás de las lomas y de los árboles + desnudos ya sólo se veía la torre de la catedral, como un + gallardete negro destacándose en el fondo blanquecino de Corfín, + envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba de soslayo. + </p> + <p> + «Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella... + esto no tiene nombre, ¡oh!... sí lo tiene...». Y + ¡zas! el nombre que tenía aquello, según Quintanar, + estallaba como un cohete de dinamita en el cerebro del pobre viejo. + </p> + <p> + «¡Soy un tal, soy un tal!» y se lo decía a sí + mismo con todas sus letras, y tan alto que le parecía imposible que + no le oyeran todos los presentes. + </p> + <p> + «Pero el tren huía de Vetusta, silbaba, le silbaba a él; + y él no tenía el valor de arrojarse a tierra, de volver al + pueblo... iba a tardar más de doce horas en ver el caserón, + ¡aplazaba su venganza más de doce horas!...». + </p> + <p> + Pasaron un túnel y no quedó ya nada de Vetusta ni de su + paisaje. Era otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes + rojizos, lomas monótonas como oleaje simétrico se extendían + cerrando el horizonte a la izquierda de la vía. El cielo estaba + obscuro por aquel lado, bajas las nubes, que como grandes sacos de ropa + sucia se deshilachaban sobre las colinas de lontananza; a la derecha + campos de maíz, ahora vacíos, enseñaban la tierra, + negra con la humedad; entre las manchas de las tierras desnudas aparecían + el monte bajo, de trecho en trecho, las pomaradas ahora tristes con sus + manzanos sin hojas, con sus ramos afilados, que parecían manos y + dedos de esqueleto. Por aquel lado el cielo prometía despejarse, la + niebla hacía palidecer las nubes altas y delgadas que empezaban a + rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se extendía una franja + lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los castañares que + semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en verano misterios + de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los campos desnudos y + las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en triángulo + macedónico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como náufragos + de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentándose con + graznar lúgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja + subterránea. + </p> + <p> + Mientras Frígilis hablaba de la conveniencia de abandonar el + cultivo del maíz y de cultivar los prados con intensidad, don Víctor, + apoyada la cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo + pardo y veía desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por + aquel desierto de aire. Ya parecían polvos de imprenta, después + aprensión de la vista, después nada. + </p> + <p> + «¡Lugarejo, dos minutos!» gritó una voz rápida + y ronca. + </p> + <p> + Don Víctor asomó la cabeza por la ventanilla. La estación, + triste cabaña muy pintada de chocolate y muerta de frío, + estaba al alcance de su mano o poco más distante. Sobre la puerta, + asomada a una ventana una mujer rubia, como de treinta años, daba + de mamar a un niño. + </p> + <p> + «Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos» + pensó Quintanar. + </p> + <p> + Pasó el jefe de la estación que parecía un + pordiosero. Era joven; más joven que la mujer de la ventana parecía. + </p> + <p> + «Se querrán. Ella por lo menos le será fiel». + </p> + <p> + Después de esta conjetura don Víctor se dejó caer + otra vez en su asiento. Cerró los ojos, tapó el rostro + cuanto pudo con una mano. El tren volvió a moverse. El ruido del + hierro y de la madera y la trepidación uniforme eran como canción + que atraía el sueño. Quintanar, sin pensar en ello, medía + el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes con el compás de una + marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de la casa.... Después + midió el paso del tren con los de cierta polka... y después + se quedó dormido. + </p> + <p> + Media hora después llegaban a la estación en que dejaban el + tren para tomar a pie la carretera que los conducía a las marismas + de Palomares. + </p> + <p> + Don Víctor despertó asustado, gracias a un golpe que le dio + en el hombro Frígilis. + </p> + <p> + Había soñado mil disparates inconexos; él mismo, + vestido de canónigo con traje de coro, casaba en la iglesia + parroquial del Vivero a don Álvaro y a la Regenta. Y don Álvaro + estaba en traje de clérigo también, pero con bigote y + perilla.... Después los tres juntos se habían puesto a + cantar el Barbero, la escena del piano; él, don Víctor, se + había adelantado a las baterías para decir con voz cascada: + </p> + <p> + Quando la mia Rosina... el público de las butacas había + graznado al oírle como un solo espectador.... Todas las butacas + estaban llenas de cuervos que abrían el pico mucho y retorcían + el pescuezo con ondulaciones de culebra.... «Una pesadilla» + pensó Quintanar, y entre dormido y despierto emprendía la + marcha a pie por la carretera de Palomares abajo. Estaban en Roca—Tajada; + a la derecha, a pico, se elevaba el monte Arco partido por aquel + desfiladero; estrecha garganta por donde sólo cabían la + angosta carretera y el río Abroño que se cruzaban en mitad + de la hoz pasando el camino, perpendicular al río, por un puente de + piedra blanca. + </p> + <p> + Después de almorzar en Roca—Tajada, en la taberna de + Matiella, estanquero y albañil, grande amigo de Frígilis, + los dos amigos cazadores dejaron el camino real, y por prados fangosos de + hierba alta, de un verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abroño, + allí más ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las + ondas verdes que le mandaba el mar ya vecino. + </p> + <p> + Frígilis y Quintanar pasaron el río en una barca, comenzaron + a subir una colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por + pomaradas y laureles, pinos de copa redonda y ancha y álamos + esbeltos. El verde de los pinares y de los laureles y de algunos naranjos + de las huertas, sobre el verde más claro de las praderas en + declive, limpias y como recortadas con tijeras, alegraba la cumbre + resaltando bajo el cielo lechoso y entre las paredes blancas, que se comían + toda la luz del día, difusa y como cernida a través de las + nubes delgadas. Según subían por la falda de la loma que era + como primer escalón para la colina, el terreno se afirmaba, la + hierba aclaraba su color y menguaba. Frígilis se detuvo y contempló + el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante que + quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que se veía + en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río, + como una pared obscura que subía hacia las nubes. + </p> + <p> + Quintanar se sentó sobre una peña que dejaba descubierta el + prado. De la parte de Areo, cruzando sobre el río a mucha altura, + vieron venir un bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Frígilis + disparó los de su escopeta con tan mala suerte, que no consiguió + más que dispersar las apretadas filas. + </p> + <p> + —¡Tira tú, bobo!—gritó Crespo furioso. + </p> + <p> + Quintanar se levantó, apuntó, disparó y cuatro tordos + de agua cayeron heridos por los perdigones que, según pensó + en aquel instante don Víctor, debía tener en los sesos el + amigo traidor, el infame don Álvaro. + </p> + <p> + «Sí, aquel tiro era el de Álvaro, los tordos, + inocentes, caían a pares, y el ladrón de su honra vivía». + Y ¡cosa extraña! cuando allá en el parque había + estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el cartucho + mortífero tenía carga de perdigón; suponíalo + lleno de postas o de balas. + </p> + <p> + Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tenía encima, + el cazador sintió el placer de la vanidad satisfecha. «Frígilis + había disparado dos tiros y... nada; disparaba él uno solo + y... cuatro.... Sí, cuatro, allí estaban, sangrando sobre el + prado, mezclando las gotas rojas con la escarcha blanca de la hierba». + </p> + <p> + Media hora después Frígilis tomaba el desquite matando un + soberbio pato marino. Quintanar, por gusto, mató un cuervo que no + recogió. + </p> + <p> + Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de Frígilis + se aburrían. Aquella caza en que ellos representaban un papel + secundario, les parecía una vergüenza; bostezaban y obedecían + mal a la voz del amo. + </p> + <p> + Después de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Víctor + sintió su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo veía + claro, toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le + aparecía como un tratado clásico de historia. Lo que había + sucedido, lo que iba a suceder, lo veía como en un panorama. Y sentía + comezón de hablar y ansias de llorar. ¿Por qué no abría + el pecho al amigo del alma, al verdadero, al único? No se lo abrió. + «No era tiempo». + </p> + <p> + Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado, siempre + alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se comían, pero Frígilis + les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los cazadores + con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional. + Esperaban, <i>fingían</i> estar descuidados, disimulaban su + vigilancia, y al ir Frígilis a disparar, escondido tras un seto... + volaban los condenados gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por + eso los perseguía tenaz, irritado. + </p> + <p> + Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que + cubrían tiñéndolo de negro, se encontraban con la + descarga de Crespo; si tomaban por el otro lado, disparaba don Víctor. + </p> + <p> + El cual se quedó solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no + había conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detrás + de un toldo blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un + poco de aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de + invierno, que después aparecían bajo las nubes, volando + fuera de tiro, sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida, + suponía Quintanar. + </p> + <p> + «El campo estaba melancólico. El invierno parecía una + desnudez. Y a pesar de todo, ¡qué hermosa era la naturaleza! + ¡qué tranquilamente reposaba!... ¡Los hombres, los + hombres eran los que habían engendrado los odios, las traiciones, + las leyes convencionales que atan a la desgracia el corazón!». + La filosofía de Frígilis, aquel pensador agrónomo que + despreciaba la sociedad con sus <i>falsos principios</i>, con sus + preocupaciones, exageraciones y violencias, se le presentó a + Quintanar, a quien el cuerpo repleto le pedía siesta, como la + filosofía verdadera, la sabiduría única, eterna. + «Vetusta quedaba allá, detrás de montes y montes, + ¿qué era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto. Y + todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga, + fabricaba su albergue, ¿qué eran comparados con los bosques + vírgenes, los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?... + Nada. Y las leyes de honor, las preocupaciones de la vida social todas, + ¿qué eran al lado de las grandes y fijas y naturales leyes a + que obedecían los astros en el cielo, las olas en el mar, el fuego + bajo la tierra, la savia circulando por las plantas?». + </p> + <p> + Vivos deseos sintió Quintanar por un momento de echar raíces + y ramas, y llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que veía + coronando las cimas del monte Areo. «Vegetar era mucho mejor que + vivir». + </p> + <p> + Oyó un tiro lejano, después el estrépito de las + peguetas que volaban riéndose con estridentes chillidos; las vio + pasar sobre su cabeza. No se movió. Que se fueran al diablo. + Él estaba pensando en Tomás Kempis. Sí, Kempis, a + quien había olvidado, tenía razón; donde quiera + estaba la cruz. «Arregla, decía el sabio asceta, arregla y + ordena todas las cosas según tu modo de ver y según tu + voluntad, y verás que siempre tienes algo que padecer de grado o + por fuerza; siempre hallarás la cruz». + </p> + <p> + Y también recordaba lo de: «Algunas veces parecerá que + Dios te deja, otras veces serás mortificado por el prójimo; + y lo que es más, muchas veces te serás molesto a ti mismo». + </p> + <p> + «Sí, el prójimo me mortifica, y yo mismo me molesto, + me hago daño hasta sangrar el alma.... No sé lo que debo + hacer, ni lo que debo pensar siquiera. Anita me engaña, es una + infame sí... pero ¿y yo? ¿No la engaño yo a + ella? ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo + distraído y soso a los ardores y a los sueños de su juventud + romántica y extremosa? ¿Y por qué alegué + derechos de mi edad para no servir como soldado del matrimonio y pretendí + después batirme como contrabandista del adulterio? ¿Dejará + de ser adulterio el del hombre también, digan lo que quieran las + leyes?». + </p> + <p> + Le daba ira encontrarse tan filósofo, pero no podía otra + cosa. Comprendía que aquellas meditaciones le alejaban de su + venganza, que en el fondo del alma él no quería ya vengarse, + quería castigar como un juez recto y salvar su honor, nada más. + Y esto mismo le irritaba. Después volvía la lástima + tierna de sí mismo, la imagen de la vejez solitaria... y los + alcaravanes, allá en el cielo gris, iban cantando sus ayes como + quien recita el <i>Kempis</i> en una lengua desconocida. + </p> + <p> + «Sí, la tristeza era universal; todo el mundo era + podredumbre; el ser humano lo más podrido de todo». + </p> + <p> + Y siempre sacaba en consecuencia que él no sabía lo que debía + hacer, ni siquiera lo que debía pensar, ni aun lo que debía + sentir. + </p> + <p> + «De todas suertes, las comedias de capa y espada mentían como + bellacas; el mundo no era lo que ellas decían: al prójimo no + se le atraviesa el cuerpo sin darle tiempo más que para recitar una + rendondilla. Los hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan + deprisa». + </p> + <p> + De noche, en el tren, cuando volvían solos a Vetusta en un coche de + segunda, por miedo al frío de los de tercera, Frígilis que + miraba el paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez había + podido más que el sol y había roto las nubes, Frígilis + sintió un suspiro como un barreno detrás de sí, y + volvió la cabeza diciendo: + </p> + <p> + —¿Qué te pasa, hombre? Todo el día te he visto + preocupado, tristón... ¿qué pasa? + </p> + <p> + La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas rompía + las tinieblas de aquel coche que parecía caja de muerto. + </p> + <p> + Frígilis no podía ver bien el rostro de don Víctor, + pero le oyó, de repente, llorar como un chiquillo, y sintió + la cabeza fuerte y blanca de Quintanar apoyada en el hombro del amigo. Sí, + se apoyaba el pobre viejo con cariño, confianza, y con la fuerza + con que se deja caer un muerto. Parecía aquello la abdicación + de su pensamiento, de toda iniciativa. + </p> + <p> + —Tomás, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado; + escucha... + </p> + <hr style="width: 65%;" /> + <h2> + <a name="XXXmdash" id="XXXmdash"></a>—XXX— + </h2> + <p> + —Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer. + </p> + <p> + —¿Tú no entras? + </p> + <p> + —No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer. + </p> + <p> + —¡Me dejas solo ahora! + </p> + <p> + —Volveré si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Mañana + vendré temprano. + </p> + <p> + —Te advierto que no te he dicho que sí. + </p> + <p> + —Bueno, bueno... adiós. + </p> + <p> + —Espera, espera... no me dejes solo... todavía. No te he + dicho que sí; tal vez... lo piense más y... me decida por + seguir el camino opuesto. + </p> + <p> + —Pero por de pronto, Víctor, prudencia, disimulo.... Es + decir, si no quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes.... + </p> + <p> + —¡Sí, sí! Benítez cree que un gran susto, + una impresión fuerte.... + </p> + <p> + —Eso; puede matarla. + </p> + <p> + —¡Está enferma! + </p> + <p> + —Sí, más de lo que tú crees. + </p> + <p> + —¡Está enferma! Y un susto, un susto grande... puede + matarla. + </p> + <p> + —Eso, así como suena. + </p> + <p> + —Y yo debo subir, y guardar para mí todos estos rencores, + toda esta hiel tragármela... y disimular, y hablar con ella para + que no sospeche y no se asuste... y no se me muera de repente.... + </p> + <p> + —Sí, Víctor, sí; todo eso debes hacer. + </p> + <p> + —Pero confiesa, Tomás, que todo eso se dice mejor que se + hace; y comprende que ese aldabón me inspire miedo, explícate + la razón que tengo para tenerle el mismo asco que si fuera de + hierro líquido.... + </p> + <p> + Calló a esto Frígilis. + </p> + <p> + Llegaban de la estación; estaban en el portal del caserón de + los Ozores, que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del + techo. + </p> + <p> + Quintanar no tenía valor para subir a su casa. No quería + llamar. «Iban a abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se + atrevería a sonreír como siempre, tal vez a ponerle la + frente cerca de los labios para que la besara.... Y él tendría + que sonreír, y besar y callar... y acostarse tan sereno como todas + las noches.... Tomás debía comprender que aquello era + demasiado...». + </p> + <p> + Y además, las revelaciones de Frígilis respecto a la salud + de Ana le habían caído al pobre ex-regente como una maza + sobre la cabeza. «Aquella alegría, aquella exaltación + que la habían llevado... al crimen, a la infamia de una traición... + eran una enfermedad; Ana podía morir de repente cualquier día; + una impresión extraordinaria lo mismo de dolor que de alegría, + mejor si era dolorosa, podía matarla en pocas horas...». Esto + había contestado Frígilis a la historia de su amigo. A Mesía + fusilémosle, había dicho, si eso te consuela; pero hay que + esperar, hay que evitar el escándalo, y sobre todo hay que evitar + el susto, el espanto que sobrecogería a tu mujer si tú + entraras en su alcoba como los maridos de teatro.... Ana, culpable según + las leyes divinas y humanas, no lo era tanto en concepto de Frígilis + que mereciera la muerte. + </p> + <p> + —¿Quién quiere matarla? ¡Yo no quiero eso!—había + interrumpido don Víctor al oír esto. + </p> + <p> + Pero Frígilis había replicado: + </p> + <p> + —Sí quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay + que hacer hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la + única solución; pero confiesa que el perdonar es una solución + también. + </p> + <p> + —Perdonarla es transigir con la deshonra.... + </p> + <p> + —Eso ya lo veríamos. ¿Tú eres cristiano? + </p> + <p> + —Sí, de todo corazón, más cada día.... + Como que ya no veo más refugio para mi alma que la religión.... + </p> + <p> + —Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. + Pero no se trata de esto todavía; se trata de no cortar el camino + al perdón, antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa puñalada + mortal al entrar en su cuarto y gritar: «¡Muera la esposa + infiel!» para que ella conteste: «¡Jesús mil + veces!» y caiga redonda. Yo no sé si diría «Jesús + mil veces» pero de que caería estoy seguro. Y ya ves, antes + de matarla hay que ver si tenemos derecho para ello. + </p> + <p> + —No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia.... + </p> + <p> + —Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada trágico. + Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, + bien te acordarás, creí hacer la felicidad de ambos.... + </p> + <p> + —Y no parecía que te habías equivocado. La mía + la habías hecho. La de ella... durante más de diez años + pareció que también. + </p> + <p> + —Sí, pareció; pero la procesión andaba por + dentro.... + </p> + <p> + Diez años fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco. + </p> + <p> + —Mira, Frígilis, tu filosofía no es para consolar a un + marido en mi situación.... Ya sé yo todo lo que tú + puedes decirme, y mucho más.... Eso no es consolarme.... + </p> + <p> + —Ni yo creo que tu situación admita consuelos más que + el del tiempo y la reflexión lenta y larga.... Pero ahora no se + trata de ti, se trata de ella. ¿Te empeñas en coser el + cuerpo con un florete o con una espada a Mesía? Sea; pero hay que + ver cuándo y cómo. Hay que tener calma. Después de lo + que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Benítez me impuso y + que rompo por lo apurado del caso, después de saber que puede + sucumbir ante una revelación semejante.... + </p> + <p> + —¿Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo sé? + ¿Quién te asegura a ti que no me despreciará, que no + procurará huir con el otro? + </p> + <p> + —¡Víctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil. + No hizo más que esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no + está enamorada de Mesía.... En cuanto vea que es un cobarde + y que la abandona antes que pelear por ella... le despreciará, le + maldecirá... y en cambio los remordimientos la volverán a + ti, a quien siempre quiso. + </p> + <p> + —¡Que quiso!—Sí, más que a un padre. + ¿Qué mejor prueba quieres que todo lo pasado? ¿Por qué + se hizo mística?... Y la pobre... también tuvo que sufrir + ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de esto no + hablemos. ¿Por qué luchó, como luchó sin duda? + Porque te quería... porque te quiere... te quiere mucho.... + </p> + <p> + —¡Y me vende!—¡Te vende! ¡te vende!... En + fin, no hablemos de eso... ya has dicho que no quieres mis filosofías. + Ello es, que si armas arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay + otra de entierro. + </p> + <p> + —¡Hombre dices las cosas de un modo!... + </p> + <p> + —La verdad. Un drama completo. Pero en último caso, si tan + irritado estás, si tan ciego te ves, si no puedes atender a + razones, ni a tu conciencia que bien claro te habla; llama, sube, + alborota, quema la casa.... O no hagas tanto, que bastará con que + la espantes con tu noticia para que Ana caiga de espaldas y le estalle + dentro una de esas cosas en que tú no crees, pero que son para la + vida como los alambres para el telégrafo. Si estás furioso, + si no puedes contenerte, también tú tendrás disculpa + hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes perdón + de Dios. + </p> + <p> + Esto último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que + hizo a su amigo estremecerse. + </p> + <p> + Después de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el + camino de la estación a casa, y parte dentro del portal, fue cuando + Quintanar se acercó a la puerta para coger el aldabón, y + cuando Frígilis exclamó: + </p> + <p> + —Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer. + </p> + <p> + Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor + cuanto antes para correr en busca de don Álvaro y advertirle de que + Quintanar sabía su traición, para que se abstuviera de + asaltar el parque aquella noche y acudir a la cita, si la tenía + como era de suponer. Pensaba Crespo que a Víctor no se le había + ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que aquella noche + se repetiría la escena de la anterior, que debía de ser ya + antigua costumbre; podía don Álvaro, que no había + visto a su víctima cuando le acechaba en el parque, volver a las + andadas, sorprenderle Quintanar, y entonces era imposible evitar una + tragedia. Además, Frígilis tenía la convicción + de que don Álvaro escaparía de Vetusta en cuanto él + le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban motivos para + creer muy cobarde al don Juan Tenorio. + </p> + <p> + «¡Pero aquel Víctor no le dejaba marchar!». + </p> + <p> + Por fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, + su ira, lo que fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el + digno regente jubilado con el mismo aldabonazo enérgico y conciso + con que hacía retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el + jefe de familia respetado y tal vez querido. + </p> + <p> + —¡Adiós, adiós, hasta mañana temprano!—dijo + Frígilis librándose de la mano trémula que le + sujetaba un brazo. + </p> + <p> + —«¡Egoísta, pensó don Víctor al + quedarse solo—; es la única persona que me quiere en el + mundo... y es egoísta!». + </p> + <p> + Se abrió la puerta. Vaciló un momento.... Se le figuró + que del patio salía una corriente de aire helado.... + </p> + <p> + Entró, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que + dejaba atrás; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; + que paso a paso, por el portal adelante, se acercaba a él y que se + le quitaba el sombrero que era de teja. + </p> + <p> + —¡Mi señor don Víctor!—dijo una voz melosa + y temblona. + </p> + <p> + —¡Cómo! ¿usted? ¡es usted... señor + Magistral!... Un temblor frío, como precursor de un síncope, + le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras añadía, + procurando una voz serena: + </p> + <p> + —¿A qué debo... a estas horas... la honra...? ¿qué + pasa?... ¿Alguna desgracia?... + </p> + <p> + «Pero este hombre ¿no sabe nada?» se preguntó De + Pas que parecía un desenterrado. + </p> + <p> + Miró a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio + desencajado el rostro; y don Víctor a él le vio tan pálido + y con ojos tales que le tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del + mal incierto. Hasta llegar allí, el Magistral no había + hablado, no había hecho más que estrechar la mano de don Víctor + e invitarle con un ademán gracioso y enérgico al par, a + subir aquella escalera. + </p> + <p> + —Pero ¿qué pasa?—repitió don Víctor + en voz baja en el primer descanso. + </p> + <p> + —¿Viene usted de caza?—contestó el otro con voz + débil. + </p> + <p> + —Sí, señor, con Crespo; ¿pero qué + sucede? Hace tanto tiempo... y a estas horas.... + </p> + <p> + —Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al + despacho.... + </p> + <p> + Anselmo alumbraba por los pasillos del caserón a su amo a quien + seguía el Magistral. + </p> + <p> + —«No pregunta por Ana»—pensó De Pas. + </p> + <p> + —La señora no ha oído llamar, está en su + tocador... ¿quiere el señor que la avise?—preguntó + Anselmo. + </p> + <p> + —¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral + quiere hablarme a solas...—y se volvió el amo de la casa al + decir esto. + </p> + <p> + —Bien, sí; al despacho... entremos en su despacho.... + </p> + <p> + Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué + iba a decirle aquel hombre? ¿A qué venía?...». + </p> + <p> + Anselmo encendió dos luces de esperma y salió. + </p> + <p> + —Oye, si la señora pregunta por mí, que allá + voy... que estoy ocupado... que me espere en su cuarto.... ¿No es + eso? ¿No quiere usted que estemos solos? + </p> + <p> + El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la + puerta por donde salía Anselmo. + </p> + <p> + «Ya estaba allí, ya había que hablar... ¿qué + iba a decir? Terrible trance; tenía que decir algo y ni una idea + remota le acudía para darle luz; no sabía absolutamente nada + de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo hablar sin + preguntar antes? ¿Qué sabía don Víctor? esta + era la cuestión... según lo que supiera, así él + debía hablar... pero no, no era esto... había que comenzar + por explicarse. Buen apuro». Estaba el Magistral como si don Víctor + le hubiera sorprendido allí, en su despacho, robándole los + candeleros de plata en que ardían las velas. + </p> + <p> + Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos y + pasmados. + </p> + <p> + —«¿Usted dirá?» decían aquellas + pupilas brillantes y en aquel momento sin más expresión que + un tono interrogante. + </p> + <p> + «Había que hablar». + </p> + <p> + —¿Tendría usted... por ahí... un poquito de + agua?...—dijo don Fermín, que se ahogaba, y que no podía + separar la lengua del cielo de la boca. + </p> + <p> + Don Víctor buscó agua y la encontró en un vaso, sobre + la mesilla de noche. El agua estaba llena de polvo, sabía mal. Don + Fermín no hubiera extrañado que supiera a vinagre. Estaba en + el calvario. Había entrado en aquella casa porque no había + podido menos: sabía que necesitaba estar allí, hacer algo, + ver, procurar su venganza, pero ignoraba cómo. «Estaba, cerca + de las diez de la noche, en el despacho del marido de la mujer que le engañaba + a él, a De Pas, y al marido; ¿qué hacía allí?, + ¿qué iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral + pasaron todas las estaciones de aquel día de Pasión. + Mientras bebía el vaso de agua, y se limpiaba los labios pálidos + y estrechos, sentía pasar las emociones de aquel día por su + cerebro, como un amargor de purga. Por la mañana había + despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no + podía explicarle la causa de su mal había preferido fingirse + sano, y levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos + como un resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces + sonaban apagados, los cuerpos sólidos parecían todos huecos; + todo parecía tener la fragilidad del sueño. Antojábasele + una crueldad de fiera, un egoísmo de piedra, la indiferencia + universal; ¿por qué hablaban todos los vetustenses de mil y + mil asuntos que a él no le importaban, y por qué nadie + adivinaba su dolor, ni le compadecía, ni le ayudaba a maldecir a + los traidores y a castigarlos? Había salido de las calles y había + paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena húmeda + bordada por las huellas del agua corriente, con sus árboles + desnudos y helados. Había paseado pisando con ira, con pasos + largos, como si quisiera rasgar la sotana con las rodillas; aquella sotana + que se le enredaba entre las piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un + trapo de carnaval colgado al cuello. + </p> + <p> + «Él, él era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que + aún no había matado a nadie (y ya era medio día) y + que debía de saberlo todo desde las siete. Las leyes del mundo + ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho de + vengarse y no tenía el deseo; él tenía el deseo, la + necesidad de matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho.... Era + un clérigo, un canónigo, un prebendado. Otras tantas + carcajadas de la suerte que se le reía desde todas partes». + En aquellos momentos don Fermín tenía en la cabeza toda una + mitología de divinidades burlonas que se conjuraban contra aquel + miserable Magistral de Vetusta. + </p> + <p> + La sotana, azotada por las piernas vigorosas, decía: <i>ras, ras, + ras</i>; como una cadena estridente que no ha de romperse. + </p> + <p> + Sin saber cómo, De Pas había pasado delante de la fonda de + Mesía. «Sabía él que don Álvaro estaba + en casa, en la cama. Si, como temía, don Víctor no le había + cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había ocurrido, + en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del placer. + Podía subir, entrar en su cuarto, y ahogarle allí... en la + cama, entre las almohadas.... Y era lo que debía hacer; si no lo + hacía era un cobarde; temía a su madre, al mundo, a la + justicia.... Temía el escándalo, la novedad de ser un + criminal descubierto; le sujetaba la inercia de la vida ordinaria, sin + grandes aventuras... era un cobarde: un hombre de corazón subía, + mataba. Y si el mundo, si los necios vetustenses, y su madre y el obispo y + el papa, preguntaban ¿por qué? él respondía a + gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas ¿que, + por qué mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha engañado + mi mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para + conservar su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el + alma porque no le he tomado también el cuerpo.... Los mato a los + dos porque olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé + que <i>ubi irritatio ibi fluxus</i>, olvidé ser con ella tan + grosero como con otras, olvidé que su carne divina era carne + humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la pega; la creí cuerpo + santo y la podredumbre de su cuerpo me está envenenando el alma.... + Mato porque me engañó; porque sus ojos se clavaban en los míos + y me llamaban hermano mayor del alma al compás de sus labios que + también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato porque + puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy fiera...». + </p> + <p> + Pero no mató. Se acercó a la portería y preguntó... + por el señor obispo de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta. + </p> + <p> + —Ha salido—le dijeron. Y don Fermín sin ver lo que hacía, + dobló una tarjeta y la dejó al portero. + </p> + <p> + Y volvió a su casa. Se encerró en el despacho. Dijo que no + estaba para nadie y se paseó por la estrecha habitación como + por una jaula. + </p> + <p> + Se sentó, escribió dos pliegos. Era una carta a la Regenta. + Leyó lo escrito y lo rasgó todo en cien pedazos. Volvió + a pasear y volvió a escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba + las uñas en la cabeza. + </p> + <p> + En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gemía, imprecaba, + deprecaba, rugía, arrullaba; unas veces parecían aquellos + regueros tortuosos y estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias + que tenía el Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia + engañada y sofocada y provocada, salían a borbotones, como + podredumbre líquida y espesa. La pasión hablaba entonces con + el murmullo ronco y gutural de la basura corriente y encauzada. Otras + veces se quejaba el idealismo fantástico del clérigo como + una tórtola; recordaba sin rencor, como en una elegía, los días + de la amistad suave, tierna, íntima, de las sonrisas que prometían + eterna fidelidad de los espíritus; de las citas para el cielo, de + las promesas fervientes, de las dulces confianzas; recordaba aquellas mañanas + de un verano, entre flores y rocío, místicas esperanzas y + sabrosa plática, felicidad presente comparable a la futura. Pero + entre los quejidos de tórtola el viento volvía a bramar + sacudiendo la enramada, volvía a rugir el huracán, estallaba + el trueno y un sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo + negro un rayo. «¡Y por quién dejaba Ana la salvación + del alma, la compañía de los santos y la amistad de un corazón + fiel y confiado...! ¡por un don Juan de similor, por un elegantón + de aldea, por un parisién de temporada, por un busto hermoso, por + un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por un alma que + ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y + hueca!...». «Pero ya comprendía él la causa de + aquel amor; era la impura lascivia, se había enamorado de la carne + fofa, y de menos todavía, de la ropa del sastre, de los primores de + la planchadora, de la habilidad del zapatero, de la estampa del caballo, + de las necedades de la fama, de los escándalos del libertino, del + capricho, de la ociosidad, del polvo, del aire.... Hipócrita... hipócrita... + lasciva, condenada sin remedio, por vil, por indigna, por embustera, por + falsa, por...» y al llegar aquí era cuando furioso contra sí + mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral, airado porque no sabía + escribir de modo que insultara, que matara, que despedazara, sin insultar, + sin matar, sin despedazar con las palabras. «Aquello no podía + mandarse bajo un sobre a una mujer, por más que la mujer lo + mereciera todo. No, era más noble sacar de una vaina un puñal + y herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre + perfumado». + </p> + <p> + Pero escribía otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la + indignación, la franqueza necesaria a su pasión estallaban + por otro lado; y entonces era él mismo quien aparecía hipócrita, + lascivo, engañando al mundo entero. «Sí, sí, + decía, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería + para mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, + sin saberlo, como respiro sin pensar en ello, quería poseerte, + llegar a enseñarte que el amor, nuestro amor, debía ser lo + primero; que lo demás era mentira, cosa de niños, conversación + inútil; que era lo único real, lo único serio el + quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo + la máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí + donde no lo puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre + ¿no lo sabías? ¿por eso me engañaste? Pues + mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene miedo, sábelo, + hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos frente a frente, + escaparía de mí... Yo soy tu esposo; me lo has prometido de + cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se + queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba + en tu alma que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te + quiero como tu miserable vetustense y el aragonés no te pueden + querer, ¿qué saben ellos, Anita, de estas cosas que sabemos + tú y yo...? Sí, tú las sabías también... + y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por todas las + mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la orgía, los labios + que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las + heridas del estupro, por...». + </p> + <p> + Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil + pedazos más que todas las otras. No acertaba a arrojar en el cesto + los pedacitos blancos y negros, y el piso parecía nevado; y sobre + aquellas ruinas de su indignación artística se paseaba + furioso, deseando algo más suculento para la ira y la venganza que + la tinta y el papel mudo y frío. + </p> + <p> + Salió otra vez de casa; paseó por los soportales que había + en la Plaza Nueva, enfrente de la casa de los Ozores. + </p> + <p> + «¿Qué habría pasado? ¿Habría + descubierto algo don Víctor? No; si hubiera habido algo, ya se sabría. + Don Víctor habría disparado su escopeta sobre don Álvaro, + o se estaría concertando un desafío y ya se sabría; + no se sabía nada, nada; luego nada había sucedido». + </p> + <p> + Dos, tres veces, ya al obscurecer, entró el Magistral en el zaguán + obscuro del caserón de la Rinconada. Quería saber algo, + espiar los ruidos... pero a llamar no se atrevía... «¿A + qué iba él allí? ¿Quién le llamaba a + él en aquella casa donde en otro tiempo tanto valía su + consejo, tanto se le respetaba y hasta quería? Nadie le llamaba. No + debía entrar». No entró. «Además, iba + pensando mientras se alejaba, si yo me veo frente a ella, ¿qué + sé yo lo que haré? Si ese marido indigno, de sangre de + horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la tuviera entre mis + manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo que haría. No, + no debo entrar en esa casa; me perdería, los perdería a + todos». + </p> + <p> + Y volvió a la suya. Doña Paula entró en el despacho. + Hablaron de los negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de + muchas cosas más; pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y + a la madre. + </p> + <p> + —«No se podía hablar de aquello» pensaba él. + </p> + <p> + —«No se podía hablar de aquello, ni a solas» + pensaba ella. + </p> + <p> + La madre lo sabía todo. Había comprado el secreto a Petra. + </p> + <p> + Además, ya ella, por su servicio de policía secreta, y por + lo que observaba directamente, había llegado a comprender que su + hijo había perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldecía + porque la creía querida de su Fermo, ahora la aborrecía + porque el desprecio, la burla, el engaño, la herían a ella + también. ¡Despreciar a su hijo, abandonarle por un barbilindo + mustio como don Álvaro! El orgullo de la madre daba brincos de cólera + dentro de doña Paula. «Su hijo era lo mejor del mundo. Era + pecado enamorarse de él, porque era clérigo; pero mayor + pecado era engañarle, clavarle aquellas espinas en el alma.... + ¡Y pensar que no había modo de vengarse! No, no lo había». + Y lo que más temía doña Paula era que el Magistral no + pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese algún delito + escandaloso. + </p> + <p> + La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle. + </p> + <p> + A doña Paula se le ocurría un medio de castigar a los + infames, sobre todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el + crimen, propalar el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don Víctor + para que saliera lanza en ristre a matar a don Álvaro. + </p> + <p> + «Y nada de esto se le podía decir a Fermo». + </p> + <p> + Doña Paula entraba, salía, hablaba de todo, observaba todos + los gestos de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor + de manos, aquel ir y venir por el despacho. + </p> + <p> + «¡Qué no hubiera dado ella por insinuarle el modo de + vengarse! Sí, bien merecía aquel hijo de las entrañas + que se le arrancasen aquellas espinas del alma. ¡Había sido + tan buen hijo! ¡Había sido tan hábil para conservar y + engrandecer el prestigio que le disputaban!». Desde que doña + Paula vio que «no estallaba un escándalo», que don Fermín + mostraba discreción y cautela incomparables en sus extrañas + relaciones con la Regenta, se lo perdonó todo y dejó de + molestarle con sus amonestaciones. Y después del triunfo de su hijo + sobre la impiedad representada en don Pompeyo Guimarán, después + de aquella conversión gloriosa, su madre le admiraba con nuevo + fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción de sus deseos + íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que + ella reputaba decencia. + </p> + <p> + No, no se podía hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y + al fin doña Paula dejó solo a don Fermín; subió + a su cuarto. Y desde allí, en vela, se propuso espiar los pasos de + su hijo, que continuaba moviéndose abajo: le oía ella + vagamente. + </p> + <p> + Sí, don Fermín, que cerró la puerta del despacho con + llave en cuanto se quedó solo, se movía mucho: tenía + fiebre. Se le ocurrían proyectos disparatados, crímenes de + tragedia, pero los desechaba en seguida. «Estaba atado por todas + partes». Cualquier atrocidad de las que se le ocurrían, que + podía ser sublime en otro, en él se le antojaba, ante todo, + grotesca, ridícula. + </p> + <p> + Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de maníaco de que + estaba vestido de máscara llegó a ser una obsesión + intolerable. Sin saber lo que hacía, y sin poder contenerse, corrió + a un armario, sacó de él su traje de cazador, que solía + usar algunos años allá en Matalerejo, para perseguir alimañas + por los vericuetos; y se transformó el clérigo en dos + minutos en un montañés esbelto, fornido, que lucía + apuesto talle con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte y de + elegancia natural y varonil, lleno de juventud todavía. Se miró + al espejo. «Aquello ya era un hombre». La Regenta nunca le había + visto así. + </p> + <p> + «En el armario había un cuchillo de montaña». + </p> + <p> + Lo buscó, lo encontró y lo colgó del cinto de cuero + negro. La hoja relucía, el filo señalado por rayos + luminosos, parecía tener una expresión de armonía con + la pasión del clérigo. El Magistral le encontraba <i>una música</i> + al filo insinuante. + </p> + <p> + «Podía salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría + poca gente por las calles, nadie le reconocería con aquel traje de + cazador montañés; podía ir a esperar a don Álvaro + a la calleja de Traslacerca, a la esquina por donde decía Petra que + le había visto trepar una noche. Don Álvaro, si don Víctor + no había descubierto nada o si no sabía que don Víctor + le había descubierto, volvería otra vez, como todas las + noches acaso... y él, don Fermín, podía esperarle al + pie de la tapia, en la calleja, en la obscuridad... y allí, cuerpo + a cuerpo, obligándole a luchar, vencerle, derribarle, matarle.... + ¡Para eso serviría aquel cuchillo!». + </p> + <p> + Doña Paula se movió arriba. Crujieron las tablas del techo. + </p> + <p> + Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y caído + en el cerebro del hijo, don Fermín pensó de repente: + </p> + <p> + «Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un + puñal a ese infame.... No tengo el valor de ese género. + Estas son necedades de novela. ¿Para qué pensar en lo que no + he de hacer nunca? No hay más remedio que utilizar el valor y las + ideas románticas y caballerescas de don Víctor; guardaré + el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...». + </p> + <p> + Y don Fermín se despojó del chaquetón pardo, dejó + el sombrero de anchas alas, desciñó el cinto negro, guardó + todas estas prendas, más el cuchillo, en el armario y se vistió + la sotana y el manteo, como una armadura. «Sí, aquella era su + loriga, aquéllos sus arreos». + </p> + <p> + «Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar + a Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora + del tren. Voy a su casa...». + </p> + <p> + Y salió. «Si mi madre me sale al paso le diré que me + espera un enfermo, que quiere confesar conmigo sin falta...». + </p> + <p> + En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula + corriendo. + </p> + <p> + —¿A dónde vas? Él dijo su mentira. Y ella fingió + creerla y le dejó marchar, porque adivinó en el rostro, en + la voz, en todo, que su hijo no iba ciego, no iba a dar escándalo. + </p> + <p> + «Acaso se le había ocurrido lo mismo que a ella». + </p> + <p> + Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, + vio a don Tomás Crespo desaparecer por la plaza, entró en el + portal y se decidió a saludar a don Víctor, que abría + la puerta, y subió con él; y estaba dispuesto a hablarle, a + preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la venganza necesaria... y no + sabía cómo empezar. + </p> + <p> + Cuando acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el + Magistral aún no sabía lo que iba a decir. + </p> + <p> + Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín + habló... + </p> + <p> + —Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia + de usted y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es + espinoso, y por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, + de poco agradable acceso.... + </p> + <p> + —Al grano, señor Magistral.—La hora de mi visita, el + hacer yo pocas a esta casa hace algún tiempo; todo esto contribuirá... + </p> + <p> + —Sí, señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué + pasa, don Fermín? ¡Por los clavos de Cristo! + </p> + <p> + —De Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus + clavos, y de sus espinas y de la cruz.... + </p> + <p> + —Por compasión...—Don Víctor, yo necesito antes + de hablar que usted me declare el estado de su ánimo.... + </p> + <p> + —¿Qué quiere usted decir? + </p> + <p> + —Está usted pálido, visiblemente preocupado, bajo el + peso de un gran disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del + farol de la escalera.... + </p> + <p> + —Y usted también... está. + </p> + <p> + La voz de Quintanar temblaba.—Pues eso quiero saber; si usted conoce + la causa de mi visita, en parte a lo menos, podré ahorrarme el + disgusto de abordar los preliminares enojosísimos de una cuestión.... + </p> + <p> + —Pero, ¿de qué se trata? ¡por las once mil!... + </p> + <p> + —Señor Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si + usted tiene algo que... decir... algún consejo que buscar.... Yo + también vengo a hablarle a usted de lo que sé como + sacerdote, pero la conciencia de quien me lo comunicó exige + precisamente que yo dé este paso.... + </p> + <p> + Don Víctor se puso en pie de un salto. + </p> + <p> + En aquel momento estaba muy satisfecho de sí mismo el Magistral, + porque acababa de ver claro. Ya sabía qué camino era el + suyo. + </p> + <p> + —¿Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a + mi casa?... + </p> + <p> + —Don Víctor, confiéseme usted si usted sabe algo de un + asunto que le interesa muchísimo, y si el saberlo es la causa de + esa alteración de su semblante.... Necesito empezar por aquí. + </p> + <p> + —Sí, señor; hoy sé algo que no sabía + ayer... que me importa muchísimo ¡ya lo creo! más que + la vida.... Pero, si usted no habla más claro, yo no sé si + debo... si puedo.... + </p> + <p> + —Ahora, sí; ahora ya puedo hablar más claro. + </p> + <p> + —Una persona... decía usted.... + </p> + <p> + —Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... + ha acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su + complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la había + acusado, y que por medida perentoria de reparación... había + puesto en poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero + temiendo nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se + apresuraba a declararme lo que había, para ver si podían + evitarse más crímenes... que al cabo, crimen sería + una violencia... una venganza sangrienta.... + </p> + <p> + Don Fermín se interrumpió para callar, respetando así + el dolor de don Víctor, que se había dejado caer sobre un + sofá, y apretaba la cabeza entre las manos. + </p> + <p> + —¿Petra... ha sido Petra?—dijo don Víctor + preguntando con el tono especial del que ya sabe lo mismo que pregunta. + </p> + <p> + —La infeliz no comprendió al principio que su conducta podía + causar nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don Víctor, a impedirlos + si es tiempo.... En nombre del Crucificado, don Víctor, ¿qué + ha sucedido aquí? + </p> + <p> + —Nada, ¡pero aún estamos a tiempo!—contestó + el marido burlado, puesto en pie, con los puños apretados, + avergonzado, como si se viera en camisa en medio de la plaza; furioso ante + la idea de que no había habido allí <i>nada</i>, ningún + crimen cuyo autor debía ser él, según exigían + las leyes del honor... y del teatro.—Nada, nada... pero habrá, + habrá sangre.... ¿Y usted lo sabe? ¿Esa mujer ha + divulgado mi deshonra?... Eso ha sido también una venganza, no es + arrepentimiento; es venganza... pero esto importa poco. ¡Lo que + importa es que el mundo sabe!... ¡Desgraciado Quintanar! ¡Mísero + de mí!... + </p> + <p> + Y volvió a caer sobre el sofá el pobre viejo, que volvía + a sentir el mismo sueño soporífero que le había + encogido el ánimo por la mañana. + </p> + <p> + «El mundo sabe»—había dicho don Víctor—y + estas palabras sugirieron a don Fermín otra mentira provechosa. + </p> + <p> + Pero antes dijo:—Don Víctor, no extraño que en su + dolor usted no tenga tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he + dicho que el mundo supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor. + </p> + <p> + —¿Pero cree usted que Petra no habrá dicho?... + </p> + <p> + —Petra no; pero... por desgracia...—Además, lo que + importa aquí es mi honra, no que el mundo sepa o ignore.... De + todas maneras, pronto sabrá de mi venganza y se podrá + enterar de todo. + </p> + <p> + Y se puso a dar vueltas por el despacho. + </p> + <p> + De Pas se levantó también. + </p> + <p> + —Por desgracia—continuó—la maledicencia se ha + apoderado hace tiempo de ciertos rumores, de algo aparente.... + </p> + <p> + Don Víctor rugió al gritar: + </p> + <p> + —¡Dios mío! ¿qué es esto? ¿esto más? + ¿El mundo dice?... ¿Vetusta entera habla?... + </p> + <p> + Y se clavaba las uñas en la cabeza, mesándose las canas. + </p> + <p> + Don Fermín, mientras el otro se entregaba a los arranques mímicos + de su dolor, de su vergüenza, habló largo y tendido del + asunto. «Sí, por desgracia, hacía meses ya, desde el + verano, desde antes acaso, se murmuraba de la confianza y de la frecuencia + con que don Álvaro entraba en el palacio de los Ozores. Esto era lo + peor, después de la desgracia en sí misma. Era lo peor + porque el Magistral, que conocía las exaltadas ideas de don Víctor + respecto al honor, temía que obedeciendo a impulsos disculpables, + pero no justos, y sordo a la voz de la religión, se arrojase a + tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo crimen no + podía ser más repugnante y digno de castigo. Pero, amigo, + aunque él, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se + explicaba la vehemente cólera que debía de dominar a don Víctor, + y comprendía, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta + y terrible venganza; si tal hacía como hombre, en cuanto sacerdote + de una religión de paz y de perdón, tenía que + aconsejar y procurar, en cuanto pudiese, la suavidad, los procedimientos + que la moral recomienda para tales casos». Don Víctor, con el + rostro entre las manos hacía signos de protesta; negaba como si + quisiese arrancarse la cabeza del tronco. + </p> + <p> + «Pero qué le diría, o le podría decir Quintanar + al Magistral, que él no comprendiera.... Sí, sí, + mirando las cosas como las mira el mundo, aquello pedía sangre, es + más, no ya sólo por satisfacer el deseo de vengarse, hasta + para poder vivir entre las gentes con lo que llama el mundo decoro, era + necesario, según las leyes sociales, según lo que las + costumbres y las ideas corrientes exigían, que don Víctor + buscase a Mesía, le desafiase, le matase si posible le era, o si le + cogía <i>in fraganti</i> en el delito, o cerca de él, que le + sacrificase sin miramientos, con justicia pronta. Así lo habían + hecho varones esclarecidos que eran asombro del mundo y se veían + cantados y alabados en poemas y tragedias. Todo esto lo sabía el + Magistral perfectamente». Y en efecto, con tal calor y elocuencia + exponía «las <i>razones</i> que, desde el punto de vista + mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre» que después, + cuando recordaba que tenía que defender el partido contrario, el de + caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los agravios y + conformidad con la cruz; cansado ya por los esfuerzos anteriores era otro + el Magistral, se volvía premioso, decía con frialdad + vulgaridades de sermón de aldea. Su propósito no lo + penetraba don Víctor, pero sentía los efectos de la perfidia + del canónigo. «Sí», pensaba el ex-regente, + mientras el Magistral volvía a enumerar los sacrificios de amor + propio, pundonor y otras muchas cosas que exigía la religión + a un buen cristiano a quien su mujer engañaba: «sí, he + estado ciego, me he portado indignamente, he debido matar a Mesía + de una perdigonada, sobre la tapia, o si no correr en seguida a su casa y + obligarle a batirse a muerte acto continuo; el mundo lo sabe todo, Vetusta + entera me tiene por... un... por un...» y saltaba don Víctor + cerca del techo al oírse a sí mismo en el cerebro la + vergonzosa palabra. + </p> + <p> + Y entonces las frases frías, desmadejadas, con que el Magistral + recomendaba el perdón, el olvido, le sonaban a hueco, a retórica + vana: «Aquel santo varón no sabía lo que era un + ultraje de aquella especie; ni lo que exigía la sociedad». + </p> + <p> + Para que el clérigo le dejase en paz y no le cansase más con + sus sermones sosos y desprovistos de vida, de unción, don Víctor + fingió ceder; y dijo que no haría ningún disparate, + que meditaría, que procuraría armonizar las exigencias de su + honor y aquello que la religión le pedía.... + </p> + <p> + Entonces se alarmó don Fermín; creyó que había + perdido terreno, y volvió a la carga. Con vivos colores pintó + el desprecio que el mundo arroja sobre el marido que perdona y que la + malicia cree que consiente.... + </p> + <p> + Don Víctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre más + despreciable del mundo si no hacía una que fuese sonada.... «Oh, + sí, cuanto antes... en cuanto fuera de día daría sus + pasos, mandaría dos padrinos a don Álvaro; había que + matarle». + </p> + <p> + Don Fermín volvió a tranquilizarse, viendo la exaltación + de la ira pintada en el magistrado. «Sí, había hombre; + la máquina estaba dispuesta; el cañón con que + él, don Fermín, iba a disparar su odio de muerte, ya estaba + cargado hasta la boca». + </p> + <p> + Don Víctor no hablaba. Gruñía arrimado a la pared, en + un rincón... + </p> + <p> + «Ya no había qué hacer allí». El + Magistral se despidió. Pero al salir, al llegar a la puerta, se + volvió de repente y con ademán solemne, como sacerdote de + ópera, exclamó: + </p> + <p> + —Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy + todavía, de usted, le exijo en nombre de Dios... que... si esta... + noche... sorprendiera usted... algún nuevo... atentado... si ese + infame, que ignora que usted lo sabe todo, volviera esta noche.... Yo sé + que es mucho pedir... pero un asesinato no tiene jamás disculpa a + los ojos de Dios, aunque la tenga a los del mundo.... Evite usted que ese + hombre pueda llegar aquí... pero... ¡nada de sangre, don Víctor, + nada de sangre en nombre de la que vertió por todos el + Crucificado!... + </p> + <p> + «¡Es verdad, pensó don Víctor cuando se quedó + solo, es verdad! ¿Y yo, estúpido, tonto, no había + dado en ello? Ese hombre debe volver esta noche.... ¡Y yo, por no + matarla a ella con el susto, iba a dejar que otra vez... otra vez!... + ¡Y no pensaba en ello!...». + </p> + <p> + Se abrió la puerta y entró la Regenta. + </p> + <p> + Venía pálida, vestía un peinador blanco, y no hacía + ruido al andar. Sus ojos parecían más grandes que nunca, y + miraban con una fijeza que daba escalofríos. A lo menos los sintió + don Víctor, que dio un paso atrás, y tuvo terror, como en + presencia de un fantasma. Antes que en la traición de aquella mujer + pensó en el gran peligro que corría la vida de Ana, si una + emoción fuerte la espantaba. No le pareció su mujer a don Víctor, + le pareció la Traviata en la escena en que muere cantando. Sintió + el pobre viejo una compasión supersticiosa; aquel ser vaporoso que + se le aparecía de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo + quería él en aquel instante con amor de padre que teme por + la vida de su hija, y lo temía al mismo tiempo como a cosa del otro + mundo.... «¡Qué fácil era asesinar con una + palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de su delito! + Oh, no, lo que es a ella no la mataría, ni con puñal, ni con + bala, ni con palabras fulminantes...». + </p> + <p> + —¿Quién estaba ahí?—preguntó Ana + tranquila. + </p> + <p> + —El Magistral—respondió don Víctor, que suponía + a su mujer enterada de lo mismo que preguntaba. + </p> + <p> + Ana se turbó.—¿A qué venía... a estas + horas?—preguntó disimulando sus temores. + </p> + <p> + —¿A qué? Cosas de política.... Eso del obispo y + el gobernador... lo de las votaciones que corre prisa... en fin... cosas + de política. + </p> + <p> + La Regenta no insistió. Se retiró sin acercarse a su marido, + que no la buscó tampoco para darle el beso en la frente con que solían + despedirse todas las noches. + </p> + <p> + Respiró Quintanar cuando se vio solo. «Aquello había + salido bien. No se había descubierto. Anita no había podido + sospechar.... Tenía la conciencia tranquila, señal de que + había hecho bien por lo pronto». + </p> + <p> + Pidió el té que era su cena los días de caza y de + comida de fiambre; dio orden a los criados de acostarse, y a las once y + media, de puntillas y sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, bajó + al parque en zapatillas, armado de escopeta. La había cargado con + postas. + </p> + <p> + «¡Oh, sí! el Magistral le había sugerido, sin + querer, una buena idea. ¿Qué no hubiera sangre, eh? Oh, lo + que es como volviese aquella noche... ¡moría don Álvaro! + Y que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que cayera redonda, que le + prendieran a él.... Cualquier cosa... pero como volviera, moría». + Así como poco antes había sentido la conciencia tranquila al + contener su cólera delante de Ana, ahora se sentía + satisfecho ante su resolución de matar al ladrón de su honra + si volvía. + </p> + <p> + La noche era obscura, el frío intenso. Don Víctor no tuvo más + remedio que volver a su cuarto por la capa. Se exponía a hacer + ruido, o que el otro tuviera tiempo de venir y escalar el balcón + entre tanto... pero a cuerpo no se podía estar allí. Se + quedaría helado. Fue, con la prisa que pudo, a buscar la capa, y + bien embozado volvió a su puesto de centinela en el cenador, desde + el cual veía el perfil de la tapia, destacándose borrosa en + el cielo negro; y vería también el balcón del tocador + si se abría para dar paso a don Álvaro. + </p> + <p> + Oyó las doce, la una, las dos... no oyó las tres, porque + debió de dormitar un poco, aunque él se lo negaba a sí + mismo.... Y a las cuatro no pudo resistir ya el frío y el sueño; + y delirante, sin conciencia de sí mismo ni del mundo ambiente, + tropezando en todo, subió a su cuarto, buscó la cama a + tientas, se desnudó por máquina, se envolvió entre + las sábanas y se quedó dormido en un sopor de fiebre lleno + de fantasmas ardientes, de monstruos dolorosos. + </p> + <p> + Aquella tarde no asistieron al Casino a la hora del café, como solían, + ni Mesía, ni Ronzal, ni el capitán Bedoya ni el coronel + Fulgosio. + </p> + <p> + Lo cual notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son de + misterio: + </p> + <p> + —Señores, cuando yo digo que hay gato.... + </p> + <p> + —¿Qué gato?—preguntó don Frutos Redondo + el americano. + </p> + <p> + Estaban, como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo, el + del tresillo. + </p> + <p> + Todos los presentes rodearon a Foja que añadió: + </p> + <p> + —Noten ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capitán + ni el coronel. Ciertos son los toros. Cuando el río suena.... + </p> + <p> + —Pero ¿qué suena?—preguntó Orgaz padre, + que algo sabía. + </p> + <p> + Joaquinito, que se daba aires de saber muchas cosas, dijo: + </p> + <p> + —Nada, señores, yo digo a ustedes que no hay nada.... + </p> + <p> + —Pues con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades. + Lo sé de buena tinta.... Quintanar debe de haber mandado a estas + horas sus padrinos a don Álvaro. + </p> + <p> + —¡Padrinos! ¿por qué?—preguntó + Redondo. + </p> + <p> + —¡Bah! Está usted buen cazurro. Demasiado sabe usted + por qué. La verdad es que aquello era un escándalo. + </p> + <p> + Joaquín Orgaz defendió a don Álvaro. + </p> + <p> + Pero Foja no atacaba a Mesía, atacaba a don Víctor que había + consentido tanto tiempo aquella desvergüenza. + </p> + <p> + —¿Pero qué sabe usted si consentía? No sabía + nada. Y si ahora desafía al otro, será que descubrió + algo.... + </p> + <p> + —O que se ha cansado de aguantar...—O no habrá tal + desafío. + </p> + <p> + Toda la tarde se habló allí de lo mismo. Al obscurecer llegó + Ronzal. Nadie se atrevió a interrogarle al principio. Foja se cansó + de ser prudente y preguntó a Trabuco dándole un golpecito en + el hombro: + </p> + <p> + —¿Es usted padrino?—¿Padrino de qué?—dijo + Ronzal con ceño adusto, aire misterioso, y como hombre prudentísimo + que opone un muro de hielo a una indiscreción. + </p> + <p> + —Padrino del duelo a muerte entre Mesía y Quintanar.... + </p> + <p> + —¿Pero a usted quién le ha dicho?... Palabra de... + quiero decir... yo no sé... yo niego.... Es usted un mentecato y un + hablador insustancial ¿Cree usted que asuntos tan serios se vienen + a tratar al café? + </p> + <p> + —¿Ven ustedes? Lo que yo decía—gritó Foja + triunfante sin hacer caso de los insultos. + </p> + <p> + Ronzal negó, se obstinó en callar; pero se conocía + que le costaba grandes esfuerzos. + </p> + <p> + Miró el reloj muchas veces y preguntó a Joaquinito Orgaz, + aparte, pero de modo que lo oyeran los demás: + </p> + <p> + —¿Sabe usted si don Pedro el picador tiene todavía + sables de...? + </p> + <p> + Y lo demás lo dijo en voz baja. + </p> + <p> + Orgaz no sabía nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y salió + del Casino, diciendo: + </p> + <p> + —Adiós, señores.—¿Ven ustedes? Lo que yo + decía. Duelo tenemos. Aquellos señores se declararon en sesión + permanente. Los mozos encendieron el gas, y continuó el tertulín + de la tarde empalmándose con el de la noche. Algunos fueron a cenar + y volvieron. A las ocho en todo el Casino no se hablaba más que del + duelo. Los del billar dejaron los tacos para venir a la sala de las + mentiras a cazar noticias; hasta <i>los de arriba</i>, los del cuarto del + crimen, que solían dejar que pasaran revoluciones sin darse por + entendidos, mandaron sus emisarios abajo para saber lo que ocurría. + </p> + <p> + Un desafío en Vetusta era un acontecimiento de los más + extraordinarios. De tarde en tarde algunos señoritos se daban de + bofetadas en el Espolón, en algún sitio público, pero + no pasaba de ahí. Los insultos no tenían jamás + consecuencias. Nunca había habido en Vetusta una sala de armas. Hacía + años, un comandante retirado había querido ganarse la vida + dando lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y + otros varios comenzaron con gran afición a dejarse dar de palos, + pero pronto se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro + prestado a cualquiera. + </p> + <p> + No se recordaba en la población más que dos desafíos + en que se hubiera llegado <i>al terreno</i>; uno de Mesía, allá, + muchos años atrás, cuando era muy joven; había sido + padrino del contrario Frígilis, único vetustense que asistió + al lance. + </p> + <p> + Nunca había querido decir lo que había pasado allí, + pero era lo cierto que ni Mesía ni su adversario habían + guardado cama un solo día después del duelo. + </p> + <p> + El otro desafío había sido entre un jefe económico y + un cajero por cuestiones de la caja. Sobre si sacaste tú o saqué + yo. Se habían batido a primera sangre. El cajero había + recibido un arañazo en el cuello, porque el jefe económico + daba sablazos horizontales con el propósito de degollar al + contrario. Y no había más desafíos <i>llevados al + terreno</i> en las crónicas vetustenses. + </p> + <p> + Se discutió mucho aquella noche, para pasar el rato mientras + llegaban noticias, sobre la legitimidad de esta <i>costumbre bárbara + que habíamos heredado de la Edad media</i>. + </p> + <p> + Orgaz padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, aseguró + que el duelo era resto de las ordalías. + </p> + <p> + Don Frutos dijo que sí sería, pero que ni ordalías ni + san ordalías le hacían a él batirse. Él acudía + al juez si le ofendían, y si no había modo, ventilaba la + cuestión a palos.—Eso de que me mate un espadachín, + que no ha tenido que trabajar para ganarse la comida, no lo consentirá + el hijo de mi madre. + </p> + <p> + —Sin embargo—decía Orgaz padre—hay + circunstancias... el honor... la sociedad.... Ya ve usted, Fígaro + condena el duelo, y confiesa que él se batiría llegado el + caso. + </p> + <p> + —Es que yo no soy un mal barbero, señor mío—gritó + don Frutos—tengo algo que perder. + </p> + <p> + Hubo que explicarle a don Frutos quién era Fígaro; pero aún + después de enterado, Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y + gritar, vociferó diciendo, que de todas maneras, al que le + desafiase, él le rompía el alma.... + </p> + <p> + —Pues yo—dijo el ex-alcalde—a la justicia me atengo... + una querella criminal, la ley está terminante.... + </p> + <p> + —Pues yo—exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en + pie y con voz temblorosa—yo no hago nada de eso. Al que me desafíe, + si es un diestro, le obligo a aceptar un duelo en las condiciones + siguientes: (Atención general.) A dos pasos de distancia (se + coloca, midiendo dos pasos largos, enfrente de don Frutos que se pone muy + serio y erguido) una pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz palidece + ante la idea de que aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos, + tres (da las tres palmadas) ¡plun! ¡y al que Dios se la dé + San Pedro se la bendiga! Así me bato yo. La cuestión no es + ser diestro, es tener valor. + </p> + <p> + —¡Bravo, bravo! ¡eso, eso!—gritó gran parte + del concurso, como si oyera aquello por primera vez. + </p> + <p> + Siempre que se hablaba de desafíos decían lo mismo que aquel + día Foja, don Frutos, Orgaz y otros caballeros. + </p> + <p> + En vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron por + allí ni Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, según se decía, + eran los padrinos, amén de Frígilis. + </p> + <p> + Era verdad. Por más que Crespo encargó el secreto más + absoluto a todas las personas que tuvieron que intervenir en el triste + negocio, no se sabe cómo, aunque se sospecha que por culpa de + Ronzal, pronto corrió por Vetusta el rumor de lo cierto. Petra y + Ronzal habían sido los indiscretos. Petra, por venganza, por mala + índole, había hablado, había dicho a alguna amiga <i>lo + de</i> su antigua ama. «¿Que por qué había + dejado aquella casa? Por tal y por cual». Trabuco, a quien la honra + de merecer la confianza de Quintanar había llenado de vanidad, no + había podido resistir la tentación de dejar <i>transparentarse</i> + su secreto. Ello era que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa. + </p> + <p> + El Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que + su deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber + de caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de + topo, y los tendría.... + </p> + <p> + Pasó aquel día, y pasó el siguiente y no se sabía + nada. + </p> + <p> + —¿Era <i>una papa</i> lo del duelo?—preguntaba Foja en + el Casino. + </p> + <p> + Y entonces reventó Joaquinito Orgaz, que lo sabía todo por + el Marquesito. + </p> + <p> + —No, no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte. + </p> + <p> + Pero los padrinos se habían portado mal, eran torpes, a pesar de + las ínfulas del coronel Fulgosio que decía tener el código + del honor en la punta de los dedos: no parecían armas, se había + hablado del sable primero, pero no parecían sables de desafío; + no había en Vetusta sables así, o no querían darlos + los que los tenían. Se había recurrido a la pistola... y + tampoco parecían pistolas a propósito. «Yo creo—añadía + Joaquinito, y Paco cree lo mismo, que esto es inverosímil y que Frígilis + quiere dar largas al asunto a ver si convence a Mesía y lo hace + marcharse de Vetusta». + </p> + <p> + —¡Qué indignidad!—gritó Foja. + </p> + <p> + —Pues ésa había sido la primera solución. La + misma noche del día en que, al parecer (esto se cuenta por lo + menos) don Víctor descubrió su deshonra, Frígilis fue + a ver a Mesía y le suplicó que saliera del pueblo cuanto + antes. Mesía se lo contó <i>ce</i> por <i>be</i> a Paco. + </p> + <p> + —Bueno, ¿y qué más? + </p> + <p> + —Nada, que Mesía, como era natural, se opuso; dijo que + Quintanar y todo Vetusta podían atribuir a miedo su ausencia.—Pero + Frígilis, que tiene cierta influencia sobre don Álvaro, le + obligó a darle palabra de honor de que al día siguiente + tomaría el tren de Madrid. Parece ser que Quintanar tuvo en sus + manos la vida de Álvaro; que pudo matarle de un tiro y no le mató. + Y Frígilis invocaba esto y los derechos del marido ultrajado para + obligar a Mesía a huir. «Eso no es cobardía—dice + que le dijo—eso es hacerse justicia a sí mismo, usted merece + la muerte por su traición y yo le conmutó la pena por el + destierro». + </p> + <p> + —¿Eso dijo Crespo?—Eso.—¡Miren Frígilis!—Tiene + mucha confianza con Álvaro, que le respeta mucho. + </p> + <p> + —Bueno, ¿y qué más? + </p> + <p> + —Nada, que Álvaro dio palabra. Pero al día siguiente, + ayer por la mañana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el + equipaje para largarse, se le presentaron Frígilis y Ronzal en son + de desafío. Parece ser que muy temprano don Víctor llamó + a Frígilis y le obligó a buscar a Trabuco para ir juntos a + desafiar al burlador; Frígilis no tuvo más remedio que + obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba escapar, amenazó + con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los periódicos, + en la calle.... Estaba furioso. + </p> + <p> + —¡Claro, las comedias!—Ello es, que Frígilis tuvo + que devolver a Álvaro la promesa de huir y mandarle buscar + padrinos. + </p> + <p> + —¿Y Mesía?—Es claro; dejó el viaje y buscó + padrinos; querían que yo fuese uno (mentira) pero después... + como yo soy muy amigo de ambos... en fin, se buscó otros... y no + parecían.... Sólo Fulgosio, que siempre se presta a tales + enredos... y Bedoya, que al fin es militar.... + </p> + <p> + En general, Joaquinito estaba bien enterado. Mesía se lo había + dicho todo al Marquesito que había ido a verle a la fonda. + </p> + <p> + Lo que no le había dicho era que él tenía mucho + miedo; que así como se alegraba de ver rotas aquellas relaciones + que iban a acabar con la poca salud que le quedaba y a dejarle en ridículo + a los mismos ojos de Ana, le horrorizaba la idea de verse frente a frente + de don Víctor con una espada o una pistola en la mano. + </p> + <p> + La proposición primera de Frígilis la aceptó + inmediatamente. + </p> + <p> + «¡Era natural! debía huir, ¿con qué + derecho iba él a procurar la muerte del hombre que le había + perdonado la vida aquella mañana y a quien él había + robado la honra? Huiría; al día siguiente, sin falta tomaría + el tren». + </p> + <p> + Ya lo esperaba Frígilis, que sabía a qué atenerse + respecto del valor de Álvaro. + </p> + <p> + Como que había sido testigo de aquel duelo misterioso, a que aludían + los socios del Casino. Don Álvaro, por culpa de una mujer, había + sido retado a singular combate por un forastero; todos los padrinos eran + de la guarnición menos Frígilis, único vetustense que + presenció el lance. El duelo era a sable, en el Montico, en una + arboleda, de tarde, cerca del obscurecer. Mesía y su adversario + estaban en mangas de camisa (se acordaba Frígilis como si hubiese + sido el día anterior), estaban en mangas de camisa, sable en + mano... ambos pálidos y temblando de frío y de miedo. El + cielo encapotado amenazaba desplomarse en torrentes de lluvia. Los dos <i>combatientes</i> + miraban a las nubes. Frígilis comprendió lo que deseaban. + Comenzó la lid soltera y al primer choque de los aceros estalló + un trueno y empezaron a caer gotas como puños. Mesía y su + adversario temblaban como las ramas de los árboles que batía + el viento.... Tan grande fue el chaparrón que los padrinos + suspendieron el duelo... que no se continuó. «No habían + ido a batirse contra los elementos». Mesía quedó incólume + y Crespo implícitamente le dio seguridades de que guardaría + el secreto de aquel trance ridículo y de la cobardía del + Tenorio vetustense. + </p> + <p> + Recordando todo esto, Frígilis trató como un zapato a Mesía + aquella noche memorable en que le intimó la huida. Pero—decía + bien Joaquín Orgaz—al día siguiente tuvo que devolver + su palabra a don Álvaro. Ya no debía huir. Quintanar se empeñaba + en batirse; era aragonés y no cejaría. + </p> + <p> + «No sé quién me le ha cambiado. Anoche parecía + resuelto o poco menos a una solución pacífica, se contentaba + con que usted desapareciera; y hoy, cuando fui a verle me encontré + al señor de Ronzal, que está presente, al lado del lecho de + mi amigo». + </p> + <p> + Ronzal saludó. Mesía se había puesto muy pálido. + Estaba metiendo ropa blanca en un mundo y suspendió la tarea. + </p> + <p> + —De modo que...—Que tiene usted que buscar padrinos. + </p> + <p> + A Frígilis le había disgustado que don Víctor, sin + consultar con él, hubiese llamado a Ronzal. Quintanar creía + en la energía del diputado por Pernueces y sabía que no + estimaba a don Álvaro. Según el ex-magistrado, era un buen + padrino. Error, según Frígilis. + </p> + <p> + Lo peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar. + </p> + <p> + «¡Ni un día se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra + es pública, que la reparación lo sea, y además + terrible y rápida». + </p> + <p> + «Pero si tienes fiebre, si estás malo...». + </p> + <p> + «No importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me + levanto y busco yo mismo otros padrinos». + </p> + <p> + No hubo más remedio. Mesía, a regañadientes, y + ocultando el pavor como podía, buscó sus dos padrinos. + </p> + <p> + Se convino que el duelo fuese a sable. Pero no parecían sables + útiles. Además, surgieron dificultades sobre ciertos + pormenores. Y así pasó un día. + </p> + <p> + Al siguiente por la mañana se acordó que se batieran a + pistola. + </p> + <p> + Don Víctor formó entonces su plan. Se alegró de que + fuese el duelo a pistola. + </p> + <p> + Pero tampoco parecían pistolas de desafío. + </p> + <p> + Y pasó otro día. Don Víctor se levantó al + siguiente después de pasar setenta horas en la cama, con fiebre un + día entero, impaciente a ratos, angustiado otros, y siempre + disimulando en presencia de Ana, que le cuidaba solícita. + </p> + <p> + Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedió + a la calentura vinieron accesos de melancolía, y meditaciones filosófico-religiosas. + Don Víctor sintió que el ánimo aflojaba, no por amor + a la vida propia, que no creía en gran peligro ante don Álvaro, + sino por miedo a los remordimientos. Cuando supo lo de las pistolas, + resolvió no matar a su contrario. «Le dejaría cojo. + Tiraría a las piernas. El otro no era probable que le hiriese a + él tirando a veinte pasos; tendría que ser por una + casualidad». + </p> + <p> + Sin que Ana sospechase nada, porque Mesía había cumplido su + palabra, dada a Frígilis, de despedirse por escrito para un viaje + electoral, urgentísimo y breve; sin que Ana sospechase por lo menos + que se trataba de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, salió + de casa don Víctor por la puerta del parque acompañado de Frígilis, + a la hora en que solían ir de caza. + </p> + <p> + En la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La mañana estaba + fría y la helada sobre la hierba imitaba una somera nevada. + </p> + <p> + En la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de él + estaba Benítez, el médico de Ana. Al verle don Víctor + palideció, pero en nada más se pudo notar su emoción. + </p> + <p> + Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero. Se + apearon, y rodeando la quinta del Marqués, entraron en el bosque de + robles donde meses antes don Víctor había buscado a su mujer + ayudado del Magistral. «¡Cuántas cosas se explicaba + ahora que no había comprendido entonces!». No importaba; la + verdad era que del furor que en su corazón había hecho + estragos después de la visita nocturna de don Fermín, ya no + quedaban más que restos apagados: ya no aborrecía a don + Álvaro, ya no se figuraba imposible la vida mientras no muriese + aquel hombre: la filosofía y la religión triunfaban en el + ánimo de don Víctor. Estaba decidido a no matar. + </p> + <p> + Llegaron a lo más alto del bosque; allí había una + meseta, y en un claro sitio suficiente para medir más de treinta + pasos. Las últimas condiciones del duelo eran estas: veinticinco + pasos, pudiendo avanzar cinco cada cual. Valía apuntar en los + intervalos de las palmadas que habían de ser muy breves. Lo cierto + era que Fulgosio, el coronel, nunca había presenciado un duelo a + pistola, aunque él aseguraba haber asistido a muchos, y Ronzal y + Bedoya en su vida habían intervenido en semejantes negocios. Frígilis + sólo había visto el duelo frustrado de Mesía. + Aquellas condiciones las había copiado el coronel de una novela + francesa que le había prestado Bedoya. Lo único original allí + era que Fulgosio juraba que su honor de soldado no le permitía + autorizar un simulacro de desafío, y que el duelo a pistola y a tal + distancia y a la voz de mando sin apuntar y entre dos <i>primerizos</i>, + pues primerizo era también Mesía a pistola, sería la + carabina de Ambrosio. + </p> + <p> + Bedoya pensó que don Víctor era buen tirador, pero no se + atrevió a presentar objeciones a su colega. La parte contraria + tampoco tuvo nada que decir. + </p> + <p> + Cuando llegaron a la meseta, lugar del duelo, don Víctor y los + suyos encontraron solo el terreno. Quince minutos después + aparecieron entre los árboles desnudos don Álvaro y sus + padrinos, más el señor don Robustiano Somoza. Mesía + estaba hermoso con su palidez mate, y su traje negro cerrado, elegante y + pulquérrimo. + </p> + <p> + A don Víctor se le saltaron las lágrimas al ver a su + enemigo. En aquel instante hubiera gritado de buena gana: ¡perdono! + ¡perdono!... como Jesús en la cruz. Quintanar no tenía + miedo, pero desfallecía de tristeza; «¡qué + amarga era la ironía de la suerte! ¡Él, él iba + a disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera hecho feliz a Anita, si diez + años antes la hubiera enamorado! ¡Y él... él, + Quintanar, estaría a estas horas tranquilo en el Tribunal Supremo o + en La Almunia de don Godino!... Todo aquello de matarse era absurdo.... + Pero no había remedio. La prueba era que ya le llamaban, ya le ponían + la pistola fría en la mano...». + </p> + <p> + Frígilis, sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de + que Mesía tuviera valor para disparar y, por casualidad también, + herir a Víctor, Frígilis apretó la mano a Quintanar + al dejarle en su puesto de honor. + </p> + <p> + Y se separaron testigos y médicos a buena distancia, porque todos + temían una <i>bala perdida</i>. Don Álvaro pensó en + Dios sin querer. Esta idea aumentó su pavor; recordó que + aquella piedad sólo le acudía en las enfermedades graves, en + la soledad de su lecho de solterón.... + </p> + <p> + Frígilis estaba asustado del valor de aquel hombre. + </p> + <p> + Mesía mismo se explicaba mal cómo había llegado hasta + allí. + </p> + <p> + Pensando en esto, y mientras apuntaba a don Víctor, sin verle, sin + ver nada, sin fuerza para apretar el gatillo, oyó tres palmadas rápidas + y en seguida una detonación. La bala de Quintanar quemó el + pantalón ajustado del petimetre. + </p> + <p> + Mesía sintió de repente una fuerza extraña en el + corazón; era robusto, la sangre bulló dentro con energía. + El instinto de conservación despertó con ímpetu. + «Había que defenderse. Si el otro volvía a disparar + iba a matarle; ¡era don Víctor, el gran cazador!». + </p> + <p> + Mesía avanzó cinco pasos y apuntó. En aquel instante + se sintió tan bravo como cualquiera. ¡Era la corazonada! El + pulso estaba firme; creía tener la cabeza de don Víctor + apoyada en la boca de su pistola; suavemente oprimió el gatillo frío + y... creyó que se le había escapado el tiro. «No, no + había sido él quien había disparado, había + sido la <i>corazonada</i>». + </p> + <p> + Ello era que don Víctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba + cubierta de escarcha, y mordía la tierra. + </p> + <p> + La bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba + llena. + </p> + <p> + Esto lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva + del Vivero, adonde se trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del + digno magistrado. Yacía don Víctor en la misma cama donde + meses antes había dormido con el dulce sueño de los niños. + </p> + <p> + Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que + tenía lágrimas heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y + el coronel Fulgosio lleno de remordimientos. Bedoya había acompañado + a Mesía, que pocas horas después tomaba el tren de Madrid, + tres días más tarde de lo que Frígilis había + pensado. + </p> + <p> + Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y + triste, esperaba órdenes en la habitación contigua a la del + moribundo. Vio salir a Frígilis que enseñaba los puños + al cielo, creyéndose solo. + </p> + <p> + —¿Qué hay, señor? ¿Cómo está + ese bendito del Señor?... + </p> + <p> + Frígilis miró a Pepe como si no le conociera; y como + hablando consigo mismo dijo: + </p> + <p> + —La vejiga llena.... La peritonitis de... no sé quién.... + Eso dicen ellos. + </p> + <p> + —¿La qué, señor? + </p> + <p> + —Nada... ¡que se muere de fijo! + </p> + <p> + Y Frígilis entró en un gabinete, que estaba a obscuras para + llorar a solas. + </p> + <p> + Poco después Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrás a + Somoza el médico. + </p> + <p> + —¿Y trasladarle a Vetusta?...—decía el militar. + </p> + <p> + —¡Imposible! ¡Ni soñarlo! ¿Y para qué? + Morirá esta tarde de fijo. + </p> + <p> + Somoza solía equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos. + </p> + <p> + Esta vez se equivocó dándole a don Víctor más + tiempo de vida del que le otorgó la bala de don Álvaro. + </p> + <p> + Murió Quintanar a las once de la mañana. + </p> + <hr style="width: 45%;" /> + <p> + El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa + rara! + </p> + <p> + Las nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus + humores en Marzo y en Abril. Los vetustenses salían a la calle como + el cuervo de Noé pudo salir del arca, y todos se explicaban que no + hubiera vuelto. Después de dos meses pasados debajo del agua, + ¡era tan dulce ver el cielo azul, respirar aire y pasearse por + prados verdes cubiertos de belloritas que parecen chispas del sol! + </p> + <p> + Toda Vetusta paseaba. Pero Frígilis no pudo conseguir que Ana + pusiera el pie en la calle. + </p> + <p> + —Pero, hija mía, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha + dicho Benítez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios + no se callarán mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el + sol... vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable... tenga usted + caridad... consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer si usted + quiere; ¡está el paseo grande tan hermoso a tales horas! O si + no al obscurecer, a tomar el fresco, por una carretera.... Por Dios, hija, + va usted a enfermar otra vez. + </p> + <p> + —No, no salgo...—y Ana movía la cabeza como los ciegos—. + Por Dios, don Tomás, no me atormenten, no me atormenten con ese + empeño.... Ya saldré más adelante... no sé cuándo. + Ahora me horroriza la idea de la calle.... ¡Oh, no, por Dios... no! + por Dios me dejen. + </p> + <p> + Y juntaba las manos y se exaltaba; y Frígilis tenía que + callar. + </p> + <p> + Ocho días había estado Ana entre la vida y la muerte, un mes + entero en el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente, + padeciendo ataques nerviosos de formas extrañas, que a ella misma + le parecían enfermedades nuevas cada vez. + </p> + <p> + Frígilis había dicho a la Regenta que Quintanar estaba + herido allá en las marismas de Palomares, que se le había + disparado la escopeta y.... Pero Ana, espantada, adivinando la verdad, había + exigido que se la llevase a las marismas de Palomares inmediatamente.... + </p> + <p> + —«No podía ser, no había tren hasta el día + siguiente...». + </p> + <p> + —«Pues un coche, un coche.... Se me engaña; si eso + fuera cierto, usted estaría al lado de Víctor...». + </p> + <p> + Frígilis explicó su presencia lo menos mal que pudo. + </p> + <p> + Las mentiras piadosas fueron inútiles; Ana se dispuso a salir sola, + a correr en busca de su Víctor.... Hubo que decirle una verdad; la + muerte de su esposo. Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cayó + sin sentido y despertó en el lecho. Dos días creyó Frígilis + tenerla engañada, atribuyendo la desgracia a un accidente de la + caza. Pero Ana creía la verdad, no lo que le decían; la + ausencia de Mesía y la muerte de Víctor se lo explicaron + todo. + </p> + <p> + Y una tarde, a los tres días de la catástrofe, en ausencia + de Frígilis, Anselmo entregó a su ama una carta en que don + Álvaro explicaba desde Madrid su desaparición y su silencio. + </p> + <p> + Cuando Crespo, al obscurecer, entró en la alcoba de Ana, la llamó + en vano dos, tres veces.... Pidió luz asustado y vio a su amiga + como muerta, supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de + Mesía. + </p> + <p> + Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con + antiespasmódicos a la Regenta y recetaba nuevas medicinas para + combatir peligros nuevos, complicaciones del sistema nervioso, Frígilis + en el tocador leía la carta del que siempre llamaba ya para sus + adentros cobarde asesino; y después de leer el papel asqueroso, lo + arrugaba entre sus puños de labrador y decía con voz ronca: + </p> + <p> + —¡Idiota! ¡infame! ¡grosero! ¡idiota! Don + Álvaro en aquel papel que olía a mujerzuela, hablaba con + frases románticas e incorrectas de su crimen, de la muerte de + Quintanar, de la <i>ceguera de la pasión</i>. «Había + huido porque...». + </p> + <p> + —¡Porque tuviste miedo a la justicia, y a mí también, + cobarde!—se dijo Frígilis. + </p> + <p> + «Había huido porque el remordimiento le arrastró lejos + de <i>ella</i>... Pero que el amor le mandaba volver. ¿Volvía? + ¿Creía Ana que debía volver? ¿O que debían + juntarse en otra parte, en Madrid por ejemplo?». Todo era falso, frío, + necio, en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de amar de + veras a los demás, y no menos inepto para saber ser digno en las + circunstancias en que la suerte y sus crímenes le habían + puesto. + </p> + <p> + Ana, que no había podido terminar la lectura de la carta, que había + caído sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos + renglones fangosos la confirmación terminante de sus sospechas, no + pudo por entonces pensar en la pequeñez de aquel espíritu + miserable que albergaba el cuerpo gallardo que ella había creído + amar de veras, del que sus sentidos habían estado realmente + enamorados a su modo. No, en esto no pensó la Regenta hasta mucho más + tarde. + </p> + <p> + En el delirio de la enfermedad grave y larga que Benítez combatió + desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento + mezclado con los disparates plásticos de la fiebre. + </p> + <p> + Otra vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el pánico de la locura, + la horrorosa aprensión de perder el juicio y conocerlo ella; y otra + vez este terror superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y + seguir las prescripciones de aquel médico frío, siempre + fiel, siempre atento, siempre inteligente. + </p> + <p> + Días enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar; + pero esto fue al principio de la mejoría; cuando el cuerpo débil + volvió a sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un náufrago + cansado de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga. + </p> + <p> + Con el alimento y la nueva fuerza reapareció el fantasma del + crimen. ¡Oh, qué evidente era el mal! Ella estaba condenada. + Esto era claro como la luz. Pero a ratos, meditando, pensando en su + delito, en su doble delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al + remordimiento, que era una cosa sólida en la conciencia, un mal + palpable, una desesperación definida, evidente, se mezclaba, como + una niebla que pasa delante de un cuerpo, un vago terror más + temible que el infierno, el terror de la locura, la aprensión de + perder el juicio; Ana dejaba de ver tan claro su crimen; no sabía + quién, discutía dentro de ella, inventaba sofismas sin + contestación, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hacían + dudar de todo, de que hubiera justicia, crímenes, piedad, Dios, lógica, + alma.... Ana. «No, no hay nada, decía aquel tormento del + cerebro; no hay más que un juego de dolores, un choque de + contrasentidos que pueden hacer que padezcas infinitamente; no hay razón + para que tenga límites esta tortura del espíritu, que duda + de todo, de sí mismo también, pero no del dolor que es lo + único que llega al que dentro de ti siente, que no se sabe cómo + es ni lo que es, pero que padece, pues padeces». + </p> + <p> + Estas logomaquias de la voz interior, para la enferma eran claras, porque + no hablaba así en sus adentros sino en vista de lo que + experimentaba; todo esto lo pensaba porque lo observaba dentro de sí: + llegaba a no creer más que en su dolor. + </p> + <p> + Y era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los + pies, volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la + evidencia de la vida, de la lógica, del orden y la consistencia del + mundo; aunque fuera para volver a encontrar el recuerdo de un adulterio + infame y de un marido burlado, herido por la bala de un miserable cobarde + que huía de un muerto y no había huido del crimen. + </p> + <p> + Y este mismo placer, esta complacencia egoísta, que ella no podía + evitar, que la sentía aun repugnándole sentirla, era nuevo + remordimiento. + </p> + <p> + Se sorprendía sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en + ella la lógica regularmente y creía en las leyes morales y + se veía criminal, claramente criminal, según principios que + su razón acataba. Esto era horrible, pero al fin era vivir en + tierra firme, no sobre la masa enferma movediza de disparates del capricho + intelectual, no en una especie de <i>terremoto</i> interior que era lo + peor que podía traer la sensación al cerebro. + </p> + <p> + Ana explicó todo esto a Benítez como pudo, eludiendo el + referirse a sus remordimientos. + </p> + <p> + Pero él comprendió lo que decía y lo que callaba y + declaró que el principal deber por entonces era librarse del + peligro de la muerte. + </p> + <p> + —¿Quiere usted un suicidio?—¡Oh, no, eso no!—Pues + si no hemos de suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del + cuerpo exige otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted señora + cree que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y + aborreciendo lo que no debió haber sido.... Todo esto sería + muy bueno si usted tuviera fuerzas para soportar ese teje maneje del + pensamiento. No las tiene usted. Olvido, paz, silencio interior, + conversación con el mundo, con la primavera que empieza y que viene + a ayudarnos a vivir.... Yo le prometo a usted que el día en que la + vea fuera de todo cuidado, sana y salva, le diré, si usted quiere: + Anita, ahora ya tiene usted bastante salud para empezar a darse tormento a + sí misma. + </p> + <p> + Y Frígilis hablaba en el mismo sentido. + </p> + <p> + Y nadie más hablaba, porque Anselmo apenas sabía hablar, + Servanda iba y venía como una estatua de movimiento... y los demás + vetustenses no entraban en el caserón de los Ozores después + de la muerte de don Víctor. + </p> + <p> + No entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a + otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los + buenos vetustenses el íntimo placer que les causaba <i>aquel gran + escándalo que era como una novela</i>, algo que interrumpía + la monotonía eterna de la ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos + se alegraban de lo ocurrido. ¡Era un escándalo! ¡Un + adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un ex-regente de + Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En Vetusta, ni aun en los + días de revolución había habido tiros. No había + costado a nadie un cartucho la conquista de los derechos inalienables del + hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la <i>Regenta</i>, + rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, + morigerado y precavido. «Ya se sabía que muchas damas + principales de la Encimada y de la Colonia engañaban o habían + engañado o estaban a punto de engañar a su respectivo + esposo, ¡pero no a tiros!». La envidia que hasta allí + se había disfrazado de admiración, salió a la calle + con toda la amarillez de sus carnes. Y resultó que envidiaban en + secreto la hermosura y la fama de virtuosa de la Regenta no sólo + Visitación Olías de Cuervo y Obdulia Fandiño y la + baronesa de la <i>Deuda Flotante</i>, sino también la Gobernadora, + y la de Páez y la señora de Carraspique y la de Rianzares o + sea el Gran Constantino, y las criadas de la Marquesa y toda la + aristocracia, y toda la clase media y hasta las mujeres del pueblo... y + ¡quién lo dijera! la Marquesa misma, aquella doña + Rufina tan liberal que con tanta magnanimidad se absolvía a sí + misma de las <i>ligerezas</i> de la juventud... ¡y otras! + </p> + <p> + Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la + envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas + mujeres. Glocester en el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de escándalo, + de hipocresía, de perversión, de extravíos babilónicos; + y en el Casino, Ronzal. Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos + sobre la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro + paredes. + </p> + <p> + Obdulia Fandiño, pocas horas después de saberse en el pueblo + la catástrofe, había salido a la calle con su sombrero más + grande y su vestido más apretado a las piernas y sus faldas más + crujientes, a tomar el aire de la maledicencia, a olfatear el escándalo, + a saborear el dejo del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina + que lamían todos, disimulando el placer de aquella dulzura + pegajosa. + </p> + <p> + «¿Ven ustedes? decían las miradas triunfantes de la + Fandiño. Todas somos iguales». + </p> + <p> + Y sus labios decían:—¡Pobre Ana! ¡Perdida sin + remedio! ¿Con qué cara se ha de presentar en público? + ¡Como era tan romántica! Hasta una cosa... como esa, tuvo que + salirle a ella así... a cañonazos, para que se enterase todo + el mundo. + </p> + <p> + —¿Se acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo?—preguntaba + el barón. + </p> + <p> + —Sí, comparen ustedes.... ¡Quién lo diría!... + </p> + <p> + —Yo lo diría—exclamaba la Marquesa—. A mí + ya me dio mala espina aquella desfachatez... aquello de ir enseñando + los pies descalzos... <i>malorum signum</i>. + </p> + <p> + —Sí, <i>malorum signum</i>—repetía la baronesa, + como si dijera: <i>et cum spiritu tuo</i>. + </p> + <p> + —¡Y sobre todo el escándalo!—añadía + doña Rufina indignada, después de una pausa. + </p> + <p> + —¡El escándalo!—repetía el coro. + </p> + <p> + —¡La imprudencia, la torpeza!—¡Eso! ¡Eso!—¡Pobre + don Víctor!—Sí, pobre, y Dios le haya perdonado... + pero él, merecido se lo tenía. + </p> + <p> + —Merecidísimo.—Miren ustedes que aquella amistad tan + íntima.... + </p> + <p> + —Era escandalosa.—Aquello era...—¡Nauseabundo! + Esto lo dijo el Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea + todos sus hijos ilegítimos. + </p> + <p> + Obdulia asistía a tales conversaciones como a un triunfo de su + fama. Ella no había dado nunca escándalos por el estilo. + Toda Vetusta sabía quién era Obdulia... pero ella no había + dado ningún escándalo. + </p> + <p> + Sí, sí, el escándalo era lo peor, aquel duelo funesto + también era una complicación. Mesía había + huido y vivía en Madrid.... Ya se hablaba de sus amores <i>reanudados</i> + con la <i>Ministra</i> de Palomares.... Vetusta había perdido dos + de sus personajes más importantes... por culpa de Ana y su torpeza. + </p> + <p> + Y se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue + a verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le había + pasado por las mientes recoger aquella herencia de Mesía. + </p> + <p> + La fórmula de aquel rompimiento, de aquel cordón sanitario + fue esta: + </p> + <p> + —¡Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la <i>hija + de la bailarina italiana</i>! + </p> + <p> + El honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de + la Barcaza. + </p> + <p> + Si Ripamilán hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado + aquel acuerdo cruel del <i>gran mundo</i>. Pero el pobre don Cayetano había + caído en su lecho para no levantarse. Allí vivió, + siempre contento, dos años más. + </p> + <p> + Acabó su peregrinación en la tierra cantando y recitando + versos de Villegas. + </p> + <p> + La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como + se había prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba + muy mala, y los más caritativos se contentaron con preguntar a los + criados y a Benítez cómo iba la enferma, a quien solían + llamar <i>esa desgraciada</i>. + </p> + <p> + Ana prefería aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se + hubiera adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente, + volvió a pensar en el mundo que la rodeaba, en los años + futuros, sintió el hielo ambiente y saboreó la amargura de + aquella maldad universal. «¡Todos la abandonaban! Lo merecía, + pero... de todas maneras ¡qué malvados eran todos aquellos + vetustenses que ella había despreciado siempre, hasta cuando la + adulaban y mimaban!». + </p> + <p> + La viuda de Quintanar resolvió seguir hasta donde pudiera los + consejos de Benítez. Pensaba lo menos posible en sus + remordimientos, en su soledad, en el porvenir triste, monótono en + su negrura. + </p> + <p> + En cuanto se lo permitió la fortaleza del cuerpo redivivo trabajó + en obras de aguja, y se empeñó, con voluntad de hierro, en + encontrarle gracia al punto de crochet y al de media. + </p> + <p> + Aborrecía los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la + llevaba a pensar en sus desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo + conseguía. Entonces se le figuraba que lo mejor de su alma se dormía, + mientras quedaba en ella despierto el espíritu suficiente para ser + tan mujer como tantas otras. + </p> + <p> + Llegó a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el + patio, sentado en cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin + hacer más que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo, + tal vez lo mejor. Por allí debía de irse a la muerte.... Y + Ana iba sin miedo. El morir no la asustaba, lo que quería era morir + sin desvanecerse en aquellas locuras de la debilidad de su cerebro.... + </p> + <p> + Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste + y muda, le preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda: + </p> + <p> + —¿Está usted contento? + </p> + <p> + Y con otra sonrisa fría, triste, contestaba el médico: + </p> + <p> + —Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente.... + </p> + <p> + Pero cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía: + </p> + <p> + —No me gusta Ana...—Pues yo la veo muy tranquila a ratos.... + </p> + <p> + —Sí, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a + distraerse. + </p> + <p> + Y Frígilis se propuso conseguir que se distrajera. + </p> + <p> + Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó + aquel Mayo risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado + en Vetusta. + </p> + <p> + Pero como no consiguió nada, como Anita le pedía con las + manos en cruz que la dejasen en paz, tranquila en su caserón, + Crespo resolvió divertir a su pobre amiga en su misma casa. + </p> + <p> + «¡Si él pudiera hacer que se aficionara a los árboles + y a las flores!». + </p> + <p> + Por ensayar nada se perdía. Ensayó. + </p> + <p> + Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, + sonriente, y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas. + Frígilis llegó a entusiasmarse, y una tarde contó la + historia de su gran triunfo, la aclimatación del Eucaliptus + globulus en la región vetustense. + </p> + <p> + Durante la enfermedad de su amiga, don Tomás Crespo, desconfiando + del celo de Anselmo y de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instaló + en el caserón de los Ozores. Trasladó su lecho de la posada + en que vivía desde el año sesenta, a los bajos del caserón. + El tocador y la alcoba de Ana estaban encima del cuarto que escogió + Frígilis. Allí, con el menor aparato posible, sin molestar a + nadie se instaló para velar a la Regenta y acudir al menor peligro. + </p> + <p> + Comía y cenaba en la posada, pero dormía en el caserón. + </p> + <p> + Esto no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quejó un día + de aquella soledad. Confesó que de noche tenía a veces + miedo. Y poniéndose como un tomate el buen Frígilis advirtió + tímidamente que hacía más de mes y medio él se + había tomado la libertad de venirse a dormir debajo de la Regenta. + Los criados tenían orden de no decírselo a la señora. + </p> + <p> + Desde que esto supo Ana se creyó menos sola en sus noches tristes. + Roto el secreto, Frígilis tosía fuerte abajo a propósito, + para que le oyera Ana, como diciendo: «No temas, estoy yo aquí». + </p> + <p> + Pero como la malicia lo sabe todo, también supo esto Vetusta. Se + dijo que Frígilis se había metido a vivir de pupilo en casa + de la Regenta, en el caserón nobilísimo de los Ozores. + </p> + <p> + Y decían unos:—Será una obra de caridad. La pobre + estará mal de recursos y con la ayuda de Frígilis... podrá + ir tirando. + </p> + <p> + Y el <i>gran mundo</i> echaba por los dedos la cuenta de lo que le habría + quedado a Anita. «No debía de haberle quedado nada». + </p> + <p> + —Ella rentas no las tiene.—Las de su marido, las de don Víctor + allá en Aragón no le pertenecen. + </p> + <p> + —La viudedad no la habrá pedido.... + </p> + <p> + —¡Sería ignominioso!... + </p> + <p> + —¡Ya lo creo! ¡Reclamar la viudedad... ella... causa de + la muerte del digno magistrado! + </p> + <p> + —Sería indigno. + </p> + <p> + —Indigno. + </p> + <p> + —Y ya no está bien que viva en el caserón de los + Ozores. + </p> + <p> + —Claro, porque aunque se lo regaló su esposo, según + dicen, él fue quien se lo compró a las tías de Ana, y + no con bienes gananciales, sino vendiendo tierras en la Almunia. + </p> + <p> + —Sea como sea, ella no debía vivir en esa casa. + </p> + <p> + —De modo que no se sabe de qué vive. + </p> + <p> + —Vivirá de eso. De mantener en su casa a Frígilis, que + pagará bien. + </p> + <p> + —Eso sí, porque él es un chiflado, que no tiene escrúpulos... + pero es bueno. + </p> + <p> + —Bueno... relativamente—decía el Marqués que con + la gota que le empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un + humor negro como un carbón. + </p> + <p> + Y recordando aquel gerundio que tanto efecto había hecho en otra + ocasión, resumía diciendo: + </p> + <p> + —De todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la + viuda infiel de su mejor amigo es... ¡es nauseabundo! + </p> + <p> + Y nadie se atrevía a negarlo. + </p> + <p> + Todos aquellos escrúpulos que tenía la tertulia de los + Vegallana, habían atormentado también a la Regenta. En + cuanto se sintió bastante fuerte para salir a la huerta, se atrevió + a decir a Frígilis lo que la atormentaba tiempo atrás. + </p> + <p> + —Yo... quisiera salir de esta casa.... Esta casa... en rigor... no + es mía.... Es de los herederos de Víctor, de su hermana doña + Paquita, que tiene hijos... y.... + </p> + <p> + Frígilis se puso furioso. ¡Cómo se entiende! Todo lo + había arreglado él ya. Había escrito a Zaragoza y la + doña Paquita se había contentado con lo de la Almunia. + «Bastante era. El caserón era de Ana legalmente y moralmente». + </p> + <p> + Ana cedió porque no tenía ya energía para contrariar + una voluntad fuerte. + </p> + <p> + Con más ahínco se negó a firmar los documentos que Frígilis + le presentó, cuando se propuso pedir la viudedad que correspondía + a la Regenta. + </p> + <p> + —¡Eso no, eso no, don Tomás; primero morir de hambre! + </p> + <p> + Y en efecto, sí, el hambre, una pobreza triste y molesta amenazaba + a la viuda si no solicitaba sus derechos pasivos. + </p> + <p> + Ana dijo que prefería reclamar la orfandad que le pertenecía + como hija de militar. + </p> + <p> + —Échele usted un galgo.... Si eso no valdrá nada.... Y + no sé si podríamos.... + </p> + <p> + Y Frígilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsificó la + firma de Ana, y después de algunos meses le presentó la + primera paga de viuda. + </p> + <p> + Y era tal la necesidad; tan imposible que por otro camino tuviera ella lo + suficiente para vivir, que la Regenta, después de llorar y rehusar + cien veces, aceptó el dinero triste de la viudez y en adelante firmó + ella los documentos. + </p> + <p> + Benítez y Frígilis veían en esto síntomas + tristes. «Aquella voluntad se moría, pensaba Crespo; en otro + tiempo Ana hubiera preferido pedir limosna.... Ahora cede... por no luchar». + </p> + <p> + Y se le caían las lágrimas. + </p> + <p> + «Si yo fuera rico... pero es uno tan pobre...». + </p> + <p> + «Y, añadía, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos + no es vergonzoso... a ella se lo parece... pero no lo es.... Ese dinero es + suyo». + </p> + <p> + Así vivía Ana. Benítez desde que desapareció + el peligro inminente, visitó menos a la viuda. + </p> + <p> + Servanda y Anselmo eran fieles, tal vez tenían cariño al + ama, pero eran incapaces de mostrarlo. Obedecían y servían + como sombras. Le hacía más compañía el gato + que ellos. + </p> + <p> + Frígilis era el amigo constante, el compañero de sus + tristezas. + </p> + <p> + Hablaba poco. Pero a ella la consolaba el pensar: «está + Crespo ahí». + </p> + <p> + Paso a paso volvía la salud a enseñorearse del cuerpo + siempre hermoso de Ana Ozores. + </p> + <p> + Y con algo de remordimiento de conciencia, sentía de nuevo apego a + la vida, deseo de actividad. Llegó un día en que ya no le + bastó vegetar al lado de Frígilis, viéndole sembrar y + plantar en la huerta y oyendo sus apologías del Eucaliptus. + </p> + <p> + Se había prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle + una cárcel demasiado estrecha. + </p> + <p> + Una mañana despertó pensando que aquel año <i>no había + cumplido</i> con la Iglesia. Además ya podía salir de su + caserón triste para ir a misa. Sí, iría a misa en + adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la capilla de la + Victoria que estaba allí cerca. + </p> + <p> + Y también iría a confesar. + </p> + <p> + Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en aquellas + <i>grandes cosas</i> que la volvían loca, Anita Ozores volvió + a las prácticas religiosas, jurándose a sí misma no + dejarse vencer ya jamás por aquel <i>misticismo falso</i> que era + su vergüenza. «La visión de Dios.... Santa Teresa.... + Todo aquello había pasado para no volver.... Ya no le atormentaba + el terror del infierno, aunque se creía perdida por su pecado, pero + tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que en otro tiempo + le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino». + </p> + <p> + Ahora nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad mecánica, + aquel rezar y oír misa como las demás le parecía + bien, le parecía la religión compatible con el marasmo de su + alma. Y además, sin darse cuenta de ello, la <i>religión + vulgar</i> (que así la llamaba para sus adentros), le daba un + pretexto para faltar a su promesa de no salir jamás de casa. + </p> + <p> + Llegó Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y + caliente, Ana salió del caserón de los Ozores y con el velo + tupido sobre el rostro, toda de negro, entró en la catedral + solitaria y silenciosa. Ya había terminado el coro. + </p> + <p> + Algunos canónigos y beneficiados ocupaban sus respectivos + confesonarios esparcidos por las capillas laterales y en los + intercolumnios del ábside, en el trasaltar. + </p> + <p> + ¡Cuánto tiempo hacía que ella no entraba allí! + </p> + <p> + Como quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de + ternura en los ojos. ¡Pero qué triste era lo que la decía + el templo hablando con bóvedas, pilares, cristalerías, + naves, capillas... hablando con todo lo que contenía a los + recuerdos de la Regenta!... + </p> + <p> + Aquel olor singular de la catedral, que no se parecía a ningún + otro, olor fresco y de una voluptuosidad íntima, le llegaba al + alma, le parecía música sorda que penetraba en el corazón + sin pasar por los oídos. + </p> + <p> + «¡Ay si renaciera la fe! ¡Si ella pudiese llorar como + una Magdalena a los pies de Jesús!». + </p> + <p> + Y por la vez primera, después de tanto tiempo, sintió dentro + de la cabeza aquel estallido que le parecía siempre voz + sobrenatural, sintió en sus entrañas aquella ascensión + de la ternura que subía hasta la garganta y producía un + amago de estrangulación deliciosa.... Salieron lágrimas a + los ojos, y sin pensar más, Ana entró en la capilla obscura + donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del + amor de las almas. + </p> + <p> + «¿Quién la había traído allí? No + lo sabía. Iba a confesar con cualquiera y sin saber cómo se + encontraba a dos pasos del confesonario de aquel hermano mayor del alma, a + quien había calumniado el mundo por culpa de ella y a quien ella + misma, aconsejada por los sofismas de la pasión grosera que la había + tenido ciega, había calumniado también pensando que aquel + cariño del sacerdote era amor brutal, amor como el de Álvaro, + el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no había + comprendido por culpa de la propia torpeza». + </p> + <p> + «Volver a aquella amistad ¿era un sueño? El impulso + que la había arrojado dentro de la capilla ¿era voz de lo + alto o capricho del histerismo, de aquella maldita enfermedad que a veces + era lo más íntimo de su deseo y de su pensamiento, ella + misma?». Ana pidió de todo corazón a Dios, a quien + claramente creía ver en tal instante, le pidió que fuera voz + Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien tanto + tiempo había creído y no el solicitante lascivo que le había + pintado Mesía el infame. Ana oró, con fervor, como en los días + de su piedad exaltada; creyó posible volver a la fe y al amor de + Dios y de la vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que + era peor que el infierno; creyó salvarse cogida a aquella tabla de + aquel cajón sagrado que tantos sueños y dolores suyos sabía.... + </p> + <p> + La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y + misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro + anémico de aquel Jesús del altar, siempre triste y pálido, + que tenía concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que + reflejaban una idea inmóvil, eterna.... Cuatro o cinco bultos + negros llenaban la capilla. En el confesonario sonaba el cuchicheo de una + beata como rumor de moscas en verano vagando por el aire. + </p> + <p> + El Magistral estaba en su sitio. Al entrar la Regenta en la capilla, la + reconoció a pesar del manto. Oía distraído la cháchara + de la penitente; miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel perfil + conocido y amado, se había presentado como en un sueño. El + talle, el contorno de toda la figura, la genuflexión ante el altar, + otras señales que sólo él recordaba y reconocía, + le gritaron como una explosión en el cerebro: + </p> + <p> + —¡Es Ana! La beata de la celosía continuaba el rum rum + de sus pecados. El Magistral no la oía, oía los rugidos de + su pasión que vociferaban dentro. + </p> + <p> + Cuando calló la beata volvió a la realidad el clérigo, + y como una máquina de echar bendiciones desató las culpas de + la devota, y con la misma mano hizo señas a otra para que se + acercase a la celosía vacante. + </p> + <p> + Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante + la red de tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir + el perdón de Dios y el del hermano del alma, y si el perdón + no era posible, pedir la penitencia sin el perdón, pedir a fe + perdida o adormecida o quebrantada, no sabía qué, pedir la + fe aunque fuera con el terror del infierno.... Quería llorar allí, + donde había llorado tantas veces, unas con amargura, otras + sonriendo de placer entre las lágrimas; quería encontrar al + Magistral de aquellos días en que ella le juzgaba emisario de Dios, + quería fe, quería caridad... y después el castigo de + sus pecados, si más castigo merecía que aquella obscuridad y + aquel sopor del alma.... + </p> + <p> + El confesonario crujía de cuando en cuando, como si le rechinaran + los huesos. + </p> + <p> + El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra + beata.... La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos + negros, todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y + al fin quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor + dentro del confesonario. + </p> + <p> + Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la + noche. + </p> + <p> + Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la seña que la llamase + a la celosía.... + </p> + <p> + Pero el confesonario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía + la madera. + </p> + <p> + Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la + mirada de cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si + esperase una escena trágica inminente. + </p> + <p> + Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño.... + </p> + <p> + Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba.... + </p> + <p> + La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso + que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar un + paso hacia el confesonario. + </p> + <p> + Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó + de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara + un rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos + como los del Jesús del altar.... + </p> + <p> + El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la + Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. + Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la + madera, abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia + el enemigo, que el terror le decía que iba a asesinarla. + </p> + <p> + El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre el vientre. No podía + hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo, volvió + a extender los brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después + clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si + fuera a caer desplomado, y con piernas débiles y temblonas salió + de la capilla. Cuando estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de + flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no tropezar con los pilares y + llegó a la sacristía sin caer ni vacilar siquiera. + </p> + <p> + Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol + blanco y negro; cayó sin sentido. + </p> + <p> + La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas + se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas. + </p> + <p> + Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la + sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. + Las llaves del manojo sonaban chocando. + </p> + <p> + Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito. + </p> + <p> + Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo + allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia + el fondo de la capilla, escudriñando en la obscuridad. Debajo de la + lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras + veces.... + </p> + <p> + Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un + quejido débil, como un suspiro. + </p> + <p> + Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada. + </p> + <p> + Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la + perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o + por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la + Regenta y le besó los labios. + </p> + <p> + Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le + causaba náuseas. + </p> + <p> + Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío + de un sapo. + </p> + <h3> + FIN DE LA NOVELA + </h3> +<pre xml:space="preserve"> + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA *** + +***** This file should be named 17073-h.htm or 17073-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/7/0/7/17073/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at https://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + </body> +</html> diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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