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+The Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La Regenta
+
+Author: Leopoldo Alas
+
+Release Date: November 16, 2005 [EBook #17073]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif
+
+
+
+
+
+La Regenta
+
+por
+
+Leopoldo Alas «Clarín»
+
+Librería de Fernando Fé, Madrid
+
+1900.
+
+
+
+
+Prólogo
+
+
+Creo que fue Wieland quien dijo _que los pensamientos de los hombres
+valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género
+humano_. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador.
+Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al
+otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos
+más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano el hábito de pasar
+fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen
+de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo.
+También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano
+recreándonos en ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas
+que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo
+es más intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar
+siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de
+lo que llamaremos creación, por no tener mejor nombre que darle.
+
+Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una
+labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas en vez de
+amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo
+se intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades
+vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es
+buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la
+admiración, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u
+oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiración del arte, y el
+que no admira corre el peligro de morir de asfixia.
+
+El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo,
+con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la
+crítica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno,
+guardándonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y
+tonterías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los
+órdenes, que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de
+creernos un pueblo de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta
+crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negación de
+las cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un estado de
+temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo
+de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por
+padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y
+que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos
+agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son
+ilusorios, no sería malo suspender la crítica negativa, dedicándonos
+todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al enfermo,
+diciéndole: «Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia proviene del
+sedentarismo. Levántate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la
+engaña, sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea errónea de que
+para nada sirves ya, y de que vives muriendo». Convendría, pues, que los
+censores disciplentes se callarán por algún tiempo, dejando que alzasen
+la voz los que repartan el oxígeno, la alegría, la admiración, los que
+alientan todo esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz,
+todo acierto artístico, o de cualquier orden que sea.
+
+Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación
+especialísima de la raza española, las aplico a las cosas literarias,
+pues en este terreno estamos más necesitados que en otro alguno de
+prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que
+muchas veces no he cogido el aparato de aereación (a que impropiamente
+hemos venido dando el nombre de _incensario_) por tener las manos
+aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la
+primera ocasión de descanso, que felizmente coincide con una dichosa
+oportunidad, la publicación de este libro, salgo con mis alabanzas,
+gozoso de dárselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los más
+señalados en mis preferencias. Así, cuando el editor de _La Regenta_ me
+propuso escribir este prólogo, no esperé a que me lo dijera dos veces,
+creyéndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en
+letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me
+cautivó, creía y creo deber mío celebrarla y enaltecerla como se merece,
+en esta tercera salida, a la que seguirán otras, sin duda, que la lleven
+a los extremos de la popularidad.
+
+Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la
+estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su
+asunto, no se concreten a los días más o menos largos de su aparición.
+Por desgracia nuestra, para que la obra poética o narrativa alcance una
+longevidad siquiera decorosa no basta que en sí tenga condiciones de
+salud y robustez; se necesita que a su buena complexión se una la
+perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en
+obscuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten,
+arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un
+público, no tan malo por escaso como por distraído. El público responde
+siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y
+tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan,
+pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los plantones
+_aguardando el paso del público_, si la Prensa diera calor y verdadera
+vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a
+conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a
+los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente
+estado social y político la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y
+de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados
+mejores no le infundan la devoción del Arte. Debemos, pues, resignarnos
+al plantón, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos
+incómoda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las
+muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasará; no dudemos que
+pasará: todo es cuestión de paciencia. En los tiempos que corren, esa
+preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artística; sin
+ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida
+miserable después de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes,
+sufridos, tenaces en la esperanza, benévolos con nuestro tiempo y con la
+sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos
+como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorarán por virtud de
+nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su
+propio seno. Y como esto del público y sus perezas o estímulos, aunque
+pertinente al asunto de este prólogo, no es la principal materia de él,
+basta con lo dicho, y entremos en _La Regenta_, donde hay mucho que
+admirar, encanto de la imaginación por una parte, por otra recreo del
+pensamiento.
+
+Escribió Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andábamos en aquella
+procesión del _Naturalismo_, marchando hacia el templo del arte con
+menos pompa retórica de la que antes se usaba, abandonadas las
+vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos
+comunes de la vida. A muchos imponía miedo el tal Naturalismo,
+creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su
+mano veían un gran plumero con el cual se proponía limpiar el techo de
+ideales, que a los ojos de él eran como telarañas, y una escoba, con la
+cual había de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el
+lenguaje decente. Creían que el Naturalismo substituía el Diccionario
+usual por otro formado con la recopilación prolija de cuanto dicen en
+sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos
+más desvergonzados. Las personas crédulas y sencillas no ganan para
+sustos en los días en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de
+una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era
+peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del
+Naturalismo lo teníamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y
+modernos conocían ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a
+la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas,
+caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan sólo novedad la
+exaltación del principio, y un cierto desprecio de los resortes
+imaginativos y de la psicología espaciada y ensoñadora.
+
+Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los españoles en
+el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con
+toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseñanza los noveladores
+ingleses y franceses. Nuestros contemporáneos ciertamente no lo habían
+olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista,
+que no significaba más que la repatriación de una vieja idea; en los
+días mismos de esta repatriación tan trompeteada, la pintura fiel de la
+vida era practicada en España por Pereda y otros, y lo había sido antes
+por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del
+Naturalismo que acá volvía como una corriente circular parecida al _gulf
+stream_, traía más calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la
+corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un
+humorismo que era quizás la forma más genial de nuestra raza. Al volver
+a casa la onda, venía radicalmente desfigurada: en el paso por Albión
+habíanle arrebatado la socarronería española, que fácilmente
+convirtieron en _humour_ inglés las manos hábiles de Fielding, Dickens y
+Thackeray, y despojado de aquella característica elemental, el
+naturalismo cambió de fisonomía en manos francesas: lo que perdió en
+gracia y donosura, lo ganó en fuerza analítica y en extensión,
+aplicándose a estados psicológicos que no encajan fácilmente en la forma
+picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos
+del símil comercial) la mercancía que habíamos exportado, y casi
+desconocíamos la sangre nuestra y el aliento del alma española que aquel
+ser literario conservaba después de las alteraciones ocasionadas por sus
+viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos
+imponía una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra;
+aceptámosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolviéndole lo que
+le habían quitado, el humorismo, y empleando este en las formas
+narrativa y descriptiva conforme a la tradición cervantesca.
+
+Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no podía tener en
+Francia el eco que aquí tuvo la interpretación seca y descarnada de las
+purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley
+en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que
+aquí damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de
+esta pobre casa. Pero al fin, consolémonos de nuestro aislamiento en el
+rincón occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la
+naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo cómico responde
+mejor que el francés a la verdad humana; que las crudezas descriptivas
+pierden toda repugnancia bajo la máscara burlesca empleada por Quevedo,
+y que los profundos estudios psicológicos pueden llegar a la mayor
+perfección con los granos de sal española que escritores como D. Juan
+Valera saben poner hasta en las más hondas disertaciones sobre cosa
+mística y ascética.
+
+Para corroborar lo dicho, ningún ejemplo mejor que _La Regenta_, muestra
+feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su
+origen, empresa para _Clarín_ muy fácil y que hubo de realizar sin
+sentirlo, dejándose llevar de los impulsos primordiales de su grande
+ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opinión
+literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admitió
+estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena
+de su graciosa picardía. Picaresca es en cierto modo _La Regenta_, lo
+que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la
+descripción acertada de los más graves estados del alma humana. Y al
+propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas
+juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión
+equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero
+en el arte seduce y enamora más cuando entre sus distintas vestiduras
+poéticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la
+que mejor cortan españolas tijeras, la que tiene por riquísima tela
+nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de
+los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que
+_Clarín_ ha derramado en las páginas de _La Regenta_ da fe la tenacidad
+con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo
+camino desde el primero al último capítulo. De mí sé decir que pocas
+obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y
+la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las
+dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por
+delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o
+reencarnación de los propios personajes.
+
+Desarróllase la acción de _La Regenta_ en la ciudad que bien podríamos
+llamar patria de su autor, aunque no nació en ella, pues en _Vetusta_
+tiene _Clarín_ sus raíces atávicas y en _Vetusta_ moran todos sus
+afectos, así los que están sepultados como los que risueños y alegres
+viven, brindando esperanzas; en _Vetusta_ ha transcurrido la mayor parte
+de su existencia; allí se inició su vocación literaria; en aquella
+soledad melancólica y apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas
+literarias y filosóficas: allí estuvieron sus maestros, allí están sus
+discípulos. Más que ciudad, es para él _Vetusta_ una casa con calles, y
+el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de
+clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien
+el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista encarcelado durante
+los años en que las impresiones son más vivas, ni un sedentario la
+estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los años maduros.
+Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de
+pasiones o chismes, figures graves o ridículas pasan de la realidad a
+las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente
+del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra
+sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transeúntes que
+andan por la _Encimada_, o al pie de la gallardísima torre de la Iglesia
+Mayor.
+
+Comienza _Clarín_ su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de
+verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida de casino
+provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico de viejos
+recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros
+de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, llenan estas
+admirables páginas, en las cuales el narrador hace gala de una
+observación profunda y de los atrevimientos más felices. En medio del
+grupo presenta _Clarín_ la figura culminante de su obra: el Magistral
+don Fermín de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el
+lado de sus méritos físicos, como por el de sus flaquezas morales, que
+no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera
+proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre
+llaman _Glocester_, el Arcipreste don Cayetano Ripamilán, el beneficiado
+D. Custodio, y el propio Obispo de la diócesis, orador ardiente y
+asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermúdez,
+al modo de transición zoológica (con perdón) entre el reino clerical y
+el laico, ser híbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez
+embarazosa parece inocencia: tras él vienen las mundanas, descollando
+entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, tipo feliz de la
+beatería bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias,
+descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso.
+La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy
+restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y
+desplieguen sus dotes de seducción en el terreno eclesiástico, toleradas
+por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde
+viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso
+admitir en ellos para hacer bulto _lo peor de cada casa_.
+
+Por fin vemos a doña Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa
+del ex-regente de la Audiencia D. Víctor Quintanar. Es dama de alto
+linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla,
+soñadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado
+en los años críticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con
+esto se completa la pintura, en la cual pone _Clarín_ todo su arte, su
+observación más perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y
+revueltas del alma humana. Doña Ana Ozores tiene horror al vacío, cosa
+muy lógica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza,
+y este vacío que siente crecer en su alma la lleva a un estado
+espiritual de inmenso peligro, manifestándose en ella una lucha
+tenebrosa con los obstáculos que le ofrecen los hechos sociales,
+consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Engañada por la idealidad
+mística que no acierta a encerrar en sus verdaderos términos, es víctima
+al fin de su propia imaginación, de su sensibilidad no contenida, y se
+ve envuelta en horrorosa catástrofe.... Pero no intentaré describir en
+pocas palabras la sutil psicología de esta señora, tan interesante como
+desgraciada. En ella se personifican los desvaríos a que conduce el
+aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el
+espíritu de la mujer por medio de una educación fuerte, y la deja
+entregada a la ensoñación pietista, tan diferente de la verdadera
+piedad, y a los riesgos del frívolo trato elegante, en el cual los
+hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz,
+estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de
+reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron _La Regenta_ cuando se
+publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella
+conocimiento, y unos y otros verán que nunca ha tenido este libro
+atmósfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado
+social, repetición de las luchas de antaño, traídas del campo de las
+creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las
+intenciones escondidas.
+
+No referiré el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector
+verá cómo se desarrolla el proceso psicológico y por qué caminos corre a
+su desenlace el problema de doña Ana de Ozores, el cual no es otro que
+discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y
+estilo de esta perdición constituyen la obra, de un sutil parentesco
+simbólico con la historia de nuestra raza. Verá también el lector que
+_Clarín_, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por
+el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesiástico, pues
+tratándose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan,
+natural es que sea postergado el que se vistió de sotana para sus
+audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la
+dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al
+interés de los lectores, sólo mencionaré los caracteres, que son el
+principal mérito de la obra, y lo que le da condición de duradera. La de
+Ozores nos lleva como por la mano a D. Álvaro de Mesía, acabado tipo de
+la corrupción que llamamos de buen tono, aristócrata de raza, que sabe
+serlo en la capital de una región histórica, como lo sería en Madrid o
+en cualquier metrópoli europea; hombre que posee el arte de hacer amable
+su conducta viciosa y aun su tiranía caciquil. ¡Con que admirable fineza
+de observación ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el
+cotorrón guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos
+partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder
+fácil, sin ningún ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se
+compenetran, formando la aleación más eficaz y práctica para grandes
+masas de _distinguidos_, que aparentan energía social y sólo son
+_materia inerte_ que no sirve para nada.
+
+De D. Álvaro, fácil es pasar a la gran figura del Magistral D. Fermín de
+Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan
+el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la
+dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y
+alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que
+atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en
+transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el
+descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín
+de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus
+grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad
+inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen.
+Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por
+rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la
+humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino
+de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor
+grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de
+los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía,
+como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas
+un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura
+que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha
+del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno
+levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre,
+modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las
+páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino
+de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz,
+son de las más bellas de la obra.
+
+Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Víctor
+Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su
+compañero de empresas cinegéticas el graciosísimo _Frígilis_; los
+marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las
+pizpiretas señoras que componen el femenil rebaño eclesiástico; los
+canónigos y sacristanes y el prelado mismo, apóstol ingenuo y orador
+fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al
+graciosísimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la
+total impresión de la vida colectiva, heterogénea, con picantes matices
+y espléndida variedad de acentos y fisonomías. Bien quisiera no
+concretar el presente artículo al examen de _La Regenta_, extendiéndome
+a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero
+esto sería trabajo superior a mis cortas facultades de crítico, y además
+rebasaría la medida que se me impone para esta limitada prefación.
+Escribo tan sólo un juicio formado en los días de la primera salida de
+la hermosa novela, y lo que intenté decir entonces, tributando al
+compañero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en
+esta manifestación tardía el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad.
+Pero no entraré en el estudio integral del carácter literario de
+_Clarín_, como creador de obras tan bellas en distintos órdenes del arte
+y como infatigable luchador en el terreno crítico. Su obra es grande y
+rica, y el que esto escribe no acertaría a encerrarla en una clara
+síntesis, por mucho empeño que en ello pusiera. Otros lo harán con el
+método y serenidad convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al
+ilustre hijo de Asturias la consagración solemne, oficial en cierto
+modo, de su extraordinario ingenio, consagración que cuanto más tardía
+será más justa y necesaria. Como un Armando Palacio, está la literatura
+oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparación,
+toda España y las regiones de América que son nuestras por la lengua y
+la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y valía en
+el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo
+de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de
+inspiración, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo,
+diciendo: «No son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril como
+afirman los de fuera y más aún los de dentro de casa. Quizás no demos
+todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y viéndolas y
+admirándolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas,
+obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el árbol».
+
+
+B. Pérez Galdós Madrid, enero de 1901.
+
+
+
+
+Tomo I
+
+
+
+
+
+--I--
+
+
+La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso,
+empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el
+Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los
+remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en
+arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y
+persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire
+envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas
+migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón,
+parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas,
+dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales
+temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado
+a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla
+que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un
+escaparate, agarrada a un plomo.
+
+Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la
+digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre
+sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que
+retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La
+torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de
+dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis,
+aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por
+un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares
+exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando
+horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una
+de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas,
+amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era
+maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos
+corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose
+desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y
+proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en
+la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el
+aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se
+mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra
+más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
+
+Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre
+con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en
+las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la
+inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme
+botella de champaña.--Mejor era contemplarla en clara noche de luna,
+resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su
+aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que
+velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.
+
+Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los
+de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al
+badajo formidable de la _Wamba_, la gran campana que llamaba a coro a
+los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades
+y privilegios.
+
+Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era _de la tralla_,
+según en Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus aficiones le
+llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio, hombre de
+iglesia, acólito en funciones de campanero, aunque tampoco en propiedad,
+el ilustre diplomático _de la tralla_ disfrutaba algunos días la honra
+de despertar al venerando cabildo de su beatífica siesta, convocándole a
+los rezos y cánticos de su peculiar incumbencia.
+
+El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el
+badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando
+_posaba_ para la hora del coro--así se decía--Bismarck sentía en sí algo
+de la dignidad y la responsabilidad de un reloj.
+
+Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba
+asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el
+colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas sobre
+algún raro transeúnte que le parecía del tamaño y de la importancia de
+un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y
+les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas.
+
+--¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!--dijo el monaguillo,
+casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a
+la calle apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle.
+
+--¡Qué ha de poder!--respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a
+Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva
+fuerza las llaves para subir a tocar las _oraciones_--. Tú pués más que
+toos los delanteros, menos yo.
+
+--Porque tú echas la zancadilla, mainate, y eres más grande.... Mia,
+chico, ¿quiés que l'atice al señor Magistral que entra ahora?
+
+--¿Le conoces tú desde ahí?
+
+--Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No
+ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se
+me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el beneficiao a don Pedro el
+campanero el otro día: «Ese don Fermín tié más orgullo que don Rodrigo
+en la horca», y don Pedro se reía; y verás, el otro dijo después, cuando
+ya había pasao don Fermín: «¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te
+conoce el colorete!». ¿Qué te paece, chico? Se pinta la cara.
+
+Bismarck negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía envidia. Si
+Bismarck fuera canónigo y _dinidad_ (creía que lo era el Magistral) en
+vez de ser delantero, con un mote _sacao_ de las cajas de cerillas, se
+daría más tono que un zagal. Pues, claro. Y si fuese campanero, el de
+verdad, vamos don Pedro... ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con
+el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo.
+
+--Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que
+en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la
+gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene; y si no,
+ahí está el Papa, que es... no sé cómo dijo... así... una cosa como...
+el criao de toos los criaos.
+
+--Eso será de boquirris--replicó Bismarck--. ¡Mia tú el Papa, que manda
+más que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en
+su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro
+de _carcas_ (curas según Bismarck), y lo cual que le iban espantando las
+moscas con un paraguas, que parecía cosa del teatro... hombre... ¡si
+sabré yo!
+
+Se acaloró el debate. Celedonio defendía las costumbres de la Iglesia
+primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto.
+Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión. El de
+la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas probables _pa en_
+bajando. Pero una campana que sonó en un tejado de la catedral les llamó
+al orden.
+
+--¡El _Laudes_!--gritó Celedonio--, toca, que avisan.
+
+Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable
+badajo.
+
+Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía
+alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos
+leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la
+torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra
+vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos,
+con cien matices.
+
+Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y
+vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos,
+robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados
+por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos
+obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura.
+Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas,
+esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel
+verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la
+sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube
+invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la
+vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra estaba
+al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se alejaba el
+horizonte, señalado por siluetas de montañas desvanecidas en la niebla
+que deslumbraba como polvareda luminosa. Al Norte se adivinaba el mar
+detrás del arco perfecto del horizonte, bajo un cielo despejado, que
+surcaban como naves, ligeras nubecillas de un dorado pálido. Un jirón de
+la más leve parecía la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul
+blanquecino.
+
+Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor
+abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de
+colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo obscuro de
+la tierra constantemente removida y bien regada.
+
+Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos.
+¿Quién era el osado?
+
+--¿Será Chiripa?--preguntó Celedonio entre airado y temeroso.
+
+--No; es un _carca_, ¿no oyes el manteo?
+
+Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor
+silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo
+apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, Magistral de
+aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispo. El delantero
+sintió escalofríos. Pensó:
+
+«¿Vendrá a pegarnos?».
+
+No había motivo, pero eso no importaba. Él vivía acostumbrado a recibir
+bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don
+Fermín era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba
+Bismarck usando y abusando de la autoridad de repartir cachetes. No
+discutía la legitimidad de esta prerrogativa, no hacía más que huir de
+los grandes de la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los
+polizontes. Se avenía a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si él
+hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del Jardín
+Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera
+hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más que Bismarck, un
+delantero, y sabía su oficio, huir de los _mainates_ de Vetusta.
+
+Pero allí no había modo de escapar. O tirarse por una ventana, o esperar
+el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. Bismarck no
+tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás de la Wamba,
+encaramado en una viga, y aguardar así los acontecimientos.
+
+Celedonio no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas
+tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después de coro.
+
+¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan respetable? Esto preguntaban los
+ojos del delantero a los del acólito. También lo sabía Celedonio, pero
+callaba y sonreía complaciéndose en el pavor de su amigo.
+
+El continente altivo del monaguillo se había convertido en humilde
+actitud. Su rostro se había revestido de repente de la expresión
+oficial. Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía ajustar los
+músculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia. Sus ojos
+eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en
+funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de
+arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y
+trataba.
+
+Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada,
+como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los
+ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral
+pública. La boca muy abierta y desdentada seguía a su manera los
+aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresión de humildad
+beatífica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso.
+
+Así como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de contornos
+turgentes las elegantes líneas del sexo, en el acólito sin órdenes se
+podía adivinar futura y próxima perversión de instintos naturales
+provocada ya por aberraciones de una educación torcida. Cuando quería
+imitar, bajo la sotana manchada de cera, los acompasados y ondulantes
+movimientos de don Anacleto, familiar del Obispo--creyendo manifestar
+así su vocación--, Celedonio se movía y gesticulaba como hembra
+desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo había notado el _Palomo_,
+empleado laico de la Catedral, perrero, según mal nombre de su oficio.
+Pero no se había atrevido a comunicar sus aprensiones a ningún superior,
+obedeciendo a un criterio, merced al cual había desempeñado treinta años
+seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y
+vigilancia.
+
+En presencia del Magistral, Celedonio había cruzado los brazos e
+inclinado la cabeza, después de apearse de la ventana. Aquel don Fermín
+que allá abajo en la calle de la Rúa parecía un escarabajo ¡qué grande
+se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados
+ojos de su compañero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al
+canónigo. Veía enfrente de sí la sotana tersa de pliegues escultóricos,
+rectos, simétricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor delgado,
+y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos pliegues y
+vuelos.
+
+Bismarck, detrás de la Wamba, no veía del canónigo más que los bajos y
+los admiraba. ¡Aquello era señorío! ¡Ni una mancha! Los pies parecían
+los de una dama; calzaban media morada, como si fueran de Obispo; y el
+zapato era de esmerada labor y piel muy fina y lucía hebilla de plata,
+sencilla pero elegante, que decía muy bien sobre el color de la media.
+
+Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermín, le
+hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar
+la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida
+sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad
+estereotipada en los labios. Tenía razón el delantero. De Pas no se
+pintaba. Más bien parecía estucado. En efecto, su tez blanca tenía los
+reflejos del estuco. En los pómulos, un tanto avanzados, bastante para
+dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un
+ligero encarnado que a veces tiraba al color del alzacuello y de las
+medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni pregonero del
+alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de
+amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que
+parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de
+congestión también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo.
+En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de
+rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en
+medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era
+una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas.
+Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco;
+pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola
+con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes,
+como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin corrección
+ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se
+inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era
+la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego,
+porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y
+pensaba. Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían
+obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir,
+amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta
+de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto
+apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en
+cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse
+que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que
+jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado
+de aquel tesoro. La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello
+negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de
+recios músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y
+extremidades del fornido canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor
+jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el
+más apuesto azotacalles de Vetusta.
+
+Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio
+doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano derecha,
+blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuera la de
+aristocrática señora. Celedonio contestó con una genuflexión como las de
+ayudar a misa.
+
+Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo
+interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro. Vio que el
+tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se convertía en dos, y
+luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un
+cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante
+como él. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y
+hacía con él puntería. Bismarck respiró: no iba con su personilla aquel
+disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El
+acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había acercado por detrás al
+Provisor y procuraba seguir la dirección del catalejo. Celedonio era un
+monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores
+casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un
+fusil, se le reiría en las narices.
+
+Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a
+las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los
+montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había
+visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más
+soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de
+pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas
+acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o
+a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la
+provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes
+de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados
+ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más
+experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga
+sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de
+fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso
+para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano,
+contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a
+los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los
+parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol,
+mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu
+altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en
+sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía
+saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la
+torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o
+por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión,
+aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor,
+sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores,
+mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la
+Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta
+que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como
+si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la
+rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en
+medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San
+Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del
+casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio,
+había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el
+anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una
+grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que
+se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el
+Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas
+por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación
+los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como
+el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los
+cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes
+y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.
+
+Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio
+teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de
+Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y
+por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los
+rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad
+era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere
+estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no
+aplicaba el escalpelo sino el trinchante.
+
+Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas
+había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como
+recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo,
+guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado
+en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en
+Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le
+pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era
+seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban
+haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. «Así son las
+perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos
+acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto
+deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos
+delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás,
+en el lejano día del sueño...». No renunciaba a subir, a llegar cuanto
+más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de
+la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los
+treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos
+idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo
+necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto
+que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir
+la fuente que está lejos en lugar desconocido.
+
+Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en
+sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso
+él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el
+límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la
+vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para
+vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente,
+del poderío que tenía en la mano; devoraba su presa, la Vetusta
+levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el
+domador le arroja.
+
+Concentrada su ambición entonces en punto concreto y tangible, era mucho
+más intensa; la energía de su voluntad no encontraba obstáculo capaz de
+resistir en toda la diócesis. Él era el amo del amo. Tenía al Obispo en
+una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones.
+En tales días el Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo
+bíblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrísima.
+
+Estas crisis del ánimo solían provocarlas noticias del personal: el
+nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus cuentas: él
+estaba muy atrasado, no podría llegar a ciertas grandezas de la
+jerarquía. Esto pensaba, en tanto que el beneficiado don Custodio le
+aborrecía principalmente porque era Magistral desde los treinta.
+
+Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero
+que acabaría de devorar él solo. ¡Qué! ¿También aquel mezquino imperio
+habían de arrancarle? No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para
+qué eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la cabeza;
+también él veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas
+y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y
+eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo.... ¿Qué
+habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la
+Encimada que él tenía allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. ¿Y
+él? ¿Qué había hecho él? Conquistar. Cuando era su ambición de joven la
+que chisporroteaba en su alma, don Fermín encontraba estrecho el recinto
+de Vetusta; él que había predicado en Roma, que había olfateado y
+gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve
+tiempo, se creía postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces,
+las más, era el recuerdo de sus sueños de niño, precoz para ambicionar,
+el que le asaltaba, y entonces veía en aquella ciudad que se humillaba a
+sus plantas en derredor el colmo de sus deseos más locos. Era una
+especie de placer material, pensaba De Pas, el que sentía comparando sus
+ilusiones de la infancia con la realidad presente. Si de joven había
+soñado cosas mucho más altas, su dominio presente parecía la tierra
+prometida a las cavilaciones de la niñez, llena de tardes solitarias y
+melancólicas en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a
+despreciar un poco los años de su próxima juventud, le parecían a veces
+algo ridículos sus ensueños y la conciencia no se complacía en repasar
+todos los actos de aquella época de pasiones reconcentradas, poco y mal
+satisfechas. Prefería las más veces recrear el espíritu contemplando lo
+pasado en lo más remoto del recuerdo; su niñez le enternecía, su
+juventud le disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy
+querida, que nos hizo cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de
+olvido y desprecio. Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho
+de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del
+ánimo.
+
+El Magistral había sido pastor en los puertos de Tarsa ¡y era él, el
+mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este salto de la
+imaginación estaba la esencia de aquel placer intenso, infantil y
+material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia.
+
+¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto y airoso cuerpo el
+roquete, cándido y rizado, bajo la señoril muceta, viendo allá abajo, en
+el rostro de todos los fieles la admiración y el encanto, había tenido
+que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y
+le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en
+silencio, respirando apenas, a que la emoción religiosa permitiera al
+orador continuar, él oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo
+de los cirios y de las lámparas; aspiraba con voluptuosidad extraña el
+ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las
+emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas que le
+rodeaban; sentía como murmullo de la brisa en las hojas de un bosque el
+contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en aquel
+silencio de la atención que esperaba, delirante, creía comprender y
+gustaba una adoración muda que subía a él; y estaba seguro de que en tal
+momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz
+melodiosa, de correctos ademanes a quien oían y veían, no en el Dios de
+que les hablaba. Entonces sí que, sin poder él desechar aquellos
+recuerdos se le presentaba su infancia en los puertos; aquellas tardes
+de su vida de pastor melancólico y meditabundo.--Horas y horas, hasta el
+crepúsculo, pasaba soñando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas
+del ganado esparcido por el cueto ¿y qué soñaba? que allá, allá abajo,
+en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como cien veces
+el lugar de Tarsa, y más; aquella ciudad se llamaba Vetusta, era mucho
+mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, que él tampoco
+había visto. En la gran ciudad colocaba él maravillas que halagaban el
+sentido y llenaban la soledad de su espíritu inquieto. Desde aquella
+infancia ignorante y visionaria al momento en que se contemplaba el
+predicador no había intervalo; se veía niño y se veía Magistral: lo
+presente era la realidad del sueño de la niñez y de esto gozaba.
+
+Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando
+con vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la
+visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en jardín.
+
+Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo
+recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la
+_Encimada_ y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por
+Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, en algunos patios y
+jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla,
+convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales.
+La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más
+linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros,
+aquellos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustente era de la
+Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa,
+por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de
+la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro, las dos
+antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se
+dividían el noble territorio de la Encimada. El Magistral veía a sus
+pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios;
+conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe
+vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá
+abajo, en el Campo del sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba
+sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros
+había surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas,
+tortuosas, húmedas, sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de
+aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones
+por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las
+cocinas pobres de los hospicios; parecía que la escoba municipal y la
+escoba de la nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y
+callejas las huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había por
+allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía la
+historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el
+recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban
+cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta
+parte del área total de la Encimada: seguía en tamaño las Recoletas,
+donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos
+comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y
+huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San Vicente estaba
+convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la indiscreta voz
+de la corneta, profanación constante del sagrado silencio secular; del
+convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había hecho el Estado un
+edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San Benito era
+lóbrega prisión de mal seguros delincuentes. Todo esto era triste; pero
+el Magistral que veía, con amargura en los labios, estos despojos de que
+le daba elocuente representación el catalejo, podía abrir el pecho al
+consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste
+y al Norte, gráficas señales de la fe rediviva, en los alrededores de
+Vetusta, donde construía la piedad nuevas moradas para la vida
+conventual, más lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan
+sólidas ni tan grandes. La Revolución había derribado, había robado;
+pero la Restauración, que no podía restituir, alentaba el espíritu que
+reedificaba y ya las Hermanitas de los Pobres tenían coronado el
+edificio de su propiedad, tacita de plata, que brillaba cerca del
+Espolón, al Oeste, no lejos de los palacios y _chalets_ de la Colonia, o
+sea el barrio nuevo de americanos y comerciantes del reino. Hacia el
+Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte,
+se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las
+Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los
+vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa
+vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino. Allí, como en nichos,
+habitaban las herederas de muchas familias ricas y nobles; habían
+dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y
+cómodo de allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga,
+mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso
+cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la
+Encimada. No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las
+piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de
+pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y
+jardines y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área
+del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques,
+cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana. Y
+mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los
+árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como
+querían, los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido
+huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas
+de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era
+de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas
+sobre otras, y se metían los tejados por los ojos, o sean las ventanas.
+Parecían un rebaño de retozonas reses que apretadas en un camino,
+brincan y se encaraman en los lomos de quien encuentran delante.
+
+A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de
+sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la
+catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos. La Encimada
+era su imperio natural, la metrópoli del poder espiritual que ejercía.
+El humo y los silbidos de la fábrica le hacían dirigir miradas recelosas
+al Campo del Sol; allí vivían los rebeldes; los trabajadores sucios,
+negros por el carbón y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban
+con la boca abierta a los energúmenos que les predicaban igualdad,
+federación, reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando les
+hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era
+que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los menos.
+Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica arraigaba, era
+con robustas raíces, como con cadenas de hierro. Pero si moría un obrero
+bueno, creyente, nacían dos, tres, que ya jamás oirían hablar de
+resignación, de lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hacía
+ilusiones. El Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendían allí las
+últimas trincheras. Poco tiempo antes del día en que De Pas meditaba
+así, varias ciudadanas del barrio de obreros habían querido matar a
+pedradas a un forastero que se titulaba pastor protestante; pero estos
+excesos, estos paroxismos de la fe moribunda más entristecían que
+animaban al Magistral.--No, aquel humo no era de incienso, subía a lo
+alto, pero no iba al cielo; aquellos silbidos de las máquinas le
+parecían burlescos, silbidos de sátira, silbidos de látigo. Hasta
+aquellas chimeneas delgadas, largas, como monumentos de una idolatría,
+parecían parodias de las agujas de las iglesias....
+
+El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la _Colonia_,
+la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con
+reflejos acerados; parecía un pájaro de los bosques de América, o una
+india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes.
+
+Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas. En los tejados
+todos los colores del iris como en los muros de Ecbátana; galerías de
+cristales robando a los edificios por todas partes la esbeltez que podía
+suponérseles; alardes de piedra inoportunos, solidez afectada, lujo
+vocinglero. La ciudad del sueño de un indiano que va mezclada con la
+ciudad de un usurero o de un mercader de paños o de harinas que se
+quedan y edifican despiertos. Una pulmonía posible por una pared maestra
+ahorrada; una incomodidad segura por una fastuosidad ridícula. Pero no
+importa, el Magistral no atiende a nada de eso; no ve allí más que
+riqueza; un Perú en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro
+espiritual. Y ya empieza a serlo. Los indianos de la Colonia que en
+América oyeron muy pocas misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a
+la piedad de sus mayores: la religión con las formas aprendidas en la
+infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella España que
+veían en sueños al otro lado del mar. Además los indianos no quieren
+nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda
+recordar los orígenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descreídos
+no son más que cuatro pillos, que no tienen sobre qué caerse muertos;
+todas las personas pudientes creen y practican, como se dice ahora.
+Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los Argumosa y otros y
+otros ilustres Américo Vespucios del barrio de la Colonia siguen
+escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres _distinguidas_
+de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y demás
+familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy
+rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio impulso los Páez, los
+Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, hijas y demás familia del
+sexo débil obligaríanles a imitar en religión, como en todo, las
+maneras, ideas y palabras de la envidiada aristocracia. Por todo lo cual
+el Provisor mira al barrio del Noroeste con más codicia que antipatía;
+si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha
+tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones
+hechas, las _factorías_ establecidas han dado muy buen resultado, y no
+desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella
+su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas
+de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero.
+
+Pero, entre tanto, De Pas volvía amorosamente la visual del catalejo a
+su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la
+soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allí debajo tenía, como
+dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquísimas que
+la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores
+que ellas jamás alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa María y
+San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista,
+y gloriosamente se pudren poco a poco víctimas de la humedad y hechas
+polvo por los siglos. En rededor de Santa María y de San Pedro hay
+esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor
+gloria sería poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos.
+Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su
+arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de
+muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está
+ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda no
+dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera.
+
+Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al
+inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona,
+era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de
+aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales.
+Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera
+el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por
+utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba
+en _El Lábaro_, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos
+artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de
+haberlos leído; en ellos ponía por las nubes el mérito arqueológico de
+cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era
+todo un monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera
+fuese por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico y de
+lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, y más de una vez
+hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared
+fabricada por algún modesto cantero, vivo todavía. Estos lapsus del
+erudito no lastimaban su reputación, porque los pocos que podían
+descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos
+beneméritos, y los demás vetustenses no leían nada de aquello. Mas no
+por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retórica, en que creía,
+ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energía, entre las que
+descollaban las más temerarias personificaciones y las epanadiplosis más
+cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solían decir: «tiemblan
+mis cimientos y mis almenas tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que
+hizo llorar con sus discursos patéticos; por lo cual solía terminar el
+artículo del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión de
+obras, _sunt lacrimae rerum!_».
+
+Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio aquella tarde.
+Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza
+Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, separose de la ventana,
+redujo a su mínimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente
+en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros,
+descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En
+cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la
+iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro,
+cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con
+cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y
+más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba
+juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los
+rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de
+muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El
+manteo que el canónigo movía con un ritmo de pasos y suave contoneo iba
+tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento,
+tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecía cola de pavo real;
+algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo
+teñían con un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le
+daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un
+cadáver.
+
+En la gran nave central del trascoro había muy pocos fieles, esparcidos
+a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos
+muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de mujeres
+arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aquí
+y allí se oía el leve rumor de la plática secreta de un sacerdote y una
+devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte,
+la más obscura, don Fermín distinguió dos señoras que hablaban en voz
+baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, pero no se
+atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin él.
+
+--Va al coro--dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que
+rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del
+Magistral. En el altar había dos candeleros de bronce, sin velas,
+sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús
+Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la
+obscuridad; los reflejos del vidrio parecían una humedad fría. Era el
+rostro el de un anémico; la expresión amanerada del gesto anunciaba una
+idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pómulos
+afilados, como gastados por el roce de besos devotos.
+
+Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del coro;
+llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba
+cerrada. Don Fermín, que iba a la sacristía, dio el rodeo de la nave del
+trasaltar flanqueada por otra crujía de capillas. Frente a cada una de
+estas, empotrados en la pared del ábside había haces de columnas entre
+los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento
+de colocarse enfrente de ellos. Allí comúnmente ataban y desataban
+culpas los beneficiados. De uno de estos escondites salió, al pasar el
+Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don
+Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas
+encendidas con un tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El
+Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas
+agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos. Humilló los suyos
+don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, aturdido en dirección al coro.
+Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido
+con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo
+ceñía, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda
+mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su
+beneficio. Este don Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de
+la oposición. Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que
+se quería derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber
+de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la
+envidia de aquel pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo,
+los propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creía en su
+porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte,
+influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y
+magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don Fermín más
+grandezas que el mismo Magistral veía en sus esperanzas. La mirada de
+este fue en seguida, rápida y rastrera, al confesonario de que salía el
+envidioso. Arrodillada junto a una de las celosías vio una joven pálida
+con hábito del Carmen.
+
+No era una señorita; debía de ser una doncella de servicio, una
+costurera, o cosa así, pensó el Magistral. Tenía los ojos cargados de
+una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha; se santiguó, como
+si quisiera comerse la señal de la cruz, y se recogió, sentada sobre
+los pies, a saborear los pormenores de la confesión, sin moverse del
+sitio, pegada al confesonario lleno todavía del calor y el olor de don
+Custodio.
+
+El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la
+sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con
+cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la
+cajonería, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos del culto.
+Encima de los cajones pendían cuadros de pintores adocenados, antiguos
+los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y
+cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna
+reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio
+de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del
+país. Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas
+pluviales en los armarios. El _Palomo_, con una sotana sucia y escotada,
+cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de
+barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabía
+cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba
+furioso. Los monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin
+mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos,
+repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió
+adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan
+extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que en el otro
+extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada de la
+conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos
+señoras y dos caballeros. Los cuatro tenían la cabeza echada hacia
+atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas
+abiertas en la bóveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada.
+El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y parecía una gran mancha
+de negro mate. De otro color no se veía más que el frontal de una
+calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco
+minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito
+de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con
+la boca abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi
+todos los días a don Saturnino en semejante ocupación. En cuanto llegaba
+un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o
+por otro una recomendación para que Bermúdez fuese tan amable que le
+acompañara a ver las antigüedades de la catedral y otras de la Encimada.
+Don Saturnino estaba muy ocupado todo el día, pero de tres a cuatro y
+media siempre le tenían a su disposición cuantas personas decentes, como
+él decía, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su
+inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la
+provincia, creía ser--y esto era verdad--el hombre más fino y cortés de
+España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los
+pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que
+encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la
+influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan
+atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya
+diácono por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, traía el
+pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes
+entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz le hubiera
+lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo»,
+decía él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo
+mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las
+leyes naturales, don Saturno--así le llamaban--después de haber perdido
+ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo,
+se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como
+el boj de su huerto. Tenía la boca muy grande, y al sonreír con
+propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por
+qué entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se quejaba de
+vicio al quejarse del pícaro estómago, de digestiones difíciles y sobre
+todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que
+equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que
+Bermúdez quería pasar por el hombre más _espiritual_ de Vetusta, y el
+más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe
+advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos
+alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y
+psicológicas que se escribían por entonces en París. Lo de parecer
+clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de
+tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que
+vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno.
+Siempre parecía que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas
+veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda
+la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de
+pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su
+pasión por la arqueología era un sentimiento de la clase de sucedáneos.
+Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los
+personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas
+comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le
+había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran
+incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se
+atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en
+materia de amores.
+
+Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La
+primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero
+volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que
+saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras
+sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y
+dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si
+el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En
+efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con
+ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. Con los
+ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías
+que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus
+amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las
+alegorías ni las parábolas; no hacía más que decir a espaldas de
+Bermúdez:
+
+--No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato.
+
+Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora
+jubilado, había sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente
+pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y amante del saber se
+cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso,
+aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio
+hombre más aturdido que él en cuanto una mujer quería marearle con una o
+dos miradas. Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de
+confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le
+veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka)
+repetían:
+
+--¡Pero este Bermúdez está desconocido!
+
+¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le desesperaba.
+Cierto que jamás había probado las dulzuras groseras y materiales del
+amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? Cierto que primero
+faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devoción, así
+como el comulgar dos veces al mes, en nada empecía (su estilo) a los
+títulos de hombre de mundo que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran!
+¿Quién era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como
+dicen en Vetusta, salía muy recatadamente por la calle del Rosario,
+torcía entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a
+los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por
+la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez,
+doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en
+filosofía y letras y bachiller en ciencias: el autor ni más ni menos, de
+_Vetusta Romana_, _Vetusta Goda_, _Vetusta Feudal_, _Vetusta Cristiana_,
+y _Vetusta Transformada_, a tomo por Vetusta. Era él, que salía
+disfrazado de capa y sombrero flexible. No había miedo que en tal guisa
+le reconociera nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al aire
+libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también a
+olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía seguridad
+de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible
+pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso
+en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y solía ser
+una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algún callejón
+inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la
+tentación; entonces retrocedía el sabio más pronto, ganaba el terreno
+perdido, volvía a las calles anchas y respiraba con delicia el aire
+puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal
+que eran su propio ambiente, cantaba la _Casta diva_ o _el Spirto
+gentil_ o _el Santo Fuerte_, y pensaba en sus amores de niño o en alguna
+heroína de sus novelas.
+
+¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara
+y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo
+así debía de ser el éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el
+paso volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa
+con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de idealidad, como él
+decía para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso,
+sobre todo en las noches de luna.
+
+Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribía
+versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes; y por fin se
+acostaba, satisfecho de sí mismo, contento con la vida, feliz en este
+mundo calumniado donde, dígase lo que se quiera, aún hay hombres buenos,
+ánimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a
+la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho,
+convertía poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el
+imaginar aventuras románticas, de amores en París, que era el país de
+sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. Solía volver a sus novelas de
+la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o
+con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponía el
+ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre
+estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas
+promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño al arqueólogo, y
+la lógica se hacía disparatada, y hasta el sentido moral se pervertía y
+se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al
+doctor en teología.
+
+A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de
+estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el
+cuerpo.--¡Memento homo!--decía el infeliz, y se arrojaba del lecho con
+tedio, procurando una reacción en el espíritu mediante agudos y
+terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con
+chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas. Tal vez era
+la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que
+positivamente tenía el ilustre autor de _Vetusta Transformada_. Después
+de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide
+el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venía; y por vanidad o por fe
+creía en su regeneración todas las mañanas aquel devoto del Corazón de
+Jesús. Por eso el espíritu no envejecía: era el estómago, el pícaro
+estómago el que no hacía caso de la fervorosa contrición del pobre
+hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y
+grosera!
+
+Aquel día había recibido antes de comer un billete perfumado de su
+amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué emoción! No quiso abrir
+el misterioso pliego hasta después de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar?
+
+¿Qué era aquello? O. F. decían dos letras enroscadas como culebras en el
+lema del sobre.--De parte de doña Obdulia, había dicho el criado.
+Aquella señora, todo Vetusta lo sabía, era una mujer despreocupada, tal
+vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... ¿por qué no?...
+una cita.... Ellos, al fin, se entendían algo, no tanto como algunos
+maliciaban, pero se entendían.... Ella le miraba en la iglesia y
+suspiraba. Le había dicho una vez que sabía más que el Tostado, elogio
+que él supo apreciar en todo lo que valía, por haber leído al ilustre
+hijo de Ávila. En cierta ocasión ella había dejado caer el pañuelo, un
+pañuelo que olía como aquella carta, y él lo había recogido y al
+entregárselo se habían tocado los dedos y ella había dicho:--«Gracias,
+Saturno». Saturno, sin don.
+
+Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había
+tocado con una rodilla en una pierna. Él no había retirado la pierna ni
+ella la rodilla; él había tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella
+no lo había retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió
+vino y abrió la carta.
+
+Decía así: «Saturnillo: usted que es tan bueno ¿querrá hacerme el
+obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero
+con...». Hubo que dar vuelta a la hoja.
+
+--Impaciencia--pensó el sabio. Pero decía: «...Le espero con unos amigos
+de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona
+inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso colorado como si
+estuviera en ridículo delante de una asamblea.
+
+--No importa--se dijo--esta visita a la catedral es un pretexto.
+
+Y añadió:--¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me
+invita!
+
+Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo
+como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a
+casa de doña Obdulia.
+
+Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero el
+mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veía apenas una
+calavera de color de aceituna y el talón de un pie descarnado.
+Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el pintor era un
+vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de los especialistas en
+antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor
+eran tan notables para Bermúdez.
+
+El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy largo, de color de
+pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación,
+pero de cuatro o cinco onzas--su precio en la Habana--y por esto pensaba
+que podía usarlo todo el otoño. Se creía el señor Infanzón en el caso de
+comprender el entusiasmo artístico del sabio mejor que las señoras,
+quien por su natural ignorancia tenían alguna disculpa si no se pasmaban
+ante un cuadro que no se veía. Buscó alguna frase oportuna y por de
+pronto halló esto:
+
+--¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme!
+
+Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en
+realidad de verdad--estilo de Bermúdez--para descansar, con una reacción
+proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un
+cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó:
+
+--Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo cuadro del ilustre....
+
+--Cenceño.--Pues; del ilustrísimo Cenceño; luciría más si....
+
+--Si se pudiera ver--interrumpió la esposa del señor Infanzón.
+
+Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó
+diciendo:
+
+--Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la
+cera... el incienso....
+
+--No señor; ¡qué ahumado!--respondió el sabio, sonriendo de oreja a
+oreja--. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el
+encanto de los cuadros antiguos.
+
+--¡La pátina!--exclamó el del pueblo convencido--. Sí, es lo más
+probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para
+saber qué era pátina.
+
+En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno;
+reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al
+saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los
+de Palomares que le fueron presentados por el sabio.
+
+--El señor don Fermín de Pas, Magistral y provisor de la diócesis....
+
+--¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!--exclamó Infanzón que hacía mucho admiraba de
+lejos al señor Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de
+besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra
+vez, y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El
+Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las
+bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. Pronto
+las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba
+don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de
+que había infestado la sacristía desde el momento de entrar. Era el olor
+del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio
+soñaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le sabía a
+gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar así los olores místicos y
+los eróticos, mediante una armonía o componenda, que creía él debía de
+ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habían
+sabido resistir toda clase de tentaciones.
+
+Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de
+cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no
+había entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien
+era hija de confesión, por más que él había procurado varias veces
+entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella
+mujer le crispaba los nervios a don Fermín; era un escándalo andando. No
+había más que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras
+desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de terciopelo
+carmesí, debajo de la cual salían abundantes, como cascada de oro, rizos
+y más rizos de un rubio sucio, metálico, artificial. ¡Ocho días antes el
+Magistral había visto aquella cabeza a través de las celosías del
+confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de
+particular mientras la dama no se movía; era negra, de raso. Pero lo
+peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponía el grito en el
+cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón (no podía ser
+menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la
+naturaleza de los atributos de su sexo. ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo
+parecía que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras
+irritaba al Magistral, que no quería aquellos escándalos en la iglesia.
+Aquella señora entendía la devoción de un modo que podría pasar en otras
+partes, en un gran centro, en Madrid, en París, en Roma; pero en Vetusta
+no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como podía referírselas
+en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el
+Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; proponía rifas católicas,
+_organizaba_ bailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada,
+para las personas decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la
+mano siempre que podía, pero no podía siempre. Su autoridad, que era
+absoluta casi, no conseguía sujetar aquel azogue que se le marchaba por
+las junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. ¡Y
+ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel
+prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel
+de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más
+negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas;
+los adoradores de la viuda lo sabían y le envidiaban. Pero él maldecía
+de aquel bloqueo.
+
+--«Necia, ¿si creerá que a mí se me conquista como a don Saturno?».
+
+A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés con la
+viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y enemigos. Era
+menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para
+que don Fermín no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad
+era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermúdez, pero sacaban
+de ella muy diferente partido.
+
+Mientras se hablaba de lo mucho bueno que había en la catedral y el
+lugareño se pasmaba y su señora repetía aquellas admiraciones, Obdulia
+se miraba como podía, en las altas cornucopias.
+
+El Magistral se despidió. No podía acompañar a aquellas señoras, lo
+sentía mucho... pero le esperaba la obligación... el coro. Todos se
+inclinaron.
+
+--Lo primero es lo primero--dijo el de Palomares, aludiendo a la
+Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la Divinidad o
+ante el Provisor.)
+
+Afortunadamente, según don Fermín, nada les serviría su inutilidad,
+mientras que Bermúdez era una crónica viva de las antigüedades
+vetustenses.
+
+Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar el suelo;
+después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda,
+como diciéndole:
+
+--Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según la opinión
+del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir
+con los ojos; pero ella no debió de entenderlo, porque se despidió del
+Magistral dejándole el alma, por conducto de las pupilas, entre los
+pliegues amplios y rítmicos del manteo. De este se despojó don Fermín,
+después de acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado
+roquete, la señoril muceta y la capa de coro.
+
+--¡Qué guapo está!--dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños
+admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino.
+
+Dieron vuelta a toda la sacristía. Cerca de la puerta había algunos
+cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. A
+la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas de Cenceño, sin
+duda porque se veían mejor. Pero su prudente esposo, considerando que
+Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y
+flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por
+allí se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros había una
+copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro
+de Murillo _San Juan de Dios_, del Hospital de incurables de Sevilla. A
+la señora de pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde
+que se ve una vez no se olvida.
+
+--¡Oh, qué hermoso!--exclamó sin poder contenerse.
+
+Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo:
+
+--Sí, es bonito; pero muy conocido.
+
+Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al
+pordiosero enfermo, entre las tinieblas.
+
+El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en
+voz baja la reprendió de esta suerte:
+
+--Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina?
+
+Salieron de la sacristía.--Por aquí--dijo Bermúdez señalando a la
+derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo de algunas beatas que
+interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego
+de Obdulia. La falda de raso, que no tenía nada de particular mientras
+no la movían, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba
+a andar. Ajustábase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecía
+apretado calzón ciñendo esculturales formas, que así mostradas, no
+convenían a la santidad del lugar.
+
+--Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes--murmuró muy quedo el
+arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de su _Vetusta Goda_ y
+de su _Vetusta Cristiana_. Y en honor de la verdad se ha de decir que un
+rey se le iba y otro se le venía; esto es, que los mezclaba y confundía,
+siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el
+sabio no podía menos de admirar aquella atrevidísima invención, nueva en
+Vetusta, mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y
+significativas curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran
+pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del lugar
+sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar
+sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como
+si a una hoguera la echasen petróleo....
+
+Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, fría, de tosca
+fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo
+irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba Obdulia
+debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la seda frotando
+las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos de nieve y espuma
+que tal se le antojaban a don Saturno, quien los había visto otras
+veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de siglos a los reyes
+allí sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo dijo respecto del
+descanso eterno de tan respetables señores:
+
+--Aquí descansan desde la octava centuria los señores reyes don..., y
+pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las
+vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares,
+decía _ue_ en vez de _oi_ y otros adefesios.
+
+Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y
+elocuencia de don Saturnino.
+
+Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, había un sepulcro de
+piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones ilegibles.
+Entre el sepulcro y el muro había estrecho pasadizo, de un pie de ancho
+y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte
+interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los
+lugareños. Bermúdez, y en pos de él Obdulia, se perdieron de vista en el
+pasadizo sumido en tinieblas. Después de la enumeración de don Saturno,
+hubo un silencio solemne. El sabio había tosido, iba a hablar.
+
+--Encienda usted un fósforo, señor Infanzón--dijo Obdulia.
+
+--No tengo... aquí. Pero se puede pedir una vela.
+
+--No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de memoria... y
+además, no se pueden leer.
+
+--¿Están en latín?--se atrevió a decir la Infanzón.
+
+--No señora, están borradas.
+
+No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de hora.
+Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos 1.º, 2.º, 3.º
+y 4.º de una de sus _Vetustas_ y ya iba a terminar con el epílogo que
+copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo:
+
+--¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones? Yo creo sentir....
+
+Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las
+tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía el hombro;
+y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de
+esta suerte:
+
+--Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque
+de ricas preseas, envidiables privilegios y pías fundaciones a esta
+Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica
+para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depósito creció
+tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonía,
+digámoslo así, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga,
+Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas _et sic de
+coeteris_.
+
+--¡Amén!--exclamó la lugareña sin poder contenerse; mientras Obdulia
+felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra.
+
+
+
+
+--II--
+
+
+El coro había terminado: los venerables canónigos dejaban cumplido por
+aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo. Uno tras
+otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo
+funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del
+mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de
+cada día. El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el
+roce continuo de los cánticos canónicos, como la mayor parte de los
+roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo.
+Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas
+corporaciones: algunos señores prebendados no se hablaban; otros no se
+saludaban siquiera. Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta
+de armonía: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto
+reinaba la mayor y más jovial concordia. Había apretones de mano,
+golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos
+al oído. Algunos, taciturnos, se despedían pronto y abandonaban el
+templo; no faltaba quien saliera sin despedirse.
+
+Cuando entraba el Magistral, el ilustrísimo señor don Cayetano
+Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano en el mármol de la
+mesa, porque los codos no llegaban a tamaña altura, y exclamaba después
+de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro:
+
+ --Hame dado en la nariz olor de...
+
+La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, cortando la
+cita, añadió:
+
+--¿Parece que hemos tenido faldas por aquí, señor De Pas?
+
+Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco
+verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita.
+
+Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho,
+alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino
+al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a
+punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque,
+según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y
+despeluznado. Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más,
+visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de
+los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio,
+y como lo echaba hacia el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un
+telescopio; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en
+nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos
+inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo
+estudiante, solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era
+de asunto teológico o canónico, extendía la mano derecha y formaba un
+anteojo con el dedo pulgar y el índice. Como el interlocutor solía ser
+más alto, para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un
+ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque
+era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de
+arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha
+del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por
+estos vulgares títulos, ni por la cruz que le hacía ilustrísimo, sino
+por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático. Sus dioses
+eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a
+Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio. Había venido a Vetusta de
+beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis había asistido al coro
+de aquella iglesia y podía tenerse por tan vetustense como el primero.
+Muchos no sabían que era de otra provincia. Además de la poesía tenía
+dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la última había
+renunciado; no a la primera, que seguía adorando con el mismo pudibundo
+y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo vetustense, aun
+contando a los librepensadores que en cierto restaurant comían de carne
+el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad
+casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tenía
+que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto
+poético, como él decía, pues se preciaba de hablar como los poetas de
+mejores siglos y al asunto solía llamarlo sujeto. Sentía desde su
+juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar
+su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención,
+cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo
+épocas de negra intransigencia en que se persiguió la manía de Ripamilán
+como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de quemar un libro
+de versos que publicó el Arcipreste a costa del marqués de Corujedo,
+gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso
+excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje que se encontrará más
+adelante.
+
+Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era
+entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas,
+bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero
+¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién se acordaba ya de
+Meléndez Valdés, ni de las _Églogas y Canciones por un Pastor de
+Bílbilis_, o sea don Cayetano Ripamilán? El romanticismo y el
+liberalismo habían hecho estragos. Y había pasado el romanticismo, pero
+el género pastoril no había vuelto, ni los epigramas causaban efecto por
+maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigos
+_laudatores temporis acti_, como decía él; no alababa el tiempo pasado
+por sistema, pero en punto a poesía era preciso confesar que la
+revolución no había traído nada bueno.
+
+--Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada--solía él
+decir a los jóvenes de Vetusta, que le querían mucho--. Ustedes, por
+ejemplo, no saben bailar. Díganme, si no, ¿de dónde se sacan que puede
+ser buena crianza el coger a una señorita por la cintura y apretarla
+contra el pecho?
+
+Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que él, años atrás,
+había visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso.
+
+--En mi tiempo bailábamos de otra manera.
+
+El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había bailado más que
+con alguna silla. Eso sí; allá, cuando seminarista, había sido gran
+tañedor de flauta y bailarín sin pareja. De todas maneras, figurándose
+con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los
+rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en _petit
+comité_--según decía--terciar el manteo, colocar la teja debajo del
+brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y
+conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.
+
+Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en
+sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba
+en los tiempos de prosa a que habíamos llegado.
+
+Esto de los bailes solía acontecer en las tertulias a donde el setentón
+acudía sin falta, porque desde que los médicos le habían prohibido
+escribir y hasta leer de noche, no podía pasar sin la sociedad más
+animada y galante. El tresillo le aburría y los conciliábulos de
+canónigos y obispos de levita, como él decía siempre, le ponían triste.
+«No era liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraía y
+prefería su trato al de los más sesudos vetustenses. Los poetillas y
+gacetilleros de la _localidad_ tenían en él un censor socarrón y
+malicioso, aunque siempre cortés y afable. Encontrábase en la calle, por
+ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el
+eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba
+con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y
+decíale:
+
+--He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo de
+_versate manu_. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo!
+¿Dónde hay sencillez como aquella:
+
+ Yo he visto un pajarillo
+ posarse en un tomillo?
+
+Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con
+lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayoría del cabildo
+absolvía de esa falta de formalidad al Arcipreste a condición de que se
+le tuviera por chocho.
+
+--Y aun así y todo--decía un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y
+en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia--aun así y todo
+no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta
+la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones
+impropias de una dignidad.
+
+A este mismo señor canónigo que embozadamente le había reprendido
+algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solía taparle la boca el
+Arcipreste diciendo:
+
+--Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridísimo poeta Marcial dejó
+escrito para casos tales, es a saber:
+
+ _Lasciva est nobis pagina, vita proba est._
+
+Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en
+la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte. Y no era
+de estos días el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino
+que toda la vida había sido un boquirroto en tal materia, pero nada más
+que un boquirroto. Y esta era la traducción libre del verso de Marcial.
+
+El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la
+catedral había despertado sus instintos anafrodíticos, su pasión
+desinteresada por la mujer, diríase mejor, por la señora. Aquel olor a
+Obdulia, que ya nadie notaba, sentíalo aún don Cayetano.
+
+El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se
+marchaba. Algo tenía que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que
+solían quedarse al tertulín, como llamaban a la sabrosa plática de la
+sacristía después del coro. Si hacía bueno, los del tertulín
+acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espolón. Si
+llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el _Palomo_ hacía
+un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a
+su casa. No se crea por esto que eran íntimos amigos los aficionados a
+platicar después del coro. Acontecía allí lo que es ley general de los
+corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no
+tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida
+hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban
+cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debía de estar en su casa
+el temerario, alguno de los que quedaban, decía de repente:
+
+--Como ese otro.... Y todos sabían que aquel gesto de señalar a la puerta
+y tales palabras significaban:
+
+--¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a _ese otro_.
+
+El Arcipreste no era de los que menos murmuraban.
+
+Él le había puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al
+señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba
+Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro
+derecho don Restituto--por lo demás buen mozo, casi tan alto como el
+pariente del ministro--, y como este defecto incurable era un obstáculo
+a las pretensiones de gallardía que siempre había alimentado, discurrió
+hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad
+de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de
+disimularlo subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más hacia la
+derecha, inclinándose como un sauce llorón. Resultaba de aquella extraña
+postura que parecía Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantándose
+a los rumores, avanzada de sí mismo para saber noticias, cazar
+intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras.
+Encontraba el Arcediano, sin haber leído a Darwin, cierta misteriosa y
+acaso cabalística relación entre aquella manera de _F_ que figuraba su
+cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y
+hasta el maquiavelismo canónico que era lo que más le importaba. Creía
+que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba
+al mundo entero. Sí, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos
+caras: iba con los de la feria y volvía con los del mercado; disimulaba
+la envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que
+no incurría nunca.--Pero, decía el Arcipreste, ni su amabilidad engaña a
+todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como él
+supone.
+
+Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba los ojos
+alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera
+intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que
+fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su
+piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvía secretos. Decía
+él que abría el corazón por única vez al primero que quería oírle.
+
+--Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que olvidan que
+en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente
+en ser explícito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues
+bien, oiga usted el secreto.
+
+Y lo decía. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacristía
+muchas veces diciendo de modo que apenas se le oía:
+
+--¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure!
+
+Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro alguna rara vez,
+escondiéndose en las sombras de una platea de proscenio o sea _bolsa_,
+vio una noche el drama titulado: _Los hijos de Eduardo_, arreglado por
+Bretón de los Herreros, y en cuanto salió a escena Glocester, el Regente
+jorobado y torcido y lleno de malicias, exclamó:
+
+--¡Ahí está el Arcediano!
+
+La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo
+para toda Vetusta ilustrada. Allí estaba, oyendo con fingida
+complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía,
+presente y ausente. Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba
+girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al
+Deán y barrenaba con un dedo la frente. Quería aludir a la locura del
+poeta bucólico. El cual continuaba diciendo:
+
+--No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida que llevaba esta
+señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de
+Nauplia, a quien yo traté allí con gran intimidad. En una fonda de la
+calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien
+antes apenas saludaba aquí, a pesar de que éramos contertulios en casa
+del Marqués de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No
+cree en el sexto.
+
+Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con sonreír,
+inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo
+de los oídos. El Arcediano rio sin ganas.
+
+La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la sacristía, como
+poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes.
+
+El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho
+Marcial, salvo el latín.
+
+--Señores, a mí me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce
+en el Espolón esa señora....
+
+--Son bien escandalosos...--dijo el Deán.
+
+--Pero muy ricos--observó el pariente del ministro.
+
+--Y muchos; nunca lleva el mismo; cada día un perifollo nuevo--añadió el
+Arcediano--; yo no sé de dónde los saca, porque ella no es rica; a pesar
+de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más que una renta
+miserable y una viudedad irrisoria....
+
+--Pues a eso voy--interrumpió triunfante don Cayetano--. Me ha dicho el
+chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico en San Carlos, que estos
+últimos años Obdulita servía en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la
+célebre querida del célebre....
+
+--Sí ¿qué?--Que le servía de trotaconventos, digámoslo así. Es decir,
+no tanto: pero vamos, que la acompañaba y... claro, la otra,
+agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja
+nuevos y tiene tantos y tan ricos....
+
+El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, al Arcipreste, se
+interesaba de veras con la crónica. Ripamilán saboreaba la plática
+lasciva sólo por lo que tenía de gracejo. Los demás empezaron a
+estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba
+los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia;
+parecía buscar su testimonio.
+
+El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con don Cayetano.
+Sufría sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos
+inocentes alardes de erotismo retórico porque conocía sus costumbres
+intachables y su corazón de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamilán el
+más decidido y entusiástico partidario de don Fermín en las luchas del
+cabildo. Otros le seguían por interés, muchos por miedo; don Cayetano,
+incapaz de temer a nadie, le servía y le amaba porque, según él, era el
+único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito,
+Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un sabio,
+un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valía más que
+todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los
+supuestos cohechos del Provisor, de su tiranía, de su comercio sórdido,
+se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simonía
+más probables. Si le traían a cuento el capítulo de las aventuras
+amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que
+hiciera prueba, el Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que
+aquello era posible, pero importaba menos.
+
+--La verdad es que don Fermín es muy buen mozo, y, si las beatas se
+enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un
+Crisóstomo en el púlpito, él no tiene la culpa ni la cosa es contraria a
+las sabias leyes naturales.
+
+El Magistral sabía todo lo que Ripamilán pensaba de él y le consideraba
+el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. Tenía que hacerle
+ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrían ser
+peligrosas. Glocester había olido algo.
+
+--«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo sufría aquella jaqueca? No,
+pues él tampoco dejaba el puesto». Era el de Mourelo el más cordial
+enemigo que tenía el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo
+más refinado del Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas
+relaciones con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle el
+terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón.
+Vastísimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas,
+emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas infernales.
+Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le había dado
+aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del
+Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy
+principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, Regente en varias
+Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el
+pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas
+incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podía vivir
+holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió
+llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo
+conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora y aquí fue ella.
+La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre
+familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la _advenediza_ tuvo que
+perdonar y contentarse con ser: la _otra_ Regenta. Además, el conflicto
+duraría poco; ya empezaba a usarse el nombre de «Presidente» y pronto
+habría nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de
+Ozores. La cual siempre había sido hija de confesión de don Cayetano,
+pero este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a algunas
+pocas personas, señoras casi todas, de alta categoría, escogidísimos
+amigos y amigas, al cabo se había cansado también de esta leve carga,
+pesada para sus años; y resuelto a retirarse por completo del
+confesonario, había suplicado a sus hijas de confesión que le librasen
+de este trabajo y hasta señalado sucesor en tan grave e interesante
+ministerio; sucesor diferente según las personas. Esta especie de
+herencia, o mejor, sucesión _inter vivos_, era muy codiciada en el
+cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la
+reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habían producido
+los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y
+congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada,
+porque tenía la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda había
+cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral
+que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por
+costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por
+seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas
+continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo
+se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas.
+
+Don Custodio, joven ardentísimo en sus deseos, creía demasiado en los
+milagros de fortuna que hace la confesión auricular y atribuía a ellos
+sin razón los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesión del
+Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente. Había
+averiguado que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno de los
+más ricos americanos de _La Colonia_ había pasado, tiempo atrás, del
+confesonario de Ripamilán al de don Fermín. Esto era ya una gollería.
+Pero ¡oh escándalo! ahora (don Custodio lo había averiguado escuchando
+detrás de una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al
+Magistral la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin
+duda la digna y virtuosa y hermosísima esposa de don Víctor Quintanar.
+¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de la envidia manar de sus
+labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se
+había dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del _otro_,
+había visto, mirando de soslayo, dos señoras; _nuevas_ sin duda, pues no
+sabían que aquella tarde no _se sentaba_ don Fermín. Había vuelto a
+pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las
+sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en
+persona.
+
+Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta
+sucesión particular; creía pertenecerle por razón de su dignidad el
+honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con el Obispo no había que contar;
+el Deán era un viejo que no hacía más que comer y temblar; en una
+procesión de desagravios cuatro borrachos le habían dado un susto, del
+que sólo se repuso su estómago; digería muy bien, pero no discurría; no
+pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al
+coro; tampoco había que contar con él. El Arcipreste renunciaba a la
+Regenta, ¿pues qué dignidad seguía? la suya; la jerarquía indicaba al
+Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que
+clamaba al cielo, y no podía clamar al Obispo, porque este era esclavo
+de don Fermín». Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no
+tenía el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan buen
+bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba
+a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos.
+Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído del
+confidente:
+
+--¿Será libre elección de esa señora?--Y separándose un poco, para ver
+el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de
+picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados
+delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de
+los labios.
+
+--Puede ser--contestó don Custodio, subrayando las palabras, para darse
+por enterado de la intención del otro.
+
+Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que
+era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia
+Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podía tener el
+Magistral para oír a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al
+pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble.
+
+Se juraba a sí mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto
+sin saber a qué atenerse.
+
+El Magistral había resuelto no entrar aquel día en la capilla que
+llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción,
+motivo para dar que decir. ¿Estarían allí todavía aquellas señoras? Al
+bajar de la torre y pasar por el trascoro las había visto, las había
+conocido, eran la Regenta y Visitación; estaba seguro. ¿Cómo habían
+venido sin avisar? Don Cayetano debía de saberlo. Cuando una señora de
+las principales, como era la Regenta, quería hacerse hija de confesión
+del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedía hora. Las
+personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a tanto, y
+las pocas de esta clase que confesaban con él acudían en montón a la
+capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; allí esperaban el
+turno de las penitentes anónimas. Estas humildes devotas ya sabían
+cuáles eran los días de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por
+eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos señoras.
+Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo
+los días _fastos_ y _nefastos_, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y
+cuándo no. La Regenta venía por primera vez, «¿por qué no le había
+avisado? El suceso era bastante solemne y había de sonar lo suficiente
+para merecer preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que
+aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar
+cuándo vendría a favorecerle con su visita?... ¿Era humildad? ¿Era que
+con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de
+Vetusta, quería confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una
+de tantas?». Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecía
+un rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de Obdulias y
+Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacía ser
+irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en general
+con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones;
+adquirían pronto una familiaridad importuna que daba ocasión a las
+calumnias de los necios y de los mal intencionados».
+
+«No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de
+ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, que tal vez se gana
+en el confesonario, para que le halagasen todavía revelaciones
+imprudentes, que sólo servían para inundarle el alma de hastío. Esperaba
+algo nuevo, algo más delicado, algo selecto». Sabía, por rumores, que el
+Arcipreste había aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del
+Magistral, puesto que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano
+nada le había dicho. Además, como en materia de confesión los buenos
+clérigos son muy reservados, Ripamilán, que sabía tratar en serio los
+asuntos serios, nunca había hablado al Magistral de lo que podía ser la
+Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De
+Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de
+Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo;
+y Glocester no se movía. Se habían ido despidiendo todos los señores
+canónigos; quedaban los tres y el _Palomo_, que abría y cerraba cajones
+con estrépito y murmuraba; maldiciones sin duda.
+
+Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba decirle
+el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente que él también
+quería hablar al Provisor, y como en casos tales no se mordía la lengua,
+cortó la conversación diciendo:
+
+--¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una palabra, con permiso del señor
+Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo...
+son intereses espirituales.
+
+Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido tronco, haciéndose
+un arco de puente, y salió de la sacristía diciendo para su alzacuello
+morado y blanco:
+
+--«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!».
+
+El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del
+Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros
+expedientes por el estilo.
+
+--«Si todos fueran como yo, Glocester no sabría qué hacer de su
+habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen
+gallinas!».
+
+Glocester salía siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo
+Norte del crucero; por allí llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso
+salir por la puerta de la torre, porque así pasaba junto a la capilla
+del Magistral. Miró; no había nadie. Entonces se detuvo, volvió a mirar
+con ahínco, dio un paso dentro de la capilla; no había nadie; estaba
+seguro. «¡Luego aquellas señoras se habían ido sin confesión; luego el
+Magistral se permitía el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!».
+El Arcediano vio un mundo de intrigas que podían fundarse en este
+descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una pila grande de mármol
+negro, y mientras se santiguaba, inclinándose frente al altar del
+trascoro, decía para sí:
+
+--Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará caro. Lo
+explotaré.
+
+Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que se le
+antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos
+secretos y escaleras subterráneas.
+
+El Arcipreste había abierto la boca al oír a De Pas que la Regenta
+estaba en la catedral, según le habían dicho, y que él no había corrido
+a saludarla y a confesarla, si a eso venía, como era de suponer.
+
+--¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?--gritaba don Cayetano, asustado
+de veras.
+
+--A ver, Rodríguez (el _Palomo_) corre a la capilla del señor Magistral,
+y si está allí una señora....
+
+Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito que se metió
+en la conversación diciendo:
+
+--No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora Regenta. Se han
+ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el señor
+Magistral; y doña Visita que ya quería irse antes, cogió del brazo a
+doña Ana y se la llevó.
+
+--¿Y qué decían?--preguntó don Cayetano.
+
+--Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora
+Regenta había querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron
+a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón.
+
+--¡Al Espolón!--gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del
+Magistral y con la otra la teja--. ¡Al Espolón!
+
+--¡Pero don Cayetano!--Es cuestión de honra para mí; de ese desaire
+tengo yo culpa en cierto modo.
+
+--Pero si no fue desaire--repetía el Provisor dejándose llevar, y con el
+rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo
+inundaba.
+
+--Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una
+explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino
+hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente,
+como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad
+como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo.
+
+--Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía....
+
+Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la
+catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de este lado era
+la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después que las
+otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en el centro;
+las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y
+otros cosméticos del género decadente a que pertenecía.
+
+El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas
+no paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, olfateando, y
+tendió el cuello en actitud de escuchar.
+
+--¡Así Dios me valga, son ellos!--dijo pasmado.
+
+--¿Quién?--Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de
+ese grillo destemplado.
+
+Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del
+templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El Magistral le siguió,
+para ocultar su deseo de llegar al Espolón cuanto antes.
+
+Eran _ellos_, en efecto.
+
+En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la
+levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas las
+orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección de
+la bóveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignación la comunicaba
+de grado o por fuerza a los Infanzones.
+
+--Señores--exclamaba--ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el
+feo lunar, el borrón diré mejor, de esta joya gótica. Han visto ustedes
+el panteón, de severa arquitectura románica, sublime en su desnudez; han
+visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda,
+de un gótico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta llamada
+Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las
+primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del
+relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero
+sublime artífice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y
+gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo decir,
+del cincel de un Grijalte; y _reasumiendo_, en toda la Santa Basílica
+han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo,
+puro, sencillo, delicado... _Empero_ aquí, señores, forzoso es
+confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la redundancia se han
+dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la
+mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. Esta Santa
+Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia
+de la catedral de Vetusta.
+
+Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el
+pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo
+hacía en elocuencia liquefacta.
+
+Los Infanzones sudaban también. El marido tenía en la cabeza una olla de
+grillos. Había oído en hora y media un curso peripatético--¡a pie y
+andando todo el tiempo!--de arqueología y arquitectura y otro curso de
+historia pragmática. El desgraciado ya confundía a los califas de
+Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más
+de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el
+jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya
+dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al
+arco de medio punto; _reasumiendo_, como decía el sabio; sentía náuseas
+invencibles y apenas oía al arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos
+por contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido una
+irreverencia.
+
+--Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno--pensaba--¡pero
+en una catedral!
+
+El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía decir
+la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía al
+frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea.
+Pero el pobre lugareño seguía diciendo que sí a todo.
+
+«Estaba conforme, aquello era una profanación. ¡Qué pesadez la de
+aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya si eran pesados!
+Como que el Infanzón temía que se le cayeran encima; porque se meneaban,
+sin duda. Pero ¡buen Dios! añadía para sus adentros; si el género
+plateresco es cargante y pesadísimo ¿dónde habrá cosa más plateresca que
+este señor don Saturnino?».
+
+Se le pasó por la imaginación si estaría burlándose de ellos porque eran
+de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no debía de mentir;
+hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la emigración
+de la piña pérsica a las columnas árabes; sólo que todo aquello ¡qué le
+importaba a él que era un compromisario!
+
+La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, aburrida, despeada,
+pero no aturdida. Hacía más de una hora que no oía palabra de cuanto
+hablaba aquel charlatán, sin vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera
+porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de
+educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba
+escandalizada, furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el
+bobalicón de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. Él
+pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía el distraído. ¿Y
+la doña Obdulita? No, y que parecía maestra en aquel teje maneje. No
+habían desperdiciado ni una sola ocasión. ¡Claro! y así les habían
+traído y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto
+estaba obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto una
+vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y siempre juntos; y
+en cuanto había algo estrecho querían pasar a la una... y pasaban ¡qué
+desenfreno! ¿Pero de dónde le venía a su marido la amistad de aquella
+señorona?». Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra;
+y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el
+Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y
+cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó su discurso. Se trataba de
+probar sus injuriosas afirmaciones.
+
+--Véase si no--continuaba--lo que salta a los ojos, a los del alma
+quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el dignísimo Obispo,
+salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo Obispo don García Madrejón
+que consintió este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia
+de lo barroco, de la profusión manirrota y de la falsedad. Cartelas,
+medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones
+rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por
+las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre
+del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e
+inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia!
+
+--Pues oiga usted--se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su
+esposo--; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a mí muy
+bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... ¡blasfemando
+así de Dios y sus santos!
+
+Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y escogía, con
+un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado.
+Además le gustaba de veras la capilla y no quería más contemplaciones.
+
+El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca.
+
+«Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no lo consiguió en cuanto
+quiso. Obdulia soltó al aire una carcajada, que oyó don Cayetano desde
+fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella
+inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer
+la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al
+espejo. Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras.
+Sólo contestó:
+
+--Señora... yo no profano nada.... El Arte....
+
+--¡Sí profana usted!--¡Pero mujer, pero Carolina!--¡Oh! déjela usted,
+señor Infanzón; yo respeto todas las opiniones.
+
+Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar o no
+profanar, se apresuró a añadir:
+
+--Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, que yo sigo los cánones
+de la belleza clásica condenando enérgicamente el gusto barroco.... Esto
+es plateresco....
+
+--¡Churrigueresco!--exclamó el compromisario queriendo así compensar la
+protesta disparatada de su mujer.
+
+--¡Churrigueresco!--repitió--¡da náuseas!--y se vio claramente que las
+sentía.
+
+--¡Churrigueresco!--pudo decir otra vez.
+
+--¡Rococó!--concluyó Obdulia.
+
+En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera
+a besarle las botas color bronce.
+
+Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresuró a despedirse.
+De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tenía mucho frío. El
+viento caliente le sabía a cierzo.
+
+--¡Temo una pulmonía!--dijo, mientras escapaba abrochándose la levita
+por la cintura.
+
+Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde.
+
+«Amaba y creía ser amado».
+
+
+
+
+--III--
+
+
+Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El
+Arcipreste procuró que se encontraran y por su confianza con la Regenta
+facilitó la entrevista.
+
+Pocas veces habían cruzado la palabra la hermosa dama y el Provisor, y
+nunca había pasado la conversación de los lugares comunes a que obliga
+el trato social.
+
+Doña Ana Ozores no era de ninguna cofradía. Pagaba una cuota mensual en
+las Escuelas Dominicales, pero no asistía a las lecciones ni a las
+conferencias; vivía lejos del círculo en que el Provisor reinaba. Este
+visitaba poco a las personas que no podían o no querían servirle en sus
+planes de propaganda. Cuando el señor don Víctor Quintanar era Regente
+de Vetusta, el Magistral le visitaba en todas las solemnidades en que
+exigían este acto de cortesía las costumbres del pueblo; estas visitas
+las pagaba con la exactitud que usaba en estos asuntos el señor
+Quintanar, el más cumplido caballero de la ciudad, después de Bermúdez.
+Los cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qué,
+cuando se jubiló don Víctor, y por fin cesaron las visitas. Don Víctor y
+don Fermín se hablaban algunas veces en la calle, en el Espolón; se
+saludaban siempre con la mayor amabilidad. Se estimaban mutuamente. Las
+calumnias con que la maledicencia perseguía a De Pas tenían un aislador
+en don Víctor; por su conducto no se propagaban, y aun tomaba a su cargo
+deshacer su perniciosa influencia. Doña Ana jamás había hablado a solas
+con el Magistral, y después que cesaron las visitas apenas volvió a
+verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que sabía
+esto, hizo un simulacro de presentación diplomática en el tono jocoserio
+que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, habían hablado
+poco; todo casi se lo había dicho Ripamilán y lo demás Visitación, que
+acompañaba a la de Quintanar. Doña Ana volvió pronto a su casa. Se
+recogió temprano aquella noche.
+
+De la breve conversación de la tarde no recordaba más que esto: que al
+día siguiente, después del coro, el Magistral la esperaba en su capilla.
+Le había indicado, aunque por medio de indirectas, que convenía, al
+mudar de confesor, hacer confesión general.
+
+Había hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, con
+cierto tono frío, y algo distraído al parecer. No le había visto los
+ojos. No le había visto más que los párpados, cargados de carne blanca.
+Debajo de las pestañas asomaba un brillo singular.
+
+Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta.
+
+Después se sentó en una mecedora junto a su tocador, en el gabinete,
+lejos del lecho por no caer en la tentación de acostarse, y leyó un
+cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la
+penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a las hojas. Dejó
+de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que decían: _Si comió
+carne_...
+
+Mentalmente y como por máquina repetía estas tres voces, que para ella
+habían perdido todo significado; las repetía como si fueran de un idioma
+desconocido.
+
+Después, saliendo de no sabía qué pozo negro su pensamiento, atendió a
+lo que leía. Dejó el libro sobre el tocador y cruzó las manos sobre las
+rodillas. Su abundante cabellera, de un castaño no muy obscuro, caía en
+ondas sobre la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por
+delante le cubría el regazo; entre los dedos cruzados se habían enredado
+algunos cabellos. Sintió un escalofrío y se sorprendió con los dientes
+apretados hasta causarle un dolor sordo. Pasó una mano por la frente; se
+tomó el pulso, y después se puso los dedos de ambas manos delante de los
+ojos. Era aquella su manera de experimentar si se le iba o no la vista.
+Quedó tranquila. No era nada. Lo mejor sería no pensar en ello.
+
+«¡Confesión general!». Sí, esto había dado a entender aquel señor
+sacerdote. Aquel libro no servía para tanto. Mejor era acostarse. El
+examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde
+la víspera. El examen para aquella confesión general podía hacerlo
+acostada. Entró en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada.
+La separaba del tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de
+_satín_ granate. La Regenta dormía en una vulgarísima cama de matrimonio
+dorada, con pabellón blanco. Sobre la alfombra, a los pies del lecho,
+había una piel de tigre, auténtica. No había más imágenes santas que un
+crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera; inclinándose hacia el
+lecho parecía mirar a través del tul del pabellón blanco.
+
+Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias veces entrar
+allí.
+
+--«¡Qué mujer esta Anita!
+
+»Era limpia, no se podía negar, limpia como el armiño; esto al fin era
+un mérito... y una pulla para muchas damas vetustenses».
+
+Pero añadía Obdulia:--«Fuera de la limpieza y del orden, nada que
+revele a la mujer elegante. La piel de tigre, ¿tiene un _cachet_? Ps...
+qué sé yo. Me parece un capricho caro y extravagante, poco femenino al
+cabo. ¡La cama es un horror! Muy buena para la alcaldesa de Palomares.
+¡Una cama de matrimonio! ¡Y qué cama! Una grosería. ¿Y lo demás? Nada.
+Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante.
+Ni un objeto de arte. Ni un mal _bibelot_; nada de lo que piden el
+_confort_ y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el estilo es el
+hombre. Dime cómo duermes y te diré quién eres. ¿Y la devoción? Allí la
+piedad está representada por un Cristo vulgar colocado de una manera
+contraria a las _conveniencias_».
+
+--«¡Lástima--concluía Obdulia, sin sentir lástima--, que un _bijou_ tan
+precioso se guarde en tan miserable joyero!».
+
+«¡Ah! debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa.
+¡Qué sabanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo
+aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no
+sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas».
+
+Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y allá en el
+fondo del corazón, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta no había
+tigres; la viuda no podía exigir a sus amantes esta prueba de cariño.
+Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en
+tapiz miserable!
+
+Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien
+pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul
+con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don
+Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez
+podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no
+habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre,
+hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las
+manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada,
+y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de
+la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en
+una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni
+confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de
+distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del
+aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había
+creído ella que tal abandono fuese materia de confesión.
+
+Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella
+blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana
+y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que
+corría desde la cintura a las sienes.
+
+--«¡Confesión general!»--estaba pensando--. Eso es la historia de toda
+la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta
+mojar la sábana.
+
+Se acordó de que no había conocido a su madre.
+
+Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.
+
+«Ni madre ni hijos». Esta costumbre de acariciar la sábana con la
+mejilla la había conservado desde la niñez.--Una mujer seca, delgada,
+fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de
+tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada,
+después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y
+pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora,
+acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también.
+Aquella blandura de los colchones era todo lo _maternal_ con que ella
+podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía
+de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían
+pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había
+tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su
+memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo
+aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de
+acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba
+todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a
+quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a
+levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de
+blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana
+sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían
+oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la
+chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un
+perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova.--¿Qué
+habría sido de él?--. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre
+las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el
+lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente.
+En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de
+yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por
+buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de
+caricias. Era el caso que ella tenía una mamá que le daba todo lo que
+quería, que la apretaba contra su pecho y que la dormía cantando cerca
+de su oído:
+
+ Sábado, sábado, morena,
+ cayó el pajarillo en trena
+ con grillos y con cadenaaa....
+
+Y esto otro:
+
+ Estaba la pájara pinta
+ a la sombra de un verde limón....
+
+Estos cantares los oía en una plaza grande a las mujeres del pueblo que
+arrullaban a sus hijuelos....
+
+Y así se dormía ella también, figurándose que era la almohada el seno de
+su madre soñada y que realmente oía aquellas canciones que sonaban
+dentro de su cerebro. Poco a poco se había acostumbrado a esto, a no
+tener más placeres puros y tiernos que los de su imaginación.
+
+Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y
+le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel
+angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a
+obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza
+interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las
+injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.
+
+--«¡Vaya una manera de hacer examen de conciencia!»--pensó doña Ana algo
+avergonzada.
+
+Salió descalza de la alcoba, cogió el devocionario que estaba sobre el
+tocador y corrió a su lecho. Se acostó, acercó la luz y se puso a leer
+con la cabeza hundida en las almohadas. _Si comió carne_, volvieron a
+ver sus ojos cargados de sueño; pero pasó adelante. Una, dos, tres
+hojas... leía sin saber qué. Por fin, se detuvo en un renglón que decía:
+
+--«Los parajes por donde anduvo...».
+
+Aquello lo entendió. Había estado, mientras pasaba hojas y hojas,
+pensando, sin saber cómo, en don Álvaro Mesía, presidente del casino de
+Vetusta y jefe del partido liberal dinástico; pero al leer: «Los parajes
+por donde anduvo», su pensamiento volvió de repente a los tiempos
+lejanos. Cuando era niña, pero ya confesaba, siempre que el libro de
+examen decía «pase la memoria por los lugares que ha recorrido», se
+acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que
+había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca
+con aquel Germán, su amigo.... ¡Infames! La Regenta sentía rubor y
+cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro sobre la mesilla de
+noche--otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia--apagó
+la luz... y se encontró en la barca de Trébol, a medianoche, al lado de
+Germán, un niño rubio de doce años, dos más que ella. Él la abrigaba
+solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la
+barca. Ella le había rogado que se abrigara él también. Debajo del saco,
+como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablado de
+la barca, cuyas bandas obscuras les impedían ver la campiña; sólo veían
+allá arriba nubes que corrían delante de la cara de la luna.
+
+--¿Tienes frío?--preguntaba Germán.
+
+Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría,
+detrás de las nubes:
+
+--¡No!--¿Tienes miedo?--¡Ca!--Somos marido y mujer--decía él.
+
+--¡Yo soy una mamá! Y oía debajo de su cabeza un rumor dulce que la
+arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la corriente.
+
+Se habían contado muchos cuentos. Él había contado además su historia.
+Tenía papá en Colondres y mamá también.
+
+--¿Cómo era una mamá?
+
+Germán lo explicaba como podía.
+
+--¿Dan muchos besos las mamás?
+
+--Sí.--¿Y cantan?--Sí, yo tengo una hermanita que le cantan. Yo ya soy
+grande.
+
+--¡Y yo soy una mamá! Después venía la historia de ella. Vivía en
+Loreto, una aldea, algo lejos de la ría por aquel lado, pero tocando con
+el mar por allá arriba, por el arenal. Vivía con una señora que se
+llamaba aya y doña Camila. No la quería. Aquella señora aya tenía
+criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba besos a doña
+Camila, que le pegaba y decía: «Delante de ella no, que es muy
+maliciosa».
+
+Le decían que tenía un papá que la quería mucho y era el que mandaba los
+vestidos y el dinero y todo. Pero él no podía venir, porque estaba
+matando moros. La castigaban mucho, pero no la pegaban; eran encierros,
+ayunos y el castigo peor, el de acostarse temprano. Se escapaba por la
+puerta del jardín y corría llorando hacia el mar; quería meterse en un
+barco y navegar hasta la tierra de los moros y buscar a su papá. Algún
+marinero la encontraba llorando y la acariciaba. Ella le proponía el
+viaje, el marinero se reía, le decía que sí, la cogía en los brazos,
+pero el pícaro la llevaba a casa del aya y la volvían al encierro. Una
+tarde se había escapado por otro camino, pero no encontraba el mar.
+Había pasado junto a un molino; un perro le había cerrado el paso al
+atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castaño;
+Ana se había echado sobre el tronco porque se mareaba viendo el agua
+blanca que ladraba debajo como el perro enfrente de ella. El perro había
+pasado por encima de Anita; no había querido morderla. Ella entonces,
+desde la otra orilla, le llamó y le dijo:
+
+--Chito, toma, ahí tienes eso.
+
+Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca
+mojado en lágrimas.
+
+Casi siempre comía el pan de la merienda salado por las lágrimas. Cuando
+estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y del
+hombre, lloraba de rabia. Había encontrado después del molino un bosque
+y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos
+llenos de llanto, pero cantaba de miedo. Al salir del bosque había visto
+un prado de yerba muy verde y muy alta....
+
+--¿Y allí estaba yo, verdad?--gritó Germán.
+
+--Es verdad.--Y te dije si querías embarcarte en la barca de Trébol,
+que el barquero había sido mi criado, y yo era de Colondres, que está al
+otro lado de la ría.
+
+--Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso el
+diálogo; pero creía que, en rigor, de lo que se acordaba no era de las
+palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la niña había animado
+y puesto en forma de novela los sucesos de aquella noche.
+
+Después se habían dormido. Ya era de día cuando los despertó una voz que
+gritaba desde la orilla de Colondres. Era el barquero que veía su barca
+en un islote que dejaba el agua en medio de la ría al bajar la marea. El
+barquero los riñó mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel
+hombre; pero en el camino los halló un criado del aya. Andaban
+buscándola por todo el mundo. Creían que se había caído al mar. Doña
+Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya
+cogió a Anita por un brazo y se lo apretó hasta arrancarle sangre. Pero
+ella no lloró.
+
+Le preguntaron dónde había pasado la noche y no quiso contestar por
+temor de que castigaran a Germán si se sabía. La encerraron, no le
+dieron de comer aquel día, pero no declaró nada. A la mañana siguiente
+el aya hizo llamar al barquero de Trébol. Según aquel hombre, los niños
+se habían concertado para pasar juntos una noche en la barca. ¿Quién lo
+diría? Ana confesó al cabo que habían dormido juntos, pero que había
+sido sin querer. Su propósito había sido hacerse dueños de la barca una
+noche, aunque los riñeran en casa, pasar de orilla a orilla ellos solos,
+tirando por la cuerda, y después volverse él a Colondres y ella a
+Loreto. Pero el agua de la ría se había marchado, la barca tropezó en
+el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por más esfuerzos que
+habían hecho no habían conseguido moverla. Y se habían acostado y se
+habían dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha
+se hubieran ido a la tierra del moro, porque Germán sabía el camino por
+el mar; ella hubiera buscado a su papá y él hubiera matado muchos moros;
+pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron romperla y se acostaron para
+contarse cuentos de dormir.
+
+Lo mismo había referido Germán al barquero, pero no se creyó la
+historia.
+
+¡Qué escándalo! doña Camila cogió a Anita por la garganta y por poco la
+ahoga. Después dijo un refrán desvergonzado en que se insultaba a su
+madre y a ella, según comprendió mucho más tarde, porque entonces no
+entendía aquellas palabras.
+
+Doña Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardías de la
+niña.
+
+--Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias.
+
+Anita no entendía y el hombre, el señor del aya, reía a carcajadas.
+
+Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y
+sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a
+ella, pero nunca quiso dárselos.
+
+Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y le preguntó
+unas cosas que ella no sabía lo que eran. Más adelante meditando mucho,
+acabó por entender algo de aquello. Se la quiso convencer de que había
+cometido un gran pecado. La llevaron a la iglesia de la aldea y la
+hicieron confesarse. No supo contestar al cura y este declaró al aya que
+no servía la niña para el caso todavía, porque por ignorancia o por
+malicia, ocultaba sus pecadillos. Los chicos de la calle la miraban
+como el hombre que besaba a doña Camila; la cogían por un brazo y
+querían llevársela no sabía a dónde. No volvió a salir sin el aya. A
+Germán no había vuelto a verle.
+
+--He escrito a tu papá diciéndole lo que tú eres. En cuanto cumplas los
+once años, irás a un colegio de Recoletas.
+
+Esta amenaza de doña Camila no pasó de amenaza, pero Ana no sentía salir
+de Loreto, ir donde quiera.
+
+Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien
+de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los
+pecados que la atribuían a ella....
+
+Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se
+sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha
+pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas
+bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha
+quedó arrugada a los pies.
+
+Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron,
+a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos.
+
+--«¡Qué vida tan estúpida!»--pensó Ana, pasando a reflexiones de otro
+género.
+
+Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto
+de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que se había
+impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como poética
+misión que explicaba el por qué de la vida. Entonces pensaba:
+
+--«La monotonía, la insulsez de esta existencia es aparente; mis días
+están ocupados por grandes cosas; este sacrificio, esta lucha es más
+grande que cualquier aventura del mundo».
+
+En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión sojuzgada;
+protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia y decía:--¡Qué
+vida tan estúpida!
+
+Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se
+irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no
+compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber
+voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro
+Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, ni
+más ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los
+balcones de Rosina:
+
+_Ecco ridente il ciel..._ La respiración de la Regenta era fuerte,
+frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de
+fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su
+cuerpo ceñido por la manta de colores.
+
+Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la
+aspereza de espíritu que la mortificaba.
+
+--¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, cantándole....
+
+Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don
+Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey
+Amadeo.
+
+Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella
+imperiosos, imponentes.
+
+Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la
+mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo....
+
+_Ya no era mala_, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su
+sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una
+corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don Álvaro
+también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía
+más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban
+destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y
+oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy
+espesas... y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y
+familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno.
+Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana Ozores
+depositó un casto beso en la frente del caballero.
+
+Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al
+cuadro disolvente.
+
+Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el
+anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las manos; no veía
+bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le
+estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí,
+estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de
+la campanilla, llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió a
+empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos precipitados. Al mismo tiempo que
+por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi
+desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente,
+el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la
+mano.
+
+--¿Qué tienes, hija mía?--gritó don Víctor acercándose al lecho. «Era
+el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato
+nervioso de costumbre; pero los síntomas los de siempre; no veía, le
+estallaban chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le
+enfriaban las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió
+a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se necesitaba, tila y
+azahar.
+
+Don Víctor se tranquilizó. «Estaba acostumbrado al ataque de su querida
+esposa; padecía la infeliz, pero no era nada».
+
+--No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor.
+
+--Sí, tienes razón; acércate, háblame, siéntate aquí.
+
+Don Víctor se sentó sobre la cama y _depositó_ un beso paternal en la
+frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y
+derramó algunas lágrimas. Notadas que fueron las cuales por don Víctor
+exclamó este:
+
+--¿Ves? ya lloras; buena señal. La tormenta de nervios se deshace en
+agua; está conjurado el ataque, verás como no sigue.
+
+En efecto, Ana comenzó a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifestó una
+ternura que él le agradeció en lo que valía. Volvió Petra con la tila.
+
+Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su
+traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de
+lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al
+cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran
+encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que
+sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes
+debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia
+azafranada....
+
+Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse. Respiró con fuerza;
+sintió un bienestar que le llenó el alma de optimismo.
+
+«¡Qué solícita era Petra! y su Víctor ¡qué bueno!».
+
+«Y había sido hermoso, no cabía duda. Verdad era que sus cincuenta y
+tantos años parecían sesenta; pero sesenta años de una robustez
+envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas grises le
+daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de general.
+No parecía un Regente de Audiencia jubilado, sino un ilustre caudillo en
+situación de cuartel».
+
+Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos
+brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala
+contigua esperando órdenes.
+
+Ana se empeñó en que Quintanar--casi siempre le llamaba así--bebiese
+aquella poca tila que quedaba en la taza.
+
+¡Pero si don Víctor no creía en los nervios! ¡Si estaba sereno! Muerto
+de sueño, pero tranquilo.
+
+«No importaba. Era un capricho. No lo conocía él, pero se había
+asustado».
+
+--Que no, hija mía; que te juro....
+
+--Que sí, que sí... Don Víctor tomó tila y acto continuo bostezó
+enérgicamente.
+
+--¿Tienes frío?--¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de
+amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque--la huerta de
+los Ozores--. Entonces sí que haría frío, sobre todo, cuando llegaran al
+Montico, él y su querido Frígilis, su Pílades cinegético, como le
+llamaba.
+
+Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita
+no dejó a Víctor tan pronto como él quisiera. Estaba muy habladora su
+querida mujercita. Le recordó mil episodios de la vida conyugal siempre
+tranquila y armoniosa.
+
+--¿No quisieras tener un hijo, Víctor?--preguntó la esposa apoyando la
+cabeza en el pecho del marido.
+
+--¡Con mil amores!--contestó el ex-regente buscando en su corazón la
+fibra del amor paternal. No la encontró; y para figurarse algo parecido
+pensó en su reclamo de perdiz, escogidísimo regalo de Frígilis.
+
+--«Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos horas y media de
+descanso, me dejaría volver a la cama».
+
+Pero la pobrecita lo ignoraba todo, debía ignorarlo. Más de media hora
+tardó la Regenta en cansarse de aquella locuacidad nerviosa. ¡Qué de
+proyectos! ¡qué de horizontes de color de rosa! Y siempre, siempre
+juntos Víctor y ella.
+
+--¿Verdad?--Sí, hijita mía, sí; pero debes descansar; te exaltas
+hablando....
+
+--Tienes razón; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir.
+
+Él se inclinó para besarle la frente, pero ella echándole los brazos al
+cuello y hacia atrás la cabeza, recibió en los labios el beso. Don
+Víctor se puso un poco encarnado; sintió hervir la sangre. Pero no se
+atrevió. Además, antes de tres horas debía estar camino del Montico con
+la escopeta al hombro. Si se quedaba con su mujer, adiós cacería.... Y
+Frígilis era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar
+o llegar tarde a un madrugón por el estilo.
+
+--«Sálvense los principios»--pensó el cazador.
+
+--¡Buenas noches, tórtola mía!
+
+Y se acordó de las que tenía en la pajarera.
+
+Y después de _depositar_ otro beso, por propia iniciativa, en la frente
+de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano; con la
+izquierda levantó el cortinaje granate; volviose, saludó a su esposa con
+una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas
+zapatillas, se restituyó a su habitación que estaba al otro extremo del
+caserón de los Ozores.
+
+Atravesó un gran salón que se llamaba el estrado; anduvo por pasillos
+anchos y largos, llegó a una galería de cristales y allí vaciló un
+momento. Volvió pies atrás, desanduvo todos los pasillos y discretamente
+llamó a una puerta.
+
+Petra se presentó en el mismo desorden de antes.
+
+--¿Qué hay? ¿se ha puesto peor?
+
+--No es eso, muchacha--contestó don Víctor.
+
+«¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba que estaba casi
+desnuda?».
+
+--Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal de don
+Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que tú me llames
+si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Tomás....
+
+--Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto ladre don Tomás iré a
+llamarle. ¿No hay más?--añadió la rubia azafranada, con ojos
+provocativos.
+
+--Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la ligera y hace mucho frío.
+
+Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y volvió la
+espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo
+apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella
+chica.
+
+Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió de nuevo
+su majestuosa marcha por los pasillos.
+
+Pero antes de entrar en su cuarto se dijo:
+
+--«Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente».
+
+En un extremo de la galería de cristales había una puerta; la empujó
+suavemente y entró en la casa-habitación de sus pájaros que dormían el
+sueño de los justos.
+
+Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la
+palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera. No había novedad.
+Su visita inoportuna no fue notada más que por dos o tres canarios, que
+movieron las alas estremeciéndose y ocultaron la cabeza entre la pluma.
+Siguió adelante. Las tórtolas también dormían; allí hubo ciertos
+murmullos de desaprobación, y don Víctor se alejó por no ser indiscreto.
+Se acercó a la jaula «del tordo más filarmónico de la provincia, sin
+vanidad». El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, _con los hombros
+encogidos_; pero no dormía. Sus ojos se fijaron de un modo impertinente
+en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la noche se hubiera estado
+el animalejo mira que te mirarás, con aire de desafío, sin bajar la
+mirada; «le conocía bien; era muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a
+Ripamilán!». Siguió adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje
+africana se daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su
+jaula chata y la dejó tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz quedó
+extasiado. Si algún pensamiento impuro manchara acaso su conciencia poco
+antes, la contemplación del reclamo, aquella obra maestra de la
+naturaleza, le devolvió toda la elevación de miras y grandeza de
+espíritu que convenía al primer ornitólogo y al cazador sin rival de
+Vetusta.
+
+Equilibrado el ánimo, volvió don Víctor al amor de las sábanas.
+
+En aquella estancia dormían años atrás, en la cama dorada de Anita, él y
+ella, amantes esposos. Pero... habían coincidido en una idea.
+
+A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador; a él le molestaba
+ella porque le hacía sacrificarse y madrugar menos de lo que debía, por
+no despertarla. Además, los pájaros estaban en una especie de destierro,
+muy lejos del amo. Traerlos cerca estando allí Anita sería una crueldad;
+no la dejarían dormir la mañana. Pero él ¡con qué deleite hubiera
+saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las
+tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofónico,
+dulce al cazador, de la perdiz huraña!
+
+No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió a manifestar
+el deseo de una separación en cuanto al tálamo--_quo ad thorum_--. Fue
+acogida con mal disimulado júbilo la proposición tímida, y el matrimonio
+mejor avenido del mundo dividió el lecho. Ella se fue al otro extremo
+del caserón, que era caliente porque estaba al Mediodía, y él se quedó
+en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la mañana, sin que nadie
+interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la aurora y
+recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices,
+tordos, perdices, tórtolas y canarios. Si algo faltaba antes para la
+completa armonía de aquella pareja, ya estaba colmada su felicidad
+doméstica, por lo que toca a la concordia.
+
+Y a este propósito solía decir don Víctor, recordando su magistratura:
+
+--«La libertad de cada cual se extiende hasta el límite en que empieza
+la libertad de los demás; por tener esto en cuenta, he sido siempre
+feliz en mi matrimonio».
+
+Quiso dormir el poco tiempo de que disponía para ello, pero no pudo. En
+cuanto se quedaba trasvolado, soñaba que oía los tres ladridos de
+Frígilis.
+
+¡Cosa extraña! Otras veces no le sucedía esto, dormía a pierna suelta y
+despertaba en el momento oportuno.
+
+¡Habría sido la tila! Volvió a encender luz. Cogió el único libro que
+tenía sobre la mesa de noche. Era un tomo de mucho bulto. «Calderón de
+la Barca» decían unas letras doradas en el lomo. Leyó.
+
+Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba
+especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las
+costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y
+mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques del
+puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones
+tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo era, le
+llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y
+sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había
+discurrido como nadie y sin quitar a «El castigo sin venganza» y otros
+portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como
+«El médico de su honra».
+
+--Si mi mujer--decía a Frígilis--fuese capaz de caer en liviandad digna
+de castigo....
+
+--Lo cual es absurdo aun supuesto...--Bien, pero suponiendo ese
+absurdo... yo le doy una sangría suelta.
+
+Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos,
+con todo lo demás del argumento. Tampoco le parecía mal lo de prender
+fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto adulterio de su mujer.
+Si llegara el caso, que claro que no llegaría, él no pensaba prorrumpir
+en preciosa tirada de versos, porque ni era poeta ni quería calentarse
+al calor de su casa incendiada; pero en todo lo demás había de ser, dado
+el caso, no menos rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de
+aquella España de mejores días.
+
+Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que
+en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones
+fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al
+seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento.
+
+--¡Absurdo! ¡absurdo!--gritaba don Víctor--jamás se hizo cosa por el
+estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas.
+
+--Afortunadamente--añadía calmándose--yo no me veré nunca en el doloroso
+trance de escogitar medios para vengar tales agravios; pero juro a Dios
+que llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en
+décimas calderonianas.
+
+Y lo pensaba como lo decía. Todas las noches antes de dormir se daba un
+atracón de honra a la antigua, como él decía; honra habladora, así con
+la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la
+espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por
+el teatro. Cuando _trabajaba_ como aficionado, había comprendido en los
+numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con
+tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser
+poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar
+a nadie; era un espadachín lírico. Pero su mayor habilidad estaba en el
+manejo de la pistola; encendía un fósforo con una bala a veinticinco
+pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por
+el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi
+nadie sabía de ella. Lo principal era tener aquella sublime idea del
+honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. Él era pacífico;
+nunca había pegado a nadie. Las muertes que había firmado como juez, le
+habían causado siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que
+se creía irresponsable.
+
+Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver
+cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que
+pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos. «¡Era
+Frígilis!».
+
+Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente,
+desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los
+pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la
+independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que
+ella estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no
+continuar el sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una
+calumnia capaz de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente.
+Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol.
+Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de
+aquella injusta persecución de la calumnia, más adelante, gracias a
+ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado,
+que para el mundo no hay más virtud que la ostensible y aparatosa. Su
+alma se regocijó contemplando en la fantasía el holocausto del general
+respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se le tributaba. En
+Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita
+la _estúpida existencia_ de antes. Recordaba que la llamaban madre de
+los pobres. Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban
+buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades,
+bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal
+vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía.... Aquel mismo don Álvaro
+que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la
+adoraba sin duda alguna, estaba segura; más de dos años hacía que ella
+lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde
+Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen.
+
+Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas semanas
+a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo imprudente, él que
+era la prudencia misma, y sólo por esto digno de que ella no se irritara
+contra su infame intento... pero ya sabría contenerle; sí, ella le
+pondría a raya helándole con una mirada.... Y pensando en convertir en
+carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego,
+se quedó dormida dulcemente.
+
+En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado del tocador
+de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, como si saliera de una
+orgía; daba pataditas en el suelo para sacudir el frío y decía a
+Frígilis, su amigo....
+
+--¡Pobrecita! ¡cuán ajena estará, allá en su tranquilo sueño, de que su
+esposo la engaña y sale de casa dos horas antes de lo que ella
+piensa!...
+
+Frígilis sonrió como un filósofo y echó a andar delante. Era un señor ni
+alto ni bajo, cuadrado; vestía cazadora de paño pardo; iba tocado con
+gorra negra con orejeras y por único abrigo ostentaba una inmensa
+bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello. Lo demás todo
+era utensilios y atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod.
+
+Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar hacia el
+balcón, lleno de remordimientos.
+
+--Anda, anda, que es tarde--murmuró Frígilis.
+
+No había amanecido.
+
+
+
+
+--IV--
+
+
+La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el
+tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la
+ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan
+ilustre linaje.
+
+Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de
+Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su
+padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama
+principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada.
+
+El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que
+heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso
+de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas
+batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó
+duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a
+coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas,
+cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue
+perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas:
+prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales
+ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo
+se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos
+amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que
+ya no es joven.
+
+Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con
+una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin
+cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se
+quedó sin ella.
+
+--«¡Menos mal!»--pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón
+de Vetusta.
+
+Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia.
+Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones.
+
+--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio
+desigual.
+
+--¡Si viviera padre, moriría del disgusto!--decían las solteronas
+implacables.
+
+Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas,
+que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista
+italiana, su cuñada indigna.
+
+El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron
+en otra carta fría y lacónica:
+
+«Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo le pedían que
+pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta
+nobleza».
+
+El coronel contestó «que por Dios y todos los santos continuasen
+viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la
+misma finca, que sin ellas se vendría a tierra». Las solteronas, sin
+contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio
+para que no se derrumbara.
+
+A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su
+hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la
+rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente
+para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la
+suerte de su hija.
+
+Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la dignidad, si,
+como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la
+pobreza. Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho
+masón, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de
+negro y en el gran salón, en el estrado, recibieron a toda la
+aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo.
+
+La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se
+dejaba pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se
+oía el aleteo de los abanicos.
+
+--¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclamó el
+marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta.
+
+--¡Qué... loco!--contestó una de las hermanas, doña Anunciación--. Diga
+usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así.
+
+Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se inclinaron
+lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello del republicanismo no
+necesitaba comentarios.
+
+Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los
+estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de
+resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha
+excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella
+muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía
+poco de tranquila. Don Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para
+lo cual creyó oportuno pedir la absoluta.
+
+--«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía en el espíritu de
+cuerpo); como particular puedo procurar la salvación del país por los
+medios más adecuados».
+
+No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático,
+bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana
+biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice.
+Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que
+se necesitaba para conspirar con progresistas.
+
+Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de don
+Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y
+se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se
+distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de
+libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo en que sólo
+se admite lo que uno crea para sí mismo. De todas maneras, era
+simpático.
+
+De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar mucho la
+muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos que a él se
+le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de
+círculo determinado de españoles; procurar el triunfo del sistema
+representativo en toda su integridad. Tanto valía entonces esto como
+dedicarse a bandolero sin protección, por lo que toca a la necesidad de
+vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una niña
+sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborrecía. Tomó un aya,
+una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no
+tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía,
+hacía mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en
+calidad de católica liberal. Se le había dicho:
+
+--«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en Inglaterra donde
+ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia».
+
+Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras
+de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias.
+Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les
+gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término
+medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser. La hipocresía de
+doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues
+siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo,
+su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria
+que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanación.
+
+Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que
+por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de
+la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las
+conspiraciones cuestan caras al que las paga.
+
+Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña y el aya
+escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le había
+recomendado a doña Camila, vendía en una provincia del Norte, limítrofe
+de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de
+mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio órdenes para que se
+vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda
+que no había malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca
+enajenación la dedicó a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte.
+La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas más o menos
+auténticos. En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban,
+sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la
+rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía presumir el
+conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él no paraba
+mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos que su patria;
+pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él
+entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba
+poco. No era todo desprendimiento; vagamente veía en lontananza un
+porvenir de indemnizaciones patrióticas que aunque estaban en el
+programa de su partido, a él no le alcanzaron.
+
+A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los
+criados y tras ellos el _hombre_, como llamó siempre la niña al
+personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era
+Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa de campo.
+
+El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su difunta esposa
+era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía
+descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana.
+Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre
+que se casaba con la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le
+trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para
+hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, don
+Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red amorosa. Por
+aquella época era él casi sansimoniano. Emigró Ozores y doña Camila juró
+odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas
+ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había
+conseguido casarse con aquel estuco. Anita pagó por los dos.
+
+El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la
+educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy
+especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a
+la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de
+educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales
+concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la madre de Anita tal vez
+antes que modista había sido bailarina».
+
+De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y
+preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad
+inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra
+se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya
+aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada
+a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno
+fueron sus disciplinas.
+
+Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, se dio a
+soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento de perder la
+libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban secando al fuego de
+la imaginación, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La niña
+fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran
+una muerte, figurábase vuelos imposibles.
+
+«Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como
+esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba volando por el
+azul que veía allá arriba.
+
+Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la
+llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los
+pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella
+creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa
+que centelleaba en su cerebro.
+
+Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del encierro pensativa,
+altanera, callada; seguía soñando; la dieta le daba nueva fuerza para
+ello. La heroína de sus novelas de entonces era una madre. A los seis
+años había hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro.
+Aquel poema estaba compuesto de las lágrimas de sus tristezas de
+huérfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oía a los criados y a
+los pastores de Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría
+sola por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y
+acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los
+pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el
+jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin cogía
+yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al
+lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la
+fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida. A
+los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde
+el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una
+parte. En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro
+clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que
+no parecía. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían
+ser una madre, según la lógica poética de Anita.
+
+La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la
+revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición
+fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo padecer antes
+de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos ella de todo
+corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no
+le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les
+haría hablar de lo que quisiese.
+
+Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones fatigosas de ríos y
+montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus
+pinos altísimos y soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla,
+porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. La
+historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez de las
+lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas concretas, ya no fue
+nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas
+de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna
+desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido,
+triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.
+
+La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en
+la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una
+Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le
+encontró: Germán, el niño de Colondres. Sin que él sospechara las
+aventuras peligrosas en que su amiga le metía, se dejaba querer y acudía
+a las citas que ella le daba en la barca de Trébol.
+
+Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en
+el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de
+reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso,
+hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países remotos que él ni de
+nombre conocía. Germán aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a
+convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa.
+No era eso. La niña quería ir a tierra de moros de verdad, a matar
+infieles o a convertirlos, como Germán quisiera. Germán prefería
+matarlos; y dicho y hecho se metían en la barca, mientras el barquero
+dormía a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes
+sudores conseguían un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y
+entonces era cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca
+navegados.
+
+Germán gritaba:--¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!...
+¡un tiburón!...
+
+Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras,
+muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán
+correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado
+Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna
+desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable
+que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la
+grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal
+índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que
+el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con
+tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.
+
+--«¡Como su madre!--decía a las personas de confianza--. _¡improper!
+¡improper!_ ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la
+educación contra la naturaleza».
+
+Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si
+cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba
+nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila
+refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz,
+rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la
+naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino
+se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el
+caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía
+ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.
+
+--Créanlo ustedes--decía el amante de doña Camila--el hombre nace
+naturalmente malo, y la mujer lo mismo.
+
+Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.
+
+--«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá».
+
+Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus
+gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo.
+
+--Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...--decía el
+hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo
+porvenir.
+
+--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se
+deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no
+estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino.
+
+A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían quince años. «Por
+este lado no había dificultad». Doña Camila se creyó obligada en
+conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sería un golpe de
+muerte. Escribió a las tías de Vetusta.
+
+«¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores deshonrado! porque al
+fin Ozores era la niña, aunque indigna».
+
+Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don Carlos, porque
+el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra _c_ por _b_,
+porque ni sabía cómo había sido, ni era decente referir a un padre tales
+escándalos, ni una señorita, una soltera, aunque tuviese más de cuarenta
+años, podía descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos
+nada más que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la
+niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba
+en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no
+podía restituirse a la patria, como él decía.
+
+Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió desengañado.
+Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí vivían parte del año
+los tres juntos, pero el verano y el otoño los pasaban en la quinta de
+Loreto.
+
+La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza
+virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante
+absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba
+de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía
+esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al
+principio la calumnia habíale hecho poco daño, era una de tantas
+injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu
+una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma
+que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones
+obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban,
+y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de
+esta mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo en qué
+consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender
+que su aventura de la barca de Trébol había sido una vergüenza, su
+ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia
+perdió el último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella
+edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo
+distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido
+culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal
+cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas
+culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era
+la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres
+opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de
+su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los
+impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse
+al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le
+impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer
+traición nunca.
+
+Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. No le satisfizo
+aquel carácter.
+
+¿No se le había dicho que la niña era un peligro para el honor de los
+Ozores? Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y
+reservada, de una prudencia exagerada para sus años. Ya le pesaba de
+haber entregado su hija a la gazmoñería inglesa que, según él, no
+servía para la raza latina. Volvía de la emigración muy latino.
+Afortunadamente allí estaba él para corregir aquella educación viciosa.
+Despidió a doña Camila y se encargó de la instrucción de su hija. En el
+extranjero se había hecho don Carlos más filósofo y menos político. Para
+España no había salvación. Era un pueblo gastado. América se tragaba a
+Europa, además. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían
+de los Estados Unidos.
+
+--«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que
+sólo entendemos de tomar el sol».
+
+Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la
+decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates.
+Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y los amigos, nuevos, por
+supuesto.
+
+Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, al tomar café, la
+divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demócrata. Otros decían
+que era un símbolo del sol y los apóstoles las constelaciones del
+Zodiaco.
+
+Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la
+susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué
+tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su
+padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo
+papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá
+que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el
+telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar,
+y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos
+religiosos.
+
+Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de
+las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del
+mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; pero
+no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella.
+Así como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasía para huir de
+la prosaica y necia persecución de doña Camila, ya adolescente se
+encerraba también dentro de su cerebro para compensar las humillaciones
+y tristezas que sufría su espíritu. No osaba ya oponer los impulsos
+propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a
+sus solas se desquitaba. El enemigo era más fuerte, pero a ella le
+quedaba aquel reducto inexpugnable.
+
+Nunca le habían enseñado la religión como un sentimiento que consuela;
+doña Camila entendía el Cristianismo como la Geografía o el arte de
+coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad
+doméstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús
+procuró explicársela con un beso de madre. María Santísima era la Madre
+de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del campo diciendo que
+la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en el río los pañales del
+Niño Jesús, doña Camila, indignada, exclamó:
+
+--_¡Improper!_ ¿quién le inculcará a esta chiquilla estas sandeces del
+vulgo?
+
+En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila;
+precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación era como la
+lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, en virtud de la Mitología
+comparada, encontraba en la religión de los indios dogmas parecidos.
+
+Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en
+cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos.
+
+Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que
+ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo.
+¿Por qué no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la
+educación _omnilateral_ y _armónica_, como la entendía él.
+
+--Yo quiero--concluía--que mi hija sepa el bien y el mal para que
+libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito tendrán sus obras?
+
+Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, don
+Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el ejercicio.
+
+De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se
+trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía
+leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por
+Italia.
+
+--¡El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi
+hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las
+bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos. ¡Ya no
+hay desnudo! Y suspiraba.
+
+La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de
+Israel.
+
+--_¡Honni soit qui mal y pense!_--repetía don Carlos; y lo otro de: _Oh,
+procul, procul estote prophani_.
+
+Y no tomaba más precauciones.
+
+Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte
+antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su
+fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel
+inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos.
+
+La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había
+soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas
+aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa.
+
+También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con
+la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con
+cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia
+ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de
+abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había
+originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba
+todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto
+hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún
+placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y
+de inocencia, en que la habían sumergido las calumnias del aya y los
+groseros comentarios del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para
+todo lo que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado
+sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se aparta del
+fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba como si fuera un
+polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de la niñez; aquella
+amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era
+huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su
+espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más
+amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores;
+estos caballeros debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y
+mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía
+amigas. Además don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si
+no tuviera sexo. Era aquella una educación neutra. A pesar de que
+Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada
+vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante,
+en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como
+un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar
+Anita. A su madre la había querido mucho, le había besado los pies
+desnudos durante la luna de miel, que había sido exagerada; pero poco a
+poco, sin querer, había visto él también en ella a la antigua modista, y
+la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que
+fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la
+Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos
+libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez
+pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta
+especie de varones, aunque parece rara, abunda más de lo que pudiera
+creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que
+habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto
+hacían; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna
+palmera del Mediodía.
+
+Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como mujer,
+no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña
+Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella
+turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban
+chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento; Anita iba a
+transformarse en mujer cuando parecía muy lejos aún de esta crisis;
+estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran ingratos: a los diez
+tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos
+menos. Como todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a
+los filósofos, don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo
+y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica.
+
+--«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la vida», según él, y
+no se le ocurrió buscar trabajo; no quería trabajar más. Prefirió
+retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que
+se lo pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría mucho en
+Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el
+Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que
+vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le
+caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían llevarla a paseo, a una
+tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza
+en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran
+cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus
+teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis
+meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su
+antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia
+subsiguiente. Pero de cuantos podrían recordarle aquella _vergüenza_,
+sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don
+Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger
+los frutos.
+
+Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer
+economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero
+la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser
+trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila. Otros años se
+llevaba a la aldea algún cajón de libros; esta vez se mandó con el
+maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos.
+
+Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por
+dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la
+quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles el
+polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por don Carlos.
+
+Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una
+de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el
+libro cuando leyó en el lomo: _Confesiones de San Agustín_.
+
+¿Qué hacía allí San Agustín?
+
+Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni de
+curas, ni de _neos_, como él decía. Pero San Agustín era una de las
+pocas excepciones. Le consideraba como filósofo.
+
+Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro
+inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un pagano libertino, a
+quien habían convertido voces del cielo por influencia de las lágrimas
+de su madre Santa Mónica. No sabía más. Dejó caer el plumero con que
+sacudía el polvo; y en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña
+y rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don Carlos no
+estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; fue a la
+huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las
+sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban sobre las hojas
+del libro, blancas y negras y brillantes; se oía cerca, detrás, el
+murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corría despacio
+calentándose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos
+álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que
+brillaban como lanzas de acero.
+
+Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página,
+ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo.
+Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor,
+lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien
+había hecho ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos
+estudiantes le habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su
+única aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. El santo
+decía que los niños son por instinto malos, que su perversión innata
+hace gozar y reír a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el
+egoísmo, la ira, la vanidad los impulsan.
+
+--«Es verdad, es verdad»--pensaba ella arrepentida.
+
+Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de su corazón iba a
+llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo
+porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y necedades ¿iba a terminar?
+Como si fuera un estallido, sintió dentro de la cabeza un «sí» tremendo
+que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto
+mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella
+voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo
+refiere que paseándose él también por un jardín oyó una voz que le decía
+«_Tole, lege_» y que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la
+Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y
+en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó
+erizados muchos segundos.
+
+Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo....
+Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente
+que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las
+lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista.
+
+Y lloró sobre las _Confesiones de San Agustín_, como sobre el seno de
+una madre. Su alma se hacía mujer en aquel momento.
+
+Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos capítulos que no
+entendía.
+
+De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo de Loreto y
+varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, que prodigaba el
+arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía que pensar a
+solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El capellán quería
+dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las
+noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera.
+
+Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de
+gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta,
+soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles. Pensaba en
+San Agustín; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro,
+recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de
+palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un
+delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo con recordar la dulzura
+de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a
+oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía
+amar al universo entero en aquel obispo.
+
+En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una
+importación de la Bactriana.
+
+No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus
+disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos,
+porque contaba con la ignorancia del concurso.
+
+El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así le parecía el más
+ridículo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de allí el
+cristianismo.
+
+Y muerto de risa decía:--Pero hombre, buena _Batrania_ te dé Dios;
+¿dónde ha leído eso el señor Ozores?
+
+«El capellán no era un San Agustín--pensaba Anita--; no, porque San
+Agustín no bebería sidra ni refutaría tan mal argumentos como los de su
+padre. No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba; decía grandes
+verdades sin saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a
+los maniqueos.
+
+--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer
+en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco.
+
+«¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que
+también había creído errores así. Pero su padre llegaría a convertirse;
+como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios
+y en el santo obispo de Hiponax».
+
+Después, buscando en la biblioteca, halló el _Genio del Cristianismo_,
+que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le
+pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los
+argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y
+con ella el albedrío.
+
+--«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según don Carlos. Él
+tenía sus obras porque el estilo no era malo».--Se hablaba muy mal de
+Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después leyó Ana _Los
+Mártires_. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía
+pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a
+Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro?
+Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él?
+
+Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que
+hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del _Parnaso
+Español_ estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más eran versos
+pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor
+impresión que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de
+León comenzaban así:
+
+ Si quieres, como algún día,
+ alabar rubios cabellos,
+ alaba los de María,
+ más dorados y más bellos
+ que el sol claro al mediodía.
+
+El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los de
+María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco versos
+despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el _sentimiento
+de la Virgen_, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue su
+locura de amor religioso.
+
+María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los
+afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La
+devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de
+Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo
+en mujer. El Ave María y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido.
+Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quería más, quería inventar
+ella misma oraciones.
+
+Don Carlos tenía también el _Cantar de los cantares_, en la versión
+poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para
+Anita.
+
+--A mí no me la dan--decía don Carlos guiñando un ojo--; esta _amada_
+podrá ser la Iglesia, pero... yo no me fío... no me fío....
+
+Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus
+semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba de
+más.
+
+Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita
+para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos
+solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía a pico sobre
+el mar.
+
+Versos _a lo San Juan_, como se decía ella, le salían a borbotones del
+alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba
+con la Virgen de aquella manera.
+
+Notaba Anita, excitada, nerviosa--y sentía un dolor extraño en la cabeza
+al notarlo--una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y
+aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.
+
+Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que
+ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas,
+y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca
+aguda.
+
+Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre
+quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de
+empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos
+que ella conocía bien; era _una obra_ que días antes había imaginado,
+una colección de poesías «A la Virgen».
+
+Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía al monte de los
+tomillares por la puerta del jardín; por allí no podía verla nadie, y al
+monte no se subía más que a buscar leña.
+
+Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta era ardua,
+el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían a
+pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que
+llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la izquierda los
+tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos
+entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible
+del océano. Ana subía a paso largo. El esfuerzo que exigía la cuesta la
+excitaba; se sentía calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre
+heladas, brotaba fuego, como en lejanos días. Subía con una ansiedad
+apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.
+
+Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de repente nuevo
+panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oía
+sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico,
+más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una
+fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de
+placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En
+los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de montañas que
+parecían escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se
+confundían, y se mandaban reflejados sus colores. En lo más alto de
+aquel _cumulus_ de piedra azulada Ana divisó un punto; sabía que era un
+santuario. Allí estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del
+ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola
+a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del
+sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en
+la sombra del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre las
+aguas.
+
+Al fin llegó Ana a la _hondonada de los pinos_. Era una cañada entre dos
+lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos
+del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su
+fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un pájaro, que a la
+niña se le antojó ruiseñor, cantaba escondido en los arbustos de la loma
+de poniente. Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco. Se
+creía en el desierto. No había allí ruido que recordara al hombre. El
+mar, que ya no veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; los
+pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. Estaba segura de
+su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y
+escribió con lápiz en la primera página: «A la Virgen».
+
+Meditó, esperando la inspiración sagrada.
+
+Antes de escribir dejó hablar al pensamiento.
+
+Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, dentro del
+alma, la primera estancia. Siguió el lápiz corriendo sobre el papel,
+pero siempre el alma iba más deprisa; los versos engendraban los versos,
+como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban
+enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y
+perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado.
+
+Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, tuvo la mano
+que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía escribir; los
+ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas.
+Sentía latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que
+apretaba.
+
+Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en la cañada;
+calló el supuesto ruiseñor, y los versos de Ana, recitados como una
+oración entre lágrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias
+del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia
+voz la entusiasmó, sintió escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron
+sus rodillas, apoyó la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó
+un momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo
+sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados
+cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza despavorida... no
+tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía... y con los ojos
+abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral
+y pasar sobre su frente.
+
+
+
+
+--V--
+
+
+La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete
+años sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran
+molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de
+diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La
+acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por
+su condición y sus años, y una antigua criada de los Ozores.
+
+Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, sin ningún
+sacramento. El médico decía que algún derrame, algún vaso....
+Materialismo puro. Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin
+palo ni piedra. Esto no impidió que durante el viaje manifestase la
+señorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado
+por la resignación cristiana.
+
+«Ana, la hija de la modista, había caído en cama; estaba sola, en poder
+de criados; no había más remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte
+concluían las diferencias de familia».
+
+--«Muerto el perro se acabó la rabia»,--había dicho uno de los nobles de
+Vetusta.
+
+Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte.
+Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho el médico; la
+enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la
+edad; propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la
+claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano podía
+oírlo todo, pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis.
+«El desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa metamorfosis», «la
+crisálida que se rompe», todo eso estaba bien; pero el médico añadía
+unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros.
+
+--«¡Qué gentes trataba mi hermano!»--decía poniendo los ojos en blanco.
+
+Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña,
+huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje
+de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre
+de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogió la
+catástrofe. Su enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se
+explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que la afligió al
+principio. No lloraba; pasaba el día temblando de frío en una
+somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sintió un egoísmo
+horrible lleno de remordimientos. Más que la muerte de su padre le dolía
+entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareció; se
+sintió esclava de los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio,
+ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo.
+Sabía que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había
+vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el
+último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había servido
+para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba
+hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En manos del
+filósofo no había hecho más que ir perdiendo.
+
+--«Es decir, que estoy casi en la miseria».
+
+Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda irrisoria,
+poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía quien le explicase
+cómo y dónde se pedían. Estaba sola, completamente sola; ¿qué iba a ser
+de ella? Los amigos del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más
+que discutir. El capellán no apareció por allí; la muerte repentina de
+don Carlos olía un poco a azufre.
+
+Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana quiso
+levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La
+noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de
+frío. Había querido escribir a sus tías de Vetusta y no había podido
+coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografía.
+
+Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el
+mal pudo más, la rindió. El médico habló de fiebre, de grandes cuidados
+necesarios; le hizo preguntas a que ella no sabía ni quería contestar.
+Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tenía con quien
+entenderse; añadió pestes de la incuria de los criados.
+
+--«La dejarán a usted morir, hija mía».
+
+Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; llorando y con
+las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su
+padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas
+cristianas.
+
+Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del caserón.
+Comprendían que valía más, mucho más de lo que habían pagado por él,
+abusando de la situación apurada de don Carlos, que además era un
+aturdido en materia de intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de
+los Ozores!--«Por no ser víctima de una mixtificación».
+
+Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la
+desventurada hija del hermano de sus pecados.
+
+Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio
+que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La quinta que ellas habían
+imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de
+aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas
+utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar
+con lo que ella valía. Estaba fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse
+el infeliz ateo. ¡Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra!
+Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho.
+
+Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién no
+tiene su cruz?
+
+Ana tardó un mes en dejar el lecho.
+
+Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había sociedad; y el
+viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los consejos del
+mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos más
+transparentes.
+
+En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en su
+convalecencia», según el médico de la casa, que era comedido y no
+llamaba las cosas por su nombre.
+
+El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo.
+
+Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio
+que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana
+hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la
+vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su conducta.
+
+En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni
+contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo
+lo que le daban, y si se le preguntaba:
+
+--¿Cómo estás, Anita?
+
+--Algo mejor, señora--contestaba la joven siempre que podía.
+
+Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a
+veces no oía siquiera.
+
+Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.
+
+No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos.
+
+En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían naturalmente
+las señoritas de Ozores, no se hablaba más que de la abnegación de estas
+santas mujeres.
+
+Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía
+con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana:
+
+--Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula filantropía
+moderna. Las señoritas de Ozores están llevando a cabo una obra de
+caridad que, si quisiéramos analizarla detenidamente, nos daría por
+resultado una larga serie de buenas acciones. No sólo se trata de echar
+sobre sí la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar,
+a una persona que las sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga
+que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa
+joven representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una
+abdicación de su señor padre....
+
+--Una abdicación abominable--se atrevió a decir un barón tronado.
+
+--Abominable--añadió Glocester inclinándose--. Representa una alianza
+nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló
+en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... según todos
+sabemos, representa esa niña la poco meticulosa moralidad de su madre,
+de su infausta....
+
+--Sí, señor--interrumpió la marquesa de Vegallana, que no toleraba los
+discursos de Glocester--; sí señor, su madre era una perdida, corriente;
+pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías; es muy dócil y muy
+callada.
+
+--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura debilidad.
+
+Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que asistía a
+Anita.
+
+Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don Carlos
+como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría para
+nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería considerada
+como sobrina de quien tantos elogios merecía.
+
+Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda al saber por el
+médico esta resolución de la nobleza vetustense.
+
+Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de
+trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la
+sobrina estaba al otro extremo de la casa.
+
+Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste caserón
+de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al
+Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistían a todas
+las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradías, y a todas las
+tertulias de buen tono. Comían dos o tres veces por semana fuera de
+casa. Lo más del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la
+ocupación a que daban más importancia entre todas las de su atareada
+existencia. No pagar una visita _de clase_, les parecía el mayor crimen
+que se podía cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión,
+porque éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su
+corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido
+incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de Vegallana,
+María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas
+hubieran asistido a la tertulia.
+
+La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por que se
+gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía celeste.
+
+Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían
+probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la sobrinita? Esta era la
+cuestión. Las miradas de doña Águeda, algo más gruesa, más joven y más
+bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se
+clavaban en Anita al darle un caldo.
+
+La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme
+con todo. Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado.
+La niña no acababa de sanar, ni recaía; no se presentaba ninguna
+solución. Además, así no se podía conocer su verdadero carácter. Aquella
+sumisión absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo
+que eso era.
+
+Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar que
+estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos
+hermanas de un asunto muy importante.
+
+--Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?--decía doña Anuncia.
+
+--¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa?
+
+--¿Qué es?--Si esa chica...--Si aquella vergüenza...--¡Eso!--¿Te
+acuerdas de la carta del aya?
+
+--Como que yo la conservo.--Tenía la chiquilla doce o catorce años,
+¿verdad?
+
+--Algo menos, pero peor todavía.
+
+--Y tú crees... que...--¡Bah! Pues claro.--¿Si será una Obdulita?
+
+--O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con
+aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos?
+
+--Todo era inocencia--decían los bobalicones de aquí.
+
+--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes
+(juntando y separando los dedos.)
+
+--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme...
+--¡Si sabrá una!...--¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año
+pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...--¡A mí,
+que soy tambor de marina!
+
+--¡Si sabrá una!--¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de
+Ozores. Suspiró su hermana también.
+
+Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de él a las
+primeras palabras de aquella conversación. Pálida como una muerta, con
+dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó
+todo el diálogo de sus tías.
+
+No hablaban a solas como delante de los señores _de clase_; no eran
+prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña Anuncia
+decía palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La
+conversación tardó en volver al pecado de Ana, a la vergüenza de que les
+hablaba la carta de doña Camila. La huérfana oía, desde su alcoba,
+historias que sublevaban su pudor, que le enseñaban mil desnudeces que
+no había visto en los libros de Mitología. Pero aquellas mujeres ya se
+habían olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que
+se escapaba por el balcón en compañía de su novio, la misma marquesa de
+Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de
+clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en aquella venganza
+solitaria de las dos señoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de
+flaquezas, de escándalos, ¿quién recordaba ya la aventura, poco conocida
+al cabo, de la sobrinilla enferma?
+
+Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según ellas,
+se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia o de la
+precocidad de la niña. Se discutió, como en el casino de Loreto, la
+verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiológico. Hablaron
+aquellas señoritas como dos comadronas matriculadas. ¡Qué riqueza de
+datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la
+boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana
+que estaba a los pies de su butaca.
+
+«En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta
+nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella muchacha hubiera
+seguido con vida tan disoluta. Pero no había motivo para creerlo. Nada
+más habían sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se había de ver».
+
+Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió que
+sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en
+adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo eran
+ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más.
+
+Había habido algunos minutos de silencio.
+
+Doña Águeda lo rompió diciendo:
+
+--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa.
+
+--Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco desarrollada....
+
+--Eso no importa; así fuí yo, y después que...--Ana sintió brasas en las
+mejillas--empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de
+manteca.
+
+Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose del rollo que había sido.
+
+Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos amores
+románticos rabiosos. De aquellos amores le habían quedado varias
+canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma
+acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo:
+
+ Esa luna que brilla en el cielo
+ melancólicamente me inspira:
+ es el último son de mi lira
+ que por última vez resonó.
+
+Se trataba de un condenado a muerte.
+
+El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con
+un amante; pero una vez que el siglo estaba _metalizado_ y las muchachas
+no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura
+de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los
+Ozores, pues lo traían de raza. Sí, era preciso darle bien de comer,
+engordarla. Después se le buscaba un novio. Empresa difícil, pero no
+imposible. En un noble no había que pensar. Estos eran muy finos, muy
+galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las
+hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una
+dolorosa experiencia. Los chicos _innobles_, que pudiera decirse, de
+Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera
+apencar--apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza--, con
+algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar
+a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un
+americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían más,
+confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por consiguiente un
+americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase.
+
+Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto.
+
+La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó en
+procurar cuanto antes la salud.
+
+Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno,
+ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. A no haber oído
+aquella conversación de las tías, la pobre huérfana no se hubiera
+atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso
+de aquella carga: ella. Pero ya sabía a qué atenerse. Querían engordarla
+como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque
+costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados.
+
+La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la
+voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quería
+poder librar pronto a sus tías de su presencia. El cuidarse mucho, el
+alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo. El estado de su
+ánimo no contradecía estos propósitos.
+
+Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído revelación
+providencial de una vocación verdadera, habían desaparecido. Ellos
+determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero
+al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traía.
+
+En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el
+delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, los
+enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas veces y
+de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe suya era
+demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo en qué; su desgracia
+más grande, la muerte de su padre, no había tenido consuelo tan fuerte
+como ella lo esperaba en la piedad que había creído tan firme y tan
+honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que
+sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo
+la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para
+remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento
+que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de su abandono, que fue
+el sentimiento que venció a todos, no lo curaba la fe.
+
+--«La Virgen está conmigo»--pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y
+acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza
+las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevenía un ataque
+nervioso, sentía la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del
+abandono sordo y mudo, y entonces las imágenes místicas no acudían.
+Hacía falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien no
+conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su presencia, creyó
+firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia.
+
+Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que
+tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías
+sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por
+ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al fin
+era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y al
+contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que
+lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del
+Niño Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión serena
+examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan
+profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza
+artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de
+Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran religiosos? ¿O era que en
+la vanidad, en el egoísmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De
+todas suertes ella padecía mucho. Se le figuraba que toda la vida se le
+había subido a la cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el
+cerebro un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar
+sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado,
+exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó envidiar a los
+animales, a las plantas, a las piedras.
+
+En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta
+actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después de
+comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que
+unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más
+despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba tantos héroes y
+heroínas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantásticos, sus
+sentimientos menos alambicados, y se complacía en describir su belleza
+exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan
+todas las aventuras en batallas o en escenas de amor.
+
+Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el
+alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías le permitían levantarse
+tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no
+estaba ya en aquel caserón de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la
+tierra; estaba flotando en el aire, no sabía dónde. Ella se dejaba
+columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar aéreo de sus
+ensueños.... Y mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas,
+ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias
+purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas
+ideales de sus visiones turgentes.
+
+Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas
+o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de
+cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del
+hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se
+despedía de la señora de sus pensamientos diciendo:
+
+--«Adiosito. Ahorita vuelvo»,--con un balanceo de hamaca en los
+diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza ella y las tías.
+
+Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el empirismo del arte, y
+además lo profesaba por principios. Sabía de memoria «_El Cocinero
+Europeo_», un libro que contiene el arte de confeccionar todos los
+platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, española y otras.
+Pero salía por un ojo de la cara el guisar como el _Europeo_, según doña
+Águeda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la
+aristocracia, ella dirigía las operaciones en la cocina del marqués de
+Vegallana y entonces recurría al _Europeo_. En su casa había muy poco
+dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores.
+Maravillas y primores de la cocina casera comió Anita en cuanto el
+estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda con unos ojos dulzones,
+inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a
+la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores.
+Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la
+cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su
+vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos
+llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la
+sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su obra se
+dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato.
+
+Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo
+mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático
+de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y
+de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus
+sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doña Anuncia
+y la ayudaba a regatear.
+
+La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para
+pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo
+al mundo.
+
+--Si ustedes la vieran--decía--está desconocida; se la ve engordar.
+Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella
+Águeda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cómo
+guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la niña. En casa no entendemos la
+caridad a medias. Todos los días se ve recoger a un pariente pobre,
+¿para qué? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un
+mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de
+otro modo. En fin, ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya
+verán ustedes.
+
+En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver engordar a
+la niña.
+
+El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria
+belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido
+milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía
+orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo
+aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases.
+Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder
+de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había
+recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era
+hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media
+era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella
+hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del
+pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la
+catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de
+Ozores. Eran las tres maravillas de la población.
+
+Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido
+la admiración que el mundo tributó a su Minerva.
+
+--¡Es una estatua griega!--había dicho la marquesa de Vegallana, que se
+figuraba las estatuas griegas según la idea que le había dado un
+adorador suyo, amante de las formas abultadas.
+
+--¡Es la Venus _del Nilo_!--decía con embeleso un pollastre llamado
+Ronzal, alias el Estudiante.
+
+--Más bien que la de Milo la de Médicis--rectificaba el joven y ya sabio
+Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos.
+
+--¡Es _un_ Fidias!--exclamaba el marqués de Vegallana, que había viajado
+y recordaba que se decía: «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc.,
+tratándose de cuadros.
+
+Y Bermúdez se atrevía a rectificar también:
+
+--En mi opinión más parece de Praxíteles.
+
+El marqués se encogía de hombros.
+
+--Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían juzgar mejor, porque
+muchas de ellas habían conseguido ver a Anita como se ven las estatuas.
+No sabían si era _un_ Fidias o _un_ Praxíteles, pero sí que era una real
+moza; un _bijou_, decía la baronesa tronada que había estado ocho días
+en la Exposición de París.
+
+Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en _la clase_,
+en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la
+modista italiana.--Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden
+expresa de las tías--. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo
+del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba
+con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la
+caballeriza y hasta la casa de un potentado.
+
+Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para
+ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a
+los vestidos, y creían que las proporciones--los novios
+aceptables--harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en
+los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a _la sobrina_
+adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos
+más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se
+casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que
+prohibir a su novio formal--el futuro esposo--_hacer el amor_ a la
+huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba,
+pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad.
+Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos
+buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres
+buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india,
+como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano
+plebeyo, un _vespucio_--como también los apellidaban--pagaba caro el
+placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo
+menos.
+
+El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había
+modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se
+casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un
+ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener
+advertida a la niña.
+
+--En el gran mundo de Vetusta--decía doña Anuncia--es preciso un ten
+con ten muy difícil de aprender.
+
+Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco
+embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo
+todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en
+que era indispensable dar instrucciones a la chica.
+
+Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y
+menos estas, tratándose de los gustos y predilecciones de sus tías; pero
+una noche no pudo menos de expresar su opinión al volver sola de la
+tertulia íntima de Vegallana.
+
+--¿Te has divertido mucho?--preguntó doña Anuncia, que se había quedado
+en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletín de _Las
+Novedades_. (Era liberal en materia de folletines.)
+
+--No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá sin alguna
+de ustedes. Cuando voy sola....
+
+--¿Qué?--exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero
+de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra
+la tertulia de su predilección.
+
+--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.
+
+No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería
+más claridad y replicó:
+
+--¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco
+fina la sociedad de Vetusta?
+
+Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había
+disgustado.
+
+--No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se
+figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña....
+
+--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les
+consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.
+
+--Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una
+cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse
+tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por
+todo. Tú eres de la clase.
+
+--Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero
+tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....
+
+--¡No me toques a las hijas del marqués!--gritó la tía, poniéndose en
+pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra.
+
+--«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». Cada vez que faltaba a su
+propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de
+remordimiento, como el del artista que se equivoca.
+
+Entró doña Águeda. Había oído la conversación desde el gabinete. Las dos
+hermanas se miraron. Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con
+ten.
+
+--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; tú eres una
+niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna
+experiencia, por lo que se observa.
+
+--Eso es; por lo que observamos en los demás.
+
+--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es
+necesario... un ten con ten especial.
+
+--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. Tú
+habrás notado que en público los de la clase jamás faltan a la más
+estricta y meticulosa... eso, decencia.
+
+--Que es lo principal--dijo doña Anuncia, como quien recita el decálogo.
+
+--Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al
+vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse
+en lo más mínimo.... Pero en el trato íntimo, el que no es más que de la
+clase, ya es otra cosa.
+
+--Otra cosa muy distinta--dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella,
+por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten.
+
+--Como todos somos parientes--continuó--de cerca o de lejos, nos
+tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni
+porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la
+hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo de
+pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni
+aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni
+escandalizarte, ni darte por ofendida.
+
+--De ninguna manera--apoyó doña Águeda.
+
+--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu
+inocencia te sirve para tolerar todo eso.
+
+--Así hacen Pilar, Emma y Lola.
+
+--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar....
+
+--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama
+mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la
+juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes;
+déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores
+formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo.
+Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna
+cosa....
+
+--Es una falta de educación entre la clase....
+
+--Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de
+ellos....
+
+--Ni gana, tía--dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de
+haberlo dicho.
+
+Doña Águeda sonrió.
+
+--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclamó doña Anuncia, puesta en
+pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.
+
+--Eres muy orgullosa--añadió.
+
+--Déjala; el que no se consuela....
+
+--Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides
+lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la
+marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una
+impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te
+alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no
+menos elogios del público que tu palmito y buen talle.
+
+--Sí, hija mía--interrumpió doña Águeda--. Es necesario sacar partido
+de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas.
+
+Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se
+figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana
+trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella
+hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana
+era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como
+pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la
+esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de
+esbelta, porque era delgada.
+
+Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón,
+que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la
+figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la
+chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas
+señoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían
+en la sombra un embrión de aquelarre.
+
+Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les
+gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que
+no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre
+concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la
+observación en cabeza ajena.
+
+--Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo manifestamos nunca afición al
+matrimonio.
+
+Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten.
+
+Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doña
+Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió la deliciosa
+pereza que era casi el único placer en aquella vida. Como entonces ya no
+había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa
+desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para
+gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de
+las sábanas.
+
+Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban
+los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían;
+pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían
+su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos
+labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel
+perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda
+Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba
+exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era
+verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos,
+con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de
+Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso estaba en un
+porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado
+hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba,
+entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no
+vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación
+aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de
+que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior
+de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba
+debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban
+más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella
+carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más
+solemnemente las viejas.
+
+Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida
+trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera
+decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.
+
+Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la
+autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel
+misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la
+falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo
+defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este
+el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se
+le había cortado de raíz.
+
+Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno
+de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si
+hubiera visto un _rewólver_, una baraja o una botella de aguardiente.
+Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos.
+Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas
+solteronas. «¡Una Ozores literata!».
+
+--«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en
+efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su
+célebre carta».
+
+El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la
+aristocracia y del cabildo.
+
+El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido,
+declaró que los versos eran libres.
+
+Doña Anuncia se volvía loca de ira.
+
+--¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina....
+
+--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no
+tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos
+no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna
+literata que fuese mujer de bien.
+
+Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido
+por una poetisa traductora de folletines.
+
+El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso
+buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.
+
+--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan,
+aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben
+ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.
+
+La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular
+deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella
+lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en
+literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería
+las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría
+ella lo que era el mundo! En cuanto a la _sobrinita_, era indudable que
+había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para
+ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido
+a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y
+recordaba unas _Aventuras de una cortesana_, que había ella proyectado
+allá en sus verdores, ricos de experiencia.
+
+Tan general y viva fue la protesta del _gran mundo_ de Vetusta contra
+los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y
+engañada por la vanidad.
+
+A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba,
+volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el
+papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del
+delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales
+disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus
+penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma
+no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba
+en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.
+
+Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en
+Ana, aprovecharon este flaco para _ponerla en berlina_ delante de los
+hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién--pero se creía que
+Obdulia--había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los
+jóvenes desairados _Jorge Sandio_.
+
+Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún
+se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas.
+Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera
+descubierto.
+
+--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--decía el
+baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.
+
+--¿Y quién se casa con una literata?--decía Vegallana sin mala
+intención--. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que
+yo.
+
+La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un
+idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!»--pensaba satisfecha de lo
+pasado.
+
+--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--añadía el afeminado
+baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:--Pues
+hijo mío, serán ustedes un matrimonio _sans-culotte_.
+
+Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la
+opinión: la literata era un absurdo viviente.
+
+--«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no
+escribiría más». Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y
+desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos
+aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su hermosura, pero
+como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a
+los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para ella eran
+incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes,
+cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula en cuanto se
+refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que vivía; para
+tales materias prefería las advertencias de doña Anuncia al propio
+criterio. Al principio se le había figurado que ella, con un poco de
+arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos
+que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le
+pareció una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató
+de ensayar sus recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas
+interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y miraba
+a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: en
+efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le antojaban de papel
+marquilla.
+
+Los _pollos_ de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una
+excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era una virtud
+efectiva.
+
+--«¡Qué diablo, alguna había de haber!». Los seductores de la clase
+media que anhelaban siempre _meter la cabeza_ en la aristocracia,
+declararon lo mismo: «Ana era invulnerable».
+
+--Esperará algún príncipe ruso--decía Alvarito Mesía, que vivía entre
+plebeyos y nobles. Alvarito no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos
+tienes». Eran dos orgullos paralelos.
+
+Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya
+en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los
+mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta.
+
+La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con
+sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. Álvaro las
+vio y saludó desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de
+Mesía. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto
+bien.
+
+--«Buenos ojos--pensó el Tenorio--no sabía yo a lo que saben, hasta
+ahora».
+
+Y continuó:--«Esa será una de las primeras».
+
+Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en
+medio los ojos de _la sobrina_.
+
+La _sobrina_ también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y
+ceja.
+
+Y pensaba:--«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no
+era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con
+elegancia... el menos tonto sin duda».
+
+El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos:
+
+--«Se ha ido el menos tonto».
+
+Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en
+cuanto llegó a Madrid.--«¡Oh! el convento, el convento; ese era su
+recurso más natural y decoroso. El convento o el americano».
+
+El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como
+quien oye llover.
+
+--¡Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la
+iglesia--. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita.
+Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones
+improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas
+escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con
+plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo
+para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te
+hablaré del asunto. Aquí sería una profanación.
+
+El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven
+para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la
+señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor
+Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana
+suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción,
+hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia
+sabía algo, impondría al novio sin más examen.
+
+--«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazón;
+Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña gallardamente en su comedia
+inmortal: _El sí de las niñas_».
+
+Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio
+soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas,
+en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada
+de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas
+las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y
+un caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de las
+pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él prendas
+morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría expansiva,
+y la despreocupación en materias supersticiosas.
+
+El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía a
+saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no
+estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simpático.
+
+«Era _un forastero_, palabra de sentido especial en Vetusta, para las
+señoritas de Ozores, que no le habían visto aún en ninguna casa _de las
+suyas_».
+
+--Es un magistrado--les había dicho Crespo un día--; un aragonés muy
+cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de
+comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro
+antiguo es lo que hay que ver.
+
+Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les preparaba a
+escondidas.
+
+Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin
+encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera
+de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado.
+Las acompañaron aquellos señores durante el paseo y hasta dejarlas en el
+sombrío portal del caserón de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don
+Víctor. Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, y al
+día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó a las nobles damas.
+Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció muy simpático.
+
+La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le
+pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las
+preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas.
+
+Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba
+que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella
+quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta
+era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta,
+inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello
+era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se
+reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueños.
+
+Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía a medias
+palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no hubieran entendido en
+tomos como casas.
+
+A don Tomás le llamaban _Frígilis_, porque si se le refería un desliz de
+los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de
+moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia,
+sino por filosofía, y exclamaba sonriendo:
+
+--¿Qué quieren ustedes? Somos _frígilis_; como decía el otro.
+
+_Frígilis_ quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la
+fragilidad humana.
+
+Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la
+adaptación al medio. Pero de esto ya se hablará en su día. Ocho años más
+adelante brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo
+todo.
+
+Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había
+adivinado en Anita tesoros espirituales.
+
+--Mire usted, don Víctor--le decía a su amigo--esa niña merece un rey, y
+por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted, v. gr.
+Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las
+minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es
+el arbolado.
+
+--Deje usted la flora, don Tomás.
+
+--Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es una mujer de primer
+orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho
+un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese
+caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para mí un alma buena
+no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud.
+
+--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía usted que
+la niña....
+
+--¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí no hay que ponerme
+motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo creo en la bondad
+que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las
+raíces... pues es lo mismo, el alma....
+
+Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor
+muchacha de Vetusta.
+
+Crespo, según él dijo, tomó un día por su cuenta a la joven para
+recomendarle al señor Quintanar.
+
+«Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y pico eran como
+los de los árboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud.
+Más viejo es un perro de diez años que un cuervo de ciento, si es cierto
+que los cuervos duran siglos».
+
+Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el trato de
+Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones
+que había impuesto a don Cayetano; no sabrían nada las tías. Don Víctor
+aceptó aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--decía
+Frígilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará
+más pronto... ya verá usted como pica....
+
+Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar.
+
+«Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas».
+
+No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo
+declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de
+Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como
+Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso.
+
+Pero a solas se decía Anita:--«¿No es una temeridad casarse sin amor?
+¿No decían que su vocación religiosa era falsa, que ella no servía para
+esposa de Jesús porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don
+Víctor, tampoco debía casarse con él».
+
+Consultado Ripamilán, contestó:
+
+--«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el
+Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No confesaba Anita que le
+agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día le encontraría más gracia.
+Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada».
+
+Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró
+convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una
+mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.
+
+--«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San
+Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que
+atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso
+de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el
+teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen
+conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz
+a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano
+y amigo».
+
+Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le
+gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. El claustro
+era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quien iba a
+vivir, sino con _hermanas_ más parecidas de fijo a sus tías que a San
+Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de
+las «veleidades místicas» de Anita, y las que la habían llamado _Jorge
+Sandio_ no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el
+nuevo antojo.
+
+Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún
+_trapicheo_; pero esto era poco para creerse con vocación de santa.
+
+«¿Por ventura las demás eran unas tales?».
+
+--Es guapa, pero orgullosa--decía la baronesa tronada, que tenía a su
+marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita.
+
+No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; fueron
+las tías que descubrieron un novio para la niña. El nuevo pretendiente
+era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de
+Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto a edificar el mejor
+_chalet_ de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser
+diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta. Vio
+a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sintió
+herido de punta de amor. Se le advirtió que no le bastaban sus onzas
+para conquistar aquella plaza. Entonces se enamoró mucho más. Se hizo
+presentar en casa de las Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la
+sobrina.
+
+Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y
+terminada la conferencia compareció Anita. Doña Anuncia se puso en pie
+al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó caer sobre la alfombra _La
+Etelvina_, novela que había encantado su juventud, y exclamó:
+
+--Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede ser decisivo en
+tu existencia. (Era el estilo de _La Etelvina._) Tu tía y yo hemos hecho
+por ti todo género de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas
+disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las
+comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son
+nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás lo que nos debes
+(se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), nosotras hemos
+perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha
+sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra
+ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que
+vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable.
+
+--Incalificable--repitió doña Águeda--. Pero creo inútil todo este
+sermón--añadió--porque la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo
+que se trata.
+
+--Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo.
+
+--Todo.--Sí, todo, querida tía.
+
+--Como supongo--prosiguió doña Anuncia--que ya no te acordarás siquiera
+de aquella locura del monjío....
+
+--No señora...--En ese caso--interrumpió doña Águeda--como no querrás
+quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos....
+
+--Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente....
+
+--Y como nosotras no podemos más....
+
+--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....
+
+--Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico
+del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano.
+
+Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló;
+no se atrevía a dar una negativa categórica.
+
+Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco
+que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la
+pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces,
+multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y
+contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había
+momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en
+la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas
+salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola.
+
+Doña Águeda misma estaba horrorizada.
+
+La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después de
+aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo
+tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a
+leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la bailarina--¿quién
+dudaba ya que la modista había bailado?--no le faltaría una cama en el
+palacio de sus mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a la
+mesa; todo lo había comido la niña».
+
+Ana escribió a Frígilis.
+
+Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, como el día de
+la primera visita, entró en el estrado de los Ozores. Venía a pedir la
+mano de Ana, «a quien creía no ser indiferente».
+
+«Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser
+ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería
+llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su
+sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino.
+Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y
+hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una _aurea
+mediocritas_, como había dicho el latino».
+
+Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... _mediocritas_... la
+cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación.
+
+Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la cruz al pecho, que
+a doña Anuncia la enamoraban los discursos que no entendía y las
+condecoraciones.
+
+Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la vieja estaba
+fascinada.
+
+«Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de
+Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto en mangas de
+camisa».
+
+La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la mano de su
+sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia
+de la nobleza, de la clase».
+
+Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda
+aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días.
+
+La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos
+siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de
+anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la
+Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:
+
+--¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía
+una boda loca.
+
+La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es
+decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa.
+
+Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía
+por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que
+había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino.
+
+Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis
+tenía lágrimas en los ojos.
+
+--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--decía con un
+pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Será usted la Regenta
+de Vetusta, Anita.
+
+--No lo permite la ley, por causa de las tías--contestaba don Víctor.
+
+--¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta.
+
+Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo.
+
+Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en el estrado, casi a
+obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quizá los
+mismos que les dieran en otra ocasión aquel pésame por la muerte civil
+de don Carlos.
+
+--Y ella va contenta--decía el barón.
+
+--¡Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Señores, que va a
+arrancar, _desapartarse_--gritó el zagal de la diligencia.
+
+Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas las manos de
+aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero.
+
+Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: era un adiós triste de
+verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa
+veía marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que
+le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla.
+
+Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre
+que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla que aquel don
+Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso.
+
+Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado
+tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por
+su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la
+cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso
+abandono:
+
+--Sí, sí, el primero, el único.
+
+«No le amaba, no; pero procuraría amarle».
+
+Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de
+aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido
+atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia
+desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos
+gritos de la despedida.
+
+Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había hablado
+de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. Repasando todos los
+años de la inútil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera
+cargarse al capítulo de amor tal vez, alguna mirada de algún desconocido
+en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de árboles poblados
+de gorriones y jilgueros.
+
+Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto había
+puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo.
+
+«No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre;
+pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y
+adocenados».
+
+Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había encontrado
+un desdén altivo y una ironía cruel capaces de helar una brasa.
+
+«Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres
+que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno
+de ser querido... pero las tías se encargaban de mantener las distancias
+que exigía el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez
+demócratas teóricos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban
+a su pesar, de ellas. No se acercaban». Todos los que habían producido
+en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran
+cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe
+ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se
+comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero _lo dejan_; falta
+una posición; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas;
+los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa
+y se hacen jugadores.
+
+Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más ricos que los
+que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta Vetusta.
+
+«Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos
+hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo dijera don Frutos
+Redondo.... Pero además, ¿para qué engañarse a sí misma? No estaba en
+Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el
+héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San
+Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien
+nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y
+escogida...».
+
+«Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como
+el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor era la
+muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que
+rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al
+lado, era un delito. Todo había concluido... sin haber empezado».
+
+Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de
+viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente,
+algo arrugado el entrecejo, _El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca
+de Jerusalén_, del inmortal Calderón de la Barca.
+
+
+
+
+--VI--
+
+
+El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida
+por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de
+San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. Los socios
+jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de
+la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el
+Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de
+abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas
+y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía
+trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del
+pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el Casino deja de
+residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata.
+
+Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo;
+lo demás se confesaba que valía poco.
+
+Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la
+policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía
+creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían tener
+los camareros muy mala educación, también heredada. El uniforme se les
+había puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados.
+
+En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de pino. Era
+costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que
+entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había
+visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al
+pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien
+interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la
+Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se
+levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de
+la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas.
+
+Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos
+en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó,
+todo ello junto y como quiera. Más adelante había otra sala más lujosa,
+con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como
+decían los mozos. Aquella leña suscitaba graves polémicas en las juntas
+generales de fin de año. En tal estancia se prohibía el estridente
+dominó, y allí se juntaban los más serios y los más importantes
+personajes de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de
+oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, estaba
+la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había de
+reinar el silencio, y si era posible también en la sala contigua. Antes
+estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y
+los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo,
+donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca
+de los billares. La sala del tresillo jamás recibía la luz del sol:
+siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que hacían palpables las
+tristes llamas de las bujías semejantes a lámparas de minero en las
+entrañas de la tierra.
+
+Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, llamaba a los
+del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel
+antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda
+alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito. Los
+más bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se
+revestían de una seriedad prematura; parecían sacerdotes jóvenes de un
+culto extraño. Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga
+pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún
+joven pálido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres
+hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo.
+Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este
+culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a
+Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos.
+
+En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses
+eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al
+_cuarto del crimen_ en busca de más pingües y rápidas ganancias; porque
+jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era
+famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque
+si no ¿quién ganaría a quién? Pero contra la afirmación del jefe de
+Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron
+aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas más altas,
+tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la
+administración del Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches.
+
+Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las
+ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios
+mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más veces para
+pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no
+sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor _espada_
+de los presentes. Es pálido y flaco. No se sabe si viste de artesano o
+de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para
+sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se
+le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco;
+apenas contesta si le hablan. Él va a su negocio: una casa de tres pisos
+que está construyendo a costa del tresillo junto al Espolón. A su lado
+está don Matías el procurador: juega al tresillo para huir del _monte_.
+Cuando la suerte le es adversa _arriba_, baja y se expone a ganar al
+tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo
+deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las
+cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del
+Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un
+mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo
+durante las ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado
+provincial para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo
+vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos _espadas_ a quien
+admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El tresillo de
+su pueblo no le divertía.
+
+Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana,
+sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y
+el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban;
+pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era
+cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. Jugaban
+muchos forasteros, casi todos empleados.
+
+Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había allí
+muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza
+solía oírse frases como estas:
+
+--Le digo a usted, que me lo ha dado usted.
+
+--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que sí.--Pues
+miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted....
+Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera subsistir, por
+una especie de equilibrio que la naturaleza establecía entre los
+temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un
+genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como corderos y
+miedosos como palomas.
+
+Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza
+necesaria.
+
+Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba
+el del Ayuntamiento:
+
+--¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la mesa.
+
+Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos.
+
+Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos
+instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un templo
+jamás profanado por ríos de sangre.
+
+El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, era estrecho y
+no muy largo. En medio había una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y
+rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consistía en
+un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban
+representando la sabiduría de la sociedad el _Diccionario_ y la
+_Gramática_ de la Academia. Estos libros se habían comprado con motivo
+de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes
+respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras.
+Había además una colección incompleta de la _Revue des deux mondes_, y
+otras de varias ilustraciones. La _Ilustración francesa_ se había dejado
+en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecían
+no se sabe qué reyes de España matando toros. Con ocasión de esta medida
+radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy
+buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de
+Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En los cajones
+inferiores del estante había algunos libros de más sólida enseñanza,
+pero la llave de aquel departamento se había perdido.
+
+Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba de
+mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la demanda.
+
+--Sí señor, la crónica de Vetusta....
+
+--Pero ¿usted, sabe que está ahí?
+
+--Sí, señor, ahí está...
+
+--El caso es...--y se rascaba una oreja el señor conserje--como no hay
+costumbre....
+
+--¿Costumbre de qué?--En fin, buscaré la llave. El conserje daba media
+vuelta y marchaba a paso de tortuga.
+
+El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales
+pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia
+y Turquía y el _Padre nuestro_ en grabados, que adornaban las paredes de
+aquel centro de instrucción y recreo. Volvía el conserje con las manos
+en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios.
+
+--Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave.
+
+Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en
+la pared.
+
+De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; tanto que aquellos
+desaparecían casi todas las noches y los grabados de mérito eran
+cuidadosamente arrancados. Esta cuestión del hurto de periódicos era de
+las difíciles que tenían que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se les
+ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se
+llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar los periódicos
+libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. Don Frutos
+Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el
+_Imparcial_ del Casino. Y no había de trasladar su lecho al gabinete de
+lectura. Se llevaba el periódico. Aquellos cinco céntimos que ahorraba
+de esta manera, le sabían a gloria. En cuanto al papel de cartas que
+desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un
+pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El
+conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato.
+Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa probidad; les
+guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acudía, y
+solía negarse a mudar las plumas oxidadas.
+
+Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había tantos
+lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios
+amantes del saber no leían más que noticias.
+
+El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de
+lectura, era un caballero apoplético, que había llevado granos a
+Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera.
+Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba _Le Figaro_,
+después _The Times_, que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y
+arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba
+dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho
+que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de apoplejía,
+sobre _The Times_, se averiguó que no sabía inglés. Otro lector asiduo
+era un joven opositor a fiscalías y registros que devoraba la _Gaceta_
+sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: sabía de memoria
+cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra
+administración pública.
+
+A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto:
+escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más
+contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» y siempre que un papel de
+Madrid decía «Lo de Vestusta» era cosa de él. Al día siguiente desmentía
+en otro periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» no era
+nada. Así se había hecho un redomado escéptico en materia de prensa.
+«¡Si sabría él cómo se hacían los periódicos!». Cuando franceses y
+alemanes vinieron a las manos, _El Corresponsal_ dudaba de la guerra:
+era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había hasta
+la rendición de Metz.
+
+El poeta Trifón Cármenes también acudía sin falta a la hora del correo.
+Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en
+seguida con un desengaño más en el alma. Era que «no se lo habían
+publicado». Se trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había
+mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, que
+en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no
+podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas
+madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las
+composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía ser esta: «Muy
+señor mío y de mi más distinguida consideración: adjuntos le remito unos
+versos para que, si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz
+pública en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin
+pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, después de
+un año, que se los devolvieran. Pero «no se devolvían los originales».
+Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en _El Lábaro_, el periódico
+reaccionario de Vetusta.
+
+Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se acostaba
+sin haber leído todos los _fondos_ de la prensa que llegaba al Casino.
+Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía
+fama de hábil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales
+eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de
+sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches.
+
+--¡Qué habilidad!--decía sin entender palabra.
+
+Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara de ver ya no
+la habría.
+
+Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo:
+
+--Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú entiendes esto
+que he leído hoy en el periódico. «No deja de dejar de parecernos
+reprensible...». ¿Lo entiendes tú, Paca? ¿Es que les parece reprensible
+o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir....
+
+Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en mano,
+en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez
+papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la
+noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal
+parte se ha escapado con los fondos.
+
+Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros
+respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la
+servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más de la mitad del caudal
+fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la
+_Correspondencia_ que los periódicos pobres se van echando, como
+pelotas, de tijeras en tijeras.
+
+Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que
+parecía oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos
+lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar el piso y
+los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los
+ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando
+ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los señores del
+billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial
+el ingenioso buen humor de los señores socios.
+
+A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El
+conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la
+llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a
+dormir a la conserjería.
+
+Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, en
+traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba
+bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se acercaba al
+estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el cajón inferior,
+tomaba un libro, dejaba otro que venía oculto bajo la esclavina,
+escondía el primero entre sus pliegues y cerraba el cajón. Se acercaba a
+la mesa, después de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y fingía
+echar un vistazo a los periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que
+hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No era un ladrón,
+era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la que el conserje había
+perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez de tropa. Había sido
+un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser
+elegido presidente de un _Ateneo de infantería_, y vístose en la
+necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran
+sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en
+otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse
+solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de
+la patria, ser un erudito. Empezó a llamar la atención de los
+vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y
+el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le
+antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a poco llegó a
+ser miembro, ya correspondiente, ya de número, de muchas sociedades
+científicas, artísticas y literarias. Despuntaba en la Arqueología y en
+la Botánica, sobre todo en la relación de esta a la Horticultura. Era
+un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo
+sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. También le
+daba el naipe por la biografía militar. Sabía de varios tenientes
+generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo
+sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que
+si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera
+conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones,
+como en efecto las había perdido el general inepto.
+
+De esta clase de biografías de personas que pudieron ser importantes,
+estaban las fuentes en libros como aquellos que había en el cajón
+inferior del estante del Casino. Más ejemplares habría por el mundo,
+pero no se sabía de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que
+encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto
+él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con
+aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le
+antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades.
+Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de
+Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma,
+el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía,
+necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar!
+Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y _tutti quanti_». Pero
+no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en
+puridad, tenía...--y miraba a los lados al decirlo--tenía un precioso
+manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo
+había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo.
+
+Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del
+hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio.
+
+El _cuarto del crimen_, la sala de los juegos de azar, y más
+concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se
+llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos.
+La autoridad no había turbado jamás la calma de aquel refugio repuesto y
+escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad
+pública. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del _Lábaro_, se
+perseguía cruelmente la prostitución, pero el juego no se podía
+perseguir. En cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como
+decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del _Lábaro_, ¿cómo
+no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones
+de este género en la prensa local?
+
+Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se titulaba, por
+ejemplo: _¡Esas palomas!_ o _¡Fuego en ellas!_ y en una ocasión el
+mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente
+que se llamaba a secas: _Meretrices_, y acababa diciendo: «de la
+impúdica _scortum_».
+
+Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los
+socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le
+habían pronosticado una cesantía. Lo ordinario siempre fue que hiciese
+la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más
+decorosa posible, como decían las partes contratantes. Los jugadores
+vetustenses tenían una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados
+que tenían que madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de
+perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana,
+recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve,
+el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo trabajo, volvía,
+como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde
+las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes,
+industriales, empleados, propietarios, todos hacían lo mismo. En el
+tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de
+conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas,
+los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar
+donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas,
+todos los gustos, todos los temperamentos.
+
+No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado
+patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La
+religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición
+al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los
+socios, si no se podía pasear? Por eso proponía don Pompeyo Guimarán, el
+filósofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. «_¡Risum
+teneatis!_» contestaba Cármenes en la gacetilla del _Lábaro_.
+
+La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, se
+manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el Casino
+portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un comerciante,
+liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro
+de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los
+zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. Juraba que jamás
+llevando botas nuevas le había favorecido la suerte. Venía a ser un
+jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa
+experiencia le daban ganancias seguras. Un año hizo una espléndida
+novena a San Francisco, a la cual acudió toda _Vetusta edificada_, como
+decía Bermúdez.
+
+Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto de los
+porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más socios que ocho o
+diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran
+personajes averiados que habían contraído la costumbre de trasnochar en
+Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de
+esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a
+ella asistían personajes importantes de esta historia.
+
+Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al
+gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a
+nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el
+respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de
+la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba
+entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la
+llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en
+la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un
+diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios
+fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar
+café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un
+aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los
+hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba,
+sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de
+lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que
+sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna.
+Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de
+una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de
+señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de
+animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante,
+aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor
+fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay
+inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros
+irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato,
+etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se
+refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en
+lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera,
+y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba:
+
+--¿Quién es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era
+hermana de....
+
+Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los
+vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase:
+
+--Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes.
+
+La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las
+conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los
+socios beneméritos. El invierno actual siempre era más frío que todos
+los que recordaban, menos uno.
+
+También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento,
+sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades.
+
+A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables
+ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más
+grato palique el silencio; y a él se consagraba principalmente aquella
+especie de siesta que dormían despiertos. Casi siempre callaban.
+
+No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había dos
+o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático
+estrépito del dominó, que habían desterrado de su sala los venerables.
+Los del dominó eran siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros
+civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero
+siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble,
+hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar
+a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía
+jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros
+personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de mucha agua,
+cuando él no podía dar sus paseos.
+
+La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados.
+
+--«Allí no se respetaba nada ni a nadie»--decían los viejos del
+rincón.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las
+conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban.
+
+--¡Qué atolondramiento!--dijo un _venerable_ en voz baja.
+
+--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses
+reales de la provincia.
+
+--Únicamente cuando viene el señor Mesía....
+
+--Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa.
+
+--Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman
+Economía política.
+
+--Yo también creo en la Economía política.
+
+--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, a quien
+he conocido.
+
+Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba
+tierra encima y a callar todos.
+
+En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal
+y era usurero con todos los sistemas políticos; malicioso, y enemigo de
+los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo.
+
+--Pero, vamos a ver--decía--¿quién le ha asegurado a usted que el
+Magistral no ha querido confesar a la Regenta?
+
+--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la
+capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta.
+
+--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón.
+
+--Es verdad--gritó un tercero--yo también los vi. De Pas iba con el
+Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy
+colorado.
+
+--¡Hombre, hombre!--exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse.
+
+--Pues yo sé más que todos ustedes--vociferó un pollo que imitaba a
+Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de
+Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.
+
+Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro
+se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una
+mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el
+respaldo en la mesa, dijo:
+
+--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don
+Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....
+
+--¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?--interrumpió el enemigo del
+clero--. ¡El secreto de la confesión!
+
+--¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho.
+Mesía--y bajó mucho más la voz--Mesía le pone varas a la Regenta.
+
+Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro.
+
+«Aquello era demasiado».
+
+«Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el
+Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero tocar a la Regenta! Era un
+imprudente aquel sietemesino, sin duda».
+
+--Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que Álvaro quiere
+ponérselas; lo cual es muy distinto.
+
+Todos negaron la probabilidad del aserto.
+
+--Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho!
+
+El pollo se encogió de hombros.
+
+--«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el íntimo de Mesía».
+
+--Y, vamos a ver--preguntó el señor Foja, el ex-alcalde--¿qué tiene que
+ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el
+Magistral y la confesión?
+
+No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía hablar mal de
+los curas.
+
+--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al
+otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra.
+
+--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirtió el padre del
+deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo,
+adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa.
+
+--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y seguía
+bajando la voz, y los demás acercándose, hasta formar un racimo de
+cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya
+notado las miradas... y demás ¿eh? del otro... y querrá curar en
+salud... y el Arcipreste no está para casos de conciencia complicados, y
+el Magistral sabe mucho de eso.
+
+El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación.
+
+Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba un ojo a un amigo.
+No cabía duda que los chicos sólo en Madrid se despabilaban. Caro
+cuesta, pero al fin se tocan los resultados.
+
+El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía
+la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de
+sus gestos y acento.
+
+Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en
+ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía
+pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se
+llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre
+las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería.
+
+Se llamaba Joaquín Orgaz y _se timaba_ con todas las niñas casaderas de
+la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y
+tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había acabado la carrera aquel
+año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella
+aportaría el dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades
+flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía parecer
+más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en
+Vetusta no podía temer a más de cinco o seis rivales importadores de
+semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo
+buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se había
+hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le
+tocaba del esplendor que irradiaba el célebre Mesía, flor y nata de los
+elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba Álvaro por lo muy familiar que
+era el trato de Paco y de Mesía, y como él tuteaba a Paquito... por eso.
+
+Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que
+era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta.
+
+--Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de talento,
+digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me apuran diré que
+es una mujer superior--si hay mujeres así--pero al fin es mujer, _et
+nihil humani_...
+
+No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de
+quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles.
+
+Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe maldecir el
+pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios
+que le costaba aquel enemigo.
+
+Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que
+había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su gloria cantando
+algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró sobre un tacón y
+cantó, o _se_ cantó, como él decía:
+
+ Ábreme la puerta,
+ puerta del postigo....
+
+--«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. ¡La Regenta!
+¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y Álvaro siempre había sido
+irresistible...». Orgaz hijo suspendió el baile, que había emprendido
+mientras hacía observaciones. En la sala vecina habían sonado unas
+pisadas que hacían temblar el pavimento.
+
+--Ahí está el inglés--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco
+pálido.
+
+En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por
+qué--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un
+ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios
+fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo,
+desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a
+Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la
+carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que
+Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.
+
+Una vez le preguntaron en un examen:
+
+--¿Qué es un testamento, hijo mío?
+
+--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.
+
+Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica
+que él no comprendía.
+
+Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el
+Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser
+hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué.
+
+Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del
+Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si
+nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el
+vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y
+se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo
+agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en
+adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores
+de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario
+de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y
+las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía
+que esto le daba cierto aspecto de noble inglés.
+
+--«Yo soy muy inglés en todas mis cosas--decía con énfasis--sobre todo
+en las botas».
+
+«_Militaba_» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el
+poder.
+
+--«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal».
+
+Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra
+cosa que no pertenece a esta historia.
+
+Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la
+frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía
+siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él
+animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar
+que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que
+miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte,
+daba escalofríos.
+
+Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que
+se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía
+muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen
+oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la
+finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban
+las manos.
+
+Aborrecía lo que olía a plebe. Los _republicanitos_ tenían en él un
+enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso colgaduras en los
+balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso
+arrojar por uno de aquellos balcones al mísero dependiente.
+
+--¡Señor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula!
+
+--¿Qué importa, animal?--respondió Trabuco furioso--. ¡No hay Paula que
+valga: en siendo San Francisco es día de gala y se cuelga!
+
+Así entendía él que servía a las Instituciones.
+
+Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco.
+
+Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia
+para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el
+Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y
+leían más periódicos del día. Y se dijo:
+
+«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio.
+Afortunadamente tengo energía--tenía muy buenos puños--y a testarudo
+nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por
+supuesto.) Sin más que esto y leer _La Correspondencia_ seré el
+Hipócrates de la provincia».
+
+Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó
+Sócrates Trabuco, ni le hacía falta.
+
+Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de
+Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con
+atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo
+procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima.
+
+Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no
+puede llamarse el Cristo, porque era un _rotin_, y blandiéndolo gritaba:
+
+--¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los
+terrenos!
+
+Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en
+el tropo y en el garrote y se diera por vencido.
+
+Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más
+bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior.
+Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le
+convenía. En tal caso el peligro estaba en los _lapsus_ geográficos.
+Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos
+invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con
+el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.
+
+También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando
+sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde
+que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas
+piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo.
+
+--¡Este va a reina!--exclamó clavando con los suyos los ojos del
+adversario.
+
+--No puede ser.--¿Cómo que no puede ser?
+
+Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del
+peón que debía ir a reina.
+
+--A reina va, y lo hago cuestión personal--añadió envalentonado Trabuco,
+dándose un puñetazo en el pecho.
+
+Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre.
+
+Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el
+peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de
+Pernueces.
+
+
+
+
+--VII--
+
+
+Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito
+Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín
+imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Además,
+Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran
+amigos suyos. Joaquín era uña y carne del Marquesito--el hijo del
+marqués de Vegallana--y este el amigo íntimo de don Álvaro.
+
+--Buenas tardes, señores--dijo Ronzal sentándose en el corro.
+
+Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso a mirar de hito en
+hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse invisible.
+
+--¿De quién se murmura, pollo?--preguntó el diputado dando una palmada
+en el muslo no muy lucido del sietemesino.
+
+Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del joven
+para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín contestó:--De
+nadie. Y encogió los hombros.--No lo creo. Estos madrileñitos siempre
+tienen algo que decir de los infelices provincianos.
+
+--Así es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor,
+era hoy la víctima.
+
+Ronzal se puso serio.--¡Hola!--dijo--¿también _espifor_? (Espíritu
+fuerte en el francés de Trabuco.)
+
+--Se trataba--añadió Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama,
+hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su
+atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don
+Fermín.... ¡Je, je!...
+
+Ronzal no entendía.--A ver, a ver; exijo que se hable claro.
+
+Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio.
+
+El señor Orgaz se atrevió a murmurar:
+
+--Hombre, eso de exigir...--Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión
+personal!
+
+--Pero ¿qué es lo que usted exige?--preguntó el muchacho agotando su
+valor en este rasgo de energía.
+
+--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la
+cuestión personal.
+
+--¿Pero qué cuestión?
+
+--¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto.
+Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le
+echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo
+que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor.
+
+--¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro!
+
+Ni él mismo sabía lo que exigía.
+
+Foja se encargó de poner las cosas claras.
+
+--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien
+pone las varas que esa señora toma o deja de tomar.
+
+--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió
+halagado con la suposición.
+
+--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela
+de juicio la virtud de esa señora tan respetable....
+
+--Pero ¿qué señora?
+
+--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie.
+
+La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables
+del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por
+unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba
+demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le
+enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos
+prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de
+la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y
+virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el
+señor Ronzal....
+
+--Es Mesía--interrumpió Joaquín.
+
+--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la
+noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que
+la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales
+cuentos a un establecimiento público....
+
+--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja.
+
+--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y
+eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz
+hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera
+de sí al bárbaro de Pernueces.
+
+No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y
+dijo:
+
+--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara
+a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en
+el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños
+crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que
+escandalizó a los señores del rincón obscuro.
+
+--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la
+puerta.
+
+--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito!
+
+Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso
+Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con
+los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco
+Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este
+había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el
+café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del
+corro. Quería decir que callaba por pura discreción.
+
+Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía
+en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la
+ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le
+sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba
+muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía
+el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en
+perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en
+inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente
+del Casino.
+
+Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el
+valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el
+prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que
+confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el
+Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema.
+Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo,
+su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno
+modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz
+e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable
+patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este
+pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos
+que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al
+Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese
+adquirido de mala fe.
+
+Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico
+también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba
+las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor.
+Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y
+sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la
+sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde
+el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro
+para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que
+no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera
+enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara.
+
+¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el
+público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde
+la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel
+_gallo_ rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero
+candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel
+_plastón_ (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían
+sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos
+del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía
+supersticiosamente al _plastón_ gran parte en las victorias de amor de
+su enemigo.
+
+Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía
+al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera
+del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y
+si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin
+ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba
+las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de
+una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía
+paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el
+movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de
+mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino
+de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o
+deshonrada cuando menos.
+
+Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba
+haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba
+sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una
+vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama
+para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción
+ronzalesca.
+
+En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda
+mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito.
+
+Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie.
+
+Negaba las conquistas de Mesía.
+
+--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando
+las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que
+entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el
+actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la
+moralidad de nuestras familias es el mejor escudo.
+
+Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la
+murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto
+nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo
+diría.
+
+Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación.
+Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de
+Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y
+le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de
+que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas
+cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él
+le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase
+en un espejo de _la Rigolade_. No le quería mal. Le hubiera hecho un
+favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el
+otro lo supiera.
+
+Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres
+casadas.
+
+Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad
+presente, debida a la restauración.
+
+--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo
+el alcalde, con su malicia de siempre.
+
+Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó:
+
+--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene
+incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las
+ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero
+catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....
+
+--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo
+hablara.... Además, todos ustedes saben....
+
+El que empleaba estas reticencias era Foja.
+
+--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no
+es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante.
+
+--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz.
+
+Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no
+Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja,
+Joaquinito y otros dos.
+
+Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del
+Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era
+la simonía».
+
+El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar
+la palabreja.
+
+Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales
+del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso
+el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el
+Obispo.
+
+--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice
+de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus
+relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y
+conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas
+esas calumniosas especies.
+
+(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)
+
+--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.
+
+--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de
+don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja,
+y que don Manuel autoriza esto, y....
+
+--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja.
+
+--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?
+
+--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró
+aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable
+sonrisa.
+
+--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se
+convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por
+todos conceptos.
+
+--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una
+pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.
+
+Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo
+contestar al liberalote.
+
+Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero
+también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido.
+
+--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la
+provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha
+hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de
+Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de
+Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las
+Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más
+vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin,
+que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el
+día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre
+saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho.
+
+El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía
+al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La
+libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés.
+Todavía era más usurero que clerófobo.
+
+Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan
+desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.
+
+¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar
+de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su
+papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía;
+y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja
+le constaba que no le quería bien ni mucho menos.
+
+--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él
+hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha
+dicho.
+
+--_Vox populi_...
+
+--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a
+Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates.
+
+--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la
+presencia de don Álvaro.
+
+--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis....
+
+--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja.
+
+Y cogiendo el sombrero añadió:
+
+--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.
+
+Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don
+Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--.
+Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará
+usted... aquella palabreja.
+
+--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con _h_...
+
+--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.
+
+--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado
+unos callos....
+
+--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que
+hay en la biblioteca.
+
+--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran
+frecuentes.
+
+--Búsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a
+Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de
+aplastar al de Pernueces.
+
+Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que
+tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más
+bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.
+
+--¡Qué callada! ¡qué callada!
+
+Orgaz, solemnemente, buscó avena con _h_. No pareció.
+
+--Será que la busca usted con _b_; búsquela usted con _v_ de corazón.
+
+--Nada, señor Ronzal, no parece.
+
+--Ahora búsquela usted sin _h_--exclamó don Frutos, ya muy serio,
+queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.
+
+Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído.
+
+Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie
+en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de
+Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre
+un diván y gritando dijo:
+
+--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra
+de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_.
+
+Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo:
+
+--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la
+cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe
+cómo se arreglan estas cosas.
+
+Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir:
+
+--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a
+dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva
+_h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario
+será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....
+
+--Sí señor; es el diccionario del Gobierno....
+
+--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la
+avena con la Habana, donde hizo su fortuna....
+
+Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la
+avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido.
+
+--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada.
+
+Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal
+objeto de burla general, le puso muy contento.
+
+Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de
+don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la
+economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de
+energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de
+vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había
+diccionario. Pero ya que Foja lo decía....
+
+Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la
+noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios
+trasnochadores.
+
+La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas
+ocupaciones.
+
+¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían
+interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de
+amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió
+espiarlos.
+
+Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El
+Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz.
+
+--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa?
+
+--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes
+razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia.
+
+--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene
+usted en asedio a la viudita?
+
+--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena.
+
+Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco.
+Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque
+ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz
+sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que
+no.
+
+--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien
+reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo
+en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a
+escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las
+carboneras? Pues también en los palacios y en los templos...
+
+ _Pauperum tabernas, regumque turres._
+
+Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó:
+
+--Pero tú ¿cómo sabes todo eso?
+
+--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es.
+
+--Sí--dijo Mesía--la de Palomares....
+
+--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en
+la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas
+partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a
+mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre,
+para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas
+cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué
+cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se
+disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación
+para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia
+de la otra....
+
+--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y...
+ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles.
+
+--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales
+circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil
+blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire
+y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota....
+
+El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--.
+¿Y él?--añadió.
+
+--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue
+a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las
+suyas, que parecen de _cocotte_ de sacristía....
+
+--¿Qué contestó?
+
+--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta
+de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería
+feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las
+vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas
+bromas y se despidió.
+
+--¡Pobre diablo!--dijo Mesía.
+
+--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su
+amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de
+esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos.
+
+Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata
+como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su
+Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta,
+ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco
+tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más
+contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro
+Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los
+mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en
+ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las
+maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don
+Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y
+cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos
+de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito
+original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que
+le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de
+mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy
+holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de
+los sombreros.
+
+Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier
+figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas
+compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería
+los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La
+esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el
+peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin
+rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha
+salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la
+mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder
+todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de
+ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las
+queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño
+a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la
+_Historia de la prostitución_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y
+sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída.
+Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la
+corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no
+venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro.
+Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.
+
+Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas
+aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como
+virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le
+dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen
+marido.
+
+La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta:
+
+--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha
+una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para
+disfrutar de otras lozanías?
+
+No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose:
+pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un
+criminal?
+
+Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo.
+
+Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el
+Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas
+mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y
+esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos,
+su manera de entender los placeres.
+
+--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y
+mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.
+
+Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas,
+Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y
+Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le
+admiraba.
+
+Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía
+bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces.
+
+--¿A dónde vamos?--preguntó Vegallana, queriendo provocar así la
+confidencia que esperaba.
+
+Don Álvaro se encogió de hombros.
+
+--Puede ser que esté ella en mi casa.
+
+--¿Quién?--Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal
+a Paco.
+
+Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía:
+--Muchacho, ¡tú eres _l'enfant terrible_! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién
+te ha dicho a ti?...
+
+--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.
+
+--¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido
+indiscreto.
+
+--¿Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta.
+
+--¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que le gustas tú.
+
+Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de Vegallana.
+
+El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes
+esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del _dandy_ se animaron.
+Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de
+sus emociones.
+
+Anduvieron algunos pasos en silencio.
+
+--¿Qué has visto tú... en ella?
+
+--¡Hola, hola! Parece que pica.
+
+--¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica?
+
+Vegallana se volvió para mirar a Mesía.
+
+Este señaló el corazón con ademán joco-serio.
+
+--¡Puf!--hizo con los labios Paco.
+
+--¿Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. ¿Tú no crees en la posibilidad
+de enamorarse?
+
+--Yo me enamoro muy fácilmente....
+
+--No es eso.--¿Y te pones colorado?--Sí; me da vergüenza, ¿qué
+quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, ¿qué sientes?
+
+Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas
+mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del
+Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión
+de su sentido moral le hacían afeminado en el alma en el sentido de
+parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores,
+ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del
+vicio fácil y corriente.
+
+Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba
+por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para
+damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa
+que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin
+pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como
+el de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo buscarlo y
+se declaraba escéptico en esta materia; pero allá adentro, en regiones
+de su espíritu en que él entraba rara vez, veía vagamente _algo mejor_
+que el ordinario galanteo, algo más serio que los apetitos carnales
+satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera
+a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasía más poderosa
+que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de
+Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En un
+cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo
+sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era
+la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito.
+
+«Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad;
+pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se
+para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras
+casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro
+y el ordinario».
+
+Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que
+Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se
+convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La
+amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había
+dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo
+poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros;
+en la casa del Marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas
+pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir
+de Paquito. Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a
+solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? Imposible, pensaba el
+seductor; esto ya sería una traición formal, de las que asustan más a
+las mujeres; semejantes enredos no podía admitirlos la Regenta: por lo
+menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar más
+a propósito para comenzar en regla un asedio y esperar los
+acontecimientos. Don Álvaro lo sabía por larga experiencia. En casa de
+Vegallana había ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le
+aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a
+todo Vetusta le parecería indispensable.
+
+Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran.
+
+Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón amarillo. ¿Qué
+sabía Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las demás;
+¿por qué se empeñaban todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje
+llevaba en el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía
+incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía en la virtud
+absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la superioridad que
+todos le reconocían. Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con
+tales ideas tenía que ser irresistible.
+
+«Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa.
+
+Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta
+la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el
+deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que
+verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.
+
+«Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que
+aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». Este era
+su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora
+con su cuenta y razón; por algo y para algo. Precisamente tenía entre
+manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un
+personaje político que había conocido en los baños de Palomares. Era
+otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien,
+había empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en
+el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las
+cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había
+rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el
+que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el
+Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un
+estudiante tímido que ama platónicamente. Había mujeres que sólo así
+sucumbían; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos
+con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del
+rendimiento. La señora del personaje de Madrid era de las que exigían
+años. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la
+carrera, y esto era lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se
+empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la
+Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía
+que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de
+prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia
+que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora
+de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor
+vergüenza todavía! otros dos años había empleado en merecer el poeta
+Trifón Cármenes, enamorado líricamente de la Regenta. Bien lo había
+conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy
+ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y
+en el sistema de ataque. Pero al principio no había más remedio, había
+que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy atrás; no
+había pasado de esta situación, poco lisonjera: la Regenta no sabía que
+aquel chico estaba enamorado de ella. Le veía a veces mirarla con fijeza
+y pensaba:
+
+«¡Qué distraído es ese poetilla de _El Lábaro_! deben de tenerle muy
+preocupado los consonantes». Y en seguida se olvidaba de que había
+Cármenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta más testigo de
+su dolor que Mesía, la única persona del mundo que entendía el sentido
+oculto y hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías
+parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don Álvaro dueño de la
+clave.
+
+Esta parte ridícula, según él, de su empeño, ponía furioso unas veces al
+gentil Mesía y otras de muy buen humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de
+Trifón! Había que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante
+preparado. Aquello era el corazón de la Regenta.
+
+El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la
+lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo
+primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores. Verdad
+era que en aquellos dos años había rendido otras fortalezas. Pero
+ninguna aventura había sido de las ruidosas; nada podía saber la Regenta
+de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador debían de ser
+para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran
+dotes positivas de don Álvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales
+pocos las conocían; las que sonaban y hasta refería él siempre eran
+antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse
+querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el
+Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino,
+constante y platónico amador de su gentileza. Esto era lo que él quería
+saber a punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría la tranquilidad de
+la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar
+honrado?
+
+Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno,
+y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta.
+
+«Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don Álvaro. «La
+devoción sería un rival más temible que Cármenes; el Magistral un
+cancerbero más respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo».
+
+No había más remedio que jugar el todo por el todo.
+
+Había llegado la época de la recolección: ¿serían calabazas? No lo
+esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a sí
+mismo, no las tenía todas consigo. Por eso le irritaba más la
+supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella señora; le irritaba
+más porque él, sin querer, participaba de aquella fe estúpida.
+
+«Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y
+además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si hasta la Biblia lo dice!
+¿Mujer fuerte? ¿Quién la hallará?».
+
+Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que
+probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en
+la conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía
+disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. Queriendo
+tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en
+corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo
+una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete.
+
+--«¡Esta es la moral positiva!--decía el Marquesito muy serio cuando
+alguien le oponía cualquier argumento--. Sí, señor, esta es la moral
+moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica
+otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño
+se le hace a un marido _que no lo sabe_?».
+
+Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él
+estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen
+conservador, no la quería en las Universidades.
+
+«¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos».
+
+Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño
+tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había ablandado el alma la
+elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro!
+Mucho más grande que nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre
+frío, el _dandy_ desengañado, tenía otro hombre dentro? ¡Quién lo
+pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices
+delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente
+indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si
+es no es romántico!». Si en vez de la _Historia de la prostitución_
+Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don
+Álvaro no hacía más que imitar--y de mala manera, porque él era ante
+todo un hombre político--a los héroes de aquellos libros elegantes. Sin
+embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesía; era este
+una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por
+amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa.
+
+«Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, frío y
+prosaico por fuera, romántico y dulzón por dentro».
+
+Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más partido
+entre las mozas del ídem, estaba resuelto:
+
+1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por seguros,
+de la Regenta y Mesía. Y
+
+2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una _pasión
+verdad_, compatible con su afición a las formas amplias y a las
+turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto.
+
+--¿Quién está arriba?--preguntó a un criado, seguro de que estaría la
+Regenta «porque se lo daba el corazón».
+
+--Hay dos señoras.--¿Quiénes son? El criado meditó.--Una creo que es
+doña Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la
+otra... no sé.
+
+--Bueno, bueno--dijo Paco, volviéndose a Mesía--. Son ellas. Estos días
+Visita no se separa de Ana.
+
+A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo.
+
+--Oye--dijo--llévame primero a tu cuarto. Quiero que allí me expliques,
+como si te fueras a morir, la verdad, nada más que la verdad de lo que
+hayas notado en ella, que puede serme favorable.
+
+--Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había notado... no
+era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... y precisamente
+él estaba tan excitado en aquel momento....
+
+Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al
+vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina.
+Era la carcajada eterna de Visita.
+
+--¡Están en la cocina!--dijo Mesía asombrado y recordando otros tiempos.
+
+--Oye--observó Paco--¿no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer
+empanadas y no sé qué mas?
+
+--Sí, ella lo dijo.--Entonces... ¿cómo está aquí Visitación?
+
+--¿Y qué hacen en la cocina?
+
+Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía,
+apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la
+casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos
+negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y
+habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos
+y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por
+encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la
+muerte; del pico caían gotas de sangre.
+
+Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán de retorcer
+el pescuezo a su víctima y gritó triunfante:
+
+--¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos los hombres!...
+
+«¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra».
+
+
+
+
+--VIII--
+
+
+El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más
+reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición a la política y
+más servía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre un favorito que era
+el jefe verdadero. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego
+natural de las instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don
+Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. El reaccionario
+creía resolver sus propios asuntos y en realidad obedecía a las
+inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como
+un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los
+blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba de los negocios
+conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si
+mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y
+licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran
+gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales, el marqués de
+Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y
+daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico
+en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los
+soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las
+aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo
+sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble,
+aprovechando el secreto.
+
+Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse leguas», o sea dar
+paseos de muchos kilómetros.
+
+Le aburrían las intrigas de politiquilla.
+
+Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía.
+Don Álvaro era al Marqués en política lo que a Paquito en amores, su
+Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de
+pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aquí
+estaba el secreto de la política de Vegallana, conocido por pocos.
+
+Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», solían
+exclamar:
+
+--¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació para amaños electorales, para
+manejar pueblos.
+
+--No, y los años no le rinden; siempre es el mismo.
+
+Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía.
+
+Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía enfrente de
+un candidato reaccionario a quien había que dejar el triunfo. El Marqués
+agradecía a don Álvaro su abnegación, y le pagaba diciéndole, por
+ejemplo:
+
+--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí me
+carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y
+entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor fidelísimo.
+
+¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía el verse diputado de la
+Comisión a una de estas sabias combinaciones!
+
+El Marqués decía que «la fatalidad le había llevado a militar en un
+partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su
+temperamento era de liberal». Tenía grandes «amistades personales» en
+las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la
+redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían
+manejando la complicada máquina de las influencias, el único servicio
+positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía un
+puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por las parroquias
+electorales que visitaba en sus paseos de Judío Errante.
+
+Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, contaba los
+pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los
+kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los señalaba
+con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana. Llegaba
+a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar más
+satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se
+hablaba en primer término del paseo de Vegallana.
+
+--¿A dónde bueno, Marqués?--le preguntaba un amigo que le encontraba en
+el campo.
+
+--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos...
+tres... cuatro...--y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con
+nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.
+
+Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas
+eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo el orgullo
+y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense,
+pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas.
+
+Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y
+medidas. Sabía en números decimales la capacidad de todos los teatros,
+congresos, iglesias, bolsas, circos y demás edificios notables de
+Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo,
+y tantos de altura»; y hallaba el cubo en un decir Jesús. El Real tiene
+tantos metros cúbicos menos que la Gran Ópera. Mentía cuando quería
+deslumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si
+se le antojaba. «A mí hechos, datos, números--decía--; lo demás...
+filosofía alemana».
+
+En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese
+proporción entre la catedral y la plazuela, convendría retirar tres o
+cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto de buen grado. Era
+el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en materia de monumentos
+históricos y ornato público. Todo lo quería alineado. Soñaba con las
+calles de Nueva York--que nunca había visto--y si le sacaban este
+argumento:
+
+--«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades».
+
+Contestaba:--«Señor mío, _distingue tempora_... (no quería decir eso)
+no tergiversemos, no involucremos, _post hoc ergo propter hoc_ (tampoco
+quería decir eso.) La verdadera desigualdad está en la sangre, pero los
+tejados deben medirse todos por un rasero. Así lo hace América, que nos
+lleva una gran ventaja».
+
+La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa
+del Marqués, por un rasero se había medido.
+
+No había una casa más alta que otra.
+
+Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho pisos
+para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el
+Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los tejados
+«dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la
+sociedad en que vivimos», como decía el Marqués en un artículo anónimo
+que publicó en _El Lábaro_.
+
+La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que
+ella creía casi universal en los maridos. Ella sí que era liberal. Muy
+devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devoción
+consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a
+la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco
+duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer,
+mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran
+conservas. La libertad, según esta señora, se refería principalmente al
+sexto mandamiento. «Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas
+las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más
+amplia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que la aristocracia de
+ahora podía hacer era divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la
+nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa
+no había más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo y
+la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles,
+según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la
+Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo grandes
+modificaciones en el salón Regencia.
+
+El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón amarillo
+diciendo:
+
+--«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la Regencia; ¿por
+dónde? como no sea de la regencia de Espartero...». Los muebles eran
+lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de
+vista arqueológico, convertidos en flagrantes anacronismos.
+
+Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del
+amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después,
+y últimamente con raso basteado, _capitoné_ que ella decía, en
+almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le
+antojaban impúdicas. El tapicero protestó en tiempo oportuno; en el
+salón sentaba mal lo _capitoné_, según su dogma, pero la Marquesa se
+reía de estas imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón,
+espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que
+entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, según
+el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal
+gusto, contestaba que la moda moderna era lo _confortable_ y la
+libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero
+al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al
+segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha
+manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez
+hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada
+artísticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el día la Marquesa, la
+anarquía de los muebles era completa, pero todos eran cómodos; casi
+todos servían para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas,
+confidentes, taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en
+entrando allí daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza
+anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como
+pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con
+los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a
+todos los vientos.
+
+La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana,
+se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía
+novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete.
+La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al
+teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran
+rayos; para eso tenía carruajes. _Si no había teatro_, y esto era muy
+frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los
+amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía
+periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo
+intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género
+de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves
+interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y
+un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más
+pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no
+dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no
+lo admitía ella. Cuando alguno _salía garante_ de una virtud, la
+Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un
+lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase
+negaciones. A veces pronunciaba claramente:
+
+--A mí con esas... que soy tambor de marina.
+
+No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las
+costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían
+referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV.
+
+En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si había
+pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara
+de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante
+altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los
+demás se quejaban. Era una injusticia.
+
+--«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»--decían algunos un tanto
+ofendidos.
+
+Doña Rufina se encogía de hombros.
+
+--«Cosas de ese»--respondía--aludiendo a su marido.
+
+No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero una
+noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón y
+llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó con
+una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer--estaba seguro--y
+sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por
+discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara.
+Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad
+irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba todavía a la
+llave del gas.
+
+De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían casado
+y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella
+escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas
+vivían con ella, había desaparecido. Era el único consuelo de tanta
+soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de
+las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas
+linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba
+el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como
+temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de
+lo _mejorcito_ de la capital. Algunos padres timoratos oponían algunos
+argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués,
+pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la
+señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de
+las hijas ausentes;--el de Emma no volvió a ser habitado, pero se
+entraba en él cuando hacía falta--. Las muchachas animaban por algunas
+semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas
+y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De
+noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera
+sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche había aventuras, pero
+silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba
+sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre
+femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. _Videor meliora_,
+le decía don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la
+Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las
+muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer
+compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas.
+Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los
+acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón
+amarillo habían salido muchos matrimonios _in extremis_, como decía
+Paquito creyendo que _in extremis_ significaba una cosa muy divertida.
+Pero lo que salía más veces, era asunto para la crónica escandalosa. Se
+respetaba la casa del Marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se
+contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre:
+
+--«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales
+una casa tan respetable, tan digna». Los liberales avanzados, los que no
+se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor.
+
+Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa
+donde había tantas aventuras.
+
+Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan
+estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q. e. p. d.) el
+_de la clase_, aún no era para todos el entrar en la tertulia de
+confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las
+puertas, porque se daban tono así, y además no les convenían testigos.
+«Estaban mejor en _petit comité_». El espíritu de tolerancia de la
+Marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual
+a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia,
+las mamás que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a
+las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de
+cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y
+quién duda que estas se harían respetar? Allí estaba Visitación por
+ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las
+ridículas, así como los maridos que seguían conducta análoga. Algún
+canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia,
+aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí
+mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la Marquesa de día. A
+los escrupulosos se les llamaba hipócritas y adelante.
+
+La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo
+vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con
+gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba
+Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía a mirar, faltaba
+Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía leyendo. Y pensaba: «Todos son personas
+decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestión de
+_peccata minuta_... allá los interesados». Y encogía los hombros. Este
+criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces
+seguía pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las
+conozco, me avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías;
+mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían casado y
+nadie se las había devuelto quejándose de lesión enormísima. Si había
+habido algo, serían niñerías. Y la otra había muerto porque Dios había
+querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de
+sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con
+franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin
+rodeos.
+
+Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no
+tomaba ninguna precaución.
+
+--«Madres tienen», decía, o «con su pan se lo coman».
+
+Y añadía siempre lo de:
+
+--«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...».
+
+Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y
+de su tertulia era Mesía.
+
+«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué
+prudencia! ¡qué discreción!».
+
+«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un
+escándalo».
+
+A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la
+habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en
+brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.
+
+Su Paco era torpe, no sabía....
+
+--«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No
+llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser
+cauto y después... tu alma tu palma».
+
+Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente:
+
+--«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a
+Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que
+tributaba al Tenorio vetustense.
+
+La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de subir
+siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos.
+
+En la época en que venían las sobrinas, había además de tertulia
+conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores
+tiempos. La alegría corría otra vez por toda la casa; no había rincones
+seguros contra el atrevimiento de los amigos íntimos; y en los
+gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba aún el lecho virginal de
+las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos,
+delatores de los juegos en que consistía la vida de aquella Arcadia
+casera.
+
+Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; en aquella
+casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una
+historia en íntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de
+los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una
+garantía del eterno silencio que les recomendaba. Parecía decirle la
+madera de fino barniz blanco: No temas; no hablará nadie una palabra.
+En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias
+dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las
+prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los
+asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se
+parecía al mismo Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos
+amorosos.
+
+El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer.
+
+«Si no había podido moralizarla a ella, mal había de moralizar a sus
+tertulios». Él vivía en el segundo piso.
+
+Había comprendido que el salón amarillo había ido perdiendo poco a poco
+la severidad propia de un estrado, y se había decidido a convertir en
+_sala de recibir_ la del segundo, que estaba sobre el salón Regencia.
+
+La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien
+fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando eran de cumplido, se
+morían de frío en el salón de antigüedades. El salón de antigüedades y
+el despacho del Marqués, «constituían, como él decía, la parte seria de
+la casa». En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente
+nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana tenía en mucho la
+severidad de su despacho; nada más serio que el roble para casos tales.
+La «sobriedad del mueblaje» rayaba en pobreza.
+
+--¡Mi celda!--decía el Marqués con afectación.
+
+Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes
+del _salón de antigüedades_ pendían tapices más o menos auténticos, pero
+de notoria antigüedad.
+
+Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno de respeto en aquel
+museo de trampas, según su expresión. El Marqués tenía la vanidad de ser
+anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba
+al cabo obra de los _truqueurs_, palabra del capitán. El implacable
+Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta
+le despreciaba; pero por no disgustarle, no había querido darle pruebas
+inequívocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II
+del salón de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este
+los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero; ¡los
+había comprado él mismo en París!... Pues Bedoya, al que le aducía este
+argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los
+viera, subía con él al segundo piso; se encerraba en el salón de
+antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del
+Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba
+cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había hecho él varios
+agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la
+silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh
+triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas,
+pero no en polvo.
+
+--¿Ve usted?--decía Bedoya.
+
+--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone,
+se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los
+roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen
+más que dinero y credulidad; ¡esto es _truquage_, puro _truquage_!
+
+Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía
+triunfante diciendo por la escalera:
+
+--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay
+que decirle una palabra!
+
+Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa
+a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de
+don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera
+ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas
+cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él
+en semejante disposición de ánimo.
+
+Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio,
+les llamaban a grandes voces, riendo como locas.
+
+--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose
+los dedos llenos de almíbar.
+
+--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita
+preparando la merienda?
+
+Visita se ruborizó levemente.
+
+Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito
+Orgaz, que había ido _a caza_ de Obdulia....
+
+Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto
+flan invención de la difunta doña Águeda Ozores; además, el horno de la
+cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin,
+no le adornaban otras condiciones técnicas, que no entendían ellos.
+Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se
+habrían podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va!
+habían trasladado su campamento a casa de Vegallana.
+
+La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían
+sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. Salvo el
+haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin moverse había
+dado sus órdenes.
+
+--A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, que ayuden
+a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten.
+
+Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho sonriente:
+
+--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz.
+
+Y se había enfrascado en la lectura de _Los Mohicanos_ de Dumas.
+
+Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier
+amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero si su cocina era infernal! La
+chimenea devolvía el humo; no se podía entrar allí sin asfixiarse, ni en
+el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podían jactarse de haber
+visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y
+se presentaban charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba
+ciertas puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los
+estrechos y obscuros pasadizos:
+
+--Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra
+esa puerta.
+
+Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía a
+entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que los
+_pollos_ de imaginación se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas
+prendas se depositaban en una alcoba donde había una cama de excusa,
+pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al aire. Aquél era el
+vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestían todos juntos
+porque todo se ponía sobre el propio traje. Además Visita no alumbraba
+el cuarto, ¿para qué? Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las
+cortinillas de tafetán verde:
+
+--Pepe que le doy a usted un cachete.
+
+--Hola, hola, eso no estaba en el programa....
+
+--Niños, niños, formalidad.
+
+--¿Por qué no les da usted una luz, Visita?
+
+--Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....
+
+--Tiene razón Visita, tiene razón--gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o
+el Pepe de la bofetada.
+
+Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y
+trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras.
+
+Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había
+alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los
+treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le
+decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala
+crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había
+querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo
+era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo
+y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún
+dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía
+creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza.
+
+--Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí
+el otro día.
+
+--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted.
+
+--¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono!
+
+--No vale nada.--¡Es precioso!--Está a su disposición.
+
+--No me lo diga usted dos veces...--Está a su disposición... ¡vaya una
+alhaja!
+
+--¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca....
+
+Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca
+ladrona.
+
+Donde hacía estragos era en los comestibles.
+
+Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.
+
+--¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del
+armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a
+ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre.
+
+Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana.
+Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una
+comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente
+Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el
+pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección,
+los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina.
+Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro
+humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios
+la perdonara.
+
+El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de
+buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía
+de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por
+lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa;
+mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos
+coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que
+viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo
+cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués.
+Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la
+merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios.
+
+--Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado?
+
+--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada
+más justo.--A escote.--Dejen ustedes, ¿se quieren ustedes callar? No
+se hable de eso, no merece la pena.
+
+Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses. Su
+esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia,
+pariente de títulos. Si Visita no se ingeniara ¿cómo se mantendría aquel
+decente pasar que era indispensable para continuar siendo parientes de
+la nobleza?
+
+Cuando Visitación era soltera, se dijo--¡de quién no se dice!--si había
+saltado o no había saltado por un balcón... no por causa de incendio,
+sino por causa de un novio que algunos presumían que había sido Mesía.
+Todas eran conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no
+guardaba las apariencias....
+
+Ya nadie se acordaba de aquello; seguía siendo aturdida, tenía fama de
+golosa y de _gorrona_--según la expresión que se usaba en Vetusta como
+en todas partes--pero nada más. Era insoportable con su alegría
+intempestiva; mas en materia grave, en lo que no admite parvedad de
+materia, nadie la acusaba, a lo menos públicamente. Por supuesto, que no
+se cuenta tal o cual descuidillo....
+
+Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus
+ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos invisibles,
+tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que
+ella suponía. Al tocarla la mano cuando no tenía guante, notaba el
+tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer.
+
+Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de
+Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco. Aseguraba que tenía
+un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podría esperarse;
+pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban mucho que desear... ya se
+le entendía. Y solía limpiar los labios con el pañuelo después de decir
+esto.
+
+Paco Vegallana, juraba que usaba aquella señora ligas de balduque, y que
+él le había conocido una de bramante. Todo esto, por supuesto, se decía
+nada más entre hombres, y habían de ser discretos.
+
+Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no así su
+conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin
+embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones
+anteriores, menos las de Mesía. Eran su orgullo. Aquel hombre la había
+fascinado, ¿para qué negarlo? Pero sólo él. Era viuda y jamás recordaba
+al difunto; parecía la viuda de Alvarito; «¡era su único pasado!».
+
+Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo
+menos Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a
+consagrar el resto del día al idealismo, en buen hora despertado por las
+relaciones de su amigo, consintió el Marquesito en pasar a la cocina de
+su casa, al oler lo que guisaban aquellas señoras.
+
+En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no
+eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero,
+refinamiento en el arte culinario, todo esto y más se notaba desde el
+momento de entrar allí.
+
+Pedro, el cocinero, y Colás, su pinche, preparaban la comida ordinaria,
+y parecía que se trataba de un banquete. Por toda la provincia tenía
+esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí
+se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el
+lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo
+de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza
+de los montes. Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas,
+capones, gallinas, acudían mal de su grado a la cocina del Marqués, como
+convocados a nueva Arca de Noé, en trance de diluvio universal. A todas
+horas, de día y de noche, en alguna parte de la provincia se estaban
+preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; podía asegurarse.
+
+A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dormía Pedro, y
+dormía el amo, y nadie pensaba en comer, allá a dos leguas de Vetusta,
+en el río Celonio velaba un pobre aldeano tripulando miserable barca
+medio podrida y que hacía mucha agua. Debajo de peñón sombrío, que como
+torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, y hace más obscura la
+obscuridad del río en el remanso, acechaba el paso del salmón, empuñando
+un haz de paja encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela
+de fuego. Aquel salmón que pescaba el colono del magnate a la luz de una
+hoguera portátil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas,
+esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de
+pino, blanca y pulcra.
+
+También de noche, cerca del alba, emprendía su viaje al monte el casero
+que se preciaba de regalar a su _señor_ las primeras arceas, las mejores
+perdices; y allí estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo
+el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmón
+despedazado. Allí cerca, en la despensa, gallinas, pichones, anguilas
+monstruosas, jamones monumentales, morcillas blancas y morenas, chorizos
+purpurinos, en aparente desorden yacían amontonados o pendían de
+retorcidos ganchos de hierro, según su género. Aquella despensa devoraba
+lo más exquisito de la fauna y la flora comestibles de la provincia. Los
+colores vivos de la fruta mejor sazonada y de mayor tamaño animaban el
+cuadro, algo melancólico si hubiesen estado solos aquellos tonos
+apagados de la naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras
+amarillentas, otras de asar, casi rojas, manzanas de oro y grana,
+montones de nueces, avellanas y castañas, daban alegría, variedad y
+armoniosa distribución de luz y sombra al conjunto, suculento sin más
+que verlo, mientras al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de
+la química culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas,
+limones, manzanas y heno, que era el blando lecho de la fruta.
+
+Y todo aquello había sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en el
+bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas,
+luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en
+vega, prados, ríos, montes.... «¡Indudablemente Vegallana sabía ser un
+gran señor!», pensaba suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia
+con aquella despensa, exposición permanente de lo más apetecible que
+cría la provincia.
+
+El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el sufragio. «¿Y qué?
+¿no son casi todos colonos míos? ¿no me regalan sus mejores frutos? ¿los
+que me dan los bocados más apetitosos me negarán el voto insustancial,
+_flatus vocis_?».
+
+El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despedía rayos desde
+todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno de
+la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz
+imperiosa; mandaba allí como un tirano. Comía lo mejor; mantenía las
+tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el servicio del comedor
+desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo de pucheros y
+peroles, sino un capitán general metido en el fuego y atento a la mesa.
+No era viejo. Tenía cuarenta años muy bien cuidados; amaba mucho, y se
+creía un lechuguino, en la esfera propia de su cargo, cuando dejaba el
+mandil y se vestía de señorito.
+
+Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, de ojos
+maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a más de la robusta
+montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su
+tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de sus amos,
+colaboraba sabiamente. Había empezado por tolerar nada más aquella
+irrupción de la merienda. La cocina daba espacio para todo; aquello no
+valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable permiso con un desdén
+mal disimulado. Poco a poco pasó del estado de tolerancia al de
+protección: primero se rebajó hasta dar algunos consejos a la montañesa,
+después le dio un pellizco. Se animó aquello.
+
+--Colás, ponte a la disposición de esas señoras--dijo Pedro con voz
+solemne.
+
+Porque el mandato de la Marquesa no había bastado; el pinche obedecía a
+Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo
+contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido más que
+su dimisión. Era su lenguaje. Leía muchos periódicos antes de
+convertirlos en cucuruchos.
+
+Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó a
+seducirle con miradas de medio minuto y algún choque involuntario, Pedro
+se rindió, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la
+merienda de Visita.
+
+Llegó a más; quiso enamorar a doña Obdulia con pruebas de su habilidad,
+y acudía siempre que se presentaba una cuestión teórica o una dificultad
+práctica.
+
+«¿Qué se echa ahora?
+
+»¿Qué se tuesta primero?
+
+»¿Cuántas vueltas se les da a estos huevos?
+
+»¿Cómo se envuelve esta pasta?
+
+»¿Lleva esto pimienta o no la lleva?
+
+»¿Será una indiscreción poner aquí canela?
+
+»El almíbar ¿está en su punto?
+
+»¿Cómo se baten estas claras?».
+
+A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro.
+Cuando no bastaba una explicación, ponía él la mano en el asunto y era
+cosa hecha.
+
+Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con
+sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de
+la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de
+placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición
+arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al
+cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír
+una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al
+parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el
+mismo recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer
+de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía
+al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo
+le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con
+sus labios de rubí (este rubí es del cocinero.)
+
+Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista de
+aquella señora como una recompensa final, digna de una vida entera
+consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que
+gracias a él habían encontrado más fácil y provocativo el camino de los
+dulces y sustanciales amores.
+
+Pedro llegó a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la casa
+intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. Él amaba
+a la mujer, a todas las mujeres, pero no creía en sus facultades
+culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son términos
+antitéticos, palabras que había aprendido en sus cucuruchos de papel
+impreso. La libertad y el gobierno son antitéticos, había leído en un
+periódico rojo, y aplicaba la frase a la cocina y a la mujer. Lo que
+pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba Pedro de las
+cocineras. Las llamaba marimachos.
+
+Si se le decía que los cocineros son más caros y gastan más, respondía:
+
+--Amigo, el que no sea rico que no coma.
+
+Por lo demás, él era socialista, pero en otras materias.
+
+Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a su continente
+habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los
+_caseros_ que traían las provisiones desde la aldea, remota a veces. El
+fogón era un dios y él su Pontífice Máximo; los demás sacrificaban en
+las aras del fogón y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio.
+Volvió a su gesto desdeñoso, porque así entendía el respeto a los amos.
+Apenas contestaba si le hablaban. No tardó en ver por sus ojos que _la
+donna è movile_, como cantaba él a menudo. Obdulia, en cuanto entraron
+los otros, le olvidó por completo. ¡Antes había olvidado a don
+Saturnino, que yacía en «el lecho del dolor» con sendos parches de sebo
+en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de
+aquella tarde arqueológica!
+
+La conversación de metafísica erótica que Mesía y Paco acababan de dejar
+no les permitía, al principio, participar de aquel entusiasmo
+gastronómico y culinario a que estaban entregadas las damas. Verdad es
+que la hora de comer se acercaba y aquellos olores excitaban el apetito.
+Pero el ideal no come. Mesía gozaba del arte supremo de entrar en
+carboneras, cocinas y hasta molinos, sin coger tiznes, grasa, ni harina.
+Estaba en la cocina del Marqués como en el salón amarillo, a sus anchas
+y sin tropezar con nada. Allí mismo había repartido él besos en muy
+distintas y apartadas épocas. No había tal vez un rincón de aquella casa
+libre de semejantes recuerdos para don Álvaro. En cuanto a Paquito, no
+se diga. Su primer amor había sido una criada que tenía su dormitorio en
+lo que hoy era despensa. Sabía el Marquesito andar por la cocina a
+obscuras, a gatas, y ya había medido con su agazapado cuerpo las
+dimensiones de la carbonera provisional que había cerca del fogón.
+
+No tardaron los señoritos, a pesar del ideal, en tomar parte más activa
+en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. También ellos
+eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del pinche y
+de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron probar
+sus habilidades metiendo la mano en pastas y almíbares y en cuanto se
+preparaba. Paco se puso perdido. Mesía estaba como un armiño metido a
+marmitón.
+
+Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito; se rozaban
+sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y
+fingían no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traía
+falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal
+blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un
+gusto nuevo. Siempre había considerado el joven aristócrata como una
+antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la escultura humana
+con velos, sobre el desnudo puro. ¿Por qué le excitaba más el velo que
+la carne? No se lo explicaba. Veía la rolliza pantorrilla de una aldeana
+descalza de pie y pierna ¡y nada! ¡veía una media hasta ocho dedos más
+arriba del tobillo... y adiós idealismo! Y así fue esta vez. Es más; si
+la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no hubiese
+perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos cuadros
+rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a
+la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida que triunfaba.
+
+Para la viuda, uno de los placeres más refinados era «una sesión» alegre
+con uno de sus antiguos amantes; aquello de no principiar por los
+preliminares le parecía delicioso. ¡Después, los recuerdos tenían un
+encanto! ¡Saborear como cosa presente un recuerdo! ¿Qué mayor dicha?
+Paco había sido su amante. Ella hubiera preferido a Mesía, que estaba en
+las mismas condiciones y era mucho más antiguo. ¡Pero Álvaro estaba
+hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de atreverse;
+con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría y honrada
+con que la miraba el señor Obispo. Estaba segura de que ni al Obispo ni
+a Mesía les sugería su presencia jamás un deseo carnal. Era intratable
+aquel don Álvaro. También lo era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sabía
+Dios, ella le había sido fiel--a Mesía, por supuesto--; todavía le amaba
+o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero él no quería
+ya. Aquello se había acabado.
+
+Se habían cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todavía
+encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y
+alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro notó que
+guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de azafrán
+puro, que se consumía en la cocina del Marqués, con gran envidia de la
+urraca ladrona. También almacenó entre las faldas un paquete de té
+superior.
+
+Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones
+humorísticas que ya no hacían reír. Todos sabían que aquél era el vicio
+de doña Visita.
+
+Las señoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se fueron
+a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sabían dónde estaba el
+tocador para tales casos. Era la habitación donde había muerto la hija
+segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. Allí estaba el
+lecho, pero no quedaba de la pobre niña ni una prenda, ni un recuerdo.
+
+Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué no? Se conocían demasiado
+para fingir escrúpulos. Además, «no se les había de ver nada» como dijo
+Obdulia. Paco y la viuda se lavaron juntos las manos en una misma
+jofaina; los dedos se enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un
+placer muy picante, según ella. Esto les recordó mejores días. El sol
+que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía
+en una aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogón, las
+bromas y la faena habían encendido brasas en las mejillas de Obdulia;
+una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quería algo y no sabía qué.
+No era cosa de comer de fijo, porque había probado de cien golosinas y
+hasta algo de la comida del Marqués por chanza.
+
+Visitación y Mesía, más tranquilos, conversaban al balcón, apoyados en
+el hierro frío del antepecho. «No volverían la cara; estaba ella
+segura». Entre estos camaradas, jamás se falta a ciertos pactos tácitos.
+
+El Marquesito soltó una carcajada.
+
+--¿De qué te ríes?--dijo Obdulia.
+
+--De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andará buscándote por todas
+partes. Es chusco ¿eh?
+
+Obdulia meditó y al fin rió a carcajadas. «Era chusco en efecto». Se
+había sentado sobre la cama de la difunta. Los pies de la viuda se
+movían oscilando como péndulos. Se veía otra vez la media escocesa.
+Ahora se veían dos. Obdulia suspiró. Se habló de lo pasado. «En rigor,
+siempre se habían querido; había _algo_ que les unía a pesar suyo. Se
+tronaba porque la constancia es imposible y hastía al cabo; eran
+ridículas unas relaciones muy largas; esto lo habían aprendido los dos
+en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos años, a más tardar;
+los arreglos pueden tirar algo más, poco».
+
+--Pero ¿verdad--dijo Obdulia, poniéndose más guapa--que esto de
+encontrarse de vez en cuando se parece un poco a un buen día de sol en
+invierno, en esta tierra maldita del agua y la niebla?
+
+--¡Magnífico!--exclamó Paco--es verdad; una cosa sentía yo que no sabía
+explicarme... y era eso.
+
+Y como le pareciera alambicado y poético este sentimiento, se consagró a
+enamorar de todo corazón a la viuda por aquella tarde.
+
+Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos.
+
+Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los
+habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma,
+arrancándoles reflejos de fingida pasión. Su pelo de un rubio obscuro
+era rizoso y caía en mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y
+don Álvaro como hermanos cariñosos. Él había sido su primer amor serio,
+es decir, el primero que le había hecho cometer imprudencias, como, v.
+gr., saltar de noche por un balcón. ¡Pero estaba ya tan lejos todo
+aquello! La vida había puesto por medio todos sus prosaicos cuidados.
+
+La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las
+heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el
+espíritu de _aquella loca_ al positivismo vulgar, y había atajado las
+demasías eróticas de su fantasía juvenil.
+
+Hacía muy buena casada, en opinión de las gentes; esto es, atendía con
+gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domésticos.
+
+Mesía y Visita no tenían en el invierno de sus amores aquellos días de
+sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se veían a solas y alguno de
+ellos tenía algún cuidado o preocupación, de esos que piden confidentes
+y consejeros, se lo decían todo, o casi todo; se hablaban en voz baja,
+muy cerca uno de otro, y volvían a llamarse de tú como antaño. Parecían
+un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años.
+
+--¡Bah!--decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba
+interés al ocaso de su hermosura--; ¡bah! tú has caído esta vez de
+veras, te lo conozco yo. Pero también te digo una cosa: que te va a
+costar tu trabajo....
+
+Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que con Paco.
+Su _política_ tenía que ser diferente. Al Marquesito había que hablarle
+de amor puro, por los motivos explicados antes; a Visita de una
+conquista más. Comprendía don Álvaro que Visitación quería precipitar a
+la Regenta en el agujero negro donde habían caído ella y tantas otras.
+Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a Vetusta con su tía
+doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste. Admiraba a su
+amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la
+molestaba como a todas, y la virtud la volvía loca. Quería ver aquel
+armiño en el lodo. La aburría tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo:
+«¡La Regenta, la Regenta es inexpugnable!». Al cabo llegaba a cansar
+aquella canción eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. ¡La
+Regenta! ¿Por qué? ¿No había otra? Ella lo había sido en Vetusta poco
+tiempo. Su marido había dejado la carrera muy pronto, ¿a qué venía
+aquello de Regenta por aquí, Regenta por allí? Poco tiempo tenía la
+mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de
+pura fantasía y mala intención; necesitaba la atención para la prosa de
+la vida que era bien difícil; pero algún desahogo había de tener: pues
+bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas. No se
+separaba de ella en cuanto podía: a la iglesia, al paseo, al teatro,
+iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La del Banco,
+desde que había descubierto algún interés por don Álvaro en su amiga y
+en Mesía deseos de vencer aquella virtud, no pensaba más que en
+precipitar lo que en su concepto era necesario. No creía a nadie capaz
+de resistir a su antiguo novio.
+
+En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto.
+
+Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte
+arraigado en él por las dificultades.
+
+Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; disimulaba el
+placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del otro.
+
+--Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades.
+
+--No hablemos de eso.--Se quiere una vez y después... se las arregla
+uno como puede.
+
+Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación
+humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy
+interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.)
+
+--Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo.
+
+--Sí, eso a la vista está.
+
+--No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo
+que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el
+cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y
+poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... ¡Si la vieras!
+
+--Me lo figuro.--No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó Visita:
+
+--¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de pasión en los
+ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, contenida...?
+
+--¿Verdad que tiene razón Frígilis?
+
+--¿Qué dice ese sonámbulo?
+
+--Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla.
+
+--Es verdad; la cara sí...--Y la expresión; y aquel modo de inclinar la
+cabeza cuando está distraída; parece que está acariciando a un niño con
+la barba redonda y pura....
+
+--¡Hola, hola! ¡el pintor!
+
+Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero
+aventado.
+
+--¡Dice que no está enamorado y la compara con la Virgen!...
+
+--Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo.
+
+Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en
+la garganta, dijo con voz ronca y rápida:
+
+--Que lo tenga. Mesía disimuló la repugnancia que le produjo aquella
+frase.
+
+--Pero, ¡ay, Alvarín! ¡si la pudieras ver en su cuarto, sobre todo
+cuando le da un ataque de esos que la hacen retorcerse!... ¡Cómo salta
+sobre la cama! Parece otra.... Entonces, no sé por qué, me explico yo el
+capricho de la piel de tigre que dicen que le regaló un inglés
+americano. ¿Te acuerdas de aquel baile fantástico que bailaban los Bufos
+que vinieron el año pasado?
+
+--Sí, ¿qué?--¿Te acuerdas de aquella danza de las Bacantes? Pues eso
+parece, sólo que mucho mejor; una bacante como serían las de verdad, si
+las hubo allá, en esos países que dicen. Eso parece cuando se retuerce.
+¡Cómo se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de
+lágrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la
+remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas
+subterráneas; parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado
+y en prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da unos abrazos a las
+almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! Cualquiera diría que en los
+ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.... Ese
+estúpido de don Víctor con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el
+de los gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia;
+el mundo no debía ser así. Y no es así. Sois los hombres los que habéis
+inventado toda esa farsa.
+
+Calló un poco, perdido el hilo del discurso, y añadió:
+
+--Yo me entiendo. Después de calmarse volvió a su asunto.
+
+--¡Si la vieras! Es que no es así como se quiera. Verás... tiene los
+brazos....
+
+Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía explicar a
+un hombre que había sido su amante y era su camarada, todas las
+turgencias de Ana, su perfección plástica, los encantos velados, como
+decía Cármenes en el _Lábaro_. Pero les daba su nombre propio unas
+veces, y cuando no lo tenían, o ella lo ignoraba, usaba caprichosos
+diminutivos inventados en otro tiempo por Álvaro en el entusiasmo de las
+más dulces confianzas. Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen
+masculinos, estaban grabados como si fuesen de fuego en la memoria de
+Visita; no salían a sus labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces.
+Le sabían a gloria a la del Banco. Pero después le quedaba un dejo
+amargo.... «Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza,
+los criados, el casero... ¡diablos coronados!».
+
+Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin pensar en lo que
+hacía, las partes correspondientes de la Regenta, que describía con
+entusiasmo; y dijo al terminar su descripción apuntando hacia atrás:
+
+--Se precia «esa otra» de buenas formas.... ¡Buena comparación tiene!
+
+La cita era sabia y oportuna. Visitación suponía a don Álvaro enterado
+de lo que era aquella otra ¡y no había comparación!
+
+Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como
+una amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas
+que saltaban de los de Visita.
+
+--Pero te ha de costar mucho trabajo....
+
+--Puede que no tanto--dijo Mesía, sin contenerse.
+
+--Ella tragar... ya tragó el anzuelo.
+
+--¿Crees tú?--Sí, estoy segura. Pero no te fíes; puedes marcharte con
+una tajada y dejar el pez en el agua.
+
+--Como yo vea el momento de tirar...--Mucho tiempo llevas pensándolo.
+
+--¿Quién te lo ha dicho?
+
+--Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.--Y lo de ella, ¿cómo lo
+sabes?
+
+--¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!...
+
+--¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cómo
+está ella... para echar mis cuentas.
+
+--Ella no está como un guante, pero por dentro andará la procesión.
+Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando se casó cesaron,
+que después volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora. Su humor
+es desigual. Exagera la severidad con que juzga a las demás, la aburre
+todo. ¡Pasa unas encerronas!
+
+--¡Ta, ta, ta! eso no es decir nada.
+
+--Es mucho.--Nada en mi favor.--¿Tú qué sabes? Mira, si le hablan de
+ti palidece o se pone como un tomate, enmudece y después cambia de
+conversación en cuanto puede hablar. En el teatro, en el momento en que
+tú vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el público está más
+atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los
+gemelos. Pero la observo yo; por curiosidad, claro; porque a mí, en
+último caso ¿qué? Su alma su palma.
+
+--¿No eres su amiga íntima?
+
+--Su amiga, sí. ¿Íntima? Ella no tiene más intimidades que las de dentro
+de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy cavilosa y todo se lo guarda.
+Por ella no sabré nunca nada.
+
+Un momento de silencio.--A no ser que ahora se lo cuente todo al
+Magistral.... Ya sabrás que le ha tomado de confesor.
+
+--Sí, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa de asistir
+al confesonario.
+
+--No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo.
+
+Visita llamaba misticismo a toda devoción que no fuera como la suya, que
+no era devoción.
+
+--Ana, cuando chica, allá en Loreto, tuvo ya, según yo averigüé,
+arranques así... como de loca... y vio visiones... en fin desarreglos.
+Ahora vuelve; pero es por otra causa (y señaló al corazón.) Está
+enamorada, Alvarico, no te quepa duda.
+
+Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo agradecimiento. ¡Le daban una
+fe en sí mismo aquellas palabras!
+
+No quería saber más: o mejor, comprendió que nada positivo podía añadir
+Visita.
+
+Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos
+músculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz
+temblaba un poco. Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía.
+
+--Deja eso--dijo, acercándose a su amiga--. No hablemos de otros;
+hablemos de nosotros. Estás guapísima....
+
+--¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua metálica.)
+
+--Tontina... si tú no fueras tan desconfiada....
+
+--¿Qué novedades son estas?--preguntaron los labios y la lengua de
+placas de acero.
+
+--Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata?
+
+Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la
+calle. Era de las más desiertas; crecía yerba entre las piedras. Aquel
+silencio era el que llamaba solemne y aristocrático don Saturnino.
+
+Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don Álvaro estaba
+seguro. Se aproximó más a Visita.
+
+Sonó una bofetada; y después la carcajada estrepitosa de la del Banco,
+que dio un paso atrás, huyendo de don Álvaro.
+
+--¡Loca!... ¡idiota!...--gimió Mesía limpiando su mejilla que sintió
+húmeda y pegajosa.
+
+--¡Vuelve por otra! A mí que soy tambor de marina, como dice la
+Marquesa.
+
+La dama, completamente tranquila, sonriente, se metió un terrón de
+azúcar en la boca.
+
+Era su sistema. Se prohibía a sí misma, por desconfianza, las dulzuras
+de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas, que «se pegaban
+al riñón».
+
+Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que
+aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y enamorada.
+
+Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareció una
+señora que los del balcón reconocieron al momento. Era la Regenta. Venía
+de negro, de mantilla; la acompañaba Petra, su doncella. Pronto
+estuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, porque no levantó la
+cabeza.
+
+--Anita, Anita--gritó Visitación.
+
+Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía y saludaba.
+Nunca la había visto tan hermosa. Traía las mejillas sonrosadas, y ella
+era pálida; también parecía haber estado al lado de un fogón como Visita
+y Obdulia; en sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se
+difundían en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a
+sus ideas.
+
+Y además de esto notó Mesía que le había mirado sin conmoverse, sin
+turbarse, como a Visita, ni más ni menos; hasta en su saludo, más franco
+y expansivo que otras veces, había visto una especie de desaire, la
+expresión de una indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera
+dicho: gozquecillo, tú no muerdes, no te temo. Se vería. Por lo pronto
+aquella afabilidad era desprecio. ¿Qué había pasado en la catedral? ¿Qué
+hombre era aquel don Fermín que en una sola conferencia había cambiado
+aquella mujer?
+
+Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de
+dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó con su aire
+grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su
+admirador y mortal enemigo.
+
+--¿Has confesado?--Sí, ahora mismo.
+
+--¿Con el Magistral, por supuesto?
+
+--Sí, con él.--¿Qué tal? ¿Excelente, verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No
+subes?
+
+--No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón, sin
+cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado.
+
+--¡Ana, sube, anda, tonta!--gritó la viuda mientras devoraba a la
+Regenta con los ojos de pies a cabeza.
+
+Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí
+de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo demás, los hombres.
+
+Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con graciosa sonrisa y
+siguió adelante. Un momento se habían encontrado sus ojos con los de
+Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces; le
+habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar _el contacto_ de
+aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado,
+confundido con el deseo.
+
+Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía
+por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló
+la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso:
+
+--Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.--¡Cómetela!...--gritó al
+oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y añadió
+muy seria:
+
+--¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología parda!...
+
+
+
+
+--IX--
+
+
+En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el
+palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia,
+de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa
+hasta el tejado por las paredes.
+
+Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera frío.
+Miró hacia la bocacalle próxima; por allí el horizonte se abría lleno de
+resplandores. La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba
+ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y
+relucientes entonces. Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados
+golondrinas gárrulas, inquietas, que iban y venían, como si hiciesen sus
+visitas de despedida, próximo el viaje de invierno.
+
+--Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo....
+
+--¿Las dos solas?--Sí, las dos... por los prados... a campo traviesa.
+
+--Pero, señorita, los prados estarán muy mojados....
+
+--Por algún camino... extraviado... por donde no haya gente. Tú que eres
+de esas aldeas, y conoces todo eso, ¿no sabes por dónde podremos ir sin
+que encontremos a nadie?
+
+--Pero, si estará todo húmedo....
+
+--Ya no; el sol habrá secado la tierra.... ¡Yo traigo buen calzado.
+Anda... vamos, Petra!
+
+Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como
+una mística que solicita favores celestiales.
+
+Petra miró asombrada a su señora. Nunca la había visto así. ¿Qué era de
+aquella frialdad habitual, de aquella tranquilidad que parecía recelo y
+desconfianza disimulados?
+
+Tenía la doncella algo más de veinticinco años; era rubia de color de
+azafrán, muy blanca, de facciones correctas; su hermosura podía excitar
+deseos, pero difícilmente producir simpatías. Procuraba disimular el
+acento desagradable de la provincia y hablaba con afectación
+insoportable. Había servido en muchas casas principales. Era buena para
+todo, y se aburría en casa de Quintanar, donde no había aventuras ni
+propias ni ajenas. Amos y criados parecían de estuco. Don Víctor era un
+viejo tal vez amigo de los amores fáciles, pero jamás había pasado su
+atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algún piropo
+envuelto en circunloquios que no le comprometían. El ama era muy
+callada, muy cavilosa; o no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien.
+Sin embargo, Petra había adquirido la convicción de que aquella señora
+estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella las pocas ocasiones que se
+le ofrecían para procurarse la confianza de la Regenta. Era solícita,
+discreta, y fingía humildad, virtud, la más difícil en su concepto.
+
+Un paseo a campo traviesa, después de confesar, solas, en una tarde
+húmeda, daba mucho en qué pensar a Petra. Ella no deseaba otra cosa,
+pero insistía en su oposición por ver adónde llegaba el capricho del
+ama. Otras habían empezado así.
+
+Bajaron por la calle del Águila. A su extremo, pasaba, perpendicular, la
+carretera de Madrid.
+
+--Por ahí no--dijo el ama--. Por aquí; vamos hacia la fuente de
+Mari--Pepa.
+
+--A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará seco;
+todavía da el sol. Mire usted, allí está la fuente.
+
+Petra mostró a su señora allá abajo, en la vega, una orla de álamos que
+parecía en aquel momento de plata y oro, según la iluminaban los rayos
+oblicuos del poniente. El camino era estrecho, pero igual y firme; a los
+lados se extendían prados de yerba alta y espesa y campos de hortaliza.
+Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son más fértiles
+que toda la campiña; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles
+azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los
+rayos del sol en el ocaso deslumbran. Así brillaban entonces. Ana
+entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por
+aquella frescura del suelo.
+
+Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho
+se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme
+cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la calvicie,
+varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo resonar como castañuelas
+las hojas solitarias de sus extremos.
+
+--Mire usted, señora, ¡cosa más rara! a ninguna de esas ramas le queda
+más hoja que la más alta, la de la punta....
+
+Después de esta observación, y otras por el estilo, Petra se paraba a
+coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se enganchaba el
+vestido en las zarzas, daba gritos, reía; iba tomando cierta confianza
+al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala
+fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas dignas de ser
+calladas.
+
+Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta.
+
+«¡Más de una hora de confesión! La carita como iluminada al levantarse
+con la absolución encima... y ahora este paseo por los campos... y
+reír... y permitirle ciertas libertades.... No me fío; esperemos».
+
+La doncella de Ana era amiga de llegar en sus cálculos y fantasías a las
+últimas consecuencias. Ya veía en lontananza propinas sonantes, en
+monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa--daba por
+supuesto que había algo--traía complicaciones que ofrecían novedad para
+la misma Petra, que había visto lo que ella y Dios y aquellos y otros
+caminos solitarios sabían.
+
+Llegaron a la fuente de Mari--Pepa. Estaba a la sombra de robustos
+castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en forma de
+iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de álamos que se
+veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más
+escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se
+levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la
+naturaleza en torno del manantial. Aunque situado en una hondonada,
+desde allí se veía magnífico paisaje, porque a la parte de occidente
+otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban
+contemplar los lejanos términos, y allá confundido con la neblina el
+Corfín, una montaña que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico
+sobre valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos. El sol
+sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, detrás del
+cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno.
+
+Ana se sentó sobre las raíces descubiertas de un castaño que daba sombra
+a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaña iluminada como por
+luces de bengala, y casi entre sueños oía a su lado el murmullo discreto
+del manantial y de la corriente que se precipitaba a refrescar los
+prados. Sobre las ramas del castaño saltaban gorriones y pinzones que no
+cerraban el pico y no acababan nunca de cantar formalmente, distraídos
+en cualquier cosa, inquietos, revoltosos y vanamente gárrulos. Hojas
+secas caían de cuando en cuando de las ramas al manantial; flotaban
+dando vueltas con lenta marcha, y, acercándose al cauce estrecho por
+donde el agua salía, se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la
+corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata. Una
+nevatilla (en Vetusta _lavandera_) picoteaba el suelo y brincaba a los
+pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba vueltas,
+barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, de un salto
+llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas bajas de la
+zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, siempre alegre,
+pizpireta; quedó inmóvil un instante como si deliberase; y de repente,
+como asustada, por aprensión, sin el menor motivo, tendió el vuelo recto
+y rápido al principio, ondulante y pausado después y se perdió en la
+atmósfera que el sol oblicuo teñía de púrpura. Ana siguió el vuelo de la
+_lavandera_ con la mirada mientras pudo. «Estos animalitos, pensó,
+sienten, quieren y hasta hacen sus reflexiones.... Ese pajarillo ha
+tenido una idea de repente; se ha cansado de esta sombra y se ha ido a
+buscar luz, calor, espacio. ¡Feliz él! Cansarse ¡es tan natural!». Ella
+misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que había
+vivido siempre. ¿Sería algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que
+el Magistral le había prometido? Cuando ella le había dicho que en la
+adolescencia había tenido antojos místicos, y que después sus tías y
+todas las amigas de Vetusta le habían hecho despreciar aquella vanidad
+piadosa ¿qué había contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba
+todavía en los oídos aquella voz dulce que salía en pedazos, como por
+tamiz, por los cuadradillos de la celosía del confesonario. Le había
+dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir al
+pie de la letra, algo parecido a esto: «Hija mía, ni aquellos anhelos de
+usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los
+desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de
+prudencia». Pizca había dicho, estaba ella segura. La elocuencia del
+Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el púlpito;
+ahora lo notaba. En el confesonario aprovechaba las palabras familiares
+que dicen tan bien ciertas cosas que jamás había visto ella en los
+libros llenos de retórica. Y le había puesto una comparación: «Si usted,
+hija mía, se baña en un río, y revolviendo el agua al nadar, por juego,
+como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro,
+pequeñísima que no vale una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria?
+¿pensará que aquel descubrimiento la va a hacer rica? ¿que todo el río
+va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y
+que todo va a ser para usted? Eso sería absurdo. Pero, por esto ¿va a
+tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo
+los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin
+pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la
+arena?». Estaba muy bien puesta la comparación. Ella se había visto con
+su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de
+avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete
+blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no
+arrojase la pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar así, que se
+viera lo que se decía. Se había entusiasmado con aquel fluir de palabras
+dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial; había abierto su
+corazón delante de aquel agujero con varillas atravesadas. También ella
+había dicho muchas palabras que no había usado en su vida hablando con
+los demás. Entonces el Magistral, allá dentro, callaba; y cuando ella
+terminó, la voz del confesonario temblaba al decir: «Hija mía, esa
+historia de sus tristezas, de sus ensueños, de sus aprensiones merece
+que yo medite mucho. Su alma es noble, y sólo porque en este sitio yo no
+puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de señalar dónde está
+el oro y dónde está el lodo... y de hacerle ver que hay más oro de lo
+que parece. Sin embargo, usted está enferma; toda alma que viene aquí
+está enferma. Yo no sé cómo hay quien hable mal de la confesión; aparte
+de su carácter de institución divina, aun mirándola como asunto de
+utilidad humana ¿no comprende usted, y puede comprender cualquiera que
+es necesario este hospital de almas para los enfermos del espíritu?». El
+Magistral había hablado de las consultas que los periódicos protestantes
+establecen para dilucidar casos de conciencia. «Las señoras
+protestantes, que no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. ¿No es
+esto ridículo?». El Provisor había sonreído con la voz.
+
+Y había continuado diciendo lo que en sustancia era esto: «No debía ella
+acudir allí sólo a pedir la absolución de sus pecados; el alma tiene,
+como el cuerpo, su terapéutica y su higiene; el confesor es médico
+higienista; pero así como el enfermo que no toma la medicina o que
+oculta su enfermedad, y el sano que no sigue el régimen que se le indica
+para conservar la salud, a sí mismos se hacen daño, a sí propios se
+engañan; lo mismo se engaña y se daña a sí propio el pecador que oculta
+los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de prisa y
+mal, o falta al régimen espiritual que se le impone. No bastaba una
+conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y
+descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deducía
+racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar
+a menudo. No se trataba de cumplir con una fórmula: confesar no era eso.
+Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de
+ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como
+lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido
+religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan
+y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se
+desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religión, lo mandaría el
+sentido común. La religión es toda razón, desde el dogma más alto hasta
+el pormenor menos importante del rito».
+
+Aquella conformidad de la fe y de la razón encantaba a la Regenta.
+¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás había oído esto? No se había
+atrevido a preguntárselo al Magistral, pero tiempo habría.
+
+Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y
+se atrevió a mirarla con insolencia. La dama se acordó del Arcipreste,
+que tenía el don de parecerse a los pájaros.
+
+«Era un buen señor Ripamilán; pero ¡qué manera de confesar! Una rutina
+que nunca le había enseñado nada. A no ser su matrimonio, nada había
+sacado de aquellas confesiones. Decía el pobre hombre que se sabía de
+memoria los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su
+eterno:--'Bien, bien, adelante: ¿qué más? adelante... reza tres
+Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. ¡Qué hombre tan raro!
+¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía ella este o el otro
+temperamento? Pues el Magistral en seguida: le había dicho que era un
+temperamento especial, que todo esto y más había que tener en cuenta.
+Esto era completamente nuevo».
+
+Además, la había halagado mucho el notar que don Fermín le hablaba como
+a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le había citado
+autores, dando por supuesto que los conocía, y al usar sin reparo
+palabras técnicas se guardaba de explicárselas.
+
+«¡Y qué _elevación_! ¿Qué era la virtud? ¿Qué era la santidad? Aquello
+había sido lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la
+cosa más fácil para los espíritus nobles y limpios. Para un perezoso
+enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un
+imposible; para una persona decente (así había dicho) una necesidad de
+las más imperiosas de la vida. La religión no presentaba como una senda
+ardua la de la virtud, sino para los que viven sumidos en el pecado;
+pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en nosotros; no había más
+que darle una voz y acudía. La virtud comienza por un esfuerzo ligero,
+si bien contrario al hábito adquirido; al día siguiente el esfuerzo era
+menos costoso y su eficacia mayor por la _velocidad adquirida_, por la
+_inercia del bien_, esto era mecánico (así lo había dicho el señor De
+Pas.) La virtud podía definirse; el equilibrio estable del alma. Además,
+era una alegría; un buen día de sol; ráfagas de aire fresco embalsamado;
+el alma virtuosa se convertía en una pajarera donde gorjeaban alegres
+los dones del Espíritu Santo animando el corazón en las tristezas de la
+vida. Aquella melancolía de que ella se quejaba, era nostalgia de la
+virtud a que llegaría, y por la que suspiraba su espíritu como por su
+patria. La virtud era cuestión de arte, de habilidad. No sólo se
+conseguía por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo,
+pero había otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede
+aspirar también a la perfección». (En aquel momento se figuraba la
+Regenta como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan
+pequeña, tan monótona y triste.) «Ella que había leído a San Agustín ¿no
+recordaba que el santo Obispo gustaba de la música religiosa, no por el
+deleite de los sentidos, sino porque elevaba el alma? Pues así todas las
+artes, así la contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras
+históricas, y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y
+ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la virtud. ¿Por qué
+no? ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí
+mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se
+encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos.
+Así, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, veneno para los
+débiles, era purga para los fuertes. Al que llega a cierto grado de
+fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por el contraste».
+El Magistral no había dicho si él era tan fuerte como todo eso, pero
+ella suponía que sí. De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas
+bien diferentes de lo que le habían enseñado sus tías y la devoción
+vulgar (así la llamó para sus adentros) que había aprendido como una
+rutina. Sí, la religión verdadera se parecía en definitiva a sus
+ensueños de adolescente, a sus visiones del monte de Loreto más que a la
+sosa y estúpida disciplina que la habían enseñado como piedad seria y
+verdadera. ¡Y cuántas más lecciones le había prometido el Magistral para
+otro día! ¡Cuántas cosas nuevas iba a saber y a sentir! ¡Y qué dicha
+tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales
+asuntos, los más interesantes, los más altos sin duda!
+
+De la _cuestión personal_, esto es, de los pecados de Ana, se había
+hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. «No tenía datos,
+necesitaba conocer la mujer».
+
+Al recordar esto sintió la Regenta escrúpulos. ¡Le había dado la
+absolución y ella no había dicho nada de su inclinación a don Álvaro!
+--«Sí, inclinación. Ahora que consideraba vencido aquel impulso
+pecaminoso, quería mirarlo de frente. Era inclinación. Nada de disfrazar
+las faltas. Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos,
+pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero,
+personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo
+hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero ¿debía
+haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, ¿no hubiera sido poner en berlina a
+don Víctor sin por qué ni para qué, puesto que ella le era fiel de hecho
+y de voluntad y se lo sería eternamente? Y con todo, debió haber
+especificado más en aquella parte de la confesión. ¿Estaba bien
+absuelta? ¿Podría comulgar tranquila al día siguiente? Eso no, de ningún
+modo; no comulgaría; se quedaría en la cama fingiendo una jaqueca: de
+tarde iría a reconciliar, y al otro día la comunión. Este era el mejor
+plan. La resolución de no comulgar a la mañana siguiente le dio una
+alegría de niña; era como un día de asueto. Podía pasar la noche
+pensando en la religión, en la virtud en general, por aquel sistema
+nuevo, y no preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor
+dignamente. Era una prórroga; un respiro. Y ya no le parecía impropio
+dar rienda suelta a su alegría, aquella alegría causada por fuerzas
+morales puramente y que tal vez era la alborada del día esplendoroso de
+la virtud.
+
+»¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa,
+llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro
+del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto
+garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus
+pequeños y... vetustenses. ¡Y qué color de salud!
+
+»¡Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! ¿Cómo no sería Obispo el
+Magistral? ¡Quién sabe! ¿Por qué era ella, aunque digna de otro mundo,
+nada más que una señora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era
+lo de menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese
+pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y
+volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro,
+radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió a la realidad.
+Todo quedó en la sombra. El sol ocultaba entre nubes pardas y espesas,
+detrás de la cortina de álamos, el último pedazo de su lumbre que se le
+había quedado atrás, como un trapillo de púrpura. La sombra y el frío
+fueron repentinos. Un coro estridente de ranas despidió al sol desde un
+charco del prado vecino. Parecía un himno de salvajes paganos a las
+tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta recordó las carracas
+de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo misterioso y se
+rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito horrísono.
+
+--¡Petra! ¡Petra!--gritó.
+
+Estaba sola. ¿Adónde había ido su doncella?
+
+Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raíz gruesa,
+que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su
+vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había
+estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones.
+
+--¡Petra! ¡Petra! La doncella no respondía. El sapo la miraba con una
+impertinencia que le daba asco y un pavor tonto.
+
+Llegó Petra. Venía sudando, muy encarnada, con la respiración fatigosa.
+Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como había visto tan
+ensimismada a la señora, se había llegado al molino de su primo Antonio
+que estaba allí cerca, a un tiro de fusil.
+
+Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de
+inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la
+doncella; el ama lo sabía. Petra pensaba casarse con él, pero más
+adelante cuando fuera más rico y ella más vieja. De vez en cuando iba a
+verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para
+calentarse en la vejez. Miraba el molino como una caja de ahorros donde
+ella iba depositando sus economías de amor. Ana sin saber por qué,
+sintió un poco de ira. «¿Cómo serían aquellos amores de Petra y el
+molinero? ¿Qué le importaba a ella...?». Pero la manera de mirar a
+Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo descompuesto, la
+fatiga que no podía ocultar, el sudor, el color de sus mejillas,
+revelaba una curiosidad que quería ocultar en vano la Regenta. «¿Qué
+había hecho en el molino aquella mujer?». Este pensamiento baladí,
+obsesión estúpida que era casi un dolor, absorbía toda la atención de
+Ana, a su pesar.
+
+--Vamos, vamos, que es tarde.--Sí, señora; es tarde. Entraremos en casa
+cuando ya estén encendidos los faroles.
+
+--No, no tanto.--Ya verá usted.--Si no te hubieras detenido en la
+fragua de tu primo....
+
+--¿Qué fragua? Es un molino, señora.
+
+A Petra le supo a malicia lo que era una equivocación.
+
+Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurecía. La luz
+amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas
+polvorientas de las raquíticas acacias que adornaban el boulevard,
+nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo.
+
+--¿Cómo me has traído por aquí?
+
+--¿Qué importa? Petra se encogió de hombros. En vez de subir por la
+calle del Águila habían dado un rodeo y entraban por una de las pocas
+calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de
+galerías con cristales de colores chillones y discordantes. La acera de
+tres metros de anchura, una acera hiperbólica para Vetusta, estaba
+orlada por una fila de faroles en columna, de hierro pintado de verde, y
+por otra fila de árboles, prisioneros en estrecha caja de madera, verde
+también. Por esto se llamaba _El boulevard_, o lo que era en rigor,
+_Calle del Triunfo de 1836_. Al anochecer, hora en que dejaban el
+trabajo los obreros, se convertía aquella acera en paseo donde era
+difícil andar sin pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras,
+planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros,
+zapateros, sastres, carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar
+otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del
+Triunfo y paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras
+con estridente sonsonete.
+
+Había comenzado aquel paseo años atrás como una especie de parodia;
+imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las
+conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes se fingían
+caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia. Poco a
+poco la broma se convirtió en costumbre y merced a ella la ciudad
+solitaria, triste de día, se animaba al comenzar la noche, con una
+alegría exaltada, que parecía una excitación nerviosa de toda la
+«pobretería», como decían los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de
+los talleres que salía al aire libre; los músculos se movían por su
+cuenta, a su gusto, libres de la monotonía de la faena rutinaria. Cada
+cual, además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho
+algo útil, de haber trabajado. Las muchachas reían sin motivo, se
+pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los
+grupos de obreros crecía la algazara; había golpes en la espalda,
+carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, de falso pudor, no
+por hipocresía, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los
+remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con
+las mejillas ardiendo. Las virtudes que había allí sabían defenderse a
+bofetadas. En general, se movía aquella multitud con cierto orden. Se
+paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos señoritos se mezclaban con los
+grupos de obreros. A ellas les solía parecer bien un piropo de un
+estudiante o de un hortera; pero la indignación fingida era mayor cuando
+un _levita_ se propasaba y siempre acompañaba a la protesta del pudor el
+sarcasmo. Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al
+volver a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas,
+suponiendo que el _futraque_ tenía _carpanta_, o sea hambre. A lo sumo
+concedían que comería cañamones. Los expertos no se aturdían por estos
+improperios convencionales, que eran allí el buen tono; insistían y
+acababan por sacar tajada, si la había. La virtud y el vicio se codeaban
+sin escrúpulo, iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque
+había algunas jóvenes limpias, de aquel montón de hijas del trabajo que
+hace sudar, salía un olor picante, que los habituales transeúntes ni
+siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un olor de miseria
+perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo respiraban muchas
+mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras delicadas, dulces, pero
+todas mal vestidas, mal lavadas las más, mal peinadas algunas. El
+estrépito era infernal; todos hablaban a gritos, todos reían, unos
+silbaban, otros cantaban. Niñas de catorce años, con rostro de ángel,
+oían sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír
+como locas. Todos eran jóvenes. El trabajador viejo no tiene esa
+alegría. Entre los hombres acaso ninguno había de treinta años. El
+obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegría expansiva, sin
+causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios.
+
+Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se podía
+salir de la acera. Había mucho lodo y pasaban carros y coches sin cesar;
+era la hora del correo y aquel el camino de la estación.
+
+Los grupos se abrían para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes más
+osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza
+bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía admiración y
+respeto.
+
+Las chalequeras no murmuraban ni reían al pasar Ana.
+
+--¡Es la Regenta!--¡Qué guapa es! Esto decían ellas y ellos. Era una
+alabanza espontánea, desinteresada.
+
+--¡Olé, salero! ¡Viva tu mare!--se atrevió a gritar un andaluz con
+acento gallego.
+
+Su entusiasmo le costó una _galleta_--un coscorrón--de un su amigo, más
+respetuoso.
+
+--¡So bruto, mira que es la Regenta!
+
+Era popular su hermosura. A Petra también le decían los pollastres que
+era un arcángel; iba contenta. Ana sonreía y aceleraba el paso.
+
+--Dónde nos hemos metido...--¿Qué importa? ya ve usted que no se la
+comen.
+
+Muchas señoritas podrían aprender crianza de estos pela-gatos.
+
+Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas, pero en
+esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en
+aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor picante de la _chusma_, en
+la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor; del amor
+que era por lo visto una necesidad universal. También había cuchicheos
+secretos, al oído, entre aquel estrépito; rostros lánguidos, ceños de
+enamorados celosos, miradas como rayos de pasión.... Entre aquel cinismo
+aparente de los diálogos, de los roces bruscos, de los tropezones
+insolentes, de la brutalidad jactanciosa, había flores delicadas,
+verdadero pudor, ilusiones puras, ensueños amorosos que vivían allí sin
+conciencia de los miasmas de la miseria.
+
+Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pensó en sí
+misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibición absoluta
+del placer, y se tuvo esa lástima profunda del egoísmo excitado ante las
+propias desdichas. «Yo soy más pobre que todas estas. Mi criada tiene a
+su molinero que le dice al oído palabras que le encienden el rostro;
+aquí oigo carcajadas del placer que causan emociones para mí
+desconocidas...».
+
+En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Había un
+drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno,
+vestido con blusa azul, gritaba:
+
+--¡La mato! ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla.
+
+Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El mozo echaba fuego
+por los ojos.
+
+--¿Qué es eso?--preguntó Petra.
+
+--Nada--dijo uno--celucos.--Sí--gritó una joven--pero si ella se
+descuida la ahoga.
+
+--Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul salió
+del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto
+a la Regenta la miró cara a cara, distraído, pensando en su venganza;
+pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un contacto violento.
+¡Eran los _celucos_! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal,
+sin duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana!
+
+Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del
+Comercio. De las tiendas salían haces de luz que llegaban al arroyo
+iluminando las piedras húmedas cubiertas de lodo. Delante del escaparate
+de una confitería nueva, la más lujosa de Vetusta, un grupo de _pillos_
+de ocho a doce años discutían la calidad y el nombre de aquellas
+golosinas que no eran para ellos, y cuyas excelencias sólo podían
+apreciar por conjeturas.
+
+El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos
+cerrados.
+
+--Esa se llama _pitisa_--dijo uno en tono dogmático.
+
+--¡Ay qué farol!; si eso es un _pionono_, si sabré yo....
+
+También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía apretada
+la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres
+admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para
+ellos; esto le parecía la más terrible crueldad de la injusticia. Pero,
+además, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no
+habían de comer, se le antojaban compañeros de desgracia, hermanitos
+suyos, sin saber por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse
+por todo la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa».
+
+--Corre, Petra, corre--dijo con voz muy débil.
+
+--Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a
+nosotras es. Ah, son ellos, sí...--¿Quién?--El señorito Paco y don
+Álvaro.
+
+Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía.
+
+--¿Dónde están? A ver si podemos, antes que....
+
+Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de ellas. El
+Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, que era una de
+sus maneras de _hacer esprit_, como decía ya el mismo Ronzal. Mesía
+saludó muy formalmente.
+
+De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban a los
+vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don Álvaro
+veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de batería de teatro y
+notó en la primer mirada que no era ya la mujer distraída de aquella
+tarde. Sin saber por qué, le había desanimado la mirada plácida, franca,
+tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida,
+rápida, miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de Ana, el
+triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba de verse animado. Sin fe
+en sí mismo no daría un paso. Y había que dar muchos y pronto».
+
+En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos se
+aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están
+concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas pobres, que son
+las más, no se resignan a enseñar el mismo vestido una tarde y otra y
+siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se recorre la parte
+nueva, la calle del Comercio, la plaza del Pan, que tiene soportales,
+aunque muy estrechos, el boulevard un poco más tarde, cuando ya está
+durmiendo la _chusma_. Y el pretexto es comprar algo. ¡En una casa hacen
+falta tantas cosas! Se entra en las tiendas, pero se compra poco. La
+calle del Comercio es el núcleo de estos paseos nocturnos y algo
+disimulados. Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con
+mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador. Con un
+ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los
+precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo. Los mancebos son casi todos
+catalanes; pero pronuncian el castellano con suficiente corrección. Son
+amables, guapos casi todos. Los más tienen la barba cortada a lo
+Jesucristo. Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas.
+Inclinan la cabeza con una languidez entre romántica y cachazuda;
+aquello lo mismo puede significar: «Señorita, _abrigo_ una pasión
+secreta, que...». «Señorita, ni la paciencia de Job... pero tendré
+paciencia».
+
+--¡Oh, le estoy cansando a usted!--dice Visitación a un rubio con
+cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de
+percal.
+
+--¡Ah, no señora! Es mi obligación... y además lo hago con la mejor
+voluntad.... «El mancebo ha de ser incansable, para eso está allí».
+
+Visitación siempre tiene que hacer un mandilón para la criada, pero no
+se decide nunca. Otras noches es ella la que está desnuda.
+
+--«Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo».
+
+El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado a la dama
+delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de
+una nevada....
+
+--«¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material!»--responde ella,
+turbándose como una niña aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y
+clava en el mancebo los ojos risueños, arrugaditos, que Visitación cree
+que echan chispas. El catalán finge que se deja seducir por aquellos
+ojos y en cada vara rebaja un perro chico.
+
+Visitación triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió a
+Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que
+podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío.
+
+Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de _El Lábaro_, no
+saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y
+les queda tiempo para _marear_ a los horteras y tomar varas al sesgo
+(frase de Orgaz) de los señoritos que pasean por la acera disputando en
+voz alta para anunciar su presencia. Domina allí una alegría bulliciosa,
+la alegría sin motivo que es la más expansiva y contentadiza. ¿Quién lo
+diría? No sólo _el elemento joven de ambos sexos_ (de _El Lábaro_) sino
+las personas formales; magistrados, catedráticos, autoridades, abogados,
+hasta clérigos, están deseando todo el día, sin darse cuenta, la hora de
+las tiendas, los días que _hace bueno_ y pueden las damas
+«decorosamente» coger la mantilla y echarse a la calle. Es aquella una
+hora de cita que, sin saberlo ellos mismos, se dan los vetustenses para
+satisfacer la necesidad de verse y codearse, y oír ruido humano. Es de
+notar que los vetustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se
+desprecian. Uno por uno el vetustense maldice de sus conciudadanos, pero
+defiende el carácter del pueblo _en masa_, y si le sacan de allí suspira
+por volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo
+menos así lo llama don Saturnino, hay además el atractivo que le presta
+la fantasía. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento lleno de
+deudas, y un farol aquí, otro a cincuenta pasos (si no hace luna; en las
+noches románticas no hay gas) no deslumbran ni quitan a la noche su
+misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, según su imaginación, atribuye
+a los que pasan la figura que quiere.
+
+--Parecen otras las chicas--dicen los pollos.
+
+Los vetustenses gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir de
+su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que después no son nuevas.
+
+--¿Quién son ésas?--y resulta que son las de Mínguez, es decir, las
+eternas Mínguez, las de ayer, las de antes de ayer, las de siempre.
+¡Pero mientras la ilusión dura!... En los pueblos donde pocas veces se
+tienen espectáculos gratuitos lo es y más interesante el de contemplarse
+mutuamente. Un paseo, _cogido por los cabellos_, es un placer delicado,
+intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la
+honrada clase media española.
+
+Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas
+recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón o por la
+calle del Comercio; y niña casadera que tiene para ocho días con una
+flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y que saborea a sus
+solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días mortales,
+detrás del cristal que azota la lluvia incansable. Así se explica aquel
+entrar y salir en los comercios, aquel reír por cualquier cosa, aquel
+encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un
+estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. Todo es
+movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste
+silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido,
+cabizbajo, lleno de unción (de _El Lábaro_), a los sermones, a las
+novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al miserere. Ana creía
+ver en cada rostro la llama de la poesía. Las vetustenses le parecían
+más guapas, más elegantes, más seductoras que otros días: y en los
+hombres veía aire distinguido, ademanes resueltos, corte romántico; con
+la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según
+pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas,
+costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros,
+estudiantes y militares de la reserva.
+
+Sólo ella no tenía amor; ella y los niños pobres que lamían los
+cristales de las confiterías eran los desheredados. Una ola de rebeldía
+se movía en su sangre, camino del cerebro. Temía otra vez el ataque.
+
+--«¿Qué era aquello, Señor, qué era aquello?». ¿Por qué en día
+semejante, cuando su espíritu acababa de entrar en vida nueva, vida de
+víctima, pero no de sacrificio estéril, sin testigos, si no acompañado
+por la voz animadora de un alma hermana; por qué en ocasión tan
+importuna se presentaba aquel afán de sus entrañas, que ella creía cosa
+de los nervios, a mortificarla, a gritar ¡guerra! dentro de la cabeza, y
+a volver lo de arriba abajo? ¿No había estado en la fuente de Mari--Pepa
+entregada a la esperanza de la virtud? ¿No se abrían nuevos horizontes a
+su alma? ¿No iba a vivir para algo en adelante? ¡Oh! ¡quién le hubiera
+puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó con la de un hombre.
+Sintió un calor dulce y un contacto pegajoso. No era el Magistral. Era
+don Álvaro, que venía a su lado hablando de cualquier cosa. Ella apenas
+le oía, ni quería atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura
+moral, que lamentaba para sus adentros, en tanto que veía a las jóvenes
+y a las jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas
+deslumbrantes de gas. Don Álvaro opinaba lo contrario, que bastaba su
+presencia y su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener
+idea de lo que Mesía pensaba del prestigio de su _físico_, hay que
+figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede echar
+chispas. Él se creía una máquina eléctrica de amor. La cuestión era que
+la máquina estuviese preparada. Era fatuo hasta ese extremo, pero dígase
+en su abono que nadie lo sabía, y que podía citar numerosos hechos que
+acreditaban el motivo de aquella vanidad monstruosa. Se creía hombre de
+talento--«él era principalmente un político»--; confiaba en su
+experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero
+humildemente se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado
+con el prestigio de su belleza corporal. «Para seducir a mujeres
+gastadas, ahítas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no
+basta la figura, ni es lo principal siquiera; pero las vírgenes
+_honradas_ (conocía él otra clase) y las casadas honestas se rinden al
+buen mozo».
+
+--No conozco seductores corcovados ni enanos--decía, encogiéndose de
+hombros, las pocas veces que con sus amigos íntimos hablaba de estas
+cosas: solía ser después de cenar fuerte--. ¿Se me habla de extravíos
+del gusto? Eso es lo excepcional. Pero nadie querrá ser en el amor lo
+que es el asafétida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de
+la decadencia....
+
+Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas
+técnico-escandalosas. Describía todas las aberraciones de la lubricidad
+femenil en lo antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No
+había nada nuevo. «Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas,
+lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de Cerbatana». Paco
+padecía distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua.
+Esta Cerbatana era Ecbátana, pero él la llamaba así por equivocación
+indudablemente. Ya sabía a qué ciudad se refería. Era una que tenía
+muchas murallas de colores diferentes. Lo había leído en la _Historia de
+la prostitución_; en la de Dufour no, en otra que conocía también. Era
+un sabio.
+
+--Yo he leído--añadía don Álvaro en casos tales--que ha habido
+princesas y reinas encaprichadas y _metidas_ con monos, así como suena,
+monos.
+
+--Sí señor--acudía Paco a decir--, lo afirma Víctor Hugo en una novela
+que en francés se llama _El hombre que ríe_ y en español _De orden del
+rey_.
+
+--Pero fuera de eso, que es lo excepcional--continuaba Mesía
+diciendo--hay que desengañarse, lo que buscan las mujeres es un buen
+_físico_.
+
+--Eso creo yo--solía afirmar Ronzal--la mujer es así _urbicesorbi_ (en
+todas partes, en el latín de Trabuco.)
+
+Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba
+a nadie. Como en él lo principal era el político, transigía con la
+religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia
+y el Estado. Es más, le parecía de mal tono llevar la contraria a los
+católicos de buena fe. En París había aprendido ya en 1867, cuando fue a
+la exposición, que lo _chic_ era el creer como el carbonero. Sport y
+catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro
+que lo de creer era decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni
+bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte.
+Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo
+cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar de haber corrido
+tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: «¡Bah! todo
+eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, bueno era _ilustrarse_,
+fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás
+ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Había pedido a un
+amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empezó
+por aprender que ya no había tal metafísica, idea que le pareció
+excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Leyó _Fuerza y materia_
+de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron;
+hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y
+precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era _chic_.
+También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con
+papel de color de azafrán. No entendió mucho pero se iba al grano: todo
+era masa gris; corriente, lo que él quería. Lo principal era que no
+hubiese infierno. También leyó en francés el poema de Lucrecio _De rerum
+natura_: llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era muy
+largo. Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz
+conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las
+mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así estaba por dentro Mesía
+en punto a creencias, pero a estos subterráneos no había llegado el
+mismo Paco, que era buen católico, según Mesía. Aquello era para él
+solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a París sacaba el fondo
+del baúl y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran
+demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus
+ideas acerca del átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil
+de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se
+convencía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro.
+Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir
+don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos:
+
+--«¡Qué mujer aquella!».--Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido
+una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no
+sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas.
+
+Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba
+para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo
+creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él
+también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras
+circunstancias; más adelante.
+
+Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba
+hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las
+clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con
+ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni
+mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y
+por algo se empieza.
+
+--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--decía don Álvaro.
+
+Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por
+lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión
+oportuna.
+
+--Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto!
+
+--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.
+
+--Será que usted no se fija en mí; bastante salgo.
+
+Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella
+quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los hombres; ¡pero
+ella, Ana!
+
+Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía aquella señora? ¿Provocar
+una conversación para aludir a lo que había entre ellos, que en rigor
+no era nada que mereciese comentarios? ¿Debía él extrañar aquella
+inadvertencia de Ana? ¡Que no se fijaba en ella! ¿Era coquetería vulgar
+o algo más alambicado que él no se explicaba? ¿Quería dar por nulo todo
+lo que ambos sabían, las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el
+teatro, en el paseo? ¿Quería negar valor a las miradas fijas, intensas,
+que a veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse?
+
+El primer impulso de Ana había sido inconsciente.
+
+Había hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero
+después pensó que aquella respuesta podía servir para desanimar a Mesía
+dándole a entender que ella no había entrado en aquel pacto de
+sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era demasiado negar, era
+negar la evidencia.
+
+Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó lo menos
+ridículo «hacerse el interesante», según el estilo que empleaban los
+vetustenses para tales materias. Y dijo con el tono de una galantería
+vulgar, obligada:
+
+--Señora, usted donde quiera tiene que llamar la atención, aun del más
+distraído.
+
+Y como esto le pareció cursi y algo anfibológico, añadió algunas
+palabras, no menos vulgares y frías.
+
+No comprendía él todavía que aquello de _hacerse el interesante_, si
+hubiera sido ridículo tratándose de otras mujeres, era la mejor arma
+contra la Regenta. Ana lo olvidó todo de repente para pensar en el dolor
+que sintió al oír aquellas palabras. «¿Si habré yo visto visiones? ¿Si
+jamás este hombre me habrá mirado con amor; si aquel verle en todas
+partes sería casualidad; si sus ojos estarían distraídos al fijarse en
+mí? Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de
+impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo--¡ay!
+¡sí, esto era lo cierto, con el rabillo!--¿serían ilusiones mías, nada
+más que ilusiones? ¡Pero si no podía ser!». Y sentía sudores y
+escalofríos al imaginarlo. Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las
+ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia; sería
+virtuosa siempre, consumaría el sacrificio, su don Víctor y nada más, es
+decir, nada; pero la nada era su dote de amor. ¡Mas renunciar a la
+tentación misma! Esto era demasiado. La tentación era suya, su único
+placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse
+tentar!
+
+La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le
+parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba llenando de
+vacío. «¡No, no; la tentación era suya, su placer el único! ¿Qué haría
+si no luchaba? Y más, más todavía, pensaba sin poder remediarlo, ella no
+debía, no podía querer; pero ser querida ¿por qué no? ¡Oh de qué manera
+tan terrible acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día en
+que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el confesor que
+le decía que era tan fácil la virtud! Sí, era fácil, bien lo sabía ella,
+pero si le quitaban la tentación no tendría mérito, sería prosa pura,
+una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía...».
+
+Don Álvaro, que si no era tan buen político como se figuraba, de
+diplomacia del galanteo entendía un poco, comprendió pronto que, sin
+saber cómo, había acertado.
+
+En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, notó que le
+había hecho efecto la sequedad de la vulgarísima galantería. «¿Esperaba
+ya una declaración? ¡Pero si mañana va a comulgar! ¿Qué mujer es esta?
+¡Una hermosísima mujer!»--añadió el materialista en sus adentros al
+mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas.
+
+Habían llegado al portal del caserón de los Ozores, y se detuvieron. El
+farol dorado que pendía del techo alumbraba apenas el ancho zaguán.
+Estaban casi a obscuras. Hacía algunos minutos que callaban.
+
+--¿Y Petra? ¿Y Paco?--preguntó la Regenta alarmada.
+
+--Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina.
+
+Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la
+lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la Regenta, y
+sin poder contenerse, fuera de su plan, _natura naturans_, exclamó:
+
+--¡Qué monísima! ¡qué monísima!
+
+Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin
+alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo
+importaba más que una flor insípida, y no era una desfachatez. Podía
+tomarse por una declaración, por una brutalidad de la naturaleza
+excitada, por todo, menos por una osadía impertinente, imposible en el
+más cumplido caballero.
+
+Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra,
+buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le
+pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como
+lluvia benéfica en el alma de la Regenta.
+
+--Es mía--pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba
+en el día del triunfo.
+
+--¿Quieren ustedes subir a descansar?--preguntó la dama a los
+caballeros, al ver llegar a Paco.
+
+--No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte.
+
+--¿A buscarme?--Sí; ¿no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con
+nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Calderón de la
+Barca, el ídolo de tu marido. ¿No sabes? Ha venido un actor de Madrid,
+Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen _La vida
+es Sueño_... ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá se
+empeña. Espera vestida.
+
+--Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar....
+
+--¿Eso qué importa?--¡Vaya si importa!--Lo dejas para otro día. En
+fin, ya arreglarás eso con mamá; porque ella viene a buscarte.
+
+Y sin atender a más, salió del portal el aturdido Marquesito.
+
+Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. «Ya sabía
+a qué atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la
+había entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conocía en
+que estaba tan frío. No le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro».
+Escuchó. Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy
+humilde.
+
+--¿Irá usted al teatro?
+
+--No, de fijo no--contestó la Regenta, cerrando detrás de sí la puerta y
+entrando en el patio.
+
+
+
+
+--X--
+
+
+A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas
+por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y
+se detenía delante del caserón arrinconado.
+
+La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy
+mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de
+blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con
+estrépito.
+
+--¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido?
+
+--¡Qué terca!--exclamó Paquito, que acompañaba a su madre.
+
+Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que
+no era responsable de aquella terquedad.
+
+«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía
+su levita de tricot muy ajustada.
+
+Ana sonrió a la Marquesa.--Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se
+ha molestado usted?
+
+--¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he
+molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo,
+delante de estos señores te peino, te calzo y te visto.
+
+--Eso es--dijo Paco--te vestimos, te peinamos....
+
+Don Víctor instó también.
+
+--_La vida es Sueño_, hija mía, es el portento de los portentos del
+teatro.... Es un drama simbólico... filosófico.
+
+--Sí, ya sé, Quintanar....
+
+--Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.
+
+--Y que habrá tanta gente--añadió la Marquesa.
+
+--Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera.... ¿No voy otras veces?
+¡Pero si mañana tengo que comulgar!
+
+--¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú
+al teatro a pecar?
+
+--¡El arte es una religión!--advirtió don Víctor consultando el reloj,
+temeroso de perder lo de
+
+ Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento.
+
+Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué escándalo!».
+
+--Pero, niña--prosiguió--demasiado nos honra la Marquesa.
+
+--¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir.
+
+--No señora; es inútil insistir.
+
+Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también quería ver
+empezar, cedió y se llevó a don Víctor, que hizo algunos remilgos.
+
+--Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.--¡No faltaba más!
+--exclamó la Regenta asustada--. ¿No vas otras noches?
+
+Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel drama de
+dramas.
+
+Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de
+campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con
+colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros
+días tantos folletines la señorita doña Anunciación Ozores, que en paz
+descansa. Ahora no había allí fuego; la hornilla, descubierta, era un
+agujero de tristeza.
+
+Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró y salió
+muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, sin mover los
+párpados, a la hornilla negra y fría. La doncella se comía con los ojos
+a la señora. «¡No va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me
+necesitará?».
+
+--¿Querrá algo la señora?--preguntó.
+
+Sobresaltada la Regenta, respondió:
+
+--¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete.
+
+«Después de todo, era una tontería haber dado aquel desaire a la
+Marquesa, estando decidida a no comulgar al día siguiente. Pero, ¿y por
+qué no había de comulgar? ¿Era ella una beata con escrúpulos necios?
+¿Qué tenía que echarse en cara? ¿En qué había faltado? Todo Vetusta en
+aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, música, alegría; y ella
+sola, sola, allí en aquel comedor obscuro, triste, frío, lleno de
+recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasión de dar pábulo a una
+pasión que halagaría a la mujer más presuntuosa. ¿Era esto pecar? Nada
+tenía ella que ver con don Álvaro. Podía él estar todo lo enamorado que
+quisiera, pero ella jamás le otorgaría el favor más insignificante.
+Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. ¿Qué había que
+confesar? Nada. ¿Para qué reconciliar? Para nada. Podía comulgar sin
+miedo; sí, madrugaría, comulgaría. ¡Pero bastaba, bastaba por Dios, de
+pensar en aquello! Se volvía loca. Aquel continuo estudiar su
+pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas inocentes, de
+malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía a los que la
+vida le había traído y seguía trayendo sin buscarlos. Pero ¿qué había de
+hacer sino cavilar una mujer como ella? ¿En qué se había de divertir?
+¿En cazar con liga o con reclamo como su marido? ¿En plantar eucaliptus
+donde no querían nacer, como Frígilis?».
+
+En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo,
+entregados unos al vicio, otros a cualquier manía, pero todos
+satisfechos. Sólo ella estaba allí como en un destierro. «Pero ¡ay! era
+una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual
+suspirar. Había vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez, y
+en Valladolid; don Víctor siempre con ella; ¿qué había dejado ni a
+orillas del Ebro, el río del Trovador, ni a orillas del Genil y el
+Darro? Nada; a lo más, algún conato de aventura ridícula. Se acordó del
+inglés que tenía un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de
+ella y le regaló la piel del tigre cazado en la India por sus criados.
+Había sabido más adelante que aquel hombre, que en una carta--que ella
+rasgó--la juraba ahorcarse de un árbol histórico de los jardines del
+Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesía y voluptuosa frescura',
+aquel pobre Mr. Brooke se había casado con una gitana del Albaicín. Buen
+provecho; pero de todas maneras era una aventura estúpida. La piel del
+tigre la conservaba, por el tigre, no por el inglés». Esta historia no
+la sabía bien Obdulia; creía que se trataba de un norte-americano; se lo
+había dicho Visitación...
+
+«¿Por qué no había ido al teatro? Tal vez allí hubiera podido alejar de
+sí aquellas ideas tristes, desconsoladoras que se clavaban en su cerebro
+como alfileres en un acerico. Si estaba siendo una tonta. ¿Por qué no
+había de hacer lo que todas las demás?». En aquel instante pensaba como
+si no hubiera en toda la ciudad más mujeres honestas que ella. Se puso
+en pie; estaba impaciente, casi airada. Miró a la llama de la lámpara
+suspendida sobre la mesa.... La ofendía aquella luz. Salió del comedor;
+entró en su gabinete; abrió el balcón, apoyó los codos en el hierro y la
+cabeza en las manos. La luna brillaba en frente, detrás de los soberbios
+eucaliptus del _Parque_, plantados por Frígilis. Duraba aquel viento sur
+blando, templado, perezoso; a veces ráfagas vivas movían como sonajas de
+panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre
+metálico. Eran como estremecimientos de aquella naturaleza próxima a
+dormir su sueño de invierno.
+
+Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas,
+melancólicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. Todo
+desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la
+niebla tenue que se cernía sobre Vetusta, y parecía el cuerpo del viento
+blando y caliente. Miró al cielo, a la luz grande que tenía en frente,
+sin saber lo que miraba; sintió en los ojos un polvo de claridad
+argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas
+de araña; las lágrimas refractaban así los rayos de la luna.
+
+«¿Por qué lloraba? ¿A qué venía aquello? También ella era bien necia.
+Tenía miedo de estos enternecimientos que no servían para nada». La
+luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los
+eucaliptus de Frígilis inclinando leve y majestuosamente su copa, se
+acercaban unos a otros, cuchicheando, como diciéndose discretamente lo
+que pensaban de aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin
+amor, que había jurado fidelidad eterna a un hombre que prefería un buen
+macho de perdiz a todas las caricias conyugales.
+
+«Aquel Frígilis, el de los eucaliptus, había tenido la culpa. Se lo
+había metido por los ojos. Y hacía ocho años y todavía pensaba en esta
+mala pasada de Frígilis como si fuera una injuria de la víspera. ¿Y si
+se hubiera casado con don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel.
+¡Pero aquel don Víctor era tan bueno, tan caballero! Parecía un padre, y
+aparte la fe jurada, era una villanía, una ingratitud engañarle. Con don
+Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido más remedio.
+¡Sería tan brutal, tan grosero! Don Álvaro entonces la hubiera robado,
+sí, y estarían al fin del mundo a estas horas. Y si Redondo se
+incomodaba, tendría que batirse con Mesía». Ana contempló a don Frutos,
+el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre,
+como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi
+negra, muy espesa y con espuma...
+
+«¡Qué horror!». Tuvo asco de aquella imagen y de las ideas que la habían
+traído.
+
+«¡Qué miserable soy en estas horas de desaliento! ¡Qué infamias estoy
+pensando!...». Se ahogaba en el balcón. Quiso bajar a la huerta, al
+_Parque_; sin pedir luz ni encenderla, alumbrada por la luna, atravesó
+algunas habitaciones buscando la escalera del parterre; pero al pasar
+cerca del despacho de Quintanar, cambió de propósito y se dijo: «Entraré
+ahí; ese debe de tener fósforos sobre la mesa. Voy a escribir al
+Magistral; le diré que me espere mañana de tarde; necesito reconciliar;
+yo no puedo recibir la comunión así; se lo contaré todo, todo, lo de
+dentro, lo de más adentro también».
+
+El despacho estaba a obscuras; allí no entraba la luna. Ana avanzó
+tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepintió
+de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un pie
+cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrás. Dio
+un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las manos de
+avanzada para evitar un choque....
+
+--¡Ay! ¡Jesús! ¿Quién va? ¿quién es? ¿quién me sujeta?--gritó
+horrorizada.
+
+Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la
+opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos
+en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían
+la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo
+para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando:
+
+--¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí?
+
+Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió
+un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el
+pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con
+el piso. No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la
+oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo.
+Buscó la puerta, tropezó mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a
+tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con
+estrépito por el suelo. Llegó Petra con luz.
+
+--¡Señora!, ¡señora! ¿qué es esto? ¡Ladrones!--¡No, calla! Ven acá,
+quítame esto que me oprime como unas tenazas.
+
+Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación tan grande
+como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo.
+
+Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que había
+caído.
+
+Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus inventores,
+serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de
+vencer cierta dificultad de mecánica que retardaba la aplicación del
+artefacto.
+
+Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado;
+si tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica y otra
+idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del
+resorte no era suficiente para matar al ladrón de corral, pero sí para
+detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni
+Frígilis ni Quintanar querían sangre; no pretendían más que tener bien
+sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran
+sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la
+sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la
+Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda
+del culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara
+sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese perfecta, más que
+esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del
+resorte endiablado, como había tropezado aquella señora.
+
+Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron que
+destrozar--y buenos sudores les costó--para separarlo del brazo que
+magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se contentó con decir:
+
+--¡Qué _estropicio_!--apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras
+materias incalificables que yacían sobre el piso.
+
+--Si hubiera sido yo, me despedía don Víctor.... ¡Ay, señora! si ha roto
+usted tres de esos tiestos nuevos... ¡y el cuadro de las mariposas se ha
+hecho pedacitos! ¡y se ha roto una vitrina de herbario! y....
+
+--¡Basta! deja esa luz ahí, vete--interrumpió la Regenta.
+
+Petra insistió gozándose en la disimulada cólera de su ama.
+
+--¿Quiere usted, que traiga árnica, señora? Mire usted, tiene el brazo
+amoratado... ya lo creo... apenas mordería con fuerza ese demonio de
+guillotina... pero, ¿qué será eso? ¿usted lo sabe?
+
+--Yo... no... no; déjame. Tráeme un poco de agua.
+
+--Ya lo creo; y tila, si está usted pálida como una muerta. ¿Pero por
+qué andaba usted a obscuras, señora? ¡Qué susto! ¡pero qué susto!...
+¿Qué demonches de diablura será eso? Pues para cazar gorriones no es....
+Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio.
+
+Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la Regenta;
+después vino con tila, recogió los restos de los cachivaches y los puso
+sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas. Sentía un júbilo
+singular viendo aquella ruina de objetos que ella tenía que considerar
+como vasos sagrados de un culto desconocido.
+
+--¡Si hubiera sido yo!--repetía entre dientes, al juntar los últimos
+pedazos, puesta en cuclillas.
+
+Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista de su
+irresponsabilidad.
+
+Ana bajó a la huerta, olvidada ya de la carta que quería escribir. Le
+dolía el brazo. Le dolía con el escozor moral de las bofetadas que
+deshonran. Le parecía una vergüenza y una degradación ridícula todo
+aquello. Estaba furiosa. «¡Su don Víctor! ¡Aquel idiota! Sí, idiota; en
+aquel momento no se volvía atrás. ¡Qué diría Petra para sus adentros!
+¿Qué marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?». Miró a la
+luna y se le figuró que le hacía muecas burlándose de su aventura. Los
+árboles seguían hablándose al oído, murmurando con todas las hojas;
+comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, como decía
+Petra.
+
+«¡Qué hermosa noche! Pero ¿quién era ella para admirar la noche serena?
+¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con
+lo que le sucedía a ella?».
+
+«Si pensaría Quintanar que una mujer es de hierro y puede resistir, sin
+caer en la tentación, manías de un marido que inventa máquinas absurdas
+para magullar los brazos de su esposa. Su marido era botánico,
+ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias,
+cómico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quería más a Frígilis que a
+su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero
+ahora completamente _ido_, intratable; un hombre que tenía la manía de
+la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que
+injertaba perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y
+pretendía que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había
+llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos
+españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta
+despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda,
+sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y
+hacía tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, sin más
+relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía más; aquello era la gota
+de agua que hace desbordar... ¡caer en una trampa que un marido coloca
+en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto el colmo de lo
+ridículo!».
+
+La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, pueril, la
+hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel
+modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió contra sí todo
+el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en
+su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no
+había pretexto, no había pretexto para la ingratitud...».
+
+«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la
+juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a
+que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias
+del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y
+hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir,
+había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba ese
+amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su
+luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los
+sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí
+misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al
+despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un
+magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que
+estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga
+de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias
+materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo
+tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le
+sonaba como la frase del miércoles de ceniza, _¡quia pulvis es!_ eres
+polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de
+todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a
+criados y pastores murmurar con malicia.... ¡Lo que aquello era y lo que
+podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el
+consuelo de ser tenida por mártir y heroína.... Recordaba también las
+palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e. p.
+d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás
+decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse
+para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello
+continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada
+otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de
+hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto
+de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le
+sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso
+sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero
+llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca;
+le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus
+caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo
+aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor
+irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos;
+era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en
+Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de
+confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era
+confesarlo».
+
+«Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que
+pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban plateadas,
+pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y
+caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin
+esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas
+de aves cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta
+el horizonte. Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna
+era la que corría a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su
+luz en aquel mar de tinieblas».
+
+«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el mundo a
+abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin
+esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!».
+
+Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban
+con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la
+carne, derechos de la hermosura. Y la luna seguía corriendo, como
+despeñada, a caer en el abismo de la nube negra que la tragaría como un
+mar de betún. Ana, casi delirante, veía su destino en aquellas
+apariencias nocturnas del cielo, y la luna era ella, y la nube la vejez,
+la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. Tendió las manos al
+cielo, corrió por los senderos del _Parque_, como si quisiera volar y
+torcer el curso del astro eternamente romántico. Pero la luna se anegó
+en los vapores espesos de la atmósfera y Vetusta quedó envuelta en la
+sombra. La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se
+destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus
+encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros,
+en la obscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo; más sombra en
+la sombra.
+
+Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en las barras frías
+de la gran puerta de hierro que era la entrada del _Parque_ por la calle
+de Tras-la-cerca. Así estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de
+fuera, abstraída en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como
+las del pensamiento que iba y venía, sin saber por dónde, a merced de
+impulsos de que no tenía conciencia.
+
+Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un
+bulto por la calle solitaria pegado a la pared del _Parque_.
+
+«¡Es él!» pensó la Regenta que conoció a don Álvaro, aunque la aparición
+fue momentánea; y retrocedió asustada. Dudaba si había pasado por la
+calle o por su cerebro.
+
+Era don Álvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto se
+le ocurrió salir a satisfacer una curiosidad intensa que había sentido.
+«Si por casualidad estuviese en el balcón.... No estará, es casi seguro,
+pero ¿si estuviese?». ¿No tenía él la vida llena de felices accidentes
+de este género? ¿No debía a la buena suerte, a la _chance_ que decía don
+Álvaro, gran parte de sus triunfos? ¡Yo y la ocasión! Era una de sus
+divisas. ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía que sin ella ya no podía
+vivir, que venía a rondar su casa como un enamorado de veinte años
+platónico y romántico, que se contentaba con ver por fuera aquel
+paraíso.... Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se
+le ocurriría a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad,
+estuviese en el balcón. Salió del teatro, subió por la calle de Roma,
+atravesó la Plaza del Pan y entró en la del Águila. Al llegar a la Plaza
+Nueva se detuvo, miró desde lejos a la rinconada... no había nadie al
+balcón.... Ya lo suponía él. No siempre salen bien las corazonadas. No
+importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas....
+Nadie; no se asomaba ni un gato. «Una vez allí ¿por qué no continuar el
+cerco romántico?». Se reía de sí mismo. ¡Cuántos años tenía que remontar
+en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole!
+Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la
+calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de
+la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a
+la calle a que daba la puerta del _Parque_. Allí no había casas, ni
+aceras ni faroles; era una calle porque la llamaban así, pero consistía
+en un camino maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones,
+uno de la Cárcel y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la
+puerta, pegado a la pared, por huir del fango, Mesía creyó sentir la
+corazonada verdadera, la que él llamaba así, porque era como una
+adivinación instantánea, una especie de doble vista. Sus mayores
+triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada
+verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor
+insólito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las
+mejillas, angustia en la garganta.... Se paró. «Estaba allí la Regenta,
+allí en el Parque, se lo decía aquello que estaba sintiendo.... ¿Qué
+haría si el corazón no le engañaba? Lo de siempre en tales casos; ¡jugar
+el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que abriera; y
+si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que imposible;
+pero, sí, la saltaría. ¡Si volviera a salir la luna! No, no saldría; la
+nube era inmensa y muy espesa; tardaría media hora la claridad».
+
+Llegó a la verja; él vio a la Regenta primero que ella a él. La conoció,
+la adivinó antes.
+
+--«¡Es tuya!--le gritó el demonio de la seducción--; te adora, te
+espera».
+
+Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su víctima. La
+superstición vetustense respecto de la virtud de Ana la sintió él en sí;
+aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo después de muerta
+acaso; él huir; ¡lo que nunca había hecho! Tenía miedo... ¡la primera
+vez!
+
+Siguió; dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver pie atrás,
+por más que el demonio de la seducción le sujetaba los brazos, le atraía
+hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al oído
+llamándole: «¡Cobarde, seductor de meretrices!... ¡Atrévete, atrévete
+con la verdadera virtud; ahora o nunca!...».
+
+--«¡Ahora, ahora!»--gritó Mesía con el único valor grande que tenía--;
+y ya a diez pasos de la verja volvió atrás furioso, gritando:
+
+--¡Ana! ¡Ana! Le contestó el silencio. En la obscuridad del _Parque_ no
+vio más que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaños de Indias;
+y allá a lo lejos, como una pirámide negra el perfil de la
+_Washingtonia_, el único amor de Frígilis, que la plantó y vio crecer
+sus hojas, su tronco, sus ramas.
+
+Esperó en vano.--Ana, Ana--volvió a decir quedo, muy quedo--; pero sólo
+le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la
+arena de los senderos.
+
+Ana había huido. Al ver tan cerca aquella tentación que amaba, tuvo
+pavor, el pánico de la honradez, y corrió a esconderse en su alcoba,
+cerrando puertas tras de sí, como si aquel libertino osado pudiera
+perseguirla, atravesando la muralla del _Parque_. Sí, sentía ella que
+don Álvaro se infiltraba, se infiltraba en las almas, se filtraba por
+las piedras; en aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle
+aparecer de pronto, como ante la verja del _Parque_.
+
+«¿Será el demonio quien hace que sucedan estas casualidades?», pensó
+seriamente Ana, que no era supersticiosa.
+
+Tenía miedo; veía su virtud y su casa bloqueadas, y acababa de ver al
+enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen había
+despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor
+había dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a
+infestarse.
+
+«¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la
+obscuridad.... Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡sí!
+aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos,
+era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la
+vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo,
+la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo entre fango.
+Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un
+conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una
+aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella.
+Lucharía».
+
+Don Víctor volvió del teatro y se dirigió al gabinete de su mujer. Ana
+se le arrojó a los brazos, le ciñó con los suyos la cabeza y lloró
+abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot.
+
+La crisis nerviosa se resolvía, como la noche anterior, en lágrimas, en
+ímpetus de piadosos propósitos de fidelidad conyugal. Su don Víctor, a
+pesar de las máquinas infernales, era el deber; y el Magistral sería la
+égida que la salvaría de todos los golpes de la tentación formidable.
+Pero Quintanar no estaba enterado. Venía del teatro muerto de sueño--¡no
+había dormido la noche anterior!--y lleno de entusiasmo
+lírico-dramático. Francamente, aquellos enternecimientos periódicos le
+parecían excesivos y molestos a la larga. «¿Qué diablos tenía su
+mujer?».
+
+--Pero, hija, ¿qué te pasa? tú estás mala....
+
+--No, Víctor, no; déjame, déjame por Dios ser así. ¿No sabes que soy
+nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho y acariciarte... y que
+tú me quieras también así.
+
+--¡Alma mía, con mil amores!... pero... esto no es natural, quiero
+decir... está muy en orden, pero a estas horas... es decir... a estas
+alturas... vamos... que.... Y si hubiéramos reñido... se explicaría
+mejor... pero así sin más ni más.... Yo te quiero infinito, ya lo sabes;
+pero tú estás mala y por eso te pones así; sí, hija mía, estos
+extremos....
+
+--No son extremos, Quintanar--dijo Ana sollozando y haciendo esfuerzos
+supremos para idealizar a D. Víctor que traía el lazo de la corbata
+debajo de una oreja.
+
+--Bien, vida mía, no serán; pero tú estás mala. Ayer amagó el ataque, te
+pusiste nerviosilla... hoy ya ves cómo estás.... Tú tienes algo.
+
+Ana movió la cabeza negando.--Sí, hija mía; hemos hablado de eso en el
+palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El doctor opina que la vida que
+llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y
+hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que
+eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire
+libre, ir y venir... y yo, por último, opino lo mismo, y estoy
+resuelto--esto lo dijo con mucha energía--estoy resuelto a que termine
+la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus
+sueños.... Basta, hija mía, basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te
+pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más
+que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando
+moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no
+me trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste la
+salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía mal
+disimulada seguía, los nervios erre que erre.... Volvemos a Vetusta, casi
+pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda
+que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este
+caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como
+si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que riño pocas
+veces; pero ya que ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es,
+todo. Frígilis me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz».
+
+--¿Qué sabe él?--Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor
+amigo.
+
+--Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?...
+
+--No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya me voy
+inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas....
+
+--Son los nervios, Quintanar.
+
+--Pues guerra a los nervios ¡caracoles!
+
+--Sí...--Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces,
+y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras,
+le mando a Paco o al mismísimo Mesía, el Tenorio, el simpático Tenorio,
+que te enamoren.
+
+--¡Qué atrocidad!...--¡Programa!--gritó don Víctor--: al teatro dos
+veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco
+o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno; a las reuniones
+de confianza del Casino en cuanto se inauguren este año; a las meriendas
+de la Marquesa, a las excursiones de la _high life_ vetustense, y a la
+catedral cuando predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el
+verano a Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar
+el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un
+programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La
+Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y
+Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara
+con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, saldremos de
+nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero que Frígilis diga
+que no eres feliz....
+
+--¿Qué sabe él?--Ni quiero llantos que me quitan a mí el sueño. Cuando
+lloras sin saber por qué, hija mía, me entra una comezón, un miedo
+supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia.
+
+Ana tembló, como sintiendo escalofríos.
+
+--¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; todos a la cama; yo
+me estoy cayendo.
+
+Bostezó don Víctor y salió del gabinete después de depositar un casto
+beso en la frente de su mujer.
+
+Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella enfermedad
+misteriosa de Ana--porque era una enfermedad, estaba seguro--le
+preocupaba y le molestaba. No estaba él para templar gaitas: los nervios
+le eran antipáticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban
+compasión, le irritaban, le parecían mimos de enfermo; él quería mucho a
+su mujer, pero a los nervios los aborrecía.... Además en el teatro había
+tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que
+estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no
+debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el
+verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil!
+¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin
+distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas
+sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el
+ilustre Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal
+quiere quitarme la honra
+
+ a obscuras, como el ladrón
+ de infame merecimiento;
+
+pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con
+Tirso de Molina (representando):
+
+ A satisfacer la fama
+ que me habéis hurtado vengo:
+ mi agravio es león que brama;
+ un león por armas tengo,
+ y Benavides se llama.
+ De vuestros torpes amores
+ dará venganza a mi enojo,
+ mostrando a mis sucesores
+ la nobleza de un león rojo
+ en sangre de dos traidores...?».
+
+Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba a
+concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa:
+
+ Desde que sois mi cuñado
+ ni de palabras me afrento..., etc.,
+
+cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus
+tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos
+delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de
+jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y
+botánico, y otras no menos respetables.
+
+--¡Dios mío! ¡qué es esto!--gritó en prosa culta--¿quién ha causado esta
+devastación...? ¡Petra! ¡Anselmo!--y se colgó del cordón de la
+campanilla.
+
+Entró Petra sonriente.--¿Qué ha sido esto?--Señor, yo no he sido....
+Habrán entrado los gatos.
+
+--¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a mí?
+
+Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de
+su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se
+transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello,
+comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la
+escena y gritando como un energúmeno.
+
+--¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcón si
+no me explica esto.
+
+Anselmo compareció. Tampoco había sido él.
+
+En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa de los
+zorros, despedazada, inservible.
+
+--¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.... ¡Pero,
+señor, quién anduvo aquí!
+
+Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido.
+
+Lo explicó todo.--Pero tú, Petra--añadió--¿por qué no le has dicho la
+verdad al señor?
+
+--Señora, yo... no sabía si debía....
+
+--¿Si debías qué?--preguntó don Víctor con expresión de no comprender.
+
+--Si debía...--Al amo no hay que ocultarle nunca nada--dijo la Regenta
+clavando los ojos altaneros en la criada.
+
+Petra sonrió torciendo la boca, y bajó la cabeza.
+
+Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se quedó
+solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, máquinas
+y colecciones.
+
+--«¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita!»--decía entre suspiros
+Quintanar, con las manos en la cabeza. Se acostó decidido a consultar
+seriamente _lo_ de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos
+Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano,
+espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas.
+
+«Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... En aquella
+casa iba a pasar algo. ¿Qué habría hecho la señora en la huerta? ¿No se
+le había figurado a ella oír allá, hacia la puerta del _Parque_, una
+voz...? Sería aprensión... pero... algo, algo había allí. ¿Qué papel la
+reservarían? ¿Contarían con ella? ¡Ay de _ellos_ si no!». Y con una
+delicia morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar,
+oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; «otro estúpido que jamás
+había venido a buscarla en el secreto de la noche»...
+
+
+
+
+--XI--
+
+
+El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy
+distinto género, no le dejaba libre para el estudio más que las horas
+primeras del día y las más altas de la noche. Dormía muy poco. Su doble
+misión de hombre de gobierno en la diócesis y sabio de la catedral le
+imponía un trabajo abrumador; además, era un clérigo de mundo; recibía y
+devolvía muchas visitas, y este cuidado, uno de los más fastidiosos,
+pero de los más importantes, le robaba mucho tiempo. Por la mañana
+estudiaba filosofía y teología, leía las revistas científicas de los
+jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos literarios. Preparaba
+una _Historia de la Diócesis de Vetusta_, obra seria, original, que
+daría mucha luz a ciertos puntos obscuros de los anales eclesiásticos de
+España. De este libro, sin conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino
+Bermúdez, cuando estaba un poco alegre, después de comer. Uno de sus
+secretos era, que «el Magistral merecía el nombre de sabio, pero no
+precisamente el de arqueólogo; nadie sirve para todo».
+
+Don Fermín escribía a la luz tenue y blanca del crepúsculo; la mañana
+estaba fresca; de vez en cuando, por vía de descanso, De Pas se
+entretenía en soplarse los dedos. Meditaba. Tenía los pies envueltos en
+un mantón viejo de su madre. Cubríale la cabeza un gorro de terciopelo
+negro, raído; la sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y
+las mangas de la chaqueta que vestía debajo de la sotana relucían con el
+brillo triste del paño muy rozado. Aquel traje sórdido, que tal
+contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el
+mundo lucía el Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al
+aproximarse la hora de las visitas probables. Entonces vestía don Fermín
+un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la
+alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; el
+zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba
+como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante
+personaje. En su despacho sólo recibía a los que quería deslumbrar por
+sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabiduría no deslumbraba a casi
+nadie, y así la mayor parte de las visitas pasaban al salón inmediato.
+
+Pocos podían jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba abajo;
+casi nadie había visto más que el vestíbulo, la escalera, un pasillo, la
+antesala y el salón de cortinaje verde y sillería con funda de tela
+gris; y aun el salón medio se veía porque estaba poco menos que a
+obscuras. Uno de los argumentos que empleaban los que defendían la
+honradez del Provisor, consistía en recordar la modestia de su ajuar y
+de su vida doméstica.
+
+Justamente se había hablado de esto la tarde anterior en el Espolón, en
+un corrillo de murmuradores, clérigos unos, seglares otros.
+
+--Entre su madre y él, puede que no gasten doce mil reales al año--decía
+muy serio Ripamilán, el venerable Arcipreste--. Él viste bien, eso sí,
+con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la
+cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser
+insignificante. Recuerden ustedes, señores, lo que nos duraba un
+sombrero de teja en los ominosos tiempos en que no nos pagaba el
+Gobierno. Y en lo demás, ¿qué gastan? Doña Paula con su hábito negro de
+Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su
+pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está
+vestida para todo el año. ¿Y comer? Yo no les he visto comer, pero todo
+se sabe; el catedrático de Psicología, Lógica y Ética, que saben ustedes
+que es muy amigo mío, aunque partidario de no sé qué endiablada escuela
+escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello
+fuese la Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha visto a
+la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo cuando está barato,
+muy barato. Pues ¿y la casa? La casa, todos ustedes lo saben, es una
+cabaña limpia, es la casa de un verdadero sacerdote de Jesús. Lo mejor
+es lo que conocemos todos, el salón; ¡y válgate Dios por salón! A la
+moda del rey que rabió: solemne, pulcro, eso sí; ¡pero qué de trampas
+tapa aquella obscuridad! ¿Quién nos dice que las sillas de damasco verde
+no tienen abiertas las entrañas? ¿Las han visto ustedes alguna vez sin
+funda? ¿Y la consola panzuda, antiquísima, de un dorado que fue, con su
+reloj de música sin música y sin cuerda? Señores, no se me diga: el
+Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonías es infame
+calumnia.
+
+--Todo esto es verdad--contestó Foja, el ex-alcalde usurero, que estaba
+presente siempre en conversaciones de este género. Parecía nacido para
+murmurar.
+
+--No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el
+señor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los más
+ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doña Paula esconde su gato, ¡un
+gatazo! ¿Y las casas que compra el Magistral por esos pueblos? ¿Y las
+fincas que ha adquirido doña Paula en Matalerejo, en Toraces, en Cañedo,
+en Somieda? ¿Y las acciones del Banco?
+
+--¡Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; usted no
+ha visto las pólizas; usted no ha visto nada....
+
+--Pero sé quien lo ha visto.--¿Quién?--¡El mundo entero!--gritó don
+Santos Barinaga, que siempre acudía a maldecir de su mortal enemigo el
+Provisor--. ¡El mundo entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero
+ya hablaré!
+
+--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este
+proceso.
+
+--¿Por qué?--Porque usted aborrece al Magistral.
+
+--Claro que sí...--Y enseñaba los puños apretados.
+
+--¡Y ya me las pagará!--Pero usted, le aborrece por aquello de «¿quién
+es tu enemigo? El de tu oficio». Usted vende objetos del culto: cálices,
+patenas, vinajeras, lámparas, sagrarios, casullas, cera y hasta
+hostias....
+
+--Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste.
+
+--Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y....
+
+--¡Hola! ¡hola!--interrumpió Foja--. ¡Preciosa confesión! ¡Dato
+precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermín son
+enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente
+Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las
+leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el
+verdadero dueño de _La Cruz Roja_, el bazar de artículos de iglesia, al
+que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del
+obispado han de venir _velis nolis_ a comprar lo que necesitan y lo que
+no necesitan.
+
+--Permítame usted, señor Foja o señor diablo....
+
+--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara casualidad de
+que _La Cruz Roja_ ocupa los bajos de la casa contigua a la del
+Provisor; y como da la picarísima casualidad de que sabemos todos que
+hay comunicación por los sótanos, entre casa y casa....
+
+--Hombre, no sea usted barullón ni embustero.
+
+--Poco a poco, señor canónigo, yo no soy barullero, ni miento, ni soy
+obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura.
+
+--No será usted obscurantista, pero tiene la moliera a obscuras para
+todo lo que no sea picardía. ¿Qué tiene que ver que al señor Barinaga,
+al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio
+de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, según
+él, le hace el Provisor? ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con
+que el bazar, como lo llama, de _La Cruz Roja_, tenga sótanos y el
+Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de
+comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea
+usted un boquirroto y mire más lo que dice.
+
+--Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragonés, le dan a
+usted derecho para desvergonzarse....
+
+--¡Poco ruido! ¡Poco ruido! señor Fierabrás--repuso el canónigo
+terciando el manteo.
+
+Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se
+decían les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen
+humor consiste en soltarse pullas y _frescas_ todo el año, como en
+perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal
+educado.
+
+--Es que yo--gritó el ex-alcalde--mato un canónigo como un mosquito....
+
+--Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, viborezno
+libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; según ese
+disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también se podrá asegurar
+lo que dice el vulgo de los préstamos del Magistral al veinte por
+ciento.
+
+--_Non capisco_--respondió el ex-alcalde, que sabía italiano de óperas.
+
+--Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. ¿No es usted otro libelo
+infamatorio con lengua y pies--que viera yo cortados--de los muchos que
+sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque
+le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá
+por lo de la usura; ¿quién es tu enemigo?
+
+--Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo a las narices.
+
+--Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos.
+
+--¡Me ha llamado usted usurero!
+
+--Eso; clarito.--Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al
+empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y
+recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas
+de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la
+Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y,
+cuando hay caso, la prima del seguro....
+
+--Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas....
+
+--Yo contribuyo a la circulación de la riqueza....
+
+--Como una esponja a la circulación del agua....
+
+--Y los curas son los zánganos de la colmena social....
+
+--Hombre, si a zánganos vamos....
+
+--Los curas son los mostrencos...--Si a mostrencos vamos, conocía yo un
+alcaldito en tiempos de la _Gloriosa_...
+
+--¿Qué tiene usted que decir de la _Gloriosa_? Me parece que la
+Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor....
+
+--¡Hizo un cuerno! Me hicieron mis méritos, mis trabajos, mis... ¡seor
+ciruelo!
+
+--Déjese usted de insultos y explique por qué he de ser yo enemigo
+personal del Provisor. ¿Reparto yo dinero por las aldeas al treinta por
+ciento? Y el dinero que yo presto ¿procede de capellanías _cuyo soy_ el
+depositario sin facultades para lucrar con el interés del depósito? ¿Mis
+rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver
+con la curia eclesiástica? ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se
+llaman _Palacio_?
+
+--De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo
+le dejo con la palabra en la boca....
+
+--Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podrá ser un
+viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un
+Candelas eclesiástico.
+
+Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era
+demasiado fuerte:
+
+--¡Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga gritó:--No señores, no
+es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy
+generoso, y robaba con exposición de la vida.
+
+Además, robaba a los ricos y daba a los pobres.
+
+--Sí, desnudaba a un santo para vestir a otro.
+
+--Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él. Es un
+pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya sé yo de qué muerte va a morir.
+
+Barinaga olía a aguardiente. Era el olor de su bilis.
+
+Don Cayetano se encogió de hombros y dio media vuelta. Y mientras se
+alejaba iba diciendo:
+
+--Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora
+rabian porque no les dejan decir esas picardías en los periódicos....
+
+Conversaciones de este género las había a diario en Vetusta; en el
+paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacristía de la
+Catedral.
+
+De Pas sabía todo lo que se murmuraba. Tenía varios espías, verdaderos
+esbirros de sotana. El más activo, perspicaz y disimulado, era el
+segundo organista de la Catedral, que ya había sido delator en el
+seminario. Entonces iba al paraíso del teatro a sorprender a los
+aprendices de cura aficionados a Talía o quien fuese. Era un presbítero
+joven, chato, favorito de la madre del Provisor doña Paula. Se
+apellidaba Campillo.
+
+A don Fermín no le importaba mucho lo que dijeran, pero quería saber lo
+que se murmuraba y a dónde llegaban las injurias.
+
+No pensaba en tal cosa el Magistral aquella mañana fría de octubre,
+mientras se soplaba los dedos meditabundo.
+
+Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin
+poder remediarlo. Quería buscar dentro de sí fervor religioso, acendrada
+fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo sonoro,
+rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción; pero la voluntad no
+obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le
+asediaban. La mano fina, aristocrática, trazaba rayitas paralelas en el
+margen de una cuartilla, después, encima, dibujaba otras rayitas,
+cruzando las primeras; y aquello semejaba una celosía. Detrás de la
+celosía se le figuró ver un manto negro y dos chispas detrás del manto,
+dos ojos que brillaban en la obscuridad. ¡Y si no hubiese más que los
+ojos!
+
+--«¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por la emoción
+religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento,
+pero no sin vergüenza ante un confesonario!...».
+
+«¿Qué mujer era aquella? ¿Había en Vetusta aquel tesoro de gracias
+espirituales, aquella conquista reservada para la Iglesia, y él el amo
+espiritual de la provincia, no lo había sabido antes?».
+
+El pobre don Cayetano era hombre de algún talento para ciertas cosas,
+para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero ¿qué
+sabía él de dirigir un alma como la de aquella señora?
+
+Don Fermín no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho
+antes aquella joya que él, Ripamilán, no sabía apreciar en todo su
+valor. Y gracias que, por pereza, se había decidido a dejarle aquel
+tesoro.
+
+Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta.
+
+--«Don Fermín--le había dicho--usted es el único que podrá entenderse
+con esta hija mía querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba
+contándome sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la
+entiendo siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que
+eso no. ¿Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no
+sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le
+indiqué la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que
+yo no daba más de mí. No doy, no. Yo entiendo la religión y la moral a
+mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me parece que la
+piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita--ya sabe usted que ha
+escrito versos--es un poco romántica. Eso no quita que sea una santa;
+pero quiere traer a la religión el romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no
+me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro. A usted le será
+fácil».
+
+El Arcipreste se había acercado más al Provisor, y estirando el cuello,
+de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al oído, había
+dicho después:
+
+--«Ella ha visto visiones... pseudo-místicas... allá en Loreto... al
+llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, cuando tuvo
+aquella fiebre y fuimos a buscarla su tía doña Anuncia y yo. Después...
+pasó aquello y se hizo literata.... En fin, usted verá. No es una señora
+como estas de por aquí. Tiene mucho tesón; parece una malva, pero otra
+le queda; quiero decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre
+protesta. Ella misma se me ha acusado de esto, que conocía que era
+orgullo. Aprensiones. No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es
+desgraciada, aunque nadie lo sospeche. En fin, usted verá. Don Víctor es
+como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como
+no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él--aquí volvió a
+reír don Cayetano--lo mejor será que ustedes se entiendan».
+
+El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se
+acordó también de que él se había puesto como una amapola.
+
+«¡Lo mejor será que ustedes se entiendan!». En esta frase que don
+Cayetano había dicho sin asomos de malicia, encontraba don Fermín motivo
+para meditar horas y horas.
+
+Toda la noche había pensado en ello. Algún día ¿llegarían a entenderse?
+¿Querría doña Ana abrirle de par en par el corazón?
+
+El Magistral conocía una especie de Vetusta subterránea: era la ciudad
+oculta de las conciencias. Conocía el interior de todas las casas
+importantes y de todas las almas que podían servirle para algo. Sagaz
+como ningún vetustense, clérigo o seglar, había sabido ir poco a poco
+atrayendo a su confesonario a los principales creyentes de la piadosa
+ciudad. Las damas de ciertas pretensiones habían llegado a considerar en
+el Magistral el único confesor de buen tono. Pero él escogía hijos e
+hijas de confesión. Tenía habilidad singular para desechar a los
+importunos sin desairarlos. Había llegado a confesar a quien quería y
+cuando quería. Su memoria para los pecados ajenos era portentosa.
+
+Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un año en acudir al
+tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba
+las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido
+haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeñaba
+a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su
+manera. La _Encimada_ era toda suya; la _Colonia_ la iba conquistando
+poco a poco. Como los observatorios meteorológicos anuncian los
+ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en
+Vetusta, dramas de familia, escándalos y aventuras de todo género. Sabía
+que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse delata
+flaquezas de todos los suyos.
+
+Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, los vicios y hasta
+los crímenes a veces, de muchos señores vetustenses que no confesaban
+con él o no confesaban con nadie.
+
+A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular,
+hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que
+había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su
+mujer, con otros secretos más íntimos. Muchas veces, en las casas donde
+era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas
+de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo; y mientras
+su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprendía,
+acaso era el único que estaba en el secreto, el único que tenía el cabo
+de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a los
+vetustenses. «Era aquello un montón de basura». Pero muy buen abono, por
+lo mismo, él lo empleaba en su huerto; todo aquel cieno que revolvía, le
+daba hermosos y abundantes frutos.
+
+La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su
+propia heredad. Era suyo, bien suyo; ¿quién osaría disputárselo?
+
+Recordaba minuto por minuto aquella hora--y algo más--de la confesión
+de la Regenta.
+
+«¡Una hora larga!». El cabildo no hablaría de otra cosa aquella mañana
+cuando se juntaran, después del coro, los señores canónigos del
+tertulín.
+
+Don Custodio, el beneficiado, había pasado la tarde anterior sobre
+espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después
+espiando la confesión, que duraba, duraba «escandalosamente». Iba y
+venía, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y pasaba ya
+lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Había visto primero a otras
+mujeres junto a la celosía y a doña Ana en oración, junto al altar. Al
+pasar otra vez había visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el
+confesonario, cubierta con la mantilla... y vuelta a pasar y ella
+quieta... y otra vez... y siempre allí, siempre lo mismo.
+
+--Don Custodio--le decía Glocester, el ilustre Arcediano, que había
+notado sus paseos--¿qué hay?, ¿ha venido esa dama?
+
+--¡Una hora! ¡una hora!--Confesión general. Ya usted ve....
+
+Y más tarde:--¿Qué hay?--¡Hora y media!--Le estará contando los
+pecados de sus abuelos desde Adán.
+
+Glocester había esperado en la sacristía «el final de aquel escándalo».
+
+El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y
+juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan
+descomunal noticia.
+
+«No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. ¡Dos
+horas!».
+
+En efecto, había sido mucho tiempo. El Magistral no lo había sentido
+pasar; doña Ana tampoco. La historia de ella había durado mucho. Y
+además, ¡habían hablado de tantas cosas! Don Fermín estaba satisfecho de
+su elocuencia, seguro de haber producido efecto. Doña Ana jamás había
+oído hablar así.
+
+«Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en secreto con
+aquella señora, había sido un anuncio de la realidad. Sí, sí, era
+aquello algo nuevo, algo nuevo para su espíritu, cansado de vivir nada
+más para la ambición propia y para la codicia ajena, la de su madre.
+Necesitaba su alma alguna dulzura, una suavidad de corazón que
+compensara tantas asperezas.... ¿Todo había de ser disimular, aborrecer,
+dominar, conquistar, engañar?».
+
+Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se
+preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. «Allí,
+por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había
+orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a
+sacrificarse _en Jesús_... ¡Todo aquello estaba lejos! No le parecía ser
+el mismo. ¿No era algo por el estilo lo que creía sentir desde la tarde
+anterior? ¿No eran las mismas fibras las que vibraban entonces, allá en
+las orillas del Bernesga, y las que ahora se movían como una música
+plácida para el alma?». En los labios del Magistral asomó una sonrisa de
+amargura. «Aunque todo ello sea una ilusión, un sueño, ¿por qué no
+soñar? Y ¿quién sabe si esta ambición que me devora no es más que una
+forma impropia de otra pasión más noble? Este fuego, ¿no podrá arder
+para un afecto más alto, más digno del alma? ¿No podría yo abrasarme en
+más pura llama que la de esta ambición? ¡Y qué ambición! Bien mezquina,
+bien miserable. ¿No valdrá más la conquista del espíritu de esa señora
+que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma tiara...?».
+
+El Magistral se sorprendió dibujando la tiara en el margen del papel.
+
+Suspiró, arrojó aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales
+pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se
+puso a escribir.
+
+El último párrafo decía:
+
+«El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición del dogma
+de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en el glorioso día
+de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: _haec dies quam fecit
+Dominus_...».
+
+El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne modo la doctrina
+del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: _Prima salus est rectae
+fidei regulam custodire_; confirmábase la doctrina que los griegos
+profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba
+y definía, _sacro approbante Concilio_, que el Romano Pontífice, _quum
+ex cathedra loquitur_, goza plenamente, _per assistentiam divinam_, de
+aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su
+Iglesia...».
+
+Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre las manos.
+
+«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso
+no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La
+infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable
+de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como
+estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas....
+¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la
+batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la
+voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica,
+parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el
+mar».
+
+Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia
+entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él. Llamaba a
+Dupanloup cobarde. En Madrid había llamado mucho la atención predicando
+en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El
+tema había sido también la infalibilidad. Los periódicos le habían
+comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con
+Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada,
+legos.
+
+«Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, pensaba De Pas,
+con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado
+ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como
+ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia
+de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré a los
+fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré Obispo cuando
+llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no
+aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores,
+los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que
+hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser
+impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y
+respeto. ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!...
+Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que es
+mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No quedábamos en
+que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el
+templo cristiano? Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima
+el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, señor Cardenal,
+¿en qué quedamos?».
+
+El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo sobre la
+mesa.
+
+--Voy, señorito--gritó una voz dulce y fresca desde una habitación
+contigua.
+
+El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el despacho una joven
+de veinte años, alta, delgada, pálida, pero de formas suficientemente
+rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La
+palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con
+el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos
+bruscos; unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y
+noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza
+y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon
+griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía. En
+esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne,
+hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un
+perfume elocuente de todo el cuerpo.
+
+Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del despacho y de
+la alcoba del _señorito_. Esta proximidad había sido siempre una
+exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no
+quería ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco
+consentía que su hijo, su pobre Fermín, que para ella siempre sería un
+niño a quien había que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura
+cristiana. La doncella había de tener su lecho cerca del _señorito_, por
+si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente.
+
+En casa el Magistral era _el señorito_. Así le nombraba el ama delante
+de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenían que
+darle.
+
+A doña Paula, que no siempre había sido _señora_, le sonaba mejor _el
+señorito_ que un usía. Las doncellas de doña Paula venían siempre de su
+aldea; las escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las
+conservaba mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por
+si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni las
+muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. Los ojos
+azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la
+posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía que no toleraba
+que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la
+inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media
+palabra de protesta, ni una leve objeción en nombre del qué dirán. ¿Qué
+habían de decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su
+hijo, que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una
+evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín
+continuaba siendo un niño que jamás crecería para la malicia». Este era
+un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía que se creyera que ella
+creía en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio.
+
+Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo de su
+hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca de la cintura en la
+espalda el pañuelo de seda también negro que le cruzaba el pecho.
+
+--¿Qué quería el señorito? ¿se siente mal? ¿traeré ya el café?
+
+--¿Yo?... hija mía... no... no he llamado.
+
+Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un
+poco la boca, y añadió:
+
+--Apostaría... haber oído....
+
+--No, yo no. ¿Qué hora es?
+
+Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo
+la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta
+coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea.
+
+--¿Y madre?--Duerme. Se acostó muy tarde. Como están con las cuentas
+del trimestre....
+
+--Bien; tráeme el café, hija mía.
+
+Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de
+insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día anterior;
+también tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que
+yacían sobre las sillas y en el suelo. Aquéllos no se tocaban. Mientras
+Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la
+mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para
+seguir trabajando o meditando.
+
+Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía decir misa; que
+era un señor cura. ¿La tenía? ¿Había prometido decirla? No pudo resolver
+sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó.
+
+Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. Ellas eran las
+encargadas de oír la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto
+se refería a los asuntos del rito. De Pas cumplía con estos deberes
+rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. ¡Tenía tantas cosas
+en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba
+de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba
+frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias.
+
+Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por el despacho;
+quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le
+permitían adelantar en su trabajo.
+
+Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí como el
+silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó el servicio del
+café, volvió a buscar un jarro de estaño y el cubo del lavabo; entró de
+nuevo con ellos y una toalla limpia. Entró en la alcoba, dejando las
+puertas de cristales abiertas, y se puso a _levantar_ la cama, operación
+que consistía en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las
+sábanas y la colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una
+manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas,
+pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, y doña
+Paula, por economía, le preparaba así la cama. Hacerla formalmente
+hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado.
+
+Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí veía, distraído,
+los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las
+piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados
+colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a
+cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las
+enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral
+seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su
+pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de
+brazos sobre la cama, Teresina dejó ver más de media pantorrilla y
+mucha tela blanca. De Pas sintió en la retina toda aquella blancura,
+como si hubiera visto un relámpago; y discretamente, se levantó y volvió
+a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de
+un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre
+la cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas.
+
+--¿Le molesta el ruido, señorito?
+
+El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba
+ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en el dintel de la puerta
+de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada:
+
+--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es
+igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no esté.
+
+--Bien está, señorito, bien está--respondió la criada, muy seria, con
+voz gangosa y tono de canto llano.
+
+Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de
+levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito.
+
+El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el
+suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de
+teología y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a sentarse.
+Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le metió por los
+puntos de la pluma, levantó la cabeza, satisfecho de su tarea.
+
+Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale
+más por lo raro. El Magistral se frotó las manos suavemente. Estaba
+contento. Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, _calamo
+currente_, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica
+que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan
+de ataque.
+
+Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que iba a
+tener un alma hermana.
+
+Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una
+poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de
+Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la
+memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a
+través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de
+sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada
+parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la
+verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico,
+incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por qué
+recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver
+con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la
+Edad-media... y sueco? Él era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo
+diecinueve, un _carca_, un obscurantista, un zángano de la colmena
+social, como decía Foja el usurero...».
+
+Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De
+Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le
+quedaba de sus reflexiones de poco antes.
+
+Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más
+fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la
+postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos
+cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y
+fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus
+músculos de acero, de una fuerza inútil.
+
+Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de
+color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía
+gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de
+revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras,
+cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del
+aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no
+se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don
+Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que
+corrían contra _La Cruz Roja_, como él llamaba, colectivamente, al
+Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando
+odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al
+murmurar del Magistral añadían:
+
+--«¡Si yo hablara!».
+
+Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se
+acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando
+aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo
+por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en
+el espejo, le parecía un _otro yo_ que se había perdido, que había
+quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de
+Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba
+muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En
+cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de
+la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía
+siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida
+torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y
+bizarra, mística; pero de piedra. Quedó satisfecho, con la conciencia
+de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante
+y escultural.
+
+Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el
+suelo, con la expresión de los santos de cromo.
+
+--¿Qué hay?--Una joven pregunta si se puede ver al señorito.
+
+--¿A mí?--don Fermín encogió los hombros--. ¿Quién es?
+
+--Petra, la doncella de la señora Regenta.
+
+Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su
+amo.
+
+--¿No dice a qué viene?
+
+--No ha dicho nada más.--Pues que pase. Petra se presentó sola en el
+despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin
+rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa
+en los labios.
+
+El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en
+confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y
+paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para
+que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que
+la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas
+de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso
+arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había
+alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo
+impidiesen.
+
+Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan
+insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan
+alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen
+recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el
+clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura
+sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no
+reconocerla.
+
+Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El
+Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos.
+
+--¿Es usted criada de la señora de Quintanar?
+
+--Sí, señor; su doncella.
+
+--¿Viene usted de su parte?--Sí, señor; traigo una carta para Usía.
+
+Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno.
+
+--¿Y no es más que eso?
+
+--No, señor.--Entonces...--La señora me ha dicho que entregara a Usía
+mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o
+tardar en entregarla a Usía.
+
+Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo:
+
+--En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un
+recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda
+confianza.
+
+Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del
+delantal.
+
+--Perdóneme Usía...--dijo con voz temblorosa y ruborizándose.
+
+--No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo.
+
+Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía
+él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte,
+sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la
+imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de
+aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con
+despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a
+atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta
+casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la
+figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la
+madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de
+cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza,
+atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso;
+la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos
+de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un
+contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella
+mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del
+Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda
+angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña
+con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una
+amortajada.
+
+Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin
+disimulo.
+
+--¿Qué quería usted?--preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared.
+
+Petra se repuso y, casi con altanería, contestó:
+
+--Era un recado para el señor Magistral.
+
+Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió con afable
+sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas,
+como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de
+la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra
+envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral.
+Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento
+de las maneras finas y de la vida de ciudad.
+
+--¿Qué te quiere esa señora?--preguntó doña Paula en cuanto se vio a
+solas con su hijo.
+
+--No sé; aún no he abierto la carta.
+
+--¿Una carta?--Sí, esa. Don Fermín hubiera deseado a su madre a cien
+leguas. No podía ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre sí
+mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta,
+y temía ruborizarse delante de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo,
+sin saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel sobre
+delante de doña Paula, se pondría como una cereza. Cosas de los nervios.
+Pero su madre era como era.
+
+Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó los codos sobre la
+mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió la difícil tarea
+de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doña Paula fumaba;
+pero «desde que eran de la catedral» fumaba en secreto, sólo delante de
+la familia y algunos amigos íntimos.
+
+El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió
+disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo
+interior, debajo de la sotana.
+
+--Adiós, madre; voy a dar los días al señor de Carraspique.
+
+--¿Tan temprano?--Sí, porque después se llena aquello de visitas y
+tengo que hablarle a solas.
+
+--¿No la lees?--¿Qué he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no
+será urgente.
+
+--Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar en seguida o
+dejar algún recado; ¿no comprendes?
+
+De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta.
+
+Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba
+su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, ¿qué
+podía decir la Regenta? Nada de particular».
+
+ «Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted
+ antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrúpulos de esos
+ contra los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria.
+ Si usted fuera tan amable que consintiera en oírme esta tarde un
+ momento, mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma.
+ amiga, q.b.s.m.,
+
+ ANA DE OZORES DE QUINTANAR».
+
+--¡Jesús, qué carta!--exclamó doña Paula con los ojos clavados en su
+hijo.
+
+--¿Qué tiene?--preguntó el Magistral, volviendo la espalda.
+
+--¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doña
+Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una
+tonta o de una loca.
+
+--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía....
+Me escribe como a un amigo cualquiera.
+
+--Vamos, es una pagana que quiere convertirse.
+
+El Magistral calló. Con su madre no disputaba.
+
+--Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal.
+
+--Se me pasó la hora de la cita....
+
+--Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el señor
+Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación que dar al señor
+Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que tú y Ronzal y yo y todos
+somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los
+necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada.
+
+--Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se los han
+llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay tiempo....
+
+--Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y qué dirá Ronzal?
+Si tú que estás más interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él?
+
+--Pero, señora, el deber es primero.
+
+--El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se
+le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa
+herencia?
+
+--¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de
+alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de
+salir pronto.
+
+--¿Qué herencia?--repitió.
+
+--Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no
+tiene más que hacer que verla a ella.
+
+--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú...
+eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes.
+
+Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a
+las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosiguió--hicieron
+anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación,
+esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la
+otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas....
+
+El Magistral se santiguó y dijo:
+
+--¿Ya murmuran? ¡Infames!
+
+--Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te
+acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer
+aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te
+lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber
+aparentarla.
+
+--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--¿No ve usted cómo a
+pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?
+
+--Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la
+fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un
+borrego, pero....
+
+--¡Le tengo en un puño!--Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es
+ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da
+otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian,
+estás perdido.
+
+--Don Fortunato no se mueve sin orden mía.
+
+--No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver
+tus escándalos....
+
+--¿Cómo ha de ver eso, madre?
+
+--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día estamos
+perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un tigre, y del
+Provisorato te echa a la cárcel de corona.--Madre... está usted
+exaltada... ve usted visiones.
+
+--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y arrojó la
+punta del pitillo apurada y sucia.
+
+Prosiguió:--No quiero más cartitas; no quiero conferencias en la
+catedral; que vaya al sermón la señora Regenta si quiere buenos
+consejos; allí hablas para todos los cristianos; que vaya a oírte al
+sermón y que me deje en paz.
+
+--¿Con que Glocester?...--Sí, y don Custodio.--Y a usted ¿quién le ha
+dicho?...
+
+--El Chato.--¿Campillo?--El mismo.--Pero ¿qué han visto? ¿Qué pueden
+decir esos miserables? ¿cómo se habla de estas cosas en una tertulia de
+señoras? ¿cómo entiende esta gente el respeto a las cosas sagradas?
+
+--¡Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. ¿Respeto? Dios lo dé. El
+Arcediano querría confesar a la de Quintanar, es natural, él es muy
+amigo de darse tono, y de que digan.... ¡Dios me perdone! pero creo que
+le gusta que murmuren de él, y que digan si enamora a las beatas o no
+las enamora.... ¡Es un farolón... y un malvado!
+
+--Madre, usted exagera; ¿cómo un sacerdote?...
+
+--Fermo, tú eres un papanatas; el mundo está perdido: por eso todos
+piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay que aparentar
+más virtud que se tiene, aunque se sea un ángel. ¿No sabes que de
+nosotros dicen mil perrerías? Glocester, don Custodio, Foja, don Santos
+y el mismísimo don Álvaro Mesía, con toda su diplomacia, pasan la vida
+desacreditándote. Si hacemos y acontecemos en palacio (doña Paula empezó
+a contar por los dedos); si nos comemos la diócesis; si entramos en el
+Provisorato desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco;
+si tú cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ahí como
+esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la
+alberca de casa; si el Obispo es un maniquí en nuestras manos; si
+vendemos cera, si vendemos aras, si tú hiciste cambiar las de todas las
+parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don
+Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si tú robas a
+los que piden dispensas; si te comes capellanías; si yo cobro diezmos y
+primicias en toda la diócesis; si....
+
+--¡Basta, madre, basta por Dios!
+
+--Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero espiritual. Tú
+(vuelta a contar por los dedos, pero además con pataditas en el suelo,
+como llevando el compás) tienes fanatizado a medio pueblo; las de
+Carraspique se han metido monjas por culpa tuya, y una de ellas está
+muriendo tísica por culpa tuya también, como si tú fueras la humedad y
+la inmundicia de aquella pocilga; tú tienes la culpa de que no se case
+la de Páez, la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que
+le agrade... por culpa tuya.
+
+--Madre...--¿Qué más? Hasta les parece mal que enseñes la doctrina a
+las niñas de la Santa Obra del Catecismo....
+
+--¡Miserables!--Sí, miserables; pero van siendo muchos miserables, y el
+día menos pensado nos tumban.
+
+--Eso no, madre--gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las
+mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas,
+erizadas como dispuestas a la defensa--. ¡Eso no, madre! Yo los tengo a
+todos debajo del zapato, y los aplasto el día que quiero. Soy el más
+fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, son unos estúpidos; ni mala
+intención saben tener.
+
+Doña Paula sonrió, sin que su hijo lo notase. «Así te quiero» pensó, y
+siguió diciendo:
+
+--Pero el único flaco que podemos presentarles es este, Fermo; bien lo
+sabes; acuérdate de la otra vez.
+
+--Aquella era una... mujer perdida.--Pero te engañó ¿verdad?
+
+--No, madre; no me engañó; ¿qué sabe usted?
+
+Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la
+Brigadiera nunca había podido aclararlo. Sólo sabía, por su mal, que
+había sido un escándalo que apenas se pudo sofocar antes que fuera
+tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. Eran cosas de la
+juventud. ¡Qué necedad temer que él volviese a descuidarse ahora, a los
+treinta y cinco años! Entonces, en la época de la Brigadiera no tenía él
+experiencia, le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso
+de la adulación.
+
+«Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con que ahora
+me mortifica».
+
+Doña Paula insistió en pintarle los peligros de la calumnia; sabía que
+le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque
+temía para su hijo la caída de Salomón.
+
+La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella era
+buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa
+contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella,
+doña Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición,
+el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula
+se figuraba la diócesis como un lagar de sidra de los que había en su
+aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto,
+oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por
+la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella
+de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural.
+«Era mecánico» como decía don Fermín explicando religión. «Pero a una
+mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven todavía,
+podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso
+conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba
+de su virtud. «¡La Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz
+de pecar, pero ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo que se murmuraba.
+Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y
+otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces
+aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más o menos, y sin
+estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos días antes:
+que don Álvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quería
+enamorarla, como a tantas otras. «Aquel don Álvaro era un enemigo de su
+hijo. Lo sabía ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por
+más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de
+Vetusta. Pero doña Paula tenía superior instinto; veía más que nadie en
+lo que interesaba al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen
+mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el prestigio del
+amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de
+Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres;
+era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los
+Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el
+dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y
+cuando no lo tenía se quejaba de la falta «_de carácter_» de los hombres
+importantes. Y ¿por qué no había de estar ya Mesía disputando ese
+dominio? ¿No cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don
+Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre
+Fermo?». Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las
+suponía fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la
+vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no
+comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle contra la
+Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre de Mesía. En
+los labios le retozaba esta pregunta:
+
+«¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?».
+
+No se atrevió a tanto. «Al fin su hijo era un sacerdote y ella era
+cristiana».
+
+Preguntar aquello le parecía una irreverencia, un sacrilegio que hubiera
+puesto a Fermo fuera de sí, y no había para qué.
+
+--Adiós, madre--dijo don Fermín cuando doña Paula calló por no atreverse
+con la pregunta sacrílega.
+
+Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oyó a su madre que decía:
+
+--¿De modo que hoy tampoco vas a coro?
+
+--Señora, si ya habrá concluido....
+
+--¡Bueno, bueno!--quedó murmurando ella--no ganamos para multas.
+
+Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un
+estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable.
+
+El sol brillaba acercándose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola nube. El
+cielo parecía andaluz.
+
+Sí, pero el buen humor del Magistral se había nublado; su madre le había
+puesto nervioso, airado, no sabía contra quién.
+
+«Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero
+formidable a veces. ¿Y cómo romper aquellas cadenas? A ella se lo debía
+todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su voluntad de acero
+que iba derecha a un fin rompiendo por todo ¿qué hubiera sido él? Un
+pastor en las montañas, o un cavador en las minas. Él valía más que
+todos, pero su madre valía más que él. El instinto de doña Paula era
+superior a todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido él arrollado
+algunas veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se
+enredaban en redes sutiles que le tendía un enemigo, ¿quién le libraba
+de ellas? Su madre. Era su égida. Sí, ella primero que todo. Su
+despotismo era la salvación; aquel yugo, saludable. Además, una voz
+interior le decía que lo mejor de su alma era su cariño y su respeto
+filial. En las horas en que a sí mismo se despreciaba, para encontrar
+algo puro dentro de sí, que impidiera que aquella repugnancia llegase a
+la desesperación, necesitaba recordar esto: que era un buen hijo,
+humilde, dócil... un niño, un niño que nunca se hacía hombre. ¡Él que
+con los demás era un hombre que solía convertirse en león!».
+
+«Pero ahora sentía una rebelión en el alma. Era una injusticia aquella
+sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta creía toda Vetusta, y
+en efecto era un ángel. Él sí que no merecía besar el polvo que pisaba
+aquella señora. ¿Quién podía temer de quién?».
+
+En este momento comprendió la causa de su malhumor repentino. «La madre
+había hablado de las calumnias con que le querían perder... de las
+demasías de ambición, orgullo y sórdida codicia que le imputaban, de la
+influencia perniciosa en la vida de muchas familias que se le
+achacaba... pero ¿era todo calumnia? Oh, si la Regenta supiese quién era
+él, no le confiaría los secretos de su corazón. Por un acto de fe,
+aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos
+le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado
+a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a
+pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la
+vida. Si él hubiera sido un hombre honrado, le hubiera dicho allí
+mismo:--¡Calle usted, señora! yo no soy digno de que la majestad de su
+secreto entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a
+decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro
+palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel
+con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido;
+el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de
+acíbar;... yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor,
+infinitamente peor, yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas,
+sí, mal adquiridas; yo soy un déspota en vez de un pastor; yo vendo la
+Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que arrojó del
+templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, señora; yo no soy digno
+de ser su confidente, su director espiritual. Aquella elocuencia de ayer
+era falsa, no me salía del alma, yo no soy el _vir bonus_, yo soy lo
+que dice el mundo, lo que dicen mis detractores».
+
+Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sintió una
+reacción en su conciencia, reacción favorable a su fama.
+
+«Hagámonos más justicia» pensó sin querer, por el instinto de
+conservación que tiene el amor propio.
+
+Y entonces recordó que su madre era quien le empujaba a todos aquellos
+actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro.
+
+«Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo debía todo, había
+él llegado a manosear y mascar el lodo de aquella sordidez poco
+escrupulosa. Su pasión propia, la que espontáneamente hacía en él
+estragos era la ambición de dominar; pero esto ¿no era noble en el
+fondo? y ¿no era justo al cabo? ¿No merecía él ser el primero de la
+diócesis? El Obispo ¿no le reconocía de buen grado esta superioridad
+moral? Bastante hacía él contentándose, por ahora, con no mandar más que
+en Vetusta. ¡Oh! estaba seguro. Si algún día su amistad con Ana Ozores
+llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál
+era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería
+de los pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le había
+arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenían disculpa, los
+feos, los vergonzosos, los inconfesables».
+
+Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente,
+iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles
+tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas
+encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según
+costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso,
+flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.
+
+Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos,
+doblando la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni
+veía al que saludaba.
+
+Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don de estar
+hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.
+
+Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registró la
+alcoba. Vio la cama _levantada_, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue;
+salió de la alcoba; en el despacho reparó el sofá de reps azul, las
+butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas
+por todas partes; se fijó en el orden de la mesa, en el del sillón, en
+el de las sillas. Parecía olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le
+preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la
+mirada, como quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje,
+correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo
+hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La
+despidió.
+
+--Oye...--volvió a decir--. Nada, vete.
+
+Se encogió de hombros.--«Es imposible--dijo entre dientes--; no hay
+manera de averiguar nada».
+
+Y, saliendo del despacho, dijo todavía:
+
+--«¡Qué capricho de hombres!».
+
+Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió:
+
+--«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!».
+
+
+
+
+--XII--
+
+
+Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más
+importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más
+_sacrificios pecuniarios_ en tiempo oportuno. Era político porque se le
+había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los
+buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su
+mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá
+en la otra guerra, los _cristinos_ habían ahorcado de un árbol a su
+padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los
+sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de
+gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que
+tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su
+religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él
+toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces
+naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su
+piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para
+los suyos y para muchos de fuera.
+
+Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice
+infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique;
+todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido
+educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos
+primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas.
+
+El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un
+noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de
+los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.
+
+El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona,
+que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería
+los pies de buen grado.
+
+--Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el
+señor está allá dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y
+agria.) Está ahí el médico... ese empecatado primo de la señora.
+
+--Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, Fulgencia?
+
+--Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto alarmar a
+los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor Magistral, que la pobre señorita
+no está de cuidado?
+
+--Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? ¿Viene de allá?
+
+--Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba gritos... viene furioso... es un
+loco. No sé cómo le llaman a él. El parentesco, es cosa del parentesco.
+
+El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin
+lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la
+limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El único
+mueble nuevo era un piano de cola de Erard.
+
+Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes.
+
+El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía con el
+arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en
+su porte su buena posición social. Era una hermosa figura que se
+defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía. Don
+Robustiano era el médico de la nobleza desde muchos años atrás; pero si
+en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en
+religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses
+entendían por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le admiraba tanto
+como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo había leído
+tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano
+no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían
+de hambre en Vetusta. Había estudiado poco, pero había ganado mucho. Era
+un médico de mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para él
+todo era flato; ahora todo era _cuestión de nervios_. Curaba con buenas
+palabras; por él nadie sabía que se iba a morir. Solía curar de balde a
+los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhibía, mandaba
+llamar a otro y no se ofendía. «Él no servía para ver morir a una
+persona querida».
+
+Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.
+
+--«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que
+lo hemos de ver..., etc.».
+
+Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había
+hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los
+profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante,
+pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el
+sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de
+policía.
+
+«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro».
+
+Y no se le había de replicar.
+
+Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía
+apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre
+de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.
+
+Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas
+nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.
+
+De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la
+cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre
+majaderos y hombres de talento.
+
+--¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno.... Llega usted a tiempo, amigo
+mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la
+verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio,
+se desespera.... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas
+exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza,
+porque es una persona ilustrada.
+
+--¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?
+
+--Sí, señor; de aquella pocilga vengo.
+
+--¿Cómo está Rosita?
+
+--¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor
+Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.
+
+Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a
+todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:
+
+--¡Aquello es el acabose!
+
+El Magistral sintió un escalofrío.
+
+--¿Usted cree?--Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo,
+distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada
+bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña
+sigue respirando en aquel _medio_... no hay salvación, pero si se la
+saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un
+crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja....
+Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la
+religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es
+una letrina; sí señor, una cloaca.
+
+--Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están
+haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora.
+
+--Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan
+trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.
+
+--Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor
+de lo que es.
+
+--¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá usted saber más que la ciencia? Ya
+le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen
+de lesa humanidad.... ¡Oh! ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa
+de todo esto! Porque aquí anda un cura, señor Magistral, estoy seguro...
+y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y
+clero; si todos fueran como usted.... ¿A que mi señor don Fermín no
+aconseja a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que
+las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de
+Panurgo?
+
+El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros de
+Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repetía lo
+de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado era aquel, como no
+sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que él no leía libros: le
+faltaba tiempo.
+
+Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las necedades de este majadero?».
+
+--Yo sospecho--continuó el doctor--que mi pobre Carraspique está
+supeditado a la voluntad de algún fanático, v. gr. el Rector del
+Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser el señor Escosura, ese
+Torquemada _pour rire_, el que ha traído a esta casa tanta desgracia?
+
+--No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta
+desgracia como usted dice.
+
+--¡Van ya dos niñas al hoyo!
+
+--¿Cómo al hoyo?--O al convento, llámelo usted hache.
+
+--Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo
+opinar en este punto....
+
+--Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen
+conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo
+fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la
+ciencia. La higiene pública prescribe....
+
+El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la
+renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de
+folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa.
+
+--¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.
+
+--No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen....
+
+--¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted,
+que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe
+libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más
+que uno de los términos en que ha de consistir?
+
+Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba.
+
+--Si a mí no se me engaña--continuó--; si yo conozco bien esta comedia.
+¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que
+las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de
+su existencia? Verá usted el sistema.
+
+Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo:
+
+--Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de mis primos no
+ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí sabe Dios lo
+que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben
+las dictan las monjas y están siempre cortadas por el mismo patrón,
+según el cual, «aquello es el Paraíso». A los quince años vuelven a
+casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda
+en el convento como un trasto inútil. Para dar una satisfacción al
+mundo, a la opinión pública, desde los quince a los dieciocho o
+diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo...
+por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi señor
+don Fermín. ¿Recuerda usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las
+niñas ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los
+bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la novena, al
+sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el
+Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en
+seguida a casa. Después viene la gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se
+ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería;
+nada de teatros ni de bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta:
+correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las
+niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido
+en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían
+allí con las Madres y las compañeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se
+enamora de cualquiera de las niñas... _¡Vade retro!_ Se le despide con
+cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas canónicas;
+maitines, vísperas... después el rosario con su coronilla, un
+padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y
+nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas.... Eso
+sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción. Como artículo de
+lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del
+Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen
+mozo torcido una gracia babosa, las niñas la ríen, al papá se le cae la
+baba también ¡mísero Carraspique! y _tutti contenti_. El Arcediano no es
+el cura que hay aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el
+demonio o el mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el
+atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en
+cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor,
+cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo
+llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, señor de Pas, fácil
+victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de
+templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo
+rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con
+chistes de cura por todo encanto, resuelven _libremente_ meterse
+monjas, para gozar un poco de... de autonomía, como dicen los
+liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas
+de Carraspique.
+
+El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo,
+dijo:
+
+--No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a
+cien leguas de toda gazmoñería.
+
+--¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado a mi prima esta comedia.
+El que entra aquí piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez
+monástica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engañan.
+Esta alegría sin saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted
+dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para
+tapar la boca a los profanos.
+
+El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro.
+«¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces discurría así en tal materia?
+¿Sabía Somoza que era él y nadie más el _cura oculto_, el jefe
+espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le hablaba así? ¿También
+los tontos tenían el arte de disimular?».
+
+Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos de recientes
+lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó fervorosamente que fuese a
+las Salesas a ver cómo estaba su hija; él no tenía valor para ir en
+persona. Don Fermín prometió ir aquel mismo día.
+
+Somoza volvió a describir la falta de _condiciones higiénicas_ del
+convento.
+
+--Pero ¿qué quieres que haga, primo mío?
+
+--Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo sois. Pero lo que
+digo es lo siguiente: la niña está muy enferma, y no por culpa suya; su
+naturaleza era fuerte; en su _constitución_ no hay vicio alguno; pero no
+le da el sol nunca y se la está comiendo la humedad; necesita calor y
+no lo tiene; luz y allí le falta; aire puro y allí se respira la peste;
+ejercicio y allí no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen
+alimento y allí come mal y poco..., pero no importa; Dios está
+satisfecho por lo visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos
+alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a vivir metiditos en
+un... inodoro.
+
+Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él
+quería, sino lo contrario, añadió:
+
+--En un inodoro... que es la _antítesis_--así dijo--de un inodoro.
+
+--En fin, señores--prosiguió--ustedes defienden el absurdo y ahí no
+llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con
+aires de aldea, allá junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne
+y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada.
+
+Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó con una cabezada al
+Magistral y salió murmurando:
+
+--A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, pero no era
+una columna... de este orden; no era un estercolero.
+
+Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las
+palabras de su primo que había oído desde lejos:
+
+--Es un loco, hay que dejarle.--Pero nos quiere mucho--advirtió
+Carraspique.
+
+--Pero es un loco... haciéndole favor.
+
+El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había que
+hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento
+provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un
+barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol;
+allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la
+Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las
+paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los olores eran
+insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. Pero todo aquello
+duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el médico decía. El de las
+monjas aseguraba que no, y que sacarla de allí, sola, separarla de sus
+queridas compañeras, de su vida regular, hubiera sido matarla».
+
+Después don Fermín consideró la cuestión desde el punto de vista
+religioso. «Había algo más que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente
+humanos, mundanos, que se podían oponer a Somoza y otros como él, eran
+lo de menos. Lo principal era mirar si había escándalo en precipitarse y
+tomar medidas que alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa
+de un excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo a
+la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se
+diría que el convento de las Salesas era un matadero; que la religión
+conducía a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse.... ¡Se
+dirían tantas cosas! No, no era posible tomar todavía ninguna medida
+radical. Había que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor
+Teresa...».
+
+--¡Sí, don Fermín, por Dios!--exclamó doña Lucía, juntando las
+manos--segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si
+usted le lleva el consuelo de su palabra.
+
+No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios.
+
+Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca
+directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que
+las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación
+superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio
+era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo.
+La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía
+a desahuciarlo. «Era un impío».
+
+--¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!--se atrevió a decir Carraspique.
+
+--Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo
+sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes.
+
+Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la
+casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran
+dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan
+pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó
+antes que asomara.
+
+La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el
+nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un
+defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien
+hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal
+hombre, a aquel santo, pensaría mejor».
+
+Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual
+fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos
+disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy
+bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos.
+
+--¿Un impío Ronzal?--preguntó asustado Carraspique.
+
+--Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los
+labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en
+la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas
+veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa.
+Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen
+cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la
+Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el
+ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad
+suficiente.... ¿Daría usted una hija a don Álvaro?
+
+--¡Antes muerta!--Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la
+unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es
+buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una
+Carraspique.
+
+Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia,
+les llegaba al alma a los amos de la casa.
+
+Ronzal fue desahuciado. El Magistral habló todavía de otros asuntos.
+Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para
+Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa;
+limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la
+Concepción, porque habría que pagar caro un predicador, jesuita, que
+vendría de lejos. «Era mucho, sí; pero si los buenos católicos que
+todavía tenían algo no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si otros
+pudieran!».
+
+Suspiró doña Lucía al oír esto. Había comprendido. El Magistral quería
+decir que si él fuese rico, su dinero sería de San Pedro y de las
+instituciones piadosas. «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel
+santo suponiéndole cargado de oro!».
+
+Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía
+límites, volvió a prometer una visita a las Salesas.
+
+«Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia».
+
+--En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno,
+suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una
+prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de cristiano obliga a eso
+y a mucho más.
+
+Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil.
+
+Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a costa de mucho
+padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo
+terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también melosas.
+La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al decir «Dios
+misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba el susurro del aura
+entre las flores....
+
+Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos
+de la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no
+salvarse, a pesar de tantos disgustos.
+
+Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella mañana. No hablaba
+con la sublime unción de otras veces. Su pesimismo piadoso le salía a
+duras penas de los labios. Notó la buena señora que su director
+espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa.
+
+Salió el Magistral.
+
+Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un
+puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo de la suntuosa
+escalera.
+
+--«¡No hay remedio, no hay remedio!--dijo entre dientes--no he de
+empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo».
+
+Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer fuerte,
+picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí
+ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia....
+Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había procurado abreviar la
+visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas.
+
+«Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. Eso debía
+de ser».
+
+«Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar
+algo con ira...». Se dirigió a _Palacio_.
+
+Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la
+Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y estrecha que
+llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice de la Basílica,
+coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el
+siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro
+parecía un inválido de la arquitectura; y la fachada principal,
+renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta
+y el balcón de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde.
+
+El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío y desnudo, no muy
+limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y
+parterres de flores mustias; subió una escalera cuyo primer tramo era de
+piedra y los demás de castaño casi podrido; y después de un corredor
+cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala
+donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del
+Provisor interrumpió el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno
+de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de
+pulquérrimo traje talar, perfumado, abrió una mampara forrada de damasco
+color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio
+entonces y que atravesó De Pas sin detenerse.
+
+--¿Dónde estará, don Anacleto?
+
+--Creo que tiene visitas--respondió el paje--. Unas señoras....
+
+--¿Qué señoras? Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y
+sonrió.
+
+Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero en seguida volvió
+a adelantarlo y abrió una puerta de escape por donde desapareció.
+
+Después de cruzar salas y pasadizos llegó al _salón claro_, como se
+llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas
+particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo por veinte de
+ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal
+obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a
+cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que
+entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría.
+Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también,
+de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus
+contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en
+columnas salomónicas. Los brazos de las butacas parecían puestos en
+jarras, los pies de las consolas hacían piruetas. No había estera ni
+alfombra, a no contar la que rendía homenaje al sofá; era de moqueta y
+representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el
+gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de
+Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los
+otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano.
+Allí estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de
+su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una
+consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba
+sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño que él,
+colocada sobre la consola de enfrente. No había más santos en el salón
+ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado.
+
+El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo de Vetusta, dejaba
+al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; pero en su salón no había
+de tocar. Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín
+para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas
+pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo,
+jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos.
+
+--«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para que canten el
+Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco de las
+Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban
+en el coro y era una delicia oírlos».
+
+Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se
+podía admirar y amar una obra de Dios.
+
+Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo--pero este
+era su secreto--no estaba a la altura de su cargo».
+
+--«No basta ser bueno--decía--para gobernar una diócesis. Ni los
+poetas sirven para ministros, ni los místicos para Obispos».
+
+Esta opinión era la más corriente entre el clero del Obispado. Los
+señores de la junta carlista creían lo mismo. ¡Jamás habían podido
+contar para nada con el Obispo!
+
+¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en
+brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la diócesis.
+Esto, según unos, era la perdición del clero y el culto, según otros una
+gran fortuna; pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía
+voluntad.
+
+Era cierto que había aceptado la mitra a condición de escoger, sin que
+valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar
+los cuidados del gobierno eclesiástico. El Magistral era sin duda el
+hombre de más talento que él había conocido. Además, doña Paula, cuando
+su hijo era un humilde seminarista, había servido en calidad de ama de
+llaves a Camoirán, a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces
+aquella mujer de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo,
+ayudado por la madre, continuó la tiranía, y, como decían ellos, «le
+tenían en un puño». Y él estaba así muy contento.
+
+¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga,
+de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se
+buscó un santo a quien dar una mitra y se encontró al canónigo Camoirán.
+
+Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del pueblo. Con gran
+escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su
+virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasión, cuando hacía
+su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña,
+jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó
+una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había
+mordido al niño.
+
+--¡Sálvamelo, sálvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el
+paso al borrico.
+
+--¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo
+por la vida del angelillo.
+
+--¡Sí, sí, tú que eres santo!--replicaba la madre con alaridos.
+
+--¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé...
+
+--¡Un milagro! ¡un milagro!...--repetía la madre.
+
+La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la
+Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario.
+
+Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se
+abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya
+había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las
+alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia
+predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a
+la Mujer _sine labe concepta_. De memoria hubiera podido repetir cuanto
+han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y
+sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto,
+del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo
+romántico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases
+de cariño paternal, filial y fraternal.
+
+Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después
+se regalaban, titulados así: _El Rosal de María_ (en verso)--_Flores de
+María_--_La devoción_ _de la Inmaculada_--_El Romancero de Nuestra
+Señora_--_La Virgen y el dogma_.
+
+Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los
+daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de una
+alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las desdichas del
+mundo, al menos las que él había padecido.
+
+En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y
+mucho de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le quería
+engañar cobrándole caros los remiendos de sus pantalones! ¿No sabía él
+lo que eran remiendos? ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I.
+muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes,
+aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los
+zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.
+
+--Pero, señor--gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el
+cargo de doña Paula--; si usted pide milagros. ¿Cómo no se han de
+conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda,
+y será mejor.
+
+--¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos
+nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese remendón supiera su
+oficio, parecerían estos una gloria.
+
+El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no
+se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba revista, como a un
+recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía distraído: y si
+notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un
+mitrado, le reprendía con acritud.
+
+--Esto es absurdo--decía De Pas--. ¿Quiere usted ser el Obispo de _Los
+miserables_, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos
+en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como
+exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos
+pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas,
+llegaría la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita?
+
+--No es eso, hijo mío, no es eso--respondía el Obispo sofocado, con
+ganas de meterse debajo de tierra.
+
+Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo sé.
+¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del
+ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro
+sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si
+eso es una bendición de Dios; si así debe ser.... ¿Pero sabes tú quién
+es Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas
+medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la
+piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen;
+¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor?
+
+Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en
+Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la
+cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad
+primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su
+elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador
+verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión.
+Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su
+cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa
+cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar
+en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía
+el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La
+caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el
+mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la
+gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el
+templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los
+cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la
+conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los
+vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos.
+
+Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a
+cansarse. Decían que el Obispo _se prodigaba demasiado_. «El Magistral
+no se prodigaba».
+
+--Estudia más los sermones--decían unos.
+
+--Es más profundo, aunque menos ardiente.
+
+--Y más elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el púlpito.
+
+--El Magistral es un artista, el otro un apóstol.
+
+Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué
+gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía
+aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de _mera
+retórica_ aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco».
+
+--«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de
+nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra
+revolucionaria, ni un satánico _non serviam_ librepensador».
+
+En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en
+los _sermones de la Audiencia_. Todos los viernes de Cuaresma la Real
+Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística
+somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense
+predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima.
+
+--«Pues bien--decía Glocester--allí no se habla por hablar, ni lo
+primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es
+necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos
+señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y
+hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo
+había hablado a los _señores del margen_, a la Audiencia Territorial ni
+más ni menos mal que al común de los fieles».
+
+El actual regente--que no era Quintanar--había dicho, en confianza, a un
+oidor que _el sermón no tenía miga_. El oidor había corrido la noticia,
+y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano.
+
+Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había
+hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su
+sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días
+antes.
+
+--«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo
+no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso,
+leer entre líneas».
+
+La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se
+presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había
+desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se
+dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de
+la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún
+libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven
+podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me
+alegro; ahora veréis lo que es bueno». El regente--que no era
+Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio
+de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador,
+preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo.
+Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir
+disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la
+experiencia de estrados.
+
+Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la
+alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía
+solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a
+Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre
+Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún
+apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el
+grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los
+establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero
+nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo,
+esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.
+
+Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato.
+Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la
+antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose
+de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que
+procuraba excitar Glocester.
+
+Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le
+hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el
+pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso
+por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la
+idolatría.
+
+--«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes
+de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan
+admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla».
+_«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!»_ repetía encarándose con el perro
+de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El
+perro no se reía.
+
+Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con
+tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que
+adoraban tales inmundicias?».
+
+Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba
+partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y
+decía:
+
+--«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si
+proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto
+volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios,
+adoradores de Isis y _Busilis_; una gata y un perro según creo».
+
+El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo,
+arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió
+por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza
+de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los
+sermones del prelado, que no se preparase y que _se prodigara tanto_.
+
+Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de
+Glocester:
+
+--«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el
+Magistral».
+
+Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces
+la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en
+Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria
+prevaleciese.
+
+Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato
+estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo.
+
+Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto
+estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por
+los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en
+el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos,
+lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el
+sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba
+con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se
+veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se
+extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho
+del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que
+llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía,
+todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban;
+ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras
+su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos
+se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies....
+Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de
+Jesús.... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro,
+el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos
+crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar;
+temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese
+tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la
+sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el
+horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de
+maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable,
+como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su
+voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo,
+aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba
+siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí,
+y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia
+del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por
+vez primera oía la descripción de la escena del Calvario.
+
+A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba
+al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de
+ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del
+auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los
+mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros,
+mitad eruptos de la vigilia.
+
+Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta
+pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había
+descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo».
+El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba
+para sus adentros. «¡Pero _eso_ es un cómico!» pensaba; y pensaba
+repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero _eso_ es
+un cómico!».
+
+El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar
+el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya
+cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los
+lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De
+Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar
+las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor.
+Cada vez que necesitaba repetir lo de: «_Y el verbo se hizo carne_» en
+lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras
+encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de
+un altar: _Et Verbum caro factum est_.
+
+En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le
+había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería
+figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía
+de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué
+pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de
+las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los
+cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del
+dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería
+la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la
+controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había
+empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al
+entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había
+despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los
+_Caracteres de La Bruyère_; de los libros de Balmes sólo admiraba _El
+Criterio_ y--¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!--en las
+novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba
+costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su
+experiencia con la ajena.
+
+¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un
+autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos!
+¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de
+remordimientos! Estos liberales--añadía para sí--ni siquiera saben tener
+mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de
+teatro se parecen a los reyes».
+
+Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con
+la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y
+virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en
+cuando, para conservar su fama de sabio entre las _personas ilustradas_
+de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se
+remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que
+descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se
+burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de
+sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los
+Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos
+desgraciados están locos!».
+
+No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el
+error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del
+predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola;
+nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes.
+
+«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las
+tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento
+natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral,
+alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho».
+
+El empeño constante del Magistral en la _cátedra_ era demostrar
+«matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del
+auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón.... Ella basta para
+probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no
+explica los misterios, es verdad: pero explica que no se
+expliquen».--«Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo
+familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía
+entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su
+_a+b_ teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor,
+con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba
+los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se
+bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento
+contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se
+arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los
+ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca....
+Pero ¡ay! esto era perderse. _Su_ público no entendía aquello... y De
+Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y
+tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de
+allí con jaqueca y diciendo:
+
+«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días
+deben de ser de cuarenta y ocho horas!».
+
+Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los
+alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o
+seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del
+orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus
+_sermones de costumbres_ y él también prefería agradar a las señoras.
+Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de _la sana razón_, en
+los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era
+un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito.
+«El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es _entenderla_».
+Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante
+aquellas fórmulas de la salvación.
+
+«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en
+América, ahora en el _país natal_, sin moverse de casa, podían ganar
+fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los
+malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era
+mecánico, también lo demostraba por _a+b_. Pintaba a veces, con rasgos
+dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del
+embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las
+vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que _lo peor era
+para él_.
+
+Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le
+presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de
+gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria...
+y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil.
+
+Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del
+vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las
+señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en
+sus adentros era este:
+
+«¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle
+hablar del adulterio. Las más de estas eran _mujeres honradas_ que no
+habían sido adúlteras, que no habían hecho más que _tontear, como
+todas_. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que
+el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en
+el confesonario.
+
+También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al
+Obispo.
+
+Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el _bello sexo_ de
+todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en
+el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y
+tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba
+mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado
+madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras
+delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día.
+
+Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la
+capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas
+pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por _rigorosa
+antigüedad_, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o
+criadas. «Era demasiado _hacer el apóstol_». Se le dejó.
+
+Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros,
+albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas
+de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este
+fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy
+afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos
+que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!».
+
+En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil:
+
+--Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de
+la zapatilla?
+
+Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el _Boulevard_, entre luz
+y luz.
+
+Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la
+corrupción creciente de Vetusta.
+
+Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de
+Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor
+en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo.
+
+El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá.
+
+Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano,
+el segundo millonario de la Colonia.
+
+El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín
+sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.
+
+«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a
+las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas
+señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era
+nuevo».
+
+Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que
+fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la
+virtud, _organizado_ por cierto circulo filantrópico. El círculo se
+llamaba _La Libre Hermandad_, nombre feo, poco español y con olor nada
+santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra _agregada_
+de damas _protectrices_ (gramática del Presidente del círculo.)
+
+_La Libre Hermandad_ se había fundado con ciertos aires de institución
+independiente _de todo yugo religioso_, y su primer presidente fue el
+señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que
+no comulgaba jamás.
+
+Era el círculo algo como una oposición a _Las Hermanitas de los
+Pobres_, a la _Santa Obra del Catecismo_, a las _Escuelas Dominicales_,
+etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso
+y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta
+que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de _La Libre
+Hermandad_.
+
+Las niñas de las _Escuelas Dominicales_ y los chiquillos del
+_Catecismo_, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el
+
+ Santo Dios, Santo Fuerte,
+ Santo Inmortal,
+
+y lo de
+
+ Venid y vamos todos
+ con flores a María,
+
+inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así:
+
+ Los niños pobres no quieren
+ ir a la Libre Hermandad,
+ los niños pobres prefieren
+ la Cristiana Caridad.
+
+La _cristiana caridad_ y la perfección de la rima revelaban el estilo de
+don Custodio el beneficiado, que era--a tanto había llegado--director de
+las Escuelas Dominicales de niñas pobres.
+
+La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso
+sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los
+tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y
+presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del
+fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de
+don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas
+_protectrices_ ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo
+guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que
+llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo.
+
+Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a
+todo. Actualmente era la tesorera de las _protectrices_.
+
+Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que
+fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que
+presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le
+ponía el cascabel al gato?--Visitación, la del Banco». ¿Quién más a
+propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su
+visita le acompañase otra dama de _viso_. Ninguna quiso ir, no se
+atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su
+papá y lo bienquista que era la joven en Palacio.
+
+--«Sí--decía en la junta Visitación--que venga Olvido; así no creerá el
+Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede
+ver...».
+
+Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una
+grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al
+Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo,
+Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de
+este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se
+llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó».
+
+--«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba
+la correveidile de Glocester».
+
+Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La
+Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota,
+agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y
+lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación
+se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes,
+y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca
+del estómago».
+
+--Pero, señoras mías--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento.
+
+--¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga
+S. I.?
+
+--Creo, que...--¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos
+vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo...
+no oigo....
+
+Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba
+como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de
+_protectrices_.
+
+Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de
+Páez.
+
+El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un
+ateo, era enemiga de la Iglesia...».
+
+--No hay tal--gritó desde la puerta Visita--; si así fuera, no
+figuraríamos nosotras como damas agregadas.
+
+--Yo lo soy--advirtió la de Páez--por empeño de esta que convenció a
+papá.
+
+--Pero, señores, si _La Libre Hermandad_ ha cantado ya la palinodia; si
+desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda
+esa jarana....
+
+--Tiene razón--se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el
+aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razón esa loquilla....
+
+--¡No tiene tal!--gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo
+menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.
+
+Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó,
+envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.
+
+Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al
+Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados,
+se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar
+explicaciones.
+
+El Magistral no pensó en buscarle.
+
+La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del
+prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para
+saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y
+acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad:
+
+--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca.
+
+--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Papá
+espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted
+por convidado.
+
+--Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades?
+
+--Lo que digo es que papá...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy
+convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos
+dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo....
+
+Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró,
+dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno
+eclesiástico.
+
+Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que
+allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de
+una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los
+codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le
+esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una
+de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así
+humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos
+pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis
+le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le
+habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder
+aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse
+alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un
+chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las
+noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella
+Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y
+sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad,
+recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una
+historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia
+suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era
+poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato
+sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca.
+Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada
+enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que
+sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles,
+qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su
+culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué
+prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo!
+«¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!».
+
+--¿Qué hay?--gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los
+escarabajos que tenía enfrente.
+
+Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal
+afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de
+púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de
+aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino
+tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también
+un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote.
+
+Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres
+cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las
+personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del
+señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para
+arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las
+garras de la disciplina. Había habido _un soplo_, cosa de envidiosos, y
+el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de
+convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido
+echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas
+sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había
+consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el
+párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero
+arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado,
+que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen
+partidario de la causa óptima.
+
+--¿Qué hay?--repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario.
+Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas
+muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego,
+boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez.
+Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como
+de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las
+mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había
+visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba,
+pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien
+puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que
+Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un
+gruñido, y el Provisor no contestó siquiera.
+
+El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para
+dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el
+lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía
+bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no
+era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y
+como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló
+con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las
+hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el
+resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes
+sonrió como un oso que supiera hacerlo.
+
+El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes
+que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se había
+hablado palabra del _negocio_ y hasta el mismo Peláez comprendió que
+había que abordar la _cuestión espinosa_. Don Fermín, recordando de
+repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y
+encarándose con el párroco--que también se levantó como si fueran a
+atacarle--dijo con voz áspera:
+
+--Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que
+su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el
+delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si
+usted sabrá que la Constitución _Universi Domini_ de 1622, dada por la
+santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables
+traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar _ad turpia_ a las
+penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y
+entregado al brazo secular.
+
+El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a
+espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo.
+
+--Benedicto XIV--continuó el Magistral--confirmó respecto de los
+solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin,
+por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido....
+
+--Yo creía...--¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi
+palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «_Expositio juris
+Pontificii_ que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran
+copia de datos...».
+
+El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca
+era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima.
+
+--Señor--se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo
+mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no
+es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte
+que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco
+resbalan pero no caen.
+
+El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la
+espalda.
+
+--¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en
+Vetusta!...--gritó.
+
+--Pero, señor...--¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted
+en la cárcel de la corona....
+
+Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio.
+
+--¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!--gritó Contracayes,
+no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había
+previsto aquel choque de dos malos genios.
+
+--Pero, señores, calma...--¡Fuera de aquí, so tunante!--gritó el
+Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su
+costumbre...--. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo....
+
+--¿Pero yo qué he dicho, señor?--exclamó el párroco, que se asustó un
+poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad
+moral de un Júpiter eclesiástico.
+
+En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el
+oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena:
+
+--Salga usted--dijo señalando a la puerta--, salga usted... libre por
+ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con
+alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable,
+yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él
+le comunicará lo que resolvamos.
+
+El clérigo quiso humillarse, pedir perdón....
+
+--Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se
+atrevió a decir:
+
+--¡Cuánto siento!... señor Magistral....
+
+--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso.
+Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi
+mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira....
+
+--¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje....
+
+--Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo.
+
+--Lo que yo no perdono es el disgusto....
+
+--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no
+puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores
+de la ley que está terminante.
+
+--Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica....
+
+--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En
+fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....
+
+Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó
+que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza...
+
+«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como
+una fiera en su jaula.
+
+Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto,
+tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del
+Magistral que hacía allí veces de secretario.
+
+--¿Qué habéis oído?
+
+--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje....
+
+--Sí, ya sé...--¿Qué hay?--Nada urgente.--¿De modo que puedo irme? No
+me necesitáis....
+
+--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy
+para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el
+despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo....
+
+--Sí, sí, eso sí.
+
+--¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya?
+
+--Sí.--¿Está corriente, puedo llevármela ahora?
+
+--Ahí la tienes, en ese cartapacio.
+
+--¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?...
+
+--Todo va en regla.--Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A
+qué vino?
+
+--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura
+de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha
+hecho decir don Saturno....
+
+--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Está empeñado con todo el
+clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con
+violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus
+_ingleses_.
+
+--El cura de Tamaza es un vocinglero....
+
+--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada....
+¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?
+
+--Eso no. Lo pagaríamos en el _Lábaro_ que él inspira y que ahora te
+trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «_La Caridad_» de
+Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella
+andaba la mano de Glocester.
+
+--¿Qué decía?--Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de
+algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los
+que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que
+por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores
+jerárquicos hacían la vista gorda.
+
+--De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general?
+
+--Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los
+prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los
+Papas....
+
+--Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV.
+¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural
+de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos
+católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho;
+esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos!
+¡bestias, nada más que bestias!
+
+El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel
+ambiente de necedad....
+
+Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban
+en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de
+las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta....
+
+--¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir.
+
+Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de
+Preces; y algunos asuntos de capellanías....
+
+Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El
+Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y
+allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy
+afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo
+parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos;
+era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de
+sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los
+empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero
+producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y
+malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas.
+
+Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que
+hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor
+de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían,
+contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina
+como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de
+hipocresía impasible y cruel.
+
+Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él,
+pero el _jefe_ se contentó con poner una mano delante de la cara como
+rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un
+expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda
+pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño
+eterno, cubiertos de polvo».
+
+El señor Carraspique daba pataditas en el suelo.
+
+--¡Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral.
+
+--¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con
+distintos collares....
+
+--El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay
+concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada....
+
+Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea;
+también ellos querían saber si los expedientes de mansos....
+
+--Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta,
+para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más--en las
+oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno
+a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se
+resolverán nunca los expedientes dichosos....
+
+De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las
+fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se
+encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su
+gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios
+intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina,
+muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos,
+puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna
+cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato,
+congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas,
+derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras
+iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre
+sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba
+agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su
+espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica.
+Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas;
+el Magistral era su instrumento inteligente.
+
+Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias
+que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio
+de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con
+pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver
+una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba
+nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su
+madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su
+frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza
+de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de
+siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el
+Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para
+engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su
+hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al
+leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un
+sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le
+importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se
+hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con
+la codicia la sed de ambiciones fallidas?».
+
+«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva
+manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba».
+
+--«¡Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre
+avergonzado y contento--; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte
+minutos!».
+
+Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró
+con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir
+de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga
+y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de
+monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la
+parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus
+resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su
+hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro
+encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle
+del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre
+anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la
+piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo.
+
+Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín,
+azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas,
+medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el
+hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín
+grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de
+preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier
+cosa?».
+
+Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y
+siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de
+bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las
+Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico
+respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo?
+¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire
+fresco--el viento había cambiado del mediodía al noroeste--le llenaba
+los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de
+observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en
+los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta
+debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el
+Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás
+_Vespucios_ de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos
+jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas
+doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de
+los pájaros.
+
+El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle
+Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que
+parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la
+provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los
+Normandos.
+
+El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar
+estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la
+«_elegancia sólida_ consistía en fabricar muros muy espesos, en
+desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos _ciclopios_», según su
+incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un
+escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y
+en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: _1868_, que no
+indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas
+del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas
+de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas
+águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la
+alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico
+americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al
+_Vespucio_ de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía
+el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía
+visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien
+a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud,
+corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la
+Corte.
+
+Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír misa, y el único
+libro religioso que trajo de América fue el _Evangelio del pueblo_ del
+señor Henao y Muñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase!
+sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que
+Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había
+Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque
+guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el
+Magistral le fueron convenciendo de que la religión era un freno para el
+socialismo y una señal infalible de buen tono. Al cabo llegó Páez a ser
+el más ferviente partidario de la religión de sus mayores.
+«Indudablemente, decía, la Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo
+religioso; daba todo el dinero que se le pedía para el culto, y si
+muchas veces al disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre
+estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro
+inofensivo.
+
+Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma de Magistral,
+en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y berroqueño: los dos
+flacos de Páez eran el amor a su hija y la manía del buen tono.
+
+Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión:
+
+--«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba de aquello que antes
+le pareciera excelente.
+
+El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su
+papá por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban
+allí buen tono.
+
+Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos;
+no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo
+actividad y conciencia en el ídolo. La servían negros y negras y un
+blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un capricho había dejado de
+satisfacer en su vida la niña. A los dieciocho años se le ocurrió que
+quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por
+inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en
+figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía
+quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una
+desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena
+posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a
+Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a
+todos con una fórmula invariable. «El amor no era su lote»; no creía en
+el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa
+inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas;
+renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el
+alma. Amó el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en
+paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión el traje.
+No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro
+vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse
+jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de
+merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniquí cargado de
+artículos de moda, que sólo divertía a las señoritas. «Era una gran
+proporción» en quien no había que pensar.
+
+«Olvido espera un príncipe ruso» era la frase consagrada.
+
+Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba
+«el príncipe ruso» por ironía hasta que salía con las manos en la
+cabeza.
+
+A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no tener en el corazón
+más que trapos, hacerse devota. Buscó al Magistral con buenos modos,
+como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró. Se
+entendieron. Para don Fermín aquella muchacha delgada, fría, seca, no
+era más que el camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus
+millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de
+enamorarse místicamente (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo
+el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar
+al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la
+pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su
+lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles
+para la carne. De Pas tenía un proyecto: casar a Olvido con quien él
+quisiera; creía poder conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella
+proporción debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le
+hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué necesidad fuerte.
+
+Aquella mañana se le recibió en el _hotel--Páez_ como siempre, bajo
+palio, según la frase de don Francisco.
+
+Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan grandes
+como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas
+blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo y
+deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que creía
+adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba con orgullo, había nacido
+para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente
+para tanto esplendor, el estado eclesiástico, la necesidad de aparentar
+modestia y casi estrechez, le tenían alejado del ambiente natural... que
+era aquel.... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes
+suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el
+manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una
+distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que
+reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo...
+o sus sucedáneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero
+demostraba, sin más que moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin
+dejar de serio, podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase
+esta gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama
+de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía la
+marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable».
+
+Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con
+ellos; no tenían a nadie, sería una comida de familia... los tres solos.
+
+--¡Los tres solos!--decía Olvido dejando de ser sorbete por un momento.
+
+El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de
+terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con
+gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo:
+_no_ con el gesto... con cierta coquetería _epicena_.
+
+--¡Anda, papá! sujétale--decía Olvido con voz suplicante, arrastrando
+las sílabas que parecían salir de la nariz.
+
+--Imposible.--Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le
+agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa
+para don Anselmo.
+
+--Agradézcaselo usted a Su Santidad.
+
+--Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia....
+
+El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle.
+
+--Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón--gritó Olvido, otra
+vez restituida a su natural frigorífico.
+
+El Magistral se puso un poco encarnado.
+
+Tuvo que mentir.--Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres
+días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son
+estos pueblos... qué dirían....
+
+No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su
+madre como todos los días.
+
+Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial,
+que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un
+presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar
+en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le
+habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina
+solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas
+suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con
+_gaudeamus_, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita
+para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses
+a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a
+esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los
+oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta
+come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque
+a ella la miran como una de la familia».
+
+«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de
+los marqueses?».
+
+Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata,
+el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los
+pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de
+Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana,
+que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz
+temblorosa:
+
+--¿Está el señorito?
+
+En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban
+dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba:
+
+--¡Pues no señor! no son azules....
+
+--Sí, señora, azules con listas blancas--respondía Paco, batiendo
+palmas.
+
+--¿A que no? ¿a que no?
+
+--Tonta, tonta--decía otra voz más suave desde una ventana del primer
+piso--no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no
+vi nada....
+
+Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... y
+entró en el patio.
+
+
+
+
+--XIII--
+
+
+El sol entraba en el salón amarillo y en el gabinete de la Marquesa por
+los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado también,
+así como el vientecillo indiscreto que movía los flecos de los
+guardamalletas de raso, los cristales prismáticos de las arañas, y las
+hojas de los libros y periódicos esparcidos por el centro de la sala y
+las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, salían
+corrientes de alegría, carcajadas que iban a perder sus resonancias por
+las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas
+almidonadas, de manteos crujientes, de sillas traídas y llevadas, de
+abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el salón y el
+gabinete. Doña Rufina vestida de azul eléctrico, empolvada la cabeza que
+adornaban flores naturales que parecían, sin que se supiera por qué, de
+trapo, doña Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su
+gusto, donde canónigos reían, aristócratas fatuos hacían el pavo real,
+muchachuelas coqueteaban, jamonas lucían carne blanca y fuerte,
+diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua
+imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid.
+
+La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satén, estaba en la
+galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la
+calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un
+abanico de nácar en la mano derecha, dándose aire voluptuosamente,
+ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano izquierda
+sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que caía
+con gracia camino del suelo, deteniéndose en brillante montón de tela
+negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia
+Fandiño; quien a los pies de la Marquesa y a los pies del Arcediano,
+sentada en un taburete histórico (robado al salón arqueológico del
+Marqués) se inclinaba más graciosa que recatada y honesta sobre el
+regazo de su noble amiga. Estas tres personas formaban grupo en el
+balcón de galería, y desde el gabinete, sentados aquí y allá, y algunos
+en pie, oían a Glocester tres canónigos más, el capellán de la casa, don
+Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito Orgaz, y
+otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte.
+
+Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de
+generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases hechas
+inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en
+el claustro; y si se necesita más virtud para atreverse a resistir las
+tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel esposa, que
+para encerrarse en un convento.
+
+Todas las señoras menos una, alta, gruesa y vestida con hábito del
+Carmen (una señora que parecía un fraile) sostenían que tiene más
+mérito la buena casada del siglo que la esposa de Jesús.
+
+La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su
+cabeza y llamaba _señor mío_ al Arcediano.
+
+Glocester defendía el claustro, pero batiéndose en retirada por
+galantería, sonriendo y abanicándose.
+
+En el salón se hablaba de política local. Gran conflicto habían creado
+al Gobierno, en opinión de todos los del corro, el alcalde presidente
+del Ayuntamiento y la viuda del marqués de Corujedo exigiendo el mismo
+estanquillo, el importante estanquillo del Espolón para sus respectivos
+recomendados.
+
+El jefe económico había dicho que allá el gobernador; lo estaba
+refiriendo él a los presentes. El gobernador había consultado al
+Gobierno por telégrafo (lo acababa de decir la gobernadora), y el
+Gobierno tenía que decidir entre desairar a la dama conservadora que
+disponía de más votos en Vetusta o a uno de los más firmes apoyos de la
+causa del orden, que era el señor alcalde.
+
+Los pareceres se dividían. El marqués de Vegallana y Ripamilán, que
+estaban en medio del grupo, volviéndose a todos lados, opinaban que
+_ellos gobierno_, darían el estanco a la viuda. «¡Primero que todo eran
+las señoras!».
+
+Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisión provincial, creía con la
+mayoría de los presentes, el jefe económico inclusive, que la razón de
+Estado aconsejaba preferir la pretensión del alcalde, aunque este, según
+malas lenguas, quería el estanco para una su ex-concubina.
+
+--¡Ya ven ustedes, eso es un escándalo!--decía el Marqués, que tenía
+todos sus hijos ilegítimos en la aldea--; ese hombre no sabe
+recatarse....
+
+--Yo paso por eso--decía el Arcipreste--; lo malo no es que él quiera
+pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contraído.... ¡Pero la otra
+es una dama!...
+
+Mientras en el salón y en el gabinete se discutía así y de otras muchas
+maneras, por las habitaciones interiores del primer piso, por el
+comedor, por los pasillos, por la escalera que conducía al patio y a la
+huerta, corrían alegres, revoltosos, Paco Vegallana, que celebraba sus
+días, Visitación, Edelmira, sobrina de la Marquesa (una niña de quince
+años que parecía de veinte), don Saturnino Bermúdez y el señor de
+Quintanar; la Regenta y don Álvaro Mesía presenciaban los juegos
+inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio.
+
+Quintanar le había pedido a Paco un batín para reemplazar la levita de
+tricot que se le enredaba en las piernas. El batín le venía ancho y
+corto. Era de alpaca muy clara.
+
+El Magistral se encontró en la escalera con Visitación y Quintanar que
+buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que Edelmira y Paco
+habían escondido. Don Saturnino Bermúdez, pálido y ojeroso, con una
+sonrisa cortés que le llegaba de oreja a oreja, venía detrás, solo,
+también hecho un loquillo de la manera más desgraciada del mundo. Daba
+tristeza verle divertirse, saltar, imitar la alegría bulliciosa de los
+otros. Pero, amigo, era su obligación: era pariente, era de los íntimos
+de la casa, de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que
+los demás, correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las señoras, si a
+mano venía. Siempre se quedaba solo; si quería decir algo a la Regenta,
+a Visitación o a Edelmira, le dejaban las damas con la palabra en la
+boca, sin poder remediarlo, distraídas. No era falta de educación, sino
+que los párrafos de Bermúdez eran tan complicados, constaban de tantos
+incisos y colones, que oírle uno entero sería obra de regla. Cuando vio
+al Magistral vio el cielo abierto; ya tenía pretexto para volver a ser
+formal. Le saludó con la finura «que le era característica» y se dispuso
+a acompañarle al salón. Paco le había saludado de lejos, deprisa y mal,
+porque en aquel momento huía con la petaca de Quintanar a esconderla en
+la huerta, seguido de Edelmira, su más rolliza y vivaracha y colorada
+prima.
+
+--Es loco ese chico, cuando se pone a enredar--dijo Bermúdez disculpando
+a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los marqueses al
+señor Magistral.
+
+Don Fermín miró de soslayo a la Regenta y a don Álvaro que hablaban en
+la ventana del comedor. Hizo como que no los veía, y con un poco de
+fuego en las mejillas, se dejó llevar por don Saturnino hasta el salón.
+
+Los señores graves le recibieron con las más lisonjeras muestras de
+respeto y estimación.
+
+--¡Oh, señor Magistral!--¡Oh cuánto bueno!--Aquí está el Antonelli de
+Vetusta.
+
+El Marqués le dio un abrazo que envidió un cura pequeño, paniaguado de
+la casa.
+
+Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño efusivo; y juntos
+pasaron al gabinete.
+
+Los tres canónigos se levantaron; la señora que parecía un fraile sonrió
+satisfecha y murmuró:
+
+--¡Ah, señor Provisor!...
+
+--Gracias a Dios, señor perdido...--gritó la Marquesa incorporándose un
+poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena
+estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco
+sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo
+parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos
+negros.--El Arcediano se quedó con el abanico abierto, inmóvil, como
+aspa de molino sin aire. Comprendió de repente que acababa de ser
+desbancado; de papel principal se convertía en partiquino. En efecto, su
+discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que
+nadie lo echase de menos. Glocester se sintió eclipsado de tal modo, que
+hasta creyó tener frío, como si de pronto se hubiera escondido el sol.
+
+«Siempre sucedía lo mismo; había motivo para aborrecer a aquel hombre».
+Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de mundo, ocultó una vez más
+sus sentimientos y tendió la mano a su enemigo, acompañando la acción
+con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa
+alegría.
+
+--¡Hola, hola, hola!...--y daba palmaditas en el hombro al otro.
+
+El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar,
+ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del
+comedor. Mientras respondía con modestia y discreción a todos aquellos
+amigos, su imaginación estaba fuera.
+
+Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venían.
+
+«¿Comería en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no iría a reconciliar
+aquella tarde, como rezaba su carta...».
+
+La aparente cordialidad y la alegría expansiva de todos los presentes,
+ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas señoras, clérigos y
+caballeros particulares estaban divididos en dos bandos enemigos en
+aquel instante; el bando de los envidiados y el de los envidiosos; el de
+los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no convidados.
+Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que preocupaba a todos
+era la del convite. No se aludía a él y no se pensaba en otra cosa.
+Empezaron las despedidas, y los que se iban disimulaban el despecho,
+cierta vergüenza; se creían humillados, casi en ridículo. Muchacho había
+que saludaba torpemente y salía como corrido. Las señoras eran las que
+peor fingían tranquilidad e indiferencia. Algunas salían ruborizadas.
+Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que le
+mortificaba era esta: «¿Y él? ¿estaba convidado De Pas?». No lo sabía, y
+no quería marcharse sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya
+gabinete y salón quedaban poco a poco despejados, el Magistral creyó que
+debía irse. Se acercó a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse
+y le habló de cualquier cosa. En aquel momento entró Visitación en el
+gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y «con
+permiso de aquellos señores» a la Marquesa y a Obdulia: las tres
+rodearon al Magistral y con permiso de los señores--que ya no eran más
+que el Arcediano y dos pollos vetustenses insignificantes--, tuvieron
+con él un conciliábulo en que hubo risas, protestas del Magistral,
+mimosas y elegantes en los gestos que las acompañaban. En los murmullos
+de las damas había súplicas en quejidos, coqueterías sin sexo, otras con
+él, aunque honestamente señaladas; Glocester, que fingía atender a lo
+que le decían los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo a
+los del grupo. «No cabía duda, le estaban suplicando que se quedase a
+comer». Terminó el conciliábulo, salieron Obdulia y Visitación,
+corriendo, alborotando, haciendo alarde de la confianza con que trataban
+a los marqueses, y los jóvenes se despidieron. Quedaban en el gabinete
+la Marquesa, el Magistral y Glocester. Hubo un momento de silencio. El
+Arcediano se dio un minuto de prórroga para ver si el otro se despedía
+también. En el salón se oyó la voz de algunos que decían adiós al
+Marqués... ya no quedaban en la casa más que los convidados....
+Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levantó, tendió la mano a
+doña Rufina, y salió diciendo chistes, haciendo venias y prodigando
+risas falsas. Iba ciego; ciego de vergüenza y de ira. «¡Convidar al
+otro... a un prebendado de oficio... y desairarle a él... que era
+dignidad! ¡Siempre el enemigo triunfante!... Pero ya las pagaría todas
+juntas».
+
+En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que hacía
+calor) pensó esta frase: «¡esta señora Marquesa es una...
+trotaconventos, es una Celestina!... ¡Se quiere perder a esa joven! ¡Se
+quiere _metérselo_ por los ojos!...». Y salió a la calle pensando
+atrocidades y buscando fórmula _decorosa_ para comunicar al prójimo lo
+que pensaba.
+
+Los convidados eran: Quintanar y señora, Obdulia Fandiño, Visitación,
+doña Petronila Rianzares (la señora que parecía un fraile), Ripamilán,
+Álvaro Mesía, Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, y a última hora el
+Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el médico
+Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era huésped.
+
+Otros años no se celebraban de esta manera los días de Paco; los
+celebraba él fuera de casa. Pero esta vez se había improvisado aquella
+fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para
+visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero,
+donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una
+fábrica de curtidos, montada a la antigua. Se trataba de ir a ver los
+perros de caza y uno del monte de San Bernardo que Paco había comprado
+días antes. Eran su orgullo. Después de las mujeres venales, el
+Marquesito adoraba los animales mansos, sobre todo perros y caballos.
+
+Lo de convidar al Magistral había sido un _complot_ entre Quintanar,
+Paco y Visitación. La idea se debía a la del Banco. Era una broma que
+quería darle a Mesía; quería ver al confesor y al diablo, al tentador,
+uno en frente de otro. A Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas
+para ver a Obdulia coquetear con el clérigo, y al pobre Bermúdez,
+enamorado de la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareció bien
+la ocurrencia, pero dijo «que él se lavaba las manos, por lo que había
+de irreverente en el propósito; a pesar de que ya se sabía que él
+consideraba a los curas tan hombres como los demás».
+
+--Por otra parte--añadió el ex-regente--me alegro de que don Fermín coma
+con nosotros, porque de este modo se le quitará a mi mujer la idea
+empecatada de ir a reconciliar esta tarde.... Quiero que se acostumbre a
+ver a su nuevo confesor de cerca, para que se convenza de que es un
+hombre como los demás.... Eso es... y salvo el respeto debido... a ver si
+ustedes me lo emborrachan....
+
+Paco no quería perjudicar a Mesía en sus planes, a los cuales tal vez
+obedecía en parte la fiesta de aquel día; pero encontró muy gracioso y
+picante el molestar al señor Magistral, si, como Visitación sospechaba,
+a este ilustre canónigo le disgustaba ver a la Regenta entregada al
+brazo secular de Mesía.
+
+Visitación había dicho a Paco de buenas a primeras, que ella lo sabía
+todo, que Álvaro tampoco para ella tenía secretos.
+
+--¿Pero y Ana? ¿Te ha dicho algo?
+
+--¿Ana? En su vida; buena es ella. Pero déjate....
+
+--Por supuesto que no se trata más que de una _cosa_... _espiritual_...
+
+--Ya lo creo... espiritualísima....
+
+--Porque sino, nosotros... no nos prestaríamos... ya ves... el pobre don
+Víctor....
+
+--¡Ya se ve!... Bromas, chico, nada más que bromas; pero ya veras como
+al Provisor le saben a cuerno quemado (así hablaba Visitación con sus
+amigos íntimos.)
+
+--Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al
+mitrado y a mi amigo Joaquín.
+
+--Pero él la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan así...
+
+--Tú sí que le odias a él....
+
+--Me cargan los hipócritas, chico.... Y oye; a ti te conviene que el
+Magistral se quede.
+
+--¿Por qué?--Porque Obdulia te dejará en paz, y podrás cultivar a la
+primita.... ¡Oh, eso sí que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo
+vigilaré...
+
+--No seas boba... basta que esté en mi casa para que yo la respete....
+
+--¡Ay, ay! qué bueno es eso... mire el señor del respeto... no me
+fío....
+
+Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se convino en rogar a
+la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, si era preciso, al
+señor Magistral.
+
+Visitación lo arregló todo en un minuto.
+
+Como siempre. Donde ella estaba, nadie hacía nada más que ella. Pasaba
+la vida ocupada en su gran pasión de tratar asuntos de los demás, de
+chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. Allá quedaba el modesto
+marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeño, de rostro de
+ángel envejecido, atusando el bigotillo gris y cuidando de la prole.
+Visitación lo exigía así. No había de hacerlo ella todo. ¿Quién guiaba
+la casa? ¿Quién la salvaba en los apuros? ¿Quién conjuraba las
+cesantías? ¿Quién sorteaba las dificultades del presupuesto? ¿Quién era
+allí el gran arbitrista rentístico? Visitación. Pues que la dejasen
+divertirse, salir; no parar en casa en todo el día. Además, era mujer de
+tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el día, la casa
+limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un
+escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila
+la conciencia, salía a caza de noticias, de chismes, de terrones de
+azúcar y de recomendaciones la señora del Banco que estaba en todas
+partes y siempre en activo servicio.
+
+Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la llamaba ella
+_para meterle por los ojos a ese_: el dativo que se suplía era Anita.
+Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación
+de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa. Por la mañana
+había ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en
+mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando: representaban, en
+colores vivos de seda fina, todos los accidentes de la caza de un
+ciervo fabuloso de cornamenta inverosímil. Ocupábase don Víctor en
+abrochar un botón del cuello; mordía el labio inferior, y estiraba la
+cabeza hacia lo alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino.
+Visitación entró en el despacho equivocada....
+
+--¡Ah! usted dispense--dijo--¿estorbo?
+
+--No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pícaro botón....
+
+Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botón del
+cuello, don Víctor comenzó a darle cuenta de sus propósitos irrevocables
+de distraer a su mujer....
+
+--Mi programa es este. Y se lo expuso _c_ por _b_.
+
+Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron al tocador
+de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel instante la
+carta que poco después don Fermín leía delante de su madre.
+
+Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se
+vistiera, «como Dios manda», y saliese con ellos. Visita se había
+separado en la plaza de la Catedral para ir al asunto de la _Libre
+Hermandad_. En casa de Vegallana se volverían a ver. La Marquesa había
+escrito muy temprano a los Quintanar convidándoles a comer y
+anunciándoles el programa del día. Ana disputó con su marido; quería ir
+a reconciliar, se lo había dicho así en una carta al Provisor, no era
+cosa de traerle y llevarle.--«¡Nada, nada! Don Víctor estaba dispuesto a
+ser inflexible...».
+
+--Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después de
+comer en casa del Marqués; y pronto, para ir en seguida al Vivero....
+¡No transijo!
+
+Y se fueron a dar los días a varios Franciscos y Franciscas. A la una y
+cuarto estaban en casa del Marqués.
+
+Lo primero que vio Ana fue a don Álvaro.
+
+Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar
+al cortés saludo de Mesía. Miró a su marido, algo asustada, pero
+Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa efusión. Le era
+muy simpático, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban
+estrechaban los lazos de una amistad incipiente que _amenazaba_ ser
+íntima y duradera. Don Álvaro tenía para Quintanar el raro mérito de no
+ser terco: en Vetusta todos lo eran según el buen aragonés; pero aquel
+modelo de caballeros elegantes no insistía en mantener una opinión
+descabellada, siempre concluía por darle la razón a Quintanar, quien
+decía a espaldas del buen mozo: «¡Si este se fuera a Madrid haría
+carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... ¡Oh, ha
+de ser un hombre!».
+
+Ana tomó la resolución repentina de dominarse, de tratar a don Álvaro
+como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en rigor nada
+había, ni podía, ni debía haber entre los dos.
+
+Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana
+del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a
+ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para
+mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel
+hombre; que las miradas que podían haberle envalentonado no eran
+compromisos de los que echa en cara ningún hombre de mundo. Ana hablaba
+de los hombres de mundo por lo que había leído en las novelas; ella no
+los había tratado en este terreno de prueba.
+
+Don Álvaro se guardó de aludir al encuentro de la noche anterior; nada
+dijo de la escena rápida del parque; pero habló con más confianza; en un
+tono familiar que nunca había empleado con ella. Se habían hablado pocas
+veces y siempre entre mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con
+los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones. Sólo Paco y
+Frígilis eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad
+invariable no animaba, contenía. Visita aseguraba que aquel corazoncito
+no tenía puerta. Ella no había encontrado la llave, por lo menos.
+
+Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando
+agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el
+brillo y originalidad de las ideas. Se veía claramente que buscaba
+simpatía, cordialidad, y que se ofrecía como un hombre de corazón sano,
+sin pliegues ni repliegues. Reía con franca jovialidad, abriendo
+bastante la boca y enseñando una dentadura perfecta. Ana encontró de muy
+buen gusto el sesgo que Mesía daba a su extraña situación. Cuando don
+Álvaro callaba, ella volvía a sus miedos; se le figuraba que él también
+volvía a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la aparición diabólica
+de la noche anterior, en el paseo por las calles, y en tantas citas
+implícitas, buscadas, indagadas, solicitadas sin saber cómo por él;
+cobarde, criminalmente consentidas por ella.
+
+Don Víctor era poco más alto que Ana; don Álvaro tenía que inclinarse
+para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y
+pequeña de la dama. Parecía una sombra protectora, un abrigo, un apoyo;
+se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza. Ana, mientras
+oía, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, sólo podía
+vislumbrar de soslayo el gabán claro, pulquérrimo del buen mozo. Don
+Álvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana
+la primera vez que lo sintió reputó delicioso, después temible; un
+perfume que debía marear muy pronto; ella no lo conocía, pero debía de
+tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente masculinas, pero de
+hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor se apoyaba sobre
+el antepecho de la ventana; Ana veía, sin poder remediarlo, unos dedos
+largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y
+bien cortadas. Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que
+le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva
+sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra-vetustense. No
+podía haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era
+agradable, parecía bien y debía ser así.
+
+Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía con voces
+de mando los preparativos de la comida; el rumor de los surtidores del
+patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y
+de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los corredores, por la
+huerta, por toda la casa.
+
+No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la ventana para
+decirle al oído:
+
+--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes al padre
+espiritual... ya comerá contigo.
+
+Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle.
+
+--Hola, hola--dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y
+colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con
+ese caballero?...
+
+Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.
+
+Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad. Pasaron todos
+al salón donde estaban los demás convidados. Obdulia hablaba con el
+Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués discutía con Bermúdez, que
+inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas
+sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las
+afirmaciones del magnate.
+
+--Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y hacía el
+mercado....
+
+--¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que usted... se atreviera...
+sus ideas.
+
+--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir
+al aire libre, a la intemperie.
+
+--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia.
+
+--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia,
+que le asediaba ya, según habían previsto Paco y Visita.
+
+Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una frase pausada y
+elegante, porque no pudo menos, y se inclinó saludando sin gran
+confianza.
+
+Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la mejilla izquierda algo
+encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. Venía mirando al
+frente, como quien ve lo que va pensando y no lo que tiene delante. El
+Magistral le alargó la mano que Mesía estrechó mientras decía:
+
+--Señor Magistral, tengo mucho gusto....
+
+Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos
+altos, un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual según
+su género; más fornido el Magistral, más noble de formas don Álvaro,
+más inteligente por gestos y mirada el clérigo, más correcto de
+facciones el elegante.
+
+Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía; el
+Provisor no sospechaba que don Álvaro pudiera ser el enemigo tentador de
+la Regenta; si no le quería bien, era por considerar peligrosa para la
+propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía que sin ser
+adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba. Cuando
+le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos de los demás,
+sintió don Fermín un malestar que fue creciendo mientras tuvo que
+esperar su presencia.
+
+Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que
+aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados
+la tarde anterior. Recordó todo lo que se habían dicho y que había
+hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le había
+halagado el oído y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con
+promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno,
+grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo
+del alma. En los libros algunas veces había leído algo así, pero ¿qué
+vetustense sabía hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan
+buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que tenía
+en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, y miel en
+palabras y movimientos. También recordó Ana la carta que pocas horas
+antes le había escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que
+hacía cosquillas a su modo. La carta era inocente, podía leerla el mundo
+entero; sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que
+no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su
+cuerpo y en la que pensaba tal vez.
+
+No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se
+compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que
+iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía a ciencia cierta
+era que en don Fermín estaba la salvación, la promesa de una vida
+virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poéticas, que
+exigían esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y
+grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la
+ofreciera hasta el día. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la
+tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín,
+quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos
+ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que
+de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus
+llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. Si Ana,
+asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de
+los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los
+cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban
+siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.
+
+Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las
+mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran
+más que un modo de puntuación de las palabras; allí no había
+sentimiento, no había más que inteligencia y ortografía. En silencio y
+cara a cara era como él no miraba a las señoras si había testigos.
+
+Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba a todos los
+convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, la voz que les
+llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y
+junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras
+sonreía ruborosa.
+
+Mesía recordó lo que Visitación le había dicho la tarde anterior:
+_cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda_. Sin que nadie
+le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y
+mujeres. No creía en la virtud; aquel género de materialismo que era su
+religión, le llevaba a pensar que nadie podía resistir los impulsos
+naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la
+lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y
+cuando podía. Don Álvaro, que sabía presentarse como un personaje de
+novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias,
+era en lo que llamaba _El Lábaro_ el santuario de la conciencia, un
+cínico sistemático. En general envidiaba a los curas con quienes
+confesaban sus queridas y los temía. Cuando él tenía mucha influencia
+sobre una mujer, la prohibía confesarse. «Sabía muchas cosas». En los
+momentos de pasión desenfrenada a que él arrastraba _a la hembra_
+siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de veras con algo
+nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en su presencia, y las
+aberraciones de los sentidos se transmitían a la lengua, y brotaban
+entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas,
+secretos de mujer que Mesía saboreaba y apuntaba en la memoria. Como un
+mal clérigo, que abusa del confesonario, sabía don Álvaro flaquezas
+cómicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus
+antecesores, y en el número de aquellas crónicas escandalosas entraban,
+como parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones
+lúbricas de los _solicitantes_, sus extravíos, dignos de lástima unas
+veces, repugnantes, odiosos las más. Orgulloso de aquella ciencia, Mesía
+generalizaba y creía estar en lo firme, y apoyarse en «hechos repetidos
+hasta lo infinito» al asegurar que la mujer busca en el clérigo el
+placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras
+el clérigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una
+institución «cuyo carácter sagrado don Álvaro no discutía...» delante de
+gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en octavo
+francés, de materialista a lo _commis-voyageur_.
+
+No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija
+de penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos; ni él se
+atrevería a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar
+semejantes atropellos... pero «por lo fino, por lo fino» (repetía
+pensándolo) es lo más probable que pretenda seducir a esta hermosa
+mujer, desocupada, en la flor de la edad y sin amar. «Sí, este cura
+quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los
+recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.... ¡Oh!
+debía acudir antes para impedirlo, pero ahora no puedo, aún no tengo
+autoridad para tanto». Estas y otras reflexiones análogas pusieron a
+Mesía de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en
+Vetusta, especialmente sobre el sexo débil y devoto, le molestaba mucho
+tiempo hacía.
+
+--¿De modo que esta tarde ya no puede ser?--decía Ana con humilde voz,
+suave, temblorosa.
+
+--No señora--respondió el Magistral, con el timbre de un céfiro entre
+flores--; lo principal es cumplir la voluntad de don Víctor, y hasta
+adelantarse a ella cuando se pueda. Esta tarde, alegría y nada más que
+alegría. Mañana temprano....
+
+--Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la
+Catedral a esa hora....
+
+--No importa, iré mañana, es un deber... y es para mí una satisfacción
+poder servir a usted, amiga mía....
+
+No era en estas palabras, de una galantería vulgar, donde estaba la
+dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oía: era en la voz, en los
+movimientos, en un olor de _incienso espiritual_ que parecía entrar
+hasta el alma.
+
+Quedaron en que a la mañana siguiente, muy temprano, don Fermín
+esperaría en su capilla a la Regenta para reconciliar.
+
+--«Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, alborotar,
+como manda el señor Quintanar, que además de tener derecho para
+mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que sus... tristezas de
+usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso levemente sonrosado, y
+le tembló algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la
+tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan
+mucho de nerviosas y también puedan curarse, en la parte que al mal
+físico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen. Sí,
+señora, ¿por qué no? Oh, hija mía, cuando nos conozcamos mejor, cuando
+usted sepa cómo pienso yo en materia de _placeres mundanos_... (Eran sus
+frases) los _placeres del mundo_ pueden ser, para un alma firme y bien
+alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante; distracción
+útil, que se aprovecha como una medicina insípida, pero eficaz....
+
+Ana comprendía perfectamente. «Quería decir el Magistral que cuando ella
+gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que podía
+solazarse el cuerpo le parecerían juegos pueriles, vulgares, sin gracia,
+buenos sólo porque la distraían y daban descanso al espíritu.
+Entendido. Después de todo, así era ahora; ¡la divertían tan poco los
+bailes, los teatros, los paseos, los banquetes de Vetusta!».
+
+Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que era higiénico
+el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, aplaudió al
+Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su satisfacción cuando supo que
+ya no reconciliaría Ana aquella tarde.
+
+--¡Absurdo!--dijo don Fermín--; esta tarde al campo... al Vivero....
+
+--¡A comer, a comer!--gritó la Marquesa desde la puerta del salón donde
+acababa de recibir la noticia.
+
+--¡Santa palabra!--exclamó el Marqués.
+
+Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando,
+contentos, «sin ceremonias», que eran excusadas en casa de doña Rufina,
+pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sabían tratar a sus
+convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la
+aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos íntimos, de
+que a propósito se excluía a los parientes linajudos que no gustaban de
+ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier plebeyo rico,
+aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos aires de
+distinción y señorío vetustense que les eran ingénitos. El Marqués tenía
+el arte de saber darse tono _a la pata la llana_, como él decía en la
+prosa más humilde que habló aristócrata.
+
+«La comida era de confianza, ya se sabía». Esto quería decir que el
+Marqués y la Marquesa, no prescindirían de sus manías y caprichos
+gastronómicos en consideración a los convidados; pero estos serían
+tratados a cuerpo de rey; la confianza en aquella mesa no significaba
+la escasez ni el desaliño; se prescindía de la librea, de la vajilla de
+plata, heredada de un Vegallana, alto dignatario en Méjico, de las
+ceremonias molestas, pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos
+y entremeses en que era notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo
+mejor que producía la fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y
+aire. Otros aristócratas disputaban a Vegallana la supremacía en
+cuestión de nobleza o riqueza, pero ninguno se atrevía a negar que la
+cocina y la bodega del Marqués eran las primeras de Vetusta.
+
+Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte
+abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias
+como el oro.
+
+--«Ello será de mal tono--decía--cosa de pobretes, pero todos mis
+convidados quedan contentos de tal servicio».
+
+--«Porque tengo observado--añadía--que a las señoras no les gustan, por
+regla general, los criados; no se fijan en ellos, y a los hombres
+siempre les gustan las buenas mozas, aunque sea en la sopa».
+
+Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá diciendo:
+«¡Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que alegra; me recuerda
+las horchaterías y algunos cafés de la Exposición...». Al Marqués le era
+indiferente el cambio. De todas suertes él no pecaba en casa ni siquiera
+dentro del casco de la población.
+
+El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio mediante
+cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto. En
+cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras,
+jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores
+vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del
+nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en
+molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que
+rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y
+un gran sofá arrimado a un testero. También adornaban las paredes, allí
+donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples
+industrias que tienen relación con el comer bien. Allí la caza del
+tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la castellana en
+el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño levantado sobre
+su cabeza; la garza allá en las nubes, de color de yema de huevo; más
+atrás el amo de aquellos bosques, del castillo roquero y del pueblecillo
+que se pierde en lontananza.... En frente una escena de novela de
+Feuillet; caza también; pero sin garza, ni azor, ni señor feudal: un
+rincón del bosque, una dama que monta a la inglesa, y un jinete que le
+va a los alcances dispuesto, según todas las señas, a besarle una mano
+en cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; más allá un
+bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por último, en el
+techo, en la vertical del centro de mesa, en un medallón, el retrato de
+don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué ni para qué. ¿Qué hace allí el
+filósofo catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A
+Bermúdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es «_un anacronismo_»;
+pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón a
+Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta.
+
+A la Marquesa le parece esta una de las tonterías menos cargantes de su
+marido.
+
+Se sentaron los convidados: no hubo más sillas destinadas que las de la
+derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha de
+doña Rufina se sentó Ripamilán y a su izquierda, el Magistral; a la
+derecha del Marqués doña Petronila Rianzares y a la izquierda don Víctor
+Quintanar. Los demás donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre
+Edelmira y Visitación; la Regenta entre Ripamilán y don Álvaro; Obdulia
+entre el Magistral y Joaquín Orgaz, don Saturnino Bermúdez entre doña
+Petronila y el capellán de los Vegallana. Don Víctor tenía a su
+izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la nobleza,
+que comía con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo.
+
+El Marqués, antes que los demás comiesen la sopa se sirvió un gran plato
+de sardinas, mientras hablaba con doña Petronila del derribo de San
+Pedro, que a la dama le parecía ignominioso. Los convidados en tanto se
+entretenían con los variados, ricos y raros entremeses. ¡Ya lo sabían!
+estaban en confianza y había que respetar las costumbres que todos
+conocían. Vegallana empezaba siempre con sus sardinas; devoraba unas
+cuantas docenas, y en seguida se levantaba, y discretamente desaparecía
+del comedor. Siguiendo uso inveterado todos hicieron como que no notaban
+la ausencia del Marqués; y en tanto llegó y se sirvió la sopa. Cuando el
+amo de la casa volvió a su asiento, estaba un poco pálido y sudaba.
+
+--¿Qué tal?--preguntó la Marquesa entre dientes, más con el gesto que
+con los labios.
+
+Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería decir:
+
+--¡Perfectamente!--y en tanto se servía un buen plato de sopa de
+tortuga. El Marqués ya no tenía las sardinas en el cuerpo.
+
+Otro misterio como el de Balmes en el techo.
+
+La Marquesa hacía sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba ya
+tampoco; comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con
+vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocían sus caprichos de
+la mesa y la servían solícitos, con alardes de larga experiencia en
+aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de
+la casa. Ripamilán, mientras discutía acalorado con su querido amigo don
+Víctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la
+ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de máquina en buen
+uso, y la señora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de
+sus manos, segura del acierto exacto del diminuto canónigo.
+
+--¡Señor mío!--gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de
+doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un
+cuchillo--; ¡señor mío! yo creo que el señor de Carraspique está en su
+perfecto derecho; y no sé de dónde le vienen a usted esas ideas
+disolventes, que en cuarenta años que llevamos de trato no le he
+conocido....
+
+--¡Oiga usted, mal clérigo!--exclamó Quintanar, que estaba de muy buen
+humor y empezaba a sentirse rejuvenecido--; yo bien sé lo que me digo, y
+ni tú ni ningún calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de
+moralidad. Pero yo soy liberal....
+
+--Pamplinas.--Más liberal hoy que ayer, mañana más que hoy....
+
+--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Paco y Edelmira, que también se sentían muy
+jóvenes; y obligaron a don Víctor a chocar las copas.
+
+Todo aquello era broma; ni don Víctor era hoy más liberal que ayer, ni
+trataba de usted a Ripamilán, ni le tenía por calavera; pero así se
+manifestaba allí la alegría que a todos los presentes comunicaba aquel
+vino transparente que lucía en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya
+con misteriosos tornasoles de gruta mágica, en el amaranto y el violeta
+obscuro del Burdeos en que se bañaban los rayos más atrevidos del sol,
+que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las
+ventanas del patio. ¿Por qué no alegrarse? ¿por qué no reír y
+disparatar? Todo era contento: allá en la huerta rumores de agua y de
+árboles que mecía el viento, cánticos locos de pájaros dicharacheros; de
+las ventanas del patio venían perfumes traídos por el airecillo que
+hacía sonajas de las hojas de las plantas. Los surtidores de abajo eran
+una orquesta que acompañaba al bullicioso banquete; Pepa y Rosa vestidas
+de colorines, pero con trajes de buen corte ceñido, airosas, limpias
+como armiños, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueñas, rubia la
+una, morena como mulata la que tenía nombre de flor, servían con gracia,
+rapidez, buen humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de
+perlas, inclinándose con las fuentes con coquetona humildad, de modo
+que, según Ripamilán, aquella buena comida presentada así era miel sobre
+hojuelas.
+
+Los de la mesa correspondían a la alegría ambiente; reían, gritaban ya,
+se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, por medio
+de antífrasis; ya se sabía que una censura desvergonzada quería decir
+todo lo contrario: era un elogio sin pudor.
+
+En la cocina había ecos de la alegría del comedor; Pepa y Rosa cuando
+entraban con los platos venían sonriendo todavía al espectáculo que
+dejaban allá dentro; en toda la casa no había en aquel momento más que
+un personaje completamente serio: Pedro el cocinero.
+
+Ya se divertiría después; pero ahora pensaba en su responsabilidad; iba
+y venía, dirigía aquello como una batalla; se asomaba a veces a la
+puerta del comedor y rectificaba los ligeros errores del servicio con
+miradas magnéticas a que obedecían Pepa y Rosa como autómatas,
+disciplinadas a pesar de la expansión y la algazara, cual veteranos.
+
+Después de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el Magistral; a
+veces se miraban, se sonreían, De Pas dirigía la palabra a Anita de rato
+en rato, tendiendo hacia ella el busto por detrás de la Marquesa, para
+hacerse oír; don Álvaro los observaba entonces, silencioso, cejijunto,
+sin pensar que le miraba Visitación, que estaba a su lado. Un pisotón
+discreto de la del Banco le sacaba de sus distracciones.
+
+--Pican, pican--decía Visita.--¿El qué?--preguntaba la Marquesa que
+comía sin cesar y muy contenta entre el bullicio--¿qué es lo que pica?
+
+--Los pimientos, señora. Y don Álvaro agradecía a Visitación el aviso y
+volvía a engolfarse en el palique general, ocultando como podía su
+aburrimiento que para sus adentros llamaba soberano.
+
+«¡Cosa más rara! Estaba tocando el vestido y a veces hasta sentía una
+rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba--¿cuándo se vería él en
+otra?--y sin embargo se aburría, le parecía estar allí de más, seguro de
+que aquella comida no le serviría para nada en sus planes, y de que la
+Regenta no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por
+ahora».
+
+«Sería una gran imprudencia dar un paso más; si yo aprovechase la
+excitación de la comida me perdería para mucho tiempo en el ánimo de
+esta señora; estoy seguro de que ella también se siente excitadilla, de
+que también está pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es
+tiempo todavía de aprovechar estas ventajas fisiológicas.... Esta ocasión
+no es ocasión.... Veremos allá en el Vivero; pero aquí nada, nada; por
+más que pinche el apetito». Y estaba más fino con Anita, la obsequiaba
+con la distinción con que él sabía hacerlo, pero nada más. Visitación
+veía visiones. «¿Qué era aquello?». Miraba pasmada a Mesía, cuando nadie
+lo notaba, y abría los ojos mucho, hinchando los carrillos, gesto que
+daba a entender algo como esto:
+
+«Me pareces un papanatas, y me pasma que estés hecho un doctrino cuando
+yo te he puesto a su lado con el mejor propósito...».
+
+Mesía, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba un
+pie; pero la del Banco le recibía a pataditas, con lo que daba a
+entender «que era tambor de marina» y que seguía dominando en ella el
+criterio que había presidido a la bofetada de la tarde anterior.
+
+Paco no se atrevía a pisar a su _prima nueva_, pero la tenía encantada
+con sus bromas de señorito fino, que vivió y _la corrió_ en Madrid.
+Además ¡olía tan bien el primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo
+tan delicadas y elegantes! Allá, en su pueblo Edelmira había pensado
+mucho en el Marquesito, a quien había visto dos o tres veces siendo ella
+muy niña y él un adolescente. Ahora le veía como nuevo y superaba en
+mucho a sus sueños e imaginaciones; era más guapo, más sonrosado, más
+alegre y más gordo. El Marquesito vestía aquella tarde un traje de
+alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del mismo color de piqué y
+calzaba unas babuchas de verano que Edelmira consideraba el colmo de la
+elegancia, aunque parecía cosa de turcos. Los dijes del primo, la camisa
+de color, la corbata, las sortijas ricas y vistosas, las manos que
+parecían de señorita, todo esto encantaba a Edelmira que era también muy
+amiga de la limpieza y de la salud.
+
+Paco había ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al fin
+sintió una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la niña permaneció
+tan tranquila, que el primo se dejó aquella pierna arrimada allí como si
+la hubiese olvidado. La inocencia de Edelmira era tan poco espantadiza
+que Paco hubiera podido propasarse a pisarle un pie sin que ella
+protestase a no sentirse lastimada. «Además, pensaba la joven, estas son
+cosas de aquí»; la tradición contaba mayores maravillas de la casa de
+los tíos.
+
+Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante
+pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. ¡Paco ya
+lo había olvidado! no pensaba más que en aquella hermosura fresca,
+oliendo a yerba y romero que le venía de la aldea a alegrarle los
+sentidos. Pero la viuda, después de consagrar un recuerdo triste a sus
+devaneos de la víspera, se volvió al Magistral insinuante, provocativa;
+procuraba marearle con sus perfumes, con sus miradas de _telón rápido_ y
+con cuantos recursos conocía y podían ser empleados contra semejante
+hombre y en tales circunstancias. De Pas respondía con mal disimulado
+despego a las coqueterías de Obdulia y no le agradecía siquiera el
+holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaquín Orgaz
+que ella desdeñaba con mal disimulado énfasis.
+
+A Joaquinito le llevaban los demonios. «Aquella mujer era una... tal...
+y lo decía en flamenco para sus adentros.
+
+¿Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?». Esto que no lo notaban,
+o fingían no verlo, los demás convidados, lo estaba observando él por lo
+que le importaba. Pero no se daba por vencido, insistía en galantear a
+la viuda, fingiendo no ver lo del Magistral. Ordinariamente Obdulia y
+Joaquinito se entendían. «¡Señor! ¡si había llegado a darle cita en una
+carbonera! Verdad era que él no podía vanagloriarse de haber tomado
+aquella plaza... desmantelada; no había gozado los supremos favores...
+todavía; pero, en fin, anticipos... arras... o como quiera llamarse, eso
+sí. ¡Oh! como él llegara a vencer por completo, y así lo esperaba, ya le
+pagaría ella aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y
+aquella humillación de posponerle a un _carca_».
+
+El que no esperaba nada, el que estaba desengañado, triste hasta la
+muerte, era don Saturnino Bermúdez. Después de la escena de la Catedral
+donde creía haber adelantado tanto--bien a costa de su conciencia--no
+había vuelto a ver a Obdulia; y aquella mañana, al acercarse a ella para
+decirle cuánto había padecido con la ausencia de aquellos días (si bien
+ocultando los restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al
+ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado--estilo Feuillet
+pasado por la sacristía--Obdulia le había vuelto la espalda y no una
+vez, sino tres o cuatro, dándole a entender claramente, que _non erat
+hic locus_, que a él sólo se le toleraría en la iglesia.
+
+«¡Así eran las mujeres! ¡así era singularmente aquella mujer! ¿Para qué
+amarlas? ¿Para qué perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, ¿para
+qué amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era soñar, seguir
+soñando». Así pensaba melancólico Bermúdez, que tenía el vino triste,
+mientras contestaba distraído, pero muy fríamente, a doña Petronila
+Rianzares que se ocupaba en hacer en voz baja un panegírico del
+Magistral, su ídolo. Bermúdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a
+quien había amado en secreto, y otras veces a Visitación, a quien había
+querido siendo él adolescente, allá por la época en que la del Banco,
+según malas lenguas, se escapó con un novio por un balcón. Ni siquiera
+Visitación le había hecho caso en su vida; jamás le había mirado con los
+ojillos arrugados con que ella creía encantar; no era desprecio; era que
+para las señoras de Vetusta, Bermúdez era un sabio, un santo, pero no un
+hombre. Obdulia había descubierto aquel varón, pero había despreciado en
+seguida el descubrimiento.
+
+El Magistral, Ripamilán, don Víctor, don Álvaro, el Marqués y el médico
+llevaban el peso de la conversación general; Vegallana y el Magistral
+tendían a los asuntos serios, pero Ripamilán y don Víctor daban a todo
+debate un sesgo festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqués
+en cuanto se sintió fuerte, merced al sabio equilibrio gástrico de
+líquidos y sólidos que él establecía con gran tino, insistió en su
+espíritu de reformista de cal y canto. «¡Ea! que quería derribar a San
+Pedro; y que no se le hablase de sus ideas; aparte de que él no era un
+fanático, ni el partido conservador debía confundirse con ciertas
+doctrinas ultramontanas, aparte de esto, una cosa era la religión y otra
+los intereses locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una
+necesidad. ¿Emplazamiento? uno solo, no admitía discusión en esto, la
+plaza de San Pedro; ¿pero cómo? ¿dónde? Mediante el derribo de la
+ruinosa iglesia».
+
+Doña Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El
+Magistral votaba con doña Petronila, pero no esforzaba sus argumentos.
+Ripamilán, que tenía los ojillos como dos abalorios, gritaba:
+
+--¡Fuera ese iconoclasta! ¡Las hortalizas, las hortalizas! ¿Eso quiere
+decir que a V. E., señor Marqués, la religión, el arte y la historia le
+importan menos que un rábano?
+
+--¡Bravo, paisano!--gritó don Víctor, en pie, con una copa de Champaña
+en la mano.
+
+--No hay formalidad, no se puede discutir--decía el Marqués--; este
+Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal.
+
+--¿Pero qué tiene que ver?
+
+--No quiere usted derribar la iglesia, pero quería exclaustrar a las
+hijas de Carraspique....
+
+--Una sencilla secularización.
+
+--Víctor, Víctor, no disparates...--se atrevió a decir sonriendo la
+Regenta.
+
+--Son bromas--advirtió el Magistral.
+
+--¿Cómo bromas?--gritó el médico--. A fe de Somoza, que sin don Víctor
+ataca a mi primo Carraspique en broma, yo empuño la espada, le ataco en
+serio y las cañas se vuelven lanzas. Señores, aquella niña se pudre....
+
+Se acabó la discusión, sin causa, o por causa de los vapores del vino,
+mejor dicho. Todos hablaban; Paco quería también secularizar a las
+monjas; Joaquinito Orgaz comenzó a decir chistes flamencos que hacían
+mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira. Visitación llegó a levantarse
+de la mesa para azotar con el abanico abierto a los que manifestaban
+ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y las demás criadas sonreían
+discretamente, sin atreverse a tomar parte en el desorden, pero un poco
+menos disciplinadas que al empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a
+la puerta. Se habían roto dos copas.
+
+Los pájaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las ventanas
+para ver qué era aquello y mezclaban sus gritos gárrulos y agudos al
+general estrépito.
+
+--¡El café en el cenador!--ordenó la Marquesa.
+
+--¡Bien, bien!--gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y
+a los acordes de la marcha real (decía el ex-regente), que tocaba allá
+dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a
+la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor
+con una corona de azahar. La había encontrado en un armario de la alcoba
+de su hermana Emma. Allí iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la
+huerta, que era grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de
+árboles altos y de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte
+del recinto. Don Víctor, Paco y Edelmira corrían por los senderos allá
+lejos entre los árboles. Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y
+delante de ellos, detenida por la conversación de doña Rufina iba Anita,
+mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los
+ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se había quedado
+atrás, en poder de doña Petronila Rianzares que le hablaba de un asunto
+serio: la casa de las Hermanitas de los Pobres que se construía cerca
+del Espolón, en terrenos regalados por doña Petronila con admiración y
+aplauso de toda Vetusta católica. Era la de Rianzares viuda de un
+antiguo intendente de la Habana, quien la había dejado una fortuna de
+las más respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la
+empleaba en servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas,
+levantar conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en
+armas el partido. Creíase poco menos que papisa y se hubiera atrevido a
+excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa
+sancionaría su excomunión; trataba de potencia a potencia al Obispo, y
+Ripamilán, que no la podía ver porque era un marimacho, según él, la
+llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegió a la
+Iglesia. «Piensa la buena señora que por haber sabido conservar con
+decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para obras pías
+es una santa y poco menos que el Metropolitano». Tenía razón el
+Arcipreste; doña Petronila no pensaba más que en su protección al culto
+católico y opinaba que los demás debían pasarse la vida alabando su
+munificencia y su castidad de viuda.
+
+No reconocía entre todo el clero vetustense más superior que el
+Magistral, a quien consideraba más que al Obispo; «era todo un gran
+hombre que por humildad vivía postergado». El Magistral trataba a la de
+Rianzares como a una reina, según el Arcipreste, o como si fuera el
+obispo-madre; ella se lo agradecía y se lo pagaba siendo su abogado más
+elocuente en todas partes. Donde ella estuviera, que no se murmurase; no
+lo consentía.
+
+Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la de
+Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del
+Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca:
+
+--¡Vamos! ¡amigo mío!... se lo suplico yo... acompáñeme al Vivero... sea
+amable... por caridad....
+
+El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer aquel
+incienso, detrás del cual habría tantas talegas.
+
+--Señora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que hacer, a
+las siete he de estar....
+
+--Oh, no, no valen disculpas.... Ayúdeme usted, Marquesa, ayúdeme usted a
+convencer a este pícaro.
+
+La Marquesa ayudó, pero fue inútil. Don Fermín se había propuesto no ir
+al Vivero aquella tarde; comprendía que eran allí todos íntimos de la
+casa menos él; ya había aceptado el convite porque... no había podido
+menos, por una debilidad, y no quería más debilidades. ¿Qué iba a hacer
+él en aquella excursión? Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos,
+Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a
+imitar muy a lo vivo los juegos infantiles. Ripamilán se lo había dicho
+varias veces. Ripamilán iba sin escrúpulo, pero ya se sabía que el
+Arcipreste era como era; él, De Pas, no debía presenciar aquellas
+escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para vistas
+por un canónigo formal. No, no había que prodigarse; siempre había
+sabido mantenerse en el difícil equilibrio de sacerdote sociable sin
+degenerar en mundano; sabía conservar su buena fama. La excesiva
+confianza, el trato sobrado familiar dañaría a su prestigio; no iría al
+Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, eso sí; porque aquel señor Mesía
+se había vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don
+Fermín a sospechar si tendría propósitos _non sanctos_ el célebre don
+Juan de Vetusta.
+
+La Marquesa, sin malicia, como ella hacía las cosas, llamó a su lado a
+Anita para decirla:
+
+--Ven acá, ven acá, a ver si a ti te hace más caso que a nosotras este
+señor displicente.
+
+--¿De qué se trata?--De don Fermín que no quiere venir al Vivero.
+
+El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de
+las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza
+cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena:
+
+--Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un disgusto;
+acompáñenos usted, señor Magistral....
+
+En el gesto, en la mirada de la Regenta podía ver cualquiera y lo vieron
+De Pas y don Álvaro, sincera expresión de disgusto: era una contrariedad
+para ella la noticia que le daba la Marquesa.
+
+Por el alma de don Álvaro pasó una emoción parecida a una quemadura; él,
+que conocía la materia, no dudó en calificar de celos aquello que había
+sentido. Le dio ira el sentirlo. «Quería decirse que aquella mujer le
+interesaba más de veras de lo que él creyera; y había obstáculos, y ¡de
+qué género! ¡Un cura! Un cura guapo, había que confesarlo...». Y
+entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en
+el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la
+suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura.
+A don Fermín le asustó la impresión que le produjo, más que las
+palabras, el gesto de Ana; sintió un agradecimiento dulcísimo, un calor
+en las entrañas completamente nuevo; ya no se trataba allí de la vanidad
+suavemente halagada, sino de unas fibras del corazón que no sabía él
+cómo sonaban. «¡Qué diablos es esto!» pensó De Pas; y entonces
+precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro; fue una
+mirada que se convirtió, al chocar, en un desafío; una mirada de esas
+que dan bofetadas; nadie lo notó más que ellos y la Regenta. Estaban
+ambos en pie, cerca uno de otro, los dos arrogantes, esbeltos; la ceñida
+levita de Mesía, correcta, severa, ostentaba su gravedad con no menos
+dignas y elegantes líneas que el manteo ampuloso, hierático del clérigo,
+que relucía al sol, cayendo hasta la tierra.
+
+«Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como San
+Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todavía; el Diablo
+Arcángel también; los dos pensaban en ella, era seguro; don Fermín como
+un amigo protector, el otro como un enemigo de su honra, pero amante de
+su belleza; ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno,
+que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía
+bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser
+debajo de una sotana. Se tenía que confesar la Regenta, aunque pensando
+un instante nada más en ello, que la complacía encontrar a su salvador,
+tan airoso y bizarro; tan distinguido como decía Obdulia, que en esto
+tenía razón. Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así por ella,
+reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su
+voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo
+que interesaba, que podía ser dramático, que ya empezaba a serlo. El
+honor, aquella quisicosa que andaba siempre en los versos que recitaba
+su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no había que pensar en él; pero
+bueno sería que un hombre de tanta inteligencia como el Magistral la
+defendiera contra los ataques más o menos temibles del buen mozo, que
+tampoco era rana, que estaba demostrando mucho tacto, gran prudencia y
+lo que era peor, un interés verdadero por ella. Eso sí, ya estaba
+convencida, don Álvaro no quería vencerla por capricho, ni por vanidad,
+sino por verdadero amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido
+encontrarla soltera. En rigor, don Víctor era un respetable estorbo.
+
+Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un cariño
+filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía por lo menos
+tanto, a su modo, como una pasión de otro género. Y además, si no fuera
+por don Víctor, el Magistral no tendría por qué defenderla, ni aquella
+lucha entre dos hombres _distinguidos_ que comenzaba aquella tarde
+tendría razón de ser. No había que olvidar que don Fermín no la quería
+ni la podía querer para sí, sino para don Víctor».
+
+Cuando Ana se perdía en estas y otras reflexiones parecidas, se oyó la
+voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que
+tomaban pacíficamente café bajo la glorieta, acudieron al extremo de la
+huerta.
+
+--¿Dónde están? ¿dónde están?--preguntaba asustada la Marquesa.
+
+--¡En el columpio! ¡en el columpio!--dijo el médico don Robustiano.
+
+Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público madrileño
+en la romería de San Isidro, aunque más elegante y fabricado con esmero;
+en uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en
+cuclillas, sonriente y pálido, don Saturnino Bermúdez, como a una vara
+del suelo inmóvil, hacía la figura más ridícula del mundo, con plena
+conciencia de ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo,
+procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía
+tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se había
+enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra
+reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante
+persona Obdulia Fandiño agarrada a la nave como un náufrago del aire,
+muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto y de lo
+que ella creía peligro.
+
+--No se mueva usted, no se mueva usted--gritaba don Víctor, haciendo
+aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a
+Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar.
+
+--No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...--decía
+Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio.
+
+--Tres metros y medio--dijo el Marqués que llegó a tiempo de dar la
+medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él hacía siempre los
+cálculos geométricos.
+
+El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por su propia
+industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a
+Obdulia.
+
+--Tuvo la culpa Paco--decía Visitación, ceñidas con una cuerda las
+piernas, por encima del vestido--. Empujó demasiado fuerte, para que se
+cayera Saturno y, ¡zas! subió la barquilla allá arriba y al bajar... se
+enganchó en ese palo.
+
+Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar.
+
+--No grites, hija--decía la Marquesa, que ya no la miraba por no
+molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás--; ya
+te bajarán....
+
+Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos
+travesaños, que servía al jardinero para recortar la copa de los
+arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun subido al palo
+más alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que
+pudiera hacer fuerza para descolgarla.
+
+--Que llamen a Diego... a Bautista...--decía la Marquesa.
+
+--¡Sí, sí; que venga Bautista!...--gritaba Obdulia recordando la fuerza
+del cochero.
+
+--Es inútil--advirtió el Marqués--. Bautista tiene fuerza pero no
+alcanza; es de mi estatura... no hay más remedio que buscar otra
+escalera....
+
+--No la hay en el jardín...--Sabe Dios dónde parecerá...
+
+--¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo.
+
+Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada animadora y
+suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había ocurrido que él,
+gracias a su estatura, podría coger cómodamente la barquilla y
+arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le importaba a él Obdulia?
+Podía hacer una figura ridícula, mancharse la levita. La mirada de Ana
+le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era ágil. La Regenta le vio
+tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situación de farolero como
+paseando por el Espolón.
+
+--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen
+mozo entre los palos de la barquilla del columpio.
+
+--¡No me tires! ¡No me tires!--gritó Obdulia que sintió las manos de su
+ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a
+quien ya tuteaba. La chica se fijó en la intención del pellizco porque
+se había fijado en el tratamiento. ¡Le había llamado de tú!
+
+--Esté usted tranquila; no va con usted nada--respondió don Álvaro... ya
+arrepentido de haber cedido al ruego tácito de Anita.
+
+Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera
+la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el
+primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó en la cara que
+estaría poniendo el Magistral.
+
+--¡Aúpa!...--gritó abajo Visitación para mayor ignominia.
+
+--¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, es peor!...
+¡Me voy a matar!--gritó la Fandiño.
+
+Los demás callaban.--¡Estate quieta!--dijo en voz baja, ronca y furiosa
+don Álvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza.
+
+E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna.
+
+Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de cansancio. Un hombre
+como él debía poder levantar a pulso aquel peso.
+
+--Deje usted, deje usted, a ver si Bautista--dijo la Marquesa--...
+¡demonio de chicos!
+
+--Bautista no alcanza--observó otra vez el Marqués--. Otra escalera...
+que vayan a las cocheras.... Allí debe de haber....
+
+Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró hacia abajo como
+buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajón, debajo de
+sus narices, en actitud humilde y ridícula, vio a don Saturnino en
+cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los presentes. Mesía no pudo
+menos de sonreír, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con
+deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo
+con calma forzada:
+
+--¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted? ¿usted se piensa que
+yo hago juegos de Alcides y se me pone ahí en calidad de plomo?...
+
+Carcajada general.--Sí, ríanse ustedes--clamó Obdulia--pues el lance
+es gracioso.
+
+--Yo...--balbuceó Bermúdez--usted dispense... como nadie me decía
+nada... creí que no estorbaba... y además... creía que al bajarme...
+pudiese empeorar la situación de esa señora... alguna sacudida.
+
+--¡Ay, no, no! no se baje usted--gritó la viuda con espanto.
+
+--¿Cómo que no?--rugió furioso don Álvaro--. ¿Quiere usted que yo
+levante este armatoste con los dos encima y a pulso?
+
+--Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan alto
+esto....
+
+--Una vara escasa--advirtió el Marqués.
+
+Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón nefando.
+
+--Ahora--dijo--nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí abajo....
+
+--Eso es inútil--observó el Magistral con una voz muy dulce--; como el
+madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se
+alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar.
+
+--Es claro--bramaba desde arriba el otro; y probó otra vez su fuerza.
+
+Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro no movió
+el pesado artefacto.
+
+El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un brinco, que
+procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de
+las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo:
+
+--¡Es imposible! Que se busque otra escalera.
+
+--Ya podía estar buscada...--Si yo alcanzase...--insinuó entonces el
+Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.
+
+--Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto.
+
+--Sí llega, sí llega--gritó Paco, que quiso verle hacer títeres.
+
+--Sí, alcanza usted--concluyó Vegallana padre--. Como tenga usted
+fuerza.... Y aquí nadie le ve.
+
+Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura
+con el traje talar.
+
+--Quítese usted el manteo--observó Ripamilán.
+
+--No hace falta--contestó De Pas, horrorizado ante la idea de que le
+vieran en sotana.
+
+Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia,
+subió como una ardilla al travesaño más alto, mientras el manteo flotaba
+ondulante a su espalda.
+
+--Perfectamente--dijo metiendo los brazos por donde poco antes había
+introducido los suyos Mesía.
+
+Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género.
+
+Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo:
+
+--¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera!
+
+Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió
+en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en su
+descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó majestuosamente.
+Somoza, Paco y Joaquín Orgaz ayudaron a Obdulia a salir del cajón
+maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovación. Paco le admiró en
+silencio: la fuerza muscular le inspiraba un terror algo religioso; él
+había malgastado la suya en las lides de amor. Tenía bastante carne,
+pero blanda. Don Álvaro disimuló difícilmente el bochorno. «¡Mayor
+puerilidad! pero estaba avergonzado de veras». Además, él, que miraba a
+los curas como flacas mujeres, como un sexo débil especial a causa del
+traje talar y la lenidad que les imponen los cánones, acababa de ver en
+el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle de un puñetazo si
+llegaba esta ocasión inverosímil. Recordaba Mesía que muchas veces
+(especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) había él
+dicho, v. gr.: «Pues el señor cura que no se divierta, que no abuse de
+la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y
+le tiro por el balcón». Siempre se le había figurado, por no haberlo
+pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se
+les podía abofetear impunemente; no les suponía valor, ni fuerza, ni
+sangre en las venas.... «Y ahora... aquel canónigo, que tal vez era un
+poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien
+podía ser una saludable advertencia».
+
+La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó
+necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que
+«no lo había hecho por ella». La viuda, sin embargo, insistió en
+sostener que le debía la vida.
+
+--¡Indudablemente!--corroboraba doña Petronila, que no sospechaba cómo
+quería pagar Obdulia aquella vida que decía deber al Magistral.
+
+Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que no
+vio más que un símbolo físico de la fortaleza del alma; fortaleza en que
+ella tenía, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las
+tentaciones que empezaban a acosarla.
+
+Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no
+quería que se le viesen los bajos.
+
+Obdulia protestó.--¿Cómo? ¿pues se veía algo? ¡no quiero! ¡no quiero!
+¿por qué no se me ha advertido? Esto es una traición.
+
+--Tiene razón esta señora--dijo don Víctor--igualdad ante la ley; fuera
+esa cuerda.
+
+Edelmira subió al columpio sin atarse. No había para qué tomar
+precauciones, no se veía nada.
+
+Don Víctor y Ripamilán se columpiaron también, pero se mareaban.
+
+--Ya están los coches--gritó la Marquesa desde lejos; y corrieron todos
+al patio.
+
+La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron a la
+carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido excelente pero
+que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos
+negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un coche antiguo de
+viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el
+que servía ordinariamente al Marqués en sus excursiones por la
+provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar
+acaso en terreno vedado. ¡Se decían tantas cosas del coche de camino! Su
+figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todavía hacen
+el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo
+llamaban la _Góndola_ y el _Familiar_ y con otros apodos.
+
+Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con
+palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a
+cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su
+propósito de no ir al Vivero.)
+
+--Le secuestramos--había dicho Obdulia....
+
+--Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará apearse--añadió
+doña Petronila.
+
+--No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió
+arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas
+de la Encimada. Detrás iba la _Góndola_, atronando al vecindario con
+horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y
+voces y carcajadas que sonaban dentro.
+
+Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con
+las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y
+al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas de doña
+Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su
+contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo
+sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los
+abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco
+menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de
+Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo.
+
+El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado--y por otro
+no--la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando
+apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. Él estaba turbado, ella
+no; iba satisfecha a su lado; seguía figurándoselo como un escudo bien
+labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y él la defendía de don
+Álvaro. «Si este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal
+vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí
+cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y
+Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le
+temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. ¡Si
+este quisiera venir!...».
+
+--Don Fermín--le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el
+respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre--. Don Fermín ¿por
+qué no viene usted con nosotros? Poco más de una hora... creo que
+volveremos hoy más pronto... ¡venga usted... venga usted!
+
+De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo al oír a la
+Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imán.
+Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en
+una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre
+Obdulia. Ripamilán citaba, como solía en tal materia, al Obispo de
+Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc.,
+etc. No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de
+quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y
+temió además lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer el
+cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del
+columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su
+manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a
+ponerse en ridículo. No, no iría. Y sintió al afirmarse en su propósito
+una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien
+sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que
+salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos; por lo
+mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que
+«indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar
+con obscuros vetustenses».
+
+Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de
+cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que
+había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el
+Magistral muy quedo:
+
+--No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a entender
+que lo sentía, pero que como él era cura... y ella se había confesado
+con él... y Paco y Obdulia y Visita eran un poco locos, y en Vetusta
+los ociosos, que eran casi todos, murmuraban de lo más inocente....
+
+Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendió la Regenta;
+y se resignó a habérselas otra vez con Mesía sin el amparo del Provisor.
+
+No hablaron más. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levantó y saludó
+a las damas. La Regenta le sonrió como hubiera sonreído muchas veces a
+su madre si la hubiera conocido. De Pas no sabía sonreír de aquella
+manera; la blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó
+mirando con chispas de que él no se dio cuenta... ni Ana tampoco.
+
+Estaban en la entrada del Espolón, _el paseo de los curas_, según
+antiguo nombre. Allí se apeó don Fermín entre lamentos de doña
+Petronila.
+
+--Es usted muy desabrido--dijo la Marquesa, permitiéndose un tono
+familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don Fermín.
+
+Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano. Quería
+significar así su deseo de estrechar la amistad algo fría que mediaba
+entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendió y lo agradeció De
+Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don Víctor y su esposa,
+ya lo sabía él; siempre estaban juntos unos y otros, en el teatro, en
+paseo, en todas partes, y la Regenta comía en casa del Marqués muy a
+menudo. De modo que, para verla, allí mucho mejor que en la catedral.
+Todo esto se le pasó por las mientes al Magistral en el poco tiempo que
+necesitó para quitar el pie del estribo y hacer el último saludo a las
+señoras dando un paso atrás.
+
+--¡Anda, Bautista!--gritó la Marquesa; y la carretela siguió su marcha
+ante la expectación de sacerdotes, damas y caballeros particulares que
+paseaban en el Espolón, chiquillos que jugaban en el prado vecino y
+artesanos que trabajaban al aire libre.
+
+Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La
+Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco
+antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico....
+Después no se vio más que el anguloso perfil de Ripamilán, que movía los
+brazos como las aspas de un molino de muñecas.
+
+El otro coche pasó como un relámpago. De Pas vio una mano enguantada que
+le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, la viuda
+eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la izquierda se
+la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jamás hizo
+ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos.
+
+
+
+
+--XIV--
+
+
+Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos
+del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy
+alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su
+arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura,
+revelando su origen en el ablativo absoluto _Rege Carolo III_, grabado
+en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza
+años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de
+piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser
+el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla
+triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos
+clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por
+invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de
+ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado,
+solitario y lo que llamaban allí _recogido_, pero esto cuando la Colonia
+no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba
+por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron,
+a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los
+hoteles que se construían, de la barriada _colonial_ que se levantaba
+como por encanto, según _El Lábaro_, para el cual diez o doce años eran
+un soplo por lo visto.
+
+Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su
+intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias,
+y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la
+proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se
+_transformase de día en día_, de modo que a la vuelta de veinte años _no
+hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilización bien
+entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la
+_Vetusta católica_ de Bermúdez.
+
+Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de
+sacerdotes, magistrados melancólicos y _familias de luto_, como algunas
+señoras notasen que el _Paseo de los curas_ era más caliente que todos
+los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de
+si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano
+Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes:
+
+--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo;
+pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo.
+Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han
+cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor
+sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico....
+
+En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a
+romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía
+Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras
+aquéllas fueron atreviéndose otras; los _pollos_ advirtieron que el
+Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y
+esto les convenía. Y en un año se transformó en _Paseo de invierno_ el
+apetecible Espolón, secularizándose en parte.
+
+Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por
+abandonar _su_ Espolón desparramándose por las carreteras.
+
+--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo
+lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras
+calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles.
+
+Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que
+vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de
+canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la
+invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo
+disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos
+no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían
+_en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia
+de los intrusos.
+
+Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el
+gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos
+sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la
+capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos
+mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta
+todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba
+lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie
+tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes
+elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del
+amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y
+rubores. Pero nada más.
+
+Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato,
+según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas
+mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto
+que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas
+escasas de ancho.
+
+--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa
+inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas
+las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas
+eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del
+boulevard, las chalequeras...».
+
+Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario.
+
+--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un
+hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me
+echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del
+Corazón de Jesús!
+
+--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una
+columna....
+
+--Como San Simón _Estilista_--acudió Trabuco, que estaba presente.
+
+Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los
+curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían
+algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a _la influencia del
+arbolado_ allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje
+de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban
+allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero
+pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con
+abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el
+Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios
+ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En
+nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la
+carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso
+_inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en
+medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don
+Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal
+usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los
+tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.
+
+--¡Qué desfachatez!--decía Foja.
+
+--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es
+disimulo--advertía Mourelo.
+
+--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado
+a comer con ellos....
+
+--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante.
+
+--¿Y a dónde van los otros?
+
+--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros....
+
+--¡Esas son las clases conservadoras!
+
+--No, señor; esa es la excepción....
+
+--Y mire usted que venir en carruaje descubierto....
+
+--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado.
+
+--Justo; tiene razón este... apearse aquí...
+
+--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está
+dejado de la mano de Dios.
+
+--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito
+señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con
+malicia.
+
+En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio
+con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los
+otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a
+voces:
+
+--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!
+
+Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el
+Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le
+saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le
+acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.
+
+La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos
+disimulo. O era diplomático o no lo era.
+
+El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.
+
+Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la
+amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba.
+Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y
+mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que
+buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr...
+detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora
+desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los
+más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro.
+«¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio
+habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que
+dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le
+pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de
+murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a
+él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como
+hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las
+posesiones de Vegallana».
+
+Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del
+Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al
+ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su
+sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a
+los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a
+don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le
+veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su
+rostro.
+
+Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su
+costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba
+entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no
+hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió
+como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del
+ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un _obispo de levita_
+(frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó;
+se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le
+parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes.
+«¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril,
+ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque
+iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en
+los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no
+parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella
+indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando
+vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él
+otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una
+abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las
+piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que
+lleva debajo el cura».
+
+--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante,
+deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.
+
+No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los
+cortes de la sotana.
+
+--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse.
+
+--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir
+andando.
+
+--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece
+estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo!
+
+El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta
+_inopinada_, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores
+asegurando que tenía que hacer en Palacio.
+
+No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba;
+toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier
+desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada
+fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto
+desaparecer entre nubes de polvo los coches.
+
+«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar
+nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era
+aquello que a él le pasaba?
+
+No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión
+especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor;
+esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había
+recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil
+formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la
+conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo?
+¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí».
+
+«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber
+desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el
+Vivero?».
+
+Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la
+puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo
+que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había
+hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco
+Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el
+Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles
+y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la
+boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces
+dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su
+respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto
+que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía
+aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a
+Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos
+¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella
+tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín
+estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas.
+
+Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su
+casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el
+paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la
+Corralada.
+
+«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde».
+
+¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta
+falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los
+cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más.
+
+«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era
+ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no
+como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí,
+contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo.
+Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había
+pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su
+madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le
+horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su
+madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las
+necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he
+comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar
+aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la
+miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días
+todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de
+malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué
+había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión
+general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo
+cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué
+tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis!
+¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era
+indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar
+apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no
+era un niño, despreciaba la calumnia, etc».
+
+Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los
+tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo;
+mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos
+lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando
+llamaradas en los cristales.
+
+El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las
+pruebas de una pastoral.
+
+Fortunato levantó la cabeza y sonrió.
+
+--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco
+mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad
+pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le
+había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin
+saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no
+sabía qué, servida por la Marquesa.
+
+Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al
+Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que
+le reprendiese por su condescendencia con las señoras _protectrices_ de
+la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.
+
+--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo
+no veo bien.
+
+De Pas se acercó y leyó.
+
+--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido?
+
+Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.
+
+--¿Que apesto? ¿por qué?
+
+--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo.
+
+De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era
+impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.
+
+--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?
+
+--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo,
+hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde
+estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que
+salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había
+pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de
+saber algo....
+
+El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba
+mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera
+disimularlos.
+
+--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías
+comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de
+días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?
+
+--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata
+como a un niño!
+
+--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado....
+
+--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no
+has vuelto a casa?
+
+El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:
+
+--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con
+más fuerza de la necesaria.
+
+--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al
+Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a
+todos como muñecos.
+
+Y continuó corrigiendo la Pastoral.
+
+De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar
+cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que
+fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo
+que le olía mal la boca.
+
+«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo
+era un borracho...».
+
+«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír
+sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa
+anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es
+insufrible!...».
+
+El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro
+agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.
+
+De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se
+decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por
+la que más pronto podría volver al Espolón.
+
+Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más
+que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta.
+
+El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero,
+después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón
+cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba
+en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran
+indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo
+tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado;
+apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...».
+
+«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor,
+este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales
+murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en
+que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente
+de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de
+hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus
+ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la
+vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente,
+iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo
+paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no
+quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana
+volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol
+podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que
+esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos
+de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad
+cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que
+pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no había podido
+secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus
+colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.
+
+--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque
+añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no
+le importaba nada.
+
+Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce
+años, _pillos de la calle_, que jugaban allí cerca, alrededor de un
+farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los
+espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres
+había una niña, que hacía de _madre_. Se trataba del _zurriágame la
+melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_
+estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro;
+un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por
+el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La
+niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de
+mano en mano por el corro de chiquillos.
+
+--¡Na!...--decía la _madre_.
+
+--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía,
+que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.
+
+El pañuelo pasó a otro.
+
+--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es
+Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y
+poniéndole un codo delante de las narices.
+
+--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro.
+
+--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera!
+
+--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por
+farolero.
+
+--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el
+otro. ¿Na? ¿na?
+
+--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno.
+
+--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador.
+
+Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de
+los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la
+mano y añadió:
+
+--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!
+
+Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la
+_madre_.
+
+--Señas... señas... ¿a que no aciertas?
+
+--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy
+rica! ¡muy rica! ¡muy rica!
+
+--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La
+comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen
+los señores?
+
+--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.
+
+--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el
+pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a
+latigazos con sus compañeros.
+
+--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...
+
+Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la
+carretera y el Espolón.
+
+--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la _madre_.
+
+--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las
+naranjas?... ¿y no son cosa rica?
+
+--Pero naranjas las comes tú también.
+
+--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto....
+
+--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo,
+tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la
+voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:
+
+--¡Natillas!...--_¡Zurriágame la melunga!_--gritó entusiasmada la
+_madre_--, _¡castañas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el
+vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a
+sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.
+
+El _Rojo_ no quería correr: protestaba.
+
+--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la
+cara, mientras tímidamente el _Ratón_ le castigaba con simulacros de
+azotes.
+
+Y añadía furioso el _Rojo_:
+
+--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!
+
+--¡A la oreja! ¡a la oreja!
+
+El _Ratón_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de
+las orejas.
+
+--_¡Zurriágame la melunga!_--volvió a gritar la _madre_, y los pillos se
+dispersaron otra vez.
+
+En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.
+
+La _madre_ dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a
+recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.
+
+--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches?
+
+--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie.
+
+--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con
+cascabeles... hace poco....
+
+--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si
+esos... _¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!_--gritó, y la bandada de
+mochuelos acudió al farol delante del _Ratón_. Al ver al Provisor,
+todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que
+tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se
+limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.
+
+--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?
+
+--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te
+inflo!... Para arriba, señor cura.
+
+--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te
+rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se
+inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando
+vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho
+el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los
+dedos.
+
+Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que
+volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas
+diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba
+volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.
+
+«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al
+animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.
+
+La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades
+pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja
+de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa
+mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más
+alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta
+del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo
+de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado.
+Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de
+silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba.
+
+Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido
+mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros
+años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas
+tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida
+le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre... una
+aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra.
+Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él
+años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... ¡Las estrellas! ¡qué pocas
+veces las había mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se
+detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a
+los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo
+alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio
+oía los latidos de la sangre de su cabeza... y también se le figuró oír
+otro ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran
+ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles,
+pero los caballos de la Góndola sí... ¿O serían cigarras, grillos...
+ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el
+silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba
+seguro... ya sonaban más cerca, con cierto compás... cada vez más cerca.
+
+--¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!--dijo en voz alta, acercándose a la
+cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo.
+
+Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero,
+espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la obscuridad lejana,
+después cuatro... eran ellos, los dos coches.... El ruido rítmico de los
+cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con él otros
+que parecían gritos, fragmentos de canciones.
+
+--«¡Qué locos, vienen cantando!».
+
+Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas... el aliento
+fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona de
+Ripamilán.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a
+pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de hierro, para no
+ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En
+el lugar de Ripamilán vio a don Víctor de Quintanar, y en el de la
+Regenta a Ripamilán; sí, los vio perfectamente. ¡No venía la Regenta en
+el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a
+la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!... Luego don
+Álvaro y ella venían juntos... ¡y acaso venían todos borrachos, por lo
+menos alegres!
+
+«¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el despecho atravesado en la
+garganta.
+
+Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió:
+
+--«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa Marquesa es una Celestina de
+afición!».
+
+«¡Y venían cantando!».
+
+Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la Colonia, sin
+algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y
+volvían a aparecer, cada vez más pequeñas...
+
+«¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, mucho peor!».
+
+Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras
+en noche de estío....
+
+El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y subió a buen
+paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de
+Vegallana.
+
+Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba.
+«¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo
+aquella fuerza que sentía en sus músculos, en su alma ociosa, molesta
+como un hormigueo...».
+
+Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba entre las
+filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo
+ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la polvorienta
+carretera.
+
+Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el paso.
+
+«Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no faltaba más,
+siempre he sido dueño de mí... y ahora había de empezar a ser... un
+majadero...».
+
+Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su furor sordo.
+«Pronto es mañana.... A las ocho ya sabré yo.... Sí lo sabré... porque se
+lo preguntaré todo. ¿Por qué no? A mi manera.... Tengo derecho...».
+
+Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el paseo de los
+Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al
+llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el caserón de los Ozores
+no vio más luz que la del portal.
+
+--«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están juntos todavía?». Y sin pensar
+lo que hacía, siguió hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que
+había andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban
+también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía a cortar
+las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles
+de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces roncas y
+metálicas del piano desafinado.
+
+--«¡Sigue la broma!--se dijo mordiéndose los labios--. Pero yo ¿qué hago
+aquí? ¿Qué me importa todo esto?... Si ella es como todas... mañana lo
+sabré. ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!... ¡Si me viera mi madre!». En la
+pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones
+interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad
+descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna
+mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego
+un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcón del
+gabinete; frente a los del salón las sombras de la pared eran más
+pequeñas, pero muchas y confusas; y se movían y mezclaban hasta marear
+al canónigo.
+
+«No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba.
+
+Más allá del balcón del gabinete había otro cerrado. Era el de la
+habitación en que había muerto la hija de los Marqueses. El Magistral
+recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la
+mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor. Hacía mucho tiempo.
+Aquel balcón se abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se
+apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como
+si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos
+que oprimían a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse.
+«¿Quién era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo
+mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la Regenta no podía
+ser; no faltaba más! ¿Y el de los brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía
+al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa
+obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían
+pasar... y ¿qué se pensaría si le veían allí, espiando a los convidados
+del Marqués?... Debía marcharse... sí; pero hasta que aquellos bultos se
+retirasen del balcón no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a
+la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible,
+hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves
+manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla
+por los hombros.
+
+«¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación... ¡qué escándalo!»,
+pensó don Fermín, que seguía inmóvil.
+
+La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por
+la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo.
+
+«Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal.
+
+A pesar de estas reflexiones que no podían ser más racionales, no
+estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le sofocaba, como si fuese
+falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareció un momento;
+hubo un silencio solemne y en medio de él sonó claro, casi estridente,
+el chasquido de un beso bilateral, después un chillido como el de Rosina
+en el primer acto del _Barbero_.
+
+El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el balcón no
+quedaba nadie; Don Fermín salió del portal arrimado a la pared y se
+alejó a buen paso. «No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era
+la otra».
+
+
+
+
+--XV--
+
+
+En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña Paula,
+con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en
+la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir lentamente con la
+cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas.
+
+Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura de que
+tenía que ser él. Ni una palabra al verle. El hijo subía y la madre no
+se movía, parecía dispuesta a estorbarle el paso, allí en medio, tiesa,
+como un fantasma negro, largo y anguloso.
+
+Cuando De Pas llegaba a los últimos peldaños, doña Paula dejó el puesto
+y entró en el despacho. Don Fermín la miró entonces, sin que ella le
+viese.
+
+Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las sienes;
+unos parches grandes, ostentosos.
+
+«Lo sabe todo» pensó el Provisor. Cuando su madre callaba y se ponía
+parches de sebo, daba a entender que no podía estar más enfadada, que
+estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con
+dos cubiertos. Era temprano para cenar, otras noches no se extendía el
+mantel hasta las nueve y media; y acababan de dar las nueve.
+
+Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué de aceite con
+que velaba su hijo.
+
+Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un lado y se limpió la frente
+con el pañuelo. Miró a doña Paula.
+
+--¿Le duele la cabeza, madre?--Me ha dolido. ¡Teresina!--Señora.--¡La
+cena! Y salió del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia y
+salió tras ella. «No era todavía hora de cenar, faltaban más de cuarenta
+minutos... pero ¿quién se lo decía a ella?».
+
+Doña Paula se sentó junto a la mesa, de lado, como los cómicos malos en
+el teatro. Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller
+con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tenía servilletero; la de su
+madre no.
+
+Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer plato,
+que era una ensalada.
+
+--¿No te sientas?--preguntó al Provisor su madre.
+
+--No tengo apetito... pero tengo mucha sed....
+
+--¿Estás malo?--No, señora... eso no.--¿Cenarás más tarde?
+
+--No, señora, tampoco.... El Magistral ocupó su asiento enfrente de doña
+Paula, que se sirvió en silencio.
+
+Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas
+contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida
+que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un
+pensamiento que debía de ver ella en el suelo.
+
+Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien educado.
+Acercó la ensalada al señorito.
+
+--Ya he dicho que no ceno.--Déjale, no cena. Ella no lo había oído,
+hombre.
+
+Y acarició a la criada con los ojos.
+
+Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusión inmediatamente.
+Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba sintiendo náuseas y no
+se atrevía a pedir una taza de té. Se moría de sed, pero temía beber
+agua.
+
+Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad
+que usaba muy pocas veces.
+
+La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en
+parte tuviera la misma doña Paula la culpa. Esto al menos creyó notar el
+Magistral.
+
+Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traía
+ella misma.
+
+Pidió azúcar don Fermín para echarlo en el vaso de agua y su madre dijo:
+
+--Está arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, iré yo por ella.
+
+--Pero, madre...--Déjame. Teresina quedó a solas con su amo y mientras
+le servía agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspiró
+discretamente.
+
+De Pas la miró, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parecía una
+virgen de cera. Ella no levantó los ojos. De todas maneras, le era
+antipática. Su madre la mimaba y a los criados no hay que darles alas.
+
+Bajó doña Paula y cuando salió Teresina dijo, mientras miraba hacia la
+puerta:
+
+--La pobre no sé cómo tiene cuerpo.
+
+--¿Por qué?--preguntó don Fermín que acababa de oír el primer trueno.
+
+Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar en el vaso,
+le miró desde arriba con gesto de indignación.
+
+--¿Por qué? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del
+Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, otra a casa
+del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las
+Paulinas, otra... ¡qué sé yo! Está muerta la pobre.
+
+--¿Y a qué ha ido?--contestó De Pas al segundo trueno.
+
+Pausa solemne. Doña Paula volvió a sentarse y haciendo alarde de una
+paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las
+sílabas:
+
+--A buscarte, Fermo, a eso ha ido.--Mal hecho, madre. Yo no soy un
+chiquillo para que se me busque de casa en casa. ¿Qué diría Carraspique,
+qué diría Páez?... Todo eso es ridículo....
+
+--Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si está mal hecho,
+ríñeme a mí.
+
+--Un hijo no riñe a su madre.--Pero la mata a disgustos; la compromete,
+compromete la casa... la fortuna, la honra... la posición... todo... por
+una... por una.... ¿Dónde ha comido usted?
+
+Era inútil mentir, además de ser vergonzoso. Su madre lo sabía todo de
+fijo. El Chato se lo habría contado. El Chato que le habría visto
+apearse de la carretela en el Espolón.
+
+--He comido con los marqueses de Vegallana; eran los días de Paquito; se
+empeñaron... no hubo remedio; y no mandé aviso... porque era ridículo,
+porque allí no tengo confianza para eso....
+
+--¿Quién comió allí?
+
+--Cincuenta, ¿qué sé yo?
+
+--¡Basta, Fermo, basta de disimulos!--gritó con voz ronca la de los
+parches. Se levantó, cerró la puerta, y en pie y desde lejos prosiguió:
+
+--Has ido allí a buscar a esa... señora... has comido a su lado... has
+paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has
+apeado en el Espolón; ya tenemos otra Brigadiera.... Parece que necesitas
+el escándalo, quieres perderme.
+
+--¡Madre! ¡madre!--¡Si no hay madre que valga! ¿te has acordado de tu
+madre en todo el día? ¿No la has dejado comer sola, o mejor dicho, no
+comer? ¿te importó nada que tu madre se asustara, como era natural? ¿Y
+qué has hecho después hasta las diez de la noche?
+
+--¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño....
+
+--No, no eres un niño; a ti no te duele que tu madre se consuma de
+impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un mueble que
+sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da su
+sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero tú no eres
+un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación... por una
+mujerota....
+
+--¡Madre!--¡Por una mala mujer!--¡Señora!--Cien veces, mil veces
+peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas
+cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las señoras chupan la
+vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte años....
+¡Fermo... eres un ingrato!... ¡eres un loco!
+
+Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la cabeza improvisó una
+banda para las sienes.
+
+--¡Va a estallarme la frente!--¡Madre, por Dios! sosiéguese usted.
+Nunca la he visto así... ¿Pero qué pasa? ¿qué pasa?... Todo es
+calumnia.... ¡Y qué pronto... qué pronto... la han urdido! ¡Qué
+Brigadiera ni qué señoronas... si no hay nada de eso... si yo le juro
+que no es eso... si no hay nada!
+
+--No tienes corazón, Fermo, no tienes corazón.
+
+--Señora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro....
+
+--¿Qué has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la casa de esa
+gigantona... de fijo....
+
+--¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted. Está usted insultando a
+una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado con ella tres
+veces... es una santa....
+
+--Es una como las otras.--¿Cómo qué otras?
+
+--Como las otras.--¡Señora! ¡Si la oyeran a usted!
+
+--¡Ta, ta, ta! Si me oyeran me callaría. Fermo... a buen entendedor....
+Mira, Fermo... tú no te acuerdas, pero yo sí... yo soy la madre que te
+parió ¿sabes? y te conozco... y conozco el mundo... y sé tenerlo todo en
+cuenta... todo.... Pero de estas cosas no podemos hablar tú y yo... ni a
+solas... ya me entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he
+callado, bastante he visto.
+
+--No ha visto usted nada...--Tienes razón... no he visto... pero he
+comprendido y ya ves... nunca te hablé de estas... porquerías, pero
+ahora parece que te complaces en que te vean... tomas por el peor
+camino....
+
+--Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y yo
+hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas....
+
+--Ya lo veo, Fermo, pero tú lo quieres. Lo de hoy ha sido un escándalo.
+
+--Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada que
+ver con todas esas otras calumnias de antaño....
+
+--Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro se
+entere, que Camoirán crea todo eso que ya dicen.
+
+--¡Que ya dicen! ¡En dos días!
+
+--Sí, en dos; en medio... en una hora.... ¿No ves que te tienen ganas?
+¿que llueve sobre mojado?... ¿Hace dos días? Pues ellos dirán que hace
+dos meses, dos años, lo que quieran. ¿Empieza ahora? Pues dirán que
+ahora se ha descubierto. Conocen al Obispo, saben que sólo por ahí
+pueden atacarte.... Que le digan a Camoirán que has robado el copón... no
+lo cree... pero eso sí; ¡acuérdate de la Brigadiera!...
+
+--¡Qué Brigadiera... madre... qué Brigadiera!... Es que no podemos
+hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a usted....
+
+--No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo sé... a mi
+modo. Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar por tu madre, en
+estas cosas miserables de tejas abajo? ¿Te fue bien?
+
+--¡Sí, madre mía, sí!
+
+--¿Te saqué yo o no de la pobreza?
+
+--¡Sí, madre del alma!--¿No nos dejó tu pobre padre muertos de hambre y
+con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido?
+
+--Sí, señora, sí... y eternamente yo....
+
+--Déjate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que sigas
+creyéndome a mí; yo sé lo que hago. Tú predicas, tú alucinas al mundo
+con tus buenas palabras y buenas formas... yo sigo mi juego. Fermo, si
+siempre ha sido así, ¿por qué te me tuerces? ¿Por qué te me escapas?
+
+--Si no hay tal, madre.--Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, dices...
+es verdad... pero peor si eres un tonto.... Sí, un tonto con toda tu
+sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas por la espalda, en la honra? Pues
+mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro... ahí tienes
+un ignorante que sabe más que tú.
+
+Doña Paula se había arrancado los parches, las trenzas espesas de su
+pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos apagados
+casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos
+parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de
+experiencia.
+
+La tempestad se había deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya no
+se reñía, se discutía con calor, pero sin ira. Los recuerdos evocados,
+sin intención patética, por doña Paula, habían enternecido a Fermo. Ya
+había allí un hijo y una madre, y no había miedo de que las palabras
+fuesen rayos.
+
+Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja. Llamaba mojigangas a las
+caricias, y quería a su hijo mucho a su manera, desde lejos. Era el suyo
+un cariño opresor, un tirano. Fermo, además de su hijo, era su capital,
+una fábrica de dinero. Ella le había hecho hombre, a costa de
+sacrificios, de vergüenzas de que él no sabía ni la mitad, de vigilias,
+de sudores, de cálculos, de paciencia, de astucia, de energía y de
+pecados sórdidos; por consiguiente no pedía mucho si pedía intereses al
+resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo era de su
+hijo, porque él era el de más talento, el más elocuente, el más sagaz,
+el más sabio, el más hermoso; pero su hijo era de ella, debía cobrar los
+réditos de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, podía
+reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a exigir que Fermo continuase
+produciendo.
+
+En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de
+las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que
+ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la
+ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían de las cuevas negros,
+sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como
+demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos
+que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y
+amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos. El dinero estaba
+en las entrañas de la tierra; había que cavar hondo para sacar provecho.
+En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los niños rubios
+de tez amarillenta que pululan a orillas del río negro que serpea por
+las faldas de los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de
+sueños de avaricia. Paula era de niña rubia como una mazorca; tenía los
+ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de
+razón, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fábricas
+que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden sostener en
+la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que ganan así los
+hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de la avaricia arrojada
+en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que se incrusta en las
+entrañas y jamás se arranca de allí. Paula veía en su casa la miseria
+todos los días; o faltaba pan para cenar o para comer; el padre gastaba
+en la taberna y en el juego lo que ganaba en la mina.
+
+La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran pena con que
+los suyos lo lloraban ausente. A los nueve años era Paula una espiga
+tostada por el sol, larga y seca; ya no se reía: pellizcaba a las amigas
+con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía cuartos en un agujero del
+corral. La codicia la hizo mujer antes de tiempo; tenía una seriedad
+prematura, un juicio firme y frío.
+
+Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y vivía
+con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero
+¿cómo? Las alas tenían que ser de oro. ¿Dónde estaba el oro? Ella no
+podía bajar a la mina.
+
+Su espíritu observador notó en la iglesia un filón menos obscuro y
+triste que el de las cuevas de allá abajo. «El cura no trabajaba y era
+más rico que su padre y los demás cavadores de las minas. Si ella fuera
+hombre no pararía hasta hacerse cura. Pero podía ser ama como la señora
+Rita». Comenzó a frecuentar la iglesia; no perdió novena, ni rogativas,
+ni misiones, ni rosario y siempre salía la última del templo. Los
+vecinos de Matalerejo habían enterrado la antigua piedad entre el
+carbón; eran indiferentes y tenían fama de herejes en los pueblos
+comarcanos. Por esto pudo notar la señorita Rita la piedad de Paula bien
+pronto. «La hija de Antón Raíces, le dijo al señor cura, tira para
+santa, no sale de la iglesia». El cura habló a la chicuela, y aseguró a
+Rita que era una Teresa de Jesús en ciernes. En una enfermedad del ama,
+el párroco pidió a Raíces su hija para reemplazar a Rita en su servicio.
+Rita sanó pero Paula no salió de la Rectoral. Se acabó el ir y venir
+con el cesto de tierra. Se vistió de negro, y por amor de Dios se olvidó
+de sus padres. A los dos años la señora Rita salía de la casa del cura
+enseñando los puños a Paula y llevándose en un cofre sus ahorros de
+veinte años. El cura murió de viejo y el nuevo párroco, de treinta años,
+admitió a la hija de Raíces como parte integrante de la casa Rectoral.
+Paula era entonces una joven alta, blanca, fresca, de carne dura y piel
+fina, pero mal hecha. Una noche, a las doce, a la luz de la luna salió
+de la Rectoral, que estaba en lo alto de una loma rodeada de castaños y
+acacias, cien pasos más abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un
+pañuelo negro que envolvía ropa blanca. Detrás de ella salió una sombra,
+con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la seguían,
+Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la
+alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó a detenerse;
+hablaron; él abría los brazos, ponía las manos sobre el corazón, besaba
+dos dedos en cruz; ella decía no con la cabeza. Después de media hora de
+lucha, los dos volvieron a la Rectoral; entró él, ella detrás y cerró
+por dentro después de decir a un perro que ladraba:
+
+--¡Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura desde aquella
+noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la soledad le
+costó al párroco, sin saciar el apetito, muchos años de esclavitud.
+Tenía fama de santo; era un joven que predicaba moralidad, castidad,
+sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo. Y una
+noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, angulosa, sintió
+una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, excitada por aquellos
+ángulos de carne y hueso, por aquellas caderas desairadas, por aquellas
+piernas largas, fuertes, que debían de ser como las de un hombre. A la
+primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por
+palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo
+que le pedían; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin
+arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula
+dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su
+cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí
+muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo
+desde la escalera:
+
+--¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre.
+
+La transacción le costó al clérigo humillarse hasta el polvo, una
+abdicación absoluta. Vivieron en paz en adelante, pero él vio siempre en
+ella a su señor de horca y cuchillo; tenía su honor en las manos; podía
+perderle. No le perdió. Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde,
+después de estudiar, Paula se acercó a él y le pidió que la oyese en
+confesión.
+
+--Hija mía ¿a estas horas?
+
+--Sí, señor, ahora me atrevo... y no respondo de volver a atreverme
+jamás.
+
+Le confesó que estaba encinta.
+
+Francisco De Pas, un licenciado de artillería, que entraba mucho en casa
+del cura, de quien era algo pariente, la había requerido de amores y
+ella le había contestado a bofetadas--el cura se puso colorado; se
+acordó de la patada que había recibido él--pero el licenciado había sido
+terco, y había vuelto a requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto
+sacaran el estanquillo que le tenían prometido los del Gobierno; ella se
+había tranquilizado y desde entonces admitía al habla aquel buque
+sospechoso. Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar
+con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo,
+sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por
+anchos pilares a dos o tres varas del suelo. Allí dormía ella en el
+verano. Francisco faltó una noche a lo convenido, fue audaz, pasó del
+corredor al interior de la panera; luchó Paula, luchó hasta caer
+rendida--lo juraba ante un Cristo--, rendida por la fuerza del
+artillero. Desde aquella noche le tomó ojeriza, pero quería casarse con
+él. De aquella traición acaso nació Fermín a los dos meses de haber
+unido el buen párroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos
+los vecinos dijeron que Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con
+buenas peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre había
+tenido intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían
+llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía el cura
+estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero aquella noche
+que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le convenció de la
+inocencia del párroco y de la virtud de Paula. Aquello no se fingía;
+mucho sabía el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas
+falsas, pero él se fue a su casa al alba persuadido de que había
+vencido, bien o mal, una honra verdadera. Y volvió a su proyecto de
+casarse con el ama del cura. Así se lo juró a ella, de rodillas, como él
+había visto a los galanes en los teatros, allá por el mundo
+adelante.--«Yo te pediré a tus padres y al cura mañana mismo.--No--dijo
+ella--, ahora no». Y siguieron viéndose. Cuando Paula estuvo segura de
+que había fruto de aquella traición, o de las concesiones subsiguientes,
+dijo a su novio: «Ahora se lo digo al amo y tú, cuando él te llame, te
+niegas a casarte, dices que dicen que no eres tú solo... que en
+fin...--Sí, sí, ya entiendo.--¡Lo que sospechabas, animal!--Sí, ya
+sé.--Pues eso.--¿Y después?--Después deja que el cura te ofrezca... y
+no digas que bueno a la primer promesa; deja que suba el precio... ni a
+la segunda. A la tercera date por vencido...».
+
+Y así fue. Paula arrancó de una vez al pobre párroco de Matalerejo, el
+más casto del Arciprestazgo, el resto del precio que ella había puesto
+al silencio. ¡Con qué fervor predicaba el buen hombre después la
+castidad firme! «¡Un momento de debilidad te pierde, pecador; basta un
+momento! Un deseo, un deseo que no sacias siquiera, te cuesta la
+salvación» (y todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad
+de toda la vida, añadía para sus adentros.)
+
+Paula compró grandes partidas de vino y lo vendía al por mayor a los
+taberneros de Matalerejo; empezó bien el comercio gracias a su
+inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. Francisco era
+muy _fantástico_, según su mujer. Le gustaba contar sus hazañas, y hasta
+sus aventuras, esto en secreto, después de colocar unos cuantos pellejos
+de Toro, al beber en compañía del parroquiano. Era rumboso y en el calor
+de la amistad improvisada en la taberna, abría créditos exorbitantes a
+los taberneros, sus consumidores. Esto originó reyertas trágicas; hubo
+sillas por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de
+pino, amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del
+artillero; secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer. La manía
+de dar al fiado llegó a ser un vicio, una pasión del manirroto
+licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con
+gran prosopopeya. «¡Los países que él había visto! ¡las mujeres que él
+había seducido, allá muy lejos!». Sus amigos los taberneros que no
+habían visto más río que el de su patria, le engañaban al segundo vaso.
+Mientras él se perdía en sus recuerdos y en sus sueños pretéritos, que
+daba por realizados, sus compadres interrumpiéndole, entre alabanzas y
+admiraciones, le sacaban pellejos y más pellejos de vino pagaderos....
+«De eso no había que hablar». «El hombre es honrado» decía el artillero
+y añadía: «Si yo tengo un duro pongo por ejemplo, y un amigo, por una
+comparación, necesita ese duro... y quien dice un duro dice veinte
+arrobas de vino, pongo por caso...». Pocos años necesitó, a pesar de la
+prosperidad con que el comercio había empezado, para tocar en la
+bancarrota. Se atrevió un parroquiano a no pagar y tras él fueron otros,
+y al fin no le pagaba casi nadie. Paula que había dominado a dos curas,
+y estaba dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido. «Lo que
+tú quieras, tienes razón», decía él, y a la media hora volvía a las
+andadas. Si ella se irritaba, se le acababa a él lo que llamaba la
+paciencia, y una vez en el terreno de la fuerza el artillero vencía
+siempre; fuerte era como un roble Paula, pero Francisco había sido el
+más arrogante mozo de nuestro ejército, y tenía músculos de oso. Había
+nacido en lo más alto de la montaña y hasta los veinte años había
+servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza llamó a las
+puertas, y Paula se decidió a dejar su comercio, De Pas decretó dedicar
+los pocos cuartos que sacaron libres a la industria ganadera. Tomó vacas
+en parcería y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del
+pastoreo, en los más empinados vericuetos. Allí pasó la niñez y llegó a
+la adolescencia Fermín, a quien su madre había deseado hacer
+clérigo.--«Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre»,
+gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a
+aprender latín con el cura de Matalerejo. El comercio de ganado no fue
+mejor que el de vino. A Francisco se le ocurrió que él había sido
+siempre un gran tirador; se consagró a la caza y perseguía corzos,
+jabalíes, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se
+atrevía. Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro
+hombres que conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en
+unas angarillas improvisadas con ramas de roble. Había caído de lo alto
+de una peña abrazado a la osa mal herida que perseguían los vaqueros
+hacía una semana. Murió con gloria el artillero, pero su viuda se
+encontró abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte,
+dueña de créditos sin fin que no se cobrarían jamás. Volvió a
+Matalerejo, después de perder por embargo cuanto tenía. Llevaba aquellos
+papeles inútiles y el hijo que había de ser clérigo. Era Fermín ya un
+mozalbete como un castillo; sus 15 años parecían veinte; pero Paula
+hacía de él cuanto quería, le manejaba mejor que a su padre. Le hizo
+estudiar latín con el cura, el mismo que había dado la dote perdida por
+el difunto. Había que adelantar tiempo y Fermín lo adelantó; estudiaba
+por cuatro y trabajaba en los quehaceres domésticos de la Rectoral;
+cuidaba la huerta además y así ganaba comida y enseñanza. Iba a dormir a
+la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había levantado cuatro
+tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no
+subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, quien hizo el
+desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no temía lo que pudiera
+decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un
+tiempo había amenazado terrible, cruel y fría.
+
+La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la
+claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la
+pasión del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que
+dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las
+noches de invierno interminables el _hijo del cura_, como le llamaban
+cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermín,
+que había probado a muchos que el estudio no le había debilitado los
+brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento
+le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera
+piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su
+madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que
+le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos
+aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor,
+una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en
+su espíritu. Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y
+muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella
+explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella
+turba de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de
+fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna pendencias,
+brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energía de
+Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con
+más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio.
+También ponía en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escándalo. A
+veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas
+trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía:
+
+--Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver sangre. Si te ven
+entre estos ladrones, creerán que eres uno de ellos.
+
+Fermín, por respeto y por asco obedecía, y cuando el estrépito era
+horrísono, tapaba los oídos y procuraba enfrascarse en el trabajo hasta
+olvidar lo que pasaba detrás de aquellas tablas, en la taberna. Algo más
+que las reyertas entre los parroquianos ocultaba Paula a su hijo. Aunque
+ya no era joven, su cuerpo fuerte, su piel tersa y blanca, sus brazos
+fornidos, sus caderas exuberantes excitaban la lujuria de aquellos
+miserables que vivían en tinieblas. «_La Muerta_ es un buen bocado», se
+decía en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura pálida; y
+creyendo fácil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban sobre
+ella como sobre una presa; pero Paula los recibía a puñadas, a patadas,
+a palos; más de un vaso rompió en la cabeza de una fiera de las cuevas y
+tuvo el valor de cobrárselo. Estos ataques de la lujuria animal solían
+ser a las altas horas de la noche, cuando el enamorado salvaje se
+eternizaba sobre su banco, para esperar la soledad. Fermín estudiaba o
+dormía. Paula cerraba la puerta de la calle, porque la autoridad le
+obligaba a ello. No despedía al borracho, aunque conocía su propósito,
+porque mientras estaba allí hacía consumo, suprema aspiración de Paula.
+Y entonces empezaba la lucha. Ella se defendía en silencio. Aunque él
+gritase, Fermín no acudía; pensaba que era una riña entre mineros.
+Además, le temían unos por fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer
+sin que él se enterase. Pero nunca vencían. A lo sumo un abrazo furtivo,
+un beso como un rasguño. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Más asco
+le daba barrer las inmundicias que dejaban allí aquellos osos de la
+cueva.
+
+Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quería teólogo,
+nada de misa y olla. Allí estaba ella para barrer hacia la calle aquel
+lodo que entraba todos los días por la puerta de la taberna; a ella la
+manchaba, pero a él no; él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo
+en los libros de la ciencia que le había de hacer señor; y su madre allí
+fuera, manejando inmundicia entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo
+el porvenir de su hijo; el de ella, también, pues estaba segura de que
+llegaría a ser una señora. Allá en la Montaña, en cuanto Fermín había
+aprendido a leer y escribir, le había obligado a enseñarle a ella su
+ciencia. Leía y escribía. En la taberna, entre tantas blasfemias, entre
+los aullidos de borrachos y jugadores, ella devoraba libros, que pedía
+al cura.
+
+Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo
+iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto.
+
+El cura, Fermín, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, la
+habían aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tráfico
+repugnante; ¿no la aburría pasar la vida entre borrachos y jugadores que
+se convertían tan a menudo en asesinos?
+
+«¡No, no y no!». Que la dejasen a ella. Estaba haciendo bolsón sin que
+nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria que emprendiese, con
+sus pocos recursos, no podría ganar la décima parte de lo que iba
+ganando allí. Los mineros salían de la obscuridad con el bolsillo
+repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban bien, derrochaban y
+comían y bebían veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y
+caros. En la taberna de Paula todo era falsificado; ella compraba lo
+peor de lo peor y los borrachos lo comían y bebían sin saber lo que
+tragaban, y los jugadores sin mirarlo siquiera, fija el alma en los
+naipes.
+
+El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable. Por eso
+no había prendido ya fuego a la taberna con todos _los ladrones_ dentro.
+
+No dejó el tráfico hasta que los estudios y la edad de Fermín lo
+exigieron. Hubo que dejar el país y por recomendaciones del párroco de
+Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen del
+Camino, a una legua de León, en un páramo. Fermín, también por
+influencia de Matalerejo (el cura), y del párroco de la Virgen del
+Camino, entró en San Marcos de León en el colegio de los Jesuitas, que
+pocos años antes se habían instalado en las orillas del Bernesga. El
+muchacho resistió todas las pruebas a que los PP. le sometieron;
+demostró bien pronto gran talento, sagacidad, vocación, y el P. Rector
+llegó a decir que aquel chico había nacido jesuita. Paula callaba, pero
+estaba resuelta a sacar de allí a su hijo en tiempo oportuno, cuando
+ella pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le
+quería jesuita. Le quería canónigo, obispo, quién sabe cuántas cosas
+más. Él hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, de los mártires
+del Japón, de imitar su ejemplo; leía a su madre, con los ojos
+brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros
+del P. Sevillano, de la compañía, allá en tierra de salvajes. Paula
+sonreía y callaba. ¡Bueno estaría que después de tantos sacrificios el
+hijo se le convirtiera en mártir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la
+locura de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja
+mucha plata el día que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de
+la Autoridad civil; pero el cura es pobre.
+
+Paula veía pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero aquello era
+como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio de revolver
+trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama de cura
+corrió por toda la provincia; el párroco de la Virgen tenía la
+imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad,
+su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a
+la mesa, después de comer bien y beber mejor. Cundió la fama de Paula, y
+un canónigo de Astorga se la arrebató al cura de la Virgen. Fue una
+traición y Paula una ingrata. Sin embargo, el canónigo era un santo, la
+traición no había sido suya. Don Fortunato Camoirán no era capaz de
+traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la aceptó, sin sospechar
+que a los pocos meses sería él su esclavo.
+
+Nada convenía a Paula como un amo santo. Al año de servir al canónigo
+Camoirán se vanagloriaba de haberle salvado varias veces de la
+bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: todo hubiera
+sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con
+la ganzúa de la caridad. Paula puso en orden todo aquello. Camoirán se
+lo agradeció y siguió dando limosna a hurtadillas, pero poca; lo que
+podía sisar al ama. Era el canónigo incapaz de gobernarse en las
+necesidades premiosas de la vida, no entendía palabra de los intereses
+del mundo, y al poco tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos,
+sus manos, sus oídos, hasta su sentido común. Sin Paula acaso, acaso le
+hubieran llevado a un hospital por loco y pobre.
+
+Aquel imperio fue el más tiránico que ejerció en su vida el ama de
+llaves. Lo aprovechó para la carrera de Fermín: el canónigo comprendió
+que debía mirar al estudiante como a cosa suya; si Paula le consagraba
+la vida a él, él debía consagrar sus cuidados y su dinero y su
+influencia al hijo de Paula. Además, el mozo le enamoraba también; era
+tan discreto, tan sagaz como su madre y más amable, más suave en el
+trato. Pero había que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, el mozo
+lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de jesuita lo
+exigía. Se le sacó y entró en el Seminario, a terminar la teología. Fue
+presbítero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a
+predicar en San Isidro de León, y en Astorga, y en Villafranca y donde
+quiera que el canónigo Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía
+influencia. Cuando a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, él
+vaciló; mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz:
+pero Paula le amenazó con abandonarle.--«¡Eso era absurdo!». Solo ya no
+podría vivir. «No por usted, señor; por el chico es necesario aceptar».
+--«Acaso tenía razón». Camoirán aceptó por el chico... y fueron todos a
+Vetusta. Pero allí se le buscó al Obispo una ama de llaves y Paula
+siguió ejerciendo desde su casa sus funciones de suprema inspección.
+Fermín fue medrando, medrando; el muchacho valía, pero más valía su
+madre. Ella le había hecho hombre, es decir, cura; ella le había hecho
+niño mimado de un Obispo, ella le había empujado para llegar adonde
+había subido, y ella ganaba lo que ganaba, podía lo que podía... ¡y él
+era un ingrato!
+
+A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después de
+larga conversación con su madre, se encerró en su despacho a repasar en
+la memoria todo lo que él sabía de los sacrificios que aquella mujer
+fuerte había emprendido y realizado por él, porque él subiera, porque
+dominase y ganara riquezas y honores.
+
+--«¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato!» y el amor filial le arrancaba dos
+lágrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en
+aquellas fuentes secas por tantos años.
+
+«¿Cómo lloraba él? ¡Cosa más rara! ¿Sería el alcohol la causa de aquel
+llanto? Acaso. ¿Sería... lo que había sucedido aquel día? Tal vez todo
+mezclado. Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era
+cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos».
+
+Abrió el balcón del despacho de par en par. Ya había salido la luna, que
+parecía ir rodando sobre el tejado de enfrente. La calle estaba
+desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos pálidos de la
+luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. «¡Qué cosas
+tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas estaba
+sintiendo! Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al
+mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así había él
+empezado a ponerse enfermucho, allá en los Jesuitas: pero entonces sus
+anhelos eran vagos y ahora no; ahora anhelaba... tampoco se atrevía a
+pedir claridad y precisión a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas
+místicas, ansiedades de filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba
+y producía aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las
+fibras más hondas...». La sonrisa de la Regenta se le presentó unida a
+la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y recordó una
+a una todas las veces que le había sonreído. En los libros aquello se
+llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras.
+No; estaba seguro que aquello no era amor. El mundo entero, y su madre
+con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa
+aquella amistad inocente. ¡Si sabría él lo que era bueno y lo que era
+malo! Su madre le quería mucho, a ella se lo debía todo, ya se sabe,
+pero... no sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos finos,
+sublimes... había que perdonarla. Sí, pero él necesitaba amor más blando
+que el de doña Paula... más íntimo, de más fácil comunión por razón de
+la edad, de la educación, de los gustos... Él, aunque viviera con su
+madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha
+suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el
+nombre de grandes. Le faltaba compañía en el mundo; era indudable.
+
+De una casa de la misma calle, por un balcón abierto, salían las notas
+dulces, lánguidas, perezosas de un violín que tocaban manos expertas. Se
+trataba de motivos del tercer acto del _Fausto_. El Magistral no conocía
+la música, no podía asociarla a las escenas a que correspondía, pero
+comprendía que se hablaba de amor. El oír con deleite, como oía, aquella
+música insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso:
+pero... ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba
+sintiendo él!
+
+De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que
+había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez
+menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu. Se tuvo una
+lástima tiernísima; y mientras el violín gemía diciendo a su modo:
+
+ _Al palido chiaror_
+ _che vien degli astri d'or_
+ _dami ancor contemplar il tuo viso..._
+
+
+el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas
+telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos.... Mirábala ni
+más ni menos como decía Trifón Cármenes en _El Lábaro_ que la
+contemplaba él, todos los jueves y domingos, los días de folletín
+literario.
+
+«¡Medrados estamos!» pensó don Fermín al dar en idea tan extravagante. Y
+entonces volvió a ocurrírsele que en aquel sentimentalismo de última
+hora debía de tener gran parte la copa de cognac, o lo que fuese.
+
+Abajo era día de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doña Paula al buen
+Froilán Zapico, el propietario de _La Cruz Roja_ ante el público y el
+derecho mercantil. Froilán era un esclavo blanco de doña Paula; a ella
+se lo debía todo, hasta el no haber ido a presidio; le tenía agarrado,
+como ella decía, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño
+del comercio, sin miedo de una traición. Le llamaba de tú y muchas veces
+animal y pillastre. Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la
+boca, y decía con una calma de filósofo cínico: «Cosas del alma». Vestía
+de levita, y hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tenía que
+parecer un señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de _La
+Cruz Roja_, el comercio más próspero de Vetusta, el único en su género,
+desde que el mísero de don Santos Barinaga se había ido arruinando.
+
+Doña Paula había casado a Froilán con una criada de las que ella tomaba
+en la aldea, una de las que habían precedido a Teresa en sus funciones
+de doncella cerca del señorito. Había dormido como Teresa ahora, a
+cuatro pasos del Magistral.
+
+Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froilán.
+Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón. Creía
+comprender. Pero él era muy filósofo: no se paraba en ciertos requisitos
+que otros miran mucho. El ama, al proponerle el matrimonio, había
+pensado: «Esto es algo fuerte; pero ¡ay de él si se subleva!». Froilán
+no se sublevó. Juana era muy buena moza y sabía cuidar a un hombre. Se
+casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de
+soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida «de
+haber estirado mucho la cuerda» observó que el novio estaba muy
+contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer.
+
+«Gordas las tragas, Froilán, eres un valiente», pensaba ella admirándole
+y despreciándole al mismo tiempo.
+
+Y él sonreía con más socarronería que nunca.
+
+«Buen chasco se había llevado la señora; si ella supiera...» pensaba él
+fumando su pipa. Pero es claro que jamás dijo a doña Paula el secreto de
+aquella noche en que hubo sorpresas muy diferentes de las que suponía la
+señora.
+
+Era el único secreto que había entre ama y esclavo; la única mala pasada
+que ella le había querido jugar.... Y como tampoco había tenido mal
+resultado, sino muy beneficioso para Zapico, este seguía estimando a
+doña Paula. Ella, al verle tan contento, nada resentido, rabiaba por
+atreverse a preguntar; y él, muy satisfecho con el engaño del ama que
+había sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos
+callaban. No había más que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendían
+a veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el
+rostro del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Doña
+Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la mano por las barbas
+de puerco-espín que tenía debajo del mentón afeitado.
+
+Allí lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, limpias.
+Froilán era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella casa el
+recuento de la moneda era un culto. Desde niño se había acostumbrado don
+Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de
+dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la
+plata. Allá abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la que no se
+pasaba, desde la casa del Magistral por sótanos, como suponía la
+maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la medianería en el piso
+terreno, doña Paula, subida a una plataforma, ante un pupitre verde,
+repasaba los libros del comercio y en serones de esparto y bolsas
+grasientas contaba y recontaba el oro, la plata y el cobre o el bronce
+que Froilán iba entregándole, en pie, en una grada de la plataforma, más
+baja que la mesa en que el ama repasaba los libros. Parecía ella una
+sacerdotisa y él un acólito de aquel culto platónico. El mismo don
+Fermín, las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sentía un vago
+respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre,
+más pálido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una
+Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusología.
+
+Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la
+trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo había un gran foco de
+podredumbre, aguas sucias estancadas. Oía vagos rumores lejanos del
+chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino
+timbre. Aquellos ruidos apagados por la distancia subían por el hueco de
+la escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violín volvió a
+rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían titilar
+como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto
+en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista
+arrastraba perezosamente por las cuerdas del violín los quejidos de la
+Traviata momentos antes de morir.
+
+El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se
+acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el
+arroyo. Era don Santos Barinaga, que volvía a su casa,--tres puertas más
+arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente--. De Pas no le
+conoció hasta que le vio debajo de su balcón. Pero antes, al pasar junto
+a la casa donde sonaba el violín, Barinaga, que venía hablando solo, se
+detuvo y calló. Se quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono
+truncado, y alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente. De vez en
+cuando hacía signos de aprobación.... «Conocía aquello; era la
+_Traviata_ o el _Miserere del Trovador_, pero en fin cosa buena».
+
+«Perfecta... mente», dijo en voz alta; que sea muy enhorabuena,
+Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada de
+comercio... en esta tierra de ladrones. ¿Eh...?
+
+«Es el hijo del cerero», añadió mirando a un lado, hacia el suelo; como
+contándoselo a otro que estuviese junto a él y más bajo. El violín calló
+y don Santos dio media vuelta, como buscando las notas que se habían
+extinguido. Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un
+rótulo de letras doradas que decía: «La Cruz Roja».
+
+Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y
+extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo,
+gritó:--¡Ladrones! Sí, señor--dijo en voz más baja--, no retiro una sola
+palabra... ladrones; usted y su madre señor Provisor... ¡ladrones!
+
+Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió
+brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el
+vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó
+las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír
+sin ser visto. Para mayor seguridad bajó la luz del quinqué y lo metió
+en la alcoba. Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos
+de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche,
+sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la
+misma hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones,
+mientras él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse para
+oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les atribuía a él y a
+su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía; pero ¿quién
+hacía caso de un miserable, víctima del aguardiente?
+
+Barinaga seguía diciendo:--Sí, señor Provisor, es usted un ladrón, y un
+simoniaco, como le llama a usted el señor Foja... que es un liberal...
+eso es, un liberal probado....
+
+Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose a su propia
+sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se acercaba a la
+puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo señor De Pas, le
+dijo:
+
+--¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!... usted ha arruinado a mi
+familia... usted me ha hecho a mí hereje... masón, sí, señor, ahora soy
+masón... por vengarme... por... ¡abajo la clerigalla!
+
+Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta
+a la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y
+desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe,
+su buen amigo.
+
+El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin acelerar el
+paso.
+
+--Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado... y te aprecio...
+pero este carcunda, este comehostias, este _rapa-velas_, este maldito
+tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrón, y lo sostengo....
+Toma un pitillo.
+
+Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y
+dijo con voz grave:
+
+--Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la puerta?
+
+--¿Qué puerta?--La de su casa...--Yo no tengo ya casa... yo soy un
+pordiosero... ¿no lo ves? ¿no ves qué pantalones, qué levita?... Y mi
+hija... es una mala pécora... también me la han robado los curas, pero
+no ha sido este.... Este me ha robado la parroquia... me ha arruinado...
+y don Custodio me roba el amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo
+no tengo hogar... ni tengo puchero a la lumbre.... ¡Y dicen que bebo!...
+¿qué he de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el
+aguardiente... ¿qué sería de este anciano?...
+
+--Vamos, don Santos, vamos a casa...--Te digo que no tengo casa...
+déjame... hoy tengo que hacer aquí... Vete, vete tú... Es un secreto...
+ellos creen... que no se sabe... pero yo lo sé... yo les espío... yo les
+oigo.... Vete... no me preguntes... vete....
+
+--Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de
+usted los vecinos... y yo... qué quiere usted....
+
+--Sí, tú... es claro, como soy un pobre.... Vete, déjame con esta ralea
+de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza.
+
+El sereno cantó la hora y siguió adelante.
+
+Don Santos le convidaba a veces a _echar_ una copa... ¿qué había de
+hacer? Además, no solía alborotar demasiado.
+
+Quedó solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrás de las
+vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para sus
+adentros su víctima....
+
+Don Santos volvió a su monólogo, interrumpido por entorpecimientos del
+estómago y por las dificultades de la lengua.
+
+--¡Miserables!--decía con voz patética, de bajo
+profundo--¡miserables!... ¡Ministro de Dios!... ¡ministro de un
+cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado
+comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el pan a
+nadie... que no obligo a los curas de toda la diócesis... eso, eso, a
+comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, casullas, lámparas
+(iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y demás,
+con otros artículos... como aras; sí señor ¡que nos oigan los sordos,
+señor Magistral! usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias
+del obispado... y yo que lo supe... adquirí una gran partida de
+ellas..., porque creí que era usted... una persona decente... un
+cristiano.... ¡Buen cristiano te dé Dios! ¡Jesús... que era un gran
+liberal, como el señor Foja... eso es... un republicano... no vendía
+aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy
+empeñado, embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras
+al precio que ha querido... ¡se sabe todo, todo, señor apaga-luces...
+_don_ Simón el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... ¿Ven ustedes este
+santurrón? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado también
+al cerero.... Y papel pintado... Él mismo ha hecho empapelar el Santuario
+de Palomares... que lo diga la sociedad de Mareantes de aquel puerto...
+si es un ladrón... si lo tengo dicho... un ladrón, un Felipe segundo...
+Óigalo usted, ¡so pillo! yo no tengo esta noche qué cenar... no habrá
+lumbre en mi cocina... pediré una taza de té... y mi hija me dará un
+rosario.... ¡Sois unos miserables!... (Pausa.) ¡Vaya un siglo de las
+luces! (señalando al farol) me río yo... de las luces... ¿para qué
+quiero yo faroles si no cuelgan de ellos a los ladrones?... ¡Rayos y
+truenos! ¿y esa revolución?... ¡el petróleo!... ¡venga petróleo!...
+
+Calló un momento el borracho, y a tropezones llegó a la puerta de La
+Cruz Roja. Aplicó el oído al agujero de una cerradura, y después de
+escuchar con atención, rió con lo que llaman en las comedias risa
+sardónica.
+
+--¡Ja, ja, ja!--venía a decir, con la garganta y las narices--... ¡Ya
+están dándole vueltas!... Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os
+ocultéis... bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío;
+esa plata es del cerero.... ¡Venga mi dinero, señora doña Paula... venga
+mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi dinero es
+mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga!
+
+Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura.
+
+El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó sobre la barandilla
+para ver a don Santos.
+
+--¿Oirá algo? Parece imposible....
+
+Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa
+escuchó también con atención profunda.... Sí, él oía algo... era el
+choque de las monedas, pero el ruido era confuso, podía conocerse
+sabiendo antes que estaban contando dinero... pero desde la calle no
+debía de oírse nada... era imposible.... Mas la idea de que la
+alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más
+todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso....
+
+--¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!... Y todo
+eso es mío y del cerero.... ¡Ladrones!... Caballero Magistral,
+entendámonos; usted predica una religión de paz... pues bien, ese dinero
+es mío....
+
+Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre el sombrero
+verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, exclamó:
+
+--Nada de violencias... ¡Ábrase a la justicia! ¡En nombre de la ley,
+abajo esa puerta!
+
+--¡Señor don Santos, a la cama!--dijo el sereno, ya de vuelta--. No
+puedo consentir que usted siga escandalizando....
+
+--Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. Usted representa
+la ley... pues bien... ahí están contando mi dinero.
+
+--Ea, ea, don Santos basta de desatinos.
+
+Y le cogió por un brazo, para llevárselo por fuerza.
+
+--Porque soy pobre... ¡ingrato!--dijo Barinaga cayendo en profundo
+desaliento.
+
+Se dejó arrastrar. El Magistral, desde su balcón, escondido en la
+obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo
+entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había estado arrojando
+lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa.
+
+Don Fermín estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes de
+aquel borracho, de las palabras que más eructaba que decía: «¿Podía una
+copa de cognac, una comida algo fuerte, un poco de Burdeos, producir
+aquella irritación en la conciencia, en el cerebro o donde fuera?». No
+lo sabía, pero jamás la presencia de una de sus víctimas le había
+causado aquellos escalofríos trágicos que se le paseaban ahora por el
+cuerpo. Se figuraba la tienda vacía, los anaqueles desiertos, mostrando
+su fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus
+muertos.... Y veía el hogar frío, sin una chispa entre la ceniza....
+¡Quién pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de té por que
+suspiraba en su extravío; o caldo caliente... algo de lo que sirve a los
+enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos!
+
+Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta de la
+tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El Magistral oyó
+retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abrían. Al Provisor
+le consumía la impaciencia. «¿Se habrá dormido esa beatuela?», pensó.
+
+A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las palabras del
+sereno y de Barinaga; parecía que hablaban un idioma extraño.
+
+Repitió Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abrió un balcón y
+una voz agria dijo desde arriba.
+
+--¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con estrépito. Entró don Santos
+en la tienda, que era como el Magistral se la había representado, y
+dejándose alumbrar por el sereno atravesó el triste almacén donde
+retumbaban los pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera
+lentamente, respirando con fatiga. El sereno salió, después de entregar
+la llave al amo de la casa. Cerró de un golpe y se fue calle arriba.
+Obscuridad y silencio. El Magistral abrió entonces su balcón de par en
+par y tendió el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa de Barinaga,
+pretendiendo oír algo.
+
+Al principio parecía aprensión lo que oía, como si sonara dentro del
+cerebro... pero después, cuando se vio luz detrás de los cristales, el
+Magistral pudo asegurar que allí dentro reñían, arrojaban algo sobre el
+piso de madera....
+
+Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con
+don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El
+bando del Arcediano y del beneficiado había querido sacar gran partido
+de la situación del infeliz don Santos para combatir al Magistral; para
+ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su
+padre. Bebía el señor Barinaga y en esto ya no se podía culpar de su
+miseria al Provisor. «Es claro, dirían los partidarios de don Fermín,
+todo lo gasta en aguardiente, está siempre borracho y espanta la
+parroquia ¿cómo se quiere que el clero consuma los géneros de un
+perdido... que además es un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar
+de las amonestaciones y malos tratos de su hija, Barinaga no había
+querido pasarse al partido contrario; se había hecho libre-pensador y
+renegaba de todo el culto y de todo el clero.--Nada, nada; repetía,
+todos son iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarán; el mal está en la
+raíz; ¡fuego en la raíz! ¡abajo la clerigalla!». Y cuanto más borracho,
+más de raíz quería cortar. En vano su hija le daba tormento doméstico
+para convertirle. Sólo conseguía hacerle llorar desesperado, como el
+infeliz rey Lear, o que montase en cólera y le arrojase a la cabeza
+algún trasto. Ella pasaba plaza de mártir, pero el mártir era él.
+
+Como don Santos había sospechado, Celestina no quiso darle té, ni tila,
+ni nada; no había nada. No había fuego, ni eran aquellas horas.... Hubo
+gritos, llantos y trastos por el aire. El Magistral, gracias al silencio
+de la noche, oía vagos rumores de la reyerta, que se alargaba, como si
+no hubiera sueño en el mundo. A él se le cerraban los ojos, pero no
+sabía qué fuerza le clavaba al balcón....
+
+Aborrecía en aquel momento a Celestina. Recordó que era la joven que
+había visto días antes a los pies de don Custodio junto a un
+confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la había reconocido. Tenía
+facha de sabandija de sacristía... de cualquier cosa.
+
+Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un golpe
+seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo
+obscuro.
+
+El sereno cantó las doce a lo lejos.
+
+Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces.
+
+El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían».
+
+La claridad de la vidriera desapareció de repente.
+
+El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz.
+
+El sereno volvió a cantar las doce... más lejos.
+
+De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes:
+
+--¡Ya estará durmiéndola!
+
+Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de
+turbar el silencio de la noche.
+
+Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba.
+
+Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que
+dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso.
+
+El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho.
+
+«Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! es decir, ya era hoy;
+dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus pies confesando culpas que
+había olvidado el otro día».
+
+--¡Sus pecados!--dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en
+la llama del quinqué--¡si yo tuviese que confesarle los míos!... ¡Qué
+asco le darían!
+
+Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don
+Santos:
+
+«¡Ladrón... ladrón... _rapavelas_!».
+
+FIN DE LA PRIMERA PARTE
+
+
+
+
+
+La Regenta
+
+por
+
+Leopoldo Alas «Clarín»
+
+Librería de Fernando Fé, Madrid
+
+1900.
+
+
+
+
+TOMO II
+
+
+
+
+--XVI--
+
+
+Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele
+lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa
+y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del
+viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo
+que se llama el _veranillo de San Martín_. Los vetustenses no se fían de
+aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar
+de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta
+fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo
+del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos
+protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve
+usted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a
+las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el
+cielo o el suelo, todo no puede ser».
+
+Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las
+campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía
+una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores,
+y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de _otro_ invierno
+húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos
+bronces.
+
+Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.
+
+Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de
+estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor,
+que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la
+taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo
+impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con
+pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos
+objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran
+símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro
+abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el
+marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una
+mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había
+servido para uno y que ya no podía servir para otro.
+
+Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las
+campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en
+toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos
+martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune,
+irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad
+irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de
+molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran _fúnebres
+lamentos_, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versos
+del _Lábaro_ del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazo
+de su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino
+de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; _¡tan, tan, tan!_
+¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos?
+tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel _otro_ invierno.
+
+La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró _El
+Lábaro_. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que
+hacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los
+acendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran los
+placeres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». En
+opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como había
+dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo no
+había que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas
+_decididamente_. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, el
+redactor, que había comenzado lamentando lo _solos que se quedaban_ los
+muertos, concluía por envidiar su buena suerte. _Ellos_ ya sabían lo que
+había _más allá_, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: _to be
+or not to be_. ¿Qué era el más allá? Misterio. De todos modos el
+articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y
+firmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas en
+lugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad,
+aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, más
+mecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué
+triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original
+sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad
+convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por
+las inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo del
+mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas
+con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!».
+Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía de
+tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglones
+desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía
+leer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí
+los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros
+versos, sin saber lo que querían decir.... Y de repente recordó que ella
+también había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también.
+«¿Si habría sido ella una _Trifona_? Probablemente; ¡y qué desconsolador
+era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con
+qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas,
+místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray
+Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos
+fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los sentimientos
+que los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? No
+mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a
+sentir una reacción de religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería ella
+más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni
+prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de la
+poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!».
+
+Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la
+exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de
+todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a Frígilis, y
+concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan
+indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.
+
+Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la
+Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá del
+Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de
+cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran
+la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres;
+de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban
+también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros
+adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de
+cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de
+siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era
+el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus
+muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las _personas
+decentes_ no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no
+tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando,
+luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año.
+Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes
+eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre,
+el gesto algo más compuesto.... Se paseaba en el Espolón como se está en
+una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún
+pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegría
+contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era en
+la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofo
+vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus
+conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene
+con los otros; cualquiera menos él.
+
+Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses;
+aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que
+se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el
+rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza
+ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta
+de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a
+la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada
+de hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que
+sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido no
+había que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablaba
+de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de
+los nervios o lo que fuera.
+
+Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre
+Quintanar y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocos
+días, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se
+había dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la
+tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se
+declaró cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D.
+Víctor y la del Banco.
+
+Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué mujer era
+Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguía
+su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito
+le ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer... y nada.
+Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no
+adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en el ajo?». Visita se impuso
+la obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de las
+tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí,
+mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la _otra_.
+Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a las
+siete. «¡Hola! allí había gato». No presumía la del Banco las
+atrocidades que se le habían pasado por la imaginación a Mesía; no
+pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura
+como la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que
+despreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana era
+también romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita
+romanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre todo tan
+pronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía era que el
+Provisor, por hacer guerra al otro--las razones de pura moralidad no se
+le ocurrían a la del Banco--empleara su grandísimo talento en convertir
+a la Regenta y hacerla beata. ¡Qué horror! Era preciso evitarlo. Ella,
+Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella
+había caído; por lo menos verla padecer con la tentación. Nunca se le
+había ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos
+intensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había descubierto,
+quería gozar aquellos extraños sabores picantes de la nueva golosina.
+Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por
+lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta
+apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas,
+asperezas en los labios. «Él dirá lo que quiera, pero está _chiflado_»,
+pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad
+como la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía
+en el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, los
+necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al
+gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía en
+aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce
+no la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nueva
+pasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a la
+impecable, en brazos de D. Álvaro; y también le gustaba ver a D. Álvaro
+humillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por la
+caída de la otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarse
+sin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la
+mala intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la
+primer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo
+Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas
+visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus
+tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros
+artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las
+excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa
+fortuna. Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D.
+Álvaro que no le temía. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes;
+sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo.
+
+Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo
+Octubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había declarado maestra
+de la niña colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de robles
+seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín Orgaz y otros
+_íntimos_; veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado y
+embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólica
+picante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos,
+saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentación
+grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de
+lejos, vista a sangre fría. D. Álvaro había notado que por este camino
+poco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.--Nada más ridículo
+en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no
+fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel
+dogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era
+romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... ídem;
+respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la
+brisa... ídem; decir algo de las estrellas... ídem; encontrar expresión
+amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla... ídem; tener
+lástima de los niños pobres... ídem; comer poco... ¡oh! esto era el
+colmo del romanticismo.
+
+--La de Páez no come garbanzos--decía Visita--porque eso no es
+romántico.
+
+La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, era
+romanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía ella a don
+Álvaro:
+
+--Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, la
+platónica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que
+luego se van _dando pisto_ al Casino con sus demasías, no tiene nada de
+particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivo
+para desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a atrever a tocarle el
+pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a mí no me la da; por
+aquello de «_pulvisés_».
+
+En eso confiaba Mesía, en el _pulvisés_ de Visita; pero se impacientaba
+ante aquel _romanticismo_ de la Regenta. Él creía firmemente que «no
+había más amor que uno, el material, el de los sentidos; que a él había
+de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser
+tarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar ni
+un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo».
+
+«Además pensaba don Álvaro, el día que yo me atreva, por tener ya
+preparado el terreno, a intentar un ataque franco, _personal_ (era la
+palabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo,
+aunque parece que es el lugar más a propósito. He notado que esta mujer
+enfrente de la naturaleza, de la bóveda estrellada, de los montes
+lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchón, calla, y
+se _sublimiza_, allá a sus solas. Está hermosísima así, pero no hay que
+tocar en ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas
+con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; se le había figurado
+que aquella señora, a quien estaba seguro de gustar en el salón del
+Marqués, allí le despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantar
+después los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho:
+«Esta mujer me está midiendo; me está comparando con los árboles y me
+encuentra pequeño; ¡ya lo creo!».
+
+Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lo
+presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas las
+noches con él. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de sus
+ensueños. ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerza
+todo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a
+despreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada
+del espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del
+enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas
+pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, y
+pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus
+esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma.
+Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía de juguete a
+una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía la fe, que
+se afanaba en conservar y hasta fortificar--con el terror de quedarse a
+obscuras y abandonada si la perdía--volvía a desmoronar aquella
+torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía mil
+veces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplina
+religiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto
+desaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha se
+recobraba.... Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contener
+los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con
+gran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado,
+si daba un mal paso.
+
+Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes de
+comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni en
+las demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritual
+dudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al
+determinarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir:
+no habló de la gran tentación que la empujaba al adulterio--así se
+llamaba--mucho tiempo hacía.
+
+Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó a sí misma, y el
+Magistral sólo supo que Ana vivía de hecho separada de su marido, _quo
+ad thorum_, por lo que toca al tálamo, no por reyerta, ni causa alguna
+vergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella.
+Sí, esto lo confesó Ana, ella no amaba a su don Víctor como una mujer
+debe amar al hombre que escogió, o le escogieron, por compañero; otra
+cosa había: ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de la
+naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde no
+quería caer; sentía tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objeto
+conocido; ansiedades inefables; sequedades del ánimo repentinas, agrias
+y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y
+buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel
+estado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el
+particular; nada de acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía a
+preguntar a la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sido
+necesariamente parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad le
+quemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus
+conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza más
+de lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, lo primero
+era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgares
+de la humanidad.
+
+«En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aún
+de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por
+la grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del espíritu y después...
+ella hablará... y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nada
+entre dos platos».
+
+De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asís
+y en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones que
+tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajón sagrado no
+había modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer como
+Anita.
+
+La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. Veía con
+placer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vida
+virtuosa mediante la consabida _higiene espiritual_, que a escudriñar lo
+pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como él
+las había llamado hablando de estas cosas.
+
+«Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta;
+había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo
+notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese
+camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchas
+curvas, andar mucho y subir poco... pero no había remedio; después, más
+arriba, sería otra cosa; ya se le haría subir por la línea de máxima
+pendiente». Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en
+tal asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapase
+aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.
+
+Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; cada palabra iba
+cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; la
+interrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultas
+con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; y
+aquel día pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicada
+en la forma como todas las anteriores. Pero él entró en el coro menos
+tranquilo que solía. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando
+los relieves lúbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras los
+colegiales ponían el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las
+revelaciones de la Regenta.
+
+«¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase por la noche, y sin
+que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensaciones
+importunas, que a tener responsabilidad de ellas serían pecado
+cierto.... «En plata, que doña Ana soñaba con un hombre...». Don Fermín
+se revolvía en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno
+de brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo índice de la mano derecha
+frotaba dos prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve,
+que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, sin pensar
+en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignorancia
+el secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba la Regenta? ¿Era
+una persona determinada...? Y poniéndose colorado como una amapola en la
+penumbra de su asiento, que estaba en un rincón del coro alto, pensaba:
+¿seré yo?
+
+Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves del
+sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que allá
+abajo gruñía recitando de mala gana los latines de _Prima_.
+
+«No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistad
+naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, en
+vulgar escándalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le habían
+acusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de los
+ensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo,
+¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la
+tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver
+con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de
+los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su
+voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era
+aquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, lo que él quería era
+una afición poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambición,
+que le parecía ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis.
+Ya lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle.
+
+»¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, quería que su
+interés por doña Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado de
+aquellos otros anhelos de volar más alto, de ser obispo, jefe de la
+iglesia española, vicario de Cristo tal vez. Esta ambición de algunos
+momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía,
+quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la
+vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.... Y sólo por
+medio de una pasión noble, ideal, que un alma grande sabría comprender,
+y que sólo un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerar
+pecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr tan alto y tan
+loable intento.--Sí, sí--concluía el Magistral: yo la salvo a ella y
+ella, sin saberlo por ahora, me salva a mí».
+
+Y cantaban los del coro bajo: _Deus, in ajutorium meum intende_.
+
+La tarde de _Todos los Santos_ Ana creyó perder el terreno adelantado en
+su curación moral; la aridez del alma de que ella se había quejado a D.
+Fermín, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le había demostrado
+ser debilidad común, y hasta de los santos, y general duelo de los
+místicos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolvía el
+espíritu como una cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo de
+luz del cielo.
+
+«¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba que las tenía dentro del
+cerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgia
+que quería enseñorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos mal
+avenidos.
+
+Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez,
+fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias de
+escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las
+había oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecían
+materia digna de atención.
+
+«De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vez
+el mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos y
+los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podía
+asegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes antes
+había pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, llevándola
+consigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz.
+«Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía mucho
+talento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caía de
+lo alto a lo mejor, la que volvía a aquel enojo, a la aridez que le
+secaba el alma en aquel instante».
+
+Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni
+chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en el
+cementerio o en el Espolón....
+
+Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza
+de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía,
+jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y
+ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el
+animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear,
+revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; como si el
+caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitado
+por las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía de lejos y no vaciló
+en acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcón de la
+Regenta.
+
+El estrépito de los cascos del animal sobre las piedras, sus graciosos
+movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de repente
+de vida y alegría, y la Regenta sintió un soplo de frescura en el alma.
+¡Qué a tiempo aparecía el galán! Algo sospechó él de tal oportunidad al
+ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente
+sonrisa.
+
+No le negó la delicia de anegarse en su mirada, y no trató de ocultar el
+efecto que en ella producía la de don Álvaro. Hablaron del caballo, del
+cementerio, de la tristeza del día, de la necedad de aburrirse todos de
+común acuerdo, de lo inhabitable que era Vetusta. Ana estaba locuaz,
+hasta se atrevió a decir lisonjas, que si directamente iban con el
+caballo también comprendían al jinete.
+
+Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que
+aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día
+siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que
+ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el
+ataque _personal_, como llamaba al más brutal y ejecutivo. Pero ni
+siquiera se atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo
+caso muy difícil, pues no había de dejar el caballo en la plaza. Lo que
+hacía era aproximarse lo más que podía al balcón, ponerse en pie sobre
+los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella tuviese que
+inclinarse sobre la barandilla si quería oírle, que sí quería aquella
+tarde.
+
+¡Cosa más rara! En todo estaban de acuerdo: después de tantas
+conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción de gustos
+idénticos. En un incidente del diálogo se acordaron del día en que Mesía
+dejó a Vetusta y encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía
+de paseo con sus tías. Se discutió la probabilidad de que fuese el mismo
+coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella cuando salió
+para Granada con su esposo....
+
+Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de
+aquel hombre que tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le
+subía a la cabeza, que las ideas se mezclaban y confundían, que las
+nociones morales se deslucían, que los resortes de la voluntad se
+aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia
+en hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba,
+en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se
+arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer,
+como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias
+sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez
+vetustense que condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y
+necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana sentía
+deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no
+como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta,
+ideal, en propósitos de vida santa, en anhelos de abnegación y
+sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica, de otras veces
+quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos,
+desabridos, infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al
+dilacerar la voluntad, al vencerla, causaba en las entrañas placer, como
+un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de los huesos.
+
+«Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a
+mis pies, en este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo
+decía con los ojos. Se le secaba la boca y pasaba la lengua por los
+labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la
+señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras
+las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla
+en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta.
+
+Callaron, después de haber dicho tantas cosas. No se había hablado
+palabra de amor, es claro; ni don Álvaro se había permitido galantería
+alguna directa y sobrado significativa; mas no por eso dejaban de estar
+los dos convencidos de que por señas invisibles, por efluvios, por
+adivinación o como fuera, uno a otro se lo estaban diciendo todo; ella
+conocía que a don Álvaro le estaba quemando vivo la pasión allá abajo;
+que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el
+agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el
+agradecimiento y con el señuelo de la ocasión le derretían; y Mesía
+comprendía y sentía lo que estaba pasando por Ana, aquel abandono,
+aquella flojedad del ánimo. «¡Lástima, pensaba el caballero, que me coja
+tan lejos, y a caballo, y sin poder apearme decorosamente, este _momento
+crítico_!...». Al cual momento groseramente llamaba él para sus adentros
+el _cuarto de hora_.
+
+No había tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de la
+hora a que aludía el materialista elegante.
+
+Todo Vetusta se aburría aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por lo
+menos; parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no por agua ni
+fuego sino por hastío, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando
+Mesía apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, venía a
+interrumpir tanta tristeza fría y cenicienta con una nota de color vivo,
+de gracia y fuerza. Era una especie de resurrección del ánimo, de la
+imaginación y del sentimiento la aparición de aquella arrogante figura
+de caballo y caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la
+plaza de repente. Era un rayo de sol en una cerrazón de la niebla, era
+la viva reivindicación de sus derechos, una protesta alegre y
+estrepitosa contra la apatía convencional, contra el silencio de muerte
+de las calles y contra el ruido necio de los campanarios....
+
+Ello era, que sin saber por qué, Ana, nerviosa, vio aparecer a don
+Álvaro como un náufrago puede ver el buque salvador que viene a sacarle
+de un peñón aislado en el océano. Ideas y sentimientos que ella tenía
+aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras; y fue un
+motín general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo
+visto, lo que la Regenta sintió con deleite dentro de sí.
+
+Don Álvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel día la
+fiesta de Todos los Santos; había salido a paseo porque le gustaba el
+campo de Vetusta en Otoño y porque sentía opresiones, ansiedades que se
+le quitaban a caballo, corriendo mucho, bañándose en el aire que le iba
+cortando el aliento en la carrera...
+
+«¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, pensando en su
+placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la
+vida que se complace en sí misma; los otros, los que tocaban las
+campanas y _conmemoraban_ maquinalmente a los muertos que tenían
+olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que había
+aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de
+preocupaciones absurdas; la Vetusta que la había hecho infeliz.... ¡Oh,
+pero estaba aún a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; que lo supieran
+sus tías difuntas; que lo supiera su marido; que lo supiera la hipócrita
+aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos... toda la
+clase... se sublevaba...». Así era el cuarto de hora de Anita, y no como
+se lo figuraba don Álvaro, que mientras hablaba sin propasarse, estaba
+pensando en dónde podría dejar un momento el caballo. No había modo; sin
+violencia, que podía echarlo todo a perder, no se podía buscar pretexto
+para subir a casa de la Regenta en aquel momento.
+
+Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía del Casino,
+encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático y
+caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición que, según
+frase suya, «no solía prodigar».
+
+--Estoy por decir--aseguraba--que después de Frígilis, Ripamilán y
+Vegallana, ya es don Álvaro el vecino a quien más aprecio.
+
+No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía
+saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó a mirar
+volviendo un poco la cabeza al humilde infante.
+
+ --Hola, hola, hipógrifo violento
+ que corriste parejas con el viento--
+
+dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos
+del Príncipe _de nuestros ingenios_ o de algún otro de los _astros de
+primera magnitud_.
+
+--A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales
+nos da por fin _Don Juan Tenorio_?... Algunos beatos habían intrigado
+para que hoy no hubiera función.... ¡Mayor absurdo!... El teatro es
+moral, cuando lo es, por supuesto; además la tradición... la
+costumbre.... Don Víctor habló largo y tendido de la moralidad en el
+arte, separándose a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con
+aquella disertación académica.
+
+Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para suplicar a
+Quintanar que obligase a su esposa a ver el _Don Juan_.
+
+--Calle usted, hombre... vergüenza da decirlo... pero es la verdad.... Mi
+mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que hay en la vida...
+¡nunca ha visto ni leído el _Tenorio_! Sabe versos sueltos de él, como
+todos los españoles, pero no conoce el drama... o la comedia, lo que
+sea; porque, con perdón de Zorrilla, yo no sé si.... ¡Demonio de animal,
+me ha metido la cola por los ojos!...
+
+--Sepárese usted un poco, porque este no sabe estarse quieto.... Pero
+dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable!
+
+Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso,
+absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de
+Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular
+y lo hizo con frases de gacetillero agradecido.
+
+Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo
+con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan
+con doña Inés de Pantoja. «Así cualquiera es conquistador». Pero fuera
+de esto juzgaba _hermosa creación_ la de Zorrilla... aunque las había
+mejores en nuestro teatro moderno. A don Álvaro se le antojaba muy
+verosímil y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis
+y meterse en casa de su novia en calidad de prometido....
+
+Aventuras así las había él llevado a feliz término, y no por eso se
+creía deshonrado; pues el amor no se anda con libros de caballerías, y
+unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria; cuando
+se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos
+los requisitos del punto de honor.--Pero esta opinión también se la
+calló el jefe del partido liberal dinástico de Vetusta, y unió sus
+ruegos a los de don Víctor para obligar a doña Ana a ir al teatro
+aquella noche.
+
+--Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las andadas,
+a las encerronas... y... pero... ¡lo que es hoy no tienes escape!...
+
+En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía,
+prometió solemnemente ir al teatro.
+
+Y fue. Entró a las ocho y cuarto (la función comenzaba a las ocho) en el
+palco de los Vegallana en compañía de la Marquesa, Edelmira, Paco y
+Quintanar.
+
+El teatro de Vetusta, o sea _nuestro Coliseo de la plaza del Pan_, según
+le llamaba en elegante perífrasis el gacetillero y crítico de _El
+Lábaro_, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba
+entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. Si soplaba el
+Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la
+lucerna. Al levantarse el telón pensaban los espectadores sensatos en la
+pulmonía, y algunos de las butacas se embozaban prescindiendo de la
+buena crianza. Era un axioma vetustense que al teatro había que ir
+abrigado. Las más distinguidas señoritas, que en el Espolón y el Paseo
+Grande lucían todo el año vestidos de colores alegres, blancos, rojos,
+azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro
+y matices infinitos del castaño, a no ser en los días de gran etiqueta.
+Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de
+malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con
+diente debajo de los polvos de arroz.
+
+Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde
+predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. Como en
+la comedia que representan en el bosque los personajes del _Sueño de una
+noche de verano_, la fantasía tenía que suplir en el teatro de Vetusta
+las deficiencias del lienzo y del cartón. No había ya más bambalinas que
+las del _salón regio_, que figuraban en sabia perspectiva artesonado de
+oro y plata, y las de cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte
+de nuestros dramas modernos se exige _sala decentemente amueblada_, sin
+artesones ni cosa parecida, los directores de escena solían decidirse en
+tales casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se
+hacían los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el buen
+Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró de repente en
+el camarín de doña Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo
+inverosímil a todas luces. La decoración de bosque se había desplomado.
+
+Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal
+anacronismos, y pasaban por todo, en particular las _personas decentes_
+de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función,
+sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no
+quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de señoras, ni
+butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y alguna dama de
+aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la
+sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y plateas
+donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan, interrumpen la
+representación, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitación de
+lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros de Madrid. Las mamás
+desengañadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son o se tienen
+por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de
+ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la
+lengua cortan los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en
+general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos
+noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas.
+No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; únicamente
+cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una
+de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y
+enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes
+alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para
+ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad. No es mucho
+más atento ni impresionable el resto del público ilustrado de la culta
+capital. En lo que están casi todos de acuerdo es en que la zarzuela es
+superior al _verso_, y la estadística demuestra que todas las compañías
+de _verso_ truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio
+suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno
+con ropa de verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y
+se dedican a coristas endémicos para todas las óperas y zarzuelas que
+haya que cantar, y otros consiguen un beneficio en que ellos pasan a
+primeros papeles y, ayudados por varios jóvenes aficionados de la
+población representan alguna obra de empeño, ganan diez o doce duros y
+se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de _verso_
+también paran a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los
+destinos de la Nación. Suele tener la culpa el empresario que no paga y
+además insulta el hambre de los actores. Al considerar esta mala suerte
+de las compañías dramáticas en Vetusta, podría creerse que el vecindario
+no amaba la escena, y así es en general: pero no faltan clases enteras,
+la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan
+en teatros caseros _el difícil arte de Talía_, y con _grandes
+resultados_ según _El Lábaro_ y otros periódicos _locales_.
+
+Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de
+preferencia, que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas y
+principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba
+y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la
+curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas que se hablaba
+mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto
+coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas
+partes. Se discutía si el Magistral haría de su partido a la de Ozores,
+si llegaría a dominar a don Víctor por medio de su esposa, como había
+hecho en casa de Carraspique. Algunos más audaces, más maliciosos, y que
+se creían más enterados, decían al oído de sus _íntimos_ que no faltaba
+quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. Visitación y
+Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento, guardaban
+prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas
+que no había.
+
+--«¡La Regenta, bah! la Regenta será como todas....
+
+Las demás somos tan buenas como ella... pero su temperamento frío, su
+poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos expansiva
+y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como ella son
+muchas...».
+
+Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza,
+en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría
+de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes.
+Obdulia meditaba poco lo que decía, hablaba siempre aturdida, por
+máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole filo a la calumnia sin
+sospecharlo. Además el mayor crimen que podía haber en la Regenta, y no
+creía ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. «En Madrid y en
+el extranjero, esto es el pan nuestro de cada día; pero en Vetusta
+fingen que se escandalizan de ciertas libertades de la moda, las mismas
+que se las toman de tapadillo, entre sustos y miedos, sin gracia, del
+modo cursi como aquí se hace todo. ¡Pero qué se puede esperar de unas
+mujeres que no se bañan, ni usan las esponjas más que para lavar a los
+_bebés_!». Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su
+desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las
+mujeres de Vetusta.
+
+--«Créame usted, repetía, no sabe su cuerpo lo que es una esponja, se
+lavan como gatas y se la pegan al marido como en tiempo del rey que
+rabió. ¡Cuánta porquería y cuánta ignorancia!».
+
+Ana, acostumbrada muchos años hacía, a la mirada curiosa, insistente y
+fría del público, no reparaba casi nunca en el efecto que producía su
+entrada en la iglesia, en el paseo, en el teatro. Pero la noche de aquel
+día de Todos los Santos, recibió como agradable incienso el tributo
+espontáneo de admiración; y no vio en él como otras veces, curiosidad
+estúpida, ni envidia ni malicia. Desde la aparición de don Álvaro en la
+plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío
+negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas
+las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía
+supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los
+sucesos preparándolos, como experto autor de comedias, según convenía al
+destino de los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los
+demás, la creía evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba
+segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba
+coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y
+consejos. Tal vez era esto lo más profundo en la fe religiosa de Ana;
+creía en una atención directa, ostensible y singular de Dios a los actos
+de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin esta creencia no
+hubiera sabido resistir las contrariedades de una existencia triste,
+sosa, descaminada, inútil. Aquellos ocho años vividos al lado de un
+hombre que ella creía vulgar, bueno de la manera más molesta del mundo,
+maniático, insustancial; aquellos ocho años de juventud sin amor, sin
+fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras,
+rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no
+pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y
+tener en qué fundar la predilección con que la miraba. Se creía en sus
+momentos de fe egoísta, admirada por el Ojo invisible de la Providencia.
+El que todo lo ve y la veía a ella, estaba satisfecho, y la vanidad de
+la Regenta necesitaba esta convicción para no dejarse llevar de otros
+instintos, de otras voces que arrancándola de sus abstracciones, le
+presentaban imágenes plásticas de objetos del mundo, amables, llenas de
+vida y de calor.
+
+Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un _alma hermana_, un
+espíritu _supra-vetustense_ capaz de llevarla por un camino de flores y
+de estrellas a la región luciente de la virtud, también creyó Ana que el
+hallazgo se lo debía a Dios, y como aviso celestial pensaba
+aprovecharlo.
+
+Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un
+gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el
+silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo
+que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría,
+voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes. Sus horas de
+rebelión nunca habían sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningún
+momento había dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida
+pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que
+Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de
+tutor muy respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el
+fondo de su espíritu que era una especie de subsuelo, que él no
+sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor llamaba los
+nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el
+fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no
+tenía que darle cuenta. «Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré
+como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la
+tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no
+es capaz de comprenderlas». Estos pensamientos, que sentía Ana volar por
+su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen
+voces de otro que retumbaban allí, la llenaban de un terror que la
+encantaba. Si algo en ella temía el engaño, veía el sofisma debajo de
+aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos
+derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose a sí misma, la
+voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, de «_dejarse ir_».
+
+Así llegó al teatro. Había cedido a los ruegos de D. Álvaro y de D.
+Víctor sin saber cómo; temiendo que aquello era una cita y una promesa;
+y sin embargo iba. Cuando se vio sola delante del espejo en su tocador,
+se le figuró que la Ana de enfrente le pedía cuentas; y formulando su
+pensamiento en períodos completos dentro del cerebro, se dijo:
+
+--«Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no
+dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno; no sé lo que
+pasará allí, no sé hasta qué punto alcanza este aliento de libertad que
+ha venido de repente a inundar la sequedad de dentro; pero el ir yo al
+teatro es prueba de que allí no ha de haber pacto alguno que ofenda al
+decoro; no saldré de allí con menos honor que tengo».
+
+Y después de pensar y resolver esto, se vistió y se peinó lo mejor que
+supo, y no volvió a poner en tela de juicio puntos de honra, peligros,
+ni compromisos de los que D. Víctor tanto gustaba ver en versos de
+Calderón y de Moreto.
+
+El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en
+Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda
+aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente--izquierda del actor--,
+era la de Mesía y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un
+título y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos
+Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perdía función; a este le
+gustaba el verso, «el verso y tente tieso» como él decía, y se declaraba
+a sí mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, _inteligente de
+primera fuerza_, en achaques de comedias y dramas. «¡No veo la tostada!»
+decía D. Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco
+inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio. «No veo la
+tostada», decía, refiriéndose a cualquier comedia en que no había una
+lección moral, o por lo menos no la había al alcance de Redondo; y en no
+viendo él la tostada, condenaba al autor y hasta decía que defraudaba a
+los espectadores, haciéndoles perder un tiempo precioso. De todas partes
+quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que decía, por
+ejemplo:
+
+«Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde también se enamora, y
+se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amén de la
+gitana, se van al otro barrio, ¿y qué? ¿qué enseña eso? ¿qué vamos
+aprendiendo? ¿qué voy yo ganando con eso? Nada».
+
+A pesar de D. Frutos y sus altercados de crítica dramática, la bolsa de
+D. Álvaro, que así se llamaba en todas partes, era la más _distinguida_,
+la que más atraía las miradas de las mamás y de las niñas y también las
+de los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser
+abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se reunían los
+_hombres de mundo_ (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por
+el jefe del partido liberal dinástico. La mayor parte de los allí
+congregados, habían vivido en Madrid algún tiempo y todavía imitaban
+costumbres, modales y gestos que habían observado allá. Así es que a
+semejanza de los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su
+palco, conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías o
+desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes
+ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos
+de poesía. Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no
+creían en virtud de mujer nacida--salvo D. Frutos, que conservaba
+frescas sus creencias--, y despreciaban el amor consagrándose con toda
+el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos; creían que un
+hombre de mundo no puede vivir sin querida, y todos la tenían, más o
+menos barata; las cómicas eran la carnaza que preferían para tragar el
+anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres
+corrompidas de pueblos grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices
+inválidas, matronas del género serio demasiado sentimentales en su
+juventud pretérita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta
+aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los más de
+intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los
+humores herpéticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad
+física o moral que la hiciesen fácil, traída y llevada.
+
+El único conquistador serio del bando era D. Álvaro y todos le
+envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero nadie
+como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la
+bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el
+núcleo de la que se llamaba _la otra bolsa_ y había procurado rivalizar
+en elegancia, _sans façon_ y _mundo_ con los de Mesía. Pero a su palco
+concurrían _elementos heterogéneos_, muchos de los cuales lo echaban
+todo a perder; y no eran escépticos sino cínicos, ni seductores más o
+menos auténticos, sino compradores de carne humana. Los abonados de esta
+_otra bolsa_ eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su
+hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho
+dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus
+buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no
+comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones
+de arqueólogo embustero; el juez de primera instancia, que se dividía a
+sí mismo en dos entidades, 1.º el juez, incorruptible, intratable,
+puerco-espín sin pizca de educación, y 2.º el hombre de sociedad,
+perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de todas las que lloraban
+desengaños de amores desgraciados; y tres o cuatro vejetes verdes del
+partido conservador, concejales, que todo lo convertían en política.
+Pero si estos eran los que pagaban el palco, a él concurrían cuantos
+socios del Casino tenían amistad con cualquiera de ellos. Ronzal había
+protestado varias veces.--¡Señores, parece esto la _cazuela_! había
+dicho a menudo, pero en balde. Allí iba Joaquinito Orgaz, y cuantos
+sietemesinos madrileños pasaban por Vetusta, y hasta los que habían
+nacido y crecido en el pueblo y no lucían más que un barniz de la corte.
+Y como la bolsa del _otro_ era respetada y sólo se atrevían a visitarla
+personas de posición, a Ronzal le llevaban los diablos. Desde su bolsa
+hasta se arrojaban perros-chicos a la escena, para exagerar la falta de
+compostura de los de enfrente. Algunos insolentes fumaban allí a vista
+del público y dejaban caer bolas de papel sobre alguna respetable calva
+de la orquesta. De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraíso
+o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban
+con aires de desafío. Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas
+de los palcos principales, y hacían señas ostentosas y nada pulcras a
+ciertas señoritas cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud
+eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las
+preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayoría pecaban
+por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se veían expuestas a
+la contemplación del público, tomaban gestos y posturas de estatuas
+egipcias de la primera época.
+
+Cuando había estreno de algún drama o comedia muy aplaudidos en Madrid,
+en el palco de Ronzal se discutía a grito pelado y solía predominar el
+criterio de un acendrado provincialismo, que parecía allí lo más natural
+tratándose de arte. No había salido de Vetusta ningún dramaturgo
+ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que
+Madrid se quisiera imponer en todo, no lo toleraban en la bolsa de
+Ronzal. Se llegó en alguna ocasión a declarar que se despreciaba la
+comedia porque los madrileños la habían aplaudido mucho, y «en Vetusta
+no se admitían imposiciones de nadie», no se seguía un juicio hecho. La
+ópera, la ópera era el delirio de aquellos escribanos y concejales:
+pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se les antojaba
+contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por
+el suelo con motivo de un desestero.
+
+--¡Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! ¡Qué voz de arcángel!--decía
+Foja, socarrón, escéptico en todo, pero creyente fanático en la música
+de los cuartetos de ópera de lance.
+
+--¡Oh, como el barítono Battistini, yo no he oído nada!--respondía el
+escribano, que estimaba la voz de barítono, por lo _varonil_, más que
+la del tenor y la del bajo.
+
+--Pues más varonil es la del bajo--decía Foja.
+
+--No lo crea usted. ¿Y usted qué dice, Ronzal?
+
+--Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a mí no me vengan
+ustedes con música... ¿saben ustedes lo que yo digo? «Que la música es
+el ruido que menos me incomoda.... ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Además, para tenor ahí
+tenemos a Castelar... ¡ja! ¡ja! ¡ja!».
+
+El escribano reía también el chiste y los concejales sonreían, no por la
+gracia, si no por la intención.
+
+Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces
+los abonados del último se atrevían a entablar conversación con los
+Vegallana o quien allí estuviera convidado. Además de que el tabique
+intermedio dificultaba la conversación, los más no se atrevían, de
+hecho, a dar por no existente una diferencia de clases de que en teoría
+muchos se burlaban.
+
+«Todos somos iguale, decían muchos burgueses de Vetusta, la nobleza ya
+no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el valor, etc.,
+etc.»; pero a pesar de tanta alharaca, a los más se les conocía hasta en
+su falso desprecio que participaban desde abajo de las preocupaciones
+que mantenían los nobles desde arriba.
+
+En cambio los de la bolsa de don Álvaro saludaban a los Vegallana;
+sonreían a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacían señas
+al Marqués, y a Paco, que solían visitar aquel rincón _comm'il faut_.
+
+También esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo político de Vegallana;
+pero trataba poco a la Marquesa.
+
+--¡Es demasiado borrico!--decía doña Rufina cuando le hablaban de
+Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratándole con frialdad
+ceremoniosa.
+
+Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que
+escribía en _La Flaca_ de Barcelona, y que había sido una cualquier cosa
+en su juventud. Estas calumnias le servían de desahogo y si le
+preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: «Señores, yo me debo a
+la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda
+tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, _en una palabra_,
+desacredita el partido conservador-dinástico de Vetusta».
+
+Después de saborear el tributo de admiración del público, Ana miró a la
+bolsa de Mesía. Allí estaba él, reluciente, armado de aquella pechera
+blanquísima y tersa, la envidia de las envidias de Trabuco. En aquel
+momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable
+padre; Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita
+demasía de don Juan había producido buen efecto en el público del
+paraíso que aplaudía entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo,
+saludaba con modesto ademán algo sorprendido de que se le aplaudiese en
+escena que no era de empeño.
+
+--¡Mire usted el pueblo!--dijo un concejal de la _otra bolsa_,
+volviéndose a Foja, el ex-alcalde liberal.
+
+--¿Qué tiene el pueblo?
+
+--¡Que es un majadero! Aplaude la gran felonía de arrancar la careta a
+un enmascarado....
+
+--Que resulta padre--añadió Ronzal--; circunstancia agravante.
+
+--El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y como
+el pueblo no tiene educación....
+
+El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con
+que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres
+almohadones en un palco contiguo al de Mesía.
+
+Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales decía
+con un desdén gracioso y elegante:
+
+ Son pláticas de familia
+ de las que nunca hice caso...
+
+Era el cómico alto, rubio--aquella noche--flexible, elegante y suelto,
+lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantástico, con
+pretensiones de arqueológico, que ceñía su figura esbelta. Don Víctor
+estaba enamorado de Perales; él no había visto a Calvo y el imitador le
+parecía excelente intérprete de las comedias de capa y espada. Le había
+oído decir con énfasis musical las décimas de _La vida es sueño_, le
+había admirado en _El desdén con el desdén_, declamando con soltura y
+gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan así:
+
+ Y porque veáis que es error
+ que haya en el mundo quien crea
+ que el que quiere lisonjea,
+ escuchad lo que es amor.
+
+y concluyen:
+
+ A su propia conveniencia
+ dirige amor su fatiga,
+ luego es clara consecuencia
+ que ni con amor se obliga
+ ni con su correspondencia.
+
+Y don Víctor le reputaba excelentísimo cómico. No paró hasta que se lo
+presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer fuera otra. En
+general don Víctor envidiaba a todo el que dejaba ver la contera de una
+espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en las tablas y sólo de
+noche. Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura
+de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con
+voz trémula por la emoción:
+
+--¿Verdad, hijita, que es un buen mozo? ¡Y qué movimientos tan
+artísticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es falso, que los hombres
+no andamos así... ¡Pero debiéramos andar! y así seguramente andaríamos y
+gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños
+del mundo; esto ya lo decía más alto para que lo oyeran todos los
+presentes. Bueno estaría que ahora que vamos a perder a Cuba, resto de
+nuestras grandezas, nos diéramos esos aires de señores y midiéramos el
+paso....
+
+La Regenta no oía a su marido; el drama empezaba a interesarla de veras;
+cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué
+paraba la apuesta de don Juan y Mejía.
+
+En el primer entreacto D. Álvaro no se movió de su asiento; de cuando en
+cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y prudencia, que
+ella notó y le agradeció. Dos o tres veces se sonrieron y sólo la última
+vez que tal osaron, sorprendió aquella correspondencia Pepe Ronzal, que,
+como siempre, seguía la pista a los telégrafos de su aborrecido y
+admirado modelo.
+
+Trabuco se propuso redoblar su atención, observar mucho y ser una tumba,
+callar como un muerto. «¡Pero aquello era grave, muy grave!». Y la
+envidia se lo comía.
+
+Empezó el segundo acto y D. Álvaro notó que por aquella noche tenía un
+poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor
+artístico del D. Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de
+Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de
+Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una
+mercancía.... La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doña
+Ana... los desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de
+Mejía; la traición _interina_ del Burlador, que no necesitaba, por una
+sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran
+aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con
+todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben
+apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para
+saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de
+tinteros; Ana estaba admirada de la poesía que andaba por aquellas
+callejas de lienzo, que ella transformaba en sólidos edificios de otra
+edad; y admiraba no menos el desdén con que se veía y oía todo aquello
+desde palcos y butacas; aquella noche el paraíso, alegre, entusiasmado,
+le parecía mucho más inteligente y culto que el _señorío_ vetustense.
+
+Ana se sentía transportada a la época de D. Juan, que se figuraba como
+el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido; y entonces
+volviendo al egoísmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido
+cuatro o cinco siglos antes.... «Tal vez en aquella época fuera
+divertida la existencia en Vetusta; habría entonces conventos poblados
+de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores
+en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas
+y calles tendrían, como ahora, aspecto feo, pero las llenaría la poesía
+del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de
+hierro, los soportales sombríos, las tinieblas de las rinconadas en las
+noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de
+vecindad, todo sería dramático, digno del verso de un Zorrilla; y no
+como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda». Comparar aquella Edad
+media soñada--ella colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa
+de Perales--con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel
+instante, era un triste despertar. Capas negras y pardas, sombreros de
+copa alta absurdos, horrorosos... todo triste, todo negro, todo
+desmañado, sin expresión... frío... hasta D. Álvaro parecíale entonces
+mezclado con la prosa común. ¡Cuánto más le hubiera admirado con el
+ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón de punto de Perales!...
+Desde aquel momento vistió a su adorador con los arreos del cómico, y a
+este en cuanto volvió a la escena le dio el gesto y las facciones de
+Mesía, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y melódica y demás
+cualidades artísticas.
+
+El tercer acto fue una revelación de poesía apasionada para doña Ana. Al
+ver a doña Inés en su celda, sintió la Regenta escalofríos; la novicia
+se parecía a ella; Ana lo conoció al mismo tiempo que el público; hubo
+un murmullo de admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver
+el rostro al palco de Vegallana con disimulo. La González era cómica por
+amor; se había enamorado de Perales, que la había robado; casados en
+secreto, recorrían después todas las provincias, y para ayuda del
+presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos,
+se decidió a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la había mandado
+imitar, pero en algunas ocasiones se atrevía a ser original y hacía
+excelentes papeles de virgen amante. Era muy guapa, y con el hábito
+blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas
+las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en
+postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la
+figura, interesaba profundamente. Decía los versos de doña Inés con voz
+cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba
+llevar por la pasión cierta--porque se trataba de su marido--y llegaba a
+un realismo poético que ni Perales ni la mayor parte del público eran
+capaces de apreciar en lo mucho que valía.
+
+Doña Ana sí; clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de
+todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía
+de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las
+paredes. «¡Pero esto es divino!» dijo volviéndose hacia su marido,
+mientras pasaba la lengua por los labios secos. La carta de don Juan
+escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con
+terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba
+su bujía al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el
+espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree
+sentirlos, todo, todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba,
+producía en Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo
+contener las lágrimas que se le agolpaban a los ojos.
+
+«¡Ay! sí, el amor era aquello, un filtro, una atmósfera de fuego, una
+locura mística; huir de él era imposible; imposible gozar mayor ventura
+que saborearle con todos sus venenos. Ana se comparaba con la hija del
+Comendador; el caserón de los Ozores era su convento, su marido la regla
+estrecha de hastío y frialdad en que ya había profesado ocho años
+hacía... y don Juan... ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba
+por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su
+presencia!».
+
+Entre el acto tercero y el cuarto don Álvaro vino al palco de los
+marqueses.
+
+Ana al darle la mano tuvo miedo de que él se atreviera a apretarla un
+poco, pero no hubo tal; dio aquel tirón enérgico que él siempre daba,
+siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; pero no apretó. Se
+sentó a su lado, eso sí, y al poco rato hablaban aislados de la
+conversación general.
+
+Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar con los
+pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a
+Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte.
+
+Ana, sin dar tiempo a don Álvaro para buscar buena embocadura a la
+conversación, dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre, el
+chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo,
+fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla.
+
+La pobre Regenta estuvo elocuente; se figuró que el jefe del partido
+liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de
+cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos
+«bonitos, sonorosos, pero sin miga», según aseguró don Frutos en el
+palco de la marquesa.
+
+A Mesía le extrañó y hasta disgustó el entusiasmo de Ana. ¡Hablar del
+_Don Juan Tenorio_ como si se tratase de un estreno! ¡Si el _Don Juan_
+de Zorrilla ya sólo servía para hacer parodias!... No fue posible tratar
+cosa de provecho, y el tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda
+de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las
+comedias y en las novelas de Feuillet: mucho _sprit_ que oculta un
+corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad...
+esto era el colmo de la _distinción_ según lo entendía don Álvaro, y así
+procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien «estaba visto
+que había que enamorar por todo lo alto».
+
+Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba
+sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltación
+notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su
+interlocutor; apenas le oía, hablaba ella sin cesar, creía que lo que
+estaba diciendo él coincidía con las propias ideas; este espejismo del
+entusiasmo vidente, que suele aparecer en tales casos, fue lo que valió
+a don Álvaro aquella noche. También le sirvió mucho su hermosura varonil
+y noble, ayudada por la expresión de su pasioncilla, en aquel momento
+irritada. Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía una
+expresión espiritual y melancólica, que era puramente de apariencia;
+combinación de líneas y sombras, algo también las huellas de una vida
+malgastada en el vicio y el amor.--Cuando comenzó el cuarto acto, Ana
+puso un dedo en la boca y sonriendo a don Álvaro le dijo:
+
+--¡Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... déjeme usted oír.
+
+--Es que... no sé... si debo despedirme....
+
+--No... no... ¿por qué?--respondió ella, arrepentida al instante de
+haberlo dicho.
+
+--No sé si estorbaré, si habrá sitio....
+
+--Sitio sí, porque Quintanar está en la bolsa de ustedes... mírele
+usted.
+
+Era verdad; estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que
+el _Don Juan Tenorio_ carecía de la miga suficiente.
+
+Don Álvaro permaneció junto a la Regenta.
+
+Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador con
+su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño que subía
+por la nuca arriba con graciosa tensión y convergencia del cabello.
+Dudaba don Álvaro si debía en aquella situación atreverse a acercarse un
+poco más de lo acostumbrado. Sentía en las rodillas el roce de la falda
+de Ana, más abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. «Ella
+estaba aquella noche... _en punto de caramelo_» (frase simbólica en el
+pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió. No se acercó ni más ni
+menos; y eso que ya no tenía allí caballo que lo estorbase. «¡Pero la
+buena señora se había _sublimizado_ tanto! y como él, por no perderla de
+vista, y por agradarla, se había hecho el romántico también, el
+_espiritual_, el _místico_... ¡quién diablos iba ahora a arriesgar un
+ataque _personal y pedestre_!... ¡Se había puesto aquello en una
+_tessitura_ endemoniada!». Y lo peor era que no había probabilidades de
+hacer entrar, en mucho tiempo, a la Regenta por el aro; ¿quién iba a
+decirle: «bájese usted, amiga mía, que todo esto es volar por los
+_espacios imaginarios_»? Por estas consideraciones, que le estaban dando
+vergüenza, que le parecían ridículas al cabo, don Álvaro resistió el
+vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus
+rodillas....
+
+Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La
+robusta virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don
+Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era verdad que en
+aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba
+saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, cerca de la oreja,
+palabras que parecían chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no haber
+desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro. Se
+abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en
+medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse
+a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas....
+
+Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los
+acontecimientos de su propia vida... ella aún no había llegado al cuarto
+acto. «¿Representaba aquello lo porvenir? ¿Sucumbiría ella como doña
+Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba;
+creía tener valor para no entregar jamás el cuerpo, aquel miserable
+cuerpo que era propiedad de don Víctor sin duda alguna. De todas
+suertes, ¡qué cuarto acto tan poético! El Guadalquivir allá abajo....
+Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo del
+balcón... la _declaración_ a la luz de la luna.... ¡Si aquello era
+romanticismo, el romanticismo era eterno!...». Doña Inés decía:
+
+ Don Juan, don Juan, yo lo imploro
+ de tu hidalga condición...
+
+Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos con
+su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por sus labios
+viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de Ana aquella noche
+como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe
+en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, entonces, no pudo
+evitarlo, lloró, lloró, sintiendo por aquella Inés una compasión
+infinita. No era ya una escena erótica lo que ella veía allí; era algo
+religioso; el alma saltaba a las ideas más altas, al sentimiento
+purísimo de la caridad universal... no sabía a qué; ello era que se
+sentía desfallecer de tanta emoción.
+
+Las lágrimas de la Regenta nadie las notó. Don Álvaro sólo observó que
+el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar. Se
+equivocó el hombre de mundo; creyó que la emoción acusada por aquel
+respirar violento la causaba su gallarda y próxima presencia, creyó en
+un influjo _puramente fisiológico_ y por poco se pierde.... Buscó a
+tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella, de una en
+otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal
+que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna para él, Mesía no
+encontró, entre la hojarasca de las enaguas, ningún pie de Anita, que
+acababa de apoyar los dos en la silla de Edelmira.
+
+El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la
+realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se
+había empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba en
+Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió supersticioso miedo al ver
+el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz; el
+pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le
+hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de repente, como a
+la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con
+jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con
+una pistola en la mano, enfrente del cadáver.
+
+La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no aguantaba más
+Tenorio.
+
+--Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos;
+demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. Vosotros quedaos si
+queréis.... ¡Jesús! las once y media, no se acaba esto a las dos....
+
+Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del
+drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía
+encantada, y salió con la Marquesa y Mesía.
+
+Edelmira se quedó con don Víctor y Paco.
+
+--Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa en casa, señora
+Marquesa--dijo Quintanar.
+
+Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apretó
+un poco la mano de Anita que la retiró asustada.
+
+Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar conversación a don
+Víctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a
+Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesía, que tantas
+veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir
+con su deber.
+
+Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar
+su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima,
+andando el tiempo, o poco había de poder él.
+
+Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en
+punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del
+honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en
+nuestros dominios.
+
+--Mire usted--decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don
+Álvaro--mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que
+yo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más
+sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honor
+quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajo
+llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que
+si mi mujer--hipótesis absurda--me faltase... se lo tengo dicho a Tomás
+Crespo muchas veces... le daba una sangría suelta.
+
+(--¡Animal!--pensó don Álvaro.)
+
+--Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... Por de
+pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era
+aficionado a representar en los teatros caseros--es decir cuando mi edad
+y posición social me permitían trabajar, porque la afición aún me
+dura--comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomé
+maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguida
+grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad,
+nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño... pero figúrese
+usted... el día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la
+pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice lo
+traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es
+prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a mi
+tesis.... Mi tesis era... ¿qué?... ¿usted recuerda?
+
+Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le
+había alarmado un poco.
+
+Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de
+llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía
+convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista
+de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y
+bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates del
+ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la
+espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.
+
+Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmió
+profundamente.
+
+Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella
+rubia y taimada, que sonreía discretamente.
+
+--Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes?
+
+--Como la señorita pasó mala noche....
+
+--¿Mala noche?... ¿yo?--Sí, hablaba alto, soñaba a gritos....
+
+--¿Yo?--Sí, alguna pesadilla.--¿Y tú... me has oído desde?...
+
+--Sí, señora no me había acostado todavía; me quedé a esperar por el
+señor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme.... Vino el amo a las
+dos.
+
+--Y yo he hablado alto...--Poco después de llegar el señor. Él no oyó
+nada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. Yo volví a ver si
+dormía... si quería algo... y creí que era una pesadilla... pero no me
+atreví a despertarla....
+
+Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía los amagos de la
+jaqueca.
+
+--¡Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido....
+
+--No, pesadilla mala... no sería... porque sonreía la señora... daba
+vueltas....
+
+--Y... y... ¿qué decía?
+
+--¡Oh... qué decía! no se entendía bien... palabras sueltas...
+nombres....
+
+--¿Qué nombres?...--Ana preguntó esto encendido el rostro por el
+rubor--... ¿qué nombres?--repitió.
+
+--Llamaba la señora... al amo.
+
+--¿Al amo?--Sí... sí, señora... decía: ¡Víctor! ¡Víctor!
+
+Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a su marido
+Quintanar.
+
+Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas
+de la señora.
+
+Calló y procuró ocultar su confusión.
+
+Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya
+seria:
+
+--Han traído esto para la señora....
+
+--¿Una carta? ¿De quién?--preguntó en voz trémula Ana, arrebatando el
+papel de manos de Petra.
+
+«¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo».
+
+Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en el
+rostro del ama, añadió:
+
+--De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresina
+la doncella de doña Paula.
+
+Ana afirmó con la cabeza mientras leía.
+
+Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos.
+
+La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una
+cruz morada sobre la fecha, decía así:
+
+ «Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a
+ cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única
+ persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha
+ parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le
+ explicará su atento amigo y servidor,
+
+ FERMÍN DE PAS».
+
+No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistral
+desde la tarde anterior; ¡ni una vez sola, desde la aparición de don
+Álvaro a caballo había pasado por su cerebro la imagen grave y airosa
+del respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora se
+presentaba de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecado
+de infidelidad. Por la primera vez sintió Ana la vergüenza de su
+imprudente conducta. Lo que no había despertado en ella la presencia de
+don Víctor, lo despertaba la imagen de don Fermín.... Ahora se creía
+infiel de pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un hombre a quien
+no debía fidelidad ni podía debérsela».
+
+«Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana temprano iría a
+confesar... ¡y se me había olvidado! y ahora él adelanta la confesión....
+Quiere que vaya esta tarde. ¡Imposible! No estoy preparada.... Con estas
+ideas... con esta revolución del alma.... ¡Imposible!».
+
+Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el del
+Magistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulce
+con mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía. Le engañaba;
+le decía que se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicaba
+que la dispensase; que ella le avisaría....
+
+Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su
+destino inmediatamente, y sin que el señor se enterase.
+
+Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como él
+decía, con aquella frecuencia del sacramento de la confesión; como temía
+que se le tuviese por poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casa
+en efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba.
+
+Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba
+que su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la
+catedral.
+
+«¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!».
+
+Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentes
+tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que alegaba su
+ama para ocultar la devoción, sospechaba horrores.
+
+Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba:
+
+«Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otro
+santo. _¡Así en la tierra como en el cielo!_».
+
+Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no se
+arrepentía de haber puesto en peligro su honor, dando alas (siquiera
+fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don Álvaro; no
+le pesaba de engañar al pobre don Víctor, porque le reservaba el cuerpo,
+su propiedad legítima... pero ¡pensar que no se había acordado del
+Magistral ni una vez en toda la noche anterior, a pesar de haber estado
+pensando y sintiendo tantas cosas sublimes!
+
+«Y por contera, le engañaba, le decía que estaba enferma para excusar el
+verle... ¡le tenía miedo!... y hasta el estilo dulce, casi cariñoso de
+la carta era traidor... ¡aquello no era digno de ella! Para don Víctor
+había que guardar el cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarle
+el alma?».
+
+
+
+
+--XVII--
+
+
+Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anunció
+a la Regenta, que paseaba en el _Parque_, entre los eucaliptus de
+Frígilis, la visita del Sr. Magistral.
+
+--Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la
+huerta...--dijo Ana sorprendida y algo asustada.
+
+El Magistral pasó por el patio al
+
+_Parque_. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa la
+tarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego se
+caería el cielo hecho agua sobre Vetusta...».
+
+Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral se
+atrevió a preguntarle por la jaqueca.
+
+«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo su
+presencia en el Parque a pesar de la jaqueca.
+
+El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga.
+
+Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sin
+cesar en la mecedora en que se le había invitado a sentarse.
+
+Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don
+Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita.
+
+El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido un arranque
+de mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa de
+ningún modo podía él explicar a aquella señora.
+
+El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el vicio
+de ir al teatro disfrazado. Había cogido esta afición en sus tiempos de
+espionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al _paraíso_
+para delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba por
+cuenta propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había visto
+a la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña Paula, y al
+comer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad para darle la
+noticia a su hijo.
+
+--No creo que esa señora haya ido ayer al teatro.
+
+--Pues yo lo sé por quien la ha visto.
+
+El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse en
+ridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos y
+todo el _mundo devoto_ consideraban el teatro como recreo prohibido en
+toda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de _Todos
+los Santos_. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto la
+noche anterior, sin permitir la entrada en él a nadie para señalar así
+mejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El Gran
+Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas,
+tampoco les había consentido asistir.
+
+«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, por
+devota en ejercicio, se había presentado en el teatro en noche
+prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos
+escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio.... Y
+precisamente aquella noche...».
+
+El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importaba
+que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría en que sería otra
+cosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el Arcediano, todos sus
+enemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistral
+ejercía sobre sus penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía él
+que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción a
+doña Ana».
+
+Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán,
+disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y
+manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo,
+que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota
+de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de _Todos los
+Santos_.
+
+Ripamilán gritaba:--Señor mío, los deberes sociales están por encima de
+todo....
+
+El Deán se escandalizó.
+
+--¡Oh! ¡oh!--dijo--eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos...
+los religiosos... eso es....
+
+Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Así
+solía él terminar los períodos complicados.
+
+--Los deberes sociales... son muy respetables en efecto--dijo el
+canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecido
+regalista, y por consiguiente digna de aprobación por parte de un primo
+del Notario mayor del reino.
+
+--Los deberes sociales--replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las
+palabras, pausadas y subrayadas--los deberes sociales, con permiso de
+usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita
+bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos....
+
+--¡Absurdo!--exclamó Ripamilán dando un salto.
+
+--¡Absurdo!--dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar.
+
+--¡Absurdo!--afirmó el canónigo regalista.
+
+--Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser
+tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetable
+Taparelli....
+
+--¿Tapa qué?--preguntó el Deán--. No me venga usted con autores
+alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un hereje....
+
+--Señores, estamos fuera de la cuestión--gritó Ripamilán--el caso es....
+
+--No estamos tal--insistió Glocester, que no quería en presencia de don
+Fermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta.
+
+Tuvo habilidad para llevar la disputa al _terreno filosófico_, y de allí
+al teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables
+dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que
+consistía en no querer hablar nunca de _cosas altas_.
+
+A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía para
+comprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue en
+aumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdido
+crédito... y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a
+una cita». Él se la había dado para decirle que no debía confesar por
+las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público
+de las beatas con atención exclusiva.... «Debe usted confesar entre
+todas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo le
+avisaré a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo esto
+había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que.... «¡estaba
+con jaqueca!».--En casa de Páez también le hablaron del escándalo del
+teatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido
+Ana Ozores que nunca asistía».
+
+El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa burlona de
+Olvido, que se celaba ya, le había puesto furioso....
+
+Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza Nueva, se
+había metido en la Rinconada y había llamado a la puerta de la
+Regenta.... Por eso estaba allí.
+
+¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita?
+
+Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había buscado un
+embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín rayó en ira
+y necesitó toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguir
+sonriente.
+
+«¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla si
+quería sublevarse? No había modo. ¿Por el terror de la religión?
+Patarata. La religión para aquella señora nunca podría ser el terror.
+¿Por la persuasión, por el interés, por el cariño? Él no podía jactarse
+de tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la manera
+espiritual a que aspiraba».
+
+No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate y ya te ensalzarás»,
+era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica.
+
+En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas de
+sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sin
+hacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausa
+larga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.--Estaba
+sentado a la entrada del cenador.
+
+Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, o por lo menos no
+lo sentían. Ana había contestado a Petra, al anunciar esta que había luz
+en el gabinete:
+
+--Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña Ana se sentía
+ya bien, no era malo estar al aire libre.
+
+El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a la
+dama que se iba a tratar de algo grave.
+
+Así fue. El Magistral dijo:--Todavía no he explicado a usted por qué
+pretendía yo que fuese a la catedral esta tarde. Quería decirle, y por
+eso he venido, además de que me interesaba saber cómo seguía, quería
+decirle que no creo conveniente que usted confiese por la mañana.
+
+Ana preguntó el motivo con los ojos.
+
+--Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me ha dicho, no gusta
+de que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, se
+alarmará menos si usted va de tarde... y hasta puede no saberlo siquiera
+muchas veces. No hay en esto engaño. Si pregunta, se le dice la verdad,
+pero si calla... se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hay
+engaño ni asomo de disimulo.
+
+--Eso es verdad.--Otra razón. Por la mañana yo confieso pocas veces, y
+esta excepción hecha ahora en favor de usted hace murmurar a mis
+enemigos, que son muchos y de infinitas clases.
+
+--¿Usted tiene enemigos?--¡Oh, amiga mía! cuenta las estrellas si
+puedes--y señaló al cielo--el número de mis enemigos es infinito como
+las estrellas.
+
+El Magistral sonrió como un mártir entre llamas.
+
+Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado y olvidado a
+aquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera se
+quejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las estrellas le llegaron
+al alma a la Regenta. «¡Tenía enemigos!» pensó, y le entraron vehementes
+deseos de defenderle contra todos.
+
+--Además--prosiguió don Fermín--hay señoras que se tienen por muy
+devotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se divierten
+en observar quién entra y quién sale en las capillas de la catedral;
+quién confiesa a menudo, quién se descuida, cuánto duran las
+confesiones... y también de esta murmuración se aprovechan los enemigos.
+
+La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué.
+
+--De modo, amiga mía--continuó De Pas que no creía oportuno insistir en
+el último punto--de modo, que será mejor que usted acuda a la hora
+ordinaria, entre las demás. Y algunas veces, cuando usted tenga muchas
+cosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de los
+que no me toca confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de ser
+tan miserables que nos sigan los pasos....
+
+A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más arriesgado
+que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín en nada.
+
+--Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré cuando usted me indique;
+mi confianza absoluta está puesta en usted. A usted solo en el mundo he
+abierto mi corazón, usted sabe cuanto pienso y siento... de usted espero
+luz en la obscuridad que tantas veces me rodea....
+
+Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía entonado, impropio de
+ella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decir
+de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva.
+
+El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un consuelo oyendo a
+su amiga hablar así.
+
+Se animó... y habló de lo que le mortificaba.
+
+--Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional
+(sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted un
+poco....
+
+Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba.
+
+Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y notó
+De Pas.
+
+--Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos mucho,
+como diciendo irreflexivamente:--¿Y eso qué?
+
+--Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones
+que toman por religión muchos espíritus apocados.... A usted no sólo le
+es lícito ir a los espectáculos, sino que le conviene; necesita usted
+distracciones; su señor marido pide como un santo; pero ayer... era día
+prohibido.
+
+--Ya no me acordaba.... Ni creía que.... La verdad... no me pareció...
+
+--Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el teatro era
+espectáculo tan inocente, para usted, como el resto del año. El caso es
+que la Vetusta devota, que después de todo es la nuestra, la que
+exagerando o no ciertas ideas, se acerca más a nuestro modo de ver las
+cosas... esa respetable parte del pueblo mira como un escándalo la
+infracción de ciertas costumbres piadosas....
+
+Ana encogió los hombros. «No entendía aquello.... ¡Escándalo! ¡Ella que
+en el teatro había llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un
+entusiasmo artístico religioso que la había edificado!».
+
+El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él era un
+médico del espíritu») se resistía a tomar la medicina; y pensó,
+recordando la alegoría de la cuesta:--«No quiere tanta pendiente,
+hagámosela parecida a lo llano».
+
+--Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido nada; su virtud de
+usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... (vuelta al tono
+festivo) ¿y mi orgullito de médico? Un enfermo que se me rebela... ¡ahí
+es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión del
+Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al _Don
+Juan Tenorio_, en vez de rezar por los difuntos.
+
+--¿Se ha hablado de eso?--¡Bah! En San Vicente, en casa de doña
+Petronila--que ha defendido a usted--y hasta en la catedral. El señor
+Mourelo dudaba de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar....
+
+--¿De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted en
+ridículo?...
+
+--¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita,
+esa imaginación! ¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!...
+A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que aquellos de que soy
+responsable, no entiendo el ridículo de otro modo... usted no ha sido
+imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todo
+ello es nada, y figúrese usted el caso que yo haré de hablillas
+insustanciales.... Todo ha sido broma...; para llegar a un punto más
+importante, que atañe a lo que nos interesa, a la curación de su
+espíritu de usted... en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yo
+creo que un buen médico (no precisamente el señor Somoza, que es persona
+excelente y médico muy regular), podría ayudarme mucho.
+
+Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su
+mecedora a la Regenta y prosigue:
+
+--Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como un
+médico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, por razones
+muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he llegado a
+conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted...
+sin embargo, creo...--le temblaba la voz; temía arriesgar
+demasiado--creo... que la eficacia de nuestras conferencias sería mayor,
+si algunas veces habláramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia.
+
+Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y por
+la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, un
+hombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadas
+de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras del
+Provisor, se oyó la respiración agitada de su amiga.
+
+D. Fermín continuó tranquilo:
+
+--En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos
+puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo
+prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio.
+Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas
+para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ocioso
+hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer la
+cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no se
+trata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es también
+indispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchos
+clérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujer
+de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de
+negro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus
+extravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es
+allí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser,
+sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y
+otros muchos....
+
+Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con la
+suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba.
+Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya
+no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo,
+sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los
+caballeros en los tranvías de Nueva--York.
+
+--Pues bien--prosiguió don Fermín--nosotros necesitamos toda la verdad;
+no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curar
+lo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he
+notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de
+que me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y esas
+confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos.
+Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sino
+que la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha parte
+buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree
+completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese
+análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia.... Y
+basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero
+perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De ese
+modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que
+usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta o
+no frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar más
+pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión.
+
+El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía
+preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por
+temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber
+asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su
+confesor. Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando las
+palabras de Ana.
+
+Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones
+expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde,
+y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de
+sus poéticas ideas.
+
+Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la
+buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba
+aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar
+consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.
+
+El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la
+cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de la
+glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; la
+locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de
+partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus
+tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del
+Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, la
+tirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decía
+el clérigo, bendita sea tu boca!».
+
+No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de
+hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removía
+sobre la arena de los senderos.
+
+Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.
+
+--Sí, tiene usted cien veces razón--decía ella--yo necesito una palabra
+de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me
+arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la
+desesperación....
+
+--Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra!
+
+--Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo.
+
+--Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?...
+
+El Magistral sonrió...--No se ría usted: serán los nervios, como dice
+Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio
+horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar.
+
+--No debe decirse así--interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la
+mayor suavidad que pudo--. No sería un pecado ese tedio si se pudiera
+remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios
+gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía.
+
+Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía
+su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se
+decidió a decir al Magistral _lo demás_, lo que había venido detrás del
+hastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa
+puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco.
+
+--Otras veces--decía--aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia
+de sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer,
+la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé... no sé explicarlo bien... si
+lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una
+rebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no....
+
+El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante
+aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la
+historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con
+exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.
+
+Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en
+Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.
+
+«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella;
+que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada
+tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad
+consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin
+límites y una fe que era una evidencia.... Un día después de dar una
+peseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros que
+acababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostro
+para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy
+amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su
+cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz
+potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... ¿Qué sabía
+ella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese.
+«Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la
+pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan... ya veía el
+Magistral qué situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una en
+otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada... había llegado a
+pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más ni
+menos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Qué
+era aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con
+semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, ¿no serían
+tampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu
+aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?».
+
+«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que le
+había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia.
+«Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovechar
+para la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior el
+peligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la
+presencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la
+repetición de accesos por el estilo».
+
+Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar
+más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más
+fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; había
+hablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que se
+burlasen de él los que no lo comprendían... había llegado a decir que
+sería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que
+sentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar,
+entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a su
+escopeta....
+
+--Todo aquello--añadió el Magistral después de presentarlo en
+resumen--de puro peligroso rayaba en pecado.
+
+--Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero como lo siento, no;
+¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es
+pecado... sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo
+demás (cambio de voz) dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismo
+necio, vulgar, ya lo sé... pero no es eso, no es eso!
+
+--Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo
+siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como
+es.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser
+peligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos.
+El peligro que hay, decía, raya en pecado... pero añado, será pecado
+claramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a un
+objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que
+vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio
+sano... ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted,
+Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un
+globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted
+la presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted
+dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, en
+todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. No
+es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celda
+de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos,
+usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos
+sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales
+de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral,
+pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a
+donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispénseme si hablo
+con esta severidad: en este momento es indispensable.
+
+Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad
+aquella pendiente que le ponía en el camino.
+
+Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria,
+abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba
+aquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más que
+halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.
+
+El cual prosiguió, aflojando la cuerda:
+
+--Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas
+tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porque
+no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la
+gracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía que hay que aprovechar
+esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy
+antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... y
+por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchas
+ocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible y
+hasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesiones
+protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de
+Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que
+satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Pues
+todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida,
+aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de
+una mujer piadosa, de una... _beata_, para emplear la palabra fea,
+_escandalosa_. Sí, amiga mía--el Magistral reía al decir esto--lo que
+usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser _beata_.
+Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la
+letra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que
+contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano,
+creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las
+menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus
+pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma es
+fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle:
+«Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le
+haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi
+templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la
+oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad
+que son todo mi culto en resumen...».
+
+Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con
+motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas
+mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca.
+
+La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a
+los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que
+empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como un
+aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeron
+la señal de la torre que vigilaba.
+
+Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio:
+
+--¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse....
+
+La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas
+hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer
+ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde
+donde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo
+abría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su
+encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, a
+decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a
+tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita del
+Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado el
+caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿No
+le habían hecho llevar cartas _sin necesidad de que lo supiera don
+Víctor_? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de
+una hora de palique en el cenador, y a obscuras?».
+
+Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solía
+olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para el
+despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima
+del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina de
+cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacía
+tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la
+prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojos
+penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó.
+
+--Oye.--¿Señor?...--Nada.... Oye...--¿Señor?...--¿Anda ese reloj?
+--Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer....
+
+--¿De modo que son las ocho menos diez?
+
+--Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si le
+preguntaba por el ama.
+
+--Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más
+cartuchos.
+
+En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a
+entender con lo de la vida beata.
+
+«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la
+perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; si
+otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de
+la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la
+perfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacar
+gran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismos
+lugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, una
+fundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habían
+pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la
+rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para
+satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa
+Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dado
+aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si
+somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupaciones
+de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las
+fiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera a
+las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa,
+que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo;
+al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas,
+insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de
+la piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan
+humildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la
+oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en
+las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada
+más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente
+devoción profunda».
+
+--Verá usted--decía el Magistral--como llega un día en que no necesita a
+Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en
+otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia,
+amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas! Verá
+usted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos
+ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden
+antojársele indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosa
+más hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena y
+usted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas de
+pura poesía del Nacimiento de Jesús.... Volverán a ser para usted las que
+ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de
+ternura, y llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá entonces
+si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le
+arrancaba el bueno de don Juan Tenorio....
+
+--A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir--prosiguió De
+Pas--por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra
+en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicas
+admirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevas
+dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a
+los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en los
+días que él quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores
+que hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí
+algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí,
+porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, que
+exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la
+cátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla... por ejemplo,
+algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y
+aparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija mía, de panteísmo,
+sin que usted se dé cuenta de ello.
+
+Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había
+de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y
+terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.
+
+Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa
+Teresa y algunos místicos.
+
+«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal,
+Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para
+perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al principio es un
+gran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propia
+vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para
+Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará
+usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho
+antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del
+diablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay que
+comparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algún
+tiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez el
+libro sabrá mejor, y dará más frutos.
+
+»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la
+infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar,
+eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo que
+importa.
+
+»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro
+compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la
+inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del
+mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no es
+cosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos?
+¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando
+del espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre,
+distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se
+necesite y que indicarán las circunstancias.
+
+Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas
+secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le
+hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:
+
+--¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí
+charlando... charlando...
+
+«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el
+parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Pero
+esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en
+voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero
+temiéndolo.
+
+Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo
+maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para
+hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.
+
+El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del
+patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y
+pasar por las habitaciones de Quintanar.
+
+En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que
+había recibido al Provisor.
+
+--¿Ha venido el señor?--preguntó la Regenta.
+
+--Sí, señora--respondió en voz baja la doncella--; está en su despacho.
+
+--¿Quiere usted verle?--dijo Ana volviéndose al Magistral.
+
+Don Fermín contestó:--Con mucho gusto...--¡Disimulan, disimulan
+conmigo!--, pensó Petra con rabia.
+
+--Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho en
+palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme...
+salúdele usted de mi parte.
+
+--Como usted quiera.--Además, estará abismado en sus trabajos... no
+quiero distraerle... saldré por aquí... Buenas noches, señora, muy
+buenas noches.
+
+--Disimulan--volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que
+conducía al zaguán.
+
+Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja
+dijo:
+
+--Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósito
+para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos.
+
+--Bien--contestó la Regenta.--Lo he pensado, es el mejor.--Sí, sí,
+tiene usted razón.
+
+Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la
+puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los
+ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que
+pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició
+con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:
+
+--Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la
+mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.
+
+--¿Estás contenta con los señores?
+
+--Doña Ana es un ángel.
+
+--Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay
+corrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor....
+
+--Salga usted, salga usted, y por mí no tema.
+
+--Cierra ya, hija mía, puedes cerrar.
+
+--No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina....
+
+--Muchas gracias... adiós, adiós.
+
+--Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la
+cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier
+ruido.
+
+«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín?
+¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla
+propicia como a la otra».
+
+La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador
+de doña Ana sin ser llamada.
+
+--¿Qué quieres?--preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal
+porque sentía mucho frío.
+
+--El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho... que
+estaba aquí D. Fermín.
+
+--¿Quién?--Don Fermín.--¡Ah! Bien, bien... ¿para qué? ¿qué importa?
+
+Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando:
+
+--¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?... Pues si a una no le
+diera la gana... pero yo lo hago por el otro....
+
+Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien quería agradar
+a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica.
+
+Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con
+manchas de pólvora en la frente y en las mejillas.
+
+No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó nada:
+¿para qué decírselo?».
+
+A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el
+Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para
+su uso particular. El amigo íntimo de Quintanar, era el dictador en
+aquel pueblo de árboles y arbustos. Los días que no iban de caza, el
+señor Crespo se los pasaba recorriendo sus _dominios_, que así llamaba
+al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba,
+según las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el
+mundo, incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba
+Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió al cenador. Recordaba
+haber dejado encima de la mesa de mármol o de un banco, en fin, allí
+dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposición de
+floricultura. Buscó, y sobre una mecedora encontró un guante de seda
+morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el
+suelo.
+
+Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo
+hasta los ojos.
+
+--¿Quién diablos ha andado aquí?--preguntó a las auras matutinas.
+
+Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había
+llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los
+granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos
+monocromos, invención suya.
+
+Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos.
+
+--¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...
+
+Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un
+mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero
+Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.
+
+--Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche
+a destrozarme las semillas?...
+
+--¿Qué dice usted que no le entiendo?--contestó Petra desde el patio.
+
+--Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé
+allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro
+la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este
+guante de canónigo.... ¿Quién ha estado aquí de noche?
+
+--¡De noche! Usted sueña, D. Tomás.
+
+--¡Ira de Dios! De noche digo....
+
+--A ver el guante...--Toma--contestó Frígilis, arrojando desde lejos la
+prenda....
+
+--Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios.... Lo que
+entiende usted de modas, don Tomás.... ¿Pues no dice que es un guante de
+canónigo?...
+
+--¿Pues de quién es?--De mi señora.... No ve usted la mano... qué
+chiquita... a no ser que haya _canónigas_ también.
+
+--¿Y se usan ahora guantes morados?
+
+--Pues claro... con vestidos de cierto color....
+
+Frígilis encogió los hombros.
+
+--Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar?
+
+--El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que
+habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!...
+
+En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero.
+
+--¡El gato! ¡El moreno!...--dijo Frígilis, moviendo la cabeza--qué
+gato... ni qué...
+
+Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a
+Petra, señaló a la galería:
+
+--¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y
+tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero...
+oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo
+viese vencer... ¡es mi macho!
+
+Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el
+repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores.
+
+Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del
+Magistral.
+
+
+
+
+--XVIII--
+
+
+Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste,
+tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en
+agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como
+latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas,
+tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y
+después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al
+mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La tierra fungosa se
+descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar
+por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un
+penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, desnuda, se
+extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver de un náufrago que chorrea
+el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada,
+fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresión muda del
+valle y del monte; la naturaleza muerta parecía esperar que el agua
+disolviera su cuerpo inerte, inútil. La torre de la catedral aparecía a
+lo lejos, entre la cerrazón, como un mástil sumergido. La desolación del
+campo era resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza
+de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y
+paredes agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como
+canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino
+un tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y
+arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las
+praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde
+fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo
+espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas,
+melancólicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de
+agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para
+estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su
+esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se llegaba a Roca
+Tajada una hora después, y a las diez de la noche entraban en Vetusta
+silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. Allá
+en las marismas de Palomares, don Víctor solía echar de menos el teatro.
+«¡Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de
+menos nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo,
+en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar
+compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario.
+Frígilis en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las
+corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña,
+que no tiene puertas.
+
+Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la naturaleza;
+Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál era su destino en la
+tierra», como él decía, usando el lenguaje del tiempo romántico, del que
+le quedaban algunos resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda
+cera; fácilmente tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por
+otras nuevas. Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un
+lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más que
+una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así se
+explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión de mostrar
+su valor luchando contra una voluntad contraria. Él sostenía que en su
+casa no se hacía más que lo que él quería, y no echaba de ver que
+siempre acababa por querer lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores
+hubiera tenido un carácter dominante, don Víctor se hubiese visto en la
+triste condición de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen
+esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con
+negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel
+programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había
+publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y
+por el tiempo que a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar
+en casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había prometido y hasta
+jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que la retirada fuese
+honrosa, fingía transigir y creía a salvo su honor de hombre enérgico y
+amo de su casa, permitiéndose la audacia de gruñir un poco, entre
+dientes, cuando ya nadie le oía. Los criados le imponían su voluntad,
+sin que él lo sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado.
+Amante, como buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de
+la clásica abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y
+comía ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos que
+suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los
+impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí
+veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador
+que les aburría con sermones que no entendían. Hasta en el estilo se
+notaba que Quintanar carecía de carácter. Hablaba como el periódico o el
+libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras
+cualidades de su oratoria, que parecían señales de una _manera_
+original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas.
+Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la
+conversación familiar el tecnicismo jurídico, y esto era lo único que en
+él quedaba del antiguo magistrado. No poco había contribuido en
+Quintanar a privarle de originalidad y resolución, el contraste de su
+oficio y de sus aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda,
+para cómico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si
+la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera
+suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo
+hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a _trabajar_, frase suya,
+tan bien como cualquiera de esos _otros primeros galanes_ que recorren
+las capitales de provincia, a guisa de buhoneros.
+
+Pero don Víctor comprendió que el cómico en España no vive de su honrado
+trabajo si no se entrega a la vergüenza de servir al público el arte en
+las compañías de comediantes de oficio; comprendió además que él
+necesitaba con el tiempo _crear una familia_, y entró en la carrera
+judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas
+relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y
+se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una
+edad en que todavía se sentía capaz de representar el _Alcalde de
+Zalamea_ con toda la energía que el papel exige. Pero la espina la
+llevaba en el corazón; reconocía que el cargo de magistrado es
+delicadísimo, grande su responsabilidad, pero él... «era ante todo un
+artista». ¡Aborrecía los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas
+_dignamente_! Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido
+lícito representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la
+vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de
+serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón de
+ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; y era
+cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo lo que querían
+hacer de él su amigo Frígilis y los vientos del azar y del capricho.
+
+Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo de tantos años de
+trato íntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Salía
+Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el
+poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás Crespo, aquel pedazo de su
+corazón, a quien no sabía si quería tanto como a su Anita del alma. La
+simpatía había nacido de una pasión común: la caza. Pero la caza antes
+no era más que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba
+sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por
+dentro; Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que
+cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba
+poco, y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión
+lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oía. Así la
+influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de
+Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro
+las ideas de aquel _buen hombre_, de quien los vetustenses decían que
+era un _chiflado_, un tontiloco.
+
+Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza
+de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El
+_oidium_ consumía la uva, el _pintón_ dañaba el maíz, las patatas tenían
+su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su
+oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis
+disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del
+contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba
+pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil
+en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos los
+_parques_ y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del
+marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba
+de tarde en tarde el jardín inglés de doña Petronila; pero ni conocía de
+vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el
+gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato
+que el del Casino. Se entendía con los jardineros.--En cuanto las
+lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San
+Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto
+los días en que le reclamaban sus árboles y sus flores.
+
+Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de
+cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en
+el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte,
+claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos
+alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra
+la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel, gordos; y
+más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos
+del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño; si la
+conversación degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba
+de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña triste
+ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a palmo.
+
+Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a
+los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de
+un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía una
+inmundicia.
+
+«¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación de su alma, a
+buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto mejor se hubiera
+abierto su espíritu a estas grandezas religiosas en un escenario más
+digno de tan sublime poesía! ¡Cuán difícil era admirar la creación para
+elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de
+humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles
+estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo
+de abandono--, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de
+monótono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros
+puntiagudos!...».
+
+No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía de casa en casa,
+alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni menos al fango del
+arroyo... sin pensar siquiera en que llovía, sin acordarse de que el
+cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita
+era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en él, y sólo le servía de
+tópico de conversación en las visitas de cumplido.
+
+La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra,
+esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las
+enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor
+media.--Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía:
+también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, desafiando los
+más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta
+mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus
+bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno,
+inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de
+espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo espiritualista.
+
+Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se
+resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran
+parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera. Cada cual
+buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a
+las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas.
+
+La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su
+lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba
+deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de
+viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia
+o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y
+la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de
+sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban
+por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña
+Rufina. Oír el agua que azota los cristales allá fuera, y estar
+compadeciéndose de un pobre niño perdido en los hielos... ¡qué delicia
+para un alma tierna, _a su modo_, como la de la señora Marquesa!
+
+--Yo no soy sentimental--decía ella a D. Saturnino Bermúdez, que la oía
+con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a
+oreja--yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería...
+pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco...
+lloro... pero no hago alarde de ello.
+
+--Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,--respondía
+el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de los
+secretos sentimentales.
+
+El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía por temporadas
+de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. Pero sus _íntimos_
+le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a
+la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que
+el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto del agua y la nieve».
+Y como sus aventuras eran todas rurales, salía el buen Vegallana a
+desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y
+nieve en su coche de camino. Y así preparaba las elecciones, buscando
+votos para un porvenir lejano, según frase picaresca de D. Cayetano
+Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravíos.
+
+La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el tiempo se
+metía en agua. Los que tenían el privilegio envidiable y envidiado de
+penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían los chubascos que daban
+pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doña Rufina. ¿Qué
+habían de hacer si no? ¿A dónde habían de ir?--En la chimenea ardían los
+bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas feudales
+se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban
+_antiguas consejas_, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder
+por fuerza en todo _hogar señorial_, pero se murmuraba del mundo
+entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza
+prosaica y sensual que, según Bermúdez, «era la característica del
+presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética».--El
+gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se
+tocaban, se rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién
+pensaba en los aguaceros?
+
+En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad
+excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de
+oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa
+de Visita «los que la favorecían una vez por semana honrando sus
+salones», que eran sala y gabinete; eran de oír las carcajadas, las
+bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con
+estrépito las duchas de los tremendos _serpentones_ de hojalata.... Todos
+despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos de la lotería
+y de las charadas representadas.
+
+--En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del _Lábaro_) se
+metían en novenas así que el tiempo se metía en agua. El elemento devoto
+era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios _de
+Viernes santo_, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de
+Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si
+bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor
+religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco
+popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que
+se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos
+favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta
+última. Pero además de las Novenas tenían las almas piadosas otras
+muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan
+notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en
+los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los
+viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según Cármenes.
+
+El temporal retrasó no poco el cumplimiento de aquel plan de higiene
+moral, impuesto suavemente por don Fermín a su querida amiga. Ana
+aborrecía el lodo y la humedad; le crispaba los nervios la frialdad de
+la calle húmeda y sucia, y apenas salía del sombrío caserón de los
+Ozores. Había confesado otras dos veces antes de terminar Noviembre,
+pero no se había decidido a ir a casa de doña Petronila, ni el Magistral
+se atrevió a recordarle aquella cita. El Gran Constantino sabía ya por
+su querido y admirado señor De Pas, quien la visitaba más a menudo
+ahora, que doña Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y en la
+administración de tantas obras piadosas como ella dirigía y pagaba
+sabiamente.
+
+--«¿Cuándo viene por acá ese ángel hermosísimo?»--preguntaba el Obispo
+madre, en estilo de novena, cargado de superlativos abstractos.
+
+Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran
+Constantino, las del _cónclave_, como las llamaba Ripamilán, esperaban
+con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera,
+que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa
+y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús; pues nada
+menos que esto se proponían aquellas devotas de armas tomar, militantes
+como coraceros.
+
+Pero Ana, sin saber por qué, sentía una vaga repugnancia cuando pensaba
+en ir a casa de doña Petronila; le parecía mejor ver al Magistral en la
+iglesia, allí encontraba ella el fervor religioso necesario para
+confesar sus ideas malas, sus deseos peligrosos. El Magistral comenzó a
+impacientarse; la Regenta no subía la cuesta, persistía en sus
+peligrosos anhelos panteísticos, que así los calificaba él, se empeñaba
+en que era piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos
+profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían
+reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito
+para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación
+absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los
+libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o en una
+especie de marasmo intelectual que parecía estupidez. En cuanto a la
+oración, Ana decía que recitar de memoria plegarias era un ejercicio
+inútil, soporífero, que irritaba los nervios; las repetía cien veces,
+para fijar en ellas la atención, y llegaba a sentir náuseas antes de
+conseguir un poco de fervor.... «Nada, nada de eso; no hay cosa peor que
+rezar así, respondía el Magistral; a la oración ya llegaremos; por ahora
+en este punto basta con sus antiguas devociones». Y, aunque temiendo los
+peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla
+abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían
+sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que
+ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas. El miedo a las
+expansiones naturales de aquel espíritu ardiente le había hecho cambiar
+el plan suave de los primeros días por aquel otro expuesto en el cenador
+del Parque, más parecido a la ordinaria disciplina a que él sometía a
+los penitentes; pero ya veía don Fermín que era preciso volver a la
+blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de
+ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal.
+Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a
+él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de
+aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no
+pasaba de ser una idolatría disimulada, según don Fermín. No, él no se
+dejaba seducir por panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el
+de su amiga.
+
+De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en
+semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que
+ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones
+místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas
+noticias tenía ya el confesor diligente.
+
+Cuando ella volvía a hablarle de aburrimiento, del dolor del hastío, de
+la estupidez del agua cayendo sin cesar, él repetía: «A la iglesia, hija
+mía, a la iglesia; no a rezar; a estarse allí, a soñar allí, a pensar
+allí oyendo la música del órgano y de nuestra excelente capilla, oliendo
+el incienso del altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo
+cuanto allí brilla y se mueve, contemplando las altas bóvedas, los
+pilares esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poéticas de los
+cristales de colores...». Poca gracia le hacía a don Fermín esta
+retórica a lo Chateaubriand; siempre había creído que recomendar la
+religión por su hermosura exterior, era ofender la santidad del dogma,
+pero sabía hacer de tripas corazón y amoldarse a las circunstancias.
+Además, sin que él quisiera pensar en ello, le halagaba la esperanza de
+encontrar a menudo en la catedral, en las Conferencias de San Vicente,
+en el Catecismo, a su amiga, que allí le vería triunfante luciendo su
+talento, su ciencia y su elegancia natural y sencilla.
+
+Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; la
+humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, al
+lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y horas, de
+día y de noche. Don Víctor no paraba en casa. Si no estaba de caza,
+entraba y salía, pero sin detenerse; apenas se detenía en su despacho.
+Le había tomado cierto miedo. Varias máquinas de las que estaban
+inventando o perfeccionando se le habían sublevado, erizándose de
+inesperadas dificultades de mecánica racional. Allí estaban cubiertos de
+glorioso polvo sobre la mesa del despacho diabólicos artefactos de acero
+y madera, esperando en posturas interinas a que don Víctor emprendiese
+el estudio _serio_ de las matemáticas, de todas las matemáticas, que
+tenía aplazado por culpa de la compañía dramática de Perales. En tanto
+Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos juguetes
+irónicos que se le reían en las barbas, esquivaba su despacho siempre
+que podía; y ni cartas escribía allí. Además; las colecciones botánicas,
+mineralógicas y entomológicas yacían en un desorden caótico, y la pereza
+de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y
+mosquitos también le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y a
+jugar al ajedrez; hacía muchas visitas y buscaba modo de no aburrirse
+metido en casa. «Mejor», pensaba Ana sin querer. Su don Víctor, a quien
+en principio ella estimaba, respetaba y hasta quería todo lo que era
+menester, a su juicio, le iba pareciendo más insustancial cada día: y
+cada vez que se le ponía delante echaba a rodar los proyectos de vida
+piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a
+ser, en cuanto mejorase el tiempo, una _beata_ en el sentido en que el
+Magistral lo había solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto
+todo iba bien; sabía ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle;
+pero se presentaba el señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda
+negra torcido, junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de
+pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando
+con todo el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin
+poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía un
+rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al
+universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante
+hombre. Salía don Víctor dejando tras sí las puertas abiertas, dando
+órdenes caprichosas para que se cumplieran en su ausencia; y cuando Ana
+ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado,
+quería volver a su propedéutica piadosa, a los preparativos de vida
+virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fábrica
+de su religiosidad, y calificaba de hipocresía toda su resignación. «¡Oh
+no, no! ¡yo no puedo ser buena! yo no sé ser buena; no puedo perdonar
+las flaquezas del prójimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. Ese
+hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que
+quiera don Fermín, para volar hacen falta alas, aire...». Estos
+pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro
+volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable,
+brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había
+clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante _dandy_ la
+tarde memorable de _Todos los Santos_. Entonces Ana se ponía en pie,
+recorría el comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del
+chal apretado al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y
+acababa por acercarse a los vidrios del balcón y apretar contra ellos la
+frente. Salía, cruzando el estrado triste, pasillos y galerías; llegaba
+a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con
+ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los
+castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas
+largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes. Si no
+llovía mucho, Frígilis solía andar por allí; más tiempo faltaba
+Quintanar de casa que Frígilis de la huerta. Ana acababa por verle.
+«Aquel había sido su único amigo en la triste juventud, en el tiempo de
+la servidumbre miserable; y ahora casi le odiaba; él la había casado; y
+sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba
+ahora a sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su gusto,
+sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos tajos y
+aquellos injertos...». «¡Y pensar que aquel hombre había sido
+inteligente, amable! Y ahora... no era más que una máquina agrícola,
+unas tijeras, una segadora mecánica, ¡a quién no embrutecía la vida de
+Vetusta!».
+
+Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los cristales, la saludaba
+con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre la tierra; aplastaba un
+caracol, cortaba un vástago importuno, afirmaba un rodrigón y seguía
+adelante, arrastrando los zapatos blancos sobre la arena húmeda de los
+senderos.... Y Ana veía desaparecer entre las ramas aquel sombrero
+redondo, flexible, siempre gris, aquel tapabocas de cuadros de pana
+eternamente colgado al cuello, aquella cazadora parda y aquellos
+pantalones ni anchos ni estrechos, ni nuevos ni viejos, de ramitos
+borrosos de lana verde y roja alternando sobre fondo negro.
+
+A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.--Paco
+estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprendía
+él que su ídolo, su don Álvaro tardase tanto en conquistar una voluntad,
+en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya conquistada.
+
+--«Ella está enamorada de ti, de eso estoy seguro»--decía Paco a Mesía
+en el Casino, a última hora, cuando sólo quedaban allí los
+trasnochadores de oficio.
+
+Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca
+servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y
+llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias; Mesía
+melancólico, pasando a tragos la nostalgia de lo infinito, que también
+tienen los _descreídos_ a su modo, inclinaba mustia la gallarda y fina
+cabeza de un rubio pálido, y parecía un poco más viejo que de ordinario.
+Callaba, y comía y bebía. Paco, con la boca llena, pero no por modo
+grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las
+mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote.
+
+--Ella está enamorada, de eso estoy seguro... pero tú... tú no eres el
+de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres venir conmigo a su
+casa... y eso que don Víctor nunca está, siempre anda con el espiritista
+de Frígilis por esos montes.
+
+Paco creía que Frígilis era espiritista, opinión muy generalizada en
+Vetusta.
+
+--En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara...
+histérica... hay que estudiarla bien. Dejadme a mí.
+
+No quería confesar que se tenía por derrotado: creía firmemente que Ana
+estaba entregada al Magistral. No quería aquella conversación; se sentía
+ahora humillado con la protección de Paco, solicitada meses antes por
+él. Sin saberlo, el Marquesito le hacía daño cada vez que le hablaba de
+tal asunto y le proponía planes de ataque y medios para entrar en la
+plaza por sorpresa. «¿Cuándo había necesitado él, Mesía, socorros por el
+estilo? ¿Cuándo había permitido a nadie saber el cómo y a qué hora
+vencía a una mujer?... ¡Y esta señora le humillaba así! ¡Cómo se reiría
+de él Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo Paco! ¿qué pensaría? ¡Ah
+Regenta, Regenta, si venzo al fin!... ¡ya me las pagarás!». Pero ya no
+esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo
+permitía, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza española;
+pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces veía detrás de los
+cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba amable y
+tranquila; pero no era el caballo talismán como él había creído, porque
+la escena de la tarde aquélla no se repitió nunca. «Sí, lo que yo temía,
+no fue más que un cuarto de hora que no pude aprovechar». Creía con fe
+inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión dificilísima,
+casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, coincidiendo con otro
+cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no satisfacía su amor
+propio, sería un placer efímero y una venganza... ¡y además era casi
+imposible! Pocas veces se había atrevido a visitar a la Regenta, que no
+le recibía si no estaba don Víctor en casa. Quintanar, en cambio, le
+abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado,
+como él decía, de aquel hermoso figurín: ¡qué arrogante primer galán en
+comedia de costumbres haría el dignísimo don Álvaro! Pero ya que las
+tablas no le llamasen ¿por qué no se hacía diputado a Cortes? Mesía
+había nacido para algo más que cabeza de ratón; era poco ser jefe de un
+partido, que nunca era poder, en una capital de segundo orden. ¿Por qué
+no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo?
+
+Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro inclinaba la
+cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo:
+
+--«¡Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este miserable
+rincón!».
+
+--Usted es de la madera de los ministros....
+
+--Oh... don Víctor... no crea usted que eso me halaga.... ¡Ministro!
+¿Para qué? Yo no tengo ambición política.... Si milito en un partido es
+por servir a mi país, pero la política me es antipática... tanta
+farsa... tanta mentira....
+
+--Efectivamente, en los Estados Unidos sólo son políticos los
+perdidos... pero en España... es otra cosa... un hombre como usted....
+Subiría mi don Álvaro como la espuma.
+
+Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta.... Por lo
+demás, él seguía considerando que ante todo era un hombre político. Lo
+de ir a Madrid lo dejaba para más adelante. Ahora hacía diputados desde
+Vetusta y se quedaba allí; pero en cuanto tuviera más blanda a la señora
+del ministro, él volaría, él volaría... seguro de no dar un batacazo.
+Estos eran sus planes. Pero además aquella resistencia de Ana, que había
+creído vencer si no en pocas semanas en pocos meses, era un nuevo motivo
+para retrasar el cambio de vecindad.
+
+¿Cómo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella mujer parecía ya
+invencible.
+
+Desde la noche de Todos los Santos, Mesía, vergüenza le daba
+confesárselo a sí mismo, no había adelantado un paso. Ocho días había
+estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logró
+tal intento fue para convencerse de que aquella exaltación de la tarde
+dichosa había pasado acaso para siempre.
+
+Visitación se volvía loca. Su marido, el señor Cuervo, y sus hijos
+comían los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella había
+salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver. «¿Cómo
+había de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y
+resistía al hombre irresistible con heroicidad de roca?». El mísero
+empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de tiple
+decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa:
+
+--Silencio, niños, que mamá riñe si se come sin ella.
+
+Y la sopa se enfriaba, y al fin aparecía Visitación, sofocada,
+distraída, de mal humor. Venía de casa de Vegallana donde había
+conseguido que Ana y Álvaro se hablaran a solas un momento, por
+casualidad... que había preparado ella. ¡Pero buena conversación te dé
+Dios! Él había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a ella, a
+Visita: «¡Déjame en paz! al querer darle una broma. ¡Déjame en paz!»
+señal de que no daba un paso. Visitación sentía ahora una vergüenza
+retrospectiva; recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, lo
+comparaba con la resistencia de Ana y... se le encendían las mejillas de
+cólera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le decía en la conciencia
+que el oficio que había tomado era miserable... pero buena estaba ella
+para oír consejos de comedia moral y gritos interiores; aquel anhelo
+villano era una pasión cada día más fuerte, era de un saborcillo
+agridulce y picante que prefería ya a todas las dulzuras de la
+confitería. Era una pasión, una cosa que recordaba la juventud, aunque
+al mismo tiempo parecía síntoma de la vejez. En fin, ella no trataba de
+resistir, y había llegado a creer que sería capaz de arrojar a su amiga
+a la fuerza en brazos del antiguo amante. De todos modos, en casa de
+Visita faltaba la limpieza de suelo y muebles, de sala y cocina, y no
+era su hogar una taza de plata, y día hubo que el marido no encontró
+camisa en el armario y se fue al Banco... con un camisolín de su mujer,
+que simulaba bien o mal un cuello marinero.
+
+Pero tanto afán era inútil; ni Visita, ni Paco, ni los paseos a caballo
+de Mesía, conseguían rendir a la Regenta. ¡Y si al menos se viera que
+era indiferencia aquella fortaleza! Pero, no; a leguas se veía, según
+los tres, que Ana estaba interesada. Esto era lo que les irritaba más,
+sobre todo a Visita. Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la
+del Banco, por más que ella le hurgaba. Con Paco únicamente desahogaba,
+y pocas veces.--Pero Ana creía en un complot y esto la ayudaba no poco
+en su defensa. Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de
+protestas pesadas, insufribles de Quintanar, que repetía:
+
+--¡Qué dirán esos señores, Anita, qué dirán los Marqueses!
+
+Si don Álvaro perdía la esperanza, el Magistral tampoco estaba
+satisfecho. Veía muy lejos el día de la victoria; la inercia de Ana le
+presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado.
+Además, su amor propio estaba herido. Si alguna vez había ensayado
+interesar a su amiga descubriéndole, o por vía de ejemplo o por alarde
+de confianza, algo de la propia historia íntima, ella había escuchado
+distraída, como absorta en el egoísmo de sus penas y cuidados. Más
+había; aquella señora que hablaba de grandes sacrificios, que pretendía
+vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus
+costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la
+lluvia; se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de
+cosa santa, las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios.
+«El madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una máquina
+eléctrica». Esto era humillante para la religión y _depresivo_ para don
+Fermín; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma al
+Provisor y le quitaba el sueño.
+
+Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que
+Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe violento.
+Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía de vez en cuando,
+había estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de
+las huertas. Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un
+libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él
+mismo le había regalado. Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos,
+había arrojado el libro con desdén sobre un banco.
+
+--¡Oh! ¡oh! ¡estamos mal!--había exclamado el clérigo desde la torre:
+conteniendo en seguida la ira, como si Ana pudiera oír sus quejas.
+Después habían aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar.
+Don Álvaro había estrechado la mano de la Regenta que no la había
+retirado tan pronto como debiera; «¡aunque no fuese más que por estar
+viéndolos él!». Don Víctor había desaparecido y el seductor de oficio y
+la dama se habían ocultado poco a poco entre los árboles, en un recodo
+de un sendero. El Magistral sintió entonces impulsos de arrojarse de la
+torre. Lo hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco
+después había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor,
+con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado de don
+Tomás Crespo, el del tapabocas; los dos se habían ido en busca de los
+otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el objetivo del
+catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del canónigo. Don
+Víctor levantaba la cabeza, extendía el brazo, señalaba a las nubes y
+daba pataditas en el suelo. Ana había desaparecido otra vez, había
+entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y
+a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero; y los cuatro
+habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave.
+¡Iban al campo!
+
+Cuando don Fermín se vio encerrado entre las cuatro tablas de su
+confesonario, se comparó al criminal metido en el cepo.
+
+Aquel día las hijas de confesión del Magistral le encontraron distraído,
+impaciente; le sentían dar vueltas en el banco, la madera del armatoste
+crujía, las penitencias eran desproporcionadas, enormes.
+
+En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la
+capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese,
+presentarse, que era lo que él quería, lo que él necesitaba. Verdad era
+que no habían quedado en tal cosa; ocho días faltaban para la próxima
+confesión, ¿por qué había de venir? «Por que sí, por que él lo
+necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien,
+que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad
+no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén
+sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre los árboles de
+Frígilis sin más ni más, en compañía de un buen mozo materialista y
+corrompido». Pero, no, no pareció por la capilla Ana. «Sabe Dios dónde
+estarían. ¿Qué expedición era aquella? Necedades de don Víctor; había
+levantado el brazo señalando a las nubes; aquello parecía como responder
+del buen tiempo; en efecto, la tarde estaba hermosa, podía asegurarse
+que no llovería... pero ¿y qué? ¿Era esa razón suficiente para salir con
+el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, sí, don Fermín volvía
+a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jamás se había acusado de una
+afición singular; hablaba de tentaciones en general y de ensueños
+lascivos, pero no confesaba amar a un hombre determinado. Y Ana, su
+dulce amiga, no mentía jamás y menos en el tribunal santo. Pero entonces
+¿con quién soñaba? El Magistral recordó la dulcísima hipótesis que había
+acariciado algún día... y ahora se oponía esta otra que le hacía saltar
+dentro del cajón de celosías: supongamos que sueña con... ese
+caballero». Salió de la capilla furioso, sin disimularlo apenas.
+Encontró en el trascoro a don Custodio y no le contestó al saludo; entró
+en la sacristía y amenazó al _Palomo_ con la cesantía, porque el gato
+había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pasó después al palacio
+y el Obispo sufrió una fuerte reprensión de las que en tono casi
+irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía enderezarle su Provisor. El
+buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía dinero para pagar una cuenta
+de un sastre que había hecho sotanas nuevas a los familiares de S. I. Y
+el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un
+papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los
+dedos. El alfayate llamaba serenísimo señor al prelado, pero pedía lo
+suyo.
+
+Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un préstamo. El Magistral se
+hizo rogar, y ofreció anticipar el dinero después de humillar cien veces
+al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metáforas religiosas.
+
+«¿A qué habían venido las sotanas nuevas? Y sobre todo, ¿por qué las
+pagaba él, Fortunato, de su bolsillo? Si sabía que no tenía un cuarto,
+porque toda la paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se
+comprometía?». Fortunato confesó que parecía un subteniente de los
+sometidos a descuento; dijo que quería salir de aquella vida de trampas.
+
+--«Yo no sé lo que debo ya a tu madre, Fermín, ¿debe de ser un
+dineral?».
+
+--«Sí, señor, un dineral, pero lo peor no es que usted nos arruine, sino
+que se arruina también, y lo sabe el mundo y esto es en desprestigio de
+la Iglesia.... Empeñarse por los pobres.... Ser un tramposo de la caridad.
+Hombre, por Dios, ¿dónde vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus
+bienes y sígueme, pero no ha dicho: reparte los bienes de los demás...».
+
+--Hablas como un sabio, hijo mío, hablas como un sabio, y si no fuera
+indecoroso, pedía al ministro que me pusiera a descuento, a ver si me
+corregía.
+
+Después entró en las oficinas De Pas y allí tuvieron motivo para
+acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontró mal; revolvió
+expedientes, descubrió abusos, sacudió polvo, amenazó con suspender
+sueldos, negó todo lo que pudo, preparó dos o tres castigos, para varios
+párrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que «no daba un
+cuarto» para una suscripción de los marineros náufragos de Palomares.
+
+--Señor--le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un
+gorro catalán en la mano--¡señor, que este año nos morimos de hambre!
+¡que no da para borona la costera del besugo!...
+
+Pero el Magistral salió sin responder siquiera, pensando en Ana y en
+Mesía; y a la media hora, cuando paseaba por el Espolón solo y a paso
+largo, olvidando el compás de su marcha ordinaria, le repetía en los
+sesos, no sabía qué voz: ¡besugo, besugo!
+
+«¿Por qué se acordaba él del besugo?». Y encogió los hombros irritado
+también con aquella obsesión de estúpido.
+
+--No faltaba más que ahora me volviera loco.
+
+Pasaron ocho días y a la hora señalada Anita se presentó de rodillas
+ante la celosía del confesonario.
+
+Después de la absolución enjugó una lágrima que caía por su mejilla, se
+levantó y salió al pórtico. Allí esperó al Magistral y juntos, cerca ya
+del obscurecer, llegaron a casa de doña Petronila.
+
+Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la _Madre del
+Amor Hermoso_, con sus ojazos de color de avellana asomados a los
+cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda,
+los párpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo
+áspero que ceñía su cabeza; barba redonda y carnosa, nariz de corrección
+insignificante, boca grande, labios pálidos y gruesos. Era alta, ancha
+de hombros, y su larga viudez casta parecía haber echado sobre su cuerpo
+algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen
+vetusta. El vestido era negro, hábito de los Dolores, con una correa de
+charol muy ancha y escudo de plata chillón, ostentoso, en la manga,
+ceñida a la muñeca de gañán con presillas de abalorios.
+
+Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras
+chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra. Se levantó, abrazó a
+la Regenta y besó la mano del Magistral. Les suplicó, después de
+agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen terminar aquel
+embrollo de números; y dama y clérigo se vieron solos en el salón
+sombrío, de damasco verde obscuro y de papel gris y oro. Ana se sentó en
+el sofá, el Magistral a su lado en un sillón. Las maderas de los
+balcones entornados dejaban pasar rayos estrechos de la luz del día
+moribundo; apenas se veían Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha
+salió un gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se
+acercó al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a la
+Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y después de frotar
+el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, salió al pasillo
+con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones. Ana tuvo
+aprensión de que olía a incienso el blanquísimo gato; de todas maneras,
+parecía un símbolo de la devoción doméstica de doña Petronila. En toda
+la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era
+tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a
+estoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce pero
+algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.
+
+Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, entró con
+una lámpara antigua de bronce, que dejó sobre un velador después de
+decir con voz de monja acatarrada: «¡Buenas noches!» sin levantar los
+ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises.
+
+Volvieron a quedar solos Ana y su confesor.
+
+Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una
+voz que se parecía a la del gato blanco:
+
+--No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le agradezco esta
+resolución....
+
+--Hubiera usted hablado antes...--Bastante he hablado, picarilla...
+--Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un desaire que yo le
+hacía y que ya sabían estas señoras el negarme a venir.... ¡Llovía
+tanto!... Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada me
+horroriza.... Yo estoy enferma... sí, señor, a pesar de estos colores y
+de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me
+figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona.... No sé
+cómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de
+mí... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendría
+lástima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado como
+hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don Fermín, yo seré
+cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que debo a usted, y que
+nunca podré pagárselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en que
+yo vivía, no puede usted figurarse lo que valía para mí... y la voz de
+usted vino tan a tiempo.... Yo no he tenido madre, viví como usted
+sabe... no sé ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino es
+pura poesía, y la poesía de la virtud parece prosa al que no es
+virtuoso... ya lo sé... Por eso quiero que usted me guíe.... Vendré a
+esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas me
+impongan.... Haré todo lo que usted manda; no ya por sumisión, por
+egoísmo, porque está visto que no sé disponer de mí; prefiero que me
+mande usted.... Yo quiero volver a ser una niña, empezar mi educación,
+ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como
+ahora.... Y además necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se
+lo he dicho a usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro
+alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia. «Si Él está
+aquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero no vale, porque, ya se lo
+he dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, como
+dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelión, argumentos impíos,
+preocupaciones necias, tercas, que no sé cuándo aprendí, que vagamente
+recuerdo haber oído en mi casa, cuando vivía mi padre. Y a veces se me
+antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso
+doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por
+probarme a mí misma la presencia de Dios?...
+
+--¡Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! Sí, sí,
+hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos, estoy
+seguro de ello; usted es buena, el Señor está con usted... y yo daría mi
+vida por sacarla de esas aprensiones.... Todo ello es enfermedad, es
+flato, nervios... ¿qué sé yo? Pero es material, no tiene nada que ver
+con el alma... pero el contacto es un peligro, sí, Anita; no ya por mí,
+por usted es necesario entrar en la vida devota práctica.... ¡Las obras,
+las obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. Si
+a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas
+buenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no las condene
+ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide
+de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si usted pudiera
+penetrar en mi alma, Anita! yo sí que jamás podré pagarle esta hermosa
+resolución de esta tarde....
+
+--¡Habló usted de un modo!
+
+--Hablé con el alma...--Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo....
+
+--Pero al fin... vida nueva; ¿no es verdad, hija mía?
+
+--Sí, sí, padre mío, vida nueva....
+
+Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió una
+mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadón de crochet, y la
+oprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana sintió fuego en el rostro,
+pero le pareció absurdo alarmarse. Los dos se habían levantado, y
+entonces entró doña Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de
+la Regenta....
+
+--Señora mía, llega usted a tiempo; usted será testigo de que la oveja
+ofrece solemnemente al pastor no separarse jamás del redil que escoge....
+
+El Gran Constantino besó la frente de Ana.
+
+Fue un beso solemne, apretado, pero frío.... Parecía poner allí el sello
+de una cofradía mojado en hielo.
+
+
+
+
+--XIX--
+
+
+Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía las
+enfermedades de sus clientes a la _Primavera médica_, de la que no tenía
+muy claro concepto; pero como su misión principal era consolar a los
+afligidos y solía satisfacerles esta explicación climatológica, el
+médico buen mozo no pensaba en buscar otra. La _Primavera médica_ fue la
+que _postró en cama_, según don Robustiano, a la Regenta, que se acostó
+una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la
+cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al día siguiente,
+saliendo de sueños poblados de larvas, comprendió que tenía fiebre.
+
+Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvería hasta
+las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al médico y Petra se instaló
+a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La cocinera, Servanda, iba
+y venía con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia;
+era nueva en la casa y venía del monte. Mucho tiempo hacía que Anita no
+había tenido uno de aquellos impulsos cariñosos de que solía ser objeto
+don Víctor, pero aquel día, a la tarde, sobre todo al obscurecer, lloró
+ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. «¡Cuánto deseaba su
+presencia! sólo él podría acompañarla en la soledad de enfermo que
+empezaba aquel día». En vano la Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilán
+acudieron presurosos al tener noticia del mal; a todos los recibió
+afablemente, sonrió a todos, pero contaba los minutos que faltaban para
+las diez de la noche. «¡Su Quintanar! Aquél era el verdadero amigo, el
+padre, la madre, todo». La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga
+enferma; le tocó la frente y dijo que no era nada, que tenía razón
+Somoza, la primavera médica... y habló de zarzaparrilla y se despidió
+pronto. Paco admiraba en silencio la hermosura de Ana, cuya cabeza
+hundida en la blancura blanda de las almohadas le parecía «una joya en
+su estuche». Observó Visita que más que nunca se parecía entonces Ana a
+la Virgen de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la
+Regenta, y a su rostro rosas encarnadas; y en el sonreír parecía una
+santa. Paco pensó sin querer, «que estaba apetitosa». Se ofreció mucho,
+como su madre, y salió. En el pasillo dio un pellizco a Petra que traía
+un vaso de agua azucarada. Visita dejó la mantilla sobre el lecho de su
+amiga y se preparó a meterse en todo, sin hacer caso del gesto
+impertinente de Petra. «¿Quién se fiaba de criados? Afortunadamente
+estaba ella allí para todo lo que hiciera falta».
+
+«Por lo demás, tu Quintanar del alma hemos de confesar que tiene sus
+cosas; ¿a quién se le ocurre irse de caza dejándote así?».
+
+--Pero qué sabía él....
+
+--¿Pues no te quejabas ya anoche?
+
+--Ese Frígilis tiene la culpa de todo....
+
+--Y quien anda con Frígilis se vuelve loco ni más ni menos que él. ¿No
+es ese Frígilis el que injertaba gallos ingleses?
+
+--Sí, sí, él era.
+
+--¿Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente mono mal
+educado está él... pero, mujer, si ni siquiera viste de persona
+decente.... Yo nunca le he visto el cuello de la camisa... ni
+_chistera_...
+
+Somoza volvió a las ocho de la noche; a pesar de la primavera médica, no
+estaba tranquilo; miró la lengua a la enferma, le tomó el pulso, le
+mandó aplicar al sobaco un termómetro que sacó él del bolsillo, y contó
+los grados. Se puso el doctor como una cereza.... Miró a Visita con torvo
+ceño y echándose a adivinar exclamó con enojo:
+
+--¡Estamos mal!... Aquí se ha hablado mucho.... Me la han aturdido,
+¿verdad? ¡Como si lo viera... mucha gente, de fijo... mucha
+conversación!...
+
+Entonces fue Visita quien sintió encendido el rostro. Somoza había
+adivinado. No sabía medicina, pero sabía con quién trataba. Recetó;
+censuró también a don Víctor por su intempestiva ausencia; dijo que un
+loco hacía ciento; que Frígilis sabía tanto de darwinismo como él de
+herrar moscas; dio dos palmaditas en la cara a la Regenta,
+complaciéndose en el contacto; y cerrando puertas con estrépito salió,
+no sin despedirse hasta mañana temprano, desde lejos.
+
+Visitación, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una buena
+ración de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que Somoza y la
+carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco creía en la medicina casera
+y renegaba de los médicos. Dos veces la había sacado a ella de peligros
+puerperales una famosa matrona sin matrícula ni Dios que lo fundó: «Di
+tú que todo es farsa en este mundo. ¡Cómo decir que estás peor porque
+se ha procurado distraerte! ¡animal! ¡qué sabrá él lo que es una mujer
+nerviosa, de imaginación viva! De fijo que si no estoy yo aquí, te
+consumes todo el día pensando tristezas, y dándole vueltas a la idea de
+tu Quintanar ausente; 'que por qué no estará aquí, que si es buen
+marido, que ya no es un niño para no reflexionar'... y qué sé yo; las
+cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con motivo
+para quejarse de alguno».
+
+Ana estudiaba el modo de oír a Visita sin enterarse de lo que decía,
+pensando en otra cosa, única manera de hacer soportable el tormento de
+su palique. A las diez y cuarto entró en la alcoba don Víctor,
+chorreando pájaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturón de
+cuero; detrás venía don Tomás Crespo, Frígilis, con sombrero gris
+arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de triple suela.
+Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la
+capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal hizo, saltó a los
+brazos de su mujer, llenándole de besos la frente, sin acordarse de que
+había testigos.
+
+«¡Ay, sí! aquello era el padre, la madre, el hermano, la fortaleza dulce
+de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor casero; no, no
+estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo». Eterna fidelidad le
+juró callando, en el beso largo, intenso con que pagó los del marido. El
+bigote de don Víctor parecía una escoba mojada; con la humedad que traía
+de las marismas roció la frente de su esposa; pero ella no sintió
+repugnancia, y vio oro y plata en aquellos pelos tiesos que parecían un
+cepillo de yerbas hechas ceniza por la raíz y tostadas por las puntas.
+También don Víctor opinó que «aquello no sería nada», pero de todos
+modos, lamentó en el alma no haber venido en el tren de las cuatro y
+media.
+
+--Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. Sí,
+señora--añadió dirigiéndose a Visita--que lo diga este, no sé por qué se
+me figuró que debía volver más temprano a casa....
+
+--Oh, sí, de eso esté usted seguro. Hay presentimientos--gritó la del
+Banco, que se disponía a narrar tres o cuatro adivinaciones suyas.
+
+--Pero este tuvo la culpa.... Frígilis encogió los hombros y tomó el
+pulso a la enferma, que le apretó la mano, perdonándoselo todo. La
+verdad era que don Víctor había querido volver temprano... para no
+perder el teatro. Pero esto no se podía decir. Frígilis, en silencio,
+tuvo una vez más ocasión de negar la existencia de los avisos
+sobrenaturales.--Se había destocado y su cabello espeso, de color
+montaraz, cortado por igual, parecía una mata, una muestra de las
+breñas. Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo; le enojaba la
+luz, tropezaba con los muebles, olía al monte; traía pegada al cuerpo la
+niebla de las marismas y parecía rodeado de la obscuridad y la frescura
+del campo. Tenía algo de la fiera que cae en la trampa, del murciélago
+que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de
+Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el símbolo de la salud
+queriendo _contagiar_ con sus emanaciones a la enferma.
+
+Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin
+trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a su
+amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en
+que temblaba el llanto:
+
+--No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, estáte
+aquí, por Dios, Quintanar....
+
+--Sí, hija, sí, pues no faltaba más...--Y solícito, cariñoso le ceñía el
+embozo de las sábanas a la espalda sonrosada, de raso, que él no miraba
+siquiera. Pero la Regenta notó luego que su marido estaba preocupado.
+
+--¿Qué tienes? ¿Tienes aprensión? Crees que estoy peor de lo que
+dicen... y quieres disimular....
+
+--No, hija, no... por amor de Dios... no es eso....
+
+--Sí, sí; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te aseguro que esto
+pasará; lo conozco yo; ya sabes cómo soy, parece que me amaga una
+enfermedad... y después no es nada.... Ahora, sí, estoy muy nerviosa, se
+me figura a lo mejor que me abandona el mundo, que me quedo sola,
+sola... y te necesito a ti... pero esto pasa, esto es nervioso....
+
+--Sí, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levantó diciendo:
+
+--Vida mía, soy contigo. Y salió por la puerta de escape.
+
+--A ver--gritó en el pasillo--; Petra, Servanda, Anselmo, cualquiera...
+¿se llevó la perdiz don Tomás?
+
+Anselmo registró las aves muertas, depositadas en la cocina, y contestó
+desde lejos:
+
+--¡Sí, señor; aquí no hay perdices!
+
+--¡Ira de Dios! ¡Pardiez! ¡Malhaya! ¡Siempre el mismo! Si es mía, si la
+maté yo... si estoy seguro de que fue mi tiro.... ¡Es lo más
+vanidoso!... ¡Anselmo! oye esto que digo: mañana al ser de día,
+¿entiendes? te _personas_ en casa de don Tomás, y le pides de mi parte,
+con la mayor energía y seriedad, la perdiz, esté como esté, ¿entiendes?
+y que no es broma, y aunque esté pelada, que quiero que me la
+restituya... _Suum cuique_. Ana oyó los gritos y se apresuró a perdonar
+aquella debilidad inocente de su esposo. «Todos los cazadores son así»,
+pensó con la benevolencia de la fiebre incipiente.
+
+Volvió don Víctor y la sonrisa dulce, cristiana de su esposa, le
+restituyó la calma, ya que la perdiz no podía.
+
+Hasta la una y media no _concilió el sueño_ su mujer, y _entonces y sólo
+entonces_, pudo don Víctor disponerse a dormir.
+
+Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consideró que era un
+contratiempo serio la enfermedad de su queridísima Ana. «Él no estaba
+alarmado, bien lo sabía Dios; no había peligro; si lo hubiese lo
+conocería en el susto, en el dolor que le estaría atormentando; no había
+susto, no había dolor, luego no había peligro. Pero había contratiempo;
+por de pronto, adiós teatro para muchos días, y aunque se trataba ahora
+de una compañía de zarzuela, que era un _género híbrido_, sin embargo,
+él confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y sencillas de
+la zarzuela seria, y había encontrado noches pasadas cierto _color local
+en Marina_, y _sabor_ de época en _El Dominó Azul_, sin contar con los
+amores contrarios del _Juramento_, que eran cosa delicada. Pero ¿y la
+expedición con el Gobernador de la provincia, para inaugurar el
+ferrocarril económico de Occidente? ¿Y las partidas de dominó con el
+Ingeniero jefe en el Casino? ¿Y los paseos largos que necesitaba para
+hacer bien la digestión?». La idea de no salir de casa en muchos días,
+le aterraba.... Se acostó de muy mal humor. Apagó la luz. La obscuridad
+le sugirió un remordimiento. «Era un egoísta, no pensaba en su pobrecita
+mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos». Y, como en desagravio,
+para engañarse a sí propio, suspiró con fuerza y exclamó en voz alta:
+
+--¡Pobrecita de mi alma! Y se durmió satisfecho. Despertó con la cabeza
+llena de proyectos, como solía; pero de repente pensó en Ana, en la
+fiebre y se llenó su alma de tristeza cobarde.... «¡Sabe Dios lo que
+sería aquello!». La botica, los jaropes que él aborrecía, el miedo a
+equivocar las dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas,
+creyendo que podían ser veneno (para don Víctor el veneno, a pesar de
+sus estudios físico-químicos, siempre era verde o amarillo), las
+equivocaciones y torpezas de las criadas, las horas de hastío y silencio
+al pie del lecho de la enferma, las inquietudes naturales, el estar
+pendiente de las palabras de Somoza, el hablar con todos los que
+quisieran enterarse de la misma cosa, de los grados de la enfermedad...
+todas estas incomodidades se aglomeraron en la imaginación de don
+Víctor, que escupió bilis repetidas veces, y se levantó lleno de lástima
+de sí mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvidó de repente de todo
+aquello: Ana estaba mal, había delirado; no habían querido despertarle,
+pero la señora había pasado una noche terrible según Petra, que había
+velado.
+
+Somoza llegó a las ocho.--¿Qué es? ¿qué tiene? ¿hay gravedad?
+
+Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas
+cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía.
+
+El médico no contestó. Recetó y salió al gabinete.
+
+--¿Qué hay? ¿qué hay?--repetía allí Quintanar con voz trémula y muy
+bajo--... ¿Qué hay?
+
+Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación...
+
+«¡Qué hay! ¡qué hay! eso pronto se pregunta»; don Robustiano no sabía
+lo que iba a hacer, pero parecía algo gordo por las señas; esto pensó,
+pero dijo:
+
+--Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder
+de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara...; eso hay.
+
+--Pero ¿es cosa grave, es cosa grave?
+
+--Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es
+grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto.... ¿Se
+trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis... tal
+vez... pero hay fenómenos reflejos que engañan....
+
+--¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la primavera médica?...
+
+--Hombre, los nervios siempre andan en el ajo... y la primavera... la
+sangre... la savia nueva... es claro... todo influye... pero usted no
+puede entender esto....
+
+--No, señor, no puedo. En mis ratos de ocio he leído libros de medicina,
+conozco el Jaccoud... pero semejante lectura me daba ganas de... vamos,
+sentía náuseas y se me figuraba oír la sangre circular, y creía que era
+así... una cosa como el depósito del Lozoya, con canales, compuertas en
+el corazón....
+
+--Bueno, bueno; por mí no disparate usted más. Hasta la tarde; si hay
+novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni dejar... que
+entre Visitación... que la aturde. ¡La ciencia prohíbe terminantemente
+que esa señora protectora de comadronas parteras meta aquí la pata!...
+
+Cuatro días después, don Robustiano mandaba en su lugar a un médico
+joven, su protegido; creía llegado el caso de inhibirse; ya se sabía, él
+no podía asistir a las personas muy queridas cuando llegaban a cierto
+estado....
+
+El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declaró que la
+enfermedad no era grave, pero sí larga, y de convalecencia penosa. No le
+gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades, y
+empleaba los técnicos si le apuraban, no por ridícula pedantería, sino
+por salir con su gusto de no enterar a los profanos de lo que no importa
+que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello fue que Anita creyó que se
+moría, y padeció aún más que en el tiempo del mayor peligro, cuando
+empezaron a decirle que estaba mejor. Al saber que había pasado seis
+días en aquella torpeza con intervalos de exaltación y delirio, extrañó
+mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio.
+
+La debilidad la tenía aún más que rendida, exaltada y vidriosa. Todo lo
+veía de un color amarillento pálido; entre los objetos y ella, flotaban
+infinitos puntos y circulillos de aire, como burbujas a veces, como
+polvo y como telarañas muy sutiles otras: si dejaba los brazos tendidos
+sobre el embozo de su lecho y miraba las manos flacas, surcadas por
+haces de azul sobre fondo blanco mate, creía de repente que aquellos
+dedos no eran suyos, que el moverlos no dependía de su voluntad, y el
+decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran esfuerzo. Sus
+mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos caldos
+insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe
+y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de
+soplar. El ideal del caldo, según Quintanar, nunca lo _realizaban_ las
+criadas de Vetusta. De esto hablaba él, mientras Ana sentía sudores
+mortales que parecían sacarle de la piel la última fuerza, y hasta el
+ánimo de vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por
+dentro; a veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a
+verse repartida en mil, y el horror dominándola producía una reacción de
+energía suficiente a volverla a su _yo_, como a un puerto seguro; al
+recobrar esta conciencia de sí, se sentía padeciendo mucho, pero casi
+gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era
+quien era. Si don Víctor hablaba a su lado, sin querer Ana seguía
+entonces el pensamiento de su esposo, y contra su deseo, la atención se
+fijaba en los juicios de Quintanar, y la inteligencia les aplicaba
+rigorosa crítica, un análisis sutil y doloroso para la enferma, que al
+pulverizar a pesar suyo las sinrazones del marido, padecía tormento
+indescriptible, en el cerebro según ella.
+
+Veía al médico muy preocupado con el _tronco_ y sin pensar en los
+dolores inefables que ella sentía en lo más suyo, en algo que sería
+cuerpo, pero que parecía alma, según era íntimo. Todos los días había
+que palpar el vientre y hacer preguntas relativas a las funciones más
+humildes de la vida animal; don Víctor, que no se fiaba de su memoria,
+siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que
+asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al
+médico importaba saber de estos pormenores.
+
+Mientras duró el temor de la gravedad, el amante esposo no pensó más que
+en la enferma y cumplió como bueno; si era a veces importuno,
+descuidado, o poco hábil, era sin conciencia. Después empezó a
+aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba al decir las
+horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidió tomarle
+afición al oficio de enfermero y lo consiguió: llegó a ser para él tan
+divertido como hacer pórticos ojivales de marquetería, el preparar
+menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer con yodo; soplar y limpiar
+caldos y consultar el reloj para contar los minutos y hasta los
+segundos; operación en que llegó a poner una exactitud que impacientaba
+a Petra y a Servanda. Esperaba con afán la visita del médico, primero
+para hacerse decir veinte veces que Ana iba mejor, mucho mejor, y
+además, para gozar con la conversación alegre, ajena a todas las
+enfermedades del mundo, que seguía a la parte facultativa de la visita.
+El sustituto de Somoza no era hablador, pero se divertía oyendo a
+Quintanar, y este llegó a profesar gran cariño a Benítez, que así se
+llamaba. El contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la
+alcoba estrecha y llena de una atmósfera pesada; de la vida monótona de
+casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el
+aire libre, la última zarzuela, encantaba a don Víctor, que llevaba la
+conversación a cosas frescas, grandes y de muchos accidentes. También le
+gustaba discutir con Benítez y sondearle, como él decía. Uno de los
+problemas que más preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad
+de los mundos habitados. Él creía que sí, que había habitantes en todos
+los astros, la generosidad de Dios lo exigía; y citaba a Flammarión, y
+las cartas de Feijóo y la opinión de un obispo inglés, cuyo nombre no
+recordaba «Mister no sé cuántos», porque para él todos los ingleses eran
+Mister.
+
+Desde que el médico declaró que la mejoría, aunque lenta, sería continua
+probablemente, Quintanar, muy contento, no permitió que se dudase de
+aquella no interrumpida marcha en busca de la salud. Su egoísmo
+candoroso, pero fuerte, estaba cansado de pensar en los demás, de
+olvidarse a sí mismo, no quería más tiempo de servidumbre, y si Ana se
+quejaba, su marido torcía el gesto, y hasta llegó a hablar con voz
+agridulce de la paciencia y de la formalidad.
+
+--No seamos niños, Ana; tú estás mejor, eso que tienes es efecto de la
+debilidad... no pienses en ello... es aprensión; la aprensión hace más
+víctimas que el mal. Y repetía infaliblemente la parábola del cólera y
+la aprensión.
+
+La idea de una recaída, de un estancamiento siquiera, le parecía
+subversiva, una maquinación contra su reposo. «Él no era de piedra. No
+podría resistir...».
+
+Ya no tenía compasión de la enferma; ya no había allí más que nervios...
+y empezó a pensar en sí mismo exclusivamente. Entraba y salía a cada
+momento en la alcoba de Ana; casi nunca se sentaba, y hasta llegó a
+fastidiarle el registro de medicinas y demás pormenores íntimos. El
+médico tuvo que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y
+hasta mentiras para estar fuera, en su despacho, en el Parque. «¡Qué
+gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el
+autor de todo». Y respiraba don Víctor las auras de abril con placer
+voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvió a componer sus
+maquinillas, soñó con nuevos inventos, y envidió a Frígilis la
+aclimatación del Eucaliptus globulus en Vetusta.
+
+La Regenta notó la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y horas
+que a él le parecían minutos. Cuando las congojas la anegaban en mares
+de tristeza, que parecían sin orillas, cuando se sentía como aislada del
+mundo, abandonada sin remedio, ya no llamaba a Quintanar, aunque era el
+único ser vivo de quien entonces se acordaba; prefería dejarle tranquilo
+allá fuera, porque si venía le hacía daño con aquel desdén gárrulo y
+absurdo de los padecimientos nerviosos.
+
+Una tarde de color de plomo, más triste por ser de primavera y parecer
+de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas de
+almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban
+posturas trágicas abrigos de ella y unos pantalones que don Víctor
+dejara allí; sin fe en el médico creyendo en no sabía qué mal incurable
+que no comprendían los doctores de Vetusta, tuvo de repente, como un
+amargor del cerebro, esta idea: «Estoy sola en el mundo». Y el mundo era
+plomizo, amarillento o negro según las horas, según los días; el mundo
+era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas,
+monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los
+cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el
+gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol
+dando vueltas muy rápidas alrededor de la tierra, y esto eran los días;
+nada. Las gentes entraban y salían en su alcoba como en el escenario de
+un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de fuera:
+su realidad era otra, aquello la máscara. «Nadie amaba a nadie. Así era
+el mundo y ella estaba sola». Miró a su cuerpo y le pareció tierra. «Era
+cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podía; se parecía
+más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella». «Yo soy mi
+alma», dijo entre dientes, y soltando las sábanas que sus manos
+oprimían, resbaló en el lecho, y quedó supina mientras el muro de
+almohadas se desmoronaba. Lloró con los ojos cerrados. La vida volvía
+entre aquellas olas de lágrimas. Oyó la campana de un reloj de la casa.
+Era la hora de una medicina. Era aquella tarde el encargado de dársela
+Quintanar y no aparecía. Ana esperó. No quiso llamar y se inclinó hacia
+la mesilla de noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo
+tomó y bebió. Entonces leyó distraída en el lomo del libro voluminoso:
+_Obras de Santa Teresa. I_.
+
+Se estremeció, tuvo un terror vago; acudió de repente a su memoria
+aquella tarde de la lectura de San Agustín en la glorieta de su huerto,
+en Loreto, cuando era niña, y creyó oír voces sobrenaturales que
+estallaban en su cerebro; ahora no tenía la cándida fe de entonces. «Era
+una casualidad, pura casualidad la presencia de aquel libro místico
+coincidiendo con los pensamientos de abandono que la entristecían, y
+despertando ideas de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma,
+serias, profundas, no impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto
+con abrazos del deseo.... Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo,
+ella tomaba la lección, aprovechaba la coincidencia, entendía el sentido
+profundo del azar. ¿No se quejaba de que estaba sola, no había caído
+como desvanecida por la idea del abandono?... Pues allí estaban aquellas
+letras doradas: _Obras de Santa Teresa. I_. ¡Cuánta elocuencia en un
+letrero! «¡Estás sola! pues ¿y Dios?».
+
+El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón;
+todo ardió allí dentro en piedad; y Ana, con irresistible ímpetu de fe
+ostensible, viva, material, fortísima, se puso de rodillas sobre el
+lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos juntas temblando
+sobre la cabeza, balbuciente, exclamó con voz de niña enferma y amorosa:
+
+--¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dios de mi alma!
+
+Sintió escalofríos y ondas de mareo que subían al cerebro; se apoyó en
+el frío estuco, y cayó sin sentido sobre la colcha de damasco rojo.
+
+A pesar de la prohibición de don Víctor, vino el retroceso, recayó la
+enferma, y se volvió a los sustos, a los apuros, a las noches en vela;
+el médico volvió a ser un oráculo, los pormenores de alcoba negocios
+arduos, el reloj un dictador lacónico.
+
+Ana tuvo aquellas noches sueños horribles. Al amanecer, cuando la luz
+pálida y cobarde se arrastraba por el suelo, después de entrar laminada
+por los intersticios del balcón, despertaba sofocada por aquellas
+visiones, como náufrago que sale a la orilla.... Parecíale sentir todavía
+el roce de los fantasmas groseros y cínicos, cubiertos de peste; oler
+hediondas emanaciones de sus podredumbres, respirar en la atmósfera
+fría, casi viscosa, de los subterráneos en que el delirio la
+aprisionaba. Andrajosos vestiglos amenazándola con el contacto de sus
+llagas purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien
+veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cabía
+sin darle tormento. Entonces creía morir. Una noche la Regenta reconoció
+en aquel subterráneo las catacumbas, según las descripciones románticas
+de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de vírgenes de blanca túnica,
+vagaban por las galerías húmedas, angostas y aplastadas, larvas,
+asquerosas, descarnadas, cubiertas de casullas de oro, capas pluviales y
+manteos que al tocarlos eran como alas de murciélago. Ana corría, corría
+sin poder avanzar cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto,
+queriendo antes destrozar en él sus carnes que sufrir el olor y el
+contacto de las asquerosas carátulas; pero al llegar a la salida, unos
+la pedían besos, otros oro, y ella ocultaba el rostro y repartía monedas
+de plata y cobre, mientras oía cantar responsos a carcajadas y le
+salpicaba el rostro el agua sucia de los hisopos que bebían en los
+charcos.
+
+Cuando despertó se sintió anegada en sudor frío y tuvo asco de su propio
+cuerpo y aprensión de que su lecho olía como el fétido humor de los
+hisopos de la pesadilla...
+
+«¿Iría a morir? ¿Eran aquellos sueños repugnantes emanaciones de la
+sepultura, el sabor anticipado de la tierra? ¿Y aquellos subterráneos y
+sus larvas eran imitación del infierno? ¡El infierno! Nunca había
+pensado en él despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella
+como en los más de los fieles; creía en el Infierno como en todo lo que
+mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había
+revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había dicho
+«creo a ciegas», tomando las palabras y la resolución de creer por la
+creencia. Pero otra cosa era en esta ocasión: el Infierno ya no era un
+dogma englobado en otros: ella había sentido su olor, su sabor... y
+comprendía que antes, en rigor, no creía en el Infierno. Sí, sí, era
+material o lo parecía, ¿por qué no? ¡Qué vana se le antojaba ahora a la
+Regenta la filosofía superficial del optimismo bullanguero, del
+espiritualismo abstracto, bonachón, sin sentido de la realidad triste
+del mundo! ¡Había infierno! Era así... la podredumbre de la materia para
+los espíritus podridos.... Y ella había pecado, sí, sí, había pecado.
+¡Qué diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que
+el mundo solía tener y con el cual ella se había absuelto de ciertas
+_ligerezas_ que ya le pesaban como plomo!». Y recordaba máximas y
+aforismos religiosos que había oído al Magistral, sin penetrar su
+terrible severidad, aquel sentido lúgubre y hondo que no parecían tener
+en los labios finos, suaves, llenos de silbantes sonidos del pulquérrimo
+canónigo.
+
+Ya había subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la mañana con
+tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa creían postrada o
+dormida a la Regenta y no abrían las maderas del balcón, ni interrumpían
+el descanso de la enferma. Ana sentía el día en el melancólico regalo
+que su mismo lecho, tantas veces aborrecido, le prestaba en aquellas
+horas de la mañana de primavera; otra vez volvía la vida a moverse en
+aquel cuerpo mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba
+avanzando por aquel terreno de su victoria, dudosa de ella todavía. El
+cerebro recobraba los dominios de la lógica, su salud; la memoria,
+firme, no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates.
+
+Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en
+sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quería
+acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginación, y poco a poco,
+según las olas de salud subían en su marea, la enferma, perdido el
+terror con que despertara, oía la acusación con dulce curiosidad
+creciente; la idea del infierno se desvanecía, como mueren las
+vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de asco y terror;
+aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad ordinaria,
+pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor, fuerza al
+ánimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el relato adquiría
+más y más interés.
+
+Pasaron entonces por el recuerdo todos los días que siguieron al
+entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el espíritu de Ana había
+dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Recordó la romería
+de San Blas, en la carretera de la Fábrica Vieja; aquella tarde de sol
+que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral allá arriba, como
+en la cúspide de un monumento, encaje de piedra obscura sobre fondo de
+naranja y de violeta de un cielo suave, listado, de nubes largas,
+estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo, como esperando a que se
+acostara el sol para cerrar el horizonte.... Sin saber cómo, San Blas
+anunciaba la primavera; Ana esperaba ya aquellos días en que, con largos
+intervalos de mal tiempo, aparece un poco de luz que arranca vibraciones
+de alegría y resplandor al verde dormido de los campos vetustenses;
+aquellos días que son algo mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las
+ideas tristes habían volado como pájaros de invierno, Ana se había visto
+en el paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba
+don Álvaro Mesía, enamorado, triste de tanto amor, resignado, cariñoso
+sin interés, suave y tierno, sin esperanza. Algo así como el mismo
+encanto del día; en rigor, el invierno, nada, pero en la tranquilidad y
+tibia y vaga alegría del ambiente, una delicia que saboreaba con
+inefable gozo la Regenta.
+
+Así don Álvaro; no sería jamás suya, eso no; ese verano ardiente no
+vendría, ni siquiera le consentiría hablarle claro, insistir en sus
+pretensiones; pero tenerle a su lado, _sentirle_ quererla, adorarla, eso
+sí: era dulce, era suave, era un placer tranquilo, profundo.... Ella le
+miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como
+una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal,
+llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego. Tal había sido el
+paseo de San Blas.
+
+Desde aquella tarde Mesía había recobrado parte de sus esperanzas; creyó
+otra vez en la influencia _del físico_ y se propuso estar al lado de Ana
+la mayor cantidad de tiempo posible. Era una villanía, pero recurrió a
+la ciega amistad de don Víctor. En el Casino se sentaba a su lado, tenía
+la paciencia de verle jugar al dominó o al ajedrez, y terminada la
+partida le cogía del brazo, y, como solía llover, paseaban por el salón
+largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las
+cinco o seis parejas que lo medían de arriba abajo a grandes pasos, que
+tenían por el furor de los tacones, algo de protesta contra el mal
+tiempo. Veterano del Casino había que llevaba andado en aquel salón
+camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos amigos, y
+Mesía iba entrando, entrando por el alma del jubilado regente y tomando
+posesión de todos sus rincones.
+
+Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más
+negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle,
+tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las
+tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del
+relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo. Don
+Álvaro sufría el tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se había
+resistido su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino
+subterráneo y traidor, pero ya no podía menos. Además «¡qué diablo!
+mayores bellaquerías había en la historia de sus aventuras».
+
+Don Víctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la
+cabeza para mirarle cara a cara, y decía, por ejemplo:
+
+--Mire usted, aquí en el secreto de la... pues... contando con el sigilo
+de usted.... Frígilis tiene también sus defectos. Yo le quiero más que un
+hermano, eso sí, pero él... él me tiene en poco... créalo usted.... No me
+lo niegue usted, es inútil, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se
+cree muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe más
+arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es más constante que yo en el
+trabajo... pero ¡tirar mejor que yo! ¡hombre por Dios! ¿Y el talento
+mecánico? Él es torpe de dedos y tardo de ingenio.--Y don Víctor,
+parándose otra vez, casi al oído de don Álvaro añadía--: Diré la
+palabra: ¡un rutinario!
+
+Quintanar era inagotable en el capítulo de las quejas y de la envidia
+pequeña, al pormenor, cuando se trataba de su amigo íntimo, de su
+Frígilis; se sentía dominado por él y desahogaba la colerilla sorda,
+cobarde, bonachona en el fondo, en estas confidencias; Mesía era una
+especie de rival de Frígilis que asomaba; don Víctor encontraba cierta
+satisfacción maligna en la infidelidad incipiente.
+
+Don Álvaro callaba y oía. Sólo cuando trataba don Víctor de su buena
+puntería se quedaba un poco preocupado. Le parecía imposible que se
+pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como don Tomás
+Crespo, a quien él creía loco de nacimiento.
+
+Anochecía, seguía lloviendo, los mozos de servicio encendían dos o tres
+luces de gas en el salón, y Quintanar conocía por esta seña y por el
+cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que había hablado mucho;
+sentía entonces remordimientos, se apiadaba de Mesía, le agradecía en el
+alma su silencio y atención, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso
+de cerveza alemana en su casa.
+
+La frase era:--¿Vamos a la Rinconada? Mesía, callando, seguía a don
+Víctor.
+
+Una intuición singular le decía al ex-regente que pagaba bien al amigo
+su atención llevándoselo a casa. ¿Por qué don Álvaro había de tener
+gusto en seguirle? Si se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese
+podido responder. Pero se lo daba el corazón; lo había observado, sin
+fijarse en la observación: a Mesía le gustaba entrar en la casa de la
+Rinconada.
+
+Solía llevarle al despacho, a su museo como él decía; allí le explicaba
+el mecanismo de aquellos intrincados maderos y resortes y, convencido de
+la ignorancia de su amigo, le engañaba sin conciencia. Lo que no
+consentía don Álvaro era que se pasase revista a las colecciones de
+yerbas y de insectos: le mareaba el fijar sucesiva y rápidamente la
+atención en tantas cosas inútiles.--El único _bicho_ que le era
+simpático a don Álvaro era un pavo real disecado por Frígilis y su
+amigo.--Solía acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba:
+
+--Bueno--decía don Víctor--pues pasaremos a mi gabinete, ya que usted
+desprecia mis colecciones.--Anselmo, la cerveza al gabinete.
+
+El gabinete era otro museo: estaban allí las armas y la indumentaria.
+Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy brillantes y
+bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas épocas y tamaños
+llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios guardaba don
+Víctor con el cariño de un coleccionador los trajes de aficionado que
+había lucido en mejores tiempos. Si se entusiasmaba hablando de sus
+marchitos laureles, abría las arcas, abría los armarios, y seda, galones
+y plumas, abalorios y cintajos en mezcla de colores chillones saltaban a
+la alfombra, y en aquel mar de recuerdos de trapo perdía la cabeza
+Quintanar. En una caja de latón, entre yerba, guardaba como oro en paño,
+un objeto, que a primera vista se le antojó a Mesía una serpiente; en
+efecto, yacía enroscado y era verdinegro el bulto.... No había que
+temer... don Víctor domaba fieras; aquello era la cadena que él había
+arrastrado representando el Segismundo de _La vida es sueño_, en el
+primer acto.
+
+--Mire usted, amigo mío, a usted puedo decírselo; no es inmodestia;
+reconozco, ¿cómo no? la superioridad de Perales en el teatro antiguo, su
+Segismundo es una revelación, concedo, revela mejor que el mío la
+filosofía del drama, pero... no me gustaba su modo de arrastrar la
+cadena; parecía un perro con maza; yo la manejaba con mucha mayor
+verosimilitud y naturalidad; arrastraba la cadena, créame usted, como si
+no hubiese arrastrado otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en
+Calatayud, me arrojaron todo ese hierro al escenario, como símbolo de mi
+habilidad. Por poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor
+recuerdo de mi efímera vida artística.
+
+Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía resistir la conversación
+de su amigo, pero muchas veces la Regenta no parecía por el gabinete de
+su marido, y el galán tenía que contentarse con el bock de cerveza y el
+teatro de Calderón y Lope.
+
+Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atreviéndose a ir a cualquier
+hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontró a su lado como un objeto
+familiar. Iba siendo Mesía al caserón lo que Frígilis a la huerta.
+
+Aquel procedimiento rastrero, de villano, debió irritarla, pero no la
+irritó; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborrecía a don Álvaro,
+a pesar de que sus intenciones eran torcidas, miserables; quería abusar
+de la confianza de don Víctor. «Pero ¿y si no quería? ¿Si se contentaba
+con estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por
+amiga? Veríamos. Si él se propasaba, estaba segura de resistir y hasta
+valor sentía para echarle en cara su crimen, su bajeza y arrojarle de
+casa».
+
+Pasaron días y Ana cada vez estaba más tranquila. «No, no se propasaba;
+no hacía más que admirarla, amarla en silencio. Ni una palabra
+peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar ocasiones, nada de buscar
+_escenas_; una honradez cabal; el amor que respeta la honra, la pasión
+que se alimenta de ver y respirar el ambiente que rodea al ser amado. El
+placer que ella sentía, también tenía que confesárselo, era el más
+intenso que había saboreado en su vida. Poco decir era por que ¡había
+gozado tan poco!». Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura de que no
+había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu en una
+somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio. Comparaba ella
+la situación a la aventura de flotar sobre mansa corriente perezosa,
+sombría, a la hora de la siesta; el agua va al abismo, el cuerpo
+flota... pero hay la seguridad de salir de la corriente cuando el
+peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los brazos y se
+está fuera, en la orilla.... Ya sabía Ana en sus adentros que aquello no
+estaba bien, por que ella no podía responder de la prudencia de don
+Álvaro. «Pero, ¿no estaba segura de sí misma? sí ¡pues entonces! ¿por
+qué no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de una
+madre, la fidelidad de un perro?». «Además, quien mandaba en casa era su
+marido, no era ella. ¿Buscaba ella a Mesía? No. ¿Mandaba ella a
+Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba. Obrar de otro modo hubiera
+sido alarmar al esposo sin motivo, infundir sospechas sin fundamento,
+tal vez robar a don Víctor para siempre la paz del alma. Lo mejor era
+callar, estar alerta, y... gozar la tibia llama de la pasión de soslayo;
+que con ser poco tal calor era la más viva hoguera a que ella se había
+arrimado en su vida».
+
+«Y al Magistral no se le decía nada de esto. ¿Para qué? No había pecado.
+Había ocasión, pero no se buscaba». Además, Ana, puesto que defendía su
+virtud, creía prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al
+confesor. «Si crecía el peligro, hablaría. Mientras tanto, no».
+
+Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario
+de la catedral, los preparativos de una expedición al campo en la que
+acompañaban a la Regenta Mesía, Frígilis y Quintanar. No fue aquella
+sola; muchas veces, en cuanto veía un rayo de sol, a don Víctor se le
+antojaba aprovechar el buen tiempo y echar una cana al aire en los
+ventorrillos de la carretera de Castilla o en los de Vistalegre, en
+compañía de las personas que más quería en Vetusta, a saber: su cara
+esposa, Frígilis... y don Álvaro. El pobre Ripamilán era invitado, pero
+decía que si no le llevaban en coche.... «El espíritu no faltaba, pero
+los huesos no tienen espíritu».
+
+Se comía, allá arriba, lo que salía al paso, lo que daban los pasmados
+venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas migas, huevos
+fritos, cualquier cosa; el pan era duro, ¡mejor! el vino malo, sabía a
+la pez, ¡mejor! esto le gustaba a Quintanar: y en tal gusto coincidía
+con su esposa, amiga también de estas meriendas aventuradas, en las que
+encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegría
+infantil. En aquellos altozanos se respiraba el aire como cosa nueva;
+se calentaban a los rayos del sol con voluptuosa pereza, como si el sol
+de Vetusta, de allá abajo, fuera menos benéfico. Notaba Ana que en
+aquella altura, en aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela
+picaresca, entre arrieros, maritornes y señores de castillos, a lo don
+Quijote, se despertaba en ella el instinto del arte plástico y el
+sentido de la observación; reparaba las siluetas de árboles, gallinas,
+patos, cerdos, y se fijaba en las líneas que pedían el lápiz, veía más
+matices en los colores, descubría grupos artísticos, combinaciones de
+composición sabia y armónica, y, en suma, se le revelaba la naturaleza
+como poeta y pintor en todo lo que veía y oía, en la respuesta aguda de
+una aldeana o de un zafio gañán, en los episodios de la vida del corral,
+en los grupos de las nubes, en la melancolía de una mula cansada y
+cubierta de polvo, en la sombra de un árbol, en los reflejos de un
+charco, y sobre todo en el ritmo recóndito de los fenómenos, divisibles
+a lo infinito, sucediéndose, coincidiendo, formando la trama dramática
+del tiempo con una armonía superior a nuestras facultades perceptivas,
+que más se adivina que de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de
+que tenía conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos
+de Vistalegre, camino de Corfín, le inundaba de visiones el cerebro y la
+sumía en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser una
+fatiga. Entonces la sacaban de sus éxtasis naturalistas una atención
+delicada de Mesía o una salida de buen humor intempestivo de Quintanar.
+Don Víctor creía que en el campo, sobre todo si se merienda, no se debe
+hacer más que locuras; y, por supuesto, era según él indispensable que
+alguien se disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. Él solía en
+tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del país;
+se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana
+negra al respetable concurso. Se reían por complacerle. Se merendaba
+casi siempre al aire libre, contemplando allá abajo el caserío parduzco
+de Vetusta; la catedral parecía desde allí hundida en un pozo, y muy
+chiquita; esbelta, pero como un juguete; detrás el humo de las fábricas
+en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y más allá los campos
+de maíz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de
+castaños y robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por
+fin, confundiéndose con los picachos de los puertos lejanos. Se
+filosofaba mientras se comía, tal vez con los dedos, salchichón o
+chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamón, lo que fuese;
+se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las
+que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual
+se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño; se hablaba
+de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el
+tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la
+infancia, las fechas lejanas en que había una memoria común; y un
+sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfín, se
+extendía sobre los comensales bucólicos y su filosofía de sobremesa.
+
+Comenzaba la brisa; picaba un poco y tenía sus peligros, pero halagaba
+la piel; salía una estrella; el cuarto de luna (que a don Víctor le
+parecía la plegadera de oro que le habían regalado en Granada), tomaba
+color, es decir, luz. La conversación, ya perezosa, daba entonces en la
+astronomía y se paraba en el concepto de lo infinito; se acababa por
+tener un deseo vago de oír música. Entonces Quintanar recordaba que se
+cantaba aquella noche _El Relámpago_ o _Los Magyares_; levantaba el
+campo, y paso a paso, volvían a la soñolienta Vetusta dejándose resbalar
+por la pendiente suave de la carretera. Frígilis dejaba el brazo a la
+Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mesía resignado, firme en
+su propósito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con
+don Víctor, que tal vez se permitía cantar a su modo el _spirto gentil_
+o la _casta diva_; aunque prefería recitar versos, sin que jamás se le
+olvidase decir con Góngora:
+
+ A su cabaña los guía
+ que el sol deja el horizonte,
+ y el humo de su cabaña
+ les va sirviendo de Norte.
+
+Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas
+desnudas, que chocaban alegres, inclinándose, preñadas ya de las nuevas
+hojas; y Ana, apoyándose tranquila en el brazo fuerte del mejor amigo,
+olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la primavera. De esto
+hablaban ella y Frígilis. Crespo, satisfecho, tranquilo, apacible, en
+voz baja, como respetando el primer sueño del campo, su ídolo, dejaba
+caer sus palabras como un rocío en el alma de Ana, que entonces
+comprendía aquella adoración tranquila, aquel culto poético, nada
+romántico, que consagraba Frígilis a la naturaleza, sin llamarla así,
+por supuesto. Nada de _grandes síntesis_, de cuadros disolventes, de
+filosofía panteística; pormenores, historia de los pájaros, de las
+plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida natural
+llena de lecciones de una observación riquísima. El amor de Frígilis a
+la naturaleza era más de marido que de amante, y más de madre que de
+otra cosa. En aquellos momentos, al volver a Vetusta con Ana del brazo,
+se hacía elocuente, hablaba largo y sin miedo, aunque siempre
+pausadamente; en su voz había arrullos amorosos para el campo que
+describía, y temblaba en sus labios el agradecimiento con que oía a otra
+persona palabras de cariño y de interés por árboles, pájaros y flores.
+Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de árbol inteligente, y
+se apoyaba y casi recostaba en Frígilis como en una encina venerable. Y
+detrás venía el otro, ella lo sentía. A veces hablaba con Ana don Álvaro
+y Ana contestaba con voz afable, como en pago de su prudencia, de su
+paciencia y de su martirio.... «Porque, sin duda, sufrir tanto tiempo a
+Quintanar era un martirio».
+
+Don Álvaro sudaba de congoja. Don Víctor se le colgaba del brazo,
+levantaba los ojos al cielo y se divertía en encontrar parecidos entre
+los nubarrones de la noche y las formas más vulgares de la tierra.
+
+--«Mire usted, mire usted, aquel cúmulus es lo mismo que Ripamilán;
+figúreselo usted con la teja en la mano....
+
+--»Aquel cirrus negro parece la moña de un torero...».
+
+Don Álvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante a
+don Víctor, que traía llavín, levantaba el puño cerrado sobre la cabeza
+del insoportable amigo.... No descargaba el golpe... no... pero.... «¡Ya
+lo descargaría!».
+
+«¡Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por ojo».
+
+Así vivía Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes
+remordimientos, aunque no satisfecha de sí misma. Ni permitía a don
+Álvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni le
+rechazaba con el categórico desdén que la virtud, lo que se llama la
+virtud, exigía. Estas medias tintas de la moralidad le parecían entonces
+a ella las más conformes a la flaca naturaleza humana. «¿Por qué he de
+creerme más fuerte de lo que soy?».
+
+También volvió a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy bien recibida;
+la del Banco se la comía a besos, le hablaba de modas, le mandaba
+patrones a casa, y le recordaba visitas que tenía que pagar y a que ella
+la acompañaba, porque don Víctor se negaba a perder el tiempo en estos
+cumplidos.
+
+--Señor--gritaba él--yo no sirvo para eso; no se me haga a mi hablar del
+tiempo, del mal servicio de criadas, de la carestía de los comestibles.
+¡Exíjase de mí cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido!
+
+--Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades--decía para sus
+adentros.
+
+Visitación procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, por la
+boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el buen
+tiempo la ayudaba.
+
+La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las
+prefería a su estéril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba
+tristezas, un hastío hondo y el rencoroso espíritu de protesta de la
+carne pisoteada, que bramaba en cuanto podía. «Era mejor vivir como
+todos, dejarse ir, ocupar el ánimo con los pasatiempos vulgares, sosos,
+pero que, al fin, llenan las horas...».
+
+En esta situación estaba cuando el Magistral le dijo en el confesonario
+que se perdía; que él la había visto arrojar con desdén sobre un banco
+de césped la historia de Santa Juana Francisca.... Aquella tarde De Pas
+estuvo más elocuente que nunca; ella comprendió que estaba siendo una
+ingrata, no sólo con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo
+fuego, razón luminosa, lengua de oro, de oro líquido.... La voz del
+sacerdote vibraba, su aliento quemaba, y Ana creyó oír sollozos
+comprimidos. «Era preciso seguirle o abandonarle; él no era el capellán
+complaciente que sirve a los grandes como lacayo espiritual; él era el
+padre del alma, el padre, ya que no se le quería oír como hermano. Había
+que seguirle o dejarle». Y después había hablado de lo que él mismo
+sentía, de sus ilusiones respecto de ella. «Sí, Ana (Ana la había
+llamado, estaba ella segura), yo había soñado lo que parecía anunciarse
+desde nuestra primer entrevista, un espíritu compañero, un hermano
+menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en armónica
+unión; yo había soñado que ya no era Vetusta para mí cárcel fría, ni
+semillero de envidias que se convierten en culebras, sino el lugar en
+que habitaba un espíritu noble, puro y delicado, que al buscarme para
+caminar en la vía santa de salvación, sin saberlo, me guiaba también por
+esa vía; yo esperaba que usted fuese lo que aquella historia que
+llorando me contaba, prometía... lo que usted me prometió cien veces
+después.... Pero no, usted desconfía de mí, no me cree digno de su
+dirección espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que
+siente, tal vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su
+confidente».
+
+--No, no--repetía Ana llorando; pero él había seguido hablando de su
+despecho, cada vez más triste, cada vez con más ardor en las palabras y
+en el aliento.... Y habían concluido por reconciliarse, por prometerse
+nueva vida, verdadera reforma, eficaz cambio de costumbres; y ella
+exaltada le había dicho: «¿Quiere usted que hoy mismo le acompañe a casa
+de doña Petronila?». «Sí, sí; eso, lo mejor es eso», había contestado
+él. Y habían ido juntos sin pensar ni uno ni otro lo que hacían.
+
+Desde aquella tarde había empezado para la Regenta la vida de la devota
+práctica; pero duró poco la eficacia de aquel impulso en que no había
+piedad acendrada sino gratitud, el deseo de complacer al hombre que
+tanto trabajaba por salvarla, y que era tan elocuente y que tanto valía.
+Ana a veces, no pudiendo elevar su atención a las cosas invisibles, a la
+contemplación piadosa, procuraba preparar este viaje místico pensando en
+el Magistral. «¡Oh, qué grande hombre! ¡Y qué bien penetraba en el
+espíritu, y qué bien hablaba de lo que parece inefable, de los
+subterráneos de las intenciones, de las delicadezas del sentimiento! ¡Y
+cuánto le debía ella! ¿Por qué tanto interés si aquella pecadora no lo
+merecía?». Las lágrimas se agolpaban a los ojos de Ana. Lloraba de
+gratitud y de admiración. Y no pudiendo meditar sobre cosas santas,
+piadosas, poníase la mantilla y corría a la conferencia de San Vicente,
+o a la Junta del Corazón o al Catecismo, o a misa... donde
+correspondiera. Pero la fe era tibia; por allí no se iba a donde ella
+había deseado. Además, se conocía; sabía que ella, de entregarse a Dios,
+se entregaría de veras; que mientras su devoción fuese callejera,
+ostentosa y distraída, ella misma la tendría en poco, y cualquier pasión
+mala, pero fuerte, la haría polvo.
+
+Mas resuelta a huir de los extremos, a ser _como todo el mundo_,
+insistió en seguir a las _demás beatas_ en todos sus pasos, y aunque sin
+gusto, entró en todas las cofradías, fue hija y hermana, según se
+quiso, de cuantas juntas piadosas lo solicitaron.
+
+Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni menos que doña
+Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio
+en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo,
+en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de
+hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Álvaro,
+y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares
+había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en
+cuanto mujer de sociedad.
+
+Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer,
+pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.
+
+--Esta mujer--decía don Álvaro--es _peor_ que Troya.
+
+--El remedio ha sido peor que la enfermedad--pensaba don Fermín.
+
+Ana veía en los pormenores de la vida de beata mil motivos de
+repugnancia; pero prefería apartar de ellos la atención: no dejaba que
+el espíritu de contradicción buscase las debilidades, las groserías, las
+miserias de aquella devoción exterior y bullanguera. No quería censurar,
+no quería ver.
+
+Pero a sí misma se comparaba al cadáver del Cid venciendo moros. No era
+ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia.
+
+Y volvió la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya otra
+época de luchas interiores, de aridez y rebelión.
+
+Una noche, después de oír un sermón soporífero, entró en su tocador casi
+avergonzada de haber estado dos horas en la iglesia como una piedra;
+oyendo, sin piedad y sin indignación, sin lástima siquiera, necedades
+monótonas, tristes; viendo ceremonias que nada le decían al alma....
+
+--Oh, no, no--se dijo, mientras se desnudaba--yo no puedo seguir así...
+
+Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo,
+había añadido en voz alta, para dar más solemnidad a su protesta:
+
+--¡Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de idiota....
+¡Cualquier cosa... menos ser como _todas esas_!
+
+Y a los pocos días cayó enferma.
+
+Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas
+transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas
+plásticas, teatrales--gracias a la salud que volvía a rodar con la
+sangre--, sentía la débil convaleciente remordimientos que ella se
+complacía en creer intensos, punzantes. «¡Oh! ¡qué diferencia entre
+aquel sopor moral en que vivía pocas semanas antes, y la agudeza de su
+conciencia ahora, allí postrada, sin poder levantar el embozo de la
+colcha con la mano, pero con fuerza en la voluntad para levantar el
+plomo del pecado, que la abrumaba con su pesadumbre!».
+
+«¡Esta sí que era resolución firme! Iba a ser buena, buena, de Dios,
+sólo de Dios; ya lo vería el Magistral. Y él, don Fermín, sería su
+maestro vivo, de carne y hueso; pero además tendría otro; la santa
+doctora, la divina Teresa de Jesús... que estaba allí, junto a su
+cabecera esperándola amorosa, para entregarle los tesoros de su
+espíritu».
+
+Ana, burlando los decretos del médico, probó en los primeros días de
+aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido: iba a él como
+un niño a una golosina. Pero no podía. Las letras saltaban, estallaban,
+se escondían, daban la vuelta... cambiaban de color... y la cabeza se
+iba.... «Esperaría, esperaría». Y dejaba el libro sobre la mesilla de
+noche, y con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía en
+imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía corporal; se
+contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la
+arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. «¡Qué de cosas la diría
+ahora que ella no había sabido comprender cuando la leyera distraída,
+por máquina y sin gusto!».
+
+La impaciencia pudo más que las órdenes del médico, y antes de dejar el
+lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez incorporarse entre
+almohadones, algo más fuerte ya, Ana hizo nuevo ensayo y entonces
+encontró las letras firmes, quietas, compactas; el papel blanco no era
+un abismo sin fondo, sino tersa y consistente superficie. Leyó; leyó
+siempre que pudo. En cuanto la dejaban sola, y eran largas sus
+soledades, los ojos se agarraban a las páginas místicas de la Santa de
+Ávila, y a no ser lágrimas de ternura ya nada turbaba aquel coloquio de
+dos almas a través de tres siglos.
+
+
+
+
+--XX--
+
+
+Don Pompeyo Guimarán, presidente dimisionario de la _Libre Hermandad_,
+natural de Vetusta, era de familia portuguesa; y don Saturnino Bermúdez,
+el arqueólogo y etnógrafo, que dividía a todos sus amigos en celtas,
+íberos y celtíberos, sin más que mirarles el ángulo facial y a lo sumo
+palparles el cráneo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la
+gente lusitana, no precisamente en el cráneo, sino más bien en el
+abdomen. Don Pompeyo no decía que sí ni que no; cierto era que el tenía
+un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida sedentaria; que
+andaba muy tieso, porque creía que «quien era recto como espíritu,
+digámoslo así, debía serlo como físico»; pero en punto a los vestigios
+de raza y nación él se declaraba neutral: quería decir que le era
+indiferente esta cuestión, toda vez que tan español consideraba a un
+portugués como a un castellano como a un extremeño. De modo, que siempre
+que se le hablaba de tal asunto acababa por hacer una calorosa defensa
+de la unión ibérica, unión que debía iniciarse en el arte, la industria
+y el comercio para llegar después a la política.
+
+Además ¿qué le importaban a don Pompeyo estos accidentes del nacimiento?
+Su inteligencia andaba siempre por más altas regiones. Él en este mundo
+era principalmente un _altruista_, palabreja que, preciso es confesarlo,
+no había conocido hasta que con motivo de una disputa filosófica de la
+que salió derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llevó a leer
+las obras de Comte. Allí vio que los hombres se dividían en egoístas y
+_altruistas_ y él, a impulsos de su buen natural, se declaró _altruista_
+de por vida; y, en efecto, se la pasó metiéndose en lo que no le
+importaba. Tenía algunas haciendas, pocas, la mayor parte procedentes de
+bienes nacionales; y de su renta vivía con mujer y cuatro hijas
+casaderas.
+
+Comía sopa, cocido y principio; cada cinco años se hacía una levita,
+cada tres compraba un sombrero alto lamentándose de las exigencias de la
+moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso. A esto lo llamaba
+él su _aurea mediocritas_. Pudo haber sido empleado; pero «¿con quién?
+¡si aquí nunca hay gobiernos!». Cargos gratuitos los desempeñaba siempre
+que se le ofrecían, porque sus conciudadanos le tenían a su disposición,
+sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo suyo. A pesar de tanta
+modestia y parsimonia en los gastos, los maliciosos atribuían su
+exaltado liberalismo y su descreimiento y desprecio del culto y del
+clero a la procedencia de sus tierras. «¡Claro, decían las beatas en los
+corrillos de San Vicente de Paúl, y los ultramontanos en la redacción de
+_El Lábaro_, claro, como lo que tiene lo debe a los despojos impíos de
+los liberalotes! ¿Cómo no ha de aborrecer al clero si se está comiendo
+los bienes de la Iglesia?». A esto hubiera objetado don Pompeyo, si no
+despreciara tales hablillas, «abroquelado en el santuario de su
+conciencia», hubiera contestado que don Leandro Lobezno, el obispo de
+levita, el Preste Juan de Vetusta, el seráfico presidente de la Juventud
+Católica, era millonario gracias a los bienes nacionales que había
+comprado cierto tío a quien heredara el don Leandro». Pero no, don
+Pompeyo no contestaba. Él aborrecía el fanatismo, pero perdonaba a los
+fanáticos.
+
+«¿No era él un filósofo? Bien sabía Dios que sí».--Esto de que bien lo
+sabía Dios era una frase hecha, como él decía, que se le escapaba sin
+querer, porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarán no creía en
+Dios. No hay para qué ocultarlo. Era público y notorio. Don Pompeyo era
+el ateo de Vetusta. «¡El único!» decía él, las pocas veces que podía
+abrir el corazón a un amigo. Y al decir ¡el único! aunque afectaba
+profundo dolor por la ceguedad en que, según él, vivían sus
+conciudadanos, el observador notaba que había más orgullo y satisfacción
+en esta frase que verdadera pena por la falta de propaganda. Él daba
+ejemplo de ateísmo por todas partes, pero nadie le seguía.
+
+En Vetusta no se aclimataba esta planta; él era el único ejemplar,
+robusto, inquebrantable eso sí, pero el único. Y don Pompeyo sentía
+remordimientos cuando se sorprendía deseando que jamás cundiese _la
+doctrina racional, salvadora_, que por tal la tenía. Todos le llamaban
+el _Ateo_, pero la experiencia había convencido a los más fanáticos de
+que no mordía. «Era el león enamorado de una doncella», decía
+elegantemente Glocester, «una fiera sin dientes». Hasta las más
+recalcitrantes beatas pasaban al lado del _Ateo_ sin echarle una mala
+maldición: era como un oso viejo, ciego y con bozal que anduviese
+domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los chiquillos; olía mal
+pero no pasaba de ahí. Sin embargo, varias veces se había pensado en
+darle un disgusto serio para que se convirtiera o abandonase el pueblo.
+Esto dependía del mayor o menor celo apostólico de los obispos. Uno hubo
+(después llegó a cardenal), que pensó seriamente en excomulgar a don
+Pompeyo. Este recibió la noticia en el Casino--todavía iba al Casino
+entonces--. Una sonrisa angelical se dibujó en su rostro: así debió de
+sonreír el griego que dijo: pega, pero escucha. La boca se le hizo agua:
+aquella excomunión le hacía cosquillas en el alma: ¡qué más podía
+ambicionar! En seguida pensó en tomar una postura moral digna de las
+circunstancias. Nada de aspavientos, nada de protestas.--Se contentó con
+decir--: El señor obispo no tiene derecho de excomulgar a quien no
+comulga; pero venga en buen hora la excomunión... y ahí me las den
+todas.
+
+Su mujer y cuatro hijas pensaban de muy distinta manera. En vano quiso
+ocultarlas que el rayo amenazaba su hogar tranquilo. La casa de don
+Pompeyo se convirtió en un mar de lágrimas; hubo síncopes; doña
+Gertrudis cayó en cama. El infeliz Guimarán sintió terribles
+remordimientos: sintió además inesperada debilidad en las piernas y en
+el espíritu. «¡No que él se convirtiera! ¡eso jamás! pero ¡su Gertrudis,
+sus niñas!» y lloraba el desgraciado; y volviéndose del lado hacia donde
+caía el palacio episcopal enseñaba los puños y gritaba entre suspiros y
+sollozos:--«¡Me tienen atado, me tienen atado esos hijos de la
+aberración y la ceguera! ¡desgraciado de mí! ¡pero más dignos de
+compasión ellos que no ven la luz del medio día, ni el sol de la
+Justicia». Ni aun en tan amargos instantes insultaba al obispo y demás
+alto clero. Tuvo que transigir; tuvo que tolerar lo que al principio le
+sublevaba sólo pensado, que sus hijas se _moviesen_, que sus amigos
+pusieran en juego sus relaciones para que el obispo se metiera el rayo
+en el bolsillo.... Se consiguió, no sin trabajo, y sin necesidad de que
+don Pompeyo se retractase de sus errores. Se echó tierra al ateísmo de
+Guimarán. Él calló una temporada, pero luego volvió a la carga,
+incansable en aquella propaganda, que, en el fondo de su corazón,
+deseaba infructuosa, por el gusto de ser el único ejemplar de la, para
+él, preciosa especie del ateo. Sus principales batallas las daba en el
+Casino, donde pasaba media vida (después lo abandonó por motivos
+poderosos.) Los vetustenses eran, en general, poco aficionados a la
+teología; ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas _de
+tejas arriba_. Los _avanzados_ se contentaban con atacar al clero,
+contar chascarrillos escandalosos en que hacían principal papel curas y
+amas de cura; en esta amena conversación entraban también con gusto
+algunos conservadores muy ortodoxos. Si creían haber llegado demasiado
+lejos y temían que alguien pudiera sospechar de su acendrada
+religiosidad, se añadía, después de la murmuración escandalosa:--«Por
+supuesto que estas son las excepciones.--No hay regla sin excepción,
+decía don Frutos el americano.--La excepción confirma la regla, añadía
+Ronzal el diputado. Y hasta había quien dijera:--Y hay que distinguir
+entre la religión y sus ministros.--Ellos son hombres como nosotros...».
+Los avanzados presentaban objeciones, defendían la solidaridad del dogma
+y el sacerdote, y entonces el mismo don Pompeyo tenía que ponerse de
+parte de los reaccionarios, hasta cierto punto y decir:--Señores, no
+confundamos las cosas, el mal está en la raíz.... El clero no es malo ni
+bueno; es como tiene que ser.... Al oír tal, todos se levantaban en
+contra, unos porque defendía al clero y otros porque atacaba el dogma.
+Bien decía él que estaba completamente solo, que era el _único_.--De
+aquellas discusiones, que buscaba y provocaba todos los días, afirmaba
+él que «salía su espíritu, llamémosle así, lleno de amargura (y no era
+verdad, el remordimiento se lo decía), lleno de amargura porque en
+Vetusta nadie pensaba; se vegetaba y nada más. Mucho de intrigas, mucho
+de politiquilla, mucho de intereses materiales mal entendidos; y nada de
+filosofía, nada de elevar el pensamiento a las regiones de lo ideal.
+Había algún erudito que otro, varios canonistas, tal cual jurisconsulto,
+pero pensador ninguno. No había más pensador que él». «Señores, decía a
+gritos después de tomar café, cerca del gabinete del tresillo, si aquí
+se habla de las graves cuestiones de la inmortalidad del alma, que yo
+niego por supuesto, de la Providencia, que yo niego también, o toman
+ustedes la cosa a broma, a guasa, como dicen ustedes, o sólo se
+preocupan con el aspecto utilitario, egoísta, de la cuestión: si Ronzal
+será inmortal, si don Frutos prefiere el aniquilamiento a la vida futura
+sin recuerdo de lo presente.... Señores ¿qué importa lo que quiera don
+Frutos ni lo que prefiera Ronzal? La cuestión no es esa; la cuestión es
+(y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios; si caso de haberlo,
+piensa para algo en la mísera humanidad, si...».
+
+--«¡Chitón! ¡silencio!» gritaban desde dentro los del tresillo; y don
+Pompeyo bajaba la voz, y el corro se alejaba de los tresillistas, lleno
+de respeto, obedientes todos, convencidos de que aquello del juego era
+cosa mucho más seria que las teologías de don Pompeyo, más práctica, más
+respetable.--Miren ustedes, decía Ronzal, que todavía no era sabio, yo
+creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la verdad, eso de que
+el cielo ha de ser una contemplación eterna de la Divinidad... hombre,
+eso es pesado.--¿Y qué? objetaba el americano don Frutos, en voz baja
+también, temeroso de nuevo aviso de los tresillistas; ¿y qué? Yo me
+contento con pasar la vida eterna mano sobre mano. Bastante he trabajado
+en este mundo. ¡Peor sería eso que dicen que dice _Alancardan_, o san
+Cardan, o san Diablo! pues... que.... No sabía cómo explicarlo el pobre
+don Frutos. «Ello venía a ser que en muriéndonos íbamos a otra estrella,
+y de allí a otra, a pasar otra vez las de Caín, y ganarnos la vida». La
+idea de volver, en Venus o en Marte, a buscar negros al África y
+comprarlos y venderlos a espaldas de la ley, le parecía absurda a
+Redondo y le volvía loco. «¡Antes el aniquilamiento, como dice el ateo!»
+concluía limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por aquel
+esfuerzo intelectual, tan fuera de sus hábitos.--Con esta cuestión de la
+inmortalidad, era con la que abría don Pompeyo brecha en el alcázar de
+la fe de los socios, pero siempre concluían por cerrar aquella brecha
+con las salvedades de rúbrica.--«Por supuesto. Dios sobre todo....
+Doctores tiene la Iglesia...».
+
+Y en último caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teologías.
+Le dejaban solo. Los tresillistas se quejaron a la junta. Tuvo que
+cambiar de mesa y de sala, si quiso seguir predicando ateísmo.
+
+«¡Este era el estado del libre examen en Vetusta!» pensaba Guimarán con
+tristeza mezclada de orgullo.
+
+En el billar tampoco querían teología racional. Don Pompeyo, más
+abandonado cada día, se colocaba taciturno, como Jeremías podría pararse
+en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de piernas, delante de
+la mesa pequeña, la de carambolas, y largo rato contemplaba a aquellos
+ilusos que pasaban las horas de la brevísima existencia, viendo chocar
+o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces tropezaba la maza de un
+taco con el abdomen de don Pompeyo.
+
+--Usted dispense, señor Guimarán.
+
+--Está usted dispensado, joven--respondía el pensador rascándose la
+barba con una ironía trágica, profunda, y sonriendo, mientras movía la
+cabeza dando a entender que estaba perdido el mundo.
+
+Aburrido de tanta _superficialidad_ subía al _cuarto del crimen_, a ver
+a los partidarios del azar. Allí oía el nombre de Dios a cada momento,
+pero en términos que no le parecían nada filosóficos.
+
+--¡Don Pompeyo, tiene usted razón!--gritaba un perdido al despedirse de
+la última peseta--¡tiene usted razón, no hay Providencia!
+
+--¡Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas!
+
+Y salía furioso del Casino. «No se podía ir allí».
+
+Cuando _estalló la Revolución de Septiembre_, Guimarán tuvo esperanzas
+de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada. ¡Todo era hablar mal
+del clero! Se creó una sociedad de filósofos... y resultó espiritista;
+el jefe era un estudiante madrileño que se divertía en volver locos a
+unos cuantos zapateros y sastres. Salió ganando la Iglesia, porque los
+infelices menestrales comenzaron a ver visiones y pidieron confesión a
+gritos, arrepintiéndose de sus errores con toda el alma. Y nada más: a
+eso se había reducido la _revolución religiosa_ en Vetusta, como no se
+cuente a los que _comían de carne_ en Viernes Santo.
+
+Don Pompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia. En
+figurándosela con J mayúscula, tomaba para él cierto aire de divinidad,
+y sin darse cuenta de ello, era idólatra de aquella palabra abstracta.
+Por la _justicia_ se hubiera dejado hacer tajadas.
+
+«La Justicia le obligaba a reconocer que el actual obispo de Vetusta,
+don Fortunato Camoirán, era una persona respetable, un varón virtuoso,
+digno; equivocado, equivocado de medio a medio, pero digno. ¿Tenía un
+ideal? pues don Pompeyo le respetaba».
+
+Don Pompeyo no leía, meditaba. Después de las obras de Comte (que no
+pudo terminar), no volvió a leer libro alguno; y en verdad, él no los
+tenía tampoco. Pero meditaba.
+
+Algunas veces discutía con Frígilis, en quien reconocía la _madera de un
+libre pensador_, pero mal educado. No le quería bien. «¡Ese es
+panteísta!» decía con desdén. «Ese adora la naturaleza, los animales, y
+los árboles especialmente... además, no es filósofo; no quiere pensar en
+las grandes cosas, sólo estudia nimiedades.... Está muy hueco porque
+después de cien mil ensayos ridículos, aclimató el Eucaliptus en
+Vetusta.... ¿Y qué? ¿Qué problema metafísico resuelve el Eucaliptus
+globulus? Por lo demás yo reconozco que es íntegro... y que sabe... que
+sabe... por más que su decantado darwinismo... y aquella locura de
+injertar gallos ingleses...».
+
+Guimarán fue varias veces derrotado por Frígilis en sus polémicas.
+Frígilis era apóstol ferviente del transformismo; le parecía absurdo y
+hasta ridículo hacer ascos al abolengo animal.... Don Pompeyo, aunque se
+sentía seducido por aquella teoría que _dejaba_ un subido y delicioso
+olor a herética y atea, no se decidía a creerse descendiente de cien
+orangutanes; sonreía como si le hiciesen cosquillas... pero no se
+determinaba a decir sí ni a decir no.
+
+«Mi última afirmación es la duda.... Se me hace cuesta arriba». Pero de
+todas suertes su ateísmo quedaba en pie; para negar a Dios con la
+constancia y energía con que él lo negaba, no hacía falta leer mucho, ni
+hacer experimentos, ni meterse a cocinero químico. «¡Mi razón me dice
+que no hay Dios; no hay más que Justicia!».
+
+Frígilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba sonriendo
+con benevolencia; y con un poco de burla, en que había algo de caridad,
+le decía:
+
+--«¿Pero, señor Guimarán, tan seguro está usted de que no hay Dios?».
+
+--«¡Sí, señor mío! ¡mis principios son fijos! ¡fijos! ¿entiende usted? Y
+yo no necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de
+animales, para llegar a mi conclusión categórica.... Si su ciencia de
+usted, después de tanta retorta, y tanto protoplasma y demás zarandajas,
+no da por resultado más que esa duda, ¡guárdese la ciencia de los libros
+en donde quiera, que yo no la he menester!».
+
+El honrado Guimarán daba media vuelta y se iba furioso, llena el alma de
+rencores y envidias pasajeras, y Frígilis seguía sonriendo y movía la
+cabeza a un lado y a otro.
+
+Si le preguntaban qué opinaba del
+
+_Ateo_, decía:
+
+--«¿Quién, don Pompeyo? Es una buena persona. No sabe nada, pero tiene
+muy buen corazón».
+
+Guimarán juró--tenía que parar en ello--juró no poner jamás los pies en
+el Casino.
+
+--«Lo que se ha hecho allí conmigo no se hace con ningún cristiano».
+
+Tenía el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, pero
+protestaba en seguida contra «aquellas metáforas y solecismos del
+lenguaje».
+
+Lo que habían hecho con él había sido celebrar el aniversario 25 de la
+exaltación de Pío Nono al Pontificado, colgando los tapices de gala y
+sacando a relucir los aparatos de gas, con que iluminaban la fachada en
+las grandes solemnidades.
+
+Don Pompeyo se dirigió a la junta en papel de oficio citando los
+artículos del Reglamento que, en su opinión, «prohibían semejantes
+muestras de júbilo por parte de una corporación que, por su calidad de
+círculo de recreo, no debía, no podía tener religión positiva
+determinada».
+
+Y en el salón daba gritos, mientras los mozos colgaban los tapices de
+los balcones; hacía aspavientos, e invocaba la tolerancia religiosa, la
+libertad de cultos y hasta la sesión del juego de pelota.
+
+--Pero, hombre--le decía Ronzal, con deseos de pegarle--¿qué le importa
+a usted que el Casino cuelgue e ilumine? ¿Qué le ha hecho a usted la
+Santidad de Pío Nono?
+
+--¿Qué me ha hecho la Santidad?... Se lo diré a usted, sí señor, se lo
+diré a usted. Pío Nono me era... hasta simpático... reconocía en él un
+hombre de buena fe.... Pero la infalibilidad ha puesto entre los dos una
+muralla de hielo; un abismo que no se puede salvar.... ¡Un hombre
+infalible! ¿Comprende usted eso, Ronzal?
+
+--Sí, señor, perfectamente. Es la cosa más clara....
+
+--Pues explíquemelo usted.--Entendámonos, señor Guimarán, si usted
+quiere examinarme... ¡sepa usted que yo... no aguanto ancas!...
+
+--No se trata aquí de la grupa de nadie... sino de que usted pruebe la
+infali....
+
+--¿La _infalibidad_?
+
+--Sí, señor... la infalibilidad... la in... fa... li... bi... li....
+
+--¡Oiga usted, señor don Pompeyo, que a mí las canas no me asustan! y si
+usted se burla, yo hago la cuestión personal....
+
+--¿Cómo personal? ¿También usted es infalible?
+
+--¡Señor Guimarán!
+
+--En resumen, señor mío....
+
+--Eso es, _reasumiendo_...
+
+--Yo me borro de la lista...--¡Pues tal día hará un año!
+
+Ronzal no demostró el por qué de la infalibilidad, pero don Pompeyo se
+borró de la lista del Casino.
+
+Perdió aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y anduvo
+como alma en pena vagando de café en café hasta que al cabo de algunos
+años tropezó con don Santos Barinaga en el _Restaurant y café de la
+Paz_, donde todas las noches el enemigo implacable del Magistral se
+preparaba a mal morir bebiendo un cognac con honores de espíritu de
+vino.
+
+Entablaron amistad que llegó a ser íntima. Don Santos había sido siempre
+un buen católico; es más, de la Iglesia vivía, pues su comercio era de
+objetos del culto.
+
+Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de «La Cruz
+Roja» había empezado a _labrar su ruina_, iba sintiendo cada día más
+vacilante el alcázar de su fe... y más vacilantes las piernas. Empezaba,
+como otros muchos, por negar la virtud del sacerdocio y, además--esto no
+se sabe que lo hayan hecho otros heresiarcas--, coincidía en él aquel
+desprecio de los ordenados _in sacris_ con la afición desmesurada al
+alcohol en sus varias manifestaciones.
+
+Poco trabajo le costó a Guimarán hacer un prosélito de don Santos. De
+día en día y de copa en copa avanzaba la impiedad en aquel espíritu; y
+llegó a creer que Jesucristo no era más que una constelación; disparate
+que había leído don Pompeyo en un libro viejo que compró en la feria.
+Guimarán tenía la impiedad fría del filósofo, Barinaga los rencores del
+sectario, la ira del apóstata.
+
+Cuando le parecía al buen tendero que iba demasiado lejos en sus
+negaciones, para ocultar el miedo, se ponía de pie, copa en mano, y
+decía solemnemente:
+
+--En último caso, si me equivoco, si blasfemo... toda la responsabilidad
+caiga sobre ese pillo... sobre ese _rapavelas_... ¡sobre ese maldito don
+Fermín!...
+
+El café de la Paz era grande, frío; el gas amarillento y escaso parecía
+llenar de humo la atmósfera cargada con el de los cigarros y las
+cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban estaba desierto
+el salón; los mozos, de chaqueta negra y mandil blanco, dormitaban por
+los rincones. Un gato pardo iba y venía del mostrador a la mesa de don
+Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero convencido de que no
+decía más que disparates, bostezaba, y daba media vuelta.
+
+Guimarán veía con gran satisfacción los progresos de la impiedad en
+aquel espíritu lleno de pasión; no había llegado don Santos al ateísmo,
+«pero este era un grado de perfección filosófica que tal vez le venía
+muy ancho al antiguo comerciante de cálices y patenas». Don Pompeyo se
+contentaba con arrancarle las raíces y retoños de toda religión
+positiva. No le agradaba verle cada vez más _enfrascado_ en el
+aguardiente y el cognac; pero don Santos si no bebía no daba pie con
+bola, no entendía palabra de lugares teológicos. Había que dejarle
+beber.
+
+A las diez y media de la noche salían juntos; don Pompeyo daba el brazo
+a don Santos y le acompañaba hasta dejarle bastante lejos del café,
+porque si no se volvía solo. En la esquina de una calleja se despedían
+con largo apretón de manos, y Guimarán, sereno y satisfecho, se
+restituía a su hogar tranquilo donde le esperaban su amante esposa y
+cuatro hijas que le adoraban.
+
+Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con
+nieblas en el pensamiento y en los ojos. Su pie vacilaba; el pudor
+entregado a sí mismo, luchaba por encontrar una marcha y un continente
+decoroso; pero en vano, un movimiento en zig-zag agitaba todo el cuerpo
+del enfermo; cada paso era un triunfo; la cabeza se tenía mal sobre los
+hombros... y de la faringe del borracho salían, como arrullos de
+tórtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta monótona,
+inarticulada, que era a su modo expresión de una idea fija, o mejor, de
+un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de la manía. A todas
+las manchas de las paredes, a todas las sombras de los faroles les
+contaba, gruñendo, la historia de su ruina, y no había piedra de aquel
+camino, que no supiese la escandalosa leyenda de la fortuna del
+Magistral.
+
+Si Barinaga tomó de don Pompeyo su apostasía, Guimarán se contagió con
+el odio de don Santos al Provisor y a doña Paula. «¡Era escandaloso,
+ciertamente, aquel tráfico indigno!». Los dos viejos fueron trompas de
+la fama contra la honra del Provisor. Don Santos alborotó la vecindad
+muchas noches; no bastó la intervención del sereno; llegó a dar puñadas,
+bastonazos y hasta patadas en la puerta de la _Cruz Roja_. El dueño del
+establecimiento se quejó a la autoridad, creció el escándalo, los
+enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se
+gritaba: «¿Cómo se entiende? ¿van a prender a don Santos después de
+haberle arruinado?
+
+¿Se atrevería la autoridad a tomar una _medida represiva_?».
+
+En el cabildo, Glocester, el maquiavélico Arcediano, hablaba al oído de
+los canónigos «de descrédito colectivo, de lo que la iglesia, y la
+catedral sobre todo, perdían con aquellas _algaradas_ (frase de
+Glocester)». El beneficiado don Custodio apoyaba al señor Mourelo.
+
+--¡Y si fuera eso lo peor!--decía el Arcediano.
+
+Y entonces comenzaba el segundo capítulo de la murmuración.
+
+«Lo peor era que, con razón o sin ella, pero no sin que las apariencias
+diesen motivo para las hablillas, se decía que el Magistral quería
+seducir, y en camino estaba, nada menos que a la Regenta».
+
+--¡Hombre, eso no!--gritaba el chantre--¡ella está hecha una santa;
+después de su enfermedad, desde que estuvo si la entrega o no la
+entrega, su vida es ejemplar. Si antes era una señora virtuosa, como hay
+muchas, ahora es una perfecta cristiana. Está más delgadilla, más
+pálida, pero hermosísima... quiero decir, que edifica, que es una
+santa... vamos... una santa....
+
+--Señor, yo quiero hechos... y el público no se fía de santidades... se
+fía de hechos....
+
+Y Glocester citaba muchos hechos: la frecuencia de las confesiones de
+Anita Ozores, lo mucho que duraban las visitas del Provisor al Caserón,
+las visitas de la Regenta a doña Petronila....
+
+--¡Cómo! ¿Y qué? ¿qué tenemos con esas visitas? ¿También va usted a
+creer que doña Petronila se presta?...
+
+--Señor... yo no creo ni dejo de creer... yo cito hechos y digo lo que
+dice el público.... El escándalo crece....
+
+Era verdad. Tal maña se daban Glocester y don Custodio y otros señores
+del cabildo, algunos empleados de la curia eclesiástica, y entre el
+elemento lego Foja y don Álvaro; este por debajo de cuerda y
+conteniéndose en lo que se refería a la simonía y despotismo que se
+achacaba al Provisor. En el Casino tampoco se hablaba de otra cosa. Ya
+todos aseguraban haber encontrado a don Santos dando patadas a la puerta
+de la Cruz Roja y desafiando a gritos al Magistral. Había bandos: unos
+reclamaban la intervención de la autoridad, otros sostenían _el derecho
+del pataleo_ de Barinaga.
+
+El Chato iba y venía, espiaba en todas partes, y dos o tres veces al día
+entraba en casa del Provisor a dar parte de las murmuraciones a su jefe,
+a doña Paula, que le pagaba bien.
+
+La madre de don Fermín vivía en perpetua zozobra; pero no desmayaba. «Ya
+que él quería perderse, allí estaba ella para salvarle». Era lo
+principal visitar al Obispo, conseguir que la murmuración, la calumnia o
+lo que fuese, no llegara a su Ilustrísima. Doña Paula pasaba gran parte
+del día y de la noche en palacio. Su lugarteniente Úrsula, el ama de
+llaves del Obispo, tenía orden de no dejar a ninguna persona sospechosa
+llegar a la cámara de su dueño; los familiares, gente devota de doña
+Paula, hechuras suyas, obedecían a la misma consigna. El Magistral,
+aunque le disgustaba emplearse en tal oficio, también espiaba y
+vigilaba; el instinto de conservación le obligaba a secundar los planes
+de su madre.
+
+Doña Paula y don Fermín hablaban poco; se defendían por acuerdo tácito;
+empleaban el mismo sistema de resistencia sin comunicárselo. Estaba la
+madre irritada. «Su hijo la engañaba, la perdía. Para ella doña Ana
+Ozores, la dichosa Regenta, era ya _barragana_ (esta palabra decía en
+sus adentros) barragana de su Fermo.
+
+Por allí iba a romper la soga; por allí hacía agua el barco. Si se
+hablaba tanto de los abusos de la curia eclesiástica, de la _Cruz Roja_
+y de don Santos, era porque el _otro negocio_, el más escandaloso, el de
+las _faldas_ traía consigo los demás». Esto pensaba ella. «Lo otro es
+antiguo; ya nadie hacía caso de esas hablillas por viejas, por gastadas,
+pero con el escándalo nuevo, con lo de esa mala pécora, hipócrita y
+astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un
+mucho. Si Fortunato sabe algo, cree algo, nos hundimos». Al dueño de la
+Cruz Roja se le prohibió oír los golpes que descargaba en la puerta
+todas las noches el borracho de don Santos. No se volvió a pensar en
+pedir auxilio a la autoridad. Se compró al sereno y se le dio orden de
+que evitara el ruido ante todo. Era inútil. Muchos vecinos ya esperaban
+con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y salían a los balcones a
+presenciar la escena.
+
+Pero doña Paula tenía además que seguir los pasos a su hijo.
+
+El Chato había visto a la Regenta y al Magistral entrar juntos al
+anochecer en casa de doña Petronila. Y ya lo sabía doña Paula. Pero
+también les había visto don Custodio y se lo había dicho a Glocester y
+después los dos a toda Vetusta.
+
+En tanto, en el café de la Paz había ya público para oír a don Pompeyo y
+a don Santos maldecir de las religiones positivas y especialmente del
+señor Vicario general, como llamaba siempre a De Pas el señor Guimarán.
+Entre el _pueblo bajo_ corría la historia de las aras, de la ruina de
+don Santos, de los millones del Magistral depositados en el Banco; con
+tal motivo algunos obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al
+clero en masa. A esto lo llamaban cortar por lo sano.
+
+Los trabajadores carlistas dudaban; tenía entre ellos amigos el
+Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le temían por rico... y
+sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del asunto de
+_las faldas_. Allá cuando la Revolución, se había dicho si tenía o no
+tenía don Fermín aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se
+acordaba por allí de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la
+voz en la propaganda revolucionaria habían muerto, o habían envejecido,
+o se habían dispersado, o estaban desengañados de _la idea_; la
+generación nueva no era clerófoba más que a ratos; era amiga de la
+taberna, no del club. Se hablaba sólo de revolución social; y ya se
+decía que los curas no son ni más ni menos malos que los demás
+_burgueses_. Malo era el fanatismo, pero el _capital_ era peor. No había
+en los barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las
+sotanas. El Magistral era allí más despreciado que aborrecido. Pero el
+escándalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o tres
+rasgos de despotismo en la curia eclesiástica, el dineral que costaba
+casarse--como si antes no costara lo mismo--y las acciones del Banco,
+volvieron a encender los odios, y esta vez se habló de colgar al
+Provisor y _demás clerigalla_.
+
+Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después de Glocester
+que la creía obra suya exclusivamente, era don Álvaro Mesía. Ya
+aborrecía de muerte al Magistral. «Era el primer hombre ¡y _con faldas_!
+que le ponía el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba una
+presa, y con trazas de llevársela!». «Tal vez se la había llevado ya.
+Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario había podido más que
+su sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual
+el _arte_ decía que estaba la rendición de la más robusta fortaleza. Yo
+pongo el cerco, pero ¿quién sabe si él ha entrado por la mina?». El
+dandy vetustense sudaba de congoja recordando lo mucho que había
+padecido bajo el poder de don Víctor Quintanar, que según su cuenta, en
+pocos meses de íntima amistad le había _declamado_ todo el teatro de
+Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcón. Y todo, ¿para qué? «Para
+que el diablo haga a esa señora caer en cama, tomarle miedo a la muerte,
+y de amable, sensible y condescendiente (que era el primer paso),
+convertirse en arisca, timorata, mística... pero mística de verdad. ¿Y
+quién se la había puesto así? El Magistral, ¿qué duda cabía? Cuando él
+comenzaba a preparar la escena de la declaración, a la que había de
+seguir de cerca la del _ataque personal_, cuando la próxima primavera
+prometía eficaz ayuda... se encuentra con que la señora tiene fiebre».
+«La señora no recibe», y estuvo sin verla quince días. Se le permitía
+llegar al gabinete, preguntarle cómo estaba... pero no entrar en la
+alcoba. Él había ido a visitarla todos los días, pero como si no, no le
+dejaban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin
+obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual». Durante la
+primera convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él también
+entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con
+Ana. Y lo más triste había sido después; cuando la segunda arremetida
+del mal, que fue tan peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud.
+Ana le recibió en su gabinete. ¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante
+delgada, y pálida como una muerta. «Hermosísima, eso sí, hermosísima...
+pero a lo romántico. Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre
+no luchaba él. Estaba entregada a Dios. ¡Claro! ¡Apenas comía! No podía
+levantar un brazo sin cansarse». Don Álvaro calculaba, furioso de
+impaciencia, cuánto tiempo tardaría aquella _naturaleza_ en adquirir la
+fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos sensuales, que eran
+la fe viva del señor Mesía y su esperanza. Tardaría mucho. Mientras
+tanto él no podría emprender nada de provecho. «Y el Magistral estaba
+haciendo allí su agosto; embutiendo aquel cerebro débil de visiones
+celestes.... Ana era otra para él. No le miraba jamás, y las pocas
+palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, eran
+corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón. A veces se le
+ocurría a él si se las dictaría el Magistral». Una tarde comía la
+Regenta en presencia de su esposo, don Álvaro y De Pas. Le costaba
+lágrimas cada bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no debía
+comer. Entonces Mesía tomó con mucho calor la defensa del alimento
+obligatorio.
+
+--Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo principal aquí es
+sentirse bien; y pronto, para que no se apodere la anemia de ese
+organismo....
+
+--Oh, amigo mío--replicó el Magistral, sonriendo con mucha
+amabilidad--la anemia, usted sabe mejor que yo que puede venir a pesar
+del alimento.... Además, comer no es lo mismo que alimentarse....
+
+--Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría carne cruda,
+mucha carne a la inglesa...
+
+«¡Oh! le corría prisa; hubiera dado sangre de un brazo por verla correr
+por aquellas venas que se figuraba exhaustas. ¡La vida, la fuerza a todo
+trance, para aquella mujer!». Hasta habló un día don Álvaro de
+transfusiones. «La ciencia había adelantado mucho en esta materia».
+
+Somoza solía aprobar moviendo la cabeza y diciendo:
+
+--¡Mucho! ¡mucho! ¡oh, sí, la ciencia! ¡mucho!... ¡la transfusión!...
+¡claro! Tenía cierto miedo a los conocimientos médicos de don Álvaro.
+Aquel hombre que iba a París y traía aquellos sombreros blancos y citaba
+a Claudio Bernard y a Pasteur... debía de saber más que él de medicina
+moderna... porque él, Somoza, no leía libros, ya se sabe, no tenía
+tiempo.
+
+Pero la Regenta mejoraba; volvía la sangre, aunque poco a poco; los
+músculos se fortalecían y redondeaban... y la frialdad y la reserva no
+desaparecían. Don Víctor siempre el mismo para su don Álvaro; seguían
+las confidencias acompañadas de cerveza... pero Ana jamás se presentaba.
+Si don Álvaro se atrevía a preguntar por ella, don Víctor fingía no oír,
+o mudaba de conversación; si el otro insistía, Quintanar suspiraba y
+encogiendo los hombros decía:
+
+--¡Déjela usted... estará rezando!
+
+--¡Rezando!... Pero tanto rezar puede matarla....
+
+--No... si... no reza... es decir... oración mental... ¿qué sé yo?...
+cosas de ella. Hay que dejarla.
+
+Y suspiraba otra vez. Sí, había que dejarla. Pero a solas, don Álvaro se
+mesaba los rubios y finos cabellos ¡quién lo diría! se llamaba animal,
+bestia, bruto, como si no fuera todo lo mismo, y se decía:
+
+--¡Me he portado como un cadete! Me ha perdido la timidez.... Debí dar el
+_ataque personal_ una noche que la encontré a obscuras... o aquella
+tarde del cenador....
+
+Pero no lo había dado.... Y ahora no había remedio. Un día llegó Ana _al
+extremo_ de retirar la mano, que él solicitaba con la suya extendida.
+Buscó un pretexto con la habilidad rápida que tienen las mujeres... y...
+no le dio la mano. No volvió a tocarle aquellos dedos suaves. Y es más,
+apenas la veía.
+
+--«¡Oh, a él, a don Álvaro Mesía le pasaba aquello! ¿Y el ridículo? ¡Qué
+diría Visita, qué diría Obdulia, qué diría Ronzal, qué diría el mundo
+entero!
+
+»Dirían que un cura le había derrotado. ¡Aquello pedía sangre! Sí, pero
+esta era otra». «Si don Álvaro se figuraba al Magistral vestido de
+levita, acudiendo a un duelo a que él le retaba... sentía escalofríos».
+Se acordaba de la prueba de fuerza muscular en que el canónigo le había
+vencido delante de Ana misma. Aquel valor que él sentía ante una sotana,
+por la esperanza irreflexiva de que la mansedumbre obliga al clérigo a
+no devolver las bofetadas, aquel valor desaparecía pensando en los puños
+de don Fermín. «No había salida. No había más que acabar con él ayudando
+a Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano
+eclesiástico».
+
+Por las tardes, paseándose en el Espolón, donde ya iban quedándose a sus
+anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la sombra
+de los árboles frondosos del Paseo Grande, don Álvaro solía cruzarse con
+el Provisor; y se saludaban con grandes reverencias, pero el seglar se
+sentía humillado, y un rubor ligero le subía a las mejillas. Se le
+figuraba que todos los presentes les miraban a los dos y los comparaban,
+y encontraban más fuerte, más hábil, más airoso al vencedor, al cura.
+Don Fermín era el de siempre; arrogante en su humildad, que más quería
+parecer cortesía que virtud cristiana; sonriente, esbelto, armonioso al
+andar, enfático en el sonsonete rítmico del manteo ampuloso, pasaba
+desafiando el qué dirán, con imperturbable sangre fría. Solían juntarse
+en el Espolón los tres mejores mozos del Cabildo: el chantre, alto y
+corpulento; el pariente del ministro, más fino, más delgado, pero muy
+largo también, y don Fermín, el más elegante y poco menos alto que la
+dignidad. Gastaban entre los tres muchas varas de paño negro reluciente,
+inmaculado; eran como firmes columnas de la Iglesia, enlutadas con
+fúnebres colgaduras. Y a pesar de la tristeza del traje y de la seriedad
+del continente, don Álvaro adivinaba en aquel grupo una seducción para
+las vetustenses; iba allí el prestigio de la Iglesia, el prestigio de la
+gracia, el prestigio del talento, el prestigio de la salud, de la fuerza
+y de la carne que medró cuanto quiso... Él se figuraba tres monjas
+hermosas, buenas mozas, que tuviesen además talento, gracia; se las
+figuraba paseando por el Espolón... y estaba seguro de que los ojos de
+los hombres se irían tras ellas. Pues lo mismo debía de suceder trocados
+los sexos. Y, en efecto, en los saludos que las señoras que todavía
+paseaban en el Espolón dedicaban a los tres buenos mozos del Cabildo, a
+las tres torres davídicas, creía ver el Presidente del Casino ocultos
+deseos, declaraciones inconscientes de la lascivia refinada y
+contrahecha.
+
+Cada día aumentaba en don Álvaro la superstición del confesonario, cada
+día creía más poderosa la influencia del cura sobre la mujer que le
+cuenta sus culpas. Y mirando a las damas que iban y venían, unas
+elegantes, lujosas, otras enlutadas o con hábito humilde, todas deseando
+a su modo agradar, todas procurándolo, Mesía imaginaba secretos hilos
+invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basquiña, del
+cura a la hembra.
+
+En suma, don Álvaro tenía celos, envidia y rabia. Su materialismo
+subrepticio era más radical que nunca. «Nada, nada, fuerza y materia, no
+hay más que eso», pensaba.
+
+Y si no fuera porque los partidos avanzados nunca son poder o lo son
+poco tiempo, se hubiera declarado demagogo y enemigo de la religión del
+Estado.
+
+Llegó al extremo de proponer en la Junta del Casino que no se celebrara
+en adelante ninguna fiesta de orden religioso colgando e iluminando los
+balcones. Ronzal se opuso, pero el Presidente se impuso y se votó
+aquella abstención. ¡Había triunfado al cabo don Pompeyo Guimarán!
+
+Don Álvaro quería que el ateo volviese al Casino, hacía falta aquel
+refuerzo a los que se empeñaban en deshonrar al Magistral. Foja y
+Joaquinito Orgaz, que capitaneaban la partida de los murmuradores,
+propusieron a don Álvaro que fuera una comisión a buscar a don Pompeyo
+para restituirlo al Casino, «de donde nunca debió haber salido». Se
+celebraría la _restauración_ de Guimarán con una buena cena. Paco el
+Marquesito, que como buen aristócrata se creía obligado a ser religioso
+_en la forma por lo menos_, se opuso al principio a los proyectos de
+Foja y Orgaz, pero considerando que su amigo, su ídolo Mesía deseaba
+tener allí al otro para que le ayudara a desacreditar al Provisor, y
+considerando que iban a divertirse de veras en el _gaudeamus_ de la
+noche, falló que debía ayudar y ayudaba a los enemigos del Magistral y
+se agregó a la comisión que fue a buscar a don Pompeyo.
+
+Fueron: el señor Foja, ex-alcalde, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz.
+
+Los recibió el señor Guimarán en su despacho, lleno de periódicos y
+bustos de yeso, baratos, que representaban bien o mal a Voltaire,
+Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden de colocación
+sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros viejos.
+
+Usaba don Pompeyo en casa bata de cuadros azules y blancos, en forma de
+tablero de damas. Acogió a los comisionados con la amabilidad que le
+distinguía y ocultando mal la sorpresa.
+
+«¿A qué vendrían aquellos señores? ¿Querrían darle alguna broma? No lo
+esperaba». De todos modos el ver allí al hijo del marqués de Vegallana
+le inundaba el alma de alegría, aunque él no quisiera reconocerlo.
+
+Cuando supo de lo que se trataba, por boca de Foja, tuvo que levantarse
+para ocultar la emoción. Sintió que la hebilla del chaleco estallaba en
+su espalda.
+
+--Señores--pudo decir al cabo con voz temblorosa--si un juramento
+solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que voluntariamente
+me impuse hace tantos años, o mejor dicho, que me impusieron el
+fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volvería con mil amores
+al seno de aquella sociedad de la que fuí fundador con otros seis o
+siete amigos. ¿Y cómo no, señores, si allí corrieron los mejores días,
+para mí, en pláticas provechosas y amenas con el elemento más culto de
+la población? Allí la tolerancia solía tener su asiento; y las personas,
+los personajes en quien más arraigadas están ciertas ideas venerables al
+fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta cierto punto de
+abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes, entre los cuales
+cuento al papá de este joven ilustrado, a mi buen amigo y condiscípulo
+el excelentísimo señor marqués de Vegallana, respetaban mis opiniones,
+como yo las suyas. Lo que ustedes hacen ahora nunca lo agradeceré yo
+bastante. Pero lo principal ya se ha logrado; la libertad del
+pensamiento vuelve a brillar en el Casino.... Mi aspiración se ha
+realizado. Ahora, por lo que a mí toca, señores, debo declarar que no
+puedo romper un voto solemne, un juramento... y no iré con ustedes,
+aunque bien quisiera.
+
+La comisión insistió, conociendo en la cara de don Pompeyo que
+vencerían.
+
+Foja presentó un argumento de mucha fuerza.
+
+--Dice usted, señor don Pompeyo, que por su gusto vendría con nosotros,
+se restituiría al Casino.
+
+--¡Con mil amores! Esa es la palabra... me restituiría....
+
+--Que únicamente le retrae el juramento....
+
+--Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida allí los pies.
+
+--¿Pero qué solemnidad ni qué castañuelas? y usted dispense que me
+exprese así. El que jura, pone a Dios por testigo; pero usted no cree en
+Dios... luego usted no puede jurar.
+
+--Perfectamente--dijo Joaquinito Orgaz; de _p_ y _p_ y _w_ y se puso en
+pie para hacer una pirueta flamenca.
+
+Creía Joaquín que en casa de un ateo de profesión, de un loco, en otros
+términos, la buena crianza estaba de más.
+
+Don Pompeyo se quedó mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez,
+mientras consideraba el argumento de Foja.
+
+No tenía qué contestar.
+
+Al cabo dijo:--La verdad es... que jurar... yo no puedo jurar...
+pero... metafóricamente.... Además, puedo prometer por mi honor....
+
+--Pero amigo, en aquella ocasión usted no prometió por su honor; juró
+usted no poner allí los pies... todo Vetusta recuerda sus palabras de
+usted.
+
+Don Pompeyo sintió vapores en la cabeza al oír que todo Vetusta
+recordaba sus palabras.
+
+Pero insistió, aunque más débilmente cada vez, en su negativa.
+
+Foja guiñó el ojo al Marquesito. Empezó entonces este el ataque, y
+Guimarán no pudo resistir más. Se rindió.
+
+¡El hijo de Vegallana, del primer aristócrata, venía a suplicarle que
+volviera al Casino! Oh, aquello era demasiado. No pudo sostener la
+fortaleza de su resolución.
+
+--Después de todo--dijo--en el mero hecho de haberse restablecido la
+legislación que yo invocaba... ya puedo pisar sin desdoro aquel
+pavimento....
+
+--Pues claro que puede usted pisar. Nada, nada; póngase usted la levita,
+que la cena espera.
+
+--¿Qué cena?--Sí, señor; se ha acordado por el elemento vencedor, por
+los que solicitan la presencia de usted, obsequiarle con un banquete...
+y vamos a cenar juntos unos doce amigos....
+
+Don Pompeyo no sabía si debía aceptar.... No le dejaron ser modesto; y
+corrió aturdido a ponerse la levita y el sombrero de copa alta. Estaba
+deslumbrado y creía sentir alrededor de su cuerpo un baño; un baño de
+agua rosada.
+
+La presencia del Marquesito era el principal factor de aquella alegría.
+«¡Oh! al fin la aristocracia era algo, algo más que una palabra, era un
+elemento histórico, una grandeza positiva... podía haber nobleza y no
+haber Dios... ¿qué duda cabía?».
+
+Una hora después en el comedor del Casino que ocupaba una crujía del
+segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa
+presidida por don Pompeyo Guimarán, don Álvaro Mesía, enfrente del
+protagonista, y en agradable confusión después, sin pensar en
+preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, Foja, don
+Frutos Redondo (que acudía a todas las cenas fuesen del partido
+religioso o político que fuesen), el capitán Bedoya, el coronel
+Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas pulgas y
+buena espada, un tal Juanito Reseco, que escribía en los periódicos de
+Madrid y venía a Vetusta, su patria, a darse tono de vez en cuando, y
+además un banquero y varios jóvenes de la _bolsa_ de Mesía,
+trasnochadores abonados del Casino.
+
+Pocas veces comía en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones con los
+poderosos de la tierra eran muy poco íntimas, casi nunca veía una mesa
+bien puesta. Así le parecía digno de Baltasar aquel vulgarísimo aparato
+de restaurant provinciano. El mantel adamascado, más terso que fino; los
+platos pesados, gruesos; de blanco mate con filete de oro; las
+servilletas en forma de tienda de campaña dentro de las copas grandes,
+la fila escalonada de las destinadas a los vinos; las conchas de
+porcelana que ostentaban rojos pimientos, cárdena lengua de escarlata,
+húmedas aceitunas, pepinillos rozagantes y otros entremeses; la gravedad
+aristocrática de las botellas de Burdeos, que guardaban su aromático
+licor como un secreto; los reflejos de la luz quebrándose en el vino y
+en las copas vacías y en los cubiertos relucientes de plata Meneses; el
+centro de mesa en que se erguía un ramillete de trapo con guardia de
+honor de dos floreros cilíndricos con pinturas chinescas, de cuya boca
+salían imitaciones groseras de no se sabía qué plantas, pero que a don
+Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna _miss_ de
+circo ecuestre; las cajas de cigarros, unas de madera olorosa, otras de
+latón; los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y vinagre
+y con más especias que un barco de Oriente...; todo contribuía a
+deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y fascinado el
+conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de la mesa aún
+pulcra, correcta, intacta.
+
+Se comenzó a comer sin mucho ruido; todos se esforzaban en decir
+chistes. Joaquinito se burlaba del servicio y hablaba de Fornos... y de
+La Taurina y el Puerto, donde se cenaba _por todo lo flamenco_.
+
+Todos comían mucho, menos don Pompeyo, a quien la emoción apretaba la
+garganta. Desde el segundo plato comenzó a atormentarle un cuidado.
+«Estoy, pensó, en el ineludible compromiso de brindar; tengo que
+improvisar un discurso». Y ya no comió bocado que le aprovechase. Oía
+hablar como quien oye llover: sonreía a derecha e izquierda, contestaba
+con monosílabos, pero él pensaba en su brindis; las orejas se le
+convertían en brasas y a veces sentía náuseas y temblor de piernas. En
+resumidas cuentas, estaba pasando un mal rato. Él esperaba que las cosas
+sucedieran así: hablaría primero don Álvaro, haría un elogio de la
+constancia con que él, don Pompeyo, había sostenido la idea santa de la
+libertad de pensamiento, y prometería en nombre de la Junta que el
+Casino jamás tendría religión, como no debía tenerla el Estado. Después
+hablarían Foja, el Marquesito y otros, abundando en las mismas ideas...
+y por último él, Guimarán, tendría que levantarse a... _hacer el
+resumen_. Y mientras comía y bebía por máquina preparaba su arenga, sin
+poder pasar del exordio, que quería original, sin afectación, modesto
+sin falsa humildad.... «Estos jóvenes... debieron haberme avisado
+ayer... y entonces tendría yo tiempo».
+
+Contra lo que esperaba el _ateo_, la conversación, al llegar el
+Champaña, había tomado un rumbo que no podía llevarla a los asuntos
+serios que él creía propios de aquella solemnidad. Se hablaba de
+mujeres. Casi todos echaban de menos la edad de las ilusiones, no por
+las ilusiones, sino por la secreta fuerza, que según ellos era su
+origen. Se declaraban, aun los jóvenes, en la edad triste en que el amor
+es de cabeza, pura imaginación. Sólo Paco, franco y noble, confesaba que
+se sentía mejor que nunca, a pesar de haber vivido tanto como
+cualquiera.
+
+Uno de los compañeros de bolsa de Mesía, viejo verde de cincuenta años,
+el señor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y
+con lágrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vacía en la mano,
+exponía su sistema filosófico de un pesimismo desgarrador, como decía el
+capitán Bedoya. Hubo interrupciones y entonces la conversación tomó un
+vuelo más alto; Guimarán se dignó prestar atención. Se hablaba ya de la
+otra vida, y de la moral, que era relativa según la opinión de la
+mayoría.
+
+Foja, pálido, desencajado, con voz temblorosa, sostenía que no había
+moral de ninguna clase--y también se puso de pie--; que el hombre era un
+animal de costumbres; que cada cual barría para adentro.
+
+--_Homo homini lupus_--advirtió Bedoya el capitán.
+
+El coronel Fulgosio le miró con respeto y aprobó la proposición sin
+entenderla.
+
+--Eso es la lucha por la existencia--dijo muy serio Joaquinito Orgaz.
+
+--No hay más que materia...--añadió Foja, que sólo en sus borracheras
+exponía sus opiniones filosóficas.
+
+--Fuerza y materia--dijo Orgaz padre--que lo había oído a su hijo.
+
+--Materia... y pesetas--rectificó Juanito Reseco--con voz aguda,
+estridente y cargada de una ironía que Orgaz padre no podía comprender.
+
+--Eso es--gritó el orador Palma; y siguió brindando por todas las
+excelencias naturales que él echaba de menos en su miserable cuerpo de
+anémico incurable.
+
+Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones,
+coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón. Entre la
+ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y vino,
+rodaron el nombre y el honor de muchas señoras. «Allí se podía decir
+todo, estaban solos, todos eran unos». Mesía hablaba poco, era su
+costumbre en tales casos. Temía estas expansiones en que se toma por
+amigo a cualquiera y en que se dicen secretos que en vano después se
+querría recoger. Mientras los demás referían aventuras vulgares, sin
+gloria, él atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y
+la barba apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco
+con cariño y voluptuosa calma; los ojos animados, húmedos, llenos de
+reflejos de la luz y de reflejos eléctricos del vino, se fijaban en el
+techo. Las demás figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no
+tenía dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mesía estaba
+hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armonía de sus formas
+de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la gula no
+imprimían groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre melancólica
+y lasciva; se veía al hombre del vicio, pero sacerdote, no víctima:
+dominaba él a su borrachera, _morigerada_, señoril, discreta. Don
+Álvaro, a solas entre aquellos pobres diablos, soñaba despierto,
+enternecido. En aquellos momentos se creía enamorado de veras, y se
+creía y se sentía de veras interesante. Aunque él era sensualista ¡qué
+diablo! la sensualidad, pensaba, también tiene su romanticismo. El
+_claire de lune es claire de lune_ aunque la luna sea un cacho de hierro
+viejo, una herradura de algún caballo del sol.
+
+Y pasaban por su memoria y por su imaginación recuerdos de noches de
+amor, no todas claras ni todas poéticas, pero muchas, muchas noches de
+amor. Y sintió comezón de hablar, de contar sus hazañas. Este prurito
+era nuevo en él; no lo había sentido hasta que la Regenta le había
+humillado con su resistencia.
+
+Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno
+de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a él, y
+callaron los demás para oírle. Entonces habló, sin poder remediarlo,
+para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su historia. Habló
+el maestro. Quitó el codo de la mesa y apoyó en ella los dos brazos
+cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía el cigarro, cargado con
+una pulgada de ceniza; inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo
+báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra
+suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con
+silencio de iglesia. Los que estaban lejos se incorporaban para
+escuchar, apoyándose en la mesa o en el hombro del más cercano.
+Recordaba el cuadro, por modo miserable, la _Cena_ de Leonardo de Vinci.
+
+La atención profunda del auditorio, el interés que se asomaba a las
+miradas y a las bocas entreabiertas, sedujeron al Tenorio de Vetusta, le
+halagaron y habló como podría hablar sobre el pecho de un amigo. Joaquín
+Orgaz y el Marquesito oían con recogimiento de sectario al maestro.
+Aquella era palabra de sabiduría.
+
+Unas veces las aventuras eran románticas, peligrosas, de audacia y
+fortuna; las más probaban la flaqueza de la mujer, sea quien sea; otras
+demostraban la necesidad de prescindir de escrúpulos; muchas el buen
+éxito de la constancia, de la astucia y de la rapidez en el ataque.
+
+De vez en cuando el silencio era interrumpido por carcajadas
+estrepitosas; era que una aventura cómica alegraba al concurso,
+sacándole de su estupor malsano y corrosivo. Entre la admiración general
+serpeaba la envidia abrazada a la lujuria: las tenias del alma. Los ojos
+brillaban secos.
+
+El arte del seductor se extendía sobre aquel mantel, ya arrugado y
+sucio; anfiteatro propio del cadáver del amor carnal.
+
+Mesía se dejaba ver por dentro, más que por complacer a sus oyentes, por
+oírse a sí mismo, por saber que él era todavía quien era.
+
+«Las trazas del amor eran casi siempre malas artes; era un soñador el
+que pensase otra cosa. Alguna vez se le había arrojado a Mesía a los
+brazos una mujer loca de puro enamorada; pero estas aventuras eran muy
+raras. Además: si la mujer no fuera tan lasciva a ratos, las victorias
+escasearían; por amor puro se entregan pocas. Más hace la ocasión que la
+seducción. La seducción debe transformarse en ocasión».
+
+Llegó el caso de contar cómo había podido don Álvaro vencer a la hija de
+un maestro de la Fábrica vieja, muy honrado, que velaba por el honor de
+su casa como un Argos. Angelina tenía padre, madre, abuela, hermanos;
+ella era pura como un armiño.... Mesía había empezado por seducir a los
+parientes. En cada casa entraba según lo exigía la vida de aquel hogar.
+
+Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de papel,
+jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de devanadera, oía con
+paciencia y fingida atención las lucubraciones socialistas y
+humanitarias del padre, encantaba a todos; llegaba a ser el tertulio
+necesario, el paño de lágrimas, el consejero, el mejor ornamento de la
+casa; la llenaba con su hermosa presencia; era dulce, cariñoso, tenía
+blanduras de padrazo; cuidaba de los intereses domésticos como si fueran
+propios, hasta ponía paz entre los criados y los amos. Así iba entrando,
+entrando en el corazón de todos; los amores con Angelina (o quien fuera,
+pues de tales aventuras había tenido muchas) comenzaban en secreto; y
+poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran tapete
+debajo del cual hay un brasero; en el balcón al obscurecer, en cuantas
+ocasiones podía, se acercaba, se apretaba contra su víctima, la llenaba
+de deseos de él, de su arrogante belleza varonil y simpática; después
+hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal amparo que
+parecía la misma inocencia; y cualquier día o cualquiera noche, en una
+merienda en el campo, después de la cena de Noche-buena, mientras los
+demás de la familia reían alegres, descuidados, la pasión de Angelina
+llegaba al paroxismo, la ocasión echaba el resto y la deshonra entraba
+en la casa, y el amigo íntimo, el favorito de todos, salía para no
+volver nunca.
+
+Los que oían a don Álvaro se figuraban presenciar aquellas escenas de
+amistad íntima, tranquilas, dulces, llenas de expansión y confianza; en
+el rostro del seductor, en sus ademanes, en las sonrisas, en la voz, se
+reflejaban, por virtud del recuerdo, la bondad suave, el aire bonachón y
+entrañable, la franqueza sencilla, noble, familiar, la habilidad
+casera, todas las artes y cualidades que hacían vencer a Mesía en lides
+tales.
+
+--Otras veces, amigos, había que recurrir a la fuerza. Renunciar a una
+victoria que se consigue con los puños y sudando gotas como garbanzos,
+entre arañazos y coces, es ser un platónico del amor, un _cursi_; el
+verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como
+puede; es romántico, caballeresco, pundonoroso cuando conviene; grosero,
+violento, descarado, torpe si hace falta.
+
+Nunca se le olvidaría a don Álvaro un combate de amor que duró tres
+noches, y fue más glorioso para la vencida que para el vencedor. La
+escena representaba una panera, casa de madera sostenida por cuatro pies
+de piedra, como las habitaciones palúdicas sustentadas por troncos, y
+las de algunos pueblos salvajes. En la panera dormía Ramona, aldeana, y
+cerca de su lecho de madera pintada de azul y rojo, que rechinaba a cada
+movimiento del jergón, yacía la cosecha de maíz de su casería, en montón
+deleznable que subía al techo.
+
+Allí fue la batalla. Y don Álvaro, como si lo estuviera pasando todavía,
+describía la obscuridad de la noche, las dificultades del escalo, los
+ladridos del perro, el crujir de la ventana del corredor al saltar el
+pestillo; y después las quejas de la cama frágil, el gruñir del jergón
+de gárrulas hojas de mazorca, y la protesta muda, pero enérgica, brutal
+de la moza, que se defendía a puñadas, a patadas, con los dientes,
+despertando en él, decía don Álvaro, una lascivia montaraz, desconocida,
+fuerte, invencible.
+
+«Hubo momentos en que peleé, como César en Munda, por la vida. Era
+Ramona, señores, morena; su carne de cañón, dura, tersa, y aquellos
+brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en arrebato amoroso, me
+probaban su fuerza dando tortura a los míos, oprimidos, inertes. Mi
+deseo era más poderoso, porque tenía un incentivo más picante que la
+pimienta: conocía yo que Ramona gozaba, gozaba como una loca en la
+refriega. Segura de no ser vencida por la fuerza, enamorada a su modo
+del _señorito_, sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos
+mudos, gimnásticos, callaba, forcejeaba, mordía con deleite, magullaba
+con voluptuosidad bárbara, y encontraba placer de salvaje en el martirio
+de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sentían dominados por ella.
+La cama se hundió; rodamos por el suelo; y rodando llegamos al monte de
+maíz. Entonces salió la luna; entraron sus rayos por la ventana que yo
+dejara abierta, y vi a mi robusta aldeana, en pie, hundida una pierna
+entre los granos de oro y la rodilla de la otra clavada sobre mi pecho.
+Me intimaba la muerte o la huida, amenazándome con una medida para
+áridos, cajón enorme de madera con chapas de hierro. Huí, huí por la
+ventana; del corredor de la panera salté al callejón como pude, y tuve
+que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. (Pausa.) Pero
+volví a la noche siguiente. El perro ladró menos. La ventana no estaba
+cerrada, el pestillo estaba descompuesto; Ramona no dormía, me esperaba;
+en cuanto me sintió, descargó tremendo bofetón sobre mi rostro. No
+importaba. Volvimos a la lucha; los mismos incidentes; rodamos, nos
+anegamos en maíz; yo tragué muchos granos. Y tampoco vencí aquella
+noche. Salí de allí por un armisticio, con promesas de futura victoria.
+Y a la noche tercera luché todavía; me había engañado; el premio me
+costó batalla nueva, y sólo pude recogerlo entre molestias sin cuento,
+por culpa del maíz deleznable, curioso, importuno, entremetido. Ramona,
+ya rendida, se quejaba también. Nos hundíamos, olvidados de todo; y si
+no estuviera mandado que lo cómico no acabe en trágico, en buena
+retórica, en aquel montón inquieto hubieran encontrado sepultura Álvaro
+y Ramona sofocados por uno de nuestros más humildes cereales».
+
+Aplausos y carcajadas ahogaron la voz del narrador. Y entonces don
+Álvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con el
+contraste de aventuras románticas, en que él aparecía como un caballero
+de la Tabla Redonda.
+
+Y a todo esto don Pompeyo Guimarán olvidaba su exordio, interesado a su
+pesar en las aventuras eróticas del _frívolo_ Presidente del Casino.
+Paco Vegallana había hecho beber al ateo, sin que este lo sintiera, más
+de lo que la justicia manda. No estaba borracho, pero se sentía mal y a
+su pesar encontraba cierto deleite en oír aquellas escenas escandalosas
+que en otra ocasión le hubieran indignado.
+
+Mesía al fin, cansado, y algo arrepentido de haber hablado tanto, puso
+término a sus confesiones, y volviéndose a don Pompeyo le invitó a usar
+de la palabra.
+
+--Don Pompeyo--dijo, y se puso en pie tambaleándose, lo cual probaba
+que, si no el vino, sus recuerdos le habían embriagado--don Pompeyo;
+puesto que ésta es la hora de las grandes revelaciones, es preciso que
+usted nos diga cuál es el fondo de su alma....
+
+--Señores--interrumpió el ateo--el fondo de mi alma lo traigo en la
+superficie para que el mundo se entere.
+
+--¡Bravo! ¡bravo!--gritó el concurso.
+
+Y se vertieron y rompieron algunas copas.
+
+--Propongo--gritó Juanito Reseco, encaramado en una silla--que en vista
+de ese rasgo de genio... se le permita llamarnos de tú y estar a la
+recíproca.
+
+--¡Admitido! ¡Aprobado!--Pues bien--prosiguió Juanito--; oh tú,
+Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un disgusto. Tú piensas que en
+Vetusta no hay más ateos que tú...
+
+--¡Caballerito!--Pues yo soy otro; _anch'io... so pittore_. Sólo que tú
+eres un ateo progresista, un ateo fanático, un teólogo patas arriba....
+Tú pasas la vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por
+debajo de tus piernas. Y aunque hay contradicción aparente en eso de
+patas arriba y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la
+antinomia como dicen los filósofos cursis, considerando que el ser
+bípedo no es para todos....
+
+--Caballerito... no comprendo esa jerga filosófica. Antes que usted
+naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone es
+insultar mis canas, y mi consecuencia....
+
+--Decía que eres un teólogo patas arriba; pues sabe que en el mundo
+civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La cuestión
+de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve. Tú no puedes
+entender esto, pero oye lo que te importa; tú, fanático de la negación,
+morirás en el seno de la Iglesia, del que nunca debiste haber salido.
+_Amen dico vobis_.
+
+Y cayó Juanito debajo de la mesa.
+
+A todos había indignado su discurso, menos a Mesía que extendiendo su
+mano hacia él, exclamó:
+
+--¡Perdonadle... porque ha bebido mucho!
+
+--Ese Juanito--decía el coronel a don Frutos el americano--me parece un
+gran pedante.
+
+--Es un hambriento con más orgullo que don Rodrigo en la horca.
+
+Se habló de religión otra vez. Don Frutos expuso sus creencias con una
+palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto
+sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las
+cláusulas.
+
+Insistía don Frutos en que él sentía que su alma era inmortal: había
+otro mundo, además de las Américas, otro mundo mejor al cual iban las
+almas de los que no habían robado en las carreteras. Además Dios era
+misericordioso, hacía la vista gorda. Y por supuesto, quería don Frutos
+ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si
+no, ¡vaya una gracia!
+
+--¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la
+haz de la tierra?--preguntaba Foja al oído de Orgaz hijo.
+
+--¡Señores--gritó Joaquín--si en la otra vida no hay _cante_ o es cante
+adulterado, renuncio al más allá!
+
+Y dio un salto sobre la mesa agarrándose a una columna y comenzó un
+baile flamenco con perfección clásica. No faltaron jaleadores, y sonaban
+las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancolía de
+chulo:
+
+ a coooosa
+ que maravilla mamá
+ ver al Frascueeeelo
+ la pantorriiiilla mamá...
+
+Don Pompeyo sentía escalofríos. ¡Qué degradación! Meditaba y veía dos
+Orgaz hijo sobre la mesa.
+
+--Me han embriagado con sus herejías... quiero decir... con sus
+blasfemias...--dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo
+aquello era muy soso sin mujeres.
+
+Joaquín gritó:--Allá va una a la salud de don Pompeyo.
+
+Y comenzó una copla impía y brutal alusiva a una sagrada imagen.
+
+--¡Alto ahí, señor mío!--exclamó indignado el buen Guimarán al oír el
+penúltimo verso--. Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo
+que ustedes hacen con tamañas blasfemias indecorosas es la causa, el
+caldo gordo del clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y
+procaz, que por el mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy
+se ha creído esto y mañana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido
+los pueblos cultos, ni ahora, ni en la antigüedad, es de la buena
+crianza, y del respeto que nos debemos todos.
+
+--¡Bien, muy bien!--dijeron todos, incluso Joaquín.
+
+--Y yo estoy cansado de que se me tome a mí por un iconoclasta; sí,
+iconoclasta soy, pero iconoclasta del vicio, apóstol de la virtud y
+heresiarca de las tinieblas que envuelven la inteligencia y el corazón
+de la humanidad.
+
+--¡Bravo!¡bravo!--Y si por alguien se ha creído que yo puedo
+fraternizar con el escándalo, aunarme con la desfachatez y adherirme a
+la orgía, protesto indignado, que a muy otra cosa he venido aquí. Y creo
+llegado el momento de que se hable con alguna formalidad.
+
+--Perfectamente--interrumpió Foja--el señor Guimarán ha hablado como un
+libro, y eso que no los lee, pero no importa, ha hablado como el libro
+de su conciencia, según él dice. Aquí, señores, nos hemos reunido para
+celebrar la vuelta del señor Guimarán al hogar doméstico, llamémoslo
+así, del Casino. Pero ¡ah! señores diputados, ¿por qué ha vuelto al
+Casino el señor Guimarán? _Tatiste question_, como dice Trabuco, a quien
+siento no ver entre nosotros. (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque
+nos hemos emancipado de la repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto
+a fundar una sociedad cuya sesión inaugural estáis celebrando, acaso sin
+saberlo. Esta sociedad que, desde luego, no se llamará de la templanza,
+se propone perseguir a los fariseos, arrancar las caretas de los
+hipócritas y arrancar del cuerpo social de Vetusta las sanguijuelas
+místicas que chupan su sangre. (Estrepitosos aplausos. Paco se abstiene
+y piensa lo mismo que antes: que faltan chicas.) Señores... guerra al
+clero usurpador, invasor, inquisidor; guerra a esa parte del clero que
+comercia con las cosas santas, que se vale de subterráneos para entrar
+con sus tentáculos de pólipo en las arcas de la _Cruz Roja_...
+
+--¡Ahí, ahí le duele!...
+
+--A ese clero que condena a la tisis del hambre a dignos comerciantes, a
+padres de familia; a ese clero que dispersa los hogares y hunde en
+alcantarillas inmundas, mal llamadas celdas, a las vírgenes del Señor, y
+que entiende que las entrega a Jesús entregándolas a la muerte.
+(Frenéticos aplausos.) Juremos todos ser trompetas del escándalo, para
+que tanto sea, y a tales oídos llegue, que la ruina del enemigo común
+sea un hecho. Porque, señores, nadie como yo respeta al clero
+parroquial, ese clero honrado, pobre, humilde... pero el alto clero...
+muera... y sobre todo... muera el señor Provisor... el....
+
+--¡Muera! ¡muera!--contestaron algunos: Joaquín, el coronel, que
+estaba sereno, pero quería que muriese el Magistral, y otros dos o tres
+comensales borrachos.
+
+Cuando se levantaron de la mesa amanecía. Se había hablado mucho más; se
+había contado la historia del Provisor tal como la narraba la leyenda
+escandalosa. Convinieron, hasta los más prudentes, en que era preciso
+fundar seriamente aquella sociedad propuesta por Foja. Se acordó
+juntarse a cenar una vez al mes y hacer gran propaganda contra el
+Magistral. Al salir, repartidos en grupos, se decían en voz baja:
+
+--«Todo esto lo ha preparado Mesía; don Fermín es su rival y él quiere
+arruinarle, aniquilarle.
+
+--»¿Pero ¿quién llevará el gato al agua?
+
+--»¿Qué gato?--»¿O la gata?--»El Magistral.--»Álvaro.--»O los dos...
+--»O ninguno.--»En fin--advirtió Foja--yo ni quito ni pongo rey....
+
+--»Pero ayudo a mi señor»--concluyó el coro.
+
+Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz acompañaron a don Pompeyo a su
+casa. Era una mañana de Junio alegre, tibia, sonrosada. El sol anunciaba
+sus rayos en los colores vivos de las nubes de Oriente. Los pasos de los
+trasnochadores retumbaban en las calles de la Encimada como si
+anduvieran sobre una caja sonora. Aunque no hacía frío, todos habían
+levantado el cuello de la levita o lo que fuese. Don Pompeyo iba
+taciturno. Abrió la puerta de su casa con su llavín; entró sin hacer
+ruido; y a poco cerraba los ojos, metido en su lecho, por no ver la
+claridad acusadora que entraba por las rendijas de los balcones
+cerrados. Aquello de acostarse de día era una revolución que mareaba a
+Guimarán; dudaba ya si las leyes del mundo seguían siendo las mismas. Al
+cerrar los ojos sintió que su lecho, siempre inmóvil, también se
+sublevaba bajando y subiendo. Poco después se creía en el Océano,
+encerrado en un camarote, víctima del mareo y corriendo borrasca.
+
+Se levantó a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de la
+cena, de la dichosa cena. Sin embargo, aunque se prometió no verse en
+otra; pocas horas después, en el Casino, donde le recibieron con
+muestras de simpatía y de júbilo, ofrecía solemnemente volver a las
+andadas, acudir a los _gaudeamus_ mensuales en que se daría cuenta de
+los trabajos de la _sociedad innominada_ que había fundado
+_inter-pocula_.
+
+Doña Paula supo por el Chato, a quien se lo contó un mozo del restaurant
+del Casino, cuanto se había hablado en la cena inaugural, y lo que
+pretendían aquellos señores. Cuando el Magistral oyó a su madre que se
+había gritado: «Muera el Provisor» encogió los hombros, se levantó y
+salió de casa.
+
+--Este chico anda tonto... yo no sé lo que tiene; parece que no está en
+este mundo.... ¡Oh, maldita Regenta! ¡Esa mala pécora me lo tiene
+embrujado!
+
+Al mes siguiente se celebró la segunda sesión de la _Innominada_; se
+bebió, se emborracharon los que solían y se dio cuenta de los trabajos
+de propaganda. Foja participó que se había entendido en secreto con el
+Arcediano, don Custodio y otros _enemigos capitulares_ (así dijo) del
+Provisor. Se sabían muchos escándalos nuevos; el elemento eclesiástico y
+el secular, de común acuerdo para librar a Vetusta del enemigo general,
+tramaban la ruina del monstruo; pronto se llegaría a poner en manos del
+Obispo las pruebas de aquellas prevaricaciones de todas clases de que
+se acusaba a don Fermín de Pas. Lo peor de todo, lo que haría saltar al
+Obispo, era lo que se refería al abuso indecoroso del confesonario. Se
+contaban horrores; en fin, ello diría.
+
+Don Álvaro propuso que las cenas mensuales se suspendiesen hasta el
+Otoño y suplicó que se guardase el más profundo secreto. Además, él,
+sintiéndolo, tenía que privarse en adelante de asistir a tales
+reuniones; su espíritu allí quedaba, pero él, don Álvaro, por razones
+poderosas, que suplicaba a los presentes respetaran, se abstendría de
+acudir a tan agradables banquetes.
+
+Quince días después, a mediados de Julio, entraba una tarde el
+Presidente del Casino en el caserón de los Ozores. Iba a despedirse. Don
+Víctor le recibió en el despacho. Estaba el amo de la casa en mangas de
+camisa, como solía en cuanto llegaba el verano, aunque no tuviera mucho
+calor. Para él venían a ser ideas inseparables el estío y aquel traje
+ligero. Quintanar al ver a don Álvaro suspiró, le tendió ambas manos,
+después de dejar un libro negro sobre la mesa y exclamó:
+
+--¡Oh mi queridísimo Mesía! ¡Ingrato! cuánto tiempo sin parecer por
+aquí...
+
+--Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias,
+después a los baños de Sobrón y a mediados de Agosto estaré de vuelta en
+Palomares, por no perder la costumbre.
+
+--De modo que hasta Septiembre...--Hasta fines de Septiembre no nos
+veremos....
+
+Don Álvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la casa.
+
+Don Víctor lamentó aquella ausencia. Suspiró. «Era un nuevo
+contratiempo, nuevo asunto de tristeza».
+
+Notó don Álvaro que su amigo estaba menos decidor que antes, que se
+movía y gesticulaba menos.
+
+--¿Ha estado usted malo?--¡Quiá! ¿quién? ¿yo? ¡ni pensarlo! Pues qué,
+¿tengo mala cara? Dígame usted con franqueza... ¿tengo mala cara?...
+Pálido... ¿tal vez? ¿pálido?...
+
+--No, no, nada de eso. Pero... se me figura que está usted menos alegre,
+preocupado... qué sé yo....
+
+Don Víctor suspiró otra vez. Tras una pausa preguntó, con tono
+quejumbroso:
+
+--¿Ha leído usted eso?--¿Qué es eso?--Kempis, la _Imitación de
+Jesucristo_...
+
+--¿Cómo? ¡usted! ¿también usted?...
+
+--Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas cosas...
+que no se le habían ocurrido nunca.... No importa. La vida, de todas
+maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero. Usted se nos va....
+Los marqueses se van.... Visita se va.... Ripamilán ya se marchó...
+Vetusta antes de quince días se quedará sola; de la Colonia... ni un
+alma queda.... De la Encimada se ausenta lo mejor... quedan los pobres...
+los jornaleros... y nosotros. Nosotros no salimos este año. ¡Y qué
+triste es un verano entero en Vetusta! El césped del paseo grande se
+pone como un ruedo de esparto... no se ve un alma por allí, en las
+calles no hay más que perros y policías.... Mire usted, prefiero el
+invierno con todas sus borrascas y su agua eterna... qué sé yo... a mí
+el frío me anima.... En fin, felices ustedes los que se van....
+
+Y don Víctor suspiró otra vez.
+
+--Voy a llamar a mi mujer. ¿Querrá usted decirla adiós, verdad? Es
+natural.
+
+--No... si está ocupada... no la moleste usted....
+
+--No faltaba más. Ocupada... ella siempre está ocupada... y
+desocupada... qué sé yo. Cosas de ella.
+
+Salió. Don Álvaro tomó en las manos el Kempis; era un ejemplar nuevo,
+pero tenía manoseadas las cien primeras páginas, y llenas de registros.
+Nunca había leído él aquello. Lo miraba como una caja explosiva. Lo dejó
+sobre la mesa con miedo y con ciertas precauciones.
+
+Ana entró en el despacho. Vestía hábito del Carmen. Seguía pálida, pero
+había vuelto a engordar un poco. A Mesía le latió el corazón y se le
+apretó la garganta, con lo que se asustó no poco.
+
+Aquella mujer despertaba en él, ahora, una ira sorda mezclada de un
+deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un
+continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez
+para siempre, antes de poner el pie en tierra. «¿Qué sabía él si jamás
+aquella mujer sería suya?». Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras
+voces le decían: «Renuncia para siempre a la Regenta». Ya se vería. Pero
+era doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo, toda
+esperanza, todo proyecto de conquista.
+
+Quería observar en el rostro de Ana la huella de una emoción, al decirle
+que se marchaba sin saber cuándo volvería. Pero Ana oyó la noticia como
+distraída; ni un solo músculo de su rostro se movió.
+
+--Nosotros--dijo--nos quedamos este verano en Vetusta. Yo no puedo
+bañarme y el médico me ha dicho que el aire del mar más podría hacerme
+daño que provecho por ahora.
+
+--Vetusta se pone muy triste por el verano....
+
+--No... no me parece.... Don Víctor los dejó solos.
+
+Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantó
+los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, a
+la tentación de años y años. Sintió él que perdía el aplomo, creyó que
+iba a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en
+pie delante de ella.
+
+--¿Se marcha usted ya? «Si yo me arrojo a sus pies ahora, ¿qué pasa
+aquí?» se preguntó don Álvaro. Y sin saber lo que hacía, tendió la mano
+enguantada y dijo temblando:
+
+--Anita... si usted quiere... algo para las provincias....
+
+--Que usted se divierta mucho, Álvaro...--contestó ella sin asomo de
+ironía. Pero a él se le figuró que se burlaba de su torpeza ridícula, de
+su miedo estúpido... y sintió vehementes deseos de ahogarla. La mano de
+la Regenta tocó la de Mesía sin temblar, fría, seca.
+
+Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después con la
+puerta. En el pasillo se despidió de su amigo Quintanar.
+
+La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y
+amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lágrimas, buscaban
+el cielo azul entre las nubes pardas.
+
+
+
+
+--XXI--
+
+
+Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los cuarenta capítulos
+de la _Vida de Santa Teresa escrita por ella misma_.
+
+Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y
+crisis nerviosas. Don Víctor, a quien los remordimientos, durante la
+recaída de su mujer, habían hecho jurar que hasta verla salva, sana,
+jamás se apartaría de ella, faltó al juramento en cuanto la creyó fuera
+de peligro. Un día se aventuró a dar una vuelta por el Casino; después
+iba a ver los periódicos: más adelante jugaba una partida de ajedrez, y
+«ya se sabe lo pesado que es este juego». Al fin, sin dar pretexto
+alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le caía encima. «Empezaba
+el calor--porque don Víctor, en cuestión de temperatura, se regía por el
+calendario--y ya se sabía que él no podía trabajar en su despacho en
+cuanto el sudor le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo,
+mucha naturaleza».
+
+La Marquesa, Visitación, Obdulia, doña Petronila y otras amigas que
+habían hecho compañía a la Regenta mientras duró el mal tiempo, ahora la
+visitaban cada dos o tres días y las visitas eran breves. Hacía un sol
+hermoso, días azules, sin una nube en el cielo; había que aprovechar el
+buen tiempo; era la época del año en que Vetusta se anima un poco: había
+teatro, paseos concurridos, con música, forasteros... una exposición de
+minerales.--Hasta Petra pidió una tarde permiso a la señora para ir a
+ver un arco de carbón que habían construido....
+
+Ana pasaba horas y más horas en la soledad de su caserón: a su lecho
+llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensión de los
+sentidos. Allá abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a veces Petra.
+Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola, su único
+amigo.
+
+La Regenta sentía más la soledad con tal compañía; aquellos criados
+indiferentes, mudos, respetuosos, sin cariño, le hacían echar de menos
+la humanidad que compadece. Petra le era antipática. La temía sin saber
+por qué. Para tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la
+invadían, preguntaba a la doncella:
+
+--¿Anda don Tomás por la huerta?
+
+Si Frígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cerca de sí. Se
+calmaba. Crespo subía una vez cada tarde a verla; pero no se sentaba
+casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcón a
+la puerta, y se despedía con un gruñido cariñoso.
+
+Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad
+en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo,
+cuando estaba serena, sobre todo después de dormir algunas horas o de
+tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi
+voluptuoso en aquella soledad. El balcón del gabinete daba al Parque:
+incorporándose en el lecho, veía detrás de los cristales las copas de
+algunos árboles que brillaban con la hoja nueva, rumorosa, tersa y
+fresca. Gorjeos de pájaros y rayos de un sol vivo, fuerte y alegre la
+hablaban de la vida de fuera, de la naturaleza que resucitaba, con
+esperanza de salud y alegría para todos.
+
+«Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a qué mundo tan
+diferente! ¡Cuán otra vida iba a ser de la que había sido! se preparaba
+a sí misma una vida de sacrificios, pero sin intermitencias de malos
+pensamientos y de rebelión sorda y rencorosa, una vida de buenas obras,
+de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en
+Dios y por Dios». Pero entretanto, mientras no podía moverse de aquella
+prisión de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al espíritu
+sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de
+Cristo.
+
+Ana vivía ahora de una pasión; tenía un ídolo y era feliz entre
+sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, miserias del barro
+humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces leyendo se
+mareaba; no veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar la
+cabeza sobre las almohadas y _dejarse desvanecer_. Pero recobraba el
+sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la lectura, a devorar
+aquellas páginas por las cuales en otro tiempo su espíritu distraído,
+creyéndose, vanamente, religioso, había pasado sin ver lo que allí
+estaba, con hastío, pensando que las visiones de una mística del siglo
+dieciséis no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste.
+
+La debilidad había aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba con
+la razón y con el sentimiento en los más recónditos pliegues del alma
+mística que hablaba en aquel papel áspero, de un blanco sucio, de letra
+borrosa y apelmazada. Pasmábase de que el mundo entero no estuviese
+convertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzas
+de la santa de Ávila. «Oh, bien decía aquel bendito, dulce, triste y
+tierno fray Luis de León: la mano de Santa Teresa, al escribir, era
+guiada por el Espíritu Santo, y por eso enciende el corazón de quien la
+saborea».
+
+«Sí, bien encendido tenía el suyo Ana; no más, no más ídolos en la
+tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto de la santa, de la adorada
+heroína de tantas hazañas del espíritu, de tantas victorias sobre la
+carne».
+
+Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo
+de Santa Teresa; o si no: ¡qué placer celestial si ella viviese ahora!
+Ana la hubiera buscado en el último rincón del mundo; antes la hubiera
+escrito derritiéndose de amor y admiración en la carta que le dirigiese.
+No estaba la Regenta acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos
+en oraciones mentales, según los prudentes consejos del Magistral; su
+educación pagana, dislocada, confusa, daba extrañas formas a la piedad
+sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza
+después de tantos años.
+
+Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de
+Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se veía
+los pensamientos que la mística dedicaba a las vicisitudes de su
+historia.
+
+El espíritu de imitación se apoderaba de la lectora, sin darse ella
+cuenta de tamaño atrevimiento.
+
+La Santa había encontrado refuerzo de piedad en el _Tercer Abecedario_
+por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mandó a Petra a las librerías a buscar
+aquel libro. No pareció el _Tercer Abecedario_, el Magistral no lo tenía
+tampoco. Pero mejor era su suerte en lo tocante al confesor. Veinte
+años lo había buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y no
+parecía. Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida.
+«¡Qué grande hombre era y cuánto le debía! ¿Quién sino él había sembrado
+aquella piedad en su alma?».
+
+En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a
+don Fermín una carta con que había soñado ella muchas noches, que era
+uno de sus caprichos de convaleciente. La escribió sin que lo supiera
+Quintanar, que le tenía prohibidos _toda clase de quebraderos de
+cabeza_.
+
+De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los
+progresos que la piedad más pura hacía en aquel espíritu. Pero ella
+quería escribirle; de palabra no se atrevía a decir ciertas cosas
+íntimas, profundas; además no podía decirlas; y sobre todo, la retórica,
+que era indispensable emplear, porque a ideas grandes, grandes palabras,
+le parecía amanerada, falsa en la conversación, de silla a silla.
+
+La carta, de tres pliegos, la llevó Petra a casa del Provisor; la
+recibió Teresina sonriente, más pálida y más delgada que meses atrás,
+pero más contenta. El Magistral se encerró en su despacho para leer.
+Cuando su madre le llamó a comer, don Fermín se presentó con los ojos
+relucientes y las mejillas como brasas. Doña Paula miraba a su hijo y a
+Teresina alternativamente, encogía los hombros cuando no la veían ni la
+doncella, que iba y venía con platos y fuentes, ni su hijo que miraba al
+mantel distraído, comiendo por máquina y muy poco. Teresina era ya toda
+del señorito; nada decía al ama de las cartas que a don Fermín
+entregaba. Las traía Petra que llamaba a la puerta con seña particular,
+bajaba Teresa, en silencio se besaban como las señoritas, en ambas
+mejillas, cuchicheaban, reían sin ruido y se daban algún pellizco. Petra
+reconocía cierta superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de
+pelo negro, los ojos de Dolorosa, el cutis y demás prendas envidiables
+de su amiga. Teresina prometía futuras ventajas a Petra, y se despedían
+con más besos.
+
+--¿Quién ha estado ahí?--preguntaba doña Paula.
+
+Era un pobre o uno del pueblo.--Nunca se decía la verdad. Doña Paula no
+sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registrándole el baúl,
+en su ausencia, había encontrado varias alhajas que bien valdrían dos
+mil reales. Había sonreído entre satisfecha y envidiosa. «Dos mil reales
+valdría aquello... sí... era demasiado... era un escándalo. Si el decoro
+lo permitiese... si no fuese por vergüenza... exigiría que se le dejase
+a ella recompensar a las gentes como merecían, sin despilfarros ociosos.
+El descubrimiento la satisfacía; aquello era obra suya al fin y al cabo,
+pero los dos mil reales le dolían: también eran suyos».
+
+Al día siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral salió
+de casa, fue al Paseo Grande, buscó un lugar retirado en los jardines
+que lo rodean; y sin más compañía que los pájaros locos de alegría, y
+las flores que hacían su tocado lavándose con rocío, volvió a leer
+aquellos pliegos en que Ana le mandaba el corazón desleído en retórica
+mística. Ya casi sabía de memoria algunos párrafos de los que le
+parecían más interesantes y para él más halagüeños; y como la alegría le
+inundaba el corazón, se sentía hecho un chiquillo aquella mañana
+sonrosada de un día de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el
+sol rasgara el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubría la
+lontananza por Oriente.
+
+Se puso de pie el Magistral, miró a todos lados por encima del seto de
+boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le
+ocurrió mezclar a la cháchara insustancial y armoniosa de los pájaros
+que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz más dulce y
+melódica, recitando aquellas palabras de espiritual hermosura que la
+Regenta le había escrito.
+
+«Ya tengo el don de lágrimas, leyó el Magistral en voz alta como
+diciéndoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y demás vecinos de la
+enramada, ya lloro, amigo mío por algo más que mis penas; lloro de amor,
+llena el alma de la presencia del Señor a quien usted y la santa querida
+me enseñaron a conocer. No tema que vuelva la pereza a detenerme en casa
+olvidada de mi salvación; ya sé que la tibieza es muerte, leído tengo lo
+que dice nuestra querida Madre y Maestra hablando de sus pecados: «no
+hacía caso de los veniales y esto fue lo que me destruyó». Yo ni de los
+mortales hice caso, y aunque usted me advertía del peligro, seguí mucho
+tiempo ciega; pero Dios me mandó a tiempo (creo yo que era a tiempo;
+¿verdad, hermano mío?) me mandó a tiempo el mal; vi en las pesadillas de
+la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra Santa en agujero angustioso,
+donde mi cuerpo estrujado padecía tormentos que no se pueden describir;
+y a mí además, por la carne aterida y erizada me pasaban llagas
+asquerosas unos fantasmas que eran diablos vestidos por irrisión, de
+clérigos, con casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le hablé.
+Pero no sólo del terror nació mi piedad, que ahora creo que va de veras,
+sino también de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a
+millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo
+todo, sepa que en mucho, en mucho, debo al afán de no ser ingrata esta
+voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivió muchos años sin
+encontrar quien pudiera guiarla como ella quería; yo, más débil, recibí
+más pronto amparo de Dios por mano de quien quisiera llamar mi padre y
+prefiere que no le llame si no hermano mío; sí, hermano mío, hermano muy
+querido, me complazco en llamárselo, aquí, ahora, segura del secreto,
+sin oídos profanos que entenderían las palabras con la impureza ruin que
+ellos llevarán dentro de sí, feliz yo mil veces que a la primera ocasión
+en que tuve idea de ser buena, hallé quien me ayudara a serlo. ¡Y cuánto
+tiempo tardé en entenderle del todo! Pero mi hermano, mi hermano mayor
+querido me perdona ¿verdad? Y si necesita pruebas, si quiere que sufra
+penitencias, hable, mande, verá como obedezco. Mas no extraño haber
+querido tanto tiempo lo que la Santa declara haber querido también
+«concertar vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos
+sensuales». Ahora esto se acabó. Usted dirá por dónde hemos de ir; yo
+iré ciega. De la confianza cariñosa de que me hablaba el otro día, al
+salir yo de aquel paroxismo, estoy también enamorada, quiero también que
+sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, además de esos
+monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma Teresa de
+Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta
+bromas alegres que tenía, con purísima intención, con un clérigo amigo
+suyo, consiguió apartarle del pecado. Recuerdo lo que dice: aquel
+confesor le tenía gran afición, pero estaba perdido por culpa de unos
+amores sacrílegos; habíale hechizado una mujer con malas artes, con un
+idolillo puesto al cuello, y no cesó el mal hasta que la Santa, por la
+gran afición que su confesor le tenía, logró que él le entregase el
+hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame; y usted sabe que
+ella lo arrojó al río y el clérigo dejó su pecado y murió después libre
+de tan gran delito. Amistades así ayudan en la vida, que sin ellas es
+como un desierto, y los que de ellas pudieran sospechar son los
+malvados, que no han de saberlas, porque son incapaces de entender como
+se debe cosa tan buena y que tanto sirve para la salvación de los
+débiles. Aquí el débil no es el confesor, sino la penitente; usted no
+tiene hechizos colgados del cuello, ni tenemos ídolos que echar al
+río... yo soy la pecadora, aunque ningún hombre me hizo el mal que
+aquella mujer al clérigo hechizado; sólo quise a mi marido, y de este ya
+sabe usted de qué modo estoy enamorada; no con pasión que quite a Dios
+cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le
+deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de León me enseñó en
+su _Perfecta casada_ que en cada estado la obligación es diferente; en
+el mío mi esposo merecía más de lo que yo le daba, pero advertida por el
+sabio poeta y por usted, ya voy poniendo más esmero en cuidar a mi
+Quintanar y en quererle como usted sabe que puedo. Y por cierto que he
+de poner por obra un proyecto que tengo, que es convertirle poco a poco
+y hacerle leer libros santos en vez de patrañas de comedias. Algo he de
+conseguir, que él es dócil y usted me ayudará. También en esto imitaré a
+nuestra Doctora, que puso empeño en traer a mayor piedad a su buen
+padre, que ya tenía mucha...».
+
+Estos últimos párrafos ya no los leía el Magistral en voz alta, sino que
+había vuelto a sentarse y leía sin ruido y para dentro. Aunque algunos
+celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga,
+estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios.
+«Aquello era vivir; lo demás era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello
+que él había soñado, lo que una voz secreta le había dicho el día en que
+ella se había acercado por primera vez a su confesonario». Seguía el
+Magistral ocultándose a sí mismo las ramificaciones carnales que pudiera
+tener aquella pasión ideal que ya se confesaban los dos _hermanos_; no
+quería pensar en esto, no quería sustos de conciencia ni peligros de
+otro género, no quería más que gozar aquella dicha que se le entraba por
+el alma.
+
+Al leer lo de «hermano mayor querido», le daba el corazón unos brincos
+que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la emoción más
+fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba, esto era el hecho, la
+realidad; ¿qué falta hacía darle un nombre? Lo que importaba era la
+cosa, no el nombre. Además, acabase aquello como acabase, él estaba
+seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar
+satisfacción de apetitos que a él no le atormentaban. Cuando pensaba
+así, oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba,
+al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturia de
+escuela «_Veritas in re est res ipsa, veritas in intellectu..._» Era un
+seminarista de primer año de filosofía que repasaba la primera lección
+de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto,
+pensando entonces en los años en que él también aprendía que «la verdad
+en la cosa es la cosa misma». Ahora le importaba muy poco la cosa misma,
+y la verdad y todo... no quería más que hundir el alma en aquella pasión
+innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo,
+las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias,
+las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo,
+menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores.
+¡Cuántos años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin
+sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba el
+Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia; nada de
+teología, nada de quebraderos de cabeza que habían hecho de su
+adolescencia y primera juventud un desierto estéril por donde sólo
+pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. Bastaba
+para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había seguido: la
+ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas,
+subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, más
+que por nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en que
+había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, sin tormentos
+del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una mañana de Mayo
+cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con
+deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las
+enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres
+ocultos y encogidos en su cuna de pétalos. El Magistral arrancó un botón
+de rosa; con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto
+fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a
+nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus
+deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar
+misterios naturales debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral,
+perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta
+cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volvía a caer en
+su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón ya
+no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo
+metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad
+refinada de que él no se daba cuenta.
+
+Llegó a la catedral. Entró en el coro. El Palomo barría. Don Fermín le
+habló con caricias en la voz. Le debía muchos desagravios. ¡Cuántos
+sofiones inútiles había sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba,
+alababa su celo, su amor a la catedral; el Palomo, pasmado y agradecido,
+se deshacía en cumplidos y buenas palabras. De Pas se acercó al
+facistol, hojeó los libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en
+voz baja, leyendo la música señalada con notas cuadradas, de un
+centímetro por lado. Todo estaba bien. Los órganos allá arriba extendían
+su lengüetería en rayas verticales y horizontales, deslumbrantes;
+parecían dos soles cara a cara. Ángeles dorados tocaban el violín cerca
+de la bóveda, a la que trepaban los relieves platerescos de los órganos;
+detrás del coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y
+rosetones dejaban pasar la luz deshaciéndola en rojo, azul, verde y
+amarillo.
+
+En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una cuarta,
+partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde
+sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el pesebre de Belén
+cuadriculado también por rayas opacas. Jesús sonreía a la mula y al buey
+en su cuna de heno color naranja. Don Fermín miraba todo aquello como
+por la primera vez de su vida. Hacía un fresco agradable en la iglesia y
+el olor de humedad mezclado con el de la cera le parecía fino,
+misteriosamente simbólico y a su modo voluptuoso. Aquella mañana cumplió
+en el coro como el mejor, y sintió no ser hebdomadario para lucirse.
+Glocester, al verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos
+ocultos se dijo: «¡Disimula! ¡Pues a disimulo no me ha de ganar este
+simoníaco!». Y se deshizo en amabilidad, cortesía y bromas lisonjeras.
+«Bueno era él».
+
+--¿Ha visto usted--decía al salir de la catedral don Custodio--qué
+satisfecho está el Provisor?
+
+Y contestaba Glocester, al oído del beneficiado:
+
+--Es que ya no tiene vergüenza; se ha puesto el mundo por montera.
+
+--Debe de haber pasado algo gordo...--¿A qué crimen alude usted?
+
+--Al de adulterio...--Ps... yo creo que... todavía están algo verdes.
+Sin embargo, por él no quedará, y el crimen es el mismo....
+
+A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta.
+Era caso de envidia. Pero convenía suponerlo, para cargar el delito a la
+cuenta de los muchos que atribuían al enemigo.
+
+Don Fermín, a las once, recordó que era día de conferencia en la Santa
+Obra del Catecismo de las Niñas. Él era el director de aquella
+institución docente y piadosa, que celebraba sus sesiones en el crucero
+de la Iglesia de Santa María la Blanca. Sentía el humor más apropósito
+para el caso. Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, con
+sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa. En medio del recinto
+se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; sobre ella
+a un lado había tres filas de bancos sin respaldos, y enfrente de ellos
+una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera, presidida por un
+sillón de pana roja y varios taburetes de igual paño. El sillón era para
+el Magistral, los taburetes para los capellanes catequistas, y en los
+bancos se sentaban las niñas de siete a catorce años que aprendían la
+doctrina cristiana, más algo de liturgia, historia sagrada y cánticos
+religiosos.
+
+Cuando De Pas entró en el templo hubo un murmullo en los bancos de la
+plataforma, semejante al rumor de una ráfaga que rueda sobre las copas
+de los árboles.
+
+Tomó el amado director agua bendita, y después de santiguarse, subió,
+radiante de alegría evangélica, las gradas de la plataforma; se frotó
+las manos y a una niña de ocho años que encontró de pie al paso, la
+sujetó suavemente; y mientras él miraba a la bóveda y mordía el labio
+inferior, oprimía contra su cuerpo la cabeza rubia, y entre los dedos de
+la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada.
+
+--¿Qué pájaro me habrá dicho a mí que doña Rufinita no quiere ser buena,
+y enreda en la iglesia y descompone el coro cuando canta?
+
+Carcajada general. Las niñas ríen de todo corazón y el templo retumba
+devolviendo el eco de la alegría desde la bóveda blanca, llena de luz
+que penetra por ventanas anchas de cristales comunes.
+
+Todo lo que dice allí el Magistral se ríe; es un chiste. Niños y
+clérigos están como en su casa. Los pocos fieles esparcidos por la
+Iglesia son beatas que rezan con devoción; no se piensa en ellas. A
+veces son espectadores de aquella algazara algunos adolescentes y pollos
+con cascarón que tienen en los bancos de la plataforma sus amores. Los
+catequistas, jóvenes todos, no ven con buenos ojos a tales señoritos que
+vienen con propósitos profanos.
+
+El Magistral no se sentó en el sillón de la presidencia. Prefería pasear
+por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo con ondulaciones de
+palmera, acercándose de vez en cuando a los bancos llenos de alegría
+para azotar una mejilla con suave palmada, o decir al oído de un
+angelito con faldas un secreto que excita la curiosidad de todas y
+origina siempre una broma de las que sabe preparar don Fermín de modo
+que acaben en lección moral o religiosa. También los catequistas
+alegres, graciosos, vivarachos, van y vienen, reprenden a las educandas
+con palabras de miel y sonrisas paternales, y se meten entre banco y
+banco mezclando lo negro de sus manteos redundantes con las faldas
+cortas de colores vivos, y el blanco de nieve de las medias que ciñen
+pantorrillas de mujer a las que el traje largo no dio todavía patente de
+tales. En la primera fila se mueven, siempre inquietas, sobre la dura
+tabla, las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más, hombrunas
+casi en gestos, líneas y contornos, algunas rodeadas de precoces
+turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes; algo
+avergonzadas, sin conciencia clara de ello, de su desarrollo temprano.
+Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa
+que acababa de mascar, del que un fragmento arrugado se le asomaba a los
+labios todavía. En las siguientes filas estaban las educandas de doce y
+trece primaveras, presumidillas, entonadas; y detrás de estas las
+señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura
+vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios
+legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación
+natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias,
+mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de
+malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los ensayos de
+coro, las niñas se levantaban, se repartían en secciones por el
+tablado, formaban círculos, los deshacían, como bailarinas de ópera; y
+los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban,
+entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad
+quinti-esenciada con cierta dentera moral que les encendía las mejillas
+y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos análogos a los
+del kirschen o del ajenjo.
+
+El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran
+suyas y no del Ayuntamiento como las del _Paseo grande_, se recreaba en
+los ojos de las que ya los tenían transparentes de malicia; y, más
+sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de ángeles menores.
+Llegó la hora de los discursos, después de los cánticos, en que la voz
+de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios fisiológicos por
+que estaban pasando. Una joven de quince años, catorce oficialmente, se
+adelantó, y colocada cerca de la mesa recitó con desparpajo una filípica
+un tanto moderada por los eufemismos de la retórica jesuítica, contra
+los materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era
+rubia, de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepción de la
+barba, que apuntaba hacia arriba; tenía el torso de mujer, y debajo de
+la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas
+armoniosas, de seducción extraña. Tenía los ojos azules claros; el metal
+de la voz, vibrante, poco agradable, hierático en su monotonía,
+expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de un alma que preparaban
+para el convento. La rubia hermosa, con brazos de escultura griega, no
+entendía cabalmente lo que iba diciendo, pero adivinaba el sentido de su
+arenga, y le daba el tono de intolerancia y de soberbia que le
+convenía. También ella parecía una estatua de la soberbia y de la
+intolerancia: una estatua hermosísima. Sus compañeras, los catequistas,
+el escaso público esparcido por la nave la oían con asombro, sin pensar
+en lo que decía, sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente
+de su voz metálica. Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el
+símbolo del fanatismo sentimental, la iniciación del _eterno femenino_
+en la eterna idolatría. El Magistral, con la boca abierta, sin sonreír
+ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella
+arrogante amazona de la religión, que labraba con arte la naturaleza,
+por fuera, y él por dentro, por el alma. Sí, era obra suya aquel
+fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su museo de
+beatas; pero todavía estaba en el taller. Cuando aquel vestido gris, que
+no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver dos dedos de
+pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de su estudio
+saldría a luz, el público la admiraría y para sí la guardaría la
+Iglesia.
+
+La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones
+finas, de expresión dulce, tímida y nerviosa. Apretaba con el cuerpo del
+vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza; y más
+que en su oración pensaba en que los muchachos que miraban desde abajo,
+podían verla las pantorrillas, que tapaba mal la falda, a pesar de los
+esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo terminar la historia de los
+Macabeos que tenía a su cargo. Se le puso un nudo en la garganta, le
+zumbaron los oídos y todo el lado derecho de la cabeza se quedó de
+repente frío y el cutis pálido. Se ponía enferma de vergüenza. Tuvo que
+salir de la Iglesia. El desparpajo de otras oradoras precoces hizo
+olvidar la escena triste y desairada de la niña pusilánime, que había
+salido llorando. El Magistral reanimó también el espíritu de la escuela
+con chascarrillos morales y apólogos joco-místicos. Las muchachas se
+morían de risa, se retorcían en los bancos, y dejaban ver a los profanos
+y a los catequistas, relámpagos de blancura debajo de las faldas que
+movían indiscretas, sin pensar en ello muchas, algunas sin pensar en
+otra cosa.
+
+Cuando salió don Fermín de Santa María la Blanca, tenía la boca hecha
+agua engomada. Aquellas sensaciones, que le habían invadido por
+sorpresa, le recordaban años que quedaban muy atrás. No le gustaba
+aquello; era poca formalidad. «¡Diablo de chicas!» iba pensando. De
+todas suertes, lo que le pasaba probaba que aún era joven, que no era
+por necesidad disfrazada de idealismo por lo que se juraba ser
+platónico, siempre platónico, o por lo menos indefinidamente, en sus
+relaciones con la fiel y querida amiga. Volvió su pensamiento a la
+Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se
+convirtió en deseo fuerte y definido de ver a doña Ana, de agradecerle
+su carta y decírselo con la más eficaz elocuencia que pudiera.
+
+Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde
+la visita. Su madre le habló como siempre, de lo que se murmuraba, y él
+encogió los hombros. Oía la voz dura y seca de doña Paula anunciando,
+por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de su honra, como
+si le hablase de los cataclismos geológicos del tiempo de Noé. Le
+parecía que era otro Provisor aquel de quien el público se quejaba.
+«¡Ambición, simonía, soberbia, sordidez, escándalo!... ¿qué tenía él que
+ver con todo aquello? ¿Para qué perseguían a aquel pobre don Fermín si
+ya había muerto? Ahora el don Fermín era otro, otro que despreciaba a
+sus vecinos y ni siquiera se tomaba la molestia de quererlos mal. Él
+vivía para su pasión, que le ennoblecía, que le redimía. Si le apuraban,
+daría una campanada». El Magistral gozaba encontrando dentro de sí
+semejante hombre, más fuerte que nunca, decidido a todo, enamorado de la
+vida que tiene guardados para sus predilectos estos sentimientos
+intensos, avasalladores. La realidad adquiría para él nuevo sentido, era
+más realidad. Se acordaba de las dudas de los filósofos y los ensueños
+de los teólogos y le daban lástima. Los unos negando el mundo, los otros
+_volatilizándolo_, parecíanle desocupados dignos de compasión. «La
+filosofía era una manera de bostezar». «La vida era lo que sentía él, él
+que estaba en el riñón de la actividad, del sentimiento. Una mujer
+deslumbrante de hermosura por alma y cuerpo, que en una hora de
+confesión le había hecho ver mundos nuevos, le llamaba ahora su _hermano
+mayor querido_, se entregaba a él, para ser guiada por las sendas y
+trochas del misticismo apasionado, poético.... Afortunadamente él tenía
+arte para todo: sabría ser místico, hasta donde hiciera falta, perderse
+en las nubes sin olvidar la tierra». Recordaba que años atrás había
+pensado en escribir novelas, en hacer una _sibila_ verdaderamente
+cristiana, y una _Fabiola_ moderna; lo había dejado, no por sentirse con
+pocas facultades, sino porque le hacía daño gastar la imaginación. «Las
+novelas era mejor vivirlas».
+
+Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de
+pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester y las
+maquinaciones de los _conjurados_ del Casino.
+
+En cuanto pudo el Magistral escapó de casa, prometiendo ir a sondear al
+Obispo. Tomó el camino de la Plaza Nueva. El caserón de la Rinconada le
+pareció envuelto en una aureola.
+
+Le recibieron Ana y don Víctor en el comedor. Ya era amigo de confianza.
+Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral había prestado
+muchos servicios a don Víctor, y este aunque le era algo antipático el
+Magistral, se los había agradecido. Pero ya empezaba Quintanar, que
+siempre había sido regalista, a sospechar algo malo de la _influencia
+del sacerdocio_ en su hogar, o sea el _imperio_. «El clero era
+absorbente». Sobre todo don Fermín había sido un poco jesuita.
+«¡Jesuita! ¡El casuismo!... ¡El Paraguay!... _¡Caveant consules!_».
+Aunque la cortesía, ley suprema, le obligaba al más fino trato, no menos
+que la gratitud, don Víctor estuvo un poco frío con el canónigo, pero de
+modo que el otro no lo echó de ver siquiera. Notó que estorbaba allí el
+amo de la casa, pero nada más.
+
+Ana afectuosa, lánguida todavía, había estrechado la mano a su confesor,
+que sin darse cuenta, prolongó cuanto pudo el contacto. Don Víctor los
+dejó solos a eso de las seis. Le esperaban en el Gobierno civil para una
+junta de ganaderos. Se trataba de traer sementales del extranjero. Pero
+don Víctor trataba principalmente de que le eligiesen segundo
+vicepresidente y reclamaba para Frígilis la primera secretaría.
+«Frígilis había jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes
+la elección era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de
+Tomás». Quintanar contaba con el gobernador. Salió.
+
+La Regenta sonrió a don Fermín y dijo:
+
+--Dirá usted que soy una loca; ¿para qué escribirle cuando podemos
+hablar todos los días? No pude menos. ¡Soy tan feliz! ¡y debo en tanta
+parte a usted mi felicidad! Quise contener aquel impulso y no pude. A
+veces me reprendo a mí misma porque pienso que robo a Dios muchos
+pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvió escoger para
+salvarme.
+
+El Magistral se sentía como estrangulado por la emoción. La Regenta
+hablaba ni más ni menos como él la había hecho hablar tantas veces en
+las novelas que se contaba a sí mismo al dormirse.
+
+No vaciló en referir todo lo que había pasado por él desde que leyera
+aquella carta. «El mundo sin una amistad como la suya era un páramo
+inhabitable; para las almas enamoradas de lo Infinito, vivir en Vetusta
+la vida ordinaria de los demás era como encerrarse en un cuarto estrecho
+con un brasero. Era el suicidio por asfixia. Pero abriendo aquella
+ventana que tenía vistas al cielo, ya no había que temer».
+
+La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra; el
+Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que empleaba al
+hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que veía ahora
+en Anita. Don Fermín tenía celos de la Santa de Ávila.
+
+Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones
+místicas, temía que cayera en el éxtasis, que tenía siempre
+complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a
+él de otra enfermedad probable, si Ana seguía aquel camino peligroso.
+Aconsejó la actividad piadosa. «En su estado y en el tiempo en que vivía
+la pura contemplación tenía que dejar mucho espacio a las buenas obras.
+Si ahora sentía Anita cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se
+debía a la convalecencia de que en rigor no había salido; pero cuando
+el vigor volviera por completo ya no la asustaría la acción, el ir y
+venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba».
+
+Desde aquel día el Magistral influyó cuanto pudo en aquel espíritu que
+dominaba por entonces, para arrancarle de la contemplación y atraerle a
+la vida activa. «Si se remontaba demasiado, le olvidaría a él, que al
+fin era un ser finito. Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada
+momento que tenía: '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que
+se acaba', y como don Fermín había de acabarse, le espantaba la idea de
+que por eso Ana llegase a tenerle en poco».
+
+No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los
+primeros meses. Aunque tanto quería a su confesor, Ana muchas horas le
+olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo.
+
+Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio,
+sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del
+alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre,
+con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de
+imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.
+Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía deseos vehementes de
+levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrándole la
+verdad que ella palpaba; y entonces le costaba trabajo reconocer la
+realidad de las criaturas. «¡Qué pequeñas eran! ¡qué frágiles! ¡cuánto
+más tenían de apariencia que de nada! Lo único que en ellas valía no era
+de ellas, era de Dios, era cosa prestada. ¡Dichas! ¡dolores! palabras
+nada más; ¿cómo apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que
+duraban no daba tiempo a ello?». Ana recordaba la vida de unos mosquitos
+muy pequeños que crecían todas las mañanas a la orilla del río, volaban
+desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas morían y eran pasto
+de unos peces que contaban todos los días con aquel alimento. Pues así
+era el vivir para todas las criaturas, un rayo de sol que se cruza, para
+volver a la sombra de que se vino. Y estos pensamientos, que
+antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegría. Porque el vivir
+era el estar sin Dios, el morir renacer en Él, pero renunciando a sí
+mismo.
+
+Y como si sus entrañas entrasen en una fundición, Ana sentía
+chisporroteos dentro de sí, fuego líquido, que la evaporaba... y llegaba
+a no sentir nada más que una idea pura, vaga, que aborrecía toda
+determinación, que se complacía en su simplicidad. Prolongaba cuanto
+podía aquel estado; tenía horror al movimiento, a la variedad, a la
+vida.
+
+Entonces solía don Víctor asomar la cabeza, con su gorro de borla
+dorada, por la puerta de escape que abría con cautela, sin ruido....
+Anita no le oía; y él, un poco asustado, con una emoción como creía que
+la tendría entrando en la alcoba de un muerto, se retiraba, de
+puntillas, con un respeto supersticioso. A dos cosas tenía horror: al
+magnetismo y al éxtasis. ¡Ni electricidad ni misticismo! Una vez le
+había dado una bofetada a un chusco que le había cogido por la levita,
+en el gabinete de física de la Universidad, para hacerle entrar en una
+corriente eléctrica. Don Víctor había sentido la sacudida, pero acto
+continuo ¡zas! había santiguado al gracioso. El magnetismo, en que
+creía, (aunque estaba en mantillas, según él, esta ciencia) le asustaba
+también; y en cuanto a ver a su Divina Majestad, o figurársele, le
+parecía emoción superior a sus fuerzas. «Yo no necesito de eso para
+creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer
+que hay un más allá y un Juez Supremo. Al que no le convence un rayo, no
+le convence nada».
+
+«Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que veía que
+iba de veras».
+
+Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... subía la
+escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solían, y
+preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste:
+
+--¿Y la señora? ¿dónde está?
+
+Como si preguntara ¿cómo va la enferma?--Así andaba por todo el caserón,
+como si estuviera muriendo alguno. Sin darse cuenta del porqué, don
+Víctor se figuraba el misticismo de su mujer como una cefalalgia muy
+aguda. Lo principal era no hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba
+abajo, en el patio, don Víctor se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba
+con timbre apagado y gutural:
+
+--¡A ver! ¡ese gato! ¡que se calle o que lo maten!
+
+Entraba en su despacho. Volvía entonces a sus máquinas y colecciones; a
+veces tenía que clavar, serrar o cepillar. ¿Cómo no hacer ruido? Sobre
+todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo forró con bayeta negra,
+como un catafalco, y así clavaba, los martillazos apagados tenían una
+resonancia mate, fúnebre, de mal agüero, que llenaba de melancolía a don
+Víctor. Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hacían
+demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus
+cánticos profanos al tocador-oratorio de la Regenta.
+
+Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en
+la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus palabras un rumorcillo
+leve.
+
+--Pero, hombre, parece que hablas con sordina...--decía Crespo
+malhumorado.
+
+Quintanar le consultaba acerca del _estado_ de Ana.
+
+--¿A ti qué te parece de esto?
+
+--Ps... allá ella. Sus razones tendrá.
+
+--Yo creo Tomás, aquí para _interinos_... que Anita se nos hace santa,
+si Dios no lo remedia. A mí me asusta a veces. ¡Si vieses qué ojos en
+cuanto se distrae! Ello sería un honor para la familia...
+indudablemente, pero... ofrece sus molestias.... Sobre todo, yo no sirvo
+para esto. Me da miedo lo sobrenatural. ¿Tendrá apariciones?
+
+Frígilis se permitía la confianza de no contestar a las que estimaba
+sandeces de su amigo.
+
+También él pensaba en Anita. La veía muchas veces desde la huerta, en su
+gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcón mirando al cielo.
+Ella casi nunca reparaba en él; no era como antes que le saludaba
+siempre. Aquello de Ana también era una enfermedad, y grave, sólo que él
+no sabía clasificarla. Era como si tratándose de un árbol, empezara a
+echar flores, y más flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara
+delgado, delgado, y cada vez más florido; después se secaban las raíces,
+el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas,
+venían al suelo con la leña seca; y en el suelo... en el suelo... si no
+había un milagro, se marchitaban, se pudrían, se hacían lodo como todo
+lo demás. Así era la enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que
+debía de haberlo habido, él lo atribuía al Magistral. Se acordaba del
+guante morado. Mucho tiempo lo había tenido olvidado, pero un día se le
+ocurrió preguntar a la Regenta si las señoras usaban guantes de seda
+morada y ella se había reído. Era, por consiguiente, un guante de
+canónigo. Ripamilán no los usaba casi nunca. No quedaba más canónigo
+probable que el Magistral; el único bastante listo para meter aquellas
+cosas en la cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y
+Petra andaba en el ajo. Era encubridora. ¿De qué? Esta era la cuestión.
+De nada malo debía de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era
+relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Frígilis no
+temía lo presente si no lo futuro; lo que podía suceder. No veía una
+falta sino un peligro. Algo había oído de lo que se murmuraba en
+Vetusta, aunque en su presencia no se atrevían las malas lenguas a poner
+en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se le miraba como hermano
+de don Víctor. «De todas maneras, él estaría alerta». Y seguía velando
+por los árboles de don Víctor y por su honor «tal vez en peligro».
+
+Petra tampoco veía claro. Estaba desorientada. La conducta de su ama le
+parecía propia de una loca. «¿A qué venía aquella santidad? ¿A quién
+engañaba? ¡Oh! si no fuera porque ella quería tener contento al
+Magistral, no serviría más tiempo a la hipócrita que la utilizaba como
+correo secreto y no le daba una mala propina, ni le decía palabra de sus
+trapicheos ni le ponía una buena cara, a no ser aquella de beata
+bobalicona con que engañaba a todos».
+
+Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su
+cama de madera, tenía una cartera de viaje, sucia y vieja. Allí guardaba
+con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuantía, y algunos papeles
+que podían comprometerla. De allí sacaba el guante morado del Magistral,
+del que a nadie había hablado. Era una prueba, no sabía de qué, pero
+adivinaba que sin saber ella cómo ni cuándo, aquella prenda podía llegar
+a valer mucho.
+
+«¿Y qué probaba aquel guante respecto a la santidad de la señora? Que
+era una hipócrita. ¡Si no fuera por el Magistral!».
+
+Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqués creía en la
+santidad de Anita; la Marquesa encogía los hombros; temía por la cabeza
+de aquella chica. Visitación estaba _volada_, furiosa. «¡Sus planes por
+tierra! ¡Ana resistía! ¡No era de tierra como ella!». Obdulia Fandiño no
+envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino _el ruido que metía_,
+lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jamás había hecho
+_tanta sensación_ ella, la viudita, con el vestido más escandaloso, como
+Ana con su hábito y su _beatería_. «¡Qué atrasado, pero qué atrasado
+estaba aquel miserable lugarón!».
+
+Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volvía a borbotones. Tenía
+sueños castos, tales se le antojaban, sin sujeto humano, como decía
+Ripamilán, pero dulces, suaves. Sentía, medio dormida, a la hora de
+amanecer sobre todo, palpitaciones de las entrañas que eran agradable
+cosquilleo; otras veces, como si por sus venas corriese arroyo de leche
+y miel, se le figuraba que el sentido del gusto, de un gusto exquisito,
+intenso, se le había trasladado al pecho, más abajo, mejor, no sabía
+dónde, no era en el estómago, era claro pero tampoco en el corazón, era
+en el medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin
+falta, era para el Señor. Oía los gritos de los pájaros en la huerta,
+encontraba en ellos sentido místico, y la piedad matutina de Ana era
+optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su obra. Cada día
+encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea de las cosas
+finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su realidad: volvían
+los seres materiales a tener para ella la poesía inefable del dibujo;
+la plasticidad de los cuerpos era una especie de bienestar de la
+materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se sentía bien en
+medio de la vida. Pensaba en las armonías del mundo y veía que todo era
+bueno, según su género. La idea de Dios, la emoción profunda, intensa
+que le causaba la evidencia de la divinidad presente, no se deslucían,
+no se borraban; pero Dios ya no se le aparecía en la idea de su soledad
+sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la
+creación infinita. Empezó a olvidar algunas noches la lectura de Santa
+Teresa. Seguía enamorada de la Doctora sublime, pero algunas opiniones
+de la Santa prefería pasarlas por alto, estaban en pugna con las ideas
+propias; «al fin no en balde habían pasado tres siglos». Empezó Ana a
+comprender mejor lo que el Magistral le quería decir al hablarle de
+actividad piadosa.
+
+«Es verdad, se decía, no he de vivir en este egoísmo de recrearme en
+Dios; necesito, sí, trabajar más y más en la oración mental y en la
+contemplación, para ver más y más cada día en esa región de luz en que
+el alma penetra, pero... ¿y mis hermanos? La caridad exige que se piense
+en los demás. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el
+prójimo; ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido».
+
+El Magistral, mientras duraba la debilidad, le había prohibido
+incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la mañana. Pero
+ella en cuanto sintió aquella bienhechora fortaleza de los músculos, que
+es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros que
+volvían a cubrirse de rosas pálidas, otra vez repletos de vida
+circulante. Y sin descender del lecho, sobre las sábanas tibias,
+levemente mecida por los muelles del colchón al incorporarse, rezaba,
+toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de raso en la blandura
+apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su fervor religioso
+acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera, y besaba las
+llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas lágrimas
+dulces eran la miel mezclada que corría dentro y ahora saltaba por los
+ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, aún más fuerte, huyó la
+pereza del colchón y saltó al suelo y rezó sobre la piel de tigre. Aún
+quería más dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el
+pavimento hincaba las rodillas. Pensó en el cilicio, lo deseó con fuego
+en la carne, que quería beber el dolor desconocido, pero el Magistral
+había prohibido tales tormentos sabrosos.
+
+El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la
+conversión de su marido. Santa Teresa había trabajado por la piedad de
+su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habíale ella querido
+más piadoso todavía. Ana se propuso emplear su celo en ganar para Dios
+el alma de su don Víctor, «que venía también a ser su padre».
+
+La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios,
+lícitos todos, que empleó con arte de maestro. Quintanar tardó en
+conocer que su Anita, su querida Anita quería convertirle a la piedad
+verdadera. Al principio sólo notó que su mujer se hacía más
+comunicativa, cariñosa a todas horas, como antes lo era después de los
+ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades. «¿Quería discutir por
+pasar el rato? Enhorabuena; él amaba la discusión». Y sostenía la tesis
+contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta había
+ido haciendo la cuestión personal; ya no se trataba de si Cristo había
+redimido a todas las _Humanidades_ repartidas por los planetas, de una
+sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en todas muerte de
+cruz; ahora se trataba ya de si don Víctor confesaba muy de tarde en
+tarde, si perdía o no muchas misas, (y sí que las perdía). «Además, los
+libros en que apacentaba el espíritu eran vanos; comedias, mentiras
+fútiles y peligrosas».
+
+--¿Tú nunca has leído vida de santos, verdad?
+
+--Sí, hija, sí, y autos sacramentales....
+
+--No es eso.... Quintanar; hablo de _La Leyenda de Oro_ y del _Año
+Cristiano_ de Croiset, por ejemplo.
+
+--¿Sabes, hija mía?... Yo prefiero los libros de meditación....
+
+--Pues toma el _Kempis_, la _Imitación de Cristo_... lee y medita.
+
+Y se lo hizo leer. Y entre _Kempis_ y la Regenta, y el calor que
+empezaba a molestarle, y la prohibición de los baños le quitaron el
+humor al digno magistrado. Ya no leía, al dormirse, a Calderón, sino a
+Job y al dichoso Kempis. «¡Vaya unas cosas que decía aquel demonche de
+fraile o lo que fuese! No, y lo que es razón tenía, es claro; el mundo,
+bien mirado, era un montón de escorias. Él no podía quejarse, en su vida
+no había habido desengaños terribles, grandes contrariedades, aparte de
+la muy considerable de no haber sido cómico; pero en tesis general, el
+mundo estaba perdido. Y además, esto de hacerse viejo, que le tocaba a
+él como a cada cual, era un gravísimo inconveniente. En la muerte no
+quería pensar, porque eso le ponía malo, y Dios no manda que enfermemos.
+La muerte... la muerte... él tenía así... una vaga y disparatada
+esperanza de no morirse.... ¡La medicina progresa tanto! Y además, se
+podía morir sin grandes dolores, por más que Frígilis lo negaba». En
+fin, no quería pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue
+tiznándole el alma de negro y don Víctor llegó a despreciar las cosas
+por efímeras. Una tarde, en su _Parque_, contemplaba a Frígilis que
+estaba a sus pies agachado plantando cebolletas, embebecido en su
+operación.
+
+«¡Valiente filósofo era Frígilis!». Don Víctor le miraba desde la altura
+de su pesimismo prestado, y le despreciaba y compadecía. «¡Plantar
+cebolletas! ¿No prohibía San Alfonso Ligorio plantar árboles en general
+y edificar casas, que al cabo de los años mil se caen? Pues entonces,
+¿para qué plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?...».
+
+«Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido. ¿Qué
+iba él a hacer mano sobre mano un verano entero sin baños, ni bromas en
+las aguas de Termasaltas?».
+
+«Y quedaba el rabo por desollar. La cuestión de salvarse o no salvarse.
+Aquello era serio. A él le daba el corazón que se salvaría; pero los
+santos escritores presentaban como tan difícil la cosa, que ya le
+inquietaban ciertas dudas.... ¿Si no habría sido él toda su vida
+bastante bueno? Había que pensar en esto; pero ¡Dios mío! ¡él no quería
+quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en una
+enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo arreglar sus
+papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era cosa temporal...
+con que la salvación del alma, la jubilación eterna como quien decía
+¡apenas iba a exigir esfuerzos, expedientes, y también recomendaciones!
+Era preciso entregarse a su esposa para que le ayudase en tan arduo
+negocio».
+
+La Regenta conoció bien pronto que don Víctor se entregaba. Aunque ella
+hubiera querido más acendrada piedad, tuvo que contentarse con el dolor
+de atrición que claramente manifestaba su marido. Y no tuvo escrúpulo en
+asustarle un poco más de lo que estaba, recordándole las penas del
+Infierno, aunque estos recursos de terror le repugnaban a ella.
+Quintanar mostraba gran empeño en sostener que el fuego de que se
+trataba no era material, era simbólico.
+
+--No es de fe--repetía--en mi opinión, creer que ese fuego es físico,
+material; es un símbolo, el símbolo del remordimiento.
+
+Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con símbolos en el caso
+desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente.
+
+El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto
+llevar a su don Víctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el
+Magistral.
+
+A don Víctor al comulgar le atormentaba la idea de que no había
+confesado un pecadillo considerable: tenía sus dudas respecto de la
+infalibilidad pontificia.
+
+El canónigo Döllinger, de quien no sabía más sino que existía y que se
+había separado de la Iglesia, le seducía por su tenacidad, que le
+recordaba la de su tierra, Aragón, el reino más noble y testarudo del
+Universo.
+
+Los días para la Regenta se deslizaban suavemente.
+
+El Magistral, su maestro, y don Víctor, su discípulo, eran los
+compañeros de su vida al parecer sosa, monótona, pero _por dentro_ llena
+de emociones. Seguía encontrando en la oración mental delicias
+inefables. Dios era no menos amable como Padre de las criaturas, como
+Director de la gran «fábrica de la inmensa arquitectura», que en la pura
+contemplación de su Idea. Además, pensaba Anita, fuera orgullo aspirar
+ahora a la visión de la Divinidad directamente; me faltan muchos pasos,
+muchas _moradas_. Ya llegaré si el Señor lo tiene así dispuesto. Ahora
+debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi
+cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que él llama
+higiene del espíritu. La ociosidad me volvería al pecado, como volvía a
+la misma Santa Teresa. Si para ella tenía tan grave peligro ¡qué será
+para mí!».
+
+Anita recibía las pocas visitas que don Álvaro se atrevía a hacerle, sin
+alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila después que se
+marchaba. Procuraba apartar de él su pensamiento, con la conciencia de
+que era aquel recuerdo una llaga del espíritu que tocándola dolería.
+Tuvo valor para mostrarse fría con él, para cortar el paso a la
+confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para verle
+despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, «ciego de amor y
+pena», creía ella, una lástima infinita le inundó el alma, y tembló de
+miedo; su seno se hinchó con un suspiro... y la carne flaca tropezó con
+el Cristo amarillento de marfil que el Magistral había regalado a su
+amiga para que lo llevase sobre el pecho.
+
+Ana besó la imagen y volvió los ojos al cielo.
+
+--Jesús, Jesús, tú no puedes tener un rival. Sería infame, sería
+asqueroso....
+
+Y recordó la ira de Jesús cuando se aparecía a Teresa que le olvidaba.
+
+--Sería engañar a Dios, engañar al Magistral pensar en ese hombre ni un
+solo instante, ni siquiera para compadecerle.... ¡Oh! ¡qué hipócrita,
+qué gazmoña miserable sería yo si tal hiciera! ¡Qué romanticismo del
+género más ridículo y repugnante sería el mío, si después de tanta
+piedad que yo creí profunda, vocación de mi vida en adelante, volviera
+una pasión prohibida a enroscarse en el corazón, o en la carne, o donde
+sea!... ¡No, no! ¡Ridículo, villano, infame, vergonzoso, además de
+criminal! ¡Mil veces no! Quiero morir, morir, Señor, antes que caer otra
+vez en aquellos pensamientos que manchan el alma y le clavan las alas al
+suelo, entre lodo....
+
+Pero al día siguiente de la despedida de don Álvaro, Ana despertó
+pensando en él. «Ya no estaba en Vetusta. Mejor. La terrible tentación
+le volvía la espalda, huía derrotada.... Mejor... era un favor especial
+de Dios».
+
+Aquella tarde bajó al parque, a la hora en que don Álvaro se había
+despedido el día anterior.
+
+«Veinticuatro horas hacía ya». Otras veces había estado días y días sin
+verle, y le parecía muy tolerable la ausencia y corta. Pero estas
+veinticuatro horas eran de otra manera, se contaban por minutos... que
+es como se cuentan las horas. «Y bien, lo normal, lo constante, lo que
+debía ser ya siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y
+después otras tantas... y así... toda la vida».
+
+Hacía mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los castaños de Indias,
+ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, podía Ana respirar
+una ráfaga de aire fresco. Su pensamiento quería elevarse, volar al
+cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta es mucho, le
+derretía las alas al pensamiento y caía en la tierra, que ardía, en
+concepto de Ana.
+
+Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó en
+el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano _sentaba_ bien,
+y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y baratos. Venía alegre,
+vaporosa, y con las apariencias de un torbellino; daba gana de cerrar
+los ojos al verla acercarse. En la calle la había querido abrazar un
+mozo de cordel. La aventura, ridícula y todo, la había rejuvenecido,
+había encendido chispas en sus ojuelos, y «¡ea! venía con afán de
+abrazar ella también». Abrazó a la Regenta, se la comió a besos... y
+después de contarla el _paso de comedia_ del mozo de cordel, gritó de
+repente:
+
+--A propósito, ¿no te ha contado Víctor lo de Álvaro?
+
+Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga. Estaba tomándola el
+pulso a su modo.
+
+Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió:
+
+--¿No sabes lo de Álvaro?
+
+El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción. «A mí con
+santidades, pensó; _pulvisés_, como dijo el otro».
+
+--¿Qué le pasa? ¿qué se ha marchado? Ya lo sé.
+
+--No, no es eso.--¿Qué? ¿No se ha marchado?
+
+Nueva alteración del pulso, según Visita.
+
+--Sí, hija, sí, se ha marchado, pero verás cómo. Ya sabes que tenía
+relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en
+fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares.
+
+--Sí, sí, bien...--Pues bueno; esta mañana, lo ha visto medio Vetusta,
+al ir Mesía a tomar el tren de Madrid, el correo, el que sube... ¿estás?
+se encontró con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del
+andén. ¡Figúrate! Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha
+comprado una especie de chalet o demonios; bueno, pues, cátate que
+nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma
+el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el
+equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón
+con cama y demás. Y el marido no venía, por supuesto; ella, dos criados
+y los _bebés_ como dice Obdulia. ¡Figúrate! Todo Vetusta, que estaba en
+la estación esta mañana por casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho
+Álvaro. ¿Pero ella? ¿qué te parece de ella? A eso vamos; a lo
+escandalosas que son esas señoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama
+de virtuosa, ¡uf! ¡yo lo creo!... La virtuosísima señora ministra de
+Gracia y salero... ¡pero, señor, cómo demonches se llama ese tipo de
+ministro!...
+
+Ana recordaba perfectamente cómo se llamaba aquel «tipo de ministro»,
+pero no quiso decirlo; sintió que palidecía, por un frío de muerte que
+le subió al rostro; dio media vuelta, y disimulando cuanto pudo, se
+recostó en un árbol. Fingió entretenerse en rayar la corteza del tronco,
+y mudando de conversación, preguntó a Visita por un niño que tenía
+enfermo.
+
+Pero Visita era tambor de marina, como decían ella y la Marquesa; de
+otro modo, que nadie se la pegaba; conoció la turbación de Ana, y con
+gran júbilo, confirmó para sus adentros la teoría del _pulvisés_ o sea
+de la ceniza universal.
+
+«Ana tenía celos; luego, tenía amor; no hay humo sin fuego».
+
+Se despidió al poco rato; ya había dado su noticia, ya sabía lo que
+quería; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en otra parte
+otra buena obra por el estilo. Se marchó, como la marejada que se
+retira. Dejó los senderos blancos como si los hubiesen peinado. La
+escoba almidonada de enaguas y percal engomado dejó su rastro de rayas
+sinuosas y paralelas grabado en la arena.
+
+Ana tuvo miedo. La tentación, la vieja tentación de don Álvaro, le había
+sabido a cosa nueva; se le figuró un momento que aquel dolor que
+sintiera al saber lo de la ministra, era más de las entrañas que sus
+demás penas; era un dolor que la aturdía, que pedía remedio a gritos
+desde dentro.... Por la primera vez, después de su enfermedad, sintió la
+rebelión en el alma.
+
+«Oh, no; no quería volver a empezar. Ella era de Jesús, lo había jurado.
+Pero el enemigo era fuerte, mucho más de lo que ella había creído. Otras
+veces había desafiado el peligro; ahora temblaba delante de él. Antes la
+tentación era bella por el contraste, por la hermosura dramática de la
+lucha, por el placer de la victoria; ahora no era más que formidable;
+detrás de la tentación no estaba ya sólo el placer prohibido,
+desconocido, seductor a su modo para la imaginación; estaban además el
+castigo, la cólera de Dios, el infierno. Todo había cambiado; su
+vocación religiosa, su pacto serio con Jesús la obligaban de otro modo
+más fuerte que los lazos demasiado sutiles del deber vagamente admitido
+por la conciencia, sin pensar en sanción divina. Antes no quería pecar
+por dignidad, por gratitud, porque... no. Ahora el pecado era algo más
+que el adulterio repugnante, era la burla, la blasfemia, el escarnio de
+Jesús... y era el infierno. Si caía en los lazos de la tentación, ¿quién
+la consolaría cuando viniese el remordimiento tardío? ¿cómo llamar a
+Jesús otra vez? ¿cómo pensar en Teresa, que jamás había caído? No, no la
+llamaría, preferiría morir desesperada y sola. ¿Pero después? El
+infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal sin término».
+
+--«Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás--exclamó en voz alta, hablando con
+las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en
+calma».
+
+Aquella noche lloró la Regenta lágrimas que salían de lo más profundo de
+sus entrañas, de rodillas sobre la piel de tigre, con la cabeza hundida
+en el lecho, los brazos tendidos más allá de la cabeza, las manos en
+cruz.
+
+Desde el día siguiente el Magistral notó con mucha alegría, que Ana
+volvía su piedad del lado por donde él quería llevarla. «Menos
+contemplación y más devociones, obras piadosas y culto externo, que
+entretiene la imaginación».
+
+Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las voluntades,
+Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de caridad, a la
+enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de la devoción complicada y
+bizantina, que era la que predominaba en Vetusta. Aquellas
+exageraciones, que tal le habían parecido en otro tiempo, ahora las
+encontraba justificables, como los amantes se explican las mil tonterías
+ridículas que se dicen a solas.
+
+«¿No había en los amores humanos un vocabulario infantil, ridículo, sin
+sentido para los profanos? Sí, lo había, ella no podía asegurarlo por
+experiencia, pero lo había leído y el corazón se lo confirmaba. Pues
+bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus
+nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes». Hasta llegó a
+comprender los superlativos de letanía de doña Petronila o sea el gran
+Constantino.
+
+Al Magistral mismo se atrevía la Regenta a hablarle con cierto mimo, con
+una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, con un
+estilo que podría llamarse humorismo piadoso. Y además se permitía Ana
+interesarse por los bienes puramente temporales de su confesor. No le
+dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado. «¡Buena la haríamos
+si usted se me muriese! todo esto, señor mío, es egoísmo, ni Dios ni
+usted han de agradecerlo».
+
+Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el Magistral
+tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable. «Sí, inefable. Él no
+se explicaba qué era aquello. No sospechaba que en el mundo, en el
+pícaro mundo se podía gozar así. A los treinta y seis años, cuando él
+creía que ya nadie podía enseñarle nada, una señora inocente, joven, sin
+mundo, venía a mostrarle un universo nuevo, donde sin más que una
+sonrisita, una palabra que era como la letra de una música que había en
+el modo de decirla, se veía uno de repente entre los ángeles, gozando
+como en el Paraíso, sin querer nada más, sin pensar en nada más.
+¡Gozando, gozando y gozando!».
+
+Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situación. ¿Era
+aquello pecado? ¿Era aquello amor del que está prohibido a un sacerdote?
+Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermín de tales preguntas. Peor
+para ellas si se hubiera acordado.
+
+--¡Usted nunca me habla de sí mismo!--le decía Ana con tono de
+reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de
+Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban
+solos. Tácitamente habían convenido en que aquellas expansiones de la
+amistad eran inocentes. Ellos eran dos ángeles puros que no tenían
+cuerpo. Anita estaba tan segura de que para nada entraba en aquella
+amistad la carne, que ella era la que se propasaba, la que daba primero
+cada paso nuevo en el terreno resbaladizo de la intimidad entre varón y
+hembra.
+
+El Magistral con la cara llena del rocío de la flor y el corazón más
+fresco todavía, contestó:
+
+--¿Hablarle de mí mismo? ¡Para qué! Yo tengo, por razón de mi oficio en
+la Iglesia militante, la mitad de mi vida entregada a la calumnia, al
+odio, a la envidia, que la devoran y hacen de ella lo que quieren: se me
+persigue, se me preparan asechanzas, hasta hay sociedades secretas que
+tienen por objeto derribarme, como ellos dicen, de lo que llaman el
+poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo desprecio. Puedo asegurar a
+usted que yo no pienso más que en la otra mitad de mí mismo, que es la
+que traigo aquí, la que vive en la paz dulce de la fe, acompañada de
+almas nobles, santas, como la de una señora... que usted conoce... y a
+quien no aprecia en todo lo que vale....
+
+Y el Magistral sonrió como un ángel, mientras aspiraba con delicia el
+perfume de rosa de Alejandría, que Ana sin resistencia había dejado en
+manos del clérigo.
+
+Ella se puso seria, quiso explicaciones. «Se le perseguía, se le
+calumniaba... tenía enemigos... y él sin decir nada a su amiga. ¡Estaba
+bueno!». Algo había oído ella mucho tiempo hacía, pero vagamente. Se
+acusaba al Magistral, a lo que podía entender, de vicios tan torpes, de
+tan miserables delitos, que lo grosero de la calumnia la hacía de puro
+inverosímil inofensiva casi.
+
+La Regenta había despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que
+llegaban de tarde en tarde a sus oídos. Pero ya que el Magistral mismo
+se quejaba, daba a entender que aquella persecución le dolía, era
+necesario saber más, procurar el consuelo de aquel corazón atribulado,
+buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido, calumniado, que
+además del justo era el padre espiritual, el hermano mayor del alma, el
+faro de luz mística, el guía en el camino del cielo.
+
+Aquella mañana de Agosto el Provisor la señaló como una de las más
+felices de su vida. Ana le obligó a hablar, a contárselo todo. Él,
+elocuente, con imaginación viva, fuerte y hábil, improvisó de palabra
+una de aquellas novelas que hubiera escrito a no robarle el tiempo
+ocupaciones más serias. Se sentaron en el cenador. Don Fermín dijo,
+primero, sonriendo, que él también quería confesarse con ella. «¿Creía
+Ana que era perfecto? ¿Que no había pasiones debajo de la sotana? ¡Ay
+sí! Demasiado cierto era por desgracia». La confesión del Magistral se
+pareció a la de muchos autores que en vez de contar sus pecados
+aprovechan la ocasión de pintarse a sí mismos como héroes, echando al
+mundo la culpa de sus males, y quedándose con faltas leves, por confesar
+algo.
+
+De aquella confidencia, Ana sacó en limpio que el Magistral, como ella
+creía, era un alma grande, que no había tenido más delito que cierta
+vaga melancolía en la juventud y una ambición noble, _elevada_, en la
+edad viril. Pero aquella ambición había desaparecido ante otra más
+grande, más pura, la de salvar las almas buenas, la de ella por ejemplo.
+Ana, al oír aquello, cerraba los ojos para contener el llanto, y se
+juraba en silencio consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a
+quien tanto debía, que tan grande se le mostraba, que prefería vivir
+cerca de ella para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo,
+cardenal, pontífice. «¡Y le calumniaban! ¡Y tenía enemigos! ¡Y había
+habido tiempo en que querían ponerle en ridículo, por que ella, Anita,
+seguía entregada a las vanidades del mundo, a pesar de ser hija de
+confesión de don Fermín! ¡Oh, ya verían, ya verían en adelante!».
+
+«¿Qué cosa mejor que aquella pasión ideal, aquel afán por una buena
+obra, aquella abnegación, a que se proponía entregarse, para combatir la
+tentación cada vez más temible del recuerdo de Mesía, que estaba en
+Palomares enamorado de la ministra?».
+
+De Pas ya no sabía dónde iba a parar aquello.
+
+Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal
+suerte, que el peligro cada día era mayor. «Aunque la pasión que él
+sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello)
+ni era amor a lo profano, ni tenía nombre ni le hacía falta, podía ir a
+dar no se sabía dónde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor
+descuido de la carne, intrusa, temible, la Regenta saltaría hacia atrás,
+se indignaría y él perdería el prestigio casi sobrenatural de que estaba
+rodeado. Además, suponiendo que aquello parase en un amor sacrílego y
+adúltero, miserablemente sacrílego, por haber tenido tales comienzos,
+¡adiós encanto! Ya sabía él lo que era esto. Una locura grosera de
+algunos meses. Después un dejo de remordimiento mezclado de asco de sí
+mismo; verse despreciable, bajo, insufrible; y después ira y orgullo, y
+ambición vulgar y huracanes en la Curia eclesiástica.--No, no. La
+Regenta debía de ser otra cosa. Había que hacer a toda costa que aquello
+no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre todo, lo
+de antes, que la Regenta se llamaría a engaño; era seguro».
+
+Y después de una pausa, pensaba el Magistral:
+
+«Y en último caso, ello dirá».
+
+Don Víctor estaba cada día más triste. Por una parte aquel dolor de
+atrición, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser tan bueno, de no
+haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel sudor continuo,
+aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la yerba agostada
+del Paseo grande, la falta de espectáculos.... «Y además que nadie le
+comprendía. Frígilis era un estuco: en tratándose de cosas espirituales
+ya se sabía que no había que contar con él. Ni el verano le sofocaba, ni
+el invierno le encogía: era un marmolillo. ¡Y a su mujer y al Magistral
+el estío de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos no les
+disgustaba!». Iba don Víctor al Casino: ni un alma. Algún magistrado sin
+vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa. En el gabinete
+de lectura, Trifón Cármenes repasando _Ilustraciones_ antiguas; en el
+tresillo ni un socio; no le quedaba más que el dominó, que le era
+antipático por el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin
+parar. Su contendiente de ajedrez estaba en unos baños. «¡Claro! _todo
+el mundo_ se estaba bañando». Aunque don Víctor otros veranos, si bien
+pasaba junto al mar un mes, no se bañaba más que dos o tres veces, ahora
+echaba de menos todos los días la frescura de las olas. En el Casino
+leía los periódicos de _La Costa_: conciertos nocturnos al aire libre,
+giras campestres, regatas, de todo esto hablaban; ¡cuánta gente! ¡cuánta
+música! ¡teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar...
+el mar inmenso.... ¡Aquello era divertirse! Don Víctor suspiraba y se
+volvía a casa.
+
+--«No estaba la señora».
+
+Pero estaba Kempis. Allí, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin poder
+resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, después de quitarse el
+_chaquet_ de alpaca y quedarse en mangas de camisa: tomaba el libro y
+leía.... «¡Vuelta al miedo! a la tristeza, a la languidez espiritual.
+Era en efecto el mundo una lacería, como decía el texto, y sobre todo en
+el verano. Vetusta era un pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los
+árboles, tan desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero
+causaba ahora hastío: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor
+dibujo». Hasta era capaz de hacerse artista de veras don Víctor a fuerza
+de triste y aburrido.
+
+Y Ana volvía contenta de la calle. «Mejor, más valía que alguno lo
+pasara bien: él no era egoísta».
+
+«¿Pero qué gracia le encontraría su mujer a la soledad de Vetusta?
+Además, ¿no estaba allí el Kempis sangrando, probando, como tres y dos
+son cinco, que en el mundo nunca hay motivo para estar alegre? Verdad
+era que su Anita era feliz por razones más altas. Él no podía llegar a
+tal grado de piedad. Temía a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro!
+¡había hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez
+reconocido este Infinito Poder, él, Víctor Quintanar, seguía
+aburriéndose en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin
+mar, sin regatas, sin nada de este mundo. ¡Oh, si no fuera por sus
+pájaros!».
+
+En tanto Ana, cada día más activa, procuraba olvidar, y muchas veces lo
+conseguía, lo que llamaba la tentación, que cada vez era más formidable;
+y cuanto más temida más fuerte. Pero huía de ella, acogíase a la piedad,
+y visitaba con celo apostólico y ardiente caridad las moradas miserables
+de los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la
+religión para el espíritu y la limosna para el cuerpo; solían
+acompañarla doña Petronila Rianzares o alguna otra dama de su cónclave;
+pero también iba sola. De cuantas ocupaciones le imponía la vida devota,
+esta era la que más le agradaba.
+
+El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ejércitos
+piadosos del Corazón de Jesús, la Corte de María, el Catecismo, las
+Paulinas y demás instituciones análogas; muchas señoras iban a baños o a
+la aldea. Pero el núcleo quedaba: era el grupo numeroso y considerable
+de beatas ilustres que rodeaban al Gran Constantino, a doña Petronila.
+Durante los meses del calor disminuían bastante las limosnas, pero se
+hablaba mucho en las cofradías, preparando las fiestas de Otoño y de
+Invierno; y además, se murmuraba un poco de las ausentes. La Regenta,
+sin entrar jamás en estos conciliábulos, los perdonaba como falta leve,
+«que ella, cargada de otras más graves, no tenía derecho a censurar».
+
+Don Fermín y Ana se veían todos los días; en el caserón de los Ozores,
+unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San Vicente de
+Paúl, y más a menudo en casa de doña Petronila. El obispo madre siempre
+estaba ocupada; los dejaba solos en el salón obscuro, y ella, con
+permiso de sus amigos, se iba a arreglar sus cuentas o lo que fuese.
+
+Vetusta era de ellos: la soledad del verano parecía darles posesión del
+pueblo; hablaban en el pórtico de la catedral mucho tiempo para
+despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la
+iglesia se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de
+Vetusta más tolerable que en invierno. En este particular no se
+entendían ella y su marido.
+
+Don Fermín hubiera deseado que la estación no pasara, que los ausentes
+se quedaran por allá. Su madre había ido a Matalerejo a cobrar rentas y
+preparar la recolección; a recoger intereses de mucho dinero esparcido
+por aquellas montañas. Teresina era el ama de casa. Alegre todo el día,
+activa, solícita, llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos
+a los que daba, sin saber cómo, sentido profano, aire de la calle. Aquel
+tono alegre era más picante por el contraste con el rostro de Dolorosa
+de la joven. Teresina había tomado un poco de color, y los ojos,
+rodeados de ligeras sombras, eran más profundos, más hermosos que nunca
+en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y criada
+estaban contentos. La libertad les sabía a gloria. Cada cual hacía lo
+que quería. No estaba doña Paula, no había que dar cuentas a nadie. Y no
+faltaba nada. El señorito lo tenía todo a su tiempo y en su sitio como
+siempre. Ya podía vivir sin la señora.
+
+El Magistral salía y entraba sin temor de interrogatorios insidiosos; si
+volvía tarde, no importaba. Todo, todo le sonreía. ¡Ojalá fuera eterno
+el verano! Hasta sus enemigos habían cedido en la calumnia; ya no se
+murmuraba tanto; muchos de los calumniadores veraneaban; a los que
+quedaban les faltaba auditorio. Don Santos Barinaga no salía de casa,
+estaba enfermo. Sólo Foja, que no veraneaba, por economía, procuraba
+mantener el fuego sagrado de la murmuración en el Casino, entre cuatro o
+cinco socios aburridos, que iban allí media hora a tomar café. En fin,
+parecía aquello una suspensión de hostilidades. «Bien venido fuera; don
+Fermín aceptaba la lucha, si se ofrecía, pero prefería la paz. Sobre
+todo ahora, que tenía más que hacer, algo mejor y más dulce que odiar y
+perseguir a miserables, dignos de desprecio y de lástima».
+
+Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los bocados,
+aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía más
+voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de amor sin nombre,
+la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus
+ojos y oírla dulcísimas palabras de una amistad misteriosa, casi
+mística, hacían desear a don Fermín que el sol se detuviera otra vez,
+que el tiempo no pasara. Aquel agosto, tan triste para don Víctor, era
+para el Magistral el tiempo más dichoso de su vida.
+
+Cuando oía, desde su despacho, muy temprano, el «Santo Dios, Santo
+Fuerte», que cantaba como si fueran malagueñas, Teresina, que hacía la
+limpieza allá fuera, tentaciones sentía de cantar él también. No
+cantaba, pero se levantaba, salía al pasillo.
+
+--Teresina, el chocolate--gritaba alegre, frotándose las manos.
+
+Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en
+reluciente jícara de china con ramitos de oro. Cerraba tras sí la
+puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extendía
+la servilleta delante del señorito... y esperaba inmóvil a su lado.
+
+Don Fermín, risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa acercaba el
+rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abría la boca de labios
+finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más de lo preciso la lengua,
+húmeda y colorada; en ella depositaba el bizcocho don Fermín, con
+dientes de perlas lo partía la criada, y el _señorito_ se comía la otra
+mitad.
+
+Y así todas las mañanas.
+
+
+
+
+--XXII--
+
+
+Alegre, rozagante, como nuevo volvió de los baños de Termasaltas el
+señor Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a emprender otra
+campaña, que esperaba fuese la última y decisiva, «contra el despotismo
+del simoníaco y lascivo y sórdido enemigo de la Iglesia que, apoderado
+del ánimo del señor Obispo, tenía sojuzgada a la diócesis». Con esta
+perífrasis aludía al señor Provisor el diplomático Glocester.
+
+El primer disgustillo que tuvo De Pas aquel verano fue esta noticia, que
+le dieron en el coro, por la mañana.
+
+«Ha llegado Glocester». «No le temía, ni a él ni a nadie... ¡pero estaba
+tan cansado de luchar y aborrecer!».
+
+Mourelo se encontró con otros muchos murmuradores de refresco y con los
+_de depósito_ que no estaban menos ganosos de romper el fuego contra el
+común enemigo. Todos ardían en el santo entusiasmo de la maledicencia.
+Los que venían de las aldeas y pueblos de pesca, traían hambre de
+cuentos y chismes; la soledad del campo les había abierto el apetito de
+la murmuración; por aquellas montañas y valles de la provincia, ¿de
+quién se iba a maldecir? «¡Su Vetusta querida! Oh, no hay como los
+centros de civilización para despellejar cómodamente al prójimo. En los
+pueblos se habla mal del médico, del boticario, del cura, del alcalde;
+pero ellos, los vetustenses, los de la capital ¿cómo han de contentarse
+con tan miserable comidilla?». _¡Civis romanus sum!_ decía Mourelo:
+«Quiero murmuración digna de mí. Aplastemos, con la lengua, al coloso,
+no al médico de Termasaltas por ejemplo».
+
+Y Foja y los demás que se habían quedado, también ansiaban la vuelta de
+los ausentes, para contarles las novedades y comentarlas todos juntos.
+La animación de Vetusta renacía en cabildo, cofradías, casinos, calles y
+paseos cuando los del veraneo empezaban a aparecer. Las amistades
+falsas, gastadas hasta hacerse insoportables durante el común
+aburrimiento de un invierno sin fin, ahora se renovaban; los que volvían
+encontraban gracia y talento en los que habían quedado y viceversa;
+todos reían los chistes y las picardías de todos. Poco a poco los
+círculos de la murmuración se animaban, la calumnia encendía los hornos,
+y los últimos que llegaban, los regazados, encontraban aquello hecho una
+gloria. «¡Qué ocurrencias, qué fina malicia, qué perspicacia! ¡Oh, el
+ingenio vetustense!».
+
+El Magistral fue aquel año la víctima de las dionisíacas de la injuria;
+no se hablaba más que de él.
+
+«Don Santos Barinaga, el rival mercantil de _La Cruz Roja_, la víctima
+del monopolio ilegal y escandaloso de doña Paula y su hijo; el pobre don
+Santos, se moría sin remedio, según don Robustiano Somoza, el médico de
+la aristocracia cuyas ideas no eran sospechosas».
+
+--¿Y de qué dirán ustedes que se muere?--preguntaba Foja en un
+corrillo, delante de la catedral, al salir de misa de doce.
+
+--Se morirá de borracho--contestaba Ripamilán.
+
+--No señor, ¡se muere de hambre!...
+
+--Se muere de aguardiente.--¡De hambre!... Y llegaba don Robustiano al
+corro y _hablaba la ciencia_:
+
+--Yo no acuso a nadie, la ciencia no acusa a nadie; otra es su misión.
+Yo no niego que el alcoholismo crónico tenga parte en la enfermedad de
+Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido _cohonestarse_
+(así decía) con una buena alimentación. Además, hoy día el pobre don
+Santos ya no tiene dinero ni para emborracharse, ya no puede beber de
+pura miseria.... Y aunque ustedes no comprendan esto, la ciencia declara
+que la privación del alcohol precipita la muerte de ese hombre, enfermo
+por abuso del alcohol....
+
+--¿Cómo es eso, hombre?--preguntaba el Arcipreste.
+
+--A ver explíquese usted--decía Foja.
+
+Don Robustiano sonreía; movía la cabeza con gesto de compasión y se
+dignaba explicar aquello. «Don Santos, aunque se pasmasen aquellos
+señores, a pesar de morir envenenado por el alcohol, necesitaba más
+alcohol para _tirar_ algunos meses más. Sin el aguardiente, que le
+mataba, se moriría más pronto».
+
+--Pero don Robustiano, ¿cómo puede ser eso?
+
+--Señor Foja, ahí verá usted. ¿Conoce usted a Todd?
+
+--¿A quién?--A Todd.--No señor.--Pues no hable usted. ¿Sabe usted lo
+que es el poder hipotérmico del alcohol? Tampoco; pues cállese usted.
+
+¿Sabe usted con qué se come el poder diaforético del citado alcohol?
+Tampoco; pues sonsoniche. ¿Niega usted la acción hemostática del alcohol
+reconocida por Campbell y Chevrière? Hará usted mal en negarla; se
+entiende, si se trata del uso interno. De modo que no sabe usted una
+palabra....
+
+--Pues por eso pregunto.... Pero oiga usted, señor mío, por mucho que
+usted sepa y diga lo que quiera el señor Todd; ni la ciencia, ni santa
+ciencia, tienen derecho para calumniar a don Santos Barinaga; harto
+tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin que usted por
+haber leído, sabe Dios dónde y con cuánta prisa, un articulillo acerca
+del aguardiente, digámoslo así, se crea autorizado para insultar a mi
+buen amigo y llamarle borrachón en términos técnicos.
+
+--Poco a poco--gritó Ripamilán--en eso estoy yo conforme con la ciencia
+y con el señor Somoza su legítimo representante. No sé si un clavo saca
+otro clavo en medicina, ni si la mancha de la borrachera con otra verde
+se quita, pero don Santos es un tonel en persona y tiene más espíritu de
+vino en el cuerpo que sangre en las venas; es una mecha empapada en
+alcohol... prenda usted fuego y verá...
+
+--Yo, señor Ripamilán, para confundir a este progresista trasnochado no
+necesito que me ayude la Iglesia; me sobra y me basta con la ciencia que
+es, en definitiva, mi religión.
+
+Y volviéndose a Foja añadía el médico:
+
+--Oiga usted, señor decurión retirado, ¿conoce usted la acción del
+alcohol en las flegmasías de los bebedores? no mienta usted, porque no
+la conoce.
+
+--¡Váyase usted a paseo, señor Fraigerundio de hospital! ¡El embustero
+será usted! ¡Pues hombre! bonita manía saca el señor doctor; hacérsenos
+el sabio ahora. A la vejez viruelas.
+
+--Menos insultos y más hechos.
+
+--Menos botarga y más sentido común....
+
+--Caballero miliciano, yo soy el hombre de ciencia y usted es un
+doceañista en conserva.... Chomel admite, y con él todo el que tenga dos
+dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es
+imprescindible la administración de los espirituosos....
+
+--¡Pero si yo niego la menor, so alcornoque!
+
+--En medicina no hay mayores ni menores, ni judías ni contrajudías,
+señor tahúr.
+
+--La menor es que sea borracho Barinaga....
+
+--De modo que si usted me niega los... prodromos del mal....
+
+Don Robustiano se puso colorado al pensar que había dicho un disparate.
+
+--Qué hipódromos ni qué hipopótamos; yo defiendo a un ausente....
+
+--En fin, una palabra para concluir: ¿niega usted que si a un borracho
+se le priva por completo del alcohol, es lo más fácil que se presente un
+decaimiento alarmante, un verdadero colapso?...
+
+--Mire usted, señor pedantón, si sigue usted rompiéndome el tímpano con
+esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil versos y sentencias en
+latín y le dejo bizco; y si no oiga usted:
+
+ _Ordine confectu, quisque libellus habet:_
+ _quis, quid, coram quo, quo jure petatur et a quo._
+ _Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas..._
+
+
+Ripamilán se retorcía de risa. Somoza, furioso, gritaba; y se oía:
+colapso... flegmasía... cardiopatía... y el ex-alcalde, sin atender,
+continuaba mezclando latines:
+
+ Masculino es fustis, axis
+ turris, caulis, sanguis collis...
+ piscis, vermis, callis follis.
+
+El médico y el prestamista estuvieron a punto de venir a las manos. No
+se pudo averiguar de qué se moría don Santos, pero a la media hora se
+corría por Vetusta que, por culpa del Provisor, se habían pegado y
+desafiado Foja y Somoza, y no se sabía si el mismo Ripamilán había
+recogido alguna bofetada.
+
+Por algunos días vino a eclipsar al valetudinario Barinaga, que, en
+efecto, se consumía en la miseria, un suceso de gravedad suma, según
+Glocester y Foja y bandos respectivos: «La hija de Carraspique, sor
+Teresa, agonizaba en el _inmundo asilo_ de las Salesas, en la celda que
+era, según Somoza, un _inodoro_, por no decir todo lo contrario».
+
+Y dicho y hecho. Rosa Carraspique en el mundo, sor Teresa en el
+convento, murió de una tuberculosis, según Somoza, de una tisis caseosa,
+según el médico de las monjas, que era dualista en materia de tisis.
+
+Pero lo que no dudó ningún enemigo del Provisor fue que la culpa de
+aquella muerte la tenía don Fermín, fuese lo que quiera de los pulmones
+de la chica.
+
+Doña Paula y don Álvaro llegaron a Vetusta el mismo día, aquel en que
+_voló al cielo un ángel más_, en opinión de Trifoncito Cármenes, que
+seguía siendo romántico, contra los consejos de don Cayetano.
+
+Un periódico liberal del pueblo, _El Alerta_, publicaba una tras otra
+estas dos gacetillas, que pusieron a don Fermín de un humor endiablado.
+
+«_Bien venido_.--De vuelta de su excursión veraniega ha llegado a esta
+capital el ilustre caudillo del partido liberal dinástico de Vetusta, el
+Ilmo. Sr. D. Álvaro Mesía. Dicen los numerosos amigos que han acudido a
+visitar a nuestro distinguido correligionario, que viene dispuesto a
+proseguir su campaña de propaganda sensatamente liberal, así en el orden
+político como en el moral y canónico y religioso. Cuente con nuestro
+humilde apoyo para vencer los obstáculos tradicionales que aquí opone al
+verdadero progreso un despotismo teocrático de que está ya todo Vetusta
+hasta los pelos, como se dice vulgarmente».
+
+«_En paz descanse_.--Ha fallecido en su celda del convento de las
+Salesas la señorita doña Rosa Carraspique y Somoza, hija del conocido
+capitalista ultramontano don Francisco de Asís, monja profesa con el
+nombre de sor Teresa. Mucho tendríamos que decir si quisiéramos hacernos
+eco de todos los comentarios a que ha dado lugar esta desgracia
+inopinada. Sólo diremos que, en concepto de los facultativos más
+acreditados, no ha sido extraña a la pérdida que lamentamos la falta de
+condiciones higiénicas del edificio miserable que habitan las Salesas.
+Pero además, se nos ocurre preguntar: ¿Es muy higiénico que _ciertos
+roedores_ se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a
+poco y con influencia deletérea y _pseudo-religiosa_, la paz de las
+familias, la tranquilidad de las conciencias?
+
+»Si todos los elementos liberales, sin exageraciones, de nuestra culta
+capital no aúnan sus esfuerzos para combatir al poderoso tirano
+hierocrático que nos oprime, pronto seremos todos víctimas del fanatismo
+más torpe y descarado.--R. I. P.».
+
+Ripamilán, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se
+decidió a tomar la pluma y publicar en el _Lábaro_ un articulejo, sin
+firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramática,
+maltratada por el periódico progresista, según el canónigo. «Aparte,
+decía entre otras cosas, de que no sabemos si la monja profesa es el
+señor Carraspique o su hija, ¿quiere decirme el periodista
+cascaciruelas, etc., etc...?».
+
+Aquel cascaciruelas delató al Arcipreste; era su estilo humorístico: lo
+conocieron todos.
+
+En Vetusta los insultos y murmuraciones en letras de molde llamaban
+mucho la atención. En vano publicaba Cármenes odas y elegías, nadie las
+leía; pero la gacetilla más insignificante que pudiera molestar un poco
+a cualquier vecino, era leída, comentada días y días, y cuando había
+tiroteo de sueltos o comunicados, los _habituales abonados_ no querían
+mejor diversión.
+
+Por todo lo cual fue mayor el escándalo, y no se habló en mucho tiempo
+más que de la _influencia deletérea_ del Magistral y de la muerte de sor
+Teresa.
+
+--Sobre su conciencia tiene esa desgracia.
+
+--Es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas.
+
+--Esto es una especie de contribución de sangre que pagamos al
+fanatismo.
+
+--Esto es una especie de tributo de las cien doncellas.
+
+El Magistral hubiera querido poder despreciar tantos disparates, tales
+absurdos, pero a su pesar le irritaban. Creyó al principio que «su
+pasión noble, sublime, le levantaría cien codos sobre todas aquellas
+miserias», pero el oleaje de la falsa indignación pública salpicaba su
+alma, llegaba tan arriba como su deliquio sin nombre; y la ira le
+borraba del cerebro muchas veces las más puras ideas, las impresiones
+más dulces y risueñas. Se ponía loco de cólera, y más y más le irritaba
+el no poder dominar sus arrebatos. Además, el mal era cierto; no por
+ser desatinada la acusación de los necios era menos poderosa y temible.
+Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba, que el esfuerzo de
+tantos y tantos miserables servía para minarle el terreno.... En muchas
+casas empezaba a notar cierta reserva; dejaron de confesar con él
+algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien
+tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle con ojos fríos y llenos de
+preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de
+acero.
+
+Volvió la época del paseo en el Espolón, y don Fermín al pasear allí su
+humilde arrogancia, su hermosa figura de buen mozo místico, observaba
+que ya no era aquello una marcha triunfal, un camino de gloria; en los
+saludos, en las miradas, en los cuchicheos que dejaba detrás de sí, como
+una estela, hasta en la manera de dejarle libre el paso los transeúntes,
+notaba asperezas, espinas, una sorda enemistad general, algo como el
+miedo que está próximo a tener sus peculiares valentías insolentes.
+
+Y en casa, doña Paula ceñuda, silenciosa, desconfiada, preparándose para
+una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero, realizando cuanto
+podía, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse de los géneros de la
+_Cruz Roja_. «No parecía sino que se preparaba una liquidación. ¿A qué
+venía aquello?». Doña Paula no daba explicaciones. «Sabía a qué
+atenerse: su hijo, su Fermo, estaba perdido; aquella _pájara_, aquella
+Regenta, santurrona en pecado mortal, le tenía ciego, loco; ¡sabía Dios
+lo que pasaría en aquel caserón de los Ozores! ¡Qué escándalo! Todo se
+lo iba a llevar la trampa. Había que prepararse. Oh, podrían arrojarla
+de Vetusta, pero ella no se iría sin llevarse medio pueblo entre los
+dientes».
+
+Por eso mordía con aquel furor que asustaba a su hijo.
+
+Fermo, el _señorito_, pensaba a solas, en su despacho de Fausto
+eclesiástico. «¡Solo, estoy solo, ni mi madre me consuela! ¿Qué he de
+hacer? Entregarme con toda el alma a esta pasión noble, fuerte.... ¡Ana,
+Ana y nada más en el mundo! Ella también está sola, ella también me
+necesita.... Los dos juntos bastamos para vencer a todos estos necios y
+malvados».
+
+Pálido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al lado de
+su amiga mística, cada vez más hermosa, de nuevo fresca y rozagante, de
+formas llenas, fuertes y armoniosas. La dulzura parecía una aureola de
+Anita. La salud había vuelto, purificada con cierta unción de idealidad,
+al cuerpo de arrogante transtiberina de aquel modelo de _madona_.
+
+Don Víctor Quintanar se había restituido a su amistad íntima con don
+Álvaro Mesía, en cuanto regresó este de Palomares, y al poco tiempo notó
+el Magistral que el converso se le rebelaba. Si bien seguía creyéndose
+profundamente piadoso, don Víctor hacía distinciones sospechosas entre
+la religión y el clero, entre el catolicismo y el ultramontanismo. «Yo
+soy tan católico como el primero», esta era su frase cada vez que decía
+alguna herejía o algo parecido; pero se metía a interpretar a su modo
+los textos del Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atrevía a decir
+delante de curas y señoras, que el hombre virtuoso es siempre un
+sacerdote, y que un bosque secular es el templo más propio de la
+religión pura, y que Jesucristo había sido liberal, con otros
+disparates. No era esto lo peor, sino que la Regenta y don Fermín
+notaban en Quintanar cierta frialdad cada vez que los veía juntos y el
+Magistral tuvo que fingirse distraído ante algunos desaires
+disimulados.
+
+Don Álvaro no iba a casa de los Ozores sino muy de tarde en tarde y sólo
+hacía visitas de cumplido, muy breves. ¿Por qué así? preguntaba don
+Víctor. Y con medias palabras, su amigo le daba a entender que la
+Regenta le recibía con mala voluntad y que a él no le gustaba estorbar.
+Además, no era él solo el que se retraía. El mismo Paco, el Marquesito,
+que en otro tiempo no hacía más que entrar y salir, ahora apenas parecía
+por aquella casa. Visitación también iba de tarde en tarde, la Marquesa
+casi nunca, y así de todos los amigos y amigas; el Magistral y sólo el
+Magistral. Aquel buen señor «hacía el vacío» en derredor de la Regenta.
+Ella estaba contenta, no parecía echar de menos a nadie; pero él, don
+Víctor, no era de la misma opinión; quería trato, conversación, amena
+compañía.
+
+Seguía confesando y comulgando cada dos meses, pero _Kempis_ seguía
+cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo al infierno
+Quintanar, «pero no quería prescindir por completo de las ventajas
+positivas que le ofrecía su breve existencia sobre el haz de la tierra».
+«Y sobre todo no quería que el fanatismo se enseñorease de su casa». Los
+consejos que para excitarlo le daba Mesía, allá en el Casino, los tomaba
+muy en cuenta don Víctor, y siempre se estaba preparando para ponerlos
+por obra, pero no se atrevía. No llegaba a más su audacia que a poner un
+gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde en tarde, al enemigo,
+al Magistral; pero como este fingía no comprender aquellas indirectas
+mímicas, no se adelantaba nada.
+
+Don Víctor llegó a reconocer, pero sin confesarlo a nadie, que él era
+menos enérgico de lo que había creído; «no, no tenía fuerza para
+oponerse al _jesuitismo_ que había invadido su hogar». ¡Oh, por algo él
+vacilaba antes de consentir a De Pas apoderarse del ánimo de su esposa!
+Sí... al fin había sido jesuita...». Quintanar acabó por comparar el
+poder del Provisor en el caserón de los Ozores, con el que tuvieron los
+jesuitas en el Paraguay. «Sí, mi casa es otro Paraguay». Y cada día se
+encontraba más incapaz de oponerse a la _perniciosa influencia_. No
+sabía más que poner mala cara y parar poco en casa.
+
+Con esto sólo consiguió que la Regenta y el Magistral conviniesen en
+verse más a menudo fuera del caserón y menos veces en él. «Mejor era
+hablarse en casa de doña Petronila. ¿Para qué molestar al pobre don
+Víctor? Ya que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y
+le envenenaban el alma con insinuaciones malévolas, con sospechas torpes
+e impías, más valía dejarle en paz, apartar de su vista el espectáculo
+inocente, mas para él poco agradable, de dos almas hermanas que viven
+unidas, con lazo fuerte, en la piedad y el idealismo más poético».
+
+En casa de doña Petronila, en el salón de balcones discretamente
+entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban horas y horas
+los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales, como decía
+el gran Constantino, sin más testigo que el gato blanco, cada vez más
+gordo, que iba y venía sin ruido, y se frotaba el lomo contra las faldas
+de la Regenta y el manteo del Magistral, cada día más familiarmente.
+
+Anita notaba en don Fermín una palidez interesante, grandes cercos
+amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que
+la ponía en cuidado.
+
+Le suplicaba que se cuidase, se lo pedía con voz de madre cariñosa que
+ruega al hijo de sus entrañas que tome una medicina. Él respondía
+sonriendo, echando fuego por los ojos, «que no tenía nada, que era
+aprensión, que no había que pensar en su cuerpo miserable».
+
+Algunos días había en sus diálogos pausas embarazosas; el silencio se
+prolongaba molestándoles como un hablador importuno.
+
+Los dos guardaban un secreto. Cuando creían conocerse uno a otro hasta
+el último rincón del alma, estaba pensando cada cual en la mala acción
+que cometía callando lo que callaba.
+
+El Magistral padecía mucho siempre que Ana le hablaba de la salud que él
+perdía. «¡Si ella supiera!».
+
+Resuelto a que su amistad «con aquel ángel hermoso» no acabase de mala
+manera, en una aventura de grosero materialismo llena de remordimientos
+y dejos repugnantes; seguro de que aquella mujer ponía en aquel lazo
+piadoso toda la sinceridad de un alma pura, y que degradarla, caso de
+que se pudiera, sería hacerle perder su mayor encanto; el Magistral que
+vivía ya nada más de esta refinada pasión que según él no tenía nombre,
+luchaba con tentaciones formidables, y sólo conseguía contrarrestar las
+rebeliones súbitas y furiosas de la carne con armisticios vergonzosos
+que le parecían una especie de infidelidad. En vano pensaba: ¿qué le
+importa a mi doña Ana que mi corpachón de cazador montañés viva como
+quiera cuando me aparto de ella? Nada de mi cuerpo me pide ella; el alma
+es toda suya, y nada del alma pongo al saciar, lejos de su presencia,
+apetitos que ella misma sin saberlo excita; en vano pensaba esto, porque
+agudos remordimientos le pinchaban cada vez que Ana, solícita, dulce y
+sonriente le pedía con las manos en cruz que se cuidara, que no
+entregase todas sus horas al trabajo y a la penitencia. «¿Qué sería de
+ella sin él?».
+
+--«Figurémonos que usted se me muere: ¿qué va a ser de mí?».
+
+«Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de santo
+a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha de
+vivir. Engañar a los demás no me duele; ¡pero a ella! Y no hay más
+remedio». Quería que le consolase el reflexionar que _por ella_ era todo
+aquello, que por ella había él vuelto a sentir con vigor las pasiones de
+la juventud que creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza,
+se encenagaba él en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no
+apagaba el remordimiento.
+
+Algunas semanas pasaba Teresina triste, temerosa de haber perdido su
+dominio sobre el _señorito_; entonces era cuando el Magistral vivía al
+lado de Ana libre de congojas, tranquilo en su conciencia; pero poco a
+poco el tormento de la tentación reaparecía; sus ataques eran más
+terribles, sobre todo más peligrosos, que los del remordimiento; la
+castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa, su piedad sincera, la
+fe con que creía en aquella amistad espiritual, sin mezcla de pecado,
+eran incentivo para la pasión de don Fermín y hacían mayor el peligro;
+por que ella que no temía nada malo, vivía descuidada sin ver que su
+confianza, su cariñosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que
+decía y hacía era leña que echaba en una hoguera. Y volvía De Pas, para
+evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el contento de
+Teresina, lo que ella creía con orgullo su victoria.
+
+Ana también tenía su secreto. Su piedad era sincera, su deseo de
+salvarse firme, su propósito de ascender de morada en morada, como decía
+la santa de Ávila, serio; pero la tentación cada día más formidable.
+Cuanto más horroroso le parecía el pecado de pensar en don Álvaro, más
+placer encontraba en él. Ya no dudaba que aquel hombre representaba para
+ella la perdición, pero tampoco que estaba enamorada de él cuanto en
+ella había de mundano, carnal, frágil y perecedero. Ya no se hubiera
+atrevido, como en otro tiempo, a mirarle cara a cara, a verle a su lado
+horas y horas, a probarle que su presencia la dejaba impasible: no,
+ahora huir de él, de su sombra, de su recuerdo; era el demonio, era el
+poderoso enemigo de Jesús. No había más remedio que huir de él; esto era
+humildad, lo de antes orgullo loco. A la gracia y sólo a la gracia debía
+el vivir pura todavía; abandonada a sí misma, Ana se confesaba que
+sucumbiría; si el Señor aflojara la mano un momento, don Álvaro podría
+extender la suya y tomar su presa. Por todo lo cual no quería ni verle.
+Pero, sin querer, pensaba en él. Desechaba aquellos pensamientos con
+todas sus fuerzas, pero volvían. ¡Qué horrible remordimiento! ¿Qué
+pensaría Jesús? y también ¿qué pensaría el Magistral... si lo supiera? A
+la Regenta le repugnaba, como una villanía, como una bajeza aquella
+predilección con que sus sentidos se recreaban en el recuerdo de Mesía
+apenas se les dejaba suelta la rienda un momento. ¿Por qué Mesía? El
+remordimiento que la infidelidad a Jesús despertaba en ella, era de
+terror, de tristeza profunda, pero se envolvía en una vaguedad ideal que
+lo atenuaba; el remordimiento de su infidelidad al amigo del alma, al
+hermano mayor, a don Fermín era punzante, era el que traía aquel asco de
+sí misma, el tormento incomparable de tener que despreciarse. Además,
+Anita no se atrevía a confesar aquello con el Magistral. Hubiera sido
+hacerle mucho daño, destrozar el encanto de sus relaciones de pura
+idealidad. Volvía a valerse de sofismas para callar en la confesión
+aquella flaqueza: «ella no quería» en cuanto mandaba en su pensamiento,
+lo apartaba de las imágenes pecaminosas; huía de don Álvaro, no pecaba
+voluntariamente. ¿Habría pecado involuntario? De esto habló un día con
+el Magistral, sin decirle que la consulta le importaba por ella misma.
+Don Fermín contestó que la cuestión era compleja... y le citó autores.
+Entre ellos recordó Ana que estaba Pascal en sus _Provinciales_; ella
+tenía aquel libro, lo leyó... y creyó volverse loca. «Oh, el ser bueno
+era además cuestión de talento. Tantos distingos, tantas sutilezas la
+aturdían». Pero siguió callando el tormento de la tentación. Arma
+poderosa para combatirla fue la ardiente caridad con que la Regenta se
+consagró a defender y consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron
+contra él los huracanes de la injuria, que Ana creía de todo en todo
+calumniosa.
+
+La idea de sacrificarse por salvar a aquel hombre a quien debía la
+redención de su espíritu, se apoderó de la devota. Fue como una pasión
+poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogió con placer, porque así
+alimentaba el hambre de amor que sentía, de amor, que tuviese objeto
+sensible, algo finito, una criatura. «Sí, sí, pensaba, yo combatiré la
+inclinación al mal, enamorándome de este bien, de este sacrificio, de
+esta abnegación. Estoy dispuesta a morir por este hombre, si es
+preciso...». Pero no había modo de poner por obra tales propósitos. Ana
+buscaba y no encontraba manera de sacrificarse por el Magistral. ¿Qué
+podía ella hacer para contrarrestar la violencia de la calumnia? Nada.
+Nada por ahora. Pero tenía esperanza; tal vez se presentaría un modo de
+utilizar en beneficio del _pobre mártir_ aquella abnegación a que estaba
+resuelta.... Mientras llegaba el momento, no podía más que consolarle, y
+esto sabía hacerlo de modo que el Magistral tenía que emplear esfuerzos
+de titán para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de
+rodillas y besándole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien
+calzados.
+
+Y en tanto Foja, Mourelo, don Custodio, Guimarán, _El Alerta_ y, entre
+bastidores, don Álvaro y Visitación Olías de Cuervo, trabajaban como
+titanes por derrumbar aquella montaña que tenían encima; el poder del
+Magistral.
+
+Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en
+aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por
+algún tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de
+algunas semanas este volvió a brillar dentro de su aureola de víctima y
+la compasión fementida del público marrullero se volvió a él, solícita,
+con cuidados de madrastra que representa la comedia de la _segunda
+madre_. A los vetustenses, en general, les importaba poco la vida o la
+muerte de don Santos; nadie había extendido una mano para sacarle de su
+miseria; hasta seguían llamándole borracho; pero en cambio todos se
+indignaban contra el Provisor, todos maldecían al autor de tanta
+desgracia, y quedaban muy satisfechos, creyendo, o fingiendo creer, que
+así la caridad quedaría contenta.
+
+«Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo calumniado
+por los enemigos de todo progreso, en este siglo _materialista_ y
+_corrompido_, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos
+filantrópicos del pueblo, sin que una voz unánime se levante a protestar
+en nombre de la humanidad ultrajada. El pobre don Santos Barinaga,
+víctima del monopolio escandaloso de la _Cruz Roja_, muere de hambre en
+los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los vasos sagrados,
+patenas y copones, lámparas y candeleros con otros cien objetos del
+culto; muere en aquel rincón y muere de inanición, señores, por culpa
+del simoniaco que todos conocemos: muere, sí, morirá; pero el que se
+burla con artificios de nuestro código mercantil y de las leyes de la
+Iglesia, comerciando a pesar de ser sacerdote; el que mata de hambre al
+pobre ciudadano señor Barinaga, ¡ese no se gozará en su obra mucho
+tiempo, porque la indignación pública sube, sube, como la marea... y
+acabará por tragarse al tirano!...
+
+Pero a pesar de este discurso y otros por el estilo, a Foja no se le
+ocurría mandar una gallina a don Santos para que le hiciesen caldo.
+
+Y como él obraban todos los defensores teóricos del comerciante
+arruinado. Decían a una que moría de hambre y nadie al visitarle le
+llevaba un pedazo de pan. Y hasta le visitaban pocos. Foja solía entrar
+y salir en seguida; en cuanto se cercioraba de la miseria y de la
+enfermedad del pobre anciano, ya tenía bastante; salía corriendo a decir
+pestes del _otro_, del Provisor: así creía servir a la buena causa del
+progreso y de la _humanidad solidaria_.
+
+La fama bien sentada de hereje que había conquistado en los últimos
+tiempos el buen don Santos, retraía a muchas almas piadosas que de buen
+grado le hubieran socorrido.
+
+Y solamente las _Paulinas_ fueron osadas a acercarse al lecho del vejete
+para ofrecerle los auxilios materiales de la sociedad y los espirituales
+de la Iglesia.
+
+Fue en vano. «Afortunadamente decía don Pompeyo Guimarán al referir el
+lance, afortunadamente estaba yo allí para evitar una indignidad».
+
+Don Santos había dado plenos poderes a su amigo don Pompeyo para
+rechazar en su nombre _toda sugestión del fanatismo_.
+
+Guimarán estaba muy satisfecho con «aquella _misión delicada_ e
+importante, que exigía grandes dotes de energía y arraigadas
+convicciones por su parte».
+
+En efecto, llegaron al zaquizamí desnudo y frío en que yacía aquella
+víctima del alcoholismo crónico los enviados de _San Vicente de Paúl_,
+que eran doña Petronila, o sea el gran Constantino, y el beneficiado don
+Custodio, la hija de Barinaga, la beata paliducha y seca, los recibió
+abajo, en la tienda vacía, lloriqueando. Hablaron los tres en voz baja;
+don Custodio decía las palabras, llenas de silbidos suaves--imitación
+del Magistral--al oído de su hija de penitencia; la consolaba, y ella
+levantando los ojos llenos de lágrimas los fijaba como quien se acomoda
+en sitio conocido y frecuentado, en los del clérigo de almíbar.
+Subieron, de puntillas, dispuestos a intentar un ataque contra el
+enemigo.
+
+--¿Con que está arriba don Pompeyo?--preguntó en la escalera don
+Custodio.
+
+--Sí; no sale de casa estos días; mi padre me arroja a mí de su lado y
+clama por ese hereje chocho....
+
+Don Pompeyo Guimarán oyó la voz del beneficiado y le sonó a cura. Se
+preparó a la defensa, y procuró tomar un continente digno de un
+libre-pensador convencido y prudentísimo. Echó las manos cruzadas a la
+espalda, y se puso a medir la pobre estancia a grandes pasos, haciendo
+crujir la madera vieja del piso, de castaño comido por los gusanos. En
+la alcoba contigua, sin puerta, separada de la sala por una cortina
+sucia de percal encarnado, se oían los quejidos frecuentes y la
+respiración fatigosa del enfermo.
+
+--¿Quién está ahí?--preguntó don Santos con voz débil, sin más energía
+que la de una ira impotente.
+
+--Creo que son ellos; pero no tema usted. Aquí estoy yo. Usted silencio,
+que no le conviene irritarse. Yo me basto y me sobro.
+
+Entró el enemigo; y aunque venía de paz y don Pompeyo se había propuesto
+ser muy prudente, en cuanto doña Petronila abrió el pico, el ateo
+extendió una mano y dijo interrumpiendo:
+
+--Dispénseme usted, señora, y dispense este digno sacerdote católico...
+vienen ustedes equivocados; aquí no se admiten limosnas condicionales....
+
+--¿Cómo condicionales?...--preguntó don Custodio, con muy buenos modos.
+
+--No se sulfure usted, amigo mío, que otra me parece que es su misión en
+la tierra; mire usted como yo hablo con toda tranquilidad....
+
+--Hombre, me parece que yo no he dicho....
+
+--Usted ha dicho ¿cómo condicionales? y a mí no se me impone nadie,
+vista por los pies, vista por la cabeza. Yo no odio al clero
+sistemáticamente, pero exijo buena crianza en toda persona culta....
+
+--Caballero, no venimos aquí a disputar, venimos a ejercer la caridad....
+
+--Condicional...--¡Qué condicional, ni qué calabazas!--gritó doña
+Petronila, que no comprendía por qué se había de tener tantos
+miramientos con un ateo loco--. Usted no tiene--añadió--autoridad alguna
+en esta casa; esta señorita es hija de don Santos y con ella y con él es
+con quien queremos entendernos. Venimos a ofrecer espontáneamente los
+auxilios que nuestra sociedad presta....
+
+--A condición de una retractación indigna, ya lo sé. Don Santos ha
+delegado en mí todos los poderes de su autonomía religiosa, y en su
+nombre, y con los mejores modos les intimo la retirada....
+
+Y don Pompeyo extendió una mano hacia la puerta y estuvo un rato
+contemplando su brazo estirado y su energía.
+
+Pero tuvo que bajar el brazo, porque doña Petronila replicó que no
+estaba dispuesta a recibir órdenes de un entrometido....
+
+--Señora, aquí los entrometidos son ustedes. No se les ha llamado, no se
+les quiere; aquí sólo se admite la caridad que no pide cédula de
+comunión.
+
+--Nosotros tampoco pedimos cédula....
+
+--Señor cura, a mí no me venga usted con argucias de seminario; la
+filosofía moderna ha demostrado que el escolasticismo es un tejido de
+puerilidades, y yo sé a lo que vienen ustedes. Quieren comprar las
+arraigadas convicciones de mi amigo por un plato de lentejas; una taza
+de caldo por la confesión de un dogma; una peseta por una apostasía...
+¡esto es indigno!
+
+--¡Pero, caballero!...--Señor cura, acabemos. Don Santos está dispuesto
+a morir sin confesar ni comulgar, no reconoce la religión de sus
+mayores. Estas son sus condiciones irrevocables; pues bien, a ese precio
+¿consienten ustedes en asistirle, cuidarle, darle el alimento y las
+medicinas que necesita?
+
+--Pero, señor mío...--¡Ah!... ¡señor de usted... ya decía yo! ¿Ve usted
+como a mí la escolástica no me confunde?
+
+--Todo eso y mucho más--dijo el Gran Constantino--queremos tratarlo con
+el interesado.
+
+--Pues no será....--Pues sí será....--Señora, salvo el sexo, estoy
+dispuesto a arrojarles a ustedes por las escaleras si insisten en su
+procaz atentado....
+
+Y don Pompeyo se colocó delante de la cortina de percal para cortar el
+paso al obispo-madre.
+
+--¿Quién va? ¿quién va?--gritó desde dentro Barinaga ronco y jadeante.
+
+--Son las Paulinas--respondió Guimarán.
+
+--¡Rayos y truenos! fuera de mi casa.... ¿No tiene usted una escoba, don
+Pompeyo? Fuego en ellas... infames... ¿y no anda ahí un cura también?...
+
+--Sí, señor, anda...--¡Será el Magistral, el ladrón, el _rapavelas_, el
+que me ha despojado... y vendrá a burlarse... oh, si yo me levanto!...
+¿pero usted qué hace que no les balda a palos? Fuera de mi casa.... La
+justicia... ¿ya no hay justicia? ¿no hay justicia para los pobres?
+
+--Tranquilícese usted, que no es el Magistral.
+
+--Sí es, sí es; lo sé yo; ¿no ve usted que es el amo del cotarro, el
+presidente de las Paulinas?... Entre usted, entre usted, so bandido... y
+verá usted con qué arma digna de usted le aplasto los cascos....
+
+--Calma, calma, amigo mío; yo me basto y me sobro para despedir con
+buenos modos a estos señores.
+
+--No, no, si es el Provisor déjele usted que entre, que quiero matarle
+yo mismo.... ¿Quién llora ahí?
+
+--Es su hija de usted.--¡Ah grandísima hipocritona, si me levanto, mala
+pécora! la que mata a su padre de hambre, la que echa cuentas de rosario
+y pelos en el caldo, la que me echa en las narices el polvo de la sala,
+la que se va a misa de alba y vuelve a la hora de comer... ¡infame, si
+me levanto!
+
+--Padre, por Dios, por Nuestra Señora del Amor Hermoso, tranquilícese
+usted.... Está aquí doña Petronila, está un señor sacerdote....
+
+--Será tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo del
+cabildo... ¡ah, barragana, si os cojo a los dos!...
+
+--¡Jesús, Jesús! vámonos de aquí--gritó doña Petronila buscando la
+escalera.
+
+Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cayó
+desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos
+y de las injurias de su padre. Quedó el campo por don Pompeyo, que
+volvió a sus paseos y después fue a la cocina a espumar el puchero
+miserable de don Santos.
+
+«Allí no había más caridad que la de él. Cierto que no podía ser pródigo
+con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tenía apenas lo
+necesario; pero solicitud, atenciones no le faltarían al enfermo».
+
+Volvió a poco soplando un líquido pálido y humeante en el que flotaban
+partículas de carbón.
+
+Se lo hizo beber a don Santos, sujetándole la cabeza que temblaba y sin
+permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba también.
+
+De esta manera quedó el campo libre y por don Pompeyo, el cual no
+pensaba más que en asegurar _el triunfo de sus ideas_, para lo que era
+necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del enfermo, y
+así evitar que la hija de don Santos introdujese allí subrepticiamente
+«el elemento clerical».
+
+Guimarán madrugaba para correr a casa de Barinaga; estaba allí casi
+siempre hasta la hora de cenar, y esta _necesidad material_ la
+despachaba en un decir Jesús, dando prisa a la criada, a su mujer, a las
+niñas.
+
+--Ea, ea... menos cháchara, la sopa... que me esperan....
+
+Comía, recogía los mendrugos de pan que quedaban sobre la mesa, un poco
+de azúcar y otros desperdicios, se los metía en un bolsillo y echaba a
+correr.
+
+Algunas noches entraba en su hogar gritando:
+
+--¡A ver! ¡a ver! las zapatillas y el frasco del anís, que hoy velo a
+don Santos.
+
+La esposa de don Pompeyo suspiraba y entregaba las zapatillas suizas y
+el frasco del aguardiente, y el amo de la casa desaparecía.
+
+Foja, los Orgaz, Glocester «como particular, no como sacerdote», don
+Álvaro Mesía, los socios librepensadores que comían de carne
+solemnemente en Semana Santa, algunos de los que asistían a las cenas
+secretas del Casino, los redactores del _Alerta_ y otros muchos enemigos
+del Provisor visitaban de vez en cuando a don Santos; todos compadecían
+aquella miseria entre protestas de cólera mal comprimida. «Oh el hombre
+que había reducido a tal estado al señor Barinaga era bien miserable,
+merecía la pública execración». Pero nada más. Casi nadie se atrevía a
+dejar allí una limosna «por no ofender la susceptibilidad del enfermo».
+Muchos se ofrecían a velarle en caso de necesidad.
+
+Don Pompeyo recibía las visitas como si él fuera el amo de casa;
+Celestina tenía que tolerarlo porque su padre lo exigía.
+
+--Él es mi único hijo... descastada... mi único padre... mi único
+amigo... tú eres la que estás aquí de más... ¡mala entraña!...
+¡mojigata!...--gritaba desde su alcoba el borracho moribundo.
+
+La enfermedad se agravó con las fuertes heladas con que terminó aquel
+año noviembre.
+
+El primer día de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don
+Custodio, dar el último ataque para conseguir que su padre admitiera los
+Sacramentos.
+
+Al entrar, por la mañana, a eso de las ocho, don Pompeyo Guimarán, que
+venía soplándose los dedos, la beata le detuvo en la tienda abandonada,
+fría, llena de ratones.
+
+Empleó la joven toda clase de resortes; pidió, suplicó, se puso de
+rodillas con las manos en cruz, lloró... Después exigió, amenazó,
+insultó: todo fue inútil.
+
+--Hable usted con su papá--decía Guimarán por toda contestación--. Yo
+no hago más que cumplir su voluntad.
+
+Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró otra vez,
+de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, mientras don
+Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía una majestad especial,
+compuesta de dolor, locura, abyección y miseria:
+
+--¡Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, abomino
+de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la tienda,
+que no me dejarán un copón... ni una patena.... ¡Esa lámpara, seor
+bandido! y tú, hija de perdición, no ocultes debajo del mandil... eso...
+eso... ese sacramento.... ¡Fuera de aquí!...
+
+--¡Padre, padre, por compasión... admita usted los santos
+sacramentos!...
+
+--Me los han robado todos... y las lámparas... y tú los ayudas... eres
+cómplice.... ¡A la cárcel!
+
+--Padre, señor, por compasión de su hija... los Sacramentos... tome
+usted... tome usted....
+
+--No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos...
+¿para qué? Si la tomo... ahí se pudrirá en la tienda.... El Provisor les
+prohíbe comprar aquí... Ellos, los pobrecitos curas de aldea... ¿qué han
+de hacer?... ¡Infelices!... Le temen... le temen.... ¡Infame!
+¡Infelices!
+
+Y don Santos se incorporó como pudo, inclinó la cabeza sobre el pecho, y
+lloró en silencio.
+
+Y repetía de tarde en tarde:--¡Infelices!... Celestina salió de la
+alcoba sollozando.
+
+«Su padre había perdido la cabeza. Ya no podría confesar si no recobraba
+la razón... sólo por milagro de Dios».
+
+--Ni puede, ni quiere, ni debe--exclamó don Pompeyo cruzado de brazos,
+inflexible, dispuesto a no dejarse enternecer por el dolor ajeno.
+
+El día de la Concepción, muy temprano, el médico Somoza dijo que don
+Santos moriría al obscurecer.
+
+El enfermo perdía el uso de la poca razón que tenía muy a menudo; se
+necesitaba alguna impresión fuerte para que volviese a discurrir lo poco
+que sabía. La entrada de don Robustiano, o sea de la ciencia, le hacía
+volver la atención a lo exterior. Al medio día le anunció Celestina que
+quería verle el señor Carraspique. Aquel honor inesperado puso al
+moribundo muy despierto, Carraspique, sin saludar a don Pompeyo, que se
+quedó, siempre cruzado de brazos, a la puerta de la alcoba, se colocó a
+la cabecera de Barinaga en compañía de un clérigo, el cura de la
+parroquia. Era este un anciano de rostro simpático, de voz dulce,
+hablaba con el acento del país muy pronunciado. Carraspique, a quien en
+otro tiempo había pedido dinero prestado don Santos, tenía alguna
+autoridad sobre el enfermo; no se hablaban muchos años hacía, pero se
+estimaban a pesar de las ideas y de la frialdad que el tiempo había
+traído. Barinaga, con buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era
+ordinario en él, se negó a las pretensiones del ilustre carlista y
+sincero creyente D. Francisco Carraspique.
+
+--«Todo es inútil... la Iglesia me ha arruinado... no quiero nada con la
+Iglesia.... Creo en Dios... creo en Jesucristo... que era... un grande
+hombre... pero no quiero confesarme, señor Carraspique, y siento...
+darle a usted este disgusto. Por lo demás... yo estoy seguro... de que
+esto que tengo... se curaría... o por lo menos... se... se... con
+aguardiente.... Crea usted que muero por falta de líquidos... gaseosos...
+y sólidos....
+
+Don Santos levantó un poco la cabeza y conoció al cura de la parroquia.
+
+--Don Antero... usted también... por aquí... Me alegro... así... podrá
+usted dar fe pública... como escribano... espiritual... digámoslo así...
+de esto que digo... y es todo mi testamento: que muero, yo, Santos
+Barinaga... por falta de líquidos suficientemente... alcohólicos... que
+muero... de... eso... que llama el señor médico.... Colasa... o Colás...
+segundo....
+
+Se detuvo, la tos le sofocaba. Hizo un esfuerzo y trayendo hacia la
+barba el embozo sucio de la sábana rota, continuó:
+
+--Ítem: muero por falta de tabaco.... Otrosí... muero... por falta de
+alimento... sano.... Y de esto tienen la culpa el señor Magistral, y mi
+señora hija....
+
+--Vamos, don Santos--se atrevió a decir el cura--no aflija usted a la
+pobre Celesta. Hablemos de otra cosa. Ni usted se muere, ni nada de eso.
+Va usted a sanar en seguida.... Esta tarde le traeré yo, con toda
+solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a
+solas un rato. Y después... después... recibirá usted el Pan del alma....
+
+--¡El pan del cuerpo!--gritó con supremo esfuerzo el moribundo, irritado
+cuando podía--. ¡El pan del cuerpo es lo que yo necesito!... que así me
+salve Dios... ¡muero de hambre! Sí, el pan del cuerpo... ¡que muero de
+hambre... de hambre!...
+
+Fueron sus últimas palabras razonables. Poco después empezaba el
+delirio. Celestina lloraba a los pies del lecho. Don Antero, el cura, se
+paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable, haciendo
+rechinar el piso. Guimarán con los brazos cruzados también, entre la
+alcoba y la sala, admiraba lo que él llamaba la muerte del justo.
+Carraspique había corrido a Palacio.
+
+Llegó y todo se supo; el Obispo rezaba ante una imagen de la Virgen, y
+al oír que don Santos se negaba a recibir al Señor, y a confesar,
+levantó las manos cruzadas... y con voz dulcemente majestuosa y llena de
+lágrimas, exclamó:
+
+--¡Madre mía, madre de Dios, ilumina a ese desgraciado!...
+
+Estaba pálido el buen Fortunato; le temblaba el labio inferior, algo
+grueso, al balbucear sus plegarias íntimas.
+
+El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en
+la cámara roja, cubierta de damasco.
+
+Carraspique, que vestía el luto reciente de su hija, miraba a don Fermín
+con los ojos arrasados en lágrimas.
+
+«Don Fermín padecía», pensaba el pobre don Francisco y sin querer, con
+gran remordimiento, él se alegraba un poco, gozaba el placer de una
+venganza... «irracional... injusta... todo lo que se quiera... pero
+gozaba acordándose de su hija muerta».
+
+Sí, don Fermín padecía. «Aquella necedad del tendero de enfrente era una
+complicación».
+
+De Pas ya no era el mismo que sentía remordimientos románticos aquella
+noche de luna al ver a don Santos arrastrar su degradación y su miseria
+por el arroyo; ahora no era más que un egoísta, no vivía más que para su
+pasión; lo que podría turbarle en el deliquio sin nombre que gozaba en
+presencia de Ana, eso aborrecía; lo que pudiera traer una solución al
+terrible conflicto, cada vez más terrible, de los sentidos enfrenados y
+de la eternidad pura de su pasión, eso amaba. Lo demás del mundo no
+existía. «Y ahora don Santos moría escandalosamente, moría como un
+perro, habría que enterrarle en aquel pozo inmundo, desamparado, que
+había detrás del cementerio y que servía para los _enterramientos
+civiles_; y de todo esto iba a tener la culpa él, y Vetusta se le iba a
+echar encima». Ya empezaba el rum rum del motín, el Chato venía a cada
+momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se llenaban de
+gente, de enemigos del Magistral... que se le llamaba asesino en los
+grupos--porque él obligaba al Chato a decirle la verdad sin
+rodeos--asesino, ladrón.... El Magistral al llegar a este pasaje de sus
+reflexiones, sin poder contenerse, golpeó el pavimento con el pie.
+Carraspique dio un salto. El Obispo, saliendo de su oratorio, con las
+manos en cruz, se acercó al Provisor.
+
+--Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes....
+
+--¿Qué?...--Ir yo mismo; ver a ese hombre... quiero verle yo... a mí me
+ha de obedecer... yo he de persuadirle.... Que traigan un coche si no
+quieres que me vean, una tartana, un carro... lo que quieras.... Voy a
+verle, sí, voy a verle....
+
+--¡Locuras, señor, locuras!--rugió el Provisor sacudiendo la cabeza.
+
+--¡Pero Fermo, es un alma que se pierde!...
+
+--No hay que salir de aquí... Ir... el Obispo... a un hereje
+contumaz..., absurdo....
+
+--Por lo mismo, Fermo...--¡Bueno! ¡bueno! _Los Miserables_, siempre la
+comedia.... La escena del Convencional, ¿no es eso? don Santos es un
+borracho insolente que escupiría al Obispo con mucha frescura; don
+Pompeyo discutiría con Su Ilustrísima si había Dios o no había Dios....
+No hay que pensar en ello. ¡Absurdo moverse de aquí!
+
+Hubo algunos momentos de silencio. Carraspique, único testigo de la
+escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su
+energía.
+
+«Era verdad, tenía a S. I. en un puño». Después continuó don Fermín:
+
+--Además, sería inútil ir allá. El señor Carraspique lo ha dicho....
+Barinaga ya ha perdido el conocimiento, ¿verdad? Ya es tarde, ya no hay
+que hacer allí. Está ya como si hubiese muerto.
+
+Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su afán piadoso de
+salvar a don Santos, se atrevió a decir:
+
+--Sin embargo, tal vez.... Se ven muchos casos....
+
+--¿Casos de qué?--preguntó el Magistral con un tono y una mirada que
+parecían navajas de afeitar--. ¿Casos de qué?--repitió porque el otro
+callaba.
+
+--Puede pasar el delirio y volver a la razón el enfermo.
+
+--No lo crea usted. Además, allí está el cura... para eso está don
+Antero.... ¡Su Ilustrísima no puede... no saldrá de aquí!
+
+Y no salió. El que entraba y salía era el Chato, Campillo, que hablaba
+en secreto con don Fermín y volvía a la calle a recoger rumores y a
+espiar al enemigo. El cual se presentaba amenazador en la calle estrecha
+y empinada en que vivía don Santos, casi enfrente de la casa del
+Magistral. Era la calle de _los Canónigos_, una de las más feas y más
+aristocráticas de la Encimada.
+
+Al obscurecer de aquel día no se podía pasar sin muchos codazos y
+tropezones por delante de la tienda triste y desnuda de Barinaga. Sus
+amigos, que habían aumentado prodigiosamente en pocas horas,
+interceptaban la acera y llegaban hasta el arroyo divididos en grupos
+que cuchicheaban, se mezclaban, se disolvían.
+
+Por allí andaban Foja, los dos Orgaz y algunos otros de los socios del
+Casino que asistían a las cenas mensuales en que se conspiraba contra el
+Provisor. El ex-alcalde se multiplicaba, entraba y salía en casa de don
+Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos.
+
+--Está espirando.--¿Pero conserva el conocimiento?
+
+--Ya lo creo, como usted y como yo. Era mentira. Barinaga moría
+hablando, pero sin saber lo que decía; sus frases eran incoherentes;
+mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija. Unas veces
+se lamentaba como el rey Lear y otras blasfemaba como un carretero.
+
+--Y diga usted, señor Foja, ¿hay arriba algún cura? Dicen que ha venido
+el mismo Magistral....
+
+--¿El Magistral? ¡No faltaba más! Sería añadir el sarcasmo a la...
+al.... No vendrá, no. Quien está arriba es don Antero, el cura de la
+parroquia, el pobre es un bendito, un fanático digno de lástima y cree
+cumplir con su deber... pero como si cantara. Don Santos era un hombre
+de convicciones arraigadas.
+
+--¿Cómo era? ¿pues ha muerto ya?--preguntó uno que llegaba en aquel
+momento.
+
+--No señor, no ha muerto. Digo eso, porque ya está más allá que acá.
+
+--También don Pompeyo se ha portado con mucha energía, según dicen....
+
+--También...--Pero estando sano es más fácil.
+
+--Y como no va con él la cosa....
+
+--Morirá esta noche.--El médico no ha vuelto.--Somoza aseguraba que
+moriría esta tarde.
+
+--Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado....
+
+--El cura dice que durará hasta mañana.
+
+--Y muere de hambre.--Dicen que lo ha dicho él mismo.
+
+--Sí, señor, fueron sus últimas palabras sensatas, advirtió Foja
+contradiciéndose.
+
+--Dicen que dijo: «--¡El pan del cuerpo es el que yo necesito, que así
+me salve Dios muero de hambre!».
+
+A Orgaz hijo se le escapó la risa, que procuró ahogar con el embozo de
+la capa.
+
+--Sí, ríase usted, joven, que el caso es para bromas.
+
+--Hombre, no me río del moribundo... me río de la gracia.
+
+--Profundísima lección debía llamarla usted. Se muere de hambre, es un
+hecho; le dan una hostia consagrada, que yo respeto, que yo venero,
+pero no le dan un panecillo.--Así habló un maestro de escuela perseguido
+por su liberalismo... y por el hambre.
+
+--Yo soy tan católico como el primero--dijo un maestro de la Fábrica
+Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista cristiano a su
+manera--soy tan católico como el primero, pero creo que al Magistral se
+le debería arrastrar hoy y colgarlo de ese farol, para que viese salir
+el entierro....
+
+--La verdad es, señores--observó Foja--que si don Santos muere fuera
+del seno de la Iglesia, como un judío, se debe al señor Provisor.
+
+--Es claro.--Evidente.--¿Quién lo duda?--Y diga usted, señor Foja,
+¿no le enterrarán en sagrado, verdad?
+
+--Eso creo: los cánones están sangrando; quiero decir que la Sinodal
+está terminante.--Y se puso algo colorado, porque no sabía si los
+cánones sangraban o no, ni si la Sinodal hablaba del caso.
+
+--¡De modo que le van a enterrar como un perro!
+
+--Eso es lo de menos--dijo el maestro de la Fábrica--toda la tierra está
+consagrada por el trabajo del hombre.
+
+--Y además en muriéndose uno....
+
+--Más despacio, señores, más despacio--interrumpió Foja que no quería
+desperdiciar el arma que le ponían en las manos para atacar al
+Magistral--. Estas cosas no se pueden juzgar filosóficamente.
+Filosóficamente es claro que no le importa a uno que le entierren donde
+quiera. Pero ¿y la familia? ¿Y la sociedad? ¿Y la honra? Todos ustedes
+saben que el local destinado en nuestro cementerio _municipal_--y
+subrayó la palabra--a los cadáveres no católicos, digámoslo así...
+
+Orgaz hijo sonrió.--Ya sé, joven, ya sé que he cometido un _lapsus_.
+Pero no sea usted tan material.
+
+Aquel grupo de progresistas y socialistas serios miró _en masa_ al
+mediquillo impertinente con desprecio.
+
+Y dijo el socialista cristiano:--Aquí lo que sobra es la materia; la
+letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que sobran en
+España son oradores....
+
+--Pues usted no habla mal ni poco; acuérdese del club difunto, señor
+Parcerisa....
+
+Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la fábrica.
+
+Parcerisa sonrió satisfecho. La conversación se extravió. Se discutió si
+el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energía al Obispo la
+administración del cementerio.
+
+En tanto subían y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a ver
+al enfermo o a su hija. Don Pompeyo había hecho llevar a Celestina a su
+cuarto y allí recibía la beata a sus correligionarias y a los sacerdotes
+que venían a consolarla. Guimarán no dejaba entrar en la sala más que a
+los espíritus fuertes, o por lo menos, si no tan fuertes como él, que
+eso era difícil, partidarios de dejar a un moribundo «espirar en la
+confesión que le parezca, o sin religión alguna si lo considera
+conveniente».
+
+--¡Muerte gloriosa!--decía don Pompeyo al oído de cualquier enemigo del
+Provisor que venía a compadecerse a última hora de la miseria de
+Barinaga--. «¡Muerte gloriosa! ¡Qué energía! ¡Qué tesón! Ni la muerte
+de Sócrates... porque a Sócrates nadie le mandó confesarse».
+
+Los que subían o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban una
+mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y
+cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas.
+
+Sobre el mostrador, pintado de color de chocolate, un velón de petróleo
+alumbraba malamente el triste almacén cuya desnudez daba frío. Aquellos
+anaqueles vacíos representaban a su modo el estómago de don Santos. Las
+últimas existencias, que había tenido allí años y años cubiertas de
+polvo, las había vendido por cuatro cuartos a un comerciante de aldea;
+con el producto de aquella liquidación miserable había vivido y se había
+emborrachado en la última parte de su vida el pobre Barinaga. Ahora los
+ratones roían las tablas de los estantes y la consunción roía las
+entrañas del tendero.
+
+Murió al amanecer. Las nieblas de Corfín dormían todavía sobre los
+tejados y a lo largo de las calles de Vetusta. La mañana estaba templada
+y húmeda. La luz cenicienta penetraba por todas las rendijas como un
+polvo pegajoso y sucio. Don Pompeyo había pasado la noche al lado del
+moribundo, solo, completamente solo, porque no había de contarse un
+perro faldero que se moría de viejo sin salir jamás de casa. Abrió
+Guimarán el balcón de par en par; una ráfaga húmeda sacudió la cortina
+de percal y la triste luz del día de plomo cayó sobre la palidez del
+cadáver tibio.
+
+A las ocho se sacó a Celestina de la «casa mortuoria» y _el cuerpo_,
+metido ya en su caja de pino, lisa y estrecha, fue depositado sobre el
+mostrador de la tienda vacía, a las diez. No volvió a parecer por allí
+ningún sacerdote ni beata alguna.
+
+--Mejor--decía don Pompeyo, que se multiplicaba.
+
+--Para nada queremos cuervos--exclamaba Foja, que se multiplicaba
+también.
+
+--Esto tiene que ser una manifestación--decía del ex-alcalde a muchos
+correligionarios y otros enemigos del Magistral reunidos en la tienda,
+al pie del cadáver--. Esto tiene que ser una manifestación: el gobierno
+no nos permite otras, aprovechemos esta coyuntura. Además, esto es una
+iniquidad: ese pobre viejo ha muerto de hambre, asesinado por los
+acaparadores sacrílegos de la _Cruz Roja_. Y para mayor deshonra y
+ludibrio, ahora se le niega honrada y cristiana sepultura, y habrá que
+enterrarle en los escombros, allá, detrás de la tapia nueva, en aquel
+estercolero que dedican a los entierros civiles esos infames....
+
+--¡Muerto de hambre y enterrado como un perro!--exclamó el maestro de
+escuela perseguido por sus ideas.
+
+--¡Oh, hay que protestar muy alto!
+
+--¡Sí, sí!--¡Esto es una iniquidad!--¡Hay que hacer una manifestación!
+
+Hablaban también muchos conjurados con trazas de curiales de Palacio;
+eran amigos del Arcediano, del implacable Mourelo, que conspiraba desde
+la sombra.
+
+--A ver usted, señor Sousa, usted que escribe los telegramas del
+_Alerta_... es preciso que hoy retrasen ustedes un poco el número para
+que haya tiempo de insertar algo....
+
+--Sí, señor, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la mayor energía que
+permite la ley, la pícara ley de imprenta, redactaré allí mismo un
+suelto convocando a los liberales, amigos de la justicia, etc., etc....
+Descuide usted, señor Foja.
+
+--Llame usted al suelto: _Entierro civil_.
+
+--Sí, señor; así lo haré.
+
+--Con letras grandes.--Como puños, ya verá usted.
+
+--Eso podrá servir de aviso a todo el pueblo liberal....
+
+--¿Vendrán los de la Fábrica?
+
+--¡Ya lo creo!--exclamó Parcerisa--. Ahora mismo voy yo allá a calentar
+a la gente. Esto no nos lo puede prohibir el gobierno....
+
+--Como no se alborote.... El entierro fue cerca del anochecer. Sólo así
+podían asistirlos de la Fábrica.
+
+Llovía. Caían hilos de agua perezosa, diagonales, sutiles.
+
+La calle se cubrió de paraguas.
+
+El Magistral, que espiaba detrás de las vidrieras de su despacho, vio un
+fondo negro y pardo; y de repente, como si se alzase sobre un pavés,
+apareció por encima de todo una caja negra, estrecha y larga, que al
+salir de la tienda se inclinó hacia adelante y se detuvo como vacilando.
+Era don Santos que salía por última vez de su casa. Parecía dudar entre
+desafiar el agua o volver a su vivienda. Salió; se perdió el ataúd entre
+el oleaje de seda y percal obscuro. En el balcón que había sobre la
+puerta, entre las rejas asomó la cabeza de un perro de lanas negro y
+sucio: el Magistral lo miró con terror. El faldero estiró el pescuezo,
+procuró mirar a la calle y se le erizaron las orejas. Ladró a la caja, a
+los paraguas y volvió a esconderse. Lo habían olvidado en la sala,
+cerrada con llave por don Pompeyo.
+
+Guimarán, de levita negra presidía el duelo.
+
+Delante del féretro, en filas, iban muchos obreros y algunos
+comerciantes al por menor, con más, varios zapateros y sastres, rezando
+Padrenuestros.
+
+Guimarán había propuesto que no se dijese palabra.
+
+«No había muerto el gran Barinaga, aquel mártir de las ideas, dentro de
+ninguna confesión cristiana; luego era contradictorio...».
+
+--Deje usted, deje usted--había advertido Foja con mal gesto--. No
+seamos intransigentes, no extrememos las cosas. Es de más efecto que se
+rece.
+
+--Esto no es una manifestación anti-católica--observó el maestro de
+escuela.
+
+--Es anti-clerical--dijo otro liberal probado.
+
+--El tiro va contra el Provisor--manifestó un lampiño, de la policía
+secreta de Glocester.
+
+Así pues, se convino que se rezaría y se rezó. _Requiescat in pace_,
+decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada
+oración.
+
+Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas:
+_Requiescat in pace_.
+
+Ni el latín ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero había que
+transigir.
+
+«Todo aquello era una contradicción, pero Vetusta no estaba preparada
+para un verdadero entierro civil».
+
+Las mujeres del pueblo, que cogían agua en las fuentes públicas, las
+ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y por
+el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal
+calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena,
+se arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayoría de votos
+condenaban el atrevimiento de enterrar «a un cristiano» (sinónimo de
+hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal pergeñadas,
+alababan la idea en voz alta.
+
+Hubo una que gritó:--¡Así, que rabien los de la pitanza!
+
+Esta imprudencia provocó otra del lado contrario.
+
+--¡_Anday_, judíos!--exclamaba una moza del partido azotando con un
+zueco la espalda de muchos de sus conocidos, peones de albañil y
+canteros.
+
+Detrás del duelo iba una escasa representación del sexo débil; pero,
+según las de la cesta y las de las fuentes públicas, «eran malas
+mujeres».
+
+--¡Anda tú, _pendón_!
+
+--¿Adónde vais, _pingos_?
+
+Y las correligionarias de don Pompeyo reían a carcajadas, demostrando
+así lo poco arraigado de sus convicciones. La noche se acercaba; el
+cementerio estaba lejos, y hubo que apretar el paso.
+
+La lluvia empezó a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los
+paraguas retumbaban con estrépito lúgubre y chorreaban por todas sus
+varillas. Los balcones se abrían y cerraban, cuajados de cabezas de
+curiosos.
+
+Se miraba el espectáculo generalmente con curiosidad burlona, con algo
+de desprecio. «Pero por lo mismo se declaraba mayor el delito del
+Magistral. Aquel pobre don Santos había muerto como un perro por culpa
+del Provisor; había renegado de la religión por culpa del Provisor,
+había muerto de hambre y sin sacramentos por culpa del Provisor».
+
+«Y ahora los revolucionarios, que de todo sacan raja, aprovechan la
+ocasión para hacer una de las suyas...».
+
+«Y por culpa del Provisor...».
+
+«No se puede estirar demasiado la cuerda».
+
+«Ese hombre nos pierde a todos».
+
+Estos eran los comentarios en los balcones. Y después de cerrarlos,
+continuaban dentro las censuras. Muchas amistades perdió De Pas aquella
+tarde.
+
+Sin que se supiera cómo, llegó a ser un _lugar común_, verdad evidente
+para Vetusta, que «Barinaga había muerto como un perro por culpa del
+Magistral».
+
+Los amigos que le quedaban a don Fermín reconocían que no se podía
+luchar, por aquellos días a lo menos, contra aquella afirmación injusta,
+pero tan generalizada.
+
+El entierro dejó atrás la calle principal de la Colonia, que estaba
+convertida en un lodazal de un kilómetro de largo, y empezó a subir la
+cuesta que terminaba en el cementerio. El agua volvía a azotar a los del
+duelo en diagonales, que el viento hacía penetrar por debajo de los
+paraguas. Llovía a latigazos. Una nube negra, en forma de pájaro
+monstruoso, cubría toda la ciudad y lanzaba sobre el duelo aquel
+chaparrón furioso. Parecía que los arrojaba de Vetusta, silbándoles con
+las fauces del viento que soplaba por la espalda.
+
+Se subía la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado el
+féretro miserable se había abierto por dos o tres lados; se veía la
+carne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que conducían el
+cadáver le zarandeaban. La fatiga y cierta superstición inconsciente les
+había hecho perder gran parte del respeto que merecía el difunto. Todos
+los hachones se habían apagado y chorreaban agua en vez de cera. Se
+hablaba alto en las filas.
+
+--¡De prisa, de prisa! se oía a cada paso.
+
+Algunos se permitían decir chistes alusivos a la tormenta. En el duelo
+había más circunspección, pero todos convenían en la necesidad de
+apretar el paso.
+
+Aquel furor de los elementos despertó muchas preocupaciones taciturnas.
+
+Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le
+hacía mucho daño, le ponía nervioso y con esto se le achicaba el ánimo.
+
+--No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podría
+creerse que nos está dando azotes con estos diablos de aguaceros.
+
+Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementerio
+se destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del
+horizonte. No se veía nada distintamente. Los cipreses, detrás de la
+tapia, se balanceaban, parecían fantasmas que se hablaban al oído,
+tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar la paz del
+camposanto.
+
+En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades para
+entrar. Se habían olvidado ciertos pormenores y la mala fe del
+enterrador--tal vez la del capellán también--ponía obstáculos
+reglamentarios.
+
+--¡A ver, dónde está Foja!--gritó don Pompeyo, que no se encontraba con
+ánimo para dar otra batalla al obscurantismo clerical.
+
+Foja no estaba allí. Nadie le había visto en el duelo.
+
+Don Pompeyo sintió el ánimo desfallecer. «Estoy solo; ese capitán Araña
+me ha dejado solo».
+
+Sacó fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignación general, se
+impuso. El cortejo entró en el cementerio, pero no por la puerta
+principal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia del
+corralón inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que se
+enterraba a los que morían fuera de la Iglesia católica. Eran muy pocos.
+El enterrador actual sólo recordaba tres o cuatro entierros así.
+
+El duelo se despidió sin ceremonia; a latigazos lo despedía el viento
+con disciplinas de agua helada.
+
+Don Pompeyo Guimarán salió del cementerio el último. «Era su deber».
+
+Había cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo alto
+de la cuesta. «A su espalda, a veinte pasos tenía la tapia fúnebre. Allí
+detrás quedaba el mísero amigo, abandonado, pronto olvidado del mundo
+entero; estaba a flor de tierra... separado de los demás vetustenses que
+habían sido, por un muro que era una deshonra; perdido, como el
+esqueleto de un rocín, entre ortigas, escajos y lodo.... Por aquella
+brecha penetraban perros y gatos en el cementerio civil.... A toda
+profanación estaba abierto.... Y allí estaba don Santos... el buen
+Barinaga que había vendido patenas y viriles... y creía en ellos... en
+otro tiempo. ¡Y todo aquello era obra suya... de don Pompeyo; él, en el
+café--restaurant de la Paz, había comenzado a demoler el alcázar de la
+fe... del pobre comerciante!...».
+
+Un escalofrío sacudió el cuerpo de Guimarán. Se abrochó. «Había sido
+_otra_ imprudencia venir sin capa».
+
+Entonces sintió que no sentía ya el agua.... «Era que ya no llovía».
+Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios de sombra algunas luces
+pálidas, las estrellas; y entre las sombras de la ciudad aparecían
+puntos rojizos simétricos: los faroles.
+
+Guimarán volvió a temblar; sintió la humedad de los pies de nuevo... y
+apretó el paso. Hubo más, se le figuró que le seguían; que a veces le
+tocaban sutilmente las faldas de la levita y el cabello del cogote.... Y
+como estaba solo, seguramente solo... no tuvo inconveniente en emprender
+por la cuesta abajo un trote ligero, con el paraguas debajo del brazo.
+
+«No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estábamos
+frescos...».
+
+Y más abajo: «Y de todas maneras, eso de que le han de enterrar a uno de
+fijo, sin escape, en ese estercolero... no tiene gracia».
+
+Y corría, sintiendo de vez en cuando escalofríos.
+
+Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche.
+
+«Ya lo decía él; ¡la humedad!».
+
+Deliró. «Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en el
+vientre y por allí entraban y salían gatos y perros, y alguno que otro
+diablejo con rabo».
+
+
+
+
+--XXIII--
+
+
+_«Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, ex
+utero ante luciferum genui te»._ Esto leyó la Regenta sin entenderlo
+bien; y la traducción del _Eucologio_ decía: «Tú poseerás el principado
+y el imperio en el día de tu poderío y en medio del resplandor que
+brillará en tus santos: yo te he engendrado de mis entrañas desde antes
+del nacimiento del lucero de la mañana».
+
+Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario:
+_Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui te. Alleluia._
+¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le gritaba el corazón a ella... y el órgano
+como si entendiese lo que quería el corazón de la Regenta, dejaba
+escapar unos diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban
+los ámbitos obscuros de la catedral, subían a la bóveda y pugnaban por
+salir a la calle, remontándose al cielo... empapando el mundo de música
+retozona. Decía el órgano a su manera:
+
+ Adiós, María Dolores,
+ marcho mañana
+ en un barco de flores
+ para la Habana.
+
+y de repente, cambiaba de aire y gritaba:
+
+ La casa del señor cura
+ nunca la vi como ahora...
+
+y sin pizca de formalidad, se interrumpía para cantar:
+
+ Arriba, Manolillo,
+ abajo, Manolé,
+ de la quinta pasada
+ yo te liberté;
+ de la que viene ahora
+ no sé si podré...
+ arriba, Manolillo,
+ Manolillo Manolé.
+
+Y todo esto era porque hacía mil ochocientos setenta y tantos años había
+nacido en el portal de Belén el Niño Jesús.... ¿Qué le importaba al
+órgano? Y sin embargo, parecía que se volvía loco de alegría... que
+perdía la cabeza y echaba por aquellos tubos cónicos, por aquellas
+trompetas y cañones, chorros de notas que parecían lucecillas para
+alumbrar las almas.
+
+El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en
+algún pilar, un quinqué de petróleo con reverbero, interrumpía las
+tinieblas que volvían a dominar poco más adelante. No había más luz que
+aquella esparcida por las naves, el trasaltar y el trascoro, y los
+cirios del altar y las velas del coro que brillaban a lo lejos, en alto,
+como estrellitas. Pero la música alegre botando de pilar en capilla, del
+pavimento a la bóveda, parecía iluminar la catedral con rayos del alba.
+
+Y no eran más que las doce. Empezaba la _misa del gallo_.
+
+El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella hora sublime,
+recordaba todos los aires populares clásicos en la tierra vetustense y
+los que el capricho del pueblo había puesto en moda aquellos últimos
+años. A la Regenta le temblaba el alma con una emoción religiosa dulce,
+risueña, en que rebosaba una caridad universal; amor a todos los hombres
+y a todas las criaturas... a las aves, a los brutos, a las hierbas del
+campo, a los gusanos de la tierra... a las ondas del mar, a los suspiros
+del aire.... «La cosa era bien clara, la religión no podía ser más
+sencilla, más evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y amando su
+obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios había nacido en la tierra
+y por tal honor y divina prueba de cariño, el mundo entero se alegraba y
+se ennoblecía; y no importaba que hubiesen pasado tantos siglos, el amor
+no cuenta el tiempo; hoy era tan cierto como en tiempo de los Apóstoles,
+que Dios había venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los
+seres, el mismo. Por consiguiente, el organista hacía muy bien en
+declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solía
+alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes
+bulliciosos a cielo abierto. Aquel recuerdo de canciones efímeras, que
+habían sido un poco de aire olvidado, le parecía a la Regenta una
+delicada obra de caridad por parte del músico.... Recordar lo más
+humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pasó... y dignificar
+las emociones profanas del amor, de la alegría juvenil, haciendo resonar
+sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jesús... todo esto
+era hermoso, según Ana; la religión que lo consentía, maternal,
+cariñosa, artística».
+
+«No había allí barreras, en aquel momento, entre el templo y el mundo;
+la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la iglesia; en la
+música del órgano había recuerdos del verano, de las romerías alegres
+del campo, de los cánticos de los marineros a la orilla del mar; y había
+olor a tomillo y a madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del
+monte, y dominándolos a todos olor místico, de poesía inefable... que
+arrancaba lágrimas...». La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta....
+Su pensamiento al remontarse se extraviaba y al difundirse se
+desvanecía.... Apoyó la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar
+de piedra, nuevo, que era el principal de la capilla en que estaba,
+sumida en la sombra. Apenas pensaba ya, no hacía más que sentir.
+
+La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se
+interrumpía en ambos extremos para dejar espacio a los púlpitos de
+hierro, todos filigrana. Servían de atriles para la Epístola y el
+Evangelio, sendas águilas doradas con las alas abiertas. Ana vio
+aparecer en el púlpito de la izquierda del altar la figura de Glocester,
+siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela briscada
+despedía rayos herida por la luz de los ciriales que acompañaban al
+canónigo. El Arcediano, en cuanto calló el órgano, como quien quiere
+interrumpir una broma con una nota seria, leyó la epístola de San Pablo
+Apóstol a Tito, capítulo segundo, dándole una intención que no tenía.
+Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención del
+público, y leía despacio, señalando con fuerza las terminaciones en _us_
+y en _i_ y en _is_: por el tono que se daba al leer no parecía sino que
+la epístola de San Pablo era cosa del mismo Glocester, una
+composicioncilla suya. El órgano, como si hubiera oído llover, en cuanto
+terminó el presuntuoso Arcediano, soltó el trapo, abrió todos sus
+agujeros, y volvió a regar la catedral con chorritos de canciones
+alegres, el fuelle parecía soplar en una fragua de la que salían chispas
+de música retozona; ahora tocaba como las gaitas del país, imitando el
+modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del Ayuntamiento
+interpretaba el brindis de la _Traviata_ y el Miserere del _Trovador_.
+Por último, y cuando ya Ripamilán asomaba la cabecita vivaracha sobre el
+antepecho del otro púlpito para cantar el Evangelio, el organista la
+emprendió con la _mandilona_:
+
+ Ahora sí que estarás contentón
+ mandilón,
+ mandilón,
+ mandilón.
+
+Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia,
+hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de
+paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios
+de todos, que nacía, las diferencias políticas eran nimiedades que se
+olvidaban.
+
+Ripamilán no pudo menos de sonreír, mientras colocaba, con gran
+dificultad, el libro en que había de leer el Evangelio de San Lucas,
+sobre las alas del águila de hierro.
+
+El Arcediano, en la escalera del púlpito esperaba con los brazos
+cruzados sobre la panza; cerca de él y haciendo guardia estaban dos
+acólitos con los ciriales; uno era Celedonio.
+
+«_¡Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!_»... cantó Ripamilán,
+muerto de sueño y aprovechándose del canto llano para bostezar en la
+última nota.
+
+«_¡In illo tempore!_»... continuó... En aquel tiempo se promulgó un
+edicto mandando empadronar a todo el mundo. Fue cosa de César Augusto,
+muy aficionado a la Estadística. «Este empadronamiento fue hecho por
+Cirino, que después fue gobernador de la Siria». Ripamilán se dormía
+sobre el recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de José
+se animó el Arcipreste, figurándose a los santos esposos camino de
+Bethlehem (o mejor Belén.) «Y sucedió que hallándose allí le llegó a
+María la hora de su alumbramiento; y dio a luz a su Hijo primogénito y
+envolviole en pañales y recostole en un pesebre». Ripamilán leía ahora
+pausadamente, a ver si se enteraba el público. Cuando llegó a los
+pastores que estaban en vela, cuidando sus rebaños, don Cayetano recordó
+su grandísima afición a la égloga y se enterneció muy de veras.
+
+Más enternecida estaba la Regenta, que seguía en su libro la sencilla y
+sublime narración. «¡El Niño Dios! ¡El Niño Dios! Ella comprendía ahora
+toda la grandeza de aquella Religión dulce y poética que comenzaba en
+una cuna y acababa en una cruz. ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que le
+pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo que tenía
+un poco más abajo, más hacia el medio de su cuerpo!... ¡Y aquel
+Ripamilán allá arriba, aquel viejecillo que contaba lo del parto como si
+acabara de asistir a él! También Ripamilán estaba hermoso a su manera».
+
+En tanto el _público_ empezaba a impacientarse, se iba acabando la
+formalidad, y en algunos rincones se oían risas que provocaba algún
+chusco. En la nave del trasaltar, la más obscura, escondidos en la
+sombra de los pilares y en las capillas, algunos señoritos se divertían
+en echar a rodar sobre el juego de damas del pavimento de mármol
+monedas de cobre, cuyo profano estrépito despertaba la codicia de la
+gente menuda; bandos de pilletes que ya esperaban ojo avizor la
+tradicional profanación, corrían tras las monedas, y al caer tantos
+sobre una sola en racimo de carne y andrajos, excitaban la risa de los
+fieles, mientras ellos se empujaban, pisaban y mordían disputándose el
+ochavo miserable.
+
+Pero llegaba la _ronda_ y el racimo de pillos se deshacía, cada cual
+corría por su lado. La _ronda_ la presidía el señor Magistral, de
+roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas sobre el vientre, llevaba
+el bonete; a derecha e izquierda, como dándole guardia caminaban con
+paso solemne acólitos con sendas hachas de cera. La _ronda_ daba vueltas
+por el trascoro, las naves y el trasaltar. Se vigilaba para evitar
+abusos de mayor cuantía. La obscuridad del templo, los excesos de la
+colación clásica, la falta de respeto que el pueblo creía tradicional en
+la _misa del gallo_, hacían necesarias todas estas precauciones.
+
+Había otra clase de profanaciones que no podía evitar la ronda.
+Apiñábase el público en el crucero, oprimiéndose unos a otros contra la
+verja del altar mayor, y la valla del centro, debajo de los púlpitos, y
+quedaban en el resto de la catedral muy a sus anchas los pocos que
+preferían la comodidad al calorcillo humano de aquel montón de carne
+repleta. Como la religión es igual para todos, allí se mezclaban todas
+las clases, edades y condiciones. Obdulia Fandiño, en pie, oía la misa
+apoyando su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de
+Vegallana, y en la nuca sentía la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que
+no podía, ni tal vez quería, impedir que los de atrás empujasen. Para la
+de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse sin distinción
+de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia
+conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy
+confusa idea. Visitación estaba también allí, más cerca de la capilla,
+con la cabeza metida entre las rejas. Paco Vegallana, cerca de
+Visitación, fingía resistir la fuerza anónima que le arrojaba, como un
+oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja como una cereza, con los
+ojos en un San José de su devocionario y el alma en los movimientos de
+su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual
+amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí en lo obscuro
+imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la negrura de su sombra.
+Todo el _elemento joven_ de que hablaba _El Lábaro_ en sus crónicas del
+pequeñísimo _gran mundo_ de Vetusta, estaba allí, en el crucero de la
+catedral, oyendo como entre sueños el órgano, dirigiendo la colación de
+Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza
+pinchazos de la carne. El sueño traía impíos disparates, ideas que eran
+profanaciones, y se desechaban para atenerse a los pecados veniales con
+que brindaba la realidad ambiente. Miradas y sonrisas, si la distancia
+no consentía otra cosa, iban y venían enfilándose como podían en aquella
+selva espesa de cabezas humanas. Se tosía mucho y no todas las toses
+eran ingenuas. En aquella quietud soporífera, en aquella obscuridad de
+pesadilla hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas
+señoritas hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es
+claro que no lo decía sino en el seno de la mayor confianza, pensaba,
+que el _hacer el oso_, que era a lo que llamaba _timarse_ Joaquín Orgaz,
+si siempre era agradable, lo era mucho más en la iglesia, porque allí
+tenía un _cachet_. Y para la viuda las cosas con _cachet_ eran las
+mejores.
+
+«En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeración de malos
+cristianos», estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarán, que, mal
+curado de una fiebre, había consentido en cenar con don Álvaro, Orgaz,
+Foja y demás trasnochadores en el Casino y había venido con ellos a la
+misa del gallo.
+
+«¡Sí, le remordía la conciencia, en medio de su embriaguez!, pero el
+hecho era que estaba allí. Habían empezado por emborracharle con un
+licor dulce que ahora le estaba dando náuseas, un licor que le había
+convertido el estómago en algo así como una perfumería... ¡puf! ¡qué
+asco!; después le habían hecho comer más de la cuenta y beber,
+últimamente, de todo. Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si
+alguno de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle ¡oh colmo de
+las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con él en medio de la
+catedral, donde no había puesto los pies hacía muchos años. Había
+protestado, había querido marcharse, pero no le dejaron, y él tampoco se
+atrevía a buscar solo su casa; y en la calle hacía frío».
+
+--Señores--dijo en voz baja a don Álvaro y a Orgaz--conste que protesto,
+y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera de ustedes,
+al permanecer en semejante sitio.
+
+--¡Bien, hombre, bien!--Conste que esto no es una abdicación....
+
+--No... qué ha de ser... abdicación....
+
+--Ni una profanación. Yo respeto todas las religiones, aunque no profeso
+ninguna.... ¿Qué dirá el mundo si sabe que yo vengo aquí... con una
+compañía de borrachos matriculados? Reconozco en el _Palomo_ el derecho
+de arrojarme del templo a latigazos o a patadas....
+
+--Ya lo sabemos, hombre...--pudo balbucear Foja--.
+
+En resumen: don Pompeyo reconoce que él aquí representa lo mismo... que
+los perros en misa.
+
+--Comparación exacta... eso, yo aquí lo mismo que un perro.... Y además
+esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista, borracho como ustedes
+probablemente: convierte el templo del Señor, llamémoslo así, en un
+baile de candil... en una orgía.... Señores, ¿en qué quedamos, es que ha
+nacido Cristo o es que ha resucitado el dios Pan?
+
+--¡Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum.
+
+Esto lo cantó bajito Joaquín Orgaz, tocando el tambor en la cabeza de
+Guimarán. Y acto continuo el mediquillo salió de la capilla obscura
+donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una aguja en un
+pajar, como él dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre la multitud. Y la
+encontró, emparedada entre el formidable Ronzal y el cocinero de Paco.
+Joaquín dio media vuelta y se volvió al lado de don Pompeyo.
+
+La capilla desde la que oía misa la Regenta estaba separada sólo por una
+verja alta de la en que se habían escondido los trasnochadores del
+Casino. Ana oyó la voz de Orgaz que disuadía al ateo de su propósito de
+abandonar el templo. Pero de una capilla a otra no se distinguían las
+personas, sólo se veían bultos.
+
+Cuando pasó la ronda fue otra cosa; las hachas de los acólitos dejaron a
+Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del
+Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don Álvaro, que
+con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la cabeza inclinada, y
+cogido a la verja que separaba las capillas, parecía atender a los
+oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano.
+
+El Magistral también pudo ver a la Regenta y a don Álvaro, casi juntos,
+aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembló el bonete en las manos;
+necesitó gran esfuerzo para continuar aquella procesión que en aquel
+instante le pareció ridícula.
+
+Mesía no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba medio
+dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca
+escandaloso. Nadie sospechaba su estado.
+
+Ana siguió viendo a don Álvaro aun después que la ronda se alejó con sus
+luces soñolientas. Siguió viéndole en su cerebro; y se le antojó vestido
+de rojo, con un traje muy ajustado y muy airoso. No sabía si era aquello
+un traje de Mefistófeles de ópera o el de cazador elegante, pero estaba
+el enemigo muy hermoso, muy hermoso.... «Y estaba allí cerca, detrás de
+aquella reja, ¡si daba tres pasos podía tocarla a ella!». El órgano se
+despedía de los fieles con las mayores locuras del repertorio; un aire
+que Ana había oído por primera vez al lado de Mesía, en la romería de
+San Blas, aquel mismo año.... Cerró los ojos, que se le habían llenado de
+lágrimas.... «¡Por dónde la tomaba ahora la tentación! Se hacía
+sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos,
+que era siempre cosa sagrada, dulce, entrañable.... ¿Qué había pasado en
+aquella romería de San Blas? Nada, y sin embargo, ahora recordando
+aquella tarde, por culpa del organista, Ana veía a don Álvaro a su lado,
+muerto de amor, mudo de respeto, y a sí misma se veía, contenta en lo
+más hondo del alma... ¡ay sí, ay sí!... en unas honduras del alma, o del
+cuerpo, o del infierno... a que no llegaban las suaves pláticas del
+misticismo y fraternidad de que seguía gozando en compañía de aquel
+señor canónigo que acababa de pasar por allí, con las manos cruzadas
+sobre el vientre, rodeado de monaguillos».
+
+Cuando Ana procuró sacudir, moviendo la cabeza, aquellas imágenes
+importunas y pecaminosas, el templo iba quedándose vacío. Tuvo ella frío
+y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en que se apoyaba. Se
+levantó y salió de la catedral, que empezaba a dormirse.
+
+El órgano se había callado como un borracho que duerme después de
+alborotar el mundo. Las luces se apagaban....
+
+En el pórtico encontró Ana al Magistral.
+
+Don Fermín estaba pálido; lo vio ella a la luz de una cerilla que
+encendieron por allí. Cuando volvió la obscuridad, De Pas se acercó a la
+Regenta y con una voz dulce en que había quejas le preguntó:
+
+--¿Se ha divertido usted en misa?
+
+--¡Divertirme en misa!--Quiero decir... si le ha gustado... lo que
+tocan... lo que cantan....
+
+Notó Ana que su confesor no sabía lo que decía.
+
+En aquel momento salían del pórtico; en la calle había algunos grupos de
+rezagados. Había que separarse.
+
+--¡Buenas noches, buenas noches!--dijo el Magistral con tono de mal
+humor, casi con ira.
+
+Y embozándose sin decir más, tomó a paso largo el camino de su casa.
+
+Ana sintió deseos de seguirle: ella no sabía por qué pero le tenía
+enfadado: ¿qué había hecho ella? Pensar, pensar en el enemigo, gozar con
+recuerdos vitandos... pero... de todo eso ¿cómo podía tener don Fermín
+noticia?... ¡Y se había marchado así! Una profunda lástima y una
+gratitud que parecía amor invadieron el ánimo de Ana en aquel
+instante.... «¡Oh! ¿por qué ella no podía ahora ir con aquel hombre,
+llamarle, consolarle... probarle que era la de siempre, que ella no le
+volvía la espalda como tantas otras?...». «Sí, sí, le volvían la espalda
+a él, el santo, el hombre de genio, el mártir de la piedad... le volvían
+la espalda las que antes se le disputaban, y todo ¿por qué? por viles
+calumnias. Ella no, ella creía en él... le seguiría ciega al fin del
+mundo; sabía que entre él y Santa Teresa la habían salvado del
+infierno...». Pero no se podía correr detrás de él para consolarle, para
+decirle todo esto. «¡Qué hubiera pensado, sin ir más lejos, Petra la
+doncella que estaba allí, a su lado, silenciosa, sonriente, cada día más
+antipática, y más servicial... y más insufrible!».
+
+Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se había separado
+discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con
+tanto garbo, pensó la criada:
+
+«Están de monos» y sonrió.
+
+La Regenta tomó el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio dormida;
+estaba como embriagada de sueño y música y fantasía.... Sin saber cómo se
+encontró en el portal de su casa pensando en el Niño Jesús, en su cuna,
+en el portal de Belén. Ella se figuraba la escena como la representaba
+un _nacimiento_ que había visto aquella noche a primera hora.
+
+Cuando se quedó sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al
+espejo; suelto el cabello, cayó sobre la espalda.
+
+«Era verdad, ella se parecía a la Virgen: a la Virgen de la Silla...
+pero le faltaba el niño»; y cruzada de brazos se estuvo contemplando
+algunos segundos.
+
+A veces tenía miedo de volverse loca. La piedad huía de repente, y la
+dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para aquella
+sequedad del alma en la oración o en las lecturas piadosas. Ya meditaba
+pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar
+abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía.
+
+«Creía que había muerto aquella Ana que iba y venía de la desesperación
+a la esperanza, de la rebeldía a la resignación, y no había tal; estaba
+allí, dentro de ella; sojuzgada, sí, perseguida, arrinconada, pero no
+muerta. Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que
+Herodías le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento,
+gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el
+cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía
+todos los buenos propósitos de Ana la devota, la _hermana_ humilde y
+cariñosa del Magistral.
+
+»¡El Niño Jesús! ¡Qué dulce emoción despertaba aquella imagen! ¿Pero por
+qué había servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad
+del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una
+vaguedad tierna, anhelante».
+
+Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba frío....
+¡Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas aquellas
+luchas de su espíritu ocioso, que buscaba fuera del centro natural de la
+vida, fuera del hogar, pábulo para el afán de amor, objeto para la sed
+de sacrificios!...
+
+Sin saber lo que hacía, Ana salió de sus habitaciones, atravesó el
+estrado, a obscuras, como solía, dejó atrás un pasillo, el comedor, la
+galería... y sin ruido, llegó a la puerta de la alcoba de Quintanar. No
+estaba bien cerrada aquella puerta y por un intersticio vio Ana
+claridad. No dormía su marido. Se oía un rum rum de palabras.
+
+«¿Con quién habla ese hombre?». Acercó la Regenta el rostro a la raya de
+luz y vio a don Víctor sentado en su lecho; de medio cuerpo abajo le
+cubría la ropa de la cama, y la parte del torso que quedaba fuera
+abrigábala una chaqueta de franela roja; no usaba gorro de dormir don
+Víctor por una superstición respetable; él incapaz de sospechar de su
+Ana la falta más leve, huía de los gorros de noche por una preocupación
+literaria. Decía que el gorro de dormir era una punta que atraía los
+atributos de la infidelidad conyugal. Pero aquella noche había tenido
+frío, y a falta de gorro de algodón o de hilo, se había cubierto con el
+que usaba de día, aquel gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y
+oyó que en aquel traje grotesco Quintanar leía en voz alta, a la luz de
+un candelabro elástico clavado en la pared.
+
+Pero hacía más que leer, declamaba; y, con cierto miedo de que su marido
+se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor,
+entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño de
+una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Víctor
+leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera
+armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada.
+
+Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy noble y
+verosímil acción la de azotar el aire con el limpio acero. Se trataba de
+defender en hermosos versos del siglo diez y siete a una señora que un
+su hermano quería descubrir y matar, y don Víctor juraba en quintillas
+que antes le harían a él tajadas que consentir, siendo como era
+caballero, atrocidad semejante.
+
+Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en los
+pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que
+repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido,
+la única persona de este mundo que tenía derecho a las caricias de ella,
+a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella suponía en la
+maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de
+Belén y otros recuerdos análogos.
+
+Iba la Regenta al cuarto de su marido con ánimo de conversar, si estaba
+despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, sobre el
+lecho. Quería la infeliz desechar las ideas que la volvían loca,
+aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la carne
+rebelde y desabrida; quería palabras dulces, intimidad cordial, el calor
+de la familia... algo más, aunque la avergonzaba vagamente el quererlo,
+quería... no sabía qué... a que tenía derecho... y encontraba a su
+marido declamando de medio cuerpo arriba, como muñeco de resortes que
+salta en una caja de sorpresa.... La ola de la indignación subió al
+rostro de la Regenta y lo cubrió de llamas rojas. Dio un paso atrás
+Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda
+meneó algo en el suelo, porque don Víctor gritó asustado:
+
+--¡Quién anda ahí!
+
+No respondió Ana.--¿Quién anda ahí?--repitió exaltado don Víctor, que
+se había asustado un poco a sí mismo con aquellos versos fanfarrones.
+
+Y algo más tranquilo, dijo a poco:
+
+--¡Petra! ¡Petra! ¿Eres tú, Petra?
+
+Una sospecha cruzó por la imaginación de Ana; unos celos grotescos, tal
+los reputó, se le aparecieron casi como una forma de la tentación que la
+perseguía.
+
+«¿Si aquel hombre sería amante de su criada?».
+
+--«¡Anselmo! ¡Anselmo!»--añadió don Víctor en el mismo tono suave y
+familiar.
+
+Y Ana se retiró de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus
+sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba ridículo, de su
+marido, de sí misma...
+
+«¡Oh, qué ridículo viaje por salas y pasillos, a obscuras, a las dos de
+la madrugada, en busca de un imposible, de una grotesca farsa... de un
+absurdo cómico... pero tan amargo para ella!...». Y Ana, sin querer,
+como siempre, mientras iba a tientas por el salón, pero sin tropezar,
+pensaba: Y si ahora, por milagro, por milagro de amor, Álvaro se
+presentase aquí, en esta obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la
+cintura... y me dijera: tú eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo
+carne flaca, qué haría sino sucumbir... perder el sentido en sus
+brazos.... «¡Sí, sucumbir!», gritó todo dentro de ella; y desvanecida,
+buscó a tientas el sofá de damasco y sobre él, tendida, medio desnuda,
+lloró, lloró sin saber cuánto tiempo.
+
+Una campanada del reloj del comedor la despertó de aquella somnolencia
+de fiebre; tembló de frío y a tientas otra vez, el cabello por la
+espalda, la bata desceñida, y abierta por el pecho, llegó Ana a su
+tocador; la luz de esperma que se reflejaba en el espejo estaba próxima
+a extinguirse, se acababa... y Ana se vio como un hermoso fantasma
+flotante en el fondo obscuro de alcoba que tenía enfrente, en el cristal
+límpido. Sonrió a su imagen con una amargura que le pareció diabólica...
+tuvo miedo de sí misma... se refugió en la alcoba, y sobre la piel de
+tigre dejó caer toda la ropa de que se despojaba para dormir. En un
+rincón del cuarto había dejado Petra olvidados los zorros con que
+limpiaba algunos muebles que necesitaban tales disciplinas; y pensando
+ella misma en que estaba borracha... no sabía de qué, Ana, desnuda,
+viendo a trechos su propia carne de raso entre la holanda, saltó al
+rincón, empuñó los zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azotó
+su hermosura inútil una, dos, diez veces.... Y como aquello también era
+ridículo, arrojó lejos de sí las prosaicas disciplinas, entró de un
+brinco de bacante en su lecho; y más exaltada en su cólera por la
+frialdad voluptuosa de las sábanas, algo húmedas, mordió con furor la
+almohada. A fuerza de no querer pensar, por huir de sí misma, media hora
+después se quedó dormida.
+
+Aquella misma mañana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de la
+casa del Magistral. ¿A qué había ido allí? Aquel no era camino de la
+catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don Fermín, de verle al
+balcón, de algo que ella no podía precisar, le había hecho tomar por la
+calle de los Canónigos. No topó con el suyo. Se dirigió a la catedral y
+se sentó sobre la tarima que había en medio del crucero, desde el coro a
+la capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fría
+como un carámbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos, rezando
+oraciones que no terminaban y soñando despierta hasta que concluyó el
+coro. Vio entrar en él a su amigo, a su De Pas, a quien sonrió cariñosa,
+con la dulzura que a él le entraba por las entrañas como si fuera fuego;
+el Magistral no sonrió, pero su mirada fue intensa; duró muy poco, pero
+dijo muchas cosas, acusó, se quejó, inquirió, perdonó, agradeció... Y
+pasó don Fermín. Entró en el coro y se fue a su rincón. Terminadas las
+horas canónicas, el Magistral salió, se inclinó ante el Altar, se
+dirigió a la sacristía, y a poco volvió a verle la Regenta, sin roquete,
+muceta ni capa, con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se
+miraron.
+
+Ahora sonrieron los dos. Ana se levantó cinco minutos después. Sin
+necesidad de decírselo, ni por señas, acudieron ambos a una cita.... Se
+encontraron a poco en el salón de doña Petronila Rianzares donde habían
+muchas señoras y tres clérigos. Allí se había reunido la flor y nata de
+lo que llamaba _El Alerta_ «_el elemento levítico_» de la población.
+Aquellas señoras de respetable aspecto las más, guapas y jóvenes
+algunas, celebraban con alegría evangélica el natalicio de Nuestro Señor
+Jesucristo como si el Hijo de María hubiese venido al mundo
+exclusivamente para ellas y otras cuantas personas distinguidas. La
+Natividad del Señor se les antojaba algo como una fiesta de familia.
+Doña Petronila, con una manteleta de raso negro, antiquísima, mal
+cortada, recibía a su _mundo devoto_ como si estuviese ella de
+cumpleaños. Todo se volvía allí sonrisas, apretones de manos, elogios
+mutuos, carcajadas sonoras, que reflejaban el interior contento de
+aquellas almas en gracia de Dios. El Magistral fue recibido en triunfo.
+¡Qué fino! ¡qué atento! Una hora después tenía que subir al púlpito, en
+la catedral, a predicar un sermón de los de tabla, ¡y sin embargo acudía
+antes a dar las Pascuas a su amiga doña Petronila! «¡Qué hombre! ¡qué
+ángel! ¡qué pico de oro! ¡qué lumbrera!».
+
+El descrédito de don Fermín no había llegado al círculo de doña
+Petronila; allí nadie dudaba de la virtud del Provisor, nadie la
+discutía. Si alguno de los presentes, fuera de aquel salón venerable, se
+atrevía a calumniar a aquel santo, no se sabía, no se quería saber, pero
+en casa del gran Constantino nadie osaría poner en tela de juicio la
+santidad del Crisóstomo vetustense.
+
+Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermín. Fue en el
+gabinete de doña Petronila. Ella los encontró...; pero sonriéndoles y
+saludando con la mano les dijo, desde la puerta:
+
+--Nada, nada... venía por unos papeles.... Ya volveré...
+
+Ana iba a llamarla: «no había secretos, ¿por qué se retiraba aquella
+señora?...» esto quería decirle, pero un gesto del Magistral la contuvo.
+
+--Déjela usted--dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta
+siempre le sonaba bien. Eso quería ella, que el Magistral mandase,
+dispusiera de ella y de sus actos.
+
+Ana volvió hacia De Pas, que estaba cerca del balcón y le sonrió como
+poco antes en la catedral. Aquella sonrisa pedía perdón y bendecía.
+
+Don Fermín estaba pálido, le temblaba la voz. Estaba más delgado que por
+el verano. En esto pensaba Anita.
+
+--¡Estoy tan cansado!--dijo él y suspiró con mucha tristeza.
+
+Ana se sentó a su lado, al verle dejarse caer en una butaca.
+
+--¡Estoy tan solo!--¿Cómo solo...? No entiendo.
+
+--Mi madre me adora, ya lo sé... pero no es como yo; ella procura mi
+bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe todo
+esto, Ana.
+
+--Pero... ¿por qué está usted solo? y... ¿los demás?
+
+--Los demás... no son mi madre. No son nada mío. ¿Qué tiene usted, Ana?
+¿se pone usted mala? ¿qué es esto? llamaré...
+
+--No, no, de ningún modo.... Un escalofrío... un temblor... ya pasó...
+esto no es nada.
+
+--¿Tendrá usted un ataque?
+
+--No... el ataque se presenta con otros síntomas... deje usted... deje
+usted. Esto es frío... humedad... nada.... Callaron. De Pas vio que Ana
+contenía el llanto que quería saltar a la cara.
+
+--¿Qué sucede aquí? yo necesito saberlo todo, tengo derecho... creo que
+tengo derecho....
+
+Ana cayó de rodillas a los pies de su _hermano mayor_, y sollozando pudo
+decir:
+
+--Sí, todo, todo lo sabrá usted... pero aquí no, en la Iglesia....
+Mañana... temprano....
+
+--¡No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese
+ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos
+y llevó los puños crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete.
+Volvió a paso largo al lado de la Regenta que seguía de rodillas,
+sollozando y ahogando el llanto para que no sonase.
+
+--Ahora, Ana, ahora es mejor... aquí... aún hay tiempo....
+
+--Aquí no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde....
+
+--Pero ¿qué es esto... qué pasa? por caridad... señora... por compasión,
+Ana... no ve usted que tiemblo como una vara verde.... Yo no soy un
+juguete.... ¿Qué pasa... qué debo temer...? Ayer ese hombre estaba
+borracho... él y otros pasaron delante de mi casa... a las tres de la
+madrugada.... Orgaz le llamaba a gritos: «¡Álvaro! ¡Álvaro! aquí vive...
+tu rival... eso decía, tu rival...» ¡la calumnia ha llegado hasta
+ahí!...
+
+Ana miró espantada al Provisor.... Parecía que no comprendía sus
+palabras....
+
+--Sí, señora, les pesa de nuestra amistad, y quieren separarnos, y así
+podrán conseguirlo... echan lodo en medio... y se acabó...
+
+Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se habían
+acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; él
+pensaba en ella, pero no convenía a sus planes decir a la Regenta: yo
+soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con la malicia.... Pero ahora,
+sin poder contenerse, había dicho: _tu rival_, con fuerza... aunque
+aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta.
+
+«Sí, sí, él también era hombre, podía ser rival, ¿por qué no?». No se
+conocía; se paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula;
+comprendía que en aquel momento diría todo lo que le sugiriese la pasión
+exaltada, el amor propio herido.... Después le pesaría de haber
+hablado... pero no importaba, ahora quería desahogar. «¡Ay! no era el
+Fermín de antaño».
+
+Ana se levantó, esperó a que el Magistral llegase en sus paseos al
+extremo del gabinete y dijo:
+
+--No me ha comprendido usted.... Yo soy la que está sola... usted es el
+ingrato.... Su madre le querrá más que yo... pero no le debe tanto como
+yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si hacía falta.... El mundo
+entero le calumnia, le persigue... y yo aborrezco al mundo entero y me
+arrojo a los pies de usted a contarle mis secretos más hondos.... No
+sabía qué sacrificio podría hacer por usted.... Ahora ya lo sé... Usted
+me lo ha descubierto.... Hablan de mi honra... ¡miserables! yo no
+sospechaba que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo
+no quiero separarme del mártir que persiguen con calumnias como a
+pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a
+mí... yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... ¡Ya sé para qué
+sirvo yo! ¡Ya sé para qué nací yo! Para esto.... Para estar a los pies
+del mártir que matan a calumnias....
+
+--¡Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa señora....
+
+El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos como brasas, se
+acercó a la Regenta, le oprimió las manos y dijo ronco, estrangulado por
+la pasión:
+
+--¡Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la catedral... junto
+al altar de la Concepción... en frente del púlpito....
+
+--Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tenía
+que decir... está dicho....
+
+--¡Pero ese hombre!...--De ese hombre... nada. La voz de doña Petronila
+se había oído cuando el Magistral avisó que llegaba. Hablaba desde lejos
+la señora de Rianzares, que decía:
+
+--Allá va, allá va el señor Magistral, está en mi gabinete solo,
+repasando su sermón sin duda....
+
+Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la
+confusión que él hubiera leído en el rostro de ella, a no haber tenido
+que atender a doña Petronila que gritaba:
+
+--Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado la
+misa....
+
+El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba, por donde había
+entrado el ama de la casa.
+
+Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas
+manos la besó con estrépito en la frente; y después dijo:
+
+--¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó!
+
+--¡A la catedral, a la catedral!--gritaron los del salón.
+
+Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas
+subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán cantara al
+comenzar el día el Evangelio de San Lucas.
+
+Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción.
+
+--Desde aquí se ve perfectamente--dijo doña Petronila.
+
+E inclinándose hacia Ana, añadió en voz baja y melosa:
+
+--¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los
+gentiles! ¡Qué roquete! Parece de espuma.... En el nombre del Padre...,
+del Hijo... y del Espíritu.... Santo...
+
+
+
+
+--XXIV--
+
+
+--Pero, ¿y si él se empeña en que vaya?
+
+--Es muy débil... si insistimos, cederá.
+
+--¿Y si no cede, si se obstina?
+
+--Pero, ¿por qué?--Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la
+cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy.... Y nos alude... habla
+del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que
+se la gobiernan desde fuera.... Y después, que la Marquesa está ya algo
+fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo!
+
+--Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese
+baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda
+con él? ¿Tan amigotes siempre?
+
+--Ya se sabe que a casa no le lleva....
+
+--¿Y es de etiqueta el baile?--Creo... que sí...--¿Hay que ir
+escotada?--Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van
+como quieren; algunas completamente _subidas_.
+
+--Nosotros iremos... _subidos_ ¿eh?
+
+--Sí, es claro.... ¿Cuándo toca la catedral? ¿pasado? pues pasado iré a
+la capilla con el vestido que he de llevar al baile.
+
+--¿Cómo puede ser eso?...
+
+--Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la
+falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a
+confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos
+satisfechos.
+
+--Así lo espero. Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de
+que _fuéramos_ al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los
+ojos a la celosía del confesonario, era bastante subido, no dejaba ver
+más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes,
+que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el
+conjunto.
+
+Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don
+Víctor se empeñó «en que se fuera, y se fue».
+
+Aquel acto de energía, verdaderamente extraordinario, le hacía pensar al
+ex-regente, mientras subían la escalera del caserón negruzco del Casino,
+que él, don Víctor, hubiera sido un regular dictador. «Le faltaba un
+teatro, pero no carácter. Que lo dijera su mujer, que mal de su grado
+subía colgada de su brazo, hermosísima, casi contenta, pese a todos los
+confesores del mundo. Ya no estábamos en el Paraguay: ¡A él jesuitas!».
+
+Era lunes de Carnaval. El día anterior, el domingo se había discutido
+con mucho calor en el Casino si la sociedad abriría o no abriría sus
+salones aquel año. Era costumbre inveterada que aquel _círculo
+aristocrático_ (como le llamaba el _Alerta_, a cuyos redactores no se
+convidaba nunca, porque se empeñaban en asistir de _jaquet_) diese
+baile, pero jamás de trajes, el lunes de Carnaval.
+
+--¿Por qué no ha de ser este año como los demás?--preguntaba Ronzal, que
+acababa de hacerse un frac en Madrid.
+
+--Porque este año el Carnaval está muy desanimado por culpa de los
+Misioneros, por eso--respondía Foja, a quien había metido en la Junta
+directiva don Álvaro.
+
+--La verdad es--dijo el presidente, Mesía--que nos exponemos a un
+desaire. La mayor parte de las señoritas _comm'il faut_ están entregadas
+en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que muchas traen cilicios debajo
+de la camisa.
+
+--¡Qué horror!--exclamó don Víctor, que estaba presente, aunque no era
+de la Junta. (Pero por no separarse de Mesía.)
+
+--Sí, señor, cilicios--corroboró Foja--. Amigo, el Magistral no puede
+tanto. No ha conseguido que sus hijas de confesión usen cilicios y otras
+invenciones diabólicas.
+
+--Porque tampoco se lo ha propuesto--contestó Ronzal.
+
+Don Álvaro observó que Quintanar se ponía colorado. Le había sabido mal
+la alusión de Foja. «Sí, aludía a su mujer al hablar del Magistral; con
+él iba la pulla».
+
+--Lo cierto es--continuó el ex-alcalde--que nos exponemos a un desaire,
+como dice muy bien el presidente. La flor y nata de la _conservaduría_,
+que son las que animan esto, no vendrá; las conozco bien: ahora se
+divierten en jugar a las santas. Ahora son místicas... zurriagazo y
+tente tieso, ¡ja, ja, ja!
+
+--A mí se me ocurre una cosa--dijo Mesía--. Exploremos el terreno.
+Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias
+distinguidas se enteren de si las niñas vienen o no. Si ellas asisten,
+las demás, las de reata, vendrán de fijo, _malgré_ todos los jesuitas y
+padres descalzos del mundo.
+
+--¡Magnífico! ¡Magnífico!
+
+--Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreció traer a quien
+pudiera.
+
+Don Víctor, a quien otra pulla de Foja había picado mucho, no pudo menos
+de decir:
+
+--Yo, señores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila pero hace
+bulto.
+
+--¡Oh, gran adquisición!--dijo un socio--; si doña Ana viene, será un
+gran ejemplo, porque ella, hace tanto tiempo retirada... ¡oh! será un
+gran ejemplo.
+
+--Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenará esto con
+lo mejorcito.
+
+--Señor Quintanar--dijo el ex-alcalde--se le declara a usted benemérito
+del Casino... si consigue traer a su señora la Regenta.
+
+--Pues sí señor ¡que vendrá!... En mi casa, señor Foja, una ligera
+insinuación mía es un decreto sancionado....
+
+Y don Víctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le había
+ocurrido asistir a la Junta.
+
+«¿Por qué habría ofrecido él lo que no había de cumplir?».
+
+«Sin embargo, la palabra era palabra».
+
+Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el
+infierno con horror. De su piedad pasajera sólo le quedaba la convicción
+de que son necesarias las buenas obras además de la fe para salvarse, y
+la costumbre de persignarse al levantarse, al salir de casa, al dormir,
+etc., etc. Había vuelto a Calderón y Lope con más entusiasmo que nunca.
+Se encerraba en su despacho o en su alcoba y recitaba grandes
+_relaciones_ como él decía, de las más famosas comedias, casi siempre
+con la espada en la mano. Así le había sorprendido su mujer, sin que él
+lo supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que había cenado
+fuerte el buen señor y se le había ocurrido celebrar a su modo el
+Nacimiento de Jesús.
+
+Pero si la propia religiosidad había volado, o se había escondido en
+pliegues recónditos del alma, donde él no la encontraba, don Víctor
+respetaba la piedad ajena.
+
+«No obstante, se decía a sí mismo, animándose al ataque, mi mujer ya no
+va para santa; respeto como antes su piedad, pero ya no me da miedo; ya
+es una devota como otras muchas, va y viene, y no se detiene; la novena,
+la misa, la cofradía, la visita al Santísimo... pero ya no tenemos
+aquellas encerronas con que a mí me asustaba, como si tuviéramos un
+para-rayos en casa. Ea, pues, me atrevo, se lo digo...».
+
+Y se lo dijo. Se lo dijo cuando acababan de comer. Con gran sorpresa del
+enérgico marido «que no quería que su casa fuese un nuevo Paraguay»
+(alusión que no entendió Ana), la esposa no resistió tanto como él
+esperaba; se rindió pronto. Pero él lo achacó a la propia energía.
+«Comprende que yo no he de ceder y no se obstina».
+
+Cuando Ana consultó con el Magistral en casa de doña Petronila, ya tenía
+dado su consentimiento. Pero pensaba retirarlo si el canónigo decía _non
+possumus_.
+
+Todo se arregló, menos la conciencia de Ana que siguió intranquila.
+«¿Por qué había dicho que sí después de una débil resistencia? ¿A qué
+iba ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero ¿por qué
+estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora sí?».
+
+No lo sabía; no quería saberlo. No quería atormentarse más.
+
+«El baile y ella ¿qué tenían que ver? ¿qué le importaba a ella, a la
+_hermana_ de don Fermín el santo, el mártir, que bailasen o no las
+muchachas insulsas de Vetusta en el salón estrecho y largo del Casino?
+Nada, nada».
+
+Así pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las propias
+manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel
+ángulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba ver.
+
+Ronzal, de la comisión que recibía a las señoras, se apresuró, en cuanto
+asomaron los de Quintanar en el vestíbulo, a ofrecer a la Regenta su
+brazo. ¿Cuál? «el derecho, sin duda el derecho pensó». Grande fue su
+pena al notar que Paco Vegallana ofrecía a Olvido Páez que entraba al
+mismo tiempo, no el brazo derecho, sino el izquierdo. De todos modos
+entró en el salón triunfante con su pareja... de un minuto. Tuvo tiempo
+suficiente, sin embargo, para participar del triunfo de Ana. Las
+conversaciones se suspendieron, las miradas se clavaron en la hija de la
+italiana. Hubo un rumor de asombro:
+
+--¡La Regenta!--¡La Regenta!--¡Quién lo diría!
+
+--¡Pobre Magistral!--¡Y qué hermosa!--¡Pero qué sencilla!...
+
+Esta exclamación fue de Obdulia.
+
+--¡Qué sencilla, pero qué hermosa!...
+
+--La virgen de la Silla...--La Venus del Nilo, como dice Trabuco.
+
+Esto lo dijo Joaquín Orgaz. El círculo de la nobleza se abrió para
+acoger en su seno a la _Hija pródiga de la Sociedad_, como acertó a
+decir el barón de la Barcaza, que _in illo tempore_ había estado muy
+enamorado de Anita, a pesar de la señora baronesa e hijas.
+
+La marquesa de Vegallana, todavía de azul eléctrico, se levantó de su
+silla de raso carmesí con respaldo de nogal, y abrazó sin que pareciera
+mal, a su querida Anita.
+
+--Hija, gracias a Dios, creía que era el desaire ciento uno.
+
+La Marquesa también había puesto empeño en que Ana asistiera al baile y
+a la cena, «que tendría la _élite_ en _petit comité_». Todos estos
+galicismos los había importado Mesía.
+
+--¡Pero qué divina, Ana, pero qué divina!--le decía a la Regenta cara a
+cara, y con voz gangosa, la hija mayor del Barón, Rudesinda, que según
+don Saturnino Bermúdez, era una _belleza ojival_. En efecto, parecía una
+torrecilla gótica, aunque, por ciertas curvas del busto, sobre todo del
+cuello, a la Marquesa se le antojaba «un caballo de ajedrez».
+
+Por lo demás, a ella y a sus dos hermanas, las llamaban los plebeyos
+«Las tres desgracias», y a su señor padre, barón de la Barcaza, el barón
+de la _Deuda flotante_, aludiendo al título y a los muchos acreedores
+del magnate.
+
+Solía esta familia, digna de mejores rentas, pasar gran parte del año en
+Madrid, y las _niñas_ (de veintiséis años la menor) cuando estaban en
+público ante los vetustenses fingían disimular su desprecio de todo lo
+que les rodeaba. Refugiábanse en el círculo aristocrático, donde
+también entraban, por especial privilegio, Visitación y Obdulia,
+pariente de nobles. Las señoritas de la clase media (y cuenta que en
+Vetusta el gobernador civil y familia entraban en la aristocracia) se
+vengaban de aquel desdén mal disimulado contándoles los huesos de la
+pechuga a las del barón y a otras jóvenes aristócratas. Daba la
+casualidad de que casi todas las niñas nobles de Vetusta eran flacas.
+
+Ana se sentó al lado de la marquesa de Vegallana, única persona que le
+era simpática entre todas las del corro. Entonces anunciaba la orquesta
+un rigodón.
+
+Y no fue vana su amenaza; a los dos minutos aquellos violines y violas,
+clarinetes y flautas, a quienes acompañaba en su laboriosa gestación
+armónica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus acordes,
+como se prometía decir en _El Lábaro_ del día siguiente Trifón Cármenes,
+el cual había osado preguntar a la hija segunda del barón «si le
+favorecía». Mal gesto puso Fabiolita, que así se llamaba, pero una seña
+de su padre la obligó _a favorecer_ a Trifón, aunque se propuso no
+contestarle, si él se atrevía a hablar, más que con monosílabos. El
+barón de la Deuda Flotante creía en el poder de la prensa periódica,
+pero su hija no. Enfrente de esta pareja se colocó resplandeciente
+Ronzal, el gallardo Trabuco, diputado de la comisión y miembro de la
+Junta directiva del Casino. La pechera que lucía Ronzal no podía ser más
+brillante. Estaba él orgulloso de aquella pechera, de aquel frac
+madrileño, de aquellas botas sin tacones que eran la última moda, lo más
+_chic_, como ya empezaba a decirse en Vetusta. Pero no estaba tan
+satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el _arte de Terpsícore_
+(otra frase que Trifón se proponía emplear.) Tenía a su lado Trabuco,
+como pareja a Olvido Páez, que no le miraba siquiera. Pero él no
+pensaba en esto, pensaba en que, según veía, tarde ya, le tocaba romper
+la marcha; su _bis a bis_ era Trifón, y Trifón había empezado a ponerse
+en movimiento. Trabuco sudaba antes de haber motivo para ello. A cada
+momento se metía los dedos de la mano derecha entre el cuello de la
+camisa y lo que él llamaba _mi pescuezo_ cuando «apostaba la cabeza» por
+cualquier cosa. Aquel movimiento le parecía muy elegante y sobre todo
+era muy socorrido. Mientras la de Páez daba a entender con su aire
+melancólico y aburrido que su reino no era de este mundo, y que Ronzal
+había hecho demasiado atreviéndose a invitarla a bailar, el diputado
+ponía los cinco sentidos en no equivocarse, en no pisar el vestido ni
+los pies a ninguna señorita y en imitar servilmente las idas y venidas y
+las genuflexiones de Trifón. Mal poeta era Cármenes, pero el rigodón lo
+conocía muy a fondo. Bien se lo envidiaba Ronzal. La de Páez y la del
+barón al pasar cerca una de otra se sonreían discretamente, como
+diciendo:--¡Vaya todo por Dios! o bien ¡qué par de cursis nos han
+tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran; pensaba en la pechera,
+en el cuello de la camisa, y en las colas de los vestidos. A su derecha
+tenía Trabuco a Joaquín Orgaz que hablaba sin cesar con su pareja, una
+americana muy rica y muy perezosa. Como el salón era estrecho y las
+costumbres vetustenses un poco descuidadas, las parejas, mientras no les
+tocaba moverse, se sentaban en la silla que tenían detrás de sí muy
+cerca. Ronzal, que no podía sentarse, porque no tenía dónde, pensaba que
+aquello era una corruptela, y era verdad. La de Páez y la del barón
+apenas se tenían en pie; se dejaban caer sobre su silla respectiva, como
+si cada figura del rigodón fuera un viaje alrededor del mundo.
+
+Después del rigodón vino un wals. Ronzal se retiró a fumar un cigarro de
+papel. Él no bailaba wals, no había podido aprender nunca. Todas las
+puertas del salón estaban atestadas de socios... que no tenían frac. Un
+frac en Vetusta suponía _cierta posición_. Muchos _pollos_ se figuraban
+que semejante prenda exigía la fortuna de un Montecristo.
+
+Y como el baile era de etiqueta, la más florida juventud se quedaba a la
+puerta. Unos fingían desdeñar el ridículo placer de dar vueltas por allí
+como una peonza... _para nada_. Otros hacían alardes de desidia, de
+escepticismo, de cualquier cosa que fuera incompatible con el frac,
+según ellos. Y algunos, más ingenuos, confesaban la penuria de su
+presupuesto, maldecían de las exigencias sociales... y se reservaban
+para «última hora». Porque a última hora bailaban, pese a Ronzal, los de
+levita, los de _jaquet_ y hasta los de cazadora. «¡No faltaba más!».
+
+Saturnino Bermúdez, que tenía frac, y clac y todo lo necesario, llegó un
+poco tarde al salón. Se detuvo en una puerta... y... tembló. No podía
+remediarlo.... La emoción de entrar en los salones en día solemne era
+para él semejante a la de echarse al agua. Y en efecto, cualquier
+observador hubiera dicho que aquel hombre creía estar en aquel umbral a
+la orilla del Océano. Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a las
+bromas de los envidiosos sin frac que le decían:
+
+--¡Vamos, hombre, láncese usted... valor!
+
+--Ya... ya... voy... no si... ya voy....
+
+Y sujetó bien los guantes, y se arregló el lazo de la corbata, y se
+aseguró de que el pañuelo estaba en su sitio, y... también pasó dos
+dedos por la tirilla de la camisola. Por último... a la una, a las
+dos... (a las dos se compuso el peinado con los dedos, sin recordar que
+traía la cabeza como un recluta) y después de este ademán automático,
+muy frecuente en los que van a arrojarse al baño de cabeza... después de
+esto ¡al agua! Saturno entra en el salón, saludando a diestro y
+siniestro, y aunque parece que su propósito es enterarse de quién está
+allí, en el _fuero interno_ bien sabe él que lo que busca es un rincón
+de un diván o una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada
+navegación por los mares del _gran mundo_. Pero poco a poco se
+acostumbra al agua, es decir, al salón, y ya está allí muy tranquilo, y
+baila y dice galanterías en unos párrafos tan largos y complicados, que
+nadie se los agradece.
+
+Ana al principio tenía sueño. Eran las doce. No pensaba más que en lo
+que pasaba ante sus ojos. No quería reflexionar. Al entrar en el Casino
+se había dicho: «¿Se acercará don Álvaro a saludarme?». Y había sentido
+miedo y estuvo tentada a fingirse enferma para volver a casa. Pero
+aquella idea pasó. Álvaro no acababa de parecer por allí. La Marquesa
+hablaba como una cotorra. Anita contestaba con sonrisas.... De pronto
+apareció Visitación la del Banco, que vestía un traje de organdí con
+flores de trapo por arriba y por abajo. El escote era exagerado.
+
+--Chica, vienes escandalosa--le dijo la Marquesa, mientras le mordía la
+cara al besarla, para apagar así la risa.
+
+Visita miró como pudo hacia donde había mirado doña Rufina, y contestó
+sin turbarse:
+
+--¡Bah, no me parece! Pero no sería extraño, porque ni tiempo he tenido
+para mirarme al espejo.... ¡Aquellos demonios de hijos! ¡Su padre que no
+tiene energía, que no sabe engañarlos!... no me los podía quitar de
+encima.
+
+¿Pero Ana, qué es esto? ¿tú aquí? pero feísima mía, ¿qué es esto? ¿qué
+bula tenemos?...
+
+Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a
+la Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra.
+
+La que estaba de pie inclinaba el cuerpo hacia atrás.
+
+Media hora después, Visita, un poco escondida detrás del cortinaje de un
+balcón, refería una historia a la Regenta, que la oía atenta, vuelta
+hacia el rincón de su amiga.
+
+El baile se animaba, la maledicencia y los recelos ridículos de la
+etiqueta fría e irracional de nobles y plebeyos codeándose, dejaban el
+puesto a otros vicios y pasiones. Ronzal ya no parecía a la de Páez un
+_hombre tosco_, sino un hombre; las del barón se humanizaban, las niñas
+de _la clase media_ olvidaban los huesos que enseñaba la nobleza, y
+pensaban en la alegría ambiente, se entregaban al baile con furor
+invencible, como ansiando beber en aquella atmósfera perfumada,
+demasiado perfumada tal vez, el licor desconocido que pudiera saciar sus
+vagos anhelos. Las cursis, si eran bonitas ya no parecían cursis; ya no
+se pensaba en la _reina del baile_, en el _mejor traje_, en las joyas
+más ricas; la juventud buscaba a la juventud, algo de amor volaba por
+allí; ya había miradas de fuego, sonrisas perezosas que presentían
+imposibles, celos dramáticos que daban al conjunto un tono de grandeza.
+Las niñas más recatadas, y hasta las más parecidas a muñecas de resorte,
+hacían pensar en la mujer que traían debajo de aquellos vestidos
+vulgares y de aquella educación falsa y desabrida.
+
+Ana, a las dos de la mañana se levantó de su silla por vez primera y
+consintió en dar una vuelta por el salón, en un intermedio del baile.
+Visita iba a su lado callada, pensativa, satisfecha de lo que acababa de
+hacer. Había referido a la Regenta la historia de don Álvaro desde
+principios del verano pasado hasta la fecha. La del Banco echaba fuego
+por ojos y mejillas. Saboreaba el triunfo de su elocuencia. Ana
+disimulaba mal la impresión viva y profunda que le causaron las palabras
+de su amiga. «Don Álvaro había vencido la virtud de la _ministra_, había
+sido su amante todo el verano en Palomares... y después se había burlado
+de ella, no había querido seguirla a Madrid». Esta era en resumen la
+historia. Y el final así, lo recordaba Ana palabra por palabra:
+
+«Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque
+ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté:
+
+«Pero, chico, ¿cómo diablos dejaste a esa mujer siendo tan hermosa,
+influyente... y tan lista como dices? ¿Por qué no seguirla a Madrid?
+
+Y Álvaro me contestó muy triste, ya sabes qué cara pone cuando habla
+así, me contestó:
+
+«Pche... para amoríos basta el verano. El invierno es para el amor
+verdadero. Además, la ministra, como tú la llamas, a pesar de todos sus
+encantos no consiguió lo que yo quería... hacerme olvidar... lo que no
+te importa. Y después de suspirar como tú sabes que él suspira, añadió
+Álvaro: ¿Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor,
+le dio un temblorcico así como un escalofrío.... Ya ves, dijo luego,
+queriendo sonreír, me ofrecían un distrito, un distrito de cunero, _sine
+cura_ admirable (sine cura, dijo)... apetitoso bocado... pero, ¡quiá!...
+yo estoy atado a una cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apretó
+la mano, chica, y se fue yo creo que para que no le viera llorar».
+
+Esto era lo más sustancial de las confidencias de Visita. Ana saludaba a
+diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba más que
+en aquella confesión de don Álvaro. «De que era verosímil respondía el
+efecto que su presencia, la de Ana, había producido aquella noche en el
+Casino.... Ahora, ahora mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus oídos
+el rumor dulce, más dulce que todos los rumores, de la alabanza
+contenida, de la admiración estupefacta... de la galantería sincera y
+discreta.... ¿Por qué don Álvaro no había de estar tan enamorado como la
+historia de Visita daba a entender?».
+
+--Oye, tú--dijo la del Banco, volviéndose de repente a la
+Regenta--¿quién será esa cadena?
+
+--¿Qué cadena?--preguntó con voz temblorosa Anita.
+
+--Bah, la que sujeta a Mesía, la mujer que le tiene enamorado de veras.
+¡Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero ¿quién será?
+
+--Qué... sé yo...--¿Te atreverías tú a preguntárselo?
+
+--Dios me libre.--Debe de ser casada...--¡Jesús!--Mira, esta noche le
+voy a sentar junto a ti, a ver, si después de la cena se atreve a
+decírtelo.... Pregúntaselo tú misma....
+
+--¡Visitación! tú estás loca....
+
+--Ja, ja, ja... ahí le tienes... ahí le tienes.... Ya me contarás....
+
+La de Olías de Cuervo soltó el brazo de Ana y desapareció entre los
+grupos que dificultaban el tránsito por el salón estrecho.
+
+La Regenta vio enfrente de sí a don Álvaro, del brazo de Quintanar, su
+inseparable amigo.
+
+El frac, la corbata, la pechera, el chaleco, el pantalón, el clac de
+Mesía, no se parecían a las prendas análogas de los demás. Ana vio esto
+sin querer, sin pensar apenas en ello, pero fue lo primero que vio. Se
+le figuraban ya todos los caballeros que andaban por allí, don Víctor
+inclusive, criados vestidos de etiqueta; todos eran camareros, el único
+señor Mesía. De todas maneras estaba bien don Álvaro; de frac era como
+mejor estaba. En todas partes parecía hermoso, dominaba a todos con su
+arrogante figura; allí, en el baile, debajo de aquella araña de cristal,
+que casi tocaba con la cabeza, era más elegante, más bizarro, más airoso
+que en cualquier otro sitio. El baile animado, ardiendo de voluptuosidad
+fuerte y disimulada, era el cuadro propio para servir de fondo a la
+figura que ella, la pobre Ana, había visto tantas veces en sueños.
+
+Todo esto pasó por el cerebro de la Regenta mientras Mesía, sin ocultar
+la emoción que le ponía pálido, se inclinaba con gracia, y alargaba
+tímidamente una mano.
+
+Antes que ella quisiera, Ana sintió sus dedos entre los del enemigo
+tentador... debajo de la piel fina del guante la sensación fue más
+suave, más corrosiva. Ana la sintió llegar como una corriente fría y
+vibrante a sus entrañas, más abajo del pecho. Le zumbaron los oídos, el
+baile se transformó de repente para ella en una fiesta nueva,
+desconocida, de irresistible belleza, de diabólica seducción. Temió
+perder el sentido... y sin saber cómo, se vio colgada de un brazo de
+Mesía.... Y entre un torbellino de faldas de color y de ropa negra,
+oyendo a lo lejos la madera constipada de los violines y los chirridos
+del bronce, que a ella se le antojaba música voluptuosa, pudo comprender
+que la arrastraban fuera del salón. Gritaba la Marquesa, reía a
+carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Barón... y
+atrás quedaba el ruido del wals que comenzaba.
+
+«¿A dónde la llevaban?». A cenar.
+
+--A cenar, hija mía--le dijo al oído Quintanar--. ¡Y por Dios, Anita,
+que no se te ocurra negarte... sería un desaire!...
+
+La Marquesa de Vegallana y su tertulia, más la del barón de la Barcaza y
+Pepe Ronzal cenaron en el gabinete de lectura. Todo fue cosa de Trabuco.
+Convídesele, había dicho Mesía y la vanidad satisfecha le inspirará
+maravillas. En efecto Ronzal, abusando de su cargo en la Junta
+directiva, acaparó lo mejor del restaurant, tomó por asalto el gabinete
+de lectura, quitó periódicos de la mesa y puso manteles, cerró con llave
+la puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba
+cerca del armario de libros, y allí pudo cenar la flor y nata de la
+nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se
+encargó desde el primer momento de premiar el celo y la actividad de
+Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron por
+su energía para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de la mesa.
+Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movían. Obdulia le
+sentó a su lado. ¡Feliz Ronzal aquella noche!
+
+Ana se encontró sentada entre la Marquesa y don Álvaro. Enfrente don
+Víctor, un poco alegre, fingía enamorar a Visitación y recitaba versos
+de sus poetas adorados y repetía hasta parecer un martillo:
+
+ ¿Qué delito cometí
+ para odiarme, ingrata fiera?
+ quiera Dios... pero no quiera
+ que te quiero más que a mí.
+
+--Por Dios y por las once mil... cállese usted, Quintanar--decía la
+Marquesa.
+
+Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitación:
+
+ En fin, señora, me veo
+ sin mí, sin Dios y sin vos,
+ sin vos porque no os poseo...
+
+Y Visitación le tapaba la boca con las manos.
+
+--¡Escandaloso, escandaloso! gritaba.
+
+Las de la Deuda Flotante sonreían y se miraban como diciéndose:--¡Buena
+sociedad la de la Marquesa!
+
+El Marqués le decía en tanto al barón:
+
+--¡Como estamos en confianza!...
+
+--¡Oh, perfectamente, perfectamente!
+
+Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristócrata que
+estaba sola.
+
+Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y «le hacía el amor
+por todo lo alto», aunque a su madre no le gustaba, porque era feo
+engañar a una prima.
+
+Joaquín Orgaz había prometido cantar _por lo flamenco_ a los postres.
+
+La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena
+champaña; en fin, como decía el Marqués, primero mar y pimienta, después
+fantasía y alcohol.
+
+Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá fuera
+seguían bailando y tenían que contentarse con los helados que se
+servían sobre las mesas de billar.
+
+De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera.
+
+--¿Quién está ahí?--gritaba Ronzal con su alabada energía.
+
+--Mi abrigo... café con leche... tengo ahí dentro mi abrigo....
+
+--Ja, ja, ja...--contestaban los de dentro.
+
+--¡Está esto que arde!--le decía Joaquín Orgaz a una niña del barón, que
+sonreía y miraba al techo.
+
+«Sí ardía aquello, pero sin faltar a las reglas del buen tono
+vetustense», decía el Marqués al Barón, que estaba ya como un tomate y
+cada vez más cerca de la jamona.
+
+La Marquesa tenía sueño, pero así y todo le gustaba la broma.
+
+--Así debiera ser siempre--le decía a Saturnino que estaba decidido a
+emborracharse para no desentonar.
+
+--Este poblachón se va poniendo lo más soso. ¿Verdad, pollo?
+
+--So... sí... si... mo...--Saturno bebió una copa de champaña acto
+continuo. Lo de pollo le había halagado.
+
+A la Marquesa se le ocurrió el disparate, tal vez sugerido por las
+nieblas del sueño, de mirar muy fijamente a Bermúdez, y ponerle unos
+ojos que ella sabía que _in illo tempore_ mareaban a cualquiera.
+
+--¿Por qué no se casa usted?--preguntó doña Rufina seria y melancólica,
+al parecer.
+
+Bermúdez sostuvo la mirada de la ilustre dama y olvidó por un momento
+los cincuenta años de la Marquesa. Suspiró... y en seguida se le subió
+la champaña a las narices, tosió, se puso casi negro, medio asfixiado y
+la Marquesa tuvo que darle palmadas en la espalda.
+
+Cuando Saturnino volvió en sí, la de Vegallana tenía los ojos cerrados y
+sólo los abría de tarde en tarde para mirar a la Regenta y a Mesía.
+
+¡El idilio senil con que soñó un instante Bermúdez se había deshecho...
+y eso que él ya se había acordado de Ninon de Lenclós para justificar a
+los ojos del mundo unas relaciones con doña Rufina!
+
+En tanto don Álvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia que
+ella había oído ya a Visita, aunque en forma muy distinta.
+
+No había podido la Regenta resistir a la tentación de preguntarle si se
+había divertido mucho aquel verano....
+
+Mesía vio el cielo abierto en aquella pregunta.
+
+Supo _hacerse el interesante_, lo cual poco trabajo le costaba
+tratándose de Ana, que cada día iba descubriendo en él, aun sin verle,
+más encantos diabólicos.
+
+El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el
+café... el ambiente, todo contribuía a embotar la voluntad, a despertar
+la pereza y los instintos de voluptuosidad.... Ana se creía próxima a una
+asfixia moral.... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos
+aquellos vulgares placeres, en aquella seducción de una cena en un
+baile, que para los demás era ya goce gastado.... Sentía ella más que
+todos juntos los efectos de aquella atmósfera envenenada de lascivia
+romántica y señoril, y ella era la que tenía allí que luchar contra la
+tentación. Había en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza
+de la piel nueva para el tacto. Todo le llegaba a las entrañas, todo era
+nuevo para ella. En el _bouquet_ del vino, en el sabor del queso Gruyer,
+y en las chispas de la champaña, en el reflejo de unos ojos, hasta en el
+contraste del pelo negro de Ronzal y su frente pálida y morena... en
+todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un
+valor íntimo, una expresión amorosa....
+
+--¡Qué colorada está Anita!--le decía Paco a Visitación por lo bajo.
+
+--Claro, de un lado la pone así la proximidad de Álvaro.
+
+--¿Y del otro?--Del otro la ponen así... las majaderías de su esposo
+que me está dando jaqueca.
+
+En efecto, estaba inaguantable don Víctor con sus versos, por buenos que
+fueran.
+
+Álvaro, en cuanto vio a la Regenta en el salón, sintió lo que él llamaba
+la corazonada. _Aquella cara_, aquella palidez repentina le dieron a
+entender que la noche era suya, que había llegado el momento de
+arriesgar algo.
+
+Nunca había desistido de conquistar aquella plaza.
+
+¡No faltaba más! Pero comprendiendo que mientras reinase en el corazón
+de Ana lo que él llamaba el misticismo erótico (era tan grosero como
+todo esto al pensar) no podría adelantar un paso, se había retirado,
+había levantado el campo hasta mejor ocasión. Además, esperaba que la
+ausencia, la indiferencia fingida y la historia de sus amores con la
+_ministra_ le prepararían el terreno.
+
+«Por supuesto, concluía, siempre y cuando que la fortaleza no se haya
+rendido al caudillo de la iglesia. Si el Magistral es aquí el amo...
+entonces no tengo que esperar nada... y además, ya no vale tanto la
+victoria».
+
+«Sin buscar él la ocasión, se la ofrecía aquella noche: le habían puesto
+a la Regenta a su lado... la corazonada le decía que adelante... pues
+adelante. Lo primero que quería averiguar era lo del _otro_, si el
+Magistral mandaba allí».
+
+En su narración tuvo que alterar la verdad histórica, porque a la
+Regenta no se le podía hablar francamente de amores con una mujer casada
+(«tan atrasada estaba aquella señora»), pero vino a dar a entender, como
+pudo, que él había despreciado la pasión de una mujer codiciada por
+muchos... porque... porque... para el hijo de su madre los amoríos ya no
+eran ni siquiera un pasatiempo, desde que el amor le había caído encima
+del alma como un castigo.
+
+El rostro de la dama al decir Mesía aquello y otras cosas por el estilo,
+todas de novela perfumada, le dejó ver al gallo vetustense que el
+Magistral no era dueño del corazón de Anita. Pero como en la anatomía
+humana nos encontramos con muchos más órganos que el corazón, Mesía no
+se dio por satisfecho porque pensó: «Suponiendo que Ana esté enamorada
+de mí, necesito todavía saber si la carne flaca no me ha buscado un
+sucedáneo».
+
+No, don Álvaro no se hacía ilusiones. A esta modestia material y grosera
+le obligaba su filosofía, que cada vez le parecía más firme.
+
+Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces lo
+apretaba. No recordaba en qué momento había empezado aquel contacto; mas
+cuando puso en él la atención sintió un miedo parecido al del ataque
+nervioso más violento, pero mezclado con un placer material tan intenso,
+que no lo recordaba igual en su vida. El miedo, el terror era como el de
+aquella noche en que vio a Mesía pasar por la calle de la Traslacerca,
+junto a la verja del parque; pero el placer era nuevo, nuevo en absoluto
+y tan fuerte, que le ataba como con cadenas de hierro a lo que ella ya
+estaba juzgando crimen, caída, perdición.
+
+Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía bonachona,
+familiar, con una pasión dulce, suave, insinuante.... Recordó mil
+incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba también. Ella no
+hablaba pero oía. Los pies también seguían su diálogo; diálogo poético
+sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la
+sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto.
+
+Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del
+roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se presentó en seguida:
+se oía a lo lejos la música del salón.
+
+--¡A bailar, a bailar!--gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y Ronzal.
+
+Para Trabuco era el paraíso aquel baile que él llamó clandestino, allí,
+entre los mejores, lejos del vulgo de la clase media....
+
+Se entreabrió la puerta para oír mejor la música, se separó la mesa
+hacia un rincón, y apretándose unas a otras las parejas, sin poder
+moverse del sitio que tomaban, se empezó aquel baile improvisado.
+
+Don Víctor gritó:--Ana ¡a bailar! Álvaro, cójala usted....
+
+No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro ofreció el
+brazo a la Regenta que buscó valor para negarse y no lo encontró.
+
+Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en el aire, como
+en un rapto; sintió que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas dulces,
+temblaba en sus brazos.
+
+Ana callaba, no veía, no oía, no hacía más que sentir un placer que
+parecía fuego; aquel gozo intenso, irresistible, la espantaba; se dejaba
+llevar como cuerpo muerto, como en una catástrofe; se le figuraba que
+dentro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, la vergüenza;
+estaba perdida, pensaba vagamente....
+
+El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro
+de belleza material que tenía en los brazos, pensaba.... «¡Es mía! ¡ese
+Magistral debe de ser un cobarde! Es mía.... Este es el primer abrazo de
+que ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay sí, era un abrazo disimulado,
+hipócrita, diplomático, pero un abrazo para Anita!
+
+--¡Qué sosos van Álvaro y Ana!--decía Obdulia a Ronzal, su pareja.
+
+En aquel instante Mesía notó que la cabeza de Ana caía sobre la limpia y
+tersa pechera que envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen mozo, miró a la
+Regenta inclinando el rostro y vio que estaba desmayada. Tenía dos
+lágrimas en las mejillas pálidas, otras dos habían caído sobre la tela
+almidonada de la pechera. Alarma general. Se suspende el baile
+clandestino, don Víctor se aturde, ruega a su esposa que vuelva en sí...
+se busca agua, esencias... llega Somoza, pulsa a la dama, pide... un
+coche. Y se acuerda que Visita y Quintanar lleven a aquella señora a su
+casa, bien tapada, en la berlina de la Marquesa. Y así fue. En cuanto
+Ana volvió en sí, pidiendo mil perdones por haber turbado la fiesta, don
+Víctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llenó el cuerpo de pieles, la
+embozó, se despidió de la amable compañía y con la del Banco se llevó a
+la Regenta a la cama.
+
+«¡El humo! ¡el calor, la falta de costumbre, la polka después de cenar,
+las luces!... Cualquier cosa, en fin, aquello no valía nada. Podía
+continuar la fiesta». Y continuó. Los del salón se habían enterado: «A
+la Regenta le había dado el ataque». «La habían hecho bailar a la
+fuerza». Pero pronto se olvidó el incidente, para comentar la conducta
+de aquellas señoras y caballeros que se encerraban en el gabinete de
+lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos....
+
+A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesía con un apretón
+de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclamó:
+
+--¡Bravo! ¡Al fin! ¿Eh?
+
+Mesía tardó en contestar; se abrochó su gabán entallado de color de
+ceniza, hasta el cuello; se apretó a la garganta un pañuelo de seda
+blanco, y al cabo dijo:
+
+--Ps.... Veremos. Llegó a su casa, la fonda; llamó al sereno que tardó en
+venir; pero en vez de reñirle como solía, le dio dos palmadas en el
+hombro y una propina en plata.
+
+--¡Qué contento viene el señorito!... ¿Del baile, eh?
+
+--Señor Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una percha una
+prenda de abrigo interior, de franela, murmuró a media voz don Álvaro,
+como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba mano:
+
+--¡Lástima que la campaña me coja un poco viejo!...
+
+
+
+
+--XXV--
+
+
+Al día siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasión, refería
+en la catedral todo lo que había sucedido en el baile. «La aristocracia
+se había encerrado en un gabinete, en el gabinete de lectura, para cenar
+y bailar, y doña Ana Ozores, la mismísima Regenta que viste y calza, se
+había desmayado en brazos del señor don Álvaro Mesía».
+
+El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba noticias
+de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un recluta; era
+la primera vez que el puñal de Glocester, aquella lengua, le llegaba al
+corazón. Pálido, temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo el
+labio inferior, don Fermín miró a su enemigo con asombro y con una
+expresión de dolor que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano.
+Aquella mirada quería decir «venciste, ahora sí, ahora me ha llegado a
+las entrañas el veneno». De Pas estaba pensando que los miserables, por
+viles, débiles y necios que parezcan, tienen en su maldad una grandeza
+formidable. «¡Aquel sapo, aquel pedazo de sotana podrida, sabía dar
+aquellas puñaladas!». Después don Fermín se acordó de su madre; su madre
+no le había hecho nunca traición, su madre era suya, era la misma carne;
+Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extraño que se le había
+atravesado en el corazón....
+
+Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el más hondo,
+el más frío y sin consuelo que recordaba en su vida, salió De Pas de la
+sacristía, y anduvo por las naves de la catedral vacilante, sin saber
+encontrar la puerta. Ignoraba a dónde quería ir, le faltaba en absoluto
+la voluntad... y al notar que algunos fieles le observaban, se dejó caer
+de rodillas delante del altar de una capilla. Allí estuvo meditando lo
+que haría. ¿Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano.
+Pero su soledad le horrorizaba... tenía miedo del aire libre, quería un
+refugio, todo era enemigo. «Su madre, su madre del alma». Salió del
+templo, corrió, entró en su casa. Doña Paula barría el comedor; un
+pañuelo de percal negro le ceñía la cabeza sobre la plata del pelo
+espeso y duro, como un turbante.
+
+--¿Vienes del coro?--Sí, señora. Doña Paula siguió barriendo.
+
+Don Fermín daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su madre.
+«Allí estaba el consuelo único posible, allí el regazo en que llorar...
+allí la única compasión verdadera, allí el único contagio posible de la
+pena; aquel veneno que a él le mataba sólo sería veneno, saliendo de él
+para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta con
+angustias de muerte.... Y no podía, no podía hablar.... Era una crueldad
+de su madre no adivinar los tormentos del hijo. Doña Paula le miraba
+como los demás, como la gente con que había tropezado en la calle, sin
+conocer que moría desesperado. ¡Y no podía él hablar!».
+
+--¿Qué tienes, hombre? ¿qué haces aquí? te estoy llenando de polvo la
+ropa nueva....
+
+Don Fermín salió del comedor. Entró en el despacho. Teresina hacía la
+cama del señorito. No le oyó entrar porque cantaba y la hoja del jergón
+sacudida le llenaba de estrépito los oídos. El señorito como huyendo,
+salió del despacho también. Salió de casa. Llegó a la de doña Petronila
+Rianzares. «La señora estaba en misa». Esperó paseando por la sala, con
+las manos a la espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre. El
+gato pulcro y rollizo entró y saludó a su amigo con un conato de
+quejido. Y se le enredó en los pies, haciendo eses con el cuerpo.
+«Parecía que el gato sabía ya algo de aquella traición». El sofá donde
+solía sentarse Ana llamó al Magistral con la voz de los recuerdos. En un
+extremo del asiento había un muelle algo flojo, la tela estaba arrugada;
+allí se sentaba ella. De Pas se sentó en la butaca al lado de aquella
+tela floja. Cerró los ojos, y una pereza de vivir que parecía sueño o
+sopor le embargó el ánimo. Quería detener el tiempo. Ya deseaba que
+tardase en volver doña Petronila: le asustaba la actividad, tenía miedo
+de cualquier resolución; todo sería peor. La muerte ya estaba en el
+alma. Los recuerdos lejanos bullían en el cerebro, como preparándose a
+bailar la danza macabra del delirio de la agonía. Sintió el olor de una
+rosa muy grande que Ana oprimía contra los labios de su buen amigo, de
+su hermano mayor; la música de las palabras se mezclaba con el aroma de
+la flor en mística composición.... «Ay, sí, amor, y buen amor era todo
+aquello.... Era _un enamorado_; el amor no era todo lascivia, era también
+aquella pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor
+dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave.
+Deber... sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a
+hueco: parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, le habían
+pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo habían
+inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella
+enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley suprema de justicia. Ella, ella
+misma lo había jurado; no se sabía para qué era suya, pero lo era...».
+El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de
+sentir él como un bofetón; podían estar conspirando los otros con el
+tiempo y contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas....
+«¡Infame, infame! y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la
+capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... sí a
+deshonrar... él era allí el dueño, el esposo, el esposo espiritual...
+don Víctor no era más que un idiota incapaz de mirar por el honor
+propio, ni por el ajeno... ¡aquello era la mujer!».
+
+Salió al pasillo y gritó:
+
+--¿Vino doña Petronila?
+
+--Ahora llama, contestaron. Entró la de Rianzares. Don Fermín le cortó
+el saludo en la boca.
+
+--Ahora mismo hay que llamarla--dijo.
+
+--¿A quién... a Ana?--Sí, ahora mismo. Don Fermín volvió a sus paseos.
+No quería conversación. La de Rianzares, sierva de aquel hombre, calló y
+entró en el gabinete.
+
+Pasó media hora. Sonó la campanilla de la puerta. Ana vio al gran
+Constantino que abría.
+
+--¿Qué pasa?--Don Fermín... ahí en la sala....
+
+--¡Ah!... me alegro. Entró la Regenta y doña Petronila se fue hacia la
+cocina, al otro extremo de la casa. «Si llaman, que no estoy», dijo a la
+criada. Y pasó al oratorio que tenía cerca de su alcoba.
+
+De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego
+misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias
+íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él
+parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un
+contorno adorado todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero,
+infinito, de la pasión única.
+
+--¿Qué es esto?--dijo, ronco de repente, don Fermín, plantado, como con
+raíces, en medio de la sala.
+
+--Lo que yo quería, que nos viéramos en seguida. Yo estoy loca, esta
+noche creí que me moría... ayer... hoy... no sé cuándo.... Estoy loca....
+
+Se ahogaba al hablar. De Pas sintió una lástima que le pareció
+vergonzosa.
+
+--Ya lo sé todo; no necesito historias....
+
+--¿Qué es todo?--Lo de ayer... lo de hoy.... El baile, la cena; ¿qué es
+esto, Ana, qué es esto?...
+
+--¡Qué baile! ¡qué cena! no es eso.... Me emborracharon... qué sé yo...
+pero no es eso.... Es que tengo miedo... aquí, Fermín, aquí, en la
+cabeza.... ¡Tener lástima de mí! ¡Que tenga alguno lástima de mí! Yo no
+tengo madre.... Yo estoy sola...
+
+«Era verdad, no tenía madre como él, estaba más sola que él». Entonces
+el amor de don Fermín sintió la lástima inefable que sólo el amor puede
+sentir; se acercó a la Regenta, le tomó las manos.
+
+--A ver, a ver, ¿qué ha sido? a mí me han dicho... pero qué ha sido... a
+ver...--decía la voz trémula y congojosa del Magistral.
+
+Ana, entre sollozos, refirió lo que podía referir de sus angustias, de
+sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre. «Después que
+se vio en su lecho, mil espantosas imágenes la asaltaron entre los
+recuerdos confusos del baile.... Creyó que volvía a caer de repente en
+aquellos pozos negros del delirio en que se sentía sumergida en las
+noches lúgubres de su enfermedad.... Después la idea del mal que había
+hecho la había horrorizado...». Y Ana se interrumpía al ver al Magistral
+quedarse lívido, y como rectificando añadía, «el mal... es decir... el
+no haber sido bastante buena...». La enfermedad había sido una lección,
+una lección olvidada, y aquella mañana, al sentir en el lecho la misma
+flaqueza, aquel desgajarse de las entrañas, que parecían pulverizarse
+allá dentro, aquel desvanecerse la vida en el delirio... la conciencia
+había visto, como a la luz de un fogonazo, horrores de vergüenza, de
+castigo, el espejo de la propia miseria, el reflejo del cieno triste que
+se lleva en el alma... y después... la locura, sin duda la locura... un
+dudar de todo espantoso, repentino, obstinado, doloroso. Dios, el mismo
+Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se
+movía en su cerebro royéndolo, como un sonido de tic-tac, como el del
+insecto que late en las paredes y se llama el _reloj de la muerte_.
+
+--Oh sí, estuve loca--seguía Anita espantada todavía--estuve loca una
+hora... ¿qué hora? un siglo.... Ya no pedía más que salud, reposo... la
+conciencia clara de mí misma.... Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido...
+yo... todo, todos desaparecíamos. ¡Todo era polvo allá dentro!
+
+Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una
+imagen confusa del recuerdo formidable....
+
+De Pas callaba. También él tuvo un momento la sensación fría del terror.
+La locura pasó por su imaginación como un mareo.
+
+«¡Si se le volviera loca!». Una ola de púrpura inundó el rostro del
+clérigo. Primero había visto desvanecerse dentro de aquella cabeza de
+gracia musical lo que él amaba debajo de aquella hermosura, el alma de
+la Regenta, su pensamiento; después pensó en aquella hermosura exterior
+incólume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo,
+solo él con un cuerpo adorado....
+
+--¡Salvarme, quiero salvarme!--gritó Ana de repente volviendo a la
+realidad--... quiero volver a nuestro verano, al verano dulce,
+tranquilo... sí, tranquilo al cabo; a nuestro hablar sin fin de Dios,
+del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... sí, quiero que
+mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no
+se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermín, esto
+es confesar... aquí... no importa el lugar; donde quiera... sí,
+confesar....
+
+--Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo también padezco, yo
+también creí morirme, aquí mismo... sentado ahí... donde otras veces
+hablábamos del cielo... y de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso
+también; yo también necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora....
+Sí, creí que moría....
+
+--¿Por mí, por culpa mía, verdad? ¿Morir por ser yo traidora, si mentía,
+si me manchaba?...
+
+--Sí, sí... hay que decirlo todo... pronto....
+
+--No, no.--Sí... sí...--No... si no digo eso... si lo diré todo...
+pero ¿qué es todo? Nada.... Si... yo no fuí... si me llevaron a la
+fuerza... no, eso no. No sé cómo; no sé por qué cedí. Y allí... hay una
+mujer muy mala....
+
+--No, no acusemos a los demás.... Los hechos, quiero los hechos. Yo los
+diré; los sé yo.
+
+--¿Pero qué?--Ese hombre, Mesía; Ana... ¿qué pasó con ese hombre?...
+
+Ana recogió sus fuerzas, atendió a la realidad, a lo que le preguntaban,
+con intensidad, luchando con el confesor, batiéndose por su interés que
+era ocultar lo más hondo de su pensamiento. «Al fin aquello no era el
+confesonario; además, era caridad mentir, callar a lo menos lo peor».
+
+--Yo no le amo--fue lo primero que pudo decir después que consiguió
+dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en defender su secreto.
+
+--Pero anoche... hoy... no sé a qué hora... ¿qué hubo?
+
+--Bailé con él.... Fue Quintanar... lo mandó Quintanar....
+
+--¡Disculpas no, Ana! eso no es confesar.
+
+Ana miró en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. Este
+sofisma de hipócrita era en ella candoroso. Estaba segura de que un
+_deber superior_ la mandaba mentir. «¿Decirle al Magistral que ella
+estaba enamorada de Mesía? ¡Primero a su marido!».
+
+--Bailé con él porque quiso mi marido.... Me hicieron beber... me sentí
+mal... estaba mareada... me desmayé... y me llevaron a casa.
+
+--¿El desmayo fue... en los brazos de ese hombre?
+
+--¡En brazos!... ¡Fermín!
+
+--Bien, bien.... Así... lo oí yo.... ¡Oigámoslo todos! Quiere decirse...
+bailando con él....
+
+--Yo no recuerdo... tal vez...--¡Infame!...--¡Fermín... por Dios,
+Fermín!
+
+Ana dio un paso atrás.--Silencio... no hay que gritar... no hay que
+hacer aspavientos... yo no como a nadie... ¿a qué ese miedo?... ¿Doy yo
+espanto, verdad?... ¿Por qué? yo... ¿qué puedo? yo ¿quién soy? yo...
+¿qué mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no creía en
+Dios....
+
+--¡En mi Dios! Fermín, caridad....
+
+--Sí, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios... no soy
+nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se acabó...
+Estoy en ridículo, Vetusta entera se ríe de mí a carcajadas.... Mesía me
+desprecia, me escupirá en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un
+pobre diablo. ¡Oh, pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque
+estoy preso!...
+
+El Magistral se sacudió dentro de la sotana, como entre cadenas, y
+descargó un puñetazo de Hércules sobre el testero del sofá.
+
+Después procuró recobrar la razón, se pasó las manos por la frente;
+requirió el manteo; buscó el sombrero de teja, se obstinó en callar,
+buscó a tientas la puerta y salió sin volver la cabeza.
+
+Creyó que Ana le seguiría, le llamaría, lloraría.... Pero pronto se
+sintió abandonado. Llegó al portal. Se detuvo, escuchó... Nada, no le
+llamaban. Desde la calle miró a los balcones. Ninguno se abría. «No le
+seguían ni con los ojos. Aquella mujer se quedaba allí. Todo era
+verdad.
+
+Le engañaba; era una mujer. ¡Pero cuál! ¡la suya! ¡la de su alma! ¡Sí,
+sí, de su alma! Para eso la había querido. Pero las mujeres no entendían
+esto.... La más pura quería otra cosa». Y pasaban por su memoria mil
+horrores. La carnaza amontonada de muchos años de confesonario. La
+conciencia le recordó a Teresina. A Teresina pálida y sonriente que
+decía, dentro del cerebro: «¿Y tú...?». «Él era hombre»; se contestaba.
+Y apretaba el paso. «Yo la quería para mi alma...». «Y su cuerpo también
+querías, decía la Teresina del cerebro, el cuerpo también... acuérdate».
+«Sí, sí... pero... esperaba... esperaría hasta morir... antes que
+perderla. Porque la quería entera.... Es mi mujer... la mujer de mis
+entrañas.... ¡Y quedaba allá atrás, ya lejos, perdida para siempre!...».
+
+Ana, inmóvil, había visto salir al Magistral sin valor para detenerle,
+sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras había sonado
+dentro de ella, cerca de los oídos. «¡Aquel señor canónigo estaba
+enamorado de ella!». «Sí, enamorado como un hombre, no con el amor
+místico, ideal, seráfico que ella se había figurado. Tenía celos, moría
+de celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre
+que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... ¡La
+amaba un canónigo!». Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo
+viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreír a ella misma con
+amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas.--Su padre, don
+Carlos el libre pensador, se le apareció de repente, en mangas de
+camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y
+varios amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de
+oírlas, frases de su padre y de aquellos señores: «el clero corrompía
+las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato
+eclesiástico era una careta». Todo esto que había oído sin entenderlo
+volvía a su memoria con sentido claro, preciso, y como otras tantas
+lecciones de la experiencia.... ¡Querían corromperla! Aquella casa...
+aquel silencio... aquella doña Petronila.... Ana sintió asco, vergüenza y
+corrió a buscar la puerta. Salió sin despedirse. Llegó a su casa. Don
+Víctor atronaba el mundo a martillazos. Construía un puente modelo que
+pensaba presentar en la exposición de San Mateo. Ya no forraba el
+martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el
+estrépito era horrísono.--«Allí era él el amo, prueba de ello que su
+mujer había ido al baile: se había acabado el Paraguay, no más
+misticismo; una prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y
+sobra. Por lo demás, actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha
+caza, y mucho martillazo. ¡Zas, zas, zas, pum! ¡Viva la vida!». Así
+pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te
+clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta
+al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar arrancando chispas de
+los abalorios y cinta dorada de las babuchas semi-turcas. El carpintero
+silbaba, el tordo, el mejor tordo de la provincia, que Quintanar llevaba
+de habitación en habitación, silbaba también colgada de un alambre su
+jaula. Ana contempló en silencio a su marido.--«¡Era su padre! ¡Le
+quería como a su padre! Hasta se parecía un poco a don Carlos. Aquel sol
+de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a
+la actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos,
+aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que servía
+de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba». «¡Aquella era
+su casa, allí era ella la reina, aquella paz era suya!». Al dejar el
+martillo para coger la sierra don Víctor vio a su mujer.
+
+Se sonrieron en silencio. «El sol rejuvenecía a Quintanar. Además era un
+gran carpintero. Sus inventos podían ser más o menos fantásticos, su
+mecánica idealista, pero hacía de una tabla lo que quería. ¡Y qué
+limpieza!».
+
+Ana alabó el arte de su marido.
+
+Él se animó: se puso colorado de satisfacción y le prometió un costurero
+para la semana siguiente. «Todo, todo, obra de mis manos».
+
+La Regenta olvidó un momento el desencanto de aquella mañana. Cuando
+volvió a su memoria se encontró con que no era don Fermín un malvado,
+sino un desgraciado, pero de todas suertes le parecía absurdo enamorarse
+siendo canónigo. En todas las combinaciones del amor romántico había
+dado la imaginación de Ana muchas veces, menos en aquélla. «Se concebía
+el amor sacrílego de un sacerdote de ópera, ¡pero el de un prebendado
+con alzacuello morado!». Además la honradez protestaba también con su
+repugnancia instintiva. «Pero De Pas era digno de compasión. Doña
+Petronila era la que no tenía perdón. Oh, si alguna vez volvía ella a
+hablar con el Magistral, como era probable, porque al fin debían mediar
+explicaciones, no sería ciertamente en casa de aquella vieja. ¿Qué se
+había propuesto aquella señora? ¿Qué estaría pensando de ella, de Ana?».
+
+Cuando volvió de la calle don Víctor muy contento, cantando trozos de
+zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la súplica de la
+Marquesa que los había convidado a tomar café, después de almorzar, para
+ir juntos a paseo... a ver las máscaras.
+
+--¡Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval.... No
+quiero más fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo daño el baile... no
+quiero más... no quiero más.... ¿No te obedecí ayer...? Basta por Dios,
+basta.
+
+--Bueno, hija, bueno... no insisto. Y calló don Víctor, perdiendo parte
+de su alegría. No se atrevió a hacer uso de aquella energía que Dios le
+había dado. «No había para qué estirar demasiado la cuerda».
+
+Pero él, por supuesto, fue a tomar café y a paseo.
+
+Ana se quedó sola. Desde el balcón abierto de su tocador se oía la
+música lejana del Paseo Grande donde se celebraba el carnaval. Aquella
+música confusa, que parecía ráfagas intermitentes, le llenó el alma de
+tristeza. Pensó en Mesía, el tentador, y pensó en el Magistral
+enamorado, celoso... indefenso. Ahora la compasión era infinita.... Al
+fin había sido quien había abierto su alma a la luz de la religión, de
+la virtud.... Ana pensó en la fe quebrantada, agrietada, como si la
+hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado
+unidos en su espíritu para que el desengaño no lastimara las creencias.
+Además, ella siempre había amado más que creído. Don Fermín había
+procurado asegurar en ella el temor de Dios y de la Iglesia, la
+espiritualidad vaga y soñadora.... Pero de los dogmas había hablado poco.
+Ana estaba sintiendo que la fantasía había tenido en su piedad más
+influencia de la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya
+estaban lejos los días del misticismo supuesto, de la contemplación....
+Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la
+tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad....
+Pero con la salud había vencido la piedad activa, irreflexiva; el
+Magistral había eclipsado a la santa, se había hablado más de aquella
+dulce hermandad en la virtud que de Dios mismo.... Ahora comprendía
+muchas cosas. Don Fermín la quería para sí...
+
+«Todo aquello era una preparación. ¿Para qué?».
+
+«Oh, Mesía era más noble, luchaba sin visera, mostrando el pecho,
+anunciando el golpe.... No había abusado de su amistad con don Víctor, no
+había insistido. ¡Pero los dos la amaban!». La tristeza de Ana
+encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso. «Ella no
+podría ser de ninguno; del Magistral no podía ni quería.... Le debía
+eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. Daba
+asco. Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los treinta
+años... ¡y a un clérigo!... La vergüenza y algo de cólera encendían el
+rostro de Ana. ¡Pero ese hombre esperaría que yo... en mi vida!...».
+
+Como aquella tarde pasó muchos días la Regenta. Las mismas ideas
+cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado.
+
+Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía de ella
+avergonzada, avergonzada también de que no fuera un remordimiento
+punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto de don
+Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo como un sueño; no se creía
+responsable, claramente responsable de lo que había sucedido aquella
+noche. La habían emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con
+ruido... con champaña.... Pero ahora sería una miserable si consentía a
+don Álvaro insistir en sus provocaciones. No quería venderse al sofisma
+de la tentación que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es
+canónigo; si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira,
+gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín le quiero
+con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo
+no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis sentidos; pero de no
+amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. Sí, bien segura.
+Debo huir del Magistral, sí, pero más de don Álvaro. Su pasión es
+ilegítima también, aunque no repugnante y sacrílega como la del otro....
+¡Huiré de los dos!».
+
+No había más refugio que el hogar. Don Víctor con su Frígilis y todos
+los cacharros del museo de manías, don Víctor con el teatro español a
+cuestas.
+
+«Pero la casa tenía también su poesía». Ana se esforzó en encontrársela.
+¡Si tuviera hijos le darían tanto que hacer! ¡Qué delicia! Pero no los
+había. No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana
+comenzó a trabajar en casa con afán... a cuidar a don Víctor con
+esmero.... A los ocho días comprendió que aquello era una hipocresía
+mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas en poco tiempo.
+¿Por qué fingirse a sí misma satisfecha con una actividad insuficiente,
+insignificante, que no distraía el pensamiento ni media hora? Don Víctor
+agradecía en el alma aquella solicitud doméstica, pero en lo que tocaba
+a él hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta allí. Nadie le
+cosía un botón a su gusto más que él mismo; limpiarle el despacho era
+martirizarle a él, a don Víctor; la cama era inútil hacérsela con esmero
+porque de todas maneras había de descomponerla él, sacudir las almohadas
+y poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvió a dejar los quehaceres
+domésticos en la antigua marcha, don Víctor se lo agradeció en el alma
+también y respiro a sus anchas. «Aquellas injerencias de su querida
+esposa eran dignas de eterno agradecimiento... pero molestas para él.
+Más sabe el loco en su casa...» Don Álvaro no se apresuraba. «Esta vez
+estaba seguro». Pero no quería _brusquer_--según pensaba él en
+francés--un ataque. «La teoría del _cuarto de hora_ era una teoría
+incompleta». Algo había de eso, pero en ciertos casos los cuartos de
+hora de una mujer sólo los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que
+pasara la Cuaresma. Al fin se trataba de una beata que ayunaría y
+comería de vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofrecía la mejor
+ocasión. El mundo, después de resucitar Nuestro Señor Jesucristo, parece
+más alegre, más lícitos sus placeres; la primavera, ya adelantada,
+ayuda... las fiestas, a que él haría que don Víctor llevase a su mujer,
+serían aguijones del deseo. «¡Oh!... sí, en la Pascua nos veríamos».
+
+«Además, quería él prepararse para la campaña. Estaba debilucho. Aquel
+verano en Palomares había hecho una especie de bancarrota de salud. La
+señora ministra había amado mucho. Estas exageraciones de las mujeres
+vencidas siempre estaban en razón directa del cuadrado de las
+distancias. Es decir, que cuanto más lejos estaba una mujer del vicio,
+más exagerada era cuando llegaba a caer. La Regenta, si caía iba a ser
+exageradísima». Y se preparaba Mesía. Leyó libros de higiene, hizo
+gimnasia de salón, paseó mucho a caballo. Y se negó a acompañar a Paco
+Vegallana en sus aventurillas fáciles y pagaderas a la vista. «El diablo
+harto de carne...» le decía Paco. Y don Álvaro sonreía y se acostaba
+temprano. Madrugaba. El Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y
+cánticos al amanecer. Los pájaros, saltando de rama en rama preparaban
+los nidos para los huevos de Abril; se diría que eran tapiceros de la
+enramada que adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de
+la primavera. Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano
+calentaba y picaba el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en
+Vetusta, era una burla de la naturaleza; después volvía el invierno,
+como en sus mejores días, con fríos, escarchas y lluvia, lluvia
+interminable. Pero don Álvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y
+calor, que no por efímero le agradaba menos; no era él de los que medían
+la felicidad por la duración; es más, no creía en la felicidad, concepto
+metafísico según él, creía en el placer que no se mide por el tiempo.
+Una mañana, en el salón principal del Paseo Grande, solitario a tales
+horas porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don
+Álvaro allá lejos la silueta de un clérigo. Era alto, sus movimientos
+señoriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo; tenían que
+encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo lado. Se saludaron
+sin hablar. Don Álvaro tuvo un poco de miedo, de aprensión de miedo. «Si
+este hombre, pensó, enamorado de la Regenta, desairado por ella, se
+volviera loco de repente al verme, creyéndome su rival y se echara sobre
+mí a puñetazo limpio aquí, a solas...». Mesía recordaba la escena del
+columpio en la huerta de Vegallana.
+
+El Magistral pensó por su parte al ver a don Álvaro: «¡Si yo me arrojara
+sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder, le
+arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entrañas!...». Y
+tuvo miedo de sí mismo. Había leído que en las personas nerviosas,
+imágenes y aprensiones de este género provocan los actos
+correspondientes. Se acordó de cierto asesino de los cuentos de Edgar
+Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Saludó como diciendo con
+los ojos: «¡Toma! ahí tienes esa bofetada». Pero el saludo y la mirada
+de Mesía quisieron decir: «Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de
+eso que usted me quiere decir».
+
+Y siguieron cada cual por su lado, pero a la mañana siguiente no
+volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban allí contrario
+objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas inútiles; Mesía
+para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen mucha falta
+dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por sitios
+extraviados. Temían otro encuentro.
+
+Pero pronto tuvieron que quedarse en casa.
+
+Como era de esperar, el invierno volvió con todos sus rigores, riéndose
+a carcajadas de los incautos que se creían en plena primavera. Los
+pájaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los árboles floridos
+padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas damiselas que
+en día de campo, vestidas con percales alegres, adornos vistosos y
+delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un chubasco, al aire
+libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las florecillas blancas y
+rosadas de los frutales caían muertas sobre el fango: el granizo las
+despedazaba; todo volvía atrás; aquel ensayo de primavera temprana había
+salido mal; vuelta a empezar, cada mochuelo a su olivo.
+
+Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entregó con reduplicado
+fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros habían pasado también
+por allí como una granizada; las flores de amor y alegría que sembrara
+el carnaval las destruyeron a penitencia limpia el Padre Maroto, un
+artillero retirado que predicaba a cañonazos y sacaba el Cristo, y el
+Padre Goberna, un melifluo padre francés que pronunciaba el castellano
+con la garganta y las narices y hablaba de _Gomogga_ y citaba las
+grandezas de Nínive y de Babilonia, ya perdidas, al cabo de los años
+mil, como prueba de la pequeñez de las cosas humanas. Ello era que
+Vetusta estaba metida en un puño. Entre el agua y los jesuitas la tenían
+triste, aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza,
+parda, disuelta en charcos y lodazales, más que a pensar en la brevedad
+de la existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo
+parecía que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus
+contornos, más que un sueño efímero, parecía una pesadilla larga, llena
+de imágenes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que sabía dar _color
+local_ a sus oraciones, no decía en Vetusta que no somos más que un poco
+de polvo, sino un poco de barro. ¿Polvo en Vetusta? Dios lo diera.
+
+El mal tiempo se llevó la resignación tranquila, perezosa de Anita
+Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas
+aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que
+le pinchaban el alma. ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla!
+
+Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que
+había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole
+huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el
+corazón como un dardo envenenado. «¿Por qué ella no había sentido más
+aquel desengaño, aquella profanación de una amistad pura, desinteresada,
+ideal?--Tal vez porque el ser amada, fuera por quien fuera, no podía
+saberle mal aunque ella tuviese que desdeñar y hasta vituperar aquel
+amor. Tal vez porque sabía que el remedio de aquella separación estaba
+en sus manos. ¿No podía ella, el día tal vez próximo, en que necesitara
+consuelo espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a
+don Fermín, de que ella no era lo que él se figuraba?». Y acaso debía
+hacerlo cuanto antes. «¿Por qué había de estar pensando De Pas lo que no
+había? Sí, había que decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no
+había; don Álvaro no había conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto
+era lo cierto».
+
+Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el espíritu por
+sí misma. Sentía la fe vacilante, los sofismas vulgares de don
+Carlos--el libre-pensador--venían a atormentarla a cada instante.
+Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a dudar de la
+iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corría a la iglesia. Saltando
+charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en parroquia, de novena
+en novena, y pasaba también mucho tiempo en la nave fría de algún templo
+a la hora en que los fieles solían dejarlos desiertos. Se sentaba en un
+banco y meditaba. Sonaba y resonaba en la bóveda la tos de un viejo que
+rezaba en una capilla escondida; los pasos de un monaguillo irreverente
+retumbaban sobre la tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio
+llegaba a los oídos un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana pedía a
+la soledad y al silencio perezoso de la iglesia, algo como una
+inspiración, o como un perfume de piedad que creía ella debía
+desprenderse de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz
+blanca del día ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como
+gastados por el roce de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas
+imágenes a la luz del día recordaban vagamente las decoraciones de un
+teatro vistas al sol y a los cómicos en la calle sin los esplendores del
+gas de las baterías. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba allí la fe
+que se desmoronaba. «¿Por qué se desmoronaba? ¿Qué tenía que ver la
+Iglesia con el Magistral? ¿No podía aquel señor haberse enamorado de
+ella... y ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que
+sí. Pero rezaba para creer. Oh, malo sería que el Magistral no saliese
+inocente de aquella prueba.... Si él, si el hermano mayor no era más que
+un hipócrita... había que dar la razón en muchas cosas a don Carlos, al
+que después de todo era su padre. ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que
+había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la
+religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no
+podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones
+positivas, sino mucho mejor, mucho más grande!... ¡Era su padre quien
+decía todas estas herejías!». Y rezaba, rezaba porque el meditar ya no
+servía para nada bueno.--Y una voz interior severa y algo pedantesca
+gritaba después de todo aquello: «Pero entendámonos, aunque don Carlos
+tuviera razón, aunque Dios sea más grande, más bueno que todo lo que
+pudieran decir y pensar los libros de los hombres, no por eso perdona
+los pecados de que la conciencia acusa a todos. Don Álvaro estará
+prohibido, sea Dios como sea. El mal es el mal de todas suertes. Eso sí,
+se decía la Regenta, que encontraba consuelo en esta resolución; aunque
+la fe caiga, yo seguiré combatiendo esta pasión de mis sentidos, que
+seguirá siendo mala...».
+
+Empezó a notar que el templo solitario no excitaba su devoción; aquellas
+paredes frías, aquella especie de descanso de los santos a las horas en
+que cesa la adoración, le recordaban por extrañas analogías que
+establecía el cerebro, enfermo acaso, le recordaban la fatiga de los
+reyes, la fatiga de los monstruos de ferias, la fatiga de cómicos,
+políticos, y cuantos seres tienen por destino darse en público
+espectáculo a la admiración material y boquiabierta de la necia
+multitud.... La iglesia sin culto activo, la iglesia descansando, llegó a
+parecerle a ella también algo como un teatro de día. El sacristán y el
+acólito subiendo al retablo, hombreándose con la imagen de madera,
+colocando los cirios con simetría, consultando las leyes de la
+perspectiva, le parecían al cabo cómplices de no sabía qué engaño....
+Además de todas estas aprensiones sacrílegas, tentación malsana del
+espíritu enfermo, causa de tanta lucha, sentía el tormento de la
+distracción; las oraciones comenzaban y no concluían; el estribillo de
+tal o cual piadosa leyenda llegaba a darle náuseas; la soledad se
+poblaba de mil imágenes, diablillos de la distracción; el silencio era
+enjambre de ruidos interiores. Todo esto le obligó a dejar el templo
+solitario. Volvió a las horas del culto. Conocía que en la nueva piedad
+que buscaba debían tomar parte importante los sentidos. Buscó el olor
+del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de
+la oración común, el susurro del _ora pro nobis_ de las _masas
+católicas_, la fuerza misteriosa de la oración colectiva, la parsimonia
+sistemática del ceremonial, la gravedad del sacerdote en funciones, la
+misteriosa vaguedad del cántico sagrado que, bajando del coro nada más,
+parece descender de las nubes; las melodías del órgano que hacían
+recordar en un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la
+piedad antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de
+esperanza mística.
+
+La novena de los Dolores tuvo aquel año en Vetusta una importancia
+excepcional, si se ha de creer lo que decía _El Lábaro_.
+
+Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adornó como
+nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa habían dejado los PP.
+Goberna y Maroto. No se podía, como en la novena de la Concepción,
+colgar el templo de azul y plata, ni colocar un templete de cartón
+delante del retablo del altar mayor imitando capilla gótica de
+marquetería; pero todo lo que fue compatible con los siete Dolores de la
+Virgen se hizo: el lujo fue majestuoso, triste, fúnebre. Todo era negro
+y oro. La capilla de la catedral se trasladó en masa al coro de San
+Isidro reforzada por algunas partes rezagadas de la última compañía de
+zarzuela, que había tronado en Vetusta.--Los sermones se encomendaron a
+_otro jesuita_, el Padre Martínez, que vino de muy lejos y cobrando muy
+caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al altar mayor a espaldas
+del cancel de la puerta principal, pedían limosna y vendían libros
+devotos, medallas y escapularios las damas de más alta alcurnia, las más
+guapas y las más entrometidas.
+
+La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su
+contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en
+bote. No cabía un vetustense más.
+
+Los jóvenes laicos de la ciudad, estudiantes los más, no se distinguían
+ni por su excesiva devoción ni por una impiedad prematura; no pensaban
+en ciertas cosas; los había carlistas y liberales, pero casi todos iban
+a misa a ver las muchachas. A la novena no faltaban; se desparramaban
+por las capillas y rincones de San Isidro, y terciando la capa, el
+rostro con un tinte romántico o picaresco, según el carácter, _se
+timaban_, como decían ellos, con las niñas casaderas, más recatadas,
+mejores cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban
+_relaciones_. Mientras el P. Martínez repetía por centésima vez--y ya
+llevaba ganados unos cinco mil reales--que como el dolor de una madre no
+hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen enlutada
+del altar, toda la retórica averiada de su oratoria de un barroquismo
+mustio y sobado; el amor sacrílego iba y venía volando invisible por
+naves y capillas como una mariposa que la primavera manda desde el campo
+al pueblo para anunciar la alegría nueva.
+
+Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el espíritu
+para sumirlo en acendrada piedad, oía el _rum rum_ lastimero del
+púlpito, como el rumor lejano de un aguacero acompañado por ayes del
+viento cogido entre puertas. No oía al jesuita, oía la elocuencia
+silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos en millares
+y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devoción común, aquella
+elevación casi milagrosa de un pueblo entero prosaico, empequeñecido por
+la pobreza y la ignorancia, a las regiones de lo ideal, a la adoración
+de lo Absoluto por abstracción prodigiosa. En esto pensaba a su modo la
+Regenta, y quería que aquella ola de piedad la arrastrase, quería ser
+molécula de aquella espuma, partícula de aquel polvo que una fuerza
+desconocida arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal
+vagamente comprendido.
+
+Calló el P. Martínez y comenzó el órgano a decir de otro modo, y mucho
+mejor, lo mismo que había dicho el orador de lujo. El órgano parecía
+sentir más de corazón las penas de María.... Ana pensó en María, en
+Rossini, en la primera vez que había oído, a los diez y ocho años, en
+aquella misma iglesia, el _Stabat Mater_... Y después que el órgano dijo
+lo que tenía que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien
+ensayado el estribillo monótono, solemne, de varias canciones que caían
+de arriba como lluvia de flores frescas. Cantaban los niños, cantaban
+los ancianos, cantaban las mujeres. Y Ana, sin saber por qué, empezó a
+llorar. A su lado un niño pobre, rubio, pálido y delgado, de seis años,
+sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos,
+cantaba sin pestañear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar portátil;
+cantaba, y de repente, por no se sabe qué asociación de ideas, calló,
+volvió el rostro a su madre y dijo:--¡Madre, dame pan!
+
+Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y
+dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le
+obligaba, contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el
+órgano, como un padre, acompañaba el coro y le guiaba por las regiones
+ideales de inefable tristeza consoladora, de la música.
+
+«¡Y había infames, pensó Ana, que querían acabar con aquello! ¡Oh, no,
+no, yo no! Contigo, Virgen santa, siempre contigo, siempre a tus pies;
+estar con los tristes, ésa es la religión eterna, vivir llorando por las
+penas del mundo, amar entre lágrimas...». Y se acordó del Magistral.
+«¡Oh qué ingrata, qué cruel había sido con aquel hombre! ¡Qué triste,
+qué solo le había dejado!... Vetusta le insultaba, le escarnecía, le
+despreciaba, después de haberle levantado un trono de admiración; y
+ella, ella que le debía su honra, su religión, lo más precioso, le
+abandonaba y le olvidaba también.... ¿Y por qué? Tal vez, casi de fijo,
+por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y grosera. ¡Ah!,
+porque ella estaba tocada del gusano maldito, del amor de los sentidos;
+porque ella estaba rendida a don Álvaro si no de hecho con el
+deseo--esta era la verdad--porque ella era pecadora ¿había de serlo
+también el _hermano de su alma_, el padre espiritual querido? ¿qué
+pruebas tenía ella? ¿No podía ser aprensión todo, no podía la vanidad
+haber visto visiones? ¿Cuándo De Pas se había insinuado de modo que
+pudiera sospecharse de su pureza? ¿No habían estado mil veces solos, muy
+cerca uno de otro, no se habían tocado, no había ella, tal vez con
+imprudencia, aventurado caricias inocentes, someros halagos que hubieran
+hecho brotar el fuego si lo hubiera habido allí escondido?... ¡Y está
+abandonado! Se burlan de él hasta en los periódicos; hasta los impíos
+alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la
+moda y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me
+pongo a gritar también, ¡crucifícale, crucifícale!... ¿Y el sacrificio
+que había prometido? ¿Aquel gran sacrificio que yo andaba buscando para
+pagar lo que debo a ese hombre?...».
+
+En aquel momento cesaron los cánticos del pueblo devoto; siguió silencio
+solemne; después hubo toses, estrépito de suelas y zuecos sobre la
+piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia contenida. Hacia la
+puerta sonaba el _tic, tac_, de las monedas con que Visitación y la
+Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la atención de la caridad
+distraída. Rechinaban los canceles; había en el aire un cuchicheo tenue.
+En el coro daban señales de vida violines y flautas con quejidos y
+suspiros ahogados; se oía el ruido de las hojas del papel de música.
+Gruñó un violín. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra
+vez.... Comenzó el _Stabat Mater_.
+
+La música sublime de Rossini exaltó más y más la fantasía de Ana; una
+resolución de los nervios irritados brotó en aquel cerebro con fuerza de
+manía: como una alucinación de la voluntad. Vio, como si allí mismo
+estuviese, la imagen de su resolución, «sí... ella... ella, Ana a los
+pies del Magistral, como María a los pies de la Cruz. El Magistral
+estaba crucificado también por la calumnia, por la necedad, por la
+envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volvía las espaldas y
+le dejaba allí solo... y ella... ella... ¡estaba haciendo lo mismo! ¡Oh,
+no, al Calvario, al Calvario! al pie de la cruz del que no era su hijo,
+sino su padre, su hermano, el hermano y el padre del espíritu».
+
+«La Virgen le decía que sí, que estaba bien hecho; que aquella
+resolución era digna de un cristiano. Donde quiera que hay una cruz con
+un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era el que está
+allí colgado; mejor se podrá llorar al pie de la cruz de un mártir.
+Hasta del mal ladrón le estaba dando lástima en aquel momento. ¡Cuánta
+mayor lástima le daría del Magistral que, según ella, no era ladrón, ni
+malo ni bueno!». La forma del sacrificio, el día, la ocasión, todo
+estaba señalado: se juró no volverse atrás; aquella exaltación era lo
+que ella necesitaba para poder vivir; si más tarde el cansancio, la
+relajación de aquellas fibras tirantes traían a su ánimo la cobardía,
+los reparos mundanales, prosaicos, el miedo al qué dirán, no haría
+caso... iría derecha a su propósito sin vacilar, sin deliberar más.
+Haría lo que había resuelto. Y tranquila, segura de sí misma, volvió su
+pensamiento a la Madre Dolorosa, y se arrojó a las olas de la música
+triste con un arranque de suicida.... Sí, quería matar dentro de ella la
+duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio, circunspecto,
+_mirado_... quería volver al fuego de la pasión, que era su ambiente.
+
+
+
+
+--XXVI--
+
+
+Desde el día en que presidió el entierro de don Santos Barinaga, don
+Pompeyo no volvió a tener hora buena, de salud completa. Los escalofríos
+que le hicieron temblar en el cementerio y se repitieron, cada vez más
+fuertes, durante la enfermedad que siguió a la gran mojadura, volvían de
+cuando en cuando. Guimarán estaba triste sin cesar; aquel sol de
+Justicia que adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad
+ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del
+progreso definitivo de la Humanidad. «Laurent decía bien, estábamos
+nosotros mucho más adelantados que los bárbaros. ¡Pero había cada pillo
+todavía! ¿Y la amistad? La amistad era cosa perdida». Paquito Vegallana,
+Álvaro Mesía, Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable
+señor Foja, que se decían tan amigos suyos, le habían engañado como a un
+chino; se habían burlado de él. Eran unos libertinos que renegaban en
+sus comilonas de la religión positiva para seducirle a él y librarse del
+miedo del infierno. Don Pompeyo rompió bruscamente sus relaciones con
+todos aquellos «espíritus frívolos» y no volvió a poner los pies en el
+Casino. Tomó esta resolución el día de Navidad, cuando supo que por
+Vetusta se corría que él, don Pompeyo Guimarán, el hombre que más
+respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno, había profanado la
+catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se llegó a decir que había
+llevado al templo, debajo de la capa, una botella de anís del mono....
+«¡Del mono!... ¡él... don Pompeyo!...». No volvió al Casino. «Aquellos
+infames que le habían embriagado o poco menos, obligándole después a
+penetrar en el templo, eran muy capaces de haber inventado en seguida la
+calumnia con que querían perderle. ¿Qué autoridad iba a tener en
+adelante aquel ateísmo que se emborrachaba para celebrar las fiestas del
+cristianismo, y que asistía a los santos oficios a blasfemar y hacer
+eses por las respetables naves de la basílica?».
+
+«¡Bastante tenía él sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la
+consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo había tomado al señor
+Magistral!».
+
+«No, no quería más luchas religiosas. Ya iba siendo viejo para tamañas
+empresas. Mejor era callar, vivir en paz con todos». La muerte de
+Barinaga le hacía temblar al recordarla. «¡Morir como un perro! ¡Y yo
+que tengo mujer y cuatro hijas!».
+
+Se hizo misántropo. Siempre salía solo, al obscurecer, y volvía pronto a
+casa.
+
+Una noche le llamó la atención un ruido de colmena que venía de la parte
+de la catedral. Oyó cohetes. ¿Qué era aquello? La torre estaba iluminada
+con vasos y faroles a la veneciana. A sus pies, en el atrio estrecho y
+corto, de resbaladizo pavimento de piedra, cerrado por verja de hierro
+tosco y fuerte, se agolpaba una multitud confusa, como un montón de
+gusanos negros. De aquel fermento humano brotaban, como burbujas,
+gritos, carcajadas, y un zumbido sordo que parecía el ruido de la marea
+de un mar lejano.
+
+Don Pompeyo, que daba diente con diente, de frío con fiebre, se detuvo
+en lo más alto de la calle de la Rúa para contemplar aquella muchedumbre
+apiñada a los pies de la torre, en tan estrecho recinto, cuando podía
+extenderse a sus anchas por toda la plazuela. «Ya sabía lo que era. _Los
+católicos_ celebraban un aniversario religioso. ¿Pero cómo? ¡Oh
+ludibrio!». Don Pompeyo se acercó al atrio: observó desde fuera. Lo
+mejor y lo peor de Vetusta estaba allí amontonado; las chalequeras, los
+armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del
+andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero
+con la _Vetusta elegante_ del Espolón y de los bailes del Casino: y para
+colmo del escándalo, según don Pompeyo, _so capa_ de celebrar una fiesta
+religiosa la juventud dorada del clero vetustense, todos aquellos
+«_licenciados de seminario_» como él los llamaba con pésima intención,
+«¡paseaban también por allí, apretados, prensados, con sus manteos y
+todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que
+respirar, sin más recreo que el poco honesto de sentir el roce de la
+especie, el instinto del rebaño, mejor, de la piara!». Y separando los
+ojos «de aquella podredumbre en fermento, de aquella _gusanera
+inconsciente_», volviolos Guimarán a lo alto, y miró a la torre que con
+un punto de luz roja señalaba al cielo.... «¡Aquí no hay nada cristiano,
+pensó, más que ese montón de piedras!».
+
+Huyó de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de la
+Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen
+los de arriba con los de abajo. Entró en su casa.... Pidió tila, se
+acostó... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas que le echaban
+sobre el cuerpo cuantas mantas había en casa, el ateo empedernido sintió
+una dulce ternura nerviosa, un calorcillo confortante y se dijo: «Al
+fin, hay una religión, la del hogar».
+
+A la mañana siguiente despertó a toda la casa a campanillazos. «Se
+sentía mal. Que llamasen a Somoza». Somoza dijo que aquello no era nada.
+Ocho días después propuso a la señora de Guimarán el arduo problema de
+lo que allí se llamaba «la preparación del enfermo». «Había que
+prepararle», ¿a qué? «A bien morir».
+
+De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compañía de su
+madre al oír la noticia.
+
+Las otras dos, más fuertes, deliberaron. ¿Quién le ponía el cascabel al
+gato? ¿Quién proponía a su señor padre que recibiera los Sacramentos?
+
+Se lo propuso la hija mayor, Agapita.
+
+--Papá, tú que eres tan bueno, ¿querrías darme un disgusto, dárselo a
+mamá, sobre todo, que te quiere tanto... y es tan religiosa?...
+
+--No prosigas, Agapita querida--dijo el enfermo con voz meliflua, débil,
+mimosa--. Ya sé lo que pides. Que confiese. Está bien, hija mía. ¿Cómo
+ha de ser? Hace días que esperaba este momento. El señor de Somoza es
+tan angelical que no quería darme un susto; pero yo conocía que esto iba
+mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de complaceros. Sólo
+os pido una cosa... que venga el señor Magistral. Quiero que me oiga en
+confesión el señor De Pas; necesito que me oiga, y que me perdone.
+
+Agapita lloró sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala habían
+oído el diálogo Somoza y la hija menor de Guimarán, Perpetua. Media
+hora después toda Vetusta sabía el milagro. «¡_El Ateo_ llamaba al
+Magistral para que le ayudara a bien morir!».
+
+Don Fermín estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho, como un
+perro, gruñía en cuanto olfateaba la presencia de algún importuno. El
+Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido menor le sonaba a patadas en
+la cabeza. Doña Paula había prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se
+andaba de puntillas y se procuraba volar.
+
+Teresina creyó que el recado de las señoritas de Guimarán era cosa
+grave, y merecía la pena de infringir la regla general.
+
+--Están ahí de parte de la señora y señoritas de Guimarán....
+
+--¡De Guimarán!--dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tenía
+los ojos cerrados.
+
+--¡De Guimarán! Tú estás loca...--dijo doña Paula muy bajo.
+
+--Sí, señora, de Guimarán, de don Pompeyo, que se está muriendo y quiere
+que le vaya a confesar el señorito.
+
+Hijo y Madre dieron un salto; doña Paula quedó en pie, don Fermín
+sentado en su lecho.
+
+Se hizo entrar a la criada de Guimarán y repetir el recado.
+
+La criada lloraba y describía entre suspiros la tristeza de la familia y
+el consuelo que era ver al señor pedir los Santos Sacramentos.
+
+El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos. Se entendieron.
+
+--¿Te hará daño?
+
+--No. Que voy ahora mismo.
+
+--Salid. Que el señorito está muy enfermo, pero que lo primero es lo
+primero y que va allá ahora mismo.
+
+Quedaron solos hijo y madre.--¿Será una broma de ese tunante?
+
+--No señora; es un pobre diablo. Tenía que acabar así. Pero yo no sabía
+que estaba enfermo.
+
+De Pas hablaba mientras se vestía ayudado por su madre, que buscó en el
+fondo de un baúl la ropa de más abrigo.
+
+--¿Fermo, y si tú te pones malo de veras... es decir, de cuidado?...
+
+--No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza sí. Es
+preciso llegar allá antes que se sepa por ahí... ¿No comprende usted?
+
+--Sí, claro; tienes razón.
+
+Callaron. El Magistral se cogió a la pared y al hombro de su madre para
+tenerse en pie.
+
+En su despacho se sentó un momento.
+
+--¿Mandamos por un coche?...--Sí, es claro; ya debía estar hecho eso. A
+Benito, aquí en la esquina....
+
+Entró Teresa.--Esta carta para el señorito.
+
+Doña Paula la tomó, no conoció la letra del sobre.
+
+Fermín sí; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano temblorosa....
+
+--¿De quién es?--preguntó la madre al ver que Fermín palidecía.
+
+--No sé... ya la veré después. Ahora al coche... a ver a Guimarán....
+
+Y se puso de pies, escondió la carta en un bolsillo interior, y se
+dirigió a la puerta con paso firme.
+
+Doña Paula, aunque sospechaba, no sabía qué, no se atrevió esta vez a
+insistir. Le daba lástima de aquel hijo que enfermo, triste, tal vez
+desesperado, iba por ella a continuar la historia de su grandeza, de sus
+ganancias; iba a rescatar el crédito perdido buscando un milagro de los
+más sonados, de los más eficaces y provechosos, un milagro de
+conversión. «Era un héroe». «¡Cuánto había padecido durante aquella
+cuaresma!». Ella, doña Paula, había acabado por adivinar que su hijo y
+la Regenta no se veían ya; habían reñido por lo visto. Al principio el
+egoísmo de la madre triunfó y se alegró de aquel rompimiento que
+suponía. Conoció que su hijo no se humillaría jamás a pedir una
+reconciliación, que antes moriría desesperado como un perro, allí, en
+aquel lecho donde había caído al cabo, después de pasear la cólera
+comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de día y de noche. Pero
+la desesperación taciturna de su Fermo, complicada con una enfermedad
+misteriosa, de mal aspecto, que podía parar en locura, asustó a la madre
+que adoraba a su modo al hijo; y noche hubo en que, mientras velaba el
+dolor de su Fermo pensó en mil absurdos, en milagros de madre, en ir
+ella misma a buscar a la infame que tenía la culpa de aquello, y
+degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, allí, al
+pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a
+su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvación, de todo, a
+salvarle o morir con él.... De estas ideas absurdas, que rechazaba
+después el buen sentido, le quedaba a doña Paula una ira sorda,
+reconcentrada, y una aspiración vaga a formar un proyecto extraño, una
+intriga para cazar a la Regenta y hacerla servir para lo que Fermo
+quisiera... y después matarla o arrancarle la lengua....
+
+Los primeros días, después de separarse Ana y De Pas, era el Magistral
+quien preguntaba más a menudo a Teresina, afectando indiferencia, pero
+sin que su madre le oyera: «¿Ha habido algún recado, alguna carta para
+mí?». Después, también doña Paula, a solas también, preguntaba a la
+doncella, con voz gutural, estrangulada: «¿Han traído algún recado...
+algún papel... para el señorito?».
+
+No, no habían traído nada. La cuaresma había pasado así, había comenzado
+la semana de Dolores, estaba concluyendo... y nada.
+
+«Debe de ser de ella», pensó doña Paula cuando vio el papel que presentó
+Teresina. Sintió ira y placer a un tiempo.
+
+El Magistral sentía en los oídos huracanes. Temía caerse. Pero estaba
+dispuesto a salir. También se juró negarse a leer la carta delante de su
+madre, aunque ella lo pidiera puesta en cruz. «Aquella carta era de él,
+de él solo». Llegó el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada
+por un caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y
+sucios.
+
+Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el portal, dijo con
+énfasis al cochero:
+
+--A casa de don Pompeyo Guimarán... ya sabes....
+
+--Sí, sí... Dobló el coche la esquina; don Fermín corrió un cristal y
+gritó:
+
+--Despacio, al paso. Miró la carta de Ana. Rompió el sobre con dedos que
+temblaban y leyó aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se
+confundían enganchadas unas con otras. Adivinó más que descifró los
+caracteres que se evaporaban ante su vista débil.
+
+«Fermín: necesito ver a usted, quiero pedirle perdón y jurarle que soy
+digna de su cariñoso amparo; Dios ha querido iluminarme otra vez; la
+Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que yo le busque a usted,
+que le llame. Pensé en ir yo misma a su casa. Pero temo que sea
+indiscreción. Sin embargo, iré, a pesar de todo, si es verdad que está
+usted enfermo y que no puede salir. ¿Dónde le podré hablar? Estoy segura
+de que por caridad a lo menos no dejará sin respuesta mi carta. Y si la
+deja, allá voy. Su mejor amiga, su esclava, según ha jurado y sabrá
+cumplir.--ANA».
+
+De Pas dejó de sentir sus dolores, no pensó siquiera en esto; miró al
+cielo, iba a obscurecer. Cogió con mano febril la blusa azul del cochero
+que volvió la cabeza.
+
+--¿Qué hay señorito?
+
+--A la Plaza Nueva... a la Rinconada....
+
+--Sí, ya sé... pero ¿ahora?
+
+--Sí, ahora mismo, y a escape.
+
+El coche siguió al paso. «Si está don Víctor, que no lo quiera Dios,
+basta con que Ana me mire, con que me vea allí... Si no está... mejor.
+Entonces hablaré, hablaré...».
+
+Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Fermín dejó caer la
+cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rincón obscuro
+del coche, ocultando el rostro en las manos que ardían, lloró como un
+niño, sin vergüenza de aquellas lágrimas de que él solo sabría.
+
+No estaba don Víctor en casa.
+
+El Magistral estuvo en el caserón de los Ozores desde las siete hasta
+más de las ocho y media. Cuando salió, el cochero dormía en el pescante.
+Había encendido los faroles del coche y esperaba, seguro de cobrar caro
+aquel sueño. Don Fermín entró en casa de don Pompeyo a las nueve menos
+cuarto. La sala estaba llena de curas y seglares devotos. Todas las
+hijas de Guimarán salieron al encuentro del Provisor, cuyo rostro
+relucía con una palidez que parecía sobrenatural. Se hubiera dicho que
+le rodeaba una aureola.
+
+Tres veces se había mandado aviso a casa del Magistral para que viniera
+en seguida. Don Pompeyo quería confesar, pero con De Pas y sólo con De
+Pas: decía que sólo al Magistral quería decir sus pecados y declarar sus
+errores; que una voz interior le pedía con fuerza invencible que llamara
+al Magistral y sólo al Magistral.
+
+Doña Paula contestaba que su hijo había salido a las siete, en coche, en
+cuanto había recibido aviso, que había ido derecho a casa de Guimarán.
+Pero como no llegaba, se repetían los recados. Doña Paula estaba
+furiosa. ¿Qué era de su hijo? ¿Qué nueva locura era aquella?
+
+Al fin las de Guimarán, en vista de que el Provisor no parecía, llamaron
+al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros
+clérigos que más o menos trataban al enfermo. Todo inútil. Él quería al
+Magistral; la voz interior se lo pedía a gritos. Glocester al lado de
+aquel lecho de muerte se moría de envidia y estaba verde de ira, aunque
+sonreía como siempre.
+
+--Pero, señor don Pompeyo, hágase usted cargo de que todos somos
+sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversión de usted....
+
+--Sí señor, sincera; yo nunca he engañado a nadie. Yo quiero
+reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está de Dios que
+muera....
+
+--Oh, no, eso no...--Tal creo yo; pero de todas suertes... quiero
+volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del señor
+don Fermín; tengo motivos poderosos para exigir esto, son voces de mi
+conciencia....
+
+--Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese señor Magistral no
+parece....
+
+--Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesaré con cualquiera de
+ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a esperar.
+
+El cura de la parroquia no consiguió más que el Arcediano. De don
+Custodio no hay que hablar. Todos aquellos señores sacerdotes «estaban
+allí en ridículo», según opinión de Glocester. La verdad era que un
+color se les iba y otro se les venía.
+
+--¿Será esto un complot?--dijo Mourelo al oído de don Custodio.
+
+Después de tanto hacerse esperar llegó el Magistral.
+
+Las hijas de Guimarán le llevaron en triunfo junto a su padre.
+
+De Pas parecía un santo bajado del cielo; una alegría de arcángel
+satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que había reflejos
+de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la juventud
+de la pasión, rozagante en aquel momento. Mientras Guimarán estrechaba
+la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su pensamiento a
+la realidad presente, seguía saboreando la escena de dulcísima
+reconciliación en que acababa de representar papel tan importante. «¡Ana
+era suya otra vez, su esclava! ella lo había dicho de rodillas,
+llorando.... ¡Y aquel proyecto, aquel irrevocable propósito de hacer ver
+a toda Vetusta en ocasión solemne que la Regenta era sierva de su
+confesor, que creía en él con fe ciega!...». Al recordar esto, con todos
+los pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermín sintió que
+le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que
+él llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de soplo
+caliente. Pidió una silla. Se sentó al lado del enfermo y por primera
+vez vio lo que tenía delante; un rostro pálido, avellanado, todo huesos
+y pellejo que parecía pergamino claro. Los ojos de Guimarán tenían una
+humedad reluciente, estaban muy abiertos, miraban a los abismos de ideas
+en que se perdía aquel cerebro enfermo, y parecían dos ventanas a que se
+asomaba el asombro mudo.
+
+Quedaron solos el enfermo y el confesor.
+
+De Pas se acordó de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de
+Glocester, de Mesía, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia se
+decidió a sacar todo el partido posible de aquella conversión que se le
+venía a las manos. En un solo día ¡cuánta felicidad! Ana y la influencia
+que se habían separado de él volvían a un tiempo; Ana más humilde que
+nunca, la influencia con cierto carácter sobrenatural. Sí, él estaba
+seguro de ello, conocía a los vetustenses; un entierro les había hecho
+despreciar a su tirano, otro entierro les haría arrodillarse a sus pies,
+fanatizados unos, asustados por lo menos los demás. Mientras hablaba con
+don Pompeyo de la religión, de sus dulzuras, de la necesidad de una
+Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el Magistral preparaba
+todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya que aquel
+tontiloco se le metía entre los dedos, no sería en vano. Los otros
+tontos, los que creían que Guimarán era ateo de puro malvado y de puro
+sabio, mirarían aquella conquista como cosa muy seria, como una ganancia
+de incalculable valor para la Iglesia.
+
+«¡El ateo! Aunque todos le tenían por inofensivo, creían los más en su
+maldad ingénita y en una misteriosa superioridad diabólica. Y aquel
+diablo, aquel malhechor se arrojaba a los pies del señor espiritual de
+Vetusta.... ¡Oh! ¡qué gran efecto teatral!... No, no sería él bobo, su
+madre tenía razón, había que sacar provecho.... Y después, aquello no era
+más que una preparación para otro triunfo más importante; ¿no se había
+dicho que hasta la Regenta le abandonaba? Pues ya se vería lo que iba a
+hacer la Regenta...». Don Fermín se ahogaba de placer, de orgullo; se le
+atragantaban las pasiones mientras don Pompeyo tosía, y entre esputo y
+esputo de flema decía con voz débil:
+
+--Puede usted creer... señor Magistral... que ha sido un milagro esto...
+sí, un milagro.... He visto coros de ángeles, he pensado en el Niño
+Dios... metidito en su cuna... en el portal de Belem... y he sentido una
+ternura... así... como paternal... ¡qué sé yo!... ¡Eso es sublime, don
+Fermín... sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!...
+pero dice usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios,
+hablando de Él... sólo que al revés... todo lo entendía al revés....
+
+Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por
+sollozos.
+
+Después el Magistral le hizo callar y escucharle.
+
+Habló mucho y bien don Fermín. Era necesario para obtener el perdón de
+Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda sanaría--y eso
+pensaba él también--diese un ejemplo edificante de piedad. Su conversión
+debía ser solemne, para escarmiento de pícaros y enseñanza saludable de
+los creyentes tibios.
+
+--Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos males
+ha hecho....
+
+--Pues usted dirá... don Fermín... yo soy esclavo de su voluntad....
+Quiero el perdón de Dios y el de usted... el de usted a quien tanto he
+ofendido haciéndome eco de calumnias.... Y crea usted que yo no le quería
+a usted mal, pero como mi propósito era combatir el fanatismo, al clero
+en general... y además Barinaga sólo así podía ser conquistado.... ¡Oh
+Barinaga! ¡infeliz don Santos! ¿Estará en el infierno, verdad, don
+Fermín? ¡Infeliz! ¡Y por mi culpa!
+
+--Quién sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y además,
+puede contarse con su bondad infinita.... ¡Quién sabe!... Lo principal
+es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de piedad acendrada....
+Esta lección puede traer muchas conversiones detrás de sí. ¡Ah, don
+Pompeyo, no sabe usted cuánto puede ganar la Religión con lo que usted
+ha hecho y piensa hacer!...
+
+A la mañana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompañar el
+Viático que por la tarde debía ser administrado al señor Guimarán. Era
+Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del pueblo más que
+religión.
+
+--¡El papel Provisor sube!--decía Foja furioso al oído de Glocester, a
+quien encontró en el atrio de la catedral, al salir de misa.
+
+--¡Esto es un complot!--Lo que es un idiota ese don Pompeyo.
+
+--No, un complot.... La verdad era que el _papel Provisor_ subía mucho
+más de lo que podían sus enemigos figurarse.
+
+Así como no se explicaba fácilmente por qué el descrédito había sido tan
+grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora podía nadie darse cuenta de
+cómo en pocas horas el espíritu de la opinión se había vuelto en favor
+del Magistral, hasta el punto de que ya nadie se atrevía delante de
+gente a recordar sus vicios y pecados; y no se hablaba más que de la
+conversión milagrosa que había hecho.
+
+No importaba que Mourelo gritase en todas partes:
+
+--Pero si no fue él, si fue un arranque espontáneo del ateo.... Si así
+hacen todos los espíritus fuertes cuando les llega su hora....
+
+Nadie hacía caso del murmurador. «Milagro sí lo había, pero lo había
+hecho el Magistral». Ya nadie dudaba esto. «Era un gran hombre, había
+que reconocerlo».--Doña Paula, por medio del Chato y otros ayudantes,
+doña Petronila, su cónclave, Ripamilán, el mismo Obispo, que había
+abrazado al Magistral en la catedral poco después de bendecir las
+palmas, todos estos, y otros muchos, eran propagandistas entusiastas de
+la gloria reciente, fresca de don Fermín, de su triunfo palmario sobre
+las huestes de Satán.
+
+Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesía que habló con el
+ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de la
+opinión, favorable hasta no poder más, a don Fermín.
+
+«Más valía esperar; ya pasaría aquella racha y volvería toda Vetusta a
+ver al milagroso don Fermín de Pas tal como era, _en toda su horrible
+desnudez_».
+
+Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las
+circunstancias, teniendo a su lado al _cura de cabecera_, a don Fermín y
+a Somoza, el médico, Vetusta entera, que había acudido a la casa y a las
+puertas de la casa del converso, se esparció por todo el recinto de la
+ciudad haciéndose lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien
+ahora todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría
+descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, su
+influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de milagro.
+
+Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de médicos. Somoza se había
+equivocado como solía. Don Pompeyo estaba enfermo de muerte, pero podía
+durar muchos días: era fuerte... no había más que oírle hablar.
+
+Somoza mantuvo su opinión con energía heroica. «Cierto que podía durar
+algunos días más de los que él había anunciado, el señor Guimarán; pero
+la ciencia no podía menos de declarar que la muerte era inminente. Podía
+durar, sí, el enfermo, mil y mil veces sí, pero ¿debido a qué?
+Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No que él, don
+Robustiano Somoza, hombre científico ante todo, creyese en la eficacia
+material de la religión: pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba
+con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tenía dicho, podía
+admitir y admitía, aleccionado por la experiencia, que lo psíquico
+influye en lo físico y viceversa, y que la conversión repentina de don
+Pompeyo podría haber determinado una variación en el curso natural de su
+enfermedad... todo lo cual era extraño a la ciencia médica como tal y
+sin más».
+
+En efecto, don Pompeyo duró hasta el miércoles Santo.
+
+Trifón Cármenes, desde el día en que se supo la conversión de Guimarán,
+concibió la empecatada idea de consagrar una _hoja literaria_ del
+_lábaro_ al importantísimo suceso. Pero había que esperar a que el
+enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto último era lo
+más probable y lo que más convenía a los planes de Cármenes, el cual
+desde el domingo de Ramos tenía a punto de terminar una larguísima
+composición poética en que se _cantaba_ la muerte del ateo felizmente
+restituido a la fe de Cristo. La oda elegíaca, o elegía a secas, lo que
+fuera, que Trifón no lo sabía, comenzaba así:
+
+ ¿Qué me anuncia ese fúnebre lamento...?
+
+El poeta iba y venía de la _casa mortuoria_ como él la llamaba ya para
+sus adentros, a la redacción, de la redacción a la casa mortuoria.
+
+--¿Cómo está?--preguntaba en voz muy baja, desde el portal.
+
+La criada contestaba:--Sigue lo mismo. Y Trifón corría, se encerraba
+con su elegía y continuaba escribiendo:
+
+ ¡Duda fatal, incertidumbre impía!...
+ Parada en el umbral, la Parca fiera
+ ni ceja ni adelanta en su porfía;
+ como sombra de horror, calla y espera...
+
+Pasaban algunas horas, volvía a presentarse Trifón en casa del
+moribundo; con voz meliflua y tenue decía:
+
+--¿Cómo sigue don Pompeyo?
+
+--Algo recargado--le contestaban. Volvía a escape a la redacción,
+anhelante, «había que trabajar con ahínco, podía morirse aquel señor y
+la poesía quedar sin el último pergeño...». Y escribía con _pulso
+febril_:
+
+ Mas ¡ay! en vano fue; del almo cielo
+ la sentencia se cumple; inexorable...
+
+No sabía Trifón lo que significaba almo, es decir, no lo sabía a punto
+fijo, pero le sonaba bien.
+
+Cuando la criada de Guimarán le contestaba: «Que el señor había pasado
+mejor la noche», Cármenes, sin darse cuenta de ello, torcía el gesto, y
+sentía una impresión desagradable parecida a la que experimentaba cuando
+llegaba a convencerse de que un periódico de Madrid no le publicaría los
+versos que le había remitido. Él no quería mal a nadie, pero lo cierto
+era que, una vez tan adelantada la elegía, don Pompeyo le iba a hacer un
+flaco servicio si no se moría cuanto antes.
+
+Murió. Murió el miércoles Santo. El Magistral y Trifón respiraron.
+También respiró Somoza. Los tres hubieran quedado en ridículo a suceder
+otra cosa. En cuanto a Cármenes, terminó sus versos de esta suerte:
+
+ No le lloréis. Del bronce los tañidos
+ himnos de gloria son; la Iglesia santa
+ le recogió en su seno... etc.
+
+Al pobre Trifón le salían los versos montados unos sobre otros: igual
+defecto tenía en los dedos de los pies.
+
+El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. _Acompañaron a la
+última morada el cadáver del finado_ las autoridades civiles y
+militares; una comisión del Cabildo presidida por el Deán, la Audiencia,
+la Universidad, y además cuantos se preciaban de buenos o malos
+católicos. La viuda y las huérfanas recibían especial favor y consuelo
+con aquella pública manifestación de simpatía. El Magistral iba
+presidiendo el duelo de familia: no era pariente del difunto, pero le
+había sacado de las garras del Demonio, según Glocester, que se quedó en
+la sala capitular murmurando. «Aquello más que el entierro de un
+cristiano fue la apoteosis pagana del pío, felice, triunfador Vicario
+general». En efecto, el pueblo se lo enseñaba con el dedo: «Aquel es,
+aquel es, decía la muchedumbre señalando al Apóstol, al Magistral».
+
+Los milagros que doña Paula había hecho correr entre las masas
+impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo señor Obispo,
+en su último sermón a las beatas pobres y clase de tropa, criadas de
+servicio, etc., etc., había aludido al triunfo de aquel hijo predilecto
+de la Iglesia....
+
+--No habrá más remedio que agachar la cabeza y dejar pasar el
+temporal--decía Foja.
+
+Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que comían de carne
+en una fonda todos los viernes Santos.
+
+«¡Aquel don Pompeyo les había desacreditado!
+
+»¡Vaya un libre-pensador!
+
+»¡Era un gallina! »¡Murió loco! »¡Le dieron hechizos! »¿Qué hechizos?
+Morfina.
+
+»El clero, milagros del clero...
+
+»Le convirtieron con opio... »La debilidad hace sola esos milagros...
+
+»Sobre todo era un badulaque...».
+
+El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los
+anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un
+profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la
+jota Aragonesa.
+
+En casa de Vegallana la tal noticia _estalló como una bomba_. Volvía la
+Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María con
+Visitación; volvía también Obdulia Fandiño que había pedido en San
+Pedro, a la hora en que visitaban los _monumentos_ los oficiales de la
+guarnición; y todas aquellas señoras, en el gabinete de la Marquesa
+reunidas, escuchaban pasmadas lo que solemnemente decía el gran
+Constantino, doña Petronila Rianzares, que había recaudado veinte duros
+en la mesa de petitorio de San Isidro. Y decía el obispo-madre:
+
+--Sí, señora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita está resuelta a
+dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo....
+
+--Pero Quintanar... no lo consentirá...
+
+--Ya ha consentido... a regañadientes, por supuesto. Ana le ha hecho
+comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle cumplir su
+promesa sería un acto de despotismo que ella no perdonaría jamás....
+
+--¿Y el pobre calzonazos dio su permiso?--dijo Visita, colorada de
+indignación--. ¡Qué maridos de la isla de San Balandrán!--añadió
+acordándose del suyo.
+
+La Marquesa no acababa de santiguarse. «Aquello no era piedad, no era
+religión; era locura, simplemente locura. La devoción racional,
+_ilustrada_, de buen tono, era aquella otra, pedir para el Hospital a
+las corporaciones y particulares a las puertas del templo, regalar
+estandartes bordados a la parroquia; ¡pero vestirse de mamarracho y
+darse en espectáculo!...».
+
+--¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría por
+una demagoga, por una _Suñera_.
+
+--Pues yo, ¿qué he dicho?
+
+--¿Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una _nazarena_...
+
+La Marquesa encogió los hombros y volvió a santiguarse. Obdulia tenía la
+boca seca y los ojos inflamados. Sentía una inmensa curiosidad y cierta
+envidia vaga...
+
+«¡Ana iba a darse en espectáculo!» cierto, esa era la frase. ¿Qué más
+hubiera querido ella, la de Fandiño, que darse en espectáculo, que
+hacerse mirar y contemplar por toda Vetusta?
+
+--¿Y el traje? ¿cómo es el traje? ¿sabe usted...?
+
+--¿Pues no he de saber?--contestó doña Petronila, orgullosa porque
+estaba enterada de todo--. Ana llevará túnica talar morada, de
+terciopelo, con franja _marrón foncé_....
+
+--¿Marrón foncé?--objetó Obdulia--... no dice bien... oro sería mejor.
+
+--¿Qué sabe usted de esas cosas?... Yo misma he dirigido el trabajo de
+la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha dejado a mí el cuidado
+de todos los pormenores.
+
+--¿Y la túnica es de vuelo?
+
+--Un poco...--¿Y cola?--No, ras con ras...--¿Y calzado?
+¿sandalias...?
+
+--¡Calzado! ¿qué calzado? El pie desnudo....
+
+--¡Descalza!--gritaron las tres damas.
+
+--Pues claro, hijas, ahí está la gracia.... Ana ha ofrecido ir
+descalza....
+
+--¿Y si llueve?--¿Y las piedras?--Pero se va a destrozar la piel...
+--Esa mujer está loca...--¿Pero dónde ha visto ella a nadie hacer esas
+diabluras?
+
+--¡Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto como este,
+un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante....
+
+--Pero, ¿cómo se le ha ocurrido... eso? ¿Dónde ha visto ella eso?...
+
+--Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los
+muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sería
+meritorio exponerse a los sarcasmos de los impíos, y a las burlas
+disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo
+que hizo el Señor por nosotros pecadores.
+
+--¡Descalza!--repetía asombrada Obdulia.--La envidia crecía en su pecho.
+«Oh, lo que es esto--pensaba--indudablemente tiene _cachet_. Sale de lo
+vulgar, es una _boutade_, es algo... de un buen tono superfino...».
+
+El Marqués entró en aquel momento con don Víctor colgado del brazo.
+
+Vegallana venía consolando al mísero Quintanar, que no ocultaba su
+tristeza, su decaimiento de ánimo.
+
+Doña Petronila se despidió antes de que el atribulado ex-regente pudiera
+echarle el tanto de culpa que la correspondía en aquella aventura que él
+reputaba una desgracia.
+
+--Vamos a ver, Quintanar--preguntó la Marquesa con verdadero interés y
+mucha curiosidad....
+
+--Señora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el poeta...
+
+ ¡No podían vencerme... y me vencieron...!
+
+--Déjese usted de versos, alma de Dios.... ¿Quién le ha metido a Ana eso
+en la cabeza?
+
+--¿Quién había de ser? Santa Teresa... digo... no... el Paraguay.
+
+--¿El Para...?--No, no es eso. No sé lo que me digo.... Quiero decir....
+Señores, mi mujer está loca.... Yo creo que está loca.... Lo he dicho mil
+veces.... El caso es... que cuando yo creía tenerla dominada, cuando yo
+creía que el misticismo y el Provisor eran agua pasada que no movía
+molino... cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a
+lo mejor ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión.
+
+--Pero si en Vetusta jamás ha hecho eso nadie....
+
+--Sí tal--dijo el Marqués--. Todos los años va en el entierro de Cristo,
+Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de
+Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas....
+
+--Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre.
+
+--No, si yo no comparo...--Pero, señores, señores, digo yo--repetía
+doña Rufina--¿cuándo ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro
+detrás de la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?...
+
+--Sí, verlo, sí lo ha visto. Lo hemos visto en Zaragoza... por ejemplo.
+Pero yo no sé si aquellas eran señoras de verdad....
+
+--Y además, no irían descalzas--dijo Obdulia.
+
+--¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira de Dios! ¡eso sí que
+no!... ¡Pardiez!
+
+Gran trabajo costó contener la indignación colérica de don Víctor. El
+cual, más calmado, se volvió a casa, y entre tener _otra explicación_
+con su señora o encerrarse en un significativo silencio, prefirió
+encerrarse en el silencio... y en el despacho.
+
+«A sí mismo no se podía engañar. Comprendía que la resolución de Ana era
+irrevocable».
+
+El Viernes Santo amaneció plomizo; el Magistral muy temprano, en cuanto
+fue de día, se asomó al balcón a consultar las nubes. «¿Llovería?
+Hubiera dado años de vida porque el sol barriera aquel toldo ceniciento
+y se asomara a iluminar cara a cara y sin rebozo aquel día de su
+triunfo.... ¡Dos días de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo
+convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín
+triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos
+tragando polvo, dispersos y aniquilados!».
+
+También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder remediarlo pensó
+¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía la conciencia de este deseo.
+Estaba asustada de su propia obra. «Yo soy una loca--pensaba--tomo
+resoluciones extremas en los momentos de la exaltación y después tengo
+que cumplirlas cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza
+para querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había
+ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su
+adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había ocurrido
+aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los
+Dolores, oyendo el _Stabat Mater_ de Rossini, figurándose con
+calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies
+de su hijo, _dum pendebat filius_, como decía la letra. Había recordado,
+como por inspiración, que ella había visto en Zaragoza a una mujer
+vestida de Nazareno, caminar descalza detrás de la urna de cristal que
+encerraba la imagen supina del Señor, y sin pensarlo más, había
+resuelto, se había jurado a sí misma caminar así, a la vista del pueblo
+entero, por todas las calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de
+aquel Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado,
+despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no había
+remedio, don Fermín, después de una oposición no muy obstinada, había
+accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doña
+Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras
+sacrílegas, se había ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores
+del _sacrificio_... «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se
+acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se
+abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el
+trance de la procesión!».
+
+Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, cierto;
+era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero ¿no
+había otra manera de ser piadosa? ¿No había sido un arrebato de locura
+aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que
+ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas
+las calles de la Encimada, _dándose en espectáculo_ a la malicia, a la
+envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y
+balcones aquel _cuadro vivo_ que ella iba a representar? Buscaba Ana el
+fuego del entusiasmo, el frenesí de la abnegación que hacía ocho días,
+en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel proyecto; pero el
+entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la fe siquiera la acompañaba. El
+miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por
+completo; ya no creía, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en
+Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para
+restaurar la fama del Magistral: no pensaba más que en _el escándalo_ de
+aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la mujer de su casa, la esposa
+honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectáculo próximo.... No,
+no estaba segura de que su abnegación fuese buena siquiera; acaso era
+una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con
+silencio solemne...» y Ana sudaba de congoja.... «¡Lo que había
+prometido!».
+
+No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el pueblo todo
+el día. Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de
+la iglesia de San Isidro.
+
+--«¡Ya llega, ya llega!»--murmuraban los socios del Casino apiñados en
+los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del
+cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de
+contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada
+de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni
+menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.
+
+Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar
+la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas
+de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la
+Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba».
+No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido
+en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete
+espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se
+esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del
+Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio
+churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí
+y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa,
+Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada
+aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba
+pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de
+los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus
+gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos,
+admirados y compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de
+Fandiño el bello ideal de la coquetería.
+
+Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a
+negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas
+vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían
+atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un
+pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y
+también procesiones.... ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente,
+significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que
+dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo
+del terciopelo morado de la _nazarena_! «Y era natural; todo Vetusta,
+seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies
+descalzos, ¿por qué? porque hay un _cachet_ distinguidísimo en el modo
+de la exhibición, porque... esto es cuestión de _escenario_». «¿Cuándo
+llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una
+envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria
+bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en
+aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre.
+
+Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario,
+que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre
+inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás
+días del año. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de
+corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor
+maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al
+natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el
+movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la
+frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le
+atravesasen el cráneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la
+escuela.
+
+Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su
+mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no
+sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había
+inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a
+los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en
+aquella exhibición anual la pícara vanidad. El saber que una vez al año,
+él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la _espectación general_, le
+llenaba el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo;
+él era el único Nazareno de la población y gozaba de este privilegio
+tranquilamente muchos años hacía.
+
+La competencia de doña Ana Ozores en vez de molestarle le colmó de
+orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de
+San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su
+cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino
+del Calvario, un cumplido caballero; si había charcos él era el que se
+metía por ellos para evitar el fango a los pies desnudos y de nácar de
+aquella ilustre señora, su compañera. Ana iba como ciega, no oía ni
+entendía tampoco, pero la presencia grotesca de aquel compañero
+inesperado la hizo ruborizarse y sintió deseos locos de echar a correr.
+«La habían engañado, nada le habían dicho de aquella caricatura que iba
+a llevar al lado». «Oh, si ella tuviese todavía aquel espíritu
+sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva mortificación, este
+escarnio, esta saturación de ridículo le hubiera agradado, porque así el
+sacrificio era mayor, la fuerza de su abnegación sublime».
+
+Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los
+pies descalzos de la Regenta. En cuanto a él lucía deslumbradora bota de
+charol, con perdón de la propiedad histórica. Demasiado sabía Vinagre
+que las botas de charol no existían en tiempo de Augusto, ni aunque
+existieran las había de llevar Jesús al Calvario; pero él no era más que
+un devoto, un devoto que en todo el año no tenía ocasión de lucirse;
+había que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasión sus botas
+como espejos, que sólo se calzaba en tan solemne día.
+
+«¡Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las señoras de la
+Audiencia cuando la procesión llegaba de verdad. Ahora no era un rumor
+falso, eran _ellos_, era el Entierro».
+
+Cesaron los comentarios en los balcones.
+
+Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos.
+
+Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal instante.
+
+El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto.
+
+Visitación, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle
+estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las
+cruces y ciriales, observaba el gesto de don Álvaro Mesía, que estaba
+solo, al parecer, en el último balcón de la fachada del Casino, en el de
+la esquina. Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello,
+don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en
+la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a
+un interlocutor, invisible para Visita.
+
+Era don Víctor Quintanar. Los dos amigos se habían encerrado en la
+secretaría del Casino, a ruegos del ex-regente, que quería ver, sin ser
+visto, lo que él llamaba la _subida al Calvario de su dignidad_. Detrás
+de Mesía, que daba buena sombra, temblando sin saber por qué,
+impaciente, casi con fiebre, Quintanar se disponía a ver todo lo que
+pudiera.
+
+--Mire usted--decía--si yo tuviera aquí una bomba Orsini... se la
+arrojaba sin inconveniente al señor Magistral cuando pase triunfante por
+ahí debajo. ¡Secuestrador!
+
+--Calma, don Víctor, calma; esto es el principio del fin. Estoy seguro
+de que Ana está muerta de vergüenza a estas horas. Nos la han
+fanatizado, ¿qué le hemos de hacer? pero ya abrirá los ojos; el exceso
+del mal traerá el remedio.... Ese hombre ha querido estirar demasiado la
+cuerda; claro que esto es un gran triunfo para él... pero Ana tendrá que
+ver al cabo que ha sido instrumento del orgullo de ese hombre.
+
+--¡Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ahí como un triunfador
+romano a una esclava... detrás del carro de su gloria....
+
+Don Víctor se embrollaba en estas alegorías, pero lo cierto era que él
+se figuraba a don Fermín de Pas, en medio de la procesión, y de pie en
+un carro de cartón, como él había visto entrar al barítono en el
+escenario del Real, una noche que cantaba el _Poliuto_.
+
+Don Álvaro no fingía su buen humor. Estaba un poco excitado, pero no se
+sentía vencido; él se atenía a sus experiencias. «Aquel clérigo no había
+tocado en la Regenta, estaba seguro». Sonreía de todo corazón, sonreía a
+sus pensamientos, a sus planes. «Claro que les molestaba a los nervios
+aquel espectáculo en que aparentemente el rival se mostraba triunfando a
+la romana, según don Víctor, pero... no había tocado en ella».
+
+Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros
+del balcón una cruz dorada, remate de un pendón viejo y venerable. Se
+puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle,
+y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos.
+
+Mesía, dejando detrás de sí a su amigo, ocupó el medio del balcón,
+arrogante y desafiando las miradas de los clérigos que pasaban debajo de
+él.
+
+Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en resucitar un dolor
+muerto hacía diez y nueve siglos; a don Víctor sí le sonaba aquello a
+himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patíbulo.
+
+El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono.
+
+En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepúsculo;
+las largas filas de hachas encendidas, se perdían a lo lejos hacia
+arriba, mostrando la luz amarillenta de los pábilos, como un rosario de
+cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas
+cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles,
+subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras lucientes, en
+confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin
+ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas
+que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de
+ensueño. No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de
+blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros
+morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos,
+preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer
+religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería.
+Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él;
+a cumplir con el oficio. Después venían en las filas clérigos con
+manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, algunos
+carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también. Iba
+allí Zapico, el dueño ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doña Paula.
+El Cristo tendido en un lecho de batista, sudaba gotas de barniz.
+Parecía haber muerto de consunción. A pesar de la miseria del arte, la
+estatua supina, por la grandeza del símbolo infundía respeto
+religioso.... Representaba a través de tantos siglos un duelo sublime.
+Detrás venía la Madre. Alta, escuálida, de negro, pálida como el hijo,
+con cara de muerta como él. Fija la mirada de idiota en las piedras de
+la calle, la impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel
+rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del
+sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no
+daba señales de sentirlas; no sentía más que la muerte que llevaba
+delante. Se tambaleaba sobre las andas. También esto era natural. Desde
+su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. La Madre de Jesús no
+miraba a los vetustenses.... Don Álvaro Mesía, al pasar cerca de sus pies
+la Dolorosa tuvo miedo, dio un paso atrás en vez de arrodillarse. El
+choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don
+Álvaro, todos profanación y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba
+pensando que Ana, después de _aquella locura_ que cometía por el
+confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía.
+
+Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a
+los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto.
+También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz.
+Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los
+pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de
+que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían.
+Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de
+toda el alma. «¡Ella era una loca que había caído en una especie de
+prostitución singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después de
+aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la
+tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca
+sin vergüenza». Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en
+todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel
+calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la
+_Perfecta Casada_, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo.
+«Me cegó la vanidad, no la piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy
+lo que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la
+Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús no la miraba, no
+hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí
+porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, ¿a qué iba?...».
+
+Según el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermín no presidía
+este entierro como el del miércoles, pero celebraba con él su nuevo
+triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la tila derecha, entre
+otros señores canónigos, con roquete, muceta y capa; empuñaba el cirio
+apagado, como un cetro. «Él era el amo de todo aquello. Él, a pesar de
+las calumnias de sus enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta
+haciéndole morir en el seno de la Iglesia; él llevaba allí, a su lado,
+prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada por su
+hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta edificando
+al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne
+flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se le debía a
+él sólo. ¿No se decía que los jesuitas le habían eclipsado? ¿Que los
+Misioneros podían más que él con sus hijas de confesión? Pues allí
+tenían prueba de lo contrario. ¿Los jesuitas obligaban a las vírgenes
+vetustenses a ceñir el cilicio? Pues él descalzaba los más floridos pies
+del pueblo y los arrastraba por el lodo... allí estaban, asomando a
+veces debajo de aquel terciopelo morado, entre el fango. ¿Quién podía
+más?». Y después de las sugestiones del orgullo, los temblores cardíacos
+de la esperanza del amor. «¿Qué serían, cómo serían en adelante sus
+relaciones con Ana?». Don Fermín se estremecía. «Por de pronto mucha
+cautela. Tal vez el día en que dejé la puerta abierta a los celos la
+asusté y por eso tardó en volver a buscarme. Cautela por ahora...
+después... ello dirá». De Pas sentía que lo poco de clérigo que quedaba
+en su alma desaparecía. Se comparaba a sí mismo a una concha vacía
+arrojada a la arena por las olas. «Él era la cáscara de un sacerdote».
+
+Al pasar delante del Casino, frente al balcón de Mesía, Ana miraba al
+suelo, no vio a nadie. Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el
+topetazo de su mirada con la de don Álvaro; el cual reculó otra vez,
+como al pasar la Virgen, y de pálido pasó a lívido. La mirada del
+Magistral fue altanera, provocativa, sarcástica en su humildad y dulzura
+aparentes: quería decir _¡Vae Victis!_ La de Mesía no reconocía la
+victoria; reconocía una ventaja pasajera... fue discreta, suavemente
+irónica, no quería decir: «Venciste, Galileo» sino «hasta el fin nadie
+es dichoso». De Pas comprendió, con ira, que el del balcón no se daba
+por vencido.
+
+--¡Va hermosísima!--decían en tanto las señoras del balcón de la
+Audiencia.
+
+--¡Hermosísima!--¡Pero se necesita valor!--Amigo, es una santa.--Yo
+creo que va muerta--dijo Obdulia--; ¡qué pálida! ¡qué _parada_! parece
+de escayola.
+
+--Yo creo que va muerta de vergüenza--dijo al oído de la Marquesa,
+Visita.
+
+Doña Rufina suspiraba con aires de compasión. Y advirtió:
+
+--Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho días
+con los pies hechos migas.
+
+La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en
+Vetusta, se atrevió a decir encogiendo los hombros:
+
+--Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de personas
+decentes.
+
+El Marqués apoyó la idea muy eruditamente.
+
+--Eso es piedad de transtiberina.--Justo--dijo la baronesa, sin
+recordar en aquel instante lo que era una transtiberina.
+
+Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, después de
+pasar la procesión y haber contemplado y admirado la hermosura y la
+valentía de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba inconvenientes
+graves en aquel «rasgo de inaudito atrevimiento».
+
+Foja en el Casino, lejos de Mesía y don Víctor, decía pestes del
+Magistral y la Regenta. «Todo eso es indigno. No sirve más que para dar
+alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarán los curas de
+aldea. Además, la mujer casada la pierna quebrada y en casa».
+
+--Sin contar--añadía Joaquín Orgaz--con que esto se presta a
+exageraciones y abusos. El año que viene vamos a ver a Obdulia Fandiño
+descalza de pie... y pierna, del brazo de Vinagre.
+
+Se rió mucho la gracia. Pero también se notó que Orgaz decía aquello
+porque no había sacado nada de sus pretensiones amorosas, o por lo
+menos, no había sacado bastante.
+
+El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de
+aquella señora. «Aquello era imitar a Cristo de verdad. ¡Emparejarse,
+como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno; y recorrer
+descalza todo el pueblo!... ¡Bah! ¡era una santa!».
+
+En cuanto a don Víctor, al pasar debajo de su balcón el Magistral y Ana
+preguntó a Mesía:
+
+--¿Están ya ahí?
+
+--Sí, ahí van.... Y el mismo esposo estiró el cuello... y asomó la
+cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atrás.
+
+--¡Infame! ¡es un infame! ¡me la ha fanatizado!
+
+Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón que iba
+de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre.
+
+Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró al oír
+aquella música que estaba viudo, que aquello era el entierro de su
+mujer.
+
+--Ánimo, don Víctor--le dijo Mesía volviéndose a él, y dejando el
+balcón--. Ya van lejos.
+
+--No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño!
+
+--Ánimo.... Todo esto pasará...
+
+Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo.
+
+El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir con los
+brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de
+sollozo:
+
+--¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en
+brazos de un amante!
+
+--Sí, mil veces, sí--añadió--¡búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo
+antes que verla en brazos del fanatismo!...
+
+Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía.
+
+La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El _chin, chin_ de los platillos,
+el _rum rum_ del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes
+de Quintanar.
+
+--¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no
+ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse!
+
+--_¡Chin, chin, chin! ¡bom, bom, bom!_--¡Sí, amigo mío! ¡Primero
+seducida que fanatizada!...
+
+--Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para las
+ocasiones son los hombres....
+
+--Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre usted el balcón, porque se me
+figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza!
+
+
+
+
+--XXVII--
+
+
+--¡Las diez! ¿Has oído? el reloj del comedor ha dado las diez.... ¿Te
+parece que subamos?...
+
+--Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral.
+
+--¡En la catedral! ¿Pero se oye desde aquí, muchacha? ¿Se oye el reloj
+de la torre desde aquí?... Mira que es media legua larga....
+
+--Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye.
+¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás las campanadas...
+tristes y apagadas por la distancia....
+
+--La verdad es que la noche está hermosa....
+
+--Parece de Agosto.--Cuando contemplo el cielo,
+
+ de innumerables luces rodeado
+ y miro hacia el suelo...
+
+perdóname, hija mía, sin querer me vuelvo a mis versos....
+
+--¿Y qué? mejor, Quintanar: eso es muy hermoso. _La Noche Serena_ ya lo
+creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era niña y empezaba a leer
+versos, mi autor predilecto era ese.
+
+El recuerdo de Fray Luis de León pasó como una nubecilla por el
+pensamiento de Ana que sintió un poco de melancolía amarga. Sacudió la
+cabeza, se puso en pie y dijo:
+
+--Dame el brazo, Quintanar; vamos a dar una vuelta por la galería de los
+perales, mientras la señora torre de la catedral se decide a cantar la
+hora....
+
+--Con mil amores, _mia sposa cara_.
+
+La pareja se escondió bajo la bóveda no muy alta de una galería de
+perales franceses en espaldar. La luna atravesaba a trechos el follaje
+nuevo y sembraba de charcos de luz el suelo a lo largo del obscuro
+camino.
+
+--Mayo se despide con una espléndida noche--dijo Ana, apoyándose con
+fuerza en el brazo de su marido.
+
+--Es verdad; hoy se acaba Mayo. Mañana Junio. Junio la caña en el puño.
+¿Te gusta a ti pescar? El río Soto, ya sabes, ese que está ahí en
+pasando la Pumarada de Chusquin.
+
+--Sí, ya sé... donde se bañan Obdulia y Visita algunos veranos antes de
+ir al mar.
+
+--Justo, ese... pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según me dijo
+el Marqués. ¿Quieres que escriba a Frígilis, que nos mande dos cañas con
+todos sus accesorios?
+
+--Sí, sí, ¡magnífico! Pescaremos.
+
+Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer que colgaba
+del suyo, y la tomó la mano como un tenor de ópera. Y cantó:
+
+ Lasciami, lasciami
+ oh lasciami partir...
+
+Calló y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Miró a su
+esposa, que también volvió el rostro hacia su marido.
+
+--¿Te gustan los Hugonotes? ¿Te acuerdas? Qué mal los cantaba aquel
+tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea... hermosa idea....
+Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, junto al estanque, figúrate a
+Gayarre o a Masini cantando... en esta noche tranquila, en este
+silencio... y nosotros aquí, debajo de esta bóveda... oyendo...
+oyendo.... Las óperas deberían cantarse así... ¿Qué nos falta a nosotros
+ahora? Música nada más que música.... El panorama hermoso... la brisa...
+el follaje... la luna... pues esto con acompañamiento de un buen
+cuarteto... y ¡el paraíso! Oh, los versos... los versos a veces no dicen
+tanto como el pentagrama. Estoy por la canción, por la poesía que se
+acompaña en efecto de la lira o de la forminge.... ¿Tú sabes lo que era
+la forminge, _phorminx_?
+
+Ana sonrió y le explicó el instrumento griego a su buen esposo.
+
+--Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pasó por la frente de Ana.
+
+El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez,
+pausadas, vibrantes, llenando el aire de melancolía.
+
+--Pues es verdad que se oye--dijo Quintanar.
+
+Y después de un silencio, comentario de la hora, añadió:
+
+--¿Vamos a cenar?--¡A cenar!--gritó Ana. Y soltando el brazo de don
+Víctor corrió, levantando un poco la falda de la _matinée_ que vestía,
+hasta perderse en la obscuridad de la bóveda. Quintanar la siguió dando
+voces:
+
+--Espera, espera... loca, que puedes tropezar.
+
+Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de la
+escalinata de mármol, con una mano apoyada en el cancel dorado de la
+puerta de la casa, a su querida esposa que extendía el brazo derecho
+hacia la luna, con una flor entre los dedos.
+
+--Eh, ¿qué tal, Quintanar? ¿Qué tal efecto de luna hago?...
+
+--¡Magnífico! Magnífica estatua... original pensamiento... oye: «La
+Aurora suplica a Diana que apresure el curso de la noche...».
+
+Ana aplaudió y atravesó el umbral. Don Víctor entró detrás diciéndose a
+sí mismo en voz alta:
+
+--¡Hija mía! Es otra.... Ese Benítez me la ha salvado.... Es otra....
+¡Hija de mi alma!
+
+Cenaron en la vajilla de los marqueses. Los dos tenían muy buen apetito.
+Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia Quintanar que
+sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía un cuchillo aprobaba con
+la cabeza.
+
+--La casa es alegre hasta de noche--dijo ella.
+
+Y añadió:--Toma, móndame esa manzana....
+
+--«Móndame la manzana, móndame la manzana...» ¿dónde he oído yo eso?...
+Ah ya....
+
+Y se atragantó con la risa.--¿Qué tienes, hombre?--Es de una
+zarzuela.... De una zarzuela de un académico.... Verás... se trata de la
+marquesa de Pompadour: un señor Beltrand anda en su busca; en un molino
+encuentra una aldeana... y como es natural se ponen a cenar juntos, y a
+comer manzanas por más señas.
+
+--Como tú y yo .--Justo. Pues bueno, la aldeana, como es natural
+también, coge un cuchillo.
+
+--Para matar a Beltrand....
+
+--No, para mondar la manzana....
+
+--Eso ya es inverosímil.
+
+--Lo mismo opinan Beltrand y la orquesta. La orquesta se eriza de
+espanto con todos sus violines en trémolo y pitando con todos sus
+clarinetes; y Beltrand canta, no menos asustado:
+
+_(Cantando y puesto en pie)_
+
+ ¡Cielos! monda la manzana;
+ ¡es la marquesa
+ de Pompadour!...
+ ¡de Pompadour!...
+
+Ana soltó el trapo. Rió de todo corazón el disparate del académico y la
+gracia de su marido. «La verdad era que Quintanar parecía otro».
+
+Petra sirvió el té.--¿Ha vuelto Anselmo de Vetusta?--preguntó el amo.
+
+--Sí, señor, hace una hora....
+
+--¿Ha traído los cartuchos?
+
+--Sí, señor.--¿Y el alpiste?--Sí, señor.--Pues dile que mañana muy
+temprano tiene que volver a la ciudad, con un recado para el señor
+Crespo. Deja... voy yo mismo a enterarle.... Escribiré dos letras; ¿no te
+parece, Ana? ese Anselmo es tan bruto....
+
+Salió el amo del comedor. Petra dijo, mientras levantaba el mantel:
+
+--Si la señorita quiere algo... yo también pienso ir mañana al ser de
+día a Vetusta... tengo que ver a la planchadora... si quiere que lleve
+algún recado... a la señora Marquesa... o....
+
+--Sí: llevarás dos cartas; las dejaré esta noche sobre la mesa del
+gabinete y tú las cogerás mañana, sin hacer ruido, para no despertarnos.
+
+--Descuide usted. Una hora después don Víctor dormía en una alcoba
+espaciosa, estucada, con dos camas. En el gabinete contiguo Ana escribía
+con pluma rápida y que parecía silbar dulcemente al correr sobre el
+papel satinado.
+
+--No tardes; no escribas mucho, que te puede hacer daño. Ya sabes lo que
+dice Benítez.
+
+--Sí, ya sé; calla y duerme.
+
+Ana escribió primero a su médico, que era en la actualidad el antiguo
+sustituto de Somoza. Benítez, el joven de pocas palabras y muchos
+estudios, observador y taciturno, había permitido a su enferma, a la
+Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distraía, a ciertas horas
+en que la aldea no ofrece ocupación mejor. «Escríbame usted a mí, por
+ejemplo, de vez en cuando, diciéndome lo que sabe que importa para mi
+pleito. Pero si se siente mal de esas aprensiones dichosas no me dé
+pormenores, bastan generalidades...».
+
+Ana escribía: «...Buenas noticias. Nada más que buenas noticias. Ya no
+hay aprensiones: ya no veo hormigas en el aire, ni burbujas, ni nada de
+eso; hablo de ello sin miedo de que vuelvan las visiones: me siento
+capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus figuras de sesos y
+demás interioridades, sin asco ni miedo. Hablo de mi temor a la locura
+con Quintanar como de la manía de un extraño. Estoy segura de mi salud.
+Gracias, amigo mío; a usted se la debo. Si no me prohibiera usted
+_filosofar_, aquí le explicaría por qué estoy segura de que debo al plan
+de vida que me impuso la felicidad inefable de esta salud serena, de
+este placer refinado de vivir con sangre pura y corriente en medio de la
+atmósfera saludable... pero nada de retórica; recuerdo cuánto le
+disgustan las frases.... En fin, estoy como un reloj, que es la expresión
+que usted prefiere. El régimen respetado con religiosa escrupulosidad.
+El miedo guarda la viña, seré esclava de la higiene. Todo menos volver a
+las andadas. Continúo mi diario, en el cual no me permito el lujo de
+perderme en _psicologías_ ya que usted lo prohíbe también. Todos los
+días escribo algo, pero poco. Ya ve que en todo le obedezco. Adiós. No
+retarde su visita. Quintanar le saluda... roncando. Ronca, es un hecho.
+_En aquel tiempo_ la Regenta hubiera mirado esto como una desgracia
+suya, que le mandaba exprofeso el _destino_ para ponerla a prueba. ¡Un
+marido que ronca! Horror... basta. Veo que tuerce usted el gesto.
+Perdón. No más cháchara. A Frígilis que venga con usted o antes. Diga lo
+que quiera mi esposo, si Crespo no viene a prepararme la caña y a
+convencer a las truchas de que se dejen pescar no haremos nada. Adiós
+otra vez. La esclava de su régimen, q. b. s. m.,
+
+ _Anita Ozores de Quintanar_».
+
+Después de firmar y cerrar esta carta, Ana se puso a continuar otra que
+había empezado a escribir por la mañana.
+
+Ahora la pluma corría menos, se detenía en los perfiles.
+
+Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que
+contestaba y que tenía delante de los ojos.
+
+«...No se queje de que soy demasiado breve en mis explicaciones. Ya le
+tengo dicho, amigo mío, que Benítez me prohíbe, y creo que con razón,
+analizar mucho, estudiar todos los pormenores de mi pensamiento. No ya
+el hacerlo, sólo el pensar en hacerlo, en desmenuzar mis ideas, me da la
+aprensión de volver a sentir aquella horrorosa debilidad del cerebro....
+No hablemos más de esto. Bastante hago si le escribo, pues prohibido me
+lo tienen. Pero entendámonos. Lo prohibido no es escribir a usted.
+¿Hablo ahora claro? Lo prohibido es escribir mucho, sea a quien sea, y
+sobre todo de asuntos serios.
+
+»¿Qué cuándo volvemos a Vetusta? No lo sé. Fermín, no lo sé.
+
+»Que yo estoy mucho mejor. Es verdad. Pero quien manda, manda. Benítez
+es enérgico, habla poco pero bien; ha prometido curarme si se le
+obedece, abandonarme si se le engaña o se desprecian sus mandatos. Estoy
+decidida a obedecer. Usted me lo ha dicho siempre: lo primero es que
+tengamos salud.
+
+»¿Que hay tibieza tal vez? No, Fermín, mil veces no. Yo le convenceré
+cuando vuelva.
+
+»¿Que rezo poco? Es verdad. Pero tal vez es demasiado para mi salud. ¡Si
+yo dijera a Quintanar o a Benítez el daño que me hace, sana y todo,
+repetir oraciones!... Que en mis cartas no hablo más que de don Víctor y
+del médico. ¿Pero de qué quiere que le hable? Aquí no veo más que a mi
+marido; y Benítez me acaba de salvar la vida, tal vez la razón.... Ya sé
+que a usted no le gusta que yo hable de mis miedos de volverme loca...
+pero es verdad, los tuve y le hablo de ellos, para que me ayude a
+agradecer al médico (de quien tanto hablo) mi _salvación intelectual_.
+¿Para qué me hubiera querido mi _hermano_ _mayor del alma_, sin el
+alma, o con el alma obscurecida por la locura?...
+
+»¿Que se acabó esto y se acabó lo otro...? No y no. No se acabó nada. A
+su tiempo volverá todo. Menos el visitar a doña Petronila. No me
+pregunte usted por qué, pero estoy resuelta a no volver a casa de esa
+señora. Y... nada más. No _puedo ser más larga_. Me está prohibido
+(¡otra vez!). Acabo de cenar. Su más fiel amiga y penitente agradecida.
+
+_Ana Ozores_».
+
+«P. D.--¿Qué se conoce que tengo buen humor? También es verdad. Me lo da
+la salud. Si lo tuviera malo y pensara mal, creería que a usted le pesa
+de mi buen humor, a juzgar por el _tono_ con que lo dice. Perdón por
+todas las faltas».
+
+Anita leyó toda esta carta. Tachó algunas palabras; meditó y volvió a
+escribirlas encima de lo tachado.
+
+Y mientras pasaba la lengua por la goma del sobre, moviendo la cabeza a
+derecha e izquierda, encogió los hombros y dijo a media voz:
+
+--No tiene por qué ofenderse. Se acostó en el lecho blanco y alegre que
+estaba junto al de Quintanar.
+
+El viejo madrugaba más que Ana, y salía a la huerta a esperarla. A las
+ocho tomaban juntos el chocolate en el invernáculo que él llamaba con
+cierto orgullo enfático _la serre_.
+
+--¡Si esto fuera nuestro!...--pensaba a veces Quintanar contemplando
+las plantas exóticas de los anaqueles atestados y de los jarrones
+etruscos y japoneses más o menos auténticos.
+
+La Regenta no pensaba en los títulos de propiedad del Vivero; gozaba de
+la naturaleza, de la salud y del relativo lujo que habían acumulado los
+Vegallana en su famosa quinta, sin fijarse en nada más que gozar. Vivía
+allí como en un baño, en cuya eficacia creía.
+
+Don Víctor salió de la huerta y atravesando prados, pumaradas y tierras
+de maíz, buscó entre las casuchas vecinas la bajada al río Soto, y por
+su orilla el lugar más a propósito para sentar sus reales y pescar, en
+cuanto volviese Anselmo con los trastos necesarios.
+
+Ana, durante las horas del calor, que ya era respetable, subió a su
+gabinete, y después de leer un poco, tendida sobre el lecho blanco, se
+acercó al escritorio de palisandro, y hojeó su libro de memorias.
+Siempre hacía lo mismo; antes de empezar a escribir en él repasaba
+algunas páginas, a saltos....
+
+Leyó la primera que casi sabía de memoria. La leyó con cariño de
+artista. Decía así, en letra sólo para Ana inteligible, nerviosa y
+rapidísima:
+
+«¡Memorias!... ¡Diario!... ¿por qué no? Benítez lo consiente».
+
+_Memorias de Juan García_, podría decir algún chusco.... Pero como esto
+no ha de leerlo nadie más que yo.... ¿Qué es ridículo? ¡Qué ha de ser!
+Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me
+agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera
+el _mundo_ me llamaría cursilona, literata... o romántica, como dice
+Visita. A Dios gracias, estos miedos al qué dirán ya han pasado. La
+salud me ha hecho más independiente. Sobre todo ¿qué han de decir si
+nadie ha de leerlo? Ni Quintanar. Nunca ha entendido mi letra cuando
+escribo deprisa. Estoy sola, completamente sola. Hablo conmigo misma,
+secreto absoluto. Puedo reír, llorar, cantar, hablar con Dios, con los
+pájaros, con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de mí.
+Empecemos por un himno. Hagamos versos en prosa. «¡Salud, salve! A ti
+debo las ideas nuevas, este vigor del alma, este olvido de larvas y
+aprensiones... y el equilibrio del ánimo, que me trajo la calma
+apetecida...». Suspendo el himno porque Quintanar jura que se muere de
+hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna en la
+boca.... ¡Ya bajo, ya bajo!... ¡Allá voy!..
+
+ * * * * *
+
+El Vivero, Mayo 1... Llueve, son las cinco de la tarde y ha llovido todo
+el día. _In illo tempore_, me tendría yo por desgraciada sin más que
+esto. Pensaría en la pequeñez--y la humedad--de las cosas humanas, en
+el gran aburrimiento universal, etc., etc.... Y ahora encuentro natural y
+hasta muy divertido que llueva. ¿Qué es el agua que cae sobre esas
+colinas, esos prados y esos bosques? El tocado de la naturaleza. Mañana
+el sol sacará lustre a toda esa verdura mojada. Y además, aquí en el
+campo, la lluvia es una música. Mientras Quintanar duerme la siesta
+(costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro
+la ventana y oigo
+
+ el rumor de la lluvia
+ sobre las hojas
+ y el ruido de las alas
+ de las palomas
+
+que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y
+saliendo por las ventanas angostas. Ese palomar tiene algo de serrallo o
+de casa de vecindad, según se mire. La vida común con sus horas de
+hastío, de descuido, de pereza pública se refleja en las posturas de
+esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las alas. Hay
+parejas que se juntan por costumbre, _por deber_, pero se aburren como
+si cada cual estuviese en el desierto. De repente el macho, supongo que
+será el macho, tiene una idea, un remordimiento, _improvisa_ una pasión
+_que está muy lejos de sentir_, y besa a la hembra, y hace la rueda y
+canta el _rucutucua_ y se eriza de plumas.... Ella, sorprendida, sin
+sacudir la pereza corresponde con tibias caricias, y a poco, ambos
+fatigados, soñolientos, encontrando en la molicie de mojarse inmóviles,
+inflados, mayor voluptuosidad que en los devaneos, vuelven a su
+quietismo, tranquilos, sin rencores, sin engaño, sin quejarse de la
+mutua displicencia. ¡Racionales palomas!--Quintanar ronca; yo escribo....
+Pie atrás. Esto no iba bien. Había algo de ironía; la ironía siempre
+tiene algo de bilis.... Los amargos abren el apetito... pero más vale
+tenerlo sin necesitarlos. A otra cosa.
+
+ * * * * *
+
+Llueve todavía. No importa. Todo el diluvio no me arrancaría hoy un
+gesto de impaciencia. La ventana está cerrada, los regueros del agua
+resbalando por el cristal me borran el paisaje. Víctor ha salido con
+Frígilis (segunda visita del buen Crespo, el único grande hombre que
+conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pinón de Pepa--el casero de los
+marqueses--recorren, como cobijados en una tienda de campaña, el bosque
+de encinas que mi marido llama siempre seculares. Van a comprobar no sé
+qué experimento de química, invención de Frígilis, según él. Dios les
+haga felices y les conserve los pies secos. Hoy me siento inclinada a la
+historia, a los recuerdos. No los temo. Poco más de cinco semanas han
+pasado y ya me parece de la historia antigua todo aquello.
+
+¡Qué tres días! Yo me figuraba estar prostituida de un modo extraño
+(aquí la letra de la Regenta se hace casi indescifrable para ella
+misma.) ¡Todo Vetusta me había visto los pies desnudos, en medio de una
+procesión, casi casi del brazo de Vinagre! ¡Y tres días con los pies
+abrasados por dolores que me avergonzaban, inmóvil en una butaca! Llamé
+a Somoza que se excusó. Vino el sustituto Benítez, silencioso, frío;
+pero comprendí que me observaba con atención cuando yo no le miraba.
+Debía de creer que yo me iba volviendo loca. Él lo niega, dice que todo
+aquello lo explica la exaltación religiosa y la exquisita moralidad con
+que decidí sacrificarme al bien del que creía ofendido por mis
+pensamientos y desaires. Benítez cuando se decide a hablar parece
+también un confesor. Yo le he dicho secretos de mi vida interior como
+quien revela síntomas de una enfermedad. Conocía yo cuando le hablaba de
+estas cosas, que él, a pesar de su rostro impasible, me estaba
+aprendiendo de memoria.... El mal subió de los pies a la cabeza. Tuve
+fiebre, guardé cama... y sentí aquel terror... aquel terror pánico a la
+locura. De esto no quiero hablar ni conmigo misma. Lo dejo por hoy; voy
+al piano a recordar la _Casta diva_... con un dedo».
+
+ * * * * *
+
+Pasó Ana, sin querer leerlas, algunas hojas. En ellas había escrito la
+historia de los días que siguieron al de la procesión, famosa en los
+anales de Vetusta. Sí, se había creído prostituida; aquella publicidad
+devota le parecía una especie de sacrificio babilónico, algo como
+entregarse en el templo de Belo para la vigilia misteriosa. Además
+sentía vergüenza; aquello había sido como lo de ser literata, una cosa
+ridícula, que acababa por parecérselo a ella misma. No osaba pisar la
+calle. En todos los transeúntes adivinaba burlas; cualquier murmuración
+iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura.
+«Había sido ridícula, había hecho una tontería»; esta idea fija la
+atormentaba. Si quería huir de ella, se la recordaba sin cesar el dolor
+de sus pies, que ardían, como abrasados de vergüenza; aquellos pies que
+habían sido del público, desnudos una tarde entera.
+
+Si quería consolarse con la religión y el amparo del Magistral, su mal
+era mayor, porque sentía que la fe, la fe vigorosa, puramente ortodoxa,
+se derretía dentro de su alma. En cuanto a Santa Teresa había concluido
+por no poder leerla; prefería esto al tormento del análisis irreverente
+a que ella, Ana, se entregaba sin querer al verse cara a cara con las
+ideas y las frases de la santa. ¿Y el Magistral? Aquella compasión
+intensa que la había arrojado otra vez a las plantas de aquel hombre ya
+no existía. Los triunfos habían desvanecido acaso a don Fermín. De todas
+suertes, Ana ya no le tenía lástima; le veía triunfante abusar tal vez
+de la victoria, humillar al enemigo...; ahora veía ella claro; por lo
+menos no veía tan turbio como antes. Ella había sido tal vez un
+instrumento en manos de su _hermano mayor_. Cierto que de Pas no había
+vuelto a manifestar con movimientos patéticos que le descubrieran, ni
+celos, ni amor, ni cosa parecida; Ana le observaba con miradas de
+inquisidor, de las que algo le remordía la conciencia, y sin embargo no
+pudo notar síntomas de pasión mundana. ¿Veía ella mal? ¿Disimulaba él
+bien? ¿O era que no había nada? Ello fue que la devoción antigua no
+volvió, que la fe se desmoronaba, que las antiguas teorías que sin darse
+entonces cuenta de ellas había oído a su padre, Ana las sentía dentro de
+sí.
+
+Un panteísmo vago, poético, bonachón y romántico, o mejor, un deísmo
+campestre, a lo Rousseau, sentimental y optimista a la larga, aunque
+tristón y un poco fosco; esto, todo esto mezclado era lo que encontraba
+ahora Ana dentro de sí y lo que se empeñaba en que fuera todavía pura
+religión cristiana. No quería ella ni apostatar, ni filosofar siquiera;
+también esto le parecía ridículo, pero sin querer las ideas, las
+protestas, las censuras venían en tropel a su mente y a su corazón. Esto
+era nuevo tormento. A pesar de todo seguía confesando a menudo con don
+Fermín. Le guardaba ahora una fidelidad consuetudinaria; temía los
+remordimientos si faltaba a lo que creía deber a aquel hombre. Temía
+sobre todo que si rompía sus relaciones devotas con él, volviese una
+reacción de lástima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la
+arrastrase a otra locura como la del viernes Santo. Tantas ideas y
+sentimientos encontrados, la vida retirada, y la conciencia de que en
+ella algo padecía y se rebelaba y amenazaba estallar, fueron concausas
+que trajeron las crisis nerviosas que estaba curando Benítez lo mejor
+que podía.
+
+Con toda el alma había creído Ana que iba a volverse loca. A una
+exaltación sentimental sucedía un marasmo del espíritu que causaba
+atonía moral; la horrorizaba pensar que en tales días eran indiferentes
+para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal. «Dios, como decía
+ella, se le hacía migajas en el cerebro y entonces sentía un abandono
+ambiente y una flaqueza de la voluntad que la atormentaban y producían
+pánico; el extremo de la tortura era el desprecio de la lógica, la duda
+de las leyes del pensamiento y de la palabra, y por último el
+desvanecimiento de la conciencia de su unidad; creía la Regenta que sus
+facultades morales se separaban, que dentro de ella ya no había nadie
+que fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el vértigo,
+el terror, que traía la reacción con gritos y pasmos periféricos».
+
+Por muchos días lo olvidó todo para no pensar más que en su salud; la
+horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor desconocido,
+extraño, del cerebro descompuesto. Llamó a Benítez con toda el alma, y
+principio de la cura fue este mismo afán y el obedecer ciegamente las
+prescripciones del médico.
+
+Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta baños, lo más y lo
+principal lo encomendó al cambio de vida, a la distracción, al aire
+libre, a la alegría, a las emociones tranquilas. ¡Al campo, al campo!
+fue el grito de salvación, y Ana y Quintanar (que buen susto había
+llevado también), gritaron sin cesar desde la mañana a la noche: ¡Al
+campo, al campo!
+
+Pero, ¿dónde estaba el campo? Ellos no tenían en la provincia de Vetusta
+una quinta de recreo. Don Víctor continuaba siendo propietario en
+Aragón.
+
+Ana en un arranque de valor, de un valor mucho más heroico de lo que
+podía suponer su marido, se atrevió a decir:
+
+--Quintanar, ¿qué te parece esta idea...? irnos a pasar unos meses,
+hasta que vuelva el invierno....
+
+--¿A dónde?--A tu tierra, a la Almunia de don Godino.
+
+Don Víctor dio un salto.--¡Hija, por Dios!... ya soy viejo para un
+traqueteo tan grande de mis pobres huesos.... ¡La Almunia!... ¡con mil
+amores... en otro tiempo, pero ahora! Yo amo la patria, es claro, soy
+aragonés de corazón, y digo lo que el poeta, que es muy feliz el que no
+ha visto
+
+ más río que el de su patria;
+
+pero yo soy a estas horas más vetustense que otra cosa, y otro poeta lo
+ha dicho también, el príncipe Esquilache:
+
+ Porque es la patria al que dichoso fuere
+ donde se nace no, donde se quiere.
+
+¡La Almunia de don Godino! Dónde íbamos a parar.... Y además separarnos
+de Frígilis... de don Álvaro, de los Marqueses, de Benítez, ¡imposible!
+
+No se pensó más en ello. Ana en el fondo del alma, se alegró de lo muy
+vetustense que era aquel aragonés.
+
+Esta alegría se la ocultó a sí propia. Creyó haber cumplido con su deber
+en este punto.
+
+Pero ¿a dónde irían a pasar aquellos meses de campo que Benítez exigía
+como condición indispensable para la salud de Ana?
+
+Un día se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a más
+de Quintanar y los Marqueses, Álvaro y Paco.
+
+--El médico--decía el ex-regente--exige que la aldea a donde vayamos
+ofrezca una porción de circunstancias difíciles de reunir.
+
+--Veamos--dijo de Marqués.--Ha de estar cerca de Vetusta para que
+Benítez pueda hacernos frecuentes visitas y para trasladar a Ana pronto
+a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante cómoda, amena, ofrecer
+un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba fresca, leche de
+vacas... ¡qué sé yo!
+
+Don Álvaro tuvo una inspiración en aquel momento. Se acercó al oído de
+Paco y dijo:
+
+--¡El Vivero! Paco adivinó y admiró. «¡Sólo el genio tenía aquellas
+revelaciones!».
+
+Sin pensar en que secundaba planes mefistofélicos, dijo en voz baja:
+
+--Papá, no conozco más quinta que reúna las condiciones de Benítez que
+una... que está a nuestra disposición....
+
+Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su
+hijo:
+
+--¡El Vivero!--¡Bravo, bravo, eureka!--repetía el Marqués--. Paco
+tiene razón, ¡al Vivero! se van ustedes al Vivero.
+
+Y la Marquesa:--¡Hermosa idea! ¡Qué gusto! Y nos veremos a menudo antes
+de irnos a baños....
+
+Don Víctor protestó.--¡Cómo el Vivero! ¿Y ustedes?
+
+--Nosotros no vamos este año.--O iremos mucho más tarde.--Y cuando
+vayamos cabremos todos.--Allí hemos dormido, cada cual con entera
+independencia, más de veinte personas--advirtió Álvaro.
+
+--Es claro; aquello es un convento.--No se hable más, no se hable más.
+
+--¿Cómo que no se hable más? ¿Y mi delicadeza?
+
+A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que su mujer y
+él y los criados que quisieran llevar, irían a pasar aquellos meses que
+pedía Benítez en el Vivero, donde serían dueños absolutos.... Nada, nada,
+los Marqueses no admitieron objeciones.
+
+--«¿No eran parientes?».
+
+--«Cierto que sí»--tuvo que responder, muy orgulloso, Quintanar.
+
+Ana al saber la noticia, comprendió que aquello era todo lo contrario de
+irse a la Almunia de don Godino. Pero no quiso pensar en los peligros
+que la estancia en el Vivero podía tener. Aborrecía ahora las
+cavilaciones. Sin embargo, sin investigar las causas de ello, sintió
+durante todo aquel día una alegría de niña satisfecha en sus gustos más
+vivos, y aún más intenso fue su placer al despertar a la mañana
+siguiente con este pensamiento: «Voy al Vivero a hacer vida de aldeana,
+a correr, respirar, engordar... alegrar la vida... allí el sol, el agua
+corriente, el follaje... la salud...» y como un acompañamiento musical
+que encantaba toda aquella perspectiva, Ana sentía una indecisa
+esperanza que era como un sabor con perfumes... una esperanza... no
+quería pensar de qué... Pero ello era que el mundo parecía alegrarse,
+que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo, de los
+que se gozan cuando duran las ilusiones. «Aquel Benítez la estaba
+rejuveneciendo».
+
+Después de las hojas del libro de memorias que se referían, a su modo, a
+la materia que va reseñada brevemente, Ana encontró, y en ella se
+detuvo, la página en que rápidamente había reflejado sus impresiones al
+entrar en el Vivero en un día de Abril que parecía de Junio, alegre,
+ardiente, despejado.
+
+Leyó con deleite aquella página, no recreándose en el estilo, sino en
+los recuerdos. Decía:
+
+ * * * * *
+
+«El Romero y el Clavel torcieron de repente; el landó se dobló sin
+ruido, nos sacudió un poco, dejamos la carretera de Santianes y las
+ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del
+Vivero; los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos
+hacían cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la frente
+como cabello movido por el viento. Se abrió la gran puerta de la cerca
+vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de la
+_quintana_ vieja, despertando con el ruido resonancias en el silencio
+del _palación_ cerrado y vacío. Por mi gusto nos hubiéramos quedado a
+vivir en aquella casa inmensa, con dos torres de piedra parda y
+soportales con columnas... pero el coche siguió al trote; el Marqués
+tiene la vanidad de hacer que la entrada al Vivero _habitable_ sea por
+aquí, por delante de la antigua mansión señorial.... Las ruedas vuelven a
+callar, como enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estrépito con los
+cascos briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y
+flanqueada de pretil de mármol con macetas y rosetones de verdura
+exótica.
+
+La _casa nueva_ nos sonríe enfrente y delante de la coquetona marquesina
+de la entrada nos detenemos; silencio general... un momento. Habla el
+sol... nosotros gozamos; la limpieza, la corrección, la elegancia
+parecen allí obra de la naturaleza, y el follaje, el esplendor de su
+verdura, los susurros del aire discreto, la hermosura de la perspectiva,
+los vuelos graciosos de miles de pájaros, parecen importación del lujo;
+riqueza y naturaleza se juntan allí; el sol, cortesano del _confort_,
+alumbra más.... ¡Cosa extraña! Yo no había visto el Vivero hasta ahora,
+lo que se llama ver, hasta ahora nunca había comprendido esta armonía
+íntima del lujo y del campo. Está bien así. Debe haber rincones en la
+tierra en que no haya nada feo, ni pobre ni triste.
+
+Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesión del Vivero, comen
+con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta.
+
+Ya estamos solos. Examino toda la casa. En el piso bajo, salón, billar,
+gabinete-biblioteca, galería de costura sobre el jardín, rodeada de
+cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de mármol
+blanco. ¡Qué alegría! Todo es cristal, flores, plantas de hojas
+gigantescas, de colores fuertes, raros. Lo que me agrada más es el
+capricho del Marqués en el piso principal; una galería con cierre de
+cristales rodea todo el edificio. He dado dos vueltas a todo el corredor
+como si nunca hubiera visto el Vivero. ¿Qué será que todo me parece
+nuevo, mejor, más elegante, más poético? Quintanar está encantado, y se
+me figura que tiene un poco de envidia.
+
+ * * * * *
+
+Vida excelente. La primavera entró en mi alma. Madrugo. El baño me
+fortifica y me alegra el espíritu. Tendida en la pila, con la mano en el
+grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantasía como en sopor se
+detiene en imágenes plásticas tranquilas y suaves. Después tiemblo
+dentro de la sábana y vuelvo gozosa al calor de mi cuerpo, contenta de
+la vida que siento circular por mis venas. La cabeza está firme; jamás
+vienen a mortificarme ideas sutiles, alambicadas.... Pienso poco,
+vagamente, y los pormenores de los accidentes ordinarios que me rodean
+absorben lo mejor de mi atención. Benítez puede estar satisfecho. Así la
+salud volverá con más fuerza. Vivir es esto: gozar del placer dulce de
+vegetar al sol.
+
+ * * * * *
+
+Y sin embargo hay horas en que las vibraciones de las cosas me hablan de
+una música recóndita de ideas sentimientos. ¿Qué es esta esperanza de
+un bien incierto? A veces se me antoja todo el Vivero escenario de una
+comedia o de una novela.... Entonces me parece más solitario el bosque,
+más solitario el palacio. Esta soledad parece meditabunda. Está todo en
+silencio reflexivo, recordando los ruidos de la alegría y del placer que
+latieron aquí, o preparándose a retumbar con la algazara de fiestas
+venideras.... Insisto en ello, hay aquí algo de escenario antes de la
+comedia. Los vetustenses que tienen la dicha de ser convidados a las
+excursiones del Vivero son los personajes de las escenas que aquí se
+representan.... Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaquinito, Álvaro... y
+tantos otros han hablado aquí, han cantado, corrido, jugado, bailado...
+reído sobre todo.... Y algo olfateo de la alegría pasada o algo presiento
+de la alegría futura. Sí, Quintanar dice bien, esto es el paraíso, ¿qué
+nos falta a nosotros en él? Según Quintanar, nada más que música.... Oh,
+pues por música que no quede. Corro al salón a tocar _la donna é
+movile_, con el dedo índice, mi único dedo músico. ¡Qué cursi es esto
+según Obdulia!... ¡Una dama que no sabe tocar el piano más que con un
+dedo!
+
+ * * * * *
+
+Quintanar es feliz. ¡Y es tan bueno! ¡Cómo me cuida! ¡qué agasajos, qué
+mimos! Parece otro. Piensa más en mí que en la marquetería. ¡Pasa días
+enteros sin serrar nada! No hay alma que no tenga su poesía en el fondo.
+Su alegría es demasiado bulliciosa, pero es sincera. Yo no podría vivir
+aquí sin él. Imagínole ausente, me veo aquí sola y tengo miedo y siento
+la soledad.... Luego no me estorba, luego su compañía me agrada.
+
+ * * * * *
+
+Petra, la misma Petra, me gusta aquí en el campo.
+
+Se viste como las aldeanas del país, canta con ellas en la _quintana_,
+se mete en la danza y toca la _trompa_ con maestría. Ayer, al morir el
+día, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la lengüeta de hierro vibrando
+entre sus labios, los aires del país monótonos y de dulce tristeza.
+Pepe, el casero, cantaba cantares andaluces convertidos en
+vetustenses... y Petra tañía la _trompa_ quejumbrosa, y yo sentía
+lágrimas dulces dentro del pecho... y la vaga esperanza volvía a
+iluminar mi espíritu. Cuanto más triste la lengüeta de la _trompa_, más
+esperanza, más alegría dentro de mí. Todo esto es salud, nada más que
+salud.
+
+ * * * * *
+
+He traído al Vivero algunos libros de mi padre. Hacía muchos años que no
+los había abierto. Quintanar los tenía en los cajones más altos de sus
+estantes.
+
+¡Qué impresiones! He encontrado entre las hojas de una _Mitología
+ilustrada_, pedacitos de yerba de Loreto... eran polvo; papeles escritos
+en que reconocí mis garabatos de niña... y un marinero dibujado por mi
+pluma que, según la leyenda que tiene al pie, era _Germán_.
+
+ * * * * *
+
+Probablemente Benítez condenaría este afán de leer y me prohibiría la
+desmedida afición. ¡Oh, qué cosas tan nuevas encuentro en estos libros
+que apenas entendía en Loreto! Los dioses, los héroes, la vida al aire
+libre, el arte por religión, un cielo lleno de pasiones humanas, el
+contento de este mundo... el olvido de las tristezas hondas, del
+porvenir incierto... un pueblo joven, sano en suma.... Quisiera saber
+dibujar para dar formas a estas imágenes de la Mitología que me
+asedian».
+
+ * * * * *
+
+Ana, después de leer estas y otras páginas, escribió sus impresiones de
+aquellos días. Don Víctor vino a interrumpirla para anunciarle que ya
+había instalado su tienda de campaña a la orilla del río, en el paraje
+más ameno y fresco, junto a una mancha de sombra en el agua, donde
+infaliblemente habría truchas.
+
+Desde aquella tarde pescaron. Pescaron poco, pero muy alabado. Ana leía
+sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras
+sujetaba la caña con la mano izquierda, sin más fuerza que la necesaria
+para que la corriente no la llevase.
+
+Mientras ella, a orillas del río Soto, a media legua de Vetusta en
+compañía de su Quintanar, dejaba a las truchas escapar muertas de risa,
+su imaginación, vuelta a los tiempos y a los parajes clásicos, se bañaba
+en el Cefiso, aspiraba los perfumes de las rosas del Tempé, volaba al
+Escamandro, subía al Taigeto y saltaba de isla en isla de Lesbos a las
+Cíclades, de Chipre a Sicilia....
+
+Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien
+navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente pendían
+racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica
+orilla del Soto, llamada por la voz del ex-regente que gritaba:
+
+--¡Pero muchacha, que te están comiendo el cebo!
+
+No importaba; Ana era feliz y Quintanar también. «¡Parece otro!» se
+decía ella. «¡Parece otra!» pensaba él.
+
+El tiempo volaba. Junio se metió en calor. Vetusta en verano es una
+Andalucía en primavera. Ana todas las mañanas, _por la fresca_ recorría
+la huerta y sacudía las ramas cargadas de cerezas acompañada de don
+Víctor, Pepe el casero y Petra; llenaban grandes cestas, forradas con
+hojas de higuera, de aquellos corales húmedos y relucientes; y la
+Regenta sentía singular voluptuosidad sana y risueña al pasar la
+finísima mano blanca por las cerezas apiñadas sobre la verdura de las
+hojas anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del
+Marqués y a veces a las de sus amigos. Una mañana vio Ana que Petra y
+Pepe llenaban de la más colorada fruta un canastillo de paja blanca y de
+colores. Ana se acercó a ayudarlos. De pronto dijo:
+
+--¿Para quién es esto?--Para don Álvaro--contestó Petra.
+
+--Sí, voy a llevárselo yo mismo a la fonda--añadió Pepe sonriendo ya a
+la propina que veía en lontananza.
+
+Ana sintió que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto le
+pareció de repente más dulce y voluptuoso.
+
+Y cuando nadie la veía, a hurtadillas, sin pensar lo que hacía, sin
+poder contenerse, como una colegiala enamorada, besó con fuego la paja
+blanca del canastillo. Besó las cerezas también... y hasta mordió una
+que dejó allí, señalada apenas por la huella de dos dientes.
+
+Y asustada de su desfachatez pensó todo el día en la aventura, sin
+vergüenza.
+
+«¡También esto era cosa de la salud!».
+
+La víspera de San Pedro, por la noche, el Magistral recibió un B. L. M.
+del marqués de Vegallana invitándole a pasar el día siguiente, desde la
+hora en que le dejasen libre sus deberes de la catedral, en el Vivero en
+compañía de los dueños de la quinta y de sus actuales inquilinos los
+señores de Quintanar, más otros muchos buenos amigos. Pertenecía el
+Vivero a la parroquia rural de San Pedro de Santianes; Pepe el casero
+era aquel año factor de la fiesta de la parroquia, y pensaba echar la
+casa por la ventana, «para no dejar mal al señor Marqués».
+
+Anita, en la postdata de su última carta decía al confesor:
+
+«El Marqués me ha dicho que piensa invitar a usted a la romería de San
+Pedro. Somos nosotros _los factores_... Supongo que no faltará usted.
+Sería un solemne desaire».
+
+«No, no faltaré, pensaba don Fermín dando vueltas en la cama. Ojalá
+tuviera valor para faltar, para despreciaros, para olvidarlo todo...
+pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesión que me vence
+siempre. Sí, si he de acabar por ir, si estoy seguro de que al fin he de
+tomar el camino del Vivero, más vale ahorrarme el tormento de la batalla
+y declararme vencido. Iré».
+
+Y no pudo dormir una hora seguida en toda la noche. Pero esto era
+achaque antiguo ya. Desde que Anita «_había vuelto a engañarle_» don
+Fermín no gozaba hora de sosiego.
+
+Como el Marqués no le había invitado a hacer el viaje en su coche, lo
+cual tal vez indicaba cierta frialdad premeditada, que De Pas fingía no
+sentir, tuvo el señor canónigo que ir en persona a alquilar una berlina.
+Mandó que le esperase fuera del Espolón a las diez en punto. Fue a la
+catedral, pero no pudo parar allí y a las nueve y media ya estaba en
+medio de la carretera de Santianes o del Vivero paseándola a lo ancho,
+agitado, pálido, de un humor de mil diablos.
+
+«¿A qué voy yo allá? De fijo estará el otro. ¿Que voy yo a hacer allí?
+¡Maldito Vivero!». La berlina tardaba. De Pas daba pataditas de
+impaciencia. Por fin llegó el coche destartalado, sucio, a paso de
+tortuga.
+
+--¡Al Vivero, a escape!--gritó don Fermín dejándose caer como un plomo
+sobre el asiento duro que crujió.
+
+Sonrió el cochero, sacudió un latigazo al aire, el caballo extenuado
+saltó sobre la carretera dos o tres minutos, y como si aquello fuese
+una falta de formalidad indigna de sus años, que eran muchos, volvió al
+paso perezoso sin protesta de nadie.
+
+El Magistral recordó que en aquella misma berlina u otro coche de la
+misma casa por lo menos, pocas semanas antes iba él llorando de alegría,
+llena el alma de esperanzas, de proyectos que le hacían cosquillas en
+los sentidos y en lo más profundo de las entrañas. Y ahora un
+presentimiento le decía que todo había acabado, que Ana ya no era suya,
+que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero era ridículo; que si
+estaba allí Mesía, como era casi seguro, todas las ventajas eran del
+petimetre. Vestía el Provisor balandrán de alpaca fina con botones muy
+pequeños, de esclavina cortada en forma de alas de murciélago. Tenía
+algo su traje del que luce Mefistófeles en el _Fausto_ en el acto de la
+serenata. Había deliberado mucho tiempo a solas: ¿qué ropa llevaría?
+Cada vez le pesaba más la sotana y le abrumaba más el manteo. El
+sombrero de teja larga era odioso; demasiado corto era cursi, ridículo,
+parecía cosa de don Custodio; muy cerrado, antiguo, muy abierto, indigno
+de un Vicario general. ¿Iría de levita? ¡Vade retro! No, el cura de
+levita se convierte por fuerza en cura de aldea o en clérigo liberal. El
+Magistral muy pocas veces recurría a tal indumentaria. Oh, si le fuera
+lícito vestir su traje de cazador, su zamarra ceñida, su pantalón fuerte
+y apretado al muslo, sus botas de montar, su chambergo, entonces sí,
+iría de paisano, y la vanidad le decía que en tal caso no tendría que
+temer el parangón con el arrogante mozo a quien aborrecía. Sí, a quien
+aborrecía. Don Fermín ya no se lo ocultaba a sí mismo. No daba nombre a
+su pasión, pero reconocía todos sus derechos y estaba muy lejos de
+sentir remordimientos. «Él era cura, cura, una cosa ridícula, puestas
+las cosas en el estado a que habían llegado». Había comprendido que Ana
+sentía repugnancia ante el canónigo en cuanto el canónigo quería
+demostrarle que además era hombre. «¡Y sí era hombre vive Dios que era
+hombre, y tanto y más que el otro; capaz de deshacerle entre sus brazos,
+de arrojarle tan alto como una pelota!...». Dejaba de pensar en sus
+tristezas y en su cólera. Miraba como tonto los accidentes del paisaje,
+los palos del telégrafo que iba dejando atrás de tarde en tarde. Tuvo
+que levantar los vidrios de las ventanillas porque el polvo le sofocaba.
+El sol le aburría y le picaba; no había cortinas. El viaje se hacía
+interminable. Aquella media legua se había estirado indefinidamente. «El
+Marqués se había portado como un grosero no ofreciéndole un asiento en
+su coche. La culpa la tenía él que había aceptado el convite. ¿Pero qué
+remedio?».
+
+Oyó el estrépito de cascos de caballo que machacaba la grava reciente
+detrás de la berlina. Se asomó a ver quiénes eran los jinetes y
+reconoció a don Álvaro y a Paco que pasaron al galope de dos hermosos
+caballos blancos, de pura raza española.
+
+Ellos no le vieron; el placer de la carrera los llevaba absortos y no
+repararon en la mísera berlina que seguía al paso. Incapaz de toda noble
+emulación, el mísero jaco de alquiler siguió caminando lo menos posible,
+seguro de que la felicidad no estaba en el término de ninguna carrera de
+este mundo. Para comer mal siempre se llega a tiempo. Esta era toda su
+filosofía. El cochero debía de ser discípulo del caballo.
+
+Cuando el Magistral llegó al Vivero no había ningún convidado en la
+casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban tampoco.
+
+Petra se le presentó vestida de aldeana, con una coquetería provocativa,
+luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana sujeto atrás,
+sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy apretado al cuerpo
+esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubría otra roja que se
+vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela. Estaba hermosa
+y segura de ello. Sonrió al Magistral, y dijo:
+
+--Los señores están en San Pedro.
+
+--Ya lo suponía, hija mía, pero vengo muerto de sed y....
+
+La aldeana fingida sirvió en la glorieta del jardín al Magistral un
+refresco delicioso que improvisó con arte.
+
+--Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hacían
+allí los señores.
+
+Petra dijo que doña Ana parecía otra: ¡qué alegre! ¡qué revoltosa! nada
+de encerrarse en la capilla horas y horas, nada de rezar siglos y
+siglos, nada de leer a su Santa Teresa eternidades.... Vamos, era otra.
+¿Y salud? Como un roble.
+
+--¿El señorito Paco vino?--preguntó de repente De Pas.
+
+--Sí, señor, hará un cuarto de hora. Llegaron él y el señorito Álvaro, a
+caballo, a escape; tomaron un refresco como usted, y corrieron a San
+Pedro.... Creo que no habían oído misa y quisieron coger la de la
+fiesta....
+
+En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de
+cohetes cargados de dinamita.
+
+--Ya están al alzar--dijo la doncella.
+
+Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que
+preguntó:
+
+--¿La iglesia está cerca, creo, saliendo por ahí por el bosque, verdad?
+
+--Sí, señor; pero hay tres callejas que se cruzan y puede darse en el
+río en vez de... si quiere usted ir, le acompañaré yo misma; ahora no
+tengo nada que hacer allá dentro....
+
+--Si eres tan amable.... Petra echó a andar delante del Magistral. Por un
+postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de corpulentas
+encinas y robles retorcidos y ásperos. Ocupaba el bosque las laderas de
+una loma y el altozano, que era lo más espeso. Subía un repecho y don
+Fermín veía los bajos irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo
+Petra, más algo de la muy bordada falda blanca y de una media de seda
+calada, refinada coquetería que quitaba propiedad al traje y por lo
+mismo le daba picante atractivo.
+
+--¡Qué calor, don Fermín!--decía la rubia, enjugando el sudor de la
+frente con pañuelo de batista barata.
+
+--Mucho, rubita, mucho--respondía el Magistral, desabrochándose el
+maldito balandrán y soplando con fuerza.
+
+--Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que allá en Matalerejo
+tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos....
+
+--¿Quién te lo ha dicho a ti?
+
+--¡Bah! Teresina...--¿Sois amigas, eh?--Mucho. Silencio. Los dos
+meditan. El canónigo reanuda el diálogo.
+
+--No creas; yo, aquí donde me ves, soy un aldeano; juego a los bolos que
+ya ya....
+
+Petra se detuvo y se volvió para ver a don Fermín que hacía el ademán de
+arrojar una bola de roble por la cóncava bolera adelante....
+
+Rió la doncella y continuando la marcha, dijo:
+
+--No, que es usted fuerte no necesita decirlo: bien a la vista está.
+
+Callaron otra vez. Detrás de la loma, y ya más cerca, estallaron cohetes
+de dinamita y en seguida la gaita y el tamboril de timbre tembloroso,
+apagadas las voces por la distancia, resonaron al través de la hojarasca
+del bosque.
+
+La gaita hablaba a las entrañas del Provisor y de Petra, ambos aldeanos.
+Volvieron a mirarse y a sonreírse.
+
+--Ya vuelven--dijo Petra, deteniéndose de nuevo.
+
+--¿Llegamos tarde?
+
+--Sí, señor; la comitiva tomará el camino de la calleja de abajo y
+cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estarán en el Vivero....
+
+--De modo....
+
+--De modo, que es mejor volvernos. ¡Ay, don Fermín, perdóneme usted este
+paseo... esta molestia!...
+
+--No, hija, no hay de qué... al contrario.... Aquí se está bien... esta
+sombra... pero yo estoy algo cansado... y con tu permiso... entre
+aquellas raíces, sobre aquel montón verde y fresco de yerba segada...
+¿eh? ¿qué te parece? voy a sentarme un rato....
+
+Y lo hizo como lo dijo. Petra, sin atreverse a sentarse y sin querer
+dejar el puesto, miró al suelo ruborosa, hizo movimientos felinos, y se
+puso a retorcer una punta del delantal....
+
+--¿Cansado? ¡bah!--se atrevió a decir--un mozo como usted....
+
+La gaita y el tambor llenaban las bóvedas verdes con sus chorretadas,
+alegres ahora, luego melancólicas, cargadas siempre de ideales perfumes
+campestres, de recuerdos amables.
+
+El Magistral mordía yerbas largas y ásperas y meditaba con una sonrisa
+amarga entre los labios. «¡Ironías de la suerte! El fruto que se
+ofrecía, que le caía en la boca, allí... despreciado... y el imposible
+codiciado... cuanto más imposible, más codiciado.... Sin embargo, para
+que fuese menos ridícula su situación en el Vivero, le parecía muy
+oportuno poner por obra lo que meditaba. Y además, a él le convenía
+tener de su parte a la doncella de la Regenta, hacerla suya,
+completamente suya...».
+
+--Petra....
+
+--¿Señor?--gritó ella fingiendo susto.
+
+--¿Quieres crecer? Pues bastante buena moza eres. Mira, no seas tonta...
+si no tienes prisa... puedes sentarte.... Así como así, yo quisiera
+preguntarte... algunas cositas respecto de....
+
+--Lo que usted quiera, don Fermín. Por aquí de fijo no pasa nadie;
+porque, sobre que poca gente atraviesa el bosque para ir a la iglesia,
+los que van siguen la trocha casa del leñador; es muy fresca y tiene
+asientos muy cómodos.
+
+--Mejor que mejor. Hablaremos más a gusto. Vamos allá.
+
+Se levantó y emprendieron la marcha. Subían en silencio. El monte se
+hacía más espeso.
+
+La gaita y el tambor sonaban ya muy lejos, como una aprensión de ruido.
+
+Petra, al llegar a la casa del leñador, se dejó caer sobre la yerba,
+algo distante de don Fermín; y encarnada como su saya bajera, se atrevió
+a mirarle cara a cara con ojos serios y decidores.
+
+El Magistral se sentó dentro de la cabaña.
+
+Hablaron. Por algo don Fermín temía el momento de encontrarse con la
+comitiva, como decía Petra. Cuando media hora después entraba solo por
+el postigo del bosque en la huerta, lo primero que vio fue a la Regenta
+metida en el pozo seco, cargado de yerba, y a su lado a don Álvaro que
+se defendía y la defendía de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira,
+Paco, Joaquín y don Víctor que arrojaban sobre ellos todo el heno que
+podían robar a puñados de una vara de yerba, que se erguía en la próxima
+pomarada de Pepe el casero.
+
+El Marqués gritaba desde la galería del primer piso:
+
+--¡Eh, locos! ¡locos! que os echo los perros, que destrozáis la yerba de
+Pepe.... ¿Qué va a cenar el ganado? ¡Locos!...--Pepe, no lejos del pozo,
+vestido con los trapos de cristianar, más una corbata negra que había
+creído digna de un factor, dejaba hacer, dejaba pasar, se rascaba la
+cabeza y sonreía gozoso....
+
+--Deje, señor, deje que _rebrinquen_ los señoritos, que la _erba_ yo la
+apañaré... en sin perjuicio....
+
+La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados,
+no pudo ver al Magistral hasta que se acabó la broma y le tocó salir del
+pozo... con ayuda de don Álvaro y los que estaban fuera.
+
+No se avergonzó de que su confesor la hubiera visto en tal situación....
+Le saludó amable, bulliciosa, y volvió con Obdulia, con Visita y con
+Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaquín, don Álvaro
+y don Víctor.
+
+Del Magistral se apoderó el Marqués que le llevó al salón donde estaban
+la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa y su hija mayor, que no
+quería correr con _aquellos locos_; el Barón, Ripamilán, Bermúdez, que
+tampoco quería correr, Benítez el médico de Anita, y otros vetustenses
+ilustres.
+
+--Mire usted, señor Provisor--dijo Vegallana--; la fiesta se ha dividido
+en dos partes: como Pepe es el factor, ha convidado a todos los curas de
+la comarca, catorce salvo error; yo les he propuesto venirse a comer
+aquí con nosotros, pero como algunos de ellos son cerriles, comprendí
+que preferían verse libres de damas y caballeretes de la ciudad y se les
+ha puesto su mesa en el palacio viejo, donde yo pienso acompañarlos.
+Ahora bien, yo proponía a Ripamilán que viniese conmigo, pero él no
+quiere.... Si usted fuese tan amable que me acompañara, aquellos buenos
+párrocos se creerían honrados infinitamente... ¡ya ve usted, como usted
+es el señor Vicario general!...
+
+No hubo más remedio. El Magistral tuvo que comer con el Marqués y los
+curas en el palacio viejo.
+
+Petra se encargó de presidir el servicio de la _mesa de aldea_, aún
+vestida de aldeana del país, y colorada, echando chispas de oro de los
+rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos, elocuentes,
+llenos de una alegría maligna que robaba los corazones de los aldeanos y
+de algunos clérigos rurales.
+
+A la hora del café don Fermín no pudo resistir más, se escapó como pudo
+y volvió a la casa nueva, donde la algazara había llegado a ser
+estrépito de los diablos. En el momento de entrar él, don Víctor (con
+una montera _picona_ en la cabeza) cantaba un dúo con Ripamilán,
+rejuvenecido, junto al piano, que tocaba como sabía don Álvaro, con un
+puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos
+brillantes que el humo del cigarro cegaba.
+
+Las señoras ya no estaban allí. La Marquesa, la gobernadora y la
+Baronesa paseaban por la huerta; la gente _joven_, Obdulia, Visita, Ana,
+Edelmira y la niña del Barón, corrían solas por el bosque.
+
+Se las oía gritar, desde la galería de cristales. Obdulia, Visita y
+Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los hombres.
+
+Así lo comprendió Joaquín que propuso a Paco dejar el concierto de
+Quintanar y don Cayetano y correr detrás de _aquellas_.
+
+--Deja, luego--decía Paco, que gozaba mucho con las canciones
+antiquísimas de Ripamilán y ya se iba cansando a ratos de su prima.
+
+Cuando Quintanar y el Arcipreste se quedaron roncos, que fue pronto, se
+dejó el piano y se cumplieron los deseos de Orgaz. Él, Paco, Mesía y
+Bermúdez salieron de la casa y entraron en el bosque. «Ya no se oían los
+gritos de _aquellas_». «¿Se habrían escondido?». «Eso debía de ser».
+
+«A buscarlas cada cual por su lado».
+
+«¡Magnífico! ¡magnífico!».
+
+Se dispersaron y pronto dejaron de verse unos a otros.
+
+Bermúdez, en cuanto se sintió solo, se sentó sobre la yerba. Un
+encuentro a solas con cualquiera de aquellas señoras y señoritas en un
+bosque espeso de encinas seculares, le parecía una situación que exigía
+una oratoria especial de la que él no se sentía capaz. Y, sin embargo,
+¡qué deliciosa podría ser una conferencia íntima con Obdulia o con Ana
+_sobre la verde alfombra_!
+
+El Magistral tuvo que quedarse con Ripamilán, don Víctor, el gobernador,
+Benítez y otros señores graves. Benítez era joven, pero prefería hacer
+la digestión sentado y fumando un buen cigarro.
+
+Don Víctor se acercó al médico, en el hueco de un balcón y De Pas pudo
+oír el diálogo que entablaron.
+
+--¡Oh! no puede figurarse usted cuánto le debo.
+
+--¿A mí, don Víctor?
+
+--Sí a usted; Ana es otra. ¡Qué alegría, qué salud, qué apetito! Se
+acabaron las cavilaciones, la devoción exagerada, las aprensiones, los
+nervios... las locuras... como aquella de la procesión.... Oh, cada vez
+que me acuerdo se me crispan los... pues nada, ya no hay nada de
+aquello. Ella misma está avergonzada de lo pasado. Se ha convencido de
+que la santidad ya no es cosa de este siglo. Este es el siglo de las
+luces, no es el siglo de los santos. ¿No opina usted lo mismo, señor
+Benítez?
+
+--Sí señor--dijo el médico sonriendo y chupando su cigarro.
+
+--¿De modo que usted opina que mi mujer está curada del todo?...
+¿radicalmente?...
+
+--Doña Ana, amigo mío, no estaba enferma; se lo he dicho a usted cien
+veces; lo que tenía se curaba sin más que cambiar de vida; pero no era
+enfermedad... por eso no puede decirse con exactitud que se ha curado...
+por lo demás... esa misma exaltación de la alegría, ese optimismo, ese
+olvido sistemático de sus antiguas aprensiones... no son más que el
+reverso de la misma medalla.
+
+--¿Cómo? usted me asusta.
+
+--Pues no hay por qué. Doña Ana es así; extremosa... viva...
+exaltada... necesita mucha actividad, algo que la estimule...
+necesita....
+
+Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los
+ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca.
+
+--¿Qué necesita?--Eso... un estímulo fuerte, algo que le ocupe la
+atención con... fuerza...; una actividad... grande... en fin, eso... que
+es extremosa por temperamento.... Ayer era mística, estaba enamorada del
+cielo; ahora come bien, se pasea al aire libre entre árboles y flores...
+y tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la manía de la
+salud....
+
+--Es verdad; no habla más que de la salud la pobrecita.
+
+--¡Qué pobrecita! ¿Pobrecita por qué?
+
+--¿Por qué? por esos extremos... por esos estímulos que necesita....
+
+--¿Y eso qué importa? Su temperamento exige todo eso....
+
+--¿De modo que usted cree que ayer era devota, exageradamente devota
+porque... tal vez había quien influía en su espíritu en cierto
+sentido?...
+
+--Justo. Es muy probable. Don Víctor, aturdido como solía, hablaba sin
+miedo de ser oído, sin ver al Magistral, que fingiendo leer un periódico
+y a ratos atender a Ripamilán, se esforzaba en no perder ni una palabra
+del diálogo del balcón.
+
+--¿De modo... que el cambio de Anita se debe a... otra influencia?...
+¿su pasión por el campo, por la alegría, por las distracciones se
+debe... a un nuevo influjo?
+
+--Sí señor; es un aforismo médico: _ubi irritatio ibi fluxus_.
+
+--¡Perfectamente! ¡_Ubi irritatio_... justo, _ibi_... _fluxus_!
+
+¡Convencido! Pero aquí el nuevo influjo... ¿dónde está? Veo el otro, el
+clero, el jesuitismo... pero, ¿y este? ¿quién representa esta nueva
+influencia... esta nueva _irritatio_ que pudiéramos decir?...
+
+--Pues es bien claro. Nosotros. El nuevo régimen, la higiene, el
+Vivero... usted... yo... los alimentos sanos... la leche... el aire...
+el heno... el tufillo del establo... la brisa de la mañana... etc., etc.
+
+--Basta, basta; comprendido... la higiene... la leche... el olor del
+ganado... ¡magnífico!... ¡De modo que Ana está salvada!
+
+--Sí señor.--¿Porque esta nueva exageración no puede llevarnos a nada
+malo?...
+
+Benítez escupió un pedazo del puro, que había roto con los dientes, y
+contestó con la misma sonrisa de antes:
+
+--A nada.--¡Santa Bárbara!--gritó Quintanar cerrando los ojos y
+poniéndose en pie de un salto.
+
+Y tras el relámpago, que le había deslumbrado, retumbó un trueno que
+hizo temblar las paredes. Cesaron todas las conversaciones, todos se
+pusieron en pie; Ripamilán y don Víctor estaban pálidos. Eran dos
+hombres valientes de veras que se echaban a temblar en cuanto sonaba un
+trueno.
+
+Ripamilán, aunque algo sordo de algunos años acá, había oído
+perfectamente la descarga de las nubes y ya se sentía mal. No tenía
+bastante confianza para pedir un colchón con que taparse la cabeza,
+según acostumbraba hacer en su casa.
+
+Todos los convidados, menos los dos miedosos, se acercaron a los
+balcones para ver llover. Caía el agua a torrentes. Allá al extremo de
+la huerta se veía a la Marquesa y a las señoras que la acompañaban
+refugiadas bajo la cúpula del Belvedere que dominaba el paisaje, en una
+esquina del predio, junto a la tapia.
+
+--¿Y los chicos?--preguntó Ripamilán asustado, fingiendo temer por los
+demás.
+
+Llamaba _los chicos_ a los que habían salido al bosque.
+
+--¡Es verdad! ¿Qué era de ellos? Hay que buscarlos.... Se van a poner
+perdidos--exclamó Quintanar, acordándose de su mujer, lleno de
+remordimientos por no haberlo dicho antes.
+
+El Magistral no pensaba en otra cosa, pero callaba. Estaba pasando un
+purgatorio y aquello era ya el colmo. «Los otros en el bosque... y el
+cielo cayendo a cántaros sobre ellos.... ¡A qué cosas no estaría
+obligando la galantería de don Álvaro en aquel momento!».
+
+--Es preciso ir a buscarlos--decía el gobernador.
+
+--Hay que llevarles paraguas...--Y el caso es que la Marquesa está
+sitiada por el chubasco allá abajo y no puede disponer....
+
+--Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y
+mandar....
+
+Y se deliberó largamente qué se haría.
+
+--Hay que salvar a los náufragos--dijo el Barón a guisa de chiste.
+
+El Magistral, que había salido del salón, se presentó con dos paraguas
+grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreció uno a don Víctor, diciendo:
+
+--Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que también lo soy...
+¡al monte! ¡al monte!
+
+Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole
+con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.
+
+--¡Bravo, bravo!--gritaron aquellos señores, que aplaudían el heroísmo
+ajeno.
+
+Un trueno formidable, simultáneo con el relámpago, estalló sobre la casa
+y puso pálidos a los más valientes.
+
+--¡Vamos, vamos, pronto!--gritó el Magistral, cuya palidez no la
+causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su mala suerte,
+a sarcasmos del diablo que se burlaba de él y de su miserable condición
+de clérigo.
+
+--Pero... don Fermín--se atrevió a decir Quintanar--por lo mismo que soy
+cazador... conozco el peligro.... El árbol atrae el rayo.... Ahí arriba
+también hay laureles, el laurel llama la electricidad; ¡si fueran pinos
+menos mal! ¡pero el laurel!...
+
+--¿Qué quiere usted decir? ¿Que los parta un rayo a los otros? No ve
+usted que con ellos está doña Ana....
+
+--Sí, verdad es... pero ¿no podría ir Pepe con algún criado... con
+Anselmo...? Usted va a mojarse el balandrán... y la sotana....
+
+--¡Al monte! ¡don Víctor, al monte!--rugió el Provisor.
+
+Y la voz terrible fue apagada por un trueno más horrísono que los
+anteriores.
+
+--Señores--dijo Ripamilán que estaba escondido en una alcoba--. No se
+apuren ustedes, los chicos deben de estar a techo.
+
+--¿Cómo a techo?...--Sí, Fermín, no se asuste usted. A techo... en la
+casa del leñador que usted no conoce; es una cabaña rústica, que el
+Marqués se hizo construir con cañas y césped allá arriba, en lo más
+espeso del monte....
+
+El Magistral no quiso oír más. Salió con un paraguas bajo el brazo y
+dejó caer el otro a los pies de don Víctor.
+
+El cual recogió el arma defensiva, que llamó escudo para sus adentros, y
+siguió sin chistar «al loco del Magistral», sin explicarse por qué se
+empeñaba en que fueran ellos a buscar a la Regenta y no los criados.
+
+Tampoco los señores del salón comprendían aquello; y sonreían con
+discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un misterio la
+conducta del Magistral.
+
+--Tenía razón don Víctor--advirtió el barón--¿por qué no habían de haber
+ido los criados?
+
+--Además--dijo el gobernador--eso parece una lección a todos nosotros,
+especialmente a usted que tiene por allá a su hija....
+
+El trueno que estalló en aquel instante se le antojó a Ripamilán que
+había metido cien rayos en la casa.
+
+El miedo ya era general.--Ea, ea, señores--dijo el Arcipreste desde la
+alcoba--a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso de ustedes... _In
+nomine Patris_...
+
+
+
+
+--XXVIII--
+
+
+--¿Adónde van ustedes?--gritaba la Marquesa desde el _Belvedere_ al
+Magistral y a don Víctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia,
+corrían por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua
+por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero.
+
+--¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don
+Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que
+tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas.
+
+La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por señas, pero don Víctor
+ya no la entendía y don Fermín ni la oía siquiera.
+
+--Pero aguarde usted, santo varón; espere usted, ¡deliberemos; formemos
+un plan!... ¿a dónde me lleva usted?
+
+Por lo visto tampoco oía a Quintanar aquel santo varón, porque
+continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrás un momento.
+
+De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y
+bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex-regente,
+que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia.
+
+--¡Esto es un telar!--gritaba, y se envolvía en los hilos como si fueran
+cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caía de hinojos,
+blasfemando, contra su costumbre.
+
+--También es ocurrencia de chicos venir al monte a divertirse.... Si no
+hay más que arañas y espinas.... Don Fermín, espere usted por las once
+mil... de a caballo, que yo me pierdo y me caigo.
+
+Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto.
+
+No osó blasfemar otra vez.--¡Don Fermín! ¡don Fermín! ¡espere usted en
+nombre de la humanidad!
+
+De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima y
+disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría:
+
+--Parece mentira que sea usted cazador.
+
+--Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un
+bombardeo... y las arañas se me meten en el estómago... y sobre todo a
+mí me gustan las acciones heroicas que tienen alguna utilidad. _Nisi
+utile est id quod facimus, stulta est gloria_ ha dicho Baglivio. ¿A
+dónde vamos nosotros, a ver, dígalo usted si lo sabe?
+
+--A buscar a doña Ana que estará... poniéndose perdida....
+
+--¡Quiá perdida! ¿Cree usted que son tontos? De fijo están a techo....
+¿Cree usted que han de estar papando... arañas y nadando como nosotros?
+¿Además no tienen pies para volverse a casa? ¿No saben el camino? Dirá
+usted que les llevamos paraguas; ¿y para qué sirven los paraguas?
+
+El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no servían de
+nada en el bosque.
+
+--Haga usted lo que quiera--dijo--yo sigo.
+
+--Eso es darme una lección--replicó don Víctor algo picado y
+continuando también la ascensión penosa.
+
+--No señor.--Sí señor; eso... es ser más papista que el Papa. Me parece
+a mí que mi mujer me importa más a mí que a nadie.... Y usted dispense
+este lenguaje... pero, francamente, esto ha sido una quijotada.
+
+Quintanar comprendió que aquello era una insolencia, pero estaba furioso
+y no quiso recogerla.
+
+El primer impulso de don Fermín fue descargar el puño del paraguas sobre
+la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en aquella ocasión;
+pero se contuvo por multitud de consideraciones... y continuó subiendo
+en silencio.
+
+A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonarían a
+un náufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas llevaba
+clavadas en el cerebro con clavos de fuego: _Ubi irritatio ibi fluxus_
+decía una; y la otra: ¡estarán en la casa del leñador! No creía el
+Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte,
+combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente
+enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra,
+con las escenas también campestres en que temía groseramente ver
+enredada a la Regenta.
+
+«¡_Ubi irritatio ibi fluxus_!» iba pensando; es verdad, es verdad... he
+estado ciego... la mujer siempre es mujer, la más pura... es mujer... y
+yo fuí un majadero desde el primer día.... Y ahora es tarde... y la perdí
+por completo. Y ese infame....
+
+Echó a correr monte arriba. «¡Pero ese hombre está loco!», pensaba
+Quintanar, que le seguía jadeante, con un palmo de lengua colgando y a
+veinte pasos otra vez.
+
+El Magistral procuraba orientarse, recordar por dónde había bajado pocas
+horas antes de la casa del leñador. Se perdía, confundía las señales,
+iba y venía... y don Víctor detrás, librándose de las arañas como de
+leones, de sus hilos como de cadenas.
+
+«Lo mejor es subir por la máxima pendiente, ello está hacia lo más
+alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar...».
+
+Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don Víctor, con cara amable y voz
+dulce y suplicante advirtió:
+
+--Señor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que separarnos;
+hágame usted el favor de subir por ahí, por la derecha....
+
+Don Víctor se negó, pero el Magistral insistiendo, y con alusiones
+embozadas al miedo positivo de su compañero, logró picar otra vez su
+amor propio y le obligó a torcer por la derecha.
+
+Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subió corriendo cuanto podía,
+tropezando con troncos y zarzas, ramas caídas y ramas pendientes.... Iba
+ciego; le daba el corazón, que reventaba de celos, de cólera, que iba a
+sorprender a don Álvaro y a la Regenta en coloquio amoroso cuando menos.
+«¿Por qué? ¿No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaquín,
+Visita, Obdulia y los demás que habían subido al bosque?». No, no,
+gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don Álvaro sabe mucho de
+estas aventuras, ya habrá él aprovechado la ocasión, ya se habrá dado
+trazas para quedarse a solas con ella. Paco y Joaquín no habrán puesto
+obstáculos, habrán procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y
+Edelmira respectivamente. Visitación los habrá ayudado. Bermúdez es un
+idiota... de fijo están solos. Y vuelta a correr cuanto podía,
+tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrán empapado
+que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de lodo y
+telarañas mojadas. También él llevaba la boca y los ojos envueltos en
+hilos pegajosos, tenues, entremetidos.
+
+Llegó a lo más alto, a lo más espeso. Los truenos, todavía formidables,
+retumbaban ya más lejos. Se había equivocado, no estaba hacia aquel lado
+la cabaña. Siguió hacia la derecha, separando con dificultad las espinas
+de cien plantas ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las
+ramas la caseta rústica.... Alguien se movía dentro.... Corrió como un
+loco, sin saber lo que iba a hacer si encontraba allí lo que
+esperaba..., dispuesto a matar si era preciso... ciego....
+
+--¡Jinojo! que me ha dado usted un susto...--gritó don Víctor, que
+descansaba allí dentro, sobre un banco rústico, mientras retorcía con
+fuerza el sombrero flexible que chorreaba una catarata de agua clara.
+
+--¡No están!--dijo el Magistral sin pensar en la sospecha que podían
+despertar su aspecto, su conducta, su voz trémula, todo lo que delataba
+a voces su pasión, sus celos, su indignación de marido ultrajado,
+absurda en él.
+
+Pero don Víctor también estaba preocupado. No le faltaba motivo.
+
+--Mire usted lo que me encontrado aquí--dijo y sacó del bolsillo, entre
+dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata.
+
+--¿Qué es eso?--preguntó De Pas, sin poder ocultar su ansiedad.--¡Una
+liga de mi mujer!--contestó aquel marido tranquilo como tal, pero
+sorprendido con el hallazgo por lo raro.
+
+--¡Una liga de su mujer! El Magistral abrió la boca estupefacto,
+admirando la estupidez de aquel hombre que aún no sospechaba nada.
+
+--Es decir--continuó Quintanar--una liga que fue de mi mujer, pero que
+me consta que ya no es suya.... Sé que no le sirven... desde que ha
+engordado con los aires de la aldea... con la leche... etc., y que se
+las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo que esta liga... es de
+Petra. Petra ha estado aquí. Esto es lo que me preocupa.... ¿A qué ha
+venido Petra aquí... a perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he
+creído oportuno dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa,
+está a mi servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es
+de Petra.
+
+Don Fermín estaba rojo de vergüenza, lo sentía él. Todo aquello, que
+había podido ser trágico, se había convertido en una aventura cómica,
+ridícula, y el remordimiento de lo grotesco empezó a pincharle el
+cerebro con botonazos de jaqueca.... Por fortuna don Víctor, según
+observó también De Pas, no estaba para atender a la vergüenza de los
+demás, pensaba en la suya; se había puesto también muy colorado.
+Comprendió el Magistral por qué torcidos senderos conocía el ex-regente
+las ligas de su mujer.
+
+También Quintanar tenía, además de vergüenza, celos.
+
+No podía saber De Pas hasta qué punto había llegado la debilidad de don
+Víctor, que se decía a sí mismo: «Probablemente este clérigo, malicioso
+como todos, estará sospechando... lo que no ha habido».
+
+Lo cierto era que don Víctor, al cabo, había cedido hasta cierto punto a
+las insinuaciones de Petra.
+
+Pero acordándose de lo que debía a su esposa, de lo que se debía a sí
+mismo, de lo que debía a sus años, y de otra porción de deudas, y sobre
+todo, por fatalidad de su destino que nunca le había permitido llevar a
+término natural cierta clase de empresas, era lo cierto que había
+retrocedido en _aquel camino de perdición_ desde el día en que una
+tentativa de seducción se le frustó, por fingido pudor de la criada. «No
+había, en suma, llegado a ser dueño de los encantos de su doncella, pero
+en aquellos primeros y últimos escarceos amorosos había podido adquirir
+la convicción de que la Regenta le había regalado a Petra unas ligas que
+el amante esposo le había regalado a ella».
+
+«¿Por qué se le había ido la lengua delante del Magistral?».
+
+«No podía explicárselo, los celos, si así podían llamarse, le habían
+hecho hablar alto. Por lo demás, él despreciaba a la rubia lúbrica en el
+fondo del alma... y sólo en un momento de exaltación... de la mente,
+había podido...».
+
+La tempestad ya estaba lejos... los árboles continuaban chorreando el
+agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul.
+
+Por decir algo, don Víctor dijo:
+
+--Verá usted como esto repite a la noche.... Por allá abajo viene otro
+mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas....
+
+Vamos a bajar antes que vuelva el agua--advirtió De Pas, que hubiera
+querido estar cinco estados bajo tierra.
+
+Los dos se tenían miedo.
+
+Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra.
+
+Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los
+llamó de lejos, entre los árboles.
+
+--Don Víctor, don Víctor... eh, don Víctor... por aquí.
+
+--¿Qué pasa? ¿Han parecido? ¿Alguna desgracia?
+
+--¿Qué desgracia? no señor, que los señoritos y las señoritas ya estaban
+en casa muy tranquilos cuando ustedes estarían llegando a mitad del
+monte... apenas se han mojado.... Yo salí, por orden de la señora
+Marquesa, en su busca apenas comenzó a llover.... Fui con el carro y el
+toldo encerado a la calleja de Arreo donde sabía yo que el señorito Paco
+había de parecer, porque aquel es el camino más corto y la casa de
+Chinto está allí, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban todas
+las señoritas, que no se habían mojado apenas... porque en el monte
+cuando empieza el chaparrón se está como a techo.... De modo que todos
+están en casa muertos de risa, menos la señora doña Anita que teme por
+usted y... por este señor cura....
+
+--¿Pero y la señora Marquesa cómo no nos advirtió?...
+
+--Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hacía caso,
+y que ella le decía que ya había salido el carro....
+
+Y Pepe se reía a carcajadas.--No ha sido mala broma, je, je....
+Probecicos y da lástima verles... sobre todo este señor cura está hecho
+un _eciomo_, perdonando la comparanza, es una sopa.... Anda, anda, y cómo
+se le ha ponío too el melindrán este... y la sotana parece un charco....
+
+Tenía razón Pepe. De Pas y don Víctor se miraban y se encontraban
+aspecto de náufragos.
+
+--Anden, anden, ángeles de Dios, que la mojadura puede llegar a los
+huesos y darles un romantismo....
+
+--Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado.
+
+--La señorita Ana ya tié preparada ropa caliente pa usté y creo que no
+falta pa este señor cura: y si no, yo tengo una camisa fina que podría
+ponérsela una princesa....
+
+El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde
+habían salido, dio vuelta a la muralla y entró en las cocheras, de donde
+hizo sacar su miserable berlina de alquiler.
+
+Don Víctor no le vio siquiera separarse de él. Tan absorto iba.
+
+Encontró el Magistral al Marqués que no quería dejarle marchar en aquel
+estado....
+
+--Pero si va usted a coger una pulmonía.... Múdese usted.... Ahí habrá
+ropa....
+
+No hubo modo de convencerle.--Despídame usted de la Marquesa. En una
+carrera estoy en mi casa....
+
+Y dejó el Vivero, no tan a escape como él hubiera querido, sino a un
+trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos que
+regular.
+
+--Pero, hombre, castigue usted a ese animal--gritaba don Fermín al
+cochero--. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero llegar
+pronto a mi casa.
+
+El cochero, ante la perspectiva de una propina, descargó dos tremendos
+latigazos sobre los lomos del rocín, que vino a pagar así la ira
+concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos
+latigazos los hubiera descargado el canónigo de buen grado sobre el
+rostro de Mesía.
+
+Cuando el miserable y desvencijado vehículo llegaba a las primeras
+casas de los arrabales de Vetusta, obscurecía. La noche, según había
+anunciado don Víctor, amenazaba con nueva tormenta. Todo el cielo se
+cubría de nubes pardas que se ennegrecían poco a poco. Ya se veían
+relámpagos extensos en el horizonte por Norte y Oeste, y de tarde en
+tarde zumbaba rodando un trueno allá muy lejos.
+
+Don Fermín llevaba el alma sofocada de hastío, de desprecio de sí mismo.
+¡Qué jornada! pensaba, ¡qué jornada! No le quedaba ni el consuelo de
+compadecerse; merecido tenía todo aquello; el mundo era como el
+confesonario lo mostraba, un montón de basura; las pasiones nobles,
+grandes, sueños, aprensiones, hipocresía del vicio.... Buena prueba era
+él mismo, que a pesar de sentirse enamorado por modo angélico, caía una
+y otra vez en groseras aventuras, y satisfacía como un miserable los
+apetitos más bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra era
+de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del
+maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada. «Con
+unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo». «¿Y don
+Víctor? Otro miserable y además un estúpido que merecía cuanto mal le
+viniera encima, como él, como Ana lo merecían también, como lo merecía
+el mundo entero que era un lodazal.... ¡Oh, aquellos relámpagos debían
+quemar el mundo entero si se quería hacer justicia de una vez!».
+
+Lo que más le irritaba era que su conciencia le envolvía a él también en
+el general desprecio.... «Todo era pequeño, asqueroso, bajo... y él como
+todo».
+
+«¿Y lo que había dicho el médico? _Ubi irritatio_... es decir que Ana
+caería en brazos de don Álvaro... ¡que era fatal aquella caída!... Y
+tanto misticismo, y tanto hermano mayor del alma... ¿para qué había
+servido? Farsa, hipocresía, hipocresía inconsciente, como la propia,
+como la del universo entero...».
+
+El Magistral daba diente con diente. El frío le hizo pensar en la ropa,
+la ropa en su madre.
+
+«Esta es otra. ¿Qué va a decir al verme entrar así? Tendré que inventar
+una mentira. ¡Bah! una más, ¿qué importa?... Y los otros allá... a sus
+anchas.... Podrán, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo
+idiota del marido.... Oh, ¿quién es aquí el marido? ¿Quién es aquí el
+ofendido? ¡Yo, yo! que siento la ofensa, que la preveo, que la huelo en
+el aire... no él que no la ve aun puesta delante de los ojos...».
+
+Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso
+al Vivero a sorprender «lo que el presentimiento le daba por seguro, lo
+que no había pasado tal vez en el bosque, pero lo que estaría pasando en
+la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas damas
+lascivas, locas y encubridoras...».
+
+Un trueno que retumbó sobre Vetusta sirvió de acompañamiento a la cólera
+del canónigo.
+
+--«¡Eso! ¡eso!--rugió mientras abría la portezuela y se apeaba frente a
+su casa--. ¡Esto sólo se arregla con rayos!».
+
+Y entró en su casa después de pagar al cochero.
+
+Los rayos que quería le esperaban arriba dispuestos a estallar sobre su
+cabeza.
+
+Cuando se acostó aquella noche, pensaba que en su vida había tenido tan
+formidable reyerta con su señora madre, ni había visto jamás a doña
+Paula ostentar mayores parches de sebo en las sienes.
+
+Y al dormirse, la última idea que le perseguía, la que más le
+atormentaba con sus punzadas, era la del ridículo.
+
+«¡Qué aventuras tan grotescas... qué horrorosa ironía de lo cómico
+durante todo el día! Y... la culpa de todo la tenía la odiosa, la
+repugnante sotana...».
+
+Los últimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a pesar
+de todo durmió, rendido por tanta fatiga.
+
+Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara,
+y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos
+otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde
+al monte, que llamaba el clero del campo _la santina_, en la casa nueva
+todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los
+prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se
+tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa.
+Ya se sabía que al Vivero no se iba a otra cosa. Visitación, Obdulia y
+Edelmira también, eran las que conocían mejor los lugares más
+escondidos, dónde había puertas de escape, y todo lo que exigían
+aquellos juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos
+años que tenían varias de aquellas personas tan alegres.
+
+A don Víctor se le recibió en triunfo; triunfo burlesco. Algunos, Visita
+y Paco entre ellos, querían coronarlo, pero él prefirió correr a su
+cuarto para mudarse de pies a cabeza.
+
+Entró con él la Regenta para ayudarle.
+
+--¿Y don Fermín?--preguntó.
+
+--Tu don Fermín es un botarate, hija mía, y perdona--contestó Quintanar
+de mal humor, mientras se mudaba los calcetines.
+
+Y refirió a su mujer todo lo que les había sucedido, menos el hallazgo
+de la liga.
+
+Ana convino en que De Pas había llevado la galantería a un extremo
+ridículo, sobre todo ridículo, en un sacerdote.
+
+--¿A quién le importará más mi mujer, a él o a mí?--repetía a cada
+instante el marido, como supremo argumento contra el Magistral.
+
+«Sí, pensaba Ana, tiene razón don Álvaro, ese hombre... tiene celos,
+celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido una imprudencia.... Debo
+huir de él, tiene razón Álvaro».
+
+Mesía y Paco, en los días anteriores, habían venido varias veces al
+Vivero, a caballo; Mesía había encontrado a la Regenta expansiva,
+alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo conseguir que ella
+escuchase consejos que él juraba higiénicos principalmente.
+
+«El misticismo era una exaltación nerviosa».
+
+En eso estaba Ana también, asustada todavía con los recuerdos de sus
+aprensiones.
+
+«Además, el Magistral no era un místico; lo menos malo que se podía
+pensar de él era que se proponía ganar a las señoras de categoría para
+adquirir más y más influencia».
+
+Cuando don Álvaro se atrevió a decir esto, ya sus confidencias habían
+sido muy íntimas.
+
+De amor no se hablaba; Mesía, aunque con trabajo, respetaba a la Regenta
+hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo agradecía y,
+como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar en los peligros
+de aquella amistad; y lo conseguía mejor que antes.
+
+«Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre de
+cavilaciones y propósitos quijotescos y excesivos: quiero paz, quiero
+calma... seré como todas. Mi honor no padecerá... pero los escrúpulos
+me volverían a la locura, a las aprensiones horrorosas...».
+
+Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados.
+
+La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía minando el
+terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas.
+
+Cuando Quintanar refirió los pasos imprudentes del Magistral, Ana sintió
+por un momento algo de odio. «¿Cómo? ¿Su mismo confesor la comprometía?
+Si Víctor fuera otro, ¿no podría haber sospechado o de don Álvaro o del
+canónigo mismo? ¿Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos?
+¡No faltaba más! ¡qué horror! ¡qué asco! ¡amores con un clérigo!».
+
+Y ahora sí que la imagen de don Álvaro se le presentaba risueña,
+elegante, fresca y viva. «Al fin aquello estaba dentro de las leyes
+naturales y sociales... a lo menos era cosa menos repugnante... menos
+ridícula; no, lo que es ridículo, nada... ¡pero un canónigo!...».
+
+Y le parecía que el pecado de querer a un Mesía era ya poco menos que
+nada, sobre todo si servía para huir de los amores de un Magistral...
+«¿Pero qué se habría figurado aquel señor cura?».
+
+No se acordaba la Regenta ahora de aquello del «hermano mayor del alma»,
+ni de la leña que ella, sin mala intención, sin asomo de coquetería,
+había arrojado al fuego de que ahora se avergonzaba. La pasión, que
+ahora halagaba con su nueva vida, vencedora, próxima a estallar, le
+sugería sofisma tras sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal
+la conducta del Provisor, y noble y caballeresca la de Mesía.
+
+El cual, aquella misma mañana en el pozo lleno de yerba, antes en el
+patio de la iglesia, por las callejas, cuando venían detrás del tambor
+y de la gaita, en el bosque, después en el carro de Pepe, donde venían
+juntos, casi sentada ella encima de él, sin poder remediarlo, más tarde
+en el salón, en todas partes y en todo el día le había estado dejando
+ver que la adoraba, «pero no se lo había dicho, por respeto... a fuerza
+de quererla tanto».
+
+Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del
+clérigo.
+
+Y le faltó tiempo para decírselo a don Álvaro.
+
+En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue
+diciendo, cuando pudo hablarle sin que los oyeran:
+
+--¿Qué le parece a usted la conducta del Magistral?
+
+¿Que le había de parecer a don Álvaro? ¡Abominable! ¿Pues qué era lo que
+él, don Álvaro, tenía dicho? Que no había que fiarse del Provisor, etc.,
+etc.
+
+--«Sí, Ana, está enamorado de usted, loco, loco... eso se lo conocí yo
+hace mucho tiempo... porque... porque...».
+
+Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo perfectamente, y hasta con
+acompañamiento de una música dulcísima que la Regenta creía oír dentro
+de sus entrañas; una música que le salía de los ojos y de la boca....
+«¡qué sabía ella! pero aquello era una delicia mucho más fuerte que
+todas las del _misticismo_».
+
+Cuando hablaban así, como _otros dos hermanos del alma_, empezaba la
+noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo los
+relámpagos que a don Fermín le sorprendieron al entrar en Vetusta. Ana y
+Mesía estaban solos apoyados en el antepecho de la galería del primer
+piso, en una esquina de aquel corredor de cristales que daba vuelta a
+toda la casa. La mayor parte de los convidados abajo, en el salón, se
+preparaban a volver a Vetusta, otros preferían aceptar la hospitalidad
+que los Marqueses les ofrecían en el Vivero por aquella noche. Todo era
+abajo ruido, movimiento, órdenes confusas, broma, vacilaciones, unos que
+se quedaban y de repente preferían emprender el viaje, otros que se
+preparaban a ocupar un asiento en un coche y volvían a la casa
+prefiriendo «dormir en el suelo aunque fuera». Ripamilán desde luego
+aceptó la cama que le ofreció la Marquesa «para él solo».
+
+--Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me
+consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo.
+
+Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Barón quería más
+quedarse, pero tuvo que seguirlas. También se metió en el coche el
+gobernador, pero su esposa se quedó con los Marqueses. Bermúdez volvió a
+Vetusta; Visitación, Obdulia, Edelmira, Paco y Mesía se quedaban.
+
+Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas
+materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaquín corrían como locos
+por el corredor del primer piso. Visitación estaba un poco borracha, no
+tanto por lo que había bebido como por lo que había alborotado; Obdulia
+decía que tenía un clavo en la sien: había bebido mucho más, pero el
+torbellino del baile, las emociones fuertes del escondite la mantenían
+en pie firme de puro excitada. Edelmira, maestra ya en el arte de
+divertirse al estilo de la casa de sus tíos, estaba como una amapola y
+reía y gozaba con estrépito; su alegría era comunicativa y simpática.
+Paco la pellizcaba sin compasión y ella despedazaba los brazos de Paco;
+Joaquín Orgaz, que había conseguido aquella tarde algunas ventajas
+positivas en el amor siempre efímero de Obdulia, pellizcaba también; y
+había carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos, sorpresas.
+Ahora, mientras Ana y Álvaro hablaban asomados a la galería, sin miedo
+al agua que les salpicaba el rostro ni a los relámpagos que rasgaban el
+horizonte negro enfrente de sus ojos, los demás, en la obscuridad del
+corredor estrecho jugaban a un juego de niños que se llamaba en Vetusta
+_el cachipote_, y que consiste en esconder un pañuelo convertido en
+látigo y buscarlo por las señas conocidas de: frío y caliente. El que lo
+encuentra corre detrás de los otros a latigazos hasta llegar a la madre.
+Este juego inocente daba ocasión a multitud de sabrosos incidentes entre
+aquellos jugadores todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y
+otra de varón, buscaban en el mismo agujero el _cachipote_; los que
+corrían se atropellaban, y la verdad histórica exige que se declare, por
+más que parezca inverosímil, que muy a menudo aquellos _chicos_ que
+corrían como locos todos juntos por la estrecha galería, huyendo del
+látigo, caían al suelo en confuso montón, mientras el zurriago les medía
+las espaldas.
+
+Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y gárrulo de las despedidas y
+preparativos de marcha, y detrás el estrépito de los que corrían en la
+galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno,
+la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando
+deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida una
+declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda
+idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el
+estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para
+aquella mujer que sentía las emociones de los quince años al frisar con
+los treinta.
+
+No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que
+se reportase, que mirase quién era ella. «Bastante lo miraba, bastante
+se contenía para lo mucho que aseguraba sentir y sentiría de fijo».
+
+«No, no, que no calle, que hable toda la vida», decía el alma entera. Y
+Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el presidente del
+Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que
+había sido _mística_, ni siquiera en que había maridos y Magistrales en
+el mundo. Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí,
+pero _caer al cielo_.
+
+Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo
+presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que
+había encontrado en la meditación religiosa. En esta última había un
+esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor algo enfermizo,
+una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era
+pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer,
+salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo
+ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin
+trascender a nada más que a la esperanza de que durase eternamente. «No,
+por allí no se iba a la locura».
+
+Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una respuesta;
+es más, lloraba, sin llorar por supuesto, «de pura gratitud, sólo porque
+le oían». «¡Había callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones,
+millones de obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo sabía él;
+pero él no pedía más que lástima, y la dicha de que le dejaran hablar,
+de hacerse oír y de no ser tenido por un libertino _vulgar_, necio, que
+era lo que el _vulgo estúpido_ había querido hacer de él».
+
+Siempre le había gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo _estúpido_;
+para ella la señal de la _distinción_ espiritual estaba en el desprecio
+del vulgo, de los vetustenses. Tenía la Regenta este defecto, tal vez
+heredado de su padre: que para distinguirse de la _masa de los
+creyentes_, necesitaba recurrir a la teoría hoy muy generalizada del
+_vulgo idiota_, de la _bestialidad humana_, etc., etcétera.
+
+Por fortuna, don Álvaro sabía perfectamente manejar este resorte: era él
+capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol del medio día si se
+oponía a sus pasiones. «Todo era preocupación, pequeñez de ánimo....
+Pero, ¿tenía él derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase
+las maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya sabía que la
+_letra_ estaba contra él.... Al fin, ¿qué era él? Un hombre que hablaba
+de amor a una señora que era de otro, ante los hombres.... Ya lo sabía,
+sí; no exigía que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y
+costumbres, lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que
+había en el mundo mujeres, virtuosas como la que más, que ya sabían a
+qué atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel
+amor de Mesía; pero ¿podía él pedir a Ana, educada por fanáticos, que
+había pasado su juventud en un pueblo como Vetusta, podía pedirla que se
+dignase siquiera alentar su pasión con una esperanza? Oh, no; demasiado
+sabía que no... bastaba con que le oyera. ¡Cuántos años había estado sin
+querer oírle! ¡Y lo que él había padecido!... Pero, en fin, de esto ya
+no había que acordarse. El dolor había sido infinito... infinito... pero
+todo lo compensaba la felicidad de aquel momento. Callaba Ana, oía...
+¿pues qué más dicha podía él ambicionar?...».
+
+A la luz de un relámpago, la Regenta vio los ojos de Álvaro brillantes
+y envueltos en humedad de lágrimas.
+
+También tenía las mejillas húmedas.... Ella no pensó que esto podía ser
+agua del cielo.
+
+«¡Estaba llorando aquel hombre... el hombre más hermoso que ella había
+visto, el compañero de sus sueños, el que debió haberlo sido de su
+vida!...».
+
+«Pero ¿por qué hablaba de agradecimiento? ¿Porque ella no le
+interrumpía? ¡Si él supiera... si él supiera que no podía ni
+hablar!...».
+
+Ana sentía un placer _puramente material_, pensaba ella, en aquel sitio
+de sus entrañas que no era el vientre ni el corazón, sino en el medio.
+Sí, el placer era _puramente material_, pero su intensidad le hacía
+grandioso, sublime. «Cuando se gozaba tanto, debía de haber derecho a
+gozar».
+
+Cuando Álvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplicó que se le
+dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaración, si se
+le quería mal, si se había puesto en ridículo... si se burlaba de él,
+etc., Ana, separándose del roce de aquel brazo que la abrasaba, con un
+mohín de niña, pero sin asomo de coquetería, arisca, como un animal
+débil y montaraz herido, se quejó... se quejó con un sonido gutural,
+hondo, mimoso, de víctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor
+de la virtud que expiraba en aquel espíritu solitario hasta entonces....
+
+Y se alejó de Álvaro, llamó a Visita... la abrazó nerviosa y dijo,
+pudiendo al fin hablar:
+
+--¿A qué jugáis, locos...?
+
+--Ahora ya a nada.... Jugábamos al cachipote, pero Paco y Edelmira están
+allá en la esquina del otro frente disputando sobre quién tiene más
+fuerza, si ella o él.... Ven, ven, verás qué puños los de Edelmira.
+
+En la más obscura de las galerías, en un rincón, amontonados estaban los
+demás compañeros de broma; Edelmira y Paco espalda con espalda, como se
+baila a veces la _muñeira_, sobre todo en el teatro, medían sus
+fuerzas.... Paco resistía con dificultad el empuje violento de su prima,
+que gozando lo que ella y el diablo sabían, se incrustaba en la carne de
+su primo, más blanda que la suya, empeñada en vencerle y hacerle andar
+hacia adelante mientras ella andaba hacia atrás. Al cabo Edelmira
+venció, y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con
+las manos apoyadas en los hombros del contrario. Así se hizo y esta vez
+venció Paco.
+
+Joaquín propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevió a medir con
+la Regenta sus fuerzas. Joaquín y Ana vencieron. A don Álvaro, que no
+tenía con quién luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio
+en que le venció el maldito De Pas.... «Pero ahora le tenía debajo de
+los pies».
+
+«Más valía maña que fuerza».
+
+Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los
+relámpagos, los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de
+la comida, la estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a
+la alegría aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia,
+moderados en ellos por instintos de la educación. Pero volvieron los
+pellizcos, los gritos, los puñetazos de las mujeres en la cabeza de los
+varones. Ana jamás había asistido a escenas semejantes; ella y don
+Álvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero al fin le
+tocó a la Regenta algún pellizco, ninguno de Mesía, a este varios de
+Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general contienda más de
+una vez sintió su espalda oprimida por la de Álvaro, y aunque huía el
+contacto delicioso, de un sabor especial, en cuanto lo notaba, el
+contacto volvía, y Ana iba sintiendo emociones extrañas, nuevas del
+todo, una inquietud alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de
+sed de todo el cuerpo que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no
+fuese aquel rincón obscuro, estrecho, donde cantaban, reían, saltaban....
+Como una música lejana, dulcísima en su suavidad, recordaba todos los
+pormenores de la declaración amorosa de Mesía....
+
+Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y
+excitaciones vanas, Paco y Joaquín, antes que Edelmira, Obdulia y
+Visita, dejaron de correr y _enredar_; y muy serios, con la melancolía
+del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareció en el
+horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que
+yacían desgarradas por el cielo.
+
+Paco, con regular voz de barítono, cantó pedazos de _Favorita_ y de
+_Sonámbula_ y Joaquín _salió por malagueñas_, como él decía; en su voz
+había una tristeza que contrastaba con la alegría que le brillaba en los
+ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto
+dar el premio de sus favores, no el principal, al género flamenco. Por
+fortuna Joaquín se conformaba con el _accèsit_.
+
+Don Víctor, que se aburría abajo, oyó cantar el _Spirto gentil_ y subió.
+Le daba ahora por la música. Cantar óperas, a su modo, y oír cantar a
+los que _afinaban_ más que él, era su delicia por aquella temporada, y
+si todo esto se hacía a la luz de la luna, miel sobre hojuelas.
+
+Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la
+luna que salía por la bóveda desgarrando jirones de nubes de forma
+caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, como
+respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del
+cuerpo y del alma.
+
+Don Víctor era más soñador que ninguno de los presentes. Se acercó a
+Mesía, consiguió entablar conversación particular con él; y como
+encontró a su amigo más atento que nunca, más cordial, más afectuoso, no
+tardó en abrirle el alma de par en par.
+
+Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas y las
+malagueñas, don Víctor, que había comido bien y merendado con frecuentes
+libaciones, seguía abriendo el pecho ante la atención de Mesía, atención
+muda, intachable.
+
+--Mire usted--decía el viejo--yo no sé cómo soy, pero sin creerme un
+Tenorio, siempre he sido afortunado en mis tentativas amorosas; pocas
+veces las mujeres con quien me he atrevido a ser audaz, han tomado a mal
+mis demasías... pero debo decirlo todo: no sé por qué tibieza o
+encogimiento de carácter, por frialdad de la sangre o por lo que sea, la
+mayor parte de mis aventuras se han quedado a medio camino.... No tengo
+el don de la constancia.
+
+--Pues es indispensable.--Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis pasiones son
+fuegos fatuos; he tenido más de diez mujeres medio rendidas... y muy
+pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido mía, lo que se llama
+mía.... Sin ir más lejos....
+
+Don Víctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mesía había de ser
+un pozo, le refirió las persecuciones de que había sido víctima, las
+provocaciones lascivas de Petra; y confesó que al fin, después de
+resistir mucho tiempo, años, como un José... habíase cegado en un
+momento... y había jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre;
+bastó que la muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor
+exigía, para que él, seguro de vencer, enfriara, cejase en su
+descabellado propósito, contentándose con pequeños favores y con el
+conocimiento exacto de la hermosura que ya no había de poseer.
+
+Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin
+decir que había sido de su mujer. Le parecía una debilidad indigna de un
+marido «de mundo» regalarle ligas a su señora. Pidió consejo a Mesía
+respecto de su conducta futura con Petra.
+
+--¿Debo despedirla?--¿Tiene usted celos?--No señor; yo no soy el perro
+del hortelano... aunque he de confesar que algo me disgustó en el primer
+momento el descubrir aquella prueba de su liviandad.
+
+--Pero ¿está usted seguro de que la liga es de Petra?
+
+--Ah, sí; estoy absolutamente seguro.
+
+Y siguió Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo.
+
+La alcoba en que dormían Ana y don Víctor tenía una ventana a la galería
+precisamente del lado en que estaban conversando los dos amigos.
+
+La Regenta abrió de repente las vidrieras y llamó a su marido.
+
+--Pero, Víctor, ¿no te acuestas hoy?
+
+Los dos amigos se volvieron. Quintanar tenía los ojos inflamados y las
+mejillas encendidas.... Sus confidencias le habían rejuvenecido....
+
+--¿Pero qué hora es, hija mía?
+
+--Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los
+Marqueses ya están recogidos.
+
+Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su
+cuarto.
+
+--Bobadas de mamá--dijo Paco del mal humor--apareciendo por un extremo
+de la galería. Edelmira prefería dormir con Obdulia, como es natural...
+y ahora doña Rufina la hacía acostarse en su misma alcoba.... Bobadas....
+Tonterías de mamá...
+
+--Buena está Obdulia para dormir con nadie--dijo Visita que venía del
+cuarto contiguo al de Ana.
+
+--¿Pues qué tiene?--Yo creo que una _mica_, una borrachera de mil
+cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qué sé yo; ello es que
+está en la cama dando ayes y dice que allí no se acuesta nadie, que
+quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy a poner mi cama al
+lado de la suya.... Buenas noches....
+
+Y acercándose a la ventana sujetó a la Regenta por los hombros, le habló
+al oído, le llenó de besos estrepitosos la cara y corrió a su cuarto,
+haciendo antes una mueca de conmiseración burlesca a Joaquinito Orgaz
+que, cabizbajo y tristón, rondaba por los pasillos.
+
+--Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. Víctor, a la cama.
+
+Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de
+acostarse.
+
+--¿Y ustedes?--dijo Quintanar.
+
+--Nosotros--respondió Paco--nos hemos quedado sin cama porque a la
+señora gobernadora le dio el capricho de tener miedo a los truenos y
+quedarse a dormir....
+
+--¿De modo?...--preguntó Ana risueña.
+
+--Que dormiremos en un sofá.--Vaya, vaya, pues buenas noches.
+
+--Espera un poco, tonta, mira qué buena noche está... hablemos aquí un
+poco....
+
+--Yo no tengo sueño; tiene razón Paco; hablemos--dijo don Víctor, que
+había entrado en su cuarto y se había puesto las zapatillas y el gorro
+de borla de oro.
+
+--¿Cómo hablar? no señor..., a la cama....
+
+Y Ana, coqueta sin querer, amenazó graciosa, provocativa, con cerrar las
+ventanas y las contraventanas....
+
+Mesía con un mohín le suplicó que esperase....
+
+Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del día, las
+bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora
+todavía; Ana y su marido dentro, Paco, Joaquín y Álvaro en la galería....
+
+Don Víctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva, y
+allí, cerca del propio lecho, a los amigos jóvenes en cuya compañía se
+sentía él joven también, ¿qué mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha
+se le asomaba al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la
+casa, todos dormían, y sólo en aquel rincón de la galería, junto a
+aquella ventana abierta había el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a
+veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que parecía dar más
+intimidad e interés a lo que se decían. Ana esquivaba unas veces las
+miradas de don Álvaro, que fumaba apoyando un codo muy cerca de los de
+Anita, también reclinada sobre el antepecho. Otras veces, las más, los
+ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se
+decían amores, cada vez más elocuentes.
+
+Álvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y codicia al
+interior de la alcoba.... Ana sorprendió alguna de aquellas miradas
+rápidas y compadeció al enamorado galán, sin tomar a mal su curiosidad
+indiscreta. Don Víctor no llevaba traza de poner fin al palique y Ana
+misma se creyó en el caso de decir:
+
+--Vaya, vaya... hasta mañana; Víctor, adentro, adentro.
+
+Y cerró las vidrieras en las narices de Álvaro y de los pollos. Paco y
+Joaquín desaparecieron en lo obscuro del corredor. Quintanar ya estaba
+de espaldas, allá en el fondo de la alcoba, en mangas de camisa. Don
+Álvaro no se movía; y vio a la Regenta detrás de los cristales, cerrando
+pausadamente las maderas; y ella en medio, en el hueco de luz, mirándole
+seria, dulce... y después cuando ya sólo quedaba un intersticio le miró
+risueña, juguetona. Volvió a abrir otro poco... y volvió a verle todo el
+rostro.
+
+--Adiós, adiós, dormir bien--dijo Ana, detrás de las vidrieras; y cerró
+las contraventanas de golpe y corrió el pestillo.
+
+Como la romería de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio por los
+alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y sus
+amigos. Quintanar y señora esperaban a los de Vetusta en la quinta; y
+unas veces a pie, otras en coche, se emprendía la marcha, se recorría
+aquellas aldeas pintorescas, se oían aquellos cánticos, monótonos, pero
+siempre agradables, dulces y melancólicos de la danza indígena, y se
+volvía al obscurecer, comiendo avellanas y cantando, entre labriegos y
+campesinas retozonas, confundidos señores y colonos en una mezcla que
+enternecía a don Víctor, el cual decía: «Vea usted, si se pudieran
+realizar la igualdad y la fraternidad... no había cosa mejor ni más
+poética».
+
+Mesía y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, además,
+solían visitar a la Regenta cada tres o cuatro días. A veces Ana y
+Quintanar, después de comer, a eso de las cuatro de la tarde, salían a
+la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La soledad le iba
+pesando un poco a don Víctor y aquellas visitas las agradecía en el
+alma. Ana al divisar allá lejos, en el extremo de la cinta larga y
+estrecha de carretera las siluetas de los dos poderosos caballos blancos
+de Mesía y Vegallana, sentía un placer que se le antojaba infantil... y
+se ponía nerviosa de ansiedad, que crecía según se acercaban los bultos
+y se aclaraban las figuras de caballos y jinetes.
+
+Ni Visitación ni Paco se atrevían ya nunca a decir nada a don Álvaro
+alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer; conocían en _la
+cara de gloria_ del Tenorio que esperaba el triunfo, que tal vez lo
+estaba tocando, y comprendían que el pudor, la vergüenza, mejor dicho,
+exigía un silencio absoluto respecto del caso. Don Álvaro agradecía «la
+delicadeza» de sus cómplices y callaba también, tranquilo y satisfecho.
+
+A fines del mes comenzó la dispersión general; todos los que tenían
+cuatro cuartos, y muchos que no los tenían, dejaron la capital y
+buscaron la frescura de la playa.
+
+Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer y con Petra
+y se instaló en el puerto mejor de la provincia, _La Costa_, villa
+floreciente más rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a
+la moda. Otros años Quintanar pasaba el mes de Agosto en Palomares, a
+donde iban también Visita, Obdulia y alguna vez los Marqueses y Mesía.
+
+--¡Dos años hace que no he veraneado!--decía Quintanar alegre como un
+chiquillo.
+
+La Regenta prefirió La Costa a Palomares porque el Magistral había
+suplicado que no se fuera a baños, y que si el médico lo exigía que por
+lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana contradecir este deseo
+del confesor y transigió.
+
+«Iremos a La Costa» dijo en la carta en que contestó a don Fermín. Tenía
+éste pésima idea de los efectos morales de los baños de todo el
+Cantábrico, y especialmente de los baños de Palomares. La mayor parte de
+los penitentes volvían de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena
+de pecadillos que, si tratándose de otros casi le hacían sonreír, en la
+Regenta le hubieran hecho muy poca gracia.
+
+Comprendía don Fermín que su influencia iba disminuyendo, que la fe de
+Ana se entibiaba y en cambio crecía la desconfianza en ella; y como
+perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando tormento al
+orgullo, a los celos, hacía de tripas corazón, fingía no ver, y mantenía
+su poder espiritual claudicante «con puntales de tolerancia y estribos
+de paciencia». La ira la desahogaba sobre el Obispo y con la curia
+eclesiástica. Cada vez era su poder mayor y más cruel su tiranía. Las
+ventajas de don Álvaro en el ánimo de Ana las pagaba el clero
+parroquial, aquel clero que Foja decía respetar tanto.
+
+También Ana prefería aquel _modus vivendi_; no quería volver a las
+andadas, temía que viniesen la compasión y los remordimientos y las
+aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo
+rompía con el Provisor.
+
+«Me conozco, pensaba; sé que, después de todo, le tengo cierto cariño, y
+si abandonase su amistad, una voz insufrible me había de estar gritando
+siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya que él disimula, y finge no ver
+este cambio, y ya no se queja como al principio, dejémoslo todo así;
+quiero paz, paz, no más batallas aquí dentro».
+
+Don Álvaro, en el tono confidencial que había adoptado después de su
+declaración, había venido a indicar vagamente que no convenía irritar a
+don Fermín, que él le creía capaz de hacer daño siempre de un modo o de
+otro. Ana, aunque Álvaro no se atrevía a ser muy explícito en este
+particular, comprendía lo que su amigo, _nuevo hermano_, quería decir y
+aprobaba su prudencia.
+
+Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que
+en otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposición de
+motivos.
+
+Ana fue a La Costa. Mesía, por disimular, pasó cinco días en Palomares,
+después se corrió a San Sebastián, y el día de Nuestra Señora de Agosto
+se presentó en La Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente.
+
+A don Víctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda. Se
+había instalado en la más lujosa, de más movimiento y ruido, situada en
+el muelle. Allá se fue también Mesía, accediendo a los ruegos de su
+amigo el ex-regente.
+
+Veinte días después volvían los tres juntos a Vetusta; Benítez felicitó
+a la Regenta por su notable mejoría; ahora si que estaba la salud
+asegurada; ¡qué color! ¡qué morbidez! ¡qué _sólidamente_ robusta volvía!
+
+A don Víctor se le caía la baba. «¡Oh, el mar, si no hay como el mar, y
+la mesa redonda, y la casa de baños, y los paseos por el muelle, y los
+conciertos al aire libre... y los teatros y circos!». ¡Qué contento
+estaba con la vida Quintanar! Su mujer era una joya; la más hermosa de
+la provincia, como había sido siempre, pero además ahora suya,
+completamente suya, y de un humor nuevo, alegre, activo, como el que
+Dios le había otorgado a él....
+
+--¿Y yo? ¿eh? ¿qué tal vengo yo señor Benítez?
+
+--Magnífico, magnífico también; hecho un pollo.
+
+--¡Ya lo creo!--¿Y este galápago? Este galápago que ya va siendo viejo,
+¿qué tal?--Y daba palmaditas en la espalda de Mesía--. Este sí que
+parece un chiquillo.
+
+Y volviéndose a Frígilis que estaba presente, algo triste y desmejorado,
+añadía Quintanar:
+
+--En cambio tú vas a escape para Villavieja.... Y eso que tanto tono
+sabes darte con tu higiene, y tu vida de árbol secular. No, lo que es al
+siglo no llegas, carcamal....
+
+Y abrazaba y daba palmadas en la espalda también a su Frígilis para que
+no tuviera celos de Mesía. Quintanar era feliz; quería que lo fueran
+todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta los
+conocidos, el mundo entero.
+
+Si Mesía le preguntaba en broma:
+
+--¿Qué tal _Kempis_? ¿Qué dice de esto _Kempis_?
+
+El otro contestaba:--¿Quién? ¡Qué
+
+_Kempis_ ni qué ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el caserón. Voy a
+blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la
+piedra de la fachada. Verán ustedes qué hermosa queda la piedra
+amarillenta después que la piquemos. No quiero obscuridad, no quiero
+negruras, no quiero tristezas.
+
+Mesía había convencido a la Regenta de que don Víctor, en rigor, venía a
+ser una cosa así... como un padre. Siempre había pensado ella algo por
+el estilo.
+
+Sin embargo, se le debía el honor; y a pesar de tanta intimidad, de
+aquel amor confesado implícitamente, Ana podía decir que don Álvaro no
+había puesto sus labios en aquella piel con cuyo contacto soñaba de
+fijo.
+
+Mesía no se daba prisa. «Aquella casada no era como otras; había que
+conquistarla como a una virgen; en rigor él era su primer amor y los
+ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran robado mil ilusiones.
+Además a él también le rejuvenecía aquella situación de amor platónico,
+de intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor con la boca y
+ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que era mudo y no era
+deshonesto y grosero».
+
+«Así como así el verano siempre le tenía un poco lánguido y desmadejado.
+Calculaba él, con aquella frivolidad afectada y natural al mismo tiempo
+de materialista práctico, calculaba que allá para el invierno él se
+sentiría fuerte como un roble y la Regenta estaría suave y dócil como
+una malva. Además, una barbaridad podía, si no echarlo todo a perder,
+retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que el que
+llevaban. Ello diría, ello diría y no había de tardar».
+
+Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como él
+decía, _était déjà sur le retour_, se sentía transformado por la
+juventud y la pasión vehemente y soñadora de Anita. No recordaba don
+Álvaro haber deseado tanto a una mujer ni haber gozado con los amores
+platónicos, según él llamaba a todos los no consumados, como estaba
+gozando entonces.
+
+La Regenta cayendo, cayendo era feliz; sentía el mareo de la caída en
+las entrañas, pero si algunos días al despertar en vez de pensamientos
+alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, algo como un
+remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafísica naturalista que
+ella, sin darse cuenta de ello, había creado a última hora para
+satisfacer su afán invencible de llevar siempre a la abstracción, a las
+generalidades, los sucesos de su vida.
+
+Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tenía poco tiempo para
+ellas. Toda la vida era diversión, excursiones, comidas alegres,
+teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se
+había establecido una especie de convivencia de que participaban
+Obdulia, Visita, Álvaro, Joaquín y algunos otros amigos íntimos.
+
+Se iba al Vivero muy a menudo; se corría por el bosque, por la galería
+que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del río. Todos
+parecían cómplices. Obdulia y Visita adoraban a la Regenta, eran
+esclavas de sus caprichos, se la comían a besos; juraban que eran
+felices viéndola tan tratable, tan _humanizada_. Y jamás una alusión
+picaresca, ni una pregunta indiscreta, ni una sorpresa importuna. Nadie
+hablaba allí del peligro que sólo ignoraba Quintanar. Muchas veces,
+cuando una tormenta como la de San Pedro descargaba sobre el Vivero, se
+quedaba allí toda la comitiva a pasar la noche. Ana se encontraba, sin
+buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con Álvaro,
+apretada contra él en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada
+semana.
+
+Un día de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martín, se
+emprendió la última excursión, por aquel año, al Vivero.
+
+La alegría era extremada, nerviosa. _Aquellos chicos_, como seguía
+llamándolos Ripamilán, también expedicionario a pesar de los años,
+aquellos chicos que tenían en la quinta de Vegallana los mejores
+recuerdos de sus juegos alegres, se despedían con pesar de aquel rincón
+de sus primaveras y sus otoños. Querían saborear hasta la última gota
+de alegría loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas y
+picantes del bosque. Jamás Visita _hizo la niña_ de mejor buena fe,
+jamás Obdulia consintió a Joaquín _más tonterías_, según su vocabulario
+lleno de eufemismos; Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho días
+antes; hasta los viejos cantaron, bailaron un minué y corrieron por el
+bosque; don Víctor hizo diabluras y se cayó al río, pretendiendo
+saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho.
+
+Ana y Álvaro, al darse la mano por la mañana, al subir al coche, se
+encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La noche
+anterior Álvaro había dicho que él se quería morir. No pedía nada, pero
+se quería morir. Ana en todo el camino de Vetusta al Vivero no dijo más
+que esto, y bajo, al oído de Álvaro: «Hoy es el último día».
+
+Después de comer, a todos los amantes del Vivero les preocupó la idea de
+que la tarde sería muy corta. Joaquín y Obdulia sabían que todo el mundo
+era patria: «¡pero como allí!» Edelmira y Paco suspiraban también por
+sus escondites de la quinta, que iban a dejar muy pronto.... Antes del
+último arranque de locura, de las últimas carreras por el bosque y de la
+última alegría hubo un cuarto de hora de melancolía... de cansancio
+mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la última. Visita se
+sentó al piano y tocó la polka de _Salacia_, un baile fantástico de gran
+espectáculo que se representaba aquellas noches en Vetusta. _Salacia_,
+la hija del mar, sacaba a sus hermanas del océano y no se sabe por qué a
+las bacantes a bailar en la playa una danza infernal; Ana recordó la
+impresión que aquella polka había causado en sus sentidos.... «¡Las
+bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco».--Ana sabía
+mucho de estos recuerdos mitológicos y pronto había dejado de ver el
+pobre aparato escénico del teatro de Vetusta y las bailarinas prosaicas
+y no todas bien formadas, para trasladarse a la imaginada región de
+Oriente donde su fantasía, a medias ilustrada, veía bosques misteriosos,
+carreras frenéticas de las bacantes enloquecidas por la música
+estridente y por las libaciones de perpetua orgía, al aire libre. ¡La
+bacante! la fanática de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida
+lozana y salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo;
+aquella carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos,
+cayendo con delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de
+precipicios y enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita
+recordaba de mala manera en el piano aquella humilde polka de _Salacia_,
+que tenía de bueno lo que tenía de copia, la Regenta dejaba bailar en su
+cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueños y de su
+pasión irritada.
+
+De pronto se le antojó mirar una _Ilustración_ que estaba sobre un
+centro de sala. «La última flor» decía la leyenda de un grabado en que
+clavó Ana los ojos. En un jardín, en Otoño, una mujer, hermosa, de unos
+treinta años, aspiraba con frenesí y oprimía contra su rostro una
+flor... la última....
+
+--¡Ea, ea, al monte!--gritó en aquel momento Obdulia desde la
+huerta--¡al monte, al monte! a despedirse de los árboles....
+
+Visitación azotó con fuerza las teclas violentando el compás de su
+polka... y en seguida cerró el piano con ímpetu:
+
+--¡Al monte! ¡al monte!--gritaron de arriba y de abajo.
+
+Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos,
+zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la otoñada.
+
+Aquella noche se prolongó la fiesta en Vetusta; era la despedida del
+buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la puerta....
+Y se improvisó una cena para todos aquellos señores. Muchos a las doce,
+después de bailar y cantar y alborotar, ya tenían apetito; se había
+comido temprano; otros no hicieron más que probar golosinas y beber.
+Como la noche se había quedado tan serena y templada que parecía de las
+primeras de Septiembre, se cenó en la estufa nueva que se inauguró en
+este día; era grande, alta, confortable, construida por modelo de París.
+Don Álvaro, inteligente en la materia, dijo que se parecía, en pequeño,
+a la de la princesa Matilde. ¡Cómo envidió Obdulia aquel dato! Y sintió
+orgullo. ¡Un hombre que había sido su amante podía hablar de la _serre_
+de la princesa Matilde!
+
+Se cenó allí. En el salón amarillo, donde se había bailado después de
+volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de refresco, se apagaban
+solas las velas de esperma, en los candelabros, corriéndose por culpa
+del viento que dejaba pasar un balcón abierto. Los criados no habían
+apagado más que la araña de cristal. Las sillas estaban en desorden;
+sobre la alfombra yacían dos o tres libros, pedazos de papel, barro del
+Vivero, hojas de flores, y una rota de Begonia, como un pedazo de
+brocado viejo. Parecía el salón fatigado. Las figuras de los cromos
+finos y provocativos de la Marquesa reían con sus posturas de falsa
+gracia violentas y amaneradas. Todo era allí ausencia de honestidad; los
+muebles sin orden, en posturas inusitadas, parecían amotinados,
+amenazando contar a los sordos lo que sabían y callaban tantos años
+hacía. El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con más
+experiencia que todo, callaba, conservando su puesto.
+
+Una ráfaga de viento apagó la última luz que alumbraba el cuadro
+solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se abrió la puerta del
+salón y pasaron dos bultos. Las pisadas las apagó en seguida la
+alfombra. Por toda claridad la poca de la calle, producto de la luna
+nueva y de un farol de enfrente, adulación del municipio nuevo a la casa
+del Marqués. Al abrirse la puerta se oyó a lo lejos el ruido de la
+servidumbre en la cocina; carcajadas y el _run, run_ de una guitarra
+tañida con timidez y cierto respeto a los amos; este rumor se mezclaba
+con otro más apagado, el que venía de la huerta, atravesaba los
+cristales de la estufa y llegaba al salón como murmullo de un barrio
+populoso lejano.
+
+Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidencias
+perseguía a su amigo íntimo con el relato de las aventuras de su
+juventud, allá en la Almunia de don Godino.
+
+Don Álvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a don
+Víctor, oía la voz del deseo ardiente, brutal, que gritaba: «¡hoy, hoy,
+ahora, aquí, aquí mismo!».
+
+Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del salón y aquella
+discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían muy a
+propósito para confesar sus picardías eróticas, continuaba el relato,
+para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo:
+
+--¡Pero qué fatalidad! ¿Cree usted que por fin la hice mía? ¡pues, no
+señor! pásmese usted.... Lo de siempre, me faltó la constancia, la
+decisión, el entusiasmo... y me quedé a media miel, amigo mío. No sé qué
+es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crítico me falta el
+valor... y estoy por decir que el deseo....
+
+Una vez, al repetir esta canción don Víctor, a Mesía se le antojó
+atender; oyó lo de quedarse a media miel, lo de faltarle el valor... y
+con suprema resolución, casi con ira pensó:
+
+--Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.... Ya que él lo quiere,
+que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo, aquí mismo....
+
+Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Víctor de
+confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de
+las buenas digestiones después de las cenas grandiosas. No estaba allí
+Anita.
+
+Salió Álvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en si
+salía o no, y entró de nuevo en el caserón. En la cocina seguía la
+algazara. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. No había nadie.
+«No podía ser». Entró en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio entre
+las sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellas
+ningún bulto de mujer. «No podía ser». Con aquella fe en sus
+corazonadas, que era toda su religión, Álvaro buscó más en lo obscuro...
+llegó al balcón entornado; lo abrió...
+
+--¡Ana!--¡Jesús!
+
+
+
+
+--XXIX--
+
+
+«El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros. Me lo han
+mandado de León lleno de nueces. Será cosa exquisita. Además, tengo vino
+de mi tierra, un Valdiñón que se masca...».
+
+Mesía no faltó a su promesa, y el día de Navidad comió en el caserón de
+los Ozores. El salón estaba ahora empapelado de azul y oro a cuadros; la
+gran chimenea churrigueresca se había conservado con sus ondulantes
+sirenas de abultado seno de yeso. Don Víctor se contentó con pintar de
+un blanco gris _discreto_, como él decía, todas aquellas cornisas,
+volutas, acantos, escocias y hojarasca.
+
+A los postres, el amo de la casa se quedó pensativo. Seguía con la
+mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que servía a la
+mesa. Después del café pudo notar don Álvaro que su amigo estaba
+impaciente. Desde aquel verano, desde que habían vivido juntos en la
+fonda de La Costa, don Víctor se había acostumbrado a la comensalía de
+don Álvaro; le encontraba a la mesa más decidor y simpático que en
+ninguna otra parte y le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces,
+después de charlar cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar una
+vuelta por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar así media hora
+larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se movía. Ana y Álvaro
+se miraban, preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella.
+
+La Regenta se inclinó un instante para recoger una servilleta del suelo,
+y don Víctor hizo a Mesía una seña que quería decir claramente:
+
+--Me estorba esa; si se fuera... hablaríamos.
+
+Mesía encogió los hombros.
+
+Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, sin verlo
+Quintanar, apuntó a la puerta sin mover más que los ojos.
+
+Ana salió en seguida.--¡Gracias a Dios!--dijo su marido, respirando con
+fuerza--. Creí que no se marchaba hoy esa muchacha.
+
+Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él.
+
+--Ahora podremos hablar.--Usted dirá--respondió tranquilamente Álvaro,
+chupando su habano y tapándose la cara con el humo, según su costumbre
+de _enturbiar el aire_ cuando le convenía.
+
+«¿Qué tripa se le habrá roto a este?», pensó con un vago recelo, que no
+se explicaba siquiera.
+
+Don Víctor acercó su silla a la del otro, y tomó el tono de las grandes
+revelaciones.
+
+--Actualmente--dijo--todo me sonríe. Soy feliz en mi hogar, no entro ni
+salgo en la vida pública; ya no temo la invasión absorbente de la
+iglesia, cuya influencia deletérea... pero esa Petra me parece que me
+quiere dar un disgusto.
+
+Movimiento de sobresalto en Mesía.
+
+--Explíquese usted. ¿Ha vuelto usted a las andadas?
+
+--He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos...
+explicaciones... treguas... promesas de respetar... lo que esa
+grandísima tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella está
+picada porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de mi
+lecho, de mi tálamo... como si dijéramos, a la satisfacción de efímeros
+placeres.... ¿Me entiende usted? Finge que se alborota por defender su
+honor que, en resumidas cuentas, aquí nadie se atreve a amenazar
+seriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi frialdad....
+
+--¿Pero qué hace? vamos a ver....
+
+--Mire usted, Álvaro, por nada de este mundo daría yo un disgusto a mi
+Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena, pero antes
+tenía sus caprichos, ya recuerda usted....
+
+--Sí, sí... al grano.--Ahora la pobrecita coincide con mis gustos en
+todo. Por aquí, digo, y por aquí se va. Hasta le ha pasado aquella
+exaltación un poco selvática, aquel amor excesivo a los placeres
+bucólicos, aquella exclusiva preocupación de la salud al aire libre, del
+ejercicio, de la higiene en suma.... Todos los extremos son malos, y
+Benítez me tenía dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando
+se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por
+pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma. ¡Aquello era lo peor!
+
+--Pero... no me dice usted...--Allá voy; Ana vive ahora en un
+equilibrio que es garantía de la salud por la que tanto tiempo hemos
+suspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da aquellos
+sustos; no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena la casa de
+sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero
+perderla a ningún precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo que quiere
+comprometernos.
+
+--Pero vamos a ver, ¿qué hace Petra?
+
+--Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos
+prevaliéndose de mi situación falsa, falsísima... lo confieso. ¿No
+comprende usted que para Ana tendría que ser un golpe terrible cualquier
+revelación de esa... ramerilla hipócrita?
+
+--¿Pero qué sucede, señor? ¡hable usted claro y pronto!--gritó Mesía
+impaciente, más interesado en el asunto de lo que su amigo podía
+suponer.
+
+--Más bajo, Álvaro, más bajo. ¿Qué sucede? Mucho. Petra sabe que yo
+quiero evitar a toda costa un disgusto a mi mujer, porque temo que
+cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar y volviéramos a las
+andadas. Un desengaño, mi escasa fidelidad descubierta, de fijo la
+volvería a sus antiguas cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscaría
+consuelo en la religión y ahí teníamos al señor Magistral otra vez....
+¡Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a toda costa que Ana
+sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y sensual fuí capaz de
+solicitar los favores de esa _scortum_, como las llama don Saturnino.
+
+--Pero ¿por qué ha de saber Ana eso? Si, después de todo, no hay nada
+que saber....
+
+--Sí; lo que hay basta para clavarle un puñal a la pobrecita. La conozco
+yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi esposa pensará lo
+demás, lo que no hay.--¿Pero Petra?... Acabe usted. ¿Ha dicho algo?
+¿Ha amenazado con decir?...
+
+--Esa es la cuestión. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, no admite
+riñas y aspira a ponerse en un pie de igualdad absurdo....
+
+--Absurdo...--Y la infame ¿con quién creerá usted que está más altiva,
+más soberbia, más insolente? ¿Conmigo? Eso parecería lo natural. ¡Pues
+no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana!
+
+Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó:
+
+--¡Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal vez celos!
+
+--Eso digo yo.... «Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que quisiste
+hacer tu concubina... o se lo cuento todo». Este es el lenguaje de la
+conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; solución;
+¿qué hago? ¿sufrir en silencio? Absurdo. Además, puede acabársele la
+paciencia a Anita, que si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que
+le queda de cuando fue casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si
+sospecha... si... ¡triste de mí!
+
+--Calma, hombre, calma.--¿Qué hacemos, Álvaro, qué hacemos?
+
+--Es muy sencillo.--¡Sencillo!--Sí, hay que echar a Petra de esta
+casa.
+
+Don Víctor saltó en su silla.
+
+--Eso es cortar el nudo...--Pues no hay más solución. Echarla.
+
+Don Víctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero don
+Álvaro prometió allanarlo todo. «Él sabía cómo se trataba a esta gente.
+Daba la casualidad feliz de que en la fonda en que él vivía como niño
+mimado hacía tantos años, se necesitaba una muchacha para servir a los
+huéspedes. Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagaría la
+proposición; se la haría el mismo don Álvaro, y si por caso extraño
+resistía, él sabría amenazarla de suerte que...» etc., etc. En fin, don
+Víctor lo dejó en manos de su amigo y se fue al Casino, algo más
+tranquilo.
+
+--¿Usted se queda a preparar el terreno, eh?
+
+--Sí, hombre, a arreglarlo todo.
+
+En cuanto don Víctor cerró de un golpe la puerta de la escalera, Ana
+entró asustada en el comedor. Iba a hablar, pero llegó Petra a recoger
+el servicio del café y calló fingiendo leer _El Lábaro_. Salió la
+doncella y Ana dijo:
+
+--¿Qué hay, Álvaro?...
+
+--Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche.
+
+--No te entiendo...--Petra marcha de esta casa. Adiós espías.
+
+--¡Petra! ¿qué marcha Petra?
+
+--Sí, él me ha encargado de despedirla; dice que es insolente, que te
+trata mal....
+
+--¡Dios mío! ¿ha notado él?...
+
+--Sí, boba, pero no te asustes... él lo toma... por donde no quema....
+
+Mesía explicó a la Regenta el caso. La había enterado de todo y de mucho
+más. Las tentativas del mísero don Víctor eran para la Regenta, gracias
+a las calumnias de Álvaro, delitos consumados. Pero ella no atribuía a
+esto la insolencia de la criada; temía que hubiese descubierto sus
+amores con Mesía y que aquella soberbia, aquel desafío constante de sus
+miradas, de sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don
+Víctor su secreto.
+
+--Ya ves como no era lo que tú temías, aprensiva.... Es muy posible,
+probable que la pobre chica no sospeche nada, que su atrevimiento no sea
+más que una amenaza al amo....
+
+Ana se ruborizó. Todo aquello le repugnaba. «¡Aquel marido a quien ella
+había sacrificado lo mejor de la vida, no sólo era un maníaco, un hombre
+frío para ella, insustancial, sino que perseguía a las criadas de noche
+por los pasillos, las sorprendía en su cuarto, les veía las ligas!...
+¡Qué asco! No eran celos, ¿cómo habían de ser celos? Era asco; y una
+especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a semejante
+hombre la vida. Sí, la vida, que era la juventud».
+
+«Álvaro--seguía pensando Ana--había hecho mal en revelarle aquellas
+miserias, en hacer traición a Quintanar, por indigno que este fuera, y
+sobre todo en avergonzarla a ella con las aventuras ridículas y
+repugnantes del viejo». Pero como tenía empeño en limpiar de toda culpa
+a su Mesía, a su señor, al hombre a quien se había entregado en cuerpo y
+en alma _por toda la vida_, según ella, pronto le disculpaba,
+reflexionando que «el pobre Álvaro hacía aquello por amor, por arrojar
+del pensamiento de su Ana todo escrúpulo, todo miramiento que pudiera
+atarla al viejo que había hecho de lo mejor de su vida un desierto de
+tristeza».
+
+«Tampoco le agradaba a Anita ver a su Álvaro metido en aquellos cuidados
+domésticos de despedir criadas; y menos encontrarle tan experto en el
+asunto; todo aquello, de puro prosaico y bajo, era repugnante, pero ¿qué
+remedio? Álvaro lo hacía por ella, por gozar tranquilamente de aquella
+felicidad que tantos años de martirio le había costado...».
+
+Estos y todos los demás lunares que en Mesía le obligaba a descubrir de
+poco acá el endiablado espíritu de análisis, camino de la locura según
+ella, procuraba Ana convertirlos en otras tantas estrellas luminosas de
+pura hermosura. Si alguna vez le sobrecogía la ida de perder a don
+Álvaro, temblaba horrorizada, como en otro tiempo cuando temía perder a
+Jesús.
+
+Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a murmurar
+con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el día de la
+rendición, mucho después, fueron para pedirle el juramento de la
+constancia...
+
+«Para siempre, Álvaro, para siempre, júramelo; si no es para siempre,
+esto es un bochorno, es un crimen infame, villano...».
+
+Mesía había jurado, y seguía jurando todos los días, una eternidad de
+amores.
+
+La idea de la soledad _después de aquello_, le parecía a la Regenta más
+horrorosa que en un tiempo se le antojara la imagen del Infierno.
+
+Con amor se podía vivir donde quiera, como quiera, sin pensar más que en
+el amor mismo...; pero sin él... volverían los fantasmas negros que ella
+a veces sentía rebullir allá en el fondo de su cabeza, como si asomaran
+en un horizonte muy lejano, cual primeras sombras de una noche eterna,
+vacía, espantosa. Ana sentía que acabarse el amor, aquella pasión
+absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por la primera vez en la vida,
+sería para ella comenzar la locura.
+
+«Sí, Álvaro; si tú me dejaras me volvería loca de fijo; tengo miedo a mi
+cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en ti. Contigo no pienso
+más que en quererte».
+
+Esto solía decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocresía,
+sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mesía,
+pero que al desaparecer no dejó en su lugar fingimiento. Ana se
+entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento,
+y con una especie de furor que groseramente llamaba Mesía, para sí,
+hambre atrasada.
+
+Él estuvo el primer mes asustado. Si los primeros días renegaba del
+miedo, de la ignorancia y de los escrúpulos (_absurdos en una mujer
+casada de treinta años_, según la filosofía del Presidente del Casino),
+pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que llegó a inquietarle
+«otro aspecto» de sus amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería
+satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos
+disgustos? Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y le
+adoraba por él, por su persona, por su cuerpo, por _el físico_. Muchas
+veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la
+boca con la mano y le decía en éxtasis de amor: «No hables». Mesía no
+echaba esto a mala parte; también él reconocía que lo mejor era callar,
+dejarse adorar por buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne
+ahíta, gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma
+ignorancia de Ana y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su
+vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura
+facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero
+capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesía
+estaba intranquilo.
+
+--Está usted desmejorado--le decía Somoza.
+
+--Cuidado--repetía Visitación.
+
+Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había
+recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia
+que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a
+la fortaleza de la Regenta.
+
+«Sí, sentía que dentro de su cuerpo había algo que hacía _crac_ de
+cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no
+era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen
+soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla.
+Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en
+presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él
+faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con
+escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por
+excesos de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes
+bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a
+última hora, a Paco, a Joaquín y demás trasnochadores, para referirlos
+después de pasados, cuando el vigor volvía y ya las trazas cómicas no
+eran necesarias; pero expedientes odiosos como la miseria y sus engaños.
+Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal,
+parecíale a don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa
+que describe Quevedo en el _Gran Tacaño_. Él también había sido más de
+una vez, después de pródigo, el Gran Tacaño del amor.... Pero las trazas
+antiguas serían imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas....
+«No, antes huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tenía derecho a
+una juventud eterna e inagotable». Pero estas ideas tristes, aprensiones
+de la edad, venían de tarde en tarde; lo más del tiempo semejante
+inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos amores
+que reputaba la gloria más alta de su vida. Por su parte se confesaba
+todo lo enamorado que él podía estarlo de quien no fuese don Álvaro
+Mesía. Después del Presidente del Casino ningún ser de la tierra le
+parecía más digno de adoración que su dócil Ana, su Ana frenética de
+amor, como él había esperado siempre aun en los días de mayor
+apartamiento. Don Álvaro no se confesaba a sí mismo, que había habido un
+tiempo en que perdiera la esperanza de vencer a la Regenta. ¡La tenía
+ahora tan vencida!
+
+Mejor que nunca lo conoció cuando hubo que dar la gran batalla para
+trasladar al caserón de los Ozores el nido del amor adúltero. Ana se
+opuso, lloró, suplicó... «no, no; eso no, Álvaro, por Dios no, eso
+nunca». Y resistió muchos días a las súplicas del amante que se quejaba
+de lo poco y deprisa y sin comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre
+se veían en casa de Vegallana; allí eran sus cariños furtivos,
+precipitados; pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa
+intimidad no era posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos
+expuesto a sobresaltos, intermitencias y disimulos. Ana se negaba a
+acudir a un rincón de amores que Álvaro prometía buscar; el mismo Álvaro
+confesaba que era difícil encontrar semejante rincón seguro en un pueblo
+_tan atrasado_ como Vetusta. Además, el lugar que él pudiera encontrar,
+al cabo tenía que parecerle repugnante a ella; y como en Ana la
+imaginación influía tanto, el desprecio del albergue podía llevarla a la
+repugnancia del adulterio.... No había más remedio que tomar por asilo el
+caserón de los Ozores. Era lo más seguro, lo más tranquilo, lo más
+cómodo. Comprendía Álvaro los escrúpulos de Ana, pero se propuso
+vencerlos y los venció. Sin embargo, si los obstáculos del orden
+puramente moral, los _escrúpulos místicos_, como se decía Álvaro con
+frase tan impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a
+fuerza de pasión, los _inconvenientes materiales_, las precauciones del
+miedo opusieron dificultades de más importancia. A don Álvaro se le
+ocurría que sin tener de su parte a una criada, a la doncella mejor, era
+todo sino imposible muy difícil; pero ni siquiera se atrevió a proponer
+a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, mostrando antipatía mal
+oculta hacia Petra, y comprendió además que era muy nueva la Regenta en
+esta clase de aventuras, para llegar al cinismo de ampararse de
+domésticas, y menos sabiendo de ellas que eran solicitadas por su
+marido.
+
+Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama. ¿No
+era Petra muy tentada de la risa? La aventura de la liga y otras de que
+él tenía noticia ¿no probaban que era muy fácil interesar en su favor a
+aquella muchacha? Sí. Y dicho y hecho. En ausencia de Ana y de don
+Víctor, detrás de la puerta, en los pasillos, donde podía, don Álvaro
+comenzó el ataque de Petra que se rindió mucho más pronto de lo que él
+esperaba. Pero había un inconveniente muy grave. A la chica se le
+ocurrió ser, o fingirse, desinteresada, preferir los locos juegos del
+amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discretísimas medias
+palabras y buenas obras, a cambio de un cariño que Mesía no estaba en
+circunstancias de prodigar. «¡Pobre Ana, qué sabía ella de todas estas
+complicaciones!». No sabía tampoco don Álvaro tanto como él creía.
+Ignoraba por ejemplo que Petra podía permitirse el lujo de servirle bien
+a él sin pensar en el interés, sin más pago que el del amor con que el
+gallo vetustense ya no podía ser manirroto: no era Petra enemiga del
+vil metal, ni la ambición de mejorar de suerte y hasta de _esfera_, como
+ella sabía decir, era floja pasión en su alma, concupiscente de arriba
+abajo; pero en Mesía no buscaba ella esto; le quería por buen mozo, por
+burlarse a su modo del ama, a quien aborrecía «por hipócrita, por
+guapetona y por orgullosa»; le quería por vanidad, y en cuanto a
+servirle en lo que él deseaba, también a ella le convenía por satisfacer
+su pasión favorita, después de la lujuria acaso, por satisfacer sus
+venganzas. Vengábase protegiendo ahora los amores de Mesía y Ana, «del
+idiota de don Víctor» que se ponía a comprometer a las muchachas sin
+saber de la misa la media; vengábase de la misma Regenta que caía, caía,
+gracias a ella, en un agujero sin fondo, que estaba, sin saberlo la
+hipocritona en poder de su criada, la cual el día que le conviniese
+podía descubrirlo todo. Tenía entre sus uñas a la señora ¿qué más quería
+ella? Todas las noches pasaba unas cuantas horas, la honra y tal vez la
+vida del amo, pendiente de un hilo que tenía ella, Petra, en la mano, y
+si ella quería, si a ella se le antojaba, ¡zas! todo se aplastaba de
+repente... ardía el mundo. Y como si esto en vez de un placer, en vez de
+una gloria fuese para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de
+Vetusta le pagaba el servicio con _amores de señorito_ que eran los que
+ella había saboreado siempre con más delicia, por un instinto de señorío
+que siempre la había dominado. Pero además gozaba de otra venganza más
+suculenta que todas estas la endiablada moza. ¿Y el Magistral? El
+Magistral la había querido engañar, la había hecho suya; ella se había
+entregado creyendo pasar en seguida a la plaza que más envidiaba en
+Vetusta, la de Teresina. Petra sabía lo bien que colocaba doña Paula a
+todas las que eran por algún tiempo doncellas en su casa. Teresina, a
+quien esperaba para muy pronto una colocación de _señorona_ allá en
+cierta administración de bienes del amo, casada con un buen mozo,
+Teresina la había enterado de lo que ella no había podido observar y
+adivinar, le había abierto los ojos y llenado la boca de agua; Petra
+comprendía que la casa del Magistral era el camino más seguro para
+llegar a casarse y ser _señora_ o poco menos.... La ocasión había
+llegado; después de la romería de San Pedro creía ella que todo era
+cuestión de semanas, de esperar una oportunidad; Teresina saldría pronto
+bien colocada y entraría ella en su puesto.... Pero no fue así; el
+Magistral no volvió a solicitar a Petra; cuando tuvo que hablarla, no
+fue para asuntos que a ella directamente le importasen, fue... ¡qué
+vergüenza! para comprarla como espía. Cierto es que el Provisor le
+prometió para muy pronto la plaza de Teresina, con todas las ventajas
+que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar; pero de todas suertes a ella
+se la había engañado; o mejor, se había engañado ella; pero esto no
+quería reconocerlo la orgullosa rubia. Era el caso que, en su opinión,
+el Magistral era amante de doña Ana hacía mucho tiempo, y que la escena
+del bosque del Vivero la interpretó la vanidad de la criada como una
+victoria de su belleza que había hecho caer en pecado de inconstancia al
+canónigo. Creyó Petra que don Fermín la quería a ella ahora después de
+haber querido a su ama. Caprichos así había visto ella muchos. Cuando se
+convenció de que don Fermín, por mucho que disimulase, estaba enamorado
+como un loco de la Regenta, furioso de celos, y de que no había sido su
+amante ni con cien leguas, y de que a ella, a Petra, sólo la había
+querido por instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se
+sublevaron dentro de ella saltando como sierpes; pero las acalló por de
+pronto, disimuló, y por entonces sólo dio satisfacción a la avaricia.
+Aceptó las proposiciones del canónigo. Ella entraría en casa de don
+Fermín el día que fuese necesario salir del caserón de los Ozores, pero
+entre tanto prestaría allí sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo
+que podía pensar. El canónigo sabría todo lo que pasaba; si doña Ana
+recibía visitas, quién entraba cuando no estaba don Víctor o se quedaba
+después de salir el amo, etc., etcétera.
+
+Petra prometió decir todo lo que hubiera. Fingió no recordar siquiera
+ciertas promesas de otro orden que a don Fermín se le habían escapado en
+el calor de la improvisación en aquella dichosa mañana del Vivero, de
+que estaba avergonzado. Cuando vio don Fermín a Petra tan propicia para
+servirle por dinero, sintió más y más haber comenzado por el camino
+absurdo, vergonzoso de una seducción... ridícula. Aquella aventura que
+le recordaba las de antaño, le sonrojaba ahora, porque contradecía en
+cierto modo aquel andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasión
+por la Regenta. «El amor purísimo que yo tengo, todo lo disculpa».
+«¿Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque? Claro que
+no», le decía la conciencia. Por eso le repugnaba Petra ahora. Pero no
+había más remedio que valerse de ella.
+
+Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola
+tenía el cabo. Por ahora a quien servía con lealtad era a Mesía; este
+pagaba en amor, aunque era algo remiso para el pago, y ella le ayudaba
+cuanto podía, porque ayudarle era satisfacer los propios deseos: hundir
+al ama, tenerla en un puño, y burlarse sangrientamente, del _idiota del
+amo_ y del indino del canónigo. Para más adelante se reservaba la astuta
+moza el derecho de vender a don Álvaro y ayudar a su señor, al que
+pagaba, al que había de hacerla a ella señorona, a don Fermín. ¿Cuándo
+había de ser esto? Ello diría. Si don Álvaro no se portaba bien, podía
+ocurrir el caso, llegar la oportunidad; si ella se cansaba, o si
+Teresina dejaba la plaza y por miedo de que otra la ocupase le convenía
+correr a ella, también podía convenir echarlo a rodar todo. Entre tanto
+don Fermín no sabía por Petra nada más que noticias vagas, suficientes
+para tenerle toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco
+furioso que tenía además el tormento de disimular sus furores delante
+del mundo, y de doña Paula singularmente.
+
+De modo que si don Álvaro podía decir con razón: ¡Pobre Ana, que no sabe
+nada de esto! también Petra podía exclamar: ¡Pobre don Álvaro, que no
+sabe ni la cuarta parte de lo que tanto le importa!
+
+El presidente del Casino de Vetusta no tuvo inconveniente en engañar a
+la Regenta. Era, según él, muy justo respetar los escrúpulos de aquella
+adúltera primeriza (otra frase grosera del seductor), que no podía
+avenirse a tomar por encubridora a Petra; pero también era equitativo
+que él, sin decírselo a doña Ana, fingiendo desconfiar también de la
+doncella, aprovechase los servicios de esta, preciosos en tales
+circunstancias. La cuestión era entrar todas las noches en la habitación
+de la Regenta por el balcón. Esto se decía pronto, pero hacerlo ofrecía
+serias dificultades. ¿A dónde daba el balcón del tocador? Al parque.
+¿Cómo se podía entrar en el parque? Por la puerta. ¿Pero quién tenía la
+llave de la puerta? Una, Frígilis; con esta no había que contar. ¿Y la
+otra?
+
+Don Víctor. Esta podía sustraérsele, pero Petra dijo que a tanto no se
+comprometía, que aquello de andar llaves en el ajo era delicado y podía
+comprometerla. Lo mejor era que el señorito saltase por la pared.
+Justamente don Álvaro tenía las piernas muy largas. De esta manera la
+comedia se representaba mejor; segura doña Ana de que don Álvaro saltaba
+por el muro, no podía sospechar tan fácilmente que tenía cómplices
+dentro de casa. Después llegar bajo el balcón, trepar por la reja del
+piso bajo y encaramarse en la barandilla de hierro era cosa fácil para
+tan buen mozo.
+
+Todo esto lo hacía don Álvaro sin la ayuda directa, inmediata de Petra,
+y doña Ana encontraba así muy verosímil todo lo que su amante decía de
+su industria para entrar en el cuarto de ella. Para lo que servía Petra
+era para vigilar, para evitar que don Álvaro pudiera ser sorprendido al
+entrar o al salir, y para darse tales trazas que doña Ana creyese que
+ella, la doncella, no había estado durante toda la noche en
+circunstancias de poder notar la presencia del amante. Estaba además
+allí para dar el grito de alarma si llegaba el caso, y para combinar las
+horas. En el servicio de Petra había algo de la responsabilidad de un
+jefe de estación de ferrocarril. Don Álvaro sabía, porque don Víctor se
+lo había confesado, que el ex-regente y Frígilis, en cuanto llegaba el
+tiempo, salían de caza mucho más temprano de lo que Ana creía. Petra era
+la encargada de despertar al amo, porque Anselmo se dormía sin falta y
+no cumplía su cometido: Frígilis llegaba al parque a la hora convenida,
+ladraba... y bajaba don Víctor. Llegó a quejarse don Tomás de que sus
+ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que se le
+hacía esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y plantones, se
+acordó que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a la misma hora sin
+necesidad de ladrar a nadie. Para mayor seguridad don Víctor compró un
+reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este aviso
+automático, como él decía, acudió en adelante a la hora señalada para la
+cita. Casi todas las mañanas Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la
+misma hora. El tren que los llevaba a las marismas y montes de Palomares
+salía este año un poco más tarde y no necesitaban levantarse antes del
+ser de día.
+
+Todo esto necesitó saber don Álvaro para no exponerse a un choque en la
+vía con Frígilis o con el mismísimo don Víctor. Este mismo, sin saber lo
+que hacía, le enteró de sus horas de salida; y lo demás que necesitaba
+saber de los pormenores se lo refirió Petra. Así pues no había miedo. Lo
+de saltar la tapia ofreció algunas dificultades; pero una noche, por la
+parte de fuera en la solitaria calleja de Traslacerca, el Tenorio
+preparó removiendo piedras y quitando cal, dos o tres estribos muy
+disimulados en el muro, hacia la esquina; hizo también con disimulo
+fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y ayudar la
+ascensión, y quedó así vencido el principal obstáculo. Por la parte de
+dentro todo fue como coser y cantar. Un tonel viejo arrimado al descuido
+a la pared, y los restos de una espaldera, fueron escalones suficientes,
+sin que nadie pudiese notarlo, para subir y bajar don Álvaro por la
+parte del parque con toda la prisa que pudieran aconsejar las
+circunstancias. Aquella escalera disimulada, la comparaba don Álvaro con
+esas cajas de cerillas que ostentan la popular leyenda, ¿dónde está la
+pastora? ¿dónde estaba la escala? Después de verla una vez no se veía
+otra cosa; pero al que no se la mostraban no se le aparecía ella.
+
+No faltaba más que lo peor, persuadir a la Regenta a que abriera el
+balcón. Como a ella no se le podía hablar de las garantías de seguridad
+que don Álvaro tenía dentro de casa, nada o poco se podía oponer a sus
+argumentos relativos a las sospechas probables de la antipática Petra.
+Pero al fin don Álvaro que había triunfado de lo más, triunfó de lo
+menos: llegó a comprender Ana que era imposible, y tal vez ridículo,
+negarse a recibir en su alcoba a un hombre a quien se había entregado
+ella por completo. Mucho valía la castidad del lecho nupcial, o
+ex-nupcial mejor dicho, pero ¿no valía más la castidad de la esposa
+misma? Entre estos sofismas y la pasión y la constancia en el pedir
+dieron la victoria a Mesía, que si no pudo acallar los sobresaltos de
+Ana, quien a cada ruido creía sentir el espionaje de Petra, conseguía a
+menudo hacerla olvidarse de todo para gozar del delirio amoroso en que
+él sabía envolverla, como en una nube envenenada con opio.
+
+Y así pasaban los días, asustada Ana de que tan poco después de la caída
+fuese ella capaz de recibir a un hombre en su alcoba, ella, que tantos
+años había sabido luchar antes de caer.
+
+Aquella tarde de Navidad, después de recoger el servicio del café, Petra
+salió de casa y se dirigió a la del Magistral.
+
+La recibió doña Paula. Eran ahora muy buenas amigas. La madre del
+Provisor conocía la estrecha simpatía que existía entre Teresina y la
+doncella de la Regenta; y por la actual criada del _señorito_, de su
+hijo, sabía que en el ánimo de Fermín, Petra era la persona destinada a
+sustituir a Teresa el día, próximo ya, en que esta alcanzara el premio
+consabido de salir de allí casada para administrar ciertos bienes de los
+_Provisores_.
+
+Doña Paula, que entendía a medias palabras, y aun sin necesidad de
+ellas, ganosa de satisfacer aquel deseo de su hijo, según su política
+constante, y de satisfacerle de una manera pulcra, intachable en la
+forma, anticipándose a él, había resuelto tomar la iniciativa y ofrecer
+a Petra ella misma aquel puesto que la rubia lúbrica tanto ambicionaba.
+La proposición se hizo aquella tarde. Teresina iba a salir de casa de un
+día a otro. Petra aceptó sin titubear, temblando de alegría. Hasta que
+estuvo en el caserón de vuelta, no se le ocurrió pensar que aquella
+felicidad suya acarreaba la desgracia de muchos, y hasta cierto punto su
+propio daño. Adiós amores con don Álvaro, amores cada vez más escasos,
+más escatimados por el libertino gracioso, que iba menudeando las
+propinas y encareciendo las caricias, pero al fin _amores_ señoritos,
+que la tenían orgullosa. ¿Qué hacer? No cabía duda, ser prudente, coger
+el codiciado fruto, entrar en aquella _canonjía_, en casa del Magistral.
+Para esto era preciso echar a rodar todo lo demás, romper aquel hilo que
+ella tenía en la mano y del que estaban colgadas la honra, la
+tranquilidad, tal vez la vida de varias personas. Al pensar esto Petra
+se encogió de hombros. Se le figuró ver que caía la Regenta y se
+aplastaba, que caía el Magistral y se aplastaba, que caía don Víctor y
+se convertía en tortilla, que el mismo don Álvaro rodaba por el suelo
+hecho añicos. No importaba. Había llegado el momento. Si perdía la
+ocasión, la vacante de Teresina, podía entrar otra y adiós _señorío_
+futuro. No había más remedio que ocupar la plaza inmediatamente. Pero
+entonces había que decírselo todo al Provisor, porque en saliendo de
+aquella casa ya no podía ser espía, ni ayudar al que la pagaba a abrir
+los ojos de aquel estúpido de don Víctor, que, como era natural,
+querría vengarse, castigar a los culpables; que sería lo que necesitaba
+el canónigo, puesto que él no podía con sus manteos al hombro ir a
+desafiar a don Álvaro. Petra discurría perfectamente en estas materias,
+porque leía folletines, la colección de _Las Novedades_, que dejara en
+un desván doña Anuncia, y sabía quién desafía a quién, llegado el caso
+de descubrirse los amores de una señora casada. El que desafía es el
+marido, no un pretendiente desairado, y mucho menos siendo cura. No
+había duda, el Magistral la necesitaba a ella en el caserón llegado el
+momento crítico... si salía antes y después no le servía, podía echarla
+de casa por inútil. Había que hacerlo todo pronto, inmediatamente. ¿Y
+qué iba a hacer? Una traición, eso desde luego, pero ¿cómo...?
+
+En esto pensaba cuando entró en el comedor, ya al obscurecer, a preparar
+la lámpara. Sintió que la sujetaban por la cintura y le daban un beso en
+la nuca.
+
+«Era el otro; ¡pobre, no sabía lo que le aguardaba!».
+
+Don Álvaro, después de su conversación con Ana, la había hecho retirarse
+y se había quedado solo en el comedor para «dar el ataque» a Petra y
+proponerle, entre caricias, de que cada día le pesaba más, el cambio de
+amos. No era cierto que hubiese vacante en la fonda, pero allí era él
+amo y se crearía la vacante. Con toda la diplomacia que pudo emplear un
+hombre que se creía principalmente político y era seductor de oficio,
+ofreció a la doncella la nueva posición, «que sería divertidísima, y
+lucrativa como pocas». Don Víctor le tenía miedo, doña Ana también, cada
+cual por su motivo, y él, don Álvaro, sería mucho mejor servido si Petra
+consentía en salir de la casa.
+
+«Ya ves, hija, tú has cometido una falta, tratar a la señora con
+altivez, con insolencia; esto, que es feo de por sí, la asustó a ella
+haciéndole creer que sabes algo y que abusas de tu secreto; le asustó a
+él que teme que vas a cantar, y me perjudica a mí, como comprendes,
+porque... ya ves... estando asustada ella... recelosa... pago yo. A ti
+ya no te necesito en esta casa, porque yo entro y salgo ya sin guías...
+y allá en casa... en la fonda puedes sernos útil.... Además...».
+
+Además, don Álvaro comprendía que ya no podía pagar a Petra sus
+servicios con amor, porque cada día era más urgente economizarlo; y
+llevando a la chica a la fonda, allí otros huéspedes hambrientos de esta
+clase de bocados la distraerían y él cumpliría con propinas en adelante.
+En suma, ya le estorbaba Petra en el caserón de los Ozores por muchos
+conceptos. Pero a ella no se le podían dar tales razones.
+
+--Señorito--dijo Petra, que a pesar de su resolución reciente, sintió en
+el orgullo una herida de tres pulgadas--no necesita apurarse tanto para
+convencerme de que debo irme de esta casa.
+
+--No, hija, lo que es, si tú lo tomas por donde quema, yo no insisto.
+
+--No señor, si no me deja usted explicarme.... Si yo quiero salir de
+aquí; si precisamente... pero en cuanto a lo de irme a la fonda, no
+señor. Una cosa es que una tenga sus caprichos y una buena voluntad,
+¿entiende usted? y otra cosa que a una la regalen a los amigos, y la
+lleven y la traigan... y....
+
+--Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien....
+
+Don Álvaro bajaba la voz y Petra la levantaba.
+
+Pero la astuta moza, que sabía contenerse, cuando era por su bien, se
+reprimió, y cambiando el tono, y el estilo se disculpó, disimuló el
+enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella misma pediría
+la soldada, y se iría tan contenta, no a la fonda, sino a otra casa; una
+proporción que tenía, y que no podía decir todavía cuál era. Por lo
+demás, tan amigos, y si el señorito, don Álvaro, la necesitaba, allí la
+tenía, porque la ley era ley; y en lo tocante a callar, un sepulcro. Que
+ella lo había hecho por afición a una persona, que no había por qué
+ocultarlo, y por lástima de otra, casada con un viejo chocho, inútil y
+_chiflao_ que era una compasión.
+
+Petra engañó otra vez a Mesía. Hasta le consintió nuevas caricias de
+gratitud que él se juró serían las últimas, por lo de la economía, que
+le tenía maniático.
+
+Don Víctor supo aquella noche en el Casino que al día siguiente Petra
+pediría la cuenta, se marcharía.
+
+¡Oh placer! Quintanar respiró con fuerza de fuelle y abrazó a su amigo.
+«Le debía algo mejor que la vida, la tranquilidad de su hogar
+doméstico».
+
+Trabajaba don Fermín en su despacho, envueltos los pies en el mantón
+viejo de su madre; escribía a la luz blanquecina y monótona de la mañana
+nublada. Un ruido le distrajo, levantó los ojos y vio en medio del
+umbral a doña Paula, pálida, más pálida que solía.
+
+--¿Qué hay, madre?--Está ahí esa Petra, la de Quintanar, que quiere
+hablarte.
+
+--¡Hablarme!... ¿tan temprano? ¿qué hora es?
+
+--Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene asustada...
+le tiembla la voz....
+
+El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por máquina:
+
+--Que entre, que entre.... Doña Paula dio media vuelta y salió al
+pasillo. Antes acarició a su hijo con una mirada de compasión de madre.
+
+--Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza
+inclinada sobre el pecho.
+
+Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la criada. ¿Qué
+sería? Dudó un momento... estuvo casi resuelta a preguntar... pero se
+contuvo y dijo otra vez:
+
+--Anda, hija mía, entra. «Hija mía--pensó Petra--esta me quiere en casa;
+segura es mi suerte».
+
+--¿Qué hay?--gritó el Magistral acercándose a la criada, como queriendo
+salir al paso a las noticias....
+
+Petra vio que estaban solos... y se echó a llorar.
+
+Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tenía
+los ojos humillados. Había querido hablar el canónigo, pero no había
+podido; sentía en la garganta manos de hierro, y por el espinazo y las
+piernas sacudimientos y un temblor tenue, frío y constante.
+
+--¡Pronto! ¿qué pasa?...--pudo preguntar al cabo.
+
+Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en
+confesión, que no sabía si era una buena obra o un pecado lo que iba a
+hacer, que ella quería servirle a él, servir a su amo, servir a Dios,
+que al fin religión era también el interés del prójimo, pero... temía...
+no sabía si debía....
+
+--¡Habla!... ¡habla!... te digo que hables pronto... ¿qué hay, Petra?...
+¿qué hay?...--Don Fermín, con disimulo, apoyó una mano en la mesa. Hubo
+una pausa--. Habla, por Dios....
+
+--¿En confesión?--Petra, habla... pronto...--Señor, yo he prometido
+decir a usted... todo....
+
+--Sí, todo, habla.--Pero ahora no sé... no sé... si debo....
+
+Don Fermín corrió a la puerta, la cerró por dentro, y volviéndose rápido
+y con ademán descompuesto, gritó, sujetando con fuerza el brazo de la
+criada:
+
+--¡Déjate de disimulos, habla o te arranco yo las palabras!
+
+Petra le miró cara a cara, fingiendo humildad y miedo; «quería ver el
+gesto que ponía aquel canónigo al saber que la señorona se la pegaba».
+
+Petra dijo, sin rodeos, que había visto ella, con sus propios ojos, lo
+que jamás hubiera creído. El mejor amigo del amo, aquel don Álvaro que
+de día no se separaba de don Víctor... entraba de noche en el cuarto de
+la señora por el balcón y no salía de allí hasta el amanecer. Ella le
+había visto una noche, creyendo que soñaba, porque se había puesto a
+espiar creyendo así desvanecer ciertas sospechas, pero ¡ay! era verdad,
+era verdad.... Aquel infame había pervertido a la señorita, una santa....
+¡Bien temía don Fermín!...».
+
+Petra seguía hablando, pero hacía rato que De Pas no la oía.
+
+En cuanto comprendió de qué se trataba, antes de oír las frases crudas
+con que pintó la rubia lúbrica el asalto del caserón de los Ozores por
+el Tenorio vetustense, don Fermín giró sobre los talones, como si fuera
+a caer desplomado, dio dos pasos inciertos y llegó al balcón contra
+cuyos cristales apoyó la frente. Parecía mirar a la calle. Pero tenía
+los ojos cerrados.
+
+Oía a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de la
+voz aguda y lacrimosa, no lo que decía, que ya no llegaba a la atención
+del canónigo; quería mandarla callar, pero no podía, no podía hablar, no
+podía moverse....
+
+Petra habló todo lo que quiso. Cuando calló, se oyeron nada más los
+ruidos apagados de la calle; las ruedas de un coche que corría muy
+lejos, la voz de un mercader ambulante que pregonaba a grito limpio
+paños de manos y encajes finos.
+
+El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente
+parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además
+que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan
+desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de
+lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el
+eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad del
+cristal helado. «Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de
+risa, una cosa repugnante de puro ridícula.... Su mujer, la Regenta, que
+era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante
+ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro,
+ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su
+mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había
+deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre,
+ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos,
+seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de
+reducirle a cachos, a polvo, a viento; él atado por los pies con un
+trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín
+libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado
+de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el
+alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le
+escupía en la cara porque él tenía las manos atadas.... ¿Quién le tenía
+sujeto? El mundo entero.... Veinte siglos de religión, millones de
+espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía
+a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era suplicio
+injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel.... Cientos de
+papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de
+catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la
+civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos,
+sobre sus piernas, eran sus grilletes.... Ana que le había consagrado el
+alma, una fidelidad de un amor sobrehumano, le engañaba como a un marido
+idiota, carnal y grosero.... ¡Le dejaba para entregarse a un miserable
+lechuguino, a un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso...
+a una estatua hueca!... Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo,
+ni su madre que creía adorarle, podía darle consuelo, el consuelo de sus
+brazos y sus lágrimas.... Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a
+sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que
+era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse... su madre no
+tenía llanto, abrazos, desesperación, ni miradas siquiera... Él no podía
+hablar, ella no podía adivinar, no debía.... No había más que un deber
+supremo, el disimulo; silencio... ¡ni una queja, ni un movimiento!
+Quería correr, buscar a los traidores, matarlos... ¿sí? pues silencio...
+ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa.... Dentro de un
+rato sí, ¡a coro a coro! ¡Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!». El
+Provisor sintió una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; sí, el
+diablo se le había reído en las entrañas... ¡y aquella risa profunda,
+que tenía raíces en el vientre, en el pecho, le sofocaba... y le
+asfixiaba!...
+
+Abrió el balcón de un puñetazo y el aire frío y húmedo le trajo la idea
+lejana de la realidad, y oyó la tos discreta de Petra, que aguardaba
+allí, detrás, clavándole los ojos en la nuca.
+
+Cerró el balcón don Fermín, volviose y miró con ojos de idiota a la
+rubia que enjugaba lágrimas villanas. «¿No necesitaba un instrumento
+para luchar, para hacer daño? Aquel era el único que tenía».
+
+Petra callaba inmóvil, esperando servir a su dueño.
+
+Gozaba voluptuosa delicia viendo padecer al canónigo, pero quería más,
+quería continuar su obra, que la mandasen clavar en el alma de su ama,
+de la orgullosa señorona, todas aquellas agujas que acababa de hundir en
+las carnes del clérigo loco.
+
+Una voz lenta, ronca, mate, que no parecía haber sonado en el despacho,
+voz de ventrílocuo, preguntó:
+
+--¿Y tú, qué piensas hacer... ahora?
+
+--¿Yo?... dejar aquella casa, señor... «¿No quiere ser franco?--pensó
+Petra--pues que padezca; él vendrá a buscarme donde quiero que me
+busque». Dejar aquella casa--repitió--¿qué he de hacer? Yo no quiero
+ayudar con mi silencio a la vergüenza del amo; remediarlo no puedo, pero
+puedo salir de aquella casa.
+
+--¿Y a ti... no te importa el honor de don Víctor? Así agradeces el
+pan... que comiste tantos años....
+
+--Señor, yo ¿qué puedo hacer por él?
+
+--En saliendo nada.--Pues me echan.--¿Ellos?--Sí, ellos; ayer el
+señorito Álvaro, que es el que manda allí... porque el amo está ciego,
+ve por sus ojos: el señorito Álvaro me puso de patitas en la calle. Hoy
+debo despedirme. Me ofreció colocación en la fonda; pero yo prefiero
+quedar en la calle....
+
+--Vendrás a esta casa, Petra--dijo la voz de caverna, con esfuerzos
+inútiles por ser dulce.
+
+Petra volvió a llorar. «¿Cómo pagaría ella tal caridad, etc., etc.?».
+
+Aquella ternura facilitó el tratado; cediendo cada cual un poco de su
+tesón, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga asquerosa y
+vil; al principio fingiendo pulcritud, invocando santos intereses,
+después olvidando estas fórmulas; y por fin el Magistral ofreció a la
+moza asegurar su suerte, colmar su ambición, y ella poner ante los ojos
+de Quintanar su vergüenza de modo tan evidente, tan palpable que aquel
+señor, si corría sangre de hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a
+los traidores como tenían bien merecido.
+
+Al terminar aquella conferencia hablaban como dos cómplices de un crimen
+difícil. El Magistral excusaba palabras, pero no las que aclaraban su
+proyecto. «¿Qué iba a hacer Petra para poner a la vista del estúpido
+Quintanar aquella vergüenza? ¿Revelaciones? no podían hacérsele.
+¿Anónimos? eran expuestos...». «¡Qué! no señor, nada de eso; ha de verlo
+él», repetía Petra, olvidada de sus fingimientos, con placer de artista.
+
+Había allí dos criminales apasionados, y ningún testigo de la ignominia;
+cada cual veía su venganza, no el crimen del otro ni la vergüenza del
+pacto.
+
+Cuando Petra salió de casa del Magistral, este sintió dentro de sí un
+hombre nuevo; el hombre que hería de muerte por venganza, el criminal,
+el ciego por la pasión, «el asesino, sí, el asesino; la otra era su
+instrumento, el asesino él. Y no le pesaba, no... cien muertes, cien
+muertes para los infames». «¿Qué haría don Víctor? ¿De qué comedia
+antigua se acordaría para vengar su ultraje cumplidamente? ¿La mataría
+a ella primero? ¿Iría antes a buscarle a él?...».
+
+Al día siguiente, 27 de Diciembre, don Víctor y Frígilis debían tomar el
+tren de Roca--Tajada a las ocho cincuenta para estar en las Marismas de
+Palomares a las nueve y media próximamente. Algo tarde era para comenzar
+la persecución de los patos y alcaravanes, pero no había de establecer
+la empresa un tren especial para los cazadores. Así que se madrugaba
+menos que otros años. Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte
+que le llamase con un estrépito horrísono a las ocho en punto. En un
+decir Jesús se vestía, se lavaba, salía al parque donde solía esperar
+dos o tres minutos a Frígilis, si no le encontraba ya allí, y en esto y
+en el viaje a la estación se empleaba el tiempo necesario para llegar
+algunos minutos antes de la salida del tren mixto.
+
+De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó Quintanar
+aquella mañana con más susto que solía, aturdido por el estridente
+repique de aquel estertor metálico, rápido y descompasado. Venció con
+gran trabajo la pereza, bostezó muchas veces, y al decidirse a saltar
+del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugón
+importuno. El sueño y la pereza le decían que parecía más temprano que
+otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, que no debía
+de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. No hizo caso de tales
+sofismas el cazador, y sin dejar de abrir la boca y estirar los brazos
+se dirigió al lavabo y de buenas a primeras zambulló la cabeza en agua
+fría. Así contestaba don Víctor a las sugestiones de la mísera carne que
+pretendía volverse a las ociosas plumas.
+
+Cuando ya tenía _las ideas más despejadas_, reconoció imparcialmente que
+la pereza aquella mañana no se quejaba de vicio. «Debía de ser en efecto
+bastante más temprano de lo que decía el reloj. Sin embargo, él estaba
+seguro de que el despertador no adelantaba y de que por su propia mano
+le había dado cuerda y puéstole en la hora la mañana anterior. Y con
+todo, debía de ser más temprano de lo que allí decía; no podían ser las
+ocho, ni siquiera las siete, se lo decía el sueño que volvía, a pesar de
+las abluciones, y con más autoridad se lo decía la escasa luz del día».
+«El orto del sol hoy debe de ser a las siete y veinte, minuto arriba o
+abajo; pues bien, el sol no ha salido todavía, es indudable; cierto que
+la niebla espesísima y las nubes cenicientas y pesadas que cubren el
+cielo hacen la mañana muy obscura, pero no importa, el sol no ha salido
+todavía, es demasiada obscuridad esta, no deben de ser ni siquiera las
+siete». No podía consultar el reloj de bolsillo, porque el día anterior
+al darle cuerda le había encontrado roto el muelle real.
+
+«Lo mejor será llamar».
+
+Salió a los pasillos en zapatillas.
+
+--¡Petra! ¡Petra!--dijo, queriendo dar voces sin hacer ruido.
+
+--Petra, Petra.... ¡Qué diablos! cómo ha de contestar si ya no está en
+casa... la pícara costumbre, el hombre es un animal de costumbres.
+
+Suspiró don Víctor. Se alegraba en el alma de verse libre de aquel
+testigo y semi-víctima de sus flaquezas; pero, así y todo, al recordar
+ahora que en vano gritaba «¡Petra!», sentía una extraña y poética
+melancolía. «¡Cosas del corazón humano!».
+
+--¡Servanda! ¡Servanda! ¡Anselmo! ¡Anselmo!
+
+Nadie respondía.--No hay duda, es muy temprano. No es hora de
+levantarse los criados siquiera. ¿Pero entonces? ¿Quién me ha adelantado
+el reloj?... ¡Dos relojes echados a perder en dos días!... Cuando entra
+la desgracia por una casa....
+
+Don Víctor volvió a dudar. ¿No podían haberse dormido los criados? ¿No
+podía aquella escasez de luz originarse de la densidad de las nubes?
+¿Por qué desconfiar del reloj si nadie había podido tocar en él? ¿Y
+quién iba a tener interés en adelantarle? ¿Quién iba a permitirse
+semejante broma? Quintanar pasó a la convicción contraria; se le antojó
+que bien podían ser las ocho, se vistió deprisa, cogió el frasco del
+anís, bebió un trago según acostumbraba cuando salía de caza aquel
+enemigo mortal del chocolate, y echándose al hombro el saco de las
+provisiones, repleto de ricos fiambres, bajó a la huerta por la escalera
+del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el
+silencio de la casa. «Pero a los criados ya los compondría él a la
+vuelta. ¡Perezosos! Ahora no había tiempo para nada.... Frígilis debía de
+estar ya en el Parque esperándole impaciente...».
+
+--Pues señor, si en efecto son las ocho no he visto día más obscuro en
+mi vida. Y sin embargo, la niebla no es muy densa... no... ni el cielo
+está muy cargado.... No lo entiendo.
+
+Llegó Quintanar al cenador que era el lugar de cita.... ¡Cosa más rara!
+Frígilis no estaba allí. ¿Andaría por el parque?... Se echó la escopeta
+al hombro, y salió de la glorieta.
+
+En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres
+campanadas. Don Víctor se detuvo pensativo, apoyó la culata de su
+escopeta en la arena húmeda del sendero y exclamó:
+
+--¡Me lo han adelantado! ¿Pero quién? ¿Son las ocho menos cuarto o las
+siete menos cuarto? ¡Esta obscuridad!...
+
+Sin saber por qué sintió una angustia extraña, «también él tenía
+nervios, por lo visto». Sin comprender la causa, le preocupaba y le
+molestaba mucho aquella incertidumbre. «¿Qué incertidumbre? Estaba antes
+obcecado; aquella luz no podía ser la de las ocho, eran las siete menos
+cuarto, aquello era el crepúsculo matutino, ahora estaba seguro.... Pero
+entonces ¿quién le había adelantado el despertador más de una hora?
+¿Quién y para qué? Y sobre todo, ¿por qué este accidente sin importancia
+le llegaba tan adentro? ¿qué presentía? ¿por qué creía que iba a ponerse
+malo?...».
+
+Había echado a andar otra vez; iba en dirección a la casa, que se veía
+entre las ramas deshojadas de los árboles, apiñados por aquella parte.
+Oyó un ruido que le pareció el de un balcón que abrían con cautela; dio
+dos pasos más entre los troncos que le impedían saber qué era aquello, y
+al fin vio que cerraban un balcón de su casa y que un hombre que parecía
+muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la
+reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y después saltar
+sobre un montón de tierra.
+
+«El balcón era el de Anita».
+
+El hombre se embozó en una capa de vueltas de grana y esquivando la
+arena de los senderos, saltando de uno a otro cuadro de flores, y
+corriendo después sobre el césped a brincos, llegó a la muralla, a la
+esquina que daba a la calleja de Traslacerca; de un salto se puso sobre
+una pipa medio podrida que estaba allá arrinconada, y haciendo escala
+de unos restos de palos de espaldar clavados entre la piedra, llegó,
+gracias a unas piernas muy largas, a verse a caballo sobre el muro.
+
+Don Víctor le había seguido de lejos, entre los árboles; había levantado
+el gatillo de la escopeta sin pensar en ello, por instinto, como en la
+caza, pero no había apuntado al fugitivo. «Antes quería conocerle». No
+se contentaba con adivinarle.
+
+A pesar de la escasa luz del crepúsculo, cuando aquel hombre estuvo a
+caballo en la tapia, el dueño del parque ya no pudo dudar.
+
+«¡Es Álvaro!» pensó don Víctor, y se echó el arma a la cara.
+
+Mesía estaba quieto, mirando hacia la calleja, inclinado el rostro,
+atento sólo a buscar las piedras y resquicios que le servían de estribos
+en aquel descendimiento.
+
+«¡Es Álvaro!» pensó otra vez don Víctor, que tenía la cabeza de su amigo
+al extremo del cañón de la escopeta.
+
+«Él estaba entre árboles; aunque el otro mirase hacia el parque no le
+vería. Podía esperar, podía reflexionar, tiempo había, era tiro seguro;
+cuando el otro se moviera para descolgarse... entonces».
+
+«Pero tardaba años, tardaba siglos. Así no se podía vivir, con aquel
+cañón que pesaba quintales, mundos de plomo y aquel frío que comía el
+cuerpo y el alma no se podía vivir.... Mejor suerte hubiera sido estar al
+otro extremo del cañón, allí sobre la tapia.... Sí, sí; él hubiera
+cambiado de sitio. Y eso que el otro iba a morir».
+
+«Era Álvaro, ¡y no iba a durar un minuto! ¿Caería en el parque o a la
+calleja?...».
+
+No cayó; descendió sin prisa del lado de Traslacerca, tranquilo,
+acostumbrado a tal escalo, conocido ya de las piedras del muro. Don
+Víctor le vio desaparecer sin dejar la puntería y sin osar mover el dedo
+que apoyaba en el gatillo; ya estaba Mesía en la calleja y su amigo
+seguía apuntando al cielo.
+
+--¡Miserable! ¡debí matarle!--gritó don Víctor cuando ya no era tiempo;
+y como si le remordiera la conciencia, corrió a la puerta del parque, la
+abrió, salió a la calleja y corrió hacia la esquina de la tapia por
+donde había saltado su enemigo. No se veía a nadie. Quintanar se acercó
+a la pared y vio en sus piedras y resquicios _la escalera de su
+deshonra_.
+
+«Sí, ahora lo veía perfectamente; ahora no veía más que eso; ¡y cuántas
+veces había pasado por allí sin sospechar que por aquella tapia se subía
+a la alcoba de la Regenta!. Volvió al parque; reconoció la pared por
+aquel lado. La pipa medio podrida arrimada al muro, como al descuido,
+los palos del espaldar roto formaban otra escala; aquella la veía todos
+los días veinte veces y hasta ahora no había reparado lo que era: ¡una
+escala! Aquello le parecía símbolo de su vida: bien claras estaban en
+ella las señales de su deshonra, los pasos de la traición; aquella
+amistad fingida, aquel sufrirle comedias y confidencias, aquel
+malquistarle con el señor Magistral... todo aquello era otra escala y él
+no la había visto nunca, y ahora no veía otra cosa».
+
+«¿Y Ana? ¡Ana! Aquella estaba allí, en casa, en el lecho; la tenía en
+sus manos, podía matarla, debía matarla. Ya que al otro le había
+perdonado la vida... por horas, nada más que por horas, ¿por qué no
+empezaba por ella? Sí, sí, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro,
+había que matar, ¿quién lo dudaba? pero antes... antes quería meditar,
+necesitaba calcular... sí, las consecuencias del delito... porque al
+fin era delito...». «Ellos eran unos infames, habían engañado al esposo,
+al amigo... pero él iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que
+se quiera, pero asesino».
+
+Se sentó en un banco de piedra. Pero se levantó en seguida: el frío del
+asiento le había llegado a los huesos; y sentía una extraña pereza su
+cuerpo, un egoísmo material que le pareció a don Víctor indigno de él y
+de las circunstancias. Tenía mucho frío y mucho sueño; sin querer,
+pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se referían a su
+desgracia, a su deshonra, a su vergüenza, se mostraban reacias, huían,
+se confundían y se negaban a ordenarse en forma de raciocinio.
+
+Entró en el cenador y se sentó en una mecedora. Desde allí se veía el
+balcón de donde había saltado don Álvaro.
+
+El reloj de la catedral dio las siete.
+
+Aquellas campanadas fijaron en la cabeza aturdida de Quintanar la triste
+realidad.... «Le habían adelantado el reloj. ¿Quién? Petra, sin duda
+Petra. Había sido una venganza. ¡Oh! una venganza bien cumplida. Ahora
+le parecía absurdo haber tomado la poca luz del alba por día nublado. Y
+si Petra no hubiera adelantado el reloj o si él no lo hubiese creído,
+tal vez ignoraría toda la vida la desgracia horrible... aquella
+desgracia que había acabado con la felicidad para siempre. La pereza de
+ser desgraciado, de padecer, unida a la pereza del cuerpo que pedía a
+gritos colchones y sábanas calientes, entumecían el ánimo de don Víctor
+que no quería moverse, ni sentir, ni pensar, ni vivir siquiera. La
+actividad le horrorizaba.... ¡Oh, qué bien si se parase el tiempo! Pero
+no, no se paraba; corría, le arrastraba consigo; le gritaba: muévete;
+haz algo, tu deber; aquí de tus promesas, mata, quema, vocifera,
+anuncia al mundo tu venganza, despídete de la tranquilidad para siempre,
+busca energía en el fondo del sueño, de los bostezos arranca los
+apóstrofes del honor ultrajado, representa tu papel, ahora te toca a ti,
+ahora no es Perales quien trabaja, eres tú, no es Calderón quien inventa
+casos de honor, es la vida, es tu pícara suerte, es el mundo miserable
+que te parecía tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos....
+Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, después desafía al galán y
+mátale también... no hay otro camino. ¡Y a todo esto sin poder menear
+pie ni mano, muerto de sueño, aborreciendo la vigilia que presentaba
+tales miserias, tanta desgracia, que iba a durar ya siempre!».
+
+«Pero había llegado la suya. Aquel era su drama de capa y espada. Los
+había en el mundo también. ¡Pero qué feos eran, qué horrorosos! ¿Cómo
+podía ser que tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes,
+aquellos rencores en verso y en el teatro? ¡Qué malo era el hombre! ¿Por
+qué recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto dolían
+cuando eran propias? ¡Y él, el miserable, hombre indigno, cobarde,
+estaba filosofando y su honor sin vengar todavía!... ¡Había que empezar,
+volaba el tiempo!... ¡Otro tormento! ¡el orden de la función, el orden
+de la trama! ¿Por dónde iba a empezar, qué iba a decir; qué iba a hacer,
+cómo la mataba a ella, cómo le buscaba a él?».
+
+El reloj de la catedral dio las siete y media.
+
+De un brinco se puso Quintanar en pie.
+
+--¡Media hora! media hora en un minuto; y no he oído el cuarto....
+
+Y Frígilis va a llegar... y yo no he resuelto....
+
+Don Víctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte, no
+podía resolver. Se despreció profundamente, pero más profundo que el
+desprecio fue el consuelo que sintió al comprender que no tenía valor
+para matar a nadie, así, tan de repente.
+
+--O subo y la mato ahora mismo, antes que llegue Tomás, o ya no la mato
+hoy....
+
+Volvió a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la
+laxitud del ánimo, que ya no luchaba con la impotencia de la voluntad,
+recobró parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de la traición le
+pinchó por la vez primera con fuerza bastante para arrancarle lágrimas.
+
+Lloró como un anciano, y pensó en que ya lo era. Jamás se le había
+ocurrido tal idea. Su temperamento le engañaba, fingiendo una juventud
+sin fin; la desgracia al herirle de repente le desteñía, como un
+chubasco, todas las canas del espíritu.
+
+«Ay, sí, era un pobre viejo; un pobre viejo, y le engañaban, se burlaban
+de él. Llegaba la edad en que iba a necesitar una compañera, como un
+báculo... y el báculo se le rompía en las manos, la compañera le hacía
+traición, iba a estar solo... solo; le abandonaban la mujer y el
+amigo...».
+
+El dolor, la lástima de sí mismo, trajeron a su pensamiento ideas más
+naturales y oportunas que las que despertara, entre fantasmas de fiebre
+y de insomnio, la indignación contrahecha por las lecturas románticas y
+combatida por la pereza, el egoísmo y la flaqueza del carácter.
+
+No sentía celos, no sentía en aquel momento la vergüenza de la deshonra,
+no pensaba ya en el mundo, en el ridículo que sobre él caería; pensaba
+en la traición, sentía el engaño de aquella Ana a quien había dado su
+honor, su vida, todo. ¡Ay, ahora veía que su cariño era más hondo de lo
+que él mismo creyera; queríala más ahora que nunca, pero claramente
+sentía que no era aquel amor de amante, amor de esposo enamorado, sino
+como de amigo tierno, y de padre... sí, de padre dulce, indulgente y
+deseoso de cuidados y atenciones!
+
+«¡Matarla!--eso se decía pronto--¡pero matarla!... Bah, bah... los
+cómicos matan en seguida, los poetas también, porque no matan de
+veras... pero una persona honrada, un cristiano no mata así, de repente,
+sin morirse él de dolor, a las personas a quien vive unido con todos los
+lazos del cariño, de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y él
+sentía su deshonra como la siente un padre, quería castigar, quería
+vengarse, pero matar era mucho. No, no tendría valor ni hoy ni mañana,
+ni nunca, ¿para qué engañarse a sí mismo? Mata el que se ciega, el que
+aborrece, él no estaba ciego, no aborrecía, estaba triste hasta la
+muerte, ahogándose entre lágrimas heladas; sentía la herida, comprendía
+todo lo ingrata que era ella, pero no la aborrecía, no quería, no podría
+matarla. Al otro sí; Álvaro tenía que morir; pero frente a frente, en
+duelo, no de un tiro, no; con una espada lo mataría, aquello era más
+noble, más digno de él. Frígilis tenía que encargarse de todo. Pero
+¿cuándo? ¿ahora? ¿en cuanto llegase? No... tampoco se atrevía a
+decírselo así, de repente. Después de hablar con alma humana de tan
+vergonzoso descubrimiento, ya no había modo de volverse atrás, esto es,
+de cambiar de resolución, de aplazar ni modificar la venganza. En cuanto
+alguien lo supiera había que proceder de prisa, con violencia; lo exigía
+así el mundo, las ideas del honor; él era al fin un marido burlado.... Y
+a ella habría que llevarla a un convento. Y él, se volvería a su tierra,
+si no le mataba Mesía; se escondería en La Almunia de don Godino».
+
+Al llegar aquí se acordó el infeliz esposo que Ana, meses antes, le
+proponía un viaje a La Almunia. «¡Tal vez si él hubiera aceptado, se
+hubiese evitado aquella desgracia... irreparable! Sí, irreparable, ¿qué
+duda cabía?».
+
+«¿Y Petra? ¡Maldita sea! Petra.... ¡Es ella quien me hace tan
+desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza, de donde
+ya no saldré aunque mate al mundo entero; aunque haga pedazos a Mesía y
+entierre viva a la pobre Ana!... ¡Ay, Ana también va a ser bien
+infeliz!».
+
+La catedral dio ocho campanadas. «¡Las ocho! Ahora debía yo despertar...
+y no sabría nada».
+
+Este pensamiento le avergonzó. En su cerebro estalló la palabra grosera
+con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que toleran su
+deshonra... y la ira volvió a encenderse en su pecho, sopló con fuerza y
+barrió el dolor tierno.... «¡Venganza! ¡venganza!--se dijo--o soy un
+miserable, un ser digno de desprecio...».
+
+Sintió pasos sobre la arena, levantó la cabeza y vio a su lado a
+Frígilis.
+
+--¡Hola! parece que se ha madrugado--dijo Crespo, que gustaba de ser
+siempre el primero.
+
+--Vamos, vamos--contestó don Víctor, volviendo a levantarse y después de
+colgar la escopeta del hombro.
+
+La presencia de Frígilis le había asustado; sacó fuerzas de flaqueza
+para tomar un partido de repente. Se resolvió por fin. Resolvió callar,
+disimular, ir a caza. «Allá en los prados de las marismas, cuando se
+quedara solo en acecho, en todo aquel día triste que iba a ser tan
+largo, meditaría... y a la vuelta, a la vuelta acaso tendría ya formado
+su plan, y consultaría con Tomás y le mandaría a desafiar al otro, si
+era esto lo que procedía. Por ahora callar, disimular. Aquello no podía
+echarse a volar así como quiera. El descubrimiento que debía a Petra no
+era para revelado sin su cuenta y razón. A Frígilis podía decírsele
+todo, pero a su tiempo».
+
+Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerró la verja con su llave.
+Crespo iba delante. Miró don Víctor hacia el fondo de la huerta, hacia
+el caserón que ya le parecía otro... «¿Qué hacía? ¿Era un cobarde
+aplazando su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no
+escaparían, no había miedo. Silencio y disimulo, esto hacía falta ahora.
+Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera ¡iba a ser tan grave!».
+Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus próximos
+actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza, impresionable y
+débil iban ahora a depender sucesos tan importantes, la suerte de varias
+personas, le sumía en una especie de pánico taciturno y desesperado.
+Veleidades tenía de llamar a Frígilis, decírselo todo, ponerlo en sus
+manos todo.... «Frígilis, aunque era un soñador, llegado el caso tenía
+mejor sentido que él; sabría ser más práctico.... ¿Qué haría?».
+
+Por lo pronto seguir a Tomás a la estación. Y callar. Para hablar
+siempre era tiempo.
+
+La mañana seguía cenicienta; nubes y más nubes plomizas salían como de
+un telar de los picos y mesetas del Corfín, caían sobre la sierra, se
+arrastraban por sus cumbres, resbalaban hacia Vetusta y llenaban el
+espacio de una tristeza gris, muda y sorda.
+
+«No hace frío», observó Frígilis al llegar a la estación. No llevaba más
+abrigo que su bufanda a cuadros. Pero decía él que su cazadora valía por
+la piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros.
+
+En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía que
+hacer esfuerzos para no dar diente con diente.--¡No, no hace mucho
+frío!--dijo, por miedo de delatarse.
+
+«Afortunadamente éste es un sonámbulo que no se fija nunca en si los
+demás tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo de estar pálido,
+desencajado... pero este egoísta no ve nada de eso».
+
+Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Frígilis encontró
+antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volvían de Castilla y después
+de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar allá en la aldea.
+Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que se ahogaban
+en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le inspiraba a él la
+helada en las mañanas más frías del año, frotaba las manos y hablaba del
+precio de las reses, y de las ventajas de la parcería, locuaz, como
+nunca se le veía en Vetusta. Parecía que, según el tren se alejaba de
+los tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en
+sueño y en niebla, el alma de Frígilis se ensanchaba, respiraba a su
+gusto aquel pulmón de hierro.
+
+«No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor, que su
+amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren había tenido
+tentaciones de arrojarse al andén; y después, de tirarse por la
+ventanilla a la vía, y correr, correr desalado a Vetusta, entrar en el
+caserón de los Ozores y coser a puñaladas el pecho de una infame...».
+
+Sí, todo esto había querido hacer don Víctor que se sintió morir de
+vergüenza y de cólera contra los infames adúlteros y contra sí mismo, en
+cuanto notó que el tren se movía y le alejaba del lugar del crimen, de
+su deshonra y de su venganza necesaria...
+
+«¡Soy un miserable, soy un miserable!» gritaba por dentro Quintanar
+mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba allá lejos; tan lejos, que
+detrás de las lomas y de los árboles desnudos ya sólo se veía la torre
+de la catedral, como un gallardete negro destacándose en el fondo
+blanquecino de Corfín, envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba
+de soslayo.
+
+«Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella... esto
+no tiene nombre, ¡oh!... sí lo tiene...». Y ¡zas! el nombre que tenía
+aquello, según Quintanar, estallaba como un cohete de dinamita en el
+cerebro del pobre viejo.
+
+«¡Soy un tal, soy un tal!» y se lo decía a sí mismo con todas sus
+letras, y tan alto que le parecía imposible que no le oyeran todos los
+presentes.
+
+«Pero el tren huía de Vetusta, silbaba, le silbaba a él; y él no tenía
+el valor de arrojarse a tierra, de volver al pueblo... iba a tardar más
+de doce horas en ver el caserón, ¡aplazaba su venganza más de doce
+horas!...».
+
+Pasaron un túnel y no quedó ya nada de Vetusta ni de su paisaje. Era
+otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes rojizos, lomas
+monótonas como oleaje simétrico se extendían cerrando el horizonte a la
+izquierda de la vía. El cielo estaba obscuro por aquel lado, bajas las
+nubes, que como grandes sacos de ropa sucia se deshilachaban sobre las
+colinas de lontananza; a la derecha campos de maíz, ahora vacíos,
+enseñaban la tierra, negra con la humedad; entre las manchas de las
+tierras desnudas aparecían el monte bajo, de trecho en trecho, las
+pomaradas ahora tristes con sus manzanos sin hojas, con sus ramos
+afilados, que parecían manos y dedos de esqueleto. Por aquel lado el
+cielo prometía despejarse, la niebla hacía palidecer las nubes altas y
+delgadas que empezaban a rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se
+extendía una franja lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los
+castañares que semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en
+verano misterios de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los
+campos desnudos y las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en
+triángulo macedónico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como
+náufragos de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentándose con
+graznar lúgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja
+subterránea.
+
+Mientras Frígilis hablaba de la conveniencia de abandonar el cultivo del
+maíz y de cultivar los prados con intensidad, don Víctor, apoyada la
+cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo pardo y
+veía desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por aquel
+desierto de aire. Ya parecían polvos de imprenta, después aprensión de
+la vista, después nada.
+
+«¡Lugarejo, dos minutos!» gritó una voz rápida y ronca.
+
+Don Víctor asomó la cabeza por la ventanilla. La estación, triste cabaña
+muy pintada de chocolate y muerta de frío, estaba al alcance de su mano
+o poco más distante. Sobre la puerta, asomada a una ventana una mujer
+rubia, como de treinta años, daba de mamar a un niño.
+
+«Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos» pensó
+Quintanar.
+
+Pasó el jefe de la estación que parecía un pordiosero. Era joven; más
+joven que la mujer de la ventana parecía.
+
+«Se querrán. Ella por lo menos le será fiel».
+
+Después de esta conjetura don Víctor se dejó caer otra vez en su
+asiento. Cerró los ojos, tapó el rostro cuanto pudo con una mano. El
+tren volvió a moverse. El ruido del hierro y de la madera y la
+trepidación uniforme eran como canción que atraía el sueño. Quintanar,
+sin pensar en ello, medía el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes
+con el compás de una marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de
+la casa.... Después midió el paso del tren con los de cierta polka... y
+después se quedó dormido.
+
+Media hora después llegaban a la estación en que dejaban el tren para
+tomar a pie la carretera que los conducía a las marismas de Palomares.
+
+Don Víctor despertó asustado, gracias a un golpe que le dio en el hombro
+Frígilis.
+
+Había soñado mil disparates inconexos; él mismo, vestido de canónigo con
+traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don Álvaro y
+a la Regenta. Y don Álvaro estaba en traje de clérigo también, pero con
+bigote y perilla.... Después los tres juntos se habían puesto a cantar el
+Barbero, la escena del piano; él, don Víctor, se había adelantado a las
+baterías para decir con voz cascada:
+
+Quando la mia Rosina... el público de las butacas había graznado al
+oírle como un solo espectador.... Todas las butacas estaban llenas de
+cuervos que abrían el pico mucho y retorcían el pescuezo con
+ondulaciones de culebra.... «Una pesadilla» pensó Quintanar, y entre
+dormido y despierto emprendía la marcha a pie por la carretera de
+Palomares abajo. Estaban en Roca--Tajada; a la derecha, a pico, se
+elevaba el monte Arco partido por aquel desfiladero; estrecha garganta
+por donde sólo cabían la angosta carretera y el río Abroño que se
+cruzaban en mitad de la hoz pasando el camino, perpendicular al río, por
+un puente de piedra blanca.
+
+Después de almorzar en Roca--Tajada, en la taberna de Matiella,
+estanquero y albañil, grande amigo de Frígilis, los dos amigos cazadores
+dejaron el camino real, y por prados fangosos de hierba alta, de un
+verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abroño, allí más
+ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las ondas verdes que le
+mandaba el mar ya vecino.
+
+Frígilis y Quintanar pasaron el río en una barca, comenzaron a subir una
+colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por pomaradas y
+laureles, pinos de copa redonda y ancha y álamos esbeltos. El verde de
+los pinares y de los laureles y de algunos naranjos de las huertas,
+sobre el verde más claro de las praderas en declive, limpias y como
+recortadas con tijeras, alegraba la cumbre resaltando bajo el cielo
+lechoso y entre las paredes blancas, que se comían toda la luz del día,
+difusa y como cernida a través de las nubes delgadas. Según subían por
+la falda de la loma que era como primer escalón para la colina, el
+terreno se afirmaba, la hierba aclaraba su color y menguaba. Frígilis se
+detuvo y contempló el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante
+que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que
+se veía en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río,
+como una pared obscura que subía hacia las nubes.
+
+Quintanar se sentó sobre una peña que dejaba descubierta el prado. De la
+parte de Areo, cruzando sobre el río a mucha altura, vieron venir un
+bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Frígilis disparó los
+de su escopeta con tan mala suerte, que no consiguió más que dispersar
+las apretadas filas.
+
+--¡Tira tú, bobo!--gritó Crespo furioso.
+
+Quintanar se levantó, apuntó, disparó y cuatro tordos de agua cayeron
+heridos por los perdigones que, según pensó en aquel instante don
+Víctor, debía tener en los sesos el amigo traidor, el infame don Álvaro.
+
+«Sí, aquel tiro era el de Álvaro, los tordos, inocentes, caían a pares,
+y el ladrón de su honra vivía». Y ¡cosa extraña! cuando allá en el
+parque había estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el
+cartucho mortífero tenía carga de perdigón; suponíalo lleno de postas o
+de balas.
+
+Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tenía encima, el
+cazador sintió el placer de la vanidad satisfecha. «Frígilis había
+disparado dos tiros y... nada; disparaba él uno solo y... cuatro.... Sí,
+cuatro, allí estaban, sangrando sobre el prado, mezclando las gotas
+rojas con la escarcha blanca de la hierba».
+
+Media hora después Frígilis tomaba el desquite matando un soberbio pato
+marino. Quintanar, por gusto, mató un cuervo que no recogió.
+
+Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de
+Frígilis se aburrían. Aquella caza en que ellos representaban un papel
+secundario, les parecía una vergüenza; bostezaban y obedecían mal a la
+voz del amo.
+
+Después de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Víctor
+sintió su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo veía claro,
+toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le aparecía
+como un tratado clásico de historia. Lo que había sucedido, lo que iba
+a suceder, lo veía como en un panorama. Y sentía comezón de hablar y
+ansias de llorar. ¿Por qué no abría el pecho al amigo del alma, al
+verdadero, al único? No se lo abrió. «No era tiempo».
+
+Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado,
+siempre alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se comían, pero
+Frígilis les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los
+cazadores con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional.
+Esperaban, _fingían_ estar descuidados, disimulaban su vigilancia, y al
+ir Frígilis a disparar, escondido tras un seto... volaban los condenados
+gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por eso los perseguía
+tenaz, irritado.
+
+Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que
+cubrían tiñéndolo de negro, se encontraban con la descarga de Crespo; si
+tomaban por el otro lado, disparaba don Víctor.
+
+El cual se quedó solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no
+había conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detrás de un toldo
+blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un poco de
+aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de
+invierno, que después aparecían bajo las nubes, volando fuera de tiro,
+sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida, suponía
+Quintanar.
+
+«El campo estaba melancólico. El invierno parecía una desnudez. Y a
+pesar de todo, ¡qué hermosa era la naturaleza! ¡qué tranquilamente
+reposaba!... ¡Los hombres, los hombres eran los que habían engendrado
+los odios, las traiciones, las leyes convencionales que atan a la
+desgracia el corazón!». La filosofía de Frígilis, aquel pensador
+agrónomo que despreciaba la sociedad con sus _falsos principios_, con
+sus preocupaciones, exageraciones y violencias, se le presentó a
+Quintanar, a quien el cuerpo repleto le pedía siesta, como la filosofía
+verdadera, la sabiduría única, eterna. «Vetusta quedaba allá, detrás de
+montes y montes, ¿qué era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto.
+Y todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga,
+fabricaba su albergue, ¿qué eran comparados con los bosques vírgenes,
+los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?... Nada. Y las leyes
+de honor, las preocupaciones de la vida social todas, ¿qué eran al lado
+de las grandes y fijas y naturales leyes a que obedecían los astros en
+el cielo, las olas en el mar, el fuego bajo la tierra, la savia
+circulando por las plantas?».
+
+Vivos deseos sintió Quintanar por un momento de echar raíces y ramas, y
+llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que veía coronando
+las cimas del monte Areo. «Vegetar era mucho mejor que vivir».
+
+Oyó un tiro lejano, después el estrépito de las peguetas que volaban
+riéndose con estridentes chillidos; las vio pasar sobre su cabeza. No se
+movió. Que se fueran al diablo. Él estaba pensando en Tomás Kempis. Sí,
+Kempis, a quien había olvidado, tenía razón; donde quiera estaba la
+cruz. «Arregla, decía el sabio asceta, arregla y ordena todas las cosas
+según tu modo de ver y según tu voluntad, y verás que siempre tienes
+algo que padecer de grado o por fuerza; siempre hallarás la cruz».
+
+Y también recordaba lo de: «Algunas veces parecerá que Dios te deja,
+otras veces serás mortificado por el prójimo; y lo que es más, muchas
+veces te serás molesto a ti mismo».
+
+«Sí, el prójimo me mortifica, y yo mismo me molesto, me hago daño hasta
+sangrar el alma.... No sé lo que debo hacer, ni lo que debo pensar
+siquiera. Anita me engaña, es una infame sí... pero ¿y yo? ¿No la engaño
+yo a ella? ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo distraído y soso a
+los ardores y a los sueños de su juventud romántica y extremosa? ¿Y por
+qué alegué derechos de mi edad para no servir como soldado del
+matrimonio y pretendí después batirme como contrabandista del adulterio?
+¿Dejará de ser adulterio el del hombre también, digan lo que quieran las
+leyes?».
+
+Le daba ira encontrarse tan filósofo, pero no podía otra cosa.
+Comprendía que aquellas meditaciones le alejaban de su venganza, que en
+el fondo del alma él no quería ya vengarse, quería castigar como un juez
+recto y salvar su honor, nada más. Y esto mismo le irritaba. Después
+volvía la lástima tierna de sí mismo, la imagen de la vejez solitaria...
+y los alcaravanes, allá en el cielo gris, iban cantando sus ayes como
+quien recita el _Kempis_ en una lengua desconocida.
+
+«Sí, la tristeza era universal; todo el mundo era podredumbre; el ser
+humano lo más podrido de todo».
+
+Y siempre sacaba en consecuencia que él no sabía lo que debía hacer, ni
+siquiera lo que debía pensar, ni aun lo que debía sentir.
+
+«De todas suertes, las comedias de capa y espada mentían como bellacas;
+el mundo no era lo que ellas decían: al prójimo no se le atraviesa el
+cuerpo sin darle tiempo más que para recitar una rendondilla. Los
+hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan deprisa».
+
+De noche, en el tren, cuando volvían solos a Vetusta en un coche de
+segunda, por miedo al frío de los de tercera, Frígilis que miraba el
+paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez había podido más que
+el sol y había roto las nubes, Frígilis sintió un suspiro como un
+barreno detrás de sí, y volvió la cabeza diciendo:
+
+--¿Qué te pasa, hombre? Todo el día te he visto preocupado, tristón...
+¿qué pasa?
+
+La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas rompía
+las tinieblas de aquel coche que parecía caja de muerto.
+
+Frígilis no podía ver bien el rostro de don Víctor, pero le oyó, de
+repente, llorar como un chiquillo, y sintió la cabeza fuerte y blanca de
+Quintanar apoyada en el hombro del amigo. Sí, se apoyaba el pobre viejo
+con cariño, confianza, y con la fuerza con que se deja caer un muerto.
+Parecía aquello la abdicación de su pensamiento, de toda iniciativa.
+
+--Tomás, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado; escucha...
+
+
+
+
+--XXX--
+
+
+--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
+
+--¿Tú no entras?
+
+--No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer.
+
+--¡Me dejas solo ahora!
+
+--Volveré si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Mañana vendré
+temprano.
+
+--Te advierto que no te he dicho que sí.
+
+--Bueno, bueno... adiós.
+
+--Espera, espera... no me dejes solo... todavía. No te he dicho que sí;
+tal vez... lo piense más y... me decida por seguir el camino opuesto.
+
+--Pero por de pronto, Víctor, prudencia, disimulo.... Es decir, si no
+quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes....
+
+--¡Sí, sí! Benítez cree que un gran susto, una impresión fuerte....
+
+--Eso; puede matarla.
+
+--¡Está enferma!
+
+--Sí, más de lo que tú crees.
+
+--¡Está enferma! Y un susto, un susto grande... puede matarla.
+
+--Eso, así como suena.
+
+--Y yo debo subir, y guardar para mí todos estos rencores, toda esta
+hiel tragármela... y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y
+no se asuste... y no se me muera de repente....
+
+--Sí, Víctor, sí; todo eso debes hacer.
+
+--Pero confiesa, Tomás, que todo eso se dice mejor que se hace; y
+comprende que ese aldabón me inspire miedo, explícate la razón que tengo
+para tenerle el mismo asco que si fuera de hierro líquido....
+
+Calló a esto Frígilis.
+
+Llegaban de la estación; estaban en el portal del caserón de los Ozores,
+que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo.
+
+Quintanar no tenía valor para subir a su casa. No quería llamar. «Iban a
+abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se atrevería a sonreír
+como siempre, tal vez a ponerle la frente cerca de los labios para que
+la besara.... Y él tendría que sonreír, y besar y callar... y acostarse
+tan sereno como todas las noches.... Tomás debía comprender que aquello
+era demasiado...».
+
+Y además, las revelaciones de Frígilis respecto a la salud de Ana le
+habían caído al pobre ex-regente como una maza sobre la cabeza. «Aquella
+alegría, aquella exaltación que la habían llevado... al crimen, a la
+infamia de una traición... eran una enfermedad; Ana podía morir de
+repente cualquier día; una impresión extraordinaria lo mismo de dolor
+que de alegría, mejor si era dolorosa, podía matarla en pocas horas...».
+Esto había contestado Frígilis a la historia de su amigo. A Mesía
+fusilémosle, había dicho, si eso te consuela; pero hay que esperar, hay
+que evitar el escándalo, y sobre todo hay que evitar el susto, el
+espanto que sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su alcoba como
+los maridos de teatro.... Ana, culpable según las leyes divinas y
+humanas, no lo era tanto en concepto de Frígilis que mereciera la
+muerte.
+
+--¿Quién quiere matarla? ¡Yo no quiero eso!--había interrumpido don
+Víctor al oír esto.
+
+Pero Frígilis había replicado:
+
+--Sí quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay que hacer
+hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la única
+solución; pero confiesa que el perdonar es una solución también.
+
+--Perdonarla es transigir con la deshonra....
+
+--Eso ya lo veríamos. ¿Tú eres cristiano?
+
+--Sí, de todo corazón, más cada día.... Como que ya no veo más refugio
+para mi alma que la religión....
+
+--Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. Pero
+no se trata de esto todavía; se trata de no cortar el camino al perdón,
+antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa puñalada mortal al entrar
+en su cuarto y gritar: «¡Muera la esposa infiel!» para que ella
+conteste: «¡Jesús mil veces!» y caiga redonda. Yo no sé si diría «Jesús
+mil veces» pero de que caería estoy seguro. Y ya ves, antes de matarla
+hay que ver si tenemos derecho para ello.
+
+--No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia....
+
+--Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada
+trágico. Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te
+acordarás, creí hacer la felicidad de ambos....
+
+--Y no parecía que te habías equivocado. La mía la habías hecho. La de
+ella... durante más de diez años pareció que también.
+
+--Sí, pareció; pero la procesión andaba por dentro....
+
+Diez años fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco.
+
+--Mira, Frígilis, tu filosofía no es para consolar a un marido en mi
+situación.... Ya sé yo todo lo que tú puedes decirme, y mucho más.... Eso
+no es consolarme....
+
+--Ni yo creo que tu situación admita consuelos más que el del tiempo y
+la reflexión lenta y larga.... Pero ahora no se trata de ti, se trata de
+ella. ¿Te empeñas en coser el cuerpo con un florete o con una espada a
+Mesía? Sea; pero hay que ver cuándo y cómo. Hay que tener calma. Después
+de lo que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Benítez me impuso y
+que rompo por lo apurado del caso, después de saber que puede sucumbir
+ante una revelación semejante....
+
+--¿Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo sé? ¿Quién te
+asegura a ti que no me despreciará, que no procurará huir con el otro?
+
+--¡Víctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil. No hizo más que
+esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no está enamorada de
+Mesía.... En cuanto vea que es un cobarde y que la abandona antes que
+pelear por ella... le despreciará, le maldecirá... y en cambio los
+remordimientos la volverán a ti, a quien siempre quiso.
+
+--¡Que quiso!--Sí, más que a un padre. ¿Qué mejor prueba quieres que
+todo lo pasado? ¿Por qué se hizo mística?... Y la pobre... también tuvo
+que sufrir ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de
+esto no hablemos. ¿Por qué luchó, como luchó sin duda? Porque te
+quería... porque te quiere... te quiere mucho....
+
+--¡Y me vende!--¡Te vende! ¡te vende!... En fin, no hablemos de eso...
+ya has dicho que no quieres mis filosofías. Ello es, que si armas
+arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay otra de entierro.
+
+--¡Hombre dices las cosas de un modo!...
+
+--La verdad. Un drama completo. Pero en último caso, si tan irritado
+estás, si tan ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu
+conciencia que bien claro te habla; llama, sube, alborota, quema la
+casa.... O no hagas tanto, que bastará con que la espantes con tu noticia
+para que Ana caiga de espaldas y le estalle dentro una de esas cosas en
+que tú no crees, pero que son para la vida como los alambres para el
+telégrafo. Si estás furioso, si no puedes contenerte, también tú tendrás
+disculpa hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes
+perdón de Dios.
+
+Esto último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a
+su amigo estremecerse.
+
+Después de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la
+estación a casa, y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se
+acercó a la puerta para coger el aldabón, y cuando Frígilis exclamó:
+
+--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
+
+Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr
+en busca de don Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición,
+para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la
+cita, si la tenía como era de suponer. Pensaba Crespo que a Víctor no se
+le había ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que
+aquella noche se repetiría la escena de la anterior, que debía de ser ya
+antigua costumbre; podía don Álvaro, que no había visto a su víctima
+cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas, sorprenderle
+Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia. Además,
+Frígilis tenía la convicción de que don Álvaro escaparía de Vetusta en
+cuanto él le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban
+motivos para creer muy cobarde al don Juan Tenorio.
+
+«¡Pero aquel Víctor no le dejaba marchar!».
+
+Por fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su
+ira, lo que fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el digno regente
+jubilado con el mismo aldabonazo enérgico y conciso con que hacía
+retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el jefe de familia
+respetado y tal vez querido.
+
+--¡Adiós, adiós, hasta mañana temprano!--dijo Frígilis librándose de la
+mano trémula que le sujetaba un brazo.
+
+--«¡Egoísta, pensó don Víctor al quedarse solo--; es la única persona
+que me quiere en el mundo... y es egoísta!».
+
+Se abrió la puerta. Vaciló un momento.... Se le figuró que del patio
+salía una corriente de aire helado....
+
+Entró, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que dejaba
+atrás; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a
+paso, por el portal adelante, se acercaba a él y que se le quitaba el
+sombrero que era de teja.
+
+--¡Mi señor don Víctor!--dijo una voz melosa y temblona.
+
+--¡Cómo! ¿usted? ¡es usted... señor Magistral!... Un temblor frío, como
+precursor de un síncope, le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras
+añadía, procurando una voz serena:
+
+--¿A qué debo... a estas horas... la honra...? ¿qué pasa?... ¿Alguna
+desgracia?...
+
+«Pero este hombre ¿no sabe nada?» se preguntó De Pas que parecía un
+desenterrado.
+
+Miró a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado
+el rostro; y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le
+tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta
+llegar allí, el Magistral no había hablado, no había hecho más que
+estrechar la mano de don Víctor e invitarle con un ademán gracioso y
+enérgico al par, a subir aquella escalera.
+
+--Pero ¿qué pasa?--repitió don Víctor en voz baja en el primer
+descanso.
+
+--¿Viene usted de caza?--contestó el otro con voz débil.
+
+--Sí, señor, con Crespo; ¿pero qué sucede? Hace tanto tiempo... y a
+estas horas....
+
+--Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al despacho....
+
+Anselmo alumbraba por los pasillos del caserón a su amo a quien seguía
+el Magistral.
+
+--«No pregunta por Ana»--pensó De Pas.
+
+--La señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor
+que la avise?--preguntó Anselmo.
+
+--¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral quiere hablarme a
+solas...--y se volvió el amo de la casa al decir esto.
+
+--Bien, sí; al despacho... entremos en su despacho....
+
+Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle
+aquel hombre? ¿A qué venía?...».
+
+Anselmo encendió dos luces de esperma y salió.
+
+--Oye, si la señora pregunta por mí, que allá voy... que estoy
+ocupado... que me espere en su cuarto.... ¿No es eso? ¿No quiere usted
+que estemos solos?
+
+El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la
+puerta por donde salía Anselmo.
+
+«Ya estaba allí, ya había que hablar... ¿qué iba a decir? Terrible
+trance; tenía que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle
+luz; no sabía absolutamente nada de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo
+hablar sin preguntar antes? ¿Qué sabía don Víctor? esta era la
+cuestión... según lo que supiera, así él debía hablar... pero no, no era
+esto... había que comenzar por explicarse. Buen apuro». Estaba el
+Magistral como si don Víctor le hubiera sorprendido allí, en su
+despacho, robándole los candeleros de plata en que ardían las velas.
+
+Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos
+y pasmados.
+
+--«¿Usted dirá?» decían aquellas pupilas brillantes y en aquel momento
+sin más expresión que un tono interrogante.
+
+«Había que hablar».
+
+--¿Tendría usted... por ahí... un poquito de agua?...--dijo don Fermín,
+que se ahogaba, y que no podía separar la lengua del cielo de la boca.
+
+Don Víctor buscó agua y la encontró en un vaso, sobre la mesilla de
+noche. El agua estaba llena de polvo, sabía mal. Don Fermín no hubiera
+extrañado que supiera a vinagre. Estaba en el calvario. Había entrado en
+aquella casa porque no había podido menos: sabía que necesitaba estar
+allí, hacer algo, ver, procurar su venganza, pero ignoraba cómo.
+«Estaba, cerca de las diez de la noche, en el despacho del marido de la
+mujer que le engañaba a él, a De Pas, y al marido; ¿qué hacía allí?,
+¿qué iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral pasaron todas
+las estaciones de aquel día de Pasión. Mientras bebía el vaso de agua, y
+se limpiaba los labios pálidos y estrechos, sentía pasar las emociones
+de aquel día por su cerebro, como un amargor de purga. Por la mañana
+había despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no
+podía explicarle la causa de su mal había preferido fingirse sano, y
+levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un
+resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces sonaban
+apagados, los cuerpos sólidos parecían todos huecos; todo parecía tener
+la fragilidad del sueño. Antojábasele una crueldad de fiera, un egoísmo
+de piedra, la indiferencia universal; ¿por qué hablaban todos los
+vetustenses de mil y mil asuntos que a él no le importaban, y por qué
+nadie adivinaba su dolor, ni le compadecía, ni le ayudaba a maldecir a
+los traidores y a castigarlos? Había salido de las calles y había
+paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena húmeda bordada
+por las huellas del agua corriente, con sus árboles desnudos y helados.
+Había paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera rasgar
+la sotana con las rodillas; aquella sotana que se le enredaba entre las
+piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un trapo de carnaval colgado
+al cuello.
+
+«Él, él era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que aún no había
+matado a nadie (y ya era medio día) y que debía de saberlo todo desde
+las siete. Las leyes del mundo ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho
+de vengarse y no tenía el deseo; él tenía el deseo, la necesidad de
+matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho.... Era un clérigo, un
+canónigo, un prebendado. Otras tantas carcajadas de la suerte que se le
+reía desde todas partes». En aquellos momentos don Fermín tenía en la
+cabeza toda una mitología de divinidades burlonas que se conjuraban
+contra aquel miserable Magistral de Vetusta.
+
+La sotana, azotada por las piernas vigorosas, decía: _ras, ras, ras_;
+como una cadena estridente que no ha de romperse.
+
+Sin saber cómo, De Pas había pasado delante de la fonda de Mesía. «Sabía
+él que don Álvaro estaba en casa, en la cama. Si, como temía, don Víctor
+no le había cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había
+ocurrido, en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del
+placer. Podía subir, entrar en su cuarto, y ahogarle allí... en la cama,
+entre las almohadas.... Y era lo que debía hacer; si no lo hacía era un
+cobarde; temía a su madre, al mundo, a la justicia.... Temía el
+escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le sujetaba la
+inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras... era un cobarde:
+un hombre de corazón subía, mataba. Y si el mundo, si los necios
+vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban ¿por qué? él
+respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas ¿que, por
+qué mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha engañado mi
+mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para conservar
+su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma
+porque no le he tomado también el cuerpo.... Los mato a los dos porque
+olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que _ubi irritatio ibi
+fluxus_, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su
+carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la
+pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me está
+envenenando el alma.... Mato porque me engañó; porque sus ojos se
+clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de
+sus labios que también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato
+porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy
+fiera...».
+
+Pero no mató. Se acercó a la portería y preguntó... por el señor obispo
+de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta.
+
+--Ha salido--le dijeron. Y don Fermín sin ver lo que hacía, dobló una
+tarjeta y la dejó al portero.
+
+Y volvió a su casa. Se encerró en el despacho. Dijo que no estaba para
+nadie y se paseó por la estrecha habitación como por una jaula.
+
+Se sentó, escribió dos pliegos. Era una carta a la Regenta. Leyó lo
+escrito y lo rasgó todo en cien pedazos. Volvió a pasear y volvió a
+escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba las uñas en la cabeza.
+
+En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gemía, imprecaba, deprecaba,
+rugía, arrullaba; unas veces parecían aquellos regueros tortuosos y
+estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias que tenía el
+Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia engañada y
+sofocada y provocada, salían a borbotones, como podredumbre líquida y
+espesa. La pasión hablaba entonces con el murmullo ronco y gutural de la
+basura corriente y encauzada. Otras veces se quejaba el idealismo
+fantástico del clérigo como una tórtola; recordaba sin rencor, como en
+una elegía, los días de la amistad suave, tierna, íntima, de las
+sonrisas que prometían eterna fidelidad de los espíritus; de las citas
+para el cielo, de las promesas fervientes, de las dulces confianzas;
+recordaba aquellas mañanas de un verano, entre flores y rocío, místicas
+esperanzas y sabrosa plática, felicidad presente comparable a la futura.
+Pero entre los quejidos de tórtola el viento volvía a bramar sacudiendo
+la enramada, volvía a rugir el huracán, estallaba el trueno y un
+sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo negro un rayo.
+«¡Y por quién dejaba Ana la salvación del alma, la compañía de los
+santos y la amistad de un corazón fiel y confiado...! ¡por un don Juan
+de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de temporada, por
+un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por
+un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y
+hueca!...». «Pero ya comprendía él la causa de aquel amor; era la impura
+lascivia, se había enamorado de la carne fofa, y de menos todavía, de la
+ropa del sastre, de los primores de la planchadora, de la habilidad del
+zapatero, de la estampa del caballo, de las necedades de la fama, de los
+escándalos del libertino, del capricho, de la ociosidad, del polvo, del
+aire.... Hipócrita... hipócrita... lasciva, condenada sin remedio, por
+vil, por indigna, por embustera, por falsa, por...» y al llegar aquí era
+cuando furioso contra sí mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral,
+airado porque no sabía escribir de modo que insultara, que matara, que
+despedazara, sin insultar, sin matar, sin despedazar con las palabras.
+«Aquello no podía mandarse bajo un sobre a una mujer, por más que la
+mujer lo mereciera todo. No, era más noble sacar de una vaina un puñal y
+herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre
+perfumado».
+
+Pero escribía otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la indignación,
+la franqueza necesaria a su pasión estallaban por otro lado; y entonces
+era él mismo quien aparecía hipócrita, lascivo, engañando al mundo
+entero. «Sí, sí, decía, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para
+mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro
+sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor,
+nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de
+niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el
+quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la
+máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí donde no lo
+puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre ¿no lo sabías? ¿por eso me
+engañaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene
+miedo, sábelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos
+frente a frente, escaparía de mí... Yo soy tu esposo; me lo has
+prometido de cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se
+queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma
+que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como tu
+miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer, ¿qué saben
+ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo...? Sí, tú las sabías
+también... y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por
+todas las mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la orgía, los
+labios que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las
+heridas del estupro, por...».
+
+Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas
+las otras. No acertaba a arrojar en el cesto los pedacitos blancos y
+negros, y el piso parecía nevado; y sobre aquellas ruinas de su
+indignación artística se paseaba furioso, deseando algo más suculento
+para la ira y la venganza que la tinta y el papel mudo y frío.
+
+Salió otra vez de casa; paseó por los soportales que había en la Plaza
+Nueva, enfrente de la casa de los Ozores.
+
+«¿Qué habría pasado? ¿Habría descubierto algo don Víctor? No; si hubiera
+habido algo, ya se sabría. Don Víctor habría disparado su escopeta sobre
+don Álvaro, o se estaría concertando un desafío y ya se sabría; no se
+sabía nada, nada; luego nada había sucedido».
+
+Dos, tres veces, ya al obscurecer, entró el Magistral en el zaguán
+obscuro del caserón de la Rinconada. Quería saber algo, espiar los
+ruidos... pero a llamar no se atrevía... «¿A qué iba él allí? ¿Quién le
+llamaba a él en aquella casa donde en otro tiempo tanto valía su
+consejo, tanto se le respetaba y hasta quería? Nadie le llamaba. No
+debía entrar». No entró. «Además, iba pensando mientras se alejaba, si
+yo me veo frente a ella, ¿qué sé yo lo que haré? Si ese marido indigno,
+de sangre de horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la
+tuviera entre mis manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo
+que haría. No, no debo entrar en esa casa; me perdería, los perdería a
+todos».
+
+Y volvió a la suya. Doña Paula entró en el despacho. Hablaron de los
+negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de muchas cosas más;
+pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y a la madre.
+
+--«No se podía hablar de aquello» pensaba él.
+
+--«No se podía hablar de aquello, ni a solas» pensaba ella.
+
+La madre lo sabía todo. Había comprado el secreto a Petra.
+
+Además, ya ella, por su servicio de policía secreta, y por lo que
+observaba directamente, había llegado a comprender que su hijo había
+perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldecía porque la creía
+querida de su Fermo, ahora la aborrecía porque el desprecio, la burla,
+el engaño, la herían a ella también. ¡Despreciar a su hijo, abandonarle
+por un barbilindo mustio como don Álvaro! El orgullo de la madre daba
+brincos de cólera dentro de doña Paula. «Su hijo era lo mejor del mundo.
+Era pecado enamorarse de él, porque era clérigo; pero mayor pecado era
+engañarle, clavarle aquellas espinas en el alma.... ¡Y pensar que no
+había modo de vengarse! No, no lo había». Y lo que más temía doña Paula
+era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese
+algún delito escandaloso.
+
+La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle.
+
+A doña Paula se le ocurría un medio de castigar a los infames, sobre
+todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el crimen, propalar
+el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don Víctor para que
+saliera lanza en ristre a matar a don Álvaro.
+
+«Y nada de esto se le podía decir a Fermo».
+
+Doña Paula entraba, salía, hablaba de todo, observaba todos los gestos
+de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor de manos,
+aquel ir y venir por el despacho.
+
+«¡Qué no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! Sí, bien
+merecía aquel hijo de las entrañas que se le arrancasen aquellas espinas
+del alma. ¡Había sido tan buen hijo! ¡Había sido tan hábil para
+conservar y engrandecer el prestigio que le disputaban!». Desde que doña
+Paula vio que «no estallaba un escándalo», que don Fermín mostraba
+discreción y cautela incomparables en sus extrañas relaciones con la
+Regenta, se lo perdonó todo y dejó de molestarle con sus amonestaciones.
+Y después del triunfo de su hijo sobre la impiedad representada en don
+Pompeyo Guimarán, después de aquella conversión gloriosa, su madre le
+admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción de sus
+deseos íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que ella
+reputaba decencia.
+
+No, no se podía hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y al
+fin doña Paula dejó solo a don Fermín; subió a su cuarto. Y desde allí,
+en vela, se propuso espiar los pasos de su hijo, que continuaba
+moviéndose abajo: le oía ella vagamente.
+
+Sí, don Fermín, que cerró la puerta del despacho con llave en cuanto se
+quedó solo, se movía mucho: tenía fiebre. Se le ocurrían proyectos
+disparatados, crímenes de tragedia, pero los desechaba en seguida.
+«Estaba atado por todas partes». Cualquier atrocidad de las que se le
+ocurrían, que podía ser sublime en otro, en él se le antojaba, ante
+todo, grotesca, ridícula.
+
+Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de maníaco de que
+estaba vestido de máscara llegó a ser una obsesión intolerable. Sin
+saber lo que hacía, y sin poder contenerse, corrió a un armario, sacó de
+él su traje de cazador, que solía usar algunos años allá en Matalerejo,
+para perseguir alimañas por los vericuetos; y se transformó el clérigo
+en dos minutos en un montañés esbelto, fornido, que lucía apuesto talle
+con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte y de elegancia natural y
+varonil, lleno de juventud todavía. Se miró al espejo. «Aquello ya era
+un hombre». La Regenta nunca le había visto así.
+
+«En el armario había un cuchillo de montaña».
+
+Lo buscó, lo encontró y lo colgó del cinto de cuero negro. La hoja
+relucía, el filo señalado por rayos luminosos, parecía tener una
+expresión de armonía con la pasión del clérigo. El Magistral le
+encontraba _una música_ al filo insinuante.
+
+«Podía salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría poca
+gente por las calles, nadie le reconocería con aquel traje de cazador
+montañés; podía ir a esperar a don Álvaro a la calleja de Traslacerca, a
+la esquina por donde decía Petra que le había visto trepar una noche.
+Don Álvaro, si don Víctor no había descubierto nada o si no sabía que
+don Víctor le había descubierto, volvería otra vez, como todas las
+noches acaso... y él, don Fermín, podía esperarle al pie de la tapia, en
+la calleja, en la obscuridad... y allí, cuerpo a cuerpo, obligándole a
+luchar, vencerle, derribarle, matarle.... ¡Para eso serviría aquel
+cuchillo!».
+
+Doña Paula se movió arriba. Crujieron las tablas del techo.
+
+Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y caído
+en el cerebro del hijo, don Fermín pensó de repente:
+
+«Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal
+a ese infame.... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de
+novela. ¿Para qué pensar en lo que no he de hacer nunca? No hay más
+remedio que utilizar el valor y las ideas románticas y caballerescas de
+don Víctor; guardaré el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...».
+
+Y don Fermín se despojó del chaquetón pardo, dejó el sombrero de anchas
+alas, desciñó el cinto negro, guardó todas estas prendas, más el
+cuchillo, en el armario y se vistió la sotana y el manteo, como una
+armadura. «Sí, aquella era su loriga, aquéllos sus arreos».
+
+«Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar a
+Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora
+del tren. Voy a su casa...».
+
+Y salió. «Si mi madre me sale al paso le diré que me espera un enfermo,
+que quiere confesar conmigo sin falta...».
+
+En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula corriendo.
+
+--¿A dónde vas? Él dijo su mentira. Y ella fingió creerla y le dejó
+marchar, porque adivinó en el rostro, en la voz, en todo, que su hijo no
+iba ciego, no iba a dar escándalo.
+
+«Acaso se le había ocurrido lo mismo que a ella».
+
+Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás
+Crespo desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a
+saludar a don Víctor, que abría la puerta, y subió con él; y estaba
+dispuesto a hablarle, a preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la
+venganza necesaria... y no sabía cómo empezar.
+
+Cuando acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el Magistral
+aún no sabía lo que iba a decir.
+
+Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín
+habló...
+
+--Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted
+y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y
+por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, de poco agradable
+acceso....
+
+--Al grano, señor Magistral.--La hora de mi visita, el hacer yo pocas a
+esta casa hace algún tiempo; todo esto contribuirá...
+
+--Sí, señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué pasa, don Fermín? ¡Por
+los clavos de Cristo!
+
+--De Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus clavos, y de
+sus espinas y de la cruz....
+
+--Por compasión...--Don Víctor, yo necesito antes de hablar que usted
+me declare el estado de su ánimo....
+
+--¿Qué quiere usted decir?
+
+--Está usted pálido, visiblemente preocupado, bajo el peso de un gran
+disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del farol de la
+escalera....
+
+--Y usted también... está.
+
+La voz de Quintanar temblaba.--Pues eso quiero saber; si usted conoce
+la causa de mi visita, en parte a lo menos, podré ahorrarme el disgusto
+de abordar los preliminares enojosísimos de una cuestión....
+
+--Pero, ¿de qué se trata? ¡por las once mil!...
+
+--Señor Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si usted tiene
+algo que... decir... algún consejo que buscar.... Yo también vengo a
+hablarle a usted de lo que sé como sacerdote, pero la conciencia de
+quien me lo comunicó exige precisamente que yo dé este paso....
+
+Don Víctor se puso en pie de un salto.
+
+En aquel momento estaba muy satisfecho de sí mismo el Magistral, porque
+acababa de ver claro. Ya sabía qué camino era el suyo.
+
+--¿Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a mi casa?...
+
+--Don Víctor, confiéseme usted si usted sabe algo de un asunto que le
+interesa muchísimo, y si el saberlo es la causa de esa alteración de su
+semblante.... Necesito empezar por aquí.
+
+--Sí, señor; hoy sé algo que no sabía ayer... que me importa muchísimo
+¡ya lo creo! más que la vida.... Pero, si usted no habla más claro, yo no
+sé si debo... si puedo....
+
+--Ahora, sí; ahora ya puedo hablar más claro.
+
+--Una persona... decía usted....
+
+--Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... ha
+acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su
+complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la había
+acusado, y que por medida perentoria de reparación... había puesto en
+poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero temiendo
+nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se apresuraba a
+declararme lo que había, para ver si podían evitarse más crímenes... que
+al cabo, crimen sería una violencia... una venganza sangrienta....
+
+Don Fermín se interrumpió para callar, respetando así el dolor de don
+Víctor, que se había dejado caer sobre un sofá, y apretaba la cabeza
+entre las manos.
+
+--¿Petra... ha sido Petra?--dijo don Víctor preguntando con el tono
+especial del que ya sabe lo mismo que pregunta.
+
+--La infeliz no comprendió al principio que su conducta podía causar
+nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don Víctor, a impedirlos si es
+tiempo.... En nombre del Crucificado, don Víctor, ¿qué ha sucedido aquí?
+
+--Nada, ¡pero aún estamos a tiempo!--contestó el marido burlado, puesto
+en pie, con los puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa
+en medio de la plaza; furioso ante la idea de que no había habido allí
+_nada_, ningún crimen cuyo autor debía ser él, según exigían las leyes
+del honor... y del teatro.--Nada, nada... pero habrá, habrá sangre....
+¿Y usted lo sabe? ¿Esa mujer ha divulgado mi deshonra?... Eso ha sido
+también una venganza, no es arrepentimiento; es venganza... pero esto
+importa poco. ¡Lo que importa es que el mundo sabe!... ¡Desgraciado
+Quintanar! ¡Mísero de mí!...
+
+Y volvió a caer sobre el sofá el pobre viejo, que volvía a sentir el
+mismo sueño soporífero que le había encogido el ánimo por la mañana.
+
+«El mundo sabe»--había dicho don Víctor--y estas palabras sugirieron a
+don Fermín otra mentira provechosa.
+
+Pero antes dijo:--Don Víctor, no extraño que en su dolor usted no tenga
+tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he dicho que el mundo
+supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor.
+
+--¿Pero cree usted que Petra no habrá dicho?...
+
+--Petra no; pero... por desgracia...--Además, lo que importa aquí es mi
+honra, no que el mundo sepa o ignore.... De todas maneras, pronto sabrá
+de mi venganza y se podrá enterar de todo.
+
+Y se puso a dar vueltas por el despacho.
+
+De Pas se levantó también.
+
+--Por desgracia--continuó--la maledicencia se ha apoderado hace tiempo
+de ciertos rumores, de algo aparente....
+
+Don Víctor rugió al gritar:
+
+--¡Dios mío! ¿qué es esto? ¿esto más? ¿El mundo dice?... ¿Vetusta entera
+habla?...
+
+Y se clavaba las uñas en la cabeza, mesándose las canas.
+
+Don Fermín, mientras el otro se entregaba a los arranques mímicos de su
+dolor, de su vergüenza, habló largo y tendido del asunto. «Sí, por
+desgracia, hacía meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se
+murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don Álvaro entraba
+en el palacio de los Ozores. Esto era lo peor, después de la desgracia
+en sí misma. Era lo peor porque el Magistral, que conocía las exaltadas
+ideas de don Víctor respecto al honor, temía que obedeciendo a impulsos
+disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la religión, se
+arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo
+crimen no podía ser más repugnante y digno de castigo. Pero, amigo,
+aunque él, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se
+explicaba la vehemente cólera que debía de dominar a don Víctor, y
+comprendía, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta y
+terrible venganza; si tal hacía como hombre, en cuanto sacerdote de una
+religión de paz y de perdón, tenía que aconsejar y procurar, en cuanto
+pudiese, la suavidad, los procedimientos que la moral recomienda para
+tales casos». Don Víctor, con el rostro entre las manos hacía signos de
+protesta; negaba como si quisiese arrancarse la cabeza del tronco.
+
+«Pero qué le diría, o le podría decir Quintanar al Magistral, que él no
+comprendiera.... Sí, sí, mirando las cosas como las mira el mundo,
+aquello pedía sangre, es más, no ya sólo por satisfacer el deseo de
+vengarse, hasta para poder vivir entre las gentes con lo que llama el
+mundo decoro, era necesario, según las leyes sociales, según lo que las
+costumbres y las ideas corrientes exigían, que don Víctor buscase a
+Mesía, le desafiase, le matase si posible le era, o si le cogía _in
+fraganti_ en el delito, o cerca de él, que le sacrificase sin
+miramientos, con justicia pronta. Así lo habían hecho varones
+esclarecidos que eran asombro del mundo y se veían cantados y alabados
+en poemas y tragedias. Todo esto lo sabía el Magistral perfectamente».
+Y en efecto, con tal calor y elocuencia exponía «las _razones_ que,
+desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre»
+que después, cuando recordaba que tenía que defender el partido
+contrario, el de caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los
+agravios y conformidad con la cruz; cansado ya por los esfuerzos
+anteriores era otro el Magistral, se volvía premioso, decía con frialdad
+vulgaridades de sermón de aldea. Su propósito no lo penetraba don
+Víctor, pero sentía los efectos de la perfidia del canónigo. «Sí»,
+pensaba el ex-regente, mientras el Magistral volvía a enumerar los
+sacrificios de amor propio, pundonor y otras muchas cosas que exigía la
+religión a un buen cristiano a quien su mujer engañaba: «sí, he estado
+ciego, me he portado indignamente, he debido matar a Mesía de una
+perdigonada, sobre la tapia, o si no correr en seguida a su casa y
+obligarle a batirse a muerte acto continuo; el mundo lo sabe todo,
+Vetusta entera me tiene por... un... por un...» y saltaba don Víctor
+cerca del techo al oírse a sí mismo en el cerebro la vergonzosa palabra.
+
+Y entonces las frases frías, desmadejadas, con que el Magistral
+recomendaba el perdón, el olvido, le sonaban a hueco, a retórica vana:
+«Aquel santo varón no sabía lo que era un ultraje de aquella especie; ni
+lo que exigía la sociedad».
+
+Para que el clérigo le dejase en paz y no le cansase más con sus
+sermones sosos y desprovistos de vida, de unción, don Víctor fingió
+ceder; y dijo que no haría ningún disparate, que meditaría, que
+procuraría armonizar las exigencias de su honor y aquello que la
+religión le pedía....
+
+Entonces se alarmó don Fermín; creyó que había perdido terreno, y
+volvió a la carga. Con vivos colores pintó el desprecio que el mundo
+arroja sobre el marido que perdona y que la malicia cree que
+consiente....
+
+Don Víctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre más despreciable
+del mundo si no hacía una que fuese sonada.... «Oh, sí, cuanto antes...
+en cuanto fuera de día daría sus pasos, mandaría dos padrinos a don
+Álvaro; había que matarle».
+
+Don Fermín volvió a tranquilizarse, viendo la exaltación de la ira
+pintada en el magistrado. «Sí, había hombre; la máquina estaba
+dispuesta; el cañón con que él, don Fermín, iba a disparar su odio de
+muerte, ya estaba cargado hasta la boca».
+
+Don Víctor no hablaba. Gruñía arrimado a la pared, en un rincón...
+
+«Ya no había qué hacer allí». El Magistral se despidió. Pero al salir,
+al llegar a la puerta, se volvió de repente y con ademán solemne, como
+sacerdote de ópera, exclamó:
+
+--Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy
+todavía, de usted, le exijo en nombre de Dios... que... si esta...
+noche... sorprendiera usted... algún nuevo... atentado... si ese infame,
+que ignora que usted lo sabe todo, volviera esta noche.... Yo sé que es
+mucho pedir... pero un asesinato no tiene jamás disculpa a los ojos de
+Dios, aunque la tenga a los del mundo.... Evite usted que ese hombre
+pueda llegar aquí... pero... ¡nada de sangre, don Víctor, nada de sangre
+en nombre de la que vertió por todos el Crucificado!...
+
+«¡Es verdad, pensó don Víctor cuando se quedó solo, es verdad! ¿Y yo,
+estúpido, tonto, no había dado en ello? Ese hombre debe volver esta
+noche.... ¡Y yo, por no matarla a ella con el susto, iba a dejar que
+otra vez... otra vez!... ¡Y no pensaba en ello!...».
+
+Se abrió la puerta y entró la Regenta.
+
+Venía pálida, vestía un peinador blanco, y no hacía ruido al andar. Sus
+ojos parecían más grandes que nunca, y miraban con una fijeza que daba
+escalofríos. A lo menos los sintió don Víctor, que dio un paso atrás, y
+tuvo terror, como en presencia de un fantasma. Antes que en la traición
+de aquella mujer pensó en el gran peligro que corría la vida de Ana, si
+una emoción fuerte la espantaba. No le pareció su mujer a don Víctor, le
+pareció la Traviata en la escena en que muere cantando. Sintió el pobre
+viejo una compasión supersticiosa; aquel ser vaporoso que se le aparecía
+de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quería él en aquel
+instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo temía
+al mismo tiempo como a cosa del otro mundo.... «¡Qué fácil era asesinar
+con una palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de
+su delito! Oh, no, lo que es a ella no la mataría, ni con puñal, ni con
+bala, ni con palabras fulminantes...».
+
+--¿Quién estaba ahí?--preguntó Ana tranquila.
+
+--El Magistral--respondió don Víctor, que suponía a su mujer enterada de
+lo mismo que preguntaba.
+
+Ana se turbó.--¿A qué venía... a estas horas?--preguntó disimulando sus
+temores.
+
+--¿A qué? Cosas de política.... Eso del obispo y el gobernador... lo de
+las votaciones que corre prisa... en fin... cosas de política.
+
+La Regenta no insistió. Se retiró sin acercarse a su marido, que no la
+buscó tampoco para darle el beso en la frente con que solían despedirse
+todas las noches.
+
+Respiró Quintanar cuando se vio solo. «Aquello había salido bien. No se
+había descubierto. Anita no había podido sospechar.... Tenía la
+conciencia tranquila, señal de que había hecho bien por lo pronto».
+
+Pidió el té que era su cena los días de caza y de comida de fiambre; dio
+orden a los criados de acostarse, y a las once y media, de puntillas y
+sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, bajó al parque en
+zapatillas, armado de escopeta. La había cargado con postas.
+
+«¡Oh, sí! el Magistral le había sugerido, sin querer, una buena idea.
+¿Qué no hubiera sangre, eh? Oh, lo que es como volviese aquella noche...
+¡moría don Álvaro! Y que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que
+cayera redonda, que le prendieran a él.... Cualquier cosa... pero como
+volviera, moría». Así como poco antes había sentido la conciencia
+tranquila al contener su cólera delante de Ana, ahora se sentía
+satisfecho ante su resolución de matar al ladrón de su honra si volvía.
+
+La noche era obscura, el frío intenso. Don Víctor no tuvo más remedio
+que volver a su cuarto por la capa. Se exponía a hacer ruido, o que el
+otro tuviera tiempo de venir y escalar el balcón entre tanto... pero a
+cuerpo no se podía estar allí. Se quedaría helado. Fue, con la prisa que
+pudo, a buscar la capa, y bien embozado volvió a su puesto de centinela
+en el cenador, desde el cual veía el perfil de la tapia, destacándose
+borrosa en el cielo negro; y vería también el balcón del tocador si se
+abría para dar paso a don Álvaro.
+
+Oyó las doce, la una, las dos... no oyó las tres, porque debió de
+dormitar un poco, aunque él se lo negaba a sí mismo.... Y a las cuatro no
+pudo resistir ya el frío y el sueño; y delirante, sin conciencia de sí
+mismo ni del mundo ambiente, tropezando en todo, subió a su cuarto,
+buscó la cama a tientas, se desnudó por máquina, se envolvió entre las
+sábanas y se quedó dormido en un sopor de fiebre lleno de fantasmas
+ardientes, de monstruos dolorosos.
+
+Aquella tarde no asistieron al Casino a la hora del café, como solían,
+ni Mesía, ni Ronzal, ni el capitán Bedoya ni el coronel Fulgosio.
+
+Lo cual notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son
+de misterio:
+
+--Señores, cuando yo digo que hay gato....
+
+--¿Qué gato?--preguntó don Frutos Redondo el americano.
+
+Estaban, como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo,
+el del tresillo.
+
+Todos los presentes rodearon a Foja que añadió:
+
+--Noten ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capitán ni el
+coronel. Ciertos son los toros. Cuando el río suena....
+
+--Pero ¿qué suena?--preguntó Orgaz padre, que algo sabía.
+
+Joaquinito, que se daba aires de saber muchas cosas, dijo:
+
+--Nada, señores, yo digo a ustedes que no hay nada....
+
+--Pues con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades. Lo sé de
+buena tinta.... Quintanar debe de haber mandado a estas horas sus
+padrinos a don Álvaro.
+
+--¡Padrinos! ¿por qué?--preguntó Redondo.
+
+--¡Bah! Está usted buen cazurro. Demasiado sabe usted por qué. La verdad
+es que aquello era un escándalo.
+
+Joaquín Orgaz defendió a don Álvaro.
+
+Pero Foja no atacaba a Mesía, atacaba a don Víctor que había consentido
+tanto tiempo aquella desvergüenza.
+
+--¿Pero qué sabe usted si consentía? No sabía nada. Y si ahora desafía
+al otro, será que descubrió algo....
+
+--O que se ha cansado de aguantar...--O no habrá tal desafío.
+
+Toda la tarde se habló allí de lo mismo. Al obscurecer llegó Ronzal.
+Nadie se atrevió a interrogarle al principio. Foja se cansó de ser
+prudente y preguntó a Trabuco dándole un golpecito en el hombro:
+
+--¿Es usted padrino?--¿Padrino de qué?--dijo Ronzal con ceño adusto,
+aire misterioso, y como hombre prudentísimo que opone un muro de hielo a
+una indiscreción.
+
+--Padrino del duelo a muerte entre Mesía y Quintanar....
+
+--¿Pero a usted quién le ha dicho?... Palabra de... quiero decir... yo
+no sé... yo niego.... Es usted un mentecato y un hablador insustancial
+¿Cree usted que asuntos tan serios se vienen a tratar al café?
+
+--¿Ven ustedes? Lo que yo decía--gritó Foja triunfante sin hacer caso de
+los insultos.
+
+Ronzal negó, se obstinó en callar; pero se conocía que le costaba
+grandes esfuerzos.
+
+Miró el reloj muchas veces y preguntó a Joaquinito Orgaz, aparte, pero
+de modo que lo oyeran los demás:
+
+--¿Sabe usted si don Pedro el picador tiene todavía sables de...?
+
+Y lo demás lo dijo en voz baja.
+
+Orgaz no sabía nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y salió del
+Casino, diciendo:
+
+--Adiós, señores.--¿Ven ustedes? Lo que yo decía. Duelo tenemos.
+Aquellos señores se declararon en sesión permanente. Los mozos
+encendieron el gas, y continuó el tertulín de la tarde empalmándose con
+el de la noche. Algunos fueron a cenar y volvieron. A las ocho en todo
+el Casino no se hablaba más que del duelo. Los del billar dejaron los
+tacos para venir a la sala de las mentiras a cazar noticias; hasta _los
+de arriba_, los del cuarto del crimen, que solían dejar que pasaran
+revoluciones sin darse por entendidos, mandaron sus emisarios abajo para
+saber lo que ocurría.
+
+Un desafío en Vetusta era un acontecimiento de los más extraordinarios.
+De tarde en tarde algunos señoritos se daban de bofetadas en el Espolón,
+en algún sitio público, pero no pasaba de ahí. Los insultos no tenían
+jamás consecuencias. Nunca había habido en Vetusta una sala de armas.
+Hacía años, un comandante retirado había querido ganarse la vida dando
+lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y otros
+varios comenzaron con gran afición a dejarse dar de palos, pero pronto
+se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro prestado
+a cualquiera.
+
+No se recordaba en la población más que dos desafíos en que se hubiera
+llegado _al terreno_; uno de Mesía, allá, muchos años atrás, cuando era
+muy joven; había sido padrino del contrario Frígilis, único vetustense
+que asistió al lance.
+
+Nunca había querido decir lo que había pasado allí, pero era lo cierto
+que ni Mesía ni su adversario habían guardado cama un solo día después
+del duelo.
+
+El otro desafío había sido entre un jefe económico y un cajero por
+cuestiones de la caja. Sobre si sacaste tú o saqué yo. Se habían batido
+a primera sangre. El cajero había recibido un arañazo en el cuello,
+porque el jefe económico daba sablazos horizontales con el propósito de
+degollar al contrario. Y no había más desafíos _llevados al terreno_ en
+las crónicas vetustenses.
+
+Se discutió mucho aquella noche, para pasar el rato mientras llegaban
+noticias, sobre la legitimidad de esta _costumbre bárbara que habíamos
+heredado de la Edad media_.
+
+Orgaz padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, aseguró
+que el duelo era resto de las ordalías.
+
+Don Frutos dijo que sí sería, pero que ni ordalías ni san ordalías le
+hacían a él batirse. Él acudía al juez si le ofendían, y si no había
+modo, ventilaba la cuestión a palos.--Eso de que me mate un espadachín,
+que no ha tenido que trabajar para ganarse la comida, no lo consentirá
+el hijo de mi madre.
+
+--Sin embargo--decía Orgaz padre--hay circunstancias... el honor... la
+sociedad.... Ya ve usted, Fígaro condena el duelo, y confiesa que él se
+batiría llegado el caso.
+
+--Es que yo no soy un mal barbero, señor mío--gritó don Frutos--tengo
+algo que perder.
+
+Hubo que explicarle a don Frutos quién era Fígaro; pero aún después de
+enterado, Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y gritar, vociferó
+diciendo, que de todas maneras, al que le desafiase, él le rompía el
+alma....
+
+--Pues yo--dijo el ex-alcalde--a la justicia me atengo... una querella
+criminal, la ley está terminante....
+
+--Pues yo--exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz
+temblorosa--yo no hago nada de eso. Al que me desafíe, si es un diestro,
+le obligo a aceptar un duelo en las condiciones siguientes: (Atención
+general.) A dos pasos de distancia (se coloca, midiendo dos pasos
+largos, enfrente de don Frutos que se pone muy serio y erguido) una
+pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz palidece ante la idea de que
+aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos, tres (da las tres
+palmadas) ¡plun! ¡y al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga! Así me
+bato yo. La cuestión no es ser diestro, es tener valor.
+
+--¡Bravo, bravo! ¡eso, eso!--gritó gran parte del concurso, como si
+oyera aquello por primera vez.
+
+Siempre que se hablaba de desafíos decían lo mismo que aquel día Foja,
+don Frutos, Orgaz y otros caballeros.
+
+En vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron
+por allí ni Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, según se decía, eran
+los padrinos, amén de Frígilis.
+
+Era verdad. Por más que Crespo encargó el secreto más absoluto a todas
+las personas que tuvieron que intervenir en el triste negocio, no se
+sabe cómo, aunque se sospecha que por culpa de Ronzal, pronto corrió por
+Vetusta el rumor de lo cierto. Petra y Ronzal habían sido los
+indiscretos. Petra, por venganza, por mala índole, había hablado, había
+dicho a alguna amiga _lo de_ su antigua ama. «¿Que por qué había dejado
+aquella casa? Por tal y por cual». Trabuco, a quien la honra de merecer
+la confianza de Quintanar había llenado de vanidad, no había podido
+resistir la tentación de dejar _transparentarse_ su secreto. Ello era
+que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa.
+
+El Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su
+deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de
+caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de topo, y los
+tendría....
+
+Pasó aquel día, y pasó el siguiente y no se sabía nada.
+
+--¿Era _una papa_ lo del duelo?--preguntaba Foja en el Casino.
+
+Y entonces reventó Joaquinito Orgaz, que lo sabía todo por el
+Marquesito.
+
+--No, no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte.
+
+Pero los padrinos se habían portado mal, eran torpes, a pesar de las
+ínfulas del coronel Fulgosio que decía tener el código del honor en la
+punta de los dedos: no parecían armas, se había hablado del sable
+primero, pero no parecían sables de desafío; no había en Vetusta sables
+así, o no querían darlos los que los tenían. Se había recurrido a la
+pistola... y tampoco parecían pistolas a propósito. «Yo creo--añadía
+Joaquinito, y Paco cree lo mismo, que esto es inverosímil y que Frígilis
+quiere dar largas al asunto a ver si convence a Mesía y lo hace
+marcharse de Vetusta».
+
+--¡Qué indignidad!--gritó Foja.
+
+--Pues ésa había sido la primera solución. La misma noche del día en
+que, al parecer (esto se cuenta por lo menos) don Víctor descubrió su
+deshonra, Frígilis fue a ver a Mesía y le suplicó que saliera del pueblo
+cuanto antes. Mesía se lo contó _ce_ por _be_ a Paco.
+
+--Bueno, ¿y qué más?
+
+--Nada, que Mesía, como era natural, se opuso; dijo que Quintanar y todo
+Vetusta podían atribuir a miedo su ausencia.--Pero Frígilis, que tiene
+cierta influencia sobre don Álvaro, le obligó a darle palabra de honor
+de que al día siguiente tomaría el tren de Madrid. Parece ser que
+Quintanar tuvo en sus manos la vida de Álvaro; que pudo matarle de un
+tiro y no le mató. Y Frígilis invocaba esto y los derechos del marido
+ultrajado para obligar a Mesía a huir. «Eso no es cobardía--dice que
+le dijo--eso es hacerse justicia a sí mismo, usted merece la muerte por
+su traición y yo le conmutó la pena por el destierro».
+
+--¿Eso dijo Crespo?--Eso.--¡Miren Frígilis!--Tiene mucha confianza
+con Álvaro, que le respeta mucho.
+
+--Bueno, ¿y qué más?
+
+--Nada, que Álvaro dio palabra. Pero al día siguiente, ayer por la
+mañana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el equipaje para
+largarse, se le presentaron Frígilis y Ronzal en son de desafío. Parece
+ser que muy temprano don Víctor llamó a Frígilis y le obligó a buscar a
+Trabuco para ir juntos a desafiar al burlador; Frígilis no tuvo más
+remedio que obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba
+escapar, amenazó con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los
+periódicos, en la calle.... Estaba furioso.
+
+--¡Claro, las comedias!--Ello es, que Frígilis tuvo que devolver a
+Álvaro la promesa de huir y mandarle buscar padrinos.
+
+--¿Y Mesía?--Es claro; dejó el viaje y buscó padrinos; querían que yo
+fuese uno (mentira) pero después... como yo soy muy amigo de ambos... en
+fin, se buscó otros... y no parecían.... Sólo Fulgosio, que siempre se
+presta a tales enredos... y Bedoya, que al fin es militar....
+
+En general, Joaquinito estaba bien enterado. Mesía se lo había dicho
+todo al Marquesito que había ido a verle a la fonda.
+
+Lo que no le había dicho era que él tenía mucho miedo; que así como se
+alegraba de ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca
+salud que le quedaba y a dejarle en ridículo a los mismos ojos de Ana,
+le horrorizaba la idea de verse frente a frente de don Víctor con una
+espada o una pistola en la mano.
+
+La proposición primera de Frígilis la aceptó inmediatamente.
+
+«¡Era natural! debía huir, ¿con qué derecho iba él a procurar la muerte
+del hombre que le había perdonado la vida aquella mañana y a quien él
+había robado la honra? Huiría; al día siguiente, sin falta tomaría el
+tren».
+
+Ya lo esperaba Frígilis, que sabía a qué atenerse respecto del valor de
+Álvaro.
+
+Como que había sido testigo de aquel duelo misterioso, a que aludían los
+socios del Casino. Don Álvaro, por culpa de una mujer, había sido retado
+a singular combate por un forastero; todos los padrinos eran de la
+guarnición menos Frígilis, único vetustense que presenció el lance. El
+duelo era a sable, en el Montico, en una arboleda, de tarde, cerca del
+obscurecer. Mesía y su adversario estaban en mangas de camisa (se
+acordaba Frígilis como si hubiese sido el día anterior), estaban en
+mangas de camisa, sable en mano... ambos pálidos y temblando de frío y
+de miedo. El cielo encapotado amenazaba desplomarse en torrentes de
+lluvia. Los dos _combatientes_ miraban a las nubes. Frígilis comprendió
+lo que deseaban. Comenzó la lid soltera y al primer choque de los aceros
+estalló un trueno y empezaron a caer gotas como puños. Mesía y su
+adversario temblaban como las ramas de los árboles que batía el
+viento.... Tan grande fue el chaparrón que los padrinos suspendieron el
+duelo... que no se continuó. «No habían ido a batirse contra los
+elementos». Mesía quedó incólume y Crespo implícitamente le dio
+seguridades de que guardaría el secreto de aquel trance ridículo y de la
+cobardía del Tenorio vetustense.
+
+Recordando todo esto, Frígilis trató como un zapato a Mesía aquella
+noche memorable en que le intimó la huida. Pero--decía bien Joaquín
+Orgaz--al día siguiente tuvo que devolver su palabra a don Álvaro. Ya no
+debía huir. Quintanar se empeñaba en batirse; era aragonés y no cejaría.
+
+«No sé quién me le ha cambiado. Anoche parecía resuelto o poco menos a
+una solución pacífica, se contentaba con que usted desapareciera; y hoy,
+cuando fui a verle me encontré al señor de Ronzal, que está presente, al
+lado del lecho de mi amigo».
+
+Ronzal saludó. Mesía se había puesto muy pálido. Estaba metiendo ropa
+blanca en un mundo y suspendió la tarea.
+
+--De modo que...--Que tiene usted que buscar padrinos.
+
+A Frígilis le había disgustado que don Víctor, sin consultar con él,
+hubiese llamado a Ronzal. Quintanar creía en la energía del diputado por
+Pernueces y sabía que no estimaba a don Álvaro. Según el ex-magistrado,
+era un buen padrino. Error, según Frígilis.
+
+Lo peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar.
+
+«¡Ni un día se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra es pública, que la
+reparación lo sea, y además terrible y rápida».
+
+«Pero si tienes fiebre, si estás malo...».
+
+«No importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me
+levanto y busco yo mismo otros padrinos».
+
+No hubo más remedio. Mesía, a regañadientes, y ocultando el pavor como
+podía, buscó sus dos padrinos.
+
+Se convino que el duelo fuese a sable. Pero no parecían sables útiles.
+Además, surgieron dificultades sobre ciertos pormenores. Y así pasó un
+día.
+
+Al siguiente por la mañana se acordó que se batieran a pistola.
+
+Don Víctor formó entonces su plan. Se alegró de que fuese el duelo a
+pistola.
+
+Pero tampoco parecían pistolas de desafío.
+
+Y pasó otro día. Don Víctor se levantó al siguiente después de pasar
+setenta horas en la cama, con fiebre un día entero, impaciente a ratos,
+angustiado otros, y siempre disimulando en presencia de Ana, que le
+cuidaba solícita.
+
+Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedió a la
+calentura vinieron accesos de melancolía, y meditaciones
+filosófico-religiosas. Don Víctor sintió que el ánimo aflojaba, no por
+amor a la vida propia, que no creía en gran peligro ante don Álvaro,
+sino por miedo a los remordimientos. Cuando supo lo de las pistolas,
+resolvió no matar a su contrario. «Le dejaría cojo. Tiraría a las
+piernas. El otro no era probable que le hiriese a él tirando a veinte
+pasos; tendría que ser por una casualidad».
+
+Sin que Ana sospechase nada, porque Mesía había cumplido su palabra,
+dada a Frígilis, de despedirse por escrito para un viaje electoral,
+urgentísimo y breve; sin que Ana sospechase por lo menos que se trataba
+de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, salió de casa don
+Víctor por la puerta del parque acompañado de Frígilis, a la hora en que
+solían ir de caza.
+
+En la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La mañana estaba fría
+y la helada sobre la hierba imitaba una somera nevada.
+
+En la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de él estaba
+Benítez, el médico de Ana. Al verle don Víctor palideció, pero en nada
+más se pudo notar su emoción.
+
+Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero.
+Se apearon, y rodeando la quinta del Marqués, entraron en el bosque de
+robles donde meses antes don Víctor había buscado a su mujer ayudado del
+Magistral. «¡Cuántas cosas se explicaba ahora que no había comprendido
+entonces!». No importaba; la verdad era que del furor que en su corazón
+había hecho estragos después de la visita nocturna de don Fermín, ya no
+quedaban más que restos apagados: ya no aborrecía a don Álvaro, ya no se
+figuraba imposible la vida mientras no muriese aquel hombre: la
+filosofía y la religión triunfaban en el ánimo de don Víctor. Estaba
+decidido a no matar.
+
+Llegaron a lo más alto del bosque; allí había una meseta, y en un claro
+sitio suficiente para medir más de treinta pasos. Las últimas
+condiciones del duelo eran estas: veinticinco pasos, pudiendo avanzar
+cinco cada cual. Valía apuntar en los intervalos de las palmadas que
+habían de ser muy breves. Lo cierto era que Fulgosio, el coronel, nunca
+había presenciado un duelo a pistola, aunque él aseguraba haber asistido
+a muchos, y Ronzal y Bedoya en su vida habían intervenido en semejantes
+negocios. Frígilis sólo había visto el duelo frustrado de Mesía.
+Aquellas condiciones las había copiado el coronel de una novela francesa
+que le había prestado Bedoya. Lo único original allí era que Fulgosio
+juraba que su honor de soldado no le permitía autorizar un simulacro de
+desafío, y que el duelo a pistola y a tal distancia y a la voz de mando
+sin apuntar y entre dos _primerizos_, pues primerizo era también Mesía a
+pistola, sería la carabina de Ambrosio.
+
+Bedoya pensó que don Víctor era buen tirador, pero no se atrevió a
+presentar objeciones a su colega. La parte contraria tampoco tuvo nada
+que decir.
+
+Cuando llegaron a la meseta, lugar del duelo, don Víctor y los suyos
+encontraron solo el terreno. Quince minutos después aparecieron entre
+los árboles desnudos don Álvaro y sus padrinos, más el señor don
+Robustiano Somoza. Mesía estaba hermoso con su palidez mate, y su traje
+negro cerrado, elegante y pulquérrimo.
+
+A don Víctor se le saltaron las lágrimas al ver a su enemigo. En aquel
+instante hubiera gritado de buena gana: ¡perdono! ¡perdono!... como
+Jesús en la cruz. Quintanar no tenía miedo, pero desfallecía de
+tristeza; «¡qué amarga era la ironía de la suerte! ¡Él, él iba a
+disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera hecho feliz a Anita, si diez
+años antes la hubiera enamorado! ¡Y él... él, Quintanar, estaría a estas
+horas tranquilo en el Tribunal Supremo o en La Almunia de don Godino!...
+Todo aquello de matarse era absurdo.... Pero no había remedio. La prueba
+era que ya le llamaban, ya le ponían la pistola fría en la mano...».
+
+Frígilis, sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de que
+Mesía tuviera valor para disparar y, por casualidad también, herir a
+Víctor, Frígilis apretó la mano a Quintanar al dejarle en su puesto de
+honor.
+
+Y se separaron testigos y médicos a buena distancia, porque todos temían
+una _bala perdida_. Don Álvaro pensó en Dios sin querer. Esta idea
+aumentó su pavor; recordó que aquella piedad sólo le acudía en las
+enfermedades graves, en la soledad de su lecho de solterón....
+
+Frígilis estaba asustado del valor de aquel hombre.
+
+Mesía mismo se explicaba mal cómo había llegado hasta allí.
+
+Pensando en esto, y mientras apuntaba a don Víctor, sin verle, sin ver
+nada, sin fuerza para apretar el gatillo, oyó tres palmadas rápidas y en
+seguida una detonación. La bala de Quintanar quemó el pantalón ajustado
+del petimetre.
+
+Mesía sintió de repente una fuerza extraña en el corazón; era robusto,
+la sangre bulló dentro con energía. El instinto de conservación despertó
+con ímpetu. «Había que defenderse. Si el otro volvía a disparar iba a
+matarle; ¡era don Víctor, el gran cazador!».
+
+Mesía avanzó cinco pasos y apuntó. En aquel instante se sintió tan bravo
+como cualquiera. ¡Era la corazonada! El pulso estaba firme; creía tener
+la cabeza de don Víctor apoyada en la boca de su pistola; suavemente
+oprimió el gatillo frío y... creyó que se le había escapado el tiro.
+«No, no había sido él quien había disparado, había sido la
+_corazonada_».
+
+Ello era que don Víctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba cubierta
+de escarcha, y mordía la tierra.
+
+La bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba llena.
+
+Esto lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva del Vivero,
+adonde se trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado.
+Yacía don Víctor en la misma cama donde meses antes había dormido con el
+dulce sueño de los niños.
+
+Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que tenía lágrimas
+heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de
+remordimientos. Bedoya había acompañado a Mesía, que pocas horas después
+tomaba el tren de Madrid, tres días más tarde de lo que Frígilis había
+pensado.
+
+Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y
+triste, esperaba órdenes en la habitación contigua a la del moribundo.
+Vio salir a Frígilis que enseñaba los puños al cielo, creyéndose solo.
+
+--¿Qué hay, señor? ¿Cómo está ese bendito del Señor?...
+
+Frígilis miró a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo
+mismo dijo:
+
+--La vejiga llena.... La peritonitis de... no sé quién.... Eso dicen
+ellos.
+
+--¿La qué, señor?
+
+--Nada... ¡que se muere de fijo!
+
+Y Frígilis entró en un gabinete, que estaba a obscuras para llorar a
+solas.
+
+Poco después Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrás a Somoza el
+médico.
+
+--¿Y trasladarle a Vetusta?...--decía el militar.
+
+--¡Imposible! ¡Ni soñarlo! ¿Y para qué? Morirá esta tarde de fijo.
+
+Somoza solía equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos.
+
+Esta vez se equivocó dándole a don Víctor más tiempo de vida del que le
+otorgó la bala de don Álvaro.
+
+Murió Quintanar a las once de la mañana.
+
+ * * * * *
+
+El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa rara!
+
+Las nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus humores en Marzo y
+en Abril. Los vetustenses salían a la calle como el cuervo de Noé pudo
+salir del arca, y todos se explicaban que no hubiera vuelto. Después de
+dos meses pasados debajo del agua, ¡era tan dulce ver el cielo azul,
+respirar aire y pasearse por prados verdes cubiertos de belloritas que
+parecen chispas del sol!
+
+Toda Vetusta paseaba. Pero Frígilis no pudo conseguir que Ana pusiera el
+pie en la calle.
+
+--Pero, hija mía, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha dicho
+Benítez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios no se
+callarán mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el sol...
+vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable... tenga usted caridad...
+consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer si usted quiere; ¡está
+el paseo grande tan hermoso a tales horas! O si no al obscurecer, a
+tomar el fresco, por una carretera.... Por Dios, hija, va usted a
+enfermar otra vez.
+
+--No, no salgo...--y Ana movía la cabeza como los ciegos--. Por Dios,
+don Tomás, no me atormenten, no me atormenten con ese empeño.... Ya
+saldré más adelante... no sé cuándo. Ahora me horroriza la idea de la
+calle.... ¡Oh, no, por Dios... no! por Dios me dejen.
+
+Y juntaba las manos y se exaltaba; y Frígilis tenía que callar.
+
+Ocho días había estado Ana entre la vida y la muerte, un mes entero en
+el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente, padeciendo
+ataques nerviosos de formas extrañas, que a ella misma le parecían
+enfermedades nuevas cada vez.
+
+Frígilis había dicho a la Regenta que Quintanar estaba herido allá en
+las marismas de Palomares, que se le había disparado la escopeta y....
+Pero Ana, espantada, adivinando la verdad, había exigido que se la
+llevase a las marismas de Palomares inmediatamente....
+
+--«No podía ser, no había tren hasta el día siguiente...».
+
+--«Pues un coche, un coche.... Se me engaña; si eso fuera cierto, usted
+estaría al lado de Víctor...».
+
+Frígilis explicó su presencia lo menos mal que pudo.
+
+Las mentiras piadosas fueron inútiles; Ana se dispuso a salir sola, a
+correr en busca de su Víctor.... Hubo que decirle una verdad; la muerte
+de su esposo. Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cayó sin sentido
+y despertó en el lecho. Dos días creyó Frígilis tenerla engañada,
+atribuyendo la desgracia a un accidente de la caza. Pero Ana creía la
+verdad, no lo que le decían; la ausencia de Mesía y la muerte de Víctor
+se lo explicaron todo.
+
+Y una tarde, a los tres días de la catástrofe, en ausencia de Frígilis,
+Anselmo entregó a su ama una carta en que don Álvaro explicaba desde
+Madrid su desaparición y su silencio.
+
+Cuando Crespo, al obscurecer, entró en la alcoba de Ana, la llamó en
+vano dos, tres veces.... Pidió luz asustado y vio a su amiga como muerta,
+supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de Mesía.
+
+Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a
+la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos,
+complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la
+carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino; y
+después de leer el papel asqueroso, lo arrugaba entre sus puños de
+labrador y decía con voz ronca:
+
+--¡Idiota! ¡infame! ¡grosero! ¡idiota! Don Álvaro en aquel papel que
+olía a mujerzuela, hablaba con frases románticas e incorrectas de su
+crimen, de la muerte de Quintanar, de la _ceguera de la pasión_. «Había
+huido porque...».
+
+--¡Porque tuviste miedo a la justicia, y a mí también, cobarde!--se dijo
+Frígilis.
+
+«Había huido porque el remordimiento le arrastró lejos de _ella_... Pero
+que el amor le mandaba volver. ¿Volvía? ¿Creía Ana que debía volver? ¿O
+que debían juntarse en otra parte, en Madrid por ejemplo?». Todo era
+falso, frío, necio, en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de
+amar de veras a los demás, y no menos inepto para saber ser digno en las
+circunstancias en que la suerte y sus crímenes le habían puesto.
+
+Ana, que no había podido terminar la lectura de la carta, que había
+caído sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos renglones
+fangosos la confirmación terminante de sus sospechas, no pudo por
+entonces pensar en la pequeñez de aquel espíritu miserable que albergaba
+el cuerpo gallardo que ella había creído amar de veras, del que sus
+sentidos habían estado realmente enamorados a su modo. No, en esto no
+pensó la Regenta hasta mucho más tarde.
+
+En el delirio de la enfermedad grave y larga que Benítez combatió
+desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento
+mezclado con los disparates plásticos de la fiebre.
+
+Otra vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el pánico de la locura, la
+horrorosa aprensión de perder el juicio y conocerlo ella; y otra vez
+este terror superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y seguir
+las prescripciones de aquel médico frío, siempre fiel, siempre atento,
+siempre inteligente.
+
+Días enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar; pero
+esto fue al principio de la mejoría; cuando el cuerpo débil volvió a
+sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un náufrago cansado
+de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga.
+
+Con el alimento y la nueva fuerza reapareció el fantasma del crimen.
+¡Oh, qué evidente era el mal! Ella estaba condenada. Esto era claro como
+la luz. Pero a ratos, meditando, pensando en su delito, en su doble
+delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al remordimiento, que era
+una cosa sólida en la conciencia, un mal palpable, una desesperación
+definida, evidente, se mezclaba, como una niebla que pasa delante de un
+cuerpo, un vago terror más temible que el infierno, el terror de la
+locura, la aprensión de perder el juicio; Ana dejaba de ver tan claro su
+crimen; no sabía quién, discutía dentro de ella, inventaba sofismas sin
+contestación, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hacían
+dudar de todo, de que hubiera justicia, crímenes, piedad, Dios, lógica,
+alma.... Ana. «No, no hay nada, decía aquel tormento del cerebro; no hay
+más que un juego de dolores, un choque de contrasentidos que pueden
+hacer que padezcas infinitamente; no hay razón para que tenga límites
+esta tortura del espíritu, que duda de todo, de sí mismo también, pero
+no del dolor que es lo único que llega al que dentro de ti siente, que
+no se sabe cómo es ni lo que es, pero que padece, pues padeces».
+
+Estas logomaquias de la voz interior, para la enferma eran claras,
+porque no hablaba así en sus adentros sino en vista de lo que
+experimentaba; todo esto lo pensaba porque lo observaba dentro de sí:
+llegaba a no creer más que en su dolor.
+
+Y era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los
+pies, volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la
+evidencia de la vida, de la lógica, del orden y la consistencia del
+mundo; aunque fuera para volver a encontrar el recuerdo de un adulterio
+infame y de un marido burlado, herido por la bala de un miserable
+cobarde que huía de un muerto y no había huido del crimen.
+
+Y este mismo placer, esta complacencia egoísta, que ella no podía
+evitar, que la sentía aun repugnándole sentirla, era nuevo
+remordimiento.
+
+Se sorprendía sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en ella
+la lógica regularmente y creía en las leyes morales y se veía criminal,
+claramente criminal, según principios que su razón acataba. Esto era
+horrible, pero al fin era vivir en tierra firme, no sobre la masa
+enferma movediza de disparates del capricho intelectual, no en una
+especie de _terremoto_ interior que era lo peor que podía traer la
+sensación al cerebro.
+
+Ana explicó todo esto a Benítez como pudo, eludiendo el referirse a sus
+remordimientos.
+
+Pero él comprendió lo que decía y lo que callaba y declaró que el
+principal deber por entonces era librarse del peligro de la muerte.
+
+--¿Quiere usted un suicidio?--¡Oh, no, eso no!--Pues si no hemos de
+suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del cuerpo exige
+otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted señora cree
+que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y
+aborreciendo lo que no debió haber sido.... Todo esto sería muy bueno si
+usted tuviera fuerzas para soportar ese teje maneje del pensamiento. No
+las tiene usted. Olvido, paz, silencio interior, conversación con el
+mundo, con la primavera que empieza y que viene a ayudarnos a vivir....
+Yo le prometo a usted que el día en que la vea fuera de todo cuidado,
+sana y salva, le diré, si usted quiere: Anita, ahora ya tiene usted
+bastante salud para empezar a darse tormento a sí misma.
+
+Y Frígilis hablaba en el mismo sentido.
+
+Y nadie más hablaba, porque Anselmo apenas sabía hablar, Servanda iba y
+venía como una estatua de movimiento... y los demás vetustenses no
+entraban en el caserón de los Ozores después de la muerte de don Víctor.
+
+No entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a
+otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos
+vetustenses el íntimo placer que les causaba _aquel gran escándalo que
+era como una novela_, algo que interrumpía la monotonía eterna de la
+ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido.
+¡Era un escándalo! ¡Un adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un
+ex-regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En
+Vetusta, ni aun en los días de revolución había habido tiros. No había
+costado a nadie un cartucho la conquista de los derechos inalienables
+del hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la _Regenta_,
+rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y
+precavido. «Ya se sabía que muchas damas principales de la Encimada y de
+la Colonia engañaban o habían engañado o estaban a punto de engañar a su
+respectivo esposo, ¡pero no a tiros!». La envidia que hasta allí se
+había disfrazado de admiración, salió a la calle con toda la amarillez
+de sus carnes. Y resultó que envidiaban en secreto la hermosura y la
+fama de virtuosa de la Regenta no sólo Visitación Olías de Cuervo y
+Obdulia Fandiño y la baronesa de la _Deuda Flotante_, sino también la
+Gobernadora, y la de Páez y la señora de Carraspique y la de Rianzares o
+sea el Gran Constantino, y las criadas de la Marquesa y toda la
+aristocracia, y toda la clase media y hasta las mujeres del pueblo... y
+¡quién lo dijera! la Marquesa misma, aquella doña Rufina tan liberal que
+con tanta magnanimidad se absolvía a sí misma de las _ligerezas_ de la
+juventud... ¡y otras!
+
+Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la
+envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas
+mujeres. Glocester en el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de
+escándalo, de hipocresía, de perversión, de extravíos babilónicos; y en
+el Casino, Ronzal. Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos sobre
+la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro paredes.
+
+Obdulia Fandiño, pocas horas después de saberse en el pueblo la
+catástrofe, había salido a la calle con su sombrero más grande y su
+vestido más apretado a las piernas y sus faldas más crujientes, a tomar
+el aire de la maledicencia, a olfatear el escándalo, a saborear el dejo
+del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina que lamían
+todos, disimulando el placer de aquella dulzura pegajosa.
+
+«¿Ven ustedes? decían las miradas triunfantes de la Fandiño. Todas somos
+iguales».
+
+Y sus labios decían:--¡Pobre Ana! ¡Perdida sin remedio! ¿Con qué cara
+se ha de presentar en público? ¡Como era tan romántica! Hasta una
+cosa... como esa, tuvo que salirle a ella así... a cañonazos, para que
+se enterase todo el mundo.
+
+--¿Se acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo?--preguntaba el barón.
+
+--Sí, comparen ustedes.... ¡Quién lo diría!...
+
+--Yo lo diría--exclamaba la Marquesa--. A mí ya me dio mala espina
+aquella desfachatez... aquello de ir enseñando los pies descalzos...
+_malorum signum_.
+
+--Sí, _malorum signum_--repetía la baronesa, como si dijera: _et cum
+spiritu tuo_.
+
+--¡Y sobre todo el escándalo!--añadía doña Rufina indignada, después de
+una pausa.
+
+--¡El escándalo!--repetía el coro.
+
+--¡La imprudencia, la torpeza!--¡Eso! ¡Eso!--¡Pobre don Víctor!--Sí,
+pobre, y Dios le haya perdonado... pero él, merecido se lo tenía.
+
+--Merecidísimo.--Miren ustedes que aquella amistad tan íntima....
+
+--Era escandalosa.--Aquello era...--¡Nauseabundo! Esto lo dijo el
+Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea todos sus hijos ilegítimos.
+
+Obdulia asistía a tales conversaciones como a un triunfo de su fama.
+Ella no había dado nunca escándalos por el estilo. Toda Vetusta sabía
+quién era Obdulia... pero ella no había dado ningún escándalo.
+
+Sí, sí, el escándalo era lo peor, aquel duelo funesto también era una
+complicación. Mesía había huido y vivía en Madrid.... Ya se hablaba de
+sus amores _reanudados_ con la _Ministra_ de Palomares.... Vetusta había
+perdido dos de sus personajes más importantes... por culpa de Ana y su
+torpeza.
+
+Y se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue a
+verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le había pasado por
+las mientes recoger aquella herencia de Mesía.
+
+La fórmula de aquel rompimiento, de aquel cordón sanitario fue esta:
+
+--¡Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la _hija de la
+bailarina italiana_!
+
+El honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de la
+Barcaza.
+
+Si Ripamilán hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado aquel
+acuerdo cruel del _gran mundo_. Pero el pobre don Cayetano había caído
+en su lecho para no levantarse. Allí vivió, siempre contento, dos años
+más.
+
+Acabó su peregrinación en la tierra cantando y recitando versos de
+Villegas.
+
+La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como se
+había prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba muy
+mala, y los más caritativos se contentaron con preguntar a los criados y
+a Benítez cómo iba la enferma, a quien solían llamar _esa desgraciada_.
+
+Ana prefería aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se hubiera
+adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente, volvió a
+pensar en el mundo que la rodeaba, en los años futuros, sintió el hielo
+ambiente y saboreó la amargura de aquella maldad universal. «¡Todos la
+abandonaban! Lo merecía, pero... de todas maneras ¡qué malvados eran
+todos aquellos vetustenses que ella había despreciado siempre, hasta
+cuando la adulaban y mimaban!».
+
+La viuda de Quintanar resolvió seguir hasta donde pudiera los consejos
+de Benítez. Pensaba lo menos posible en sus remordimientos, en su
+soledad, en el porvenir triste, monótono en su negrura.
+
+En cuanto se lo permitió la fortaleza del cuerpo redivivo trabajó en
+obras de aguja, y se empeñó, con voluntad de hierro, en encontrarle
+gracia al punto de crochet y al de media.
+
+Aborrecía los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la llevaba
+a pensar en sus desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo
+conseguía. Entonces se le figuraba que lo mejor de su alma se dormía,
+mientras quedaba en ella despierto el espíritu suficiente para ser tan
+mujer como tantas otras.
+
+Llegó a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el
+patio, sentado en cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin
+hacer más que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo, tal
+vez lo mejor. Por allí debía de irse a la muerte.... Y Ana iba sin miedo.
+El morir no la asustaba, lo que quería era morir sin desvanecerse en
+aquellas locuras de la debilidad de su cerebro....
+
+Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le
+preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda:
+
+--¿Está usted contento?
+
+Y con otra sonrisa fría, triste, contestaba el médico:
+
+--Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente....
+
+Pero cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía:
+
+--No me gusta Ana...--Pues yo la veo muy tranquila a ratos....
+
+--Sí, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a distraerse.
+
+Y Frígilis se propuso conseguir que se distrajera.
+
+Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel Mayo
+risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta.
+
+Pero como no consiguió nada, como Anita le pedía con las manos en cruz
+que la dejasen en paz, tranquila en su caserón, Crespo resolvió divertir
+a su pobre amiga en su misma casa.
+
+«¡Si él pudiera hacer que se aficionara a los árboles y a las flores!».
+
+Por ensayar nada se perdía. Ensayó.
+
+Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente,
+y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas. Frígilis
+llegó a entusiasmarse, y una tarde contó la historia de su gran triunfo,
+la aclimatación del Eucaliptus globulus en la región vetustense.
+
+Durante la enfermedad de su amiga, don Tomás Crespo, desconfiando del
+celo de Anselmo y de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instaló
+en el caserón de los Ozores. Trasladó su lecho de la posada en que vivía
+desde el año sesenta, a los bajos del caserón. El tocador y la alcoba de
+Ana estaban encima del cuarto que escogió Frígilis. Allí, con el menor
+aparato posible, sin molestar a nadie se instaló para velar a la Regenta
+y acudir al menor peligro.
+
+Comía y cenaba en la posada, pero dormía en el caserón.
+
+Esto no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quejó un día de
+aquella soledad. Confesó que de noche tenía a veces miedo. Y poniéndose
+como un tomate el buen Frígilis advirtió tímidamente que hacía más de
+mes y medio él se había tomado la libertad de venirse a dormir debajo de
+la Regenta. Los criados tenían orden de no decírselo a la señora.
+
+Desde que esto supo Ana se creyó menos sola en sus noches tristes. Roto
+el secreto, Frígilis tosía fuerte abajo a propósito, para que le oyera
+Ana, como diciendo: «No temas, estoy yo aquí».
+
+Pero como la malicia lo sabe todo, también supo esto Vetusta. Se dijo
+que Frígilis se había metido a vivir de pupilo en casa de la Regenta, en
+el caserón nobilísimo de los Ozores.
+
+Y decían unos:--Será una obra de caridad. La pobre estará mal de
+recursos y con la ayuda de Frígilis... podrá ir tirando.
+
+Y el _gran mundo_ echaba por los dedos la cuenta de lo que le habría
+quedado a Anita. «No debía de haberle quedado nada».
+
+--Ella rentas no las tiene.--Las de su marido, las de don Víctor allá
+en Aragón no le pertenecen.
+
+--La viudedad no la habrá pedido....
+
+--¡Sería ignominioso!...
+
+--¡Ya lo creo! ¡Reclamar la viudedad... ella... causa de la muerte del
+digno magistrado!
+
+--Sería indigno.
+
+--Indigno.
+
+--Y ya no está bien que viva en el caserón de los Ozores.
+
+--Claro, porque aunque se lo regaló su esposo, según dicen, él fue quien
+se lo compró a las tías de Ana, y no con bienes gananciales, sino
+vendiendo tierras en la Almunia.
+
+--Sea como sea, ella no debía vivir en esa casa.
+
+--De modo que no se sabe de qué vive.
+
+--Vivirá de eso. De mantener en su casa a Frígilis, que pagará bien.
+
+--Eso sí, porque él es un chiflado, que no tiene escrúpulos... pero es
+bueno.
+
+--Bueno... relativamente--decía el Marqués que con la gota que le
+empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un humor negro
+como un carbón.
+
+Y recordando aquel gerundio que tanto efecto había hecho en otra
+ocasión, resumía diciendo:
+
+--De todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la
+viuda infiel de su mejor amigo es... ¡es nauseabundo!
+
+Y nadie se atrevía a negarlo.
+
+Todos aquellos escrúpulos que tenía la tertulia de los Vegallana, habían
+atormentado también a la Regenta. En cuanto se sintió bastante fuerte
+para salir a la huerta, se atrevió a decir a Frígilis lo que la
+atormentaba tiempo atrás.
+
+--Yo... quisiera salir de esta casa.... Esta casa... en rigor... no es
+mía.... Es de los herederos de Víctor, de su hermana doña Paquita, que
+tiene hijos... y....
+
+Frígilis se puso furioso. ¡Cómo se entiende! Todo lo había arreglado él
+ya. Había escrito a Zaragoza y la doña Paquita se había contentado con
+lo de la Almunia. «Bastante era. El caserón era de Ana legalmente y
+moralmente».
+
+Ana cedió porque no tenía ya energía para contrariar una voluntad
+fuerte.
+
+Con más ahínco se negó a firmar los documentos que Frígilis le presentó,
+cuando se propuso pedir la viudedad que correspondía a la Regenta.
+
+--¡Eso no, eso no, don Tomás; primero morir de hambre!
+
+Y en efecto, sí, el hambre, una pobreza triste y molesta amenazaba a la
+viuda si no solicitaba sus derechos pasivos.
+
+Ana dijo que prefería reclamar la orfandad que le pertenecía como hija
+de militar.
+
+--Échele usted un galgo.... Si eso no valdrá nada.... Y no sé si
+podríamos....
+
+Y Frígilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsificó la firma de
+Ana, y después de algunos meses le presentó la primera paga de viuda.
+
+Y era tal la necesidad; tan imposible que por otro camino tuviera ella
+lo suficiente para vivir, que la Regenta, después de llorar y rehusar
+cien veces, aceptó el dinero triste de la viudez y en adelante firmó
+ella los documentos.
+
+Benítez y Frígilis veían en esto síntomas tristes. «Aquella voluntad se
+moría, pensaba Crespo; en otro tiempo Ana hubiera preferido pedir
+limosna.... Ahora cede... por no luchar».
+
+Y se le caían las lágrimas.
+
+«Si yo fuera rico... pero es uno tan pobre...».
+
+«Y, añadía, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos no es vergonzoso...
+a ella se lo parece... pero no lo es.... Ese dinero es suyo».
+
+Así vivía Ana. Benítez desde que desapareció el peligro inminente,
+visitó menos a la viuda.
+
+Servanda y Anselmo eran fieles, tal vez tenían cariño al ama, pero eran
+incapaces de mostrarlo. Obedecían y servían como sombras. Le hacía más
+compañía el gato que ellos.
+
+Frígilis era el amigo constante, el compañero de sus tristezas.
+
+Hablaba poco. Pero a ella la consolaba el pensar: «está Crespo ahí».
+
+Paso a paso volvía la salud a enseñorearse del cuerpo siempre hermoso de
+Ana Ozores.
+
+Y con algo de remordimiento de conciencia, sentía de nuevo apego a la
+vida, deseo de actividad. Llegó un día en que ya no le bastó vegetar al
+lado de Frígilis, viéndole sembrar y plantar en la huerta y oyendo sus
+apologías del Eucaliptus.
+
+Se había prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle una
+cárcel demasiado estrecha.
+
+Una mañana despertó pensando que aquel año _no había cumplido_ con la
+Iglesia. Además ya podía salir de su caserón triste para ir a misa. Sí,
+iría a misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la
+capilla de la Victoria que estaba allí cerca.
+
+Y también iría a confesar.
+
+Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en
+aquellas _grandes cosas_ que la volvían loca, Anita Ozores volvió a las
+prácticas religiosas, jurándose a sí misma no dejarse vencer ya jamás
+por aquel _misticismo falso_ que era su vergüenza. «La visión de Dios....
+Santa Teresa.... Todo aquello había pasado para no volver.... Ya no le
+atormentaba el terror del infierno, aunque se creía perdida por su
+pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que
+en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino».
+
+Ahora nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad
+mecánica, aquel rezar y oír misa como las demás le parecía bien, le
+parecía la religión compatible con el marasmo de su alma. Y además, sin
+darse cuenta de ello, la _religión vulgar_ (que así la llamaba para sus
+adentros), le daba un pretexto para faltar a su promesa de no salir
+jamás de casa.
+
+Llegó Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y
+caliente, Ana salió del caserón de los Ozores y con el velo tupido sobre
+el rostro, toda de negro, entró en la catedral solitaria y silenciosa.
+Ya había terminado el coro.
+
+Algunos canónigos y beneficiados ocupaban sus respectivos confesonarios
+esparcidos por las capillas laterales y en los intercolumnios del
+ábside, en el trasaltar.
+
+¡Cuánto tiempo hacía que ella no entraba allí!
+
+Como quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de ternura en los
+ojos. ¡Pero qué triste era lo que la decía el templo hablando con
+bóvedas, pilares, cristalerías, naves, capillas... hablando con todo lo
+que contenía a los recuerdos de la Regenta!...
+
+Aquel olor singular de la catedral, que no se parecía a ningún otro,
+olor fresco y de una voluptuosidad íntima, le llegaba al alma, le
+parecía música sorda que penetraba en el corazón sin pasar por los
+oídos.
+
+«¡Ay si renaciera la fe! ¡Si ella pudiese llorar como una Magdalena a
+los pies de Jesús!».
+
+Y por la vez primera, después de tanto tiempo, sintió dentro de la
+cabeza aquel estallido que le parecía siempre voz sobrenatural, sintió
+en sus entrañas aquella ascensión de la ternura que subía hasta la
+garganta y producía un amago de estrangulación deliciosa.... Salieron
+lágrimas a los ojos, y sin pensar más, Ana entró en la capilla obscura
+donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del amor de
+las almas.
+
+«¿Quién la había traído allí? No lo sabía. Iba a confesar con
+cualquiera y sin saber cómo se encontraba a dos pasos del confesonario
+de aquel hermano mayor del alma, a quien había calumniado el mundo por
+culpa de ella y a quien ella misma, aconsejada por los sofismas de la
+pasión grosera que la había tenido ciega, había calumniado también
+pensando que aquel cariño del sacerdote era amor brutal, amor como el de
+Álvaro, el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no había
+comprendido por culpa de la propia torpeza».
+
+«Volver a aquella amistad ¿era un sueño? El impulso que la había
+arrojado dentro de la capilla ¿era voz de lo alto o capricho del
+histerismo, de aquella maldita enfermedad que a veces era lo más íntimo
+de su deseo y de su pensamiento, ella misma?». Ana pidió de todo corazón
+a Dios, a quien claramente creía ver en tal instante, le pidió que fuera
+voz Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien
+tanto tiempo había creído y no el solicitante lascivo que le había
+pintado Mesía el infame. Ana oró, con fervor, como en los días de su
+piedad exaltada; creyó posible volver a la fe y al amor de Dios y de la
+vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que
+el infierno; creyó salvarse cogida a aquella tabla de aquel cajón
+sagrado que tantos sueños y dolores suyos sabía....
+
+La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y
+misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro
+anémico de aquel Jesús del altar, siempre triste y pálido, que tenía
+concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que reflejaban una
+idea inmóvil, eterna.... Cuatro o cinco bultos negros llenaban la
+capilla. En el confesonario sonaba el cuchicheo de una beata como rumor
+de moscas en verano vagando por el aire.
+
+El Magistral estaba en su sitio. Al entrar la Regenta en la capilla, la
+reconoció a pesar del manto. Oía distraído la cháchara de la penitente;
+miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel perfil conocido y
+amado, se había presentado como en un sueño. El talle, el contorno de
+toda la figura, la genuflexión ante el altar, otras señales que sólo él
+recordaba y reconocía, le gritaron como una explosión en el cerebro:
+
+--¡Es Ana! La beata de la celosía continuaba el rum rum de sus pecados.
+El Magistral no la oía, oía los rugidos de su pasión que vociferaban
+dentro.
+
+Cuando calló la beata volvió a la realidad el clérigo, y como una
+máquina de echar bendiciones desató las culpas de la devota, y con la
+misma mano hizo señas a otra para que se acercase a la celosía vacante.
+
+Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de
+tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de
+Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la
+penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada,
+no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno....
+Quería llorar allí, donde había llorado tantas veces, unas con amargura,
+otras sonriendo de placer entre las lágrimas; quería encontrar al
+Magistral de aquellos días en que ella le juzgaba emisario de Dios,
+quería fe, quería caridad... y después el castigo de sus pecados, si más
+castigo merecía que aquella obscuridad y aquel sopor del alma....
+
+El confesonario crujía de cuando en cuando, como si le rechinaran los
+huesos.
+
+El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata.... La
+capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos
+absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin
+quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor
+dentro del confesonario.
+
+Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche.
+
+Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la seña que la llamase a la
+celosía....
+
+Pero el confesonario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la
+madera.
+
+Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de
+cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una
+escena trágica inminente.
+
+Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño....
+
+Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba....
+
+La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso
+que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar un paso hacia
+el confesonario.
+
+Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una
+figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido,
+unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del Jesús
+del altar....
+
+El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta,
+que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso
+gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta la
+boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el
+terror le decía que iba a asesinarla.
+
+El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre el vientre. No podía
+hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo, volvió a extender los
+brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después clavándose las
+uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y
+con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando estuvo en el
+trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no
+tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar
+siquiera.
+
+Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol
+blanco y negro; cayó sin sentido.
+
+La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se
+iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.
+
+Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y
+sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del
+manojo sonaban chocando.
+
+Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.
+
+Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el
+rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en
+la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor
+que otras veces....
+
+Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil,
+como un suspiro.
+
+Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.
+
+Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de
+su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba,
+inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
+
+Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba
+náuseas.
+
+Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
+
+FIN DE LA NOVELA
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA ***
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+ has agreed to donate royalties under this paragraph to the
+ Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
+ must be paid within 60 days following each date on which you
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+
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+
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+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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+1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
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+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ https://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
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+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La Regenta
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+Author: Leopoldo Alas
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+Last Updated: May 7, 2018
+
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+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA ***
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+
+
+
+</pre>
+ <h1>
+ La Regenta
+ </h1>
+ <h3>
+ por
+ </h3>
+ <h1>
+ Leopoldo Alas «Clarín»
+ </h1>
+ <h3>
+ Librería de Fernando Fé, Madrid
+ </h3>
+ <h3>
+ 1900.
+ </h3>
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+ <h2>
+ TOMO I
+ </h2>
+ <h3>
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+ </h3>
+ <table summary="capitulos">
+ <tbody>
+ <tr>
+ <td>
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+ </td>
+ </tr>
+ </tbody>
+ </table>
+ <h2>
+ TOMO II
+ </h2>
+ <table summary="capitulos">
+ <tbody>
+ <tr>
+ <td>
+ <a href="#tomo_II"><b>CAPÍTULOS:</b></a> <a href="#XVImdash"><b>XVI,</b></a>
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+ </td>
+ </tr>
+ </tbody>
+ </table>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h1>
+ La Regenta
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+ por
+ </h3>
+ <h1>
+ Leopoldo Alas &laquo;Clar&iacute;n&raquo;
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+ <h3>
+ Librer&iacute;a de Fernando F&eacute;, Madrid
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+ <h2>
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+ <table summary="capitulos">
+ <tr>
+ <td>
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+ <a href="#IXmdash"><b>IX,</b></a> <a href="#Xmdash"><b>X,</b></a> <a
+ href="#XImdash"><b>XI,</b></a> <a href="#XIImdash"><b>XII,</b></a> <a
+ href="#XIIImdash"><b>XIII,</b></a> <a href="#XIVmdash"><b>XIV,</b></a>
+ <a href="#XVmdash"><b>XV</b></a><br /> <a
+ href="#tomo_II"><b>PASAR AL TOMO II</b></a>
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+ </tr>
+ </table>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="Prologo" id="Prologo"></a>Pr&oacute;logo
+ </h2>
+ <p>
+ Creo que fue Wieland quien dijo <i>que los pensamientos de los hombres
+ valen m&aacute;s que sus acciones, y las buenas novelas m&aacute;s que el
+ g&eacute;nero humano</i>. Podr&aacute; esto no ser verdad; pero es hermoso
+ y consolador. Ciertamente, parece que nos ennoblecemos traslad&aacute;ndonos
+ de este mundo al otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficci&oacute;n
+ en que valemos m&aacute;s que aqu&iacute;, y v&eacute;ase por qu&eacute;,
+ cuando un cristiano el h&aacute;bito de pasar f&aacute;cilmente a mejor
+ vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen de los de por ac&aacute;,
+ le cuesta no poco trabajo volver a este mundo. Tambi&eacute;n digo que si
+ grata es la tarea de fabricar g&eacute;nero humano recre&aacute;ndonos en
+ ver cu&aacute;nto superan las ideales figurillas, por toscas que sean, a
+ las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo es m&aacute;s
+ intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar siempre en los
+ propios trae un desasosiego que amengua los placeres de lo que llamaremos
+ creaci&oacute;n, por no tener mejor nombre que darle.
+ </p>
+ <p>
+ Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una
+ labor cr&iacute;tica, que si as&iacute; fuera yo aborrec&iacute;a tales
+ visitas en vez de amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo c&oacute;mo
+ se hacen o c&oacute;mo se intenta su ejecuci&oacute;n; es buscar y
+ sorprender las dificultades vencidas, los aciertos f&aacute;ciles o
+ alcanzados con poderoso esfuerzo; es buscar y satisfacer uno de los pocos
+ placeres que hay en la vida, la admiraci&oacute;n, a m&aacute;s de placer,
+ necesidad imperiosa en toda profesi&oacute;n u oficio, pues el admirar
+ entendiendo que es la respiraci&oacute;n del arte, y el que no admira
+ corre el peligro de morir de asfixia.
+ </p>
+ <p>
+ El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo, con
+ desalientos y suspicacias de enfermo de aprensi&oacute;n, nos impone la cr&iacute;tica
+ afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno, guard&aacute;ndonos
+ el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y tonter&iacute;as. Se
+ ha ejercido tanto la cr&iacute;tica negativa en todos los &oacute;rdenes,
+ que por ella quiz&aacute;s hemos llegado a la insana costumbre de creernos
+ un pueblo de est&eacute;riles, absolutamente inepto para todo. Tanta cr&iacute;tica
+ pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negaci&oacute;n de las
+ cualidades de nuestros contempor&aacute;neos, nos han tra&iacute;do a un
+ estado de temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por
+ miedo de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por
+ padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el coraz&oacute;n
+ y que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos
+ agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son ilusorios,
+ no ser&iacute;a malo suspender la cr&iacute;tica negativa, dedic&aacute;ndonos
+ todos, aunque ello parezca extra&ntilde;o, a infundir &aacute;nimos al
+ enfermo, dici&eacute;ndole: &laquo;Tu debilidad no es m&aacute;s que
+ pereza, y tu anemia proviene del sedentarismo. Lev&aacute;ntate y anda, tu
+ naturaleza es fuerte: el miedo la enga&ntilde;a, sugiri&eacute;ndole la
+ desconfianza de s&iacute; misma, la idea err&oacute;nea de que para nada
+ sirves ya, y de que vives muriendo&raquo;. Convendr&iacute;a, pues, que
+ los censores disciplentes se callar&aacute;n por alg&uacute;n tiempo,
+ dejando que alzasen la voz los que repartan el ox&iacute;geno, la alegr&iacute;a,
+ la admiraci&oacute;n, los que alientan todo esfuerzo &uacute;til, toda
+ iniciativa fecunda, toda idea feliz, todo acierto art&iacute;stico, o de
+ cualquier orden que sea.
+ </p>
+ <p>
+ Estas apreciaciones de car&aacute;cter general, sugeridas por una situaci&oacute;n
+ especial&iacute;sima de la raza espa&ntilde;ola, las aplico a las cosas
+ literarias, pues en este terreno estamos m&aacute;s necesitados que en
+ otro alguno de prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte,
+ declaro que muchas veces no he cogido el aparato de aereaci&oacute;n (a
+ que impropiamente hemos venido dando el nombre de <i>incensario</i>) por
+ tener las manos aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo
+ quisiera. Pero a la primera ocasi&oacute;n de descanso, que felizmente
+ coincide con una dichosa oportunidad, la publicaci&oacute;n de este libro,
+ salgo con mis alabanzas, gozoso de d&aacute;rselas a un autor y a una obra
+ que siempre fueron de los m&aacute;s se&ntilde;alados en mis preferencias.
+ As&iacute;, cuando el editor de <i>La Regenta</i> me propuso escribir este
+ pr&oacute;logo, no esper&eacute; a que me lo dijera dos veces, crey&eacute;ndome
+ muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en letras de
+ molde la primera salida de una novela que hondamente me cautiv&oacute;,
+ cre&iacute;a y creo deber m&iacute;o celebrarla y enaltecerla como se
+ merece, en esta tercera salida, a la que seguir&aacute;n otras, sin duda,
+ que la lleven a los extremos de la popularidad.
+ </p>
+ <p>
+ Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la
+ estimaci&oacute;n de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas
+ por su asunto, no se concreten a los d&iacute;as m&aacute;s o menos largos
+ de su aparici&oacute;n. Por desgracia nuestra, para que la obra po&eacute;tica
+ o narrativa alcance una longevidad siquiera decorosa no basta que en s&iacute;
+ tenga condiciones de salud y robustez; se necesita que a su buena complexi&oacute;n
+ se una la perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer
+ en obscuro rinc&oacute;n; que estos la saquen, la ventilen, la presenten,
+ arriesg&aacute;ndose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de
+ un p&uacute;blico, no tan malo por escaso como por distra&iacute;do. El p&uacute;blico
+ responde siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y
+ tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan,
+ pasan y recogen lo que se les da. No ser&iacute;an tan penosos los
+ plantones <i>aguardando el paso del p&uacute;blico</i>, si la Prensa diera
+ calor y verdadera vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de
+ limitarse a conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin
+ ton ni son a los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al
+ presente estado social y pol&iacute;tico la culpa de que nuestra Prensa
+ sea como es, y de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y
+ estados mejores no le infundan la devoci&oacute;n del Arte. Debemos, pues,
+ resignarnos al plant&oacute;n, sentarnos todos en la parte del camino que
+ nos parezca menos inc&oacute;moda, para esperar a que pase la Prensa,
+ despertadora de las muchedumbres en materias de arte; que al fin ella
+ pasar&aacute;; no dudemos que pasar&aacute;: todo es cuesti&oacute;n de
+ paciencia. En los tiempos que corren, esa preciosa virtud hace falta para
+ muchas cosas de la vida art&iacute;stica; sin ella la obra literaria corre
+ peligro de no nacer, o de arrastrar vida miserable despu&eacute;s de un
+ penoso nacimiento. Seamos pues pacientes, sufridos, tenaces en la
+ esperanza, ben&eacute;volos con nuestro tiempo y con la sociedad en que
+ vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos como vulgarmente
+ se cree y se dice, y de que no mejorar&aacute;n por virtud de nuestras
+ declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su propio seno.
+ Y como esto del p&uacute;blico y sus perezas o est&iacute;mulos, aunque
+ pertinente al asunto de este pr&oacute;logo, no es la principal materia de
+ &eacute;l, basta con lo dicho, y entremos en <i>La Regenta</i>, donde hay
+ mucho que admirar, encanto de la imaginaci&oacute;n por una parte, por
+ otra recreo del pensamiento.
+ </p>
+ <p>
+ Escribi&oacute; Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando and&aacute;bamos
+ en aquella procesi&oacute;n del <i>Naturalismo</i>, marchando hacia el
+ templo del arte con menos pompa ret&oacute;rica de la que antes se usaba,
+ abandonadas las vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada
+ en los actos comunes de la vida. A muchos impon&iacute;a miedo el tal
+ Naturalismo, crey&eacute;ndolo portador de todas las fealdades sociales y
+ humanas; en su mano ve&iacute;an un gran plumero con el cual se propon&iacute;a
+ limpiar el techo de ideales, que a los ojos de &eacute;l eran como telara&ntilde;as,
+ y una escoba, con la cual hab&iacute;a de barrer del suelo las virtudes,
+ los sentimientos puros y el lenguaje decente. Cre&iacute;an que el
+ Naturalismo substitu&iacute;a el Diccionario usual por otro formado con la
+ recopilaci&oacute;n prolija de cuanto dicen en sus momentos de furor los
+ carreteros y verduleras, los chulos y golfos m&aacute;s desvergonzados.
+ Las personas cr&eacute;dulas y sencillas no ganan para sustos en los d&iacute;as
+ en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de una rara novedad y de
+ un peligro para el arte. Luego se vio que no era peligro ni sistema, ni
+ siquiera novedad, pues todo lo esencial del Naturalismo lo ten&iacute;amos
+ en casa desde tiempos remotos, y antiguos y modernos conoc&iacute;an ya la
+ soberana ley de ajustar las ficciones del arte a la realidad de la
+ naturaleza y del alma, representando cosas y personas, caracteres y
+ lugares como Dios los ha hecho. Era tan s&oacute;lo novedad la exaltaci&oacute;n
+ del principio, y un cierto desprecio de los resortes imaginativos y de la
+ psicolog&iacute;a espaciada y enso&ntilde;adora.
+ </p>
+ <p>
+ Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los espa&ntilde;oles
+ en el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron
+ con toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron ense&ntilde;anza los
+ noveladores ingleses y franceses. Nuestros contempor&aacute;neos
+ ciertamente no lo hab&iacute;an olvidado cuando vieron traspasar la
+ frontera el estandarte naturalista, que no significaba m&aacute;s que la
+ repatriaci&oacute;n de una vieja idea; en los d&iacute;as mismos de esta
+ repatriaci&oacute;n tan trompeteada, la pintura fiel de la vida era
+ practicada en Espa&ntilde;a por Pereda y otros, y lo hab&iacute;a sido
+ antes por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del
+ Naturalismo que ac&aacute; volv&iacute;a como una corriente circular
+ parecida al <i>gulf stream</i>, tra&iacute;a m&aacute;s calor y menos
+ delicadeza y gracia. El nuestro, la corriente inicial, encarnaba la
+ realidad en el cuerpo y rostro de un humorismo que era quiz&aacute;s la
+ forma m&aacute;s genial de nuestra raza. Al volver a casa la onda, ven&iacute;a
+ radicalmente desfigurada: en el paso por Albi&oacute;n hab&iacute;anle
+ arrebatado la socarroner&iacute;a espa&ntilde;ola, que f&aacute;cilmente
+ convirtieron en <i>humour</i> ingl&eacute;s las manos h&aacute;biles de
+ Fielding, Dickens y Thackeray, y despojado de aquella caracter&iacute;stica
+ elemental, el naturalismo cambi&oacute; de fisonom&iacute;a en manos
+ francesas: lo que perdi&oacute; en gracia y donosura, lo gan&oacute; en
+ fuerza anal&iacute;tica y en extensi&oacute;n, aplic&aacute;ndose a
+ estados psicol&oacute;gicos que no encajan f&aacute;cilmente en la forma
+ picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos del
+ s&iacute;mil comercial) la mercanc&iacute;a que hab&iacute;amos exportado,
+ y casi desconoc&iacute;amos la sangre nuestra y el aliento del alma espa&ntilde;ola
+ que aquel ser literario conservaba despu&eacute;s de las alteraciones
+ ocasionadas por sus viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder
+ incontrastable, nos impon&iacute;a una reforma de nuestra propia obra, sin
+ saber que era nuestra; acept&aacute;mosla nosotros restaurando el
+ Naturalismo y devolvi&eacute;ndole lo que le hab&iacute;an quitado, el
+ humorismo, y empleando este en las formas narrativa y descriptiva conforme
+ a la tradici&oacute;n cervantesca.
+ </p>
+ <p>
+ Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no pod&iacute;a tener
+ en Francia el eco que aqu&iacute; tuvo la interpretaci&oacute;n seca y
+ descarnada de las purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa
+ impone su ley en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y
+ las voces que aqu&iacute; damos, por mucho que quieran elevarse, no salen
+ de la estrechez de esta pobre casa. Pero al fin, consol&eacute;monos de
+ nuestro aislamiento en el rinc&oacute;n occidental, reconociendo en
+ familia que nuestro arte de la naturalidad con su feliz concierto entre lo
+ serio y lo c&oacute;mico responde mejor que el franc&eacute;s a la verdad
+ humana; que las crudezas descriptivas pierden toda repugnancia bajo la m&aacute;scara
+ burlesca empleada por Quevedo, y que los profundos estudios psicol&oacute;gicos
+ pueden llegar a la mayor perfecci&oacute;n con los granos de sal espa&ntilde;ola
+ que escritores como D. Juan Valera saben poner hasta en las m&aacute;s
+ hondas disertaciones sobre cosa m&iacute;stica y asc&eacute;tica.
+ </p>
+ <p>
+ Para corroborar lo dicho, ning&uacute;n ejemplo mejor que <i>La Regenta</i>,
+ muestra feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser
+ de su origen, empresa para <i>Clar&iacute;n</i> muy f&aacute;cil y que
+ hubo de realizar sin sentirlo, dej&aacute;ndose llevar de los impulsos
+ primordiales de su grande ingenio. Influido intensamente por la
+ irresistible fuerza de opini&oacute;n literaria en favor de la sinceridad
+ narrativa y descriptiva, admiti&oacute; estas ideas con entusiasmo y las
+ expuso disueltas en la inagotable vena de su graciosa picard&iacute;a.
+ Picaresca es en cierto modo <i>La Regenta</i>, lo que no excluye de ella
+ la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la descripci&oacute;n acertada
+ de los m&aacute;s graves estados del alma humana. Y al propio tiempo,
+ &iexcl;qu&eacute; feliz aleaci&oacute;n de las bromas y las veras,
+ fundidas juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la
+ expresi&oacute;n equ&iacute;voca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es
+ la verdad siempre; pero en el arte seduce y enamora m&aacute;s cuando
+ entre sus distintas vestiduras po&eacute;ticas escoge y usa con desenfado
+ la de la gracia, que es sin duda la que mejor cortan espa&ntilde;olas
+ tijeras, la que tiene por riqu&iacute;sima tela nuestra lengua
+ incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de los maestros del
+ siglo de oro. Y de la enorm&iacute;sima cantidad de sal que <i>Clar&iacute;n</i>
+ ha derramado en las p&aacute;ginas de <i>La Regenta</i> da fe la tenacidad
+ con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo camino
+ desde el primero al &uacute;ltimo cap&iacute;tulo. De m&iacute; s&eacute;
+ decir que pocas obras he le&iacute;do en que el inter&eacute;s profundo,
+ la verdad de los caracteres y la viveza del lenguaje me hayan hecho
+ olvidar tanto como en esta las dimensiones, terminando la lectura con el
+ desconsuelo de no tener por delante otra derivaci&oacute;n de los mismos
+ sucesos y nueva salida o reencarnaci&oacute;n de los propios personajes.
+ </p>
+ <p>
+ Desarr&oacute;llase la acci&oacute;n de <i>La Regenta</i> en la ciudad que
+ bien podr&iacute;amos llamar patria de su autor, aunque no naci&oacute; en
+ ella, pues en <i>Vetusta</i> tiene <i>Clar&iacute;n</i> sus ra&iacute;ces
+ at&aacute;vicas y en <i>Vetusta</i> moran todos sus afectos, as&iacute;
+ los que est&aacute;n sepultados como los que risue&ntilde;os y alegres
+ viven, brindando esperanzas; en <i>Vetusta</i> ha transcurrido la mayor
+ parte de su existencia; all&iacute; se inici&oacute; su vocaci&oacute;n
+ literaria; en aquella soledad melanc&oacute;lica y apacible aprendi&oacute;
+ lo mucho que sabe en cosas literarias y filos&oacute;ficas: all&iacute;
+ estuvieron sus maestros, all&iacute; est&aacute;n sus disc&iacute;pulos. M&aacute;s
+ que ciudad, es para &eacute;l <i>Vetusta</i> una casa con calles, y el
+ vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de
+ clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. &iexcl;Si conocer&aacute;
+ bien el pueblo! No pintar&iacute;a mejor su prisi&oacute;n un artista
+ encarcelado durante los a&ntilde;os en que las impresiones son m&aacute;s
+ vivas, ni un sedentario la estancia en que ha encerrado su persona y sus
+ ideas en los a&ntilde;os maduros. Calles y personas, rincones de la
+ Catedral y del Casino, ambiente de pasiones o chismes, figures graves o
+ rid&iacute;culas pasan de la realidad a las manos del arte, y con
+ exactitud pasmosa se reproducen en la mente del lector, que acaba por
+ creerse vetustense, y ve proyectada su sombra sobre las piedras musgosas,
+ entre las sombras de los transe&uacute;ntes que andan por la <i>Encimada</i>,
+ o al pie de la gallard&iacute;sima torre de la Iglesia Mayor.
+ </p>
+ <p>
+ Comienza <i>Clar&iacute;n</i> su obra con un cuadro de vida clerical,
+ prodigio de verdad y gracia, s&oacute;lo comparable a otro cuadro de vida
+ de casino provinciano que m&aacute;s adelante se encuentra. Olor eclesi&aacute;stico
+ de viejos recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos
+ negros de sotanas ra&iacute;das o elegantes, que de todo hay all&iacute;,
+ llenan estas admirables p&aacute;ginas, en las cuales el narrador hace
+ gala de una observaci&oacute;n profunda y de los atrevimientos m&aacute;s
+ felices. En medio del grupo presenta <i>Clar&iacute;n</i> la figura
+ culminante de su obra: el Magistral don Ferm&iacute;n de Pas, personalidad
+ grande y compleja, tan humana por el lado de sus m&eacute;ritos f&iacute;sicos,
+ como por el de sus flaquezas morales, que no son flojas, bloque arrancado
+ de la realidad. De la misma cantera proceden el derrengado y malicioso
+ Arcediano, a quien por mal nombre llaman <i>Glocester</i>, el Arcipreste
+ don Cayetano Ripamil&aacute;n, el beneficiado D. Custodio, y el propio
+ Obispo de la di&oacute;cesis, orador ardiente y asceta. Pronto vemos
+ aparecer la donosa figura de D. Saturnino Berm&uacute;dez, al modo de
+ transici&oacute;n zool&oacute;gica (con perd&oacute;n) entre el reino
+ clerical y el laico, ser h&iacute;brido, cuya levita parece sotana, y cuya
+ timidez embarazosa parece inocencia: tras &eacute;l vienen las mundanas,
+ descollando entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandi&ntilde;o,
+ tipo feliz de la beater&iacute;a bullanguera, que acude a las iglesias con
+ chillonas elegancias, descotada hasta en sus devociones, perturbadora del
+ personal religioso. La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un
+ campo muy restringido, permite que estas diablesas entretengan su
+ liviandad y desplieguen sus dotes de seducci&oacute;n en el terreno eclesi&aacute;stico,
+ toleradas por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de
+ donde viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea
+ forzoso admitir en ellos para hacer bulto <i>lo peor de cada casa</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Por fin vemos a do&ntilde;a Ana Ozores, que da nombre a la novela, como
+ esposa del ex-regente de la Audiencia D. V&iacute;ctor Quintanar. Es dama
+ de alto linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla,
+ so&ntilde;adora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha
+ realizado en los a&ntilde;os cr&iacute;ticos. Su esposo le dobla la edad:
+ no tienen hijos, y con esto se completa la pintura, en la cual pone <i>Clar&iacute;n</i>
+ todo su arte, su observaci&oacute;n m&aacute;s perspicaz y su conocimiento
+ de los escondrijos y revueltas del alma humana. Do&ntilde;a Ana Ozores
+ tiene horror al vac&iacute;o, cosa muy l&oacute;gica, pues en cada ser se
+ cumplen las eternas leyes de Naturaleza, y este vac&iacute;o que siente
+ crecer en su alma la lleva a un estado espiritual de inmenso peligro,
+ manifest&aacute;ndose en ella una lucha tenebrosa con los obst&aacute;culos
+ que le ofrecen los hechos sociales, consumados ya, abrumadores como una
+ ley fatal. Enga&ntilde;ada por la idealidad m&iacute;stica que no acierta
+ a encerrar en sus verdaderos t&eacute;rminos, es v&iacute;ctima al fin de
+ su propia imaginaci&oacute;n, de su sensibilidad no contenida, y se ve
+ envuelta en horrorosa cat&aacute;strofe.... Pero no intentar&eacute;
+ describir en pocas palabras la sutil psicolog&iacute;a de esta se&ntilde;ora,
+ tan interesante como desgraciada. En ella se personifican los desvar&iacute;os
+ a que conduce el aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido
+ vigorizar el esp&iacute;ritu de la mujer por medio de una educaci&oacute;n
+ fuerte, y la deja entregada a la enso&ntilde;aci&oacute;n pietista, tan
+ diferente de la verdadera piedad, y a los riesgos del fr&iacute;volo trato
+ elegante, en el cual los hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida
+ seria y eficaz, estiman en las mujeres el formulismo religioso como un
+ medio seguro de reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron <i>La
+ Regenta</i> cuando se public&oacute;, l&eacute;anla de nuevo ahora; los
+ que la desconocen, hagan con ella conocimiento, y unos y otros ver&aacute;n
+ que nunca ha tenido este libro atm&oacute;sfera de oportunidad como la que
+ al presente le da nuestro estado social, repetici&oacute;n de las luchas
+ de anta&ntilde;o, tra&iacute;das del campo de las creencias vigorosas al
+ de las conciencias desmayadas y de las intenciones escondidas.
+ </p>
+ <p>
+ No referir&eacute; el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el
+ lector ver&aacute; c&oacute;mo se desarrolla el proceso psicol&oacute;gico
+ y por qu&eacute; caminos corre a su desenlace el problema de do&ntilde;a
+ Ana de Ozores, el cual no es otro que discernir si debe perderse por lo
+ clerical o por lo laico. El modo y estilo de esta perdici&oacute;n
+ constituyen la obra, de un sutil parentesco simb&oacute;lico con la
+ historia de nuestra raza. Ver&aacute; tambi&eacute;n el lector que <i>Clar&iacute;n</i>,
+ obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por el mal
+ seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesi&aacute;stico, pues
+ trat&aacute;ndose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la
+ disputan, natural es que sea postergado el que se visti&oacute; de sotana
+ para sus audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma
+ y la dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al
+ inter&eacute;s de los lectores, s&oacute;lo mencionar&eacute; los
+ caracteres, que son el principal m&eacute;rito de la obra, y lo que le da
+ condici&oacute;n de duradera. La de Ozores nos lleva como por la mano a D.
+ &Aacute;lvaro de Mes&iacute;a, acabado tipo de la corrupci&oacute;n que
+ llamamos de buen tono, arist&oacute;crata de raza, que sabe serlo en la
+ capital de una regi&oacute;n hist&oacute;rica, como lo ser&iacute;a en
+ Madrid o en cualquier metr&oacute;poli europea; hombre que posee el arte
+ de hacer amable su conducta viciosa y aun su tiran&iacute;a caciquil.
+ &iexcl;Con que admirable fineza de observaci&oacute;n ha fundido Alas en
+ este personaje las dos naturalezas: el cotorr&oacute;n guapo de buena ropa
+ y el jefe provinciano de uno de estos partidos circunstanciales que
+ representan la vida presente, el poder f&aacute;cil, sin ning&uacute;n
+ ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se compenetran, formando la
+ aleaci&oacute;n m&aacute;s eficaz y pr&aacute;ctica para grandes masas de
+ <i>distinguidos</i>, que aparentan energ&iacute;a social y s&oacute;lo son
+ <i>materia inerte</i> que no sirve para nada.
+ </p>
+ <p>
+ De D. &Aacute;lvaro, f&aacute;cil es pasar a la gran figura del Magistral
+ D. Ferm&iacute;n de Pas, de una complexi&oacute;n est&eacute;tica
+ formidable, pues en ella se sintetizan el poder fisiol&oacute;gico de un
+ temperamento nacido para las pasiones y la dura armaz&oacute;n del
+ celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y alma. D. Ferm&iacute;n
+ es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teolog&iacute;a que atesora en su
+ esp&iacute;ritu acaba por resolv&eacute;rsele en reservas mundanas y en
+ transacciones con la realidad f&iacute;sica y social. Si no fuera un abuso
+ el descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, dir&iacute;a que
+ Ferm&iacute;n de Pas es m&aacute;s que un cl&eacute;rigo, es el estado
+ eclesi&aacute;stico con sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de
+ la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de
+ nuestro origen. Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban
+ siempre por rendirse a la ley de la flaqueza, y lo &uacute;nico que a
+ todos nos salva es la humildad de aspiraciones, el arte de poner l&iacute;mites
+ discretos al camino de la imposible perfecci&oacute;n, content&aacute;ndonos
+ con ser hombres en el menor grado posible de maldad, y dando por cerrado
+ para siempre el ciclo de los santos. En medio de sus errores, Ferm&iacute;n
+ de Pas despierta simpat&iacute;a, como todo atleta a quien se ve luchando
+ por sostener sobre sus espaldas un mundo de exorbitante y abrumadora
+ pesadumbre. Hermosa es la pintura que Alas nos presenta de la juventud de
+ su personaje, la tremenda lucha del coloso por la posici&oacute;n social,
+ elegida erradamente en el terreno lev&iacute;tico, y con &eacute;l hace
+ gallarda pareja la vigorosa figura de su madre, modelada en arcilla
+ grosera, con formas impresas a pu&ntilde;etazos. Las p&aacute;ginas en que
+ esta mujer medio salvaje dirige a su cr&iacute;a por el camino de la
+ posici&oacute;n con un cari&ntilde;o tan rudo como intenso y una voluntad
+ feroz, son de las m&aacute;s bellas de la obra.
+ </p>
+ <p>
+ Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. V&iacute;ctor
+ Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su compa&ntilde;ero
+ de empresas cineg&eacute;ticas el gracios&iacute;simo <i>Fr&iacute;gilis</i>;
+ los marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las
+ pizpiretas se&ntilde;oras que componen el femenil reba&ntilde;o eclesi&aacute;stico;
+ los can&oacute;nigos y sacristanes y el prelado mismo, ap&oacute;stol
+ ingenuo y orador fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga,
+ ni al gracios&iacute;simo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias
+ que dan la total impresi&oacute;n de la vida colectiva, heterog&eacute;nea,
+ con picantes matices y espl&eacute;ndida variedad de acentos y fisonom&iacute;as.
+ Bien quisiera no concretar el presente art&iacute;culo al examen de <i>La
+ Regenta</i>, extendi&eacute;ndome a expresar lo que siento sobre la obra
+ entera de Leopoldo Alas; pero esto ser&iacute;a trabajo superior a mis
+ cortas facultades de cr&iacute;tico, y adem&aacute;s rebasar&iacute;a la
+ medida que se me impone para esta limitada prefaci&oacute;n. Escribo tan s&oacute;lo
+ un juicio formado en los d&iacute;as de la primera salida de la hermosa
+ novela, y lo que intent&eacute; decir entonces, tributando al compa&ntilde;ero
+ y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en esta
+ manifestaci&oacute;n tard&iacute;a el tiempo avalora y aquilata mi
+ sinceridad. Pero no entrar&eacute; en el estudio integral del car&aacute;cter
+ literario de <i>Clar&iacute;n</i>, como creador de obras tan bellas en
+ distintos &oacute;rdenes del arte y como infatigable luchador en el
+ terreno cr&iacute;tico. Su obra es grande y rica, y el que esto escribe no
+ acertar&iacute;a a encerrarla en una clara s&iacute;ntesis, por mucho empe&ntilde;o
+ que en ello pusiera. Otros lo har&aacute;n con el m&eacute;todo y
+ serenidad convenientes cuando llegue la ocasi&oacute;n de ofrecer al
+ ilustre hijo de Asturias la consagraci&oacute;n solemne, oficial en cierto
+ modo, de su extraordinario ingenio, consagraci&oacute;n que cuanto m&aacute;s
+ tard&iacute;a ser&aacute; m&aacute;s justa y necesaria. Como un Armando
+ Palacio, est&aacute; la literatura oficial en apremiante deuda con
+ Leopoldo Alas. Esperando la reparaci&oacute;n, toda Espa&ntilde;a y las
+ regiones de Am&eacute;rica que son nuestras por la lengua y la literatura,
+ le tienen por personalidad de inmenso relieve y val&iacute;a en el grupo
+ final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo de hombres
+ de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de inspiraci&oacute;n,
+ por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo, diciendo: &laquo;No
+ son los tiempos tan malos ni el terru&ntilde;o tan est&eacute;ril como
+ afirman los de fuera y m&aacute;s a&uacute;n los de dentro de casa. Quiz&aacute;s
+ no demos todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y vi&eacute;ndolas
+ y admir&aacute;ndolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas,
+ obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el &aacute;rbol&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ B. P&eacute;rez Gald&oacute;s Madrid, enero de 1901.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="Tomo_I" id="Tomo_I"></a>Tomo I
+ </h2>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="Imdash" id="Imdash"></a>&mdash;I&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ La heroica ciudad dorm&iacute;a la siesta. El viento Sur, caliente y
+ perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia
+ el Norte. En las calles no hab&iacute;a m&aacute;s ruido que el rumor
+ estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de
+ arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y
+ persigui&eacute;ndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire
+ envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas
+ migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un mont&oacute;n,
+ par&aacute;banse como dormidas un momento y brincaban de nuevo
+ sobresaltadas, dispers&aacute;ndose, trepando unas por las paredes hasta
+ los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de
+ papel mal pegado a las esquinas, y hab&iacute;a pluma que llegaba a un
+ tercer piso, y arenilla que se incrustaba para d&iacute;as, o para a&ntilde;os,
+ en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.
+ </p>
+ <p>
+ Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hac&iacute;a
+ la digesti&oacute;n del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo
+ entre sue&ntilde;os el mon&oacute;tono y familiar zumbido de la campana de
+ coro, que retumbaba all&aacute; en lo alto de la esbelta torre en la Santa
+ Bas&iacute;lica. La torre de la catedral, poema rom&aacute;ntico de
+ piedra, delicado himno, de dulces l&iacute;neas de belleza muda y perenne,
+ era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo g&oacute;tico,
+ pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armon&iacute;a
+ que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista
+ no se fatigaba contemplando horas y horas aquel &iacute;ndice de piedra
+ que se&ntilde;alaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se
+ quiebra de sutil, m&aacute;s flacas que esbeltas, amaneradas, como se&ntilde;oritas
+ cursis que aprietan demasiado el cors&eacute;; era maciza sin perder nada
+ de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante
+ balaustrada, sub&iacute;a como fuerte castillo, lanz&aacute;ndose desde
+ all&iacute; en pir&aacute;mide de &aacute;ngulo gracioso, inimitable en
+ sus medidas y proporciones. Como haz de m&uacute;sculos y nervios la
+ piedra enrosc&aacute;ndose en la piedra trepaba a la altura, haciendo
+ equilibrios de acr&oacute;bata en el aire; y como prodigio de juegos
+ malabares, en una punta de caliza se manten&iacute;a, cual imantada, una
+ bola grande de bronce dorado, y encima otra m&aacute;s peque&ntilde;a, y
+ sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre
+ con faroles de papel y vasos de colores, parec&iacute;a bien, destac&aacute;ndose
+ en las tinieblas, aquella rom&aacute;ntica mole; pero perd&iacute;a con
+ estas galas la inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de
+ una enorme botella de champa&ntilde;a.&mdash;Mejor era contemplarla en
+ clara noche de luna, resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que
+ parec&iacute;an su aureola, dobl&aacute;ndose en pliegues de luz y sombra,
+ fantasma gigante que velaba por la ciudad peque&ntilde;a y negruzca que
+ dorm&iacute;a a sus pies.
+ </p>
+ <p>
+ Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los de
+ su clase, no se sabe por qu&eacute;, empu&ntilde;aba el sobado cordel
+ atado al badajo formidable de la <i>Wamba</i>, la gran campana que llamaba
+ a coro a los muy venerables can&oacute;nigos, cabildo catedral de
+ preeminentes calidades y privilegios.
+ </p>
+ <p>
+ Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era <i>de la tralla</i>,
+ seg&uacute;n en Vetusta se llamaba a los de su condici&oacute;n; pero sus
+ aficiones le llevaban a los campanarios; y por delegaci&oacute;n de
+ Celedonio, hombre de iglesia, ac&oacute;lito en funciones de campanero,
+ aunque tampoco en propiedad, el ilustre diplom&aacute;tico <i>de la tralla</i>
+ disfrutaba algunos d&iacute;as la honra de despertar al venerando cabildo
+ de su beat&iacute;fica siesta, convoc&aacute;ndole a los rezos y c&aacute;nticos
+ de su peculiar incumbencia.
+ </p>
+ <p>
+ El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el
+ badajo de la Wamba con una seriedad de ar&uacute;spice de buena fe. Cuando
+ <i>posaba</i> para la hora del coro&mdash;as&iacute; se dec&iacute;a&mdash;Bismarck
+ sent&iacute;a en s&iacute; algo de la dignidad y la responsabilidad de un
+ reloj.
+ </p>
+ <p>
+ Celedonio ce&ntilde;ida al cuerpo la sotana negra, sucia y ra&iacute;da,
+ estaba asomado a una ventana, caballero en ella, y escup&iacute;a con desd&eacute;n
+ y por el colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas
+ sobre alg&uacute;n raro transe&uacute;nte que le parec&iacute;a del tama&ntilde;o
+ y de la importancia de un ratoncillo. Aquella altura se les sub&iacute;a a
+ la cabeza a los pilluelos y les inspiraba un profundo desprecio de las
+ cosas terrenas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Mia t&uacute;, Chiripa, que dice que pu&eacute; m&aacute;s
+ que yo!&mdash;dijo el monaguillo, casi escupiendo las palabras; y dispar&oacute;
+ media patata asada y podrida a la calle apuntando a un can&oacute;nigo,
+ pero seguro de no tocarle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; ha de poder!&mdash;respondi&oacute; Bismarck, que
+ en el campanario adulaba a Celedonio y en la calle le trataba a puntapi&eacute;s
+ y le arrancaba a viva fuerza las llaves para subir a tocar las <i>oraciones</i>&mdash;.
+ T&uacute; pu&eacute;s m&aacute;s que toos los delanteros, menos yo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Porque t&uacute; echas la zancadilla, mainate, y eres m&aacute;s
+ grande.... Mia, chico, &iquest;qui&eacute;s que l'atice al se&ntilde;or
+ Magistral que entra ahora?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Le conoces t&uacute; desde ah&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven ac&aacute;.
+ &iquest;No ves c&oacute;mo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la
+ fachenda que se me gasta. Ya lo dec&iacute;a el se&ntilde;or Custodio el
+ beneficiao a don Pedro el campanero el otro d&iacute;a: &laquo;Ese don
+ Ferm&iacute;n ti&eacute; m&aacute;s orgullo que don Rodrigo en la horca&raquo;,
+ y don Pedro se re&iacute;a; y ver&aacute;s, el otro dijo despu&eacute;s,
+ cuando ya hab&iacute;a pasao don Ferm&iacute;n: &laquo;&iexcl;Anda, anda,
+ buen mozo, que bien se te conoce el colorete!&raquo;. &iquest;Qu&eacute;
+ te paece, chico? Se pinta la cara.
+ </p>
+ <p>
+ Bismarck neg&oacute; lo de la pintura. Era que don Custodio ten&iacute;a
+ envidia. Si Bismarck fuera can&oacute;nigo y <i>dinidad</i> (cre&iacute;a
+ que lo era el Magistral) en vez de ser delantero, con un mote <i>sacao</i>
+ de las cajas de cerillas, se dar&iacute;a m&aacute;s tono que un zagal.
+ Pues, claro. Y si fuese campanero, el de verdad, vamos don Pedro...
+ &iexcl;ay Dios! entonces no se hablaba m&aacute;s que con el Obispo y el
+ se&ntilde;or Roque el mayoral del correo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque dec&iacute;a el
+ beneficiao que en la iglesia hay que ser humilde, como si dij&eacute;ramos,
+ rebajarse con la gente, vamos achantarse, y aguantar una bofet&aacute; si
+ a mano viene; y si no, ah&iacute; est&aacute; el Papa, que es... no s&eacute;
+ c&oacute;mo dijo... as&iacute;... una cosa como... el criao de toos los
+ criaos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso ser&aacute; de boquirris&mdash;replic&oacute; Bismarck&mdash;.
+ &iexcl;Mia t&uacute; el Papa, que manda m&aacute;s que el rey! Y que le vi
+ yo pintao, en un santo mu grande, sentao en su coche, que era como una
+ butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro de <i>carcas</i> (curas seg&uacute;n
+ Bismarck), y lo cual que le iban espantando las moscas con un paraguas,
+ que parec&iacute;a cosa del teatro... hombre... &iexcl;si sabr&eacute; yo!
+ </p>
+ <p>
+ Se acalor&oacute; el debate. Celedonio defend&iacute;a las costumbres de
+ la Iglesia primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto.
+ Celedonio amenaz&oacute; al campanero interino con pedirle la dimisi&oacute;n.
+ El de la tralla aludi&oacute; embozadamente a ciertas bofetadas probables
+ <i>pa en</i> bajando. Pero una campana que son&oacute; en un tejado de la
+ catedral les llam&oacute; al orden.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El <i>Laudes</i>!&mdash;grit&oacute; Celedonio&mdash;, toca,
+ que avisan.
+ </p>
+ <p>
+ Y Bismarck empu&ntilde;&oacute; el cordel y azot&oacute; el metal con la
+ porra del formidable badajo.
+ </p>
+ <p>
+ Tembl&oacute; el aire y el delantero cerr&oacute; los ojos, mientras
+ Celedonio hac&iacute;a alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como
+ si estuviera a dos leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento
+ arrebataba de la torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a
+ la sierra vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes
+ todos, con cien matices.
+ </p>
+ <p>
+ Empezaba el Oto&ntilde;o. Los prados renac&iacute;an, la yerba hab&iacute;a
+ crecido fresca y vigorosa con las &uacute;ltimas lluvias de Septiembre.
+ Los casta&ntilde;edos, robledales y pomares que en hondonadas y laderas se
+ extend&iacute;an sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados
+ y maizales con tonos obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba
+ entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas quintas de recreo,
+ blancas todas, esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como
+ espejos. Aquel verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se
+ apagaba en la sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de
+ una nube invisible, y un tinte rojizo aparec&iacute;a entre las calvicies
+ de la vegetaci&oacute;n, menos vigorosa y variada que en el valle. La
+ sierra estaba al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se
+ alejaba el horizonte, se&ntilde;alado por siluetas de monta&ntilde;as
+ desvanecidas en la niebla que deslumbraba como polvareda luminosa. Al
+ Norte se adivinaba el mar detr&aacute;s del arco perfecto del horizonte,
+ bajo un cielo despejado, que surcaban como naves, ligeras nubecillas de un
+ dorado p&aacute;lido. Un jir&oacute;n de la m&aacute;s leve parec&iacute;a
+ la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul blanquecino.
+ </p>
+ <p>
+ Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo m&aacute;s intenso, de mejor
+ abono, de mucha variedad y esmerado, produc&iacute;a en la tierra tonos de
+ colores, sin nombre, exacto, dibuj&aacute;ndose sobre el fondo pardo
+ obscuro de la tierra constantemente removida y bien regada.
+ </p>
+ <p>
+ Alguien sub&iacute;a por el caracol. Los dos pilletes se miraron
+ estupefactos. &iquest;Qui&eacute;n era el osado?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ser&aacute; Chiripa?&mdash;pregunt&oacute; Celedonio entre
+ airado y temeroso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No; es un <i>carca</i>, &iquest;no oyes el manteo?
+ </p>
+ <p>
+ Bismarck ten&iacute;a raz&oacute;n; el roce de la tela con la piedra
+ produc&iacute;a un rumor silbante, como el de una voz apagada que
+ impusiera silencio. El manteo apareci&oacute; por escotill&oacute;n; era
+ el de don Ferm&iacute;n de Pas, Magistral de aquella santa iglesia
+ catedral y provisor del Obispo. El delantero sinti&oacute; escalofr&iacute;os.
+ Pens&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Vendr&aacute; a pegarnos?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a motivo, pero eso no importaba. &Eacute;l viv&iacute;a
+ acostumbrado a recibir bofetadas y puntapi&eacute;s sin saber por qu&eacute;.
+ A todo poderoso, y para &eacute;l don Ferm&iacute;n era un personaje de
+ los m&aacute;s empingorotados, se le figuraba Bismarck usando y abusando
+ de la autoridad de repartir cachetes. No discut&iacute;a la legitimidad de
+ esta prerrogativa, no hac&iacute;a m&aacute;s que huir de los grandes de
+ la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los polizontes. Se
+ aven&iacute;a a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si &eacute;l
+ hubiera sido se&ntilde;or, alcalde, can&oacute;nigo, fontanero, guarda del
+ Jard&iacute;n Bot&aacute;nico, empleado en casillas, sereno, algo grande,
+ en suma, hubiera hecho lo mismo &iexcl;dar cada puntapi&eacute;! No era m&aacute;s
+ que Bismarck, un delantero, y sab&iacute;a su oficio, huir de los <i>mainates</i>
+ de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Pero all&iacute; no hab&iacute;a modo de escapar. O tirarse por una
+ ventana, o esperar el nublado. El caracol estaba interceptado por el can&oacute;nigo.
+ Bismarck no tuvo m&aacute;s recurso que hacerse un ovillo, esconderse detr&aacute;s
+ de la Wamba, encaramado en una viga, y aguardar as&iacute; los
+ acontecimientos.
+ </p>
+ <p>
+ Celedonio no extra&ntilde;aba aquella visita. Recordaba haber visto muchas
+ tardes al se&ntilde;or Magistral subir a la torre antes o despu&eacute;s
+ de coro.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Qu&eacute; iba a hacer all&iacute; aquel se&ntilde;or tan
+ respetable? Esto preguntaban los ojos del delantero a los del ac&oacute;lito.
+ Tambi&eacute;n lo sab&iacute;a Celedonio, pero callaba y sonre&iacute;a
+ complaci&eacute;ndose en el pavor de su amigo.
+ </p>
+ <p>
+ El continente altivo del monaguillo se hab&iacute;a convertido en humilde
+ actitud. Su rostro se hab&iacute;a revestido de repente de la expresi&oacute;n
+ oficial. Celedonio ten&iacute;a doce o trece a&ntilde;os y ya sab&iacute;a
+ ajustar los m&uacute;sculos de su cara de chato a las exigencias de la
+ liturgia. Sus ojos eran grandes, de un casta&ntilde;o sucio, y cuando el
+ pillastre se cre&iacute;a en funciones eclesi&aacute;sticas los mov&iacute;a
+ con afectaci&oacute;n, de abajo arriba, de arriba abajo, imitando a muchos
+ sacerdotes y beatas que conoc&iacute;a y trataba.
+ </p>
+ <p>
+ Pero, sin pensarlo, daba una intenci&oacute;n l&uacute;brica y c&iacute;nica
+ a su mirada, como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio
+ con los ojos, sin que la polic&iacute;a pueda reivindicar los derechos de
+ la moral p&uacute;blica. La boca muy abierta y desdentada segu&iacute;a a
+ su manera los aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresi&oacute;n
+ de humildad beat&iacute;fica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de
+ contornos turgentes las elegantes l&iacute;neas del sexo, en el ac&oacute;lito
+ sin &oacute;rdenes se pod&iacute;a adivinar futura y pr&oacute;xima
+ perversi&oacute;n de instintos naturales provocada ya por aberraciones de
+ una educaci&oacute;n torcida. Cuando quer&iacute;a imitar, bajo la sotana
+ manchada de cera, los acompasados y ondulantes movimientos de don
+ Anacleto, familiar del Obispo&mdash;creyendo manifestar as&iacute; su
+ vocaci&oacute;n&mdash;, Celedonio se mov&iacute;a y gesticulaba como
+ hembra desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo hab&iacute;a notado el
+ <i>Palomo</i>, empleado laico de la Catedral, perrero, seg&uacute;n mal
+ nombre de su oficio. Pero no se hab&iacute;a atrevido a comunicar sus
+ aprensiones a ning&uacute;n superior, obedeciendo a un criterio, merced al
+ cual hab&iacute;a desempe&ntilde;ado treinta a&ntilde;os seguidos con
+ dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y vigilancia.
+ </p>
+ <p>
+ En presencia del Magistral, Celedonio hab&iacute;a cruzado los brazos e
+ inclinado la cabeza, despu&eacute;s de apearse de la ventana. Aquel don
+ Ferm&iacute;n que all&aacute; abajo en la calle de la R&uacute;a parec&iacute;a
+ un escarabajo &iexcl;qu&eacute; grande se mostraba ahora a los ojos
+ humillados del monaguillo y a los aterrados ojos de su compa&ntilde;ero!
+ Celedonio apenas le llegaba a la cintura al can&oacute;nigo. Ve&iacute;a
+ enfrente de s&iacute; la sotana tersa de pliegues escult&oacute;ricos,
+ rectos, sim&eacute;tricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor
+ delgado, y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos
+ pliegues y vuelos.
+ </p>
+ <p>
+ Bismarck, detr&aacute;s de la Wamba, no ve&iacute;a del can&oacute;nigo m&aacute;s
+ que los bajos y los admiraba. &iexcl;Aquello era se&ntilde;or&iacute;o!
+ &iexcl;Ni una mancha! Los pies parec&iacute;an los de una dama; calzaban
+ media morada, como si fueran de Obispo; y el zapato era de esmerada labor
+ y piel muy fina y luc&iacute;a hebilla de plata, sencilla pero elegante,
+ que dec&iacute;a muy bien sobre el color de la media.
+ </p>
+ <p>
+ Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Ferm&iacute;n, le
+ hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar la
+ presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida sonriente, con
+ una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad estereotipada en los
+ labios. Ten&iacute;a raz&oacute;n el delantero. De Pas no se pintaba. M&aacute;s
+ bien parec&iacute;a estucado. En efecto, su tez blanca ten&iacute;a los
+ reflejos del estuco. En los p&oacute;mulos, un tanto avanzados, bastante
+ para dar energ&iacute;a y expresi&oacute;n caracter&iacute;stica al
+ rostro, sin afearlo, hab&iacute;a un ligero encarnado que a veces tiraba
+ al color del alzacuello y de las medias. No era pintura, ni el color de la
+ salud, ni pregonero del alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al
+ calor de palabras de amor o de verg&uuml;enza que se pronuncian cerca de
+ ellas, palabras que parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta
+ especie de congesti&oacute;n tambi&eacute;n la causa el orgasmo de
+ pensamientos del mismo estilo. En los ojos del Magistral, verdes, con
+ pintas que parec&iacute;an polvo de rap&eacute;, lo m&aacute;s notable era
+ la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en medio de aquella crasitud
+ pegajosa sal&iacute;a un resplandor punzante, que era una sorpresa
+ desagradable, como una aguja en una almohada de plumas. Aquella mirada la
+ resist&iacute;an pocos; a unos les daba miedo, a otros asco; pero cuando
+ alg&uacute;n audaz la sufr&iacute;a, el Magistral la humillaba cubri&eacute;ndola
+ con el tel&oacute;n carnoso de unos p&aacute;rpados anchos, gruesos,
+ insignificantes, como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta,
+ sin correcci&oacute;n ni dignidad, tambi&eacute;n era sobrada de carne
+ hacia el extremo y se inclinaba como &aacute;rbol bajo el peso de excesivo
+ fruto. Aquella nariz era la obra muerta en aquel rostro todo expresi&oacute;n,
+ aunque escrito en griego, porque no era f&aacute;cil leer y traducir lo
+ que el Magistral sent&iacute;a y pensaba. Los labios largos y delgados,
+ finos, p&aacute;lidos, parec&iacute;an obligados a vivir comprimidos por
+ la barba que tend&iacute;a a subir, amenazando para la vejez, a&uacute;n
+ lejana, entablar relaciones con la punta de la nariz claudicante. Por
+ entonces no daba al rostro este defecto apariencias de vejez, sino expresi&oacute;n
+ de prudencia de la que toca en cobarde hipocres&iacute;a y anuncia fr&iacute;o
+ y calculador ego&iacute;smo. Pod&iacute;a asegurarse que aquellos labios
+ guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que jam&aacute;s se
+ pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado de aquel
+ tesoro. La cabeza peque&ntilde;a y bien formada, de espeso cabello negro
+ muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de recios m&uacute;sculos,
+ un cuello de atleta, proporcionado al tronco y extremidades del fornido
+ can&oacute;nigo, que hubiera sido en su aldea el mejor jugador de bolos,
+ el mozo de m&aacute;s partido; y a lucir entallada levita, el m&aacute;s
+ apuesto azotacalles de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Como si se tratara de un personaje, el Magistral salud&oacute; a Celedonio
+ doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia &eacute;l la mano
+ derecha, blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si
+ fuera la de aristocr&aacute;tica se&ntilde;ora. Celedonio contest&oacute;
+ con una genuflexi&oacute;n como las de ayudar a misa.
+ </p>
+ <p>
+ Bismarck, oculto, vio con espanto que el can&oacute;nigo sacaba de un
+ bolsillo interior de la sotana un tubo que a &eacute;l le pareci&oacute;
+ de oro. Vio que el tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se
+ convert&iacute;a en dos, y luego en tres, todos seguidos, pegados.
+ Indudablemente aquello era un ca&ntilde;&oacute;n chico, suficiente para
+ acabar con un delantero tan insignificante como &eacute;l. No; era un
+ fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y hac&iacute;a con
+ &eacute;l punter&iacute;a. Bismarck respir&oacute;: no iba con su
+ personilla aquel disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una
+ ventana. El ac&oacute;lito, de puntillas, sin hacer ruido, se hab&iacute;a
+ acercado por detr&aacute;s al Provisor y procuraba seguir la direcci&oacute;n
+ del catalejo. Celedonio era un monaguillo de mundo, entraba como amigo de
+ confianza en las mejores casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck
+ tomaba un anteojo por un fusil, se le reir&iacute;a en las narices.
+ </p>
+ <p>
+ Uno de los recreos solitarios de don Ferm&iacute;n de Pas consist&iacute;a
+ en subir a las alturas. Era monta&ntilde;&eacute;s, y por instinto buscaba
+ las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los
+ pa&iacute;ses que hab&iacute;a visitado hab&iacute;a subido a la monta&ntilde;a
+ m&aacute;s alta, y si no las hab&iacute;a, a la m&aacute;s soberbia torre.
+ No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de p&aacute;jaro,
+ abarc&aacute;ndola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas
+ acompa&ntilde;ando al Obispo en su visita, siempre hab&iacute;a de
+ emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursi&oacute;n a lo m&aacute;s
+ empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por
+ todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los m&aacute;s
+ arduos y elevados ascend&iacute;a el Magistral, dejando atr&aacute;s al m&aacute;s
+ robusto andar&iacute;n, al m&aacute;s experto monta&ntilde;&eacute;s.
+ Cuanto m&aacute;s sub&iacute;a m&aacute;s ansiaba subir; en vez de fatiga
+ sent&iacute;a fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento
+ de fragua a los pulmones. Llegar a lo m&aacute;s alto era un triunfo
+ voluptuoso para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar
+ lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes,
+ imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un &aacute;guila o un
+ milano, seg&uacute;n los parajes, debajo de sus ojos, ense&ntilde;&aacute;ndole
+ el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos
+ placeres de su esp&iacute;ritu altanero, que De Pas se procuraba siempre
+ que pod&iacute;a. Entonces s&iacute; que en sus mejillas hab&iacute;a
+ fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no pod&iacute;a saciar esta pasi&oacute;n;
+ ten&iacute;a que contentarse con subir algunas veces a la torre de la
+ catedral. Sol&iacute;a hacerlo a la hora del coro, por la ma&ntilde;ana o
+ por la tarde, seg&uacute;n le conven&iacute;a. Celedonio que en alguna
+ ocasi&oacute;n, aprovechando un descuido, hab&iacute;a mirado por el
+ anteojo del Provisor, sab&iacute;a que era de poderosa atracci&oacute;n;
+ desde los segundos corredores, mucho m&aacute;s altos que el campanario,
+ hab&iacute;a &eacute;l visto perfectamente a la Regenta, una guap&iacute;sima
+ se&ntilde;ora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que se llamaba el
+ Parque de los Ozores; s&iacute;, se&ntilde;or, la hab&iacute;a visto como
+ si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la
+ rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues ten&iacute;a
+ en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la R&uacute;a y la de
+ San Pelayo. &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s? Con aquel anteojo se ve&iacute;a
+ un poco del billar del casino, que estaba junto a la iglesia de Santa Mar&iacute;a;
+ y &eacute;l, Celedonio, hab&iacute;a visto pasar las bolas de marfil
+ rodando por la mesa. Y sin el anteojo &iexcl;qui&aacute;! en cuanto se ve&iacute;a
+ el balc&oacute;n como un ventanillo de una grillera. Mientras el ac&oacute;lito
+ hablaba as&iacute;, en voz baja, a Bismarck que se hab&iacute;a atrevido a
+ acercarse, seguro de que no hab&iacute;a peligro, el Magistral, olvidado
+ de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas por la ciudad escudri&ntilde;ando
+ sus rincones, levantando con la imaginaci&oacute;n los techos, aplicando
+ su esp&iacute;ritu a aquella inspecci&oacute;n minuciosa, como el
+ naturalista estudia con poderoso microscopio las peque&ntilde;eces de los
+ cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes y
+ nubes; sus miradas no sal&iacute;an de la ciudad.
+ </p>
+ <p>
+ Vetusta era su pasi&oacute;n y su presa. Mientras los dem&aacute;s le ten&iacute;an
+ por sabio te&oacute;logo, fil&oacute;sofo y jurisconsulto, &eacute;l
+ estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conoc&iacute;a palmo a
+ palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, hab&iacute;a
+ escudri&ntilde;ado los rincones de las conciencias y los rincones de las
+ casas. Lo que sent&iacute;a en presencia de la heroica ciudad era gula;
+ hac&iacute;a su anatom&iacute;a, no como el fisi&oacute;logo que s&oacute;lo
+ quiere estudiar, sino como el gastr&oacute;nomo que busca los bocados
+ apetitosos; no aplicaba el escalpelo sino el trinchante.
+ </p>
+ <p>
+ Y bastante resignaci&oacute;n era contentarse, por ahora, con Vetusta. De
+ Pas hab&iacute;a so&ntilde;ado con m&aacute;s altos destinos, y a&uacute;n
+ no renunciaba a ellos. Como recuerdos de un poema heroico le&iacute;do en
+ la juventud con entusiasmo, guardaba en la memoria brillantes cuadros que
+ la ambici&oacute;n hab&iacute;a pintado en su fantas&iacute;a; en ellos se
+ contemplaba oficiando de pontifical en Toledo y asistiendo en Roma a un c&oacute;nclave
+ de cardenales. Ni la tiara le pareciera demasiado ancha; todo estaba en el
+ camino; lo importante era seguir andando. Pero estos sue&ntilde;os seg&uacute;n
+ pasaba el tiempo se iban haciendo m&aacute;s y m&aacute;s vaporosos, como
+ si se alejaran. &laquo;As&iacute; son las perspectivas de la esperanza,
+ pensaba el Magistral; cuanto m&aacute;s nos acercamos al t&eacute;rmino de
+ nuestra ambici&oacute;n, m&aacute;s distante parece el objeto deseado,
+ porque no est&aacute; en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos
+ delante es un espejo que refleja el cuadro so&ntilde;ador que se queda atr&aacute;s,
+ en el lejano d&iacute;a del sue&ntilde;o...&raquo;. No renunciaba a subir,
+ a llegar cuanto m&aacute;s arriba pudiese, pero cada d&iacute;a pensaba
+ menos en estas vaguedades de la ambici&oacute;n a largo plazo, propias de
+ la juventud. Hab&iacute;a llegado a los treinta y cinco a&ntilde;os y la
+ codicia del poder era m&aacute;s fuerte y menos idealista; se contentaba
+ con menos pero lo quer&iacute;a con m&aacute;s fuerza, lo necesitaba m&aacute;s
+ cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto que abrasa y se
+ satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir la fuente que est&aacute;
+ lejos en lugar desconocido.
+ </p>
+ <p>
+ Sin confes&aacute;rselo, sent&iacute;a a veces desmayos de la voluntad y
+ de la fe en s&iacute; mismo que le daban escalofr&iacute;os; pensaba en
+ tales momentos que acaso &eacute;l no ser&iacute;a jam&aacute;s nada de
+ aquello a que hab&iacute;a aspirado, que tal vez el l&iacute;mite de su
+ carrera ser&iacute;a el estado actual o un mal obispado en la vejez, todo
+ un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecog&iacute;an, para vencerlas y
+ olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente, del poder&iacute;o
+ que ten&iacute;a en la mano; devoraba su presa, la Vetusta lev&iacute;tica,
+ como el le&oacute;n enjaulado los pedazos ruines de carne que el domador
+ le arroja.
+ </p>
+ <p>
+ Concentrada su ambici&oacute;n entonces en punto concreto y tangible, era
+ mucho m&aacute;s intensa; la energ&iacute;a de su voluntad no encontraba
+ obst&aacute;culo capaz de resistir en toda la di&oacute;cesis. &Eacute;l
+ era el amo del amo. Ten&iacute;a al Obispo en una garra, prisionero
+ voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones. En tales d&iacute;as el
+ Provisor era un hurac&aacute;n eclesi&aacute;stico, un castigo b&iacute;blico,
+ un azote de Dios sancionado por su ilustr&iacute;sima.
+ </p>
+ <p>
+ Estas crisis del &aacute;nimo sol&iacute;an provocarlas noticias del
+ personal: el nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus
+ cuentas: &eacute;l estaba muy atrasado, no podr&iacute;a llegar a ciertas
+ grandezas de la jerarqu&iacute;a. Esto pensaba, en tanto que el
+ beneficiado don Custodio le aborrec&iacute;a principalmente porque era
+ Magistral desde los treinta.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban,
+ pero que acabar&iacute;a de devorar &eacute;l solo. &iexcl;Qu&eacute;!
+ &iquest;Tambi&eacute;n aquel mezquino imperio hab&iacute;an de arrancarle?
+ No, era suyo. Lo hab&iacute;a ganado en buena lid. &iquest;Para qu&eacute;
+ eran necios? Tambi&eacute;n al Magistral se le sub&iacute;a la altura a la
+ cabeza; tambi&eacute;n &eacute;l ve&iacute;a a los vetustenses como
+ escarabajos; sus viviendas viejas y negruzcas, aplastadas, las cre&iacute;an
+ los vanidosos ciudadanos palacios y eran madrigueras, cuevas, montones de
+ tierra, labor de topo.... &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;an hecho los due&ntilde;os
+ de aquellos palacios viejos y arruinados de la Encimada que &eacute;l ten&iacute;a
+ all&iacute; a sus pies? &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;an hecho? Heredar.
+ &iquest;Y &eacute;l? &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a hecho &eacute;l?
+ Conquistar. Cuando era su ambici&oacute;n de joven la que chisporroteaba
+ en su alma, don Ferm&iacute;n encontraba estrecho el recinto de Vetusta;
+ &eacute;l que hab&iacute;a predicado en Roma, que hab&iacute;a olfateado y
+ gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve tiempo,
+ se cre&iacute;a postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces,
+ las m&aacute;s, era el recuerdo de sus sue&ntilde;os de ni&ntilde;o,
+ precoz para ambicionar, el que le asaltaba, y entonces ve&iacute;a en
+ aquella ciudad que se humillaba a sus plantas en derredor el colmo de sus
+ deseos m&aacute;s locos. Era una especie de placer material, pensaba De
+ Pas, el que sent&iacute;a comparando sus ilusiones de la infancia con la
+ realidad presente. Si de joven hab&iacute;a so&ntilde;ado cosas mucho m&aacute;s
+ altas, su dominio presente parec&iacute;a la tierra prometida a las
+ cavilaciones de la ni&ntilde;ez, llena de tardes solitarias y melanc&oacute;licas
+ en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a despreciar un poco
+ los a&ntilde;os de su pr&oacute;xima juventud, le parec&iacute;an a veces
+ algo rid&iacute;culos sus ensue&ntilde;os y la conciencia no se complac&iacute;a
+ en repasar todos los actos de aquella &eacute;poca de pasiones
+ reconcentradas, poco y mal satisfechas. Prefer&iacute;a las m&aacute;s
+ veces recrear el esp&iacute;ritu contemplando lo pasado en lo m&aacute;s
+ remoto del recuerdo; su ni&ntilde;ez le enternec&iacute;a, su juventud le
+ disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy querida, que nos hizo
+ cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de olvido y desprecio.
+ Aquello que &eacute;l llamaba placer material y ten&iacute;a mucho de
+ pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del
+ &aacute;nimo.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral hab&iacute;a sido pastor en los puertos de Tarsa &iexcl;y era
+ &eacute;l, el mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este
+ salto de la imaginaci&oacute;n estaba la esencia de aquel placer intenso,
+ infantil y material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Cu&aacute;ntas veces en el p&uacute;lpito, ce&ntilde;ido al robusto
+ y airoso cuerpo el roquete, c&aacute;ndido y rizado, bajo la se&ntilde;oril
+ muceta, viendo all&aacute; abajo, en el rostro de todos los fieles la
+ admiraci&oacute;n y el encanto, hab&iacute;a tenido que suspender el vuelo
+ de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y le cortaba la voz en la
+ garganta! Mientras el auditorio aguardaba en silencio, respirando apenas,
+ a que la emoci&oacute;n religiosa permitiera al orador continuar, &eacute;l
+ o&iacute;a como en &eacute;xtasis de autolatr&iacute;a el chisporroteo de
+ los cirios y de las l&aacute;mparas; aspiraba con voluptuosidad extra&ntilde;a
+ el ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las
+ emanaciones calientes y arom&aacute;ticas que sub&iacute;an de las damas
+ que le rodeaban; sent&iacute;a como murmullo de la brisa en las hojas de
+ un bosque el contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en
+ aquel silencio de la atenci&oacute;n que esperaba, delirante, cre&iacute;a
+ comprender y gustaba una adoraci&oacute;n muda que sub&iacute;a a &eacute;l;
+ y estaba seguro de que en tal momento pensaban los fieles en el orador
+ esbelto, elegante, de voz melodiosa, de correctos ademanes a quien o&iacute;an
+ y ve&iacute;an, no en el Dios de que les hablaba. Entonces s&iacute; que,
+ sin poder &eacute;l desechar aquellos recuerdos se le presentaba su
+ infancia en los puertos; aquellas tardes de su vida de pastor melanc&oacute;lico
+ y meditabundo.&mdash;Horas y horas, hasta el crep&uacute;sculo, pasaba so&ntilde;ando
+ despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas del ganado esparcido por el
+ cueto &iquest;y qu&eacute; so&ntilde;aba? que all&aacute;, all&aacute;
+ abajo, en el ancho mundo, muy lejos, hab&iacute;a una ciudad inmensa, como
+ cien veces el lugar de Tarsa, y m&aacute;s; aquella ciudad se llamaba
+ Vetusta, era mucho mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido,
+ que &eacute;l tampoco hab&iacute;a visto. En la gran ciudad colocaba
+ &eacute;l maravillas que halagaban el sentido y llenaban la soledad de su
+ esp&iacute;ritu inquieto. Desde aquella infancia ignorante y visionaria al
+ momento en que se contemplaba el predicador no hab&iacute;a intervalo; se
+ ve&iacute;a ni&ntilde;o y se ve&iacute;a Magistral: lo presente era la
+ realidad del sue&ntilde;o de la ni&ntilde;ez y de esto gozaba.
+ </p>
+ <p>
+ Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando con
+ vivos resplandores los rayos del sol se mov&iacute;a lentamente pasando la
+ visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jard&iacute;n en
+ jard&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Alrededor de la catedral se extend&iacute;a, en estrecha zona, el
+ primitivo recinto de Vetusta. Comprend&iacute;a lo que se llamaba el
+ barrio de la <i>Encimada</i> y dominaba todo el pueblo que se hab&iacute;a
+ ido estirando por Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se ve&iacute;a,
+ en algunos patios y jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la
+ antigua muralla, convertidos en terrados o paredes medianeras, entre
+ huertos y corrales. La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de
+ Vetusta. Los m&aacute;s linajudos y los m&aacute;s andrajosos viv&iacute;an
+ all&iacute;, cerca unos de otros, aquellos a sus anchas, los otros api&ntilde;ados.
+ El buen vetustente era de la Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho
+ la propiedad de una casa, por miserable que fuera, en la parte alta de la
+ ciudad, a la sombra de la catedral, o de Santa Mar&iacute;a la Mayor o de
+ San Pedro, las dos antiqu&iacute;simas iglesias vecinas de la Bas&iacute;lica
+ y parroquias que se divid&iacute;an el noble territorio de la Encimada. El
+ Magistral ve&iacute;a a sus pies el barrio linajudo compuesto de caserones
+ con &iacute;nfulas de palacios; conventos grandes como pueblos; y
+ tugurios, donde se amontonaba la plebe vetustense, demasiado pobre para
+ poder habitar las barriadas nuevas all&aacute; abajo, en el Campo del sol,
+ al Sudeste, donde la F&aacute;brica Vieja levantaba sus augustas
+ chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros hab&iacute;a
+ surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas, tortuosas, h&uacute;medas,
+ sin sol; crec&iacute;a en algunas la yerba; la limpieza de aquellas en que
+ predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones por lo menos, era
+ triste, casi miserable, como la limpieza de las cocinas pobres de los
+ hospicios; parec&iacute;a que la escoba municipal y la escoba de la
+ nobleza pulcra hab&iacute;an dejado en aquellas plazuelas y callejas las
+ huellas que el cepillo deja en el pa&ntilde;o ra&iacute;do. Hab&iacute;a
+ por all&iacute; muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se ve&iacute;a
+ la historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el
+ recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban
+ cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta parte
+ del &aacute;rea total de la Encimada: segu&iacute;a en tama&ntilde;o las
+ Recoletas, donde se hab&iacute;an reunido en tiempo de la Revoluci&oacute;n
+ de Septiembre dos comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban
+ con su convento y huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San
+ Vicente estaba convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la
+ indiscreta voz de la corneta, profanaci&oacute;n constante del sagrado
+ silencio secular; del convento ampuloso y plateresco de las Clarisas hab&iacute;a
+ hecho el Estado un edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San
+ Benito era l&oacute;brega prisi&oacute;n de mal seguros delincuentes. Todo
+ esto era triste; pero el Magistral que ve&iacute;a, con amargura en los
+ labios, estos despojos de que le daba elocuente representaci&oacute;n el
+ catalejo, pod&iacute;a abrir el pecho al consuelo y a la esperanza
+ contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste y al Norte, gr&aacute;ficas
+ se&ntilde;ales de la fe rediviva, en los alrededores de Vetusta, donde
+ constru&iacute;a la piedad nuevas moradas para la vida conventual, m&aacute;s
+ lujosas, m&aacute;s elegantes que las antiguas, si no tan s&oacute;lidas
+ ni tan grandes. La Revoluci&oacute;n hab&iacute;a derribado, hab&iacute;a
+ robado; pero la Restauraci&oacute;n, que no pod&iacute;a restituir,
+ alentaba el esp&iacute;ritu que reedificaba y ya las Hermanitas de los
+ Pobres ten&iacute;an coronado el edificio de su propiedad, tacita de
+ plata, que brillaba cerca del Espol&oacute;n, al Oeste, no lejos de los
+ palacios y <i>chalets</i> de la Colonia, o sea el barrio nuevo de
+ americanos y comerciantes del reino. Hacia el Norte, entre prados de
+ terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte, se levantaba la blanca f&aacute;brica
+ que con sumas fabulosas constru&iacute;an las Salesas, por ahora
+ arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los vertederos de la Encimada,
+ casi sepultadas en las cloacas, en una casa vieja, que ten&iacute;a por
+ iglesia un oratorio mezquino. All&iacute;, como en nichos, habitaban las
+ herederas de muchas familias ricas y nobles; hab&iacute;an dejado, en
+ obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y c&oacute;modo de
+ all&aacute; arriba por la estrechez insana de aquella pocilga, mientras
+ sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso cuerpo en las
+ anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la Encimada. No s&oacute;lo
+ era la iglesia quien pod&iacute;a desperezarse y estirar las piernas en el
+ recinto de Vetusta la de arriba, tambi&eacute;n los herederos de
+ pergaminos y casas solariegas, hab&iacute;an tomado para s&iacute; anchas
+ cuadras y jardines y huertas que pod&iacute;an pasar por bosques, con
+ relaci&oacute;n al &aacute;rea del pueblo, y que en efecto se llamaban,
+ algo hiperb&oacute;licamente, parques, cuando eran tan extensos como el de
+ los Ozores y el de los Vegallana. Y mientras no s&oacute;lo a los
+ conventos, y a los palacios, sino tambi&eacute;n a los &aacute;rboles se
+ les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como quer&iacute;an,
+ los m&iacute;seros plebeyos que a fuerza de pobres no hab&iacute;an podido
+ huir los codazos del ego&iacute;smo noble o regular, viv&iacute;an
+ hacinados en casas de tierra que el municipio obligaba a tapar con una
+ capa de cal; y era de ver c&oacute;mo aquellas casuchas, api&ntilde;adas,
+ se enchufaban, y saltaban unas sobre otras, y se met&iacute;an los tejados
+ por los ojos, o sean las ventanas. Parec&iacute;an un reba&ntilde;o de
+ retozonas reses que apretadas en un camino, brincan y se encaraman en los
+ lomos de quien encuentran delante.
+ </p>
+ <p>
+ A pesar de esta injusticia distributiva que don Ferm&iacute;n ten&iacute;a
+ debajo de sus ojos, sin que le irritara, el buen can&oacute;nigo amaba el
+ barrio de la catedral, aquel hijo predilecto de la Bas&iacute;lica, sobre
+ todos. La Encimada era su imperio natural, la metr&oacute;poli del poder
+ espiritual que ejerc&iacute;a. El humo y los silbidos de la f&aacute;brica
+ le hac&iacute;an dirigir miradas recelosas al Campo del Sol; all&iacute;
+ viv&iacute;an los rebeldes; los trabajadores sucios, negros por el carb&oacute;n
+ y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban con la boca abierta a
+ los energ&uacute;menos que les predicaban igualdad, federaci&oacute;n,
+ reparto, mil absurdos, y a &eacute;l no quer&iacute;an o&iacute;rle cuando
+ les hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era
+ que all&iacute; no tuviera ninguna influencia, pero la ten&iacute;a en los
+ menos. Cierto que cuando all&iacute; la creencia pura, la fe cat&oacute;lica
+ arraigaba, era con robustas ra&iacute;ces, como con cadenas de hierro.
+ Pero si mor&iacute;a un obrero bueno, creyente, nac&iacute;an dos, tres,
+ que ya jam&aacute;s oir&iacute;an hablar de resignaci&oacute;n, de
+ lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hac&iacute;a ilusiones. El
+ Campo del Sol se les iba. Las mujeres defend&iacute;an all&iacute; las
+ &uacute;ltimas trincheras. Poco tiempo antes del d&iacute;a en que De Pas
+ meditaba as&iacute;, varias ciudadanas del barrio de obreros hab&iacute;an
+ querido matar a pedradas a un forastero que se titulaba pastor
+ protestante; pero estos excesos, estos paroxismos de la fe moribunda m&aacute;s
+ entristec&iacute;an que animaban al Magistral.&mdash;No, aquel humo no era
+ de incienso, sub&iacute;a a lo alto, pero no iba al cielo; aquellos
+ silbidos de las m&aacute;quinas le parec&iacute;an burlescos, silbidos de
+ s&aacute;tira, silbidos de l&aacute;tigo. Hasta aquellas chimeneas
+ delgadas, largas, como monumentos de una idolatr&iacute;a, parec&iacute;an
+ parodias de las agujas de las iglesias....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral volv&iacute;a el catalejo al Noroeste, all&iacute; estaba la
+ <i>Colonia</i>, la Vetusta nov&iacute;sima, tirada a cordel, deslumbrante
+ de colores vivos con reflejos acerados; parec&iacute;a un p&aacute;jaro de
+ los bosques de Am&eacute;rica, o una india brava adornada con plumas y
+ cintas de tonos discordantes.
+ </p>
+ <p>
+ Igualdad geom&eacute;trica, desigualdad, anarqu&iacute;a crom&aacute;ticas.
+ En los tejados todos los colores del iris como en los muros de Ecb&aacute;tana;
+ galer&iacute;as de cristales robando a los edificios por todas partes la
+ esbeltez que pod&iacute;a supon&eacute;rseles; alardes de piedra
+ inoportunos, solidez afectada, lujo vocinglero. La ciudad del sue&ntilde;o
+ de un indiano que va mezclada con la ciudad de un usurero o de un mercader
+ de pa&ntilde;os o de harinas que se quedan y edifican despiertos. Una
+ pulmon&iacute;a posible por una pared maestra ahorrada; una incomodidad
+ segura por una fastuosidad rid&iacute;cula. Pero no importa, el Magistral
+ no atiende a nada de eso; no ve all&iacute; m&aacute;s que riqueza; un Per&uacute;
+ en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro espiritual. Y ya empieza a
+ serlo. Los indianos de la Colonia que en Am&eacute;rica oyeron muy pocas
+ misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a la piedad de sus mayores:
+ la religi&oacute;n con las formas aprendidas en la infancia es para ellos
+ una de las dulces promesas de aquella Espa&ntilde;a que ve&iacute;an en
+ sue&ntilde;os al otro lado del mar. Adem&aacute;s los indianos no quieren
+ nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda
+ recordar los or&iacute;genes humildes de la estirpe; en Vetusta los descre&iacute;dos
+ no son m&aacute;s que cuatro pillos, que no tienen sobre qu&eacute; caerse
+ muertos; todas las personas pudientes creen y practican, como se dice
+ ahora. P&aacute;ez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antol&iacute;nez, los
+ Argumosa y otros y otros ilustres Am&eacute;rico Vespucios del barrio de
+ la Colonia siguen escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres
+ <i>distinguidas</i> de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores,
+ Carraspiques y dem&aacute;s familias nobles de la Encimada, que se precian
+ de muy buenos y muy rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio
+ impulso los P&aacute;ez, los Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas,
+ hijas y dem&aacute;s familia del sexo d&eacute;bil obligar&iacute;anles a
+ imitar en religi&oacute;n, como en todo, las maneras, ideas y palabras de
+ la envidiada aristocracia. Por todo lo cual el Provisor mira al barrio del
+ Noroeste con m&aacute;s codicia que antipat&iacute;a; si all&iacute; hay
+ muchos esp&iacute;ritus que &eacute;l no ha sondeado todav&iacute;a, si
+ hay mucha tierra que descubrir en aquella Am&eacute;rica abreviada, las
+ exploraciones hechas, las <i>factor&iacute;as</i> establecidas han dado
+ muy buen resultado, y no desconf&iacute;a don Ferm&iacute;n de llevar la
+ luz de la fe m&aacute;s acendrada, y con ella su natural influencia, a
+ todos los rincones de las bien alineadas casas de la Colonia, a quien el
+ municipio midi&oacute; los tejados por un rasero.
+ </p>
+ <p>
+ Pero, entre tanto, De Pas volv&iacute;a amorosamente la visual del
+ catalejo a su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la
+ sombra de la soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, all&iacute;
+ debajo ten&iacute;a, como dando guardia de honor a la catedral, las dos
+ iglesias antiqu&iacute;simas que la vieron tal vez nacer, o por lo menos
+ pasar a grandezas y esplendores que ellas jam&aacute;s alcanzaron. Se
+ llamaban, como va dicho, Santa Mar&iacute;a y San Pedro; su historia anda
+ escrita en los cronicones de la Reconquista, y gloriosamente se pudren
+ poco a poco v&iacute;ctimas de la humedad y hechas polvo por los siglos.
+ En rededor de Santa Mar&iacute;a y de San Pedro hay esparcidas, por
+ callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor gloria ser&iacute;a
+ poder proclamarse contempor&aacute;neas de los ruinosos templos. Pero no
+ pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su
+ arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de muy
+ posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios est&aacute;
+ ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la h&uacute;meda
+ no dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera.
+ </p>
+ <p>
+ Don Saturnino Berm&uacute;dez, que juraba tener documentos que probaban al
+ inteligente en her&aacute;ldica venirle el Berm&uacute;dez del rey Bermudo
+ en persona, era el m&aacute;s perito en la materia de contar la historia
+ de cada uno de aquellos caserones, que &eacute;l consideraba otras tantas
+ glorias nacionales. Cada vez que alg&uacute;n Ayuntamiento radical emprend&iacute;a
+ o proyectaba siquiera el derribo de algunas ruinas o la expropiaci&oacute;n
+ de alg&uacute;n solar por utilidad p&uacute;blica, don Saturnino pon&iacute;a
+ el grito en el cielo y publicaba en <i>El L&aacute;baro</i>, el &oacute;rgano
+ de los ultramontanos de Vetusta, largos art&iacute;culos que nadie le&iacute;a,
+ y que el alcalde no hubiera entendido, de haberlos le&iacute;do; en ellos
+ pon&iacute;a por las nubes el m&eacute;rito arqueol&oacute;gico de cada
+ tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era todo un
+ monumento. No cabe duda que el se&ntilde;or don Saturnino, siquiera fuese
+ por bien del arte, ment&iacute;a no poco, y abusaba de lo rom&aacute;nico
+ y de lo mud&eacute;jar. Para &eacute;l todo era mud&eacute;jar o si no rom&aacute;nico,
+ y m&aacute;s de una vez hizo remontarse a los tiempos de Fruela los
+ fundamentos de una pared fabricada por alg&uacute;n modesto cantero, vivo
+ todav&iacute;a. Estos lapsus del erudito no lastimaban su reputaci&oacute;n,
+ porque los pocos que pod&iacute;an descubrirlos los consideraban piadosas
+ exageraciones, anacronismos benem&eacute;ritos, y los dem&aacute;s
+ vetustenses no le&iacute;an nada de aquello. Mas no por esto dejaba el
+ sabio de sacar a relucir la ret&oacute;rica, en que cre&iacute;a,
+ ostentando atrevidas im&aacute;genes, figuras de gran energ&iacute;a,
+ entre las que descollaban las m&aacute;s temerarias personificaciones y
+ las epanadiplosis m&aacute;s cadenciosas: hablaban las murallas como
+ libros y sol&iacute;an decir: &laquo;tiemblan mis cimientos y mis almenas
+ tiemblan&raquo;; y tal puerta cochera hubo que hizo llorar con sus
+ discursos pat&eacute;ticos; por lo cual sol&iacute;a terminar el art&iacute;culo
+ del arque&oacute;logo diciendo: &laquo;En fin, se&ntilde;ores de la comisi&oacute;n
+ de obras, <i>sunt lacrimae rerum!</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ M&aacute;s de media hora emple&oacute; el Magistral en su observatorio
+ aquella tarde. Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba all&aacute;,
+ hacia la Plaza Nueva, adonde constantemente volv&iacute;a el catalejo,
+ separose de la ventana, redujo a su m&iacute;nimo tama&ntilde;o el
+ instrumento &oacute;ptico, guardolo cuidadosamente en el bolsillo y
+ saludando con la mano y la cabeza a los campaneros, descendi&oacute; con
+ el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En cuanto abri&oacute;
+ la puerta de la torre y se encontr&oacute; en la nave Norte de la iglesia,
+ recobr&oacute; la sonrisa inm&oacute;vil, habitual expresi&oacute;n de su
+ rostro, cruz&oacute; las manos sobre el vientre, inclin&oacute; hacia
+ delante un poco con cierta languidez entre m&iacute;stica y rom&aacute;ntica
+ la bien modelada cabeza, y m&aacute;s que anduvo se desliz&oacute; sobre
+ el m&aacute;rmol del pavimento que figuraba juego de damas, blanco y
+ negro. Por las altas ventanas y por los rosetones del arco toral y de los
+ laterales entraban haces de luz de muchos colores que remedaban pedazos
+ del iris dentro de las naves. El manteo que el can&oacute;nigo mov&iacute;a
+ con un ritmo de pasos y suave contoneo iba tomando en sus anchos pliegues,
+ al flotar casi al ras del pavimento, tornasoles de plumas de fais&aacute;n,
+ y otras veces parec&iacute;a cola de pavo real; algunas franjas de luz
+ trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo te&ntilde;&iacute;an con
+ un verde p&aacute;lido blanquecino, como de planta sombr&iacute;a, ora le
+ daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un cad&aacute;ver.
+ </p>
+ <p>
+ En la gran nave central del trascoro hab&iacute;a muy pocos fieles,
+ esparcidos a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los
+ gruesos muros, sumidas en las sombras, se ve&iacute;a apenas grupos de
+ mujeres arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los
+ confesonarios. Aqu&iacute; y all&iacute; se o&iacute;a el leve rumor de la
+ pl&aacute;tica secreta de un sacerdote y una devota en el tribunal de la
+ penitencia. En la segunda capilla del Norte, la m&aacute;s obscura, don
+ Ferm&iacute;n distingui&oacute; dos se&ntilde;oras que hablaban en voz
+ baja. Sigui&oacute; adelante. Ellas quisieron ir tras &eacute;l, llamarle,
+ pero no se atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin
+ &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Va al coro&mdash;dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la
+ tarima que rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla
+ del Magistral. En el altar hab&iacute;a dos candeleros de bronce, sin
+ velas, sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jes&uacute;s
+ Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la
+ obscuridad; los reflejos del vidrio parec&iacute;an una humedad fr&iacute;a.
+ Era el rostro el de un an&eacute;mico; la expresi&oacute;n amanerada del
+ gesto anunciaba una idea fija petrificada en aquellos labios finos y en
+ aquellos p&oacute;mulos afilados, como gastados por el roce de besos
+ devotos.
+ </p>
+ <p>
+ Sin detenerse pas&oacute; el Magistral junto a la puerta de escape del
+ coro; lleg&oacute; al crucero; la valla que corre del coro a la capilla
+ mayor estaba cerrada. Don Ferm&iacute;n, que iba a la sacrist&iacute;a,
+ dio el rodeo de la nave del trasaltar flanqueada por otra cruj&iacute;a de
+ capillas. Frente a cada una de estas, empotrados en la pared del &aacute;bside
+ hab&iacute;a haces de columnas entre los que se ocultaban sendos
+ confesonarios, invisibles hasta el momento de colocarse enfrente de ellos.
+ All&iacute; com&uacute;nmente ataban y desataban culpas los beneficiados.
+ De uno de estos escondites sali&oacute;, al pasar el Provisor, como una
+ perdiz levantada por los perros, el se&ntilde;or don Custodio el
+ beneficiado, p&aacute;lido el rostro, menos las mejillas encendidas con un
+ tinte c&aacute;rdeno. Sudaba como una pared h&uacute;meda. El Magistral
+ mir&oacute; al beneficiado sin sonre&iacute;r, pinch&aacute;ndole con
+ aquellas agujas que ten&iacute;a entre la blanda crasitud de los ojos.
+ Humill&oacute; los suyos don Custodio y pas&oacute; cabizbajo, confuso,
+ aturdido en direcci&oacute;n al coro. Era gruesecillo, adamado, ten&iacute;a
+ aires de comisionista franc&eacute;s vestido con traje talar muy pulcro y
+ elegante. El cuerpo bien torneado se lo ce&ntilde;&iacute;a, debajo del
+ manteo ampuloso, un roquete que parec&iacute;a prenda mujeril, sobre la
+ cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su beneficio. Este don
+ Custodio era un enemigo dom&eacute;stico, un beneficiado de la oposici&oacute;n.
+ Cre&iacute;a, o por lo menos propalaba todas las injurias con que se quer&iacute;a
+ derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber de cierto en
+ el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la envidia de aquel
+ pobre cl&eacute;rigo le serv&iacute;a para ver, como en un espejo, los
+ propios m&eacute;ritos. El beneficiado admiraba al Magistral, cre&iacute;a
+ en su porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte,
+ influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y
+ magnates. La envidia del beneficiado so&ntilde;aba para don Ferm&iacute;n
+ m&aacute;s grandezas que el mismo Magistral ve&iacute;a en sus esperanzas.
+ La mirada de este fue en seguida, r&aacute;pida y rastrera, al
+ confesonario de que sal&iacute;a el envidioso. Arrodillada junto a una de
+ las celos&iacute;as vio una joven p&aacute;lida con h&aacute;bito del
+ Carmen.
+ </p>
+ <p>
+ No era una se&ntilde;orita; deb&iacute;a de ser una doncella de servicio,
+ una costurera, o cosa as&iacute;, pens&oacute; el Magistral. Ten&iacute;a
+ los ojos cargados de una curiosidad maliciosa m&aacute;s irritada que
+ satisfecha; se santigu&oacute;, como si quisiera comerse la se&ntilde;al
+ de la cruz, y se recogi&oacute;, sentada sobre los pies, a saborear los
+ pormenores de la confesi&oacute;n, sin moverse del sitio, pegada al
+ confesonario lleno todav&iacute;a del calor y el olor de don Custodio.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sigui&oacute; adelante, dio vuelta al &aacute;bside y entr&oacute;
+ en la sacrist&iacute;a. Era una capilla en forma de cruz latina, grande,
+ fr&iacute;a, con cuatro b&oacute;vedas altas. A lo largo de todas las
+ paredes estaba la cajoner&iacute;a, de casta&ntilde;o, donde se guardaba
+ ropas y objetos del culto. Encima de los cajones pend&iacute;an cuadros de
+ pintores adocenados, antiguos los m&aacute;s, y algunas copias no malas de
+ artistas buenos. Entre cuadro y cuadro ostentaban su dorado viejo algunas
+ cornucopias cuya luna reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y
+ las moscas. En medio de la sacrist&iacute;a ocupaba largo espacio una mesa
+ de m&aacute;rmol negro, del pa&iacute;s. Dos monaguillos con rop&oacute;n
+ encarnado, guardaban casullas y capas pluviales en los armarios. El <i>Palomo</i>,
+ con una sotana sucia y escotada, cubierta la cabeza con enorme peluca
+ echada hacia el cogote, acababa de barrer en un rinc&oacute;n las
+ inmundicias de cierto gato que, no se sab&iacute;a c&oacute;mo, entraba en
+ la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba furioso. Los
+ monaguillos se hac&iacute;an los distra&iacute;dos, pero &eacute;l, sin
+ mirarles, les alud&iacute;a y amenazaba con terribles castigos hipot&eacute;ticos,
+ repugnantes para el est&oacute;mago principalmente. El Magistral sigui&oacute;
+ adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan
+ extra&ntilde;os a la santidad del culto. Se acerc&oacute; a un grupo que
+ en el otro extremo de la sacrist&iacute;a cuchicheaba con la voz apagada
+ de la conversaci&oacute;n profana que quiere respetar el lugar sagrado.
+ Eran dos se&ntilde;oras y dos caballeros. Los cuatro ten&iacute;an la
+ cabeza echada hacia atr&aacute;s. Contemplaban un cuadro. La luz entraba
+ por ventanas estrechas abiertas en la b&oacute;veda y a las pinturas
+ llegaba muy torcida y menguada. El cuadro que miraban estaba casi en la
+ sombra y parec&iacute;a una gran mancha de negro mate. De otro color no se
+ ve&iacute;a m&aacute;s que el frontal de una calavera y el tarso de un pie
+ desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco minutos llevaba don Saturnino
+ Berm&uacute;dez empleados en explicar el m&eacute;rito de la pintura a
+ aquellas se&ntilde;oras y al caballero que llenos de fe y con la boca
+ abierta escuchaban al arque&oacute;logo. El Magistral encontraba casi
+ todos los d&iacute;as a don Saturnino en semejante ocupaci&oacute;n. En
+ cuanto llegaba un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba
+ por un lado o por otro una recomendaci&oacute;n para que Berm&uacute;dez
+ fuese tan amable que le acompa&ntilde;ara a ver las antig&uuml;edades de
+ la catedral y otras de la Encimada. Don Saturnino estaba muy ocupado todo
+ el d&iacute;a, pero de tres a cuatro y media siempre le ten&iacute;an a su
+ disposici&oacute;n cuantas personas decentes, como &eacute;l dec&iacute;a,
+ quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueol&oacute;gicos y su
+ inveterada amabilidad. Porque adem&aacute;s del primer anticuario de la
+ provincia, cre&iacute;a ser&mdash;y esto era verdad&mdash;el hombre m&aacute;s
+ fino y cort&eacute;s de Espa&ntilde;a. No era cl&eacute;rigo, sino
+ anfibio. En su traje pulcro y negro de los pies a la cabeza se ve&iacute;a
+ algo que Fr&iacute;gilis, personaje darwinista que encontraremos m&aacute;s
+ adelante, llamaba la adaptaci&oacute;n a la sotana, la influencia del
+ medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan atrevido que se
+ decidiera a engendrar un Berm&uacute;dez, este saldr&iacute;a ya di&aacute;cono
+ por lo menos, seg&uacute;n Fr&iacute;gilis. Era el arque&oacute;logo bajo,
+ tra&iacute;a el pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar
+ grandes entradas en la frente y se conoc&iacute;a que una calvicie precoz
+ le hubiera lisonjeado no poco. No era viejo: &laquo;La edad de Nuestro Se&ntilde;or
+ Jesucristo&raquo;, dec&iacute;a &eacute;l, creyendo haber aventurado un
+ chiste respetuoso, pero algo mundano. Como lo de parecer cura no estaba en
+ su intenci&oacute;n, sino en las leyes naturales, don Saturno&mdash;as&iacute;
+ le llamaban&mdash;despu&eacute;s de haber perdido ciertas ilusiones en una
+ aventura seria en que le tomaron por cl&eacute;rigo, se dejaba la barba,
+ de un negro de tinta china, pero la recortaba como el boj de su huerto.
+ Ten&iacute;a la boca muy grande, y al sonre&iacute;r con prop&oacute;sito
+ de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por qu&eacute;
+ entonces era cuando mejor se conoc&iacute;a que Berm&uacute;dez no se
+ quejaba de vicio al quejarse del p&iacute;caro est&oacute;mago, de
+ digestiones dif&iacute;ciles y sobre todo de perpetuos restri&ntilde;imientos.
+ Era una sonrisa llena de arrugas, que equival&iacute;a a una mueca
+ provocada por un dolor intestinal, aquella con que Berm&uacute;dez quer&iacute;a
+ pasar por el hombre m&aacute;s <i>espiritual</i> de Vetusta, y el m&aacute;s
+ capaz de comprender una pasi&oacute;n profunda y alambicada. Pues debe
+ advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos
+ alternaban en su ambicioso esp&iacute;ritu con las novelas m&aacute;s
+ finas y psicol&oacute;gicas que se escrib&iacute;an por entonces en Par&iacute;s.
+ Lo de parecer cl&eacute;rigo no era sino muy a su pesar. &Eacute;l se
+ encargaba unas levitas de tricot como las de un lechuguino, pero el sastre
+ ve&iacute;a con asombro que vestir la prenda don Saturno y quedar
+ convertida en sotana era todo uno. Siempre parec&iacute;a que iba de luto,
+ aunque no fuera. Sin embargo, pocas veces quitaba la gasa del sombrero
+ porque se ten&iacute;a por pariente de toda la nobleza vetustense, y en
+ cuanto mor&iacute;a un arist&oacute;crata estaba de p&eacute;same. All&aacute;,
+ en el fondo de su alma, se cre&iacute;a nacido para el amor, y su pasi&oacute;n
+ por la arqueolog&iacute;a era un sentimiento de la clase de suced&aacute;neos.
+ Al ver en las novelas m&aacute;s acreditadas de Francia y de Espa&ntilde;a
+ que los personajes de mejor sociedad sent&iacute;an sobre poco m&aacute;s
+ o menos las mismas comezones de que &eacute;l era v&iacute;ctima, ya no
+ vacil&oacute; en pensar que lo que le hab&iacute;a faltado hab&iacute;a
+ sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran incapaces de
+ comprenderle, as&iacute; como &eacute;l se confesaba a solas que no se
+ atrever&iacute;a jam&aacute;s a acercarse a una joven para decirle cosa
+ mayor en materia de amores.
+ </p>
+ <p>
+ Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podr&iacute;an entenderle
+ mejor. La primera vez que pens&oacute; esto tuvo remordimientos para una
+ semana; pero volvi&oacute; la idea a presentarse tentadora, y como en las
+ novelas que saboreaba suced&iacute;a casi siempre que eran casadas las
+ hero&iacute;nas, pecadoras s&iacute;, pero al fin redimidas por el amor y
+ la mucha fe, vino en averiguar y dar por evidente que se pod&iacute;a
+ querer a una casada y hasta dec&iacute;rselo, si el amor se conten&iacute;a
+ en los l&iacute;mites del m&aacute;s acendrado idealismo. En efecto, don
+ Saturno se enamor&oacute; de una se&ntilde;ora casada; pero le sucedi&oacute;
+ con ella lo mismo que con las solteras; no se atrevi&oacute; a dec&iacute;rselo.
+ Con los ojos s&iacute; se lo daba a entender, y hasta con ciertas par&aacute;bolas
+ y alegor&iacute;as que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero
+ la se&ntilde;ora de sus amores no hac&iacute;a caso de los ojos de don
+ Saturno ni entend&iacute;a las alegor&iacute;as ni las par&aacute;bolas;
+ no hac&iacute;a m&aacute;s que decir a espaldas de Berm&uacute;dez:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No s&eacute; c&oacute;mo ese don Saturno puede saber tanto: parece
+ un mentecato.
+ </p>
+ <p>
+ Esta se&ntilde;ora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido,
+ ahora jubilado, hab&iacute;a sido regente de la Audiencia, nunca supo la
+ ardiente pasi&oacute;n del arque&oacute;logo. Este joven sentimental y
+ amante del saber se cans&oacute; de devorar en silencio aquel amor
+ &uacute;nico y procur&oacute; ser veleidoso, aturdirse, y esto &uacute;ltimo
+ poco trabajo le costaba, porque nunca se vio hombre m&aacute;s aturdido
+ que &eacute;l en cuanto una mujer quer&iacute;a marearle con una o dos
+ miradas. Cuatro a&ntilde;os hac&iacute;a que no perd&iacute;a baile, ni
+ reuni&oacute;n de confianza, ni teatro, ni paseo, y todav&iacute;a las
+ damas, cada vez que le ve&iacute;an bailando un rigod&oacute;n (no se
+ atrev&iacute;a con el wals ni con la polka) repet&iacute;an:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero este Berm&uacute;dez est&aacute; desconocido!
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Todos, todos empe&ntilde;ados en que era un cartujo! Esto le
+ desesperaba. Cierto que jam&aacute;s hab&iacute;a probado las dulzuras
+ groseras y materiales del amor carnal; pero eso &iquest;le constaba al p&uacute;blico?
+ Cierto que primero faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero
+ esta devoci&oacute;n, as&iacute; como el comulgar dos veces al mes, en
+ nada empec&iacute;a (su estilo) a los t&iacute;tulos de hombre de mundo
+ que &eacute;l reclamaba. &iexcl;Y si las gentes supieran! &iquest;Qui&eacute;n
+ era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como dicen en
+ Vetusta, sal&iacute;a muy recatadamente por la calle del Rosario, torc&iacute;a
+ entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a los
+ porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventur&aacute;ndose por
+ la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Berm&uacute;dez,
+ doctor en teolog&iacute;a, en ambos derechos, civil y can&oacute;nico,
+ licenciado en filosof&iacute;a y letras y bachiller en ciencias: el autor
+ ni m&aacute;s ni menos, de <i>Vetusta Romana</i>, <i>Vetusta Goda</i>, <i>Vetusta
+ Feudal</i>, <i>Vetusta Cristiana</i>, y <i>Vetusta Transformada</i>, a
+ tomo por Vetusta. Era &eacute;l, que sal&iacute;a disfrazado de capa y
+ sombrero flexible. No hab&iacute;a miedo que en tal guisa le reconociera
+ nadie. &iquest;Y ad&oacute;nde iba? A luchar con la tentaci&oacute;n al
+ aire libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco tambi&eacute;n
+ a olfatear el vicio, el crimen pensaba &eacute;l, crimen en que ten&iacute;a
+ seguridad de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por
+ invencible pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el &uacute;ltimo y
+ decisivo paso en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches,
+ y sol&iacute;a ser una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras
+ de alg&uacute;n callej&oacute;n inmundo. Alguna vez desde el fondo del
+ susodicho abismo le llamaba la tentaci&oacute;n; entonces retroced&iacute;a
+ el sabio m&aacute;s pronto, ganaba el terreno perdido, volv&iacute;a a las
+ calles anchas y respiraba con delicia el aire puro; puro como su cuerpo; y
+ para llegar antes a las regiones del ideal que eran su propio ambiente,
+ cantaba la <i>Casta diva</i> o <i>el Spirto gentil</i> o <i>el Santo
+ Fuerte</i>, y pensaba en sus amores de ni&ntilde;o o en alguna hero&iacute;na
+ de sus novelas.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Ah, cu&aacute;nta felicidad hab&iacute;a en estas victorias de la
+ virtud! &iexcl;Qu&eacute; clara y evidente se le presentaba entonces la
+ idea de una Providencia! &iexcl;Algo as&iacute; deb&iacute;a de ser el
+ &eacute;xtasis de los m&iacute;sticos! Y don Saturno apretando el paso
+ volv&iacute;a a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa
+ con las l&aacute;grimas que le hac&iacute;a llorar aquel ba&ntilde;o de
+ idealidad, como &eacute;l dec&iacute;a para sus adentros. Su
+ enternecimiento era eminentemente piadoso, sobre todo en las noches de
+ luna.
+ </p>
+ <p>
+ Encerrado en su casa, en su despacho, despu&eacute;s de cenar, o bien
+ escrib&iacute;a versos a la luz del petr&oacute;leo o manejaba sus
+ librotes; y por fin se acostaba, satisfecho de s&iacute; mismo, contento
+ con la vida, feliz en este mundo calumniado donde, d&iacute;gase lo que se
+ quiera, a&uacute;n hay hombres buenos, &aacute;nimos fuertes. Esta
+ voluptuosidad ideal del bien obrar, mezcl&aacute;ndose a la sensaci&oacute;n
+ agradable del calorcillo del suave y blando lecho, convert&iacute;a poco a
+ poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el imaginar aventuras
+ rom&aacute;nticas, de amores en Par&iacute;s, que era el pa&iacute;s de
+ sus ensue&ntilde;os, en cuanto hombre de mundo. Sol&iacute;a volver a sus
+ novelas de la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con
+ ella, o con otras damas no menos guapas, di&aacute;logos muy sabrosos en
+ que pon&iacute;a el ingenio femenil en lucha con el serio y varonil
+ ingenio suyo; y entre estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo
+ y, a lo sumo, vagas promesas de futuros favores, le iba entrando el sue&ntilde;o
+ al arque&oacute;logo, y la l&oacute;gica se hac&iacute;a disparatada, y
+ hasta el sentido moral se pervert&iacute;a y se desplomaba la fortaleza de
+ aquel miedo que poco antes salvara al doctor en teolog&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ A la ma&ntilde;ana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor
+ de est&oacute;mago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el
+ cuerpo.&mdash;&iexcl;Memento homo!&mdash;dec&iacute;a el infeliz, y se
+ arrojaba del lecho con tedio, procurando una reacci&oacute;n en el esp&iacute;ritu
+ mediante agudos y terribles remordimientos y prop&oacute;sitos de buen
+ obrar, que facilitaba con chorros de agua en la nuca y lav&aacute;ndose
+ con grandes esponjas. Tal vez era la limpieza, esa gran virtud que tanto
+ recomienda Mahoma, la &uacute;nica que positivamente ten&iacute;a el
+ ilustre autor de <i>Vetusta Transformada</i>. Despu&eacute;s de bien
+ lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide el
+ Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo ven&iacute;a; y por vanidad o por
+ fe cre&iacute;a en su regeneraci&oacute;n todas las ma&ntilde;anas aquel
+ devoto del Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. Por eso el esp&iacute;ritu no
+ envejec&iacute;a: era el est&oacute;mago, el p&iacute;caro est&oacute;mago
+ el que no hac&iacute;a caso de la fervorosa contrici&oacute;n del pobre
+ hombre. &iexcl;Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y
+ grosera!
+ </p>
+ <p>
+ Aquel d&iacute;a hab&iacute;a recibido antes de comer un billete perfumado
+ de su amiguita Obdulia Fandi&ntilde;o, viuda de Pomares. &iexcl;Qu&eacute;
+ emoci&oacute;n! No quiso abrir el misterioso pliego hasta despu&eacute;s
+ de tomar la sopa. &iquest;Por qu&eacute; no so&ntilde;ar?
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Qu&eacute; era aquello? O. F. dec&iacute;an dos letras enroscadas
+ como culebras en el lema del sobre.&mdash;De parte de do&ntilde;a Obdulia,
+ hab&iacute;a dicho el criado. Aquella se&ntilde;ora, todo Vetusta lo sab&iacute;a,
+ era una mujer despreocupada, tal vez demasiado; era una original....
+ Entonces... acaso... &iquest;por qu&eacute; no?... una cita.... Ellos, al
+ fin, se entend&iacute;an algo, no tanto como algunos maliciaban, pero se
+ entend&iacute;an.... Ella le miraba en la iglesia y suspiraba. Le hab&iacute;a
+ dicho una vez que sab&iacute;a m&aacute;s que el Tostado, elogio que
+ &eacute;l supo apreciar en todo lo que val&iacute;a, por haber le&iacute;do
+ al ilustre hijo de &Aacute;vila. En cierta ocasi&oacute;n ella hab&iacute;a
+ dejado caer el pa&ntilde;uelo, un pa&ntilde;uelo que ol&iacute;a como
+ aquella carta, y &eacute;l lo hab&iacute;a recogido y al entreg&aacute;rselo
+ se hab&iacute;an tocado los dedos y ella hab&iacute;a dicho:&mdash;&laquo;Gracias,
+ Saturno&raquo;. Saturno, sin don.
+ </p>
+ <p>
+ Una noche en la tertulia de Visitaci&oacute;n Ol&iacute;as de Cuervo,
+ Obdulia le hab&iacute;a tocado con una rodilla en una pierna. &Eacute;l no
+ hab&iacute;a retirado la pierna ni ella la rodilla; &eacute;l hab&iacute;a
+ tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella no lo hab&iacute;a
+ retirado.... Una cucharada de sopa se le atragant&oacute;. Bebi&oacute;
+ vino y abri&oacute; la carta.
+ </p>
+ <p>
+ Dec&iacute;a as&iacute;: &laquo;Saturnillo: usted que es tan bueno
+ &iquest;querr&aacute; hacerme el obsequio de venir a esta su casa a las
+ tres de la tarde? Le espero con...&raquo;. Hubo que dar vuelta a la hoja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Impaciencia&mdash;pens&oacute; el sabio. Pero dec&iacute;a: &laquo;...Le
+ espero con unos amigos de Palomares que quieren visitar la catedral acompa&ntilde;ados
+ de una persona inteligente... etc., etc.&raquo;. Don Saturno se puso
+ colorado como si estuviera en rid&iacute;culo delante de una asamblea.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No importa&mdash;se dijo&mdash;esta visita a la catedral es un
+ pretexto.
+ </p>
+ <p>
+ Y a&ntilde;adi&oacute;:&mdash;&iexcl;Bien sabe Dios que siento la
+ profanaci&oacute;n a que se me invita!
+ </p>
+ <p>
+ Se visti&oacute; lo m&aacute;s correctamente que supo, y despu&eacute;s de
+ verse en el espejo como un Lovelace que estudia arqueolog&iacute;a en sus
+ ratos de ocio, se fue a casa de do&ntilde;a Obdulia.
+ </p>
+ <p>
+ Tal era el personaje que explicaba a dos se&ntilde;oras y a un caballero
+ el m&eacute;rito de un cuadro todo negro, en medio del cual se ve&iacute;a
+ apenas una calavera de color de aceituna y el tal&oacute;n de un pie
+ descarnado. Representaba la pintura a San Pablo primer ermita&ntilde;o; el
+ pintor era un vetustense del siglo diez y siete, s&oacute;lo conocido de
+ los especialistas en antig&uuml;edades de Vetusta y su provincia. Por eso
+ el cuadro y el pintor eran tan notables para Berm&uacute;dez.
+ </p>
+ <p>
+ El se&ntilde;or de Palomares vest&iacute;a un gab&aacute;n de verano muy
+ largo, de color de pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio
+ de la estaci&oacute;n, pero de cuatro o cinco onzas&mdash;su precio en la
+ Habana&mdash;y por esto pensaba que pod&iacute;a usarlo todo el oto&ntilde;o.
+ Se cre&iacute;a el se&ntilde;or Infanz&oacute;n en el caso de comprender
+ el entusiasmo art&iacute;stico del sabio mejor que las se&ntilde;oras,
+ quien por su natural ignorancia ten&iacute;an alguna disculpa si no se
+ pasmaban ante un cuadro que no se ve&iacute;a. Busc&oacute; alguna frase
+ oportuna y por de pronto hall&oacute; esto:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh! &iexcl;mucho! &iexcl;evidentemente! &iexcl;conforme!
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s inclin&oacute; la cabeza hacia el pecho, como para meditar,
+ pero en realidad de verdad&mdash;estilo de Berm&uacute;dez&mdash;para
+ descansar, con una reacci&oacute;n proporcionada, de la postura inc&oacute;moda
+ en que el sabio le hab&iacute;a tenido un cuarto de hora. Por fin el del
+ jipijapa exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Me parece, se&ntilde;or Berm&uacute;dez, que ese famos&iacute;simo
+ cuadro del ilustre....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Cence&ntilde;o.&mdash;Pues; del ilustr&iacute;simo Cence&ntilde;o;
+ lucir&iacute;a m&aacute;s si....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si se pudiera ver&mdash;interrumpi&oacute; la esposa del se&ntilde;or
+ Infanz&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Este fulmin&oacute; terrible mirada de reprensi&oacute;n conyugal y
+ rectific&oacute; diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lucir&iacute;a m&aacute;s... si no estuviera un poquito ahumado....
+ Tal vez la cera... el incienso....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or; &iexcl;qu&eacute; ahumado!&mdash;respondi&oacute;
+ el sabio, sonriendo de oreja a oreja&mdash;. Eso que usted cree obra del
+ humo es la p&aacute;tina; precisamente el encanto de los cuadros antiguos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;La p&aacute;tina!&mdash;exclam&oacute; el del pueblo
+ convencido&mdash;. S&iacute;, es lo m&aacute;s probable. Y se jur&oacute;,
+ en llegando a Palomares, mirar el diccionario para saber qu&eacute; era p&aacute;tina.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno;
+ reconoci&oacute; a Obdulia y se inclin&oacute; sonriente; pero menos
+ sonriente que al saludar a Berm&uacute;dez. Despu&eacute;s dobl&oacute; la
+ cabeza y parte del cuerpo ante los de Palomares que le fueron presentados
+ por el sabio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El se&ntilde;or don Ferm&iacute;n de Pas, Magistral y provisor de
+ la di&oacute;cesis....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh! &iexcl;oh! &iexcl;ya! &iexcl;ya!&mdash;exclam&oacute;
+ Infanz&oacute;n que hac&iacute;a mucho admiraba de lejos al se&ntilde;or
+ Magistral. La se&ntilde;ora del lugare&ntilde;o manifest&oacute; deseos de
+ besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra vez,
+ y no hizo m&aacute;s que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El
+ Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las b&oacute;vedas
+ y los dem&aacute;s con el ejemplo se arrimaron tambi&eacute;n a gritar.
+ Pronto las carcajadas de Obdulia Fandi&ntilde;o, frescas, perladas, como
+ las llamaba don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor
+ mundano de que hab&iacute;a infestado la sacrist&iacute;a desde el momento
+ de entrar. Era el olor del billete, el olor del pa&ntilde;uelo, el olor de
+ Obdulia con que el sabio so&ntilde;aba algunas veces. Mezclado al de la
+ cera y del incienso le sab&iacute;a a gloria al anticuario, cuyo ideal era
+ juntar as&iacute; los olores m&iacute;sticos y los er&oacute;ticos,
+ mediante una armon&iacute;a o componenda, que cre&iacute;a &eacute;l deb&iacute;a
+ de ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra hab&iacute;an
+ sabido resistir toda clase de tentaciones.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de
+ cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonter&iacute;as que no
+ hab&iacute;a entendido nunca, se anim&oacute; con la presencia del
+ Magistral de quien era hija de confesi&oacute;n, por m&aacute;s que
+ &eacute;l hab&iacute;a procurado varias veces entregarla a don Custodio,
+ hambriento de esta clase de presas. Aquella mujer le crispaba los nervios
+ a don Ferm&iacute;n; era un esc&aacute;ndalo andando. No hab&iacute;a m&aacute;s
+ que notar c&oacute;mo iba vestida a la catedral. &laquo;Estas se&ntilde;oras
+ desacreditan la religi&oacute;n&raquo;. Obdulia ostentaba una capota de
+ terciopelo carmes&iacute;, debajo de la cual sal&iacute;an abundantes,
+ como cascada de oro, rizos y m&aacute;s rizos de un rubio sucio, met&aacute;lico,
+ artificial. &iexcl;Ocho d&iacute;as antes el Magistral hab&iacute;a visto
+ aquella cabeza a trav&eacute;s de las celos&iacute;as del confesonario
+ completamente negra! La falda del vestido no ten&iacute;a nada de
+ particular mientras la dama no se mov&iacute;a; era negra, de raso. Pero
+ lo peor de todo era una coraza de seda escarlata que pon&iacute;a el grito
+ en el cielo. Aquella coraza estaba apretada contra alg&uacute;n armaz&oacute;n
+ (no pod&iacute;a ser menos) que figuraba formas de una mujer
+ exageradamente dotada por la naturaleza de los atributos de su sexo.
+ &iexcl;Qu&eacute; brazos! &iexcl;qu&eacute; pecho! &iexcl;y todo parec&iacute;a
+ que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras irritaba al
+ Magistral, que no quer&iacute;a aquellos esc&aacute;ndalos en la iglesia.
+ Aquella se&ntilde;ora entend&iacute;a la devoci&oacute;n de un modo que
+ podr&iacute;a pasar en otras partes, en un gran centro, en Madrid, en Par&iacute;s,
+ en Roma; pero en Vetusta no. Confesaba atrocidades en tono confidencial,
+ como pod&iacute;a refer&iacute;rselas en su tocador a alguna amiga de su
+ estofa. Citaba mucho a su amigo el Patriarca y al campechano obispo de
+ Nauplia; propon&iacute;a rifas cat&oacute;licas, <i>organizaba</i> bailes
+ de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada, para las personas
+ decentes... &iexcl;mil absurdos! El Magistral le iba a la mano siempre que
+ pod&iacute;a, pero no pod&iacute;a siempre. Su autoridad, que era absoluta
+ casi, no consegu&iacute;a sujetar aquel azogue que se le marchaba por las
+ junturas de los dedos. La do&ntilde;a Obdulita le fatigaba, le mareaba.
+ &iexcl;Y ella que quer&iacute;a seducirle, hacerle suyo como al obispo de
+ Nauplia, aquel prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron
+ en el hotel de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas m&aacute;s
+ ardientes, m&aacute;s negras de aquellos ojos negros, grandes y
+ abrasadores eran para De Pas; los adoradores de la viuda lo sab&iacute;an
+ y le envidiaban. Pero &eacute;l maldec&iacute;a de aquel bloqueo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Necia, &iquest;si creer&aacute; que a m&iacute; se me
+ conquista como a don Saturno?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ A pesar de esta cordial antipat&iacute;a, siempre estaba afable y cort&eacute;s
+ con la viuda, porque en este punto no distingu&iacute;a entre amigos y
+ enemigos. Era menester que una persona estuviese debajo de sus pies,
+ aplastada, para que don Ferm&iacute;n no usase con ella de formas
+ irreprochables. La urbanidad era un dogma para el Magistral lo mismo que
+ para Berm&uacute;dez, pero sacaban de ella muy diferente partido.
+ </p>
+ <p>
+ Mientras se hablaba de lo mucho bueno que hab&iacute;a en la catedral y el
+ lugare&ntilde;o se pasmaba y su se&ntilde;ora repet&iacute;a aquellas
+ admiraciones, Obdulia se miraba como pod&iacute;a, en las altas
+ cornucopias.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se despidi&oacute;. No pod&iacute;a acompa&ntilde;ar a
+ aquellas se&ntilde;oras, lo sent&iacute;a mucho... pero le esperaba la
+ obligaci&oacute;n... el coro. Todos se inclinaron.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo primero es lo primero&mdash;dijo el de Palomares, aludiendo a la
+ Divinidad y haciendo una genuflexi&oacute;n (no se sabe si ante la
+ Divinidad o ante el Provisor.)
+ </p>
+ <p>
+ Afortunadamente, seg&uacute;n don Ferm&iacute;n, nada les servir&iacute;a
+ su inutilidad, mientras que Berm&uacute;dez era una cr&oacute;nica viva de
+ las antig&uuml;edades vetustenses.
+ </p>
+ <p>
+ Don Saturno estir&oacute; las cejas y dio se&ntilde;ales de querer besar
+ el suelo; despu&eacute;s mir&oacute; a Obdulia con mirada seria,
+ penetrante, como con una sonda, como dici&eacute;ndole:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, seg&uacute;n
+ la opini&oacute;n del mejor te&oacute;logo, quien se declara esclavo tuyo.
+ Todo esto quiso decir con los ojos; pero ella no debi&oacute; de
+ entenderlo, porque se despidi&oacute; del Magistral dej&aacute;ndole el
+ alma, por conducto de las pupilas, entre los pliegues amplios y r&iacute;tmicos
+ del manteo. De este se despoj&oacute; don Ferm&iacute;n, despu&eacute;s de
+ acercarse a un armario y muy gravemente visti&oacute; el ajustado roquete,
+ la se&ntilde;oril muceta y la capa de coro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; guapo est&aacute;!&mdash;dijo desde lejos
+ Obdulia, mientras los lugare&ntilde;os admiraban con la fe del carbonero
+ otro cuadro que alababa don Saturnino.
+ </p>
+ <p>
+ Dieron vuelta a toda la sacrist&iacute;a. Cerca de la puerta hab&iacute;a
+ algunos cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores c&eacute;lebres.
+ A la Infanz&oacute;n debieron de agradarle m&aacute;s que las maravillas
+ de Cence&ntilde;o, sin duda porque se ve&iacute;an mejor. Pero su prudente
+ esposo, considerando que Berm&uacute;dez pasaba con afectado desd&eacute;n
+ delante de aquellos vivos y flamantes colores, dio un codazo a su mujer
+ para que entendiera que por all&iacute; se pasaba sin hacer aspavientos.
+ Entre aquellos cuadros hab&iacute;a una copia bastante fiel y muy
+ discretamente comprendida del c&eacute;lebre cuadro de Murillo <i>San Juan
+ de Dios</i>, del Hospital de incurables de Sevilla. A la se&ntilde;ora de
+ pueblo le llam&oacute; la atenci&oacute;n la cabeza del santo, que desde
+ que se ve una vez no se olvida.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, qu&eacute; hermoso!&mdash;exclam&oacute; sin poder
+ contenerse.
+ </p>
+ <p>
+ Mir&oacute; don Saturno con sonrisa de l&aacute;stima y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, es bonito; pero muy conocido.
+ </p>
+ <p>
+ Y volvi&oacute; la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al
+ pordiosero enfermo, entre las tinieblas.
+ </p>
+ <p>
+ El se&ntilde;or Infanz&oacute;n dio un pellizco a su mujer; se puso muy
+ colorado y en voz baja la reprendi&oacute; de esta suerte:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Siempre has de avergonzarme. &iquest;No ves que eso no tiene... p&aacute;tina?
+ </p>
+ <p>
+ Salieron de la sacrist&iacute;a.&mdash;Por aqu&iacute;&mdash;dijo Berm&uacute;dez
+ se&ntilde;alando a la derecha; y atravesaron el crucero no sin esc&aacute;ndalo
+ de algunas beatas que interrumpieron sus oraciones para descoser y
+ recortar la coraza de fuego de Obdulia. La falda de raso, que no ten&iacute;a
+ nada de particular mientras no la mov&iacute;an, era lo m&aacute;s
+ subversivo del traje en cuanto la viuda echaba a andar. Ajust&aacute;base
+ de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parec&iacute;a apretado calz&oacute;n
+ ci&ntilde;endo esculturales formas, que as&iacute; mostradas, no conven&iacute;an
+ a la santidad del lugar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, vamos a ver el Pante&oacute;n de los Reyes&mdash;murmur&oacute;
+ muy quedo el arque&oacute;logo, que iba ya preparando sendos trocitos de
+ su <i>Vetusta Goda</i> y de su <i>Vetusta Cristiana</i>. Y en honor de la
+ verdad se ha de decir que un rey se le iba y otro se le ven&iacute;a; esto
+ es, que los mezclaba y confund&iacute;a, siendo la falda de Obdulia la
+ causa de tales confusiones, porque el sabio no pod&iacute;a menos de
+ admirar aquella atrevid&iacute;sima invenci&oacute;n, nueva en Vetusta,
+ mediante la que aparec&iacute;an ante sus ojos graciosas y significativas
+ curvas que &eacute;l nunca viera m&aacute;s que en sue&ntilde;os. Con gran
+ pesadumbre comprend&iacute;a el devoto anticuario que el contraste del
+ lugar sagrado con las insinuaciones talares de la Fandi&ntilde;o, en vez
+ de apagar sus fuegos interiores, era alimento de la combusti&oacute;n que
+ deploraba, como si a una hoguera la echasen petr&oacute;leo....
+ </p>
+ <p>
+ Entraron en la capilla del Pante&oacute;n. Era ancha, obscura, fr&iacute;a,
+ de tosca f&aacute;brica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El
+ taconeo irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que ense&ntilde;aba
+ Obdulia debajo de la falda corta y ajustada; el estr&eacute;pito de la
+ seda frotando las enaguas; el crujir del almid&oacute;n de aquellos bajos
+ de nieve y espuma que tal se le antojaban a don Saturno, quien los hab&iacute;a
+ visto otras veces; hubieran sido parte a despertar de su sue&ntilde;o de
+ siglos a los reyes all&iacute; sepultados, a ser cierto lo que el arque&oacute;logo
+ dijo respecto del descanso eterno de tan respetables se&ntilde;ores:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Aqu&iacute; descansan desde la octava centuria los se&ntilde;ores
+ reyes don..., y pronunci&oacute; los nombres de seis o siete soberanos con
+ variantes en las vocales, en sentir del lugare&ntilde;o, que siguiendo
+ corrupciones vulgares, dec&iacute;a <i>ue</i> en vez de <i>oi </i> y otros
+ adefesios.
+ </p>
+ <p>
+ Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabidur&iacute;a y
+ elocuencia de don Saturnino.
+ </p>
+ <p>
+ Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, hab&iacute;a un sepulcro
+ de piedra de gran tama&ntilde;o cubierto de relieves e inscripciones
+ ilegibles. Entre el sepulcro y el muro hab&iacute;a estrecho pasadizo, de
+ un pie de ancho y del otro lado, a la misma distancia, una verja de
+ hierro. En la parte interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la
+ verja quedaron los lugare&ntilde;os. Berm&uacute;dez, y en pos de &eacute;l
+ Obdulia, se perdieron de vista en el pasadizo sumido en tinieblas. Despu&eacute;s
+ de la enumeraci&oacute;n de don Saturno, hubo un silencio solemne. El
+ sabio hab&iacute;a tosido, iba a hablar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Encienda usted un f&oacute;sforo, se&ntilde;or Infanz&oacute;n&mdash;dijo
+ Obdulia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No tengo... aqu&iacute;. Pero se puede pedir una vela.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or, no hace falta. Yo s&eacute; las inscripciones de
+ memoria... y adem&aacute;s, no se pueden leer.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Est&aacute;n en lat&iacute;n?&mdash;se atrevi&oacute; a
+ decir la Infanz&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;ora, est&aacute;n borradas.
+ </p>
+ <p>
+ No se hizo la luz. El arque&oacute;logo habl&oacute; cerca de un cuarto de
+ hora. Recit&oacute;, fingiendo el p&iacute;caro que improvisaba, los cap&iacute;tulos
+ 1.&ordm;, 2.&ordm;, 3.&ordm; y 4.&ordm; de una de sus <i>Vetustas</i> y ya
+ iba a terminar con el ep&iacute;logo que copiaremos a la letra, cuando
+ Obdulia le interrumpi&oacute; diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Dios m&iacute;o! &iquest;Habr&aacute; aqu&iacute; ratones?
+ Yo creo sentir....
+ </p>
+ <p>
+ Y dio un chillido y se agarr&oacute; a don Saturno que, patrocinado por
+ las tinieblas, se atrevi&oacute; a coger con sus manos la que le oprim&iacute;a
+ el hombro; y despu&eacute;s de tranquilizar a Obdulia con un apret&oacute;n
+ en&eacute;rgico, concluy&oacute; de esta suerte:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el
+ alboroque de ricas preseas, envidiables privilegios y p&iacute;as
+ fundaciones a esta Santa Iglesia de Vetusta, que les otorg&oacute; perenne
+ mansi&oacute;n ultratel&uacute;rica para los mortales despojos; con la
+ majestad de cuyo dep&oacute;sito creci&oacute; tanto su fama, que presto
+ se vio siendo emporio, y goz&oacute; hegemon&iacute;a, dig&aacute;moslo as&iacute;,
+ sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga, Iria, Coimbra,
+ Viseo, Lamego, Celeres, Aguas C&aacute;lidas <i>et sic de coeteris</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Am&eacute;n!&mdash;exclam&oacute; la lugare&ntilde;a sin
+ poder contenerse; mientras Obdulia felicitaba a Berm&uacute;dez con un
+ apret&oacute;n de manos, en la sombra.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="IImdash" id="IImdash"></a>&mdash;II&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ El coro hab&iacute;a terminado: los venerables can&oacute;nigos dejaban
+ cumplido por aquel d&iacute;a su deber de alabar al Se&ntilde;or entre
+ bostezo y bostezo. Uno tras otro iban entrando en la sacrist&iacute;a con
+ el aire aburrido de todo funcionario que desempe&ntilde;a cargos oficiales
+ mec&aacute;nicamente, siempre del mismo modo, sin creer en la utilidad del
+ esfuerzo con que gana el pan de cada d&iacute;a. El &aacute;nimo de
+ aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el roce continuo de los c&aacute;nticos
+ can&oacute;nicos, como la mayor parte de los roquetes, mucetas y capas de
+ que se despojaban para recobrar el manteo. Se notaba en el cabildo de
+ Vetusta lo que es ordinario en muchas corporaciones: algunos se&ntilde;ores
+ prebendados no se hablaban; otros no se saludaban siquiera. Pero a un
+ extra&ntilde;o no le era f&aacute;cil conocer esta falta de armon&iacute;a:
+ la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto reinaba la mayor y
+ m&aacute;s jovial concordia. Hab&iacute;a apretones de mano, golpecitos en
+ el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos al o&iacute;do.
+ Algunos, taciturnos, se desped&iacute;an pronto y abandonaban el templo;
+ no faltaba quien saliera sin despedirse.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando entraba el Magistral, el ilustr&iacute;simo se&ntilde;or don
+ Cayetano Ripamil&aacute;n, aragon&eacute;s, de Calatayud, apoyaba una mano
+ en el m&aacute;rmol de la mesa, porque los codos no llegaban a tama&ntilde;a
+ altura, y exclamaba despu&eacute;s de haber olfateado varias veces, como
+ perro que sigue un rastro:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&mdash;Hame dado en la nariz olor de...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ La presencia del Provisor contuvo al se&ntilde;or Arcipreste, que,
+ cortando la cita, a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Parece que hemos tenido faldas por aqu&iacute;, se&ntilde;or
+ De Pas?
+ </p>
+ <p>
+ Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco
+ verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita.
+ </p>
+ <p>
+ Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis a&ntilde;os, vivaracho,
+ alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino
+ al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a
+ punto fijo por qu&eacute;, la silueta de un buitre de tama&ntilde;o
+ natural; aunque, seg&uacute;n otros, m&aacute;s se parec&iacute;a a una
+ urraca, o a un tordo encogido y despeluznado. Ten&iacute;a sin duda mucho
+ de p&aacute;jaro en figura y gestos, y m&aacute;s, visto en su sombra. Era
+ anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de los antiguos, largo y
+ estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio, y como lo echaba hacia
+ el cogote, parec&iacute;a que llevaba en la cabeza un telescopio; era
+ miope y correg&iacute;a el defecto con gafas de oro montadas en nariz
+ larga y corva. Detr&aacute;s de los cristales brillaban unos ojuelos
+ inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo estudiante,
+ sol&iacute;a poner los brazos en jarras, y si la conversaci&oacute;n era
+ de asunto teol&oacute;gico o can&oacute;nico, extend&iacute;a la mano
+ derecha y formaba un anteojo con el dedo pulgar y el &iacute;ndice. Como
+ el interlocutor sol&iacute;a ser m&aacute;s alto, para verle la cara
+ Ripamil&aacute;n torc&iacute;a la cabeza y miraba con un ojo solo, como
+ tambi&eacute;n hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque era don
+ Cayetano can&oacute;nigo y ten&iacute;a nada menos que la dignidad de
+ arcipreste, que le val&iacute;a el honor de sentarse en el coro a la
+ derecha del Obispo, consider&aacute;base &eacute;l digno de respeto y aun
+ de admiraci&oacute;n no por estos vulgares t&iacute;tulos, ni por la cruz
+ que le hac&iacute;a ilustr&iacute;simo, sino por el don inapreciable de
+ poeta buc&oacute;lico y epigram&aacute;tico. Sus dioses eran Garcilaso y
+ Marcial, su ilustre paisano. Tambi&eacute;n estimaba mucho a Mel&eacute;ndez
+ Vald&eacute;s y no poco a Inarco Celenio. Hab&iacute;a venido a Vetusta de
+ beneficiado a los cuarenta a&ntilde;os; treinta y seis hab&iacute;a
+ asistido al coro de aquella iglesia y pod&iacute;a tenerse por tan
+ vetustense como el primero. Muchos no sab&iacute;an que era de otra
+ provincia. Adem&aacute;s de la poes&iacute;a ten&iacute;a dos pasiones
+ mundanas: la mujer y la escopeta. A la &uacute;ltima hab&iacute;a
+ renunciado; no a la primera, que segu&iacute;a adorando con el mismo
+ pudibundo y candoroso culto de los treinta a&ntilde;os. Ni un solo
+ vetustense, aun contando a los librepensadores que en cierto restaurant
+ com&iacute;an de carne el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a
+ dudar de la castidad casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a
+ la dama no ten&iacute;a que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer
+ era el sujeto po&eacute;tico, como &eacute;l dec&iacute;a, pues se
+ preciaba de hablar como los poetas de mejores siglos y al asunto sol&iacute;a
+ llamarlo sujeto. Sent&iacute;a desde su juventud, imperiosa necesidad de
+ ser galante con las damas, frecuentar su trato y hacerlas objeto de
+ madrigales tan inocentes en la intenci&oacute;n, cuanto llenos de picard&iacute;a
+ y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo &eacute;pocas de negra
+ intransigencia en que se persigui&oacute; la man&iacute;a de Ripamil&aacute;n
+ como si fuera un crimen, y se habl&oacute; de esc&aacute;ndalo, y de
+ quemar un libro de versos que public&oacute; el Arcipreste a costa del
+ marqu&eacute;s de Corujedo, gran protector de las letras. Por este tiempo
+ fue cuando se quiso excomulgar a don Pompeyo Guimar&aacute;n, personaje
+ que se encontrar&aacute; m&aacute;s adelante.
+ </p>
+ <p>
+ Pas&oacute; aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era
+ entonces, sobrenad&oacute; con su cargamento de buc&oacute;licas
+ inocentadas, bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los
+ montes. Pero &iexcl;cu&aacute;n lejanos estaban aquellos tiempos! &iquest;Qui&eacute;n
+ se acordaba ya de Mel&eacute;ndez Vald&eacute;s, ni de las <i>&Eacute;glogas
+ y Canciones por un Pastor de B&iacute;lbilis</i>, o sea don Cayetano
+ Ripamil&aacute;n? El romanticismo y el liberalismo hab&iacute;an hecho
+ estragos. Y hab&iacute;a pasado el romanticismo, pero el g&eacute;nero
+ pastoril no hab&iacute;a vuelto, ni los epigramas causaban efecto por
+ maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos can&oacute;nigos
+ <i>laudatores temporis acti</i>, como dec&iacute;a &eacute;l; no alababa
+ el tiempo pasado por sistema, pero en punto a poes&iacute;a era preciso
+ confesar que la revoluci&oacute;n no hab&iacute;a tra&iacute;do nada
+ bueno.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vivimos en una sociedad hip&oacute;crita, triste y mal educada&mdash;sol&iacute;a
+ &eacute;l decir a los j&oacute;venes de Vetusta, que le quer&iacute;an
+ mucho&mdash;. Ustedes, por ejemplo, no saben bailar. D&iacute;ganme, si
+ no, &iquest;de d&oacute;nde se sacan que puede ser buena crianza el coger
+ a una se&ntilde;orita por la cintura y apretarla contra el pecho?
+ </p>
+ <p>
+ Cre&iacute;a que se bailaba en los salones la polka &iacute;ntima que
+ &eacute;l, a&ntilde;os atr&aacute;s, hab&iacute;a visto bailar en Madrid,
+ con ocasi&oacute;n de cierto viaje curioso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En mi tiempo bail&aacute;bamos de otra manera.
+ </p>
+ <p>
+ El Arcipreste olvidaba de buena fe que &eacute;l nunca hab&iacute;a
+ bailado m&aacute;s que con alguna silla. Eso s&iacute;; all&aacute;,
+ cuando seminarista, hab&iacute;a sido gran ta&ntilde;edor de flauta y
+ bailar&iacute;n sin pareja. De todas maneras, figur&aacute;ndose con la
+ abundante y po&eacute;tica fantas&iacute;a que Dios le hab&iacute;a dado,
+ los rigodones en que hab&iacute;a lucido garbo y talle, sol&iacute;a, en
+ <i>petit comit&eacute;</i>&mdash;seg&uacute;n dec&iacute;a&mdash;terciar
+ el manteo, colocar la teja debajo del brazo, levantar un poco la sotana y
+ bailar unos solos muy pespunteados y conceptuosos, llenos de piruetas,
+ genuflexiones y hasta trenzados.
+ </p>
+ <p>
+ Re&iacute;anse de todo coraz&oacute;n los muchachos y el buen Arcipreste
+ quedaba en sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no
+ alcanzaba en los tiempos de prosa a que hab&iacute;amos llegado.
+ </p>
+ <p>
+ Esto de los bailes sol&iacute;a acontecer en las tertulias a donde el
+ setent&oacute;n acud&iacute;a sin falta, porque desde que los m&eacute;dicos
+ le hab&iacute;an prohibido escribir y hasta leer de noche, no pod&iacute;a
+ pasar sin la sociedad m&aacute;s animada y galante. El tresillo le aburr&iacute;a
+ y los concili&aacute;bulos de can&oacute;nigos y obispos de levita, como
+ &eacute;l dec&iacute;a siempre, le pon&iacute;an triste. &laquo;No era
+ liberal ni carlista. Era un sacerdote&raquo;. La juventud le atra&iacute;a
+ y prefer&iacute;a su trato al de los m&aacute;s sesudos vetustenses. Los
+ poetillas y gacetilleros de la <i>localidad</i> ten&iacute;an en &eacute;l
+ un censor socarr&oacute;n y malicioso, aunque siempre cort&eacute;s y
+ afable. Encontr&aacute;base en la calle, por ejemplo, con Trif&oacute;n C&aacute;rmenes,
+ el poeta de m&aacute;s alientos de Vetusta, el eterno vencedor en las
+ justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba con un dedo, acercaba su
+ corva nariz a la ancha oreja del vate y dec&iacute;ale:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;He visto aquello.... No est&aacute; mal; pero no hay que olvidar lo
+ de <i>versate manu</i>. &iexcl;Los cl&aacute;sicos, Trifoncillo, los cl&aacute;sicos
+ sobre todo! &iquest;D&oacute;nde hay sencillez como aquella:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Yo he visto un pajarillo</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">posarse en un tomillo?</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Y recitaba la tierna poes&iacute;a de Villegas hasta el &uacute;ltimo
+ verso, con l&aacute;grimas en los ojos y agua en los labios. La mayor&iacute;a
+ del cabildo absolv&iacute;a de esa falta de formalidad al Arcipreste a
+ condici&oacute;n de que se le tuviera por chocho.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y aun as&iacute; y todo&mdash;dec&iacute;a un can&oacute;nigo muy
+ buen mozo, nuevo en Vetusta y en el oficio, pariente del ministro de
+ Gracia y Justicia&mdash;aun as&iacute; y todo no se puede llevar en calma
+ la imprudencia con que habla de todo; suelta la sin hueso y juzga
+ precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones impropias de una dignidad.
+ </p>
+ <p>
+ A este mismo se&ntilde;or can&oacute;nigo que embozadamente le hab&iacute;a
+ reprendido algunas veces por la pimienta de sus epigramas, sol&iacute;a
+ taparle la boca el Arcipreste diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada, nada, repito lo que mi paisano y querid&iacute;simo poeta
+ Marcial dej&oacute; escrito para casos tales, es a saber:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;"><i>Lasciva est nobis pagina, vita proba
+ est.</i></span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Con lo cual daba a entender, y era verdad, que &eacute;l ten&iacute;a los
+ verdores en la lengua, y otros, no menos can&oacute;nigos que &eacute;l,
+ en otra parte. Y no era de estos d&iacute;as el ser don Cayetano muy
+ honesto en el orden aludido, sino que toda la vida hab&iacute;a sido un
+ boquirroto en tal materia, pero nada m&aacute;s que un boquirroto. Y esta
+ era la traducci&oacute;n libre del verso de Marcial.
+ </p>
+ <p>
+ El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la
+ catedral hab&iacute;a despertado sus instintos anafrod&iacute;ticos, su
+ pasi&oacute;n desinteresada por la mujer, dir&iacute;ase mejor, por la se&ntilde;ora.
+ Aquel olor a Obdulia, que ya nadie notaba, sent&iacute;alo a&uacute;n don
+ Cayetano.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se marchaba.
+ Algo ten&iacute;a que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que sol&iacute;an
+ quedarse al tertul&iacute;n, como llamaban a la sabrosa pl&aacute;tica de
+ la sacrist&iacute;a despu&eacute;s del coro. Si hac&iacute;a bueno, los
+ del tertul&iacute;n acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o
+ ir al Espol&oacute;n. Si llov&iacute;a o amenazaba, prolongaban el palique
+ hasta que el <i>Palomo</i> hac&iacute;a un discreto ruido con las llaves
+ de la catedral y cada can&oacute;nigo se iba a su casa. No se crea por
+ esto que eran &iacute;ntimos amigos los aficionados a platicar despu&eacute;s
+ del coro. Acontec&iacute;a all&iacute; lo que es ley general de los
+ corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no
+ tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida
+ hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los dem&aacute;s le guardaban
+ cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya deb&iacute;a de estar en su
+ casa el temerario, alguno de los que quedaban, dec&iacute;a de repente:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como ese otro.... Y todos sab&iacute;an que aquel gesto de se&ntilde;alar
+ a la puerta y tales palabras significaban:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a <i>ese otro</i>.
+ </p>
+ <p>
+ El Arcipreste no era de los que menos murmuraban.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l le hab&iacute;a puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como
+ una maza, al se&ntilde;or Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo
+ nadie le llamaba Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco
+ torcido del hombro derecho don Restituto&mdash;por lo dem&aacute;s buen
+ mozo, casi tan alto como el pariente del ministro&mdash;, y como este
+ defecto incurable era un obst&aacute;culo a las pretensiones de gallard&iacute;a
+ que siempre hab&iacute;a alimentado, discurri&oacute; hacer de tripas
+ coraz&oacute;n, como se dice, o sea sacar partido, en calidad de gracia,
+ de aquella tacha con que estaba se&ntilde;alado. En vez de disimularlo
+ subrayaba el vicio corporal torci&eacute;ndose m&aacute;s y m&aacute;s
+ hacia la derecha, inclin&aacute;ndose como un sauce llor&oacute;n.
+ Resultaba de aquella extra&ntilde;a postura que parec&iacute;a Mourelo un
+ hombre en perpetuo acecho, adelant&aacute;ndose a los rumores, avanzada de
+ s&iacute; mismo para saber noticias, cazar intenciones y hasta escuchar
+ por los agujeros de las cerraduras. Encontraba el Arcediano, sin haber le&iacute;do
+ a Darwin, cierta misteriosa y acaso cabal&iacute;stica relaci&oacute;n
+ entre aquella manera de <i>F</i> que figuraba su cuerpo y la sagacidad, la
+ astucia, el disimulo, la malicia discreta y hasta el maquiavelismo can&oacute;nico
+ que era lo que m&aacute;s le importaba. Cre&iacute;a que su sonrisa, un
+ poco copiada de la que usaba el Magistral, enga&ntilde;aba al mundo
+ entero. S&iacute;, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos caras:
+ iba con los de la feria y volv&iacute;a con los del mercado; disimulaba la
+ envidia con una amabilidad pegajosa y fing&iacute;a un aturdimiento en que
+ no incurr&iacute;a nunca.&mdash;Pero, dec&iacute;a el Arcipreste, ni su
+ amabilidad enga&ntilde;a a todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan
+ Maquiavelo como &eacute;l supone.
+ </p>
+ <p>
+ Hablaba, siempre que pod&iacute;a, al o&iacute;do del interlocutor, gui&ntilde;aba
+ los ojos alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera
+ intenci&oacute;n, como cubiletes de prestidigitador, y era un hip&oacute;crita
+ que fing&iacute;a ciertos descuidos en las formas del culto externo, para
+ que su piedad pareciese espont&aacute;nea y sencilla. Todo se volv&iacute;a
+ secretos. Dec&iacute;a &eacute;l que abr&iacute;a el coraz&oacute;n por
+ &uacute;nica vez al primero que quer&iacute;a o&iacute;rle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por la boca muere el pez, ya lo s&eacute;. No soy yo de los que
+ olvidan que en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo
+ inconveniente en ser expl&iacute;cito y franco, acaso por la primera vez
+ en mi vida. Pues bien, oiga usted el secreto.
+ </p>
+ <p>
+ Y lo dec&iacute;a. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la
+ sacrist&iacute;a muchas veces diciendo de modo que apenas se le o&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Buen tiempo tenemos, se&ntilde;ores! &iexcl;Mucho dure!
+ </p>
+ <p>
+ Ripamil&aacute;n, que a&ntilde;os atr&aacute;s iba de tapadillo al teatro
+ alguna rara vez, escondi&eacute;ndose en las sombras de una platea de
+ proscenio o sea <i>bolsa</i>, vio una noche el drama titulado: <i>Los
+ hijos de Eduardo</i>, arreglado por Bret&oacute;n de los Herreros, y en
+ cuanto sali&oacute; a escena Glocester, el Regente jorobado y torcido y
+ lleno de malicias, exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah&iacute; est&aacute; el Arcediano!
+ </p>
+ <p>
+ La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo
+ para toda Vetusta ilustrada. All&iacute; estaba, oyendo con fingida
+ complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua tem&iacute;a,
+ presente y ausente. Cuando don Cayetano volv&iacute;a la espalda, pues
+ hablaba girando con frecuencia sobre los talones, Glocester gui&ntilde;aba
+ un ojo al De&aacute;n y barrenaba con un dedo la frente. Quer&iacute;a
+ aludir a la locura del poeta buc&oacute;lico. El cual continuaba diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;ores, no hablo a humo de pajas; yo s&eacute; la vida
+ que llevaba esta se&ntilde;ora viuda en la corte, porque era muy amiga del
+ c&eacute;lebre obispo de Nauplia, a quien yo trat&eacute; all&iacute; con
+ gran intimidad. En una fonda de la calle del Arenal tuve ocasi&oacute;n de
+ conocer bien a esa Obdulia, a quien antes apenas saludaba aqu&iacute;, a
+ pesar de que &eacute;ramos contertulios en casa del Marqu&eacute;s de
+ Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No cree en el sexto.
+ </p>
+ <p>
+ Hubo una carcajada general. S&oacute;lo el Provisor se content&oacute; con
+ sonre&iacute;r, inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de
+ Dios el esc&aacute;ndalo de los o&iacute;dos. El Arcediano rio sin ganas.
+ </p>
+ <p>
+ La historia de Obdulia Fandi&ntilde;o profan&oacute; el recinto de la
+ sacrist&iacute;a, como poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus
+ perfumes.
+ </p>
+ <p>
+ El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho
+ Marcial, salvo el lat&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, a m&iacute; me ha dicho Joaquinito Orgaz que los
+ vestidos que luce en el Espol&oacute;n esa se&ntilde;ora....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Son bien escandalosos...&mdash;dijo el De&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero muy ricos&mdash;observ&oacute; el pariente del ministro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y muchos; nunca lleva el mismo; cada d&iacute;a un perifollo nuevo&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+ el Arcediano&mdash;; yo no s&eacute; de d&oacute;nde los saca, porque ella
+ no es rica; a pesar de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene m&aacute;s
+ que una renta miserable y una viudedad irrisoria....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues a eso voy&mdash;interrumpi&oacute; triunfante don Cayetano&mdash;.
+ Me ha dicho el chico de Orgaz, que acab&oacute; la carrera de m&eacute;dico
+ en San Carlos, que estos &uacute;ltimos a&ntilde;os Obdulita serv&iacute;a
+ en Madrid a su prima Tarsila Fandi&ntilde;o, la c&eacute;lebre querida del
+ c&eacute;lebre....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; &iquest;qu&eacute;?&mdash;Que le serv&iacute;a de
+ trotaconventos, dig&aacute;moslo as&iacute;. Es decir, no tanto: pero
+ vamos, que la acompa&ntilde;aba y... claro, la otra, agradecida... le
+ manda ahora los vestidos que deja, y como los deja nuevos y tiene tantos y
+ tan ricos....
+ </p>
+ <p>
+ El cabildo, que fing&iacute;a o&iacute;r por educaci&oacute;n, nada m&aacute;s,
+ al Arcipreste, se interesaba de veras con la cr&oacute;nica. Ripamil&aacute;n
+ saboreaba la pl&aacute;tica lasciva s&oacute;lo por lo que ten&iacute;a de
+ gracejo. Los dem&aacute;s empezaron a estorbarse oyendo juntos aquellas
+ murmuraciones. El Arcipreste clavaba los ojuelos negros y punzantes en el
+ Magistral, confesor de Obdulia; parec&iacute;a buscar su testimonio.
+ </p>
+ <p>
+ El Provisor no estaba all&iacute; m&aacute;s que para hablar a solas con
+ don Cayetano. Sufr&iacute;a sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le
+ perdonaba aquellos inocentes alardes de erotismo ret&oacute;rico porque
+ conoc&iacute;a sus costumbres intachables y su coraz&oacute;n de oro. Eran
+ muy buenos amigos, y Ripamil&aacute;n el m&aacute;s decidido y entusi&aacute;stico
+ partidario de don Ferm&iacute;n en las luchas del cabildo. Otros le segu&iacute;an
+ por inter&eacute;s, muchos por miedo; don Cayetano, incapaz de temer a
+ nadie, le serv&iacute;a y le amaba porque, seg&uacute;n &eacute;l, era el
+ &uacute;nico hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito,
+ Glocester un taimado con m&aacute;s malicia que talento; el Magistral un
+ sabio, un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que val&iacute;a
+ m&aacute;s que todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le
+ hablaba de los supuestos cohechos del Provisor, de su tiran&iacute;a, de
+ su comercio s&oacute;rdido, se indignaba el anciano y negaba en redondo
+ hasta los casos de simon&iacute;a m&aacute;s probables. Si le tra&iacute;an
+ a cuento el cap&iacute;tulo de las aventuras amorosas, que no pasaban de
+ ser rumores an&oacute;nimos, sin fundamento que hiciera prueba, el
+ Arcipreste sonre&iacute;a al negar, dando a entender que aquello era
+ posible, pero importaba menos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La verdad es que don Ferm&iacute;n es muy buen mozo, y, si las
+ beatas se enamoran de &eacute;l vi&eacute;ndole gallardo, pulcro, elegante
+ y hablando como un Cris&oacute;stomo en el p&uacute;lpito, &eacute;l no
+ tiene la culpa ni la cosa es contraria a las sabias leyes naturales.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sab&iacute;a todo lo que Ripamil&aacute;n pensaba de &eacute;l
+ y le consideraba el m&aacute;s fiel de sus parciales. Por eso le esperaba.
+ Ten&iacute;a que hacerle ciertas preguntas que, no trat&aacute;ndose del
+ Arcipreste, podr&iacute;an ser peligrosas. Glocester hab&iacute;a olido
+ algo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;C&oacute;mo no se marchaba el Magistral? &iquest;C&oacute;mo
+ sufr&iacute;a aquella jaqueca? No, pues &eacute;l tampoco dejaba el puesto&raquo;.
+ Era el de Mourelo el m&aacute;s cordial enemigo que ten&iacute;a el
+ Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo m&aacute;s refinado del
+ Arcediano consist&iacute;a en mantener en la apariencia buenas relaciones
+ con &laquo;el d&eacute;spota&raquo;, pasar como partidario suyo y minarle
+ el terreno, prepararle una ca&iacute;da que ni la de don Rodrigo Calder&oacute;n.
+ Vast&iacute;simos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y
+ revueltas, emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta m&aacute;quinas
+ infernales. Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le hab&iacute;a
+ dado aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del
+ Magistral esper&aacute;ndole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta,
+ muy principal se&ntilde;ora, era esposa de don V&iacute;ctor Quintanar,
+ Regente en varias Audiencias, &uacute;ltimamente en la de Vetusta, donde
+ se jubil&oacute; con el pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas
+ dudosas incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y pod&iacute;a
+ vivir holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la sigui&oacute;
+ llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo
+ conflicto; pas&oacute; un a&ntilde;o, vino otro regente con se&ntilde;ora
+ y aqu&iacute; fue ella. La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de
+ Quintanar de la ilustre familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la
+ <i>advenediza</i> tuvo que perdonar y contentarse con ser: la <i>otra</i>
+ Regenta. Adem&aacute;s, el conflicto durar&iacute;a poco; ya empezaba a
+ usarse el nombre de &laquo;Presidente&raquo; y pronto habr&iacute;a nombre
+ distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de Ozores. La cual
+ siempre hab&iacute;a sido hija de confesi&oacute;n de don Cayetano, pero
+ este, que de algunos a&ntilde;os a esta parte s&oacute;lo confesaba a
+ algunas pocas personas, se&ntilde;oras casi todas, de alta categor&iacute;a,
+ escogid&iacute;simos amigos y amigas, al cabo se hab&iacute;a cansado
+ tambi&eacute;n de esta leve carga, pesada para sus a&ntilde;os; y resuelto
+ a retirarse por completo del confesonario, hab&iacute;a suplicado a sus
+ hijas de confesi&oacute;n que le librasen de este trabajo y hasta se&ntilde;alado
+ sucesor en tan grave e interesante ministerio; sucesor diferente seg&uacute;n
+ las personas. Esta especie de herencia, o mejor, sucesi&oacute;n <i>inter
+ vivos</i>, era muy codiciada en el cabildo y por todos los dependientes
+ del clero catedral. Antes de la reacci&oacute;n religiosa que en Vetusta,
+ como en toda Espa&ntilde;a, hab&iacute;an producido los excesos de los
+ libre-pensadores improvisados en tabernas, caf&eacute;s y congresos, era
+ el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada, porque ten&iacute;a
+ la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda hab&iacute;a cambiado,
+ se hilaba m&aacute;s delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral que se
+ iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por costumbre,
+ otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por seguir contentas
+ con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas continuaban asistiendo
+ al tribunal del latitudinario, hasta que &eacute;l mismo se cans&oacute; y
+ con buenos modos empez&oacute; a sacudirse las moscas.
+ </p>
+ <p>
+ Don Custodio, joven ardent&iacute;simo en sus deseos, cre&iacute;a
+ demasiado en los milagros de fortuna que hace la confesi&oacute;n
+ auricular y atribu&iacute;a a ellos sin raz&oacute;n los progresos del
+ Magistral; por esto acechaba la sucesi&oacute;n del Arcipreste con m&aacute;s
+ avaricia que todos, con pasi&oacute;n imprudente. Hab&iacute;a averiguado
+ que do&ntilde;a Olvido, la orgullosa hija &uacute;nica de P&aacute;ez, uno
+ de los m&aacute;s ricos americanos de <i>La Colonia</i> hab&iacute;a
+ pasado, tiempo atr&aacute;s, del confesonario de Ripamil&aacute;n al de
+ don Ferm&iacute;n. Esto era ya una goller&iacute;a. Pero &iexcl;oh esc&aacute;ndalo!
+ ahora (don Custodio lo hab&iacute;a averiguado escuchando detr&aacute;s de
+ una puerta), ahora el chocho del poeta buc&oacute;lico dejaba al Magistral
+ la m&aacute;s apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin duda
+ la digna y virtuosa y hermos&iacute;sima esposa de don V&iacute;ctor
+ Quintanar. &iexcl;Y don Custodio sent&iacute;a la aleg&oacute;rica baba de
+ la envidia manar de sus labios! Despu&eacute;s de haber tropezado en el
+ trasaltar con el Provisor, se hab&iacute;a dirigido hacia el trascoro, y
+ dentro de la capilla del <i>otro</i>, hab&iacute;a visto, mirando de
+ soslayo, dos se&ntilde;oras; <i>nuevas</i> sin duda, pues no sab&iacute;an
+ que aquella tarde no <i>se sentaba</i> don Ferm&iacute;n. Hab&iacute;a
+ vuelto a pasar, hab&iacute;a mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer,
+ a pesar de las sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la
+ Regenta en persona.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a
+ esta sucesi&oacute;n particular; cre&iacute;a pertenecerle por raz&oacute;n
+ de su dignidad el honor de confesar a do&ntilde;a Ana Ozores. &laquo;Con
+ el Obispo no hab&iacute;a que contar; el De&aacute;n era un viejo que no
+ hac&iacute;a m&aacute;s que comer y temblar; en una procesi&oacute;n de
+ desagravios cuatro borrachos le hab&iacute;an dado un susto, del que s&oacute;lo
+ se repuso su est&oacute;mago; diger&iacute;a muy bien, pero no discurr&iacute;a;
+ no pensaba m&aacute;s que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo
+ al coro; tampoco hab&iacute;a que contar con &eacute;l. El Arcipreste
+ renunciaba a la Regenta, &iquest;pues qu&eacute; dignidad segu&iacute;a?
+ la suya; la jerarqu&iacute;a indicaba al Arcediano. Se trataba, pues, de
+ un atropello, de una injusticia que clamaba al cielo, y no pod&iacute;a
+ clamar al Obispo, porque este era esclavo de don Ferm&iacute;n&raquo;.
+ Esta opini&oacute;n de Glocester la aprobaba don Custodio; no ten&iacute;a
+ el beneficiado la pretensi&oacute;n excesiva de coger para s&iacute; tan
+ buen bocado, pero quer&iacute;a que a lo menos no se lo comiera su
+ enemigo. Adulaba a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de
+ sus derechos. Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al o&iacute;do
+ del confidente:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ser&aacute; libre elecci&oacute;n de esa se&ntilde;ora?&mdash;Y
+ separ&aacute;ndose un poco, para ver el efecto de su malicia, mir&oacute;
+ al beneficiado con ojos llenos de picaresca intenci&oacute;n, mientras los
+ carrillos c&aacute;rdenos e hinchados delataban un buche de risa, pr&oacute;xima
+ a derramarse por las comisuras de los labios.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Puede ser&mdash;contest&oacute; don Custodio, subrayando las
+ palabras, para darse por enterado de la intenci&oacute;n del otro.
+ </p>
+ <p>
+ Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que
+ era sacrist&iacute;a, con el relato mundano de la vida y milagros de
+ Obdulia Fandi&ntilde;o, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que
+ pod&iacute;a tener el Magistral para o&iacute;r a don Cayetano, en vez de
+ correr al confesonario al pie del cual le esperaba la m&aacute;s codiciada
+ penitente de Vetusta la noble.
+ </p>
+ <p>
+ Se juraba a s&iacute; mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el
+ puesto sin saber a qu&eacute; atenerse.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral hab&iacute;a resuelto no entrar aquel d&iacute;a en la
+ capilla que llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepci&oacute;n,
+ motivo para dar que decir. &iquest;Estar&iacute;an all&iacute; todav&iacute;a
+ aquellas se&ntilde;oras? Al bajar de la torre y pasar por el trascoro las
+ hab&iacute;a visto, las hab&iacute;a conocido, eran la Regenta y Visitaci&oacute;n;
+ estaba seguro. &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;an venido sin avisar? Don
+ Cayetano deb&iacute;a de saberlo. Cuando una se&ntilde;ora de las
+ principales, como era la Regenta, quer&iacute;a hacerse hija de confesi&oacute;n
+ del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le ped&iacute;a hora. Las
+ personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrev&iacute;an a
+ tanto, y las pocas de esta clase que confesaban con &eacute;l acud&iacute;an
+ en mont&oacute;n a la capilla obscura cuyos secretos envidiaba don
+ Custodio; all&iacute; esperaban el turno de las penitentes an&oacute;nimas.
+ Estas humildes devotas ya sab&iacute;an cu&aacute;les eran los d&iacute;as
+ de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por eso la capilla estuvo
+ desierta hasta que llegaron las dos se&ntilde;oras. Visitaci&oacute;n se
+ confesaba cada dos o tres meses, no conoc&iacute;a a punto fijo los d&iacute;as
+ <i>fastos</i> y <i>nefastos</i>, ignoraba cu&aacute;ndo se sentaba el
+ Provisor y cu&aacute;ndo no. La Regenta ven&iacute;a por primera vez,
+ &laquo;&iquest;por qu&eacute; no le hab&iacute;a avisado? El suceso era
+ bastante solemne y hab&iacute;a de sonar lo suficiente para merecer
+ preliminares m&aacute;s ceremoniosos. &iquest;Era orgullo? &iquest;Era que
+ aquella se&ntilde;ora pensaba que &eacute;l hab&iacute;a de beber los
+ vientos para averiguar cu&aacute;ndo vendr&iacute;a a favorecerle con su
+ visita?... &iquest;Era humildad? &iquest;Era que con una delicadeza y un
+ buen gusto cristiano y no com&uacute;n en las damas de Vetusta, quer&iacute;a
+ confundirse con la plebe, confesar de inc&oacute;gnito, ser una de tantas?&raquo;.
+ Esta hip&oacute;tesis le halagaba mucho al Magistral. Le parec&iacute;a un
+ rasgo po&eacute;tico y sinceramente religioso. &laquo;Estaba cansado de
+ Obdulias y Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hac&iacute;a
+ ser irreverentes, groseras, s&iacute;, groseras, con el sacramento y en
+ general con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones;
+ adquir&iacute;an pronto una familiaridad importuna que daba ocasi&oacute;n
+ a las calumnias de los necios y de los mal intencionados&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No era &eacute;l un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo,
+ lleno de ensue&ntilde;os, ambicioso de cierto oropel eclesi&aacute;stico,
+ que tal vez se gana en el confesonario, para que le halagasen todav&iacute;a
+ revelaciones imprudentes, que s&oacute;lo serv&iacute;an para inundarle el
+ alma de hast&iacute;o. Esperaba algo nuevo, algo m&aacute;s delicado, algo
+ selecto&raquo;. Sab&iacute;a, por rumores, que el Arcipreste hab&iacute;a
+ aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del Magistral, puesto
+ que &eacute;l se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano nada le hab&iacute;a
+ dicho. Adem&aacute;s, como en materia de confesi&oacute;n los buenos cl&eacute;rigos
+ son muy reservados, Ripamil&aacute;n, que sab&iacute;a tratar en serio los
+ asuntos serios, nunca hab&iacute;a hablado al Magistral de lo que pod&iacute;a
+ ser la Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba
+ De Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de
+ Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo; y
+ Glocester no se mov&iacute;a. Se hab&iacute;an ido despidiendo todos los
+ se&ntilde;ores can&oacute;nigos; quedaban los tres y el <i>Palomo</i>, que
+ abr&iacute;a y cerraba cajones con estr&eacute;pito y murmuraba;
+ maldiciones sin duda.
+ </p>
+ <p>
+ Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendi&oacute; que algo deseaba
+ decirle el Magistral, que estorbaba Glocester; record&oacute; de repente
+ que &eacute;l tambi&eacute;n quer&iacute;a hablar al Provisor, y como en
+ casos tales no se mord&iacute;a la lengua, cort&oacute; la conversaci&oacute;n
+ diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah! &iexcl;p&iacute;cara memoria! don Ferm&iacute;n, una
+ palabra, con permiso del se&ntilde;or Arcediano... es decir, no es una
+ palabra, tenemos que hablar largo... son intereses espirituales.
+ </p>
+ <p>
+ Glocester se mordi&oacute; los labios; salud&oacute; con el torcido
+ tronco, haci&eacute;ndose un arco de puente, y sali&oacute; de la sacrist&iacute;a
+ diciendo para su alzacuello morado y blanco:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar
+ todas juntas!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del
+ Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros
+ expedientes por el estilo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Si todos fueran como yo, Glocester no sabr&iacute;a qu&eacute;
+ hacer de su habilidad y disimulo. &iexcl;Ay de los zorros, si las gallinas
+ no fuesen gallinas!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Glocester sal&iacute;a siempre por la puerta del claustro, abierta al
+ extremo Norte del crucero; por all&iacute; llegaba antes a su casa: pero
+ esta vez quiso salir por la puerta de la torre, porque as&iacute; pasaba
+ junto a la capilla del Magistral. Mir&oacute;; no hab&iacute;a nadie.
+ Entonces se detuvo, volvi&oacute; a mirar con ah&iacute;nco, dio un paso
+ dentro de la capilla; no hab&iacute;a nadie; estaba seguro. &laquo;&iexcl;Luego
+ aquellas se&ntilde;oras se hab&iacute;an ido sin confesi&oacute;n; luego
+ el Magistral se permit&iacute;a el lujo de desairar nada menos que a la
+ Regenta!&raquo;. El Arcediano vio un mundo de intrigas que pod&iacute;an
+ fundarse en este descuido del Provisor. Tom&oacute; agua bendita en una
+ pila grande de m&aacute;rmol negro, y mientras se santiguaba, inclin&aacute;ndose
+ frente al altar del trascoro, dec&iacute;a para s&iacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Este ser&aacute; el tal&oacute;n de Aquiles. Ese desaire te costar&aacute;
+ caro. Lo explotar&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Y sali&oacute; de la catedral haciendo c&aacute;lculos por los dedos, que
+ se le antojaban c&aacute;balas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta
+ postigos secretos y escaleras subterr&aacute;neas.
+ </p>
+ <p>
+ El Arcipreste hab&iacute;a abierto la boca al o&iacute;r a De Pas que la
+ Regenta estaba en la catedral, seg&uacute;n le hab&iacute;an dicho, y que
+ &eacute;l no hab&iacute;a corrido a saludarla y a confesarla, si a eso ven&iacute;a,
+ como era de suponer.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; pensar&aacute; ese &aacute;ngel de bondad?&mdash;gritaba
+ don Cayetano, asustado de veras.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A ver, Rodr&iacute;guez (el <i>Palomo</i>) corre a la capilla del
+ se&ntilde;or Magistral, y si est&aacute; all&iacute; una se&ntilde;ora....
+ </p>
+ <p>
+ Era in&uacute;til. Entraba en aquel momento Celedonio el ac&oacute;lito
+ que se meti&oacute; en la conversaci&oacute;n diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or, ya se han ido. Eran do&ntilde;a Visita y la se&ntilde;ora
+ Regenta. Se han ido. Yo habl&eacute; con ellas. Les dije que hoy no se
+ sentaba el se&ntilde;or Magistral; y do&ntilde;a Visita que ya quer&iacute;a
+ irse antes, cogi&oacute; del brazo a do&ntilde;a Ana y se la llev&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y qu&eacute; dec&iacute;an?&mdash;pregunt&oacute; don
+ Cayetano.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Do&ntilde;a Ana callaba. Do&ntilde;a Visita estaba incomodada
+ porque la se&ntilde;ora Regenta hab&iacute;a querido venir sin mandar
+ antes un recado. Creo que fueron a paseo, porque do&ntilde;a Visita dijo
+ no s&eacute; qu&eacute; del Espol&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Al Espol&oacute;n!&mdash;grit&oacute; Ripamil&aacute;n,
+ cogiendo con una mano un brazo del Magistral y con la otra la teja&mdash;.
+ &iexcl;Al Espol&oacute;n!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero don Cayetano!&mdash;Es cuesti&oacute;n de honra para m&iacute;;
+ de ese desaire tengo yo culpa en cierto modo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero si no fue desaire&mdash;repet&iacute;a el Provisor dej&aacute;ndose
+ llevar, y con el rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de
+ alegr&iacute;a que lo inundaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; y de todos modos, desaire o no, yo quiero
+ dar una explicaci&oacute;n a mi querida amiga.... &iexcl;Al Espol&oacute;n!
+ Por el camino hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicol&oacute;gicamente,
+ como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un &aacute;ngel de
+ bondad como le tengo dicho; un &aacute;ngel que no merece un feo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, si no hubo feo.... Yo le explicar&eacute; a V.... Yo no sab&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la
+ catedral, dirigi&eacute;ndose a la puerta. La &uacute;ltima capilla de
+ este lado era la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos despu&eacute;s
+ que las otras capillas, en el diez y siete. Ten&iacute;a cuatro altares en
+ el centro; las paredes estaban adornadas con profusi&oacute;n de
+ hojarasca, arabescos y otros cosm&eacute;ticos del g&eacute;nero decadente
+ a que pertenec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas no
+ par&oacute; la atenci&oacute;n en ellas, pero Ripamil&aacute;n se detuvo,
+ olfateando, y tendi&oacute; el cuello en actitud de escuchar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;As&iacute; Dios me valga, son ellos!&mdash;dijo pasmado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n?&mdash;Ellos; la viudita y don Saturno;
+ reconozco el chirrido de ese grillo destemplado.
+ </p>
+ <p>
+ Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del
+ templo, se empe&ntilde;&oacute; en entrar en Santa Clementina. El
+ Magistral le sigui&oacute;, para ocultar su deseo de llegar al Espol&oacute;n
+ cuanto antes.
+ </p>
+ <p>
+ Eran <i>ellos</i>, en efecto.
+ </p>
+ <p>
+ En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la
+ levita de telara&ntilde;as y manchas de cal, rojo el rostro, c&aacute;rdenas
+ las orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en direcci&oacute;n
+ de la b&oacute;veda. Estaba indignado, al parecer, y su indignaci&oacute;n
+ la comunicaba de grado o por fuerza a los Infanzones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores&mdash;exclamaba&mdash;ya lo ven ustedes: esta
+ capilla es el lunar, el feo lunar, el borr&oacute;n dir&eacute; mejor, de
+ esta joya g&oacute;tica. Han visto ustedes el pante&oacute;n, de severa
+ arquitectura rom&aacute;nica, sublime en su desnudez; han visto el
+ claustro, ojival puro; han recorrido las galer&iacute;as de la b&oacute;veda,
+ de un g&oacute;tico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta
+ llamada Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las
+ primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del
+ relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero
+ sublime art&iacute;fice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y
+ gustado con delicia los arranques geniales, s&iacute;, geniales puedo
+ decir, del cincel de un Grijalte; y <i>reasumiendo</i>, en toda la Santa
+ Bas&iacute;lica han podido corroborar la idea de que este templo es obra
+ de arte severo, puro, sencillo, delicado... <i>Empero</i> aqu&iacute;, se&ntilde;ores,
+ forzoso es confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchaz&oacute;n, la
+ redundancia se han dado cita para labrar estas piedras en las que lo
+ amanerado va de la mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme.
+ Esta Santa Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la
+ ignominia de la catedral de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Call&oacute; un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote
+ con el pa&ntilde;uelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado
+ tiempo hac&iacute;a en elocuencia liquefacta.
+ </p>
+ <p>
+ Los Infanzones sudaban tambi&eacute;n. El marido ten&iacute;a en la cabeza
+ una olla de grillos. Hab&iacute;a o&iacute;do en hora y media un curso
+ peripat&eacute;tico&mdash;&iexcl;a pie y andando todo el tiempo!&mdash;de
+ arqueolog&iacute;a y arquitectura y otro curso de historia pragm&aacute;tica.
+ El desgraciado ya confund&iacute;a a los califas de C&oacute;rdoba con las
+ columnas de la Mezquita, y ya no sab&iacute;a cu&aacute;les eran m&aacute;s
+ de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden d&oacute;rico, el
+ j&oacute;nico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y
+ ya dudaba si la fundaci&oacute;n de Vetusta se deb&iacute;a a un fraile
+ descalzo o al arco de medio punto; <i>reasumiendo</i>, como dec&iacute;a
+ el sabio; sent&iacute;a n&aacute;useas invencibles y apenas o&iacute;a al
+ arque&oacute;logo, preocup&aacute;ndole m&aacute;s sus esfuerzos por
+ contener impulsos del est&oacute;mago cuya expansi&oacute;n hubiera sido
+ una irreverencia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si estuvi&eacute;ramos en un barco, no ser&iacute;a tan inoportuno&mdash;pensaba&mdash;&iexcl;pero
+ en una catedral!
+ </p>
+ <p>
+ El Infanz&oacute;n estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que o&iacute;a
+ decir la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se cre&iacute;a
+ al frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea.
+ Pero el pobre lugare&ntilde;o segu&iacute;a diciendo que s&iacute; a todo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Estaba conforme, aquello era una profanaci&oacute;n. &iexcl;Qu&eacute;
+ pesadez la de aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! &iexcl;Vaya
+ si eran pesados! Como que el Infanz&oacute;n tem&iacute;a que se le
+ cayeran encima; porque se meneaban, sin duda. Pero &iexcl;buen Dios! a&ntilde;ad&iacute;a
+ para sus adentros; si el g&eacute;nero plateresco es cargante y pesad&iacute;simo
+ &iquest;d&oacute;nde habr&aacute; cosa m&aacute;s plateresca que este se&ntilde;or
+ don Saturnino?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se le pas&oacute; por la imaginaci&oacute;n si estar&iacute;a burl&aacute;ndose
+ de ellos porque eran de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no deb&iacute;a
+ de mentir; hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la
+ emigraci&oacute;n de la pi&ntilde;a p&eacute;rsica a las columnas &aacute;rabes;
+ s&oacute;lo que todo aquello &iexcl;qu&eacute; le importaba a &eacute;l
+ que era un compromisario!
+ </p>
+ <p>
+ La digna esposa de Infanz&oacute;n tambi&eacute;n estaba cansada,
+ aburrida, despeada, pero no aturdida. Hac&iacute;a m&aacute;s de una hora
+ que no o&iacute;a palabra de cuanto hablaba aquel charlat&aacute;n, sin
+ verg&uuml;enza, libertino. &laquo;&iexcl;Oh, si no fuera porque su marido
+ todo lo consideraba inconveniencia y falta de educaci&oacute;n! &iexcl;Si
+ no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba escandalizada,
+ furiosa. &iexcl;Bonito papel iban representando ella y el bobalic&oacute;n
+ de su marido! Le hab&iacute;a hecho se&ntilde;as, pero in&uacute;tilmente.
+ &Eacute;l pensaba que alud&iacute;a a lo de la arquitectura y se hac&iacute;a
+ el distra&iacute;do. &iquest;Y la do&ntilde;a Obdulita? No, y que parec&iacute;a
+ maestra en aquel teje maneje. No hab&iacute;an desperdiciado ni una sola
+ ocasi&oacute;n. &iexcl;Claro! y as&iacute; les hab&iacute;an tra&iacute;do
+ y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto estaba
+ obscuro... &iexcl;claro!... se daban la mano. Ella lo hab&iacute;a visto
+ una vez y supuesto las dem&aacute;s. Y &eacute;l la pisaba el pie... y
+ siempre juntos; y en cuanto hab&iacute;a algo estrecho quer&iacute;an
+ pasar a la una... y pasaban &iexcl;qu&eacute; desenfreno! &iquest;Pero de
+ d&oacute;nde le ven&iacute;a a su marido la amistad de aquella se&ntilde;orona?&raquo;.
+ Hasta celos sent&iacute;a la noble lugare&ntilde;a. No hablaba ni palabra;
+ y si Obdulia y Berm&uacute;dez hubieran estado menos preocupados con el
+ Renacimiento, hubiesen notado el ce&ntilde;o y la sequedad de la antes
+ amable y cort&eacute;s se&ntilde;ora de pueblo. Don Saturno reanud&oacute;
+ su discurso. Se trataba de probar sus injuriosas afirmaciones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;V&eacute;ase si no&mdash;continuaba&mdash;lo que salta a los ojos,
+ a los del alma quiero decir, de toda persona de gusto. &iexcl;Malhaya el
+ dign&iacute;simo Obispo, salvo el respeto debido, malhaya el dign&iacute;simo
+ Obispo don Garc&iacute;a Madrej&oacute;n que consinti&oacute; este confuso
+ acervo de adornos y follajes, quinta esencia de lo barroco, de la profusi&oacute;n
+ manirrota y de la falsedad. Cartelas, medallas, hornacinas (y se&ntilde;alaba
+ con el dedo), capiteles, frontones rotos, guirnaldas, colgadizos,
+ hojarasca, arabescos, que pulul&aacute;is por las decoraciones de puertas,
+ ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre del arte, de la santa idea de
+ sobriedad y la no menos inmortal e inmaculada de armon&iacute;a, yo os
+ condeno a la maldici&oacute;n de la historia!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues oiga usted&mdash;se atrevi&oacute; a decir la Infanz&oacute;n
+ sin mirar a su esposo&mdash;; diga usted lo que quiera, esta capilla me
+ parece a m&iacute; muy bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el
+ templo... &iexcl;blasfemando as&iacute; de Dios y sus santos!
+ </p>
+ <p>
+ Ea, se hab&iacute;a cansado; quer&iacute;a dar la batalla al libertino y
+ escog&iacute;a, con un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro
+ y desinteresado. Adem&aacute;s le gustaba de veras la capilla y no quer&iacute;a
+ m&aacute;s contemplaciones.
+ </p>
+ <p>
+ El lugare&ntilde;o crey&oacute; que su mujer se hab&iacute;a vuelto loca.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Estar&iacute;a mareada como &eacute;l&raquo;. Quiso hablar, pero no
+ lo consigui&oacute; en cuanto quiso. Obdulia solt&oacute; al aire una
+ carcajada, que oy&oacute; don Cayetano desde fuera. Don Saturno, cortado y
+ sospechando algo del motivo de aquella inesperada oposici&oacute;n, se
+ content&oacute; con inclinarse a lo Magistral y torcer la boca y las cejas
+ de una manera inventada por &eacute;l mismo frente al espejo. Quer&iacute;a
+ aquello decir que un Berm&uacute;dez no disputaba con se&ntilde;oras. S&oacute;lo
+ contest&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora... yo no profano nada.... El Arte....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute; profana usted!&mdash;&iexcl;Pero mujer, pero
+ Carolina!&mdash;&iexcl;Oh! d&eacute;jela usted, se&ntilde;or Infanz&oacute;n;
+ yo respeto todas las opiniones.
+ </p>
+ <p>
+ Y temiendo que la lugare&ntilde;a llevase la mejor parte en lo de profanar
+ o no profanar, se apresur&oacute; a a&ntilde;adir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por lo dem&aacute;s, ya usted comprender&aacute;, amigo m&iacute;o,
+ que yo sigo los c&aacute;nones de la belleza cl&aacute;sica condenando en&eacute;rgicamente
+ el gusto barroco.... Esto es plateresco....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Churrigueresco!&mdash;exclam&oacute; el compromisario
+ queriendo as&iacute; compensar la protesta disparatada de su mujer.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Churrigueresco!&mdash;repiti&oacute;&mdash;&iexcl;da n&aacute;useas!&mdash;y
+ se vio claramente que las sent&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Churrigueresco!&mdash;pudo decir otra vez.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Rococ&oacute;!&mdash;concluy&oacute; Obdulia.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera a
+ besarle las botas color bronce.
+ </p>
+ <p>
+ Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresur&oacute; a
+ despedirse. De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y ten&iacute;a
+ mucho fr&iacute;o. El viento caliente le sab&iacute;a a cierzo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Temo una pulmon&iacute;a!&mdash;dijo, mientras escapaba
+ abroch&aacute;ndose la levita por la cintura.
+ </p>
+ <p>
+ Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Amaba y cre&iacute;a ser amado&raquo;.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="IIImdash" id="IIImdash"></a>&mdash;III&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El
+ Arcipreste procur&oacute; que se encontraran y por su confianza con la
+ Regenta facilit&oacute; la entrevista.
+ </p>
+ <p>
+ Pocas veces hab&iacute;an cruzado la palabra la hermosa dama y el
+ Provisor, y nunca hab&iacute;a pasado la conversaci&oacute;n de los
+ lugares comunes a que obliga el trato social.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Ana Ozores no era de ninguna cofrad&iacute;a. Pagaba una cuota
+ mensual en las Escuelas Dominicales, pero no asist&iacute;a a las
+ lecciones ni a las conferencias; viv&iacute;a lejos del c&iacute;rculo en
+ que el Provisor reinaba. Este visitaba poco a las personas que no pod&iacute;an
+ o no quer&iacute;an servirle en sus planes de propaganda. Cuando el se&ntilde;or
+ don V&iacute;ctor Quintanar era Regente de Vetusta, el Magistral le
+ visitaba en todas las solemnidades en que exig&iacute;an este acto de
+ cortes&iacute;a las costumbres del pueblo; estas visitas las pagaba con la
+ exactitud que usaba en estos asuntos el se&ntilde;or Quintanar, el m&aacute;s
+ cumplido caballero de la ciudad, despu&eacute;s de Berm&uacute;dez. Los
+ cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qu&eacute;,
+ cuando se jubil&oacute; don V&iacute;ctor, y por fin cesaron las visitas.
+ Don V&iacute;ctor y don Ferm&iacute;n se hablaban algunas veces en la
+ calle, en el Espol&oacute;n; se saludaban siempre con la mayor amabilidad.
+ Se estimaban mutuamente. Las calumnias con que la maledicencia persegu&iacute;a
+ a De Pas ten&iacute;an un aislador en don V&iacute;ctor; por su conducto
+ no se propagaban, y aun tomaba a su cargo deshacer su perniciosa
+ influencia. Do&ntilde;a Ana jam&aacute;s hab&iacute;a hablado a solas con
+ el Magistral, y despu&eacute;s que cesaron las visitas apenas volvi&oacute;
+ a verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que sab&iacute;a
+ esto, hizo un simulacro de presentaci&oacute;n diplom&aacute;tica en el
+ tono jocoserio que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, hab&iacute;an
+ hablado poco; todo casi se lo hab&iacute;a dicho Ripamil&aacute;n y lo dem&aacute;s
+ Visitaci&oacute;n, que acompa&ntilde;aba a la de Quintanar. Do&ntilde;a
+ Ana volvi&oacute; pronto a su casa. Se recogi&oacute; temprano aquella
+ noche.
+ </p>
+ <p>
+ De la breve conversaci&oacute;n de la tarde no recordaba m&aacute;s que
+ esto: que al d&iacute;a siguiente, despu&eacute;s del coro, el Magistral
+ la esperaba en su capilla. Le hab&iacute;a indicado, aunque por medio de
+ indirectas, que conven&iacute;a, al mudar de confesor, hacer confesi&oacute;n
+ general.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco,
+ con cierto tono fr&iacute;o, y algo distra&iacute;do al parecer. No le hab&iacute;a
+ visto los ojos. No le hab&iacute;a visto m&aacute;s que los p&aacute;rpados,
+ cargados de carne blanca. Debajo de las pesta&ntilde;as asomaba un brillo
+ singular.
+ </p>
+ <p>
+ Cerca del lecho, arrodillada, rez&oacute; algunos minutos la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s se sent&oacute; en una mecedora junto a su tocador, en el
+ gabinete, lejos del lecho por no caer en la tentaci&oacute;n de acostarse,
+ y ley&oacute; un cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del
+ sacramento de la penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a
+ las hojas. Dej&oacute; de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que
+ dec&iacute;an: <i>Si comi&oacute; carne</i>...
+ </p>
+ <p>
+ Mentalmente y como por m&aacute;quina repet&iacute;a estas tres voces, que
+ para ella hab&iacute;an perdido todo significado; las repet&iacute;a como
+ si fueran de un idioma desconocido.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s, saliendo de no sab&iacute;a qu&eacute; pozo negro su
+ pensamiento, atendi&oacute; a lo que le&iacute;a. Dej&oacute; el libro
+ sobre el tocador y cruz&oacute; las manos sobre las rodillas. Su abundante
+ cabellera, de un casta&ntilde;o no muy obscuro, ca&iacute;a en ondas sobre
+ la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por delante le cubr&iacute;a
+ el regazo; entre los dedos cruzados se hab&iacute;an enredado algunos
+ cabellos. Sinti&oacute; un escalofr&iacute;o y se sorprendi&oacute; con
+ los dientes apretados hasta causarle un dolor sordo. Pas&oacute; una mano
+ por la frente; se tom&oacute; el pulso, y despu&eacute;s se puso los dedos
+ de ambas manos delante de los ojos. Era aquella su manera de experimentar
+ si se le iba o no la vista. Qued&oacute; tranquila. No era nada. Lo mejor
+ ser&iacute;a no pensar en ello.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Confesi&oacute;n general!&raquo;. S&iacute;, esto hab&iacute;a
+ dado a entender aquel se&ntilde;or sacerdote. Aquel libro no serv&iacute;a
+ para tanto. Mejor era acostarse. El examen de conciencia de sus pecados de
+ la temporada lo ten&iacute;a hecho desde la v&iacute;spera. El examen para
+ aquella confesi&oacute;n general pod&iacute;a hacerlo acostada. Entr&oacute;
+ en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada. La separaba del
+ tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de <i>sat&iacute;n</i>
+ granate. La Regenta dorm&iacute;a en una vulgar&iacute;sima cama de
+ matrimonio dorada, con pabell&oacute;n blanco. Sobre la alfombra, a los
+ pies del lecho, hab&iacute;a una piel de tigre, aut&eacute;ntica. No hab&iacute;a
+ m&aacute;s im&aacute;genes santas que un crucifijo de marfil colgado sobre
+ la cabecera; inclin&aacute;ndose hacia el lecho parec&iacute;a mirar a
+ trav&eacute;s del tul del pabell&oacute;n blanco.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia, a fuerza de indiscreci&oacute;n, hab&iacute;a conseguido varias
+ veces entrar all&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute; mujer esta Anita!
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;Era limpia, no se pod&iacute;a negar, limpia como el armi&ntilde;o;
+ esto al fin era un m&eacute;rito... y una pulla para muchas damas
+ vetustenses&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero a&ntilde;ad&iacute;a Obdulia:&mdash;&laquo;Fuera de la limpieza y del
+ orden, nada que revele a la mujer elegante. La piel de tigre, &iquest;tiene
+ un <i>cachet</i>? Ps... qu&eacute; s&eacute; yo. Me parece un capricho
+ caro y extravagante, poco femenino al cabo. &iexcl;La cama es un horror!
+ Muy buena para la alcaldesa de Palomares. &iexcl;Una cama de matrimonio!
+ &iexcl;Y qu&eacute; cama! Una groser&iacute;a. &iquest;Y lo dem&aacute;s?
+ Nada. All&iacute; no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un
+ estudiante. Ni un objeto de arte. Ni un mal <i>bibelot</i>; nada de lo que
+ piden el <i>confort</i> y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el
+ estilo es el hombre. Dime c&oacute;mo duermes y te dir&eacute; qui&eacute;n
+ eres. &iquest;Y la devoci&oacute;n? All&iacute; la piedad est&aacute;
+ representada por un Cristo vulgar colocado de una manera contraria a las
+ <i>conveniencias</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;L&aacute;stima&mdash;conclu&iacute;a Obdulia, sin
+ sentir l&aacute;stima&mdash;, que un <i>bijou</i> tan precioso se guarde
+ en tan miserable joyero!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ah! deb&iacute;a confesar que el juego de cama era digno de
+ una princesa. &iexcl;Qu&eacute; sabanas! &iexcl;Qu&eacute; almohadones!
+ Ella hab&iacute;a pasado la mano por todo aquello, &iexcl;qu&eacute;
+ suavidad! El sat&iacute;n de aquel cuerpecito de regalo no sentir&iacute;a
+ asperezas en el roce de aquellas s&aacute;banas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y all&aacute;
+ en el fondo del coraz&oacute;n, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta
+ no hab&iacute;a tigres; la viuda no pod&iacute;a exigir a sus amantes esta
+ prueba de cari&ntilde;o. Ella ten&iacute;a a los pies de la cama la caza
+ del le&oacute;n, &iexcl;pero estampada en tapiz miserable!
+ </p>
+ <p>
+ Ana corri&oacute; con mucho cuidado las colgaduras granate, como si
+ alguien pudiera verla desde el tocador. Dej&oacute; caer con negligencia
+ su bata azul con encajes crema, y apareci&oacute; blanca toda, como se la
+ figuraba don Saturno poco antes de dormirse, pero mucho m&aacute;s hermosa
+ que Berm&uacute;dez pod&iacute;a represent&aacute;rsela. Despu&eacute;s de
+ abandonar todas las prendas que no hab&iacute;an de acompa&ntilde;arla en
+ el lecho, qued&oacute; sobre la piel de tigre, hundiendo los pies
+ desnudos, peque&ntilde;os y rollizos en la espesura de las manchas pardas.
+ Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada, y el otro pend&iacute;a
+ a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de la robusta cadera.
+ Parec&iacute;a una imp&uacute;dica modelo olvidada de s&iacute; misma en
+ una postura acad&eacute;mica impuesta por el artista. Jam&aacute;s el
+ Arcipreste, ni confesor alguno hab&iacute;a prohibido a la Regenta esta
+ voluptuosidad de distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir
+ el contacto del aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse.
+ Nunca hab&iacute;a cre&iacute;do ella que tal abandono fuese materia de
+ confesi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Abri&oacute; el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre
+ aquella blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la s&aacute;bana
+ y ten&iacute;a los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto
+ que corr&iacute;a desde la cintura a las sienes.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Confesi&oacute;n general!&raquo;&mdash;estaba
+ pensando&mdash;. Eso es la historia de toda la vida. Una l&aacute;grima
+ asom&oacute; a sus ojos, que eran garzos, y corri&oacute; hasta mojar la s&aacute;bana.
+ </p>
+ <p>
+ Se acord&oacute; de que no hab&iacute;a conocido a su madre.
+ </p>
+ <p>
+ Tal vez de esta desgracia nac&iacute;an sus mayores pecados.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ni madre ni hijos&raquo;. Esta costumbre de acariciar la s&aacute;bana
+ con la mejilla la hab&iacute;a conservado desde la ni&ntilde;ez.&mdash;Una
+ mujer seca, delgada, fr&iacute;a, ceremoniosa, la obligaba a acostarse
+ todas las noches antes de tener sue&ntilde;o. Apagaba la luz y se iba.
+ Anita lloraba sobre la almohada, despu&eacute;s saltaba del lecho; pero no
+ se atrev&iacute;a a andar en la obscuridad y pegada a la cama segu&iacute;a
+ llorando, tendida as&iacute;, de bruces, como ahora, acariciando con el
+ rostro la s&aacute;bana que mojaba con l&aacute;grimas tambi&eacute;n.
+ Aquella blandura de los colchones era todo lo <i>maternal</i> con que ella
+ pod&iacute;a contar; no hab&iacute;a m&aacute;s suavidad para la pobre ni&ntilde;a.
+ Entonces deb&iacute;a de tener, seg&uacute;n sus vagos recuerdos, cuatro a&ntilde;os.
+ Veintitr&eacute;s hab&iacute;an pasado, y aquel dolor a&uacute;n la
+ enternec&iacute;a. Despu&eacute;s, casi siempre, hab&iacute;a tenido
+ grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su memoria; una
+ porci&oacute;n de necios se hab&iacute;an conjurado contra ella; todo
+ aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de ni&ntilde;a, la
+ injusticia de acostarla sin sue&ntilde;o, sin cuentos, sin caricias, sin
+ luz, la sublevaba todav&iacute;a y le inspiraba una dulc&iacute;sima l&aacute;stima
+ de s&iacute; misma. Como aquel a quien, antes de descansar en su lecho el
+ tiempo que necesita, obligan a levantarse, siente sensaci&oacute;n extra&ntilde;a
+ que podr&iacute;a llamarse nostalgia de blandura y del calor de su sue&ntilde;o,
+ as&iacute;, con parecida sensaci&oacute;n, hab&iacute;a Ana sentido toda
+ su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca hab&iacute;an oprimido su
+ cabeza de ni&ntilde;a contra un seno blando y caliente; y ella, la
+ chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un
+ perro negro de lanas, noble y hermoso; deb&iacute;a de ser un terranova.&mdash;&iquest;Qu&eacute;
+ habr&iacute;a sido de &eacute;l?&mdash;. El perro se tend&iacute;a al sol,
+ con la cabeza entre las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la
+ mejilla sobre el lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana
+ suave y caliente. En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre
+ los montones de yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse
+ llorando, acababa por buscar consuelo en s&iacute; misma, cont&aacute;ndose
+ cuentos llenos de luz y de caricias. Era el caso que ella ten&iacute;a una
+ mam&aacute; que le daba todo lo que quer&iacute;a, que la apretaba contra
+ su pecho y que la dorm&iacute;a cantando cerca de su o&iacute;do:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">S&aacute;bado, s&aacute;bado, morena,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">cay&oacute; el pajarillo en trena</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">con grillos y con cadenaaa....</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Y esto otro:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Estaba la p&aacute;jara pinta</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">a la sombra de un verde lim&oacute;n....</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Estos cantares los o&iacute;a en una plaza grande a las mujeres del pueblo
+ que arrullaban a sus hijuelos....
+ </p>
+ <p>
+ Y as&iacute; se dorm&iacute;a ella tambi&eacute;n, figur&aacute;ndose que
+ era la almohada el seno de su madre so&ntilde;ada y que realmente o&iacute;a
+ aquellas canciones que sonaban dentro de su cerebro. Poco a poco se hab&iacute;a
+ acostumbrado a esto, a no tener m&aacute;s placeres puros y tiernos que
+ los de su imaginaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Pensando la Regenta en aquella ni&ntilde;a que hab&iacute;a sido ella, la
+ admiraba y le parec&iacute;a que su vida se hab&iacute;a partido en dos,
+ una era la de aquel angelillo que se le antojaba muerto. La ni&ntilde;a
+ que saltaba del lecho a obscuras era m&aacute;s en&eacute;rgica que esta
+ Anita de ahora, ten&iacute;a una fuerza interior pasmosa para resistir sin
+ humillarse las exigencias y las injusticias de las personas fr&iacute;as,
+ secas y caprichosas que la criaban.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Vaya una manera de hacer examen de conciencia!&raquo;&mdash;pens&oacute;
+ do&ntilde;a Ana algo avergonzada.
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; descalza de la alcoba, cogi&oacute; el devocionario que
+ estaba sobre el tocador y corri&oacute; a su lecho. Se acost&oacute;,
+ acerc&oacute; la luz y se puso a leer con la cabeza hundida en las
+ almohadas. <i>Si comi&oacute; carne</i>, volvieron a ver sus ojos cargados
+ de sue&ntilde;o; pero pas&oacute; adelante. Una, dos, tres hojas... le&iacute;a
+ sin saber qu&eacute;. Por fin, se detuvo en un rengl&oacute;n que dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Los parajes por donde anduvo...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquello lo entendi&oacute;. Hab&iacute;a estado, mientras pasaba hojas y
+ hojas, pensando, sin saber c&oacute;mo, en don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a,
+ presidente del casino de Vetusta y jefe del partido liberal din&aacute;stico;
+ pero al leer: &laquo;Los parajes por donde anduvo&raquo;, su pensamiento
+ volvi&oacute; de repente a los tiempos lejanos. Cuando era ni&ntilde;a,
+ pero ya confesaba, siempre que el libro de examen dec&iacute;a &laquo;pase
+ la memoria por los lugares que ha recorrido&raquo;, se acordaba sin querer
+ de la barca de Tr&eacute;bol, de aquel gran pecado que hab&iacute;a
+ cometido, sin saberlo ella, la noche que pas&oacute; dentro de la barca
+ con aquel Germ&aacute;n, su amigo.... &iexcl;Infames! La Regenta sent&iacute;a
+ rubor y c&oacute;lera al recordar aquella calumnia. Dej&oacute; el libro
+ sobre la mesilla de noche&mdash;otro mueble vulgar que irritaba el buen
+ gusto de Obdulia&mdash;apag&oacute; la luz... y se encontr&oacute; en la
+ barca de Tr&eacute;bol, a medianoche, al lado de Germ&aacute;n, un ni&ntilde;o
+ rubio de doce a&ntilde;os, dos m&aacute;s que ella. &Eacute;l la abrigaba
+ sol&iacute;cito con un saco de lona que hab&iacute;an encontrado en el
+ fondo de la barca. Ella le hab&iacute;a rogado que se abrigara &eacute;l
+ tambi&eacute;n. Debajo del saco, como si fuera una colcha, estaban los dos
+ tendidos sobre el tablado de la barca, cuyas bandas obscuras les imped&iacute;an
+ ver la campi&ntilde;a; s&oacute;lo ve&iacute;an all&aacute; arriba nubes
+ que corr&iacute;an delante de la cara de la luna.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Tienes fr&iacute;o?&mdash;preguntaba Germ&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Y Ana respond&iacute;a, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que
+ corr&iacute;a, detr&aacute;s de las nubes:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No!&mdash;&iquest;Tienes miedo?&mdash;&iexcl;Ca!&mdash;Somos
+ marido y mujer&mdash;dec&iacute;a &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Yo soy una mam&aacute;! Y o&iacute;a debajo de su cabeza un
+ rumor dulce que la arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la
+ corriente.
+ </p>
+ <p>
+ Se hab&iacute;an contado muchos cuentos. &Eacute;l hab&iacute;a contado
+ adem&aacute;s su historia. Ten&iacute;a pap&aacute; en Colondres y mam&aacute;
+ tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo era una mam&aacute;?
+ </p>
+ <p>
+ Germ&aacute;n lo explicaba como pod&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Dan muchos besos las mam&aacute;s?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;.&mdash;&iquest;Y cantan?&mdash;S&iacute;, yo tengo una
+ hermanita que le cantan. Yo ya soy grande.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Y yo soy una mam&aacute;! Despu&eacute;s ven&iacute;a la
+ historia de ella. Viv&iacute;a en Loreto, una aldea, algo lejos de la r&iacute;a
+ por aquel lado, pero tocando con el mar por all&aacute; arriba, por el
+ arenal. Viv&iacute;a con una se&ntilde;ora que se llamaba aya y do&ntilde;a
+ Camila. No la quer&iacute;a. Aquella se&ntilde;ora aya ten&iacute;a
+ criados y criadas y un se&ntilde;or que ven&iacute;a de noche y le daba
+ besos a do&ntilde;a Camila, que le pegaba y dec&iacute;a: &laquo;Delante
+ de ella no, que es muy maliciosa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Le dec&iacute;an que ten&iacute;a un pap&aacute; que la quer&iacute;a
+ mucho y era el que mandaba los vestidos y el dinero y todo. Pero &eacute;l
+ no pod&iacute;a venir, porque estaba matando moros. La castigaban mucho,
+ pero no la pegaban; eran encierros, ayunos y el castigo peor, el de
+ acostarse temprano. Se escapaba por la puerta del jard&iacute;n y corr&iacute;a
+ llorando hacia el mar; quer&iacute;a meterse en un barco y navegar hasta
+ la tierra de los moros y buscar a su pap&aacute;. Alg&uacute;n marinero la
+ encontraba llorando y la acariciaba. Ella le propon&iacute;a el viaje, el
+ marinero se re&iacute;a, le dec&iacute;a que s&iacute;, la cog&iacute;a en
+ los brazos, pero el p&iacute;caro la llevaba a casa del aya y la volv&iacute;an
+ al encierro. Una tarde se hab&iacute;a escapado por otro camino, pero no
+ encontraba el mar. Hab&iacute;a pasado junto a un molino; un perro le hab&iacute;a
+ cerrado el paso al atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco
+ hueco de casta&ntilde;o; Ana se hab&iacute;a echado sobre el tronco porque
+ se mareaba viendo el agua blanca que ladraba debajo como el perro enfrente
+ de ella. El perro hab&iacute;a pasado por encima de Anita; no hab&iacute;a
+ querido morderla. Ella entonces, desde la otra orilla, le llam&oacute; y
+ le dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Chito, toma, ah&iacute; tienes eso.
+ </p>
+ <p>
+ Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca
+ mojado en l&aacute;grimas.
+ </p>
+ <p>
+ Casi siempre com&iacute;a el pan de la merienda salado por las l&aacute;grimas.
+ Cuando estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y
+ del hombre, lloraba de rabia. Hab&iacute;a encontrado despu&eacute;s del
+ molino un bosque y lo hab&iacute;a cruzado corriendo, cantando, y eso que
+ ten&iacute;a a&uacute;n los ojos llenos de llanto, pero cantaba de miedo.
+ Al salir del bosque hab&iacute;a visto un prado de yerba muy verde y muy
+ alta....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y all&iacute; estaba yo, verdad?&mdash;grit&oacute; Germ&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es verdad.&mdash;Y te dije si quer&iacute;as embarcarte en la barca
+ de Tr&eacute;bol, que el barquero hab&iacute;a sido mi criado, y yo era de
+ Colondres, que est&aacute; al otro lado de la r&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso
+ el di&aacute;logo; pero cre&iacute;a que, en rigor, de lo que se acordaba
+ no era de las palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la ni&ntilde;a
+ hab&iacute;a animado y puesto en forma de novela los sucesos de aquella
+ noche.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s se hab&iacute;an dormido. Ya era de d&iacute;a cuando los
+ despert&oacute; una voz que gritaba desde la orilla de Colondres. Era el
+ barquero que ve&iacute;a su barca en un islote que dejaba el agua en medio
+ de la r&iacute;a al bajar la marea. El barquero los ri&ntilde;&oacute;
+ mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel hombre; pero en el
+ camino los hall&oacute; un criado del aya. Andaban busc&aacute;ndola por
+ todo el mundo. Cre&iacute;an que se hab&iacute;a ca&iacute;do al mar. Do&ntilde;a
+ Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya cogi&oacute;
+ a Anita por un brazo y se lo apret&oacute; hasta arrancarle sangre. Pero
+ ella no llor&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Le preguntaron d&oacute;nde hab&iacute;a pasado la noche y no quiso
+ contestar por temor de que castigaran a Germ&aacute;n si se sab&iacute;a.
+ La encerraron, no le dieron de comer aquel d&iacute;a, pero no declar&oacute;
+ nada. A la ma&ntilde;ana siguiente el aya hizo llamar al barquero de Tr&eacute;bol.
+ Seg&uacute;n aquel hombre, los ni&ntilde;os se hab&iacute;an concertado
+ para pasar juntos una noche en la barca. &iquest;Qui&eacute;n lo dir&iacute;a?
+ Ana confes&oacute; al cabo que hab&iacute;an dormido juntos, pero que hab&iacute;a
+ sido sin querer. Su prop&oacute;sito hab&iacute;a sido hacerse due&ntilde;os
+ de la barca una noche, aunque los ri&ntilde;eran en casa, pasar de orilla
+ a orilla ellos solos, tirando por la cuerda, y despu&eacute;s volverse
+ &eacute;l a Colondres y ella a Loreto. Pero el agua de la r&iacute;a se
+ hab&iacute;a marchado, la barca tropez&oacute; en el fondo con las piedras
+ en mitad del pasaje y por m&aacute;s esfuerzos que hab&iacute;an hecho no
+ hab&iacute;an conseguido moverla. Y se hab&iacute;an acostado y se hab&iacute;an
+ dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha se
+ hubieran ido a la tierra del moro, porque Germ&aacute;n sab&iacute;a el
+ camino por el mar; ella hubiera buscado a su pap&aacute; y &eacute;l
+ hubiera matado muchos moros; pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron
+ romperla y se acostaron para contarse cuentos de dormir.
+ </p>
+ <p>
+ Lo mismo hab&iacute;a referido Germ&aacute;n al barquero, pero no se crey&oacute;
+ la historia.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Qu&eacute; esc&aacute;ndalo! do&ntilde;a Camila cogi&oacute; a
+ Anita por la garganta y por poco la ahoga. Despu&eacute;s dijo un refr&aacute;n
+ desvergonzado en que se insultaba a su madre y a ella, seg&uacute;n
+ comprendi&oacute; mucho m&aacute;s tarde, porque entonces no entend&iacute;a
+ aquellas palabras.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picard&iacute;as
+ de la ni&ntilde;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;T&uacute; le has abierto los ojos con tus imprudencias.
+ </p>
+ <p>
+ Anita no entend&iacute;a y el hombre, el se&ntilde;or del aya, re&iacute;a
+ a carcajadas.
+ </p>
+ <p>
+ Desde aquel d&iacute;a el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y
+ sonre&iacute;a, y en cuanto sal&iacute;a de la habitaci&oacute;n el aya le
+ ped&iacute;a besos a ella, pero nunca quiso d&aacute;rselos.
+ </p>
+ <p>
+ Vino un cura y se encerr&oacute; con Ana en la alcoba de la ni&ntilde;a y
+ le pregunt&oacute; unas cosas que ella no sab&iacute;a lo que eran. M&aacute;s
+ adelante meditando mucho, acab&oacute; por entender algo de aquello. Se la
+ quiso convencer de que hab&iacute;a cometido un gran pecado. La llevaron a
+ la iglesia de la aldea y la hicieron confesarse. No supo contestar al cura
+ y este declar&oacute; al aya que no serv&iacute;a la ni&ntilde;a para el
+ caso todav&iacute;a, porque por ignorancia o por malicia, ocultaba sus
+ pecadillos. Los chicos de la calle la miraban como el hombre que besaba a
+ do&ntilde;a Camila; la cog&iacute;an por un brazo y quer&iacute;an llev&aacute;rsela
+ no sab&iacute;a a d&oacute;nde. No volvi&oacute; a salir sin el aya. A
+ Germ&aacute;n no hab&iacute;a vuelto a verle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;He escrito a tu pap&aacute; dici&eacute;ndole lo que t&uacute;
+ eres. En cuanto cumplas los once a&ntilde;os, ir&aacute;s a un colegio de
+ Recoletas.
+ </p>
+ <p>
+ Esta amenaza de do&ntilde;a Camila no pas&oacute; de amenaza, pero Ana no
+ sent&iacute;a salir de Loreto, ir donde quiera.
+ </p>
+ <p>
+ Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien de
+ lo que o&iacute;a, hab&iacute;a entendido que achacaban a culpas de su
+ madre los pecados que la atribu&iacute;an a ella....
+ </p>
+ <p>
+ Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sinti&oacute; que se
+ sofocaba, sus mejillas ard&iacute;an. Encendi&oacute; luz, apart&oacute;
+ de s&iacute; la colcha pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se
+ revelaron exageradas bajo la manta de fin&iacute;sima lana de colores ce&ntilde;ida
+ al cuerpo. La colcha qued&oacute; arrugada a los pies.
+ </p>
+ <p>
+ Aquellos recuerdos de la ni&ntilde;ez huyeron, pero la c&oacute;lera que
+ despertaron, a pesar de ser tan lejana, no se desvaneci&oacute; con ellos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute; vida tan est&uacute;pida!&raquo;&mdash;pens&oacute;
+ Ana, pasando a reflexiones de otro g&eacute;nero.
+ </p>
+ <p>
+ Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto
+ de hora de rebeli&oacute;n. Cre&iacute;a vivir sacrificada a deberes que
+ se hab&iacute;a impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba
+ como po&eacute;tica misi&oacute;n que explicaba el por qu&eacute; de la
+ vida. Entonces pensaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;La monoton&iacute;a, la insulsez de esta existencia es
+ aparente; mis d&iacute;as est&aacute;n ocupados por grandes cosas; este
+ sacrificio, esta lucha es m&aacute;s grande que cualquier aventura del
+ mundo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasi&oacute;n
+ sojuzgada; protestaba el ego&iacute;smo, la llamaba loca, rom&aacute;ntica,
+ necia y dec&iacute;a:&mdash;&iexcl;Qu&eacute; vida tan est&uacute;pida!
+ </p>
+ <p>
+ Esta conciencia de la rebeli&oacute;n la desesperaba; quer&iacute;a
+ aplacarla y se irritaba. Sent&iacute;a cardos en el alma. En tales horas
+ no quer&iacute;a a nadie, no compadec&iacute;a a nadie. En aquel instante
+ deseaba o&iacute;r m&uacute;sica; no pod&iacute;a haber voz m&aacute;s
+ oportuna. Y sin saber c&oacute;mo, sin querer se le apareci&oacute; el
+ Teatro Real de Madrid y vio a don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a, el
+ presidente del Casino, ni m&aacute;s ni menos, envuelto en una capa de
+ embozos grana, cantando bajo los balcones de Rosina:
+ </p>
+ <p>
+ <i>Ecco ridente il ciel...</i> La respiraci&oacute;n de la Regenta era
+ fuerte, frecuente; su nariz palpitaba ensanch&aacute;ndose, sus ojos ten&iacute;an
+ fulgores de fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra
+ sinuosa de su cuerpo ce&ntilde;ido por la manta de colores.
+ </p>
+ <p>
+ Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la
+ aspereza de esp&iacute;ritu que la mortificaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Si yo tuviera un hijo!... ahora... aqu&iacute;... bes&aacute;ndole,
+ cant&aacute;ndole....
+ </p>
+ <p>
+ Huy&oacute; la vaga imagen del rorro, y otra vez se present&oacute; el
+ esbelto don &Aacute;lvaro, pero de gab&aacute;n blanco entallado, salud&aacute;ndola
+ como saludaba el rey Amadeo.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de
+ ella imperiosos, imponentes.
+ </p>
+ <p>
+ Sinti&oacute; flojedad en el esp&iacute;ritu. La sequedad y tirantez que
+ la mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo....
+ </p>
+ <p>
+ <i>Ya no era mala</i>, ya sent&iacute;a como ella quer&iacute;a sentir; y
+ la idea de su sacrificio se le apareci&oacute; de nuevo; pero grande
+ ahora, sublime, como una corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La
+ imagen de don &Aacute;lvaro tambi&eacute;n fue desvaneci&eacute;ndose,
+ cual un cuadro disolvente; ya no se ve&iacute;a m&aacute;s que el gab&aacute;n
+ blanco y detr&aacute;s, como una filtraci&oacute;n de luz, iban destac&aacute;ndose
+ una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y oro, con
+ borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy espesas... y
+ al fin sobre un fondo negro brill&oacute; entera la respetable y familiar
+ figura de su don V&iacute;ctor Quintanar con un nimbo de luz en torno.
+ Aquel era el sujeto del sacrificio, como dir&iacute;a don Cayetano. Ana
+ Ozores deposit&oacute; un casto beso en la frente del caballero.
+ </p>
+ <p>
+ Y sinti&oacute; vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al
+ cuadro disolvente.
+ </p>
+ <p>
+ Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el
+ anhelo de la casta esposa. Se tom&oacute; el pulso, se mir&oacute; las
+ manos; no ve&iacute;a bien los dedos, el pulso lat&iacute;a con violencia,
+ en los p&aacute;rpados le estallaban estrellitas, como chispas de fuegos
+ artificiales, s&iacute;, s&iacute;, estaba mala, iba a darle el ataque;
+ hab&iacute;a que llamar; cogi&oacute; el cord&oacute;n de la campanilla,
+ llam&oacute;. Pasaron dos minutos. &iquest;No o&iacute;an?... Nada. Volvi&oacute;
+ a empu&ntilde;ar el cord&oacute;n... llam&oacute;. Oy&oacute; pasos
+ precipitados. Al mismo tiempo que por una puerta de escape entraba Petra,
+ su doncella, asustada, casi desnuda, se abri&oacute; la colgadura granate
+ y apareci&oacute; el cuadro disolvente, el hombre de la bata escocesa y el
+ gorro verde, con una palmatoria en la mano.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; tienes, hija m&iacute;a?&mdash;grit&oacute; don
+ V&iacute;ctor acerc&aacute;ndose al lecho. &laquo;Era el ataque, aunque no
+ estaba segura de que viniese con todo el aparato nervioso de costumbre;
+ pero los s&iacute;ntomas los de siempre; no ve&iacute;a, le estallaban
+ chispas de brasero en los p&aacute;rpados y en el cerebro, se le enfriaban
+ las manos, y de pesadas no le parec&iacute;an suyas...&raquo;. Petra corri&oacute;
+ a la cocina sin esperar &oacute;rdenes; ya sab&iacute;a lo que se
+ necesitaba, tila y azahar.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor se tranquiliz&oacute;. &laquo;Estaba acostumbrado al
+ ataque de su querida esposa; padec&iacute;a la infeliz, pero no era nada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, tienes raz&oacute;n; ac&eacute;rcate, h&aacute;blame, si&eacute;ntate
+ aqu&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor se sent&oacute; sobre la cama y <i>deposit&oacute;</i>
+ un beso paternal en la frente de su se&ntilde;ora esposa. Ella le apret&oacute;
+ la cabeza contra su pecho y derram&oacute; algunas l&aacute;grimas.
+ Notadas que fueron las cuales por don V&iacute;ctor exclam&oacute; este:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ves? ya lloras; buena se&ntilde;al. La tormenta de nervios
+ se deshace en agua; est&aacute; conjurado el ataque, ver&aacute;s como no
+ sigue.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, Ana comenz&oacute; a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifest&oacute;
+ una ternura que &eacute;l le agradeci&oacute; en lo que val&iacute;a.
+ Volvi&oacute; Petra con la tila.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor observ&oacute; que la muchacha no hab&iacute;a reparado
+ el desorden de su traje, que no era traje, pues se compon&iacute;a de la
+ camisa, un pa&ntilde;uelo de lana, corto, echado sobre los hombros y una
+ falda que, mal atada al cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la
+ doncella, dado que fueran encantos, que don V&iacute;ctor no entraba en
+ tales averiguaciones, por m&aacute;s que sin querer aventur&oacute;, para
+ sus adentros, la hip&oacute;tesis de que las carnes deb&iacute;an de ser
+ muy blancas, toda vez que la chica era rubia azafranada....
+ </p>
+ <p>
+ Con la tila y el azahar Anita acab&oacute; de serenarse. Respir&oacute;
+ con fuerza; sinti&oacute; un bienestar que le llen&oacute; el alma de
+ optimismo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; sol&iacute;cita era Petra! y su V&iacute;ctor
+ &iexcl;qu&eacute; bueno!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y hab&iacute;a sido hermoso, no cab&iacute;a duda. Verdad era que
+ sus cincuenta y tantos a&ntilde;os parec&iacute;an sesenta; pero sesenta a&ntilde;os
+ de una robustez envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas
+ grises le daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de
+ general. No parec&iacute;a un Regente de Audiencia jubilado, sino un
+ ilustre caudillo en situaci&oacute;n de cuartel&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra, temblando de fr&iacute;o, con los brazos cruzados, unos blanqu&iacute;simos
+ brazos bien torneados, se retir&oacute; discretamente, pero se qued&oacute;
+ en la sala contigua esperando &oacute;rdenes.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se empe&ntilde;&oacute; en que Quintanar&mdash;casi siempre le llamaba
+ as&iacute;&mdash;bebiese aquella poca tila que quedaba en la taza.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Pero si don V&iacute;ctor no cre&iacute;a en los nervios! &iexcl;Si
+ estaba sereno! Muerto de sue&ntilde;o, pero tranquilo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No importaba. Era un capricho. No lo conoc&iacute;a &eacute;l, pero
+ se hab&iacute;a asustado&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que no, hija m&iacute;a; que te juro....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que s&iacute;, que s&iacute;... Don V&iacute;ctor tom&oacute; tila
+ y acto continuo bostez&oacute; en&eacute;rgicamente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Tienes fr&iacute;o?&mdash;&iexcl;Fr&iacute;o yo! Y pens&oacute;
+ que dentro de tres horas, antes de amanecer, saldr&iacute;a con gran
+ sigilo por la puerta del parque&mdash;la huerta de los Ozores&mdash;.
+ Entonces s&iacute; que har&iacute;a fr&iacute;o, sobre todo, cuando
+ llegaran al Montico, &eacute;l y su querido Fr&iacute;gilis, su P&iacute;lades
+ cineg&eacute;tico, como le llamaba.
+ </p>
+ <p>
+ Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita no
+ dej&oacute; a V&iacute;ctor tan pronto como &eacute;l quisiera. Estaba muy
+ habladora su querida mujercita. Le record&oacute; mil episodios de la vida
+ conyugal siempre tranquila y armoniosa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;No quisieras tener un hijo, V&iacute;ctor?&mdash;pregunt&oacute;
+ la esposa apoyando la cabeza en el pecho del marido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Con mil amores!&mdash;contest&oacute; el ex-regente buscando
+ en su coraz&oacute;n la fibra del amor paternal. No la encontr&oacute;; y
+ para figurarse algo parecido pens&oacute; en su reclamo de perdiz, escogid&iacute;simo
+ regalo de Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Si mi mujer supiera que s&oacute;lo puedo disponer de dos
+ horas y media de descanso, me dejar&iacute;a volver a la cama&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero la pobrecita lo ignoraba todo, deb&iacute;a ignorarlo. M&aacute;s de
+ media hora tard&oacute; la Regenta en cansarse de aquella locuacidad
+ nerviosa. &iexcl;Qu&eacute; de proyectos! &iexcl;qu&eacute; de horizontes
+ de color de rosa! Y siempre, siempre juntos V&iacute;ctor y ella.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Verdad?&mdash;S&iacute;, hijita m&iacute;a, s&iacute;; pero
+ debes descansar; te exaltas hablando....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tienes raz&oacute;n; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l se inclin&oacute; para besarle la frente, pero ella ech&aacute;ndole
+ los brazos al cuello y hacia atr&aacute;s la cabeza, recibi&oacute; en los
+ labios el beso. Don V&iacute;ctor se puso un poco encarnado; sinti&oacute;
+ hervir la sangre. Pero no se atrevi&oacute;. Adem&aacute;s, antes de tres
+ horas deb&iacute;a estar camino del Montico con la escopeta al hombro. Si
+ se quedaba con su mujer, adi&oacute;s cacer&iacute;a.... Y Fr&iacute;gilis
+ era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar o llegar
+ tarde a un madrug&oacute;n por el estilo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;S&aacute;lvense los principios&raquo;&mdash;pens&oacute; el
+ cazador.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Buenas noches, t&oacute;rtola m&iacute;a!
+ </p>
+ <p>
+ Y se acord&oacute; de las que ten&iacute;a en la pajarera.
+ </p>
+ <p>
+ Y despu&eacute;s de <i>depositar</i> otro beso, por propia iniciativa, en
+ la frente de Ana, sali&oacute; de la alcoba con la palmatoria en la
+ diestra mano; con la izquierda levant&oacute; el cortinaje granate;
+ volviose, salud&oacute; a su esposa con una sonrisa, y con majestuoso
+ paso, no obstante calzar bordadas zapatillas, se restituy&oacute; a su
+ habitaci&oacute;n que estaba al otro extremo del caser&oacute;n de los
+ Ozores.
+ </p>
+ <p>
+ Atraves&oacute; un gran sal&oacute;n que se llamaba el estrado; anduvo por
+ pasillos anchos y largos, lleg&oacute; a una galer&iacute;a de cristales y
+ all&iacute; vacil&oacute; un momento. Volvi&oacute; pies atr&aacute;s,
+ desanduvo todos los pasillos y discretamente llam&oacute; a una puerta.
+ </p>
+ <p>
+ Petra se present&oacute; en el mismo desorden de antes.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay? &iquest;se ha puesto peor?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No es eso, muchacha&mdash;contest&oacute; don V&iacute;ctor.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; desfachatez! Aquella joven &iquest;no consideraba
+ que estaba casi desnuda?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la se&ntilde;al
+ de don Tom&aacute;s (Fr&iacute;gilis)... Como es tan bruto Anselmo....
+ Quiero que t&uacute; me llames si oyes los tres ladridos... ya sabes...
+ don Tom&aacute;s....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;. Descuide usted, se&ntilde;or. En cuanto
+ ladre don Tom&aacute;s ir&eacute; a llamarle. &iquest;No hay m&aacute;s?&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+ la rubia azafranada, con ojos provocativos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada m&aacute;s. Y acu&eacute;state, que est&aacute;s muy a la
+ ligera y hace mucho fr&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ Ella fingi&oacute; un rubor que estaba muy lejos de su &aacute;nimo y
+ volvi&oacute; la espalda no muy cubierta. Don V&iacute;ctor levant&oacute;
+ entonces los ojos y pudo apreciar que eran, en efecto, encantos los que no
+ velaba bien aquella chica.
+ </p>
+ <p>
+ Se cerr&oacute; la puerta del cuarto de Petra y don V&iacute;ctor emprendi&oacute;
+ de nuevo su majestuosa marcha por los pasillos.
+ </p>
+ <p>
+ Pero antes de entrar en su cuarto se dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En un extremo de la galer&iacute;a de cristales hab&iacute;a una puerta;
+ la empuj&oacute; suavemente y entr&oacute; en la casa-habitaci&oacute;n de
+ sus p&aacute;jaros que dorm&iacute;an el sue&ntilde;o de los justos.
+ </p>
+ <p>
+ Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la
+ palmatoria, y de puntillas se acerc&oacute; a la canariera. No hab&iacute;a
+ novedad. Su visita inoportuna no fue notada m&aacute;s que por dos o tres
+ canarios, que movieron las alas estremeci&eacute;ndose y ocultaron la
+ cabeza entre la pluma. Sigui&oacute; adelante. Las t&oacute;rtolas tambi&eacute;n
+ dorm&iacute;an; all&iacute; hubo ciertos murmullos de desaprobaci&oacute;n,
+ y don V&iacute;ctor se alej&oacute; por no ser indiscreto. Se acerc&oacute;
+ a la jaula &laquo;del tordo m&aacute;s filarm&oacute;nico de la provincia,
+ sin vanidad&raquo;. El tordo estaba enhiesto sobre un travesa&ntilde;o, <i>con
+ los hombros encogidos</i>; pero no dorm&iacute;a. Sus ojos se fijaron de
+ un modo impertinente en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la
+ noche se hubiera estado el animalejo mira que te mirar&aacute;s, con aire
+ de desaf&iacute;o, sin bajar la mirada; &laquo;le conoc&iacute;a bien; era
+ muy aragon&eacute;s. &iexcl;Y c&oacute;mo se parec&iacute;a a Ripamil&aacute;n!&raquo;.
+ Sigui&oacute; adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje africana se
+ daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su jaula chata y
+ la dej&oacute; tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz qued&oacute;
+ extasiado. Si alg&uacute;n pensamiento impuro manchara acaso su conciencia
+ poco antes, la contemplaci&oacute;n del reclamo, aquella obra maestra de
+ la naturaleza, le devolvi&oacute; toda la elevaci&oacute;n de miras y
+ grandeza de esp&iacute;ritu que conven&iacute;a al primer ornit&oacute;logo
+ y al cazador sin rival de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Equilibrado el &aacute;nimo, volvi&oacute; don V&iacute;ctor al amor de
+ las s&aacute;banas.
+ </p>
+ <p>
+ En aquella estancia dorm&iacute;an a&ntilde;os atr&aacute;s, en la cama
+ dorada de Anita, &eacute;l y ella, amantes esposos. Pero... hab&iacute;an
+ coincidido en una idea.
+ </p>
+ <p>
+ A ella la molestaba &eacute;l con sus madrugones de cazador; a &eacute;l
+ le molestaba ella porque le hac&iacute;a sacrificarse y madrugar menos de
+ lo que deb&iacute;a, por no despertarla. Adem&aacute;s, los p&aacute;jaros
+ estaban en una especie de destierro, muy lejos del amo. Traerlos cerca
+ estando all&iacute; Anita ser&iacute;a una crueldad; no la dejar&iacute;an
+ dormir la ma&ntilde;ana. Pero &eacute;l &iexcl;con qu&eacute; deleite
+ hubiera saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de
+ las t&oacute;rtolas, el mon&oacute;tono ritmo de la codorniz, el chas,
+ chas cacof&oacute;nico, dulce al cazador, de la perdiz hura&ntilde;a!
+ </p>
+ <p>
+ No se recuerda qui&eacute;n, pero &eacute;l piensa que Anita, se atrevi&oacute;
+ a manifestar el deseo de una separaci&oacute;n en cuanto al t&aacute;lamo&mdash;<i>quo
+ ad thorum</i>&mdash;. Fue acogida con mal disimulado j&uacute;bilo la
+ proposici&oacute;n t&iacute;mida, y el matrimonio mejor avenido del mundo
+ dividi&oacute; el lecho. Ella se fue al otro extremo del caser&oacute;n,
+ que era caliente porque estaba al Mediod&iacute;a, y &eacute;l se qued&oacute;
+ en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la ma&ntilde;ana, sin que
+ nadie interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la
+ aurora y recrear el o&iacute;do con los cercanos conciertos matutinos de
+ codornices, tordos, perdices, t&oacute;rtolas y canarios. Si algo faltaba
+ antes para la completa armon&iacute;a de aquella pareja, ya estaba colmada
+ su felicidad dom&eacute;stica, por lo que toca a la concordia.
+ </p>
+ <p>
+ Y a este prop&oacute;sito sol&iacute;a decir don V&iacute;ctor, recordando
+ su magistratura:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;La libertad de cada cual se extiende hasta el l&iacute;mite
+ en que empieza la libertad de los dem&aacute;s; por tener esto en cuenta,
+ he sido siempre feliz en mi matrimonio&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Quiso dormir el poco tiempo de que dispon&iacute;a para ello, pero no
+ pudo. En cuanto se quedaba trasvolado, so&ntilde;aba que o&iacute;a los
+ tres ladridos de Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Cosa extra&ntilde;a! Otras veces no le suced&iacute;a esto, dorm&iacute;a
+ a pierna suelta y despertaba en el momento oportuno.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Habr&iacute;a sido la tila! Volvi&oacute; a encender luz. Cogi&oacute;
+ el &uacute;nico libro que ten&iacute;a sobre la mesa de noche. Era un tomo
+ de mucho bulto. &laquo;Calder&oacute;n de la Barca&raquo; dec&iacute;an
+ unas letras doradas en el lomo. Ley&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Siempre hab&iacute;a sido muy aficionado a representar comedias, y le
+ deleitaba especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las
+ costumbres de aquel tiempo en que se sab&iacute;a lo que era honor y
+ mantenerlo. Seg&uacute;n &eacute;l, nadie como Calder&oacute;n entend&iacute;a
+ en achaques del puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan
+ reputaciones tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo
+ era, le llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar
+ justa y sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro hab&iacute;a
+ discurrido como nadie y sin quitar a &laquo;El castigo sin venganza&raquo;
+ y otros portentos de Lope el m&eacute;rito que ten&iacute;an, don V&iacute;ctor
+ nada encontraba como &laquo;El m&eacute;dico de su honra&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si mi mujer&mdash;dec&iacute;a a Fr&iacute;gilis&mdash;fuese capaz
+ de caer en liviandad digna de castigo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo cual es absurdo aun supuesto...&mdash;Bien, pero suponiendo ese
+ absurdo... yo le doy una sangr&iacute;a suelta.
+ </p>
+ <p>
+ Y hasta nombraba el alb&eacute;itar a quien hab&iacute;a de llamar y tapar
+ los ojos, con todo lo dem&aacute;s del argumento. Tampoco le parec&iacute;a
+ mal lo de prender fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto
+ adulterio de su mujer. Si llegara el caso, que claro que no llegar&iacute;a,
+ &eacute;l no pensaba prorrumpir en preciosa tirada de versos, porque ni
+ era poeta ni quer&iacute;a calentarse al calor de su casa incendiada; pero
+ en todo lo dem&aacute;s hab&iacute;a de ser, dado el caso, no menos
+ rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de aquella Espa&ntilde;a
+ de mejores d&iacute;as.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero
+ que en el mundo un marido no est&aacute; para divertir al p&uacute;blico
+ con emociones fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situaci&oacute;n
+ es perseguir al seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya
+ a un convento.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Absurdo! &iexcl;absurdo!&mdash;gritaba don V&iacute;ctor&mdash;jam&aacute;s
+ se hizo cosa por el estilo en los gloriosos siglos de estos insignes
+ poetas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Afortunadamente&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a calm&aacute;ndose&mdash;yo
+ no me ver&eacute; nunca en el doloroso trance de escogitar medios para
+ vengar tales agravios; pero juro a Dios que llegado el caso, mis
+ atrocidades ser&iacute;an dignas de ser puestas en d&eacute;cimas
+ calderonianas.
+ </p>
+ <p>
+ Y lo pensaba como lo dec&iacute;a. Todas las noches antes de dormir se
+ daba un atrac&oacute;n de honra a la antigua, como &eacute;l dec&iacute;a;
+ honra habladora, as&iacute; con la espada como con la discreta lengua.
+ Quintanar manejaba el florete, la espada espa&ntilde;ola, la daga. Esta
+ afici&oacute;n le hab&iacute;a venido de su pasi&oacute;n por el teatro.
+ Cuando <i>trabajaba</i> como aficionado, hab&iacute;a comprendido en los
+ numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con tal
+ calor lo tom&oacute;, y tal disposici&oacute;n natural ten&iacute;a, que
+ lleg&oacute; a ser poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en
+ sus planes matar a nadie; era un espadach&iacute;n l&iacute;rico. Pero su
+ mayor habilidad estaba en el manejo de la pistola; encend&iacute;a un f&oacute;sforo
+ con una bala a veinticinco pasos, mataba un mosquito a treinta y se luc&iacute;a
+ con otros ejercicios por el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en
+ poco su destreza; casi nadie sab&iacute;a de ella. Lo principal era tener
+ aquella sublime idea del honor, tan propia para redondillas y hasta
+ sonetos. &Eacute;l era pac&iacute;fico; nunca hab&iacute;a pegado a nadie.
+ Las muertes que hab&iacute;a firmado como juez, le hab&iacute;an causado
+ siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que se cre&iacute;a
+ irresponsable.
+ </p>
+ <p>
+ Le&iacute;a, pues, don V&iacute;ctor a Calder&oacute;n, sin cansarse, y pr&oacute;ximo
+ estaba a ver c&oacute;mo se atravesaban con sendas quintillas dos
+ valerosos caballeros que pretend&iacute;an la misma dama, cuando oy&oacute;
+ tres ladridos lejanos. &laquo;&iexcl;Era Fr&iacute;gilis!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Ana tard&oacute; mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue
+ impaciente, desabrida. El esp&iacute;ritu se hab&iacute;a refrigerado con
+ el nuevo sesgo de los pensamientos. Aquel noble esposo a quien deb&iacute;a
+ la dignidad y la independencia de su vida, bien merec&iacute;a la abnegaci&oacute;n
+ constante a que ella estaba resuelta. Le hab&iacute;a sacrificado su
+ juventud: &iquest;por qu&eacute; no continuar el sacrificio? No pens&oacute;
+ m&aacute;s en aquellos a&ntilde;os en que hab&iacute;a una calumnia capaz
+ de corromper la m&aacute;s pura inocencia; pens&oacute; en lo presente.
+ Tal vez hab&iacute;a sido providencial aquella aventura de la barca de Tr&eacute;bol.
+ Si al principio, por ser tan ni&ntilde;a, no hab&iacute;a sacado ninguna
+ ense&ntilde;anza de aquella injusta persecuci&oacute;n de la calumnia, m&aacute;s
+ adelante, gracias a ella, aprendi&oacute; a guardar las apariencias; supo,
+ recordando lo pasado, que para el mundo no hay m&aacute;s virtud que la
+ ostensible y aparatosa. Su alma se regocij&oacute; contemplando en la
+ fantas&iacute;a el holocausto del general respeto, de la admiraci&oacute;n
+ que como virtuosa y bella se le tributaba. En Vetusta, decir la Regenta
+ era decir la perfecta casada. Ya no ve&iacute;a Anita la <i>est&uacute;pida
+ existencia</i> de antes. Recordaba que la llamaban madre de los pobres.
+ Sin ser beata, las m&aacute;s ardientes fan&aacute;ticas la consideraban
+ buena cat&oacute;lica. Los m&aacute;s atrevidos Tenorios, famosos por sus
+ temeridades, bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en
+ silencio. Tal vez muchos la amaban, pero nadie se lo dec&iacute;a....
+ Aquel mismo don &Aacute;lvaro que ten&iacute;a fama de atreverse a todo y
+ conseguirlo todo, la quer&iacute;a, la adoraba sin duda alguna, estaba
+ segura; m&aacute;s de dos a&ntilde;os hac&iacute;a que ella lo hab&iacute;a
+ conocido, pero &eacute;l no hab&iacute;a hablado m&aacute;s que con los
+ ojos, donde Ana fing&iacute;a no adivinar una pasi&oacute;n que era un
+ crimen.
+ </p>
+ <p>
+ Verdad era que en estos &uacute;ltimos meses, sobre todo desde algunas
+ semanas a esta parte, se mostraba m&aacute;s atrevido... hasta algo
+ imprudente, &eacute;l que era la prudencia misma, y s&oacute;lo por esto
+ digno de que ella no se irritara contra su infame intento... pero ya sabr&iacute;a
+ contenerle; s&iacute;, ella le pondr&iacute;a a raya hel&aacute;ndole con
+ una mirada.... Y pensando en convertir en car&aacute;mbano a don &Aacute;lvaro
+ Mes&iacute;a, mientras &eacute;l se obstinaba en ser de fuego, se qued&oacute;
+ dormida dulcemente.
+ </p>
+ <p>
+ En tanto all&aacute; abajo, en el parque, miraba al balc&oacute;n cerrado
+ del tocador de la Regenta, don V&iacute;ctor, p&aacute;lido y ojeroso,
+ como si saliera de una org&iacute;a; daba pataditas en el suelo para
+ sacudir el fr&iacute;o y dec&iacute;a a Fr&iacute;gilis, su amigo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pobrecita! &iexcl;cu&aacute;n ajena estar&aacute;, all&aacute;
+ en su tranquilo sue&ntilde;o, de que su esposo la enga&ntilde;a y sale de
+ casa dos horas antes de lo que ella piensa!...
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis sonri&oacute; como un fil&oacute;sofo y ech&oacute; a
+ andar delante. Era un se&ntilde;or ni alto ni bajo, cuadrado; vest&iacute;a
+ cazadora de pa&ntilde;o pardo; iba tocado con gorra negra con orejeras y
+ por &uacute;nico abrigo ostentaba una inmensa bufanda, a cuadros, que le
+ daba diez vueltas al cuello. Lo dem&aacute;s todo era utensilios y
+ atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor, al llegar a la puerta del parque, volvi&oacute; a mirar
+ hacia el balc&oacute;n, lleno de remordimientos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Anda, anda, que es tarde&mdash;murmur&oacute; Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a amanecido.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="IVmdash" id="IVmdash"></a>&mdash;IV&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ La familia de los Ozores era una de las m&aacute;s antiguas de Vetusta.
+ Era el tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles hab&iacute;a
+ en la ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan
+ ilustre linaje.
+ </p>
+ <p>
+ Don Carlos, padre de Ana, era el primog&eacute;nito de un segund&oacute;n
+ del conde de Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciaci&oacute;n y
+ &Aacute;gueda, que con su padre habitaron mucho tiempo el caser&oacute;n
+ de sus mayores. La rama principal, la de los condes, viv&iacute;a a&ntilde;os
+ hac&iacute;a emigrada.
+ </p>
+ <p>
+ El primog&eacute;nito del segund&oacute;n quiso tener una carrera, ser
+ algo m&aacute;s que heredero de algunas caser&iacute;as, unos cuantos
+ foros y un palacio achacoso de goteras. Fue ingeniero militar. Se port&oacute;
+ como un valiente; en muchas batallas demostr&oacute; grandes conocimientos
+ en el arte de Vauban, construy&oacute; duraderos y bien dispuestos fuertes
+ en varias costas, y lleg&oacute; pronto a coronel de ej&eacute;rcito,
+ comandante del cuerpo. Cansado de casamatas, cortinas, paralelas y
+ castillos, procurose un empleo en la corte y fue perdiendo sus aficiones
+ militares, qued&aacute;ndose s&oacute;lo con las cient&iacute;ficas:
+ prefiri&oacute; la f&iacute;sica, las matem&aacute;ticas a las
+ aplicaciones de tales ciencias, al arte, y cada d&iacute;a fue menos
+ guerrero. Pero al mismo tiempo se entregaba a las delicias de Capua, y por
+ fin, despu&eacute;s de muchos amor&iacute;os, tuvo un amor serio, una pasi&oacute;n
+ de sabio (o cosa parecida) que ya no es joven.
+ </p>
+ <p>
+ Loco de amor se cas&oacute; don Carlos Ozores a los treinta y cinco a&ntilde;os
+ con una humilde modista italiana que viv&iacute;a en medio de seducciones
+ sin cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se
+ qued&oacute; sin ella.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Menos mal!&raquo;&mdash;pensaban las hermanas de don
+ Carlos all&aacute; en su caser&oacute;n de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Su matrimonio hab&iacute;a originado al coronel un rompimiento con su
+ familia. Se escribieron dos cartas secas y no hubo m&aacute;s relaciones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si viviera mi padre&mdash;pensaba Ozores&mdash;de fijo perdonaba
+ este matrimonio desigual.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Si viviera padre, morir&iacute;a del disgusto!&mdash;dec&iacute;an
+ las solteronas implacables.
+ </p>
+ <p>
+ Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas se&ntilde;oritas,
+ que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista
+ italiana, su cu&ntilde;ada indigna.
+ </p>
+ <p>
+ El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron en
+ otra carta fr&iacute;a y lac&oacute;nica:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Estaban dispuestas a abandonarlo, si &eacute;l lo exig&iacute;a; s&oacute;lo
+ le ped&iacute;an que pensase c&oacute;mo se hab&iacute;a de conservar
+ aquel resto precioso de tanta nobleza&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El coronel contest&oacute; &laquo;que por Dios y todos los santos
+ continuasen viviendo donde hab&iacute;an nacido, que &eacute;l se lo
+ suplicaba por bien de la misma finca, que sin ellas se vendr&iacute;a a
+ tierra&raquo;. Las solteronas, sin contestar ni transigir en lo del
+ matrimonio, se quedaron en el palacio para que no se derrumbara.
+ </p>
+ <p>
+ A don Carlos le doli&oacute; mucho que ni siquiera se le preguntase por su
+ hija. La nobleza vetustense opin&oacute; que muerto el perro no se acabase
+ la rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo
+ suficiente para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse
+ de la suerte de su hija.
+ </p>
+ <p>
+ Tiempo hab&iacute;a para proteger a la ni&ntilde;a, sin menoscabo de la
+ dignidad, si, como era de presumir, la conducta loca de su padre le
+ arrastraba a la pobreza. Adem&aacute;s, se corri&oacute; por Vetusta que
+ don Carlos se hab&iacute;a hecho mas&oacute;n, republicano y por
+ consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de negro y en el gran sal&oacute;n,
+ en el estrado, recibieron a toda la aristocracia de Vetusta, como si se
+ tratara de visitas de duelo.
+ </p>
+ <p>
+ La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se dejaba
+ pasar m&aacute;s que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se o&iacute;a
+ el aleteo de los abanicos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Cu&aacute;nto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!&mdash;exclam&oacute;
+ el marqu&eacute;s de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute;... loco!&mdash;contest&oacute; una de las
+ hermanas, do&ntilde;a Anunciaci&oacute;n&mdash;. Diga usted, marqu&eacute;s,
+ que ojal&aacute; Dios se acordase de &eacute;l, antes que verle as&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Hubo un&aacute;nime aprobaci&oacute;n por se&ntilde;as. Muchas cabezas se
+ inclinaron l&aacute;nguidamente; y se volvi&oacute; a suspirar. Aquello
+ del republicanismo no necesitaba comentarios.
+ </p>
+ <p>
+ Don Carlos, en efecto, se hab&iacute;a hecho liberal de los avanzados; y
+ de los estudios f&iacute;sicos matem&aacute;ticos hab&iacute;a pasado a
+ los filos&oacute;ficos; y de resultas era un hombre que ya no cre&iacute;a
+ sino lo que tocaba, hecha excepci&oacute;n de la libertad que no la pudo
+ tocar nunca y crey&oacute; en ella muchos a&ntilde;os. La vida de liberal
+ en ejercicio de aquellos tiempos ten&iacute;a poco de tranquila. Don
+ Carlos se dedic&oacute; a fil&oacute;sofo y a conspirador, para lo cual
+ crey&oacute; oportuno pedir la absoluta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Yo ingeniero, no podr&iacute;a conspirar nunca (cre&iacute;a
+ en el esp&iacute;ritu de cuerpo); como particular puedo procurar la
+ salvaci&oacute;n del pa&iacute;s por los medios m&aacute;s adecuados&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matem&aacute;tico,
+ bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana biblioteca
+ donde hab&iacute;a no pocos libros de los condenados en el &Iacute;ndice.
+ Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo rom&aacute;ntico
+ que se necesitaba para conspirar con progresistas.
+ </p>
+ <p>
+ Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el car&aacute;cter de
+ don Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y
+ se asimilaba con facilidad ideas que entend&iacute;a muy pronto, pero no
+ se distingu&iacute;a por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de
+ libre-pensador no hab&iacute;a llegado a esa jerarqu&iacute;a del orgullo
+ en que s&oacute;lo se admite lo que uno crea para s&iacute; mismo. De
+ todas maneras, era simp&aacute;tico.
+ </p>
+ <p>
+ De sus defectos su hija fue la v&iacute;ctima. Despu&eacute;s de llorar
+ mucho la muerte de su esposa, don Carlos volvi&oacute; a pensar en asuntos
+ que a &eacute;l se le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre
+ examen dentro de c&iacute;rculo determinado de espa&ntilde;oles; procurar
+ el triunfo del sistema representativo en toda su integridad. Tanto val&iacute;a
+ entonces esto como dedicarse a bandolero sin protecci&oacute;n, por lo que
+ toca a la necesidad de vivir a salto de mata. Un conspirador no puede
+ tener consigo una ni&ntilde;a sin madre. Le hablaron de colegios, pero los
+ aborrec&iacute;a. Tom&oacute; un aya, una espa&ntilde;ola inglesa que en
+ nada se parec&iacute;a a la de Cervantes, pues no ten&iacute;a encantos
+ morales, y de los corporales, si de alguno dispon&iacute;a, hac&iacute;a
+ mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admiti&oacute; el aya en calidad
+ de cat&oacute;lica liberal. Se le hab&iacute;a dicho:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Es una mujer ilustrada, aunque espa&ntilde;ola; educada en
+ Inglaterra donde ha aprendido el noble esp&iacute;ritu de la tolerancia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y adem&aacute;s, curaba el entendimiento y el coraz&oacute;n a los ni&ntilde;os
+ con p&iacute;ldoras de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de
+ las familias. Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los
+ hombres no les gustan las mujeres beatas, pero tampoco descre&iacute;das,
+ sino, as&iacute; un t&eacute;rmino medio, que los hombres mismos no saben
+ c&oacute;mo ha de ser. La hipocres&iacute;a de do&ntilde;a Camila llegaba
+ hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues siendo su aspecto el de
+ una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo, su pasi&oacute;n principal
+ era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria que pudiera llamarse
+ metodista si no fuera una profanaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana qued&oacute; en poder de do&ntilde;a
+ Camila, que por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su
+ antojo de la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez m&aacute;s
+ flacas, pues las conspiraciones cuestan caras al que las paga.
+ </p>
+ <p>
+ Aconsejaron los m&eacute;dicos aires del campo y del mar para la ni&ntilde;a
+ y el aya escribi&oacute; a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le
+ hab&iacute;a recomendado a do&ntilde;a Camila, vend&iacute;a en una
+ provincia del Norte, lim&iacute;trofe de Vetusta, una casa de campo en un
+ pueblecillo pintoresco, puerto de mar y saludable a todos los vientos.
+ Ozores dio &oacute;rdenes para que se vendiese como se pudiera en la
+ provincia de Vetusta la poca hacienda que no hab&iacute;a malbaratado
+ antes, y la mitad del producto de tan loca enajenaci&oacute;n la dedic&oacute;
+ a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte. La otra mitad fue
+ destinada al socorro de los patriotas m&aacute;s o menos aut&eacute;nticos.
+ En Vetusta no le quedaba m&aacute;s que su palacio que habitaban, sin
+ pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la
+ rodeaban y pertenec&iacute;an, val&iacute;an mucho menos de lo que pod&iacute;a
+ presumir el conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero &eacute;l
+ no paraba mientes en tal materia: se iba arruinando ni m&aacute;s ni menos
+ que su patria; pero as&iacute; como la lista civil le dol&iacute;a lo
+ mismo que si la pagase &eacute;l entera, de las mangas y capirotes que hac&iacute;an
+ con sus bienes le importaba poco. No era todo desprendimiento; vagamente
+ ve&iacute;a en lontananza un porvenir de indemnizaciones patri&oacute;ticas
+ que aunque estaban en el programa de su partido, a &eacute;l no le
+ alcanzaron.
+ </p>
+ <p>
+ A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los criados
+ y tras ellos el <i>hombre</i>, como llam&oacute; siempre la ni&ntilde;a al
+ personaje que turbaba no pocas veces el sue&ntilde;o de su inocencia. Era
+ Iriarte, el amante de do&ntilde;a Camila y antiguo due&ntilde;o de la casa
+ de campo.
+ </p>
+ <p>
+ El aya hab&iacute;a procurado seducir a don Carlos; sab&iacute;a que su
+ difunta esposa era una humilde modista, y ella, do&ntilde;a Camila
+ Portocarrero que se cre&iacute;a descendiente de nobles, bien pod&iacute;a
+ aspirar a la sucesi&oacute;n de la italiana. Crey&oacute; que don Carlos
+ se hab&iacute;a casado por compromiso, que era un hombre que se casaba con
+ la servidumbre. Conoc&iacute;a este tipo y sab&iacute;a c&oacute;mo se le
+ trataba. Pero fue in&uacute;til. En el poco tiempo que pudo aprovechar
+ para hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducci&oacute;n,
+ don Carlos no ech&oacute; de ver siquiera que se le tend&iacute;a una red
+ amorosa. Por aquella &eacute;poca era &eacute;l casi sansimoniano. Emigr&oacute;
+ Ozores y do&ntilde;a Camila jur&oacute; odio eterno al ingrato, y consagr&oacute;,
+ con la paciencia de los reformistas ingleses, un culto de envidia p&oacute;stuma
+ a la modista italiana que hab&iacute;a conseguido casarse con aquel
+ estuco. Anita pag&oacute; por los dos.
+ </p>
+ <p>
+ El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la
+ educaci&oacute;n de aquella se&ntilde;orita de cuatro a&ntilde;os exig&iacute;a
+ cuidados muy especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en
+ misterios a la condici&oacute;n social de la italiana, daba a entender que
+ la ciencia de educar no esperaba nada bueno de aquel reto&ntilde;o de
+ meridionales concupiscencias. En voz baja dec&iacute;a el aya que &laquo;la
+ madre de Anita tal vez antes que modista hab&iacute;a sido bailarina&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ De todas suertes, do&ntilde;a Camila se rode&oacute; de precauciones pedag&oacute;gicas
+ y prepar&oacute; a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de
+ moralidad inglesa. Cuando aquella planta tierna comenz&oacute; a asomar a
+ flor de tierra se encontr&oacute; ya con un rodrig&oacute;n al lado para
+ que creciese derecha. El aya aseguraba que Anita necesitaba aquel palo
+ seco junto a s&iacute; y estar atada a &eacute;l fuertemente. El palo seco
+ era do&ntilde;a Camila. El encierro y el ayuno fueron sus disciplinas.
+ </p>
+ <p>
+ Ana que jam&aacute;s encontraba alegr&iacute;a, risas y besos en la vida,
+ se dio a so&ntilde;ar todo eso desde los cuatro a&ntilde;os. En el momento
+ de perder la libertad se desesperaba, pero sus l&aacute;grimas se iban
+ secando al fuego de la imaginaci&oacute;n, que le caldeaba el cerebro y
+ las mejillas. La ni&ntilde;a fantaseaba primero milagros que la salvaban
+ de sus prisiones que eran una muerte, figur&aacute;base vuelos imposibles.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como
+ esas mariposas&raquo;; y dicho y hecho, ya no estaba all&iacute;. Iba
+ volando por el azul que ve&iacute;a all&aacute; arriba.
+ </p>
+ <p>
+ Si do&ntilde;a Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la
+ llave, no o&iacute;a nada. La ni&ntilde;a con los ojos muy abiertos,
+ brillantes, los p&oacute;mulos colorados, estaba horas y horas recorriendo
+ espacios que ella creaba llenos de ensue&ntilde;os confusos, pero
+ iluminados por una luz difusa que centelleaba en su cerebro.
+ </p>
+ <p>
+ Nunca ped&iacute;a perd&oacute;n; no lo necesitaba. Sal&iacute;a del
+ encierro pensativa, altanera, callada; segu&iacute;a so&ntilde;ando; la
+ dieta le daba nueva fuerza para ello. La hero&iacute;na de sus novelas de
+ entonces era una madre. A los seis a&ntilde;os hab&iacute;a hecho un poema
+ en su cabecita rizada de un rubio obscuro. Aquel poema estaba compuesto de
+ las l&aacute;grimas de sus tristezas de hu&eacute;rfana maltratada y de
+ fragmentos de cuentos que o&iacute;a a los criados y a los pastores de
+ Loreto. Siempre que pod&iacute;a se escapaba de casa; corr&iacute;a sola
+ por los prados, entraba en las caba&ntilde;as donde la conoc&iacute;an y
+ acariciaban, sobre todo los perros grandes; sol&iacute;a comer con los
+ pastores. Volv&iacute;a de sus correr&iacute;as por el campo, como la
+ abeja con el jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin
+ cog&iacute;a yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que
+ trasladaba al lienzo. Anita volv&iacute;a de sus escapatorias de salvaje
+ con los ojos y la fantas&iacute;a llenos de tesoros que fueron lo mejor
+ que goz&oacute; en su vida. A los veintisiete a&ntilde;os Ana Ozores
+ hubiera podido contar aquel poema desde el principio al fin, y eso que en
+ cada nueva edad le hab&iacute;a a&ntilde;adido una parte. En la primera
+ hab&iacute;a una paloma encantada con un alfiler negro clavado en la
+ cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que no parec&iacute;a.
+ Todas las palomas con manchas negras en la cabeza pod&iacute;an ser una
+ madre, seg&uacute;n la l&oacute;gica po&eacute;tica de Anita.
+ </p>
+ <p>
+ La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la revelaci&oacute;n
+ m&aacute;s grande de toda su infancia. &iexcl;Saber leer! esta ambici&oacute;n
+ fue su pasi&oacute;n primera. Los dolores que do&ntilde;a Camila le hizo
+ padecer antes de conseguir que aprendiera las s&iacute;labas, perdon&oacute;selos
+ ella de todo coraz&oacute;n. Al fin supo leer. Pero los libros que
+ llegaban a sus manos, no le hablaban de aquellas cosas con que so&ntilde;aba.
+ No importaba; ella les har&iacute;a hablar de lo que quisiese.
+ </p>
+ <p>
+ Le ense&ntilde;aban geograf&iacute;a; donde hab&iacute;a enumeraciones
+ fatigosas de r&iacute;os y monta&ntilde;as, ve&iacute;a Ana aguas
+ corrientes, cristalinas y la sierra con sus pinos alt&iacute;simos y
+ soberbios troncos; nunca olvid&oacute; la definici&oacute;n de isla,
+ porque se figuraba un jard&iacute;n rodeado por el mar; y era un contento.
+ La historia sagrada fue el man&aacute; de su fantas&iacute;a en la aridez
+ de las lecciones de do&ntilde;a Camila. Adquiri&oacute; su poema formas
+ concretas, ya no fue nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que
+ ella bord&oacute; con franjas de colores, acamparon ej&eacute;rcitos de
+ bravos marineros de Loreto, de pierna desnuda, musculosa y velluda, de
+ gorro catal&aacute;n, de rostro curtido, triste y bondadoso, barba espesa
+ y rizada y ojos negros.
+ </p>
+ <p>
+ La poes&iacute;a &eacute;pica predomina lo mismo que en la infancia de los
+ pueblos en la de los hombres. Ana so&ntilde;&oacute; en adelante m&aacute;s
+ que nada batallas, una Il&iacute;ada, mejor, un Ramayana sin argumento.
+ Necesitaba un h&eacute;roe y le encontr&oacute;: Germ&aacute;n, el ni&ntilde;o
+ de Colondres. Sin que &eacute;l sospechara las aventuras peligrosas en que
+ su amiga le met&iacute;a, se dejaba querer y acud&iacute;a a las citas que
+ ella le daba en la barca de Tr&eacute;bol.
+ </p>
+ <p>
+ Nada le dec&iacute;a de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar
+ en el extremo Oriente, en las que ella le asist&iacute;a haciendo el papel
+ de reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso,
+ habl&aacute;ndole al o&iacute;do, viajes muy arriesgados a pa&iacute;ses
+ remotos que &eacute;l ni de nombre conoc&iacute;a. Germ&aacute;n aceptaba
+ inmediatamente, y estaba dispuesto a convertirse en diligencia si Ana
+ aceptaba el cargo de mula, o viceversa. No era eso. La ni&ntilde;a quer&iacute;a
+ ir a tierra de moros de verdad, a matar infieles o a convertirlos, como
+ Germ&aacute;n quisiera. Germ&aacute;n prefer&iacute;a matarlos; y dicho y
+ hecho se met&iacute;an en la barca, mientras el barquero dorm&iacute;a a
+ la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes sudores consegu&iacute;an
+ un ligero balanceo del gran nav&iacute;o que tripulaban y entonces era
+ cuando se cre&iacute;an bogando a toda vela por mares nunca navegados.
+ </p>
+ <p>
+ Germ&aacute;n gritaba:&mdash;&iexcl;Orza!... &iexcl;a babor, a estribor!
+ &iexcl;hombre al agua!... &iexcl;un tibur&oacute;n!...
+ </p>
+ <p>
+ Pero tampoco era aquello lo que quer&iacute;a Anita; quer&iacute;a marchar
+ de veras, muy lejos, huyendo de do&ntilde;a Camila. La &uacute;nica ocasi&oacute;n
+ en que Germ&aacute;n correspondi&oacute; al tipo ideal que de su car&aacute;cter
+ y prendas se hab&iacute;a forjado Anita, fue cuando acept&oacute; la
+ escapatoria nocturna para ver juntos la luna desde la barca y contarse
+ cuentos. Este proyecto le pareci&oacute; m&aacute;s viable que el de irse
+ a Morer&iacute;a y se llev&oacute; a cabo. Ya se sabe c&oacute;mo entendi&oacute;
+ la grosera y lasciva do&ntilde;a Camila la aventura de los ni&ntilde;os.
+ Era de tal &iacute;ndole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las
+ desazones que el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella
+ ten&iacute;a, con tal de ver comprobados por los hechos sus pron&oacute;sticos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Como su madre!&mdash;dec&iacute;a a las personas de
+ confianza&mdash;. <i>&iexcl;improper! &iexcl;improper!</i> &iexcl;Si ya lo
+ dec&iacute;a yo! El instinto... la sangre.... No basta la educaci&oacute;n
+ contra la naturaleza&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Desde entonces educ&oacute; a la ni&ntilde;a sin esperanzas de salvarla;
+ como si cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No
+ esperaba nada, pero cumpl&iacute;a su deber. Loreto era una aldea, y como
+ do&ntilde;a Camila refer&iacute;a la aventura a quien la quisiera o&iacute;r,
+ llorando la infeliz, rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella
+ poco pod&iacute;a contra la naturaleza), el esc&aacute;ndalo corri&oacute;
+ de boca en boca, y hasta en el casino se supo lo de aquella confesi&oacute;n
+ a que se oblig&oacute; a la reo. Se discuti&oacute; el caso fisiol&oacute;gicamente.
+ Se formaron partidos; unos dec&iacute;an que bien pod&iacute;a ser, y se
+ citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Cr&eacute;anlo ustedes&mdash;dec&iacute;a el amante de do&ntilde;a
+ Camila&mdash;el hombre nace naturalmente malo, y la mujer lo mismo.
+ </p>
+ <p>
+ Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creer&aacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana fue objeto de curiosidad general. Quer&iacute;an verla, desmenuzar sus
+ gestos, sus movimientos para ver si se le conoc&iacute;a en algo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo que es desarrollada lo est&aacute; y mucho para su edad...&mdash;dec&iacute;a
+ el hombre de do&ntilde;a Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria
+ de lo porvenir.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se
+ deseaba un milagroso crecimiento instant&aacute;neo de aquellos encantos
+ que no estaban en la ni&ntilde;a sino en la imaginaci&oacute;n de los
+ socios del casino.
+ </p>
+ <p>
+ A Germ&aacute;n, que no pareci&oacute; por Loreto, se le atribu&iacute;an
+ quince a&ntilde;os. &laquo;Por este lado no hab&iacute;a dificultad&raquo;.
+ Do&ntilde;a Camila se crey&oacute; obligada en conciencia a indicar algo a
+ la familia. Al padre no; ser&iacute;a un golpe de muerte. Escribi&oacute;
+ a las t&iacute;as de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Era el &uacute;ltimo porrazo! &iexcl;El nombre de los Ozores
+ deshonrado! porque al fin Ozores era la ni&ntilde;a, aunque indigna&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces do&ntilde;a Anuncia, la hermana mayor, escribi&oacute; a don
+ Carlos, porque el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra
+ <i>c</i> por <i>b</i>, porque ni sab&iacute;a c&oacute;mo hab&iacute;a
+ sido, ni era decente referir a un padre tales esc&aacute;ndalos, ni una se&ntilde;orita,
+ una soltera, aunque tuviese m&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os, pod&iacute;a
+ descender a ciertos pormenores. Se le escribi&oacute; a don Carlos nada m&aacute;s
+ que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la ni&ntilde;a
+ no viv&iacute;a al lado de su padre, corr&iacute;a grandes riesgos, si no
+ estaba en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces
+ no pod&iacute;a restituirse a la patria, como &eacute;l dec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Pasaron a&ntilde;os, pudo y quiso acogerse a una amnist&iacute;a y volvi&oacute;
+ desenga&ntilde;ado. Do&ntilde;a Camila y Ana se trasladaron a Madrid y all&iacute;
+ viv&iacute;an parte del a&ntilde;o los tres juntos, pero el verano y el
+ oto&ntilde;o los pasaban en la quinta de Loreto.
+ </p>
+ <p>
+ La calumnia con que el aya hab&iacute;a querido manchar para siempre la
+ pureza virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvid&oacute;
+ de semejante absurdo, y cuando la ni&ntilde;a lleg&oacute; a los catorce a&ntilde;os
+ ya nadie se acordaba de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su
+ hombre, que segu&iacute;a esperando, y las t&iacute;as de Vetusta. Pero se
+ acordaba y mucho Ana misma. Al principio la calumnia hab&iacute;ale hecho
+ poco da&ntilde;o, era una de tantas injusticias de do&ntilde;a Camila;
+ pero poco a poco fue entrando en su esp&iacute;ritu una sospecha, aplic&oacute;
+ sus potencias con intensidad incre&iacute;ble al enigma que tanta
+ influencia ten&iacute;a en su vida, que a tantas precauciones obligaba al
+ aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban, y en la
+ maldad de do&ntilde;a Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de esta
+ mujer, se afil&oacute; la malicia de la ni&ntilde;a que fue comprendiendo
+ en qu&eacute; consist&iacute;a tener honor y en qu&eacute; perderlo; y
+ como todos daban a entender que su aventura de la barca de Tr&eacute;bol
+ hab&iacute;a sido una verg&uuml;enza, su ignorancia dio por cierto su
+ pecado. Mucho despu&eacute;s, cuando su inocencia perdi&oacute; el
+ &uacute;ltimo velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella
+ edad; recordaba vagamente su amistad con el ni&ntilde;o de Colondres, s&oacute;lo
+ distingu&iacute;a bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si hab&iacute;a
+ sido culpable de todo aquello que dec&iacute;an. Cuando ya nadie pensaba
+ en tal cosa, pensaba ella todav&iacute;a y confundiendo actos inocentes
+ con verdaderas culpas, de todo iba desconfiando. Crey&oacute; en una gran
+ injusticia que era la ley del mundo, porque Dios quer&iacute;a, tuvo miedo
+ de lo que los hombres opinaban de todas las acciones, y contradiciendo
+ poderosos instintos de su naturaleza, vivi&oacute; en perpetua escuela de
+ disimulo, contuvo los impulsos de espont&aacute;nea alegr&iacute;a; y
+ ella, antes altiva, capaz de oponerse al mundo entero, se declar&oacute;
+ vencida, sigui&oacute; la conducta moral que se le impuso, sin discutirla,
+ ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer traici&oacute;n nunca.
+ </p>
+ <p>
+ Ya era as&iacute; cuando su padre volvi&oacute; de la emigraci&oacute;n.
+ No le satisfizo aquel car&aacute;cter.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;No se le hab&iacute;a dicho que la ni&ntilde;a era un peligro para
+ el honor de los Ozores? Pues &eacute;l ve&iacute;a, por el contrario, una
+ muchacha demasiado t&iacute;mida y reservada, de una prudencia exagerada
+ para sus a&ntilde;os. Ya le pesaba de haber entregado su hija a la gazmo&ntilde;er&iacute;a
+ inglesa que, seg&uacute;n &eacute;l, no serv&iacute;a para la raza latina.
+ Volv&iacute;a de la emigraci&oacute;n muy latino. Afortunadamente all&iacute;
+ estaba &eacute;l para corregir aquella educaci&oacute;n viciosa. Despidi&oacute;
+ a do&ntilde;a Camila y se encarg&oacute; de la instrucci&oacute;n de su
+ hija. En el extranjero se hab&iacute;a hecho don Carlos m&aacute;s fil&oacute;sofo
+ y menos pol&iacute;tico. Para Espa&ntilde;a no hab&iacute;a salvaci&oacute;n.
+ Era un pueblo gastado. Am&eacute;rica se tragaba a Europa, adem&aacute;s.
+ Le preocupaban mucho las carnes en conserva que ven&iacute;an de los
+ Estados Unidos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos
+ miserables que s&oacute;lo entendemos de tomar el sol&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l s&iacute; era pobre, y m&aacute;s cada d&iacute;a, pero achacaba
+ su estrechez a la decadencia general, a la falta de sangre en la raza y
+ otros disparates. Le quedaban la biblioteca, que hab&iacute;a mejorado, y
+ los amigos, nuevos, por supuesto.
+ </p>
+ <p>
+ Todos los d&iacute;as se pon&iacute;a a discusi&oacute;n delante de Ana,
+ al tomar caf&eacute;, la divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer
+ dem&oacute;crata. Otros dec&iacute;an que era un s&iacute;mbolo del sol y
+ los ap&oacute;stoles las constelaciones del Zodiaco.
+ </p>
+ <p>
+ Ana procuraba retirarse en cuanto pod&iacute;a hacerlo sin ofender la
+ susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. &iexcl;Con qu&eacute;
+ tristeza pensaba la ni&ntilde;a, sin querer pensarlo, que los amigos de su
+ padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo pap&aacute;,
+ esto era lo peor, y hab&iacute;a que pensarlo tambi&eacute;n, su querido
+ pap&aacute; que era un hombre de talento, capaz de inventar la p&oacute;lvora,
+ un reloj, el tel&eacute;grafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a
+ fuerza de filosofar, y no sab&iacute;a vivir con una hija que ya entend&iacute;a
+ m&aacute;s que &eacute;l de asuntos religiosos.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella sumisi&oacute;n exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria,
+ de las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del
+ mundo no eran hipocres&iacute;a en Anita, no eran la careta del orgullo;
+ pero no pod&iacute;a juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba
+ dentro de ella. As&iacute; como en la infancia se refugiaba dentro de su
+ fantas&iacute;a para huir de la prosaica y necia persecuci&oacute;n de do&ntilde;a
+ Camila, ya adolescente se encerraba tambi&eacute;n dentro de su cerebro
+ para compensar las humillaciones y tristezas que sufr&iacute;a su esp&iacute;ritu.
+ No osaba ya oponer los impulsos propios a lo que cre&iacute;a conjuraci&oacute;n
+ de todos los necios del mundo, pero a sus solas se desquitaba. El enemigo
+ era m&aacute;s fuerte, pero a ella le quedaba aquel reducto inexpugnable.
+ </p>
+ <p>
+ Nunca le hab&iacute;an ense&ntilde;ado la religi&oacute;n como un
+ sentimiento que consuela; do&ntilde;a Camila entend&iacute;a el
+ Cristianismo como la Geograf&iacute;a o el arte de coser y planchar; era
+ una asignatura de adorno o una necesidad dom&eacute;stica. Nada le dijo
+ contra el dogma, pero jam&aacute;s la dulzura de Jes&uacute;s procur&oacute;
+ explic&aacute;rsela con un beso de madre. Mar&iacute;a Sant&iacute;sima
+ era la Madre de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvi&oacute; del
+ campo diciendo que la Virgen, seg&uacute;n le constaba a ella, lavaba en
+ el r&iacute;o los pa&ntilde;ales del Ni&ntilde;o Jes&uacute;s, do&ntilde;a
+ Camila, indignada, exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;<i>&iexcl;Improper!</i> &iquest;qui&eacute;n le inculcar&aacute; a
+ esta chiquilla estas sandeces del vulgo?
+ </p>
+ <p>
+ En este particular don Carlos aprobaba el criterio de do&ntilde;a Camila;
+ precisamente &eacute;l cre&iacute;a que el Misterio de la Encarnaci&oacute;n
+ era como la lluvia de oro de J&uacute;piter; y remont&aacute;ndose m&aacute;s,
+ en virtud de la Mitolog&iacute;a comparada, encontraba en la religi&oacute;n
+ de los indios dogmas parecidos.
+ </p>
+ <p>
+ Ana en casa de su padre dispon&iacute;a de pocos libros devotos. Pero en
+ cambio, sab&iacute;a mucha Mitolog&iacute;a, con velos y sin ellos.
+ </p>
+ <p>
+ S&oacute;lo aquello que el rubor m&aacute;s elemental manda que se tape,
+ era lo que ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo dem&aacute;s pod&iacute;a
+ y deb&iacute;a conocerlo. &iquest;Por qu&eacute; no? Y con multitud de
+ citas explicaba y recomendaba Ozores la educaci&oacute;n <i>omnilateral</i>
+ y <i>arm&oacute;nica</i>, como la entend&iacute;a &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo quiero&mdash;conclu&iacute;a&mdash;que mi hija sepa el bien y el
+ mal para que libremente escoja el bien; porque si no &iquest;qu&eacute; m&eacute;rito
+ tendr&aacute;n sus obras?
+ </p>
+ <p>
+ Sin embargo, si su hija fuese fun&aacute;mbula y trabajase en el alambre,
+ don Carlos pondr&iacute;a una red debajo, aunque perdiese m&eacute;rito el
+ ejercicio.
+ </p>
+ <p>
+ De las novelas modernas algunas le prohib&iacute;a leer, pero en cuanto se
+ trataba de arte cl&aacute;sico &laquo;de verdadero arte&raquo;, ya no hab&iacute;a
+ velos, pod&iacute;a leerse todo. El rom&aacute;ntico Ozores era cl&aacute;sico
+ despu&eacute;s de su viaje por Italia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El arte no tiene sexo!&mdash;gritaba&mdash;. Vean ustedes,
+ yo entrego a mi hija esos grabados que representan el arte antiguo, con
+ todas las bellezas del desnudo que en vano querr&iacute;amos imitar los
+ modernos. &iexcl;Ya no hay desnudo! Y suspiraba.
+ </p>
+ <p>
+ La Mitolog&iacute;a lleg&oacute; a conocerla Anita como en su infancia la
+ historia de Israel.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;<i>&iexcl;Honni soit qui mal y pense!</i>&mdash;repet&iacute;a don
+ Carlos; y lo otro de: <i>Oh, procul, procul estote prophani</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Y no tomaba m&aacute;s precauciones.
+ </p>
+ <p>
+ Por fortuna en el esp&iacute;ritu de Ana la impresi&oacute;n m&aacute;s
+ fuerte del arte antiguo y de las f&aacute;bulas griegas, fue puramente est&eacute;tica;
+ se excit&oacute; su fantas&iacute;a, sobre todo, y, gracias a ella, no a
+ don Carlos, aquel inoportuno estudio del desnudo cl&aacute;sico no caus&oacute;
+ estragos.
+ </p>
+ <p>
+ La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que viv&iacute;an como ella
+ hab&iacute;a so&ntilde;ado que se deb&iacute;a vivir, al aire libre, con
+ mucha luz, muchas aventuras y sin la f&eacute;rula de un aya semi-inglesa.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n envidiaba a los pastores de Te&oacute;crito, Bion y Mosco;
+ so&ntilde;aba con la gruta fresca y sombr&iacute;a del C&iacute;clope
+ enamorado, y gozaba mucho, con cierta melancol&iacute;a, traslad&aacute;ndose
+ con sus ilusiones a aquella Sicilia ardiente que ella se figuraba como un
+ nido de amores. Pero como de abandonarse a sus instintos, a sus ensue&ntilde;os
+ y quimeras se hab&iacute;a originado la nebulosa aventura de la barca de
+ Tr&eacute;bol, que la avergonzaba todav&iacute;a, miraba con desconfianza,
+ y hasta repugnancia moral, cuanto hablaba de relaciones entre hombres y
+ mujeres, si de ellas nac&iacute;a alg&uacute;n placer, por ideal que
+ fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y de inocencia, en que la
+ hab&iacute;an sumergido las calumnias del aya y los groseros comentarios
+ del vulgo, la hicieron fr&iacute;a, desabrida, hura&ntilde;a para todo lo
+ que fuese amor, seg&uacute;n se lo figuraba. Se la hab&iacute;a separado
+ sistem&aacute;ticamente del trato &iacute;ntimo de los hombres, como se
+ aparta del fuego una materia inflamable. Do&ntilde;a Camila la educaba
+ como si fuera un polvor&iacute;n. &laquo;Se hab&iacute;a equivocado su
+ natural instinto de la ni&ntilde;ez; aquella amistad de Germ&aacute;n hab&iacute;a
+ sido un pecado, &iquest;qui&eacute;n lo dir&iacute;a? Lo mejor era huir
+ del hombre. No quer&iacute;a m&aacute;s humillaciones&raquo;. Esta
+ aberraci&oacute;n de su esp&iacute;ritu la facilitaban las circunstancias.
+ Don Carlos no ten&iacute;a m&aacute;s amistad que la de unos cuantos
+ hongos, filosofastros y conspiradores; estos caballeros deb&iacute;an de
+ estar solos en el mundo; si ten&iacute;an hijos y mujer, no los
+ presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no ten&iacute;a amigas. Adem&aacute;s
+ don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si no tuviera sexo.
+ Era aquella una educaci&oacute;n neutra. A pesar de que Ozores ped&iacute;a
+ a grito pelado la emancipaci&oacute;n de la mujer y aplaud&iacute;a cada
+ vez que en Par&iacute;s una dama le quemaba la cara con vitriolo a su
+ amante, en el fondo de su conciencia ten&iacute;a a la hembra por un ser
+ inferior, como un buen animal dom&eacute;stico. No se paraba a pensar lo
+ que pod&iacute;a necesitar Anita. A su madre la hab&iacute;a querido
+ mucho, le hab&iacute;a besado los pies desnudos durante la luna de miel,
+ que hab&iacute;a sido exagerada; pero poco a poco, sin querer, hab&iacute;a
+ visto &eacute;l tambi&eacute;n en ella a la antigua modista, y la trat&oacute;
+ al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que fuere,
+ &eacute;l cre&iacute;a cumplir con Anita llev&aacute;ndola al Museo de
+ Pinturas, a la Armer&iacute;a, algunas veces al Real y casi siempre a
+ paseo con algunos libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para
+ discutir a cada diez pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han
+ hablado con mujeres. Esta especie de varones, aunque parece rara, abunda m&aacute;s
+ de lo que pudiera creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele
+ conocer en que habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de
+ Ozores ni esto hac&iacute;an; eran pinos solitarios del Norte que no
+ suspiraban por ninguna palmera del Mediod&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Aunque Ana llegaba a la edad en que la ni&ntilde;a ya puede gustar como
+ mujer, no llamaba la atenci&oacute;n; nadie se hab&iacute;a enamorado de
+ ella. Entre do&ntilde;a Camila y don Carlos hab&iacute;an ajado las rosas
+ de su rostro; aquella turgencia y expansi&oacute;n de formas que al amante
+ del aya le arrancaban chispas de los ojos, hab&iacute;an contenido su
+ crecimiento; Anita iba a transformarse en mujer cuando parec&iacute;a muy
+ lejos a&uacute;n de esta crisis; estaba delgada, p&aacute;lida, d&eacute;bil;
+ sus quince a&ntilde;os eran ingratos: a los diez ten&iacute;a las
+ apariencias de los trece, y a los quince representaba dos menos. Como
+ todav&iacute;a no se ha convenido en mantener a costa del Erario a los fil&oacute;sofos,
+ don Carlos que no se ocupaba m&aacute;s que en arreglar el mundo y
+ condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situaci&oacute;n econ&oacute;mica.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Ya estaba cansado; bastante hab&iacute;a combatido en la
+ vida&raquo;, seg&uacute;n &eacute;l, y no se le ocurri&oacute; buscar
+ trabajo; no quer&iacute;a trabajar m&aacute;s. Prefiri&oacute; retirarse a
+ su quinta de Loreto, accediendo a las s&uacute;plicas de Anita que se lo
+ ped&iacute;a con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburr&iacute;a
+ mucho en Madrid. Mientras a su imaginaci&oacute;n le entregaban a Grecia,
+ el Olimpo, el Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso,
+ ten&iacute;a que vivir en una calle estrecha y obscura, en un m&iacute;sero
+ entresuelo que se le ca&iacute;a sobre la cabeza. Ciertas vecinas quer&iacute;an
+ llevarla a paseo, a una tertulia y a los teatros extraviados que ellas
+ frecuentaban. La pobreza en Madrid tiene que ser o resignada o cursi.
+ Aquellas vecinas eran cursis. Anita no pod&iacute;a sufrirlas; le daban
+ asco ellas, su tertulia y sus teatros. Pronto la llamaron el comino
+ orgulloso, la mona sabia. Los seis meses de aldea los pasaba mucho mejor,
+ aun con ser aquel lugar el de su antiguo cautiverio y el de la aventura de
+ la barca, y la calumnia subsiguiente. Pero de cuantos podr&iacute;an
+ recordarle aquella <i>verg&uuml;enza</i>, s&oacute;lo ve&iacute;a ella al
+ se&ntilde;or Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don Carlos y
+ miraba a la ni&ntilde;a con ojos de cosechero que se prepara a recoger los
+ frutos.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando don Carlos decidi&oacute; vivir en Loreto todo el a&ntilde;o, para
+ hacer econom&iacute;as, Ana le bes&oacute; en los ojos y en la boca y fue
+ por un d&iacute;a entero la ni&ntilde;a expansiva y alegre que hab&iacute;a
+ empezado a brotar antes de ser trasplantada al invernadero pedag&oacute;gico
+ de do&ntilde;a Camila. Otros a&ntilde;os se llevaba a la aldea alg&uacute;n
+ caj&oacute;n de libros; esta vez se mand&oacute; con el maragato la
+ biblioteca entera, el orgullo leg&iacute;timo de don Carlos.
+ </p>
+ <p>
+ Un d&iacute;a de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por
+ dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la
+ quinta. Colocaba en los cajones los libros, despu&eacute;s de sacudirles
+ el polvo, por el orden se&ntilde;alado en el cat&aacute;logo escrito por
+ don Carlos.
+ </p>
+ <p>
+ Vio un tomo en franc&eacute;s, forrado de cartulina amarilla; crey&oacute;
+ que era una de aquellas novelas que su padre le prohib&iacute;a leer y ya
+ iba a dejar el libro cuando ley&oacute; en el lomo: <i>Confesiones de San
+ Agust&iacute;n</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a all&iacute; San Agust&iacute;n?
+ </p>
+ <p>
+ Don Carlos era un libre-pensador que no le&iacute;a libros de santos, ni
+ de curas, ni de <i>neos</i>, como &eacute;l dec&iacute;a. Pero San Agust&iacute;n
+ era una de las pocas excepciones. Le consideraba como fil&oacute;sofo.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sinti&oacute; un impulso irresistible; quiso leer aquel libro
+ inmediatamente. Sab&iacute;a que San Agust&iacute;n hab&iacute;a sido un
+ pagano libertino, a quien hab&iacute;an convertido voces del cielo por
+ influencia de las l&aacute;grimas de su madre Santa M&oacute;nica. No sab&iacute;a
+ m&aacute;s. Dej&oacute; caer el plumero con que sacud&iacute;a el polvo; y
+ en pie, ba&ntilde;ados por un rayo de sol su cabeza peque&ntilde;a y
+ rizada y el libro abierto, ley&oacute; las primeras p&aacute;ginas. Don
+ Carlos no estaba en casa. Ana sali&oacute; con el libro debajo del brazo;
+ fue a la huerta. Entr&oacute; en el cenador, cubierto de espesa enredadera
+ perenne. Las sombras de las hojuelas de la b&oacute;veda verde jugueteaban
+ sobre las hojas del libro, blancas y negras y brillantes; se o&iacute;a
+ cerca, detr&aacute;s, el murmullo discreto y fresco del agua de una
+ acequia que corr&iacute;a despacio calent&aacute;ndose al sol; fuera de la
+ huerta sonaban las ramas de los altos &aacute;lamos con el suave casta&ntilde;eteo
+ de las hojas nuevas y claras que brillaban como lanzas de acero.
+ </p>
+ <p>
+ Ana le&iacute;a con el alma agarrada a las letras. Cuando conclu&iacute;a
+ una p&aacute;gina, ya su esp&iacute;ritu estaba leyendo al otro lado.
+ Aquello s&iacute; que era nuevo. Toda la Mitolog&iacute;a era una locura,
+ seg&uacute;n el santo. Y el amor, aquel amor, lo que ella se figuraba,
+ pecado, peque&ntilde;ez; un error, una ceguera. Bien hab&iacute;a hecho
+ ella en vivir prevenida. Record&oacute; que en Madrid dos estudiantes le
+ hab&iacute;an escrito cartas a que ella no contestaba. Era su &uacute;nica
+ aventura, despu&eacute;s de la verg&uuml;enza de la barca de Tr&eacute;bol.
+ El santo dec&iacute;a que los ni&ntilde;os son por instinto malos, que su
+ perversi&oacute;n innata hace gozar y re&iacute;r a los que los aman; pero
+ sus gracias son defectos; el ego&iacute;smo, la ira, la vanidad los
+ impulsan.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Es verdad, es verdad&raquo;&mdash;pensaba ella arrepentida.
+ </p>
+ <p>
+ Pero entonces hac&iacute;a falta otra cosa. &iquest;Aquel vac&iacute;o de
+ su coraz&oacute;n iba a llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo
+ pasado, negra en lo porvenir, in&uacute;til, rodeada de inconvenientes y
+ necedades &iquest;iba a terminar? Como si fuera un estallido, sinti&oacute;
+ dentro de la cabeza un &laquo;s&iacute;&raquo; tremendo que se deshizo en
+ chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto mientras segu&iacute;a
+ leyendo; a&uacute;n estaba aturdida, casi espantada por aquella voz que
+ oyera dentro de s&iacute;, cuando lleg&oacute; al pasaje en donde el santo
+ refiere que pase&aacute;ndose &eacute;l tambi&eacute;n por un jard&iacute;n
+ oy&oacute; una voz que le dec&iacute;a &laquo;<i>Tole, lege</i>&raquo; y
+ que corri&oacute; al texto sagrado y ley&oacute; un vers&iacute;culo de la
+ Biblia.... Ana grit&oacute;, sinti&oacute; un temblor por toda la piel de
+ su cuerpo y en la ra&iacute;z de los cabellos como un soplo que los eriz&oacute;
+ y los dej&oacute; erizados muchos segundos.
+ </p>
+ <p>
+ Tuvo miedo de lo sobrenatural; crey&oacute; que iba a aparec&eacute;rsele
+ algo.... Pero aquel p&aacute;nico pas&oacute;, y la pobre ni&ntilde;a sin
+ madre sinti&oacute; dulce corriente que le suavizaba el pecho al subir a
+ las fuentes de los ojos. Las l&aacute;grimas agolp&aacute;ndose en ellos
+ le quitaban la vista.
+ </p>
+ <p>
+ Y llor&oacute; sobre las <i>Confesiones de San Agust&iacute;n</i>, como
+ sobre el seno de una madre. Su alma se hac&iacute;a mujer en aquel
+ momento.
+ </p>
+ <p>
+ Por la tarde acab&oacute; de leer el libro. Dej&oacute; los &uacute;ltimos
+ cap&iacute;tulos que no entend&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ De noche, en la biblioteca, discut&iacute;an don Carlos, un cl&eacute;rigo
+ de Loreto y varios aficionados a la filosof&iacute;a y a la buena sidra,
+ que prodigaba el arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Dec&iacute;a
+ que pensar a solas es pensar a medias. Necesitaba una oposici&oacute;n. El
+ capell&aacute;n quer&iacute;a dejar bien puesto el pabell&oacute;n de la
+ Iglesia y pasar agradablemente las noches que se hac&iacute;an eternas en
+ Loreto, aun en primavera.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de
+ gutapercha, de grandes orejas, donde hab&iacute;a ella so&ntilde;ado mucho
+ despierta, so&ntilde;aba tambi&eacute;n ahora con los ojos muy abiertos,
+ inm&oacute;viles. Pensaba en San Agust&iacute;n; se le figuraba con gran
+ mitra dorada y capa de raso y oro, recorriendo el desierto en un &Aacute;frica
+ que poblaba ella de fieras y de palmeras que llegaban a las nubes. Era,
+ como en la infancia, un delicioso imaginar; otro canto de su poema. S&oacute;lo
+ con recordar la dulzura de San Agust&iacute;n al reconciliarse en su c&aacute;tedra
+ con un amigo que asisti&oacute; a o&iacute;rle, del cual viv&iacute;a
+ separado, sent&iacute;a Ana inefable ternura que le hac&iacute;a amar al
+ universo entero en aquel obispo.
+ </p>
+ <p>
+ En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una
+ importaci&oacute;n de la Bactriana.
+ </p>
+ <p>
+ No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que hab&iacute;a le&iacute;do,
+ pero en sus disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos hist&oacute;ricos,
+ porque contaba con la ignorancia del concurso.
+ </p>
+ <p>
+ El capell&aacute;n no sab&iacute;a lo que era la Bactriana; y as&iacute;
+ le parec&iacute;a el m&aacute;s rid&iacute;culo y gracioso disparate la
+ ocurrencia de traer de all&iacute; el cristianismo.
+ </p>
+ <p>
+ Y muerto de risa dec&iacute;a:&mdash;Pero hombre, buena <i>Batrania</i> te
+ d&eacute; Dios; &iquest;d&oacute;nde ha le&iacute;do eso el se&ntilde;or
+ Ozores?
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;El capell&aacute;n no era un San Agust&iacute;n&mdash;pensaba Anita&mdash;;
+ no, porque San Agust&iacute;n no beber&iacute;a sidra ni refutar&iacute;a
+ tan mal argumentos como los de su padre. No importaba, el cl&eacute;rigo
+ ten&iacute;a raz&oacute;n y eso bastaba; dec&iacute;a grandes verdades sin
+ saberlo&raquo;. Don Carlos en aquel momento se puso a defender a los
+ maniqueos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que
+ creer en Jehov&aacute; Elo&iuml;m que era un d&eacute;spota, un dictador,
+ un polaco.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Su padre era maniqueo! Buenos pon&iacute;a a los maniqueos
+ San Agust&iacute;n, que tambi&eacute;n hab&iacute;a cre&iacute;do errores
+ as&iacute;. Pero su padre llegar&iacute;a a convertirse; como ella, que
+ ten&iacute;a lleno el coraz&oacute;n de amor para todos y de fe en Dios y
+ en el santo obispo de Hiponax&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s, buscando en la biblioteca, hall&oacute; el <i>Genio del
+ Cristianismo</i>, que fue una revelaci&oacute;n para ella. Probar la
+ religi&oacute;n por la belleza, le pareci&oacute; la mejor ocurrencia del
+ mundo. Si su raz&oacute;n se resist&iacute;a a los argumentos de
+ Chateaubriand, pronto la fantas&iacute;a se declaraba vencida y con ella
+ el albedr&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Valiente mequetrefe era el se&ntilde;or Chateaubriand, seg&uacute;n
+ don Carlos. &Eacute;l ten&iacute;a sus obras porque el estilo no era malo&raquo;.&mdash;Se
+ hablaba muy mal de Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Despu&eacute;s
+ ley&oacute; Ana <i>Los M&aacute;rtires</i>. Ella hubiera sido de buen
+ grado Cimodocea, su padre pod&iacute;a pasar por un Demodoco bastante
+ regular, sobre todo despu&eacute;s de su viaje a Italia que le hab&iacute;a
+ hecho pagano. Pero &iquest;Eudoro? &iquest;d&oacute;nde estaba Eudoro?
+ Pens&oacute; en Germ&aacute;n. &iquest;Qu&eacute; habr&iacute;a sido de
+ &eacute;l?
+ </p>
+ <p>
+ Dif&iacute;cil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que
+ hablasen, para bien se entiende, de religi&oacute;n. Un tomo del <i>Parnaso
+ Espa&ntilde;ol</i> estaba consagrado a la poes&iacute;a religiosa. Los m&aacute;s
+ eran versos pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le
+ hicieron mejor impresi&oacute;n que el mismo Chateaubriand. Unas
+ quintillas de Fray Luis de Le&oacute;n comenzaban as&iacute;:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Si quieres, como alg&uacute;n d&iacute;a,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">alabar rubios cabellos,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">alaba los de Mar&iacute;a,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">m&aacute;s dorados y m&aacute;s bellos</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">que el sol claro al mediod&iacute;a.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ El poeta eclesi&aacute;stico que olvidaba otros cabellos para alabar los
+ de Mar&iacute;a, le pareci&oacute; sublime en su ternura; aquellos cinco
+ versos despertaron en el coraz&oacute;n de Ana lo que puede llamarse el <i>sentimiento
+ de la Virgen</i>, porque no se parece a ning&uacute;n otro. Y aquella fue
+ su locura de amor religioso.
+ </p>
+ <p>
+ Mar&iacute;a, adem&aacute;s de Reina de los Cielos, era una Madre, la de
+ los afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La
+ devoci&oacute;n de la Virgen entr&oacute; con m&aacute;s fuerza que la de
+ San Agust&iacute;n y la de Chateaubriand en el coraz&oacute;n de aquella
+ ni&ntilde;a que se estaba convirtiendo en mujer. El Ave Mar&iacute;a y la
+ Salve adquirieron para ella nuevo sentido. Rezaba sin cesar. Pero no
+ bastaba aquello, quer&iacute;a m&aacute;s, quer&iacute;a inventar ella
+ misma oraciones.
+ </p>
+ <p>
+ Don Carlos ten&iacute;a tambi&eacute;n el <i>Cantar de los cantares</i>,
+ en la versi&oacute;n po&eacute;tica de San Juan de la Cruz. Estaba entre
+ los libros prohibidos para Anita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A m&iacute; no me la dan&mdash;dec&iacute;a don Carlos gui&ntilde;ando
+ un ojo&mdash;; esta <i>amada</i> podr&aacute; ser la Iglesia, pero... yo
+ no me f&iacute;o... no me f&iacute;o....
+ </p>
+ <p>
+ Y disparataba sin conciencia; porque &eacute;l, incapaz de calumniar a sus
+ semejantes, cuando se trataba de santos y curas cre&iacute;a que no estaba
+ de m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Ana ley&oacute; los versos de San Juan y entonces sinti&oacute; la lengua
+ expedita para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos
+ solitarios por el monte de Loreto que ol&iacute;a a tomillo y ca&iacute;a
+ a pico sobre el mar.
+ </p>
+ <p>
+ Versos <i>a lo San Juan</i>, como se dec&iacute;a ella, le sal&iacute;an a
+ borbotones del alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados;
+ y hablaba con la Virgen de aquella manera.
+ </p>
+ <p>
+ Notaba Anita, excitada, nerviosa&mdash;y sent&iacute;a un dolor extra&ntilde;o
+ en la cabeza al notarlo&mdash;una misteriosa analog&iacute;a entre los
+ versos de San Juan y aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al
+ subir por el monte.
+ </p>
+ <p>
+ Verdad era que de alg&uacute;n tiempo a aquella parte su pensamiento, sin
+ que ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las
+ cosas, y por todas sent&iacute;a un cari&ntilde;o melanc&oacute;lico que
+ acababa por ser una jaqueca aguda.
+ </p>
+ <p>
+ Una tarde de oto&ntilde;o, despu&eacute;s de admitir una copa de cum&iacute;n
+ que su padre quiso que bebiera detr&aacute;s del caf&eacute;, Anita sali&oacute;
+ sola, con el proyecto de empezar a escribir un libro, all&aacute; arriba,
+ en la hondonada de los pinos que ella conoc&iacute;a bien; era <i>una obra</i>
+ que d&iacute;as antes hab&iacute;a imaginado, una colecci&oacute;n de poes&iacute;as
+ &laquo;A la Virgen&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Carlos le permit&iacute;a pasear sin compa&ntilde;&iacute;a cuando sub&iacute;a
+ al monte de los tomillares por la puerta del jard&iacute;n; por all&iacute;
+ no pod&iacute;a verla nadie, y al monte no se sub&iacute;a m&aacute;s que
+ a buscar le&ntilde;a.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel d&iacute;a su paseo fue m&aacute;s largo que otras veces. La cuesta
+ era ardua, el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha ca&iacute;an
+ a pico sobre el mar, que deshac&iacute;a su c&oacute;lera en espuma con
+ bramidos que llegaban a lo alto como ruidos subterr&aacute;neos. A la
+ izquierda los tomillares acompa&ntilde;aban el camino hasta la cumbre,
+ coronada por pinos entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la
+ queja inextinguible del oc&eacute;ano. Ana sub&iacute;a a paso largo. El
+ esfuerzo que exig&iacute;a la cuesta la excitaba; se sent&iacute;a
+ calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre heladas, brotaba fuego,
+ como en lejanos d&iacute;as. Sub&iacute;a con una ansiedad apasionada,
+ como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de un recodo de la senda que segu&iacute;a, Ana vio de
+ repente nuevo panorama; Loreto qued&oacute; invisible. Enfrente estaba el
+ mar, que antes o&iacute;a sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde
+ el puerto, m&aacute;s pac&iacute;fico, m&aacute;s solemne; desde all&iacute;
+ las olas no parec&iacute;an sacudidas violentas de una fiera enjaulada,
+ sino el ritmo de una canci&oacute;n sublime, vibraciones de placas
+ sonoras, iguales, sim&eacute;tricas, que iban de Oriente a Occidente. En
+ los &uacute;ltimos t&eacute;rminos del ocaso columbraba un anfiteatro de
+ monta&ntilde;as que parec&iacute;an escala de gigantes para ascender al
+ cielo; nubes y cumbres se confund&iacute;an, y se mandaban reflejados sus
+ colores. En lo m&aacute;s alto de aquel <i>cumulus</i> de piedra azulada
+ Ana divis&oacute; un punto; sab&iacute;a que era un santuario. All&iacute;
+ estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del ocaso se rasgaban
+ brotando luz de sus entra&ntilde;as para formar una aureola a la Madre de
+ Dios, que ten&iacute;a en aquella cima su templo. La puesta del sol era
+ una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en la sombra
+ del monte, all&aacute; abajo, parec&iacute;an palomas que volaban sobre
+ las aguas.
+ </p>
+ <p>
+ Al fin lleg&oacute; Ana a la <i>hondonada de los pinos</i>. Era una ca&ntilde;ada
+ entre dos lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy
+ lucidos del &aacute;rbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco
+ dejaba ver su fondo de piedra blanquecina en medio de la ca&ntilde;ada; un
+ p&aacute;jaro, que a la ni&ntilde;a se le antoj&oacute; ruise&ntilde;or,
+ cantaba escondido en los arbustos de la loma de poniente. Ana se sent&oacute;
+ sobre una piedra cerca del cauce seco. Se cre&iacute;a en el desierto. No
+ hab&iacute;a all&iacute; ruido que recordara al hombre. El mar, que ya no
+ ve&iacute;a ella, volv&iacute;a a sonar como murmullo subterr&aacute;neo;
+ los pinos sonaban como el mar y el p&aacute;jaro como un ruise&ntilde;or.
+ Estaba segura de su soledad. Abri&oacute; un libro de memorias, lo puso en
+ sus rodillas, y escribi&oacute; con l&aacute;piz en la primera p&aacute;gina:
+ &laquo;A la Virgen&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Medit&oacute;, esperando la inspiraci&oacute;n sagrada.
+ </p>
+ <p>
+ Antes de escribir dej&oacute; hablar al pensamiento.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando el l&aacute;piz traz&oacute; el primer verso, ya estaba terminada,
+ dentro del alma, la primera estancia. Sigui&oacute; el l&aacute;piz
+ corriendo sobre el papel, pero siempre el alma iba m&aacute;s deprisa; los
+ versos engendraban los versos, como un beso provoca ciento; de cada
+ concepto amoroso y r&iacute;tmico brotaban enjambres de ideas po&eacute;ticas,
+ que nac&iacute;an vestidas con todos los colores y perfumes de aquel decir
+ po&eacute;tico, sencillo, noble, apasionado.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando todav&iacute;a el pensamiento segu&iacute;a dictando a borbotones,
+ tuvo la mano que renunciar a seguirle, porque el l&aacute;piz ya no pod&iacute;a
+ escribir; los ojos de Ana no ve&iacute;an las letras ni el papel, estaban
+ llenos de l&aacute;grimas. Sent&iacute;a latigazos en las sienes, y en la
+ garganta mano de hierro que apretaba.
+ </p>
+ <p>
+ Se puso en pie, quiso hablar, grit&oacute;; al fin su voz reson&oacute; en
+ la ca&ntilde;ada; call&oacute; el supuesto ruise&ntilde;or, y los versos
+ de Ana, recitados como una oraci&oacute;n entre l&aacute;grimas, salieron
+ al viento repetidos por las resonancias del monte. Llamaba con palabras de
+ fuego a su Madre Celestial. Su propia voz la entusiasm&oacute;, sinti&oacute;
+ escalofr&iacute;os, y ya no pudo hablar: se doblaron sus rodillas, apoy&oacute;
+ la frente en la tierra. Un espanto m&iacute;stico la domin&oacute; un
+ momento. No osaba levantar los ojos. Tem&iacute;a estar rodeada de lo
+ sobrenatural. Una luz m&aacute;s fuerte que la del sol atravesaba sus p&aacute;rpados
+ cerrados. Sinti&oacute; ruido cerca, grit&oacute;, alz&oacute; la cabeza
+ despavorida... no ten&iacute;a duda, una zarza de la loma de enfrente se
+ mov&iacute;a... y con los ojos abiertos al milagro, vio un p&aacute;jaro
+ obscuro salir volando de un matorral y pasar sobre su frente.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="Vmdash" id="Vmdash"></a>&mdash;V&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ La se&ntilde;orita do&ntilde;a Anunciaci&oacute;n Ozores hab&iacute;a
+ llegado a los cuarenta y siete a&ntilde;os sin salir de la provincia de
+ Vetusta. Era por consiguiente una gran molestia, tal vez un peligro,
+ aventurarse a recorrer en veinte horas de diligencia la carretera de la
+ costa que llegaba hasta Loreto. La acompa&ntilde;aron en su viaje don
+ Cayetano Ripamil&aacute;n, can&oacute;nigo respetable por su condici&oacute;n
+ y sus a&ntilde;os, y una antigua criada de los Ozores.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesi&oacute;n,
+ sin ning&uacute;n sacramento. El m&eacute;dico dec&iacute;a que alg&uacute;n
+ derrame, alg&uacute;n vaso.... Materialismo puro. Do&ntilde;a Anuncia ve&iacute;a
+ la mano de Dios que castiga sin palo ni piedra. Esto no impidi&oacute; que
+ durante el viaje manifestase la se&ntilde;orita de Ozores, vestida de
+ riguroso luto, un dolor apenas mitigado por la resignaci&oacute;n
+ cristiana.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ana, la hija de la modista, hab&iacute;a ca&iacute;do en cama;
+ estaba sola, en poder de criados; no hab&iacute;a m&aacute;s remedio que
+ ir a recogerla. Ante aquella muerte conclu&iacute;an las diferencias de
+ familia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Muerto el perro se acab&oacute; la rabia&raquo;,&mdash;hab&iacute;a
+ dicho uno de los nobles de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de
+ muerte. Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, hab&iacute;a dicho
+ el m&eacute;dico; la enfermedad hab&iacute;a coincidido con ciertas
+ transformaciones propias de la edad; propias s&iacute;, pero delante de se&ntilde;oritas
+ no deb&iacute;an explicarse con la claridad y los pormenores que empleaba
+ el doctor. Don Cayetano pod&iacute;a o&iacute;rlo todo, pero do&ntilde;a
+ Anuncia hubiera preferido met&aacute;foras y per&iacute;frasis. &laquo;El
+ desarrollo contenido&raquo;, &laquo;la cr&iacute;tica y misteriosa
+ metamorfosis&raquo;, &laquo;la cris&aacute;lida que se rompe&raquo;, todo
+ eso estaba bien; pero el m&eacute;dico a&ntilde;ad&iacute;a unos detalles
+ que do&ntilde;a Anuncia no vacilaba en calificar de groseros.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute; gentes trataba mi hermano!&raquo;&mdash;dec&iacute;a
+ poniendo los ojos en blanco.
+ </p>
+ <p>
+ Quince d&iacute;as hab&iacute;a vivido sola en poder de criados aquella
+ pobre ni&ntilde;a, hu&eacute;rfana y enferma, pues do&ntilde;a Anuncia no
+ se decidi&oacute; a emprender el viaje de las veinte horas hasta que se le
+ pidi&oacute; esta obra de caridad en nombre de su sobrina moribunda. Ana
+ estaba ya enferma cuando la sobrecogi&oacute; la cat&aacute;strofe. Su
+ enfermedad era melanc&oacute;lica; sent&iacute;a tristezas que no se
+ explicaba. La p&eacute;rdida de su padre la asust&oacute; m&aacute;s que
+ la afligi&oacute; al principio. No lloraba; pasaba el d&iacute;a temblando
+ de fr&iacute;o en una somnolencia poblada de pensamientos disparatados.
+ Sinti&oacute; un ego&iacute;smo horrible lleno de remordimientos. M&aacute;s
+ que la muerte de su padre le dol&iacute;a entonces su abandono, que la
+ aterraba. Todo su valor desapareci&oacute;; se sinti&oacute; esclava de
+ los dem&aacute;s. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio, ni el
+ refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo. Sab&iacute;a
+ que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, hab&iacute;a
+ vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el
+ &uacute;ltimo resto de su herencia. El producto de tan mala venta hab&iacute;a
+ servido para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta
+ estaba hipotecada y su valor no pod&iacute;a sacar a nadie de apuros. En
+ manos del fil&oacute;sofo no hab&iacute;a hecho m&aacute;s que ir
+ perdiendo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Es decir, que estoy casi en la miseria&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sus derechos de orfandad, que le dijeron que ser&iacute;an una ayuda
+ irrisoria, poco m&aacute;s que nada, tardar&iacute;a en cobrarlos; no ten&iacute;a
+ quien le explicase c&oacute;mo y d&oacute;nde se ped&iacute;an. Estaba
+ sola, completamente sola; &iquest;qu&eacute; iba a ser de ella? Los amigos
+ del fil&oacute;sofo no le sirvieron de nada. No sab&iacute;an m&aacute;s
+ que discutir. El capell&aacute;n no apareci&oacute; por all&iacute;; la
+ muerte repentina de don Carlos ol&iacute;a un poco a azufre.
+ </p>
+ <p>
+ Un d&iacute;a, tres o cuatro despu&eacute;s de enterrado su padre, Ana
+ quiso levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La
+ noche anterior se hab&iacute;a dormido con los dientes apretados y
+ temblando de fr&iacute;o. Hab&iacute;a querido escribir a sus t&iacute;as
+ de Vetusta y no hab&iacute;a podido coordinar las palabras; hasta dudaba
+ de su ortograf&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el
+ mal pudo m&aacute;s, la rindi&oacute;. El m&eacute;dico habl&oacute; de
+ fiebre, de grandes cuidados necesarios; le hizo preguntas a que ella no
+ sab&iacute;a ni quer&iacute;a contestar. Estaba sola y era absurdo. El
+ doctor dijo que no ten&iacute;a con quien entenderse; a&ntilde;adi&oacute;
+ pestes de la incuria de los criados.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;La dejar&aacute;n a usted morir, hija m&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana dio gritos, se asust&oacute; mucho, se sinti&oacute; muy cobarde;
+ llorando y con las manos en cruz pidi&oacute; que llamaran a sus t&iacute;as,
+ unas hermanas de su padre que viv&iacute;an en Vetusta y que ten&iacute;a
+ entendido que eran muy buenas cristianas.
+ </p>
+ <p>
+ Las t&iacute;as sent&iacute;an un vago remordimiento por la compra del
+ caser&oacute;n. Comprend&iacute;an que val&iacute;a m&aacute;s, mucho m&aacute;s
+ de lo que hab&iacute;an pagado por &eacute;l, abusando de la situaci&oacute;n
+ apurada de don Carlos, que adem&aacute;s era un aturdido en materia de
+ intereses. &iexcl;&Eacute;l, que hab&iacute;a renegado de la fe de los
+ Ozores!&mdash;&laquo;Por no ser v&iacute;ctima de una mixtificaci&oacute;n&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se presentaba ocasi&oacute;n de tranquilizar la conciencia amparando a la
+ desventurada hija del hermano de sus pecados.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra
+ cuando vio que Ana &laquo;estaba en la calle&raquo; o poco menos. La
+ quinta que ellas hab&iacute;an imaginado digna de un Ozores, aunque fuese
+ extraviado, era una casa de aldea muy pintada, pero sin valor, con una
+ huerta de medianas utilidades. Y adem&aacute;s estaba sujeta a una deuda
+ que mal se podr&iacute;a enjugar con lo que ella val&iacute;a. Estaba
+ fresca Anita. Ni rico hab&iacute;a sabido hacerse el infeliz ateo. &iexcl;Perder
+ el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra! Negocio redondo. Pero, en fin,
+ a lo hecho pecho.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas &iquest;qui&eacute;n
+ no tiene su cruz?
+ </p>
+ <p>
+ Ana tard&oacute; un mes en dejar el lecho.
+ </p>
+ <p>
+ Pero do&ntilde;a Anuncia se aburr&iacute;a en Loreto, donde no hab&iacute;a
+ sociedad; y el viaje, la vuelta a Vetusta, se precipit&oacute; contra los
+ consejos del mediquillo grosero, que prodigaba los t&eacute;rminos t&eacute;cnicos
+ m&aacute;s transparentes.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto llegaron a Vetusta, la hu&eacute;rfana tuvo &laquo;un retraso en
+ su convalecencia&raquo;, seg&uacute;n el m&eacute;dico de la casa, que era
+ comedido y no llamaba las cosas por su nombre.
+ </p>
+ <p>
+ El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligr&oacute; de nuevo.
+ </p>
+ <p>
+ Las se&ntilde;oritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el
+ juicio que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana
+ hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la
+ vida y la muerte, do&ntilde;a Anuncia encontr&oacute; irreprochable su
+ conducta.
+ </p>
+ <p>
+ En honor de la verdad, nada hab&iacute;a que decir contra su educaci&oacute;n
+ ni contra su car&aacute;cter: hac&iacute;a muy buena enferma. No ped&iacute;a
+ nada; tomaba todo lo que le daban, y si se le preguntaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute;s, Anita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Algo mejor, se&ntilde;ora&mdash;contestaba la joven siempre que pod&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a
+ veces no o&iacute;a siquiera.
+ </p>
+ <p>
+ Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.
+ </p>
+ <p>
+ No se quejaba; todo estaba bien; no se permit&iacute;a excesos.
+ </p>
+ <p>
+ En el c&iacute;rculo aristocr&aacute;tico de Vetusta, a que pertenec&iacute;an
+ naturalmente las se&ntilde;oritas de Ozores, no se hablaba m&aacute;s que
+ de la abnegaci&oacute;n de estas santas mujeres.
+ </p>
+ <p>
+ Glocester, o sea don Restituto Mourelo, can&oacute;nigo raso a la saz&oacute;n,
+ dec&iacute;a con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqu&eacute;s
+ de Vegallana:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y g&aacute;rrula
+ filantrop&iacute;a moderna. Las se&ntilde;oritas de Ozores est&aacute;n
+ llevando a cabo una obra de caridad que, si quisi&eacute;ramos analizarla
+ detenidamente, nos dar&iacute;a por resultado una larga serie de buenas
+ acciones. No s&oacute;lo se trata de echar sobre s&iacute; la enorme carga
+ de mantener, y creo que hasta vestir y calzar, a una persona que las
+ sobrevivir&aacute;, seg&uacute;n todas las probabilidades, carga que es de
+ por vida o vitalicia por consiguiente; sino que adem&aacute;s esa joven
+ representa una abdicaci&oacute;n, que me abstengo de calificar, una
+ abdicaci&oacute;n de su se&ntilde;or padre....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Una abdicaci&oacute;n abominable&mdash;se atrevi&oacute; a decir un
+ bar&oacute;n tronado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Abominable&mdash;a&ntilde;adi&oacute; Glocester inclin&aacute;ndose&mdash;.
+ Representa una alianza nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de
+ los Ozores, se mezcl&oacute; en mal hora con sangre plebeya; y lo que es
+ lo peor... seg&uacute;n todos sabemos, representa esa ni&ntilde;a la poco
+ meticulosa moralidad de su madre, de su infausta....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or&mdash;interrumpi&oacute; la marquesa de
+ Vegallana, que no toleraba los discursos de Glocester&mdash;; s&iacute; se&ntilde;or,
+ su madre era una perdida, corriente; pero la chica se presenta bien, seg&uacute;n
+ dicen sus t&iacute;as; es muy d&oacute;cil y muy callada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo creo que calla; como que no puede hablar a&uacute;n de pura
+ debilidad.
+ </p>
+ <p>
+ Esto lo dijo el m&eacute;dico de la aristocracia, don Robustiano, que
+ asist&iacute;a a Anita.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella noche se acord&oacute; en la tertulia acoger a la hija de don
+ Carlos como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablar&iacute;a
+ para nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella ser&iacute;a
+ considerada como sobrina de quien tantos elogios merec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Gran consuelo recibieron do&ntilde;a Anuncia y do&ntilde;a &Aacute;gueda
+ al saber por el m&eacute;dico esta resoluci&oacute;n de la nobleza
+ vetustense.
+ </p>
+ <p>
+ Ana estaba muchas horas sola. Sus t&iacute;as ten&iacute;an costumbre de
+ trabajar&mdash;hacer calceta y colcha&mdash;en el comedor; la alcoba de la
+ sobrina estaba al otro extremo de la casa.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste
+ caser&oacute;n de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar
+ la visita al Sant&iacute;simo y la Vela, que les tocaba una vez por
+ semana. Asist&iacute;an a todas las novenas, a todos los sermones, a todas
+ las cofrad&iacute;as, y a todas las tertulias de buen tono. Com&iacute;an
+ dos o tres veces por semana fuera de casa. Lo m&aacute;s del tiempo lo
+ empleaban en pagar visitas. Esta era la ocupaci&oacute;n a que daban m&aacute;s
+ importancia entre todas las de su atareada existencia. No pagar una visita
+ <i>de clase</i>, les parec&iacute;a el mayor crimen que se pod&iacute;a
+ cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religi&oacute;n, porque
+ &eacute;ste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su
+ coraz&oacute;n el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido
+ incompatibles la Visita a la Corte de Mar&iacute;a y la tertulia de
+ Vegallana, Mar&iacute;a Sant&iacute;sima, en su inmensa bondad, hubiera
+ perdonado, pero ellas hubieran asistido a la tertulia.
+ </p>
+ <p>
+ La etiqueta, seg&uacute;n se entend&iacute;a en Vetusta, era la ley por
+ que se gobernaba el mundo; a ella se deb&iacute;a la armon&iacute;a
+ celeste.
+ </p>
+ <p>
+ Suprimida la etiqueta, las estrellas chocar&iacute;an y se aplastar&iacute;an
+ probablemente. &iquest;Qu&eacute; sab&iacute;a de estas cosas la
+ sobrinita? Esta era la cuesti&oacute;n. Las miradas de do&ntilde;a
+ &Aacute;gueda, algo m&aacute;s gruesa, m&aacute;s joven y m&aacute;s
+ bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se
+ clavaban en Anita al darle un caldo.
+ </p>
+ <p>
+ La hu&eacute;rfana sonre&iacute;a siempre; daba las gracias siempre.
+ Estaba conforme con todo. Las t&iacute;as ve&iacute;an con impaciencia que
+ se prolongaba aquel estado. La ni&ntilde;a no acababa de sanar, ni reca&iacute;a;
+ no se presentaba ninguna soluci&oacute;n. Adem&aacute;s, as&iacute; no se
+ pod&iacute;a conocer su verdadero car&aacute;cter. Aquella sumisi&oacute;n
+ absoluta pod&iacute;a ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo que
+ eso era.
+ </p>
+ <p>
+ Una tarde, tal vez creyendo que dorm&iacute;a la sobrinilla o sin recordar
+ que estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos
+ hermanas de un asunto muy importante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Estoy temblando, &iquest;a qu&eacute; no sabes por qu&eacute;?&mdash;dec&iacute;a
+ do&ntilde;a Anuncia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Si ser&aacute; por lo mismo que a m&iacute; me preocupa?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; es?&mdash;Si esa chica...&mdash;Si aquella verg&uuml;enza...&mdash;&iexcl;Eso!&mdash;&iquest;Te
+ acuerdas de la carta del aya?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como que yo la conservo.&mdash;Ten&iacute;a la chiquilla doce o
+ catorce a&ntilde;os, &iquest;verdad?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Algo menos, pero peor todav&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y t&uacute; crees... que...&mdash;&iexcl;Bah! Pues claro.&mdash;&iquest;Si
+ ser&aacute; una Obdulita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;O una Tarsilita. &iquest;Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel
+ lance con aquel cadete, y despu&eacute;s con Alvarito Mes&iacute;a no s&eacute;
+ qu&eacute; amor&iacute;os?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Todo era inocencia&mdash;dec&iacute;an los bobalicones de aqu&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene as&iacute; los
+ amantes (juntando y separando los dedos.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si es claro, si genio y figura...&mdash;Cuando falta una base
+ firme... &mdash;&iexcl;Si sabr&aacute; una!...&mdash;&iquest;Pues,
+ Obdulita? Ya ves lo que se dijo el a&ntilde;o pasado; despu&eacute;s se
+ neg&oacute;, se asegur&oacute; que era una calumnia...&mdash;&iexcl;A m&iacute;,
+ que soy tambor de marina!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Si sabr&aacute; una!&mdash;&iexcl;Si una hubiera querido! Y
+ suspir&oacute; esta se&ntilde;orita de Ozores. Suspir&oacute; su hermana
+ tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, salt&oacute; de
+ &eacute;l a las primeras palabras de aquella conversaci&oacute;n. P&aacute;lida
+ como una muerta, con dos l&aacute;grimas heladas en los p&aacute;rpados,
+ con las manos flacas en cruz, oy&oacute; todo el di&aacute;logo de sus t&iacute;as.
+ </p>
+ <p>
+ No hablaban a solas como delante de los se&ntilde;ores <i>de clase</i>; no
+ eran prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Do&ntilde;a
+ Anuncia dec&iacute;a palabras que la hubieran escandalizado en labios
+ ajenos. La conversaci&oacute;n tard&oacute; en volver al pecado de Ana, a
+ la verg&uuml;enza de que les hablaba la carta de do&ntilde;a Camila. La hu&eacute;rfana
+ o&iacute;a, desde su alcoba, historias que sublevaban su pudor, que le
+ ense&ntilde;aban mil desnudeces que no hab&iacute;a visto en los libros de
+ Mitolog&iacute;a. Pero aquellas mujeres ya se hab&iacute;an olvidado de
+ ella. Tarsila, Obdulia, Visitaci&oacute;n, otro pimpollo que se escapaba
+ por el balc&oacute;n en compa&ntilde;&iacute;a de su novio, la misma
+ marquesa de Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta,
+ la de clase inclusive, sal&iacute;a all&iacute; a la verg&uuml;enza, en
+ aquella venganza solitaria de las dos se&ntilde;oritas incasables de
+ Ozores. En aquel mundo de flaquezas, de esc&aacute;ndalos, &iquest;qui&eacute;n
+ recordaba ya la aventura, poco conocida al cabo, de la sobrinilla enferma?
+ </p>
+ <p>
+ Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; seg&uacute;n
+ ellas, se trataba de un marinero que hab&iacute;a abusado de la inocencia
+ o de la precocidad de la ni&ntilde;a. Se discuti&oacute;, como en el
+ casino de Loreto, la verosimilitud del delito desde el punto de vista
+ fisiol&oacute;gico. Hablaron aquellas se&ntilde;oritas como dos comadronas
+ matriculadas. &iexcl;Qu&eacute; riqueza de datos! &iexcl;Qu&eacute;
+ empirismo tan provisto de documentos! Do&ntilde;a Anuncia ten&iacute;a la
+ boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana que
+ estaba a los pies de su butaca.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta
+ nadie deb&iacute;a de saber nada. Lo malo ser&iacute;a que aquella
+ muchacha hubiera seguido con vida tan disoluta. Pero no hab&iacute;a
+ motivo para creerlo. Nada m&aacute;s hab&iacute;an sabido que la
+ condenase. Sobre todo, pronto se hab&iacute;a de ver&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la &uacute;ltima palabra, comprendi&oacute;
+ que sus t&iacute;as lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal
+ de ser en adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. C&oacute;mo
+ eran ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiar&iacute;a m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a habido algunos minutos de silencio.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a &Aacute;gueda lo rompi&oacute; diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Creo que era algo raqu&iacute;tica, por lo menos estaba poco
+ desarrollada....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso no importa; as&iacute; fu&iacute; yo, y despu&eacute;s que...&mdash;Ana
+ sinti&oacute; brasas en las mejillas&mdash;empec&eacute; a engordar, a
+ comer bien y me puse como un rollo de manteca.
+ </p>
+ <p>
+ Y suspir&oacute; otra vez do&ntilde;a &Aacute;gueda, acord&aacute;ndose
+ del rollo que hab&iacute;a sido.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Anuncia hab&iacute;a tenido sus motivos para no engordar: unos
+ amores rom&aacute;nticos rabiosos. De aquellos amores le hab&iacute;an
+ quedado varias canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella
+ misma acompa&ntilde;aba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba
+ diciendo:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Esa luna que brilla en el cielo</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">melanc&oacute;licamente me inspira:</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">es el &uacute;ltimo son de mi lira</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">que por &uacute;ltima vez reson&oacute;.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Se trataba de un condenado a muerte.
+ </p>
+ <p>
+ El bello ideal de do&ntilde;a Anuncia hab&iacute;a sido siempre un viaje a
+ Venecia con un amante; pero una vez que el siglo estaba <i>metalizado</i>
+ y las muchachas no sab&iacute;an enamorarse, ella quer&iacute;a utilizar,
+ si era posible, la hermosura de Ana, que si se alimentaba bien ser&iacute;a
+ guapa como su padre y todos los Ozores, pues lo tra&iacute;an de raza. S&iacute;,
+ era preciso darle bien de comer, engordarla. Despu&eacute;s se le buscaba
+ un novio. Empresa dif&iacute;cil, pero no imposible. En un noble no hab&iacute;a
+ que pensar. Estos eran muy finos, muy galantes con las de su clase, pero
+ si no ten&iacute;an dote se casaban con las hijas de los americanos y de
+ los pasiegos ricos. Lo sab&iacute;an ellas por una dolorosa experiencia.
+ Los chicos <i>innobles</i>, que pudiera decirse, de Vetusta, no eran
+ grandes proporciones; pero aunque se quisiera apencar&mdash;apencar dec&iacute;a
+ do&ntilde;a &Aacute;gueda en el seno de la confianza&mdash;, con alg&uacute;n
+ abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrever&iacute;a a enamorar
+ a una Ozores, aunque se muriese por ella. La &uacute;nica esperanza era un
+ americano. Los indianos deseaban m&aacute;s la nobleza y se atrev&iacute;an
+ m&aacute;s, confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscar&iacute;a por
+ consiguiente un americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase.
+ </p>
+ <p>
+ Ana comprendi&oacute; su obligaci&oacute;n inmediata; sanar pronto.
+ </p>
+ <p>
+ La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la emple&oacute;
+ en procurar cuanto antes la salud.
+ </p>
+ <p>
+ Desde el d&iacute;a en que el m&eacute;dico dijo que el comer bien era ya
+ oportuno, ella, con l&aacute;grimas en los ojos, comi&oacute; cuanto pudo.
+ A no haber o&iacute;do aquella conversaci&oacute;n de las t&iacute;as, la
+ pobre hu&eacute;rfana no se hubiera atrevido a comer mucho, aunque tuviera
+ apetito, por no aumentar el peso de aquella carga: ella. Pero ya sab&iacute;a
+ a qu&eacute; atenerse. Quer&iacute;an engordarla como una vaca que ha de
+ ir al mercado. Era preciso devorar, aunque costase un poco de llanto al
+ principio el pasar los bocados.
+ </p>
+ <p>
+ La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la
+ voluntad. Ana quer&iacute;a fuerzas, salud, colores, carne, hermosura,
+ quer&iacute;a poder librar pronto a sus t&iacute;as de su presencia. El
+ cuidarse mucho, el alimentarse bien le pareci&oacute; entonces el deber
+ supremo. El estado de su &aacute;nimo no contradec&iacute;a estos prop&oacute;sitos.
+ </p>
+ <p>
+ Aquellos accesos de religiosidad que ella hab&iacute;a cre&iacute;do
+ revelaci&oacute;n providencial de una vocaci&oacute;n verdadera, hab&iacute;an
+ desaparecido. Ellos determinaron la crisis violenta que puso en peligro la
+ vida de Ana, pero al volver la salud no volvieron con ella: la sangre
+ nueva no los tra&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el
+ delirio, las visiones m&iacute;sticas, las intuiciones poderosas de la fe,
+ los enternecimientos repentinos le hab&iacute;an servido de consuelo unas
+ veces y de tormento otras. Hab&iacute;a notado con tristeza que aquella fe
+ suya era demasiado vaga; cre&iacute;a mucho y no sab&iacute;a a punto fijo
+ en qu&eacute;; su desgracia m&aacute;s grande, la muerte de su padre, no
+ hab&iacute;a tenido consuelo tan fuerte como ella lo esperaba en la piedad
+ que hab&iacute;a cre&iacute;do tan firme y tan honda, aunque tan nueva.
+ Para aquella ausencia, para la necesidad que sent&iacute;a de creer que
+ ver&iacute;a a su padre en otro mundo, serv&iacute;ale sin embargo la
+ religi&oacute;n; pero muy poco para consuelo de los propios males, para
+ remediar las angustias del ego&iacute;smo asustado, de los apuros del
+ momento que nac&iacute;an de la soledad y la pobreza. El p&aacute;nico de
+ su abandono, que fue el sentimiento que venci&oacute; a todos, no lo
+ curaba la fe.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;La Virgen est&aacute; conmigo&raquo;&mdash;pensaba Ana en el
+ lecho, all&aacute; en Loreto, y acababa por llorar, por rezar
+ fervorosamente y sentir sobre su cabeza las caricias de la mano invisible
+ de Dios; pero sobreven&iacute;a un ataque nervioso, sent&iacute;a la
+ congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del abandono sordo y mudo,
+ y entonces las im&aacute;genes m&iacute;sticas no acud&iacute;an. Hac&iacute;a
+ falta un amparo visible. Por eso pens&oacute; en sus t&iacute;as a quien
+ no conoc&iacute;a, de las que sab&iacute;a poco bueno, y dese&oacute; su
+ presencia, crey&oacute; firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos
+ de la familia.
+ </p>
+ <p>
+ Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que
+ tuvo las gast&oacute; el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poes&iacute;as
+ sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por
+ ser agradable entretenimiento y adem&aacute;s halagaba su vanidad; pero al
+ fin era un tormento. Todo lo que imaginaba le parec&iacute;a excelente, y
+ al contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que
+ lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del Ni&ntilde;o
+ Jes&uacute;s y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexi&oacute;n
+ serena examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan
+ profunda y sinceramente enternecida se sent&iacute;a al contemplar la
+ belleza art&iacute;stica que ella creaba, como contemplando la hermosura
+ de la idea de Dios. &iquest;Ser&iacute;a que uno y otro sentimiento eran
+ religiosos? &iquest;O era que en la vanidad, en el ego&iacute;smo estaba
+ la causa de aquel enternecimiento? De todas suertes ella padec&iacute;a
+ mucho. Se le figuraba que toda la vida se le hab&iacute;a subido a la
+ cabeza; que el est&oacute;mago era una m&aacute;quina parada, y el cerebro
+ un horno en que ard&iacute;a todo lo que ella era por dentro. El pensar
+ sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado,
+ exquisito, lleg&oacute; a causarle n&aacute;useas, y se le antoj&oacute;
+ envidiar a los animales, a las plantas, a las piedras.
+ </p>
+ <p>
+ En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvi&oacute; esta
+ actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco despu&eacute;s
+ de comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, not&oacute;
+ que unas ruedas que le daban vueltas dentro del cr&aacute;neo se mov&iacute;an
+ m&aacute;s despacio y con arm&oacute;nico movimiento. Ya no imaginaba
+ tantos h&eacute;roes y hero&iacute;nas, y los que le quedaban en la cabeza
+ eran menos fant&aacute;sticos, sus sentimientos menos alambicados, y se
+ complac&iacute;a en describir su belleza exterior; los colocaba en parajes
+ deliciosos y pintorescos y acababan todas las aventuras en batallas o en
+ escenas de amor.
+ </p>
+ <p>
+ Al despertar todas las ma&ntilde;anas se sorprend&iacute;a Anita con una
+ sonrisa en el alma y una pl&aacute;cida pereza en el cuerpo. Las t&iacute;as
+ le permit&iacute;an levantarse tarde, y gozaba con delicia de aquellas
+ horas. Para ella su lecho no estaba ya en aquel caser&oacute;n de sus
+ mayores, ni en Vetusta, ni en la tierra; estaba flotando en el aire, no
+ sab&iacute;a d&oacute;nde. Ella se dejaba columpiar dentro de la blanda
+ barquilla en aquel navegar a&eacute;reo de sus ensue&ntilde;os.... Y
+ mientras los personajes de su fantas&iacute;a se dec&iacute;an ternezas,
+ ella les preparaba un suculento almuerzo en un jard&iacute;n de fragancias
+ pur&iacute;simas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los
+ aromas ideales de sus visiones turgentes.
+ </p>
+ <p>
+ Algunas veces, por desgracia, el pr&iacute;ncipe ruso vestido con pieles
+ finas o el noble escoc&eacute;s que luc&iacute;a torneada y robusta
+ pantorrilla con media de cuadros brillantes, se convert&iacute;an de
+ repente en un caballero enfermo del h&iacute;gado, p&aacute;lido, delgado,
+ tocado con sombrero de jipijapa, que se desped&iacute;a de la se&ntilde;ora
+ de sus pensamientos diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Adiosito. Ahorita vuelvo&raquo;,&mdash;con un balanceo de
+ hamaca en los diminutivos. Era el indiano que ve&iacute;an en lontananza
+ ella y las t&iacute;as.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a &Aacute;gueda era muy buena cocinera; conoc&iacute;a el
+ empirismo del arte, y adem&aacute;s lo profesaba por principios. Sab&iacute;a
+ de memoria &laquo;<i>El Cocinero Europeo</i>&raquo;, un libro que contiene
+ el arte de confeccionar todos los platos de las cocinas inglesa, francesa,
+ italiana, espa&ntilde;ola y otras. Pero sal&iacute;a por un ojo de la cara
+ el guisar como el <i>Europeo</i>, seg&uacute;n do&ntilde;a &Aacute;gueda.
+ Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la aristocracia, ella
+ dirig&iacute;a las operaciones en la cocina del marqu&eacute;s de
+ Vegallana y entonces recurr&iacute;a al <i>Europeo</i>. En su casa hab&iacute;a
+ muy poco dinero y all&iacute; se contentaba con las recetas que heredara
+ de sus mayores. Maravillas y primores de la cocina casera comi&oacute;
+ Anita en cuanto el est&oacute;mago pudo tolerarlas. Do&ntilde;a &Aacute;gueda
+ con unos ojos dulzones, in&uacute;tilmente grandes, que nadie hab&iacute;a
+ querido para s&iacute;, miraba extasiada a la convaleciente que iba
+ engordando a ojos vistas, seg&uacute;n las de Ozores. Mientras la joven
+ saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la cocinera a cada
+ bocado, do&ntilde;a &Aacute;gueda, satisfecha en lo m&aacute;s profundo de
+ su vanidad, pasaba la mano peque&ntilde;a y regordeta con dedos como
+ chorizos llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y casta&ntilde;o
+ de la sobrinita de sus pecados, como ella dec&iacute;a. El artista y su
+ obra se dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y tra&iacute;a
+ lo mejor de lo m&aacute;s barato. Ayud&aacute;bala a comprar bien un
+ antiguo catedr&aacute;tico de psicolog&iacute;a, l&oacute;gica y &eacute;tica,
+ gran partidario de la escuela escocesa y de los embutidos caseros. No se
+ fiaba mucho ni del testimonio de sus sentidos ni de las longanizas de la
+ plaza. Era muy amigo de do&ntilde;a Anuncia y la ayudaba a regatear.
+ </p>
+ <p>
+ La solterona despu&eacute;s del mercado recorr&iacute;a las casas de la
+ nobleza para pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana
+ daban ejemplo al mundo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si ustedes la vieran&mdash;dec&iacute;a&mdash;est&aacute;
+ desconocida; se la ve engordar. Parece un globo que se va hinchando poco a
+ poco. Verdad es que aquella &Aacute;gueda tiene unas manos.... En fin,
+ ustedes saben por experiencia c&oacute;mo guisa mi hermanita. Yo me
+ desvivo por la ni&ntilde;a. En casa no entendemos la caridad a medias.
+ Todos los d&iacute;as se ve recoger a un pariente pobre, &iquest;para qu&eacute;?
+ para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un mendrugo y no se le
+ paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de otro modo. En fin,
+ ustedes ver&aacute;n a la ni&ntilde;a. Y que va a ser guapa. Ya ver&aacute;n
+ ustedes.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, la nobleza iba en romer&iacute;a a ver el prodigio, a ver
+ engordar a la ni&ntilde;a.
+ </p>
+ <p>
+ El elemento masculino not&oacute; mucho antes que el femenino la
+ extraordinaria belleza de Anita. Pocos meses despu&eacute;s de la fiebre,
+ Ana hab&iacute;a crecido milagrosamente, sus formas hab&iacute;an tomado
+ una amplitud arm&oacute;nica que ten&iacute;a orgullosa a la nobleza
+ vetustense. La verdad era que el tipo aristocr&aacute;tico no se perd&iacute;a,
+ pese a la chusma que no quiere clases. Aquella ni&ntilde;a en cuanto la
+ hab&iacute;an separado de una vida vulgar, en poder de un padre extraviado
+ y liberalote, y la hab&iacute;an alimentado bien, hab&iacute;a recobrado
+ el tipo de la raza. Se vot&oacute; por unanimidad que era hermos&iacute;sima.
+ La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media era de igual
+ parecer. En poco tiempo se consolid&oacute; la fama de aquella hermosura y
+ Anita Ozores fue por aclamaci&oacute;n la muchacha m&aacute;s bonita del
+ pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le ense&ntilde;aba la torre de la
+ catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de
+ Ozores. Eran las tres maravillas de la poblaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a &Aacute;gueda agradec&iacute;a este triunfo como Fidias
+ pudiera haber agradecido la admiraci&oacute;n que el mundo tribut&oacute;
+ a su Minerva.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es una estatua griega!&mdash;hab&iacute;a dicho la marquesa
+ de Vegallana, que se figuraba las estatuas griegas seg&uacute;n la idea
+ que le hab&iacute;a dado un adorador suyo, amante de las formas abultadas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es la Venus <i>del Nilo</i>!&mdash;dec&iacute;a con embeleso
+ un pollastre llamado Ronzal, alias el Estudiante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;M&aacute;s bien que la de Milo la de M&eacute;dicis&mdash;rectificaba
+ el joven y ya sabio Saturnino Berm&uacute;dez, que sab&iacute;a lo que
+ quer&iacute;a decir, o poco menos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es <i>un</i> Fidias!&mdash;exclamaba el marqu&eacute;s de
+ Vegallana, que hab&iacute;a viajado y recordaba que se dec&iacute;a:
+ &laquo;un Zurbar&aacute;n&raquo;, &laquo;un Murillo&raquo;, etc., etc.,
+ trat&aacute;ndose de cuadros.
+ </p>
+ <p>
+ Y Berm&uacute;dez se atrev&iacute;a a rectificar tambi&eacute;n:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En mi opini&oacute;n m&aacute;s parece de Prax&iacute;teles.
+ </p>
+ <p>
+ El marqu&eacute;s se encog&iacute;a de hombros.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Sea Prax&iacute;teles. Las se&ntilde;oras eran las que pod&iacute;an
+ juzgar mejor, porque muchas de ellas hab&iacute;an conseguido ver a Anita
+ como se ven las estatuas. No sab&iacute;an si era <i>un</i> Fidias o <i>un</i>
+ Prax&iacute;teles, pero s&iacute; que era una real moza; un <i>bijou</i>,
+ dec&iacute;a la baronesa tronada que hab&iacute;a estado ocho d&iacute;as
+ en la Exposici&oacute;n de Par&iacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Su belleza salv&oacute; a la hu&eacute;rfana. Se la admiti&oacute; sin
+ reparo en <i>la clase</i>, en la intimidad de la clase por su hermosura.
+ Nadie se acordaba de la modista italiana.&mdash;Tampoco Ana deb&iacute;a
+ mentarla siquiera, seg&uacute;n orden expresa de las t&iacute;as&mdash;.
+ Se hab&iacute;a olvidado todo, incluso el republicanismo del padre, todo:
+ era un perd&oacute;n general. Ana era de la clase; la honraba con su
+ hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la
+ caballeriza y hasta la casa de un potentado.
+ </p>
+ <p>
+ Las se&ntilde;oritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre.
+ Para ellas la hermosura era cosa secundaria; daban m&aacute;s valor a la
+ dote y a los vestidos, y cre&iacute;an que las proporciones&mdash;los
+ novios aceptables&mdash;har&iacute;an lo mismo. Sab&iacute;an a qu&eacute;
+ atenerse. En las tertulias, en los bailes, en las excursiones campestres
+ no le faltar&iacute;an a <i>la sobrina</i> adoradores; los muchachos de la
+ aristocracia eran casi todos libertinos m&aacute;s o menos disimulados;
+ les atraer&iacute;a la hermosura de Ana, pero no se casar&iacute;an con
+ ella. Cada ni&ntilde;a arist&oacute;crata no necesitaba m&aacute;s cuidado
+ que prohibir a su novio formal&mdash;el futuro esposo&mdash;<i>hacer el
+ amor</i> a la hu&eacute;rfana, a lo menos en presencia de su futura. Si
+ Anita se descuidaba, pensaban las herederas, pod&iacute;a verse
+ comprometida sin ninguna utilidad. Dentro de la nobleza no era probable
+ que se casara. Los nobles ricos buscaban a las arist&oacute;cratas ricas,
+ sus iguales; los nobles pobres buscaban su acomodo en la parte nueva de
+ Vetusta, en la Colonia india, como llamaban al barrio de los americanos
+ los arist&oacute;cratas. Un indiano plebeyo, un <i>vespucio</i>&mdash;como
+ tambi&eacute;n los apellidaban&mdash;pagaba caro el placer de verse suegro
+ de un t&iacute;tulo, o de un caballero linajudo por lo menos.
+ </p>
+ <p>
+ El c&aacute;lculo de las t&iacute;as respecto al matrimonio de Ana no se
+ hab&iacute;a modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por
+ guapa no se casar&iacute;a con un noble; era preciso abdicar, dejarla
+ casarse con un ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha
+ vigilancia y tener advertida a la ni&ntilde;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En el gran mundo de Vetusta&mdash;dec&iacute;a do&ntilde;a Anuncia&mdash;es
+ preciso un ten con ten muy dif&iacute;cil de aprender.
+ </p>
+ <p>
+ Aunque la explicaci&oacute;n de este equilibrio o ten con ten era un poco
+ embarazosa, y m&aacute;s para una se&ntilde;orita que oficialmente deb&iacute;a
+ ignorarlo todo, y en este caso estaba do&ntilde;a Anuncia, convinieron las
+ hermanas en que era indispensable dar instrucciones a la chica.
+ </p>
+ <p>
+ Pocas veces se permit&iacute;a Ana manifestar deseos, gustos o
+ repugnancias, y menos estas, trat&aacute;ndose de los gustos y
+ predilecciones de sus t&iacute;as; pero una noche no pudo menos de
+ expresar su opini&oacute;n al volver sola de la tertulia &iacute;ntima de
+ Vegallana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Te has divertido mucho?&mdash;pregunt&oacute; do&ntilde;a
+ Anuncia, que se hab&iacute;a quedado en el comedor, junto a la gran
+ chimenea, leyendo el follet&iacute;n de <i>Las Novedades</i>. (Era liberal
+ en materia de folletines.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, se&ntilde;ora; no me he divertido. Y no quisiera volver all&aacute;
+ sin alguna de ustedes. Cuando voy sola....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute;?&mdash;exclam&oacute; do&ntilde;a Anuncia,
+ invitando a su sobrina con el tono &aacute;spero de aquel monos&iacute;labo
+ a que no profiriese censura de ning&uacute;n g&eacute;nero contra la
+ tertulia de su predilecci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.
+ </p>
+ <p>
+ No era esto lo que quer&iacute;a decir. Bien lo comprendi&oacute; su t&iacute;a;
+ pero quer&iacute;a m&aacute;s claridad y replic&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Aburren!&iexcl;Aburren! Expl&iacute;quese usted, se&ntilde;orita.
+ &iquest;Es que le parece poco fina la sociedad de Vetusta?
+ </p>
+ <p>
+ Por el usted y la iron&iacute;a comprendi&oacute; Ana que do&ntilde;a
+ Anuncia se hab&iacute;a disgustado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No es eso, t&iacute;a; es que hay algunos... muy atrevidos.... No s&eacute;
+ qu&eacute; se figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, hura&ntilde;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Claro que no...&mdash;Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia
+ les consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ni yo quiero tampoco que t&uacute; te compares con Obdulia. Ella
+ es... una cualquier cosa, que no s&eacute; c&oacute;mo la admiten en la
+ tertulia; y por darse tono, por decir que es &iacute;ntima de la marquesa
+ y de sus hijas, pasa por todo. T&uacute; eres de la clase.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es que no s&oacute;lo Obdulia es la que tolera... lo que yo no
+ quiero tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No me toques a las hijas del marqu&eacute;s!&mdash;grit&oacute;
+ la t&iacute;a, poni&eacute;ndose en pie y dejando caer el Werther sobre la
+ ra&iacute;da alfombra.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Soy una bestia, pens&oacute;; deb&iacute; haber callado&raquo;.
+ Cada vez que faltaba a su prop&oacute;sito de no contradecir a las t&iacute;as,
+ sent&iacute;a una especie de remordimiento, como el del artista que se
+ equivoca.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; do&ntilde;a &Aacute;gueda. Hab&iacute;a o&iacute;do la
+ conversaci&oacute;n desde el gabinete. Las dos hermanas se miraron. Era
+ llegada la ocasi&oacute;n de explicar lo del ten con ten.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye, Anita&mdash;dijo con voz meliflua la perfecta cocinera&mdash;;
+ t&uacute; eres una ni&ntilde;a; y aunque nosotras poco sabemos del mundo,
+ tenemos alguna experiencia, por lo que se observa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es; por lo que observamos en los dem&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es
+ necesario... un ten con ten especial.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Un ten con ten, eso.&mdash;Sobre todo en el trato con los hombres.
+ T&uacute; habr&aacute;s notado que en p&uacute;blico los de la clase jam&aacute;s
+ faltan a la m&aacute;s estricta y meticulosa... eso, decencia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que es lo principal&mdash;dijo do&ntilde;a Anuncia, como quien
+ recita el dec&aacute;logo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nunca habr&aacute;s visto a Manolito, ni a Paquito, ni al
+ baroncito, ni al vizconde, ni a Mes&iacute;a, que no es noble, pero anda
+ con ellos, propasarse en lo m&aacute;s m&iacute;nimo.... Pero en el trato
+ &iacute;ntimo, el que no es m&aacute;s que de la clase, ya es otra cosa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Otra cosa muy distinta&mdash;dijo do&ntilde;a Anuncia,
+ comprendiendo que a ella, por mayor en edad, le tocaba seguir explicando
+ el ten con ten.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como todos somos parientes&mdash;continu&oacute;&mdash;de cerca o
+ de lejos, nos tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para
+ hablarte, ni porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de
+ gracia, a la hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poqu&iacute;simo
+ de pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso,
+ ni aun por algo m&aacute;s, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni
+ escandalizarte, ni darte por ofendida.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De ninguna manera&mdash;apoy&oacute; do&ntilde;a &Aacute;gueda.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu
+ inocencia te sirve para tolerar todo eso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;As&iacute; hacen Pilar, Emma y Lola.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero...&mdash;Pero, hija...&mdash;Pero, si lo que no es de
+ esperar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De ninguna manera...&mdash;Alguno se propasase a mayores, lo que se
+ llama mayores, sobre todo, tom&aacute;ndolo en serio y obsequi&aacute;ndote
+ (palabra de la juventud de do&ntilde;a Anuncia), obsequi&aacute;ndote en
+ regla, entonces no te f&iacute;es; d&eacute;jale decir, pero no te dejes
+ tocar. Al que te proponga amores formales, no le toleres pellizcos, ni
+ nada que no sea inofensivo. Escandalizarse es rid&iacute;culo, es como no
+ saber con qu&eacute; se come alguna cosa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es una falta de educaci&oacute;n entre la clase....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y tolerar demasiado es exponerse. T&uacute; no te has de casar con
+ ninguno de ellos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ni gana, t&iacute;a&mdash;dijo Anita sin poder contenerse, pes&aacute;ndole
+ en seguida de haberlo dicho.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a &Aacute;gueda sonri&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso de la gana te lo guardas para ti&mdash;exclam&oacute; do&ntilde;a
+ Anuncia, puesta en pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eres muy orgullosa&mdash;a&ntilde;adi&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;D&eacute;jala; el que no se consuela....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tienes raz&oacute;n; est&aacute;n verdes. Pero lo que importa es
+ que t&uacute; no olvides lo que te digo. Es necesario que dejes antes de
+ entrar en casa de la marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco,
+ porque es una impertinencia. Lo que est&aacute; bien, muy bien, y ya ves
+ como lo bueno se te alaba, es que en p&uacute;blico mantengas el severo
+ continente que merece no menos elogios del p&uacute;blico que tu palmito y
+ buen talle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, hija m&iacute;a&mdash;interrumpi&oacute; do&ntilde;a
+ &Aacute;gueda&mdash;. Es necesario sacar partido de los dones que el Se&ntilde;or
+ ha prodigado en ti a manos llenas.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se mor&iacute;a de verg&uuml;enza. Estos elogios eran el mayor
+ martirio. Se figuraba sacada a p&uacute;blica subasta. Do&ntilde;a
+ &Aacute;gueda y despu&eacute;s su hermana trataron con gran espacio el
+ asunto de la cotizaci&oacute;n probable de aquella hermosura que
+ consideraban obra suya. Para do&ntilde;a &Aacute;gueda la belleza de Ana
+ era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como
+ pudiera estarlo de una morcilla. Lo dem&aacute;s, lo que se refer&iacute;a
+ a la esbeltez, lo hab&iacute;a hecho la raza, dec&iacute;a do&ntilde;a
+ Anuncia, que se picaba de esbelta, porque era delgada.
+ </p>
+ <p>
+ Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de sal&oacute;n,
+ que s&oacute;lo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a
+ la figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la
+ chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas se&ntilde;oritas,
+ y los movimientos de la llama y los gestos de ellas produc&iacute;an en la
+ sombra un embri&oacute;n de aquelarre.
+ </p>
+ <p>
+ Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les
+ gustaba, la manera de marearlos, lo que hab&iacute;a que conceder antes,
+ lo que no se hab&iacute;a de tolerar despu&eacute;s, todo esto se discuti&oacute;
+ por largo, siempre concluyendo con la protesta de que era hija tanta
+ sabidur&iacute;a de la observaci&oacute;n en cabeza ajena.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por lo dem&aacute;s, ni tu t&iacute;a &Aacute;gueda ni yo
+ manifestamos nunca afici&oacute;n al matrimonio.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; fue como se le explic&oacute; a la hu&eacute;rfana lo del ten
+ con ten.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella noche llor&oacute; en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de
+ do&ntilde;a Camila. Pero hab&iacute;a cenado muy bien. Al despertar sinti&oacute;
+ la deliciosa pereza que era casi el &uacute;nico placer en aquella vida.
+ Como entonces ya no hab&iacute;a motivo para no madrugar y el trabajo la
+ reclamaba en aquella casa desde muy temprano, procuraba despertar mucho
+ antes de lo necesario para gozar de aquellos sue&ntilde;os de la ma&ntilde;ana,
+ rebozada con el dulce calor de las s&aacute;banas.
+ </p>
+ <p>
+ Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban los
+ se&ntilde;oritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la ve&iacute;an;
+ pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolv&iacute;an
+ su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos labios
+ condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel perfume. Y como
+ la historia ha de atreverse a decirlo todo, seg&uacute;n manda T&aacute;cito,
+ s&eacute;pase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba
+ exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era
+ verdad, era hermosa. Comprend&iacute;a aquellos ardores que con miradas
+ unos, con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los j&oacute;venes
+ de Vetusta. Pero &iquest;el amor? &iquest;era aquello el amor? No, eso
+ estaba en un porvenir lejano todav&iacute;a. Deb&iacute;a de ser demasiado
+ grande, demasiado hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida
+ que la ahogaba, entre las necedades y peque&ntilde;eces que la rodeaban.
+ Acaso el amor no vendr&iacute;a nunca; pero prefer&iacute;a perderlo a
+ profanarlo. Toda su resignaci&oacute;n aparente era por dentro un
+ pesimismo invencible: se hab&iacute;a convencido de que estaba condenada a
+ vivir entre necios; cre&iacute;a en la fuerza superior de la estupidez
+ general; ella ten&iacute;a raz&oacute;n contra todos, pero estaba debajo,
+ era la vencida. Adem&aacute;s su miseria, su abandono, la preocupaban m&aacute;s
+ que todo; su pensamiento principal era librar a sus t&iacute;as de aquella
+ carga, de aquella obra de caridad que cada d&iacute;a pregonaban m&aacute;s
+ solemnemente las viejas.
+ </p>
+ <p>
+ Quer&iacute;a emanciparse; pero &iquest;c&oacute;mo? Ella no pod&iacute;a
+ ganarse la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no hab&iacute;a
+ manera decorosa de salir de all&iacute; a no ser el matrimonio o el
+ convento.
+ </p>
+ <p>
+ Pero la devoci&oacute;n de Ana ya estaba calificada y condenada por la
+ autoridad competente. Las t&iacute;as, que hab&iacute;an maliciado algo de
+ aquel misticismo pasajero, se hab&iacute;an burlado de &eacute;l
+ cruelmente. Adem&aacute;s, la falsa devoci&oacute;n de la ni&ntilde;a ven&iacute;a
+ complicada con el mayor y m&aacute;s rid&iacute;culo defecto que en
+ Vetusta pod&iacute;a tener una se&ntilde;orita: la literatura. Era este el
+ &uacute;nico vicio grave que las t&iacute;as hab&iacute;an descubierto en
+ la joven y ya se le hab&iacute;a cortado de ra&iacute;z.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando do&ntilde;a Anuncia top&oacute; en la mesilla de noche de Ana con
+ un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifest&oacute; igual
+ asombro que si hubiera visto un <i>rew&oacute;lver</i>, una baraja o una
+ botella de aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres
+ vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la
+ estupefacci&oacute;n de aquellas solteronas. &laquo;&iexcl;Una Ozores
+ literata!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Por all&iacute;, por all&iacute; asomaba la oreja de la
+ modista italiana que, en efecto, deb&iacute;a de haber sido bailarina,
+ como insinuaba do&ntilde;a Camila en su c&eacute;lebre carta&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El cuaderno de versos se hab&iacute;a presentado a los padres graves de la
+ aristocracia y del cabildo.
+ </p>
+ <p>
+ El marqu&eacute;s de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de
+ instruido, declar&oacute; que los versos eran libres.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Anuncia se volv&iacute;a loca de ira.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Con que indecentes, libres? &iexcl;Qui&eacute;n lo dijera!
+ La bailarina....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no
+ tienen consonantes; cosas que t&uacute; no entiendes. Por lo dem&aacute;s,
+ los versos no son malos. Pero m&aacute;s vale que no los escriba. No he
+ conocido ninguna literata que fuese mujer de bien.
+ </p>
+ <p>
+ Lo mismo opin&oacute; el bar&oacute;n tronado, que hab&iacute;a vivido en
+ Madrid mantenido por una poetisa traductora de folletines.
+ </p>
+ <p>
+ El se&ntilde;or Ripamil&aacute;n, can&oacute;nigo, dijo que los versos
+ eran regulares, acaso buenos, pero de una escuela rom&aacute;ntico-religiosa
+ que a &eacute;l le empalagaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudocl&aacute;sico; no me
+ gustan, aunque demuestran gran habilidad en Anita. Adem&aacute;s, las
+ mujeres deben ocuparse en m&aacute;s dulces tareas; las musas no escriben,
+ inspiran.
+ </p>
+ <p>
+ La marquesa de Vegallana, que le&iacute;a libros escandalosos con singular
+ deleite, conden&oacute; los versos por mojigatos. &laquo;Que no se le
+ mezclase a ella lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia,
+ y en literatura ancha Castilla&raquo;. Adem&aacute;s, no le gustaba la
+ poes&iacute;a; prefer&iacute;a las novelas en que se pinta todo a lo vivo,
+ y tal como pasa. &laquo;&iexcl;Si sabr&iacute;a ella lo que era el mundo!
+ En cuanto a la <i>sobrinita</i>, era indudable que hab&iacute;a que
+ cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para ser literata,
+ adem&aacute;s, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido a vivir
+ en otra atm&oacute;sfera. &iexcl;Lo que hab&iacute;an visto aquellos ojos!&raquo;.
+ Y recordaba unas <i>Aventuras de una cortesana</i>, que hab&iacute;a ella
+ proyectado all&aacute; en sus verdores, ricos de experiencia.
+ </p>
+ <p>
+ Tan general y viva fue la protesta del <i>gran mundo</i> de Vetusta contra
+ los conatos literarios de Ana, que ella misma se crey&oacute; en rid&iacute;culo
+ y enga&ntilde;ada por la vanidad.
+ </p>
+ <p>
+ A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba,
+ volv&iacute;a a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el
+ papel por el balc&oacute;n para que sus t&iacute;as no tropezasen con el
+ cuerpo del delito. La persecuci&oacute;n en esta materia lleg&oacute; a
+ tal extremo, tales disgustos le caus&oacute; su af&aacute;n de expresar
+ por escrito sus ideas y sus penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la
+ pluma; se jur&oacute; a s&iacute; misma no ser la &laquo;literata&raquo;,
+ aquel ente h&iacute;brido y abominable de que se hablaba en Vetusta como
+ de los monstruos asquerosos y horribles.
+ </p>
+ <p>
+ Las amiguitas, que hab&iacute;an sabido algo, y nunca ten&iacute;an qu&eacute;
+ censurar en Ana, aprovecharon este flaco para <i>ponerla en berlina </i>
+ delante de los hombres, y a veces lo consiguieron. No se sab&iacute;a qui&eacute;n&mdash;pero
+ se cre&iacute;a que Obdulia&mdash;hab&iacute;a inventado un apodo para
+ Ana. La llamaban sus amigas y los j&oacute;venes desairados <i>Jorge
+ Sandio</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Mucho tiempo despu&eacute;s de haber abandonado toda pretensi&oacute;n de
+ poetisa, a&uacute;n se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia
+ de las literatas. Ana se turbaba, como si se tratase de alg&uacute;n
+ crimen suyo que se hubiera descubierto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir&mdash;dec&iacute;a
+ el baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y qui&eacute;n se casa con una literata?&mdash;dec&iacute;a
+ Vegallana sin mala intenci&oacute;n&mdash;. A m&iacute; no me gustar&iacute;a
+ que mi mujer tuviese m&aacute;s talento que yo.
+ </p>
+ <p>
+ La marquesa se encog&iacute;a de hombros. Cre&iacute;a firmemente que su
+ marido era un idiota. &laquo;&iexcl;A qu&eacute; llamar&aacute;n talento
+ los maridos!&raquo;&mdash;pensaba satisfecha de lo pasado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a
+ el afeminado baroncito. Y la marquesa, vengando en &eacute;l lo de su
+ marido, dec&iacute;a:&mdash;Pues hijo m&iacute;o, ser&aacute;n ustedes un
+ matrimonio <i>sans-culotte</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era un&aacute;nime la
+ opini&oacute;n: la literata era un absurdo viviente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Ten&iacute;an raz&oacute;n en este punto aquellos necios,
+ lleg&oacute; a pensar Ana; no escribir&iacute;a m&aacute;s&raquo;. Pero
+ ella se vengaba de las burlas, despreci&aacute;ndolas y desde&ntilde;ando
+ los obsequios de aquellos que su orgullo ten&iacute;a por majaderos
+ aristocr&aacute;ticos. Admit&iacute;a el culto que se tributaba a su
+ hermosura, pero como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno
+ despreciaba a los fieles que se prosternaban ante el &iacute;dolo. Para
+ ella eran incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces
+ antes, cobardes ya ante su desd&eacute;n supremo. Era demasiado cr&eacute;dula
+ en cuanto se refer&iacute;a a las cosas vanas y repugnantes del mundo en
+ que viv&iacute;a; para tales materias prefer&iacute;a las advertencias de
+ do&ntilde;a Anuncia al propio criterio. Al principio se le hab&iacute;a
+ figurado que ella, con un poco de arte, hubiera podido conquistar a
+ cualquiera de aquellos nobles ricos que se divert&iacute;an con todas y se
+ casaban con la de mayor dote. Pero le pareci&oacute; una indignidad
+ asquerosa semejante idea; ni una sola vez trat&oacute; de ensayar sus
+ recursos y prefiri&oacute; creer a su t&iacute;a: aquellos arist&oacute;cratas
+ interesados no eran maridos posibles. Se acostumbr&oacute; a esta idea y
+ miraba a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrer&iacute;as:
+ en efecto, los ve&iacute;a tan enclenques de esp&iacute;ritu que se le
+ antojaban de papel marquilla.
+ </p>
+ <p>
+ Los <i>pollos</i> de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una
+ excepci&oacute;n; o calculaba m&aacute;s que sus mismas t&iacute;as, o era
+ una virtud efectiva.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute; diablo, alguna hab&iacute;a de haber!&raquo;.
+ Los seductores de la clase media que anhelaban siempre <i>meter la cabeza</i>
+ en la aristocracia, declararon lo mismo: &laquo;Ana era invulnerable&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esperar&aacute; alg&uacute;n pr&iacute;ncipe ruso&mdash;dec&iacute;a
+ Alvarito Mes&iacute;a, que viv&iacute;a entre plebeyos y nobles. Alvarito
+ no hab&iacute;a dicho nunca a Anita: &laquo;buenos ojos tienes&raquo;.
+ Eran dos orgullos paralelos.
+ </p>
+ <p>
+ Se fue a Madrid Mes&iacute;a, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba
+ ya en Vetusta muchas v&iacute;ctimas de su buen talle y arte de enamorar,
+ pero los mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta.
+ </p>
+ <p>
+ La tarde en que &Aacute;lvaro tom&oacute; la diligencia, Ana hab&iacute;a
+ salido a paseo con sus t&iacute;as por la carretera de Madrid. Encontraron
+ el coche. &Aacute;lvaro las vio y salud&oacute; desde la berlina. Se
+ encontraron los ojos de Ana y de Mes&iacute;a. Se miraron como si hasta
+ aquel momento nunca se hubieran visto bien.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Buenos ojos&mdash;pens&oacute; el Tenorio&mdash;no sab&iacute;a
+ yo a lo que saben, hasta ahora&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y continu&oacute;:&mdash;&laquo;Esa ser&aacute; una de las primeras&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ M&aacute;s de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parec&iacute;a
+ de luz y en medio los ojos de <i>la sobrina</i>.
+ </p>
+ <p>
+ La <i>sobrina</i> tambi&eacute;n llev&oacute; a casa la imagen de don
+ &Aacute;lvaro entre ceja y ceja.
+ </p>
+ <p>
+ Y pensaba:&mdash;&laquo;Ese era de los menos malos. Parec&iacute;a m&aacute;s
+ distinguido; y no era pesado; ten&iacute;a cierta dignidad... era
+ comedido... fr&iacute;o con elegancia... el menos tonto sin duda&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El pesimismo la hizo repetir muchos d&iacute;as seguidos:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Se ha ido el menos tonto&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero al mes ya no se acordaba de don &Aacute;lvaro; ni don &Aacute;lvaro
+ de Ana en cuanto lleg&oacute; a Madrid.&mdash;&laquo;&iexcl;Oh! el
+ convento, el convento; ese era su recurso m&aacute;s natural y decoroso.
+ El convento o el americano&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El confesor de Anita, Ripamil&aacute;n, oy&oacute; la proposici&oacute;n
+ de la joven como quien oye llover.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ta, ta, ta, ta!&mdash;dijo en voz alta sin pensar que estaba
+ en la iglesia&mdash;. Hija m&iacute;a, las esposas de Jes&uacute;s no se
+ hacen de tu maderita. Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y d&eacute;jate
+ de vocaciones improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus
+ dramas escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con
+ plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita m&iacute;a, que yo
+ tengo para ti un novio, paisano m&iacute;o. Vu&eacute;lvete a casa, que
+ all&aacute; ir&eacute; yo y te hablar&eacute; del asunto. Aqu&iacute; ser&iacute;a
+ una profanaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ El candidato de Ripamil&aacute;n era un magistrado, natural de Zaragoza,
+ joven para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Ten&iacute;a
+ entonces la se&ntilde;orita do&ntilde;a Ana Ozores diez y nueve a&ntilde;os
+ y el se&ntilde;or don V&iacute;ctor Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero
+ estaba muy bien conservado. Ana suplic&oacute; a don Cayetano que nada
+ dijese a sus t&iacute;as de aquella proporci&oacute;n, hasta que ella
+ tratase alg&uacute;n tiempo a Quintanar; porque si do&ntilde;a Anuncia sab&iacute;a
+ algo, impondr&iacute;a al novio sin m&aacute;s examen.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Nada m&aacute;s justo; prefiero que estas cosas las resuelva
+ el coraz&oacute;n; Morat&iacute;n, mi querido Morat&iacute;n, nos lo ense&ntilde;a
+ gallardamente en su comedia inmortal: <i>El s&iacute; de las ni&ntilde;as</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se qued&oacute; en ello. &iexcl;Qui&eacute;n hubiera dicho a do&ntilde;a
+ Anuncia que aquel novio so&ntilde;ado, que ya empezaba a tardar, pasaba
+ todos los d&iacute;as cerca de ellas, en el Espol&oacute;n, el Paseo de
+ invierno, o en la carretera de Madrid, orlada de altos &aacute;lamos que
+ se juntaban a lo lejos! Ana hab&iacute;a notado que todas las tardes se
+ encontraban con don Tom&aacute;s Crespo, el &iacute;ntimo de la casa, y un
+ caballero que se la com&iacute;a con los ojos. Don Tom&aacute;s era una de
+ las pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en &eacute;l
+ prendas morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegr&iacute;a
+ expansiva, y la despreocupaci&oacute;n en materias supersticiosas.
+ </p>
+ <p>
+ El caballero las miraba de lejos, mientras don Tom&aacute;s se deten&iacute;a
+ a saludarlas. Aquel se&ntilde;or era Quintanar; el magistrado.
+ Efectivamente, no estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de
+ aspecto simp&aacute;tico.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era <i>un forastero</i>, palabra de sentido especial en Vetusta,
+ para las se&ntilde;oritas de Ozores, que no le hab&iacute;an visto a&uacute;n
+ en ninguna casa <i>de las suyas</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es un magistrado&mdash;les hab&iacute;a dicho Crespo un d&iacute;a&mdash;;
+ un aragon&eacute;s muy cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y
+ gran aficionado de comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en
+ el teatro antiguo es lo que hay que ver.
+ </p>
+ <p>
+ Esto era todo lo que las t&iacute;as sab&iacute;an del novio que se les
+ preparaba a escondidas.
+ </p>
+ <p>
+ Una tarde Crespo, enterado de que la ni&ntilde;a ya sab&iacute;a algo, sin
+ encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera
+ de Castilla y les present&oacute; al se&ntilde;or don V&iacute;ctor
+ Quintanar, magistrado. Las acompa&ntilde;aron aquellos se&ntilde;ores
+ durante el paseo y hasta dejarlas en el sombr&iacute;o portal del caser&oacute;n
+ de Ozores. Do&ntilde;a Anuncia ofreci&oacute; la casa a don V&iacute;ctor.
+ Este pensaba que las t&iacute;as conoc&iacute;an su honesta pretensi&oacute;n,
+ y al d&iacute;a siguiente, de levita y pantal&oacute;n negros, visit&oacute;
+ a las nobles damas. Ana le trat&oacute; con mucha amabilidad. Le pareci&oacute;
+ muy simp&aacute;tico.
+ </p>
+ <p>
+ La &uacute;nica persona con quien ella se atrev&iacute;a a hablar algo de
+ lo que le pasaba por dentro era don Tom&aacute;s Crespo, libre, dec&iacute;a
+ &eacute;l, de todas las preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que
+ era de las m&aacute;s tontas.
+ </p>
+ <p>
+ Ana observaba mucho. Se cre&iacute;a superior a los que la rodeaban, y
+ pensaba que deb&iacute;a de haber en otra parte una sociedad que viviese
+ como ella quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto
+ Vetusta era su c&aacute;rcel, la necia rutina, un mar de hielo que la ten&iacute;a
+ sujeta, inm&oacute;vil. Sus t&iacute;as, las j&oacute;venes arist&oacute;cratas,
+ las beatas, todo aquello era m&aacute;s fuerte que ella; no pod&iacute;a
+ luchar, se rend&iacute;a a discreci&oacute;n y se reservaba el derecho a
+ despreciar a su tirano, viviendo de sue&ntilde;os.
+ </p>
+ <p>
+ Pero Crespo era una excepci&oacute;n, un amigo verdadero, que entend&iacute;a
+ a medias palabras lo que las t&iacute;as, el bar&oacute;n, etc., etc., no
+ hubieran entendido en tomos como casas.
+ </p>
+ <p>
+ A don Tom&aacute;s le llamaban <i>Fr&iacute;gilis</i>, porque si se le
+ refer&iacute;a un desliz de los que suelen castigar los pueblos con hip&oacute;critas
+ aspavientos de moralidad asustadiza, &eacute;l se encog&iacute;a de
+ hombros, no por indiferencia, sino por filosof&iacute;a, y exclamaba
+ sonriendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; quieren ustedes? Somos <i>fr&iacute;gilis</i>;
+ como dec&iacute;a el otro.
+ </p>
+ <p>
+ <i>Fr&iacute;gilis</i> quer&iacute;a decir fr&aacute;giles. Tal era la
+ divisa de don Tom&aacute;s: la fragilidad humana.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l mismo hab&iacute;a sido fr&aacute;gil. Hab&iacute;a cre&iacute;do
+ demasiado en las leyes de la adaptaci&oacute;n al medio. Pero de esto ya
+ se hablar&aacute; en su d&iacute;a. Ocho a&ntilde;os m&aacute;s adelante
+ brillaba en todo su esplendor su noble man&iacute;a de perdonarlo todo.
+ </p>
+ <p>
+ Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y hab&iacute;a
+ adivinado en Anita tesoros espirituales.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted, don V&iacute;ctor&mdash;le dec&iacute;a a su amigo&mdash;esa
+ ni&ntilde;a merece un rey, y por lo menos un magistrado que pronto ser&aacute;
+ Regente, como usted, v. gr. Fig&uacute;rese usted una mina de oro en un pa&iacute;s
+ donde nadie sabe explotar las minas de oro; eso es Anita en mi querida
+ Vetusta. En Vetusta lo mejor es el arbolado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Deje usted la flora, don Tom&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tiene usted raz&oacute;n, me pierdo.... Dec&iacute;a que Anita es
+ una mujer de primer orden. &iquest;Ve usted qu&eacute; hermoso es su
+ cuerpecito que le tiene a usted hecho un caramelo? Pues cuando vea usted
+ su alma, se derretir&aacute; como ese caramelo puesto al sol. Debo
+ advertir a usted que para m&iacute; un alma buena no es m&aacute;s que un
+ alma sana; la bondad nace de la salud.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Dec&iacute;a
+ usted que la ni&ntilde;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Soy cuerno! se&ntilde;or m&iacute;o; y usted dispense. A m&iacute;
+ no hay que ponerme motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que s&oacute;lo
+ creo en la bondad que da la naturaleza; a un &aacute;rbol la salud ha de
+ entrarle por las ra&iacute;ces... pues es lo mismo, el alma....
+ </p>
+ <p>
+ Y segu&iacute;a filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor
+ muchacha de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Crespo, seg&uacute;n &eacute;l dijo, tom&oacute; un d&iacute;a por su
+ cuenta a la joven para recomendarle al se&ntilde;or Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era el &uacute;nico novio digno de ella. Los cuarenta a&ntilde;os y
+ pico eran como los de los &aacute;rboles que duran siglos, una juventud,
+ la primera juventud. M&aacute;s viejo es un perro de diez a&ntilde;os que
+ un cuervo de ciento, si es cierto que los cuervos duran siglos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana apreciaba en mucho los consejos de Fr&iacute;gilis. Admiti&oacute; el
+ trato de Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las dem&aacute;s
+ condiciones que hab&iacute;a impuesto a don Cayetano; no sabr&iacute;an
+ nada las t&iacute;as. Don V&iacute;ctor acept&oacute; aquella manera de
+ ser pretendiente.&mdash;Mire usted&mdash;dec&iacute;a Fr&iacute;gilis&mdash;el
+ secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picar&aacute; m&aacute;s
+ pronto... ya ver&aacute; usted como pica....
+ </p>
+ <p>
+ Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ten&iacute;a ideas puras, nobles, elevadas y hasta po&eacute;ticas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No se te&ntilde;&iacute;a las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje
+ algo declamador y altisonante. Este vicio lo deb&iacute;a a los muchos
+ versos de Lope y Calder&oacute;n que sab&iacute;a de memoria; le costaba
+ trabajo no hablar como Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso.
+ </p>
+ <p>
+ Pero a solas se dec&iacute;a Anita:&mdash;&laquo;&iquest;No es una
+ temeridad casarse sin amor? &iquest;No dec&iacute;an que su vocaci&oacute;n
+ religiosa era falsa, que ella no serv&iacute;a para esposa de Jes&uacute;s
+ porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don V&iacute;ctor,
+ tampoco deb&iacute;a casarse con &eacute;l&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Consultado Ripamil&aacute;n, contest&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala
+ siquiera, y el Salvador del mundo, hab&iacute;a mucha diferencia. &iquest;No
+ confesaba Anita que le agradaba don V&iacute;ctor? S&iacute;. Pues cada d&iacute;a
+ le encontrar&iacute;a m&aacute;s gracia. Mientras que en el convento, la
+ que empieza sin amor acaba desesperada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Cayetano, que sab&iacute;a ponerse serio, llegado el caso, procur&oacute;
+ convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una mujer
+ honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agust&iacute;n
+ y a San Juan de la Cruz no val&iacute;a nada; hab&iacute;a sido cosa de la
+ edad cr&iacute;tica que atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no
+ hab&iacute;a que hacer caso de &eacute;l. Todo eso de hacerse monja sin
+ vocaci&oacute;n, estaba bien para el teatro; pero en el mundo no hab&iacute;a
+ Manriques ni Tenorios, que escalasen conventos, a Dios gracias. La
+ verdadera piedad consist&iacute;a en hacer feliz a tan cumplido y
+ enamorado caballero como el se&ntilde;or Quintanar, su paisano y amigo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana renunci&oacute; poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le
+ gritaba que no era aqu&eacute;l el sacrificio que ella pod&iacute;a hacer.
+ El claustro era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jes&uacute;s
+ con quien iba a vivir, sino con <i>hermanas</i> m&aacute;s parecidas de
+ fijo a sus t&iacute;as que a San Agust&iacute;n y a Santa Teresa. Algo se
+ supo en el c&iacute;rculo de la nobleza de las &laquo;veleidades m&iacute;sticas&raquo;
+ de Anita, y las que la hab&iacute;an llamado <i>Jorge Sandio</i> no se
+ mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el nuevo antojo.
+ </p>
+ <p>
+ Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conoc&iacute;a ning&uacute;n
+ <i>trapicheo</i>; pero esto era poco para creerse con vocaci&oacute;n de
+ santa.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Por ventura las dem&aacute;s eran unas tales?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es guapa, pero orgullosa&mdash;dec&iacute;a la baronesa tronada,
+ que ten&iacute;a a su marido y a su hijo enamorados en vano de la
+ sobrinita.
+ </p>
+ <p>
+ No fue Ana quien apresur&oacute; su resoluci&oacute;n, como esperaba Fr&iacute;gilis;
+ fueron las t&iacute;as que descubrieron un novio para la ni&ntilde;a. El
+ nuevo pretendiente era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo,
+ procedente de Matanzas con cargamento de millones. Ven&iacute;a dispuesto
+ a edificar el mejor <i>chalet</i> de Vetusta, a tener los mejores coches
+ de Vetusta, a ser diputado por Vetusta y a casarse con la mujer m&aacute;s
+ guapa de Vetusta. Vio a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del
+ pueblo y se sinti&oacute; herido de punta de amor. Se le advirti&oacute;
+ que no le bastaban sus onzas para conquistar aquella plaza. Entonces se
+ enamor&oacute; mucho m&aacute;s. Se hizo presentar en casa de las Ozores y
+ pidi&oacute; a do&ntilde;a Anuncia la mano de la sobrina.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s do&ntilde;a Anuncia se encerr&oacute; en el comedor con do&ntilde;a
+ &Aacute;gueda, y terminada la conferencia compareci&oacute; Anita. Do&ntilde;a
+ Anuncia se puso en pie al lado de la chimenea pseudo-feudal: dej&oacute;
+ caer sobre la alfombra <i>La Etelvina</i>, novela que hab&iacute;a
+ encantado su juventud, y exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;orita... hija m&iacute;a; ha llegado un momento que puede
+ ser decisivo en tu existencia. (Era el estilo de <i>La Etelvina.</i>) Tu t&iacute;a
+ y yo hemos hecho por ti todo g&eacute;nero de sacrificios; ni nuestra
+ miseria, a duras penas disimulada delante del mundo, nos ha impedido
+ rodearte de todas las comodidades apetecibles. La caridad es inagotable,
+ pero no lo son nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jam&aacute;s
+ lo que nos debes (se lo recordaban al comer y al cenar todos los d&iacute;as),
+ nosotras hemos perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre,
+ todo, todo ha sido aqu&iacute; olvidado. Pues bien, todo esto lo pagar&iacute;as
+ t&uacute; con la m&aacute;s negra ingratitud, con la ingratitud m&aacute;s
+ criminal, si a la proposici&oacute;n que vamos a hacerte contestaras con
+ una negativa... incalificable.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Incalificable&mdash;repiti&oacute; do&ntilde;a &Aacute;gueda&mdash;.
+ Pero creo in&uacute;til todo este serm&oacute;n&mdash;a&ntilde;adi&oacute;&mdash;porque
+ la ni&ntilde;a saltar&aacute; de alegr&iacute;a en cuanto sepa de lo que
+ se trata.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso quiero; saber en qu&eacute; puedo yo servir a ustedes a quien
+ tanto debo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Todo.&mdash;S&iacute;, todo, querida t&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como supongo&mdash;prosigui&oacute; do&ntilde;a Anuncia&mdash;que
+ ya no te acordar&aacute;s siquiera de aquella locura del monj&iacute;o....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;ora...&mdash;En ese caso&mdash;interrumpi&oacute; do&ntilde;a
+ &Aacute;gueda&mdash;como no querr&aacute;s quedarte sola en el mundo el d&iacute;a
+ que nosotras faltemos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ni tendr&aacute;s ning&uacute;n amorcillo oculto, que ser&iacute;a
+ indecente....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y como nosotras no podemos m&aacute;s....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Te morir&aacute;s de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el
+ m&aacute;s rico del Espol&oacute;n, ha pedido hoy mismo tu mano.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, contra el expreso mandato de sus t&iacute;as, no se muri&oacute; de
+ gusto. Call&oacute;; no se atrev&iacute;a a dar una negativa categ&oacute;rica.
+ </p>
+ <p>
+ Pero do&ntilde;a Anuncia no necesit&oacute; m&aacute;s para dar rienda
+ suelta al basilisco que llevaba dentro de sus entra&ntilde;as. Su sombra
+ en las sombras de la pared, parec&iacute;a ahora la de una bruja
+ gigantesca; otras veces, multiplic&aacute;ndose por los saltos de la llama
+ y por los saltos y contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno
+ desencadenado; hab&iacute;a momentos en que la sombra de la se&ntilde;orita
+ de Ozores ten&iacute;a tres cabezas en la pared y tres o cuatro en el
+ techo, y se dir&iacute;a que de todas ellas sal&iacute;an gritos y
+ alaridos, seg&uacute;n lo que vociferaba do&ntilde;a Anuncia sola.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a &Aacute;gueda misma estaba horrorizada.
+ </p>
+ <p>
+ La sobrina permaneci&oacute; ocho d&iacute;as encerrada en su alcoba despu&eacute;s
+ de aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo ten&iacute;a
+ de arresto, do&ntilde;a Anuncia se present&oacute; tranquila, digna,
+ severa a leer la sentencia. &laquo;No le faltar&iacute;a a la hija de la
+ bailarina&mdash;&iquest;qui&eacute;n dudaba ya que la modista hab&iacute;a
+ bailado?&mdash;no le faltar&iacute;a una cama en el palacio de sus
+ mayores; pero ellas, las t&iacute;as, no ten&iacute;an qu&eacute; poner a
+ la mesa; todo lo hab&iacute;a comido la ni&ntilde;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana escribi&oacute; a Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ Y al d&iacute;a siguiente don V&iacute;ctor Quintanar, de tiros largos,
+ como el d&iacute;a de la primera visita, entr&oacute; en el estrado de los
+ Ozores. Ven&iacute;a a pedir la mano de Ana, &laquo;a quien cre&iacute;a
+ no ser indiferente&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser
+ ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quer&iacute;a
+ llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su
+ sueldo y algunas vi&ntilde;as y no pocos reba&ntilde;os en la Almunia de
+ don Godino. Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara,
+ ilustre y hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una
+ <i>aurea mediocritas</i>, como hab&iacute;a dicho el latino&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Anuncia qued&oacute; deslumbrada.... &iexcl;Don Godino... <i>mediocritas</i>...
+ la cruz de Isabel la Cat&oacute;lica!... Era mucha tentaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis hab&iacute;a advertido a don V&iacute;ctor, al ponerle la
+ cruz al pecho, que a do&ntilde;a Anuncia la enamoraban los discursos que
+ no entend&iacute;a y las condecoraciones.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar mientras hablaba se sent&iacute;a en rid&iacute;culo; pero la
+ vieja estaba fascinada.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Don Frutos, pensaba ella hab&iacute;a aplastado terrones en los
+ suburbios de Vetusta, doce a&ntilde;os antes; se acordaba de haberle visto
+ en mangas de camisa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La Ozores contest&oacute;: &laquo;Que ella no pod&iacute;a disponer de la
+ mano de su sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar
+ la venia de la nobleza, de la clase&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los se&ntilde;ores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda
+ aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros d&iacute;as.
+ </p>
+ <p>
+ La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos
+ siglos. Los m&aacute;s soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de
+ anarqu&iacute;a y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de
+ la Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opin&oacute;
+ que Anita hac&iacute;a una boda loca.
+ </p>
+ <p>
+ La hizo. Don Frutos se volvi&oacute; a Matanzas, prometiendo volver
+ vengado, es decir, con muchos m&aacute;s millones. Cumpli&oacute; su
+ promesa.
+ </p>
+ <p>
+ Pas&oacute; un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo
+ sal&iacute;a por la carretera de Castilla en la berlina de aquella
+ diligencia en que hab&iacute;a visto marchar a don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a
+ por el mismo camino.
+ </p>
+ <p>
+ Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Fr&iacute;gilis
+ ten&iacute;a l&aacute;grimas en los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla&mdash;dec&iacute;a
+ con un pie en el estribo y la cabeza dentro del coche&mdash;. Ser&aacute;
+ usted la Regenta de Vetusta, Anita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No lo permite la ley, por causa de las t&iacute;as&mdash;contestaba
+ don V&iacute;ctor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bah, bah! Ya se arreglar&iacute;a eso.... Ser&aacute; usted
+ la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Don Cayetano quiso tambi&eacute;n subir al estribo, pero no pudo.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Anuncia y do&ntilde;a &Aacute;gueda hab&iacute;an quedado en
+ el estrado, casi a obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y
+ amigas, quiz&aacute; los mismos que les dieran en otra ocasi&oacute;n
+ aquel p&eacute;same por la muerte civil de don Carlos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y ella va contenta&mdash;dec&iacute;a el bar&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Uf! Ya lo creo.&mdash;La juventud es ingrata...&mdash;Se&ntilde;ores,
+ que va a arrancar, <i>desapartarse</i>&mdash;grit&oacute; el zagal de la
+ diligencia.
+ </p>
+ <p>
+ Y parti&oacute; el coche. Don V&iacute;ctor oprim&iacute;a entre las suyas
+ las manos de aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero.
+ </p>
+ <p>
+ Un &iexcl;adi&oacute;s! llen&oacute; los &aacute;mbitos de la Plaza Nueva:
+ era un adi&oacute;s triste de verdad, era la despedida de la maravilla del
+ pueblo; Vetusta en masa ve&iacute;a marchar a la nueva Presidenta de Sala
+ como pudiera haber visto que le llevaban la torre de la catedral, otra
+ maravilla.
+ </p>
+ <p>
+ Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no hab&iacute;a entre aquella
+ muchedumbre que admiraba su hermosura otro m&aacute;s digno de poseerla
+ que aquel don V&iacute;ctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico
+ misterioso.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando, ya cerca de la noche, mientras sub&iacute;an cuestas que el ganado
+ tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era &eacute;l
+ por su ventura el primer hombre a quien hab&iacute;a querido, Ana
+ inclinaba la cabeza y dec&iacute;a con una melancol&iacute;a que le sonaba
+ al marido a voluptuoso abandono:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;, el primero, el &uacute;nico.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No le amaba, no; pero procurar&iacute;a amarle&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cerr&oacute; la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas
+ de aquel coche viejo, cerraba los ojos, fing&iacute;a dormir y escuchaba
+ el ruido atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia
+ desvencijada, y se le antojaba o&iacute;r en aquel estr&eacute;pito los
+ &uacute;ltimos gritos de la despedida.
+ </p>
+ <p>
+ Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban all&aacute; abajo le hab&iacute;a
+ hablado de amor, de amor cierto, ni se lo hab&iacute;a inspirado.
+ Repasando todos los a&ntilde;os de la in&uacute;til juventud, recordaba,
+ como la mayor delicia que pudiera cargarse al cap&iacute;tulo de amor tal
+ vez, alguna mirada de alg&uacute;n desconocido en uno de aquellos paseos
+ por las carreteras orladas de &aacute;rboles poblados de gorriones y
+ jilgueros.
+ </p>
+ <p>
+ Entre ella y los j&oacute;venes de la sociedad en que viv&iacute;a, pronto
+ hab&iacute;a puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de
+ hielo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No se casar&iacute;an con ella, hab&iacute;a dicho do&ntilde;a
+ Anuncia, porque era pobre; pero ella les tomaba la delantera, y los
+ despreciaba por fatuos y adocenados&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Si alguno hab&iacute;a querido tratarla como a Obdulia, pronto hab&iacute;a
+ encontrado un desd&eacute;n altivo y una iron&iacute;a cruel capaces de
+ helar una brasa.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos
+ hombres que la admiraban de lejos, devor&aacute;ndola con los ojos, habr&iacute;a
+ alguno digno de ser querido... pero las t&iacute;as se encargaban de
+ mantener las distancias que exig&iacute;a el tono, y los pobres
+ abogadillos, o lo que fueran, tal vez dem&oacute;cratas te&oacute;ricos,
+ respetaban aquellas preocupaciones, y participaban a su pesar, de ellas.
+ No se acercaban&raquo;. Todos los que hab&iacute;an producido en Ana alg&uacute;n
+ efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran cualquier cosa menos
+ proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe ganarse la vida, a lo
+ sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se comen a miradas, se
+ quieren, hasta se lo dicen... pero <i>lo dejan</i>; falta una posici&oacute;n;
+ las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas; los muchachos dejan
+ el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa y se hacen jugadores.
+ </p>
+ <p>
+ Los que quieren medrar salen del pueblo; all&iacute; no hay m&aacute;s
+ ricos que los que heredan o hacen fortuna lejos de la so&ntilde;olienta
+ Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y
+ grotescos hubiera podido escoger, segu&iacute;a pensando Ana. Que lo
+ dijera don Frutos Redondo.... Pero adem&aacute;s, &iquest;para qu&eacute;
+ enga&ntilde;arse a s&iacute; misma? No estaba en Vetusta, no pod&iacute;a
+ estar en aquel pobre rinc&oacute;n la realidad del sue&ntilde;o, el h&eacute;roe
+ del poema, que primero se hab&iacute;a llamado Germ&aacute;n, despu&eacute;s
+ San Agust&iacute;n, obispo de Hiponax, despu&eacute;s Chateaubriand y
+ despu&eacute;s con cien nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura
+ delicada, rara y escogida...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no
+ como el de la barca de Tr&eacute;bol, pensar en otros hombres. Don V&iacute;ctor
+ era la muralla de la China de sus ensue&ntilde;os. Toda fant&aacute;stica
+ aparici&oacute;n que rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de
+ hombre que ten&iacute;a al lado, era un delito. Todo hab&iacute;a
+ concluido... sin haber empezado&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Abri&oacute; Ana los ojos y mir&oacute; a su don V&iacute;ctor que a la
+ luz de una l&aacute;mpara de viaje, calada hasta las orejas una gorra de
+ seda, le&iacute;a tranquilamente, algo arrugado el entrecejo, <i>El Mayor
+ Monstruo los celos o el Tetrarca de Jerusal&eacute;n</i>, del inmortal
+ Calder&oacute;n de la Barca.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="VImdash" id="VImdash"></a>&mdash;VI&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ El Casino de Vetusta ocupaba un caser&oacute;n solitario, de piedra
+ ennegrecida por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste
+ cerca de San Pedro, la iglesia antiqu&iacute;sima vecina de la catedral.
+ Los socios j&oacute;venes quer&iacute;an mudarse, pero el cambio de
+ domicilio ser&iacute;a la muerte de la sociedad seg&uacute;n el elemento
+ serio y de m&aacute;s arraigo. No se mud&oacute; el Casino y sigui&oacute;
+ remendando como pudo sus goteras y dem&aacute;s achaques de abolengo. Tres
+ generaciones hab&iacute;an bostezado en aquellas salas estrechas y
+ obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no deb&iacute;a
+ trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del
+ pueblo, en la Colonia. Adem&aacute;s, dec&iacute;an los viejos, si el
+ Casino deja de residir en la Encimada, adi&oacute;s Casino. Era un arist&oacute;crata.
+ </p>
+ <p>
+ Generalmente el sal&oacute;n de baile se ense&ntilde;aba a los forasteros
+ con orgullo; lo dem&aacute;s se confesaba que val&iacute;a poco.
+ </p>
+ <p>
+ Los dependientes de la casa vest&iacute;an un uniforme parecido al de la
+ polic&iacute;a urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio pod&iacute;a
+ creer, por la falta de costumbre, que ven&iacute;an a prenderle. Sol&iacute;an
+ tener los camareros muy mala educaci&oacute;n, tambi&eacute;n heredada. El
+ uniforme se les hab&iacute;a puesto para que se conociese en algo que eran
+ ellos los criados.
+ </p>
+ <p>
+ En el vest&iacute;bulo hab&iacute;a dos porteros cerca de una mesa de
+ pino. Era costumbre inveterada que aquellos se&ntilde;ores no saludaran a
+ los socios que entraban o sal&iacute;an. Pero desde que era de la Junta
+ Ronzal, que hab&iacute;a visto otros usos en sus cortos viajes, los
+ porteros se inclinaban al pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban
+ o&iacute;r un gru&ntilde;ido, que bien interpretado pod&iacute;a tomarse
+ por un saludo; si era un individuo de la Junta se levantaban de su silla
+ cosa de medio palmo, si era Ronzal se levantaban un palmo entero y si
+ pasaba don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a, presidente de la sociedad, se pon&iacute;an
+ de pie y se cuadraban como reclutas.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s del vest&iacute;bulo se encontraban tres o cuatro pasillos
+ convertidos en salas de espera, de descanso, de conversaci&oacute;n, de
+ juego de domin&oacute;, todo ello junto y como quiera. M&aacute;s adelante
+ hab&iacute;a otra sala m&aacute;s lujosa, con grandes chimeneas que consum&iacute;an
+ mucha le&ntilde;a, pero no tanta como dec&iacute;an los mozos. Aquella le&ntilde;a
+ suscitaba graves pol&eacute;micas en las juntas generales de fin de a&ntilde;o.
+ En tal estancia se prohib&iacute;a el estridente domin&oacute;, y all&iacute;
+ se juntaban los m&aacute;s serios y los m&aacute;s importantes personajes
+ de Vetusta. All&iacute; no se deb&iacute;a alborotar porque al extremo de
+ oriente, detr&aacute;s de un majestuoso portier de terciopelo carmes&iacute;,
+ estaba la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este hab&iacute;a
+ de reinar el silencio, y si era posible tambi&eacute;n en la sala
+ contigua. Antes estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de
+ las bolas y los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al
+ gabinete rojo, donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura
+ se fue cerca de los billares. La sala del tresillo jam&aacute;s recib&iacute;a
+ la luz del sol: siempre permanec&iacute;a en tinieblas caliginosas, que
+ hac&iacute;an palpables las tristes llamas de las buj&iacute;as semejantes
+ a l&aacute;mparas de minero en las entra&ntilde;as de la tierra.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo Guimar&aacute;n, un fil&oacute;sofo que odiaba el tresillo,
+ llamaba a los del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que
+ en aquel antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se conten&iacute;a
+ toda alegr&iacute;a, toda expansi&oacute;n del &aacute;nimo, no se pod&iacute;a
+ hacer nada l&iacute;cito. Los m&aacute;s bulliciosos muchachos al entrar
+ en el gabinete del tresillo se revest&iacute;an de una seriedad prematura;
+ parec&iacute;an sacerdotes j&oacute;venes de un culto extra&ntilde;o.
+ Entrar all&iacute; era para los vetustenses como dejar la toga pretexta y
+ tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre alg&uacute;n joven p&aacute;lido,
+ ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres hastiado tal vez,
+ y preferir los serios cuidados del solo y el codillo. Examinar con alg&uacute;n
+ detenimiento a los habituales sacerdotes de este culto ceremonioso y
+ circunspecto de la espada y el basto, es conocer a Vetusta intelectual en
+ uno de sus aspectos caracter&iacute;sticos.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses
+ eran unos chambones, no era esto m&aacute;s que un pretexto para subir al
+ <i>cuarto del crimen</i> en busca de m&aacute;s ping&uuml;es y r&aacute;pidas
+ ganancias; porque jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfecci&oacute;n
+ que ya era famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran
+ necesarios, porque si no &iquest;qui&eacute;n ganar&iacute;a a qui&eacute;n?
+ Pero contra la afirmaci&oacute;n del jefe de Fomento protestaban los
+ hechos. De Vetusta y s&oacute;lo de Vetusta salieron aquellos insignes
+ tresillistas que, una vez en esferas m&aacute;s altas, tendieron el vuelo
+ y llegaron a ocupar puestos eminentes en la administraci&oacute;n del
+ Estado, debi&eacute;ndolo todo a la ciencia de los estuches.
+ </p>
+ <p>
+ Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las
+ ocho, la mitad est&aacute;n ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios
+ mirones, los m&aacute;s esclavos de su vicio. Se habla poco. Las m&aacute;s
+ veces para pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se
+ necesitan o no sirven. Basilio M&eacute;ndez, empleado del Ayuntamiento,
+ es el mejor <i>espada</i> de los presentes. Es p&aacute;lido y flaco. No
+ se sabe si viste de artesano o de persona decente, como dicen en Vetusta.
+ El sueldo no le bastaba para sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos;
+ se ayuda con el tresillo; se le respeta. Juega como quien trabaja sin
+ gusto; de mal humor; es brusco; apenas contesta si le hablan. &Eacute;l va
+ a su negocio: una casa de tres pisos que est&aacute; construyendo a costa
+ del tresillo junto al Espol&oacute;n. A su lado est&aacute; don Mat&iacute;as
+ el procurador: juega al tresillo para huir del <i>monte</i>. Cuando la
+ suerte le es adversa <i>arriba</i>, baja y se expone a ganar al tresillo
+ todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo deja. El que
+ descansa en este momento, porque acaba de repartir las cartas, y juegan
+ cuatro, es la gallina de los huevos de oro del Procurador y de don
+ Basilio. Le van matando, pero por consunci&oacute;n. Es un mayorazgo de
+ aldea; le llaman Vinculete. Antes ven&iacute;a de su pueblo durante las
+ ferias a jugar al tresillo; despu&eacute;s se hizo diputado provincial
+ para venir a jugar al tresillo tambi&eacute;n, y por fin se hizo vecino de
+ Vetusta para no separarse nunca de aquellos <i>espadas</i> a quien
+ admiraba, de camino que les hac&iacute;a ricos sin sospecharlo. El
+ tresillo de su pueblo no le divert&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la ma&ntilde;ana,
+ sin m&aacute;s descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don
+ Basilio y el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se
+ relevaban; pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era
+ cualquiera. En las otras mesas las partidas eran m&aacute;s iguales.
+ Jugaban muchos forasteros, casi todos empleados.
+ </p>
+ <p>
+ Es un axioma que en el juego se conoce la buena educaci&oacute;n. Hab&iacute;a
+ all&iacute; muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor
+ confianza sol&iacute;a o&iacute;rse frases como estas:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Le digo a usted, que me lo ha dado usted.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo le digo a usted, que no.&mdash;Yo le digo a usted, que s&iacute;.&mdash;Pues
+ miente usted.&mdash;Valiente crianza tiene usted.&mdash;Mejor que la de
+ usted.... Se trataba de un duro falso. Para que la armon&iacute;a pudiera
+ subsistir, por una especie de equilibrio que la naturaleza establec&iacute;a
+ entre los temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y
+ de un genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pac&iacute;ficos como
+ corderos y miedosos como palomas.
+ </p>
+ <p>
+ Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza
+ necesaria.
+ </p>
+ <p>
+ Vinculete sol&iacute;a sostener los fueros de su dignidad, y entonces
+ gritaba el del Ayuntamiento:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Conmigo nadie se insolenta! Y daba un pu&ntilde;etazo en la
+ mesa.
+ </p>
+ <p>
+ Vinculete callaba y segu&iacute;a recibiendo codillos.
+ </p>
+ <p>
+ Estas disputas, nada frecuentes, interrump&iacute;an el silencio pocos
+ instantes; la calma renac&iacute;a pronto y volv&iacute;a aquello a ser un
+ templo jam&aacute;s profanado por r&iacute;os de sangre.
+ </p>
+ <p>
+ El gabinete de lectura, que tambi&eacute;n serv&iacute;a de biblioteca,
+ era estrecho y no muy largo. En medio hab&iacute;a una mesa oblonga
+ cubierta de bayeta verde y rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht.
+ La biblioteca consist&iacute;a en un estante de nogal no grande, empotrado
+ en la pared. All&iacute; estaban representando la sabidur&iacute;a de la
+ sociedad el <i>Diccionario</i> y la <i>Gram&aacute;tica</i> de la
+ Academia. Estos libros se hab&iacute;an comprado con motivo de las
+ repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes respecto del
+ significado y aun de la ortograf&iacute;a de ciertas palabras. Hab&iacute;a
+ adem&aacute;s una colecci&oacute;n incompleta de la <i>Revue des deux
+ mondes</i>, y otras de varias ilustraciones. La <i>Ilustraci&oacute;n
+ francesa</i> se hab&iacute;a dejado en un arranque de patriotismo; por
+ culpa de un grabado en que aparec&iacute;an no se sabe qu&eacute; reyes de
+ Espa&ntilde;a matando toros. Con ocasi&oacute;n de esta medida radical y
+ patri&oacute;tica se pronunciaron en la junta general muchos y muy buenos
+ discursos en que fueron citados oportunamente los h&eacute;roes de
+ Sagunto, los de Covadonga, y por &uacute;ltimo los del a&ntilde;o ocho. En
+ los cajones inferiores del estante hab&iacute;a algunos libros de m&aacute;s
+ s&oacute;lida ense&ntilde;anza, pero la llave de aquel departamento se hab&iacute;a
+ perdido.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando un socio ped&iacute;a un libro de aquellos, el conserje se acercaba
+ de mal talante al pedig&uuml;e&ntilde;o y le hac&iacute;a repetir la
+ demanda.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; se&ntilde;or, la cr&oacute;nica de Vetusta....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;usted, sabe que est&aacute; ah&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, ah&iacute; est&aacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El caso es...&mdash;y se rascaba una oreja el se&ntilde;or conserje&mdash;como
+ no hay costumbre....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Costumbre de qu&eacute;?&mdash;En fin, buscar&eacute; la
+ llave. El conserje daba media vuelta y marchaba a paso de tortuga.
+ </p>
+ <p>
+ El socio, que hab&iacute;a de ser nuevo necesariamente para andar en tales
+ pretensiones, pod&iacute;a entretenerse mientras tanto mirando el mapa de
+ Rusia y Turqu&iacute;a y el <i>Padre nuestro</i> en grabados, que
+ adornaban las paredes de aquel centro de instrucci&oacute;n y recreo. Volv&iacute;a
+ el conserje con las manos en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los
+ labios.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo que yo dec&iacute;a, se&ntilde;orito... se ha perdido la llave.
+ </p>
+ <p>
+ Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en la
+ pared.
+ </p>
+ <p>
+ De los peri&oacute;dicos e ilustraciones se hac&iacute;a m&aacute;s uso;
+ tanto que aquellos desaparec&iacute;an casi todas las noches y los
+ grabados de m&eacute;rito eran cuidadosamente arrancados. Esta cuesti&oacute;n
+ del hurto de peri&oacute;dicos era de las dif&iacute;ciles que ten&iacute;an
+ que resolver las juntas. &iquest;Qu&eacute; se hac&iacute;a? &iquest;Se
+ les pon&iacute;a grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o
+ se llevaban papel y hierro. Se resolvi&oacute; &uacute;ltimamente dejar
+ los peri&oacute;dicos libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era in&uacute;til.
+ Don Frutos Redondo, el m&aacute;s rico americano, no pod&iacute;a dormirse
+ sin leer en la cama el <i>Imparcial</i> del Casino. Y no hab&iacute;a de
+ trasladar su lecho al gabinete de lectura. Se llevaba el peri&oacute;dico.
+ Aquellos cinco c&eacute;ntimos que ahorraba de esta manera, le sab&iacute;an
+ a gloria. En cuanto al papel de cartas que desaparec&iacute;a tambi&eacute;n,
+ y era m&aacute;s caro, se tom&oacute; la resoluci&oacute;n de dar un
+ pliego, y gracias, al socio que lo ped&iacute;a con mucha necesidad. El
+ conserje hab&iacute;a adquirido un humor de alcaide de presidio en este
+ trato. Miraba a los socios que le&iacute;an como a gente de sospechosa
+ probidad; les guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le
+ llamaba acud&iacute;a, y sol&iacute;a negarse a mudar las plumas oxidadas.
+ </p>
+ <p>
+ Alrededor de la mesa cab&iacute;an doce personas. Pocas veces hab&iacute;a
+ tantos lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los
+ socios amantes del saber no le&iacute;an m&aacute;s que noticias.
+ </p>
+ <p>
+ El m&aacute;s digno de consideraci&oacute;n, entre los abonados al
+ gabinete de lectura, era un caballero apopl&eacute;tico, que hab&iacute;a
+ llevado granos a Inglaterra y se cre&iacute;a en la obligaci&oacute;n de
+ leer la prensa extranjera. Llegaba a las nueve de la noche
+ indefectiblemente, tomaba <i>Le Figaro</i>, despu&eacute;s <i>The Times</i>,
+ que colocaba encima, se pon&iacute;a las gafas de oro y arrullado por
+ cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba dulcemente
+ dormido sobre el primer peri&oacute;dico del mundo. Era un derecho que
+ nadie le disputaba. Poco despu&eacute;s de morir este se&ntilde;or, de
+ apoplej&iacute;a, sobre <i>The Times</i>, se averigu&oacute; que no sab&iacute;a
+ ingl&eacute;s. Otro lector asiduo era un joven opositor a fiscal&iacute;as
+ y registros que devoraba la <i>Gaceta</i> sin dejar una subasta. Era un
+ Alcubilla en un tomo: sab&iacute;a de memoria cuanto se ha hecho,
+ deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra administraci&oacute;n
+ p&uacute;blica.
+ </p>
+ <p>
+ A su lado sol&iacute;a sentarse un caballero que ten&iacute;a un vicio
+ secreto: escribir cartas a los peri&oacute;dicos de la corte con las
+ noticias m&aacute;s contradictorias. Firmaba &laquo;El Corresponsal&raquo;
+ y siempre que un papel de Madrid dec&iacute;a &laquo;Lo de Vestusta&raquo;
+ era cosa de &eacute;l. Al d&iacute;a siguiente desment&iacute;a en otro
+ peri&oacute;dico sus noticias y resultaba que &laquo;Lo de Vetusta&raquo;
+ no era nada. As&iacute; se hab&iacute;a hecho un redomado esc&eacute;ptico
+ en materia de prensa. &laquo;&iexcl;Si sabr&iacute;a &eacute;l c&oacute;mo
+ se hac&iacute;an los peri&oacute;dicos!&raquo;. Cuando franceses y
+ alemanes vinieron a las manos, <i>El Corresponsal</i> dudaba de la guerra:
+ era cosa de los bolsistas acaso; no se convenci&oacute; de que algo hab&iacute;a
+ hasta la rendici&oacute;n de Metz.
+ </p>
+ <p>
+ El poeta Trif&oacute;n C&aacute;rmenes tambi&eacute;n acud&iacute;a sin
+ falta a la hora del correo. Pasaba revista a varios peri&oacute;dicos con
+ febril ansiedad y desaparec&iacute;a en seguida con un desenga&ntilde;o m&aacute;s
+ en el alma. Era que &laquo;no se lo hab&iacute;an publicado&raquo;. Se
+ trataba de alguna poes&iacute;a o cuento fant&aacute;stico que hab&iacute;a
+ mandado a cualquier peri&oacute;dico y que no acababa de salir. C&aacute;rmenes,
+ que en los cert&aacute;menes de Vetusta se llevaba todas las rosas
+ naturales, no pod&iacute;a conseguir que sus versos tuvieran cabida en las
+ prensas madrile&ntilde;as; y eso que empleaba en las cartas con que
+ recomendaba las composiciones, la finura del mundo. La f&oacute;rmula sol&iacute;a
+ ser esta: &laquo;Muy se&ntilde;or m&iacute;o y de mi m&aacute;s
+ distinguida consideraci&oacute;n: adjuntos le remito unos versos para que,
+ si los estima dignos de tan se&ntilde;alado honor, vean la luz p&uacute;blica
+ en las columnas de su acreditado peri&oacute;dico. Escritos sin
+ pretensiones..., etc., etc.&raquo;. Pero, nada: no sal&iacute;an. Ped&iacute;a,
+ despu&eacute;s de un a&ntilde;o, que se los devolvieran. Pero &laquo;no se
+ devolv&iacute;an los originales&raquo;. Aprovechaba el borrador y
+ publicaba aquello en <i>El L&aacute;baro</i>, el peri&oacute;dico
+ reaccionario de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jam&aacute;s se
+ acostaba sin haber le&iacute;do todos los <i>fondos</i> de la prensa que
+ llegaba al Casino. Deleit&aacute;bale singularmente la prosa amazacotada
+ de un peri&oacute;dico que ten&iacute;a fama de h&aacute;bil y
+ circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales eufemismos,
+ pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de sutiles, que el viejo
+ se quedaba siempre a buenas noches.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; habilidad!&mdash;dec&iacute;a sin entender
+ palabra.
+ </p>
+ <p>
+ Por lo mismo cre&iacute;a en la habilidad, porque si &eacute;l la echara
+ de ver ya no la habr&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Una noche despert&oacute; a su esposa el lector de fondos diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye, Paca, &iquest;sabes que no puedo dormir?... A ver si t&uacute;
+ entiendes esto que he le&iacute;do hoy en el peri&oacute;dico. &laquo;No
+ deja de dejar de parecernos reprensible...&raquo;. &iquest;Lo entiendes t&uacute;,
+ Paca? &iquest;Es que les parece reprensible o que no? Hasta que lo
+ resuelva no puedo dormir....
+ </p>
+ <p>
+ Estos y otros lectores asiduos se pasan los peri&oacute;dicos de mano en
+ mano, en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez
+ papeles. As&iacute; se alimentan aquellos esp&iacute;ritus que antes de
+ las once de la noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el
+ cajero de tal parte se ha escapado con los fondos.
+ </p>
+ <p>
+ Lo han le&iacute;do en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos
+ caballeros respetables y dignos de estima viven esclavos de tama&ntilde;a
+ servidumbre, la servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho m&aacute;s
+ de la mitad del caudal fugitivo de sus conocimientos consiste en los
+ recortes de la <i>Correspondencia</i> que los peri&oacute;dicos pobres se
+ van echando, como pelotas, de tijeras en tijeras.
+ </p>
+ <p>
+ Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que parec&iacute;a
+ o&iacute;rse el ruido de la elaboraci&oacute;n cerebral de los sesudos
+ lectores, de repente un estr&eacute;pito de terremoto hac&iacute;a temblar
+ el piso y los cristales. Los socios antiguos no hac&iacute;an caso, ni
+ levantaban los ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las
+ paredes esperando ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los
+ se&ntilde;ores del billar azotaban el pavimento con las mazas de los
+ tacos. Era proverbial el ingenioso buen humor de los se&ntilde;ores
+ socios.
+ </p>
+ <p>
+ A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El
+ conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la llave
+ del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volv&iacute;a a
+ dormir a la conserjer&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capit&aacute;n de artiller&iacute;a,
+ en traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba
+ bien... no hab&iacute;a nadie... la obscuridad le favorec&iacute;a. Se
+ acercaba al estante con mucha cautela; sacaba una llave, abr&iacute;a el
+ caj&oacute;n inferior, tomaba un libro, dejaba otro que ven&iacute;a
+ oculto bajo la esclavina, escond&iacute;a el primero entre sus pliegues y
+ cerraba el caj&oacute;n. Se acercaba a la mesa, despu&eacute;s de respirar
+ fuerte, silbaba la marcha real, y fing&iacute;a echar un vistazo a los
+ peri&oacute;dicos. &iexcl;Peri&oacute;dicos a &eacute;l! Por hacer que
+ hacemos estaba all&iacute; cinco minutos, y sal&iacute;a triunfante. No
+ era un ladr&oacute;n, era un bibli&oacute;filo. La llave de Bedoya era la
+ que el conserje hab&iacute;a perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Berm&uacute;dez
+ de tropa. Hab&iacute;a sido un bravo militar; pero como hubiera tenido el
+ honor a&ntilde;os atr&aacute;s de ser elegido presidente de un <i>Ateneo
+ de infanter&iacute;a</i>, y v&iacute;stose en la necesidad de estudiar y
+ pronunciar un discurso, se encontr&oacute; con gran sorpresa excelente
+ orador en su opini&oacute;n y la de los jefes, y de una en otra vino a
+ parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse solemnemente y con la
+ energ&iacute;a que tan bien sienta en los defensores de la patria, ser un
+ erudito. Empez&oacute; a llamar la atenci&oacute;n de los vetustenses
+ aquel militar que sab&iacute;a de letras m&aacute;s que muchos paisanos, y
+ el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a &eacute;l
+ se le antojaba contraste de la artiller&iacute;a y la literatura. Poco a
+ poco lleg&oacute; a ser miembro, ya correspondiente, ya de n&uacute;mero,
+ de muchas sociedades cient&iacute;ficas, art&iacute;sticas y literarias.
+ Despuntaba en la Arqueolog&iacute;a y en la Bot&aacute;nica, sobre todo en
+ la relaci&oacute;n de esta a la Horticultura. Era un especialista en las
+ enfermedades de la patata, y ten&iacute;a un trabajo sobre el particular
+ que no acababa de premiarle el Gobierno. Tambi&eacute;n le daba el naipe
+ por la biograf&iacute;a militar. Sab&iacute;a de varios tenientes
+ generales que hab&iacute;an sido otros tantos Farnesios y Sp&iacute;nolas,
+ sin que lo sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal
+ brigadier que si, conforme no mand&oacute;, hubiera mandado la acci&oacute;n
+ de tal parte, hubiera conquistado la gloria de un Napole&oacute;n, en vez
+ de perder las posiciones, como en efecto las hab&iacute;a perdido el
+ general inepto.
+ </p>
+ <p>
+ De esta clase de biograf&iacute;as de personas que pudieron ser
+ importantes, estaban las fuentes en libros como aquellos que hab&iacute;a
+ en el caj&oacute;n inferior del estante del Casino. M&aacute;s ejemplares
+ habr&iacute;a por el mundo, pero no se sab&iacute;a de ellos, y Bedoya era
+ de esa clase de eruditos que encuentran el m&eacute;rito en copiar lo que
+ nadie ha querido leer. En cuanto &eacute;l ve&iacute;a en el papel de su
+ propiedad los p&aacute;rrafos que iba copiando con aquella letra inglesa
+ esbelta y pulcra que Dios le hab&iacute;a dado, ya se le antojaba obra
+ suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antig&uuml;edades. Para
+ &eacute;l un objeto de arte no ten&iacute;a m&eacute;rito aunque fuese del
+ tiempo de No&eacute;, si no era suyo. As&iacute; como Berm&uacute;dez
+ amaba la antig&uuml;edad por s&iacute; misma, el polvo por el polvo,
+ Bedoya era m&aacute;s subjetivo como &eacute;l dec&iacute;a, necesitaba
+ que le perteneciera el objeto amado. &laquo;&iexcl;Si &eacute;l pudiera
+ hablar! Tama&ntilde;itos se quedar&iacute;an Berm&uacute;dez y el
+ Magistral y <i>tutti quanti</i>&raquo;. Pero no pod&iacute;a hablar. Ir&iacute;a
+ a presidio probablemente, si hablara. &laquo;En fin, en puridad, ten&iacute;a...&mdash;y
+ miraba a los lados al decirlo&mdash;ten&iacute;a un precioso manuscrito de
+ Felipe II, un documento pol&iacute;tico de gran importancia&raquo;. Lo hab&iacute;a
+ robado en el archivo de Simancas. &iquest;C&oacute;mo? ese era su orgullo.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por
+ encima del hombro a los dem&aacute;s anticuarios y callaba. Callaba por
+ miedo al presidio.
+ </p>
+ <p>
+ El <i>cuarto del crimen</i>, la sala de los juegos de azar, y m&aacute;s
+ concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se
+ llegaba a ella despu&eacute;s de recorrer muchos pasillos obscuros y
+ estrechos. La autoridad no hab&iacute;a turbado jam&aacute;s la calma de
+ aquel refugio repuesto y escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos
+ de mayor moralidad p&uacute;blica. A ruegos de los gacetilleros,
+ singularmente el del <i>L&aacute;baro</i>, se persegu&iacute;a cruelmente
+ la prostituci&oacute;n, pero el juego no se pod&iacute;a perseguir. En
+ cuanto a las &laquo;infames que comerciaban con su cuerpo&raquo;, como dec&iacute;a
+ C&aacute;rmenes escribiendo de inc&oacute;gnito los fondos del <i>L&aacute;baro</i>,
+ &iquest;c&oacute;mo no hab&iacute;an de ser maltratadas, si diariamente se
+ publicaban excitaciones de este g&eacute;nero en la prensa local?
+ </p>
+ <p>
+ Casi todos los d&iacute;as sal&iacute;a a luz una gacetilla que se
+ titulaba, por ejemplo: <i>&iexcl;Esas palomas!</i> o <i>&iexcl;Fuego en
+ ellas!</i> y en una ocasi&oacute;n el mism&iacute;simo don Saturnino Berm&uacute;dez
+ escribi&oacute; su gacetilla correspondiente que se llamaba a secas: <i>Meretrices</i>,
+ y acababa diciendo: &laquo;de la imp&uacute;dica <i>scortum</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Volviendo al juego, si alg&uacute;n gobernador en&eacute;rgico hab&iacute;a
+ amenazado a los socios del Casino con darles un susto, los jugadores
+ influyentes le hab&iacute;an pronosticado una cesant&iacute;a. Lo
+ ordinario siempre fue que hiciese la vista gorda, y no faltaron a veces
+ subvenciones en la forma m&aacute;s decorosa posible, como dec&iacute;an
+ las partes contratantes. Los jugadores vetustenses ten&iacute;an una
+ virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados que ten&iacute;an que
+ madrugar. Tal m&eacute;dico se recog&iacute;a a las diez despu&eacute;s de
+ perder las ganancias del d&iacute;a: se levantaba a las seis de la ma&ntilde;ana,
+ recorr&iacute;a todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la
+ nieve, el granizo, el fr&iacute;o, el viento; y despu&eacute;s de &iacute;mprobo
+ trabajo, volv&iacute;a, como con una ofrenda ante el altar, a depositar
+ sobre el tapete verde las pesetas ganadas. Abogados, procuradores,
+ escribanos, comerciantes, industriales, empleados, propietarios, todos hac&iacute;an
+ lo mismo. En el tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las
+ salas de conversaci&oacute;n, de domin&oacute; y ajedrez, hab&iacute;a
+ siempre las mismas personas, los aficionados respectivos; pero el cuarto
+ del crimen era el lugar donde se reun&iacute;an todos los oficios, todas
+ las edades, todas las ideas, todos los gustos, todos los temperamentos.
+ </p>
+ <p>
+ No en balde se afirmaba que Vetusta se distingu&iacute;a por su acendrado
+ patriotismo, su religiosidad y su afici&oacute;n a los juegos prohibidos.
+ La religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afici&oacute;n
+ al juego por lo mucho que llov&iacute;a en Vetusta. &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;an
+ de hacer los socios, si no se pod&iacute;a pasear? Por eso propon&iacute;a
+ don Pompeyo Guimar&aacute;n, el fil&oacute;sofo, que la catedral se
+ convirtiera en paseo cubierto. &laquo;<i>&iexcl;Risum teneatis!</i>&raquo;
+ contestaba C&aacute;rmenes en la gacetilla del <i>L&aacute;baro</i>.
+ </p>
+ <p>
+ La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstici&oacute;n,
+ se manifestaba en el mismo vicio de la tafurer&iacute;a. Se contaban en el
+ Casino portentos de credulidad de los jugadores m&aacute;s famosos. Un
+ comerciante, liberal y nada timorato, ten&iacute;a depositados en la
+ puerta de aquel centro de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al
+ Casino, calzaba los zapatos de suela rota y sub&iacute;a a probar fortuna.
+ Juraba que jam&aacute;s llevando botas nuevas le hab&iacute;a favorecido
+ la suerte. Ven&iacute;a a ser un jugador de la orden de los descalzos.
+ Entre su fe y cierta maliciosa experiencia le daban ganancias seguras. Un
+ a&ntilde;o hizo una espl&eacute;ndida novena a San Francisco, a la cual
+ acudi&oacute; toda <i>Vetusta edificada</i>, como dec&iacute;a Berm&uacute;dez.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s que Bedoya sal&iacute;a del Casino, pasando sin ser visto
+ de los porteros, que dorm&iacute;an suavemente, no quedaban all&iacute; m&aacute;s
+ socios que ocho o diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos.
+ Unos eran personajes averiados que hab&iacute;an contra&iacute;do la
+ costumbre de trasnochar en Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta
+ que los imitaban. Pero de esta tertulia de &uacute;ltima hora tendremos
+ que hablar m&aacute;s adelante, porque a ella asist&iacute;an personajes
+ importantes de esta historia.
+ </p>
+ <p>
+ Eran las tres y media de la tarde. Llov&iacute;a. En la sala contigua al
+ gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a nada
+ y los seis que jugaban al ajedrez. Estos hab&iacute;an colocado el
+ respectivo tablero junto a un balc&oacute;n, para tener m&aacute;s luz. En
+ el fondo de la sala parec&iacute;a que iba a anochecer. Sobre una mesa de
+ m&aacute;rmol brillaba entre humo espeso de tabaco, como una estrella detr&aacute;s
+ de niebla, la llama de una buj&iacute;a que serv&iacute;a para dar lumbre
+ a los cigarros. Ocultos en la sombra de un rinc&oacute;n, alrededor de
+ aquella mesa, arrellanados en un div&aacute;n unos, otros en mecedoras de
+ paja, estaban media docena de socios fundadores, que de tiempo inmemorial
+ acud&iacute;an a las tres en punto a tomar caf&eacute; y copa. Hablaban
+ poco. Ninguno se permit&iacute;a jam&aacute;s aventurar un aserto que no
+ pudiera ser admitido por unanimidad. All&iacute; se juzgaba a los hombres
+ y los sucesos del d&iacute;a, pero sin apasionamiento; se condenaba, sin
+ ofenderle, a todo innovador, al que hab&iacute;a hecho algo que saliese de
+ lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que sab&iacute;an
+ ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna. Antes mentir
+ que exagerar. Don Saturnino Berm&uacute;dez hab&iacute;a recibido m&aacute;s
+ de una vez el homenaje de una admiraci&oacute;n prudente en aquel c&iacute;rculo
+ de se&ntilde;ores respetables. Pero en general prefer&iacute;an a esto
+ hablar de animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el
+ elefante, aunque siempre neg&aacute;ndoles, por supuesto, la inteligencia:
+ &laquo;el castor fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Ad&aacute;n;
+ no hay inteligencia, es instinto&raquo;. Hablaban tambi&eacute;n de la
+ utilidad de otros irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la
+ vaca, el gato, etc., etc. Y a&uacute;n les parec&iacute;a m&aacute;s
+ interesante la conversaci&oacute;n si se refer&iacute;a a objetos
+ inanimados. El derecho civil tambi&eacute;n les encantaba en lo que ata&ntilde;e
+ al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera, y si no le
+ conoc&iacute;a alguno de aquellos fundadores preguntaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n es ese?&mdash;Ese es hijo de... nieto de...
+ que cas&oacute; con... que era hermana de....
+ </p>
+ <p>
+ Y como las cerezas, sal&iacute;an enganchados por el parentesco casi todos
+ los vetustenses. Esta conversaci&oacute;n terminaba siempre con una frase:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si se va a mirar, aqu&iacute; todos somos algo parientes.
+ </p>
+ <p>
+ La meteorolog&iacute;a tampoco faltaba nunca en los t&oacute;picos de las
+ conferencias. El viento que soplaba ten&iacute;a siempre muy preocupados a
+ los socios benem&eacute;ritos. El invierno actual siempre era m&aacute;s
+ fr&iacute;o que todos los que recordaban, menos uno.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor
+ comedimiento, sobre todo si se hablaba de cl&eacute;rigos, se&ntilde;oras
+ o autoridades.
+ </p>
+ <p>
+ A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables
+ ancianos, con los que s&oacute;lo hab&iacute;a un joven y &eacute;ste
+ calvo, prefer&iacute;a al m&aacute;s grato palique el silencio; y a
+ &eacute;l se consagraba principalmente aquella especie de siesta que dorm&iacute;an
+ despiertos. Casi siempre callaban.
+ </p>
+ <p>
+ No lejos de ellos, y por cierto molest&aacute;ndolos a veces no poco, hab&iacute;a
+ dos o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se o&iacute;a el antip&aacute;tico
+ estr&eacute;pito del domin&oacute;, que hab&iacute;an desterrado de su
+ sala los venerables. Los del domin&oacute; eran siempre los mismos: un
+ catedr&aacute;tico, dos ingenieros civiles y un magistrado. Re&iacute;an y
+ gritaban mucho; se insultaban, pero siempre en broma. Aquellos cuatro
+ amigos, ligados por el seis doble, hubieran vendido la ciencia, la
+ justicia y las obras p&uacute;blicas por salvar a cualquiera de la
+ partida. En el sal&oacute;n de baile, donde no se permit&iacute;a jugar ni
+ tomar caf&eacute;, se paseaban los se&ntilde;ores de la Audiencia y otros
+ personajes, v. gr., el marqu&eacute;s de Vegallana, los d&iacute;as de
+ mucha agua, cuando &eacute;l no pod&iacute;a dar sus paseos.
+ </p>
+ <p>
+ La animaci&oacute;n estaba en los grupos de alborotadores antes citados.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;All&iacute; no se respetaba nada ni a nadie&raquo;&mdash;dec&iacute;an
+ los viejos del rinc&oacute;n.&mdash;Aunque estaban a dos pasos de ellos,
+ rara vez se mezclaban las conversaciones. Los ancianos callaban y
+ juzgaban.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; atolondramiento!&mdash;dijo un <i>venerable</i>
+ en voz baja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Observe usted,&mdash;le respondieron&mdash;que rara vez hablan de
+ intereses reales de la provincia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&Uacute;nicamente cuando viene el se&ntilde;or Mes&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, es que el se&ntilde;or Mes&iacute;a... es otra cosa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que
+ llaman Econom&iacute;a pol&iacute;tica.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo tambi&eacute;n creo en la Econom&iacute;a pol&iacute;tica.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Fl&oacute;rez Estrada,
+ a quien he conocido.
+ </p>
+ <p>
+ Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusi&oacute;n, se le echaba
+ tierra encima y a callar todos.
+ </p>
+ <p>
+ En la mesa de enfrente, gritaba un se&ntilde;or que hab&iacute;a sido
+ alcalde liberal y era usurero con todos los sistemas pol&iacute;ticos;
+ malicioso, y enemigo de los curas, porque as&iacute; cre&iacute;a probar
+ su liberalismo con poco trabajo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, vamos a ver&mdash;dec&iacute;a&mdash;&iquest;qui&eacute;n le
+ ha asegurado a usted que el Magistral no ha querido confesar a la Regenta?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a do&ntilde;a Anita entrar en
+ la capilla de don Ferm&iacute;n y a don Ferm&iacute;n salir sin saludar a
+ la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espol&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es verdad&mdash;grit&oacute; un tercero&mdash;yo tambi&eacute;n los
+ vi. De Pas iba con el Arcipreste y la Regenta con Visitaci&oacute;n. Es m&aacute;s,
+ el Magistral se puso muy colorado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hombre, hombre!&mdash;exclam&oacute; el ex-alcalde fingiendo
+ escandalizarse.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues yo s&eacute; m&aacute;s que todos ustedes&mdash;vocifer&oacute;
+ un pollo que imitaba a Zamacois, a Luj&aacute;n, a Romea, el sobrino, a
+ todos los actores c&oacute;micos de Madrid, donde acababa de licenciarse
+ en Medicina.
+ </p>
+ <p>
+ Baj&oacute; la voz, hizo una se&ntilde;a que significaba sigilo; todos los
+ del corro se acercaron a &eacute;l, y con la mano puesta al lado de la
+ boca, como una mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo,
+ hasta apoyar el respaldo en la mesa, dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el c&eacute;lebre
+ don Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hombre, hombre! &iquest;qu&eacute; sabes t&uacute; por qu&eacute;?&mdash;interrumpi&oacute;
+ el enemigo del clero&mdash;. &iexcl;El secreto de la confesi&oacute;n!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bueno, bueno! Yo lo s&eacute; de buena tinta. Paquito me lo
+ ha dicho. Mes&iacute;a&mdash;y baj&oacute; mucho m&aacute;s la voz&mdash;Mes&iacute;a
+ le pone varas a la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Esc&aacute;ndalo general. Murmullo en el rinc&oacute;n obscuro.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Aquello era demasiado&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Se pod&iacute;a murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto.
+ Vaya por el Magistral y el secreto de la confesi&oacute;n; &iexcl;pero
+ tocar a la Regenta! Era un imprudente aquel sietemesino, sin duda&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que
+ &Aacute;lvaro quiere pon&eacute;rselas; lo cual es muy distinto.
+ </p>
+ <p>
+ Todos negaron la probabilidad del aserto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre... la Regenta... &iexcl;es algo mucho!
+ </p>
+ <p>
+ El pollo se encogi&oacute; de hombros.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Estaba seguro. Se lo hab&iacute;a dicho el marquesito, el
+ &iacute;ntimo de Mes&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y, vamos a ver&mdash;pregunt&oacute; el se&ntilde;or Foja, el
+ ex-alcalde&mdash;&iquest;qu&eacute; tiene que ver eso de las varas que Mes&iacute;a
+ quiere poner a la Regenta con el Magistral y la confesi&oacute;n?
+ </p>
+ <p>
+ No quer&iacute;a dejar su presa. No siempre en el Casino se pod&iacute;a
+ hablar mal de los curas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al
+ otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Muchacho, muchacho, que te resbalas&mdash;advirti&oacute; el padre
+ del deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo,
+ adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos&mdash;y
+ segu&iacute;a bajando la voz, y los dem&aacute;s acerc&aacute;ndose, hasta
+ formar un racimo de cabezas, dignas de otra Campana de Huesca&mdash;es
+ cavilosa y tal vez haya notado las miradas... y dem&aacute;s &iquest;eh?
+ del otro... y querr&aacute; curar en salud... y el Arcipreste no est&aacute;
+ para casos de conciencia complicados, y el Magistral sabe mucho de eso.
+ </p>
+ <p>
+ El corro no pudo menos de sonre&iacute;r en se&ntilde;al de aprobaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Al pap&aacute; del maldiciente se le ca&iacute;a la baba, y gui&ntilde;aba
+ un ojo a un amigo. No cab&iacute;a duda que los chicos s&oacute;lo en
+ Madrid se despabilaban. Caro cuesta, pero al fin se tocan los resultados.
+ </p>
+ <p>
+ El desparpajo del muchacho sol&iacute;a suscitar protestas, pero luego
+ venc&iacute;a la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retint&iacute;n
+ manolesco de sus gestos y acento.
+ </p>
+ <p>
+ Empezaba entonces el llamado g&eacute;nero flamenco a ser de buen tono en
+ ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vest&iacute;a
+ pantal&oacute;n muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que
+ entonces se llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros
+ echan sobre las sienes. Su peinado parec&iacute;a una peluca de marqueter&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Se llamaba Joaqu&iacute;n Orgaz y <i>se timaba</i> con todas las ni&ntilde;as
+ casaderas de la poblaci&oacute;n, lo cual quiere decir que las miraba con
+ insistencia y ten&iacute;a el gusto de ser mirado por ellas. Hab&iacute;a
+ acabado la carrera aquel a&ntilde;o y su prop&oacute;sito era casarse
+ cuanto antes con una muchacha rica. Ella aportar&iacute;a el dote y
+ &eacute;l su figura, el t&iacute;tulo de m&eacute;dico y sus habilidades
+ flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hac&iacute;a
+ parecer m&aacute;s adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno
+ de tantos, en Vetusta no pod&iacute;a temer a m&aacute;s de cinco o seis
+ rivales importadores de semejantes maneras. En los meses de vacaciones
+ aprovechaba el tiempo buscando el trato de las familias ricas o nobles de
+ Vetusta. Se hab&iacute;a hecho amigo &iacute;ntimo de Paquito Vegallana y,
+ aunque de lejos, algo le tocaba del esplendor que irradiaba el c&eacute;lebre
+ Mes&iacute;a, flor y nata de los elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba
+ &Aacute;lvaro por lo muy familiar que era el trato de Paco y de Mes&iacute;a,
+ y como &eacute;l tuteaba a Paquito... por eso.
+ </p>
+ <p>
+ Se anim&oacute; Joaqu&iacute;n con el buen &eacute;xito de sus
+ murmuraciones y sostuvo que era cursi aquel respeto y admiraci&oacute;n
+ que inspiraba la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es una mujer hermosa, hermos&iacute;sima; si ustedes quieren, de
+ talento, digna de otro teatro, de volar m&aacute;s alto... si ustedes me
+ apuran dir&eacute; que es una mujer superior&mdash;si hay mujeres as&iacute;&mdash;pero
+ al fin es mujer, <i>et nihil humani</i>...
+ </p>
+ <p>
+ No sab&iacute;a lo que significaba este lat&iacute;n, ni a d&oacute;nde
+ iba a parar, ni de qui&eacute;n era, pero lo usaba siempre que se trataba
+ de debilidades posibles.
+ </p>
+ <p>
+ Los socios rieron a carcajadas. &laquo;&iexcl;Hasta en lat&iacute;n sabe
+ maldecir el pillastre!&raquo;, pens&oacute; el padre, m&aacute;s
+ satisfecho cada vez de los sacrificios que le costaba aquel enemigo.
+ </p>
+ <p>
+ Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el an&iacute;s del mono que
+ hab&iacute;a bebido, crey&oacute; del caso coronar el edificio de su
+ gloria cantando algo nuevo. Se puso en pie, estir&oacute; una pierna, gir&oacute;
+ sobre un tac&oacute;n y cant&oacute;, o <i>se</i> cant&oacute;, como
+ &eacute;l dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&Aacute;breme la puerta,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">puerta del postigo....</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo.
+ &iexcl;La Regenta! &iquest;Dejar&iacute;a de ser de carne y hueso? Y
+ &Aacute;lvaro siempre hab&iacute;a sido irresistible...&raquo;. Orgaz hijo
+ suspendi&oacute; el baile, que hab&iacute;a emprendido mientras hac&iacute;a
+ observaciones. En la sala vecina hab&iacute;an sonado unas pisadas que hac&iacute;an
+ temblar el pavimento.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ah&iacute; est&aacute; el ingl&eacute;s&mdash;dijo entre dientes el
+ flamenco; y se puso un poco p&aacute;lido.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal&mdash;alias Trabuco, no se sabe por qu&eacute;&mdash;era
+ natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un ganadero rico,
+ pudo hacer sus estudios, que ya se ver&aacute; qu&eacute; estudios fueron,
+ en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo, desde la
+ adolescencia, ni durante las vacaciones quer&iacute;a volver a Pernueces,
+ ganoso de no perder ni unas jud&iacute;as. No pudo concluir la carrera. No
+ bast&oacute; la tradicional benevolencia de los profesores para que
+ Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.
+ </p>
+ <p>
+ Una vez le preguntaron en un examen:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; es un testamento, hijo m&iacute;o?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia ir&oacute;nica
+ que &eacute;l no comprend&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Pas&oacute; el tiempo; muri&oacute; el ganadero, Pepe Ronzal dej&oacute;
+ de ser el Estudiante, vendi&oacute; tierras, se traslad&oacute; a la
+ capital y empez&oacute; a ser hombre pol&iacute;tico, no se sabe a punto
+ fijo c&oacute;mo ni por qu&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Ello fue que de una mesa de colegio electoral pas&oacute; a ser del
+ Ayuntamiento, y de concejal pas&oacute; a diputado provincial por
+ Pernueces. Si nunca pudo sacudir de s&iacute; la pr&iacute;stina
+ ignorancia, en el andar, y en el vestir y hasta en el saludar, fue
+ consiguiendo paulatinos progresos, y se necesitaba ser un poco antiguo en
+ Vetusta para recordar todo lo agreste que aquel hombre hab&iacute;a sido.
+ Desde el a&ntilde;o de la Restauraci&oacute;n en adelante pasaba ya Ronzal
+ por hombre de iniciativa, afortunado en amores de cierto g&eacute;nero y
+ en negocios de quintas. Era muy decidido partidario de las instituciones
+ vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y las pesetas, y en
+ cuanto al calzado lo usaba fort&iacute;simo, blindado. Cre&iacute;a que
+ esto le daba cierto aspecto de noble ingl&eacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Yo soy muy ingl&eacute;s en todas mis cosas&mdash;dec&iacute;a
+ con &eacute;nfasis&mdash;sobre todo en las botas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;<i>Militaba</i>&raquo; en el partido m&aacute;s reaccionario de los
+ que turnaban en el poder.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Dadme un pueblo saj&oacute;n, dec&iacute;a, y ser&eacute;
+ liberal&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ M&aacute;s adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo saj&oacute;n,
+ sino otra cosa que no pertenece a esta historia.
+ </p>
+ <p>
+ Era alto, grueso y no mal formado; ten&iacute;a la cabeza peque&ntilde;a,
+ redonda y la frente estrecha; ojos montaraces, sin expresi&oacute;n,
+ asustados, que no mov&iacute;a siempre que quer&iacute;a, sino cuando pod&iacute;a.
+ Hablar con Ronzal, verle a &eacute;l animado, decidor, disparatando con
+ gran energ&iacute;a y entusiasmo, y notar que sus ojos no se mov&iacute;an,
+ ni expresaban nada de aquello, sino que miraban fijos con el pasmo y la
+ desconfianza de los animales del monte, daba escalofr&iacute;os.
+ </p>
+ <p>
+ Era de buen color moreno y ten&iacute;a la pierna muy bien formada. En lo
+ que se hab&iacute;a adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque
+ los tra&iacute;a muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o fr&iacute;o,
+ fuesen oportunos o no. Para &eacute;l siempre hab&iacute;a el guante sido
+ el distintivo de la finura, como dec&iacute;a, del se&ntilde;or&iacute;o,
+ seg&uacute;n dec&iacute;a tambi&eacute;n. Adem&aacute;s, le sudaban las
+ manos.
+ </p>
+ <p>
+ Aborrec&iacute;a lo que ol&iacute;a a plebe. Los <i>republicanitos</i> ten&iacute;an
+ en &eacute;l un enemigo formidable. Un d&iacute;a de San Francisco no puso
+ colgaduras en los balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de
+ la Junta, quiso arrojar por uno de aquellos balcones al m&iacute;sero
+ dependiente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se&ntilde;or&mdash;gritaba el conserje&mdash;si hoy es San
+ Francisco de Paula!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; importa, animal?&mdash;respondi&oacute; Trabuco
+ furioso&mdash;. &iexcl;No hay Paula que valga: en siendo San Francisco es
+ d&iacute;a de gala y se cuelga!
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; entend&iacute;a &eacute;l que serv&iacute;a a las
+ Instituciones.
+ </p>
+ <p>
+ Con rasgos como este fue haci&eacute;ndose respetar poco a poco.
+ </p>
+ <p>
+ Lo que es cara a cara ya nadie se re&iacute;a de &eacute;l. No le falt&oacute;
+ perspicacia para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y
+ que en el Casino pasaban por m&aacute;s sabios los que gritaban m&aacute;s,
+ eran m&aacute;s tercos y le&iacute;an m&aacute;s peri&oacute;dicos del d&iacute;a.
+ Y se dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Esto de la sabidur&iacute;a es un complemento necesario. Ser&eacute;
+ sabio. Afortunadamente tengo energ&iacute;a&mdash;ten&iacute;a muy buenos
+ pu&ntilde;os&mdash;y a testarudo nadie me gana, y disfruto de un pulm&oacute;n
+ como un manolito (monolito, por supuesto.) Sin m&aacute;s que esto y leer
+ <i>La Correspondencia</i> ser&eacute; el Hip&oacute;crates de la provincia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Hip&oacute;crates era el maestro de Plat&oacute;n, maestro al cual nunca
+ llam&oacute; S&oacute;crates Trabuco, ni le hac&iacute;a falta.
+ </p>
+ <p>
+ Desde entonces ley&oacute; peri&oacute;dicos y novelas de Pigault&mdash;Lebrun
+ y Paul de Kock, &uacute;nicos libros que pod&iacute;a mirar sin dormirse
+ acto continuo. O&iacute;a con atenci&oacute;n las conversaciones que le
+ sonaban a sabidur&iacute;a; y sobre todo procuraba imponerse dando muchas
+ voces y quedando siempre encima.
+ </p>
+ <p>
+ Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no
+ puede llamarse el Cristo, porque era un <i>rotin</i>, y blandi&eacute;ndolo
+ gritaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Y conste que yo sostendr&eacute; esto en todos los terrenos!
+ &iexcl;en todos los terrenos!
+ </p>
+ <p>
+ Y repet&iacute;a lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se
+ fijara en el tropo y en el garrote y se diera por vencido.
+ </p>
+ <p>
+ Comprend&iacute;a que all&iacute; las discusiones de menos compromiso eran
+ las de m&aacute;s bulto y de cosas remotas, y as&iacute;, era su fuerte la
+ pol&iacute;tica exterior. Cuanto m&aacute;s lejos estaba el pa&iacute;s
+ cuyos intereses se discut&iacute;an, m&aacute;s le conven&iacute;a. En tal
+ caso el peligro estaba en los <i>lapsus</i> geogr&aacute;ficos. Sol&iacute;a
+ confundir los pa&iacute;ses con los generales que mandaban los ej&eacute;rcitos
+ invasores. En cierta desgraciada pol&eacute;mica hubo de venir a las manos
+ con el capit&aacute;n Bedoya que le negaba la existencia del general
+ Sebastopol.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n crey&oacute; que su fama de hombre de talento se afianzar&iacute;a
+ probando sus fuerzas en el ajedrez y aplic&oacute; a este juego mucha
+ energ&iacute;a. Una tarde que jugaba en presencia de varios socios y
+ llevaba perdidas muchas piezas, vio su salvaci&oacute;n en convertir en
+ reina un peoncillo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Este va a reina!&mdash;exclam&oacute; clavando con los suyos
+ los ojos del adversario.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No puede ser.&mdash;&iquest;C&oacute;mo que no puede ser?
+ </p>
+ <p>
+ Y el contrario, por instinto, retir&oacute; una pieza que estorbaba el
+ paso del pe&oacute;n que deb&iacute;a ir a reina.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A reina va, y lo hago cuesti&oacute;n personal&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+ envalentonado Trabuco, d&aacute;ndose un pu&ntilde;etazo en el pecho.
+ </p>
+ <p>
+ Y el contrario, sin querer, le dej&oacute; otra casilla libre.
+ </p>
+ <p>
+ Y as&iacute;, de una en otra, jug&aacute;ndose la vida en todas ellas,
+ convirti&oacute; el pe&oacute;n en reina, y gan&oacute; el juego el en&eacute;rgico
+ diputado provincial de Pernueces.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="VIImdash" id="VIImdash"></a>&mdash;VII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Estas y otras calidades distingu&iacute;an a Pepe Ronzal, a quien
+ Joaquinito Orgaz ten&iacute;a mucho miedo. Tal vez sab&iacute;a el de
+ Pernueces que Joaqu&iacute;n imitaba perfectamente sus disparates y manera
+ de decirlos. Adem&aacute;s, Ronzal aborrec&iacute;a a don &Aacute;lvaro
+ Mes&iacute;a y a cuantos le alababan y eran amigos suyos. Joaqu&iacute;n
+ era u&ntilde;a y carne del Marquesito&mdash;el hijo del marqu&eacute;s de
+ Vegallana&mdash;y este el amigo &iacute;ntimo de don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Buenas tardes, se&ntilde;ores&mdash;dijo Ronzal sent&aacute;ndose
+ en el corro.
+ </p>
+ <p>
+ Dej&oacute; los guantes sobre la mesa, pidi&oacute; caf&eacute; y se puso
+ a mirar de hito en hito a Joaqu&iacute;n, que hubiera querido hacerse
+ invisible.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De qui&eacute;n se murmura, pollo?&mdash;pregunt&oacute; el
+ diputado dando una palmada en el muslo no muy lucido del sietemesino.
+ </p>
+ <p>
+ Para piernas, Ronzal. En efecto, las estir&oacute; al lado de las del
+ joven para que pudiesen comparar aquellos se&ntilde;ores. Joaqu&iacute;n
+ contest&oacute;:&mdash;De nadie. Y encogi&oacute; los hombros.&mdash;No lo
+ creo. Estos madrile&ntilde;itos siempre tienen algo que decir de los
+ infelices provincianos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;As&iacute; es la verdad&mdash;dijo el ex-alcalde&mdash;. Su amigo
+ de usted el Provisor, era hoy la v&iacute;ctima.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal se puso serio.&mdash;&iexcl;Hola!&mdash;dijo&mdash;&iquest;tambi&eacute;n
+ <i>espifor</i>? (Esp&iacute;ritu fuerte en el franc&eacute;s de Trabuco.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se trataba&mdash;a&ntilde;adi&oacute; Foja&mdash;de las varas que
+ toma o no toma cierta dama, hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos
+ espirituales que su atribulada conciencia busca o no busca en la direcci&oacute;n
+ moral de don Ferm&iacute;n.... &iexcl;Je, je!...
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal no entend&iacute;a.&mdash;A ver, a ver; exijo que se hable claro.
+ </p>
+ <p>
+ Joaquinito mir&oacute; a su pap&aacute; como pidiendo auxilio.
+ </p>
+ <p>
+ El se&ntilde;or Orgaz se atrevi&oacute; a murmurar:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, eso de exigir...&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; exigir.
+ &iexcl;Y hago la cuesti&oacute;n personal!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;qu&eacute; es lo que usted exige?&mdash;pregunt&oacute;
+ el muchacho agotando su valor en este rasgo de energ&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la
+ cuesti&oacute;n personal.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; cuesti&oacute;n?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Esa! Joaquinito volvi&oacute; a encogerse de hombros, p&aacute;lido
+ como un muerto. Comprendi&oacute; que el tener raz&oacute;n era all&iacute;
+ lo de menos. A Ronzal ya le echaban chispas los ojos montaraces. Se hab&iacute;a
+ embrollado y esto era lo que m&aacute;s le irritaba siempre, perder el
+ discurso a lo mejor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, se&ntilde;or, esa cuesti&oacute;n; y quiero que
+ se hable claro!
+ </p>
+ <p>
+ Ni &eacute;l mismo sab&iacute;a lo que exig&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Foja se encarg&oacute; de poner las cosas claras.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El se&ntilde;or Ronzal quiere que se le explique si se piensa que
+ es &eacute;l quien pone las varas que esa se&ntilde;ora toma o deja de
+ tomar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Eso es!&mdash;dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero
+ que se sinti&oacute; halagado con la suposici&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Quiero saber&mdash;a&ntilde;adi&oacute;&mdash;si se piensa que yo
+ soy capaz de poner en tela de juicio la virtud de esa se&ntilde;ora tan
+ respetable....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;qu&eacute; se&ntilde;ora?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esa, don Joaquinito, esa; y de m&iacute; no se burla nadie.
+ </p>
+ <p>
+ La disputa se acalor&oacute;; tuvieron que intervenir los se&ntilde;ores
+ venerables del rinc&oacute;n obscuro; tan grave fue el incidente. Se
+ pusieron por unanimidad de parte del se&ntilde;or Ronzal, si bien reconoc&iacute;an
+ que se enfadaba demasiado. Le explicaron el caso, pues a&uacute;n no hab&iacute;a
+ dejado que le enterasen. No se trataba de Ronzal. Se hab&iacute;a dicho
+ all&iacute; con m&aacute;s o menos prudencia, que el se&ntilde;or
+ Magistral iba a ser en adelante el confesor de la se&ntilde;ora do&ntilde;a
+ Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y virtuos&iacute;sima
+ dama, huyendo de las asechanzas de un gal&aacute;n, que no era el se&ntilde;or
+ Ronzal....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es Mes&iacute;a&mdash;interrumpi&oacute; Joaqu&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues miente quien tal diga&mdash;grit&oacute; Trabuco muy
+ disgustado con la noticia&mdash;. Y ese se&ntilde;or don Juan Tenorio
+ puede llamar a otra puerta, que la Regenta es una fortaleza inexpugnable.
+ Y en cuanto al que trae tales cuentos a un establecimiento p&uacute;blico....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El Casino no es un establecimiento p&uacute;blico&mdash;interrumpi&oacute;
+ Foja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y se hablaba entre amigos, en confianza&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+ Orgaz, padre.&mdash;Y eso del don Juan Tenorio vaya usted a dec&iacute;rselo
+ a Mes&iacute;a&mdash;grit&oacute; Orgaz hijo desde la puerta, dispuesto a
+ echar a correr si la pulla pon&iacute;a fuera de s&iacute; al b&aacute;rbaro
+ de Pernueces.
+ </p>
+ <p>
+ No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movi&oacute;,
+ y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ni Mes&iacute;a ni San Mes&iacute;a me asustan a m&iacute;!
+ y yo lo que digo, lo digo cara a cara y a la faz del mundo, <i>surbicesorbi</i>
+ (a la ciudad y al mundo en el lat&iacute;n ronzalesco.) No parece sino que
+ don Alvarito se come los ni&ntilde;os crudos, y que todas las mujeres se
+ le...&mdash;y dijo una atrocidad que escandaliz&oacute; a los se&ntilde;ores
+ del rinc&oacute;n obscuro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Silencio!&mdash;se atrevi&oacute; a decir bajando la voz
+ Joaquinito, sin dejar la puerta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo silencio? A m&iacute; nadie... &iexcl;caballerito!
+ </p>
+ <p>
+ Se oy&oacute; una carcajada sonora, retumbante, que hel&oacute; la sangre
+ del fogoso Ronzal. No cab&iacute;a duda, era la carcajada de Mes&iacute;a.
+ Estaba hablando con los se&ntilde;ores del domin&oacute; en la sala
+ contigua. Le acompa&ntilde;aban Paco Vegallana y don Frutos Redondo.
+ Llegaron a donde estaba Ronzal. Este hab&iacute;a vuelto a sentarse y se
+ quejaba de que se le hab&iacute;a enfriado el caf&eacute;, que tomaba a
+ peque&ntilde;os sorbos. Hab&iacute;a hecho una se&ntilde;a a los del
+ corro. Quer&iacute;a decir que callaba por pura discreci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a era m&aacute;s alto que Ronzal y mucho m&aacute;s
+ esbelto. Se vest&iacute;a en Par&iacute;s y sol&iacute;a ir &eacute;l
+ mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la ropa a Madrid; por cada
+ traje le ped&iacute;an el valor de tres y nunca le sentaban bien las
+ levitas. Siempre iba a la pen&uacute;ltima moda. Mes&iacute;a iba muchas
+ veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no ten&iacute;a el
+ acento del pa&iacute;s. Ronzal parec&iacute;a gallego cuando quer&iacute;a
+ pronunciar en perfecto castellano. Mes&iacute;a hablaba en franc&eacute;s,
+ en italiano y un poco en ingl&eacute;s. El diputado por Pernueces ten&iacute;a
+ soberana envidia al Presidente del Casino.
+ </p>
+ <p>
+ Ning&uacute;n vetustense le parec&iacute;a superior al hijo de su madre ni
+ por el valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por
+ el prestigio pol&iacute;tico, si se exceptuaba a don &Aacute;lvaro.
+ Trabuco ten&iacute;a que confesarse inferior a este que era su bello
+ ideal. Ante su fantas&iacute;a el Presidente del Casino era todo un hombre
+ de novela y hasta de poema. Cre&iacute;ale m&aacute;s valiente que el Cid,
+ m&aacute;s diestro en las armas que el Zuavo, su figura le parec&iacute;a
+ un figur&iacute;n intachable, aquella ropa el eterno modelo de la ropa; y
+ en cuanto a la fama que don &Aacute;lvaro gozaba de audaz e irresistible
+ conquistador, reput&aacute;bala aut&eacute;ntica y el m&aacute;s
+ envidiable patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse
+ en este p&iacute;caro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores
+ maliciosos que corr&iacute;an acerca del origen de la regular fortuna que
+ se atribu&iacute;a al Presidente, &eacute;l, Ronzal, no cre&iacute;a que
+ ni un solo c&eacute;ntimo hubiese adquirido de mala fe.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal era reaccionario dentro de la dinast&iacute;a y Mes&iacute;a, din&aacute;stico
+ tambi&eacute;n, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que
+ acataba las Instituciones. En todas partes le ve&iacute;a enfrente, pero
+ vencedor. Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisi&oacute;n
+ permanente, y sin embargo, entraba don &Aacute;lvaro en la Diputaci&oacute;n,
+ y &eacute;l quedaba en la sombra; no era Mes&iacute;a de la casa, ten&iacute;a
+ all&iacute; una exigua minor&iacute;a, y desde el portero al Presidente
+ todos se le quitaban el sombrero, y don &Aacute;lvaro para aqu&iacute;, y
+ don &Aacute;lvaro para all&aacute;; y no hab&iacute;a alcalde de don
+ &Aacute;lvaro que no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mes&iacute;a
+ que no estuviera enfermo de muerte, ni en fin, expediente que &eacute;l
+ moviese que no volara.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el
+ p&uacute;blico fijaba la atenci&oacute;n en el escenario, un espectador,
+ Ronzal, desde la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mes&iacute;a,
+ aquel <i>gallo</i> rubio, p&aacute;lido, de ojos pardos, fr&iacute;os casi
+ siempre, pero candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera,
+ aquel <i>plast&oacute;n</i> (como dec&iacute;a Ronzal) inimitable, de un
+ brillo que no sab&iacute;an sacar en Vetusta, que no ven&iacute;a en las
+ camisas de Madrid, atra&iacute;a los ojos del diputado provincial como la
+ luz a las mariposas. Atribu&iacute;a supersticiosamente al <i>plast&oacute;n</i>
+ gran parte en las victorias de amor de su enemigo.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l, Ronzal, tambi&eacute;n luc&iacute;a mucho la pechera, pero
+ insensiblemente tend&iacute;a al chaleco cerrado y a la corbata
+ acartonada. Volv&iacute;a a ver la pechera del otro, y volv&iacute;a
+ &eacute;l a los chalecos abiertos. Miraba a Mes&iacute;a Ronzal, y si
+ aplaud&iacute;a su modelo aborrecido aplaud&iacute;a &eacute;l, pero
+ pausadamente y sin ruido, como el otro. Pon&iacute;a los codos en el
+ antepecho del palco y cruzaba las manos, y se volv&iacute;a para hablar
+ con sus amigos aquel don &Aacute;lvaro de una manera singular que Trabuco
+ no supo imitar en su vida. Si Mes&iacute;a paseaba los gemelos por los
+ palcos y las butacas, segu&iacute;a Ronzal el movimiento de aquellos que
+ se le antojaban dos ca&ntilde;ones cargados de mort&iacute;fera metralla:
+ &iexcl;infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino de corazones! Se&ntilde;ora
+ o se&ntilde;orita ya la ten&iacute;a Ronzal por muerta de amor o
+ deshonrada cuando menos.
+ </p>
+ <p>
+ Mejor que todos conoc&iacute;a las v&iacute;ctimas que el don Juan de
+ Vetusta iba haciendo, le espiaba, segu&iacute;a, como sus miradas, sus
+ pasos, interpretaba sus sonrisas, y m&aacute;s de una vez (antes morir que
+ confesarlo), m&aacute;s de una vez esper&oacute; el tiempo que sol&iacute;a
+ tardar el otro en cansarse de una dama para procurar cogerla en las torpes
+ y groseras redes de la seducci&oacute;n ronzalesca.
+ </p>
+ <p>
+ En tales ocasiones sol&iacute;a encontrarse con que aquellos platos de
+ segunda mesa se los com&iacute;a Paco Vegallana, el Marquesito.
+ </p>
+ <p>
+ Todo esto sab&iacute;a Trabuco, pero no lo dec&iacute;a a nadie.
+ </p>
+ <p>
+ Negaba las conquistas de Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya est&aacute; viejo&mdash;sol&iacute;a decir&mdash;; no digo que
+ all&aacute; en sus verdores, cuando las costumbres estaban perdidas,
+ gracias a la gloriosa... no digo que entonces no haya tenido alguna
+ aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el actual momento hist&oacute;rico&mdash;el
+ de Pernueces se crec&iacute;a hablando de esto&mdash;la moralidad de
+ nuestras familias es el mejor escudo.
+ </p>
+ <p>
+ Estas conversaciones se repet&iacute;an todos los d&iacute;as; el objeto
+ de la murmuraci&oacute;n variaba poco, los comentarios menos y las frases
+ de efecto nada. Casi pod&iacute;a anunciarse lo que cada cual iba a decir
+ y cu&aacute;ndo lo dir&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro not&oacute; que su presencia hab&iacute;a hecho cesar
+ alguna conversaci&oacute;n. Estaba acostumbrado a ello. Sab&iacute;a el
+ odio que le consagraba el de Pernueces y la admiraci&oacute;n de que este
+ odio iba acompa&ntilde;ada. Le divert&iacute;a y le conven&iacute;a la
+ inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de que era Mes&iacute;a
+ el h&eacute;roe; y aquella leyenda era muy &uacute;til, para muchas cosas.
+ Tambi&eacute;n hab&iacute;a conocido la imitaci&oacute;n grotesca del
+ Estudiante&mdash;&eacute;l le llamaba as&iacute; todav&iacute;a&mdash;y se
+ complac&iacute;a en observarle como si se mirase en un espejo de <i>la
+ Rigolade</i>. No le quer&iacute;a mal. Le hubiera hecho un favor, siendo
+ cosa f&aacute;cil. Algunos le hab&iacute;a hecho tal vez, sin que el otro
+ lo supiera.
+ </p>
+ <p>
+ Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvi&oacute; a hablar de mujeres
+ casadas.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal, como otros d&iacute;as, defend&iacute;a en tesis general la
+ moralidad presente, debida a la restauraci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...&mdash;dijo
+ el alcalde, con su malicia de siempre.
+ </p>
+ <p>
+ Sonri&oacute; un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ni yo ni nadie; cr&eacute;anme ustedes. En Vetusta la vida no tiene
+ incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las
+ ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero catedral,
+ hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, el Magistral... no me venga usted a m&iacute; con
+ cuentos.... Si yo hablara.... Adem&aacute;s, todos ustedes saben....
+ </p>
+ <p>
+ El que empleaba estas reticencias era Foja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El se&ntilde;or Magistral&mdash;dijo Mes&iacute;a, hablando por
+ primera vez al corro&mdash;no es un m&iacute;stico que digamos, pero no
+ creo que sea solicitante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; significa eso?&mdash;pregunt&oacute; Joaquinito
+ Orgaz.
+ </p>
+ <p>
+ Se lo explic&oacute; Foja. Se discuti&oacute; si el Magistral lo era.
+ Dijeron que no Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mes&iacute;a y otros
+ cuatro; que s&iacute; Foja, Joaquinito y otros dos.
+ </p>
+ <p>
+ Ganada la votaci&oacute;n, para contentar a la minor&iacute;a, el
+ presidente del Casino declar&oacute; imparcialmente que &laquo;el
+ verdadero pecado del Provisor era la simon&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Marquesito, licenciado en derecho civil y can&oacute;nico se hizo
+ explicar la palabreja.
+ </p>
+ <p>
+ Seg&uacute;n don &Aacute;lvaro, la ambici&oacute;n y la avaricia eran los
+ pecados capitales del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo dem&aacute;s
+ era un sabio; acaso el &uacute;nico sabio de Vetusta; un orador
+ incomparablemente mejor que el Obispo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No es un santo&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a&mdash;pero no se puede
+ creer nada de lo que se dice de do&ntilde;a Obdulia y &eacute;l, ni lo de
+ &eacute;l y Visitaci&oacute;n; y en cuanto a sus relaciones con los P&aacute;ez,
+ yo que soy amigo de coraz&oacute;n de don Manuel, y conozco a su hija
+ desde que era as&iacute;&mdash;media vara&mdash;protesto contra todas esas
+ calumniosas especies.
+ </p>
+ <p>
+ (Ronzal apunt&oacute; la palabra: &eacute;l cre&iacute;a que se dec&iacute;a
+ especias.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; especies?&mdash;pregunt&oacute; el Marquesito,
+ que para eso estaba all&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;No lo sabes? Pues dicen que Olvidito est&aacute; supeditada
+ a la voluntad de don Ferm&iacute;n; que no se casa ni se casar&aacute;
+ porque &eacute;l quiere hacerla monja, y que don Manuel autoriza esto,
+ y....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y yo juro que es verdad, se&ntilde;or don &Aacute;lvaro&mdash;grit&oacute;
+ Foja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero cree usted, tambi&eacute;n que el Magistral haga el
+ amor a la ni&ntilde;a?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es lo que yo no s&eacute;.&mdash;Ni lo otro&mdash;dijo Ronzal.
+ Mes&iacute;a le mir&oacute; aprobando sus palabras con una inclinaci&oacute;n
+ de cabeza y una afable sonrisa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores&mdash;a&ntilde;adi&oacute; Trabuco, anim&aacute;ndose&mdash;esto
+ es escandaloso. Aqu&iacute; todo se convierte en pol&iacute;tica. El se&ntilde;or
+ Magistral es una persona muy digna por todos conceptos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;D&iacute;jolo Blas.&mdash;&iexcl;Lo digo yo!&mdash;Como si lo
+ dijera el gato. Hubo una pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.
+ </p>
+ <p>
+ Aquello de gato ped&iacute;a sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sab&iacute;a
+ c&oacute;mo contestar al liberalote.
+ </p>
+ <p>
+ Por &uacute;ltimo dijo:&mdash;Es usted un grosero. Foja, que sab&iacute;a
+ insultar, pero tambi&eacute;n perdonaba los insultos, no se tuvo por
+ ofendido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo lo que digo lo pruebo&mdash;replic&oacute;&mdash;; el Magistral
+ es el azote de la provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un pu&ntilde;o
+ al clero; se ha hecho millonario en cinco o seis a&ntilde;os que lleva de
+ Provisor; la curia de Palacio no es una curia eclesi&aacute;stica sino una
+ sucursal de los Montes de Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y
+ de la Junta de las Paulinas tampoco; y de las ni&ntilde;as del
+ Catecismo... chit&oacute;n, porque m&aacute;s vale no hablar; y de la
+ Corte de Mar&iacute;a... pasemos a otro asunto. En fin, que no hay por d&oacute;nde
+ cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el d&iacute;a que haya en
+ Espa&ntilde;a un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre saldr&aacute;
+ de aqu&iacute; con la sotana entre piernas. He dicho.
+ </p>
+ <p>
+ El ex-alcalde entend&iacute;a as&iacute; la libertad; o se persegu&iacute;a
+ o no se persegu&iacute;a al clero. Esta persecuci&oacute;n y la libertad
+ de comercio era lo esencial. La libertad de comercio para &eacute;l se
+ reduc&iacute;a a la libertad del inter&eacute;s. Todav&iacute;a era m&aacute;s
+ usurero que cler&oacute;fobo.
+ </p>
+ <p>
+ Aunque maldiciente, no sol&iacute;a atreverse a insultar a los curas de
+ tan desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;C&oacute;mo aquel socarr&oacute;n, marrullero, siempre alerta, se
+ hab&iacute;a dejado llevar de aquel arrebato? No hab&iacute;a tal cosa.
+ Estaba muy sereno. Bien sab&iacute;a su papel. Su prop&oacute;sito era
+ agradar a don &Aacute;lvaro, por causas que &eacute;l conoc&iacute;a; y
+ aunque el presidente del Casino fingiera defender al can&oacute;nigo, a
+ Foja le constaba que no le quer&iacute;a bien ni mucho menos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Foja&mdash;respondi&oacute; Mes&iacute;a, seguro de
+ que todos esperaban que &eacute;l hablase&mdash;hay cuando menos notable
+ exageraci&oacute;n en todo lo que usted ha dicho.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;<i>Vox populi</i>...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El pueblo es un majadero&mdash;grit&oacute; Ronzal&mdash;. El
+ pueblo crucific&oacute; a Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo, el pueblo dio
+ la cicuta a Hip&oacute;crates.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A S&oacute;crates&mdash;corrigi&oacute; Orgaz, hijo, veng&aacute;ndose
+ bajo el seguro de la presencia de don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El pueblo&mdash;continu&oacute; el otro sin hacer caso&mdash;mat&oacute;
+ a Luis diez y seis....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Adi&oacute;s! ya se desat&oacute;&mdash;interrumpi&oacute;
+ Foja.
+ </p>
+ <p>
+ Y cogiendo el sombrero a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Abur, se&ntilde;ores; donde hablan los sabios sobramos los
+ ignorantes.
+ </p>
+ <p>
+ Y se aproxim&oacute; a la puerta.&mdash;Hombre, a prop&oacute;sito de
+ sabios&mdash;dijo don Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no
+ hab&iacute;a hablado&mdash;. Tengo pendiente una apuesta con usted, se&ntilde;or
+ Ronzal... ya recordar&aacute; usted... aquella palabreja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Cu&aacute;l?&mdash;Avena. Usted dec&iacute;a que se escribe
+ con <i>h</i>...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuesti&oacute;n personal.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no; a m&iacute; no me venga usted con circunloquios; usted hab&iacute;a
+ apostado unos callos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Van apostados.&mdash;Pues bueno &iexcl;ajaj&aacute;! Que traigan el
+ Calepino, ese que hay en la biblioteca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas
+ consultas eran frecuentes.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;B&uacute;squelo usted primero con <i>h</i>&mdash;dijo Ronzal con
+ voz de trueno a Joaquinito, que hab&iacute;a tomado a su cargo, con
+ deleite, la tarea de aplastar al de Pernueces.
+ </p>
+ <p>
+ Don Frutos se ba&ntilde;aba en agua de rosa. Un mill&oacute;n, de los
+ muchos que ten&iacute;a, hubiera dado &eacute;l por una victoria as&iacute;.
+ Ahora ver&iacute;an qui&eacute;n era m&aacute;s bruto. Gui&ntilde;aba los
+ ojos a todos, re&iacute;a satisfecho, frotaba las manos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; callada! &iexcl;qu&eacute; callada!
+ </p>
+ <p>
+ Orgaz, solemnemente, busc&oacute; avena con <i>h</i>. No pareci&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ser&aacute; que la busca usted con <i>b</i>; b&uacute;squela usted
+ con <i>v</i> de coraz&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada, se&ntilde;or Ronzal, no parece.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ahora b&uacute;squela usted sin <i>h</i>&mdash;exclam&oacute; don
+ Frutos, ya muy serio, queriendo tomar un continente digno en el momento de
+ la victoria.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal estaba como un tomate. Mir&oacute; a Mes&iacute;a, que fingi&oacute;
+ estar distra&iacute;do.
+ </p>
+ <p>
+ Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie en
+ medio de la sala y cogi&oacute; bruscamente el diccionario de manos de
+ Orgaz, que crey&oacute; que iba a arroj&aacute;rselo a la cabeza. No; lo
+ lanz&oacute; sobre un div&aacute;n y gritando dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro,
+ bajo palabra de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con
+ <i>h</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal a&ntilde;adi&oacute; sin darle
+ tiempo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El que lo niegue me arroja un ment&iacute;s, duda de mi honor, me
+ tira a la cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposici&oacute;n;
+ ya se sabe c&oacute;mo se arreglan estas cosas.
+ </p>
+ <p>
+ Don Frutos abri&oacute; la boca. Foja, desde la puerta, se atrevi&oacute;
+ a decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Ronzal, no creo que el se&ntilde;or Redondo, ni nadie,
+ se atreva a dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en
+ que lleva <i>h</i> la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qu&eacute;
+ diccionario ser&aacute; ese.... Debe de ser el diccionario de
+ Autoridades....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; se&ntilde;or; es el diccionario del Gobierno....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues ese es el que manda; y usted tiene raz&oacute;n y don Frutos
+ confunde la avena con la Habana, donde hizo su fortuna....
+ </p>
+ <p>
+ Don Frutos se dio por satisfecho. Hab&iacute;a comprendido el chiste de la
+ avena que se hab&iacute;a de comer el otro y fingi&oacute; creerse
+ vencido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores&mdash;dijo&mdash;corriente, no se hable m&aacute;s
+ de esto; yo pago la callada.
+ </p>
+ <p>
+ Casi siempre pasaba &eacute;l all&iacute; por el m&aacute;s ignorante, y
+ el ver a Ronzal objeto de burla general, le puso muy contento.
+ </p>
+ <p>
+ Se qued&oacute; en que aquella noche cenar&iacute;an todos los del corro a
+ costa de don Frutos. &iexcl;Raro desprendimiento en aquel coraz&oacute;n
+ amante de la econom&iacute;a! Ronzal crey&oacute; que una vez m&aacute;s
+ se hab&iacute;a impuesto a fuerza de energ&iacute;a; &iexcl;y ahora
+ delante de don &Aacute;lvaro! Acept&oacute; la cena y el papel de
+ vencedor; por m&aacute;s que estaba seguro de que en su casa no hab&iacute;a
+ diccionario. Pero ya que Foja lo dec&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a cesado la lluvia. Se disolvi&oacute; la reuni&oacute;n,
+ despidi&eacute;ndose hasta la noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre,
+ los ordinarios trasnochadores.
+ </p>
+ <p>
+ La cena ser&iacute;a a &uacute;ltima hora. Mes&iacute;a ofreci&oacute;
+ asistir a pesar de sus muchas ocupaciones.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Cu&aacute;nto envidi&oacute; esta frase Ronzal! Comprendi&oacute;
+ que todos hab&iacute;an interpretado lo mismo que &eacute;l aquellas
+ &laquo;ocupaciones&raquo;. Eran &iexcl;ay! cita de amor. &laquo;&iexcl;Tal
+ vez con la Regenta!&raquo; pens&oacute; el de Pernueces; y se prometi&oacute;
+ espiarlos.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a, Paco Vegallana y Joaqu&iacute;n Orgaz
+ salieron juntos. El Marquesito comprendi&oacute; que a don &Aacute;lvaro
+ le estorbaba Orgaz.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye, Joaqu&iacute;n, ahora que me acuerdo &iquest;no sabes lo que
+ pasa?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;T&uacute; dir&aacute;s.&mdash;Que tienes un rival temible.&mdash;&iquest;En
+ qu&eacute;... plaza?&mdash;Tienes raz&oacute;n, olvidaba tus muchas
+ empresas.... Se trata de Obdulia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hola, hola&mdash;dijo Mes&iacute;a, sonriendo de pura l&aacute;stima&mdash;;
+ &iquest;con que tiene usted en asedio a la viudita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;&mdash;dijo Paco&mdash;es... el Gran Cerco de Viena.
+ </p>
+ <p>
+ Joaqu&iacute;n, a pesar de lo flamenco, se turb&oacute;, entre avergonzado
+ y hueco. Sab&iacute;a positivamente que don &Aacute;lvaro hab&iacute;a
+ sido amante de Obdulia, porque ella se lo hab&iacute;a confesado. &laquo;&iexcl;El
+ &uacute;nico!&raquo; seg&uacute;n la dama. Pero Orgaz sospechaba que hab&iacute;a
+ heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que no.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues tu rival es don Saturnino Berm&uacute;dez, el descendiente de
+ cien reyes, ya sabes, mi primo, seg&uacute;n &eacute;l.... Ayer creo que
+ hubo un esc&aacute;ndalo en la catedral, que el <i>Palomo</i> tuvo que
+ echarlos poco menos que a escobazos: &iquest;qu&eacute; cre&iacute;as t&uacute;,
+ que Obdulia s&oacute;lo ten&iacute;a citas en las carboneras? Pues tambi&eacute;n
+ en los palacios y en los templos...
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;"><i>Pauperum tabernas, regumque turres.</i></span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Joaquinito, fingiendo mal buen humor, pregunt&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero t&uacute; &iquest;c&oacute;mo sabes todo eso?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es muy sencillo. La se&ntilde;ora de Infanz&oacute;n... ya sabe
+ este qui&eacute;n es.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;&mdash;dijo Mes&iacute;a&mdash;la de Palomares....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompa&ntilde;&oacute; el
+ arque&oacute;logo, y en la capilla de las reliquias, en los s&oacute;tanos,
+ en la b&oacute;veda, en todas partes creo que se daban unos...
+ apretones.... La Infanz&oacute;n se lo cont&oacute; a mam&aacute; que se
+ mor&iacute;a de risa; la lugare&ntilde;a estaba furiosa.... Hoy mi madre,
+ para divertirse&mdash;ya sabes lo que a la pobre le gustan estas cosas&mdash;quer&iacute;a
+ ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qu&eacute; cara pon&iacute;an,
+ aludiendo mam&aacute; a lo de ayer. La llam&oacute;, pero Obdulia se
+ disculp&oacute; diciendo que esta tarde ten&iacute;a que pasarla en casa
+ de Visitaci&oacute;n para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes,
+ la de la tertulia de la otra....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;.&mdash;Con que all&iacute; las tienes, con
+ los brazos al aire... y... ya sabes... en fin, que est&aacute; el horno
+ para pasteles.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En honor de la verdad&mdash;observ&oacute; Mes&iacute;a&mdash;la
+ viuda est&aacute; apetitosa en tales circunstancias. Yo la he visto en
+ casa de este, con su gran mandil blanco, su falda bajera ce&ntilde;ida al
+ cuerpo, la pantorrilla un poco al aire y los brazos <i>un</i> todo al
+ fresco... colorada, excitadota....
+ </p>
+ <p>
+ El flamenco trag&oacute; saliva.&mdash;Es la mujer X&mdash;dijo sin poder
+ contenerse&mdash;. &iquest;Y &eacute;l?&mdash;a&ntilde;adi&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n?&mdash;El sabihondo ese...&mdash;&iexcl;Ah!
+ &iquest;don Saturnino? Pues tampoco fue a casa. Contest&oacute; muy fino
+ en una esquela perfumada, como todas las suyas, que parecen de <i>cocotte</i>
+ de sacrist&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; contest&oacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que estaba en cama y que hiciera mam&aacute; el favor de mandarle
+ la receta de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Berm&uacute;dez
+ ser&iacute;a feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas
+ irregularidades de las v&iacute;as digestivas. Joaqu&iacute;n sigui&oacute;
+ algunos minutos hablando de aquellas bromas y se despidi&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pobre diablo!&mdash;dijo Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su
+ amigo de vez en cuando. Don &Aacute;lvaro iba pensativo. Aquel silencio
+ era de esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos
+ &iacute;ntimos.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata como
+ a un camarada respetable y de m&aacute;s seso. Pero adem&aacute;s Paco ve&iacute;a
+ en su Mes&iacute;a un h&eacute;roe. Ni el ser heredero del t&iacute;tulo m&aacute;s
+ envidiable de Vetusta, ni su buena figura, ni su partido con las mujeres,
+ envanec&iacute;an a Paco tanto como su intimidad con don &Aacute;lvaro.
+ Cuarenta a&ntilde;os y alguno m&aacute;s contaba el presidente del Casino,
+ de veinticinco a veintis&eacute;is el futuro Marqu&eacute;s y a pesar de
+ esta diferencia en la edad congeniaban, ten&iacute;an los mismos gustos,
+ las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en ideas y gustos a su
+ &iacute;dolo. No le imitaba en el vestir, ni en las maneras, porque
+ discretamente, al notar algunos conatos de ello, don &Aacute;lvaro le hab&iacute;a
+ hecho comprender que tales imitaciones eran rid&iacute;culas y cursis.
+ Burl&aacute;ndose de Trabuco hab&iacute;a apartado a Paco, que ten&iacute;a
+ instintos de verdadero elegante, de tales prop&oacute;sitos. Y as&iacute;
+ era el Marquesito original, vest&iacute;a a la moda, seg&uacute;n la
+ entend&iacute;a su sastre de Madrid, que le tomaba en serio, que le
+ cuidaba, como a parroquiano inteligente y de m&eacute;rito. No exageraba
+ ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy holgada, ni se exced&iacute;a
+ en los picos de los cuellos, ni en las alas de los sombreros.
+ </p>
+ <p>
+ Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier figur&iacute;n.
+ No cre&iacute;a en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas compraba en
+ su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefer&iacute;a los
+ sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La esencia
+ del vestir bien estaba en la pulcritud y la correcci&oacute;n, y el
+ peligro en la exageraci&oacute;n adocenada. Era blanco, sonrosado, pero
+ sin rastro de afeminamiento, porque ten&iacute;a hermosa piel, buena
+ sangre, mucha salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes
+ inclusive, la mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre
+ suele perder todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas
+ verdaderas y de ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desd&eacute;n
+ a las queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta
+ cari&ntilde;o a las que le costaban su dinero. Su literatura se hab&iacute;a
+ reducido a la <i>Historia de la prostituci&oacute;n</i> por Dufour, a <i>La
+ Dama de las Camelias</i> y sus derivados, con m&aacute;s algunos paneg&iacute;ricos
+ novelescos de la mujer ca&iacute;da. Cre&iacute;a en el buen coraz&oacute;n
+ de las que llamaba Berm&uacute;dez meretrices y en la corrupci&oacute;n
+ absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no ven&iacute;a
+ otra irrupci&oacute;n de B&aacute;rbaros, el mundo se pudrir&iacute;a de
+ un d&iacute;a a otro. Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas
+ aventuras. &Eacute;l estaba destinado a cierta heredera tan escu&aacute;lida
+ como virtuosa, y hab&iacute;a puesto por condici&oacute;n, para
+ comprometer su mano, que le dejaran muchos a&ntilde;os de libertad en la
+ que se preparar&iacute;a a ser un buen marido.
+ </p>
+ <p>
+ La duda que le atormentaba y consultaba con Mes&iacute;a era esta:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis
+ brazos hecha una vieja? &iquest;Debo preferir tomarla vieja y ser libre m&aacute;s
+ tiempo para disfrutar de otras lozan&iacute;as?
+ </p>
+ <p>
+ No pensaba &eacute;l, por supuesto, abstenerse del amor ad&uacute;ltero en
+ cas&aacute;ndose: pero &iquest;y la comodidad? &iquest;y el andar a salto
+ de mata, ocult&aacute;ndose como un criminal?
+ </p>
+ <p>
+ Prefer&iacute;a seguir prepar&aacute;ndose para ser un buen esposo.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de Mes&iacute;a, pocos seductores hab&iacute;a tan
+ afortunados como el Marquesito. La vanidad sol&iacute;a ayudarle en sus
+ conquistas; no pocas mujeres se rend&iacute;an al futuro marqu&eacute;s de
+ Vegallana; pero otras veces, y esto era lo que &eacute;l prefer&iacute;a,
+ venc&iacute;an sus ojos azules, suaves y amorosos, su manera de entender
+ los placeres.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Para gozar&mdash;dec&iacute;a&mdash;las de treinta a cuarenta. Son
+ las que saben m&aacute;s y mejor, y quieren a uno por sus prendas
+ personales.
+ </p>
+ <p>
+ Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas,
+ Mes&iacute;a m&aacute;s de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas
+ usados. Y Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto
+ le admiraba.
+ </p>
+ <p>
+ Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parec&iacute;a
+ bajo, porque Mes&iacute;a era m&aacute;s alto que el buen mozo de
+ Pernueces.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A d&oacute;nde vamos?&mdash;pregunt&oacute; Vegallana,
+ queriendo provocar as&iacute; la confidencia que esperaba.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro se encogi&oacute; de hombros.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Puede ser que est&eacute; ella en mi casa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n?&mdash;Anita. &iexcl;Bah! Don &Aacute;lvaro
+ sonri&oacute;, mirando con cari&ntilde;o paternal a Paco.
+ </p>
+ <p>
+ Le cogi&oacute; por los hombros y le atrajo hacia s&iacute;, mientras dec&iacute;a:
+ &mdash;Muchacho, &iexcl;t&uacute; eres <i>l'enfant terrible</i>! &iexcl;Qu&eacute;
+ ingenuidad! Pero &iquest;qui&eacute;n te ha dicho a ti?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no
+ haber sido indiscreto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y ella?&mdash;Ella... no estoy seguro de que sepa que me
+ gusta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bah! Estoy seguro yo.... Y m&aacute;s; estoy seguro de que
+ le gustas t&uacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Una mano de Mes&iacute;a tembl&oacute; ligeramente sobre el hombro de
+ Vegallana.
+ </p>
+ <p>
+ El Marquesito lo sinti&oacute;, y vio en el rostro de su amigo grandes
+ esfuerzos por ocultar alegr&iacute;a. Los ojos fr&iacute;os del <i>dandy</i>
+ se animaron. Chup&oacute; el cigarro y arroj&oacute; el humo para ocultar
+ con &eacute;l la expresi&oacute;n de sus emociones.
+ </p>
+ <p>
+ Anduvieron algunos pasos en silencio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; has visto t&uacute;... en ella?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hola, hola! Parece que pica.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya lo creo! &iquest;Y d&oacute;nde creer&aacute;s que pica?
+ </p>
+ <p>
+ Vegallana se volvi&oacute; para mirar a Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Este se&ntilde;al&oacute; el coraz&oacute;n con adem&aacute;n joco-serio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Puf!&mdash;hizo con los labios Paco.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Lo dudas?&mdash;Lo niego.&mdash;No seas tonto. &iquest;T&uacute;
+ no crees en la posibilidad de enamorarse?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo me enamoro muy f&aacute;cilmente....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No es eso.&mdash;&iquest;Y te pones colorado?&mdash;S&iacute;; me
+ da verg&uuml;enza, &iquest;qu&eacute; quieres? Esto debe de ser la vejez.&mdash;Pero,
+ vamos a ver, &iquest;qu&eacute; sientes?
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a explic&oacute; a Paco lo que sent&iacute;a. Le enga&ntilde;&oacute;
+ como enga&ntilde;aba a ciertas mujeres que ten&iacute;an educaci&oacute;n
+ y sentimientos semejantes a los del Marquesito. La fantas&iacute;a de
+ Paco, sus costumbres, la especial perversi&oacute;n de su sentido moral le
+ hac&iacute;an afeminado en el alma en el sentido de parecerse a tantas y
+ tantas se&ntilde;oras y se&ntilde;oritas, sin malos humores, ociosas, de
+ buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del vicio f&aacute;cil
+ y corriente.
+ </p>
+ <p>
+ Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba
+ por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para
+ damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa que
+ la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin pensar
+ claramente, esperaba todav&iacute;a un amor puro, un amor grande, como el
+ de los libros y las comedias; comprend&iacute;a que era rid&iacute;culo
+ buscarlo y se declaraba esc&eacute;ptico en esta materia; pero all&aacute;
+ adentro, en regiones de su esp&iacute;ritu en que &eacute;l entraba rara
+ vez, ve&iacute;a vagamente <i>algo mejor</i> que el ordinario galanteo,
+ algo m&aacute;s serio que los apetitos carnales satisfechos y la vanidad
+ contenta. Necesitaba para que todo eso saliera a la superficie, para darse
+ cuenta de ello, que fantas&iacute;a m&aacute;s poderosa que la suya
+ provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de Mes&iacute;a,
+ insinuante, corrosiva, era el incentivo m&aacute;s a prop&oacute;sito. En
+ un cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don &Aacute;lvaro
+ hizo sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosim&eacute;trico,
+ que era la m&aacute;s alta idealidad a que llegaba el esp&iacute;ritu del
+ Marquesito.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada,
+ es verdad; pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas
+ no se para en barras. En Par&iacute;s, y hasta en Madrid, se ama a las se&ntilde;oras
+ casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro y
+ el ordinario&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Importaba mucho al jefe del partido liberal din&aacute;stico de Vetusta
+ que Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si
+ se convenc&iacute;a de la pureza y fuerza de esta pasi&oacute;n, le ayudar&iacute;a
+ no poco. La amistad entre los Vegallana y la Regenta era &iacute;ntima.
+ Paco jam&aacute;s hab&iacute;a dicho una palabra de amor a su amiga Anita,
+ y esta le estimaba mucho; lo poco expansiva que era ella con Paco lo hab&iacute;a
+ sido mejor que con otros; en la casa del Marqu&eacute;s, adem&aacute;s, se
+ la pod&iacute;a ver a menudo; en otras casas pocas veces. Si Mes&iacute;a
+ quer&iacute;a conseguir algo, no era posible prescindir de Paquito.
+ Supongamos que Ana consent&iacute;a en hablar con don &Aacute;lvaro a
+ solas, &iquest;d&oacute;nde pod&iacute;a ser? &iquest;En casa del Regente?
+ Imposible, pensaba el seductor; esto ya ser&iacute;a una traici&oacute;n
+ formal, de las que asustan m&aacute;s a las mujeres; semejantes enredos no
+ pod&iacute;a admitirlos la Regenta: por lo menos al principio. La casa de
+ Paco era un terreno neutral; el lugar m&aacute;s a prop&oacute;sito para
+ comenzar en regla un asedio y esperar los acontecimientos. Don &Aacute;lvaro
+ lo sab&iacute;a por larga experiencia. En casa de Vegallana hab&iacute;a
+ ganado sus m&aacute;s heroicas victorias de amor. Su orgullo le aconsejaba
+ que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepci&oacute;n que a todo
+ Vetusta le parecer&iacute;a indispensable.
+ </p>
+ <p>
+ Por lo mismo, quer&iacute;a &eacute;l vencer all&iacute; para que vieran.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a de ser en el sal&oacute;n amarillo, en el c&eacute;lebre sal&oacute;n
+ amarillo. &iquest;Qu&eacute; sab&iacute;a Vetusta de estas cosas? Tan
+ mujer era la Regenta como las dem&aacute;s; &iquest;por qu&eacute; se empe&ntilde;aban
+ todos en imaginarla invulnerable? &iquest;Qu&eacute; blindaje llevaba en
+ el coraz&oacute;n? &iquest;Con qu&eacute; unto singular, milagroso, hac&iacute;a
+ incombustible la carne flaca aquella hembra? Mes&iacute;a no cre&iacute;a
+ en la virtud absoluta de la mujer; en esto pensaba que consist&iacute;a la
+ superioridad que todos le reconoc&iacute;an. Un hombre hermoso, como
+ &eacute;l lo era sin duda, con tales ideas ten&iacute;a que ser
+ irresistible.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Creo en m&iacute; y no creo en ellas&raquo;. Esta era su divisa.
+ </p>
+ <p>
+ Para lo que serv&iacute;a aquel supersticioso respeto que inspiraba a
+ Vetusta la virtud de la Regenta era, bien lo conoc&iacute;a &eacute;l,
+ para aguijonearle el deseo, para hacerle empe&ntilde;arse m&aacute;s y m&aacute;s,
+ para que fuese poco menos que verdad aquello del enamoramiento que le
+ estaba contando a su amiguito.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&Eacute;l era, ante todo, un hombre pol&iacute;tico; un hombre pol&iacute;tico
+ que aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal&raquo;.
+ Este era su dogma hac&iacute;a m&aacute;s de seis a&ntilde;os. Antes
+ conquistaba por conquistar. Ahora con su cuenta y raz&oacute;n; por algo y
+ para algo. Precisamente ten&iacute;a entre manos un vast&iacute;simo plan
+ en que entraba por mucho la se&ntilde;ora de un personaje pol&iacute;tico
+ que hab&iacute;a conocido en los ba&ntilde;os de Palomares. Era otra
+ virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien, hab&iacute;a
+ empezado a minar aquella fortaleza. &iexcl;Era todo un plan! Esperaba en
+ el buen &eacute;xito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las
+ cosas dif&iacute;ciles. &Eacute;l, el conquistador a lo Alejandro, el que
+ hab&iacute;a rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de
+ pugilato, el que hab&iacute;a deshecho una boda en una noche, para
+ sustituir al novio, el Tenorio repentista, en los casos graves proced&iacute;a
+ con la paciencia de un estudiante t&iacute;mido que ama plat&oacute;nicamente.
+ Hab&iacute;a mujeres que s&oacute;lo as&iacute; sucumb&iacute;an; a no ser
+ que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos con seguridad del
+ secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del rendimiento. La se&ntilde;ora
+ del personaje de Madrid era de las que exig&iacute;an a&ntilde;os. Pero el
+ triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la carrera, y esto era
+ lo principal en Mes&iacute;a, el hombre pol&iacute;tico. Ahora se empezaba
+ a hablar en Vetusta de si &eacute;l pon&iacute;a o no pon&iacute;a los
+ ojos en la Regenta. &iexcl;Verg&uuml;enza le daba confes&aacute;rselo a s&iacute;
+ propio! &iexcl;Dos a&ntilde;os hac&iacute;a que ella deb&iacute;a creerle
+ enamorado de sus prendas! S&iacute;, dos a&ntilde;os llevaba de prudente
+ sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin m&aacute;s elocuencia que
+ la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora de
+ tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperaci&oacute;n. Y &iexcl;mayor
+ verg&uuml;enza todav&iacute;a! otros dos a&ntilde;os hab&iacute;a empleado
+ en merecer el poeta Trif&oacute;n C&aacute;rmenes, enamorado l&iacute;ricamente
+ de la Regenta. Bien lo hab&iacute;a conocido don &Aacute;lvaro, y aunque
+ el rival no le parec&iacute;a temible, era muy rid&iacute;culo coincidir
+ con tama&ntilde;o personaje en la fecha de las operaciones y en el sistema
+ de ataque. Pero al principio no hab&iacute;a m&aacute;s remedio, hab&iacute;a
+ que proceder as&iacute;. Claro es que el poeta se hab&iacute;a quedado muy
+ atr&aacute;s; no hab&iacute;a pasado de esta situaci&oacute;n, poco
+ lisonjera: la Regenta no sab&iacute;a que aquel chico estaba enamorado de
+ ella. Le ve&iacute;a a veces mirarla con fijeza y pensaba:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; distra&iacute;do es ese poetilla de <i>El L&aacute;baro</i>!
+ deben de tenerle muy preocupado los consonantes&raquo;. Y en seguida se
+ olvidaba de que hab&iacute;a C&aacute;rmenes en el mundo. Entonces ya no
+ le quedaba al poeta m&aacute;s testigo de su dolor que Mes&iacute;a, la
+ &uacute;nica persona del mundo que entend&iacute;a el sentido oculto y
+ hondo de los versos er&oacute;ticos de C&aacute;rmenes. Aquellas eleg&iacute;as
+ parec&iacute;an charadas, y s&oacute;lo pod&iacute;a descifrarlas don
+ &Aacute;lvaro due&ntilde;o de la clave.
+ </p>
+ <p>
+ Esta parte rid&iacute;cula, seg&uacute;n &eacute;l, de su empe&ntilde;o,
+ pon&iacute;a furioso unas veces al gentil Mes&iacute;a y otras de muy buen
+ humor. &iexcl;Era chusco! &iexcl;&Eacute;l, rival de Trif&oacute;n! Hab&iacute;a
+ que dar un asalto. Ya deb&iacute;a de estar aquello bastante preparado.
+ Aquello era el coraz&oacute;n de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la
+ lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo
+ primitivo. D&iacute;galo si no lo que a &eacute;l le pasaba con Anita
+ Ozores. Verdad era que en aquellos dos a&ntilde;os hab&iacute;a rendido
+ otras fortalezas. Pero ninguna aventura hab&iacute;a sido de las ruidosas;
+ nada pod&iacute;a saber la Regenta de cierto y el amor y la constancia del
+ discreto adorador deb&iacute;an de ser para ella cosa poco menos que
+ segura. La prudencia y el sigilo eran dotes positivas de don &Aacute;lvaro
+ en tales asuntos. Sus aventuras actuales pocos las conoc&iacute;an; las
+ que sonaban y hasta refer&iacute;a &eacute;l siempre eran antiguas. Con
+ esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse querida de veras,
+ la Regenta pod&iacute;a, si le importaba, creer que el Tenorio de Vetusta
+ hab&iacute;a dejado de serlo para convertirse en fino, constante y plat&oacute;nico
+ amador de su gentileza. Esto era lo que &eacute;l quer&iacute;a saber a
+ punto fijo. &iquest;Creer&iacute;a en &eacute;l? &iquest;le sacrificar&iacute;a
+ la tranquilidad de la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba
+ en su hogar honrado?
+ </p>
+ <p>
+ Algunas insinuaciones tal vez temerarias le hab&iacute;an hecho perder
+ terreno, y con ellas hab&iacute;a coincidido el cambio de confesores de la
+ Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Todo se puede echar a perder ahora&raquo;, hab&iacute;a pensado don
+ &Aacute;lvaro. &laquo;La devoci&oacute;n ser&iacute;a un rival m&aacute;s
+ temible que C&aacute;rmenes; el Magistral un cancerbero m&aacute;s
+ respetable que don V&iacute;ctor Quintanar, mi buen amigo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a m&aacute;s remedio que jugar el todo por el todo.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a llegado la &eacute;poca de la recolecci&oacute;n: &iquest;ser&iacute;an
+ calabazas? No lo esperaba; los s&iacute;ntomas no eran malos; pero, aunque
+ se lo ocultase a s&iacute; mismo, no las ten&iacute;a todas consigo. Por
+ eso le irritaba m&aacute;s la supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de
+ aquella se&ntilde;ora; le irritaba m&aacute;s porque &eacute;l, sin
+ querer, participaba de aquella fe est&uacute;pida.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y
+ adem&aacute;s, no cre&iacute;a en la mujer fuerte. &iexcl;Se&ntilde;or, si
+ hasta la Biblia lo dice! &iquest;Mujer fuerte? &iquest;Qui&eacute;n la
+ hallar&aacute;?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que
+ probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en la
+ conquista de la Regenta. S&oacute;lo el amor fuerte, invencible, pod&iacute;a
+ disculparlo todo. A lo menos as&iacute; lo dec&iacute;a la moral de Paco.
+ Queriendo tanto y tan bien como dec&iacute;a don &Aacute;lvaro, nada de m&aacute;s
+ har&iacute;a la Regenta en corresponderle. Una mujer casada, peca menos
+ que una soltera cometiendo una falta, porque, es claro, la casada... no se
+ compromete.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Esta es la moral positiva!&mdash;dec&iacute;a el
+ Marquesito muy serio cuando alguien le opon&iacute;a cualquier argumento&mdash;.
+ S&iacute;, se&ntilde;or, esta es la moral moderna, la cient&iacute;fica; y
+ eso que se llama el Positivismo no predica otra cosa; lo inmoral es lo que
+ hace da&ntilde;o positivo a alguien. &iquest;Qu&eacute; da&ntilde;o se le
+ hace a un marido <i>que no lo sabe</i>?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cre&iacute;a Paco que as&iacute; hablaba la filosof&iacute;a de &uacute;ltima
+ novedad, que &eacute;l estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque,
+ como buen conservador, no la quer&iacute;a en las Universidades.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Por qu&eacute;? Porque el saber esas cosas no es para
+ chicos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro due&ntilde;o
+ ten&iacute;a l&aacute;grimas en los ojos. &iexcl;Tanto le hab&iacute;a
+ ablandado el alma la elocuencia de Mes&iacute;a! &iexcl;Qu&eacute; grande
+ contemplaba ahora a su don &Aacute;lvaro! Mucho m&aacute;s grande que
+ nunca. &laquo;&iquest;Con que el esc&eacute;ptico redomado, el hombre fr&iacute;o,
+ el <i>dandy</i> desenga&ntilde;ado, ten&iacute;a otro hombre dentro?
+ &iexcl;Qui&eacute;n lo pensara! &iexcl;Y qu&eacute; bien casaban aquellos
+ colores (aquellos matices delicados, quer&iacute;a decir Paco), aquel
+ contraste de la aparente indiferencia, del elegante pesimismo con el
+ oculto fervor er&oacute;tico, un si es no es rom&aacute;ntico!&raquo;. Si
+ en vez de la <i>Historia de la prostituci&oacute;n</i> Paquito hubiese le&iacute;do
+ ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don &Aacute;lvaro no hac&iacute;a
+ m&aacute;s que imitar&mdash;y de mala manera, porque &eacute;l era ante
+ todo un hombre pol&iacute;tico&mdash;a los h&eacute;roes de aquellos
+ libros elegantes. Sin embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas
+ parecido a Mes&iacute;a; era este una Margarita Gauthier del sexo fuerte;
+ un hombre capaz de redimirse por amor. Era necesario redimirle, ayudarle a
+ toda costa.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y que perdonase don V&iacute;ctor Quintanar, incapaz de ser esc&eacute;ptico,
+ fr&iacute;o y prosaico por fuera, rom&aacute;ntico y dulz&oacute;n por
+ dentro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando sub&iacute;an la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de m&aacute;s
+ partido entre las mozas del &iacute;dem, estaba resuelto:
+ </p>
+ <p>
+ 1.&ordm; A favorecer en cuanto pudiese los amores, que &eacute;l daba por
+ seguros, de la Regenta y Mes&iacute;a. Y
+ </p>
+ <p>
+ 2.&ordm; A buscar para uso propio, un acomodo neo-rom&aacute;ntico, una <i>pasi&oacute;n
+ verdad</i>, compatible con su afici&oacute;n a las formas amplias y a las
+ turgencias hiperb&oacute;licas, que &eacute;l no llamaba as&iacute; por
+ supuesto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; arriba?&mdash;pregunt&oacute; a un
+ criado, seguro de que estar&iacute;a la Regenta &laquo;porque se lo daba
+ el coraz&oacute;n&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hay dos se&ntilde;oras.&mdash;&iquest;Qui&eacute;nes son? El criado
+ medit&oacute;.&mdash;Una creo que es do&ntilde;a Visita, aunque no las he
+ visto; pero se la oye de lejos... la otra... no s&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, bueno&mdash;dijo Paco, volvi&eacute;ndose a Mes&iacute;a&mdash;.
+ Son ellas. Estos d&iacute;as Visita no se separa de Ana.
+ </p>
+ <p>
+ A Mes&iacute;a le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye&mdash;dijo&mdash;ll&eacute;vame primero a tu cuarto. Quiero que
+ all&iacute; me expliques, como si te fueras a morir, la verdad, nada m&aacute;s
+ que la verdad de lo que hayas notado en ella, que puede serme favorable.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien; subamos. Paco se turb&oacute;. La verdad de lo que hab&iacute;a
+ notado... no era gran cosa. Pero &iexcl;bah! con un poco de imaginaci&oacute;n...
+ y precisamente &eacute;l estaba tan excitado en aquel momento....
+ </p>
+ <p>
+ Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al
+ vest&iacute;bulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la
+ cocina. Era la carcajada eterna de Visita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Est&aacute;n en la cocina!&mdash;dijo Mes&iacute;a asombrado
+ y recordando otros tiempos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye&mdash;observ&oacute; Paco&mdash;&iquest;no esperaba Visita a
+ Obdulia en su casa para hacer empanadas y no s&eacute; qu&eacute; mas?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ella lo dijo.&mdash;Entonces... &iquest;c&oacute;mo est&aacute;
+ aqu&iacute; Visitaci&oacute;n?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y qu&eacute; hacen en la cocina?
+ </p>
+ <p>
+ Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantas&iacute;a,
+ apareci&oacute; en una ventana al otro lado del patio que hab&iacute;a en
+ medio de la casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes
+ rizos negros, una boca fresca y alegre sonre&iacute;a, unos ojos muy
+ grandes y habladores hac&iacute;an gestos, unos brazos robustos y bien
+ torneados, blancos y macizos, rematados por manos de mu&ntilde;eca,
+ mostraban, levant&aacute;ndolo por encima del gorro, un pollo pelado, que
+ palpitaba con las ansias de la muerte; del pico ca&iacute;an gotas de
+ sangre.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia, dirigi&eacute;ndose a los at&oacute;nitos caballeros, hizo adem&aacute;n
+ de retorcer el pescuezo a su v&iacute;ctima y grit&oacute; triunfante:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Yo misma! &iexcl;he sido yo misma! &iexcl;As&iacute; a todos
+ los hombres!...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Era Obdulia! &iexcl;Obdulia! Luego no estaba la otra&raquo;.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="VIIImdash" id="VIIImdash"></a>&mdash;VIII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ El marqu&eacute;s de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido m&aacute;s
+ reaccionario entre los din&aacute;sticos; pero no ten&iacute;a afici&oacute;n
+ a la pol&iacute;tica y m&aacute;s serv&iacute;a de adorno que de otra
+ cosa. Ten&iacute;a siempre un favorito que era el jefe verdadero. El
+ favorito actual era (&iexcl;oh esc&aacute;ndalo del juego natural de las
+ instituciones y del turno pac&iacute;fico!) ni m&aacute;s ni menos, don
+ &Aacute;lvaro Mes&iacute;a, el jefe del partido liberal din&aacute;stico.
+ El reaccionario cre&iacute;a resolver sus propios asuntos y en realidad
+ obedec&iacute;a a las inspiraciones de Mes&iacute;a. Pero este no abusaba
+ de su poder secreto. Como un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo
+ se interesa por los blancos que por los negros, don &Aacute;lvaro cuidaba
+ de los negocios conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes
+ prestados. Si mandaban los del Marqu&eacute;s, don &Aacute;lvaro repart&iacute;a
+ estanquillos, comisiones y licencias de caza, y a menudo algo m&aacute;s
+ suculento, como si fueran gobierno los suyos; pero cuando ven&iacute;an
+ los liberales, el marqu&eacute;s de Vegallana segu&iacute;a siendo
+ &aacute;rbitro en las elecciones, gracias a Mes&iacute;a, y daba
+ estanquillos, empleos y hasta prebendas. As&iacute; era el turno pac&iacute;fico
+ en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los
+ soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban all&aacute; en las
+ aldeas, y los jefes se entend&iacute;an, eran u&ntilde;a y carne. Los m&aacute;s
+ listos algo sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada
+ doble, aprovechando el secreto.
+ </p>
+ <p>
+ Vegallana ten&iacute;a una gran pasi&oacute;n: la de &laquo;tragarse
+ leguas&raquo;, o sea dar paseos de muchos kil&oacute;metros.
+ </p>
+ <p>
+ Le aburr&iacute;an las intrigas de politiquilla.
+ </p>
+ <p>
+ Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mes&iacute;a.
+ Don &Aacute;lvaro era al Marqu&eacute;s en pol&iacute;tica lo que a
+ Paquito en amores, su Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se
+ consideraban incapaces de pensar en las respectivas materias sin la ayuda
+ de su Pitonisa. Aqu&iacute; estaba el secreto de la pol&iacute;tica de
+ Vegallana, conocido por pocos.
+ </p>
+ <p>
+ Los m&aacute;s, al salir de una junta del &laquo;Sal&oacute;n de Antig&uuml;edades&raquo;,
+ sol&iacute;an exclamar:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; cabeza la de este Marqu&eacute;s! Naci&oacute;
+ para ama&ntilde;os electorales, para manejar pueblos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, y los a&ntilde;os no le rinden; siempre es el mismo.
+ </p>
+ <p>
+ Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando este quer&iacute;a castigar a alguno de los suyos, le pon&iacute;a
+ enfrente de un candidato reaccionario a quien hab&iacute;a que dejar el
+ triunfo. El Marqu&eacute;s agradec&iacute;a a don &Aacute;lvaro su
+ abnegaci&oacute;n, y le pagaba dici&eacute;ndole, por ejemplo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a m&iacute;
+ me carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y
+ entonces Mes&iacute;a premiaba los servicios de alg&uacute;n servidor
+ fidel&iacute;simo.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Qui&eacute;n le hubiera dicho a Ronzal que &eacute;l deb&iacute;a
+ el verse diputado de la Comisi&oacute;n a una de estas sabias
+ combinaciones!
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s dec&iacute;a que &laquo;la fatalidad le hab&iacute;a
+ llevado a militar en un partido reaccionario; el nacimiento, los
+ compromisos de clase; pero su temperamento era de liberal&raquo;. Ten&iacute;a
+ grandes &laquo;amistades personales&raquo; en las aldeas, y repart&iacute;a
+ abrazos por el distrito en muchas leguas a la redonda. Durante las
+ elecciones, cuando muchos, casi todos, le cre&iacute;an manejando la
+ complicada m&aacute;quina de las influencias, el &uacute;nico servicio
+ positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Ped&iacute;a
+ un pu&ntilde;ado de candidaturas a Mes&iacute;a y las repart&iacute;a por
+ las parroquias electorales que visitaba en sus paseos de Jud&iacute;o
+ Errante.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando emprend&iacute;a una excursi&oacute;n por camino desconocido,
+ contaba los pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de
+ los kil&oacute;metros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los
+ se&ntilde;alaba con piedras menudas que met&iacute;a en los bolsillos de
+ la americana. Llegaba a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos
+ para contar m&aacute;s satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en
+ la tertulia se hablaba en primer t&eacute;rmino del paseo de Vegallana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A d&oacute;nde bueno, Marqu&eacute;s?&mdash;le preguntaba
+ un amigo que le encontraba en el campo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos...
+ tres... cuatro...&mdash;y segu&iacute;a marcando el paso, apoy&aacute;ndose
+ en un palo con nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas
+ eran la garant&iacute;a de su popularidad en las aldeas. Ten&iacute;a todo
+ el orgullo y todas las preocupaciones de sus compa&ntilde;eros en nobleza
+ vetustense, pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas
+ sencillas.
+ </p>
+ <p>
+ Ten&iacute;a otra man&iacute;a, corolario de sus paseos, la man&iacute;a
+ de las pesas y medidas. Sab&iacute;a en n&uacute;meros decimales la
+ capacidad de todos los teatros, congresos, iglesias, bolsas, circos y dem&aacute;s
+ edificios notables de Europa. &laquo;Covent Garden tiene tantos metros de
+ ancho por tantos de largo, y tantos de altura&raquo;; y hallaba el cubo en
+ un decir Jes&uacute;s. El Real tiene tantos metros c&uacute;bicos menos
+ que la Gran &Oacute;pera. Ment&iacute;a cuando quer&iacute;a deslumbrar al
+ auditorio, pero pod&iacute;a ser exacto, asombrosamente exacto si se le
+ antojaba. &laquo;A m&iacute; hechos, datos, n&uacute;meros&mdash;dec&iacute;a&mdash;;
+ lo dem&aacute;s... filosof&iacute;a alemana&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese
+ proporci&oacute;n entre la catedral y la plazuela, convendr&iacute;a
+ retirar tres o cuatro metros la catedral. Y &eacute;l lo hubiera propuesto
+ de buen grado. Era el enemigo natural de D. Saturnino Berm&uacute;dez en
+ materia de monumentos hist&oacute;ricos y ornato p&uacute;blico. Todo lo
+ quer&iacute;a alineado. So&ntilde;aba con las calles de Nueva York&mdash;que
+ nunca hab&iacute;a visto&mdash;y si le sacaban este argumento:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas
+ igualdades&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Contestaba:&mdash;&laquo;Se&ntilde;or m&iacute;o, <i>distingue tempora</i>...
+ (no quer&iacute;a decir eso) no tergiversemos, no involucremos, <i>post
+ hoc ergo propter hoc</i> (tampoco quer&iacute;a decir eso.) La verdadera
+ desigualdad est&aacute; en la sangre, pero los tejados deben medirse todos
+ por un rasero. As&iacute; lo hace Am&eacute;rica, que nos lleva una gran
+ ventaja&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa del
+ Marqu&eacute;s, por un rasero se hab&iacute;a medido.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a una casa m&aacute;s alta que otra.
+ </p>
+ <p>
+ Protestaban algunos americanos que quer&iacute;an hacer palacios de ocho
+ pisos para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el
+ Municipio, bajo la presi&oacute;n del Marqu&eacute;s, nivelaba todos los
+ tejados &laquo;dejando para otras esferas de la vida las naturales
+ desigualdades de la sociedad en que vivimos&raquo;, como dec&iacute;a el
+ Marqu&eacute;s en un art&iacute;culo an&oacute;nimo que public&oacute; en
+ <i>El L&aacute;baro</i>.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa ten&iacute;a a su esposo por un grand&iacute;simo majadero,
+ condici&oacute;n que ella cre&iacute;a casi universal en los maridos. Ella
+ s&iacute; que era liberal. Muy devota, pero muy liberal, porque lo uno no
+ quita lo otro. Su devoci&oacute;n consist&iacute;a en presidir muchas
+ cofrad&iacute;as, pedir limosna con gran descaro a la puerta de las
+ iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco duros, regalar
+ platos de dulce a los can&oacute;nigos, convidarles a comer, mandar
+ capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran conservas. La
+ libertad, seg&uacute;n esta se&ntilde;ora, se refer&iacute;a
+ principalmente al sexto mandamiento. &laquo;Ella no hab&iacute;a sido ni
+ mala ni buena, sino como todas las que no son completamente malas, pero
+ ten&iacute;a la virtud de la m&aacute;s amplia tolerancia. Opinaba que lo
+ &uacute;nico bueno que la aristocracia de ahora pod&iacute;a hacer era
+ divertirse. &iquest;No pod&iacute;a imitar las virtudes de la nobleza de
+ otros tiempos? Pues que imitara sus vicios&raquo;. Para la Marquesa no hab&iacute;a
+ m&aacute;s que Luis XV y Regencia. Los muebles de su sal&oacute;n amarillo
+ y la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles,
+ seg&uacute;n aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la
+ Marquesa a lo mullido y almohadillado hab&iacute;a ido introduciendo
+ grandes modificaciones en el sal&oacute;n Regencia.
+ </p>
+ <p>
+ El capit&aacute;n Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del sal&oacute;n
+ amarillo diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;La Marquesa se empe&ntilde;a en llamar aquello estilo de la
+ Regencia; &iquest;por d&oacute;nde? como no sea de la regencia de
+ Espartero...&raquo;. Los muebles eran lujosos, pero estaban maltratados y
+ lo que era peor, desde el punto de vista arqueol&oacute;gico, convertidos
+ en flagrantes anacronismos.
+ </p>
+ <p>
+ Les hab&iacute;a hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base
+ del amarillo, cubri&eacute;ndolos con damasco, primero, con seda brochada
+ despu&eacute;s, y &uacute;ltimamente con raso basteado, <i>capiton&eacute;</i>
+ que ella dec&iacute;a, en almohadillas muy abultadas y menudas, que a don
+ Saturnino se le antojaban imp&uacute;dicas. El tapicero protest&oacute; en
+ tiempo oportuno; en el sal&oacute;n sentaba mal lo <i>capiton&eacute;</i>,
+ seg&uacute;n su dogma, pero la Marquesa se re&iacute;a de estas
+ imposiciones oficiales. En los dem&aacute;s muebles del sal&oacute;n,
+ espejos, consolas, colgaduras, etc., se hab&iacute;a pasado de lo que
+ entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla m&aacute;s escandalosa,
+ seg&uacute;n el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le
+ hablaba de mal gusto, contestaba que la moda moderna era lo <i>confortable</i>
+ y la libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cence&ntilde;o sin
+ duda, pero al fin venerables como recuerdos de familia, los hab&iacute;a
+ mandado al segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho
+ torero y mucha manola y alg&uacute;n fraile p&iacute;caro; y con esc&aacute;ndalo
+ de Bedoya y de Berm&uacute;dez hasta hab&iacute;a colgado de las paredes
+ cromos un poco verdes y nada art&iacute;sticos. En el gabinete contiguo,
+ donde pasaba el d&iacute;a la Marquesa, la anarqu&iacute;a de los muebles
+ era completa, pero todos eran c&oacute;modos; casi todos serv&iacute;an
+ para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas, confidentes,
+ taburetes, todo era una conjuraci&oacute;n de la pereza; en entrando all&iacute;
+ daban tentaciones de echarse a la larga. El sof&aacute; de panza anch&iacute;sima
+ y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como pistilos de rosas
+ amarillas, era una muda anacre&oacute;ntica, acompa&ntilde;ada con los
+ olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a todos
+ los vientos.
+ </p>
+ <p>
+ La excelent&iacute;sima se&ntilde;ora do&ntilde;a Rufina de Robledo,
+ marquesa de Vegallana, se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora
+ de comer le&iacute;a novelas o hac&iacute;a crochet, sentada o echada en
+ alg&uacute;n mueble del gabinete. La gran chimenea ten&iacute;a lumbre
+ desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al teatro do&ntilde;a Rufina
+ siempre que hab&iacute;a funci&oacute;n, aunque nevase o cayeran rayos;
+ para eso ten&iacute;a carruajes. <i>Si no hab&iacute;a teatro</i>, y esto
+ era muy frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recib&iacute;a
+ a los amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella le&iacute;a
+ peri&oacute;dicos sat&iacute;ricos con caricaturas, revistas y novelas. S&oacute;lo
+ interven&iacute;a en la conversaci&oacute;n para hacer alguna advertencia
+ del g&eacute;nero de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas
+ breves interrupciones, do&ntilde;a Rufina demostraba un gran conocimiento
+ del mundo y un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no
+ hab&iacute;a m&aacute;s pecado mortal que la hipocres&iacute;a; y llamaba
+ hip&oacute;critas a todos los que no dejaban traslucir aficiones er&oacute;ticas
+ que pod&iacute;an no tener. Pero esto no lo admit&iacute;a ella. Cuando
+ alguno <i>sal&iacute;a garante</i> de una virtud, la Marquesa, sin separar
+ los ojos de sus caricaturas, mov&iacute;a la cabeza de un lado a otro y
+ murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase negaciones. A veces
+ pronunciaba claramente:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A m&iacute; con esas... que soy tambor de marina.
+ </p>
+ <p>
+ No era tambor, pero quer&iacute;a dar a entender que hab&iacute;a sido m&aacute;s
+ fiel a las costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas hist&oacute;ricas
+ sol&iacute;an referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis
+ XIV.
+ </p>
+ <p>
+ En tanto, el sal&oacute;n amarillo estaba en una discreta obscuridad, si
+ hab&iacute;a pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encend&iacute;a
+ una l&aacute;mpara de cristal tallado, colgada en medio del sal&oacute;n.
+ Estaba a bastante altura; s&oacute;lo pod&iacute;a llegar a la llave del
+ gas Mes&iacute;a, el mejor mozo. Los dem&aacute;s se quejaban. Era una
+ injusticia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Para qu&eacute; poner tan alta la l&aacute;mpara?&raquo;&mdash;dec&iacute;an
+ algunos un tanto ofendidos.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Rufina se encog&iacute;a de hombros.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Cosas de ese&raquo;&mdash;respond&iacute;a&mdash;aludiendo a
+ su marido.
+ </p>
+ <p>
+ No era muy escrupuloso el Marqu&eacute;s en materia de moral privada; pero
+ una noche hab&iacute;a entrado palpando las paredes para atravesar el sal&oacute;n
+ y llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropez&oacute;
+ con una nariz en las tinieblas, oy&oacute; un grito de mujer&mdash;estaba
+ seguro&mdash;y sinti&oacute; ruido de sillas y pasos apagados en la
+ alfombra. Call&oacute; por discreci&oacute;n, pero orden&oacute; a los
+ criados que colocaran m&aacute;s alta la l&aacute;mpara. As&iacute; nadie
+ podr&iacute;a quitarle luz ni apagarla. Pero result&oacute; una
+ desigualdad irritante, porque Mes&iacute;a, poni&eacute;ndose de
+ puntillas, llegaba todav&iacute;a a la llave del gas.
+ </p>
+ <p>
+ De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se hab&iacute;an
+ casado y viv&iacute;an en Madrid; Emma, la segunda, hab&iacute;a muerto t&iacute;sica.
+ Aquella escasa vigilancia a que la Marquesa se cre&iacute;a obligada
+ cuando sus hijas viv&iacute;an con ella, hab&iacute;a desaparecido. Era el
+ &uacute;nico consuelo de tanta soledad. En tiempo de ferias, do&ntilde;a
+ Rufina hac&iacute;a venir alguna sobrina de las muchas que ten&iacute;a
+ por los pueblos de la provincia. Aquellas lugare&ntilde;as linajudas
+ esperaban con ansia la &eacute;poca de las ferias, cuando les tocaba el
+ turno de ir a Vetusta. Desde ni&ntilde;as se acostumbraban a mirar como
+ temporada de excepcional placer la que se pasaba con la t&iacute;a, en
+ medio de lo <i>mejorcito</i> de la capital. Algunos padres timoratos opon&iacute;an
+ algunos argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqu&eacute;s,
+ pero al fin la vanidad triunfaba y siempre ten&iacute;a su sobrina en
+ ferias la se&ntilde;ora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los
+ aposentos de las hijas ausentes;&mdash;el de Emma no volvi&oacute; a ser
+ habitado, pero se entraba en &eacute;l cuando hac&iacute;a falta&mdash;.
+ Las muchachas animaban por algunas semanas con el ruido de mejores d&iacute;as
+ aquellas salas y pasillos, alcobas y gabinetes, demasiado grandes y
+ tristes cuando estaban desiertos. De noche, sin embargo, no faltaba
+ algazara en el piso principal, hubiera sobrinas o no. En el segundo, de d&iacute;a
+ y de noche hab&iacute;a aventuras, pero silenciosas. Un personaje de ellas
+ siempre era Paquito. Cuando estaba sereno, juraba que no hab&iacute;a cosa
+ peor que perseguir a la servidumbre femenina en la propia casa; pero no
+ pod&iacute;a dominarse. <i>Videor meliora</i>, le dec&iacute;a don Saturno
+ sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la Marquesa, con sobrinas o
+ sin ellas, predominaba la juventud. Las muchachas de las familias m&aacute;s
+ distinguidas iban muy a menudo a hacer compa&ntilde;&iacute;a a la pobre
+ se&ntilde;ora que se hab&iacute;a quedado sin sus tres hijas. Previamente
+ se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los
+ acontecimientos. All&iacute; se improvisaban los noviazgos, y del sal&oacute;n
+ amarillo hab&iacute;an salido muchos matrimonios <i>in extremis</i>, como
+ dec&iacute;a Paquito creyendo que <i>in extremis</i> significaba una cosa
+ muy divertida. Pero lo que sal&iacute;a m&aacute;s veces, era asunto para
+ la cr&oacute;nica escandalosa. Se respetaba la casa del Marqu&eacute;s,
+ pero se despellejaba a los tertulios. Se contaba cualquier aventurilla y
+ se a&ntilde;ad&iacute;a casi siempre:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Lo m&aacute;s odioso es que esas... tales hayan escogido
+ para sus... cuales una casa tan respetable, tan digna&raquo;. Los
+ liberales avanzados, los que no se andaban con pa&ntilde;os calientes,
+ sosten&iacute;an que la casa era lo peor.
+ </p>
+ <p>
+ Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa
+ donde hab&iacute;a tantas aventuras.
+ </p>
+ <p>
+ Aunque algo se hab&iacute;an relajado las costumbres y ya no era un c&iacute;rculo
+ tan estrecho como en tiempo de do&ntilde;a Anuncia y do&ntilde;a &Aacute;gueda
+ (q. e. p. d.) el <i>de la clase</i>, a&uacute;n no era para todos el
+ entrar en la tertulia de confianza de Vegallana. Los mismos tertulios
+ procuraban cerrar las puertas, porque se daban tono as&iacute;, y adem&aacute;s
+ no les conven&iacute;an testigos. &laquo;Estaban mejor en <i>petit comit&eacute;</i>&raquo;.
+ El esp&iacute;ritu de tolerancia de la Marquesa hab&iacute;a contagiado a
+ sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual a su asunto. Como el ama de
+ la casa autorizaba sobradamente la tertulia, las mam&aacute;s que nada
+ esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a las ni&ntilde;as
+ solas. Adem&aacute;s, nunca faltaban casadas todav&iacute;a ganosas de
+ cuidar la honra de sus reto&ntilde;os o de divertirse por cuenta propia.
+ &iquest;Y qui&eacute;n duda que estas se har&iacute;an respetar? All&iacute;
+ estaba Visitaci&oacute;n por ejemplo. Algunas madres hab&iacute;a que no
+ pasaban por esto; pero eran las rid&iacute;culas, as&iacute; como los
+ maridos que segu&iacute;an conducta an&aacute;loga. Alg&uacute;n can&oacute;nigo
+ sol&iacute;a dar mayores garant&iacute;as de moralidad con su presencia,
+ aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el can&oacute;nigo paraba
+ all&iacute; mucho tiempo. El clero catedral prefer&iacute;a visitar a la
+ Marquesa de d&iacute;a. A los escrupulosos se les llamaba hip&oacute;critas
+ y adelante.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa sab&iacute;a que en su casa se enamoraban los j&oacute;venes
+ un poco a lo vivo. A veces, mientras le&iacute;a, notaba que alguien abr&iacute;a
+ la puerta con gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los
+ ojos; faltaba Fulanito: bueno. Volv&iacute;a a notar lo mismo, volv&iacute;a
+ a mirar, faltaba Fulanita, bueno &iquest;y qu&eacute;? Segu&iacute;a
+ leyendo. Y pensaba: &laquo;Todos son personas decentes, todos saben lo que
+ se debe a mi casa, y en cuesti&oacute;n de <i>peccata minuta</i>... all&aacute;
+ los interesados&raquo;. Y encog&iacute;a los hombros. Este criterio ya lo
+ aplicaba cuando viv&iacute;an con ella sus hijas. Entonces segu&iacute;a
+ pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las conozco, me
+ avisar&aacute;n con una bofetada sonora... y lo dem&aacute;s... ni&ntilde;er&iacute;as;
+ mientras no avisan, ni&ntilde;er&iacute;as. En efecto, sus hijas se hab&iacute;an
+ casado y nadie se las hab&iacute;a devuelto quej&aacute;ndose de lesi&oacute;n
+ enorm&iacute;sima. Si hab&iacute;a habido algo, ser&iacute;an ni&ntilde;er&iacute;as.
+ Y la otra hab&iacute;a muerto porque Dios hab&iacute;a querido. Una tisis,
+ la enfermedad de moda. Cuando se hab&iacute;a tratado de sus hijas, al
+ notar alg&uacute;n s&iacute;ntoma de peligro, siempre hab&iacute;a puesto
+ con franqueza y maestr&iacute;a el oportuno remedio, sin esc&aacute;ndalo,
+ pero sin rodeos.
+ </p>
+ <p>
+ Pero con las amiguitas que ahora iban a acompa&ntilde;arla por las noches,
+ no tomaba ninguna precauci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Madres tienen&raquo;, dec&iacute;a, o &laquo;con su pan se
+ lo coman&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y a&ntilde;ad&iacute;a siempre lo de:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Uno de los que m&aacute;s partido hab&iacute;an sacado de estas ideas de
+ la Marquesa y de su tertulia era Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero a aquel hombre se le pod&iacute;a perdonar todo. &iexcl;Qu&eacute;
+ tacto! &iexcl;qu&eacute; prudencia! &iexcl;qu&eacute; discreci&oacute;n!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Entre monjas podr&iacute;a vivir este hombre sin que hubiera miedo
+ de un esc&aacute;ndalo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ A Paco, a su adorado Paco, le hab&iacute;a puesto cien veces por modelo la
+ habilidad y el sigilo de Mes&iacute;a al sorprender al hijo de sus entra&ntilde;as
+ en brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.
+ </p>
+ <p>
+ Su Paco era torpe, no sab&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes,
+ muchacho!... No llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende
+ primero a ser cauto y despu&eacute;s... tu alma tu palma&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y a&ntilde;ad&iacute;a, creyendo haber sido demasiado indulgente:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Adem&aacute;s, esas aventuras... no deben tenerse en
+ casa.... Pregunta a Mes&iacute;a&raquo;. Era su madre quien hab&iacute;a
+ iniciado al Marquesito en el culto que tributaba al Tenorio vetustense.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tom&oacute; el partido de
+ subir siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos.
+ </p>
+ <p>
+ En la &eacute;poca en que ven&iacute;an las sobrinas, hab&iacute;a adem&aacute;s
+ de tertulia conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los
+ mejores tiempos. La alegr&iacute;a corr&iacute;a otra vez por toda la
+ casa; no hab&iacute;a rincones seguros contra el atrevimiento de los
+ amigos &iacute;ntimos; y en los gabinetes, y hasta en las alcobas donde
+ estaba a&uacute;n el lecho virginal de las hijas de Vegallana, sonaban a
+ veces carcajadas, gritos comprimidos, delatores de los juegos en que
+ consist&iacute;a la vida de aquella Arcadia casera.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella Arcadia la ve&iacute;a don &Aacute;lvaro con ojos acariciadores;
+ en aquella casa ten&iacute;a el teatro de sus mejores triunfos; cada
+ mueble le contaba una historia en &iacute;ntimo secreto; en la seriedad de
+ las sillas panzudas y de los sillones solemnes con sus brazos e &iacute;dolos
+ orientales, encontraba una garant&iacute;a del eterno silencio que les
+ recomendaba. Parec&iacute;a decirle la madera de fino barniz blanco: No
+ temas; no hablar&aacute; nadie una palabra. En el sal&oacute;n amarillo ve&iacute;a
+ el gal&aacute;n un libro de memorias, de memorias dulces y alegres, no
+ cuando Dios quer&iacute;a, sino ahora y siempre; las prendas por su bien
+ halladas eran los tapices discretos, la seda de los asientos, basteada,
+ turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se parec&iacute;a al mismo
+ Mes&iacute;a en lo de apagar todo rumor que delatase secretos amorosos.
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s pasaba por todo. Eran cosas de su mujer.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Si no hab&iacute;a podido moralizarla a ella, mal hab&iacute;a de
+ moralizar a sus tertulios&raquo;. &Eacute;l viv&iacute;a en el segundo
+ piso.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a comprendido que el sal&oacute;n amarillo hab&iacute;a ido
+ perdiendo poco a poco la severidad propia de un estrado, y se hab&iacute;a
+ decidido a convertir en <i>sala de recibir</i> la del segundo, que estaba
+ sobre el sal&oacute;n Regencia.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa jam&aacute;s sub&iacute;a al nuevo estrado. Toda visita, fuese
+ de quien fuese, la recib&iacute;a abajo. Las del Marqu&eacute;s, cuando
+ eran de cumplido, se mor&iacute;an de fr&iacute;o en el sal&oacute;n de
+ antig&uuml;edades. El sal&oacute;n de antig&uuml;edades y el despacho del
+ Marqu&eacute;s, &laquo;constitu&iacute;an, como &eacute;l dec&iacute;a, la
+ parte seria de la casa&raquo;. En el despacho todo era de roble mate;
+ nada, absolutamente nada, de oro; madera y s&oacute;lo madera. Vegallana
+ ten&iacute;a en mucho la severidad de su despacho; nada m&aacute;s serio
+ que el roble para casos tales. La &laquo;sobriedad del mueblaje&raquo;
+ rayaba en pobreza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Mi celda!&mdash;dec&iacute;a el Marqu&eacute;s con afectaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Daba fr&iacute;o entrar all&iacute; y Vegallana entraba pocas veces. De
+ las paredes del <i>sal&oacute;n de antig&uuml;edades</i> pend&iacute;an
+ tapices m&aacute;s o menos aut&eacute;nticos, pero de notoria antig&uuml;edad.
+ </p>
+ <p>
+ Era lo &uacute;nico que al capit&aacute;n Bedoya le parec&iacute;a digno
+ de respeto en aquel museo de trampas, seg&uacute;n su expresi&oacute;n. El
+ Marqu&eacute;s ten&iacute;a la vanidad de ser anticuario por su dinero;
+ pero le costaba mucha plata lo que resultaba al cabo obra de los <i>truqueurs</i>,
+ palabra del capit&aacute;n. El implacable Bedoya, asiduo tertulio de la
+ Marquesa, compadec&iacute;a a Vegallana y hasta le despreciaba; pero por
+ no disgustarle, no hab&iacute;a querido darle pruebas inequ&iacute;vocas
+ de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II del sal&oacute;n
+ de antig&uuml;edades, eran menos viejos que el mismo Marqu&eacute;s. Este
+ los ten&iacute;a por aut&eacute;nticos, por coet&aacute;neos del hijo del
+ rey caballero; &iexcl;los hab&iacute;a comprado &eacute;l mismo en Par&iacute;s!...
+ Pues Bedoya, al que le aduc&iacute;a este argumento en casa de Vegallana,
+ le llamaba aparte, y sin que nadie los viera, sub&iacute;a con &eacute;l
+ al segundo piso; se encerraba en el sal&oacute;n de antig&uuml;edades, y
+ con el mismo sigilo de ladr&oacute;n con que sacaba libros del Casino, se
+ dirig&iacute;a a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba
+ cierta parte escondida de un pie del mueble; all&iacute; hab&iacute;a
+ hecho &eacute;l varios agujeros con un cortaplumas y los hab&iacute;a
+ tapado con cera del color de la silla; quitaba la cera con el cortaplumas,
+ raspaba la madera y... &iexcl;oh triunfo! esta no se deshac&iacute;a en
+ polvo; saltaba en astillas muy peque&ntilde;as, pero no en polvo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ve usted?&mdash;dec&iacute;a Bedoya.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute;?&mdash;La madera es nueva; si fuese del tiempo
+ que el Marqu&eacute;s supone, se deshar&iacute;a en polvo; la madera vieja
+ siempre deja caer el polvo de los roedores: eso lo conocemos nosotros, no
+ los aficionados, que no tienen m&aacute;s que dinero y credulidad; &iexcl;esto
+ es <i>truquage</i>, puro <i>truquage</i>!
+ </p>
+ <p>
+ Pon&iacute;a la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y
+ descend&iacute;a triunfante diciendo por la escalera:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Con que ya ve usted! &iexcl;S&oacute;lo que al pobre Marqu&eacute;s,
+ por supuesto, no hay que decirle una palabra!
+ </p>
+ <p>
+ Mucho sinti&oacute; Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su
+ casa a Obdulia aquella tarde. No estaba &eacute;l para bromas. Las
+ confidencias de don &Aacute;lvaro le hab&iacute;an enternecido, y su esp&iacute;ritu
+ volaba en una atm&oacute;sfera ideal; aquel airecillo rom&aacute;ntico le
+ hac&iacute;a en las entra&ntilde;as sabrosas cosquillas, m&aacute;s
+ punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba &eacute;l en
+ semejante disposici&oacute;n de &aacute;nimo.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia y Visitaci&oacute;n, desde la ventana de la cocina que daba al
+ patio, les llamaban a grandes voces, riendo como locas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Aqu&iacute;! &iexcl;aqu&iacute;! &iexcl;a trabajar todo el
+ mundo!&mdash;gritaba Visita chup&aacute;ndose los dedos llenos de alm&iacute;bar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; es esto, se&ntilde;oras? &iquest;No estaban
+ ustedes en casa de Visita preparando la merienda?
+ </p>
+ <p>
+ Visita se ruboriz&oacute; levemente.
+ </p>
+ <p>
+ Se celebr&oacute; a carcajadas el chasco que se llevar&iacute;a el pobre
+ Joaquinito Orgaz, que hab&iacute;a ido <i>a caza</i> de Obdulia....
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia lo explic&oacute; todo. En casa de Visita faltaban los moldes de
+ cierto flan invenci&oacute;n de la difunta do&ntilde;a &Aacute;gueda
+ Ozores; adem&aacute;s, el horno de la cocina no ten&iacute;a tanto hueco
+ como el de la cocina de la Marquesa; en fin, no le adornaban otras
+ condiciones t&eacute;cnicas, que no entend&iacute;an ellos. Vamos, que ni
+ los emparedados, ni los flanes, ni los alm&iacute;bares se habr&iacute;an
+ podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir &iexcl;agua va! hab&iacute;an
+ trasladado su campamento a casa de Vegallana.
+ </p>
+ <p>
+ La idea les hab&iacute;a parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Hab&iacute;an
+ sorprendido a la Marquesa que dorm&iacute;a la siesta en su gabinete.
+ Salvo el haberla despertado, todo le hab&iacute;a parecido bien. Y sin
+ moverse hab&iacute;a dado sus &oacute;rdenes.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A Pedro (el cocinero), a Col&aacute;s (el pinche) y a las chicas,
+ que ayuden a estas se&ntilde;oras y que vayan por todo lo que necesiten.
+ </p>
+ <p>
+ Y do&ntilde;a Rufina, volvi&eacute;ndose a las damas, hab&iacute;a dicho
+ sonriente:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz.
+ </p>
+ <p>
+ Y se hab&iacute;a enfrascado en la lectura de <i>Los Mohicanos</i> de
+ Dumas.
+ </p>
+ <p>
+ Visita hac&iacute;a muy a menudo semejantes irrupciones en casa de
+ cualquier amiga. Ella entend&iacute;a as&iacute; la amistad. &iexcl;Pero
+ si su cocina era infernal! La chimenea devolv&iacute;a el humo; no se pod&iacute;a
+ entrar all&iacute; sin asfixiarse, ni en el comedor, que estaba cerca.
+ Pocos vetustenses pod&iacute;an jactarse de haber visto ni el comedor ni
+ la cocina de Visita. Y eso que ten&iacute;a tertulia, y se presentaban
+ charadas y se corr&iacute;a por los pasillos. Pero ella cerraba ciertas
+ puertas para que no pasase el humo; y dec&iacute;a se&ntilde;alando a los
+ estrechos y obscuros pasadizos:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por ah&iacute; corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie
+ me abra esa puerta.
+ </p>
+ <p>
+ Toda su prodigalidad de se&ntilde;ora que recibe de confianza, se reduc&iacute;a
+ a entregar vestidos y pa&ntilde;uelos de estambre, todo viejo, para que
+ los <i>pollos</i> de imaginaci&oacute;n se disfrazasen de mujeres o de
+ turcos. Aquellas prendas se depositaban en una alcoba donde hab&iacute;a
+ una cama de excusa, pero sin colch&oacute;n ni ropa; con las cuerdas al
+ aire. Aqu&eacute;l era el vestuario de los actores y actrices de charadas.
+ Se vest&iacute;an todos juntos porque todo se pon&iacute;a sobre el propio
+ traje. Adem&aacute;s Visita no alumbraba el cuarto, &iquest;para qu&eacute;?
+ Desde la sala se o&iacute;a a lo mejor, detr&aacute;s de las cortinillas
+ de tafet&aacute;n verde:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pepe que le doy a usted un cachete.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hola, hola, eso no estaba en el programa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ni&ntilde;os, ni&ntilde;os, formalidad.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por qu&eacute; no les da usted una luz, Visita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tiene raz&oacute;n Visita, tiene raz&oacute;n&mdash;gritaban desde
+ dentro Joaqu&iacute;n Orgaz o el Pepe de la bofetada.
+ </p>
+ <p>
+ Donde Visitaci&oacute;n demostraba su intimidad con los amigos, su
+ franqueza y trato sencill&iacute;simo era en casa de los dem&aacute;s. All&iacute;
+ hac&iacute;a locuras.
+ </p>
+ <p>
+ Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le hab&iacute;a
+ alabado su aturdimiento gracioso a los quince a&ntilde;os, y ya cerca de
+ los treinta y cinco a&uacute;n era un torbellino, una cascada de alegr&iacute;a,
+ seg&uacute;n le dec&iacute;a en el &aacute;lbum C&aacute;rmenes el poeta.
+ Lo que era una catarata de mala crianza, seg&uacute;n do&ntilde;a Paula,
+ la madre del Provisor, que nunca hab&iacute;a querido pagarle las visitas.
+ Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo era con cuenta y raz&oacute;n.
+ Su aturdimiento era obra de un estudio profundo y minucioso: se aturd&iacute;a
+ mientras su ojo avizor buscaba la presa... alg&uacute;n dije, una
+ golosina, cualquier cosa menos dinero. Cre&iacute;a, o mejor, fing&iacute;a
+ creer, que las cosas no valen nada, que s&oacute;lo la moneda es riqueza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio
+ usted por m&iacute; el otro d&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me averg&uuml;ence
+ usted.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No faltaba m&aacute;s!... Tome usted.... &iexcl;Y qu&eacute;
+ alfiletero tan mono!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No vale nada.&mdash;&iexcl;Es precioso!&mdash;Est&aacute; a su
+ disposici&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No me lo diga usted dos veces...&mdash;Est&aacute; a su disposici&oacute;n...
+ &iexcl;vaya una alhaja!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;S&iacute;? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una
+ urraca....
+ </p>
+ <p>
+ Y s&iacute; que era una urraca, como que as&iacute; la llamaba do&ntilde;a
+ Paula: la urraca ladrona.
+ </p>
+ <p>
+ Donde hac&iacute;a estragos era en los comestibles.
+ </p>
+ <p>
+ Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la
+ llave del armario o de la alacena... y aqu&iacute; me tienes muerta de
+ hambre. A ver, a ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de
+ hambre.
+ </p>
+ <p>
+ Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la loter&iacute;a o a la
+ aduana. Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una
+ comisi&oacute;n para que lo preparase todo. Sus miembros eran
+ invariablemente Visita y un primo suyo. Visita, por econom&iacute;a, y
+ porque le daban asco el pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta,
+ y bajo su direcci&oacute;n, los hojaldres, los alm&iacute;bares, todo lo
+ que pod&iacute;a hacerse en su cocina. Despu&eacute;s resultaba que en su
+ cocina no se pod&iacute;a hacer nada. &iexcl;El p&iacute;caro humo! El
+ casero, que no ensanchaba el horno... &iexcl;diablos coronados! Dios la
+ perdonara.
+ </p>
+ <p>
+ El caso es que recurr&iacute;a en el apuro a la cocina de Vegallana, u
+ otra de buena casa, las m&aacute;s veces a aquella. All&iacute; se hac&iacute;a
+ todo. Visita dispon&iacute;a de los criados del Marqu&eacute;s; previo el
+ consentimiento del cocinero, por lo que respecta a la cocina, sacaba
+ algunas provisiones de la despensa; mandaba a la tienda por az&uacute;car,
+ pasas, pimienta, sal, &iexcl;diablos coronados! si el se&ntilde;or Pedro
+ no abr&iacute;a los cajones de sus armarios; que viniera todo lo que se
+ necesitaba. &laquo;&iquest;Dinero? Deje usted, ah&iacute; tengo yo cuenta&raquo;.
+ Despu&eacute;s todo aquello aparec&iacute;a en la cuenta del Marqu&eacute;s.
+ Equivocaciones; como hab&iacute;an ido sus criados a comprar.... Se com&iacute;an
+ la merienda. En la primera noche de tertulia se hac&iacute;an los
+ comentarios.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Visita, &iquest;qu&eacute; tal, nos hemos empe&ntilde;ado?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Poca cosa... un piquillo...&mdash;Pues a ver, a ver, que se pague.&mdash;Nada
+ m&aacute;s justo.&mdash;A escote.&mdash;Dejen ustedes, &iquest;se quieren
+ ustedes callar? No se hable de eso, no merece la pena.
+ </p>
+ <p>
+ Visita ten&iacute;a principio para algunas semanas y postres para meses.
+ Su esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia,
+ pariente de t&iacute;tulos. Si Visita no se ingeniara &iquest;c&oacute;mo
+ se mantendr&iacute;a aquel decente pasar que era indispensable para
+ continuar siendo parientes de la nobleza?
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Visitaci&oacute;n era soltera, se dijo&mdash;&iexcl;de qui&eacute;n
+ no se dice!&mdash;si hab&iacute;a saltado o no hab&iacute;a saltado por un
+ balc&oacute;n... no por causa de incendio, sino por causa de un novio que
+ algunos presum&iacute;an que hab&iacute;a sido Mes&iacute;a. Todas eran
+ conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no guardaba las
+ apariencias....
+ </p>
+ <p>
+ Ya nadie se acordaba de aquello; segu&iacute;a siendo aturdida, ten&iacute;a
+ fama de golosa y de <i>gorrona</i>&mdash;seg&uacute;n la expresi&oacute;n
+ que se usaba en Vetusta como en todas partes&mdash;pero nada m&aacute;s.
+ Era insoportable con su alegr&iacute;a intempestiva; mas en materia grave,
+ en lo que no admite parvedad de materia, nadie la acusaba, a lo menos p&uacute;blicamente.
+ Por supuesto, que no se cuenta tal o cual descuidillo....
+ </p>
+ <p>
+ Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus
+ ojos peque&ntilde;uelos que cerraba entorn&aacute;ndolos hasta hacerlos
+ invisibles, ten&iacute;an cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso
+ por lo picante, que ella supon&iacute;a. Al tocarla la mano cuando no ten&iacute;a
+ guante, notaba el tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa
+ de comer.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de
+ Visitaci&oacute;n y hac&iacute;a gestos mal disimulados de asco. Aseguraba
+ que ten&iacute;a un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que
+ podr&iacute;a esperarse; pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban
+ mucho que desear... ya se le entend&iacute;a. Y sol&iacute;a limpiar los
+ labios con el pa&ntilde;uelo despu&eacute;s de decir esto.
+ </p>
+ <p>
+ Paco Vegallana, juraba que usaba aquella se&ntilde;ora ligas de balduque,
+ y que &eacute;l le hab&iacute;a conocido una de bramante. Todo esto, por
+ supuesto, se dec&iacute;a nada m&aacute;s entre hombres, y hab&iacute;an
+ de ser discretos.
+ </p>
+ <p>
+ Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no as&iacute; su
+ conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin embargo,
+ negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones anteriores, menos
+ las de Mes&iacute;a. Eran su orgullo. Aquel hombre la hab&iacute;a
+ fascinado, &iquest;para qu&eacute; negarlo? Pero s&oacute;lo &eacute;l.
+ Era viuda y jam&aacute;s recordaba al difunto; parec&iacute;a la viuda de
+ Alvarito; &laquo;&iexcl;era su &uacute;nico pasado!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo menos
+ Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a consagrar
+ el resto del d&iacute;a al idealismo, en buen hora despertado por las
+ relaciones de su amigo, consinti&oacute; el Marquesito en pasar a la
+ cocina de su casa, al oler lo que guisaban aquellas se&ntilde;oras.
+ </p>
+ <p>
+ En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no
+ eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero, refinamiento
+ en el arte culinario, todo esto y m&aacute;s se notaba desde el momento de
+ entrar all&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Pedro, el cocinero, y Col&aacute;s, su pinche, preparaban la comida
+ ordinaria, y parec&iacute;a que se trataba de un banquete. Por toda la
+ provincia ten&iacute;a esparcidos sus dominios el Marqu&eacute;s, en forma
+ de arrendamientos que all&iacute; se llaman caser&iacute;os, y a m&aacute;s
+ de la renta, que era baja, por consistir el lujo en esta materia en no
+ subirla jam&aacute;s, pagaban los colonos el tributo de los mejores frutos
+ naturales de su corral, del r&iacute;o vecino, de la caza de los montes.
+ Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas, capones, gallinas,
+ acud&iacute;an mal de su grado a la cocina del Marqu&eacute;s, como
+ convocados a nueva Arca de No&eacute;, en trance de diluvio universal. A
+ todas horas, de d&iacute;a y de noche, en alguna parte de la provincia se
+ estaban preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; pod&iacute;a
+ asegurarse.
+ </p>
+ <p>
+ A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dorm&iacute;a Pedro, y
+ dorm&iacute;a el amo, y nadie pensaba en comer, all&aacute; a dos leguas
+ de Vetusta, en el r&iacute;o Celonio velaba un pobre aldeano tripulando
+ miserable barca medio podrida y que hac&iacute;a mucha agua. Debajo de pe&ntilde;&oacute;n
+ sombr&iacute;o, que como torre inclinada amenaza caer sobre la corriente,
+ y hace m&aacute;s obscura la obscuridad del r&iacute;o en el remanso,
+ acechaba el paso del salm&oacute;n, empu&ntilde;ando un haz de paja
+ encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela de fuego. Aquel
+ salm&oacute;n que pescaba el colono del magnate a la luz de una hoguera
+ port&aacute;til, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas,
+ esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de pino,
+ blanca y pulcra.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n de noche, cerca del alba, emprend&iacute;a su viaje al
+ monte el casero que se preciaba de regalar a su <i>se&ntilde;or</i> las
+ primeras arceas, las mejores perdices; y all&iacute; estaban las perdices,
+ sobre la mesa de pino, ofreciendo el contraste de sus plumas pardas con el
+ rojo y plata del salm&oacute;n despedazado. All&iacute; cerca, en la
+ despensa, gallinas, pichones, anguilas monstruosas, jamones monumentales,
+ morcillas blancas y morenas, chorizos purpurinos, en aparente desorden yac&iacute;an
+ amontonados o pend&iacute;an de retorcidos ganchos de hierro, seg&uacute;n
+ su g&eacute;nero. Aquella despensa devoraba lo m&aacute;s exquisito de la
+ fauna y la flora comestibles de la provincia. Los colores vivos de la
+ fruta mejor sazonada y de mayor tama&ntilde;o animaban el cuadro, algo
+ melanc&oacute;lico si hubiesen estado solos aquellos tonos apagados de la
+ naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras amarillentas, otras de
+ asar, casi rojas, manzanas de oro y grana, montones de nueces, avellanas y
+ casta&ntilde;as, daban alegr&iacute;a, variedad y armoniosa distribuci&oacute;n
+ de luz y sombra al conjunto, suculento sin m&aacute;s que verlo, mientras
+ al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de la qu&iacute;mica
+ culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas, limones, manzanas y
+ heno, que era el blando lecho de la fruta.
+ </p>
+ <p>
+ Y todo aquello hab&iacute;a sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en
+ el bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas,
+ luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en
+ vega, prados, r&iacute;os, montes.... &laquo;&iexcl;Indudablemente
+ Vegallana sab&iacute;a ser un gran se&ntilde;or!&raquo;, pensaba
+ suspirando Visita, que so&ntilde;aba muerta de envidia con aquella
+ despensa, exposici&oacute;n permanente de lo m&aacute;s apetecible que cr&iacute;a
+ la provincia.
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s sonre&iacute;a cuando le hablaban de ampliar el
+ sufragio. &laquo;&iquest;Y qu&eacute;? &iquest;no son casi todos colonos m&iacute;os?
+ &iquest;no me regalan sus mejores frutos? &iquest;los que me dan los
+ bocados m&aacute;s apetitosos me negar&aacute;n el voto insustancial, <i>flatus
+ vocis</i>?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, desped&iacute;a rayos
+ desde todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno
+ de la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con
+ voz imperiosa; mandaba all&iacute; como un tirano. Com&iacute;a lo mejor;
+ manten&iacute;a las tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el
+ servicio del comedor desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida s&oacute;lo
+ de pucheros y peroles, sino un capit&aacute;n general metido en el fuego y
+ atento a la mesa. No era viejo. Ten&iacute;a cuarenta a&ntilde;os muy bien
+ cuidados; amaba mucho, y se cre&iacute;a un lechuguino, en la esfera
+ propia de su cargo, cuando dejaba el mandil y se vest&iacute;a de se&ntilde;orito.
+ </p>
+ <p>
+ Col&aacute;s era un pinche de vocaci&oacute;n decidida, colorado y vivo,
+ de ojos maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a m&aacute;s de la
+ robusta monta&ntilde;esa que ten&iacute;a a su servicio Visita, ayudaban a
+ las damas en su tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de
+ sus amos, colaboraba sabiamente. Hab&iacute;a empezado por tolerar nada m&aacute;s
+ aquella irrupci&oacute;n de la merienda. La cocina daba espacio para todo;
+ aquello no val&iacute;a nada, y otorg&oacute; el cocinero su indispensable
+ permiso con un desd&eacute;n mal disimulado. Poco a poco pas&oacute; del
+ estado de tolerancia al de protecci&oacute;n: primero se rebaj&oacute;
+ hasta dar algunos consejos a la monta&ntilde;esa, despu&eacute;s le dio un
+ pellizco. Se anim&oacute; aquello.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Col&aacute;s, ponte a la disposici&oacute;n de esas se&ntilde;oras&mdash;dijo
+ Pedro con voz solemne.
+ </p>
+ <p>
+ Porque el mandato de la Marquesa no hab&iacute;a bastado; el pinche obedec&iacute;a
+ a Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo
+ contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido m&aacute;s
+ que su dimisi&oacute;n. Era su lenguaje. Le&iacute;a muchos peri&oacute;dicos
+ antes de convertirlos en cucuruchos.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenz&oacute;
+ a seducirle con miradas de medio minuto y alg&uacute;n choque
+ involuntario, Pedro se rindi&oacute;, y de rato en rato daba algunos
+ toques de maestro a la merienda de Visita.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a m&aacute;s; quiso enamorar a do&ntilde;a Obdulia con
+ pruebas de su habilidad, y acud&iacute;a siempre que se presentaba una
+ cuesti&oacute;n te&oacute;rica o una dificultad pr&aacute;ctica.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Qu&eacute; se echa ahora?
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;Qu&eacute; se tuesta primero?
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;Cu&aacute;ntas vueltas se les da a estos huevos?
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;C&oacute;mo se envuelve esta pasta?
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;Lleva esto pimienta o no la lleva?
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;Ser&aacute; una indiscreci&oacute;n poner aqu&iacute;
+ canela?
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;El alm&iacute;bar &iquest;est&aacute; en su punto?
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;C&oacute;mo se baten estas claras?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro.
+ Cuando no bastaba una explicaci&oacute;n, pon&iacute;a &eacute;l la mano
+ en el asunto y era cosa hecha.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia, que hab&iacute;a aprendido en Madrid de su prima Tarsila a
+ premiar con sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del
+ arte y de la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior hab&iacute;a
+ vuelto loco de placer y voluptuosidad al se&ntilde;or Berm&uacute;dez, en
+ premio de su erudici&oacute;n arqueol&oacute;gica, ahora vino a otorgar
+ fortuitos y subrepticios favores al cocinero de Vegallana con miradas
+ ardientes, como al descuido, al o&iacute;r una luminosa teor&iacute;a
+ acerca de la grasa de cerdo; un apret&oacute;n de manos, al parecer
+ casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el mismo
+ recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer de
+ espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le conven&iacute;a
+ al dulce de melocot&oacute;n, Obdulia se acerc&oacute; al dign&iacute;simo
+ Pedro y sonriendo le meti&oacute; en la boca la misma cucharilla que ella
+ acababa de tocar con sus labios de rub&iacute; (este rub&iacute; es del
+ cocinero.)
+ </p>
+ <p>
+ Al personaje del mandil se le apareci&oacute; en lontananza la conquista
+ de aquella se&ntilde;ora como una recompensa final, digna de una vida
+ entera consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas,
+ que gracias a &eacute;l hab&iacute;an encontrado m&aacute;s f&aacute;cil y
+ provocativo el camino de los dulces y sustanciales amores.
+ </p>
+ <p>
+ Pedro lleg&oacute; a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la
+ casa intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro.
+ &Eacute;l amaba a la mujer, a todas las mujeres, pero no cre&iacute;a en
+ sus facultades culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son t&eacute;rminos
+ antit&eacute;ticos, palabras que hab&iacute;a aprendido en sus cucuruchos
+ de papel impreso. La libertad y el gobierno son antit&eacute;ticos, hab&iacute;a
+ le&iacute;do en un peri&oacute;dico rojo, y aplicaba la frase a la cocina
+ y a la mujer. Lo que pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba
+ Pedro de las cocineras. Las llamaba marimachos.
+ </p>
+ <p>
+ Si se le dec&iacute;a que los cocineros son m&aacute;s caros y gastan m&aacute;s,
+ respond&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Amigo, el que no sea rico que no coma.
+ </p>
+ <p>
+ Por lo dem&aacute;s, &eacute;l era socialista, pero en otras materias.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando entraron en la cocina los se&ntilde;oritos, Pedro volvi&oacute; a
+ su continente habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y
+ con los <i>caseros</i> que tra&iacute;an las provisiones desde la aldea,
+ remota a veces. El fog&oacute;n era un dios y &eacute;l su Pont&iacute;fice
+ M&aacute;ximo; los dem&aacute;s sacrificaban en las aras del fog&oacute;n
+ y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio. Volvi&oacute; a su gesto
+ desde&ntilde;oso, porque as&iacute; entend&iacute;a el respeto a los amos.
+ Apenas contestaba si le hablaban. No tard&oacute; en ver por sus ojos que
+ <i>la donna &egrave; movile</i>, como cantaba &eacute;l a menudo. Obdulia,
+ en cuanto entraron los otros, le olvid&oacute; por completo. &iexcl;Antes
+ hab&iacute;a olvidado a don Saturnino, que yac&iacute;a en &laquo;el lecho
+ del dolor&raquo; con sendos parches de sebo en las sienes, entregado al
+ placer de rumiar los dulces recuerdos de aquella tarde arqueol&oacute;gica!
+ </p>
+ <p>
+ La conversaci&oacute;n de metaf&iacute;sica er&oacute;tica que Mes&iacute;a
+ y Paco acababan de dejar no les permit&iacute;a, al principio, participar
+ de aquel entusiasmo gastron&oacute;mico y culinario a que estaban
+ entregadas las damas. Verdad es que la hora de comer se acercaba y
+ aquellos olores excitaban el apetito. Pero el ideal no come. Mes&iacute;a
+ gozaba del arte supremo de entrar en carboneras, cocinas y hasta molinos,
+ sin coger tiznes, grasa, ni harina. Estaba en la cocina del Marqu&eacute;s
+ como en el sal&oacute;n amarillo, a sus anchas y sin tropezar con nada.
+ All&iacute; mismo hab&iacute;a repartido &eacute;l besos en muy distintas
+ y apartadas &eacute;pocas. No hab&iacute;a tal vez un rinc&oacute;n de
+ aquella casa libre de semejantes recuerdos para don &Aacute;lvaro. En
+ cuanto a Paquito, no se diga. Su primer amor hab&iacute;a sido una criada
+ que ten&iacute;a su dormitorio en lo que hoy era despensa. Sab&iacute;a el
+ Marquesito andar por la cocina a obscuras, a gatas, y ya hab&iacute;a
+ medido con su agazapado cuerpo las dimensiones de la carbonera provisional
+ que hab&iacute;a cerca del fog&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ No tardaron los se&ntilde;oritos, a pesar del ideal, en tomar parte m&aacute;s
+ activa en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. Tambi&eacute;n
+ ellos eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del
+ pinche y de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron
+ probar sus habilidades metiendo la mano en pastas y alm&iacute;bares y en
+ cuanto se preparaba. Paco se puso perdido. Mes&iacute;a estaba como un
+ armi&ntilde;o metido a marmit&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia hab&iacute;a tropezado quinientas veces con el Marquesito; se
+ rozaban sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y
+ fing&iacute;an no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que tra&iacute;a
+ falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal
+ blanco, dej&oacute; ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de
+ un gusto nuevo. Siempre hab&iacute;a considerado el joven arist&oacute;crata
+ como una antinomia del amor aquella preferencia que &eacute;l daba a la
+ escultura humana con velos, sobre el desnudo puro. &iquest;Por qu&eacute;
+ le excitaba m&aacute;s el velo que la carne? No se lo explicaba. Ve&iacute;a
+ la rolliza pantorrilla de una aldeana descalza de pie y pierna &iexcl;y
+ nada! &iexcl;ve&iacute;a una media hasta ocho dedos m&aacute;s arriba del
+ tobillo... y adi&oacute;s idealismo! Y as&iacute; fue esta vez. Es m&aacute;s;
+ si la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no
+ hubiese perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos
+ cuadros rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le
+ volvieron a la torpe y grosera realidad, y Obdulia not&oacute; en seguida
+ que triunfaba.
+ </p>
+ <p>
+ Para la viuda, uno de los placeres m&aacute;s refinados era &laquo;una
+ sesi&oacute;n&raquo; alegre con uno de sus antiguos amantes; aquello de no
+ principiar por los preliminares le parec&iacute;a delicioso. &iexcl;Despu&eacute;s,
+ los recuerdos ten&iacute;an un encanto! &iexcl;Saborear como cosa presente
+ un recuerdo! &iquest;Qu&eacute; mayor dicha? Paco hab&iacute;a sido su
+ amante. Ella hubiera preferido a Mes&iacute;a, que estaba en las mismas
+ condiciones y era mucho m&aacute;s antiguo. &iexcl;Pero &Aacute;lvaro
+ estaba hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de
+ atreverse; con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fr&iacute;a
+ y honrada con que la miraba el se&ntilde;or Obispo. Estaba segura de que
+ ni al Obispo ni a Mes&iacute;a les suger&iacute;a su presencia jam&aacute;s
+ un deseo carnal. Era intratable aquel don &Aacute;lvaro. Tambi&eacute;n lo
+ era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sab&iacute;a Dios, ella le hab&iacute;a
+ sido fiel&mdash;a Mes&iacute;a, por supuesto&mdash;; todav&iacute;a le
+ amaba o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero &eacute;l
+ no quer&iacute;a ya. Aquello se hab&iacute;a acabado.
+ </p>
+ <p>
+ Se hab&iacute;an cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todav&iacute;a
+ encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y
+ alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro not&oacute;
+ que guardaba en una faltriquera terrones de az&uacute;car y papeles de
+ azafr&aacute;n puro, que se consum&iacute;a en la cocina del Marqu&eacute;s,
+ con gran envidia de la urraca ladrona. Tambi&eacute;n almacen&oacute; entre
+ las faldas un paquete de t&eacute; superior.
+ </p>
+ <p>
+ Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones humor&iacute;sticas
+ que ya no hac&iacute;an re&iacute;r. Todos sab&iacute;an que aqu&eacute;l
+ era el vicio de do&ntilde;a Visita.
+ </p>
+ <p>
+ Las se&ntilde;oras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se
+ fueron a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sab&iacute;an d&oacute;nde
+ estaba el tocador para tales casos. Era la habitaci&oacute;n donde hab&iacute;a
+ muerto la hija segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. All&iacute;
+ estaba el lecho, pero no quedaba de la pobre ni&ntilde;a ni una prenda, ni
+ un recuerdo.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a y Paco entraron con las se&ntilde;oras &iquest;por qu&eacute;
+ no? Se conoc&iacute;an demasiado para fingir escr&uacute;pulos. Adem&aacute;s,
+ &laquo;no se les hab&iacute;a de ver nada&raquo; como dijo Obdulia. Paco y
+ la viuda se lavaron juntos las manos en una misma jofaina; los dedos se
+ enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un placer muy picante, seg&uacute;n
+ ella. Esto les record&oacute; mejores d&iacute;as. El sol que se acercaba
+ al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolv&iacute;a en una
+ aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fog&oacute;n, las
+ bromas y la faena hab&iacute;an encendido brasas en las mejillas de
+ Obdulia; una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quer&iacute;a algo y
+ no sab&iacute;a qu&eacute;. No era cosa de comer de fijo, porque hab&iacute;a
+ probado de cien golosinas y hasta algo de la comida del Marqu&eacute;s por
+ chanza.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n y Mes&iacute;a, m&aacute;s tranquilos, conversaban al
+ balc&oacute;n, apoyados en el hierro fr&iacute;o del antepecho. &laquo;No
+ volver&iacute;an la cara; estaba ella segura&raquo;. Entre estos
+ camaradas, jam&aacute;s se falta a ciertos pactos t&aacute;citos.
+ </p>
+ <p>
+ El Marquesito solt&oacute; una carcajada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De qu&eacute; te r&iacute;es?&mdash;dijo Obdulia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andar&aacute; busc&aacute;ndote
+ por todas partes. Es chusco &iquest;eh?
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia medit&oacute; y al fin ri&oacute; a carcajadas. &laquo;Era chusco
+ en efecto&raquo;. Se hab&iacute;a sentado sobre la cama de la difunta. Los
+ pies de la viuda se mov&iacute;an oscilando como p&eacute;ndulos. Se ve&iacute;a
+ otra vez la media escocesa. Ahora se ve&iacute;an dos. Obdulia suspir&oacute;.
+ Se habl&oacute; de lo pasado. &laquo;En rigor, siempre se hab&iacute;an
+ querido; hab&iacute;a <i>algo</i> que les un&iacute;a a pesar suyo. Se
+ tronaba porque la constancia es imposible y hast&iacute;a al cabo; eran
+ rid&iacute;culas unas relaciones muy largas; esto lo hab&iacute;an
+ aprendido los dos en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos a&ntilde;os,
+ a m&aacute;s tardar; los arreglos pueden tirar algo m&aacute;s, poco&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;verdad&mdash;dijo Obdulia, poni&eacute;ndose m&aacute;s
+ guapa&mdash;que esto de encontrarse de vez en cuando se parece un poco a
+ un buen d&iacute;a de sol en invierno, en esta tierra maldita del agua y
+ la niebla?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Magn&iacute;fico!&mdash;exclam&oacute; Paco&mdash;es verdad;
+ una cosa sent&iacute;a yo que no sab&iacute;a explicarme... y era eso.
+ </p>
+ <p>
+ Y como le pareciera alambicado y po&eacute;tico este sentimiento, se
+ consagr&oacute; a enamorar de todo coraz&oacute;n a la viuda por aquella
+ tarde.
+ </p>
+ <p>
+ Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n tambi&eacute;n ten&iacute;a brasas en las mejillas y sus
+ ojos peque&ntilde;os los hab&iacute;an hermoseado el calor de la cocina y
+ la animaci&oacute;n de la broma, arranc&aacute;ndoles reflejos de fingida
+ pasi&oacute;n. Su pelo de un rubio obscuro era rizoso y ca&iacute;a en
+ mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y don &Aacute;lvaro como
+ hermanos cari&ntilde;osos. &Eacute;l hab&iacute;a sido su primer amor
+ serio, es decir, el primero que le hab&iacute;a hecho cometer
+ imprudencias, como, v. gr., saltar de noche por un balc&oacute;n. &iexcl;Pero
+ estaba ya tan lejos todo aquello! La vida hab&iacute;a puesto por medio
+ todos sus prosaicos cuidados.
+ </p>
+ <p>
+ La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a resta&ntilde;ar las
+ heridas del cr&eacute;dito, a conjurar la bancarrota, hab&iacute;a
+ convertido el esp&iacute;ritu de <i>aquella loca</i> al positivismo
+ vulgar, y hab&iacute;a atajado las demas&iacute;as er&oacute;ticas de su
+ fantas&iacute;a juvenil.
+ </p>
+ <p>
+ Hac&iacute;a muy buena casada, en opini&oacute;n de las gentes; esto es,
+ atend&iacute;a con gran esmero y diligencia a la hacienda y a los
+ quehaceres dom&eacute;sticos.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a y Visita no ten&iacute;an en el invierno de sus amores
+ aquellos d&iacute;as de sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se ve&iacute;an
+ a solas y alguno de ellos ten&iacute;a alg&uacute;n cuidado o preocupaci&oacute;n,
+ de esos que piden confidentes y consejeros, se lo dec&iacute;an todo, o
+ casi todo; se hablaban en voz baja, muy cerca uno de otro, y volv&iacute;an
+ a llamarse de t&uacute; como anta&ntilde;o. Parec&iacute;an un matrimonio
+ bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de a&ntilde;os.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bah!&mdash;dec&iacute;a Visitaci&oacute;n con un poco de
+ tristeza verdadera, que daba inter&eacute;s al ocaso de su hermosura&mdash;;
+ &iexcl;bah! t&uacute; has ca&iacute;do esta vez de veras, te lo conozco
+ yo. Pero tambi&eacute;n te digo una cosa: que te va a costar tu
+ trabajo....
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a hablaba de la Regenta con Visita con m&aacute;s franqueza que
+ con Paco. Su <i>pol&iacute;tica</i> ten&iacute;a que ser diferente. Al
+ Marquesito hab&iacute;a que hablarle de amor puro, por los motivos
+ explicados antes; a Visita de una conquista m&aacute;s. Comprend&iacute;a
+ don &Aacute;lvaro que Visitaci&oacute;n quer&iacute;a precipitar a la
+ Regenta en el agujero negro donde hab&iacute;an ca&iacute;do ella y tantas
+ otras. Visita era amiga de Ana desde que esta hab&iacute;a venido a
+ Vetusta con su t&iacute;a do&ntilde;a Anunciaci&oacute;n y con Ripamil&aacute;n,
+ el hoy Arcipreste. Admiraba a su amiguita, elogiaba su hermosura y su
+ virtud; pero la hermosura la molestaba como a todas, y la virtud la volv&iacute;a
+ loca. Quer&iacute;a ver aquel armi&ntilde;o en el lodo. La aburr&iacute;a
+ tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo: &laquo;&iexcl;La Regenta, la
+ Regenta es inexpugnable!&raquo;. Al cabo llegaba a cansar aquella canci&oacute;n
+ eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. &iexcl;La Regenta! &iquest;Por
+ qu&eacute;? &iquest;No hab&iacute;a otra? Ella lo hab&iacute;a sido en
+ Vetusta poco tiempo. Su marido hab&iacute;a dejado la carrera muy pronto,
+ &iquest;a qu&eacute; ven&iacute;a aquello de Regenta por aqu&iacute;,
+ Regenta por all&iacute;? Poco tiempo ten&iacute;a la mujer del empleado
+ del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de pura fantas&iacute;a
+ y mala intenci&oacute;n; necesitaba la atenci&oacute;n para la prosa de la
+ vida que era bien dif&iacute;cil; pero alg&uacute;n desahogo hab&iacute;a
+ de tener: pues bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como
+ todas. No se separaba de ella en cuanto pod&iacute;a: a la iglesia, al
+ paseo, al teatro, iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La
+ del Banco, desde que hab&iacute;a descubierto alg&uacute;n inter&eacute;s
+ por don &Aacute;lvaro en su amiga y en Mes&iacute;a deseos de vencer
+ aquella virtud, no pensaba m&aacute;s que en precipitar lo que en su
+ concepto era necesario. No cre&iacute;a a nadie capaz de resistir a su
+ antiguo novio.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto.
+ </p>
+ <p>
+ &Aacute;lvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte
+ arraigado en &eacute;l por las dificultades.
+ </p>
+ <p>
+ Visita fing&iacute;a preferir que fuese una pasi&oacute;n verdadera;
+ disimulaba el placer &iacute;ntimo que encontraba en las afirmaciones del
+ otro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No hablemos de eso.&mdash;Se quiere una vez y despu&eacute;s... se
+ las arregla uno como puede.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a al decir esto encog&iacute;a los hombros con un gesto de
+ desesperaci&oacute;n humor&iacute;stica que a &eacute;l y a sus
+ adoratrices se les antojaba muy interesante, byroniano (si las adoratrices
+ sab&iacute;an de Byron.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y ella es hermosa, Alvar&iacute;n, hermosa, hermosa; eso te lo juro
+ yo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, eso a la vista est&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no todo est&aacute; a la vista como comprendes. Y como ella no
+ hace lo que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atr&aacute;s,
+ donde se o&iacute;a el cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jam&aacute;s
+ se aprieta con cintas y poleas las enaguas y la falda... ni se embute....
+ &iexcl;Si la vieras!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Me lo figuro.&mdash;No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continu&oacute;
+ Visita:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ves esa cara dulce, apacible, que s&oacute;lo tiene algo de
+ pasi&oacute;n en los ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pesta&ntilde;as,
+ contenida...?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Verdad que tiene raz&oacute;n Fr&iacute;gilis?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; dice ese son&aacute;mbulo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es verdad; la cara s&iacute;...&mdash;Y la expresi&oacute;n; y
+ aquel modo de inclinar la cabeza cuando est&aacute; distra&iacute;da;
+ parece que est&aacute; acariciando a un ni&ntilde;o con la barba redonda y
+ pura....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hola, hola! &iexcl;el pintor!
+ </p>
+ <p>
+ Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero
+ aventado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Dice que no est&aacute; enamorado y la compara con la
+ Virgen!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo.
+ </p>
+ <p>
+ Visita encogi&oacute; los hombros, y despu&eacute;s de pasar algo amargo
+ que ten&iacute;a en la garganta, dijo con voz ronca y r&aacute;pida:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que lo tenga. Mes&iacute;a disimul&oacute; la repugnancia que le
+ produjo aquella frase.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, &iexcl;ay, Alvar&iacute;n! &iexcl;si la pudieras ver en su
+ cuarto, sobre todo cuando le da un ataque de esos que la hacen
+ retorcerse!... &iexcl;C&oacute;mo salta sobre la cama! Parece otra....
+ Entonces, no s&eacute; por qu&eacute;, me explico yo el capricho de la
+ piel de tigre que dicen que le regal&oacute; un ingl&eacute;s americano.
+ &iquest;Te acuerdas de aquel baile fant&aacute;stico que bailaban los
+ Bufos que vinieron el a&ntilde;o pasado?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, &iquest;qu&eacute;?&mdash;&iquest;Te acuerdas de aquella
+ danza de las Bacantes? Pues eso parece, s&oacute;lo que mucho mejor; una
+ bacante como ser&iacute;an las de verdad, si las hubo all&aacute;, en esos
+ pa&iacute;ses que dicen. Eso parece cuando se retuerce. &iexcl;C&oacute;mo
+ se r&iacute;e cuando est&aacute; en el ataque! Tiene los ojos llenos de l&aacute;grimas,
+ y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la remon&iacute;sima
+ garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas subterr&aacute;neas;
+ parece que all&aacute; dentro se lamenta el amor siempre callado y en
+ prisiones &iexcl;qu&eacute; s&eacute; yo! &iexcl;Suspira de un modo, da
+ unos abrazos a las almohadas! &iexcl;Y se encoge con una pereza!
+ Cualquiera dir&iacute;a que en los ataques tiene pesadillas, y que rabia
+ de celos o se muere de amor.... Ese est&uacute;pido de don V&iacute;ctor
+ con sus p&aacute;jaros y sus comedias, y su Fr&iacute;gilis el de los
+ gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia; el mundo
+ no deb&iacute;a ser as&iacute;. Y no es as&iacute;. Sois los hombres los
+ que hab&eacute;is inventado toda esa farsa.
+ </p>
+ <p>
+ Call&oacute; un poco, perdido el hilo del discurso, y a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo me entiendo. Despu&eacute;s de calmarse volvi&oacute; a su
+ asunto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Si la vieras! Es que no es as&iacute; como se quiera. Ver&aacute;s...
+ tiene los brazos....
+ </p>
+ <p>
+ Y describ&iacute;a minuciosamente, con los pormenores que ella pod&iacute;a
+ explicar a un hombre que hab&iacute;a sido su amante y era su camarada,
+ todas las turgencias de Ana, su perfecci&oacute;n pl&aacute;stica, los
+ encantos velados, como dec&iacute;a C&aacute;rmenes en el <i>L&aacute;baro</i>.
+ Pero les daba su nombre propio unas veces, y cuando no lo ten&iacute;an, o
+ ella lo ignoraba, usaba caprichosos diminutivos inventados en otro tiempo
+ por &Aacute;lvaro en el entusiasmo de las m&aacute;s dulces confianzas.
+ Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen masculinos, estaban grabados
+ como si fuesen de fuego en la memoria de Visita; no sal&iacute;an a sus
+ labios sino al hablar con &Aacute;lvaro y pocas veces. Le sab&iacute;an a
+ gloria a la del Banco. Pero despu&eacute;s le quedaba un dejo amargo....
+ &laquo;Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza, los
+ criados, el casero... &iexcl;diablos coronados!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Visita iba se&ntilde;alando en su cuerpo, sin coqueter&iacute;a, sin
+ pensar en lo que hac&iacute;a, las partes correspondientes de la Regenta,
+ que describ&iacute;a con entusiasmo; y dijo al terminar su descripci&oacute;n
+ apuntando hacia atr&aacute;s:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se precia &laquo;esa otra&raquo; de buenas formas.... &iexcl;Buena
+ comparaci&oacute;n tiene!
+ </p>
+ <p>
+ La cita era sabia y oportuna. Visitaci&oacute;n supon&iacute;a a don
+ &Aacute;lvaro enterado de lo que era aquella otra &iexcl;y no hab&iacute;a
+ comparaci&oacute;n!
+ </p>
+ <p>
+ Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como una
+ amapola. Ya ten&iacute;a &eacute;l en sus ojos, casi siempre apagados, las
+ chispas que saltaban de los de Visita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero te ha de costar mucho trabajo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Puede que no tanto&mdash;dijo Mes&iacute;a, sin contenerse.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ella tragar... ya trag&oacute; el anzuelo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Crees t&uacute;?&mdash;S&iacute;, estoy segura. Pero no te
+ f&iacute;es; puedes marcharte con una tajada y dejar el pez en el agua.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como yo vea el momento de tirar...&mdash;Mucho tiempo llevas pens&aacute;ndolo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n te lo ha dicho?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.&mdash;Y lo de ella,
+ &iquest;c&oacute;mo lo sabes?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Curios&oacute;n! &iexcl;el que no est&aacute; enamorado!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera
+ saber c&oacute;mo est&aacute; ella... para echar mis cuentas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ella no est&aacute; como un guante, pero por dentro andar&aacute;
+ la procesi&oacute;n. Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando
+ se cas&oacute; cesaron, que despu&eacute;s volvieron, pero nunca con la
+ frecuencia de ahora. Su humor es desigual. Exagera la severidad con que
+ juzga a las dem&aacute;s, la aburre todo. &iexcl;Pasa unas encerronas!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ta, ta, ta! eso no es decir nada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es mucho.&mdash;Nada en mi favor.&mdash;&iquest;T&uacute; qu&eacute;
+ sabes? Mira, si le hablan de ti palidece o se pone como un tomate,
+ enmudece y despu&eacute;s cambia de conversaci&oacute;n en cuanto puede
+ hablar. En el teatro, en el momento en que t&uacute; vuelves la cara, te
+ clava los ojos, y cuando el p&uacute;blico est&aacute; m&aacute;s atento a
+ la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los gemelos. Pero la
+ observo yo; por curiosidad, claro; porque a m&iacute;, en &uacute;ltimo
+ caso &iquest;qu&eacute;? Su alma su palma.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;No eres su amiga &iacute;ntima?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Su amiga, s&iacute;. &iquest;&Iacute;ntima? Ella no tiene m&aacute;s
+ intimidades que las de dentro de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy
+ cavilosa y todo se lo guarda. Por ella no sabr&eacute; nunca nada.
+ </p>
+ <p>
+ Un momento de silencio.&mdash;A no ser que ahora se lo cuente todo al
+ Magistral.... Ya sabr&aacute;s que le ha tomado de confesor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa
+ de asistir al confesonario.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo.
+ </p>
+ <p>
+ Visita llamaba misticismo a toda devoci&oacute;n que no fuera como la
+ suya, que no era devoci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ana, cuando chica, all&aacute; en Loreto, tuvo ya, seg&uacute;n yo
+ averig&uuml;&eacute;, arranques as&iacute;... como de loca... y vio
+ visiones... en fin desarreglos. Ahora vuelve; pero es por otra causa (y se&ntilde;al&oacute;
+ al coraz&oacute;n.) Est&aacute; enamorada, Alvarico, no te quepa duda.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro sinti&oacute; un profundo y tiern&iacute;simo
+ agradecimiento. &iexcl;Le daban una fe en s&iacute; mismo aquellas
+ palabras!
+ </p>
+ <p>
+ No quer&iacute;a saber m&aacute;s: o mejor, comprendi&oacute; que nada
+ positivo pod&iacute;a a&ntilde;adir Visita.
+ </p>
+ <p>
+ Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos m&uacute;sculos,
+ mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz temblaba un poco.
+ Daba l&aacute;stima. A lo menos la sinti&oacute; Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Deja eso&mdash;dijo, acerc&aacute;ndose a su amiga&mdash;. No
+ hablemos de otros; hablemos de nosotros. Est&aacute;s guap&iacute;sima....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ahora... con esas? (Parec&iacute;a que hablaba con lengua
+ met&aacute;lica.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tontina... si t&uacute; no fueras tan desconfiada....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; novedades son estas?&mdash;preguntaron los
+ labios y la lengua de placas de acero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Novedades... &iquest;las llamas novedades... ingrata?
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro acerc&oacute; su rostro al de la dama golosa. Nadie
+ pasaba por la calle. Era de las m&aacute;s desiertas; crec&iacute;a yerba
+ entre las piedras. Aquel silencio era el que llamaba solemne y aristocr&aacute;tico
+ don Saturnino.
+ </p>
+ <p>
+ Los que estaban detr&aacute;s, Obdulia y Paco, no ve&iacute;an; don
+ &Aacute;lvaro estaba seguro. Se aproxim&oacute; m&aacute;s a Visita.
+ </p>
+ <p>
+ Son&oacute; una bofetada; y despu&eacute;s la carcajada estrepitosa de la
+ del Banco, que dio un paso atr&aacute;s, huyendo de don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Loca!... &iexcl;idiota!...&mdash;gimi&oacute; Mes&iacute;a
+ limpiando su mejilla que sinti&oacute; h&uacute;meda y pegajosa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Vuelve por otra! A m&iacute; que soy tambor de marina, como
+ dice la Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ La dama, completamente tranquila, sonriente, se meti&oacute; un terr&oacute;n
+ de az&uacute;car en la boca.
+ </p>
+ <p>
+ Era su sistema. Se prohib&iacute;a a s&iacute; misma, por desconfianza,
+ las dulzuras de los enga&ntilde;os de amor, y los compensaba con
+ golosinas, que &laquo;se pegaban al ri&ntilde;&oacute;n&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a record&oacute; con tristeza, mezclada de remordimiento, la
+ noche en que aquella mujer saltaba por un balc&oacute;n, llena de fe y
+ enamorada.
+ </p>
+ <p>
+ Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareci&oacute; una
+ se&ntilde;ora que los del balc&oacute;n reconocieron al momento. Era la
+ Regenta. Ven&iacute;a de negro, de mantilla; la acompa&ntilde;aba Petra,
+ su doncella. Pronto estuvieron debajo de ellos. Ana iba distra&iacute;da,
+ porque no levant&oacute; la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Anita, Anita&mdash;grit&oacute; Visitaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces Mes&iacute;a pudo ver el rostro de la Regenta, que sonre&iacute;a
+ y saludaba. Nunca la hab&iacute;a visto tan hermosa. Tra&iacute;a las
+ mejillas sonrosadas, y ella era p&aacute;lida; tambi&eacute;n parec&iacute;a
+ haber estado al lado de un fog&oacute;n como Visita y Obdulia; en sus ojos
+ hab&iacute;a un brillo seco, destellos de alegr&iacute;a que se difund&iacute;an
+ en reflejos por todo el rostro. Ven&iacute;a con cara de sonre&iacute;r a
+ sus ideas.
+ </p>
+ <p>
+ Y adem&aacute;s de esto not&oacute; Mes&iacute;a que le hab&iacute;a
+ mirado sin conmoverse, sin turbarse, como a Visita, ni m&aacute;s ni
+ menos; hasta en su saludo, m&aacute;s franco y expansivo que otras veces,
+ hab&iacute;a visto una especie de desaire, la expresi&oacute;n de una
+ indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera dicho: gozquecillo, t&uacute;
+ no muerdes, no te temo. Se ver&iacute;a. Por lo pronto aquella afabilidad
+ era desprecio. &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a pasado en la catedral?
+ &iquest;Qu&eacute; hombre era aquel don Ferm&iacute;n que en una sola
+ conferencia hab&iacute;a cambiado aquella mujer?
+ </p>
+ <p>
+ Todo esto pens&oacute; en un momento, irritado, con vehemente deseo de
+ salir de dudas y vacilaciones. Pero nada le sali&oacute; al rostro. Salud&oacute;
+ con su aire grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba
+ Trabuco, su admirador y mortal enemigo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Has confesado?&mdash;S&iacute;, ahora mismo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Con el Magistral, por supuesto?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, con &eacute;l.&mdash;&iquest;Qu&eacute; tal? &iquest;Excelente,
+ verdad? &iquest;Qu&eacute; te dec&iacute;a yo? &iquest;No subes?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, ahora no puedo. Obdulia oy&oacute; la voz de Ana y corri&oacute;
+ al balc&oacute;n, sin cuidarse de reparar el desorden de su traje y
+ peinado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ana, sube, anda, tonta!&mdash;grit&oacute; la viuda mientras
+ devoraba a la Regenta con los ojos de pies a cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ Para Obdulia las dem&aacute;s mujeres no ten&iacute;an m&aacute;s valor
+ que el de un maniqu&iacute; de colgar vestidos; para trapos ellas; para
+ todo lo dem&aacute;s, los hombres.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se excus&oacute; otra vez; ten&iacute;a que hacer. Salud&oacute; con
+ graciosa sonrisa y sigui&oacute; adelante. Un momento se hab&iacute;an
+ encontrado sus ojos con los de Mes&iacute;a, pero no se hab&iacute;an
+ turbado ni escondido como otras veces; le hab&iacute;an mirado distra&iacute;dos,
+ sin que ella procurase evitar <i>el contacto</i> de aquellas pupilas
+ cargadas de lascivia y de amor propio irritado, confundido con el deseo.
+ </p>
+ <p>
+ Todos callaban en el balc&oacute;n mientras la Regenta se alejaba y
+ desaparec&iacute;a por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada
+ hasta que dobl&oacute; la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono
+ algo desde&ntilde;oso:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Va muy sencilla. Y se volvi&oacute; al gabinete.&mdash;&iexcl;C&oacute;metela!...&mdash;grit&oacute;
+ al o&iacute;do de &Aacute;lvaro Visita con voz en que asomaba un poco de
+ burla. Y a&ntilde;adi&oacute; muy seria:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teolog&iacute;a
+ parda!...
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="IXmdash" id="IXmdash"></a>&mdash;IX&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra est&aacute; el
+ palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia, de
+ sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa hasta
+ el tejado por las paredes.
+ </p>
+ <p>
+ Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeci&oacute; como si sintiera
+ fr&iacute;o. Mir&oacute; hacia la bocacalle pr&oacute;xima; por all&iacute;
+ el horizonte se abr&iacute;a lleno de resplandores. La calle del &Aacute;guila
+ era una pendiente r&aacute;pida que dejaba ver en lontananza la sierra y
+ los prados que forman su falda, verdes y relucientes entonces. Cruzaban la
+ plaza y pasaban sobre los tejados golondrinas g&aacute;rrulas, inquietas,
+ que iban y ven&iacute;an, como si hiciesen sus visitas de despedida, pr&oacute;ximo
+ el viaje de invierno.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Las dos solas?&mdash;S&iacute;, las dos... por los
+ prados... a campo traviesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;orita, los prados estar&aacute;n muy mojados....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por alg&uacute;n camino... extraviado... por donde no haya gente. T&uacute;
+ que eres de esas aldeas, y conoces todo eso, &iquest;no sabes por d&oacute;nde
+ podremos ir sin que encontremos a nadie?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, si estar&aacute; todo h&uacute;medo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya no; el sol habr&aacute; secado la tierra.... &iexcl;Yo traigo
+ buen calzado. Anda... vamos, Petra!
+ </p>
+ <p>
+ Ana suplicaba con la voz como una ni&ntilde;a caprichosa y con el gesto
+ como una m&iacute;stica que solicita favores celestiales.
+ </p>
+ <p>
+ Petra mir&oacute; asombrada a su se&ntilde;ora. Nunca la hab&iacute;a
+ visto as&iacute;. &iquest;Qu&eacute; era de aquella frialdad habitual, de
+ aquella tranquilidad que parec&iacute;a recelo y desconfianza disimulados?
+ </p>
+ <p>
+ Ten&iacute;a la doncella algo m&aacute;s de veinticinco a&ntilde;os; era
+ rubia de color de azafr&aacute;n, muy blanca, de facciones correctas; su
+ hermosura pod&iacute;a excitar deseos, pero dif&iacute;cilmente producir
+ simpat&iacute;as. Procuraba disimular el acento desagradable de la
+ provincia y hablaba con afectaci&oacute;n insoportable. Hab&iacute;a
+ servido en muchas casas principales. Era buena para todo, y se aburr&iacute;a
+ en casa de Quintanar, donde no hab&iacute;a aventuras ni propias ni
+ ajenas. Amos y criados parec&iacute;an de estuco. Don V&iacute;ctor era un
+ viejo tal vez amigo de los amores f&aacute;ciles, pero jam&aacute;s hab&iacute;a
+ pasado su atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y alg&uacute;n
+ piropo envuelto en circunloquios que no le compromet&iacute;an. El ama era
+ muy callada, muy cavilosa; o no ten&iacute;a nada que tapar o lo tapaba
+ muy bien. Sin embargo, Petra hab&iacute;a adquirido la convicci&oacute;n
+ de que aquella se&ntilde;ora estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella
+ las pocas ocasiones que se le ofrec&iacute;an para procurarse la confianza
+ de la Regenta. Era sol&iacute;cita, discreta, y fing&iacute;a humildad,
+ virtud, la m&aacute;s dif&iacute;cil en su concepto.
+ </p>
+ <p>
+ Un paseo a campo traviesa, despu&eacute;s de confesar, solas, en una tarde
+ h&uacute;meda, daba mucho en qu&eacute; pensar a Petra. Ella no deseaba
+ otra cosa, pero insist&iacute;a en su oposici&oacute;n por ver ad&oacute;nde
+ llegaba el capricho del ama. Otras hab&iacute;an empezado as&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Bajaron por la calle del &Aacute;guila. A su extremo, pasaba,
+ perpendicular, la carretera de Madrid.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por ah&iacute; no&mdash;dijo el ama&mdash;. Por aqu&iacute;; vamos
+ hacia la fuente de Mari&mdash;Pepa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estar&aacute;
+ seco; todav&iacute;a da el sol. Mire usted, all&iacute; est&aacute; la
+ fuente.
+ </p>
+ <p>
+ Petra mostr&oacute; a su se&ntilde;ora all&aacute; abajo, en la vega, una
+ orla de &aacute;lamos que parec&iacute;a en aquel momento de plata y oro,
+ seg&uacute;n la iluminaban los rayos oblicuos del poniente. El camino era
+ estrecho, pero igual y firme; a los lados se extend&iacute;an prados de
+ yerba alta y espesa y campos de hortaliza. Huertas y prados los riegan las
+ aguas de la ciudad y son m&aacute;s f&eacute;rtiles que toda la campi&ntilde;a;
+ los prados, de un verde fuerte, con tornasoles azulados, casi negros,
+ parecen de tupido terciopelo. Reflejando los rayos del sol en el ocaso
+ deslumbran. As&iacute; brillaban entonces. Ana entornaba los ojos con
+ delicia, como ba&ntilde;&aacute;ndose en la luz tamizada por aquella
+ frescura del suelo.
+ </p>
+ <p>
+ Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho
+ se ergu&iacute;a el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de
+ enorme cabezota, como un as de bastos, con algunos reto&ntilde;os en la
+ calvicie, varillas d&eacute;biles que la brisa sacud&iacute;a, haciendo
+ resonar como casta&ntilde;uelas las hojas solitarias de sus extremos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted, se&ntilde;ora, &iexcl;cosa m&aacute;s rara! a ninguna
+ de esas ramas le queda m&aacute;s hoja que la m&aacute;s alta, la de la
+ punta....
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de esta observaci&oacute;n, y otras por el estilo, Petra se
+ paraba a coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se
+ enganchaba el vestido en las zarzas, daba gritos, re&iacute;a; iba tomando
+ cierta confianza al verse sola con su ama, en medio de los prados, por
+ caminos de mala fama, solitarios, que sab&iacute;an de ella tantas cosas
+ dignas de ser calladas.
+ </p>
+ <p>
+ Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;M&aacute;s de una hora de confesi&oacute;n! La carita como
+ iluminada al levantarse con la absoluci&oacute;n encima... y ahora este
+ paseo por los campos... y re&iacute;r... y permitirle ciertas
+ libertades.... No me f&iacute;o; esperemos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La doncella de Ana era amiga de llegar en sus c&aacute;lculos y fantas&iacute;as
+ a las &uacute;ltimas consecuencias. Ya ve&iacute;a en lontananza propinas
+ sonantes, en monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa&mdash;daba
+ por supuesto que hab&iacute;a algo&mdash;tra&iacute;a complicaciones que
+ ofrec&iacute;an novedad para la misma Petra, que hab&iacute;a visto lo que
+ ella y Dios y aquellos y otros caminos solitarios sab&iacute;an.
+ </p>
+ <p>
+ Llegaron a la fuente de Mari&mdash;Pepa. Estaba a la sombra de robustos
+ casta&ntilde;os, que ten&iacute;an la corteza acribillada de cicatrices en
+ forma de iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de
+ &aacute;lamos que se ve&iacute;a desde lejos serv&iacute;a como de muralla
+ para hacer el lugar m&aacute;s escondido y darle sombra a la hora de
+ ponerse el sol; por oriente se levantaba una loma que daba abrigo al
+ apacible retiro formado por la naturaleza en torno del manantial. Aunque
+ situado en una hondonada, desde all&iacute; se ve&iacute;a magn&iacute;fico
+ paisaje, porque a la parte de occidente otras ondas del terreno que
+ semejaban un oleaje de verdura, dejaban contemplar los lejanos t&eacute;rminos,
+ y all&aacute; confundido con la neblina el Corf&iacute;n, una monta&ntilde;a
+ que escond&iacute;a sus crestas en las nubes y ca&iacute;a a pico sobre
+ valles ocultos detr&aacute;s de colinas y montes m&aacute;s pr&oacute;ximos.
+ El sol sesgaba el ambiente en que parec&iacute;a flotar polvo luminoso,
+ detr&aacute;s del cual aparec&iacute;a el Corf&iacute;n con un tinte c&aacute;rdeno.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se sent&oacute; sobre las ra&iacute;ces descubiertas de un casta&ntilde;o
+ que daba sombra a la fuente. Contemplaba las laderas de la monta&ntilde;a
+ iluminada como por luces de bengala, y casi entre sue&ntilde;os o&iacute;a
+ a su lado el murmullo discreto del manantial y de la corriente que se
+ precipitaba a refrescar los prados. Sobre las ramas del casta&ntilde;o
+ saltaban gorriones y pinzones que no cerraban el pico y no acababan nunca
+ de cantar formalmente, distra&iacute;dos en cualquier cosa, inquietos,
+ revoltosos y vanamente g&aacute;rrulos. Hojas secas ca&iacute;an de cuando
+ en cuando de las ramas al manantial; flotaban dando vueltas con lenta
+ marcha, y, acerc&aacute;ndose al cauce estrecho por donde el agua sal&iacute;a,
+ se deslizaban r&aacute;pidas, rectas, y desaparec&iacute;an en la
+ corriente, donde la superficie tersa se convert&iacute;a en rizada plata.
+ Una nevatilla (en Vetusta <i>lavandera</i>) picoteaba el suelo y brincaba
+ a los pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba
+ vueltas, barr&iacute;a el polvo con la cola, se acercaba al agua, beb&iacute;a,
+ de un salto llegaba al seto, se escond&iacute;a un momento entre las ramas
+ bajas de la zarzamora, por pura curiosidad, volv&iacute;a a aparecer,
+ siempre alegre, pizpireta; qued&oacute; inm&oacute;vil un instante como si
+ deliberase; y de repente, como asustada, por aprensi&oacute;n, sin el
+ menor motivo, tendi&oacute; el vuelo recto y r&aacute;pido al principio,
+ ondulante y pausado despu&eacute;s y se perdi&oacute; en la atm&oacute;sfera
+ que el sol oblicuo te&ntilde;&iacute;a de p&uacute;rpura. Ana sigui&oacute;
+ el vuelo de la <i>lavandera</i> con la mirada mientras pudo. &laquo;Estos
+ animalitos, pens&oacute;, sienten, quieren y hasta hacen sus
+ reflexiones.... Ese pajarillo ha tenido una idea de repente; se ha cansado
+ de esta sombra y se ha ido a buscar luz, calor, espacio. &iexcl;Feliz
+ &eacute;l! Cansarse &iexcl;es tan natural!&raquo;. Ella misma, la Regenta,
+ estaba bien cansada de aquella sombra en que hab&iacute;a vivido siempre.
+ &iquest;Ser&iacute;a algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que el
+ Magistral le hab&iacute;a prometido? Cuando ella le hab&iacute;a dicho que
+ en la adolescencia hab&iacute;a tenido antojos m&iacute;sticos, y que
+ despu&eacute;s sus t&iacute;as y todas las amigas de Vetusta le hab&iacute;an
+ hecho despreciar aquella vanidad piadosa &iquest;qu&eacute; hab&iacute;a
+ contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba todav&iacute;a en
+ los o&iacute;dos aquella voz dulce que sal&iacute;a en pedazos, como por
+ tamiz, por los cuadradillos de la celos&iacute;a del confesonario. Le hab&iacute;a
+ dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no pod&iacute;a repetir
+ al pie de la letra, algo parecido a esto: &laquo;Hija m&iacute;a, ni
+ aquellos anhelos de usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran
+ acendrada piedad, ni los desdenes con que despu&eacute;s fueron
+ maltratados tuvieron pizca de prudencia&raquo;. Pizca hab&iacute;a dicho,
+ estaba ella segura. La elocuencia del Magistral en el confesonario no era
+ como la que usaba en el p&uacute;lpito; ahora lo notaba. En el
+ confesonario aprovechaba las palabras familiares que dicen tan bien
+ ciertas cosas que jam&aacute;s hab&iacute;a visto ella en los libros
+ llenos de ret&oacute;rica. Y le hab&iacute;a puesto una comparaci&oacute;n:
+ &laquo;Si usted, hija m&iacute;a, se ba&ntilde;a en un r&iacute;o, y
+ revolviendo el agua al nadar, por juego, como solemos hacer, encuentra
+ entre la arena una pepita de oro, peque&ntilde;&iacute;sima que no vale
+ una peseta, &iquest;se creer&aacute; usted ya millonaria? &iquest;pensar&aacute;
+ que aquel descubrimiento la va a hacer rica? &iquest;que todo el r&iacute;o
+ va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y que
+ todo va a ser para usted? Eso ser&iacute;a absurdo. Pero, por esto
+ &iquest;va a tirar con desd&eacute;n la pepita y a seguir jugueteando con
+ el agua, moviendo los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla
+ con los pies y sin pensar ya nunca m&aacute;s en aquel poquito de oro que
+ encontr&oacute; entre la arena?&raquo;. Estaba muy bien puesta la
+ comparaci&oacute;n. Ella se hab&iacute;a visto con su traje de ba&ntilde;o,
+ sin mangas, braceando en el r&iacute;o, a la sombra de avellanos y
+ nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete blanqu&iacute;simo,
+ de rodillas, pidi&eacute;ndole, con las manos juntas, que no arrojase la
+ pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar as&iacute;, que se viera
+ lo que se dec&iacute;a. Se hab&iacute;a entusiasmado con aquel fluir de
+ palabras dulces, nuevas, llenas de una alegr&iacute;a celestial; hab&iacute;a
+ abierto su coraz&oacute;n delante de aquel agujero con varillas
+ atravesadas. Tambi&eacute;n ella hab&iacute;a dicho muchas palabras que no
+ hab&iacute;a usado en su vida hablando con los dem&aacute;s. Entonces el
+ Magistral, all&aacute; dentro, callaba; y cuando ella termin&oacute;, la
+ voz del confesonario temblaba al decir: &laquo;Hija m&iacute;a, esa
+ historia de sus tristezas, de sus ensue&ntilde;os, de sus aprensiones
+ merece que yo medite mucho. Su alma es noble, y s&oacute;lo porque en este
+ sitio yo no puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de se&ntilde;alar
+ d&oacute;nde est&aacute; el oro y d&oacute;nde est&aacute; el lodo... y de
+ hacerle ver que hay m&aacute;s oro de lo que parece. Sin embargo, usted
+ est&aacute; enferma; toda alma que viene aqu&iacute; est&aacute; enferma.
+ Yo no s&eacute; c&oacute;mo hay quien hable mal de la confesi&oacute;n;
+ aparte de su car&aacute;cter de instituci&oacute;n divina, aun mir&aacute;ndola
+ como asunto de utilidad humana &iquest;no comprende usted, y puede
+ comprender cualquiera que es necesario este hospital de almas para los
+ enfermos del esp&iacute;ritu?&raquo;. El Magistral hab&iacute;a hablado de
+ las consultas que los peri&oacute;dicos protestantes establecen para
+ dilucidar casos de conciencia. &laquo;Las se&ntilde;oras protestantes, que
+ no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. &iquest;No es esto rid&iacute;culo?&raquo;.
+ El Provisor hab&iacute;a sonre&iacute;do con la voz.
+ </p>
+ <p>
+ Y hab&iacute;a continuado diciendo lo que en sustancia era esto: &laquo;No
+ deb&iacute;a ella acudir all&iacute; s&oacute;lo a pedir la absoluci&oacute;n
+ de sus pecados; el alma tiene, como el cuerpo, su terap&eacute;utica y su
+ higiene; el confesor es m&eacute;dico higienista; pero as&iacute; como el
+ enfermo que no toma la medicina o que oculta su enfermedad, y el sano que
+ no sigue el r&eacute;gimen que se le indica para conservar la salud, a s&iacute;
+ mismos se hacen da&ntilde;o, a s&iacute; propios se enga&ntilde;an; lo
+ mismo se enga&ntilde;a y se da&ntilde;a a s&iacute; propio el pecador que
+ oculta los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de
+ prisa y mal, o falta al r&eacute;gimen espiritual que se le impone. No
+ bastaba una conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades
+ viejas y descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deduc&iacute;a
+ racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar a
+ menudo. No se trataba de cumplir con una f&oacute;rmula: confesar no era
+ eso. Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba
+ de ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como
+ lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido
+ religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan y
+ los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se
+ desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religi&oacute;n, lo mandar&iacute;a
+ el sentido com&uacute;n. La religi&oacute;n es toda raz&oacute;n, desde el
+ dogma m&aacute;s alto hasta el pormenor menos importante del rito&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella conformidad de la fe y de la raz&oacute;n encantaba a la Regenta.
+ &iquest;C&oacute;mo ten&iacute;a ella veintisiete a&ntilde;os y jam&aacute;s
+ hab&iacute;a o&iacute;do esto? No se hab&iacute;a atrevido a pregunt&aacute;rselo
+ al Magistral, pero tiempo habr&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Un gorri&oacute;n con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de
+ Ana y se atrevi&oacute; a mirarla con insolencia. La dama se acord&oacute;
+ del Arcipreste, que ten&iacute;a el don de parecerse a los p&aacute;jaros.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era un buen se&ntilde;or Ripamil&aacute;n; pero &iexcl;qu&eacute;
+ manera de confesar! Una rutina que nunca le hab&iacute;a ense&ntilde;ado
+ nada. A no ser su matrimonio, nada hab&iacute;a sacado de aquellas
+ confesiones. Dec&iacute;a el pobre hombre que se sab&iacute;a de memoria
+ los pecados de la Regenta y la interrump&iacute;a siempre con su eterno:&mdash;'Bien,
+ bien, adelante: &iquest;qu&eacute; m&aacute;s? adelante... reza tres
+ Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. &iexcl;Qu&eacute; hombre tan
+ raro! &iquest;Cu&aacute;ndo le hab&iacute;a hablado don Cayetano de si ten&iacute;a
+ ella este o el otro temperamento? Pues el Magistral en seguida: le hab&iacute;a
+ dicho que era un temperamento especial, que todo esto y m&aacute;s hab&iacute;a
+ que tener en cuenta. Esto era completamente nuevo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, la hab&iacute;a halagado mucho el notar que don Ferm&iacute;n
+ le hablaba como a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le hab&iacute;a
+ citado autores, dando por supuesto que los conoc&iacute;a, y al usar sin
+ reparo palabras t&eacute;cnicas se guardaba de explic&aacute;rselas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Y qu&eacute; <i>elevaci&oacute;n</i>! &iquest;Qu&eacute; era
+ la virtud? &iquest;Qu&eacute; era la santidad? Aquello hab&iacute;a sido
+ lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la cosa m&aacute;s
+ f&aacute;cil para los esp&iacute;ritus nobles y limpios. Para un perezoso
+ enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un
+ imposible; para una persona decente (as&iacute; hab&iacute;a dicho) una
+ necesidad de las m&aacute;s imperiosas de la vida. La religi&oacute;n no
+ presentaba como una senda ardua la de la virtud, sino para los que viven
+ sumidos en el pecado; pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en
+ nosotros; no hab&iacute;a m&aacute;s que darle una voz y acud&iacute;a. La
+ virtud comienza por un esfuerzo ligero, si bien contrario al h&aacute;bito
+ adquirido; al d&iacute;a siguiente el esfuerzo era menos costoso y su
+ eficacia mayor por la <i>velocidad adquirida</i>, por la <i>inercia del
+ bien</i>, esto era mec&aacute;nico (as&iacute; lo hab&iacute;a dicho el se&ntilde;or
+ De Pas.) La virtud pod&iacute;a definirse; el equilibrio estable del alma.
+ Adem&aacute;s, era una alegr&iacute;a; un buen d&iacute;a de sol; r&aacute;fagas
+ de aire fresco embalsamado; el alma virtuosa se convert&iacute;a en una
+ pajarera donde gorjeaban alegres los dones del Esp&iacute;ritu Santo
+ animando el coraz&oacute;n en las tristezas de la vida. Aquella melancol&iacute;a
+ de que ella se quejaba, era nostalgia de la virtud a que llegar&iacute;a,
+ y por la que suspiraba su esp&iacute;ritu como por su patria. La virtud
+ era cuesti&oacute;n de arte, de habilidad. No s&oacute;lo se consegu&iacute;a
+ por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo, pero hab&iacute;a
+ otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede aspirar tambi&eacute;n
+ a la perfecci&oacute;n&raquo;. (En aquel momento se figuraba la Regenta
+ como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan peque&ntilde;a,
+ tan mon&oacute;tona y triste.) &laquo;Ella que hab&iacute;a le&iacute;do a
+ San Agust&iacute;n &iquest;no recordaba que el santo Obispo gustaba de la
+ m&uacute;sica religiosa, no por el deleite de los sentidos, sino porque
+ elevaba el alma? Pues as&iacute; todas las artes, as&iacute; la
+ contemplaci&oacute;n de la naturaleza, la lectura de las obras hist&oacute;ricas,
+ y de las filos&oacute;ficas, siendo puras, pod&iacute;an elevar el alma y
+ ponerla en el diapas&oacute;n de la santidad al un&iacute;sono de la
+ virtud. &iquest;Por qu&eacute; no? &iexcl;Ah! y despu&eacute;s, cuando se
+ llegaba m&aacute;s arriba, a la seguridad de s&iacute; mismo, cuando ya no
+ se tem&iacute;a la tentaci&oacute;n sino con temor prudente, se
+ encontraban edificantes muchos espect&aacute;culos que antes eran
+ peligrosos. As&iacute;, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos,
+ veneno para los d&eacute;biles, era purga para los fuertes. Al que llega a
+ cierto grado de fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por
+ el contraste&raquo;. El Magistral no hab&iacute;a dicho si &eacute;l era
+ tan fuerte como todo eso, pero ella supon&iacute;a que s&iacute;. De todas
+ maneras, la virtud y la piedad eran cosas bien diferentes de lo que le hab&iacute;an
+ ense&ntilde;ado sus t&iacute;as y la devoci&oacute;n vulgar (as&iacute; la
+ llam&oacute; para sus adentros) que hab&iacute;a aprendido como una
+ rutina. S&iacute;, la religi&oacute;n verdadera se parec&iacute;a en
+ definitiva a sus ensue&ntilde;os de adolescente, a sus visiones del monte
+ de Loreto m&aacute;s que a la sosa y est&uacute;pida disciplina que la hab&iacute;an
+ ense&ntilde;ado como piedad seria y verdadera. &iexcl;Y cu&aacute;ntas m&aacute;s
+ lecciones le hab&iacute;a prometido el Magistral para otro d&iacute;a!
+ &iexcl;Cu&aacute;ntas cosas nuevas iba a saber y a sentir! &iexcl;Y qu&eacute;
+ dicha tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales
+ asuntos, los m&aacute;s interesantes, los m&aacute;s altos sin duda!
+ </p>
+ <p>
+ De la <i>cuesti&oacute;n personal</i>, esto es, de los pecados de Ana, se
+ hab&iacute;a hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. &laquo;No
+ ten&iacute;a datos, necesitaba conocer la mujer&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Al recordar esto sinti&oacute; la Regenta escr&uacute;pulos. &iexcl;Le hab&iacute;a
+ dado la absoluci&oacute;n y ella no hab&iacute;a dicho nada de su
+ inclinaci&oacute;n a don &Aacute;lvaro! &mdash;&laquo;S&iacute;, inclinaci&oacute;n.
+ Ahora que consideraba vencido aquel impulso pecaminoso, quer&iacute;a
+ mirarlo de frente. Era inclinaci&oacute;n. Nada de disfrazar las faltas.
+ Hab&iacute;a hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos, pero le
+ parec&iacute;a indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero,
+ personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo hombre
+ de tales prendas, y se&ntilde;alar los peligros que hab&iacute;a. Pero
+ &iquest;deb&iacute;a haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, &iquest;no
+ hubiera sido poner en berlina a don V&iacute;ctor sin por qu&eacute; ni
+ para qu&eacute;, puesto que ella le era fiel de hecho y de voluntad y se
+ lo ser&iacute;a eternamente? Y con todo, debi&oacute; haber especificado m&aacute;s
+ en aquella parte de la confesi&oacute;n. &iquest;Estaba bien absuelta?
+ &iquest;Podr&iacute;a comulgar tranquila al d&iacute;a siguiente? Eso no,
+ de ning&uacute;n modo; no comulgar&iacute;a; se quedar&iacute;a en la cama
+ fingiendo una jaqueca: de tarde ir&iacute;a a reconciliar, y al otro d&iacute;a
+ la comuni&oacute;n. Este era el mejor plan. La resoluci&oacute;n de no
+ comulgar a la ma&ntilde;ana siguiente le dio una alegr&iacute;a de ni&ntilde;a;
+ era como un d&iacute;a de asueto. Pod&iacute;a pasar la noche pensando en
+ la religi&oacute;n, en la virtud en general, por aquel sistema nuevo, y no
+ preocuparse todav&iacute;a con el cuidado de recibir al Se&ntilde;or
+ dignamente. Era una pr&oacute;rroga; un respiro. Y ya no le parec&iacute;a
+ impropio dar rienda suelta a su alegr&iacute;a, aquella alegr&iacute;a
+ causada por fuerzas morales puramente y que tal vez era la alborada del d&iacute;a
+ esplendoroso de la virtud.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iexcl;Qu&eacute; feliz ser&iacute;a aquel Magistral, anegado en
+ luz de alegr&iacute;a virtuosa, llena el alma de p&aacute;jaros que le
+ cantaban como coros de &aacute;ngeles dentro del coraz&oacute;n! As&iacute;
+ &eacute;l ten&iacute;a aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto
+ garbo por el Espol&oacute;n en medio de perezosos del alma, de esp&iacute;ritus
+ peque&ntilde;os y... vetustenses. &iexcl;Y qu&eacute; color de salud!
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iexcl;Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! &iquest;C&oacute;mo
+ no ser&iacute;a Obispo el Magistral? &iexcl;Qui&eacute;n sabe! &iquest;Por
+ qu&eacute; era ella, aunque digna de otro mundo, nada m&aacute;s que una
+ se&ntilde;ora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era lo de
+ menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese pajarillo no
+ tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo esp&iacute;ritu y volar&eacute;
+ con las alas invisibles del coraz&oacute;n, cruzando el ambiente puro,
+ radiante de la virtud&raquo;. Se estremeci&oacute; de fr&iacute;o. Volvi&oacute;
+ a la realidad. Todo qued&oacute; en la sombra. El sol ocultaba entre nubes
+ pardas y espesas, detr&aacute;s de la cortina de &aacute;lamos, el
+ &uacute;ltimo pedazo de su lumbre que se le hab&iacute;a quedado atr&aacute;s,
+ como un trapillo de p&uacute;rpura. La sombra y el fr&iacute;o fueron
+ repentinos. Un coro estridente de ranas despidi&oacute; al sol desde un
+ charco del prado vecino. Parec&iacute;a un himno de salvajes paganos a las
+ tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta record&oacute; las
+ carracas de Semana Santa, cuando se apaga la luz del &aacute;ngulo
+ misterioso y se rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estr&eacute;pito
+ horr&iacute;sono.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Petra! &iexcl;Petra!&mdash;grit&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Estaba sola. &iquest;Ad&oacute;nde hab&iacute;a ido su doncella?
+ </p>
+ <p>
+ Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una ra&iacute;z
+ gruesa, que sal&iacute;a de la tierra como una garra. Lo ten&iacute;a a un
+ palmo de su vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figur&oacute; que
+ aquel sapo hab&iacute;a estado oy&eacute;ndola pensar y se burlaba de sus
+ ilusiones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Petra! &iexcl;Petra! La doncella no respond&iacute;a. El
+ sapo la miraba con una impertinencia que le daba asco y un pavor tonto.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; Petra. Ven&iacute;a sudando, muy encarnada, con la respiraci&oacute;n
+ fatigosa. Le ca&iacute;an hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como hab&iacute;a
+ visto tan ensimismada a la se&ntilde;ora, se hab&iacute;a llegado al
+ molino de su primo Antonio que estaba all&iacute; cerca, a un tiro de
+ fusil.
+ </p>
+ <p>
+ Ana le fij&oacute; los ojos con los suyos, pero ella desafi&oacute;
+ aquella mirada de inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba
+ enamorado de la doncella; el ama lo sab&iacute;a. Petra pensaba casarse
+ con &eacute;l, pero m&aacute;s adelante cuando fuera m&aacute;s rico y
+ ella m&aacute;s vieja. De vez en cuando iba a verle para que no se apagase
+ aquel fuego con que ella contaba para calentarse en la vejez. Miraba el
+ molino como una caja de ahorros donde ella iba depositando sus econom&iacute;as
+ de amor. Ana sin saber por qu&eacute;, sinti&oacute; un poco de ira.
+ &laquo;&iquest;C&oacute;mo ser&iacute;an aquellos amores de Petra y el
+ molinero? &iquest;Qu&eacute; le importaba a ella...?&raquo;. Pero la
+ manera de mirar a Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo
+ descompuesto, la fatiga que no pod&iacute;a ocultar, el sudor, el color de
+ sus mejillas, revelaba una curiosidad que quer&iacute;a ocultar en vano la
+ Regenta. &laquo;&iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a hecho en el molino aquella
+ mujer?&raquo;. Este pensamiento balad&iacute;, obsesi&oacute;n est&uacute;pida
+ que era casi un dolor, absorb&iacute;a toda la atenci&oacute;n de Ana, a
+ su pesar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, vamos, que es tarde.&mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora; es
+ tarde. Entraremos en casa cuando ya est&eacute;n encendidos los faroles.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no tanto.&mdash;Ya ver&aacute; usted.&mdash;Si no te hubieras
+ detenido en la fragua de tu primo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; fragua? Es un molino, se&ntilde;ora.
+ </p>
+ <p>
+ A Petra le supo a malicia lo que era una equivocaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurec&iacute;a. La luz
+ amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas
+ polvorientas de las raqu&iacute;ticas acacias que adornaban el boulevard,
+ nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo me has tra&iacute;do por aqu&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; importa? Petra se encogi&oacute; de hombros. En
+ vez de subir por la calle del &Aacute;guila hab&iacute;an dado un rodeo y
+ entraban por una de las pocas calles nuevas de Vetusta, de casas de tres
+ pisos, iguales, cargadas de galer&iacute;as con cristales de colores
+ chillones y discordantes. La acera de tres metros de anchura, una acera
+ hiperb&oacute;lica para Vetusta, estaba orlada por una fila de faroles en
+ columna, de hierro pintado de verde, y por otra fila de &aacute;rboles,
+ prisioneros en estrecha caja de madera, verde tambi&eacute;n. Por esto se
+ llamaba <i>El boulevard</i>, o lo que era en rigor, <i>Calle del Triunfo
+ de 1836</i>. Al anochecer, hora en que dejaban el trabajo los obreros, se
+ convert&iacute;a aquella acera en paseo donde era dif&iacute;cil andar sin
+ pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras, planchadoras,
+ ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros, zapateros, sastres,
+ carpinteros y hasta alba&ntilde;iles y canteros, sin contar otras muchas
+ clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del Triunfo y
+ paseaban all&iacute; una hora, arrastrando los pies sobre las piedras con
+ estridente sonsonete.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a comenzado aquel paseo a&ntilde;os atr&aacute;s como una
+ especie de parodia; imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz,
+ las conversaciones de las se&ntilde;oritas, y los obreros j&oacute;venes
+ se fing&iacute;an caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada
+ jactancia. Poco a poco la broma se convirti&oacute; en costumbre y merced
+ a ella la ciudad solitaria, triste de d&iacute;a, se animaba al comenzar
+ la noche, con una alegr&iacute;a exaltada, que parec&iacute;a una excitaci&oacute;n
+ nerviosa de toda la &laquo;pobreter&iacute;a&raquo;, como dec&iacute;an
+ los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de los talleres que sal&iacute;a
+ al aire libre; los m&uacute;sculos se mov&iacute;an por su cuenta, a su
+ gusto, libres de la monoton&iacute;a de la faena rutinaria. Cada cual,
+ adem&aacute;s, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho
+ algo &uacute;til, de haber trabajado. Las muchachas re&iacute;an sin
+ motivo, se pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al
+ pasar los grupos de obreros crec&iacute;a la algazara; hab&iacute;a golpes
+ en la espalda, carcajadas de malicia, gritos de mentida indignaci&oacute;n,
+ de falso pudor, no por hipocres&iacute;a, sino como si se tratara de un
+ paso de comedia. Los remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se
+ expon&iacute;a a salir con las mejillas ardiendo. Las virtudes que hab&iacute;a
+ all&iacute; sab&iacute;an defenderse a bofetadas. En general, se mov&iacute;a
+ aquella multitud con cierto orden. Se paseaba en filas de ida y vuelta.
+ Algunos se&ntilde;oritos se mezclaban con los grupos de obreros. A ellas
+ les sol&iacute;a parecer bien un piropo de un estudiante o de un hortera;
+ pero la indignaci&oacute;n fingida era mayor cuando un <i>levita</i> se
+ propasaba y siempre acompa&ntilde;aba a la protesta del pudor el sarcasmo.
+ Aquellas j&oacute;venes, que no siempre estaban seguras de cenar al volver
+ a casa, insultaban al transe&uacute;nte que las llamaba hermosas,
+ suponiendo que el <i>futraque</i> ten&iacute;a <i>carpanta</i>, o sea
+ hambre. A lo sumo conced&iacute;an que comer&iacute;a ca&ntilde;amones.
+ Los expertos no se aturd&iacute;an por estos improperios convencionales,
+ que eran all&iacute; el buen tono; insist&iacute;an y acababan por sacar
+ tajada, si la hab&iacute;a. La virtud y el vicio se codeaban sin escr&uacute;pulo,
+ iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque hab&iacute;a
+ algunas j&oacute;venes limpias, de aquel mont&oacute;n de hijas del
+ trabajo que hace sudar, sal&iacute;a un olor picante, que los habituales
+ transe&uacute;ntes ni siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un
+ olor de miseria perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo
+ respiraban muchas mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras
+ delicadas, dulces, pero todas mal vestidas, mal lavadas las m&aacute;s,
+ mal peinadas algunas. El estr&eacute;pito era infernal; todos hablaban a
+ gritos, todos re&iacute;an, unos silbaban, otros cantaban. Ni&ntilde;as de
+ catorce a&ntilde;os, con rostro de &aacute;ngel, o&iacute;an sin turbarse
+ blasfemias y obscenidades que a veces las hac&iacute;an re&iacute;r como
+ locas. Todos eran j&oacute;venes. El trabajador viejo no tiene esa alegr&iacute;a.
+ Entre los hombres acaso ninguno hab&iacute;a de treinta a&ntilde;os. El
+ obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegr&iacute;a
+ expansiva, sin causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se pod&iacute;a
+ salir de la acera. Hab&iacute;a mucho lodo y pasaban carros y coches sin
+ cesar; era la hora del correo y aquel el camino de la estaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Los grupos se abr&iacute;an para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes m&aacute;s
+ osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza
+ bondadosa de aquella cara de Mar&iacute;a Sant&iacute;sima les impon&iacute;a
+ admiraci&oacute;n y respeto.
+ </p>
+ <p>
+ Las chalequeras no murmuraban ni re&iacute;an al pasar Ana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es la Regenta!&mdash;&iexcl;Qu&eacute; guapa es! Esto dec&iacute;an
+ ellas y ellos. Era una alabanza espont&aacute;nea, desinteresada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ol&eacute;, salero! &iexcl;Viva tu mare!&mdash;se atrevi&oacute;
+ a gritar un andaluz con acento gallego.
+ </p>
+ <p>
+ Su entusiasmo le cost&oacute; una <i>galleta</i>&mdash;un coscorr&oacute;n&mdash;de
+ un su amigo, m&aacute;s respetuoso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;So bruto, mira que es la Regenta!
+ </p>
+ <p>
+ Era popular su hermosura. A Petra tambi&eacute;n le dec&iacute;an los
+ pollastres que era un arc&aacute;ngel; iba contenta. Ana sonre&iacute;a y
+ aceleraba el paso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;D&oacute;nde nos hemos metido...&mdash;&iquest;Qu&eacute; importa?
+ ya ve usted que no se la comen.
+ </p>
+ <p>
+ Muchas se&ntilde;oritas podr&iacute;an aprender crianza de estos
+ pela-gatos.
+ </p>
+ <p>
+ Alguna otra vez hab&iacute;a pasado la Regenta por all&iacute; a tales
+ horas, pero en esta ocasi&oacute;n, con una especie de doble vista, cre&iacute;a
+ ver, sentir all&iacute;, en aquel mont&oacute;n de ropa sucia, en el mismo
+ olor picante de la <i>chusma</i>, en la algazara de aquellas turbas, una
+ forma de placer del amor; del amor que era por lo visto una necesidad
+ universal. Tambi&eacute;n hab&iacute;a cuchicheos secretos, al o&iacute;do,
+ entre aquel estr&eacute;pito; rostros l&aacute;nguidos, ce&ntilde;os de
+ enamorados celosos, miradas como rayos de pasi&oacute;n.... Entre aquel
+ cinismo aparente de los di&aacute;logos, de los roces bruscos, de los
+ tropezones insolentes, de la brutalidad jactanciosa, hab&iacute;a flores
+ delicadas, verdadero pudor, ilusiones puras, ensue&ntilde;os amorosos que
+ viv&iacute;an all&iacute; sin conciencia de los miasmas de la miseria.
+ </p>
+ <p>
+ Ana particip&oacute; un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pens&oacute;
+ en s&iacute; misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibici&oacute;n
+ absoluta del placer, y se tuvo esa l&aacute;stima profunda del ego&iacute;smo
+ excitado ante las propias desdichas. &laquo;Yo soy m&aacute;s pobre que
+ todas estas. Mi criada tiene a su molinero que le dice al o&iacute;do
+ palabras que le encienden el rostro; aqu&iacute; oigo carcajadas del
+ placer que causan emociones para m&iacute; desconocidas...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Hab&iacute;a un
+ drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno,
+ vestido con blusa azul, gritaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;La mato! &iexcl;la mato! Dejadme, que quiero matarla.
+ </p>
+ <p>
+ Sus compa&ntilde;eros le sujetaban; quer&iacute;an llev&aacute;rsela. El
+ mozo echaba fuego por los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso?&mdash;pregunt&oacute; Petra.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada&mdash;dijo uno&mdash;celucos.&mdash;S&iacute;&mdash;grit&oacute;
+ una joven&mdash;pero si ella se descuida la ahoga.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul sali&oacute;
+ del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto a
+ la Regenta la mir&oacute; cara a cara, distra&iacute;do, pensando en su
+ venganza; pero ella sinti&oacute; aquellos ojos en los suyos como un
+ contacto violento. &iexcl;Eran los <i>celucos</i>! &iexcl;As&iacute;
+ miraban los celos! Era una belleza infernal, sin duda, la de aquellos
+ ojos, &iexcl;pero qu&eacute; fuerte, qu&eacute; humana!
+ </p>
+ <p>
+ Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del
+ Comercio. De las tiendas sal&iacute;an haces de luz que llegaban al arroyo
+ iluminando las piedras h&uacute;medas cubiertas de lodo. Delante del
+ escaparate de una confiter&iacute;a nueva, la m&aacute;s lujosa de
+ Vetusta, un grupo de <i>pillos</i> de ocho a doce a&ntilde;os discut&iacute;an
+ la calidad y el nombre de aquellas golosinas que no eran para ellos, y
+ cuyas excelencias s&oacute;lo pod&iacute;an apreciar por conjeturas.
+ </p>
+ <p>
+ El m&aacute;s peque&ntilde;o lam&iacute;a el cristal con &eacute;xtasis
+ delicioso, con los ojos cerrados.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esa se llama <i>pitisa</i>&mdash;dijo uno en tono dogm&aacute;tico.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ay qu&eacute; farol!; si eso es un <i>pionono</i>, si sabr&eacute;
+ yo....
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n aquella escena enterneci&oacute; a la Regenta. Siempre sent&iacute;a
+ apretada la garganta y l&aacute;grimas en los ojos cuando ve&iacute;a a
+ los ni&ntilde;os pobres admirar los dulces o los juguetes de los
+ escaparates. No eran para ellos; esto le parec&iacute;a la m&aacute;s
+ terrible crueldad de la injusticia. Pero, adem&aacute;s, ahora aquellos
+ granujas discutiendo el nombre de lo que no hab&iacute;an de comer, se le
+ antojaban compa&ntilde;eros de desgracia, hermanitos suyos, sin saber por
+ qu&eacute;. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse por todo la
+ asustaba. &laquo;Tem&iacute;a el ataque, estaba muy nerviosa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Corre, Petra, corre&mdash;dijo con voz muy d&eacute;bil.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Espere usted, se&ntilde;ora... all&iacute;... parece que nos hacen
+ se&ntilde;a... s&iacute;, a nosotras es. Ah, son ellos, s&iacute;...&mdash;&iquest;Qui&eacute;n?&mdash;El
+ se&ntilde;orito Paco y don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ Petra not&oacute; que su ama temblaba un poco y palidec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;n? A ver si podemos, antes que....
+ </p>
+ <p>
+ Ya no pod&iacute;an escapar. Don &Aacute;lvaro y Paco estaban delante de
+ ellas. El Marquesito las detuvo haciendo una cortes&iacute;a exagerada,
+ que era una de sus maneras de <i>hacer esprit</i>, como dec&iacute;a ya el
+ mismo Ronzal. Mes&iacute;a salud&oacute; muy formalmente.
+ </p>
+ <p>
+ De la confiter&iacute;a nueva sal&iacute;an chorros de gas que
+ deslumbraban a los vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de
+ gas. Don &Aacute;lvaro ve&iacute;a a la Regenta envuelta en aquella
+ claridad de bater&iacute;a de teatro y not&oacute; en la primer mirada que
+ no era ya la mujer distra&iacute;da de aquella tarde. Sin saber por qu&eacute;,
+ le hab&iacute;a desanimado la mirada pl&aacute;cida, franca, tranquila de
+ poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, t&iacute;mida, r&aacute;pida,
+ miedosa, le pareci&oacute; una esperanza m&aacute;s, la sumisi&oacute;n de
+ Ana, el triunfo. &laquo;No ser&iacute;a tanto, pero &eacute;l se alegraba
+ de verse animado. Sin fe en s&iacute; mismo no dar&iacute;a un paso. Y hab&iacute;a
+ que dar muchos y pronto&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En Vetusta llueve casi todo el a&ntilde;o, y los pocos d&iacute;as buenos
+ se aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no est&aacute;n
+ concurridos m&aacute;s que los d&iacute;as de fiesta. Las se&ntilde;oritas
+ pobres, que son las m&aacute;s, no se resignan a ense&ntilde;ar el mismo
+ vestido una tarde y otra y siempre. De noche es otra cosa; se sale de
+ trapillo, se recorre la parte nueva, la calle del Comercio, la plaza del
+ Pan, que tiene soportales, aunque muy estrechos, el boulevard un poco m&aacute;s
+ tarde, cuando ya est&aacute; durmiendo la <i>chusma</i>. Y el pretexto es
+ comprar algo. &iexcl;En una casa hacen falta tantas cosas! Se entra en las
+ tiendas, pero se compra poco. La calle del Comercio es el n&uacute;cleo de
+ estos paseos nocturnos y algo disimulados. Los caballeros van y vienen por
+ la ancha acera y miran con mayor o menor descaro a las damas sentadas
+ junto al mostrador. Con un ojo en las novedades de la estaci&oacute;n y
+ con otro en la calle, regatean los precios, y cazan lisonjas y se&ntilde;as
+ al vuelo. Los mancebos son casi todos catalanes; pero pronuncian el
+ castellano con suficiente correcci&oacute;n. Son amables, guapos casi
+ todos. Los m&aacute;s tienen la barba cortada a lo Jesucristo. Muchos ojos
+ negros almibarados y rosas en las mejillas. Inclinan la cabeza con una
+ languidez entre rom&aacute;ntica y cachazuda; aquello lo mismo puede
+ significar: &laquo;Se&ntilde;orita, <i>abrigo</i> una pasi&oacute;n
+ secreta, que...&raquo;. &laquo;Se&ntilde;orita, ni la paciencia de Job...
+ pero tendr&eacute; paciencia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, le estoy cansando a usted!&mdash;dice Visitaci&oacute;n
+ a un rubio con cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta
+ piezas de percal.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah, no se&ntilde;ora! Es mi obligaci&oacute;n... y adem&aacute;s
+ lo hago con la mejor voluntad.... &laquo;El mancebo ha de ser incansable,
+ para eso est&aacute; all&iacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n siempre tiene que hacer un mandil&oacute;n para la
+ criada, pero no se decide nunca. Otras noches es ella la que est&aacute;
+ desnuda.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El mancebo sonr&iacute;e con amabilidad, figur&aacute;ndose de buen grado
+ a la dama delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los
+ rigores de una nevada....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;No sea usted malo! &iexcl;No sea usted tan material!&raquo;&mdash;responde
+ ella, turb&aacute;ndose como una ni&ntilde;a aturdida que sospecha haber
+ sido indiscreta, y clava en el mancebo los ojos risue&ntilde;os,
+ arrugaditos, que Visitaci&oacute;n cree que echan chispas. El catal&aacute;n
+ finge que se deja seducir por aquellos ojos y en cada vara rebaja un perro
+ chico.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendi&oacute;
+ a Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que
+ pod&iacute;a esperar el mancebo sonriente y con barba de jud&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de <i>El L&aacute;baro</i>,
+ no saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y
+ les queda tiempo para <i>marear</i> a los horteras y tomar varas al sesgo
+ (frase de Orgaz) de los se&ntilde;oritos que pasean por la acera
+ disputando en voz alta para anunciar su presencia. Domina all&iacute; una
+ alegr&iacute;a bulliciosa, la alegr&iacute;a sin motivo que es la m&aacute;s
+ expansiva y contentadiza. &iquest;Qui&eacute;n lo dir&iacute;a? No s&oacute;lo
+ <i>el elemento joven de ambos sexos</i> (de <i>El L&aacute;baro</i>) sino
+ las personas formales; magistrados, catedr&aacute;ticos, autoridades,
+ abogados, hasta cl&eacute;rigos, est&aacute;n deseando todo el d&iacute;a,
+ sin darse cuenta, la hora de las tiendas, los d&iacute;as que <i>hace
+ bueno</i> y pueden las damas &laquo;decorosamente&raquo; coger la mantilla
+ y echarse a la calle. Es aquella una hora de cita que, sin saberlo ellos
+ mismos, se dan los vetustenses para satisfacer la necesidad de verse y
+ codearse, y o&iacute;r ruido humano. Es de notar que los vetustenses se
+ aman y se aborrecen; se necesitan y se desprecian. Uno por uno el
+ vetustense maldice de sus conciudadanos, pero defiende el car&aacute;cter
+ del pueblo <i>en masa</i>, y si le sacan de all&iacute; suspira por
+ volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo menos
+ as&iacute; lo llama don Saturnino, hay adem&aacute;s el atractivo que le
+ presta la fantas&iacute;a. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento
+ lleno de deudas, y un farol aqu&iacute;, otro a cincuenta pasos (si no
+ hace luna; en las noches rom&aacute;nticas no hay gas) no deslumbran ni
+ quitan a la noche su misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, seg&uacute;n
+ su imaginaci&oacute;n, atribuye a los que pasan la figura que quiere.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Parecen otras las chicas&mdash;dicen los pollos.
+ </p>
+ <p>
+ Los vetustenses gozan la ilusi&oacute;n de creerse en otra parte sin salir
+ de su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que despu&eacute;s no son
+ nuevas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n son &eacute;sas?&mdash;y resulta que son las
+ de M&iacute;nguez, es decir, las eternas M&iacute;nguez, las de ayer, las
+ de antes de ayer, las de siempre. &iexcl;Pero mientras la ilusi&oacute;n
+ dura!... En los pueblos donde pocas veces se tienen espect&aacute;culos
+ gratuitos lo es y m&aacute;s interesante el de contemplarse mutuamente. Un
+ paseo, <i>cogido por los cabellos</i>, es un placer delicado, intenso que
+ gozan con delicia inefable las masas proletarias de la honrada clase media
+ espa&ntilde;ola.
+ </p>
+ <p>
+ Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas
+ recogidas ac&aacute; y all&aacute;, en sus idas y venidas por el Espol&oacute;n
+ o por la calle del Comercio; y ni&ntilde;a casadera que tiene para ocho d&iacute;as
+ con una flor amorosa que fingi&oacute; desde&ntilde;ar por impertinente y
+ que saborea a sus solas, mientras borda unas zapatillas durante siete d&iacute;as
+ mortales, detr&aacute;s del cristal que azota la lluvia incansable. As&iacute;
+ se explica aquel entrar y salir en los comercios, aquel re&iacute;r por
+ cualquier cosa, aquel encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la
+ diablura de un estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto.
+ Todo es movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste
+ silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido,
+ cabizbajo, lleno de unci&oacute;n (de <i>El L&aacute;baro</i>), a los
+ sermones, a las novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al
+ miserere. Ana cre&iacute;a ver en cada rostro la llama de la poes&iacute;a.
+ Las vetustenses le parec&iacute;an m&aacute;s guapas, m&aacute;s
+ elegantes, m&aacute;s seductoras que otros d&iacute;as: y en los hombres
+ ve&iacute;a aire distinguido, ademanes resueltos, corte rom&aacute;ntico;
+ con la imaginaci&oacute;n iba juntando por parejas a hombres y mujeres seg&uacute;n
+ pasaban, y ya se le antojaba que viv&iacute;a en una ciudad donde criadas,
+ costureras y se&ntilde;oritas, amaban y eran amadas por molineros,
+ obreros, estudiantes y militares de la reserva.
+ </p>
+ <p>
+ S&oacute;lo ella no ten&iacute;a amor; ella y los ni&ntilde;os pobres que
+ lam&iacute;an los cristales de las confiter&iacute;as eran los
+ desheredados. Una ola de rebeld&iacute;a se mov&iacute;a en su sangre,
+ camino del cerebro. Tem&iacute;a otra vez el ataque.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Qu&eacute; era aquello, Se&ntilde;or, qu&eacute; era
+ aquello?&raquo;. &iquest;Por qu&eacute; en d&iacute;a semejante, cuando su
+ esp&iacute;ritu acababa de entrar en vida nueva, vida de v&iacute;ctima,
+ pero no de sacrificio est&eacute;ril, sin testigos, si no acompa&ntilde;ado
+ por la voz animadora de un alma hermana; por qu&eacute; en ocasi&oacute;n
+ tan importuna se presentaba aquel af&aacute;n de sus entra&ntilde;as, que
+ ella cre&iacute;a cosa de los nervios, a mortificarla, a gritar &iexcl;guerra!
+ dentro de la cabeza, y a volver lo de arriba abajo? &iquest;No hab&iacute;a
+ estado en la fuente de Mari&mdash;Pepa entregada a la esperanza de la
+ virtud? &iquest;No se abr&iacute;an nuevos horizontes a su alma? &iquest;No
+ iba a vivir para algo en adelante? &iexcl;Oh! &iexcl;qui&eacute;n le
+ hubiera puesto al se&ntilde;or Magistral all&iacute;! Su mano tropez&oacute;
+ con la de un hombre. Sinti&oacute; un calor dulce y un contacto pegajoso.
+ No era el Magistral. Era don &Aacute;lvaro, que ven&iacute;a a su lado
+ hablando de cualquier cosa. Ella apenas le o&iacute;a, ni quer&iacute;a
+ atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura moral, que lamentaba
+ para sus adentros, en tanto que ve&iacute;a a las j&oacute;venes y a las
+ jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas deslumbrantes
+ de gas. Don &Aacute;lvaro opinaba lo contrario, que bastaba su presencia y
+ su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener idea de lo que
+ Mes&iacute;a pensaba del prestigio de su <i>f&iacute;sico</i>, hay que
+ figurarse una m&aacute;quina el&eacute;ctrica con conciencia de que puede
+ echar chispas. &Eacute;l se cre&iacute;a una m&aacute;quina el&eacute;ctrica
+ de amor. La cuesti&oacute;n era que la m&aacute;quina estuviese preparada.
+ Era fatuo hasta ese extremo, pero d&iacute;gase en su abono que nadie lo
+ sab&iacute;a, y que pod&iacute;a citar numerosos hechos que acreditaban el
+ motivo de aquella vanidad monstruosa. Se cre&iacute;a hombre de talento&mdash;&laquo;&eacute;l
+ era principalmente un pol&iacute;tico&raquo;&mdash;; confiaba en su
+ experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero humildemente
+ se declaraba a s&iacute; mismo que todo esto no era nada comparado con el
+ prestigio de su belleza corporal. &laquo;Para seducir a mujeres gastadas,
+ ah&iacute;tas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no basta la
+ figura, ni es lo principal siquiera; pero las v&iacute;rgenes <i>honradas</i>
+ (conoc&iacute;a &eacute;l otra clase) y las casadas honestas se rinden al
+ buen mozo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No conozco seductores corcovados ni enanos&mdash;dec&iacute;a,
+ encogi&eacute;ndose de hombros, las pocas veces que con sus amigos
+ &iacute;ntimos hablaba de estas cosas: sol&iacute;a ser despu&eacute;s de
+ cenar fuerte&mdash;. &iquest;Se me habla de extrav&iacute;os del gusto?
+ Eso es lo excepcional. Pero nadie querr&aacute; ser en el amor lo que es
+ el asaf&eacute;tida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de la
+ decadencia....
+ </p>
+ <p>
+ Paco Vegallana acud&iacute;a entonces con el testimonio de las lecturas t&eacute;cnico-escandalosas.
+ Describ&iacute;a todas las aberraciones de la lubricidad femenil en lo
+ antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No hab&iacute;a nada
+ nuevo. &laquo;Lo mismo que hacen las parisienses m&aacute;s pervertidas,
+ lo sab&iacute;an y hac&iacute;an las meretrices de Babilonia y de
+ Cerbatana&raquo;. Paco padec&iacute;a distracciones cada vez que se
+ remontaba a la historia antigua. Esta Cerbatana era Ecb&aacute;tana, pero
+ &eacute;l la llamaba as&iacute; por equivocaci&oacute;n indudablemente. Ya
+ sab&iacute;a a qu&eacute; ciudad se refer&iacute;a. Era una que ten&iacute;a
+ muchas murallas de colores diferentes. Lo hab&iacute;a le&iacute;do en la
+ <i>Historia de la prostituci&oacute;n</i>; en la de Dufour no, en otra que
+ conoc&iacute;a tambi&eacute;n. Era un sabio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo he le&iacute;do&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a don &Aacute;lvaro en
+ casos tales&mdash;que ha habido princesas y reinas encaprichadas y <i>metidas</i>
+ con monos, as&iacute; como suena, monos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; se&ntilde;or&mdash;acud&iacute;a Paco a decir&mdash;, lo
+ afirma V&iacute;ctor Hugo en una novela que en franc&eacute;s se llama <i>El
+ hombre que r&iacute;e</i> y en espa&ntilde;ol <i>De orden del rey</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero fuera de eso, que es lo excepcional&mdash;continuaba Mes&iacute;a
+ diciendo&mdash;hay que desenga&ntilde;arse, lo que buscan las mujeres es
+ un buen <i>f&iacute;sico</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso creo yo&mdash;sol&iacute;a afirmar Ronzal&mdash;la mujer es as&iacute;
+ <i>urbicesorbi</i> (en todas partes, en el lat&iacute;n de Trabuco.)
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, don &Aacute;lvaro era profundamente materialista y esto no
+ lo confesaba a nadie. Como en &eacute;l lo principal era el pol&iacute;tico,
+ transig&iacute;a con la religi&oacute;n de los mayores de Paco y se re&iacute;a
+ de la separaci&oacute;n de la Iglesia y el Estado. Es m&aacute;s, le parec&iacute;a
+ de mal tono llevar la contraria a los cat&oacute;licos de buena fe. En Par&iacute;s
+ hab&iacute;a aprendido ya en 1867, cuando fue a la exposici&oacute;n, que
+ lo <i>chic</i> era el creer como el carbonero. Sport y catolicismo, esta
+ era la moda que continuaba imperando. Pero es claro que lo de creer era
+ decir que se cre&iacute;a. &Eacute;l no ten&iacute;a fe alguna, &laquo;ni
+ bendita la falta&raquo;, a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte.
+ Cuando ca&iacute;a enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de
+ todo cari&ntilde;o verdadero, entonces sent&iacute;a sinceramente, a pesar
+ de haber corrido tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y dec&iacute;a:
+ &laquo;&iexcl;Bah! todo eso es efecto de la debilidad&raquo;. Sin embargo,
+ bueno era <i>ilustrarse</i>, fundar en algo aquel materialismo que tan
+ bien casaba con sus dem&aacute;s ideas respecto del mundo y la manera de
+ explotarlo. Hab&iacute;a pedido a un amigo libros que le probasen el
+ materialismo en pocas palabras. Empez&oacute; por aprender que ya no hab&iacute;a
+ tal metaf&iacute;sica, idea que le pareci&oacute; excelente, porque
+ evitaba muchos rompecabezas. Ley&oacute; <i>Fuerza y materia</i> de
+ Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron;
+ hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y
+ precisamente &eacute;l quer&iacute;a todo lo contrario. Flammarion no era
+ <i>chic</i>. Tambi&eacute;n ley&oacute; a Moleschott y a Virchov y a Vogt
+ traducidos, cubiertos con papel de color de azafr&aacute;n. No entendi&oacute;
+ mucho pero se iba al grano: todo era masa gris; corriente, lo que &eacute;l
+ quer&iacute;a. Lo principal era que no hubiese infierno. Tambi&eacute;n
+ ley&oacute; en franc&eacute;s el poema de Lucrecio <i>De rerum natura</i>:
+ lleg&oacute; hasta la mitad. Dec&iacute;a bien el poeta, pero aquello era
+ muy largo. Ya no ve&iacute;a m&aacute;s que &aacute;tomos, y su buena
+ figura era un feliz conjunto de mol&eacute;culas en forma de gancho para
+ prender a todas las mujeres bonitas que se le pusieran delante. As&iacute;
+ estaba por dentro Mes&iacute;a en punto a creencias, pero a estos subterr&aacute;neos
+ no hab&iacute;a llegado el mismo Paco, que era buen cat&oacute;lico, seg&uacute;n
+ Mes&iacute;a. Aquello era para &eacute;l solo, mientras estaba en Vetusta.
+ En sus viajes a Par&iacute;s sacaba el fondo del ba&uacute;l y el fondo
+ del materialismo. A sus queridas, cuando no eran demasiado beatas y
+ estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus ideas acerca del
+ &aacute;tomo y la fuerza. El materialismo de Mes&iacute;a era f&aacute;cil
+ de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se convenc&iacute;a
+ de que no hab&iacute;a metaf&iacute;sica, le iba mucho mejor a don
+ &Aacute;lvaro. Al recordar una hembra de las convertidas al epicure&iacute;smo
+ sol&iacute;a decir don &Aacute;lvaro con una llama en los ojos muy
+ abiertos:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute; mujer aquella!&raquo;.&mdash;Y suspiraba.
+ Aquella mujer nunca hab&iacute;a sido una vetustense. Las vetustenses
+ tampoco cre&iacute;an en la metaf&iacute;sica, no sab&iacute;an de ella,
+ pero no pasaban por ciertas cosas.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia
+ bastaba para producir efectos delet&eacute;reos en aquella virtud en que
+ &eacute;l mismo cre&iacute;a. Las palabras eran por entonces, y sin
+ perjuicio, lo de menos. &Eacute;l tambi&eacute;n sol&iacute;a hablar con
+ elocuencia, al alma &iexcl;vaya! pero en otras circunstancias; m&aacute;s
+ adelante.
+ </p>
+ <p>
+ Paco iba detr&aacute;s sin desde&ntilde;ar la conversaci&oacute;n de
+ Petra, que se mirlaba hablando con el Marquesito. En materia de amor la
+ criada no cre&iacute;a en las clases y conceb&iacute;a muy bien que un
+ noble se encaprichara y se casase con ella verbigracia. No dec&iacute;a
+ que don Paquito estuviera en tal caso, ni mucho menos; pero le alababa el
+ pelo de oro y la blancura del cutis, y por algo se empieza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana&mdash;dec&iacute;a
+ don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ Buscaba en vano manera natural de llevar la conversaci&oacute;n a un punto
+ por lo menos an&aacute;logo al que pensaba tratar muy por largo, llegada
+ la ocasi&oacute;n oportuna.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, a veces me aburro. &iexcl;Llueve tanto!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ser&aacute; que usted no se fija en m&iacute;; bastante salgo.
+ </p>
+ <p>
+ Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. &iquest;Era ella
+ quien las hab&iacute;a pronunciado? As&iacute; hablaba Obdulia con los
+ hombres; &iexcl;pero ella, Ana!
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro se vio en un apuro. &iquest;Qu&eacute; pretend&iacute;a
+ aquella se&ntilde;ora? &iquest;Provocar una conversaci&oacute;n para
+ aludir a lo que hab&iacute;a entre ellos, que en rigor no era nada que
+ mereciese comentarios? &iquest;Deb&iacute;a &eacute;l extra&ntilde;ar
+ aquella inadvertencia de Ana? &iexcl;Que no se fijaba en ella! &iquest;Era
+ coqueter&iacute;a vulgar o algo m&aacute;s alambicado que &eacute;l no se
+ explicaba? &iquest;Quer&iacute;a dar por nulo todo lo que ambos sab&iacute;an,
+ las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el teatro, en el paseo?
+ &iquest;Quer&iacute;a negar valor a las miradas fijas, intensas, que a
+ veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse?
+ </p>
+ <p>
+ El primer impulso de Ana hab&iacute;a sido inconsciente.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero
+ despu&eacute;s pens&oacute; que aquella respuesta pod&iacute;a servir para
+ desanimar a Mes&iacute;a d&aacute;ndole a entender que ella no hab&iacute;a
+ entrado en aquel pacto de sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era
+ demasiado negar, era negar la evidencia.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro tem&iacute;a aventurar mucho aquella noche, y crey&oacute;
+ lo menos rid&iacute;culo &laquo;hacerse el interesante&raquo;, seg&uacute;n
+ el estilo que empleaban los vetustenses para tales materias. Y dijo con el
+ tono de una galanter&iacute;a vulgar, obligada:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora, usted donde quiera tiene que llamar la atenci&oacute;n,
+ aun del m&aacute;s distra&iacute;do.
+ </p>
+ <p>
+ Y como esto le pareci&oacute; cursi y algo anfibol&oacute;gico, a&ntilde;adi&oacute;
+ algunas palabras, no menos vulgares y fr&iacute;as.
+ </p>
+ <p>
+ No comprend&iacute;a &eacute;l todav&iacute;a que aquello de <i>hacerse el
+ interesante</i>, si hubiera sido rid&iacute;culo trat&aacute;ndose de
+ otras mujeres, era la mejor arma contra la Regenta. Ana lo olvid&oacute;
+ todo de repente para pensar en el dolor que sinti&oacute; al o&iacute;r
+ aquellas palabras. &laquo;&iquest;Si habr&eacute; yo visto visiones?
+ &iquest;Si jam&aacute;s este hombre me habr&aacute; mirado con amor; si
+ aquel verle en todas partes ser&iacute;a casualidad; si sus ojos estar&iacute;an
+ distra&iacute;dos al fijarse en m&iacute;? Aquellas tristezas, aquellos
+ arranques mal disimulados de impaciencia, de despecho, que yo observaba
+ con el rabillo del ojo&mdash;&iexcl;ay! &iexcl;s&iacute;, esto era lo
+ cierto, con el rabillo!&mdash;&iquest;ser&iacute;an ilusiones m&iacute;as,
+ nada m&aacute;s que ilusiones? &iexcl;Pero si no pod&iacute;a ser!&raquo;.
+ Y sent&iacute;a sudores y escalofr&iacute;os al imaginarlo. Nunca, nunca
+ acceder&iacute;a ella a satisfacer las ansias que aquellas miradas le
+ revelaban con muda elocuencia; ser&iacute;a virtuosa siempre, consumar&iacute;a
+ el sacrificio, su don V&iacute;ctor y nada m&aacute;s, es decir, nada;
+ pero la nada era su dote de amor. &iexcl;Mas renunciar a la tentaci&oacute;n
+ misma! Esto era demasiado. La tentaci&oacute;n era suya, su &uacute;nico
+ placer. &iexcl;Bastante hac&iacute;a con no dejarse vencer, pero quer&iacute;a
+ dejarse tentar!
+ </p>
+ <p>
+ La idea de que Mes&iacute;a nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le
+ parec&iacute;a un agujero negro abierto en su coraz&oacute;n que se iba
+ llenando de vac&iacute;o. &laquo;&iexcl;No, no; la tentaci&oacute;n era
+ suya, su placer el &uacute;nico! &iquest;Qu&eacute; har&iacute;a si no
+ luchaba? Y m&aacute;s, m&aacute;s todav&iacute;a, pensaba sin poder
+ remediarlo, ella no deb&iacute;a, no pod&iacute;a querer; pero ser querida
+ &iquest;por qu&eacute; no? &iexcl;Oh de qu&eacute; manera tan terrible
+ acababa aquel d&iacute;a que hab&iacute;a tenido por feliz, aquel d&iacute;a
+ en que se presentaba un compa&ntilde;ero del alma, el Magistral, el
+ confesor que le dec&iacute;a que era tan f&aacute;cil la virtud! S&iacute;,
+ era f&aacute;cil, bien lo sab&iacute;a ella, pero si le quitaban la
+ tentaci&oacute;n no tendr&iacute;a m&eacute;rito, ser&iacute;a prosa pura,
+ una cosa vetustense, lo que ella m&aacute;s aborrec&iacute;a...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro, que si no era tan buen pol&iacute;tico como se
+ figuraba, de diplomacia del galanteo entend&iacute;a un poco, comprendi&oacute;
+ pronto que, sin saber c&oacute;mo, hab&iacute;a acertado.
+ </p>
+ <p>
+ En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, not&oacute;
+ que le hab&iacute;a hecho efecto la sequedad de la vulgar&iacute;sima
+ galanter&iacute;a. &laquo;&iquest;Esperaba ya una declaraci&oacute;n?
+ &iexcl;Pero si ma&ntilde;ana va a comulgar! &iquest;Qu&eacute; mujer es
+ esta? &iexcl;Una hermos&iacute;sima mujer!&raquo;&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+ el materialista en sus adentros al mirarla a su lado con llamas en los
+ ojos y carm&iacute;n en las mejillas.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;an llegado al portal del caser&oacute;n de los Ozores, y se
+ detuvieron. El farol dorado que pend&iacute;a del techo alumbraba apenas
+ el ancho zagu&aacute;n. Estaban casi a obscuras. Hac&iacute;a algunos
+ minutos que callaban.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y Petra? &iquest;Y Paco?&mdash;pregunt&oacute; la Regenta
+ alarmada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ah&iacute; vienen, ahora dan vuelta a la esquina.
+ </p>
+ <p>
+ Anita sent&iacute;a seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la
+ lengua los labios. Lo vio Mes&iacute;a que adoraba este gesto de la
+ Regenta, y sin poder contenerse, fuera de su plan, <i>natura naturans</i>,
+ exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; mon&iacute;sima! &iexcl;qu&eacute; mon&iacute;sima!
+ </p>
+ <p>
+ Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin
+ alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasi&oacute;n, que por lo mismo
+ importaba m&aacute;s que una flor ins&iacute;pida, y no era una
+ desfachatez. Pod&iacute;a tomarse por una declaraci&oacute;n, por una
+ brutalidad de la naturaleza excitada, por todo, menos por una osad&iacute;a
+ impertinente, imposible en el m&aacute;s cumplido caballero.
+ </p>
+ <p>
+ Ana fingi&oacute; no o&iacute;r, pero sus ojos la delataron, y brillando
+ en la sombra, buscando a don &Aacute;lvaro que hab&iacute;a retrocedido un
+ paso en la obscuridad, le pagaron con creces las delicias que aquellas
+ palabras dejaron caer como lluvia ben&eacute;fica en el alma de la
+ Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es m&iacute;a&mdash;pens&oacute; don &Aacute;lvaro con deleite
+ superior al que &eacute;l mismo esperaba en el d&iacute;a del triunfo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Quieren ustedes subir a descansar?&mdash;pregunt&oacute; la
+ dama a los caballeros, al ver llegar a Paco.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, gracias. Yo volver&eacute; luego con mam&aacute; a buscarte.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A buscarme?&mdash;S&iacute;; &iquest;no te lo ha dicho ese?
+ Hoy vas al teatro con nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don
+ Pedro Calder&oacute;n de la Barca, el &iacute;dolo de tu marido. &iquest;No
+ sabes? Ha venido un actor de Madrid, Perales, muy amigo m&iacute;o, que
+ imita a Calvo muy bien. Hoy hacen <i>La vida es Sue&ntilde;o</i>...
+ &iexcl;No faltaba m&aacute;s! Tienes que venir. &iexcl;Una solemnidad! Mam&aacute;
+ se empe&ntilde;a. Espera vestida.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, criatura, si ma&ntilde;ana tengo que comulgar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Eso qu&eacute; importa?&mdash;&iexcl;Vaya si importa!&mdash;Lo
+ dejas para otro d&iacute;a. En fin, ya arreglar&aacute;s eso con mam&aacute;;
+ porque ella viene a buscarte.
+ </p>
+ <p>
+ Y sin atender a m&aacute;s, sali&oacute; del portal el aturdido
+ Marquesito.
+ </p>
+ <p>
+ Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no o&iacute;a.
+ &laquo;Ya sab&iacute;a a qu&eacute; atenerse; era aquel. Por lo menos
+ aquel era uno. El Marquesito la hab&iacute;a entretenido a ella para dejar
+ solos a los otros. Se le conoc&iacute;a en que estaba tan fr&iacute;o. No
+ le hab&iacute;a dado ni un mal abrazo en lo obscuro&raquo;. Escuch&oacute;.
+ Oy&oacute; que don &Aacute;lvaro se desped&iacute;a con una voz temblona y
+ muy humilde.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ir&aacute; usted al teatro?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, de fijo no&mdash;contest&oacute; la Regenta, cerrando detr&aacute;s
+ de s&iacute; la puerta y entrando en el patio.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="Xmdash" id="Xmdash"></a>&mdash;X&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa ven&iacute;a arrancando
+ chispas por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza
+ Nueva y se deten&iacute;a delante del caser&oacute;n arrinconado.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy
+ mustios collados, con las canas te&ntilde;idas de negro y el tinte
+ empolvado de blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas
+ con estr&eacute;pito.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo? &iquest;qu&eacute; es esto? &iquest;no te has
+ vestido?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; terca!&mdash;exclam&oacute; Paquito, que acompa&ntilde;aba
+ a su madre.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor inclin&oacute; la cabeza y encogi&oacute; los hombros,
+ dando a entender que no era responsable de aquella terquedad.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&Eacute;l, s&iacute;, estaba dispuesto&raquo;. En efecto, se
+ abrochaba los guantes y luc&iacute;a su levita de tricot muy ajustada.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sonri&oacute; a la Marquesa.&mdash;Pero, se&ntilde;ora, si es una
+ locura. &iquest;Por qu&eacute; se ha molestado usted?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya
+ que me he molestado, como t&uacute; dices, no ser&aacute; en vano. &iexcl;Ea!
+ arriba; o aqu&iacute; mismo, delante de estos se&ntilde;ores te peino, te
+ calzo y te visto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es&mdash;dijo Paco&mdash;te vestimos, te peinamos....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor inst&oacute; tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;<i>La vida es Sue&ntilde;o</i>, hija m&iacute;a, es el portento de
+ los portentos del teatro.... Es un drama simb&oacute;lico... filos&oacute;fico.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;, Quintanar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y que habr&aacute; tanta gente&mdash;a&ntilde;adi&oacute; la
+ Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por Dios, se&ntilde;ora: con mil amores, si no fuera.... &iquest;No
+ voy otras veces? &iexcl;Pero si ma&ntilde;ana tengo que comulgar!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ta, ta, ta, ta! &iquest;y qu&eacute; tiene eso que ver?
+ &iquest;Lo sabe la gente? &iquest;Vas t&uacute; al teatro a pecar?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El arte es una religi&oacute;n!&mdash;advirti&oacute; don V&iacute;ctor
+ consultando el reloj, temeroso de perder lo de
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Hip&oacute;grifo violento que corriste
+ parejas con el viento.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s supo que esto lo suprim&iacute;an. &laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+ esc&aacute;ndalo!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, ni&ntilde;a&mdash;prosigui&oacute;&mdash;demasiado nos honra
+ la Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; honra ni qu&eacute; calabazas?... pero ha de
+ venir.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;ora; es in&uacute;til insistir.
+ </p>
+ <p>
+ Disputaron mucho tiempo; pero al fin do&ntilde;a Rufina, que tambi&eacute;n
+ quer&iacute;a ver empezar, cedi&oacute; y se llev&oacute; a don V&iacute;ctor,
+ que hizo algunos remilgos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya que ella es tan terca, me quedar&eacute; yo tambi&eacute;n.&mdash;&iexcl;No
+ faltaba m&aacute;s! &mdash;exclam&oacute; la Regenta asustada&mdash;.
+ &iquest;No vas otras noches?
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor insisti&oacute; otro poco en quedarse, en perder aquel
+ drama de dramas.
+ </p>
+ <p>
+ Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de
+ campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con
+ colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros d&iacute;as
+ tantos folletines la se&ntilde;orita do&ntilde;a Anunciaci&oacute;n
+ Ozores, que en paz descansa. Ahora no hab&iacute;a all&iacute; fuego; la
+ hornilla, descubierta, era un agujero de tristeza.
+ </p>
+ <p>
+ Petra recogi&oacute; el servicio del caf&eacute;. Andaba perezosa. Entr&oacute;
+ y sali&oacute; muchas veces. El ama no la ve&iacute;a siquiera, miraba,
+ sin mover los p&aacute;rpados, a la hornilla negra y fr&iacute;a. La
+ doncella se com&iacute;a con los ojos a la se&ntilde;ora. &laquo;&iexcl;No
+ va al teatro! Aqu&iacute; pasa algo. &iquest;Estorbar&eacute;? &iquest;Me
+ necesitar&aacute;?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Querr&aacute; algo la se&ntilde;ora?&mdash;pregunt&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Sobresaltada la Regenta, respondi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Yo?... &iquest;qu&eacute;?... Nada; vete.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Despu&eacute;s de todo, era una tonter&iacute;a haber dado aquel
+ desaire a la Marquesa, estando decidida a no comulgar al d&iacute;a
+ siguiente. Pero, &iquest;y por qu&eacute; no hab&iacute;a de comulgar?
+ &iquest;Era ella una beata con escr&uacute;pulos necios? &iquest;Qu&eacute;
+ ten&iacute;a que echarse en cara? &iquest;En qu&eacute; hab&iacute;a
+ faltado? Todo Vetusta en aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, m&uacute;sica,
+ alegr&iacute;a; y ella sola, sola, all&iacute; en aquel comedor obscuro,
+ triste, fr&iacute;o, lleno de recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasi&oacute;n
+ de dar p&aacute;bulo a una pasi&oacute;n que halagar&iacute;a a la mujer m&aacute;s
+ presuntuosa. &iquest;Era esto pecar? Nada ten&iacute;a ella que ver con
+ don &Aacute;lvaro. Pod&iacute;a &eacute;l estar todo lo enamorado que
+ quisiera, pero ella jam&aacute;s le otorgar&iacute;a el favor m&aacute;s
+ insignificante. Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida.
+ &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a que confesar? Nada. &iquest;Para qu&eacute;
+ reconciliar? Para nada. Pod&iacute;a comulgar sin miedo; s&iacute;,
+ madrugar&iacute;a, comulgar&iacute;a. &iexcl;Pero bastaba, bastaba por
+ Dios, de pensar en aquello! Se volv&iacute;a loca. Aquel continuo estudiar
+ su pensamiento, acecharse a s&iacute; misma, acusarse, por ideas
+ inocentes, de malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que a&ntilde;ad&iacute;a
+ a los que la vida le hab&iacute;a tra&iacute;do y segu&iacute;a trayendo
+ sin buscarlos. Pero &iquest;qu&eacute; hab&iacute;a de hacer sino cavilar
+ una mujer como ella? &iquest;En qu&eacute; se hab&iacute;a de divertir?
+ &iquest;En cazar con liga o con reclamo como su marido? &iquest;En plantar
+ eucaliptus donde no quer&iacute;an nacer, como Fr&iacute;gilis?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo, entregados
+ unos al vicio, otros a cualquier man&iacute;a, pero todos satisfechos. S&oacute;lo
+ ella estaba all&iacute; como en un destierro. &laquo;Pero &iexcl;ay! era
+ una desterrada que no ten&iacute;a patria a donde volver, ni por la cual
+ suspirar. Hab&iacute;a vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra
+ vez, y en Valladolid; don V&iacute;ctor siempre con ella; &iquest;qu&eacute;
+ hab&iacute;a dejado ni a orillas del Ebro, el r&iacute;o del Trovador, ni
+ a orillas del Genil y el Darro? Nada; a lo m&aacute;s, alg&uacute;n conato
+ de aventura rid&iacute;cula. Se acord&oacute; del ingl&eacute;s que ten&iacute;a
+ un carmen junto a la Alhambra, el que se enamor&oacute; de ella y le regal&oacute;
+ la piel del tigre cazado en la India por sus criados. Hab&iacute;a sabido
+ m&aacute;s adelante que aquel hombre, que en una carta&mdash;que ella rasg&oacute;&mdash;la
+ juraba ahorcarse de un &aacute;rbol hist&oacute;rico de los jardines del
+ Generalife 'junto a las fuentes de eterna poes&iacute;a y voluptuosa
+ frescura', aquel pobre Mr. Brooke se hab&iacute;a casado con una gitana
+ del Albaic&iacute;n. Buen provecho; pero de todas maneras era una aventura
+ est&uacute;pida. La piel del tigre la conservaba, por el tigre, no por el
+ ingl&eacute;s&raquo;. Esta historia no la sab&iacute;a bien Obdulia; cre&iacute;a
+ que se trataba de un norte-americano; se lo hab&iacute;a dicho Visitaci&oacute;n...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;a ido al teatro? Tal vez all&iacute;
+ hubiera podido alejar de s&iacute; aquellas ideas tristes, desconsoladoras
+ que se clavaban en su cerebro como alfileres en un acerico. Si estaba
+ siendo una tonta. &iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;a de hacer lo que
+ todas las dem&aacute;s?&raquo;. En aquel instante pensaba como si no
+ hubiera en toda la ciudad m&aacute;s mujeres honestas que ella. Se puso en
+ pie; estaba impaciente, casi airada. Mir&oacute; a la llama de la l&aacute;mpara
+ suspendida sobre la mesa.... La ofend&iacute;a aquella luz. Sali&oacute;
+ del comedor; entr&oacute; en su gabinete; abri&oacute; el balc&oacute;n,
+ apoy&oacute; los codos en el hierro y la cabeza en las manos. La luna
+ brillaba en frente, detr&aacute;s de los soberbios eucaliptus del <i>Parque</i>,
+ plantados por Fr&iacute;gilis. Duraba aquel viento sur blando, templado,
+ perezoso; a veces r&aacute;fagas vivas mov&iacute;an como sonajas de
+ panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre met&aacute;lico.
+ Eran como estremecimientos de aquella naturaleza pr&oacute;xima a dormir
+ su sue&ntilde;o de invierno.
+ </p>
+ <p>
+ Ana o&iacute;a ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas,
+ melanc&oacute;licas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos.
+ Todo desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la
+ niebla tenue que se cern&iacute;a sobre Vetusta, y parec&iacute;a el
+ cuerpo del viento blando y caliente. Mir&oacute; al cielo, a la luz grande
+ que ten&iacute;a en frente, sin saber lo que miraba; sinti&oacute; en los
+ ojos un polvo de claridad argentina; hilo de plata que bajaba desde lo
+ alto a sus ojos, como telas de ara&ntilde;a; las l&aacute;grimas
+ refractaban as&iacute; los rayos de la luna.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Por qu&eacute; lloraba? &iquest;A qu&eacute; ven&iacute;a
+ aquello? Tambi&eacute;n ella era bien necia. Ten&iacute;a miedo de estos
+ enternecimientos que no serv&iacute;an para nada&raquo;. La luna la miraba
+ a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los eucaliptus de Fr&iacute;gilis
+ inclinando leve y majestuosamente su copa, se acercaban unos a otros,
+ cuchicheando, como dici&eacute;ndose discretamente lo que pensaban de
+ aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin amor, que hab&iacute;a
+ jurado fidelidad eterna a un hombre que prefer&iacute;a un buen macho de
+ perdiz a todas las caricias conyugales.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Aquel Fr&iacute;gilis, el de los eucaliptus, hab&iacute;a tenido la
+ culpa. Se lo hab&iacute;a metido por los ojos. Y hac&iacute;a ocho a&ntilde;os
+ y todav&iacute;a pensaba en esta mala pasada de Fr&iacute;gilis como si
+ fuera una injuria de la v&iacute;spera. &iquest;Y si se hubiera casado con
+ don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel. &iexcl;Pero aquel don V&iacute;ctor
+ era tan bueno, tan caballero! Parec&iacute;a un padre, y aparte la fe
+ jurada, era una villan&iacute;a, una ingratitud enga&ntilde;arle. Con don
+ Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido m&aacute;s
+ remedio. &iexcl;Ser&iacute;a tan brutal, tan grosero! Don &Aacute;lvaro
+ entonces la hubiera robado, s&iacute;, y estar&iacute;an al fin del mundo
+ a estas horas. Y si Redondo se incomodaba, tendr&iacute;a que batirse con
+ Mes&iacute;a&raquo;. Ana contempl&oacute; a don Frutos, el m&iacute;sero
+ tendido sobre la arena, ahog&aacute;ndose en un charco de sangre, como la
+ que ella hab&iacute;a visto en la plaza de toros, una sangre casi negra,
+ muy espesa y con espuma...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; horror!&raquo;. Tuvo asco de aquella imagen y de
+ las ideas que la hab&iacute;an tra&iacute;do.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; miserable soy en estas horas de desaliento!
+ &iexcl;Qu&eacute; infamias estoy pensando!...&raquo;. Se ahogaba en el
+ balc&oacute;n. Quiso bajar a la huerta, al <i>Parque</i>; sin pedir luz ni
+ encenderla, alumbrada por la luna, atraves&oacute; algunas habitaciones
+ buscando la escalera del parterre; pero al pasar cerca del despacho de
+ Quintanar, cambi&oacute; de prop&oacute;sito y se dijo: &laquo;Entrar&eacute;
+ ah&iacute;; ese debe de tener f&oacute;sforos sobre la mesa. Voy a
+ escribir al Magistral; le dir&eacute; que me espere ma&ntilde;ana de
+ tarde; necesito reconciliar; yo no puedo recibir la comuni&oacute;n as&iacute;;
+ se lo contar&eacute; todo, todo, lo de dentro, lo de m&aacute;s adentro
+ tambi&eacute;n&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El despacho estaba a obscuras; all&iacute; no entraba la luna. Ana avanz&oacute;
+ tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepinti&oacute;
+ de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no ten&iacute;a un
+ pie cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atr&aacute;s.
+ Dio un paso sin apoyarse en la pared, sigui&oacute; de frente, con las
+ manos de avanzada para evitar un choque....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ay! &iexcl;Jes&uacute;s! &iquest;Qui&eacute;n va? &iquest;qui&eacute;n
+ es? &iquest;qui&eacute;n me sujeta?&mdash;grit&oacute; horrorizada.
+ </p>
+ <p>
+ Su mano hab&iacute;a tocado un objeto fr&iacute;o, met&aacute;lico, que
+ hab&iacute;a cedido a la opresi&oacute;n, y en seguida oy&oacute; un
+ chasquido y sinti&oacute; dos golpes simult&aacute;neos en el brazo, que
+ qued&oacute; preso entre unas tenazas inflexibles que oprim&iacute;an la
+ carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudi&oacute; el brazo
+ para librarse de aquella prisi&oacute;n, mientras segu&iacute;a gritando:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Petra! &iexcl;luz! &iquest;qui&eacute;n est&aacute; aqu&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sinti&oacute;
+ un peso, y oy&oacute; el estr&eacute;pito de cristales que se quebraban en
+ el pavimento al caer en compa&ntilde;&iacute;a de otros objetos,
+ resonantes al chocar con el piso. No se atrev&iacute;a a coger con la otra
+ mano las tenazas que la oprim&iacute;an, y no se libraba de ellas aunque
+ segu&iacute;a sacudiendo el brazo. Busc&oacute; la puerta, tropez&oacute;
+ mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a tierra; sonaba sin cesar el ruido
+ de algo que se quebraba o rodaba con estr&eacute;pito por el suelo. Lleg&oacute;
+ Petra con luz.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se&ntilde;ora!, &iexcl;se&ntilde;ora! &iquest;qu&eacute; es
+ esto? &iexcl;Ladrones!&mdash;&iexcl;No, calla! Ven ac&aacute;, qu&iacute;tame
+ esto que me oprime como unas tenazas.
+ </p>
+ <p>
+ Ana estaba roja de verg&uuml;enza y de ira. Sent&iacute;a una indignaci&oacute;n
+ tan grande como la c&oacute;lera de Aquiles, el hijo de Peleo.
+ </p>
+ <p>
+ Petra intent&oacute; arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que
+ hab&iacute;a ca&iacute;do.
+ </p>
+ <p>
+ Era una m&aacute;quina que, seg&uacute;n Fr&iacute;gilis y Quintanar, sus
+ inventores, servir&iacute;a para coger zorros en los gallineros en cuanto
+ acabasen ellos de vencer cierta dificultad de mec&aacute;nica que
+ retardaba la aplicaci&oacute;n del artefacto.
+ </p>
+ <p>
+ Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado; si
+ tocaba, inmediatamente ca&iacute;a sobre su cabeza una barra met&aacute;lica
+ y otra id&eacute;ntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La
+ fuerza del resorte no era suficiente para matar al ladr&oacute;n de
+ corral, pero s&iacute; para detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos
+ sabiamente preparados. Ni Fr&iacute;gilis ni Quintanar quer&iacute;an
+ sangre; no pretend&iacute;an m&aacute;s que tener bien sujeto al
+ delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran sabido
+ armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la sociedad
+ protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la Regenta.
+ Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quer&iacute;a la enmienda del
+ culpable, pero no su destrucci&oacute;n. Los zorros que &eacute;l cazara
+ sobrevivir&iacute;an. No faltaba para que la m&aacute;quina fuese
+ perfecta, m&aacute;s que esto: que los ladrones de gallinas viniesen a
+ tropezar con el bot&oacute;n del resorte endiablado, como hab&iacute;a
+ tropezado aquella se&ntilde;ora.
+ </p>
+ <p>
+ Ni Petra ni su ama conoc&iacute;an el uso de aquel artefacto que tuvieron
+ que destrozar&mdash;y buenos sudores les cost&oacute;&mdash;para separarlo
+ del brazo que magullaba. Petra conten&iacute;a la risa a duras penas. Se
+ content&oacute; con decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; <i>estropicio</i>!&mdash;apuntando a los pedazos
+ de loza, cristal, y otras materias incalificables que yac&iacute;an sobre
+ el piso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si hubiera sido yo, me desped&iacute;a don V&iacute;ctor....
+ &iexcl;Ay, se&ntilde;ora! si ha roto usted tres de esos tiestos nuevos...
+ &iexcl;y el cuadro de las mariposas se ha hecho pedacitos! &iexcl;y se ha
+ roto una vitrina de herbario! y....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Basta! deja esa luz ah&iacute;, vete&mdash;interrumpi&oacute;
+ la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Petra insisti&oacute; goz&aacute;ndose en la disimulada c&oacute;lera de
+ su ama.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Quiere usted, que traiga &aacute;rnica, se&ntilde;ora? Mire
+ usted, tiene el brazo amoratado... ya lo creo... apenas morder&iacute;a
+ con fuerza ese demonio de guillotina... pero, &iquest;qu&eacute; ser&aacute;
+ eso? &iquest;usted lo sabe?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo... no... no; d&eacute;jame. Tr&aacute;eme un poco de agua.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo creo; y tila, si est&aacute; usted p&aacute;lida como una
+ muerta. &iquest;Pero por qu&eacute; andaba usted a obscuras, se&ntilde;ora?
+ &iexcl;Qu&eacute; susto! &iexcl;pero qu&eacute; susto!... &iquest;Qu&eacute;
+ demonches de diablura ser&aacute; eso? Pues para cazar gorriones no es....
+ Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio.
+ </p>
+ <p>
+ Petra sali&oacute;, volviendo con &aacute;rnica que no quiso aplicarse la
+ Regenta; despu&eacute;s vino con tila, recogi&oacute; los restos de los
+ cachivaches y los puso sobre mesas y armarios como si fueran reliquias
+ santas. Sent&iacute;a un j&uacute;bilo singular viendo aquella ruina de
+ objetos que ella ten&iacute;a que considerar como vasos sagrados de un
+ culto desconocido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Si hubiera sido yo!&mdash;repet&iacute;a entre dientes, al
+ juntar los &uacute;ltimos pedazos, puesta en cuclillas.
+ </p>
+ <p>
+ Gozaba con delicia de aquella cat&aacute;strofe, desde el punto de vista
+ de su irresponsabilidad.
+ </p>
+ <p>
+ Ana baj&oacute; a la huerta, olvidada ya de la carta que quer&iacute;a
+ escribir. Le dol&iacute;a el brazo. Le dol&iacute;a con el escozor moral
+ de las bofetadas que deshonran. Le parec&iacute;a una verg&uuml;enza y una
+ degradaci&oacute;n rid&iacute;cula todo aquello. Estaba furiosa. &laquo;&iexcl;Su
+ don V&iacute;ctor! &iexcl;Aquel idiota! S&iacute;, idiota; en aquel
+ momento no se volv&iacute;a atr&aacute;s. &iexcl;Qu&eacute; dir&iacute;a
+ Petra para sus adentros! &iquest;Qu&eacute; marido era aquel que cazaba
+ con trampa a su esposa?&raquo;. Mir&oacute; a la luna y se le figur&oacute;
+ que le hac&iacute;a muecas burl&aacute;ndose de su aventura. Los &aacute;rboles
+ segu&iacute;an habl&aacute;ndose al o&iacute;do, murmurando con todas las
+ hojas; comentaban con ir&oacute;nica sonrisilla el lance de la guillotina,
+ como dec&iacute;a Petra.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; hermosa noche! Pero &iquest;qui&eacute;n era ella
+ para admirar la noche serena? &iquest;Qu&eacute; ten&iacute;a que ver toda
+ aquella poes&iacute;a melanc&oacute;lica de cielo y tierra con lo que le
+ suced&iacute;a a ella?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Si pensar&iacute;a Quintanar que una mujer es de hierro y puede
+ resistir, sin caer en la tentaci&oacute;n, man&iacute;as de un marido que
+ inventa m&aacute;quinas absurdas para magullar los brazos de su esposa. Su
+ marido era bot&aacute;nico, ornit&oacute;logo, floricultor, arboricultor,
+ cazador, cr&iacute;tico de comedias, c&oacute;mico, jurisconsulto; todo
+ menos un marido. Quer&iacute;a m&aacute;s a Fr&iacute;gilis que a su
+ mujer. &iquest;Y qui&eacute;n era Fr&iacute;gilis? Un loco; simp&aacute;tico
+ a&ntilde;os atr&aacute;s, pero ahora completamente <i>ido</i>, intratable;
+ un hombre que ten&iacute;a la man&iacute;a de la aclimataci&oacute;n, que
+ todo lo quer&iacute;a armonizar, mezclar y confundir; que injertaba
+ perales en manzanos y cre&iacute;a que todo era uno y lo mismo, y pretend&iacute;a
+ que el caso era &laquo;adaptarse al medio&raquo;. Un hombre que hab&iacute;a
+ llegado en su org&iacute;a de disparates a injertar gallos ingleses en
+ gallos espa&ntilde;oles: &iexcl;Lo hab&iacute;a visto ella! Unos
+ pobrecitos animales con la cresta despedazada, y encima, sujeto con trapos
+ un mu&ntilde;&oacute;n de carne cruda, sanguinolenta &iexcl;qu&eacute;
+ asco! Aquel Herodes era el P&iacute;lades de su marido. Y hac&iacute;a
+ tres a&ntilde;os que ella viv&iacute;a entre aquel par de son&aacute;mbulos,
+ sin m&aacute;s relaciones &iacute;ntimas. Bastaba, bastaba, no pod&iacute;a
+ m&aacute;s; aquello era la gota de agua que hace desbordar... &iexcl;caer
+ en una trampa que un marido coloca en su despacho como si fuera el monte!
+ &iexcl;no era esto el colmo de lo rid&iacute;culo!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La exageraci&oacute;n de aquel sentimiento de c&oacute;lera injust&iacute;sima,
+ pueril, la hizo notar su error. &laquo;&iexcl;Ella s&iacute; que era rid&iacute;cula!
+ &iexcl;Irritarse de aquel modo por un incidente vulgar, insignificante!&raquo;.
+ Y volvi&oacute; contra s&iacute; todo el desprecio. &laquo;&iquest;Qu&eacute;
+ culpa tiene &eacute;l de que yo entre a deshora, sin luz en su despacho?
+ &iquest;Qu&eacute; motivo racional de queja ten&iacute;a ella? Ninguno.
+ &iexcl;Oh! no hab&iacute;a pretexto, no hab&iacute;a pretexto para la
+ ingratitud...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero no importaba; ella se mor&iacute;a de hast&iacute;o. Ten&iacute;a
+ veintisiete a&ntilde;os, la juventud hu&iacute;a; veintisiete a&ntilde;os
+ de mujer eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando... y no hab&iacute;a
+ gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el
+ asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo &uacute;nico
+ que vale la pena de vivir, hab&iacute;a ella o&iacute;do y le&iacute;do
+ muchas veces. Pero &iquest;qu&eacute; amor? &iquest;d&oacute;nde estaba
+ ese amor? Ella no lo conoc&iacute;a. Y recordaba entre avergonzada y
+ furiosa que su luna de miel hab&iacute;a sido una excitaci&oacute;n in&uacute;til,
+ una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo; s&iacute;, s&iacute;,
+ &iquest;para qu&eacute; ocult&aacute;rselo a s&iacute; misma si a voces se
+ lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al despertar en su lecho
+ de esposa, sinti&oacute; junto a s&iacute; la respiraci&oacute;n de un
+ magistrado; le pareci&oacute; un desprop&oacute;sito y una desfachatez que
+ ya que estaba all&iacute; dentro el se&ntilde;or Quintanar, no estuviera
+ con su levita larga de tricot y su pantal&oacute;n negro de castor;
+ recordaba que las delicias materiales, irremediables, la avergonzaban, y
+ se re&iacute;an de ella al mismo tiempo que la aturd&iacute;an: el gozar
+ sin querer junto a aquel hombre le sonaba como la frase del mi&eacute;rcoles
+ de ceniza, <i>&iexcl;quia pulvis es!</i> eres polvo, eres materia... pero
+ al mismo tiempo se aclaraba el sentido de todo aquello que hab&iacute;a le&iacute;do
+ en sus mitolog&iacute;as, de lo que hab&iacute;a o&iacute;do a criados y
+ pastores murmurar con malicia.... &iexcl;Lo que aquello era y lo que pod&iacute;a
+ haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el
+ consuelo de ser tenida por m&aacute;rtir y hero&iacute;na.... Recordaba
+ tambi&eacute;n las palabras de envidia, las miradas de curiosidad de do&ntilde;a
+ &Aacute;gueda (q. e. p. d.) en los primeros d&iacute;as del matrimonio;
+ recordaba que ella, que jam&aacute;s dec&iacute;a palabras irrespetuosas a
+ sus t&iacute;as, hab&iacute;a tenido que esforzarse para no gritar:
+ &laquo;&iexcl;Idiota!&raquo; al ver a su t&iacute;a mirarla as&iacute;. Y
+ aquello continuaba, aquello se hab&iacute;a sufrido en Granada, en
+ Zaragoza, en Granada otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la
+ compadec&iacute;an. Nada de hijos. Don V&iacute;ctor no era pesado, eso es
+ verdad. Se hab&iacute;a cansado pronto de hacer el gal&aacute;n y
+ paulatinamente hab&iacute;a pasado al papel de barba que le sentaba mejor.
+ &iexcl;Oh, y lo que es como un padre se hab&iacute;a hecho querer, eso s&iacute;!;
+ no pod&iacute;a ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero
+ llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca;
+ le remord&iacute;a la conciencia de no quererle como marido, de no desear
+ sus caricias; y adem&aacute;s ten&iacute;a miedo a los sentidos excitados
+ en vano. De todo aquello resultaba una gran injusticia no sab&iacute;a de
+ qui&eacute;n, un dolor irremediable que ni siquiera ten&iacute;a el
+ atractivo de los dolores po&eacute;ticos; era un dolor vergonzoso, como
+ las enfermedades que ella hab&iacute;a visto en Madrid anunciadas en
+ faroles verdes y encarnados. &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;a de confesar
+ aquello, sobre todo as&iacute;, como lo pensaba? y otra cosa no era
+ confesarlo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y la juventud hu&iacute;a, como aquellas nubecillas de plata rizada
+ que pasaban con alas r&aacute;pidas delante de la luna... ahora estaban
+ plateadas, pero corr&iacute;an, volaban, se alejaban de aquel ba&ntilde;o
+ de luz argentina y ca&iacute;an en las tinieblas que eran la vejez, la
+ vejez triste, sin esperanzas de amor. Detr&aacute;s de los vellones de
+ plata que, como bandadas de aves cruzaban el cielo, ven&iacute;a una gran
+ nube negra que llegaba hasta el horizonte. Las im&aacute;genes entonces se
+ invirtieron; Ana vio que la luna era la que corr&iacute;a a caer en
+ aquella sima de obscuridad, a extinguir su luz en aquel mar de tinieblas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Lo mismo era ella; como la luna, corr&iacute;a solitaria por el
+ mundo a abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin
+ esperanza de &eacute;l... &iexcl;oh, no, no, eso no!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sent&iacute;a en las entra&ntilde;as gritos de protesta, que le parec&iacute;a
+ que reclamaban con suprema elocuencia, inspirados por la justicia,
+ derechos de la carne, derechos de la hermosura. Y la luna segu&iacute;a
+ corriendo, como despe&ntilde;ada, a caer en el abismo de la nube negra que
+ la tragar&iacute;a como un mar de bet&uacute;n. Ana, casi delirante, ve&iacute;a
+ su destino en aquellas apariencias nocturnas del cielo, y la luna era
+ ella, y la nube la vejez, la vejez terrible, sin esperanza de ser amada.
+ Tendi&oacute; las manos al cielo, corri&oacute; por los senderos del <i>Parque</i>,
+ como si quisiera volar y torcer el curso del astro eternamente rom&aacute;ntico.
+ Pero la luna se aneg&oacute; en los vapores espesos de la atm&oacute;sfera
+ y Vetusta qued&oacute; envuelta en la sombra. La torre de la catedral, que
+ a la luz de la clara noche se destacaba con su espiritual contorno,
+ transparentando el cielo con sus encajes de piedra, rodeada de estrellas,
+ como la Virgen en los cuadros, en la obscuridad ya no fue m&aacute;s que
+ un fantasma puntiagudo; m&aacute;s sombra en la sombra.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, l&aacute;nguida, desmayado el &aacute;nimo, apoy&oacute; la cabeza en
+ las barras fr&iacute;as de la gran puerta de hierro que era la entrada del
+ <i>Parque</i> por la calle de Tras-la-cerca. As&iacute; estuvo mucho
+ tiempo, mirando las tinieblas de fuera, abstra&iacute;da en su dolor,
+ sueltas las riendas de la voluntad, como las del pensamiento que iba y ven&iacute;a,
+ sin saber por d&oacute;nde, a merced de impulsos de que no ten&iacute;a
+ conciencia.
+ </p>
+ <p>
+ Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pas&oacute;
+ un bulto por la calle solitaria pegado a la pared del <i>Parque</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Es &eacute;l!&raquo; pens&oacute; la Regenta que conoci&oacute;
+ a don &Aacute;lvaro, aunque la aparici&oacute;n fue moment&aacute;nea; y
+ retrocedi&oacute; asustada. Dudaba si hab&iacute;a pasado por la calle o
+ por su cerebro.
+ </p>
+ <p>
+ Era don &Aacute;lvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto
+ se le ocurri&oacute; salir a satisfacer una curiosidad intensa que hab&iacute;a
+ sentido. &laquo;Si por casualidad estuviese en el balc&oacute;n.... No
+ estar&aacute;, es casi seguro, pero &iquest;si estuviese?&raquo;. &iquest;No
+ ten&iacute;a &eacute;l la vida llena de felices accidentes de este g&eacute;nero?
+ &iquest;No deb&iacute;a a la buena suerte, a la <i>chance</i> que dec&iacute;a
+ don &Aacute;lvaro, gran parte de sus triunfos? &iexcl;Yo y la ocasi&oacute;n!
+ Era una de sus divisas. &iexcl;Oh! si la ve&iacute;a, la hablaba, le dec&iacute;a
+ que sin ella ya no pod&iacute;a vivir, que ven&iacute;a a rondar su casa
+ como un enamorado de veinte a&ntilde;os plat&oacute;nico y rom&aacute;ntico,
+ que se contentaba con ver por fuera aquel para&iacute;so.... S&iacute;,
+ todas estas sandeces le dir&iacute;a con la elocuencia que ya se le
+ ocurrir&iacute;a a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad,
+ estuviese en el balc&oacute;n. Sali&oacute; del teatro, subi&oacute; por
+ la calle de Roma, atraves&oacute; la Plaza del Pan y entr&oacute; en la
+ del &Aacute;guila. Al llegar a la Plaza Nueva se detuvo, mir&oacute; desde
+ lejos a la rinconada... no hab&iacute;a nadie al balc&oacute;n.... Ya lo
+ supon&iacute;a &eacute;l. No siempre salen bien las corazonadas. No
+ importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas....
+ Nadie; no se asomaba ni un gato. &laquo;Una vez all&iacute; &iquest;por qu&eacute;
+ no continuar el cerco rom&aacute;ntico?&raquo;. Se re&iacute;a de s&iacute;
+ mismo. &iexcl;Cu&aacute;ntos a&ntilde;os ten&iacute;a que remontar en la
+ historia de sus amores para encontrar paseos de aquella &iacute;ndole! Sin
+ embargo de la risa, sin temor al barro que deb&iacute;a de haber en la
+ calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se meti&oacute; por un
+ arco de la Plaza Nueva, entr&oacute; en un callej&oacute;n, despu&eacute;s
+ en otro y lleg&oacute; al cabo a la calle a que daba la puerta del <i>Parque</i>.
+ All&iacute; no hab&iacute;a casas, ni aceras ni faroles; era una calle
+ porque la llamaban as&iacute;, pero consist&iacute;a en un camino
+ maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones, uno de la C&aacute;rcel
+ y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la puerta, pegado a la
+ pared, por huir del fango, Mes&iacute;a crey&oacute; sentir la corazonada
+ verdadera, la que &eacute;l llamaba as&iacute;, porque era como una
+ adivinaci&oacute;n instant&aacute;nea, una especie de doble vista. Sus
+ mayores triunfos de todos g&eacute;neros hab&iacute;an venido as&iacute;,
+ con la corazonada verdadera, sintiendo &eacute;l de repente, poco antes de
+ la victoria, un valor ins&oacute;lito, una seguridad absoluta; latidos en
+ las sienes, sangre en las mejillas, angustia en la garganta.... Se par&oacute;.
+ &laquo;Estaba all&iacute; la Regenta, all&iacute; en el Parque, se lo dec&iacute;a
+ aquello que estaba sintiendo.... &iquest;Qu&eacute; har&iacute;a si el
+ coraz&oacute;n no le enga&ntilde;aba? Lo de siempre en tales casos;
+ &iexcl;jugar el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que
+ abriera; y si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que
+ imposible; pero, s&iacute;, la saltar&iacute;a. &iexcl;Si volviera a salir
+ la luna! No, no saldr&iacute;a; la nube era inmensa y muy espesa; tardar&iacute;a
+ media hora la claridad&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a la verja; &eacute;l vio a la Regenta primero que ella a
+ &eacute;l. La conoci&oacute;, la adivin&oacute; antes.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Es tuya!&mdash;le grit&oacute; el demonio de la
+ seducci&oacute;n&mdash;; te adora, te espera&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su v&iacute;ctima. La
+ superstici&oacute;n vetustense respecto de la virtud de Ana la sinti&oacute;
+ &eacute;l en s&iacute;; aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo
+ despu&eacute;s de muerta acaso; &eacute;l huir; &iexcl;lo que nunca hab&iacute;a
+ hecho! Ten&iacute;a miedo... &iexcl;la primera vez!
+ </p>
+ <p>
+ Sigui&oacute;; dio tres, cuatro pasos m&aacute;s sin resolverse a volver
+ pie atr&aacute;s, por m&aacute;s que el demonio de la seducci&oacute;n le
+ sujetaba los brazos, le atra&iacute;a hacia la puerta y se le burlaba con
+ palabras de fuego al o&iacute;do llam&aacute;ndole: &laquo;&iexcl;Cobarde,
+ seductor de meretrices!... &iexcl;Atr&eacute;vete, atr&eacute;vete con la
+ verdadera virtud; ahora o nunca!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Ahora, ahora!&raquo;&mdash;grit&oacute; Mes&iacute;a
+ con el &uacute;nico valor grande que ten&iacute;a&mdash;; y ya a diez
+ pasos de la verja volvi&oacute; atr&aacute;s furioso, gritando:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ana! &iexcl;Ana! Le contest&oacute; el silencio. En la
+ obscuridad del <i>Parque</i> no vio m&aacute;s que las sombras de los
+ eucaliptus, acacias y casta&ntilde;os de Indias; y all&aacute; a lo lejos,
+ como una pir&aacute;mide negra el perfil de la <i>Washingtonia</i>, el
+ &uacute;nico amor de Fr&iacute;gilis, que la plant&oacute; y vio crecer
+ sus hojas, su tronco, sus ramas.
+ </p>
+ <p>
+ Esper&oacute; en vano.&mdash;Ana, Ana&mdash;volvi&oacute; a decir quedo,
+ muy quedo&mdash;; pero s&oacute;lo le contestaban las hojas secas,
+ arrastradas por el viento suave sobre la arena de los senderos.
+ </p>
+ <p>
+ Ana hab&iacute;a huido. Al ver tan cerca aquella tentaci&oacute;n que
+ amaba, tuvo pavor, el p&aacute;nico de la honradez, y corri&oacute; a
+ esconderse en su alcoba, cerrando puertas tras de s&iacute;, como si aquel
+ libertino osado pudiera perseguirla, atravesando la muralla del <i>Parque</i>.
+ S&iacute;, sent&iacute;a ella que don &Aacute;lvaro se infiltraba, se
+ infiltraba en las almas, se filtraba por las piedras; en aquella casa todo
+ se iba llenando de &eacute;l, tem&iacute;a verle aparecer de pronto, como
+ ante la verja del <i>Parque</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Ser&aacute; el demonio quien hace que sucedan estas
+ casualidades?&raquo;, pens&oacute; seriamente Ana, que no era
+ supersticiosa.
+ </p>
+ <p>
+ Ten&iacute;a miedo; ve&iacute;a su virtud y su casa bloqueadas, y acababa
+ de ver al enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen hab&iacute;a
+ despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor
+ hab&iacute;a dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a
+ infestarse.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; f&aacute;cil era el crimen! Aquella puerta... la
+ noche... la obscuridad.... Todo se volv&iacute;a c&oacute;mplice. Pero
+ ella resistir&iacute;a. &iexcl;Oh! &iexcl;s&iacute;! aquella tentaci&oacute;n
+ fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos, era un enemigo digno
+ de ella. Prefer&iacute;a luchar as&iacute;. La lucha vulgar de la vida
+ ordinaria, la batalla de todos los d&iacute;as con el hast&iacute;o, el
+ rid&iacute;culo, la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterr&aacute;neo
+ entre fango. Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece
+ como un conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene
+ como una aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de
+ ella. Luchar&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor volvi&oacute; del teatro y se dirigi&oacute; al gabinete
+ de su mujer. Ana se le arroj&oacute; a los brazos, le ci&ntilde;&oacute;
+ con los suyos la cabeza y llor&oacute; abundantemente sobre las solapas de
+ la levita de tricot.
+ </p>
+ <p>
+ La crisis nerviosa se resolv&iacute;a, como la noche anterior, en l&aacute;grimas,
+ en &iacute;mpetus de piadosos prop&oacute;sitos de fidelidad conyugal. Su
+ don V&iacute;ctor, a pesar de las m&aacute;quinas infernales, era el
+ deber; y el Magistral ser&iacute;a la &eacute;gida que la salvar&iacute;a
+ de todos los golpes de la tentaci&oacute;n formidable. Pero Quintanar no
+ estaba enterado. Ven&iacute;a del teatro muerto de sue&ntilde;o&mdash;&iexcl;no
+ hab&iacute;a dormido la noche anterior!&mdash;y lleno de entusiasmo l&iacute;rico-dram&aacute;tico.
+ Francamente, aquellos enternecimientos peri&oacute;dicos le parec&iacute;an
+ excesivos y molestos a la larga. &laquo;&iquest;Qu&eacute; diablos ten&iacute;a
+ su mujer?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, hija, &iquest;qu&eacute; te pasa? t&uacute; est&aacute;s
+ mala....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, V&iacute;ctor, no; d&eacute;jame, d&eacute;jame por Dios ser as&iacute;.
+ &iquest;No sabes que soy nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho
+ y acariciarte... y que t&uacute; me quieras tambi&eacute;n as&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Alma m&iacute;a, con mil amores!... pero... esto no es
+ natural, quiero decir... est&aacute; muy en orden, pero a estas horas...
+ es decir... a estas alturas... vamos... que.... Y si hubi&eacute;ramos re&ntilde;ido...
+ se explicar&iacute;a mejor... pero as&iacute; sin m&aacute;s ni m&aacute;s....
+ Yo te quiero infinito, ya lo sabes; pero t&uacute; est&aacute;s mala y por
+ eso te pones as&iacute;; s&iacute;, hija m&iacute;a, estos extremos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No son extremos, Quintanar&mdash;dijo Ana sollozando y haciendo
+ esfuerzos supremos para idealizar a D. V&iacute;ctor que tra&iacute;a el
+ lazo de la corbata debajo de una oreja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien, vida m&iacute;a, no ser&aacute;n; pero t&uacute; est&aacute;s
+ mala. Ayer amag&oacute; el ataque, te pusiste nerviosilla... hoy ya ves c&oacute;mo
+ est&aacute;s.... T&uacute; tienes algo.
+ </p>
+ <p>
+ Ana movi&oacute; la cabeza negando.&mdash;S&iacute;, hija m&iacute;a;
+ hemos hablado de eso en el palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El
+ doctor opina que la vida que llevas no es sana, que necesitas dar variedad
+ a la actividad cerebral y hacer ejercicio, es decir, distracciones y
+ paseos. La Marquesa dice que eres demasiado formal, demasiado buena, que
+ necesitas un poco de aire libre, ir y venir... y yo, por &uacute;ltimo,
+ opino lo mismo, y estoy resuelto&mdash;esto lo dijo con mucha energ&iacute;a&mdash;estoy
+ resuelto a que termine la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre;
+ t&uacute; vives all&aacute; en tus sue&ntilde;os.... Basta, hija m&iacute;a,
+ basta de so&ntilde;ar. &iquest;Te acuerdas de lo que te pas&oacute; en
+ Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni m&aacute;s que
+ escapadas a la Alhambra y al Generalife; y all&iacute; leyendo y papando
+ moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no me
+ trasladan a Valladolid, te me mueres. &iquest;Y en Valladolid? Recobraste
+ la salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancol&iacute;a
+ mal disimulada segu&iacute;a, los nervios erre que erre.... Volvemos a
+ Vetusta, casi pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre
+ t&iacute;a &Aacute;gueda que se fue a juntar con la otra, y con ese
+ pretexto te encierras en este caser&oacute;n y no hay quien te saque al
+ sol en un a&ntilde;o. Leer y trabajar como si estuvieras a destajo.... No
+ me interrumpas; ya sabes que ri&ntilde;o pocas veces; pero ya que ha
+ llegado la ocasi&oacute;n, he de decirlo todo; eso es, todo. Fr&iacute;gilis
+ me lo repite sin cesar: &laquo;Anita no es feliz&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; sabe &eacute;l?&mdash;Bien sabes que &eacute;l
+ te quiere, que es nuestro mejor amigo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;por qu&eacute; dice que no soy feliz? &iquest;En qu&eacute;
+ lo conoce?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No lo s&eacute;; yo no lo hab&iacute;a notado, lo confieso, pero ya
+ me voy inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Son los nervios, Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues guerra a los nervios &iexcl;caracoles!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;...&mdash;Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta
+ vida que haces, y desde ma&ntilde;ana mismo otra nueva. Iremos a todas
+ partes y, si me apuras, le mando a Paco o al mism&iacute;simo Mes&iacute;a,
+ el Tenorio, el simp&aacute;tico Tenorio, que te enamoren.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; atrocidad!...&mdash;&iexcl;Programa!&mdash;grit&oacute;
+ don V&iacute;ctor&mdash;: al teatro dos veces a la semana por lo menos; a
+ la tertulia de la Marquesa cada cinco o seis d&iacute;as, al Espol&oacute;n
+ todas las tardes que haga bueno; a las reuniones de confianza del Casino
+ en cuanto se inauguren este a&ntilde;o; a las meriendas de la Marquesa, a
+ las excursiones de la <i>high life</i> vetustense, y a la catedral cuando
+ predique don Ferm&iacute;n y repiquen gordo. &iexcl;Ah! y por el verano a
+ Palomares, a ba&ntilde;arse y a vestir batas anchas que dejen entrar el
+ aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un
+ programa de gobierno, sino que se cumplir&aacute; en todas sus partes. La
+ Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y Visitaci&oacute;n,
+ que estaba en la platea de P&aacute;ez, tambi&eacute;n me dijo que contara
+ con ella para sacarte de tus casillas.... S&iacute;, se&ntilde;ora,
+ saldremos de nuestras casillas. No quiero m&aacute;s nervios, no quiero
+ que Fr&iacute;gilis diga que no eres feliz....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; sabe &eacute;l?&mdash;Ni quiero llantos que me
+ quitan a m&iacute; el sue&ntilde;o. Cuando lloras sin saber por qu&eacute;,
+ hija m&iacute;a, me entra una comez&oacute;n, un miedo supersticioso....
+ Se me figura que anuncias una desgracia.
+ </p>
+ <p>
+ Ana tembl&oacute;, como sintiendo escalofr&iacute;os.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, &aacute;ngel m&iacute;o;
+ todos a la cama; yo me estoy cayendo.
+ </p>
+ <p>
+ Bostez&oacute; don V&iacute;ctor y sali&oacute; del gabinete despu&eacute;s
+ de depositar un casto beso en la frente de su mujer.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; en su despacho. Estaba de mal humor. &laquo;Aquella
+ enfermedad misteriosa de Ana&mdash;porque era una enfermedad, estaba
+ seguro&mdash;le preocupaba y le molestaba. No estaba &eacute;l para
+ templar gaitas: los nervios le eran antip&aacute;ticos; estas penas sin
+ causa conocida no le inspiraban compasi&oacute;n, le irritaban, le parec&iacute;an
+ mimos de enfermo; &eacute;l quer&iacute;a mucho a su mujer, pero a los
+ nervios los aborrec&iacute;a.... Adem&aacute;s en el teatro hab&iacute;a
+ tenido una discusi&oacute;n acalorada: un majadero, un sietemesino que
+ estudiaba en Madrid, hab&iacute;a dicho que el teatro de Lope y de Calder&oacute;n
+ no deb&iacute;a imitarse en nuestros d&iacute;as, que en las tablas era
+ poco natural el verso, que para los dramas de la &eacute;poca era mejor la
+ prosa. &iexcl;Imb&eacute;cil! &iexcl;que el verso es poco natural! &iexcl;Cuando
+ lo natural ser&iacute;a que todos, sin distinci&oacute;n de clases, al
+ vernos ultrajados prorrumpi&eacute;ramos en quintillas sonoras! La poes&iacute;a
+ ser&aacute; siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el ilustre
+ Jovellanos. Figur&eacute;monos que yo me llamo Benavides y que Carvajal
+ quiere quitarme la honra
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">a obscuras, como el ladr&oacute;n</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">de infame merecimiento;</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ pues &iquest;d&oacute;nde habr&aacute; cosa m&aacute;s natural que
+ incomodarme yo, y exclamar con Tirso de Molina (representando):
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">A satisfacer la fama</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">que me hab&eacute;is hurtado vengo:</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">mi agravio es le&oacute;n que brama;</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">un le&oacute;n por armas tengo,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">y Benavides se llama.</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">De vuestros torpes amores</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">dar&aacute; venganza a mi enojo,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">mostrando a mis sucesores</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">la nobleza de un le&oacute;n rojo</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">en sangre de dos traidores...?&raquo;.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor se fij&oacute; en un velador, que era Carvajal, y ya iba
+ a concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Desde que sois mi cu&ntilde;ado</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">ni de palabras me afrento..., etc.,</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus
+ tiestos, de su colecci&oacute;n de mariposas, de una docena de aparatos
+ delicados que le serv&iacute;an en sus variadas industrias de fabricante
+ de jaulas y grilleras, artista en marqueter&iacute;a, coleccionador, entom&oacute;logo
+ y bot&aacute;nico, y otras no menos respetables.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Dios m&iacute;o! &iexcl;qu&eacute; es esto!&mdash;grit&oacute;
+ en prosa culta&mdash;&iquest;qui&eacute;n ha causado esta devastaci&oacute;n...?
+ &iexcl;Petra! &iexcl;Anselmo!&mdash;y se colg&oacute; del cord&oacute;n de
+ la campanilla.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; Petra sonriente.&mdash;&iquest;Qu&eacute; ha sido esto?&mdash;Se&ntilde;or,
+ yo no he sido.... Habr&aacute;n entrado los gatos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;C&oacute;mo los gatos! &iquest;Por qui&eacute;n se me toma a
+ m&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los
+ cacharros de su museo, como &eacute;l llamaba aquella exposici&oacute;n
+ permanente de man&iacute;as, se transformaba en un Segismundo. En efecto,
+ sin darse cuenta de ello, comenz&oacute; a parodiar a Perales a quien
+ acababa de ver dando patadas en la escena y gritando como un energ&uacute;meno.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el
+ balc&oacute;n si no me explica esto.
+ </p>
+ <p>
+ Anselmo compareci&oacute;. Tampoco hab&iacute;a sido &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ En medio de su c&oacute;lera vio Quintanar en un rinc&oacute;n la trampa
+ de los zorros, despedazada, inservible.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Esto m&aacute;s! &iexcl;Vive Dios! Yo que iba a dar en cara
+ a Fr&iacute;gilis.... &iexcl;Pero, se&ntilde;or, qui&eacute;n anduvo aqu&iacute;!
+ </p>
+ <p>
+ Acudi&oacute; Ana, porque lleg&oacute; a su cuarto el ruido.
+ </p>
+ <p>
+ Lo explic&oacute; todo.&mdash;Pero t&uacute;, Petra&mdash;a&ntilde;adi&oacute;&mdash;&iquest;por
+ qu&eacute; no le has dicho la verdad al se&ntilde;or?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora, yo... no sab&iacute;a si deb&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Si deb&iacute;as qu&eacute;?&mdash;pregunt&oacute; don V&iacute;ctor
+ con expresi&oacute;n de no comprender.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si deb&iacute;a...&mdash;Al amo no hay que ocultarle nunca nada&mdash;dijo
+ la Regenta clavando los ojos altaneros en la criada.
+ </p>
+ <p>
+ Petra sonri&oacute; torciendo la boca, y baj&oacute; la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se
+ qued&oacute; solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus
+ inventos, m&aacute;quinas y colecciones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Dios m&iacute;o! &iexcl;si estar&aacute; loca la
+ pobrecita!&raquo;&mdash;dec&iacute;a entre suspiros Quintanar, con las
+ manos en la cabeza. Se acost&oacute; decidido a consultar seriamente <i>lo</i>
+ de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos Petra, que en
+ medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano, espiaba el silencio
+ del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Hab&iacute;a visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre....
+ En aquella casa iba a pasar algo. &iquest;Qu&eacute; habr&iacute;a hecho
+ la se&ntilde;ora en la huerta? &iquest;No se le hab&iacute;a figurado a
+ ella o&iacute;r all&aacute;, hacia la puerta del <i>Parque</i>, una
+ voz...? Ser&iacute;a aprensi&oacute;n... pero... algo, algo hab&iacute;a
+ all&iacute;. &iquest;Qu&eacute; papel la reservar&iacute;an? &iquest;Contar&iacute;an
+ con ella? &iexcl;Ay de <i>ellos</i> si no!&raquo;. Y con una delicia
+ morbosa, la rubia l&uacute;brica olfateaba la deshonra de aquel hogar,
+ oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; &laquo;otro est&uacute;pido
+ que jam&aacute;s hab&iacute;a venido a buscarla en el secreto de la noche&raquo;...
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XImdash" id="XImdash"></a>&mdash;XI&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy
+ distinto g&eacute;nero, no le dejaba libre para el estudio m&aacute;s que
+ las horas primeras del d&iacute;a y las m&aacute;s altas de la noche. Dorm&iacute;a
+ muy poco. Su doble misi&oacute;n de hombre de gobierno en la di&oacute;cesis
+ y sabio de la catedral le impon&iacute;a un trabajo abrumador; adem&aacute;s,
+ era un cl&eacute;rigo de mundo; recib&iacute;a y devolv&iacute;a muchas
+ visitas, y este cuidado, uno de los m&aacute;s fastidiosos, pero de los m&aacute;s
+ importantes, le robaba mucho tiempo. Por la ma&ntilde;ana estudiaba
+ filosof&iacute;a y teolog&iacute;a, le&iacute;a las revistas cient&iacute;ficas
+ de los jesuitas, y escrib&iacute;a sus sermones y otros trabajos
+ literarios. Preparaba una <i>Historia de la Di&oacute;cesis de Vetusta</i>,
+ obra seria, original, que dar&iacute;a mucha luz a ciertos puntos obscuros
+ de los anales eclesi&aacute;sticos de Espa&ntilde;a. De este libro, sin
+ conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino Berm&uacute;dez, cuando estaba un
+ poco alegre, despu&eacute;s de comer. Uno de sus secretos era, que &laquo;el
+ Magistral merec&iacute;a el nombre de sabio, pero no precisamente el de
+ arque&oacute;logo; nadie sirve para todo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n escrib&iacute;a a la luz tenue y blanca del crep&uacute;sculo;
+ la ma&ntilde;ana estaba fresca; de vez en cuando, por v&iacute;a de
+ descanso, De Pas se entreten&iacute;a en soplarse los dedos. Meditaba. Ten&iacute;a
+ los pies envueltos en un mant&oacute;n viejo de su madre. Cubr&iacute;ale
+ la cabeza un gorro de terciopelo negro, ra&iacute;do; la sotana bordada de
+ zurcidos, pardeaba de puro vieja, y las mangas de la chaqueta que vest&iacute;a
+ debajo de la sotana reluc&iacute;an con el brillo triste del pa&ntilde;o
+ muy rozado. Aquel traje s&oacute;rdido, que tal contraste mostraba con la
+ elegancia, riqueza y pulcritud que ante el mundo luc&iacute;a el
+ Magistral, desaparec&iacute;a concluido el trabajo, al aproximarse la hora
+ de las visitas probables. Entonces vest&iacute;a don Ferm&iacute;n un c&oacute;modo,
+ flamante y bien cortado balandr&aacute;n, y en un rinc&oacute;n de la
+ alcoba se escond&iacute;an las zapatillas de orillo y el gorro con mugre;
+ el zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba
+ como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante
+ personaje. En su despacho s&oacute;lo recib&iacute;a a los que quer&iacute;a
+ deslumbrar por sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabidur&iacute;a
+ no deslumbraba a casi nadie, y as&iacute; la mayor parte de las visitas
+ pasaban al sal&oacute;n inmediato.
+ </p>
+ <p>
+ Pocos pod&iacute;an jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba
+ abajo; casi nadie hab&iacute;a visto m&aacute;s que el vest&iacute;bulo,
+ la escalera, un pasillo, la antesala y el sal&oacute;n de cortinaje verde
+ y siller&iacute;a con funda de tela gris; y aun el sal&oacute;n medio se
+ ve&iacute;a porque estaba poco menos que a obscuras. Uno de los argumentos
+ que empleaban los que defend&iacute;an la honradez del Provisor, consist&iacute;a
+ en recordar la modestia de su ajuar y de su vida dom&eacute;stica.
+ </p>
+ <p>
+ Justamente se hab&iacute;a hablado de esto la tarde anterior en el Espol&oacute;n,
+ en un corrillo de murmuradores, cl&eacute;rigos unos, seglares otros.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Entre su madre y &eacute;l, puede que no gasten doce mil reales al
+ a&ntilde;o&mdash;dec&iacute;a muy serio Ripamil&aacute;n, el venerable
+ Arcipreste&mdash;. &Eacute;l viste bien, eso s&iacute;, con elegancia,
+ hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la cuida, la cepilla
+ bien, y esta partida del presupuesto viene a ser insignificante. Recuerden
+ ustedes, se&ntilde;ores, lo que nos duraba un sombrero de teja en los
+ ominosos tiempos en que no nos pagaba el Gobierno. Y en lo dem&aacute;s,
+ &iquest;qu&eacute; gastan? Do&ntilde;a Paula con su h&aacute;bito negro de
+ Santa Rita, total estame&ntilde;a, su mant&oacute;n apretado a la espalda,
+ y su pa&ntilde;uelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya
+ est&aacute; vestida para todo el a&ntilde;o. &iquest;Y comer? Yo no les he
+ visto comer, pero todo se sabe; el catedr&aacute;tico de Psicolog&iacute;a,
+ L&oacute;gica y &Eacute;tica, que saben ustedes que es muy amigo m&iacute;o,
+ aunque partidario de no s&eacute; qu&eacute; endiablada escuela escocesa,
+ y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello fuese la
+ Stoa o la Academia, pues ese fil&oacute;sofo dice que jam&aacute;s ha
+ visto a la criada del Provisor comprar salm&oacute;n, y besugo s&oacute;lo
+ cuando est&aacute; barato, muy barato. Pues &iquest;y la casa? La casa,
+ todos ustedes lo saben, es una caba&ntilde;a limpia, es la casa de un
+ verdadero sacerdote de Jes&uacute;s. Lo mejor es lo que conocemos todos,
+ el sal&oacute;n; &iexcl;y v&aacute;lgate Dios por sal&oacute;n! A la moda
+ del rey que rabi&oacute;: solemne, pulcro, eso s&iacute;; &iexcl;pero qu&eacute;
+ de trampas tapa aquella obscuridad! &iquest;Qui&eacute;n nos dice que las
+ sillas de damasco verde no tienen abiertas las entra&ntilde;as? &iquest;Las
+ han visto ustedes alguna vez sin funda? &iquest;Y la consola panzuda,
+ antiqu&iacute;sima, de un dorado que fue, con su reloj de m&uacute;sica
+ sin m&uacute;sica y sin cuerda? Se&ntilde;ores, no se me diga: el
+ Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simon&iacute;as es
+ infame calumnia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Todo esto es verdad&mdash;contest&oacute; Foja, el ex-alcalde
+ usurero, que estaba presente siempre en conversaciones de este g&eacute;nero.
+ Parec&iacute;a nacido para murmurar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el
+ se&ntilde;or Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los m&aacute;s
+ ricos. Para tener dinero, tenerlo. Do&ntilde;a Paula esconde su gato,
+ &iexcl;un gatazo! &iquest;Y las casas que compra el Magistral por esos
+ pueblos? &iquest;Y las fincas que ha adquirido do&ntilde;a Paula en
+ Matalerejo, en Toraces, en Ca&ntilde;edo, en Somieda? &iquest;Y las
+ acciones del Banco?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras;
+ usted no ha visto las p&oacute;lizas; usted no ha visto nada....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero s&eacute; quien lo ha visto.&mdash;&iquest;Qui&eacute;n?&mdash;&iexcl;El
+ mundo entero!&mdash;grit&oacute; don Santos Barinaga, que siempre acud&iacute;a
+ a maldecir de su mortal enemigo el Provisor&mdash;. &iexcl;El mundo
+ entero!... Yo... yo.... &iexcl;Si yo hablara!... &iexcl;pero ya hablar&eacute;!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en
+ este proceso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por qu&eacute;?&mdash;Porque usted aborrece al Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Claro que s&iacute;...&mdash;Y ense&ntilde;aba los pu&ntilde;os
+ apretados.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Y ya me las pagar&aacute;!&mdash;Pero usted, le aborrece por
+ aquello de &laquo;&iquest;qui&eacute;n es tu enemigo? El de tu oficio&raquo;.
+ Usted vende objetos del culto: c&aacute;lices, patenas, vinajeras, l&aacute;mparas,
+ sagrarios, casullas, cera y hasta hostias....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; y a mucha honra se&ntilde;or Arcipreste.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, eso ya lo s&eacute;; pero usted, vende eso y....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hola! &iexcl;hola!&mdash;interrumpi&oacute; Foja&mdash;.
+ &iexcl;Preciosa confesi&oacute;n! &iexcl;Dato precioso! Don Cayetano
+ confiesa que don Santos y don Ferm&iacute;n son enemigos porque son del
+ mismo oficio. Luego reconoce el eminente Ripamil&aacute;n que es cierto lo
+ que dice el mundo entero: que, contra las leyes divinas y humanas, el
+ Magistral es comerciante, es el due&ntilde;o, el verdadero due&ntilde;o de
+ <i>La Cruz Roja</i>, el bazar de art&iacute;culos de iglesia, al que por
+ fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del obispado han
+ de venir <i>velis nolis</i> a comprar lo que necesitan y lo que no
+ necesitan.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Perm&iacute;tame usted, se&ntilde;or Foja o se&ntilde;or diablo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la p&iacute;cara
+ casualidad de que <i>La Cruz Roja</i> ocupa los bajos de la casa contigua
+ a la del Provisor; y como da la picar&iacute;sima casualidad de que
+ sabemos todos que hay comunicaci&oacute;n por los s&oacute;tanos, entre
+ casa y casa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, no sea usted barull&oacute;n ni embustero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Poco a poco, se&ntilde;or can&oacute;nigo, yo no soy barullero, ni
+ miento, ni soy obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No ser&aacute; usted obscurantista, pero tiene la moliera a
+ obscuras para todo lo que no sea picard&iacute;a. &iquest;Qu&eacute; tiene
+ que ver que al se&ntilde;or Barinaga, al bueno de don Santos, se le haya
+ metido en la cabeza que su comercio de quincalla y cera va a menos por una
+ competencia imaginaria que, seg&uacute;n &eacute;l, le hace el Provisor?
+ &iquest;Qu&eacute; tiene que ver eso, alma de c&aacute;ntaro, con que el
+ bazar, como lo llama, de <i>La Cruz Roja</i>, tenga s&oacute;tanos y el
+ Magistral sea comerciante aunque lo proh&iacute;ban los c&aacute;nones y
+ el C&oacute;digo de comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a
+ Dios, pero no sea usted un boquirroto y mire m&aacute;s lo que dice.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragon&eacute;s, le
+ dan a usted derecho para desvergonzarse....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Poco ruido! &iexcl;Poco ruido! se&ntilde;or Fierabr&aacute;s&mdash;repuso
+ el can&oacute;nigo terciando el manteo.
+ </p>
+ <p>
+ Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se dec&iacute;an
+ les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen humor
+ consiste en soltarse pullas y <i>frescas</i> todo el a&ntilde;o, como en
+ perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal
+ educado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es que yo&mdash;grit&oacute; el ex-alcalde&mdash;mato un can&oacute;nigo
+ como un mosquito....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted ac&aacute;,
+ viborezno libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles;
+ seg&uacute;n ese disparatado modo de pensar que usa vuecencia, tambi&eacute;n
+ se podr&aacute; asegurar lo que dice el vulgo de los pr&eacute;stamos del
+ Magistral al veinte por ciento.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;<i>Non capisco</i>&mdash;respondi&oacute; el ex-alcalde, que sab&iacute;a
+ italiano de &oacute;peras.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; me entiende usted, pero hablar&eacute; m&aacute;s claro.
+ &iquest;No es usted otro libelo infamatorio con lengua y pies&mdash;que
+ viera yo cortados&mdash;de los muchos que sacrifican la honra del
+ Magistral? Pues si don Santos le maldice porque le roba los parroquianos
+ de su tienda de quincalla, usted le aborrecer&aacute; por lo de la usura;
+ &iquest;qui&eacute;n es tu enemigo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Poco a poco, se&ntilde;or Ripamil&aacute;n, que se me sube el humo
+ a las narices.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dir&aacute; usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de
+ sesos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Me ha llamado usted usurero!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso; clarito.&mdash;Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al
+ empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y recojo
+ la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas de misa
+ y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabr&iacute;an que la
+ Econom&iacute;a pol&iacute;tica me autoriza para cobrar el anticipo, el
+ riesgo y, cuando hay caso, la prima del seguro....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Del seguro se va usted, se&ntilde;or economista cascaciruelas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo contribuyo a la circulaci&oacute;n de la riqueza....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como una esponja a la circulaci&oacute;n del agua....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y los curas son los z&aacute;nganos de la colmena social....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, si a z&aacute;nganos vamos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Los curas son los mostrencos...&mdash;Si a mostrencos vamos, conoc&iacute;a
+ yo un alcaldito en tiempos de la <i>Gloriosa</i>...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; tiene usted que decir de la <i>Gloriosa</i>? Me
+ parece que la Revoluci&oacute;n le hizo a usted Ilustr&iacute;simo se&ntilde;or....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hizo un cuerno! Me hicieron mis m&eacute;ritos, mis
+ trabajos, mis... &iexcl;seor ciruelo!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;D&eacute;jese usted de insultos y explique por qu&eacute; he de ser
+ yo enemigo personal del Provisor. &iquest;Reparto yo dinero por las aldeas
+ al treinta por ciento? Y el dinero que yo presto &iquest;procede de
+ capellan&iacute;as <i>cuyo soy</i> el depositario sin facultades para
+ lucrar con el inter&eacute;s del dep&oacute;sito? &iquest;Mis rentas
+ proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver con la
+ curia eclesi&aacute;stica? &iquest;Robo yo en esos montes de Toledo que se
+ llaman <i>Palacio</i>?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores,
+ yo le dejo con la palabra en la boca....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podr&aacute;
+ ser un viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un
+ Candelas eclesi&aacute;stico.
+ </p>
+ <p>
+ Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era
+ demasiado fuerte:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga grit&oacute;:&mdash;No
+ se&ntilde;ores, no es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones
+ caballerosos era muy generoso, y robaba con exposici&oacute;n de la vida.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, robaba a los ricos y daba a los pobres.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, desnudaba a un santo para vestir a otro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse &eacute;l.
+ Es un pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya s&eacute; yo de qu&eacute;
+ muerte va a morir.
+ </p>
+ <p>
+ Barinaga ol&iacute;a a aguardiente. Era el olor de su bilis.
+ </p>
+ <p>
+ Don Cayetano se encogi&oacute; de hombros y dio media vuelta. Y mientras
+ se alejaba iba diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora
+ rabian porque no les dejan decir esas picard&iacute;as en los peri&oacute;dicos....
+ </p>
+ <p>
+ Conversaciones de este g&eacute;nero las hab&iacute;a a diario en Vetusta;
+ en el paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacrist&iacute;a de
+ la Catedral.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas sab&iacute;a todo lo que se murmuraba. Ten&iacute;a varios esp&iacute;as,
+ verdaderos esbirros de sotana. El m&aacute;s activo, perspicaz y
+ disimulado, era el segundo organista de la Catedral, que ya hab&iacute;a
+ sido delator en el seminario. Entonces iba al para&iacute;so del teatro a
+ sorprender a los aprendices de cura aficionados a Tal&iacute;a o quien
+ fuese. Era un presb&iacute;tero joven, chato, favorito de la madre del
+ Provisor do&ntilde;a Paula. Se apellidaba Campillo.
+ </p>
+ <p>
+ A don Ferm&iacute;n no le importaba mucho lo que dijeran, pero quer&iacute;a
+ saber lo que se murmuraba y a d&oacute;nde llegaban las injurias.
+ </p>
+ <p>
+ No pensaba en tal cosa el Magistral aquella ma&ntilde;ana fr&iacute;a de
+ octubre, mientras se soplaba los dedos meditabundo.
+ </p>
+ <p>
+ Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin poder
+ remediarlo. Quer&iacute;a buscar dentro de s&iacute; fervor religioso,
+ acendrada fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un p&aacute;rrafo
+ sonoro, rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicci&oacute;n; pero la
+ voluntad no obedec&iacute;a y dejaba al pensamiento entretenerse con los
+ recuerdos que le asediaban. La mano fina, aristocr&aacute;tica, trazaba
+ rayitas paralelas en el margen de una cuartilla, despu&eacute;s, encima,
+ dibujaba otras rayitas, cruzando las primeras; y aquello semejaba una
+ celos&iacute;a. Detr&aacute;s de la celos&iacute;a se le figur&oacute; ver
+ un manto negro y dos chispas detr&aacute;s del manto, dos ojos que
+ brillaban en la obscuridad. &iexcl;Y si no hubiese m&aacute;s que los
+ ojos!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Pero aquella voz! &iexcl;Aquella voz transformada por
+ la emoci&oacute;n religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda
+ sin remordimiento, pero no sin verg&uuml;enza ante un confesonario!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Qu&eacute; mujer era aquella? &iquest;Hab&iacute;a en
+ Vetusta aquel tesoro de gracias espirituales, aquella conquista reservada
+ para la Iglesia, y &eacute;l el amo espiritual de la provincia, no lo hab&iacute;a
+ sabido antes?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El pobre don Cayetano era hombre de alg&uacute;n talento para ciertas
+ cosas, para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero
+ &iquest;qu&eacute; sab&iacute;a &eacute;l de dirigir un alma como la de
+ aquella se&ntilde;ora?
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho
+ antes aquella joya que &eacute;l, Ripamil&aacute;n, no sab&iacute;a
+ apreciar en todo su valor. Y gracias que, por pereza, se hab&iacute;a
+ decidido a dejarle aquel tesoro.
+ </p>
+ <p>
+ Don Cayetano le hab&iacute;a hablado con mucha seriedad de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Don Ferm&iacute;n&mdash;le hab&iacute;a dicho&mdash;usted es
+ el &uacute;nico que podr&aacute; entenderse con esta hija m&iacute;a
+ querida, que a m&iacute; iba a volverme loco si continuaba cont&aacute;ndome
+ sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la entiendo
+ siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que eso no.
+ &iquest;Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no sirvo
+ para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le indiqu&eacute;
+ la conveniencia de confesar con usted acept&oacute;, comprendiendo que yo
+ no daba m&aacute;s de m&iacute;. No doy, no. Yo entiendo la religi&oacute;n
+ y la moral a mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me
+ parece que la piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita&mdash;ya
+ sabe usted que ha escrito versos&mdash;es un poco rom&aacute;ntica. Eso no
+ quita que sea una santa; pero quiere traer a la religi&oacute;n el
+ romanticismo, y yo &iexcl;guarda, Pablo! no me encuentro con fuerzas para
+ librarla de ese peligro. A usted le ser&aacute; f&aacute;cil&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Arcipreste se hab&iacute;a acercado m&aacute;s al Provisor, y estirando
+ el cuello, de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al o&iacute;do,
+ hab&iacute;a dicho despu&eacute;s:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Ella ha visto visiones... pseudo-m&iacute;sticas... all&aacute;
+ en Loreto... al llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita,
+ cuando tuvo aquella fiebre y fuimos a buscarla su t&iacute;a do&ntilde;a
+ Anuncia y yo. Despu&eacute;s... pas&oacute; aquello y se hizo literata....
+ En fin, usted ver&aacute;. No es una se&ntilde;ora como estas de por aqu&iacute;.
+ Tiene mucho tes&oacute;n; parece una malva, pero otra le queda; quiero
+ decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre protesta. Ella misma
+ se me ha acusado de esto, que conoc&iacute;a que era orgullo. Aprensiones.
+ No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es desgraciada, aunque
+ nadie lo sospeche. En fin, usted ver&aacute;. Don V&iacute;ctor es como
+ Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como no
+ hemos de buscarle un amante para que desahogue con &eacute;l&mdash;aqu&iacute;
+ volvi&oacute; a re&iacute;r don Cayetano&mdash;lo mejor ser&aacute; que
+ ustedes se entiendan&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se acord&oacute;
+ tambi&eacute;n de que &eacute;l se hab&iacute;a puesto como una amapola.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Lo mejor ser&aacute; que ustedes se entiendan!&raquo;. En
+ esta frase que don Cayetano hab&iacute;a dicho sin asomos de malicia,
+ encontraba don Ferm&iacute;n motivo para meditar horas y horas.
+ </p>
+ <p>
+ Toda la noche hab&iacute;a pensado en ello. Alg&uacute;n d&iacute;a
+ &iquest;llegar&iacute;an a entenderse? &iquest;Querr&iacute;a do&ntilde;a
+ Ana abrirle de par en par el coraz&oacute;n?
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral conoc&iacute;a una especie de Vetusta subterr&aacute;nea: era
+ la ciudad oculta de las conciencias. Conoc&iacute;a el interior de todas
+ las casas importantes y de todas las almas que pod&iacute;an servirle para
+ algo. Sagaz como ning&uacute;n vetustense, cl&eacute;rigo o seglar, hab&iacute;a
+ sabido ir poco a poco atrayendo a su confesonario a los principales
+ creyentes de la piadosa ciudad. Las damas de ciertas pretensiones hab&iacute;an
+ llegado a considerar en el Magistral el &uacute;nico confesor de buen
+ tono. Pero &eacute;l escog&iacute;a hijos e hijas de confesi&oacute;n. Ten&iacute;a
+ habilidad singular para desechar a los importunos sin desairarlos. Hab&iacute;a
+ llegado a confesar a quien quer&iacute;a y cuando quer&iacute;a. Su
+ memoria para los pecados ajenos era portentosa.
+ </p>
+ <p>
+ Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un a&ntilde;o en acudir al
+ tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba las
+ confesiones de unos con las de otros, y poco a poco hab&iacute;a ido
+ haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desde&ntilde;aba
+ a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su manera.
+ La <i>Encimada</i> era toda suya; la <i>Colonia</i> la iba conquistando
+ poco a poco. Como los observatorios meteorol&oacute;gicos anuncian los
+ ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en
+ Vetusta, dramas de familia, esc&aacute;ndalos y aventuras de todo g&eacute;nero.
+ Sab&iacute;a que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse
+ delata flaquezas de todos los suyos.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute;, el Magistral conoc&iacute;a los deslices, las man&iacute;as,
+ los vicios y hasta los cr&iacute;menes a veces, de muchos se&ntilde;ores
+ vetustenses que no confesaban con &eacute;l o no confesaban con nadie.
+ </p>
+ <p>
+ A m&aacute;s de un liberal de los que renegaban de la confesi&oacute;n
+ auricular, hubiera podido decirle las veces que se hab&iacute;a
+ embriagado, el dinero que hab&iacute;a perdido al juego, o si ten&iacute;a
+ las manos sucias o si maltrataba a su mujer, con otros secretos m&aacute;s
+ &iacute;ntimos. Muchas veces, en las casas donde era recibido como amigo
+ de confianza, escuchaba en silencio las reyertas de familia, con los ojos
+ discretamente clavados en el suelo; y mientras su gesto daba a entender
+ que nada de aquello le importaba ni comprend&iacute;a, acaso era el
+ &uacute;nico que estaba en el secreto, el &uacute;nico que ten&iacute;a el
+ cabo de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a
+ los vetustenses. &laquo;Era aquello un mont&oacute;n de basura&raquo;.
+ Pero muy buen abono, por lo mismo, &eacute;l lo empleaba en su huerto;
+ todo aquel cieno que revolv&iacute;a, le daba hermosos y abundantes
+ frutos.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su propia
+ heredad. Era suyo, bien suyo; &iquest;qui&eacute;n osar&iacute;a disput&aacute;rselo?
+ </p>
+ <p>
+ Recordaba minuto por minuto aquella hora&mdash;y algo m&aacute;s&mdash;de
+ la confesi&oacute;n de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Una hora larga!&raquo;. El cabildo no hablar&iacute;a de
+ otra cosa aquella ma&ntilde;ana cuando se juntaran, despu&eacute;s del
+ coro, los se&ntilde;ores can&oacute;nigos del tertul&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Don Custodio, el beneficiado, hab&iacute;a pasado la tarde anterior sobre
+ espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, despu&eacute;s
+ espiando la confesi&oacute;n, que duraba, duraba &laquo;escandalosamente&raquo;.
+ Iba y ven&iacute;a, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y
+ pasaba ya lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Hab&iacute;a visto
+ primero a otras mujeres junto a la celos&iacute;a y a do&ntilde;a Ana en
+ oraci&oacute;n, junto al altar. Al pasar otra vez hab&iacute;a visto ya a
+ la Regenta con la cabeza apoyada en el confesonario, cubierta con la
+ mantilla... y vuelta a pasar y ella quieta... y otra vez... y siempre all&iacute;,
+ siempre lo mismo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Don Custodio&mdash;le dec&iacute;a Glocester, el ilustre Arcediano,
+ que hab&iacute;a notado sus paseos&mdash;&iquest;qu&eacute; hay?, &iquest;ha
+ venido esa dama?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Una hora! &iexcl;una hora!&mdash;Confesi&oacute;n general.
+ Ya usted ve....
+ </p>
+ <p>
+ Y m&aacute;s tarde:&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;&iexcl;Hora y
+ media!&mdash;Le estar&aacute; contando los pecados de sus abuelos desde Ad&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Glocester hab&iacute;a esperado en la sacrist&iacute;a &laquo;el final de
+ aquel esc&aacute;ndalo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y
+ juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan
+ descomunal noticia.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho.
+ &iexcl;Dos horas!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, hab&iacute;a sido mucho tiempo. El Magistral no lo hab&iacute;a
+ sentido pasar; do&ntilde;a Ana tampoco. La historia de ella hab&iacute;a
+ durado mucho. Y adem&aacute;s, &iexcl;hab&iacute;an hablado de tantas
+ cosas! Don Ferm&iacute;n estaba satisfecho de su elocuencia, seguro de
+ haber producido efecto. Do&ntilde;a Ana jam&aacute;s hab&iacute;a o&iacute;do
+ hablar as&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Aquel anhelo que sent&iacute;a De Pas, antes de conversar en
+ secreto con aquella se&ntilde;ora, hab&iacute;a sido un anuncio de la
+ realidad. S&iacute;, s&iacute;, era aquello algo nuevo, algo nuevo para su
+ esp&iacute;ritu, cansado de vivir nada m&aacute;s para la ambici&oacute;n
+ propia y para la codicia ajena, la de su madre. Necesitaba su alma alguna
+ dulzura, una suavidad de coraz&oacute;n que compensara tantas
+ asperezas.... &iquest;Todo hab&iacute;a de ser disimular, aborrecer,
+ dominar, conquistar, enga&ntilde;ar?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Record&oacute; sus a&ntilde;os de estudiante te&oacute;logo en San Marcos,
+ de Le&oacute;n, cuando se preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la
+ Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s. &laquo;All&iacute;, por alg&uacute;n
+ tiempo, hab&iacute;a sentido dulces latidos en su coraz&oacute;n, hab&iacute;a
+ orado con fervor, hab&iacute;a meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto
+ a sacrificarse <i>en Jes&uacute;s</i>... &iexcl;Todo aquello estaba lejos!
+ No le parec&iacute;a ser el mismo. &iquest;No era algo por el estilo lo
+ que cre&iacute;a sentir desde la tarde anterior? &iquest;No eran las
+ mismas fibras las que vibraban entonces, all&aacute; en las orillas del
+ Bernesga, y las que ahora se mov&iacute;an como una m&uacute;sica pl&aacute;cida
+ para el alma?&raquo;. En los labios del Magistral asom&oacute; una sonrisa
+ de amargura. &laquo;Aunque todo ello sea una ilusi&oacute;n, un sue&ntilde;o,
+ &iquest;por qu&eacute; no so&ntilde;ar? Y &iquest;qui&eacute;n sabe si
+ esta ambici&oacute;n que me devora no es m&aacute;s que una forma impropia
+ de otra pasi&oacute;n m&aacute;s noble? Este fuego, &iquest;no podr&aacute;
+ arder para un afecto m&aacute;s alto, m&aacute;s digno del alma? &iquest;No
+ podr&iacute;a yo abrasarme en m&aacute;s pura llama que la de esta ambici&oacute;n?
+ &iexcl;Y qu&eacute; ambici&oacute;n! Bien mezquina, bien miserable.
+ &iquest;No valdr&aacute; m&aacute;s la conquista del esp&iacute;ritu de
+ esa se&ntilde;ora que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma
+ tiara...?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se sorprendi&oacute; dibujando la tiara en el margen del
+ papel.
+ </p>
+ <p>
+ Suspir&oacute;, arroj&oacute; aquella pluma, como si tuviera la culpa de
+ tales pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza
+ se puso a escribir.
+ </p>
+ <p>
+ El &uacute;ltimo p&aacute;rrafo dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;El suceso tan esperado por el mundo cat&oacute;lico, la definici&oacute;n
+ del dogma de la infalibilidad pontificia hab&iacute;a llegado por fin en
+ el glorioso d&iacute;a de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: <i>haec
+ dies quam fecit Dominus</i>...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral continu&oacute;: &laquo;Confirm&aacute;base al fin de solemne
+ modo la doctrina del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: <i>Prima
+ salus est rectae fidei regulam custodire</i>; confirm&aacute;base la
+ doctrina que los griegos profesaron con aprobaci&oacute;n del segundo
+ Concilio lionense, y se declaraba y defin&iacute;a, <i>sacro approbante
+ Concilio</i>, que el Romano Pont&iacute;fice, <i>quum ex cathedra loquitur</i>,
+ goza plenamente, <i>per assistentiam divinam</i>, de aquella infalibilidad
+ de que el Divino Redentor ha querido proveer a su Iglesia...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n solt&oacute; la pluma y dej&oacute; caer la cabeza sobre
+ las manos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ignoraba lo que ten&iacute;a, pero no pod&iacute;a escribir.
+ &iquest;Ser&iacute;a el asunto? Acaso no estar&iacute;a &eacute;l aquella
+ ma&ntilde;ana para tratar materia tan sublime. &iexcl;La infalibilidad!
+ Terrible, pero valent&iacute;simo dogma: un desaf&iacute;o formidable de
+ la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se r&iacute;e. Era como
+ estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas....
+ &iexcl;Mejor! as&iacute; deb&iacute;a ser&raquo;. El Magistral hab&iacute;a
+ sido desde el principio de la batalla entusi&aacute;stico partidario de la
+ declaraci&oacute;n. &laquo;Era el valor, la voluntad en&eacute;rgica, la
+ afirmaci&oacute;n del imperio, una aventura teol&oacute;gica, parecida a
+ las de Alejandro Magno en la guerra y las de Col&oacute;n en el mar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a defendido el dogma heroico en Roma en el p&uacute;lpito, con
+ elocuencia entonces espont&aacute;nea, con calor, como si el infalible
+ fuera &eacute;l. Llamaba a Dupanloup cobarde. En Madrid hab&iacute;a
+ llamado mucho la atenci&oacute;n predicando en las Calatravas, al volver
+ de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El tema hab&iacute;a sido tambi&eacute;n
+ la infalibilidad. Los peri&oacute;dicos le hab&iacute;an comparado con los
+ mejores oradores cat&oacute;licos, con Monescillo, con Manterola, eclesi&aacute;sticos
+ como &eacute;l, con Nocedal, con Vinader, con Estrada, legos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y nada, no hab&iacute;a pasado de ochavo. La Iglesia es as&iacute;,
+ pensaba De Pas, con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la
+ mesa, olvidado ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es
+ humilde como ser abstracto, colectivo, en la jerarqu&iacute;a, para
+ contener la impaciencia de la ambici&oacute;n que espera desde abajo. Yo
+ me luc&iacute; en Roma, admir&eacute; a los fieles en Madrid, deslumbro a
+ los vetustenses y ser&eacute; Obispo cuando llegue a los sesenta. Entonces
+ har&eacute; yo la comedia de la humildad y no aceptar&eacute; esa limosna.
+ Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores, los lacayos medran sin
+ necesidad de sermones; pero nosotros, los que hemos de ascender por
+ nuestro m&eacute;rito apost&oacute;lico, no podemos ser impacientes,
+ tenemos que esperar en una actitud digna de sumisi&oacute;n y respeto.
+ &iexcl;Farsa, pura farsa! &iexcl;Oh, si yo echase a volar mi dinero!...
+ Pero mi dinero es de mi madre, y adem&aacute;s yo no quiero comprar lo que
+ es m&iacute;o, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. &iquest;No
+ qued&aacute;bamos en que era yo una lumbrera? &iquest;No se dijo que en m&iacute;
+ ten&iacute;a firme columna el templo cristiano? Pues si soy una columna,
+ &iquest;por qu&eacute; no me echan encima el peso que me toca? Soy columna
+ o palillo de dientes, se&ntilde;or Cardenal, &iquest;en qu&eacute;
+ quedamos?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un pu&ntilde;etazo
+ sobre la mesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Voy, se&ntilde;orito&mdash;grit&oacute; una voz dulce y fresca
+ desde una habitaci&oacute;n contigua.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no oy&oacute; siquiera. En seguida entr&oacute; en el
+ despacho una joven de veinte a&ntilde;os, alta, delgada, p&aacute;lida,
+ pero de formas suficientemente rellenas para los contornos que necesita la
+ hermosura femenina. La palidez era de un tono suave, delicado, que hac&iacute;a
+ muy buen contraste con el negro de andrina de los ojos grandes, so&ntilde;adores,
+ de movimientos bruscos; unos ojos que parec&iacute;a que hac&iacute;an
+ gimnasia, obligados d&iacute;a y noche a las contorsiones m&iacute;sticas
+ de una piedad maquinal, mitad postiza y falsificada. Las facciones de
+ aquel rostro se acercaban al canon griego y casaba muy bien con ellas la
+ dulce seriedad de la fisonom&iacute;a. En esta figura larga, pero no sin
+ gracia, espiritual, no flaca, solemne, hier&aacute;tica, todo estaba mudo
+ menos los ojos y la dulzura que era como un perfume elocuente de todo el
+ cuerpo.
+ </p>
+ <p>
+ Era la doncella de do&ntilde;a Paula, Teresina. Dorm&iacute;a cerca del
+ despacho y de la alcoba del <i>se&ntilde;orito</i>. Esta proximidad hab&iacute;a
+ sido siempre una exigencia de do&ntilde;a Paula. Ella habitaba el segundo
+ piso, a sus anchas; no quer&iacute;a ruido de curas y frailes entrando y
+ saliendo; pero tampoco consent&iacute;a que su hijo, su pobre Ferm&iacute;n,
+ que para ella siempre ser&iacute;a un ni&ntilde;o a quien hab&iacute;a que
+ cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura cristiana. La doncella hab&iacute;a
+ de tener su lecho cerca del <i>se&ntilde;orito</i>, por si llamaba, para
+ avisar a la madre, que bajaba inmediatamente.
+ </p>
+ <p>
+ En casa el Magistral era <i>el se&ntilde;orito</i>. As&iacute; le nombraba
+ el ama delante de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y
+ ten&iacute;an que darle.
+ </p>
+ <p>
+ A do&ntilde;a Paula, que no siempre hab&iacute;a sido <i>se&ntilde;ora</i>,
+ le sonaba mejor <i>el se&ntilde;orito</i> que un us&iacute;a. Las
+ doncellas de do&ntilde;a Paula ven&iacute;an siempre de su aldea; las
+ escog&iacute;a ella cuando iba por el verano al campo. Las conservaba
+ mucho tiempo. La condici&oacute;n de dormir cerca del se&ntilde;orito, por
+ si llamaba, se les impon&iacute;a con una naturalidad edem&iacute;aca. Ni
+ las muchachas ni el Magistral hab&iacute;an opuesto nunca el menor reparo.
+ Los ojos azules, claros, sin expresi&oacute;n, muy abiertos, de do&ntilde;a
+ Paula, alejaban la posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conoc&iacute;a
+ que no toleraba que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres
+ de su hijo y la inocencia de su sue&ntilde;o; ni al mismo Provisor le
+ hubiera consentido media palabra de protesta, ni una leve objeci&oacute;n
+ en nombre del qu&eacute; dir&aacute;n. &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;an de
+ decir? All&iacute; la castidad de ella, que era viuda, y la de su hijo,
+ que era sacerdote, se ten&iacute;an por indiscutibles; eran de una
+ evidencia absoluta; ni se pod&iacute;a hablar de tal cosa. &laquo;Don Ferm&iacute;n
+ continuaba siendo un ni&ntilde;o que jam&aacute;s crecer&iacute;a para la
+ malicia&raquo;. Este era un dogma en aquella casa. Do&ntilde;a Paula exig&iacute;a
+ que se creyera que ella cre&iacute;a en la pureza perfecta de su hijo.
+ Pero todo en silencio.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina entr&oacute; abrochando los corchetes m&aacute;s altos del cuerpo
+ de su h&aacute;bito negro (de los Dolores) y en seguida at&oacute; cerca
+ de la cintura en la espalda el pa&ntilde;uelo de seda tambi&eacute;n negro
+ que le cruzaba el pecho.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; quer&iacute;a el se&ntilde;orito? &iquest;se
+ siente mal? &iquest;traer&eacute; ya el caf&eacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Yo?... hija m&iacute;a... no... no he llamado.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina sonri&oacute;. Se pas&oacute; una mano m&oacute;rbida y fina por
+ los ojos, abri&oacute; un poco la boca, y a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Apostar&iacute;a... haber o&iacute;do....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, yo no. &iquest;Qu&eacute; hora es?
+ </p>
+ <p>
+ Teresina mir&oacute; al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le
+ dijo la hora y ofreci&oacute; otra vez el caf&eacute;, todo sonriendo con
+ cierta coqueter&iacute;a, contenida por la expresi&oacute;n de piedad que
+ all&iacute; era la librea.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y madre?&mdash;Duerme. Se acost&oacute; muy tarde. Como est&aacute;n
+ con las cuentas del trimestre....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien; tr&aacute;eme el caf&eacute;, hija m&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de
+ insurrectos, que estaban como ella los hab&iacute;a dejado el d&iacute;a
+ anterior; tambi&eacute;n toc&oacute; los libros de la mesa, pero no se
+ atrevi&oacute; con los que yac&iacute;an sobre las sillas y en el suelo.
+ Aqu&eacute;llos no se tocaban. Mientras Teresina estuvo en el despacho, el
+ Magistral la sigui&oacute; impaciente con la mirada, algo fruncido el
+ entrecejo, como esperando que se fuera para seguir trabajando o meditando.
+ </p>
+ <p>
+ Hasta que tuvo el caf&eacute; delante no record&oacute; que &eacute;l sol&iacute;a
+ decir misa; que era un se&ntilde;or cura. &iquest;La ten&iacute;a?
+ &iquest;Hab&iacute;a prometido decirla? No pudo resolver sus dudas. Pero
+ la seguridad con que Teresa proced&iacute;a le tranquiliz&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Ni do&ntilde;a Paula ni Teresa olvidaban jam&aacute;s estos pormenores.
+ Ellas eran las encargadas de o&iacute;r la campana del coro, de apuntar
+ las misas, de cuanto se refer&iacute;a a los asuntos del rito. De Pas
+ cumpl&iacute;a con estos deberes rutinarios, pero necesitaba que se los
+ recordasen. &iexcl;Ten&iacute;a tantas cosas en la cabeza! Sus olvidos
+ eran dentro de casa, porque fuera se jactaba de ser el m&aacute;s fiel
+ guardador de cuanto la Sinodal exig&iacute;a, y daba frecuentes lecciones
+ al mismo maestro de ceremonias.
+ </p>
+ <p>
+ Tom&oacute; el caf&eacute; y se levant&oacute; para dar algunos paseos por
+ el despacho; quer&iacute;a distraerse, sacudir aquellos pensamientos
+ importunos que no le permit&iacute;an adelantar en su trabajo.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina entraba y sal&iacute;a sin pedir permiso, pero andaba por all&iacute;
+ como el silencio en persona; no hac&iacute;a el menor ruido. Llev&oacute;
+ el servicio del caf&eacute;, volvi&oacute; a buscar un jarro de esta&ntilde;o
+ y el cubo del lavabo; entr&oacute; de nuevo con ellos y una toalla limpia.
+ Entr&oacute; en la alcoba, dejando las puertas de cristales abiertas, y se
+ puso a <i>levantar</i> la cama, operaci&oacute;n que consist&iacute;a en
+ sacudir las almohadas y los colchones, doblar las s&aacute;banas y la
+ colcha y guardarlas entre colch&oacute;n y colch&oacute;n, tender una
+ manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas,
+ pero sin funda. El Magistral dorm&iacute;a algunos d&iacute;as la siesta,
+ y do&ntilde;a Paula, por econom&iacute;a, le preparaba as&iacute; la cama.
+ Hacerla formalmente hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n volvi&oacute; a sentarse en su sill&oacute;n. Desde all&iacute;
+ ve&iacute;a, distra&iacute;do, los movimientos r&aacute;pidos de la falda
+ negra de Teresina, que apretaba las piernas contra la cama para hacer
+ fuerza al manejar los pesados colchones. Ella azotaba la lana con vigor y
+ la falda sub&iacute;a y bajaba a cada golpe con violenta sacudida, dejando
+ descubiertos los bajos de las enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la
+ pantorrilla. El Magistral segu&iacute;a con los ojos los movimientos de la
+ faena dom&eacute;stica, pero su pensamiento estaba muy lejos. En uno de
+ sus movimientos, casi tendida de brazos sobre la cama, Teresina dej&oacute;
+ ver m&aacute;s de media pantorrilla y mucha tela blanca. De Pas sinti&oacute;
+ en la retina toda aquella blancura, como si hubiera visto un rel&aacute;mpago;
+ y discretamente, se levant&oacute; y volvi&oacute; a sus paseos. La
+ doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de un colch&oacute;n
+ doblado, se volvi&oacute; de repente, casi tendida de espaldas sobre la
+ cama. Sonre&iacute;a y ten&iacute;a un poco de color rosa en las mejillas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Le molesta el ruido, se&ntilde;orito?
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral mir&oacute; a la hermosa beata que en aquel momento no
+ conservaba ning&uacute;n gesto de hipocres&iacute;a. Apoyando una mano en
+ el dintel de la puerta de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te
+ es igual, vuelve luego, y acabar&aacute;s de arreglar esto cuando yo no
+ est&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien est&aacute;, se&ntilde;orito, bien est&aacute;&mdash;respondi&oacute;
+ la criada, muy seria, con voz gangosa y tono de canto llano.
+ </p>
+ <p>
+ Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acab&oacute;
+ de levantar la cama y sali&oacute; de las habitaciones del se&ntilde;orito.
+ </p>
+ <p>
+ El cual pase&oacute; tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el
+ suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de teolog&iacute;a
+ y c&aacute;nones. Despu&eacute;s de fumar tres pitillos volvi&oacute; a
+ sentarse. Escribi&oacute; sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le
+ meti&oacute; por los puntos de la pluma, levant&oacute; la cabeza,
+ satisfecho de su tarea.
+ </p>
+ <p>
+ Mir&oacute; al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta
+ vale m&aacute;s por lo raro. El Magistral se frot&oacute; las manos
+ suavemente. Estaba contento. Mientras hab&iacute;a escrito, casi por m&aacute;quina,
+ una defensa, <i>calamo currente</i>, de la Infalibilidad, con destino a
+ cierta Revista Cat&oacute;lica que le&iacute;an cat&oacute;licos
+ convencidos nada m&aacute;s, hab&iacute;a estado madurando su plan de
+ ataque.
+ </p>
+ <p>
+ Pensaba lo mismo que la Regenta: que hab&iacute;a hecho un hallazgo, que
+ iba a tener un alma hermana.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l, que le&iacute;a a los autores enemigos, como a los amigos,
+ recordaba una po&eacute;tica narraci&oacute;n del imp&iacute;o Renan en
+ que figuraban un fraile de all&aacute; de Suecia o Noruega, y una joven
+ devota, alemana, si le era fiel la memoria. De todas suertes, eran dos
+ almas que se amaban en Jes&uacute;s, a trav&eacute;s de gran distancia. No
+ hab&iacute;a en aquellas relaciones nada de sentimentalismo falso,
+ pseudo-religioso; eran afectos puros, nada parecidos a los amores de un
+ Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la verdad severa, noble,
+ inmaculada del amor m&iacute;stico; amor anafrod&iacute;tico, incapaz de
+ mancharse con el lodo de la carne ni en sue&ntilde;os. &laquo;&iquest;Por
+ qu&eacute; recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? &iquest;Qu&eacute;
+ ten&iacute;a &eacute;l que ver con un monje rom&aacute;ntico y fan&aacute;tico,
+ m&iacute;stico y apasionado, de la Edad-media... y sueco? &Eacute;l era el
+ Magistral de Vetusta, un cura del siglo diecinueve, un <i>carca</i>, un
+ obscurantista, un z&aacute;ngano de la colmena social, como dec&iacute;a
+ Foja el usurero...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y al pensar esto, mir&aacute;ndose al espejo, mientras se lavaba y
+ peinaba, De Pas sonre&iacute;a con amargura mitigada por el dejo de
+ optimismo que le quedaba de sus reflexiones de poco antes.
+ </p>
+ <p>
+ Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parec&iacute;a m&aacute;s
+ fuerte ahora por la tensi&oacute;n a que le obligaba la violencia de la
+ postura, al inclinarse sobre el lavabo de m&aacute;rmol blanco. Los brazos
+ cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y fuerte,
+ parec&iacute;an de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus m&uacute;sculos
+ de acero, de una fuerza in&uacute;til.
+ </p>
+ <p>
+ Era muy blanco y fino el cutis, que una emoci&oacute;n cualquiera te&ntilde;&iacute;a
+ de color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el m&eacute;dico, De Pas
+ hac&iacute;a gimnasia con pesos de muchas libras; era un H&eacute;rcules.
+ Un d&iacute;a de revoluci&oacute;n un patriota le hab&iacute;a dado el
+ &iexcl;qui&eacute;n vive! en las afueras, cerca de la noche. De Pas rompi&oacute;
+ el fusil de chispa en las espaldas del aguerrido centinela, que le hab&iacute;a
+ querido coser a bayonetazos, porque no se entregaba a discreci&oacute;n.
+ Nadie supo aquella haza&ntilde;a, ni el mismo don Santos Barinaga que
+ andaba a caza de las calumnias y verdades que corr&iacute;an contra <i>La
+ Cruz Roja</i>, como &eacute;l llamaba, colectivamente, al Provisor y a su
+ madre. En cuanto al miliciano, hab&iacute;a callado, jurando odio eterno
+ al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al murmurar del
+ Magistral a&ntilde;ad&iacute;an:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Si yo hablara!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mientras estaba lav&aacute;ndose, desnudo de la cintura arriba, don Ferm&iacute;n
+ se acordaba de sus proezas en el juego de bolos, all&aacute; en la aldea,
+ cuando aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje
+ corriendo por bre&ntilde;as y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que ten&iacute;a
+ enfrente, en el espejo, le parec&iacute;a un <i>otro yo</i> que se hab&iacute;a
+ perdido, que hab&iacute;a quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo
+ como el rey de Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espect&aacute;culo,
+ le llevaba muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresur&oacute; a
+ vestirse. En cuanto se abroch&oacute; el alzacuello, el Magistral volvi&oacute;
+ a ser la imagen de la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual,
+ humilde: segu&iacute;a siendo esbelto, pero no formidable. Se parec&iacute;a
+ un poco a su querida torre de la catedral, tambi&eacute;n robusta, tambi&eacute;n
+ proporcionada, esbelta y bizarra, m&iacute;stica; pero de piedra. Qued&oacute;
+ satisfecho, con la conciencia de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo
+ epiceno y la sotana flotante y escultural.
+ </p>
+ <p>
+ Iba a salir. Teresina apareci&oacute; en el umbral, seria, con la mirada
+ en el suelo, con la expresi&oacute;n de los santos de cromo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;Una joven pregunta si se puede ver al
+ se&ntilde;orito.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A m&iacute;?&mdash;don Ferm&iacute;n encogi&oacute; los
+ hombros&mdash;. &iquest;Qui&eacute;n es?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Petra, la doncella de la se&ntilde;ora Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su amo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;No dice a qu&eacute; viene?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No ha dicho nada m&aacute;s.&mdash;Pues que pase. Petra se present&oacute;
+ sola en el despacho, vestida de negro, con el pelo de azafr&aacute;n sobre
+ la frente, sin rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa
+ dulce y candorosa en los labios.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral la reconoci&oacute;. Era una joven que se hab&iacute;a
+ obstinado en confesar con &eacute;l y que lo hab&iacute;a conseguido a
+ fuerza de tenacidad y paciencia; pero despu&eacute;s hab&iacute;a tenido
+ que desairarla varias veces, para que no le importunase. Era de las
+ infelices que creen los absurdos que la calumnia propala para descr&eacute;dito
+ de los sacerdotes. Confesaba cosas de su alcoba, se desnudaba ante la
+ celos&iacute;a entre llanto de falso arrepentimiento. Era hermosa,
+ incitante; pero el Magistral la hab&iacute;a alejado de s&iacute;, como
+ har&iacute;a con Obdulia, si las exigencias sociales no lo impidiesen.
+ </p>
+ <p>
+ Petra se present&oacute; como si fuese una desconocida; como si persona
+ tan insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan
+ alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen recibimiento;
+ pero al saber que ven&iacute;a de parte de do&ntilde;a Ana, sinti&oacute;
+ el cl&eacute;rigo dulce piedad, y perdon&oacute; de repente a aquella
+ extraviada criatura sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo.
+ Fingi&oacute; tambi&eacute;n no reconocerla.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El
+ Magistral lo presum&iacute;a y habl&oacute; como si fuera delante de
+ testigos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Es usted criada de la se&ntilde;ora de Quintanar?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; su doncella.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Viene usted de su parte?&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or;
+ traigo una carta para Us&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel us&iacute;a hizo sonre&iacute;r al Provisor, que lo crey&oacute; muy
+ oportuno.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y no es m&aacute;s que eso?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, se&ntilde;or.&mdash;Entonces...&mdash;La se&ntilde;ora me ha
+ dicho que entregara a Us&iacute;a mismo esta carta, que era urgente y los
+ criados podr&iacute;an perderla... o tardar en entregarla a Us&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina se movi&oacute; en el pasillo. La oy&oacute; el Magistral y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En mi casa no se extrav&iacute;an las cartas. Si otra vez viene
+ usted con un recado por escrito, puede usted entregarlo ah&iacute;
+ fuera... con toda confianza.
+ </p>
+ <p>
+ Petra sonri&oacute; de un modo que ella crey&oacute; discreto y retorci&oacute;
+ una punta del delantal.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Perd&oacute;neme Us&iacute;a...&mdash;dijo con voz temblorosa y
+ ruboriz&aacute;ndose.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No hay de qu&eacute;, hija m&iacute;a. Agradezco su celo.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n estaba pensando que aquella mujer podr&iacute;a serle
+ &uacute;til, no sab&iacute;a &eacute;l cu&aacute;ndo, ni c&oacute;mo, ni
+ para qu&eacute;. Sinti&oacute; deseos de ponerla de su parte, sin saber
+ por qu&eacute; esto pod&iacute;a importarle. Tambi&eacute;n se le pas&oacute;
+ por la imaginaci&oacute;n decir a la Regenta que era poco edificante la
+ conducta de aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se
+ content&oacute; con despedirla con un saludo se&ntilde;oril, cort&eacute;s,
+ pero fr&iacute;o. Cuando Petra iba a atravesar el umbral, ocup&oacute; la
+ puerta por completo una mujer tan alta casi como el Magistral y que parec&iacute;a
+ m&aacute;s ancha de hombros; ten&iacute;a la figura cortada a hachazos,
+ vest&iacute;a como una percha. Era do&ntilde;a Paula, la madre del
+ Provisor. Ten&iacute;a sesenta a&ntilde;os, que parec&iacute;an poco m&aacute;s
+ de cincuenta. Debajo de un pa&ntilde;uelo de seda negro que cubr&iacute;a
+ su cabeza, atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y
+ lustroso; la frente era estrecha y huesuda, p&aacute;lida, como todo el
+ rostro; los ojos de un azul muy claro, no ten&iacute;an m&aacute;s expresi&oacute;n
+ que la semejanza de un contacto fr&iacute;o, eran ojos mudos; por ellos
+ nadie sabr&iacute;a nada de aquella mujer. La nariz, la boca y la barba se
+ parec&iacute;an mucho a las del Magistral. Un mant&oacute;n negro de
+ merino ce&ntilde;ido con fuerza a la espalda angulosa, ca&iacute;a sin
+ gracia sobre el h&aacute;bito, negro tambi&eacute;n, de estame&ntilde;a
+ con ribetes blancos. Parec&iacute;a do&ntilde;a Paula, por traje y rostro,
+ una amortajada.
+ </p>
+ <p>
+ Petra salud&oacute; un poco turbada. Do&ntilde;a Paula la midi&oacute; con
+ los ojos, sin disimulo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; quer&iacute;a usted?&mdash;pregunt&oacute;, como
+ pudo haberlo preguntado la pared.
+ </p>
+ <p>
+ Petra se repuso y, casi con altaner&iacute;a, contest&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Era un recado para el se&ntilde;or Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Y sali&oacute; del despacho. En la puerta de la escalera la recibi&oacute;
+ con afable sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las
+ mejillas, como las se&ntilde;oritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la
+ aristocracia de la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse
+ envidia. Petra envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del
+ Magistral. Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su
+ conocimiento de las maneras finas y de la vida de ciudad.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; te quiere esa se&ntilde;ora?&mdash;pregunt&oacute;
+ do&ntilde;a Paula en cuanto se vio a solas con su hijo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No s&eacute;; a&uacute;n no he abierto la carta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Una carta?&mdash;S&iacute;, esa. Don Ferm&iacute;n hubiera
+ deseado a su madre a cien leguas. No pod&iacute;a ocultar la impaciencia,
+ a pesar del dominio sobre s&iacute; mismo, que era una de sus mayores
+ fuerzas; ansiaba poder leer la carta, y tem&iacute;a ruborizarse delante
+ de su madre. &laquo;&iquest;Ruborizarse?&raquo; s&iacute;, sin motivo, sin
+ saber por qu&eacute;; pero estaba seguro de que, si abr&iacute;a aquel
+ sobre delante de do&ntilde;a Paula, se pondr&iacute;a como una cereza.
+ Cosas de los nervios. Pero su madre era como era.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula se sent&oacute; en el borde de una silla, apoy&oacute;
+ los codos sobre la mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendi&oacute;
+ la dif&iacute;cil tarea de envolver un cigarro de papel, gordo como un
+ dedo. Do&ntilde;a Paula fumaba; pero &laquo;desde que eran de la catedral&raquo;
+ fumaba en secreto, s&oacute;lo delante de la familia y algunos amigos
+ &iacute;ntimos.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogi&oacute;
+ disimuladamente la carta de la Regenta y la guard&oacute; en un bolsillo
+ interior, debajo de la sotana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Adi&oacute;s, madre; voy a dar los d&iacute;as al se&ntilde;or de
+ Carraspique.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Tan temprano?&mdash;S&iacute;, porque despu&eacute;s se
+ llena aquello de visitas y tengo que hablarle a solas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;No la lees?&mdash;&iquest;Qu&eacute; he de leer?&mdash;Esa
+ carta.&mdash;Luego, en la calle; no ser&aacute; urgente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por si acaso; l&eacute;ela aqu&iacute;, por si tienes que contestar
+ en seguida o dejar alg&uacute;n recado; &iquest;no comprendes?
+ </p>
+ <p>
+ De Pas hizo un gesto de indiferencia y ley&oacute; la carta.
+ </p>
+ <p>
+ Ley&oacute; en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No
+ estaba su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. &laquo;Adem&aacute;s,
+ &iquest;qu&eacute; pod&iacute;a decir la Regenta? Nada de particular&raquo;.
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&laquo;Mi querido amigo: hoy no he podido
+ ir a comulgar; necesito ver a usted</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">antes; necesito reconciliar. No crea usted que
+ son escr&uacute;pulos de esos</span><br /> <span style="margin-left: 4em;">contra
+ los que usted me preven&iacute;a; creo que se trata de una cosa seria.</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">Si usted fuera tan amable que consintiera
+ en o&iacute;rme esta tarde un</span><br /> <span style="margin-left: 4em;">momento,
+ mucho se lo agradecer&iacute;a su hija espiritual y affma.</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">amiga, q.b.s.m.,</span><br /> <br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">ANA DE OZORES DE QUINTANAR&raquo;.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Jes&uacute;s, qu&eacute; carta!&mdash;exclam&oacute; do&ntilde;a
+ Paula con los ojos clavados en su hijo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; tiene?&mdash;pregunt&oacute; el Magistral,
+ volviendo la espalda.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece
+ cosa de do&ntilde;a Obdulia. &iquest;No dices que la Regenta es tan
+ discreta? Esa carta es de una tonta o de una loca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todav&iacute;a....
+ Me escribe como a un amigo cualquiera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, es una pagana que quiere convertirse.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral call&oacute;. Con su madre no disputaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ayer tarde no fuiste a ver al se&ntilde;or de Ronzal.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se me pas&oacute; la hora de la cita....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo s&eacute;; estuviste dos horas y media en el confesonario, y
+ el se&ntilde;or Ronzal se cans&oacute; de esperar y no tuvo contestaci&oacute;n
+ que dar al se&ntilde;or Pablo, que se volvi&oacute; al pueblo creyendo que
+ t&uacute; y Ronzal y yo y todos somos unos mequetrefes sin palabra, que
+ sabemos explotarlos cuando los necesitamos y cuando ellos nos necesitan
+ los dejamos en la estacada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, madre, tiempo hay; el chico est&aacute; en el cuartel, no se
+ los han llevado; no salen para Valladolid hasta el s&aacute;bado... hay
+ tiempo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. &iquest;Y
+ qu&eacute; dir&aacute; Ronzal? Si t&uacute; que est&aacute;s m&aacute;s
+ interesado te olvidas del asunto, &iquest;qu&eacute; har&aacute; &eacute;l?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;ora, el deber es primero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El deber, el deber... es cumplir con la gente, &iexcl;Fermo!
+ &iquest;Y por qu&eacute; se le ha antojado al espantajo de don Cayetano
+ encajarte ahora esa herencia?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; herencia? De Pas daba vueltas en una mano al
+ sombrero de teja, de alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta,
+ indicando deseo de salir pronto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; herencia?&mdash;repiti&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esa se&ntilde;ora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi
+ hijo no tiene m&aacute;s que hacer que verla a ella.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Madre, es usted injusta.&mdash;Fermo, yo bien s&eacute; lo que me
+ digo. T&uacute;... eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni
+ entiendes.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula cre&iacute;a que endiosarse val&iacute;a tanto como
+ elevar el pensamiento a las regiones celestes.&mdash;El Arcediano y don
+ Custodio&mdash;prosigui&oacute;&mdash;hicieron anoche comidilla de la
+ confesata en la tertulia de do&ntilde;a Visitaci&oacute;n, esa tarasca; s&iacute;
+ se&ntilde;or, comidilla de la confesata de la otra; y si hab&iacute;a
+ durado dos horas o no hab&iacute;a durado dos horas....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se santigu&oacute; y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ya murmuran? &iexcl;Infames!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, &iexcl;ya! &iexcl;ya! y por eso hablo yo: porque estas
+ cosas, en tiempo. &iquest;Te acuerdas de la Brigadiera? &iquest;Te
+ acuerdas de lo que me dio que hacer aquella miserable calumnia por ser t&uacute;
+ noble y confiadote?... Fermo, te lo he dicho mil veces; no basta la
+ virtud, es necesario saber aparentarla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo desprecio la calumnia, madre.&mdash;Yo no, hijo.&mdash;&iquest;No
+ ve usted c&oacute;mo a pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, hasta ahora; pero &iquest;qui&eacute;n responde? Tantas
+ veces va el c&aacute;ntaro a la fuente.... Don Fortunato es una malva,
+ corriente; no es un Obispo, es un borrego, pero....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Le tengo en un pu&ntilde;o!&mdash;Ya lo s&eacute;, y yo en
+ otro; pero ya sabes que es ciego cuando se empe&ntilde;a en una cosa; y si
+ Su Ilustr&iacute;sima polichinela da otra vez en la man&iacute;a de que
+ pueden decir verdad los que te calumnian, est&aacute;s perdido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Don Fortunato no se mueve sin orden m&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No te f&iacute;es, es porque te cree infalible; pero el d&iacute;a
+ que le hagan ver tus esc&aacute;ndalos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo ha de ver eso, madre?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese d&iacute;a
+ estamos perdidos; la malva, el polichinela, el borrego ser&aacute; un
+ tigre, y del Provisorato te echa a la c&aacute;rcel de corona.&mdash;Madre...
+ est&aacute; usted exaltada... ve usted visiones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, bueno; yo me entiendo. Do&ntilde;a Paula se puso en pie y
+ arroj&oacute; la punta del pitillo apurada y sucia.
+ </p>
+ <p>
+ Prosigui&oacute;:&mdash;No quiero m&aacute;s cartitas; no quiero
+ conferencias en la catedral; que vaya al serm&oacute;n la se&ntilde;ora
+ Regenta si quiere buenos consejos; all&iacute; hablas para todos los
+ cristianos; que vaya a o&iacute;rte al serm&oacute;n y que me deje en paz.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Con que Glocester?...&mdash;S&iacute;, y don Custodio.&mdash;Y
+ a usted &iquest;qui&eacute;n le ha dicho?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El Chato.&mdash;&iquest;Campillo?&mdash;El mismo.&mdash;Pero
+ &iquest;qu&eacute; han visto? &iquest;Qu&eacute; pueden decir esos
+ miserables? &iquest;c&oacute;mo se habla de estas cosas en una tertulia de
+ se&ntilde;oras? &iquest;c&oacute;mo entiende esta gente el respeto a las
+ cosas sagradas?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. &iquest;Respeto? Dios
+ lo d&eacute;. El Arcediano querr&iacute;a confesar a la de Quintanar, es
+ natural, &eacute;l es muy amigo de darse tono, y de que digan.... &iexcl;Dios
+ me perdone! pero creo que le gusta que murmuren de &eacute;l, y que digan
+ si enamora a las beatas o no las enamora.... &iexcl;Es un farol&oacute;n...
+ y un malvado!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Madre, usted exagera; &iquest;c&oacute;mo un sacerdote?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Fermo, t&uacute; eres un papanatas; el mundo est&aacute; perdido:
+ por eso todos piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay
+ que aparentar m&aacute;s virtud que se tiene, aunque se sea un &aacute;ngel.
+ &iquest;No sabes que de nosotros dicen mil perrer&iacute;as? Glocester,
+ don Custodio, Foja, don Santos y el mism&iacute;simo don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a,
+ con toda su diplomacia, pasan la vida desacredit&aacute;ndote. Si hacemos
+ y acontecemos en palacio (do&ntilde;a Paula empez&oacute; a contar por los
+ dedos); si nos comemos la di&oacute;cesis; si entramos en el Provisorato
+ desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco; si t&uacute;
+ cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ah&iacute; como
+ esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la alberca
+ de casa; si el Obispo es un maniqu&iacute; en nuestras manos; si vendemos
+ cera, si vendemos aras, si t&uacute; hiciste cambiar las de todas las
+ parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don
+ Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si t&uacute;
+ robas a los que piden dispensas; si te comes capellan&iacute;as; si yo
+ cobro diezmos y primicias en toda la di&oacute;cesis; si....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Basta, madre, basta por Dios!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y por contera tus amor&iacute;os, tus abusos de consejero
+ espiritual. T&uacute; (vuelta a contar por los dedos, pero adem&aacute;s
+ con pataditas en el suelo, como llevando el comp&aacute;s) tienes
+ fanatizado a medio pueblo; las de Carraspique se han metido monjas por
+ culpa tuya, y una de ellas est&aacute; muriendo t&iacute;sica por culpa
+ tuya tambi&eacute;n, como si t&uacute; fueras la humedad y la inmundicia
+ de aquella pocilga; t&uacute; tienes la culpa de que no se case la de P&aacute;ez,
+ la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que le agrade...
+ por culpa tuya.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Madre...&mdash;&iquest;Qu&eacute; m&aacute;s? Hasta les parece mal
+ que ense&ntilde;es la doctrina a las ni&ntilde;as de la Santa Obra del
+ Catecismo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Miserables!&mdash;S&iacute;, miserables; pero van siendo
+ muchos miserables, y el d&iacute;a menos pensado nos tumban.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso no, madre&mdash;grit&oacute; el Magistral perdiendo el aplomo,
+ con las mejillas c&aacute;rdenas y las puntas de acero, que ten&iacute;a
+ en las pupilas, erizadas como dispuestas a la defensa&mdash;. &iexcl;Eso
+ no, madre! Yo los tengo a todos debajo del zapato, y los aplasto el d&iacute;a
+ que quiero. Soy el m&aacute;s fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno,
+ son unos est&uacute;pidos; ni mala intenci&oacute;n saben tener.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula sonri&oacute;, sin que su hijo lo notase. &laquo;As&iacute;
+ te quiero&raquo; pens&oacute;, y sigui&oacute; diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero el &uacute;nico flaco que podemos presentarles es este, Fermo;
+ bien lo sabes; acu&eacute;rdate de la otra vez.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Aquella era una... mujer perdida.&mdash;Pero te enga&ntilde;&oacute;
+ &iquest;verdad?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, madre; no me enga&ntilde;&oacute;; &iquest;qu&eacute; sabe
+ usted?
+ </p>
+ <p>
+ Los ojos de do&ntilde;a Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la
+ Brigadiera nunca hab&iacute;a podido aclararlo. S&oacute;lo sab&iacute;a,
+ por su mal, que hab&iacute;a sido un esc&aacute;ndalo que apenas se pudo
+ sofocar antes que fuera tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos.
+ Eran cosas de la juventud. &iexcl;Qu&eacute; necedad temer que &eacute;l
+ volviese a descuidarse ahora, a los treinta y cinco a&ntilde;os! Entonces,
+ en la &eacute;poca de la Brigadiera no ten&iacute;a &eacute;l experiencia,
+ le halagaba la vanagloria, le seduc&iacute;a y mareaba el incienso de la
+ adulaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Si mi madre me viera por dentro, no tendr&iacute;a esos temores con
+ que ahora me mortifica&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula insisti&oacute; en pintarle los peligros de la calumnia;
+ sab&iacute;a que le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor
+ necesario, porque tem&iacute;a para su hijo la ca&iacute;da de Salom&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ La madre de don Ferm&iacute;n cre&iacute;a en la omnipotencia de la mujer.
+ Ella era buen ejemplo. No tem&iacute;a que las intrigas del Cabildo
+ pudiesen gran cosa contra el prestigio de su Ferm&iacute;n, que era el
+ instrumento de que ella, do&ntilde;a Paula, se val&iacute;a para estrujar
+ el Obispado. Ferm&iacute;n era la ambici&oacute;n, el ansia de dominar; su
+ madre la codicia, el ansia de poseer. Do&ntilde;a Paula se figuraba la di&oacute;cesis
+ como un lagar de sidra de los que hab&iacute;a en su aldea; su hijo era la
+ fuerza, la viga y la pesa que exprim&iacute;an el fruto, oprimiendo,
+ cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por la espiga de
+ acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella de cera, de su
+ hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural. &laquo;Era mec&aacute;nico&raquo;
+ como dec&iacute;a don Ferm&iacute;n explicando religi&oacute;n. &laquo;Pero
+ a una mujer otra mujer&raquo; pensaba el tornillo. &laquo;Su hijo era
+ joven todav&iacute;a, pod&iacute;an seduc&iacute;rselo, como ya otra vez
+ hab&iacute;an intentado y acaso conseguido&raquo;. Ella cre&iacute;a en la
+ influencia de la mujer, pero no se fiaba de su virtud. &laquo;&iexcl;La
+ Regenta, la Regenta! dicen que es una se&ntilde;ora incapaz de pecar, pero
+ &iquest;qui&eacute;n lo sabe?&raquo;. Algo hab&iacute;a o&iacute;do de lo
+ que se murmuraba. Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en
+ la iglesia y otro en el mundo; estas se&ntilde;oras son las que lo saben
+ todo, a veces aunque no haya nada. Le hab&iacute;an dicho, sobre poco m&aacute;s
+ o menos, y sin estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino
+ dos d&iacute;as antes: que don &Aacute;lvaro estaba enamorado de la
+ Regenta, o por lo menos quer&iacute;a enamorarla, como a tantas otras.
+ &laquo;Aquel don &Aacute;lvaro era un enemigo de su hijo. Lo sab&iacute;a
+ ella&raquo;. Ni el mismo don Ferm&iacute;n le ten&iacute;a por enemigo,
+ por m&aacute;s que varias veces hab&iacute;a adivinado en &eacute;l un
+ rival en el dominio de Vetusta. Pero do&ntilde;a Paula ten&iacute;a
+ superior instinto; ve&iacute;a m&aacute;s que nadie en lo que interesaba
+ al poder&iacute;o de su hijo. &laquo;Aquel don &Aacute;lvaro era otro buen
+ mozo, listo tambi&eacute;n, arrogante, hombre de mundo; ten&iacute;a el
+ prestigio del amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos
+ personajes de Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las
+ mujeres; era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso,
+ de los Vegallana... pod&iacute;a disputar a Ferm&iacute;n, con fuerzas
+ iguales acaso, el dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba
+ siempre un amo y cuando no lo ten&iacute;a se quejaba de la falta &laquo;<i>de
+ car&aacute;cter</i>&raquo; de los hombres importantes. Y &iquest;por qu&eacute;
+ no hab&iacute;a de estar ya Mes&iacute;a disputando ese dominio? &iquest;No
+ cab&iacute;a en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don
+ Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre Fermo?&raquo;.
+ Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las supon&iacute;a
+ f&aacute;cilmente do&ntilde;a Paula en cualquier caso, porque ella pasaba
+ la vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no
+ comunic&oacute; a su hijo m&aacute;s que lo suficiente para prevenirle
+ contra la Regenta y sus confesiones de dos horas. No cit&oacute; el nombre
+ de Mes&iacute;a. En los labios le retozaba esta pregunta:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Pero de qu&eacute; demontres hablasteis dos horas seguidas?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No se atrevi&oacute; a tanto. &laquo;Al fin su hijo era un sacerdote y
+ ella era cristiana&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Preguntar aquello le parec&iacute;a una irreverencia, un sacrilegio que
+ hubiera puesto a Fermo fuera de s&iacute;, y no hab&iacute;a para qu&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Adi&oacute;s, madre&mdash;dijo don Ferm&iacute;n cuando do&ntilde;a
+ Paula call&oacute; por no atreverse con la pregunta sacr&iacute;lega.
+ </p>
+ <p>
+ Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oy&oacute; a su madre que dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo que hoy tampoco vas a coro?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora, si ya habr&aacute; concluido....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bueno, bueno!&mdash;qued&oacute; murmurando ella&mdash;no
+ ganamos para multas.
+ </p>
+ <p>
+ Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un
+ estudiante que escapa de la f&eacute;rula de un d&oacute;mine implacable.
+ </p>
+ <p>
+ El sol brillaba acerc&aacute;ndose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola
+ nube. El cielo parec&iacute;a andaluz.
+ </p>
+ <p>
+ S&iacute;, pero el buen humor del Magistral se hab&iacute;a nublado; su
+ madre le hab&iacute;a puesto nervioso, airado, no sab&iacute;a contra qui&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero
+ formidable a veces. &iquest;Y c&oacute;mo romper aquellas cadenas? A ella
+ se lo deb&iacute;a todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su
+ voluntad de acero que iba derecha a un fin rompiendo por todo &iquest;qu&eacute;
+ hubiera sido &eacute;l? Un pastor en las monta&ntilde;as, o un cavador en
+ las minas. &Eacute;l val&iacute;a m&aacute;s que todos, pero su madre val&iacute;a
+ m&aacute;s que &eacute;l. El instinto de do&ntilde;a Paula era superior a
+ todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido &eacute;l arrollado algunas
+ veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se enredaban en
+ redes sutiles que le tend&iacute;a un enemigo, &iquest;qui&eacute;n le
+ libraba de ellas? Su madre. Era su &eacute;gida. S&iacute;, ella primero
+ que todo. Su despotismo era la salvaci&oacute;n; aquel yugo, saludable.
+ Adem&aacute;s, una voz interior le dec&iacute;a que lo mejor de su alma
+ era su cari&ntilde;o y su respeto filial. En las horas en que a s&iacute;
+ mismo se despreciaba, para encontrar algo puro dentro de s&iacute;, que
+ impidiera que aquella repugnancia llegase a la desesperaci&oacute;n,
+ necesitaba recordar esto: que era un buen hijo, humilde, d&oacute;cil...
+ un ni&ntilde;o, un ni&ntilde;o que nunca se hac&iacute;a hombre. &iexcl;&Eacute;l
+ que con los dem&aacute;s era un hombre que sol&iacute;a convertirse en le&oacute;n!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero ahora sent&iacute;a una rebeli&oacute;n en el alma. Era una
+ injusticia aquella sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta cre&iacute;a
+ toda Vetusta, y en efecto era un &aacute;ngel. &Eacute;l s&iacute; que no
+ merec&iacute;a besar el polvo que pisaba aquella se&ntilde;ora. &iquest;Qui&eacute;n
+ pod&iacute;a temer de qui&eacute;n?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En este momento comprendi&oacute; la causa de su malhumor repentino.
+ &laquo;La madre hab&iacute;a hablado de las calumnias con que le quer&iacute;an
+ perder... de las demas&iacute;as de ambici&oacute;n, orgullo y s&oacute;rdida
+ codicia que le imputaban, de la influencia perniciosa en la vida de muchas
+ familias que se le achacaba... pero &iquest;era todo calumnia? Oh, si la
+ Regenta supiese qui&eacute;n era &eacute;l, no le confiar&iacute;a los
+ secretos de su coraz&oacute;n. Por un acto de fe, aquella se&ntilde;ora
+ hab&iacute;a despreciado todas las injurias con que sus enemigos le
+ persegu&iacute;an a &eacute;l, no hab&iacute;a cre&iacute;do nada de
+ aquello y se hab&iacute;a acercado a su confesonario a pedirle luz en las
+ tinieblas de su conciencia, a pedirle un hilo salvador en los abismos que
+ se abr&iacute;an a cada paso de la vida. Si &eacute;l hubiera sido un
+ hombre honrado, le hubiera dicho all&iacute; mismo:&mdash;&iexcl;Calle
+ usted, se&ntilde;ora! yo no soy digno de que la majestad de su secreto
+ entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a decir cuatro
+ palabras de consuelo a los pecadores d&eacute;biles; y cuatro palabras de
+ terror a los pobres de esp&iacute;ritu fanatizados; yo soy de miel con los
+ que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido; el se&ntilde;uelo
+ es de az&uacute;car, el alimento que doy a mis prisioneros, de ac&iacute;bar;...
+ yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor, infinitamente peor,
+ yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas, s&iacute;, mal
+ adquiridas; yo soy un d&eacute;spota en vez de un pastor; yo vendo la
+ Gracia, yo comercio como un jud&iacute;o con la Religi&oacute;n del que
+ arroj&oacute; del templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, se&ntilde;ora;
+ yo no soy digno de ser su confidente, su director espiritual. Aquella
+ elocuencia de ayer era falsa, no me sal&iacute;a del alma, yo no soy el <i>vir
+ bonus</i>, yo soy lo que dice el mundo, lo que dicen mis detractores&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sinti&oacute; una
+ reacci&oacute;n en su conciencia, reacci&oacute;n favorable a su fama.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Hag&aacute;monos m&aacute;s justicia&raquo; pens&oacute; sin
+ querer, por el instinto de conservaci&oacute;n que tiene el amor propio.
+ </p>
+ <p>
+ Y entonces record&oacute; que su madre era quien le empujaba a todos
+ aquellos actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo deb&iacute;a
+ todo, hab&iacute;a &eacute;l llegado a manosear y mascar el lodo de
+ aquella sordidez poco escrupulosa. Su pasi&oacute;n propia, la que espont&aacute;neamente
+ hac&iacute;a en &eacute;l estragos era la ambici&oacute;n de dominar; pero
+ esto &iquest;no era noble en el fondo? y &iquest;no era justo al cabo?
+ &iquest;No merec&iacute;a &eacute;l ser el primero de la di&oacute;cesis?
+ El Obispo &iquest;no le reconoc&iacute;a de buen grado esta superioridad
+ moral? Bastante hac&iacute;a &eacute;l content&aacute;ndose, por ahora,
+ con no mandar m&aacute;s que en Vetusta. &iexcl;Oh! estaba seguro. Si alg&uacute;n
+ d&iacute;a su amistad con Ana Ozores llegaba al punto de poder &eacute;l
+ confesarse ante ella tambi&eacute;n y decirle cu&aacute;l era su ambici&oacute;n,
+ ella, que ten&iacute;a el alma grande, de fijo le absolver&iacute;a de los
+ pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le hab&iacute;a
+ arrastrado la codicia de su madre eran los que no ten&iacute;an disculpa,
+ los feos, los vergonzosos, los inconfesables&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente,
+ iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles
+ tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas
+ encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, seg&uacute;n
+ costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y r&iacute;tmico el paso,
+ flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.
+ </p>
+ <p>
+ Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos, doblando
+ la cintura y destoc&aacute;ndose como si pasara un rey; y a veces ni ve&iacute;a
+ al que saludaba.
+ </p>
+ <p>
+ Este fingimiento era en &eacute;l segunda naturaleza. Ten&iacute;a el don
+ de estar hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula hab&iacute;a vuelto a entrar en el despacho de su hijo.
+ Registr&oacute; la alcoba. Vio la cama <i>levantada</i>, tiesa, muda,
+ fresca, sin un pliegue; sali&oacute; de la alcoba; en el despacho repar&oacute;
+ el sof&aacute; de reps azul, las butacas, las correctas filas de libros
+ amontonados sobre sillas y tablas por todas partes; se fij&oacute; en el
+ orden de la mesa, en el del sill&oacute;n, en el de las sillas. Parec&iacute;a
+ olfatear con los ojos. Llam&oacute; a Teresina; le pregunt&oacute;
+ cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la mirada, como
+ quien anda a minas; se meti&oacute; por los pliegues del traje, correcto,
+ como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo hablar para
+ apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La despidi&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye...&mdash;volvi&oacute; a decir&mdash;. Nada, vete.
+ </p>
+ <p>
+ Se encogi&oacute; de hombros.&mdash;&laquo;Es imposible&mdash;dijo entre
+ dientes&mdash;; no hay manera de averiguar nada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y, saliendo del despacho, dijo todav&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute; capricho de hombres!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y subiendo la escalera del segundo piso, a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Es como todos, como todos; siempre fuera!&raquo;.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XIImdash" id="XIImdash"></a>&mdash;XII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Don Francisco de As&iacute;s Carraspique era uno de los individuos m&aacute;s
+ importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo m&aacute;s <i>sacrificios
+ pecuniarios</i> en tiempo oportuno. Era pol&iacute;tico porque se le hab&iacute;a
+ convencido de que la causa de la religi&oacute;n no prosperar&iacute;a si
+ los buenos cristianos no se met&iacute;an a gobernar. Le dominaba por
+ completo su mujer, fan&aacute;tica ardent&iacute;sima, que aborrec&iacute;a
+ a los liberales porque all&aacute; en la otra guerra, los <i>cristinos</i>
+ hab&iacute;an ahorcado de un &aacute;rbol a su padre sin darle tiempo para
+ confesar. Carraspique frisaba con los sesenta a&ntilde;os, y no se
+ distingu&iacute;a ni por su valor ni por sus dotes de gobierno; se
+ distingu&iacute;a por sus millones. Era el mayor contribuyente que ten&iacute;a
+ en la provincia la soberan&iacute;a subrepticia de don Carlos VII. Su
+ religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en &eacute;l
+ toda una virtud; pero la debilidad de su car&aacute;cter, sus pocas luces
+ naturales y la mala intenci&oacute;n de los que le rodeaban, convert&iacute;an
+ su piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de As&iacute;s,
+ para los suyos y para muchos de fuera.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Luc&iacute;a, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era
+ el pont&iacute;fice infalible en aquel hogar honrado. Ten&iacute;an cuatro
+ hijas los Carraspique; todas hab&iacute;an hecho su primera confesi&oacute;n
+ con don Ferm&iacute;n; hab&iacute;an sido educadas en el convento que hab&iacute;a
+ escogido don Ferm&iacute;n; y las dos primeras hab&iacute;an profesado,
+ una en las Salesas y otra en las Clarisas.
+ </p>
+ <p>
+ El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un
+ noble liberal, que muri&oacute; del disgusto, estaba enfrente del caser&oacute;n
+ de los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se dej&oacute; introducir en el estrado por una criada
+ sesentona, que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les
+ lamer&iacute;a los pies de buen grado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Espere usted un poco, se&ntilde;or Magistral, haga el favor de
+ sentarse; el se&ntilde;or est&aacute; all&aacute; dentro y sale en
+ seguida... (Con voz misteriosa y agria.) Est&aacute; ah&iacute; el m&eacute;dico...
+ ese empecatado primo de la se&ntilde;ora.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya, don Robustiano: &iquest;pues qu&eacute; hay,
+ Fulgencia?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Creo que Sor Teresa est&aacute; algo peor... pero no es para tanto
+ alarmar a los pobrecitos se&ntilde;ores. &iquest;Verdad, se&ntilde;or
+ Magistral, que la pobre se&ntilde;orita no est&aacute; de cuidado?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Creo que no, Fulgencia; pero &iquest;qu&eacute; dice el m&eacute;dico?
+ &iquest;Viene de all&aacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, de all&aacute;; y ah&iacute; dentro daba
+ gritos... viene furioso... es un loco. No s&eacute; c&oacute;mo le llaman
+ a &eacute;l. El parentesco, es cosa del parentesco.
+ </p>
+ <p>
+ El sal&oacute;n era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo,
+ sin lujo, con cierta elegancia que nac&iacute;a de la venerable antig&uuml;edad,
+ de la limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El
+ &uacute;nico mueble nuevo era un piano de cola de Erard.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; al sal&oacute;n don Robustiano y sali&oacute; Fulgencia
+ hablando entre dientes.
+ </p>
+ <p>
+ El m&eacute;dico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vest&iacute;a
+ con el arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren
+ revelar en su porte su buena posici&oacute;n social. Era una hermosa
+ figura que se defend&iacute;a de los ultrajes del tiempo con buen &eacute;xito
+ todav&iacute;a. Don Robustiano era el m&eacute;dico de la nobleza desde
+ muchos a&ntilde;os atr&aacute;s; pero si en pol&iacute;tica pasaba por
+ reaccionario y se burlaba de los progresistas, en religi&oacute;n se le
+ ten&iacute;a por volteriano, o lo que &eacute;l y otros vetustenses entend&iacute;an
+ por tal. Jam&aacute;s hab&iacute;a le&iacute;do a Voltaire, pero le
+ admiraba tanto como le aborrec&iacute;a Glocester, el Arcediano, que no lo
+ hab&iacute;a le&iacute;do tampoco. En punto a letras, las de su ciencia
+ inclusive, don Robustiano no pod&iacute;a alzar el gallo a ning&uacute;n
+ mediquillo moderno de los que se mor&iacute;an de hambre en Vetusta. Hab&iacute;a
+ estudiado poco, pero hab&iacute;a ganado mucho. Era un m&eacute;dico de
+ mundo, un doctor de buen trato social. A&ntilde;os atr&aacute;s, para
+ &eacute;l todo era flato; ahora todo era <i>cuesti&oacute;n de nervios</i>.
+ Curaba con buenas palabras; por &eacute;l nadie sab&iacute;a que se iba a
+ morir. Sol&iacute;a curar de balde a los amigos; pero si la enfermedad se
+ agravaba, se inhib&iacute;a, mandaba llamar a otro y no se ofend&iacute;a.
+ &laquo;&Eacute;l no serv&iacute;a para ver morir a una persona querida&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Con que se nos quiere usted morir, se&ntilde;or
+ Fulano? Pues vive Dios, que lo hemos de ver..., etc.&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Esta era una frase sacramental; pero ten&iacute;a otras muchas. As&iacute;
+ se hab&iacute;a hecho rico. No usaba muchos t&eacute;rminos t&eacute;cnicos,
+ porque, seg&uacute;n &eacute;l, a los profanos no se les ha de asustar con
+ griego y lat&iacute;n. No era pedante, pero cuando le apuraban un poco,
+ cuando le contradec&iacute;an, invocaba el sacrosanto nombre de la
+ ciencia, como si llamase al comisario de polic&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y no se le hab&iacute;a de replicar.
+ </p>
+ <p>
+ Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano pod&iacute;a
+ apostar con cualquiera a campechano, alegre, simp&aacute;tico, y hasta
+ hombre de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.
+ </p>
+ <p>
+ Al Magistral no le pod&iacute;a tragar, pero tem&iacute;a su influencia en
+ las casas nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas le ten&iacute;a a &eacute;l por un grand&iacute;simo majadero, pero
+ le tributaba la cortes&iacute;a que empleaba siempre en el trato, sin
+ distinguir entre majaderos y hombres de talento.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, mi se&ntilde;or don Ferm&iacute;n! cu&aacute;nto
+ bueno.... Llega usted a tiempo, amigo m&iacute;o; el primo est&aacute;
+ inconsolable. &iexcl;Buen d&iacute;a de su santo! Le he dicho la verdad,
+ toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio, se
+ desespera.... Es decir, remedio... yo creo que s&iacute;... pero estas
+ ideas exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza,
+ porque es una persona ilustrada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay, don Robustiano? &iquest;Viene usted de las
+ Salesas?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; de aquella pocilga vengo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute; Rosita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; Rosita? &iexcl;Si ya no hay Rosita! Si ya se
+ acab&oacute; Rosita; ahora es Sor Teresa, que no tiene rosas ni en el
+ nombre, ni en las mejillas.
+ </p>
+ <p>
+ Don Robustiano se acerc&oacute; al Magistral; mir&oacute; a todos los
+ rincones, a todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Aquello es el acabose!
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sinti&oacute; un escalofr&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Usted cree?&mdash;S&iacute;, creo en una cat&aacute;strofe
+ pr&oacute;xima. Es decir, distingo, distingo en nombre de la ciencia. Yo,
+ Somoza, no puedo esperar nada bueno; yo, hombre de ciencia, necesito
+ declarar, primero: que si la ni&ntilde;a sigue respirando en aquel <i>medio</i>...
+ no hay salvaci&oacute;n, pero si se la saca de all&iacute;... tal vez haya
+ esperanza; segundo: que es un crimen, un crimen de lesa humanidad no poner
+ los medios que la ciencia aconseja.... Se&ntilde;or Magistral, usted que
+ es una persona ilustrada, &iquest;cree usted que la religi&oacute;n
+ consiste en dejarse morir junto a un alba&ntilde;al? Porque aquello es una
+ letrina; s&iacute; se&ntilde;or, una cloaca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas est&aacute;n
+ haciendo, como usted sabe, su convento junto a la f&aacute;brica de p&oacute;lvora.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;; pero cuando el convento est&eacute;
+ edificado y las mujeres puedan trasladarse a &eacute;l, nuestra Rosita
+ habr&aacute; muerto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Somoza, el cari&ntilde;o le hace a usted, acaso, ver
+ el peligro mayor de lo que es.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo mayor, se&ntilde;or De Pas? &iquest;Querr&aacute;
+ usted saber m&aacute;s que la ciencia? Ya le he dicho a usted lo que la
+ ciencia opina: segundo: que es un crimen de lesa humanidad.... &iexcl;Oh!
+ &iexcl;Si yo cogiera al curita que tiene la culpa de todo esto! Porque aqu&iacute;
+ anda un cura, se&ntilde;or Magistral, estoy seguro... y usted dispense...
+ pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y clero; si todos fueran
+ como usted.... &iquest;A que mi se&ntilde;or don Ferm&iacute;n no aconseja
+ a ning&uacute;n padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que las
+ haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de Panurgo?
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no pudo menos de sonre&iacute;r, recordando que los carneros
+ de Panurgo no hab&iacute;an sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano
+ repet&iacute;a lo de los carneros de Panurgo, sin saber qu&eacute; ganado
+ era aquel, como no sab&iacute;a otras muchas cosas. Ya queda dicho que
+ &eacute;l no le&iacute;a libros: le faltaba tiempo.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n pensaba: &laquo;&iquest;Ser&aacute;n indirectas las
+ necedades de este majadero?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo sospecho&mdash;continu&oacute; el doctor&mdash;que mi pobre
+ Carraspique est&aacute; supeditado a la voluntad de alg&uacute;n fan&aacute;tico,
+ v. gr. el Rector del Seminario. &iquest;No le parece a usted que puede ser
+ el se&ntilde;or Escosura, ese Torquemada <i>pour rire</i>, el que ha tra&iacute;do
+ a esta casa tanta desgracia?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, se&ntilde;or; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa
+ tanta desgracia como usted dice.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Van ya dos ni&ntilde;as al hoyo!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo al hoyo?&mdash;O al convento, ll&aacute;melo
+ usted hache.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo
+ opinar en este punto....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya
+ que existen conventos, se&ntilde;or, que los construyan en condiciones
+ higi&eacute;nicas. Si yo fuera gobierno, cerraba todos los que no
+ estuvieran reconocidos por la ciencia. La higiene p&uacute;blica
+ prescribe....
+ </p>
+ <p>
+ El se&ntilde;or Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la
+ renovaci&oacute;n del aire, a la calefacci&oacute;n, aeroterapia y dem&aacute;s
+ asuntos de follet&iacute;n semicient&iacute;fico. Despu&eacute;s volvi&oacute;
+ a la desgracia de aquella casa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, se&ntilde;or; absurdo no, porque son ellas las que libremente
+ escogen....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Libremente! &iexcl;libremente! R&iacute;ase usted, se&ntilde;or
+ Magistral, r&iacute;ase usted, que es una persona tan ilustrada, de esa
+ pretendida libertad. &iquest;Cabe libertad donde no hay elecci&oacute;n?
+ &iquest;Cabe elecci&oacute;n donde no se conoce m&aacute;s que uno de los
+ t&eacute;rminos en que ha de consistir?
+ </p>
+ <p>
+ Don Robustiano hablaba casi como un fil&oacute;sofo cuando se acaloraba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si a m&iacute; no se me enga&ntilde;a&mdash;continu&oacute;&mdash;;
+ si yo conozco bien esta comedia. &iquest;No ve usted, se&ntilde;or m&iacute;o,
+ que yo las he visto nacer a todas ellas, que las he visto crecer, que he
+ seguido paso a paso todas las vicisitudes de su existencia? Ver&aacute;
+ usted el sistema.
+ </p>
+ <p>
+ Don Robustiano se sent&oacute;, y prosigui&oacute; diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hasta que tienen quince o diecis&eacute;is a&ntilde;os las hijas de
+ mis primos no ven el mundo. A los diez o los once van al convento; all&iacute;
+ sabe Dios lo que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que
+ escriben las dictan las monjas y est&aacute;n siempre cortadas por el
+ mismo patr&oacute;n, seg&uacute;n el cual, &laquo;aquello es el Para&iacute;so&raquo;.
+ A los quince a&ntilde;os vuelven a casa; no traen voluntad; esta facultad
+ del alma, o lo que sea, les queda en el convento como un trasto in&uacute;til.
+ Para dar una satisfacci&oacute;n al mundo, a la opini&oacute;n p&uacute;blica,
+ desde los quince a los dieciocho o diecinueve, se representa la farsa
+ piadosa de hacerles ver el siglo... por un agujero. Esta manera de ver el
+ mundo es muy graciosa, mi se&ntilde;or don Ferm&iacute;n. &iquest;Recuerda
+ usted el convite de la cig&uuml;e&ntilde;a? Pues eso. Las ni&ntilde;as ven
+ el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. &iquest;A los
+ bailes? Dios nos libre. &iquest;Al teatro? Abominaci&oacute;n. &iexcl;A la
+ novena, al serm&oacute;n! y de Pascuas a Ramos un pase&iacute;to con la
+ mam&aacute; por el Espol&oacute;n o el Paseo de Verano; los ojitos en el
+ suelo; no se habla con nadie; y en seguida a casa. Despu&eacute;s viene la
+ gran prueba: el viaje a Madrid. All&iacute; se ven las fieras del Retiro,
+ el Museo de Pinturas, el Naval, la Armer&iacute;a; nada de teatros ni de
+ bailes que a&uacute;n son m&aacute;s peligrosos que en Vetusta: correr
+ calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las ni&ntilde;as
+ vuelven a su tierra diciendo de todo coraz&oacute;n que se han aburrido en
+ la Corte, que su convento de su alma, que cu&aacute;nto m&aacute;s se
+ divert&iacute;an all&iacute; con las Madres y las compa&ntilde;eras.
+ Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se enamora de cualquiera de las ni&ntilde;as...
+ <i>&iexcl;Vade retro!</i> Se le despide con cajas destempladas. En casa se
+ rezan todas las horas can&oacute;nicas; maitines, v&iacute;speras... despu&eacute;s
+ el rosario con su coronilla, un padrenuestro a cada santo de la Corte
+ Celestial; ayunos, vigilias; y nada de balc&oacute;n, ni de tertulia, ni
+ de amigas, que son peligrosas.... Eso s&iacute;, tocar el piano si se
+ quiere y coser a discreci&oacute;n. Como art&iacute;culo de lujo se
+ permite a las ni&ntilde;as que se r&iacute;an a su gusto con los chistes
+ del Arcediano, el diplom&aacute;tico se&ntilde;or Mourelo, alias
+ Glocester. Suelta el buen mozo torcido una gracia babosa, las ni&ntilde;as
+ la r&iacute;en, al pap&aacute; se le cae la baba tambi&eacute;n &iexcl;m&iacute;sero
+ Carraspique! y <i>tutti contenti</i>. El Arcediano no es el cura que hay
+ aqu&iacute; oculto, no; ese representa la parte contraria, el demonio o el
+ mundo; pero, como es natural, a las ni&ntilde;as les parece que el
+ atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en
+ cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, s&iacute; se&ntilde;or,
+ cierta libertad, si se compara con la vida archimon&aacute;stica de lo que
+ yo llamo la Regla de do&ntilde;a Luc&iacute;a, mi prima carnal. &iexcl;Oh,
+ se&ntilde;or de Pas, f&aacute;cil victoria la de la Iglesia! Las ni&ntilde;as
+ en vista de que Vetusta es andar de templo en templo con los ojos bajos;
+ Madrid ir de museo en museo rompi&eacute;ndose los pies y tropezando; el
+ hogar un cuartel m&iacute;stico, con chistes de cura por todo encanto,
+ resuelven <i>libremente</i> meterse monjas, para gozar un poco de... de
+ autonom&iacute;a, como dicen los liberalotes, que nos dan una libertad
+ parecida a la que gozan las hijas de Carraspique.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral oy&oacute; con paciencia el discurso del m&eacute;dico y, por
+ decir algo, dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No podr&aacute; usted negar que en esta casa el trato es jovial,
+ franco; a cien leguas de toda gazmo&ntilde;er&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Otra farsa! No s&eacute; qui&eacute;n diablos ha ense&ntilde;ado
+ a mi prima esta comedia. El que entra aqu&iacute; piensa que es calumnia
+ lo que se cuenta de la rigidez mon&aacute;stica de este hogar honrado,
+ pero aburrido. Las apariencias enga&ntilde;an. Esta alegr&iacute;a sin
+ saber por qu&eacute;, estas bromitas de clerigalla, y usted dispense, esta
+ tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para tapar la boca a
+ los profanos.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral miraba al m&eacute;dico con gran curiosidad y algo de
+ asombro. &laquo;&iquest;C&oacute;mo aquel hombre de tan escasas luces
+ discurr&iacute;a as&iacute; en tal materia? &iquest;Sab&iacute;a Somoza
+ que era &eacute;l y nadie m&aacute;s el <i>cura oculto</i>, el jefe
+ espiritual de aquella casa? Si lo sab&iacute;a &iquest;c&oacute;mo le
+ hablaba as&iacute;? &iquest;Tambi&eacute;n los tontos ten&iacute;an el
+ arte de disimular?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; Carraspique en el sal&oacute;n. Tra&iacute;a los ojos h&uacute;medos
+ de recientes l&aacute;grimas. Abraz&oacute; al Magistral y le suplic&oacute;
+ fervorosamente que fuese a las Salesas a ver c&oacute;mo estaba su hija;
+ &eacute;l no ten&iacute;a valor para ir en persona. Don Ferm&iacute;n
+ prometi&oacute; ir aquel mismo d&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Somoza volvi&oacute; a describir la falta de <i>condiciones higi&eacute;nicas</i>
+ del convento.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;qu&eacute; quieres que haga, primo m&iacute;o?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque s&eacute; c&oacute;mo
+ sois. Pero lo que digo es lo siguiente: la ni&ntilde;a est&aacute; muy
+ enferma, y no por culpa suya; su naturaleza era fuerte; en su <i>constituci&oacute;n</i>
+ no hay vicio alguno; pero no le da el sol nunca y se la est&aacute;
+ comiendo la humedad; necesita calor y no lo tiene; luz y all&iacute; le
+ falta; aire puro y all&iacute; se respira la peste; ejercicio y all&iacute;
+ no se mueve; distracciones y all&iacute; no las hay; buen alimento y all&iacute;
+ come mal y poco..., pero no importa; Dios est&aacute; satisfecho por lo
+ visto. &iquest;Cu&aacute;l es la perfecci&oacute;n? La vida entre dos
+ alcantarillas. &iquest;El mundo est&aacute; perdido? Pues v&aacute;monos a
+ vivir metiditos en un... inodoro.
+ </p>
+ <p>
+ Y como esta palabra, si bien le parec&iacute;a culta, no expresaba lo que
+ &eacute;l quer&iacute;a, sino lo contrario, a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En un inodoro... que es la <i>ant&iacute;tesis</i>&mdash;as&iacute;
+ dijo&mdash;de un inodoro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En fin, se&ntilde;ores&mdash;prosigui&oacute;&mdash;ustedes
+ defienden el absurdo y ah&iacute; no llega mi paciencia. Resumen; la
+ ciencia ofrece la salud de Rosita con aires de aldea, all&aacute; junto al
+ mar; vida alegre, buenos alimentos, carne y leche sobre todo... sin
+ esto... no respondo de nada.
+ </p>
+ <p>
+ Cogi&oacute; el sombrero y el bast&oacute;n de pu&ntilde;o de oro; salud&oacute;
+ con una cabezada al Magistral y sali&oacute; murmurando:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A lo menos San Sime&oacute;n Estilita estaba sobre una columna,
+ pero no era una columna... de este orden; no era un estercolero.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Luc&iacute;a se present&oacute; y con un gesto displicente
+ contest&oacute; a las palabras de su primo que hab&iacute;a o&iacute;do
+ desde lejos:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es un loco, hay que dejarle.&mdash;Pero nos quiere mucho&mdash;advirti&oacute;
+ Carraspique.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero es un loco... haci&eacute;ndole favor.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. &laquo;No hab&iacute;a
+ que hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento
+ provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un
+ barrio bajo, en lo m&aacute;s hondo de una vertiente del terreno, sin sol;
+ all&iacute; desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de
+ la Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las
+ paredes, y hab&iacute;a grietas; no cab&iacute;a negar que a veces los
+ olores eran insufribles; tales miasmas no pod&iacute;an ser saludables.
+ Pero todo aquello durar&iacute;a poco; y Rosita no estaba tan mal como el
+ m&eacute;dico dec&iacute;a. El de las monjas aseguraba que no, y que
+ sacarla de all&iacute;, sola, separarla de sus queridas compa&ntilde;eras,
+ de su vida regular, hubiera sido matarla&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s don Ferm&iacute;n consider&oacute; la cuesti&oacute;n desde
+ el punto de vista religioso. &laquo;Hab&iacute;a algo m&aacute;s que el
+ cuerpo. Aquellos argumentos puramente humanos, mundanos, que se pod&iacute;an
+ oponer a Somoza y otros como &eacute;l, eran lo de menos. Lo principal era
+ mirar si hab&iacute;a esc&aacute;ndalo en precipitarse y tomar medidas que
+ alarmasen a la opini&oacute;n. Por culpa de ellos, por culpa de un
+ excesivo cari&ntilde;o, de una extremada solicitud, pod&iacute;an dar p&aacute;bulo
+ a la maledicencia. &iquest;Qu&eacute; esperaban sino eso los enemigos de
+ la Iglesia? Se dir&iacute;a que el convento de las Salesas era un
+ matadero; que la religi&oacute;n conduc&iacute;a a la juventud lozana a
+ aquella letrina a pudrirse.... &iexcl;Se dir&iacute;an tantas cosas! No,
+ no era posible tomar todav&iacute;a ninguna medida radical. Hab&iacute;a
+ que esperar. Por lo dem&aacute;s, &eacute;l ir&iacute;a a ver a Sor
+ Teresa...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, don Ferm&iacute;n, por Dios!&mdash;exclam&oacute;
+ do&ntilde;a Luc&iacute;a, juntando las manos&mdash;segura estoy de que
+ recobrar&aacute; la salud aquella querida ni&ntilde;a, si usted le lleva
+ el consuelo de su palabra.
+ </p>
+ <p>
+ No se atrev&iacute;a a llamarla su hija. La cre&iacute;a de Dios, s&oacute;lo
+ de Dios.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s se habl&oacute; de otra cosa. Aunque no se hab&iacute;a
+ tratado nunca directamente del asunto, se hab&iacute;a convenido, por un
+ acuerdo t&aacute;cito, que las dos ni&ntilde;as &uacute;ltimas no ser&iacute;an
+ monjas, a no haber en ellas una vocaci&oacute;n superior a toda
+ resistencia prudente y moderada. Este impl&iacute;cito convenio era una
+ imposici&oacute;n de la conciencia, o del miedo a la opini&oacute;n del
+ mundo. La mayor de aquellas dos ni&ntilde;as ten&iacute;a un pretendiente.
+ El Magistral ven&iacute;a a desahuciarlo. &laquo;Era un imp&iacute;o&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Un imp&iacute;o Ronzal? &iexcl;Su amigo de usted!&mdash;se
+ atrevi&oacute; a decir Carraspique.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero.
+ Yo sacrifico al amigo trat&aacute;ndose de la felicidad de su hija de
+ ustedes.
+ </p>
+ <p>
+ Una l&aacute;grima de las pocas que ten&iacute;a rod&oacute; por el rostro
+ de la se&ntilde;ora de la casa. M&aacute;s est&eacute;tico y m&aacute;s
+ sim&eacute;trico hubiera sido que las l&aacute;grimas fueran dos; pero no
+ fue m&aacute;s que una; la del otro ojo debi&oacute; de brotar tan peque&ntilde;a,
+ que la sequedad de aquellos p&aacute;rpados, siempre enjutos, la trag&oacute;
+ antes que asomara.
+ </p>
+ <p>
+ La l&aacute;grima era de agradecimiento. &laquo;El Magistral les
+ sacrificaba el nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran
+ amigo, de un defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el
+ diputado. Bien hac&iacute;a ella en entregar las llaves del coraz&oacute;n
+ y de la conciencia a tal hombre, a aquel santo, pensar&iacute;a mejor&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual
+ fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos disminu&iacute;a;
+ y don Francisco de As&iacute;s era un millonario que educaba muy bien a
+ sus hijas. Pero el Magistral ten&iacute;a otros proyectos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Un imp&iacute;o Ronzal?&mdash;pregunt&oacute; asustado
+ Carraspique.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, un imp&iacute;o... relativamente. No basta que la religi&oacute;n
+ est&eacute; en los labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se
+ la proteja; en la pol&iacute;tica y en el trato social es necesario
+ contentarse con eso muchas veces, en los tiempos tristes que alcanzamos,
+ pero eso es otra cosa. Ronzal, comparado con otros... con Mes&iacute;a,
+ por ejemplo, es un buen cristiano; aun el mismo Mes&iacute;a, que al cabo
+ no se ha separado de la Iglesia, es cat&oacute;lico, religioso...
+ comparado con don Pompeyo Guimar&aacute;n el ateo. Pero ni Mes&iacute;a,
+ ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad suficiente.... &iquest;Dar&iacute;a
+ usted una hija a don &Aacute;lvaro?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Antes muerta!&mdash;Pues Ronzal, aunque se llama conservador
+ y quiere la unidad cat&oacute;lica y otros principios que contiene nuestra
+ pol&iacute;tica, no es buen cristiano, no lo es como se necesita que lo
+ sea el marido de una Carraspique.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel calor con que defend&iacute;a los intereses espirituales de la
+ familia, les llegaba al alma a los amos de la casa.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal fue desahuciado. El Magistral habl&oacute; todav&iacute;a de otros
+ asuntos. Hab&iacute;a que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes
+ limosnas para Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar
+ una casa; limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena
+ de la Concepci&oacute;n, porque habr&iacute;a que pagar caro un
+ predicador, jesuita, que vendr&iacute;a de lejos. &laquo;Era mucho, s&iacute;;
+ pero si los buenos cat&oacute;licos que todav&iacute;a ten&iacute;an algo
+ no se sacrificaban &iquest;qu&eacute; ser&iacute;a de la fe? &iexcl;Si
+ otros pudieran!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Suspir&oacute; do&ntilde;a Luc&iacute;a al o&iacute;r esto. Hab&iacute;a
+ comprendido. El Magistral quer&iacute;a decir que si &eacute;l fuese rico,
+ su dinero ser&iacute;a de San Pedro y de las instituciones piadosas.
+ &laquo;&iexcl;Y pensar que hab&iacute;a quien calumniaba a aquel santo
+ suponi&eacute;ndole cargado de oro!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n antes de salir de aquella casa, donde su imperio no ten&iacute;a
+ l&iacute;mites, volvi&oacute; a prometer una visita a las Salesas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero no hab&iacute;a que alarmarse, ni perder la paciencia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En el &uacute;ltimo trance, se atrevi&oacute; a decir cuando ya lo
+ crey&oacute; oportuno, suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por
+ bien de la fe una prueba terrible, se sufrir&aacute;; porque el nombre de
+ cristiano obliga a eso y a mucho m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ All&iacute; don Ferm&iacute;n no dec&iacute;a que la virtud era f&aacute;cil.
+ </p>
+ <p>
+ Era poco menos que imposible. La salvaci&oacute;n se consegu&iacute;a a
+ costa de mucho padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en
+ el estilo terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran tambi&eacute;n
+ melosas. La de salvaci&oacute;n sonaba como la flauta del dios Pan; al
+ decir &laquo;Dios misericordioso pero justo&raquo; aquella lengua imitaba
+ el susurro del aura entre las flores....
+ </p>
+ <p>
+ Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos de
+ la conciencia los que les ofrec&iacute;a para el caso probable de no
+ salvarse, a pesar de tantos disgustos.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Luc&iacute;a encontraba a don Ferm&iacute;n algo flojo aquella
+ ma&ntilde;ana. No hablaba con la sublime unci&oacute;n de otras veces. Su
+ pesimismo piadoso le sal&iacute;a a duras penas de los labios. Not&oacute;
+ la buena se&ntilde;ora que su director espiritual hablaba como quien
+ piensa en otra cosa.
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; el Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descarg&oacute; un
+ pu&ntilde;etazo sobre el pasamano de m&aacute;rmol del &uacute;ltimo tramo
+ de la suntuosa escalera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;No hay remedio, no hay remedio!&mdash;dijo entre
+ dientes&mdash;no he de empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir
+ siendo el mismo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Otros d&iacute;as, al salir de aquella casa hab&iacute;a gozado el placer
+ fuerte, picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que all&iacute;
+ ejerc&iacute;a en absoluto, le daba al amor propio una dulce
+ complacencia.... Pero ahora, nada de eso. No sal&iacute;a contento. Hab&iacute;a
+ procurado abreviar la visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Aquel idiota de don Robustiano le hab&iacute;a puesto de mal humor.
+ Eso deb&iacute;a de ser&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal &aacute;nimo,
+ pisar algo con ira...&raquo;. Se dirigi&oacute; a <i>Palacio</i>.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra
+ de la Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela h&uacute;meda y
+ estrecha que llamaban &laquo;La Corralada&raquo;. Era el palacio un ap&eacute;ndice
+ de la Bas&iacute;lica, coet&aacute;neo de la torre, pero de peor gusto,
+ remendado muchas veces en el siglo pasado y el presente. Con emplastos de
+ cal y sinapismos de barro parec&iacute;a un inv&aacute;lido de la
+ arquitectura; y la fachada principal, renovada, recargada de adornos
+ churriguerescos, sobre todo en la puerta y el balc&oacute;n de encima, le
+ daba un aspecto grotesco de viejo verde.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral dej&oacute; atr&aacute;s el zagu&aacute;n, grande, fr&iacute;o
+ y desnudo, no muy limpio; cruz&oacute; un patio cuadrado, con algunas
+ acacias raqu&iacute;ticas y parterres de flores mustias; subi&oacute; una
+ escalera cuyo primer tramo era de piedra y los dem&aacute;s de casta&ntilde;o
+ casi podrido; y despu&eacute;s de un corredor cerrado con mamposter&iacute;a
+ y ventanas estrechas, encontr&oacute; una antesala donde los familiares
+ del Obispo jugaban al tute. La presencia del Provisor interrumpi&oacute;
+ el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno de ellos hermoso, rubio,
+ de movimientos suaves y ondulantes, de pulqu&eacute;rrimo traje talar,
+ perfumado, abri&oacute; una mampara forrada de damasco color cereza. De lo
+ mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio entonces y que atraves&oacute;
+ De Pas sin detenerse.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;D&oacute;nde estar&aacute;, don Anacleto?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Creo que tiene visitas&mdash;respondi&oacute; el paje&mdash;. Unas
+ se&ntilde;oras....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; se&ntilde;oras? Don Anacleto encogi&oacute; los
+ hombros con mucha gracia y sonri&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n vacil&oacute; un momento, dio un paso atr&aacute;s; pero
+ en seguida volvi&oacute; a adelantarlo y abri&oacute; una puerta de escape
+ por donde desapareci&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de cruzar salas y pasadizos lleg&oacute; al <i>sal&oacute;n
+ claro</i>, como se llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus
+ visitas particulares. Era un rect&aacute;ngulo de treinta pies de largo
+ por veinte de ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de
+ nogal obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias ca&ntilde;as
+ a cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que
+ entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegr&iacute;a.
+ Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco tambi&eacute;n,
+ de un lujo anticuado, bonach&oacute;n y simp&aacute;tico, re&iacute;an a
+ carcajadas, con sus contorsiones de madera retorcida, ora en curvas
+ panzudas, ora en columnas salom&oacute;nicas. Los brazos de las butacas
+ parec&iacute;an puestos en jarras, los pies de las consolas hac&iacute;an
+ piruetas. No hab&iacute;a estera ni alfombra, a no contar la que rend&iacute;a
+ homenaje al sof&aacute;; era de moqueta y representaba un canastillo de
+ rosas encarnadas, verdes y azules. Era el gusto de S. I. De las paredes
+ del Norte y Sur pend&iacute;an sendos cuadros de Cence&ntilde;o, pero
+ retocados con colores chillones que daban gloria; los otros muros los
+ adornaban grandes grabados ingleses con marco de &eacute;bano. All&iacute;
+ estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos cr&iacute;ticos de
+ su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una
+ consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba sin
+ quitarle un ojo a su Santa Madre de m&aacute;rmol, de doble tama&ntilde;o
+ que &eacute;l, colocada sobre la consola de enfrente. No hab&iacute;a m&aacute;s
+ santos en el sal&oacute;n ni otra cosa que revelase la morada de un
+ mitrado.
+ </p>
+ <p>
+ El Ilustr&iacute;simo Se&ntilde;or don Fortunato Camoir&aacute;n, Obispo
+ de Vetusta, dejaba al Provisor gobernar la di&oacute;cesis a su antojo;
+ pero en su sal&oacute;n no hab&iacute;a de tocar. Por esto hab&iacute;an
+ valido poco las amonestaciones de don Ferm&iacute;n para que Fortunato se
+ abstuviese de adornar los balcones con jaulas pobres, pero alegres, en que
+ saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo, jilgueros y canarios, que en
+ honor de la verdad, parec&iacute;an locos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Gracias que no llevo mis p&aacute;jaros a la catedral para
+ que canten el Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era p&aacute;rroco
+ de las Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y
+ silbaban en el coro y era una delicia o&iacute;rlos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Fortunato era un santo alegre que no pod&iacute;a ver una irreverencia
+ donde se pod&iacute;a admirar y amar una obra de Dios.
+ </p>
+ <p>
+ Glocester, el maquiav&eacute;lico Arcediano, &laquo;opinaba que el Obispo&mdash;pero
+ este era su secreto&mdash;no estaba a la altura de su cargo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;No basta ser bueno&mdash;dec&iacute;a&mdash;para gobernar
+ una di&oacute;cesis. Ni los poetas sirven para ministros, ni los m&iacute;sticos
+ para Obispos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Esta opini&oacute;n era la m&aacute;s corriente entre el clero del
+ Obispado. Los se&ntilde;ores de la junta carlista cre&iacute;an lo mismo.
+ &iexcl;Jam&aacute;s hab&iacute;an podido contar para nada con el Obispo!
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Qu&eacute; resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se
+ abandonaba en brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la
+ di&oacute;cesis. Esto, seg&uacute;n unos, era la perdici&oacute;n del
+ clero y el culto, seg&uacute;n otros una gran fortuna; pero todos conven&iacute;an
+ en que el bueno de Camoir&aacute;n no ten&iacute;a voluntad.
+ </p>
+ <p>
+ Era cierto que hab&iacute;a aceptado la mitra a condici&oacute;n de
+ escoger, sin que valieran recomendaciones, una persona de su confianza en
+ quien depositar los cuidados del gobierno eclesi&aacute;stico. El
+ Magistral era sin duda el hombre de m&aacute;s talento que &eacute;l hab&iacute;a
+ conocido. Adem&aacute;s, do&ntilde;a Paula, cuando su hijo era un humilde
+ seminarista, hab&iacute;a servido en calidad de ama de llaves a Camoir&aacute;n,
+ a la saz&oacute;n can&oacute;nigo de Astorga. Desde entonces aquella mujer
+ de hierro hab&iacute;a dominado al pobre santo de cera. El hijo, ayudado
+ por la madre, continu&oacute; la tiran&iacute;a, y, como dec&iacute;an
+ ellos, &laquo;le ten&iacute;an en un pu&ntilde;o&raquo;. Y &eacute;l
+ estaba as&iacute; muy contento.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;a llegado a Obispo? En una &eacute;poca de
+ nombramientos de intriga, de complacencias palaciegas, para aplacar las
+ quejas de la opini&oacute;n se busc&oacute; un santo a quien dar una mitra
+ y se encontr&oacute; al can&oacute;nigo Camoir&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a Vetusta echando bendiciones y recibi&eacute;ndolas del
+ pueblo. Con gran esc&aacute;ndalo de su coraz&oacute;n sencillo y humilde
+ se contaban maravillas de su virtud y casi le atribuyeron milagros. En
+ cierta ocasi&oacute;n, cuando hac&iacute;a su visita a las parroquias de
+ los vericuetos, en el ri&ntilde;&oacute;n de la monta&ntilde;a, jinete en
+ un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le present&oacute; una
+ madre desesperada con su hijo en los brazos. Una v&iacute;bora hab&iacute;a
+ mordido al ni&ntilde;o.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&aacute;lvamelo, s&aacute;lvamelo!&mdash;gritaba la madre,
+ de rodillas, cerrando el paso al borrico.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Si yo no s&eacute;! &iexcl;si yo no s&eacute;!&mdash;gritaba
+ el Obispo desesperado, temiendo por la vida del angelillo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, s&iacute;, t&uacute; que eres santo!&mdash;replicaba
+ la madre con alaridos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El cauterio! &iexcl;el cauterio! pero yo no s&eacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Un milagro! &iexcl;un milagro!...&mdash;repet&iacute;a la
+ madre.
+ </p>
+ <p>
+ La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la
+ Virgen, los pobres, el p&uacute;lpito y el confesonario.
+ </p>
+ <p>
+ Ten&iacute;a cincuenta a&ntilde;os, la cabeza llena de nieve, y su coraz&oacute;n
+ todav&iacute;a se abrasaba en fuego de amor a Mar&iacute;a Sant&iacute;sima.
+ Desde el seminario, y ya hab&iacute;a llovido despu&eacute;s, su vida hab&iacute;a
+ sido una oda consagrada a las alabanzas de la Madre de Dios. Sab&iacute;a
+ mucha teolog&iacute;a, pero su ciencia predilecta consist&iacute;a en la
+ doctrina de los Misterios que se refieren a la Mujer <i>sine labe concepta</i>.
+ De memoria hubiera podido repetir cuanto han dicho los Santos Padres y los
+ M&iacute;sticos en honor de la Virgen, y sab&iacute;a alabarla en estilo
+ oriental, con met&aacute;foras tomadas del desierto, del mar, de los
+ valles floridos, de los montes de cedros; en estilo rom&aacute;ntico&mdash;que
+ irritaba al Arcipreste&mdash;y en estilo familiar con frases de cari&ntilde;o
+ paternal, filial y fraternal.
+ </p>
+ <p>
+ Ten&iacute;a escritos cinco libros, que primero se vend&iacute;an a peseta
+ y despu&eacute;s se regalaban, titulados as&iacute;: <i>El Rosal de Mar&iacute;a</i>
+ (en verso)&mdash;<i>Flores de Mar&iacute;a</i>&mdash;<i>La devoci&oacute;n</i>
+ <i>de la Inmaculada</i>&mdash;<i>El Romancero de Nuestra Se&ntilde;ora</i>&mdash;<i>La
+ Virgen y el dogma</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Nunca se le hab&iacute;a aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se
+ los daba a manos llenas; y el esp&iacute;ritu se lo inundaba de luz y de
+ una alegr&iacute;a que no pod&iacute;an obscurecer ni turbar todas las
+ desdichas del mundo, al menos las que &eacute;l hab&iacute;a padecido.
+ </p>
+ <p>
+ En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y mucho
+ de lo que &eacute;l hab&iacute;a heredado. &iexcl;Pero ay del sastre si le
+ quer&iacute;a enga&ntilde;ar cobr&aacute;ndole caros los remiendos de sus
+ pantalones! &iquest;No sab&iacute;a &eacute;l lo que eran remiendos?
+ &iquest;No hab&iacute;a zurcido su ropa y cosido botones S. I. muchas
+ veces? En cuanto al zapatero, que era de los m&aacute;s humildes, aguzaba
+ el ingenio para que las piezas y medias suelas que pon&iacute;a a los
+ zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;or&mdash;gritaba el ama de llaves, do&ntilde;a
+ &Uacute;rsula, heredera en el cargo de do&ntilde;a Paula&mdash;; si usted
+ pide milagros. &iquest;C&oacute;mo no se han de conocer las puntadas?
+ Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda, y ser&aacute; mejor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y qui&eacute;n te dice a ti, bachillera, que Dios manda
+ comprar zapatos nuevos mientras el pr&oacute;jimo anda sin zapatos? Si ese
+ remend&oacute;n supiera su oficio, parecer&iacute;an estos una gloria.
+ </p>
+ <p>
+ El Obispo ten&iacute;a sus motivos para exigir que los remiendos del
+ calzado no se conocieran. El Provisor todos los d&iacute;as le pasaba
+ revista, como a un recluta, mir&aacute;ndole de hito en hito cuando le cre&iacute;a
+ distra&iacute;do: y si notaba alg&uacute;n descuido de indumentaria que
+ acusara pobreza indigna de un mitrado, le reprend&iacute;a con acritud.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esto es absurdo&mdash;dec&iacute;a De Pas&mdash;. &iquest;Quiere
+ usted ser el Obispo de <i>Los miserables</i>, un Obispo de libro
+ prohibido? &iquest;Hace usted eso para darnos en cara a los dem&aacute;s
+ que vamos vestidos como personas decentes y como exige el decoro de la
+ Iglesia? &iquest;Cree usted que si todos luci&eacute;ramos pantalones
+ remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas, llegar&iacute;a
+ la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No es eso, hijo m&iacute;o, no es eso&mdash;respond&iacute;a el
+ Obispo sofocado, con ganas de meterse debajo de tierra.
+ </p>
+ <p>
+ Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si as&iacute; debe ser; si ya lo
+ s&eacute;. &iquest;Crees t&uacute; que no gozo yo mir&aacute;ndoos a ti y
+ a don Custodio y al primo del ministro, tan buenos mozos, tan relucientes,
+ tan lechuguinos con vuestro sombrero de teja cortito, abierto,
+ felpudo...?, pues ya lo creo... si eso es una bendici&oacute;n de Dios; si
+ as&iacute; debe ser.... &iquest;Pero sabes t&uacute; qui&eacute;n es
+ Rosendo? Es un grand&iacute;simo pillo que me pide tres pesetas por unas
+ medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la
+ piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se r&iacute;en;
+ &iquest;qu&eacute; le hemos de hacer si tienen buen humor?
+ </p>
+ <p>
+ Durante algunos a&ntilde;os Fortunato hab&iacute;a sido el predicador de
+ moda en Vetusta. Su antecesor rara vez sub&iacute;a al p&uacute;lpito, y
+ el verle a &eacute;l en la c&aacute;tedra del Esp&iacute;ritu Santo casi
+ todos los d&iacute;as, despert&oacute; la curiosidad primero, despu&eacute;s
+ el inter&eacute;s y hasta el entusiasmo de los fieles. Su elocuencia era
+ espont&aacute;nea, ardiente; improvisaba; era un orador verdadero, val&iacute;a
+ m&aacute;s que en el papel, en el p&uacute;lpito, en la ocasi&oacute;n.
+ Hablaba de repente, llamas de amor m&iacute;stico sub&iacute;an de su
+ coraz&oacute;n a su cerebro, y el p&uacute;lpito se convert&iacute;a en un
+ pebetero de poes&iacute;a religiosa cuyos perfumes inundaban el templo,
+ penetraban en las almas. Sin pensar en ello, Fortunato pose&iacute;a el
+ arte supremo del escalofr&iacute;o; s&iacute;, los sent&iacute;a el
+ auditorio al o&iacute;r aquella palabra de unci&oacute;n elocuente y
+ santa. La caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma,
+ el mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la c&aacute;tedra deseando a
+ todos la gloria por los siglos de los siglos, la unci&oacute;n del prelado
+ corr&iacute;a por el templo como una influencia magn&eacute;tica; parec&iacute;a
+ que si se tocaban los cuerpos iban a saltar chispas de caridad el&eacute;ctrica;
+ el entusiasmo, la conversi&oacute;n, se le&iacute;an en miradas y
+ sonrisas; en aquellos momentos los vetustenses tomaban en serio lo de ser
+ todos hermanos.
+ </p>
+ <p>
+ Pero esto hab&iacute;a sido al principio. Despu&eacute;s... el p&uacute;blico
+ empez&oacute; a cansarse. Dec&iacute;an que el Obispo <i>se prodigaba
+ demasiado</i>. &laquo;El Magistral no se prodigaba&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Estudia m&aacute;s los sermones&mdash;dec&iacute;an unos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es m&aacute;s profundo, aunque menos ardiente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y m&aacute;s elegante en el decir.&mdash;Y tiene mejor figura en el
+ p&uacute;lpito.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El Magistral es un artista, el otro un ap&oacute;stol.
+ </p>
+ <p>
+ Hac&iacute;a mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por
+ qu&eacute; gustaba el Obispo como predicador. &laquo;&Eacute;l confesaba
+ que no entend&iacute;a aquello. Era demasiado florido&raquo;. Para
+ Glocester no pasaba de <i>mera ret&oacute;rica</i> aquello de abrasarse en
+ amor del pr&oacute;jimo. &laquo;Le sonaba a hueco&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Y el dogma? &iquest;Y la controversia? El Obispo
+ nunca hablaba mal de nadie; para &eacute;l como si no hubiera un grosero
+ materialismo ni una hidra revolucionaria, ni un sat&aacute;nico <i>non
+ serviam</i> librepensador&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En concepto de Glocester, Camoir&aacute;n hab&iacute;a comenzado a
+ desacreditarse en los <i>sermones de la Audiencia</i>. Todos los viernes
+ de Cuaresma la Real Audiencia Territorial pagaba y o&iacute;a con
+ religiosa atenci&oacute;n o m&iacute;stica somnolencia un serm&oacute;n
+ que alguna notabilidad del p&uacute;lpito vetustense predicaba en Santa
+ Mar&iacute;a, la iglesia antiqu&iacute;sima.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Pues bien&mdash;dec&iacute;a Glocester&mdash;all&iacute; no
+ se habla por hablar, ni lo primero que viene a la boca; all&iacute; no
+ basta abrasarse en fuego divino; es necesario algo m&aacute;s, so pena de
+ ofender la ilustraci&oacute;n de aquellos se&ntilde;ores. Se habla a
+ jurisconsultos, a hombres de ciencia, se&ntilde;or m&iacute;o, y hay que
+ tentarse la ropa antes de subir a la c&aacute;tedra sagrada. El Obispo hab&iacute;a
+ hablado a los <i>se&ntilde;ores del margen</i>, a la Audiencia Territorial
+ ni m&aacute;s ni menos mal que al com&uacute;n de los fieles&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El actual regente&mdash;que no era Quintanar&mdash;hab&iacute;a dicho, en
+ confianza, a un oidor que <i>el serm&oacute;n no ten&iacute;a miga</i>. El
+ oidor hab&iacute;a corrido la noticia, y el fiscal se atrevi&oacute; a
+ decir que el Obispo no se iba al grano.
+ </p>
+ <p>
+ Para irse al grano Glocester. Aquel mismo a&ntilde;o en que Fortunato lo
+ hab&iacute;a hecho tan mal, en concepto de los se&ntilde;ores magistrados,
+ se luci&oacute; en su serm&oacute;n de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo
+ anunciaba &eacute;l muchos d&iacute;as antes.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Se&ntilde;ores, no llamarse a enga&ntilde;o; a m&iacute; hay
+ que leerme entre l&iacute;neas; yo no hablo para criadas y soldados; hablo
+ para un p&uacute;blico que sepa... eso, leer entre l&iacute;neas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La musa de Glocester era la iron&iacute;a. Aquel viernes memorable,
+ Mourelo se present&oacute; en el p&uacute;lpito sonriente, como sol&iacute;a
+ (ocho d&iacute;as antes se hab&iacute;a desacreditado el Obispo), salud&oacute;
+ al altar, salud&oacute; a la Audiencia y se dign&oacute; saludar al cat&oacute;lico
+ auditorio. Su mirada escudri&ntilde;&oacute; los rincones de la Iglesia
+ para ver si, conforme le hab&iacute;an anunciado, alg&uacute;n
+ libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven
+ podridos, estaba oy&eacute;ndole. Vio dos o tres que &eacute;l conoc&iacute;a,
+ y pens&oacute;: &laquo;Me alegro; ahora ver&eacute;is lo que es bueno&raquo;.
+ El regente&mdash;que no era Quintanar&mdash;con el entrecejo arrugado y la
+ toga tersa, sentado en medio de la nave en un sill&oacute;n de terciopelo
+ y oro, contemplaba al predicador, prepar&aacute;ndose a separar el grano
+ de la paja, dado que hubiera de todo. Otros magistrados, menos inclinados
+ a la cr&iacute;tica, se dispon&iacute;an a dormir disimuladamente, vali&eacute;ndose
+ de recursos que les suministraba la experiencia de estrados.
+ </p>
+ <p>
+ Glocester se fue al grano en seguida. La ant&iacute;frasis, el eufemismo,
+ la alusi&oacute;n, el sarcasmo, todos los proyectiles de su ret&oacute;rica,
+ que &eacute;l cre&iacute;a solapada y h&aacute;bil, los arroj&oacute;
+ sobre el imp&iacute;o Arouet, como &eacute;l llamaba a Voltaire siempre.
+ Porque Mourelo andaba todav&iacute;a a vueltas con el pobre Voltaire; de
+ los modernos imp&iacute;os sab&iacute;a poco; algo de Renan y de alg&uacute;n
+ ap&oacute;stata espa&ntilde;ol, pero nada m&aacute;s. Nombres propios casi
+ ninguno: el grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de
+ los establos de Epicuro y otras colectividades as&iacute; hac&iacute;an el
+ gasto; pero nada de Strauss ni de las luchas exeg&eacute;ticas de Tubinga
+ y G&ouml;tinga: amigo, esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia
+ de Glocester.
+ </p>
+ <p>
+ Voltaire, y a veces el extraviado fil&oacute;sofo ginebrino, pagaban el
+ pato. Pero no; otro caballo de batalla ten&iacute;a el Arcediano: el
+ paganismo, la antigua idolatr&iacute;a. Aquel d&iacute;a, el viernes,
+ estuvo oportun&iacute;simo burl&aacute;ndose de los egipcios. Al regente
+ le cost&oacute; trabajo contener la risa, que procuraba excitar Glocester.
+ </p>
+ <p>
+ Aquellos grand&iacute;simos puercos que adoraban gatos, puerros y
+ cebollas, le hac&iacute;an mucha gracia al orador sagrado. &laquo;&iexcl;Con
+ qu&eacute; sandunga les tomaba el pelo a los egipcios!&raquo;, seg&uacute;n
+ expresi&oacute;n de Joaquinito Orgaz, religioso por buen tono y que cre&iacute;a
+ sinceramente que era un disparate la idolatr&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;S&iacute;, Se&ntilde;or Excelent&iacute;simo, s&iacute;, cat&oacute;lico
+ auditorio, aquellos habitantes de las orillas del Nilo, aquellos ciegos
+ cuya sabidur&iacute;a nos mandan admirar los autores imp&iacute;os,
+ adoraban el puerro, el ajo, la cebolla&raquo;. <i>&laquo;&iexcl;Risum
+ teneatis! &iexcl;Risum teneatis!&raquo;</i> repet&iacute;a encar&aacute;ndose
+ con el perro de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de
+ enfrente. El perro no se re&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus s&uacute;bditos
+ con tales cuchufletas. &laquo;&iquest;D&oacute;nde ten&iacute;an la cabeza
+ aquellos hombres que adoraban tales inmundicias?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal, Trabuco, que admir&oacute; aquel serm&oacute;n, dos meses despu&eacute;s
+ sacaba partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y
+ dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Se&ntilde;ores, lo que sostengo aqu&iacute; y en todos los
+ terrenos, es que si proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio
+ civil, pronto volveremos a la idolatr&iacute;a, y seremos como los
+ antiguos egipcios, adoradores de Isis y <i>Busilis</i>; una gata y un
+ perro seg&uacute;n creo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El regente opin&oacute;, y con &eacute;l toda la Territorial, que el se&ntilde;or
+ Mourelo, arcediano, hab&iacute;a estado a mayor altura que el se&ntilde;or
+ Obispo. Esto cundi&oacute; por las tertulias, corrillos y paseos, y
+ cuantos pretend&iacute;an pasar plaza de personas instruidas, lamentaron
+ que no hubiera m&aacute;s fondo en los sermones del prelado, que no se
+ preparase y que <i>se prodigara tanto</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Al cabo, la opini&oacute;n lleg&oacute; a decir esto, aunque ya sin el
+ visto bueno de Glocester:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Que hab&iacute;a que desenga&ntilde;arse; el verdadero
+ predicador de Vetusta era el Magistral&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pronto fue tal opini&oacute;n un lugar com&uacute;n, una frase hecha, y
+ desde entonces la fama del Obispo como orador se perdi&oacute;
+ irremisiblemente. Cuando en Vetusta se dec&iacute;a algo por rutina, era
+ imposible que idea contraria prevaleciese.
+ </p>
+ <p>
+ Y as&iacute;, fue en vano que en cierto serm&oacute;n de Semana Santa
+ Fortunato estuviera sublime al describir la crucifixi&oacute;n de Cristo.
+ </p>
+ <p>
+ Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto
+ estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por
+ los pa&ntilde;os negros que cubr&iacute;an altares, columnas y paredes; s&oacute;lo
+ all&aacute;, en el tabern&aacute;culo, brillaban p&aacute;lidos algunos
+ cirios largos y estrechos, lamiendo casi con la llama los pies del Cristo,
+ que goteaban sangre; el sudor pintado reflejaba la luz con tonos de
+ tristeza. El Obispo hablaba con una voz de trueno lejano, sumido en la
+ sombra del p&uacute;lpito; s&oacute;lo se ve&iacute;a de &eacute;l, de vez
+ en cuando, un reflejo morado y una mano que se extend&iacute;a sobre el
+ auditorio. Describ&iacute;a el crujir de los huesos del pecho del Se&ntilde;or
+ al relajar los verdugos las piernas del m&aacute;rtir, para que llegaran
+ los pies al madero en que iban a clavarlos. Jes&uacute;s se encog&iacute;a,
+ todo el cuerpo tend&iacute;a a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban;
+ ellos vencer&iacute;an. &laquo;&iexcl;Dios m&iacute;o! &iexcl;Dios m&iacute;o!&raquo;,
+ exclamaba el Justo, mientras su cuerpo dislocado se romp&iacute;a dentro
+ con chasquidos sordos. Los verdugos se irritaban contra la propia torpeza;
+ no acababan de clavar los pies.... Sudaban jadeantes y maldicientes; su
+ aliento manchaba el rostro de Jes&uacute;s.... &laquo;&iexcl;Y era un
+ Dios! &iexcl;el Dios &uacute;nico, el Dios de ellos, el nuestro, el de
+ todos! &iexcl;Era Dios!...&raquo; gritaba Fortunato horrorizado, con las
+ manos crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fr&iacute;a
+ del pilar; temblando ante una visi&oacute;n, como si aquel aliento de los
+ sayones hubiese tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran all&iacute;,
+ suspendidos en la sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La
+ inmensa tristeza, el horror infinito de la ingratitud del hombre matando a
+ Dios, absurdo de maldad, los sinti&oacute; Fortunato en aquel momento con
+ desconsuelo inefable, como si un universo de dolor pesara sobre su coraz&oacute;n.
+ Y su adem&aacute;n, su voz, su palabra supieron decir lo indecible,
+ aquella pena. &Eacute;l mismo, aunque de lejos, y como si se tratara de
+ otro, comprendi&oacute; que estaba siendo sublime; pero esta idea pas&oacute;
+ como un rel&aacute;mpago, se olvid&oacute; de s&iacute;, y no qued&oacute;
+ en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia del ap&oacute;stol,
+ a no ser alg&uacute;n ni&ntilde;o de imaginaci&oacute;n fuerte y fresca
+ que por vez primera o&iacute;a la descripci&oacute;n de la escena del
+ Calvario.
+ </p>
+ <p>
+ A las pausas elocuentes, cargadas de efectos pat&eacute;ticos, a que
+ obligaba al Obispo la fuerza de la emoci&oacute;n, contestaban abajo los
+ suspiros de ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la
+ mayor&iacute;a del auditorio. Eran los sollozos indispensables de los d&iacute;as
+ de Pasi&oacute;n, los mismos que se exhalaban ante un serm&oacute;n de
+ cura de aldea, mitad suspiros, mitad eruptos de la vigilia.
+ </p>
+ <p>
+ Las se&ntilde;oras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y
+ hasta pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado &laquo;se
+ hab&iacute;a descompuesto&raquo;, tal vez se hab&iacute;a perdido. &laquo;Aquello
+ era sacar el Cristo&raquo;. El p&uacute;lpito no era aquello. Glocester,
+ desde un rinc&oacute;n, se escandalizaba para sus adentros. &laquo;&iexcl;Pero
+ <i>eso</i> es un c&oacute;mico!&raquo; pensaba; y pensaba repetirlo en
+ saliendo. Cre&iacute;a haber encontrado una frase: &laquo;&iexcl;Pero <i>eso</i>
+ es un c&oacute;mico!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no era c&oacute;mico, ni tr&aacute;gico, ni &eacute;pico.
+ &laquo;No le gustaba sacar el Cristo&raquo;. En general prescind&iacute;a
+ en sus sermones de la epopeya cristiana y pocas veces predic&oacute; en la
+ Semana de Pasi&oacute;n. &laquo;Rehu&iacute;a los lugares comunes&raquo;,
+ seg&uacute;n don Saturnino Berm&uacute;dez. La verdad era que De Pas no
+ ten&iacute;a en su imaginaci&oacute;n la fuerza pl&aacute;stica necesaria
+ para pintar las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con
+ vigor. Cada vez que necesitaba repetir lo de: &laquo;<i>Y el verbo se hizo
+ carne</i>&raquo; en lugar del pesebre y el Ni&ntilde;o Dios ve&iacute;a,
+ dentro del cerebro, las letras encarnadas del Evangelio de San Juan, en un
+ cuadro de madera en medio de un altar: <i>Et Verbum caro factum est</i>.
+ </p>
+ <p>
+ En cierta &eacute;poca, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda
+ le hab&iacute;a atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si
+ quer&iacute;a figurarse la vida de Jes&uacute;s, que ya ten&iacute;a miedo
+ de tales im&aacute;genes; hu&iacute;a de ellas, no quer&iacute;a
+ quebraderos de cabeza. &laquo;Bastante ten&iacute;a &eacute;l en qu&eacute;
+ pensar&raquo;. Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto
+ de las artes pl&aacute;sticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los
+ cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del
+ dogma le gustaba la teolog&iacute;a pura, la abstracci&oacute;n, y al
+ dogma prefer&iacute;a la moral. La vocaci&oacute;n de la filosof&iacute;a
+ teol&oacute;gica y el prurito de la controversia hab&iacute;an nacido ya
+ en el seminario; su esp&iacute;ritu se hab&iacute;a empapado all&iacute;
+ de la pasi&oacute;n de escuela, que suple muchas veces al entusiasmo de la
+ verdadera fe. La experiencia de la vida hab&iacute;a despertado su afici&oacute;n
+ a los estudios morales. Le&iacute;a con deleite los <i>Caracteres de La
+ Bruy&egrave;re</i>; de los libros de Balmes s&oacute;lo admiraba <i>El
+ Criterio</i> y&mdash;&iexcl;quien se lo hubiera dicho al se&ntilde;or
+ Carraspique!&mdash;en las novelas, prohibidas tal vez, de autores
+ contempor&aacute;neos, estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba
+ observaciones, comparando su experiencia con la ajena.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Cu&aacute;ntas veces sonre&iacute;a el Magistral con cierta l&aacute;stima
+ al leer en un autor imp&iacute;o las aventuras ideales de un presb&iacute;tero!
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; de escr&uacute;pulos! &iexcl;qu&eacute; de
+ sinuosidades! &iexcl;cu&aacute;ntos rodeos para pecar! y despu&eacute;s
+ &iexcl;qu&eacute; de remordimientos! Estos liberales&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a
+ para s&iacute;&mdash;ni siquiera saben tener mala intenci&oacute;n. Estos
+ curas se parecen a los m&iacute;os como los reyes de teatro se parecen a
+ los reyes&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los sermones de don Ferm&iacute;n ten&iacute;an por asunto casi siempre o
+ la lucha con la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los
+ vicios y virtudes y sus consecuencias. &Eacute;l prefer&iacute;a esta
+ &uacute;ltima materia. De vez en cuando, para conservar su fama de sabio
+ entre las <i>personas ilustradas</i> de Vetusta, la emprend&iacute;a con
+ los infieles y herejes. Pero no se remontaba a los egipcios, ni siquiera a
+ Voltaire. Los herejes que descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba
+ a los protestantes; se burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con
+ arte el lado flaco de sus doctrinas y de su disciplina eclesi&aacute;stica.
+ Describiendo a veces los Consistorios de Berl&iacute;n hac&iacute;a pensar
+ al auditorio: &laquo;&iexcl;Pero aquellos desgraciados est&aacute;n locos!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No era su af&aacute;n pintar a los enemigos como criminales encenagados en
+ el error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del
+ predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hac&iacute;a una
+ sola; nac&iacute;a el entusiasmo cordial, magn&eacute;tico de dos
+ vanidades conformes.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;L&aacute;stima que tantos y tantos millones de hombres como
+ viven en las tinieblas de la idolatr&iacute;a, de la herej&iacute;a, etc.,
+ no tuviesen el talento natural de los vetustenses api&ntilde;ados en el
+ crucero de la catedral, alrededor del p&uacute;blico! La salvaci&oacute;n
+ del mundo ser&iacute;a un hecho&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El empe&ntilde;o constante del Magistral en la <i>c&aacute;tedra</i> era
+ demostrar &laquo;matem&aacute;ticamente&raquo; la verdad del dogma.
+ &laquo;Prescindamos por un momento del auxilio de la fe, ayud&eacute;monos
+ s&oacute;lo de nuestra raz&oacute;n.... Ella basta para probar...&raquo;.
+ &iexcl;Gran inter&eacute;s pon&iacute;a en que la raz&oacute;n bastase!
+ &laquo;La raz&oacute;n no explica los misterios, es verdad: pero explica
+ que no se expliquen&raquo;.&mdash;&laquo;Esto es mec&aacute;nico&raquo;,
+ repet&iacute;a, descendiendo gustoso al estilo familiar. En tales momentos
+ su elocuencia era sincera; cuando tra&iacute;a entre ceja y ceja un
+ argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su <i>a+b</i> teol&oacute;gico-racional
+ cualquier art&iacute;culo de fe, hablaba con calor, con entusiasmo.
+ Entonces, s&oacute;lo entonces se descompon&iacute;a un poco; dejaba los
+ ademanes acompasados, suaves, acad&eacute;micos, y encog&iacute;a las
+ piernas, se bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el
+ argumento contrario, daba palmadas r&aacute;pidas, sin medida sobre el p&uacute;lpito,
+ se arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que ten&iacute;a en
+ los ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo
+ ronca.... Pero &iexcl;ay! esto era perderse. <i>Su</i> p&uacute;blico no
+ entend&iacute;a aquello... y De Pas volv&iacute;a a ser quien era, se ergu&iacute;a,
+ doblaba las puntas de acero y tornaba a descargar citas sobre los
+ abrumados vetustenses, que sal&iacute;an de all&iacute; con jaqueca y
+ diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; hombre! &iexcl;qu&eacute; sabidur&iacute;a!
+ &iquest;cu&aacute;ndo aprender&aacute; estas cosas? &iexcl;Sus d&iacute;as
+ deben de ser de cuarenta y ocho horas!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Las damas, aunque admiraban tambi&eacute;n aquello de que Renan copia a
+ los alemanes, y lo de que no hay m&aacute;s sabios que el P. Secchi y
+ otros cinco o seis jesuitas, con lo dem&aacute;s de G&ouml;tinga y de
+ Tubinga y lo del orientalista Oppert, etc., etc., prefer&iacute;an o&iacute;r
+ al Magistral en sus <i>sermones de costumbres</i> y &eacute;l tambi&eacute;n
+ prefer&iacute;a agradar a las se&ntilde;oras. Si en los asuntos dogm&aacute;ticos
+ buscaba el auxilio de <i>la sana raz&oacute;n</i>, en los temas de moral
+ iba siempre a parar a la utilidad. La salvaci&oacute;n era un negocio, el
+ gran negocio de la vida. Parec&iacute;a un Bastiat del p&uacute;lpito.
+ &laquo;El inter&eacute;s y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es <i>entenderla</i>&raquo;.
+ Los muchos indianos que o&iacute;an al Magistral sonre&iacute;an de placer
+ ante aquellas f&oacute;rmulas de la salvaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qui&eacute;n se lo hubiera dicho! despu&eacute;s de haber
+ hecho su fortuna en Am&eacute;rica, ahora en el <i>pa&iacute;s natal</i>,
+ sin moverse de casa, pod&iacute;an ganar f&aacute;cilmente el cielo.
+ &iexcl;Hab&iacute;an nacido de pies!&raquo;. Seg&uacute;n De Pas, los
+ malvados eran otros tontos, como los herejes. Y tambi&eacute;n aquello era
+ mec&aacute;nico, tambi&eacute;n lo demostraba por <i>a+b</i>. Pintaba a
+ veces, con rasgos dignos de Moli&egrave;re o de Balzac, el tipo del avaro,
+ del borracho, del embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y
+ despu&eacute;s de las vicisitudes de una existencia m&iacute;sera
+ resultaba siempre que <i>lo peor era para &eacute;l</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Su estudio m&aacute;s acabado era el del joven que se entrega a la
+ lujuria. Le presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor,
+ lleno de gracia, de sue&ntilde;os de grandezas, esperanza de los suyos y
+ de la patria... y despu&eacute;s, seco, fr&iacute;o, hastiado, mustio, in&uacute;til.
+ </p>
+ <p>
+ Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las v&iacute;ctimas
+ del vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entend&iacute;an
+ las se&ntilde;oras y los indianos perfectamente. El resumen que hac&iacute;an
+ de ella en sus adentros era este:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Guarda Pablo!&raquo;. &laquo;&iexcl;Qu&eacute; raz&oacute;n
+ tiene!&raquo;, pensaban muchas damas al o&iacute;rle hablar del adulterio.
+ Las m&aacute;s de estas eran <i>mujeres honradas</i> que no hab&iacute;an
+ sido ad&uacute;lteras, que no hab&iacute;an hecho m&aacute;s que <i>tontear,
+ como todas</i>. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Ferm&iacute;n
+ que el imprudente contaba desde el p&uacute;lpito lo que ellas le hab&iacute;an
+ dicho en el confesonario.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n en el tribunal de la penitencia hab&iacute;a derrotado el
+ Provisor al Obispo.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Camoir&aacute;n lleg&oacute; a Vetusta, se vio acosado por el <i>bello
+ sexo</i> de todas las clases: todas quer&iacute;an al Obispo por padre
+ espiritual. Pero en el confesonario se desacredit&oacute; antes que en el
+ p&uacute;lpito. &iexcl;Era tan soso! Y ten&iacute;a la manga muy estrecha
+ y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba mucho y a todas les dec&iacute;a
+ casi lo mismo. Adem&aacute;s, era demasiado madrugador y ni siquiera
+ guardaba consideraciones a las se&ntilde;oras delicadas. Se pon&iacute;a
+ en el confesonario al ser de d&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la
+ capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas
+ pobres, ten&iacute;a poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por <i>rigorosa
+ antig&uuml;edad</i>, como en una peluquer&iacute;a, sin tener en cuenta si
+ eran amas o criadas. &laquo;Era demasiado <i>hacer el ap&oacute;stol</i>&raquo;.
+ Se le dej&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Pronto se vio rodeado nada m&aacute;s de populacho madrugador. Canteros,
+ alba&ntilde;iles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas
+ tocadas de misticismo m&aacute;s o menos aut&eacute;ntico, chalequeras y
+ ribeteadoras, este fue su pueblo de penitentes bien pronto. &laquo;Por eso
+ &eacute;l se quejaba, muy afligido, de las malas costumbres y de los
+ muchos nacimientos ileg&iacute;timos que deb&iacute;a de haber, seg&uacute;n
+ su cuenta. &iexcl;Si tratara con se&ntilde;oritas!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En una ocasi&oacute;n lleg&oacute; a decirle al Gobernador civil:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, &iquest;no estar&iacute;a en sus atribuciones de usted
+ prohibir el paseo de la zapatilla?
+ </p>
+ <p>
+ Alud&iacute;a el Obispo al paseo de los artesanos en el <i>Boulevard</i>,
+ entre luz y luz.
+ </p>
+ <p>
+ Cre&iacute;a que de all&iacute; y de los bailes peseteros del teatro nac&iacute;a
+ la corrupci&oacute;n creciente de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; era el buen Fortunato Camoir&aacute;n, prelado de la di&oacute;cesis
+ exenta de Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el
+ Provisor en cuanto entr&oacute; en el sal&oacute;n reprendi&oacute; con
+ una mirada como un rayo.
+ </p>
+ <p>
+ El Obispo estaba sentado en un sill&oacute;n y las dos se&ntilde;oras en
+ el sof&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Eran Visita, la del Banco, y Olvido P&aacute;ez, la hija de P&aacute;ez el
+ Americano, el segundo millonario de la Colonia.
+ </p>
+ <p>
+ El Obispo al ver al Magistral se ruboriz&oacute;, como un estudiante de
+ lat&iacute;n sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Qu&eacute; era aquello?&raquo;, quer&iacute;a decir la
+ mirada del Magistral, que salud&oacute; a las se&ntilde;oras inclin&aacute;ndose
+ con gracia y coqueter&iacute;a inocente. &laquo;&iexcl;Unas se&ntilde;oras
+ con el Obispo! &iexcl;Y ning&uacute;n caballero las acompa&ntilde;aba!
+ Esto era nuevo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cosas de Visitaci&oacute;n. Se trataba de seducir a su Ilustr&iacute;sima
+ para que fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a
+ la virtud, <i>organizado</i> por cierto circulo filantr&oacute;pico. El c&iacute;rculo
+ se llamaba <i>La Libre Hermandad</i>, nombre feo, poco espa&ntilde;ol y
+ con olor nada santo. En tal sociedad hab&iacute;a una junta de caballeros
+ y otra <i>agregada</i> de damas <i>protectrices</i> (gram&aacute;tica del
+ Presidente del c&iacute;rculo.)
+ </p>
+ <p>
+ <i>La Libre Hermandad</i> se hab&iacute;a fundado con ciertos aires de
+ instituci&oacute;n independiente <i>de todo yugo religioso</i>, y su
+ primer presidente fue el se&ntilde;or don Pompeyo Guimar&aacute;n, que de
+ milagro no estaba excomulgado y que no comulgaba jam&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Era el c&iacute;rculo algo como una oposici&oacute;n a <i>Las Hermanitas
+ de los Pobres</i>, a la <i>Santa Obra del Catecismo</i>, a las <i>Escuelas
+ Dominicales</i>, etc., etc. Desde luego se le declar&oacute; la guerra por
+ el elemento religioso y a los pocos meses no hab&iacute;a un pobre en todo
+ el Ayuntamiento de Vetusta que quisiera las limosnas, los premios, ni la
+ ense&ntilde;anza de <i>La Libre Hermandad</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Las ni&ntilde;as de las <i>Escuelas Dominicales</i> y los chiquillos del
+ <i>Catecismo</i>, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Santo Dios, Santo Fuerte,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">Santo Inmortal,</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ y lo de
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Venid y vamos todos</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">con flores a Mar&iacute;a,</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ inventaron un cantar contra el C&iacute;rculo. Dec&iacute;a as&iacute;:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Los ni&ntilde;os pobres no quieren</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">ir a la Libre Hermandad,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">los ni&ntilde;os pobres prefieren</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">la Cristiana Caridad.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ La <i>cristiana caridad</i> y la perfecci&oacute;n de la rima revelaban el
+ estilo de don Custodio el beneficiado, que era&mdash;a tanto hab&iacute;a
+ llegado&mdash;director de las Escuelas Dominicales de ni&ntilde;as pobres.
+ </p>
+ <p>
+ La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunci&oacute;n sin el valeroso
+ sacrificio de su Presidente. Comprendi&oacute; el se&ntilde;or Guimar&aacute;n
+ que los tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras
+ letras y present&oacute; su dimisi&oacute;n &laquo;sacrific&aacute;ndose,
+ dec&iacute;a, no a las imposiciones del fanatismo, sino al bien de los ni&ntilde;os
+ abandonados&raquo;. Con la dimisi&oacute;n de don Pompeyo y la feliz idea
+ de crear la junta agregada de damas <i>protectrices</i> gan&oacute; algo
+ la sociedad ben&eacute;fica, y ya no se la hizo guerra sin cuartel. Pero a&uacute;n
+ no hab&iacute;a lavado su pecado original que llevaba en el nombre. El
+ Provisor despreciaba el tal c&iacute;rculo.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n fue la primera dama agregada, por su prurito de
+ agregarse a todo. Actualmente era la tesorera de las <i>protectrices</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Se trataba ahora de borrar los &uacute;ltimos vestigios de herej&iacute;a
+ o lo que fuese, congraci&aacute;ndose con la catedral y rogando al se&ntilde;or
+ Obispo que presidiera el solemne reparto de premios aquel a&ntilde;o.
+ &laquo;Pero &iquest;qui&eacute;n le pon&iacute;a el cascabel al gato?&mdash;Visitaci&oacute;n,
+ la del Banco&raquo;. &iquest;Qui&eacute;n m&aacute;s a prop&oacute;sito
+ para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidi&oacute; que en su
+ visita le acompa&ntilde;ase otra dama de <i>viso</i>. Ninguna quiso ir, no
+ se atrev&iacute;an. Se vot&oacute; y se nombr&oacute; a Olvido P&aacute;ez,
+ por la representaci&oacute;n de su pap&aacute; y lo bienquista que era la
+ joven en Palacio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;S&iacute;&mdash;dec&iacute;a en la junta Visitaci&oacute;n&mdash;que
+ venga Olvido; as&iacute; no creer&aacute; el Magistral que el tiro va
+ contra &eacute;l; porque, como a m&iacute; no me puede ver...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la ten&iacute;a
+ por una grand&iacute;sima cualquier cosa. Era de las pocas se&ntilde;oras
+ que ayudaban al Arcediano en su conspiraci&oacute;n contra el Vicario
+ general. Sin embargo, Visita confesaba a veces con don Ferm&iacute;n, a
+ pesar de los desaires de este. &laquo;Ya sab&iacute;a &eacute;l a qu&eacute;
+ iba all&iacute; aquella buena p&eacute;cora, pero chasco se llevaba; la
+ confesaba por los mandamientos y se acab&oacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Y qu&eacute; m&aacute;s? adelante; &iquest;y qu&eacute;
+ m&aacute;s? estilo Ripamil&aacute;n. A buena parte iba la correveidile de
+ Glocester&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Fortunato ya hab&iacute;a dado palabra de honor de ir a la solemne sesi&oacute;n
+ de La Libre Hermandad. Esto y el ver all&iacute; a la de P&aacute;ez, su m&aacute;s
+ fiel devota, agrav&oacute; el mal humor del Vicario. Le cost&oacute;
+ trabajo estar fino y cort&eacute;s y lo consigui&oacute; gracias a la
+ costumbre de dominarse y disimular. Visitaci&oacute;n se complac&iacute;a
+ en adivinar la c&oacute;lera del Provisor y le abrumaba a chistes, y le
+ mareaba con aquel atolondramiento &laquo;que a &eacute;l se le pon&iacute;a
+ en la boca del est&oacute;mago&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;oras m&iacute;as&mdash;dijo De Pas&mdash;hablemos
+ con formalidad un momento.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute;? &iquest;c&oacute;mo se entiende? &iquest;quiere
+ usted recoger velas, que se desdiga S. I.?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Creo, que...&mdash;&iexcl;Nada, nada! La palabra es palabra. Nos
+ vamos, nos vamos; ea, ea, conversaci&oacute;n; no oigo nada.... Vamos,
+ Olvido... no oigo... no oigo....
+ </p>
+ <p>
+ Por una especie de milagro ac&uacute;stico cada palabra de Visitaci&oacute;n
+ sonaba como siete; parec&iacute;a que estaba all&iacute; perorando toda la
+ junta de <i>protectrices</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Se levant&oacute; y se dirigi&oacute; a la puerta llevando como a remolque
+ a la de P&aacute;ez.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral protest&oacute; en vano: &laquo;Aquella sociedad la hab&iacute;a
+ fundado un ateo, era enemiga de la Iglesia...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No hay tal&mdash;grit&oacute; desde la puerta Visita&mdash;; si as&iacute;
+ fuera, no figurar&iacute;amos nosotras como damas agregadas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo lo soy&mdash;advirti&oacute; la de P&aacute;ez&mdash;por empe&ntilde;o
+ de esta que convenci&oacute; a pap&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;ores, si <i>La Libre Hermandad</i> ha cantado ya la
+ palinodia; si desde que ingresamos en ella nosotras, se acab&oacute; lo de
+ la libertad y toda esa jarana....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tiene raz&oacute;n&mdash;se atrevi&oacute; a decir el Obispo, a
+ quien todav&iacute;a enga&ntilde;aba el aturdimiento postizo de la del
+ Banco&mdash;; tiene raz&oacute;n esa loquilla....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No tiene tal!&mdash;grit&oacute; el Provisor, perdiendo un
+ estribo por lo menos&mdash;. No tiene tal; y esto ha sido... una
+ imprudencia.
+ </p>
+ <p>
+ Visita volvi&oacute; la cara y sac&oacute; la lengua. &laquo;&iexcl;C&oacute;mo
+ le trata!&raquo; pens&oacute;, envidiando a un hombre que osaba llamar
+ imprudente al Obispo.
+ </p>
+ <p>
+ Las damas salieron: S. I. qued&oacute; corrido; y despu&eacute;s de
+ indicar al Magistral que las acompa&ntilde;ara por los pasillos estrechos
+ y enrevesados, se puso en salvo, encerr&aacute;ndose en el oratorio, para
+ evitar explicaciones.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no pens&oacute; en buscarle.
+ </p>
+ <p>
+ La de P&aacute;ez iba con la cabeza baja. Tem&iacute;a tambi&eacute;n una
+ reprensi&oacute;n del prebendado. Este aprovech&oacute; un momento en que
+ Visita se detuvo para saludar a una familia que ella hab&iacute;a
+ recomendado al Obispo, y acerc&aacute;ndose al o&iacute;do de la joven
+ dijo en tono de paternal autoridad:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompa&ntilde;ar a esta...
+ loca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero si me votaron...&mdash;Si usted no fuera de esa junta...&mdash;Pap&aacute;
+ espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted por
+ convidado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, bueno; &iquest;no le gusta a usted o&iacute;r las verdades?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo que digo es que pap&aacute;...&mdash;Pues hoy no puedo ir... a
+ comer. Estoy convidado hace d&iacute;as... otro Francisco que... pero all&aacute;
+ nos veremos dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y
+ corriendo....
+ </p>
+ <p>
+ Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entr&oacute;,
+ dejando atr&aacute;s pasillos, galer&iacute;as y salones, en las oficinas
+ del gobierno eclesi&aacute;stico.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a su despacho el se&ntilde;or vicario general, y sin saludar
+ a los que all&iacute; le esperaban, se sent&oacute; en un sill&oacute;n de
+ terciopelo carmes&iacute; detr&aacute;s de una mesa de ministro cargada de
+ papeles atados con balduque. Apoy&oacute; los codos en el pupitre y
+ escondi&oacute; la cabeza entre las manos. Sab&iacute;a que le esperaban,
+ que pretend&iacute;an hablarle, pero fing&iacute;a no notarlo. Esta era
+ una de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiran&iacute;a;
+ as&iacute; humillaba a los subalternos; despreci&aacute;ndolos hasta no
+ verlos a los dos pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de
+ pez. La bilis le llegaba a los dientes. &iquest;Por qu&eacute;? Por nada.
+ Ning&uacute;n disgusto grave le hab&iacute;an dado; pero tantas peque&ntilde;eces
+ juntas le hab&iacute;an echado a perder aquel d&iacute;a que hab&iacute;a
+ cre&iacute;do feliz al ver el sol brillante, al lavarse alegre frente al
+ espejo. Primero su madre trat&aacute;ndole como a un chiquillo, record&aacute;ndole
+ las calumnias con que le persegu&iacute;an; despu&eacute;s las noticias
+ alarmantes y las bromas necias del m&eacute;dico, luego aquella Visitaci&oacute;n,
+ La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y sobre todo
+ aquel demonio de Obispo abrum&aacute;ndole con su humildad, record&aacute;ndole
+ nada m&aacute;s que con su presencia de liebre asustada toda una historia
+ de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia suya, la de
+ don Ferm&iacute;n... que... &iquest;para qu&eacute; ocult&aacute;rselo a s&iacute;
+ mismo? era poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo
+ Fortunato sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba m&aacute;s
+ que nunca. Ahora le parec&iacute;a que la superioridad intelectual del
+ vicario era nada enfrente de la grandeza moral del Obispo. &Eacute;l era
+ la &uacute;nica persona que sab&iacute;a comprender todo el valor de
+ Fortunato. &iexcl;Qu&eacute; po&eacute;ticas, qu&eacute; nobles, qu&eacute;
+ espirituales le parec&iacute;an ahora la virtud del otro, su elocuencia,
+ su culto rom&aacute;ntico de la Virgen! Y las propias habilidades &iexcl;qu&eacute;
+ ruines, qu&eacute; prosaicas! su car&aacute;cter fuerte y dominante,
+ &iexcl;qu&eacute; rid&iacute;culo en el fondo! &laquo;&iquest;A qui&eacute;n
+ dominaba &eacute;l? &iexcl;A escarabajos!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;grit&oacute; con voz agria,
+ levantando la cabeza y mirando a los escarabajos que ten&iacute;a
+ enfrente.
+ </p>
+ <p>
+ Eran un cl&eacute;rigo que parec&iacute;a seglar y un seglar que parec&iacute;a
+ cl&eacute;rigo; mal afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el
+ rostro lleno de p&uacute;as negras &aacute;speras; vest&iacute;an ambos de
+ paisano, pero como los curas de aldea; el alzacuello del cl&eacute;rigo
+ era blanco y estaba manchado con vino tinto y sudor grasiento; el cuello
+ de la camisa del otro parec&iacute;a tambi&eacute;n un alzacuello; usaba
+ corbat&iacute;n negro abrochado en el cogote.
+ </p>
+ <p>
+ Don Carlos Pel&aacute;ez, notario eclesi&aacute;stico que desempe&ntilde;aba
+ otros dos o tres cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de
+ ser una de las personas m&aacute;s influyentes en la curia eclesi&aacute;stica
+ y aun en el &aacute;nimo del se&ntilde;or Provisor. Bien iba a probarlo
+ ahora interponiendo su favor para arrancar al m&iacute;sero p&aacute;rroco
+ de Contracayes, aldea de la monta&ntilde;a, de las garras de la
+ disciplina. Hab&iacute;a habido <i>un soplo</i>, cosa de envidiosos, y el
+ Provisor sab&iacute;a que Contracayes (el cura) ten&iacute;a la debilidad
+ de convertir el confesonario en escuela de seducci&oacute;n. De Pas hab&iacute;a
+ querido echar todo el peso de la censura eclesi&aacute;stica y las m&aacute;s
+ severas penas sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario hab&iacute;a
+ consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el p&aacute;rroco
+ monta&ntilde;&eacute;s, prometiendo que, si advert&iacute;a en &eacute;l
+ verdadero arrepentimiento, se contentar&iacute;a con un castigo de car&aacute;cter
+ reservado, que en nada perjudicar&iacute;a la fama del cl&eacute;rigo,
+ gran elector, y muy buen partidario de la causa &oacute;ptima.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;repiti&oacute; el Magistral,
+ sonriendo por m&aacute;quina al notario. Pel&aacute;ez se&ntilde;al&oacute;
+ a su compa&ntilde;ero, que era un buen mozo, moreno, de cejas muy
+ pobladas, ce&ntilde;o adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego,
+ boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez. Parec&iacute;a
+ todo &eacute;l tiznado, y no lo estaba; ten&iacute;a tanto de carbonero
+ como de cura; aquel matiz de las p&uacute;as negras entre la carne
+ amoratada de las mejillas se hubiera cre&iacute;do que le cubr&iacute;a
+ todo el cuerpo. Nunca se hab&iacute;a visto enfrente del Provisor, a quien
+ tem&iacute;a por los rayos que manejaba, pero nada m&aacute;s hasta el
+ punto que un gigant&oacute;n salvaje puede temer a quien puede aplastar,
+ en &uacute;ltimo caso, de una pu&ntilde;ada. Not&oacute; don Ferm&iacute;n
+ que Contracayes estaba m&aacute;s aturdido que atemorizado. Salud&oacute;
+ el cura con un gru&ntilde;ido, y el Provisor no contest&oacute; siquiera.
+ </p>
+ <p>
+ El notario se volvi&oacute; todo mieles; se sent&oacute; de soslayo en una
+ silla para dar a entender al cura que estaba all&iacute; como en su casa;
+ hablaba con el lenguaje m&aacute;s familiar posible, sin pecar de
+ irreverente; se permit&iacute;a bromitas y estuvo a punto de declarar que
+ el pecado de solicitaci&oacute;n no era de los m&aacute;s feos y que se
+ podr&iacute;a echar tierra f&aacute;cilmente al asunto. Y como el
+ Magistral arrugase el ce&ntilde;o, Pel&aacute;ez mud&oacute; de conversaci&oacute;n
+ y habl&oacute; con falso aturdimiento de las &uacute;ltimas elecciones y
+ hasta aludi&oacute; a las haza&ntilde;as de cierto cura de la monta&ntilde;a
+ que conoc&iacute;a &eacute;l, que hab&iacute;a metido el resuello en el
+ cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes sonri&oacute; como un
+ oso que supiera hacerlo.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes
+ que tendr&iacute;a aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se
+ hab&iacute;a hablado palabra del <i>negocio</i> y hasta el mismo Pel&aacute;ez
+ comprendi&oacute; que hab&iacute;a que abordar la <i>cuesti&oacute;n
+ espinosa</i>. Don Ferm&iacute;n, recordando de repente su mal humor, sus
+ contratiempos del d&iacute;a, se puso en pie y encar&aacute;ndose con el p&aacute;rroco&mdash;que
+ tambi&eacute;n se levant&oacute; como si fueran a atacarle&mdash;dijo con
+ voz &aacute;spera:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or m&iacute;o, estoy enterado de todo, y tengo el
+ disgusto de decirle que su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio
+ Tridentino considera el delito que usted ha cometido, como semejante al de
+ herej&iacute;a. No s&eacute; si usted sabr&aacute; que la Constituci&oacute;n
+ <i>Universi Domini</i> de 1622, dada por la santidad de Gregorio XV le
+ llama a usted y a otro como usted execrables traidores, y la pena que se&ntilde;ala
+ al crimen de solicitar <i>ad turpia</i> a las penitentes, es sever&iacute;sima;
+ y manda adem&aacute;s que sea usted degradado y entregado al brazo
+ secular.
+ </p>
+ <p>
+ El p&aacute;rroco abri&oacute; los ojos mucho y mir&oacute; espantado al
+ notario, que, a espaldas de don Ferm&iacute;n, le gui&ntilde;&oacute; un
+ ojo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Benedicto XIV&mdash;continu&oacute; el Magistral&mdash;confirm&oacute;
+ respecto de los solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio
+ XV... y, en fin, por donde quiera que se mire el asunto est&aacute; usted
+ perdido....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo cre&iacute;a...&mdash;&iexcl;Cre&iacute;a usted mal, se&ntilde;or
+ m&iacute;o! Y si usted duda de mi palabra, ah&iacute; tiene usted en ese
+ estante a Giraldi &laquo;<i>Expositio juris Pontificii</i> que en el tomo
+ II, parte 1.&ordm;, trata la cuesti&oacute;n con gran copia de datos...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El se&ntilde;or Pel&aacute;ez estaba acostumbrado al estilo del Provisor,
+ que nunca era m&aacute;s erudito que al echar la zarpa sobre una v&iacute;ctima.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or&mdash;se atrevi&oacute; a decir Contracayes, algo
+ amostazado y perdiendo mucha parte del miedo&mdash;; con la palabra de V.
+ S. tengo ya bastante, y no es de los sagrados c&aacute;nones de lo que me
+ quejo, sino de mi mala suerte que me hizo resbalar y caer donde otros
+ muchos, much&iacute;simos que conozco resbalan pero no caen.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se volvi&oacute; de pronto, como si le hubiesen mordido en la
+ espalda.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Salga usted de aqu&iacute;, se&ntilde;or insolente, y no me
+ duerma usted en Vetusta!...&mdash;grit&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;or...&mdash;&iexcl;Silencio digo! silencio y
+ obediencia o duerme usted en la c&aacute;rcel de la corona....
+ </p>
+ <p>
+ Y el Magistral descarg&oacute; un pu&ntilde;etazo formidable sobre la
+ mesa-escritorio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pues para este viaje no necesit&aacute;bamos alforjas!&mdash;grit&oacute;
+ Contracayes, no menos furioso, volvi&eacute;ndose al consternado Pel&aacute;ez,
+ que no hab&iacute;a previsto aquel choque de dos malos genios.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;ores, calma...&mdash;&iexcl;Fuera de aqu&iacute;,
+ so tunante!&mdash;grit&oacute; el Magistral terciando el manteo,
+ descomponi&eacute;ndose contra su costumbre...&mdash;. &iexcl;Desgraciado
+ de ti! Date por perdido, mal cl&eacute;rigo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero yo qu&eacute; he dicho, se&ntilde;or?&mdash;exclam&oacute;
+ el p&aacute;rroco, que se asust&oacute; un poco ante la actitud de aquel
+ hombre, en quien reconoc&iacute;a la superioridad moral de un J&uacute;piter
+ eclesi&aacute;stico.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto conoci&oacute; que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando
+ el oleaje de su c&oacute;lera; y al fin, p&aacute;lido, pero con voz ya
+ serena:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Salga usted&mdash;dijo se&ntilde;alando a la puerta&mdash;, salga
+ usted... libre por ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la
+ ciudad, ni hable con alma viviente de lo ocurrido aqu&iacute;... y en
+ cuanto a su crimen execrable, yo me entender&eacute;, sin necesidad de ver
+ a usted, con el se&ntilde;or Pel&aacute;ez, y &eacute;l le comunicar&aacute;
+ lo que resolvamos.
+ </p>
+ <p>
+ El cl&eacute;rigo quiso humillarse, pedir perd&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Salga usted inmediatamente. Sali&oacute;. Pel&aacute;ez temblando y
+ l&iacute;vido se atrevi&oacute; a decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Cu&aacute;nto siento!... se&ntilde;or Magistral....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal d&iacute;a. Estoy
+ nervioso. Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no cont&eacute;
+ con mi mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la
+ ira....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, no, eso no! &eacute;l s&iacute; que es un animal, un
+ salvaje....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, es un salvaje... pero por lo mismo deb&iacute; tratarle
+ de otro modo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo que yo no perdono es el disgusto....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Deje usted, deje usted; hablaremos de ese brib&oacute;n... otro d&iacute;a.
+ Hoy no puedo... hoy... me ser&iacute;a imposible prometer a usted suavizar
+ los rigores de la ley que est&aacute; terminante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;... pero, como nunca se aplica....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar.
+ En fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; tambi&eacute;n Pel&aacute;ez y De Pas, entonces a solas con
+ su pensamiento, dej&oacute; que le subiera al rostro la sangre amontonada
+ por la verg&uuml;enza...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; degradaci&oacute;n!&raquo; pens&oacute;; y se
+ puso a dar paseos por el despacho, como una fiera en su jaula.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando se sinti&oacute; m&aacute;s sereno, toc&oacute; un timbre. Entr&oacute;
+ un joven alto, tonsurado, p&aacute;lido y triste, t&iacute;sico
+ probablemente. Era un primo del Magistral que hac&iacute;a all&iacute;
+ veces de secretario.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hab&eacute;is o&iacute;do?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Voces; nada.&mdash;El cura de Contracayes, que es un salvaje....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;...&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;Nada
+ urgente.&mdash;&iquest;De modo que puedo irme? No me necesit&aacute;is....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No; hoy no.&mdash;Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no
+ estoy para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dej&eacute;
+ el despacho tan pronto... creer&aacute; que estoy enfermo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;, eso s&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de P&aacute;ez,
+ &iquest;vino ya?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;.&mdash;&iquest;Est&aacute; corriente, puedo llev&aacute;rmela
+ ahora?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ah&iacute; la tienes, en ese cartapacio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Va en regla todo? &iquest;Podr&aacute; doblar el coadjutor
+ de Parves?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Todo va en regla.&mdash;Aqu&iacute; veo una tarjeta de don Saturno
+ Berm&uacute;dez. &iquest;A qu&eacute; vino?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el
+ cura de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le
+ ha hecho decir don Saturno....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y que no le quiere pagar.&mdash;Es su costumbre. Est&aacute; empe&ntilde;ado
+ con todo el clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosi&oacute;
+ con violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus <i>ingleses</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El cura de Tamaza es un vocinglero....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero pide lo que le deben...&mdash;Pero no se puede hacer nada....
+ &iquest;Quieres t&uacute; que yo me ponga de punta con el obispillo de
+ levita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso no. Lo pagar&iacute;amos en el <i>L&aacute;baro</i> que
+ &eacute;l inspira y que ahora te trata bien. A prop&oacute;sito de peri&oacute;dicos;
+ ayer ven&iacute;a en &laquo;<i>La Caridad</i>&raquo; de Madrid, una
+ correspondencia de Vetusta, y, mucho me enga&ntilde;o, o en ella andaba la
+ mano de Glocester.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; dec&iacute;a?&mdash;Tontunas, que los carlistas
+ estaban ense&ntilde;oreados de algunas di&oacute;cesis en que, contra el
+ derecho, eran vicarios generales los que no pod&iacute;an serlo, sino
+ interinamente y por gracia especial; pero que por ciertos servicios a la
+ causa del Pretendiente, los superiores jer&aacute;rquicos hac&iacute;an la
+ vista gorda.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De modo, &iquest;que yo no puedo ser vicario general?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por lo visto no; porque entre los casos de excepci&oacute;n citan
+ &laquo;los prebendados de oficio&raquo; y traen a cuento no s&eacute; qu&eacute;
+ disposiciones de los Papas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;; un Breve de Paulo V y dos o tres de
+ Gregorio XV. &iexcl;Majaderos! Y milagro ser&aacute; que no vengan tambi&eacute;n
+ con lo de &laquo;ser natural de la di&oacute;cesis&raquo;. &iexcl;Idiotas!
+ &iexcl;Qu&eacute; poco sentido pr&aacute;ctico tienen esos falsos cat&oacute;licos!...
+ Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho; esas agudezas
+ romas son de &eacute;l. &iexcl;Puf! &iexcl;qu&eacute; enemigos, Se&ntilde;or,
+ qu&eacute; enemigos! &iexcl;bestias, nada m&aacute;s que bestias!
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel
+ ambiente de necedad....
+ </p>
+ <p>
+ Quiso marcharse, sin ver a ning&uacute;n cl&eacute;rigo ni seglar de los
+ que esperaban en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo
+ defenderse de las invasiones; el se&ntilde;or Carraspique asom&oacute; las
+ narices por una puerta....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Se puede? &laquo;&iexcl;Era Carraspique!&raquo;. Adelante,
+ hubo que decir.
+ </p>
+ <p>
+ Ven&iacute;a a recomendar el pronto despacho de una expedici&oacute;n a la
+ agencia de Preces; y algunos asuntos de capellan&iacute;as....
+ </p>
+ <p>
+ Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El Magistral,
+ distra&iacute;do, se aventur&oacute; a pasar del despacho a la oficina y
+ all&iacute; se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy
+ afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo parec&iacute;a.
+ La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos; era grande,
+ fr&iacute;a, sucia; el mobiliario indecoroso, y ten&iacute;a un olor de
+ sacrist&iacute;a mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los
+ empleados ten&iacute;an la palidez de la abstinencia y la contemplaci&oacute;n,
+ pero producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, s&oacute;rdido
+ y malsano, complicado aqu&iacute; con la ictericia de los rapavelas.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos
+ que hablaban, gesticulaban, iban y ven&iacute;an, insist&iacute;an en
+ pedir algo con temor de un desaire; los empleados, m&aacute;s tranquilos,
+ fumaban o escrib&iacute;an, contestaban con monos&iacute;labos, y a veces
+ no contestaban. Era una oficina como otra cualquiera con algo menos de
+ malos modos y un poco m&aacute;s de hipocres&iacute;a impasible y cruel.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando entr&oacute; el Provisor, disminuy&oacute; el ruido; los m&aacute;s
+ se volvieron a &eacute;l, pero el <i>jefe</i> se content&oacute; con poner
+ una mano delante de la cara como rechazando a todos los importunos y se
+ fue a una mesa a preguntar por un expediente de mansos. &laquo;Lo que
+ &eacute;l dec&iacute;a; en las oficinas de Hacienda p&uacute;blica no
+ daban raz&oacute;n; los expedientes de mansos dorm&iacute;an el sue&ntilde;o
+ eterno, cubiertos de polvo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El se&ntilde;or Carraspique daba pataditas en el suelo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Estos liberales!&mdash;murmuraba cerca del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; Restauraci&oacute;n ni qu&eacute; ni&ntilde;o
+ muerto! Son los mismos perros con distintos collares....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El Estado se burla de la Iglesia, s&iacute; se&ntilde;or, eso es
+ evidente, no hay concordato que valga; todo se promete, y no se hace
+ nada....
+ </p>
+ <p>
+ Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea;
+ tambi&eacute;n ellos quer&iacute;an saber si los expedientes de mansos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada, nada, se&ntilde;ores, ya lo oyen ustedes&mdash;dijo el
+ Provisor en voz alta, para que se enterasen todos los presentes y no le
+ aburrieran m&aacute;s&mdash;en las oficinas del gobierno civil dicen que
+ se resolver&aacute;n los expedientes uno a uno, porque no hay criterio
+ general aplicable, es decir, que no se resolver&aacute;n nunca los
+ expedientes dichosos....
+ </p>
+ <p>
+ De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las
+ fatigas can&oacute;nico-burocr&aacute;ticas: sin pensarlo, contra su prop&oacute;sito,
+ se encenag&oacute; como todos los d&iacute;as en las complicadas
+ cuestiones de su gobierno eclesi&aacute;stico, mezcladas hasta lo m&aacute;s
+ &iacute;ntimo con sus propios intereses y los de su se&ntilde;ora madre;
+ con cien nombres de la disciplina, muchos de los cuales significaban en la
+ primitiva Iglesia po&eacute;ticos, puros objetos del culto y del
+ sacerdocio, se disfrazaba all&iacute; la eterna cuesti&oacute;n del
+ dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato, congruas, capellan&iacute;as,
+ estola, pie de altar, licencias, dispensas, derechos, cuartas
+ parroquiales... y otras muchas docenas de palabras iban y ven&iacute;an,
+ se combinaban, repet&iacute;an y supl&iacute;an, y en el fondo siempre
+ sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba
+ agarrado a todo. Nunca hab&iacute;a puesto los pies all&iacute; do&ntilde;a
+ Paula, pero su esp&iacute;ritu parec&iacute;a presidir el mercado singular
+ de la curia eclesi&aacute;stica. Ella era el general invisible que dirig&iacute;a
+ aquellas cotidianas batallas; el Magistral era su instrumento inteligente.
+ </p>
+ <p>
+ Como todos los d&iacute;as, se presentaron aquella ma&ntilde;ana
+ cuestiones turbias que el Provisor acostumbraba resolver como por m&aacute;quina,
+ con el criterio de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la m&aacute;s
+ correcta forma, con pulcritud aparente exquisita. M&aacute;s de una vez,
+ sin embargo, al resolver una injusticia, un despojo, una crueldad &uacute;til,
+ vacil&oacute; su &aacute;nimo (estaba nervioso, no sab&iacute;a qu&eacute;
+ hierba hab&iacute;a pisado), pero el recuerdo de su madre por un lado, la
+ presencia de aquellos testigos ordinarios de su frescura, de su habilidad
+ y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza de la inercia, la
+ costumbre, le manten&iacute;an en su puesto; fue el de siempre, resolvi&oacute;
+ como siempre, y nadie tuvo all&iacute; que pensar si el Provisor se habr&iacute;a
+ vuelto loco, ni &eacute;l necesit&oacute; inventar cuentos para enga&ntilde;ar
+ a su madre. &laquo;Do&ntilde;a Paula pod&iacute;a estar satisfecha de su
+ hijo; de su hijo; no del so&ntilde;ador necio y casquivano que aquella ma&ntilde;ana
+ se turbaba al leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por
+ qu&eacute; al ver un sol esplendoroso en un cielo di&aacute;fano. &iexcl;El
+ sol, el cielo! &iquest;qu&eacute; le importaban al Vicario general de
+ Vetusta? &iquest;No era &eacute;l un curial que se hac&iacute;a millonario
+ para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con la codicia la sed
+ de ambiciones fallidas?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, s&iacute;; eso era &eacute;l; y no hab&iacute;a que
+ hacerse ilusiones, ni buscar nueva manera de vivir. Deb&iacute;a estar
+ satisfecho y lo estaba&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Hora y media en la oficina!&mdash;se dijo al salir
+ del palacio, entre avergonzado y contento&mdash;; &iexcl;y &eacute;l que
+ cre&iacute;a no haber pasado all&iacute; veinte minutos!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respir&oacute;
+ con fuerza... se le figuraba aquel d&iacute;a, que salir de Palacio era
+ salir de una cueva. De tanto hablar all&aacute; dentro, ten&iacute;a la
+ boca seca y amarga y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se
+ encontraba un aire de monedero falso. Se apresur&oacute; a dejar la
+ plazuela que cubr&iacute;a de sombra la parda catedral... huy&oacute;
+ hacia las calles anchas, dej&oacute; la Encimada con sus resonantes aceras
+ gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su hierba entre los
+ guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro encorvadas, y busc&oacute;
+ la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle del Comercio y el
+ Boulevard, de cuyos arbolillos ca&iacute;an hojas secas sobre anchas
+ losas. El manteo del Magistral las atra&iacute;a, las arrastraba por la
+ piedra en pos de s&iacute; con un ruido de marejada r&iacute;tmico y g&aacute;rrulo.
+ </p>
+ <p>
+ All&iacute; se ve&iacute;a ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta
+ del Corf&iacute;n, azulada tambi&eacute;n. Aquello era la alegr&iacute;a,
+ la vida. &laquo;&iexcl;Capellan&iacute;as, bulas, medias annatas,
+ reservas! &iquest;qu&eacute; ten&iacute;a que ver el mundo, el ancho, el
+ hermoso mundo con todo eso? &iquest;Sab&iacute;a aquel gigante de piedra,
+ el Corf&iacute;n grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si
+ la hab&iacute;a de preces, ni por qu&eacute; costaba dinero el sacar
+ licencias de cualquier cosa?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y
+ siniestro, asustado con que se le ocurrieran a &eacute;l estos
+ pensamientos de buc&oacute;lica religiosa. Precisamente siempre hab&iacute;a
+ sido enemigo de las Arcadias eclesi&aacute;sticas y profesaba una especie
+ de positivismo prosaico respecto de las necesidades temporales de la
+ Iglesia. &iquest;Estar&iacute;a enfermo? &iquest;Se ir&iacute;a a volver
+ loco? Sin poder &eacute;l remediarlo, mientras el aire fresco&mdash;el
+ viento hab&iacute;a cambiado del mediod&iacute;a al noroeste&mdash;le
+ llenaba los pulmones de voluptuosa picaz&oacute;n, la fantas&iacute;a, sin
+ hacer caso de observaciones ni mandatos, segu&iacute;a herborizando y se
+ hab&iacute;a plantado en los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral
+ se ve&iacute;a con una cesta debajo del brazo recogiendo de puerta en
+ puerta por el Boulevard y el Espol&oacute;n las ricas frutas que P&aacute;ez,
+ don Frutos Redondo y dem&aacute;s <i>Vespucios</i> de la Colonia,
+ arrancaban con sus propias manos en aquellos jardines que, en efecto, iba
+ viendo a un lado y a otro detr&aacute;s de verjas doradas, entre follaje
+ deslumbrante y lleno de rumores del viento y de los p&aacute;jaros.
+ </p>
+ <p>
+ El hotel de P&aacute;ez era el primero de los seis que adornaban la calle
+ Principal, flanque&aacute;ndola por la parte del Sur. Era un gran cubo que
+ parec&iacute;a una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en
+ la provincia de Vetusta, recuerdo, seg&uacute;n dicen, de la defensa
+ contra los Normandos.
+ </p>
+ <p>
+ El se&ntilde;or de P&aacute;ez no tem&iacute;a ning&uacute;n desembarco de
+ piratas, pues el mar estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero cre&iacute;a
+ que la &laquo;<i>elegancia s&oacute;lida</i> consist&iacute;a en fabricar
+ muros muy espesos, en desperdiciar los m&aacute;rmoles, y, en fin, en
+ trabajos <i>ciclopios</i>&raquo;, seg&uacute;n su incorrecta expresi&oacute;n.
+ En lo m&aacute;s alto del frontispicio hab&iacute;a en vez de un escudo,
+ que el se&ntilde;or P&aacute;ez no ten&iacute;a, un gran semic&iacute;rculo
+ de jaspe negro y en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: <i>1868</i>,
+ que no indicaba m&aacute;s que la fecha de la construcci&oacute;n cicl&oacute;pea.
+ En las esquinas del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo,
+ sendas &aacute;guilas de hierro pintadas de verde probaban a levantar el
+ vuelo. Aquellas &aacute;guilas, seg&uacute;n el se&ntilde;or P&aacute;ez,
+ hac&iacute;an juego con otras dos bordadas en la alfombra de su despacho.
+ No era el bueno de don Francisco el m&aacute;s rico americano de la
+ Colonia; algunos millones m&aacute;s ten&iacute;a don Frutos, pero al <i>Vespucio</i>
+ de las &Aacute;guilas &laquo;ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le pon&iacute;a
+ el pie delante tocante al rumbo&raquo; y &eacute;l era el &uacute;nico
+ vetustense que hac&iacute;a visitas en coche y ten&iacute;a lacayos de
+ librea con galones a diario, si bien a estos lacayos jam&aacute;s consegu&iacute;a
+ hacerles vestirse con la pulcritud, correcci&oacute;n y severidad que
+ &eacute;l hab&iacute;a observado en los cong&eacute;neres de la Corte.
+ </p>
+ <p>
+ Veinticinco a&ntilde;os hab&iacute;a pasado P&aacute;ez en Cuba sin o&iacute;r
+ misa, y el &uacute;nico libro religioso que trajo de Am&eacute;rica fue el
+ <i>Evangelio del pueblo</i> del se&ntilde;or Henao y Mu&ntilde;oz; no
+ porque fuese P&aacute;ez dem&oacute;crata, &iexcl;Dios le librase! sino
+ porque le gustaba mucho el estilo cortado. Cre&iacute;a firmemente que
+ Dios era una invenci&oacute;n de los curas; por lo menos en la Isla no hab&iacute;a
+ Dios. Algunos a&ntilde;os pas&oacute; en Vetusta sin modificar estas
+ ideas, aunque guard&aacute;ndose de publicarlas; pero poco a poco entre su
+ hija y el Magistral le fueron convenciendo de que la religi&oacute;n era
+ un freno para el socialismo y una se&ntilde;al infalible de buen tono. Al
+ cabo lleg&oacute; P&aacute;ez a ser el m&aacute;s ferviente partidario de
+ la religi&oacute;n de sus mayores. &laquo;Indudablemente, dec&iacute;a, la
+ Metr&oacute;poli debe ser religiosa&raquo;. Y se hizo religioso; daba todo
+ el dinero que se le ped&iacute;a para el culto, y si muchas veces al
+ disparatar lo hac&iacute;a en menoscabo del dogma, siempre estaba
+ dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro inofensivo.
+ </p>
+ <p>
+ Por dos brechas hab&iacute;a logrado entrar la religi&oacute;n, en forma
+ de Magistral, en la fortaleza de aquel esp&iacute;ritu libre-pensador y
+ berroque&ntilde;o: los dos flacos de P&aacute;ez eran el amor a su hija y
+ la man&iacute;a del buen tono.
+ </p>
+ <p>
+ Dec&iacute;a Olvido con voz aguda y en tono de reprensi&oacute;n:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Pap&aacute;, eso es cursi&raquo;; y don Francisco abominaba
+ de aquello que antes le pareciera excelente.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su pap&aacute;
+ por la fuerza del cari&ntilde;o y por su conocimiento de lo que llamaban
+ all&iacute; buen tono.
+ </p>
+ <p>
+ Olvido era una joven delgada, p&aacute;lida, alta, de ojos pardos y
+ orgullosos; no ten&iacute;a madre y hac&iacute;a la vida de un idolillo pr&oacute;ximamente,
+ suponiendo actividad y conciencia en el &iacute;dolo. La serv&iacute;an
+ negros y negras y un blanco, su padre, el esclavo m&aacute;s fiel. Ni un
+ capricho hab&iacute;a dejado de satisfacer en su vida la ni&ntilde;a. A
+ los dieciocho a&ntilde;os se le ocurri&oacute; que quer&iacute;a ser
+ desgraciada, como las hero&iacute;nas de sus novelas, y acab&oacute; por
+ inventar un tormento muy rom&aacute;ntico y muy divertido. Consist&iacute;a
+ en figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie pod&iacute;a
+ quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una
+ desgracia muy grande efectivamente. Cuantos j&oacute;venes elegantes, de
+ buena posici&oacute;n, nobles o de talento relativo, se atrevieron a
+ declararse a Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se hab&iacute;a
+ jurado dar a todos con una f&oacute;rmula invariable. &laquo;El amor no
+ era su lote&raquo;; no cre&iacute;a en el amor. Poco a poco se fue
+ apoderando de su &aacute;nimo aquella farsa inventada por ella y tom&oacute;
+ la ni&ntilde;a en serio su papel de reina Midas; renunci&oacute; al amor,
+ antes de conocerlo, y se dedic&oacute; al lujo con toda el alma. Am&oacute;
+ el arte por el arte: ella era la que m&aacute;s riqueza ostentaba en
+ paseos, bailes y teatro; lleg&oacute; a ser para Olvido una religi&oacute;n
+ el traje. No luc&iacute;a dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo,
+ daba tres o cuatro vueltas, y cuando ya se sent&iacute;a bastante
+ envidiada, a casa, sin dignarse jam&aacute;s pasar los ojos sobre ning&uacute;n
+ individuo del sexo fuerte en estado de merecer. Los vetustenses llegaron a
+ mirarla como un maniqu&iacute; cargado de art&iacute;culos de moda, que s&oacute;lo
+ divert&iacute;a a las se&ntilde;oritas. &laquo;Era una gran proporci&oacute;n&raquo;
+ en quien no hab&iacute;a que pensar.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Olvido espera un pr&iacute;ncipe ruso&raquo; era la frase
+ consagrada.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando un incauto forastero se atrev&iacute;a a probar fortuna, se le
+ llamaba &laquo;el pr&iacute;ncipe ruso&raquo; por iron&iacute;a hasta que
+ sal&iacute;a con las manos en la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ A la de P&aacute;ez se le ocurri&oacute; despu&eacute;s, cansada de no
+ tener en el coraz&oacute;n m&aacute;s que trapos, hacerse devota. Busc&oacute;
+ al Magistral con buenos modos, como al Magistral le gustaba que le
+ buscasen, y lo encontr&oacute;. Se entendieron. Para don Ferm&iacute;n
+ aquella muchacha delgada, fr&iacute;a, seca, no era m&aacute;s que el
+ camino que conduc&iacute;a a don Francisco, que empleaba sus millones en
+ comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de enamorarse m&iacute;sticamente
+ (as&iacute; se dec&iacute;a ella) del Magistral. Este se hizo el
+ desentendido, aprovech&oacute; aquella nueva necedad de la ni&ntilde;a
+ para ganar al padre cuanto antes, y como no vio ning&uacute;n peligro para
+ nadie en la pasi&oacute;n imaginaria de la americanilla antojadiza, no la
+ apart&oacute; de su lado, como hab&iacute;a hecho con otras mujeres menos
+ t&iacute;midas y m&aacute;s temibles para la carne. De Pas ten&iacute;a un
+ proyecto: casar a Olvido con quien &eacute;l quisiera; cre&iacute;a poder
+ conseguirlo; pero a&uacute;n no hab&iacute;a candidato; aquella proporci&oacute;n
+ deb&iacute;a ser el premio de alg&uacute;n servicio muy grande que se le
+ hiciera a &eacute;l, no sab&iacute;a cu&aacute;ndo ni en qu&eacute;
+ necesidad fuerte.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella ma&ntilde;ana se le recibi&oacute; en el <i>hotel&mdash;P&aacute;ez</i>
+ como siempre, bajo palio, seg&uacute;n la frase de don Francisco.
+ </p>
+ <p>
+ Pisando aquellas alfombras, vi&eacute;ndose en aquellos espejos tan
+ grandes como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en
+ aquellas blanduras del lujo c&oacute;modo, ostentoso, francamente loco, pr&oacute;digo
+ y deslumbrador, el Magistral se sent&iacute;a trasladado a regiones que
+ cre&iacute;a adecuadas a su gran esp&iacute;ritu; &eacute;l, lo pensaba
+ con orgullo, hab&iacute;a nacido para aquello; pero su madre codiciosa, la
+ fortuna propia insuficiente para tanto esplendor, el estado eclesi&aacute;stico,
+ la necesidad de aparentar modestia y casi estrechez, le ten&iacute;an
+ alejado del ambiente natural... que era aquel.... El Magistral al entrar
+ en estos salones y gabinetes suavizaba m&aacute;s sus modales suaves y con
+ f&aacute;cil elegancia, manejaba el manteo y plegaba la sotana y mov&iacute;a
+ manos, ojos y cuello con una distinci&oacute;n profana que no llegaba
+ nunca a la desfachatez del cura que reniega del pudor de los h&aacute;bitos
+ al pisar los palacios del gran mundo... o sus suced&aacute;neos. De Pas
+ nunca dejaba de ser el Magistral; pero demostraba, sin m&aacute;s que
+ moverse, sonre&iacute;r o mirar, que el prebendado, sin dejar de serio,
+ pod&iacute;a ser hombre de sociedad como cualquiera. Un&iacute;ase esta
+ gracia a las cualidades f&iacute;sicas de que estaba adornado, a su fama
+ de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como dec&iacute;a
+ la marquesa de Vegallana, &laquo;era un cura muy presentable&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Francisco P&aacute;ez y su hija suplicaron a don Ferm&iacute;n que
+ comiera con ellos; no ten&iacute;an a nadie, ser&iacute;a una comida de
+ familia... los tres solos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Los tres solos!&mdash;dec&iacute;a Olvido dejando de ser
+ sorbete por un momento.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de
+ terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con gracia,
+ sonre&iacute;a, y mov&iacute;a la cabeza peque&ntilde;a y bien torneada
+ diciendo: <i>no</i> con el gesto... con cierta coqueter&iacute;a <i>epicena</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Anda, pap&aacute;! suj&eacute;tale&mdash;dec&iacute;a Olvido
+ con voz suplicante, arrastrando las s&iacute;labas que parec&iacute;an
+ salir de la nariz.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Imposible.&mdash;Es muy terco, hija, d&eacute;jale... no quiere que
+ le agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa
+ para don Anselmo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Agrad&eacute;zcaselo usted a Su Santidad.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta
+ gracia....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sonre&iacute;a, dispuesto a escapar si quer&iacute;an asirle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, vamos a ver, una raz&oacute;n, d&eacute; usted una raz&oacute;n&mdash;grit&oacute;
+ Olvido, otra vez restituida a su natural frigor&iacute;fico.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se puso un poco encarnado.
+ </p>
+ <p>
+ Tuvo que mentir.&mdash;Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres
+ d&iacute;as; no puedo faltar, ser&iacute;a un desaire... ya sabe usted lo
+ que son estos pueblos... qu&eacute; dir&iacute;an....
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a tal cosa. Nadie le hab&iacute;a convidado a comer. Le
+ esperaba su madre como todos los d&iacute;as.
+ </p>
+ <p>
+ Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espont&aacute;neo y
+ cordial, que en cualquier otra ocasi&oacute;n le hubiera halagado, obedec&iacute;a
+ a un presentimiento. No sab&iacute;a por qu&eacute; se le figuraba que le
+ iban a convidar en casa de Vegallana, &uacute;ltima visita que pensaba
+ hacer. &iquest;Por qu&eacute; le hab&iacute;an de convidar? Adem&aacute;s
+ all&aacute; com&iacute;an a la francesa, aunque do&ntilde;a Rufina sol&iacute;a
+ cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas suertes, los d&iacute;as
+ de Paquito Vegallana no sol&iacute;an celebrarlos con <i>gaudeamus</i>, ni
+ &eacute;l estaba invitado ni... con todo... dej&oacute; aquella visita
+ para &uacute;ltima hora. Y &iquest;por qu&eacute; hab&iacute;a de preferir
+ la mesa de los marqueses a la de P&aacute;ez, no menos espl&eacute;ndida?
+ Aunque quiso rehuir la contestaci&oacute;n a esta pregunta capciosa, la
+ conciencia se la dio como un estallido en los o&iacute;dos, antes que
+ pudiera &eacute;l preparar una mentira. &laquo;Es que la Regenta come a
+ veces con los marqueses, especialmente en d&iacute;as como este, porque a
+ ella la miran como una de la familia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Y qu&eacute; le importaba a &eacute;l ni la familia, ni la
+ Regenta, ni la comida de los marqueses?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca
+ beata, el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entr&oacute;
+ por los p&oacute;rticos de la plaza Nueva en la calle de Los Can&oacute;nigos,
+ atraves&oacute; la de Recoletos y lleg&oacute; a la de la R&uacute;a, y al
+ portero del marqu&eacute;s de Vegallana, que era un enano vestido con
+ librea caprichosa, le pregunt&oacute; con voz temblorosa:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Est&aacute; el se&ntilde;orito?
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento se abr&iacute;a la puerta del patio con estr&eacute;pito
+ y sonaban dentro carcajadas. El Magistral reconoci&oacute; la voz de
+ Visita que gritaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pues no se&ntilde;or! no son azules....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora, azules con listas blancas&mdash;respond&iacute;a
+ Paco, batiendo palmas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A que no? &iquest;a que no?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tonta, tonta&mdash;dec&iacute;a otra voz m&aacute;s suave desde una
+ ventana del primer piso&mdash;no le creas; si no se ha visto nada... si
+ estaba yo m&aacute;s abajo y no vi nada....
+ </p>
+ <p>
+ Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los o&iacute;dos...
+ y entr&oacute; en el patio.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XIIImdash" id="XIIImdash"></a>&mdash;XIII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ El sol entraba en el sal&oacute;n amarillo y en el gabinete de la Marquesa
+ por los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado tambi&eacute;n,
+ as&iacute; como el vientecillo indiscreto que mov&iacute;a los flecos de
+ los guardamalletas de raso, los cristales prism&aacute;ticos de las ara&ntilde;as,
+ y las hojas de los libros y peri&oacute;dicos esparcidos por el centro de
+ la sala y las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, sal&iacute;an
+ corrientes de alegr&iacute;a, carcajadas que iban a perder sus resonancias
+ por las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas
+ almidonadas, de manteos crujientes, de sillas tra&iacute;das y llevadas,
+ de abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el sal&oacute;n y
+ el gabinete. Do&ntilde;a Rufina vestida de azul el&eacute;ctrico,
+ empolvada la cabeza que adornaban flores naturales que parec&iacute;an,
+ sin que se supiera por qu&eacute;, de trapo, do&ntilde;a Rufina reinaba y
+ no gobernaba en aquella sociedad tan de su gusto, donde can&oacute;nigos
+ re&iacute;an, arist&oacute;cratas fatuos hac&iacute;an el pavo real,
+ muchachuelas coqueteaban, jamonas luc&iacute;an carne blanca y fuerte,
+ diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua
+ imitaban las amaneradas formas de sus cong&eacute;neres de Madrid.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de sat&eacute;n, estaba en
+ la galer&iacute;a de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de
+ la calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un
+ abanico de n&aacute;car en la mano derecha, d&aacute;ndose aire
+ voluptuosamente, ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano
+ izquierda sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que
+ ca&iacute;a con gracia camino del suelo, deteni&eacute;ndose en brillante
+ mont&oacute;n de tela negra sobre la falda de color cereza de la siempre
+ llamativa Obdulia Fandi&ntilde;o; quien a los pies de la Marquesa y a los
+ pies del Arcediano, sentada en un taburete hist&oacute;rico (robado al sal&oacute;n
+ arqueol&oacute;gico del Marqu&eacute;s) se inclinaba m&aacute;s graciosa
+ que recatada y honesta sobre el regazo de su noble amiga. Estas tres
+ personas formaban grupo en el balc&oacute;n de galer&iacute;a, y desde el
+ gabinete, sentados aqu&iacute; y all&aacute;, y algunos en pie, o&iacute;an
+ a Glocester tres can&oacute;nigos m&aacute;s, el capell&aacute;n de la
+ casa, don Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito
+ Orgaz, y otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte.
+ </p>
+ <p>
+ Se discut&iacute;a a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de
+ generaci&oacute;n en generaci&oacute;n y de pueblo en pueblo, y con frases
+ hechas inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo
+ que en el claustro; y si se necesita m&aacute;s virtud para atreverse a
+ resistir las tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel
+ esposa, que para encerrarse en un convento.
+ </p>
+ <p>
+ Todas las se&ntilde;oras menos una, alta, gruesa y vestida con h&aacute;bito
+ del Carmen (una se&ntilde;ora que parec&iacute;a un fraile) sosten&iacute;an
+ que tiene m&aacute;s m&eacute;rito la buena casada del siglo que la esposa
+ de Jes&uacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su
+ cabeza y llamaba <i>se&ntilde;or m&iacute;o</i> al Arcediano.
+ </p>
+ <p>
+ Glocester defend&iacute;a el claustro, pero bati&eacute;ndose en retirada
+ por galanter&iacute;a, sonriendo y abanic&aacute;ndose.
+ </p>
+ <p>
+ En el sal&oacute;n se hablaba de pol&iacute;tica local. Gran conflicto hab&iacute;an
+ creado al Gobierno, en opini&oacute;n de todos los del corro, el alcalde
+ presidente del Ayuntamiento y la viuda del marqu&eacute;s de Corujedo
+ exigiendo el mismo estanquillo, el importante estanquillo del Espol&oacute;n
+ para sus respectivos recomendados.
+ </p>
+ <p>
+ El jefe econ&oacute;mico hab&iacute;a dicho que all&aacute; el gobernador;
+ lo estaba refiriendo &eacute;l a los presentes. El gobernador hab&iacute;a
+ consultado al Gobierno por tel&eacute;grafo (lo acababa de decir la
+ gobernadora), y el Gobierno ten&iacute;a que decidir entre desairar a la
+ dama conservadora que dispon&iacute;a de m&aacute;s votos en Vetusta o a
+ uno de los m&aacute;s firmes apoyos de la causa del orden, que era el se&ntilde;or
+ alcalde.
+ </p>
+ <p>
+ Los pareceres se divid&iacute;an. El marqu&eacute;s de Vegallana y Ripamil&aacute;n,
+ que estaban en medio del grupo, volvi&eacute;ndose a todos lados, opinaban
+ que <i>ellos gobierno</i>, dar&iacute;an el estanco a la viuda. &laquo;&iexcl;Primero
+ que todo eran las se&ntilde;oras!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisi&oacute;n provincial, cre&iacute;a
+ con la mayor&iacute;a de los presentes, el jefe econ&oacute;mico
+ inclusive, que la raz&oacute;n de Estado aconsejaba preferir la pretensi&oacute;n
+ del alcalde, aunque este, seg&uacute;n malas lenguas, quer&iacute;a el
+ estanco para una su ex-concubina.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya ven ustedes, eso es un esc&aacute;ndalo!&mdash;dec&iacute;a
+ el Marqu&eacute;s, que ten&iacute;a todos sus hijos ileg&iacute;timos en
+ la aldea&mdash;; ese hombre no sabe recatarse....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo paso por eso&mdash;dec&iacute;a el Arcipreste&mdash;; lo malo no
+ es que &eacute;l quiera pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contra&iacute;do....
+ &iexcl;Pero la otra es una dama!...
+ </p>
+ <p>
+ Mientras en el sal&oacute;n y en el gabinete se discut&iacute;a as&iacute;
+ y de otras muchas maneras, por las habitaciones interiores del primer
+ piso, por el comedor, por los pasillos, por la escalera que conduc&iacute;a
+ al patio y a la huerta, corr&iacute;an alegres, revoltosos, Paco
+ Vegallana, que celebraba sus d&iacute;as, Visitaci&oacute;n, Edelmira,
+ sobrina de la Marquesa (una ni&ntilde;a de quince a&ntilde;os que parec&iacute;a
+ de veinte), don Saturnino Berm&uacute;dez y el se&ntilde;or de Quintanar;
+ la Regenta y don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a presenciaban los juegos
+ inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar le hab&iacute;a pedido a Paco un bat&iacute;n para reemplazar la
+ levita de tricot que se le enredaba en las piernas. El bat&iacute;n le ven&iacute;a
+ ancho y corto. Era de alpaca muy clara.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se encontr&oacute; en la escalera con Visitaci&oacute;n y
+ Quintanar que buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que
+ Edelmira y Paco hab&iacute;an escondido. Don Saturnino Berm&uacute;dez, p&aacute;lido
+ y ojeroso, con una sonrisa cort&eacute;s que le llegaba de oreja a oreja,
+ ven&iacute;a detr&aacute;s, solo, tambi&eacute;n hecho un loquillo de la
+ manera m&aacute;s desgraciada del mundo. Daba tristeza verle divertirse,
+ saltar, imitar la alegr&iacute;a bulliciosa de los otros. Pero, amigo, era
+ su obligaci&oacute;n: era pariente, era de los &iacute;ntimos de la casa,
+ de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que los dem&aacute;s,
+ correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las se&ntilde;oras, si a mano
+ ven&iacute;a. Siempre se quedaba solo; si quer&iacute;a decir algo a la
+ Regenta, a Visitaci&oacute;n o a Edelmira, le dejaban las damas con la
+ palabra en la boca, sin poder remediarlo, distra&iacute;das. No era falta
+ de educaci&oacute;n, sino que los p&aacute;rrafos de Berm&uacute;dez eran
+ tan complicados, constaban de tantos incisos y colones, que o&iacute;rle
+ uno entero ser&iacute;a obra de regla. Cuando vio al Magistral vio el
+ cielo abierto; ya ten&iacute;a pretexto para volver a ser formal. Le salud&oacute;
+ con la finura &laquo;que le era caracter&iacute;stica&raquo; y se dispuso
+ a acompa&ntilde;arle al sal&oacute;n. Paco le hab&iacute;a saludado de
+ lejos, deprisa y mal, porque en aquel momento hu&iacute;a con la petaca de
+ Quintanar a esconderla en la huerta, seguido de Edelmira, su m&aacute;s
+ rolliza y vivaracha y colorada prima.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es loco ese chico, cuando se pone a enredar&mdash;dijo Berm&uacute;dez
+ disculpando a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los
+ marqueses al se&ntilde;or Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n mir&oacute; de soslayo a la Regenta y a don &Aacute;lvaro
+ que hablaban en la ventana del comedor. Hizo como que no los ve&iacute;a,
+ y con un poco de fuego en las mejillas, se dej&oacute; llevar por don
+ Saturnino hasta el sal&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Los se&ntilde;ores graves le recibieron con las m&aacute;s lisonjeras
+ muestras de respeto y estimaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, se&ntilde;or Magistral!&mdash;&iexcl;Oh cu&aacute;nto
+ bueno!&mdash;Aqu&iacute; est&aacute; el Antonelli de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s le dio un abrazo que envidi&oacute; un cura peque&ntilde;o,
+ paniaguado de la casa.
+ </p>
+ <p>
+ Ripamil&aacute;n estrech&oacute; la mano de don Ferm&iacute;n con cari&ntilde;o
+ efusivo; y juntos pasaron al gabinete.
+ </p>
+ <p>
+ Los tres can&oacute;nigos se levantaron; la se&ntilde;ora que parec&iacute;a
+ un fraile sonri&oacute; satisfecha y murmur&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah, se&ntilde;or Provisor!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Gracias a Dios, se&ntilde;or perdido...&mdash;grit&oacute; la
+ Marquesa incorpor&aacute;ndose un poco y alargando una mano, que desde
+ lejos, y gracias a su buena estatura, pudo estrechar el Magistral con
+ gallard&iacute;a, haciendo un arco sobre el cuerpo gentil, color cereza,
+ de Obdulia, que desde all&aacute; abajo parec&iacute;a querer tragar al
+ buen mozo en los abismos de los grandes ojos negros.&mdash;El Arcediano se
+ qued&oacute; con el abanico abierto, inm&oacute;vil, como aspa de molino
+ sin aire. Comprendi&oacute; de repente que acababa de ser desbancado; de
+ papel principal se convert&iacute;a en partiquino. En efecto, su discurso,
+ que escuchaban con deleite curas y damas, se ahog&oacute; sin que nadie lo
+ echase de menos. Glocester se sinti&oacute; eclipsado de tal modo, que
+ hasta crey&oacute; tener fr&iacute;o, como si de pronto se hubiera
+ escondido el sol.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Siempre suced&iacute;a lo mismo; hab&iacute;a motivo para aborrecer
+ a aquel hombre&raquo;. Sin embargo, Mourelo, a fuer de can&oacute;nigo de
+ mundo, ocult&oacute; una vez m&aacute;s sus sentimientos y tendi&oacute;
+ la mano a su enemigo, acompa&ntilde;ando la acci&oacute;n con una catarata
+ de gritos guturales con que significaba su inmensa alegr&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hola, hola, hola!...&mdash;y daba palmaditas en el hombro al
+ otro.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar,
+ ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del
+ comedor. Mientras respond&iacute;a con modestia y discreci&oacute;n a
+ todos aquellos amigos, su imaginaci&oacute;n estaba fuera.
+ </p>
+ <p>
+ Pasaban minutos y minutos y los del comedor no ven&iacute;an.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Comer&iacute;a en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no
+ ir&iacute;a a reconciliar aquella tarde, como rezaba su carta...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La aparente cordialidad y la alegr&iacute;a expansiva de todos los
+ presentes, ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas se&ntilde;oras,
+ cl&eacute;rigos y caballeros particulares estaban divididos en dos bandos
+ enemigos en aquel instante; el bando de los envidiados y el de los
+ envidiosos; el de los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no
+ convidados. Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que
+ preocupaba a todos era la del convite. No se alud&iacute;a a &eacute;l y
+ no se pensaba en otra cosa. Empezaron las despedidas, y los que se iban
+ disimulaban el despecho, cierta verg&uuml;enza; se cre&iacute;an
+ humillados, casi en rid&iacute;culo. Muchacho hab&iacute;a que saludaba
+ torpemente y sal&iacute;a como corrido. Las se&ntilde;oras eran las que
+ peor fing&iacute;an tranquilidad e indiferencia. Algunas sal&iacute;an
+ ruborizadas. Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que
+ le mortificaba era esta: &laquo;&iquest;Y &eacute;l? &iquest;estaba
+ convidado De Pas?&raquo;. No lo sab&iacute;a, y no quer&iacute;a marcharse
+ sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya gabinete y sal&oacute;n
+ quedaban poco a poco despejados, el Magistral crey&oacute; que deb&iacute;a
+ irse. Se acerc&oacute; a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse y
+ le habl&oacute; de cualquier cosa. En aquel momento entr&oacute; Visitaci&oacute;n
+ en el gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habl&oacute; aparte, y
+ &laquo;con permiso de aquellos se&ntilde;ores&raquo; a la Marquesa y a
+ Obdulia: las tres rodearon al Magistral y con permiso de los se&ntilde;ores&mdash;que
+ ya no eran m&aacute;s que el Arcediano y dos pollos vetustenses
+ insignificantes&mdash;, tuvieron con &eacute;l un concili&aacute;bulo en
+ que hubo risas, protestas del Magistral, mimosas y elegantes en los gestos
+ que las acompa&ntilde;aban. En los murmullos de las damas hab&iacute;a s&uacute;plicas
+ en quejidos, coqueter&iacute;as sin sexo, otras con &eacute;l, aunque
+ honestamente se&ntilde;aladas; Glocester, que fing&iacute;a atender a lo
+ que le dec&iacute;an los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo
+ a los del grupo. &laquo;No cab&iacute;a duda, le estaban suplicando que se
+ quedase a comer&raquo;. Termin&oacute; el concili&aacute;bulo, salieron
+ Obdulia y Visitaci&oacute;n, corriendo, alborotando, haciendo alarde de la
+ confianza con que trataban a los marqueses, y los j&oacute;venes se
+ despidieron. Quedaban en el gabinete la Marquesa, el Magistral y
+ Glocester. Hubo un momento de silencio. El Arcediano se dio un minuto de
+ pr&oacute;rroga para ver si el otro se desped&iacute;a tambi&eacute;n. En
+ el sal&oacute;n se oy&oacute; la voz de algunos que dec&iacute;an adi&oacute;s
+ al Marqu&eacute;s... ya no quedaban en la casa m&aacute;s que los
+ convidados.... Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levant&oacute;,
+ tendi&oacute; la mano a do&ntilde;a Rufina, y sali&oacute; diciendo
+ chistes, haciendo venias y prodigando risas falsas. Iba ciego; ciego de
+ verg&uuml;enza y de ira. &laquo;&iexcl;Convidar al otro... a un prebendado
+ de oficio... y desairarle a &eacute;l... que era dignidad! &iexcl;Siempre
+ el enemigo triunfante!... Pero ya las pagar&iacute;a todas juntas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que hac&iacute;a
+ calor) pens&oacute; esta frase: &laquo;&iexcl;esta se&ntilde;ora Marquesa
+ es una... trotaconventos, es una Celestina!... &iexcl;Se quiere perder a
+ esa joven! &iexcl;Se quiere <i>met&eacute;rselo</i> por los ojos!...&raquo;.
+ Y sali&oacute; a la calle pensando atrocidades y buscando f&oacute;rmula
+ <i>decorosa</i> para comunicar al pr&oacute;jimo lo que pensaba.
+ </p>
+ <p>
+ Los convidados eran: Quintanar y se&ntilde;ora, Obdulia Fandi&ntilde;o,
+ Visitaci&oacute;n, do&ntilde;a Petronila Rianzares (la se&ntilde;ora que
+ parec&iacute;a un fraile), Ripamil&aacute;n, &Aacute;lvaro Mes&iacute;a,
+ Saturnino Berm&uacute;dez, Joaqu&iacute;n Orgaz, y a &uacute;ltima hora el
+ Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el m&eacute;dico
+ Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era hu&eacute;sped.
+ </p>
+ <p>
+ Otros a&ntilde;os no se celebraban de esta manera los d&iacute;as de Paco;
+ los celebraba &eacute;l fuera de casa. Pero esta vez se hab&iacute;a
+ improvisado aquella fiesta de confianza y se com&iacute;a a la espa&ntilde;ola,
+ por excepci&oacute;n, para visitar por la tarde, en los coches de la casa,
+ la quinta del Vivero, donde el Marqu&eacute;s ten&iacute;a un palacio
+ rodeado de grandes bosques y una f&aacute;brica de curtidos, montada a la
+ antigua. Se trataba de ir a ver los perros de caza y uno del monte de San
+ Bernardo que Paco hab&iacute;a comprado d&iacute;as antes. Eran su
+ orgullo. Despu&eacute;s de las mujeres venales, el Marquesito adoraba los
+ animales mansos, sobre todo perros y caballos.
+ </p>
+ <p>
+ Lo de convidar al Magistral hab&iacute;a sido un <i>complot</i> entre
+ Quintanar, Paco y Visitaci&oacute;n. La idea se deb&iacute;a a la del
+ Banco. Era una broma que quer&iacute;a darle a Mes&iacute;a; quer&iacute;a
+ ver al confesor y al diablo, al tentador, uno en frente de otro. A
+ Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas para ver a Obdulia
+ coquetear con el cl&eacute;rigo, y al pobre Berm&uacute;dez, enamorado de
+ la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareci&oacute; bien la
+ ocurrencia, pero dijo &laquo;que &eacute;l se lavaba las manos, por lo que
+ hab&iacute;a de irreverente en el prop&oacute;sito; a pesar de que ya se
+ sab&iacute;a que &eacute;l consideraba a los curas tan hombres como los
+ dem&aacute;s&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por otra parte&mdash;a&ntilde;adi&oacute; el ex-regente&mdash;me
+ alegro de que don Ferm&iacute;n coma con nosotros, porque de este modo se
+ le quitar&aacute; a mi mujer la idea empecatada de ir a reconciliar esta
+ tarde.... Quiero que se acostumbre a ver a su nuevo confesor de cerca,
+ para que se convenza de que es un hombre como los dem&aacute;s.... Eso
+ es... y salvo el respeto debido... a ver si ustedes me lo emborrachan....
+ </p>
+ <p>
+ Paco no quer&iacute;a perjudicar a Mes&iacute;a en sus planes, a los
+ cuales tal vez obedec&iacute;a en parte la fiesta de aquel d&iacute;a;
+ pero encontr&oacute; muy gracioso y picante el molestar al se&ntilde;or
+ Magistral, si, como Visitaci&oacute;n sospechaba, a este ilustre can&oacute;nigo
+ le disgustaba ver a la Regenta entregada al brazo secular de Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n hab&iacute;a dicho a Paco de buenas a primeras, que ella
+ lo sab&iacute;a todo, que &Aacute;lvaro tampoco para ella ten&iacute;a
+ secretos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero y Ana? &iquest;Te ha dicho algo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ana? En su vida; buena es ella. Pero d&eacute;jate....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por supuesto que no se trata m&aacute;s que de una <i>cosa</i>...
+ <i>espiritual</i>...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo creo... espiritual&iacute;sima....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Porque sino, nosotros... no nos prestar&iacute;amos... ya ves... el
+ pobre don V&iacute;ctor....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya se ve!... Bromas, chico, nada m&aacute;s que bromas; pero
+ ya veras como al Provisor le saben a cuerno quemado (as&iacute; hablaba
+ Visitaci&oacute;n con sus amigos &iacute;ntimos.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Le consolar&aacute; Obdulia, que le asedia y le prefiere a don
+ Saturno, al mitrado y a mi amigo Joaqu&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &eacute;l la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan as&iacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;T&uacute; s&iacute; que le odias a &eacute;l....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Me cargan los hip&oacute;critas, chico.... Y oye; a ti te conviene
+ que el Magistral se quede.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por qu&eacute;?&mdash;Porque Obdulia te dejar&aacute; en
+ paz, y podr&aacute;s cultivar a la primita.... &iexcl;Oh, eso s&iacute;
+ que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo vigilar&eacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No seas boba... basta que est&eacute; en mi casa para que yo la
+ respete....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ay, ay! qu&eacute; bueno es eso... mire el se&ntilde;or del
+ respeto... no me f&iacute;o....
+ </p>
+ <p>
+ Edelmira hab&iacute;a interrumpido el di&aacute;logo y sin m&aacute;s se
+ convino en rogar a la Marquesa que convidase, con reiteradas s&uacute;plicas,
+ si era preciso, al se&ntilde;or Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n lo arregl&oacute; todo en un minuto.
+ </p>
+ <p>
+ Como siempre. Donde ella estaba, nadie hac&iacute;a nada m&aacute;s que
+ ella. Pasaba la vida ocupada en su gran pasi&oacute;n de tratar asuntos de
+ los dem&aacute;s, de chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. All&aacute;
+ quedaba el modesto marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo peque&ntilde;o,
+ de rostro de &aacute;ngel envejecido, atusando el bigotillo gris y
+ cuidando de la prole. Visitaci&oacute;n lo exig&iacute;a as&iacute;. No
+ hab&iacute;a de hacerlo ella todo. &iquest;Qui&eacute;n guiaba la casa?
+ &iquest;Qui&eacute;n la salvaba en los apuros? &iquest;Qui&eacute;n
+ conjuraba las cesant&iacute;as? &iquest;Qui&eacute;n sorteaba las
+ dificultades del presupuesto? &iquest;Qui&eacute;n era all&iacute; el gran
+ arbitrista rent&iacute;stico? Visitaci&oacute;n. Pues que la dejasen
+ divertirse, salir; no parar en casa en todo el d&iacute;a. Adem&aacute;s,
+ era mujer de tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el d&iacute;a,
+ la casa limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un
+ escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila la
+ conciencia, sal&iacute;a a caza de noticias, de chismes, de terrones de az&uacute;car
+ y de recomendaciones la se&ntilde;ora del Banco que estaba en todas partes
+ y siempre en activo servicio.
+ </p>
+ <p>
+ Su nueva campa&ntilde;a, la m&aacute;s importante acaso de su vida, la
+ llamaba ella <i>para meterle por los ojos a ese</i>: el dativo que se supl&iacute;a
+ era Anita. Quer&iacute;a meterle a don &Aacute;lvaro por los ojos, y despu&eacute;s
+ de la conversaci&oacute;n de la tarde anterior con Mes&iacute;a, no
+ pensaba en otra cosa. Por la ma&ntilde;ana hab&iacute;a ido a casa de
+ Quintanar, quien se paseaba por su despacho en mangas de camisa, con los
+ tirantes bordados colgando: representaban, en colores vivos de seda fina,
+ todos los accidentes de la caza de un ciervo fabuloso de cornamenta
+ inveros&iacute;mil. Ocup&aacute;base don V&iacute;ctor en abrochar un bot&oacute;n
+ del cuello; mord&iacute;a el labio inferior, y estiraba la cabeza hacia lo
+ alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino. Visitaci&oacute;n
+ entr&oacute; en el despacho equivocada....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah! usted dispense&mdash;dijo&mdash;&iquest;estorbo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, hija, no; llega usted a tiempo. Este p&iacute;caro bot&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el bot&oacute;n
+ del cuello, don V&iacute;ctor comenz&oacute; a darle cuenta de sus prop&oacute;sitos
+ irrevocables de distraer a su mujer....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mi programa es este. Y se lo expuso <i>c</i> por <i>b</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n lo aprob&oacute; en todas sus partes y juntos se fueron
+ al tocador de Ana, que deprisa y como ocult&aacute;ndose, cerraba en aquel
+ instante la carta que poco despu&eacute;s don Ferm&iacute;n le&iacute;a
+ delante de su madre.
+ </p>
+ <p>
+ Casi a viva fuerza hab&iacute;an hecho Visitaci&oacute;n y Quintanar que
+ Ana se vistiera, &laquo;como Dios manda&raquo;, y saliese con ellos.
+ Visita se hab&iacute;a separado en la plaza de la Catedral para ir al
+ asunto de la <i>Libre Hermandad</i>. En casa de Vegallana se volver&iacute;an
+ a ver. La Marquesa hab&iacute;a escrito muy temprano a los Quintanar
+ convid&aacute;ndoles a comer y anunci&aacute;ndoles el programa del d&iacute;a.
+ Ana disput&oacute; con su marido; quer&iacute;a ir a reconciliar, se lo
+ hab&iacute;a dicho as&iacute; en una carta al Provisor, no era cosa de
+ traerle y llevarle.&mdash;&laquo;&iexcl;Nada, nada! Don V&iacute;ctor
+ estaba dispuesto a ser inflexible...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Reconciliar&aacute;s, si te encuentras con fuerzas para ello, despu&eacute;s
+ de comer en casa del Marqu&eacute;s; y pronto, para ir en seguida al
+ Vivero.... &iexcl;No transijo!
+ </p>
+ <p>
+ Y se fueron a dar los d&iacute;as a varios Franciscos y Franciscas. A la
+ una y cuarto estaban en casa del Marqu&eacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Lo primero que vio Ana fue a don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar al
+ cort&eacute;s saludo de Mes&iacute;a. Mir&oacute; a su marido, algo
+ asustada, pero Quintanar estrechaba la mano de don &Aacute;lvaro con cari&ntilde;osa
+ efusi&oacute;n. Le era muy simp&aacute;tico, y aunque se trataban poco,
+ cada vez que se hablaban estrechaban los lazos de una amistad incipiente
+ que <i>amenazaba</i> ser &iacute;ntima y duradera. Don &Aacute;lvaro ten&iacute;a
+ para Quintanar el raro m&eacute;rito de no ser terco: en Vetusta todos lo
+ eran seg&uacute;n el buen aragon&eacute;s; pero aquel modelo de caballeros
+ elegantes no insist&iacute;a en mantener una opini&oacute;n descabellada,
+ siempre conclu&iacute;a por darle la raz&oacute;n a Quintanar, quien dec&iacute;a
+ a espaldas del buen mozo: &laquo;&iexcl;Si este se fuera a Madrid har&iacute;a
+ carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... &iexcl;Oh,
+ ha de ser un hombre!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana tom&oacute; la resoluci&oacute;n repentina de dominarse, de tratar a
+ don &Aacute;lvaro como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en
+ rigor nada hab&iacute;a, ni pod&iacute;a, ni deb&iacute;a haber entre los
+ dos.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando, pocos minutos despu&eacute;s, h&aacute;bilmente la sitiaba junto a
+ una ventana del comedor, mientras V&iacute;ctor iba con Paco a las
+ habitaciones de este a ponerse el bat&iacute;n ancho y corto, la Regenta
+ necesit&oacute; recordar, para mantenerse fr&iacute;a y serena, que nada
+ serio hab&iacute;a habido entre ella y aquel hombre; que las miradas que
+ pod&iacute;an haberle envalentonado no eran compromisos de los que echa en
+ cara ning&uacute;n hombre de mundo. Ana hablaba de los hombres de mundo
+ por lo que hab&iacute;a le&iacute;do en las novelas; ella no los hab&iacute;a
+ tratado en este terreno de prueba.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro se guard&oacute; de aludir al encuentro de la noche
+ anterior; nada dijo de la escena r&aacute;pida del parque; pero habl&oacute;
+ con m&aacute;s confianza; en un tono familiar que nunca hab&iacute;a
+ empleado con ella. Se hab&iacute;an hablado pocas veces y siempre entre
+ mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con los hombres siempre hab&iacute;an
+ sido poco &iacute;ntimas sus relaciones. S&oacute;lo Paco y Fr&iacute;gilis
+ eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad invariable no
+ animaba, conten&iacute;a. Visita aseguraba que aquel corazoncito no ten&iacute;a
+ puerta. Ella no hab&iacute;a encontrado la llave, por lo menos.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro habl&oacute; mucho y bien, con naturalidad y sencillez,
+ procurando agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos m&aacute;s
+ que por el brillo y originalidad de las ideas. Se ve&iacute;a claramente
+ que buscaba simpat&iacute;a, cordialidad, y que se ofrec&iacute;a como un
+ hombre de coraz&oacute;n sano, sin pliegues ni repliegues. Re&iacute;a con
+ franca jovialidad, abriendo bastante la boca y ense&ntilde;ando una
+ dentadura perfecta. Ana encontr&oacute; de muy buen gusto el sesgo que Mes&iacute;a
+ daba a su extra&ntilde;a situaci&oacute;n. Cuando don &Aacute;lvaro
+ callaba, ella volv&iacute;a a sus miedos; se le figuraba que &eacute;l
+ tambi&eacute;n volv&iacute;a a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la
+ aparici&oacute;n diab&oacute;lica de la noche anterior, en el paseo por
+ las calles, y en tantas citas impl&iacute;citas, buscadas, indagadas,
+ solicitadas sin saber c&oacute;mo por &eacute;l; cobarde, criminalmente
+ consentidas por ella.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor era poco m&aacute;s alto que Ana; don &Aacute;lvaro ten&iacute;a
+ que inclinarse para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la
+ cabeza graciosa y peque&ntilde;a de la dama. Parec&iacute;a una sombra
+ protectora, un abrigo, un apoyo; se estaba bien junto a aquel hombre como
+ una fortaleza. Ana, mientras o&iacute;a, con la frente inclinada, mirando
+ las piedras del patio, s&oacute;lo pod&iacute;a vislumbrar de soslayo el
+ gab&aacute;n claro, pulqu&eacute;rrimo del buen mozo. Don &Aacute;lvaro al
+ moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana la primera
+ vez que lo sinti&oacute; reput&oacute; delicioso, despu&eacute;s temible;
+ un perfume que deb&iacute;a marear muy pronto; ella no lo conoc&iacute;a,
+ pero deb&iacute;a de tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente
+ masculinas, pero de hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor
+ se apoyaba sobre el antepecho de la ventana; Ana ve&iacute;a, sin poder
+ remediarlo, unos dedos largos, finos, de cutis blanco, venas azules y u&ntilde;as
+ pulidas ovaladas y bien cortadas. Y si bajaba los ojos m&aacute;s, para
+ que el otro no creyese que le contemplaba las manos, ve&iacute;a el pantal&oacute;n
+ que ca&iacute;a en graciosa curva sobre un pie estrecho, largo, calzado
+ con esmero ultra-vetustense. No pod&iacute;a haber pecado ni cosa parecida
+ en reconocer que todo aquello era agradable, parec&iacute;a bien y deb&iacute;a
+ ser as&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana o&iacute;a vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro dispon&iacute;a
+ con voces de mando los preparativos de la comida; el rumor de los
+ surtidores del patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de
+ Edelmira y de Paco, que iban y ven&iacute;an por las escaleras, por los
+ corredores, por la huerta, por toda la casa.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a visto al Provisor entrar. Visita se acerc&oacute; a la
+ ventana para decirle al o&iacute;do:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ah&iacute; tienes
+ al padre espiritual... ya comer&aacute; contigo.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se estremeci&oacute; y se separ&oacute; de Mes&iacute;a sin mirarle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hola, hola&mdash;dijo don V&iacute;ctor que entraba dando el brazo
+ a la robusta y colorada Edelmira-mujercita m&iacute;a, &iquest;con que se
+ est&aacute; usted de palique con ese caballero?...
+ </p>
+ <p>
+ Pues aqu&iacute; me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa
+ venganza.
+ </p>
+ <p>
+ S&oacute;lo Edelmira r&iacute;o la gracia, que ten&iacute;a para ella
+ novedad. Pasaron todos al sal&oacute;n donde estaban los dem&aacute;s
+ convidados. Obdulia hablaba con el Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqu&eacute;s
+ discut&iacute;a con Berm&uacute;dez, que inclinaba la cabeza a la derecha,
+ abr&iacute;a la boca hasta las orejas sonriendo, y con la mayor cortes&iacute;a
+ del mundo pon&iacute;a en duda las afirmaciones del magnate.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y
+ hac&iacute;a el mercado....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, por Dios, se&ntilde;or Marqu&eacute;s!... No creo que
+ usted... se atreviera... sus ideas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede
+ seguir al aire libre, a la intemperie.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es una ruina.&mdash;No tanto.... El Magistral intervino huyendo de
+ Obdulia, que le asediaba ya, seg&uacute;n hab&iacute;an previsto Paco y
+ Visita.
+ </p>
+ <p>
+ Al entrar en el sal&oacute;n la Regenta, De Pas interrumpi&oacute; una
+ frase pausada y elegante, porque no pudo menos, y se inclin&oacute;
+ saludando sin gran confianza.
+ </p>
+ <p>
+ Detr&aacute;s de Ana apareci&oacute; Mes&iacute;a, que tra&iacute;a la
+ mejilla izquierda algo encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote.
+ Ven&iacute;a mirando al frente, como quien ve lo que va pensando y no lo
+ que tiene delante. El Magistral le alarg&oacute; la mano que Mes&iacute;a
+ estrech&oacute; mientras dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Magistral, tengo mucho gusto....
+ </p>
+ <p>
+ Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos altos,
+ un poco m&aacute;s Mes&iacute;a, los dos esbeltos y elegantes, cada cual
+ seg&uacute;n su g&eacute;nero; m&aacute;s fornido el Magistral, m&aacute;s
+ noble de formas don &Aacute;lvaro, m&aacute;s inteligente por gestos y
+ mirada el cl&eacute;rigo, m&aacute;s correcto de facciones el elegante.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro ya miraba al Provisor con prevenci&oacute;n, ya le tem&iacute;a;
+ el Provisor no sospechaba que don &Aacute;lvaro pudiera ser el enemigo
+ tentador de la Regenta; si no le quer&iacute;a bien, era por considerar
+ peligrosa para la propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sab&iacute;a
+ que sin ser adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la
+ estimaba. Cuando le vio con Anita en la ventana, conversando tan distra&iacute;dos
+ de los dem&aacute;s, sinti&oacute; don Ferm&iacute;n un malestar que fue
+ creciendo mientras tuvo que esperar su presencia.
+ </p>
+ <p>
+ Ana le sonri&oacute; con dulzura franca y noble y con una humildad
+ pudorosa que alud&iacute;a, con el rubor ligero que la mostraba, a los
+ secretos confesados la tarde anterior. Record&oacute; todo lo que se hab&iacute;an
+ dicho y que hab&iacute;a hablado como con nadie en el mundo con aquel
+ hombre que le hab&iacute;a halagado el o&iacute;do y el alma con palabras
+ de esperanza y consuelo, con promesas de luz y de poes&iacute;a, de vida
+ importante, empleada en algo bueno, grande y digno de lo que ella sent&iacute;a
+ dentro de s&iacute;, como siendo el fondo del alma. En los libros algunas
+ veces hab&iacute;a le&iacute;do algo as&iacute;, pero &iquest;qu&eacute;
+ vetustense sab&iacute;a hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan
+ buenas y bellas ideas, y o&iacute;rlas de un hombre de carne y hueso, que
+ ten&iacute;a en la voz un calor suave y en las letras silbantes m&uacute;sica,
+ y miel en palabras y movimientos. Tambi&eacute;n record&oacute; Ana la
+ carta que pocas horas antes le hab&iacute;a escrito, y este era otro lazo
+ agradable, misterioso, que hac&iacute;a cosquillas a su modo. La carta era
+ inocente, pod&iacute;a leerla el mundo entero; sin embargo, era una carta
+ de que pod&iacute;a hablar a un hombre, que no era su marido, y que este
+ hombre ten&iacute;a acaso guardada cerca de su cuerpo y en la que pensaba
+ tal vez.
+ </p>
+ <p>
+ No trataba Ana de explicarse c&oacute;mo esta emoci&oacute;n ligeramente
+ voluptuosa se compadec&iacute;a con el claro concepto que ten&iacute;a de
+ la clase de amistad que iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sab&iacute;a
+ a ciencia cierta era que en don Ferm&iacute;n estaba la salvaci&oacute;n,
+ la promesa de una vida virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones
+ nobles, po&eacute;ticas, que exig&iacute;an esfuerzos, sacrificios, pero
+ que por lo mismo daban dignidad y grandeza a la existencia muerta, animal,
+ insoportable que Vetusta la ofreciera hasta el d&iacute;a. Por lo mismo
+ que estaba segura de salvarse de la tentaci&oacute;n francamente criminal
+ de don &Aacute;lvaro, entreg&aacute;ndose a don Ferm&iacute;n, quer&iacute;a
+ desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos ojos
+ grises, sin color definido, transparentes, fr&iacute;os casi siempre, que
+ de pronto se encend&iacute;an como el fanal de un faro, diciendo con sus
+ llamaradas desverg&uuml;enzas de que no hab&iacute;a derecho a quejarse.
+ Si Ana, asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral,
+ huyendo de los otros, no encontraba m&aacute;s que el tel&oacute;n de
+ carne blanca que los cubr&iacute;a, aquellos p&aacute;rpados
+ insignificantes, que ni discreci&oacute;n expresaban siquiera, al caer con
+ la casta oportunidad de ordenanza.
+ </p>
+ <p>
+ Pero al conversar, don Ferm&iacute;n no ten&iacute;a inconveniente en
+ mirar a las mujeres; miraba tambi&eacute;n a la Regenta, porque entonces
+ sus ojos no eran m&aacute;s que un modo de puntuaci&oacute;n de las
+ palabras; all&iacute; no hab&iacute;a sentimiento, no hab&iacute;a m&aacute;s
+ que inteligencia y ortograf&iacute;a. En silencio y cara a cara era como
+ &eacute;l no miraba a las se&ntilde;oras si hab&iacute;a testigos.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro vio que mientras la conversaci&oacute;n general ocupaba
+ a todos los convidados, que esperaban en el sal&oacute;n, en pie los m&aacute;s,
+ la voz que les llamase a la mesa; Ana disimuladamente se hab&iacute;a
+ acercado al Magistral y junto a un balc&oacute;n le hablaba un poco
+ turbada y muy quedo, mientras sonre&iacute;a ruborosa.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a record&oacute; lo que Visitaci&oacute;n le hab&iacute;a dicho
+ la tarde anterior: <i>cuidado con el Magistral que tiene mucha teolog&iacute;a
+ parda</i>. Sin que nadie le instigara era &eacute;l ya muy capaz de pensar
+ groseramente de cl&eacute;rigos y mujeres. No cre&iacute;a en la virtud;
+ aquel g&eacute;nero de materialismo que era su religi&oacute;n, le llevaba
+ a pensar que nadie pod&iacute;a resistir los impulsos naturales, que los
+ cl&eacute;rigos eran hip&oacute;critas necesariamente, y que la lujuria
+ mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde pod&iacute;a y cuando
+ pod&iacute;a. Don &Aacute;lvaro, que sab&iacute;a presentarse como un
+ personaje de novela sentimental e idealista, cuando lo exig&iacute;an las
+ circunstancias, era en lo que llamaba <i>El L&aacute;baro</i> el santuario
+ de la conciencia, un c&iacute;nico sistem&aacute;tico. En general
+ envidiaba a los curas con quienes confesaban sus queridas y los tem&iacute;a.
+ Cuando &eacute;l ten&iacute;a mucha influencia sobre una mujer, la prohib&iacute;a
+ confesarse. &laquo;Sab&iacute;a muchas cosas&raquo;. En los momentos de
+ pasi&oacute;n desenfrenada a que &eacute;l arrastraba <i>a la hembra</i>
+ siempre que pod&iacute;a, para hacerla degradarse y gozar &eacute;l de
+ veras con algo nuevo, obligaba a su v&iacute;ctima a desnudar el alma en
+ su presencia, y las aberraciones de los sentidos se transmit&iacute;an a
+ la lengua, y brotaban entre caricias absurdas y besos disparatados
+ confesiones vergonzosas, secretos de mujer que Mes&iacute;a saboreaba y
+ apuntaba en la memoria. Como un mal cl&eacute;rigo, que abusa del
+ confesonario, sab&iacute;a don &Aacute;lvaro flaquezas c&oacute;micas o
+ asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus antecesores, y en el
+ n&uacute;mero de aquellas cr&oacute;nicas escandalosas entraban, como
+ parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones l&uacute;bricas
+ de los <i>solicitantes</i>, sus extrav&iacute;os, dignos de l&aacute;stima
+ unas veces, repugnantes, odiosos las m&aacute;s. Orgulloso de aquella
+ ciencia, Mes&iacute;a generalizaba y cre&iacute;a estar en lo firme, y
+ apoyarse en &laquo;hechos repetidos hasta lo infinito&raquo; al asegurar
+ que la mujer busca en el cl&eacute;rigo el placer secreto y la
+ voluptuosidad espiritual de la tentaci&oacute;n, mientras el cl&eacute;rigo
+ abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una instituci&oacute;n
+ &laquo;cuyo car&aacute;cter sagrado don &Aacute;lvaro no discut&iacute;a...&raquo;
+ delante de gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en
+ octavo franc&eacute;s, de materialista a lo <i>commis-voyageur</i>.
+ </p>
+ <p>
+ No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija de
+ penitencia la satisfacci&oacute;n de groseros y vulgares apetitos; ni
+ &eacute;l se atrever&iacute;a a tanto, ni con dama como aquella era
+ posible intentar semejantes atropellos... pero &laquo;por lo fino, por lo
+ fino&raquo; (repet&iacute;a pens&aacute;ndolo) es lo m&aacute;s probable
+ que pretenda seducir a esta hermosa mujer, desocupada, en la flor de la
+ edad y sin amar. &laquo;S&iacute;, este cura quiere hacer lo mismo que yo,
+ s&oacute;lo que por otro sistema y con los recursos que le facilita su
+ estado y su oficio de confesor.... &iexcl;Oh! deb&iacute;a acudir antes
+ para impedirlo, pero ahora no puedo, a&uacute;n no tengo autoridad para
+ tanto&raquo;. Estas y otras reflexiones an&aacute;logas pusieron a Mes&iacute;a
+ de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en Vetusta,
+ especialmente sobre el sexo d&eacute;bil y devoto, le molestaba mucho
+ tiempo hac&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo que esta tarde ya no puede ser?&mdash;dec&iacute;a
+ Ana con humilde voz, suave, temblorosa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;ora&mdash;respondi&oacute; el Magistral, con el timbre
+ de un c&eacute;firo entre flores&mdash;; lo principal es cumplir la
+ voluntad de don V&iacute;ctor, y hasta adelantarse a ella cuando se pueda.
+ Esta tarde, alegr&iacute;a y nada m&aacute;s que alegr&iacute;a. Ma&ntilde;ana
+ temprano....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la
+ Catedral a esa hora....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No importa, ir&eacute; ma&ntilde;ana, es un deber... y es para m&iacute;
+ una satisfacci&oacute;n poder servir a usted, amiga m&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ No era en estas palabras, de una galanter&iacute;a vulgar, donde estaba la
+ dulzura inefable que encontraba Ana en lo que o&iacute;a: era en la voz,
+ en los movimientos, en un olor de <i>incienso espiritual</i> que parec&iacute;a
+ entrar hasta el alma.
+ </p>
+ <p>
+ Quedaron en que a la ma&ntilde;ana siguiente, muy temprano, don Ferm&iacute;n
+ esperar&iacute;a en su capilla a la Regenta para reconciliar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse,
+ alborotar, como manda el se&ntilde;or Quintanar, que adem&aacute;s de
+ tener derecho para mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que
+ sus... tristezas de usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso
+ levemente sonrosado, y le tembl&oacute; algo la voz, porque estaba
+ aludiendo a las confidencias de la tarde anterior), esas angustias de que
+ usted se queja y se acusa tengan mucho de nerviosas y tambi&eacute;n
+ puedan curarse, en la parte que al mal f&iacute;sico corresponde, con esa
+ nueva vida que le aconsejan y le exigen. S&iacute;, se&ntilde;ora,
+ &iquest;por qu&eacute; no? Oh, hija m&iacute;a, cuando nos conozcamos
+ mejor, cuando usted sepa c&oacute;mo pienso yo en materia de <i>placeres
+ mundanos</i>... (Eran sus frases) los <i>placeres del mundo</i> pueden
+ ser, para un alma firme y bien alimentada, pasatiempo inocente, hasta
+ soso, insignificante; distracci&oacute;n &uacute;til, que se aprovecha
+ como una medicina ins&iacute;pida, pero eficaz....
+ </p>
+ <p>
+ Ana comprend&iacute;a perfectamente. &laquo;Quer&iacute;a decir el
+ Magistral que cuando ella gozase las delicias de la virtud, las
+ diversiones con que pod&iacute;a solazarse el cuerpo le parecer&iacute;an
+ juegos pueriles, vulgares, sin gracia, buenos s&oacute;lo porque la distra&iacute;an
+ y daban descanso al esp&iacute;ritu. Entendido. Despu&eacute;s de todo, as&iacute;
+ era ahora; &iexcl;la divert&iacute;an tan poco los bailes, los teatros,
+ los paseos, los banquetes de Vetusta!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar se acerc&oacute;, y como oyera a don Ferm&iacute;n repetir que
+ era higi&eacute;nico el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distra&iacute;da,
+ aplaudi&oacute; al Magistral con entusiasmo, y aun aument&oacute; su
+ satisfacci&oacute;n cuando supo que ya no reconciliar&iacute;a Ana aquella
+ tarde.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Absurdo!&mdash;dijo don Ferm&iacute;n&mdash;; esta tarde al
+ campo... al Vivero....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A comer, a comer!&mdash;grit&oacute; la Marquesa desde la
+ puerta del sal&oacute;n donde acababa de recibir la noticia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Santa palabra!&mdash;exclam&oacute; el Marqu&eacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando,
+ contentos, &laquo;sin ceremonias&raquo;, que eran excusadas en casa de do&ntilde;a
+ Rufina, pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sab&iacute;an
+ tratar a sus convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de
+ la aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos &iacute;ntimos,
+ de que a prop&oacute;sito se exclu&iacute;a a los parientes linajudos que
+ no gustaban de ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier
+ plebeyo rico, aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos
+ aires de distinci&oacute;n y se&ntilde;or&iacute;o vetustense que les eran
+ ing&eacute;nitos. El Marqu&eacute;s ten&iacute;a el arte de saber darse
+ tono <i>a la pata la llana</i>, como &eacute;l dec&iacute;a en la prosa m&aacute;s
+ humilde que habl&oacute; arist&oacute;crata.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;La comida era de confianza, ya se sab&iacute;a&raquo;. Esto quer&iacute;a
+ decir que el Marqu&eacute;s y la Marquesa, no prescindir&iacute;an de sus
+ man&iacute;as y caprichos gastron&oacute;micos en consideraci&oacute;n a
+ los convidados; pero estos ser&iacute;an tratados a cuerpo de rey; la
+ confianza en aquella mesa no significaba la escasez ni el desali&ntilde;o;
+ se prescind&iacute;a de la librea, de la vajilla de plata, heredada de un
+ Vegallana, alto dignatario en M&eacute;jico, de las ceremonias molestas,
+ pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos y entremeses en que era
+ notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo mejor que produc&iacute;a la
+ fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y aire. Otros arist&oacute;cratas
+ disputaban a Vegallana la supremac&iacute;a en cuesti&oacute;n de nobleza
+ o riqueza, pero ninguno se atrev&iacute;a a negar que la cocina y la
+ bodega del Marqu&eacute;s eran las primeras de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Ordinariamente la Marquesa se hac&iacute;a servir por muchachas de veinte
+ abriles pr&oacute;ximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y
+ limpias como el oro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Ello ser&aacute; de mal tono&mdash;dec&iacute;a&mdash;cosa
+ de pobretes, pero todos mis convidados quedan contentos de tal servicio&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Porque tengo observado&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a&mdash;que
+ a las se&ntilde;oras no les gustan, por regla general, los criados; no se
+ fijan en ellos, y a los hombres siempre les gustan las buenas mozas,
+ aunque sea en la sopa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Paquito hab&iacute;a acogido con entusiasmo la innovaci&oacute;n de su mam&aacute;
+ diciendo: &laquo;&iexcl;Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que
+ alegra; me recuerda las horchater&iacute;as y algunos caf&eacute;s de la
+ Exposici&oacute;n...&raquo;. Al Marqu&eacute;s le era indiferente el
+ cambio. De todas suertes &eacute;l no pecaba en casa ni siquiera dentro
+ del casco de la poblaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ El comedor era cuadrado, ten&iacute;a vistas a la huerta y al patio
+ mediante cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy
+ alto. En cada ventana hab&iacute;a acumulado la Marquesa flores en
+ tiestos, jardineras, jarrones japoneses, m&aacute;s o menos aut&eacute;nticos
+ y contrastaban los colores vivos y met&aacute;licos de esta exposici&oacute;n
+ de flores con los severos tonos del nogal mate que asombraban el
+ artesonado del techo y se mostraban en molduras y tableros de los grandes
+ armarios corridos, de cristales, que rodeaban el comedor en todo el
+ espacio que dejaban libres los huecos y un gran sof&aacute; arrimado a un
+ testero. Tambi&eacute;n adornaban las paredes, all&iacute; donde cab&iacute;an,
+ cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las m&uacute;ltiples
+ industrias que tienen relaci&oacute;n con el comer bien. All&iacute; la
+ caza del tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la
+ castellana en el palafr&eacute;n, el paje a sus pies con el azor en el pu&ntilde;o
+ levantado sobre su cabeza; la garza all&aacute; en las nubes, de color de
+ yema de huevo; m&aacute;s atr&aacute;s el amo de aquellos bosques, del
+ castillo roquero y del pueblecillo que se pierde en lontananza.... En
+ frente una escena de novela de Feuillet; caza tambi&eacute;n; pero sin
+ garza, ni azor, ni se&ntilde;or feudal: un rinc&oacute;n del bosque, una
+ dama que monta a la inglesa, y un jinete que le va a los alcances
+ dispuesto, seg&uacute;n todas las se&ntilde;as, a besarle una mano en
+ cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; m&aacute;s all&aacute;
+ un bodeg&oacute;n de un realismo insufrible despu&eacute;s de comer. Y por
+ &uacute;ltimo, en el techo, en la vertical del centro de mesa, en un
+ medall&oacute;n, el retrato de don Jaime Balmes, sin que se sepa por qu&eacute;
+ ni para qu&eacute;. &iquest;Qu&eacute; hace all&iacute; el fil&oacute;sofo
+ catal&aacute;n? El Marqu&eacute;s no ha querido explicarlo a nadie. A Berm&uacute;dez
+ le parece un absurdo; Ronzal dice que es &laquo;<i>un anacronismo</i>&raquo;;
+ pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medall&oacute;n
+ a Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ A la Marquesa le parece esta una de las tonter&iacute;as menos cargantes
+ de su marido.
+ </p>
+ <p>
+ Se sentaron los convidados: no hubo m&aacute;s sillas destinadas que las
+ de la derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha
+ de do&ntilde;a Rufina se sent&oacute; Ripamil&aacute;n y a su izquierda,
+ el Magistral; a la derecha del Marqu&eacute;s do&ntilde;a Petronila
+ Rianzares y a la izquierda don V&iacute;ctor Quintanar. Los dem&aacute;s
+ donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre Edelmira y Visitaci&oacute;n;
+ la Regenta entre Ripamil&aacute;n y don &Aacute;lvaro; Obdulia entre el
+ Magistral y Joaqu&iacute;n Orgaz, don Saturnino Berm&uacute;dez entre do&ntilde;a
+ Petronila y el capell&aacute;n de los Vegallana. Don V&iacute;ctor ten&iacute;a
+ a su izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante m&eacute;dico de la
+ nobleza, que com&iacute;a con la servilleta sujeta al cuello con un
+ gracioso nudo.
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s, antes que los dem&aacute;s comiesen la sopa se sirvi&oacute;
+ un gran plato de sardinas, mientras hablaba con do&ntilde;a Petronila del
+ derribo de San Pedro, que a la dama le parec&iacute;a ignominioso. Los
+ convidados en tanto se entreten&iacute;an con los variados, ricos y raros
+ entremeses. &iexcl;Ya lo sab&iacute;an! estaban en confianza y hab&iacute;a
+ que respetar las costumbres que todos conoc&iacute;an. Vegallana empezaba
+ siempre con sus sardinas; devoraba unas cuantas docenas, y en seguida se
+ levantaba, y discretamente desaparec&iacute;a del comedor. Siguiendo uso
+ inveterado todos hicieron como que no notaban la ausencia del Marqu&eacute;s;
+ y en tanto lleg&oacute; y se sirvi&oacute; la sopa. Cuando el amo de la
+ casa volvi&oacute; a su asiento, estaba un poco p&aacute;lido y sudaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; tal?&mdash;pregunt&oacute; la Marquesa entre
+ dientes, m&aacute;s con el gesto que con los labios.
+ </p>
+ <p>
+ Y su esposo contest&oacute; con una inclinaci&oacute;n de cabeza que quer&iacute;a
+ decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Perfectamente!&mdash;y en tanto se serv&iacute;a un buen
+ plato de sopa de tortuga. El Marqu&eacute;s ya no ten&iacute;a las
+ sardinas en el cuerpo.
+ </p>
+ <p>
+ Otro misterio como el de Balmes en el techo.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa hac&iacute;a sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba
+ ya tampoco; com&iacute;a lechuga con casi todos los platos y todo lo
+ rociaba con vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conoc&iacute;an
+ sus caprichos de la mesa y la serv&iacute;an sol&iacute;citos, con alardes
+ de larga experiencia en aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en
+ que ayudaban al ama de la casa. Ripamil&aacute;n, mientras discut&iacute;a
+ acalorado con su querido amigo don V&iacute;ctor, en pie, moviendo la
+ cabeza como con un resorte, arreglaba la ensalada tercera de la Marquesa,
+ con una habilidad de m&aacute;quina en buen uso, y la se&ntilde;ora le
+ dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de sus manos, segura del
+ acierto exacto del diminuto can&oacute;nigo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se&ntilde;or m&iacute;o!&mdash;gritaba Ripamil&aacute;n,
+ mientras disolv&iacute;a sal en el plato de do&ntilde;a Rufina batiendo el
+ aceite y el vinagre con la punta de un cuchillo&mdash;; &iexcl;se&ntilde;or
+ m&iacute;o! yo creo que el se&ntilde;or de Carraspique est&aacute; en su
+ perfecto derecho; y no s&eacute; de d&oacute;nde le vienen a usted esas
+ ideas disolventes, que en cuarenta a&ntilde;os que llevamos de trato no le
+ he conocido....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oiga usted, mal cl&eacute;rigo!&mdash;exclam&oacute;
+ Quintanar, que estaba de muy buen humor y empezaba a sentirse rejuvenecido&mdash;;
+ yo bien s&eacute; lo que me digo, y ni t&uacute; ni ning&uacute;n
+ calaverilla ochent&oacute;n como t&uacute; me da a m&iacute; lecciones de
+ moralidad. Pero yo soy liberal....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pamplinas.&mdash;M&aacute;s liberal hoy que ayer, ma&ntilde;ana m&aacute;s
+ que hoy....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bravo! &iexcl;bravo!&mdash;gritaron Paco y Edelmira, que
+ tambi&eacute;n se sent&iacute;an muy j&oacute;venes; y obligaron a don V&iacute;ctor
+ a chocar las copas.
+ </p>
+ <p>
+ Todo aquello era broma; ni don V&iacute;ctor era hoy m&aacute;s liberal
+ que ayer, ni trataba de usted a Ripamil&aacute;n, ni le ten&iacute;a por
+ calavera; pero as&iacute; se manifestaba all&iacute; la alegr&iacute;a que
+ a todos los presentes comunicaba aquel vino transparente que luc&iacute;a
+ en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya con misteriosos tornasoles de
+ gruta m&aacute;gica, en el amaranto y el violeta obscuro del Burdeos en
+ que se ba&ntilde;aban los rayos m&aacute;s atrevidos del sol, que entraba
+ atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las ventanas del patio.
+ &iquest;Por qu&eacute; no alegrarse? &iquest;por qu&eacute; no re&iacute;r
+ y disparatar? Todo era contento: all&aacute; en la huerta rumores de agua
+ y de &aacute;rboles que mec&iacute;a el viento, c&aacute;nticos locos de p&aacute;jaros
+ dicharacheros; de las ventanas del patio ven&iacute;an perfumes tra&iacute;dos
+ por el airecillo que hac&iacute;a sonajas de las hojas de las plantas. Los
+ surtidores de abajo eran una orquesta que acompa&ntilde;aba al bullicioso
+ banquete; Pepa y Rosa vestidas de colorines, pero con trajes de buen corte
+ ce&ntilde;ido, airosas, limpias como armi&ntilde;os, sinuosas al andar de
+ faldas sonoras, risue&ntilde;as, rubia la una, morena como mulata la que
+ ten&iacute;a nombre de flor, serv&iacute;an con gracia, rapidez, buen
+ humor y acierto, ense&ntilde;ando a los hombres dientes de perlas, inclin&aacute;ndose
+ con las fuentes con coquetona humildad, de modo que, seg&uacute;n Ripamil&aacute;n,
+ aquella buena comida presentada as&iacute; era miel sobre hojuelas.
+ </p>
+ <p>
+ Los de la mesa correspond&iacute;an a la alegr&iacute;a ambiente; re&iacute;an,
+ gritaban ya, se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas,
+ por medio de ant&iacute;frasis; ya se sab&iacute;a que una censura
+ desvergonzada quer&iacute;a decir todo lo contrario: era un elogio sin
+ pudor.
+ </p>
+ <p>
+ En la cocina hab&iacute;a ecos de la alegr&iacute;a del comedor; Pepa y
+ Rosa cuando entraban con los platos ven&iacute;an sonriendo todav&iacute;a
+ al espect&aacute;culo que dejaban all&aacute; dentro; en toda la casa no
+ hab&iacute;a en aquel momento m&aacute;s que un personaje completamente
+ serio: Pedro el cocinero.
+ </p>
+ <p>
+ Ya se divertir&iacute;a despu&eacute;s; pero ahora pensaba en su
+ responsabilidad; iba y ven&iacute;a, dirig&iacute;a aquello como una
+ batalla; se asomaba a veces a la puerta del comedor y rectificaba los
+ ligeros errores del servicio con miradas magn&eacute;ticas a que obedec&iacute;an
+ Pepa y Rosa como aut&oacute;matas, disciplinadas a pesar de la expansi&oacute;n
+ y la algazara, cual veteranos.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el
+ Magistral; a veces se miraban, se sonre&iacute;an, De Pas dirig&iacute;a
+ la palabra a Anita de rato en rato, tendiendo hacia ella el busto por detr&aacute;s
+ de la Marquesa, para hacerse o&iacute;r; don &Aacute;lvaro los observaba
+ entonces, silencioso, cejijunto, sin pensar que le miraba Visitaci&oacute;n,
+ que estaba a su lado. Un pisot&oacute;n discreto de la del Banco le sacaba
+ de sus distracciones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pican, pican&mdash;dec&iacute;a Visita.&mdash;&iquest;El qu&eacute;?&mdash;preguntaba
+ la Marquesa que com&iacute;a sin cesar y muy contenta entre el bullicio&mdash;&iquest;qu&eacute;
+ es lo que pica?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Los pimientos, se&ntilde;ora. Y don &Aacute;lvaro agradec&iacute;a
+ a Visitaci&oacute;n el aviso y volv&iacute;a a engolfarse en el palique
+ general, ocultando como pod&iacute;a su aburrimiento que para sus adentros
+ llamaba soberano.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Cosa m&aacute;s rara! Estaba tocando el vestido y a veces
+ hasta sent&iacute;a una rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba&mdash;&iquest;cu&aacute;ndo
+ se ver&iacute;a &eacute;l en otra?&mdash;y sin embargo se aburr&iacute;a,
+ le parec&iacute;a estar all&iacute; de m&aacute;s, seguro de que aquella
+ comida no le servir&iacute;a para nada en sus planes, y de que la Regenta
+ no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por ahora&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ser&iacute;a una gran imprudencia dar un paso m&aacute;s; si yo
+ aprovechase la excitaci&oacute;n de la comida me perder&iacute;a para
+ mucho tiempo en el &aacute;nimo de esta se&ntilde;ora; estoy seguro de que
+ ella tambi&eacute;n se siente excitadilla, de que tambi&eacute;n est&aacute;
+ pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es tiempo todav&iacute;a
+ de aprovechar estas ventajas fisiol&oacute;gicas.... Esta ocasi&oacute;n
+ no es ocasi&oacute;n.... Veremos all&aacute; en el Vivero; pero aqu&iacute;
+ nada, nada; por m&aacute;s que pinche el apetito&raquo;. Y estaba m&aacute;s
+ fino con Anita, la obsequiaba con la distinci&oacute;n con que &eacute;l
+ sab&iacute;a hacerlo, pero nada m&aacute;s. Visitaci&oacute;n ve&iacute;a
+ visiones. &laquo;&iquest;Qu&eacute; era aquello?&raquo;. Miraba pasmada a
+ Mes&iacute;a, cuando nadie lo notaba, y abr&iacute;a los ojos mucho,
+ hinchando los carrillos, gesto que daba a entender algo como esto:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Me pareces un papanatas, y me pasma que est&eacute;s hecho un
+ doctrino cuando yo te he puesto a su lado con el mejor prop&oacute;sito...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba
+ un pie; pero la del Banco le recib&iacute;a a pataditas, con lo que daba a
+ entender &laquo;que era tambor de marina&raquo; y que segu&iacute;a
+ dominando en ella el criterio que hab&iacute;a presidido a la bofetada de
+ la tarde anterior.
+ </p>
+ <p>
+ Paco no se atrev&iacute;a a pisar a su <i>prima nueva</i>, pero la ten&iacute;a
+ encantada con sus bromas de se&ntilde;orito fino, que vivi&oacute; y <i>la
+ corri&oacute;</i> en Madrid. Adem&aacute;s &iexcl;ol&iacute;a tan bien el
+ primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo tan delicadas y elegantes!
+ All&aacute;, en su pueblo Edelmira hab&iacute;a pensado mucho en el
+ Marquesito, a quien hab&iacute;a visto dos o tres veces siendo ella muy ni&ntilde;a
+ y &eacute;l un adolescente. Ahora le ve&iacute;a como nuevo y superaba en
+ mucho a sus sue&ntilde;os e imaginaciones; era m&aacute;s guapo, m&aacute;s
+ sonrosado, m&aacute;s alegre y m&aacute;s gordo. El Marquesito vest&iacute;a
+ aquella tarde un traje de alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del
+ mismo color de piqu&eacute; y calzaba unas babuchas de verano que Edelmira
+ consideraba el colmo de la elegancia, aunque parec&iacute;a cosa de
+ turcos. Los dijes del primo, la camisa de color, la corbata, las sortijas
+ ricas y vistosas, las manos que parec&iacute;an de se&ntilde;orita, todo
+ esto encantaba a Edelmira que era tambi&eacute;n muy amiga de la limpieza
+ y de la salud.
+ </p>
+ <p>
+ Paco hab&iacute;a ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al
+ fin sinti&oacute; una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la ni&ntilde;a
+ permaneci&oacute; tan tranquila, que el primo se dej&oacute; aquella
+ pierna arrimada all&iacute; como si la hubiese olvidado. La inocencia de
+ Edelmira era tan poco espantadiza que Paco hubiera podido propasarse a
+ pisarle un pie sin que ella protestase a no sentirse lastimada. &laquo;Adem&aacute;s,
+ pensaba la joven, estas son cosas de aqu&iacute;&raquo;; la tradici&oacute;n
+ contaba mayores maravillas de la casa de los t&iacute;os.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante
+ pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. &iexcl;Paco
+ ya lo hab&iacute;a olvidado! no pensaba m&aacute;s que en aquella
+ hermosura fresca, oliendo a yerba y romero que le ven&iacute;a de la aldea
+ a alegrarle los sentidos. Pero la viuda, despu&eacute;s de consagrar un
+ recuerdo triste a sus devaneos de la v&iacute;spera, se volvi&oacute; al
+ Magistral insinuante, provocativa; procuraba marearle con sus perfumes,
+ con sus miradas de <i>tel&oacute;n r&aacute;pido</i> y con cuantos
+ recursos conoc&iacute;a y pod&iacute;an ser empleados contra semejante
+ hombre y en tales circunstancias. De Pas respond&iacute;a con mal
+ disimulado despego a las coqueter&iacute;as de Obdulia y no le agradec&iacute;a
+ siquiera el holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaqu&iacute;n
+ Orgaz que ella desde&ntilde;aba con mal disimulado &eacute;nfasis.
+ </p>
+ <p>
+ A Joaquinito le llevaban los demonios. &laquo;Aquella mujer era una...
+ tal... y lo dec&iacute;a en flamenco para sus adentros.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?&raquo;. Esto que no
+ lo notaban, o fing&iacute;an no verlo, los dem&aacute;s convidados, lo
+ estaba observando &eacute;l por lo que le importaba. Pero no se daba por
+ vencido, insist&iacute;a en galantear a la viuda, fingiendo no ver lo del
+ Magistral. Ordinariamente Obdulia y Joaquinito se entend&iacute;an.
+ &laquo;&iexcl;Se&ntilde;or! &iexcl;si hab&iacute;a llegado a darle cita en
+ una carbonera! Verdad era que &eacute;l no pod&iacute;a vanagloriarse de
+ haber tomado aquella plaza... desmantelada; no hab&iacute;a gozado los
+ supremos favores... todav&iacute;a; pero, en fin, anticipos... arras... o
+ como quiera llamarse, eso s&iacute;. &iexcl;Oh! como &eacute;l llegara a
+ vencer por completo, y as&iacute; lo esperaba, ya le pagar&iacute;a ella
+ aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y aquella
+ humillaci&oacute;n de posponerle a un <i>carca</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El que no esperaba nada, el que estaba desenga&ntilde;ado, triste hasta la
+ muerte, era don Saturnino Berm&uacute;dez. Despu&eacute;s de la escena de
+ la Catedral donde cre&iacute;a haber adelantado tanto&mdash;bien a costa
+ de su conciencia&mdash;no hab&iacute;a vuelto a ver a Obdulia; y aquella
+ ma&ntilde;ana, al acercarse a ella para decirle cu&aacute;nto hab&iacute;a
+ padecido con la ausencia de aquellos d&iacute;as (si bien ocultando los
+ restre&ntilde;imientos que le hab&iacute;an tenido obseso y en cama), al
+ ir a rezarle al o&iacute;do el discursito que tra&iacute;a preparado&mdash;estilo
+ Feuillet pasado por la sacrist&iacute;a&mdash;Obdulia le hab&iacute;a
+ vuelto la espalda y no una vez, sino tres o cuatro, d&aacute;ndole a
+ entender claramente, que <i>non erat hic locus</i>, que a &eacute;l s&oacute;lo
+ se le tolerar&iacute;a en la iglesia.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;As&iacute; eran las mujeres! &iexcl;as&iacute; era
+ singularmente aquella mujer! &iquest;Para qu&eacute; amarlas? &iquest;Para
+ qu&eacute; perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, &iquest;para qu&eacute;
+ amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era so&ntilde;ar, seguir
+ so&ntilde;ando&raquo;. As&iacute; pensaba melanc&oacute;lico Berm&uacute;dez,
+ que ten&iacute;a el vino triste, mientras contestaba distra&iacute;do,
+ pero muy fr&iacute;amente, a do&ntilde;a Petronila Rianzares que se
+ ocupaba en hacer en voz baja un paneg&iacute;rico del Magistral, su
+ &iacute;dolo. Berm&uacute;dez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a
+ quien hab&iacute;a amado en secreto, y otras veces a Visitaci&oacute;n, a
+ quien hab&iacute;a querido siendo &eacute;l adolescente, all&aacute; por
+ la &eacute;poca en que la del Banco, seg&uacute;n malas lenguas, se escap&oacute;
+ con un novio por un balc&oacute;n. Ni siquiera Visitaci&oacute;n le hab&iacute;a
+ hecho caso en su vida; jam&aacute;s le hab&iacute;a mirado con los ojillos
+ arrugados con que ella cre&iacute;a encantar; no era desprecio; era que
+ para las se&ntilde;oras de Vetusta, Berm&uacute;dez era un sabio, un
+ santo, pero no un hombre. Obdulia hab&iacute;a descubierto aquel var&oacute;n,
+ pero hab&iacute;a despreciado en seguida el descubrimiento.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, Ripamil&aacute;n, don V&iacute;ctor, don &Aacute;lvaro, el
+ Marqu&eacute;s y el m&eacute;dico llevaban el peso de la conversaci&oacute;n
+ general; Vegallana y el Magistral tend&iacute;an a los asuntos serios,
+ pero Ripamil&aacute;n y don V&iacute;ctor daban a todo debate un sesgo
+ festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqu&eacute;s en cuanto
+ se sinti&oacute; fuerte, merced al sabio equilibrio g&aacute;strico de l&iacute;quidos
+ y s&oacute;lidos que &eacute;l establec&iacute;a con gran tino, insisti&oacute;
+ en su esp&iacute;ritu de reformista de cal y canto. &laquo;&iexcl;Ea! que
+ quer&iacute;a derribar a San Pedro; y que no se le hablase de sus ideas;
+ aparte de que &eacute;l no era un fan&aacute;tico, ni el partido
+ conservador deb&iacute;a confundirse con ciertas doctrinas ultramontanas,
+ aparte de esto, una cosa era la religi&oacute;n y otra los intereses
+ locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una necesidad.
+ &iquest;Emplazamiento? uno solo, no admit&iacute;a discusi&oacute;n en
+ esto, la plaza de San Pedro; &iquest;pero c&oacute;mo? &iquest;d&oacute;nde?
+ Mediante el derribo de la ruinosa iglesia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El
+ Magistral votaba con do&ntilde;a Petronila, pero no esforzaba sus
+ argumentos. Ripamil&aacute;n, que ten&iacute;a los ojillos como dos
+ abalorios, gritaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Fuera ese iconoclasta! &iexcl;Las hortalizas, las
+ hortalizas! &iquest;Eso quiere decir que a V. E., se&ntilde;or Marqu&eacute;s,
+ la religi&oacute;n, el arte y la historia le importan menos que un r&aacute;bano?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bravo, paisano!&mdash;grit&oacute; don V&iacute;ctor, en
+ pie, con una copa de Champa&ntilde;a en la mano.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No hay formalidad, no se puede discutir&mdash;dec&iacute;a el Marqu&eacute;s&mdash;;
+ este Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; tiene que ver?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No quiere usted derribar la iglesia, pero quer&iacute;a exclaustrar
+ a las hijas de Carraspique....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Una sencilla secularizaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;V&iacute;ctor, V&iacute;ctor, no disparates...&mdash;se atrevi&oacute;
+ a decir sonriendo la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Son bromas&mdash;advirti&oacute; el Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo bromas?&mdash;grit&oacute; el m&eacute;dico&mdash;.
+ A fe de Somoza, que sin don V&iacute;ctor ataca a mi primo Carraspique en
+ broma, yo empu&ntilde;o la espada, le ataco en serio y las ca&ntilde;as se
+ vuelven lanzas. Se&ntilde;ores, aquella ni&ntilde;a se pudre....
+ </p>
+ <p>
+ Se acab&oacute; la discusi&oacute;n, sin causa, o por causa de los vapores
+ del vino, mejor dicho. Todos hablaban; Paco quer&iacute;a tambi&eacute;n
+ secularizar a las monjas; Joaquinito Orgaz comenz&oacute; a decir chistes
+ flamencos que hac&iacute;an mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira.
+ Visitaci&oacute;n lleg&oacute; a levantarse de la mesa para azotar con el
+ abanico abierto a los que manifestaban ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y
+ las dem&aacute;s criadas sonre&iacute;an discretamente, sin atreverse a
+ tomar parte en el desorden, pero un poco menos disciplinadas que al
+ empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a la puerta. Se hab&iacute;an
+ roto dos copas.
+ </p>
+ <p>
+ Los p&aacute;jaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las
+ ventanas para ver qu&eacute; era aquello y mezclaban sus gritos g&aacute;rrulos
+ y agudos al general estr&eacute;pito.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El caf&eacute; en el cenador!&mdash;orden&oacute; la
+ Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bien, bien!&mdash;gritaron don V&iacute;ctor y Edelmira, que
+ cogidos del brazo y a los acordes de la marcha real (dec&iacute;a el
+ ex-regente), que tocaba all&aacute; dentro Visitaci&oacute;n en un piano
+ desafinado, se dirigieron los primeros a la huerta, seguidos de Paco, empe&ntilde;ado
+ en ce&ntilde;ir las canas de don V&iacute;ctor con una corona de azahar.
+ La hab&iacute;a encontrado en un armario de la alcoba de su hermana Emma.
+ All&iacute; iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la huerta, que era
+ grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de &aacute;rboles altos y
+ de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte del recinto. Don V&iacute;ctor,
+ Paco y Edelmira corr&iacute;an por los senderos all&aacute; lejos entre
+ los &aacute;rboles. Don &Aacute;lvaro daba el brazo a la Marquesa, y
+ delante de ellos, detenida por la conversaci&oacute;n de do&ntilde;a
+ Rufina iba Anita, mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente
+ inclinada, los ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se
+ hab&iacute;a quedado atr&aacute;s, en poder de do&ntilde;a Petronila
+ Rianzares que le hablaba de un asunto serio: la casa de las Hermanitas de
+ los Pobres que se constru&iacute;a cerca del Espol&oacute;n, en terrenos
+ regalados por do&ntilde;a Petronila con admiraci&oacute;n y aplauso de
+ toda Vetusta cat&oacute;lica. Era la de Rianzares viuda de un antiguo
+ intendente de la Habana, quien la hab&iacute;a dejado una fortuna de las m&aacute;s
+ respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la empleaba en
+ servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas, levantar
+ conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en armas el
+ partido. Cre&iacute;ase poco menos que papisa y se hubiera atrevido a
+ excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa sancionar&iacute;a
+ su excomuni&oacute;n; trataba de potencia a potencia al Obispo, y Ripamil&aacute;n,
+ que no la pod&iacute;a ver porque era un marimacho, seg&uacute;n &eacute;l,
+ la llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegi&oacute;
+ a la Iglesia. &laquo;Piensa la buena se&ntilde;ora que por haber sabido
+ conservar con decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para
+ obras p&iacute;as es una santa y poco menos que el Metropolitano&raquo;.
+ Ten&iacute;a raz&oacute;n el Arcipreste; do&ntilde;a Petronila no pensaba
+ m&aacute;s que en su protecci&oacute;n al culto cat&oacute;lico y opinaba
+ que los dem&aacute;s deb&iacute;an pasarse la vida alabando su
+ munificencia y su castidad de viuda.
+ </p>
+ <p>
+ No reconoc&iacute;a entre todo el clero vetustense m&aacute;s superior que
+ el Magistral, a quien consideraba m&aacute;s que al Obispo; &laquo;era
+ todo un gran hombre que por humildad viv&iacute;a postergado&raquo;. El
+ Magistral trataba a la de Rianzares como a una reina, seg&uacute;n el
+ Arcipreste, o como si fuera el obispo-madre; ella se lo agradec&iacute;a y
+ se lo pagaba siendo su abogado m&aacute;s elocuente en todas partes. Donde
+ ella estuviera, que no se murmurase; no lo consent&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el caf&eacute;, la
+ de Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del
+ Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Vamos! &iexcl;amigo m&iacute;o!... se lo suplico yo... acomp&aacute;&ntilde;eme
+ al Vivero... sea amable... por caridad....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recib&iacute;a con placer
+ aquel incienso, detr&aacute;s del cual habr&iacute;a tantas talegas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que
+ hacer, a las siete he de estar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, no, no valen disculpas.... Ay&uacute;deme usted, Marquesa, ay&uacute;deme
+ usted a convencer a este p&iacute;caro.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa ayud&oacute;, pero fue in&uacute;til. Don Ferm&iacute;n se hab&iacute;a
+ propuesto no ir al Vivero aquella tarde; comprend&iacute;a que eran all&iacute;
+ todos &iacute;ntimos de la casa menos &eacute;l; ya hab&iacute;a aceptado
+ el convite porque... no hab&iacute;a podido menos, por una debilidad, y no
+ quer&iacute;a m&aacute;s debilidades. &iquest;Qu&eacute; iba a hacer
+ &eacute;l en aquella excursi&oacute;n? Sab&iacute;a que al Vivero iban
+ todos aquellos locos, Visitaci&oacute;n, Obdulia, Paco, Mes&iacute;a, a
+ divertirse con demasiada libertad, a imitar muy a lo vivo los juegos
+ infantiles. Ripamil&aacute;n se lo hab&iacute;a dicho varias veces.
+ Ripamil&aacute;n iba sin escr&uacute;pulo, pero ya se sab&iacute;a que el
+ Arcipreste era como era; &eacute;l, De Pas, no deb&iacute;a presenciar
+ aquellas escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para
+ vistas por un can&oacute;nigo formal. No, no hab&iacute;a que prodigarse;
+ siempre hab&iacute;a sabido mantenerse en el dif&iacute;cil equilibrio de
+ sacerdote sociable sin degenerar en mundano; sab&iacute;a conservar su
+ buena fama. La excesiva confianza, el trato sobrado familiar da&ntilde;ar&iacute;a
+ a su prestigio; no ir&iacute;a al Vivero. Y buenas ganas se le pasaban,
+ eso s&iacute;; porque aquel se&ntilde;or Mes&iacute;a se hab&iacute;a
+ vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don Ferm&iacute;n
+ a sospechar si tendr&iacute;a prop&oacute;sitos <i>non sanctos</i> el c&eacute;lebre
+ don Juan de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa, sin malicia, como ella hac&iacute;a las cosas, llam&oacute; a
+ su lado a Anita para decirla:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ven ac&aacute;, ven ac&aacute;, a ver si a ti te hace m&aacute;s
+ caso que a nosotras este se&ntilde;or displicente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De qu&eacute; se trata?&mdash;De don Ferm&iacute;n que no
+ quiere venir al Vivero.
+ </p>
+ <p>
+ El don Ferm&iacute;n, que ya ten&iacute;a las mejillas algo encendidas por
+ culpa de las libaciones m&aacute;s frecuentes que de costumbre, se puso
+ como una cereza cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con
+ verdadera pena:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, por Dios, no sea usted as&iacute;, mire que nos da a todos un
+ disgusto; acomp&aacute;&ntilde;enos usted, se&ntilde;or Magistral....
+ </p>
+ <p>
+ En el gesto, en la mirada de la Regenta pod&iacute;a ver cualquiera y lo
+ vieron De Pas y don &Aacute;lvaro, sincera expresi&oacute;n de disgusto:
+ era una contrariedad para ella la noticia que le daba la Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ Por el alma de don &Aacute;lvaro pas&oacute; una emoci&oacute;n parecida a
+ una quemadura; &eacute;l, que conoc&iacute;a la materia, no dud&oacute; en
+ calificar de celos aquello que hab&iacute;a sentido. Le dio ira el
+ sentirlo. &laquo;Quer&iacute;a decirse que aquella mujer le interesaba m&aacute;s
+ de veras de lo que &eacute;l creyera; y hab&iacute;a obst&aacute;culos, y
+ &iexcl;de qu&eacute; g&eacute;nero! &iexcl;Un cura! Un cura guapo, hab&iacute;a
+ que confesarlo...&raquo;. Y entonces, los ojos apagados del elegante Mes&iacute;a
+ brillaron al clavarse en el Magistral que sinti&oacute; el choque de la
+ mirada y la resisti&oacute; con la suya, erizando las puntas que ten&iacute;a
+ en las pupilas entre tanta blandura. A don Ferm&iacute;n le asust&oacute;
+ la impresi&oacute;n que le produjo, m&aacute;s que las palabras, el gesto
+ de Ana; sinti&oacute; un agradecimiento dulc&iacute;simo, un calor en las
+ entra&ntilde;as completamente nuevo; ya no se trataba all&iacute; de la
+ vanidad suavemente halagada, sino de unas fibras del coraz&oacute;n que no
+ sab&iacute;a &eacute;l c&oacute;mo sonaban. &laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+ diablos es esto!&raquo; pens&oacute; De Pas; y entonces precisamente fue
+ cuando se encontr&oacute; con los ojos de don &Aacute;lvaro; fue una
+ mirada que se convirti&oacute;, al chocar, en un desaf&iacute;o; una
+ mirada de esas que dan bofetadas; nadie lo not&oacute; m&aacute;s que
+ ellos y la Regenta. Estaban ambos en pie, cerca uno de otro, los dos
+ arrogantes, esbeltos; la ce&ntilde;ida levita de Mes&iacute;a, correcta,
+ severa, ostentaba su gravedad con no menos dignas y elegantes l&iacute;neas
+ que el manteo ampuloso, hier&aacute;tico del cl&eacute;rigo, que reluc&iacute;a
+ al sol, cayendo hasta la tierra.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como
+ San Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todav&iacute;a;
+ el Diablo Arc&aacute;ngel tambi&eacute;n; los dos pensaban en ella, era
+ seguro; don Ferm&iacute;n como un amigo protector, el otro como un enemigo
+ de su honra, pero amante de su belleza; ella dar&iacute;a la victoria al
+ que la merec&iacute;a, al &aacute;ngel bueno, que era un poco menos alto,
+ que no ten&iacute;a bigote (que siempre parec&iacute;a bien), pero que era
+ gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser debajo de una sotana. Se
+ ten&iacute;a que confesar la Regenta, aunque pensando un instante nada m&aacute;s
+ en ello, que la complac&iacute;a encontrar a su salvador, tan airoso y
+ bizarro; tan distinguido como dec&iacute;a Obdulia, que en esto ten&iacute;a
+ raz&oacute;n. Y sobre todo, aquellos dos hombres mir&aacute;ndose as&iacute;
+ por ella, reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista
+ de su voluntad, eran algo que romp&iacute;a la monoton&iacute;a de la vida
+ vetustense, algo que interesaba, que pod&iacute;a ser dram&aacute;tico,
+ que ya empezaba a serlo. El honor, aquella quisicosa que andaba siempre en
+ los versos que recitaba su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no hab&iacute;a
+ que pensar en &eacute;l; pero bueno ser&iacute;a que un hombre de tanta
+ inteligencia como el Magistral la defendiera contra los ataques m&aacute;s
+ o menos temibles del buen mozo, que tampoco era rana, que estaba
+ demostrando mucho tacto, gran prudencia y lo que era peor, un inter&eacute;s
+ verdadero por ella. Eso s&iacute;, ya estaba convencida, don &Aacute;lvaro
+ no quer&iacute;a vencerla por capricho, ni por vanidad, sino por verdadero
+ amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido encontrarla soltera. En
+ rigor, don V&iacute;ctor era un respetable estorbo.
+ </p>
+ <p>
+ Pero ella le quer&iacute;a, estaba segura de ello, le quer&iacute;a con un
+ cari&ntilde;o filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que val&iacute;a
+ por lo menos tanto, a su modo, como una pasi&oacute;n de otro g&eacute;nero.
+ Y adem&aacute;s, si no fuera por don V&iacute;ctor, el Magistral no tendr&iacute;a
+ por qu&eacute; defenderla, ni aquella lucha entre dos hombres <i>distinguidos</i>
+ que comenzaba aquella tarde tendr&iacute;a raz&oacute;n de ser. No hab&iacute;a
+ que olvidar que don Ferm&iacute;n no la quer&iacute;a ni la pod&iacute;a
+ querer para s&iacute;, sino para don V&iacute;ctor&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Ana se perd&iacute;a en estas y otras reflexiones parecidas, se oy&oacute;
+ la voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que
+ tomaban pac&iacute;ficamente caf&eacute; bajo la glorieta, acudieron al
+ extremo de la huerta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;n? &iquest;d&oacute;nde est&aacute;n?&mdash;preguntaba
+ asustada la Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;En el columpio! &iexcl;en el columpio!&mdash;dijo el m&eacute;dico
+ don Robustiano.
+ </p>
+ <p>
+ Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al p&uacute;blico
+ madrile&ntilde;o en la romer&iacute;a de San Isidro, aunque m&aacute;s
+ elegante y fabricado con esmero; en uno de los asientos, que imitaban la
+ barquilla de un globo, en cuclillas, sonriente y p&aacute;lido, don
+ Saturnino Berm&uacute;dez, como a una vara del suelo inm&oacute;vil, hac&iacute;a
+ la figura m&aacute;s rid&iacute;cula del mundo, con plena conciencia de
+ ello, y m&aacute;s rid&iacute;culo por sus conatos de disimularlo,
+ procurando dar a su situaci&oacute;n unos aires de tolerable, que no pod&iacute;a
+ tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se hab&iacute;a
+ enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra
+ reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante
+ persona Obdulia Fandi&ntilde;o agarrada a la nave como un n&aacute;ufrago
+ del aire, muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto
+ y de lo que ella cre&iacute;a peligro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se mueva usted, no se mueva usted&mdash;gritaba don V&iacute;ctor,
+ haciendo aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que
+ a Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...&mdash;dec&iacute;a
+ Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tres metros y medio&mdash;dijo el Marqu&eacute;s que lleg&oacute; a
+ tiempo de dar la medida exacta del batacazo posible, a ojo, como &eacute;l
+ hac&iacute;a siempre los c&aacute;lculos geom&eacute;tricos.
+ </p>
+ <p>
+ El caso es que ni don V&iacute;ctor, ni Paco, ni Orgaz pod&iacute;an por
+ su propia industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y
+ librar a Obdulia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tuvo la culpa Paco&mdash;dec&iacute;a Visitaci&oacute;n, ce&ntilde;idas
+ con una cuerda las piernas, por encima del vestido&mdash;. Empuj&oacute;
+ demasiado fuerte, para que se cayera Saturno y, &iexcl;zas! subi&oacute;
+ la barquilla all&aacute; arriba y al bajar... se enganch&oacute; en ese
+ palo.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia no se mov&iacute;a, pero gritaba sin cesar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No grites, hija&mdash;dec&iacute;a la Marquesa, que ya no la miraba
+ por no molestarse con la inc&oacute;moda postura de la cabeza echada hacia
+ atr&aacute;s&mdash;; ya te bajar&aacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ Prob&oacute; el Marqu&eacute;s a encaramarse sobre una escalera de mano de
+ pocos travesa&ntilde;os, que serv&iacute;a al jardinero para recortar la
+ copa de los arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqu&eacute;s, aun
+ subido al palo m&aacute;s alto no llegaba a coger la barquilla del
+ columpio, de modo que pudiera hacer fuerza para descolgarla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que llamen a Diego... a Bautista...&mdash;dec&iacute;a la Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, s&iacute;; que venga Bautista!...&mdash;gritaba
+ Obdulia recordando la fuerza del cochero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es in&uacute;til&mdash;advirti&oacute; el Marqu&eacute;s&mdash;.
+ Bautista tiene fuerza pero no alcanza; es de mi estatura... no hay m&aacute;s
+ remedio que buscar otra escalera....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No la hay en el jard&iacute;n...&mdash;Sabe Dios d&oacute;nde
+ parecer&aacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Por Dios! &iexcl;por Dios!... que ya me mareo, que me caigo
+ de miedo.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces don &Aacute;lvaro, a quien Ana hab&iacute;a dirigido una mirada
+ animadora y suplicante, se decidi&oacute;. Rato hac&iacute;a que se le hab&iacute;a
+ ocurrido que &eacute;l, gracias a su estatura, podr&iacute;a coger c&oacute;modamente
+ la barquilla y arrancarla de sus prisiones... pero &iquest;qu&eacute; le
+ importaba a &eacute;l Obdulia? Pod&iacute;a hacer una figura rid&iacute;cula,
+ mancharse la levita. La mirada de Ana le hizo saltar a la escalera. Por
+ fortuna era &aacute;gil. La Regenta le vio tan airoso, tan pulcro y
+ elegante en aquella situaci&oacute;n de farolero como paseando por el
+ Espol&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bravo! &iexcl;bravo!&mdash;gritaron Edelmira y Paco al ver
+ los brazos del buen mozo entre los palos de la barquilla del columpio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No me tires! &iexcl;No me tires!&mdash;grit&oacute; Obdulia
+ que sinti&oacute; las manos de su ex-amante debajo de las piernas. Visita
+ le dio un pellizco a Edelmira a quien ya tuteaba. La chica se fij&oacute;
+ en la intenci&oacute;n del pellizco porque se hab&iacute;a fijado en el
+ tratamiento. &iexcl;Le hab&iacute;a llamado de t&uacute;!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Est&eacute; usted tranquila; no va con usted nada&mdash;respondi&oacute;
+ don &Aacute;lvaro... ya arrepentido de haber cedido al ruego t&aacute;cito
+ de Anita.
+ </p>
+ <p>
+ Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera
+ la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el
+ primer esfuerzo, que desde luego reput&oacute; in&uacute;til, pens&oacute;
+ en la cara que estar&iacute;a poniendo el Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A&uacute;pa!...&mdash;grit&oacute; abajo Visitaci&oacute;n
+ para mayor ignominia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No puede usted, no puede usted!... &iexcl;no lo mueva usted,
+ es peor!... &iexcl;Me voy a matar!&mdash;grit&oacute; la Fandi&ntilde;o.
+ </p>
+ <p>
+ Los dem&aacute;s callaban.&mdash;&iexcl;Estate quieta!&mdash;dijo en voz
+ baja, ronca y furiosa don &Aacute;lvaro, que de buena gana la hubiera
+ visto caer de cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ E intent&oacute; el segundo esfuerzo sin fortuna.
+ </p>
+ <p>
+ Aquello no se mov&iacute;a. Sudaba m&aacute;s de verg&uuml;enza que de
+ cansancio. Un hombre como &eacute;l deb&iacute;a poder levantar a pulso
+ aquel peso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Deje usted, deje usted, a ver si Bautista&mdash;dijo la Marquesa&mdash;...
+ &iexcl;demonio de chicos!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bautista no alcanza&mdash;observ&oacute; otra vez el Marqu&eacute;s&mdash;.
+ Otra escalera... que vayan a las cocheras.... All&iacute; debe de
+ haber....
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro dio el tercer empuj&oacute;n.... In&uacute;til. Mir&oacute;
+ hacia abajo como buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro
+ caj&oacute;n, debajo de sus narices, en actitud humilde y rid&iacute;cula,
+ vio a don Saturnino en cuclillas, inm&oacute;vil, olvidado por todos los
+ presentes. Mes&iacute;a no pudo menos de sonre&iacute;r, a pesar de que le
+ estaban llevando los demonios. Con deseos de escupirle mir&oacute; a Berm&uacute;dez,
+ que le sonre&iacute;a sin cesar, y dijo con calma forzada:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hombre! &iexcl;pues tiene gracia! &iquest;Ah&iacute; se est&aacute;
+ usted? &iquest;usted se piensa que yo hago juegos de Alcides y se me pone
+ ah&iacute; en calidad de plomo?...
+ </p>
+ <p>
+ Carcajada general.&mdash;S&iacute;, r&iacute;anse ustedes&mdash;clam&oacute;
+ Obdulia&mdash;pues el lance es gracioso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo...&mdash;balbuce&oacute; Berm&uacute;dez&mdash;usted dispense...
+ como nadie me dec&iacute;a nada... cre&iacute; que no estorbaba... y adem&aacute;s...
+ cre&iacute;a que al bajarme... pudiese empeorar la situaci&oacute;n de esa
+ se&ntilde;ora... alguna sacudida.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ay, no, no! no se baje usted&mdash;grit&oacute; la viuda con
+ espanto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo que no?&mdash;rugi&oacute; furioso don &Aacute;lvaro&mdash;.
+ &iquest;Quiere usted que yo levante este armatoste con los dos encima y a
+ pulso?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... est&aacute; tan
+ alto esto....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Una vara escasa&mdash;advirti&oacute; el Marqu&eacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Paco tom&oacute; en brazos a don Saturno y le sac&oacute; del caj&oacute;n
+ nefando.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ahora&mdash;dijo&mdash;nosotros te ayudaremos, empujando desde aqu&iacute;
+ abajo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es in&uacute;til&mdash;observ&oacute; el Magistral con una voz
+ muy dulce&mdash;; como el madero aquel se ha metido entre los dos palos de
+ la banda... si no se alza a pulso todo el columpio... no se puede
+ desenganchar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es claro&mdash;bramaba desde arriba el otro; y prob&oacute; otra
+ vez su fuerza.
+ </p>
+ <p>
+ Pero Berm&uacute;dez pesaba muy poco por lo visto, porque don &Aacute;lvaro
+ no movi&oacute; el pesado artefacto.
+ </p>
+ <p>
+ El elegante se cre&iacute;a a la verg&uuml;enza en la picota, y de un
+ brinco, que procur&oacute; que fuese gracioso, se puso en tierra.
+ Sacudiendo el polvo de las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es imposible! Que se busque otra escalera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya pod&iacute;a estar buscada...&mdash;Si yo alcanzase...&mdash;insinu&oacute;
+ entonces el Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es verdad, dijo la Marquesa, usted es tambi&eacute;n alto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; llega, s&iacute; llega&mdash;grit&oacute; Paco, que quiso
+ verle hacer t&iacute;teres.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, alcanza usted&mdash;concluy&oacute; Vegallana padre&mdash;.
+ Como tenga usted fuerza.... Y aqu&iacute; nadie le ve.
+ </p>
+ <p>
+ Lo dif&iacute;cil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste
+ figura con el traje talar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Qu&iacute;tese usted el manteo&mdash;observ&oacute; Ripamil&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No hace falta&mdash;contest&oacute; De Pas, horrorizado ante la
+ idea de que le vieran en sotana.
+ </p>
+ <p>
+ Y sin perder un &aacute;pice de su dignidad, de su gravedad ni de su
+ gracia, subi&oacute; como una ardilla al travesa&ntilde;o m&aacute;s alto,
+ mientras el manteo flotaba ondulante a su espalda.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Perfectamente&mdash;dijo metiendo los brazos por donde poco antes
+ hab&iacute;a introducido los suyos Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Aplausos en la multitud. Obdulia comprimi&oacute; un chillido de mal g&eacute;nero.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Petronila, ext&aacute;tica, con la boca abierta, exclam&oacute;
+ por lo bajo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; hombre! &iexcl;Qu&eacute; lumbrera!
+ </p>
+ <p>
+ Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendi&oacute;
+ en sus brazos el columpio, que libre de su prisi&oacute;n y contenido en
+ su descenso por la fuerza misma que lo levantara, baj&oacute;
+ majestuosamente. Somoza, Paco y Joaqu&iacute;n Orgaz ayudaron a Obdulia a
+ salir del caj&oacute;n maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovaci&oacute;n.
+ Paco le admir&oacute; en silencio: la fuerza muscular le inspiraba un
+ terror algo religioso; &eacute;l hab&iacute;a malgastado la suya en las
+ lides de amor. Ten&iacute;a bastante carne, pero blanda. Don &Aacute;lvaro
+ disimul&oacute; dif&iacute;cilmente el bochorno. &laquo;&iexcl;Mayor
+ puerilidad! pero estaba avergonzado de veras&raquo;. Adem&aacute;s,
+ &eacute;l, que miraba a los curas como flacas mujeres, como un sexo d&eacute;bil
+ especial a causa del traje talar y la lenidad que les imponen los c&aacute;nones,
+ acababa de ver en el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle
+ de un pu&ntilde;etazo si llegaba esta ocasi&oacute;n inveros&iacute;mil.
+ Recordaba Mes&iacute;a que muchas veces (especialmente con motivo de las
+ elecciones en las aldeas) hab&iacute;a &eacute;l dicho, v. gr.: &laquo;Pues
+ el se&ntilde;or cura que no se divierta, que no abuse de la ventaja de sus
+ faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y le tiro por el balc&oacute;n&raquo;.
+ Siempre se le hab&iacute;a figurado, por no haberlo pensado bien, que a
+ los curas, una vez perdido el respeto religioso, se les pod&iacute;a
+ abofetear impunemente; no les supon&iacute;a valor, ni fuerza, ni sangre
+ en las venas.... &laquo;Y ahora... aquel can&oacute;nigo, que tal vez era
+ un poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien
+ pod&iacute;a ser una saludable advertencia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La gratitud de Obdulia no ten&iacute;a l&iacute;mites, pero el Magistral
+ crey&oacute; necesario busc&aacute;rselos mostr&aacute;ndose fr&iacute;o,
+ seco y d&aacute;ndola a entender que &laquo;no lo hab&iacute;a hecho por
+ ella&raquo;. La viuda, sin embargo, insisti&oacute; en sostener que le deb&iacute;a
+ la vida.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Indudablemente!&mdash;corroboraba do&ntilde;a Petronila, que
+ no sospechaba c&oacute;mo quer&iacute;a pagar Obdulia aquella vida que dec&iacute;a
+ deber al Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Ana admir&oacute; en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que
+ no vio m&aacute;s que un s&iacute;mbolo f&iacute;sico de la fortaleza del
+ alma; fortaleza en que ella ten&iacute;a, indudablemente, una defensa
+ segura, inexpugnable, contra las tentaciones que empezaban a acosarla.
+ </p>
+ <p>
+ Visita subi&oacute; entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no
+ quer&iacute;a que se le viesen los bajos.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia protest&oacute;.&mdash;&iquest;C&oacute;mo? &iquest;pues se ve&iacute;a
+ algo? &iexcl;no quiero! &iexcl;no quiero! &iquest;por qu&eacute; no se me
+ ha advertido? Esto es una traici&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tiene raz&oacute;n esta se&ntilde;ora&mdash;dijo don V&iacute;ctor&mdash;igualdad
+ ante la ley; fuera esa cuerda.
+ </p>
+ <p>
+ Edelmira subi&oacute; al columpio sin atarse. No hab&iacute;a para qu&eacute;
+ tomar precauciones, no se ve&iacute;a nada.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor y Ripamil&aacute;n se columpiaron tambi&eacute;n, pero
+ se mareaban.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya est&aacute;n los coches&mdash;grit&oacute; la Marquesa desde
+ lejos; y corrieron todos al patio.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa, do&ntilde;a Petronila, la Regenta y Ripamil&aacute;n subieron
+ a la carretela descubierta; carruaje de lujo que hab&iacute;a sido
+ excelente pero que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de
+ caballos negros era digno del rey. Los dem&aacute;s se acomodaron en un
+ coche antiguo de viaje, s&oacute;lido, pero de mala facha, tirado por
+ cuatro caballos; era el que serv&iacute;a ordinariamente al Marqu&eacute;s
+ en sus excursiones por la provincia, para llevar y traer electores unas
+ veces y otras para cazar acaso en terreno vedado. &iexcl;Se dec&iacute;an
+ tantas cosas del coche de camino! Su figura se aproximaba a las sillas de
+ posta antiguas, que todav&iacute;a hacen el servicio del correo en Madrid
+ desde la Central a las Estaciones. Lo llamaban la <i>G&oacute;ndola</i> y
+ el <i>Familiar</i> y con otros apodos.
+ </p>
+ <p>
+ Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamil&aacute;n y Anita,
+ con palabra solemne de dejarle en el Espol&oacute;n, donde &eacute;l ten&iacute;a
+ que buscar a cierta persona. (No hab&iacute;a tal cosa, era un pretexto
+ para cumplir su prop&oacute;sito de no ir al Vivero.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Le secuestramos&mdash;hab&iacute;a dicho Obdulia....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejar&aacute;
+ apearse&mdash;a&ntilde;adi&oacute; do&ntilde;a Petronila.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No; protesto... entonces no subo. Subi&oacute;; y la carretela sali&oacute;
+ arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas
+ de la Encimada. Detr&aacute;s iba la <i>G&oacute;ndola</i>, atronando al
+ vecindario con horr&iacute;sono estr&eacute;pito de cascabeles, latigazos,
+ cristales saltarines, y voces y carcajadas que sonaban dentro.
+ </p>
+ <p>
+ Todav&iacute;a calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron
+ con las sombrillas un toldo de colores que tambi&eacute;n cobijaba al
+ Magistral y al Arcipreste. Ripamil&aacute;n, casi oculto entre las faldas
+ de do&ntilde;a Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no
+ por su contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo
+ sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los
+ abanicos; &iexcl;salir al campo con se&ntilde;oras! &iexcl;la buc&oacute;lica
+ cortesana, o poco menos! El bello ideal del poeta setent&oacute;n, del
+ eterno amador plat&oacute;nico de Filis y Amarilis con corpi&ntilde;o de
+ seda, se estaba cumpliendo.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado&mdash;y por
+ otro no&mdash;la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana.
+ Tocando apenas, por supuesto; ni ella ni &eacute;l se mov&iacute;an.
+ &Eacute;l estaba turbado, ella no; iba satisfecha a su lado; segu&iacute;a
+ figur&aacute;ndoselo como un escudo bien labrado y fuerte. Ella le quitaba
+ el sol, y &eacute;l la defend&iacute;a de don &Aacute;lvaro. &laquo;Si
+ este se&ntilde;or viniera al Vivero... no se atrever&iacute;a el otro tal
+ vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como all&iacute;
+ cada cual corre por su lado, y V&iacute;ctor es capaz de irse con Paco y
+ Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le temo
+ no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huir&eacute;.
+ &iexcl;Si este quisiera venir!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Don Ferm&iacute;n&mdash;le dijo, cerca ya del Espol&oacute;n, con
+ voz humilde, con el respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre&mdash;.
+ Don Ferm&iacute;n &iquest;por qu&eacute; no viene usted con nosotros? Poco
+ m&aacute;s de una hora... creo que volveremos hoy m&aacute;s pronto...
+ &iexcl;venga usted... venga usted!
+ </p>
+ <p>
+ De Pas sent&iacute;a unas dulc&iacute;simas cosquillas por todo el cuerpo
+ al o&iacute;r a la Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como
+ si fuera un im&aacute;n. Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste
+ iban muy enfrascados en una agradable conversaci&oacute;n que ten&iacute;a
+ por objeto despellejar a la pobre Obdulia. Ripamil&aacute;n citaba, como
+ sol&iacute;a en tal materia, al Obispo de Nauplia, la fonda de Madrid, los
+ vestidos de la prima cortesana, etc., etc. No cabe negar que la resoluci&oacute;n
+ del Magistral estuvo a punto de quebrantarse, pero le pareci&oacute;
+ indigno de &eacute;l mostrar tan poca voluntad y temi&oacute; adem&aacute;s
+ lo que pod&iacute;a suceder en el Vivero. &Eacute;l no pod&iacute;a hacer
+ el cadete; si don &Aacute;lvaro quer&iacute;a buscar el desquite de la
+ derrota del columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio,
+ &eacute;l, con su manteo y su sotana, y su canonj&iacute;a a cuestas,
+ estaba muy expuesto a ponerse en rid&iacute;culo. No, no ir&iacute;a. Y
+ sinti&oacute; al afirmarse en su prop&oacute;sito una voluptuosidad
+ intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien sab&iacute;a &eacute;l
+ la fuerza que ten&iacute;a que emplear para resistir la tentaci&oacute;n
+ que sal&iacute;a de aquellos labios m&aacute;s seductores cuanto menos
+ maliciosos; por lo mismo apreci&oacute; m&aacute;s la propia energ&iacute;a,
+ el temple de su alma, que &laquo;indudablemente hab&iacute;a venido al
+ mundo para empresas m&aacute;s altas que luchar con obscuros vetustenses&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Volvi&oacute; los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de
+ cari&ntilde;osa confianza, nuevo, algo parecido, seg&uacute;n not&oacute;
+ la Regenta, al que hab&iacute;a usado Mes&iacute;a aquella tarde en el
+ balc&oacute;n del comedor, contest&oacute; el Magistral muy quedo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a
+ entender que lo sent&iacute;a, pero que como &eacute;l era cura... y ella
+ se hab&iacute;a confesado con &eacute;l... y Paco y Obdulia y Visita eran
+ un poco locos, y en Vetusta los ociosos, que eran casi todos, murmuraban
+ de lo m&aacute;s inocente....
+ </p>
+ <p>
+ Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendi&oacute; la
+ Regenta; y se resign&oacute; a hab&eacute;rselas otra vez con Mes&iacute;a
+ sin el amparo del Provisor.
+ </p>
+ <p>
+ No hablaron m&aacute;s. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levant&oacute;
+ y salud&oacute; a las damas. La Regenta le sonri&oacute; como hubiera
+ sonre&iacute;do muchas veces a su madre si la hubiera conocido. De Pas no
+ sab&iacute;a sonre&iacute;r de aquella manera; la blandura de sus ojos no
+ serv&iacute;a para tales trances, y contest&oacute; mirando con chispas de
+ que &eacute;l no se dio cuenta... ni Ana tampoco.
+ </p>
+ <p>
+ Estaban en la entrada del Espol&oacute;n, <i>el paseo de los curas</i>,
+ seg&uacute;n antiguo nombre. All&iacute; se ape&oacute; don Ferm&iacute;n
+ entre lamentos de do&ntilde;a Petronila.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es usted muy desabrido&mdash;dijo la Marquesa, permiti&eacute;ndose
+ un tono familiar que empleaba con todos los can&oacute;nigos menos con don
+ Ferm&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Y hasta se propas&oacute; a darle con el abanico cerrado en la mano. Quer&iacute;a
+ significar as&iacute; su deseo de estrechar la amistad algo fr&iacute;a
+ que mediaba entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendi&oacute; y
+ lo agradeci&oacute; De Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don
+ V&iacute;ctor y su esposa, ya lo sab&iacute;a &eacute;l; siempre estaban
+ juntos unos y otros, en el teatro, en paseo, en todas partes, y la Regenta
+ com&iacute;a en casa del Marqu&eacute;s muy a menudo. De modo que, para
+ verla, all&iacute; mucho mejor que en la catedral. Todo esto se le pas&oacute;
+ por las mientes al Magistral en el poco tiempo que necesit&oacute; para
+ quitar el pie del estribo y hacer el &uacute;ltimo saludo a las se&ntilde;oras
+ dando un paso atr&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Anda, Bautista!&mdash;grit&oacute; la Marquesa; y la
+ carretela sigui&oacute; su marcha ante la expectaci&oacute;n de
+ sacerdotes, damas y caballeros particulares que paseaban en el Espol&oacute;n,
+ chiquillos que jugaban en el prado vecino y artesanos que trabajaban al
+ aire libre.
+ </p>
+ <p>
+ Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La Regenta
+ le sonre&iacute;a de lejos, con la expresi&oacute;n dulce y casta de poco
+ antes, y le saludaba t&iacute;midamente sin aspavientos con el abanico....
+ Despu&eacute;s no se vio m&aacute;s que el anguloso perfil de Ripamil&aacute;n,
+ que mov&iacute;a los brazos como las aspas de un molino de mu&ntilde;ecas.
+ </p>
+ <p>
+ El otro coche pas&oacute; como un rel&aacute;mpago. De Pas vio una mano
+ enguantada que le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia,
+ la viuda eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la
+ izquierda se la oprim&iacute;a dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz,
+ quien jam&aacute;s hizo ascos a platos de segunda mesa, en siendo
+ suculentos.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XIVmdash" id="XIVmdash"></a>&mdash;XIV&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Era el Espol&oacute;n un paseo estrecho, sin &aacute;rboles, abrigado de
+ los vientos del Nordeste, que son los m&aacute;s fr&iacute;os en Vetusta,
+ por una muralla no muy alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos
+ extremos ostentaban su arquitectura achaparrada sendas fuentes
+ monumentales de piedra obscura, revelando su origen en el ablativo
+ absoluto <i>Rege Carolo III</i>, grabado en medio de cada mole como por
+ obra del agua resbalando por la caliza a&ntilde;os y m&aacute;s a&ntilde;os.
+ Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de piedra tambi&eacute;n; y
+ no ten&iacute;a el Espol&oacute;n m&aacute;s adorno, ni atractivo, a no
+ ser el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla
+ triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos cl&eacute;rigos
+ que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por invierno
+ de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de ponerse el
+ sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a m&aacute;s de abrigado,
+ solitario y lo que llamaban all&iacute; <i>recogido</i>, pero esto cuando
+ la Colonia no exist&iacute;a. Ahora lo mejor de la poblaci&oacute;n, el
+ ensanche de Vetusta iba por aquel lado, y si bien el Espol&oacute;n y sus
+ inmediaciones se respetaron, a pocos pasos comenzaba el ruido, el
+ movimiento y la animaci&oacute;n de los hoteles que se constru&iacute;an,
+ de la barriada <i>colonial</i> que se levantaba como por encanto, seg&uacute;n
+ <i>El L&aacute;baro</i>, para el cual diez o doce a&ntilde;os eran un
+ soplo por lo visto.
+ </p>
+ <p>
+ Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su
+ intransigencia en cuestiones dogm&aacute;ticas, morales y hasta
+ disciplinarias, y si se quiere pol&iacute;ticas, no hab&iacute;a puesto
+ nunca malos ojos a la proximidad del progreso urbano, y antes se
+ felicitaba de que Vetusta se <i>transformase de d&iacute;a en d&iacute;a</i>,
+ de modo que a la vuelta de veinte a&ntilde;os <i>no hubiera quien la
+ conociese</i>. Lo cual demuestra que la civilizaci&oacute;n bien entendida
+ no la rechazaba el clero, as&iacute; parroquial como catedral de la <i>Vetusta
+ cat&oacute;lica</i> de Berm&uacute;dez.
+ </p>
+ <p>
+ Hubo m&aacute;s; aunque tradicionalmente el Espol&oacute;n ven&iacute;a
+ siendo patrimonio de sacerdotes, magistrados melanc&oacute;licos y <i>familias
+ de luto</i>, como algunas se&ntilde;oras notasen que el <i>Paseo de los
+ curas</i> era m&aacute;s caliente que todos los dem&aacute;s, comenzaron
+ en tertulias y cofrad&iacute;as a tratar la cuesti&oacute;n de si deb&iacute;a
+ trasladarse el paseo de invierno al Espol&oacute;n. Don Robustiano Somoza,
+ que ante todo era higienista p&uacute;blico, gritaba en todas partes:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un
+ siglo; pero aqu&iacute; no se puede luchar con las preocupaciones, con el
+ fanatismo. Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el
+ retiro han cogido, all&aacute; en tiempo de la sopa boba, han cogido para
+ s&iacute; el mejor sitio de recreo, el m&aacute;s abrigado, el m&aacute;s
+ higi&eacute;nico....
+ </p>
+ <p>
+ En fin, que algunas se&ntilde;oras de las m&aacute;s encopetadas se
+ atrevieron a romper la tradici&oacute;n, y desde Octubre en adelante,
+ hasta que volv&iacute;a Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el
+ Espol&oacute;n. Tras aqu&eacute;llas fueron atrevi&eacute;ndose otras; los
+ <i>pollos</i> advirtieron que el Paseo de los curas era m&aacute;s corto y
+ m&aacute;s estrecho que el Paseo Grande, y esto les conven&iacute;a. Y en
+ un a&ntilde;o se transform&oacute; en <i>Paseo de invierno</i> el
+ apetecible Espol&oacute;n, seculariz&aacute;ndose en parte.
+ </p>
+ <p>
+ Algunos cl&eacute;rigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y
+ acabaron por abandonar <i>su</i> Espol&oacute;n desparram&aacute;ndose por
+ las carreteras.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario
+ recreo! &iexcl;El siglo lo invad&iacute;a todo!&raquo;. Y la emprend&iacute;an
+ por el camino de Castilla y otras calzadas polvorosas entre las filas
+ interminables de &aacute;lamos y robles.
+ </p>
+ <p>
+ Pero el elemento joven, los m&aacute;s de los can&oacute;nigos y
+ beneficiados, los que vest&iacute;an con m&aacute;s pulcritud y elegancia,
+ los que usaban el sombrero de canal suelta el ala, ancho y corto, se
+ resignaron, y toleraron la invasi&oacute;n de la Vetusta elegante. No
+ tuvieron inconveniente, o lo disimularon, en codearse con damas y
+ caballeros; despu&eacute;s de todo, ellos no hab&iacute;an ido a buscar el
+ gent&iacute;o, el bullicio mundanal; ellos segu&iacute;an <i>en su casa</i>,
+ en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia de los
+ intrusos.
+ </p>
+ <p>
+ Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense deb&iacute;ase en
+ parte el gran esmero que se echaba de ver de poco ac&aacute; en el traje
+ de muchos sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del
+ clero de la capital, tan envidiada por sus colegas de la monta&ntilde;a,
+ que seg&uacute;n ellos mismos se embrutec&iacute;an a ojos vistas, la
+ juventud dorada acud&iacute;a sin falta todas las tardes de oto&ntilde;o y
+ de invierno que hac&iacute;a bueno al Espol&oacute;n; iba lo que se llama
+ reluciente; parec&iacute;an diamantes negros, y sin que nadie tuviera nada
+ que decir, presenciaban las idas y venidas de las j&oacute;venes
+ elegantes; y los que eran observadores pod&iacute;an notar las se&ntilde;ales
+ del amor, de la coqueter&iacute;a, en gestos, movimientos, risas, miradas
+ y rubores. Pero nada m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato, seg&uacute;n
+ frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas mescolanzas de
+ curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto que no ten&iacute;a
+ un tiro de piedra de largo, y que tendr&iacute;a cinco varas escasas de
+ ancho.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;No se&ntilde;or&mdash;le dec&iacute;a al Obispo&mdash;; yo
+ no comprendo que pueda ser cosa inocente e inofensiva que un sacerdote
+ tropiece con los codos de todas las se&ntilde;oritas majas del pueblo...&raquo;.
+ El Obispo cre&iacute;a que las se&ntilde;oritas eran incapaces de tales
+ tropezones. &laquo;Si fuesen aquellas empecatadas del boulevard, las
+ chalequeras...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pronto se olvid&oacute; la protesta del Rector del Seminario.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n hace caso de ese se&ntilde;or?&mdash;dec&iacute;a
+ Visitaci&oacute;n la del Banco&mdash;un hombre cerril; santo, eso s&iacute;,
+ pero montaraz. En fin, &iexcl;un hombre que me ech&oacute; a m&iacute; de
+ la sacrist&iacute;a de Santo Domingo siendo yo tesorera del Coraz&oacute;n
+ de Jes&uacute;s!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Un hombre as&iacute;&mdash;aseveraba Obdulia&mdash;deb&iacute;a
+ pasar la vida sobre una columna....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como San Sim&oacute;n <i>Estilista</i>&mdash;acudi&oacute; Trabuco,
+ que estaba presente.
+ </p>
+ <p>
+ Desde Pascua florida hasta el equinoccio de oto&ntilde;o pr&oacute;ximamente,
+ los curas se quedaban casi solos en el Espol&oacute;n; pero en Octubre
+ volv&iacute;an algunas se&ntilde;oras que ten&iacute;an miedo a la humedad
+ y a <i>la influencia del arbolado</i> all&aacute; arriba en el paseo de
+ Verano. La tarde en que el carruaje de los Vegallana dej&oacute; al
+ Magistral a la entrada del Espol&oacute;n, paseaban all&iacute; muchos cl&eacute;rigos
+ y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero pocas se&ntilde;oras. Sin
+ embargo, las que hab&iacute;a bastaron para comentar con abundancia de
+ escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el Magistral de la
+ carretela de los Vegallana donde todas con sus propios ojos&mdash;cada
+ cual&mdash;le acababan de ver al lado de la Regenta. &laquo;En nombrando
+ el ruin de Roma...&raquo;, hab&iacute;an dicho muchos al ver aparecer la
+ carretela. Los curas, valga la verdad, tambi&eacute;n hablaban del suceso
+ <i>inopinado</i>, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba
+ en medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don
+ Custodio, el m&aacute;s almibarado presb&iacute;tero de Vetusta. No sol&iacute;a
+ el liberal usurero acompa&ntilde;arse de sotanas, pero aquella tarde hab&iacute;a
+ juntado a los tres enemigos del Magistral la importancia de los
+ acontecimientos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; desfachatez!&mdash;dec&iacute;a Foja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es disimulo&mdash;advert&iacute;a
+ Mourelo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y yo que no quer&iacute;a creer a usted cuando me dec&iacute;a que
+ se hab&iacute;a quedado a comer con ellos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya ve usted!&mdash;exclam&oacute; Glocester triunfante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y a d&oacute;nde van los otros?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como
+ potros....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Esas son las clases conservadoras!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, se&ntilde;or; esa es la excepci&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y mire usted que venir en carruaje descubierto....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y junto a ella...&mdash;Y apearse aqu&iacute;&mdash;se atrevi&oacute;
+ a decir el beneficiado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Justo; tiene raz&oacute;n este... apearse aqu&iacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Arcediano, perm&iacute;tame usted decirle que su
+ colega de usted est&aacute; dejado de la mano de Dios.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya lo creo! &iexcl;ya lo creo! y lo siento.... Pero ese
+ Obispo, ese bendito se&ntilde;or.... En fin, &iquest;qu&eacute; quiere
+ usted?&mdash;indic&oacute; Glocester sonriendo con malicia.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento se le ocurri&oacute; una frase y para exponerla a su
+ auditorio con toda solemnidad se detuvo, extendi&oacute; la mano, como
+ separando a los otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al
+ o&iacute;do, a voces:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Amigo m&iacute;o, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!
+ </p>
+ <p>
+ Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el
+ Magistral pas&oacute; al lado de los murmuradores. Los dos cl&eacute;rigos
+ le saludaron muy cort&eacute;smente y Glocester dando un paso hacia
+ &eacute;l, le acarici&oacute; con una palmadita familiar sobre el hombro.
+ </p>
+ <p>
+ La envidia se lo com&iacute;a, pero Glocester no era hombre que gastase
+ menos disimulo. O era diplom&aacute;tico o no lo era.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se content&oacute; con escupirle para sus adentros.
+ </p>
+ <p>
+ Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la
+ amabilidad de costumbre, por m&aacute;quina, sin ver apenas a quien
+ saludaba. Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a
+ indicarse; y mano sobre mano&mdash;ya se sabe que eran muy hermosas&mdash;a
+ paso lento (que buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado
+ a correr... detr&aacute;s de los coches del Marqu&eacute;s) anduvo por all&iacute;
+ un cuarto de hora desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de
+ que todos o los m&aacute;s hablaban de &eacute;l; y de la confesi&oacute;n
+ de dos horas o tres o cuatro. &laquo;&iexcl;Sabr&iacute;a Dios cu&aacute;ntas
+ ser&iacute;an ya!&mdash;Aquel Glocester y su don Custodio habr&iacute;an
+ tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... &iexcl;Las cosas que dir&iacute;an
+ ya los enemigos! Pero &iquest;qu&eacute; le importaba a &eacute;l? Lo que
+ ahora le pesaba era no haber seguido al Vivero; &iexcl;de todos modos hab&iacute;an
+ de murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a
+ &eacute;l le importaban, esas no hab&iacute;an de creer nada malo porque
+ &eacute;l, como hac&iacute;a Ripamil&aacute;n, como hab&iacute;an hecho
+ otros sacerdotes, fuese a las posesiones de Vegallana&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del
+ Magistral, paseaban por el Espol&oacute;n; pero no se atrev&iacute;an a
+ acercarse al ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a
+ pesar de su sonrisita dulce, clavada all&iacute; desde que se ve&iacute;a
+ en la calle. As&iacute; como a los delicados de la vista la claridad les
+ hace arrugar los p&aacute;rpados, a don Ferm&iacute;n le hac&iacute;a
+ sonre&iacute;r; parec&iacute;a aquella sonrisa con que siempre le ve&iacute;a
+ el p&uacute;blico, un efecto extra&ntilde;o de la luz en los m&uacute;sculos
+ de su rostro.
+ </p>
+ <p>
+ Pero esto no enga&ntilde;aba a los que le conoc&iacute;an bien&mdash;los m&aacute;s
+ muy a su costa&mdash;. El primero que se atrevi&oacute; a acercarse fue el
+ De&aacute;n que llegaba entonces al paseo. El mismo De Pas le sali&oacute;
+ al encuentro. El De&aacute;n no hablaba casi nunca, y paseando menos. Se
+ emparejaron y don Ferm&iacute;n sigui&oacute; como si estuviera solo. Se
+ acerc&oacute; despu&eacute;s el can&oacute;nigo pariente del ministro y
+ hubo que hablar y en seguida se agreg&oacute; un <i>obispo de levita</i>
+ (frase que hac&iacute;a fortuna por aquella &eacute;poca) y la conversaci&oacute;n
+ se anim&oacute;; se habl&oacute; de pol&iacute;tica y de intrigas
+ palaciegas; de mil cosas que le parec&iacute;an al Magistral necedades,
+ dicharachos indignos de sacerdotes. &laquo;&iquest;Pero y &eacute;l?
+ &iquest;en qu&eacute; iba pensando &eacute;l? Aquello s&iacute; que era
+ pueril, rid&iacute;culo y hasta pecaminoso. &iquest;Pues no se hab&iacute;a
+ puesto a fijarse, porque iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas
+ de sus colegas, y en los suyos, y no estaba pensando que el traje talar
+ era absurdo, que no parec&iacute;an hombres, que hab&iacute;a
+ afeminamiento carnavalesco en aquella indumentaria...? &iexcl;mil locuras!
+ lo cierto era que le estaba dando verg&uuml;enza en aquel momento llevar
+ traje largo y aquella sotana que &eacute;l otras veces ostentaba con
+ majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una abertura lateral, como
+ algunas t&uacute;nicas... pero entonces se ver&iacute;an las piernas&mdash;&iexcl;qu&eacute;
+ horror!&mdash;, los pantalones negros, el var&oacute;n vergonzante que
+ lleva debajo el cura&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; opina usted?&mdash;le pregunt&oacute; el obispo
+ laico en aquel instante, deteni&eacute;ndose, poni&eacute;ndosele delante
+ para intimarle la respuesta.
+ </p>
+ <p>
+ No sab&iacute;a de qu&eacute; hablaban, se le hab&iacute;a ido el santo al
+ cielo con los cortes de la sotana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La verdad es que la cuesti&oacute;n&mdash;dijo&mdash;la cuesti&oacute;n...
+ merece pensarse.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pues eso digo yo!&mdash;grit&oacute; el otro, triunfante, y
+ le dej&oacute; seguir andando.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ven ustedes? el se&ntilde;or Provisor opina lo mismo que
+ yo; dice que merece estudiarse la cuesti&oacute;n, que es ardua... &iexcl;yo
+ lo creo!
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral respir&oacute;; pero antes de exponerse a otra pregunta <i>inopinada</i>,
+ como dir&iacute;a Mourelo, se despidi&oacute; de aquellos se&ntilde;ores
+ asegurando que ten&iacute;a que hacer en Palacio.
+ </p>
+ <p>
+ No pod&iacute;a m&aacute;s; aquella tarde la compa&ntilde;&iacute;a de sus
+ colegas le asfixiaba; toda aquella tela negra colgando le abrumaba; pod&iacute;a
+ decir cualquier desatino si continuaba all&iacute;. Y se march&oacute; a
+ paso largo. Su &uacute;ltima mirada fue para la lontananza del camino del
+ Vivero por donde hab&iacute;a visto desaparecer entre nubes de polvo los
+ coches.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Estamos buenos!&raquo; iba pensando por las calles. Era
+ enemigo de dar nombres a las cosas, sobre todo a las dif&iacute;ciles de
+ bautizar. &iquest;Qu&eacute; era aquello que a &eacute;l le pasaba?
+ </p>
+ <p>
+ No ten&iacute;a nombre. Amor no era; el Magistral no cre&iacute;a en una
+ pasi&oacute;n especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera
+ llamar amor; esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocres&iacute;a
+ del pecado hab&iacute;a recurrido a esa palabra santificante para
+ disfrazar muchas de las mil formas de la lujuria. Lo que &eacute;l sent&iacute;a
+ no era lujuria; no le remord&iacute;a la conciencia. Ten&iacute;a la
+ convicci&oacute;n de que aquello era nuevo. &iquest;Estar&iacute;a malo?
+ &iquest;Ser&iacute;an los nervios? Somoza le dir&iacute;a de fijo que s&iacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;De todas maneras, hab&iacute;a sido una necedad, y tal vez una
+ groser&iacute;a, haber desairado a aquellas se&ntilde;oras. &iquest;Qu&eacute;
+ estar&iacute;an diciendo de &eacute;l en el Vivero?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sub&iacute;a el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pas&oacute;
+ por la puerta del Gobierno civil y all&aacute; dentro, en medio del patio,
+ vio un pozo que &eacute;l sab&iacute;a que estaba ciego. Se acord&oacute;
+ de que Ripamil&aacute;n le hab&iacute;a hablado varias veces de un pozo
+ seco que hab&iacute;a en el Vivero. Paco Vegallana, Obdulia, Visita y dem&aacute;s
+ gente loca&mdash;hab&iacute;a dicho el Arcipreste&mdash;se entretienen en
+ cortar helechos, yerbas, ramas de &aacute;rboles y arrojarlo todo al pozo,
+ y cuando ya llega la hojarasca cerca de la boca... &iexcl;zas! se tiran
+ ellos dentro, primero uno, despu&eacute;s otro y a veces dos o tres a un
+ tiempo.... Al mismo Ripamil&aacute;n, con toda su respetabilidad, le hab&iacute;an
+ hecho descender a aquel agujero, y por cierto que para sacarlo se hab&iacute;a
+ necesitado una cuerda.... El Magistral ten&iacute;a aquel pozo, que no hab&iacute;a
+ visto, delante de los ojos, y se figuraba a Mes&iacute;a dentro de
+ &eacute;l, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos &iexcl;esperando
+ la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... &iquest;Tendr&iacute;a ella
+ tan reprensible condescendencia? &iquest;Se dejar&iacute;a echar al pozo?
+ Don Ferm&iacute;n estaba en ascuas. &iquest;Qu&eacute; le importaba a
+ &eacute;l? Pues estaba en ascuas.
+ </p>
+ <p>
+ Andaba a la ventura, sin saber a d&oacute;nde ir. Se encontr&oacute; a la
+ puerta de su casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le hab&iacute;a
+ visto, apret&oacute; el paso bajando por un callej&oacute;n que conduc&iacute;a
+ a la plazuela de Palacio, a la Corralada.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Mi madre! pens&oacute;. No se hab&iacute;a acordado de ella
+ en toda la tarde&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Hab&iacute;a comido fuera de casa sin avisar! do&ntilde;a Paula
+ consideraba esta falta de disciplina dom&eacute;stica como pecado de
+ calibre. Pocas veces los comet&iacute;a su hijo, y por lo mismo la
+ impresionaban m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;C&oacute;mo no se me ocurri&oacute; mandarle un recado!
+ pero... &iquest;por qui&eacute;n? &iquest;no era rid&iacute;culo decirle a
+ la Marquesa: se&ntilde;ora necesito que mi madre sepa que no como hoy con
+ ella? Aquella esclavitud en que viv&iacute;a... contento, s&iacute;,
+ contento, no le humillaba... pero no conven&iacute;a que la conociese el
+ mundo. Y ahora, &iquest;por qu&eacute; no se hab&iacute;a quedado en casa?
+ Bastante tiempo hab&iacute;a pasado fuera... &iquest;volver&iacute;a pie
+ atr&aacute;s, desafiar&iacute;a el mal humor de su madre? No, no se atrev&iacute;a;
+ no estaba el suyo para escenas fuertes, le horrorizaba la idea de una fil&iacute;pica
+ embozada, como sol&iacute;an ser las de su madre, de un discurso de moral
+ utilitaria.... De fijo le hablar&iacute;a de las necedades que le hab&iacute;an
+ contado por la ma&ntilde;ana.... Y si le dec&iacute;a: he comido... con la
+ Regenta, en casa del Marqu&eacute;s, &iexcl;bueno iba a estar aquello!
+ Pero, Se&ntilde;or &iexcl;qu&eacute; luego, qu&eacute; luego hab&iacute;a
+ empezado la gentuza, la miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella
+ amistad! &iexcl;en dos d&iacute;as todo aquel run run, su madre con los o&iacute;dos
+ llenos de calumnias, de malicias, y el alma de sospechas, de miedos y
+ aprensiones!... &iquest;y qu&eacute; hab&iacute;a? nada; absolutamente
+ nada; una se&ntilde;ora que hab&iacute;a hecho confesi&oacute;n general y
+ que probablemente a estas horas estar&iacute;a metida en un pozo cargado
+ de yerba seca en compa&ntilde;&iacute;a del mejor mozo del pueblo.
+ &iquest;Y &eacute;l qu&eacute; ten&iacute;a que ver con todo aquello?
+ &iexcl;&Eacute;l, el Vicario general de la di&oacute;cesis! &iexcl;Oh, s&iacute;!
+ volver&iacute;a a casa, se impondr&iacute;a a su madre, le dir&iacute;a
+ que era indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar
+ apariencias, &iquest;para qu&eacute;? &eacute;l no ten&iacute;a nada que
+ tapar en aquel asunto; no era un ni&ntilde;o, despreciaba la calumnia, etc&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; en palacio. La sombra de la catedral, prolong&aacute;ndose
+ sobre los tejados del caser&oacute;n triste y achacoso del Obispo, lo
+ obscurec&iacute;a todo; mientras los rayos del sol poniente te&ntilde;&iacute;an
+ de p&uacute;rpura los t&eacute;rminos lejanos, y prend&iacute;an fuego a
+ muchas casas de la Encimada, reflejando llamaradas en los cristales.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral lleg&oacute; hasta el gabinete en que el Obispo correg&iacute;a
+ las pruebas de una pastoral.
+ </p>
+ <p>
+ Fortunato levant&oacute; la cabeza y sonri&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hola, &iquest;eres t&uacute;? Don Ferm&iacute;n se sent&oacute; en
+ un sof&aacute;. Estaba un poco mareado; le dol&iacute;a la cabeza y sent&iacute;a
+ en las fauces ardor y una sequedad pegajosa; se ahogaba en aquel recinto
+ cerrado y estrecho; el alcohol le hab&iacute;a perturbado. Nunca beb&iacute;a
+ licores y aquella tarde, distra&iacute;do, sin saber lo que estaba
+ haciendo, hab&iacute;a apurado la copa de chartreuse o no sab&iacute;a qu&eacute;,
+ servida por la Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ Fortunato le&iacute;a las pruebas y segu&iacute;a sonriendo. No parec&iacute;a
+ temer ya al Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con &eacute;l
+ de miedo a que le reprendiese por su condescendencia con las se&ntilde;oras
+ <i>protectrices</i> de la Libre Hermandad. De Pas not&oacute; el cambio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras
+ borradas?... yo no veo bien.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas se acerc&oacute; y ley&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Chico apestas!... &iquest;qu&eacute; has bebido?
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n irgui&oacute; la cabeza y mir&oacute; al Obispo
+ sorprendido y ce&ntilde;udo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Que apesto? &iquest;por qu&eacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A bebida hueles... no s&eacute; a qu&eacute;... a ron... qu&eacute;
+ s&eacute; yo.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas encogi&oacute; los hombros dando a entender que la observaci&oacute;n
+ era impertinente y balad&iacute;. Se apart&oacute; de la mesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A prop&oacute;sito. &iquest;Por qu&eacute; no has avisado a tu
+ madre?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De qu&eacute;?&mdash;De que com&iacute;as fuera...&mdash;&iquest;Pero
+ usted sabe?...&mdash;Ya lo creo, hijo m&iacute;o. Dos veces estuvo aqu&iacute;
+ Teresina de parte de Paula; que d&oacute;nde estaba el se&ntilde;orito,
+ que si hab&iacute;a comido aqu&iacute;. No, hija, no; tuve que salir yo
+ mismo a dec&iacute;rselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le hab&iacute;a
+ pasado algo al se&ntilde;orito, que la se&ntilde;ora estaba asustada; que
+ yo deb&iacute;a de saber algo....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba
+ mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretend&iacute;a siquiera
+ disimularlos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo&mdash;continu&oacute; Fortunato&mdash;les dije que no se
+ apurasen; que habr&iacute;as comido en casa de Carraspique, o en casa de P&aacute;ez;
+ como los dos est&aacute;n de d&iacute;as.... Y eso habr&aacute; sido,
+ &iquest;verdad? &iquest;Con Carraspique habr&aacute;s comido?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No, se&ntilde;or!&mdash;&iquest;Con P&aacute;ez?&mdash;&iexcl;No,
+ se&ntilde;or! &iexcl;Mi madre... mi madre me trata como a un ni&ntilde;o!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Te quiere tanto, la pobrecita...&mdash;Pero esto es demasiado....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye&mdash;exclam&oacute; el Obispo dejando de leer pruebas&mdash;&iquest;de
+ modo que a&uacute;n no has vuelto a casa?
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no contest&oacute;; ya estaba en el pasillo. De lejos hab&iacute;a
+ dicho:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hasta ma&ntilde;ana;&mdash;y hab&iacute;a cerrado detr&aacute;s de
+ s&iacute; la puerta del gabinete con m&aacute;s fuerza de la necesaria.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tiene raz&oacute;n el muchacho&mdash;se qued&oacute; pensando el
+ Obispo que trataba al Magistral como un padre d&eacute;bil a un hijo
+ mimado&mdash;. Esa Paula nos maneja a todos como mu&ntilde;ecos.
+ </p>
+ <p>
+ Y continu&oacute; corrigiendo la Pastoral.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas tom&oacute; por el callej&oacute;n arriba, desandando el camino;
+ pero al llegar cerca de su casa se detuvo. No sab&iacute;a qu&eacute;
+ hacer. La chartreuse o lo que fuera&mdash;&iquest;&iexcl;si ser&iacute;a
+ cognac!?&mdash;segu&iacute;a molest&aacute;ndole y conoc&iacute;a ya
+ &eacute;l mismo que le ol&iacute;a mal la boca.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Si se me acercase Glocester ahora, ma&ntilde;ana todo Vetusta sabr&iacute;a
+ que yo era un borracho...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;No subo, no subo. Buena estar&aacute; mi madre! Y yo no
+ estoy para o&iacute;r sermones ni aguantar pullas ni traducir
+ reticencias.... &iexcl;Hasta Teresa anda en ello! &iexcl;Dos veces a
+ palacio!... &iexcl;El ni&ntilde;o perdido.... Esto es insufrible!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro
+ agudos, despu&eacute;s otros graves, roncos, vibrantes.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas, como si su voluntad dependiese de la m&aacute;quina del reloj, se
+ decidi&oacute; de repente y tom&oacute; por la calle de la derecha, cuesta
+ abajo; por la que m&aacute;s pronto podr&iacute;a volver al Espol&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Se olvid&oacute; de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pens&oacute;
+ m&aacute;s que en los coches del Marqu&eacute;s que deb&iacute;an de estar
+ de vuelta.
+ </p>
+ <p>
+ El Vicario general de Vetusta, a buen paso tom&oacute; el camino del
+ Vivero, despu&eacute;s de dejar las calles torcidas de la Encimada y lleg&oacute;
+ al Espol&oacute;n cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el
+ paseo. No pensaba en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y
+ venidas eran indignas del Provisor del Obispado; esto lo pens&oacute;
+ despu&eacute;s; ahora s&oacute;lo ten&iacute;a esta idea. &laquo;&iquest;Habr&aacute;n
+ pasado ya? No, no deb&iacute;an de haber pasado; apenas hab&iacute;a
+ tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;As&iacute; como as&iacute;, la brisa que ya empieza a soplar, me
+ quitar&aacute; este calor, este aturdimiento, esta sed...&raquo;. El agua
+ de las fuentes monumentales murmuraba a lo lejos con melanc&oacute;lica
+ monoton&iacute;a en medio del silencio en que yac&iacute;a el paseo
+ triste, solitario. Al acercarse al pil&oacute;n de la fuente de Oeste, De
+ Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de hierro que apretaba
+ con sus dientes un le&oacute;n de piedra, y saciar sus ansias en el chorro
+ bullicioso, incitante.... No se atrevi&oacute; y dio la vuelta,
+ continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente, iguales
+ ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atr&aacute;s. As&iacute;
+ estuvo paseando media hora. La sed le abrasaba... &iquest;por qu&eacute;
+ no se iba? porque no quer&iacute;a dejarlos pasar sin verlos; sin ver los
+ coches, se entiende. Ana volver&iacute;a, era natural, en la carretela, y
+ al pasar junto a un farol podr&iacute;a verla, sin ser visto, o por lo
+ menos sin ser conocido. La sed que esperase. El reloj de la Universidad
+ dio tres campanadas. &iexcl;Tres cuartos de hora! Andar&iacute;a
+ adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad cronom&eacute;trica,
+ ratific&oacute; la afirmaci&oacute;n de la Universidad; por lo que pudiera
+ valer <i>el reloj del Ayuntamiento</i>, que no hab&iacute;a podido
+ secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lac&oacute;nicamente por
+ sus colegas, exponiendo su opini&oacute;n con una voz aguda de esquil&oacute;n
+ cursi.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Pero qu&eacute; hace all&aacute; esa gente?&raquo;&mdash;se
+ pregunt&oacute; el Magistral, aunque a&ntilde;adiendo para satisfacci&oacute;n
+ de su conciencia que a &eacute;l, por supuesto, no le importaba nada.
+ </p>
+ <p>
+ Hasta entonces no hab&iacute;a reparado en unos chiquillos, de diez a doce
+ a&ntilde;os, <i>pillos de la calle</i>, que jugaban all&iacute; cerca,
+ alrededor de un farol, de los que se&ntilde;alaban el l&iacute;mite del
+ paseo y de la carretera en los espacios que dejaban libres los bancos de
+ piedra. Entre los pillastres hab&iacute;a una ni&ntilde;a, que hac&iacute;a
+ de <i>madre</i>. Se trataba del <i>zurri&aacute;game la melunga</i>, juego
+ popular al alcance de todas las fortunas. La <i>madre</i> estaba sentada
+ al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro; un pa&ntilde;uelo
+ muy sucio en forma de l&aacute;tigo, atado con un soberbio nudo por el
+ medio, era el zurriago que representaba all&iacute; el poder coercitivo.
+ La ni&ntilde;a haraposa empu&ntilde;aba el lienzo por un extremo y el otro
+ iba pasando de mano en mano por el corro de chiquillos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Na!...&mdash;dec&iacute;a la <i>madre</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Narigudo...&mdash;contest&oacute; un pillo rubio, el m&aacute;s
+ fuerte de la compa&ntilde;&iacute;a, que siempre se colocaba el primero
+ por derecho de conquista.
+ </p>
+ <p>
+ El pa&ntilde;uelo pas&oacute; a otro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Na?&mdash;Narices.&mdash;Otro. &iquest;Na?&mdash;Napole&oacute;n.&mdash;&iexcl;Ay
+ qu&eacute; mainate! &iquest;qu&eacute; es Napole&oacute;n?&mdash;grit&oacute;
+ el Sans&oacute;n del corro acerc&aacute;ndose a su afect&iacute;simo amigo
+ y poni&eacute;ndole un codo delante de las narices.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Napole&oacute;n... &iexcl;ay que redi&oacute;s! es un duro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; ha de ser!&mdash;&iexcl;No hay m&aacute;s cera!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por
+ farolero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; m&aacute;s da, si no es eso?&mdash;dijo la ni&ntilde;a
+ poniendo paces&mdash;. A ver el otro. &iquest;Na? &iquest;na?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Natalia.... Tampoco. No acert&oacute; ninguno.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Otra rueda.&mdash;&iexcl;Da se&ntilde;as, t&iacute;sica!&mdash;escupi&oacute;
+ m&aacute;s que dijo el dictador.
+ </p>
+ <p>
+ Y abriendo las piernas y agach&aacute;ndose como dispuesto a correr detr&aacute;s
+ de los compa&ntilde;eros a latigazos, dio una vuelta al pa&ntilde;uelo
+ alrededor de la mano y a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Da se&ntilde;as que se entiendan o te rompo el alma!
+ </p>
+ <p>
+ Y tiraba por el l&aacute;tigo como queriendo arrancarlo del poder de la <i>madre</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;as... se&ntilde;as... &iquest;a que no aciertas?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A que s&iacute;?...&mdash;No tires...&mdash;Pues da se&ntilde;as...&mdash;&iexcl;Es
+ una cosa muy rica! &iexcl;muy rica! &iexcl;muy rica!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Que se come?&mdash;Pues claro... siendo muy rica...&mdash;&iquest;D&oacute;nde
+ la hay?&mdash;La comen los se&ntilde;ores...&mdash;Eso no vale, &iexcl;so
+ t&iacute;sica! &iquest;qu&eacute; s&eacute; yo lo que comen los se&ntilde;ores?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De qu&eacute; color?&mdash;Amarilla, amarilla...&mdash;&iexcl;Naranjas,
+ redi&oacute;s!&mdash;aull&oacute; el pillastre y dio un tir&oacute;n al pa&ntilde;uelo,
+ prepar&aacute;ndose a emprenderla a latigazos con sus compa&ntilde;eros.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...
+ </p>
+ <p>
+ Los dem&aacute;s pilletes ya se hab&iacute;an puesto en salvo y corr&iacute;an
+ por la carretera y el Espol&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Venir! &iexcl;venir! que no es eso...&mdash;grit&oacute; la
+ <i>madre</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Que s&iacute; es! &iexcl;bacalao! te rompo... &iquest;pues
+ no son amarillas las naranjas?... &iquest;y no son cosa rica?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero naranjas las comes t&uacute; tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Claro, si se las robo a la se&ntilde;oa Jeroma en el puesto....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues no es eso. Otro.&mdash;&iquest;Na? &iquest;na? Un ni&ntilde;o
+ flaco, p&aacute;lido, casi desnudo, tom&oacute; la punta del pa&ntilde;uelo;
+ le brillaban los ojos... le temblaba la voz... y mirando con miedo al de
+ las naranjas, dijo muy quedo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Natillas!...&mdash;<i>&iexcl;Zurri&aacute;game la melunga!</i>&mdash;grit&oacute;
+ entusiasmada la <i>madre</i>&mdash;, <i>&iexcl;casta&ntilde;as de
+ catalunga!</i> Y todos corrieron, mientras el vencedor iba detr&aacute;s
+ con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a sus amigos, contento
+ con el triunfo, pero sin deseos de venganza.
+ </p>
+ <p>
+ El <i>Rojo</i> no quer&iacute;a correr: protestaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Redi&oacute;s! &iquest;qu&eacute; son natillas?&mdash;gritaba
+ poniendo la mano delante de la cara, mientras t&iacute;midamente el <i>Rat&oacute;n</i>
+ le castigaba con simulacros de azotes.
+ </p>
+ <p>
+ Y a&ntilde;ad&iacute;a furioso el <i>Rojo</i>:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Di: a la oreja! &iexcl;t&iacute;sica o te baldo!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A la oreja! &iexcl;a la oreja!
+ </p>
+ <p>
+ El <i>Rat&oacute;n</i> se vio acosado por todos sus colegas que se le
+ colgaron de las orejas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;<i>&iexcl;Zurri&aacute;game la melunga!</i>&mdash;volvi&oacute; a
+ gritar la <i>madre</i>, y los pillos se dispersaron otra vez.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento el Magistral se acerc&oacute; a la ni&ntilde;a.
+ </p>
+ <p>
+ La <i>madre</i> dio un grito de espantada. Cre&iacute;a que era su padre
+ que ven&iacute;a a recogerla a bofetadas y a puntapi&eacute;s como sol&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dime, hija m&iacute;a... &iquest;has visto pasar dos coches?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Para d&oacute;nde?&mdash;contest&oacute; ella poni&eacute;ndose
+ en pie.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con
+ cascabeles... hace poco....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or, me parece que no.... Espere usted, se&ntilde;or
+ cura, a ver si esos... <i>&iexcl;A la oreja madre! &iexcl;a la oreja
+ madre!</i>&mdash;grit&oacute;, y la bandada de mochuelos acudi&oacute; al
+ farol delante del <i>Rat&oacute;n</i>. Al ver al Provisor, todos, menos el
+ <i>Rojo</i>, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que ten&iacute;an
+ gorra, y le besaron la mano por turno nada pac&iacute;fico. Unos se
+ limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Hab&eacute;is visto pasar dos coches para arriba?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;.&mdash;No.&mdash;Dos.&mdash;Tres.&mdash;Para abajo.&mdash;Mentira,
+ mainate... &iexcl;si te inflo!... Para arriba, se&ntilde;or cura.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Era una galera.&mdash;&iexcl;Un coche, farol!&mdash;Dos carros
+ eran, mainate.&mdash;&iexcl;Te rompo!...&mdash;&iexcl;Te inflo!... El
+ Magistral no pudo averiguar nada. Se inclin&oacute; a creer que hab&iacute;an
+ pasado. Pero no dej&oacute; el paseo; continu&oacute; dando vueltas y
+ limpi&aacute;ndose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho el
+ pringue, y en el pil&oacute;n de una de las fuentes se lav&oacute; un poco
+ los dedos.
+ </p>
+ <p>
+ Los pilletes se dispersaron. Qued&oacute; solo don Ferm&iacute;n con un
+ murci&eacute;lago que volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi toc&aacute;ndole
+ con las alas diab&oacute;licas. Tambi&eacute;n el murci&eacute;lago lleg&oacute;
+ a molestarle, apenas pasaba volv&iacute;ase, cada vez era m&aacute;s
+ reducida la &oacute;rbita de su vuelo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Deben de ser dos&raquo;, pens&oacute; el Magistral, que cada vez
+ que ve&iacute;a al animalucho encima sent&iacute;a un poco de fr&iacute;o
+ en las ra&iacute;ces del pelo.
+ </p>
+ <p>
+ La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las &uacute;ltimas
+ claridades p&aacute;lidas del crep&uacute;sculo. Sobre la sierra, cuyo
+ perfil se&ntilde;alaba una faja de vapor tenue y luminoso, brillaban las
+ estrellas del carro, la Osa mayor, y Aldebar&aacute;n, por la parte del
+ Corf&iacute;n, casi rozando la cresta m&aacute;s alta de la cordillera
+ obscura, luc&iacute;a solitario en una regi&oacute;n desierta del cielo.
+ La brisa se dorm&iacute;a y el silbido de los sapos llenaba el campo de
+ perezosa tristeza, como c&aacute;ntico de un culto fatalista y resignado.
+ Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de
+ silencio profundo. En la Colonia, m&aacute;s cercana, todo callaba.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n no era aficionado a contemplar la noche serena; lo hab&iacute;a
+ sido mucho tiempo hac&iacute;a, en el Seminario, en los Jesuitas y en los
+ primeros a&ntilde;os de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y
+ ten&iacute;a aquellas tristezas y aquellos escr&uacute;pulos que le com&iacute;an
+ el alma. Despu&eacute;s la vida le hab&iacute;a hecho hombre, hab&iacute;a
+ seguido la escuela de su madre... una aldeana que no ve&iacute;a en el
+ campo m&aacute;s que la explotaci&oacute;n de la tierra. Aquello que se
+ llamaba en los libros la poes&iacute;a, se le hab&iacute;a muerto a
+ &eacute;l a&ntilde;os atr&aacute;s; ya lo creo, hac&iacute;a muchos a&ntilde;os....
+ &iexcl;Las estrellas! &iexcl;qu&eacute; pocas veces las hab&iacute;a
+ mirado con atenci&oacute;n desde que era can&oacute;nigo!... De Pas se
+ detuvo, se descubri&oacute;, limpi&oacute; el sudor de la frente y se qued&oacute;
+ mirando a los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de
+ lo alto. &laquo;Ten&iacute;a raz&oacute;n Pit&aacute;goras; parec&iacute;a
+ que cantaban&raquo;. En aquel silencio o&iacute;a los latidos de la sangre
+ de su cabeza... y tambi&eacute;n se le figur&oacute; o&iacute;r otro
+ ruido... as&iacute; como de campanillas que sonasen muy lejos.... &iquest;Eran
+ ellos? &iquest;Eran los coches que volv&iacute;an? La carretela no llevaba
+ cascabeles, pero los caballos de la G&oacute;ndola s&iacute;... &iquest;O
+ ser&iacute;an cigarras, grillos... ranas... cualquier cosa de las que
+ cantan en el campo acompa&ntilde;ando el silencio de la noche?... No...
+ no; eran cascabeles, ahora estaba seguro... ya sonaban m&aacute;s cerca,
+ con cierto comp&aacute;s... cada vez m&aacute;s cerca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Deben de ser ellos! &iexcl;qu&eacute; tarde!&mdash;dijo en
+ voz alta, acerc&aacute;ndose a la cuneta de la carretera, a la sombra de
+ un farol de los del paseo.
+ </p>
+ <p>
+ Esper&oacute; algunos minutos, con la cabeza tendida en direcci&oacute;n
+ del Vivero, espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la
+ obscuridad lejana, despu&eacute;s cuatro... eran ellos, los dos coches....
+ El ruido r&iacute;tmico de los cascabeles se hizo claro, estridente; a
+ veces se mezclaban con &eacute;l otros que parec&iacute;an gritos,
+ fragmentos de canciones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute; locos, vienen cantando!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ya se o&iacute;a el rumor sordo y como subterr&aacute;neo de las ruedas...
+ el aliento fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona
+ de Ripamil&aacute;n.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela
+ iba a pasar junto al Magistral, que se apret&oacute; a la columna de
+ hierro, para no ser visto. Pas&oacute; la carretela a trote largo. De Pas
+ se hizo todo ojos. En el lugar de Ripamil&aacute;n vio a don V&iacute;ctor
+ de Quintanar, y en el de la Regenta a Ripamil&aacute;n; s&iacute;, los vio
+ perfectamente. &iexcl;No ven&iacute;a la Regenta en el coche abierto!
+ &iexcl;Ven&iacute;a con los otros! &iexcl;Y al marido le hab&iacute;an
+ echado a la carretela con el can&oacute;nigo, la Marquesa y do&ntilde;a
+ Petronila!... Luego don &Aacute;lvaro y ella ven&iacute;an juntos...
+ &iexcl;y acaso ven&iacute;an todos borrachos, por lo menos alegres!
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; indecencia!&raquo; pens&oacute;, sintiendo el
+ despecho atravesado en la garganta.
+ </p>
+ <p>
+ Y sin saber que parodiaba a Glocester, a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Se la quieren echar en los brazos! &iexcl;Esa
+ Marquesa es una Celestina de afici&oacute;n!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Y ven&iacute;an cantando!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los coches se alejaban; sub&iacute;an por la calle principal de la
+ Colonia, sin algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se
+ ocultaban y volv&iacute;an a aparecer, cada vez m&aacute;s peque&ntilde;as...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ahora callan!&raquo; pens&oacute; don Ferm&iacute;n. &laquo;&iexcl;Peor,
+ mucho peor!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras
+ en noche de est&iacute;o....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral olvidado de las estrellas dej&oacute; el Espol&oacute;n y
+ subi&oacute; a buen paso por la calle principal de la Colonia, en pos de
+ los coches de Vegallana.
+ </p>
+ <p>
+ Si no fuera por verg&uuml;enza hubiera echado a correr por la cuesta
+ arriba. &laquo;&iquest;Para qu&eacute;? Para nada. Por desahogar el mal
+ humor, por emplear en algo aquella fuerza que sent&iacute;a en sus m&uacute;sculos,
+ en su alma ociosa, molesta como un hormigueo...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Al pasar junto al jard&iacute;n de P&aacute;ez, la luz de gas que brillaba
+ entre las filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco,
+ le hizo ver su sombra de cura dibujada fant&aacute;sticamente sobre la
+ polvorienta carretera.
+ </p>
+ <p>
+ Se avergonz&oacute;, testigo &eacute;l mismo de sus locuras; y contuvo el
+ paso.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. &iexcl;Bah! no
+ faltaba m&aacute;s, siempre he sido due&ntilde;o de m&iacute;... y ahora
+ hab&iacute;a de empezar a ser... un majadero...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se acord&oacute; de su cita con la Regenta. Sinti&oacute; un alivio su
+ furor sordo. &laquo;Pronto es ma&ntilde;ana.... A las ocho ya sabr&eacute;
+ yo.... S&iacute; lo sabr&eacute;... porque se lo preguntar&eacute; todo.
+ &iquest;Por qu&eacute; no? A mi manera.... Tengo derecho...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; al boulevard, estaba solitario: ya hab&iacute;a terminado el
+ paseo de los Obreros: subi&oacute; por la calle del Comercio, por la plaza
+ del Pan, y al llegar a la plaza Nueva mir&oacute; a la Rinconada. En el
+ caser&oacute;n de los Ozores no vio m&aacute;s luz que la del portal.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;No los habr&aacute;n dejado en casa? &iquest;Est&aacute;n
+ juntos todav&iacute;a?&raquo;. Y sin pensar lo que hac&iacute;a, sigui&oacute;
+ hasta la calle de la R&uacute;a, por el mismo camino que hab&iacute;a
+ andado a mediod&iacute;a. Los balcones de casa del Marqu&eacute;s estaban
+ tambi&eacute;n ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, sal&iacute;a
+ a cortar las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos
+ faroles de gas macilento. De Pas oy&oacute; gritos, carcajadas y las voces
+ roncas y met&aacute;licas del piano desafinado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Sigue la broma!&mdash;se dijo mordi&eacute;ndose los
+ labios&mdash;. Pero yo &iquest;qu&eacute; hago aqu&iacute;? &iquest;Qu&eacute;
+ me importa todo esto?... Si ella es como todas... ma&ntilde;ana lo sabr&eacute;.
+ &iexcl;Estoy loco! &iexcl;estoy borracho!... &iexcl;Si me viera mi madre!&raquo;.
+ En la pared de la casa de enfrente la luz que sal&iacute;a por los
+ balcones interrump&iacute;a con grandes rect&aacute;ngulos la sombra, y
+ por aquella claridad descarada y chillona pasaban figuras negras, como
+ dibujos de linterna m&aacute;gica. Unas veces era un talle de mujer, otras
+ una mano enorme, luego un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas
+ frente al balc&oacute;n del gabinete; frente a los del sal&oacute;n las
+ sombras de la pared eran m&aacute;s peque&ntilde;as, pero muchas y
+ confusas; y se mov&iacute;an y mezclaban hasta marear al can&oacute;nigo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No bailan&raquo;, pens&oacute;. Pero esta idea no le consolaba.
+ </p>
+ <p>
+ M&aacute;s all&aacute; del balc&oacute;n del gabinete hab&iacute;a otro
+ cerrado. Era el de la habitaci&oacute;n en que hab&iacute;a muerto la hija
+ de los Marqueses. El Magistral recordaba haber estado all&iacute;, de
+ rodillas, con un hacha de cera en la mano, mientras le daban a la pobre
+ joven el Se&ntilde;or. Hac&iacute;a mucho tiempo. Aquel balc&oacute;n se
+ abri&oacute; de repente. De Pas vio una figura de mujer que se apretaba a
+ las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como si fuera a
+ arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos que oprim&iacute;an
+ a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse. &laquo;&iquest;Qui&eacute;n
+ era?&raquo;. Imposible distinguirlo; parec&iacute;a alta, bien formada; lo
+ mismo pod&iacute;a ser Obdulia que la Regenta. &laquo;&iexcl;Es decir, la
+ Regenta no pod&iacute;a ser; no faltaba m&aacute;s! &iquest;Y el de los
+ brazos? &iquest;qui&eacute;n era? &iquest;por qu&eacute; no sal&iacute;a
+ al balc&oacute;n?&raquo;. De Pas estaba seguro de no ser visto, en
+ completa obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero pod&iacute;an
+ pasar... y &iquest;qu&eacute; se pensar&iacute;a si le ve&iacute;an all&iacute;,
+ espiando a los convidados del Marqu&eacute;s?... Deb&iacute;a marcharse...
+ s&iacute;; pero hasta que aquellos bultos se retirasen del balc&oacute;n
+ no pod&iacute;a moverse. La dama desconocida, de espalda a la calle,
+ ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible, hablaba
+ tranquilamente y se defend&iacute;a como por m&aacute;quina, con leves
+ manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla
+ por los hombros.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Est&aacute;n a obscuras! no hay luz en esa habitaci&oacute;n...
+ &iexcl;qu&eacute; esc&aacute;ndalo!&raquo;, pens&oacute; don Ferm&iacute;n,
+ que segu&iacute;a inm&oacute;vil.
+ </p>
+ <p>
+ La del balc&oacute;n hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla
+ por la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente an&oacute;nimo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Por supuesto que ella no es&raquo;, meditaba el del portal.
+ </p>
+ <p>
+ A pesar de estas reflexiones que no pod&iacute;an ser m&aacute;s
+ racionales, no estaba tranquilo. La obscuridad del balc&oacute;n le
+ sofocaba, como si fuese falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer
+ desapareci&oacute; un momento; hubo un silencio solemne y en medio de
+ &eacute;l son&oacute; claro, casi estridente, el chasquido de un beso
+ bilateral, despu&eacute;s un chillido como el de Rosina en el primer acto
+ del <i>Barbero</i>.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral respir&oacute;. &laquo;No era ella, era Obdulia&raquo;. En el
+ balc&oacute;n no quedaba nadie; Don Ferm&iacute;n sali&oacute; del portal
+ arrimado a la pared y se alej&oacute; a buen paso. &laquo;No era ella, de
+ fijo no era ella, iba pensando. Era la otra&raquo;.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XVmdash" id="XVmdash"></a>&mdash;XV&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, do&ntilde;a
+ Paula, con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle
+ en la otra, ve&iacute;a silenciosa, inm&oacute;vil, a su hijo subir
+ lentamente con la cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de
+ anchas alas.
+ </p>
+ <p>
+ Le hab&iacute;a abierto ella misma, sin preguntar qui&eacute;n era, segura
+ de que ten&iacute;a que ser &eacute;l. Ni una palabra al verle. El hijo
+ sub&iacute;a y la madre no se mov&iacute;a, parec&iacute;a dispuesta a
+ estorbarle el paso, all&iacute; en medio, tiesa, como un fantasma negro,
+ largo y anguloso.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando De Pas llegaba a los &uacute;ltimos pelda&ntilde;os, do&ntilde;a
+ Paula dej&oacute; el puesto y entr&oacute; en el despacho. Don Ferm&iacute;n
+ la mir&oacute; entonces, sin que ella le viese.
+ </p>
+ <p>
+ Repar&oacute; que su madre tra&iacute;a parches untados con sebo sobre las
+ sienes; unos parches grandes, ostentosos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Lo sabe todo&raquo; pens&oacute; el Provisor. Cuando su madre
+ callaba y se pon&iacute;a parches de sebo, daba a entender que no pod&iacute;a
+ estar m&aacute;s enfadada, que estaba furiosa. Al pasar junto al comedor,
+ De Pas vio la mesa puesta con dos cubiertos. Era temprano para cenar,
+ otras noches no se extend&iacute;a el mantel hasta las nueve y media; y
+ acababan de dar las nueve.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula encendi&oacute; sobre la mesa del despacho el quinqu&eacute;
+ de aceite con que velaba su hijo.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l se sent&oacute; en el sof&aacute;, dej&oacute; el sombrero a un
+ lado y se limpi&oacute; la frente con el pa&ntilde;uelo. Mir&oacute; a do&ntilde;a
+ Paula.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Le duele la cabeza, madre?&mdash;Me ha dolido. &iexcl;Teresina!&mdash;Se&ntilde;ora.&mdash;&iexcl;La
+ cena! Y sali&oacute; del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia
+ y sali&oacute; tras ella. &laquo;No era todav&iacute;a hora de cenar,
+ faltaban m&aacute;s de cuarenta minutos... pero &iquest;qui&eacute;n se lo
+ dec&iacute;a a ella?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula se sent&oacute; junto a la mesa, de lado, como los c&oacute;micos
+ malos en el teatro. Junto al cubierto de don Ferm&iacute;n hab&iacute;a un
+ palillero, un taller con sal, aceite y vinagre. Su servilleta ten&iacute;a
+ servilletero; la de su madre no.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entr&oacute; con el primer
+ plato, que era una ensalada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;No te sientas?&mdash;pregunt&oacute; al Provisor su madre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No tengo apetito... pero tengo mucha sed....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Est&aacute;s malo?&mdash;No, se&ntilde;ora... eso no.&mdash;&iquest;Cenar&aacute;s
+ m&aacute;s tarde?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, se&ntilde;ora, tampoco.... El Magistral ocup&oacute; su asiento
+ enfrente de do&ntilde;a Paula, que se sirvi&oacute; en silencio.
+ </p>
+ <p>
+ Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas contemplaba
+ a su se&ntilde;ora madre, que com&iacute;a de prisa, distra&iacute;da, m&aacute;s
+ p&aacute;lida que sol&iacute;a estar, con los grandes ojos azules, claros
+ y fr&iacute;os fijos en un pensamiento que deb&iacute;a de ver ella en el
+ suelo.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina entraba y sal&iacute;a sin hacer ruido, como un gato bien
+ educado. Acerc&oacute; la ensalada al se&ntilde;orito.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya he dicho que no ceno.&mdash;D&eacute;jale, no cena. Ella no lo
+ hab&iacute;a o&iacute;do, hombre.
+ </p>
+ <p>
+ Y acarici&oacute; a la criada con los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusi&oacute;n
+ inmediatamente. Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba
+ sintiendo n&aacute;useas y no se atrev&iacute;a a pedir una taza de t&eacute;.
+ Se mor&iacute;a de sed, pero tem&iacute;a beber agua.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula hablaba con Teresa m&aacute;s que de costumbre y con una
+ amabilidad que usaba muy pocas veces.
+ </p>
+ <p>
+ La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en
+ parte tuviera la misma do&ntilde;a Paula la culpa. Esto al menos crey&oacute;
+ notar el Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo tra&iacute;a
+ ella misma.
+ </p>
+ <p>
+ Pidi&oacute; az&uacute;car don Ferm&iacute;n para echarlo en el vaso de
+ agua y su madre dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Est&aacute; arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, ir&eacute;
+ yo por ella.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, madre...&mdash;D&eacute;jame. Teresina qued&oacute; a solas
+ con su amo y mientras le serv&iacute;a agua dejando caer el chorro desde
+ muy alto, suspir&oacute; discretamente.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas la mir&oacute;, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parec&iacute;a
+ una virgen de cera. Ella no levant&oacute; los ojos. De todas maneras, le
+ era antip&aacute;tica. Su madre la mimaba y a los criados no hay que
+ darles alas.
+ </p>
+ <p>
+ Baj&oacute; do&ntilde;a Paula y cuando sali&oacute; Teresina dijo,
+ mientras miraba hacia la puerta:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La pobre no s&eacute; c&oacute;mo tiene cuerpo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por qu&eacute;?&mdash;pregunt&oacute; don Ferm&iacute;n que
+ acababa de o&iacute;r el primer trueno.
+ </p>
+ <p>
+ Su madre, que estaba en pie junto a &eacute;l revolviendo el az&uacute;car
+ en el vaso, le mir&oacute; desde arriba con gesto de indignaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por qu&eacute;? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una
+ vez a casa del Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de P&aacute;ez,
+ otra a casa del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a
+ las Paulinas, otra... &iexcl;qu&eacute; s&eacute; yo! Est&aacute; muerta
+ la pobre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y a qu&eacute; ha ido?&mdash;contest&oacute; De Pas al
+ segundo trueno.
+ </p>
+ <p>
+ Pausa solemne. Do&ntilde;a Paula volvi&oacute; a sentarse y haciendo
+ alarde de una paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma,
+ pesando las s&iacute;labas:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A buscarte, Fermo, a eso ha ido.&mdash;Mal hecho, madre. Yo no soy
+ un chiquillo para que se me busque de casa en casa. &iquest;Qu&eacute; dir&iacute;a
+ Carraspique, qu&eacute; dir&iacute;a P&aacute;ez?... Todo eso es rid&iacute;culo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si est&aacute; mal
+ hecho, r&iacute;&ntilde;eme a m&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Un hijo no ri&ntilde;e a su madre.&mdash;Pero la mata a disgustos;
+ la compromete, compromete la casa... la fortuna, la honra... la posici&oacute;n...
+ todo... por una... por una.... &iquest;D&oacute;nde ha comido usted?
+ </p>
+ <p>
+ Era in&uacute;til mentir, adem&aacute;s de ser vergonzoso. Su madre lo sab&iacute;a
+ todo de fijo. El Chato se lo habr&iacute;a contado. El Chato que le habr&iacute;a
+ visto apearse de la carretela en el Espol&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;He comido con los marqueses de Vegallana; eran los d&iacute;as de
+ Paquito; se empe&ntilde;aron... no hubo remedio; y no mand&eacute;
+ aviso... porque era rid&iacute;culo, porque all&iacute; no tengo confianza
+ para eso....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n comi&oacute; all&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Cincuenta, &iquest;qu&eacute; s&eacute; yo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Basta, Fermo, basta de disimulos!&mdash;grit&oacute; con voz
+ ronca la de los parches. Se levant&oacute;, cerr&oacute; la puerta, y en
+ pie y desde lejos prosigui&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Has ido all&iacute; a buscar a esa... se&ntilde;ora... has comido a
+ su lado... has paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda
+ Vetusta, te has apeado en el Espol&oacute;n; ya tenemos otra
+ Brigadiera.... Parece que necesitas el esc&aacute;ndalo, quieres perderme.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Madre! &iexcl;madre!&mdash;&iexcl;Si no hay madre que valga!
+ &iquest;te has acordado de tu madre en todo el d&iacute;a? &iquest;No la
+ has dejado comer sola, o mejor dicho, no comer? &iquest;te import&oacute;
+ nada que tu madre se asustara, como era natural? &iquest;Y qu&eacute; has
+ hecho despu&eacute;s hasta las diez de la noche?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Madre, madre, por Dios! yo no soy un ni&ntilde;o....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no eres un ni&ntilde;o; a ti no te duele que tu madre se
+ consuma de impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un
+ mueble que sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da
+ su sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero t&uacute;
+ no eres un ni&ntilde;o, y das tu sangre, y los ojos y la salvaci&oacute;n...
+ por una mujerota....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Madre!&mdash;&iexcl;Por una mala mujer!&mdash;&iexcl;Se&ntilde;ora!&mdash;Cien
+ veces, mil veces peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno,
+ porque esas cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las se&ntilde;oras
+ chupan la vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte a&ntilde;os....
+ &iexcl;Fermo... eres un ingrato!... &iexcl;eres un loco!
+ </p>
+ <p>
+ Se sent&oacute; fatigada y con el pa&ntilde;uelo que tra&iacute;a a la
+ cabeza improvis&oacute; una banda para las sienes.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Va a estallarme la frente!&mdash;&iexcl;Madre, por Dios!
+ sosi&eacute;guese usted. Nunca la he visto as&iacute;... &iquest;Pero qu&eacute;
+ pasa? &iquest;qu&eacute; pasa?... Todo es calumnia.... &iexcl;Y qu&eacute;
+ pronto... qu&eacute; pronto... la han urdido! &iexcl;Qu&eacute; Brigadiera
+ ni qu&eacute; se&ntilde;oronas... si no hay nada de eso... si yo le juro
+ que no es eso... si no hay nada!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No tienes coraz&oacute;n, Fermo, no tienes coraz&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la
+ casa de esa gigantona... de fijo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Por Dios, se&ntilde;ora! esto es indigno de usted. Est&aacute;
+ usted insultando a una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado
+ con ella tres veces... es una santa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es una como las otras.&mdash;&iquest;C&oacute;mo qu&eacute; otras?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como las otras.&mdash;&iexcl;Se&ntilde;ora! &iexcl;Si la oyeran a
+ usted!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ta, ta, ta! Si me oyeran me callar&iacute;a. Fermo... a buen
+ entendedor.... Mira, Fermo... t&uacute; no te acuerdas, pero yo s&iacute;...
+ yo soy la madre que te pari&oacute; &iquest;sabes? y te conozco... y
+ conozco el mundo... y s&eacute; tenerlo todo en cuenta... todo.... Pero de
+ estas cosas no podemos hablar t&uacute; y yo... ni a solas... ya me
+ entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he callado, bastante he
+ visto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No ha visto usted nada...&mdash;Tienes raz&oacute;n... no he
+ visto... pero he comprendido y ya ves... nunca te habl&eacute; de estas...
+ porquer&iacute;as, pero ahora parece que te complaces en que te vean...
+ tomas por el peor camino....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y
+ yo hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo veo, Fermo, pero t&uacute; lo quieres. Lo de hoy ha sido un
+ esc&aacute;ndalo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada
+ que ver con todas esas otras calumnias de anta&ntilde;o....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro
+ se entere, que Camoir&aacute;n crea todo eso que ya dicen.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Que ya dicen! &iexcl;En dos d&iacute;as!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, en dos; en medio... en una hora.... &iquest;No ves que
+ te tienen ganas? &iquest;que llueve sobre mojado?... &iquest;Hace dos d&iacute;as?
+ Pues ellos dir&aacute;n que hace dos meses, dos a&ntilde;os, lo que
+ quieran. &iquest;Empieza ahora? Pues dir&aacute;n que ahora se ha
+ descubierto. Conocen al Obispo, saben que s&oacute;lo por ah&iacute;
+ pueden atacarte.... Que le digan a Camoir&aacute;n que has robado el cop&oacute;n...
+ no lo cree... pero eso s&iacute;; &iexcl;acu&eacute;rdate de la
+ Brigadiera!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; Brigadiera... madre... qu&eacute; Brigadiera!...
+ Es que no podemos hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a
+ usted....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo s&eacute;...
+ a mi modo. Fermo, &iquest;te fue bien toda la vida dej&aacute;ndote guiar
+ por tu madre, en estas cosas miserables de tejas abajo? &iquest;Te fue
+ bien?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, madre m&iacute;a, s&iacute;!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Te saqu&eacute; yo o no de la pobreza?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, madre del alma!&mdash;&iquest;No nos dej&oacute;
+ tu pobre padre muertos de hambre y con el agua al cuello, todo embargado,
+ todo perdido?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora, s&iacute;... y eternamente yo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;D&eacute;jate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que
+ sigas crey&eacute;ndome a m&iacute;; yo s&eacute; lo que hago. T&uacute;
+ predicas, t&uacute; alucinas al mundo con tus buenas palabras y buenas
+ formas... yo sigo mi juego. Fermo, si siempre ha sido as&iacute;, &iquest;por
+ qu&eacute; te me tuerces? &iquest;Por qu&eacute; te me escapas?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si no hay tal, madre.&mdash;S&iacute; hay tal, Fermo. No eres un ni&ntilde;o,
+ dices... es verdad... pero peor si eres un tonto.... S&iacute;, un tonto
+ con toda tu sabidur&iacute;a. &iquest;Sabes t&uacute; pegar pu&ntilde;aladas
+ por la espalda, en la honra? Pues mira al Arcediano, torcido y todo, las
+ da como un maestro... ah&iacute; tienes un ignorante que sabe m&aacute;s
+ que t&uacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula se hab&iacute;a arrancado los parches, las trenzas
+ espesas de su pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos
+ apagados casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a
+ hachazos parec&iacute;a una estatua r&uacute;stica de la Elocuencia
+ prudente y cargada de experiencia.
+ </p>
+ <p>
+ La tempestad se hab&iacute;a deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya
+ no se re&ntilde;&iacute;a, se discut&iacute;a con calor, pero sin ira. Los
+ recuerdos evocados, sin intenci&oacute;n pat&eacute;tica, por do&ntilde;a
+ Paula, hab&iacute;an enternecido a Fermo. Ya hab&iacute;a all&iacute; un
+ hijo y una madre, y no hab&iacute;a miedo de que las palabras fuesen
+ rayos.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula no se enternec&iacute;a, ten&iacute;a esa ventaja.
+ Llamaba mojigangas a las caricias, y quer&iacute;a a su hijo mucho a su
+ manera, desde lejos. Era el suyo un cari&ntilde;o opresor, un tirano.
+ Fermo, adem&aacute;s de su hijo, era su capital, una f&aacute;brica de
+ dinero. Ella le hab&iacute;a hecho hombre, a costa de sacrificios, de verg&uuml;enzas
+ de que &eacute;l no sab&iacute;a ni la mitad, de vigilias, de sudores, de
+ c&aacute;lculos, de paciencia, de astucia, de energ&iacute;a y de pecados
+ s&oacute;rdidos; por consiguiente no ped&iacute;a mucho si ped&iacute;a
+ intereses al resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo
+ era de su hijo, porque &eacute;l era el de m&aacute;s talento, el m&aacute;s
+ elocuente, el m&aacute;s sagaz, el m&aacute;s sabio, el m&aacute;s
+ hermoso; pero su hijo era de ella, deb&iacute;a cobrar los r&eacute;ditos
+ de su capital, y si la f&aacute;brica se paraba o se descompon&iacute;a,
+ pod&iacute;a reclamar da&ntilde;os y perjuicios, ten&iacute;a derecho a
+ exigir que Fermo continuase produciendo.
+ </p>
+ <p>
+ En Matalerejo, en su tierra, Paula Ra&iacute;ces vivi&oacute; muchos a&ntilde;os
+ al lado de las minas de carb&oacute;n en que trabajaba su padre, un
+ miserable labrador que ganaba la vida cultivando una mala tierra de ma&iacute;z
+ y patatas, y con la ayuda de un jornal. Aquellos hombres que sal&iacute;an
+ de las cuevas negros, sudando carb&oacute;n y con los ojos hinchados,
+ adustos, blasfemos como demonios, manejaban m&aacute;s plata entre los
+ dedos sucios que los campesinos que remov&iacute;an la tierra en la
+ superficie de los campos y segaban y amontonaban la yerba de los prados
+ frescos y floridos. El dinero estaba en las entra&ntilde;as de la tierra;
+ hab&iacute;a que cavar hondo para sacar provecho. En Matalerejo, y en todo
+ su valle, reina la codicia, y los ni&ntilde;os rubios de tez amarillenta
+ que pululan a orillas del r&iacute;o negro que serpea por las faldas de
+ los altos montes de casta&ntilde;os y helechos, parecen hijos de sue&ntilde;os
+ de avaricia. Paula era de ni&ntilde;a rubia como una mazorca; ten&iacute;a
+ los ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de
+ raz&oacute;n, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las f&aacute;bricas
+ que las rodean, hay trabajo para los ni&ntilde;os en cuanto pueden
+ sostener en la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que
+ ganan as&iacute; los hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de
+ la avaricia arrojada en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que
+ se incrusta en las entra&ntilde;as y jam&aacute;s se arranca de all&iacute;.
+ Paula ve&iacute;a en su casa la miseria todos los d&iacute;as; o faltaba
+ pan para cenar o para comer; el padre gastaba en la taberna y en el juego
+ lo que ganaba en la mina.
+ </p>
+ <p>
+ La ni&ntilde;a fue aprendiendo lo que val&iacute;a el dinero, por la gran
+ pena con que los suyos lo lloraban ausente. A los nueve a&ntilde;os era
+ Paula una espiga tostada por el sol, larga y seca; ya no se re&iacute;a:
+ pellizcaba a las amigas con mucha fuerza, trabajaba mucho y escond&iacute;a
+ cuartos en un agujero del corral. La codicia la hizo mujer antes de
+ tiempo; ten&iacute;a una seriedad prematura, un juicio firme y fr&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y viv&iacute;a
+ con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero
+ &iquest;c&oacute;mo? Las alas ten&iacute;an que ser de oro. &iquest;D&oacute;nde
+ estaba el oro? Ella no pod&iacute;a bajar a la mina.
+ </p>
+ <p>
+ Su esp&iacute;ritu observador not&oacute; en la iglesia un fil&oacute;n
+ menos obscuro y triste que el de las cuevas de all&aacute; abajo. &laquo;El
+ cura no trabajaba y era m&aacute;s rico que su padre y los dem&aacute;s
+ cavadores de las minas. Si ella fuera hombre no parar&iacute;a hasta
+ hacerse cura. Pero pod&iacute;a ser ama como la se&ntilde;ora Rita&raquo;.
+ Comenz&oacute; a frecuentar la iglesia; no perdi&oacute; novena, ni
+ rogativas, ni misiones, ni rosario y siempre sal&iacute;a la &uacute;ltima
+ del templo. Los vecinos de Matalerejo hab&iacute;an enterrado la antigua
+ piedad entre el carb&oacute;n; eran indiferentes y ten&iacute;an fama de
+ herejes en los pueblos comarcanos. Por esto pudo notar la se&ntilde;orita
+ Rita la piedad de Paula bien pronto. &laquo;La hija de Ant&oacute;n Ra&iacute;ces,
+ le dijo al se&ntilde;or cura, tira para santa, no sale de la iglesia&raquo;.
+ El cura habl&oacute; a la chicuela, y asegur&oacute; a Rita que era una
+ Teresa de Jes&uacute;s en ciernes. En una enfermedad del ama, el p&aacute;rroco
+ pidi&oacute; a Ra&iacute;ces su hija para reemplazar a Rita en su
+ servicio. Rita san&oacute; pero Paula no sali&oacute; de la Rectoral. Se
+ acab&oacute; el ir y venir con el cesto de tierra. Se visti&oacute; de
+ negro, y por amor de Dios se olvid&oacute; de sus padres. A los dos a&ntilde;os
+ la se&ntilde;ora Rita sal&iacute;a de la casa del cura ense&ntilde;ando
+ los pu&ntilde;os a Paula y llev&aacute;ndose en un cofre sus ahorros de
+ veinte a&ntilde;os. El cura muri&oacute; de viejo y el nuevo p&aacute;rroco,
+ de treinta a&ntilde;os, admiti&oacute; a la hija de Ra&iacute;ces como
+ parte integrante de la casa Rectoral. Paula era entonces una joven alta,
+ blanca, fresca, de carne dura y piel fina, pero mal hecha. Una noche, a
+ las doce, a la luz de la luna sali&oacute; de la Rectoral, que estaba en
+ lo alto de una loma rodeada de casta&ntilde;os y acacias, cien pasos m&aacute;s
+ abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un pa&ntilde;uelo negro que
+ envolv&iacute;a ropa blanca. Detr&aacute;s de ella sali&oacute; una
+ sombra, con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la segu&iacute;an,
+ Paula corri&oacute; por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la
+ alcanz&oacute;, la cogi&oacute; por la saya de estame&ntilde;a y la oblig&oacute;
+ a detenerse; hablaron; &eacute;l abr&iacute;a los brazos, pon&iacute;a las
+ manos sobre el coraz&oacute;n, besaba dos dedos en cruz; ella dec&iacute;a
+ no con la cabeza. Despu&eacute;s de media hora de lucha, los dos volvieron
+ a la Rectoral; entr&oacute; &eacute;l, ella detr&aacute;s y cerr&oacute;
+ por dentro despu&eacute;s de decir a un perro que ladraba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura
+ desde aquella noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la
+ soledad le cost&oacute; al p&aacute;rroco, sin saciar el apetito, muchos a&ntilde;os
+ de esclavitud. Ten&iacute;a fama de santo; era un joven que predicaba
+ moralidad, castidad, sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con
+ el ejemplo. Y una noche, reparando al cenar que Paula era mal formada,
+ angulosa, sinti&oacute; una lascivia de salvaje, irresistible, ciega,
+ excitada por aquellos &aacute;ngulos de carne y hueso, por aquellas
+ caderas desairadas, por aquellas piernas largas, fuertes, que deb&iacute;an
+ de ser como las de un hombre. A la primera insinuaci&oacute;n amorosa,
+ brusca, significada m&aacute;s por gestos que por palabras, el ama contest&oacute;
+ con un gru&ntilde;ido, y fingiendo no comprender lo que le ped&iacute;an;
+ a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin arte, de hombre
+ casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula dio por respuesta
+ un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su cuarto, hizo un l&iacute;o
+ de ropa, s&iacute;mbolo de despedida, porque ten&iacute;a all&iacute;
+ muchos ba&uacute;les cargados de trapos y otros art&iacute;culos, y sali&oacute;
+ diciendo desde la escalera:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se&ntilde;or cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre.
+ </p>
+ <p>
+ La transacci&oacute;n le cost&oacute; al cl&eacute;rigo humillarse hasta
+ el polvo, una abdicaci&oacute;n absoluta. Vivieron en paz en adelante,
+ pero &eacute;l vio siempre en ella a su se&ntilde;or de horca y cuchillo;
+ ten&iacute;a su honor en las manos; pod&iacute;a perderle. No le perdi&oacute;.
+ Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde, despu&eacute;s de estudiar,
+ Paula se acerc&oacute; a &eacute;l y le pidi&oacute; que la oyese en
+ confesi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hija m&iacute;a &iquest;a estas horas?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, ahora me atrevo... y no respondo de volver
+ a atreverme jam&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Le confes&oacute; que estaba encinta.
+ </p>
+ <p>
+ Francisco De Pas, un licenciado de artiller&iacute;a, que entraba mucho en
+ casa del cura, de quien era algo pariente, la hab&iacute;a requerido de
+ amores y ella le hab&iacute;a contestado a bofetadas&mdash;el cura se puso
+ colorado; se acord&oacute; de la patada que hab&iacute;a recibido &eacute;l&mdash;pero
+ el licenciado hab&iacute;a sido terco, y hab&iacute;a vuelto a
+ requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto sacaran el estanquillo que
+ le ten&iacute;an prometido los del Gobierno; ella se hab&iacute;a
+ tranquilizado y desde entonces admit&iacute;a al habla aquel buque
+ sospechoso. Seg&uacute;n costumbre de la tierra, iba el de artiller&iacute;a
+ a hablar con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en
+ Matalerejo, sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida
+ por anchos pilares a dos o tres varas del suelo. All&iacute; dorm&iacute;a
+ ella en el verano. Francisco falt&oacute; una noche a lo convenido, fue
+ audaz, pas&oacute; del corredor al interior de la panera; luch&oacute;
+ Paula, luch&oacute; hasta caer rendida&mdash;lo juraba ante un Cristo&mdash;,
+ rendida por la fuerza del artillero. Desde aquella noche le tom&oacute;
+ ojeriza, pero quer&iacute;a casarse con &eacute;l. De aquella traici&oacute;n
+ acaso naci&oacute; Ferm&iacute;n a los dos meses de haber unido el buen p&aacute;rroco
+ a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos los vecinos dijeron que
+ Ferm&iacute;n era hijo del cura, quien dot&oacute; al ama con buenas
+ peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre hab&iacute;a tenido
+ intenci&oacute;n de casarse con Paula, pero los vecinos le hab&iacute;an
+ llenado el alma de sospechas y espinas, y &eacute;l, creyendo que pod&iacute;a
+ el cura estar ri&eacute;ndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero
+ aquella noche que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le
+ convenci&oacute; de la inocencia del p&aacute;rroco y de la virtud de
+ Paula. Aquello no se fing&iacute;a; mucho sab&iacute;a el artillero de las
+ trampas del mundo, de las doncellas falsas, pero &eacute;l se fue a su
+ casa al alba persuadido de que hab&iacute;a vencido, bien o mal, una honra
+ verdadera. Y volvi&oacute; a su proyecto de casarse con el ama del cura.
+ As&iacute; se lo jur&oacute; a ella, de rodillas, como &eacute;l hab&iacute;a
+ visto a los galanes en los teatros, all&aacute; por el mundo adelante.&mdash;&laquo;Yo
+ te pedir&eacute; a tus padres y al cura ma&ntilde;ana mismo.&mdash;No&mdash;dijo
+ ella&mdash;, ahora no&raquo;. Y siguieron vi&eacute;ndose. Cuando Paula
+ estuvo segura de que hab&iacute;a fruto de aquella traici&oacute;n, o de
+ las concesiones subsiguientes, dijo a su novio: &laquo;Ahora se lo digo al
+ amo y t&uacute;, cuando &eacute;l te llame, te niegas a casarte, dices que
+ dicen que no eres t&uacute; solo... que en fin...&mdash;S&iacute;, s&iacute;,
+ ya entiendo.&mdash;&iexcl;Lo que sospechabas, animal!&mdash;S&iacute;, ya
+ s&eacute;.&mdash;Pues eso.&mdash;&iquest;Y despu&eacute;s?&mdash;Despu&eacute;s
+ deja que el cura te ofrezca... y no digas que bueno a la primer promesa;
+ deja que suba el precio... ni a la segunda. A la tercera date por
+ vencido...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y as&iacute; fue. Paula arranc&oacute; de una vez al pobre p&aacute;rroco
+ de Matalerejo, el m&aacute;s casto del Arciprestazgo, el resto del precio
+ que ella hab&iacute;a puesto al silencio. &iexcl;Con qu&eacute; fervor
+ predicaba el buen hombre despu&eacute;s la castidad firme! &laquo;&iexcl;Un
+ momento de debilidad te pierde, pecador; basta un momento! Un deseo, un
+ deseo que no sacias siquiera, te cuesta la salvaci&oacute;n&raquo; (y
+ todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad de toda la vida,
+ a&ntilde;ad&iacute;a para sus adentros.)
+ </p>
+ <p>
+ Paula compr&oacute; grandes partidas de vino y lo vend&iacute;a al por
+ mayor a los taberneros de Matalerejo; empez&oacute; bien el comercio
+ gracias a su inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos.
+ Francisco era muy <i>fant&aacute;stico</i>, seg&uacute;n su mujer. Le
+ gustaba contar sus haza&ntilde;as, y hasta sus aventuras, esto en secreto,
+ despu&eacute;s de colocar unos cuantos pellejos de Toro, al beber en compa&ntilde;&iacute;a
+ del parroquiano. Era rumboso y en el calor de la amistad improvisada en la
+ taberna, abr&iacute;a cr&eacute;ditos exorbitantes a los taberneros, sus
+ consumidores. Esto origin&oacute; reyertas tr&aacute;gicas; hubo sillas
+ por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de pino,
+ amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del artillero;
+ secas, fr&iacute;as, nada sinceras por parte de su mujer. La man&iacute;a
+ de dar al fiado lleg&oacute; a ser un vicio, una pasi&oacute;n del
+ manirroto licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el
+ dinero con gran prosopopeya. &laquo;&iexcl;Los pa&iacute;ses que &eacute;l
+ hab&iacute;a visto! &iexcl;las mujeres que &eacute;l hab&iacute;a
+ seducido, all&aacute; muy lejos!&raquo;. Sus amigos los taberneros que no
+ hab&iacute;an visto m&aacute;s r&iacute;o que el de su patria, le enga&ntilde;aban
+ al segundo vaso. Mientras &eacute;l se perd&iacute;a en sus recuerdos y en
+ sus sue&ntilde;os pret&eacute;ritos, que daba por realizados, sus
+ compadres interrumpi&eacute;ndole, entre alabanzas y admiraciones, le
+ sacaban pellejos y m&aacute;s pellejos de vino pagaderos.... &laquo;De eso
+ no hab&iacute;a que hablar&raquo;. &laquo;El hombre es honrado&raquo; dec&iacute;a
+ el artillero y a&ntilde;ad&iacute;a: &laquo;Si yo tengo un duro pongo por
+ ejemplo, y un amigo, por una comparaci&oacute;n, necesita ese duro... y
+ quien dice un duro dice veinte arrobas de vino, pongo por caso...&raquo;.
+ Pocos a&ntilde;os necesit&oacute;, a pesar de la prosperidad con que el
+ comercio hab&iacute;a empezado, para tocar en la bancarrota. Se atrevi&oacute;
+ un parroquiano a no pagar y tras &eacute;l fueron otros, y al fin no le
+ pagaba casi nadie. Paula que hab&iacute;a dominado a dos curas, y estaba
+ dispuesta a dominar el mundo, no pod&iacute;a con su marido. &laquo;Lo que
+ t&uacute; quieras, tienes raz&oacute;n&raquo;, dec&iacute;a &eacute;l, y a
+ la media hora volv&iacute;a a las andadas. Si ella se irritaba, se le
+ acababa a &eacute;l lo que llamaba la paciencia, y una vez en el terreno
+ de la fuerza el artillero venc&iacute;a siempre; fuerte era como un roble
+ Paula, pero Francisco hab&iacute;a sido el m&aacute;s arrogante mozo de
+ nuestro ej&eacute;rcito, y ten&iacute;a m&uacute;sculos de oso. Hab&iacute;a
+ nacido en lo m&aacute;s alto de la monta&ntilde;a y hasta los veinte a&ntilde;os
+ hab&iacute;a servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza
+ llam&oacute; a las puertas, y Paula se decidi&oacute; a dejar su comercio,
+ De Pas decret&oacute; dedicar los pocos cuartos que sacaron libres a la
+ industria ganadera. Tom&oacute; vacas en parcer&iacute;a y se fue con su
+ mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del pastoreo, en los m&aacute;s
+ empinados vericuetos. All&iacute; pas&oacute; la ni&ntilde;ez y lleg&oacute;
+ a la adolescencia Ferm&iacute;n, a quien su madre hab&iacute;a deseado
+ hacer cl&eacute;rigo.&mdash;&laquo;Pastor y vaquero ha de ser, como su
+ abuelo y como su padre&raquo;, gritaba el licenciado cada vez que la madre
+ hablaba de mandar al ni&ntilde;o a aprender lat&iacute;n con el cura de
+ Matalerejo. El comercio de ganado no fue mejor que el de vino. A Francisco
+ se le ocurri&oacute; que &eacute;l hab&iacute;a sido siempre un gran
+ tirador; se consagr&oacute; a la caza y persegu&iacute;a corzos, jabal&iacute;es,
+ y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se atrev&iacute;a.
+ Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro hombres que
+ conduc&iacute;an a hombros el cuerpo destrozado de su marido en unas
+ angarillas improvisadas con ramas de roble. Hab&iacute;a ca&iacute;do de
+ lo alto de una pe&ntilde;a abrazado a la osa mal herida que persegu&iacute;an
+ los vaqueros hac&iacute;a una semana. Muri&oacute; con gloria el
+ artillero, pero su viuda se encontr&oacute; abrumada de trampas, de deudas
+ y para sarcasmo de la suerte, due&ntilde;a de cr&eacute;ditos sin fin que
+ no se cobrar&iacute;an jam&aacute;s. Volvi&oacute; a Matalerejo, despu&eacute;s
+ de perder por embargo cuanto ten&iacute;a. Llevaba aquellos papeles in&uacute;tiles
+ y el hijo que hab&iacute;a de ser cl&eacute;rigo. Era Ferm&iacute;n ya un
+ mozalbete como un castillo; sus 15 a&ntilde;os parec&iacute;an veinte;
+ pero Paula hac&iacute;a de &eacute;l cuanto quer&iacute;a, le manejaba
+ mejor que a su padre. Le hizo estudiar lat&iacute;n con el cura, el mismo
+ que hab&iacute;a dado la dote perdida por el difunto. Hab&iacute;a que
+ adelantar tiempo y Ferm&iacute;n lo adelant&oacute;; estudiaba por cuatro
+ y trabajaba en los quehaceres dom&eacute;sticos de la Rectoral; cuidaba la
+ huerta adem&aacute;s y as&iacute; ganaba comida y ense&ntilde;anza. Iba a
+ dormir a la caba&ntilde;a de su madre, que a la boca de una mina hab&iacute;a
+ levantado cuatro tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo
+ comercio, que no subieron a mucho, corrieron a&uacute;n por cuenta del p&aacute;rroco,
+ quien hizo el desinteresado m&aacute;s por caridad que por miedo. Ya no
+ tem&iacute;a lo que pudiera decir Paula ni ella cre&iacute;a tampoco en la
+ fuerza del arma con que en un tiempo hab&iacute;a amenazado terrible,
+ cruel y fr&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la claridad y
+ all&iacute;, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la pasi&oacute;n
+ del juego que dominaba a casi todos. Detr&aacute;s de unas tablas, que
+ dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las
+ noches de invierno interminables el <i>hijo del cura</i>, como le llamaban
+ c&iacute;nicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de
+ Ferm&iacute;n, que hab&iacute;a probado a muchos que el estudio no le hab&iacute;a
+ debilitado los brazos. El espect&aacute;culo de la ignorancia, del vicio y
+ del embrutecimiento le repugnaba hasta darle n&aacute;useas y se arrojaba
+ con fervor en la sincera piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo
+ que para &eacute;l quer&iacute;a su madre: el seminario, la sotana, que
+ era la toga del hombre libre, la que le podr&iacute;a arrancar de la
+ esclavitud a que se ver&iacute;a condenado con todos aquellos miserables
+ si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor, una digna del vuelo de
+ su ambici&oacute;n y de los instintos que despertaban en su esp&iacute;ritu.
+ Paula padeci&oacute; mucho en esta &eacute;poca; la ganancia era segura y
+ muy superior a lo que pudieran pensar los que no la ve&iacute;an a ella
+ explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella turba
+ de las minas; pero su oficio ten&iacute;a los peligros del domador de
+ fieras; todos los d&iacute;as, todas las noches hab&iacute;a en la taberna
+ pendencias, brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La
+ energ&iacute;a de Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones
+ brutales, y con m&aacute;s ah&iacute;nco en obligar al que romp&iacute;a
+ algo a pagarlo y a buen precio. Tambi&eacute;n pon&iacute;a en la cuenta,
+ a su modo, el perjuicio del esc&aacute;ndalo. A veces quer&iacute;a Ferm&iacute;n
+ ayudarla, intervenir con sus pu&ntilde;os en las escenas tr&aacute;gicas
+ de la taberna, pero su madre se lo prohib&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;T&uacute; a estudiar, t&uacute; vas a ser cura y no debes ver
+ sangre. Si te ven entre estos ladrones, creer&aacute;n que eres uno de
+ ellos.
+ </p>
+ <p>
+ Ferm&iacute;n, por respeto y por asco obedec&iacute;a, y cuando el estr&eacute;pito
+ era horr&iacute;sono, tapaba los o&iacute;dos y procuraba enfrascarse en
+ el trabajo hasta olvidar lo que pasaba detr&aacute;s de aquellas tablas,
+ en la taberna. Algo m&aacute;s que las reyertas entre los parroquianos
+ ocultaba Paula a su hijo. Aunque ya no era joven, su cuerpo fuerte, su
+ piel tersa y blanca, sus brazos fornidos, sus caderas exuberantes
+ excitaban la lujuria de aquellos miserables que viv&iacute;an en
+ tinieblas. &laquo;<i>La Muerta</i> es un buen bocado&raquo;, se dec&iacute;a
+ en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura p&aacute;lida; y
+ creyendo f&aacute;cil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban
+ sobre ella como sobre una presa; pero Paula los recib&iacute;a a pu&ntilde;adas,
+ a patadas, a palos; m&aacute;s de un vaso rompi&oacute; en la cabeza de
+ una fiera de las cuevas y tuvo el valor de cobr&aacute;rselo. Estos
+ ataques de la lujuria animal sol&iacute;an ser a las altas horas de la
+ noche, cuando el enamorado salvaje se eternizaba sobre su banco, para
+ esperar la soledad. Ferm&iacute;n estudiaba o dorm&iacute;a. Paula cerraba
+ la puerta de la calle, porque la autoridad le obligaba a ello. No desped&iacute;a
+ al borracho, aunque conoc&iacute;a su prop&oacute;sito, porque mientras
+ estaba all&iacute; hac&iacute;a consumo, suprema aspiraci&oacute;n de
+ Paula. Y entonces empezaba la lucha. Ella se defend&iacute;a en silencio.
+ Aunque &eacute;l gritase, Ferm&iacute;n no acud&iacute;a; pensaba que era
+ una ri&ntilde;a entre mineros. Adem&aacute;s, le tem&iacute;an unos por
+ fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer sin que &eacute;l se enterase.
+ Pero nunca venc&iacute;an. A lo sumo un abrazo furtivo, un beso como un
+ rasgu&ntilde;o. Nada. Paula despreciaba aquella baba. M&aacute;s asco le
+ daba barrer las inmundicias que dejaban all&iacute; aquellos osos de la
+ cueva.
+ </p>
+ <p>
+ Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quer&iacute;a te&oacute;logo,
+ nada de misa y olla. All&iacute; estaba ella para barrer hacia la calle
+ aquel lodo que entraba todos los d&iacute;as por la puerta de la taberna;
+ a ella la manchaba, pero a &eacute;l no; &eacute;l all&aacute; dentro con
+ Dios y los santos, bebiendo en los libros de la ciencia que le hab&iacute;a
+ de hacer se&ntilde;or; y su madre all&iacute; fuera, manejando inmundicia
+ entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo el porvenir de su hijo; el de
+ ella, tambi&eacute;n, pues estaba segura de que llegar&iacute;a a ser una
+ se&ntilde;ora. All&aacute; en la Monta&ntilde;a, en cuanto Ferm&iacute;n
+ hab&iacute;a aprendido a leer y escribir, le hab&iacute;a obligado a ense&ntilde;arle
+ a ella su ciencia. Le&iacute;a y escrib&iacute;a. En la taberna, entre
+ tantas blasfemias, entre los aullidos de borrachos y jugadores, ella
+ devoraba libros, que ped&iacute;a al cura.
+ </p>
+ <p>
+ M&aacute;s de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco
+ tiempo iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o
+ hurto.
+ </p>
+ <p>
+ El cura, Ferm&iacute;n, y hasta los guardias, que estimaban su honradez,
+ la hab&iacute;an aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tr&aacute;fico
+ repugnante; &iquest;no la aburr&iacute;a pasar la vida entre borrachos y
+ jugadores que se convert&iacute;an tan a menudo en asesinos?
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;No, no y no!&raquo;. Que la dejasen a ella. Estaba haciendo
+ bols&oacute;n sin que nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria
+ que emprendiese, con sus pocos recursos, no podr&iacute;a ganar la d&eacute;cima
+ parte de lo que iba ganando all&iacute;. Los mineros sal&iacute;an de la
+ obscuridad con el bolsillo repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban
+ bien, derrochaban y com&iacute;an y beb&iacute;an veneno barato en calidad
+ de vino y manjares buenos y caros. En la taberna de Paula todo era
+ falsificado; ella compraba lo peor de lo peor y los borrachos lo com&iacute;an
+ y beb&iacute;an sin saber lo que tragaban, y los jugadores sin mirarlo
+ siquiera, fija el alma en los naipes.
+ </p>
+ <p>
+ El consumo era mucho, la ganancia en cada art&iacute;culo considerable.
+ Por eso no hab&iacute;a prendido ya fuego a la taberna con todos <i>los
+ ladrones</i> dentro.
+ </p>
+ <p>
+ No dej&oacute; el tr&aacute;fico hasta que los estudios y la edad de Ferm&iacute;n
+ lo exigieron. Hubo que dejar el pa&iacute;s y por recomendaciones del p&aacute;rroco
+ de Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen
+ del Camino, a una legua de Le&oacute;n, en un p&aacute;ramo. Ferm&iacute;n,
+ tambi&eacute;n por influencia de Matalerejo (el cura), y del p&aacute;rroco
+ de la Virgen del Camino, entr&oacute; en San Marcos de Le&oacute;n en el
+ colegio de los Jesuitas, que pocos a&ntilde;os antes se hab&iacute;an
+ instalado en las orillas del Bernesga. El muchacho resisti&oacute; todas
+ las pruebas a que los PP. le sometieron; demostr&oacute; bien pronto gran
+ talento, sagacidad, vocaci&oacute;n, y el P. Rector lleg&oacute; a decir
+ que aquel chico hab&iacute;a nacido jesuita. Paula callaba, pero estaba
+ resuelta a sacar de all&iacute; a su hijo en tiempo oportuno, cuando ella
+ pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le quer&iacute;a
+ jesuita. Le quer&iacute;a can&oacute;nigo, obispo, qui&eacute;n sabe cu&aacute;ntas
+ cosas m&aacute;s. &Eacute;l hablaba de misiones en el Oriente, de tribus,
+ de los m&aacute;rtires del Jap&oacute;n, de imitar su ejemplo; le&iacute;a
+ a su madre, con los ojos brillantes de entusiasmo, los peri&oacute;dicos
+ que hablaban de los peligros del P. Sevillano, de la compa&ntilde;&iacute;a,
+ all&aacute; en tierra de salvajes. Paula sonre&iacute;a y callaba. &iexcl;Bueno
+ estar&iacute;a que despu&eacute;s de tantos sacrificios el hijo se le
+ convirtiera en m&aacute;rtir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la locura
+ de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja mucha plata
+ el d&iacute;a que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de la
+ Autoridad civil; pero el cura es pobre.
+ </p>
+ <p>
+ Paula ve&iacute;a pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero
+ aquello era como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio
+ de revolver trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama
+ de cura corri&oacute; por toda la provincia; el p&aacute;rroco de la
+ Virgen ten&iacute;a la imprudencia de alabar su talento culinario, su
+ despacho, su integridad, su pulcritud, su piedad y dem&aacute;s cualidades
+ delante de otros cl&eacute;rigos, a la mesa, despu&eacute;s de comer bien
+ y beber mejor. Cundi&oacute; la fama de Paula, y un can&oacute;nigo de
+ Astorga se la arrebat&oacute; al cura de la Virgen. Fue una traici&oacute;n
+ y Paula una ingrata. Sin embargo, el can&oacute;nigo era un santo, la
+ traici&oacute;n no hab&iacute;a sido suya. Don Fortunato Camoir&aacute;n
+ no era capaz de traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la acept&oacute;,
+ sin sospechar que a los pocos meses ser&iacute;a &eacute;l su esclavo.
+ </p>
+ <p>
+ Nada conven&iacute;a a Paula como un amo santo. Al a&ntilde;o de servir al
+ can&oacute;nigo Camoir&aacute;n se vanagloriaba de haberle salvado varias
+ veces de la bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana:
+ todo hubiera sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le
+ saqueaban con la ganz&uacute;a de la caridad. Paula puso en orden todo
+ aquello. Camoir&aacute;n se lo agradeci&oacute; y sigui&oacute; dando
+ limosna a hurtadillas, pero poca; lo que pod&iacute;a sisar al ama. Era el
+ can&oacute;nigo incapaz de gobernarse en las necesidades premiosas de la
+ vida, no entend&iacute;a palabra de los intereses del mundo, y al poco
+ tiempo lleg&oacute; a comprender que Paula era sus ojos, sus manos, sus o&iacute;dos,
+ hasta su sentido com&uacute;n. Sin Paula acaso, acaso le hubieran llevado
+ a un hospital por loco y pobre.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel imperio fue el m&aacute;s tir&aacute;nico que ejerci&oacute; en su
+ vida el ama de llaves. Lo aprovech&oacute; para la carrera de Ferm&iacute;n:
+ el can&oacute;nigo comprendi&oacute; que deb&iacute;a mirar al estudiante
+ como a cosa suya; si Paula le consagraba la vida a &eacute;l, &eacute;l
+ deb&iacute;a consagrar sus cuidados y su dinero y su influencia al hijo de
+ Paula. Adem&aacute;s, el mozo le enamoraba tambi&eacute;n; era tan
+ discreto, tan sagaz como su madre y m&aacute;s amable, m&aacute;s suave en
+ el trato. Pero hab&iacute;a que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula,
+ el mozo lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de
+ jesuita lo exig&iacute;a. Se le sac&oacute; y entr&oacute; en el
+ Seminario, a terminar la teolog&iacute;a. Fue presb&iacute;tero, y obtuvo
+ un economato de los buenos, y fue llamado a predicar en San Isidro de Le&oacute;n,
+ y en Astorga, y en Villafranca y donde quiera que el can&oacute;nigo
+ Camoir&aacute;n, famoso ya por su piedad, ten&iacute;a influencia. Cuando
+ a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, &eacute;l vacil&oacute;;
+ mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz: pero
+ Paula le amenaz&oacute; con abandonarle.&mdash;&laquo;&iexcl;Eso era
+ absurdo!&raquo;. Solo ya no podr&iacute;a vivir. &laquo;No por usted, se&ntilde;or;
+ por el chico es necesario aceptar&raquo;. &mdash;&laquo;Acaso ten&iacute;a
+ raz&oacute;n&raquo;. Camoir&aacute;n acept&oacute; por el chico... y
+ fueron todos a Vetusta. Pero all&iacute; se le busc&oacute; al Obispo una
+ ama de llaves y Paula sigui&oacute; ejerciendo desde su casa sus funciones
+ de suprema inspecci&oacute;n. Ferm&iacute;n fue medrando, medrando; el
+ muchacho val&iacute;a, pero m&aacute;s val&iacute;a su madre. Ella le hab&iacute;a
+ hecho hombre, es decir, cura; ella le hab&iacute;a hecho ni&ntilde;o
+ mimado de un Obispo, ella le hab&iacute;a empujado para llegar adonde hab&iacute;a
+ subido, y ella ganaba lo que ganaba, pod&iacute;a lo que pod&iacute;a...
+ &iexcl;y &eacute;l era un ingrato!
+ </p>
+ <p>
+ A esta conclusi&oacute;n llegaba el Magistral aquella noche, en que, despu&eacute;s
+ de larga conversaci&oacute;n con su madre, se encerr&oacute; en su
+ despacho a repasar en la memoria todo lo que &eacute;l sab&iacute;a de los
+ sacrificios que aquella mujer fuerte hab&iacute;a emprendido y realizado
+ por &eacute;l, porque &eacute;l subiera, porque dominase y ganara riquezas
+ y honores.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;S&iacute;, era un ingrato! &iexcl;un ingrato!&raquo;
+ y el amor filial le arrancaba dos l&aacute;grimas de fuego que enjugaba,
+ sorprendido de sentir humedad en aquellas fuentes secas por tantos a&ntilde;os.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;C&oacute;mo lloraba &eacute;l? &iexcl;Cosa m&aacute;s rara!
+ &iquest;Ser&iacute;a el alcohol la causa de aquel llanto? Acaso. &iquest;Ser&iacute;a...
+ lo que hab&iacute;a sucedido aquel d&iacute;a? Tal vez todo mezclado. Oh,
+ pero tambi&eacute;n, tambi&eacute;n el amor que &eacute;l ten&iacute;a a
+ su madre era cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Abri&oacute; el balc&oacute;n del despacho de par en par. Ya hab&iacute;a
+ salido la luna, que parec&iacute;a ir rodando sobre el tejado de enfrente.
+ La calle estaba desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos p&aacute;lidos
+ de la luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. &laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+ cosas tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas
+ estaba sintiendo! Oh, para &eacute;l no era nuevo, no, sentir oprimido el
+ pecho al mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; as&iacute;
+ hab&iacute;a &eacute;l empezado a ponerse enfermucho, all&aacute; en los
+ Jesuitas: pero entonces sus anhelos eran vagos y ahora no; ahora
+ anhelaba... tampoco se atrev&iacute;a a pedir claridad y precisi&oacute;n
+ a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas m&iacute;sticas, ansiedades de
+ fil&oacute;sofo atado a un te&oacute;logo lo que le angustiaba y produc&iacute;a
+ aquel dulce dolor que parec&iacute;a una perezosa dilataci&oacute;n de las
+ fibras m&aacute;s hondas...&raquo;. La sonrisa de la Regenta se le present&oacute;
+ unida a la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y record&oacute;
+ una a una todas las veces que le hab&iacute;a sonre&iacute;do. En los
+ libros aquello se llamaba estar enamorado plat&oacute;nicamente; pero
+ &eacute;l no cre&iacute;a en palabras. No; estaba seguro que aquello no
+ era amor. El mundo entero, y su madre con todo el mundo, pensaban
+ groseramente al calificar de pecaminosa aquella amistad inocente. &iexcl;Si
+ sabr&iacute;a &eacute;l lo que era bueno y lo que era malo! Su madre le
+ quer&iacute;a mucho, a ella se lo deb&iacute;a todo, ya se sabe, pero...
+ no sab&iacute;a ella sentir con suavidad, no entend&iacute;a de afectos
+ finos, sublimes... hab&iacute;a que perdonarla. S&iacute;, pero &eacute;l
+ necesitaba amor m&aacute;s blando que el de do&ntilde;a Paula... m&aacute;s
+ &iacute;ntimo, de m&aacute;s f&aacute;cil comuni&oacute;n por raz&oacute;n
+ de la edad, de la educaci&oacute;n, de los gustos... &Eacute;l, aunque
+ viviera con su madre querida, no ten&iacute;a hogar, hogar suyo, y eso deb&iacute;a
+ ser la dicha suprema de las almas serias, de las almas que pretend&iacute;an
+ merecer el nombre de grandes. Le faltaba compa&ntilde;&iacute;a en el
+ mundo; era indudable.
+ </p>
+ <p>
+ De una casa de la misma calle, por un balc&oacute;n abierto, sal&iacute;an
+ las notas dulces, l&aacute;nguidas, perezosas de un viol&iacute;n que
+ tocaban manos expertas. Se trataba de motivos del tercer acto del <i>Fausto</i>.
+ El Magistral no conoc&iacute;a la m&uacute;sica, no pod&iacute;a asociarla
+ a las escenas a que correspond&iacute;a, pero comprend&iacute;a que se
+ hablaba de amor. El o&iacute;r con deleite, como o&iacute;a, aquella m&uacute;sica
+ insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso: pero...
+ &iexcl;dec&iacute;a tan bien aquel viol&iacute;n las cosas raras que
+ estaba sintiendo &eacute;l!
+ </p>
+ <p>
+ De repente se acord&oacute; de sus treinta y cinco a&ntilde;os, de la vida
+ est&eacute;ril que hab&iacute;a tenido, fecunda s&oacute;lo en sobresaltos
+ y remordimientos, cada vez menos punzantes, pero m&aacute;s sopor&iacute;feros
+ para el esp&iacute;ritu. Se tuvo una l&aacute;stima tiern&iacute;sima; y
+ mientras el viol&iacute;n gem&iacute;a diciendo a su modo:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;"><i>Al palido chiaror</i></span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;"><i>che vien degli astri d'or</i></span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;"><i>dami ancor contemplar il tuo viso...</i></span><br />
+ </p>
+ <p>
+ el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a trav&eacute;s de
+ unas telara&ntilde;as de hilos de l&aacute;grimas que le inundaban los
+ ojos.... Mir&aacute;bala ni m&aacute;s ni menos como dec&iacute;a Trif&oacute;n
+ C&aacute;rmenes en <i>El L&aacute;baro</i> que la contemplaba &eacute;l,
+ todos los jueves y domingos, los d&iacute;as de follet&iacute;n literario.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Medrados estamos!&raquo; pens&oacute; don Ferm&iacute;n al
+ dar en idea tan extravagante. Y entonces volvi&oacute; a ocurr&iacute;rsele
+ que en aquel sentimentalismo de &uacute;ltima hora deb&iacute;a de tener
+ gran parte la copa de cognac, o lo que fuese.
+ </p>
+ <p>
+ Abajo era d&iacute;a de cuentas. Muy a menudo se las tomaba do&ntilde;a
+ Paula al buen Froil&aacute;n Zapico, el propietario de <i>La Cruz Roja</i>
+ ante el p&uacute;blico y el derecho mercantil. Froil&aacute;n era un
+ esclavo blanco de do&ntilde;a Paula; a ella se lo deb&iacute;a todo, hasta
+ el no haber ido a presidio; le ten&iacute;a agarrado, como ella dec&iacute;a,
+ por todas partes y por eso le dejaba figurar como due&ntilde;o del
+ comercio, sin miedo de una traici&oacute;n. Le llamaba de t&uacute; y
+ muchas veces animal y pillastre. &Eacute;l sonre&iacute;a, fumaba su pipa,
+ siempre pegada a la boca, y dec&iacute;a con una calma de fil&oacute;sofo
+ c&iacute;nico: &laquo;Cosas del alma&raquo;. Vest&iacute;a de levita, y
+ hasta usaba guantes negros en las procesiones. Ten&iacute;a que parecer un
+ se&ntilde;or para dar aire de verosimilitud a su propiedad de <i>La Cruz
+ Roja</i>, el comercio m&aacute;s pr&oacute;spero de Vetusta, el &uacute;nico
+ en su g&eacute;nero, desde que el m&iacute;sero de don Santos Barinaga se
+ hab&iacute;a ido arruinando.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula hab&iacute;a casado a Froil&aacute;n con una criada de
+ las que ella tomaba en la aldea, una de las que hab&iacute;an precedido a
+ Teresa en sus funciones de doncella cerca del se&ntilde;orito. Hab&iacute;a
+ dormido como Teresa ahora, a cuatro pasos del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froil&aacute;n.
+ Zapico oy&oacute; la proposici&oacute;n de su ama con aire socarr&oacute;n.
+ Cre&iacute;a comprender. Pero &eacute;l era muy fil&oacute;sofo: no se
+ paraba en ciertos requisitos que otros miran mucho. El ama, al proponerle
+ el matrimonio, hab&iacute;a pensado: &laquo;Esto es algo fuerte; pero
+ &iexcl;ay de &eacute;l si se subleva!&raquo;. Froil&aacute;n no se sublev&oacute;.
+ Juana era muy buena moza y sab&iacute;a cuidar a un hombre. Se cas&oacute;
+ Zapico, y al d&iacute;a siguiente de la boda, do&ntilde;a Paula, que le
+ miraba de soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida
+ &laquo;de haber estirado mucho la cuerda&raquo; observ&oacute; que el
+ novio estaba muy contento, muy amable con ella, y hecho un alm&iacute;bar
+ con su mujer.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Gordas las tragas, Froil&aacute;n, eres un valiente&raquo;, pensaba
+ ella admir&aacute;ndole y despreci&aacute;ndole al mismo tiempo.
+ </p>
+ <p>
+ Y &eacute;l sonre&iacute;a con m&aacute;s socarroner&iacute;a que nunca.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Buen chasco se hab&iacute;a llevado la se&ntilde;ora; si ella
+ supiera...&raquo; pensaba &eacute;l fumando su pipa. Pero es claro que jam&aacute;s
+ dijo a do&ntilde;a Paula el secreto de aquella noche en que hubo sorpresas
+ muy diferentes de las que supon&iacute;a la se&ntilde;ora.
+ </p>
+ <p>
+ Era el &uacute;nico secreto que hab&iacute;a entre ama y esclavo; la
+ &uacute;nica mala pasada que ella le hab&iacute;a querido jugar.... Y como
+ tampoco hab&iacute;a tenido mal resultado, sino muy beneficioso para
+ Zapico, este segu&iacute;a estimando a do&ntilde;a Paula. Ella, al verle
+ tan contento, nada resentido, rabiaba por atreverse a preguntar; y
+ &eacute;l, muy satisfecho con el enga&ntilde;o del ama que hab&iacute;a
+ sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos callaban. No hab&iacute;a
+ m&aacute;s que ciertas miradas mutuas que ambos sorprend&iacute;an a
+ veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el rostro
+ del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Do&ntilde;a
+ Paula encog&iacute;a los hombros y Froil&aacute;n re&iacute;a pasando la
+ mano por las barbas de puerco-esp&iacute;n que ten&iacute;a debajo del
+ ment&oacute;n afeitado.
+ </p>
+ <p>
+ All&iacute; lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas,
+ limpias. Froil&aacute;n era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella
+ casa el recuento de la moneda era un culto. Desde ni&ntilde;o se hab&iacute;a
+ acostumbrado don Ferm&iacute;n a la seriedad religiosa con que se trataban
+ los asuntos de dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el
+ oro y la plata. All&aacute; abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la
+ que no se pasaba, desde la casa del Magistral por s&oacute;tanos, como
+ supon&iacute;a la maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la
+ medianer&iacute;a en el piso terreno, do&ntilde;a Paula, subida a una
+ plataforma, ante un pupitre verde, repasaba los libros del comercio y en
+ serones de esparto y bolsas grasientas contaba y recontaba el oro, la
+ plata y el cobre o el bronce que Froil&aacute;n iba entreg&aacute;ndole,
+ en pie, en una grada de la plataforma, m&aacute;s baja que la mesa en que
+ el ama repasaba los libros. Parec&iacute;a ella una sacerdotisa y &eacute;l
+ un ac&oacute;lito de aquel culto plat&oacute;nico. El mismo don Ferm&iacute;n,
+ las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sent&iacute;a un vago
+ respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre, m&aacute;s
+ p&aacute;lido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una
+ Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusolog&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la
+ trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo hab&iacute;a un gran foco de
+ podredumbre, aguas sucias estancadas. O&iacute;a vagos rumores lejanos del
+ chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino timbre.
+ Aquellos ruidos apagados por la distancia sub&iacute;an por el hueco de la
+ escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El viol&iacute;n volvi&oacute;
+ a rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parec&iacute;an
+ titilar como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de
+ Fausto en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista
+ arrastraba perezosamente por las cuerdas del viol&iacute;n los quejidos de
+ la Traviata momentos antes de morir.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se
+ acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el
+ arroyo. Era don Santos Barinaga, que volv&iacute;a a su casa,&mdash;tres
+ puertas m&aacute;s arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente&mdash;.
+ De Pas no le conoci&oacute; hasta que le vio debajo de su balc&oacute;n.
+ Pero antes, al pasar junto a la casa donde sonaba el viol&iacute;n,
+ Barinaga, que ven&iacute;a hablando solo, se detuvo y call&oacute;. Se
+ quit&oacute; el sombrero, que era verde, de figura de cono truncado, y
+ alzando la cabeza escuch&oacute; con aire de inteligente. De vez en cuando
+ hac&iacute;a signos de aprobaci&oacute;n.... &laquo;Conoc&iacute;a
+ aquello; era la <i>Traviata</i> o el <i>Miserere del Trovador</i>, pero en
+ fin cosa buena&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Perfecta... mente&raquo;, dijo en voz alta; que sea muy
+ enhorabuena, Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada
+ de comercio... en esta tierra de ladrones. &iquest;Eh...?
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Es el hijo del cerero&raquo;, a&ntilde;adi&oacute; mirando a un
+ lado, hacia el suelo; como cont&aacute;ndoselo a otro que estuviese junto
+ a &eacute;l y m&aacute;s bajo. El viol&iacute;n call&oacute; y don Santos
+ dio media vuelta, como buscando las notas que se hab&iacute;an extinguido.
+ Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un r&oacute;tulo
+ de letras doradas que dec&iacute;a: &laquo;La Cruz Roja&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Barinaga se cubri&oacute;, dio una palmada en la copa del sombrero verde y
+ extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo, grit&oacute;:&mdash;&iexcl;Ladrones!
+ S&iacute;, se&ntilde;or&mdash;dijo en voz m&aacute;s baja&mdash;, no
+ retiro una sola palabra... ladrones; usted y su madre se&ntilde;or
+ Provisor... &iexcl;ladrones!
+ </p>
+ <p>
+ Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sinti&oacute;
+ brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el vecino,
+ se retir&oacute; del balc&oacute;n y sin el menor ruido, poco a poco,
+ entorn&oacute; las vidrieras hasta no dejar m&aacute;s que un intersticio
+ por donde ver y o&iacute;r sin ser visto. Para mayor seguridad baj&oacute;
+ la luz del quinqu&eacute; y lo meti&oacute; en la alcoba. Volvi&oacute; al
+ balc&oacute;n, a espiar las palabras y los movimientos de aquel borracho a
+ quien despreciaba todo el a&ntilde;o y que aquella noche, sin que &eacute;l
+ supiera por qu&eacute;, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la misma
+ hora, le hab&iacute;a sentido en la calle murmurar imprecaciones, mientras
+ &eacute;l velaba trabajando; pero nunca hab&iacute;a querido levantarse
+ para o&iacute;r las necedades de aquel perdido. Bien sab&iacute;a que les
+ atribu&iacute;a a &eacute;l y a su madre la ruina del comercio de
+ quincalla de que viv&iacute;a; pero &iquest;qui&eacute;n hac&iacute;a caso
+ de un miserable, v&iacute;ctima del aguardiente?
+ </p>
+ <p>
+ Barinaga segu&iacute;a diciendo:&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or Provisor,
+ es usted un ladr&oacute;n, y un simoniaco, como le llama a usted el se&ntilde;or
+ Foja... que es un liberal... eso es, un liberal probado....
+ </p>
+ <p>
+ Y como &laquo;La Cruz Roja&raquo; no respond&iacute;a, don Santos dirigi&eacute;ndose
+ a su propia sombra que se le iba subiendo a las barbas, seg&uacute;n se
+ acercaba a la puerta cerrada del comercio, tom&aacute;ndola por el mism&iacute;simo
+ se&ntilde;or De Pas, le dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se&ntilde;or obscurantista! &iexcl;apaga luces!... usted ha
+ arruinado a mi familia... usted me ha hecho a m&iacute; hereje... mas&oacute;n,
+ s&iacute;, se&ntilde;or, ahora soy mas&oacute;n... por vengarme... por...
+ &iexcl;abajo la clerigalla!
+ </p>
+ <p>
+ Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta a
+ la esquina. El borracho sinti&oacute; en los ojos la claridad viva y
+ desvergonzada de un &aacute;ngulo de luz que brotaba de la linterna de
+ Pepe, su buen amigo.
+ </p>
+ <p>
+ El sereno, aquel Pepe, conoci&oacute; a don Santos y se acerc&oacute; sin
+ acelerar el paso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Buenas noches, amigo; t&uacute; eres un hombre honrado... y te
+ aprecio... pero este carcunda, este comehostias, este <i>rapa-velas</i>,
+ este maldito tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladr&oacute;n, y
+ lo sostengo.... Toma un pitillo.
+ </p>
+ <p>
+ Tom&oacute; el pitillo Pepe, escondi&oacute; la linterna, arrim&oacute; a
+ la pared el chuzo y dijo con voz grave:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Don Santos, ya es hora de acostarse; &iquest;quiere que abra la
+ puerta?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; puerta?&mdash;La de su casa...&mdash;Yo no tengo
+ ya casa... yo soy un pordiosero... &iquest;no lo ves? &iquest;no ves qu&eacute;
+ pantalones, qu&eacute; levita?... Y mi hija... es una mala p&eacute;cora...
+ tambi&eacute;n me la han robado los curas, pero no ha sido este.... Este
+ me ha robado la parroquia... me ha arruinado... y don Custodio me roba el
+ amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo no tengo hogar... ni tengo
+ puchero a la lumbre.... &iexcl;Y dicen que bebo!... &iquest;qu&eacute; he
+ de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el aguardiente...
+ &iquest;qu&eacute; ser&iacute;a de este anciano?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, don Santos, vamos a casa...&mdash;Te digo que no tengo
+ casa... d&eacute;jame... hoy tengo que hacer aqu&iacute;... Vete, vete t&uacute;...
+ Es un secreto... ellos creen... que no se sabe... pero yo lo s&eacute;...
+ yo les esp&iacute;o... yo les oigo.... Vete... no me preguntes... vete....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de
+ usted los vecinos... y yo... qu&eacute; quiere usted....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, t&uacute;... es claro, como soy un pobre.... Vete, d&eacute;jame
+ con esta ralea de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ El sereno cant&oacute; la hora y sigui&oacute; adelante.
+ </p>
+ <p>
+ Don Santos le convidaba a veces a <i>echar</i> una copa... &iquest;qu&eacute;
+ hab&iacute;a de hacer? Adem&aacute;s, no sol&iacute;a alborotar demasiado.
+ </p>
+ <p>
+ Qued&oacute; solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detr&aacute;s
+ de las vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para
+ sus adentros su v&iacute;ctima....
+ </p>
+ <p>
+ Don Santos volvi&oacute; a su mon&oacute;logo, interrumpido por
+ entorpecimientos del est&oacute;mago y por las dificultades de la lengua.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Miserables!&mdash;dec&iacute;a con voz pat&eacute;tica, de
+ bajo profundo&mdash;&iexcl;miserables!... &iexcl;Ministro de Dios!...
+ &iexcl;ministro de un cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga,
+ honrado comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el
+ pan a nadie... que no obligo a los curas de toda la di&oacute;cesis...
+ eso, eso, a comprar en mi tienda c&aacute;lices, patenas, vinajeras,
+ casullas, l&aacute;mparas (iba contando por los dedos, que encontraba con
+ dificultad), y dem&aacute;s, con otros art&iacute;culos... como aras; s&iacute;
+ se&ntilde;or &iexcl;que nos oigan los sordos, se&ntilde;or Magistral!
+ usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias del obispado... y yo
+ que lo supe... adquir&iacute; una gran partida de ellas..., porque cre&iacute;
+ que era usted... una persona decente... un cristiano.... &iexcl;Buen
+ cristiano te d&eacute; Dios! &iexcl;Jes&uacute;s... que era un gran
+ liberal, como el se&ntilde;or Foja... eso es... un republicano... no vend&iacute;a
+ aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy empe&ntilde;ado,
+ embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras al precio que
+ ha querido... &iexcl;se sabe todo, todo, se&ntilde;or apaga-luces... <i>don</i>
+ Sim&oacute;n el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... &iquest;Ven ustedes
+ este santurr&oacute;n? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado
+ tambi&eacute;n al cerero.... Y papel pintado... &Eacute;l mismo ha hecho
+ empapelar el Santuario de Palomares... que lo diga la sociedad de
+ Mareantes de aquel puerto... si es un ladr&oacute;n... si lo tengo
+ dicho... un ladr&oacute;n, un Felipe segundo... &Oacute;igalo usted,
+ &iexcl;so pillo! yo no tengo esta noche qu&eacute; cenar... no habr&aacute;
+ lumbre en mi cocina... pedir&eacute; una taza de t&eacute;... y mi hija me
+ dar&aacute; un rosario.... &iexcl;Sois unos miserables!... (Pausa.)
+ &iexcl;Vaya un siglo de las luces! (se&ntilde;alando al farol) me r&iacute;o
+ yo... de las luces... &iquest;para qu&eacute; quiero yo faroles si no
+ cuelgan de ellos a los ladrones?... &iexcl;Rayos y truenos! &iquest;y esa
+ revoluci&oacute;n?... &iexcl;el petr&oacute;leo!... &iexcl;venga petr&oacute;leo!...
+ </p>
+ <p>
+ Call&oacute; un momento el borracho, y a tropezones lleg&oacute; a la
+ puerta de La Cruz Roja. Aplic&oacute; el o&iacute;do al agujero de una
+ cerradura, y despu&eacute;s de escuchar con atenci&oacute;n, ri&oacute;
+ con lo que llaman en las comedias risa sard&oacute;nica.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ja, ja, ja!&mdash;ven&iacute;a a decir, con la garganta y
+ las narices&mdash;... &iexcl;Ya est&aacute;n d&aacute;ndole vueltas!...
+ All&aacute; dentro, bien os oigo, miserables, no os ocult&eacute;is...
+ bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es m&iacute;o; esa
+ plata es del cerero.... &iexcl;Venga mi dinero, se&ntilde;ora do&ntilde;a
+ Paula... venga mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi
+ dinero es m&iacute;o! &iquest;Digo, me parece? &iexcl;Pues venga!
+ </p>
+ <p>
+ Volvi&oacute; a callar y a aplicar el o&iacute;do a la cerradura.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral abri&oacute; el balc&oacute;n sin ruido y se inclin&oacute;
+ sobre la barandilla para ver a don Santos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Oir&aacute; algo? Parece imposible....
+ </p>
+ <p>
+ Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa
+ escuch&oacute; tambi&eacute;n con atenci&oacute;n profunda.... S&iacute;,
+ &eacute;l o&iacute;a algo... era el choque de las monedas, pero el ruido
+ era confuso, pod&iacute;a conocerse sabiendo antes que estaban contando
+ dinero... pero desde la calle no deb&iacute;a de o&iacute;rse nada... era
+ imposible.... Mas la idea de que la alucinaci&oacute;n del borracho
+ coincidiese con la realidad le disgustaba m&aacute;s todav&iacute;a, le
+ asustaba, con un miedo supersticioso....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Esos miserables tienen ah&iacute; toda la moneda de la di&oacute;cesis!...
+ Y todo eso es m&iacute;o y del cerero.... &iexcl;Ladrones!... Caballero
+ Magistral, entend&aacute;monos; usted predica una religi&oacute;n de
+ paz... pues bien, ese dinero es m&iacute;o....
+ </p>
+ <p>
+ Se irgui&oacute; don Santos; volvi&oacute; a descargar una palmada sobre
+ el sombrero verde, y extendiendo una mano y dando un paso atr&aacute;s,
+ exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada de violencias... &iexcl;&Aacute;brase a la justicia! &iexcl;En
+ nombre de la ley, abajo esa puerta!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se&ntilde;or don Santos, a la cama!&mdash;dijo el sereno, ya
+ de vuelta&mdash;. No puedo consentir que usted siga escandalizando....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Abra usted esa puerta, derr&iacute;bela usted, se&ntilde;or Pepe.
+ Usted representa la ley... pues bien... ah&iacute; est&aacute;n contando
+ mi dinero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ea, ea, don Santos basta de desatinos.
+ </p>
+ <p>
+ Y le cogi&oacute; por un brazo, para llev&aacute;rselo por fuerza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Porque soy pobre... &iexcl;ingrato!&mdash;dijo Barinaga cayendo en
+ profundo desaliento.
+ </p>
+ <p>
+ Se dej&oacute; arrastrar. El Magistral, desde su balc&oacute;n, escondido
+ en la obscuridad, los sigui&oacute; con la mirada, sin alentar, olvidado
+ del mundo entero menos de aquel don Santos Barinaga que le hab&iacute;a
+ estado arrojando lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez
+ lastimosa.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes
+ de aquel borracho, de las palabras que m&aacute;s eructaba que dec&iacute;a:
+ &laquo;&iquest;Pod&iacute;a una copa de cognac, una comida algo fuerte, un
+ poco de Burdeos, producir aquella irritaci&oacute;n en la conciencia, en
+ el cerebro o donde fuera?&raquo;. No lo sab&iacute;a, pero jam&aacute;s la
+ presencia de una de sus v&iacute;ctimas le hab&iacute;a causado aquellos
+ escalofr&iacute;os tr&aacute;gicos que se le paseaban ahora por el cuerpo.
+ Se figuraba la tienda vac&iacute;a, los anaqueles desiertos, mostrando su
+ fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus muertos.... Y
+ ve&iacute;a el hogar fr&iacute;o, sin una chispa entre la ceniza....
+ &iexcl;Qui&eacute;n pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de t&eacute;
+ por que suspiraba en su extrav&iacute;o; o caldo caliente... algo de lo
+ que sirve a los enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos!
+ </p>
+ <p>
+ Don Santos y el sereno llegaron, despu&eacute;s de buen rato, a la puerta
+ de la tienda de Barinaga, que era tambi&eacute;n entrada de la casa. El
+ Magistral oy&oacute; retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No
+ abr&iacute;an. Al Provisor le consum&iacute;a la impaciencia. &laquo;&iquest;Se
+ habr&aacute; dormido esa beatuela?&raquo;, pens&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ A sus o&iacute;dos llegaban confusas y con resonancia met&aacute;lica las
+ palabras del sereno y de Barinaga; parec&iacute;a que hablaban un idioma
+ extra&ntilde;o.
+ </p>
+ <p>
+ Repiti&oacute; Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abri&oacute;
+ un balc&oacute;n y una voz agria dijo desde arriba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah&iacute; va la llave! El balc&oacute;n se cerr&oacute; con
+ estr&eacute;pito. Entr&oacute; don Santos en la tienda, que era como el
+ Magistral se la hab&iacute;a representado, y dej&aacute;ndose alumbrar por
+ el sereno atraves&oacute; el triste almac&eacute;n donde retumbaban los
+ pasos como bajo una b&oacute;veda, y subi&oacute; la escalera lentamente,
+ respirando con fatiga. El sereno sali&oacute;, despu&eacute;s de entregar
+ la llave al amo de la casa. Cerr&oacute; de un golpe y se fue calle
+ arriba. Obscuridad y silencio. El Magistral abri&oacute; entonces su balc&oacute;n
+ de par en par y tendi&oacute; el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa
+ de Barinaga, pretendiendo o&iacute;r algo.
+ </p>
+ <p>
+ Al principio parec&iacute;a aprensi&oacute;n lo que o&iacute;a, como si
+ sonara dentro del cerebro... pero despu&eacute;s, cuando se vio luz detr&aacute;s
+ de los cristales, el Magistral pudo asegurar que all&iacute; dentro re&ntilde;&iacute;an,
+ arrojaban algo sobre el piso de madera....
+ </p>
+ <p>
+ Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con don
+ Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El bando
+ del Arcediano y del beneficiado hab&iacute;a querido sacar gran partido de
+ la situaci&oacute;n del infeliz don Santos para combatir al Magistral;
+ para ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su
+ padre. Beb&iacute;a el se&ntilde;or Barinaga y en esto ya no se pod&iacute;a
+ culpar de su miseria al Provisor. &laquo;Es claro, dir&iacute;an los
+ partidarios de don Ferm&iacute;n, todo lo gasta en aguardiente, est&aacute;
+ siempre borracho y espanta la parroquia &iquest;c&oacute;mo se quiere que
+ el clero consuma los g&eacute;neros de un perdido... que adem&aacute;s es
+ un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar de las amonestaciones y
+ malos tratos de su hija, Barinaga no hab&iacute;a querido pasarse al
+ partido contrario; se hab&iacute;a hecho libre-pensador y renegaba de todo
+ el culto y de todo el clero.&mdash;Nada, nada; repet&iacute;a, todos son
+ iguales; lo que dice don Pompeyo Guimar&aacute;n; el mal est&aacute; en la
+ ra&iacute;z; &iexcl;fuego en la ra&iacute;z! &iexcl;abajo la clerigalla!&raquo;.
+ Y cuanto m&aacute;s borracho, m&aacute;s de ra&iacute;z quer&iacute;a
+ cortar. En vano su hija le daba tormento dom&eacute;stico para
+ convertirle. S&oacute;lo consegu&iacute;a hacerle llorar desesperado, como
+ el infeliz rey Lear, o que montase en c&oacute;lera y le arrojase a la
+ cabeza alg&uacute;n trasto. Ella pasaba plaza de m&aacute;rtir, pero el m&aacute;rtir
+ era &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ Como don Santos hab&iacute;a sospechado, Celestina no quiso darle t&eacute;,
+ ni tila, ni nada; no hab&iacute;a nada. No hab&iacute;a fuego, ni eran
+ aquellas horas.... Hubo gritos, llantos y trastos por el aire. El
+ Magistral, gracias al silencio de la noche, o&iacute;a vagos rumores de la
+ reyerta, que se alargaba, como si no hubiera sue&ntilde;o en el mundo. A
+ &eacute;l se le cerraban los ojos, pero no sab&iacute;a qu&eacute; fuerza
+ le clavaba al balc&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ Aborrec&iacute;a en aquel momento a Celestina. Record&oacute; que era la
+ joven que hab&iacute;a visto d&iacute;as antes a los pies de don Custodio
+ junto a un confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la hab&iacute;a
+ reconocido. Ten&iacute;a facha de sabandija de sacrist&iacute;a... de
+ cualquier cosa.
+ </p>
+ <p>
+ Los rumores continuaban. De vez en cuando se o&iacute;a el ruido de un
+ golpe seco. Detr&aacute;s de la vidriera iluminada pasaba de tarde en
+ tarde un cuerpo obscuro.
+ </p>
+ <p>
+ El sereno cant&oacute; las doce a lo lejos.
+ </p>
+ <p>
+ Poco despu&eacute;s ces&oacute; el ruido apagado y confuso de voces.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral esper&oacute;. No volvi&oacute; el rumor. &laquo;Ya no re&ntilde;&iacute;an&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La claridad de la vidriera desapareci&oacute; de repente.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sigui&oacute; espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz.
+ </p>
+ <p>
+ El sereno volvi&oacute; a cantar las doce... m&aacute;s lejos.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas respir&oacute; con fuerza y dijo entre dientes:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya estar&aacute; durmi&eacute;ndola!
+ </p>
+ <p>
+ Y se oy&oacute; el ruido discreto de un balc&oacute;n que se cierra con
+ miedo de turbar el silencio de la noche.
+ </p>
+ <p>
+ Pisando quedo, entr&oacute; don Ferm&iacute;n en su alcoba.
+ </p>
+ <p>
+ Detr&aacute;s del tabique oy&oacute; el crujir de las hojas de ma&iacute;z
+ del jerg&oacute;n en que dorm&iacute;a Teresa, y despu&eacute;s un suspiro
+ estrepitoso.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral encogi&oacute; los hombros y se sent&oacute; en el lecho.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Las doce, hab&iacute;a dicho el sereno, &iexcl;ya era ma&ntilde;ana!
+ es decir, ya era hoy; dentro de ocho horas la Regenta estar&iacute;a a sus
+ pies confesando culpas que hab&iacute;a olvidado el otro d&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Sus pecados!&mdash;dijo a media voz el Provisor, con los
+ ojos clavados en la llama del quinqu&eacute;&mdash;&iexcl;si yo tuviese
+ que confesarle los m&iacute;os!... &iexcl;Qu&eacute; asco le dar&iacute;an!
+ </p>
+ <p>
+ Y dentro del cerebro, como martillazos, o&iacute;a aquellos gritos de don
+ Santos:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ladr&oacute;n... ladr&oacute;n... <i>rapavelas</i>!&raquo;.
+ </p>
+ <h3>
+ FIN DE LA PRIMERA PARTE
+ </h3>
+ <p>
+ <a href="#tomo_II"><b>PASAR AL TOMO II</b></a>
+ </p>
+ <h1>
+ La Regenta
+ </h1>
+ <h3>
+ por
+ </h3>
+ <h1>
+ Leopoldo Alas &laquo;Clar&iacute;n&raquo;
+ </h1>
+ <h3>
+ Librer&iacute;a de Fernando F&eacute;, Madrid
+ </h3>
+ <h3>
+ 1900.
+ </h3>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="tomo_II" id="tomo_II"></a>TOMO II
+ </h2>
+ <table summary="capitulos">
+ <tr>
+ <td>
+ <a href="#tomo_II"><b>CAP&Iacute;TULOS:</b></a> <a href="#XVImdash"><b>XVI,</b></a>
+ <a href="#XVIImdash"><b>XVII,</b></a> <a href="#XVIIImdash"><b>XVIII,</b></a>
+ <a href="#XIXmdash"><b>XIX,</b></a> <a href="#XXmdash"><b>XX,</b></a>
+ <a href="#XXImdash"><b>XXI,</b></a> <a href="#XXIImdash"><b>XXII,</b></a>
+ <a href="#XXIIImdash"><b>XXIII,</b></a> <a href="#XXIVmdash"><b>XXIV,</b></a>
+ <a href="#XXVmdash"><b>XXV,</b></a> <a href="#XXVImdash"><b>XXVI,</b></a>
+ <a href="#XXVIImdash"><b>XXVII,</b></a> <a href="#XXVIIImdash"><b>XXVIII,</b></a>
+ <a href="#XXIXmdash"><b>XXIX,</b></a> <a href="#XXXmdash"><b>XXX</b></a><br />
+ <a href="#tomo_I"><b>PASAR AL TOMO I</b></a>
+ </td>
+ </tr>
+ </table>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XVImdash" id="XVImdash"></a>&mdash;XVI&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele
+ lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa y
+ hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del viaje
+ del invierno. Puede decirse que es una iron&iacute;a de buen tiempo lo que
+ se llama el <i>veranillo de San Mart&iacute;n</i>. Los vetustenses no se f&iacute;an
+ de aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera
+ peculiar de pasar la vida a nado durante la estaci&oacute;n odiosa que se
+ prolonga hasta fines de Abril pr&oacute;ximamente. Son anfibios que se
+ preparan a vivir debajo del agua la temporada que su destino les condena a
+ este elemento. Unos protestan todos los a&ntilde;os haci&eacute;ndose de
+ nuevas y diciendo: &laquo;&iexcl;Pero ve usted qu&eacute; tiempo!&raquo;.
+ Otros, m&aacute;s fil&oacute;sofos, se consuelan pensando que a las muchas
+ lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. &laquo;O el cielo o
+ el suelo, todo no puede ser&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los a&ntilde;os, al o&iacute;r
+ las campanas doblar tristemente el d&iacute;a de los Santos, por la tarde,
+ sent&iacute;a una angustia nerviosa que encontraba p&aacute;bulo en los
+ objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno,
+ de <i>otro</i> invierno h&uacute;medo, mon&oacute;tono, interminable, que
+ empezaba con el clamor de aquellos bronces.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel a&ntilde;o la tristeza hab&iacute;a aparecido a la hora de siempre.
+ </p>
+ <p>
+ Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de esta&ntilde;o,
+ la taza y la copa en que hab&iacute;a tomado caf&eacute; y an&iacute;s don
+ V&iacute;ctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el
+ platillo de la taza yac&iacute;a medio puro apagado, cuya ceniza formaba
+ repugnante amasijo impregnado del caf&eacute; fr&iacute;o derramado. Todo
+ esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La
+ insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le part&iacute;a el
+ alma; se le figuraba que eran s&iacute;mbolo del universo, que era as&iacute;,
+ ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hast&iacute;o
+ del fumador. Adem&aacute;s, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro
+ entero y de querer por entero a una mujer. Ella era tambi&eacute;n como
+ aquel cigarro, una cosa que no hab&iacute;a servido para uno y que ya no
+ pod&iacute;a servir para otro.
+ </p>
+ <p>
+ Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las
+ campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en toda
+ la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeci&oacute;. Aquellos
+ martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune,
+ irresponsable, mec&aacute;nica del bronce repercutiendo con tenacidad
+ irritante, sin por qu&eacute; ni para qu&eacute;, s&oacute;lo por la raz&oacute;n
+ universal de molestar, cre&iacute;ala descargada sobre su cabeza. No eran
+ <i>f&uacute;nebres lamentos</i>, las campanadas como dec&iacute;a Trif&oacute;n
+ C&aacute;rmenes en aquellos versos del <i>L&aacute;baro</i> del d&iacute;a,
+ que la doncella acababa de poner sobre el regazo de su ama; no eran f&uacute;nebres
+ lamentos, no hablaban de los muertos, sino de la tristeza de los vivos,
+ del letargo de todo; <i>&iexcl;tan, tan, tan!</i> &iexcl;cu&aacute;ntos!
+ &iexcl;cu&aacute;ntos! &iexcl;y los que faltaban! &iquest;qu&eacute;
+ contaban aquellos ta&ntilde;idos? tal vez las gotas de lluvia que iban a
+ caer en aquel <i>otro</i> invierno.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y mir&oacute; <i>El
+ L&aacute;baro</i>. Ven&iacute;a con orla de luto. El primer fondo, que,
+ sin saber lo que hac&iacute;a, comenz&oacute; a leer, hablaba de la
+ brevedad de la existencia y de los acendrados sentimientos cat&oacute;licos
+ de la redacci&oacute;n. &laquo;&iquest;Qu&eacute; eran los placeres de
+ este mundo? &iquest;Qu&eacute; la gloria, la riqueza, el amor?&raquo;. En
+ opini&oacute;n del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como
+ hab&iacute;a dicho Shakespeare. S&oacute;lo la virtud era cosa s&oacute;lida.
+ En este mundo no hab&iacute;a que buscar la felicidad, la tierra no era el
+ centro de las almas <i>decididamente</i>. Por todo lo cual lo m&aacute;s
+ acertado era morirse; y as&iacute;, el redactor, que hab&iacute;a
+ comenzado lamentando lo <i>solos que se quedaban</i> los muertos, conclu&iacute;a
+ por envidiar su buena suerte. <i>Ellos</i> ya sab&iacute;an lo que hab&iacute;a
+ <i>m&aacute;s all&aacute;</i>, ya hab&iacute;an resuelto el gran problema
+ de Hamlet: <i>to be or not to be</i>. &iquest;Qu&eacute; era el m&aacute;s
+ all&aacute;? Misterio. De todos modos el articulista deseaba a los
+ difuntos el descanso y la gloria eterna. Y firmaba: &laquo;Trif&oacute;n C&aacute;rmenes&raquo;.
+ Todas aquellas necedades ensartadas en lugares comunes; aquella ret&oacute;rica
+ fiambre, sin pizca de sinceridad, aument&oacute; la tristeza de la
+ Regenta; esto era peor que las campanas, m&aacute;s mec&aacute;nico, m&aacute;s
+ fatal; era la fatalidad de la estupidez; y tambi&eacute;n &iexcl;qu&eacute;
+ triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original
+ sublimes, all&iacute; manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad
+ convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por las
+ inmundicias de los tontos!... &laquo;&iexcl;Aquello era tambi&eacute;n un
+ s&iacute;mbolo del mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas,
+ andaban confundidas con la prosa y la falsedad y la maldad, y no hab&iacute;a
+ modo de separarlas!&raquo;. Despu&eacute;s C&aacute;rmenes se presentaba
+ en el cementerio y cantaba una eleg&iacute;a de tres columnas, en tercetos
+ entreverados de silva. Ana ve&iacute;a los renglones desiguales como si
+ estuvieran en chino; sin saber por qu&eacute;, no pod&iacute;a leer; no
+ entend&iacute;a nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por all&iacute;
+ los ojos, la atenci&oacute;n retroced&iacute;a, y tres veces ley&oacute;
+ los cinco primeros versos, sin saber lo que quer&iacute;an decir.... Y de
+ repente record&oacute; que ella tambi&eacute;n hab&iacute;a escrito
+ versos, y pens&oacute; que pod&iacute;an ser muy malos tambi&eacute;n.
+ &laquo;&iquest;Si habr&iacute;a sido ella una <i>Trifona</i>?
+ Probablemente; &iexcl;y qu&eacute; desconsolador era tener que echar sobre
+ s&iacute; misma el desd&eacute;n que mereciera todo! &iexcl;Y con qu&eacute;
+ entusiasmo hab&iacute;a escrito muchas de aquellas poes&iacute;as
+ religiosas, m&iacute;sticas, que ahora le aparec&iacute;an amaneradas,
+ rapsodias serviles de Fray Luis de Le&oacute;n y San Juan de la Cruz! Y lo
+ peor no era que los versos fueran malos, insignificantes, vulgares, vac&iacute;os...
+ &iquest;y los sentimientos que los hab&iacute;an inspirado? &iquest;Aquella
+ piedad l&iacute;rica? &iquest;Hab&iacute;a valido algo? No mucho cuando
+ ahora, a pesar de los esfuerzos que hac&iacute;a por volver a sentir una
+ reacci&oacute;n de religiosidad.... &iquest;Si en el fondo no ser&iacute;a
+ ella m&aacute;s que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya
+ versos ni prosa? &iexcl;S&iacute;, s&iacute;, le hab&iacute;a quedado el
+ esp&iacute;ritu falso, torcido de la poetisa, que por algo el buen sentido
+ vulgar desprecia!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de s&iacute; misma,
+ que la exageraci&oacute;n la oblig&oacute; a retroceder y no par&oacute;
+ hasta echar la culpa de todos sus males a Vetusta, a sus t&iacute;as, a D.
+ V&iacute;ctor, a Fr&iacute;gilis, y concluy&oacute; por tenerse aquella l&aacute;stima
+ tierna y profunda que la hac&iacute;a tan indulgente a ratos para con los
+ propios defectos y culpas.
+ </p>
+ <p>
+ Se asom&oacute; al balc&oacute;n. Por la plaza pasaba todo el vecindario
+ de la Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, m&aacute;s
+ all&aacute; del Espol&oacute;n sobre un cerro. Llevaban los vetustenses
+ los trajes de cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de
+ chiquillos eran la mayor&iacute;a de los transe&uacute;ntes; hablaban a
+ gritos, gesticulaban alegres; de fijo no pensaban en los muertos. Ni&ntilde;os
+ y mujeres del pueblo pasaban tambi&eacute;n, cargados de coronas f&uacute;nebres
+ baratas, de cirios flacos y otros adornos de sepultura. De vez en cuando
+ un lacayo de librea, un mozo de cordel atravesaban la plaza abrumados por
+ el peso de colosal corona de siemprevivas, de blandones como columnas, y
+ catafalcos port&aacute;tiles. Era el luto oficial de los ricos que sin
+ &aacute;nimo o tiempo para visitar a sus muertos les mandaban aquella
+ especie de besa-la-mano. Las <i>personas decentes</i> no llegaban al
+ cementerio; las se&ntilde;oritas emperifolladas no ten&iacute;an valor
+ para entrar all&iacute; y se quedaban en el Espol&oacute;n paseando,
+ luciendo los trapos y dej&aacute;ndose ver, como los dem&aacute;s d&iacute;as
+ del a&ntilde;o. Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban;
+ los trajes eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de
+ costumbre, el gesto algo m&aacute;s compuesto.... Se paseaba en el Espol&oacute;n
+ como se est&aacute; en una visita de duelo en los momentos en que no est&aacute;
+ delante ning&uacute;n pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de
+ discreta alegr&iacute;a contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la
+ solemnidad del d&iacute;a era en la ventaja positiva de no contarse entre
+ los muertos. Al m&aacute;s fil&oacute;sofo vetustense se le ocurr&iacute;a
+ que no somos nada, que muchos de sus conciudadanos que se paseaban tan
+ tranquilos, estar&iacute;an el a&ntilde;o que viene con los otros;
+ cualquiera menos &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ Ana aquella tarde aborrec&iacute;a m&aacute;s que otros d&iacute;as a los
+ vetustenses; aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia
+ de lo que se hac&iacute;a, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mec&aacute;nica
+ igualdad como el r&iacute;tmico volver de las frases o los gestos de un
+ loco; aquella tristeza ambiente que no ten&iacute;a grandeza, que no se
+ refer&iacute;a a la suerte incierta de los muertos, sino al aburrimiento
+ seguro de los vivos, se le pon&iacute;an a la Regenta sobre el coraz&oacute;n,
+ y hasta cre&iacute;a sentir la atm&oacute;sfera cargada de hast&iacute;o,
+ de un hast&iacute;o sin remedio, eterno. Si ella contara lo que sent&iacute;a
+ a cualquier vetustense, la llamar&iacute;a rom&aacute;ntica; a su marido
+ no hab&iacute;a que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y
+ hablaba de r&eacute;gimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos
+ apiadarse de los nervios o lo que fuera.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre Quintanar
+ y Visitaci&oacute;n, hab&iacute;a empezado a caer en desuso a los pocos d&iacute;as,
+ y apenas se cumpl&iacute;a ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se
+ hab&iacute;a dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la
+ tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se declar&oacute;
+ cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D. V&iacute;ctor
+ y la del Banco.
+ </p>
+ <p>
+ Visita encog&iacute;a los hombros. &laquo;No se explicaba aquello. &iexcl;Qu&eacute;
+ mujer era Ana! Ella estaba segura de que &Aacute;lvaro le parec&iacute;a
+ retebi&eacute;n, &Aacute;lvaro segu&iacute;a su persecuci&oacute;n con
+ gran ma&ntilde;a, lo hab&iacute;a notado, ella le ayudaba, Paquito le
+ ayudaba, el bendito D. V&iacute;ctor ayudaba tambi&eacute;n sin querer...
+ y nada. Mes&iacute;a preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su
+ pesar, que no adelantaba un paso. &iquest;Andar&iacute;a el Magistral en
+ el ajo?&raquo;. Visita se impuso la obligaci&oacute;n de espiar la capilla
+ del Magistral; se enter&oacute; bien de las tardes que se sentaba en el
+ confesonario, y se daba una vuelta por all&iacute;, mirando por entre las
+ rejas con disimulo para ver si estaba la <i>otra</i>. Despu&eacute;s
+ averigu&oacute; que la hab&iacute;an visto confesando por la ma&ntilde;ana
+ a las siete. &laquo;&iexcl;Hola! all&iacute; hab&iacute;a gato&raquo;. No
+ presum&iacute;a la del Banco las atrocidades que se le hab&iacute;an
+ pasado por la imaginaci&oacute;n a Mes&iacute;a; no pensaba, Dios la
+ librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura como la escandalosa
+ Obdulia o la de P&aacute;ez, tonta y mani&aacute;tica que despreciaba las
+ buenas proporciones y cuando chica com&iacute;a tierra; Ana era tambi&eacute;n
+ rom&aacute;ntica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita
+ romanticismo), pero de otro modo; no, no hab&iacute;a que temer, sobre
+ todo tan pronto, una pasi&oacute;n sacr&iacute;lega; pero lo que ella tem&iacute;a
+ era que el Provisor, por hacer guerra al otro&mdash;las razones de pura
+ moralidad no se le ocurr&iacute;an a la del Banco&mdash;empleara su grand&iacute;simo
+ talento en convertir a la Regenta y hacerla beata. &iexcl;Qu&eacute;
+ horror! Era preciso evitarlo. Ella, Visita, no quer&iacute;a renunciar al
+ placer de ver a su amiga caer donde ella hab&iacute;a ca&iacute;do; por lo
+ menos verla padecer con la tentaci&oacute;n. Nunca se le hab&iacute;a
+ ocurrido que aquel espect&aacute;culo era fuente de placeres secretos
+ intensos, vivos como pasi&oacute;n fuerte; pero ya que lo hab&iacute;a
+ descubierto, quer&iacute;a gozar aquellos extra&ntilde;os sabores picantes
+ de la nueva golosina. Cuando observaba a Mes&iacute;a en acecho, cazando,
+ o preparando las redes por lo menos, en el coto de Quintanar, Visitaci&oacute;n
+ sent&iacute;a la garganta apretada, la boca seca, candelillas en los ojos,
+ fuego en las mejillas, asperezas en los labios. &laquo;&Eacute;l dir&aacute;
+ lo que quiera, pero est&aacute; <i>chiflado</i>&raquo;, pensaba con un
+ secreto dolor que ten&iacute;a en el fondo una voluptuosidad como la
+ produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sent&iacute;a en el
+ orgullo, y en algo m&aacute;s guardado, m&aacute;s de las entra&ntilde;as,
+ los necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al
+ gozarlo; era el &uacute;nico placer intenso que Visitaci&oacute;n se
+ permit&iacute;a en aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones
+ repetidas. El dulce no la empalagaba, pero ya le sab&iacute;a poco a
+ dulce; aquella nueva pasioncilla era cosa m&aacute;s vehemente. Quer&iacute;a
+ ver a la Regenta, a la impecable, en brazos de D. &Aacute;lvaro; y tambi&eacute;n
+ le gustaba ver a D. &Aacute;lvaro humillado ahora, por m&aacute;s que
+ deseara su victoria, no por &eacute;l, sino por la ca&iacute;da de la
+ otra. Invent&oacute; muchos medios para hacerles verse y hablarse sin que
+ ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la mala
+ intenci&oacute;n de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la
+ primer ocasi&oacute;n oportuna D. &Aacute;lvaro se hab&iacute;a hecho
+ ofrecer por el mismo Quintanar el caser&oacute;n de los Ozores, y ya hab&iacute;a
+ aventurado algunas visitas, comprendi&oacute; que por entonces no deb&iacute;a
+ ser aquel el teatro de sus tentativas, y donde se insinuaba era en el
+ Espol&oacute;n, con miradas y otros artificios de poco resultado, o en
+ casa de Vegallana y en las excursiones al Vivero con m&aacute;s audacia,
+ aunque no mucha, pero con escasa fortuna. Ana pon&iacute;a todas las
+ fuerzas de su voluntad en demostrar a D. &Aacute;lvaro que no le tem&iacute;a.
+ Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes; sin jactancia le daba a
+ entender que le ten&iacute;a por inofensivo.
+ </p>
+ <p>
+ Las excursiones al Vivero se hab&iacute;an repetido con frecuencia durante
+ todo Octubre. Ana ve&iacute;a a Edelmira y a Obdulia, que se hab&iacute;a
+ declarado maestra de la ni&ntilde;a colorada y fuerte, correr como locas
+ por el bosque de robles seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaqu&iacute;n
+ Orgaz y otros <i>&iacute;ntimos</i>; ve&iacute;alas arrojarse intr&eacute;pidas
+ al pozo que estaba cegado y embutido con hierba seca, y en estas y otras
+ escenas de buc&oacute;lica picante llenas de alegr&iacute;a, misteriosos
+ gritos, sorpresas, sustos, saltos, roces y contactos, no hab&iacute;a
+ encontrado m&aacute;s que una tentaci&oacute;n grosera, fuerte al
+ acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de lejos, vista a sangre fr&iacute;a.
+ D. &Aacute;lvaro hab&iacute;a notado que por este camino poco se podr&iacute;a
+ adelantar, por ahora, con la Regenta.&mdash;Nada m&aacute;s rid&iacute;culo
+ en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba rom&aacute;ntico todo lo que
+ no fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de
+ aquel dogma anti-rom&aacute;ntico. Mirar a la luna medio minuto seguido
+ era romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol...
+ &iacute;dem; respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la
+ hora de la brisa... &iacute;dem; decir algo de las estrellas... &iacute;dem;
+ encontrar expresi&oacute;n amorosa en las miradas, sin necesidad de
+ ponerse al habla... &iacute;dem; tener l&aacute;stima de los ni&ntilde;os
+ pobres... &iacute;dem; comer poco... &iexcl;oh! esto era el colmo del
+ romanticismo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La de P&aacute;ez no come garbanzos&mdash;dec&iacute;a Visita&mdash;porque
+ eso no es rom&aacute;ntico.
+ </p>
+ <p>
+ La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sent&iacute;a Anita,
+ era romanticismo refinado en opini&oacute;n de la del Banco. Se lo dec&iacute;a
+ ella a don &Aacute;lvaro:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior,
+ la plat&oacute;nica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos
+ mocosos que luego se van <i>dando pisto</i> al Casino con sus demas&iacute;as,
+ no tiene nada de particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella
+ no tiene motivo para desconfiar, porque ni Paco ni Joaqu&iacute;n se van a
+ atrever a tocarle el pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a
+ m&iacute; no me la da; por aquello de &laquo;<i>pulvis&eacute;s</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En eso confiaba Mes&iacute;a, en el <i>pulvis&eacute;s</i> de Visita; pero
+ se impacientaba ante aquel <i>romanticismo</i> de la Regenta. &Eacute;l
+ cre&iacute;a firmemente que &laquo;no hab&iacute;a m&aacute;s amor que
+ uno, el material, el de los sentidos; que a &eacute;l hab&iacute;a de
+ venir a parar aquello, tarde o temprano, pero tem&iacute;a que iba a ser
+ tarde; la Regenta ten&iacute;a la cabeza a p&aacute;jaros, y no hab&iacute;a
+ que aventurar ni un mal pisot&oacute;n, so pena de exponerse a echarlo a
+ rodar todo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Adem&aacute;s pensaba don &Aacute;lvaro, el d&iacute;a que yo me
+ atreva, por tener ya preparado el terreno, a intentar un ataque franco, <i>personal</i>
+ (era la palabra t&eacute;cnica en su arte de conquistador), no ha de ser
+ en el campo, aunque parece que es el lugar m&aacute;s a prop&oacute;sito.
+ He notado que esta mujer enfrente de la naturaleza, de la b&oacute;veda
+ estrellada, de los montes lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria
+ como un colch&oacute;n, calla, y se <i>sublimiza</i>, all&aacute; a sus
+ solas. Est&aacute; hermos&iacute;sima as&iacute;, pero no hay que tocar en
+ ella&raquo;. M&aacute;s de una vez, en medio del bosque del Vivero, a
+ solas con Ana, don &Aacute;lvaro se hab&iacute;a sentido en rid&iacute;culo;
+ se le hab&iacute;a figurado que aquella se&ntilde;ora, a quien estaba
+ seguro de gustar en el sal&oacute;n del Marqu&eacute;s, all&iacute; le
+ despreciaba. Ve&iacute;ala mirarle de hito en hito, levantar despu&eacute;s
+ los ojos a las copas de los a&ntilde;osos robles, y se hab&iacute;a dicho:
+ &laquo;Esta mujer me est&aacute; midiendo; me est&aacute; comparando con
+ los &aacute;rboles y me encuentra peque&ntilde;o; &iexcl;ya lo creo!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lo que no sab&iacute;a don &Aacute;lvaro, aunque por ciertos s&iacute;ntomas
+ favorables lo presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta so&ntilde;aba
+ casi todas las noches con &eacute;l. Irritaba a la de Quintanar esta
+ insistencia de sus ensue&ntilde;os. &iquest;De qu&eacute; le serv&iacute;a
+ resistir en vela, luchar con valor y fuerza todo el d&iacute;a, llegar a
+ creerse superior a la obsesi&oacute;n pecaminosa, casi a despreciar la
+ tentaci&oacute;n, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada del esp&iacute;ritu,
+ se rend&iacute;a a discreci&oacute;n, y era masa inerte en poder del
+ enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas
+ pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conoc&iacute;a,
+ y pensaba desalentada y agriado el &aacute;nimo en la inutilidad de sus
+ esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de s&iacute; misma.
+ Parec&iacute;ale entonces la humanidad compuesto casual que serv&iacute;a
+ de juguete a una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volv&iacute;a
+ la fe, que se afanaba en conservar y hasta fortificar&mdash;con el terror
+ de quedarse a obscuras y abandonada si la perd&iacute;a&mdash;volv&iacute;a
+ a desmoronar aquella torrecilla del orgulloso racionalismo, reto&ntilde;o
+ impuro que renac&iacute;a mil veces en aquel esp&iacute;ritu educado lejos
+ de una saludable disciplina religiosa. Se humillaba Ana a los designios de
+ Dios, pero no por esto desaparec&iacute;a el disgusto de s&iacute; misma,
+ ni el valor para seguir la lucha se recobraba.... Contribu&iacute;an estos
+ desfallecimientos nocturnos a contener los progresos de la piedad, que el
+ Magistral procuraba despertar con gran prudencia, temeroso de perder en un
+ d&iacute;a todo el terreno adelantado, si daba un mal paso.
+ </p>
+ <p>
+ Ni en la ma&ntilde;ana en que la Regenta reconcili&oacute; con don Ferm&iacute;n,
+ antes de comulgar, ni ocho d&iacute;as m&aacute;s tarde, cuando volvi&oacute;
+ al confesonario, ni en las dem&aacute;s conferencias matutinas en que
+ declar&oacute; al padre espiritual dudas, temores, escr&uacute;pulos,
+ tristezas, dijo Ana aquello que al determinarse a rectificar su confesi&oacute;n
+ general se hab&iacute;a propuesto decir: no habl&oacute; de la gran
+ tentaci&oacute;n que la empujaba al adulterio&mdash;as&iacute; se llamaba&mdash;mucho
+ tiempo hac&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Busc&oacute; subterfugios para no confesar aquello, se enga&ntilde;&oacute;
+ a s&iacute; misma, y el Magistral s&oacute;lo supo que Ana viv&iacute;a de
+ hecho separada de su marido, <i>quo ad thorum</i>, por lo que toca al t&aacute;lamo,
+ no por reyerta, ni causa alguna vergonzosa, sino por falta de iniciativa
+ en el esposo y de amor en ella. S&iacute;, esto lo confes&oacute; Ana,
+ ella no amaba a su don V&iacute;ctor como una mujer debe amar al hombre
+ que escogi&oacute;, o le escogieron, por compa&ntilde;ero; otra cosa hab&iacute;a:
+ ella sent&iacute;a, m&aacute;s y m&aacute;s cada vez, gritos formidables
+ de la naturaleza, que la arrastraban a no sab&iacute;a qu&eacute; abismos
+ obscuros, donde no quer&iacute;a caer; sent&iacute;a tristezas profundas,
+ caprichosas; ternura sin objeto conocido; ansiedades inefables; sequedades
+ del &aacute;nimo repentinas, agrias y espinosas, y todo ello la volv&iacute;a
+ loca, ten&iacute;a miedo no sab&iacute;a a qu&eacute;, y buscaba el amparo
+ de la religi&oacute;n para luchar con los peligros de aquel estado. Esto
+ fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el particular; nada de
+ acusaciones concretas. &Eacute;l tampoco se atrev&iacute;a a preguntar a
+ la Regenta lo que trat&aacute;ndose de otra hubiera sido necesariamente
+ parte de su h&aacute;bil interrogatorio. Aunque la curiosidad le quemaba
+ las entra&ntilde;as, aguantaba la comez&oacute;n y se contentaba con sus
+ conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza m&aacute;s
+ de lo que ella espont&aacute;neamente quer&iacute;a decir; lo principal,
+ lo primero era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos
+ vulgares de la humanidad.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;En estas primeras conferencias, se dec&iacute;a el Magistral no se
+ trata a&uacute;n de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de
+ imponerme por la grandeza de alma; debo hacerla m&iacute;a por obra del
+ esp&iacute;ritu y despu&eacute;s... ella hablar&aacute;... y sabr&eacute;
+ lo del Vivero, que me parece que no fue nada entre dos platos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ De lo que hab&iacute;a pasado en la excursi&oacute;n del d&iacute;a de San
+ Francisco de As&iacute;s y en otras sucesivas procur&oacute; De Pas
+ enterarse en las conversaciones que tuvo con su amiga fuera de la Iglesia;
+ dentro del caj&oacute;n sagrado no hab&iacute;a modo decoroso de preguntar
+ ciertas menudencias a una mujer como Anita.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta agradec&iacute;a al Magistral su prudencia, su discreci&oacute;n.
+ Ve&iacute;a con placer que m&aacute;s se aplicaba el bendito var&oacute;n
+ a prepararle una vida virtuosa mediante la consabida <i>higiene espiritual</i>,
+ que a escudri&ntilde;ar lo pasado y las turbaciones presentes con
+ preguntas de microscopio, como &eacute;l las hab&iacute;a llamado hablando
+ de estas cosas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Lo principal era no violentar el esp&iacute;ritu indisciplinado de
+ la Regenta; hab&iacute;a que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin
+ que ella lo notase al principio, por una pendiente imperceptible, que
+ pareciese camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer
+ muchas curvas, andar mucho y subir poco... pero no hab&iacute;a remedio;
+ despu&eacute;s, m&aacute;s arriba, ser&iacute;a otra cosa; ya se le har&iacute;a
+ subir por la l&iacute;nea de m&aacute;xima pendiente&raquo;. As&iacute;,
+ con estas met&aacute;foras geom&eacute;tricas pensaba el Magistral en tal
+ asunto, para &eacute;l muy importante, porque la idea de que se le
+ escapase aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.
+ </p>
+ <p>
+ Una ma&ntilde;ana ella le habl&oacute; por fin de sus ensue&ntilde;os;
+ cada palabra iba cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para
+ comprender; la interrumpi&oacute;, le ahorr&oacute; la molestia de
+ rebuscar las pocas frases cultas con que cuenta nuestro rico idioma para
+ expresar materias escabrosas; y aquel d&iacute;a pudo ser, merced a esto,
+ la conferencia tan ideal y delicada en la forma como todas las anteriores.
+ Pero &eacute;l entr&oacute; en el coro menos tranquilo que sol&iacute;a.
+ Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando los relieves l&uacute;bricos
+ de los brazos de su silla, De Pas, mientras los colegiales pon&iacute;an
+ el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las revelaciones de la
+ Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;So&ntilde;aba! la fortaleza de la vigilia desvanec&iacute;ase
+ por la noche, y sin que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones
+ y sensaciones importunas, que a tener responsabilidad de ellas ser&iacute;an
+ pecado cierto.... &laquo;En plata, que do&ntilde;a Ana so&ntilde;aba con
+ un hombre...&raquo;. Don Ferm&iacute;n se revolv&iacute;a en la silla de
+ coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno de brasas y de espinas. Y en
+ tanto que el dedo &iacute;ndice de la mano derecha frotaba dos
+ prominencias peque&ntilde;as y redondas del art&iacute;stico bajo-relieve,
+ que representaba a las hijas de Lot en un pasaje b&iacute;blico, &eacute;l,
+ sin pensar en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su
+ ignorancia el secreto que tanto le importaba: &iquest;con qui&eacute;n so&ntilde;aba
+ la Regenta? &iquest;Era una persona determinada...? Y poni&eacute;ndose
+ colorado como una amapola en la penumbra de su asiento, que estaba en un
+ rinc&oacute;n del coro alto, pensaba: &iquest;ser&eacute; yo?
+ </p>
+ <p>
+ Entonces le zumbaban los o&iacute;dos, y ya no o&iacute;a las voces graves
+ del sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que all&aacute;
+ abajo gru&ntilde;&iacute;a recitando de mala gana los latines de <i>Prima</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No, no caer&iacute;a en la tentaci&oacute;n de convertir aquella
+ dulc&iacute;sima amistad naciente, que tantas sensaciones nuevas y
+ exquisitas le promet&iacute;a, en vulgar esc&aacute;ndalo de las pasiones
+ bajas de que sus enemigos le hab&iacute;an acusado otras veces. Verdad era
+ que la idea de ser objeto de los ensue&ntilde;os que confesaba la Regenta,
+ le halagaba; esto no pod&iacute;a negarlo, &iquest;c&oacute;mo enga&ntilde;arse
+ a s&iacute; mismo? &iexcl;Si apenas pod&iacute;a mantenerse sentado sobre
+ la tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no ten&iacute;a
+ que ver con su prop&oacute;sito firme de buscar en Ana, en vez de grosero
+ hartazgo de los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su coraz&oacute;n,
+ de su voluntad que se destru&iacute;a ocup&aacute;ndose con asunto tan
+ miserable como era aquella lucha con los vetustenses ind&oacute;mitos. S&iacute;,
+ lo que &eacute;l quer&iacute;a era una afici&oacute;n poderosa, viva,
+ ardiente, eficaz para vencer la ambici&oacute;n, que le parec&iacute;a
+ ahora rid&iacute;cula, de verse amo indiscutible de la di&oacute;cesis. Ya
+ lo era, aunque discutido, y aquello deb&iacute;a bastarle.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;A qu&eacute; aspirar a un dominio absoluto imposible? Adem&aacute;s,
+ quer&iacute;a que su inter&eacute;s por do&ntilde;a Ana ocupase en su alma
+ el lugar privilegiado de aquellos otros anhelos de volar m&aacute;s alto,
+ de ser obispo, jefe de la iglesia espa&ntilde;ola, vicario de Cristo tal
+ vez. Esta ambici&oacute;n de algunos momentos, descabellada, pueril,
+ locura que pasaba, pero que volv&iacute;a, quer&iacute;a vencerla, para no
+ padecer tanto, para conformarse mejor con la vida, para no encontrar tan
+ triste y desabrido el mundo.... Y s&oacute;lo por medio de una pasi&oacute;n
+ noble, ideal, que un alma grande sabr&iacute;a comprender, y que s&oacute;lo
+ un vetustense miserable, ruin y malicioso pod&iacute;a considerar
+ pecaminosa, s&oacute;lo por medio de esa pasi&oacute;n cab&iacute;a lograr
+ tan alto y tan loable intento.&mdash;S&iacute;, s&iacute;&mdash;conclu&iacute;a
+ el Magistral: yo la salvo a ella y ella, sin saberlo por ahora, me salva a
+ m&iacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y cantaban los del coro bajo: <i>Deus, in ajutorium meum intende</i>.
+ </p>
+ <p>
+ La tarde de <i>Todos los Santos</i> Ana crey&oacute; perder el terreno
+ adelantado en su curaci&oacute;n moral; la aridez del alma de que ella se
+ hab&iacute;a quejado a D. Ferm&iacute;n, y que este, citando a San Alfonso
+ Ligorio, le hab&iacute;a demostrado ser debilidad com&uacute;n, y hasta de
+ los santos, y general duelo de los m&iacute;sticos; esa aridez que parece
+ inacabable al sentirla, la envolv&iacute;a el esp&iacute;ritu como una
+ cerraz&oacute;n en el oc&eacute;ano; no le dejaba ver ni un rayo de luz
+ del cielo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Y las campanas toca que tocar&aacute;s!&raquo;. Ya pensaba
+ que las ten&iacute;a dentro del cerebro; que no eran golpes del metal sino
+ aldabonazos de la neuralgia que quer&iacute;a ense&ntilde;orearse de
+ aquella mala cabeza, olla de grillos mal avenidos.
+ </p>
+ <p>
+ Sin que ella los provocase, acud&iacute;an a su memoria recuerdos de la ni&ntilde;ez,
+ fragmentos de las conversaciones de su padre, el fil&oacute;sofo,
+ sentencias de esc&eacute;ptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos
+ lejanos en que las hab&iacute;a o&iacute;do no ten&iacute;an sentido claro
+ para ella, mas que ahora le parec&iacute;an materia digna de atenci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal
+ vez el mundo entero no fuese tan insoportable como dec&iacute;an los fil&oacute;sofos
+ y los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con raz&oacute;n se pod&iacute;a
+ asegurar que era el peor de los poblachones posibles&raquo;. Un mes antes
+ hab&iacute;a pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hast&iacute;o,
+ llev&aacute;ndola consigo, sin salir de la catedral, a regiones
+ superiores, llenas de luz. &laquo;Y capaz de hacerlo como lo dec&iacute;a
+ deb&iacute;a de ser, porque ten&iacute;a mucho talento y muchas cosas que
+ explicar; pero ella, ella era la que ca&iacute;a de lo alto a lo mejor, la
+ que volv&iacute;a a aquel enojo, a la aridez que le secaba el alma en
+ aquel instante&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni
+ chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos deb&iacute;an de estar ya en el
+ cementerio o en el Espol&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza de
+ este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a,
+ jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y
+ ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el
+ animal de pura raza espa&ntilde;ola, y hac&iacute;ale el jinete piafar,
+ caracolear, revolverse, con gran maestr&iacute;a de la mano y la espuela;
+ como si el caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no
+ excitado por las ocultas maniobras del due&ntilde;o. Salud&oacute; Mes&iacute;a
+ de lejos y no vacil&oacute; en acercarse a la Rinconada, hasta llegar
+ debajo del balc&oacute;n de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ El estr&eacute;pito de los cascos del animal sobre las piedras, sus
+ graciosos movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de
+ repente de vida y alegr&iacute;a, y la Regenta sinti&oacute; un soplo de
+ frescura en el alma. &iexcl;Qu&eacute; a tiempo aparec&iacute;a el gal&aacute;n!
+ Algo sospech&oacute; &eacute;l de tal oportunidad al ver en los ojos y en
+ los labios de Ana, dulce, franca y persistente sonrisa.
+ </p>
+ <p>
+ No le neg&oacute; la delicia de anegarse en su mirada, y no trat&oacute;
+ de ocultar el efecto que en ella produc&iacute;a la de don &Aacute;lvaro.
+ Hablaron del caballo, del cementerio, de la tristeza del d&iacute;a, de la
+ necedad de aburrirse todos de com&uacute;n acuerdo, de lo inhabitable que
+ era Vetusta. Ana estaba locuaz, hasta se atrevi&oacute; a decir lisonjas,
+ que si directamente iban con el caballo tambi&eacute;n comprend&iacute;an
+ al jinete.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que
+ aquella fortaleza ten&iacute;a muchos &oacute;rdenes de murallas, y que al
+ d&iacute;a siguiente podr&iacute;a encontrarse con que era lo m&aacute;s
+ inexpugnable lo que ahora se le antojaba brecha, hubiese cre&iacute;do
+ llegada la ocasi&oacute;n de dar el ataque <i>personal</i>, como llamaba
+ al m&aacute;s brutal y ejecutivo. Pero ni siquiera se atrevi&oacute; a
+ intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo caso muy dif&iacute;cil,
+ pues no hab&iacute;a de dejar el caballo en la plaza. Lo que hac&iacute;a
+ era aproximarse lo m&aacute;s que pod&iacute;a al balc&oacute;n, ponerse
+ en pie sobre los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella
+ tuviese que inclinarse sobre la barandilla si quer&iacute;a o&iacute;rle,
+ que s&iacute; quer&iacute;a aquella tarde.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Cosa m&aacute;s rara! En todo estaban de acuerdo: despu&eacute;s de
+ tantas conversaciones se encontraba ahora con que ten&iacute;an una porci&oacute;n
+ de gustos id&eacute;nticos. En un incidente del di&aacute;logo se
+ acordaron del d&iacute;a en que Mes&iacute;a dej&oacute; a Vetusta y
+ encontr&oacute; en la carretera de Castilla a Anita que volv&iacute;a de
+ paseo con sus t&iacute;as. Se discuti&oacute; la probabilidad de que fuese
+ el mismo coche y el mismo asiento el que poco despu&eacute;s ocupaba ella
+ cuando sali&oacute; para Granada con su esposo....
+ </p>
+ <p>
+ Ana se sent&iacute;a caer en un pozo, seg&uacute;n ahondaba, ahondaba en
+ los ojos de aquel hombre que ten&iacute;a all&iacute; debajo; le parec&iacute;a
+ que toda la sangre se le sub&iacute;a a la cabeza, que las ideas se
+ mezclaban y confund&iacute;an, que las nociones morales se desluc&iacute;an,
+ que los resortes de la voluntad se aflojaban; y viendo como ve&iacute;a un
+ peligro, y desde luego una imprudencia en hablar as&iacute; con don
+ &Aacute;lvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, en alabarle y
+ abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se arrepent&iacute;a
+ de nada de esto, y se dejaba resbalar, goz&aacute;ndose en caer, como si
+ aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias sociales, de
+ bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez vetustense que
+ condenaba toda vida que no fuese la mon&oacute;tona, sosa y necia de los
+ ins&iacute;pidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana sent&iacute;a
+ deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no como
+ otras veces, no se resolver&iacute;a en l&aacute;grimas de ternura
+ abstracta, ideal, en prop&oacute;sitos de vida santa, en anhelos de
+ abnegaci&oacute;n y sacrificios; no era la fortaleza, m&aacute;s o menos
+ fant&aacute;stica, de otras veces quien la sacaba del desierto de los
+ pensamientos secos, fr&iacute;os, desabridos, infecundos; era cosa nueva,
+ era un relajamiento, algo que al dilacerar la voluntad, al vencerla,
+ causaba en las entra&ntilde;as placer, como un soplo fresco que recorriese
+ las venas y la m&eacute;dula de los huesos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara
+ a mis pies, en este instante me venc&iacute;a, me venc&iacute;a&raquo;.
+ Pensaba esto y casi lo dec&iacute;a con los ojos. Se le secaba la boca y
+ pasaba la lengua por los labios. Y como si al caballo le hiciese
+ cosquillas aquel gesto de la se&ntilde;ora del balc&oacute;n, saltaba y
+ azotaba las piedras con el hierro; mientras las miradas del jinete eran
+ cohetes que se encaramaban a la barandilla en que descansaba el pecho
+ fuerte y bien torneado de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Callaron, despu&eacute;s de haber dicho tantas cosas. No se hab&iacute;a
+ hablado palabra de amor, es claro; ni don &Aacute;lvaro se hab&iacute;a
+ permitido galanter&iacute;a alguna directa y sobrado significativa; mas no
+ por eso dejaban de estar los dos convencidos de que por se&ntilde;as
+ invisibles, por efluvios, por adivinaci&oacute;n o como fuera, uno a otro
+ se lo estaban diciendo todo; ella conoc&iacute;a que a don &Aacute;lvaro
+ le estaba quemando vivo la pasi&oacute;n all&aacute; abajo; que al
+ sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el agradecimiento
+ tierno y dulce del amante y el amor irritado con el agradecimiento y con
+ el se&ntilde;uelo de la ocasi&oacute;n le derret&iacute;an; y Mes&iacute;a
+ comprend&iacute;a y sent&iacute;a lo que estaba pasando por Ana, aquel
+ abandono, aquella flojedad del &aacute;nimo. &laquo;&iexcl;L&aacute;stima,
+ pensaba el caballero, que me coja tan lejos, y a caballo, y sin poder
+ apearme decorosamente, este <i>momento cr&iacute;tico</i>!...&raquo;. Al
+ cual momento groseramente llamaba &eacute;l para sus adentros el <i>cuarto
+ de hora</i>.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de
+ la hora a que alud&iacute;a el materialista elegante.
+ </p>
+ <p>
+ Todo Vetusta se aburr&iacute;a aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por
+ lo menos; parec&iacute;a que el mundo se iba a acabar aquel d&iacute;a, no
+ por agua ni fuego sino por hast&iacute;o, por la gran culpa de la
+ estupidez humana, cuando Mes&iacute;a apareciendo a caballo en la plaza,
+ vistoso, alegre, ven&iacute;a a interrumpir tanta tristeza fr&iacute;a y
+ cenicienta con una nota de color vivo, de gracia y fuerza. Era una especie
+ de resurrecci&oacute;n del &aacute;nimo, de la imaginaci&oacute;n y del
+ sentimiento la aparici&oacute;n de aquella arrogante figura de caballo y
+ caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la plaza de repente.
+ Era un rayo de sol en una cerraz&oacute;n de la niebla, era la viva
+ reivindicaci&oacute;n de sus derechos, una protesta alegre y estrepitosa
+ contra la apat&iacute;a convencional, contra el silencio de muerte de las
+ calles y contra el ruido necio de los campanarios....
+ </p>
+ <p>
+ Ello era, que sin saber por qu&eacute;, Ana, nerviosa, vio aparecer a don
+ &Aacute;lvaro como un n&aacute;ufrago puede ver el buque salvador que
+ viene a sacarle de un pe&ntilde;&oacute;n aislado en el oc&eacute;ano.
+ Ideas y sentimientos que ella ten&iacute;a aprisionados como peligrosos
+ enemigos rompieron las ligaduras; y fue un mot&iacute;n general del alma,
+ que hubiera asustado al Magistral de haberlo visto, lo que la Regenta
+ sinti&oacute; con deleite dentro de s&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel d&iacute;a
+ la fiesta de Todos los Santos; hab&iacute;a salido a paseo porque le
+ gustaba el campo de Vetusta en Oto&ntilde;o y porque sent&iacute;a
+ opresiones, ansiedades que se le quitaban a caballo, corriendo mucho, ba&ntilde;&aacute;ndose
+ en el aire que le iba cortando el aliento en la carrera...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Perfectamente! Mes&iacute;a con aquella despreocupaci&oacute;n,
+ pensando en su placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad
+ racional, la vida que se complace en s&iacute; misma; los otros, los que
+ tocaban las campanas y <i>conmemoraban</i> maquinalmente a los muertos que
+ ten&iacute;an olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que
+ hab&iacute;a aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de
+ preocupaciones absurdas; la Vetusta que la hab&iacute;a hecho infeliz....
+ &iexcl;Oh, pero estaba a&uacute;n a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba;
+ que lo supieran sus t&iacute;as difuntas; que lo supiera su marido; que lo
+ supiera la hip&oacute;crita aristocracia del pueblo, los Vegallana, los
+ Corujedos... toda la clase... se sublevaba...&raquo;. As&iacute; era el
+ cuarto de hora de Anita, y no como se lo figuraba don &Aacute;lvaro, que
+ mientras hablaba sin propasarse, estaba pensando en d&oacute;nde podr&iacute;a
+ dejar un momento el caballo. No hab&iacute;a modo; sin violencia, que pod&iacute;a
+ echarlo todo a perder, no se pod&iacute;a buscar pretexto para subir a
+ casa de la Regenta en aquel momento.
+ </p>
+ <p>
+ Gran satisfacci&oacute;n fue para don V&iacute;ctor Quintanar, que volv&iacute;a
+ del Casino, encontrar a su mujer conversando alegremente con el simp&aacute;tico
+ y caballeroso don &Aacute;lvaro, a quien &eacute;l iba cobrando una afici&oacute;n
+ que, seg&uacute;n frase suya, &laquo;no sol&iacute;a prodigar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Estoy por decir&mdash;aseguraba&mdash;que despu&eacute;s de Fr&iacute;gilis,
+ Ripamil&aacute;n y Vegallana, ya es don &Aacute;lvaro el vecino a quien m&aacute;s
+ aprecio.
+ </p>
+ <p>
+ No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que sol&iacute;a
+ saludarle, los aplic&oacute; a las ancas del caballo, que se dign&oacute;
+ a mirar volviendo un poco la cabeza al humilde infante.
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 3.5em;">&mdash;Hola, hola, hip&oacute;grifo
+ violento</span><br /> <span style="margin-left: 4em;">que corriste parejas
+ con el viento&mdash;</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ dijo don V&iacute;ctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando
+ versos del Pr&iacute;ncipe <i>de nuestros ingenios</i> o de alg&uacute;n
+ otro de los <i>astros de primera magnitud</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A prop&oacute;sito de teatro, don &Aacute;lvaro &iquest;con que
+ esta noche el buen Perales nos da por fin <i>Don Juan Tenorio</i>?...
+ Algunos beatos hab&iacute;an intrigado para que hoy no hubiera funci&oacute;n....
+ &iexcl;Mayor absurdo!... El teatro es moral, cuando lo es, por supuesto;
+ adem&aacute;s la tradici&oacute;n... la costumbre.... Don V&iacute;ctor
+ habl&oacute; largo y tendido de la moralidad en el arte, separ&aacute;ndose
+ a veces del hip&oacute;grifo violento que se impacientaba con aquella
+ disertaci&oacute;n acad&eacute;mica.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro aprovech&oacute; la primera ocasi&oacute;n que tuvo para
+ suplicar a Quintanar que obligase a su esposa a ver el <i>Don Juan</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Calle usted, hombre... verg&uuml;enza da decirlo... pero es la
+ verdad.... Mi mujercita, por una de esas rar&iacute;simas casualidades que
+ hay en la vida... &iexcl;nunca ha visto ni le&iacute;do el <i>Tenorio</i>!
+ Sabe versos sueltos de &eacute;l, como todos los espa&ntilde;oles, pero no
+ conoce el drama... o la comedia, lo que sea; porque, con perd&oacute;n de
+ Zorrilla, yo no s&eacute; si.... &iexcl;Demonio de animal, me ha metido la
+ cola por los ojos!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Sep&aacute;rese usted un poco, porque este no sabe estarse
+ quieto.... Pero dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, &iexcl;eso es
+ imperdonable!
+ </p>
+ <p>
+ Aunque a don &Aacute;lvaro el drama de Zorrilla le parec&iacute;a inmoral,
+ falso, absurdo, muy malo, y siempre dec&iacute;a que era mucho mejor el
+ Don Juan de Moli&egrave;re (que no hab&iacute;a le&iacute;do), le conven&iacute;a
+ ahora alabar el poema popular y lo hizo con frases de gacetillero
+ agradecido.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mej&iacute;a
+ codo con codo, y le parec&iacute;a indigna de un caballero la aventura de
+ don Juan con do&ntilde;a In&eacute;s de Pantoja. &laquo;As&iacute;
+ cualquiera es conquistador&raquo;. Pero fuera de esto juzgaba <i>hermosa
+ creaci&oacute;n</i> la de Zorrilla... aunque las hab&iacute;a mejores en
+ nuestro teatro moderno. A don &Aacute;lvaro se le antojaba muy veros&iacute;mil
+ y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis y meterse
+ en casa de su novia en calidad de prometido....
+ </p>
+ <p>
+ Aventuras as&iacute; las hab&iacute;a &eacute;l llevado a feliz t&eacute;rmino,
+ y no por eso se cre&iacute;a deshonrado; pues el amor no se anda con
+ libros de caballer&iacute;as, y unas eran las empresas del placer, y otras
+ las de la vanagloria; cuando se trataba de estas, lo mismo &eacute;l que
+ don Juan, sab&iacute;an proceder con todos los requisitos del punto de
+ honor.&mdash;Pero esta opini&oacute;n tambi&eacute;n se la call&oacute; el
+ jefe del partido liberal din&aacute;stico de Vetusta, y uni&oacute; sus
+ ruegos a los de don V&iacute;ctor para obligar a do&ntilde;a Ana a ir al
+ teatro aquella noche.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las
+ andadas, a las encerronas... y... pero... &iexcl;lo que es hoy no tienes
+ escape!...
+ </p>
+ <p>
+ En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mes&iacute;a,
+ prometi&oacute; solemnemente ir al teatro.
+ </p>
+ <p>
+ Y fue. Entr&oacute; a las ocho y cuarto (la funci&oacute;n comenzaba a las
+ ocho) en el palco de los Vegallana en compa&ntilde;&iacute;a de la
+ Marquesa, Edelmira, Paco y Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ El teatro de Vetusta, o sea <i>nuestro Coliseo de la plaza del Pan</i>,
+ seg&uacute;n le llamaba en elegante per&iacute;frasis el gacetillero y cr&iacute;tico
+ de <i>El L&aacute;baro</i>, era un antiguo corral de comedias que
+ amenazaba ruina y daba entrada gratis a todos los vientos de la rosa n&aacute;utica.
+ Si soplaba el Norte y nevaba, sol&iacute;an deslizarse algunos copos por
+ la claraboya de la lucerna. Al levantarse el tel&oacute;n pensaban los
+ espectadores sensatos en la pulmon&iacute;a, y algunos de las butacas se
+ embozaban prescindiendo de la buena crianza. Era un axioma vetustense que
+ al teatro hab&iacute;a que ir abrigado. Las m&aacute;s distinguidas se&ntilde;oritas,
+ que en el Espol&oacute;n y el Paseo Grande luc&iacute;an todo el a&ntilde;o
+ vestidos de colores alegres, blancos, rojos, azules, no llevaban al
+ coliseo de la Plaza del Pan m&aacute;s que gris y negro y matices
+ infinitos del casta&ntilde;o, a no ser en los d&iacute;as de gran
+ etiqueta. Los c&oacute;micos temblaban de fr&iacute;o en el escenario,
+ dentro de la cota de malla, y las bailarinas aparec&iacute;an azules y
+ moradas dando diente con diente debajo de los polvos de arroz.
+ </p>
+ <p>
+ Las decoraciones se hab&iacute;an ido deteriorando, y el Ayuntamiento,
+ donde predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas.
+ Como en la comedia que representan en el bosque los personajes del <i>Sue&ntilde;o
+ de una noche de verano</i>, la fantas&iacute;a ten&iacute;a que suplir en
+ el teatro de Vetusta las deficiencias del lienzo y del cart&oacute;n. No
+ hab&iacute;a ya m&aacute;s bambalinas que las del <i>sal&oacute;n regio</i>,
+ que figuraban en sabia perspectiva artesonado de oro y plata, y las de
+ cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte de nuestros dramas
+ modernos se exige <i>sala decentemente amueblada</i>, sin artesones ni
+ cosa parecida, los directores de escena sol&iacute;an decidirse en tales
+ casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se hac&iacute;an
+ los remolones o precipitaban su ca&iacute;da, y en una ocasi&oacute;n, el
+ buen Diego Marsilla, atado a un &aacute;rbol codo con codo se encontr&oacute;
+ de repente en el camar&iacute;n de do&ntilde;a Isabel de Segura, con lo
+ que el drama se hizo inveros&iacute;mil a todas luces. La decoraci&oacute;n
+ de bosque se hab&iacute;a desplomado.
+ </p>
+ <p>
+ Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal
+ anacronismos, y pasaban por todo, en particular las <i>personas decentes</i>
+ de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la funci&oacute;n,
+ sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las se&ntilde;oras no
+ quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de se&ntilde;oras, ni
+ butacas siquiera; s&oacute;lo se degradan tanto las cursis y alguna dama
+ de aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la
+ sala, o patio, como se llama todav&iacute;a. Se reparten por palcos y
+ plateas donde, apenas recatados, fuman, r&iacute;en, alborotan,
+ interrumpen la representaci&oacute;n, por ser todo esto de muy buen tono y
+ fiel imitaci&oacute;n de lo que muchos de ellos han visto en algunos
+ teatros de Madrid. Las mam&aacute;s desenga&ntilde;adas dormitan en el
+ fondo de los palcos; las que son o se tienen por dignas de lucirse,
+ comparten con las j&oacute;venes la seria ocupaci&oacute;n de ostentar sus
+ encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la lengua cortan
+ los de las dem&aacute;s. En opini&oacute;n de la dama vetustense, en
+ general, el arte dram&aacute;tico es un pretexto para pasar tres horas
+ cada dos noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y
+ amigas. No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; &uacute;nicamente
+ cuando los c&oacute;micos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o
+ con una de esas anagn&oacute;risis en que todos resultan padres e hijos de
+ todos y enamorados de sus parientes m&aacute;s cercanos, con los
+ consiguientes alaridos, s&oacute;lo entonces vuelve la cabeza la buena
+ dama de Vetusta, para ver si ha ocurrido all&aacute; dentro alguna cat&aacute;strofe
+ de verdad. No es mucho m&aacute;s atento ni impresionable el resto del p&uacute;blico
+ ilustrado de la culta capital. En lo que est&aacute;n casi todos de
+ acuerdo es en que la zarzuela es superior al <i>verso</i>, y la estad&iacute;stica
+ demuestra que todas las compa&ntilde;&iacute;as de <i>verso</i> truenan en
+ Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio suelen quedarse en el
+ pueblo y se les conoce porque les coge el invierno con ropa de verano, muy
+ ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y se dedican a coristas end&eacute;micos
+ para todas las &oacute;peras y zarzuelas que haya que cantar, y otros
+ consiguen un beneficio en que ellos pasan a primeros papeles y, ayudados
+ por varios j&oacute;venes aficionados de la poblaci&oacute;n representan
+ alguna obra de empe&ntilde;o, ganan diez o doce duros y se van a otra
+ provincia a tronar otra vez. Estos artistas de <i>verso</i> tambi&eacute;n
+ paran a veces en la c&aacute;rcel, seg&uacute;n el gobierno que rige los
+ destinos de la Naci&oacute;n. Suele tener la culpa el empresario que no
+ paga y adem&aacute;s insulta el hambre de los actores. Al considerar esta
+ mala suerte de las compa&ntilde;&iacute;as dram&aacute;ticas en Vetusta,
+ podr&iacute;a creerse que el vecindario no amaba la escena, y as&iacute;
+ es en general: pero no faltan clases enteras, la de mancebos de tienda, la
+ de los cajistas, por ejemplo, que cultivan en teatros caseros <i>el dif&iacute;cil
+ arte de Tal&iacute;a</i>, y con <i>grandes resultados</i> seg&uacute;n <i>El
+ L&aacute;baro</i> y otros peri&oacute;dicos <i>locales</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Ana Ozores se sent&oacute; en el palco de Vegallana, en el sitio de
+ preferencia, que la Marquesa no quer&iacute;a ocupar nunca, en las plateas
+ y principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba
+ y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la
+ curiosidad general. Pero adem&aacute;s hac&iacute;a algunas semanas que se
+ hablaba mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por
+ cierto coincid&iacute;a con el af&aacute;n del se&ntilde;or Quintanar, de
+ llevar a su mujer a todas partes. Se discut&iacute;a si el Magistral har&iacute;a
+ de su partido a la de Ozores, si llegar&iacute;a a dominar a don V&iacute;ctor
+ por medio de su esposa, como hab&iacute;a hecho en casa de Carraspique.
+ Algunos m&aacute;s audaces, m&aacute;s maliciosos, y que se cre&iacute;an
+ m&aacute;s enterados, dec&iacute;an al o&iacute;do de sus <i>&iacute;ntimos</i>
+ que no faltaba quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor.
+ Visitaci&oacute;n y Paco Vegallana, que eran los que pod&iacute;an hablar
+ con fundamento, guardaban prudente reserva; era Obdulia quien se daba
+ aires de saber muchas cosas que no hab&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;La Regenta, bah! la Regenta ser&aacute; como
+ todas....
+ </p>
+ <p>
+ Las dem&aacute;s somos tan buenas como ella... pero su temperamento fr&iacute;o,
+ su poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos
+ expansiva y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como
+ ella son muchas...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Las reticencias de la Fandi&ntilde;o eran todav&iacute;a recibidas con
+ desconfianza, en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala
+ lengua, corr&iacute;a de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones
+ vagas y cobardes. Obdulia meditaba poco lo que dec&iacute;a, hablaba
+ siempre aturdida, por m&aacute;quina, pensando en otra cosa; iba sac&aacute;ndole
+ filo a la calumnia sin sospecharlo. Adem&aacute;s el mayor crimen que pod&iacute;a
+ haber en la Regenta, y no cre&iacute;a ella que a tanto llegase, era
+ seguir la corriente. &laquo;En Madrid y en el extranjero, esto es el pan
+ nuestro de cada d&iacute;a; pero en Vetusta fingen que se escandalizan de
+ ciertas libertades de la moda, las mismas que se las toman de tapadillo,
+ entre sustos y miedos, sin gracia, del modo cursi como aqu&iacute; se hace
+ todo. &iexcl;Pero qu&eacute; se puede esperar de unas mujeres que no se ba&ntilde;an,
+ ni usan las esponjas m&aacute;s que para lavar a los <i>beb&eacute;s</i>!&raquo;.
+ Obdulia, cuando hablaba con alg&uacute;n forastero, desahogaba su
+ desprecio describiendo la hipocres&iacute;a anticuada y la suciedad de las
+ mujeres de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Cr&eacute;ame usted, repet&iacute;a, no sabe su cuerpo lo
+ que es una esponja, se lavan como gatas y se la pegan al marido como en
+ tiempo del rey que rabi&oacute;. &iexcl;Cu&aacute;nta porquer&iacute;a y
+ cu&aacute;nta ignorancia!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, acostumbrada muchos a&ntilde;os hac&iacute;a, a la mirada curiosa,
+ insistente y fr&iacute;a del p&uacute;blico, no reparaba casi nunca en el
+ efecto que produc&iacute;a su entrada en la iglesia, en el paseo, en el
+ teatro. Pero la noche de aquel d&iacute;a de Todos los Santos, recibi&oacute;
+ como agradable incienso el tributo espont&aacute;neo de admiraci&oacute;n;
+ y no vio en &eacute;l como otras veces, curiosidad est&uacute;pida, ni
+ envidia ni malicia. Desde la aparici&oacute;n de don &Aacute;lvaro en la
+ plaza, el humor de Ana hab&iacute;a cambiado, pasando de la aridez y el
+ hast&iacute;o negro y fr&iacute;o, a una regi&oacute;n de luz y calor que
+ ba&ntilde;aban y penetraban todas las cosas: aquellas bruscas
+ transformaciones del &aacute;nimo, las atribu&iacute;a supersticiosamente
+ a una voluntad superior, que reg&iacute;a la marcha de los sucesos prepar&aacute;ndolos,
+ como experto autor de comedias, seg&uacute;n conven&iacute;a al destino de
+ los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los dem&aacute;s, la
+ cre&iacute;a evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba segura
+ de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba
+ coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y
+ consejos. Tal vez era esto lo m&aacute;s profundo en la fe religiosa de
+ Ana; cre&iacute;a en una atenci&oacute;n directa, ostensible y singular de
+ Dios a los actos de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin
+ esta creencia no hubiera sabido resistir las contrariedades de una
+ existencia triste, sosa, descaminada, in&uacute;til. Aquellos ocho a&ntilde;os
+ vividos al lado de un hombre que ella cre&iacute;a vulgar, bueno de la
+ manera m&aacute;s molesta del mundo, mani&aacute;tico, insustancial;
+ aquellos ocho a&ntilde;os de juventud sin amor, sin fuego de pasi&oacute;n
+ alguna, sin m&aacute;s atractivo que tentaciones ef&iacute;meras,
+ rechazadas al aparecer, cre&iacute;a que no hubiera podido sufrirlos a no
+ pensar que Dios se los hab&iacute;a mandado para probar el temple de su
+ alma y tener en qu&eacute; fundar la predilecci&oacute;n con que la
+ miraba. Se cre&iacute;a en sus momentos de fe ego&iacute;sta, admirada por
+ el Ojo invisible de la Providencia. El que todo lo ve y la ve&iacute;a a
+ ella, estaba satisfecho, y la vanidad de la Regenta necesitaba esta
+ convicci&oacute;n para no dejarse llevar de otros instintos, de otras
+ voces que arranc&aacute;ndola de sus abstracciones, le presentaban im&aacute;genes
+ pl&aacute;sticas de objetos del mundo, amables, llenas de vida y de calor.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando descubri&oacute; en el confesonario del Magistral un <i>alma
+ hermana</i>, un esp&iacute;ritu <i>supra-vetustense</i> capaz de llevarla
+ por un camino de flores y de estrellas a la regi&oacute;n luciente de la
+ virtud, tambi&eacute;n crey&oacute; Ana que el hallazgo se lo deb&iacute;a
+ a Dios, y como aviso celestial pensaba aprovecharlo.
+ </p>
+ <p>
+ Ahora, al sentir revoluci&oacute;n repentina en las entra&ntilde;as en
+ presencia de un gallardo jinete, que ven&iacute;a a turbar con las
+ corvetas de su caballo, el silencio triste de un d&iacute;a de marasmo, la
+ Regenta no vacil&oacute; en creer lo que le dec&iacute;an voces interiores
+ de independencia, amor, alegr&iacute;a, voluptuosidad pura, bella, digna
+ de las almas grandes. Sus horas de rebeli&oacute;n nunca hab&iacute;an
+ sido tan seguidas. Desde aquella tarde ning&uacute;n momento hab&iacute;a
+ dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida pasase como una
+ muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que Vetusta era un
+ lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de tutor muy
+ respetable, a quien ella s&oacute;lo deb&iacute;a la honra del cuerpo, no
+ el fondo de su esp&iacute;ritu que era una especie de subsuelo, que
+ &eacute;l no sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don V&iacute;ctor
+ llamaba los nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que
+ era el fondo de su ser, lo m&aacute;s suyo, lo que ella era, en suma, de
+ aquello no ten&iacute;a que darle cuenta. &laquo;Amar&eacute;, lo amar&eacute;
+ todo, llorar&eacute; de amor, so&ntilde;ar&eacute; como quiera y con quien
+ quiera; no pecar&aacute; mi cuerpo, pero el alma la tendr&eacute; anegada
+ en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no es capaz de
+ comprenderlas&raquo;. Estos pensamientos, que sent&iacute;a Ana volar por
+ su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen voces
+ de otro que retumbaban all&iacute;, la llenaban de un terror que la
+ encantaba. Si algo en ella tem&iacute;a el enga&ntilde;o, ve&iacute;a el
+ sofisma debajo de aquella g&aacute;rrula turba de ideas sublevadas, que
+ reclamaban supuestos derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como enga&ntilde;&aacute;ndose
+ a s&iacute; misma, la voluntad tomaba la resoluci&oacute;n cobarde, ego&iacute;sta,
+ de &laquo;<i>dejarse ir</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; lleg&oacute; al teatro. Hab&iacute;a cedido a los ruegos de D.
+ &Aacute;lvaro y de D. V&iacute;ctor sin saber c&oacute;mo; temiendo que
+ aquello era una cita y una promesa; y sin embargo iba. Cuando se vio sola
+ delante del espejo en su tocador, se le figur&oacute; que la Ana de
+ enfrente le ped&iacute;a cuentas; y formulando su pensamiento en per&iacute;odos
+ completos dentro del cerebro, se dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi
+ honra a no dejar que ese hombre adquiera sobre m&iacute; derecho alguno;
+ no s&eacute; lo que pasar&aacute; all&iacute;, no s&eacute; hasta qu&eacute;
+ punto alcanza este aliento de libertad que ha venido de repente a inundar
+ la sequedad de dentro; pero el ir yo al teatro es prueba de que all&iacute;
+ no ha de haber pacto alguno que ofenda al decoro; no saldr&eacute; de all&iacute;
+ con menos honor que tengo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y despu&eacute;s de pensar y resolver esto, se visti&oacute; y se pein&oacute;
+ lo mejor que supo, y no volvi&oacute; a poner en tela de juicio puntos de
+ honra, peligros, ni compromisos de los que D. V&iacute;ctor tanto gustaba
+ ver en versos de Calder&oacute;n y de Moreto.
+ </p>
+ <p>
+ El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en
+ Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda
+ aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente&mdash;izquierda del actor&mdash;,
+ era la de Mes&iacute;a y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un
+ t&iacute;tulo y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos
+ Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perd&iacute;a funci&oacute;n; a
+ este le gustaba el verso, &laquo;el verso y tente tieso&raquo; como
+ &eacute;l dec&iacute;a, y se declaraba a s&iacute; mismo, con la autoridad
+ de sus millones de pesos, <i>inteligente de primera fuerza</i>, en
+ achaques de comedias y dramas. &laquo;&iexcl;No veo la tostada!&raquo; dec&iacute;a
+ D. Frutos, que hab&iacute;a aprendido esta frase poco culta y poco
+ inteligible en los art&iacute;culos de fondo de un peri&oacute;dico serio.
+ &laquo;No veo la tostada&raquo;, dec&iacute;a, refiri&eacute;ndose a
+ cualquier comedia en que no hab&iacute;a una lecci&oacute;n moral, o por
+ lo menos no la hab&iacute;a al alcance de Redondo; y en no viendo &eacute;l
+ la tostada, condenaba al autor y hasta dec&iacute;a que defraudaba a los
+ espectadores, haci&eacute;ndoles perder un tiempo precioso. De todas
+ partes quer&iacute;a sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que
+ dec&iacute;a, por ejemplo:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde tambi&eacute;n se
+ enamora, y se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta am&eacute;n
+ de la gitana, se van al otro barrio, &iquest;y qu&eacute;? &iquest;qu&eacute;
+ ense&ntilde;a eso? &iquest;qu&eacute; vamos aprendiendo? &iquest;qu&eacute;
+ voy yo ganando con eso? Nada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ A pesar de D. Frutos y sus altercados de cr&iacute;tica dram&aacute;tica,
+ la bolsa de D. &Aacute;lvaro, que as&iacute; se llamaba en todas partes,
+ era la m&aacute;s <i>distinguida</i>, la que m&aacute;s atra&iacute;a las
+ miradas de las mam&aacute;s y de las ni&ntilde;as y tambi&eacute;n las de
+ los pollos vetustenses que no pod&iacute;an aspirar a la honra de ser
+ abonados en aquel rinc&oacute;n aristocr&aacute;tico, elegante, donde se
+ reun&iacute;an los <i>hombres de mundo</i> (en Vetusta el mundo se andaba
+ pronto) presididos por el jefe del partido liberal din&aacute;stico. La
+ mayor parte de los all&iacute; congregados, hab&iacute;an vivido en Madrid
+ alg&uacute;n tiempo y todav&iacute;a imitaban costumbres, modales y gestos
+ que hab&iacute;an observado all&aacute;. As&iacute; es que a semejanza de
+ los socios de un club madrile&ntilde;o, hablaban a gritos en su palco,
+ conversaban con los c&oacute;micos a veces, dec&iacute;an galanter&iacute;as
+ o desverg&uuml;enzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes
+ ideales rom&aacute;nticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero
+ llenos de poes&iacute;a. Todos eran esc&eacute;pticos en materia de moral
+ dom&eacute;stica, no cre&iacute;an en virtud de mujer nacida&mdash;salvo
+ D. Frutos, que conservaba frescas sus creencias&mdash;, y despreciaban el
+ amor consagr&aacute;ndose con toda el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a
+ los amor&iacute;os; cre&iacute;an que un hombre de mundo no puede vivir
+ sin querida, y todos la ten&iacute;an, m&aacute;s o menos barata; las c&oacute;micas
+ eran la carnaza que prefer&iacute;an para tragar el anzuelo de la lujuria
+ rebozado con la vanidad de imitar costumbres corrompidas de pueblos
+ grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices inv&aacute;lidas, matronas del
+ g&eacute;nero serio demasiado sentimentales en su juventud pret&eacute;rita,
+ eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta aburridas por aquellos
+ seductores de campanario, incapaces los m&aacute;s de intentar una
+ aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los humores herp&eacute;ticos
+ de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad f&iacute;sica o moral
+ que la hiciesen f&aacute;cil, tra&iacute;da y llevada.
+ </p>
+ <p>
+ El &uacute;nico conquistador serio del bando era D. &Aacute;lvaro y todos
+ le envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero
+ nadie como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la
+ bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el n&uacute;cleo
+ de la que se llamaba <i>la otra bolsa</i> y hab&iacute;a procurado
+ rivalizar en elegancia, <i>sans fa&ccedil;on</i> y <i>mundo</i> con los de
+ Mes&iacute;a. Pero a su palco concurr&iacute;an <i>elementos heterog&eacute;neos</i>,
+ muchos de los cuales lo echaban todo a perder; y no eran esc&eacute;pticos
+ sino c&iacute;nicos, ni seductores m&aacute;s o menos aut&eacute;nticos,
+ sino compradores de carne humana. Los abonados de esta <i>otra bolsa</i>
+ eran Ronzal, Foja, P&aacute;ez (que adem&aacute;s ten&iacute;a palco para
+ su hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho
+ dinero, por su arte para descubrir v&iacute;rgenes en las aldeas y por sus
+ buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no
+ comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones
+ de arque&oacute;logo embustero; el juez de primera instancia, que se divid&iacute;a
+ a s&iacute; mismo en dos entidades, 1.&ordm; el juez, incorruptible,
+ intratable, puerco-esp&iacute;n sin pizca de educaci&oacute;n, y 2.&ordm;
+ el hombre de sociedad, perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de
+ todas las que lloraban desenga&ntilde;os de amores desgraciados; y tres o
+ cuatro vejetes verdes del partido conservador, concejales, que todo lo
+ convert&iacute;an en pol&iacute;tica. Pero si estos eran los que pagaban
+ el palco, a &eacute;l concurr&iacute;an cuantos socios del Casino ten&iacute;an
+ amistad con cualquiera de ellos. Ronzal hab&iacute;a protestado varias
+ veces.&mdash;&iexcl;Se&ntilde;ores, parece esto la <i>cazuela</i>! hab&iacute;a
+ dicho a menudo, pero en balde. All&iacute; iba Joaquinito Orgaz, y cuantos
+ sietemesinos madrile&ntilde;os pasaban por Vetusta, y hasta los que hab&iacute;an
+ nacido y crecido en el pueblo y no luc&iacute;an m&aacute;s que un barniz
+ de la corte. Y como la bolsa del <i>otro</i> era respetada y s&oacute;lo
+ se atrev&iacute;an a visitarla personas de posici&oacute;n, a Ronzal le
+ llevaban los diablos. Desde su bolsa hasta se arrojaban perros-chicos a la
+ escena, para exagerar la falta de compostura de los de enfrente. Algunos
+ insolentes fumaban all&iacute; a vista del p&uacute;blico y dejaban caer
+ bolas de papel sobre alguna respetable calva de la orquesta. De vez en
+ cuando les llamaban al orden desde el para&iacute;so o desde las butacas,
+ pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban con aires de desaf&iacute;o.
+ Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas de los palcos principales,
+ y hac&iacute;an se&ntilde;as ostentosas y nada pulcras a ciertas se&ntilde;oritas
+ cursis que no se casaban nunca y viv&iacute;an una juventud eterna,
+ siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desde&ntilde;ando las
+ preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayor&iacute;a
+ pecaban por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se ve&iacute;an
+ expuestas a la contemplaci&oacute;n del p&uacute;blico, tomaban gestos y
+ posturas de estatuas egipcias de la primera &eacute;poca.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando hab&iacute;a estreno de alg&uacute;n drama o comedia muy aplaudidos
+ en Madrid, en el palco de Ronzal se discut&iacute;a a grito pelado y sol&iacute;a
+ predominar el criterio de un acendrado provincialismo, que parec&iacute;a
+ all&iacute; lo m&aacute;s natural trat&aacute;ndose de arte. No hab&iacute;a
+ salido de Vetusta ning&uacute;n dramaturgo ilustre, y por lo mismo se
+ miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que Madrid se quisiera imponer
+ en todo, no lo toleraban en la bolsa de Ronzal. Se lleg&oacute; en alguna
+ ocasi&oacute;n a declarar que se despreciaba la comedia porque los madrile&ntilde;os
+ la hab&iacute;an aplaudido mucho, y &laquo;en Vetusta no se admit&iacute;an
+ imposiciones de nadie&raquo;, no se segu&iacute;a un juicio hecho. La
+ &oacute;pera, la &oacute;pera era el delirio de aquellos escribanos y
+ concejales: pagaban un dineral por o&iacute;r un cuarteto que a ellos se
+ les antojaba contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas
+ arrastradas por el suelo con motivo de un desestero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! &iexcl;Qu&eacute; voz
+ de arc&aacute;ngel!&mdash;dec&iacute;a Foja, socarr&oacute;n, esc&eacute;ptico
+ en todo, pero creyente fan&aacute;tico en la m&uacute;sica de los
+ cuartetos de &oacute;pera de lance.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, como el bar&iacute;tono Battistini, yo no he o&iacute;do
+ nada!&mdash;respond&iacute;a el escribano, que estimaba la voz de bar&iacute;tono,
+ por lo <i>varonil</i>, m&aacute;s que la del tenor y la del bajo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues m&aacute;s varonil es la del bajo&mdash;dec&iacute;a Foja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No lo crea usted. &iquest;Y usted qu&eacute; dice, Ronzal?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a m&iacute; no me
+ vengan ustedes con m&uacute;sica... &iquest;saben ustedes lo que yo digo?
+ &laquo;Que la m&uacute;sica es el ruido que menos me incomoda.... &iexcl;Ja!
+ &iexcl;ja! &iexcl;ja! Adem&aacute;s, para tenor ah&iacute; tenemos a
+ Castelar... &iexcl;ja! &iexcl;ja! &iexcl;ja!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El escribano re&iacute;a tambi&eacute;n el chiste y los concejales sonre&iacute;an,
+ no por la gracia, si no por la intenci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces los
+ abonados del &uacute;ltimo se atrev&iacute;an a entablar conversaci&oacute;n
+ con los Vegallana o quien all&iacute; estuviera convidado. Adem&aacute;s
+ de que el tabique intermedio dificultaba la conversaci&oacute;n, los m&aacute;s
+ no se atrev&iacute;an, de hecho, a dar por no existente una diferencia de
+ clases de que en teor&iacute;a muchos se burlaban.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Todos somos iguale, dec&iacute;an muchos burgueses de Vetusta, la
+ nobleza ya no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el
+ valor, etc., etc.&raquo;; pero a pesar de tanta alharaca, a los m&aacute;s
+ se les conoc&iacute;a hasta en su falso desprecio que participaban desde
+ abajo de las preocupaciones que manten&iacute;an los nobles desde arriba.
+ </p>
+ <p>
+ En cambio los de la bolsa de don &Aacute;lvaro saludaban a los Vegallana;
+ sonre&iacute;an a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hac&iacute;an
+ se&ntilde;as al Marqu&eacute;s, y a Paco, que sol&iacute;an visitar aquel
+ rinc&oacute;n <i>comm'il faut</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo pol&iacute;tico de
+ Vegallana; pero trataba poco a la Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es demasiado borrico!&mdash;dec&iacute;a do&ntilde;a Rufina
+ cuando le hablaban de Trabuco; y procuraba tenerle alejado trat&aacute;ndole
+ con frialdad ceremoniosa.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que escrib&iacute;a
+ en <i>La Flaca</i> de Barcelona, y que hab&iacute;a sido una cualquier
+ cosa en su juventud. Estas calumnias le serv&iacute;an de desahogo y si le
+ preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: &laquo;Se&ntilde;ores, yo
+ me debo a la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con
+ profunda tristeza que esa se&ntilde;ora, la Marquesa, do&ntilde;a Rufina,
+ <i>en una palabra</i>, desacredita el partido conservador-din&aacute;stico
+ de Vetusta&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de saborear el tributo de admiraci&oacute;n del p&uacute;blico,
+ Ana mir&oacute; a la bolsa de Mes&iacute;a. All&iacute; estaba &eacute;l,
+ reluciente, armado de aquella pechera blanqu&iacute;sima y tersa, la
+ envidia de las envidias de Trabuco. En aquel momento don Juan Tenorio
+ arrancaba la careta del rostro de su venerable padre; Ana tuvo que mirar
+ entonces a la escena, porque la inaudita demas&iacute;a de don Juan hab&iacute;a
+ producido buen efecto en el p&uacute;blico del para&iacute;so que aplaud&iacute;a
+ entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo, saludaba con modesto adem&aacute;n
+ algo sorprendido de que se le aplaudiese en escena que no era de empe&ntilde;o.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Mire usted el pueblo!&mdash;dijo un concejal de la <i>otra
+ bolsa</i>, volvi&eacute;ndose a Foja, el ex-alcalde liberal.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; tiene el pueblo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Que es un majadero! Aplaude la gran felon&iacute;a de
+ arrancar la careta a un enmascarado....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que resulta padre&mdash;a&ntilde;adi&oacute; Ronzal&mdash;;
+ circunstancia agravante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y
+ como el pueblo no tiene educaci&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ El juez aprob&oacute; con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos
+ con que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres
+ almohadones en un palco contiguo al de Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Ana empez&oacute; a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales
+ dec&iacute;a con un desd&eacute;n gracioso y elegante:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Son pl&aacute;ticas de familia</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">de las que nunca hice caso...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Era el c&oacute;mico alto, rubio&mdash;aquella noche&mdash;flexible,
+ elegante y suelto, luc&iacute;a buena pierna, y le sentaba de perlas el
+ traje fant&aacute;stico, con pretensiones de arqueol&oacute;gico, que ce&ntilde;&iacute;a
+ su figura esbelta. Don V&iacute;ctor estaba enamorado de Perales; &eacute;l
+ no hab&iacute;a visto a Calvo y el imitador le parec&iacute;a excelente
+ int&eacute;rprete de las comedias de capa y espada. Le hab&iacute;a o&iacute;do
+ decir con &eacute;nfasis musical las d&eacute;cimas de <i>La vida es sue&ntilde;o</i>,
+ le hab&iacute;a admirado en <i>El desd&eacute;n con el desd&eacute;n</i>,
+ declamando con soltura y gran meneo de brazos y piernas las sutiles
+ razones que comienzan as&iacute;:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Y porque ve&aacute;is que es error</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">que haya en el mundo quien crea</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">que el que quiere lisonjea,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">escuchad lo que es amor.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ y concluyen:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">A su propia conveniencia</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">dirige amor su fatiga,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">luego es clara consecuencia</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">que ni con amor se obliga</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">ni con su correspondencia.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Y don V&iacute;ctor le reputaba excelent&iacute;simo c&oacute;mico. No par&oacute;
+ hasta que se lo presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer
+ fuera otra. En general don V&iacute;ctor envidiaba a todo el que dejaba
+ ver la contera de una espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en
+ las tablas y s&oacute;lo de noche. Conoci&oacute; que Anita contemplaba
+ con gusto los ademanes y la figura de don Juan y se acerc&oacute; a ella
+ el buen Quintanar dici&eacute;ndole al o&iacute;do con voz tr&eacute;mula
+ por la emoci&oacute;n:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Verdad, hijita, que es un buen mozo? &iexcl;Y qu&eacute;
+ movimientos tan art&iacute;sticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es
+ falso, que los hombres no andamos as&iacute;... &iexcl;Pero debi&eacute;ramos
+ andar! y as&iacute; seguramente andar&iacute;amos y gesticular&iacute;amos
+ los espa&ntilde;oles en el siglo de oro, cuando &eacute;ramos due&ntilde;os
+ del mundo; esto ya lo dec&iacute;a m&aacute;s alto para que lo oyeran
+ todos los presentes. Bueno estar&iacute;a que ahora que vamos a perder a
+ Cuba, resto de nuestras grandezas, nos di&eacute;ramos esos aires de se&ntilde;ores
+ y midi&eacute;ramos el paso....
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta no o&iacute;a a su marido; el drama empezaba a interesarla de
+ veras; cuando cay&oacute; el tel&oacute;n, qued&oacute; con gran
+ curiosidad y dese&oacute; saber en qu&eacute; paraba la apuesta de don
+ Juan y Mej&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ En el primer entreacto D. &Aacute;lvaro no se movi&oacute; de su asiento;
+ de cuando en cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreci&oacute;n y
+ prudencia, que ella not&oacute; y le agradeci&oacute;. Dos o tres veces se
+ sonrieron y s&oacute;lo la &uacute;ltima vez que tal osaron, sorprendi&oacute;
+ aquella correspondencia Pepe Ronzal, que, como siempre, segu&iacute;a la
+ pista a los tel&eacute;grafos de su aborrecido y admirado modelo.
+ </p>
+ <p>
+ Trabuco se propuso redoblar su atenci&oacute;n, observar mucho y ser una
+ tumba, callar como un muerto. &laquo;&iexcl;Pero aquello era grave, muy
+ grave!&raquo;. Y la envidia se lo com&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Empez&oacute; el segundo acto y D. &Aacute;lvaro not&oacute; que por
+ aquella noche ten&iacute;a un poderoso rival: el drama. Anita comenz&oacute;
+ a comprender y sentir el valor art&iacute;stico del D. Juan emprendedor,
+ loco, valiente y trapacero de Zorrilla; a ella tambi&eacute;n la fascinaba
+ como a la doncella de do&ntilde;a Ana de Pantoja, y a la Trotaconventos
+ que ofrec&iacute;a el amor de Sor In&eacute;s como una mercanc&iacute;a....
+ La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de do&ntilde;a Ana... los
+ desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de Mej&iacute;a;
+ la traici&oacute;n <i>interina</i> del Burlador, que no necesitaba, por
+ una sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diab&oacute;licos de
+ la gran aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta
+ con todo el vigor y frescura dram&aacute;ticos que tienen y que muchos no
+ saben apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio
+ para saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera
+ de tinteros; Ana estaba admirada de la poes&iacute;a que andaba por
+ aquellas callejas de lienzo, que ella transformaba en s&oacute;lidos
+ edificios de otra edad; y admiraba no menos el desd&eacute;n con que se ve&iacute;a
+ y o&iacute;a todo aquello desde palcos y butacas; aquella noche el para&iacute;so,
+ alegre, entusiasmado, le parec&iacute;a mucho m&aacute;s inteligente y
+ culto que el <i>se&ntilde;or&iacute;o</i> vetustense.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se sent&iacute;a transportada a la &eacute;poca de D. Juan, que se
+ figuraba como el vago romanticismo arqueol&oacute;gico quiere que haya
+ sido; y entonces volviendo al ego&iacute;smo de sus sentimientos,
+ deploraba no haber nacido cuatro o cinco siglos antes.... &laquo;Tal vez
+ en aquella &eacute;poca fuera divertida la existencia en Vetusta; habr&iacute;a
+ entonces conventos poblados de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos,
+ serenatas de Trovadores en las callejas y postigos; aquellas tristes,
+ sucias y estrechas plazas y calles tendr&iacute;an, como ahora, aspecto
+ feo, pero las llenar&iacute;a la poes&iacute;a del tiempo, y las fachadas
+ ennegrecidas por la humedad, las rejas de hierro, los soportales sombr&iacute;os,
+ las tinieblas de las rinconadas en las noches sin luna, el fanatismo de
+ los habitantes, las venganzas de vecindad, todo ser&iacute;a dram&aacute;tico,
+ digno del verso de un Zorrilla; y no como ahora suciedad, prosa, fealdad
+ desnuda&raquo;. Comparar aquella Edad media so&ntilde;ada&mdash;ella
+ colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa de Perales&mdash;con
+ los espectadores que la rodeaban a ella en aquel instante, era un triste
+ despertar. Capas negras y pardas, sombreros de copa alta absurdos,
+ horrorosos... todo triste, todo negro, todo desma&ntilde;ado, sin expresi&oacute;n...
+ fr&iacute;o... hasta D. &Aacute;lvaro parec&iacute;ale entonces mezclado
+ con la prosa com&uacute;n. &iexcl;Cu&aacute;nto m&aacute;s le hubiera
+ admirado con el ferreruelo, la gorra y el jub&oacute;n y el calz&oacute;n
+ de punto de Perales!... Desde aquel momento visti&oacute; a su adorador
+ con los arreos del c&oacute;mico, y a este en cuanto volvi&oacute; a la
+ escena le dio el gesto y las facciones de Mes&iacute;a, sin quitarle el
+ propio andar, la voz dulce y mel&oacute;dica y dem&aacute;s cualidades art&iacute;sticas.
+ </p>
+ <p>
+ El tercer acto fue una revelaci&oacute;n de poes&iacute;a apasionada para
+ do&ntilde;a Ana. Al ver a do&ntilde;a In&eacute;s en su celda, sinti&oacute;
+ la Regenta escalofr&iacute;os; la novicia se parec&iacute;a a ella; Ana lo
+ conoci&oacute; al mismo tiempo que el p&uacute;blico; hubo un murmullo de
+ admiraci&oacute;n y muchos espectadores se atrevieron a volver el rostro
+ al palco de Vegallana con disimulo. La Gonz&aacute;lez era c&oacute;mica
+ por amor; se hab&iacute;a enamorado de Perales, que la hab&iacute;a
+ robado; casados en secreto, recorr&iacute;an despu&eacute;s todas las
+ provincias, y para ayuda del presupuesto conyugal la enamorada joven, que
+ era hija de padres ricos, se decidi&oacute; a pisar las tablas; imitaba a
+ quien Perales la hab&iacute;a mandado imitar, pero en algunas ocasiones se
+ atrev&iacute;a a ser original y hac&iacute;a excelentes papeles de virgen
+ amante. Era muy guapa, y con el h&aacute;bito blanco de novicia, la cabeza
+ prisionera de la r&iacute;gida toca, muy coloradas las mejillas, lucientes
+ los ojos, los labios hechos fuego, las manos en postura hier&aacute;tica y
+ la modestia y castidad m&aacute;s l&iacute;mpida en toda la figura,
+ interesaba profundamente. Dec&iacute;a los versos de do&ntilde;a In&eacute;s
+ con voz cristalina y tr&eacute;mula, y en los momentos de ceguera amorosa
+ se dejaba llevar por la pasi&oacute;n cierta&mdash;porque se trataba de su
+ marido&mdash;y llegaba a un realismo po&eacute;tico que ni Perales ni la
+ mayor parte del p&uacute;blico eran capaces de apreciar en lo mucho que
+ val&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Ana s&iacute;; clavados los ojos en la hija del Comendador,
+ olvidada de todo lo que estaba fuera de la escena, bebi&oacute; con
+ ansiedad toda la poes&iacute;a de aquella celda casta en que se estaba
+ filtrando el amor por las paredes. &laquo;&iexcl;Pero esto es divino!&raquo;
+ dijo volvi&eacute;ndose hacia su marido, mientras pasaba la lengua por los
+ labios secos. La carta de don Juan escondida en el libro devoto, le&iacute;da
+ con voz temblorosa primero, con terror supersticioso despu&eacute;s, por
+ do&ntilde;a In&eacute;s, mientras Br&iacute;gida acercaba su buj&iacute;a
+ al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el espanto que sus
+ hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree sentirlos, todo,
+ todo lo que pasaba all&iacute; y lo que ella adivinaba, produc&iacute;a en
+ Ana un efecto de magia po&eacute;tica, y le costaba trabajo contener las l&aacute;grimas
+ que se le agolpaban a los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ay! s&iacute;, el amor era aquello, un filtro, una atm&oacute;sfera
+ de fuego, una locura m&iacute;stica; huir de &eacute;l era imposible;
+ imposible gozar mayor ventura que saborearle con todos sus venenos. Ana se
+ comparaba con la hija del Comendador; el caser&oacute;n de los Ozores era
+ su convento, su marido la regla estrecha de hast&iacute;o y frialdad en
+ que ya hab&iacute;a profesado ocho a&ntilde;os hac&iacute;a... y don
+ Juan... &iexcl;don Juan aquel Mes&iacute;a que tambi&eacute;n se filtraba
+ por las paredes, aparec&iacute;a por milagro y llenaba el aire con su
+ presencia!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Entre el acto tercero y el cuarto don &Aacute;lvaro vino al palco de los
+ marqueses.
+ </p>
+ <p>
+ Ana al darle la mano tuvo miedo de que &eacute;l se atreviera a apretarla
+ un poco, pero no hubo tal; dio aquel tir&oacute;n en&eacute;rgico que
+ &eacute;l siempre daba, siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces;
+ pero no apret&oacute;. Se sent&oacute; a su lado, eso s&iacute;, y al poco
+ rato hablaban aislados de la conversaci&oacute;n general.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor hab&iacute;a salido a los pasillos a fumar y disputar
+ con los pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban
+ a Dumas y Sardou, repitiendo lo que hab&iacute;an o&iacute;do en la corte.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, sin dar tiempo a don &Aacute;lvaro para buscar buena embocadura a la
+ conversaci&oacute;n, dej&oacute; caer sobre la prosaica imaginaci&oacute;n
+ del petimetre, el chorro abundante de poes&iacute;a que hab&iacute;a
+ bebido en el poema gallardo, fresco, exuberante de hermosura y color del
+ maestro Zorrilla.
+ </p>
+ <p>
+ La pobre Regenta estuvo elocuente; se figur&oacute; que el jefe del
+ partido liberal din&aacute;stico la entend&iacute;a, que no era como
+ aquellos vetustenses de cal y canto que hasta se sonre&iacute;an con l&aacute;stima
+ al o&iacute;r tantos versos &laquo;bonitos, sonorosos, pero sin miga&raquo;,
+ seg&uacute;n asegur&oacute; don Frutos en el palco de la marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ A Mes&iacute;a le extra&ntilde;&oacute; y hasta disgust&oacute; el
+ entusiasmo de Ana. &iexcl;Hablar del <i>Don Juan Tenorio</i> como si se
+ tratase de un estreno! &iexcl;Si el <i>Don Juan</i> de Zorrilla ya s&oacute;lo
+ serv&iacute;a para hacer parodias!... No fue posible tratar cosa de
+ provecho, y el tenorio vetustense procur&oacute; ponerse en la cuerda de
+ su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las comedias
+ y en las novelas de Feuillet: mucho <i>sprit</i> que oculta un coraz&oacute;n
+ de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad... esto era
+ el colmo de la <i>distinci&oacute;n</i> seg&uacute;n lo entend&iacute;a
+ don &Aacute;lvaro, y as&iacute; procur&oacute; aquella noche presentarse a
+ la Regenta, a quien &laquo;estaba visto que hab&iacute;a que enamorar por
+ todo lo alto&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le ense&ntilde;aba
+ sin pesta&ntilde;ear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su
+ exaltaci&oacute;n notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo
+ copiado de su interlocutor; apenas le o&iacute;a, hablaba ella sin cesar,
+ cre&iacute;a que lo que estaba diciendo &eacute;l coincid&iacute;a con las
+ propias ideas; este espejismo del entusiasmo vidente, que suele aparecer
+ en tales casos, fue lo que vali&oacute; a don &Aacute;lvaro aquella noche.
+ Tambi&eacute;n le sirvi&oacute; mucho su hermosura varonil y noble,
+ ayudada por la expresi&oacute;n de su pasioncilla, en aquel momento
+ irritada. Adem&aacute;s el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, ten&iacute;a
+ una expresi&oacute;n espiritual y melanc&oacute;lica, que era puramente de
+ apariencia; combinaci&oacute;n de l&iacute;neas y sombras, algo tambi&eacute;n
+ las huellas de una vida malgastada en el vicio y el amor.&mdash;Cuando
+ comenz&oacute; el cuarto acto, Ana puso un dedo en la boca y sonriendo a
+ don &Aacute;lvaro le dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... d&eacute;jeme
+ usted o&iacute;r.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es que... no s&eacute;... si debo despedirme....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No... no... &iquest;por qu&eacute;?&mdash;respondi&oacute; ella,
+ arrepentida al instante de haberlo dicho.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No s&eacute; si estorbar&eacute;, si habr&aacute; sitio....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Sitio s&iacute;, porque Quintanar est&aacute; en la bolsa de
+ ustedes... m&iacute;rele usted.
+ </p>
+ <p>
+ Era verdad; estaba all&iacute; disputando con don Frutos, que insist&iacute;a
+ en que el <i>Don Juan Tenorio</i> carec&iacute;a de la miga suficiente.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro permaneci&oacute; junto a la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y m&oacute;rbido, blanco y tentador
+ con su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del mo&ntilde;o
+ que sub&iacute;a por la nuca arriba con graciosa tensi&oacute;n y
+ convergencia del cabello. Dudaba don &Aacute;lvaro si deb&iacute;a en
+ aquella situaci&oacute;n atreverse a acercarse un poco m&aacute;s de lo
+ acostumbrado. Sent&iacute;a en las rodillas el roce de la falda de Ana, m&aacute;s
+ abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. &laquo;Ella estaba
+ aquella noche... <i>en punto de caramelo</i>&raquo; (frase simb&oacute;lica
+ en el pensamiento de Mes&iacute;a), y con todo no se atrevi&oacute;. No se
+ acerc&oacute; ni m&aacute;s ni menos; y eso que ya no ten&iacute;a all&iacute;
+ caballo que lo estorbase. &laquo;&iexcl;Pero la buena se&ntilde;ora se hab&iacute;a
+ <i>sublimizado</i> tanto! y como &eacute;l, por no perderla de vista, y
+ por agradarla, se hab&iacute;a hecho el rom&aacute;ntico tambi&eacute;n,
+ el <i>espiritual</i>, el <i>m&iacute;stico</i>... &iexcl;qui&eacute;n
+ diablos iba ahora a arriesgar un ataque <i>personal y pedestre</i>!...
+ &iexcl;Se hab&iacute;a puesto aquello en una <i>tessitura</i> endemoniada!&raquo;.
+ Y lo peor era que no hab&iacute;a probabilidades de hacer entrar, en mucho
+ tiempo, a la Regenta por el aro; &iquest;qui&eacute;n iba a decirle:
+ &laquo;b&aacute;jese usted, amiga m&iacute;a, que todo esto es volar por
+ los <i>espacios imaginarios</i>&raquo;? Por estas consideraciones, que le
+ estaban dando verg&uuml;enza, que le parec&iacute;an rid&iacute;culas al
+ cabo, don &Aacute;lvaro resisti&oacute; el vehemente deseo de pisar un pie
+ a la Regenta o tocarle la pierna con sus rodillas....
+ </p>
+ <p>
+ Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La robusta
+ virgen de aldea parec&iacute;a un carb&oacute;n encendido, y mientras don
+ Juan, de rodillas ante do&ntilde;a In&eacute;s, le preguntaba si no era
+ verdad que en aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba
+ y tragaba saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oy&eacute;ndole,
+ cerca de la oreja, palabras que parec&iacute;an chispas de fragua.
+ Edelmira, a pesar de no haber desmejorado, ten&iacute;a los ojos rodeados
+ de un ligero tinte obscuro. Se abanicaba sin punto de reposo y tapaba la
+ boca con el abanico cuando en medio de una situaci&oacute;n culminante del
+ drama se le antojaba a ella re&iacute;rse a carcajadas con las ocurrencias
+ del Marquesito, que ten&iacute;a unas cosas....
+ </p>
+ <p>
+ Para Ana el cuarto acto no ofrec&iacute;a punto de comparaci&oacute;n con
+ los acontecimientos de su propia vida... ella a&uacute;n no hab&iacute;a
+ llegado al cuarto acto. &laquo;&iquest;Representaba aquello lo porvenir?
+ &iquest;Sucumbir&iacute;a ella como do&ntilde;a In&eacute;s, caer&iacute;a
+ en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba; cre&iacute;a tener
+ valor para no entregar jam&aacute;s el cuerpo, aquel miserable cuerpo que
+ era propiedad de don V&iacute;ctor sin duda alguna. De todas suertes,
+ &iexcl;qu&eacute; cuarto acto tan po&eacute;tico! El Guadalquivir all&aacute;
+ abajo.... Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo
+ del balc&oacute;n... la <i>declaraci&oacute;n</i> a la luz de la luna....
+ &iexcl;Si aquello era romanticismo, el romanticismo era eterno!...&raquo;.
+ Do&ntilde;a In&eacute;s dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Don Juan, don Juan, yo lo imploro</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">de tu hidalga condici&oacute;n...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Estos versos que ha querido hacer rid&iacute;culos y vulgares, manch&aacute;ndolos
+ con su baba, la necedad prosaica, pas&aacute;ndolos mil y mil veces por
+ sus labios viscosos como vientre de sapo, sonaron en los o&iacute;dos de
+ Ana aquella noche como frase sublime de un amor inocente y puro que se
+ entrega con la fe en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana,
+ entonces, no pudo evitarlo, llor&oacute;, llor&oacute;, sintiendo por
+ aquella In&eacute;s una compasi&oacute;n infinita. No era ya una escena er&oacute;tica
+ lo que ella ve&iacute;a all&iacute;; era algo religioso; el alma saltaba a
+ las ideas m&aacute;s altas, al sentimiento pur&iacute;simo de la caridad
+ universal... no sab&iacute;a a qu&eacute;; ello era que se sent&iacute;a
+ desfallecer de tanta emoci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Las l&aacute;grimas de la Regenta nadie las not&oacute;. Don &Aacute;lvaro
+ s&oacute;lo observ&oacute; que el seno se le mov&iacute;a con m&aacute;s
+ rapidez y se levantaba m&aacute;s al respirar. Se equivoc&oacute; el
+ hombre de mundo; crey&oacute; que la emoci&oacute;n acusada por aquel
+ respirar violento la causaba su gallarda y pr&oacute;xima presencia, crey&oacute;
+ en un influjo <i>puramente fisiol&oacute;gico</i> y por poco se pierde....
+ Busc&oacute; a tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella,
+ de una en otra, hab&iacute;a llegado a pensar en Dios, en el amor ideal,
+ puro, universal que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna
+ para &eacute;l, Mes&iacute;a no encontr&oacute;, entre la hojarasca de las
+ enaguas, ning&uacute;n pie de Anita, que acababa de apoyar los dos en la
+ silla de Edelmira.
+ </p>
+ <p>
+ El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la
+ realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se hab&iacute;a
+ empe&ntilde;ado la imaginaci&oacute;n exaltada en comparar lo que pasaba
+ en Vetusta con lo que suced&iacute;a en Sevilla, sinti&oacute;
+ supersticioso miedo al ver el mal en que paraban aquellas aventuras del
+ libertino andaluz; el pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con
+ el Comendador le hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de
+ repente, como a la luz de un rel&aacute;mpago, a don V&iacute;ctor vestido
+ de terciopelo negro, con jub&oacute;n y ferreruelo, ba&ntilde;ado en
+ sangre, boca arriba, y a don &Aacute;lvaro con una pistola en la mano,
+ enfrente del cad&aacute;ver.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa dijo despu&eacute;s de caer el tel&oacute;n que ella no
+ aguantaba m&aacute;s Tenorio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo me voy, hijos m&iacute;os; no me gusta ver cementerios ni
+ esqueletos; demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adi&oacute;s.
+ Vosotros quedaos si quer&eacute;is.... &iexcl;Jes&uacute;s! las once y
+ media, no se acaba esto a las dos....
+ </p>
+ <p>
+ Ana, a quien explic&oacute; su esposo el argumento de la segunda parte del
+ drama, prefiri&oacute; llevar la impresi&oacute;n de la primera que la ten&iacute;a
+ encantada, y sali&oacute; con la Marquesa y Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Edelmira se qued&oacute; con don V&iacute;ctor y Paco.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo llevar&eacute; a la ni&ntilde;a y usted d&eacute;jeme a &eacute;sa
+ en casa, se&ntilde;ora Marquesa&mdash;dijo Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a se despidi&oacute; al dejar dentro del coche a las damas.
+ Entonces apret&oacute; un poco la mano de Anita que la retir&oacute;
+ asustada.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro se volvi&oacute; al palco del Marqu&eacute;s a dar
+ conversaci&oacute;n a don V&iacute;ctor. Eran panes prestados: Paco
+ necesitaba que le distrajeran a Quintanar para quedarse como a solas con
+ Edelmira; Mes&iacute;a, que tantas veces hab&iacute;a utilizado servicios
+ an&aacute;logos del Marquesito, fue a cumplir con su deber.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, siempre que se le ofrec&iacute;a, aprovechaba la ocasi&oacute;n
+ de estrechar su amistad con el simp&aacute;tico aragon&eacute;s que hab&iacute;a
+ de ser su v&iacute;ctima, andando el tiempo, o poco hab&iacute;a de poder
+ &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ Con mil amores acogi&oacute; Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas
+ en punto a literatura dram&aacute;tica, concluyendo como siempre con su
+ teor&iacute;a del honor seg&uacute;n se entend&iacute;a en el siglo de
+ oro, cuando el sol no se pon&iacute;a en nuestros dominios.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted&mdash;dec&iacute;a don V&iacute;ctor, a quien ya
+ escuchaba con inter&eacute;s don &Aacute;lvaro&mdash;mire usted, yo
+ ordinariamente soy muy pac&iacute;fico. Nadie dir&aacute; que yo,
+ ex-regente de Audiencia, que me jubil&eacute; casi por no firmar m&aacute;s
+ sentencias de muerte, nadie dir&aacute;, repito que tengo ese punto de
+ honor quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ah&iacute;
+ abajo llaman inveros&iacute;mil; pues bien, seguro estoy, me lo da el
+ coraz&oacute;n, de que si mi mujer&mdash;hip&oacute;tesis absurda&mdash;me
+ faltase... se lo tengo dicho a Tom&aacute;s Crespo muchas veces... le daba
+ una sangr&iacute;a suelta.
+ </p>
+ <p>
+ (&mdash;&iexcl;Animal!&mdash;pens&oacute; don &Aacute;lvaro.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y en cuanto a su c&oacute;mplice... &iexcl;oh! en cuanto a su c&oacute;mplice....
+ Por de pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era
+ aficionado a representar en los teatros caseros&mdash;es decir cuando mi
+ edad y posici&oacute;n social me permit&iacute;an trabajar, porque la
+ afici&oacute;n a&uacute;n me dura&mdash;comprendiendo que era muy rid&iacute;culo
+ batirse mal en las tablas, tom&eacute; maestro de esgrima y dio la
+ casualidad de que demostr&eacute; en seguida grandes facultades para el
+ arma blanca. Yo soy pac&iacute;fico, es verdad, nunca me ha dado nadie
+ motivo para hacerle un rasgu&ntilde;o... pero fig&uacute;rese usted... el
+ d&iacute;a que.... Pues lo mismo y mucho m&aacute;s puedo decir de la
+ pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como dec&iacute;a, al c&oacute;mplice
+ lo traspasaba; s&iacute;, prefiero esto; la pistola es del drama moderno,
+ es prosaica; de modo que le matar&iacute;a con arma blanca.... Pero voy a
+ mi tesis.... Mi tesis era... &iquest;qu&eacute;?... &iquest;usted
+ recuerda?
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro no recordaba, pero lo de matar al c&oacute;mplice con
+ arma blanca le hab&iacute;a alarmado un poco.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Mes&iacute;a ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de
+ llamar al sue&ntilde;o imaginando voluptuosas escenas de amor que se
+ promet&iacute;a convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta,
+ protagonista de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar
+ y bonachona de don V&iacute;ctor. Pero le vio entre los primeros
+ disparates del ensue&ntilde;o, vestido de toga y birrete, con una espada
+ en la mano. Era la espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.
+ </p>
+ <p>
+ Anita no recordaba haber so&ntilde;ado aquella noche con don &Aacute;lvaro.
+ Durmi&oacute; profundamente.
+ </p>
+ <p>
+ Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella rubia
+ y taimada, que sonre&iacute;a discretamente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mucho he dormido, &iquest;por qu&eacute; no me has despertado
+ antes?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como la se&ntilde;orita pas&oacute; mala noche....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Mala noche?... &iquest;yo?&mdash;S&iacute;, hablaba alto,
+ so&ntilde;aba a gritos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Yo?&mdash;S&iacute;, alguna pesadilla.&mdash;&iquest;Y t&uacute;...
+ me has o&iacute;do desde?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora no me hab&iacute;a acostado todav&iacute;a;
+ me qued&eacute; a esperar por el se&ntilde;or, porque Anselmo es tan bruto
+ que se duerme.... Vino el amo a las dos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y yo he hablado alto...&mdash;Poco despu&eacute;s de llegar el se&ntilde;or.
+ &Eacute;l no oy&oacute; nada; no quiso entrar por no despertar a la se&ntilde;orita.
+ Yo volv&iacute; a ver si dorm&iacute;a... si quer&iacute;a algo... y cre&iacute;
+ que era una pesadilla... pero no me atrev&iacute; a despertarla....
+ </p>
+ <p>
+ Ana se sent&iacute;a fatigada. Le sab&iacute;a mal la boca y tem&iacute;a
+ los amagos de la jaqueca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, pesadilla mala... no ser&iacute;a... porque sonre&iacute;a la
+ se&ntilde;ora... daba vueltas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y... y... &iquest;qu&eacute; dec&iacute;a?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh... qu&eacute; dec&iacute;a! no se entend&iacute;a bien...
+ palabras sueltas... nombres....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; nombres?...&mdash;Ana pregunt&oacute; esto
+ encendido el rostro por el rubor&mdash;... &iquest;qu&eacute; nombres?&mdash;repiti&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Llamaba la se&ntilde;ora... al amo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Al amo?&mdash;S&iacute;... s&iacute;, se&ntilde;ora... dec&iacute;a:
+ &iexcl;V&iacute;ctor! &iexcl;V&iacute;ctor!
+ </p>
+ <p>
+ Ana comprendi&oacute; que Petra ment&iacute;a. Ella casi siempre llamaba a
+ su marido Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las
+ sospechas de la se&ntilde;ora.
+ </p>
+ <p>
+ Call&oacute; y procur&oacute; ocultar su confusi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces acerc&aacute;ndose m&aacute;s a la cama y bajando la voz Petra
+ dijo, ya seria:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Han tra&iacute;do esto para la se&ntilde;ora....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Una carta? &iquest;De qui&eacute;n?&mdash;pregunt&oacute;
+ en voz tr&eacute;mula Ana, arrebatando el papel de manos de Petra.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Si aquel loco se habr&iacute;a propasado!... Era absurdo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra, despu&eacute;s de observar la expresi&oacute;n de susto que se pint&oacute;
+ en el rostro del ama, a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De parte del se&ntilde;or Magistral debe de ser, porque lo ha tra&iacute;do
+ Teresina la doncella de do&ntilde;a Paula.
+ </p>
+ <p>
+ Ana afirm&oacute; con la cabeza mientras le&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Petra sali&oacute; sin ruido, como una gata. Sonre&iacute;a a sus
+ pensamientos.
+ </p>
+ <p>
+ La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una
+ cruz morada sobre la fecha, dec&iacute;a as&iacute;:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&laquo;Se&ntilde;ora y amiga m&iacute;a:
+ Esta tarde me tendr&aacute; usted en la capilla de cinco a</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">cinco y media. No necesitar&aacute; usted
+ esperar, porque ser&aacute; hoy la &uacute;nica</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba
+ hoy sentarme, pero me ha</span><br /> <span style="margin-left: 4em;">parecido
+ preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">explicar&aacute; su atento amigo y
+ servidor,</span><br />
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 7.5em;">FERM&Iacute;N DE PAS&raquo;.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ No dec&iacute;a capell&aacute;n. &laquo;&iexcl;Cosa extra&ntilde;a! Ana se
+ hab&iacute;a olvidado del Magistral desde la tarde anterior; &iexcl;ni una
+ vez sola, desde la aparici&oacute;n de don &Aacute;lvaro a caballo hab&iacute;a
+ pasado por su cerebro la imagen grave y airosa del respetado, estimado y
+ admirado padre espiritual! Y ahora se presentaba de repente d&aacute;ndole
+ un susto, como sorprendi&eacute;ndola en pecado de infidelidad. Por la
+ primera vez sinti&oacute; Ana la verg&uuml;enza de su imprudente conducta.
+ Lo que no hab&iacute;a despertado en ella la presencia de don V&iacute;ctor,
+ lo despertaba la imagen de don Ferm&iacute;n.... Ahora se cre&iacute;a
+ infiel de pensamiento, pero &iexcl;cosa m&aacute;s rara! infiel a un
+ hombre a quien no deb&iacute;a fidelidad ni pod&iacute;a deb&eacute;rsela&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Es verdad, pensaba; hab&iacute;amos quedado en que ma&ntilde;ana
+ temprano ir&iacute;a a confesar... &iexcl;y se me hab&iacute;a olvidado! y
+ ahora &eacute;l adelanta la confesi&oacute;n.... Quiere que vaya esta
+ tarde. &iexcl;Imposible! No estoy preparada.... Con estas ideas... con
+ esta revoluci&oacute;n del alma.... &iexcl;Imposible!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se visti&oacute; deprisa, cogi&oacute; papel que ten&iacute;a el mismo
+ olor que el del Magistral, pero m&aacute;s fuerte, y escribi&oacute; a don
+ Ferm&iacute;n una carta muy dulce con mano tr&eacute;mula, turbada, como
+ si cometiera una felon&iacute;a. Le enga&ntilde;aba; le dec&iacute;a que
+ se sent&iacute;a mal, que hab&iacute;a tenido la jaqueca y le suplicaba
+ que la dispensase; que ella le avisar&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ Entreg&oacute; a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su
+ destino inmediatamente, y sin que el se&ntilde;or se enterase.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor ya hab&iacute;a manifestado varias veces su no
+ conformidad, como &eacute;l dec&iacute;a, con aquella frecuencia del
+ sacramento de la confesi&oacute;n; como tem&iacute;a que se le tuviese por
+ poco en&eacute;rgico, y era muy poco en&eacute;rgico en su casa en efecto,
+ alborotaba mucho cuando se enfadaba.
+ </p>
+ <p>
+ Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba que
+ su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la
+ catedral.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;No pod&iacute;a presumir el buen se&ntilde;or que por su
+ bien eran!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra hab&iacute;a sido tomada por confidente y c&oacute;mplice de estos
+ inocentes tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que
+ alegaba su ama para ocultar la devoci&oacute;n, sospechaba horrores.
+ </p>
+ <p>
+ Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Lo que yo me tem&iacute;a, a pares; los tiene a pares; uno diablo y
+ otro santo. <i>&iexcl;As&iacute; en la tierra como en el cielo!</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana estuvo todo el d&iacute;a inquieta, descontenta de s&iacute; misma; no
+ se arrepent&iacute;a de haber puesto en peligro su honor, dando alas
+ (siquiera fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don
+ &Aacute;lvaro; no le pesaba de enga&ntilde;ar al pobre don V&iacute;ctor,
+ porque le reservaba el cuerpo, su propiedad leg&iacute;tima... pero
+ &iexcl;pensar que no se hab&iacute;a acordado del Magistral ni una vez en
+ toda la noche anterior, a pesar de haber estado pensando y sintiendo
+ tantas cosas sublimes!
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y por contera, le enga&ntilde;aba, le dec&iacute;a que estaba
+ enferma para excusar el verle... &iexcl;le ten&iacute;a miedo!... y hasta
+ el estilo dulce, casi cari&ntilde;oso de la carta era traidor... &iexcl;aquello
+ no era digno de ella! Para don V&iacute;ctor hab&iacute;a que guardar el
+ cuerpo, pero al Magistral &iquest;no hab&iacute;a que reservarle el alma?&raquo;.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XVIImdash" id="XVIImdash"></a>&mdash;XVII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Al obscurecer de aquel mismo d&iacute;a, que era el de Difuntos, Petra
+ anunci&oacute; a la Regenta, que paseaba en el <i>Parque</i>, entre los
+ eucaliptus de Fr&iacute;gilis, la visita del Sr. Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Enciende la l&aacute;mpara del gabinete y antes hazle pasar a la
+ huerta...&mdash;dijo Ana sorprendida y algo asustada.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral pas&oacute; por el patio al
+ </p>
+ <p>
+ <i>Parque</i>. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. &laquo;Estaba
+ hermosa la tarde, parec&iacute;a de septiembre; no durar&iacute;a mucho el
+ buen tiempo, luego se caer&iacute;a el cielo hecho agua sobre Vetusta...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Todo esto se dijo al principio. Ana se turb&oacute; cuando el Magistral se
+ atrevi&oacute; a preguntarle por la jaqueca.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Se hab&iacute;a olvidado de su mentira!&raquo;. Explic&oacute;
+ lo mejor que pudo su presencia en el Parque a pesar de la jaqueca.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral confirm&oacute; su sospecha. Le hab&iacute;a enga&ntilde;ado
+ su dulce amiga.
+ </p>
+ <p>
+ Estaba el cl&eacute;rigo p&aacute;lido, le temblaba un poco la voz, y se
+ mov&iacute;a sin cesar en la mecedora en que se le hab&iacute;a invitado a
+ sentarse.
+ </p>
+ <p>
+ Segu&iacute;an hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que
+ don Ferm&iacute;n abordase el motivo de su extraordinaria visita.
+ </p>
+ <p>
+ El caso era que el motivo... no pod&iacute;a explicarse. Hab&iacute;a sido
+ un arranque de mal humor; una salida de tono que ya casi sent&iacute;a, y
+ cuya causa de ning&uacute;n modo pod&iacute;a &eacute;l explicar a aquella
+ se&ntilde;ora.
+ </p>
+ <p>
+ El Chato, el cl&eacute;rigo que serv&iacute;a de esbirro a do&ntilde;a
+ Paula, ten&iacute;a el vicio de ir al teatro disfrazado. Hab&iacute;a
+ cogido esta afici&oacute;n en sus tiempos de espionaje en el seminario;
+ entonces el Rector le mandaba al <i>para&iacute;so</i> para delatar a los
+ seminaristas que all&iacute; viera; ahora el Chato iba por cuenta propia.
+ Hab&iacute;a estado en el teatro la noche anterior y hab&iacute;a visto a
+ la Regenta. Al d&iacute;a siguiente, por la ma&ntilde;ana, lo supo do&ntilde;a
+ Paula, y al comer, en un incidente de la conversaci&oacute;n, tuvo
+ habilidad para darle la noticia a su hijo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No creo que esa se&ntilde;ora haya ido ayer al teatro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues yo lo s&eacute; por quien la ha visto.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se sinti&oacute; herido, le doli&oacute; el amor propio al
+ verse en rid&iacute;culo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta
+ los beatos y todo el <i>mundo devoto</i> consideraban el teatro como
+ recreo prohibido en toda la Cuaresma y algunos otros d&iacute;as del a&ntilde;o;
+ entre ellos el de <i>Todos los Santos</i>. Muchas se&ntilde;oras abonadas
+ hab&iacute;an dejado su palco desierto la noche anterior, sin permitir la
+ entrada en &eacute;l a nadie para se&ntilde;alar as&iacute; mejor su
+ protesta. La de P&aacute;ez no hab&iacute;a ido, do&ntilde;a Petronila o
+ sea El Gran Constantino, que no iba nunca, pero ten&iacute;a abonadas a
+ cuatro sobrinas, tampoco les hab&iacute;a consentido asistir.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesi&oacute;n del
+ Magistral, por devota en ejercicio, se hab&iacute;a presentado en el
+ teatro en noche prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no
+ respetar piadosos escr&uacute;pulos, pues precisamente ella no frecuentaba
+ semejante sitio.... Y precisamente aquella noche...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral hab&iacute;a salido de su casa disgustado. &laquo;A &eacute;l
+ no le importaba que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegar&iacute;a
+ en que ser&iacute;a otra cosa; pero la gente murmurar&iacute;a; don
+ Custodio, el Arcediano, todos sus enemigos se burlar&iacute;an, hablar&iacute;an
+ de la escasa fuerza que el Magistral ejerc&iacute;a sobre sus
+ penitentes.... Tem&iacute;a el rid&iacute;culo. La culpa la ten&iacute;a
+ &eacute;l que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoci&oacute;n
+ a do&ntilde;a Ana&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a la sacrist&iacute;a y encontr&oacute; al Arcipreste, al
+ ilustre Ripamil&aacute;n, disputando como si se tratara de un asalto de
+ esgrima, con aspavientos y manotadas al aire; su contendiente era el
+ Arcediano, el se&ntilde;or Mourelo, que con m&aacute;s calma y sonriendo,
+ sosten&iacute;a que la Regenta o no era devota de buena ley, o no deb&iacute;a
+ haber ido al teatro en noche de <i>Todos los Santos</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Ripamil&aacute;n gritaba:&mdash;Se&ntilde;or m&iacute;o, los deberes
+ sociales est&aacute;n por encima de todo....
+ </p>
+ <p>
+ El De&aacute;n se escandaliz&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh! &iexcl;oh!&mdash;dijo&mdash;eso no, se&ntilde;or
+ Arcipreste... los deberes religiosos... los religiosos... eso es....
+ </p>
+ <p>
+ Y tom&oacute; un polvo de rap&eacute; extra&iacute;do con mal pulso de una
+ caja de n&aacute;car. As&iacute; sol&iacute;a &eacute;l terminar los per&iacute;odos
+ complicados.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Los deberes sociales... son muy respetables en efecto&mdash;dijo el
+ can&oacute;nigo pariente del Ministro, a quien la proposici&oacute;n hab&iacute;a
+ parecido regalista, y por consiguiente digna de aprobaci&oacute;n por
+ parte de un primo del Notario mayor del reino.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Los deberes sociales&mdash;replic&oacute; Glocester tranquilo, con
+ alm&iacute;bar en las palabras, pausadas y subrayadas&mdash;los deberes
+ sociales, con permiso de usted, son respetabil&iacute;simos, pero quiere
+ Dios, consiente su infinita bondad que est&eacute;n siempre en armon&iacute;a
+ con los deberes religiosos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Absurdo!&mdash;exclam&oacute; Ripamil&aacute;n dando un
+ salto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Absurdo!&mdash;dijo el De&aacute;n, cerrando de un bofet&oacute;n
+ la caja de n&aacute;car.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Absurdo!&mdash;afirm&oacute; el can&oacute;nigo regalista.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, los deberes no pueden contradecirse; el deber
+ social, por ser tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice
+ el respetable Taparelli....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Tapa qu&eacute;?&mdash;pregunt&oacute; el De&aacute;n&mdash;.
+ No me venga usted con autores alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un
+ hereje....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, estamos fuera de la cuesti&oacute;n&mdash;grit&oacute;
+ Ripamil&aacute;n&mdash;el caso es....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No estamos tal&mdash;insisti&oacute; Glocester, que no quer&iacute;a
+ en presencia de don Ferm&iacute;n sostener su tesis de la escasa
+ religiosidad de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Tuvo habilidad para llevar la disputa al <i>terreno filos&oacute;fico</i>,
+ y de all&iacute; al teol&oacute;gico, que fue como echarle agua al fuego.
+ Aquellas venerables dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto
+ singular, que consist&iacute;a en no querer hablar nunca de <i>cosas altas</i>.
+ </p>
+ <p>
+ A don Ferm&iacute;n le bast&oacute; lo que oy&oacute; al entrar en la
+ sacrist&iacute;a para comprender que se hab&iacute;a comentado lo del
+ teatro. Su mal humor fue en aumento. &laquo;Lo sab&iacute;a toda Vetusta,
+ su influencia moral hab&iacute;a perdido cr&eacute;dito... y la autora de
+ todo aquello, ten&iacute;a la crueldad de negarse a una cita&raquo;.
+ &Eacute;l se la hab&iacute;a dado para decirle que no deb&iacute;a
+ confesar por las ma&ntilde;anas, sino de tarde, porque as&iacute; no se
+ fijaba en ellos el p&uacute;blico de las beatas con atenci&oacute;n
+ exclusiva.... &laquo;Debe usted confesar entre todas, y adem&aacute;s
+ algunos d&iacute;as en que no se sabe que me siento; yo le avisar&eacute;
+ a usted y entonces... podremos hablar m&aacute;s por largo&raquo;. Todo
+ esto hab&iacute;a pensado decirle aquella tarde, y ella respond&iacute;a
+ que.... &laquo;&iexcl;estaba con jaqueca!&raquo;.&mdash;En casa de P&aacute;ez
+ tambi&eacute;n le hablaron del esc&aacute;ndalo del teatro. &laquo;Hab&iacute;an
+ ido varias damas que hab&iacute;an prometido no ir; y hab&iacute;a ido Ana
+ Ozores que nunca asist&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sali&oacute; de casa de P&aacute;ez bufando; la sonrisa
+ burlona de Olvido, que se celaba ya, le hab&iacute;a puesto furioso....
+ </p>
+ <p>
+ Y sin pensar lo que hac&iacute;a, se hab&iacute;a ido derecho a la plaza
+ Nueva, se hab&iacute;a metido en la Rinconada y hab&iacute;a llamado a la
+ puerta de la Regenta.... Por eso estaba all&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Qui&eacute;n iba a explicar semejante motivo de una visita?
+ </p>
+ <p>
+ Al ver que Ana hab&iacute;a mentido, que estaba buena y hab&iacute;a
+ buscado un embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Ferm&iacute;n
+ ray&oacute; en ira y necesit&oacute; toda la fuerza de la costumbre para
+ contenerse y seguir sonriente.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Qu&eacute; derechos ten&iacute;a &eacute;l sobre aquella
+ mujer? Ninguno. &iquest;C&oacute;mo dominarla si quer&iacute;a sublevarse?
+ No hab&iacute;a modo. &iquest;Por el terror de la religi&oacute;n?
+ Patarata. La religi&oacute;n para aquella se&ntilde;ora nunca podr&iacute;a
+ ser el terror. &iquest;Por la persuasi&oacute;n, por el inter&eacute;s,
+ por el cari&ntilde;o? &Eacute;l no pod&iacute;a jactarse de tenerla
+ persuadida, interesada y menos enamorada de la manera espiritual a que
+ aspiraba&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a m&aacute;s remedio que la diplomacia. &laquo;Hum&iacute;llate
+ y ya te ensalzar&aacute;s&raquo;, era su m&aacute;xima, que no ten&iacute;a
+ nada que ver con la promesa evang&eacute;lica.
+ </p>
+ <p>
+ En vista de que los asuntos vulgares de conversaci&oacute;n llevaban
+ trazas de sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quer&iacute;a
+ marcharse sin hacer algo, puso t&eacute;rmino a las palabras
+ insignificantes con una pausa larga y una mirada profunda y triste a la b&oacute;veda
+ estrellada.&mdash;Estaba sentado a la entrada del cenador.
+ </p>
+ <p>
+ Ya hab&iacute;a comenzado la noche, pero no hac&iacute;a fr&iacute;o all&iacute;,
+ o por lo menos no lo sent&iacute;an. Ana hab&iacute;a contestado a Petra,
+ al anunciar esta que hab&iacute;a luz en el gabinete:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien; all&aacute; vamos. El Magistral hab&iacute;a dicho que si do&ntilde;a
+ Ana se sent&iacute;a ya bien, no era malo estar al aire libre.
+ </p>
+ <p>
+ El silencio de don Ferm&iacute;n y su mirada a las estrellas indicaron a
+ la dama que se iba a tratar de algo grave.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; fue. El Magistral dijo:&mdash;Todav&iacute;a no he explicado a
+ usted por qu&eacute; pretend&iacute;a yo que fuese a la catedral esta
+ tarde. Quer&iacute;a decirle, y por eso he venido, adem&aacute;s de que me
+ interesaba saber c&oacute;mo segu&iacute;a, quer&iacute;a decirle que no
+ creo conveniente que usted confiese por la ma&ntilde;ana.
+ </p>
+ <p>
+ Ana pregunt&oacute; el motivo con los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hay varias razones: don V&iacute;ctor, que, seg&uacute;n usted me
+ ha dicho, no gusta de que usted frecuente la iglesia y menos de que
+ madrugue para ello, se alarmar&aacute; menos si usted va de tarde... y
+ hasta puede no saberlo siquiera muchas veces. No hay en esto enga&ntilde;o.
+ Si pregunta, se le dice la verdad, pero si calla... se calla. Como se
+ trata de una cosa inocente, no hay enga&ntilde;o ni asomo de disimulo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es verdad.&mdash;Otra raz&oacute;n. Por la ma&ntilde;ana yo
+ confieso pocas veces, y esta excepci&oacute;n hecha ahora en favor de
+ usted hace murmurar a mis enemigos, que son muchos y de infinitas clases.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Usted tiene enemigos?&mdash;&iexcl;Oh, amiga m&iacute;a!
+ cuenta las estrellas si puedes&mdash;y se&ntilde;al&oacute; al cielo&mdash;el
+ n&uacute;mero de mis enemigos es infinito como las estrellas.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sonri&oacute; como un m&aacute;rtir entre llamas.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Ana sinti&oacute; terribles remordimientos por haber enga&ntilde;ado
+ y olvidado a aquel santo var&oacute;n, que era perseguido por sus virtudes
+ y ni siquiera se quejaba. Aquella sonrisa, y la comparaci&oacute;n de las
+ estrellas le llegaron al alma a la Regenta. &laquo;&iexcl;Ten&iacute;a
+ enemigos!&raquo; pens&oacute;, y le entraron vehementes deseos de
+ defenderle contra todos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Adem&aacute;s&mdash;prosigui&oacute; don Ferm&iacute;n&mdash;hay se&ntilde;oras
+ que se tienen por muy devotas, y caballeros, que se estiman muy
+ religiosos, que se divierten en observar qui&eacute;n entra y qui&eacute;n
+ sale en las capillas de la catedral; qui&eacute;n confiesa a menudo, qui&eacute;n
+ se descuida, cu&aacute;nto duran las confesiones... y tambi&eacute;n de
+ esta murmuraci&oacute;n se aprovechan los enemigos.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qu&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De modo, amiga m&iacute;a&mdash;continu&oacute; De Pas que no cre&iacute;a
+ oportuno insistir en el &uacute;ltimo punto&mdash;de modo, que ser&aacute;
+ mejor que usted acuda a la hora ordinaria, entre las dem&aacute;s. Y
+ algunas veces, cuando usted tenga muchas cosas que decir, me avisa con
+ tiempo y le se&ntilde;alo hora en un d&iacute;a de los que no me toca
+ confesar. Esto no lo sabr&aacute; nadie, porque no han de ser tan
+ miserables que nos sigan los pasos....
+ </p>
+ <p>
+ A la Regenta aquello de los d&iacute;as excepcionales le parec&iacute;a m&aacute;s
+ arriesgado que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Ferm&iacute;n
+ en nada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or, yo har&eacute; todo lo que usted diga, ir&eacute;
+ cuando usted me indique; mi confianza absoluta est&aacute; puesta en
+ usted. A usted solo en el mundo he abierto mi coraz&oacute;n, usted sabe
+ cuanto pienso y siento... de usted espero luz en la obscuridad que tantas
+ veces me rodea....
+ </p>
+ <p>
+ Ana al llegar aqu&iacute; not&oacute; que su lenguaje se hac&iacute;a
+ entonado, impropio de ella, y se detuvo; aquellas met&aacute;foras parec&iacute;an
+ mal, pero no sab&iacute;a decir de otro modo sus afanes, a no hablar con
+ una claridad excesiva.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, que no pensaba en la ret&oacute;rica, sinti&oacute; un
+ consuelo oyendo a su amiga hablar as&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Se anim&oacute;... y habl&oacute; de lo que le mortificaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues, hija m&iacute;a, usando o tal vez abusando de ese poder
+ discrecional (sonrisa e inclinaci&oacute;n de cabeza) voy a permitirme re&ntilde;ir
+ a usted un poco....
+ </p>
+ <p>
+ Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba.
+ </p>
+ <p>
+ Ana tuvo un miedo pueril que la embelleci&oacute; mucho, como pudo notar y
+ not&oacute; De Pas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abri&oacute; los ojos
+ mucho, como diciendo irreflexivamente:&mdash;&iquest;Y eso qu&eacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones
+ que toman por religi&oacute;n muchos esp&iacute;ritus apocados.... A usted
+ no s&oacute;lo le es l&iacute;cito ir a los espect&aacute;culos, sino que
+ le conviene; necesita usted distracciones; su se&ntilde;or marido pide
+ como un santo; pero ayer... era d&iacute;a prohibido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya no me acordaba.... Ni cre&iacute;a que.... La verdad... no me
+ pareci&oacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es natural, Anita, es natural&iacute;simo. Pero no es eso. Ayer el
+ teatro era espect&aacute;culo tan inocente, para usted, como el resto del
+ a&ntilde;o. El caso es que la Vetusta devota, que despu&eacute;s de todo
+ es la nuestra, la que exagerando o no ciertas ideas, se acerca m&aacute;s
+ a nuestro modo de ver las cosas... esa respetable parte del pueblo mira
+ como un esc&aacute;ndalo la infracci&oacute;n de ciertas costumbres
+ piadosas....
+ </p>
+ <p>
+ Ana encogi&oacute; los hombros. &laquo;No entend&iacute;a aquello....
+ &iexcl;Esc&aacute;ndalo! &iexcl;Ella que en el teatro hab&iacute;a
+ llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un entusiasmo art&iacute;stico
+ religioso que la hab&iacute;a edificado!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, con una mirada sola, comprendi&oacute; que su cliente (&laquo;&eacute;l
+ era un m&eacute;dico del esp&iacute;ritu&raquo;) se resist&iacute;a a
+ tomar la medicina; y pens&oacute;, recordando la alegor&iacute;a de la
+ cuesta:&mdash;&laquo;No quiere tanta pendiente, hag&aacute;mosela parecida
+ a lo llano&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hija m&iacute;a, el mal no est&aacute; en que usted haya perdido
+ nada; su virtud de usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero...
+ (vuelta al tono festivo) &iquest;y mi orgullito de m&eacute;dico? Un
+ enfermo que se me rebela... &iexcl;ah&iacute; es nada! Se ha murmurado, se
+ ha dicho que las hijas de confesi&oacute;n del Magistral no deben de temer
+ su manga estrecha cuando asisten al <i>Don Juan Tenorio</i>, en vez de
+ rezar por los difuntos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Se ha hablado de eso?&mdash;&iexcl;Bah! En San Vicente, en
+ casa de do&ntilde;a Petronila&mdash;que ha defendido a usted&mdash;y hasta
+ en la catedral. El se&ntilde;or Mourelo dudaba de la piedad de do&ntilde;a
+ Ana Ozores de Quintanar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted
+ en rid&iacute;culo?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Por Dios, hija m&iacute;a! &iexcl;d&oacute;nde vamos a
+ parar! &iexcl;Esa imaginaci&oacute;n, Anita, esa imaginaci&oacute;n!
+ &iquest;cu&aacute;ndo mandaremos en ella? &iexcl;Rid&iacute;culo! &iexcl;Imprudente!...
+ A m&iacute; no pueden ponerme en rid&iacute;culo m&aacute;s actos que
+ aquellos de que soy responsable, no entiendo el rid&iacute;culo de otro
+ modo... usted no ha sido imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en
+ las lenguas ociosas. Todo ello es nada, y fig&uacute;rese usted el caso
+ que yo har&eacute; de hablillas insustanciales.... Todo ha sido broma...;
+ para llegar a un punto m&aacute;s importante, que ata&ntilde;e a lo que
+ nos interesa, a la curaci&oacute;n de su esp&iacute;ritu de usted... en lo
+ que depende de la parte moral. Ya sabe que yo creo que un buen m&eacute;dico
+ (no precisamente el se&ntilde;or Somoza, que es persona excelente y m&eacute;dico
+ muy regular), podr&iacute;a ayudarme mucho.
+ </p>
+ <p>
+ Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su
+ mecedora a la Regenta y prosigue:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como
+ un m&eacute;dico del alma, no s&oacute;lo como sacerdote que ata y desata,
+ por razones muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que all&iacute; he
+ llegado a conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por
+ usted... sin embargo, creo...&mdash;le temblaba la voz; tem&iacute;a
+ arriesgar demasiado&mdash;creo... que la eficacia de nuestras conferencias
+ ser&iacute;a mayor, si algunas veces habl&aacute;ramos de nuestras cosas
+ fuera de la Iglesia.
+ </p>
+ <p>
+ Anita, que estaba en la obscuridad, sinti&oacute; fuego en las mejillas y
+ por la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre,
+ un hombre hermoso, fuerte; que ten&iacute;a fama entre ciertas gentes mal
+ pensadas de enamorado y atrevido. En el silencio que sigui&oacute; a las
+ palabras del Provisor, se oy&oacute; la respiraci&oacute;n agitada de su
+ amiga.
+ </p>
+ <p>
+ D. Ferm&iacute;n continu&oacute; tranquilo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar
+ muchos puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo
+ prescindir de mi car&aacute;cter de juez, sin faltar a mi deber en aquel
+ sitio. Usted misma no habla all&iacute; con la libertad y extensi&oacute;n
+ que son precisas para entender todo lo que quiere decir. All&iacute;, adem&aacute;s,
+ parece ocioso hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de
+ &eacute;l; hacer la cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi
+ profanaci&oacute;n, no se trata all&iacute; de eso; y, sin embargo, para
+ nuestro objeto, eso es tambi&eacute;n indispensable. Usted que ha le&iacute;do,
+ sabe perfectamente que muchos cl&eacute;rigos que han escrito acerca de
+ las costumbres y car&aacute;cter de la mujer de su tiempo, han recargado
+ las sombras, han llenado sus cuadros de negro... porque hablaban de la
+ mujer del confesonario, la que cuenta sus extrav&iacute;os y prefiere
+ exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es all&iacute; natural, sus
+ virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser, sin salir de Espa&ntilde;a,
+ el c&eacute;lebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y otros muchos....
+ </p>
+ <p>
+ Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel se&ntilde;or hablando con
+ la suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la
+ encantaba. Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del
+ Magistral; ya no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado
+ sin miedo, sobre sus rodillas, como hab&iacute;a o&iacute;do decir que
+ hacen las se&ntilde;oras con los caballeros en los tranv&iacute;as de
+ Nueva&mdash;York.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues bien&mdash;prosigui&oacute; don Ferm&iacute;n&mdash;nosotros
+ necesitamos toda la verdad; no la verdad fea s&oacute;lo, sino tambi&eacute;n
+ la hermosa. &iquest;Para qu&eacute; hemos de curar lo sano? &iquest;Para
+ qu&eacute; cortar el miembro &uacute;til? Muchas cosas, de las que he
+ notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de que
+ me las expondr&iacute;a aqu&iacute;, por ejemplo, sin inconveniente... y
+ esas confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos.
+ Adem&aacute;s, usted necesita no s&oacute;lo que la censuren, que la
+ corrijan, sino que la animen tambi&eacute;n, elogiando sincera y
+ noblemente la mucha parte buena que hay en ciertas ideas y en los actos
+ que usted cree completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse
+ de ese an&aacute;lisis justo, pero en rigor, extra&ntilde;o al tribunal de
+ la penitencia.... Y basta de argumentos; usted me ha entendido desde el
+ primero perfectamente. Pero all&aacute; va el &uacute;ltimo, ahora que me
+ acuerdo. De ese modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no
+ es preciso que usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podr&aacute;
+ decir si frecuenta o no frecuenta el sacramento demasiado; y adem&aacute;s,
+ podemos despachar m&aacute;s pronto la cuenta de los pecados y pecadillos,
+ los d&iacute;as de confesi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no ten&iacute;a
+ preparado, que era s&oacute;lo una idea vaga que hab&iacute;a desechado
+ mil veces por temeraria, hab&iacute;a sido un atrevimiento de la pasi&oacute;n,
+ que pod&iacute;a haber asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la
+ intenci&oacute;n de su confesor. Despu&eacute;s de su audacia el Magistral
+ temblaba, esperando las palabras de Ana.
+ </p>
+ <p>
+ Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones
+ expuestas, habl&oacute; la Regenta a borbotones; como sol&iacute;a de
+ tarde en tarde, y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza
+ con el calor de sus po&eacute;ticas ideas.
+ </p>
+ <p>
+ Oh, s&iacute;, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo
+ la buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba
+ aquella amistad piadosa que se ofrec&iacute;a a o&iacute;r sus
+ confidencias, a dar consejos, a consolarla en la aridez de alma que la
+ atormentaba a menudo.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral o&iacute;a ahora recogido en un silencio contemplativo;
+ apoyaba la cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armaz&oacute;n
+ de la glorieta, en la que se enroscaban el jazm&iacute;n y la madreselva;
+ la locuacidad de Ana le sab&iacute;a a gloria, las palabras expansivas,
+ llenas de part&iacute;culas del coraz&oacute;n de aquella mujer, exaltada
+ al hablar de sus tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en
+ el &aacute;nimo del Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad
+ desaparec&iacute;a, la tirantez se convert&iacute;a en muelle flojedad.
+ &laquo;&iexcl;Habla, habla as&iacute;, se dec&iacute;a el cl&eacute;rigo,
+ bendita sea tu boca!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No se o&iacute;a m&aacute;s que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde,
+ el ruido de hojas que ca&iacute;an o que la brisa, apenas sensible aquella
+ noche, remov&iacute;a sobre la arena de los senderos.
+ </p>
+ <p>
+ Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, tiene usted cien veces raz&oacute;n&mdash;dec&iacute;a
+ ella&mdash;yo necesito una palabra de amistad y de consejo muchos d&iacute;as
+ que siento ese desabrimiento que me arranca todas las ideas buenas y s&oacute;lo
+ me deja la tristeza y la desesperaci&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, no, eso no, Anita; &iexcl;la desesperaci&oacute;n! &iexcl;qu&eacute;
+ palabra!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ayer tarde, no puede usted figurarse c&oacute;mo estaba yo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Muy aburrida, &iquest;verdad? &iquest;Las campanas?...
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sonri&oacute;...&mdash;No se r&iacute;a usted: ser&aacute;n
+ los nervios, como dice Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena
+ de un tedio horroroso, que deb&iacute;a ser un gran pecado... si yo lo
+ pudiera remediar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No debe decirse as&iacute;&mdash;interrumpi&oacute; el Magistral,
+ poniendo en la voz la mayor suavidad que pudo&mdash;. No ser&iacute;a un
+ pecado ese tedio si se pudiera remediar, ser&iacute;a un pecado si no se
+ quisiera remediar; pero a Dios gracias se quiere y se puede curar... y de
+ eso se trata, amiga m&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sab&iacute;a que
+ entend&iacute;a su confidente todo, o casi todo lo que ella quer&iacute;a
+ dar a entender, se decidi&oacute; a decir al Magistral <i>lo dem&aacute;s</i>,
+ lo que hab&iacute;a venido detr&aacute;s del hast&iacute;o de aquella
+ tarde.... No ocult&oacute; sino lo que ella ten&iacute;a por causa
+ puramente ocasional; no habl&oacute; de don &Aacute;lvaro ni del caballo
+ blanco.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Otras veces&mdash;dec&iacute;a&mdash;aquella sequedad se convierte
+ en llanto, en ansia de sacrificio, en prop&oacute;sitos de abnegaci&oacute;n...
+ usted lo sabe; pero ayer, la exaltaci&oacute;n tom&oacute; otro rumbo...
+ yo no s&eacute;... no s&eacute; explicarlo bien... si lo digo como yo
+ puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una rebeli&oacute;n, es
+ horrible... pero tal como yo lo sent&iacute;a no....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral oy&oacute; entonces lo que pas&oacute; por el alma de su
+ amiga durante aquellas horas de revoluci&oacute;n, que Ana reputaba ya c&eacute;lebres
+ en la historia de su solitario esp&iacute;ritu. Aunque ella no explicaba
+ con exactitud lo que hab&iacute;a sentido y pensado, &eacute;l lo entend&iacute;a
+ perfectamente.
+ </p>
+ <p>
+ M&aacute;s trabajo le cost&oacute; adivinar c&oacute;mo pod&iacute;a haber
+ llegado Ana a pensar en Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo
+ de don Juan Tenorio.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ana dec&iacute;a que acaso estaba loca, pero que aquello no era
+ nuevo en ella; que muchas veces le hab&iacute;a sucedido en medio de
+ espect&aacute;culos que nada ten&iacute;an de religiosos, sentir poco a
+ poco el influjo de una piedad consoladora, l&aacute;grimas de amor de
+ Dios, esperanza infinita, caridad sin l&iacute;mites y una fe que era una
+ evidencia.... Un d&iacute;a despu&eacute;s de dar una peseta a un ni&ntilde;o
+ pobre para comprar un globo de goma, como otros que acababan de repartirse
+ otros ni&ntilde;os, hab&iacute;a tenido que esconder el rostro para que no
+ la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy amargo, despu&eacute;s,
+ por gracia de las ideas que hab&iacute;an ido surgiendo en su cerebro, hab&iacute;a
+ sido m&aacute;s dulce, y Dios hab&iacute;a sido en su alma una voz
+ potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... &iquest;Qu&eacute;
+ sab&iacute;a ella? No pod&iacute;a explicarse&raquo;. Y suplicaba al
+ Magistral que la entendiese. &laquo;Pues la noche anterior hab&iacute;a
+ pasado algo por el estilo, al ver a la pobre novicia, a Sor In&eacute;s,
+ caer en brazos de don Juan... ya ve&iacute;a el Magistral qu&eacute;
+ situaci&oacute;n tan poco religiosa... pues bien, ella de una en otra, al
+ sentir l&aacute;stima de aquella inocente enamorada... hab&iacute;a
+ llegado a pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni m&aacute;s
+ ni menos que el d&iacute;a en que regal&oacute; a un ni&ntilde;o pobre un
+ globo de colores. &iquest;Qu&eacute; era aquello? Demasiado sab&iacute;a
+ ella que no era piedad verdadera, que con semejantes arrebatos nada ganaba
+ para con Dios... pero, &iquest;no ser&iacute;an tampoco m&aacute;s que
+ nervios? &iquest;Ser&iacute;an indicios peligrosos de un esp&iacute;ritu
+ aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Hab&iacute;a de todo&raquo;. El Magistral, procurando vencer la
+ exaltaci&oacute;n que le hab&iacute;a comunicado su amiga, quiso hablar
+ con toda calma y prudencia. &laquo;Hab&iacute;a de todo. Hab&iacute;a un
+ tesoro de sentimiento que se pod&iacute;a aprovechar para la virtud; pero
+ hab&iacute;a tambi&eacute;n un peligro. La noche anterior el peligro hab&iacute;a
+ sido grande (y esto lo dec&iacute;a sin saber palabra de la presencia de
+ don &Aacute;lvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la repetici&oacute;n
+ de accesos por el estilo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de
+ volar m&aacute;s all&aacute; de las estrechas paredes de su caser&oacute;n,
+ de sentir m&aacute;s, con m&aacute;s fuerza, de vivir para algo m&aacute;s
+ que para vegetar como otras; hab&iacute;a hablado tambi&eacute;n de un
+ amor universal, que no era rid&iacute;culo por m&aacute;s que se burlasen
+ de &eacute;l los que no lo comprend&iacute;an... hab&iacute;a llegado a
+ decir que ser&iacute;a hip&oacute;crita si aseguraba que bastaba para
+ colmar los anhelos que sent&iacute;a el cari&ntilde;o suave, fr&iacute;o,
+ prosaico, distra&iacute;do de Quintanar, entregado a sus comedias, a sus
+ colecciones, a su amigo Fr&iacute;gilis y a su escopeta....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Todo aquello&mdash;a&ntilde;adi&oacute; el Magistral despu&eacute;s
+ de presentarlo en resumen&mdash;de puro peligroso rayaba en pecado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, dicho as&iacute;, como yo lo he dicho, s&iacute;... pero
+ como lo siento, no; &iexcl;oh! estoy segura de que, tal como lo siento,
+ nada de lo que he dicho es pecado... sentirlo; &iexcl;peligro habr&aacute;,
+ no lo niego, pero pecado no! &iexcl;Por lo dem&aacute;s (cambio de voz)
+ dicho... hasta es rid&iacute;culo, suena a romanticismo necio, vulgar, ya
+ lo s&eacute;... pero no es eso, no es eso!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo
+ siente, amiga m&iacute;a, es necesario que usted me crea; lo entiendo como
+ es.... Pero as&iacute; y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser
+ peligro.... D&eacute;jeme usted hablar a m&iacute;, Anita, y ver&aacute;
+ como nos entendemos. El peligro que hay, dec&iacute;a, raya en pecado...
+ pero a&ntilde;ado, ser&aacute; pecado claramente si no se aplica toda esa
+ energ&iacute;a de su alma ardent&iacute;sima a un objeto digno de ella,
+ digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que vuelvan esos accesos sin
+ tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio sano... ellos tomar&aacute;n
+ el camino de atajo, el del vicio; cr&eacute;alo usted, Anita. Es muy
+ santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un ni&ntilde;o un globo de
+ colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted la
+ presencia de Dios; si algo de pante&iacute;smo puede haber en lo que usted
+ dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargar&iacute;a,
+ en todo caso, de cortar ese mal de ra&iacute;z; pero ahora no se trata de
+ eso. No es santo, ni es bueno, amiga m&iacute;a, que al ver a un libertino
+ en la celda de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus
+ brazos, usted se dedique a pensar en Dios, con ocasi&oacute;n del abrazo
+ de aquellos sacr&iacute;legos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los
+ caminos naturales de la piedad, es despreciar con orgullo ego&iacute;sta
+ la sana moral, pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de
+ podredumbre, llegar a donde los justos llegan por muy diferentes pasos.
+ Disp&eacute;nseme si hablo con esta severidad: en este momento es
+ indispensable.
+ </p>
+ <p>
+ Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana sub&iacute;a con
+ dificultad aquella pendiente que le pon&iacute;a en el camino.
+ </p>
+ <p>
+ Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria,
+ abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba aquella
+ energ&iacute;a, complac&iacute;ase en aquella oposici&oacute;n, estimaba m&aacute;s
+ que halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ El cual prosigui&oacute;, aflojando la cuerda:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas
+ tendencias, esa predisposici&oacute;n piadosa; que as&iacute; la llamar&eacute;
+ ahora, porque no es ocasi&oacute;n de explicar a usted los grados, caminos
+ y descaminos de la gracia, materia delicad&iacute;sima, peligrosa.... Dec&iacute;a
+ que hay que aprovechar esas tendencias a la piedad y a la contemplaci&oacute;n,
+ que son en usted muy antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio
+ de la virtud... y por medio de cosas santas. Aqu&iacute; tiene usted el
+ porqu&eacute; de muchas ocupaciones del cristiano, el por qu&eacute; del
+ culto externo, m&aacute;s visible y hasta aparatoso en la religi&oacute;n
+ verdadera que en las fr&iacute;as confesiones protestantes. Necesita usted
+ objetos que le sugieran la idea santa de Dios, ocupaciones que le llenen
+ el alma de energ&iacute;a piadosa, que satisfagan sus instintos, como
+ usted dice, de amor universal.... Pues todo eso, hija m&iacute;a, se puede
+ lograr, satisfacer y cumplir en la vida, aparentemente prosaica y hasta
+ cursi, como la llamar&iacute;a do&ntilde;a Obdulia, de una mujer piadosa,
+ de una... <i>beata</i>, para emplear la palabra fea, <i>escandalosa</i>. S&iacute;,
+ amiga m&iacute;a&mdash;el Magistral re&iacute;a al decir esto&mdash;lo que
+ usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser <i>beata</i>.
+ Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la letra
+ y deje el esp&iacute;ritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que
+ contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano,
+ creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las
+ menudencias del culto y de la disciplina quedan para los esp&iacute;ritus
+ peque&ntilde;os y comineros; no, hija m&iacute;a, no, lo esencial es todo;
+ la forma es fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende
+ amarle: &laquo;Hija, pues para acordarte de m&iacute; no debes necesitar
+ que a Zorrilla se le haya ocurrido pintar los amores de una monja y un
+ libertino; ven a mi templo, y all&iacute; encontrar&aacute;n los sentidos
+ incentivo del alma para la oraci&oacute;n, para la meditaci&oacute;n y
+ para esos actos de fe, esperanza y caridad que son todo mi culto en
+ resumen...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Anita, al o&iacute;r este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral,
+ con motivo de cosas tan grandes y sublimes, sinti&oacute; l&aacute;grimas
+ y risas mezcladas, y llor&oacute; riendo como Andr&oacute;maca.
+ </p>
+ <p>
+ La noche corr&iacute;a a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba
+ a los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que
+ empezaba a subir por aquel lado, dej&oacute; o&iacute;r tres campanadas
+ como un aviso. Le parec&iacute;a que ya hab&iacute;an hablado bastante.
+ Pero ellos no oyeron la se&ntilde;al de la torre que vigilaba.
+ </p>
+ <p>
+ Petra fue la que dijo, para s&iacute;, desde la sombra del patio:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse....
+ </p>
+ <p>
+ La doncella ard&iacute;a de curiosidad, aventuraba algunos pasos de
+ puntillas hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para
+ no hacer ruido; pero ten&iacute;a miedo de ser vista y retroced&iacute;a
+ hasta el patio, desde donde no pod&iacute;a o&iacute;r m&aacute;s que un
+ murmullo, no palabras. Sinti&oacute; que Anselmo abr&iacute;a la puerta
+ del zagu&aacute;n y que el amo sub&iacute;a. Corri&oacute; Petra a su
+ encuentro. Si le preguntaba por la se&ntilde;ora, estaba dispuesta a
+ mentir, a decir que hab&iacute;a subido al segundo piso, a los desvanes,
+ donde quiera, a tal o cual tarea dom&eacute;stica; iba preparada a ocultar
+ la visita del Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero cre&iacute;a
+ llegado el caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Ferm&iacute;n.
+ &laquo;&iquest;No le hab&iacute;an hecho llevar cartas <i>sin necesidad de
+ que lo supiera don V&iacute;ctor</i>? &iquest;Pues qu&eacute; necesidad
+ hab&iacute;a de que supiera que llevaban m&aacute;s de una hora de palique
+ en el cenador, y a obscuras?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar no pregunt&oacute; por su mujer; no era esto nuevo en &eacute;l;
+ sol&iacute;a olvidarla, sobre todo cuando ten&iacute;a algo entre manos.
+ Pidi&oacute; luz para el despacho, se sent&oacute; a su mesa, y separando
+ libros y papeles, dej&oacute; encima del pupitre un envoltorio que ten&iacute;a
+ debajo del brazo. Era una m&aacute;quina de cargar cartuchos de fusil.
+ Acababa de apostar con Fr&iacute;gilis que &eacute;l hac&iacute;a tantas
+ docenas de cartuchos en una hora, y ven&iacute;a dispuesto a intentar la
+ prueba. No pensaba en otra cosa. Lleg&oacute; la luz. Quintanar mir&oacute;
+ con ojos penetrantes de puro distra&iacute;dos a Petra. La doncella se
+ turb&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye.&mdash;&iquest;Se&ntilde;or?...&mdash;Nada.... Oye...&mdash;&iquest;Se&ntilde;or?...&mdash;&iquest;Anda
+ ese reloj? &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, le ha dado usted cuerda
+ ayer....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo que son las ocho menos diez?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or.... Petra temblaba, pero segu&iacute;a
+ dispuesta a mentir si le preguntaba por el ama.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien; vete. Y don V&iacute;ctor se puso a atacar con rapidez
+ cartuchos y m&aacute;s cartuchos.
+ </p>
+ <p>
+ En tanto el Magistral hab&iacute;a explicado latamente lo que quer&iacute;a
+ dar a entender con lo de la vida beata.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la
+ perfecci&oacute;n; los trabajos preparativos ya pod&iacute;an darse por
+ hechos; si otras iban a la iglesia, a las cofrad&iacute;as y dem&aacute;s
+ lugares ordinarios de la vida devota con un esp&iacute;ritu rutinario que
+ hac&iacute;a nulas respecto a la perfecci&oacute;n moral aquellas pr&aacute;cticas
+ piadosas; ella, Ana, pod&iacute;a sacar gran utilidad para la ocupaci&oacute;n
+ digna de su alma de aquellos mismos lugares y quehaceres. &iquest;Qu&eacute;
+ hab&iacute;a sido Santa Teresa? Una monja, una fundadora de conventos;
+ &iquest;cu&aacute;ntas monjas hab&iacute;a habido que no hab&iacute;an
+ pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la
+ rutina tambi&eacute;n, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada
+ &uacute;til para satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin
+ embargo, a la Santa Doctora; &iquest;qu&eacute; mundos tan grandes, qu&eacute;
+ Universo de soles no la hab&iacute;a dado aquella vida del claustro? La
+ gran actividad va en nosotros mismos, si somos capaces de ella. Pero hay
+ que buscar la ocasi&oacute;n en las ocupaciones de la vida buena. Era
+ necesario que Anita frecuentase en adelante las fiestas del culto; que
+ oyese m&aacute;s sermones, m&aacute;s misas, que asistiera a las novenas,
+ que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa, que visitara a
+ los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo; al principio
+ tales ocupaciones podr&iacute;an parecerla pesadas, insustanciales,
+ prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de la piedad
+ acendrada, pero poco a poco ir&iacute;a tomando el gusto a tan humildes
+ menesteres; ir&iacute;a penetrando los misteriosos encantos de la oraci&oacute;n,
+ del culto p&uacute;blico, que si parece hasta fr&iacute;volo pasatiempo en
+ las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que est&aacute;n en el templo
+ nada m&aacute;s con los sentidos, es edificante espect&aacute;culo para
+ quien siente devoci&oacute;n profunda&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ver&aacute; usted&mdash;dec&iacute;a el Magistral&mdash;como llega
+ un d&iacute;a en que no necesita a Zorrilla ni poeta nacido para llorar de
+ ternura y elevarse, de una en otra, como usted dice, hasta la idea santa
+ de Dios. &iexcl;Tiene la Iglesia, amiga m&iacute;a, tal sagacidad para
+ buscar el camino de las entra&ntilde;as! Ver&aacute; usted, ver&aacute;
+ usted c&oacute;mo reconoce la sabidur&iacute;a de Nuestra Madre en muchos
+ ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden antoj&aacute;rsele
+ indiferentes, insignificantes. &iexcl;Nuestras fiestas! &iexcl;Qu&eacute;
+ cosa m&aacute;s hermosa, querida hija m&iacute;a! Llegar&aacute;, por
+ ejemplo, la Noche-buena y usted emplear&aacute; su imaginaci&oacute;n
+ poderosa en representarse las escenas de pura poes&iacute;a del Nacimiento
+ de Jes&uacute;s.... Volver&aacute;n a ser para usted las que ya parec&iacute;an
+ vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de ternura, y
+ llorar&aacute; pensando en el Ni&ntilde;o Dios.... Y usted me dir&aacute;
+ entonces si aquellas l&aacute;grimas son m&aacute;s dulces y frescas que
+ las que anoche le arrancaba el bueno de don Juan Tenorio....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A los sermones de cualquiera, no hay para qu&eacute; ir&mdash;prosigui&oacute;
+ De Pas&mdash;por m&aacute;s que a veces la palabra de un pobre cura de
+ aldea encierra en su sencillez tosca tesoros de verdad, ense&ntilde;anzas
+ lac&oacute;nicas admirables, rasgos de filosof&iacute;a profunda y
+ sincera, par&aacute;bolas nuevas dignas de la Biblia; pero como esto es
+ pocas veces, conviene acudir a los sermones de oradores acreditados. Oiga
+ usted al se&ntilde;or Obispo en los d&iacute;as que &eacute;l quiere
+ lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores que hay.... Y si no
+ fuera vanidad intolerable, a&ntilde;adir&iacute;a &oacute;igame usted a m&iacute;
+ algunos d&iacute;as de los que Dios quiere que no me explique mal del
+ todo. S&iacute;, porque as&iacute; como hay cosas que no pueden decirse
+ desde el p&uacute;lpito, que exigen el confesonario o la conferencia
+ familiar, hay otras que piden la c&aacute;tedra, que ser&iacute;a rid&iacute;culo
+ decirlas de silla a silla... por ejemplo, algo de lo que yo tengo que
+ advertir a usted respecto de esas vagas y aparentes visiones de Dios en
+ idea... tocadas, hija m&iacute;a, de pante&iacute;smo, sin que usted se d&eacute;
+ cuenta de ello.
+ </p>
+ <p>
+ M&aacute;s habl&oacute; el Magistral para exponer el plan de vida devota a
+ que hab&iacute;a de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el d&iacute;a
+ siguiente, y termin&oacute; tratando con detenimiento especial la cuesti&oacute;n
+ de las lecturas.
+ </p>
+ <p>
+ Recomend&oacute; particularmente la vida de algunos santos y las obras de
+ Santa Teresa y algunos m&iacute;sticos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de Mar&iacute;a de
+ Chantal, Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre l&iacute;neas,
+ para perfeccionarse, no al principio, sino m&aacute;s adelante. Al
+ principio es un gran peligro el desaliento que produce la comparaci&oacute;n
+ entre la propia vida y la de los santos. &iexcl;Ay de usted si desmaya
+ porque ve que para Teresa son pecados muchos actos que usted cre&iacute;a
+ dignos de elogio! Pasar&aacute; usted la verg&uuml;enza de ver que era
+ vanidad muy grande creerse buena mucho antes de serlo, tomar por voces de
+ Dios voces que la Santa llama del diablo... pero en estos pasajes no hay
+ que detenerse.... No hay que comparar... hay que seguir leyendo... y
+ cuando se haya vivido alg&uacute;n tiempo dentro de la disciplina sana...
+ vuelta a leer, y cada vez el libro sabr&aacute; mejor, y dar&aacute; m&aacute;s
+ frutos.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, &iexcl;adi&oacute;s
+ todo! se ve la infinita distancia y no emprendemos el camino. A d&oacute;nde
+ se ha de llegar, eso Dios lo dir&aacute; despu&eacute;s; ahora andar,
+ andar hacia adelante es lo que importa.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;Y a todo esto &iquest;hemos de vestir de estame&ntilde;a, y mostrar
+ el rostro compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al
+ marido con la inquisici&oacute;n en casa, y con el huir los paseos, y
+ negarse al trato del mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La
+ paz del hogar no es cosa de juego.... &iquest;Y la salud? la salud del
+ cuerpo, &iquest;d&oacute;nde la dejamos? &iquest;Pues no se trataba de
+ ponernos en cura? &iquest;No est&aacute;bamos ahora hablando del esp&iacute;ritu
+ y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre, distracciones honestas, y
+ todo eso ha de continuar en el grado que se necesite y que indicar&aacute;n
+ las circunstancias.
+ </p>
+ <p>
+ Una r&aacute;faga de aire fr&iacute;o hizo temblar a la Regenta y
+ arremolin&oacute; hojas secas a la entrada del cenador. El Magistral se
+ puso en pie, como si le hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aqu&iacute;
+ charlando... charlando...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No le har&iacute;a gracia que don V&iacute;ctor los encontrase a
+ tales horas en el parque, dentro del cenador solos y a la luz de las
+ estrellas...&raquo;. Pero esto que pens&oacute; se guard&oacute; de
+ decirlo. Sali&oacute; de la glorieta hablando en voz alta, pero no muy
+ alta, aparentando no temer al ruido, pero temi&eacute;ndolo.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sali&oacute; tras &eacute;l, ensimismada, sin acordarse de que hab&iacute;a
+ en el mundo maridos, ni d&iacute;as, ni noches, ni horas, ni sitios
+ inconvenientes para hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto,
+ aunque sea cl&eacute;rigo.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, como equivocando el camino, se dirigi&oacute; hacia la
+ puerta del patio, aunque parec&iacute;a lo natural subir por la escalera
+ de la galer&iacute;a y pasar por las habitaciones de Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que hab&iacute;a
+ recibido al Provisor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ha venido el se&ntilde;or?&mdash;pregunt&oacute; la
+ Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora&mdash;respondi&oacute; en voz baja la
+ doncella&mdash;; est&aacute; en su despacho.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Quiere usted verle?&mdash;dijo Ana volvi&eacute;ndose al
+ Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n contest&oacute;:&mdash;Con mucho gusto...&mdash;&iexcl;Disimulan,
+ disimulan conmigo!&mdash;, pens&oacute; Petra con rabia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... deb&iacute;a estar a
+ las ocho en palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo
+ detenerme... sal&uacute;dele usted de mi parte.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como usted quiera.&mdash;Adem&aacute;s, estar&aacute; abismado en
+ sus trabajos... no quiero distraerle... saldr&eacute; por aqu&iacute;...
+ Buenas noches, se&ntilde;ora, muy buenas noches.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Disimulan&mdash;volvi&oacute; a pensar Petra, mientras abr&iacute;a
+ la puerta que conduc&iacute;a al zagu&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces, el Magistral se acerc&oacute; a la Regenta y deprisa y en voz
+ baja dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se me hab&iacute;a olvidado advertirle que... el lugar m&aacute;s a
+ prop&oacute;sito para... verse... es en casa de do&ntilde;a Petronila. Ya
+ hablaremos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien&mdash;contest&oacute; la Regenta.&mdash;Lo he pensado, es el
+ mejor.&mdash;S&iacute;, s&iacute;, tiene usted raz&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Subi&oacute; Ana por la escalera principal y sali&oacute; al portal don
+ Ferm&iacute;n. En la puerta se detuvo, mir&oacute; a Petra mientras se
+ embozaba, y la vio con los ojos fijos en el suelo, con una llave grande en
+ la mano, esperando a que pasara &eacute;l para cerrar. Parec&iacute;a la
+ estatua del sigilo. De Pas la acarici&oacute; con una palmadita familiar
+ en el hombro y dijo sonriendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya hace fresco, muchacha. Petra le mir&oacute; cara a cara y sonri&oacute;
+ con la mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Est&aacute;s contenta con los se&ntilde;ores?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Do&ntilde;a Ana es un &aacute;ngel.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo creo. Adi&oacute;s, hija m&iacute;a, adi&oacute;s; sube,
+ sube, que aqu&iacute; hay corrientes... y est&aacute;s muy coloradilla...
+ debes de tener calor....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Salga usted, salga usted, y por m&iacute; no tema.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Cierra ya, hija m&iacute;a, puedes cerrar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or, si cierro no ver&aacute; usted bien hasta llegar a
+ la esquina....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Muchas gracias... adi&oacute;s, adi&oacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Buenas noches, D. Ferm&iacute;n. Esto lo dijo Petra muy bajo,
+ sacando la cabeza fuera del portal, y cerr&oacute; con gran cuidado de no
+ hacer cualquier ruido.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;D. Ferm&iacute;n!&raquo; pens&oacute; el Magistral. &laquo;&iquest;Por
+ qu&eacute; me llama esta D. Ferm&iacute;n? &iquest;Qu&eacute; se habr&aacute;
+ figurado? Mejor, mejor.... S&iacute;, mejor. Conviene tenerla propicia
+ como a la otra&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La otra era Teresina, su criada. Petra subi&oacute; y se present&oacute;
+ en el tocador de do&ntilde;a Ana sin ser llamada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; quieres?&mdash;pregunt&oacute; el ama, que se
+ estaba embozando en su chal porque sent&iacute;a mucho fr&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El se&ntilde;or no me ha preguntado por la se&ntilde;ora. Yo no le
+ he dicho... que estaba aqu&iacute; D. Ferm&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n?&mdash;Don Ferm&iacute;n.&mdash;&iexcl;Ah!
+ Bien, bien... &iquest;para qu&eacute;? &iquest;qu&eacute; importa?
+ </p>
+ <p>
+ Petra se mordi&oacute; los labios y dio media vuelta murmurando:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Orgullosa! &iquest;si creer&aacute; que no tenemos ojos?...
+ Pues si a una no le diera la gana... pero yo lo hago por el otro....
+ </p>
+ <p>
+ S&iacute;, Petra lo hac&iacute;a por el otro, por el Magistral, a quien
+ quer&iacute;a agradar a toda costa. Ten&iacute;a sus planes la rubia l&uacute;brica.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor Quintanar se present&oacute; media hora despu&eacute;s a
+ su mujer con manchas de p&oacute;lvora en la frente y en las mejillas.
+ </p>
+ <p>
+ No supo nada de la visita nocturna del Magistral. &laquo;No pregunt&oacute;
+ nada: &iquest;para qu&eacute; dec&iacute;rselo?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ A la ma&ntilde;ana siguiente, antes de salir el sol, Fr&iacute;gilis entr&oacute;
+ en el Parque de Ozores por la puerta de atr&aacute;s, con la llave que
+ &eacute;l ten&iacute;a para su uso particular. El amigo &iacute;ntimo de
+ Quintanar, era el dictador en aquel pueblo de &aacute;rboles y arbustos.
+ Los d&iacute;as que no iban de caza, el se&ntilde;or Crespo se los pasaba
+ recorriendo sus <i>dominios</i>, que as&iacute; llamaba al parque de
+ Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba, seg&uacute;n las
+ estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el mundo,
+ incluso al due&ntilde;o del bosque, tocar en una hoja. All&iacute; mandaba
+ Fr&iacute;gilis y nadie m&aacute;s. En cuanto entr&oacute;, se dirigi&oacute;
+ al cenador. Recordaba haber dejado encima de la mesa de m&aacute;rmol o de
+ un banco, en fin, all&iacute; dentro, unas semillas preparadas para mandar
+ a cierta exposici&oacute;n de floricultura. Busc&oacute;, y sobre una
+ mecedora encontr&oacute; un guante de seda morada entre las semillas
+ esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el suelo.
+ </p>
+ <p>
+ Solt&oacute; un taco madrugador y cogi&oacute; el guante con dos dedos,
+ levant&aacute;ndolo hasta los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n diablos ha andado aqu&iacute;?&mdash;pregunt&oacute;
+ a las auras matutinas.
+ </p>
+ <p>
+ Guard&oacute; el guante en un bolsillo, recogi&oacute; las semillas que no
+ hab&iacute;a llevado el viento, y con gran cuidado volvi&oacute; a escoger
+ y separar los granos. Se trataba de una singular&iacute;sima especie de
+ pensamientos monocromos, invenci&oacute;n suya.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando sinti&oacute; ruido en la casa, llam&oacute; a gritos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...
+ </p>
+ <p>
+ Apareci&oacute; Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con
+ un mant&oacute;n viejo del ama. Parec&iacute;a la aurora de las doradas
+ guedejas; pero Fr&iacute;gilis, mal humorado, se encar&oacute; con la
+ aurora.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye, t&uacute;, buena p&eacute;cora, &iquest;qu&eacute; demonio de
+ obispo entra aqu&iacute; por la noche a destrozarme las semillas?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; dice usted que no le entiendo?&mdash;contest&oacute;
+ Petra desde el patio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Digo que ayer me retir&eacute; yo de la huerta cerca del
+ obscurecer, que dej&eacute; all&aacute; dentro unas semillas envueltas en
+ un papel... y ahora me encuentro la simiente revuelta con la tierra en el
+ suelo, y sobre una butaca este guante de can&oacute;nigo.... &iquest;Qui&eacute;n
+ ha estado aqu&iacute; de noche?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;De noche! Usted sue&ntilde;a, D. Tom&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ira de Dios! De noche digo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A ver el guante...&mdash;Toma&mdash;contest&oacute; Fr&iacute;gilis,
+ arrojando desde lejos la prenda....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues... &iexcl;est&aacute; bueno! ja, ja, ja... buen can&oacute;nigo
+ te d&eacute; Dios.... Lo que entiende usted de modas, don Tom&aacute;s....
+ &iquest;Pues no dice que es un guante de can&oacute;nigo?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pues de qui&eacute;n es?&mdash;De mi se&ntilde;ora.... No
+ ve usted la mano... qu&eacute; chiquita... a no ser que haya <i>can&oacute;nigas</i>
+ tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y se usan ahora guantes morados?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues claro... con vestidos de cierto color....
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis encogi&oacute; los hombros.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero mis semillas, mis semillas &iquest;qui&eacute;n me las ha
+ echado a rodar?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El gato, &iquest;qu&eacute; duda tiene? el gatito peque&ntilde;o,
+ el moreno, el mismo que habr&aacute; llevado el guante a la glorieta...
+ &iexcl;es lo m&aacute;s urraca!...
+ </p>
+ <p>
+ En la pajarera de Quintanar cant&oacute; un jilguero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El gato! &iexcl;El moreno!...&mdash;dijo Fr&iacute;gilis,
+ moviendo la cabeza&mdash;qu&eacute; gato... ni qu&eacute;...
+ </p>
+ <p>
+ Una sonrisa ser&aacute;fica ilumin&oacute; su rostro de repente, y volvi&eacute;ndose
+ a Petra, se&ntilde;al&oacute; a la galer&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es mi macho! &iexcl;es mi macho! &iquest;oyes? estoy
+ seguro... &iexcl;es mi macho!... y tu amo que dec&iacute;a... que su
+ canario... que iba a cantar primero... oyes... &iquest;oyes? es mi macho,
+ se lo he prestado quince d&iacute;as para que lo viese vencer... &iexcl;es
+ mi macho!
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis olvid&oacute; el guante y el gato, y qued&oacute; arrobado
+ oyendo el repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus
+ amores.
+ </p>
+ <p>
+ Petra escondi&oacute; en el seno de nieve apretada el guante morado del
+ Magistral.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XVIIImdash" id="XVIIImdash"></a>&mdash;XVIII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, ven&iacute;an del Oeste,
+ tropezaban con las crestas de Corf&iacute;n, se desgarraban y deshechas en
+ agua, ca&iacute;an sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como
+ latigazos furibundos, como castigo b&iacute;blico; otras cachazudas,
+ tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y ven&iacute;an otras, y
+ despu&eacute;s otras que parec&iacute;an las de antes, que hab&iacute;an
+ dado la vuelta al mundo para desgarrarse en Corf&iacute;n otra vez. La
+ tierra fungosa se descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se
+ dejaba arrastrar por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada,
+ semejante a un penacho de pluma gris; y toda la campi&ntilde;a entumecida,
+ desnuda, se extend&iacute;a a lo lejos, inm&oacute;vil como el cad&aacute;ver
+ de un n&aacute;ufrago que chorrea el agua de las olas que le arrojaron a
+ la orilla. La tristeza resignada, fatal de la piedra que la gota eterna
+ horada, era la expresi&oacute;n muda del valle y del monte; la naturaleza
+ muerta parec&iacute;a esperar que el agua disolviera su cuerpo inerte, in&uacute;til.
+ La torre de la catedral aparec&iacute;a a lo lejos, entre la cerraz&oacute;n,
+ como un m&aacute;stil sumergido. La desolaci&oacute;n del campo era
+ resignada, po&eacute;tica en su dolor silencioso; pero la tristeza de la
+ ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y paredes
+ agrietadas, parec&iacute;a mezquina, repugnante, chillona, como canturia
+ de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancol&iacute;a sino un
+ tedio desesperado. Fr&iacute;gilis prefer&iacute;a mojarse a campo raso, y
+ arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las
+ praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde fatigaban
+ el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo espeso de los
+ altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas, melanc&oacute;licos y
+ quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de agua, patos
+ marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para estas
+ excursiones lejanas, don V&iacute;ctor contaba con el benepl&aacute;cito
+ de su esposa. Se sal&iacute;a al ser de d&iacute;a, en el tren correo, se
+ llegaba a Roca Tajada una hora despu&eacute;s, y a las diez de la noche
+ entraban en Vetusta silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como
+ sopa en vino. All&aacute; en las marismas de Palomares, don V&iacute;ctor
+ sol&iacute;a echar de menos el teatro. &laquo;&iexcl;Si el tren saliese
+ dos horas antes, menos mal!&raquo;. Fr&iacute;gilis no echaba de menos
+ nada. Su devoci&oacute;n a la caza, a la vida al aire libre, en el campo,
+ en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar compart&iacute;a
+ aquella afici&oacute;n con su amor a las farsas del escenario. Fr&iacute;gilis
+ en el teatro se aburr&iacute;a y se constipaba. Ten&iacute;a horror a las
+ corrientes de aire, y no se cre&iacute;a seguro m&aacute;s que en medio de
+ la campi&ntilde;a, que no tiene puertas.
+ </p>
+ <p>
+ Crespo ten&iacute;a bien definida y arraigada su vocaci&oacute;n: la
+ naturaleza; Quintanar hab&iacute;a llegado a viejo sin saber &laquo;cu&aacute;l
+ era su destino en la tierra&raquo;, como &eacute;l dec&iacute;a, usando el
+ lenguaje del tiempo rom&aacute;ntico, del que le quedaban algunos
+ resabios. Era el esp&iacute;ritu del ex-regente, de blanda cera; f&aacute;cilmente
+ tomaba todas las formas y f&aacute;cilmente las cambiaba por otras nuevas.
+ Cre&iacute;ase hombre de energ&iacute;a, porque a veces usaba en casa un
+ lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, m&aacute;s
+ que una pasta para que otros hiciesen de &eacute;l lo que quisieran. As&iacute;
+ se explicaba que, siendo valiente, jam&aacute;s hubiese tenido ocasi&oacute;n
+ de mostrar su valor luchando contra una voluntad contraria. &Eacute;l
+ sosten&iacute;a que en su casa no se hac&iacute;a m&aacute;s que lo que
+ &eacute;l quer&iacute;a, y no echaba de ver que siempre acababa por querer
+ lo que determinaban los dem&aacute;s. Si Ana Ozores hubiera tenido un car&aacute;cter
+ dominante, don V&iacute;ctor se hubiese visto en la triste condici&oacute;n
+ de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen esposo entregado a las
+ veleidades de sus caprichos y se contentaba con negarle toda influencia
+ sobre los propios gustos y aficiones. Aquel programa de diversiones, alegr&iacute;a,
+ actividad bulliciosa, que hab&iacute;a publicado a son de trompeta
+ Quintanar, se cumpl&iacute;a s&oacute;lo en las partes y por el tiempo que
+ a su esposa le parec&iacute;an bien; si ella prefer&iacute;a quedar en
+ casa, volver a sus ensue&ntilde;os, don V&iacute;ctor que hab&iacute;a
+ prometido y hasta jurado no ceder, poco a poco ced&iacute;a; procuraba que
+ la retirada fuese honrosa, fing&iacute;a transigir y cre&iacute;a a salvo
+ su honor de hombre en&eacute;rgico y amo de su casa, permiti&eacute;ndose
+ la audacia de gru&ntilde;ir un poco, entre dientes, cuando ya nadie le o&iacute;a.
+ Los criados le impon&iacute;an su voluntad, sin que &eacute;l lo
+ sospechara. Hasta en el comedor se le hab&iacute;a derrotado. Amante, como
+ buen aragon&eacute;s, de los platos fuertes, del vino espeso, de la cl&aacute;sica
+ abundancia, hab&iacute;a ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y com&iacute;a
+ ya mucho menos, y pasaba por los manjares m&aacute;s fant&aacute;sticos
+ que suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los
+ impusiese, sino que las cocineras prefer&iacute;an agradar al ama, porque
+ all&iacute; ve&iacute;an una voluntad seria, y en el se&ntilde;or s&oacute;lo
+ encontraban un predicador que les aburr&iacute;a con sermones que no
+ entend&iacute;an. Hasta en el estilo se notaba que Quintanar carec&iacute;a
+ de car&aacute;cter. Hablaba como el peri&oacute;dico o el libro que
+ acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras cualidades de
+ su oratoria, que parec&iacute;an se&ntilde;ales de una <i>manera</i>
+ original, no eran m&aacute;s que vestigios de aficiones y ocupaciones
+ pasadas. As&iacute; hablaba a veces como una sentencia del Tribunal
+ Supremo, usaba en la conversaci&oacute;n familiar el tecnicismo jur&iacute;dico,
+ y esto era lo &uacute;nico que en &eacute;l quedaba del antiguo
+ magistrado. No poco hab&iacute;a contribuido en Quintanar a privarle de
+ originalidad y resoluci&oacute;n, el contraste de su oficio y de sus
+ aficiones. Si para algo hab&iacute;a nacido, era, sin duda, para c&oacute;mico
+ de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si la sociedad
+ estuviera constituida de modo que fuese una carrera suficiente para
+ ganarse la vida, la de c&oacute;mico aficionado, Quintanar lo hubiera sido
+ hasta la muerte y hubiera llegado a <i>trabajar</i>, frase suya, tan bien
+ como cualquiera de esos <i>otros primeros galanes</i> que recorren las
+ capitales de provincia, a guisa de buhoneros.
+ </p>
+ <p>
+ Pero don V&iacute;ctor comprendi&oacute; que el c&oacute;mico en Espa&ntilde;a
+ no vive de su honrado trabajo si no se entrega a la verg&uuml;enza de
+ servir al p&uacute;blico el arte en las compa&ntilde;&iacute;as de
+ comediantes de oficio; comprendi&oacute; adem&aacute;s que &eacute;l
+ necesitaba con el tiempo <i>crear una familia</i>, y entr&oacute; en la
+ carrera judicial a rega&ntilde;adientes. Quiso la suerte, y quisieron las
+ buenas relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con
+ rapidez, y se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada,
+ a una edad en que todav&iacute;a se sent&iacute;a capaz de representar el
+ <i>Alcalde de Zalamea</i> con toda la energ&iacute;a que el papel exige.
+ Pero la espina la llevaba en el coraz&oacute;n; reconoc&iacute;a que el
+ cargo de magistrado es delicad&iacute;simo, grande su responsabilidad,
+ pero &eacute;l... &laquo;era ante todo un artista&raquo;. &iexcl;Aborrec&iacute;a
+ los pleitos, amaba las tablas y no pod&iacute;a pisarlas <i>dignamente</i>!
+ Este era el torcedor de su esp&iacute;ritu. Si le hubiese sido l&iacute;cito
+ representar comedias, quiz&aacute;s no hubiera hecho otra cosa en la vida,
+ pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porci&oacute;n de
+ serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comez&oacute;n
+ de ser algo m&aacute;s que una rueda del poder judicial, complicada m&aacute;quina;
+ y era cazador, bot&aacute;nico, inventor, ebanista, fil&oacute;sofo, todo
+ lo que quer&iacute;an hacer de &eacute;l su amigo Fr&iacute;gilis y los
+ vientos del azar y del capricho.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis hab&iacute;a formado a su querido V&iacute;ctor, al cabo
+ de tantos a&ntilde;os de trato &iacute;ntimo a su imagen y semejanza, en
+ cuanto era posible. Sal&iacute;a Quintanar de la servidumbre ignorada de
+ su domicilio para entrar en el poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tom&aacute;s
+ Crespo, aquel pedazo de su coraz&oacute;n, a quien no sab&iacute;a si quer&iacute;a
+ tanto como a su Anita del alma. La simpat&iacute;a hab&iacute;a nacido de
+ una pasi&oacute;n com&uacute;n: la caza. Pero la caza antes no era m&aacute;s
+ que un ejercicio de hombre primitivo para el aragon&eacute;s; cazaba sin
+ saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por dentro; Fr&iacute;gilis
+ estudiaba la fauna y la flora del pa&iacute;s de camino que cazaba, y adem&aacute;s
+ meditaba como fil&oacute;sofo de la naturaleza. Crespo hablaba poco, y
+ menos en el campo; no sol&iacute;a discutir, prefer&iacute;a sentar su
+ opini&oacute;n lac&oacute;nicamente, sin cuidarse de convencer a quien le
+ o&iacute;a. As&iacute; la influencia de la filosof&iacute;a naturalista de
+ Fr&iacute;gilis lleg&oacute; al alma de Quintanar por aluvi&oacute;n:
+ insensiblemente se le fueron pegando al cerebro las ideas de aquel <i>buen
+ hombre</i>, de quien los vetustenses dec&iacute;an que era un <i>chiflado</i>,
+ un tontiloco.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis despreciaba la opini&oacute;n de sus paisanos y compadec&iacute;a
+ su pobreza de esp&iacute;ritu. &laquo;La humanidad era mala pero no ten&iacute;a
+ la culpa ella. El <i>oidium</i> consum&iacute;a la uva, el <i>pint&oacute;n</i>
+ da&ntilde;aba el ma&iacute;z, las patatas ten&iacute;an su peste, vacas y
+ cerdos la suya; el vetustense ten&iacute;a la envidia, su oidium, la
+ ignorancia su pint&oacute;n, &iquest;qu&eacute; culpa ten&iacute;a
+ &eacute;l?&raquo;. Fr&iacute;gilis disculpaba todos los extrav&iacute;os,
+ perdonaba todos los pecados, hu&iacute;a del contagio y procuraba librar
+ de &eacute;l a los pocos a quien quer&iacute;a. Visitaba pocas casas y
+ muchas huertas; sus grandes conocimientos y pr&aacute;ctica h&aacute;bil
+ en arboricultura y floricultura, le hac&iacute;an &aacute;rbitro de todos
+ los <i>parques</i> y jardines del pueblo; conoc&iacute;a hoja por hoja la
+ huerta del marqu&eacute;s de Corujedo, hab&iacute;a plantado &aacute;rboles
+ en la de Vegallana, visitaba de tarde en tarde el jard&iacute;n ingl&eacute;s
+ de do&ntilde;a Petronila; pero ni conoc&iacute;a de vista al Gran
+ Constantino, al obispo madre, ni hab&iacute;a entrado jam&aacute;s en el
+ gabinete de do&ntilde;a Rufina, ni ten&iacute;a con el marqu&eacute;s de
+ Corujedo m&aacute;s trato que el del Casino. Se entend&iacute;a con los
+ jardineros.&mdash;En cuanto las lluvias de invierno se inauguraban, despu&eacute;s
+ del ir&oacute;nico verano de San Mart&iacute;n, a Fr&iacute;gilis se le ca&iacute;a
+ encima Vetusta y s&oacute;lo pasaba en su recinto los d&iacute;as en que
+ le reclamaban sus &aacute;rboles y sus flores.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar le segu&iacute;a muerto de sue&ntilde;o, encerrado en su
+ uniforme de cazador, de que se re&iacute;a no poco Fr&iacute;gilis, quien
+ usaba la misma ropa en el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos
+ blancos de suela fuerte, claveteada. Se met&iacute;an en un coche de
+ tercera clase, entre aldeanos alegres, frescos, colorados; Quintanar
+ dormitaba dando cabezadas contra la tabla dura; Fr&iacute;gilis repart&iacute;a
+ o tomaba cigarros de papel, gordos; y m&aacute;s decidor que en Vetusta,
+ hablaba, jovial, expansivo, con los hijos del campo, de las cosechas de
+ oga&ntilde;o y de las nubes de anta&ntilde;o; si la conversaci&oacute;n
+ degeneraba y ca&iacute;a en los pleitos, torc&iacute;a el gesto y dejaba
+ de atender, para abismarse en la contemplaci&oacute;n de aquella campi&ntilde;a
+ triste ahora, siempre querida para &eacute;l que la conoc&iacute;a palmo a
+ palmo.
+ </p>
+ <p>
+ Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a
+ los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de
+ un rojo negruzco que el agua que les ca&iacute;a del cielo hac&iacute;a
+ una inmundicia.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ah, s&iacute;! ella estaba dispuesta a procurar la salvaci&oacute;n
+ de su alma, a buscar el camino seguro de la virtud; pero &iexcl;cu&aacute;nto
+ mejor se hubiera abierto su esp&iacute;ritu a estas grandezas religiosas
+ en un escenario m&aacute;s digno de tan sublime poes&iacute;a! &iexcl;Cu&aacute;n
+ dif&iacute;cil era admirar la creaci&oacute;n para elevarse a la idea del
+ Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de humedad hasta los huesos
+ de piedra y madera carcomida; de calles estrechas, cubiertas de
+ hierba-hierba alegre en el campo, all&iacute; s&iacute;mbolo de abandono&mdash;,
+ lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de mon&oacute;tono y
+ eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros puntiagudos!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No se explicaba la Regenta c&oacute;mo Visitaci&oacute;n iba y ven&iacute;a
+ de casa en casa, alegre como siempre, risue&ntilde;a, sin miedo al agua ni
+ menos al fango del arroyo... sin pensar siquiera en que llov&iacute;a, sin
+ acordarse de que el cielo era un sudario en vez de un manto azul, como
+ debiera. Para Visita era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en
+ &eacute;l, y s&oacute;lo le serv&iacute;a de t&oacute;pico de conversaci&oacute;n
+ en las visitas de cumplido.
+ </p>
+ <p>
+ La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra,
+ esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las
+ enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor
+ media.&mdash;Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumec&iacute;a:
+ tambi&eacute;n alegre y bulliciosa corr&iacute;a de portal en portal,
+ desafiando los m&aacute;s recios chaparrones, riendo a carcajadas si una
+ gota indiscreta mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte
+ con que sus bajos, con instintos de armi&ntilde;o, cruzaban todo aquel
+ peligro del cieno, inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca
+ sonante de espuma de Holanda; tentaci&oacute;n de Berm&uacute;dez el arque&oacute;logo
+ espiritualista.
+ </p>
+ <p>
+ Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se
+ resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran
+ parte del oto&ntilde;o, lo m&aacute;s del invierno y casi toda la
+ primavera. Cada cual buscaba su rinc&oacute;n y parec&iacute;an no menos
+ contentos que Fr&iacute;gilis huyendo a las llanuras vecinas del mar a
+ mojarse a sus anchas.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa de Vegallana se levantaba m&aacute;s tarde si llov&iacute;a m&aacute;s;
+ en su lecho blindado contra los m&aacute;s recios ataques del fr&iacute;o,
+ disfrutaba deleites que ella no sab&iacute;a explicar, leyendo, bien
+ arropada, novelas de viajes al polo, de cazas de osos, y otras que ten&iacute;an
+ su acci&oacute;n en Rusia o en la Alemania del Norte por lo menos. El
+ contraste del calorcillo y la inmovilidad que ella gozaba con los grandes
+ fr&iacute;os que hab&iacute;an de sufrir los h&eacute;roes de sus libros,
+ y con los largos paseos que se daban por el globo, era el mayor placer que
+ gozaba al cabo del a&ntilde;o do&ntilde;a Rufina. O&iacute;r el agua que
+ azota los cristales all&aacute; fuera, y estar compadeci&eacute;ndose de
+ un pobre ni&ntilde;o perdido en los hielos... &iexcl;qu&eacute; delicia
+ para un alma tierna, <i>a su modo</i>, como la de la se&ntilde;ora
+ Marquesa!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo no soy sentimental&mdash;dec&iacute;a ella a D. Saturnino Berm&uacute;dez,
+ que la o&iacute;a con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas
+ de oreja a oreja&mdash;yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la
+ sensibler&iacute;a... pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa...
+ me enternezco... lloro... pero no hago alarde de ello.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es el don de l&aacute;grimas, de que habla Santa Teresa, se&ntilde;ora,&mdash;respond&iacute;a
+ el arque&oacute;logo; y suspiraba como echando la llave al caj&oacute;n de
+ los secretos sentimentales.
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s hac&iacute;a lo que los gatos en enero. Desaparec&iacute;a
+ por temporadas de Vetusta. Dec&iacute;a que iba a preparar las elecciones.
+ Pero sus <i>&iacute;ntimos</i> le hab&iacute;an o&iacute;do, en el secreto
+ de la confianza, despu&eacute;s de comer bien, a la hora de las
+ confesiones, que para &eacute;l no hab&iacute;a afrodis&iacute;aco mejor
+ que el fr&iacute;o. &laquo;Ni los mariscos producen en m&iacute; el efecto
+ del agua y la nieve&raquo;. Y como sus aventuras eran todas rurales, sal&iacute;a
+ el buen Vegallana a desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre
+ lodo, hielo y nieve en su coche de camino. Y as&iacute; preparaba las
+ elecciones, buscando votos para un porvenir lejano, seg&uacute;n frase
+ picaresca de D. Cayetano Ripamil&aacute;n, siempre dispuesto a perdonar
+ esta clase de extrav&iacute;os.
+ </p>
+ <p>
+ La tertulia de la Marquesa ve&iacute;a el cielo abierto en cuanto el
+ tiempo se met&iacute;a en agua. Los que ten&iacute;an el privilegio
+ envidiable y envidiado de penetrar en aquella estufa perfumada, bendec&iacute;an
+ los chubascos que daban pretexto para asistir todas las noches al gabinete
+ de do&ntilde;a Rufina. &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;an de hacer si no?
+ &iquest;A d&oacute;nde hab&iacute;an de ir?&mdash;En la chimenea ard&iacute;an
+ los bosques seculares de los dominios del Marqu&eacute;s; aquellas encinas
+ feudales se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se
+ contaban <i>antiguas consejas</i>, como presum&iacute;a Trif&oacute;n C&aacute;rmenes
+ que hab&iacute;a de suceder por fuerza en todo <i>hogar se&ntilde;orial</i>,
+ pero se murmuraba del mundo entero, se inventaban calumnias nuevas y se
+ amaba con toda la franqueza prosaica y sensual que, seg&uacute;n Berm&uacute;dez,
+ &laquo;era la caracter&iacute;stica del presente momento hist&oacute;rico,
+ desnudo de toda presea ideal y po&eacute;tica&raquo;.&mdash;El gabinete no
+ era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se tocaban, se
+ rozaban, se oprim&iacute;an, si no hab&iacute;a otro remedio. &iquest;Qui&eacute;n
+ pensaba en los aguaceros?
+ </p>
+ <p>
+ En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad
+ excitaba la alegr&iacute;a; cada cual se iba al agujero de costumbre y era
+ de o&iacute;r, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de
+ la casa de Visita &laquo;los que la favorec&iacute;an una vez por semana
+ honrando sus salones&raquo;, que eran sala y gabinete; eran de o&iacute;r
+ las carcajadas, las bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas
+ que recib&iacute;an con estr&eacute;pito las duchas de los tremendos <i>serpentones</i>
+ de hojalata.... Todos despreciaban el agua, pensando en los placeres esot&eacute;ricos
+ de la loter&iacute;a y de las charadas representadas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En cuanto al &laquo;elemento devoto de Vetusta&raquo;, (frase del
+ <i>L&aacute;baro</i>) se met&iacute;an en novenas as&iacute; que el tiempo
+ se met&iacute;a en agua. El elemento devoto era todo el pueblo en llegando
+ el mal tiempo, y hasta los socios <i>de Viernes santo</i>, unos perdidos
+ que se juntaban durante la Semana de Pasi&oacute;n a comer de carne en la
+ fonda, hasta esos acud&iacute;an al templo, si bien a criticar a los
+ predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor religioso de Vetusta
+ comenzaba con la Novena de las &Aacute;nimas, poco popular, y la muy
+ concurrida del Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, no cesando hasta que se
+ celebraba la m&aacute;s famosa de todas, la de los Dolores, y la poco
+ menos favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta
+ &uacute;ltima. Pero adem&aacute;s de las Novenas ten&iacute;an las almas
+ piadosas otras muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en
+ solemnidades tan notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma,
+ especialmente en los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial
+ todos los viernes de aquel tiempo santo y de meditaci&oacute;n, seg&uacute;n
+ C&aacute;rmenes.
+ </p>
+ <p>
+ El temporal retras&oacute; no poco el cumplimiento de aquel plan de
+ higiene moral, impuesto suavemente por don Ferm&iacute;n a su querida
+ amiga. Ana aborrec&iacute;a el lodo y la humedad; le crispaba los nervios
+ la frialdad de la calle h&uacute;meda y sucia, y apenas sal&iacute;a del
+ sombr&iacute;o caser&oacute;n de los Ozores. Hab&iacute;a confesado otras
+ dos veces antes de terminar Noviembre, pero no se hab&iacute;a decidido a
+ ir a casa de do&ntilde;a Petronila, ni el Magistral se atrevi&oacute; a
+ recordarle aquella cita. El Gran Constantino sab&iacute;a ya por su
+ querido y admirado se&ntilde;or De Pas, quien la visitaba m&aacute;s a
+ menudo ahora, que do&ntilde;a Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y
+ en la administraci&oacute;n de tantas obras piadosas como ella dirig&iacute;a
+ y pagaba sabiamente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Cu&aacute;ndo viene por ac&aacute; ese &aacute;ngel
+ hermos&iacute;simo?&raquo;&mdash;preguntaba el Obispo madre, en estilo de
+ novena, cargado de superlativos abstractos.
+ </p>
+ <p>
+ Las beatas que serv&iacute;an de cuestores de palacio en el del Gran
+ Constantino, las del <i>c&oacute;nclave</i>, como las llamaba Ripamil&aacute;n,
+ esperaban con ansiedad m&iacute;stica y con una curiosidad maligna a la
+ nueva compa&ntilde;era, que tanto prestigio traer&iacute;a con su juventud
+ y su hermosura a la piadosa y complicada empresa de salvar el mundo en Jes&uacute;s
+ y por Jes&uacute;s; pues nada menos que esto se propon&iacute;an aquellas
+ devotas de armas tomar, militantes como coraceros.
+ </p>
+ <p>
+ Pero Ana, sin saber por qu&eacute;, sent&iacute;a una vaga repugnancia
+ cuando pensaba en ir a casa de do&ntilde;a Petronila; le parec&iacute;a
+ mejor ver al Magistral en la iglesia, all&iacute; encontraba ella el
+ fervor religioso necesario para confesar sus ideas malas, sus deseos
+ peligrosos. El Magistral comenz&oacute; a impacientarse; la Regenta no sub&iacute;a
+ la cuesta, persist&iacute;a en sus peligrosos anhelos pante&iacute;sticos,
+ que as&iacute; los calificaba &eacute;l, se empe&ntilde;aba en que era
+ piedad aquella ternura que sent&iacute;a con motivo de espect&aacute;culos
+ profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le suger&iacute;an
+ reflexiones probablemente her&eacute;ticas, o por lo menos, poco a prop&oacute;sito
+ para llegar a la profunda fe que el Magistral exig&iacute;a como preparaci&oacute;n
+ absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los
+ libros piadosos la hac&iacute;an caer en somnolencia melanc&oacute;lica o
+ en una especie de marasmo intelectual que parec&iacute;a estupidez. En
+ cuanto a la oraci&oacute;n, Ana dec&iacute;a que recitar de memoria
+ plegarias era un ejercicio in&uacute;til, sopor&iacute;fero, que irritaba
+ los nervios; las repet&iacute;a cien veces, para fijar en ellas la atenci&oacute;n,
+ y llegaba a sentir n&aacute;useas antes de conseguir un poco de fervor....
+ &laquo;Nada, nada de eso; no hay cosa peor que rezar as&iacute;, respond&iacute;a
+ el Magistral; a la oraci&oacute;n ya llegaremos; por ahora en este punto
+ basta con sus antiguas devociones&raquo;. Y, aunque temiendo los peligros
+ de la fantas&iacute;a de Ana, por no perder terreno, ten&iacute;a que
+ dejarla abandonarse a los espont&aacute;neos arranques de ternura piadosa
+ que ven&iacute;an sin saber c&oacute;mo, a lo mejor, provocados por
+ cualquier accidente que ninguna relaci&oacute;n parec&iacute;a tener con
+ las ideas religiosas. El miedo a las expansiones naturales de aquel esp&iacute;ritu
+ ardiente le hab&iacute;a hecho cambiar el plan suave de los primeros d&iacute;as
+ por aquel otro expuesto en el cenador del Parque, m&aacute;s parecido a la
+ ordinaria disciplina a que &eacute;l somet&iacute;a a los penitentes; pero
+ ya ve&iacute;a don Ferm&iacute;n que era preciso volver a la blandura y
+ dejar al instinto de su amiga m&aacute;s parte en la ardua tarea de ganar
+ para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal. Este
+ sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permit&iacute;a a
+ &eacute;l presentarse a los ojos de Ana m&aacute;s simp&aacute;tico,
+ hablando el lenguaje de aquella vaguedad rom&aacute;ntica que ella cre&iacute;a
+ religiosidad sincera, y no pasaba de ser una idolatr&iacute;a disimulada,
+ seg&uacute;n don Ferm&iacute;n. No, &eacute;l no se dejaba seducir por
+ pante&iacute;smos, aunque fuesen tan bien parecidos como el de su amiga.
+ </p>
+ <p>
+ De lo que &eacute;l estaba seguro era del efecto profundo y saludable que
+ en semejante mujer ten&iacute;an que producir las bellezas del culto el d&iacute;a
+ en que ella las presenciara con atenci&oacute;n y dispuesto el &aacute;nimo
+ a las sensaciones m&iacute;sticas por aquella excitaci&oacute;n nerviosa,
+ de cuyos accesos tantas noticias ten&iacute;a ya el confesor diligente.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando ella volv&iacute;a a hablarle de aburrimiento, del dolor del hast&iacute;o,
+ de la estupidez del agua cayendo sin cesar, &eacute;l repet&iacute;a:
+ &laquo;A la iglesia, hija m&iacute;a, a la iglesia; no a rezar; a estarse
+ all&iacute;, a so&ntilde;ar all&iacute;, a pensar all&iacute; oyendo la m&uacute;sica
+ del &oacute;rgano y de nuestra excelente capilla, oliendo el incienso del
+ altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo cuanto all&iacute;
+ brilla y se mueve, contemplando las altas b&oacute;vedas, los pilares
+ esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente po&eacute;ticas de los
+ cristales de colores...&raquo;. Poca gracia le hac&iacute;a a don Ferm&iacute;n
+ esta ret&oacute;rica a lo Chateaubriand; siempre hab&iacute;a cre&iacute;do
+ que recomendar la religi&oacute;n por su hermosura exterior, era ofender
+ la santidad del dogma, pero sab&iacute;a hacer de tripas coraz&oacute;n y
+ amoldarse a las circunstancias. Adem&aacute;s, sin que &eacute;l quisiera
+ pensar en ello, le halagaba la esperanza de encontrar a menudo en la
+ catedral, en las Conferencias de San Vicente, en el Catecismo, a su amiga,
+ que all&iacute; le ver&iacute;a triunfante luciendo su talento, su ciencia
+ y su elegancia natural y sencilla.
+ </p>
+ <p>
+ Pero cada d&iacute;a era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle;
+ la humedad le daba horror, la ten&iacute;a encogida, envuelta en un mant&oacute;n,
+ al lado de la chimenea monumental del comedor t&eacute;trico, horas y
+ horas, de d&iacute;a y de noche. Don V&iacute;ctor no paraba en casa. Si
+ no estaba de caza, entraba y sal&iacute;a, pero sin detenerse; apenas se
+ deten&iacute;a en su despacho. Le hab&iacute;a tomado cierto miedo. Varias
+ m&aacute;quinas de las que estaban inventando o perfeccionando se le hab&iacute;an
+ sublevado, eriz&aacute;ndose de inesperadas dificultades de mec&aacute;nica
+ racional. All&iacute; estaban cubiertos de glorioso polvo sobre la mesa
+ del despacho diab&oacute;licos artefactos de acero y madera, esperando en
+ posturas interinas a que don V&iacute;ctor emprendiese el estudio <i>serio</i>
+ de las matem&aacute;ticas, de todas las matem&aacute;ticas, que ten&iacute;a
+ aplazado por culpa de la compa&ntilde;&iacute;a dram&aacute;tica de
+ Perales. En tanto Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos
+ juguetes ir&oacute;nicos que se le re&iacute;an en las barbas, esquivaba
+ su despacho siempre que pod&iacute;a; y ni cartas escrib&iacute;a all&iacute;.
+ Adem&aacute;s; las colecciones bot&aacute;nicas, mineral&oacute;gicas y
+ entomol&oacute;gicas yac&iacute;an en un desorden ca&oacute;tico, y la
+ pereza de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y
+ mosquitos tambi&eacute;n le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y
+ a jugar al ajedrez; hac&iacute;a muchas visitas y buscaba modo de no
+ aburrirse metido en casa. &laquo;Mejor&raquo;, pensaba Ana sin querer. Su
+ don V&iacute;ctor, a quien en principio ella estimaba, respetaba y hasta
+ quer&iacute;a todo lo que era menester, a su juicio, le iba pareciendo m&aacute;s
+ insustancial cada d&iacute;a: y cada vez que se le pon&iacute;a delante
+ echaba a rodar los proyectos de vida piadosa que Ana poco a poco iba
+ acumulando en su cerebro, dispuesta a ser, en cuanto mejorase el tiempo,
+ una <i>beata</i> en el sentido en que el Magistral lo hab&iacute;a
+ solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto todo iba bien; sab&iacute;a
+ ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle; pero se presentaba el
+ se&ntilde;or Quintanar con el lazo de la corbata de seda negra torcido,
+ junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de pensamientos
+ insignificantes, ocupado en cualquier cosa balad&iacute;, tomando con todo
+ el calor natural lo m&aacute;s mezquino y digno de olvido, y ella sin
+ poder remediarlo, y con m&aacute;s fuerza por causa del disimulo, sent&iacute;a
+ un rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al
+ universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante
+ hombre. Sal&iacute;a don V&iacute;ctor dejando tras s&iacute; las puertas
+ abiertas, dando &oacute;rdenes caprichosas para que se cumplieran en su
+ ausencia; y cuando Ana ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras
+ de yeso ahumado, quer&iacute;a volver a su proped&eacute;utica piadosa, a
+ los preparativos de vida virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda
+ aquella sentimental f&aacute;brica de su religiosidad, y calificaba de
+ hipocres&iacute;a toda su resignaci&oacute;n. &laquo;&iexcl;Oh no, no!
+ &iexcl;yo no puedo ser buena! yo no s&eacute; ser buena; no puedo perdonar
+ las flaquezas del pr&oacute;jimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas.
+ Ese hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que
+ quiera don Ferm&iacute;n, para volar hacen falta alas, aire...&raquo;.
+ Estos pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don
+ &Aacute;lvaro volv&iacute;a a presentarse brindando con la protesta, con
+ aquella amable, brillante, dulc&iacute;sima protesta de los sentidos
+ poetizados, que hab&iacute;a clavado en su coraz&oacute;n con pu&ntilde;aladas
+ de los ojos el elegante <i>dandy</i> la tarde memorable de <i>Todos los
+ Santos</i>. Entonces Ana se pon&iacute;a en pie, recorr&iacute;a el
+ comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del chal apretado
+ al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y acababa por acercarse
+ a los vidrios del balc&oacute;n y apretar contra ellos la frente. Sal&iacute;a,
+ cruzando el estrado triste, pasillos y galer&iacute;as; llegaba a su
+ gabinete y tambi&eacute;n all&iacute; se apretaba contra los vidrios y
+ miraba con ojos distra&iacute;dos, muy abiertos y fijos, las ramas
+ desnudas de los casta&ntilde;os de Indias, y los soberbios eucaliptos,
+ cubiertos de hojas largas, met&aacute;licas, de un verde mate, temblorosas
+ y resonantes. Si no llov&iacute;a mucho, Fr&iacute;gilis sol&iacute;a
+ andar por all&iacute;; m&aacute;s tiempo faltaba Quintanar de casa que Fr&iacute;gilis
+ de la huerta. Ana acababa por verle. &laquo;Aquel hab&iacute;a sido su
+ &uacute;nico amigo en la triste juventud, en el tiempo de la servidumbre
+ miserable; y ahora casi le odiaba; &eacute;l la hab&iacute;a casado; y sin
+ remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba ahora a
+ sus &aacute;rboles, que podaba sin compasi&oacute;n, que injertaba a su
+ gusto, sin consultar con ellos, sin saber si ellos quer&iacute;an aquellos
+ tajos y aquellos injertos...&raquo;. &laquo;&iexcl;Y pensar que aquel
+ hombre hab&iacute;a sido inteligente, amable! Y ahora... no era m&aacute;s
+ que una m&aacute;quina agr&iacute;cola, unas tijeras, una segadora mec&aacute;nica,
+ &iexcl;a qui&eacute;n no embrutec&iacute;a la vida de Vetusta!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis, si ve&iacute;a a su querida Ana detr&aacute;s de los
+ cristales, la saludaba con una sonrisa y volv&iacute;a a inclinarse sobre
+ la tierra; aplastaba un caracol, cortaba un v&aacute;stago importuno,
+ afirmaba un rodrig&oacute;n y segu&iacute;a adelante, arrastrando los
+ zapatos blancos sobre la arena h&uacute;meda de los senderos.... Y Ana ve&iacute;a
+ desaparecer entre las ramas aquel sombrero redondo, flexible, siempre
+ gris, aquel tapabocas de cuadros de pana eternamente colgado al cuello,
+ aquella cazadora parda y aquellos pantalones ni anchos ni estrechos, ni
+ nuevos ni viejos, de ramitos borrosos de lana verde y roja alternando
+ sobre fondo negro.
+ </p>
+ <p>
+ A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.&mdash;Paco
+ estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprend&iacute;a
+ &eacute;l que su &iacute;dolo, su don &Aacute;lvaro tardase tanto en
+ conquistar una voluntad, en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya
+ conquistada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Ella est&aacute; enamorada de ti, de eso estoy seguro&raquo;&mdash;dec&iacute;a
+ Paco a Mes&iacute;a en el Casino, a &uacute;ltima hora, cuando s&oacute;lo
+ quedaban all&iacute; los trasnochadores de oficio.
+ </p>
+ <p>
+ Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca
+ servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y
+ llegaban al momento necesario de la expansi&oacute;n y las confidencias;
+ Mes&iacute;a melanc&oacute;lico, pasando a tragos la nostalgia de lo
+ infinito, que tambi&eacute;n tienen los <i>descre&iacute;dos</i> a su
+ modo, inclinaba mustia la gallarda y fina cabeza de un rubio p&aacute;lido,
+ y parec&iacute;a un poco m&aacute;s viejo que de ordinario. Callaba, y com&iacute;a
+ y beb&iacute;a. Paco, con la boca llena, pero no por modo grosero, sino
+ casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las mejillas, con el
+ sombrero echado hacia el cogote.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ella est&aacute; enamorada, de eso estoy seguro... pero t&uacute;...
+ t&uacute; no eres el de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres
+ venir conmigo a su casa... y eso que don V&iacute;ctor nunca est&aacute;,
+ siempre anda con el espiritista de Fr&iacute;gilis por esos montes.
+ </p>
+ <p>
+ Paco cre&iacute;a que Fr&iacute;gilis era espiritista, opini&oacute;n muy
+ generalizada en Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara... hist&eacute;rica...
+ hay que estudiarla bien. Dejadme a m&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ No quer&iacute;a confesar que se ten&iacute;a por derrotado: cre&iacute;a
+ firmemente que Ana estaba entregada al Magistral. No quer&iacute;a aquella
+ conversaci&oacute;n; se sent&iacute;a ahora humillado con la protecci&oacute;n
+ de Paco, solicitada meses antes por &eacute;l. Sin saberlo, el Marquesito
+ le hac&iacute;a da&ntilde;o cada vez que le hablaba de tal asunto y le
+ propon&iacute;a planes de ataque y medios para entrar en la plaza por
+ sorpresa. &laquo;&iquest;Cu&aacute;ndo hab&iacute;a necesitado &eacute;l,
+ Mes&iacute;a, socorros por el estilo? &iquest;Cu&aacute;ndo hab&iacute;a
+ permitido a nadie saber el c&oacute;mo y a qu&eacute; hora venc&iacute;a a
+ una mujer?... &iexcl;Y esta se&ntilde;ora le humillaba as&iacute;! &iexcl;C&oacute;mo
+ se reir&iacute;a de &eacute;l Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo
+ Paco! &iquest;qu&eacute; pensar&iacute;a? &iexcl;Ah Regenta, Regenta, si
+ venzo al fin!... &iexcl;ya me las pagar&aacute;s!&raquo;. Pero ya no
+ esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo
+ permit&iacute;a, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza espa&ntilde;ola;
+ pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces ve&iacute;a detr&aacute;s
+ de los cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba
+ amable y tranquila; pero no era el caballo talism&aacute;n como &eacute;l
+ hab&iacute;a cre&iacute;do, porque la escena de la tarde aqu&eacute;lla no
+ se repiti&oacute; nunca. &laquo;S&iacute;, lo que yo tem&iacute;a, no fue
+ m&aacute;s que un cuarto de hora que no pude aprovechar&raquo;. Cre&iacute;a
+ con fe inquebrantable que ya su &uacute;nico recurso ser&iacute;a la ocasi&oacute;n
+ dificil&iacute;sima, casi imposible, de un ataque brusco, b&aacute;rbaro,
+ coincidiendo con otro cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no
+ satisfac&iacute;a su amor propio, ser&iacute;a un placer ef&iacute;mero y
+ una venganza... &iexcl;y adem&aacute;s era casi imposible! Pocas veces se
+ hab&iacute;a atrevido a visitar a la Regenta, que no le recib&iacute;a si
+ no estaba don V&iacute;ctor en casa. Quintanar, en cambio, le abr&iacute;a
+ los brazos y le estrechaba con efusi&oacute;n, cada d&iacute;a m&aacute;s
+ enamorado, como &eacute;l dec&iacute;a, de aquel hermoso figur&iacute;n:
+ &iexcl;qu&eacute; arrogante primer gal&aacute;n en comedia de costumbres
+ har&iacute;a el dign&iacute;simo don &Aacute;lvaro! Pero ya que las tablas
+ no le llamasen &iquest;por qu&eacute; no se hac&iacute;a diputado a
+ Cortes? Mes&iacute;a hab&iacute;a nacido para algo m&aacute;s que cabeza
+ de rat&oacute;n; era poco ser jefe de un partido, que nunca era poder, en
+ una capital de segundo orden. &iquest;Por qu&eacute; no se iba a Madrid
+ con un acta en el bolsillo?
+ </p>
+ <p>
+ Cuando le dirig&iacute;a estas preguntas lisonjeras, don &Aacute;lvaro
+ inclinaba la cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como
+ diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este
+ miserable rinc&oacute;n!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Usted es de la madera de los ministros....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh... don V&iacute;ctor... no crea usted que eso me halaga....
+ &iexcl;Ministro! &iquest;Para qu&eacute;? Yo no tengo ambici&oacute;n pol&iacute;tica....
+ Si milito en un partido es por servir a mi pa&iacute;s, pero la pol&iacute;tica
+ me es antip&aacute;tica... tanta farsa... tanta mentira....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Efectivamente, en los Estados Unidos s&oacute;lo son pol&iacute;ticos
+ los perdidos... pero en Espa&ntilde;a... es otra cosa... un hombre como
+ usted.... Subir&iacute;a mi don &Aacute;lvaro como la espuma.
+ </p>
+ <p>
+ Pero don &Aacute;lvaro suspiraba y volv&iacute;a los ojos a la Regenta....
+ Por lo dem&aacute;s, &eacute;l segu&iacute;a considerando que ante todo
+ era un hombre pol&iacute;tico. Lo de ir a Madrid lo dejaba para m&aacute;s
+ adelante. Ahora hac&iacute;a diputados desde Vetusta y se quedaba all&iacute;;
+ pero en cuanto tuviera m&aacute;s blanda a la se&ntilde;ora del ministro,
+ &eacute;l volar&iacute;a, &eacute;l volar&iacute;a... seguro de no dar un
+ batacazo. Estos eran sus planes. Pero adem&aacute;s aquella resistencia de
+ Ana, que hab&iacute;a cre&iacute;do vencer si no en pocas semanas en pocos
+ meses, era un nuevo motivo para retrasar el cambio de vecindad.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;C&oacute;mo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella
+ mujer parec&iacute;a ya invencible.
+ </p>
+ <p>
+ Desde la noche de Todos los Santos, Mes&iacute;a, verg&uuml;enza le daba
+ confes&aacute;rselo a s&iacute; mismo, no hab&iacute;a adelantado un paso.
+ Ocho d&iacute;as hab&iacute;a estado sin conseguir hablar a solas un
+ momento con Ana, y cuando logr&oacute; tal intento fue para convencerse de
+ que aquella exaltaci&oacute;n de la tarde dichosa hab&iacute;a pasado
+ acaso para siempre.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n se volv&iacute;a loca. Su marido, el se&ntilde;or
+ Cuervo, y sus hijos com&iacute;an los garbanzos duros, se lavaban sin
+ toalla porque ella hab&iacute;a salido con las llaves, como siempre, y no
+ acababa de volver. &laquo;&iquest;C&oacute;mo hab&iacute;a de volver si
+ aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y resist&iacute;a al
+ hombre irresistible con heroicidad de roca?&raquo;. El m&iacute;sero
+ empleado del Banco retorc&iacute;a el bigotillo engomado y con voz de
+ tiple dec&iacute;a a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Silencio, ni&ntilde;os, que mam&aacute; ri&ntilde;e si se come sin
+ ella.
+ </p>
+ <p>
+ Y la sopa se enfriaba, y al fin aparec&iacute;a Visitaci&oacute;n,
+ sofocada, distra&iacute;da, de mal humor. Ven&iacute;a de casa de
+ Vegallana donde hab&iacute;a conseguido que Ana y &Aacute;lvaro se
+ hablaran a solas un momento, por casualidad... que hab&iacute;a preparado
+ ella. &iexcl;Pero buena conversaci&oacute;n te d&eacute; Dios! &Eacute;l
+ hab&iacute;a salido mordi&eacute;ndose el bigote y le hab&iacute;a dicho a
+ ella, a Visita: &laquo;&iexcl;D&eacute;jame en paz! al querer darle una
+ broma. &iexcl;D&eacute;jame en paz!&raquo; se&ntilde;al de que no daba un
+ paso. Visitaci&oacute;n sent&iacute;a ahora una verg&uuml;enza
+ retrospectiva; recordaba el tiempo que hab&iacute;a ella tardado en ceder,
+ lo comparaba con la resistencia de Ana y... se le encend&iacute;an las
+ mejillas de c&oacute;lera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le dec&iacute;a
+ en la conciencia que el oficio que hab&iacute;a tomado era miserable...
+ pero buena estaba ella para o&iacute;r consejos de comedia moral y gritos
+ interiores; aquel anhelo villano era una pasi&oacute;n cada d&iacute;a m&aacute;s
+ fuerte, era de un saborcillo agridulce y picante que prefer&iacute;a ya a
+ todas las dulzuras de la confiter&iacute;a. Era una pasi&oacute;n, una
+ cosa que recordaba la juventud, aunque al mismo tiempo parec&iacute;a s&iacute;ntoma
+ de la vejez. En fin, ella no trataba de resistir, y hab&iacute;a llegado a
+ creer que ser&iacute;a capaz de arrojar a su amiga a la fuerza en brazos
+ del antiguo amante. De todos modos, en casa de Visita faltaba la limpieza
+ de suelo y muebles, de sala y cocina, y no era su hogar una taza de plata,
+ y d&iacute;a hubo que el marido no encontr&oacute; camisa en el armario y
+ se fue al Banco... con un camisol&iacute;n de su mujer, que simulaba bien
+ o mal un cuello marinero.
+ </p>
+ <p>
+ Pero tanto af&aacute;n era in&uacute;til; ni Visita, ni Paco, ni los
+ paseos a caballo de Mes&iacute;a, consegu&iacute;an rendir a la Regenta.
+ &iexcl;Y si al menos se viera que era indiferencia aquella fortaleza!
+ Pero, no; a leguas se ve&iacute;a, seg&uacute;n los tres, que Ana estaba
+ interesada. Esto era lo que les irritaba m&aacute;s, sobre todo a Visita.
+ Don &Aacute;lvaro no hablaba de este mal negocio con la del Banco, por m&aacute;s
+ que ella le hurgaba. Con Paco &uacute;nicamente desahogaba, y pocas veces.&mdash;Pero
+ Ana cre&iacute;a en un complot y esto la ayudaba no poco en su defensa.
+ Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de protestas pesadas,
+ insufribles de Quintanar, que repet&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; dir&aacute;n esos se&ntilde;ores, Anita, qu&eacute;
+ dir&aacute;n los Marqueses!
+ </p>
+ <p>
+ Si don &Aacute;lvaro perd&iacute;a la esperanza, el Magistral tampoco
+ estaba satisfecho. Ve&iacute;a muy lejos el d&iacute;a de la victoria; la
+ inercia de Ana le presentaba cada vez nuevos obst&aacute;culos con que
+ &eacute;l no hab&iacute;a contado. Adem&aacute;s, su amor propio estaba
+ herido. Si alguna vez hab&iacute;a ensayado interesar a su amiga descubri&eacute;ndole,
+ o por v&iacute;a de ejemplo o por alarde de confianza, algo de la propia
+ historia &iacute;ntima, ella hab&iacute;a escuchado distra&iacute;da, como
+ absorta en el ego&iacute;smo de sus penas y cuidados. M&aacute;s hab&iacute;a;
+ aquella se&ntilde;ora que hablaba de grandes sacrificios, que pretend&iacute;a
+ vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus
+ costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la lluvia;
+ se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de cosa santa,
+ las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios. &laquo;El
+ madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una m&aacute;quina el&eacute;ctrica&raquo;.
+ Esto era humillante para la religi&oacute;n y <i>depresivo</i> para don
+ Ferm&iacute;n; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma
+ al Provisor y le quitaba el sue&ntilde;o.
+ </p>
+ <p>
+ Una tarde entr&oacute; De Pas en el confesonario con tan mal humor, que
+ Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celos&iacute;a con un golpe
+ violento. Don Ferm&iacute;n bajaba del campanario, donde, seg&uacute;n sol&iacute;a
+ de vez en cuando, hab&iacute;a estado registrando con su catalejo los
+ rincones de las casas y de las huertas. Hab&iacute;a visto a la Regenta en
+ el parque pasear, leyendo un libro que deb&iacute;a de ser la historia de
+ Santa Juana Francisca, que &eacute;l mismo le hab&iacute;a regalado. Pues
+ bien, Ana, despu&eacute;s de leer cinco minutos, hab&iacute;a arrojado el
+ libro con desd&eacute;n sobre un banco.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh! &iexcl;oh! &iexcl;estamos mal!&mdash;hab&iacute;a
+ exclamado el cl&eacute;rigo desde la torre: conteniendo en seguida la ira,
+ como si Ana pudiera o&iacute;r sus quejas. Despu&eacute;s hab&iacute;an
+ aparecido en el parque dos hombres, Mes&iacute;a y Quintanar. Don &Aacute;lvaro
+ hab&iacute;a estrechado la mano de la Regenta que no la hab&iacute;a
+ retirado tan pronto como debiera; &laquo;&iexcl;aunque no fuese m&aacute;s
+ que por estar vi&eacute;ndolos &eacute;l!&raquo;. Don V&iacute;ctor hab&iacute;a
+ desaparecido y el seductor de oficio y la dama se hab&iacute;an ocultado
+ poco a poco entre los &aacute;rboles, en un recodo de un sendero. El
+ Magistral sinti&oacute; entonces impulsos de arrojarse de la torre. Lo
+ hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco despu&eacute;s
+ hab&iacute;a vuelto a presentarse don V&iacute;ctor, el tonto de don V&iacute;ctor,
+ con sombrero bajo y sin gab&aacute;n, de cazadora clara, acompa&ntilde;ado
+ de don Tom&aacute;s Crespo, el del tapabocas; los dos se hab&iacute;an ido
+ en busca de los otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el
+ objetivo del catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del can&oacute;nigo.
+ Don V&iacute;ctor levantaba la cabeza, extend&iacute;a el brazo, se&ntilde;alaba
+ a las nubes y daba pataditas en el suelo. Ana hab&iacute;a desaparecido
+ otra vez, hab&iacute;a entrado en la casa, olvidando a Santa Juana
+ Francisca sobre el banco, y a los dos minutos estaba otra vez all&iacute;
+ con chal y sombrero; y los cuatro hab&iacute;an salido por la puerta del
+ parque, que abri&oacute; Fr&iacute;gilis con su llave. &iexcl;Iban al
+ campo!
+ </p>
+ <p>
+ Cuando don Ferm&iacute;n se vio encerrado entre las cuatro tablas de su
+ confesonario, se compar&oacute; al criminal metido en el cepo.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel d&iacute;a las hijas de confesi&oacute;n del Magistral le
+ encontraron distra&iacute;do, impaciente; le sent&iacute;an dar vueltas en
+ el banco, la madera del armatoste cruj&iacute;a, las penitencias eran
+ desproporcionadas, enormes.
+ </p>
+ <p>
+ En vano esper&oacute;, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en
+ la capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese,
+ presentarse, que era lo que &eacute;l quer&iacute;a, lo que &eacute;l
+ necesitaba. Verdad era que no hab&iacute;an quedado en tal cosa; ocho d&iacute;as
+ faltaban para la pr&oacute;xima confesi&oacute;n, &iquest;por qu&eacute;
+ hab&iacute;a de venir? &laquo;Por que s&iacute;, por que &eacute;l lo
+ necesitaba, porque quer&iacute;a hablarla, decirle que aquello no estaba
+ bien, que &eacute;l no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que
+ la piedad no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran
+ con desd&eacute;n sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre
+ los &aacute;rboles de Fr&iacute;gilis sin m&aacute;s ni m&aacute;s, en
+ compa&ntilde;&iacute;a de un buen mozo materialista y corrompido&raquo;.
+ Pero, no, no pareci&oacute; por la capilla Ana. &laquo;Sabe Dios d&oacute;nde
+ estar&iacute;an. &iquest;Qu&eacute; expedici&oacute;n era aquella?
+ Necedades de don V&iacute;ctor; hab&iacute;a levantado el brazo se&ntilde;alando
+ a las nubes; aquello parec&iacute;a como responder del buen tiempo; en
+ efecto, la tarde estaba hermosa, pod&iacute;a asegurarse que no llover&iacute;a...
+ pero &iquest;y qu&eacute;? &iquest;Era esa raz&oacute;n suficiente para
+ salir con el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, s&iacute;, don
+ Ferm&iacute;n volv&iacute;a a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jam&aacute;s
+ se hab&iacute;a acusado de una afici&oacute;n singular; hablaba de
+ tentaciones en general y de ensue&ntilde;os lascivos, pero no confesaba
+ amar a un hombre determinado. Y Ana, su dulce amiga, no ment&iacute;a jam&aacute;s
+ y menos en el tribunal santo. Pero entonces &iquest;con qui&eacute;n so&ntilde;aba?
+ El Magistral record&oacute; la dulc&iacute;sima hip&oacute;tesis que hab&iacute;a
+ acariciado alg&uacute;n d&iacute;a... y ahora se opon&iacute;a esta otra
+ que le hac&iacute;a saltar dentro del caj&oacute;n de celos&iacute;as:
+ supongamos que sue&ntilde;a con... ese caballero&raquo;. Sali&oacute; de
+ la capilla furioso, sin disimularlo apenas. Encontr&oacute; en el trascoro
+ a don Custodio y no le contest&oacute; al saludo; entr&oacute; en la
+ sacrist&iacute;a y amenaz&oacute; al <i>Palomo</i> con la cesant&iacute;a,
+ porque el gato hab&iacute;a vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pas&oacute;
+ despu&eacute;s al palacio y el Obispo sufri&oacute; una fuerte reprensi&oacute;n
+ de las que en tono casi irrespetuoso, avinagrado, espinoso, sol&iacute;a
+ enderezarle su Provisor. El buen Fortunato estaba en un apuro, no ten&iacute;a
+ dinero para pagar una cuenta de un sastre que hab&iacute;a hecho sotanas
+ nuevas a los familiares de S. I. Y el sastre, con las mejores maneras del
+ mundo, ped&iacute;a los cuartos en un papel sobado, lleno de letras
+ gordas, que el Obispo ten&iacute;a entre los dedos. El alfayate llamaba
+ seren&iacute;simo se&ntilde;or al prelado, pero ped&iacute;a lo suyo.
+ </p>
+ <p>
+ Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un pr&eacute;stamo. El Magistral
+ se hizo rogar, y ofreci&oacute; anticipar el dinero despu&eacute;s de
+ humillar cien veces al buen pastor que tomaba al pie de la letra las met&aacute;foras
+ religiosas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;A qu&eacute; hab&iacute;an venido las sotanas nuevas? Y
+ sobre todo, &iquest;por qu&eacute; las pagaba &eacute;l, Fortunato, de su
+ bolsillo? Si sab&iacute;a que no ten&iacute;a un cuarto, porque toda la
+ paga repart&iacute;a antes de cobrarla, &iquest;por qu&eacute; se
+ compromet&iacute;a?&raquo;. Fortunato confes&oacute; que parec&iacute;a un
+ subteniente de los sometidos a descuento; dijo que quer&iacute;a salir de
+ aquella vida de trampas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Yo no s&eacute; lo que debo ya a tu madre, Ferm&iacute;n,
+ &iquest;debe de ser un dineral?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;S&iacute;, se&ntilde;or, un dineral, pero lo peor no es que
+ usted nos arruine, sino que se arruina tambi&eacute;n, y lo sabe el mundo
+ y esto es en desprestigio de la Iglesia.... Empe&ntilde;arse por los
+ pobres.... Ser un tramposo de la caridad. Hombre, por Dios, &iquest;d&oacute;nde
+ vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus bienes y s&iacute;gueme, pero
+ no ha dicho: reparte los bienes de los dem&aacute;s...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hablas como un sabio, hijo m&iacute;o, hablas como un sabio, y si
+ no fuera indecoroso, ped&iacute;a al ministro que me pusiera a descuento,
+ a ver si me correg&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s entr&oacute; en las oficinas De Pas y all&iacute; tuvieron
+ motivo para acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontr&oacute;
+ mal; revolvi&oacute; expedientes, descubri&oacute; abusos, sacudi&oacute;
+ polvo, amenaz&oacute; con suspender sueldos, neg&oacute; todo lo que pudo,
+ prepar&oacute; dos o tres castigos, para varios p&aacute;rrocos de aldea y
+ por fin dijo, ya en la puerta, que &laquo;no daba un cuarto&raquo; para
+ una suscripci&oacute;n de los marineros n&aacute;ufragos de Palomares.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or&mdash;le dijo llorando un pobre pescador de barba
+ blanca, con un gorro catal&aacute;n en la mano&mdash;&iexcl;se&ntilde;or,
+ que este a&ntilde;o nos morimos de hambre! &iexcl;que no da para borona la
+ costera del besugo!...
+ </p>
+ <p>
+ Pero el Magistral sali&oacute; sin responder siquiera, pensando en Ana y
+ en Mes&iacute;a; y a la media hora, cuando paseaba por el Espol&oacute;n
+ solo y a paso largo, olvidando el comp&aacute;s de su marcha ordinaria, le
+ repet&iacute;a en los sesos, no sab&iacute;a qu&eacute; voz: &iexcl;besugo,
+ besugo!
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Por qu&eacute; se acordaba &eacute;l del besugo?&raquo;. Y
+ encogi&oacute; los hombros irritado tambi&eacute;n con aquella obsesi&oacute;n
+ de est&uacute;pido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No faltaba m&aacute;s que ahora me volviera loco.
+ </p>
+ <p>
+ Pasaron ocho d&iacute;as y a la hora se&ntilde;alada Anita se present&oacute;
+ de rodillas ante la celos&iacute;a del confesonario.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de la absoluci&oacute;n enjug&oacute; una l&aacute;grima
+ que ca&iacute;a por su mejilla, se levant&oacute; y sali&oacute; al p&oacute;rtico.
+ All&iacute; esper&oacute; al Magistral y juntos, cerca ya del obscurecer,
+ llegaron a casa de do&ntilde;a Petronila.
+ </p>
+ <p>
+ Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la <i>Madre del
+ Amor Hermoso</i>, con sus ojazos de color de avellana asomados a los
+ cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda, los
+ p&aacute;rpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo
+ &aacute;spero que ce&ntilde;&iacute;a su cabeza; barba redonda y carnosa,
+ nariz de correcci&oacute;n insignificante, boca grande, labios p&aacute;lidos
+ y gruesos. Era alta, ancha de hombros, y su larga viudez casta parec&iacute;a
+ haber echado sobre su cuerpo algo como matorral de pureza que le daba
+ cierto aspecto de virgen vetusta. El vestido era negro, h&aacute;bito de
+ los Dolores, con una correa de charol muy ancha y escudo de plata chill&oacute;n,
+ ostentoso, en la manga, ce&ntilde;ida a la mu&ntilde;eca de ga&ntilde;&aacute;n
+ con presillas de abalorios.
+ </p>
+ <p>
+ Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras chinescas,
+ doradas, incrustadas en la madera negra. Se levant&oacute;, abraz&oacute;
+ a la Regenta y bes&oacute; la mano del Magistral. Les suplic&oacute;,
+ despu&eacute;s de agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen
+ terminar aquel embrollo de n&uacute;meros; y dama y cl&eacute;rigo se
+ vieron solos en el sal&oacute;n sombr&iacute;o, de damasco verde obscuro y
+ de papel gris y oro. Ana se sent&oacute; en el sof&aacute;, el Magistral a
+ su lado en un sill&oacute;n. Las maderas de los balcones entornados
+ dejaban pasar rayos estrechos de la luz del d&iacute;a moribundo; apenas
+ se ve&iacute;an Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha sali&oacute; un
+ gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se acerc&oacute;
+ al sof&aacute; paso a paso, levant&oacute; la cabeza perezoso, mirando a
+ la Regenta, dej&oacute; o&iacute;r un leve y mimoso quejido gutural, y
+ despu&eacute;s de frotar el lomo familiarmente contra la sotana del
+ Provisor, sali&oacute; al pasillo con lentitud, sin ruido, como si
+ anduviera entre algodones. Ana tuvo aprensi&oacute;n de que ol&iacute;a a
+ incienso el blanqu&iacute;simo gato; de todas maneras, parec&iacute;a un s&iacute;mbolo
+ de la devoci&oacute;n dom&eacute;stica de do&ntilde;a Petronila. En toda
+ la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era
+ tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que ol&iacute;a a cera y a
+ estoraque y acaso a espliego.... Ana sent&iacute;a una somnolencia dulce
+ pero algo alarmante; se estaba all&iacute; bien, pero se tem&iacute;a
+ vagamente la asfixia.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Petronila tardaba. Una criada, de h&aacute;bito negro tambi&eacute;n,
+ entr&oacute; con una l&aacute;mpara antigua de bronce, que dej&oacute;
+ sobre un velador despu&eacute;s de decir con voz de monja acatarrada:
+ &laquo;&iexcl;Buenas noches!&raquo; sin levantar los ojos de la alfombra
+ de fieltro, a cuadros verdes y grises.
+ </p>
+ <p>
+ Volvieron a quedar solos Ana y su confesor.
+ </p>
+ <p>
+ Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una
+ voz que se parec&iacute;a a la del gato blanco:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No puede usted imaginar, amiguita m&iacute;a, cu&aacute;nto le
+ agradezco esta resoluci&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hubiera usted hablado antes...&mdash;Bastante he hablado,
+ picarilla... &mdash;Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un
+ desaire que yo le hac&iacute;a y que ya sab&iacute;an estas se&ntilde;oras
+ el negarme a venir.... &iexcl;Llov&iacute;a tanto!... Ya sabe usted que a
+ m&iacute; la humedad me mata, la calle mojada me horroriza.... Yo estoy
+ enferma... s&iacute;, se&ntilde;or, a pesar de estos colores y de esta
+ carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me figura que
+ soy por dentro un mont&oacute;n de arena que se desmorona.... No s&eacute;
+ c&oacute;mo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de
+ m&iacute;... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendr&iacute;a
+ l&aacute;stima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado
+ como hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. S&iacute;, don Ferm&iacute;n,
+ yo ser&eacute; cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo s&eacute; lo que
+ debo a usted, y que nunca podr&eacute; pag&aacute;rselo. Una voz, una voz
+ en el desierto solitario en que yo viv&iacute;a, no puede usted figurarse
+ lo que val&iacute;a para m&iacute;... y la voz de usted vino tan a
+ tiempo.... Yo no he tenido madre, viv&iacute; como usted sabe... no s&eacute;
+ ser buena; tiene usted raz&oacute;n, no quiero la virtud sino es pura poes&iacute;a,
+ y la poes&iacute;a de la virtud parece prosa al que no es virtuoso... ya
+ lo s&eacute;... Por eso quiero que usted me gu&iacute;e.... Vendr&eacute;
+ a esta casa, imitar&eacute; a estas se&ntilde;oras, me ocupar&eacute; con
+ la tarea que ellas me impongan.... Har&eacute; todo lo que usted manda; no
+ ya por sumisi&oacute;n, por ego&iacute;smo, porque est&aacute; visto que
+ no s&eacute; disponer de m&iacute;; prefiero que me mande usted.... Yo
+ quiero volver a ser una ni&ntilde;a, empezar mi educaci&oacute;n, ser algo
+ de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como ahora.... Y adem&aacute;s
+ necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se lo he dicho a
+ usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro alejar las ideas
+ tristes pensando en Dios, en su presencia. &laquo;Si &Eacute;l est&aacute;
+ aqu&iacute;, &iquest;qu&eacute; importa todo?&raquo;. Esto me digo, pero
+ no vale, porque, ya se lo he dicho, me saltan de repente en la cabeza,
+ ideas antiguas, como dolores de llagas manoseadas, ideas de rebeli&oacute;n,
+ argumentos imp&iacute;os, preocupaciones necias, tercas, que no s&eacute;
+ cu&aacute;ndo aprend&iacute;, que vagamente recuerdo haber o&iacute;do en
+ mi casa, cuando viv&iacute;a mi padre. Y a veces se me antoja preguntarme,
+ &iquest;si ser&aacute; Dios esta idea m&iacute;a y nada m&aacute;s, este
+ peso doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo
+ por probarme a m&iacute; misma la presencia de Dios?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! S&iacute;,
+ s&iacute;, hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos,
+ estoy seguro de ello; usted es buena, el Se&ntilde;or est&aacute; con
+ usted... y yo dar&iacute;a mi vida por sacarla de esas aprensiones....
+ Todo ello es enfermedad, es flato, nervios... &iquest;qu&eacute; s&eacute;
+ yo? Pero es material, no tiene nada que ver con el alma... pero el
+ contacto es un peligro, s&iacute;, Anita; no ya por m&iacute;, por usted
+ es necesario entrar en la vida devota pr&aacute;ctica.... &iexcl;Las
+ obras, las obras, amiga m&iacute;a! Esto es serio, necesitamos remedios en&eacute;rgicos.
+ Si a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas
+ buenas se&ntilde;oras, no se deje llevar por la imaginaci&oacute;n, no las
+ condene ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se
+ cuide de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de m&iacute;, &iexcl;si
+ usted pudiera penetrar en mi alma, Anita! yo s&iacute; que jam&aacute;s
+ podr&eacute; pagarle esta hermosa resoluci&oacute;n de esta tarde....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Habl&oacute; usted de un modo!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Habl&eacute; con el alma...&mdash;Yo estaba siendo una ingrata sin
+ saberlo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero al fin... vida nueva; &iquest;no es verdad, hija m&iacute;a?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;, padre m&iacute;o, vida nueva....
+ </p>
+ <p>
+ Callaron y se miraron. Don Ferm&iacute;n, sin pensar en contenerse, cogi&oacute;
+ una mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohad&oacute;n de
+ crochet, y la oprimi&oacute; entre las suyas sacudi&eacute;ndola. Ana
+ sinti&oacute; fuego en el rostro, pero le pareci&oacute; absurdo
+ alarmarse. Los dos se hab&iacute;an levantado, y entonces entr&oacute; do&ntilde;a
+ Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de la Regenta....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora m&iacute;a, llega usted a tiempo; usted ser&aacute;
+ testigo de que la oveja ofrece solemnemente al pastor no separarse jam&aacute;s
+ del redil que escoge....
+ </p>
+ <p>
+ El Gran Constantino bes&oacute; la frente de Ana.
+ </p>
+ <p>
+ Fue un beso solemne, apretado, pero fr&iacute;o.... Parec&iacute;a poner
+ all&iacute; el sello de una cofrad&iacute;a mojado en hielo.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XIXmdash" id="XIXmdash"></a>&mdash;XIX&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribu&iacute;a las
+ enfermedades de sus clientes a la <i>Primavera m&eacute;dica</i>, de la
+ que no ten&iacute;a muy claro concepto; pero como su misi&oacute;n
+ principal era consolar a los afligidos y sol&iacute;a satisfacerles esta
+ explicaci&oacute;n climatol&oacute;gica, el m&eacute;dico buen mozo no
+ pensaba en buscar otra. La <i>Primavera m&eacute;dica</i> fue la que <i>postr&oacute;
+ en cama</i>, seg&uacute;n don Robustiano, a la Regenta, que se acost&oacute;
+ una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la
+ cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al d&iacute;a siguiente,
+ saliendo de sue&ntilde;os poblados de larvas, comprendi&oacute; que ten&iacute;a
+ fiebre.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volver&iacute;a
+ hasta las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al m&eacute;dico y Petra
+ se instal&oacute; a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La
+ cocinera, Servanda, iba y ven&iacute;a con tazas de tila, silenciosa, sin
+ disimular su indiferencia; era nueva en la casa y ven&iacute;a del monte.
+ Mucho tiempo hac&iacute;a que Anita no hab&iacute;a tenido uno de aquellos
+ impulsos cari&ntilde;osos de que sol&iacute;a ser objeto don V&iacute;ctor,
+ pero aquel d&iacute;a, a la tarde, sobre todo al obscurecer, llor&oacute;
+ ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. &laquo;&iexcl;Cu&aacute;nto
+ deseaba su presencia! s&oacute;lo &eacute;l podr&iacute;a acompa&ntilde;arla
+ en la soledad de enfermo que empezaba aquel d&iacute;a&raquo;. En vano la
+ Marquesa, Paco, Visitaci&oacute;n y Ripamil&aacute;n acudieron presurosos
+ al tener noticia del mal; a todos los recibi&oacute; afablemente, sonri&oacute;
+ a todos, pero contaba los minutos que faltaban para las diez de la noche.
+ &laquo;&iexcl;Su Quintanar! Aqu&eacute;l era el verdadero amigo, el padre,
+ la madre, todo&raquo;. La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga
+ enferma; le toc&oacute; la frente y dijo que no era nada, que ten&iacute;a
+ raz&oacute;n Somoza, la primavera m&eacute;dica... y habl&oacute; de
+ zarzaparrilla y se despidi&oacute; pronto. Paco admiraba en silencio la
+ hermosura de Ana, cuya cabeza hundida en la blancura blanda de las
+ almohadas le parec&iacute;a &laquo;una joya en su estuche&raquo;. Observ&oacute;
+ Visita que m&aacute;s que nunca se parec&iacute;a entonces Ana a la Virgen
+ de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la Regenta, y a su
+ rostro rosas encarnadas; y en el sonre&iacute;r parec&iacute;a una santa.
+ Paco pens&oacute; sin querer, &laquo;que estaba apetitosa&raquo;. Se
+ ofreci&oacute; mucho, como su madre, y sali&oacute;. En el pasillo dio un
+ pellizco a Petra que tra&iacute;a un vaso de agua azucarada. Visita dej&oacute;
+ la mantilla sobre el lecho de su amiga y se prepar&oacute; a meterse en
+ todo, sin hacer caso del gesto impertinente de Petra. &laquo;&iquest;Qui&eacute;n
+ se fiaba de criados? Afortunadamente estaba ella all&iacute; para todo lo
+ que hiciera falta&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Por lo dem&aacute;s, tu Quintanar del alma hemos de confesar que
+ tiene sus cosas; &iquest;a qui&eacute;n se le ocurre irse de caza dej&aacute;ndote
+ as&iacute;?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero qu&eacute; sab&iacute;a &eacute;l....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pues no te quejabas ya anoche?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ese Fr&iacute;gilis tiene la culpa de todo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y quien anda con Fr&iacute;gilis se vuelve loco ni m&aacute;s ni
+ menos que &eacute;l. &iquest;No es ese Fr&iacute;gilis el que injertaba
+ gallos ingleses?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;, &eacute;l era.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente
+ mono mal educado est&aacute; &eacute;l... pero, mujer, si ni siquiera
+ viste de persona decente.... Yo nunca le he visto el cuello de la
+ camisa... ni <i>chistera</i>...
+ </p>
+ <p>
+ Somoza volvi&oacute; a las ocho de la noche; a pesar de la primavera m&eacute;dica,
+ no estaba tranquilo; mir&oacute; la lengua a la enferma, le tom&oacute; el
+ pulso, le mand&oacute; aplicar al sobaco un term&oacute;metro que sac&oacute;
+ &eacute;l del bolsillo, y cont&oacute; los grados. Se puso el doctor como
+ una cereza.... Mir&oacute; a Visita con torvo ce&ntilde;o y ech&aacute;ndose
+ a adivinar exclam&oacute; con enojo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Estamos mal!... Aqu&iacute; se ha hablado mucho.... Me la
+ han aturdido, &iquest;verdad? &iexcl;Como si lo viera... mucha gente, de
+ fijo... mucha conversaci&oacute;n!...
+ </p>
+ <p>
+ Entonces fue Visita quien sinti&oacute; encendido el rostro. Somoza hab&iacute;a
+ adivinado. No sab&iacute;a medicina, pero sab&iacute;a con qui&eacute;n
+ trataba. Recet&oacute;; censur&oacute; tambi&eacute;n a don V&iacute;ctor
+ por su intempestiva ausencia; dijo que un loco hac&iacute;a ciento; que Fr&iacute;gilis
+ sab&iacute;a tanto de darwinismo como &eacute;l de herrar moscas; dio dos
+ palmaditas en la cara a la Regenta, complaci&eacute;ndose en el contacto;
+ y cerrando puertas con estr&eacute;pito sali&oacute;, no sin despedirse
+ hasta ma&ntilde;ana temprano, desde lejos.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una
+ buena raci&oacute;n de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que
+ Somoza y la carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco cre&iacute;a en la
+ medicina casera y renegaba de los m&eacute;dicos. Dos veces la hab&iacute;a
+ sacado a ella de peligros puerperales una famosa matrona sin matr&iacute;cula
+ ni Dios que lo fund&oacute;: &laquo;Di t&uacute; que todo es farsa en este
+ mundo. &iexcl;C&oacute;mo decir que est&aacute;s peor porque se ha
+ procurado distraerte! &iexcl;animal! &iexcl;qu&eacute; sabr&aacute;
+ &eacute;l lo que es una mujer nerviosa, de imaginaci&oacute;n viva! De
+ fijo que si no estoy yo aqu&iacute;, te consumes todo el d&iacute;a
+ pensando tristezas, y d&aacute;ndole vueltas a la idea de tu Quintanar
+ ausente; 'que por qu&eacute; no estar&aacute; aqu&iacute;, que si es buen
+ marido, que ya no es un ni&ntilde;o para no reflexionar'... y qu&eacute; s&eacute;
+ yo; las cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con
+ motivo para quejarse de alguno&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana estudiaba el modo de o&iacute;r a Visita sin enterarse de lo que dec&iacute;a,
+ pensando en otra cosa, &uacute;nica manera de hacer soportable el tormento
+ de su palique. A las diez y cuarto entr&oacute; en la alcoba don V&iacute;ctor,
+ chorreando p&aacute;jaros y arreos de caza, con grandes polainas y cintur&oacute;n
+ de cuero; detr&aacute;s ven&iacute;a don Tom&aacute;s Crespo, Fr&iacute;gilis,
+ con sombrero gris arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de
+ triple suela. Quintanar dej&oacute; caer al suelo un impermeable, como
+ Manrique arroja la capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal
+ hizo, salt&oacute; a los brazos de su mujer, llen&aacute;ndole de besos la
+ frente, sin acordarse de que hab&iacute;a testigos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ay, s&iacute;! aquello era el padre, la madre, el hermano,
+ la fortaleza dulce de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor
+ casero; no, no estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo&raquo;.
+ Eterna fidelidad le jur&oacute; callando, en el beso largo, intenso con
+ que pag&oacute; los del marido. El bigote de don V&iacute;ctor parec&iacute;a
+ una escoba mojada; con la humedad que tra&iacute;a de las marismas roci&oacute;
+ la frente de su esposa; pero ella no sinti&oacute; repugnancia, y vio oro
+ y plata en aquellos pelos tiesos que parec&iacute;an un cepillo de yerbas
+ hechas ceniza por la ra&iacute;z y tostadas por las puntas. Tambi&eacute;n
+ don V&iacute;ctor opin&oacute; que &laquo;aquello no ser&iacute;a nada&raquo;,
+ pero de todos modos, lament&oacute; en el alma no haber venido en el tren
+ de las cuatro y media.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. S&iacute;,
+ se&ntilde;ora&mdash;a&ntilde;adi&oacute; dirigi&eacute;ndose a Visita&mdash;que
+ lo diga este, no s&eacute; por qu&eacute; se me figur&oacute; que deb&iacute;a
+ volver m&aacute;s temprano a casa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, s&iacute;, de eso est&eacute; usted seguro. Hay presentimientos&mdash;grit&oacute;
+ la del Banco, que se dispon&iacute;a a narrar tres o cuatro adivinaciones
+ suyas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero este tuvo la culpa.... Fr&iacute;gilis encogi&oacute; los
+ hombros y tom&oacute; el pulso a la enferma, que le apret&oacute; la mano,
+ perdon&aacute;ndoselo todo. La verdad era que don V&iacute;ctor hab&iacute;a
+ querido volver temprano... para no perder el teatro. Pero esto no se pod&iacute;a
+ decir. Fr&iacute;gilis, en silencio, tuvo una vez m&aacute;s ocasi&oacute;n
+ de negar la existencia de los avisos sobrenaturales.&mdash;Se hab&iacute;a
+ destocado y su cabello espeso, de color montaraz, cortado por igual, parec&iacute;a
+ una mata, una muestra de las bre&ntilde;as. Cerraba los ojos grises y
+ arrugaba el entrecejo; le enojaba la luz, tropezaba con los muebles, ol&iacute;a
+ al monte; tra&iacute;a pegada al cuerpo la niebla de las marismas y parec&iacute;a
+ rodeado de la obscuridad y la frescura del campo. Ten&iacute;a algo de la
+ fiera que cae en la trampa, del murci&eacute;lago que entra por su mal en
+ vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de Ana nerviosa, aprensiva,
+ febril, semejaba el s&iacute;mbolo de la salud queriendo <i>contagiar</i>
+ con sus emanaciones a la enferma.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando quedaron solos marido y mujer, despu&eacute;s de conseguir, no sin
+ trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse qued&aacute;ndose a velar a
+ su amiga, Ana volvi&oacute; a solicitar los brazos del esposo y le dijo
+ con voz en que temblaba el llanto:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No te acuestes todav&iacute;a, estoy muy asustadiza, te necesito,
+ est&aacute;te aqu&iacute;, por Dios, Quintanar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, hija, s&iacute;, pues no faltaba m&aacute;s...&mdash;Y
+ sol&iacute;cito, cari&ntilde;oso le ce&ntilde;&iacute;a el embozo de las s&aacute;banas
+ a la espalda sonrosada, de raso, que &eacute;l no miraba siquiera. Pero la
+ Regenta not&oacute; luego que su marido estaba preocupado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; tienes? &iquest;Tienes aprensi&oacute;n? Crees
+ que estoy peor de lo que dicen... y quieres disimular....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, hija, no... por amor de Dios... no es eso....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te
+ aseguro que esto pasar&aacute;; lo conozco yo; ya sabes c&oacute;mo soy,
+ parece que me amaga una enfermedad... y despu&eacute;s no es nada....
+ Ahora, s&iacute;, estoy muy nerviosa, se me figura a lo mejor que me
+ abandona el mundo, que me quedo sola, sola... y te necesito a ti... pero
+ esto pasa, esto es nervioso....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levant&oacute;
+ diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vida m&iacute;a, soy contigo. Y sali&oacute; por la puerta de
+ escape.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A ver&mdash;grit&oacute; en el pasillo&mdash;; Petra, Servanda,
+ Anselmo, cualquiera... &iquest;se llev&oacute; la perdiz don Tom&aacute;s?
+ </p>
+ <p>
+ Anselmo registr&oacute; las aves muertas, depositadas en la cocina, y
+ contest&oacute; desde lejos:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, se&ntilde;or; aqu&iacute; no hay perdices!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ira de Dios! &iexcl;Pardiez! &iexcl;Malhaya! &iexcl;Siempre
+ el mismo! Si es m&iacute;a, si la mat&eacute; yo... si estoy seguro de que
+ fue mi tiro.... &iexcl;Es lo m&aacute;s vanidoso!... &iexcl;Anselmo! oye
+ esto que digo: ma&ntilde;ana al ser de d&iacute;a, &iquest;entiendes? te
+ <i>personas</i> en casa de don Tom&aacute;s, y le pides de mi parte, con
+ la mayor energ&iacute;a y seriedad, la perdiz, est&eacute; como est&eacute;,
+ &iquest;entiendes? y que no es broma, y aunque est&eacute; pelada, que
+ quiero que me la restituya... <i>Suum cuique</i>. Ana oy&oacute; los
+ gritos y se apresur&oacute; a perdonar aquella debilidad inocente de su
+ esposo. &laquo;Todos los cazadores son as&iacute;&raquo;, pens&oacute; con
+ la benevolencia de la fiebre incipiente.
+ </p>
+ <p>
+ Volvi&oacute; don V&iacute;ctor y la sonrisa dulce, cristiana de su
+ esposa, le restituy&oacute; la calma, ya que la perdiz no pod&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Hasta la una y media no <i>concili&oacute; el sue&ntilde;o</i> su mujer, y
+ <i>entonces y s&oacute;lo entonces</i>, pudo don V&iacute;ctor disponerse
+ a dormir.
+ </p>
+ <p>
+ Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consider&oacute; que era un
+ contratiempo serio la enfermedad de su querid&iacute;sima Ana. &laquo;&Eacute;l
+ no estaba alarmado, bien lo sab&iacute;a Dios; no hab&iacute;a peligro; si
+ lo hubiese lo conocer&iacute;a en el susto, en el dolor que le estar&iacute;a
+ atormentando; no hab&iacute;a susto, no hab&iacute;a dolor, luego no hab&iacute;a
+ peligro. Pero hab&iacute;a contratiempo; por de pronto, adi&oacute;s
+ teatro para muchos d&iacute;as, y aunque se trataba ahora de una compa&ntilde;&iacute;a
+ de zarzuela, que era un <i>g&eacute;nero h&iacute;brido</i>, sin embargo,
+ &eacute;l confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y
+ sencillas de la zarzuela seria, y hab&iacute;a encontrado noches pasadas
+ cierto <i>color local en Marina</i>, y <i>sabor</i> de &eacute;poca en <i>El
+ Domin&oacute; Azul</i>, sin contar con los amores contrarios del <i>Juramento</i>,
+ que eran cosa delicada. Pero &iquest;y la expedici&oacute;n con el
+ Gobernador de la provincia, para inaugurar el ferrocarril econ&oacute;mico
+ de Occidente? &iquest;Y las partidas de domin&oacute; con el Ingeniero
+ jefe en el Casino? &iquest;Y los paseos largos que necesitaba para hacer
+ bien la digesti&oacute;n?&raquo;. La idea de no salir de casa en muchos d&iacute;as,
+ le aterraba.... Se acost&oacute; de muy mal humor. Apag&oacute; la luz. La
+ obscuridad le sugiri&oacute; un remordimiento. &laquo;Era un ego&iacute;sta,
+ no pensaba en su pobrecita mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos&raquo;.
+ Y, como en desagravio, para enga&ntilde;arse a s&iacute; propio, suspir&oacute;
+ con fuerza y exclam&oacute; en voz alta:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pobrecita de mi alma! Y se durmi&oacute; satisfecho. Despert&oacute;
+ con la cabeza llena de proyectos, como sol&iacute;a; pero de repente pens&oacute;
+ en Ana, en la fiebre y se llen&oacute; su alma de tristeza cobarde....
+ &laquo;&iexcl;Sabe Dios lo que ser&iacute;a aquello!&raquo;. La botica,
+ los jaropes que &eacute;l aborrec&iacute;a, el miedo a equivocar las
+ dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas, creyendo que pod&iacute;an
+ ser veneno (para don V&iacute;ctor el veneno, a pesar de sus estudios f&iacute;sico-qu&iacute;micos,
+ siempre era verde o amarillo), las equivocaciones y torpezas de las
+ criadas, las horas de hast&iacute;o y silencio al pie del lecho de la
+ enferma, las inquietudes naturales, el estar pendiente de las palabras de
+ Somoza, el hablar con todos los que quisieran enterarse de la misma cosa,
+ de los grados de la enfermedad... todas estas incomodidades se aglomeraron
+ en la imaginaci&oacute;n de don V&iacute;ctor, que escupi&oacute; bilis
+ repetidas veces, y se levant&oacute; lleno de l&aacute;stima de s&iacute;
+ mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvid&oacute; de repente de todo
+ aquello: Ana estaba mal, hab&iacute;a delirado; no hab&iacute;an querido
+ despertarle, pero la se&ntilde;ora hab&iacute;a pasado una noche terrible
+ seg&uacute;n Petra, que hab&iacute;a velado.
+ </p>
+ <p>
+ Somoza lleg&oacute; a las ocho.&mdash;&iquest;Qu&eacute; es? &iquest;qu&eacute;
+ tiene? &iquest;hay gravedad?
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba
+ estas cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, o&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ El m&eacute;dico no contest&oacute;. Recet&oacute; y sali&oacute; al
+ gabinete.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay? &iquest;qu&eacute; hay?&mdash;repet&iacute;a
+ all&iacute; Quintanar con voz tr&eacute;mula y muy bajo&mdash;... &iquest;Qu&eacute;
+ hay?
+ </p>
+ <p>
+ Don Robustiano le mir&oacute; con desprecio, con odio y con indignaci&oacute;n...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; hay! &iexcl;qu&eacute; hay! eso pronto se
+ pregunta&raquo;; don Robustiano no sab&iacute;a lo que iba a hacer, pero
+ parec&iacute;a algo gordo por las se&ntilde;as; esto pens&oacute;, pero
+ dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en
+ poder de criadas, ni de Visitaci&oacute;n, que la aturde con su ch&aacute;chara...;
+ eso hay.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;es cosa grave, es cosa grave?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es
+ grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto....
+ &iquest;Se trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis...
+ tal vez... pero hay fen&oacute;menos reflejos que enga&ntilde;an....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo que no son los nervios? &iquest;Ni la primavera m&eacute;dica?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, los nervios siempre andan en el ajo... y la primavera... la
+ sangre... la savia nueva... es claro... todo influye... pero usted no
+ puede entender esto....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, se&ntilde;or, no puedo. En mis ratos de ocio he le&iacute;do
+ libros de medicina, conozco el Jaccoud... pero semejante lectura me daba
+ ganas de... vamos, sent&iacute;a n&aacute;useas y se me figuraba o&iacute;r
+ la sangre circular, y cre&iacute;a que era as&iacute;... una cosa como el
+ dep&oacute;sito del Lozoya, con canales, compuertas en el coraz&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, bueno; por m&iacute; no disparate usted m&aacute;s. Hasta la
+ tarde; si hay novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni
+ dejar... que entre Visitaci&oacute;n... que la aturde. &iexcl;La ciencia
+ proh&iacute;be terminantemente que esa se&ntilde;ora protectora de
+ comadronas parteras meta aqu&iacute; la pata!...
+ </p>
+ <p>
+ Cuatro d&iacute;as despu&eacute;s, don Robustiano mandaba en su lugar a un
+ m&eacute;dico joven, su protegido; cre&iacute;a llegado el caso de
+ inhibirse; ya se sab&iacute;a, &eacute;l no pod&iacute;a asistir a las
+ personas muy queridas cuando llegaban a cierto estado....
+ </p>
+ <p>
+ El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declar&oacute;
+ que la enfermedad no era grave, pero s&iacute; larga, y de convalecencia
+ penosa. No le gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las
+ enfermedades, y empleaba los t&eacute;cnicos si le apuraban, no por rid&iacute;cula
+ pedanter&iacute;a, sino por salir con su gusto de no enterar a los
+ profanos de lo que no importa que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello
+ fue que Anita crey&oacute; que se mor&iacute;a, y padeci&oacute; a&uacute;n
+ m&aacute;s que en el tiempo del mayor peligro, cuando empezaron a decirle
+ que estaba mejor. Al saber que hab&iacute;a pasado seis d&iacute;as en
+ aquella torpeza con intervalos de exaltaci&oacute;n y delirio, extra&ntilde;&oacute;
+ mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio.
+ </p>
+ <p>
+ La debilidad la ten&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s que rendida, exaltada y
+ vidriosa. Todo lo ve&iacute;a de un color amarillento p&aacute;lido; entre
+ los objetos y ella, flotaban infinitos puntos y circulillos de aire, como
+ burbujas a veces, como polvo y como telara&ntilde;as muy sutiles otras: si
+ dejaba los brazos tendidos sobre el embozo de su lecho y miraba las manos
+ flacas, surcadas por haces de azul sobre fondo blanco mate, cre&iacute;a
+ de repente que aquellos dedos no eran suyos, que el moverlos no depend&iacute;a
+ de su voluntad, y el decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran
+ esfuerzo. Sus mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos
+ caldos ins&iacute;pidos, desabridos, que don V&iacute;ctor enfriaba a
+ soplos, soplando con fe y perseverancia, dando a entender su celo y su
+ cari&ntilde;o en aquel modo de soplar. El ideal del caldo, seg&uacute;n
+ Quintanar, nunca lo <i>realizaban</i> las criadas de Vetusta. De esto
+ hablaba &eacute;l, mientras Ana sent&iacute;a sudores mortales que parec&iacute;an
+ sacarle de la piel la &uacute;ltima fuerza, y hasta el &aacute;nimo de
+ vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por dentro; a
+ veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a verse
+ repartida en mil, y el horror domin&aacute;ndola produc&iacute;a una
+ reacci&oacute;n de energ&iacute;a suficiente a volverla a su <i>yo</i>,
+ como a un puerto seguro; al recobrar esta conciencia de s&iacute;, se sent&iacute;a
+ padeciendo mucho, pero casi gozaba con tal dolor, que al fin era la vida,
+ prueba de que ella era quien era. Si don V&iacute;ctor hablaba a su lado,
+ sin querer Ana segu&iacute;a entonces el pensamiento de su esposo, y
+ contra su deseo, la atenci&oacute;n se fijaba en los juicios de Quintanar,
+ y la inteligencia les aplicaba rigorosa cr&iacute;tica, un an&aacute;lisis
+ sutil y doloroso para la enferma, que al pulverizar a pesar suyo las
+ sinrazones del marido, padec&iacute;a tormento indescriptible, en el
+ cerebro seg&uacute;n ella.
+ </p>
+ <p>
+ Ve&iacute;a al m&eacute;dico muy preocupado con el <i>tronco</i> y sin
+ pensar en los dolores inefables que ella sent&iacute;a en lo m&aacute;s
+ suyo, en algo que ser&iacute;a cuerpo, pero que parec&iacute;a alma, seg&uacute;n
+ era &iacute;ntimo. Todos los d&iacute;as hab&iacute;a que palpar el
+ vientre y hacer preguntas relativas a las funciones m&aacute;s humildes de
+ la vida animal; don V&iacute;ctor, que no se fiaba de su memoria, siempre
+ reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que asentaba con
+ pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al m&eacute;dico
+ importaba saber de estos pormenores.
+ </p>
+ <p>
+ Mientras dur&oacute; el temor de la gravedad, el amante esposo no pens&oacute;
+ m&aacute;s que en la enferma y cumpli&oacute; como bueno; si era a veces
+ importuno, descuidado, o poco h&aacute;bil, era sin conciencia. Despu&eacute;s
+ empez&oacute; a aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba
+ al decir las horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidi&oacute;
+ tomarle afici&oacute;n al oficio de enfermero y lo consigui&oacute;: lleg&oacute;
+ a ser para &eacute;l tan divertido como hacer p&oacute;rticos ojivales de
+ marqueter&iacute;a, el preparar menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer
+ con yodo; soplar y limpiar caldos y consultar el reloj para contar los
+ minutos y hasta los segundos; operaci&oacute;n en que lleg&oacute; a poner
+ una exactitud que impacientaba a Petra y a Servanda. Esperaba con af&aacute;n
+ la visita del m&eacute;dico, primero para hacerse decir veinte veces que
+ Ana iba mejor, mucho mejor, y adem&aacute;s, para gozar con la conversaci&oacute;n
+ alegre, ajena a todas las enfermedades del mundo, que segu&iacute;a a la
+ parte facultativa de la visita. El sustituto de Somoza no era hablador,
+ pero se divert&iacute;a oyendo a Quintanar, y este lleg&oacute; a profesar
+ gran cari&ntilde;o a Ben&iacute;tez, que as&iacute; se llamaba. El
+ contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la alcoba estrecha
+ y llena de una atm&oacute;sfera pesada; de la vida mon&oacute;tona de
+ casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el aire
+ libre, la &uacute;ltima zarzuela, encantaba a don V&iacute;ctor, que
+ llevaba la conversaci&oacute;n a cosas frescas, grandes y de muchos
+ accidentes. Tambi&eacute;n le gustaba discutir con Ben&iacute;tez y
+ sondearle, como &eacute;l dec&iacute;a. Uno de los problemas que m&aacute;s
+ preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad de los mundos
+ habitados. &Eacute;l cre&iacute;a que s&iacute;, que hab&iacute;a
+ habitantes en todos los astros, la generosidad de Dios lo exig&iacute;a; y
+ citaba a Flammari&oacute;n, y las cartas de Feij&oacute;o y la opini&oacute;n
+ de un obispo ingl&eacute;s, cuyo nombre no recordaba &laquo;Mister no s&eacute;
+ cu&aacute;ntos&raquo;, porque para &eacute;l todos los ingleses eran
+ Mister.
+ </p>
+ <p>
+ Desde que el m&eacute;dico declar&oacute; que la mejor&iacute;a, aunque
+ lenta, ser&iacute;a continua probablemente, Quintanar, muy contento, no
+ permiti&oacute; que se dudase de aquella no interrumpida marcha en busca
+ de la salud. Su ego&iacute;smo candoroso, pero fuerte, estaba cansado de
+ pensar en los dem&aacute;s, de olvidarse a s&iacute; mismo, no quer&iacute;a
+ m&aacute;s tiempo de servidumbre, y si Ana se quejaba, su marido torc&iacute;a
+ el gesto, y hasta lleg&oacute; a hablar con voz agridulce de la paciencia
+ y de la formalidad.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No seamos ni&ntilde;os, Ana; t&uacute; est&aacute;s mejor, eso que
+ tienes es efecto de la debilidad... no pienses en ello... es aprensi&oacute;n;
+ la aprensi&oacute;n hace m&aacute;s v&iacute;ctimas que el mal. Y repet&iacute;a
+ infaliblemente la par&aacute;bola del c&oacute;lera y la aprensi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ La idea de una reca&iacute;da, de un estancamiento siquiera, le parec&iacute;a
+ subversiva, una maquinaci&oacute;n contra su reposo. &laquo;&Eacute;l no
+ era de piedra. No podr&iacute;a resistir...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ya no ten&iacute;a compasi&oacute;n de la enferma; ya no hab&iacute;a all&iacute;
+ m&aacute;s que nervios... y empez&oacute; a pensar en s&iacute; mismo
+ exclusivamente. Entraba y sal&iacute;a a cada momento en la alcoba de Ana;
+ casi nunca se sentaba, y hasta lleg&oacute; a fastidiarle el registro de
+ medicinas y dem&aacute;s pormenores &iacute;ntimos. El m&eacute;dico tuvo
+ que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y hasta mentiras
+ para estar fuera, en su despacho, en el Parque. &laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+ gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el
+ autor de todo&raquo;. Y respiraba don V&iacute;ctor las auras de abril con
+ placer voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvi&oacute; a componer
+ sus maquinillas, so&ntilde;&oacute; con nuevos inventos, y envidi&oacute;
+ a Fr&iacute;gilis la aclimataci&oacute;n del Eucaliptus globulus en
+ Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta not&oacute; la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y
+ horas que a &eacute;l le parec&iacute;an minutos. Cuando las congojas la
+ anegaban en mares de tristeza, que parec&iacute;an sin orillas, cuando se
+ sent&iacute;a como aislada del mundo, abandonada sin remedio, ya no
+ llamaba a Quintanar, aunque era el &uacute;nico ser vivo de quien entonces
+ se acordaba; prefer&iacute;a dejarle tranquilo all&aacute; fuera, porque
+ si ven&iacute;a le hac&iacute;a da&ntilde;o con aquel desd&eacute;n g&aacute;rrulo
+ y absurdo de los padecimientos nerviosos.
+ </p>
+ <p>
+ Una tarde de color de plomo, m&aacute;s triste por ser de primavera y
+ parecer de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas
+ de almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban
+ posturas tr&aacute;gicas abrigos de ella y unos pantalones que don V&iacute;ctor
+ dejara all&iacute;; sin fe en el m&eacute;dico creyendo en no sab&iacute;a
+ qu&eacute; mal incurable que no comprend&iacute;an los doctores de
+ Vetusta, tuvo de repente, como un amargor del cerebro, esta idea: &laquo;Estoy
+ sola en el mundo&raquo;. Y el mundo era plomizo, amarillento o negro seg&uacute;n
+ las horas, seg&uacute;n los d&iacute;as; el mundo era un rumor triste,
+ lejano, apagado, donde hab&iacute;a canciones de ni&ntilde;as, mon&oacute;tonas,
+ sin sentido; estr&eacute;pito de ruedas que hacen temblar los cristales,
+ rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el gru&ntilde;ir de
+ las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol dando vueltas
+ muy r&aacute;pidas alrededor de la tierra, y esto eran los d&iacute;as;
+ nada. Las gentes entraban y sal&iacute;an en su alcoba como en el
+ escenario de un teatro, hablaban all&iacute; con afectado inter&eacute;s y
+ pensaban en lo de fuera: su realidad era otra, aquello la m&aacute;scara.
+ &laquo;Nadie amaba a nadie. As&iacute; era el mundo y ella estaba sola&raquo;.
+ Mir&oacute; a su cuerpo y le pareci&oacute; tierra. &laquo;Era c&oacute;mplice
+ de los otros, tambi&eacute;n se escapaba en cuanto pod&iacute;a; se parec&iacute;a
+ m&aacute;s al mundo que a ella, era m&aacute;s del mundo que de ella&raquo;.
+ &laquo;Yo soy mi alma&raquo;, dijo entre dientes, y soltando las s&aacute;banas
+ que sus manos oprim&iacute;an, resbal&oacute; en el lecho, y qued&oacute;
+ supina mientras el muro de almohadas se desmoronaba. Llor&oacute; con los
+ ojos cerrados. La vida volv&iacute;a entre aquellas olas de l&aacute;grimas.
+ Oy&oacute; la campana de un reloj de la casa. Era la hora de una medicina.
+ Era aquella tarde el encargado de d&aacute;rsela Quintanar y no aparec&iacute;a.
+ Ana esper&oacute;. No quiso llamar y se inclin&oacute; hacia la mesilla de
+ noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo tom&oacute; y bebi&oacute;.
+ Entonces ley&oacute; distra&iacute;da en el lomo del libro voluminoso: <i>Obras
+ de Santa Teresa. I</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Se estremeci&oacute;, tuvo un terror vago; acudi&oacute; de repente a su
+ memoria aquella tarde de la lectura de San Agust&iacute;n en la glorieta
+ de su huerto, en Loreto, cuando era ni&ntilde;a, y crey&oacute; o&iacute;r
+ voces sobrenaturales que estallaban en su cerebro; ahora no ten&iacute;a
+ la c&aacute;ndida fe de entonces. &laquo;Era una casualidad, pura
+ casualidad la presencia de aquel libro m&iacute;stico coincidiendo con los
+ pensamientos de abandono que la entristec&iacute;an, y despertando ideas
+ de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma, serias, profundas, no
+ impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto con abrazos del
+ deseo.... Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo, ella tomaba la
+ lecci&oacute;n, aprovechaba la coincidencia, entend&iacute;a el sentido
+ profundo del azar. &iquest;No se quejaba de que estaba sola, no hab&iacute;a
+ ca&iacute;do como desvanecida por la idea del abandono?... Pues all&iacute;
+ estaban aquellas letras doradas: <i>Obras de Santa Teresa. I</i>. &iexcl;Cu&aacute;nta
+ elocuencia en un letrero! &laquo;&iexcl;Est&aacute;s sola! pues &iquest;y
+ Dios?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el coraz&oacute;n;
+ todo ardi&oacute; all&iacute; dentro en piedad; y Ana, con irresistible
+ &iacute;mpetu de fe ostensible, viva, material, fort&iacute;sima, se puso
+ de rodillas sobre el lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos
+ juntas temblando sobre la cabeza, balbuciente, exclam&oacute; con voz de
+ ni&ntilde;a enferma y amorosa:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Padre m&iacute;o! &iexcl;Padre m&iacute;o! &iexcl;Se&ntilde;or!
+ &iexcl;Se&ntilde;or! &iexcl;Dios de mi alma!
+ </p>
+ <p>
+ Sinti&oacute; escalofr&iacute;os y ondas de mareo que sub&iacute;an al
+ cerebro; se apoy&oacute; en el fr&iacute;o estuco, y cay&oacute; sin
+ sentido sobre la colcha de damasco rojo.
+ </p>
+ <p>
+ A pesar de la prohibici&oacute;n de don V&iacute;ctor, vino el retroceso,
+ recay&oacute; la enferma, y se volvi&oacute; a los sustos, a los apuros, a
+ las noches en vela; el m&eacute;dico volvi&oacute; a ser un or&aacute;culo,
+ los pormenores de alcoba negocios arduos, el reloj un dictador lac&oacute;nico.
+ </p>
+ <p>
+ Ana tuvo aquellas noches sue&ntilde;os horribles. Al amanecer, cuando la
+ luz p&aacute;lida y cobarde se arrastraba por el suelo, despu&eacute;s de
+ entrar laminada por los intersticios del balc&oacute;n, despertaba
+ sofocada por aquellas visiones, como n&aacute;ufrago que sale a la
+ orilla.... Parec&iacute;ale sentir todav&iacute;a el roce de los fantasmas
+ groseros y c&iacute;nicos, cubiertos de peste; oler hediondas emanaciones
+ de sus podredumbres, respirar en la atm&oacute;sfera fr&iacute;a, casi
+ viscosa, de los subterr&aacute;neos en que el delirio la aprisionaba.
+ Andrajosos vestiglos amenaz&aacute;ndola con el contacto de sus llagas
+ purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien veces por
+ angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cab&iacute;a sin
+ darle tormento. Entonces cre&iacute;a morir. Una noche la Regenta reconoci&oacute;
+ en aquel subterr&aacute;neo las catacumbas, seg&uacute;n las descripciones
+ rom&aacute;nticas de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de v&iacute;rgenes
+ de blanca t&uacute;nica, vagaban por las galer&iacute;as h&uacute;medas,
+ angostas y aplastadas, larvas, asquerosas, descarnadas, cubiertas de
+ casullas de oro, capas pluviales y manteos que al tocarlos eran como alas
+ de murci&eacute;lago. Ana corr&iacute;a, corr&iacute;a sin poder avanzar
+ cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto, queriendo antes destrozar en
+ &eacute;l sus carnes que sufrir el olor y el contacto de las asquerosas
+ car&aacute;tulas; pero al llegar a la salida, unos la ped&iacute;an besos,
+ otros oro, y ella ocultaba el rostro y repart&iacute;a monedas de plata y
+ cobre, mientras o&iacute;a cantar responsos a carcajadas y le salpicaba el
+ rostro el agua sucia de los hisopos que beb&iacute;an en los charcos.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando despert&oacute; se sinti&oacute; anegada en sudor fr&iacute;o y
+ tuvo asco de su propio cuerpo y aprensi&oacute;n de que su lecho ol&iacute;a
+ como el f&eacute;tido humor de los hisopos de la pesadilla...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Ir&iacute;a a morir? &iquest;Eran aquellos sue&ntilde;os
+ repugnantes emanaciones de la sepultura, el sabor anticipado de la tierra?
+ &iquest;Y aquellos subterr&aacute;neos y sus larvas eran imitaci&oacute;n
+ del infierno? &iexcl;El infierno! Nunca hab&iacute;a pensado en &eacute;l
+ despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella como en los m&aacute;s
+ de los fieles; cre&iacute;a en el Infierno como en todo lo que mandaba
+ creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se hab&iacute;a
+ revelado, ella lo hab&iacute;a sometido con acto de pretendida fe, hab&iacute;a
+ dicho &laquo;creo a ciegas&raquo;, tomando las palabras y la resoluci&oacute;n
+ de creer por la creencia. Pero otra cosa era en esta ocasi&oacute;n: el
+ Infierno ya no era un dogma englobado en otros: ella hab&iacute;a sentido
+ su olor, su sabor... y comprend&iacute;a que antes, en rigor, no cre&iacute;a
+ en el Infierno. S&iacute;, s&iacute;, era material o lo parec&iacute;a,
+ &iquest;por qu&eacute; no? &iexcl;Qu&eacute; vana se le antojaba ahora a
+ la Regenta la filosof&iacute;a superficial del optimismo bullanguero, del
+ espiritualismo abstracto, bonach&oacute;n, sin sentido de la realidad
+ triste del mundo! &iexcl;Hab&iacute;a infierno! Era as&iacute;... la
+ podredumbre de la materia para los esp&iacute;ritus podridos.... Y ella
+ hab&iacute;a pecado, s&iacute;, s&iacute;, hab&iacute;a pecado. &iexcl;Qu&eacute;
+ diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que el mundo
+ sol&iacute;a tener y con el cual ella se hab&iacute;a absuelto de ciertas
+ <i>ligerezas</i> que ya le pesaban como plomo!&raquo;. Y recordaba m&aacute;ximas
+ y aforismos religiosos que hab&iacute;a o&iacute;do al Magistral, sin
+ penetrar su terrible severidad, aquel sentido l&uacute;gubre y hondo que
+ no parec&iacute;an tener en los labios finos, suaves, llenos de silbantes
+ sonidos del pulqu&eacute;rrimo can&oacute;nigo.
+ </p>
+ <p>
+ Ya hab&iacute;a subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la ma&ntilde;ana
+ con tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa cre&iacute;an
+ postrada o dormida a la Regenta y no abr&iacute;an las maderas del balc&oacute;n,
+ ni interrump&iacute;an el descanso de la enferma. Ana sent&iacute;a el d&iacute;a
+ en el melanc&oacute;lico regalo que su mismo lecho, tantas veces
+ aborrecido, le prestaba en aquellas horas de la ma&ntilde;ana de
+ primavera; otra vez volv&iacute;a la vida a moverse en aquel cuerpo
+ mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba avanzando por aquel
+ terreno de su victoria, dudosa de ella todav&iacute;a. El cerebro
+ recobraba los dominios de la l&oacute;gica, su salud; la memoria, firme,
+ no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en
+ sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quer&iacute;a
+ acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginaci&oacute;n, y poco a
+ poco, seg&uacute;n las olas de salud sub&iacute;an en su marea, la
+ enferma, perdido el terror con que despertara, o&iacute;a la acusaci&oacute;n
+ con dulce curiosidad creciente; la idea del infierno se desvanec&iacute;a,
+ como mueren las vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de
+ asco y terror; aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad
+ ordinaria, pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor,
+ fuerza al &aacute;nimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el
+ relato adquir&iacute;a m&aacute;s y m&aacute;s inter&eacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Pasaron entonces por el recuerdo todos los d&iacute;as que siguieron al
+ entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el esp&iacute;ritu de Ana hab&iacute;a
+ dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Record&oacute; la
+ romer&iacute;a de San Blas, en la carretera de la F&aacute;brica Vieja;
+ aquella tarde de sol que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral
+ all&aacute; arriba, como en la c&uacute;spide de un monumento, encaje de
+ piedra obscura sobre fondo de naranja y de violeta de un cielo suave,
+ listado, de nubes largas, estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo,
+ como esperando a que se acostara el sol para cerrar el horizonte.... Sin
+ saber c&oacute;mo, San Blas anunciaba la primavera; Ana esperaba ya
+ aquellos d&iacute;as en que, con largos intervalos de mal tiempo, aparece
+ un poco de luz que arranca vibraciones de alegr&iacute;a y resplandor al
+ verde dormido de los campos vetustenses; aquellos d&iacute;as que son algo
+ mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las ideas tristes hab&iacute;an
+ volado como p&aacute;jaros de invierno, Ana se hab&iacute;a visto en el
+ paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba don
+ &Aacute;lvaro Mes&iacute;a, enamorado, triste de tanto amor, resignado,
+ cari&ntilde;oso sin inter&eacute;s, suave y tierno, sin esperanza. Algo as&iacute;
+ como el mismo encanto del d&iacute;a; en rigor, el invierno, nada, pero en
+ la tranquilidad y tibia y vaga alegr&iacute;a del ambiente, una delicia
+ que saboreaba con inefable gozo la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; don &Aacute;lvaro; no ser&iacute;a jam&aacute;s suya, eso no;
+ ese verano ardiente no vendr&iacute;a, ni siquiera le consentir&iacute;a
+ hablarle claro, insistir en sus pretensiones; pero tenerle a su lado, <i>sentirle</i>
+ quererla, adorarla, eso s&iacute;: era dulce, era suave, era un placer
+ tranquilo, profundo.... Ella le miraba con llamaradas que apagaba al
+ brotar de los ojos, le sonre&iacute;a como una diosa que admite el
+ holocausto, pero una diosa humilde, maternal, llena de caridad y de
+ gracia, sino de amor de fuego. Tal hab&iacute;a sido el paseo de San Blas.
+ </p>
+ <p>
+ Desde aquella tarde Mes&iacute;a hab&iacute;a recobrado parte de sus
+ esperanzas; crey&oacute; otra vez en la influencia <i>del f&iacute;sico</i>
+ y se propuso estar al lado de Ana la mayor cantidad de tiempo posible. Era
+ una villan&iacute;a, pero recurri&oacute; a la ciega amistad de don V&iacute;ctor.
+ En el Casino se sentaba a su lado, ten&iacute;a la paciencia de verle
+ jugar al domin&oacute; o al ajedrez, y terminada la partida le cog&iacute;a
+ del brazo, y, como sol&iacute;a llover, paseaban por el sal&oacute;n
+ largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las
+ cinco o seis parejas que lo med&iacute;an de arriba abajo a grandes pasos,
+ que ten&iacute;an por el furor de los tacones, algo de protesta contra el
+ mal tiempo. Veterano del Casino hab&iacute;a que llevaba andado en aquel
+ sal&oacute;n camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos
+ amigos, y Mes&iacute;a iba entrando, entrando por el alma del jubilado
+ regente y tomando posesi&oacute;n de todos sus rincones.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor lleg&oacute; a creer que a Mes&iacute;a ya no le
+ importaban en el mundo m&aacute;s negocios que los de &eacute;l, los de
+ Quintanar, y sin miedo de aburrirle, tardes enteras le ten&iacute;a
+ amarrado a su brazo, dando vueltas por las tablas temblonas del sal&oacute;n,
+ par&aacute;ndose a cada pasaje interesante del relato o siempre que hab&iacute;a
+ una duda que consultar con el amigo. Don &Aacute;lvaro sufr&iacute;a el
+ tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se hab&iacute;a resistido
+ su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino subterr&aacute;neo
+ y traidor, pero ya no pod&iacute;a menos. Adem&aacute;s &laquo;&iexcl;qu&eacute;
+ diablo! mayores bellaquer&iacute;as hab&iacute;a en la historia de sus
+ aventuras&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la
+ cabeza para mirarle cara a cara, y dec&iacute;a, por ejemplo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted, aqu&iacute; en el secreto de la... pues... contando con
+ el sigilo de usted.... Fr&iacute;gilis tiene tambi&eacute;n sus defectos.
+ Yo le quiero m&aacute;s que un hermano, eso s&iacute;, pero &eacute;l...
+ &eacute;l me tiene en poco... cr&eacute;alo usted.... No me lo niegue
+ usted, es in&uacute;til, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se cree
+ muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe m&aacute;s
+ arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es m&aacute;s constante que yo
+ en el trabajo... pero &iexcl;tirar mejor que yo! &iexcl;hombre por Dios!
+ &iquest;Y el talento mec&aacute;nico? &Eacute;l es torpe de dedos y tardo
+ de ingenio.&mdash;Y don V&iacute;ctor, par&aacute;ndose otra vez, casi al
+ o&iacute;do de don &Aacute;lvaro a&ntilde;ad&iacute;a&mdash;: Dir&eacute;
+ la palabra: &iexcl;un rutinario!
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar era inagotable en el cap&iacute;tulo de las quejas y de la
+ envidia peque&ntilde;a, al pormenor, cuando se trataba de su amigo
+ &iacute;ntimo, de su Fr&iacute;gilis; se sent&iacute;a dominado por
+ &eacute;l y desahogaba la colerilla sorda, cobarde, bonachona en el fondo,
+ en estas confidencias; Mes&iacute;a era una especie de rival de Fr&iacute;gilis
+ que asomaba; don V&iacute;ctor encontraba cierta satisfacci&oacute;n
+ maligna en la infidelidad incipiente.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro callaba y o&iacute;a. S&oacute;lo cuando trataba don V&iacute;ctor
+ de su buena punter&iacute;a se quedaba un poco preocupado. Le parec&iacute;a
+ imposible que se pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como
+ don Tom&aacute;s Crespo, a quien &eacute;l cre&iacute;a loco de
+ nacimiento.
+ </p>
+ <p>
+ Anochec&iacute;a, segu&iacute;a lloviendo, los mozos de servicio encend&iacute;an
+ dos o tres luces de gas en el sal&oacute;n, y Quintanar conoc&iacute;a por
+ esta se&ntilde;a y por el cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que
+ hab&iacute;a hablado mucho; sent&iacute;a entonces remordimientos, se
+ apiadaba de Mes&iacute;a, le agradec&iacute;a en el alma su silencio y
+ atenci&oacute;n, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso de cerveza
+ alemana en su casa.
+ </p>
+ <p>
+ La frase era:&mdash;&iquest;Vamos a la Rinconada? Mes&iacute;a, callando,
+ segu&iacute;a a don V&iacute;ctor.
+ </p>
+ <p>
+ Una intuici&oacute;n singular le dec&iacute;a al ex-regente que pagaba
+ bien al amigo su atenci&oacute;n llev&aacute;ndoselo a casa. &iquest;Por
+ qu&eacute; don &Aacute;lvaro hab&iacute;a de tener gusto en seguirle? Si
+ se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese podido responder. Pero
+ se lo daba el coraz&oacute;n; lo hab&iacute;a observado, sin fijarse en la
+ observaci&oacute;n: a Mes&iacute;a le gustaba entrar en la casa de la
+ Rinconada.
+ </p>
+ <p>
+ Sol&iacute;a llevarle al despacho, a su museo como &eacute;l dec&iacute;a;
+ all&iacute; le explicaba el mecanismo de aquellos intrincados maderos y
+ resortes y, convencido de la ignorancia de su amigo, le enga&ntilde;aba
+ sin conciencia. Lo que no consent&iacute;a don &Aacute;lvaro era que se
+ pasase revista a las colecciones de yerbas y de insectos: le mareaba el
+ fijar sucesiva y r&aacute;pidamente la atenci&oacute;n en tantas cosas in&uacute;tiles.&mdash;El
+ &uacute;nico <i>bicho</i> que le era simp&aacute;tico a don &Aacute;lvaro
+ era un pavo real disecado por Fr&iacute;gilis y su amigo.&mdash;Sol&iacute;a
+ acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno&mdash;dec&iacute;a don V&iacute;ctor&mdash;pues pasaremos a
+ mi gabinete, ya que usted desprecia mis colecciones.&mdash;Anselmo, la
+ cerveza al gabinete.
+ </p>
+ <p>
+ El gabinete era otro museo: estaban all&iacute; las armas y la
+ indumentaria. Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy
+ brillantes y bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas &eacute;pocas
+ y tama&ntilde;os llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios
+ guardaba don V&iacute;ctor con el cari&ntilde;o de un coleccionador los
+ trajes de aficionado que hab&iacute;a lucido en mejores tiempos. Si se
+ entusiasmaba hablando de sus marchitos laureles, abr&iacute;a las arcas,
+ abr&iacute;a los armarios, y seda, galones y plumas, abalorios y cintajos
+ en mezcla de colores chillones saltaban a la alfombra, y en aquel mar de
+ recuerdos de trapo perd&iacute;a la cabeza Quintanar. En una caja de lat&oacute;n,
+ entre yerba, guardaba como oro en pa&ntilde;o, un objeto, que a primera
+ vista se le antoj&oacute; a Mes&iacute;a una serpiente; en efecto, yac&iacute;a
+ enroscado y era verdinegro el bulto.... No hab&iacute;a que temer... don V&iacute;ctor
+ domaba fieras; aquello era la cadena que &eacute;l hab&iacute;a arrastrado
+ representando el Segismundo de <i>La vida es sue&ntilde;o</i>, en el
+ primer acto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted, amigo m&iacute;o, a usted puedo dec&iacute;rselo; no es
+ inmodestia; reconozco, &iquest;c&oacute;mo no? la superioridad de Perales
+ en el teatro antiguo, su Segismundo es una revelaci&oacute;n, concedo,
+ revela mejor que el m&iacute;o la filosof&iacute;a del drama, pero... no
+ me gustaba su modo de arrastrar la cadena; parec&iacute;a un perro con
+ maza; yo la manejaba con mucha mayor verosimilitud y naturalidad;
+ arrastraba la cadena, cr&eacute;ame usted, como si no hubiese arrastrado
+ otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en Calatayud, me arrojaron
+ todo ese hierro al escenario, como s&iacute;mbolo de mi habilidad. Por
+ poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor recuerdo de mi
+ ef&iacute;mera vida art&iacute;stica.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a esperaba la presencia de Ana y as&iacute; pod&iacute;a
+ resistir la conversaci&oacute;n de su amigo, pero muchas veces la Regenta
+ no parec&iacute;a por el gabinete de su marido, y el gal&aacute;n ten&iacute;a
+ que contentarse con el bock de cerveza y el teatro de Calder&oacute;n y
+ Lope.
+ </p>
+ <p>
+ Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atrevi&eacute;ndose a ir a
+ cualquier hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontr&oacute; a su lado como
+ un objeto familiar. Iba siendo Mes&iacute;a al caser&oacute;n lo que Fr&iacute;gilis
+ a la huerta.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel procedimiento rastrero, de villano, debi&oacute; irritarla, pero no
+ la irrit&oacute;; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborrec&iacute;a
+ a don &Aacute;lvaro, a pesar de que sus intenciones eran torcidas,
+ miserables; quer&iacute;a abusar de la confianza de don V&iacute;ctor.
+ &laquo;Pero &iquest;y si no quer&iacute;a? &iquest;Si se contentaba con
+ estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por amiga?
+ Ver&iacute;amos. Si &eacute;l se propasaba, estaba segura de resistir y
+ hasta valor sent&iacute;a para echarle en cara su crimen, su bajeza y
+ arrojarle de casa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pasaron d&iacute;as y Ana cada vez estaba m&aacute;s tranquila. &laquo;No,
+ no se propasaba; no hac&iacute;a m&aacute;s que admirarla, amarla en
+ silencio. Ni una palabra peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar
+ ocasiones, nada de buscar <i>escenas</i>; una honradez cabal; el amor que
+ respeta la honra, la pasi&oacute;n que se alimenta de ver y respirar el
+ ambiente que rodea al ser amado. El placer que ella sent&iacute;a, tambi&eacute;n
+ ten&iacute;a que confes&aacute;rselo, era el m&aacute;s intenso que hab&iacute;a
+ saboreado en su vida. Poco decir era por que &iexcl;hab&iacute;a gozado
+ tan poco!&raquo;. Al sentir cerca de s&iacute; a don &Aacute;lvaro, segura
+ de que no hab&iacute;a peligro, respiraba con delicia, dejaba el esp&iacute;ritu
+ en una somnolencia moral que la ten&iacute;a bajo los efectos del opio.
+ Comparaba ella la situaci&oacute;n a la aventura de flotar sobre mansa
+ corriente perezosa, sombr&iacute;a, a la hora de la siesta; el agua va al
+ abismo, el cuerpo flota... pero hay la seguridad de salir de la corriente
+ cuando el peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los
+ brazos y se est&aacute; fuera, en la orilla.... Ya sab&iacute;a Ana en sus
+ adentros que aquello no estaba bien, por que ella no pod&iacute;a
+ responder de la prudencia de don &Aacute;lvaro. &laquo;Pero, &iquest;no
+ estaba segura de s&iacute; misma? s&iacute; &iexcl;pues entonces! &iquest;por
+ qu&eacute; no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de
+ una madre, la fidelidad de un perro?&raquo;. &laquo;Adem&aacute;s, quien
+ mandaba en casa era su marido, no era ella. &iquest;Buscaba ella a Mes&iacute;a?
+ No. &iquest;Mandaba ella a Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba.
+ Obrar de otro modo hubiera sido alarmar al esposo sin motivo, infundir
+ sospechas sin fundamento, tal vez robar a don V&iacute;ctor para siempre
+ la paz del alma. Lo mejor era callar, estar alerta, y... gozar la tibia
+ llama de la pasi&oacute;n de soslayo; que con ser poco tal calor era la m&aacute;s
+ viva hoguera a que ella se hab&iacute;a arrimado en su vida&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y al Magistral no se le dec&iacute;a nada de esto. &iquest;Para qu&eacute;?
+ No hab&iacute;a pecado. Hab&iacute;a ocasi&oacute;n, pero no se buscaba&raquo;.
+ Adem&aacute;s, Ana, puesto que defend&iacute;a su virtud, cre&iacute;a
+ prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al confesor. &laquo;Si
+ crec&iacute;a el peligro, hablar&iacute;a. Mientras tanto, no&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario
+ de la catedral, los preparativos de una expedici&oacute;n al campo en la
+ que acompa&ntilde;aban a la Regenta Mes&iacute;a, Fr&iacute;gilis y
+ Quintanar. No fue aquella sola; muchas veces, en cuanto ve&iacute;a un
+ rayo de sol, a don V&iacute;ctor se le antojaba aprovechar el buen tiempo
+ y echar una cana al aire en los ventorrillos de la carretera de Castilla o
+ en los de Vistalegre, en compa&ntilde;&iacute;a de las personas que m&aacute;s
+ quer&iacute;a en Vetusta, a saber: su cara esposa, Fr&iacute;gilis... y
+ don &Aacute;lvaro. El pobre Ripamil&aacute;n era invitado, pero dec&iacute;a
+ que si no le llevaban en coche.... &laquo;El esp&iacute;ritu no faltaba,
+ pero los huesos no tienen esp&iacute;ritu&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se com&iacute;a, all&aacute; arriba, lo que sal&iacute;a al paso, lo que
+ daban los pasmados venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas
+ migas, huevos fritos, cualquier cosa; el pan era duro, &iexcl;mejor! el
+ vino malo, sab&iacute;a a la pez, &iexcl;mejor! esto le gustaba a
+ Quintanar: y en tal gusto coincid&iacute;a con su esposa, amiga tambi&eacute;n
+ de estas meriendas aventuradas, en las que encontraba un condimento
+ picante que despertaba el hambre y la alegr&iacute;a infantil. En aquellos
+ altozanos se respiraba el aire como cosa nueva; se calentaban a los rayos
+ del sol con voluptuosa pereza, como si el sol de Vetusta, de all&aacute;
+ abajo, fuera menos ben&eacute;fico. Notaba Ana que en aquella altura, en
+ aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela picaresca, entre
+ arrieros, maritornes y se&ntilde;ores de castillos, a lo don Quijote, se
+ despertaba en ella el instinto del arte pl&aacute;stico y el sentido de la
+ observaci&oacute;n; reparaba las siluetas de &aacute;rboles, gallinas,
+ patos, cerdos, y se fijaba en las l&iacute;neas que ped&iacute;an el l&aacute;piz,
+ ve&iacute;a m&aacute;s matices en los colores, descubr&iacute;a grupos art&iacute;sticos,
+ combinaciones de composici&oacute;n sabia y arm&oacute;nica, y, en suma,
+ se le revelaba la naturaleza como poeta y pintor en todo lo que ve&iacute;a
+ y o&iacute;a, en la respuesta aguda de una aldeana o de un zafio ga&ntilde;&aacute;n,
+ en los episodios de la vida del corral, en los grupos de las nubes, en la
+ melancol&iacute;a de una mula cansada y cubierta de polvo, en la sombra de
+ un &aacute;rbol, en los reflejos de un charco, y sobre todo en el ritmo
+ rec&oacute;ndito de los fen&oacute;menos, divisibles a lo infinito, sucedi&eacute;ndose,
+ coincidiendo, formando la trama dram&aacute;tica del tiempo con una armon&iacute;a
+ superior a nuestras facultades perceptivas, que m&aacute;s se adivina que
+ de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de que ten&iacute;a
+ conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos de
+ Vistalegre, camino de Corf&iacute;n, le inundaba de visiones el cerebro y
+ la sum&iacute;a en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser
+ una fatiga. Entonces la sacaban de sus &eacute;xtasis naturalistas una
+ atenci&oacute;n delicada de Mes&iacute;a o una salida de buen humor
+ intempestivo de Quintanar. Don V&iacute;ctor cre&iacute;a que en el campo,
+ sobre todo si se merienda, no se debe hacer m&aacute;s que locuras; y, por
+ supuesto, era seg&uacute;n &eacute;l indispensable que alguien se
+ disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. &Eacute;l sol&iacute;a en
+ tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del pa&iacute;s;
+ se la ped&iacute;a en pr&eacute;stamo y se presentaba cubierto con aquel
+ trapo de pana negra al respetable concurso. Se re&iacute;an por
+ complacerle. Se merendaba casi siempre al aire libre, contemplando all&aacute;
+ abajo el caser&iacute;o parduzco de Vetusta; la catedral parec&iacute;a
+ desde all&iacute; hundida en un pozo, y muy chiquita; esbelta, pero como
+ un juguete; detr&aacute;s el humo de las f&aacute;bricas en la barriada de
+ los obreros en el campo del Sol, y m&aacute;s all&aacute; los campos de ma&iacute;z,
+ ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de casta&ntilde;os y
+ robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por fin, confundi&eacute;ndose
+ con los picachos de los puertos lejanos. Se filosofaba mientras se com&iacute;a,
+ tal vez con los dedos, salchich&oacute;n o chorizos mal tostados, queso
+ duro, o tortillas de jam&oacute;n, lo que fuese; se hablaba al descuido,
+ lentamente, pensando en cosas m&aacute;s hondas que las que se dec&iacute;a,
+ con los ojos clavados en la lontananza, detr&aacute;s de la cual se vela
+ el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sue&ntilde;o; se hablaba de
+ lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el tiempo,
+ de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la infancia,
+ las fechas lejanas en que hab&iacute;a una memoria com&uacute;n; y un
+ sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corf&iacute;n,
+ se extend&iacute;a sobre los comensales buc&oacute;licos y su filosof&iacute;a
+ de sobremesa.
+ </p>
+ <p>
+ Comenzaba la brisa; picaba un poco y ten&iacute;a sus peligros, pero
+ halagaba la piel; sal&iacute;a una estrella; el cuarto de luna (que a don
+ V&iacute;ctor le parec&iacute;a la plegadera de oro que le hab&iacute;an
+ regalado en Granada), tomaba color, es decir, luz. La conversaci&oacute;n,
+ ya perezosa, daba entonces en la astronom&iacute;a y se paraba en el
+ concepto de lo infinito; se acababa por tener un deseo vago de o&iacute;r
+ m&uacute;sica. Entonces Quintanar recordaba que se cantaba aquella noche
+ <i>El Rel&aacute;mpago</i> o <i>Los Magyares</i>; levantaba el campo, y
+ paso a paso, volv&iacute;an a la so&ntilde;olienta Vetusta dej&aacute;ndose
+ resbalar por la pendiente suave de la carretera. Fr&iacute;gilis dejaba el
+ brazo a la Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mes&iacute;a
+ resignado, firme en su prop&oacute;sito de ser prudente mientras fuera
+ necesario, se emparejaba con don V&iacute;ctor, que tal vez se permit&iacute;a
+ cantar a su modo el <i>spirto gentil</i> o la <i>casta diva</i>; aunque
+ prefer&iacute;a recitar versos, sin que jam&aacute;s se le olvidase decir
+ con G&oacute;ngora:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">A su caba&ntilde;a los gu&iacute;a</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">que el sol deja el horizonte,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">y el humo de su caba&ntilde;a</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">les va sirviendo de Norte.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas
+ desnudas, que chocaban alegres, inclin&aacute;ndose, pre&ntilde;adas ya de
+ las nuevas hojas; y Ana, apoy&aacute;ndose tranquila en el brazo fuerte
+ del mejor amigo, olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la
+ primavera. De esto hablaban ella y Fr&iacute;gilis. Crespo, satisfecho,
+ tranquilo, apacible, en voz baja, como respetando el primer sue&ntilde;o
+ del campo, su &iacute;dolo, dejaba caer sus palabras como un roc&iacute;o
+ en el alma de Ana, que entonces comprend&iacute;a aquella adoraci&oacute;n
+ tranquila, aquel culto po&eacute;tico, nada rom&aacute;ntico, que
+ consagraba Fr&iacute;gilis a la naturaleza, sin llamarla as&iacute;, por
+ supuesto. Nada de <i>grandes s&iacute;ntesis</i>, de cuadros disolventes,
+ de filosof&iacute;a pante&iacute;stica; pormenores, historia de los p&aacute;jaros,
+ de las plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida
+ natural llena de lecciones de una observaci&oacute;n riqu&iacute;sima. El
+ amor de Fr&iacute;gilis a la naturaleza era m&aacute;s de marido que de
+ amante, y m&aacute;s de madre que de otra cosa. En aquellos momentos, al
+ volver a Vetusta con Ana del brazo, se hac&iacute;a elocuente, hablaba
+ largo y sin miedo, aunque siempre pausadamente; en su voz hab&iacute;a
+ arrullos amorosos para el campo que describ&iacute;a, y temblaba en sus
+ labios el agradecimiento con que o&iacute;a a otra persona palabras de
+ cari&ntilde;o y de inter&eacute;s por &aacute;rboles, p&aacute;jaros y
+ flores. Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de &aacute;rbol
+ inteligente, y se apoyaba y casi recostaba en Fr&iacute;gilis como en una
+ encina venerable. Y detr&aacute;s ven&iacute;a el otro, ella lo sent&iacute;a.
+ A veces hablaba con Ana don &Aacute;lvaro y Ana contestaba con voz afable,
+ como en pago de su prudencia, de su paciencia y de su martirio.... &laquo;Porque,
+ sin duda, sufrir tanto tiempo a Quintanar era un martirio&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro sudaba de congoja. Don V&iacute;ctor se le colgaba del
+ brazo, levantaba los ojos al cielo y se divert&iacute;a en encontrar
+ parecidos entre los nubarrones de la noche y las formas m&aacute;s
+ vulgares de la tierra.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Mire usted, mire usted, aquel c&uacute;mulus es lo mismo que
+ Ripamil&aacute;n; fig&uacute;reselo usted con la teja en la mano....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&raquo;Aquel cirrus negro parece la mo&ntilde;a de un torero...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante
+ a don V&iacute;ctor, que tra&iacute;a llav&iacute;n, levantaba el pu&ntilde;o
+ cerrado sobre la cabeza del insoportable amigo.... No descargaba el
+ golpe... no... pero.... &laquo;&iexcl;Ya lo descargar&iacute;a!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por
+ ojo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; viv&iacute;a Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes
+ remordimientos, aunque no satisfecha de s&iacute; misma. Ni permit&iacute;a
+ a don &Aacute;lvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni
+ le rechazaba con el categ&oacute;rico desd&eacute;n que la virtud, lo que
+ se llama la virtud, exig&iacute;a. Estas medias tintas de la moralidad le
+ parec&iacute;an entonces a ella las m&aacute;s conformes a la flaca
+ naturaleza humana. &laquo;&iquest;Por qu&eacute; he de creerme m&aacute;s
+ fuerte de lo que soy?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n volvi&oacute; a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy
+ bien recibida; la del Banco se la com&iacute;a a besos, le hablaba de
+ modas, le mandaba patrones a casa, y le recordaba visitas que ten&iacute;a
+ que pagar y a que ella la acompa&ntilde;aba, porque don V&iacute;ctor se
+ negaba a perder el tiempo en estos cumplidos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or&mdash;gritaba &eacute;l&mdash;yo no sirvo para eso; no
+ se me haga a mi hablar del tiempo, del mal servicio de criadas, de la
+ carest&iacute;a de los comestibles. &iexcl;Ex&iacute;jase de m&iacute;
+ cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades&mdash;dec&iacute;a
+ para sus adentros.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos,
+ por la boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el
+ buen tiempo la ayudaba.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las prefer&iacute;a
+ a su est&eacute;ril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba
+ tristezas, un hast&iacute;o hondo y el rencoroso esp&iacute;ritu de
+ protesta de la carne pisoteada, que bramaba en cuanto pod&iacute;a.
+ &laquo;Era mejor vivir como todos, dejarse ir, ocupar el &aacute;nimo con
+ los pasatiempos vulgares, sosos, pero que, al fin, llenan las horas...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En esta situaci&oacute;n estaba cuando el Magistral le dijo en el
+ confesonario que se perd&iacute;a; que &eacute;l la hab&iacute;a visto
+ arrojar con desd&eacute;n sobre un banco de c&eacute;sped la historia de
+ Santa Juana Francisca.... Aquella tarde De Pas estuvo m&aacute;s elocuente
+ que nunca; ella comprendi&oacute; que estaba siendo una ingrata, no s&oacute;lo
+ con Dios, sino con su ap&oacute;stol, aquel ap&oacute;stol todo fuego, raz&oacute;n
+ luminosa, lengua de oro, de oro l&iacute;quido.... La voz del sacerdote
+ vibraba, su aliento quemaba, y Ana crey&oacute; o&iacute;r sollozos
+ comprimidos. &laquo;Era preciso seguirle o abandonarle; &eacute;l no era
+ el capell&aacute;n complaciente que sirve a los grandes como lacayo
+ espiritual; &eacute;l era el padre del alma, el padre, ya que no se le
+ quer&iacute;a o&iacute;r como hermano. Hab&iacute;a que seguirle o dejarle&raquo;.
+ Y despu&eacute;s hab&iacute;a hablado de lo que &eacute;l mismo sent&iacute;a,
+ de sus ilusiones respecto de ella. &laquo;S&iacute;, Ana (Ana la hab&iacute;a
+ llamado, estaba ella segura), yo hab&iacute;a so&ntilde;ado lo que parec&iacute;a
+ anunciarse desde nuestra primer entrevista, un esp&iacute;ritu compa&ntilde;ero,
+ un hermano menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en arm&oacute;nica
+ uni&oacute;n; yo hab&iacute;a so&ntilde;ado que ya no era Vetusta para m&iacute;
+ c&aacute;rcel fr&iacute;a, ni semillero de envidias que se convierten en
+ culebras, sino el lugar en que habitaba un esp&iacute;ritu noble, puro y
+ delicado, que al buscarme para caminar en la v&iacute;a santa de salvaci&oacute;n,
+ sin saberlo, me guiaba tambi&eacute;n por esa v&iacute;a; yo esperaba que
+ usted fuese lo que aquella historia que llorando me contaba, promet&iacute;a...
+ lo que usted me prometi&oacute; cien veces despu&eacute;s.... Pero no,
+ usted desconf&iacute;a de m&iacute;, no me cree digno de su direcci&oacute;n
+ espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que siente, tal
+ vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su confidente&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no&mdash;repet&iacute;a Ana llorando; pero &eacute;l hab&iacute;a
+ seguido hablando de su despecho, cada vez m&aacute;s triste, cada vez con
+ m&aacute;s ardor en las palabras y en el aliento.... Y hab&iacute;an
+ concluido por reconciliarse, por prometerse nueva vida, verdadera reforma,
+ eficaz cambio de costumbres; y ella exaltada le hab&iacute;a dicho:
+ &laquo;&iquest;Quiere usted que hoy mismo le acompa&ntilde;e a casa de do&ntilde;a
+ Petronila?&raquo;. &laquo;S&iacute;, s&iacute;; eso, lo mejor es eso&raquo;,
+ hab&iacute;a contestado &eacute;l. Y hab&iacute;an ido juntos sin pensar
+ ni uno ni otro lo que hac&iacute;an.
+ </p>
+ <p>
+ Desde aquella tarde hab&iacute;a empezado para la Regenta la vida de la
+ devota pr&aacute;ctica; pero dur&oacute; poco la eficacia de aquel impulso
+ en que no hab&iacute;a piedad acendrada sino gratitud, el deseo de
+ complacer al hombre que tanto trabajaba por salvarla, y que era tan
+ elocuente y que tanto val&iacute;a. Ana a veces, no pudiendo elevar su
+ atenci&oacute;n a las cosas invisibles, a la contemplaci&oacute;n piadosa,
+ procuraba preparar este viaje m&iacute;stico pensando en el Magistral.
+ &laquo;&iexcl;Oh, qu&eacute; grande hombre! &iexcl;Y qu&eacute; bien
+ penetraba en el esp&iacute;ritu, y qu&eacute; bien hablaba de lo que
+ parece inefable, de los subterr&aacute;neos de las intenciones, de las
+ delicadezas del sentimiento! &iexcl;Y cu&aacute;nto le deb&iacute;a ella!
+ &iquest;Por qu&eacute; tanto inter&eacute;s si aquella pecadora no lo
+ merec&iacute;a?&raquo;. Las l&aacute;grimas se agolpaban a los ojos de
+ Ana. Lloraba de gratitud y de admiraci&oacute;n. Y no pudiendo meditar
+ sobre cosas santas, piadosas, pon&iacute;ase la mantilla y corr&iacute;a a
+ la conferencia de San Vicente, o a la Junta del Coraz&oacute;n o al
+ Catecismo, o a misa... donde correspondiera. Pero la fe era tibia; por all&iacute;
+ no se iba a donde ella hab&iacute;a deseado. Adem&aacute;s, se conoc&iacute;a;
+ sab&iacute;a que ella, de entregarse a Dios, se entregar&iacute;a de
+ veras; que mientras su devoci&oacute;n fuese callejera, ostentosa y distra&iacute;da,
+ ella misma la tendr&iacute;a en poco, y cualquier pasi&oacute;n mala, pero
+ fuerte, la har&iacute;a polvo.
+ </p>
+ <p>
+ Mas resuelta a huir de los extremos, a ser <i>como todo el mundo</i>,
+ insisti&oacute; en seguir a las <i>dem&aacute;s beatas</i> en todos sus
+ pasos, y aunque sin gusto, entr&oacute; en todas las cofrad&iacute;as, fue
+ hija y hermana, seg&uacute;n se quiso, de cuantas juntas piadosas lo
+ solicitaron.
+ </p>
+ <p>
+ Divid&iacute;a el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni m&aacute;s ni
+ menos que do&ntilde;a Petronila, Olvido P&aacute;ez, Obdulia y en cierto
+ modo la Marquesa. Se la vio en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el
+ Vivero y en el Catecismo, en el teatro y en el serm&oacute;n. Casi todos
+ los d&iacute;as ten&iacute;an ocasi&oacute;n de hablar con ella, en sus
+ respectivos c&iacute;rculos, el Magistral y don &Aacute;lvaro, y a veces
+ uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares hab&iacute;a en
+ que Ana ignoraba si estaba all&iacute; en cuanto mujer devota o en cuanto
+ mujer de sociedad.
+ </p>
+ <p>
+ Pero ni De Pas ni Mes&iacute;a estaban satisfechos. Los dos esperaban
+ vencer, pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esta mujer&mdash;dec&iacute;a don &Aacute;lvaro&mdash;es <i>peor</i>
+ que Troya.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El remedio ha sido peor que la enfermedad&mdash;pensaba don Ferm&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Ana ve&iacute;a en los pormenores de la vida de beata mil motivos de
+ repugnancia; pero prefer&iacute;a apartar de ellos la atenci&oacute;n: no
+ dejaba que el esp&iacute;ritu de contradicci&oacute;n buscase las
+ debilidades, las groser&iacute;as, las miserias de aquella devoci&oacute;n
+ exterior y bullanguera. No quer&iacute;a censurar, no quer&iacute;a ver.
+ </p>
+ <p>
+ Pero a s&iacute; misma se comparaba al cad&aacute;ver del Cid venciendo
+ moros. No era ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia.
+ </p>
+ <p>
+ Y volvi&oacute; la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya
+ otra &eacute;poca de luchas interiores, de aridez y rebeli&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Una noche, despu&eacute;s de o&iacute;r un serm&oacute;n sopor&iacute;fero,
+ entr&oacute; en su tocador casi avergonzada de haber estado dos horas en
+ la iglesia como una piedra; oyendo, sin piedad y sin indignaci&oacute;n,
+ sin l&aacute;stima siquiera, necedades mon&oacute;tonas, tristes; viendo
+ ceremonias que nada le dec&iacute;an al alma....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, no, no&mdash;se dijo, mientras se desnudaba&mdash;yo no puedo
+ seguir as&iacute;...
+ </p>
+ <p>
+ Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo,
+ hab&iacute;a a&ntilde;adido en voz alta, para dar m&aacute;s solemnidad a
+ su protesta:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de
+ idiota.... &iexcl;Cualquier cosa... menos ser como <i>todas esas</i>!
+ </p>
+ <p>
+ Y a los pocos d&iacute;as cay&oacute; enferma.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas
+ transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas pl&aacute;sticas,
+ teatrales&mdash;gracias a la salud que volv&iacute;a a rodar con la sangre&mdash;,
+ sent&iacute;a la d&eacute;bil convaleciente remordimientos que ella se
+ complac&iacute;a en creer intensos, punzantes. &laquo;&iexcl;Oh! &iexcl;qu&eacute;
+ diferencia entre aquel sopor moral en que viv&iacute;a pocas semanas
+ antes, y la agudeza de su conciencia ahora, all&iacute; postrada, sin
+ poder levantar el embozo de la colcha con la mano, pero con fuerza en la
+ voluntad para levantar el plomo del pecado, que la abrumaba con su
+ pesadumbre!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Esta s&iacute; que era resoluci&oacute;n firme! Iba a ser
+ buena, buena, de Dios, s&oacute;lo de Dios; ya lo ver&iacute;a el
+ Magistral. Y &eacute;l, don Ferm&iacute;n, ser&iacute;a su maestro vivo,
+ de carne y hueso; pero adem&aacute;s tendr&iacute;a otro; la santa
+ doctora, la divina Teresa de Jes&uacute;s... que estaba all&iacute;, junto
+ a su cabecera esper&aacute;ndola amorosa, para entregarle los tesoros de
+ su esp&iacute;ritu&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, burlando los decretos del m&eacute;dico, prob&oacute; en los primeros
+ d&iacute;as de aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido:
+ iba a &eacute;l como un ni&ntilde;o a una golosina. Pero no pod&iacute;a.
+ Las letras saltaban, estallaban, se escond&iacute;an, daban la vuelta...
+ cambiaban de color... y la cabeza se iba.... &laquo;Esperar&iacute;a,
+ esperar&iacute;a&raquo;. Y dejaba el libro sobre la mesilla de noche, y
+ con delicia que ten&iacute;a mucho de voluptuosidad, se entreten&iacute;a
+ en imaginar que pasaban los d&iacute;as, que recobraba la energ&iacute;a
+ corporal; se contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo m&aacute;s
+ espeso de la arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. &laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+ de cosas la dir&iacute;a ahora que ella no hab&iacute;a sabido comprender
+ cuando la leyera distra&iacute;da, por m&aacute;quina y sin gusto!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La impaciencia pudo m&aacute;s que las &oacute;rdenes del m&eacute;dico, y
+ antes de dejar el lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez
+ incorporarse entre almohadones, algo m&aacute;s fuerte ya, Ana hizo nuevo
+ ensayo y entonces encontr&oacute; las letras firmes, quietas, compactas;
+ el papel blanco no era un abismo sin fondo, sino tersa y consistente
+ superficie. Ley&oacute;; ley&oacute; siempre que pudo. En cuanto la
+ dejaban sola, y eran largas sus soledades, los ojos se agarraban a las p&aacute;ginas
+ m&iacute;sticas de la Santa de &Aacute;vila, y a no ser l&aacute;grimas de
+ ternura ya nada turbaba aquel coloquio de dos almas a trav&eacute;s de
+ tres siglos.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXmdash" id="XXmdash"></a>&mdash;XX&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Don Pompeyo Guimar&aacute;n, presidente dimisionario de la <i>Libre
+ Hermandad</i>, natural de Vetusta, era de familia portuguesa; y don
+ Saturnino Berm&uacute;dez, el arque&oacute;logo y etn&oacute;grafo, que
+ divid&iacute;a a todos sus amigos en celtas, &iacute;beros y celt&iacute;beros,
+ sin m&aacute;s que mirarles el &aacute;ngulo facial y a lo sumo palparles
+ el cr&aacute;neo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la gente
+ lusitana, no precisamente en el cr&aacute;neo, sino m&aacute;s bien en el
+ abdomen. Don Pompeyo no dec&iacute;a que s&iacute; ni que no; cierto era
+ que el ten&iacute;a un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida
+ sedentaria; que andaba muy tieso, porque cre&iacute;a que &laquo;quien era
+ recto como esp&iacute;ritu, dig&aacute;moslo as&iacute;, deb&iacute;a
+ serlo como f&iacute;sico&raquo;; pero en punto a los vestigios de raza y
+ naci&oacute;n &eacute;l se declaraba neutral: quer&iacute;a decir que le
+ era indiferente esta cuesti&oacute;n, toda vez que tan espa&ntilde;ol
+ consideraba a un portugu&eacute;s como a un castellano como a un extreme&ntilde;o.
+ De modo, que siempre que se le hablaba de tal asunto acababa por hacer una
+ calorosa defensa de la uni&oacute;n ib&eacute;rica, uni&oacute;n que deb&iacute;a
+ iniciarse en el arte, la industria y el comercio para llegar despu&eacute;s
+ a la pol&iacute;tica.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s &iquest;qu&eacute; le importaban a don Pompeyo estos
+ accidentes del nacimiento? Su inteligencia andaba siempre por m&aacute;s
+ altas regiones. &Eacute;l en este mundo era principalmente un <i>altruista</i>,
+ palabreja que, preciso es confesarlo, no hab&iacute;a conocido hasta que
+ con motivo de una disputa filos&oacute;fica de la que sali&oacute;
+ derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llev&oacute; a leer las
+ obras de Comte. All&iacute; vio que los hombres se divid&iacute;an en ego&iacute;stas
+ y <i>altruistas</i> y &eacute;l, a impulsos de su buen natural, se declar&oacute;
+ <i>altruista</i> de por vida; y, en efecto, se la pas&oacute; meti&eacute;ndose
+ en lo que no le importaba. Ten&iacute;a algunas haciendas, pocas, la mayor
+ parte procedentes de bienes nacionales; y de su renta viv&iacute;a con
+ mujer y cuatro hijas casaderas.
+ </p>
+ <p>
+ Com&iacute;a sopa, cocido y principio; cada cinco a&ntilde;os se hac&iacute;a
+ una levita, cada tres compraba un sombrero alto lament&aacute;ndose de las
+ exigencias de la moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso. A
+ esto lo llamaba &eacute;l su <i>aurea mediocritas</i>. Pudo haber sido
+ empleado; pero &laquo;&iquest;con qui&eacute;n? &iexcl;si aqu&iacute;
+ nunca hay gobiernos!&raquo;. Cargos gratuitos los desempe&ntilde;aba
+ siempre que se le ofrec&iacute;an, porque sus conciudadanos le ten&iacute;an
+ a su disposici&oacute;n, sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo
+ suyo. A pesar de tanta modestia y parsimonia en los gastos, los maliciosos
+ atribu&iacute;an su exaltado liberalismo y su descreimiento y desprecio
+ del culto y del clero a la procedencia de sus tierras. &laquo;&iexcl;Claro,
+ dec&iacute;an las beatas en los corrillos de San Vicente de Pa&uacute;l, y
+ los ultramontanos en la redacci&oacute;n de <i>El L&aacute;baro</i>,
+ claro, como lo que tiene lo debe a los despojos imp&iacute;os de los
+ liberalotes! &iquest;C&oacute;mo no ha de aborrecer al clero si se est&aacute;
+ comiendo los bienes de la Iglesia?&raquo;. A esto hubiera objetado don
+ Pompeyo, si no despreciara tales hablillas, &laquo;abroquelado en el
+ santuario de su conciencia&raquo;, hubiera contestado que don Leandro
+ Lobezno, el obispo de levita, el Preste Juan de Vetusta, el ser&aacute;fico
+ presidente de la Juventud Cat&oacute;lica, era millonario gracias a los
+ bienes nacionales que hab&iacute;a comprado cierto t&iacute;o a quien
+ heredara el don Leandro&raquo;. Pero no, don Pompeyo no contestaba.
+ &Eacute;l aborrec&iacute;a el fanatismo, pero perdonaba a los fan&aacute;ticos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;No era &eacute;l un fil&oacute;sofo? Bien sab&iacute;a Dios
+ que s&iacute;&raquo;.&mdash;Esto de que bien lo sab&iacute;a Dios era una
+ frase hecha, como &eacute;l dec&iacute;a, que se le escapaba sin querer,
+ porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimar&aacute;n no cre&iacute;a
+ en Dios. No hay para qu&eacute; ocultarlo. Era p&uacute;blico y notorio.
+ Don Pompeyo era el ateo de Vetusta. &laquo;&iexcl;El &uacute;nico!&raquo;
+ dec&iacute;a &eacute;l, las pocas veces que pod&iacute;a abrir el coraz&oacute;n
+ a un amigo. Y al decir &iexcl;el &uacute;nico! aunque afectaba profundo
+ dolor por la ceguedad en que, seg&uacute;n &eacute;l, viv&iacute;an sus
+ conciudadanos, el observador notaba que hab&iacute;a m&aacute;s orgullo y
+ satisfacci&oacute;n en esta frase que verdadera pena por la falta de
+ propaganda. &Eacute;l daba ejemplo de ate&iacute;smo por todas partes,
+ pero nadie le segu&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ En Vetusta no se aclimataba esta planta; &eacute;l era el &uacute;nico
+ ejemplar, robusto, inquebrantable eso s&iacute;, pero el &uacute;nico. Y
+ don Pompeyo sent&iacute;a remordimientos cuando se sorprend&iacute;a
+ deseando que jam&aacute;s cundiese <i>la doctrina racional, salvadora</i>,
+ que por tal la ten&iacute;a. Todos le llamaban el <i>Ateo</i>, pero la
+ experiencia hab&iacute;a convencido a los m&aacute;s fan&aacute;ticos de
+ que no mord&iacute;a. &laquo;Era el le&oacute;n enamorado de una doncella&raquo;,
+ dec&iacute;a elegantemente Glocester, &laquo;una fiera sin dientes&raquo;.
+ Hasta las m&aacute;s recalcitrantes beatas pasaban al lado del <i>Ateo</i>
+ sin echarle una mala maldici&oacute;n: era como un oso viejo, ciego y con
+ bozal que anduviese domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los
+ chiquillos; ol&iacute;a mal pero no pasaba de ah&iacute;. Sin embargo,
+ varias veces se hab&iacute;a pensado en darle un disgusto serio para que
+ se convirtiera o abandonase el pueblo. Esto depend&iacute;a del mayor o
+ menor celo apost&oacute;lico de los obispos. Uno hubo (despu&eacute;s lleg&oacute;
+ a cardenal), que pens&oacute; seriamente en excomulgar a don Pompeyo. Este
+ recibi&oacute; la noticia en el Casino&mdash;todav&iacute;a iba al Casino
+ entonces&mdash;. Una sonrisa angelical se dibuj&oacute; en su rostro: as&iacute;
+ debi&oacute; de sonre&iacute;r el griego que dijo: pega, pero escucha. La
+ boca se le hizo agua: aquella excomuni&oacute;n le hac&iacute;a cosquillas
+ en el alma: &iexcl;qu&eacute; m&aacute;s pod&iacute;a ambicionar! En
+ seguida pens&oacute; en tomar una postura moral digna de las
+ circunstancias. Nada de aspavientos, nada de protestas.&mdash;Se content&oacute;
+ con decir&mdash;: El se&ntilde;or obispo no tiene derecho de excomulgar a
+ quien no comulga; pero venga en buen hora la excomuni&oacute;n... y ah&iacute;
+ me las den todas.
+ </p>
+ <p>
+ Su mujer y cuatro hijas pensaban de muy distinta manera. En vano quiso
+ ocultarlas que el rayo amenazaba su hogar tranquilo. La casa de don
+ Pompeyo se convirti&oacute; en un mar de l&aacute;grimas; hubo s&iacute;ncopes;
+ do&ntilde;a Gertrudis cay&oacute; en cama. El infeliz Guimar&aacute;n
+ sinti&oacute; terribles remordimientos: sinti&oacute; adem&aacute;s
+ inesperada debilidad en las piernas y en el esp&iacute;ritu. &laquo;&iexcl;No
+ que &eacute;l se convirtiera! &iexcl;eso jam&aacute;s! pero &iexcl;su
+ Gertrudis, sus ni&ntilde;as!&raquo; y lloraba el desgraciado; y volvi&eacute;ndose
+ del lado hacia donde ca&iacute;a el palacio episcopal ense&ntilde;aba los
+ pu&ntilde;os y gritaba entre suspiros y sollozos:&mdash;&laquo;&iexcl;Me
+ tienen atado, me tienen atado esos hijos de la aberraci&oacute;n y la
+ ceguera! &iexcl;desgraciado de m&iacute;! &iexcl;pero m&aacute;s dignos de
+ compasi&oacute;n ellos que no ven la luz del medio d&iacute;a, ni el sol
+ de la Justicia&raquo;. Ni aun en tan amargos instantes insultaba al obispo
+ y dem&aacute;s alto clero. Tuvo que transigir; tuvo que tolerar lo que al
+ principio le sublevaba s&oacute;lo pensado, que sus hijas se <i>moviesen</i>,
+ que sus amigos pusieran en juego sus relaciones para que el obispo se
+ metiera el rayo en el bolsillo.... Se consigui&oacute;, no sin trabajo, y
+ sin necesidad de que don Pompeyo se retractase de sus errores. Se ech&oacute;
+ tierra al ate&iacute;smo de Guimar&aacute;n. &Eacute;l call&oacute; una
+ temporada, pero luego volvi&oacute; a la carga, incansable en aquella
+ propaganda, que, en el fondo de su coraz&oacute;n, deseaba infructuosa,
+ por el gusto de ser el &uacute;nico ejemplar de la, para &eacute;l,
+ preciosa especie del ateo. Sus principales batallas las daba en el Casino,
+ donde pasaba media vida (despu&eacute;s lo abandon&oacute; por motivos
+ poderosos.) Los vetustenses eran, en general, poco aficionados a la teolog&iacute;a;
+ ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas <i>de tejas
+ arriba</i>. Los <i>avanzados</i> se contentaban con atacar al clero,
+ contar chascarrillos escandalosos en que hac&iacute;an principal papel
+ curas y amas de cura; en esta amena conversaci&oacute;n entraban tambi&eacute;n
+ con gusto algunos conservadores muy ortodoxos. Si cre&iacute;an haber
+ llegado demasiado lejos y tem&iacute;an que alguien pudiera sospechar de
+ su acendrada religiosidad, se a&ntilde;ad&iacute;a, despu&eacute;s de la
+ murmuraci&oacute;n escandalosa:&mdash;&laquo;Por supuesto que estas son
+ las excepciones.&mdash;No hay regla sin excepci&oacute;n, dec&iacute;a don
+ Frutos el americano.&mdash;La excepci&oacute;n confirma la regla, a&ntilde;ad&iacute;a
+ Ronzal el diputado. Y hasta hab&iacute;a quien dijera:&mdash;Y hay que
+ distinguir entre la religi&oacute;n y sus ministros.&mdash;Ellos son
+ hombres como nosotros...&raquo;. Los avanzados presentaban objeciones,
+ defend&iacute;an la solidaridad del dogma y el sacerdote, y entonces el
+ mismo don Pompeyo ten&iacute;a que ponerse de parte de los reaccionarios,
+ hasta cierto punto y decir:&mdash;Se&ntilde;ores, no confundamos las
+ cosas, el mal est&aacute; en la ra&iacute;z.... El clero no es malo ni
+ bueno; es como tiene que ser.... Al o&iacute;r tal, todos se levantaban en
+ contra, unos porque defend&iacute;a al clero y otros porque atacaba el
+ dogma. Bien dec&iacute;a &eacute;l que estaba completamente solo, que era
+ el <i>&uacute;nico</i>.&mdash;De aquellas discusiones, que buscaba y
+ provocaba todos los d&iacute;as, afirmaba &eacute;l que &laquo;sal&iacute;a
+ su esp&iacute;ritu, llam&eacute;mosle as&iacute;, lleno de amargura (y no
+ era verdad, el remordimiento se lo dec&iacute;a), lleno de amargura porque
+ en Vetusta nadie pensaba; se vegetaba y nada m&aacute;s. Mucho de
+ intrigas, mucho de politiquilla, mucho de intereses materiales mal
+ entendidos; y nada de filosof&iacute;a, nada de elevar el pensamiento a
+ las regiones de lo ideal. Hab&iacute;a alg&uacute;n erudito que otro,
+ varios canonistas, tal cual jurisconsulto, pero pensador ninguno. No hab&iacute;a
+ m&aacute;s pensador que &eacute;l&raquo;. &laquo;Se&ntilde;ores, dec&iacute;a
+ a gritos despu&eacute;s de tomar caf&eacute;, cerca del gabinete del
+ tresillo, si aqu&iacute; se habla de las graves cuestiones de la
+ inmortalidad del alma, que yo niego por supuesto, de la Providencia, que
+ yo niego tambi&eacute;n, o toman ustedes la cosa a broma, a guasa, como
+ dicen ustedes, o s&oacute;lo se preocupan con el aspecto utilitario, ego&iacute;sta,
+ de la cuesti&oacute;n: si Ronzal ser&aacute; inmortal, si don Frutos
+ prefiere el aniquilamiento a la vida futura sin recuerdo de lo
+ presente.... Se&ntilde;ores &iquest;qu&eacute; importa lo que quiera don
+ Frutos ni lo que prefiera Ronzal? La cuesti&oacute;n no es esa; la cuesti&oacute;n
+ es (y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios; si caso de
+ haberlo, piensa para algo en la m&iacute;sera humanidad, si...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Chit&oacute;n! &iexcl;silencio!&raquo; gritaban desde
+ dentro los del tresillo; y don Pompeyo bajaba la voz, y el corro se
+ alejaba de los tresillistas, lleno de respeto, obedientes todos,
+ convencidos de que aquello del juego era cosa mucho m&aacute;s seria que
+ las teolog&iacute;as de don Pompeyo, m&aacute;s pr&aacute;ctica, m&aacute;s
+ respetable.&mdash;Miren ustedes, dec&iacute;a Ronzal, que todav&iacute;a
+ no era sabio, yo creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la
+ verdad, eso de que el cielo ha de ser una contemplaci&oacute;n eterna de
+ la Divinidad... hombre, eso es pesado.&mdash;&iquest;Y qu&eacute;?
+ objetaba el americano don Frutos, en voz baja tambi&eacute;n, temeroso de
+ nuevo aviso de los tresillistas; &iquest;y qu&eacute;? Yo me contento con
+ pasar la vida eterna mano sobre mano. Bastante he trabajado en este mundo.
+ &iexcl;Peor ser&iacute;a eso que dicen que dice <i>Alancardan</i>, o san
+ Cardan, o san Diablo! pues... que.... No sab&iacute;a c&oacute;mo
+ explicarlo el pobre don Frutos. &laquo;Ello ven&iacute;a a ser que en muri&eacute;ndonos
+ &iacute;bamos a otra estrella, y de all&iacute; a otra, a pasar otra vez
+ las de Ca&iacute;n, y ganarnos la vida&raquo;. La idea de volver, en Venus
+ o en Marte, a buscar negros al &Aacute;frica y comprarlos y venderlos a
+ espaldas de la ley, le parec&iacute;a absurda a Redondo y le volv&iacute;a
+ loco. &laquo;&iexcl;Antes el aniquilamiento, como dice el ateo!&raquo;
+ conclu&iacute;a limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por
+ aquel esfuerzo intelectual, tan fuera de sus h&aacute;bitos.&mdash;Con
+ esta cuesti&oacute;n de la inmortalidad, era con la que abr&iacute;a don
+ Pompeyo brecha en el alc&aacute;zar de la fe de los socios, pero siempre
+ conclu&iacute;an por cerrar aquella brecha con las salvedades de r&uacute;brica.&mdash;&laquo;Por
+ supuesto. Dios sobre todo.... Doctores tiene la Iglesia...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y en &uacute;ltimo caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teolog&iacute;as.
+ Le dejaban solo. Los tresillistas se quejaron a la junta. Tuvo que cambiar
+ de mesa y de sala, si quiso seguir predicando ate&iacute;smo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Este era el estado del libre examen en Vetusta!&raquo;
+ pensaba Guimar&aacute;n con tristeza mezclada de orgullo.
+ </p>
+ <p>
+ En el billar tampoco quer&iacute;an teolog&iacute;a racional. Don Pompeyo,
+ m&aacute;s abandonado cada d&iacute;a, se colocaba taciturno, como Jerem&iacute;as
+ podr&iacute;a pararse en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de
+ piernas, delante de la mesa peque&ntilde;a, la de carambolas, y largo rato
+ contemplaba a aquellos ilusos que pasaban las horas de la brev&iacute;sima
+ existencia, viendo chocar o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces
+ tropezaba la maza de un taco con el abdomen de don Pompeyo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Usted dispense, se&ntilde;or Guimar&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Est&aacute; usted dispensado, joven&mdash;respond&iacute;a el
+ pensador rasc&aacute;ndose la barba con una iron&iacute;a tr&aacute;gica,
+ profunda, y sonriendo, mientras mov&iacute;a la cabeza dando a entender
+ que estaba perdido el mundo.
+ </p>
+ <p>
+ Aburrido de tanta <i>superficialidad</i> sub&iacute;a al <i>cuarto del
+ crimen</i>, a ver a los partidarios del azar. All&iacute; o&iacute;a el
+ nombre de Dios a cada momento, pero en t&eacute;rminos que no le parec&iacute;an
+ nada filos&oacute;ficos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Don Pompeyo, tiene usted raz&oacute;n!&mdash;gritaba un
+ perdido al despedirse de la &uacute;ltima peseta&mdash;&iexcl;tiene usted
+ raz&oacute;n, no hay Providencia!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas!
+ </p>
+ <p>
+ Y sal&iacute;a furioso del Casino. &laquo;No se pod&iacute;a ir all&iacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando <i>estall&oacute; la Revoluci&oacute;n de Septiembre</i>, Guimar&aacute;n
+ tuvo esperanzas de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada.
+ &iexcl;Todo era hablar mal del clero! Se cre&oacute; una sociedad de fil&oacute;sofos...
+ y result&oacute; espiritista; el jefe era un estudiante madrile&ntilde;o
+ que se divert&iacute;a en volver locos a unos cuantos zapateros y sastres.
+ Sali&oacute; ganando la Iglesia, porque los infelices menestrales
+ comenzaron a ver visiones y pidieron confesi&oacute;n a gritos, arrepinti&eacute;ndose
+ de sus errores con toda el alma. Y nada m&aacute;s: a eso se hab&iacute;a
+ reducido la <i>revoluci&oacute;n religiosa</i> en Vetusta, como no se
+ cuente a los que <i>com&iacute;an de carne</i> en Viernes Santo.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo no cre&iacute;a en Dios, pero cre&iacute;a en la Justicia. En
+ figur&aacute;ndosela con J may&uacute;scula, tomaba para &eacute;l cierto
+ aire de divinidad, y sin darse cuenta de ello, era id&oacute;latra de
+ aquella palabra abstracta. Por la <i>justicia</i> se hubiera dejado hacer
+ tajadas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;La Justicia le obligaba a reconocer que el actual obispo de
+ Vetusta, don Fortunato Camoir&aacute;n, era una persona respetable, un var&oacute;n
+ virtuoso, digno; equivocado, equivocado de medio a medio, pero digno.
+ &iquest;Ten&iacute;a un ideal? pues don Pompeyo le respetaba&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo no le&iacute;a, meditaba. Despu&eacute;s de las obras de Comte
+ (que no pudo terminar), no volvi&oacute; a leer libro alguno; y en verdad,
+ &eacute;l no los ten&iacute;a tampoco. Pero meditaba.
+ </p>
+ <p>
+ Algunas veces discut&iacute;a con Fr&iacute;gilis, en quien reconoc&iacute;a
+ la <i>madera de un libre pensador</i>, pero mal educado. No le quer&iacute;a
+ bien. &laquo;&iexcl;Ese es pante&iacute;sta!&raquo; dec&iacute;a con desd&eacute;n.
+ &laquo;Ese adora la naturaleza, los animales, y los &aacute;rboles
+ especialmente... adem&aacute;s, no es fil&oacute;sofo; no quiere pensar en
+ las grandes cosas, s&oacute;lo estudia nimiedades.... Est&aacute; muy
+ hueco porque despu&eacute;s de cien mil ensayos rid&iacute;culos, aclimat&oacute;
+ el Eucaliptus en Vetusta.... &iquest;Y qu&eacute;? &iquest;Qu&eacute;
+ problema metaf&iacute;sico resuelve el Eucaliptus globulus? Por lo dem&aacute;s
+ yo reconozco que es &iacute;ntegro... y que sabe... que sabe... por m&aacute;s
+ que su decantado darwinismo... y aquella locura de injertar gallos
+ ingleses...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Guimar&aacute;n fue varias veces derrotado por Fr&iacute;gilis en sus pol&eacute;micas.
+ Fr&iacute;gilis era ap&oacute;stol ferviente del transformismo; le parec&iacute;a
+ absurdo y hasta rid&iacute;culo hacer ascos al abolengo animal.... Don
+ Pompeyo, aunque se sent&iacute;a seducido por aquella teor&iacute;a que <i>dejaba</i>
+ un subido y delicioso olor a her&eacute;tica y atea, no se decid&iacute;a
+ a creerse descendiente de cien orangutanes; sonre&iacute;a como si le
+ hiciesen cosquillas... pero no se determinaba a decir s&iacute; ni a decir
+ no.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Mi &uacute;ltima afirmaci&oacute;n es la duda.... Se me hace cuesta
+ arriba&raquo;. Pero de todas suertes su ate&iacute;smo quedaba en pie;
+ para negar a Dios con la constancia y energ&iacute;a con que &eacute;l lo
+ negaba, no hac&iacute;a falta leer mucho, ni hacer experimentos, ni
+ meterse a cocinero qu&iacute;mico. &laquo;&iexcl;Mi raz&oacute;n me dice
+ que no hay Dios; no hay m&aacute;s que Justicia!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba
+ sonriendo con benevolencia; y con un poco de burla, en que hab&iacute;a
+ algo de caridad, le dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Pero, se&ntilde;or Guimar&aacute;n, tan seguro est&aacute;
+ usted de que no hay Dios?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;S&iacute;, se&ntilde;or m&iacute;o! &iexcl;mis
+ principios son fijos! &iexcl;fijos! &iquest;entiende usted? Y yo no
+ necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de animales,
+ para llegar a mi conclusi&oacute;n categ&oacute;rica.... Si su ciencia de
+ usted, despu&eacute;s de tanta retorta, y tanto protoplasma y dem&aacute;s
+ zarandajas, no da por resultado m&aacute;s que esa duda, &iexcl;gu&aacute;rdese
+ la ciencia de los libros en donde quiera, que yo no la he menester!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El honrado Guimar&aacute;n daba media vuelta y se iba furioso, llena el
+ alma de rencores y envidias pasajeras, y Fr&iacute;gilis segu&iacute;a
+ sonriendo y mov&iacute;a la cabeza a un lado y a otro.
+ </p>
+ <p>
+ Si le preguntaban qu&eacute; opinaba del
+ </p>
+ <p>
+ <i>Ateo</i>, dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Qui&eacute;n, don Pompeyo? Es una buena persona. No
+ sabe nada, pero tiene muy buen coraz&oacute;n&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Guimar&aacute;n jur&oacute;&mdash;ten&iacute;a que parar en ello&mdash;jur&oacute;
+ no poner jam&aacute;s los pies en el Casino.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Lo que se ha hecho all&iacute; conmigo no se hace con ning&uacute;n
+ cristiano&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ten&iacute;a el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos,
+ pero protestaba en seguida contra &laquo;aquellas met&aacute;foras y
+ solecismos del lenguaje&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lo que hab&iacute;an hecho con &eacute;l hab&iacute;a sido celebrar el
+ aniversario 25 de la exaltaci&oacute;n de P&iacute;o Nono al Pontificado,
+ colgando los tapices de gala y sacando a relucir los aparatos de gas, con
+ que iluminaban la fachada en las grandes solemnidades.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo se dirigi&oacute; a la junta en papel de oficio citando los
+ art&iacute;culos del Reglamento que, en su opini&oacute;n, &laquo;prohib&iacute;an
+ semejantes muestras de j&uacute;bilo por parte de una corporaci&oacute;n
+ que, por su calidad de c&iacute;rculo de recreo, no deb&iacute;a, no pod&iacute;a
+ tener religi&oacute;n positiva determinada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y en el sal&oacute;n daba gritos, mientras los mozos colgaban los tapices
+ de los balcones; hac&iacute;a aspavientos, e invocaba la tolerancia
+ religiosa, la libertad de cultos y hasta la sesi&oacute;n del juego de
+ pelota.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, hombre&mdash;le dec&iacute;a Ronzal, con deseos de pegarle&mdash;&iquest;qu&eacute;
+ le importa a usted que el Casino cuelgue e ilumine? &iquest;Qu&eacute; le
+ ha hecho a usted la Santidad de P&iacute;o Nono?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; me ha hecho la Santidad?... Se lo dir&eacute; a
+ usted, s&iacute; se&ntilde;or, se lo dir&eacute; a usted. P&iacute;o Nono
+ me era... hasta simp&aacute;tico... reconoc&iacute;a en &eacute;l un
+ hombre de buena fe.... Pero la infalibilidad ha puesto entre los dos una
+ muralla de hielo; un abismo que no se puede salvar.... &iexcl;Un hombre
+ infalible! &iquest;Comprende usted eso, Ronzal?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, perfectamente. Es la cosa m&aacute;s
+ clara....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues expl&iacute;quemelo usted.&mdash;Entend&aacute;monos, se&ntilde;or
+ Guimar&aacute;n, si usted quiere examinarme... &iexcl;sepa usted que yo...
+ no aguanto ancas!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se trata aqu&iacute; de la grupa de nadie... sino de que usted
+ pruebe la infali....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;La <i>infalibidad</i>?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or... la infalibilidad... la in... fa... li...
+ bi... li....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oiga usted, se&ntilde;or don Pompeyo, que a m&iacute; las
+ canas no me asustan! y si usted se burla, yo hago la cuesti&oacute;n
+ personal....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo personal? &iquest;Tambi&eacute;n usted es
+ infalible?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se&ntilde;or Guimar&aacute;n!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En resumen, se&ntilde;or m&iacute;o....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es, <i>reasumiendo</i>...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo me borro de la lista...&mdash;&iexcl;Pues tal d&iacute;a har&aacute;
+ un a&ntilde;o!
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal no demostr&oacute; el por qu&eacute; de la infalibilidad, pero don
+ Pompeyo se borr&oacute; de la lista del Casino.
+ </p>
+ <p>
+ Perdi&oacute; aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y
+ anduvo como alma en pena vagando de caf&eacute; en caf&eacute; hasta que
+ al cabo de algunos a&ntilde;os tropez&oacute; con don Santos Barinaga en
+ el <i>Restaurant y caf&eacute; de la Paz</i>, donde todas las noches el
+ enemigo implacable del Magistral se preparaba a mal morir bebiendo un
+ cognac con honores de esp&iacute;ritu de vino.
+ </p>
+ <p>
+ Entablaron amistad que lleg&oacute; a ser &iacute;ntima. Don Santos hab&iacute;a
+ sido siempre un buen cat&oacute;lico; es m&aacute;s, de la Iglesia viv&iacute;a,
+ pues su comercio era de objetos del culto.
+ </p>
+ <p>
+ Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de &laquo;La
+ Cruz Roja&raquo; hab&iacute;a empezado a <i>labrar su ruina</i>, iba
+ sintiendo cada d&iacute;a m&aacute;s vacilante el alc&aacute;zar de su
+ fe... y m&aacute;s vacilantes las piernas. Empezaba, como otros muchos,
+ por negar la virtud del sacerdocio y, adem&aacute;s&mdash;esto no se sabe
+ que lo hayan hecho otros heresiarcas&mdash;, coincid&iacute;a en &eacute;l
+ aquel desprecio de los ordenados <i>in sacris</i> con la afici&oacute;n
+ desmesurada al alcohol en sus varias manifestaciones.
+ </p>
+ <p>
+ Poco trabajo le cost&oacute; a Guimar&aacute;n hacer un pros&eacute;lito
+ de don Santos. De d&iacute;a en d&iacute;a y de copa en copa avanzaba la
+ impiedad en aquel esp&iacute;ritu; y lleg&oacute; a creer que Jesucristo
+ no era m&aacute;s que una constelaci&oacute;n; disparate que hab&iacute;a
+ le&iacute;do don Pompeyo en un libro viejo que compr&oacute; en la feria.
+ Guimar&aacute;n ten&iacute;a la impiedad fr&iacute;a del fil&oacute;sofo,
+ Barinaga los rencores del sectario, la ira del ap&oacute;stata.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando le parec&iacute;a al buen tendero que iba demasiado lejos en sus
+ negaciones, para ocultar el miedo, se pon&iacute;a de pie, copa en mano, y
+ dec&iacute;a solemnemente:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En &uacute;ltimo caso, si me equivoco, si blasfemo... toda la
+ responsabilidad caiga sobre ese pillo... sobre ese <i>rapavelas</i>...
+ &iexcl;sobre ese maldito don Ferm&iacute;n!...
+ </p>
+ <p>
+ El caf&eacute; de la Paz era grande, fr&iacute;o; el gas amarillento y
+ escaso parec&iacute;a llenar de humo la atm&oacute;sfera cargada con el de
+ los cigarros y las cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban
+ estaba desierto el sal&oacute;n; los mozos, de chaqueta negra y mandil
+ blanco, dormitaban por los rincones. Un gato pardo iba y ven&iacute;a del
+ mostrador a la mesa de don Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero
+ convencido de que no dec&iacute;a m&aacute;s que disparates, bostezaba, y
+ daba media vuelta.
+ </p>
+ <p>
+ Guimar&aacute;n ve&iacute;a con gran satisfacci&oacute;n los progresos de
+ la impiedad en aquel esp&iacute;ritu lleno de pasi&oacute;n; no hab&iacute;a
+ llegado don Santos al ate&iacute;smo, &laquo;pero este era un grado de
+ perfecci&oacute;n filos&oacute;fica que tal vez le ven&iacute;a muy ancho
+ al antiguo comerciante de c&aacute;lices y patenas&raquo;. Don Pompeyo se
+ contentaba con arrancarle las ra&iacute;ces y reto&ntilde;os de toda
+ religi&oacute;n positiva. No le agradaba verle cada vez m&aacute;s <i>enfrascado</i>
+ en el aguardiente y el cognac; pero don Santos si no beb&iacute;a no daba
+ pie con bola, no entend&iacute;a palabra de lugares teol&oacute;gicos. Hab&iacute;a
+ que dejarle beber.
+ </p>
+ <p>
+ A las diez y media de la noche sal&iacute;an juntos; don Pompeyo daba el
+ brazo a don Santos y le acompa&ntilde;aba hasta dejarle bastante lejos del
+ caf&eacute;, porque si no se volv&iacute;a solo. En la esquina de una
+ calleja se desped&iacute;an con largo apret&oacute;n de manos, y Guimar&aacute;n,
+ sereno y satisfecho, se restitu&iacute;a a su hogar tranquilo donde le
+ esperaban su amante esposa y cuatro hijas que le adoraban.
+ </p>
+ <p>
+ Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con
+ nieblas en el pensamiento y en los ojos. Su pie vacilaba; el pudor
+ entregado a s&iacute; mismo, luchaba por encontrar una marcha y un
+ continente decoroso; pero en vano, un movimiento en zig-zag agitaba todo
+ el cuerpo del enfermo; cada paso era un triunfo; la cabeza se ten&iacute;a
+ mal sobre los hombros... y de la faringe del borracho sal&iacute;an, como
+ arrullos de t&oacute;rtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta
+ mon&oacute;tona, inarticulada, que era a su modo expresi&oacute;n de una
+ idea fija, o mejor, de un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de
+ la man&iacute;a. A todas las manchas de las paredes, a todas las sombras
+ de los faroles les contaba, gru&ntilde;endo, la historia de su ruina, y no
+ hab&iacute;a piedra de aquel camino, que no supiese la escandalosa leyenda
+ de la fortuna del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Si Barinaga tom&oacute; de don Pompeyo su apostas&iacute;a, Guimar&aacute;n
+ se contagi&oacute; con el odio de don Santos al Provisor y a do&ntilde;a
+ Paula. &laquo;&iexcl;Era escandaloso, ciertamente, aquel tr&aacute;fico
+ indigno!&raquo;. Los dos viejos fueron trompas de la fama contra la honra
+ del Provisor. Don Santos alborot&oacute; la vecindad muchas noches; no
+ bast&oacute; la intervenci&oacute;n del sereno; lleg&oacute; a dar pu&ntilde;adas,
+ bastonazos y hasta patadas en la puerta de la <i>Cruz Roja</i>. El due&ntilde;o
+ del establecimiento se quej&oacute; a la autoridad, creci&oacute; el esc&aacute;ndalo,
+ los enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se
+ gritaba: &laquo;&iquest;C&oacute;mo se entiende? &iquest;van a prender a
+ don Santos despu&eacute;s de haberle arruinado?
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Se atrever&iacute;a la autoridad a tomar una <i>medida represiva</i>?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En el cabildo, Glocester, el maquiav&eacute;lico Arcediano, hablaba al o&iacute;do
+ de los can&oacute;nigos &laquo;de descr&eacute;dito colectivo, de lo que
+ la iglesia, y la catedral sobre todo, perd&iacute;an con aquellas <i>algaradas</i>
+ (frase de Glocester)&raquo;. El beneficiado don Custodio apoyaba al se&ntilde;or
+ Mourelo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Y si fuera eso lo peor!&mdash;dec&iacute;a el Arcediano.
+ </p>
+ <p>
+ Y entonces comenzaba el segundo cap&iacute;tulo de la murmuraci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Lo peor era que, con raz&oacute;n o sin ella, pero no sin que las
+ apariencias diesen motivo para las hablillas, se dec&iacute;a que el
+ Magistral quer&iacute;a seducir, y en camino estaba, nada menos que a la
+ Regenta&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hombre, eso no!&mdash;gritaba el chantre&mdash;&iexcl;ella
+ est&aacute; hecha una santa; despu&eacute;s de su enfermedad, desde que
+ estuvo si la entrega o no la entrega, su vida es ejemplar. Si antes era
+ una se&ntilde;ora virtuosa, como hay muchas, ahora es una perfecta
+ cristiana. Est&aacute; m&aacute;s delgadilla, m&aacute;s p&aacute;lida,
+ pero hermos&iacute;sima... quiero decir, que edifica, que es una santa...
+ vamos... una santa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or, yo quiero hechos... y el p&uacute;blico no se f&iacute;a
+ de santidades... se f&iacute;a de hechos....
+ </p>
+ <p>
+ Y Glocester citaba muchos hechos: la frecuencia de las confesiones de
+ Anita Ozores, lo mucho que duraban las visitas del Provisor al Caser&oacute;n,
+ las visitas de la Regenta a do&ntilde;a Petronila....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;C&oacute;mo! &iquest;Y qu&eacute;? &iquest;qu&eacute;
+ tenemos con esas visitas? &iquest;Tambi&eacute;n va usted a creer que do&ntilde;a
+ Petronila se presta?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or... yo no creo ni dejo de creer... yo cito hechos y
+ digo lo que dice el p&uacute;blico.... El esc&aacute;ndalo crece....
+ </p>
+ <p>
+ Era verdad. Tal ma&ntilde;a se daban Glocester y don Custodio y otros se&ntilde;ores
+ del cabildo, algunos empleados de la curia eclesi&aacute;stica, y entre el
+ elemento lego Foja y don &Aacute;lvaro; este por debajo de cuerda y
+ conteni&eacute;ndose en lo que se refer&iacute;a a la simon&iacute;a y
+ despotismo que se achacaba al Provisor. En el Casino tampoco se hablaba de
+ otra cosa. Ya todos aseguraban haber encontrado a don Santos dando patadas
+ a la puerta de la Cruz Roja y desafiando a gritos al Magistral. Hab&iacute;a
+ bandos: unos reclamaban la intervenci&oacute;n de la autoridad, otros
+ sosten&iacute;an <i>el derecho del pataleo</i> de Barinaga.
+ </p>
+ <p>
+ El Chato iba y ven&iacute;a, espiaba en todas partes, y dos o tres veces
+ al d&iacute;a entraba en casa del Provisor a dar parte de las
+ murmuraciones a su jefe, a do&ntilde;a Paula, que le pagaba bien.
+ </p>
+ <p>
+ La madre de don Ferm&iacute;n viv&iacute;a en perpetua zozobra; pero no
+ desmayaba. &laquo;Ya que &eacute;l quer&iacute;a perderse, all&iacute;
+ estaba ella para salvarle&raquo;. Era lo principal visitar al Obispo,
+ conseguir que la murmuraci&oacute;n, la calumnia o lo que fuese, no
+ llegara a su Ilustr&iacute;sima. Do&ntilde;a Paula pasaba gran parte del d&iacute;a
+ y de la noche en palacio. Su lugarteniente &Uacute;rsula, el ama de llaves
+ del Obispo, ten&iacute;a orden de no dejar a ninguna persona sospechosa
+ llegar a la c&aacute;mara de su due&ntilde;o; los familiares, gente devota
+ de do&ntilde;a Paula, hechuras suyas, obedec&iacute;an a la misma
+ consigna. El Magistral, aunque le disgustaba emplearse en tal oficio,
+ tambi&eacute;n espiaba y vigilaba; el instinto de conservaci&oacute;n le
+ obligaba a secundar los planes de su madre.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula y don Ferm&iacute;n hablaban poco; se defend&iacute;an
+ por acuerdo t&aacute;cito; empleaban el mismo sistema de resistencia sin
+ comunic&aacute;rselo. Estaba la madre irritada. &laquo;Su hijo la enga&ntilde;aba,
+ la perd&iacute;a. Para ella do&ntilde;a Ana Ozores, la dichosa Regenta,
+ era ya <i>barragana</i> (esta palabra dec&iacute;a en sus adentros)
+ barragana de su Fermo.
+ </p>
+ <p>
+ Por all&iacute; iba a romper la soga; por all&iacute; hac&iacute;a agua el
+ barco. Si se hablaba tanto de los abusos de la curia eclesi&aacute;stica,
+ de la <i>Cruz Roja</i> y de don Santos, era porque el <i>otro negocio</i>,
+ el m&aacute;s escandaloso, el de las <i>faldas</i> tra&iacute;a consigo
+ los dem&aacute;s&raquo;. Esto pensaba ella. &laquo;Lo otro es antiguo; ya
+ nadie hac&iacute;a caso de esas hablillas por viejas, por gastadas, pero
+ con el esc&aacute;ndalo nuevo, con lo de esa mala p&eacute;cora, hip&oacute;crita
+ y astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un
+ mucho. Si Fortunato sabe algo, cree algo, nos hundimos&raquo;. Al due&ntilde;o
+ de la Cruz Roja se le prohibi&oacute; o&iacute;r los golpes que descargaba
+ en la puerta todas las noches el borracho de don Santos. No se volvi&oacute;
+ a pensar en pedir auxilio a la autoridad. Se compr&oacute; al sereno y se
+ le dio orden de que evitara el ruido ante todo. Era in&uacute;til. Muchos
+ vecinos ya esperaban con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y sal&iacute;an
+ a los balcones a presenciar la escena.
+ </p>
+ <p>
+ Pero do&ntilde;a Paula ten&iacute;a adem&aacute;s que seguir los pasos a
+ su hijo.
+ </p>
+ <p>
+ El Chato hab&iacute;a visto a la Regenta y al Magistral entrar juntos al
+ anochecer en casa de do&ntilde;a Petronila. Y ya lo sab&iacute;a do&ntilde;a
+ Paula. Pero tambi&eacute;n les hab&iacute;a visto don Custodio y se lo hab&iacute;a
+ dicho a Glocester y despu&eacute;s los dos a toda Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ En tanto, en el caf&eacute; de la Paz hab&iacute;a ya p&uacute;blico para
+ o&iacute;r a don Pompeyo y a don Santos maldecir de las religiones
+ positivas y especialmente del se&ntilde;or Vicario general, como llamaba
+ siempre a De Pas el se&ntilde;or Guimar&aacute;n. Entre el <i>pueblo bajo</i>
+ corr&iacute;a la historia de las aras, de la ruina de don Santos, de los
+ millones del Magistral depositados en el Banco; con tal motivo algunos
+ obreros de la F&aacute;brica vieja hablaban de ahorcar al clero en masa. A
+ esto lo llamaban cortar por lo sano.
+ </p>
+ <p>
+ Los trabajadores carlistas dudaban; ten&iacute;a entre ellos amigos el
+ Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le tem&iacute;an por
+ rico... y sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del
+ asunto de <i>las faldas</i>. All&aacute; cuando la Revoluci&oacute;n, se
+ hab&iacute;a dicho si ten&iacute;a o no ten&iacute;a don Ferm&iacute;n
+ aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se acordaba por all&iacute;
+ de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la voz en la
+ propaganda revolucionaria hab&iacute;an muerto, o hab&iacute;an
+ envejecido, o se hab&iacute;an dispersado, o estaban desenga&ntilde;ados
+ de <i>la idea</i>; la generaci&oacute;n nueva no era cler&oacute;foba m&aacute;s
+ que a ratos; era amiga de la taberna, no del club. Se hablaba s&oacute;lo
+ de revoluci&oacute;n social; y ya se dec&iacute;a que los curas no son ni
+ m&aacute;s ni menos malos que los dem&aacute;s <i>burgueses</i>. Malo era
+ el fanatismo, pero el <i>capital</i> era peor. No hab&iacute;a en los
+ barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las sotanas. El
+ Magistral era all&iacute; m&aacute;s despreciado que aborrecido. Pero el
+ esc&aacute;ndalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o
+ tres rasgos de despotismo en la curia eclesi&aacute;stica, el dineral que
+ costaba casarse&mdash;como si antes no costara lo mismo&mdash;y las
+ acciones del Banco, volvieron a encender los odios, y esta vez se habl&oacute;
+ de colgar al Provisor y <i>dem&aacute;s clerigalla</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Quien m&aacute;s gozaba con aquella propaganda de infamia, despu&eacute;s
+ de Glocester que la cre&iacute;a obra suya exclusivamente, era don
+ &Aacute;lvaro Mes&iacute;a. Ya aborrec&iacute;a de muerte al Magistral.
+ &laquo;Era el primer hombre &iexcl;y <i>con faldas</i>! que le pon&iacute;a
+ el pie delante: &iexcl;el primer rival que le disputaba una presa, y con
+ trazas de llev&aacute;rsela!&raquo;. &laquo;Tal vez se la hab&iacute;a
+ llevado ya. Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario hab&iacute;a
+ podido m&aacute;s que su sistema prudente, que aquel sitio de meses y
+ meses, al fin del cual el <i>arte</i> dec&iacute;a que estaba la rendici&oacute;n
+ de la m&aacute;s robusta fortaleza. Yo pongo el cerco, pero &iquest;qui&eacute;n
+ sabe si &eacute;l ha entrado por la mina?&raquo;. El dandy vetustense
+ sudaba de congoja recordando lo mucho que hab&iacute;a padecido bajo el
+ poder de don V&iacute;ctor Quintanar, que seg&uacute;n su cuenta, en pocos
+ meses de &iacute;ntima amistad le hab&iacute;a <i>declamado</i> todo el
+ teatro de Calder&oacute;n, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarc&oacute;n. Y
+ todo, &iquest;para qu&eacute;? &laquo;Para que el diablo haga a esa se&ntilde;ora
+ caer en cama, tomarle miedo a la muerte, y de amable, sensible y
+ condescendiente (que era el primer paso), convertirse en arisca, timorata,
+ m&iacute;stica... pero m&iacute;stica de verdad. &iquest;Y qui&eacute;n se
+ la hab&iacute;a puesto as&iacute;? El Magistral, &iquest;qu&eacute; duda
+ cab&iacute;a? Cuando &eacute;l comenzaba a preparar la escena de la
+ declaraci&oacute;n, a la que hab&iacute;a de seguir de cerca la del <i>ataque
+ personal</i>, cuando la pr&oacute;xima primavera promet&iacute;a eficaz
+ ayuda... se encuentra con que la se&ntilde;ora tiene fiebre&raquo;.
+ &laquo;La se&ntilde;ora no recibe&raquo;, y estuvo sin verla quince d&iacute;as.
+ Se le permit&iacute;a llegar al gabinete, preguntarle c&oacute;mo
+ estaba... pero no entrar en la alcoba. &Eacute;l hab&iacute;a ido a
+ visitarla todos los d&iacute;as, pero como si no, no le dejaban verla. Y
+ &iexcl;oh rabia! el Magistral, &eacute;l lo hab&iacute;a visto, pasaba sin
+ obst&aacute;culo, y estaba solo con ella. &laquo;La lucha era desigual&raquo;.
+ Durante la primera convalecencia, que dur&oacute; pocos d&iacute;as, se le
+ permiti&oacute; a &eacute;l tambi&eacute;n entrar en la alcoba dos o tres
+ veces, pero nunca pudo hablar a solas con Ana. Y lo m&aacute;s triste hab&iacute;a
+ sido despu&eacute;s; cuando la segunda arremetida del mal, que fue tan
+ peligrosa, cedi&oacute; el paso poco a poco a la salud. Ana le recibi&oacute;
+ en su gabinete. &iexcl;Pero c&oacute;mo! Por de pronto estaba bastante
+ delgada, y p&aacute;lida como una muerta. &laquo;Hermos&iacute;sima, eso s&iacute;,
+ hermos&iacute;sima... pero a lo rom&aacute;ntico. Con mujeres de aquellas
+ carnes y de aquella sangre no luchaba &eacute;l. Estaba entregada a Dios.
+ &iexcl;Claro! &iexcl;Apenas com&iacute;a! No pod&iacute;a levantar un
+ brazo sin cansarse&raquo;. Don &Aacute;lvaro calculaba, furioso de
+ impaciencia, cu&aacute;nto tiempo tardar&iacute;a aquella <i>naturaleza</i>
+ en adquirir la fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos
+ sensuales, que eran la fe viva del se&ntilde;or Mes&iacute;a y su
+ esperanza. Tardar&iacute;a mucho. Mientras tanto &eacute;l no podr&iacute;a
+ emprender nada de provecho. &laquo;Y el Magistral estaba haciendo all&iacute;
+ su agosto; embutiendo aquel cerebro d&eacute;bil de visiones celestes....
+ Ana era otra para &eacute;l. No le miraba jam&aacute;s, y las pocas
+ palabras con que contestaba a las preguntas de cari&ntilde;oso inter&eacute;s,
+ eran corteses, afables, pero fr&iacute;as, como cortadas por patr&oacute;n.
+ A veces se le ocurr&iacute;a a &eacute;l si se las dictar&iacute;a el
+ Magistral&raquo;. Una tarde com&iacute;a la Regenta en presencia de su
+ esposo, don &Aacute;lvaro y De Pas. Le costaba l&aacute;grimas cada
+ bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no deb&iacute;a comer.
+ Entonces Mes&iacute;a tom&oacute; con mucho calor la defensa del alimento
+ obligatorio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo creo, con permiso de este se&ntilde;or can&oacute;nigo, que lo
+ principal aqu&iacute; es sentirse bien; y pronto, para que no se apodere
+ la anemia de ese organismo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, amigo m&iacute;o&mdash;replic&oacute; el Magistral, sonriendo
+ con mucha amabilidad&mdash;la anemia, usted sabe mejor que yo que puede
+ venir a pesar del alimento.... Adem&aacute;s, comer no es lo mismo que
+ alimentarse....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues, con permiso del se&ntilde;or can&oacute;nigo, yo aconsejar&iacute;a
+ carne cruda, mucha carne a la inglesa...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Oh! le corr&iacute;a prisa; hubiera dado sangre de un brazo
+ por verla correr por aquellas venas que se figuraba exhaustas. &iexcl;La
+ vida, la fuerza a todo trance, para aquella mujer!&raquo;. Hasta habl&oacute;
+ un d&iacute;a don &Aacute;lvaro de transfusiones. &laquo;La ciencia hab&iacute;a
+ adelantado mucho en esta materia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Somoza sol&iacute;a aprobar moviendo la cabeza y diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Mucho! &iexcl;mucho! &iexcl;oh, s&iacute;, la ciencia!
+ &iexcl;mucho!... &iexcl;la transfusi&oacute;n!... &iexcl;claro! Ten&iacute;a
+ cierto miedo a los conocimientos m&eacute;dicos de don &Aacute;lvaro.
+ Aquel hombre que iba a Par&iacute;s y tra&iacute;a aquellos sombreros
+ blancos y citaba a Claudio Bernard y a Pasteur... deb&iacute;a de saber m&aacute;s
+ que &eacute;l de medicina moderna... porque &eacute;l, Somoza, no le&iacute;a
+ libros, ya se sabe, no ten&iacute;a tiempo.
+ </p>
+ <p>
+ Pero la Regenta mejoraba; volv&iacute;a la sangre, aunque poco a poco; los
+ m&uacute;sculos se fortalec&iacute;an y redondeaban... y la frialdad y la
+ reserva no desaparec&iacute;an. Don V&iacute;ctor siempre el mismo para su
+ don &Aacute;lvaro; segu&iacute;an las confidencias acompa&ntilde;adas de
+ cerveza... pero Ana jam&aacute;s se presentaba. Si don &Aacute;lvaro se
+ atrev&iacute;a a preguntar por ella, don V&iacute;ctor fing&iacute;a no o&iacute;r,
+ o mudaba de conversaci&oacute;n; si el otro insist&iacute;a, Quintanar
+ suspiraba y encogiendo los hombros dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;D&eacute;jela usted... estar&aacute; rezando!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Rezando!... Pero tanto rezar puede matarla....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No... si... no reza... es decir... oraci&oacute;n mental...
+ &iquest;qu&eacute; s&eacute; yo?... cosas de ella. Hay que dejarla.
+ </p>
+ <p>
+ Y suspiraba otra vez. S&iacute;, hab&iacute;a que dejarla. Pero a solas,
+ don &Aacute;lvaro se mesaba los rubios y finos cabellos &iexcl;qui&eacute;n
+ lo dir&iacute;a! se llamaba animal, bestia, bruto, como si no fuera todo
+ lo mismo, y se dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Me he portado como un cadete! Me ha perdido la timidez....
+ Deb&iacute; dar el <i>ataque personal</i> una noche que la encontr&eacute;
+ a obscuras... o aquella tarde del cenador....
+ </p>
+ <p>
+ Pero no lo hab&iacute;a dado.... Y ahora no hab&iacute;a remedio. Un d&iacute;a
+ lleg&oacute; Ana <i>al extremo</i> de retirar la mano, que &eacute;l
+ solicitaba con la suya extendida. Busc&oacute; un pretexto con la
+ habilidad r&aacute;pida que tienen las mujeres... y... no le dio la mano.
+ No volvi&oacute; a tocarle aquellos dedos suaves. Y es m&aacute;s, apenas
+ la ve&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Oh, a &eacute;l, a don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a le
+ pasaba aquello! &iquest;Y el rid&iacute;culo? &iexcl;Qu&eacute; dir&iacute;a
+ Visita, qu&eacute; dir&iacute;a Obdulia, qu&eacute; dir&iacute;a Ronzal,
+ qu&eacute; dir&iacute;a el mundo entero!
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;Dir&iacute;an que un cura le hab&iacute;a derrotado. &iexcl;Aquello
+ ped&iacute;a sangre! S&iacute;, pero esta era otra&raquo;. &laquo;Si don
+ &Aacute;lvaro se figuraba al Magistral vestido de levita, acudiendo a un
+ duelo a que &eacute;l le retaba... sent&iacute;a escalofr&iacute;os&raquo;.
+ Se acordaba de la prueba de fuerza muscular en que el can&oacute;nigo le
+ hab&iacute;a vencido delante de Ana misma. Aquel valor que &eacute;l sent&iacute;a
+ ante una sotana, por la esperanza irreflexiva de que la mansedumbre obliga
+ al cl&eacute;rigo a no devolver las bofetadas, aquel valor desaparec&iacute;a
+ pensando en los pu&ntilde;os de don Ferm&iacute;n. &laquo;No hab&iacute;a
+ salida. No hab&iacute;a m&aacute;s que acabar con &eacute;l ayudando a
+ Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano eclesi&aacute;stico&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Por las tardes, pase&aacute;ndose en el Espol&oacute;n, donde ya iban qued&aacute;ndose
+ a sus anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la
+ sombra de los &aacute;rboles frondosos del Paseo Grande, don &Aacute;lvaro
+ sol&iacute;a cruzarse con el Provisor; y se saludaban con grandes
+ reverencias, pero el seglar se sent&iacute;a humillado, y un rubor ligero
+ le sub&iacute;a a las mejillas. Se le figuraba que todos los presentes les
+ miraban a los dos y los comparaban, y encontraban m&aacute;s fuerte, m&aacute;s
+ h&aacute;bil, m&aacute;s airoso al vencedor, al cura. Don Ferm&iacute;n
+ era el de siempre; arrogante en su humildad, que m&aacute;s quer&iacute;a
+ parecer cortes&iacute;a que virtud cristiana; sonriente, esbelto,
+ armonioso al andar, enf&aacute;tico en el sonsonete r&iacute;tmico del
+ manteo ampuloso, pasaba desafiando el qu&eacute; dir&aacute;n, con
+ imperturbable sangre fr&iacute;a. Sol&iacute;an juntarse en el Espol&oacute;n
+ los tres mejores mozos del Cabildo: el chantre, alto y corpulento; el
+ pariente del ministro, m&aacute;s fino, m&aacute;s delgado, pero muy largo
+ tambi&eacute;n, y don Ferm&iacute;n, el m&aacute;s elegante y poco menos
+ alto que la dignidad. Gastaban entre los tres muchas varas de pa&ntilde;o
+ negro reluciente, inmaculado; eran como firmes columnas de la Iglesia,
+ enlutadas con f&uacute;nebres colgaduras. Y a pesar de la tristeza del
+ traje y de la seriedad del continente, don &Aacute;lvaro adivinaba en
+ aquel grupo una seducci&oacute;n para las vetustenses; iba all&iacute; el
+ prestigio de la Iglesia, el prestigio de la gracia, el prestigio del
+ talento, el prestigio de la salud, de la fuerza y de la carne que medr&oacute;
+ cuanto quiso... &Eacute;l se figuraba tres monjas hermosas, buenas mozas,
+ que tuviesen adem&aacute;s talento, gracia; se las figuraba paseando por
+ el Espol&oacute;n... y estaba seguro de que los ojos de los hombres se ir&iacute;an
+ tras ellas. Pues lo mismo deb&iacute;a de suceder trocados los sexos. Y,
+ en efecto, en los saludos que las se&ntilde;oras que todav&iacute;a
+ paseaban en el Espol&oacute;n dedicaban a los tres buenos mozos del
+ Cabildo, a las tres torres dav&iacute;dicas, cre&iacute;a ver el
+ Presidente del Casino ocultos deseos, declaraciones inconscientes de la
+ lascivia refinada y contrahecha.
+ </p>
+ <p>
+ Cada d&iacute;a aumentaba en don &Aacute;lvaro la superstici&oacute;n del
+ confesonario, cada d&iacute;a cre&iacute;a m&aacute;s poderosa la
+ influencia del cura sobre la mujer que le cuenta sus culpas. Y mirando a
+ las damas que iban y ven&iacute;an, unas elegantes, lujosas, otras
+ enlutadas o con h&aacute;bito humilde, todas deseando a su modo agradar,
+ todas procur&aacute;ndolo, Mes&iacute;a imaginaba secretos hilos
+ invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basqui&ntilde;a,
+ del cura a la hembra.
+ </p>
+ <p>
+ En suma, don &Aacute;lvaro ten&iacute;a celos, envidia y rabia. Su
+ materialismo subrepticio era m&aacute;s radical que nunca. &laquo;Nada,
+ nada, fuerza y materia, no hay m&aacute;s que eso&raquo;, pensaba.
+ </p>
+ <p>
+ Y si no fuera porque los partidos avanzados nunca son poder o lo son poco
+ tiempo, se hubiera declarado demagogo y enemigo de la religi&oacute;n del
+ Estado.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; al extremo de proponer en la Junta del Casino que no se
+ celebrara en adelante ninguna fiesta de orden religioso colgando e
+ iluminando los balcones. Ronzal se opuso, pero el Presidente se impuso y
+ se vot&oacute; aquella abstenci&oacute;n. &iexcl;Hab&iacute;a triunfado al
+ cabo don Pompeyo Guimar&aacute;n!
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro quer&iacute;a que el ateo volviese al Casino, hac&iacute;a
+ falta aquel refuerzo a los que se empe&ntilde;aban en deshonrar al
+ Magistral. Foja y Joaquinito Orgaz, que capitaneaban la partida de los
+ murmuradores, propusieron a don &Aacute;lvaro que fuera una comisi&oacute;n
+ a buscar a don Pompeyo para restituirlo al Casino, &laquo;de donde nunca
+ debi&oacute; haber salido&raquo;. Se celebrar&iacute;a la <i>restauraci&oacute;n</i>
+ de Guimar&aacute;n con una buena cena. Paco el Marquesito, que como buen
+ arist&oacute;crata se cre&iacute;a obligado a ser religioso <i>en la forma
+ por lo menos</i>, se opuso al principio a los proyectos de Foja y Orgaz,
+ pero considerando que su amigo, su &iacute;dolo Mes&iacute;a deseaba tener
+ all&iacute; al otro para que le ayudara a desacreditar al Provisor, y
+ considerando que iban a divertirse de veras en el <i>gaudeamus</i> de la
+ noche, fall&oacute; que deb&iacute;a ayudar y ayudaba a los enemigos del
+ Magistral y se agreg&oacute; a la comisi&oacute;n que fue a buscar a don
+ Pompeyo.
+ </p>
+ <p>
+ Fueron: el se&ntilde;or Foja, ex-alcalde, Paco Vegallana y Joaqu&iacute;n
+ Orgaz.
+ </p>
+ <p>
+ Los recibi&oacute; el se&ntilde;or Guimar&aacute;n en su despacho, lleno
+ de peri&oacute;dicos y bustos de yeso, baratos, que representaban bien o
+ mal a Voltaire, Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden
+ de colocaci&oacute;n sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros
+ viejos.
+ </p>
+ <p>
+ Usaba don Pompeyo en casa bata de cuadros azules y blancos, en forma de
+ tablero de damas. Acogi&oacute; a los comisionados con la amabilidad que
+ le distingu&iacute;a y ocultando mal la sorpresa.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;A qu&eacute; vendr&iacute;an aquellos se&ntilde;ores?
+ &iquest;Querr&iacute;an darle alguna broma? No lo esperaba&raquo;. De
+ todos modos el ver all&iacute; al hijo del marqu&eacute;s de Vegallana le
+ inundaba el alma de alegr&iacute;a, aunque &eacute;l no quisiera
+ reconocerlo.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando supo de lo que se trataba, por boca de Foja, tuvo que levantarse
+ para ocultar la emoci&oacute;n. Sinti&oacute; que la hebilla del chaleco
+ estallaba en su espalda.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores&mdash;pudo decir al cabo con voz temblorosa&mdash;si
+ un juramento solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que
+ voluntariamente me impuse hace tantos a&ntilde;os, o mejor dicho, que me
+ impusieron el fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volver&iacute;a
+ con mil amores al seno de aquella sociedad de la que fu&iacute; fundador
+ con otros seis o siete amigos. &iquest;Y c&oacute;mo no, se&ntilde;ores,
+ si all&iacute; corrieron los mejores d&iacute;as, para m&iacute;, en pl&aacute;ticas
+ provechosas y amenas con el elemento m&aacute;s culto de la poblaci&oacute;n?
+ All&iacute; la tolerancia sol&iacute;a tener su asiento; y las personas,
+ los personajes en quien m&aacute;s arraigadas est&aacute;n ciertas ideas
+ venerables al fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta
+ cierto punto de abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes,
+ entre los cuales cuento al pap&aacute; de este joven ilustrado, a mi buen
+ amigo y condisc&iacute;pulo el excelent&iacute;simo se&ntilde;or marqu&eacute;s
+ de Vegallana, respetaban mis opiniones, como yo las suyas. Lo que ustedes
+ hacen ahora nunca lo agradecer&eacute; yo bastante. Pero lo principal ya
+ se ha logrado; la libertad del pensamiento vuelve a brillar en el
+ Casino.... Mi aspiraci&oacute;n se ha realizado. Ahora, por lo que a m&iacute;
+ toca, se&ntilde;ores, debo declarar que no puedo romper un voto solemne,
+ un juramento... y no ir&eacute; con ustedes, aunque bien quisiera.
+ </p>
+ <p>
+ La comisi&oacute;n insisti&oacute;, conociendo en la cara de don Pompeyo
+ que vencer&iacute;an.
+ </p>
+ <p>
+ Foja present&oacute; un argumento de mucha fuerza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dice usted, se&ntilde;or don Pompeyo, que por su gusto vendr&iacute;a
+ con nosotros, se restituir&iacute;a al Casino.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Con mil amores! Esa es la palabra... me restituir&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que &uacute;nicamente le retrae el juramento....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida all&iacute; los
+ pies.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; solemnidad ni qu&eacute; casta&ntilde;uelas?
+ y usted dispense que me exprese as&iacute;. El que jura, pone a Dios por
+ testigo; pero usted no cree en Dios... luego usted no puede jurar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Perfectamente&mdash;dijo Joaquinito Orgaz; de <i>p</i> y <i>p</i> y
+ <i>w</i> y se puso en pie para hacer una pirueta flamenca.
+ </p>
+ <p>
+ Cre&iacute;a Joaqu&iacute;n que en casa de un ateo de profesi&oacute;n, de
+ un loco, en otros t&eacute;rminos, la buena crianza estaba de m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo se qued&oacute; mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez,
+ mientras consideraba el argumento de Foja.
+ </p>
+ <p>
+ No ten&iacute;a qu&eacute; contestar.
+ </p>
+ <p>
+ Al cabo dijo:&mdash;La verdad es... que jurar... yo no puedo jurar...
+ pero... metaf&oacute;ricamente.... Adem&aacute;s, puedo prometer por mi
+ honor....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero amigo, en aquella ocasi&oacute;n usted no prometi&oacute; por
+ su honor; jur&oacute; usted no poner all&iacute; los pies... todo Vetusta
+ recuerda sus palabras de usted.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo sinti&oacute; vapores en la cabeza al o&iacute;r que todo
+ Vetusta recordaba sus palabras.
+ </p>
+ <p>
+ Pero insisti&oacute;, aunque m&aacute;s d&eacute;bilmente cada vez, en su
+ negativa.
+ </p>
+ <p>
+ Foja gui&ntilde;&oacute; el ojo al Marquesito. Empez&oacute; entonces este
+ el ataque, y Guimar&aacute;n no pudo resistir m&aacute;s. Se rindi&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;El hijo de Vegallana, del primer arist&oacute;crata, ven&iacute;a a
+ suplicarle que volviera al Casino! Oh, aquello era demasiado. No pudo
+ sostener la fortaleza de su resoluci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Despu&eacute;s de todo&mdash;dijo&mdash;en el mero hecho de haberse
+ restablecido la legislaci&oacute;n que yo invocaba... ya puedo pisar sin
+ desdoro aquel pavimento....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues claro que puede usted pisar. Nada, nada; p&oacute;ngase usted
+ la levita, que la cena espera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; cena?&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; se ha
+ acordado por el elemento vencedor, por los que solicitan la presencia de
+ usted, obsequiarle con un banquete... y vamos a cenar juntos unos doce
+ amigos....
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo no sab&iacute;a si deb&iacute;a aceptar.... No le dejaron ser
+ modesto; y corri&oacute; aturdido a ponerse la levita y el sombrero de
+ copa alta. Estaba deslumbrado y cre&iacute;a sentir alrededor de su cuerpo
+ un ba&ntilde;o; un ba&ntilde;o de agua rosada.
+ </p>
+ <p>
+ La presencia del Marquesito era el principal factor de aquella alegr&iacute;a.
+ &laquo;&iexcl;Oh! al fin la aristocracia era algo, algo m&aacute;s que una
+ palabra, era un elemento hist&oacute;rico, una grandeza positiva... pod&iacute;a
+ haber nobleza y no haber Dios... &iquest;qu&eacute; duda cab&iacute;a?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Una hora despu&eacute;s en el comedor del Casino que ocupaba una cruj&iacute;a
+ del segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa
+ presidida por don Pompeyo Guimar&aacute;n, don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a,
+ enfrente del protagonista, y en agradable confusi&oacute;n despu&eacute;s,
+ sin pensar en preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo,
+ Foja, don Frutos Redondo (que acud&iacute;a a todas las cenas fuesen del
+ partido religioso o pol&iacute;tico que fuesen), el capit&aacute;n Bedoya,
+ el coronel Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas
+ pulgas y buena espada, un tal Juanito Reseco, que escrib&iacute;a en los
+ peri&oacute;dicos de Madrid y ven&iacute;a a Vetusta, su patria, a darse
+ tono de vez en cuando, y adem&aacute;s un banquero y varios j&oacute;venes
+ de la <i>bolsa</i> de Mes&iacute;a, trasnochadores abonados del Casino.
+ </p>
+ <p>
+ Pocas veces com&iacute;a en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones
+ con los poderosos de la tierra eran muy poco &iacute;ntimas, casi nunca ve&iacute;a
+ una mesa bien puesta. As&iacute; le parec&iacute;a digno de Baltasar aquel
+ vulgar&iacute;simo aparato de restaurant provinciano. El mantel
+ adamascado, m&aacute;s terso que fino; los platos pesados, gruesos; de
+ blanco mate con filete de oro; las servilletas en forma de tienda de campa&ntilde;a
+ dentro de las copas grandes, la fila escalonada de las destinadas a los
+ vinos; las conchas de porcelana que ostentaban rojos pimientos, c&aacute;rdena
+ lengua de escarlata, h&uacute;medas aceitunas, pepinillos rozagantes y
+ otros entremeses; la gravedad aristocr&aacute;tica de las botellas de
+ Burdeos, que guardaban su arom&aacute;tico licor como un secreto; los
+ reflejos de la luz quebr&aacute;ndose en el vino y en las copas vac&iacute;as
+ y en los cubiertos relucientes de plata Meneses; el centro de mesa en que
+ se ergu&iacute;a un ramillete de trapo con guardia de honor de dos
+ floreros cil&iacute;ndricos con pinturas chinescas, de cuya boca sal&iacute;an
+ imitaciones groseras de no se sab&iacute;a qu&eacute; plantas, pero que a
+ don Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna <i>miss</i>
+ de circo ecuestre; las cajas de cigarros, unas de madera olorosa, otras de
+ lat&oacute;n; los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y
+ vinagre y con m&aacute;s especias que un barco de Oriente...; todo
+ contribu&iacute;a a deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y
+ fascinado el conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de
+ la mesa a&uacute;n pulcra, correcta, intacta.
+ </p>
+ <p>
+ Se comenz&oacute; a comer sin mucho ruido; todos se esforzaban en decir
+ chistes. Joaquinito se burlaba del servicio y hablaba de Fornos... y de La
+ Taurina y el Puerto, donde se cenaba <i>por todo lo flamenco</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Todos com&iacute;an mucho, menos don Pompeyo, a quien la emoci&oacute;n
+ apretaba la garganta. Desde el segundo plato comenz&oacute; a atormentarle
+ un cuidado. &laquo;Estoy, pens&oacute;, en el ineludible compromiso de
+ brindar; tengo que improvisar un discurso&raquo;. Y ya no comi&oacute;
+ bocado que le aprovechase. O&iacute;a hablar como quien oye llover: sonre&iacute;a
+ a derecha e izquierda, contestaba con monos&iacute;labos, pero &eacute;l
+ pensaba en su brindis; las orejas se le convert&iacute;an en brasas y a
+ veces sent&iacute;a n&aacute;useas y temblor de piernas. En resumidas
+ cuentas, estaba pasando un mal rato. &Eacute;l esperaba que las cosas
+ sucedieran as&iacute;: hablar&iacute;a primero don &Aacute;lvaro, har&iacute;a
+ un elogio de la constancia con que &eacute;l, don Pompeyo, hab&iacute;a
+ sostenido la idea santa de la libertad de pensamiento, y prometer&iacute;a
+ en nombre de la Junta que el Casino jam&aacute;s tendr&iacute;a religi&oacute;n,
+ como no deb&iacute;a tenerla el Estado. Despu&eacute;s hablar&iacute;an
+ Foja, el Marquesito y otros, abundando en las mismas ideas... y por
+ &uacute;ltimo &eacute;l, Guimar&aacute;n, tendr&iacute;a que levantarse
+ a... <i>hacer el resumen</i>. Y mientras com&iacute;a y beb&iacute;a por m&aacute;quina
+ preparaba su arenga, sin poder pasar del exordio, que quer&iacute;a
+ original, sin afectaci&oacute;n, modesto sin falsa humildad.... &laquo;Estos
+ j&oacute;venes... debieron haberme avisado ayer... y entonces tendr&iacute;a
+ yo tiempo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Contra lo que esperaba el <i>ateo</i>, la conversaci&oacute;n, al llegar
+ el Champa&ntilde;a, hab&iacute;a tomado un rumbo que no pod&iacute;a
+ llevarla a los asuntos serios que &eacute;l cre&iacute;a propios de
+ aquella solemnidad. Se hablaba de mujeres. Casi todos echaban de menos la
+ edad de las ilusiones, no por las ilusiones, sino por la secreta fuerza,
+ que seg&uacute;n ellos era su origen. Se declaraban, aun los j&oacute;venes,
+ en la edad triste en que el amor es de cabeza, pura imaginaci&oacute;n. S&oacute;lo
+ Paco, franco y noble, confesaba que se sent&iacute;a mejor que nunca, a
+ pesar de haber vivido tanto como cualquiera.
+ </p>
+ <p>
+ Uno de los compa&ntilde;eros de bolsa de Mes&iacute;a, viejo verde de
+ cincuenta a&ntilde;os, el se&ntilde;or Palma, banquero, lamentaba que la
+ juventud no fuese eterna, y con l&aacute;grimas en los ojos, de pie, con
+ una copa ya vac&iacute;a en la mano, expon&iacute;a su sistema filos&oacute;fico
+ de un pesimismo desgarrador, como dec&iacute;a el capit&aacute;n Bedoya.
+ Hubo interrupciones y entonces la conversaci&oacute;n tom&oacute; un vuelo
+ m&aacute;s alto; Guimar&aacute;n se dign&oacute; prestar atenci&oacute;n.
+ Se hablaba ya de la otra vida, y de la moral, que era relativa seg&uacute;n
+ la opini&oacute;n de la mayor&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Foja, p&aacute;lido, desencajado, con voz temblorosa, sosten&iacute;a que
+ no hab&iacute;a moral de ninguna clase&mdash;y tambi&eacute;n se puso de
+ pie&mdash;; que el hombre era un animal de costumbres; que cada cual barr&iacute;a
+ para adentro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;<i>Homo homini lupus</i>&mdash;advirti&oacute; Bedoya el capit&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ El coronel Fulgosio le mir&oacute; con respeto y aprob&oacute; la
+ proposici&oacute;n sin entenderla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es la lucha por la existencia&mdash;dijo muy serio Joaquinito
+ Orgaz.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No hay m&aacute;s que materia...&mdash;a&ntilde;adi&oacute; Foja,
+ que s&oacute;lo en sus borracheras expon&iacute;a sus opiniones filos&oacute;ficas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Fuerza y materia&mdash;dijo Orgaz padre&mdash;que lo hab&iacute;a o&iacute;do
+ a su hijo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Materia... y pesetas&mdash;rectific&oacute; Juanito Reseco&mdash;con
+ voz aguda, estridente y cargada de una iron&iacute;a que Orgaz padre no
+ pod&iacute;a comprender.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es&mdash;grit&oacute; el orador Palma; y sigui&oacute;
+ brindando por todas las excelencias naturales que &eacute;l echaba de
+ menos en su miserable cuerpo de an&eacute;mico incurable.
+ </p>
+ <p>
+ Se volvi&oacute; al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones,
+ coincidiendo con el caf&eacute; y los licores, sacatrapos del coraz&oacute;n.
+ Entre la ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y
+ vino, rodaron el nombre y el honor de muchas se&ntilde;oras. &laquo;All&iacute;
+ se pod&iacute;a decir todo, estaban solos, todos eran unos&raquo;. Mes&iacute;a
+ hablaba poco, era su costumbre en tales casos. Tem&iacute;a estas
+ expansiones en que se toma por amigo a cualquiera y en que se dicen
+ secretos que en vano despu&eacute;s se querr&iacute;a recoger. Mientras
+ los dem&aacute;s refer&iacute;an aventuras vulgares, sin gloria, &eacute;l
+ atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y la barba
+ apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco con cari&ntilde;o
+ y voluptuosa calma; los ojos animados, h&uacute;medos, llenos de reflejos
+ de la luz y de reflejos el&eacute;ctricos del vino, se fijaban en el
+ techo. Las dem&aacute;s figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no
+ ten&iacute;a dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mes&iacute;a
+ estaba hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armon&iacute;a de
+ sus formas de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la
+ gula no imprim&iacute;an groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre
+ melanc&oacute;lica y lasciva; se ve&iacute;a al hombre del vicio, pero
+ sacerdote, no v&iacute;ctima: dominaba &eacute;l a su borrachera, <i>morigerada</i>,
+ se&ntilde;oril, discreta. Don &Aacute;lvaro, a solas entre aquellos pobres
+ diablos, so&ntilde;aba despierto, enternecido. En aquellos momentos se cre&iacute;a
+ enamorado de veras, y se cre&iacute;a y se sent&iacute;a de veras
+ interesante. Aunque &eacute;l era sensualista &iexcl;qu&eacute; diablo! la
+ sensualidad, pensaba, tambi&eacute;n tiene su romanticismo. El <i>claire
+ de lune es claire de lune</i> aunque la luna sea un cacho de hierro viejo,
+ una herradura de alg&uacute;n caballo del sol.
+ </p>
+ <p>
+ Y pasaban por su memoria y por su imaginaci&oacute;n recuerdos de noches
+ de amor, no todas claras ni todas po&eacute;ticas, pero muchas, muchas
+ noches de amor. Y sinti&oacute; comez&oacute;n de hablar, de contar sus
+ haza&ntilde;as. Este prurito era nuevo en &eacute;l; no lo hab&iacute;a
+ sentido hasta que la Regenta le hab&iacute;a humillado con su resistencia.
+ </p>
+ <p>
+ Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno
+ de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a &eacute;l, y
+ callaron los dem&aacute;s para o&iacute;rle. Entonces habl&oacute;, sin
+ poder remediarlo, para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su
+ historia. Habl&oacute; el maestro. Quit&oacute; el codo de la mesa y apoy&oacute;
+ en ella los dos brazos cruzando las manos, entre cuyos dedos oprim&iacute;a
+ el cigarro, cargado con una pulgada de ceniza; inclin&oacute; un poco la
+ cabeza, con cierto misticismo b&aacute;quico, y con los ojos levantados a
+ la luz de la ara&ntilde;a, con palabra suave, tibia, lenta, comenz&oacute;
+ la confesi&oacute;n que o&iacute;an sus amigos con silencio de iglesia.
+ Los que estaban lejos se incorporaban para escuchar, apoy&aacute;ndose en
+ la mesa o en el hombro del m&aacute;s cercano. Recordaba el cuadro, por
+ modo miserable, la <i>Cena</i> de Leonardo de Vinci.
+ </p>
+ <p>
+ La atenci&oacute;n profunda del auditorio, el inter&eacute;s que se
+ asomaba a las miradas y a las bocas entreabiertas, sedujeron al Tenorio de
+ Vetusta, le halagaron y habl&oacute; como podr&iacute;a hablar sobre el
+ pecho de un amigo. Joaqu&iacute;n Orgaz y el Marquesito o&iacute;an con
+ recogimiento de sectario al maestro. Aquella era palabra de sabidur&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Unas veces las aventuras eran rom&aacute;nticas, peligrosas, de audacia y
+ fortuna; las m&aacute;s probaban la flaqueza de la mujer, sea quien sea;
+ otras demostraban la necesidad de prescindir de escr&uacute;pulos; muchas
+ el buen &eacute;xito de la constancia, de la astucia y de la rapidez en el
+ ataque.
+ </p>
+ <p>
+ De vez en cuando el silencio era interrumpido por carcajadas estrepitosas;
+ era que una aventura c&oacute;mica alegraba al concurso, sac&aacute;ndole
+ de su estupor malsano y corrosivo. Entre la admiraci&oacute;n general
+ serpeaba la envidia abrazada a la lujuria: las tenias del alma. Los ojos
+ brillaban secos.
+ </p>
+ <p>
+ El arte del seductor se extend&iacute;a sobre aquel mantel, ya arrugado y
+ sucio; anfiteatro propio del cad&aacute;ver del amor carnal.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a se dejaba ver por dentro, m&aacute;s que por complacer a sus
+ oyentes, por o&iacute;rse a s&iacute; mismo, por saber que &eacute;l era
+ todav&iacute;a quien era.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Las trazas del amor eran casi siempre malas artes; era un so&ntilde;ador
+ el que pensase otra cosa. Alguna vez se le hab&iacute;a arrojado a Mes&iacute;a
+ a los brazos una mujer loca de puro enamorada; pero estas aventuras eran
+ muy raras. Adem&aacute;s: si la mujer no fuera tan lasciva a ratos, las
+ victorias escasear&iacute;an; por amor puro se entregan pocas. M&aacute;s
+ hace la ocasi&oacute;n que la seducci&oacute;n. La seducci&oacute;n debe
+ transformarse en ocasi&oacute;n&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; el caso de contar c&oacute;mo hab&iacute;a podido don
+ &Aacute;lvaro vencer a la hija de un maestro de la F&aacute;brica vieja,
+ muy honrado, que velaba por el honor de su casa como un Argos. Angelina
+ ten&iacute;a padre, madre, abuela, hermanos; ella era pura como un armi&ntilde;o....
+ Mes&iacute;a hab&iacute;a empezado por seducir a los parientes. En cada
+ casa entraba seg&uacute;n lo exig&iacute;a la vida de aquel hogar.
+ </p>
+ <p>
+ Jugaba al escondite con los ni&ntilde;os, les fabricaba pajaritas de
+ papel, jugaba al domin&oacute; con la abuela, serv&iacute;a a la madre de
+ devanadera, o&iacute;a con paciencia y fingida atenci&oacute;n las
+ lucubraciones socialistas y humanitarias del padre, encantaba a todos;
+ llegaba a ser el tertulio necesario, el pa&ntilde;o de l&aacute;grimas, el
+ consejero, el mejor ornamento de la casa; la llenaba con su hermosa
+ presencia; era dulce, cari&ntilde;oso, ten&iacute;a blanduras de padrazo;
+ cuidaba de los intereses dom&eacute;sticos como si fueran propios, hasta
+ pon&iacute;a paz entre los criados y los amos. As&iacute; iba entrando,
+ entrando en el coraz&oacute;n de todos; los amores con Angelina (o quien
+ fuera, pues de tales aventuras hab&iacute;a tenido muchas) comenzaban en
+ secreto; y poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran
+ tapete debajo del cual hay un brasero; en el balc&oacute;n al obscurecer,
+ en cuantas ocasiones pod&iacute;a, se acercaba, se apretaba contra su v&iacute;ctima,
+ la llenaba de deseos de &eacute;l, de su arrogante belleza varonil y simp&aacute;tica;
+ despu&eacute;s hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal
+ amparo que parec&iacute;a la misma inocencia; y cualquier d&iacute;a o
+ cualquiera noche, en una merienda en el campo, despu&eacute;s de la cena
+ de Noche-buena, mientras los dem&aacute;s de la familia re&iacute;an
+ alegres, descuidados, la pasi&oacute;n de Angelina llegaba al paroxismo,
+ la ocasi&oacute;n echaba el resto y la deshonra entraba en la casa, y el
+ amigo &iacute;ntimo, el favorito de todos, sal&iacute;a para no volver
+ nunca.
+ </p>
+ <p>
+ Los que o&iacute;an a don &Aacute;lvaro se figuraban presenciar aquellas
+ escenas de amistad &iacute;ntima, tranquilas, dulces, llenas de expansi&oacute;n
+ y confianza; en el rostro del seductor, en sus ademanes, en las sonrisas,
+ en la voz, se reflejaban, por virtud del recuerdo, la bondad suave, el
+ aire bonach&oacute;n y entra&ntilde;able, la franqueza sencilla, noble,
+ familiar, la habilidad casera, todas las artes y cualidades que hac&iacute;an
+ vencer a Mes&iacute;a en lides tales.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Otras veces, amigos, hab&iacute;a que recurrir a la fuerza.
+ Renunciar a una victoria que se consigue con los pu&ntilde;os y sudando
+ gotas como garbanzos, entre ara&ntilde;azos y coces, es ser un plat&oacute;nico
+ del amor, un <i>cursi</i>; el verdadero don Juan del siglo, y de todos los
+ siglos tal vez, vence como puede; es rom&aacute;ntico, caballeresco,
+ pundonoroso cuando conviene; grosero, violento, descarado, torpe si hace
+ falta.
+ </p>
+ <p>
+ Nunca se le olvidar&iacute;a a don &Aacute;lvaro un combate de amor que
+ dur&oacute; tres noches, y fue m&aacute;s glorioso para la vencida que
+ para el vencedor. La escena representaba una panera, casa de madera
+ sostenida por cuatro pies de piedra, como las habitaciones pal&uacute;dicas
+ sustentadas por troncos, y las de algunos pueblos salvajes. En la panera
+ dorm&iacute;a Ramona, aldeana, y cerca de su lecho de madera pintada de
+ azul y rojo, que rechinaba a cada movimiento del jerg&oacute;n, yac&iacute;a
+ la cosecha de ma&iacute;z de su caser&iacute;a, en mont&oacute;n
+ deleznable que sub&iacute;a al techo.
+ </p>
+ <p>
+ All&iacute; fue la batalla. Y don &Aacute;lvaro, como si lo estuviera
+ pasando todav&iacute;a, describ&iacute;a la obscuridad de la noche, las
+ dificultades del escalo, los ladridos del perro, el crujir de la ventana
+ del corredor al saltar el pestillo; y despu&eacute;s las quejas de la cama
+ fr&aacute;gil, el gru&ntilde;ir del jerg&oacute;n de g&aacute;rrulas hojas
+ de mazorca, y la protesta muda, pero en&eacute;rgica, brutal de la moza,
+ que se defend&iacute;a a pu&ntilde;adas, a patadas, con los dientes,
+ despertando en &eacute;l, dec&iacute;a don &Aacute;lvaro, una lascivia
+ montaraz, desconocida, fuerte, invencible.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Hubo momentos en que pele&eacute;, como C&eacute;sar en Munda, por
+ la vida. Era Ramona, se&ntilde;ores, morena; su carne de ca&ntilde;&oacute;n,
+ dura, tersa, y aquellos brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en
+ arrebato amoroso, me probaban su fuerza dando tortura a los m&iacute;os,
+ oprimidos, inertes. Mi deseo era m&aacute;s poderoso, porque ten&iacute;a
+ un incentivo m&aacute;s picante que la pimienta: conoc&iacute;a yo que
+ Ramona gozaba, gozaba como una loca en la refriega. Segura de no ser
+ vencida por la fuerza, enamorada a su modo del <i>se&ntilde;orito</i>,
+ sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos mudos, gimn&aacute;sticos,
+ callaba, forcejeaba, mord&iacute;a con deleite, magullaba con
+ voluptuosidad b&aacute;rbara, y encontraba placer de salvaje en el
+ martirio de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sent&iacute;an
+ dominados por ella. La cama se hundi&oacute;; rodamos por el suelo; y
+ rodando llegamos al monte de ma&iacute;z. Entonces sali&oacute; la luna;
+ entraron sus rayos por la ventana que yo dejara abierta, y vi a mi robusta
+ aldeana, en pie, hundida una pierna entre los granos de oro y la rodilla
+ de la otra clavada sobre mi pecho. Me intimaba la muerte o la huida,
+ amenaz&aacute;ndome con una medida para &aacute;ridos, caj&oacute;n enorme
+ de madera con chapas de hierro. Hu&iacute;, hu&iacute; por la ventana; del
+ corredor de la panera salt&eacute; al callej&oacute;n como pude, y tuve
+ que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. (Pausa.) Pero
+ volv&iacute; a la noche siguiente. El perro ladr&oacute; menos. La ventana
+ no estaba cerrada, el pestillo estaba descompuesto; Ramona no dorm&iacute;a,
+ me esperaba; en cuanto me sinti&oacute;, descarg&oacute; tremendo bofet&oacute;n
+ sobre mi rostro. No importaba. Volvimos a la lucha; los mismos incidentes;
+ rodamos, nos anegamos en ma&iacute;z; yo tragu&eacute; muchos granos. Y
+ tampoco venc&iacute; aquella noche. Sal&iacute; de all&iacute; por un
+ armisticio, con promesas de futura victoria. Y a la noche tercera luch&eacute;
+ todav&iacute;a; me hab&iacute;a enga&ntilde;ado; el premio me cost&oacute;
+ batalla nueva, y s&oacute;lo pude recogerlo entre molestias sin cuento,
+ por culpa del ma&iacute;z deleznable, curioso, importuno, entremetido.
+ Ramona, ya rendida, se quejaba tambi&eacute;n. Nos hund&iacute;amos,
+ olvidados de todo; y si no estuviera mandado que lo c&oacute;mico no acabe
+ en tr&aacute;gico, en buena ret&oacute;rica, en aquel mont&oacute;n
+ inquieto hubieran encontrado sepultura &Aacute;lvaro y Ramona sofocados
+ por uno de nuestros m&aacute;s humildes cereales&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aplausos y carcajadas ahogaron la voz del narrador. Y entonces don
+ &Aacute;lvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con
+ el contraste de aventuras rom&aacute;nticas, en que &eacute;l aparec&iacute;a
+ como un caballero de la Tabla Redonda.
+ </p>
+ <p>
+ Y a todo esto don Pompeyo Guimar&aacute;n olvidaba su exordio, interesado
+ a su pesar en las aventuras er&oacute;ticas del <i>fr&iacute;volo</i>
+ Presidente del Casino. Paco Vegallana hab&iacute;a hecho beber al ateo,
+ sin que este lo sintiera, m&aacute;s de lo que la justicia manda. No
+ estaba borracho, pero se sent&iacute;a mal y a su pesar encontraba cierto
+ deleite en o&iacute;r aquellas escenas escandalosas que en otra ocasi&oacute;n
+ le hubieran indignado.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a al fin, cansado, y algo arrepentido de haber hablado tanto,
+ puso t&eacute;rmino a sus confesiones, y volvi&eacute;ndose a don Pompeyo
+ le invit&oacute; a usar de la palabra.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Don Pompeyo&mdash;dijo, y se puso en pie tambale&aacute;ndose, lo
+ cual probaba que, si no el vino, sus recuerdos le hab&iacute;an embriagado&mdash;don
+ Pompeyo; puesto que &eacute;sta es la hora de las grandes revelaciones, es
+ preciso que usted nos diga cu&aacute;l es el fondo de su alma....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores&mdash;interrumpi&oacute; el ateo&mdash;el fondo de
+ mi alma lo traigo en la superficie para que el mundo se entere.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bravo! &iexcl;bravo!&mdash;grit&oacute; el concurso.
+ </p>
+ <p>
+ Y se vertieron y rompieron algunas copas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Propongo&mdash;grit&oacute; Juanito Reseco, encaramado en una silla&mdash;que
+ en vista de ese rasgo de genio... se le permita llamarnos de t&uacute; y
+ estar a la rec&iacute;proca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Admitido! &iexcl;Aprobado!&mdash;Pues bien&mdash;prosigui&oacute;
+ Juanito&mdash;; oh t&uacute;, Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un
+ disgusto. T&uacute; piensas que en Vetusta no hay m&aacute;s ateos que t&uacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Caballerito!&mdash;Pues yo soy otro; <i>anch'io... so
+ pittore</i>. S&oacute;lo que t&uacute; eres un ateo progresista, un ateo
+ fan&aacute;tico, un te&oacute;logo patas arriba.... T&uacute; pasas la
+ vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por debajo de tus
+ piernas. Y aunque hay contradicci&oacute;n aparente en eso de patas arriba
+ y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la antinomia como dicen
+ los fil&oacute;sofos cursis, considerando que el ser b&iacute;pedo no es
+ para todos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Caballerito... no comprendo esa jerga filos&oacute;fica. Antes que
+ usted naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone
+ es insultar mis canas, y mi consecuencia....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dec&iacute;a que eres un te&oacute;logo patas arriba; pues sabe que
+ en el mundo civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La
+ cuesti&oacute;n de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve.
+ T&uacute; no puedes entender esto, pero oye lo que te importa; t&uacute;,
+ fan&aacute;tico de la negaci&oacute;n, morir&aacute;s en el seno de la
+ Iglesia, del que nunca debiste haber salido. <i>Amen dico vobis</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Y cay&oacute; Juanito debajo de la mesa.
+ </p>
+ <p>
+ A todos hab&iacute;a indignado su discurso, menos a Mes&iacute;a que
+ extendiendo su mano hacia &eacute;l, exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Perdonadle... porque ha bebido mucho!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ese Juanito&mdash;dec&iacute;a el coronel a don Frutos el americano&mdash;me
+ parece un gran pedante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es un hambriento con m&aacute;s orgullo que don Rodrigo en la
+ horca.
+ </p>
+ <p>
+ Se habl&oacute; de religi&oacute;n otra vez. Don Frutos expuso sus
+ creencias con una palabra aqu&iacute;, otra all&iacute;, haciendo islas y
+ continentes de vino tinto sobre el mantel y suplicando con los ojos que le
+ terminasen las cl&aacute;usulas.
+ </p>
+ <p>
+ Insist&iacute;a don Frutos en que &eacute;l sent&iacute;a que su alma era
+ inmortal: hab&iacute;a otro mundo, adem&aacute;s de las Am&eacute;ricas,
+ otro mundo mejor al cual iban las almas de los que no hab&iacute;an robado
+ en las carreteras. Adem&aacute;s Dios era misericordioso, hac&iacute;a la
+ vista gorda. Y por supuesto, quer&iacute;a don Frutos ir a ese mundo mejor
+ con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si no, &iexcl;vaya una
+ gracia!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Para qu&eacute; querr&aacute; don Frutos acordarse de lo
+ bruto que ha sido sobre la haz de la tierra?&mdash;preguntaba Foja al o&iacute;do
+ de Orgaz hijo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Se&ntilde;ores&mdash;grit&oacute; Joaqu&iacute;n&mdash;si en
+ la otra vida no hay <i>cante</i> o es cante adulterado, renuncio al m&aacute;s
+ all&aacute;!
+ </p>
+ <p>
+ Y dio un salto sobre la mesa agarr&aacute;ndose a una columna y comenz&oacute;
+ un baile flamenco con perfecci&oacute;n cl&aacute;sica. No faltaron
+ jaleadores, y sonaban las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz
+ ronca y melancol&iacute;a de chulo:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">a coooosa</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">que maravilla mam&aacute;</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">ver al Frascueeeelo</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">la pantorriiiilla mam&aacute;...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo sent&iacute;a escalofr&iacute;os. &iexcl;Qu&eacute; degradaci&oacute;n!
+ Meditaba y ve&iacute;a dos Orgaz hijo sobre la mesa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Me han embriagado con sus herej&iacute;as... quiero decir... con
+ sus blasfemias...&mdash;dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo
+ aquello era muy soso sin mujeres.
+ </p>
+ <p>
+ Joaqu&iacute;n grit&oacute;:&mdash;All&aacute; va una a la salud de don
+ Pompeyo.
+ </p>
+ <p>
+ Y comenz&oacute; una copla imp&iacute;a y brutal alusiva a una sagrada
+ imagen.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Alto ah&iacute;, se&ntilde;or m&iacute;o!&mdash;exclam&oacute;
+ indignado el buen Guimar&aacute;n al o&iacute;r el pen&uacute;ltimo verso&mdash;.
+ Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo que ustedes hacen con
+ tama&ntilde;as blasfemias indecorosas es la causa, el caldo gordo del
+ clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y procaz, que por el
+ mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy se ha cre&iacute;do
+ esto y ma&ntilde;ana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido los
+ pueblos cultos, ni ahora, ni en la antig&uuml;edad, es de la buena
+ crianza, y del respeto que nos debemos todos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bien, muy bien!&mdash;dijeron todos, incluso Joaqu&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y yo estoy cansado de que se me tome a m&iacute; por un
+ iconoclasta; s&iacute;, iconoclasta soy, pero iconoclasta del vicio, ap&oacute;stol
+ de la virtud y heresiarca de las tinieblas que envuelven la inteligencia y
+ el coraz&oacute;n de la humanidad.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bravo!&iexcl;bravo!&mdash;Y si por alguien se ha cre&iacute;do
+ que yo puedo fraternizar con el esc&aacute;ndalo, aunarme con la
+ desfachatez y adherirme a la org&iacute;a, protesto indignado, que a muy
+ otra cosa he venido aqu&iacute;. Y creo llegado el momento de que se hable
+ con alguna formalidad.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Perfectamente&mdash;interrumpi&oacute; Foja&mdash;el se&ntilde;or
+ Guimar&aacute;n ha hablado como un libro, y eso que no los lee, pero no
+ importa, ha hablado como el libro de su conciencia, seg&uacute;n &eacute;l
+ dice. Aqu&iacute;, se&ntilde;ores, nos hemos reunido para celebrar la
+ vuelta del se&ntilde;or Guimar&aacute;n al hogar dom&eacute;stico, llam&eacute;moslo
+ as&iacute;, del Casino. Pero &iexcl;ah! se&ntilde;ores diputados, &iquest;por
+ qu&eacute; ha vuelto al Casino el se&ntilde;or Guimar&aacute;n? <i>Tatiste
+ question</i>, como dice Trabuco, a quien siento no ver entre nosotros.
+ (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque nos hemos emancipado de la
+ repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto a fundar una sociedad cuya
+ sesi&oacute;n inaugural est&aacute;is celebrando, acaso sin saberlo. Esta
+ sociedad que, desde luego, no se llamar&aacute; de la templanza, se
+ propone perseguir a los fariseos, arrancar las caretas de los hip&oacute;critas
+ y arrancar del cuerpo social de Vetusta las sanguijuelas m&iacute;sticas
+ que chupan su sangre. (Estrepitosos aplausos. Paco se abstiene y piensa lo
+ mismo que antes: que faltan chicas.) Se&ntilde;ores... guerra al clero
+ usurpador, invasor, inquisidor; guerra a esa parte del clero que comercia
+ con las cosas santas, que se vale de subterr&aacute;neos para entrar con
+ sus tent&aacute;culos de p&oacute;lipo en las arcas de la <i>Cruz Roja</i>...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah&iacute;, ah&iacute; le duele!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A ese clero que condena a la tisis del hambre a dignos
+ comerciantes, a padres de familia; a ese clero que dispersa los hogares y
+ hunde en alcantarillas inmundas, mal llamadas celdas, a las v&iacute;rgenes
+ del Se&ntilde;or, y que entiende que las entrega a Jes&uacute;s entreg&aacute;ndolas
+ a la muerte. (Fren&eacute;ticos aplausos.) Juremos todos ser trompetas del
+ esc&aacute;ndalo, para que tanto sea, y a tales o&iacute;dos llegue, que
+ la ruina del enemigo com&uacute;n sea un hecho. Porque, se&ntilde;ores,
+ nadie como yo respeta al clero parroquial, ese clero honrado, pobre,
+ humilde... pero el alto clero... muera... y sobre todo... muera el se&ntilde;or
+ Provisor... el....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Muera! &iexcl;muera!&mdash;contestaron algunos: Joaqu&iacute;n,
+ el coronel, que estaba sereno, pero quer&iacute;a que muriese el
+ Magistral, y otros dos o tres comensales borrachos.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando se levantaron de la mesa amanec&iacute;a. Se hab&iacute;a hablado
+ mucho m&aacute;s; se hab&iacute;a contado la historia del Provisor tal
+ como la narraba la leyenda escandalosa. Convinieron, hasta los m&aacute;s
+ prudentes, en que era preciso fundar seriamente aquella sociedad propuesta
+ por Foja. Se acord&oacute; juntarse a cenar una vez al mes y hacer gran
+ propaganda contra el Magistral. Al salir, repartidos en grupos, se dec&iacute;an
+ en voz baja:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Todo esto lo ha preparado Mes&iacute;a; don Ferm&iacute;n es
+ su rival y &eacute;l quiere arruinarle, aniquilarle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&raquo;&iquest;Pero &iquest;qui&eacute;n llevar&aacute; el gato al
+ agua?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&raquo;&iquest;Qu&eacute; gato?&mdash;&raquo;&iquest;O la gata?&mdash;&raquo;El
+ Magistral.&mdash;&raquo;&Aacute;lvaro.&mdash;&raquo;O los dos... &mdash;&raquo;O
+ ninguno.&mdash;&raquo;En fin&mdash;advirti&oacute; Foja&mdash;yo ni quito
+ ni pongo rey....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&raquo;Pero ayudo a mi se&ntilde;or&raquo;&mdash;concluy&oacute; el
+ coro.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a, Paco Vegallana y Joaqu&iacute;n Orgaz acompa&ntilde;aron a
+ don Pompeyo a su casa. Era una ma&ntilde;ana de Junio alegre, tibia,
+ sonrosada. El sol anunciaba sus rayos en los colores vivos de las nubes de
+ Oriente. Los pasos de los trasnochadores retumbaban en las calles de la
+ Encimada como si anduvieran sobre una caja sonora. Aunque no hac&iacute;a
+ fr&iacute;o, todos hab&iacute;an levantado el cuello de la levita o lo que
+ fuese. Don Pompeyo iba taciturno. Abri&oacute; la puerta de su casa con su
+ llav&iacute;n; entr&oacute; sin hacer ruido; y a poco cerraba los ojos,
+ metido en su lecho, por no ver la claridad acusadora que entraba por las
+ rendijas de los balcones cerrados. Aquello de acostarse de d&iacute;a era
+ una revoluci&oacute;n que mareaba a Guimar&aacute;n; dudaba ya si las
+ leyes del mundo segu&iacute;an siendo las mismas. Al cerrar los ojos sinti&oacute;
+ que su lecho, siempre inm&oacute;vil, tambi&eacute;n se sublevaba bajando
+ y subiendo. Poco despu&eacute;s se cre&iacute;a en el Oc&eacute;ano,
+ encerrado en un camarote, v&iacute;ctima del mareo y corriendo borrasca.
+ </p>
+ <p>
+ Se levant&oacute; a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de
+ la cena, de la dichosa cena. Sin embargo, aunque se prometi&oacute; no
+ verse en otra; pocas horas despu&eacute;s, en el Casino, donde le
+ recibieron con muestras de simpat&iacute;a y de j&uacute;bilo, ofrec&iacute;a
+ solemnemente volver a las andadas, acudir a los <i>gaudeamus</i> mensuales
+ en que se dar&iacute;a cuenta de los trabajos de la <i>sociedad innominada</i>
+ que hab&iacute;a fundado <i>inter-pocula</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula supo por el Chato, a quien se lo cont&oacute; un mozo
+ del restaurant del Casino, cuanto se hab&iacute;a hablado en la cena
+ inaugural, y lo que pretend&iacute;an aquellos se&ntilde;ores. Cuando el
+ Magistral oy&oacute; a su madre que se hab&iacute;a gritado: &laquo;Muera
+ el Provisor&raquo; encogi&oacute; los hombros, se levant&oacute; y sali&oacute;
+ de casa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Este chico anda tonto... yo no s&eacute; lo que tiene; parece que
+ no est&aacute; en este mundo.... &iexcl;Oh, maldita Regenta! &iexcl;Esa
+ mala p&eacute;cora me lo tiene embrujado!
+ </p>
+ <p>
+ Al mes siguiente se celebr&oacute; la segunda sesi&oacute;n de la <i>Innominada</i>;
+ se bebi&oacute;, se emborracharon los que sol&iacute;an y se dio cuenta de
+ los trabajos de propaganda. Foja particip&oacute; que se hab&iacute;a
+ entendido en secreto con el Arcediano, don Custodio y otros <i>enemigos
+ capitulares</i> (as&iacute; dijo) del Provisor. Se sab&iacute;an muchos
+ esc&aacute;ndalos nuevos; el elemento eclesi&aacute;stico y el secular, de
+ com&uacute;n acuerdo para librar a Vetusta del enemigo general, tramaban
+ la ruina del monstruo; pronto se llegar&iacute;a a poner en manos del
+ Obispo las pruebas de aquellas prevaricaciones de todas clases de que se
+ acusaba a don Ferm&iacute;n de Pas. Lo peor de todo, lo que har&iacute;a
+ saltar al Obispo, era lo que se refer&iacute;a al abuso indecoroso del
+ confesonario. Se contaban horrores; en fin, ello dir&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro propuso que las cenas mensuales se suspendiesen hasta el
+ Oto&ntilde;o y suplic&oacute; que se guardase el m&aacute;s profundo
+ secreto. Adem&aacute;s, &eacute;l, sinti&eacute;ndolo, ten&iacute;a que
+ privarse en adelante de asistir a tales reuniones; su esp&iacute;ritu all&iacute;
+ quedaba, pero &eacute;l, don &Aacute;lvaro, por razones poderosas, que
+ suplicaba a los presentes respetaran, se abstendr&iacute;a de acudir a tan
+ agradables banquetes.
+ </p>
+ <p>
+ Quince d&iacute;as despu&eacute;s, a mediados de Julio, entraba una tarde
+ el Presidente del Casino en el caser&oacute;n de los Ozores. Iba a
+ despedirse. Don V&iacute;ctor le recibi&oacute; en el despacho. Estaba el
+ amo de la casa en mangas de camisa, como sol&iacute;a en cuanto llegaba el
+ verano, aunque no tuviera mucho calor. Para &eacute;l ven&iacute;an a ser
+ ideas inseparables el est&iacute;o y aquel traje ligero. Quintanar al ver
+ a don &Aacute;lvaro suspir&oacute;, le tendi&oacute; ambas manos, despu&eacute;s
+ de dejar un libro negro sobre la mesa y exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh mi querid&iacute;simo Mes&iacute;a! &iexcl;Ingrato! cu&aacute;nto
+ tiempo sin parecer por aqu&iacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias,
+ despu&eacute;s a los ba&ntilde;os de Sobr&oacute;n y a mediados de Agosto
+ estar&eacute; de vuelta en Palomares, por no perder la costumbre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De modo que hasta Septiembre...&mdash;Hasta fines de Septiembre no
+ nos veremos....
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la
+ casa.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor lament&oacute; aquella ausencia. Suspir&oacute;. &laquo;Era
+ un nuevo contratiempo, nuevo asunto de tristeza&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Not&oacute; don &Aacute;lvaro que su amigo estaba menos decidor que antes,
+ que se mov&iacute;a y gesticulaba menos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ha estado usted malo?&mdash;&iexcl;Qui&aacute;! &iquest;qui&eacute;n?
+ &iquest;yo? &iexcl;ni pensarlo! Pues qu&eacute;, &iquest;tengo mala cara?
+ D&iacute;game usted con franqueza... &iquest;tengo mala cara?... P&aacute;lido...
+ &iquest;tal vez? &iquest;p&aacute;lido?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no, nada de eso. Pero... se me figura que est&aacute; usted
+ menos alegre, preocupado... qu&eacute; s&eacute; yo....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor suspir&oacute; otra vez. Tras una pausa pregunt&oacute;,
+ con tono quejumbroso:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ha le&iacute;do usted eso?&mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso?&mdash;Kempis,
+ la <i>Imitaci&oacute;n de Jesucristo</i>...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo? &iexcl;usted! &iquest;tambi&eacute;n usted?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas
+ cosas... que no se le hab&iacute;an ocurrido nunca.... No importa. La
+ vida, de todas maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero. Usted
+ se nos va.... Los marqueses se van.... Visita se va.... Ripamil&aacute;n
+ ya se march&oacute;... Vetusta antes de quince d&iacute;as se quedar&aacute;
+ sola; de la Colonia... ni un alma queda.... De la Encimada se ausenta lo
+ mejor... quedan los pobres... los jornaleros... y nosotros. Nosotros no
+ salimos este a&ntilde;o. &iexcl;Y qu&eacute; triste es un verano entero en
+ Vetusta! El c&eacute;sped del paseo grande se pone como un ruedo de
+ esparto... no se ve un alma por all&iacute;, en las calles no hay m&aacute;s
+ que perros y polic&iacute;as.... Mire usted, prefiero el invierno con
+ todas sus borrascas y su agua eterna... qu&eacute; s&eacute; yo... a m&iacute;
+ el fr&iacute;o me anima.... En fin, felices ustedes los que se van....
+ </p>
+ <p>
+ Y don V&iacute;ctor suspir&oacute; otra vez.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Voy a llamar a mi mujer. &iquest;Querr&aacute; usted decirla adi&oacute;s,
+ verdad? Es natural.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No... si est&aacute; ocupada... no la moleste usted....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No faltaba m&aacute;s. Ocupada... ella siempre est&aacute;
+ ocupada... y desocupada... qu&eacute; s&eacute; yo. Cosas de ella.
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute;. Don &Aacute;lvaro tom&oacute; en las manos el Kempis; era un
+ ejemplar nuevo, pero ten&iacute;a manoseadas las cien primeras p&aacute;ginas,
+ y llenas de registros. Nunca hab&iacute;a le&iacute;do &eacute;l aquello.
+ Lo miraba como una caja explosiva. Lo dej&oacute; sobre la mesa con miedo
+ y con ciertas precauciones.
+ </p>
+ <p>
+ Ana entr&oacute; en el despacho. Vest&iacute;a h&aacute;bito del Carmen.
+ Segu&iacute;a p&aacute;lida, pero hab&iacute;a vuelto a engordar un poco.
+ A Mes&iacute;a le lati&oacute; el coraz&oacute;n y se le apret&oacute; la
+ garganta, con lo que se asust&oacute; no poco.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella mujer despertaba en &eacute;l, ahora, una ira sorda mezclada de un
+ deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un
+ continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez
+ para siempre, antes de poner el pie en tierra. &laquo;&iquest;Qu&eacute;
+ sab&iacute;a &eacute;l si jam&aacute;s aquella mujer ser&iacute;a suya?&raquo;.
+ Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras voces le dec&iacute;an:
+ &laquo;Renuncia para siempre a la Regenta&raquo;. Ya se ver&iacute;a. Pero
+ era doloroso aplazar otra vez, y sab&iacute;a Dios hasta cu&aacute;ndo,
+ toda esperanza, todo proyecto de conquista.
+ </p>
+ <p>
+ Quer&iacute;a observar en el rostro de Ana la huella de una emoci&oacute;n,
+ al decirle que se marchaba sin saber cu&aacute;ndo volver&iacute;a. Pero
+ Ana oy&oacute; la noticia como distra&iacute;da; ni un solo m&uacute;sculo
+ de su rostro se movi&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nosotros&mdash;dijo&mdash;nos quedamos este verano en Vetusta. Yo
+ no puedo ba&ntilde;arme y el m&eacute;dico me ha dicho que el aire del mar
+ m&aacute;s podr&iacute;a hacerme da&ntilde;o que provecho por ahora.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vetusta se pone muy triste por el verano....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No... no me parece.... Don V&iacute;ctor los dej&oacute; solos.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro clav&oacute; los ojos en el rostro de Ana con audacia y
+ ella levant&oacute; los suyos, grandes, suaves, tranquilos y mir&oacute;
+ sin miedo al seductor, a la tentaci&oacute;n de a&ntilde;os y a&ntilde;os.
+ Sinti&oacute; &eacute;l que perd&iacute;a el aplomo, crey&oacute; que iba
+ a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en pie
+ delante de ella.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Se marcha usted ya? &laquo;Si yo me arrojo a sus pies
+ ahora, &iquest;qu&eacute; pasa aqu&iacute;?&raquo; se pregunt&oacute; don
+ &Aacute;lvaro. Y sin saber lo que hac&iacute;a, tendi&oacute; la mano
+ enguantada y dijo temblando:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Anita... si usted quiere... algo para las provincias....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que usted se divierta mucho, &Aacute;lvaro...&mdash;contest&oacute;
+ ella sin asomo de iron&iacute;a. Pero a &eacute;l se le figur&oacute; que
+ se burlaba de su torpeza rid&iacute;cula, de su miedo est&uacute;pido... y
+ sinti&oacute; vehementes deseos de ahogarla. La mano de la Regenta toc&oacute;
+ la de Mes&iacute;a sin temblar, fr&iacute;a, seca.
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y despu&eacute;s
+ con la puerta. En el pasillo se despidi&oacute; de su amigo Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta sac&oacute; del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y
+ amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando l&aacute;grimas,
+ buscaban el cielo azul entre las nubes pardas.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXImdash" id="XXImdash"></a>&mdash;XXI&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Ana ley&oacute; en su lecho, a escondidas de don V&iacute;ctor, los
+ cuarenta cap&iacute;tulos de la <i>Vida de Santa Teresa escrita por ella
+ misma</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y
+ crisis nerviosas. Don V&iacute;ctor, a quien los remordimientos, durante
+ la reca&iacute;da de su mujer, hab&iacute;an hecho jurar que hasta verla
+ salva, sana, jam&aacute;s se apartar&iacute;a de ella, falt&oacute; al
+ juramento en cuanto la crey&oacute; fuera de peligro. Un d&iacute;a se
+ aventur&oacute; a dar una vuelta por el Casino; despu&eacute;s iba a ver
+ los peri&oacute;dicos: m&aacute;s adelante jugaba una partida de ajedrez,
+ y &laquo;ya se sabe lo pesado que es este juego&raquo;. Al fin, sin dar
+ pretexto alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le ca&iacute;a
+ encima. &laquo;Empezaba el calor&mdash;porque don V&iacute;ctor, en cuesti&oacute;n
+ de temperatura, se reg&iacute;a por el calendario&mdash;y ya se sab&iacute;a
+ que &eacute;l no pod&iacute;a trabajar en su despacho en cuanto el sudor
+ le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo, mucha naturaleza&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa, Visitaci&oacute;n, Obdulia, do&ntilde;a Petronila y otras
+ amigas que hab&iacute;an hecho compa&ntilde;&iacute;a a la Regenta
+ mientras dur&oacute; el mal tiempo, ahora la visitaban cada dos o tres d&iacute;as
+ y las visitas eran breves. Hac&iacute;a un sol hermoso, d&iacute;as
+ azules, sin una nube en el cielo; hab&iacute;a que aprovechar el buen
+ tiempo; era la &eacute;poca del a&ntilde;o en que Vetusta se anima un
+ poco: hab&iacute;a teatro, paseos concurridos, con m&uacute;sica,
+ forasteros... una exposici&oacute;n de minerales.&mdash;Hasta Petra pidi&oacute;
+ una tarde permiso a la se&ntilde;ora para ir a ver un arco de carb&oacute;n
+ que hab&iacute;an construido....
+ </p>
+ <p>
+ Ana pasaba horas y m&aacute;s horas en la soledad de su caser&oacute;n: a
+ su lecho llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensi&oacute;n
+ de los sentidos. All&aacute; abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a
+ veces Petra. Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola,
+ su &uacute;nico amigo.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta sent&iacute;a m&aacute;s la soledad con tal compa&ntilde;&iacute;a;
+ aquellos criados indiferentes, mudos, respetuosos, sin cari&ntilde;o, le
+ hac&iacute;an echar de menos la humanidad que compadece. Petra le era
+ antip&aacute;tica. La tem&iacute;a sin saber por qu&eacute;. Para
+ tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la invad&iacute;an,
+ preguntaba a la doncella:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Anda don Tom&aacute;s por la huerta?
+ </p>
+ <p>
+ Si Fr&iacute;gilis estaba en el Parque, sent&iacute;a un amparo cerca de s&iacute;.
+ Se calmaba. Crespo sub&iacute;a una vez cada tarde a verla; pero no se
+ sentaba casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balc&oacute;n
+ a la puerta, y se desped&iacute;a con un gru&ntilde;ido cari&ntilde;oso.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad
+ en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo,
+ cuando estaba serena, sobre todo despu&eacute;s de dormir algunas horas o
+ de tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi
+ voluptuoso en aquella soledad. El balc&oacute;n del gabinete daba al
+ Parque: incorpor&aacute;ndose en el lecho, ve&iacute;a detr&aacute;s de
+ los cristales las copas de algunos &aacute;rboles que brillaban con la
+ hoja nueva, rumorosa, tersa y fresca. Gorjeos de p&aacute;jaros y rayos de
+ un sol vivo, fuerte y alegre la hablaban de la vida de fuera, de la
+ naturaleza que resucitaba, con esperanza de salud y alegr&iacute;a para
+ todos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ella tambi&eacute;n iba a renacer, iba a resucitar, &iexcl;pero a
+ qu&eacute; mundo tan diferente! &iexcl;Cu&aacute;n otra vida iba a ser de
+ la que hab&iacute;a sido! se preparaba a s&iacute; misma una vida de
+ sacrificios, pero sin intermitencias de malos pensamientos y de rebeli&oacute;n
+ sorda y rencorosa, una vida de buenas obras, de amor a todas las
+ criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en Dios y por Dios&raquo;.
+ Pero entretanto, mientras no pod&iacute;a moverse de aquella prisi&oacute;n
+ de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al esp&iacute;ritu
+ sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de
+ Cristo.
+ </p>
+ <p>
+ Ana viv&iacute;a ahora de una pasi&oacute;n; ten&iacute;a un &iacute;dolo
+ y era feliz entre sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma,
+ miserias del barro humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces
+ leyendo se mareaba; no ve&iacute;a las letras, ten&iacute;a que cerrar los
+ ojos, inclinar la cabeza sobre las almohadas y <i>dejarse desvanecer</i>.
+ Pero recobraba el sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volv&iacute;a a la
+ lectura, a devorar aquellas p&aacute;ginas por las cuales en otro tiempo
+ su esp&iacute;ritu distra&iacute;do, crey&eacute;ndose, vanamente,
+ religioso, hab&iacute;a pasado sin ver lo que all&iacute; estaba, con hast&iacute;o,
+ pensando que las visiones de una m&iacute;stica del siglo diecis&eacute;is
+ no pod&iacute;an edificar su alma aprensiva, delicada, triste.
+ </p>
+ <p>
+ La debilidad hab&iacute;a aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba
+ con la raz&oacute;n y con el sentimiento en los m&aacute;s rec&oacute;nditos
+ pliegues del alma m&iacute;stica que hablaba en aquel papel &aacute;spero,
+ de un blanco sucio, de letra borrosa y apelmazada. Pasm&aacute;base de que
+ el mundo entero no estuviese convertido, de que toda la humanidad no
+ cantara sin cesar las alabanzas de la santa de &Aacute;vila. &laquo;Oh,
+ bien dec&iacute;a aquel bendito, dulce, triste y tierno fray Luis de Le&oacute;n:
+ la mano de Santa Teresa, al escribir, era guiada por el Esp&iacute;ritu
+ Santo, y por eso enciende el coraz&oacute;n de quien la saborea&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, bien encendido ten&iacute;a el suyo Ana; no m&aacute;s,
+ no m&aacute;s &iacute;dolos en la tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto
+ de la santa, de la adorada hero&iacute;na de tantas haza&ntilde;as del esp&iacute;ritu,
+ de tantas victorias sobre la carne&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pensando en ella sent&iacute;a a veces punzante deseo de haber vivido en
+ tiempo de Santa Teresa; o si no: &iexcl;qu&eacute; placer celestial si
+ ella viviese ahora! Ana la hubiera buscado en el &uacute;ltimo rinc&oacute;n
+ del mundo; antes la hubiera escrito derriti&eacute;ndose de amor y
+ admiraci&oacute;n en la carta que le dirigiese. No estaba la Regenta
+ acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos en oraciones mentales,
+ seg&uacute;n los prudentes consejos del Magistral; su educaci&oacute;n
+ pagana, dislocada, confusa, daba extra&ntilde;as formas a la piedad
+ sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza despu&eacute;s
+ de tantos a&ntilde;os.
+ </p>
+ <p>
+ Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de
+ Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se ve&iacute;a
+ los pensamientos que la m&iacute;stica dedicaba a las vicisitudes de su
+ historia.
+ </p>
+ <p>
+ El esp&iacute;ritu de imitaci&oacute;n se apoderaba de la lectora, sin
+ darse ella cuenta de tama&ntilde;o atrevimiento.
+ </p>
+ <p>
+ La Santa hab&iacute;a encontrado refuerzo de piedad en el <i>Tercer
+ Abecedario</i> por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mand&oacute; a Petra a
+ las librer&iacute;as a buscar aquel libro. No pareci&oacute; el <i>Tercer
+ Abecedario</i>, el Magistral no lo ten&iacute;a tampoco. Pero mejor era su
+ suerte en lo tocante al confesor. Veinte a&ntilde;os lo hab&iacute;a
+ buscado Teresa de Jes&uacute;s como conven&iacute;a que fuera, y no parec&iacute;a.
+ Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida. &laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+ grande hombre era y cu&aacute;nto le deb&iacute;a! &iquest;Qui&eacute;n
+ sino &eacute;l hab&iacute;a sembrado aquella piedad en su alma?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a don
+ Ferm&iacute;n una carta con que hab&iacute;a so&ntilde;ado ella muchas
+ noches, que era uno de sus caprichos de convaleciente. La escribi&oacute;
+ sin que lo supiera Quintanar, que le ten&iacute;a prohibidos <i>toda clase
+ de quebraderos de cabeza</i>.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los progresos
+ que la piedad m&aacute;s pura hac&iacute;a en aquel esp&iacute;ritu. Pero
+ ella quer&iacute;a escribirle; de palabra no se atrev&iacute;a a decir
+ ciertas cosas &iacute;ntimas, profundas; adem&aacute;s no pod&iacute;a
+ decirlas; y sobre todo, la ret&oacute;rica, que era indispensable emplear,
+ porque a ideas grandes, grandes palabras, le parec&iacute;a amanerada,
+ falsa en la conversaci&oacute;n, de silla a silla.
+ </p>
+ <p>
+ La carta, de tres pliegos, la llev&oacute; Petra a casa del Provisor; la
+ recibi&oacute; Teresina sonriente, m&aacute;s p&aacute;lida y m&aacute;s
+ delgada que meses atr&aacute;s, pero m&aacute;s contenta. El Magistral se
+ encerr&oacute; en su despacho para leer. Cuando su madre le llam&oacute; a
+ comer, don Ferm&iacute;n se present&oacute; con los ojos relucientes y las
+ mejillas como brasas. Do&ntilde;a Paula miraba a su hijo y a Teresina
+ alternativamente, encog&iacute;a los hombros cuando no la ve&iacute;an ni
+ la doncella, que iba y ven&iacute;a con platos y fuentes, ni su hijo que
+ miraba al mantel distra&iacute;do, comiendo por m&aacute;quina y muy poco.
+ Teresina era ya toda del se&ntilde;orito; nada dec&iacute;a al ama de las
+ cartas que a don Ferm&iacute;n entregaba. Las tra&iacute;a Petra que
+ llamaba a la puerta con se&ntilde;a particular, bajaba Teresa, en silencio
+ se besaban como las se&ntilde;oritas, en ambas mejillas, cuchicheaban, re&iacute;an
+ sin ruido y se daban alg&uacute;n pellizco. Petra reconoc&iacute;a cierta
+ superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de pelo negro, los
+ ojos de Dolorosa, el cutis y dem&aacute;s prendas envidiables de su amiga.
+ Teresina promet&iacute;a futuras ventajas a Petra, y se desped&iacute;an
+ con m&aacute;s besos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n ha estado ah&iacute;?&mdash;preguntaba do&ntilde;a
+ Paula.
+ </p>
+ <p>
+ Era un pobre o uno del pueblo.&mdash;Nunca se dec&iacute;a la verdad. Do&ntilde;a
+ Paula no sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registr&aacute;ndole
+ el ba&uacute;l, en su ausencia, hab&iacute;a encontrado varias alhajas que
+ bien valdr&iacute;an dos mil reales. Hab&iacute;a sonre&iacute;do entre
+ satisfecha y envidiosa. &laquo;Dos mil reales valdr&iacute;a aquello... s&iacute;...
+ era demasiado... era un esc&aacute;ndalo. Si el decoro lo permitiese... si
+ no fuese por verg&uuml;enza... exigir&iacute;a que se le dejase a ella
+ recompensar a las gentes como merec&iacute;an, sin despilfarros ociosos.
+ El descubrimiento la satisfac&iacute;a; aquello era obra suya al fin y al
+ cabo, pero los dos mil reales le dol&iacute;an: tambi&eacute;n eran suyos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Al d&iacute;a siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral
+ sali&oacute; de casa, fue al Paseo Grande, busc&oacute; un lugar retirado
+ en los jardines que lo rodean; y sin m&aacute;s compa&ntilde;&iacute;a que
+ los p&aacute;jaros locos de alegr&iacute;a, y las flores que hac&iacute;an
+ su tocado lav&aacute;ndose con roc&iacute;o, volvi&oacute; a leer aquellos
+ pliegos en que Ana le mandaba el coraz&oacute;n desle&iacute;do en ret&oacute;rica
+ m&iacute;stica. Ya casi sab&iacute;a de memoria algunos p&aacute;rrafos de
+ los que le parec&iacute;an m&aacute;s interesantes y para &eacute;l m&aacute;s
+ halag&uuml;e&ntilde;os; y como la alegr&iacute;a le inundaba el coraz&oacute;n,
+ se sent&iacute;a hecho un chiquillo aquella ma&ntilde;ana sonrosada de un
+ d&iacute;a de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el sol rasgara
+ el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubr&iacute;a la lontananza por
+ Oriente.
+ </p>
+ <p>
+ Se puso de pie el Magistral, mir&oacute; a todos lados por encima del seto
+ de boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le
+ ocurri&oacute; mezclar a la ch&aacute;chara insustancial y armoniosa de
+ los p&aacute;jaros que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz m&aacute;s
+ dulce y mel&oacute;dica, recitando aquellas palabras de espiritual
+ hermosura que la Regenta le hab&iacute;a escrito.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ya tengo el don de l&aacute;grimas, ley&oacute; el Magistral en voz
+ alta como dici&eacute;ndoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y dem&aacute;s
+ vecinos de la enramada, ya lloro, amigo m&iacute;o por algo m&aacute;s que
+ mis penas; lloro de amor, llena el alma de la presencia del Se&ntilde;or a
+ quien usted y la santa querida me ense&ntilde;aron a conocer. No tema que
+ vuelva la pereza a detenerme en casa olvidada de mi salvaci&oacute;n; ya s&eacute;
+ que la tibieza es muerte, le&iacute;do tengo lo que dice nuestra querida
+ Madre y Maestra hablando de sus pecados: &laquo;no hac&iacute;a caso de
+ los veniales y esto fue lo que me destruy&oacute;&raquo;. Yo ni de los
+ mortales hice caso, y aunque usted me advert&iacute;a del peligro, segu&iacute;
+ mucho tiempo ciega; pero Dios me mand&oacute; a tiempo (creo yo que era a
+ tiempo; &iquest;verdad, hermano m&iacute;o?) me mand&oacute; a tiempo el
+ mal; vi en las pesadillas de la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra
+ Santa en agujero angustioso, donde mi cuerpo estrujado padec&iacute;a
+ tormentos que no se pueden describir; y a m&iacute; adem&aacute;s, por la
+ carne aterida y erizada me pasaban llagas asquerosas unos fantasmas que
+ eran diablos vestidos por irrisi&oacute;n, de cl&eacute;rigos, con
+ casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le habl&eacute;. Pero no s&oacute;lo
+ del terror naci&oacute; mi piedad, que ahora creo que va de veras, sino
+ tambi&eacute;n de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a
+ millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo todo,
+ sepa que en mucho, en mucho, debo al af&aacute;n de no ser ingrata esta
+ voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivi&oacute; muchos a&ntilde;os
+ sin encontrar quien pudiera guiarla como ella quer&iacute;a; yo, m&aacute;s
+ d&eacute;bil, recib&iacute; m&aacute;s pronto amparo de Dios por mano de
+ quien quisiera llamar mi padre y prefiere que no le llame si no hermano m&iacute;o;
+ s&iacute;, hermano m&iacute;o, hermano muy querido, me complazco en llam&aacute;rselo,
+ aqu&iacute;, ahora, segura del secreto, sin o&iacute;dos profanos que
+ entender&iacute;an las palabras con la impureza ruin que ellos llevar&aacute;n
+ dentro de s&iacute;, feliz yo mil veces que a la primera ocasi&oacute;n en
+ que tuve idea de ser buena, hall&eacute; quien me ayudara a serlo. &iexcl;Y
+ cu&aacute;nto tiempo tard&eacute; en entenderle del todo! Pero mi hermano,
+ mi hermano mayor querido me perdona &iquest;verdad? Y si necesita pruebas,
+ si quiere que sufra penitencias, hable, mande, ver&aacute; como obedezco.
+ Mas no extra&ntilde;o haber querido tanto tiempo lo que la Santa declara
+ haber querido tambi&eacute;n &laquo;concertar vida espiritual y contentos
+ y gustos y pasatiempos sensuales&raquo;. Ahora esto se acab&oacute;. Usted
+ dir&aacute; por d&oacute;nde hemos de ir; yo ir&eacute; ciega. De la
+ confianza cari&ntilde;osa de que me hablaba el otro d&iacute;a, al salir
+ yo de aquel paroxismo, estoy tambi&eacute;n enamorada, quiero tambi&eacute;n
+ que sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, adem&aacute;s
+ de esos monjes alemanes o suecos de que usted me habl&oacute;, a la misma
+ Teresa de Jes&uacute;s que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo
+ que hasta bromas alegres que ten&iacute;a, con pur&iacute;sima intenci&oacute;n,
+ con un cl&eacute;rigo amigo suyo, consigui&oacute; apartarle del pecado.
+ Recuerdo lo que dice: aquel confesor le ten&iacute;a gran afici&oacute;n,
+ pero estaba perdido por culpa de unos amores sacr&iacute;legos; hab&iacute;ale
+ hechizado una mujer con malas artes, con un idolillo puesto al cuello, y
+ no ces&oacute; el mal hasta que la Santa, por la gran afici&oacute;n que
+ su confesor le ten&iacute;a, logr&oacute; que &eacute;l le entregase el
+ hechizo, aquel &iacute;dolo que era prenda del amor infame; y usted sabe
+ que ella lo arroj&oacute; al r&iacute;o y el cl&eacute;rigo dej&oacute; su
+ pecado y muri&oacute; despu&eacute;s libre de tan gran delito. Amistades
+ as&iacute; ayudan en la vida, que sin ellas es como un desierto, y los que
+ de ellas pudieran sospechar son los malvados, que no han de saberlas,
+ porque son incapaces de entender como se debe cosa tan buena y que tanto
+ sirve para la salvaci&oacute;n de los d&eacute;biles. Aqu&iacute; el d&eacute;bil
+ no es el confesor, sino la penitente; usted no tiene hechizos colgados del
+ cuello, ni tenemos &iacute;dolos que echar al r&iacute;o... yo soy la
+ pecadora, aunque ning&uacute;n hombre me hizo el mal que aquella mujer al
+ cl&eacute;rigo hechizado; s&oacute;lo quise a mi marido, y de este ya sabe
+ usted de qu&eacute; modo estoy enamorada; no con pasi&oacute;n que quite a
+ Dios cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le
+ deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de Le&oacute;n me ense&ntilde;&oacute;
+ en su <i>Perfecta casada</i> que en cada estado la obligaci&oacute;n es
+ diferente; en el m&iacute;o mi esposo merec&iacute;a m&aacute;s de lo que
+ yo le daba, pero advertida por el sabio poeta y por usted, ya voy poniendo
+ m&aacute;s esmero en cuidar a mi Quintanar y en quererle como usted sabe
+ que puedo. Y por cierto que he de poner por obra un proyecto que tengo,
+ que es convertirle poco a poco y hacerle leer libros santos en vez de
+ patra&ntilde;as de comedias. Algo he de conseguir, que &eacute;l es d&oacute;cil
+ y usted me ayudar&aacute;. Tambi&eacute;n en esto imitar&eacute; a nuestra
+ Doctora, que puso empe&ntilde;o en traer a mayor piedad a su buen padre,
+ que ya ten&iacute;a mucha...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Estos &uacute;ltimos p&aacute;rrafos ya no los le&iacute;a el Magistral en
+ voz alta, sino que hab&iacute;a vuelto a sentarse y le&iacute;a sin ruido
+ y para dentro. Aunque algunos celos ten&iacute;a de Santa Teresa, de la
+ que ve&iacute;a enamorada a su amiga, estaba satisfecho, y el gozo le
+ saltaba por ojos, mejillas y labios. &laquo;Aquello era vivir; lo dem&aacute;s
+ era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello que &eacute;l hab&iacute;a so&ntilde;ado,
+ lo que una voz secreta le hab&iacute;a dicho el d&iacute;a en que ella se
+ hab&iacute;a acercado por primera vez a su confesonario&raquo;. Segu&iacute;a
+ el Magistral ocult&aacute;ndose a s&iacute; mismo las ramificaciones
+ carnales que pudiera tener aquella pasi&oacute;n ideal que ya se
+ confesaban los dos <i>hermanos</i>; no quer&iacute;a pensar en esto, no
+ quer&iacute;a sustos de conciencia ni peligros de otro g&eacute;nero, no
+ quer&iacute;a m&aacute;s que gozar aquella dicha que se le entraba por el
+ alma.
+ </p>
+ <p>
+ Al leer lo de &laquo;hermano mayor querido&raquo;, le daba el coraz&oacute;n
+ unos brincos que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la
+ emoci&oacute;n m&aacute;s fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba,
+ esto era el hecho, la realidad; &iquest;qu&eacute; falta hac&iacute;a
+ darle un nombre? Lo que importaba era la cosa, no el nombre. Adem&aacute;s,
+ acabase aquello como acabase, &eacute;l estaba seguro de que nada ten&iacute;a
+ que ver lo que &eacute;l sent&iacute;a por Ana con la vulgar satisfacci&oacute;n
+ de apetitos que a &eacute;l no le atormentaban. Cuando pensaba as&iacute;,
+ oy&oacute; el Magistral a su espalda, detr&aacute;s del &aacute;rbol en
+ que se apoyaba, al otro lado del seto, una voz de ni&ntilde;o que recitaba
+ con canturia de escuela &laquo;<i>Veritas in re est res ipsa, veritas in
+ intellectu...</i>&raquo; Era un seminarista de primer a&ntilde;o de
+ filosof&iacute;a que repasaba la primera lecci&oacute;n de la obra de
+ texto, Balmes. El Magistral se alej&oacute; sin ser visto, pensando
+ entonces en los a&ntilde;os en que &eacute;l tambi&eacute;n aprend&iacute;a
+ que &laquo;la verdad en la cosa es la cosa misma&raquo;. Ahora le
+ importaba muy poco la cosa misma, y la verdad y todo... no quer&iacute;a m&aacute;s
+ que hundir el alma en aquella pasi&oacute;n innominada que le hac&iacute;a
+ olvidar el mundo entero, su ambici&oacute;n de cl&eacute;rigo, las trampas
+ s&oacute;rdidas de su madre de que &eacute;l era ejecutor, las calumnias,
+ las c&aacute;balas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo,
+ menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores. &iexcl;Cu&aacute;ntos
+ a&ntilde;os hab&iacute;an vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin
+ sospechar lo que les guardaba el destino! S&iacute;, el destino, pensaba
+ el Magistral, no quer&iacute;a decirse a s&iacute; mismo la Providencia;
+ nada de teolog&iacute;a, nada de quebraderos de cabeza que hab&iacute;an
+ hecho de su adolescencia y primera juventud un desierto est&eacute;ril por
+ donde s&oacute;lo pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocal&iacute;pticas.
+ Bastaba para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que hab&iacute;a
+ seguido: la ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas,
+ subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, m&aacute;s
+ que por nada por el secreto, por la hipocres&iacute;a, por la sombra en
+ que hab&iacute;a ido envuelto; ahora, sin aprensi&oacute;n, sin escr&uacute;pulos,
+ sin tormentos del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una ma&ntilde;ana
+ de Mayo cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los p&aacute;jaros,
+ con deseos de beber roc&iacute;o, de oler las rosas que formaban
+ guirnaldas en las enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los
+ estambres ocultos y encogidos en su cuna de p&eacute;talos. El Magistral
+ arranc&oacute; un bot&oacute;n de rosa; con miedo de ser visto; sinti&oacute;
+ placer de ni&ntilde;o con el contacto fresco del roc&iacute;o que cubr&iacute;a
+ aquel huevecillo de rosal; como no ol&iacute;a a nada m&aacute;s que a
+ juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus deseos, que eran ansias
+ de morder, de gozar con el gusto, de escudri&ntilde;ar misterios naturales
+ debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral, perdi&eacute;ndose por
+ senderos cubiertos por los &aacute;rboles, bajaba hacia Vetusta cantando
+ entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volv&iacute;a a caer en su
+ mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el bot&oacute;n
+ ya no tuvo m&aacute;s que las arrugadas e informes de dentro, don Ferm&iacute;n
+ se lo meti&oacute; en la boca y mordi&oacute; con apetito extra&ntilde;o,
+ con una voluptuosidad refinada de que &eacute;l no se daba cuenta.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a la catedral. Entr&oacute; en el coro. El Palomo barr&iacute;a.
+ Don Ferm&iacute;n le habl&oacute; con caricias en la voz. Le deb&iacute;a
+ muchos desagravios. &iexcl;Cu&aacute;ntos sofiones in&uacute;tiles hab&iacute;a
+ sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba, alababa su celo, su amor a la
+ catedral; el Palomo, pasmado y agradecido, se deshac&iacute;a en cumplidos
+ y buenas palabras. De Pas se acerc&oacute; al facistol, hoje&oacute; los
+ libros grandes del rezo y hasta solfe&oacute; un poco en voz baja, leyendo
+ la m&uacute;sica se&ntilde;alada con notas cuadradas, de un cent&iacute;metro
+ por lado. Todo estaba bien. Los &oacute;rganos all&aacute; arriba extend&iacute;an
+ su leng&uuml;eter&iacute;a en rayas verticales y horizontales,
+ deslumbrantes; parec&iacute;an dos soles cara a cara. &Aacute;ngeles
+ dorados tocaban el viol&iacute;n cerca de la b&oacute;veda, a la que
+ trepaban los relieves platerescos de los &oacute;rganos; detr&aacute;s del
+ coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y rosetones dejaban
+ pasar la luz deshaci&eacute;ndola en rojo, azul, verde y amarillo.
+ </p>
+ <p>
+ En un lado san Crist&oacute;bal sonre&iacute;a con boca encarnada de una
+ cuarta, partida por un plomo, al Ni&ntilde;o de la Bola, que manten&iacute;a
+ un mundo verde sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el
+ pesebre de Bel&eacute;n cuadriculado tambi&eacute;n por rayas opacas. Jes&uacute;s
+ sonre&iacute;a a la mula y al buey en su cuna de heno color naranja. Don
+ Ferm&iacute;n miraba todo aquello como por la primera vez de su vida. Hac&iacute;a
+ un fresco agradable en la iglesia y el olor de humedad mezclado con el de
+ la cera le parec&iacute;a fino, misteriosamente simb&oacute;lico y a su
+ modo voluptuoso. Aquella ma&ntilde;ana cumpli&oacute; en el coro como el
+ mejor, y sinti&oacute; no ser hebdomadario para lucirse. Glocester, al
+ verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos ocultos se dijo:
+ &laquo;&iexcl;Disimula! &iexcl;Pues a disimulo no me ha de ganar este
+ simon&iacute;aco!&raquo;. Y se deshizo en amabilidad, cortes&iacute;a y
+ bromas lisonjeras. &laquo;Bueno era &eacute;l&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ha visto usted&mdash;dec&iacute;a al salir de la catedral
+ don Custodio&mdash;qu&eacute; satisfecho est&aacute; el Provisor?
+ </p>
+ <p>
+ Y contestaba Glocester, al o&iacute;do del beneficiado:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es que ya no tiene verg&uuml;enza; se ha puesto el mundo por
+ montera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Debe de haber pasado algo gordo...&mdash;&iquest;A qu&eacute;
+ crimen alude usted?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Al de adulterio...&mdash;Ps... yo creo que... todav&iacute;a est&aacute;n
+ algo verdes. Sin embargo, por &eacute;l no quedar&aacute;, y el crimen es
+ el mismo....
+ </p>
+ <p>
+ A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta.
+ Era caso de envidia. Pero conven&iacute;a suponerlo, para cargar el delito
+ a la cuenta de los muchos que atribu&iacute;an al enemigo.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n, a las once, record&oacute; que era d&iacute;a de
+ conferencia en la Santa Obra del Catecismo de las Ni&ntilde;as. &Eacute;l
+ era el director de aquella instituci&oacute;n docente y piadosa, que
+ celebraba sus sesiones en el crucero de la Iglesia de Santa Mar&iacute;a
+ la Blanca. Sent&iacute;a el humor m&aacute;s aprop&oacute;sito para el
+ caso. Con mucho gusto entr&oacute; en aquel templo risue&ntilde;o, alegre,
+ con sus adornos flam&iacute;geros de piedra blanca esponjosa. En medio del
+ recinto se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon;
+ sobre ella a un lado hab&iacute;a tres filas de bancos sin respaldos, y
+ enfrente de ellos una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera,
+ presidida por un sill&oacute;n de pana roja y varios taburetes de igual pa&ntilde;o.
+ El sill&oacute;n era para el Magistral, los taburetes para los capellanes
+ catequistas, y en los bancos se sentaban las ni&ntilde;as de siete a
+ catorce a&ntilde;os que aprend&iacute;an la doctrina cristiana, m&aacute;s
+ algo de liturgia, historia sagrada y c&aacute;nticos religiosos.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando De Pas entr&oacute; en el templo hubo un murmullo en los bancos de
+ la plataforma, semejante al rumor de una r&aacute;faga que rueda sobre las
+ copas de los &aacute;rboles.
+ </p>
+ <p>
+ Tom&oacute; el amado director agua bendita, y despu&eacute;s de
+ santiguarse, subi&oacute;, radiante de alegr&iacute;a evang&eacute;lica,
+ las gradas de la plataforma; se frot&oacute; las manos y a una ni&ntilde;a
+ de ocho a&ntilde;os que encontr&oacute; de pie al paso, la sujet&oacute;
+ suavemente; y mientras &eacute;l miraba a la b&oacute;veda y mord&iacute;a
+ el labio inferior, oprim&iacute;a contra su cuerpo la cabeza rubia, y
+ entre los dedos de la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; p&aacute;jaro me habr&aacute; dicho a m&iacute;
+ que do&ntilde;a Rufinita no quiere ser buena, y enreda en la iglesia y
+ descompone el coro cuando canta?
+ </p>
+ <p>
+ Carcajada general. Las ni&ntilde;as r&iacute;en de todo coraz&oacute;n y
+ el templo retumba devolviendo el eco de la alegr&iacute;a desde la b&oacute;veda
+ blanca, llena de luz que penetra por ventanas anchas de cristales comunes.
+ </p>
+ <p>
+ Todo lo que dice all&iacute; el Magistral se r&iacute;e; es un chiste. Ni&ntilde;os
+ y cl&eacute;rigos est&aacute;n como en su casa. Los pocos fieles
+ esparcidos por la Iglesia son beatas que rezan con devoci&oacute;n; no se
+ piensa en ellas. A veces son espectadores de aquella algazara algunos
+ adolescentes y pollos con cascar&oacute;n que tienen en los bancos de la
+ plataforma sus amores. Los catequistas, j&oacute;venes todos, no ven con
+ buenos ojos a tales se&ntilde;oritos que vienen con prop&oacute;sitos
+ profanos.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no se sent&oacute; en el sill&oacute;n de la presidencia.
+ Prefer&iacute;a pasear por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo
+ con ondulaciones de palmera, acerc&aacute;ndose de vez en cuando a los
+ bancos llenos de alegr&iacute;a para azotar una mejilla con suave palmada,
+ o decir al o&iacute;do de un angelito con faldas un secreto que excita la
+ curiosidad de todas y origina siempre una broma de las que sabe preparar
+ don Ferm&iacute;n de modo que acaben en lecci&oacute;n moral o religiosa.
+ Tambi&eacute;n los catequistas alegres, graciosos, vivarachos, van y
+ vienen, reprenden a las educandas con palabras de miel y sonrisas
+ paternales, y se meten entre banco y banco mezclando lo negro de sus
+ manteos redundantes con las faldas cortas de colores vivos, y el blanco de
+ nieve de las medias que ci&ntilde;en pantorrillas de mujer a las que el
+ traje largo no dio todav&iacute;a patente de tales. En la primera fila se
+ mueven, siempre inquietas, sobre la dura tabla, las ni&ntilde;as de ocho a
+ diez a&ntilde;os, anafroditas las m&aacute;s, hombrunas casi en gestos, l&iacute;neas
+ y contornos, algunas rodeadas de precoces turgencias, que sin disimulo
+ deja ver su traje de inocentes; algo avergonzadas, sin conciencia clara de
+ ello, de su desarrollo temprano. Mirando estos capullos de mujer, don Ferm&iacute;n
+ recordaba el bot&oacute;n de rosa que acababa de mascar, del que un
+ fragmento arrugado se le asomaba a los labios todav&iacute;a. En las
+ siguientes filas estaban las educandas de doce y trece primaveras,
+ presumidillas, entonadas; y detr&aacute;s de estas las se&ntilde;oritas
+ que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura vetustense
+ algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios legendarios del
+ amor de devaneo, muchas pr&oacute;ximas a la transformaci&oacute;n natural
+ que revela el sexo, y dos o tres, peque&ntilde;as, p&aacute;lidas y
+ recias, mujeres ya, disfrazadas de ni&ntilde;as, con ojos pensadores
+ cargados de malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los
+ ensayos de coro, las ni&ntilde;as se levantaban, se repart&iacute;an en
+ secciones por el tablado, formaban c&iacute;rculos, los deshac&iacute;an,
+ como bailarinas de &oacute;pera; y los catequistas dirigiendo aquellos
+ remolinos ordenados, aspiraban, entre tanta juventud verde, aromas
+ espirituales de voluptuosidad quinti-esenciada con cierta dentera moral
+ que les encend&iacute;a las mejillas y los ojos, y causaba en su
+ naturaleza robusta efectos an&aacute;logos a los del kirschen o del
+ ajenjo.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran suyas
+ y no del Ayuntamiento como las del <i>Paseo grande</i>, se recreaba en los
+ ojos de las que ya los ten&iacute;an transparentes de malicia; y, m&aacute;s
+ sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de &aacute;ngeles
+ menores. Lleg&oacute; la hora de los discursos, despu&eacute;s de los c&aacute;nticos,
+ en que la voz de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios
+ fisiol&oacute;gicos por que estaban pasando. Una joven de quince a&ntilde;os,
+ catorce oficialmente, se adelant&oacute;, y colocada cerca de la mesa
+ recit&oacute; con desparpajo una fil&iacute;pica un tanto moderada por los
+ eufemismos de la ret&oacute;rica jesu&iacute;tica, contra los
+ materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era rubia,
+ de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepci&oacute;n de la
+ barba, que apuntaba hacia arriba; ten&iacute;a el torso de mujer, y debajo
+ de la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas
+ armoniosas, de seducci&oacute;n extra&ntilde;a. Ten&iacute;a los ojos
+ azules claros; el metal de la voz, vibrante, poco agradable, hier&aacute;tico
+ en su monoton&iacute;a, expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de
+ un alma que preparaban para el convento. La rubia hermosa, con brazos de
+ escultura griega, no entend&iacute;a cabalmente lo que iba diciendo, pero
+ adivinaba el sentido de su arenga, y le daba el tono de intolerancia y de
+ soberbia que le conven&iacute;a. Tambi&eacute;n ella parec&iacute;a una
+ estatua de la soberbia y de la intolerancia: una estatua hermos&iacute;sima.
+ Sus compa&ntilde;eras, los catequistas, el escaso p&uacute;blico esparcido
+ por la nave la o&iacute;an con asombro, sin pensar en lo que dec&iacute;a,
+ sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente de su voz met&aacute;lica.
+ Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el s&iacute;mbolo del
+ fanatismo sentimental, la iniciaci&oacute;n del <i>eterno femenino</i> en
+ la eterna idolatr&iacute;a. El Magistral, con la boca abierta, sin sonre&iacute;r
+ ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella
+ arrogante amazona de la religi&oacute;n, que labraba con arte la
+ naturaleza, por fuera, y &eacute;l por dentro, por el alma. S&iacute;, era
+ obra suya aquel fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su
+ museo de beatas; pero todav&iacute;a estaba en el taller. Cuando aquel
+ vestido gris, que no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver
+ dos dedos de pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de
+ su estudio saldr&iacute;a a luz, el p&uacute;blico la admirar&iacute;a y
+ para s&iacute; la guardar&iacute;a la Iglesia.
+ </p>
+ <p>
+ La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones
+ finas, de expresi&oacute;n dulce, t&iacute;mida y nerviosa. Apretaba con
+ el cuerpo del vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una verg&uuml;enza;
+ y m&aacute;s que en su oraci&oacute;n pensaba en que los muchachos que
+ miraban desde abajo, pod&iacute;an verla las pantorrillas, que tapaba mal
+ la falda, a pesar de los esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo
+ terminar la historia de los Macabeos que ten&iacute;a a su cargo. Se le
+ puso un nudo en la garganta, le zumbaron los o&iacute;dos y todo el lado
+ derecho de la cabeza se qued&oacute; de repente fr&iacute;o y el cutis p&aacute;lido.
+ Se pon&iacute;a enferma de verg&uuml;enza. Tuvo que salir de la Iglesia.
+ El desparpajo de otras oradoras precoces hizo olvidar la escena triste y
+ desairada de la ni&ntilde;a pusil&aacute;nime, que hab&iacute;a salido
+ llorando. El Magistral reanim&oacute; tambi&eacute;n el esp&iacute;ritu de
+ la escuela con chascarrillos morales y ap&oacute;logos joco-m&iacute;sticos.
+ Las muchachas se mor&iacute;an de risa, se retorc&iacute;an en los bancos,
+ y dejaban ver a los profanos y a los catequistas, rel&aacute;mpagos de
+ blancura debajo de las faldas que mov&iacute;an indiscretas, sin pensar en
+ ello muchas, algunas sin pensar en otra cosa.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando sali&oacute; don Ferm&iacute;n de Santa Mar&iacute;a la Blanca, ten&iacute;a
+ la boca hecha agua engomada. Aquellas sensaciones, que le hab&iacute;an
+ invadido por sorpresa, le recordaban a&ntilde;os que quedaban muy atr&aacute;s.
+ No le gustaba aquello; era poca formalidad. &laquo;&iexcl;Diablo de
+ chicas!&raquo; iba pensando. De todas suertes, lo que le pasaba probaba
+ que a&uacute;n era joven, que no era por necesidad disfrazada de idealismo
+ por lo que se juraba ser plat&oacute;nico, siempre plat&oacute;nico, o por
+ lo menos indefinidamente, en sus relaciones con la fiel y querida amiga.
+ Volvi&oacute; su pensamiento a la Regenta, y aquel vago y picante anhelo
+ con que saliera de la iglesia se convirti&oacute; en deseo fuerte y
+ definido de ver a do&ntilde;a Ana, de agradecerle su carta y dec&iacute;rselo
+ con la m&aacute;s eficaz elocuencia que pudiera.
+ </p>
+ <p>
+ Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde la
+ visita. Su madre le habl&oacute; como siempre, de lo que se murmuraba, y
+ &eacute;l encogi&oacute; los hombros. O&iacute;a la voz dura y seca de do&ntilde;a
+ Paula anunciando, por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de
+ su honra, como si le hablase de los cataclismos geol&oacute;gicos del
+ tiempo de No&eacute;. Le parec&iacute;a que era otro Provisor aquel de
+ quien el p&uacute;blico se quejaba. &laquo;&iexcl;Ambici&oacute;n, simon&iacute;a,
+ soberbia, sordidez, esc&aacute;ndalo!... &iquest;qu&eacute; ten&iacute;a
+ &eacute;l que ver con todo aquello? &iquest;Para qu&eacute; persegu&iacute;an
+ a aquel pobre don Ferm&iacute;n si ya hab&iacute;a muerto? Ahora el don
+ Ferm&iacute;n era otro, otro que despreciaba a sus vecinos y ni siquiera
+ se tomaba la molestia de quererlos mal. &Eacute;l viv&iacute;a para su
+ pasi&oacute;n, que le ennoblec&iacute;a, que le redim&iacute;a. Si le
+ apuraban, dar&iacute;a una campanada&raquo;. El Magistral gozaba
+ encontrando dentro de s&iacute; semejante hombre, m&aacute;s fuerte que
+ nunca, decidido a todo, enamorado de la vida que tiene guardados para sus
+ predilectos estos sentimientos intensos, avasalladores. La realidad adquir&iacute;a
+ para &eacute;l nuevo sentido, era m&aacute;s realidad. Se acordaba de las
+ dudas de los fil&oacute;sofos y los ensue&ntilde;os de los te&oacute;logos
+ y le daban l&aacute;stima. Los unos negando el mundo, los otros <i>volatiliz&aacute;ndolo</i>,
+ parec&iacute;anle desocupados dignos de compasi&oacute;n. &laquo;La
+ filosof&iacute;a era una manera de bostezar&raquo;. &laquo;La vida era lo
+ que sent&iacute;a &eacute;l, &eacute;l que estaba en el ri&ntilde;&oacute;n
+ de la actividad, del sentimiento. Una mujer deslumbrante de hermosura por
+ alma y cuerpo, que en una hora de confesi&oacute;n le hab&iacute;a hecho
+ ver mundos nuevos, le llamaba ahora su <i>hermano mayor querido</i>, se
+ entregaba a &eacute;l, para ser guiada por las sendas y trochas del
+ misticismo apasionado, po&eacute;tico.... Afortunadamente &eacute;l ten&iacute;a
+ arte para todo: sabr&iacute;a ser m&iacute;stico, hasta donde hiciera
+ falta, perderse en las nubes sin olvidar la tierra&raquo;. Recordaba que a&ntilde;os
+ atr&aacute;s hab&iacute;a pensado en escribir novelas, en hacer una <i>sibila</i>
+ verdaderamente cristiana, y una <i>Fabiola</i> moderna; lo hab&iacute;a
+ dejado, no por sentirse con pocas facultades, sino porque le hac&iacute;a
+ da&ntilde;o gastar la imaginaci&oacute;n. &laquo;Las novelas era mejor
+ vivirlas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cosas as&iacute; pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una
+ corteza de pan, mientras su madre narraba las c&aacute;balas de Glocester
+ y las maquinaciones de los <i>conjurados</i> del Casino.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto pudo el Magistral escap&oacute; de casa, prometiendo ir a
+ sondear al Obispo. Tom&oacute; el camino de la Plaza Nueva. El caser&oacute;n
+ de la Rinconada le pareci&oacute; envuelto en una aureola.
+ </p>
+ <p>
+ Le recibieron Ana y don V&iacute;ctor en el comedor. Ya era amigo de
+ confianza. Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral hab&iacute;a
+ prestado muchos servicios a don V&iacute;ctor, y este aunque le era algo
+ antip&aacute;tico el Magistral, se los hab&iacute;a agradecido. Pero ya
+ empezaba Quintanar, que siempre hab&iacute;a sido regalista, a sospechar
+ algo malo de la <i>influencia del sacerdocio</i> en su hogar, o sea el <i>imperio</i>.
+ &laquo;El clero era absorbente&raquo;. Sobre todo don Ferm&iacute;n hab&iacute;a
+ sido un poco jesuita. &laquo;&iexcl;Jesuita! &iexcl;El casuismo!...
+ &iexcl;El Paraguay!... <i>&iexcl;Caveant consules!</i>&raquo;. Aunque la
+ cortes&iacute;a, ley suprema, le obligaba al m&aacute;s fino trato, no
+ menos que la gratitud, don V&iacute;ctor estuvo un poco fr&iacute;o con el
+ can&oacute;nigo, pero de modo que el otro no lo ech&oacute; de ver
+ siquiera. Not&oacute; que estorbaba all&iacute; el amo de la casa, pero
+ nada m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Ana afectuosa, l&aacute;nguida todav&iacute;a, hab&iacute;a estrechado la
+ mano a su confesor, que sin darse cuenta, prolong&oacute; cuanto pudo el
+ contacto. Don V&iacute;ctor los dej&oacute; solos a eso de las seis. Le
+ esperaban en el Gobierno civil para una junta de ganaderos. Se trataba de
+ traer sementales del extranjero. Pero don V&iacute;ctor trataba
+ principalmente de que le eligiesen segundo vicepresidente y reclamaba para
+ Fr&iacute;gilis la primera secretar&iacute;a. &laquo;Fr&iacute;gilis hab&iacute;a
+ jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes la elecci&oacute;n
+ era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de Tom&aacute;s&raquo;.
+ Quintanar contaba con el gobernador. Sali&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta sonri&oacute; a don Ferm&iacute;n y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dir&aacute; usted que soy una loca; &iquest;para qu&eacute;
+ escribirle cuando podemos hablar todos los d&iacute;as? No pude menos.
+ &iexcl;Soy tan feliz! &iexcl;y debo en tanta parte a usted mi felicidad!
+ Quise contener aquel impulso y no pude. A veces me reprendo a m&iacute;
+ misma porque pienso que robo a Dios muchos pensamientos, para consagrarlos
+ al hombre que se sirvi&oacute; escoger para salvarme.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se sent&iacute;a como estrangulado por la emoci&oacute;n. La
+ Regenta hablaba ni m&aacute;s ni menos como &eacute;l la hab&iacute;a
+ hecho hablar tantas veces en las novelas que se contaba a s&iacute; mismo
+ al dormirse.
+ </p>
+ <p>
+ No vacil&oacute; en referir todo lo que hab&iacute;a pasado por &eacute;l
+ desde que leyera aquella carta. &laquo;El mundo sin una amistad como la
+ suya era un p&aacute;ramo inhabitable; para las almas enamoradas de lo
+ Infinito, vivir en Vetusta la vida ordinaria de los dem&aacute;s era como
+ encerrarse en un cuarto estrecho con un brasero. Era el suicidio por
+ asfixia. Pero abriendo aquella ventana que ten&iacute;a vistas al cielo,
+ ya no hab&iacute;a que temer&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta habl&oacute; de Santa Teresa con entusiasmo de id&oacute;latra;
+ el Magistral aprobaba su admiraci&oacute;n, pero con menos calor que
+ empleaba al hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que
+ ve&iacute;a ahora en Anita. Don Ferm&iacute;n ten&iacute;a celos de la
+ Santa de &Aacute;vila.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, ve&iacute;a a su amiga demasiado inclinada a las
+ especulaciones m&iacute;sticas, tem&iacute;a que cayera en el &eacute;xtasis,
+ que ten&iacute;a siempre complicaciones nerviosas, y era preciso evitar
+ que pudiesen culparle a &eacute;l de otra enfermedad probable, si Ana segu&iacute;a
+ aquel camino peligroso. Aconsej&oacute; la actividad piadosa. &laquo;En su
+ estado y en el tiempo en que viv&iacute;a la pura contemplaci&oacute;n ten&iacute;a
+ que dejar mucho espacio a las buenas obras. Si ahora sent&iacute;a Anita
+ cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se deb&iacute;a a la
+ convalecencia de que en rigor no hab&iacute;a salido; pero cuando el vigor
+ volviera por completo ya no la asustar&iacute;a la acci&oacute;n, el ir y
+ venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Desde aquel d&iacute;a el Magistral influy&oacute; cuanto pudo en aquel
+ esp&iacute;ritu que dominaba por entonces, para arrancarle de la
+ contemplaci&oacute;n y atraerle a la vida activa. &laquo;Si se remontaba
+ demasiado, le olvidar&iacute;a a &eacute;l, que al fin era un ser finito.
+ Santa Teresa hab&iacute;a dicho, y Ana recordaba a cada momento que ten&iacute;a:
+ '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que se acaba', y como don
+ Ferm&iacute;n hab&iacute;a de acabarse, le espantaba la idea de que por
+ eso Ana llegase a tenerle en poco&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los
+ primeros meses. Aunque tanto quer&iacute;a a su confesor, Ana muchas horas
+ le olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo.
+ </p>
+ <p>
+ Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya ten&iacute;a algo de
+ oratorio, sin necesidad de est&iacute;mulos exteriores, perdida en las
+ soledades del alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la
+ piel de tigre, con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad
+ d&uacute;ctil de imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho
+ polvo ante ella. Ve&iacute;a a Dios con evidencia tal, que a veces sent&iacute;a
+ deseos vehementes de levantarse, correr a los balcones y predicar al
+ mundo, mostr&aacute;ndole la verdad que ella palpaba; y entonces le
+ costaba trabajo reconocer la realidad de las criaturas. &laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+ peque&ntilde;as eran! &iexcl;qu&eacute; fr&aacute;giles! &iexcl;cu&aacute;nto
+ m&aacute;s ten&iacute;an de apariencia que de nada! Lo &uacute;nico que en
+ ellas val&iacute;a no era de ellas, era de Dios, era cosa prestada.
+ &iexcl;Dichas! &iexcl;dolores! palabras nada m&aacute;s; &iquest;c&oacute;mo
+ apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que duraban no daba tiempo
+ a ello?&raquo;. Ana recordaba la vida de unos mosquitos muy peque&ntilde;os
+ que crec&iacute;an todas las ma&ntilde;anas a la orilla del r&iacute;o,
+ volaban desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas mor&iacute;an
+ y eran pasto de unos peces que contaban todos los d&iacute;as con aquel
+ alimento. Pues as&iacute; era el vivir para todas las criaturas, un rayo
+ de sol que se cruza, para volver a la sombra de que se vino. Y estos
+ pensamientos, que antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegr&iacute;a.
+ Porque el vivir era el estar sin Dios, el morir renacer en &Eacute;l, pero
+ renunciando a s&iacute; mismo.
+ </p>
+ <p>
+ Y como si sus entra&ntilde;as entrasen en una fundici&oacute;n, Ana sent&iacute;a
+ chisporroteos dentro de s&iacute;, fuego l&iacute;quido, que la
+ evaporaba... y llegaba a no sentir nada m&aacute;s que una idea pura,
+ vaga, que aborrec&iacute;a toda determinaci&oacute;n, que se complac&iacute;a
+ en su simplicidad. Prolongaba cuanto pod&iacute;a aquel estado; ten&iacute;a
+ horror al movimiento, a la variedad, a la vida.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces sol&iacute;a don V&iacute;ctor asomar la cabeza, con su gorro de
+ borla dorada, por la puerta de escape que abr&iacute;a con cautela, sin
+ ruido.... Anita no le o&iacute;a; y &eacute;l, un poco asustado, con una
+ emoci&oacute;n como cre&iacute;a que la tendr&iacute;a entrando en la
+ alcoba de un muerto, se retiraba, de puntillas, con un respeto
+ supersticioso. A dos cosas ten&iacute;a horror: al magnetismo y al
+ &eacute;xtasis. &iexcl;Ni electricidad ni misticismo! Una vez le hab&iacute;a
+ dado una bofetada a un chusco que le hab&iacute;a cogido por la levita, en
+ el gabinete de f&iacute;sica de la Universidad, para hacerle entrar en una
+ corriente el&eacute;ctrica. Don V&iacute;ctor hab&iacute;a sentido la
+ sacudida, pero acto continuo &iexcl;zas! hab&iacute;a santiguado al
+ gracioso. El magnetismo, en que cre&iacute;a, (aunque estaba en mantillas,
+ seg&uacute;n &eacute;l, esta ciencia) le asustaba tambi&eacute;n; y en
+ cuanto a ver a su Divina Majestad, o figur&aacute;rsele, le parec&iacute;a
+ emoci&oacute;n superior a sus fuerzas. &laquo;Yo no necesito de eso para
+ creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer que
+ hay un m&aacute;s all&aacute; y un Juez Supremo. Al que no le convence un
+ rayo, no le convence nada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que ve&iacute;a
+ que iba de veras&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... sub&iacute;a la
+ escalera procurando que sus botas no rechinasen, como sol&iacute;an, y
+ preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y la se&ntilde;ora? &iquest;d&oacute;nde est&aacute;?
+ </p>
+ <p>
+ Como si preguntara &iquest;c&oacute;mo va la enferma?&mdash;As&iacute;
+ andaba por todo el caser&oacute;n, como si estuviera muriendo alguno. Sin
+ darse cuenta del porqu&eacute;, don V&iacute;ctor se figuraba el
+ misticismo de su mujer como una cefalalgia muy aguda. Lo principal era no
+ hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba abajo, en el patio, don V&iacute;ctor
+ se enfurec&iacute;a, pero sin dar voces, gritaba con timbre apagado y
+ gutural:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A ver! &iexcl;ese gato! &iexcl;que se calle o que lo maten!
+ </p>
+ <p>
+ Entraba en su despacho. Volv&iacute;a entonces a sus m&aacute;quinas y
+ colecciones; a veces ten&iacute;a que clavar, serrar o cepillar. &iquest;C&oacute;mo
+ no hacer ruido? Sobre todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo
+ forr&oacute; con bayeta negra, como un catafalco, y as&iacute; clavaba,
+ los martillazos apagados ten&iacute;an una resonancia mate, f&uacute;nebre,
+ de mal ag&uuml;ero, que llenaba de melancol&iacute;a a don V&iacute;ctor.
+ Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hac&iacute;an
+ demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus c&aacute;nticos
+ profanos al tocador-oratorio de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Se acostumbr&oacute; don V&iacute;ctor de tal modo a hablar en voz baja,
+ que hasta en la huerta, pase&aacute;ndose con Fr&iacute;gilis, eran sus
+ palabras un rumorcillo leve.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, hombre, parece que hablas con sordina...&mdash;dec&iacute;a
+ Crespo malhumorado.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar le consultaba acerca del <i>estado</i> de Ana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A ti qu&eacute; te parece de esto?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ps... all&aacute; ella. Sus razones tendr&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo creo Tom&aacute;s, aqu&iacute; para <i>interinos</i>... que
+ Anita se nos hace santa, si Dios no lo remedia. A m&iacute; me asusta a
+ veces. &iexcl;Si vieses qu&eacute; ojos en cuanto se distrae! Ello ser&iacute;a
+ un honor para la familia... indudablemente, pero... ofrece sus
+ molestias.... Sobre todo, yo no sirvo para esto. Me da miedo lo
+ sobrenatural. &iquest;Tendr&aacute; apariciones?
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis se permit&iacute;a la confianza de no contestar a las que
+ estimaba sandeces de su amigo.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n &eacute;l pensaba en Anita. La ve&iacute;a muchas veces
+ desde la huerta, en su gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balc&oacute;n
+ mirando al cielo. Ella casi nunca reparaba en &eacute;l; no era como antes
+ que le saludaba siempre. Aquello de Ana tambi&eacute;n era una enfermedad,
+ y grave, s&oacute;lo que &eacute;l no sab&iacute;a clasificarla. Era como
+ si trat&aacute;ndose de un &aacute;rbol, empezara a echar flores, y m&aacute;s
+ flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara delgado, delgado, y
+ cada vez m&aacute;s florido; despu&eacute;s se secaban las ra&iacute;ces,
+ el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez m&aacute;s
+ hermosas, ven&iacute;an al suelo con la le&ntilde;a seca; y en el suelo...
+ en el suelo... si no hab&iacute;a un milagro, se marchitaban, se pudr&iacute;an,
+ se hac&iacute;an lodo como todo lo dem&aacute;s. As&iacute; era la
+ enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que deb&iacute;a de haberlo
+ habido, &eacute;l lo atribu&iacute;a al Magistral. Se acordaba del guante
+ morado. Mucho tiempo lo hab&iacute;a tenido olvidado, pero un d&iacute;a
+ se le ocurri&oacute; preguntar a la Regenta si las se&ntilde;oras usaban
+ guantes de seda morada y ella se hab&iacute;a re&iacute;do. Era, por
+ consiguiente, un guante de can&oacute;nigo. Ripamil&aacute;n no los usaba
+ casi nunca. No quedaba m&aacute;s can&oacute;nigo probable que el
+ Magistral; el &uacute;nico bastante listo para meter aquellas cosas en la
+ cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y Petra andaba en el
+ ajo. Era encubridora. &iquest;De qu&eacute;? Esta era la cuesti&oacute;n.
+ De nada malo deb&iacute;a de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era
+ relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Fr&iacute;gilis
+ no tem&iacute;a lo presente si no lo futuro; lo que pod&iacute;a suceder.
+ No ve&iacute;a una falta sino un peligro. Algo hab&iacute;a o&iacute;do de
+ lo que se murmuraba en Vetusta, aunque en su presencia no se atrev&iacute;an
+ las malas lenguas a poner en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se
+ le miraba como hermano de don V&iacute;ctor. &laquo;De todas maneras,
+ &eacute;l estar&iacute;a alerta&raquo;. Y segu&iacute;a velando por los
+ &aacute;rboles de don V&iacute;ctor y por su honor &laquo;tal vez en
+ peligro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra tampoco ve&iacute;a claro. Estaba desorientada. La conducta de su
+ ama le parec&iacute;a propia de una loca. &laquo;&iquest;A qu&eacute; ven&iacute;a
+ aquella santidad? &iquest;A qui&eacute;n enga&ntilde;aba? &iexcl;Oh! si no
+ fuera porque ella quer&iacute;a tener contento al Magistral, no servir&iacute;a
+ m&aacute;s tiempo a la hip&oacute;crita que la utilizaba como correo
+ secreto y no le daba una mala propina, ni le dec&iacute;a palabra de sus
+ trapicheos ni le pon&iacute;a una buena cara, a no ser aquella de beata
+ bobalicona con que enga&ntilde;aba a todos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su
+ cama de madera, ten&iacute;a una cartera de viaje, sucia y vieja. All&iacute;
+ guardaba con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuant&iacute;a, y
+ algunos papeles que pod&iacute;an comprometerla. De all&iacute; sacaba el
+ guante morado del Magistral, del que a nadie hab&iacute;a hablado. Era una
+ prueba, no sab&iacute;a de qu&eacute;, pero adivinaba que sin saber ella c&oacute;mo
+ ni cu&aacute;ndo, aquella prenda pod&iacute;a llegar a valer mucho.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Y qu&eacute; probaba aquel guante respecto a la santidad de
+ la se&ntilde;ora? Que era una hip&oacute;crita. &iexcl;Si no fuera por el
+ Magistral!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqu&eacute;s cre&iacute;a
+ en la santidad de Anita; la Marquesa encog&iacute;a los hombros; tem&iacute;a
+ por la cabeza de aquella chica. Visitaci&oacute;n estaba <i>volada</i>,
+ furiosa. &laquo;&iexcl;Sus planes por tierra! &iexcl;Ana resist&iacute;a!
+ &iexcl;No era de tierra como ella!&raquo;. Obdulia Fandi&ntilde;o no
+ envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino <i>el ruido que met&iacute;a</i>,
+ lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jam&aacute;s hab&iacute;a
+ hecho <i>tanta sensaci&oacute;n</i> ella, la viudita, con el vestido m&aacute;s
+ escandaloso, como Ana con su h&aacute;bito y su <i>beater&iacute;a</i>.
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; atrasado, pero qu&eacute; atrasado estaba aquel
+ miserable lugar&oacute;n!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volv&iacute;a a borbotones.
+ Ten&iacute;a sue&ntilde;os castos, tales se le antojaban, sin sujeto
+ humano, como dec&iacute;a Ripamil&aacute;n, pero dulces, suaves. Sent&iacute;a,
+ medio dormida, a la hora de amanecer sobre todo, palpitaciones de las
+ entra&ntilde;as que eran agradable cosquilleo; otras veces, como si por
+ sus venas corriese arroyo de leche y miel, se le figuraba que el sentido
+ del gusto, de un gusto exquisito, intenso, se le hab&iacute;a trasladado
+ al pecho, m&aacute;s abajo, mejor, no sab&iacute;a d&oacute;nde, no era en
+ el est&oacute;mago, era claro pero tampoco en el coraz&oacute;n, era en el
+ medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin falta,
+ era para el Se&ntilde;or. O&iacute;a los gritos de los p&aacute;jaros en
+ la huerta, encontraba en ellos sentido m&iacute;stico, y la piedad
+ matutina de Ana era optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su
+ obra. Cada d&iacute;a encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea
+ de las cosas finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su
+ realidad: volv&iacute;an los seres materiales a tener para ella la poes&iacute;a
+ inefable del dibujo; la plasticidad de los cuerpos era una especie de
+ bienestar de la materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se
+ sent&iacute;a bien en medio de la vida. Pensaba en las armon&iacute;as del
+ mundo y ve&iacute;a que todo era bueno, seg&uacute;n su g&eacute;nero. La
+ idea de Dios, la emoci&oacute;n profunda, intensa que le causaba la
+ evidencia de la divinidad presente, no se desluc&iacute;an, no se
+ borraban; pero Dios ya no se le aparec&iacute;a en la idea de su soledad
+ sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la creaci&oacute;n
+ infinita. Empez&oacute; a olvidar algunas noches la lectura de Santa
+ Teresa. Segu&iacute;a enamorada de la Doctora sublime, pero algunas
+ opiniones de la Santa prefer&iacute;a pasarlas por alto, estaban en pugna
+ con las ideas propias; &laquo;al fin no en balde hab&iacute;an pasado tres
+ siglos&raquo;. Empez&oacute; Ana a comprender mejor lo que el Magistral le
+ quer&iacute;a decir al hablarle de actividad piadosa.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Es verdad, se dec&iacute;a, no he de vivir en este ego&iacute;smo
+ de recrearme en Dios; necesito, s&iacute;, trabajar m&aacute;s y m&aacute;s
+ en la oraci&oacute;n mental y en la contemplaci&oacute;n, para ver m&aacute;s
+ y m&aacute;s cada d&iacute;a en esa regi&oacute;n de luz en que el alma
+ penetra, pero... &iquest;y mis hermanos? La caridad exige que se piense en
+ los dem&aacute;s. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el pr&oacute;jimo;
+ ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, mientras duraba la debilidad, le hab&iacute;a prohibido
+ incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la ma&ntilde;ana.
+ Pero ella en cuanto sinti&oacute; aquella bienhechora fortaleza de los m&uacute;sculos,
+ que es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros
+ que volv&iacute;an a cubrirse de rosas p&aacute;lidas, otra vez repletos
+ de vida circulante. Y sin descender del lecho, sobre las s&aacute;banas
+ tibias, levemente mecida por los muelles del colch&oacute;n al
+ incorporarse, rezaba, toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de
+ raso en la blandura apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su
+ fervor religioso acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera,
+ y besaba las llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas l&aacute;grimas
+ dulces eran la miel mezclada que corr&iacute;a dentro y ahora saltaba por
+ los ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, a&uacute;n m&aacute;s
+ fuerte, huy&oacute; la pereza del colch&oacute;n y salt&oacute; al suelo y
+ rez&oacute; sobre la piel de tigre. A&uacute;n quer&iacute;a m&aacute;s
+ dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el pavimento
+ hincaba las rodillas. Pens&oacute; en el cilicio, lo dese&oacute; con
+ fuego en la carne, que quer&iacute;a beber el dolor desconocido, pero el
+ Magistral hab&iacute;a prohibido tales tormentos sabrosos.
+ </p>
+ <p>
+ El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la
+ conversi&oacute;n de su marido. Santa Teresa hab&iacute;a trabajado por la
+ piedad de su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero hab&iacute;ale
+ ella querido m&aacute;s piadoso todav&iacute;a. Ana se propuso emplear su
+ celo en ganar para Dios el alma de su don V&iacute;ctor, &laquo;que ven&iacute;a
+ tambi&eacute;n a ser su padre&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios, l&iacute;citos
+ todos, que emple&oacute; con arte de maestro. Quintanar tard&oacute; en
+ conocer que su Anita, su querida Anita quer&iacute;a convertirle a la
+ piedad verdadera. Al principio s&oacute;lo not&oacute; que su mujer se hac&iacute;a
+ m&aacute;s comunicativa, cari&ntilde;osa a todas horas, como antes lo era
+ despu&eacute;s de los ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades.
+ &laquo;&iquest;Quer&iacute;a discutir por pasar el rato? Enhorabuena;
+ &eacute;l amaba la discusi&oacute;n&raquo;. Y sosten&iacute;a la tesis
+ contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta hab&iacute;a
+ ido haciendo la cuesti&oacute;n personal; ya no se trataba de si Cristo
+ hab&iacute;a redimido a todas las <i>Humanidades</i> repartidas por los
+ planetas, de una sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en
+ todas muerte de cruz; ahora se trataba ya de si don V&iacute;ctor
+ confesaba muy de tarde en tarde, si perd&iacute;a o no muchas misas, (y s&iacute;
+ que las perd&iacute;a). &laquo;Adem&aacute;s, los libros en que apacentaba
+ el esp&iacute;ritu eran vanos; comedias, mentiras f&uacute;tiles y
+ peligrosas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;T&uacute; nunca has le&iacute;do vida de santos, verdad?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, hija, s&iacute;, y autos sacramentales....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No es eso.... Quintanar; hablo de <i>La Leyenda de Oro</i> y del <i>A&ntilde;o
+ Cristiano</i> de Croiset, por ejemplo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Sabes, hija m&iacute;a?... Yo prefiero los libros de
+ meditaci&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues toma el <i>Kempis</i>, la <i>Imitaci&oacute;n de Cristo</i>...
+ lee y medita.
+ </p>
+ <p>
+ Y se lo hizo leer. Y entre <i>Kempis</i> y la Regenta, y el calor que
+ empezaba a molestarle, y la prohibici&oacute;n de los ba&ntilde;os le
+ quitaron el humor al digno magistrado. Ya no le&iacute;a, al dormirse, a
+ Calder&oacute;n, sino a Job y al dichoso Kempis. &laquo;&iexcl;Vaya unas
+ cosas que dec&iacute;a aquel demonche de fraile o lo que fuese! No, y lo
+ que es raz&oacute;n ten&iacute;a, es claro; el mundo, bien mirado, era un
+ mont&oacute;n de escorias. &Eacute;l no pod&iacute;a quejarse, en su vida
+ no hab&iacute;a habido desenga&ntilde;os terribles, grandes
+ contrariedades, aparte de la muy considerable de no haber sido c&oacute;mico;
+ pero en tesis general, el mundo estaba perdido. Y adem&aacute;s, esto de
+ hacerse viejo, que le tocaba a &eacute;l como a cada cual, era un grav&iacute;simo
+ inconveniente. En la muerte no quer&iacute;a pensar, porque eso le pon&iacute;a
+ malo, y Dios no manda que enfermemos. La muerte... la muerte... &eacute;l
+ ten&iacute;a as&iacute;... una vaga y disparatada esperanza de no
+ morirse.... &iexcl;La medicina progresa tanto! Y adem&aacute;s, se pod&iacute;a
+ morir sin grandes dolores, por m&aacute;s que Fr&iacute;gilis lo negaba&raquo;.
+ En fin, no quer&iacute;a pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue
+ tizn&aacute;ndole el alma de negro y don V&iacute;ctor lleg&oacute; a
+ despreciar las cosas por ef&iacute;meras. Una tarde, en su <i>Parque</i>,
+ contemplaba a Fr&iacute;gilis que estaba a sus pies agachado plantando
+ cebolletas, embebecido en su operaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Valiente fil&oacute;sofo era Fr&iacute;gilis!&raquo;. Don V&iacute;ctor
+ le miraba desde la altura de su pesimismo prestado, y le despreciaba y
+ compadec&iacute;a. &laquo;&iexcl;Plantar cebolletas! &iquest;No prohib&iacute;a
+ San Alfonso Ligorio plantar &aacute;rboles en general y edificar casas,
+ que al cabo de los a&ntilde;os mil se caen? Pues entonces, &iquest;para qu&eacute;
+ plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido.
+ &iquest;Qu&eacute; iba &eacute;l a hacer mano sobre mano un verano entero
+ sin ba&ntilde;os, ni bromas en las aguas de Termasaltas?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y quedaba el rabo por desollar. La cuesti&oacute;n de salvarse o no
+ salvarse. Aquello era serio. A &eacute;l le daba el coraz&oacute;n que se
+ salvar&iacute;a; pero los santos escritores presentaban como tan dif&iacute;cil
+ la cosa, que ya le inquietaban ciertas dudas.... &iquest;Si no habr&iacute;a
+ sido &eacute;l toda su vida bastante bueno? Hab&iacute;a que pensar en
+ esto; pero &iexcl;Dios m&iacute;o! &iexcl;&eacute;l no quer&iacute;a
+ quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilaci&oacute;n, fundada en
+ una enfermedad que no ten&iacute;a, le hab&iacute;a costado gran trabajo
+ arreglar sus papeles y pedir recomendaciones, y la jubilaci&oacute;n era
+ cosa temporal... con que la salvaci&oacute;n del alma, la jubilaci&oacute;n
+ eterna como quien dec&iacute;a &iexcl;apenas iba a exigir esfuerzos,
+ expedientes, y tambi&eacute;n recomendaciones! Era preciso entregarse a su
+ esposa para que le ayudase en tan arduo negocio&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta conoci&oacute; bien pronto que don V&iacute;ctor se entregaba.
+ Aunque ella hubiera querido m&aacute;s acendrada piedad, tuvo que
+ contentarse con el dolor de atrici&oacute;n que claramente manifestaba su
+ marido. Y no tuvo escr&uacute;pulo en asustarle un poco m&aacute;s de lo
+ que estaba, record&aacute;ndole las penas del Infierno, aunque estos
+ recursos de terror le repugnaban a ella. Quintanar mostraba gran empe&ntilde;o
+ en sostener que el fuego de que se trataba no era material, era simb&oacute;lico.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No es de fe&mdash;repet&iacute;a&mdash;en mi opini&oacute;n, creer
+ que ese fuego es f&iacute;sico, material; es un s&iacute;mbolo, el s&iacute;mbolo
+ del remordimiento.
+ </p>
+ <p>
+ Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con s&iacute;mbolos en el
+ caso desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente.
+ </p>
+ <p>
+ El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto
+ llevar a su don V&iacute;ctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el
+ Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ A don V&iacute;ctor al comulgar le atormentaba la idea de que no hab&iacute;a
+ confesado un pecadillo considerable: ten&iacute;a sus dudas respecto de la
+ infalibilidad pontificia.
+ </p>
+ <p>
+ El can&oacute;nigo D&ouml;llinger, de quien no sab&iacute;a m&aacute;s
+ sino que exist&iacute;a y que se hab&iacute;a separado de la Iglesia, le
+ seduc&iacute;a por su tenacidad, que le recordaba la de su tierra, Arag&oacute;n,
+ el reino m&aacute;s noble y testarudo del Universo.
+ </p>
+ <p>
+ Los d&iacute;as para la Regenta se deslizaban suavemente.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, su maestro, y don V&iacute;ctor, su disc&iacute;pulo, eran
+ los compa&ntilde;eros de su vida al parecer sosa, mon&oacute;tona, pero <i>por
+ dentro</i> llena de emociones. Segu&iacute;a encontrando en la oraci&oacute;n
+ mental delicias inefables. Dios era no menos amable como Padre de las
+ criaturas, como Director de la gran &laquo;f&aacute;brica de la inmensa
+ arquitectura&raquo;, que en la pura contemplaci&oacute;n de su Idea. Adem&aacute;s,
+ pensaba Anita, fuera orgullo aspirar ahora a la visi&oacute;n de la
+ Divinidad directamente; me faltan muchos pasos, muchas <i>moradas</i>. Ya
+ llegar&eacute; si el Se&ntilde;or lo tiene as&iacute; dispuesto. Ahora
+ debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi
+ cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que &eacute;l
+ llama higiene del esp&iacute;ritu. La ociosidad me volver&iacute;a al
+ pecado, como volv&iacute;a a la misma Santa Teresa. Si para ella ten&iacute;a
+ tan grave peligro &iexcl;qu&eacute; ser&aacute; para m&iacute;!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Anita recib&iacute;a las pocas visitas que don &Aacute;lvaro se atrev&iacute;a
+ a hacerle, sin alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila despu&eacute;s
+ que se marchaba. Procuraba apartar de &eacute;l su pensamiento, con la
+ conciencia de que era aquel recuerdo una llaga del esp&iacute;ritu que toc&aacute;ndola
+ doler&iacute;a. Tuvo valor para mostrarse fr&iacute;a con &eacute;l, para
+ cortar el paso a la confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para
+ verle despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, &laquo;ciego
+ de amor y pena&raquo;, cre&iacute;a ella, una l&aacute;stima infinita le
+ inund&oacute; el alma, y tembl&oacute; de miedo; su seno se hinch&oacute;
+ con un suspiro... y la carne flaca tropez&oacute; con el Cristo
+ amarillento de marfil que el Magistral hab&iacute;a regalado a su amiga
+ para que lo llevase sobre el pecho.
+ </p>
+ <p>
+ Ana bes&oacute; la imagen y volvi&oacute; los ojos al cielo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Jes&uacute;s, Jes&uacute;s, t&uacute; no puedes tener un rival. Ser&iacute;a
+ infame, ser&iacute;a asqueroso....
+ </p>
+ <p>
+ Y record&oacute; la ira de Jes&uacute;s cuando se aparec&iacute;a a Teresa
+ que le olvidaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ser&iacute;a enga&ntilde;ar a Dios, enga&ntilde;ar al Magistral
+ pensar en ese hombre ni un solo instante, ni siquiera para
+ compadecerle.... &iexcl;Oh! &iexcl;qu&eacute; hip&oacute;crita, qu&eacute;
+ gazmo&ntilde;a miserable ser&iacute;a yo si tal hiciera! &iexcl;Qu&eacute;
+ romanticismo del g&eacute;nero m&aacute;s rid&iacute;culo y repugnante ser&iacute;a
+ el m&iacute;o, si despu&eacute;s de tanta piedad que yo cre&iacute;
+ profunda, vocaci&oacute;n de mi vida en adelante, volviera una pasi&oacute;n
+ prohibida a enroscarse en el coraz&oacute;n, o en la carne, o donde
+ sea!... &iexcl;No, no! &iexcl;Rid&iacute;culo, villano, infame,
+ vergonzoso, adem&aacute;s de criminal! &iexcl;Mil veces no! Quiero morir,
+ morir, Se&ntilde;or, antes que caer otra vez en aquellos pensamientos que
+ manchan el alma y le clavan las alas al suelo, entre lodo....
+ </p>
+ <p>
+ Pero al d&iacute;a siguiente de la despedida de don &Aacute;lvaro, Ana
+ despert&oacute; pensando en &eacute;l. &laquo;Ya no estaba en Vetusta.
+ Mejor. La terrible tentaci&oacute;n le volv&iacute;a la espalda, hu&iacute;a
+ derrotada.... Mejor... era un favor especial de Dios&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella tarde baj&oacute; al parque, a la hora en que don &Aacute;lvaro se
+ hab&iacute;a despedido el d&iacute;a anterior.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Veinticuatro horas hac&iacute;a ya&raquo;. Otras veces hab&iacute;a
+ estado d&iacute;as y d&iacute;as sin verle, y le parec&iacute;a muy
+ tolerable la ausencia y corta. Pero estas veinticuatro horas eran de otra
+ manera, se contaban por minutos... que es como se cuentan las horas.
+ &laquo;Y bien, lo normal, lo constante, lo que deb&iacute;a ser ya
+ siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y despu&eacute;s
+ otras tantas... y as&iacute;... toda la vida&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Hac&iacute;a mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los casta&ntilde;os
+ de Indias, ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, pod&iacute;a
+ Ana respirar una r&aacute;faga de aire fresco. Su pensamiento quer&iacute;a
+ elevarse, volar al cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta
+ es mucho, le derret&iacute;a las alas al pensamiento y ca&iacute;a en la
+ tierra, que ard&iacute;a, en concepto de Ana.
+ </p>
+ <p>
+ Y para que no se le antojase volar m&aacute;s en toda la tarde, se present&oacute;
+ en el parque Visitaci&oacute;n Ol&iacute;as de Cuervo, a quien el verano
+ <i>sentaba</i> bien, y dejaba lucir trajes de percal fant&aacute;sticos y
+ baratos. Ven&iacute;a alegre, vaporosa, y con las apariencias de un
+ torbellino; daba gana de cerrar los ojos al verla acercarse. En la calle
+ la hab&iacute;a querido abrazar un mozo de cordel. La aventura, rid&iacute;cula
+ y todo, la hab&iacute;a rejuvenecido, hab&iacute;a encendido chispas en
+ sus ojuelos, y &laquo;&iexcl;ea! ven&iacute;a con af&aacute;n de abrazar
+ ella tambi&eacute;n&raquo;. Abraz&oacute; a la Regenta, se la comi&oacute;
+ a besos... y despu&eacute;s de contarla el <i>paso de comedia</i> del mozo
+ de cordel, grit&oacute; de repente:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A prop&oacute;sito, &iquest;no te ha contado V&iacute;ctor lo de
+ &Aacute;lvaro?
+ </p>
+ <p>
+ Visita ten&iacute;a cogida por las mu&ntilde;ecas a su amiga. Estaba tom&aacute;ndola
+ el pulso a su modo.
+ </p>
+ <p>
+ Clav&oacute; con sus ojos menudos los de Ana y repiti&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;No sabes lo de &Aacute;lvaro?
+ </p>
+ <p>
+ El pulso se alter&oacute;, lo sinti&oacute; ella con gran satisfacci&oacute;n.
+ &laquo;A m&iacute; con santidades, pens&oacute;; <i>pulvis&eacute;s</i>,
+ como dijo el otro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; le pasa? &iquest;qu&eacute; se ha marchado? Ya
+ lo s&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no es eso.&mdash;&iquest;Qu&eacute;? &iquest;No se ha marchado?
+ </p>
+ <p>
+ Nueva alteraci&oacute;n del pulso, seg&uacute;n Visita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, hija, s&iacute;, se ha marchado, pero ver&aacute;s c&oacute;mo.
+ Ya sabes que ten&iacute;a relaciones con la se&ntilde;ora de ese que es o
+ fue ministro, no recuerdo, en fin ya sabes qui&eacute;n es, ese que viene
+ a ba&ntilde;os a Palomares.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;, bien...&mdash;Pues bueno; esta ma&ntilde;ana,
+ lo ha visto medio Vetusta, al ir Mes&iacute;a a tomar el tren de Madrid,
+ el correo, el que sube... &iquest;est&aacute;s? se encontr&oacute; con esa
+ ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del and&eacute;n. &iexcl;Fig&uacute;rate!
+ Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha comprado una especie de
+ chalet o demonios; bueno, pues, c&aacute;tate que nuestro Alvarito, en vez
+ de tomar el tren que sub&iacute;a, el de Madrid, toma el que baja, da
+ &oacute;rdenes a su criado, para que recoja corriendo el equipaje y se
+ meta en el reservado que tra&iacute;a la ministra, un coche sal&oacute;n
+ con cama y dem&aacute;s. Y el marido no ven&iacute;a, por supuesto; ella,
+ dos criados y los <i>beb&eacute;s</i> como dice Obdulia. &iexcl;Fig&uacute;rate!
+ Todo Vetusta, que estaba en la estaci&oacute;n esta ma&ntilde;ana por
+ casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho &Aacute;lvaro. &iquest;Pero ella?
+ &iquest;qu&eacute; te parece de ella? A eso vamos; a lo escandalosas que
+ son esas se&ntilde;oronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama de
+ virtuosa, &iexcl;uf! &iexcl;yo lo creo!... La virtuos&iacute;sima se&ntilde;ora
+ ministra de Gracia y salero... &iexcl;pero, se&ntilde;or, c&oacute;mo
+ demonches se llama ese tipo de ministro!...
+ </p>
+ <p>
+ Ana recordaba perfectamente c&oacute;mo se llamaba aquel &laquo;tipo de
+ ministro&raquo;, pero no quiso decirlo; sinti&oacute; que palidec&iacute;a,
+ por un fr&iacute;o de muerte que le subi&oacute; al rostro; dio media
+ vuelta, y disimulando cuanto pudo, se recost&oacute; en un &aacute;rbol.
+ Fingi&oacute; entretenerse en rayar la corteza del tronco, y mudando de
+ conversaci&oacute;n, pregunt&oacute; a Visita por un ni&ntilde;o que ten&iacute;a
+ enfermo.
+ </p>
+ <p>
+ Pero Visita era tambor de marina, como dec&iacute;an ella y la Marquesa;
+ de otro modo, que nadie se la pegaba; conoci&oacute; la turbaci&oacute;n
+ de Ana, y con gran j&uacute;bilo, confirm&oacute; para sus adentros la
+ teor&iacute;a del <i>pulvis&eacute;s</i> o sea de la ceniza universal.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ana ten&iacute;a celos; luego, ten&iacute;a amor; no hay humo sin
+ fuego&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se despidi&oacute; al poco rato; ya hab&iacute;a dado su noticia, ya sab&iacute;a
+ lo que quer&iacute;a; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en
+ otra parte otra buena obra por el estilo. Se march&oacute;, como la
+ marejada que se retira. Dej&oacute; los senderos blancos como si los
+ hubiesen peinado. La escoba almidonada de enaguas y percal engomado dej&oacute;
+ su rastro de rayas sinuosas y paralelas grabado en la arena.
+ </p>
+ <p>
+ Ana tuvo miedo. La tentaci&oacute;n, la vieja tentaci&oacute;n de don
+ &Aacute;lvaro, le hab&iacute;a sabido a cosa nueva; se le figur&oacute; un
+ momento que aquel dolor que sintiera al saber lo de la ministra, era m&aacute;s
+ de las entra&ntilde;as que sus dem&aacute;s penas; era un dolor que la
+ aturd&iacute;a, que ped&iacute;a remedio a gritos desde dentro.... Por la
+ primera vez, despu&eacute;s de su enfermedad, sinti&oacute; la rebeli&oacute;n
+ en el alma.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Oh, no; no quer&iacute;a volver a empezar. Ella era de Jes&uacute;s,
+ lo hab&iacute;a jurado. Pero el enemigo era fuerte, mucho m&aacute;s de lo
+ que ella hab&iacute;a cre&iacute;do. Otras veces hab&iacute;a desafiado el
+ peligro; ahora temblaba delante de &eacute;l. Antes la tentaci&oacute;n
+ era bella por el contraste, por la hermosura dram&aacute;tica de la lucha,
+ por el placer de la victoria; ahora no era m&aacute;s que formidable; detr&aacute;s
+ de la tentaci&oacute;n no estaba ya s&oacute;lo el placer prohibido,
+ desconocido, seductor a su modo para la imaginaci&oacute;n; estaban adem&aacute;s
+ el castigo, la c&oacute;lera de Dios, el infierno. Todo hab&iacute;a
+ cambiado; su vocaci&oacute;n religiosa, su pacto serio con Jes&uacute;s la
+ obligaban de otro modo m&aacute;s fuerte que los lazos demasiado sutiles
+ del deber vagamente admitido por la conciencia, sin pensar en sanci&oacute;n
+ divina. Antes no quer&iacute;a pecar por dignidad, por gratitud, porque...
+ no. Ahora el pecado era algo m&aacute;s que el adulterio repugnante, era
+ la burla, la blasfemia, el escarnio de Jes&uacute;s... y era el infierno.
+ Si ca&iacute;a en los lazos de la tentaci&oacute;n, &iquest;qui&eacute;n
+ la consolar&iacute;a cuando viniese el remordimiento tard&iacute;o?
+ &iquest;c&oacute;mo llamar a Jes&uacute;s otra vez? &iquest;c&oacute;mo
+ pensar en Teresa, que jam&aacute;s hab&iacute;a ca&iacute;do? No, no la
+ llamar&iacute;a, preferir&iacute;a morir desesperada y sola. &iquest;Pero
+ despu&eacute;s? El infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal
+ sin t&eacute;rmino&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;T&uacute; vencer&aacute;s, Dios m&iacute;o, t&uacute; vencer&aacute;s&mdash;exclam&oacute;
+ en voz alta, hablando con las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo
+ las olas del mar en calma&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella noche llor&oacute; la Regenta l&aacute;grimas que sal&iacute;an de
+ lo m&aacute;s profundo de sus entra&ntilde;as, de rodillas sobre la piel
+ de tigre, con la cabeza hundida en el lecho, los brazos tendidos m&aacute;s
+ all&aacute; de la cabeza, las manos en cruz.
+ </p>
+ <p>
+ Desde el d&iacute;a siguiente el Magistral not&oacute; con mucha alegr&iacute;a,
+ que Ana volv&iacute;a su piedad del lado por donde &eacute;l quer&iacute;a
+ llevarla. &laquo;Menos contemplaci&oacute;n y m&aacute;s devociones, obras
+ piadosas y culto externo, que entretiene la imaginaci&oacute;n&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Con un entusiasmo que ten&iacute;a sus remolinos que atra&iacute;an las
+ voluntades, Ana se consagr&oacute; a la piedad activa, a las obras de
+ caridad, a la ense&ntilde;anza, a la propaganda, a las pr&aacute;cticas de
+ la devoci&oacute;n complicada y bizantina, que era la que predominaba en
+ Vetusta. Aquellas exageraciones, que tal le hab&iacute;an parecido en otro
+ tiempo, ahora las encontraba justificables, como los amantes se explican
+ las mil tonter&iacute;as rid&iacute;culas que se dicen a solas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;No hab&iacute;a en los amores humanos un vocabulario
+ infantil, rid&iacute;culo, sin sentido para los profanos? S&iacute;, lo
+ hab&iacute;a, ella no pod&iacute;a asegurarlo por experiencia, pero lo hab&iacute;a
+ le&iacute;do y el coraz&oacute;n se lo confirmaba. Pues bien, el amor de
+ Dios, a su manera, pod&iacute;a tener sus ni&ntilde;er&iacute;as, sus
+ nimiedades, rid&iacute;culas para las almas fr&iacute;as, indiferentes&raquo;.
+ Hasta lleg&oacute; a comprender los superlativos de letan&iacute;a de do&ntilde;a
+ Petronila o sea el gran Constantino.
+ </p>
+ <p>
+ Al Magistral mismo se atrev&iacute;a la Regenta a hablarle con cierto
+ mimo, con una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido,
+ con un estilo que podr&iacute;a llamarse humorismo piadoso. Y adem&aacute;s
+ se permit&iacute;a Ana interesarse por los bienes puramente temporales de
+ su confesor. No le dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado.
+ &laquo;&iexcl;Buena la har&iacute;amos si usted se me muriese! todo esto,
+ se&ntilde;or m&iacute;o, es ego&iacute;smo, ni Dios ni usted han de
+ agradecerlo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompa&ntilde;aban, el
+ Magistral ten&iacute;a para rumiar ocho d&iacute;as de felicidad inefable.
+ &laquo;S&iacute;, inefable. &Eacute;l no se explicaba qu&eacute; era
+ aquello. No sospechaba que en el mundo, en el p&iacute;caro mundo se pod&iacute;a
+ gozar as&iacute;. A los treinta y seis a&ntilde;os, cuando &eacute;l cre&iacute;a
+ que ya nadie pod&iacute;a ense&ntilde;arle nada, una se&ntilde;ora
+ inocente, joven, sin mundo, ven&iacute;a a mostrarle un universo nuevo,
+ donde sin m&aacute;s que una sonrisita, una palabra que era como la letra
+ de una m&uacute;sica que hab&iacute;a en el modo de decirla, se ve&iacute;a
+ uno de repente entre los &aacute;ngeles, gozando como en el Para&iacute;so,
+ sin querer nada m&aacute;s, sin pensar en nada m&aacute;s. &iexcl;Gozando,
+ gozando y gozando!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situaci&oacute;n.
+ &iquest;Era aquello pecado? &iquest;Era aquello amor del que est&aacute;
+ prohibido a un sacerdote? Ni para bien ni para mal se acordaba don Ferm&iacute;n
+ de tales preguntas. Peor para ellas si se hubiera acordado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Usted nunca me habla de s&iacute; mismo!&mdash;le dec&iacute;a
+ Ana con tono de reconvenci&oacute;n, una ma&ntilde;ana de Agosto, en el
+ parque, meti&eacute;ndole una rosa de Alejandr&iacute;a, muy grande, muy
+ olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban solos. T&aacute;citamente hab&iacute;an
+ convenido en que aquellas expansiones de la amistad eran inocentes. Ellos
+ eran dos &aacute;ngeles puros que no ten&iacute;an cuerpo. Anita estaba
+ tan segura de que para nada entraba en aquella amistad la carne, que ella
+ era la que se propasaba, la que daba primero cada paso nuevo en el terreno
+ resbaladizo de la intimidad entre var&oacute;n y hembra.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral con la cara llena del roc&iacute;o de la flor y el coraz&oacute;n
+ m&aacute;s fresco todav&iacute;a, contest&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Hablarle de m&iacute; mismo? &iexcl;Para qu&eacute;! Yo
+ tengo, por raz&oacute;n de mi oficio en la Iglesia militante, la mitad de
+ mi vida entregada a la calumnia, al odio, a la envidia, que la devoran y
+ hacen de ella lo que quieren: se me persigue, se me preparan asechanzas,
+ hasta hay sociedades secretas que tienen por objeto derribarme, como ellos
+ dicen, de lo que llaman el poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo
+ desprecio. Puedo asegurar a usted que yo no pienso m&aacute;s que en la
+ otra mitad de m&iacute; mismo, que es la que traigo aqu&iacute;, la que
+ vive en la paz dulce de la fe, acompa&ntilde;ada de almas nobles, santas,
+ como la de una se&ntilde;ora... que usted conoce... y a quien no aprecia
+ en todo lo que vale....
+ </p>
+ <p>
+ Y el Magistral sonri&oacute; como un &aacute;ngel, mientras aspiraba con
+ delicia el perfume de rosa de Alejandr&iacute;a, que Ana sin resistencia
+ hab&iacute;a dejado en manos del cl&eacute;rigo.
+ </p>
+ <p>
+ Ella se puso seria, quiso explicaciones. &laquo;Se le persegu&iacute;a, se
+ le calumniaba... ten&iacute;a enemigos... y &eacute;l sin decir nada a su
+ amiga. &iexcl;Estaba bueno!&raquo;. Algo hab&iacute;a o&iacute;do ella
+ mucho tiempo hac&iacute;a, pero vagamente. Se acusaba al Magistral, a lo
+ que pod&iacute;a entender, de vicios tan torpes, de tan miserables
+ delitos, que lo grosero de la calumnia la hac&iacute;a de puro inveros&iacute;mil
+ inofensiva casi.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta hab&iacute;a despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que
+ llegaban de tarde en tarde a sus o&iacute;dos. Pero ya que el Magistral
+ mismo se quejaba, daba a entender que aquella persecuci&oacute;n le dol&iacute;a,
+ era necesario saber m&aacute;s, procurar el consuelo de aquel coraz&oacute;n
+ atribulado, buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido,
+ calumniado, que adem&aacute;s del justo era el padre espiritual, el
+ hermano mayor del alma, el faro de luz m&iacute;stica, el gu&iacute;a en
+ el camino del cielo.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella ma&ntilde;ana de Agosto el Provisor la se&ntilde;al&oacute; como
+ una de las m&aacute;s felices de su vida. Ana le oblig&oacute; a hablar, a
+ cont&aacute;rselo todo. &Eacute;l, elocuente, con imaginaci&oacute;n viva,
+ fuerte y h&aacute;bil, improvis&oacute; de palabra una de aquellas novelas
+ que hubiera escrito a no robarle el tiempo ocupaciones m&aacute;s serias.
+ Se sentaron en el cenador. Don Ferm&iacute;n dijo, primero, sonriendo, que
+ &eacute;l tambi&eacute;n quer&iacute;a confesarse con ella. &laquo;&iquest;Cre&iacute;a
+ Ana que era perfecto? &iquest;Que no hab&iacute;a pasiones debajo de la
+ sotana? &iexcl;Ay s&iacute;! Demasiado cierto era por desgracia&raquo;. La
+ confesi&oacute;n del Magistral se pareci&oacute; a la de muchos autores
+ que en vez de contar sus pecados aprovechan la ocasi&oacute;n de pintarse
+ a s&iacute; mismos como h&eacute;roes, echando al mundo la culpa de sus
+ males, y qued&aacute;ndose con faltas leves, por confesar algo.
+ </p>
+ <p>
+ De aquella confidencia, Ana sac&oacute; en limpio que el Magistral, como
+ ella cre&iacute;a, era un alma grande, que no hab&iacute;a tenido m&aacute;s
+ delito que cierta vaga melancol&iacute;a en la juventud y una ambici&oacute;n
+ noble, <i>elevada</i>, en la edad viril. Pero aquella ambici&oacute;n hab&iacute;a
+ desaparecido ante otra m&aacute;s grande, m&aacute;s pura, la de salvar
+ las almas buenas, la de ella por ejemplo. Ana, al o&iacute;r aquello,
+ cerraba los ojos para contener el llanto, y se juraba en silencio
+ consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a quien tanto deb&iacute;a,
+ que tan grande se le mostraba, que prefer&iacute;a vivir cerca de ella
+ para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo, cardenal, pont&iacute;fice.
+ &laquo;&iexcl;Y le calumniaban! &iexcl;Y ten&iacute;a enemigos! &iexcl;Y
+ hab&iacute;a habido tiempo en que quer&iacute;an ponerle en rid&iacute;culo,
+ por que ella, Anita, segu&iacute;a entregada a las vanidades del mundo, a
+ pesar de ser hija de confesi&oacute;n de don Ferm&iacute;n! &iexcl;Oh, ya
+ ver&iacute;an, ya ver&iacute;an en adelante!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Qu&eacute; cosa mejor que aquella pasi&oacute;n ideal,
+ aquel af&aacute;n por una buena obra, aquella abnegaci&oacute;n, a que se
+ propon&iacute;a entregarse, para combatir la tentaci&oacute;n cada vez m&aacute;s
+ temible del recuerdo de Mes&iacute;a, que estaba en Palomares enamorado de
+ la ministra?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas ya no sab&iacute;a d&oacute;nde iba a parar aquello.
+ </p>
+ <p>
+ Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal
+ suerte, que el peligro cada d&iacute;a era mayor. &laquo;Aunque la pasi&oacute;n
+ que &eacute;l sent&iacute;a nada ten&iacute;a que ver con la lascivia
+ vulgar (estaba seguro de ello) ni era amor a lo profano, ni ten&iacute;a
+ nombre ni le hac&iacute;a falta, pod&iacute;a ir a dar no se sab&iacute;a
+ d&oacute;nde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor descuido de la
+ carne, intrusa, temible, la Regenta saltar&iacute;a hacia atr&aacute;s, se
+ indignar&iacute;a y &eacute;l perder&iacute;a el prestigio casi
+ sobrenatural de que estaba rodeado. Adem&aacute;s, suponiendo que aquello
+ parase en un amor sacr&iacute;lego y ad&uacute;ltero, miserablemente sacr&iacute;lego,
+ por haber tenido tales comienzos, &iexcl;adi&oacute;s encanto! Ya sab&iacute;a
+ &eacute;l lo que era esto. Una locura grosera de algunos meses. Despu&eacute;s
+ un dejo de remordimiento mezclado de asco de s&iacute; mismo; verse
+ despreciable, bajo, insufrible; y despu&eacute;s ira y orgullo, y ambici&oacute;n
+ vulgar y huracanes en la Curia eclesi&aacute;stica.&mdash;No, no. La
+ Regenta deb&iacute;a de ser otra cosa. Hab&iacute;a que hacer a toda costa
+ que aquello no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre
+ todo, lo de antes, que la Regenta se llamar&iacute;a a enga&ntilde;o; era
+ seguro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y despu&eacute;s de una pausa, pensaba el Magistral:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y en &uacute;ltimo caso, ello dir&aacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor estaba cada d&iacute;a m&aacute;s triste. Por una parte
+ aquel dolor de atrici&oacute;n, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser
+ tan bueno, de no haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel
+ sudor continuo, aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la
+ yerba agostada del Paseo grande, la falta de espect&aacute;culos....
+ &laquo;Y adem&aacute;s que nadie le comprend&iacute;a. Fr&iacute;gilis era
+ un estuco: en trat&aacute;ndose de cosas espirituales ya se sab&iacute;a
+ que no hab&iacute;a que contar con &eacute;l. Ni el verano le sofocaba, ni
+ el invierno le encog&iacute;a: era un marmolillo. &iexcl;Y a su mujer y al
+ Magistral el est&iacute;o de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos
+ no les disgustaba!&raquo;. Iba don V&iacute;ctor al Casino: ni un alma.
+ Alg&uacute;n magistrado sin vacaciones que jugaba al billar con un mozo de
+ la casa. En el gabinete de lectura, Trif&oacute;n C&aacute;rmenes
+ repasando <i>Ilustraciones</i> antiguas; en el tresillo ni un socio; no le
+ quedaba m&aacute;s que el domin&oacute;, que le era antip&aacute;tico por
+ el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin parar. Su
+ contendiente de ajedrez estaba en unos ba&ntilde;os. &laquo;&iexcl;Claro!
+ <i>todo el mundo</i> se estaba ba&ntilde;ando&raquo;. Aunque don V&iacute;ctor
+ otros veranos, si bien pasaba junto al mar un mes, no se ba&ntilde;aba m&aacute;s
+ que dos o tres veces, ahora echaba de menos todos los d&iacute;as la
+ frescura de las olas. En el Casino le&iacute;a los peri&oacute;dicos de <i>La
+ Costa</i>: conciertos nocturnos al aire libre, giras campestres, regatas,
+ de todo esto hablaban; &iexcl;cu&aacute;nta gente! &iexcl;cu&aacute;nta m&uacute;sica!
+ &iexcl;teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar... el
+ mar inmenso.... &iexcl;Aquello era divertirse! Don V&iacute;ctor suspiraba
+ y se volv&iacute;a a casa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;No estaba la se&ntilde;ora&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero estaba Kempis. All&iacute;, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin
+ poder resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, despu&eacute;s de
+ quitarse el <i>chaquet</i> de alpaca y quedarse en mangas de camisa:
+ tomaba el libro y le&iacute;a.... &laquo;&iexcl;Vuelta al miedo! a la
+ tristeza, a la languidez espiritual. Era en efecto el mundo una lacer&iacute;a,
+ como dec&iacute;a el texto, y sobre todo en el verano. Vetusta era un
+ pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los &aacute;rboles, tan
+ desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero causaba ahora
+ hast&iacute;o: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor dibujo&raquo;.
+ Hasta era capaz de hacerse artista de veras don V&iacute;ctor a fuerza de
+ triste y aburrido.
+ </p>
+ <p>
+ Y Ana volv&iacute;a contenta de la calle. &laquo;Mejor, m&aacute;s val&iacute;a
+ que alguno lo pasara bien: &eacute;l no era ego&iacute;sta&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Pero qu&eacute; gracia le encontrar&iacute;a su mujer a la
+ soledad de Vetusta? Adem&aacute;s, &iquest;no estaba all&iacute; el Kempis
+ sangrando, probando, como tres y dos son cinco, que en el mundo nunca hay
+ motivo para estar alegre? Verdad era que su Anita era feliz por razones m&aacute;s
+ altas. &Eacute;l no pod&iacute;a llegar a tal grado de piedad. Tem&iacute;a
+ a Dios, reconoc&iacute;a su grandeza, &iexcl;es claro! &iexcl;hab&iacute;a
+ hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez reconocido este
+ Infinito Poder, &eacute;l, V&iacute;ctor Quintanar, segu&iacute;a aburri&eacute;ndose
+ en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin mar, sin regatas,
+ sin nada de este mundo. &iexcl;Oh, si no fuera por sus p&aacute;jaros!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En tanto Ana, cada d&iacute;a m&aacute;s activa, procuraba olvidar, y
+ muchas veces lo consegu&iacute;a, lo que llamaba la tentaci&oacute;n, que
+ cada vez era m&aacute;s formidable; y cuanto m&aacute;s temida m&aacute;s
+ fuerte. Pero hu&iacute;a de ella, acog&iacute;ase a la piedad, y visitaba
+ con celo apost&oacute;lico y ardiente caridad las moradas miserables de
+ los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la
+ religi&oacute;n para el esp&iacute;ritu y la limosna para el cuerpo; sol&iacute;an
+ acompa&ntilde;arla do&ntilde;a Petronila Rianzares o alguna otra dama de
+ su c&oacute;nclave; pero tambi&eacute;n iba sola. De cuantas ocupaciones
+ le impon&iacute;a la vida devota, esta era la que m&aacute;s le agradaba.
+ </p>
+ <p>
+ El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ej&eacute;rcitos
+ piadosos del Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, la Corte de Mar&iacute;a, el
+ Catecismo, las Paulinas y dem&aacute;s instituciones an&aacute;logas;
+ muchas se&ntilde;oras iban a ba&ntilde;os o a la aldea. Pero el n&uacute;cleo
+ quedaba: era el grupo numeroso y considerable de beatas ilustres que
+ rodeaban al Gran Constantino, a do&ntilde;a Petronila. Durante los meses
+ del calor disminu&iacute;an bastante las limosnas, pero se hablaba mucho
+ en las cofrad&iacute;as, preparando las fiestas de Oto&ntilde;o y de
+ Invierno; y adem&aacute;s, se murmuraba un poco de las ausentes. La
+ Regenta, sin entrar jam&aacute;s en estos concili&aacute;bulos, los
+ perdonaba como falta leve, &laquo;que ella, cargada de otras m&aacute;s
+ graves, no ten&iacute;a derecho a censurar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n y Ana se ve&iacute;an todos los d&iacute;as; en el caser&oacute;n
+ de los Ozores, unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San
+ Vicente de Pa&uacute;l, y m&aacute;s a menudo en casa de do&ntilde;a
+ Petronila. El obispo madre siempre estaba ocupada; los dejaba solos en el
+ sal&oacute;n obscuro, y ella, con permiso de sus amigos, se iba a arreglar
+ sus cuentas o lo que fuese.
+ </p>
+ <p>
+ Vetusta era de ellos: la soledad del verano parec&iacute;a darles posesi&oacute;n
+ del pueblo; hablaban en el p&oacute;rtico de la catedral mucho tiempo para
+ despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la iglesia
+ se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de Vetusta m&aacute;s
+ tolerable que en invierno. En este particular no se entend&iacute;an ella
+ y su marido.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n hubiera deseado que la estaci&oacute;n no pasara, que
+ los ausentes se quedaran por all&aacute;. Su madre hab&iacute;a ido a
+ Matalerejo a cobrar rentas y preparar la recolecci&oacute;n; a recoger
+ intereses de mucho dinero esparcido por aquellas monta&ntilde;as. Teresina
+ era el ama de casa. Alegre todo el d&iacute;a, activa, sol&iacute;cita,
+ llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos a los que daba, sin
+ saber c&oacute;mo, sentido profano, aire de la calle. Aquel tono alegre
+ era m&aacute;s picante por el contraste con el rostro de Dolorosa de la
+ joven. Teresina hab&iacute;a tomado un poco de color, y los ojos, rodeados
+ de ligeras sombras, eran m&aacute;s profundos, m&aacute;s hermosos que
+ nunca en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y
+ criada estaban contentos. La libertad les sab&iacute;a a gloria. Cada cual
+ hac&iacute;a lo que quer&iacute;a. No estaba do&ntilde;a Paula, no hab&iacute;a
+ que dar cuentas a nadie. Y no faltaba nada. El se&ntilde;orito lo ten&iacute;a
+ todo a su tiempo y en su sitio como siempre. Ya pod&iacute;a vivir sin la
+ se&ntilde;ora.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sal&iacute;a y entraba sin temor de interrogatorios
+ insidiosos; si volv&iacute;a tarde, no importaba. Todo, todo le sonre&iacute;a.
+ &iexcl;Ojal&aacute; fuera eterno el verano! Hasta sus enemigos hab&iacute;an
+ cedido en la calumnia; ya no se murmuraba tanto; muchos de los
+ calumniadores veraneaban; a los que quedaban les faltaba auditorio. Don
+ Santos Barinaga no sal&iacute;a de casa, estaba enfermo. S&oacute;lo Foja,
+ que no veraneaba, por econom&iacute;a, procuraba mantener el fuego sagrado
+ de la murmuraci&oacute;n en el Casino, entre cuatro o cinco socios
+ aburridos, que iban all&iacute; media hora a tomar caf&eacute;. En fin,
+ parec&iacute;a aquello una suspensi&oacute;n de hostilidades. &laquo;Bien
+ venido fuera; don Ferm&iacute;n aceptaba la lucha, si se ofrec&iacute;a,
+ pero prefer&iacute;a la paz. Sobre todo ahora, que ten&iacute;a m&aacute;s
+ que hacer, algo mejor y m&aacute;s dulce que odiar y perseguir a
+ miserables, dignos de desprecio y de l&aacute;stima&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastr&oacute;nomo los
+ bocados, aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hac&iacute;a
+ m&aacute;s voluptuosa para su cuerpo robusto, los sue&ntilde;os vagos de
+ amor sin nombre, la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y
+ mirarse en sus ojos y o&iacute;rla dulc&iacute;simas palabras de una
+ amistad misteriosa, casi m&iacute;stica, hac&iacute;an desear a don Ferm&iacute;n
+ que el sol se detuviera otra vez, que el tiempo no pasara. Aquel agosto,
+ tan triste para don V&iacute;ctor, era para el Magistral el tiempo m&aacute;s
+ dichoso de su vida.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando o&iacute;a, desde su despacho, muy temprano, el &laquo;Santo Dios,
+ Santo Fuerte&raquo;, que cantaba como si fueran malague&ntilde;as,
+ Teresina, que hac&iacute;a la limpieza all&aacute; fuera, tentaciones sent&iacute;a
+ de cantar &eacute;l tambi&eacute;n. No cantaba, pero se levantaba, sal&iacute;a
+ al pasillo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Teresina, el chocolate&mdash;gritaba alegre, frot&aacute;ndose las
+ manos.
+ </p>
+ <p>
+ Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en
+ reluciente j&iacute;cara de china con ramitos de oro. Cerraba tras s&iacute;
+ la puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extend&iacute;a
+ la servilleta delante del se&ntilde;orito... y esperaba inm&oacute;vil a
+ su lado.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n, risue&ntilde;o, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa
+ acercaba el rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abr&iacute;a la
+ boca de labios finos y muy rojos, con gesto c&oacute;mico sacaba m&aacute;s
+ de lo preciso la lengua, h&uacute;meda y colorada; en ella depositaba el
+ bizcocho don Ferm&iacute;n, con dientes de perlas lo part&iacute;a la
+ criada, y el <i>se&ntilde;orito</i> se com&iacute;a la otra mitad.
+ </p>
+ <p>
+ Y as&iacute; todas las ma&ntilde;anas.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXIImdash" id="XXIImdash"></a>&mdash;XXII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Alegre, rozagante, como nuevo volvi&oacute; de los ba&ntilde;os de
+ Termasaltas el se&ntilde;or Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a
+ emprender otra campa&ntilde;a, que esperaba fuese la &uacute;ltima y
+ decisiva, &laquo;contra el despotismo del simon&iacute;aco y lascivo y s&oacute;rdido
+ enemigo de la Iglesia que, apoderado del &aacute;nimo del se&ntilde;or
+ Obispo, ten&iacute;a sojuzgada a la di&oacute;cesis&raquo;. Con esta per&iacute;frasis
+ alud&iacute;a al se&ntilde;or Provisor el diplom&aacute;tico Glocester.
+ </p>
+ <p>
+ El primer disgustillo que tuvo De Pas aquel verano fue esta noticia, que
+ le dieron en el coro, por la ma&ntilde;ana.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ha llegado Glocester&raquo;. &laquo;No le tem&iacute;a, ni a
+ &eacute;l ni a nadie... &iexcl;pero estaba tan cansado de luchar y
+ aborrecer!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mourelo se encontr&oacute; con otros muchos murmuradores de refresco y con
+ los <i>de dep&oacute;sito</i> que no estaban menos ganosos de romper el
+ fuego contra el com&uacute;n enemigo. Todos ard&iacute;an en el santo
+ entusiasmo de la maledicencia. Los que ven&iacute;an de las aldeas y
+ pueblos de pesca, tra&iacute;an hambre de cuentos y chismes; la soledad
+ del campo les hab&iacute;a abierto el apetito de la murmuraci&oacute;n;
+ por aquellas monta&ntilde;as y valles de la provincia, &iquest;de qui&eacute;n
+ se iba a maldecir? &laquo;&iexcl;Su Vetusta querida! Oh, no hay como los
+ centros de civilizaci&oacute;n para despellejar c&oacute;modamente al pr&oacute;jimo.
+ En los pueblos se habla mal del m&eacute;dico, del boticario, del cura,
+ del alcalde; pero ellos, los vetustenses, los de la capital &iquest;c&oacute;mo
+ han de contentarse con tan miserable comidilla?&raquo;. <i>&iexcl;Civis
+ romanus sum!</i> dec&iacute;a Mourelo: &laquo;Quiero murmuraci&oacute;n
+ digna de m&iacute;. Aplastemos, con la lengua, al coloso, no al m&eacute;dico
+ de Termasaltas por ejemplo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y Foja y los dem&aacute;s que se hab&iacute;an quedado, tambi&eacute;n
+ ansiaban la vuelta de los ausentes, para contarles las novedades y
+ comentarlas todos juntos. La animaci&oacute;n de Vetusta renac&iacute;a en
+ cabildo, cofrad&iacute;as, casinos, calles y paseos cuando los del veraneo
+ empezaban a aparecer. Las amistades falsas, gastadas hasta hacerse
+ insoportables durante el com&uacute;n aburrimiento de un invierno sin fin,
+ ahora se renovaban; los que volv&iacute;an encontraban gracia y talento en
+ los que hab&iacute;an quedado y viceversa; todos re&iacute;an los chistes
+ y las picard&iacute;as de todos. Poco a poco los c&iacute;rculos de la
+ murmuraci&oacute;n se animaban, la calumnia encend&iacute;a los hornos, y
+ los &uacute;ltimos que llegaban, los regazados, encontraban aquello hecho
+ una gloria. &laquo;&iexcl;Qu&eacute; ocurrencias, qu&eacute; fina malicia,
+ qu&eacute; perspicacia! &iexcl;Oh, el ingenio vetustense!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral fue aquel a&ntilde;o la v&iacute;ctima de las dionis&iacute;acas
+ de la injuria; no se hablaba m&aacute;s que de &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Don Santos Barinaga, el rival mercantil de <i>La Cruz Roja</i>, la
+ v&iacute;ctima del monopolio ilegal y escandaloso de do&ntilde;a Paula y
+ su hijo; el pobre don Santos, se mor&iacute;a sin remedio, seg&uacute;n
+ don Robustiano Somoza, el m&eacute;dico de la aristocracia cuyas ideas no
+ eran sospechosas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y de qu&eacute; dir&aacute;n ustedes que se muere?&mdash;preguntaba
+ Foja en un corrillo, delante de la catedral, al salir de misa de doce.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se morir&aacute; de borracho&mdash;contestaba Ripamil&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or, &iexcl;se muere de hambre!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se muere de aguardiente.&mdash;&iexcl;De hambre!... Y llegaba don
+ Robustiano al corro y <i>hablaba la ciencia</i>:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo no acuso a nadie, la ciencia no acusa a nadie; otra es su misi&oacute;n.
+ Yo no niego que el alcoholismo cr&oacute;nico tenga parte en la enfermedad
+ de Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido <i>cohonestarse</i>
+ (as&iacute; dec&iacute;a) con una buena alimentaci&oacute;n. Adem&aacute;s,
+ hoy d&iacute;a el pobre don Santos ya no tiene dinero ni para
+ emborracharse, ya no puede beber de pura miseria.... Y aunque ustedes no
+ comprendan esto, la ciencia declara que la privaci&oacute;n del alcohol
+ precipita la muerte de ese hombre, enfermo por abuso del alcohol....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo es eso, hombre?&mdash;preguntaba el Arcipreste.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A ver expl&iacute;quese usted&mdash;dec&iacute;a Foja.
+ </p>
+ <p>
+ Don Robustiano sonre&iacute;a; mov&iacute;a la cabeza con gesto de compasi&oacute;n
+ y se dignaba explicar aquello. &laquo;Don Santos, aunque se pasmasen
+ aquellos se&ntilde;ores, a pesar de morir envenenado por el alcohol,
+ necesitaba m&aacute;s alcohol para <i>tirar</i> algunos meses m&aacute;s.
+ Sin el aguardiente, que le mataba, se morir&iacute;a m&aacute;s pronto&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero don Robustiano, &iquest;c&oacute;mo puede ser eso?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Foja, ah&iacute; ver&aacute; usted. &iquest;Conoce
+ usted a Todd?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A qui&eacute;n?&mdash;A Todd.&mdash;No se&ntilde;or.&mdash;Pues
+ no hable usted. &iquest;Sabe usted lo que es el poder hipot&eacute;rmico
+ del alcohol? Tampoco; pues c&aacute;llese usted.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Sabe usted con qu&eacute; se come el poder diafor&eacute;tico del
+ citado alcohol? Tampoco; pues sonsoniche. &iquest;Niega usted la acci&oacute;n
+ hemost&aacute;tica del alcohol reconocida por Campbell y Chevri&egrave;re?
+ Har&aacute; usted mal en negarla; se entiende, si se trata del uso
+ interno. De modo que no sabe usted una palabra....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues por eso pregunto.... Pero oiga usted, se&ntilde;or m&iacute;o,
+ por mucho que usted sepa y diga lo que quiera el se&ntilde;or Todd; ni la
+ ciencia, ni santa ciencia, tienen derecho para calumniar a don Santos
+ Barinaga; harto tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin
+ que usted por haber le&iacute;do, sabe Dios d&oacute;nde y con cu&aacute;nta
+ prisa, un articulillo acerca del aguardiente, dig&aacute;moslo as&iacute;,
+ se crea autorizado para insultar a mi buen amigo y llamarle borrach&oacute;n
+ en t&eacute;rminos t&eacute;cnicos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Poco a poco&mdash;grit&oacute; Ripamil&aacute;n&mdash;en eso estoy
+ yo conforme con la ciencia y con el se&ntilde;or Somoza su leg&iacute;timo
+ representante. No s&eacute; si un clavo saca otro clavo en medicina, ni si
+ la mancha de la borrachera con otra verde se quita, pero don Santos es un
+ tonel en persona y tiene m&aacute;s esp&iacute;ritu de vino en el cuerpo
+ que sangre en las venas; es una mecha empapada en alcohol... prenda usted
+ fuego y ver&aacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo, se&ntilde;or Ripamil&aacute;n, para confundir a este
+ progresista trasnochado no necesito que me ayude la Iglesia; me sobra y me
+ basta con la ciencia que es, en definitiva, mi religi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Y volvi&eacute;ndose a Foja a&ntilde;ad&iacute;a el m&eacute;dico:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oiga usted, se&ntilde;or decuri&oacute;n retirado, &iquest;conoce
+ usted la acci&oacute;n del alcohol en las flegmas&iacute;as de los
+ bebedores? no mienta usted, porque no la conoce.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;V&aacute;yase usted a paseo, se&ntilde;or Fraigerundio de
+ hospital! &iexcl;El embustero ser&aacute; usted! &iexcl;Pues hombre!
+ bonita man&iacute;a saca el se&ntilde;or doctor; hac&eacute;rsenos el
+ sabio ahora. A la vejez viruelas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Menos insultos y m&aacute;s hechos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Menos botarga y m&aacute;s sentido com&uacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Caballero miliciano, yo soy el hombre de ciencia y usted es un
+ docea&ntilde;ista en conserva.... Chomel admite, y con &eacute;l todo el
+ que tenga dos dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es
+ imprescindible la administraci&oacute;n de los espirituosos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero si yo niego la menor, so alcornoque!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En medicina no hay mayores ni menores, ni jud&iacute;as ni
+ contrajud&iacute;as, se&ntilde;or tah&uacute;r.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La menor es que sea borracho Barinaga....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De modo que si usted me niega los... prodromos del mal....
+ </p>
+ <p>
+ Don Robustiano se puso colorado al pensar que hab&iacute;a dicho un
+ disparate.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Qu&eacute; hip&oacute;dromos ni qu&eacute; hipop&oacute;tamos; yo
+ defiendo a un ausente....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En fin, una palabra para concluir: &iquest;niega usted que si a un
+ borracho se le priva por completo del alcohol, es lo m&aacute;s f&aacute;cil
+ que se presente un decaimiento alarmante, un verdadero colapso?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted, se&ntilde;or pedant&oacute;n, si sigue usted rompi&eacute;ndome
+ el t&iacute;mpano con esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil
+ versos y sentencias en lat&iacute;n y le dejo bizco; y si no oiga usted:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;"><i>Ordine confectu, quisque libellus
+ habet:</i></span><br /> <span style="margin-left: 4em;"><i>quis, quid,
+ coram quo, quo jure petatur et a quo.</i></span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;"><i>Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen,
+ honestas...</i></span><br /> <br />
+ </p>
+ <p>
+ Ripamil&aacute;n se retorc&iacute;a de risa. Somoza, furioso, gritaba; y
+ se o&iacute;a: colapso... flegmas&iacute;a... cardiopat&iacute;a... y el
+ ex-alcalde, sin atender, continuaba mezclando latines:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Masculino es fustis, axis</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">turris, caulis, sanguis collis...</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">piscis, vermis, callis follis.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ El m&eacute;dico y el prestamista estuvieron a punto de venir a las manos.
+ No se pudo averiguar de qu&eacute; se mor&iacute;a don Santos, pero a la
+ media hora se corr&iacute;a por Vetusta que, por culpa del Provisor, se
+ hab&iacute;an pegado y desafiado Foja y Somoza, y no se sab&iacute;a si el
+ mismo Ripamil&aacute;n hab&iacute;a recogido alguna bofetada.
+ </p>
+ <p>
+ Por algunos d&iacute;as vino a eclipsar al valetudinario Barinaga, que, en
+ efecto, se consum&iacute;a en la miseria, un suceso de gravedad suma, seg&uacute;n
+ Glocester y Foja y bandos respectivos: &laquo;La hija de Carraspique, sor
+ Teresa, agonizaba en el <i>inmundo asilo</i> de las Salesas, en la celda
+ que era, seg&uacute;n Somoza, un <i>inodoro</i>, por no decir todo lo
+ contrario&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y dicho y hecho. Rosa Carraspique en el mundo, sor Teresa en el convento,
+ muri&oacute; de una tuberculosis, seg&uacute;n Somoza, de una tisis
+ caseosa, seg&uacute;n el m&eacute;dico de las monjas, que era dualista en
+ materia de tisis.
+ </p>
+ <p>
+ Pero lo que no dud&oacute; ning&uacute;n enemigo del Provisor fue que la
+ culpa de aquella muerte la ten&iacute;a don Ferm&iacute;n, fuese lo que
+ quiera de los pulmones de la chica.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula y don &Aacute;lvaro llegaron a Vetusta el mismo d&iacute;a,
+ aquel en que <i>vol&oacute; al cielo un &aacute;ngel m&aacute;s</i>, en
+ opini&oacute;n de Trifoncito C&aacute;rmenes, que segu&iacute;a siendo rom&aacute;ntico,
+ contra los consejos de don Cayetano.
+ </p>
+ <p>
+ Un peri&oacute;dico liberal del pueblo, <i>El Alerta</i>, publicaba una
+ tras otra estas dos gacetillas, que pusieron a don Ferm&iacute;n de un
+ humor endiablado.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;<i>Bien venido</i>.&mdash;De vuelta de su excursi&oacute;n
+ veraniega ha llegado a esta capital el ilustre caudillo del partido
+ liberal din&aacute;stico de Vetusta, el Ilmo. Sr. D. &Aacute;lvaro Mes&iacute;a.
+ Dicen los numerosos amigos que han acudido a visitar a nuestro distinguido
+ correligionario, que viene dispuesto a proseguir su campa&ntilde;a de
+ propaganda sensatamente liberal, as&iacute; en el orden pol&iacute;tico
+ como en el moral y can&oacute;nico y religioso. Cuente con nuestro humilde
+ apoyo para vencer los obst&aacute;culos tradicionales que aqu&iacute;
+ opone al verdadero progreso un despotismo teocr&aacute;tico de que est&aacute;
+ ya todo Vetusta hasta los pelos, como se dice vulgarmente&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;<i>En paz descanse</i>.&mdash;Ha fallecido en su celda del convento
+ de las Salesas la se&ntilde;orita do&ntilde;a Rosa Carraspique y Somoza,
+ hija del conocido capitalista ultramontano don Francisco de As&iacute;s,
+ monja profesa con el nombre de sor Teresa. Mucho tendr&iacute;amos que
+ decir si quisi&eacute;ramos hacernos eco de todos los comentarios a que ha
+ dado lugar esta desgracia inopinada. S&oacute;lo diremos que, en concepto
+ de los facultativos m&aacute;s acreditados, no ha sido extra&ntilde;a a la
+ p&eacute;rdida que lamentamos la falta de condiciones higi&eacute;nicas
+ del edificio miserable que habitan las Salesas. Pero adem&aacute;s, se nos
+ ocurre preguntar: &iquest;Es muy higi&eacute;nico que <i>ciertos roedores</i>
+ se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a poco y con
+ influencia delet&eacute;rea y <i>pseudo-religiosa</i>, la paz de las
+ familias, la tranquilidad de las conciencias?
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;Si todos los elementos liberales, sin exageraciones, de nuestra
+ culta capital no a&uacute;nan sus esfuerzos para combatir al poderoso
+ tirano hierocr&aacute;tico que nos oprime, pronto seremos todos v&iacute;ctimas
+ del fanatismo m&aacute;s torpe y descarado.&mdash;R. I. P.&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ripamil&aacute;n, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se
+ decidi&oacute; a tomar la pluma y publicar en el <i>L&aacute;baro</i> un
+ articulejo, sin firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gram&aacute;tica,
+ maltratada por el peri&oacute;dico progresista, seg&uacute;n el can&oacute;nigo.
+ &laquo;Aparte, dec&iacute;a entre otras cosas, de que no sabemos si la
+ monja profesa es el se&ntilde;or Carraspique o su hija, &iquest;quiere
+ decirme el periodista cascaciruelas, etc., etc...?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel cascaciruelas delat&oacute; al Arcipreste; era su estilo humor&iacute;stico:
+ lo conocieron todos.
+ </p>
+ <p>
+ En Vetusta los insultos y murmuraciones en letras de molde llamaban mucho
+ la atenci&oacute;n. En vano publicaba C&aacute;rmenes odas y eleg&iacute;as,
+ nadie las le&iacute;a; pero la gacetilla m&aacute;s insignificante que
+ pudiera molestar un poco a cualquier vecino, era le&iacute;da, comentada d&iacute;as
+ y d&iacute;as, y cuando hab&iacute;a tiroteo de sueltos o comunicados, los
+ <i>habituales abonados</i> no quer&iacute;an mejor diversi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Por todo lo cual fue mayor el esc&aacute;ndalo, y no se habl&oacute; en
+ mucho tiempo m&aacute;s que de la <i>influencia delet&eacute;rea</i> del
+ Magistral y de la muerte de sor Teresa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Sobre su conciencia tiene esa desgracia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esto es una especie de contribuci&oacute;n de sangre que pagamos al
+ fanatismo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esto es una especie de tributo de las cien doncellas.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral hubiera querido poder despreciar tantos disparates, tales
+ absurdos, pero a su pesar le irritaban. Crey&oacute; al principio que
+ &laquo;su pasi&oacute;n noble, sublime, le levantar&iacute;a cien codos
+ sobre todas aquellas miserias&raquo;, pero el oleaje de la falsa indignaci&oacute;n
+ p&uacute;blica salpicaba su alma, llegaba tan arriba como su deliquio sin
+ nombre; y la ira le borraba del cerebro muchas veces las m&aacute;s puras
+ ideas, las impresiones m&aacute;s dulces y risue&ntilde;as. Se pon&iacute;a
+ loco de c&oacute;lera, y m&aacute;s y m&aacute;s le irritaba el no poder
+ dominar sus arrebatos. Adem&aacute;s, el mal era cierto; no por ser
+ desatinada la acusaci&oacute;n de los necios era menos poderosa y temible.
+ Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba, que el esfuerzo de tantos
+ y tantos miserables serv&iacute;a para minarle el terreno.... En muchas
+ casas empezaba a notar cierta reserva; dejaron de confesar con &eacute;l
+ algunas se&ntilde;oras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a
+ quien ten&iacute;a De Pas en un pu&ntilde;o, se atrev&iacute;a a mirarle
+ con ojos fr&iacute;os y llenos de preguntas que entraban por las pupilas
+ del Magistral como puntas de acero.
+ </p>
+ <p>
+ Volvi&oacute; la &eacute;poca del paseo en el Espol&oacute;n, y don Ferm&iacute;n
+ al pasear all&iacute; su humilde arrogancia, su hermosa figura de buen
+ mozo m&iacute;stico, observaba que ya no era aquello una marcha triunfal,
+ un camino de gloria; en los saludos, en las miradas, en los cuchicheos que
+ dejaba detr&aacute;s de s&iacute;, como una estela, hasta en la manera de
+ dejarle libre el paso los transe&uacute;ntes, notaba asperezas, espinas,
+ una sorda enemistad general, algo como el miedo que est&aacute; pr&oacute;ximo
+ a tener sus peculiares valent&iacute;as insolentes.
+ </p>
+ <p>
+ Y en casa, do&ntilde;a Paula ce&ntilde;uda, silenciosa, desconfiada,
+ prepar&aacute;ndose para una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero,
+ realizando cuanto pod&iacute;a, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse
+ de los g&eacute;neros de la <i>Cruz Roja</i>. &laquo;No parec&iacute;a
+ sino que se preparaba una liquidaci&oacute;n. &iquest;A qu&eacute; ven&iacute;a
+ aquello?&raquo;. Do&ntilde;a Paula no daba explicaciones. &laquo;Sab&iacute;a
+ a qu&eacute; atenerse: su hijo, su Fermo, estaba perdido; aquella <i>p&aacute;jara</i>,
+ aquella Regenta, santurrona en pecado mortal, le ten&iacute;a ciego, loco;
+ &iexcl;sab&iacute;a Dios lo que pasar&iacute;a en aquel caser&oacute;n de
+ los Ozores! &iexcl;Qu&eacute; esc&aacute;ndalo! Todo se lo iba a llevar la
+ trampa. Hab&iacute;a que prepararse. Oh, podr&iacute;an arrojarla de
+ Vetusta, pero ella no se ir&iacute;a sin llevarse medio pueblo entre los
+ dientes&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Por eso mord&iacute;a con aquel furor que asustaba a su hijo.
+ </p>
+ <p>
+ Fermo, el <i>se&ntilde;orito</i>, pensaba a solas, en su despacho de
+ Fausto eclesi&aacute;stico. &laquo;&iexcl;Solo, estoy solo, ni mi madre me
+ consuela! &iquest;Qu&eacute; he de hacer? Entregarme con toda el alma a
+ esta pasi&oacute;n noble, fuerte.... &iexcl;Ana, Ana y nada m&aacute;s en
+ el mundo! Ella tambi&eacute;n est&aacute; sola, ella tambi&eacute;n me
+ necesita.... Los dos juntos bastamos para vencer a todos estos necios y
+ malvados&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ P&aacute;lido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al
+ lado de su amiga m&iacute;stica, cada vez m&aacute;s hermosa, de nuevo
+ fresca y rozagante, de formas llenas, fuertes y armoniosas. La dulzura
+ parec&iacute;a una aureola de Anita. La salud hab&iacute;a vuelto,
+ purificada con cierta unci&oacute;n de idealidad, al cuerpo de arrogante
+ transtiberina de aquel modelo de <i>madona</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor Quintanar se hab&iacute;a restituido a su amistad
+ &iacute;ntima con don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a, en cuanto regres&oacute;
+ este de Palomares, y al poco tiempo not&oacute; el Magistral que el
+ converso se le rebelaba. Si bien segu&iacute;a crey&eacute;ndose
+ profundamente piadoso, don V&iacute;ctor hac&iacute;a distinciones
+ sospechosas entre la religi&oacute;n y el clero, entre el catolicismo y el
+ ultramontanismo. &laquo;Yo soy tan cat&oacute;lico como el primero&raquo;,
+ esta era su frase cada vez que dec&iacute;a alguna herej&iacute;a o algo
+ parecido; pero se met&iacute;a a interpretar a su modo los textos del
+ Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atrev&iacute;a a decir delante de
+ curas y se&ntilde;oras, que el hombre virtuoso es siempre un sacerdote, y
+ que un bosque secular es el templo m&aacute;s propio de la religi&oacute;n
+ pura, y que Jesucristo hab&iacute;a sido liberal, con otros disparates. No
+ era esto lo peor, sino que la Regenta y don Ferm&iacute;n notaban en
+ Quintanar cierta frialdad cada vez que los ve&iacute;a juntos y el
+ Magistral tuvo que fingirse distra&iacute;do ante algunos desaires
+ disimulados.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro no iba a casa de los Ozores sino muy de tarde en tarde y
+ s&oacute;lo hac&iacute;a visitas de cumplido, muy breves. &iquest;Por qu&eacute;
+ as&iacute;? preguntaba don V&iacute;ctor. Y con medias palabras, su amigo
+ le daba a entender que la Regenta le recib&iacute;a con mala voluntad y
+ que a &eacute;l no le gustaba estorbar. Adem&aacute;s, no era &eacute;l
+ solo el que se retra&iacute;a. El mismo Paco, el Marquesito, que en otro
+ tiempo no hac&iacute;a m&aacute;s que entrar y salir, ahora apenas parec&iacute;a
+ por aquella casa. Visitaci&oacute;n tambi&eacute;n iba de tarde en tarde,
+ la Marquesa casi nunca, y as&iacute; de todos los amigos y amigas; el
+ Magistral y s&oacute;lo el Magistral. Aquel buen se&ntilde;or &laquo;hac&iacute;a
+ el vac&iacute;o&raquo; en derredor de la Regenta. Ella estaba contenta, no
+ parec&iacute;a echar de menos a nadie; pero &eacute;l, don V&iacute;ctor,
+ no era de la misma opini&oacute;n; quer&iacute;a trato, conversaci&oacute;n,
+ amena compa&ntilde;&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Segu&iacute;a confesando y comulgando cada dos meses, pero <i>Kempis</i>
+ segu&iacute;a cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo
+ al infierno Quintanar, &laquo;pero no quer&iacute;a prescindir por
+ completo de las ventajas positivas que le ofrec&iacute;a su breve
+ existencia sobre el haz de la tierra&raquo;. &laquo;Y sobre todo no quer&iacute;a
+ que el fanatismo se ense&ntilde;orease de su casa&raquo;. Los consejos que
+ para excitarlo le daba Mes&iacute;a, all&aacute; en el Casino, los tomaba
+ muy en cuenta don V&iacute;ctor, y siempre se estaba preparando para
+ ponerlos por obra, pero no se atrev&iacute;a. No llegaba a m&aacute;s su
+ audacia que a poner un gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde
+ en tarde, al enemigo, al Magistral; pero como este fing&iacute;a no
+ comprender aquellas indirectas m&iacute;micas, no se adelantaba nada.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor lleg&oacute; a reconocer, pero sin confesarlo a nadie,
+ que &eacute;l era menos en&eacute;rgico de lo que hab&iacute;a cre&iacute;do;
+ &laquo;no, no ten&iacute;a fuerza para oponerse al <i>jesuitismo</i> que
+ hab&iacute;a invadido su hogar&raquo;. &iexcl;Oh, por algo &eacute;l
+ vacilaba antes de consentir a De Pas apoderarse del &aacute;nimo de su
+ esposa! S&iacute;... al fin hab&iacute;a sido jesuita...&raquo;. Quintanar
+ acab&oacute; por comparar el poder del Provisor en el caser&oacute;n de
+ los Ozores, con el que tuvieron los jesuitas en el Paraguay. &laquo;S&iacute;,
+ mi casa es otro Paraguay&raquo;. Y cada d&iacute;a se encontraba m&aacute;s
+ incapaz de oponerse a la <i>perniciosa influencia</i>. No sab&iacute;a m&aacute;s
+ que poner mala cara y parar poco en casa.
+ </p>
+ <p>
+ Con esto s&oacute;lo consigui&oacute; que la Regenta y el Magistral
+ conviniesen en verse m&aacute;s a menudo fuera del caser&oacute;n y menos
+ veces en &eacute;l. &laquo;Mejor era hablarse en casa de do&ntilde;a
+ Petronila. &iquest;Para qu&eacute; molestar al pobre don V&iacute;ctor? Ya
+ que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y le
+ envenenaban el alma con insinuaciones mal&eacute;volas, con sospechas
+ torpes e imp&iacute;as, m&aacute;s val&iacute;a dejarle en paz, apartar de
+ su vista el espect&aacute;culo inocente, mas para &eacute;l poco
+ agradable, de dos almas hermanas que viven unidas, con lazo fuerte, en la
+ piedad y el idealismo m&aacute;s po&eacute;tico&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En casa de do&ntilde;a Petronila, en el sal&oacute;n de balcones
+ discretamente entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban
+ horas y horas los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales,
+ como dec&iacute;a el gran Constantino, sin m&aacute;s testigo que el gato
+ blanco, cada vez m&aacute;s gordo, que iba y ven&iacute;a sin ruido, y se
+ frotaba el lomo contra las faldas de la Regenta y el manteo del Magistral,
+ cada d&iacute;a m&aacute;s familiarmente.
+ </p>
+ <p>
+ Anita notaba en don Ferm&iacute;n una palidez interesante, grandes cercos
+ amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que la
+ pon&iacute;a en cuidado.
+ </p>
+ <p>
+ Le suplicaba que se cuidase, se lo ped&iacute;a con voz de madre cari&ntilde;osa
+ que ruega al hijo de sus entra&ntilde;as que tome una medicina. &Eacute;l
+ respond&iacute;a sonriendo, echando fuego por los ojos, &laquo;que no ten&iacute;a
+ nada, que era aprensi&oacute;n, que no hab&iacute;a que pensar en su
+ cuerpo miserable&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Algunos d&iacute;as hab&iacute;a en sus di&aacute;logos pausas
+ embarazosas; el silencio se prolongaba molest&aacute;ndoles como un
+ hablador importuno.
+ </p>
+ <p>
+ Los dos guardaban un secreto. Cuando cre&iacute;an conocerse uno a otro
+ hasta el &uacute;ltimo rinc&oacute;n del alma, estaba pensando cada cual
+ en la mala acci&oacute;n que comet&iacute;a callando lo que callaba.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral padec&iacute;a mucho siempre que Ana le hablaba de la salud
+ que &eacute;l perd&iacute;a. &laquo;&iexcl;Si ella supiera!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Resuelto a que su amistad &laquo;con aquel &aacute;ngel hermoso&raquo; no
+ acabase de mala manera, en una aventura de grosero materialismo llena de
+ remordimientos y dejos repugnantes; seguro de que aquella mujer pon&iacute;a
+ en aquel lazo piadoso toda la sinceridad de un alma pura, y que
+ degradarla, caso de que se pudiera, ser&iacute;a hacerle perder su mayor
+ encanto; el Magistral que viv&iacute;a ya nada m&aacute;s de esta refinada
+ pasi&oacute;n que seg&uacute;n &eacute;l no ten&iacute;a nombre, luchaba
+ con tentaciones formidables, y s&oacute;lo consegu&iacute;a contrarrestar
+ las rebeliones s&uacute;bitas y furiosas de la carne con armisticios
+ vergonzosos que le parec&iacute;an una especie de infidelidad. En vano
+ pensaba: &iquest;qu&eacute; le importa a mi do&ntilde;a Ana que mi corpach&oacute;n
+ de cazador monta&ntilde;&eacute;s viva como quiera cuando me aparto de
+ ella? Nada de mi cuerpo me pide ella; el alma es toda suya, y nada del
+ alma pongo al saciar, lejos de su presencia, apetitos que ella misma sin
+ saberlo excita; en vano pensaba esto, porque agudos remordimientos le
+ pinchaban cada vez que Ana, sol&iacute;cita, dulce y sonriente le ped&iacute;a
+ con las manos en cruz que se cuidara, que no entregase todas sus horas al
+ trabajo y a la penitencia. &laquo;&iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a de ella
+ sin &eacute;l?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Figur&eacute;monos que usted se me muere: &iquest;qu&eacute;
+ va a ser de m&iacute;?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de
+ santo a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha
+ de vivir. Enga&ntilde;ar a los dem&aacute;s no me duele; &iexcl;pero a
+ ella! Y no hay m&aacute;s remedio&raquo;. Quer&iacute;a que le consolase
+ el reflexionar que <i>por ella</i> era todo aquello, que por ella hab&iacute;a
+ &eacute;l vuelto a sentir con vigor las pasiones de la juventud que
+ creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza, se encenagaba
+ &eacute;l en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no apagaba
+ el remordimiento.
+ </p>
+ <p>
+ Algunas semanas pasaba Teresina triste, temerosa de haber perdido su
+ dominio sobre el <i>se&ntilde;orito</i>; entonces era cuando el Magistral
+ viv&iacute;a al lado de Ana libre de congojas, tranquilo en su conciencia;
+ pero poco a poco el tormento de la tentaci&oacute;n reaparec&iacute;a; sus
+ ataques eran m&aacute;s terribles, sobre todo m&aacute;s peligrosos, que
+ los del remordimiento; la castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa,
+ su piedad sincera, la fe con que cre&iacute;a en aquella amistad
+ espiritual, sin mezcla de pecado, eran incentivo para la pasi&oacute;n de
+ don Ferm&iacute;n y hac&iacute;an mayor el peligro; por que ella que no
+ tem&iacute;a nada malo, viv&iacute;a descuidada sin ver que su confianza,
+ su cari&ntilde;osa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que dec&iacute;a
+ y hac&iacute;a era le&ntilde;a que echaba en una hoguera. Y volv&iacute;a
+ De Pas, para evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el
+ contento de Teresina, lo que ella cre&iacute;a con orgullo su victoria.
+ </p>
+ <p>
+ Ana tambi&eacute;n ten&iacute;a su secreto. Su piedad era sincera, su
+ deseo de salvarse firme, su prop&oacute;sito de ascender de morada en
+ morada, como dec&iacute;a la santa de &Aacute;vila, serio; pero la tentaci&oacute;n
+ cada d&iacute;a m&aacute;s formidable. Cuanto m&aacute;s horroroso le
+ parec&iacute;a el pecado de pensar en don &Aacute;lvaro, m&aacute;s placer
+ encontraba en &eacute;l. Ya no dudaba que aquel hombre representaba para
+ ella la perdici&oacute;n, pero tampoco que estaba enamorada de &eacute;l
+ cuanto en ella hab&iacute;a de mundano, carnal, fr&aacute;gil y
+ perecedero. Ya no se hubiera atrevido, como en otro tiempo, a mirarle cara
+ a cara, a verle a su lado horas y horas, a probarle que su presencia la
+ dejaba impasible: no, ahora huir de &eacute;l, de su sombra, de su
+ recuerdo; era el demonio, era el poderoso enemigo de Jes&uacute;s. No hab&iacute;a
+ m&aacute;s remedio que huir de &eacute;l; esto era humildad, lo de antes
+ orgullo loco. A la gracia y s&oacute;lo a la gracia deb&iacute;a el vivir
+ pura todav&iacute;a; abandonada a s&iacute; misma, Ana se confesaba que
+ sucumbir&iacute;a; si el Se&ntilde;or aflojara la mano un momento, don
+ &Aacute;lvaro podr&iacute;a extender la suya y tomar su presa. Por todo lo
+ cual no quer&iacute;a ni verle. Pero, sin querer, pensaba en &eacute;l.
+ Desechaba aquellos pensamientos con todas sus fuerzas, pero volv&iacute;an.
+ &iexcl;Qu&eacute; horrible remordimiento! &iquest;Qu&eacute; pensar&iacute;a
+ Jes&uacute;s? y tambi&eacute;n &iquest;qu&eacute; pensar&iacute;a el
+ Magistral... si lo supiera? A la Regenta le repugnaba, como una villan&iacute;a,
+ como una bajeza aquella predilecci&oacute;n con que sus sentidos se
+ recreaban en el recuerdo de Mes&iacute;a apenas se les dejaba suelta la
+ rienda un momento. &iquest;Por qu&eacute; Mes&iacute;a? El remordimiento
+ que la infidelidad a Jes&uacute;s despertaba en ella, era de terror, de
+ tristeza profunda, pero se envolv&iacute;a en una vaguedad ideal que lo
+ atenuaba; el remordimiento de su infidelidad al amigo del alma, al hermano
+ mayor, a don Ferm&iacute;n era punzante, era el que tra&iacute;a aquel
+ asco de s&iacute; misma, el tormento incomparable de tener que
+ despreciarse. Adem&aacute;s, Anita no se atrev&iacute;a a confesar aquello
+ con el Magistral. Hubiera sido hacerle mucho da&ntilde;o, destrozar el
+ encanto de sus relaciones de pura idealidad. Volv&iacute;a a valerse de
+ sofismas para callar en la confesi&oacute;n aquella flaqueza: &laquo;ella
+ no quer&iacute;a&raquo; en cuanto mandaba en su pensamiento, lo apartaba
+ de las im&aacute;genes pecaminosas; hu&iacute;a de don &Aacute;lvaro, no
+ pecaba voluntariamente. &iquest;Habr&iacute;a pecado involuntario? De esto
+ habl&oacute; un d&iacute;a con el Magistral, sin decirle que la consulta
+ le importaba por ella misma. Don Ferm&iacute;n contest&oacute; que la
+ cuesti&oacute;n era compleja... y le cit&oacute; autores. Entre ellos
+ record&oacute; Ana que estaba Pascal en sus <i>Provinciales</i>; ella ten&iacute;a
+ aquel libro, lo ley&oacute;... y crey&oacute; volverse loca. &laquo;Oh, el
+ ser bueno era adem&aacute;s cuesti&oacute;n de talento. Tantos distingos,
+ tantas sutilezas la aturd&iacute;an&raquo;. Pero sigui&oacute; callando el
+ tormento de la tentaci&oacute;n. Arma poderosa para combatirla fue la
+ ardiente caridad con que la Regenta se consagr&oacute; a defender y
+ consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron contra &eacute;l los
+ huracanes de la injuria, que Ana cre&iacute;a de todo en todo calumniosa.
+ </p>
+ <p>
+ La idea de sacrificarse por salvar a aquel hombre a quien deb&iacute;a la
+ redenci&oacute;n de su esp&iacute;ritu, se apoder&oacute; de la devota.
+ Fue como una pasi&oacute;n poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogi&oacute;
+ con placer, porque as&iacute; alimentaba el hambre de amor que sent&iacute;a,
+ de amor, que tuviese objeto sensible, algo finito, una criatura. &laquo;S&iacute;,
+ s&iacute;, pensaba, yo combatir&eacute; la inclinaci&oacute;n al mal,
+ enamor&aacute;ndome de este bien, de este sacrificio, de esta abnegaci&oacute;n.
+ Estoy dispuesta a morir por este hombre, si es preciso...&raquo;. Pero no
+ hab&iacute;a modo de poner por obra tales prop&oacute;sitos. Ana buscaba y
+ no encontraba manera de sacrificarse por el Magistral. &iquest;Qu&eacute;
+ pod&iacute;a ella hacer para contrarrestar la violencia de la calumnia?
+ Nada. Nada por ahora. Pero ten&iacute;a esperanza; tal vez se presentar&iacute;a
+ un modo de utilizar en beneficio del <i>pobre m&aacute;rtir</i> aquella
+ abnegaci&oacute;n a que estaba resuelta.... Mientras llegaba el momento,
+ no pod&iacute;a m&aacute;s que consolarle, y esto sab&iacute;a hacerlo de
+ modo que el Magistral ten&iacute;a que emplear esfuerzos de tit&aacute;n
+ para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de rodillas y
+ bes&aacute;ndole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien calzados.
+ </p>
+ <p>
+ Y en tanto Foja, Mourelo, don Custodio, Guimar&aacute;n, <i>El Alerta</i>
+ y, entre bastidores, don &Aacute;lvaro y Visitaci&oacute;n Ol&iacute;as de
+ Cuervo, trabajaban como titanes por derrumbar aquella monta&ntilde;a que
+ ten&iacute;an encima; el poder del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en
+ aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por alg&uacute;n
+ tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de algunas
+ semanas este volvi&oacute; a brillar dentro de su aureola de v&iacute;ctima
+ y la compasi&oacute;n fementida del p&uacute;blico marrullero se volvi&oacute;
+ a &eacute;l, sol&iacute;cita, con cuidados de madrastra que representa la
+ comedia de la <i>segunda madre</i>. A los vetustenses, en general, les
+ importaba poco la vida o la muerte de don Santos; nadie hab&iacute;a
+ extendido una mano para sacarle de su miseria; hasta segu&iacute;an llam&aacute;ndole
+ borracho; pero en cambio todos se indignaban contra el Provisor, todos
+ maldec&iacute;an al autor de tanta desgracia, y quedaban muy satisfechos,
+ creyendo, o fingiendo creer, que as&iacute; la caridad quedar&iacute;a contenta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo
+ calumniado por los enemigos de todo progreso, en este siglo <i>materialista</i>
+ y <i>corrompido</i>, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos
+ filantr&oacute;picos del pueblo, sin que una voz un&aacute;nime se levante
+ a protestar en nombre de la humanidad ultrajada. El pobre don Santos
+ Barinaga, v&iacute;ctima del monopolio escandaloso de la <i>Cruz Roja</i>,
+ muere de hambre en los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los
+ vasos sagrados, patenas y copones, l&aacute;mparas y candeleros con otros
+ cien objetos del culto; muere en aquel rinc&oacute;n y muere de inanici&oacute;n,
+ se&ntilde;ores, por culpa del simoniaco que todos conocemos: muere, s&iacute;,
+ morir&aacute;; pero el que se burla con artificios de nuestro c&oacute;digo
+ mercantil y de las leyes de la Iglesia, comerciando a pesar de ser
+ sacerdote; el que mata de hambre al pobre ciudadano se&ntilde;or Barinaga,
+ &iexcl;ese no se gozar&aacute; en su obra mucho tiempo, porque la
+ indignaci&oacute;n p&uacute;blica sube, sube, como la marea... y acabar&aacute;
+ por tragarse al tirano!...
+ </p>
+ <p>
+ Pero a pesar de este discurso y otros por el estilo, a Foja no se le ocurr&iacute;a
+ mandar una gallina a don Santos para que le hiciesen caldo.
+ </p>
+ <p>
+ Y como &eacute;l obraban todos los defensores te&oacute;ricos del
+ comerciante arruinado. Dec&iacute;an a una que mor&iacute;a de hambre y
+ nadie al visitarle le llevaba un pedazo de pan. Y hasta le visitaban
+ pocos. Foja sol&iacute;a entrar y salir en seguida; en cuanto se
+ cercioraba de la miseria y de la enfermedad del pobre anciano, ya ten&iacute;a
+ bastante; sal&iacute;a corriendo a decir pestes del <i>otro</i>, del
+ Provisor: as&iacute; cre&iacute;a servir a la buena causa del progreso y
+ de la <i>humanidad solidaria</i>.
+ </p>
+ <p>
+ La fama bien sentada de hereje que hab&iacute;a conquistado en los
+ &uacute;ltimos tiempos el buen don Santos, retra&iacute;a a muchas almas
+ piadosas que de buen grado le hubieran socorrido.
+ </p>
+ <p>
+ Y solamente las <i>Paulinas</i> fueron osadas a acercarse al lecho del
+ vejete para ofrecerle los auxilios materiales de la sociedad y los
+ espirituales de la Iglesia.
+ </p>
+ <p>
+ Fue en vano. &laquo;Afortunadamente dec&iacute;a don Pompeyo Guimar&aacute;n
+ al referir el lance, afortunadamente estaba yo all&iacute; para evitar una
+ indignidad&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Santos hab&iacute;a dado plenos poderes a su amigo don Pompeyo para
+ rechazar en su nombre <i>toda sugesti&oacute;n del fanatismo</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Guimar&aacute;n estaba muy satisfecho con &laquo;aquella <i>misi&oacute;n
+ delicada</i> e importante, que exig&iacute;a grandes dotes de energ&iacute;a
+ y arraigadas convicciones por su parte&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, llegaron al zaquizam&iacute; desnudo y fr&iacute;o en que yac&iacute;a
+ aquella v&iacute;ctima del alcoholismo cr&oacute;nico los enviados de <i>San
+ Vicente de Pa&uacute;l</i>, que eran do&ntilde;a Petronila, o sea el gran
+ Constantino, y el beneficiado don Custodio, la hija de Barinaga, la beata
+ paliducha y seca, los recibi&oacute; abajo, en la tienda vac&iacute;a,
+ lloriqueando. Hablaron los tres en voz baja; don Custodio dec&iacute;a las
+ palabras, llenas de silbidos suaves&mdash;imitaci&oacute;n del Magistral&mdash;al
+ o&iacute;do de su hija de penitencia; la consolaba, y ella levantando los
+ ojos llenos de l&aacute;grimas los fijaba como quien se acomoda en sitio
+ conocido y frecuentado, en los del cl&eacute;rigo de alm&iacute;bar.
+ Subieron, de puntillas, dispuestos a intentar un ataque contra el enemigo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Con que est&aacute; arriba don Pompeyo?&mdash;pregunt&oacute;
+ en la escalera don Custodio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;; no sale de casa estos d&iacute;as; mi padre me arroja a
+ m&iacute; de su lado y clama por ese hereje chocho....
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo Guimar&aacute;n oy&oacute; la voz del beneficiado y le son&oacute;
+ a cura. Se prepar&oacute; a la defensa, y procur&oacute; tomar un
+ continente digno de un libre-pensador convencido y prudent&iacute;simo.
+ Ech&oacute; las manos cruzadas a la espalda, y se puso a medir la pobre
+ estancia a grandes pasos, haciendo crujir la madera vieja del piso, de
+ casta&ntilde;o comido por los gusanos. En la alcoba contigua, sin puerta,
+ separada de la sala por una cortina sucia de percal encarnado, se o&iacute;an
+ los quejidos frecuentes y la respiraci&oacute;n fatigosa del enfermo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;?&mdash;pregunt&oacute;
+ don Santos con voz d&eacute;bil, sin m&aacute;s energ&iacute;a que la de
+ una ira impotente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Creo que son ellos; pero no tema usted. Aqu&iacute; estoy yo. Usted
+ silencio, que no le conviene irritarse. Yo me basto y me sobro.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; el enemigo; y aunque ven&iacute;a de paz y don Pompeyo se hab&iacute;a
+ propuesto ser muy prudente, en cuanto do&ntilde;a Petronila abri&oacute;
+ el pico, el ateo extendi&oacute; una mano y dijo interrumpiendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Disp&eacute;nseme usted, se&ntilde;ora, y dispense este digno
+ sacerdote cat&oacute;lico... vienen ustedes equivocados; aqu&iacute; no se
+ admiten limosnas condicionales....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo condicionales?...&mdash;pregunt&oacute; don
+ Custodio, con muy buenos modos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se sulfure usted, amigo m&iacute;o, que otra me parece que es su
+ misi&oacute;n en la tierra; mire usted como yo hablo con toda
+ tranquilidad....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, me parece que yo no he dicho....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Usted ha dicho &iquest;c&oacute;mo condicionales? y a m&iacute; no
+ se me impone nadie, vista por los pies, vista por la cabeza. Yo no odio al
+ clero sistem&aacute;ticamente, pero exijo buena crianza en toda persona
+ culta....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Caballero, no venimos aqu&iacute; a disputar, venimos a ejercer la
+ caridad....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Condicional...&mdash;&iexcl;Qu&eacute; condicional, ni qu&eacute;
+ calabazas!&mdash;grit&oacute; do&ntilde;a Petronila, que no comprend&iacute;a
+ por qu&eacute; se hab&iacute;a de tener tantos miramientos con un ateo
+ loco&mdash;. Usted no tiene&mdash;a&ntilde;adi&oacute;&mdash;autoridad
+ alguna en esta casa; esta se&ntilde;orita es hija de don Santos y con ella
+ y con &eacute;l es con quien queremos entendernos. Venimos a ofrecer
+ espont&aacute;neamente los auxilios que nuestra sociedad presta....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A condici&oacute;n de una retractaci&oacute;n indigna, ya lo s&eacute;.
+ Don Santos ha delegado en m&iacute; todos los poderes de su autonom&iacute;a
+ religiosa, y en su nombre, y con los mejores modos les intimo la
+ retirada....
+ </p>
+ <p>
+ Y don Pompeyo extendi&oacute; una mano hacia la puerta y estuvo un rato
+ contemplando su brazo estirado y su energ&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Pero tuvo que bajar el brazo, porque do&ntilde;a Petronila replic&oacute;
+ que no estaba dispuesta a recibir &oacute;rdenes de un entrometido....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora, aqu&iacute; los entrometidos son ustedes. No se les
+ ha llamado, no se les quiere; aqu&iacute; s&oacute;lo se admite la caridad
+ que no pide c&eacute;dula de comuni&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nosotros tampoco pedimos c&eacute;dula....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or cura, a m&iacute; no me venga usted con argucias de
+ seminario; la filosof&iacute;a moderna ha demostrado que el escolasticismo
+ es un tejido de puerilidades, y yo s&eacute; a lo que vienen ustedes.
+ Quieren comprar las arraigadas convicciones de mi amigo por un plato de
+ lentejas; una taza de caldo por la confesi&oacute;n de un dogma; una
+ peseta por una apostas&iacute;a... &iexcl;esto es indigno!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero, caballero!...&mdash;Se&ntilde;or cura, acabemos. Don
+ Santos est&aacute; dispuesto a morir sin confesar ni comulgar, no reconoce
+ la religi&oacute;n de sus mayores. Estas son sus condiciones irrevocables;
+ pues bien, a ese precio &iquest;consienten ustedes en asistirle, cuidarle,
+ darle el alimento y las medicinas que necesita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;or m&iacute;o...&mdash;&iexcl;Ah!... &iexcl;se&ntilde;or
+ de usted... ya dec&iacute;a yo! &iquest;Ve usted como a m&iacute; la escol&aacute;stica
+ no me confunde?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Todo eso y mucho m&aacute;s&mdash;dijo el Gran Constantino&mdash;queremos
+ tratarlo con el interesado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues no ser&aacute;....&mdash;Pues s&iacute; ser&aacute;....&mdash;Se&ntilde;ora,
+ salvo el sexo, estoy dispuesto a arrojarles a ustedes por las escaleras si
+ insisten en su procaz atentado....
+ </p>
+ <p>
+ Y don Pompeyo se coloc&oacute; delante de la cortina de percal para cortar
+ el paso al obispo-madre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n va? &iquest;qui&eacute;n va?&mdash;grit&oacute;
+ desde dentro Barinaga ronco y jadeante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Son las Paulinas&mdash;respondi&oacute; Guimar&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Rayos y truenos! fuera de mi casa.... &iquest;No tiene usted
+ una escoba, don Pompeyo? Fuego en ellas... infames... &iquest;y no anda ah&iacute;
+ un cura tambi&eacute;n?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, anda...&mdash;&iexcl;Ser&aacute; el
+ Magistral, el ladr&oacute;n, el <i>rapavelas</i>, el que me ha
+ despojado... y vendr&aacute; a burlarse... oh, si yo me levanto!...
+ &iquest;pero usted qu&eacute; hace que no les balda a palos? Fuera de mi
+ casa.... La justicia... &iquest;ya no hay justicia? &iquest;no hay
+ justicia para los pobres?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tranquil&iacute;cese usted, que no es el Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; es, s&iacute; es; lo s&eacute; yo; &iquest;no ve usted
+ que es el amo del cotarro, el presidente de las Paulinas?... Entre usted,
+ entre usted, so bandido... y ver&aacute; usted con qu&eacute; arma digna
+ de usted le aplasto los cascos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Calma, calma, amigo m&iacute;o; yo me basto y me sobro para
+ despedir con buenos modos a estos se&ntilde;ores.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no, si es el Provisor d&eacute;jele usted que entre, que quiero
+ matarle yo mismo.... &iquest;Qui&eacute;n llora ah&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es su hija de usted.&mdash;&iexcl;Ah grand&iacute;sima hipocritona,
+ si me levanto, mala p&eacute;cora! la que mata a su padre de hambre, la
+ que echa cuentas de rosario y pelos en el caldo, la que me echa en las
+ narices el polvo de la sala, la que se va a misa de alba y vuelve a la
+ hora de comer... &iexcl;infame, si me levanto!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Padre, por Dios, por Nuestra Se&ntilde;ora del Amor Hermoso,
+ tranquil&iacute;cese usted.... Est&aacute; aqu&iacute; do&ntilde;a
+ Petronila, est&aacute; un se&ntilde;or sacerdote....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ser&aacute; tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo
+ del cabildo... &iexcl;ah, barragana, si os cojo a los dos!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Jes&uacute;s, Jes&uacute;s! v&aacute;monos de aqu&iacute;&mdash;grit&oacute;
+ do&ntilde;a Petronila buscando la escalera.
+ </p>
+ <p>
+ Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cay&oacute;
+ desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos y
+ de las injurias de su padre. Qued&oacute; el campo por don Pompeyo, que
+ volvi&oacute; a sus paseos y despu&eacute;s fue a la cocina a espumar el
+ puchero miserable de don Santos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;All&iacute; no hab&iacute;a m&aacute;s caridad que la de &eacute;l.
+ Cierto que no pod&iacute;a ser pr&oacute;digo con su amigo, porque la
+ propia familia tan numerosa ten&iacute;a apenas lo necesario; pero
+ solicitud, atenciones no le faltar&iacute;an al enfermo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Volvi&oacute; a poco soplando un l&iacute;quido p&aacute;lido y humeante
+ en el que flotaban part&iacute;culas de carb&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Se lo hizo beber a don Santos, sujet&aacute;ndole la cabeza que temblaba y
+ sin permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ De esta manera qued&oacute; el campo libre y por don Pompeyo, el cual no
+ pensaba m&aacute;s que en asegurar <i>el triunfo de sus ideas</i>, para lo
+ que era necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del
+ enfermo, y as&iacute; evitar que la hija de don Santos introdujese all&iacute;
+ subrepticiamente &laquo;el elemento clerical&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Guimar&aacute;n madrugaba para correr a casa de Barinaga; estaba all&iacute;
+ casi siempre hasta la hora de cenar, y esta <i>necesidad material</i> la
+ despachaba en un decir Jes&uacute;s, dando prisa a la criada, a su mujer,
+ a las ni&ntilde;as.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ea, ea... menos ch&aacute;chara, la sopa... que me esperan....
+ </p>
+ <p>
+ Com&iacute;a, recog&iacute;a los mendrugos de pan que quedaban sobre la
+ mesa, un poco de az&uacute;car y otros desperdicios, se los met&iacute;a
+ en un bolsillo y echaba a correr.
+ </p>
+ <p>
+ Algunas noches entraba en su hogar gritando:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A ver! &iexcl;a ver! las zapatillas y el frasco del an&iacute;s,
+ que hoy velo a don Santos.
+ </p>
+ <p>
+ La esposa de don Pompeyo suspiraba y entregaba las zapatillas suizas y el
+ frasco del aguardiente, y el amo de la casa desaparec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Foja, los Orgaz, Glocester &laquo;como particular, no como sacerdote&raquo;,
+ don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a, los socios librepensadores que com&iacute;an
+ de carne solemnemente en Semana Santa, algunos de los que asist&iacute;an
+ a las cenas secretas del Casino, los redactores del <i>Alerta</i> y otros
+ muchos enemigos del Provisor visitaban de vez en cuando a don Santos;
+ todos compadec&iacute;an aquella miseria entre protestas de c&oacute;lera
+ mal comprimida. &laquo;Oh el hombre que hab&iacute;a reducido a tal estado
+ al se&ntilde;or Barinaga era bien miserable, merec&iacute;a la p&uacute;blica
+ execraci&oacute;n&raquo;. Pero nada m&aacute;s. Casi nadie se atrev&iacute;a
+ a dejar all&iacute; una limosna &laquo;por no ofender la susceptibilidad
+ del enfermo&raquo;. Muchos se ofrec&iacute;an a velarle en caso de
+ necesidad.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo recib&iacute;a las visitas como si &eacute;l fuera el amo de
+ casa; Celestina ten&iacute;a que tolerarlo porque su padre lo exig&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&Eacute;l es mi &uacute;nico hijo... descastada... mi &uacute;nico
+ padre... mi &uacute;nico amigo... t&uacute; eres la que est&aacute;s aqu&iacute;
+ de m&aacute;s... &iexcl;mala entra&ntilde;a!... &iexcl;mojigata!...&mdash;gritaba
+ desde su alcoba el borracho moribundo.
+ </p>
+ <p>
+ La enfermedad se agrav&oacute; con las fuertes heladas con que termin&oacute;
+ aquel a&ntilde;o noviembre.
+ </p>
+ <p>
+ El primer d&iacute;a de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don
+ Custodio, dar el &uacute;ltimo ataque para conseguir que su padre
+ admitiera los Sacramentos.
+ </p>
+ <p>
+ Al entrar, por la ma&ntilde;ana, a eso de las ocho, don Pompeyo Guimar&aacute;n,
+ que ven&iacute;a sopl&aacute;ndose los dedos, la beata le detuvo en la
+ tienda abandonada, fr&iacute;a, llena de ratones.
+ </p>
+ <p>
+ Emple&oacute; la joven toda clase de resortes; pidi&oacute;, suplic&oacute;,
+ se puso de rodillas con las manos en cruz, llor&oacute;... Despu&eacute;s
+ exigi&oacute;, amenaz&oacute;, insult&oacute;: todo fue in&uacute;til.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hable usted con su pap&aacute;&mdash;dec&iacute;a Guimar&aacute;n
+ por toda contestaci&oacute;n&mdash;. Yo no hago m&aacute;s que cumplir su
+ voluntad.
+ </p>
+ <p>
+ Celestina, desesperada, se acerc&oacute; al lecho de su padre, llor&oacute;
+ otra vez, de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jerg&oacute;n,
+ mientras don Santos repet&iacute;a con voz pausada, d&eacute;bil, que ten&iacute;a
+ una majestad especial, compuesta de dolor, locura, abyecci&oacute;n y
+ miseria:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos,
+ abomino de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la
+ tienda, que no me dejar&aacute;n un cop&oacute;n... ni una patena....
+ &iexcl;Esa l&aacute;mpara, seor bandido! y t&uacute;, hija de perdici&oacute;n,
+ no ocultes debajo del mandil... eso... eso... ese sacramento.... &iexcl;Fuera
+ de aqu&iacute;!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Padre, padre, por compasi&oacute;n... admita usted los
+ santos sacramentos!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Me los han robado todos... y las l&aacute;mparas... y t&uacute; los
+ ayudas... eres c&oacute;mplice.... &iexcl;A la c&aacute;rcel!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Padre, se&ntilde;or, por compasi&oacute;n de su hija... los
+ Sacramentos... tome usted... tome usted....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos...
+ &iquest;para qu&eacute;? Si la tomo... ah&iacute; se pudrir&aacute; en la
+ tienda.... El Provisor les proh&iacute;be comprar aqu&iacute;... Ellos,
+ los pobrecitos curas de aldea... &iquest;qu&eacute; han de hacer?...
+ &iexcl;Infelices!... Le temen... le temen.... &iexcl;Infame! &iexcl;Infelices!
+ </p>
+ <p>
+ Y don Santos se incorpor&oacute; como pudo, inclin&oacute; la cabeza sobre
+ el pecho, y llor&oacute; en silencio.
+ </p>
+ <p>
+ Y repet&iacute;a de tarde en tarde:&mdash;&iexcl;Infelices!... Celestina
+ sali&oacute; de la alcoba sollozando.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Su padre hab&iacute;a perdido la cabeza. Ya no podr&iacute;a
+ confesar si no recobraba la raz&oacute;n... s&oacute;lo por milagro de
+ Dios&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ni puede, ni quiere, ni debe&mdash;exclam&oacute; don Pompeyo
+ cruzado de brazos, inflexible, dispuesto a no dejarse enternecer por el
+ dolor ajeno.
+ </p>
+ <p>
+ El d&iacute;a de la Concepci&oacute;n, muy temprano, el m&eacute;dico
+ Somoza dijo que don Santos morir&iacute;a al obscurecer.
+ </p>
+ <p>
+ El enfermo perd&iacute;a el uso de la poca raz&oacute;n que ten&iacute;a
+ muy a menudo; se necesitaba alguna impresi&oacute;n fuerte para que
+ volviese a discurrir lo poco que sab&iacute;a. La entrada de don
+ Robustiano, o sea de la ciencia, le hac&iacute;a volver la atenci&oacute;n
+ a lo exterior. Al medio d&iacute;a le anunci&oacute; Celestina que quer&iacute;a
+ verle el se&ntilde;or Carraspique. Aquel honor inesperado puso al
+ moribundo muy despierto, Carraspique, sin saludar a don Pompeyo, que se
+ qued&oacute;, siempre cruzado de brazos, a la puerta de la alcoba, se
+ coloc&oacute; a la cabecera de Barinaga en compa&ntilde;&iacute;a de un cl&eacute;rigo,
+ el cura de la parroquia. Era este un anciano de rostro simp&aacute;tico,
+ de voz dulce, hablaba con el acento del pa&iacute;s muy pronunciado.
+ Carraspique, a quien en otro tiempo hab&iacute;a pedido dinero prestado
+ don Santos, ten&iacute;a alguna autoridad sobre el enfermo; no se hablaban
+ muchos a&ntilde;os hac&iacute;a, pero se estimaban a pesar de las ideas y
+ de la frialdad que el tiempo hab&iacute;a tra&iacute;do. Barinaga, con
+ buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era ordinario en &eacute;l,
+ se neg&oacute; a las pretensiones del ilustre carlista y sincero creyente
+ D. Francisco Carraspique.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Todo es in&uacute;til... la Iglesia me ha arruinado... no
+ quiero nada con la Iglesia.... Creo en Dios... creo en Jesucristo... que
+ era... un grande hombre... pero no quiero confesarme, se&ntilde;or
+ Carraspique, y siento... darle a usted este disgusto. Por lo dem&aacute;s...
+ yo estoy seguro... de que esto que tengo... se curar&iacute;a... o por lo
+ menos... se... se... con aguardiente.... Crea usted que muero por falta de
+ l&iacute;quidos... gaseosos... y s&oacute;lidos....
+ </p>
+ <p>
+ Don Santos levant&oacute; un poco la cabeza y conoci&oacute; al cura de la
+ parroquia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Don Antero... usted tambi&eacute;n... por aqu&iacute;... Me
+ alegro... as&iacute;... podr&aacute; usted dar fe p&uacute;blica... como
+ escribano... espiritual... dig&aacute;moslo as&iacute;... de esto que
+ digo... y es todo mi testamento: que muero, yo, Santos Barinaga... por
+ falta de l&iacute;quidos suficientemente... alcoh&oacute;licos... que
+ muero... de... eso... que llama el se&ntilde;or m&eacute;dico....
+ Colasa... o Col&aacute;s... segundo....
+ </p>
+ <p>
+ Se detuvo, la tos le sofocaba. Hizo un esfuerzo y trayendo hacia la barba
+ el embozo sucio de la s&aacute;bana rota, continu&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&Iacute;tem: muero por falta de tabaco.... Otros&iacute;...
+ muero... por falta de alimento... sano.... Y de esto tienen la culpa el se&ntilde;or
+ Magistral, y mi se&ntilde;ora hija....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, don Santos&mdash;se atrevi&oacute; a decir el cura&mdash;no
+ aflija usted a la pobre Celesta. Hablemos de otra cosa. Ni usted se muere,
+ ni nada de eso. Va usted a sanar en seguida.... Esta tarde le traer&eacute;
+ yo, con toda solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que
+ hablemos a solas un rato. Y despu&eacute;s... despu&eacute;s... recibir&aacute;
+ usted el Pan del alma....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El pan del cuerpo!&mdash;grit&oacute; con supremo esfuerzo
+ el moribundo, irritado cuando pod&iacute;a&mdash;. &iexcl;El pan del
+ cuerpo es lo que yo necesito!... que as&iacute; me salve Dios... &iexcl;muero
+ de hambre! S&iacute;, el pan del cuerpo... &iexcl;que muero de hambre...
+ de hambre!...
+ </p>
+ <p>
+ Fueron sus &uacute;ltimas palabras razonables. Poco despu&eacute;s
+ empezaba el delirio. Celestina lloraba a los pies del lecho. Don Antero,
+ el cura, se paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable,
+ haciendo rechinar el piso. Guimar&aacute;n con los brazos cruzados tambi&eacute;n,
+ entre la alcoba y la sala, admiraba lo que &eacute;l llamaba la muerte del
+ justo. Carraspique hab&iacute;a corrido a Palacio.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; y todo se supo; el Obispo rezaba ante una imagen de la
+ Virgen, y al o&iacute;r que don Santos se negaba a recibir al Se&ntilde;or,
+ y a confesar, levant&oacute; las manos cruzadas... y con voz dulcemente
+ majestuosa y llena de l&aacute;grimas, exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Madre m&iacute;a, madre de Dios, ilumina a ese
+ desgraciado!...
+ </p>
+ <p>
+ Estaba p&aacute;lido el buen Fortunato; le temblaba el labio inferior,
+ algo grueso, al balbucear sus plegarias &iacute;ntimas.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en la
+ c&aacute;mara roja, cubierta de damasco.
+ </p>
+ <p>
+ Carraspique, que vest&iacute;a el luto reciente de su hija, miraba a don
+ Ferm&iacute;n con los ojos arrasados en l&aacute;grimas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Don Ferm&iacute;n padec&iacute;a&raquo;, pensaba el pobre don
+ Francisco y sin querer, con gran remordimiento, &eacute;l se alegraba un
+ poco, gozaba el placer de una venganza... &laquo;irracional... injusta...
+ todo lo que se quiera... pero gozaba acord&aacute;ndose de su hija muerta&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ S&iacute;, don Ferm&iacute;n padec&iacute;a. &laquo;Aquella necedad del
+ tendero de enfrente era una complicaci&oacute;n&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas ya no era el mismo que sent&iacute;a remordimientos rom&aacute;nticos
+ aquella noche de luna al ver a don Santos arrastrar su degradaci&oacute;n
+ y su miseria por el arroyo; ahora no era m&aacute;s que un ego&iacute;sta,
+ no viv&iacute;a m&aacute;s que para su pasi&oacute;n; lo que podr&iacute;a
+ turbarle en el deliquio sin nombre que gozaba en presencia de Ana, eso
+ aborrec&iacute;a; lo que pudiera traer una soluci&oacute;n al terrible
+ conflicto, cada vez m&aacute;s terrible, de los sentidos enfrenados y de
+ la eternidad pura de su pasi&oacute;n, eso amaba. Lo dem&aacute;s del
+ mundo no exist&iacute;a. &laquo;Y ahora don Santos mor&iacute;a
+ escandalosamente, mor&iacute;a como un perro, habr&iacute;a que enterrarle
+ en aquel pozo inmundo, desamparado, que hab&iacute;a detr&aacute;s del
+ cementerio y que serv&iacute;a para los <i>enterramientos civiles</i>; y
+ de todo esto iba a tener la culpa &eacute;l, y Vetusta se le iba a echar
+ encima&raquo;. Ya empezaba el rum rum del mot&iacute;n, el Chato ven&iacute;a
+ a cada momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se
+ llenaban de gente, de enemigos del Magistral... que se le llamaba asesino
+ en los grupos&mdash;porque &eacute;l obligaba al Chato a decirle la verdad
+ sin rodeos&mdash;asesino, ladr&oacute;n.... El Magistral al llegar a este
+ pasaje de sus reflexiones, sin poder contenerse, golpe&oacute; el
+ pavimento con el pie. Carraspique dio un salto. El Obispo, saliendo de su
+ oratorio, con las manos en cruz, se acerc&oacute; al Provisor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute;?...&mdash;Ir yo mismo; ver a ese hombre...
+ quiero verle yo... a m&iacute; me ha de obedecer... yo he de
+ persuadirle.... Que traigan un coche si no quieres que me vean, una
+ tartana, un carro... lo que quieras.... Voy a verle, s&iacute;, voy a
+ verle....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Locuras, se&ntilde;or, locuras!&mdash;rugi&oacute; el
+ Provisor sacudiendo la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero Fermo, es un alma que se pierde!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No hay que salir de aqu&iacute;... Ir... el Obispo... a un hereje
+ contumaz..., absurdo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por lo mismo, Fermo...&mdash;&iexcl;Bueno! &iexcl;bueno! <i>Los
+ Miserables</i>, siempre la comedia.... La escena del Convencional,
+ &iquest;no es eso? don Santos es un borracho insolente que escupir&iacute;a
+ al Obispo con mucha frescura; don Pompeyo discutir&iacute;a con Su Ilustr&iacute;sima
+ si hab&iacute;a Dios o no hab&iacute;a Dios.... No hay que pensar en ello.
+ &iexcl;Absurdo moverse de aqu&iacute;!
+ </p>
+ <p>
+ Hubo algunos momentos de silencio. Carraspique, &uacute;nico testigo de la
+ escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su energ&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era verdad, ten&iacute;a a S. I. en un pu&ntilde;o&raquo;. Despu&eacute;s
+ continu&oacute; don Ferm&iacute;n:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Adem&aacute;s, ser&iacute;a in&uacute;til ir all&aacute;. El se&ntilde;or
+ Carraspique lo ha dicho.... Barinaga ya ha perdido el conocimiento,
+ &iquest;verdad? Ya es tarde, ya no hay que hacer all&iacute;. Est&aacute;
+ ya como si hubiese muerto.
+ </p>
+ <p>
+ Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su af&aacute;n piadoso de
+ salvar a don Santos, se atrevi&oacute; a decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Sin embargo, tal vez.... Se ven muchos casos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Casos de qu&eacute;?&mdash;pregunt&oacute; el Magistral con
+ un tono y una mirada que parec&iacute;an navajas de afeitar&mdash;.
+ &iquest;Casos de qu&eacute;?&mdash;repiti&oacute; porque el otro callaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Puede pasar el delirio y volver a la raz&oacute;n el enfermo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No lo crea usted. Adem&aacute;s, all&iacute; est&aacute; el cura...
+ para eso est&aacute; don Antero.... &iexcl;Su Ilustr&iacute;sima no
+ puede... no saldr&aacute; de aqu&iacute;!
+ </p>
+ <p>
+ Y no sali&oacute;. El que entraba y sal&iacute;a era el Chato, Campillo,
+ que hablaba en secreto con don Ferm&iacute;n y volv&iacute;a a la calle a
+ recoger rumores y a espiar al enemigo. El cual se presentaba amenazador en
+ la calle estrecha y empinada en que viv&iacute;a don Santos, casi enfrente
+ de la casa del Magistral. Era la calle de <i>los Can&oacute;nigos</i>, una
+ de las m&aacute;s feas y m&aacute;s aristocr&aacute;ticas de la Encimada.
+ </p>
+ <p>
+ Al obscurecer de aquel d&iacute;a no se pod&iacute;a pasar sin muchos
+ codazos y tropezones por delante de la tienda triste y desnuda de
+ Barinaga. Sus amigos, que hab&iacute;an aumentado prodigiosamente en pocas
+ horas, interceptaban la acera y llegaban hasta el arroyo divididos en
+ grupos que cuchicheaban, se mezclaban, se disolv&iacute;an.
+ </p>
+ <p>
+ Por all&iacute; andaban Foja, los dos Orgaz y algunos otros de los socios
+ del Casino que asist&iacute;an a las cenas mensuales en que se conspiraba
+ contra el Provisor. El ex-alcalde se multiplicaba, entraba y sal&iacute;a
+ en casa de don Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Est&aacute; espirando.&mdash;&iquest;Pero conserva el conocimiento?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo creo, como usted y como yo. Era mentira. Barinaga mor&iacute;a
+ hablando, pero sin saber lo que dec&iacute;a; sus frases eran
+ incoherentes; mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija.
+ Unas veces se lamentaba como el rey Lear y otras blasfemaba como un
+ carretero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y diga usted, se&ntilde;or Foja, &iquest;hay arriba alg&uacute;n
+ cura? Dicen que ha venido el mismo Magistral....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;El Magistral? &iexcl;No faltaba m&aacute;s! Ser&iacute;a a&ntilde;adir
+ el sarcasmo a la... al.... No vendr&aacute;, no. Quien est&aacute; arriba
+ es don Antero, el cura de la parroquia, el pobre es un bendito, un fan&aacute;tico
+ digno de l&aacute;stima y cree cumplir con su deber... pero como si
+ cantara. Don Santos era un hombre de convicciones arraigadas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo era? &iquest;pues ha muerto ya?&mdash;pregunt&oacute;
+ uno que llegaba en aquel momento.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or, no ha muerto. Digo eso, porque ya est&aacute; m&aacute;s
+ all&aacute; que ac&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tambi&eacute;n don Pompeyo se ha portado con mucha energ&iacute;a,
+ seg&uacute;n dicen....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tambi&eacute;n...&mdash;Pero estando sano es m&aacute;s f&aacute;cil.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y como no va con &eacute;l la cosa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Morir&aacute; esta noche.&mdash;El m&eacute;dico no ha vuelto.&mdash;Somoza
+ aseguraba que morir&iacute;a esta tarde.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El cura dice que durar&aacute; hasta ma&ntilde;ana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y muere de hambre.&mdash;Dicen que lo ha dicho &eacute;l mismo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, fueron sus &uacute;ltimas palabras
+ sensatas, advirti&oacute; Foja contradici&eacute;ndose.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dicen que dijo: &laquo;&mdash;&iexcl;El pan del cuerpo es el que yo
+ necesito, que as&iacute; me salve Dios muero de hambre!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ A Orgaz hijo se le escap&oacute; la risa, que procur&oacute; ahogar con el
+ embozo de la capa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, r&iacute;ase usted, joven, que el caso es para bromas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hombre, no me r&iacute;o del moribundo... me r&iacute;o de la
+ gracia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Profund&iacute;sima lecci&oacute;n deb&iacute;a llamarla usted. Se
+ muere de hambre, es un hecho; le dan una hostia consagrada, que yo
+ respeto, que yo venero, pero no le dan un panecillo.&mdash;As&iacute; habl&oacute;
+ un maestro de escuela perseguido por su liberalismo... y por el hambre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo soy tan cat&oacute;lico como el primero&mdash;dijo un maestro de
+ la F&aacute;brica Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista
+ cristiano a su manera&mdash;soy tan cat&oacute;lico como el primero, pero
+ creo que al Magistral se le deber&iacute;a arrastrar hoy y colgarlo de ese
+ farol, para que viese salir el entierro....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La verdad es, se&ntilde;ores&mdash;observ&oacute; Foja&mdash;que si
+ don Santos muere fuera del seno de la Iglesia, como un jud&iacute;o, se
+ debe al se&ntilde;or Provisor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es claro.&mdash;Evidente.&mdash;&iquest;Qui&eacute;n lo duda?&mdash;Y
+ diga usted, se&ntilde;or Foja, &iquest;no le enterrar&aacute;n en sagrado,
+ verdad?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso creo: los c&aacute;nones est&aacute;n sangrando; quiero decir
+ que la Sinodal est&aacute; terminante.&mdash;Y se puso algo colorado,
+ porque no sab&iacute;a si los c&aacute;nones sangraban o no, ni si la
+ Sinodal hablaba del caso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;De modo que le van a enterrar como un perro!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es lo de menos&mdash;dijo el maestro de la F&aacute;brica&mdash;toda
+ la tierra est&aacute; consagrada por el trabajo del hombre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y adem&aacute;s en muri&eacute;ndose uno....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;M&aacute;s despacio, se&ntilde;ores, m&aacute;s despacio&mdash;interrumpi&oacute;
+ Foja que no quer&iacute;a desperdiciar el arma que le pon&iacute;an en las
+ manos para atacar al Magistral&mdash;. Estas cosas no se pueden juzgar
+ filos&oacute;ficamente. Filos&oacute;ficamente es claro que no le importa
+ a uno que le entierren donde quiera. Pero &iquest;y la familia? &iquest;Y
+ la sociedad? &iquest;Y la honra? Todos ustedes saben que el local
+ destinado en nuestro cementerio <i>municipal</i>&mdash;y subray&oacute; la
+ palabra&mdash;a los cad&aacute;veres no cat&oacute;licos, dig&aacute;moslo
+ as&iacute;...
+ </p>
+ <p>
+ Orgaz hijo sonri&oacute;.&mdash;Ya s&eacute;, joven, ya s&eacute; que he
+ cometido un <i>lapsus</i>. Pero no sea usted tan material.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel grupo de progresistas y socialistas serios mir&oacute; <i>en masa</i>
+ al mediquillo impertinente con desprecio.
+ </p>
+ <p>
+ Y dijo el socialista cristiano:&mdash;Aqu&iacute; lo que sobra es la
+ materia; la letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que
+ sobran en Espa&ntilde;a son oradores....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues usted no habla mal ni poco; acu&eacute;rdese del club difunto,
+ se&ntilde;or Parcerisa....
+ </p>
+ <p>
+ Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la f&aacute;brica.
+ </p>
+ <p>
+ Parcerisa sonri&oacute; satisfecho. La conversaci&oacute;n se extravi&oacute;.
+ Se discuti&oacute; si el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energ&iacute;a
+ al Obispo la administraci&oacute;n del cementerio.
+ </p>
+ <p>
+ En tanto sub&iacute;an y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a
+ ver al enfermo o a su hija. Don Pompeyo hab&iacute;a hecho llevar a
+ Celestina a su cuarto y all&iacute; recib&iacute;a la beata a sus
+ correligionarias y a los sacerdotes que ven&iacute;an a consolarla. Guimar&aacute;n
+ no dejaba entrar en la sala m&aacute;s que a los esp&iacute;ritus fuertes,
+ o por lo menos, si no tan fuertes como &eacute;l, que eso era dif&iacute;cil,
+ partidarios de dejar a un moribundo &laquo;espirar en la confesi&oacute;n
+ que le parezca, o sin religi&oacute;n alguna si lo considera conveniente&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Muerte gloriosa!&mdash;dec&iacute;a don Pompeyo al o&iacute;do
+ de cualquier enemigo del Provisor que ven&iacute;a a compadecerse a
+ &uacute;ltima hora de la miseria de Barinaga&mdash;. &laquo;&iexcl;Muerte
+ gloriosa! &iexcl;Qu&eacute; energ&iacute;a! &iexcl;Qu&eacute; tes&oacute;n!
+ Ni la muerte de S&oacute;crates... porque a S&oacute;crates nadie le mand&oacute;
+ confesarse&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los que sub&iacute;an o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban
+ una mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y
+ cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas.
+ </p>
+ <p>
+ Sobre el mostrador, pintado de color de chocolate, un vel&oacute;n de petr&oacute;leo
+ alumbraba malamente el triste almac&eacute;n cuya desnudez daba fr&iacute;o.
+ Aquellos anaqueles vac&iacute;os representaban a su modo el est&oacute;mago
+ de don Santos. Las &uacute;ltimas existencias, que hab&iacute;a tenido all&iacute;
+ a&ntilde;os y a&ntilde;os cubiertas de polvo, las hab&iacute;a vendido por
+ cuatro cuartos a un comerciante de aldea; con el producto de aquella
+ liquidaci&oacute;n miserable hab&iacute;a vivido y se hab&iacute;a
+ emborrachado en la &uacute;ltima parte de su vida el pobre Barinaga. Ahora
+ los ratones ro&iacute;an las tablas de los estantes y la consunci&oacute;n
+ ro&iacute;a las entra&ntilde;as del tendero.
+ </p>
+ <p>
+ Muri&oacute; al amanecer. Las nieblas de Corf&iacute;n dorm&iacute;an
+ todav&iacute;a sobre los tejados y a lo largo de las calles de Vetusta. La
+ ma&ntilde;ana estaba templada y h&uacute;meda. La luz cenicienta penetraba
+ por todas las rendijas como un polvo pegajoso y sucio. Don Pompeyo hab&iacute;a
+ pasado la noche al lado del moribundo, solo, completamente solo, porque no
+ hab&iacute;a de contarse un perro faldero que se mor&iacute;a de viejo sin
+ salir jam&aacute;s de casa. Abri&oacute; Guimar&aacute;n el balc&oacute;n
+ de par en par; una r&aacute;faga h&uacute;meda sacudi&oacute; la cortina
+ de percal y la triste luz del d&iacute;a de plomo cay&oacute; sobre la
+ palidez del cad&aacute;ver tibio.
+ </p>
+ <p>
+ A las ocho se sac&oacute; a Celestina de la &laquo;casa mortuoria&raquo; y
+ <i>el cuerpo</i>, metido ya en su caja de pino, lisa y estrecha, fue
+ depositado sobre el mostrador de la tienda vac&iacute;a, a las diez. No
+ volvi&oacute; a parecer por all&iacute; ning&uacute;n sacerdote ni beata
+ alguna.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mejor&mdash;dec&iacute;a don Pompeyo, que se multiplicaba.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Para nada queremos cuervos&mdash;exclamaba Foja, que se
+ multiplicaba tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esto tiene que ser una manifestaci&oacute;n&mdash;dec&iacute;a del
+ ex-alcalde a muchos correligionarios y otros enemigos del Magistral
+ reunidos en la tienda, al pie del cad&aacute;ver&mdash;. Esto tiene que
+ ser una manifestaci&oacute;n: el gobierno no nos permite otras,
+ aprovechemos esta coyuntura. Adem&aacute;s, esto es una iniquidad: ese
+ pobre viejo ha muerto de hambre, asesinado por los acaparadores sacr&iacute;legos
+ de la <i>Cruz Roja</i>. Y para mayor deshonra y ludibrio, ahora se le
+ niega honrada y cristiana sepultura, y habr&aacute; que enterrarle en los
+ escombros, all&aacute;, detr&aacute;s de la tapia nueva, en aquel
+ estercolero que dedican a los entierros civiles esos infames....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Muerto de hambre y enterrado como un perro!&mdash;exclam&oacute;
+ el maestro de escuela perseguido por sus ideas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, hay que protestar muy alto!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, s&iacute;!&mdash;&iexcl;Esto es una iniquidad!&mdash;&iexcl;Hay
+ que hacer una manifestaci&oacute;n!
+ </p>
+ <p>
+ Hablaban tambi&eacute;n muchos conjurados con trazas de curiales de
+ Palacio; eran amigos del Arcediano, del implacable Mourelo, que conspiraba
+ desde la sombra.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A ver usted, se&ntilde;or Sousa, usted que escribe los telegramas
+ del <i>Alerta</i>... es preciso que hoy retrasen ustedes un poco el n&uacute;mero
+ para que haya tiempo de insertar algo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la
+ mayor energ&iacute;a que permite la ley, la p&iacute;cara ley de imprenta,
+ redactar&eacute; all&iacute; mismo un suelto convocando a los liberales,
+ amigos de la justicia, etc., etc.... Descuide usted, se&ntilde;or Foja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Llame usted al suelto: <i>Entierro civil</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; as&iacute; lo har&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Con letras grandes.&mdash;Como pu&ntilde;os, ya ver&aacute; usted.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso podr&aacute; servir de aviso a todo el pueblo liberal....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Vendr&aacute;n los de la F&aacute;brica?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya lo creo!&mdash;exclam&oacute; Parcerisa&mdash;. Ahora
+ mismo voy yo all&aacute; a calentar a la gente. Esto no nos lo puede
+ prohibir el gobierno....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como no se alborote.... El entierro fue cerca del anochecer. S&oacute;lo
+ as&iacute; pod&iacute;an asistirlos de la F&aacute;brica.
+ </p>
+ <p>
+ Llov&iacute;a. Ca&iacute;an hilos de agua perezosa, diagonales, sutiles.
+ </p>
+ <p>
+ La calle se cubri&oacute; de paraguas.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, que espiaba detr&aacute;s de las vidrieras de su despacho,
+ vio un fondo negro y pardo; y de repente, como si se alzase sobre un pav&eacute;s,
+ apareci&oacute; por encima de todo una caja negra, estrecha y larga, que
+ al salir de la tienda se inclin&oacute; hacia adelante y se detuvo como
+ vacilando. Era don Santos que sal&iacute;a por &uacute;ltima vez de su
+ casa. Parec&iacute;a dudar entre desafiar el agua o volver a su vivienda.
+ Sali&oacute;; se perdi&oacute; el ata&uacute;d entre el oleaje de seda y
+ percal obscuro. En el balc&oacute;n que hab&iacute;a sobre la puerta,
+ entre las rejas asom&oacute; la cabeza de un perro de lanas negro y sucio:
+ el Magistral lo mir&oacute; con terror. El faldero estir&oacute; el
+ pescuezo, procur&oacute; mirar a la calle y se le erizaron las orejas.
+ Ladr&oacute; a la caja, a los paraguas y volvi&oacute; a esconderse. Lo
+ hab&iacute;an olvidado en la sala, cerrada con llave por don Pompeyo.
+ </p>
+ <p>
+ Guimar&aacute;n, de levita negra presid&iacute;a el duelo.
+ </p>
+ <p>
+ Delante del f&eacute;retro, en filas, iban muchos obreros y algunos
+ comerciantes al por menor, con m&aacute;s, varios zapateros y sastres,
+ rezando Padrenuestros.
+ </p>
+ <p>
+ Guimar&aacute;n hab&iacute;a propuesto que no se dijese palabra.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No hab&iacute;a muerto el gran Barinaga, aquel m&aacute;rtir de las
+ ideas, dentro de ninguna confesi&oacute;n cristiana; luego era
+ contradictorio...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Deje usted, deje usted&mdash;hab&iacute;a advertido Foja con mal
+ gesto&mdash;. No seamos intransigentes, no extrememos las cosas. Es de m&aacute;s
+ efecto que se rece.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esto no es una manifestaci&oacute;n anti-cat&oacute;lica&mdash;observ&oacute;
+ el maestro de escuela.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es anti-clerical&mdash;dijo otro liberal probado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El tiro va contra el Provisor&mdash;manifest&oacute; un lampi&ntilde;o,
+ de la polic&iacute;a secreta de Glocester.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; pues, se convino que se rezar&iacute;a y se rez&oacute;. <i>Requiescat
+ in pace</i>, dec&iacute;a Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne,
+ al terminar cada oraci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas: <i>Requiescat
+ in pace</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Ni el lat&iacute;n ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero hab&iacute;a
+ que transigir.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Todo aquello era una contradicci&oacute;n, pero Vetusta no estaba
+ preparada para un verdadero entierro civil&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Las mujeres del pueblo, que cog&iacute;an agua en las fuentes p&uacute;blicas,
+ las ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y
+ por el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal
+ calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena, se
+ arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayor&iacute;a de votos
+ condenaban el atrevimiento de enterrar &laquo;a un cristiano&raquo; (sin&oacute;nimo
+ de hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal perge&ntilde;adas,
+ alababan la idea en voz alta.
+ </p>
+ <p>
+ Hubo una que grit&oacute;:&mdash;&iexcl;As&iacute;, que rabien los de la
+ pitanza!
+ </p>
+ <p>
+ Esta imprudencia provoc&oacute; otra del lado contrario.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;<i>Anday</i>, jud&iacute;os!&mdash;exclamaba una moza del
+ partido azotando con un zueco la espalda de muchos de sus conocidos,
+ peones de alba&ntilde;il y canteros.
+ </p>
+ <p>
+ Detr&aacute;s del duelo iba una escasa representaci&oacute;n del sexo d&eacute;bil;
+ pero, seg&uacute;n las de la cesta y las de las fuentes p&uacute;blicas,
+ &laquo;eran malas mujeres&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Anda t&uacute;, <i>pend&oacute;n</i>!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ad&oacute;nde vais, <i>pingos</i>?
+ </p>
+ <p>
+ Y las correligionarias de don Pompeyo re&iacute;an a carcajadas,
+ demostrando as&iacute; lo poco arraigado de sus convicciones. La noche se
+ acercaba; el cementerio estaba lejos, y hubo que apretar el paso.
+ </p>
+ <p>
+ La lluvia empez&oacute; a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los
+ paraguas retumbaban con estr&eacute;pito l&uacute;gubre y chorreaban por
+ todas sus varillas. Los balcones se abr&iacute;an y cerraban, cuajados de
+ cabezas de curiosos.
+ </p>
+ <p>
+ Se miraba el espect&aacute;culo generalmente con curiosidad burlona, con
+ algo de desprecio. &laquo;Pero por lo mismo se declaraba mayor el delito
+ del Magistral. Aquel pobre don Santos hab&iacute;a muerto como un perro
+ por culpa del Provisor; hab&iacute;a renegado de la religi&oacute;n por
+ culpa del Provisor, hab&iacute;a muerto de hambre y sin sacramentos por
+ culpa del Provisor&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y ahora los revolucionarios, que de todo sacan raja, aprovechan la
+ ocasi&oacute;n para hacer una de las suyas...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y por culpa del Provisor...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No se puede estirar demasiado la cuerda&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ese hombre nos pierde a todos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Estos eran los comentarios en los balcones. Y despu&eacute;s de cerrarlos,
+ continuaban dentro las censuras. Muchas amistades perdi&oacute; De Pas
+ aquella tarde.
+ </p>
+ <p>
+ Sin que se supiera c&oacute;mo, lleg&oacute; a ser un <i>lugar com&uacute;n</i>,
+ verdad evidente para Vetusta, que &laquo;Barinaga hab&iacute;a muerto como
+ un perro por culpa del Magistral&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los amigos que le quedaban a don Ferm&iacute;n reconoc&iacute;an que no se
+ pod&iacute;a luchar, por aquellos d&iacute;as a lo menos, contra aquella
+ afirmaci&oacute;n injusta, pero tan generalizada.
+ </p>
+ <p>
+ El entierro dej&oacute; atr&aacute;s la calle principal de la Colonia, que
+ estaba convertida en un lodazal de un kil&oacute;metro de largo, y empez&oacute;
+ a subir la cuesta que terminaba en el cementerio. El agua volv&iacute;a a
+ azotar a los del duelo en diagonales, que el viento hac&iacute;a penetrar
+ por debajo de los paraguas. Llov&iacute;a a latigazos. Una nube negra, en
+ forma de p&aacute;jaro monstruoso, cubr&iacute;a toda la ciudad y lanzaba
+ sobre el duelo aquel chaparr&oacute;n furioso. Parec&iacute;a que los
+ arrojaba de Vetusta, silb&aacute;ndoles con las fauces del viento que
+ soplaba por la espalda.
+ </p>
+ <p>
+ Se sub&iacute;a la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado el
+ f&eacute;retro miserable se hab&iacute;a abierto por dos o tres lados; se
+ ve&iacute;a la carne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que
+ conduc&iacute;an el cad&aacute;ver le zarandeaban. La fatiga y cierta
+ superstici&oacute;n inconsciente les hab&iacute;a hecho perder gran parte
+ del respeto que merec&iacute;a el difunto. Todos los hachones se hab&iacute;an
+ apagado y chorreaban agua en vez de cera. Se hablaba alto en las filas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;De prisa, de prisa! se o&iacute;a a cada paso.
+ </p>
+ <p>
+ Algunos se permit&iacute;an decir chistes alusivos a la tormenta. En el
+ duelo hab&iacute;a m&aacute;s circunspecci&oacute;n, pero todos conven&iacute;an
+ en la necesidad de apretar el paso.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel furor de los elementos despert&oacute; muchas preocupaciones
+ taciturnas.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le
+ hac&iacute;a mucho da&ntilde;o, le pon&iacute;a nervioso y con esto se le
+ achicaba el &aacute;nimo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podr&iacute;a
+ creerse que nos est&aacute; dando azotes con estos diablos de aguaceros.
+ </p>
+ <p>
+ Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementerio se
+ destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del
+ horizonte. No se ve&iacute;a nada distintamente. Los cipreses, detr&aacute;s
+ de la tapia, se balanceaban, parec&iacute;an fantasmas que se hablaban al
+ o&iacute;do, tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar
+ la paz del camposanto.
+ </p>
+ <p>
+ En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades para entrar.
+ Se hab&iacute;an olvidado ciertos pormenores y la mala fe del enterrador&mdash;tal
+ vez la del capell&aacute;n tambi&eacute;n&mdash;pon&iacute;a obst&aacute;culos
+ reglamentarios.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A ver, d&oacute;nde est&aacute; Foja!&mdash;grit&oacute; don
+ Pompeyo, que no se encontraba con &aacute;nimo para dar otra batalla al
+ obscurantismo clerical.
+ </p>
+ <p>
+ Foja no estaba all&iacute;. Nadie le hab&iacute;a visto en el duelo.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo sinti&oacute; el &aacute;nimo desfallecer. &laquo;Estoy solo;
+ ese capit&aacute;n Ara&ntilde;a me ha dejado solo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sac&oacute; fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignaci&oacute;n
+ general, se impuso. El cortejo entr&oacute; en el cementerio, pero no por
+ la puerta principal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia
+ del corral&oacute;n inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que
+ se enterraba a los que mor&iacute;an fuera de la Iglesia cat&oacute;lica.
+ Eran muy pocos. El enterrador actual s&oacute;lo recordaba tres o cuatro
+ entierros as&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ El duelo se despidi&oacute; sin ceremonia; a latigazos lo desped&iacute;a
+ el viento con disciplinas de agua helada.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo Guimar&aacute;n sali&oacute; del cementerio el &uacute;ltimo.
+ &laquo;Era su deber&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo
+ alto de la cuesta. &laquo;A su espalda, a veinte pasos ten&iacute;a la
+ tapia f&uacute;nebre. All&iacute; detr&aacute;s quedaba el m&iacute;sero
+ amigo, abandonado, pronto olvidado del mundo entero; estaba a flor de
+ tierra... separado de los dem&aacute;s vetustenses que hab&iacute;an sido,
+ por un muro que era una deshonra; perdido, como el esqueleto de un roc&iacute;n,
+ entre ortigas, escajos y lodo.... Por aquella brecha penetraban perros y
+ gatos en el cementerio civil.... A toda profanaci&oacute;n estaba
+ abierto.... Y all&iacute; estaba don Santos... el buen Barinaga que hab&iacute;a
+ vendido patenas y viriles... y cre&iacute;a en ellos... en otro tiempo.
+ &iexcl;Y todo aquello era obra suya... de don Pompeyo; &eacute;l, en el
+ caf&eacute;&mdash;restaurant de la Paz, hab&iacute;a comenzado a demoler
+ el alc&aacute;zar de la fe... del pobre comerciante!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Un escalofr&iacute;o sacudi&oacute; el cuerpo de Guimar&aacute;n. Se
+ abroch&oacute;. &laquo;Hab&iacute;a sido <i>otra</i> imprudencia venir sin
+ capa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces sinti&oacute; que no sent&iacute;a ya el agua.... &laquo;Era que
+ ya no llov&iacute;a&raquo;. Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios
+ de sombra algunas luces p&aacute;lidas, las estrellas; y entre las sombras
+ de la ciudad aparec&iacute;an puntos rojizos sim&eacute;tricos: los
+ faroles.
+ </p>
+ <p>
+ Guimar&aacute;n volvi&oacute; a temblar; sinti&oacute; la humedad de los
+ pies de nuevo... y apret&oacute; el paso. Hubo m&aacute;s, se le figur&oacute;
+ que le segu&iacute;an; que a veces le tocaban sutilmente las faldas de la
+ levita y el cabello del cogote.... Y como estaba solo, seguramente solo...
+ no tuvo inconveniente en emprender por la cuesta abajo un trote ligero,
+ con el paraguas debajo del brazo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera est&aacute;bamos
+ frescos...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y m&aacute;s abajo: &laquo;Y de todas maneras, eso de que le han de
+ enterrar a uno de fijo, sin escape, en ese estercolero... no tiene gracia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y corr&iacute;a, sintiendo de vez en cuando escalofr&iacute;os.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ya lo dec&iacute;a &eacute;l; &iexcl;la humedad!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Delir&oacute;. &laquo;So&ntilde;aba que &eacute;l era de cal y canto y que
+ ten&iacute;a una brecha en el vientre y por all&iacute; entraban y sal&iacute;an
+ gatos y perros, y alguno que otro diablejo con rabo&raquo;.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXIIImdash" id="XXIIImdash"></a>&mdash;XXIII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ <i>&laquo;Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum,
+ ex utero ante luciferum genui te&raquo;.</i> Esto ley&oacute; la Regenta
+ sin entenderlo bien; y la traducci&oacute;n del <i>Eucologio</i> dec&iacute;a:
+ &laquo;T&uacute; poseer&aacute;s el principado y el imperio en el d&iacute;a
+ de tu poder&iacute;o y en medio del resplandor que brillar&aacute; en tus
+ santos: yo te he engendrado de mis entra&ntilde;as desde antes del
+ nacimiento del lucero de la ma&ntilde;ana&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y m&aacute;s adelante le&iacute;a Ana con los ojos clavados en su
+ devocionario: <i>Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui
+ te. Alleluia.</i> &iexcl;S&iacute;, s&iacute;, aleluya! &iexcl;aleluya! le
+ gritaba el coraz&oacute;n a ella... y el &oacute;rgano como si entendiese
+ lo que quer&iacute;a el coraz&oacute;n de la Regenta, dejaba escapar unos
+ diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban los &aacute;mbitos
+ obscuros de la catedral, sub&iacute;an a la b&oacute;veda y pugnaban por
+ salir a la calle, remont&aacute;ndose al cielo... empapando el mundo de m&uacute;sica
+ retozona. Dec&iacute;a el &oacute;rgano a su manera:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Adi&oacute;s, Mar&iacute;a Dolores,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">marcho ma&ntilde;ana</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">en un barco de flores</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">para la Habana.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ y de repente, cambiaba de aire y gritaba:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">La casa del se&ntilde;or cura</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">nunca la vi como ahora...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ y sin pizca de formalidad, se interrump&iacute;a para cantar:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Arriba, Manolillo,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">abajo, Manol&eacute;,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">de la quinta pasada</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">yo te libert&eacute;;</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">de la que viene ahora</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">no s&eacute; si podr&eacute;...</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">arriba, Manolillo,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">Manolillo Manol&eacute;.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Y todo esto era porque hac&iacute;a mil ochocientos setenta y tantos a&ntilde;os
+ hab&iacute;a nacido en el portal de Bel&eacute;n el Ni&ntilde;o Jes&uacute;s....
+ &iquest;Qu&eacute; le importaba al &oacute;rgano? Y sin embargo, parec&iacute;a
+ que se volv&iacute;a loco de alegr&iacute;a... que perd&iacute;a la cabeza
+ y echaba por aquellos tubos c&oacute;nicos, por aquellas trompetas y ca&ntilde;ones,
+ chorros de notas que parec&iacute;an lucecillas para alumbrar las almas.
+ </p>
+ <p>
+ El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en alg&uacute;n
+ pilar, un quinqu&eacute; de petr&oacute;leo con reverbero, interrump&iacute;a
+ las tinieblas que volv&iacute;an a dominar poco m&aacute;s adelante. No
+ hab&iacute;a m&aacute;s luz que aquella esparcida por las naves, el
+ trasaltar y el trascoro, y los cirios del altar y las velas del coro que
+ brillaban a lo lejos, en alto, como estrellitas. Pero la m&uacute;sica
+ alegre botando de pilar en capilla, del pavimento a la b&oacute;veda,
+ parec&iacute;a iluminar la catedral con rayos del alba.
+ </p>
+ <p>
+ Y no eran m&aacute;s que las doce. Empezaba la <i>misa del gallo</i>.
+ </p>
+ <p>
+ El &oacute;rgano, con motivo de la alegr&iacute;a cristiana de aquella
+ hora sublime, recordaba todos los aires populares cl&aacute;sicos en la
+ tierra vetustense y los que el capricho del pueblo hab&iacute;a puesto en
+ moda aquellos &uacute;ltimos a&ntilde;os. A la Regenta le temblaba el alma
+ con una emoci&oacute;n religiosa dulce, risue&ntilde;a, en que rebosaba
+ una caridad universal; amor a todos los hombres y a todas las criaturas...
+ a las aves, a los brutos, a las hierbas del campo, a los gusanos de la
+ tierra... a las ondas del mar, a los suspiros del aire.... &laquo;La cosa
+ era bien clara, la religi&oacute;n no pod&iacute;a ser m&aacute;s
+ sencilla, m&aacute;s evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y
+ amando su obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios hab&iacute;a
+ nacido en la tierra y por tal honor y divina prueba de cari&ntilde;o, el
+ mundo entero se alegraba y se ennoblec&iacute;a; y no importaba que
+ hubiesen pasado tantos siglos, el amor no cuenta el tiempo; hoy era tan
+ cierto como en tiempo de los Ap&oacute;stoles, que Dios hab&iacute;a
+ venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los seres, el mismo.
+ Por consiguiente, el organista hac&iacute;a muy bien en declarar dignos
+ del templo aquellos aires humildes, con que sol&iacute;a alegrarse el
+ pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes bulliciosos a cielo
+ abierto. Aquel recuerdo de canciones ef&iacute;meras, que hab&iacute;an
+ sido un poco de aire olvidado, le parec&iacute;a a la Regenta una delicada
+ obra de caridad por parte del m&uacute;sico.... Recordar lo m&aacute;s
+ humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pas&oacute;... y
+ dignificar las emociones profanas del amor, de la alegr&iacute;a juvenil,
+ haciendo resonar sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jes&uacute;s...
+ todo esto era hermoso, seg&uacute;n Ana; la religi&oacute;n que lo consent&iacute;a,
+ maternal, cari&ntilde;osa, art&iacute;stica&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No hab&iacute;a all&iacute; barreras, en aquel momento, entre el
+ templo y el mundo; la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la
+ iglesia; en la m&uacute;sica del &oacute;rgano hab&iacute;a recuerdos del
+ verano, de las romer&iacute;as alegres del campo, de los c&aacute;nticos
+ de los marineros a la orilla del mar; y hab&iacute;a olor a tomillo y a
+ madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del monte, y domin&aacute;ndolos
+ a todos olor m&iacute;stico, de poes&iacute;a inefable... que arrancaba l&aacute;grimas...&raquo;.
+ La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta.... Su pensamiento al
+ remontarse se extraviaba y al difundirse se desvanec&iacute;a.... Apoy&oacute;
+ la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar de piedra, nuevo, que
+ era el principal de la capilla en que estaba, sumida en la sombra. Apenas
+ pensaba ya, no hac&iacute;a m&aacute;s que sentir.
+ </p>
+ <p>
+ La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se
+ interrump&iacute;a en ambos extremos para dejar espacio a los p&uacute;lpitos
+ de hierro, todos filigrana. Serv&iacute;an de atriles para la Ep&iacute;stola
+ y el Evangelio, sendas &aacute;guilas doradas con las alas abiertas. Ana
+ vio aparecer en el p&uacute;lpito de la izquierda del altar la figura de
+ Glocester, siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela
+ briscada desped&iacute;a rayos herida por la luz de los ciriales que
+ acompa&ntilde;aban al can&oacute;nigo. El Arcediano, en cuanto call&oacute;
+ el &oacute;rgano, como quien quiere interrumpir una broma con una nota
+ seria, ley&oacute; la ep&iacute;stola de San Pablo Ap&oacute;stol a Tito,
+ cap&iacute;tulo segundo, d&aacute;ndole una intenci&oacute;n que no ten&iacute;a.
+ Agrad&aacute;bale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atenci&oacute;n
+ del p&uacute;blico, y le&iacute;a despacio, se&ntilde;alando con fuerza
+ las terminaciones en <i>us</i> y en <i>i</i> y en <i>is</i>: por el tono
+ que se daba al leer no parec&iacute;a sino que la ep&iacute;stola de San
+ Pablo era cosa del mismo Glocester, una composicioncilla suya. El &oacute;rgano,
+ como si hubiera o&iacute;do llover, en cuanto termin&oacute; el
+ presuntuoso Arcediano, solt&oacute; el trapo, abri&oacute; todos sus
+ agujeros, y volvi&oacute; a regar la catedral con chorritos de canciones
+ alegres, el fuelle parec&iacute;a soplar en una fragua de la que sal&iacute;an
+ chispas de m&uacute;sica retozona; ahora tocaba como las gaitas del pa&iacute;s,
+ imitando el modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del
+ Ayuntamiento interpretaba el brindis de la <i>Traviata</i> y el Miserere
+ del <i>Trovador</i>. Por &uacute;ltimo, y cuando ya Ripamil&aacute;n
+ asomaba la cabecita vivaracha sobre el antepecho del otro p&uacute;lpito
+ para cantar el Evangelio, el organista la emprendi&oacute; con la <i>mandilona</i>:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Ahora s&iacute; que estar&aacute;s content&oacute;n</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">mandil&oacute;n,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">mandil&oacute;n,</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">mandil&oacute;n.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia,
+ hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de
+ paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios
+ de todos, que nac&iacute;a, las diferencias pol&iacute;ticas eran
+ nimiedades que se olvidaban.
+ </p>
+ <p>
+ Ripamil&aacute;n no pudo menos de sonre&iacute;r, mientras colocaba, con
+ gran dificultad, el libro en que hab&iacute;a de leer el Evangelio de San
+ Lucas, sobre las alas del &aacute;guila de hierro.
+ </p>
+ <p>
+ El Arcediano, en la escalera del p&uacute;lpito esperaba con los brazos
+ cruzados sobre la panza; cerca de &eacute;l y haciendo guardia estaban dos
+ ac&oacute;litos con los ciriales; uno era Celedonio.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;<i>&iexcl;Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!</i>&raquo;...
+ cant&oacute; Ripamil&aacute;n, muerto de sue&ntilde;o y aprovech&aacute;ndose
+ del canto llano para bostezar en la &uacute;ltima nota.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;<i>&iexcl;In illo tempore!</i>&raquo;... continu&oacute;... En
+ aquel tiempo se promulg&oacute; un edicto mandando empadronar a todo el
+ mundo. Fue cosa de C&eacute;sar Augusto, muy aficionado a la Estad&iacute;stica.
+ &laquo;Este empadronamiento fue hecho por Cirino, que despu&eacute;s fue
+ gobernador de la Siria&raquo;. Ripamil&aacute;n se dorm&iacute;a sobre el
+ recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de Jos&eacute; se
+ anim&oacute; el Arcipreste, figur&aacute;ndose a los santos esposos camino
+ de Bethlehem (o mejor Bel&eacute;n.) &laquo;Y sucedi&oacute; que hall&aacute;ndose
+ all&iacute; le lleg&oacute; a Mar&iacute;a la hora de su alumbramiento; y
+ dio a luz a su Hijo primog&eacute;nito y envolviole en pa&ntilde;ales y
+ recostole en un pesebre&raquo;. Ripamil&aacute;n le&iacute;a ahora
+ pausadamente, a ver si se enteraba el p&uacute;blico. Cuando lleg&oacute;
+ a los pastores que estaban en vela, cuidando sus reba&ntilde;os, don
+ Cayetano record&oacute; su grand&iacute;sima afici&oacute;n a la &eacute;gloga
+ y se enterneci&oacute; muy de veras.
+ </p>
+ <p>
+ M&aacute;s enternecida estaba la Regenta, que segu&iacute;a en su libro la
+ sencilla y sublime narraci&oacute;n. &laquo;&iexcl;El Ni&ntilde;o Dios!
+ &iexcl;El Ni&ntilde;o Dios! Ella comprend&iacute;a ahora toda la grandeza
+ de aquella Religi&oacute;n dulce y po&eacute;tica que comenzaba en una
+ cuna y acababa en una cruz. &iexcl;Bendito Dios! &iexcl;las dulzuras que
+ le pasaban por el alma, las mieles que gustaba su coraz&oacute;n, o algo
+ que ten&iacute;a un poco m&aacute;s abajo, m&aacute;s hacia el medio de su
+ cuerpo!... &iexcl;Y aquel Ripamil&aacute;n all&aacute; arriba, aquel
+ viejecillo que contaba lo del parto como si acabara de asistir a &eacute;l!
+ Tambi&eacute;n Ripamil&aacute;n estaba hermoso a su manera&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En tanto el <i>p&uacute;blico</i> empezaba a impacientarse, se iba
+ acabando la formalidad, y en algunos rincones se o&iacute;an risas que
+ provocaba alg&uacute;n chusco. En la nave del trasaltar, la m&aacute;s
+ obscura, escondidos en la sombra de los pilares y en las capillas, algunos
+ se&ntilde;oritos se divert&iacute;an en echar a rodar sobre el juego de
+ damas del pavimento de m&aacute;rmol monedas de cobre, cuyo profano estr&eacute;pito
+ despertaba la codicia de la gente menuda; bandos de pilletes que ya
+ esperaban ojo avizor la tradicional profanaci&oacute;n, corr&iacute;an
+ tras las monedas, y al caer tantos sobre una sola en racimo de carne y
+ andrajos, excitaban la risa de los fieles, mientras ellos se empujaban,
+ pisaban y mord&iacute;an disput&aacute;ndose el ochavo miserable.
+ </p>
+ <p>
+ Pero llegaba la <i>ronda</i> y el racimo de pillos se deshac&iacute;a,
+ cada cual corr&iacute;a por su lado. La <i>ronda</i> la presid&iacute;a el
+ se&ntilde;or Magistral, de roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas
+ sobre el vientre, llevaba el bonete; a derecha e izquierda, como d&aacute;ndole
+ guardia caminaban con paso solemne ac&oacute;litos con sendas hachas de
+ cera. La <i>ronda</i> daba vueltas por el trascoro, las naves y el
+ trasaltar. Se vigilaba para evitar abusos de mayor cuant&iacute;a. La
+ obscuridad del templo, los excesos de la colaci&oacute;n cl&aacute;sica,
+ la falta de respeto que el pueblo cre&iacute;a tradicional en la <i>misa
+ del gallo</i>, hac&iacute;an necesarias todas estas precauciones.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a otra clase de profanaciones que no pod&iacute;a evitar la
+ ronda. Api&ntilde;&aacute;base el p&uacute;blico en el crucero, oprimi&eacute;ndose
+ unos a otros contra la verja del altar mayor, y la valla del centro,
+ debajo de los p&uacute;lpitos, y quedaban en el resto de la catedral muy a
+ sus anchas los pocos que prefer&iacute;an la comodidad al calorcillo
+ humano de aquel mont&oacute;n de carne repleta. Como la religi&oacute;n es
+ igual para todos, all&iacute; se mezclaban todas las clases, edades y
+ condiciones. Obdulia Fandi&ntilde;o, en pie, o&iacute;a la misa apoyando
+ su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de Vegallana, y en la
+ nuca sent&iacute;a la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que no pod&iacute;a,
+ ni tal vez quer&iacute;a, impedir que los de atr&aacute;s empujasen. Para
+ la de Fandi&ntilde;o la religi&oacute;n era esto, apretarse, estrujarse
+ sin distinci&oacute;n de clases ni sexos en las grandes solemnidades con
+ que la Iglesia conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia,
+ ten&iacute;a muy confusa idea. Visitaci&oacute;n estaba tambi&eacute;n all&iacute;,
+ m&aacute;s cerca de la capilla, con la cabeza metida entre las rejas. Paco
+ Vegallana, cerca de Visitaci&oacute;n, fing&iacute;a resistir la fuerza an&oacute;nima
+ que le arrojaba, como un oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja
+ como una cereza, con los ojos en un San Jos&eacute; de su devocionario y
+ el alma en los movimientos de su primo, procuraba huir de la valla del
+ centro contra la cual amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que all&iacute;
+ en lo obscuro imitaban las del mar batiendo un pe&ntilde;asco, en la
+ negrura de su sombra. Todo el <i>elemento joven</i> de que hablaba <i>El L&aacute;baro</i>
+ en sus cr&oacute;nicas del peque&ntilde;&iacute;simo <i>gran mundo</i> de
+ Vetusta, estaba all&iacute;, en el crucero de la catedral, oyendo como
+ entre sue&ntilde;os el &oacute;rgano, dirigiendo la colaci&oacute;n de
+ Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza
+ pinchazos de la carne. El sue&ntilde;o tra&iacute;a imp&iacute;os
+ disparates, ideas que eran profanaciones, y se desechaban para atenerse a
+ los pecados veniales con que brindaba la realidad ambiente. Miradas y
+ sonrisas, si la distancia no consent&iacute;a otra cosa, iban y ven&iacute;an
+ enfil&aacute;ndose como pod&iacute;an en aquella selva espesa de cabezas
+ humanas. Se tos&iacute;a mucho y no todas las toses eran ingenuas. En
+ aquella quietud sopor&iacute;fera, en aquella obscuridad de pesadilla
+ hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas se&ntilde;oritas
+ hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es claro que no
+ lo dec&iacute;a sino en el seno de la mayor confianza, pensaba, que el <i>hacer
+ el oso</i>, que era a lo que llamaba <i>timarse</i> Joaqu&iacute;n Orgaz,
+ si siempre era agradable, lo era mucho m&aacute;s en la iglesia, porque
+ all&iacute; ten&iacute;a un <i>cachet</i>. Y para la viuda las cosas con
+ <i>cachet</i> eran las mejores.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeraci&oacute;n de malos
+ cristianos&raquo;, estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimar&aacute;n,
+ que, mal curado de una fiebre, hab&iacute;a consentido en cenar con don
+ &Aacute;lvaro, Orgaz, Foja y dem&aacute;s trasnochadores en el Casino y
+ hab&iacute;a venido con ellos a la misa del gallo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;S&iacute;, le remord&iacute;a la conciencia, en medio de su
+ embriaguez!, pero el hecho era que estaba all&iacute;. Hab&iacute;an
+ empezado por emborracharle con un licor dulce que ahora le estaba dando n&aacute;useas,
+ un licor que le hab&iacute;a convertido el est&oacute;mago en algo as&iacute;
+ como una perfumer&iacute;a... &iexcl;puf! &iexcl;qu&eacute; asco!; despu&eacute;s
+ le hab&iacute;an hecho comer m&aacute;s de la cuenta y beber, &uacute;ltimamente,
+ de todo. Y cuando &eacute;l se preparaba a volverse a su casa, si alguno
+ de aquellos se&ntilde;ores ten&iacute;a la bondad de acompa&ntilde;arle
+ &iexcl;oh colmo de las bromas pesadas y ofensivas! hab&iacute;an dado con
+ &eacute;l en medio de la catedral, donde no hab&iacute;a puesto los pies
+ hac&iacute;a muchos a&ntilde;os. Hab&iacute;a protestado, hab&iacute;a
+ querido marcharse, pero no le dejaron, y &eacute;l tampoco se atrev&iacute;a
+ a buscar solo su casa; y en la calle hac&iacute;a fr&iacute;o&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores&mdash;dijo en voz baja a don &Aacute;lvaro y a Orgaz&mdash;conste
+ que protesto, y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera
+ de ustedes, al permanecer en semejante sitio.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bien, hombre, bien!&mdash;Conste que esto no es una abdicaci&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No... qu&eacute; ha de ser... abdicaci&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ni una profanaci&oacute;n. Yo respeto todas las religiones, aunque
+ no profeso ninguna.... &iquest;Qu&eacute; dir&aacute; el mundo si sabe que
+ yo vengo aqu&iacute;... con una compa&ntilde;&iacute;a de borrachos
+ matriculados? Reconozco en el <i>Palomo</i> el derecho de arrojarme del
+ templo a latigazos o a patadas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo sabemos, hombre...&mdash;pudo balbucear Foja&mdash;.
+ </p>
+ <p>
+ En resumen: don Pompeyo reconoce que &eacute;l aqu&iacute; representa lo
+ mismo... que los perros en misa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Comparaci&oacute;n exacta... eso, yo aqu&iacute; lo mismo que un
+ perro.... Y adem&aacute;s esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista,
+ borracho como ustedes probablemente: convierte el templo del Se&ntilde;or,
+ llam&eacute;moslo as&iacute;, en un baile de candil... en una org&iacute;a....
+ Se&ntilde;ores, &iquest;en qu&eacute; quedamos, es que ha nacido Cristo o
+ es que ha resucitado el dios Pan?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum.
+ </p>
+ <p>
+ Esto lo cant&oacute; bajito Joaqu&iacute;n Orgaz, tocando el tambor en la
+ cabeza de Guimar&aacute;n. Y acto continuo el mediquillo sali&oacute; de
+ la capilla obscura donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una
+ aguja en un pajar, como &eacute;l dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre
+ la multitud. Y la encontr&oacute;, emparedada entre el formidable Ronzal y
+ el cocinero de Paco. Joaqu&iacute;n dio media vuelta y se volvi&oacute; al
+ lado de don Pompeyo.
+ </p>
+ <p>
+ La capilla desde la que o&iacute;a misa la Regenta estaba separada s&oacute;lo
+ por una verja alta de la en que se hab&iacute;an escondido los
+ trasnochadores del Casino. Ana oy&oacute; la voz de Orgaz que disuad&iacute;a
+ al ateo de su prop&oacute;sito de abandonar el templo. Pero de una capilla
+ a otra no se distingu&iacute;an las personas, s&oacute;lo se ve&iacute;an
+ bultos.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando pas&oacute; la ronda fue otra cosa; las hachas de los ac&oacute;litos
+ dejaron a Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura
+ arrogante del Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don
+ &Aacute;lvaro, que con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la
+ cabeza inclinada, y cogido a la verja que separaba las capillas, parec&iacute;a
+ atender a los oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero
+ cristiano.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral tambi&eacute;n pudo ver a la Regenta y a don &Aacute;lvaro,
+ casi juntos, aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembl&oacute; el
+ bonete en las manos; necesit&oacute; gran esfuerzo para continuar aquella
+ procesi&oacute;n que en aquel instante le pareci&oacute; rid&iacute;cula.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba
+ medio dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca
+ escandaloso. Nadie sospechaba su estado.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sigui&oacute; viendo a don &Aacute;lvaro aun despu&eacute;s que la
+ ronda se alej&oacute; con sus luces so&ntilde;olientas. Sigui&oacute; vi&eacute;ndole
+ en su cerebro; y se le antoj&oacute; vestido de rojo, con un traje muy
+ ajustado y muy airoso. No sab&iacute;a si era aquello un traje de Mefist&oacute;feles
+ de &oacute;pera o el de cazador elegante, pero estaba el enemigo muy
+ hermoso, muy hermoso.... &laquo;Y estaba all&iacute; cerca, detr&aacute;s
+ de aquella reja, &iexcl;si daba tres pasos pod&iacute;a tocarla a ella!&raquo;.
+ El &oacute;rgano se desped&iacute;a de los fieles con las mayores locuras
+ del repertorio; un aire que Ana hab&iacute;a o&iacute;do por primera vez
+ al lado de Mes&iacute;a, en la romer&iacute;a de San Blas, aquel mismo a&ntilde;o....
+ Cerr&oacute; los ojos, que se le hab&iacute;an llenado de l&aacute;grimas....
+ &laquo;&iexcl;Por d&oacute;nde la tomaba ahora la tentaci&oacute;n! Se hac&iacute;a
+ sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos, que
+ era siempre cosa sagrada, dulce, entra&ntilde;able.... &iquest;Qu&eacute;
+ hab&iacute;a pasado en aquella romer&iacute;a de San Blas? Nada, y sin
+ embargo, ahora recordando aquella tarde, por culpa del organista, Ana ve&iacute;a
+ a don &Aacute;lvaro a su lado, muerto de amor, mudo de respeto, y a s&iacute;
+ misma se ve&iacute;a, contenta en lo m&aacute;s hondo del alma... &iexcl;ay
+ s&iacute;, ay s&iacute;!... en unas honduras del alma, o del cuerpo, o del
+ infierno... a que no llegaban las suaves pl&aacute;ticas del misticismo y
+ fraternidad de que segu&iacute;a gozando en compa&ntilde;&iacute;a de
+ aquel se&ntilde;or can&oacute;nigo que acababa de pasar por all&iacute;,
+ con las manos cruzadas sobre el vientre, rodeado de monaguillos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Ana procur&oacute; sacudir, moviendo la cabeza, aquellas im&aacute;genes
+ importunas y pecaminosas, el templo iba qued&aacute;ndose vac&iacute;o.
+ Tuvo ella fr&iacute;o y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en
+ que se apoyaba. Se levant&oacute; y sali&oacute; de la catedral, que
+ empezaba a dormirse.
+ </p>
+ <p>
+ El &oacute;rgano se hab&iacute;a callado como un borracho que duerme despu&eacute;s
+ de alborotar el mundo. Las luces se apagaban....
+ </p>
+ <p>
+ En el p&oacute;rtico encontr&oacute; Ana al Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n estaba p&aacute;lido; lo vio ella a la luz de una
+ cerilla que encendieron por all&iacute;. Cuando volvi&oacute; la
+ obscuridad, De Pas se acerc&oacute; a la Regenta y con una voz dulce en
+ que hab&iacute;a quejas le pregunt&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Se ha divertido usted en misa?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Divertirme en misa!&mdash;Quiero decir... si le ha
+ gustado... lo que tocan... lo que cantan....
+ </p>
+ <p>
+ Not&oacute; Ana que su confesor no sab&iacute;a lo que dec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento sal&iacute;an del p&oacute;rtico; en la calle hab&iacute;a
+ algunos grupos de rezagados. Hab&iacute;a que separarse.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Buenas noches, buenas noches!&mdash;dijo el Magistral con
+ tono de mal humor, casi con ira.
+ </p>
+ <p>
+ Y emboz&aacute;ndose sin decir m&aacute;s, tom&oacute; a paso largo el
+ camino de su casa.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sinti&oacute; deseos de seguirle: ella no sab&iacute;a por qu&eacute;
+ pero le ten&iacute;a enfadado: &iquest;qu&eacute; hab&iacute;a hecho ella?
+ Pensar, pensar en el enemigo, gozar con recuerdos vitandos... pero... de
+ todo eso &iquest;c&oacute;mo pod&iacute;a tener don Ferm&iacute;n
+ noticia?... &iexcl;Y se hab&iacute;a marchado as&iacute;! Una profunda l&aacute;stima
+ y una gratitud que parec&iacute;a amor invadieron el &aacute;nimo de Ana
+ en aquel instante.... &laquo;&iexcl;Oh! &iquest;por qu&eacute; ella no pod&iacute;a
+ ahora ir con aquel hombre, llamarle, consolarle... probarle que era la de
+ siempre, que ella no le volv&iacute;a la espalda como tantas otras?...&raquo;.
+ &laquo;S&iacute;, s&iacute;, le volv&iacute;an la espalda a &eacute;l, el
+ santo, el hombre de genio, el m&aacute;rtir de la piedad... le volv&iacute;an
+ la espalda las que antes se le disputaban, y todo &iquest;por qu&eacute;?
+ por viles calumnias. Ella no, ella cre&iacute;a en &eacute;l... le seguir&iacute;a
+ ciega al fin del mundo; sab&iacute;a que entre &eacute;l y Santa Teresa la
+ hab&iacute;an salvado del infierno...&raquo;. Pero no se pod&iacute;a
+ correr detr&aacute;s de &eacute;l para consolarle, para decirle todo esto.
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; hubiera pensado, sin ir m&aacute;s lejos, Petra
+ la doncella que estaba all&iacute;, a su lado, silenciosa, sonriente, cada
+ d&iacute;a m&aacute;s antip&aacute;tica, y m&aacute;s servicial... y m&aacute;s
+ insufrible!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se hab&iacute;a separado
+ discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con tanto
+ garbo, pens&oacute; la criada:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Est&aacute;n de monos&raquo; y sonri&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta tom&oacute; el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio
+ dormida; estaba como embriagada de sue&ntilde;o y m&uacute;sica y fantas&iacute;a....
+ Sin saber c&oacute;mo se encontr&oacute; en el portal de su casa pensando
+ en el Ni&ntilde;o Jes&uacute;s, en su cuna, en el portal de Bel&eacute;n.
+ Ella se figuraba la escena como la representaba un <i>nacimiento</i> que
+ hab&iacute;a visto aquella noche a primera hora.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando se qued&oacute; sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al
+ espejo; suelto el cabello, cay&oacute; sobre la espalda.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era verdad, ella se parec&iacute;a a la Virgen: a la Virgen de la
+ Silla... pero le faltaba el ni&ntilde;o&raquo;; y cruzada de brazos se
+ estuvo contemplando algunos segundos.
+ </p>
+ <p>
+ A veces ten&iacute;a miedo de volverse loca. La piedad hu&iacute;a de
+ repente, y la dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para
+ aquella sequedad del alma en la oraci&oacute;n o en las lecturas piadosas.
+ Ya meditaba pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a
+ contemplar abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Cre&iacute;a que hab&iacute;a muerto aquella Ana que iba y ven&iacute;a
+ de la desesperaci&oacute;n a la esperanza, de la rebeld&iacute;a a la
+ resignaci&oacute;n, y no hab&iacute;a tal; estaba all&iacute;, dentro de
+ ella; sojuzgada, s&iacute;, perseguida, arrinconada, pero no muerta. Como
+ San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que Herod&iacute;as le
+ guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento, gritaba desde el
+ fondo de las entra&ntilde;as, y sus gritos se o&iacute;an por todo el
+ cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se com&iacute;a
+ todos los buenos prop&oacute;sitos de Ana la devota, la <i>hermana</i>
+ humilde y cari&ntilde;osa del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iexcl;El Ni&ntilde;o Jes&uacute;s! &iexcl;Qu&eacute; dulce emoci&oacute;n
+ despertaba aquella imagen! &iquest;Pero por qu&eacute; hab&iacute;a
+ servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad del amor
+ maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una vaguedad tierna,
+ anhelante&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba fr&iacute;o....
+ &iexcl;Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas
+ aquellas luchas de su esp&iacute;ritu ocioso, que buscaba fuera del centro
+ natural de la vida, fuera del hogar, p&aacute;bulo para el af&aacute;n de
+ amor, objeto para la sed de sacrificios!...
+ </p>
+ <p>
+ Sin saber lo que hac&iacute;a, Ana sali&oacute; de sus habitaciones,
+ atraves&oacute; el estrado, a obscuras, como sol&iacute;a, dej&oacute; atr&aacute;s
+ un pasillo, el comedor, la galer&iacute;a... y sin ruido, lleg&oacute; a
+ la puerta de la alcoba de Quintanar. No estaba bien cerrada aquella puerta
+ y por un intersticio vio Ana claridad. No dorm&iacute;a su marido. Se o&iacute;a
+ un rum rum de palabras.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Con qui&eacute;n habla ese hombre?&raquo;. Acerc&oacute; la
+ Regenta el rostro a la raya de luz y vio a don V&iacute;ctor sentado en su
+ lecho; de medio cuerpo abajo le cubr&iacute;a la ropa de la cama, y la
+ parte del torso que quedaba fuera abrig&aacute;bala una chaqueta de
+ franela roja; no usaba gorro de dormir don V&iacute;ctor por una
+ superstici&oacute;n respetable; &eacute;l incapaz de sospechar de su Ana
+ la falta m&aacute;s leve, hu&iacute;a de los gorros de noche por una
+ preocupaci&oacute;n literaria. Dec&iacute;a que el gorro de dormir era una
+ punta que atra&iacute;a los atributos de la infidelidad conyugal. Pero
+ aquella noche hab&iacute;a tenido fr&iacute;o, y a falta de gorro de algod&oacute;n
+ o de hilo, se hab&iacute;a cubierto con el que usaba de d&iacute;a, aquel
+ gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y oy&oacute; que en aquel
+ traje grotesco Quintanar le&iacute;a en voz alta, a la luz de un
+ candelabro el&aacute;stico clavado en la pared.
+ </p>
+ <p>
+ Pero hac&iacute;a m&aacute;s que leer, declamaba; y, con cierto miedo de
+ que su marido se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don V&iacute;ctor,
+ entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprim&iacute;a temblorosa el pu&ntilde;o
+ de una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don V&iacute;ctor
+ le&iacute;a con &eacute;nfasis y esgrim&iacute;a el acero brillante, como
+ si estuviera armando caballero al esp&iacute;ritu familiar de las comedias
+ de capa y espada.
+ </p>
+ <p>
+ Admitida la situaci&oacute;n en que se cre&iacute;a Quintanar, era muy
+ noble y veros&iacute;mil acci&oacute;n la de azotar el aire con el limpio
+ acero. Se trataba de defender en hermosos versos del siglo diez y siete a
+ una se&ntilde;ora que un su hermano quer&iacute;a descubrir y matar, y don
+ V&iacute;ctor juraba en quintillas que antes le har&iacute;an a &eacute;l
+ tajadas que consentir, siendo como era caballero, atrocidad semejante.
+ </p>
+ <p>
+ Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sinti&oacute; el alma en
+ los pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela
+ que repart&iacute;a mandobles desde la cama a la una de la noche, era su
+ marido, la &uacute;nica persona de este mundo que ten&iacute;a derecho a
+ las caricias de ella, a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella
+ supon&iacute;a en la maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con
+ motivo del portal de Bel&eacute;n y otros recuerdos an&aacute;logos.
+ </p>
+ <p>
+ Iba la Regenta al cuarto de su marido con &aacute;nimo de conversar, si
+ estaba despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado,
+ sobre el lecho. Quer&iacute;a la infeliz desechar las ideas que la volv&iacute;an
+ loca, aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la
+ carne rebelde y desabrida; quer&iacute;a palabras dulces, intimidad
+ cordial, el calor de la familia... algo m&aacute;s, aunque la avergonzaba
+ vagamente el quererlo, quer&iacute;a... no sab&iacute;a qu&eacute;... a
+ que ten&iacute;a derecho... y encontraba a su marido declamando de medio
+ cuerpo arriba, como mu&ntilde;eco de resortes que salta en una caja de
+ sorpresa.... La ola de la indignaci&oacute;n subi&oacute; al rostro de la
+ Regenta y lo cubri&oacute; de llamas rojas. Dio un paso atr&aacute;s
+ Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda
+ mene&oacute; algo en el suelo, porque don V&iacute;ctor grit&oacute;
+ asustado:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qui&eacute;n anda ah&iacute;!
+ </p>
+ <p>
+ No respondi&oacute; Ana.&mdash;&iquest;Qui&eacute;n anda ah&iacute;?&mdash;repiti&oacute;
+ exaltado don V&iacute;ctor, que se hab&iacute;a asustado un poco a s&iacute;
+ mismo con aquellos versos fanfarrones.
+ </p>
+ <p>
+ Y algo m&aacute;s tranquilo, dijo a poco:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Petra! &iexcl;Petra! &iquest;Eres t&uacute;, Petra?
+ </p>
+ <p>
+ Una sospecha cruz&oacute; por la imaginaci&oacute;n de Ana; unos celos
+ grotescos, tal los reput&oacute;, se le aparecieron casi como una forma de
+ la tentaci&oacute;n que la persegu&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Si aquel hombre ser&iacute;a amante de su criada?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Anselmo! &iexcl;Anselmo!&raquo;&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+ don V&iacute;ctor en el mismo tono suave y familiar.
+ </p>
+ <p>
+ Y Ana se retir&oacute; de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus
+ sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba rid&iacute;culo, de su
+ marido, de s&iacute; misma...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Oh, qu&eacute; rid&iacute;culo viaje por salas y pasillos, a
+ obscuras, a las dos de la madrugada, en busca de un imposible, de una
+ grotesca farsa... de un absurdo c&oacute;mico... pero tan amargo para
+ ella!...&raquo;. Y Ana, sin querer, como siempre, mientras iba a tientas
+ por el sal&oacute;n, pero sin tropezar, pensaba: Y si ahora, por milagro,
+ por milagro de amor, &Aacute;lvaro se presentase aqu&iacute;, en esta
+ obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la cintura... y me dijera: t&uacute;
+ eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo carne flaca, qu&eacute; har&iacute;a
+ sino sucumbir... perder el sentido en sus brazos.... &laquo;&iexcl;S&iacute;,
+ sucumbir!&raquo;, grit&oacute; todo dentro de ella; y desvanecida, busc&oacute;
+ a tientas el sof&aacute; de damasco y sobre &eacute;l, tendida, medio
+ desnuda, llor&oacute;, llor&oacute; sin saber cu&aacute;nto tiempo.
+ </p>
+ <p>
+ Una campanada del reloj del comedor la despert&oacute; de aquella
+ somnolencia de fiebre; tembl&oacute; de fr&iacute;o y a tientas otra vez,
+ el cabello por la espalda, la bata desce&ntilde;ida, y abierta por el
+ pecho, lleg&oacute; Ana a su tocador; la luz de esperma que se reflejaba
+ en el espejo estaba pr&oacute;xima a extinguirse, se acababa... y Ana se
+ vio como un hermoso fantasma flotante en el fondo obscuro de alcoba que
+ ten&iacute;a enfrente, en el cristal l&iacute;mpido. Sonri&oacute; a su
+ imagen con una amargura que le pareci&oacute; diab&oacute;lica... tuvo
+ miedo de s&iacute; misma... se refugi&oacute; en la alcoba, y sobre la
+ piel de tigre dej&oacute; caer toda la ropa de que se despojaba para
+ dormir. En un rinc&oacute;n del cuarto hab&iacute;a dejado Petra olvidados
+ los zorros con que limpiaba algunos muebles que necesitaban tales
+ disciplinas; y pensando ella misma en que estaba borracha... no sab&iacute;a
+ de qu&eacute;, Ana, desnuda, viendo a trechos su propia carne de raso
+ entre la holanda, salt&oacute; al rinc&oacute;n, empu&ntilde;&oacute; los
+ zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azot&oacute; su hermosura
+ in&uacute;til una, dos, diez veces.... Y como aquello tambi&eacute;n era
+ rid&iacute;culo, arroj&oacute; lejos de s&iacute; las prosaicas
+ disciplinas, entr&oacute; de un brinco de bacante en su lecho; y m&aacute;s
+ exaltada en su c&oacute;lera por la frialdad voluptuosa de las s&aacute;banas,
+ algo h&uacute;medas, mordi&oacute; con furor la almohada. A fuerza de no
+ querer pensar, por huir de s&iacute; misma, media hora despu&eacute;s se
+ qued&oacute; dormida.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella misma ma&ntilde;ana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de
+ la casa del Magistral. &iquest;A qu&eacute; hab&iacute;a ido all&iacute;?
+ Aquel no era camino de la catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don
+ Ferm&iacute;n, de verle al balc&oacute;n, de algo que ella no pod&iacute;a
+ precisar, le hab&iacute;a hecho tomar por la calle de los Can&oacute;nigos.
+ No top&oacute; con el suyo. Se dirigi&oacute; a la catedral y se sent&oacute;
+ sobre la tarima que hab&iacute;a en medio del crucero, desde el coro a la
+ capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fr&iacute;a
+ como un car&aacute;mbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos,
+ rezando oraciones que no terminaban y so&ntilde;ando despierta hasta que
+ concluy&oacute; el coro. Vio entrar en &eacute;l a su amigo, a su De Pas,
+ a quien sonri&oacute; cari&ntilde;osa, con la dulzura que a &eacute;l le
+ entraba por las entra&ntilde;as como si fuera fuego; el Magistral no sonri&oacute;,
+ pero su mirada fue intensa; dur&oacute; muy poco, pero dijo muchas cosas,
+ acus&oacute;, se quej&oacute;, inquiri&oacute;, perdon&oacute;, agradeci&oacute;...
+ Y pas&oacute; don Ferm&iacute;n. Entr&oacute; en el coro y se fue a su
+ rinc&oacute;n. Terminadas las horas can&oacute;nicas, el Magistral sali&oacute;,
+ se inclin&oacute; ante el Altar, se dirigi&oacute; a la sacrist&iacute;a,
+ y a poco volvi&oacute; a verle la Regenta, sin roquete, muceta ni capa,
+ con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se miraron.
+ </p>
+ <p>
+ Ahora sonrieron los dos. Ana se levant&oacute; cinco minutos despu&eacute;s.
+ Sin necesidad de dec&iacute;rselo, ni por se&ntilde;as, acudieron ambos a
+ una cita.... Se encontraron a poco en el sal&oacute;n de do&ntilde;a
+ Petronila Rianzares donde hab&iacute;an muchas se&ntilde;oras y tres cl&eacute;rigos.
+ All&iacute; se hab&iacute;a reunido la flor y nata de lo que llamaba <i>El
+ Alerta</i> &laquo;<i>el elemento lev&iacute;tico</i>&raquo; de la poblaci&oacute;n.
+ Aquellas se&ntilde;oras de respetable aspecto las m&aacute;s, guapas y j&oacute;venes
+ algunas, celebraban con alegr&iacute;a evang&eacute;lica el natalicio de
+ Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo como si el Hijo de Mar&iacute;a hubiese
+ venido al mundo exclusivamente para ellas y otras cuantas personas
+ distinguidas. La Natividad del Se&ntilde;or se les antojaba algo como una
+ fiesta de familia. Do&ntilde;a Petronila, con una manteleta de raso negro,
+ antiqu&iacute;sima, mal cortada, recib&iacute;a a su <i>mundo devoto</i>
+ como si estuviese ella de cumplea&ntilde;os. Todo se volv&iacute;a all&iacute;
+ sonrisas, apretones de manos, elogios mutuos, carcajadas sonoras, que
+ reflejaban el interior contento de aquellas almas en gracia de Dios. El
+ Magistral fue recibido en triunfo. &iexcl;Qu&eacute; fino! &iexcl;qu&eacute;
+ atento! Una hora despu&eacute;s ten&iacute;a que subir al p&uacute;lpito,
+ en la catedral, a predicar un serm&oacute;n de los de tabla, &iexcl;y sin
+ embargo acud&iacute;a antes a dar las Pascuas a su amiga do&ntilde;a
+ Petronila! &laquo;&iexcl;Qu&eacute; hombre! &iexcl;qu&eacute; &aacute;ngel!
+ &iexcl;qu&eacute; pico de oro! &iexcl;qu&eacute; lumbrera!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El descr&eacute;dito de don Ferm&iacute;n no hab&iacute;a llegado al c&iacute;rculo
+ de do&ntilde;a Petronila; all&iacute; nadie dudaba de la virtud del
+ Provisor, nadie la discut&iacute;a. Si alguno de los presentes, fuera de
+ aquel sal&oacute;n venerable, se atrev&iacute;a a calumniar a aquel santo,
+ no se sab&iacute;a, no se quer&iacute;a saber, pero en casa del gran
+ Constantino nadie osar&iacute;a poner en tela de juicio la santidad del
+ Cris&oacute;stomo vetustense.
+ </p>
+ <p>
+ Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Ferm&iacute;n. Fue en
+ el gabinete de do&ntilde;a Petronila. Ella los encontr&oacute;...; pero
+ sonri&eacute;ndoles y saludando con la mano les dijo, desde la puerta:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada, nada... ven&iacute;a por unos papeles.... Ya volver&eacute;...
+ </p>
+ <p>
+ Ana iba a llamarla: &laquo;no hab&iacute;a secretos, &iquest;por qu&eacute;
+ se retiraba aquella se&ntilde;ora?...&raquo; esto quer&iacute;a decirle,
+ pero un gesto del Magistral la contuvo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;D&eacute;jela usted&mdash;dijo De Pas con un tono imperioso que a
+ la Regenta siempre le sonaba bien. Eso quer&iacute;a ella, que el
+ Magistral mandase, dispusiera de ella y de sus actos.
+ </p>
+ <p>
+ Ana volvi&oacute; hacia De Pas, que estaba cerca del balc&oacute;n y le
+ sonri&oacute; como poco antes en la catedral. Aquella sonrisa ped&iacute;a
+ perd&oacute;n y bendec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n estaba p&aacute;lido, le temblaba la voz. Estaba m&aacute;s
+ delgado que por el verano. En esto pensaba Anita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Estoy tan cansado!&mdash;dijo &eacute;l y suspir&oacute; con
+ mucha tristeza.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se sent&oacute; a su lado, al verle dejarse caer en una butaca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Estoy tan solo!&mdash;&iquest;C&oacute;mo solo...? No
+ entiendo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mi madre me adora, ya lo s&eacute;... pero no es como yo; ella
+ procura mi bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe
+ todo esto, Ana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero... &iquest;por qu&eacute; est&aacute; usted solo? y...
+ &iquest;los dem&aacute;s?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Los dem&aacute;s... no son mi madre. No son nada m&iacute;o.
+ &iquest;Qu&eacute; tiene usted, Ana? &iquest;se pone usted mala? &iquest;qu&eacute;
+ es esto? llamar&eacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no, de ning&uacute;n modo.... Un escalofr&iacute;o... un
+ temblor... ya pas&oacute;... esto no es nada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Tendr&aacute; usted un ataque?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No... el ataque se presenta con otros s&iacute;ntomas... deje
+ usted... deje usted. Esto es fr&iacute;o... humedad... nada.... Callaron.
+ De Pas vio que Ana conten&iacute;a el llanto que quer&iacute;a saltar a la
+ cara.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; sucede aqu&iacute;? yo necesito saberlo todo,
+ tengo derecho... creo que tengo derecho....
+ </p>
+ <p>
+ Ana cay&oacute; de rodillas a los pies de su <i>hermano mayor</i>, y
+ sollozando pudo decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, todo, todo lo sabr&aacute; usted... pero aqu&iacute; no,
+ en la Iglesia.... Ma&ntilde;ana... temprano....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que
+ lo viese ella, que ten&iacute;a escondida la cabeza entre las manos,
+ levant&oacute; los brazos y llev&oacute; los pu&ntilde;os crispados a los
+ ojos. Dio dos vueltas por el gabinete. Volvi&oacute; a paso largo al lado
+ de la Regenta que segu&iacute;a de rodillas, sollozando y ahogando el
+ llanto para que no sonase.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ahora, Ana, ahora es mejor... aqu&iacute;... a&uacute;n hay
+ tiempo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Aqu&iacute; no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;qu&eacute; es esto... qu&eacute; pasa? por caridad...
+ se&ntilde;ora... por compasi&oacute;n, Ana... no ve usted que tiemblo como
+ una vara verde.... Yo no soy un juguete.... &iquest;Qu&eacute; pasa... qu&eacute;
+ debo temer...? Ayer ese hombre estaba borracho... &eacute;l y otros
+ pasaron delante de mi casa... a las tres de la madrugada.... Orgaz le
+ llamaba a gritos: &laquo;&iexcl;&Aacute;lvaro! &iexcl;&Aacute;lvaro! aqu&iacute;
+ vive... tu rival... eso dec&iacute;a, tu rival...&raquo; &iexcl;la
+ calumnia ha llegado hasta ah&iacute;!...
+ </p>
+ <p>
+ Ana mir&oacute; espantada al Provisor.... Parec&iacute;a que no comprend&iacute;a
+ sus palabras....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora, les pesa de nuestra amistad, y quieren
+ separarnos, y as&iacute; podr&aacute;n conseguirlo... echan lodo en
+ medio... y se acab&oacute;...
+ </p>
+ <p>
+ Era la primera vez que el Magistral hablaba as&iacute;. Jam&aacute;s se
+ hab&iacute;an acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella
+ calumnia; &eacute;l pensaba en ella, pero no conven&iacute;a a sus planes
+ decir a la Regenta: yo soy hombre, t&uacute; eres mujer, el mundo juzga
+ con la malicia.... Pero ahora, sin poder contenerse, hab&iacute;a dicho:
+ <i>tu rival</i>, con fuerza... aunque aquellas palabras pudiesen asustar a
+ la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, s&iacute;, &eacute;l tambi&eacute;n era hombre, pod&iacute;a
+ ser rival, &iquest;por qu&eacute; no?&raquo;. No se conoc&iacute;a; se
+ paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula; comprend&iacute;a que
+ en aquel momento dir&iacute;a todo lo que le sugiriese la pasi&oacute;n
+ exaltada, el amor propio herido.... Despu&eacute;s le pesar&iacute;a de
+ haber hablado... pero no importaba, ahora quer&iacute;a desahogar. &laquo;&iexcl;Ay!
+ no era el Ferm&iacute;n de anta&ntilde;o&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se levant&oacute;, esper&oacute; a que el Magistral llegase en sus
+ paseos al extremo del gabinete y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No me ha comprendido usted.... Yo soy la que est&aacute; sola...
+ usted es el ingrato.... Su madre le querr&aacute; m&aacute;s que yo...
+ pero no le debe tanto como yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si
+ hac&iacute;a falta.... El mundo entero le calumnia, le persigue... y yo
+ aborrezco al mundo entero y me arrojo a los pies de usted a contarle mis
+ secretos m&aacute;s hondos.... No sab&iacute;a qu&eacute; sacrificio podr&iacute;a
+ hacer por usted.... Ahora ya lo s&eacute;... Usted me lo ha
+ descubierto.... Hablan de mi honra... &iexcl;miserables! yo no sospechaba
+ que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo no quiero
+ separarme del m&aacute;rtir que persiguen con calumnias como a
+ pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a m&iacute;...
+ yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... &iexcl;Ya s&eacute; para qu&eacute;
+ sirvo yo! &iexcl;Ya s&eacute; para qu&eacute; nac&iacute; yo! Para
+ esto.... Para estar a los pies del m&aacute;rtir que matan a calumnias....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa se&ntilde;ora....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, que ahora estaba rojo, y ten&iacute;a los p&oacute;mulos
+ como brasas, se acerc&oacute; a la Regenta, le oprimi&oacute; las manos y
+ dijo ronco, estrangulado por la pasi&oacute;n:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la
+ catedral... junto al altar de la Concepci&oacute;n... en frente del p&uacute;lpito....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que ten&iacute;a
+ que decir... est&aacute; dicho....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero ese hombre!...&mdash;De ese hombre... nada. La voz de
+ do&ntilde;a Petronila se hab&iacute;a o&iacute;do cuando el Magistral avis&oacute;
+ que llegaba. Hablaba desde lejos la se&ntilde;ora de Rianzares, que dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;All&aacute; va, all&aacute; va el se&ntilde;or Magistral, est&aacute;
+ en mi gabinete solo, repasando su serm&oacute;n sin duda....
+ </p>
+ <p>
+ Y entr&oacute; cuando Ana se volv&iacute;a un poco para ocultar a su amigo
+ la confusi&oacute;n que &eacute;l hubiera le&iacute;do en el rostro de
+ ella, a no haber tenido que atender a do&ntilde;a Petronila que gritaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado
+ la misa....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral desapareci&oacute; por la puerta de la alcoba, por donde hab&iacute;a
+ entrado el ama de la casa.
+ </p>
+ <p>
+ Mir&oacute; el gran Constantino a la Regenta y tom&aacute;ndole la cabeza
+ con ambas manos la bes&oacute; con estr&eacute;pito en la frente; y despu&eacute;s
+ dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero qu&eacute; hermos&iacute;sima est&aacute; hoy esta rosa
+ de Jeric&oacute;!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A la catedral, a la catedral!&mdash;gritaron los del sal&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas
+ sub&iacute;a con majestuoso paso al p&uacute;lpito, donde Ripamil&aacute;n
+ cantara al comenzar el d&iacute;a el Evangelio de San Lucas.
+ </p>
+ <p>
+ Buscaron sitio al pie del altar de la Concepci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Desde aqu&iacute; se ve perfectamente&mdash;dijo do&ntilde;a
+ Petronila.
+ </p>
+ <p>
+ E inclin&aacute;ndose hacia Ana, a&ntilde;adi&oacute; en voz baja y
+ melosa:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;M&iacute;rele usted, est&aacute; hoy lo que se llama hermos&iacute;simo
+ ese ap&oacute;stol de los gentiles! &iexcl;Qu&eacute; roquete! Parece de
+ espuma.... En el nombre del Padre..., del Hijo... y del Esp&iacute;ritu....
+ Santo...
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXIVmdash" id="XXIVmdash"></a>&mdash;XXIV&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ &mdash;Pero, &iquest;y si &eacute;l se empe&ntilde;a en que vaya?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es muy d&eacute;bil... si insistimos, ceder&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y si no cede, si se obstina?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, &iquest;por qu&eacute;?&mdash;Porque... es as&iacute;. No s&eacute;
+ qui&eacute;n se lo ha metido por la cabeza, dice que le pongo en rid&iacute;culo
+ si no voy.... Y nos alude... habla del que tiene la culpa de esto... dice
+ que &eacute;l no es amo de su casa, que se la gobiernan desde fuera.... Y
+ despu&eacute;s, que la Marquesa est&aacute; ya algo fr&iacute;a con
+ nosotros por causa de tantos desaires... &iexcl;qu&eacute; s&eacute; yo!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien, pues si todav&iacute;a se obstina... entonces... tendremos
+ que ir a ese baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el
+ otro &iquest;anda con &eacute;l? &iquest;Tan amigotes siempre?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya se sabe que a casa no le lleva....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y es de etiqueta el baile?&mdash;Creo... que s&iacute;...&mdash;&iquest;Hay
+ que ir escotada?&mdash;Ps... no. Aqu&iacute; la etiqueta es para los
+ hombres. Ellas van como quieren; algunas completamente <i>subidas</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nosotros iremos... <i>subidos</i> &iquest;eh?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, es claro.... &iquest;Cu&aacute;ndo toca la catedral?
+ &iquest;pasado? pues pasado ir&eacute; a la capilla con el vestido que he
+ de llevar al baile.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo puede ser eso?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Siendo... son cosas de mujer, se&ntilde;or curioso. El cuerpo se
+ separa de la falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a
+ confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos
+ satisfechos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;As&iacute; lo espero. Don Ferm&iacute;n qued&oacute; satisfecho del
+ vestido, aunque no de que <i>fu&eacute;ramos</i> al baile. El vestido, seg&uacute;n
+ pudo entrever acercando los ojos a la celos&iacute;a del confesonario, era
+ bastante subido, no dejaba ver m&aacute;s que un &aacute;ngulo del pecho
+ en que apenas cab&iacute;a la cruz de brillantes, que Ana llev&oacute;
+ tambi&eacute;n a la Iglesia para que se viera c&oacute;mo hac&iacute;a el
+ conjunto.
+ </p>
+ <p>
+ Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don V&iacute;ctor
+ se empe&ntilde;&oacute; &laquo;en que se fuera, y se fue&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquel acto de energ&iacute;a, verdaderamente extraordinario, le hac&iacute;a
+ pensar al ex-regente, mientras sub&iacute;an la escalera del caser&oacute;n
+ negruzco del Casino, que &eacute;l, don V&iacute;ctor, hubiera sido un
+ regular dictador. &laquo;Le faltaba un teatro, pero no car&aacute;cter.
+ Que lo dijera su mujer, que mal de su grado sub&iacute;a colgada de su
+ brazo, hermos&iacute;sima, casi contenta, pese a todos los confesores del
+ mundo. Ya no est&aacute;bamos en el Paraguay: &iexcl;A &eacute;l jesuitas!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Era lunes de Carnaval. El d&iacute;a anterior, el domingo se hab&iacute;a
+ discutido con mucho calor en el Casino si la sociedad abrir&iacute;a o no
+ abrir&iacute;a sus salones aquel a&ntilde;o. Era costumbre inveterada que
+ aquel <i>c&iacute;rculo aristocr&aacute;tico</i> (como le llamaba el <i>Alerta</i>,
+ a cuyos redactores no se convidaba nunca, porque se empe&ntilde;aban en
+ asistir de <i>jaquet</i>) diese baile, pero jam&aacute;s de trajes, el
+ lunes de Carnaval.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por qu&eacute; no ha de ser este a&ntilde;o como los dem&aacute;s?&mdash;preguntaba
+ Ronzal, que acababa de hacerse un frac en Madrid.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Porque este a&ntilde;o el Carnaval est&aacute; muy desanimado por
+ culpa de los Misioneros, por eso&mdash;respond&iacute;a Foja, a quien hab&iacute;a
+ metido en la Junta directiva don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La verdad es&mdash;dijo el presidente, Mes&iacute;a&mdash;que nos
+ exponemos a un desaire. La mayor parte de las se&ntilde;oritas <i>comm'il
+ faut</i> est&aacute;n entregadas en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que
+ muchas traen cilicios debajo de la camisa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; horror!&mdash;exclam&oacute; don V&iacute;ctor,
+ que estaba presente, aunque no era de la Junta. (Pero por no separarse de
+ Mes&iacute;a.)
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, cilicios&mdash;corrobor&oacute; Foja&mdash;.
+ Amigo, el Magistral no puede tanto. No ha conseguido que sus hijas de
+ confesi&oacute;n usen cilicios y otras invenciones diab&oacute;licas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Porque tampoco se lo ha propuesto&mdash;contest&oacute; Ronzal.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro observ&oacute; que Quintanar se pon&iacute;a colorado.
+ Le hab&iacute;a sabido mal la alusi&oacute;n de Foja. &laquo;S&iacute;,
+ alud&iacute;a a su mujer al hablar del Magistral; con &eacute;l iba la
+ pulla&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo cierto es&mdash;continu&oacute; el ex-alcalde&mdash;que nos
+ exponemos a un desaire, como dice muy bien el presidente. La flor y nata
+ de la <i>conservadur&iacute;a</i>, que son las que animan esto, no vendr&aacute;;
+ las conozco bien: ahora se divierten en jugar a las santas. Ahora son m&iacute;sticas...
+ zurriagazo y tente tieso, &iexcl;ja, ja, ja!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A m&iacute; se me ocurre una cosa&mdash;dijo Mes&iacute;a&mdash;.
+ Exploremos el terreno. Hagamos que los socios que tienen relaciones con
+ las familias distinguidas se enteren de si las ni&ntilde;as vienen o no.
+ Si ellas asisten, las dem&aacute;s, las de reata, vendr&aacute;n de fijo,
+ <i>malgr&eacute;</i> todos los jesuitas y padres descalzos del mundo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Magn&iacute;fico! &iexcl;Magn&iacute;fico!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreci&oacute; traer a
+ quien pudiera.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor, a quien otra pulla de Foja hab&iacute;a picado mucho,
+ no pudo menos de decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo, se&ntilde;ores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila
+ pero hace bulto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, gran adquisici&oacute;n!&mdash;dijo un socio&mdash;; si
+ do&ntilde;a Ana viene, ser&aacute; un gran ejemplo, porque ella, hace
+ tanto tiempo retirada... &iexcl;oh! ser&aacute; un gran ejemplo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenar&aacute;
+ esto con lo mejorcito.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Quintanar&mdash;dijo el ex-alcalde&mdash;se le declara
+ a usted benem&eacute;rito del Casino... si consigue traer a su se&ntilde;ora
+ la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues s&iacute; se&ntilde;or &iexcl;que vendr&aacute;!... En mi
+ casa, se&ntilde;or Foja, una ligera insinuaci&oacute;n m&iacute;a es un
+ decreto sancionado....
+ </p>
+ <p>
+ Y don V&iacute;ctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le hab&iacute;a
+ ocurrido asistir a la Junta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Por qu&eacute; habr&iacute;a ofrecido &eacute;l lo que no
+ hab&iacute;a de cumplir?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Sin embargo, la palabra era palabra&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Tiempo hac&iacute;a que Quintanar no le&iacute;a a Kempis, ni pensaba ya
+ en el infierno con horror. De su piedad pasajera s&oacute;lo le quedaba la
+ convicci&oacute;n de que son necesarias las buenas obras adem&aacute;s de
+ la fe para salvarse, y la costumbre de persignarse al levantarse, al salir
+ de casa, al dormir, etc., etc. Hab&iacute;a vuelto a Calder&oacute;n y
+ Lope con m&aacute;s entusiasmo que nunca. Se encerraba en su despacho o en
+ su alcoba y recitaba grandes <i>relaciones</i> como &eacute;l dec&iacute;a,
+ de las m&aacute;s famosas comedias, casi siempre con la espada en la mano.
+ As&iacute; le hab&iacute;a sorprendido su mujer, sin que &eacute;l lo
+ supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que hab&iacute;a cenado
+ fuerte el buen se&ntilde;or y se le hab&iacute;a ocurrido celebrar a su
+ modo el Nacimiento de Jes&uacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Pero si la propia religiosidad hab&iacute;a volado, o se hab&iacute;a
+ escondido en pliegues rec&oacute;nditos del alma, donde &eacute;l no la
+ encontraba, don V&iacute;ctor respetaba la piedad ajena.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No obstante, se dec&iacute;a a s&iacute; mismo, anim&aacute;ndose
+ al ataque, mi mujer ya no va para santa; respeto como antes su piedad,
+ pero ya no me da miedo; ya es una devota como otras muchas, va y viene, y
+ no se detiene; la novena, la misa, la cofrad&iacute;a, la visita al Sant&iacute;simo...
+ pero ya no tenemos aquellas encerronas con que a m&iacute; me asustaba,
+ como si tuvi&eacute;ramos un para-rayos en casa. Ea, pues, me atrevo, se
+ lo digo...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y se lo dijo. Se lo dijo cuando acababan de comer. Con gran sorpresa del
+ en&eacute;rgico marido &laquo;que no quer&iacute;a que su casa fuese un
+ nuevo Paraguay&raquo; (alusi&oacute;n que no entendi&oacute; Ana), la
+ esposa no resisti&oacute; tanto como &eacute;l esperaba; se rindi&oacute;
+ pronto. Pero &eacute;l lo achac&oacute; a la propia energ&iacute;a.
+ &laquo;Comprende que yo no he de ceder y no se obstina&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Ana consult&oacute; con el Magistral en casa de do&ntilde;a
+ Petronila, ya ten&iacute;a dado su consentimiento. Pero pensaba retirarlo
+ si el can&oacute;nigo dec&iacute;a <i>non possumus</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Todo se arregl&oacute;, menos la conciencia de Ana que sigui&oacute;
+ intranquila. &laquo;&iquest;Por qu&eacute; hab&iacute;a dicho que s&iacute;
+ despu&eacute;s de una d&eacute;bil resistencia? &iquest;A qu&eacute; iba
+ ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero &iquest;por qu&eacute;
+ estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora s&iacute;?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No lo sab&iacute;a; no quer&iacute;a saberlo. No quer&iacute;a
+ atormentarse m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;El baile y ella &iquest;qu&eacute; ten&iacute;an que ver? &iquest;qu&eacute;
+ le importaba a ella, a la <i>hermana</i> de don Ferm&iacute;n el santo, el
+ m&aacute;rtir, que bailasen o no las muchachas insulsas de Vetusta en el
+ sal&oacute;n estrecho y largo del Casino? Nada, nada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las
+ propias manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel
+ &aacute;ngulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba
+ ver.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal, de la comisi&oacute;n que recib&iacute;a a las se&ntilde;oras, se
+ apresur&oacute;, en cuanto asomaron los de Quintanar en el vest&iacute;bulo,
+ a ofrecer a la Regenta su brazo. &iquest;Cu&aacute;l? &laquo;el derecho,
+ sin duda el derecho pens&oacute;&raquo;. Grande fue su pena al notar que
+ Paco Vegallana ofrec&iacute;a a Olvido P&aacute;ez que entraba al mismo
+ tiempo, no el brazo derecho, sino el izquierdo. De todos modos entr&oacute;
+ en el sal&oacute;n triunfante con su pareja... de un minuto. Tuvo tiempo
+ suficiente, sin embargo, para participar del triunfo de Ana. Las
+ conversaciones se suspendieron, las miradas se clavaron en la hija de la
+ italiana. Hubo un rumor de asombro:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;La Regenta!&mdash;&iexcl;La Regenta!&mdash;&iexcl;Qui&eacute;n
+ lo dir&iacute;a!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pobre Magistral!&mdash;&iexcl;Y qu&eacute; hermosa!&mdash;&iexcl;Pero
+ qu&eacute; sencilla!...
+ </p>
+ <p>
+ Esta exclamaci&oacute;n fue de Obdulia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; sencilla, pero qu&eacute; hermosa!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La virgen de la Silla...&mdash;La Venus del Nilo, como dice
+ Trabuco.
+ </p>
+ <p>
+ Esto lo dijo Joaqu&iacute;n Orgaz. El c&iacute;rculo de la nobleza se abri&oacute;
+ para acoger en su seno a la <i>Hija pr&oacute;diga de la Sociedad</i>,
+ como acert&oacute; a decir el bar&oacute;n de la Barcaza, que <i>in illo
+ tempore</i> hab&iacute;a estado muy enamorado de Anita, a pesar de la se&ntilde;ora
+ baronesa e hijas.
+ </p>
+ <p>
+ La marquesa de Vegallana, todav&iacute;a de azul el&eacute;ctrico, se
+ levant&oacute; de su silla de raso carmes&iacute; con respaldo de nogal, y
+ abraz&oacute; sin que pareciera mal, a su querida Anita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hija, gracias a Dios, cre&iacute;a que era el desaire ciento uno.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa tambi&eacute;n hab&iacute;a puesto empe&ntilde;o en que Ana
+ asistiera al baile y a la cena, &laquo;que tendr&iacute;a la <i>&eacute;lite</i>
+ en <i>petit comit&eacute;</i>&raquo;. Todos estos galicismos los hab&iacute;a
+ importado Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero qu&eacute; divina, Ana, pero qu&eacute; divina!&mdash;le
+ dec&iacute;a a la Regenta cara a cara, y con voz gangosa, la hija mayor
+ del Bar&oacute;n, Rudesinda, que seg&uacute;n don Saturnino Berm&uacute;dez,
+ era una <i>belleza ojival</i>. En efecto, parec&iacute;a una torrecilla g&oacute;tica,
+ aunque, por ciertas curvas del busto, sobre todo del cuello, a la Marquesa
+ se le antojaba &laquo;un caballo de ajedrez&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Por lo dem&aacute;s, a ella y a sus dos hermanas, las llamaban los
+ plebeyos &laquo;Las tres desgracias&raquo;, y a su se&ntilde;or padre, bar&oacute;n
+ de la Barcaza, el bar&oacute;n de la <i>Deuda flotante</i>, aludiendo al t&iacute;tulo
+ y a los muchos acreedores del magnate.
+ </p>
+ <p>
+ Sol&iacute;a esta familia, digna de mejores rentas, pasar gran parte del a&ntilde;o
+ en Madrid, y las <i>ni&ntilde;as</i> (de veintis&eacute;is a&ntilde;os la
+ menor) cuando estaban en p&uacute;blico ante los vetustenses fing&iacute;an
+ disimular su desprecio de todo lo que les rodeaba. Refugi&aacute;banse en
+ el c&iacute;rculo aristocr&aacute;tico, donde tambi&eacute;n entraban, por
+ especial privilegio, Visitaci&oacute;n y Obdulia, pariente de nobles. Las
+ se&ntilde;oritas de la clase media (y cuenta que en Vetusta el gobernador
+ civil y familia entraban en la aristocracia) se vengaban de aquel desd&eacute;n
+ mal disimulado cont&aacute;ndoles los huesos de la pechuga a las del bar&oacute;n
+ y a otras j&oacute;venes arist&oacute;cratas. Daba la casualidad de que
+ casi todas las ni&ntilde;as nobles de Vetusta eran flacas.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se sent&oacute; al lado de la marquesa de Vegallana, &uacute;nica
+ persona que le era simp&aacute;tica entre todas las del corro. Entonces
+ anunciaba la orquesta un rigod&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Y no fue vana su amenaza; a los dos minutos aquellos violines y violas,
+ clarinetes y flautas, a quienes acompa&ntilde;aba en su laboriosa gestaci&oacute;n
+ arm&oacute;nica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus
+ acordes, como se promet&iacute;a decir en <i>El L&aacute;baro</i> del d&iacute;a
+ siguiente Trif&oacute;n C&aacute;rmenes, el cual hab&iacute;a osado
+ preguntar a la hija segunda del bar&oacute;n &laquo;si le favorec&iacute;a&raquo;.
+ Mal gesto puso Fabiolita, que as&iacute; se llamaba, pero una se&ntilde;a
+ de su padre la oblig&oacute; <i>a favorecer</i> a Trif&oacute;n, aunque se
+ propuso no contestarle, si &eacute;l se atrev&iacute;a a hablar, m&aacute;s
+ que con monos&iacute;labos. El bar&oacute;n de la Deuda Flotante cre&iacute;a
+ en el poder de la prensa peri&oacute;dica, pero su hija no. Enfrente de
+ esta pareja se coloc&oacute; resplandeciente Ronzal, el gallardo Trabuco,
+ diputado de la comisi&oacute;n y miembro de la Junta directiva del Casino.
+ La pechera que luc&iacute;a Ronzal no pod&iacute;a ser m&aacute;s
+ brillante. Estaba &eacute;l orgulloso de aquella pechera, de aquel frac
+ madrile&ntilde;o, de aquellas botas sin tacones que eran la &uacute;ltima
+ moda, lo m&aacute;s <i>chic</i>, como ya empezaba a decirse en Vetusta.
+ Pero no estaba tan satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el <i>arte
+ de Terps&iacute;core</i> (otra frase que Trif&oacute;n se propon&iacute;a
+ emplear.) Ten&iacute;a a su lado Trabuco, como pareja a Olvido P&aacute;ez,
+ que no le miraba siquiera. Pero &eacute;l no pensaba en esto, pensaba en
+ que, seg&uacute;n ve&iacute;a, tarde ya, le tocaba romper la marcha; su <i>bis
+ a bis</i> era Trif&oacute;n, y Trif&oacute;n hab&iacute;a empezado a
+ ponerse en movimiento. Trabuco sudaba antes de haber motivo para ello. A
+ cada momento se met&iacute;a los dedos de la mano derecha entre el cuello
+ de la camisa y lo que &eacute;l llamaba <i>mi pescuezo</i> cuando &laquo;apostaba
+ la cabeza&raquo; por cualquier cosa. Aquel movimiento le parec&iacute;a
+ muy elegante y sobre todo era muy socorrido. Mientras la de P&aacute;ez
+ daba a entender con su aire melanc&oacute;lico y aburrido que su reino no
+ era de este mundo, y que Ronzal hab&iacute;a hecho demasiado atrevi&eacute;ndose
+ a invitarla a bailar, el diputado pon&iacute;a los cinco sentidos en no
+ equivocarse, en no pisar el vestido ni los pies a ninguna se&ntilde;orita
+ y en imitar servilmente las idas y venidas y las genuflexiones de Trif&oacute;n.
+ Mal poeta era C&aacute;rmenes, pero el rigod&oacute;n lo conoc&iacute;a
+ muy a fondo. Bien se lo envidiaba Ronzal. La de P&aacute;ez y la del bar&oacute;n
+ al pasar cerca una de otra se sonre&iacute;an discretamente, como
+ diciendo:&mdash;&iexcl;Vaya todo por Dios! o bien &iexcl;qu&eacute; par de
+ cursis nos han tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran; pensaba en
+ la pechera, en el cuello de la camisa, y en las colas de los vestidos. A
+ su derecha ten&iacute;a Trabuco a Joaqu&iacute;n Orgaz que hablaba sin
+ cesar con su pareja, una americana muy rica y muy perezosa. Como el sal&oacute;n
+ era estrecho y las costumbres vetustenses un poco descuidadas, las
+ parejas, mientras no les tocaba moverse, se sentaban en la silla que ten&iacute;an
+ detr&aacute;s de s&iacute; muy cerca. Ronzal, que no pod&iacute;a
+ sentarse, porque no ten&iacute;a d&oacute;nde, pensaba que aquello era una
+ corruptela, y era verdad. La de P&aacute;ez y la del bar&oacute;n apenas
+ se ten&iacute;an en pie; se dejaban caer sobre su silla respectiva, como
+ si cada figura del rigod&oacute;n fuera un viaje alrededor del mundo.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s del rigod&oacute;n vino un wals. Ronzal se retir&oacute; a
+ fumar un cigarro de papel. &Eacute;l no bailaba wals, no hab&iacute;a
+ podido aprender nunca. Todas las puertas del sal&oacute;n estaban
+ atestadas de socios... que no ten&iacute;an frac. Un frac en Vetusta supon&iacute;a
+ <i>cierta posici&oacute;n</i>. Muchos <i>pollos</i> se figuraban que
+ semejante prenda exig&iacute;a la fortuna de un Montecristo.
+ </p>
+ <p>
+ Y como el baile era de etiqueta, la m&aacute;s florida juventud se quedaba
+ a la puerta. Unos fing&iacute;an desde&ntilde;ar el rid&iacute;culo placer
+ de dar vueltas por all&iacute; como una peonza... <i>para nada</i>. Otros
+ hac&iacute;an alardes de desidia, de escepticismo, de cualquier cosa que
+ fuera incompatible con el frac, seg&uacute;n ellos. Y algunos, m&aacute;s
+ ingenuos, confesaban la penuria de su presupuesto, maldec&iacute;an de las
+ exigencias sociales... y se reservaban para &laquo;&uacute;ltima hora&raquo;.
+ Porque a &uacute;ltima hora bailaban, pese a Ronzal, los de levita, los de
+ <i>jaquet</i> y hasta los de cazadora. &laquo;&iexcl;No faltaba m&aacute;s!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Saturnino Berm&uacute;dez, que ten&iacute;a frac, y clac y todo lo
+ necesario, lleg&oacute; un poco tarde al sal&oacute;n. Se detuvo en una
+ puerta... y... tembl&oacute;. No pod&iacute;a remediarlo.... La emoci&oacute;n
+ de entrar en los salones en d&iacute;a solemne era para &eacute;l
+ semejante a la de echarse al agua. Y en efecto, cualquier observador
+ hubiera dicho que aquel hombre cre&iacute;a estar en aquel umbral a la
+ orilla del Oc&eacute;ano. Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a
+ las bromas de los envidiosos sin frac que le dec&iacute;an:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Vamos, hombre, l&aacute;ncese usted... valor!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya... ya... voy... no si... ya voy....
+ </p>
+ <p>
+ Y sujet&oacute; bien los guantes, y se arregl&oacute; el lazo de la
+ corbata, y se asegur&oacute; de que el pa&ntilde;uelo estaba en su sitio,
+ y... tambi&eacute;n pas&oacute; dos dedos por la tirilla de la camisola.
+ Por &uacute;ltimo... a la una, a las dos... (a las dos se compuso el
+ peinado con los dedos, sin recordar que tra&iacute;a la cabeza como un
+ recluta) y despu&eacute;s de este adem&aacute;n autom&aacute;tico, muy
+ frecuente en los que van a arrojarse al ba&ntilde;o de cabeza... despu&eacute;s
+ de esto &iexcl;al agua! Saturno entra en el sal&oacute;n, saludando a
+ diestro y siniestro, y aunque parece que su prop&oacute;sito es enterarse
+ de qui&eacute;n est&aacute; all&iacute;, en el <i>fuero interno</i> bien
+ sabe &eacute;l que lo que busca es un rinc&oacute;n de un div&aacute;n o
+ una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada navegaci&oacute;n
+ por los mares del <i>gran mundo</i>. Pero poco a poco se acostumbra al
+ agua, es decir, al sal&oacute;n, y ya est&aacute; all&iacute; muy
+ tranquilo, y baila y dice galanter&iacute;as en unos p&aacute;rrafos tan
+ largos y complicados, que nadie se los agradece.
+ </p>
+ <p>
+ Ana al principio ten&iacute;a sue&ntilde;o. Eran las doce. No pensaba m&aacute;s
+ que en lo que pasaba ante sus ojos. No quer&iacute;a reflexionar. Al
+ entrar en el Casino se hab&iacute;a dicho: &laquo;&iquest;Se acercar&aacute;
+ don &Aacute;lvaro a saludarme?&raquo;. Y hab&iacute;a sentido miedo y
+ estuvo tentada a fingirse enferma para volver a casa. Pero aquella idea
+ pas&oacute;. &Aacute;lvaro no acababa de parecer por all&iacute;. La
+ Marquesa hablaba como una cotorra. Anita contestaba con sonrisas.... De
+ pronto apareci&oacute; Visitaci&oacute;n la del Banco, que vest&iacute;a
+ un traje de organd&iacute; con flores de trapo por arriba y por abajo. El
+ escote era exagerado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Chica, vienes escandalosa&mdash;le dijo la Marquesa, mientras le
+ mord&iacute;a la cara al besarla, para apagar as&iacute; la risa.
+ </p>
+ <p>
+ Visita mir&oacute; como pudo hacia donde hab&iacute;a mirado do&ntilde;a
+ Rufina, y contest&oacute; sin turbarse:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bah, no me parece! Pero no ser&iacute;a extra&ntilde;o,
+ porque ni tiempo he tenido para mirarme al espejo.... &iexcl;Aquellos
+ demonios de hijos! &iexcl;Su padre que no tiene energ&iacute;a, que no
+ sabe enga&ntilde;arlos!... no me los pod&iacute;a quitar de encima.
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Pero Ana, qu&eacute; es esto? &iquest;t&uacute; aqu&iacute;? pero
+ fe&iacute;sima m&iacute;a, &iquest;qu&eacute; es esto? &iquest;qu&eacute;
+ bula tenemos?...
+ </p>
+ <p>
+ Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a la
+ Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra.
+ </p>
+ <p>
+ La que estaba de pie inclinaba el cuerpo hacia atr&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Media hora despu&eacute;s, Visita, un poco escondida detr&aacute;s del
+ cortinaje de un balc&oacute;n, refer&iacute;a una historia a la Regenta,
+ que la o&iacute;a atenta, vuelta hacia el rinc&oacute;n de su amiga.
+ </p>
+ <p>
+ El baile se animaba, la maledicencia y los recelos rid&iacute;culos de la
+ etiqueta fr&iacute;a e irracional de nobles y plebeyos code&aacute;ndose,
+ dejaban el puesto a otros vicios y pasiones. Ronzal ya no parec&iacute;a a
+ la de P&aacute;ez un <i>hombre tosco</i>, sino un hombre; las del bar&oacute;n
+ se humanizaban, las ni&ntilde;as de <i>la clase media</i> olvidaban los
+ huesos que ense&ntilde;aba la nobleza, y pensaban en la alegr&iacute;a
+ ambiente, se entregaban al baile con furor invencible, como ansiando beber
+ en aquella atm&oacute;sfera perfumada, demasiado perfumada tal vez, el
+ licor desconocido que pudiera saciar sus vagos anhelos. Las cursis, si
+ eran bonitas ya no parec&iacute;an cursis; ya no se pensaba en la <i>reina
+ del baile</i>, en el <i>mejor traje</i>, en las joyas m&aacute;s ricas; la
+ juventud buscaba a la juventud, algo de amor volaba por all&iacute;; ya
+ hab&iacute;a miradas de fuego, sonrisas perezosas que present&iacute;an
+ imposibles, celos dram&aacute;ticos que daban al conjunto un tono de
+ grandeza. Las ni&ntilde;as m&aacute;s recatadas, y hasta las m&aacute;s
+ parecidas a mu&ntilde;ecas de resorte, hac&iacute;an pensar en la mujer
+ que tra&iacute;an debajo de aquellos vestidos vulgares y de aquella
+ educaci&oacute;n falsa y desabrida.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, a las dos de la ma&ntilde;ana se levant&oacute; de su silla por vez
+ primera y consinti&oacute; en dar una vuelta por el sal&oacute;n, en un
+ intermedio del baile. Visita iba a su lado callada, pensativa, satisfecha
+ de lo que acababa de hacer. Hab&iacute;a referido a la Regenta la historia
+ de don &Aacute;lvaro desde principios del verano pasado hasta la fecha. La
+ del Banco echaba fuego por ojos y mejillas. Saboreaba el triunfo de su
+ elocuencia. Ana disimulaba mal la impresi&oacute;n viva y profunda que le
+ causaron las palabras de su amiga. &laquo;Don &Aacute;lvaro hab&iacute;a
+ vencido la virtud de la <i>ministra</i>, hab&iacute;a sido su amante todo
+ el verano en Palomares... y despu&eacute;s se hab&iacute;a burlado de
+ ella, no hab&iacute;a querido seguirla a Madrid&raquo;. Esta era en
+ resumen la historia. Y el final as&iacute;, lo recordaba Ana palabra por
+ palabra:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Cuando &Aacute;lvaro me lo cont&oacute; todo, hab&iacute;a dicho
+ Visita, le pregunt&eacute;, porque ya sabes que nos tratamos con mucha
+ confianza, pues bien, le pregunt&eacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero, chico, &iquest;c&oacute;mo diablos dejaste a esa mujer siendo
+ tan hermosa, influyente... y tan lista como dices? &iquest;Por qu&eacute;
+ no seguirla a Madrid?
+ </p>
+ <p>
+ Y &Aacute;lvaro me contest&oacute; muy triste, ya sabes qu&eacute; cara
+ pone cuando habla as&iacute;, me contest&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pche... para amor&iacute;os basta el verano. El invierno es para el
+ amor verdadero. Adem&aacute;s, la ministra, como t&uacute; la llamas, a
+ pesar de todos sus encantos no consigui&oacute; lo que yo quer&iacute;a...
+ hacerme olvidar... lo que no te importa. Y despu&eacute;s de suspirar como
+ t&uacute; sabes que &eacute;l suspira, a&ntilde;adi&oacute; &Aacute;lvaro:
+ &iquest;Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor, le
+ dio un temblorcico as&iacute; como un escalofr&iacute;o.... Ya ves, dijo
+ luego, queriendo sonre&iacute;r, me ofrec&iacute;an un distrito, un
+ distrito de cunero, <i>sine cura</i> admirable (sine cura, dijo)...
+ apetitoso bocado... pero, &iexcl;qui&aacute;!... yo estoy atado a una
+ cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apret&oacute; la mano, chica,
+ y se fue yo creo que para que no le viera llorar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Esto era lo m&aacute;s sustancial de las confidencias de Visita. Ana
+ saludaba a diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba
+ m&aacute;s que en aquella confesi&oacute;n de don &Aacute;lvaro. &laquo;De
+ que era veros&iacute;mil respond&iacute;a el efecto que su presencia, la
+ de Ana, hab&iacute;a producido aquella noche en el Casino.... Ahora, ahora
+ mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus o&iacute;dos el rumor dulce, m&aacute;s
+ dulce que todos los rumores, de la alabanza contenida, de la admiraci&oacute;n
+ estupefacta... de la galanter&iacute;a sincera y discreta.... &iquest;Por
+ qu&eacute; don &Aacute;lvaro no hab&iacute;a de estar tan enamorado como
+ la historia de Visita daba a entender?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye, t&uacute;&mdash;dijo la del Banco, volvi&eacute;ndose de
+ repente a la Regenta&mdash;&iquest;qui&eacute;n ser&aacute; esa cadena?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; cadena?&mdash;pregunt&oacute; con voz temblorosa
+ Anita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bah, la que sujeta a Mes&iacute;a, la mujer que le tiene enamorado
+ de veras. &iexcl;Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero
+ &iquest;qui&eacute;n ser&aacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Qu&eacute;... s&eacute; yo...&mdash;&iquest;Te atrever&iacute;as t&uacute;
+ a pregunt&aacute;rselo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dios me libre.&mdash;Debe de ser casada...&mdash;&iexcl;Jes&uacute;s!&mdash;Mira,
+ esta noche le voy a sentar junto a ti, a ver, si despu&eacute;s de la cena
+ se atreve a dec&iacute;rtelo.... Preg&uacute;ntaselo t&uacute; misma....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Visitaci&oacute;n! t&uacute; est&aacute;s loca....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ja, ja, ja... ah&iacute; le tienes... ah&iacute; le tienes.... Ya
+ me contar&aacute;s....
+ </p>
+ <p>
+ La de Ol&iacute;as de Cuervo solt&oacute; el brazo de Ana y desapareci&oacute;
+ entre los grupos que dificultaban el tr&aacute;nsito por el sal&oacute;n
+ estrecho.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta vio enfrente de s&iacute; a don &Aacute;lvaro, del brazo de
+ Quintanar, su inseparable amigo.
+ </p>
+ <p>
+ El frac, la corbata, la pechera, el chaleco, el pantal&oacute;n, el clac
+ de Mes&iacute;a, no se parec&iacute;an a las prendas an&aacute;logas de
+ los dem&aacute;s. Ana vio esto sin querer, sin pensar apenas en ello, pero
+ fue lo primero que vio. Se le figuraban ya todos los caballeros que
+ andaban por all&iacute;, don V&iacute;ctor inclusive, criados vestidos de
+ etiqueta; todos eran camareros, el &uacute;nico se&ntilde;or Mes&iacute;a.
+ De todas maneras estaba bien don &Aacute;lvaro; de frac era como mejor
+ estaba. En todas partes parec&iacute;a hermoso, dominaba a todos con su
+ arrogante figura; all&iacute;, en el baile, debajo de aquella ara&ntilde;a
+ de cristal, que casi tocaba con la cabeza, era m&aacute;s elegante, m&aacute;s
+ bizarro, m&aacute;s airoso que en cualquier otro sitio. El baile animado,
+ ardiendo de voluptuosidad fuerte y disimulada, era el cuadro propio para
+ servir de fondo a la figura que ella, la pobre Ana, hab&iacute;a visto
+ tantas veces en sue&ntilde;os.
+ </p>
+ <p>
+ Todo esto pas&oacute; por el cerebro de la Regenta mientras Mes&iacute;a,
+ sin ocultar la emoci&oacute;n que le pon&iacute;a p&aacute;lido, se
+ inclinaba con gracia, y alargaba t&iacute;midamente una mano.
+ </p>
+ <p>
+ Antes que ella quisiera, Ana sinti&oacute; sus dedos entre los del enemigo
+ tentador... debajo de la piel fina del guante la sensaci&oacute;n fue m&aacute;s
+ suave, m&aacute;s corrosiva. Ana la sinti&oacute; llegar como una
+ corriente fr&iacute;a y vibrante a sus entra&ntilde;as, m&aacute;s abajo
+ del pecho. Le zumbaron los o&iacute;dos, el baile se transform&oacute; de
+ repente para ella en una fiesta nueva, desconocida, de irresistible
+ belleza, de diab&oacute;lica seducci&oacute;n. Temi&oacute; perder el
+ sentido... y sin saber c&oacute;mo, se vio colgada de un brazo de Mes&iacute;a....
+ Y entre un torbellino de faldas de color y de ropa negra, oyendo a lo
+ lejos la madera constipada de los violines y los chirridos del bronce, que
+ a ella se le antojaba m&uacute;sica voluptuosa, pudo comprender que la
+ arrastraban fuera del sal&oacute;n. Gritaba la Marquesa, re&iacute;a a
+ carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Bar&oacute;n...
+ y atr&aacute;s quedaba el ruido del wals que comenzaba.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;A d&oacute;nde la llevaban?&raquo;. A cenar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A cenar, hija m&iacute;a&mdash;le dijo al o&iacute;do Quintanar&mdash;.
+ &iexcl;Y por Dios, Anita, que no se te ocurra negarte... ser&iacute;a un
+ desaire!...
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa de Vegallana y su tertulia, m&aacute;s la del bar&oacute;n de
+ la Barcaza y Pepe Ronzal cenaron en el gabinete de lectura. Todo fue cosa
+ de Trabuco. Conv&iacute;desele, hab&iacute;a dicho Mes&iacute;a y la
+ vanidad satisfecha le inspirar&aacute; maravillas. En efecto Ronzal,
+ abusando de su cargo en la Junta directiva, acapar&oacute; lo mejor del
+ restaurant, tom&oacute; por asalto el gabinete de lectura, quit&oacute;
+ peri&oacute;dicos de la mesa y puso manteles, cerr&oacute; con llave la
+ puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba cerca
+ del armario de libros, y all&iacute; pudo cenar la flor y nata de la
+ nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se
+ encarg&oacute; desde el primer momento de premiar el celo y la actividad
+ de Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron
+ por su energ&iacute;a para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de
+ la mesa. Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se mov&iacute;an.
+ Obdulia le sent&oacute; a su lado. &iexcl;Feliz Ronzal aquella noche!
+ </p>
+ <p>
+ Ana se encontr&oacute; sentada entre la Marquesa y don &Aacute;lvaro.
+ Enfrente don V&iacute;ctor, un poco alegre, fing&iacute;a enamorar a
+ Visitaci&oacute;n y recitaba versos de sus poetas adorados y repet&iacute;a
+ hasta parecer un martillo:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&iquest;Qu&eacute; delito comet&iacute;</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">para odiarme, ingrata fiera?</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">quiera Dios... pero no quiera</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">que te quiero m&aacute;s que a m&iacute;.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por Dios y por las once mil... c&aacute;llese usted, Quintanar&mdash;dec&iacute;a
+ la Marquesa.
+ </p>
+ <p>
+ Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitaci&oacute;n:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">En fin, se&ntilde;ora, me veo</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">sin m&iacute;, sin Dios y sin vos,</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">sin vos porque no os poseo...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Y Visitaci&oacute;n le tapaba la boca con las manos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Escandaloso, escandaloso! gritaba.
+ </p>
+ <p>
+ Las de la Deuda Flotante sonre&iacute;an y se miraban como dici&eacute;ndose:&mdash;&iexcl;Buena
+ sociedad la de la Marquesa!
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s le dec&iacute;a en tanto al bar&oacute;n:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Como estamos en confianza!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh, perfectamente, perfectamente!
+ </p>
+ <p>
+ Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona arist&oacute;crata
+ que estaba sola.
+ </p>
+ <p>
+ Paco ten&iacute;a otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y &laquo;le hac&iacute;a
+ el amor por todo lo alto&raquo;, aunque a su madre no le gustaba, porque
+ era feo enga&ntilde;ar a una prima.
+ </p>
+ <p>
+ Joaqu&iacute;n Orgaz hab&iacute;a prometido cantar <i>por lo flamenco</i>
+ a los postres.
+ </p>
+ <p>
+ La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena champa&ntilde;a;
+ en fin, como dec&iacute;a el Marqu&eacute;s, primero mar y pimienta, despu&eacute;s
+ fantas&iacute;a y alcohol.
+ </p>
+ <p>
+ Todos, las baronesas inclusive, se re&iacute;an de los plebeyos que all&aacute;
+ fuera segu&iacute;an bailando y ten&iacute;an que contentarse con los
+ helados que se serv&iacute;an sobre las mesas de billar.
+ </p>
+ <p>
+ De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;?&mdash;gritaba Ronzal
+ con su alabada energ&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mi abrigo... caf&eacute; con leche... tengo ah&iacute; dentro mi
+ abrigo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ja, ja, ja...&mdash;contestaban los de dentro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Est&aacute; esto que arde!&mdash;le dec&iacute;a Joaqu&iacute;n
+ Orgaz a una ni&ntilde;a del bar&oacute;n, que sonre&iacute;a y miraba al
+ techo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute; ard&iacute;a aquello, pero sin faltar a las reglas del
+ buen tono vetustense&raquo;, dec&iacute;a el Marqu&eacute;s al Bar&oacute;n,
+ que estaba ya como un tomate y cada vez m&aacute;s cerca de la jamona.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa ten&iacute;a sue&ntilde;o, pero as&iacute; y todo le gustaba
+ la broma.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;As&iacute; debiera ser siempre&mdash;le dec&iacute;a a Saturnino
+ que estaba decidido a emborracharse para no desentonar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Este poblach&oacute;n se va poniendo lo m&aacute;s soso. &iquest;Verdad,
+ pollo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;So... s&iacute;... si... mo...&mdash;Saturno bebi&oacute; una copa
+ de champa&ntilde;a acto continuo. Lo de pollo le hab&iacute;a halagado.
+ </p>
+ <p>
+ A la Marquesa se le ocurri&oacute; el disparate, tal vez sugerido por las
+ nieblas del sue&ntilde;o, de mirar muy fijamente a Berm&uacute;dez, y
+ ponerle unos ojos que ella sab&iacute;a que <i>in illo tempore</i>
+ mareaban a cualquiera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por qu&eacute; no se casa usted?&mdash;pregunt&oacute; do&ntilde;a
+ Rufina seria y melanc&oacute;lica, al parecer.
+ </p>
+ <p>
+ Berm&uacute;dez sostuvo la mirada de la ilustre dama y olvid&oacute; por
+ un momento los cincuenta a&ntilde;os de la Marquesa. Suspir&oacute;... y
+ en seguida se le subi&oacute; la champa&ntilde;a a las narices, tosi&oacute;,
+ se puso casi negro, medio asfixiado y la Marquesa tuvo que darle palmadas
+ en la espalda.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Saturnino volvi&oacute; en s&iacute;, la de Vegallana ten&iacute;a
+ los ojos cerrados y s&oacute;lo los abr&iacute;a de tarde en tarde para
+ mirar a la Regenta y a Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;El idilio senil con que so&ntilde;&oacute; un instante Berm&uacute;dez
+ se hab&iacute;a deshecho... y eso que &eacute;l ya se hab&iacute;a
+ acordado de Ninon de Lencl&oacute;s para justificar a los ojos del mundo
+ unas relaciones con do&ntilde;a Rufina!
+ </p>
+ <p>
+ En tanto don &Aacute;lvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia
+ que ella hab&iacute;a o&iacute;do ya a Visita, aunque en forma muy
+ distinta.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a podido la Regenta resistir a la tentaci&oacute;n de
+ preguntarle si se hab&iacute;a divertido mucho aquel verano....
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a vio el cielo abierto en aquella pregunta.
+ </p>
+ <p>
+ Supo <i>hacerse el interesante</i>, lo cual poco trabajo le costaba trat&aacute;ndose
+ de Ana, que cada d&iacute;a iba descubriendo en &eacute;l, aun sin verle,
+ m&aacute;s encantos diab&oacute;licos.
+ </p>
+ <p>
+ El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el caf&eacute;...
+ el ambiente, todo contribu&iacute;a a embotar la voluntad, a despertar la
+ pereza y los instintos de voluptuosidad.... Ana se cre&iacute;a pr&oacute;xima
+ a una asfixia moral.... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos
+ aquellos vulgares placeres, en aquella seducci&oacute;n de una cena en un
+ baile, que para los dem&aacute;s era ya goce gastado.... Sent&iacute;a
+ ella m&aacute;s que todos juntos los efectos de aquella atm&oacute;sfera
+ envenenada de lascivia rom&aacute;ntica y se&ntilde;oril, y ella era la
+ que ten&iacute;a all&iacute; que luchar contra la tentaci&oacute;n. Hab&iacute;a
+ en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza de la piel nueva
+ para el tacto. Todo le llegaba a las entra&ntilde;as, todo era nuevo para
+ ella. En el <i>bouquet</i> del vino, en el sabor del queso Gruyer, y en
+ las chispas de la champa&ntilde;a, en el reflejo de unos ojos, hasta en el
+ contraste del pelo negro de Ronzal y su frente p&aacute;lida y morena...
+ en todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un
+ valor &iacute;ntimo, una expresi&oacute;n amorosa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; colorada est&aacute; Anita!&mdash;le dec&iacute;a
+ Paco a Visitaci&oacute;n por lo bajo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Claro, de un lado la pone as&iacute; la proximidad de &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y del otro?&mdash;Del otro la ponen as&iacute;... las
+ majader&iacute;as de su esposo que me est&aacute; dando jaqueca.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, estaba inaguantable don V&iacute;ctor con sus versos, por
+ buenos que fueran.
+ </p>
+ <p>
+ &Aacute;lvaro, en cuanto vio a la Regenta en el sal&oacute;n, sinti&oacute;
+ lo que &eacute;l llamaba la corazonada. <i>Aquella cara</i>, aquella
+ palidez repentina le dieron a entender que la noche era suya, que hab&iacute;a
+ llegado el momento de arriesgar algo.
+ </p>
+ <p>
+ Nunca hab&iacute;a desistido de conquistar aquella plaza.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;No faltaba m&aacute;s! Pero comprendiendo que mientras reinase en
+ el coraz&oacute;n de Ana lo que &eacute;l llamaba el misticismo er&oacute;tico
+ (era tan grosero como todo esto al pensar) no podr&iacute;a adelantar un
+ paso, se hab&iacute;a retirado, hab&iacute;a levantado el campo hasta
+ mejor ocasi&oacute;n. Adem&aacute;s, esperaba que la ausencia, la
+ indiferencia fingida y la historia de sus amores con la <i>ministra</i> le
+ preparar&iacute;an el terreno.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Por supuesto, conclu&iacute;a, siempre y cuando que la fortaleza no
+ se haya rendido al caudillo de la iglesia. Si el Magistral es aqu&iacute;
+ el amo... entonces no tengo que esperar nada... y adem&aacute;s, ya no
+ vale tanto la victoria&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Sin buscar &eacute;l la ocasi&oacute;n, se la ofrec&iacute;a
+ aquella noche: le hab&iacute;an puesto a la Regenta a su lado... la
+ corazonada le dec&iacute;a que adelante... pues adelante. Lo primero que
+ quer&iacute;a averiguar era lo del <i>otro</i>, si el Magistral mandaba
+ all&iacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En su narraci&oacute;n tuvo que alterar la verdad hist&oacute;rica, porque
+ a la Regenta no se le pod&iacute;a hablar francamente de amores con una
+ mujer casada (&laquo;tan atrasada estaba aquella se&ntilde;ora&raquo;),
+ pero vino a dar a entender, como pudo, que &eacute;l hab&iacute;a
+ despreciado la pasi&oacute;n de una mujer codiciada por muchos...
+ porque... porque... para el hijo de su madre los amor&iacute;os ya no eran
+ ni siquiera un pasatiempo, desde que el amor le hab&iacute;a ca&iacute;do
+ encima del alma como un castigo.
+ </p>
+ <p>
+ El rostro de la dama al decir Mes&iacute;a aquello y otras cosas por el
+ estilo, todas de novela perfumada, le dej&oacute; ver al gallo vetustense
+ que el Magistral no era due&ntilde;o del coraz&oacute;n de Anita. Pero
+ como en la anatom&iacute;a humana nos encontramos con muchos m&aacute;s
+ &oacute;rganos que el coraz&oacute;n, Mes&iacute;a no se dio por
+ satisfecho porque pens&oacute;: &laquo;Suponiendo que Ana est&eacute;
+ enamorada de m&iacute;, necesito todav&iacute;a saber si la carne flaca no
+ me ha buscado un suced&aacute;neo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No, don &Aacute;lvaro no se hac&iacute;a ilusiones. A esta modestia
+ material y grosera le obligaba su filosof&iacute;a, que cada vez le parec&iacute;a
+ m&aacute;s firme.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sinti&oacute; que un pie de don &Aacute;lvaro rozaba el suyo y a veces
+ lo apretaba. No recordaba en qu&eacute; momento hab&iacute;a empezado
+ aquel contacto; mas cuando puso en &eacute;l la atenci&oacute;n sinti&oacute;
+ un miedo parecido al del ataque nervioso m&aacute;s violento, pero
+ mezclado con un placer material tan intenso, que no lo recordaba igual en
+ su vida. El miedo, el terror era como el de aquella noche en que vio a Mes&iacute;a
+ pasar por la calle de la Traslacerca, junto a la verja del parque; pero el
+ placer era nuevo, nuevo en absoluto y tan fuerte, que le ataba como con
+ cadenas de hierro a lo que ella ya estaba juzgando crimen, ca&iacute;da,
+ perdici&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro habl&oacute; de amor disimuladamente, con una melancol&iacute;a
+ bonachona, familiar, con una pasi&oacute;n dulce, suave, insinuante....
+ Record&oacute; mil incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba
+ tambi&eacute;n. Ella no hablaba pero o&iacute;a. Los pies tambi&eacute;n
+ segu&iacute;an su di&aacute;logo; di&aacute;logo po&eacute;tico sin duda,
+ a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la sensaci&oacute;n
+ engrandec&iacute;a la humildad prosaica del contacto.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del
+ roce ligero con don &Aacute;lvaro, otro peligro mayor se present&oacute;
+ en seguida: se o&iacute;a a lo lejos la m&uacute;sica del sal&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;A bailar, a bailar!&mdash;gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y
+ Ronzal.
+ </p>
+ <p>
+ Para Trabuco era el para&iacute;so aquel baile que &eacute;l llam&oacute;
+ clandestino, all&iacute;, entre los mejores, lejos del vulgo de la clase
+ media....
+ </p>
+ <p>
+ Se entreabri&oacute; la puerta para o&iacute;r mejor la m&uacute;sica, se
+ separ&oacute; la mesa hacia un rinc&oacute;n, y apret&aacute;ndose unas a
+ otras las parejas, sin poder moverse del sitio que tomaban, se empez&oacute;
+ aquel baile improvisado.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor grit&oacute;:&mdash;Ana &iexcl;a bailar! &Aacute;lvaro,
+ c&oacute;jala usted....
+ </p>
+ <p>
+ No, quer&iacute;a abdicar su dictadura el buen Quintanar; don &Aacute;lvaro
+ ofreci&oacute; el brazo a la Regenta que busc&oacute; valor para negarse y
+ no lo encontr&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana hab&iacute;a olvidado casi la polka; Mes&iacute;a la llevaba como en
+ el aire, como en un rapto; sinti&oacute; que aquel cuerpo macizo,
+ ardiente, de curvas dulces, temblaba en sus brazos.
+ </p>
+ <p>
+ Ana callaba, no ve&iacute;a, no o&iacute;a, no hac&iacute;a m&aacute;s que
+ sentir un placer que parec&iacute;a fuego; aquel gozo intenso,
+ irresistible, la espantaba; se dejaba llevar como cuerpo muerto, como en
+ una cat&aacute;strofe; se le figuraba que dentro de ella se hab&iacute;a
+ roto algo, la virtud, la fe, la verg&uuml;enza; estaba perdida, pensaba
+ vagamente....
+ </p>
+ <p>
+ El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro
+ de belleza material que ten&iacute;a en los brazos, pensaba.... &laquo;&iexcl;Es
+ m&iacute;a! &iexcl;ese Magistral debe de ser un cobarde! Es m&iacute;a....
+ Este es el primer abrazo de que ha gozado esta pobre mujer&raquo;. &iexcl;Ay
+ s&iacute;, era un abrazo disimulado, hip&oacute;crita, diplom&aacute;tico,
+ pero un abrazo para Anita!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; sosos van &Aacute;lvaro y Ana!&mdash;dec&iacute;a
+ Obdulia a Ronzal, su pareja.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel instante Mes&iacute;a not&oacute; que la cabeza de Ana ca&iacute;a
+ sobre la limpia y tersa pechera que envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen
+ mozo, mir&oacute; a la Regenta inclinando el rostro y vio que estaba
+ desmayada. Ten&iacute;a dos l&aacute;grimas en las mejillas p&aacute;lidas,
+ otras dos hab&iacute;an ca&iacute;do sobre la tela almidonada de la
+ pechera. Alarma general. Se suspende el baile clandestino, don V&iacute;ctor
+ se aturde, ruega a su esposa que vuelva en s&iacute;... se busca agua,
+ esencias... llega Somoza, pulsa a la dama, pide... un coche. Y se acuerda
+ que Visita y Quintanar lleven a aquella se&ntilde;ora a su casa, bien
+ tapada, en la berlina de la Marquesa. Y as&iacute; fue. En cuanto Ana
+ volvi&oacute; en s&iacute;, pidiendo mil perdones por haber turbado la
+ fiesta, don V&iacute;ctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llen&oacute;
+ el cuerpo de pieles, la emboz&oacute;, se despidi&oacute; de la amable
+ compa&ntilde;&iacute;a y con la del Banco se llev&oacute; a la Regenta a
+ la cama.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;El humo! &iexcl;el calor, la falta de costumbre, la polka
+ despu&eacute;s de cenar, las luces!... Cualquier cosa, en fin, aquello no
+ val&iacute;a nada. Pod&iacute;a continuar la fiesta&raquo;. Y continu&oacute;.
+ Los del sal&oacute;n se hab&iacute;an enterado: &laquo;A la Regenta le hab&iacute;a
+ dado el ataque&raquo;. &laquo;La hab&iacute;an hecho bailar a la fuerza&raquo;.
+ Pero pronto se olvid&oacute; el incidente, para comentar la conducta de
+ aquellas se&ntilde;oras y caballeros que se encerraban en el gabinete de
+ lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos....
+ </p>
+ <p>
+ A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mes&iacute;a con un
+ apret&oacute;n de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bravo! &iexcl;Al fin! &iquest;Eh?
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a tard&oacute; en contestar; se abroch&oacute; su gab&aacute;n
+ entallado de color de ceniza, hasta el cuello; se apret&oacute; a la
+ garganta un pa&ntilde;uelo de seda blanco, y al cabo dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ps.... Veremos. Lleg&oacute; a su casa, la fonda; llam&oacute; al
+ sereno que tard&oacute; en venir; pero en vez de re&ntilde;irle como sol&iacute;a,
+ le dio dos palmadas en el hombro y una propina en plata.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; contento viene el se&ntilde;orito!... &iquest;Del
+ baile, eh?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una
+ percha una prenda de abrigo interior, de franela, murmur&oacute; a media
+ voz don &Aacute;lvaro, como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba
+ mano:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;L&aacute;stima que la campa&ntilde;a me coja un poco
+ viejo!...
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXVmdash" id="XXVmdash"></a>&mdash;XXV&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Al d&iacute;a siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasi&oacute;n,
+ refer&iacute;a en la catedral todo lo que hab&iacute;a sucedido en el
+ baile. &laquo;La aristocracia se hab&iacute;a encerrado en un gabinete, en
+ el gabinete de lectura, para cenar y bailar, y do&ntilde;a Ana Ozores, la
+ mism&iacute;sima Regenta que viste y calza, se hab&iacute;a desmayado en
+ brazos del se&ntilde;or don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, que no hab&iacute;a dormido aquella noche, que esperaba
+ noticias de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un
+ recluta; era la primera vez que el pu&ntilde;al de Glocester, aquella
+ lengua, le llegaba al coraz&oacute;n. P&aacute;lido, temblorosa la barba
+ hasta que la sujet&oacute; mordiendo el labio inferior, don Ferm&iacute;n
+ mir&oacute; a su enemigo con asombro y con una expresi&oacute;n de dolor
+ que llen&oacute; de alegr&iacute;a el alma torcida del Arcediano. Aquella
+ mirada quer&iacute;a decir &laquo;venciste, ahora s&iacute;, ahora me ha
+ llegado a las entra&ntilde;as el veneno&raquo;. De Pas estaba pensando que
+ los miserables, por viles, d&eacute;biles y necios que parezcan, tienen en
+ su maldad una grandeza formidable. &laquo;&iexcl;Aquel sapo, aquel pedazo
+ de sotana podrida, sab&iacute;a dar aquellas pu&ntilde;aladas!&raquo;.
+ Despu&eacute;s don Ferm&iacute;n se acord&oacute; de su madre; su madre no
+ le hab&iacute;a hecho nunca traici&oacute;n, su madre era suya, era la
+ misma carne; Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extra&ntilde;o que
+ se le hab&iacute;a atravesado en el coraz&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el m&aacute;s
+ hondo, el m&aacute;s fr&iacute;o y sin consuelo que recordaba en su vida,
+ sali&oacute; De Pas de la sacrist&iacute;a, y anduvo por las naves de la
+ catedral vacilante, sin saber encontrar la puerta. Ignoraba a d&oacute;nde
+ quer&iacute;a ir, le faltaba en absoluto la voluntad... y al notar que
+ algunos fieles le observaban, se dej&oacute; caer de rodillas delante del
+ altar de una capilla. All&iacute; estuvo meditando lo que har&iacute;a.
+ &iquest;Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano. Pero su
+ soledad le horrorizaba... ten&iacute;a miedo del aire libre, quer&iacute;a
+ un refugio, todo era enemigo. &laquo;Su madre, su madre del alma&raquo;.
+ Sali&oacute; del templo, corri&oacute;, entr&oacute; en su casa. Do&ntilde;a
+ Paula barr&iacute;a el comedor; un pa&ntilde;uelo de percal negro le ce&ntilde;&iacute;a
+ la cabeza sobre la plata del pelo espeso y duro, como un turbante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Vienes del coro?&mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora. Do&ntilde;a
+ Paula sigui&oacute; barriendo.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su
+ madre. &laquo;All&iacute; estaba el consuelo &uacute;nico posible, all&iacute;
+ el regazo en que llorar... all&iacute; la &uacute;nica compasi&oacute;n
+ verdadera, all&iacute; el &uacute;nico contagio posible de la pena; aquel
+ veneno que a &eacute;l le mataba s&oacute;lo ser&iacute;a veneno, saliendo
+ de &eacute;l para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la
+ garganta con angustias de muerte.... Y no pod&iacute;a, no pod&iacute;a
+ hablar.... Era una crueldad de su madre no adivinar los tormentos del
+ hijo. Do&ntilde;a Paula le miraba como los dem&aacute;s, como la gente con
+ que hab&iacute;a tropezado en la calle, sin conocer que mor&iacute;a
+ desesperado. &iexcl;Y no pod&iacute;a &eacute;l hablar!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; tienes, hombre? &iquest;qu&eacute; haces aqu&iacute;?
+ te estoy llenando de polvo la ropa nueva....
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n sali&oacute; del comedor. Entr&oacute; en el despacho.
+ Teresina hac&iacute;a la cama del se&ntilde;orito. No le oy&oacute; entrar
+ porque cantaba y la hoja del jerg&oacute;n sacudida le llenaba de estr&eacute;pito
+ los o&iacute;dos. El se&ntilde;orito como huyendo, sali&oacute; del
+ despacho tambi&eacute;n. Sali&oacute; de casa. Lleg&oacute; a la de do&ntilde;a
+ Petronila Rianzares. &laquo;La se&ntilde;ora estaba en misa&raquo;. Esper&oacute;
+ paseando por la sala, con las manos a la espalda unas veces, otras
+ cruzadas sobre el vientre. El gato pulcro y rollizo entr&oacute; y salud&oacute;
+ a su amigo con un conato de quejido. Y se le enred&oacute; en los pies,
+ haciendo eses con el cuerpo. &laquo;Parec&iacute;a que el gato sab&iacute;a
+ ya algo de aquella traici&oacute;n&raquo;. El sof&aacute; donde sol&iacute;a
+ sentarse Ana llam&oacute; al Magistral con la voz de los recuerdos. En un
+ extremo del asiento hab&iacute;a un muelle algo flojo, la tela estaba
+ arrugada; all&iacute; se sentaba ella. De Pas se sent&oacute; en la butaca
+ al lado de aquella tela floja. Cerr&oacute; los ojos, y una pereza de
+ vivir que parec&iacute;a sue&ntilde;o o sopor le embarg&oacute; el
+ &aacute;nimo. Quer&iacute;a detener el tiempo. Ya deseaba que tardase en
+ volver do&ntilde;a Petronila: le asustaba la actividad, ten&iacute;a miedo
+ de cualquier resoluci&oacute;n; todo ser&iacute;a peor. La muerte ya
+ estaba en el alma. Los recuerdos lejanos bull&iacute;an en el cerebro,
+ como prepar&aacute;ndose a bailar la danza macabra del delirio de la agon&iacute;a.
+ Sinti&oacute; el olor de una rosa muy grande que Ana oprim&iacute;a contra
+ los labios de su buen amigo, de su hermano mayor; la m&uacute;sica de las
+ palabras se mezclaba con el aroma de la flor en m&iacute;stica composici&oacute;n....
+ &laquo;Ay, s&iacute;, amor, y buen amor era todo aquello.... Era <i>un
+ enamorado</i>; el amor no era todo lascivia, era tambi&eacute;n aquella
+ pena del desenga&ntilde;o, aquella soledad repentina, aquel dolor dulce y
+ amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa m&aacute;s grave. Deber...
+ sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a hueco:
+ parec&iacute;an palabras de una comedia. Le hab&iacute;an enga&ntilde;ado,
+ le hab&iacute;an pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto
+ no lo hab&iacute;an inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el
+ que le daba aquella ense&ntilde;anza. Ana era suya, &eacute;sta era la ley
+ suprema de justicia. Ella, ella misma lo hab&iacute;a jurado; no se sab&iacute;a
+ para qu&eacute; era suya, pero lo era...&raquo;. El Magistral se puso en
+ pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de sentir &eacute;l como un
+ bofet&oacute;n; pod&iacute;an estar conspirando los otros con el tiempo y
+ contra &eacute;l; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas.... &laquo;&iexcl;Infame,
+ infame! y le hab&iacute;a ido a ense&ntilde;ar la cruz de diamantes a la
+ capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... s&iacute;
+ a deshonrar... &eacute;l era all&iacute; el due&ntilde;o, el esposo, el
+ esposo espiritual... don V&iacute;ctor no era m&aacute;s que un idiota
+ incapaz de mirar por el honor propio, ni por el ajeno... &iexcl;aquello
+ era la mujer!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; al pasillo y grit&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Vino do&ntilde;a Petronila?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ahora llama, contestaron. Entr&oacute; la de Rianzares. Don Ferm&iacute;n
+ le cort&oacute; el saludo en la boca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ahora mismo hay que llamarla&mdash;dijo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A qui&eacute;n... a Ana?&mdash;S&iacute;, ahora mismo. Don
+ Ferm&iacute;n volvi&oacute; a sus paseos. No quer&iacute;a conversaci&oacute;n.
+ La de Rianzares, sierva de aquel hombre, call&oacute; y entr&oacute; en el
+ gabinete.
+ </p>
+ <p>
+ Pas&oacute; media hora. Son&oacute; la campanilla de la puerta. Ana vio al
+ gran Constantino que abr&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa?&mdash;Don Ferm&iacute;n... ah&iacute; en
+ la sala....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ah!... me alegro. Entr&oacute; la Regenta y do&ntilde;a
+ Petronila se fue hacia la cocina, al otro extremo de la casa. &laquo;Si
+ llaman, que no estoy&raquo;, dijo a la criada. Y pas&oacute; al oratorio
+ que ten&iacute;a cerca de su alcoba.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas vio a la Regenta m&aacute;s hermosa que nunca: en los ojos tra&iacute;a
+ fuego misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las
+ conferencias &iacute;ntimas, espirituales; una aureola de una gloria
+ desconocida para &eacute;l parec&iacute;a rodear a aquella mujer que
+ encerraba en el breve espacio de un contorno adorado todo lo que val&iacute;a
+ algo en la vida, el mundo entero, infinito, de la pasi&oacute;n &uacute;nica.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; es esto?&mdash;dijo, ronco de repente, don Ferm&iacute;n,
+ plantado, como con ra&iacute;ces, en medio de la sala.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo que yo quer&iacute;a, que nos vi&eacute;ramos en seguida. Yo
+ estoy loca, esta noche cre&iacute; que me mor&iacute;a... ayer... hoy...
+ no s&eacute; cu&aacute;ndo.... Estoy loca....
+ </p>
+ <p>
+ Se ahogaba al hablar. De Pas sinti&oacute; una l&aacute;stima que le
+ pareci&oacute; vergonzosa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo s&eacute; todo; no necesito historias....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; es todo?&mdash;Lo de ayer... lo de hoy.... El
+ baile, la cena; &iquest;qu&eacute; es esto, Ana, qu&eacute; es esto?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; baile! &iexcl;qu&eacute; cena! no es eso.... Me
+ emborracharon... qu&eacute; s&eacute; yo... pero no es eso.... Es que
+ tengo miedo... aqu&iacute;, Ferm&iacute;n, aqu&iacute;, en la cabeza....
+ &iexcl;Tener l&aacute;stima de m&iacute;! &iexcl;Que tenga alguno l&aacute;stima
+ de m&iacute;! Yo no tengo madre.... Yo estoy sola...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era verdad, no ten&iacute;a madre como &eacute;l, estaba m&aacute;s
+ sola que &eacute;l&raquo;. Entonces el amor de don Ferm&iacute;n sinti&oacute;
+ la l&aacute;stima inefable que s&oacute;lo el amor puede sentir; se acerc&oacute;
+ a la Regenta, le tom&oacute; las manos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A ver, a ver, &iquest;qu&eacute; ha sido? a m&iacute; me han
+ dicho... pero qu&eacute; ha sido... a ver...&mdash;dec&iacute;a la voz tr&eacute;mula
+ y congojosa del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, entre sollozos, refiri&oacute; lo que pod&iacute;a referir de sus
+ angustias, de sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre.
+ &laquo;Despu&eacute;s que se vio en su lecho, mil espantosas im&aacute;genes
+ la asaltaron entre los recuerdos confusos del baile.... Crey&oacute; que
+ volv&iacute;a a caer de repente en aquellos pozos negros del delirio en
+ que se sent&iacute;a sumergida en las noches l&uacute;gubres de su
+ enfermedad.... Despu&eacute;s la idea del mal que hab&iacute;a hecho la
+ hab&iacute;a horrorizado...&raquo;. Y Ana se interrump&iacute;a al ver al
+ Magistral quedarse l&iacute;vido, y como rectificando a&ntilde;ad&iacute;a,
+ &laquo;el mal... es decir... el no haber sido bastante buena...&raquo;. La
+ enfermedad hab&iacute;a sido una lecci&oacute;n, una lecci&oacute;n
+ olvidada, y aquella ma&ntilde;ana, al sentir en el lecho la misma
+ flaqueza, aquel desgajarse de las entra&ntilde;as, que parec&iacute;an
+ pulverizarse all&aacute; dentro, aquel desvanecerse la vida en el
+ delirio... la conciencia hab&iacute;a visto, como a la luz de un fogonazo,
+ horrores de verg&uuml;enza, de castigo, el espejo de la propia miseria, el
+ reflejo del cieno triste que se lleva en el alma... y despu&eacute;s... la
+ locura, sin duda la locura... un dudar de todo espantoso, repentino,
+ obstinado, doloroso. Dios, el mismo Dios ya no era para ella m&aacute;s
+ que una idea fija, una man&iacute;a, algo que se mov&iacute;a en su
+ cerebro roy&eacute;ndolo, como un sonido de tic-tac, como el del insecto
+ que late en las paredes y se llama el <i>reloj de la muerte</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh s&iacute;, estuve loca&mdash;segu&iacute;a Anita espantada todav&iacute;a&mdash;estuve
+ loca una hora... &iquest;qu&eacute; hora? un siglo.... Ya no ped&iacute;a
+ m&aacute;s que salud, reposo... la conciencia clara de m&iacute; misma....
+ Pero, &iexcl;ay, no! Dios, mi Dios querido... yo... todo, todos desaparec&iacute;amos.
+ &iexcl;Todo era polvo all&aacute; dentro!
+ </p>
+ <p>
+ Y los ojos de Ana fijos en el espanto, ve&iacute;an sobre la alfombra una
+ imagen confusa del recuerdo formidable....
+ </p>
+ <p>
+ De Pas callaba. Tambi&eacute;n &eacute;l tuvo un momento la sensaci&oacute;n
+ fr&iacute;a del terror. La locura pas&oacute; por su imaginaci&oacute;n
+ como un mareo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Si se le volviera loca!&raquo;. Una ola de p&uacute;rpura
+ inund&oacute; el rostro del cl&eacute;rigo. Primero hab&iacute;a visto
+ desvanecerse dentro de aquella cabeza de gracia musical lo que &eacute;l
+ amaba debajo de aquella hermosura, el alma de la Regenta, su pensamiento;
+ despu&eacute;s pens&oacute; en aquella hermosura exterior inc&oacute;lume,
+ en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo, solo
+ &eacute;l con un cuerpo adorado....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Salvarme, quiero salvarme!&mdash;grit&oacute; Ana de repente
+ volviendo a la realidad&mdash;... quiero volver a nuestro verano, al
+ verano dulce, tranquilo... s&iacute;, tranquilo al cabo; a nuestro hablar
+ sin fin de Dios, del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... s&iacute;,
+ quiero que mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su
+ vida no se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Ferm&iacute;n,
+ esto es confesar... aqu&iacute;... no importa el lugar; donde quiera... s&iacute;,
+ confesar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo tambi&eacute;n
+ padezco, yo tambi&eacute;n cre&iacute; morirme, aqu&iacute; mismo...
+ sentado ah&iacute;... donde otras veces habl&aacute;bamos del cielo... y
+ de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso tambi&eacute;n; yo tambi&eacute;n
+ necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora.... S&iacute;, cre&iacute;
+ que mor&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por m&iacute;, por culpa m&iacute;a, verdad? &iquest;Morir
+ por ser yo traidora, si ment&iacute;a, si me manchaba?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;... hay que decirlo todo... pronto....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no.&mdash;S&iacute;... s&iacute;...&mdash;No... si no digo
+ eso... si lo dir&eacute; todo... pero &iquest;qu&eacute; es todo? Nada....
+ Si... yo no fu&iacute;... si me llevaron a la fuerza... no, eso no. No s&eacute;
+ c&oacute;mo; no s&eacute; por qu&eacute; ced&iacute;. Y all&iacute;... hay
+ una mujer muy mala....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no acusemos a los dem&aacute;s.... Los hechos, quiero los
+ hechos. Yo los dir&eacute;; los s&eacute; yo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute;?&mdash;Ese hombre, Mes&iacute;a; Ana...
+ &iquest;qu&eacute; pas&oacute; con ese hombre?...
+ </p>
+ <p>
+ Ana recogi&oacute; sus fuerzas, atendi&oacute; a la realidad, a lo que le
+ preguntaban, con intensidad, luchando con el confesor, bati&eacute;ndose
+ por su inter&eacute;s que era ocultar lo m&aacute;s hondo de su
+ pensamiento. &laquo;Al fin aquello no era el confesonario; adem&aacute;s,
+ era caridad mentir, callar a lo menos lo peor&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo no le amo&mdash;fue lo primero que pudo decir despu&eacute;s que
+ consigui&oacute; dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en
+ defender su secreto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero anoche... hoy... no s&eacute; a qu&eacute; hora... &iquest;qu&eacute;
+ hubo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bail&eacute; con &eacute;l.... Fue Quintanar... lo mand&oacute;
+ Quintanar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Disculpas no, Ana! eso no es confesar.
+ </p>
+ <p>
+ Ana mir&oacute; en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias.
+ Este sofisma de hip&oacute;crita era en ella candoroso. Estaba segura de
+ que un <i>deber superior</i> la mandaba mentir. &laquo;&iquest;Decirle al
+ Magistral que ella estaba enamorada de Mes&iacute;a? &iexcl;Primero a su
+ marido!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bail&eacute; con &eacute;l porque quiso mi marido.... Me hicieron
+ beber... me sent&iacute; mal... estaba mareada... me desmay&eacute;... y
+ me llevaron a casa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;El desmayo fue... en los brazos de ese hombre?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;En brazos!... &iexcl;Ferm&iacute;n!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien, bien.... As&iacute;... lo o&iacute; yo.... &iexcl;Oig&aacute;moslo
+ todos! Quiere decirse... bailando con &eacute;l....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo no recuerdo... tal vez...&mdash;&iexcl;Infame!...&mdash;&iexcl;Ferm&iacute;n...
+ por Dios, Ferm&iacute;n!
+ </p>
+ <p>
+ Ana dio un paso atr&aacute;s.&mdash;Silencio... no hay que gritar... no
+ hay que hacer aspavientos... yo no como a nadie... &iquest;a qu&eacute;
+ ese miedo?... &iquest;Doy yo espanto, verdad?... &iquest;Por qu&eacute;?
+ yo... &iquest;qu&eacute; puedo? yo &iquest;qui&eacute;n soy? yo...
+ &iquest;qu&eacute; mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no
+ cre&iacute;a en Dios....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;En mi Dios! Ferm&iacute;n, caridad....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios...
+ no soy nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se
+ acab&oacute;... Estoy en rid&iacute;culo, Vetusta entera se r&iacute;e de
+ m&iacute; a carcajadas.... Mes&iacute;a me desprecia, me escupir&aacute;
+ en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un pobre diablo. &iexcl;Oh,
+ pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque estoy preso!...
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se sacudi&oacute; dentro de la sotana, como entre cadenas, y
+ descarg&oacute; un pu&ntilde;etazo de H&eacute;rcules sobre el testero del
+ sof&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s procur&oacute; recobrar la raz&oacute;n, se pas&oacute; las
+ manos por la frente; requiri&oacute; el manteo; busc&oacute; el sombrero
+ de teja, se obstin&oacute; en callar, busc&oacute; a tientas la puerta y
+ sali&oacute; sin volver la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ Crey&oacute; que Ana le seguir&iacute;a, le llamar&iacute;a, llorar&iacute;a....
+ Pero pronto se sinti&oacute; abandonado. Lleg&oacute; al portal. Se
+ detuvo, escuch&oacute;... Nada, no le llamaban. Desde la calle mir&oacute;
+ a los balcones. Ninguno se abr&iacute;a. &laquo;No le segu&iacute;an ni
+ con los ojos. Aquella mujer se quedaba all&iacute;. Todo era verdad.
+ </p>
+ <p>
+ Le enga&ntilde;aba; era una mujer. &iexcl;Pero cu&aacute;l! &iexcl;la
+ suya! &iexcl;la de su alma! &iexcl;S&iacute;, s&iacute;, de su alma! Para
+ eso la hab&iacute;a querido. Pero las mujeres no entend&iacute;an esto....
+ La m&aacute;s pura quer&iacute;a otra cosa&raquo;. Y pasaban por su
+ memoria mil horrores. La carnaza amontonada de muchos a&ntilde;os de
+ confesonario. La conciencia le record&oacute; a Teresina. A Teresina p&aacute;lida
+ y sonriente que dec&iacute;a, dentro del cerebro: &laquo;&iquest;Y t&uacute;...?&raquo;.
+ &laquo;&Eacute;l era hombre&raquo;; se contestaba. Y apretaba el paso.
+ &laquo;Yo la quer&iacute;a para mi alma...&raquo;. &laquo;Y su cuerpo
+ tambi&eacute;n quer&iacute;as, dec&iacute;a la Teresina del cerebro, el
+ cuerpo tambi&eacute;n... acu&eacute;rdate&raquo;. &laquo;S&iacute;, s&iacute;...
+ pero... esperaba... esperar&iacute;a hasta morir... antes que perderla.
+ Porque la quer&iacute;a entera.... Es mi mujer... la mujer de mis entra&ntilde;as....
+ &iexcl;Y quedaba all&aacute; atr&aacute;s, ya lejos, perdida para
+ siempre!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, inm&oacute;vil, hab&iacute;a visto salir al Magistral sin valor para
+ detenerle, sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras hab&iacute;a
+ sonado dentro de ella, cerca de los o&iacute;dos. &laquo;&iexcl;Aquel se&ntilde;or
+ can&oacute;nigo estaba enamorado de ella!&raquo;. &laquo;S&iacute;,
+ enamorado como un hombre, no con el amor m&iacute;stico, ideal, ser&aacute;fico
+ que ella se hab&iacute;a figurado. Ten&iacute;a celos, mor&iacute;a de
+ celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre que
+ debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... &iexcl;La
+ amaba un can&oacute;nigo!&raquo;. Ana se estremeci&oacute; como al
+ contacto de un cuerpo viscoso y fr&iacute;o. Aquel sarcasmo de amor la
+ hizo sonre&iacute;r a ella misma con amargura que lleg&oacute; hasta la
+ boca desde las entra&ntilde;as.&mdash;Su padre, don Carlos el libre
+ pensador, se le apareci&oacute; de repente, en mangas de camisa,
+ disputando junto a una mesa, all&aacute; en Loreto, con un cura y varios
+ amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de o&iacute;rlas,
+ frases de su padre y de aquellos se&ntilde;ores: &laquo;el clero corromp&iacute;a
+ las conciencias, el cl&eacute;rigo era como los dem&aacute;s, el celibato
+ eclesi&aacute;stico era una careta&raquo;. Todo esto que hab&iacute;a o&iacute;do
+ sin entenderlo volv&iacute;a a su memoria con sentido claro, preciso, y
+ como otras tantas lecciones de la experiencia.... &iexcl;Quer&iacute;an
+ corromperla! Aquella casa... aquel silencio... aquella do&ntilde;a
+ Petronila.... Ana sinti&oacute; asco, verg&uuml;enza y corri&oacute; a
+ buscar la puerta. Sali&oacute; sin despedirse. Lleg&oacute; a su casa. Don
+ V&iacute;ctor atronaba el mundo a martillazos. Constru&iacute;a un puente
+ modelo que pensaba presentar en la exposici&oacute;n de San Mateo. Ya no
+ forraba el martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el
+ estr&eacute;pito era horr&iacute;sono.&mdash;&laquo;All&iacute; era
+ &eacute;l el amo, prueba de ello que su mujer hab&iacute;a ido al baile:
+ se hab&iacute;a acabado el Paraguay, no m&aacute;s misticismo; una
+ prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y sobra. Por lo dem&aacute;s,
+ actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha caza, y mucho
+ martillazo. &iexcl;Zas, zas, zas, pum! &iexcl;Viva la vida!&raquo;. As&iacute;
+ pensaba don V&iacute;ctor, ce&ntilde;ida al cuerpo la bata escocesa, y
+ clava que te clavar&aacute;s, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso
+ bajo, con puerta al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar
+ arrancando chispas de los abalorios y cinta dorada de las babuchas
+ semi-turcas. El carpintero silbaba, el tordo, el mejor tordo de la
+ provincia, que Quintanar llevaba de habitaci&oacute;n en habitaci&oacute;n,
+ silbaba tambi&eacute;n colgada de un alambre su jaula. Ana contempl&oacute;
+ en silencio a su marido.&mdash;&laquo;&iexcl;Era su padre! &iexcl;Le quer&iacute;a
+ como a su padre! Hasta se parec&iacute;a un poco a don Carlos. Aquel sol
+ de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a la
+ actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos,
+ aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que serv&iacute;a
+ de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba&raquo;. &laquo;&iexcl;Aquella
+ era su casa, all&iacute; era ella la reina, aquella paz era suya!&raquo;.
+ Al dejar el martillo para coger la sierra don V&iacute;ctor vio a su
+ mujer.
+ </p>
+ <p>
+ Se sonrieron en silencio. &laquo;El sol rejuvenec&iacute;a a Quintanar.
+ Adem&aacute;s era un gran carpintero. Sus inventos pod&iacute;an ser m&aacute;s
+ o menos fant&aacute;sticos, su mec&aacute;nica idealista, pero hac&iacute;a
+ de una tabla lo que quer&iacute;a. &iexcl;Y qu&eacute; limpieza!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana alab&oacute; el arte de su marido.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l se anim&oacute;: se puso colorado de satisfacci&oacute;n y le
+ prometi&oacute; un costurero para la semana siguiente. &laquo;Todo, todo,
+ obra de mis manos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta olvid&oacute; un momento el desencanto de aquella ma&ntilde;ana.
+ Cuando volvi&oacute; a su memoria se encontr&oacute; con que no era don
+ Ferm&iacute;n un malvado, sino un desgraciado, pero de todas suertes le
+ parec&iacute;a absurdo enamorarse siendo can&oacute;nigo. En todas las
+ combinaciones del amor rom&aacute;ntico hab&iacute;a dado la imaginaci&oacute;n
+ de Ana muchas veces, menos en aqu&eacute;lla. &laquo;Se conceb&iacute;a el
+ amor sacr&iacute;lego de un sacerdote de &oacute;pera, &iexcl;pero el de
+ un prebendado con alzacuello morado!&raquo;. Adem&aacute;s la honradez
+ protestaba tambi&eacute;n con su repugnancia instintiva. &laquo;Pero De
+ Pas era digno de compasi&oacute;n. Do&ntilde;a Petronila era la que no ten&iacute;a
+ perd&oacute;n. Oh, si alguna vez volv&iacute;a ella a hablar con el
+ Magistral, como era probable, porque al fin deb&iacute;an mediar
+ explicaciones, no ser&iacute;a ciertamente en casa de aquella vieja.
+ &iquest;Qu&eacute; se hab&iacute;a propuesto aquella se&ntilde;ora?
+ &iquest;Qu&eacute; estar&iacute;a pensando de ella, de Ana?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando volvi&oacute; de la calle don V&iacute;ctor muy contento, cantando
+ trozos de zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la s&uacute;plica
+ de la Marquesa que los hab&iacute;a convidado a tomar caf&eacute;, despu&eacute;s
+ de almorzar, para ir juntos a paseo... a ver las m&aacute;scaras.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval....
+ No quiero m&aacute;s fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo da&ntilde;o
+ el baile... no quiero m&aacute;s... no quiero m&aacute;s.... &iquest;No te
+ obedec&iacute; ayer...? Basta por Dios, basta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, hija, bueno... no insisto. Y call&oacute; don V&iacute;ctor,
+ perdiendo parte de su alegr&iacute;a. No se atrevi&oacute; a hacer uso de
+ aquella energ&iacute;a que Dios le hab&iacute;a dado. &laquo;No hab&iacute;a
+ para qu&eacute; estirar demasiado la cuerda&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero &eacute;l, por supuesto, fue a tomar caf&eacute; y a paseo.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se qued&oacute; sola. Desde el balc&oacute;n abierto de su tocador se
+ o&iacute;a la m&uacute;sica lejana del Paseo Grande donde se celebraba el
+ carnaval. Aquella m&uacute;sica confusa, que parec&iacute;a r&aacute;fagas
+ intermitentes, le llen&oacute; el alma de tristeza. Pens&oacute; en Mes&iacute;a,
+ el tentador, y pens&oacute; en el Magistral enamorado, celoso...
+ indefenso. Ahora la compasi&oacute;n era infinita.... Al fin hab&iacute;a
+ sido quien hab&iacute;a abierto su alma a la luz de la religi&oacute;n, de
+ la virtud.... Ana pens&oacute; en la fe quebrantada, agrietada, como si la
+ hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado unidos
+ en su esp&iacute;ritu para que el desenga&ntilde;o no lastimara las
+ creencias. Adem&aacute;s, ella siempre hab&iacute;a amado m&aacute;s que
+ cre&iacute;do. Don Ferm&iacute;n hab&iacute;a procurado asegurar en ella
+ el temor de Dios y de la Iglesia, la espiritualidad vaga y so&ntilde;adora....
+ Pero de los dogmas hab&iacute;a hablado poco. Ana estaba sintiendo que la
+ fantas&iacute;a hab&iacute;a tenido en su piedad m&aacute;s influencia de
+ la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya estaban lejos los
+ d&iacute;as del misticismo supuesto, de la contemplaci&oacute;n....
+ Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la
+ tristeza, le hab&iacute;an encendido el alma con visiones de pura
+ idealidad.... Pero con la salud hab&iacute;a vencido la piedad activa,
+ irreflexiva; el Magistral hab&iacute;a eclipsado a la santa, se hab&iacute;a
+ hablado m&aacute;s de aquella dulce hermandad en la virtud que de Dios
+ mismo.... Ahora comprend&iacute;a muchas cosas. Don Ferm&iacute;n la quer&iacute;a
+ para s&iacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Todo aquello era una preparaci&oacute;n. &iquest;Para qu&eacute;?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Oh, Mes&iacute;a era m&aacute;s noble, luchaba sin visera,
+ mostrando el pecho, anunciando el golpe.... No hab&iacute;a abusado de su
+ amistad con don V&iacute;ctor, no hab&iacute;a insistido. &iexcl;Pero los
+ dos la amaban!&raquo;. La tristeza de Ana encontraba en este pensamiento
+ un consuelo dulce sino intenso. &laquo;Ella no podr&iacute;a ser de
+ ninguno; del Magistral no pod&iacute;a ni quer&iacute;a.... Le deb&iacute;a
+ eterna gratitud... pero otra cosa... ser&iacute;a un absurdo repugnante.
+ Daba asco. Bueno estar&iacute;a empezar a querer en el mundo cerca de los
+ treinta a&ntilde;os... &iexcl;y a un cl&eacute;rigo!... La verg&uuml;enza
+ y algo de c&oacute;lera encend&iacute;an el rostro de Ana. &iexcl;Pero ese
+ hombre esperar&iacute;a que yo... en mi vida!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Como aquella tarde pas&oacute; muchos d&iacute;as la Regenta. Las mismas
+ ideas cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando sent&iacute;a la presencia de Mes&iacute;a en el deseo, hu&iacute;a
+ de ella avergonzada, avergonzada tambi&eacute;n de que no fuera un
+ remordimiento punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto
+ de don &Aacute;lvaro. &laquo;Pero no lo era, no. Ve&iacute;alo como un sue&ntilde;o;
+ no se cre&iacute;a responsable, claramente responsable de lo que hab&iacute;a
+ sucedido aquella noche. La hab&iacute;an emborrachado con palabras, con
+ luz, con vanidad, con ruido... con champa&ntilde;a.... Pero ahora ser&iacute;a
+ una miserable si consent&iacute;a a don &Aacute;lvaro insistir en sus
+ provocaciones. No quer&iacute;a venderse al sofisma de la tentaci&oacute;n
+ que le gritaba en los o&iacute;dos: al fin don &Aacute;lvaro no es can&oacute;nigo;
+ si huyes de &eacute;l te expones a caer en brazos del otro. Mentira,
+ gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro ser&eacute;. A don Ferm&iacute;n
+ le quiero con el alma, a pesar de su amor, que acaso &eacute;l no puede
+ vencer como yo no puedo vencer la influencia de Mes&iacute;a sobre mis
+ sentidos; pero de no amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura.
+ S&iacute;, bien segura. Debo huir del Magistral, s&iacute;, pero m&aacute;s
+ de don &Aacute;lvaro. Su pasi&oacute;n es ileg&iacute;tima tambi&eacute;n,
+ aunque no repugnante y sacr&iacute;lega como la del otro.... &iexcl;Huir&eacute;
+ de los dos!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No hab&iacute;a m&aacute;s refugio que el hogar. Don V&iacute;ctor con su
+ Fr&iacute;gilis y todos los cacharros del museo de man&iacute;as, don V&iacute;ctor
+ con el teatro espa&ntilde;ol a cuestas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero la casa ten&iacute;a tambi&eacute;n su poes&iacute;a&raquo;.
+ Ana se esforz&oacute; en encontr&aacute;rsela. &iexcl;Si tuviera hijos le
+ dar&iacute;an tanto que hacer! &iexcl;Qu&eacute; delicia! Pero no los hab&iacute;a.
+ No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana comenz&oacute;
+ a trabajar en casa con af&aacute;n... a cuidar a don V&iacute;ctor con
+ esmero.... A los ocho d&iacute;as comprendi&oacute; que aquello era una
+ hipocres&iacute;a mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas
+ en poco tiempo. &iquest;Por qu&eacute; fingirse a s&iacute; misma
+ satisfecha con una actividad insuficiente, insignificante, que no distra&iacute;a
+ el pensamiento ni media hora? Don V&iacute;ctor agradec&iacute;a en el
+ alma aquella solicitud dom&eacute;stica, pero en lo que tocaba a &eacute;l
+ hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta all&iacute;. Nadie le
+ cos&iacute;a un bot&oacute;n a su gusto m&aacute;s que &eacute;l mismo;
+ limpiarle el despacho era martirizarle a &eacute;l, a don V&iacute;ctor;
+ la cama era in&uacute;til hac&eacute;rsela con esmero porque de todas
+ maneras hab&iacute;a de descomponerla &eacute;l, sacudir las almohadas y
+ poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvi&oacute; a dejar los
+ quehaceres dom&eacute;sticos en la antigua marcha, don V&iacute;ctor se lo
+ agradeci&oacute; en el alma tambi&eacute;n y respiro a sus anchas. &laquo;Aquellas
+ injerencias de su querida esposa eran dignas de eterno agradecimiento...
+ pero molestas para &eacute;l. M&aacute;s sabe el loco en su casa...&raquo;
+ Don &Aacute;lvaro no se apresuraba. &laquo;Esta vez estaba seguro&raquo;.
+ Pero no quer&iacute;a <i>brusquer</i>&mdash;seg&uacute;n pensaba &eacute;l
+ en franc&eacute;s&mdash;un ataque. &laquo;La teor&iacute;a del <i>cuarto
+ de hora</i> era una teor&iacute;a incompleta&raquo;. Algo hab&iacute;a de
+ eso, pero en ciertos casos los cuartos de hora de una mujer s&oacute;lo
+ los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que pasara la Cuaresma. Al
+ fin se trataba de una beata que ayunar&iacute;a y comer&iacute;a de
+ vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofrec&iacute;a la mejor ocasi&oacute;n.
+ El mundo, despu&eacute;s de resucitar Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo,
+ parece m&aacute;s alegre, m&aacute;s l&iacute;citos sus placeres; la
+ primavera, ya adelantada, ayuda... las fiestas, a que &eacute;l har&iacute;a
+ que don V&iacute;ctor llevase a su mujer, ser&iacute;an aguijones del
+ deseo. &laquo;&iexcl;Oh!... s&iacute;, en la Pascua nos ver&iacute;amos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Adem&aacute;s, quer&iacute;a &eacute;l prepararse para la campa&ntilde;a.
+ Estaba debilucho. Aquel verano en Palomares hab&iacute;a hecho una especie
+ de bancarrota de salud. La se&ntilde;ora ministra hab&iacute;a amado
+ mucho. Estas exageraciones de las mujeres vencidas siempre estaban en raz&oacute;n
+ directa del cuadrado de las distancias. Es decir, que cuanto m&aacute;s
+ lejos estaba una mujer del vicio, m&aacute;s exagerada era cuando llegaba
+ a caer. La Regenta, si ca&iacute;a iba a ser exagerad&iacute;sima&raquo;.
+ Y se preparaba Mes&iacute;a. Ley&oacute; libros de higiene, hizo gimnasia
+ de sal&oacute;n, pase&oacute; mucho a caballo. Y se neg&oacute; a acompa&ntilde;ar
+ a Paco Vegallana en sus aventurillas f&aacute;ciles y pagaderas a la
+ vista. &laquo;El diablo harto de carne...&raquo; le dec&iacute;a Paco. Y
+ don &Aacute;lvaro sonre&iacute;a y se acostaba temprano. Madrugaba. El
+ Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y c&aacute;nticos al amanecer.
+ Los p&aacute;jaros, saltando de rama en rama preparaban los nidos para los
+ huevos de Abril; se dir&iacute;a que eran tapiceros de la enramada que
+ adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de la primavera.
+ Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano calentaba y picaba
+ el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en Vetusta, era una burla
+ de la naturaleza; despu&eacute;s volv&iacute;a el invierno, como en sus
+ mejores d&iacute;as, con fr&iacute;os, escarchas y lluvia, lluvia
+ interminable. Pero don &Aacute;lvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y
+ calor, que no por ef&iacute;mero le agradaba menos; no era &eacute;l de
+ los que med&iacute;an la felicidad por la duraci&oacute;n; es m&aacute;s,
+ no cre&iacute;a en la felicidad, concepto metaf&iacute;sico seg&uacute;n
+ &eacute;l, cre&iacute;a en el placer que no se mide por el tiempo. Una ma&ntilde;ana,
+ en el sal&oacute;n principal del Paseo Grande, solitario a tales horas
+ porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don &Aacute;lvaro
+ all&aacute; lejos la silueta de un cl&eacute;rigo. Era alto, sus
+ movimientos se&ntilde;oriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo;
+ ten&iacute;an que encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo
+ lado. Se saludaron sin hablar. Don &Aacute;lvaro tuvo un poco de miedo, de
+ aprensi&oacute;n de miedo. &laquo;Si este hombre, pens&oacute;, enamorado
+ de la Regenta, desairado por ella, se volviera loco de repente al verme,
+ crey&eacute;ndome su rival y se echara sobre m&iacute; a pu&ntilde;etazo
+ limpio aqu&iacute;, a solas...&raquo;. Mes&iacute;a recordaba la escena
+ del columpio en la huerta de Vegallana.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral pens&oacute; por su parte al ver a don &Aacute;lvaro: &laquo;&iexcl;Si
+ yo me arrojara sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder,
+ le arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entra&ntilde;as!...&raquo;.
+ Y tuvo miedo de s&iacute; mismo. Hab&iacute;a le&iacute;do que en las
+ personas nerviosas, im&aacute;genes y aprensiones de este g&eacute;nero
+ provocan los actos correspondientes. Se acord&oacute; de cierto asesino de
+ los cuentos de Edgar Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Salud&oacute;
+ como diciendo con los ojos: &laquo;&iexcl;Toma! ah&iacute; tienes esa
+ bofetada&raquo;. Pero el saludo y la mirada de Mes&iacute;a quisieron
+ decir: &laquo;Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de eso que usted me
+ quiere decir&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y siguieron cada cual por su lado, pero a la ma&ntilde;ana siguiente no
+ volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban all&iacute; contrario
+ objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas in&uacute;tiles;
+ Mes&iacute;a para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen
+ mucha falta dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por
+ sitios extraviados. Tem&iacute;an otro encuentro.
+ </p>
+ <p>
+ Pero pronto tuvieron que quedarse en casa.
+ </p>
+ <p>
+ Como era de esperar, el invierno volvi&oacute; con todos sus rigores, ri&eacute;ndose
+ a carcajadas de los incautos que se cre&iacute;an en plena primavera. Los
+ p&aacute;jaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los &aacute;rboles
+ floridos padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas
+ damiselas que en d&iacute;a de campo, vestidas con percales alegres,
+ adornos vistosos y delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un
+ chubasco, al aire libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las
+ florecillas blancas y rosadas de los frutales ca&iacute;an muertas sobre
+ el fango: el granizo las despedazaba; todo volv&iacute;a atr&aacute;s;
+ aquel ensayo de primavera temprana hab&iacute;a salido mal; vuelta a
+ empezar, cada mochuelo a su olivo.
+ </p>
+ <p>
+ Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entreg&oacute; con
+ reduplicado fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros hab&iacute;an
+ pasado tambi&eacute;n por all&iacute; como una granizada; las flores de
+ amor y alegr&iacute;a que sembrara el carnaval las destruyeron a
+ penitencia limpia el Padre Maroto, un artillero retirado que predicaba a
+ ca&ntilde;onazos y sacaba el Cristo, y el Padre Goberna, un melifluo padre
+ franc&eacute;s que pronunciaba el castellano con la garganta y las narices
+ y hablaba de <i>Gomogga</i> y citaba las grandezas de N&iacute;nive y de
+ Babilonia, ya perdidas, al cabo de los a&ntilde;os mil, como prueba de la
+ peque&ntilde;ez de las cosas humanas. Ello era que Vetusta estaba metida
+ en un pu&ntilde;o. Entre el agua y los jesuitas la ten&iacute;an triste,
+ aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza, parda, disuelta
+ en charcos y lodazales, m&aacute;s que a pensar en la brevedad de la
+ existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo parec&iacute;a
+ que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus contornos, m&aacute;s
+ que un sue&ntilde;o ef&iacute;mero, parec&iacute;a una pesadilla larga,
+ llena de im&aacute;genes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que sab&iacute;a
+ dar <i>color local</i> a sus oraciones, no dec&iacute;a en Vetusta que no
+ somos m&aacute;s que un poco de polvo, sino un poco de barro. &iquest;Polvo
+ en Vetusta? Dios lo diera.
+ </p>
+ <p>
+ El mal tiempo se llev&oacute; la resignaci&oacute;n tranquila, perezosa de
+ Anita Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas
+ aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que le
+ pinchaban el alma. &iexcl;Y ahora no ten&iacute;a al Magistral para
+ ayudarla!
+ </p>
+ <p>
+ Cada d&iacute;a se sent&iacute;a m&aacute;s sola, m&aacute;s abandonada y
+ ya empezaba a pensar que hab&iacute;a sido injusta con el Provisor
+ pensando de &eacute;l tan mal y dej&aacute;ndole huir desesperado con
+ aquellas sospechas que llevaba clavadas en el coraz&oacute;n como un dardo
+ envenenado. &laquo;&iquest;Por qu&eacute; ella no hab&iacute;a sentido m&aacute;s
+ aquel desenga&ntilde;o, aquella profanaci&oacute;n de una amistad pura,
+ desinteresada, ideal?&mdash;Tal vez porque el ser amada, fuera por quien
+ fuera, no pod&iacute;a saberle mal aunque ella tuviese que desde&ntilde;ar
+ y hasta vituperar aquel amor. Tal vez porque sab&iacute;a que el remedio
+ de aquella separaci&oacute;n estaba en sus manos. &iquest;No pod&iacute;a
+ ella, el d&iacute;a tal vez pr&oacute;ximo, en que necesitara consuelo
+ espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a don Ferm&iacute;n,
+ de que ella no era lo que &eacute;l se figuraba?&raquo;. Y acaso deb&iacute;a
+ hacerlo cuanto antes. &laquo;&iquest;Por qu&eacute; hab&iacute;a de estar
+ pensando De Pas lo que no hab&iacute;a? S&iacute;, hab&iacute;a que
+ decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no hab&iacute;a; don
+ &Aacute;lvaro no hab&iacute;a conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto
+ era lo cierto&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el esp&iacute;ritu
+ por s&iacute; misma. Sent&iacute;a la fe vacilante, los sofismas vulgares
+ de don Carlos&mdash;el libre-pensador&mdash;ven&iacute;an a atormentarla a
+ cada instante. Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a
+ dudar de la iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corr&iacute;a a la
+ iglesia. Saltando charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en
+ parroquia, de novena en novena, y pasaba tambi&eacute;n mucho tiempo en la
+ nave fr&iacute;a de alg&uacute;n templo a la hora en que los fieles sol&iacute;an
+ dejarlos desiertos. Se sentaba en un banco y meditaba. Sonaba y resonaba
+ en la b&oacute;veda la tos de un viejo que rezaba en una capilla
+ escondida; los pasos de un monaguillo irreverente retumbaban sobre la
+ tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio llegaba a los o&iacute;dos
+ un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana ped&iacute;a a la soledad y
+ al silencio perezoso de la iglesia, algo como una inspiraci&oacute;n, o
+ como un perfume de piedad que cre&iacute;a ella deb&iacute;a desprenderse
+ de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz blanca del d&iacute;a
+ ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como gastados por el roce
+ de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas im&aacute;genes a la luz
+ del d&iacute;a recordaban vagamente las decoraciones de un teatro vistas
+ al sol y a los c&oacute;micos en la calle sin los esplendores del gas de
+ las bater&iacute;as. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba all&iacute; la
+ fe que se desmoronaba. &laquo;&iquest;Por qu&eacute; se desmoronaba?
+ &iquest;Qu&eacute; ten&iacute;a que ver la Iglesia con el Magistral?
+ &iquest;No pod&iacute;a aquel se&ntilde;or haberse enamorado de ella... y
+ ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que s&iacute;.
+ Pero rezaba para creer. Oh, malo ser&iacute;a que el Magistral no saliese
+ inocente de aquella prueba.... Si &eacute;l, si el hermano mayor no era m&aacute;s
+ que un hip&oacute;crita... hab&iacute;a que dar la raz&oacute;n en muchas
+ cosas a don Carlos, al que despu&eacute;s de todo era su padre. &iexcl;S&iacute;,
+ s&iacute;, era su padre, aquel padre que hab&iacute;a llorado ella con l&aacute;grimas
+ del coraz&oacute;n, el que dec&iacute;a que la religi&oacute;n es un
+ homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no podemos imaginar
+ como es, y que no es como dicen las religiones positivas, sino mucho
+ mejor, mucho m&aacute;s grande!... &iexcl;Era su padre quien dec&iacute;a
+ todas estas herej&iacute;as!&raquo;. Y rezaba, rezaba porque el meditar ya
+ no serv&iacute;a para nada bueno.&mdash;Y una voz interior severa y algo
+ pedantesca gritaba despu&eacute;s de todo aquello: &laquo;Pero entend&aacute;monos,
+ aunque don Carlos tuviera raz&oacute;n, aunque Dios sea m&aacute;s grande,
+ m&aacute;s bueno que todo lo que pudieran decir y pensar los libros de los
+ hombres, no por eso perdona los pecados de que la conciencia acusa a
+ todos. Don &Aacute;lvaro estar&aacute; prohibido, sea Dios como sea. El
+ mal es el mal de todas suertes. Eso s&iacute;, se dec&iacute;a la Regenta,
+ que encontraba consuelo en esta resoluci&oacute;n; aunque la fe caiga, yo
+ seguir&eacute; combatiendo esta pasi&oacute;n de mis sentidos, que seguir&aacute;
+ siendo mala...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Empez&oacute; a notar que el templo solitario no excitaba su devoci&oacute;n;
+ aquellas paredes fr&iacute;as, aquella especie de descanso de los santos a
+ las horas en que cesa la adoraci&oacute;n, le recordaban por extra&ntilde;as
+ analog&iacute;as que establec&iacute;a el cerebro, enfermo acaso, le
+ recordaban la fatiga de los reyes, la fatiga de los monstruos de ferias,
+ la fatiga de c&oacute;micos, pol&iacute;ticos, y cuantos seres tienen por
+ destino darse en p&uacute;blico espect&aacute;culo a la admiraci&oacute;n
+ material y boquiabierta de la necia multitud.... La iglesia sin culto
+ activo, la iglesia descansando, lleg&oacute; a parecerle a ella tambi&eacute;n
+ algo como un teatro de d&iacute;a. El sacrist&aacute;n y el ac&oacute;lito
+ subiendo al retablo, hombre&aacute;ndose con la imagen de madera,
+ colocando los cirios con simetr&iacute;a, consultando las leyes de la
+ perspectiva, le parec&iacute;an al cabo c&oacute;mplices de no sab&iacute;a
+ qu&eacute; enga&ntilde;o.... Adem&aacute;s de todas estas aprensiones sacr&iacute;legas,
+ tentaci&oacute;n malsana del esp&iacute;ritu enfermo, causa de tanta
+ lucha, sent&iacute;a el tormento de la distracci&oacute;n; las oraciones
+ comenzaban y no conclu&iacute;an; el estribillo de tal o cual piadosa
+ leyenda llegaba a darle n&aacute;useas; la soledad se poblaba de mil im&aacute;genes,
+ diablillos de la distracci&oacute;n; el silencio era enjambre de ruidos
+ interiores. Todo esto le oblig&oacute; a dejar el templo solitario. Volvi&oacute;
+ a las horas del culto. Conoc&iacute;a que en la nueva piedad que buscaba
+ deb&iacute;an tomar parte importante los sentidos. Busc&oacute; el olor
+ del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de
+ la oraci&oacute;n com&uacute;n, el susurro del <i>ora pro nobis</i> de las
+ <i>masas cat&oacute;licas</i>, la fuerza misteriosa de la oraci&oacute;n
+ colectiva, la parsimonia sistem&aacute;tica del ceremonial, la gravedad
+ del sacerdote en funciones, la misteriosa vaguedad del c&aacute;ntico
+ sagrado que, bajando del coro nada m&aacute;s, parece descender de las
+ nubes; las melod&iacute;as del &oacute;rgano que hac&iacute;an recordar en
+ un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la piedad
+ antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de esperanza m&iacute;stica.
+ </p>
+ <p>
+ La novena de los Dolores tuvo aquel a&ntilde;o en Vetusta una importancia
+ excepcional, si se ha de creer lo que dec&iacute;a <i>El L&aacute;baro</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adorn&oacute;
+ como nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa hab&iacute;an dejado
+ los PP. Goberna y Maroto. No se pod&iacute;a, como en la novena de la
+ Concepci&oacute;n, colgar el templo de azul y plata, ni colocar un
+ templete de cart&oacute;n delante del retablo del altar mayor imitando
+ capilla g&oacute;tica de marqueter&iacute;a; pero todo lo que fue
+ compatible con los siete Dolores de la Virgen se hizo: el lujo fue
+ majestuoso, triste, f&uacute;nebre. Todo era negro y oro. La capilla de la
+ catedral se traslad&oacute; en masa al coro de San Isidro reforzada por
+ algunas partes rezagadas de la &uacute;ltima compa&ntilde;&iacute;a de
+ zarzuela, que hab&iacute;a tronado en Vetusta.&mdash;Los sermones se
+ encomendaron a <i>otro jesuita</i>, el Padre Mart&iacute;nez, que vino de
+ muy lejos y cobrando muy caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al
+ altar mayor a espaldas del cancel de la puerta principal, ped&iacute;an
+ limosna y vend&iacute;an libros devotos, medallas y escapularios las damas
+ de m&aacute;s alta alcurnia, las m&aacute;s guapas y las m&aacute;s
+ entrometidas.
+ </p>
+ <p>
+ La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su
+ contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en
+ bote. No cab&iacute;a un vetustense m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Los j&oacute;venes laicos de la ciudad, estudiantes los m&aacute;s, no se
+ distingu&iacute;an ni por su excesiva devoci&oacute;n ni por una impiedad
+ prematura; no pensaban en ciertas cosas; los hab&iacute;a carlistas y
+ liberales, pero casi todos iban a misa a ver las muchachas. A la novena no
+ faltaban; se desparramaban por las capillas y rincones de San Isidro, y
+ terciando la capa, el rostro con un tinte rom&aacute;ntico o picaresco,
+ seg&uacute;n el car&aacute;cter, <i>se timaban</i>, como dec&iacute;an
+ ellos, con las ni&ntilde;as casaderas, m&aacute;s recatadas, mejores
+ cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban <i>relaciones</i>.
+ Mientras el P. Mart&iacute;nez repet&iacute;a por cent&eacute;sima vez&mdash;y
+ ya llevaba ganados unos cinco mil reales&mdash;que como el dolor de una
+ madre no hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen
+ enlutada del altar, toda la ret&oacute;rica averiada de su oratoria de un
+ barroquismo mustio y sobado; el amor sacr&iacute;lego iba y ven&iacute;a
+ volando invisible por naves y capillas como una mariposa que la primavera
+ manda desde el campo al pueblo para anunciar la alegr&iacute;a nueva.
+ </p>
+ <p>
+ Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el esp&iacute;ritu
+ para sumirlo en acendrada piedad, o&iacute;a el <i>rum rum</i> lastimero
+ del p&uacute;lpito, como el rumor lejano de un aguacero acompa&ntilde;ado
+ por ayes del viento cogido entre puertas. No o&iacute;a al jesuita, o&iacute;a
+ la elocuencia silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos
+ en millares y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devoci&oacute;n
+ com&uacute;n, aquella elevaci&oacute;n casi milagrosa de un pueblo entero
+ prosaico, empeque&ntilde;ecido por la pobreza y la ignorancia, a las
+ regiones de lo ideal, a la adoraci&oacute;n de lo Absoluto por abstracci&oacute;n
+ prodigiosa. En esto pensaba a su modo la Regenta, y quer&iacute;a que
+ aquella ola de piedad la arrastrase, quer&iacute;a ser mol&eacute;cula de
+ aquella espuma, part&iacute;cula de aquel polvo que una fuerza desconocida
+ arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal vagamente
+ comprendido.
+ </p>
+ <p>
+ Call&oacute; el P. Mart&iacute;nez y comenz&oacute; el &oacute;rgano a
+ decir de otro modo, y mucho mejor, lo mismo que hab&iacute;a dicho el
+ orador de lujo. El &oacute;rgano parec&iacute;a sentir m&aacute;s de coraz&oacute;n
+ las penas de Mar&iacute;a.... Ana pens&oacute; en Mar&iacute;a, en
+ Rossini, en la primera vez que hab&iacute;a o&iacute;do, a los diez y ocho
+ a&ntilde;os, en aquella misma iglesia, el <i>Stabat Mater</i>... Y despu&eacute;s
+ que el &oacute;rgano dijo lo que ten&iacute;a que decir, los fieles
+ cantaron como coro monstruo bien ensayado el estribillo mon&oacute;tono,
+ solemne, de varias canciones que ca&iacute;an de arriba como lluvia de
+ flores frescas. Cantaban los ni&ntilde;os, cantaban los ancianos, cantaban
+ las mujeres. Y Ana, sin saber por qu&eacute;, empez&oacute; a llorar. A su
+ lado un ni&ntilde;o pobre, rubio, p&aacute;lido y delgado, de seis a&ntilde;os,
+ sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos,
+ cantaba sin pesta&ntilde;ear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar port&aacute;til;
+ cantaba, y de repente, por no se sabe qu&eacute; asociaci&oacute;n de
+ ideas, call&oacute;, volvi&oacute; el rostro a su madre y dijo:&mdash;&iexcl;Madre,
+ dame pan!
+ </p>
+ <p>
+ Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y
+ dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le obligaba,
+ contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el &oacute;rgano,
+ como un padre, acompa&ntilde;aba el coro y le guiaba por las regiones
+ ideales de inefable tristeza consoladora, de la m&uacute;sica.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Y hab&iacute;a infames, pens&oacute; Ana, que quer&iacute;an
+ acabar con aquello! &iexcl;Oh, no, no, yo no! Contigo, Virgen santa,
+ siempre contigo, siempre a tus pies; estar con los tristes, &eacute;sa es
+ la religi&oacute;n eterna, vivir llorando por las penas del mundo, amar
+ entre l&aacute;grimas...&raquo;. Y se acord&oacute; del Magistral. &laquo;&iexcl;Oh
+ qu&eacute; ingrata, qu&eacute; cruel hab&iacute;a sido con aquel hombre!
+ &iexcl;Qu&eacute; triste, qu&eacute; solo le hab&iacute;a dejado!...
+ Vetusta le insultaba, le escarnec&iacute;a, le despreciaba, despu&eacute;s
+ de haberle levantado un trono de admiraci&oacute;n; y ella, ella que le
+ deb&iacute;a su honra, su religi&oacute;n, lo m&aacute;s precioso, le
+ abandonaba y le olvidaba tambi&eacute;n.... &iquest;Y por qu&eacute;? Tal
+ vez, casi de fijo, por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y
+ grosera. &iexcl;Ah!, porque ella estaba tocada del gusano maldito, del
+ amor de los sentidos; porque ella estaba rendida a don &Aacute;lvaro si no
+ de hecho con el deseo&mdash;esta era la verdad&mdash;porque ella era
+ pecadora &iquest;hab&iacute;a de serlo tambi&eacute;n el <i>hermano de su
+ alma</i>, el padre espiritual querido? &iquest;qu&eacute; pruebas ten&iacute;a
+ ella? &iquest;No pod&iacute;a ser aprensi&oacute;n todo, no pod&iacute;a
+ la vanidad haber visto visiones? &iquest;Cu&aacute;ndo De Pas se hab&iacute;a
+ insinuado de modo que pudiera sospecharse de su pureza? &iquest;No hab&iacute;an
+ estado mil veces solos, muy cerca uno de otro, no se hab&iacute;an tocado,
+ no hab&iacute;a ella, tal vez con imprudencia, aventurado caricias
+ inocentes, someros halagos que hubieran hecho brotar el fuego si lo
+ hubiera habido all&iacute; escondido?... &iexcl;Y est&aacute; abandonado!
+ Se burlan de &eacute;l hasta en los peri&oacute;dicos; hasta los imp&iacute;os
+ alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la moda
+ y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me pongo a
+ gritar tambi&eacute;n, &iexcl;crucif&iacute;cale, crucif&iacute;cale!...
+ &iquest;Y el sacrificio que hab&iacute;a prometido? &iquest;Aquel gran
+ sacrificio que yo andaba buscando para pagar lo que debo a ese hombre?...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento cesaron los c&aacute;nticos del pueblo devoto; sigui&oacute;
+ silencio solemne; despu&eacute;s hubo toses, estr&eacute;pito de suelas y
+ zuecos sobre la piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia
+ contenida. Hacia la puerta sonaba el <i>tic, tac</i>, de las monedas con
+ que Visitaci&oacute;n y la Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la
+ atenci&oacute;n de la caridad distra&iacute;da. Rechinaban los canceles;
+ hab&iacute;a en el aire un cuchicheo tenue. En el coro daban se&ntilde;ales
+ de vida violines y flautas con quejidos y suspiros ahogados; se o&iacute;a
+ el ruido de las hojas del papel de m&uacute;sica. Gru&ntilde;&oacute; un
+ viol&iacute;n. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra
+ vez.... Comenz&oacute; el <i>Stabat Mater</i>.
+ </p>
+ <p>
+ La m&uacute;sica sublime de Rossini exalt&oacute; m&aacute;s y m&aacute;s
+ la fantas&iacute;a de Ana; una resoluci&oacute;n de los nervios irritados
+ brot&oacute; en aquel cerebro con fuerza de man&iacute;a: como una
+ alucinaci&oacute;n de la voluntad. Vio, como si all&iacute; mismo
+ estuviese, la imagen de su resoluci&oacute;n, &laquo;s&iacute;... ella...
+ ella, Ana a los pies del Magistral, como Mar&iacute;a a los pies de la
+ Cruz. El Magistral estaba crucificado tambi&eacute;n por la calumnia, por
+ la necedad, por la envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volv&iacute;a
+ las espaldas y le dejaba all&iacute; solo... y ella... ella... &iexcl;estaba
+ haciendo lo mismo! &iexcl;Oh, no, al Calvario, al Calvario! al pie de la
+ cruz del que no era su hijo, sino su padre, su hermano, el hermano y el
+ padre del esp&iacute;ritu&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;La Virgen le dec&iacute;a que s&iacute;, que estaba bien hecho; que
+ aquella resoluci&oacute;n era digna de un cristiano. Donde quiera que hay
+ una cruz con un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era
+ el que est&aacute; all&iacute; colgado; mejor se podr&aacute; llorar al
+ pie de la cruz de un m&aacute;rtir. Hasta del mal ladr&oacute;n le estaba
+ dando l&aacute;stima en aquel momento. &iexcl;Cu&aacute;nta mayor l&aacute;stima
+ le dar&iacute;a del Magistral que, seg&uacute;n ella, no era ladr&oacute;n,
+ ni malo ni bueno!&raquo;. La forma del sacrificio, el d&iacute;a, la ocasi&oacute;n,
+ todo estaba se&ntilde;alado: se jur&oacute; no volverse atr&aacute;s;
+ aquella exaltaci&oacute;n era lo que ella necesitaba para poder vivir; si
+ m&aacute;s tarde el cansancio, la relajaci&oacute;n de aquellas fibras
+ tirantes tra&iacute;an a su &aacute;nimo la cobard&iacute;a, los reparos
+ mundanales, prosaicos, el miedo al qu&eacute; dir&aacute;n, no har&iacute;a
+ caso... ir&iacute;a derecha a su prop&oacute;sito sin vacilar, sin
+ deliberar m&aacute;s. Har&iacute;a lo que hab&iacute;a resuelto. Y
+ tranquila, segura de s&iacute; misma, volvi&oacute; su pensamiento a la
+ Madre Dolorosa, y se arroj&oacute; a las olas de la m&uacute;sica triste
+ con un arranque de suicida.... S&iacute;, quer&iacute;a matar dentro de
+ ella la duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio,
+ circunspecto, <i>mirado</i>... quer&iacute;a volver al fuego de la pasi&oacute;n,
+ que era su ambiente.
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXVImdash" id="XXVImdash"></a>&mdash;XXVI&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ Desde el d&iacute;a en que presidi&oacute; el entierro de don Santos
+ Barinaga, don Pompeyo no volvi&oacute; a tener hora buena, de salud
+ completa. Los escalofr&iacute;os que le hicieron temblar en el cementerio
+ y se repitieron, cada vez m&aacute;s fuertes, durante la enfermedad que
+ sigui&oacute; a la gran mojadura, volv&iacute;an de cuando en cuando.
+ Guimar&aacute;n estaba triste sin cesar; aquel sol de Justicia que
+ adoraba, ten&iacute;a sus eclipses y el espect&aacute;culo de la maldad
+ ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del
+ progreso definitivo de la Humanidad. &laquo;Laurent dec&iacute;a bien, est&aacute;bamos
+ nosotros mucho m&aacute;s adelantados que los b&aacute;rbaros. &iexcl;Pero
+ hab&iacute;a cada pillo todav&iacute;a! &iquest;Y la amistad? La amistad
+ era cosa perdida&raquo;. Paquito Vegallana, &Aacute;lvaro Mes&iacute;a,
+ Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable se&ntilde;or
+ Foja, que se dec&iacute;an tan amigos suyos, le hab&iacute;an enga&ntilde;ado
+ como a un chino; se hab&iacute;an burlado de &eacute;l. Eran unos
+ libertinos que renegaban en sus comilonas de la religi&oacute;n positiva
+ para seducirle a &eacute;l y librarse del miedo del infierno. Don Pompeyo
+ rompi&oacute; bruscamente sus relaciones con todos aquellos &laquo;esp&iacute;ritus
+ fr&iacute;volos&raquo; y no volvi&oacute; a poner los pies en el Casino.
+ Tom&oacute; esta resoluci&oacute;n el d&iacute;a de Navidad, cuando supo
+ que por Vetusta se corr&iacute;a que &eacute;l, don Pompeyo Guimar&aacute;n,
+ el hombre que m&aacute;s respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno,
+ hab&iacute;a profanado la catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se
+ lleg&oacute; a decir que hab&iacute;a llevado al templo, debajo de la
+ capa, una botella de an&iacute;s del mono.... &laquo;&iexcl;Del mono!...
+ &iexcl;&eacute;l... don Pompeyo!...&raquo;. No volvi&oacute; al Casino.
+ &laquo;Aquellos infames que le hab&iacute;an embriagado o poco menos,
+ oblig&aacute;ndole despu&eacute;s a penetrar en el templo, eran muy
+ capaces de haber inventado en seguida la calumnia con que quer&iacute;an
+ perderle. &iquest;Qu&eacute; autoridad iba a tener en adelante aquel ate&iacute;smo
+ que se emborrachaba para celebrar las fiestas del cristianismo, y que
+ asist&iacute;a a los santos oficios a blasfemar y hacer eses por las
+ respetables naves de la bas&iacute;lica?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Bastante ten&iacute;a &eacute;l sobre su alma con el
+ entierro civil de Barinaga y la consiguiente ojeriza que gran parte del
+ pueblo hab&iacute;a tomado al se&ntilde;or Magistral!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No, no quer&iacute;a m&aacute;s luchas religiosas. Ya iba siendo
+ viejo para tama&ntilde;as empresas. Mejor era callar, vivir en paz con
+ todos&raquo;. La muerte de Barinaga le hac&iacute;a temblar al recordarla.
+ &laquo;&iexcl;Morir como un perro! &iexcl;Y yo que tengo mujer y cuatro
+ hijas!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se hizo mis&aacute;ntropo. Siempre sal&iacute;a solo, al obscurecer, y
+ volv&iacute;a pronto a casa.
+ </p>
+ <p>
+ Una noche le llam&oacute; la atenci&oacute;n un ruido de colmena que ven&iacute;a
+ de la parte de la catedral. Oy&oacute; cohetes. &iquest;Qu&eacute; era
+ aquello? La torre estaba iluminada con vasos y faroles a la veneciana. A
+ sus pies, en el atrio estrecho y corto, de resbaladizo pavimento de
+ piedra, cerrado por verja de hierro tosco y fuerte, se agolpaba una
+ multitud confusa, como un mont&oacute;n de gusanos negros. De aquel
+ fermento humano brotaban, como burbujas, gritos, carcajadas, y un zumbido
+ sordo que parec&iacute;a el ruido de la marea de un mar lejano.
+ </p>
+ <p>
+ Don Pompeyo, que daba diente con diente, de fr&iacute;o con fiebre, se
+ detuvo en lo m&aacute;s alto de la calle de la R&uacute;a para contemplar
+ aquella muchedumbre api&ntilde;ada a los pies de la torre, en tan estrecho
+ recinto, cuando pod&iacute;a extenderse a sus anchas por toda la plazuela.
+ &laquo;Ya sab&iacute;a lo que era. <i>Los cat&oacute;licos</i> celebraban
+ un aniversario religioso. &iquest;Pero c&oacute;mo? &iexcl;Oh ludibrio!&raquo;.
+ Don Pompeyo se acerc&oacute; al atrio: observ&oacute; desde fuera. Lo
+ mejor y lo peor de Vetusta estaba all&iacute; amontonado; las chalequeras,
+ los armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del
+ andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero con
+ la <i>Vetusta elegante</i> del Espol&oacute;n y de los bailes del Casino:
+ y para colmo del esc&aacute;ndalo, seg&uacute;n don Pompeyo, <i>so capa</i>
+ de celebrar una fiesta religiosa la juventud dorada del clero vetustense,
+ todos aquellos &laquo;<i>licenciados de seminario</i>&raquo; como &eacute;l
+ los llamaba con p&eacute;sima intenci&oacute;n, &laquo;&iexcl;paseaban
+ tambi&eacute;n por all&iacute;, apretados, prensados, con sus manteos y
+ todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que
+ respirar, sin m&aacute;s recreo que el poco honesto de sentir el roce de
+ la especie, el instinto del reba&ntilde;o, mejor, de la piara!&raquo;. Y
+ separando los ojos &laquo;de aquella podredumbre en fermento, de aquella
+ <i>gusanera inconsciente</i>&raquo;, volviolos Guimar&aacute;n a lo alto,
+ y mir&oacute; a la torre que con un punto de luz roja se&ntilde;alaba al
+ cielo.... &laquo;&iexcl;Aqu&iacute; no hay nada cristiano, pens&oacute;, m&aacute;s
+ que ese mont&oacute;n de piedras!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Huy&oacute; de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de
+ la Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen
+ los de arriba con los de abajo. Entr&oacute; en su casa.... Pidi&oacute;
+ tila, se acost&oacute;... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas
+ que le echaban sobre el cuerpo cuantas mantas hab&iacute;a en casa, el
+ ateo empedernido sinti&oacute; una dulce ternura nerviosa, un calorcillo
+ confortante y se dijo: &laquo;Al fin, hay una religi&oacute;n, la del
+ hogar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ A la ma&ntilde;ana siguiente despert&oacute; a toda la casa a
+ campanillazos. &laquo;Se sent&iacute;a mal. Que llamasen a Somoza&raquo;.
+ Somoza dijo que aquello no era nada. Ocho d&iacute;as despu&eacute;s
+ propuso a la se&ntilde;ora de Guimar&aacute;n el arduo problema de lo que
+ all&iacute; se llamaba &laquo;la preparaci&oacute;n del enfermo&raquo;.
+ &laquo;Hab&iacute;a que prepararle&raquo;, &iquest;a qu&eacute;? &laquo;A
+ bien morir&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compa&ntilde;&iacute;a
+ de su madre al o&iacute;r la noticia.
+ </p>
+ <p>
+ Las otras dos, m&aacute;s fuertes, deliberaron. &iquest;Qui&eacute;n le
+ pon&iacute;a el cascabel al gato? &iquest;Qui&eacute;n propon&iacute;a a
+ su se&ntilde;or padre que recibiera los Sacramentos?
+ </p>
+ <p>
+ Se lo propuso la hija mayor, Agapita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pap&aacute;, t&uacute; que eres tan bueno, &iquest;querr&iacute;as
+ darme un disgusto, d&aacute;rselo a mam&aacute;, sobre todo, que te quiere
+ tanto... y es tan religiosa?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No prosigas, Agapita querida&mdash;dijo el enfermo con voz
+ meliflua, d&eacute;bil, mimosa&mdash;. Ya s&eacute; lo que pides. Que
+ confiese. Est&aacute; bien, hija m&iacute;a. &iquest;C&oacute;mo ha de
+ ser? Hace d&iacute;as que esperaba este momento. El se&ntilde;or de Somoza
+ es tan angelical que no quer&iacute;a darme un susto; pero yo conoc&iacute;a
+ que esto iba mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de
+ complaceros. S&oacute;lo os pido una cosa... que venga el se&ntilde;or
+ Magistral. Quiero que me oiga en confesi&oacute;n el se&ntilde;or De Pas;
+ necesito que me oiga, y que me perdone.
+ </p>
+ <p>
+ Agapita llor&oacute; sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala hab&iacute;an
+ o&iacute;do el di&aacute;logo Somoza y la hija menor de Guimar&aacute;n,
+ Perpetua. Media hora despu&eacute;s toda Vetusta sab&iacute;a el milagro.
+ &laquo;&iexcl;<i>El Ateo</i> llamaba al Magistral para que le ayudara a
+ bien morir!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho,
+ como un perro, gru&ntilde;&iacute;a en cuanto olfateaba la presencia de
+ alg&uacute;n importuno. El Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido
+ menor le sonaba a patadas en la cabeza. Do&ntilde;a Paula hab&iacute;a
+ prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se andaba de puntillas y se
+ procuraba volar.
+ </p>
+ <p>
+ Teresina crey&oacute; que el recado de las se&ntilde;oritas de Guimar&aacute;n
+ era cosa grave, y merec&iacute;a la pena de infringir la regla general.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Est&aacute;n ah&iacute; de parte de la se&ntilde;ora y se&ntilde;oritas
+ de Guimar&aacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;De Guimar&aacute;n!&mdash;dijo el Magistral que estaba
+ despierto, aunque ten&iacute;a los ojos cerrados.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;De Guimar&aacute;n! T&uacute; est&aacute;s loca...&mdash;dijo
+ do&ntilde;a Paula muy bajo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora, de Guimar&aacute;n, de don Pompeyo, que
+ se est&aacute; muriendo y quiere que le vaya a confesar el se&ntilde;orito.
+ </p>
+ <p>
+ Hijo y Madre dieron un salto; do&ntilde;a Paula qued&oacute; en pie, don
+ Ferm&iacute;n sentado en su lecho.
+ </p>
+ <p>
+ Se hizo entrar a la criada de Guimar&aacute;n y repetir el recado.
+ </p>
+ <p>
+ La criada lloraba y describ&iacute;a entre suspiros la tristeza de la
+ familia y el consuelo que era ver al se&ntilde;or pedir los Santos
+ Sacramentos.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral y do&ntilde;a Paula se consultaron con los ojos. Se
+ entendieron.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Te har&aacute; da&ntilde;o?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No. Que voy ahora mismo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Salid. Que el se&ntilde;orito est&aacute; muy enfermo, pero que lo
+ primero es lo primero y que va all&aacute; ahora mismo.
+ </p>
+ <p>
+ Quedaron solos hijo y madre.&mdash;&iquest;Ser&aacute; una broma de ese
+ tunante?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;ora; es un pobre diablo. Ten&iacute;a que acabar as&iacute;.
+ Pero yo no sab&iacute;a que estaba enfermo.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas hablaba mientras se vest&iacute;a ayudado por su madre, que busc&oacute;
+ en el fondo de un ba&uacute;l la ropa de m&aacute;s abrigo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Fermo, y si t&uacute; te pones malo de veras... es decir,
+ de cuidado?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza s&iacute;.
+ Es preciso llegar all&aacute; antes que se sepa por ah&iacute;... &iquest;No
+ comprende usted?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, claro; tienes raz&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Callaron. El Magistral se cogi&oacute; a la pared y al hombro de su madre
+ para tenerse en pie.
+ </p>
+ <p>
+ En su despacho se sent&oacute; un momento.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Mandamos por un coche?...&mdash;S&iacute;, es claro; ya deb&iacute;a
+ estar hecho eso. A Benito, aqu&iacute; en la esquina....
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; Teresa.&mdash;Esta carta para el se&ntilde;orito.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula la tom&oacute;, no conoci&oacute; la letra del sobre.
+ </p>
+ <p>
+ Ferm&iacute;n s&iacute;; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano
+ temblorosa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De qui&eacute;n es?&mdash;pregunt&oacute; la madre al ver
+ que Ferm&iacute;n palidec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No s&eacute;... ya la ver&eacute; despu&eacute;s. Ahora al coche...
+ a ver a Guimar&aacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ Y se puso de pies, escondi&oacute; la carta en un bolsillo interior, y se
+ dirigi&oacute; a la puerta con paso firme.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula, aunque sospechaba, no sab&iacute;a qu&eacute;, no se
+ atrevi&oacute; esta vez a insistir. Le daba l&aacute;stima de aquel hijo
+ que enfermo, triste, tal vez desesperado, iba por ella a continuar la
+ historia de su grandeza, de sus ganancias; iba a rescatar el cr&eacute;dito
+ perdido buscando un milagro de los m&aacute;s sonados, de los m&aacute;s
+ eficaces y provechosos, un milagro de conversi&oacute;n. &laquo;Era un h&eacute;roe&raquo;.
+ &laquo;&iexcl;Cu&aacute;nto hab&iacute;a padecido durante aquella
+ cuaresma!&raquo;. Ella, do&ntilde;a Paula, hab&iacute;a acabado por
+ adivinar que su hijo y la Regenta no se ve&iacute;an ya; hab&iacute;an re&ntilde;ido
+ por lo visto. Al principio el ego&iacute;smo de la madre triunf&oacute; y
+ se alegr&oacute; de aquel rompimiento que supon&iacute;a. Conoci&oacute;
+ que su hijo no se humillar&iacute;a jam&aacute;s a pedir una reconciliaci&oacute;n,
+ que antes morir&iacute;a desesperado como un perro, all&iacute;, en aquel
+ lecho donde hab&iacute;a ca&iacute;do al cabo, despu&eacute;s de pasear la
+ c&oacute;lera comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de d&iacute;a
+ y de noche. Pero la desesperaci&oacute;n taciturna de su Fermo, complicada
+ con una enfermedad misteriosa, de mal aspecto, que pod&iacute;a parar en
+ locura, asust&oacute; a la madre que adoraba a su modo al hijo; y noche
+ hubo en que, mientras velaba el dolor de su Fermo pens&oacute; en mil
+ absurdos, en milagros de madre, en ir ella misma a buscar a la infame que
+ ten&iacute;a la culpa de aquello, y degollarla, o traerla arrastrando por
+ los malditos cabellos, all&iacute;, al pie de aquella cama, a velar como
+ ella, a llorar como ella, a salvar a su hijo a toda costa, a costa de la
+ fama, de la salvaci&oacute;n, de todo, a salvarle o morir con &eacute;l....
+ De estas ideas absurdas, que rechazaba despu&eacute;s el buen sentido, le
+ quedaba a do&ntilde;a Paula una ira sorda, reconcentrada, y una aspiraci&oacute;n
+ vaga a formar un proyecto extra&ntilde;o, una intriga para cazar a la
+ Regenta y hacerla servir para lo que Fermo quisiera... y despu&eacute;s
+ matarla o arrancarle la lengua....
+ </p>
+ <p>
+ Los primeros d&iacute;as, despu&eacute;s de separarse Ana y De Pas, era el
+ Magistral quien preguntaba m&aacute;s a menudo a Teresina, afectando
+ indiferencia, pero sin que su madre le oyera: &laquo;&iquest;Ha habido alg&uacute;n
+ recado, alguna carta para m&iacute;?&raquo;. Despu&eacute;s, tambi&eacute;n
+ do&ntilde;a Paula, a solas tambi&eacute;n, preguntaba a la doncella, con
+ voz gutural, estrangulada: &laquo;&iquest;Han tra&iacute;do alg&uacute;n
+ recado... alg&uacute;n papel... para el se&ntilde;orito?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No, no hab&iacute;an tra&iacute;do nada. La cuaresma hab&iacute;a pasado
+ as&iacute;, hab&iacute;a comenzado la semana de Dolores, estaba
+ concluyendo... y nada.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Debe de ser de ella&raquo;, pens&oacute; do&ntilde;a Paula cuando
+ vio el papel que present&oacute; Teresina. Sinti&oacute; ira y placer a un
+ tiempo.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral sent&iacute;a en los o&iacute;dos huracanes. Tem&iacute;a
+ caerse. Pero estaba dispuesto a salir. Tambi&eacute;n se jur&oacute;
+ negarse a leer la carta delante de su madre, aunque ella lo pidiera puesta
+ en cruz. &laquo;Aquella carta era de &eacute;l, de &eacute;l solo&raquo;.
+ Lleg&oacute; el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada por un
+ caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y sucios.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula, que hab&iacute;a acompa&ntilde;ado a su hijo hasta el
+ portal, dijo con &eacute;nfasis al cochero:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A casa de don Pompeyo Guimar&aacute;n... ya sabes....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;... Dobl&oacute; el coche la esquina; don Ferm&iacute;n
+ corri&oacute; un cristal y grit&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Despacio, al paso. Mir&oacute; la carta de Ana. Rompi&oacute; el
+ sobre con dedos que temblaban y ley&oacute; aquellas letras de tinta
+ rosada que saltaban y se confund&iacute;an enganchadas unas con otras.
+ Adivin&oacute; m&aacute;s que descifr&oacute; los caracteres que se
+ evaporaban ante su vista d&eacute;bil.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ferm&iacute;n: necesito ver a usted, quiero pedirle perd&oacute;n y
+ jurarle que soy digna de su cari&ntilde;oso amparo; Dios ha querido
+ iluminarme otra vez; la Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que
+ yo le busque a usted, que le llame. Pens&eacute; en ir yo misma a su casa.
+ Pero temo que sea indiscreci&oacute;n. Sin embargo, ir&eacute;, a pesar de
+ todo, si es verdad que est&aacute; usted enfermo y que no puede salir.
+ &iquest;D&oacute;nde le podr&eacute; hablar? Estoy segura de que por
+ caridad a lo menos no dejar&aacute; sin respuesta mi carta. Y si la deja,
+ all&aacute; voy. Su mejor amiga, su esclava, seg&uacute;n ha jurado y sabr&aacute;
+ cumplir.&mdash;ANA&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas dej&oacute; de sentir sus dolores, no pens&oacute; siquiera en
+ esto; mir&oacute; al cielo, iba a obscurecer. Cogi&oacute; con mano febril
+ la blusa azul del cochero que volvi&oacute; la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay se&ntilde;orito?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A la Plaza Nueva... a la Rinconada....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;... pero &iquest;ahora?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ahora mismo, y a escape.
+ </p>
+ <p>
+ El coche sigui&oacute; al paso. &laquo;Si est&aacute; don V&iacute;ctor,
+ que no lo quiera Dios, basta con que Ana me mire, con que me vea all&iacute;...
+ Si no est&aacute;... mejor. Entonces hablar&eacute;, hablar&eacute;...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Ferm&iacute;n dej&oacute;
+ caer la cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rinc&oacute;n
+ obscuro del coche, ocultando el rostro en las manos que ard&iacute;an,
+ llor&oacute; como un ni&ntilde;o, sin verg&uuml;enza de aquellas l&aacute;grimas
+ de que &eacute;l solo sabr&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ No estaba don V&iacute;ctor en casa.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral estuvo en el caser&oacute;n de los Ozores desde las siete
+ hasta m&aacute;s de las ocho y media. Cuando sali&oacute;, el cochero dorm&iacute;a
+ en el pescante. Hab&iacute;a encendido los faroles del coche y esperaba,
+ seguro de cobrar caro aquel sue&ntilde;o. Don Ferm&iacute;n entr&oacute;
+ en casa de don Pompeyo a las nueve menos cuarto. La sala estaba llena de
+ curas y seglares devotos. Todas las hijas de Guimar&aacute;n salieron al
+ encuentro del Provisor, cuyo rostro reluc&iacute;a con una palidez que
+ parec&iacute;a sobrenatural. Se hubiera dicho que le rodeaba una aureola.
+ </p>
+ <p>
+ Tres veces se hab&iacute;a mandado aviso a casa del Magistral para que
+ viniera en seguida. Don Pompeyo quer&iacute;a confesar, pero con De Pas y
+ s&oacute;lo con De Pas: dec&iacute;a que s&oacute;lo al Magistral quer&iacute;a
+ decir sus pecados y declarar sus errores; que una voz interior le ped&iacute;a
+ con fuerza invencible que llamara al Magistral y s&oacute;lo al Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula contestaba que su hijo hab&iacute;a salido a las siete,
+ en coche, en cuanto hab&iacute;a recibido aviso, que hab&iacute;a ido
+ derecho a casa de Guimar&aacute;n. Pero como no llegaba, se repet&iacute;an
+ los recados. Do&ntilde;a Paula estaba furiosa. &iquest;Qu&eacute; era de
+ su hijo? &iquest;Qu&eacute; nueva locura era aquella?
+ </p>
+ <p>
+ Al fin las de Guimar&aacute;n, en vista de que el Provisor no parec&iacute;a,
+ llamaron al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros
+ cl&eacute;rigos que m&aacute;s o menos trataban al enfermo. Todo in&uacute;til.
+ &Eacute;l quer&iacute;a al Magistral; la voz interior se lo ped&iacute;a a
+ gritos. Glocester al lado de aquel lecho de muerte se mor&iacute;a de
+ envidia y estaba verde de ira, aunque sonre&iacute;a como siempre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, se&ntilde;or don Pompeyo, h&aacute;gase usted cargo de que
+ todos somos sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversi&oacute;n
+ de usted....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; se&ntilde;or, sincera; yo nunca he enga&ntilde;ado a
+ nadie. Yo quiero reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si est&aacute;
+ de Dios que muera....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, no, eso no...&mdash;Tal creo yo; pero de todas suertes...
+ quiero volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del
+ se&ntilde;or don Ferm&iacute;n; tengo motivos poderosos para exigir esto,
+ son voces de mi conciencia....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese se&ntilde;or
+ Magistral no parece....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesar&eacute; con
+ cualquiera de ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a
+ esperar.
+ </p>
+ <p>
+ El cura de la parroquia no consigui&oacute; m&aacute;s que el Arcediano.
+ De don Custodio no hay que hablar. Todos aquellos se&ntilde;ores
+ sacerdotes &laquo;estaban all&iacute; en rid&iacute;culo&raquo;, seg&uacute;n
+ opini&oacute;n de Glocester. La verdad era que un color se les iba y otro
+ se les ven&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ser&aacute; esto un complot?&mdash;dijo Mourelo al o&iacute;do
+ de don Custodio.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de tanto hacerse esperar lleg&oacute; el Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ Las hijas de Guimar&aacute;n le llevaron en triunfo junto a su padre.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas parec&iacute;a un santo bajado del cielo; una alegr&iacute;a de arc&aacute;ngel
+ satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que hab&iacute;a
+ reflejos de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la
+ juventud de la pasi&oacute;n, rozagante en aquel momento. Mientras Guimar&aacute;n
+ estrechaba la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su
+ pensamiento a la realidad presente, segu&iacute;a saboreando la escena de
+ dulc&iacute;sima reconciliaci&oacute;n en que acababa de representar papel
+ tan importante. &laquo;&iexcl;Ana era suya otra vez, su esclava! ella lo
+ hab&iacute;a dicho de rodillas, llorando.... &iexcl;Y aquel proyecto,
+ aquel irrevocable prop&oacute;sito de hacer ver a toda Vetusta en ocasi&oacute;n
+ solemne que la Regenta era sierva de su confesor, que cre&iacute;a en
+ &eacute;l con fe ciega!...&raquo;. Al recordar esto, con todos los
+ pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Ferm&iacute;n sinti&oacute;
+ que le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que
+ &eacute;l llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de
+ soplo caliente. Pidi&oacute; una silla. Se sent&oacute; al lado del
+ enfermo y por primera vez vio lo que ten&iacute;a delante; un rostro p&aacute;lido,
+ avellanado, todo huesos y pellejo que parec&iacute;a pergamino claro. Los
+ ojos de Guimar&aacute;n ten&iacute;an una humedad reluciente, estaban muy
+ abiertos, miraban a los abismos de ideas en que se perd&iacute;a aquel
+ cerebro enfermo, y parec&iacute;an dos ventanas a que se asomaba el
+ asombro mudo.
+ </p>
+ <p>
+ Quedaron solos el enfermo y el confesor.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas se acord&oacute; de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de
+ Glocester, de Mes&iacute;a, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia
+ se decidi&oacute; a sacar todo el partido posible de aquella conversi&oacute;n
+ que se le ven&iacute;a a las manos. En un solo d&iacute;a &iexcl;cu&aacute;nta
+ felicidad! Ana y la influencia que se hab&iacute;an separado de &eacute;l
+ volv&iacute;an a un tiempo; Ana m&aacute;s humilde que nunca, la
+ influencia con cierto car&aacute;cter sobrenatural. S&iacute;, &eacute;l
+ estaba seguro de ello, conoc&iacute;a a los vetustenses; un entierro les
+ hab&iacute;a hecho despreciar a su tirano, otro entierro les har&iacute;a
+ arrodillarse a sus pies, fanatizados unos, asustados por lo menos los dem&aacute;s.
+ Mientras hablaba con don Pompeyo de la religi&oacute;n, de sus dulzuras,
+ de la necesidad de una Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el
+ Magistral preparaba todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya
+ que aquel tontiloco se le met&iacute;a entre los dedos, no ser&iacute;a en
+ vano. Los otros tontos, los que cre&iacute;an que Guimar&aacute;n era ateo
+ de puro malvado y de puro sabio, mirar&iacute;an aquella conquista como
+ cosa muy seria, como una ganancia de incalculable valor para la Iglesia.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;El ateo! Aunque todos le ten&iacute;an por inofensivo, cre&iacute;an
+ los m&aacute;s en su maldad ing&eacute;nita y en una misteriosa
+ superioridad diab&oacute;lica. Y aquel diablo, aquel malhechor se arrojaba
+ a los pies del se&ntilde;or espiritual de Vetusta.... &iexcl;Oh! &iexcl;qu&eacute;
+ gran efecto teatral!... No, no ser&iacute;a &eacute;l bobo, su madre ten&iacute;a
+ raz&oacute;n, hab&iacute;a que sacar provecho.... Y despu&eacute;s,
+ aquello no era m&aacute;s que una preparaci&oacute;n para otro triunfo m&aacute;s
+ importante; &iquest;no se hab&iacute;a dicho que hasta la Regenta le
+ abandonaba? Pues ya se ver&iacute;a lo que iba a hacer la Regenta...&raquo;.
+ Don Ferm&iacute;n se ahogaba de placer, de orgullo; se le atragantaban las
+ pasiones mientras don Pompeyo tos&iacute;a, y entre esputo y esputo de
+ flema dec&iacute;a con voz d&eacute;bil:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Puede usted creer... se&ntilde;or Magistral... que ha sido un
+ milagro esto... s&iacute;, un milagro.... He visto coros de &aacute;ngeles,
+ he pensado en el Ni&ntilde;o Dios... metidito en su cuna... en el portal
+ de Belem... y he sentido una ternura... as&iacute;... como paternal...
+ &iexcl;qu&eacute; s&eacute; yo!... &iexcl;Eso es sublime, don Ferm&iacute;n...
+ sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!... pero dice
+ usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios, hablando de
+ &Eacute;l... s&oacute;lo que al rev&eacute;s... todo lo entend&iacute;a al
+ rev&eacute;s....
+ </p>
+ <p>
+ Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por
+ sollozos.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s el Magistral le hizo callar y escucharle.
+ </p>
+ <p>
+ Habl&oacute; mucho y bien don Ferm&iacute;n. Era necesario para obtener el
+ perd&oacute;n de Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda
+ sanar&iacute;a&mdash;y eso pensaba &eacute;l tambi&eacute;n&mdash;diese un
+ ejemplo edificante de piedad. Su conversi&oacute;n deb&iacute;a ser
+ solemne, para escarmiento de p&iacute;caros y ense&ntilde;anza saludable
+ de los creyentes tibios.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos
+ males ha hecho....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues usted dir&aacute;... don Ferm&iacute;n... yo soy esclavo de su
+ voluntad.... Quiero el perd&oacute;n de Dios y el de usted... el de usted
+ a quien tanto he ofendido haci&eacute;ndome eco de calumnias.... Y crea
+ usted que yo no le quer&iacute;a a usted mal, pero como mi prop&oacute;sito
+ era combatir el fanatismo, al clero en general... y adem&aacute;s Barinaga
+ s&oacute;lo as&iacute; pod&iacute;a ser conquistado.... &iexcl;Oh
+ Barinaga! &iexcl;infeliz don Santos! &iquest;Estar&aacute; en el infierno,
+ verdad, don Ferm&iacute;n? &iexcl;Infeliz! &iexcl;Y por mi culpa!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Qui&eacute;n sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y
+ adem&aacute;s, puede contarse con su bondad infinita.... &iexcl;Qui&eacute;n
+ sabe!... Lo principal es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de
+ piedad acendrada.... Esta lecci&oacute;n puede traer muchas conversiones
+ detr&aacute;s de s&iacute;. &iexcl;Ah, don Pompeyo, no sabe usted cu&aacute;nto
+ puede ganar la Religi&oacute;n con lo que usted ha hecho y piensa
+ hacer!...
+ </p>
+ <p>
+ A la ma&ntilde;ana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompa&ntilde;ar
+ el Vi&aacute;tico que por la tarde deb&iacute;a ser administrado al se&ntilde;or
+ Guimar&aacute;n. Era Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del
+ pueblo m&aacute;s que religi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El papel Provisor sube!&mdash;dec&iacute;a Foja furioso al o&iacute;do
+ de Glocester, a quien encontr&oacute; en el atrio de la catedral, al salir
+ de misa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Esto es un complot!&mdash;Lo que es un idiota ese don
+ Pompeyo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, un complot.... La verdad era que el <i>papel Provisor</i> sub&iacute;a
+ mucho m&aacute;s de lo que pod&iacute;an sus enemigos figurarse.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; como no se explicaba f&aacute;cilmente por qu&eacute; el descr&eacute;dito
+ hab&iacute;a sido tan grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora pod&iacute;a
+ nadie darse cuenta de c&oacute;mo en pocas horas el esp&iacute;ritu de la
+ opini&oacute;n se hab&iacute;a vuelto en favor del Magistral, hasta el
+ punto de que ya nadie se atrev&iacute;a delante de gente a recordar sus
+ vicios y pecados; y no se hablaba m&aacute;s que de la conversi&oacute;n
+ milagrosa que hab&iacute;a hecho.
+ </p>
+ <p>
+ No importaba que Mourelo gritase en todas partes:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero si no fue &eacute;l, si fue un arranque espont&aacute;neo del
+ ateo.... Si as&iacute; hacen todos los esp&iacute;ritus fuertes cuando les
+ llega su hora....
+ </p>
+ <p>
+ Nadie hac&iacute;a caso del murmurador. &laquo;Milagro s&iacute; lo hab&iacute;a,
+ pero lo hab&iacute;a hecho el Magistral&raquo;. Ya nadie dudaba esto.
+ &laquo;Era un gran hombre, hab&iacute;a que reconocerlo&raquo;.&mdash;Do&ntilde;a
+ Paula, por medio del Chato y otros ayudantes, do&ntilde;a Petronila, su c&oacute;nclave,
+ Ripamil&aacute;n, el mismo Obispo, que hab&iacute;a abrazado al Magistral
+ en la catedral poco despu&eacute;s de bendecir las palmas, todos estos, y
+ otros muchos, eran propagandistas entusiastas de la gloria reciente,
+ fresca de don Ferm&iacute;n, de su triunfo palmario sobre las huestes de
+ Sat&aacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mes&iacute;a que habl&oacute;
+ con el ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de
+ la opini&oacute;n, favorable hasta no poder m&aacute;s, a don Ferm&iacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;M&aacute;s val&iacute;a esperar; ya pasar&iacute;a aquella racha y
+ volver&iacute;a toda Vetusta a ver al milagroso don Ferm&iacute;n de Pas
+ tal como era, <i>en toda su horrible desnudez</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s que comulg&oacute; don Pompeyo con toda la solemnidad
+ requerida por las circunstancias, teniendo a su lado al <i>cura de
+ cabecera</i>, a don Ferm&iacute;n y a Somoza, el m&eacute;dico, Vetusta
+ entera, que hab&iacute;a acudido a la casa y a las puertas de la casa del
+ converso, se esparci&oacute; por todo el recinto de la ciudad haci&eacute;ndose
+ lenguas de la unci&oacute;n con que mor&iacute;a el ateo, a quien ahora
+ todos conced&iacute;an un talento extraordinario y una sabidur&iacute;a
+ descomunal, y pregonando el celo apost&oacute;lico del Provisor, su tacto,
+ su influencia evang&eacute;lica, que parec&iacute;a cosa de magia o de
+ milagro.
+ </p>
+ <p>
+ Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de m&eacute;dicos. Somoza se
+ hab&iacute;a equivocado como sol&iacute;a. Don Pompeyo estaba enfermo de
+ muerte, pero pod&iacute;a durar muchos d&iacute;as: era fuerte... no hab&iacute;a
+ m&aacute;s que o&iacute;rle hablar.
+ </p>
+ <p>
+ Somoza mantuvo su opini&oacute;n con energ&iacute;a heroica. &laquo;Cierto
+ que pod&iacute;a durar algunos d&iacute;as m&aacute;s de los que &eacute;l
+ hab&iacute;a anunciado, el se&ntilde;or Guimar&aacute;n; pero la ciencia
+ no pod&iacute;a menos de declarar que la muerte era inminente. Pod&iacute;a
+ durar, s&iacute;, el enfermo, mil y mil veces s&iacute;, pero &iquest;debido
+ a qu&eacute;? Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No
+ que &eacute;l, don Robustiano Somoza, hombre cient&iacute;fico ante todo,
+ creyese en la eficacia material de la religi&oacute;n: pero sin incurrir
+ en un fanatismo que pugnaba con todas sus convicciones de hombre de
+ ciencia, como ten&iacute;a dicho, pod&iacute;a admitir y admit&iacute;a,
+ aleccionado por la experiencia, que lo ps&iacute;quico influye en lo f&iacute;sico
+ y viceversa, y que la conversi&oacute;n repentina de don Pompeyo podr&iacute;a
+ haber determinado una variaci&oacute;n en el curso natural de su
+ enfermedad... todo lo cual era extra&ntilde;o a la ciencia m&eacute;dica
+ como tal y sin m&aacute;s&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, don Pompeyo dur&oacute; hasta el mi&eacute;rcoles Santo.
+ </p>
+ <p>
+ Trif&oacute;n C&aacute;rmenes, desde el d&iacute;a en que se supo la
+ conversi&oacute;n de Guimar&aacute;n, concibi&oacute; la empecatada idea
+ de consagrar una <i>hoja literaria</i> del <i>l&aacute;baro</i> al
+ important&iacute;simo suceso. Pero hab&iacute;a que esperar a que el
+ enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto &uacute;ltimo
+ era lo m&aacute;s probable y lo que m&aacute;s conven&iacute;a a los
+ planes de C&aacute;rmenes, el cual desde el domingo de Ramos ten&iacute;a
+ a punto de terminar una largu&iacute;sima composici&oacute;n po&eacute;tica
+ en que se <i>cantaba</i> la muerte del ateo felizmente restituido a la fe
+ de Cristo. La oda eleg&iacute;aca, o eleg&iacute;a a secas, lo que fuera,
+ que Trif&oacute;n no lo sab&iacute;a, comenzaba as&iacute;:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&iquest;Qu&eacute; me anuncia ese f&uacute;nebre
+ lamento...?</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ El poeta iba y ven&iacute;a de la <i>casa mortuoria</i> como &eacute;l la
+ llamaba ya para sus adentros, a la redacci&oacute;n, de la redacci&oacute;n
+ a la casa mortuoria.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute;?&mdash;preguntaba en voz muy baja,
+ desde el portal.
+ </p>
+ <p>
+ La criada contestaba:&mdash;Sigue lo mismo. Y Trif&oacute;n corr&iacute;a,
+ se encerraba con su eleg&iacute;a y continuaba escribiendo:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&iexcl;Duda fatal, incertidumbre imp&iacute;a!...</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">Parada en el umbral, la Parca fiera</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">ni ceja ni adelanta en su porf&iacute;a;</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">como sombra de horror, calla y espera...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Pasaban algunas horas, volv&iacute;a a presentarse Trif&oacute;n en casa
+ del moribundo; con voz meliflua y tenue dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo sigue don Pompeyo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Algo recargado&mdash;le contestaban. Volv&iacute;a a escape a la
+ redacci&oacute;n, anhelante, &laquo;hab&iacute;a que trabajar con ah&iacute;nco,
+ pod&iacute;a morirse aquel se&ntilde;or y la poes&iacute;a quedar sin el
+ &uacute;ltimo perge&ntilde;o...&raquo;. Y escrib&iacute;a con <i>pulso
+ febril</i>:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Mas &iexcl;ay! en vano fue; del almo cielo</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">la sentencia se cumple; inexorable...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ No sab&iacute;a Trif&oacute;n lo que significaba almo, es decir, no lo sab&iacute;a
+ a punto fijo, pero le sonaba bien.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando la criada de Guimar&aacute;n le contestaba: &laquo;Que el se&ntilde;or
+ hab&iacute;a pasado mejor la noche&raquo;, C&aacute;rmenes, sin darse
+ cuenta de ello, torc&iacute;a el gesto, y sent&iacute;a una impresi&oacute;n
+ desagradable parecida a la que experimentaba cuando llegaba a convencerse
+ de que un peri&oacute;dico de Madrid no le publicar&iacute;a los versos
+ que le hab&iacute;a remitido. &Eacute;l no quer&iacute;a mal a nadie, pero
+ lo cierto era que, una vez tan adelantada la eleg&iacute;a, don Pompeyo le
+ iba a hacer un flaco servicio si no se mor&iacute;a cuanto antes.
+ </p>
+ <p>
+ Muri&oacute;. Muri&oacute; el mi&eacute;rcoles Santo. El Magistral y Trif&oacute;n
+ respiraron. Tambi&eacute;n respir&oacute; Somoza. Los tres hubieran
+ quedado en rid&iacute;culo a suceder otra cosa. En cuanto a C&aacute;rmenes,
+ termin&oacute; sus versos de esta suerte:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">No le llor&eacute;is. Del bronce los ta&ntilde;idos</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">himnos de gloria son; la Iglesia santa</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">le recogi&oacute; en su seno... etc.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Al pobre Trif&oacute;n le sal&iacute;an los versos montados unos sobre
+ otros: igual defecto ten&iacute;a en los dedos de los pies.
+ </p>
+ <p>
+ El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. <i>Acompa&ntilde;aron
+ a la &uacute;ltima morada el cad&aacute;ver del finado</i> las autoridades
+ civiles y militares; una comisi&oacute;n del Cabildo presidida por el De&aacute;n,
+ la Audiencia, la Universidad, y adem&aacute;s cuantos se preciaban de
+ buenos o malos cat&oacute;licos. La viuda y las hu&eacute;rfanas recib&iacute;an
+ especial favor y consuelo con aquella p&uacute;blica manifestaci&oacute;n
+ de simpat&iacute;a. El Magistral iba presidiendo el duelo de familia: no
+ era pariente del difunto, pero le hab&iacute;a sacado de las garras del
+ Demonio, seg&uacute;n Glocester, que se qued&oacute; en la sala capitular
+ murmurando. &laquo;Aquello m&aacute;s que el entierro de un cristiano fue
+ la apoteosis pagana del p&iacute;o, felice, triunfador Vicario general&raquo;.
+ En efecto, el pueblo se lo ense&ntilde;aba con el dedo: &laquo;Aquel es,
+ aquel es, dec&iacute;a la muchedumbre se&ntilde;alando al Ap&oacute;stol,
+ al Magistral&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los milagros que do&ntilde;a Paula hab&iacute;a hecho correr entre las
+ masas impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo se&ntilde;or
+ Obispo, en su &uacute;ltimo serm&oacute;n a las beatas pobres y clase de
+ tropa, criadas de servicio, etc., etc., hab&iacute;a aludido al triunfo de
+ aquel hijo predilecto de la Iglesia....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No habr&aacute; m&aacute;s remedio que agachar la cabeza y dejar
+ pasar el temporal&mdash;dec&iacute;a Foja.
+ </p>
+ <p>
+ Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que com&iacute;an de
+ carne en una fonda todos los viernes Santos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Aquel don Pompeyo les hab&iacute;a desacreditado!
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iexcl;Vaya un libre-pensador!
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iexcl;Era un gallina! &raquo;&iexcl;Muri&oacute; loco! &raquo;&iexcl;Le
+ dieron hechizos! &raquo;&iquest;Qu&eacute; hechizos? Morfina.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;El clero, milagros del clero...
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;Le convirtieron con opio... &raquo;La debilidad hace sola esos
+ milagros...
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;Sobre todo era un badulaque...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El jueves Santo lleg&oacute; con una noticia que hab&iacute;a de hacer
+ &eacute;poca en los anales de Vetusta, anales que por cierto escrib&iacute;a
+ con gran cachaza un profesor del Instituto, autor tambi&eacute;n de unos
+ comentarios acerca de la jota Aragonesa.
+ </p>
+ <p>
+ En casa de Vegallana la tal noticia <i>estall&oacute; como una bomba</i>.
+ Volv&iacute;a la Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa Mar&iacute;a
+ con Visitaci&oacute;n; volv&iacute;a tambi&eacute;n Obdulia Fandi&ntilde;o
+ que hab&iacute;a pedido en San Pedro, a la hora en que visitaban los <i>monumentos</i>
+ los oficiales de la guarnici&oacute;n; y todas aquellas se&ntilde;oras, en
+ el gabinete de la Marquesa reunidas, escuchaban pasmadas lo que
+ solemnemente dec&iacute;a el gran Constantino, do&ntilde;a Petronila
+ Rianzares, que hab&iacute;a recaudado veinte duros en la mesa de petitorio
+ de San Isidro. Y dec&iacute;a el obispo-madre:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita
+ est&aacute; resuelta a dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero Quintanar... no lo consentir&aacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya ha consentido... a rega&ntilde;adientes, por supuesto. Ana le ha
+ hecho comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle
+ cumplir su promesa ser&iacute;a un acto de despotismo que ella no perdonar&iacute;a
+ jam&aacute;s....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y el pobre calzonazos dio su permiso?&mdash;dijo Visita,
+ colorada de indignaci&oacute;n&mdash;. &iexcl;Qu&eacute; maridos de la
+ isla de San Balandr&aacute;n!&mdash;a&ntilde;adi&oacute; acord&aacute;ndose
+ del suyo.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa no acababa de santiguarse. &laquo;Aquello no era piedad, no
+ era religi&oacute;n; era locura, simplemente locura. La devoci&oacute;n
+ racional, <i>ilustrada</i>, de buen tono, era aquella otra, pedir para el
+ Hospital a las corporaciones y particulares a las puertas del templo,
+ regalar estandartes bordados a la parroquia; &iexcl;pero vestirse de
+ mamarracho y darse en espect&aacute;culo!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomar&iacute;a
+ por una demagoga, por una <i>Su&ntilde;era</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues yo, &iquest;qu&eacute; he dicho?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una <i>nazarena</i>...
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa encogi&oacute; los hombros y volvi&oacute; a santiguarse.
+ Obdulia ten&iacute;a la boca seca y los ojos inflamados. Sent&iacute;a una
+ inmensa curiosidad y cierta envidia vaga...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ana iba a darse en espect&aacute;culo!&raquo; cierto, esa
+ era la frase. &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s hubiera querido ella, la de
+ Fandi&ntilde;o, que darse en espect&aacute;culo, que hacerse mirar y
+ contemplar por toda Vetusta?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y el traje? &iquest;c&oacute;mo es el traje? &iquest;sabe
+ usted...?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pues no he de saber?&mdash;contest&oacute; do&ntilde;a
+ Petronila, orgullosa porque estaba enterada de todo&mdash;. Ana llevar&aacute;
+ t&uacute;nica talar morada, de terciopelo, con franja <i>marr&oacute;n
+ fonc&eacute;</i>....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Marr&oacute;n fonc&eacute;?&mdash;objet&oacute; Obdulia&mdash;...
+ no dice bien... oro ser&iacute;a mejor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; sabe usted de esas cosas?... Yo misma he
+ dirigido el trabajo de la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha
+ dejado a m&iacute; el cuidado de todos los pormenores.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y la t&uacute;nica es de vuelo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Un poco...&mdash;&iquest;Y cola?&mdash;No, ras con ras...&mdash;&iquest;Y
+ calzado? &iquest;sandalias...?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Calzado! &iquest;qu&eacute; calzado? El pie desnudo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Descalza!&mdash;gritaron las tres damas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues claro, hijas, ah&iacute; est&aacute; la gracia.... Ana ha
+ ofrecido ir descalza....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y si llueve?&mdash;&iquest;Y las piedras?&mdash;Pero se va
+ a destrozar la piel... &mdash;Esa mujer est&aacute; loca...&mdash;&iquest;Pero
+ d&oacute;nde ha visto ella a nadie hacer esas diabluras?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto
+ como este, un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, &iquest;c&oacute;mo se le ha ocurrido... eso? &iquest;D&oacute;nde
+ ha visto ella eso?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los
+ muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre ser&iacute;a
+ meritorio exponerse a los sarcasmos de los imp&iacute;os, y a las burlas
+ disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo que
+ hizo el Se&ntilde;or por nosotros pecadores.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Descalza!&mdash;repet&iacute;a asombrada Obdulia.&mdash;La
+ envidia crec&iacute;a en su pecho. &laquo;Oh, lo que es esto&mdash;pensaba&mdash;indudablemente
+ tiene <i>cachet</i>. Sale de lo vulgar, es una <i>boutade</i>, es algo...
+ de un buen tono superfino...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s entr&oacute; en aquel momento con don V&iacute;ctor
+ colgado del brazo.
+ </p>
+ <p>
+ Vegallana ven&iacute;a consolando al m&iacute;sero Quintanar, que no
+ ocultaba su tristeza, su decaimiento de &aacute;nimo.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Petronila se despidi&oacute; antes de que el atribulado
+ ex-regente pudiera echarle el tanto de culpa que la correspond&iacute;a en
+ aquella aventura que &eacute;l reputaba una desgracia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos a ver, Quintanar&mdash;pregunt&oacute; la Marquesa con
+ verdadero inter&eacute;s y mucha curiosidad....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el
+ poeta...
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&iexcl;No pod&iacute;an vencerme... y me
+ vencieron...!</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;D&eacute;jese usted de versos, alma de Dios.... &iquest;Qui&eacute;n
+ le ha metido a Ana eso en la cabeza?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n hab&iacute;a de ser? Santa Teresa... digo...
+ no... el Paraguay.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;El Para...?&mdash;No, no es eso. No s&eacute; lo que me
+ digo.... Quiero decir.... Se&ntilde;ores, mi mujer est&aacute; loca.... Yo
+ creo que est&aacute; loca.... Lo he dicho mil veces.... El caso es... que
+ cuando yo cre&iacute;a tenerla dominada, cuando yo cre&iacute;a que el
+ misticismo y el Provisor eran agua pasada que no mov&iacute;a molino...
+ cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a lo mejor
+ &iexcl;zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero si en Vetusta jam&aacute;s ha hecho eso nadie....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; tal&mdash;dijo el Marqu&eacute;s&mdash;. Todos los a&ntilde;os
+ va en el entierro de Cristo, Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el
+ maestro m&aacute;s sanguinario de Vetusta, vestido de nazareno y con una
+ cruz a cuestas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, Marqu&eacute;s, no compare usted a mi mujer con Vinagre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, si yo no comparo...&mdash;Pero, se&ntilde;ores, se&ntilde;ores,
+ digo yo&mdash;repet&iacute;a do&ntilde;a Rufina&mdash;&iquest;cu&aacute;ndo
+ ha visto Ana que una se&ntilde;ora fuese en el Entierro detr&aacute;s de
+ la urna con h&aacute;bito, o lo que sea, de nazareno?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, verlo, s&iacute; lo ha visto. Lo hemos visto en
+ Zaragoza... por ejemplo. Pero yo no s&eacute; si aquellas eran se&ntilde;oras
+ de verdad....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y adem&aacute;s, no ir&iacute;an descalzas&mdash;dijo Obdulia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Descalzas! &iquest;y mi mujer va a ir descalza? &iexcl;Ira
+ de Dios! &iexcl;eso s&iacute; que no!... &iexcl;Pardiez!
+ </p>
+ <p>
+ Gran trabajo cost&oacute; contener la indignaci&oacute;n col&eacute;rica
+ de don V&iacute;ctor. El cual, m&aacute;s calmado, se volvi&oacute; a
+ casa, y entre tener <i>otra explicaci&oacute;n</i> con su se&ntilde;ora o
+ encerrarse en un significativo silencio, prefiri&oacute; encerrarse en el
+ silencio... y en el despacho.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;A s&iacute; mismo no se pod&iacute;a enga&ntilde;ar. Comprend&iacute;a
+ que la resoluci&oacute;n de Ana era irrevocable&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Viernes Santo amaneci&oacute; plomizo; el Magistral muy temprano, en
+ cuanto fue de d&iacute;a, se asom&oacute; al balc&oacute;n a consultar las
+ nubes. &laquo;&iquest;Llover&iacute;a? Hubiera dado a&ntilde;os de vida
+ porque el sol barriera aquel toldo ceniciento y se asomara a iluminar cara
+ a cara y sin rebozo aquel d&iacute;a de su triunfo.... &iexcl;Dos d&iacute;as
+ de triunfo! &iexcl;El mi&eacute;rcoles el entierro del ateo convertido, el
+ viernes el entierro de Cristo, y en ambos &eacute;l, don Ferm&iacute;n
+ triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos
+ tragando polvo, dispersos y aniquilados!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n Ana mir&oacute; al cielo muy de ma&ntilde;ana, y sin poder
+ remediarlo pens&oacute; &iexcl;si lloviera! Lo deseaba y le remord&iacute;a
+ la conciencia de este deseo. Estaba asustada de su propia obra. &laquo;Yo
+ soy una loca&mdash;pensaba&mdash;tomo resoluciones extremas en los
+ momentos de la exaltaci&oacute;n y despu&eacute;s tengo que cumplirlas
+ cuando el &aacute;nimo deca&iacute;do, casi inerte, no tiene fuerza para
+ querer&raquo;. Recordaba que de rodillas ante el Magistral le hab&iacute;a
+ ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba p&uacute;blica y solemne de su
+ adhesi&oacute;n a &eacute;l, al perseguido, al calumniado. Se le hab&iacute;a
+ ocurrido aquella tremenda traza de mortificaci&oacute;n propia en la
+ novena de los Dolores, oyendo el <i>Stabat Mater</i> de Rossini, figur&aacute;ndose
+ con calenturienta fantas&iacute;a la escena del Calvario, viendo a Mar&iacute;a
+ a los pies de su hijo, <i>dum pendebat filius</i>, como dec&iacute;a la
+ letra. Hab&iacute;a recordado, como por inspiraci&oacute;n, que ella hab&iacute;a
+ visto en Zaragoza a una mujer vestida de Nazareno, caminar descalza detr&aacute;s
+ de la urna de cristal que encerraba la imagen supina del Se&ntilde;or, y
+ sin pensarlo m&aacute;s, hab&iacute;a resuelto, se hab&iacute;a jurado a s&iacute;
+ misma caminar as&iacute;, a la vista del pueblo entero, por todas las
+ calles de Vetusta detr&aacute;s de Jes&uacute;s muerto, cerca de aquel
+ Magistral que padec&iacute;a tambi&eacute;n muerte de cruz, calumniado,
+ despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no hab&iacute;a
+ remedio, don Ferm&iacute;n, despu&eacute;s de una oposici&oacute;n no muy
+ obstinada, hab&iacute;a accedido y aceptaba la prueba de fidelidad
+ espiritual de Ana; do&ntilde;a Petronila, a quien ya no miraba como
+ tercera repugnante de aventuras sacr&iacute;legas, se hab&iacute;a
+ ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores del <i>sacrificio</i>...
+ &laquo;&iexcl;Y ahora, cuando era llegado el d&iacute;a, cuando se
+ acercaba la hora, se le ocurr&iacute;a a ella dudar, temer, desear que se
+ abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el
+ trance de la procesi&oacute;n!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana pensaba tambi&eacute;n en su Quintanar. Todo aquello era por &eacute;l,
+ cierto; era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero
+ &iquest;no hab&iacute;a otra manera de ser piadosa? &iquest;No hab&iacute;a
+ sido un arrebato de locura aquella promesa? &iquest;No iba a estar en rid&iacute;culo
+ aquel marido que ten&iacute;a que ver a su esposa descalza, vestida de
+ morado, pisando el lodo de todas las calles de la Encimada, <i>d&aacute;ndose
+ en espect&aacute;culo</i> a la malicia, a la envidia, a todos los pecados
+ capitales, que contemplar&iacute;an desde aceras y balcones aquel <i>cuadro
+ vivo</i> que ella iba a representar? Buscaba Ana el fuego del entusiasmo,
+ el frenes&iacute; de la abnegaci&oacute;n que hac&iacute;a ocho d&iacute;as,
+ en la iglesia, oyendo m&uacute;sica, le hab&iacute;an sugerido aquel
+ proyecto; pero el entusiasmo, el frenes&iacute;, no volv&iacute;an; ni la
+ fe siquiera la acompa&ntilde;aba. El miedo a los ojos de Vetusta, a la
+ malicia boquiabierta, la dominaba por completo; ya no cre&iacute;a, ni
+ dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en Cristo, ni en Mar&iacute;a,
+ ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para restaurar la fama del
+ Magistral: no pensaba m&aacute;s que en <i>el esc&aacute;ndalo</i> de
+ aquella exhibici&oacute;n. &laquo;S&iacute;, esc&aacute;ndalo era; la
+ mujer de su casa, la esposa honesta, protestaba dentro de Ana contra el
+ espect&aacute;culo pr&oacute;ximo.... No, no estaba segura de que su
+ abnegaci&oacute;n fuese buena siquiera; acaso era una desfachatez; la paz
+ de su casa, el recato del hogar, lo dec&iacute;an con silencio solemne...&raquo;
+ y Ana sudaba de congoja.... &laquo;&iexcl;Lo que hab&iacute;a prometido!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No llovi&oacute;. El toldo gris del cielo continu&oacute; echado sobre el
+ pueblo todo el d&iacute;a. Una hora antes de obscurecer sali&oacute; la
+ procesi&oacute;n del Entierro de la iglesia de San Isidro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Ya llega, ya llega!&raquo;&mdash;murmuraban los
+ socios del Casino api&ntilde;ados en los balcones, code&aacute;ndose, pis&aacute;ndose,
+ estruj&aacute;ndose, los m&uacute;sculos del cuello en tensi&oacute;n, por
+ el af&aacute;n de ver mejor el extra&ntilde;o espect&aacute;culo, de
+ contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada de
+ curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni m&aacute;s ni
+ menos que el se&ntilde;or Vinagre, el cruel&iacute;simo maestro de
+ escuela.
+ </p>
+ <p>
+ Como una ola de admiraci&oacute;n preced&iacute;a al f&uacute;nebre
+ cortejo; antes de llegar la procesi&oacute;n a una calle, ya se sab&iacute;a
+ en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada
+ a ventanas y balcones que &laquo;la Regenta ven&iacute;a guap&iacute;sima,
+ p&aacute;lida, como la Virgen a cuyos pies caminaba&raquo;. No se hablaba
+ de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo
+ cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que ven&iacute;a
+ detr&aacute;s, no merec&iacute;an la atenci&oacute;n del pueblo devoto; se
+ esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del
+ Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco
+ de piedra obscura, estaban, detr&aacute;s de colgaduras carmes&iacute; y
+ oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa,
+ Visitaci&oacute;n, Obdulia, las del bar&oacute;n y otras muchas damas de
+ la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia
+ estaba p&aacute;lida de emoci&oacute;n. Se mor&iacute;a de envidia.
+ &laquo;&iexcl;El pueblo entero pendiente de los pasos, de los movimientos,
+ del traje de Ana, de su color, de sus gestos!... &iexcl;Y ven&iacute;a
+ descalza! &iexcl;Los pies blanqu&iacute;simos, desnudos, admirados y
+ compadecidos por multitud inmensa!&raquo;. Esto era para la de Fandi&ntilde;o
+ el bello ideal de la coqueter&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Jam&aacute;s sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo
+ a negro encaje bordado y bien ce&ntilde;ido; jam&aacute;s su espalda de
+ curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, hab&iacute;an
+ atra&iacute;do as&iacute;, ni con cien leguas, la atenci&oacute;n y la
+ admiraci&oacute;n de un pueblo entero, por m&aacute;s que los luciera en
+ bailes, teatros, paseos y tambi&eacute;n procesiones.... &iexcl;Toda
+ aquella carne blanca, dura, turgente, significativa, principal, era menos
+ por raz&oacute;n de las circunstancias, que dos pies descalzos que apenas
+ se pod&iacute;an entrever de vez en cuando debajo del terciopelo morado de
+ la <i>nazarena</i>! &laquo;Y era natural; todo Vetusta, segu&iacute;a
+ pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies descalzos,
+ &iquest;por qu&eacute;? porque hay un <i>cachet</i> distinguid&iacute;simo
+ en el modo de la exhibici&oacute;n, porque... esto es cuesti&oacute;n de
+ <i>escenario</i>&raquo;. &laquo;&iquest;Cu&aacute;ndo llegar&aacute;?&raquo;
+ preguntaba la viuda, lami&eacute;ndose los labios, invadida de una envidia
+ admiradora, y sintiendo extra&ntilde;os dejos de una especie de lujuria
+ bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sent&iacute;a Obdulia
+ en aquel momento as&iacute;... un deseo vago... de... de... ser hombre.
+ </p>
+ <p>
+ Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario,
+ que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne d&iacute;a, seg&uacute;n
+ costumbre inveterada y era el m&aacute;s terrible Herodes de primeras
+ letras los dem&aacute;s d&iacute;as del a&ntilde;o. Todos los chiquillos
+ de su escuela, que le aborrec&iacute;an de coraz&oacute;n, se agolpaban en
+ calles, plazas y balcones, a ver pasar al se&ntilde;or maestro, con su
+ cruz de cart&oacute;n al hombro y su corona de espinas al natural, que le
+ pinchaban efectivamente, como se conoc&iacute;a por el movimiento de las
+ cejas y la expresi&oacute;n dolorosa de las arrugas de la frente. Deseaban
+ los muchachos cordialmente que aquellas espinas le atravesasen el cr&aacute;neo.
+ El entierro de Cristo era la venganza de toda la escuela.
+ </p>
+ <p>
+ Vinagre, en su af&aacute;n de mortificar a cuantas generaciones pasaban
+ por su mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero
+ no s&oacute;lo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le
+ hab&iacute;a inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un
+ gustazo a los recentales de su reba&ntilde;o pedag&oacute;gico, sino que
+ era gran parte en aquella exhibici&oacute;n anual la p&iacute;cara
+ vanidad. El saber que una vez al a&ntilde;o, &eacute;l, Vinagre, don
+ Belisario, era objeto de la <i>espectaci&oacute;n general</i>, le llenaba
+ el alma de gloria. Nadie se hab&iacute;a atrevido a seguir su ejemplo;
+ &eacute;l era el &uacute;nico Nazareno de la poblaci&oacute;n y gozaba de
+ este privilegio tranquilamente muchos a&ntilde;os hac&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ La competencia de do&ntilde;a Ana Ozores en vez de molestarle le colm&oacute;
+ de orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir
+ de San Isidro, se emparej&oacute; con ella, la salud&oacute; muy cort&eacute;smente,
+ y con su cruz a cuestas y todo supo demostrar que &eacute;l era ante todo,
+ y aun camino del Calvario, un cumplido caballero; si hab&iacute;a charcos
+ &eacute;l era el que se met&iacute;a por ellos para evitar el fango a los
+ pies desnudos y de n&aacute;car de aquella ilustre se&ntilde;ora, su compa&ntilde;era.
+ Ana iba como ciega, no o&iacute;a ni entend&iacute;a tampoco, pero la
+ presencia grotesca de aquel compa&ntilde;ero inesperado la hizo
+ ruborizarse y sinti&oacute; deseos locos de echar a correr. &laquo;La hab&iacute;an
+ enga&ntilde;ado, nada le hab&iacute;an dicho de aquella caricatura que iba
+ a llevar al lado&raquo;. &laquo;Oh, si ella tuviese todav&iacute;a aquel
+ esp&iacute;ritu sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva
+ mortificaci&oacute;n, este escarnio, esta saturaci&oacute;n de rid&iacute;culo
+ le hubiera agradado, porque as&iacute; el sacrificio era mayor, la fuerza
+ de su abnegaci&oacute;n sublime&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Vinagre admir&oacute; como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo,
+ los pies descalzos de la Regenta. En cuanto a &eacute;l luc&iacute;a
+ deslumbradora bota de charol, con perd&oacute;n de la propiedad hist&oacute;rica.
+ Demasiado sab&iacute;a Vinagre que las botas de charol no exist&iacute;an
+ en tiempo de Augusto, ni aunque existieran las hab&iacute;a de llevar Jes&uacute;s
+ al Calvario; pero &eacute;l no era m&aacute;s que un devoto, un devoto que
+ en todo el a&ntilde;o no ten&iacute;a ocasi&oacute;n de lucirse; hab&iacute;a
+ que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasi&oacute;n sus botas
+ como espejos, que s&oacute;lo se calzaba en tan solemne d&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las se&ntilde;oras
+ de la Audiencia cuando la procesi&oacute;n llegaba de verdad. Ahora no era
+ un rumor falso, eran <i>ellos</i>, era el Entierro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cesaron los comentarios en los balcones.
+ </p>
+ <p>
+ Todas las almas, m&aacute;s o menos ruines, se asomaron a los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ Ni un solo vetustense all&iacute; presente pensaba en Dios en tal
+ instante.
+ </p>
+ <p>
+ El pobre don Pompeyo, el ateo, ya hab&iacute;a muerto.
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle
+ estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las
+ cruces y ciriales, observaba el gesto de don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a,
+ que estaba solo, al parecer, en el &uacute;ltimo balc&oacute;n de la
+ fachada del Casino, en el de la esquina. Todo de negro, abrochada la
+ levita ce&ntilde;ida hasta el cuello, don &Aacute;lvaro, p&aacute;lido,
+ mord&iacute;a de rato en rato el puro habano que ten&iacute;a en la boca,
+ sonre&iacute;a a veces y se volv&iacute;a de cuando en cuando a contestar
+ a un interlocutor, invisible para Visita.
+ </p>
+ <p>
+ Era don V&iacute;ctor Quintanar. Los dos amigos se hab&iacute;an encerrado
+ en la secretar&iacute;a del Casino, a ruegos del ex-regente, que quer&iacute;a
+ ver, sin ser visto, lo que &eacute;l llamaba la <i>subida al Calvario de
+ su dignidad</i>. Detr&aacute;s de Mes&iacute;a, que daba buena sombra,
+ temblando sin saber por qu&eacute;, impaciente, casi con fiebre, Quintanar
+ se dispon&iacute;a a ver todo lo que pudiera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted&mdash;dec&iacute;a&mdash;si yo tuviera aqu&iacute; una
+ bomba Orsini... se la arrojaba sin inconveniente al se&ntilde;or Magistral
+ cuando pase triunfante por ah&iacute; debajo. &iexcl;Secuestrador!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Calma, don V&iacute;ctor, calma; esto es el principio del fin.
+ Estoy seguro de que Ana est&aacute; muerta de verg&uuml;enza a estas
+ horas. Nos la han fanatizado, &iquest;qu&eacute; le hemos de hacer? pero
+ ya abrir&aacute; los ojos; el exceso del mal traer&aacute; el remedio....
+ Ese hombre ha querido estirar demasiado la cuerda; claro que esto es un
+ gran triunfo para &eacute;l... pero Ana tendr&aacute; que ver al cabo que
+ ha sido instrumento del orgullo de ese hombre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ah&iacute; como
+ un triunfador romano a una esclava... detr&aacute;s del carro de su
+ gloria....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor se embrollaba en estas alegor&iacute;as, pero lo cierto
+ era que &eacute;l se figuraba a don Ferm&iacute;n de Pas, en medio de la
+ procesi&oacute;n, y de pie en un carro de cart&oacute;n, como &eacute;l
+ hab&iacute;a visto entrar al bar&iacute;tono en el escenario del Real, una
+ noche que cantaba el <i>Poliuto</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro no fing&iacute;a su buen humor. Estaba un poco excitado,
+ pero no se sent&iacute;a vencido; &eacute;l se aten&iacute;a a sus
+ experiencias. &laquo;Aquel cl&eacute;rigo no hab&iacute;a tocado en la
+ Regenta, estaba seguro&raquo;. Sonre&iacute;a de todo coraz&oacute;n,
+ sonre&iacute;a a sus pensamientos, a sus planes. &laquo;Claro que les
+ molestaba a los nervios aquel espect&aacute;culo en que aparentemente el
+ rival se mostraba triunfando a la romana, seg&uacute;n don V&iacute;ctor,
+ pero... no hab&iacute;a tocado en ella&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros del
+ balc&oacute;n una cruz dorada, remate de un pend&oacute;n viejo y
+ venerable. Se puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto
+ desde la calle, y reconoci&oacute; a Celedonio con una cruz de plata entre
+ los brazos.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a, dejando detr&aacute;s de s&iacute; a su amigo, ocup&oacute;
+ el medio del balc&oacute;n, arrogante y desafiando las miradas de los cl&eacute;rigos
+ que pasaban debajo de &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ Los tambores vibraban f&uacute;nebres, tristes, empe&ntilde;ados en
+ resucitar un dolor muerto hac&iacute;a diez y nueve siglos; a don V&iacute;ctor
+ s&iacute; le sonaba aquello a himno de muerte; se le figuraba ya que
+ llevaban a su mujer al pat&iacute;bulo.
+ </p>
+ <p>
+ El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y mon&oacute;tono.
+ </p>
+ <p>
+ En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crep&uacute;sculo;
+ las largas filas de hachas encendidas, se perd&iacute;an a lo lejos hacia
+ arriba, mostrando la luz amarillenta de los p&aacute;bilos, como un
+ rosario de cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las
+ tiendas cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles,
+ sub&iacute;an y bajaban en contorsiones fant&aacute;sticas, como sombras
+ lucientes, en confusi&oacute;n de aquelarre. Aquella multitud silenciosa,
+ aquellos pasos sin ruido, aquellos rostros sin expresi&oacute;n de los
+ colegiales de blancas albas que alumbraban con cera la calle triste, daban
+ al conjunto apariencia de ensue&ntilde;o. No parec&iacute;an seres vivos
+ aquellos seminaristas cubiertos de blanco y negro, p&aacute;lidos unos,
+ con cercos morados en los ojos, otros morenos, casi negros, de pelo en
+ matorral, casi todos cejijuntos, preocupados con la idea fija del
+ aburrimiento, m&aacute;quinas de hacer religi&oacute;n, reclutas de una
+ leva forzosa del hambre y de la holgazaner&iacute;a. Iban a enterrar a
+ Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en &Eacute;l; a cumplir con
+ el oficio. Despu&eacute;s ven&iacute;an en las filas cl&eacute;rigos con
+ manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de se&ntilde;ores,
+ algunos carlistas, cinco o seis concejales, con traje de se&ntilde;ores
+ tambi&eacute;n. Iba all&iacute; Zapico, el due&ntilde;o ostensible de la
+ Cruz Roja, esclavo de do&ntilde;a Paula. El Cristo tendido en un lecho de
+ batista, sudaba gotas de barniz. Parec&iacute;a haber muerto de consunci&oacute;n.
+ A pesar de la miseria del arte, la estatua supina, por la grandeza del s&iacute;mbolo
+ infund&iacute;a respeto religioso.... Representaba a trav&eacute;s de
+ tantos siglos un duelo sublime. Detr&aacute;s ven&iacute;a la Madre. Alta,
+ escu&aacute;lida, de negro, p&aacute;lida como el hijo, con cara de muerta
+ como &eacute;l. Fija la mirada de idiota en las piedras de la calle, la
+ impericia del art&iacute;fice hab&iacute;a dado, sin saberlo, a aquel
+ rostro la expresi&oacute;n muda del dolor espantado, del dolor que rebosa
+ del sufrimiento. Mar&iacute;a llevaba siete espadas clavadas en el pecho.
+ Pero no daba se&ntilde;ales de sentirlas; no sent&iacute;a m&aacute;s que
+ la muerte que llevaba delante. Se tambaleaba sobre las andas. Tambi&eacute;n
+ esto era natural. Desde su altura dominaba la muchedumbre, pero no la ve&iacute;a.
+ La Madre de Jes&uacute;s no miraba a los vetustenses.... Don &Aacute;lvaro
+ Mes&iacute;a, al pasar cerca de sus pies la Dolorosa tuvo miedo, dio un
+ paso atr&aacute;s en vez de arrodillarse. El choque de aquella imagen del
+ dolor infinito con los pensamientos de don &Aacute;lvaro, todos profanaci&oacute;n
+ y lujuria, le espant&oacute; a &eacute;l mismo. Estaba pensando que Ana,
+ despu&eacute;s de <i>aquella locura</i> que comet&iacute;a por el
+ confesor, por De Pas, har&iacute;a otras mayores por el amante, por Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ All&iacute; iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso m&aacute;s
+ adelante, a los pies de la Virgen enlutada, detr&aacute;s de la urna de
+ Jes&uacute;s muerto. Tambi&eacute;n Ana parec&iacute;a de madera pintada;
+ su palidez era como un barniz. Sus ojos no ve&iacute;an. A cada paso cre&iacute;a
+ caer sin sentido. Sent&iacute;a en los pies, que pisaban las piedras y el
+ lodo un calor doloroso; cuidaba de que no asomasen debajo de la t&uacute;nica
+ morada; pero a veces se ve&iacute;an. Aquellos pies desnudos eran para
+ ella la desnudez de todo el cuerpo y de toda el alma. &laquo;&iexcl;Ella
+ era una loca que hab&iacute;a ca&iacute;do en una especie de prostituci&oacute;n
+ singular!; no sab&iacute;a por qu&eacute;, pero pensaba que despu&eacute;s
+ de aquel paseo a la verg&uuml;enza ya no hab&iacute;a honor en su casa.
+ All&iacute; iba la tonta, la literata, Jorge Sandio, la m&iacute;stica, la
+ fatua, la loca, la loca sin verg&uuml;enza&raquo;. Ni un solo pensamiento
+ de piedad vino en su ayuda en todo el camino. El pensamiento no le daba m&aacute;s
+ que vinagre en aquel calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray
+ Luis de Le&oacute;n en la <i>Perfecta Casada</i>, que, seg&uacute;n ella,
+ condenaban lo que estaba haciendo. &laquo;Me ceg&oacute; la vanidad, no la
+ piedad, pensaba&raquo;. &laquo;Yo tambi&eacute;n soy c&oacute;mica, soy lo
+ que mi marido&raquo;. Si alguna vez se atrev&iacute;a a mirar hacia atr&aacute;s,
+ a la Virgen, sent&iacute;a hielo en el alma. &laquo;La Madre de Jes&uacute;s
+ no la miraba, no hac&iacute;a caso de ella; pensaba en su dolor cierto;
+ ella, Mar&iacute;a, iba all&iacute; porque delante llevaba a su Hijo
+ muerto, pero Ana, &iquest;a qu&eacute; iba?...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Seg&uacute;n el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Ferm&iacute;n no
+ presid&iacute;a este entierro como el del mi&eacute;rcoles, pero celebraba
+ con &eacute;l su nuevo triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en
+ la tila derecha, entre otros se&ntilde;ores can&oacute;nigos, con roquete,
+ muceta y capa; empu&ntilde;aba el cirio apagado, como un cetro. &laquo;&Eacute;l
+ era el amo de todo aquello. &Eacute;l, a pesar de las calumnias de sus
+ enemigos hab&iacute;a convertido al gran ateo de Vetusta haci&eacute;ndole
+ morir en el seno de la Iglesia; &eacute;l llevaba all&iacute;, a su lado,
+ prisionera con cadenas invisibles a la se&ntilde;ora m&aacute;s admirada
+ por su hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta
+ edificando al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la
+ carne flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por &eacute;l, se
+ le deb&iacute;a a &eacute;l s&oacute;lo. &iquest;No se dec&iacute;a que
+ los jesuitas le hab&iacute;an eclipsado? &iquest;Que los Misioneros pod&iacute;an
+ m&aacute;s que &eacute;l con sus hijas de confesi&oacute;n? Pues all&iacute;
+ ten&iacute;an prueba de lo contrario. &iquest;Los jesuitas obligaban a las
+ v&iacute;rgenes vetustenses a ce&ntilde;ir el cilicio? Pues &eacute;l
+ descalzaba los m&aacute;s floridos pies del pueblo y los arrastraba por el
+ lodo... all&iacute; estaban, asomando a veces debajo de aquel terciopelo
+ morado, entre el fango. &iquest;Qui&eacute;n pod&iacute;a m&aacute;s?&raquo;.
+ Y despu&eacute;s de las sugestiones del orgullo, los temblores card&iacute;acos
+ de la esperanza del amor. &laquo;&iquest;Qu&eacute; ser&iacute;an, c&oacute;mo
+ ser&iacute;an en adelante sus relaciones con Ana?&raquo;. Don Ferm&iacute;n
+ se estremec&iacute;a. &laquo;Por de pronto mucha cautela. Tal vez el d&iacute;a
+ en que dej&eacute; la puerta abierta a los celos la asust&eacute; y por
+ eso tard&oacute; en volver a buscarme. Cautela por ahora... despu&eacute;s...
+ ello dir&aacute;&raquo;. De Pas sent&iacute;a que lo poco de cl&eacute;rigo
+ que quedaba en su alma desaparec&iacute;a. Se comparaba a s&iacute; mismo
+ a una concha vac&iacute;a arrojada a la arena por las olas. &laquo;&Eacute;l
+ era la c&aacute;scara de un sacerdote&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Al pasar delante del Casino, frente al balc&oacute;n de Mes&iacute;a, Ana
+ miraba al suelo, no vio a nadie. Pero don Ferm&iacute;n levant&oacute; los
+ ojos y sinti&oacute; el topetazo de su mirada con la de don &Aacute;lvaro;
+ el cual recul&oacute; otra vez, como al pasar la Virgen, y de p&aacute;lido
+ pas&oacute; a l&iacute;vido. La mirada del Magistral fue altanera,
+ provocativa, sarc&aacute;stica en su humildad y dulzura aparentes: quer&iacute;a
+ decir <i>&iexcl;Vae Victis!</i> La de Mes&iacute;a no reconoc&iacute;a la
+ victoria; reconoc&iacute;a una ventaja pasajera... fue discreta,
+ suavemente ir&oacute;nica, no quer&iacute;a decir: &laquo;Venciste,
+ Galileo&raquo; sino &laquo;hasta el fin nadie es dichoso&raquo;. De Pas
+ comprendi&oacute;, con ira, que el del balc&oacute;n no se daba por
+ vencido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Va hermos&iacute;sima!&mdash;dec&iacute;an en tanto las se&ntilde;oras
+ del balc&oacute;n de la Audiencia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hermos&iacute;sima!&mdash;&iexcl;Pero se necesita valor!&mdash;Amigo,
+ es una santa.&mdash;Yo creo que va muerta&mdash;dijo Obdulia&mdash;;
+ &iexcl;qu&eacute; p&aacute;lida! &iexcl;qu&eacute; <i>parada</i>! parece
+ de escayola.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo creo que va muerta de verg&uuml;enza&mdash;dijo al o&iacute;do
+ de la Marquesa, Visita.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Rufina suspiraba con aires de compasi&oacute;n. Y advirti&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho d&iacute;as
+ con los pies hechos migas.
+ </p>
+ <p>
+ La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en Vetusta,
+ se atrevi&oacute; a decir encogiendo los hombros:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;D&iacute;gase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de
+ personas decentes.
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s apoy&oacute; la idea muy eruditamente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es piedad de transtiberina.&mdash;Justo&mdash;dijo la baronesa,
+ sin recordar en aquel instante lo que era una transtiberina.
+ </p>
+ <p>
+ Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, despu&eacute;s
+ de pasar la procesi&oacute;n y haber contemplado y admirado la hermosura y
+ la valent&iacute;a de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba
+ inconvenientes graves en aquel &laquo;rasgo de inaudito atrevimiento&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Foja en el Casino, lejos de Mes&iacute;a y don V&iacute;ctor, dec&iacute;a
+ pestes del Magistral y la Regenta. &laquo;Todo eso es indigno. No sirve m&aacute;s
+ que para dar alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagar&aacute;n
+ los curas de aldea. Adem&aacute;s, la mujer casada la pierna quebrada y en
+ casa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Sin contar&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a Joaqu&iacute;n Orgaz&mdash;con
+ que esto se presta a exageraciones y abusos. El a&ntilde;o que viene vamos
+ a ver a Obdulia Fandi&ntilde;o descalza de pie... y pierna, del brazo de
+ Vinagre.
+ </p>
+ <p>
+ Se ri&oacute; mucho la gracia. Pero tambi&eacute;n se not&oacute; que
+ Orgaz dec&iacute;a aquello porque no hab&iacute;a sacado nada de sus
+ pretensiones amorosas, o por lo menos, no hab&iacute;a sacado bastante.
+ </p>
+ <p>
+ El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de
+ aquella se&ntilde;ora. &laquo;Aquello era imitar a Cristo de verdad.
+ &iexcl;Emparejarse, como un cualquiera, con el se&ntilde;or Vinagre el
+ nazareno; y recorrer descalza todo el pueblo!... &iexcl;Bah! &iexcl;era
+ una santa!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto a don V&iacute;ctor, al pasar debajo de su balc&oacute;n el
+ Magistral y Ana pregunt&oacute; a Mes&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Est&aacute;n ya ah&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ah&iacute; van.... Y el mismo esposo estir&oacute; el
+ cuello... y asom&oacute; la cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atr&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Infame! &iexcl;es un infame! &iexcl;me la ha fanatizado!
+ </p>
+ <p>
+ Sinti&oacute; escalofr&iacute;os. En aquel instante la charanga del batall&oacute;n
+ que iba de escolta comenz&oacute; a repetir una marcha f&uacute;nebre.
+ </p>
+ <p>
+ Al pobre Quintanar se le escaparon dos l&aacute;grimas. Se le figur&oacute;
+ al o&iacute;r aquella m&uacute;sica que estaba viudo, que aquello era el
+ entierro de su mujer.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&Aacute;nimo, don V&iacute;ctor&mdash;le dijo Mes&iacute;a volvi&eacute;ndose
+ a &eacute;l, y dejando el balc&oacute;n&mdash;. Ya van lejos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No; no quiero verla otra vez. &iexcl;Me hace da&ntilde;o!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&Aacute;nimo.... Todo esto pasar&aacute;...
+ </p>
+ <p>
+ Y apoy&oacute; Mes&iacute;a una mano en el hombro del viejo.
+ </p>
+ <p>
+ El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procur&oacute; ce&ntilde;ir
+ con los brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclam&oacute; con voz
+ solemne y de sollozo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Lo juro por mi nombre honrado! &iexcl;Antes que esto,
+ prefiero verla en brazos de un amante!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, mil veces, s&iacute;&mdash;a&ntilde;adi&oacute;&mdash;&iexcl;b&uacute;squenle
+ un amante, sed&uacute;zcanmela; todo antes que verla en brazos del
+ fanatismo!...
+ </p>
+ <p>
+ Y estrech&oacute;, con calor, la mano que don &Aacute;lvaro le ofrec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ La marcha f&uacute;nebre sonaba a los lejos. El <i>chin, chin</i> de los
+ platillos, el <i>rum rum</i> del bombo serv&iacute;an de marco a las
+ palabras grandilocuentes de Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; ser&iacute;a del hombre en estas tormentas de la
+ vida, si la amistad no ofreciera al pobre n&aacute;ufrago una tabla donde
+ apoyarse!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;<i>&iexcl;Chin, chin, chin! &iexcl;bom, bom, bom!</i>&mdash;&iexcl;S&iacute;,
+ amigo m&iacute;o! &iexcl;Primero seducida que fanatizada!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Puede usted contar con mi firme amistad, don V&iacute;ctor; para
+ las ocasiones son los hombres....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo s&eacute;, Mes&iacute;a, ya lo s&eacute;... &iexcl;Cierre
+ usted el balc&oacute;n, porque se me figura que tengo ese bombo maldito
+ dentro de la cabeza!
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXVIImdash" id="XXVIImdash"></a>&mdash;XXVII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Las diez! &iquest;Has o&iacute;do? el reloj del comedor ha
+ dado las diez.... &iquest;Te parece que subamos?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;En la catedral! &iquest;Pero se oye desde aqu&iacute;,
+ muchacha? &iquest;Se oye el reloj de la torre desde aqu&iacute;?... Mira
+ que es media legua larga....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues s&iacute;, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que
+ se oye. &iquest;Nunca lo hab&iacute;as notado? Espera cinco minutos y oir&aacute;s
+ las campanadas... tristes y apagadas por la distancia....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La verdad es que la noche est&aacute; hermosa....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Parece de Agosto.&mdash;Cuando contemplo el cielo,
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">de innumerables luces rodeado</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">y miro hacia el suelo...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ perd&oacute;name, hija m&iacute;a, sin querer me vuelvo a mis versos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y qu&eacute;? mejor, Quintanar: eso es muy hermoso. <i>La
+ Noche Serena</i> ya lo creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era ni&ntilde;a
+ y empezaba a leer versos, mi autor predilecto era ese.
+ </p>
+ <p>
+ El recuerdo de Fray Luis de Le&oacute;n pas&oacute; como una nubecilla por
+ el pensamiento de Ana que sinti&oacute; un poco de melancol&iacute;a
+ amarga. Sacudi&oacute; la cabeza, se puso en pie y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dame el brazo, Quintanar; vamos a dar una vuelta por la galer&iacute;a
+ de los perales, mientras la se&ntilde;ora torre de la catedral se decide a
+ cantar la hora....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Con mil amores, <i>mia sposa cara</i>.
+ </p>
+ <p>
+ La pareja se escondi&oacute; bajo la b&oacute;veda no muy alta de una
+ galer&iacute;a de perales franceses en espaldar. La luna atravesaba a
+ trechos el follaje nuevo y sembraba de charcos de luz el suelo a lo largo
+ del obscuro camino.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mayo se despide con una espl&eacute;ndida noche&mdash;dijo Ana,
+ apoy&aacute;ndose con fuerza en el brazo de su marido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es verdad; hoy se acaba Mayo. Ma&ntilde;ana Junio. Junio la ca&ntilde;a
+ en el pu&ntilde;o. &iquest;Te gusta a ti pescar? El r&iacute;o Soto, ya
+ sabes, ese que est&aacute; ah&iacute; en pasando la Pumarada de Chusquin.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;... donde se ba&ntilde;an Obdulia y Visita
+ algunos veranos antes de ir al mar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Justo, ese... pues el r&iacute;o Soto lleva truchas exquisitas, seg&uacute;n
+ me dijo el Marqu&eacute;s. &iquest;Quieres que escriba a Fr&iacute;gilis,
+ que nos mande dos ca&ntilde;as con todos sus accesorios?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;, &iexcl;magn&iacute;fico! Pescaremos.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor, satisfecho, sujet&oacute; mejor el brazo de su mujer
+ que colgaba del suyo, y la tom&oacute; la mano como un tenor de &oacute;pera.
+ Y cant&oacute;:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Lasciami, lasciami</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">oh lasciami partir...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Call&oacute; y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Mir&oacute;
+ a su esposa, que tambi&eacute;n volvi&oacute; el rostro hacia su marido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Te gustan los Hugonotes? &iquest;Te acuerdas? Qu&eacute;
+ mal los cantaba aquel tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea...
+ hermosa idea.... Fig&uacute;rate aqu&iacute;, en medio del Vivero, ah&iacute;,
+ junto al estanque, fig&uacute;rate a Gayarre o a Masini cantando... en
+ esta noche tranquila, en este silencio... y nosotros aqu&iacute;, debajo
+ de esta b&oacute;veda... oyendo... oyendo.... Las &oacute;peras deber&iacute;an
+ cantarse as&iacute;... &iquest;Qu&eacute; nos falta a nosotros ahora? M&uacute;sica
+ nada m&aacute;s que m&uacute;sica.... El panorama hermoso... la brisa...
+ el follaje... la luna... pues esto con acompa&ntilde;amiento de un buen
+ cuarteto... y &iexcl;el para&iacute;so! Oh, los versos... los versos a
+ veces no dicen tanto como el pentagrama. Estoy por la canci&oacute;n, por
+ la poes&iacute;a que se acompa&ntilde;a en efecto de la lira o de la
+ forminge.... &iquest;T&uacute; sabes lo que era la forminge, <i>phorminx</i>?
+ </p>
+ <p>
+ Ana sonri&oacute; y le explic&oacute; el instrumento griego a su buen
+ esposo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pas&oacute; por la frente
+ de Ana.
+ </p>
+ <p>
+ El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez, pausadas,
+ vibrantes, llenando el aire de melancol&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues es verdad que se oye&mdash;dijo Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ Y despu&eacute;s de un silencio, comentario de la hora, a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Vamos a cenar?&mdash;&iexcl;A cenar!&mdash;grit&oacute;
+ Ana. Y soltando el brazo de don V&iacute;ctor corri&oacute;, levantando un
+ poco la falda de la <i>matin&eacute;e</i> que vest&iacute;a, hasta
+ perderse en la obscuridad de la b&oacute;veda. Quintanar la sigui&oacute;
+ dando voces:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Espera, espera... loca, que puedes tropezar.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando sali&oacute; a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto
+ de la escalinata de m&aacute;rmol, con una mano apoyada en el cancel
+ dorado de la puerta de la casa, a su querida esposa que extend&iacute;a el
+ brazo derecho hacia la luna, con una flor entre los dedos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eh, &iquest;qu&eacute; tal, Quintanar? &iquest;Qu&eacute; tal
+ efecto de luna hago?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Magn&iacute;fico! Magn&iacute;fica estatua... original
+ pensamiento... oye: &laquo;La Aurora suplica a Diana que apresure el curso
+ de la noche...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana aplaudi&oacute; y atraves&oacute; el umbral. Don V&iacute;ctor entr&oacute;
+ detr&aacute;s dici&eacute;ndose a s&iacute; mismo en voz alta:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hija m&iacute;a! Es otra.... Ese Ben&iacute;tez me la ha
+ salvado.... Es otra.... &iexcl;Hija de mi alma!
+ </p>
+ <p>
+ Cenaron en la vajilla de los marqueses. Los dos ten&iacute;an muy buen
+ apetito. Ana hablaba a veces con la boca llena, inclin&aacute;ndose hacia
+ Quintanar que sonre&iacute;a, mascaba con fuerza, y mientras bland&iacute;a
+ un cuchillo aprobaba con la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La casa es alegre hasta de noche&mdash;dijo ella.
+ </p>
+ <p>
+ Y a&ntilde;adi&oacute;:&mdash;Toma, m&oacute;ndame esa manzana....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;M&oacute;ndame la manzana, m&oacute;ndame la manzana...&raquo;
+ &iquest;d&oacute;nde he o&iacute;do yo eso?... Ah ya....
+ </p>
+ <p>
+ Y se atragant&oacute; con la risa.&mdash;&iquest;Qu&eacute; tienes,
+ hombre?&mdash;Es de una zarzuela.... De una zarzuela de un acad&eacute;mico....
+ Ver&aacute;s... se trata de la marquesa de Pompadour: un se&ntilde;or
+ Beltrand anda en su busca; en un molino encuentra una aldeana... y como es
+ natural se ponen a cenar juntos, y a comer manzanas por m&aacute;s se&ntilde;as.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Como t&uacute; y yo .&mdash;Justo. Pues bueno, la aldeana, como es
+ natural tambi&eacute;n, coge un cuchillo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Para matar a Beltrand....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, para mondar la manzana....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso ya es inveros&iacute;mil.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo mismo opinan Beltrand y la orquesta. La orquesta se eriza de
+ espanto con todos sus violines en tr&eacute;molo y pitando con todos sus
+ clarinetes; y Beltrand canta, no menos asustado:
+ </p>
+ <p>
+ <i>(Cantando y puesto en pie)</i>
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">&iexcl;Cielos! monda la manzana;</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">&iexcl;es la marquesa</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">de Pompadour!...</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">&iexcl;de Pompadour!...</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Ana solt&oacute; el trapo. Ri&oacute; de todo coraz&oacute;n el disparate
+ del acad&eacute;mico y la gracia de su marido. &laquo;La verdad era que
+ Quintanar parec&iacute;a otro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra sirvi&oacute; el t&eacute;.&mdash;&iquest;Ha vuelto Anselmo de
+ Vetusta?&mdash;pregunt&oacute; el amo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, hace una hora....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ha tra&iacute;do los cartuchos?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or.&mdash;&iquest;Y el alpiste?&mdash;S&iacute;,
+ se&ntilde;or.&mdash;Pues dile que ma&ntilde;ana muy temprano tiene que
+ volver a la ciudad, con un recado para el se&ntilde;or Crespo. Deja... voy
+ yo mismo a enterarle.... Escribir&eacute; dos letras; &iquest;no te
+ parece, Ana? ese Anselmo es tan bruto....
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; el amo del comedor. Petra dijo, mientras levantaba el mantel:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si la se&ntilde;orita quiere algo... yo tambi&eacute;n pienso ir ma&ntilde;ana
+ al ser de d&iacute;a a Vetusta... tengo que ver a la planchadora... si
+ quiere que lleve alg&uacute;n recado... a la se&ntilde;ora Marquesa...
+ o....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;: llevar&aacute;s dos cartas; las dejar&eacute; esta noche
+ sobre la mesa del gabinete y t&uacute; las coger&aacute;s ma&ntilde;ana,
+ sin hacer ruido, para no despertarnos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Descuide usted. Una hora despu&eacute;s don V&iacute;ctor dorm&iacute;a
+ en una alcoba espaciosa, estucada, con dos camas. En el gabinete contiguo
+ Ana escrib&iacute;a con pluma r&aacute;pida y que parec&iacute;a silbar
+ dulcemente al correr sobre el papel satinado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No tardes; no escribas mucho, que te puede hacer da&ntilde;o. Ya
+ sabes lo que dice Ben&iacute;tez.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, ya s&eacute;; calla y duerme.
+ </p>
+ <p>
+ Ana escribi&oacute; primero a su m&eacute;dico, que era en la actualidad
+ el antiguo sustituto de Somoza. Ben&iacute;tez, el joven de pocas palabras
+ y muchos estudios, observador y taciturno, hab&iacute;a permitido a su
+ enferma, a la Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distra&iacute;a,
+ a ciertas horas en que la aldea no ofrece ocupaci&oacute;n mejor. &laquo;Escr&iacute;bame
+ usted a m&iacute;, por ejemplo, de vez en cuando, dici&eacute;ndome lo que
+ sabe que importa para mi pleito. Pero si se siente mal de esas aprensiones
+ dichosas no me d&eacute; pormenores, bastan generalidades...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana escrib&iacute;a: &laquo;...Buenas noticias. Nada m&aacute;s que buenas
+ noticias. Ya no hay aprensiones: ya no veo hormigas en el aire, ni
+ burbujas, ni nada de eso; hablo de ello sin miedo de que vuelvan las
+ visiones: me siento capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus
+ figuras de sesos y dem&aacute;s interioridades, sin asco ni miedo. Hablo
+ de mi temor a la locura con Quintanar como de la man&iacute;a de un extra&ntilde;o.
+ Estoy segura de mi salud. Gracias, amigo m&iacute;o; a usted se la debo.
+ Si no me prohibiera usted <i>filosofar</i>, aqu&iacute; le explicar&iacute;a
+ por qu&eacute; estoy segura de que debo al plan de vida que me impuso la
+ felicidad inefable de esta salud serena, de este placer refinado de vivir
+ con sangre pura y corriente en medio de la atm&oacute;sfera saludable...
+ pero nada de ret&oacute;rica; recuerdo cu&aacute;nto le disgustan las
+ frases.... En fin, estoy como un reloj, que es la expresi&oacute;n que
+ usted prefiere. El r&eacute;gimen respetado con religiosa escrupulosidad.
+ El miedo guarda la vi&ntilde;a, ser&eacute; esclava de la higiene. Todo
+ menos volver a las andadas. Contin&uacute;o mi diario, en el cual no me
+ permito el lujo de perderme en <i>psicolog&iacute;as</i> ya que usted lo
+ proh&iacute;be tambi&eacute;n. Todos los d&iacute;as escribo algo, pero
+ poco. Ya ve que en todo le obedezco. Adi&oacute;s. No retarde su visita.
+ Quintanar le saluda... roncando. Ronca, es un hecho. <i>En aquel tiempo</i>
+ la Regenta hubiera mirado esto como una desgracia suya, que le mandaba
+ exprofeso el <i>destino</i> para ponerla a prueba. &iexcl;Un marido que
+ ronca! Horror... basta. Veo que tuerce usted el gesto. Perd&oacute;n. No m&aacute;s
+ ch&aacute;chara. A Fr&iacute;gilis que venga con usted o antes. Diga lo
+ que quiera mi esposo, si Crespo no viene a prepararme la ca&ntilde;a y a
+ convencer a las truchas de que se dejen pescar no haremos nada. Adi&oacute;s
+ otra vez. La esclava de su r&eacute;gimen, q. b. s. m.,
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 7.5em;"><i>Anita Ozores de Quintanar</i>&raquo;.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de firmar y cerrar esta carta, Ana se puso a continuar otra
+ que hab&iacute;a empezado a escribir por la ma&ntilde;ana.
+ </p>
+ <p>
+ Ahora la pluma corr&iacute;a menos, se deten&iacute;a en los perfiles.
+ </p>
+ <p>
+ Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que
+ contestaba y que ten&iacute;a delante de los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;...No se queje de que soy demasiado breve en mis explicaciones. Ya
+ le tengo dicho, amigo m&iacute;o, que Ben&iacute;tez me proh&iacute;be, y
+ creo que con raz&oacute;n, analizar mucho, estudiar todos los pormenores
+ de mi pensamiento. No ya el hacerlo, s&oacute;lo el pensar en hacerlo, en
+ desmenuzar mis ideas, me da la aprensi&oacute;n de volver a sentir aquella
+ horrorosa debilidad del cerebro.... No hablemos m&aacute;s de esto.
+ Bastante hago si le escribo, pues prohibido me lo tienen. Pero entend&aacute;monos.
+ Lo prohibido no es escribir a usted. &iquest;Hablo ahora claro? Lo
+ prohibido es escribir mucho, sea a quien sea, y sobre todo de asuntos
+ serios.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;Qu&eacute; cu&aacute;ndo volvemos a Vetusta? No lo s&eacute;.
+ Ferm&iacute;n, no lo s&eacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;Que yo estoy mucho mejor. Es verdad. Pero quien manda, manda. Ben&iacute;tez
+ es en&eacute;rgico, habla poco pero bien; ha prometido curarme si se le
+ obedece, abandonarme si se le enga&ntilde;a o se desprecian sus mandatos.
+ Estoy decidida a obedecer. Usted me lo ha dicho siempre: lo primero es que
+ tengamos salud.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;Que hay tibieza tal vez? No, Ferm&iacute;n, mil veces no.
+ Yo le convencer&eacute; cuando vuelva.
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;Que rezo poco? Es verdad. Pero tal vez es demasiado para mi
+ salud. &iexcl;Si yo dijera a Quintanar o a Ben&iacute;tez el da&ntilde;o
+ que me hace, sana y todo, repetir oraciones!... Que en mis cartas no hablo
+ m&aacute;s que de don V&iacute;ctor y del m&eacute;dico. &iquest;Pero de
+ qu&eacute; quiere que le hable? Aqu&iacute; no veo m&aacute;s que a mi
+ marido; y Ben&iacute;tez me acaba de salvar la vida, tal vez la raz&oacute;n....
+ Ya s&eacute; que a usted no le gusta que yo hable de mis miedos de
+ volverme loca... pero es verdad, los tuve y le hablo de ellos, para que me
+ ayude a agradecer al m&eacute;dico (de quien tanto hablo) mi <i>salvaci&oacute;n
+ intelectual</i>. &iquest;Para qu&eacute; me hubiera querido mi <i>hermano</i>
+ <i>mayor del alma</i>, sin el alma, o con el alma obscurecida por la
+ locura?...
+ </p>
+ <p>
+ &raquo;&iquest;Que se acab&oacute; esto y se acab&oacute; lo otro...? No y
+ no. No se acab&oacute; nada. A su tiempo volver&aacute; todo. Menos el
+ visitar a do&ntilde;a Petronila. No me pregunte usted por qu&eacute;, pero
+ estoy resuelta a no volver a casa de esa se&ntilde;ora. Y... nada m&aacute;s.
+ No <i>puedo ser m&aacute;s larga</i>. Me est&aacute; prohibido (&iexcl;otra
+ vez!). Acabo de cenar. Su m&aacute;s fiel amiga y penitente agradecida.
+ </p>
+ <p>
+ <i>Ana Ozores</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;P. D.&mdash;&iquest;Qu&eacute; se conoce que tengo buen humor?
+ Tambi&eacute;n es verdad. Me lo da la salud. Si lo tuviera malo y pensara
+ mal, creer&iacute;a que a usted le pesa de mi buen humor, a juzgar por el
+ <i>tono</i> con que lo dice. Perd&oacute;n por todas las faltas&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Anita ley&oacute; toda esta carta. Tach&oacute; algunas palabras; medit&oacute;
+ y volvi&oacute; a escribirlas encima de lo tachado.
+ </p>
+ <p>
+ Y mientras pasaba la lengua por la goma del sobre, moviendo la cabeza a
+ derecha e izquierda, encogi&oacute; los hombros y dijo a media voz:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No tiene por qu&eacute; ofenderse. Se acost&oacute; en el lecho
+ blanco y alegre que estaba junto al de Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ El viejo madrugaba m&aacute;s que Ana, y sal&iacute;a a la huerta a
+ esperarla. A las ocho tomaban juntos el chocolate en el invern&aacute;culo
+ que &eacute;l llamaba con cierto orgullo enf&aacute;tico <i>la serre</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Si esto fuera nuestro!...&mdash;pensaba a veces Quintanar
+ contemplando las plantas ex&oacute;ticas de los anaqueles atestados y de
+ los jarrones etruscos y japoneses m&aacute;s o menos aut&eacute;nticos.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta no pensaba en los t&iacute;tulos de propiedad del Vivero;
+ gozaba de la naturaleza, de la salud y del relativo lujo que hab&iacute;an
+ acumulado los Vegallana en su famosa quinta, sin fijarse en nada m&aacute;s
+ que gozar. Viv&iacute;a all&iacute; como en un ba&ntilde;o, en cuya
+ eficacia cre&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor sali&oacute; de la huerta y atravesando prados,
+ pumaradas y tierras de ma&iacute;z, busc&oacute; entre las casuchas
+ vecinas la bajada al r&iacute;o Soto, y por su orilla el lugar m&aacute;s
+ a prop&oacute;sito para sentar sus reales y pescar, en cuanto volviese
+ Anselmo con los trastos necesarios.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, durante las horas del calor, que ya era respetable, subi&oacute; a su
+ gabinete, y despu&eacute;s de leer un poco, tendida sobre el lecho blanco,
+ se acerc&oacute; al escritorio de palisandro, y hoje&oacute; su libro de
+ memorias. Siempre hac&iacute;a lo mismo; antes de empezar a escribir en
+ &eacute;l repasaba algunas p&aacute;ginas, a saltos....
+ </p>
+ <p>
+ Ley&oacute; la primera que casi sab&iacute;a de memoria. La ley&oacute;
+ con cari&ntilde;o de artista. Dec&iacute;a as&iacute;, en letra s&oacute;lo
+ para Ana inteligible, nerviosa y rapid&iacute;sima:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Memorias!... &iexcl;Diario!... &iquest;por qu&eacute; no?
+ Ben&iacute;tez lo consiente&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ <i>Memorias de Juan Garc&iacute;a</i>, podr&iacute;a decir alg&uacute;n
+ chusco.... Pero como esto no ha de leerlo nadie m&aacute;s que yo....
+ &iquest;Qu&eacute; es rid&iacute;culo? &iexcl;Qu&eacute; ha de ser! M&aacute;s
+ rid&iacute;culo ser&iacute;a abstenerme de escribir (ya que es ejercicio
+ que me agrada y no me hace da&ntilde;o, tomado con medida), s&oacute;lo
+ porque si lo supiera el <i>mundo</i> me llamar&iacute;a cursilona,
+ literata... o rom&aacute;ntica, como dice Visita. A Dios gracias, estos
+ miedos al qu&eacute; dir&aacute;n ya han pasado. La salud me ha hecho m&aacute;s
+ independiente. Sobre todo &iquest;qu&eacute; han de decir si nadie ha de
+ leerlo? Ni Quintanar. Nunca ha entendido mi letra cuando escribo deprisa.
+ Estoy sola, completamente sola. Hablo conmigo misma, secreto absoluto.
+ Puedo re&iacute;r, llorar, cantar, hablar con Dios, con los p&aacute;jaros,
+ con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de m&iacute;.
+ Empecemos por un himno. Hagamos versos en prosa. &laquo;&iexcl;Salud,
+ salve! A ti debo las ideas nuevas, este vigor del alma, este olvido de
+ larvas y aprensiones... y el equilibrio del &aacute;nimo, que me trajo la
+ calma apetecida...&raquo;. Suspendo el himno porque Quintanar jura que se
+ muere de hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna
+ en la boca.... &iexcl;Ya bajo, ya bajo!... &iexcl;All&aacute; voy!..
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ El Vivero, Mayo 1... Llueve, son las cinco de la tarde y ha llovido todo
+ el d&iacute;a. <i>In illo tempore</i>, me tendr&iacute;a yo por
+ desgraciada sin m&aacute;s que esto. Pensar&iacute;a en la peque&ntilde;ez&mdash;y
+ la humedad&mdash;de las cosas humanas, en el gran aburrimiento universal,
+ etc., etc.... Y ahora encuentro natural y hasta muy divertido que llueva.
+ &iquest;Qu&eacute; es el agua que cae sobre esas colinas, esos prados y
+ esos bosques? El tocado de la naturaleza. Ma&ntilde;ana el sol sacar&aacute;
+ lustre a toda esa verdura mojada. Y adem&aacute;s, aqu&iacute; en el
+ campo, la lluvia es una m&uacute;sica. Mientras Quintanar duerme la siesta
+ (costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro la
+ ventana y oigo
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">el rumor de la lluvia</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">sobre las hojas</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">y el ruido de las alas</span><br /> <span
+ style="margin-left: 4em;">de las palomas</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y
+ saliendo por las ventanas angostas. Ese palomar tiene algo de serrallo o
+ de casa de vecindad, seg&uacute;n se mire. La vida com&uacute;n con sus
+ horas de hast&iacute;o, de descuido, de pereza p&uacute;blica se refleja
+ en las posturas de esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las
+ alas. Hay parejas que se juntan por costumbre, <i>por deber</i>, pero se
+ aburren como si cada cual estuviese en el desierto. De repente el macho,
+ supongo que ser&aacute; el macho, tiene una idea, un remordimiento, <i>improvisa</i>
+ una pasi&oacute;n <i>que est&aacute; muy lejos de sentir</i>, y besa a la
+ hembra, y hace la rueda y canta el <i>rucutucua</i> y se eriza de
+ plumas.... Ella, sorprendida, sin sacudir la pereza corresponde con tibias
+ caricias, y a poco, ambos fatigados, so&ntilde;olientos, encontrando en la
+ molicie de mojarse inm&oacute;viles, inflados, mayor voluptuosidad que en
+ los devaneos, vuelven a su quietismo, tranquilos, sin rencores, sin enga&ntilde;o,
+ sin quejarse de la mutua displicencia. &iexcl;Racionales palomas!&mdash;Quintanar
+ ronca; yo escribo.... Pie atr&aacute;s. Esto no iba bien. Hab&iacute;a
+ algo de iron&iacute;a; la iron&iacute;a siempre tiene algo de bilis....
+ Los amargos abren el apetito... pero m&aacute;s vale tenerlo sin
+ necesitarlos. A otra cosa.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ Llueve todav&iacute;a. No importa. Todo el diluvio no me arrancar&iacute;a
+ hoy un gesto de impaciencia. La ventana est&aacute; cerrada, los regueros
+ del agua resbalando por el cristal me borran el paisaje. V&iacute;ctor ha
+ salido con Fr&iacute;gilis (segunda visita del buen Crespo, el &uacute;nico
+ grande hombre que conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pin&oacute;n de
+ Pepa&mdash;el casero de los marqueses&mdash;recorren, como cobijados en
+ una tienda de campa&ntilde;a, el bosque de encinas que mi marido llama
+ siempre seculares. Van a comprobar no s&eacute; qu&eacute; experimento de
+ qu&iacute;mica, invenci&oacute;n de Fr&iacute;gilis, seg&uacute;n &eacute;l.
+ Dios les haga felices y les conserve los pies secos. Hoy me siento
+ inclinada a la historia, a los recuerdos. No los temo. Poco m&aacute;s de
+ cinco semanas han pasado y ya me parece de la historia antigua todo
+ aquello.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Qu&eacute; tres d&iacute;as! Yo me figuraba estar prostituida de un
+ modo extra&ntilde;o (aqu&iacute; la letra de la Regenta se hace casi
+ indescifrable para ella misma.) &iexcl;Todo Vetusta me hab&iacute;a visto
+ los pies desnudos, en medio de una procesi&oacute;n, casi casi del brazo
+ de Vinagre! &iexcl;Y tres d&iacute;as con los pies abrasados por dolores
+ que me avergonzaban, inm&oacute;vil en una butaca! Llam&eacute; a Somoza
+ que se excus&oacute;. Vino el sustituto Ben&iacute;tez, silencioso, fr&iacute;o;
+ pero comprend&iacute; que me observaba con atenci&oacute;n cuando yo no le
+ miraba. Deb&iacute;a de creer que yo me iba volviendo loca. &Eacute;l lo
+ niega, dice que todo aquello lo explica la exaltaci&oacute;n religiosa y
+ la exquisita moralidad con que decid&iacute; sacrificarme al bien del que
+ cre&iacute;a ofendido por mis pensamientos y desaires. Ben&iacute;tez
+ cuando se decide a hablar parece tambi&eacute;n un confesor. Yo le he
+ dicho secretos de mi vida interior como quien revela s&iacute;ntomas de
+ una enfermedad. Conoc&iacute;a yo cuando le hablaba de estas cosas, que
+ &eacute;l, a pesar de su rostro impasible, me estaba aprendiendo de
+ memoria.... El mal subi&oacute; de los pies a la cabeza. Tuve fiebre,
+ guard&eacute; cama... y sent&iacute; aquel terror... aquel terror p&aacute;nico
+ a la locura. De esto no quiero hablar ni conmigo misma. Lo dejo por hoy;
+ voy al piano a recordar la <i>Casta diva</i>... con un dedo&raquo;.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ Pas&oacute; Ana, sin querer leerlas, algunas hojas. En ellas hab&iacute;a
+ escrito la historia de los d&iacute;as que siguieron al de la procesi&oacute;n,
+ famosa en los anales de Vetusta. S&iacute;, se hab&iacute;a cre&iacute;do
+ prostituida; aquella publicidad devota le parec&iacute;a una especie de
+ sacrificio babil&oacute;nico, algo como entregarse en el templo de Belo
+ para la vigilia misteriosa. Adem&aacute;s sent&iacute;a verg&uuml;enza;
+ aquello hab&iacute;a sido como lo de ser literata, una cosa rid&iacute;cula,
+ que acababa por parec&eacute;rselo a ella misma. No osaba pisar la calle.
+ En todos los transe&uacute;ntes adivinaba burlas; cualquier murmuraci&oacute;n
+ iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura.
+ &laquo;Hab&iacute;a sido rid&iacute;cula, hab&iacute;a hecho una tonter&iacute;a&raquo;;
+ esta idea fija la atormentaba. Si quer&iacute;a huir de ella, se la
+ recordaba sin cesar el dolor de sus pies, que ard&iacute;an, como
+ abrasados de verg&uuml;enza; aquellos pies que hab&iacute;an sido del p&uacute;blico,
+ desnudos una tarde entera.
+ </p>
+ <p>
+ Si quer&iacute;a consolarse con la religi&oacute;n y el amparo del
+ Magistral, su mal era mayor, porque sent&iacute;a que la fe, la fe
+ vigorosa, puramente ortodoxa, se derret&iacute;a dentro de su alma. En
+ cuanto a Santa Teresa hab&iacute;a concluido por no poder leerla; prefer&iacute;a
+ esto al tormento del an&aacute;lisis irreverente a que ella, Ana, se
+ entregaba sin querer al verse cara a cara con las ideas y las frases de la
+ santa. &iquest;Y el Magistral? Aquella compasi&oacute;n intensa que la hab&iacute;a
+ arrojado otra vez a las plantas de aquel hombre ya no exist&iacute;a. Los
+ triunfos hab&iacute;an desvanecido acaso a don Ferm&iacute;n. De todas
+ suertes, Ana ya no le ten&iacute;a l&aacute;stima; le ve&iacute;a
+ triunfante abusar tal vez de la victoria, humillar al enemigo...; ahora ve&iacute;a
+ ella claro; por lo menos no ve&iacute;a tan turbio como antes. Ella hab&iacute;a
+ sido tal vez un instrumento en manos de su <i>hermano mayor</i>. Cierto
+ que de Pas no hab&iacute;a vuelto a manifestar con movimientos pat&eacute;ticos
+ que le descubrieran, ni celos, ni amor, ni cosa parecida; Ana le observaba
+ con miradas de inquisidor, de las que algo le remord&iacute;a la
+ conciencia, y sin embargo no pudo notar s&iacute;ntomas de pasi&oacute;n
+ mundana. &iquest;Ve&iacute;a ella mal? &iquest;Disimulaba &eacute;l bien?
+ &iquest;O era que no hab&iacute;a nada? Ello fue que la devoci&oacute;n
+ antigua no volvi&oacute;, que la fe se desmoronaba, que las antiguas teor&iacute;as
+ que sin darse entonces cuenta de ellas hab&iacute;a o&iacute;do a su
+ padre, Ana las sent&iacute;a dentro de s&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Un pante&iacute;smo vago, po&eacute;tico, bonach&oacute;n y rom&aacute;ntico,
+ o mejor, un de&iacute;smo campestre, a lo Rousseau, sentimental y
+ optimista a la larga, aunque trist&oacute;n y un poco fosco; esto, todo
+ esto mezclado era lo que encontraba ahora Ana dentro de s&iacute; y lo que
+ se empe&ntilde;aba en que fuera todav&iacute;a pura religi&oacute;n
+ cristiana. No quer&iacute;a ella ni apostatar, ni filosofar siquiera;
+ tambi&eacute;n esto le parec&iacute;a rid&iacute;culo, pero sin querer las
+ ideas, las protestas, las censuras ven&iacute;an en tropel a su mente y a
+ su coraz&oacute;n. Esto era nuevo tormento. A pesar de todo segu&iacute;a
+ confesando a menudo con don Ferm&iacute;n. Le guardaba ahora una fidelidad
+ consuetudinaria; tem&iacute;a los remordimientos si faltaba a lo que cre&iacute;a
+ deber a aquel hombre. Tem&iacute;a sobre todo que si romp&iacute;a sus
+ relaciones devotas con &eacute;l, volviese una reacci&oacute;n de l&aacute;stima,
+ arrepentimiento y piedad imaginaria que la arrastrase a otra locura como
+ la del viernes Santo. Tantas ideas y sentimientos encontrados, la vida
+ retirada, y la conciencia de que en ella algo padec&iacute;a y se rebelaba
+ y amenazaba estallar, fueron concausas que trajeron las crisis nerviosas
+ que estaba curando Ben&iacute;tez lo mejor que pod&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Con toda el alma hab&iacute;a cre&iacute;do Ana que iba a volverse loca. A
+ una exaltaci&oacute;n sentimental suced&iacute;a un marasmo del esp&iacute;ritu
+ que causaba aton&iacute;a moral; la horrorizaba pensar que en tales d&iacute;as
+ eran indiferentes para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal.
+ &laquo;Dios, como dec&iacute;a ella, se le hac&iacute;a migajas en el
+ cerebro y entonces sent&iacute;a un abandono ambiente y una flaqueza de la
+ voluntad que la atormentaban y produc&iacute;an p&aacute;nico; el extremo
+ de la tortura era el desprecio de la l&oacute;gica, la duda de las leyes
+ del pensamiento y de la palabra, y por &uacute;ltimo el desvanecimiento de
+ la conciencia de su unidad; cre&iacute;a la Regenta que sus facultades
+ morales se separaban, que dentro de ella ya no hab&iacute;a nadie que
+ fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el v&eacute;rtigo,
+ el terror, que tra&iacute;a la reacci&oacute;n con gritos y pasmos perif&eacute;ricos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Por muchos d&iacute;as lo olvid&oacute; todo para no pensar m&aacute;s que
+ en su salud; la horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor
+ desconocido, extra&ntilde;o, del cerebro descompuesto. Llam&oacute; a Ben&iacute;tez
+ con toda el alma, y principio de la cura fue este mismo af&aacute;n y el
+ obedecer ciegamente las prescripciones del m&eacute;dico.
+ </p>
+ <p>
+ Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta ba&ntilde;os, lo m&aacute;s
+ y lo principal lo encomend&oacute; al cambio de vida, a la distracci&oacute;n,
+ al aire libre, a la alegr&iacute;a, a las emociones tranquilas. &iexcl;Al
+ campo, al campo! fue el grito de salvaci&oacute;n, y Ana y Quintanar (que
+ buen susto hab&iacute;a llevado tambi&eacute;n), gritaron sin cesar desde
+ la ma&ntilde;ana a la noche: &iexcl;Al campo, al campo!
+ </p>
+ <p>
+ Pero, &iquest;d&oacute;nde estaba el campo? Ellos no ten&iacute;an en la
+ provincia de Vetusta una quinta de recreo. Don V&iacute;ctor continuaba
+ siendo propietario en Arag&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Ana en un arranque de valor, de un valor mucho m&aacute;s heroico de lo
+ que pod&iacute;a suponer su marido, se atrevi&oacute; a decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Quintanar, &iquest;qu&eacute; te parece esta idea...? irnos a pasar
+ unos meses, hasta que vuelva el invierno....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A d&oacute;nde?&mdash;A tu tierra, a la Almunia de don
+ Godino.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor dio un salto.&mdash;&iexcl;Hija, por Dios!... ya soy
+ viejo para un traqueteo tan grande de mis pobres huesos.... &iexcl;La
+ Almunia!... &iexcl;con mil amores... en otro tiempo, pero ahora! Yo amo la
+ patria, es claro, soy aragon&eacute;s de coraz&oacute;n, y digo lo que el
+ poeta, que es muy feliz el que no ha visto
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">m&aacute;s r&iacute;o que el de su patria;</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ pero yo soy a estas horas m&aacute;s vetustense que otra cosa, y otro
+ poeta lo ha dicho tambi&eacute;n, el pr&iacute;ncipe Esquilache:
+ </p>
+ <p class="noindent">
+ <span style="margin-left: 4em;">Porque es la patria al que dichoso fuere</span><br />
+ <span style="margin-left: 4em;">donde se nace no, donde se quiere.</span><br />
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;La Almunia de don Godino! D&oacute;nde &iacute;bamos a parar.... Y
+ adem&aacute;s separarnos de Fr&iacute;gilis... de don &Aacute;lvaro, de
+ los Marqueses, de Ben&iacute;tez, &iexcl;imposible!
+ </p>
+ <p>
+ No se pens&oacute; m&aacute;s en ello. Ana en el fondo del alma, se alegr&oacute;
+ de lo muy vetustense que era aquel aragon&eacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Esta alegr&iacute;a se la ocult&oacute; a s&iacute; propia. Crey&oacute;
+ haber cumplido con su deber en este punto.
+ </p>
+ <p>
+ Pero &iquest;a d&oacute;nde ir&iacute;an a pasar aquellos meses de campo
+ que Ben&iacute;tez exig&iacute;a como condici&oacute;n indispensable para
+ la salud de Ana?
+ </p>
+ <p>
+ Un d&iacute;a se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a
+ m&aacute;s de Quintanar y los Marqueses, &Aacute;lvaro y Paco.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El m&eacute;dico&mdash;dec&iacute;a el ex-regente&mdash;exige que
+ la aldea a donde vayamos ofrezca una porci&oacute;n de circunstancias dif&iacute;ciles
+ de reunir.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Veamos&mdash;dijo de Marqu&eacute;s.&mdash;Ha de estar cerca de
+ Vetusta para que Ben&iacute;tez pueda hacernos frecuentes visitas y para
+ trasladar a Ana pronto a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante c&oacute;moda,
+ amena, ofrecer un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba
+ fresca, leche de vacas... &iexcl;qu&eacute; s&eacute; yo!
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro tuvo una inspiraci&oacute;n en aquel momento. Se acerc&oacute;
+ al o&iacute;do de Paco y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El Vivero! Paco adivin&oacute; y admir&oacute;. &laquo;&iexcl;S&oacute;lo
+ el genio ten&iacute;a aquellas revelaciones!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sin pensar en que secundaba planes mefistof&eacute;licos, dijo en voz
+ baja:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pap&aacute;, no conozco m&aacute;s quinta que re&uacute;na las
+ condiciones de Ben&iacute;tez que una... que est&aacute; a nuestra
+ disposici&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su
+ hijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El Vivero!&mdash;&iexcl;Bravo, bravo, eureka!&mdash;repet&iacute;a
+ el Marqu&eacute;s&mdash;. Paco tiene raz&oacute;n, &iexcl;al Vivero! se
+ van ustedes al Vivero.
+ </p>
+ <p>
+ Y la Marquesa:&mdash;&iexcl;Hermosa idea! &iexcl;Qu&eacute; gusto! Y nos
+ veremos a menudo antes de irnos a ba&ntilde;os....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor protest&oacute;.&mdash;&iexcl;C&oacute;mo el Vivero!
+ &iquest;Y ustedes?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nosotros no vamos este a&ntilde;o.&mdash;O iremos mucho m&aacute;s
+ tarde.&mdash;Y cuando vayamos cabremos todos.&mdash;All&iacute; hemos
+ dormido, cada cual con entera independencia, m&aacute;s de veinte personas&mdash;advirti&oacute;
+ &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es claro; aquello es un convento.&mdash;No se hable m&aacute;s, no
+ se hable m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo que no se hable m&aacute;s? &iquest;Y mi
+ delicadeza?
+ </p>
+ <p>
+ A pesar de la delicadeza de don V&iacute;ctor, qued&oacute; decretado que
+ su mujer y &eacute;l y los criados que quisieran llevar, ir&iacute;an a
+ pasar aquellos meses que ped&iacute;a Ben&iacute;tez en el Vivero, donde
+ ser&iacute;an due&ntilde;os absolutos.... Nada, nada, los Marqueses no
+ admitieron objeciones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;No eran parientes?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Cierto que s&iacute;&raquo;&mdash;tuvo que responder, muy
+ orgulloso, Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ Ana al saber la noticia, comprendi&oacute; que aquello era todo lo
+ contrario de irse a la Almunia de don Godino. Pero no quiso pensar en los
+ peligros que la estancia en el Vivero pod&iacute;a tener. Aborrec&iacute;a
+ ahora las cavilaciones. Sin embargo, sin investigar las causas de ello,
+ sinti&oacute; durante todo aquel d&iacute;a una alegr&iacute;a de ni&ntilde;a
+ satisfecha en sus gustos m&aacute;s vivos, y a&uacute;n m&aacute;s intenso
+ fue su placer al despertar a la ma&ntilde;ana siguiente con este
+ pensamiento: &laquo;Voy al Vivero a hacer vida de aldeana, a correr,
+ respirar, engordar... alegrar la vida... all&iacute; el sol, el agua
+ corriente, el follaje... la salud...&raquo; y como un acompa&ntilde;amiento
+ musical que encantaba toda aquella perspectiva, Ana sent&iacute;a una
+ indecisa esperanza que era como un sabor con perfumes... una esperanza...
+ no quer&iacute;a pensar de qu&eacute;... Pero ello era que el mundo parec&iacute;a
+ alegrarse, que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo,
+ de los que se gozan cuando duran las ilusiones. &laquo;Aquel Ben&iacute;tez
+ la estaba rejuveneciendo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de las hojas del libro de memorias que se refer&iacute;an,
+ a su modo, a la materia que va rese&ntilde;ada brevemente, Ana encontr&oacute;,
+ y en ella se detuvo, la p&aacute;gina en que r&aacute;pidamente hab&iacute;a
+ reflejado sus impresiones al entrar en el Vivero en un d&iacute;a de Abril
+ que parec&iacute;a de Junio, alegre, ardiente, despejado.
+ </p>
+ <p>
+ Ley&oacute; con deleite aquella p&aacute;gina, no recre&aacute;ndose en el
+ estilo, sino en los recuerdos. Dec&iacute;a:
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ &laquo;El Romero y el Clavel torcieron de repente; el land&oacute; se dobl&oacute;
+ sin ruido, nos sacudi&oacute; un poco, dejamos la carretera de Santianes y
+ las ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del
+ Vivero; los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos
+ hac&iacute;an cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la
+ frente como cabello movido por el viento. Se abri&oacute; la gran puerta
+ de la cerca vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de
+ la <i>quintana</i> vieja, despertando con el ruido resonancias en el
+ silencio del <i>palaci&oacute;n</i> cerrado y vac&iacute;o. Por mi gusto
+ nos hubi&eacute;ramos quedado a vivir en aquella casa inmensa, con dos
+ torres de piedra parda y soportales con columnas... pero el coche sigui&oacute;
+ al trote; el Marqu&eacute;s tiene la vanidad de hacer que la entrada al
+ Vivero <i>habitable</i> sea por aqu&iacute;, por delante de la antigua
+ mansi&oacute;n se&ntilde;orial.... Las ruedas vuelven a callar, como
+ enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estr&eacute;pito con los cascos
+ briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y flanqueada
+ de pretil de m&aacute;rmol con macetas y rosetones de verdura ex&oacute;tica.
+ </p>
+ <p>
+ La <i>casa nueva</i> nos sonr&iacute;e enfrente y delante de la coquetona
+ marquesina de la entrada nos detenemos; silencio general... un momento.
+ Habla el sol... nosotros gozamos; la limpieza, la correcci&oacute;n, la
+ elegancia parecen all&iacute; obra de la naturaleza, y el follaje, el
+ esplendor de su verdura, los susurros del aire discreto, la hermosura de
+ la perspectiva, los vuelos graciosos de miles de p&aacute;jaros, parecen
+ importaci&oacute;n del lujo; riqueza y naturaleza se juntan all&iacute;;
+ el sol, cortesano del <i>confort</i>, alumbra m&aacute;s.... &iexcl;Cosa
+ extra&ntilde;a! Yo no hab&iacute;a visto el Vivero hasta ahora, lo que se
+ llama ver, hasta ahora nunca hab&iacute;a comprendido esta armon&iacute;a
+ &iacute;ntima del lujo y del campo. Est&aacute; bien as&iacute;. Debe
+ haber rincones en la tierra en que no haya nada feo, ni pobre ni triste.
+ </p>
+ <p>
+ Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesi&oacute;n del Vivero,
+ comen con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Ya estamos solos. Examino toda la casa. En el piso bajo, sal&oacute;n,
+ billar, gabinete-biblioteca, galer&iacute;a de costura sobre el jard&iacute;n,
+ rodeada de cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de
+ m&aacute;rmol blanco. &iexcl;Qu&eacute; alegr&iacute;a! Todo es cristal,
+ flores, plantas de hojas gigantescas, de colores fuertes, raros. Lo que me
+ agrada m&aacute;s es el capricho del Marqu&eacute;s en el piso principal;
+ una galer&iacute;a con cierre de cristales rodea todo el edificio. He dado
+ dos vueltas a todo el corredor como si nunca hubiera visto el Vivero.
+ &iquest;Qu&eacute; ser&aacute; que todo me parece nuevo, mejor, m&aacute;s
+ elegante, m&aacute;s po&eacute;tico? Quintanar est&aacute; encantado, y se
+ me figura que tiene un poco de envidia.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ Vida excelente. La primavera entr&oacute; en mi alma. Madrugo. El ba&ntilde;o
+ me fortifica y me alegra el esp&iacute;ritu. Tendida en la pila, con la
+ mano en el grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantas&iacute;a
+ como en sopor se detiene en im&aacute;genes pl&aacute;sticas tranquilas y
+ suaves. Despu&eacute;s tiemblo dentro de la s&aacute;bana y vuelvo gozosa
+ al calor de mi cuerpo, contenta de la vida que siento circular por mis
+ venas. La cabeza est&aacute; firme; jam&aacute;s vienen a mortificarme
+ ideas sutiles, alambicadas.... Pienso poco, vagamente, y los pormenores de
+ los accidentes ordinarios que me rodean absorben lo mejor de mi atenci&oacute;n.
+ Ben&iacute;tez puede estar satisfecho. As&iacute; la salud volver&aacute;
+ con m&aacute;s fuerza. Vivir es esto: gozar del placer dulce de vegetar al
+ sol.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ Y sin embargo hay horas en que las vibraciones de las cosas me hablan de
+ una m&uacute;sica rec&oacute;ndita de ideas sentimientos. &iquest;Qu&eacute;
+ es esta esperanza de un bien incierto? A veces se me antoja todo el Vivero
+ escenario de una comedia o de una novela.... Entonces me parece m&aacute;s
+ solitario el bosque, m&aacute;s solitario el palacio. Esta soledad parece
+ meditabunda. Est&aacute; todo en silencio reflexivo, recordando los ruidos
+ de la alegr&iacute;a y del placer que latieron aqu&iacute;, o prepar&aacute;ndose
+ a retumbar con la algazara de fiestas venideras.... Insisto en ello, hay
+ aqu&iacute; algo de escenario antes de la comedia. Los vetustenses que
+ tienen la dicha de ser convidados a las excursiones del Vivero son los
+ personajes de las escenas que aqu&iacute; se representan.... Obdulia,
+ Visita, Edelmira, Paco, Joaquinito, &Aacute;lvaro... y tantos otros han
+ hablado aqu&iacute;, han cantado, corrido, jugado, bailado... re&iacute;do
+ sobre todo.... Y algo olfateo de la alegr&iacute;a pasada o algo presiento
+ de la alegr&iacute;a futura. S&iacute;, Quintanar dice bien, esto es el
+ para&iacute;so, &iquest;qu&eacute; nos falta a nosotros en &eacute;l? Seg&uacute;n
+ Quintanar, nada m&aacute;s que m&uacute;sica.... Oh, pues por m&uacute;sica
+ que no quede. Corro al sal&oacute;n a tocar <i>la donna &eacute; movile</i>,
+ con el dedo &iacute;ndice, mi &uacute;nico dedo m&uacute;sico. &iexcl;Qu&eacute;
+ cursi es esto seg&uacute;n Obdulia!... &iexcl;Una dama que no sabe tocar
+ el piano m&aacute;s que con un dedo!
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ Quintanar es feliz. &iexcl;Y es tan bueno! &iexcl;C&oacute;mo me cuida!
+ &iexcl;qu&eacute; agasajos, qu&eacute; mimos! Parece otro. Piensa m&aacute;s
+ en m&iacute; que en la marqueter&iacute;a. &iexcl;Pasa d&iacute;as enteros
+ sin serrar nada! No hay alma que no tenga su poes&iacute;a en el fondo. Su
+ alegr&iacute;a es demasiado bulliciosa, pero es sincera. Yo no podr&iacute;a
+ vivir aqu&iacute; sin &eacute;l. Imag&iacute;nole ausente, me veo aqu&iacute;
+ sola y tengo miedo y siento la soledad.... Luego no me estorba, luego su
+ compa&ntilde;&iacute;a me agrada.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ Petra, la misma Petra, me gusta aqu&iacute; en el campo.
+ </p>
+ <p>
+ Se viste como las aldeanas del pa&iacute;s, canta con ellas en la <i>quintana</i>,
+ se mete en la danza y toca la <i>trompa</i> con maestr&iacute;a. Ayer, al
+ morir el d&iacute;a, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la leng&uuml;eta
+ de hierro vibrando entre sus labios, los aires del pa&iacute;s mon&oacute;tonos
+ y de dulce tristeza. Pepe, el casero, cantaba cantares andaluces
+ convertidos en vetustenses... y Petra ta&ntilde;&iacute;a la <i>trompa</i>
+ quejumbrosa, y yo sent&iacute;a l&aacute;grimas dulces dentro del pecho...
+ y la vaga esperanza volv&iacute;a a iluminar mi esp&iacute;ritu. Cuanto m&aacute;s
+ triste la leng&uuml;eta de la <i>trompa</i>, m&aacute;s esperanza, m&aacute;s
+ alegr&iacute;a dentro de m&iacute;. Todo esto es salud, nada m&aacute;s
+ que salud.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ He tra&iacute;do al Vivero algunos libros de mi padre. Hac&iacute;a muchos
+ a&ntilde;os que no los hab&iacute;a abierto. Quintanar los ten&iacute;a en
+ los cajones m&aacute;s altos de sus estantes.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Qu&eacute; impresiones! He encontrado entre las hojas de una <i>Mitolog&iacute;a
+ ilustrada</i>, pedacitos de yerba de Loreto... eran polvo; papeles
+ escritos en que reconoc&iacute; mis garabatos de ni&ntilde;a... y un
+ marinero dibujado por mi pluma que, seg&uacute;n la leyenda que tiene al
+ pie, era <i>Germ&aacute;n</i>.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ Probablemente Ben&iacute;tez condenar&iacute;a este af&aacute;n de leer y
+ me prohibir&iacute;a la desmedida afici&oacute;n. &iexcl;Oh, qu&eacute;
+ cosas tan nuevas encuentro en estos libros que apenas entend&iacute;a en
+ Loreto! Los dioses, los h&eacute;roes, la vida al aire libre, el arte por
+ religi&oacute;n, un cielo lleno de pasiones humanas, el contento de este
+ mundo... el olvido de las tristezas hondas, del porvenir incierto... un
+ pueblo joven, sano en suma.... Quisiera saber dibujar para dar formas a
+ estas im&aacute;genes de la Mitolog&iacute;a que me asedian&raquo;.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ Ana, despu&eacute;s de leer estas y otras p&aacute;ginas, escribi&oacute;
+ sus impresiones de aquellos d&iacute;as. Don V&iacute;ctor vino a
+ interrumpirla para anunciarle que ya hab&iacute;a instalado su tienda de
+ campa&ntilde;a a la orilla del r&iacute;o, en el paraje m&aacute;s ameno y
+ fresco, junto a una mancha de sombra en el agua, donde infaliblemente habr&iacute;a
+ truchas.
+ </p>
+ <p>
+ Desde aquella tarde pescaron. Pescaron poco, pero muy alabado. Ana le&iacute;a
+ sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras
+ sujetaba la ca&ntilde;a con la mano izquierda, sin m&aacute;s fuerza que
+ la necesaria para que la corriente no la llevase.
+ </p>
+ <p>
+ Mientras ella, a orillas del r&iacute;o Soto, a media legua de Vetusta en
+ compa&ntilde;&iacute;a de su Quintanar, dejaba a las truchas escapar
+ muertas de risa, su imaginaci&oacute;n, vuelta a los tiempos y a los
+ parajes cl&aacute;sicos, se ba&ntilde;aba en el Cefiso, aspiraba los
+ perfumes de las rosas del Temp&eacute;, volaba al Escamandro, sub&iacute;a
+ al Taigeto y saltaba de isla en isla de Lesbos a las C&iacute;clades, de
+ Chipre a Sicilia....
+ </p>
+ <p>
+ D&iacute;a hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o
+ bien navegando en el barco prodigioso de cuyo m&aacute;stil floreciente
+ pend&iacute;an racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a
+ la prosaica orilla del Soto, llamada por la voz del ex-regente que
+ gritaba:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero muchacha, que te est&aacute;n comiendo el cebo!
+ </p>
+ <p>
+ No importaba; Ana era feliz y Quintanar tambi&eacute;n. &laquo;&iexcl;Parece
+ otro!&raquo; se dec&iacute;a ella. &laquo;&iexcl;Parece otra!&raquo;
+ pensaba &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ El tiempo volaba. Junio se meti&oacute; en calor. Vetusta en verano es una
+ Andaluc&iacute;a en primavera. Ana todas las ma&ntilde;anas, <i>por la
+ fresca</i> recorr&iacute;a la huerta y sacud&iacute;a las ramas cargadas
+ de cerezas acompa&ntilde;ada de don V&iacute;ctor, Pepe el casero y Petra;
+ llenaban grandes cestas, forradas con hojas de higuera, de aquellos
+ corales h&uacute;medos y relucientes; y la Regenta sent&iacute;a singular
+ voluptuosidad sana y risue&ntilde;a al pasar la fin&iacute;sima mano
+ blanca por las cerezas api&ntilde;adas sobre la verdura de las hojas
+ anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del Marqu&eacute;s
+ y a veces a las de sus amigos. Una ma&ntilde;ana vio Ana que Petra y Pepe
+ llenaban de la m&aacute;s colorada fruta un canastillo de paja blanca y de
+ colores. Ana se acerc&oacute; a ayudarlos. De pronto dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Para qui&eacute;n es esto?&mdash;Para don &Aacute;lvaro&mdash;contest&oacute;
+ Petra.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, voy a llev&aacute;rselo yo mismo a la fonda&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+ Pepe sonriendo ya a la propina que ve&iacute;a en lontananza.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sinti&oacute; que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto
+ le pareci&oacute; de repente m&aacute;s dulce y voluptuoso.
+ </p>
+ <p>
+ Y cuando nadie la ve&iacute;a, a hurtadillas, sin pensar lo que hac&iacute;a,
+ sin poder contenerse, como una colegiala enamorada, bes&oacute; con fuego
+ la paja blanca del canastillo. Bes&oacute; las cerezas tambi&eacute;n... y
+ hasta mordi&oacute; una que dej&oacute; all&iacute;, se&ntilde;alada
+ apenas por la huella de dos dientes.
+ </p>
+ <p>
+ Y asustada de su desfachatez pens&oacute; todo el d&iacute;a en la
+ aventura, sin verg&uuml;enza.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Tambi&eacute;n esto era cosa de la salud!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La v&iacute;spera de San Pedro, por la noche, el Magistral recibi&oacute;
+ un B. L. M. del marqu&eacute;s de Vegallana invit&aacute;ndole a pasar el
+ d&iacute;a siguiente, desde la hora en que le dejasen libre sus deberes de
+ la catedral, en el Vivero en compa&ntilde;&iacute;a de los due&ntilde;os
+ de la quinta y de sus actuales inquilinos los se&ntilde;ores de Quintanar,
+ m&aacute;s otros muchos buenos amigos. Pertenec&iacute;a el Vivero a la
+ parroquia rural de San Pedro de Santianes; Pepe el casero era aquel a&ntilde;o
+ factor de la fiesta de la parroquia, y pensaba echar la casa por la
+ ventana, &laquo;para no dejar mal al se&ntilde;or Marqu&eacute;s&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Anita, en la postdata de su &uacute;ltima carta dec&iacute;a al confesor:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;El Marqu&eacute;s me ha dicho que piensa invitar a usted a la romer&iacute;a
+ de San Pedro. Somos nosotros <i>los factores</i>... Supongo que no faltar&aacute;
+ usted. Ser&iacute;a un solemne desaire&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No, no faltar&eacute;, pensaba don Ferm&iacute;n dando vueltas en
+ la cama. Ojal&aacute; tuviera valor para faltar, para despreciaros, para
+ olvidarlo todo... pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesi&oacute;n
+ que me vence siempre. S&iacute;, si he de acabar por ir, si estoy seguro
+ de que al fin he de tomar el camino del Vivero, m&aacute;s vale ahorrarme
+ el tormento de la batalla y declararme vencido. Ir&eacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y no pudo dormir una hora seguida en toda la noche. Pero esto era achaque
+ antiguo ya. Desde que Anita &laquo;<i>hab&iacute;a vuelto a enga&ntilde;arle</i>&raquo;
+ don Ferm&iacute;n no gozaba hora de sosiego.
+ </p>
+ <p>
+ Como el Marqu&eacute;s no le hab&iacute;a invitado a hacer el viaje en su
+ coche, lo cual tal vez indicaba cierta frialdad premeditada, que De Pas
+ fing&iacute;a no sentir, tuvo el se&ntilde;or can&oacute;nigo que ir en
+ persona a alquilar una berlina. Mand&oacute; que le esperase fuera del
+ Espol&oacute;n a las diez en punto. Fue a la catedral, pero no pudo parar
+ all&iacute; y a las nueve y media ya estaba en medio de la carretera de
+ Santianes o del Vivero pase&aacute;ndola a lo ancho, agitado, p&aacute;lido,
+ de un humor de mil diablos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;A qu&eacute; voy yo all&aacute;? De fijo estar&aacute; el
+ otro. &iquest;Que voy yo a hacer all&iacute;? &iexcl;Maldito Vivero!&raquo;.
+ La berlina tardaba. De Pas daba pataditas de impaciencia. Por fin lleg&oacute;
+ el coche destartalado, sucio, a paso de tortuga.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Al Vivero, a escape!&mdash;grit&oacute; don Ferm&iacute;n
+ dej&aacute;ndose caer como un plomo sobre el asiento duro que cruji&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Sonri&oacute; el cochero, sacudi&oacute; un latigazo al aire, el caballo
+ extenuado salt&oacute; sobre la carretera dos o tres minutos, y como si
+ aquello fuese una falta de formalidad indigna de sus a&ntilde;os, que eran
+ muchos, volvi&oacute; al paso perezoso sin protesta de nadie.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral record&oacute; que en aquella misma berlina u otro coche de
+ la misma casa por lo menos, pocas semanas antes iba &eacute;l llorando de
+ alegr&iacute;a, llena el alma de esperanzas, de proyectos que le hac&iacute;an
+ cosquillas en los sentidos y en lo m&aacute;s profundo de las entra&ntilde;as.
+ Y ahora un presentimiento le dec&iacute;a que todo hab&iacute;a acabado,
+ que Ana ya no era suya, que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero
+ era rid&iacute;culo; que si estaba all&iacute; Mes&iacute;a, como era casi
+ seguro, todas las ventajas eran del petimetre. Vest&iacute;a el Provisor
+ balandr&aacute;n de alpaca fina con botones muy peque&ntilde;os, de
+ esclavina cortada en forma de alas de murci&eacute;lago. Ten&iacute;a algo
+ su traje del que luce Mefist&oacute;feles en el <i>Fausto</i> en el acto
+ de la serenata. Hab&iacute;a deliberado mucho tiempo a solas: &iquest;qu&eacute;
+ ropa llevar&iacute;a? Cada vez le pesaba m&aacute;s la sotana y le
+ abrumaba m&aacute;s el manteo. El sombrero de teja larga era odioso;
+ demasiado corto era cursi, rid&iacute;culo, parec&iacute;a cosa de don
+ Custodio; muy cerrado, antiguo, muy abierto, indigno de un Vicario
+ general. &iquest;Ir&iacute;a de levita? &iexcl;Vade retro! No, el cura de
+ levita se convierte por fuerza en cura de aldea o en cl&eacute;rigo
+ liberal. El Magistral muy pocas veces recurr&iacute;a a tal indumentaria.
+ Oh, si le fuera l&iacute;cito vestir su traje de cazador, su zamarra ce&ntilde;ida,
+ su pantal&oacute;n fuerte y apretado al muslo, sus botas de montar, su
+ chambergo, entonces s&iacute;, ir&iacute;a de paisano, y la vanidad le dec&iacute;a
+ que en tal caso no tendr&iacute;a que temer el parang&oacute;n con el
+ arrogante mozo a quien aborrec&iacute;a. S&iacute;, a quien aborrec&iacute;a.
+ Don Ferm&iacute;n ya no se lo ocultaba a s&iacute; mismo. No daba nombre a
+ su pasi&oacute;n, pero reconoc&iacute;a todos sus derechos y estaba muy
+ lejos de sentir remordimientos. &laquo;&Eacute;l era cura, cura, una cosa
+ rid&iacute;cula, puestas las cosas en el estado a que hab&iacute;an
+ llegado&raquo;. Hab&iacute;a comprendido que Ana sent&iacute;a repugnancia
+ ante el can&oacute;nigo en cuanto el can&oacute;nigo quer&iacute;a
+ demostrarle que adem&aacute;s era hombre. &laquo;&iexcl;Y s&iacute; era
+ hombre vive Dios que era hombre, y tanto y m&aacute;s que el otro; capaz
+ de deshacerle entre sus brazos, de arrojarle tan alto como una pelota!...&raquo;.
+ Dejaba de pensar en sus tristezas y en su c&oacute;lera. Miraba como tonto
+ los accidentes del paisaje, los palos del tel&eacute;grafo que iba dejando
+ atr&aacute;s de tarde en tarde. Tuvo que levantar los vidrios de las
+ ventanillas porque el polvo le sofocaba. El sol le aburr&iacute;a y le
+ picaba; no hab&iacute;a cortinas. El viaje se hac&iacute;a interminable.
+ Aquella media legua se hab&iacute;a estirado indefinidamente. &laquo;El
+ Marqu&eacute;s se hab&iacute;a portado como un grosero no ofreci&eacute;ndole
+ un asiento en su coche. La culpa la ten&iacute;a &eacute;l que hab&iacute;a
+ aceptado el convite. &iquest;Pero qu&eacute; remedio?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Oy&oacute; el estr&eacute;pito de cascos de caballo que machacaba la grava
+ reciente detr&aacute;s de la berlina. Se asom&oacute; a ver qui&eacute;nes
+ eran los jinetes y reconoci&oacute; a don &Aacute;lvaro y a Paco que
+ pasaron al galope de dos hermosos caballos blancos, de pura raza espa&ntilde;ola.
+ </p>
+ <p>
+ Ellos no le vieron; el placer de la carrera los llevaba absortos y no
+ repararon en la m&iacute;sera berlina que segu&iacute;a al paso. Incapaz
+ de toda noble emulaci&oacute;n, el m&iacute;sero jaco de alquiler sigui&oacute;
+ caminando lo menos posible, seguro de que la felicidad no estaba en el t&eacute;rmino
+ de ninguna carrera de este mundo. Para comer mal siempre se llega a
+ tiempo. Esta era toda su filosof&iacute;a. El cochero deb&iacute;a de ser
+ disc&iacute;pulo del caballo.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando el Magistral lleg&oacute; al Vivero no hab&iacute;a ning&uacute;n
+ convidado en la casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban
+ tampoco.
+ </p>
+ <p>
+ Petra se le present&oacute; vestida de aldeana, con una coqueter&iacute;a
+ provocativa, luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana
+ sujeto atr&aacute;s, sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy
+ apretado al cuerpo esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubr&iacute;a
+ otra roja que se vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela.
+ Estaba hermosa y segura de ello. Sonri&oacute; al Magistral, y dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Los se&ntilde;ores est&aacute;n en San Pedro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya lo supon&iacute;a, hija m&iacute;a, pero vengo muerto de sed
+ y....
+ </p>
+ <p>
+ La aldeana fingida sirvi&oacute; en la glorieta del jard&iacute;n al
+ Magistral un refresco delicioso que improvis&oacute; con arte.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hac&iacute;an
+ all&iacute; los se&ntilde;ores.
+ </p>
+ <p>
+ Petra dijo que do&ntilde;a Ana parec&iacute;a otra: &iexcl;qu&eacute;
+ alegre! &iexcl;qu&eacute; revoltosa! nada de encerrarse en la capilla
+ horas y horas, nada de rezar siglos y siglos, nada de leer a su Santa
+ Teresa eternidades.... Vamos, era otra. &iquest;Y salud? Como un roble.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;El se&ntilde;orito Paco vino?&mdash;pregunt&oacute; de
+ repente De Pas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, har&aacute; un cuarto de hora. Llegaron
+ &eacute;l y el se&ntilde;orito &Aacute;lvaro, a caballo, a escape; tomaron
+ un refresco como usted, y corrieron a San Pedro.... Creo que no hab&iacute;an
+ o&iacute;do misa y quisieron coger la de la fiesta....
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de cohetes
+ cargados de dinamita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya est&aacute;n al alzar&mdash;dijo la doncella.
+ </p>
+ <p>
+ Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que
+ pregunt&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;La iglesia est&aacute; cerca, creo, saliendo por ah&iacute;
+ por el bosque, verdad?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; pero hay tres callejas que se cruzan y
+ puede darse en el r&iacute;o en vez de... si quiere usted ir, le acompa&ntilde;ar&eacute;
+ yo misma; ahora no tengo nada que hacer all&aacute; dentro....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Si eres tan amable.... Petra ech&oacute; a andar delante del
+ Magistral. Por un postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de
+ corpulentas encinas y robles retorcidos y &aacute;speros. Ocupaba el
+ bosque las laderas de una loma y el altozano, que era lo m&aacute;s
+ espeso. Sub&iacute;a un repecho y don Ferm&iacute;n ve&iacute;a los bajos
+ irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo Petra, m&aacute;s algo
+ de la muy bordada falda blanca y de una media de seda calada, refinada
+ coqueter&iacute;a que quitaba propiedad al traje y por lo mismo le daba
+ picante atractivo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; calor, don Ferm&iacute;n!&mdash;dec&iacute;a la
+ rubia, enjugando el sudor de la frente con pa&ntilde;uelo de batista
+ barata.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mucho, rubita, mucho&mdash;respond&iacute;a el Magistral, desabroch&aacute;ndose
+ el maldito balandr&aacute;n y soplando con fuerza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que all&aacute; en
+ Matalerejo tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n te lo ha dicho a ti?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bah! Teresina...&mdash;&iquest;Sois amigas, eh?&mdash;Mucho.
+ Silencio. Los dos meditan. El can&oacute;nigo reanuda el di&aacute;logo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No creas; yo, aqu&iacute; donde me ves, soy un aldeano; juego a los
+ bolos que ya ya....
+ </p>
+ <p>
+ Petra se detuvo y se volvi&oacute; para ver a don Ferm&iacute;n que hac&iacute;a
+ el adem&aacute;n de arrojar una bola de roble por la c&oacute;ncava bolera
+ adelante....
+ </p>
+ <p>
+ Ri&oacute; la doncella y continuando la marcha, dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, que es usted fuerte no necesita decirlo: bien a la vista est&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Callaron otra vez. Detr&aacute;s de la loma, y ya m&aacute;s cerca,
+ estallaron cohetes de dinamita y en seguida la gaita y el tamboril de
+ timbre tembloroso, apagadas las voces por la distancia, resonaron al trav&eacute;s
+ de la hojarasca del bosque.
+ </p>
+ <p>
+ La gaita hablaba a las entra&ntilde;as del Provisor y de Petra, ambos
+ aldeanos. Volvieron a mirarse y a sonre&iacute;rse.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya vuelven&mdash;dijo Petra, deteni&eacute;ndose de nuevo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Llegamos tarde?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; la comitiva tomar&aacute; el camino de la
+ calleja de abajo y cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estar&aacute;n
+ en el Vivero....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De modo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De modo, que es mejor volvernos. &iexcl;Ay, don Ferm&iacute;n, perd&oacute;neme
+ usted este paseo... esta molestia!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, hija, no hay de qu&eacute;... al contrario.... Aqu&iacute; se
+ est&aacute; bien... esta sombra... pero yo estoy algo cansado... y con tu
+ permiso... entre aquellas ra&iacute;ces, sobre aquel mont&oacute;n verde y
+ fresco de yerba segada... &iquest;eh? &iquest;qu&eacute; te parece? voy a
+ sentarme un rato....
+ </p>
+ <p>
+ Y lo hizo como lo dijo. Petra, sin atreverse a sentarse y sin querer dejar
+ el puesto, mir&oacute; al suelo ruborosa, hizo movimientos felinos, y se
+ puso a retorcer una punta del delantal....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Cansado? &iexcl;bah!&mdash;se atrevi&oacute; a decir&mdash;un
+ mozo como usted....
+ </p>
+ <p>
+ La gaita y el tambor llenaban las b&oacute;vedas verdes con sus
+ chorretadas, alegres ahora, luego melanc&oacute;licas, cargadas siempre de
+ ideales perfumes campestres, de recuerdos amables.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral mord&iacute;a yerbas largas y &aacute;speras y meditaba con
+ una sonrisa amarga entre los labios. &laquo;&iexcl;Iron&iacute;as de la
+ suerte! El fruto que se ofrec&iacute;a, que le ca&iacute;a en la boca, all&iacute;...
+ despreciado... y el imposible codiciado... cuanto m&aacute;s imposible, m&aacute;s
+ codiciado.... Sin embargo, para que fuese menos rid&iacute;cula su situaci&oacute;n
+ en el Vivero, le parec&iacute;a muy oportuno poner por obra lo que
+ meditaba. Y adem&aacute;s, a &eacute;l le conven&iacute;a tener de su
+ parte a la doncella de la Regenta, hacerla suya, completamente suya...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Petra....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Se&ntilde;or?&mdash;grit&oacute; ella fingiendo susto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Quieres crecer? Pues bastante buena moza eres. Mira, no
+ seas tonta... si no tienes prisa... puedes sentarte.... As&iacute; como as&iacute;,
+ yo quisiera preguntarte... algunas cositas respecto de....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Lo que usted quiera, don Ferm&iacute;n. Por aqu&iacute; de fijo no
+ pasa nadie; porque, sobre que poca gente atraviesa el bosque para ir a la
+ iglesia, los que van siguen la trocha casa del le&ntilde;ador; es muy
+ fresca y tiene asientos muy c&oacute;modos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mejor que mejor. Hablaremos m&aacute;s a gusto. Vamos all&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Se levant&oacute; y emprendieron la marcha. Sub&iacute;an en silencio. El
+ monte se hac&iacute;a m&aacute;s espeso.
+ </p>
+ <p>
+ La gaita y el tambor sonaban ya muy lejos, como una aprensi&oacute;n de
+ ruido.
+ </p>
+ <p>
+ Petra, al llegar a la casa del le&ntilde;ador, se dej&oacute; caer sobre
+ la yerba, algo distante de don Ferm&iacute;n; y encarnada como su saya
+ bajera, se atrevi&oacute; a mirarle cara a cara con ojos serios y
+ decidores.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se sent&oacute; dentro de la caba&ntilde;a.
+ </p>
+ <p>
+ Hablaron. Por algo don Ferm&iacute;n tem&iacute;a el momento de
+ encontrarse con la comitiva, como dec&iacute;a Petra. Cuando media hora
+ despu&eacute;s entraba solo por el postigo del bosque en la huerta, lo
+ primero que vio fue a la Regenta metida en el pozo seco, cargado de yerba,
+ y a su lado a don &Aacute;lvaro que se defend&iacute;a y la defend&iacute;a
+ de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaqu&iacute;n y don V&iacute;ctor
+ que arrojaban sobre ellos todo el heno que pod&iacute;an robar a pu&ntilde;ados
+ de una vara de yerba, que se ergu&iacute;a en la pr&oacute;xima pomarada
+ de Pepe el casero.
+ </p>
+ <p>
+ El Marqu&eacute;s gritaba desde la galer&iacute;a del primer piso:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Eh, locos! &iexcl;locos! que os echo los perros, que destroz&aacute;is
+ la yerba de Pepe.... &iquest;Qu&eacute; va a cenar el ganado? &iexcl;Locos!...&mdash;Pepe,
+ no lejos del pozo, vestido con los trapos de cristianar, m&aacute;s una
+ corbata negra que hab&iacute;a cre&iacute;do digna de un factor, dejaba
+ hacer, dejaba pasar, se rascaba la cabeza y sonre&iacute;a gozoso....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Deje, se&ntilde;or, deje que <i>rebrinquen</i> los se&ntilde;oritos,
+ que la <i>erba</i> yo la apa&ntilde;ar&eacute;... en sin perjuicio....
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados,
+ no pudo ver al Magistral hasta que se acab&oacute; la broma y le toc&oacute;
+ salir del pozo... con ayuda de don &Aacute;lvaro y los que estaban fuera.
+ </p>
+ <p>
+ No se avergonz&oacute; de que su confesor la hubiera visto en tal situaci&oacute;n....
+ Le salud&oacute; amable, bulliciosa, y volvi&oacute; con Obdulia, con
+ Visita y con Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaqu&iacute;n,
+ don &Aacute;lvaro y don V&iacute;ctor.
+ </p>
+ <p>
+ Del Magistral se apoder&oacute; el Marqu&eacute;s que le llev&oacute; al
+ sal&oacute;n donde estaban la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa
+ y su hija mayor, que no quer&iacute;a correr con <i>aquellos locos</i>; el
+ Bar&oacute;n, Ripamil&aacute;n, Berm&uacute;dez, que tampoco quer&iacute;a
+ correr, Ben&iacute;tez el m&eacute;dico de Anita, y otros vetustenses
+ ilustres.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted, se&ntilde;or Provisor&mdash;dijo Vegallana&mdash;; la
+ fiesta se ha dividido en dos partes: como Pepe es el factor, ha convidado
+ a todos los curas de la comarca, catorce salvo error; yo les he propuesto
+ venirse a comer aqu&iacute; con nosotros, pero como algunos de ellos son
+ cerriles, comprend&iacute; que prefer&iacute;an verse libres de damas y
+ caballeretes de la ciudad y se les ha puesto su mesa en el palacio viejo,
+ donde yo pienso acompa&ntilde;arlos. Ahora bien, yo propon&iacute;a a
+ Ripamil&aacute;n que viniese conmigo, pero &eacute;l no quiere.... Si
+ usted fuese tan amable que me acompa&ntilde;ara, aquellos buenos p&aacute;rrocos
+ se creer&iacute;an honrados infinitamente... &iexcl;ya ve usted, como
+ usted es el se&ntilde;or Vicario general!...
+ </p>
+ <p>
+ No hubo m&aacute;s remedio. El Magistral tuvo que comer con el Marqu&eacute;s
+ y los curas en el palacio viejo.
+ </p>
+ <p>
+ Petra se encarg&oacute; de presidir el servicio de la <i>mesa de aldea</i>,
+ a&uacute;n vestida de aldeana del pa&iacute;s, y colorada, echando chispas
+ de oro de los rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos,
+ elocuentes, llenos de una alegr&iacute;a maligna que robaba los corazones
+ de los aldeanos y de algunos cl&eacute;rigos rurales.
+ </p>
+ <p>
+ A la hora del caf&eacute; don Ferm&iacute;n no pudo resistir m&aacute;s,
+ se escap&oacute; como pudo y volvi&oacute; a la casa nueva, donde la
+ algazara hab&iacute;a llegado a ser estr&eacute;pito de los diablos. En el
+ momento de entrar &eacute;l, don V&iacute;ctor (con una montera <i>picona</i>
+ en la cabeza) cantaba un d&uacute;o con Ripamil&aacute;n, rejuvenecido,
+ junto al piano, que tocaba como sab&iacute;a don &Aacute;lvaro, con un
+ puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos
+ brillantes que el humo del cigarro cegaba.
+ </p>
+ <p>
+ Las se&ntilde;oras ya no estaban all&iacute;. La Marquesa, la gobernadora
+ y la Baronesa paseaban por la huerta; la gente <i>joven</i>, Obdulia,
+ Visita, Ana, Edelmira y la ni&ntilde;a del Bar&oacute;n, corr&iacute;an
+ solas por el bosque.
+ </p>
+ <p>
+ Se las o&iacute;a gritar, desde la galer&iacute;a de cristales. Obdulia,
+ Visita y Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los
+ hombres.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; lo comprendi&oacute; Joaqu&iacute;n que propuso a Paco dejar el
+ concierto de Quintanar y don Cayetano y correr detr&aacute;s de <i>aquellas</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Deja, luego&mdash;dec&iacute;a Paco, que gozaba mucho con las
+ canciones antiqu&iacute;simas de Ripamil&aacute;n y ya se iba cansando a
+ ratos de su prima.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Quintanar y el Arcipreste se quedaron roncos, que fue pronto, se
+ dej&oacute; el piano y se cumplieron los deseos de Orgaz. &Eacute;l, Paco,
+ Mes&iacute;a y Berm&uacute;dez salieron de la casa y entraron en el
+ bosque. &laquo;Ya no se o&iacute;an los gritos de <i>aquellas</i>&raquo;.
+ &laquo;&iquest;Se habr&iacute;an escondido?&raquo;. &laquo;Eso deb&iacute;a
+ de ser&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;A buscarlas cada cual por su lado&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Magn&iacute;fico! &iexcl;magn&iacute;fico!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se dispersaron y pronto dejaron de verse unos a otros.
+ </p>
+ <p>
+ Berm&uacute;dez, en cuanto se sinti&oacute; solo, se sent&oacute; sobre la
+ yerba. Un encuentro a solas con cualquiera de aquellas se&ntilde;oras y se&ntilde;oritas
+ en un bosque espeso de encinas seculares, le parec&iacute;a una situaci&oacute;n
+ que exig&iacute;a una oratoria especial de la que &eacute;l no se sent&iacute;a
+ capaz. Y, sin embargo, &iexcl;qu&eacute; deliciosa podr&iacute;a ser una
+ conferencia &iacute;ntima con Obdulia o con Ana <i>sobre la verde alfombra</i>!
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral tuvo que quedarse con Ripamil&aacute;n, don V&iacute;ctor, el
+ gobernador, Ben&iacute;tez y otros se&ntilde;ores graves. Ben&iacute;tez
+ era joven, pero prefer&iacute;a hacer la digesti&oacute;n sentado y
+ fumando un buen cigarro.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor se acerc&oacute; al m&eacute;dico, en el hueco de un
+ balc&oacute;n y De Pas pudo o&iacute;r el di&aacute;logo que entablaron.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Oh! no puede figurarse usted cu&aacute;nto le debo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A m&iacute;, don V&iacute;ctor?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; a usted; Ana es otra. &iexcl;Qu&eacute; alegr&iacute;a,
+ qu&eacute; salud, qu&eacute; apetito! Se acabaron las cavilaciones, la
+ devoci&oacute;n exagerada, las aprensiones, los nervios... las locuras...
+ como aquella de la procesi&oacute;n.... Oh, cada vez que me acuerdo se me
+ crispan los... pues nada, ya no hay nada de aquello. Ella misma est&aacute;
+ avergonzada de lo pasado. Se ha convencido de que la santidad ya no es
+ cosa de este siglo. Este es el siglo de las luces, no es el siglo de los
+ santos. &iquest;No opina usted lo mismo, se&ntilde;or Ben&iacute;tez?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; se&ntilde;or&mdash;dijo el m&eacute;dico sonriendo y
+ chupando su cigarro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo que usted opina que mi mujer est&aacute; curada del
+ todo?... &iquest;radicalmente?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Do&ntilde;a Ana, amigo m&iacute;o, no estaba enferma; se lo he
+ dicho a usted cien veces; lo que ten&iacute;a se curaba sin m&aacute;s que
+ cambiar de vida; pero no era enfermedad... por eso no puede decirse con
+ exactitud que se ha curado... por lo dem&aacute;s... esa misma exaltaci&oacute;n
+ de la alegr&iacute;a, ese optimismo, ese olvido sistem&aacute;tico de sus
+ antiguas aprensiones... no son m&aacute;s que el reverso de la misma
+ medalla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo? usted me asusta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues no hay por qu&eacute;. Do&ntilde;a Ana es as&iacute;;
+ extremosa... viva... exaltada... necesita mucha actividad, algo que la
+ estimule... necesita....
+ </p>
+ <p>
+ Ben&iacute;tez mascaba el cigarro y miraba a don V&iacute;ctor, que abr&iacute;a
+ mucho los ojos, con expresi&oacute;n misteriosa de l&aacute;stima un poco
+ burlesca.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; necesita?&mdash;Eso... un est&iacute;mulo
+ fuerte, algo que le ocupe la atenci&oacute;n con... fuerza...; una
+ actividad... grande... en fin, eso... que es extremosa por
+ temperamento.... Ayer era m&iacute;stica, estaba enamorada del cielo;
+ ahora come bien, se pasea al aire libre entre &aacute;rboles y flores... y
+ tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la man&iacute;a de la
+ salud....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es verdad; no habla m&aacute;s que de la salud la pobrecita.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; pobrecita! &iquest;Pobrecita por qu&eacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Por qu&eacute;? por esos extremos... por esos est&iacute;mulos
+ que necesita....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y eso qu&eacute; importa? Su temperamento exige todo
+ eso....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo que usted cree que ayer era devota, exageradamente
+ devota porque... tal vez hab&iacute;a quien influ&iacute;a en su esp&iacute;ritu
+ en cierto sentido?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Justo. Es muy probable. Don V&iacute;ctor, aturdido como sol&iacute;a,
+ hablaba sin miedo de ser o&iacute;do, sin ver al Magistral, que fingiendo
+ leer un peri&oacute;dico y a ratos atender a Ripamil&aacute;n, se
+ esforzaba en no perder ni una palabra del di&aacute;logo del balc&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo... que el cambio de Anita se debe a... otra
+ influencia?... &iquest;su pasi&oacute;n por el campo, por la alegr&iacute;a,
+ por las distracciones se debe... a un nuevo influjo?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; se&ntilde;or; es un aforismo m&eacute;dico: <i>ubi
+ irritatio ibi fluxus</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Perfectamente! &iexcl;<i>Ubi irritatio</i>... justo, <i>ibi</i>...
+ <i>fluxus</i>!
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Convencido! Pero aqu&iacute; el nuevo influjo... &iquest;d&oacute;nde
+ est&aacute;? Veo el otro, el clero, el jesuitismo... pero, &iquest;y este?
+ &iquest;qui&eacute;n representa esta nueva influencia... esta nueva <i>irritatio</i>
+ que pudi&eacute;ramos decir?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues es bien claro. Nosotros. El nuevo r&eacute;gimen, la higiene,
+ el Vivero... usted... yo... los alimentos sanos... la leche... el aire...
+ el heno... el tufillo del establo... la brisa de la ma&ntilde;ana... etc.,
+ etc.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Basta, basta; comprendido... la higiene... la leche... el olor del
+ ganado... &iexcl;magn&iacute;fico!... &iexcl;De modo que Ana est&aacute;
+ salvada!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; se&ntilde;or.&mdash;&iquest;Porque esta nueva exageraci&oacute;n
+ no puede llevarnos a nada malo?...
+ </p>
+ <p>
+ Ben&iacute;tez escupi&oacute; un pedazo del puro, que hab&iacute;a roto
+ con los dientes, y contest&oacute; con la misma sonrisa de antes:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A nada.&mdash;&iexcl;Santa B&aacute;rbara!&mdash;grit&oacute;
+ Quintanar cerrando los ojos y poni&eacute;ndose en pie de un salto.
+ </p>
+ <p>
+ Y tras el rel&aacute;mpago, que le hab&iacute;a deslumbrado, retumb&oacute;
+ un trueno que hizo temblar las paredes. Cesaron todas las conversaciones,
+ todos se pusieron en pie; Ripamil&aacute;n y don V&iacute;ctor estaban p&aacute;lidos.
+ Eran dos hombres valientes de veras que se echaban a temblar en cuanto
+ sonaba un trueno.
+ </p>
+ <p>
+ Ripamil&aacute;n, aunque algo sordo de algunos a&ntilde;os ac&aacute;, hab&iacute;a
+ o&iacute;do perfectamente la descarga de las nubes y ya se sent&iacute;a
+ mal. No ten&iacute;a bastante confianza para pedir un colch&oacute;n con
+ que taparse la cabeza, seg&uacute;n acostumbraba hacer en su casa.
+ </p>
+ <p>
+ Todos los convidados, menos los dos miedosos, se acercaron a los balcones
+ para ver llover. Ca&iacute;a el agua a torrentes. All&aacute; al extremo
+ de la huerta se ve&iacute;a a la Marquesa y a las se&ntilde;oras que la
+ acompa&ntilde;aban refugiadas bajo la c&uacute;pula del Belvedere que
+ dominaba el paisaje, en una esquina del predio, junto a la tapia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y los chicos?&mdash;pregunt&oacute; Ripamil&aacute;n
+ asustado, fingiendo temer por los dem&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Llamaba <i>los chicos</i> a los que hab&iacute;an salido al bosque.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es verdad! &iquest;Qu&eacute; era de ellos? Hay que
+ buscarlos.... Se van a poner perdidos&mdash;exclam&oacute; Quintanar,
+ acord&aacute;ndose de su mujer, lleno de remordimientos por no haberlo
+ dicho antes.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no pensaba en otra cosa, pero callaba. Estaba pasando un
+ purgatorio y aquello era ya el colmo. &laquo;Los otros en el bosque... y
+ el cielo cayendo a c&aacute;ntaros sobre ellos.... &iexcl;A qu&eacute;
+ cosas no estar&iacute;a obligando la galanter&iacute;a de don &Aacute;lvaro
+ en aquel momento!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es preciso ir a buscarlos&mdash;dec&iacute;a el gobernador.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hay que llevarles paraguas...&mdash;Y el caso es que la Marquesa
+ est&aacute; sitiada por el chubasco all&aacute; abajo y no puede
+ disponer....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y el Marqu&eacute;s est&aacute; con sus curas en el palacio viejo y
+ no puede venir y mandar....
+ </p>
+ <p>
+ Y se deliber&oacute; largamente qu&eacute; se har&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hay que salvar a los n&aacute;ufragos&mdash;dijo el Bar&oacute;n a
+ guisa de chiste.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral, que hab&iacute;a salido del sal&oacute;n, se present&oacute;
+ con dos paraguas grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreci&oacute; uno a
+ don V&iacute;ctor, diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que tambi&eacute;n
+ lo soy... &iexcl;al monte! &iexcl;al monte!
+ </p>
+ <p>
+ Y con los ojos, al decir esto, se lo com&iacute;a, y le insultaba llam&aacute;ndole
+ con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bravo, bravo!&mdash;gritaron aquellos se&ntilde;ores, que
+ aplaud&iacute;an el hero&iacute;smo ajeno.
+ </p>
+ <p>
+ Un trueno formidable, simult&aacute;neo con el rel&aacute;mpago, estall&oacute;
+ sobre la casa y puso p&aacute;lidos a los m&aacute;s valientes.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Vamos, vamos, pronto!&mdash;grit&oacute; el Magistral, cuya
+ palidez no la causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su
+ mala suerte, a sarcasmos del diablo que se burlaba de &eacute;l y de su
+ miserable condici&oacute;n de cl&eacute;rigo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero... don Ferm&iacute;n&mdash;se atrevi&oacute; a decir Quintanar&mdash;por
+ lo mismo que soy cazador... conozco el peligro.... El &aacute;rbol atrae
+ el rayo.... Ah&iacute; arriba tambi&eacute;n hay laureles, el laurel llama
+ la electricidad; &iexcl;si fueran pinos menos mal! &iexcl;pero el
+ laurel!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere usted decir? &iquest;Que los parta un
+ rayo a los otros? No ve usted que con ellos est&aacute; do&ntilde;a
+ Ana....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, verdad es... pero &iquest;no podr&iacute;a ir Pepe con
+ alg&uacute;n criado... con Anselmo...? Usted va a mojarse el balandr&aacute;n...
+ y la sotana....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Al monte! &iexcl;don V&iacute;ctor, al monte!&mdash;rugi&oacute;
+ el Provisor.
+ </p>
+ <p>
+ Y la voz terrible fue apagada por un trueno m&aacute;s horr&iacute;sono
+ que los anteriores.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores&mdash;dijo Ripamil&aacute;n que estaba escondido en
+ una alcoba&mdash;. No se apuren ustedes, los chicos deben de estar a
+ techo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo a techo?...&mdash;S&iacute;, Ferm&iacute;n, no
+ se asuste usted. A techo... en la casa del le&ntilde;ador que usted no
+ conoce; es una caba&ntilde;a r&uacute;stica, que el Marqu&eacute;s se hizo
+ construir con ca&ntilde;as y c&eacute;sped all&aacute; arriba, en lo m&aacute;s
+ espeso del monte....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral no quiso o&iacute;r m&aacute;s. Sali&oacute; con un paraguas
+ bajo el brazo y dej&oacute; caer el otro a los pies de don V&iacute;ctor.
+ </p>
+ <p>
+ El cual recogi&oacute; el arma defensiva, que llam&oacute; escudo para sus
+ adentros, y sigui&oacute; sin chistar &laquo;al loco del Magistral&raquo;,
+ sin explicarse por qu&eacute; se empe&ntilde;aba en que fueran ellos a
+ buscar a la Regenta y no los criados.
+ </p>
+ <p>
+ Tampoco los se&ntilde;ores del sal&oacute;n comprend&iacute;an aquello; y
+ sonre&iacute;an con discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un
+ misterio la conducta del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ten&iacute;a raz&oacute;n don V&iacute;ctor&mdash;advirti&oacute;
+ el bar&oacute;n&mdash;&iquest;por qu&eacute; no hab&iacute;an de haber ido
+ los criados?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Adem&aacute;s&mdash;dijo el gobernador&mdash;eso parece una lecci&oacute;n
+ a todos nosotros, especialmente a usted que tiene por all&aacute; a su
+ hija....
+ </p>
+ <p>
+ El trueno que estall&oacute; en aquel instante se le antoj&oacute; a
+ Ripamil&aacute;n que hab&iacute;a metido cien rayos en la casa.
+ </p>
+ <p>
+ El miedo ya era general.&mdash;Ea, ea, se&ntilde;ores&mdash;dijo el
+ Arcipreste desde la alcoba&mdash;a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso
+ de ustedes... <i>In nomine Patris</i>...
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXVIIImdash" id="XXVIIImdash"></a>&mdash;XXVIII&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ad&oacute;nde van ustedes?&mdash;gritaba la Marquesa desde
+ el <i>Belvedere</i> al Magistral y a don V&iacute;ctor que uno tras otro,
+ a veinte pasos de distancia, corr&iacute;an por el bosque, calados ya
+ hasta los huesos, chorreando el agua por todos los pliegues de la ropa y
+ por las alas del sombrero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Al infierno! &iexcl;qu&eacute; s&eacute; yo d&oacute;nde me
+ lleva este hombre! contest&oacute; don V&iacute;ctor sin dar muchas voces,
+ furioso, empe&ntilde;ado en abrir el paraguas que tropezaba con las ramas
+ y se enredaba en las zarzas.
+ </p>
+ <p>
+ La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por se&ntilde;as, pero don V&iacute;ctor
+ ya no la entend&iacute;a y don Ferm&iacute;n ni la o&iacute;a siquiera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero aguarde usted, santo var&oacute;n; espere usted, &iexcl;deliberemos;
+ formemos un plan!... &iquest;a d&oacute;nde me lleva usted?
+ </p>
+ <p>
+ Por lo visto tampoco o&iacute;a a Quintanar aquel santo var&oacute;n,
+ porque continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atr&aacute;s un
+ momento.
+ </p>
+ <p>
+ De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones sub&iacute;an y
+ bajaban hilos de ara&ntilde;a que se le met&iacute;an por ojos y boca al
+ ex-regente, que escup&iacute;a y se sacud&iacute;a las telas sutil&iacute;simas
+ con asco y rabia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Esto es un telar!&mdash;gritaba, y se envolv&iacute;a en los
+ hilos como si fueran cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y
+ ca&iacute;a de hinojos, blasfemando, contra su costumbre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tambi&eacute;n es ocurrencia de chicos venir al monte a
+ divertirse.... Si no hay m&aacute;s que ara&ntilde;as y espinas.... Don
+ Ferm&iacute;n, espere usted por las once mil... de a caballo, que yo me
+ pierdo y me caigo.
+ </p>
+ <p>
+ Un trueno le contest&oacute; y le hizo arrodillarse con el susto.
+ </p>
+ <p>
+ No os&oacute; blasfemar otra vez.&mdash;&iexcl;Don Ferm&iacute;n! &iexcl;don
+ Ferm&iacute;n! &iexcl;espere usted en nombre de la humanidad!
+ </p>
+ <p>
+ De Pas se detuvo, se volvi&oacute;, le mir&oacute; desde arriba con l&aacute;stima
+ y disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurr&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Parece mentira que sea usted cazador.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un
+ bombardeo... y las ara&ntilde;as se me meten en el est&oacute;mago... y
+ sobre todo a m&iacute; me gustan las acciones heroicas que tienen alguna
+ utilidad. <i>Nisi utile est id quod facimus, stulta est gloria</i> ha
+ dicho Baglivio. &iquest;A d&oacute;nde vamos nosotros, a ver, d&iacute;galo
+ usted si lo sabe?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;A buscar a do&ntilde;a Ana que estar&aacute;... poni&eacute;ndose
+ perdida....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qui&aacute; perdida! &iquest;Cree usted que son tontos? De
+ fijo est&aacute;n a techo.... &iquest;Cree usted que han de estar
+ papando... ara&ntilde;as y nadando como nosotros? &iquest;Adem&aacute;s no
+ tienen pies para volverse a casa? &iquest;No saben el camino? Dir&aacute;
+ usted que les llevamos paraguas; &iquest;y para qu&eacute; sirven los
+ paraguas?
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no serv&iacute;an
+ de nada en el bosque.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Haga usted lo que quiera&mdash;dijo&mdash;yo sigo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es darme una lecci&oacute;n&mdash;replic&oacute; don V&iacute;ctor
+ algo picado y continuando tambi&eacute;n la ascensi&oacute;n penosa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or.&mdash;S&iacute; se&ntilde;or; eso... es ser m&aacute;s
+ papista que el Papa. Me parece a m&iacute; que mi mujer me importa m&aacute;s
+ a m&iacute; que a nadie.... Y usted dispense este lenguaje... pero,
+ francamente, esto ha sido una quijotada.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar comprendi&oacute; que aquello era una insolencia, pero estaba
+ furioso y no quiso recogerla.
+ </p>
+ <p>
+ El primer impulso de don Ferm&iacute;n fue descargar el pu&ntilde;o del
+ paraguas sobre la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en
+ aquella ocasi&oacute;n; pero se contuvo por multitud de consideraciones...
+ y continu&oacute; subiendo en silencio.
+ </p>
+ <p>
+ A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonar&iacute;an
+ a un n&aacute;ufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas
+ llevaba clavadas en el cerebro con clavos de fuego: <i>Ubi irritatio ibi
+ fluxus</i> dec&iacute;a una; y la otra: &iexcl;estar&aacute;n en la casa
+ del le&ntilde;ador! No cre&iacute;a el Provisor en una Providencia que
+ aprovecha juegos de la suerte, combinaciones de teatro para dar lecciones,
+ pero supersticiosamente enlazaba el recuerdo de la ma&ntilde;ana, de su
+ paseo y conversaci&oacute;n con Petra, con las escenas tambi&eacute;n
+ campestres en que tem&iacute;a groseramente ver enredada a la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;<i>Ubi irritatio ibi fluxus</i>!&raquo; iba pensando; es
+ verdad, es verdad... he estado ciego... la mujer siempre es mujer, la m&aacute;s
+ pura... es mujer... y yo fu&iacute; un majadero desde el primer d&iacute;a....
+ Y ahora es tarde... y la perd&iacute; por completo. Y ese infame....
+ </p>
+ <p>
+ Ech&oacute; a correr monte arriba. &laquo;&iexcl;Pero ese hombre est&aacute;
+ loco!&raquo;, pensaba Quintanar, que le segu&iacute;a jadeante, con un
+ palmo de lengua colgando y a veinte pasos otra vez.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral procuraba orientarse, recordar por d&oacute;nde hab&iacute;a
+ bajado pocas horas antes de la casa del le&ntilde;ador. Se perd&iacute;a,
+ confund&iacute;a las se&ntilde;ales, iba y ven&iacute;a... y don V&iacute;ctor
+ detr&aacute;s, libr&aacute;ndose de las ara&ntilde;as como de leones, de
+ sus hilos como de cadenas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Lo mejor es subir por la m&aacute;xima pendiente, ello est&aacute;
+ hacia lo m&aacute;s alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don V&iacute;ctor, con cara amable y
+ voz dulce y suplicante advirti&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que
+ separarnos; h&aacute;game usted el favor de subir por ah&iacute;, por la
+ derecha....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor se neg&oacute;, pero el Magistral insistiendo, y con
+ alusiones embozadas al miedo positivo de su compa&ntilde;ero, logr&oacute;
+ picar otra vez su amor propio y le oblig&oacute; a torcer por la derecha.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subi&oacute; corriendo cuanto pod&iacute;a,
+ tropezando con troncos y zarzas, ramas ca&iacute;das y ramas
+ pendientes.... Iba ciego; le daba el coraz&oacute;n, que reventaba de
+ celos, de c&oacute;lera, que iba a sorprender a don &Aacute;lvaro y a la
+ Regenta en coloquio amoroso cuando menos. &laquo;&iquest;Por qu&eacute;?
+ &iquest;No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaqu&iacute;n,
+ Visita, Obdulia y los dem&aacute;s que hab&iacute;an subido al bosque?&raquo;.
+ No, no, gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don &Aacute;lvaro
+ sabe mucho de estas aventuras, ya habr&aacute; &eacute;l aprovechado la
+ ocasi&oacute;n, ya se habr&aacute; dado trazas para quedarse a solas con
+ ella. Paco y Joaqu&iacute;n no habr&aacute;n puesto obst&aacute;culos,
+ habr&aacute;n procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y Edelmira
+ respectivamente. Visitaci&oacute;n los habr&aacute; ayudado. Berm&uacute;dez
+ es un idiota... de fijo est&aacute;n solos. Y vuelta a correr cuanto pod&iacute;a,
+ tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandr&aacute;n
+ empapado que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de
+ lodo y telara&ntilde;as mojadas. Tambi&eacute;n &eacute;l llevaba la boca
+ y los ojos envueltos en hilos pegajosos, tenues, entremetidos.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a lo m&aacute;s alto, a lo m&aacute;s espeso. Los truenos,
+ todav&iacute;a formidables, retumbaban ya m&aacute;s lejos. Se hab&iacute;a
+ equivocado, no estaba hacia aquel lado la caba&ntilde;a. Sigui&oacute;
+ hacia la derecha, separando con dificultad las espinas de cien plantas
+ ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las ramas la caseta r&uacute;stica....
+ Alguien se mov&iacute;a dentro.... Corri&oacute; como un loco, sin saber
+ lo que iba a hacer si encontraba all&iacute; lo que esperaba..., dispuesto
+ a matar si era preciso... ciego....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Jinojo! que me ha dado usted un susto...&mdash;grit&oacute;
+ don V&iacute;ctor, que descansaba all&iacute; dentro, sobre un banco r&uacute;stico,
+ mientras retorc&iacute;a con fuerza el sombrero flexible que chorreaba una
+ catarata de agua clara.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;No est&aacute;n!&mdash;dijo el Magistral sin pensar en la
+ sospecha que pod&iacute;an despertar su aspecto, su conducta, su voz tr&eacute;mula,
+ todo lo que delataba a voces su pasi&oacute;n, sus celos, su indignaci&oacute;n
+ de marido ultrajado, absurda en &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ Pero don V&iacute;ctor tambi&eacute;n estaba preocupado. No le faltaba
+ motivo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted lo que me encontrado aqu&iacute;&mdash;dijo y sac&oacute;
+ del bolsillo, entre dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso?&mdash;pregunt&oacute; De Pas, sin poder
+ ocultar su ansiedad.&mdash;&iexcl;Una liga de mi mujer!&mdash;contest&oacute;
+ aquel marido tranquilo como tal, pero sorprendido con el hallazgo por lo
+ raro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Una liga de su mujer! El Magistral abri&oacute; la boca
+ estupefacto, admirando la estupidez de aquel hombre que a&uacute;n no
+ sospechaba nada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es decir&mdash;continu&oacute; Quintanar&mdash;una liga que fue de
+ mi mujer, pero que me consta que ya no es suya.... S&eacute; que no le
+ sirven... desde que ha engordado con los aires de la aldea... con la
+ leche... etc., y que se las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo
+ que esta liga... es de Petra. Petra ha estado aqu&iacute;. Esto es lo que
+ me preocupa.... &iquest;A qu&eacute; ha venido Petra aqu&iacute;... a
+ perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he cre&iacute;do oportuno
+ dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa, est&aacute; a mi
+ servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es de Petra.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n estaba rojo de verg&uuml;enza, lo sent&iacute;a &eacute;l.
+ Todo aquello, que hab&iacute;a podido ser tr&aacute;gico, se hab&iacute;a
+ convertido en una aventura c&oacute;mica, rid&iacute;cula, y el
+ remordimiento de lo grotesco empez&oacute; a pincharle el cerebro con
+ botonazos de jaqueca.... Por fortuna don V&iacute;ctor, seg&uacute;n
+ observ&oacute; tambi&eacute;n De Pas, no estaba para atender a la verg&uuml;enza
+ de los dem&aacute;s, pensaba en la suya; se hab&iacute;a puesto tambi&eacute;n
+ muy colorado. Comprendi&oacute; el Magistral por qu&eacute; torcidos
+ senderos conoc&iacute;a el ex-regente las ligas de su mujer.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n Quintanar ten&iacute;a, adem&aacute;s de verg&uuml;enza,
+ celos.
+ </p>
+ <p>
+ No pod&iacute;a saber De Pas hasta qu&eacute; punto hab&iacute;a llegado
+ la debilidad de don V&iacute;ctor, que se dec&iacute;a a s&iacute; mismo:
+ &laquo;Probablemente este cl&eacute;rigo, malicioso como todos, estar&aacute;
+ sospechando... lo que no ha habido&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lo cierto era que don V&iacute;ctor, al cabo, hab&iacute;a cedido hasta
+ cierto punto a las insinuaciones de Petra.
+ </p>
+ <p>
+ Pero acord&aacute;ndose de lo que deb&iacute;a a su esposa, de lo que se
+ deb&iacute;a a s&iacute; mismo, de lo que deb&iacute;a a sus a&ntilde;os,
+ y de otra porci&oacute;n de deudas, y sobre todo, por fatalidad de su
+ destino que nunca le hab&iacute;a permitido llevar a t&eacute;rmino
+ natural cierta clase de empresas, era lo cierto que hab&iacute;a
+ retrocedido en <i>aquel camino de perdici&oacute;n</i> desde el d&iacute;a
+ en que una tentativa de seducci&oacute;n se le frust&oacute;, por fingido
+ pudor de la criada. &laquo;No hab&iacute;a, en suma, llegado a ser due&ntilde;o
+ de los encantos de su doncella, pero en aquellos primeros y &uacute;ltimos
+ escarceos amorosos hab&iacute;a podido adquirir la convicci&oacute;n de
+ que la Regenta le hab&iacute;a regalado a Petra unas ligas que el amante
+ esposo le hab&iacute;a regalado a ella&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Por qu&eacute; se le hab&iacute;a ido la lengua delante del
+ Magistral?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No pod&iacute;a explic&aacute;rselo, los celos, si as&iacute; pod&iacute;an
+ llamarse, le hab&iacute;an hecho hablar alto. Por lo dem&aacute;s,
+ &eacute;l despreciaba a la rubia l&uacute;brica en el fondo del alma... y
+ s&oacute;lo en un momento de exaltaci&oacute;n... de la mente, hab&iacute;a
+ podido...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La tempestad ya estaba lejos... los &aacute;rboles continuaban chorreando
+ el agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul.
+ </p>
+ <p>
+ Por decir algo, don V&iacute;ctor dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ver&aacute; usted como esto repite a la noche.... Por all&aacute;
+ abajo viene otro mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas....
+ </p>
+ <p>
+ Vamos a bajar antes que vuelva el agua&mdash;advirti&oacute; De Pas, que
+ hubiera querido estar cinco estados bajo tierra.
+ </p>
+ <p>
+ Los dos se ten&iacute;an miedo.
+ </p>
+ <p>
+ Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra.
+ </p>
+ <p>
+ Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los llam&oacute;
+ de lejos, entre los &aacute;rboles.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Don V&iacute;ctor, don V&iacute;ctor... eh, don V&iacute;ctor...
+ por aqu&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa? &iquest;Han parecido? &iquest;Alguna
+ desgracia?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; desgracia? no se&ntilde;or, que los se&ntilde;oritos
+ y las se&ntilde;oritas ya estaban en casa muy tranquilos cuando ustedes
+ estar&iacute;an llegando a mitad del monte... apenas se han mojado.... Yo
+ sal&iacute;, por orden de la se&ntilde;ora Marquesa, en su busca apenas
+ comenz&oacute; a llover.... Fui con el carro y el toldo encerado a la
+ calleja de Arreo donde sab&iacute;a yo que el se&ntilde;orito Paco hab&iacute;a
+ de parecer, porque aquel es el camino m&aacute;s corto y la casa de Chinto
+ est&aacute; all&iacute;, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban
+ todas las se&ntilde;oritas, que no se hab&iacute;an mojado apenas...
+ porque en el monte cuando empieza el chaparr&oacute;n se est&aacute; como
+ a techo.... De modo que todos est&aacute;n en casa muertos de risa, menos
+ la se&ntilde;ora do&ntilde;a Anita que teme por usted y... por este se&ntilde;or
+ cura....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero y la se&ntilde;ora Marquesa c&oacute;mo no nos advirti&oacute;?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hac&iacute;a
+ caso, y que ella le dec&iacute;a que ya hab&iacute;a salido el carro....
+ </p>
+ <p>
+ Y Pepe se re&iacute;a a carcajadas.&mdash;No ha sido mala broma, je,
+ je.... Probecicos y da l&aacute;stima verles... sobre todo este se&ntilde;or
+ cura est&aacute; hecho un <i>eciomo</i>, perdonando la comparanza, es una
+ sopa.... Anda, anda, y c&oacute;mo se le ha pon&iacute;o too el melindr&aacute;n
+ este... y la sotana parece un charco....
+ </p>
+ <p>
+ Ten&iacute;a raz&oacute;n Pepe. De Pas y don V&iacute;ctor se miraban y se
+ encontraban aspecto de n&aacute;ufragos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Anden, anden, &aacute;ngeles de Dios, que la mojadura puede llegar
+ a los huesos y darles un romantismo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La se&ntilde;orita Ana ya ti&eacute; preparada ropa caliente pa ust&eacute;
+ y creo que no falta pa este se&ntilde;or cura: y si no, yo tengo una
+ camisa fina que podr&iacute;a pon&eacute;rsela una princesa....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde hab&iacute;an
+ salido, dio vuelta a la muralla y entr&oacute; en las cocheras, de donde
+ hizo sacar su miserable berlina de alquiler.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor no le vio siquiera separarse de &eacute;l. Tan absorto
+ iba.
+ </p>
+ <p>
+ Encontr&oacute; el Magistral al Marqu&eacute;s que no quer&iacute;a
+ dejarle marchar en aquel estado....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero si va usted a coger una pulmon&iacute;a.... M&uacute;dese
+ usted.... Ah&iacute; habr&aacute; ropa....
+ </p>
+ <p>
+ No hubo modo de convencerle.&mdash;Desp&iacute;dame usted de la Marquesa.
+ En una carrera estoy en mi casa....
+ </p>
+ <p>
+ Y dej&oacute; el Vivero, no tan a escape como &eacute;l hubiera querido,
+ sino a un trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos
+ que regular.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, hombre, castigue usted a ese animal&mdash;gritaba don Ferm&iacute;n
+ al cochero&mdash;. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero
+ llegar pronto a mi casa.
+ </p>
+ <p>
+ El cochero, ante la perspectiva de una propina, descarg&oacute; dos
+ tremendos latigazos sobre los lomos del roc&iacute;n, que vino a pagar as&iacute;
+ la ira concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos
+ latigazos los hubiera descargado el can&oacute;nigo de buen grado sobre el
+ rostro de Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando el miserable y desvencijado veh&iacute;culo llegaba a las primeras
+ casas de los arrabales de Vetusta, obscurec&iacute;a. La noche, seg&uacute;n
+ hab&iacute;a anunciado don V&iacute;ctor, amenazaba con nueva tormenta.
+ Todo el cielo se cubr&iacute;a de nubes pardas que se ennegrec&iacute;an
+ poco a poco. Ya se ve&iacute;an rel&aacute;mpagos extensos en el horizonte
+ por Norte y Oeste, y de tarde en tarde zumbaba rodando un trueno all&aacute;
+ muy lejos.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n llevaba el alma sofocada de hast&iacute;o, de desprecio
+ de s&iacute; mismo. &iexcl;Qu&eacute; jornada! pensaba, &iexcl;qu&eacute;
+ jornada! No le quedaba ni el consuelo de compadecerse; merecido ten&iacute;a
+ todo aquello; el mundo era como el confesonario lo mostraba, un mont&oacute;n
+ de basura; las pasiones nobles, grandes, sue&ntilde;os, aprensiones,
+ hipocres&iacute;a del vicio.... Buena prueba era &eacute;l mismo, que a
+ pesar de sentirse enamorado por modo ang&eacute;lico, ca&iacute;a una y
+ otra vez en groseras aventuras, y satisfac&iacute;a como un miserable los
+ apetitos m&aacute;s bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra
+ era de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del
+ maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada.
+ &laquo;Con unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo&raquo;.
+ &laquo;&iquest;Y don V&iacute;ctor? Otro miserable y adem&aacute;s un est&uacute;pido
+ que merec&iacute;a cuanto mal le viniera encima, como &eacute;l, como Ana
+ lo merec&iacute;an tambi&eacute;n, como lo merec&iacute;a el mundo entero
+ que era un lodazal.... &iexcl;Oh, aquellos rel&aacute;mpagos deb&iacute;an
+ quemar el mundo entero si se quer&iacute;a hacer justicia de una vez!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lo que m&aacute;s le irritaba era que su conciencia le envolv&iacute;a a
+ &eacute;l tambi&eacute;n en el general desprecio.... &laquo;Todo era peque&ntilde;o,
+ asqueroso, bajo... y &eacute;l como todo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Y lo que hab&iacute;a dicho el m&eacute;dico? <i>Ubi
+ irritatio</i>... es decir que Ana caer&iacute;a en brazos de don &Aacute;lvaro...
+ &iexcl;que era fatal aquella ca&iacute;da!... Y tanto misticismo, y tanto
+ hermano mayor del alma... &iquest;para qu&eacute; hab&iacute;a servido?
+ Farsa, hipocres&iacute;a, hipocres&iacute;a inconsciente, como la propia,
+ como la del universo entero...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral daba diente con diente. El fr&iacute;o le hizo pensar en la
+ ropa, la ropa en su madre.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Esta es otra. &iquest;Qu&eacute; va a decir al verme entrar as&iacute;?
+ Tendr&eacute; que inventar una mentira. &iexcl;Bah! una m&aacute;s,
+ &iquest;qu&eacute; importa?... Y los otros all&aacute;... a sus anchas....
+ Podr&aacute;n, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo idiota
+ del marido.... Oh, &iquest;qui&eacute;n es aqu&iacute; el marido? &iquest;Qui&eacute;n
+ es aqu&iacute; el ofendido? &iexcl;Yo, yo! que siento la ofensa, que la
+ preveo, que la huelo en el aire... no &eacute;l que no la ve aun puesta
+ delante de los ojos...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso
+ al Vivero a sorprender &laquo;lo que el presentimiento le daba por seguro,
+ lo que no hab&iacute;a pasado tal vez en el bosque, pero lo que estar&iacute;a
+ pasando en la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas
+ damas lascivas, locas y encubridoras...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Un trueno que retumb&oacute; sobre Vetusta sirvi&oacute; de acompa&ntilde;amiento
+ a la c&oacute;lera del can&oacute;nigo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Eso! &iexcl;eso!&mdash;rugi&oacute; mientras abr&iacute;a
+ la portezuela y se apeaba frente a su casa&mdash;. &iexcl;Esto s&oacute;lo
+ se arregla con rayos!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y entr&oacute; en su casa despu&eacute;s de pagar al cochero.
+ </p>
+ <p>
+ Los rayos que quer&iacute;a le esperaban arriba dispuestos a estallar
+ sobre su cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando se acost&oacute; aquella noche, pensaba que en su vida hab&iacute;a
+ tenido tan formidable reyerta con su se&ntilde;ora madre, ni hab&iacute;a
+ visto jam&aacute;s a do&ntilde;a Paula ostentar mayores parches de sebo en
+ las sienes.
+ </p>
+ <p>
+ Y al dormirse, la &uacute;ltima idea que le persegu&iacute;a, la que m&aacute;s
+ le atormentaba con sus punzadas, era la del rid&iacute;culo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; aventuras tan grotescas... qu&eacute; horrorosa
+ iron&iacute;a de lo c&oacute;mico durante todo el d&iacute;a! Y... la
+ culpa de todo la ten&iacute;a la odiosa, la repugnante sotana...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Los &uacute;ltimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a
+ pesar de todo durmi&oacute;, rendido por tanta fatiga.
+ </p>
+ <p>
+ All&aacute; en el Vivero los convidados hab&iacute;an puesto a mal tiempo
+ buena cara, y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqu&eacute;s,
+ y algunos otros se&ntilde;ores de Vetusta jugaban al tresillo a primera
+ hora y m&aacute;s tarde al monte, que llamaba el clero del campo <i>la
+ santina</i>, en la casa nueva todas las damas y los caballeros que hab&iacute;an
+ querido correr por los prados en la romer&iacute;a, procuraban divertirse
+ como pod&iacute;an y se bailaba, se tocaba el piano, se cantaba y se
+ jugaba al escondite por toda la casa. Ya se sab&iacute;a que al Vivero no
+ se iba a otra cosa. Visitaci&oacute;n, Obdulia y Edelmira tambi&eacute;n,
+ eran las que conoc&iacute;an mejor los lugares m&aacute;s escondidos, d&oacute;nde
+ hab&iacute;a puertas de escape, y todo lo que exig&iacute;an aquellos
+ juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos a&ntilde;os
+ que ten&iacute;an varias de aquellas personas tan alegres.
+ </p>
+ <p>
+ A don V&iacute;ctor se le recibi&oacute; en triunfo; triunfo burlesco.
+ Algunos, Visita y Paco entre ellos, quer&iacute;an coronarlo, pero
+ &eacute;l prefiri&oacute; correr a su cuarto para mudarse de pies a
+ cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; con &eacute;l la Regenta para ayudarle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y don Ferm&iacute;n?&mdash;pregunt&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tu don Ferm&iacute;n es un botarate, hija m&iacute;a, y perdona&mdash;contest&oacute;
+ Quintanar de mal humor, mientras se mudaba los calcetines.
+ </p>
+ <p>
+ Y refiri&oacute; a su mujer todo lo que les hab&iacute;a sucedido, menos
+ el hallazgo de la liga.
+ </p>
+ <p>
+ Ana convino en que De Pas hab&iacute;a llevado la galanter&iacute;a a un
+ extremo rid&iacute;culo, sobre todo rid&iacute;culo, en un sacerdote.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A qui&eacute;n le importar&aacute; m&aacute;s mi mujer, a
+ &eacute;l o a m&iacute;?&mdash;repet&iacute;a a cada instante el marido,
+ como supremo argumento contra el Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, pensaba Ana, tiene raz&oacute;n don &Aacute;lvaro, ese
+ hombre... tiene celos, celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido
+ una imprudencia.... Debo huir de &eacute;l, tiene raz&oacute;n &Aacute;lvaro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a y Paco, en los d&iacute;as anteriores, hab&iacute;an venido
+ varias veces al Vivero, a caballo; Mes&iacute;a hab&iacute;a encontrado a
+ la Regenta expansiva, alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo
+ conseguir que ella escuchase consejos que &eacute;l juraba higi&eacute;nicos
+ principalmente.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;El misticismo era una exaltaci&oacute;n nerviosa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En eso estaba Ana tambi&eacute;n, asustada todav&iacute;a con los
+ recuerdos de sus aprensiones.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Adem&aacute;s, el Magistral no era un m&iacute;stico; lo menos malo
+ que se pod&iacute;a pensar de &eacute;l era que se propon&iacute;a ganar a
+ las se&ntilde;oras de categor&iacute;a para adquirir m&aacute;s y m&aacute;s
+ influencia&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando don &Aacute;lvaro se atrevi&oacute; a decir esto, ya sus
+ confidencias hab&iacute;an sido muy &iacute;ntimas.
+ </p>
+ <p>
+ De amor no se hablaba; Mes&iacute;a, aunque con trabajo, respetaba a la
+ Regenta hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo
+ agradec&iacute;a y, como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar
+ en los peligros de aquella amistad; y lo consegu&iacute;a mejor que antes.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre
+ de cavilaciones y prop&oacute;sitos quijotescos y excesivos: quiero paz,
+ quiero calma... ser&eacute; como todas. Mi honor no padecer&aacute;...
+ pero los escr&uacute;pulos me volver&iacute;an a la locura, a las
+ aprensiones horrorosas...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados.
+ </p>
+ <p>
+ La pasi&oacute;n, menos vocinglera que antes, subrepticia, segu&iacute;a
+ minando el terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con
+ sofismas.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Quintanar refiri&oacute; los pasos imprudentes del Magistral, Ana
+ sinti&oacute; por un momento algo de odio. &laquo;&iquest;C&oacute;mo?
+ &iquest;Su mismo confesor la compromet&iacute;a? Si V&iacute;ctor fuera
+ otro, &iquest;no podr&iacute;a haber sospechado o de don &Aacute;lvaro o
+ del can&oacute;nigo mismo? &iquest;Pues no estaba bien claro que todo
+ aquello eran celos? &iexcl;No faltaba m&aacute;s! &iexcl;qu&eacute;
+ horror! &iexcl;qu&eacute; asco! &iexcl;amores con un cl&eacute;rigo!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y ahora s&iacute; que la imagen de don &Aacute;lvaro se le presentaba
+ risue&ntilde;a, elegante, fresca y viva. &laquo;Al fin aquello estaba
+ dentro de las leyes naturales y sociales... a lo menos era cosa menos
+ repugnante... menos rid&iacute;cula; no, lo que es rid&iacute;culo,
+ nada... &iexcl;pero un can&oacute;nigo!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y le parec&iacute;a que el pecado de querer a un Mes&iacute;a era ya poco
+ menos que nada, sobre todo si serv&iacute;a para huir de los amores de un
+ Magistral... &laquo;&iquest;Pero qu&eacute; se habr&iacute;a figurado
+ aquel se&ntilde;or cura?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No se acordaba la Regenta ahora de aquello del &laquo;hermano mayor del
+ alma&raquo;, ni de la le&ntilde;a que ella, sin mala intenci&oacute;n, sin
+ asomo de coqueter&iacute;a, hab&iacute;a arrojado al fuego de que ahora se
+ avergonzaba. La pasi&oacute;n, que ahora halagaba con su nueva vida,
+ vencedora, pr&oacute;xima a estallar, le suger&iacute;a sofisma tras
+ sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal la conducta del
+ Provisor, y noble y caballeresca la de Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ El cual, aquella misma ma&ntilde;ana en el pozo lleno de yerba, antes en
+ el patio de la iglesia, por las callejas, cuando ven&iacute;an detr&aacute;s
+ del tambor y de la gaita, en el bosque, despu&eacute;s en el carro de
+ Pepe, donde ven&iacute;an juntos, casi sentada ella encima de &eacute;l,
+ sin poder remediarlo, m&aacute;s tarde en el sal&oacute;n, en todas partes
+ y en todo el d&iacute;a le hab&iacute;a estado dejando ver que la adoraba,
+ &laquo;pero no se lo hab&iacute;a dicho, por respeto... a fuerza de
+ quererla tanto&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del cl&eacute;rigo.
+ </p>
+ <p>
+ Y le falt&oacute; tiempo para dec&iacute;rselo a don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue diciendo,
+ cuando pudo hablarle sin que los oyeran:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; le parece a usted la conducta del Magistral?
+ </p>
+ <p>
+ &iquest;Que le hab&iacute;a de parecer a don &Aacute;lvaro? &iexcl;Abominable!
+ &iquest;Pues qu&eacute; era lo que &eacute;l, don &Aacute;lvaro, ten&iacute;a
+ dicho? Que no hab&iacute;a que fiarse del Provisor, etc., etc.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;S&iacute;, Ana, est&aacute; enamorado de usted, loco,
+ loco... eso se lo conoc&iacute; yo hace mucho tiempo... porque...
+ porque...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y &Aacute;lvaro sonre&iacute;a de un modo que lo dec&iacute;a todo
+ perfectamente, y hasta con acompa&ntilde;amiento de una m&uacute;sica dulc&iacute;sima
+ que la Regenta cre&iacute;a o&iacute;r dentro de sus entra&ntilde;as; una
+ m&uacute;sica que le sal&iacute;a de los ojos y de la boca.... &laquo;&iexcl;qu&eacute;
+ sab&iacute;a ella! pero aquello era una delicia mucho m&aacute;s fuerte
+ que todas las del <i>misticismo</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando hablaban as&iacute;, como <i>otros dos hermanos del alma</i>,
+ empezaba la noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo
+ los rel&aacute;mpagos que a don Ferm&iacute;n le sorprendieron al entrar
+ en Vetusta. Ana y Mes&iacute;a estaban solos apoyados en el antepecho de
+ la galer&iacute;a del primer piso, en una esquina de aquel corredor de
+ cristales que daba vuelta a toda la casa. La mayor parte de los convidados
+ abajo, en el sal&oacute;n, se preparaban a volver a Vetusta, otros prefer&iacute;an
+ aceptar la hospitalidad que los Marqueses les ofrec&iacute;an en el Vivero
+ por aquella noche. Todo era abajo ruido, movimiento, &oacute;rdenes
+ confusas, broma, vacilaciones, unos que se quedaban y de repente prefer&iacute;an
+ emprender el viaje, otros que se preparaban a ocupar un asiento en un
+ coche y volv&iacute;an a la casa prefiriendo &laquo;dormir en el suelo
+ aunque fuera&raquo;. Ripamil&aacute;n desde luego acept&oacute; la cama
+ que le ofreci&oacute; la Marquesa &laquo;para &eacute;l solo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me
+ consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo.
+ </p>
+ <p>
+ Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Bar&oacute;n quer&iacute;a
+ m&aacute;s quedarse, pero tuvo que seguirlas. Tambi&eacute;n se meti&oacute;
+ en el coche el gobernador, pero su esposa se qued&oacute; con los
+ Marqueses. Berm&uacute;dez volvi&oacute; a Vetusta; Visitaci&oacute;n,
+ Obdulia, Edelmira, Paco y Mes&iacute;a se quedaban.
+ </p>
+ <p>
+ Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas
+ materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaqu&iacute;n corr&iacute;an
+ como locos por el corredor del primer piso. Visitaci&oacute;n estaba un
+ poco borracha, no tanto por lo que hab&iacute;a bebido como por lo que hab&iacute;a
+ alborotado; Obdulia dec&iacute;a que ten&iacute;a un clavo en la sien: hab&iacute;a
+ bebido mucho m&aacute;s, pero el torbellino del baile, las emociones
+ fuertes del escondite la manten&iacute;an en pie firme de puro excitada.
+ Edelmira, maestra ya en el arte de divertirse al estilo de la casa de sus
+ t&iacute;os, estaba como una amapola y re&iacute;a y gozaba con estr&eacute;pito;
+ su alegr&iacute;a era comunicativa y simp&aacute;tica. Paco la pellizcaba
+ sin compasi&oacute;n y ella despedazaba los brazos de Paco; Joaqu&iacute;n
+ Orgaz, que hab&iacute;a conseguido aquella tarde algunas ventajas
+ positivas en el amor siempre ef&iacute;mero de Obdulia, pellizcaba tambi&eacute;n;
+ y hab&iacute;a carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos,
+ sorpresas. Ahora, mientras Ana y &Aacute;lvaro hablaban asomados a la
+ galer&iacute;a, sin miedo al agua que les salpicaba el rostro ni a los rel&aacute;mpagos
+ que rasgaban el horizonte negro enfrente de sus ojos, los dem&aacute;s, en
+ la obscuridad del corredor estrecho jugaban a un juego de ni&ntilde;os que
+ se llamaba en Vetusta <i>el cachipote</i>, y que consiste en esconder un
+ pa&ntilde;uelo convertido en l&aacute;tigo y buscarlo por las se&ntilde;as
+ conocidas de: fr&iacute;o y caliente. El que lo encuentra corre detr&aacute;s
+ de los otros a latigazos hasta llegar a la madre. Este juego inocente daba
+ ocasi&oacute;n a multitud de sabrosos incidentes entre aquellos jugadores
+ todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y otra de var&oacute;n,
+ buscaban en el mismo agujero el <i>cachipote</i>; los que corr&iacute;an
+ se atropellaban, y la verdad hist&oacute;rica exige que se declare, por m&aacute;s
+ que parezca inveros&iacute;mil, que muy a menudo aquellos <i>chicos</i>
+ que corr&iacute;an como locos todos juntos por la estrecha galer&iacute;a,
+ huyendo del l&aacute;tigo, ca&iacute;an al suelo en confuso mont&oacute;n,
+ mientras el zurriago les med&iacute;a las espaldas.
+ </p>
+ <p>
+ Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y g&aacute;rrulo de las
+ despedidas y preparativos de marcha, y detr&aacute;s el estr&eacute;pito
+ de los que corr&iacute;an en la galer&iacute;a, y all&aacute; en el cielo,
+ de tarde en tarde, el bramido del trueno, la Regenta, sin notar las gotas
+ de agua en el rostro, o encontrando deliciosa aquella frescura, o&iacute;a
+ por la primera vez de su vida una declaraci&oacute;n de amor apasionada
+ pero respetuosa, discreta, toda idealismo, llena de salvedades y
+ eufemismos que las circunstancias y el estado de Ana exig&iacute;an, con
+ lo cual crec&iacute;a su encanto, irresistible para aquella mujer que sent&iacute;a
+ las emociones de los quince a&ntilde;os al frisar con los treinta.
+ </p>
+ <p>
+ No ten&iacute;a valor, ni aun deseo de mandar a don &Aacute;lvaro que se
+ callase, que se reportase, que mirase qui&eacute;n era ella. &laquo;Bastante
+ lo miraba, bastante se conten&iacute;a para lo mucho que aseguraba sentir
+ y sentir&iacute;a de fijo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No, no, que no calle, que hable toda la vida&raquo;, dec&iacute;a
+ el alma entera. Y Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el
+ presidente del Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era
+ casada, ni en que hab&iacute;a sido <i>m&iacute;stica</i>, ni siquiera en
+ que hab&iacute;a maridos y Magistrales en el mundo. Se sent&iacute;a caer
+ en un abismo de flores. Aquello era caer, s&iacute;, pero <i>caer al cielo</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Para lo &uacute;nico que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo
+ presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que
+ hab&iacute;a encontrado en la meditaci&oacute;n religiosa. En esta
+ &uacute;ltima hab&iacute;a un esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y
+ en rigor algo enfermizo, una exaltaci&oacute;n malsana; y en lo que estaba
+ pasando ahora ella era pasiva, no hab&iacute;a esfuerzo, no hab&iacute;a
+ frialdad, no hab&iacute;a m&aacute;s que placer, salud, fuerza, nada de
+ abstracci&oacute;n, nada de tener que figurarse algo ausente, delicia
+ positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin trascender a nada m&aacute;s
+ que a la esperanza de que durase eternamente. &laquo;No, por all&iacute;
+ no se iba a la locura&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro estaba elocuente; no ped&iacute;a nada, ni siquiera una
+ respuesta; es m&aacute;s, lloraba, sin llorar por supuesto, &laquo;de pura
+ gratitud, s&oacute;lo porque le o&iacute;an&raquo;. &laquo;&iexcl;Hab&iacute;a
+ callado tanto tiempo! &iquest;Que hab&iacute;a mil preocupaciones,
+ millones de obst&aacute;culos que se opon&iacute;an a su felicidad? Ya lo
+ sab&iacute;a &eacute;l; pero &eacute;l no ped&iacute;a m&aacute;s que l&aacute;stima,
+ y la dicha de que le dejaran hablar, de hacerse o&iacute;r y de no ser
+ tenido por un libertino <i>vulgar</i>, necio, que era lo que el <i>vulgo
+ est&uacute;pido</i> hab&iacute;a querido hacer de &eacute;l&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Siempre le hab&iacute;a gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo <i>est&uacute;pido</i>;
+ para ella la se&ntilde;al de la <i>distinci&oacute;n</i> espiritual estaba
+ en el desprecio del vulgo, de los vetustenses. Ten&iacute;a la Regenta
+ este defecto, tal vez heredado de su padre: que para distinguirse de la <i>masa
+ de los creyentes</i>, necesitaba recurrir a la teor&iacute;a hoy muy
+ generalizada del <i>vulgo idiota</i>, de la <i>bestialidad humana</i>,
+ etc., etc&eacute;tera.
+ </p>
+ <p>
+ Por fortuna, don &Aacute;lvaro sab&iacute;a perfectamente manejar este
+ resorte: era &eacute;l capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol
+ del medio d&iacute;a si se opon&iacute;a a sus pasiones. &laquo;Todo era
+ preocupaci&oacute;n, peque&ntilde;ez de &aacute;nimo.... Pero, &iquest;ten&iacute;a
+ &eacute;l derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase las
+ maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya sab&iacute;a que
+ la <i>letra</i> estaba contra &eacute;l.... Al fin, &iquest;qu&eacute; era
+ &eacute;l? Un hombre que hablaba de amor a una se&ntilde;ora que era de
+ otro, ante los hombres.... Ya lo sab&iacute;a, s&iacute;; no exig&iacute;a
+ que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y costumbres,
+ lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que hab&iacute;a en el
+ mundo mujeres, virtuosas como la que m&aacute;s, que ya sab&iacute;an a qu&eacute;
+ atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel amor de
+ Mes&iacute;a; pero &iquest;pod&iacute;a &eacute;l pedir a Ana, educada por
+ fan&aacute;ticos, que hab&iacute;a pasado su juventud en un pueblo como
+ Vetusta, pod&iacute;a pedirla que se dignase siquiera alentar su pasi&oacute;n
+ con una esperanza? Oh, no; demasiado sab&iacute;a que no... bastaba con
+ que le oyera. &iexcl;Cu&aacute;ntos a&ntilde;os hab&iacute;a estado sin
+ querer o&iacute;rle! &iexcl;Y lo que &eacute;l hab&iacute;a padecido!...
+ Pero, en fin, de esto ya no hab&iacute;a que acordarse. El dolor hab&iacute;a
+ sido infinito... infinito... pero todo lo compensaba la felicidad de aquel
+ momento. Callaba Ana, o&iacute;a... &iquest;pues qu&eacute; m&aacute;s
+ dicha pod&iacute;a &eacute;l ambicionar?...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ A la luz de un rel&aacute;mpago, la Regenta vio los ojos de &Aacute;lvaro
+ brillantes y envueltos en humedad de l&aacute;grimas.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n ten&iacute;a las mejillas h&uacute;medas.... Ella no pens&oacute;
+ que esto pod&iacute;a ser agua del cielo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Estaba llorando aquel hombre... el hombre m&aacute;s hermoso
+ que ella hab&iacute;a visto, el compa&ntilde;ero de sus sue&ntilde;os, el
+ que debi&oacute; haberlo sido de su vida!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero &iquest;por qu&eacute; hablaba de agradecimiento? &iquest;Porque
+ ella no le interrump&iacute;a? &iexcl;Si &eacute;l supiera... si &eacute;l
+ supiera que no pod&iacute;a ni hablar!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sent&iacute;a un placer <i>puramente material</i>, pensaba ella, en
+ aquel sitio de sus entra&ntilde;as que no era el vientre ni el coraz&oacute;n,
+ sino en el medio. S&iacute;, el placer era <i>puramente material</i>, pero
+ su intensidad le hac&iacute;a grandioso, sublime. &laquo;Cuando se gozaba
+ tanto, deb&iacute;a de haber derecho a gozar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando &Aacute;lvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplic&oacute;
+ que se le dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaraci&oacute;n,
+ si se le quer&iacute;a mal, si se hab&iacute;a puesto en rid&iacute;culo...
+ si se burlaba de &eacute;l, etc., Ana, separ&aacute;ndose del roce de
+ aquel brazo que la abrasaba, con un moh&iacute;n de ni&ntilde;a, pero sin
+ asomo de coqueter&iacute;a, arisca, como un animal d&eacute;bil y montaraz
+ herido, se quej&oacute;... se quej&oacute; con un sonido gutural, hondo,
+ mimoso, de v&iacute;ctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor de
+ la virtud que expiraba en aquel esp&iacute;ritu solitario hasta
+ entonces....
+ </p>
+ <p>
+ Y se alej&oacute; de &Aacute;lvaro, llam&oacute; a Visita... la abraz&oacute;
+ nerviosa y dijo, pudiendo al fin hablar:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A qu&eacute; jug&aacute;is, locos...?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ahora ya a nada.... Jug&aacute;bamos al cachipote, pero Paco y
+ Edelmira est&aacute;n all&aacute; en la esquina del otro frente disputando
+ sobre qui&eacute;n tiene m&aacute;s fuerza, si ella o &eacute;l.... Ven,
+ ven, ver&aacute;s qu&eacute; pu&ntilde;os los de Edelmira.
+ </p>
+ <p>
+ En la m&aacute;s obscura de las galer&iacute;as, en un rinc&oacute;n,
+ amontonados estaban los dem&aacute;s compa&ntilde;eros de broma; Edelmira
+ y Paco espalda con espalda, como se baila a veces la <i>mu&ntilde;eira</i>,
+ sobre todo en el teatro, med&iacute;an sus fuerzas.... Paco resist&iacute;a
+ con dificultad el empuje violento de su prima, que gozando lo que ella y
+ el diablo sab&iacute;an, se incrustaba en la carne de su primo, m&aacute;s
+ blanda que la suya, empe&ntilde;ada en vencerle y hacerle andar hacia
+ adelante mientras ella andaba hacia atr&aacute;s. Al cabo Edelmira venci&oacute;,
+ y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con las manos
+ apoyadas en los hombros del contrario. As&iacute; se hizo y esta vez venci&oacute;
+ Paco.
+ </p>
+ <p>
+ Joaqu&iacute;n propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevi&oacute;
+ a medir con la Regenta sus fuerzas. Joaqu&iacute;n y Ana vencieron. A don
+ &Aacute;lvaro, que no ten&iacute;a con qui&eacute;n luchar, se le vino a
+ la memoria la escena del columpio en que le venci&oacute; el maldito De
+ Pas.... &laquo;Pero ahora le ten&iacute;a debajo de los pies&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;M&aacute;s val&iacute;a ma&ntilde;a que fuerza&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los rel&aacute;mpagos,
+ los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de la comida, la
+ estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a la alegr&iacute;a
+ aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia, moderados en
+ ellos por instintos de la educaci&oacute;n. Pero volvieron los pellizcos,
+ los gritos, los pu&ntilde;etazos de las mujeres en la cabeza de los
+ varones. Ana jam&aacute;s hab&iacute;a asistido a escenas semejantes; ella
+ y don &Aacute;lvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero
+ al fin le toc&oacute; a la Regenta alg&uacute;n pellizco, ninguno de Mes&iacute;a,
+ a este varios de Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general
+ contienda m&aacute;s de una vez sinti&oacute; su espalda oprimida por la
+ de &Aacute;lvaro, y aunque hu&iacute;a el contacto delicioso, de un sabor
+ especial, en cuanto lo notaba, el contacto volv&iacute;a, y Ana iba
+ sintiendo emociones extra&ntilde;as, nuevas del todo, una inquietud
+ alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de sed de todo el cuerpo
+ que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no fuese aquel rinc&oacute;n
+ obscuro, estrecho, donde cantaban, re&iacute;an, saltaban.... Como una m&uacute;sica
+ lejana, dulc&iacute;sima en su suavidad, recordaba todos los pormenores de
+ la declaraci&oacute;n amorosa de Mes&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y excitaciones
+ vanas, Paco y Joaqu&iacute;n, antes que Edelmira, Obdulia y Visita,
+ dejaron de correr y <i>enredar</i>; y muy serios, con la melancol&iacute;a
+ del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareci&oacute; en el
+ horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que yac&iacute;an
+ desgarradas por el cielo.
+ </p>
+ <p>
+ Paco, con regular voz de bar&iacute;tono, cant&oacute; pedazos de <i>Favorita</i>
+ y de <i>Son&aacute;mbula</i> y Joaqu&iacute;n <i>sali&oacute; por malague&ntilde;as</i>,
+ como &eacute;l dec&iacute;a; en su voz hab&iacute;a una tristeza que
+ contrastaba con la alegr&iacute;a que le brillaba en los ojos, clavados en
+ los de Obdulia, quien aquella noche se hab&iacute;a propuesto dar el
+ premio de sus favores, no el principal, al g&eacute;nero flamenco. Por
+ fortuna Joaqu&iacute;n se conformaba con el <i>acc&egrave;sit</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor, que se aburr&iacute;a abajo, oy&oacute; cantar el <i>Spirto
+ gentil</i> y subi&oacute;. Le daba ahora por la m&uacute;sica. Cantar
+ &oacute;peras, a su modo, y o&iacute;r cantar a los que <i>afinaban</i> m&aacute;s
+ que &eacute;l, era su delicia por aquella temporada, y si todo esto se hac&iacute;a
+ a la luz de la luna, miel sobre hojuelas.
+ </p>
+ <p>
+ Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la luna
+ que sal&iacute;a por la b&oacute;veda desgarrando jirones de nubes de
+ forma caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja,
+ como respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del
+ cuerpo y del alma.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor era m&aacute;s so&ntilde;ador que ninguno de los
+ presentes. Se acerc&oacute; a Mes&iacute;a, consigui&oacute; entablar
+ conversaci&oacute;n particular con &eacute;l; y como encontr&oacute; a su
+ amigo m&aacute;s atento que nunca, m&aacute;s cordial, m&aacute;s
+ afectuoso, no tard&oacute; en abrirle el alma de par en par.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando ya los otros se hab&iacute;an cansado de la luna y de las &oacute;peras
+ y las malague&ntilde;as, don V&iacute;ctor, que hab&iacute;a comido bien y
+ merendado con frecuentes libaciones, segu&iacute;a abriendo el pecho ante
+ la atenci&oacute;n de Mes&iacute;a, atenci&oacute;n muda, intachable.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted&mdash;dec&iacute;a el viejo&mdash;yo no s&eacute; c&oacute;mo
+ soy, pero sin creerme un Tenorio, siempre he sido afortunado en mis
+ tentativas amorosas; pocas veces las mujeres con quien me he atrevido a
+ ser audaz, han tomado a mal mis demas&iacute;as... pero debo decirlo todo:
+ no s&eacute; por qu&eacute; tibieza o encogimiento de car&aacute;cter, por
+ frialdad de la sangre o por lo que sea, la mayor parte de mis aventuras se
+ han quedado a medio camino.... No tengo el don de la constancia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues es indispensable.&mdash;Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis
+ pasiones son fuegos fatuos; he tenido m&aacute;s de diez mujeres medio
+ rendidas... y muy pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido m&iacute;a,
+ lo que se llama m&iacute;a.... Sin ir m&aacute;s lejos....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mes&iacute;a
+ hab&iacute;a de ser un pozo, le refiri&oacute; las persecuciones de que
+ hab&iacute;a sido v&iacute;ctima, las provocaciones lascivas de Petra; y
+ confes&oacute; que al fin, despu&eacute;s de resistir mucho tiempo, a&ntilde;os,
+ como un Jos&eacute;... hab&iacute;ase cegado en un momento... y hab&iacute;a
+ jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre; bast&oacute; que la
+ muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor exig&iacute;a, para
+ que &eacute;l, seguro de vencer, enfriara, cejase en su descabellado prop&oacute;sito,
+ content&aacute;ndose con peque&ntilde;os favores y con el conocimiento
+ exacto de la hermosura que ya no hab&iacute;a de poseer.
+ </p>
+ <p>
+ Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin decir
+ que hab&iacute;a sido de su mujer. Le parec&iacute;a una debilidad indigna
+ de un marido &laquo;de mundo&raquo; regalarle ligas a su se&ntilde;ora.
+ Pidi&oacute; consejo a Mes&iacute;a respecto de su conducta futura con
+ Petra.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Debo despedirla?&mdash;&iquest;Tiene usted celos?&mdash;No
+ se&ntilde;or; yo no soy el perro del hortelano... aunque he de confesar
+ que algo me disgust&oacute; en el primer momento el descubrir aquella
+ prueba de su liviandad.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;est&aacute; usted seguro de que la liga es de Petra?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ah, s&iacute;; estoy absolutamente seguro.
+ </p>
+ <p>
+ Y sigui&oacute; Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo.
+ </p>
+ <p>
+ La alcoba en que dorm&iacute;an Ana y don V&iacute;ctor ten&iacute;a una
+ ventana a la galer&iacute;a precisamente del lado en que estaban
+ conversando los dos amigos.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta abri&oacute; de repente las vidrieras y llam&oacute; a su
+ marido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, V&iacute;ctor, &iquest;no te acuestas hoy?
+ </p>
+ <p>
+ Los dos amigos se volvieron. Quintanar ten&iacute;a los ojos inflamados y
+ las mejillas encendidas.... Sus confidencias le hab&iacute;an
+ rejuvenecido....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; hora es, hija m&iacute;a?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los
+ Marqueses ya est&aacute;n recogidos.
+ </p>
+ <p>
+ Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su
+ cuarto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bobadas de mam&aacute;&mdash;dijo Paco del mal humor&mdash;apareciendo
+ por un extremo de la galer&iacute;a. Edelmira prefer&iacute;a dormir con
+ Obdulia, como es natural... y ahora do&ntilde;a Rufina la hac&iacute;a
+ acostarse en su misma alcoba.... Bobadas.... Tonter&iacute;as de mam&aacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Buena est&aacute; Obdulia para dormir con nadie&mdash;dijo Visita
+ que ven&iacute;a del cuarto contiguo al de Ana.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pues qu&eacute; tiene?&mdash;Yo creo que una <i>mica</i>,
+ una borrachera de mil cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qu&eacute;
+ s&eacute; yo; ello es que est&aacute; en la cama dando ayes y dice que all&iacute;
+ no se acuesta nadie, que quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy
+ a poner mi cama al lado de la suya.... Buenas noches....
+ </p>
+ <p>
+ Y acerc&aacute;ndose a la ventana sujet&oacute; a la Regenta por los
+ hombros, le habl&oacute; al o&iacute;do, le llen&oacute; de besos
+ estrepitosos la cara y corri&oacute; a su cuarto, haciendo antes una mueca
+ de conmiseraci&oacute;n burlesca a Joaquinito Orgaz que, cabizbajo y trist&oacute;n,
+ rondaba por los pasillos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. V&iacute;ctor, a la
+ cama.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sonre&iacute;a, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de
+ acostarse.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y ustedes?&mdash;dijo Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nosotros&mdash;respondi&oacute; Paco&mdash;nos hemos quedado sin
+ cama porque a la se&ntilde;ora gobernadora le dio el capricho de tener
+ miedo a los truenos y quedarse a dormir....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;De modo?...&mdash;pregunt&oacute; Ana risue&ntilde;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que dormiremos en un sof&aacute;.&mdash;Vaya, vaya, pues buenas
+ noches.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Espera un poco, tonta, mira qu&eacute; buena noche est&aacute;...
+ hablemos aqu&iacute; un poco....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo no tengo sue&ntilde;o; tiene raz&oacute;n Paco; hablemos&mdash;dijo
+ don V&iacute;ctor, que hab&iacute;a entrado en su cuarto y se hab&iacute;a
+ puesto las zapatillas y el gorro de borla de oro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;C&oacute;mo hablar? no se&ntilde;or..., a la cama....
+ </p>
+ <p>
+ Y Ana, coqueta sin querer, amenaz&oacute; graciosa, provocativa, con
+ cerrar las ventanas y las contraventanas....
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a con un moh&iacute;n le suplic&oacute; que esperase....
+ </p>
+ <p>
+ Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del d&iacute;a,
+ las bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora
+ todav&iacute;a; Ana y su marido dentro, Paco, Joaqu&iacute;n y &Aacute;lvaro
+ en la galer&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva,
+ y all&iacute;, cerca del propio lecho, a los amigos j&oacute;venes en cuya
+ compa&ntilde;&iacute;a se sent&iacute;a &eacute;l joven tambi&eacute;n,
+ &iquest;qu&eacute; mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha se le asomaba
+ al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la casa, todos dorm&iacute;an,
+ y s&oacute;lo en aquel rinc&oacute;n de la galer&iacute;a, junto a aquella
+ ventana abierta hab&iacute;a el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a
+ veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que parec&iacute;a
+ dar m&aacute;s intimidad e inter&eacute;s a lo que se dec&iacute;an. Ana
+ esquivaba unas veces las miradas de don &Aacute;lvaro, que fumaba apoyando
+ un codo muy cerca de los de Anita, tambi&eacute;n reclinada sobre el
+ antepecho. Otras veces, las m&aacute;s, los ojos se clavaban en los ojos y
+ sin que nadie pudiera remediarlo se dec&iacute;an amores, cada vez m&aacute;s
+ elocuentes.
+ </p>
+ <p>
+ &Aacute;lvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y
+ codicia al interior de la alcoba.... Ana sorprendi&oacute; alguna de
+ aquellas miradas r&aacute;pidas y compadeci&oacute; al enamorado gal&aacute;n,
+ sin tomar a mal su curiosidad indiscreta. Don V&iacute;ctor no llevaba
+ traza de poner fin al palique y Ana misma se crey&oacute; en el caso de
+ decir:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vaya, vaya... hasta ma&ntilde;ana; V&iacute;ctor, adentro, adentro.
+ </p>
+ <p>
+ Y cerr&oacute; las vidrieras en las narices de &Aacute;lvaro y de los
+ pollos. Paco y Joaqu&iacute;n desaparecieron en lo obscuro del corredor.
+ Quintanar ya estaba de espaldas, all&aacute; en el fondo de la alcoba, en
+ mangas de camisa. Don &Aacute;lvaro no se mov&iacute;a; y vio a la Regenta
+ detr&aacute;s de los cristales, cerrando pausadamente las maderas; y ella
+ en medio, en el hueco de luz, mir&aacute;ndole seria, dulce... y despu&eacute;s
+ cuando ya s&oacute;lo quedaba un intersticio le mir&oacute; risue&ntilde;a,
+ juguetona. Volvi&oacute; a abrir otro poco... y volvi&oacute; a verle todo
+ el rostro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Adi&oacute;s, adi&oacute;s, dormir bien&mdash;dijo Ana, detr&aacute;s
+ de las vidrieras; y cerr&oacute; las contraventanas de golpe y corri&oacute;
+ el pestillo.
+ </p>
+ <p>
+ Como la romer&iacute;a de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio
+ por los alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y
+ sus amigos. Quintanar y se&ntilde;ora esperaban a los de Vetusta en la
+ quinta; y unas veces a pie, otras en coche, se emprend&iacute;a la marcha,
+ se recorr&iacute;a aquellas aldeas pintorescas, se o&iacute;an aquellos c&aacute;nticos,
+ mon&oacute;tonos, pero siempre agradables, dulces y melanc&oacute;licos de
+ la danza ind&iacute;gena, y se volv&iacute;a al obscurecer, comiendo
+ avellanas y cantando, entre labriegos y campesinas retozonas, confundidos
+ se&ntilde;ores y colonos en una mezcla que enternec&iacute;a a don V&iacute;ctor,
+ el cual dec&iacute;a: &laquo;Vea usted, si se pudieran realizar la
+ igualdad y la fraternidad... no hab&iacute;a cosa mejor ni m&aacute;s po&eacute;tica&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, adem&aacute;s,
+ sol&iacute;an visitar a la Regenta cada tres o cuatro d&iacute;as. A veces
+ Ana y Quintanar, despu&eacute;s de comer, a eso de las cuatro de la tarde,
+ sal&iacute;an a la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La
+ soledad le iba pesando un poco a don V&iacute;ctor y aquellas visitas las
+ agradec&iacute;a en el alma. Ana al divisar all&aacute; lejos, en el
+ extremo de la cinta larga y estrecha de carretera las siluetas de los dos
+ poderosos caballos blancos de Mes&iacute;a y Vegallana, sent&iacute;a un
+ placer que se le antojaba infantil... y se pon&iacute;a nerviosa de
+ ansiedad, que crec&iacute;a seg&uacute;n se acercaban los bultos y se
+ aclaraban las figuras de caballos y jinetes.
+ </p>
+ <p>
+ Ni Visitaci&oacute;n ni Paco se atrev&iacute;an ya nunca a decir nada a
+ don &Aacute;lvaro alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer;
+ conoc&iacute;an en <i>la cara de gloria</i> del Tenorio que esperaba el
+ triunfo, que tal vez lo estaba tocando, y comprend&iacute;an que el pudor,
+ la verg&uuml;enza, mejor dicho, exig&iacute;a un silencio absoluto
+ respecto del caso. Don &Aacute;lvaro agradec&iacute;a &laquo;la delicadeza&raquo;
+ de sus c&oacute;mplices y callaba tambi&eacute;n, tranquilo y satisfecho.
+ </p>
+ <p>
+ A fines del mes comenz&oacute; la dispersi&oacute;n general; todos los que
+ ten&iacute;an cuatro cuartos, y muchos que no los ten&iacute;an, dejaron
+ la capital y buscaron la frescura de la playa.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor, loco de contento, sali&oacute; del Vivero con su mujer
+ y con Petra y se instal&oacute; en el puerto mejor de la provincia, <i>La
+ Costa</i>, villa floreciente m&aacute;s rica que Vetusta, emporio del
+ cabotaje y vestida muy a la moda. Otros a&ntilde;os Quintanar pasaba el
+ mes de Agosto en Palomares, a donde iban tambi&eacute;n Visita, Obdulia y
+ alguna vez los Marqueses y Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Dos a&ntilde;os hace que no he veraneado!&mdash;dec&iacute;a
+ Quintanar alegre como un chiquillo.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta prefiri&oacute; La Costa a Palomares porque el Magistral hab&iacute;a
+ suplicado que no se fuera a ba&ntilde;os, y que si el m&eacute;dico lo
+ exig&iacute;a que por lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana
+ contradecir este deseo del confesor y transigi&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Iremos a La Costa&raquo; dijo en la carta en que contest&oacute; a
+ don Ferm&iacute;n. Ten&iacute;a &eacute;ste p&eacute;sima idea de los
+ efectos morales de los ba&ntilde;os de todo el Cant&aacute;brico, y
+ especialmente de los ba&ntilde;os de Palomares. La mayor parte de los
+ penitentes volv&iacute;an de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena
+ de pecadillos que, si trat&aacute;ndose de otros casi le hac&iacute;an
+ sonre&iacute;r, en la Regenta le hubieran hecho muy poca gracia.
+ </p>
+ <p>
+ Comprend&iacute;a don Ferm&iacute;n que su influencia iba disminuyendo,
+ que la fe de Ana se entibiaba y en cambio crec&iacute;a la desconfianza en
+ ella; y como perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando
+ tormento al orgullo, a los celos, hac&iacute;a de tripas coraz&oacute;n,
+ fing&iacute;a no ver, y manten&iacute;a su poder espiritual claudicante
+ &laquo;con puntales de tolerancia y estribos de paciencia&raquo;. La ira
+ la desahogaba sobre el Obispo y con la curia eclesi&aacute;stica. Cada vez
+ era su poder mayor y m&aacute;s cruel su tiran&iacute;a. Las ventajas de
+ don &Aacute;lvaro en el &aacute;nimo de Ana las pagaba el clero
+ parroquial, aquel clero que Foja dec&iacute;a respetar tanto.
+ </p>
+ <p>
+ Tambi&eacute;n Ana prefer&iacute;a aquel <i>modus vivendi</i>; no quer&iacute;a
+ volver a las andadas, tem&iacute;a que viniesen la compasi&oacute;n y los
+ remordimientos y las aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer
+ enferma, si por completo romp&iacute;a con el Provisor.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Me conozco, pensaba; s&eacute; que, despu&eacute;s de todo, le
+ tengo cierto cari&ntilde;o, y si abandonase su amistad, una voz insufrible
+ me hab&iacute;a de estar gritando siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya
+ que &eacute;l disimula, y finge no ver este cambio, y ya no se queja como
+ al principio, dej&eacute;moslo todo as&iacute;; quiero paz, paz, no m&aacute;s
+ batallas aqu&iacute; dentro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro, en el tono confidencial que hab&iacute;a adoptado despu&eacute;s
+ de su declaraci&oacute;n, hab&iacute;a venido a indicar vagamente que no
+ conven&iacute;a irritar a don Ferm&iacute;n, que &eacute;l le cre&iacute;a
+ capaz de hacer da&ntilde;o siempre de un modo o de otro. Ana, aunque
+ &Aacute;lvaro no se atrev&iacute;a a ser muy expl&iacute;cito en este
+ particular, comprend&iacute;a lo que su amigo, <i>nuevo hermano</i>, quer&iacute;a
+ decir y aprobaba su prudencia.
+ </p>
+ <p>
+ Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que en
+ otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposici&oacute;n de
+ motivos.
+ </p>
+ <p>
+ Ana fue a La Costa. Mes&iacute;a, por disimular, pas&oacute; cinco d&iacute;as
+ en Palomares, despu&eacute;s se corri&oacute; a San Sebasti&aacute;n, y el
+ d&iacute;a de Nuestra Se&ntilde;ora de Agosto se present&oacute; en La
+ Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente.
+ </p>
+ <p>
+ A don V&iacute;ctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda.
+ Se hab&iacute;a instalado en la m&aacute;s lujosa, de m&aacute;s
+ movimiento y ruido, situada en el muelle. All&aacute; se fue tambi&eacute;n
+ Mes&iacute;a, accediendo a los ruegos de su amigo el ex-regente.
+ </p>
+ <p>
+ Veinte d&iacute;as despu&eacute;s volv&iacute;an los tres juntos a
+ Vetusta; Ben&iacute;tez felicit&oacute; a la Regenta por su notable mejor&iacute;a;
+ ahora si que estaba la salud asegurada; &iexcl;qu&eacute; color! &iexcl;qu&eacute;
+ morbidez! &iexcl;qu&eacute; <i>s&oacute;lidamente</i> robusta volv&iacute;a!
+ </p>
+ <p>
+ A don V&iacute;ctor se le ca&iacute;a la baba. &laquo;&iexcl;Oh, el mar,
+ si no hay como el mar, y la mesa redonda, y la casa de ba&ntilde;os, y los
+ paseos por el muelle, y los conciertos al aire libre... y los teatros y
+ circos!&raquo;. &iexcl;Qu&eacute; contento estaba con la vida Quintanar!
+ Su mujer era una joya; la m&aacute;s hermosa de la provincia, como hab&iacute;a
+ sido siempre, pero adem&aacute;s ahora suya, completamente suya, y de un
+ humor nuevo, alegre, activo, como el que Dios le hab&iacute;a otorgado a
+ &eacute;l....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y yo? &iquest;eh? &iquest;qu&eacute; tal vengo yo se&ntilde;or
+ Ben&iacute;tez?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Magn&iacute;fico, magn&iacute;fico tambi&eacute;n; hecho un pollo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya lo creo!&mdash;&iquest;Y este gal&aacute;pago? Este gal&aacute;pago
+ que ya va siendo viejo, &iquest;qu&eacute; tal?&mdash;Y daba palmaditas en
+ la espalda de Mes&iacute;a&mdash;. Este s&iacute; que parece un chiquillo.
+ </p>
+ <p>
+ Y volvi&eacute;ndose a Fr&iacute;gilis que estaba presente, algo triste y
+ desmejorado, a&ntilde;ad&iacute;a Quintanar:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En cambio t&uacute; vas a escape para Villavieja.... Y eso que
+ tanto tono sabes darte con tu higiene, y tu vida de &aacute;rbol secular.
+ No, lo que es al siglo no llegas, carcamal....
+ </p>
+ <p>
+ Y abrazaba y daba palmadas en la espalda tambi&eacute;n a su Fr&iacute;gilis
+ para que no tuviera celos de Mes&iacute;a. Quintanar era feliz; quer&iacute;a
+ que lo fueran todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta
+ los conocidos, el mundo entero.
+ </p>
+ <p>
+ Si Mes&iacute;a le preguntaba en broma:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; tal <i>Kempis</i>? &iquest;Qu&eacute; dice de
+ esto <i>Kempis</i>?
+ </p>
+ <p>
+ El otro contestaba:&mdash;&iquest;Qui&eacute;n? &iexcl;Qu&eacute;
+ </p>
+ <p>
+ <i>Kempis</i> ni qu&eacute; ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el caser&oacute;n.
+ Voy a blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la
+ piedra de la fachada. Ver&aacute;n ustedes qu&eacute; hermosa queda la
+ piedra amarillenta despu&eacute;s que la piquemos. No quiero obscuridad,
+ no quiero negruras, no quiero tristezas.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a hab&iacute;a convencido a la Regenta de que don V&iacute;ctor,
+ en rigor, ven&iacute;a a ser una cosa as&iacute;... como un padre. Siempre
+ hab&iacute;a pensado ella algo por el estilo.
+ </p>
+ <p>
+ Sin embargo, se le deb&iacute;a el honor; y a pesar de tanta intimidad, de
+ aquel amor confesado impl&iacute;citamente, Ana pod&iacute;a decir que don
+ &Aacute;lvaro no hab&iacute;a puesto sus labios en aquella piel con cuyo
+ contacto so&ntilde;aba de fijo.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a no se daba prisa. &laquo;Aquella casada no era como otras;
+ hab&iacute;a que conquistarla como a una virgen; en rigor &eacute;l era su
+ primer amor y los ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran
+ robado mil ilusiones. Adem&aacute;s a &eacute;l tambi&eacute;n le
+ rejuvenec&iacute;a aquella situaci&oacute;n de amor plat&oacute;nico, de
+ intimidad dulc&iacute;sima en que s&oacute;lo &eacute;l hablaba de amor
+ con la boca y ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo dem&aacute;s que
+ era mudo y no era deshonesto y grosero&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;As&iacute; como as&iacute; el verano siempre le ten&iacute;a un
+ poco l&aacute;nguido y desmadejado. Calculaba &eacute;l, con aquella
+ frivolidad afectada y natural al mismo tiempo de materialista pr&aacute;ctico,
+ calculaba que all&aacute; para el invierno &eacute;l se sentir&iacute;a
+ fuerte como un roble y la Regenta estar&iacute;a suave y d&oacute;cil como
+ una malva. Adem&aacute;s, una barbaridad pod&iacute;a, si no echarlo todo
+ a perder, retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que
+ el que llevaban. Ello dir&iacute;a, ello dir&iacute;a y no hab&iacute;a de
+ tardar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como &eacute;l
+ dec&iacute;a, <i>&eacute;tait d&eacute;j&agrave; sur le retour</i>, se
+ sent&iacute;a transformado por la juventud y la pasi&oacute;n vehemente y
+ so&ntilde;adora de Anita. No recordaba don &Aacute;lvaro haber deseado
+ tanto a una mujer ni haber gozado con los amores plat&oacute;nicos, seg&uacute;n
+ &eacute;l llamaba a todos los no consumados, como estaba gozando entonces.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta cayendo, cayendo era feliz; sent&iacute;a el mareo de la ca&iacute;da
+ en las entra&ntilde;as, pero si algunos d&iacute;as al despertar en vez de
+ pensamientos alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes,
+ algo como un remordimiento, pronto se curaba con la nueva metaf&iacute;sica
+ naturalista que ella, sin darse cuenta de ello, hab&iacute;a creado a
+ &uacute;ltima hora para satisfacer su af&aacute;n invencible de llevar
+ siempre a la abstracci&oacute;n, a las generalidades, los sucesos de su
+ vida.
+ </p>
+ <p>
+ Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, ten&iacute;a poco tiempo para
+ ellas. Toda la vida era diversi&oacute;n, excursiones, comidas alegres,
+ teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se hab&iacute;a
+ establecido una especie de convivencia de que participaban Obdulia,
+ Visita, &Aacute;lvaro, Joaqu&iacute;n y algunos otros amigos &iacute;ntimos.
+ </p>
+ <p>
+ Se iba al Vivero muy a menudo; se corr&iacute;a por el bosque, por la
+ galer&iacute;a que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del r&iacute;o.
+ Todos parec&iacute;an c&oacute;mplices. Obdulia y Visita adoraban a la
+ Regenta, eran esclavas de sus caprichos, se la com&iacute;an a besos;
+ juraban que eran felices vi&eacute;ndola tan tratable, tan <i>humanizada</i>.
+ Y jam&aacute;s una alusi&oacute;n picaresca, ni una pregunta indiscreta,
+ ni una sorpresa importuna. Nadie hablaba all&iacute; del peligro que s&oacute;lo
+ ignoraba Quintanar. Muchas veces, cuando una tormenta como la de San Pedro
+ descargaba sobre el Vivero, se quedaba all&iacute; toda la comitiva a
+ pasar la noche. Ana se encontraba, sin buscarlo, pero sin esquivar las
+ ocasiones, en contacto con &Aacute;lvaro, apretada contra &eacute;l en
+ coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada semana.
+ </p>
+ <p>
+ Un d&iacute;a de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Mart&iacute;n,
+ se emprendi&oacute; la &uacute;ltima excursi&oacute;n, por aquel a&ntilde;o,
+ al Vivero.
+ </p>
+ <p>
+ La alegr&iacute;a era extremada, nerviosa. <i>Aquellos chicos</i>, como
+ segu&iacute;a llam&aacute;ndolos Ripamil&aacute;n, tambi&eacute;n
+ expedicionario a pesar de los a&ntilde;os, aquellos chicos que ten&iacute;an
+ en la quinta de Vegallana los mejores recuerdos de sus juegos alegres, se
+ desped&iacute;an con pesar de aquel rinc&oacute;n de sus primaveras y sus
+ oto&ntilde;os. Quer&iacute;an saborear hasta la &uacute;ltima gota de
+ alegr&iacute;a loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas
+ y picantes del bosque. Jam&aacute;s Visita <i>hizo la ni&ntilde;a</i> de
+ mejor buena fe, jam&aacute;s Obdulia consinti&oacute; a Joaqu&iacute;n <i>m&aacute;s
+ tonter&iacute;as</i>, seg&uacute;n su vocabulario lleno de eufemismos;
+ Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho d&iacute;as antes; hasta
+ los viejos cantaron, bailaron un minu&eacute; y corrieron por el bosque;
+ don V&iacute;ctor hizo diabluras y se cay&oacute; al r&iacute;o,
+ pretendiendo saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho.
+ </p>
+ <p>
+ Ana y &Aacute;lvaro, al darse la mano por la ma&ntilde;ana, al subir al
+ coche, se encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La
+ noche anterior &Aacute;lvaro hab&iacute;a dicho que &eacute;l se quer&iacute;a
+ morir. No ped&iacute;a nada, pero se quer&iacute;a morir. Ana en todo el
+ camino de Vetusta al Vivero no dijo m&aacute;s que esto, y bajo, al o&iacute;do
+ de &Aacute;lvaro: &laquo;Hoy es el &uacute;ltimo d&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de comer, a todos los amantes del Vivero les preocup&oacute;
+ la idea de que la tarde ser&iacute;a muy corta. Joaqu&iacute;n y Obdulia
+ sab&iacute;an que todo el mundo era patria: &laquo;&iexcl;pero como all&iacute;!&raquo;
+ Edelmira y Paco suspiraban tambi&eacute;n por sus escondites de la quinta,
+ que iban a dejar muy pronto.... Antes del &uacute;ltimo arranque de
+ locura, de las &uacute;ltimas carreras por el bosque y de la &uacute;ltima
+ alegr&iacute;a hubo un cuarto de hora de melancol&iacute;a... de cansancio
+ mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la &uacute;ltima. Visita
+ se sent&oacute; al piano y toc&oacute; la polka de <i>Salacia</i>, un
+ baile fant&aacute;stico de gran espect&aacute;culo que se representaba
+ aquellas noches en Vetusta. <i>Salacia</i>, la hija del mar, sacaba a sus
+ hermanas del oc&eacute;ano y no se sabe por qu&eacute; a las bacantes a
+ bailar en la playa una danza infernal; Ana record&oacute; la impresi&oacute;n
+ que aquella polka hab&iacute;a causado en sus sentidos.... &laquo;&iexcl;Las
+ bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco&raquo;.&mdash;Ana
+ sab&iacute;a mucho de estos recuerdos mitol&oacute;gicos y pronto hab&iacute;a
+ dejado de ver el pobre aparato esc&eacute;nico del teatro de Vetusta y las
+ bailarinas prosaicas y no todas bien formadas, para trasladarse a la
+ imaginada regi&oacute;n de Oriente donde su fantas&iacute;a, a medias
+ ilustrada, ve&iacute;a bosques misteriosos, carreras fren&eacute;ticas de
+ las bacantes enloquecidas por la m&uacute;sica estridente y por las
+ libaciones de perpetua org&iacute;a, al aire libre. &iexcl;La bacante! la
+ fan&aacute;tica de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida lozana y
+ salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo; aquella
+ carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos, cayendo con
+ delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de precipicios y
+ enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita recordaba de mala
+ manera en el piano aquella humilde polka de <i>Salacia</i>, que ten&iacute;a
+ de bueno lo que ten&iacute;a de copia, la Regenta dejaba bailar en su
+ cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sue&ntilde;os y
+ de su pasi&oacute;n irritada.
+ </p>
+ <p>
+ De pronto se le antoj&oacute; mirar una <i>Ilustraci&oacute;n</i> que
+ estaba sobre un centro de sala. &laquo;La &uacute;ltima flor&raquo; dec&iacute;a
+ la leyenda de un grabado en que clav&oacute; Ana los ojos. En un jard&iacute;n,
+ en Oto&ntilde;o, una mujer, hermosa, de unos treinta a&ntilde;os, aspiraba
+ con frenes&iacute; y oprim&iacute;a contra su rostro una flor... la
+ &uacute;ltima....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ea, ea, al monte!&mdash;grit&oacute; en aquel momento
+ Obdulia desde la huerta&mdash;&iexcl;al monte, al monte! a despedirse de
+ los &aacute;rboles....
+ </p>
+ <p>
+ Visitaci&oacute;n azot&oacute; con fuerza las teclas violentando el comp&aacute;s
+ de su polka... y en seguida cerr&oacute; el piano con &iacute;mpetu:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Al monte! &iexcl;al monte!&mdash;gritaron de arriba y de
+ abajo.
+ </p>
+ <p>
+ Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos,
+ zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la oto&ntilde;ada.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella noche se prolong&oacute; la fiesta en Vetusta; era la despedida
+ del buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la
+ puerta.... Y se improvis&oacute; una cena para todos aquellos se&ntilde;ores.
+ Muchos a las doce, despu&eacute;s de bailar y cantar y alborotar, ya ten&iacute;an
+ apetito; se hab&iacute;a comido temprano; otros no hicieron m&aacute;s que
+ probar golosinas y beber. Como la noche se hab&iacute;a quedado tan serena
+ y templada que parec&iacute;a de las primeras de Septiembre, se cen&oacute;
+ en la estufa nueva que se inaugur&oacute; en este d&iacute;a; era grande,
+ alta, confortable, construida por modelo de Par&iacute;s. Don &Aacute;lvaro,
+ inteligente en la materia, dijo que se parec&iacute;a, en peque&ntilde;o,
+ a la de la princesa Matilde. &iexcl;C&oacute;mo envidi&oacute; Obdulia
+ aquel dato! Y sinti&oacute; orgullo. &iexcl;Un hombre que hab&iacute;a
+ sido su amante pod&iacute;a hablar de la <i>serre</i> de la princesa
+ Matilde!
+ </p>
+ <p>
+ Se cen&oacute; all&iacute;. En el sal&oacute;n amarillo, donde se hab&iacute;a
+ bailado despu&eacute;s de volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de
+ refresco, se apagaban solas las velas de esperma, en los candelabros,
+ corri&eacute;ndose por culpa del viento que dejaba pasar un balc&oacute;n
+ abierto. Los criados no hab&iacute;an apagado m&aacute;s que la ara&ntilde;a
+ de cristal. Las sillas estaban en desorden; sobre la alfombra yac&iacute;an
+ dos o tres libros, pedazos de papel, barro del Vivero, hojas de flores, y
+ una rota de Begonia, como un pedazo de brocado viejo. Parec&iacute;a el
+ sal&oacute;n fatigado. Las figuras de los cromos finos y provocativos de
+ la Marquesa re&iacute;an con sus posturas de falsa gracia violentas y
+ amaneradas. Todo era all&iacute; ausencia de honestidad; los muebles sin
+ orden, en posturas inusitadas, parec&iacute;an amotinados, amenazando
+ contar a los sordos lo que sab&iacute;an y callaban tantos a&ntilde;os hac&iacute;a.
+ El sof&aacute; de ancho asiento amarillo, m&aacute;s prudente y con m&aacute;s
+ experiencia que todo, callaba, conservando su puesto.
+ </p>
+ <p>
+ Una r&aacute;faga de viento apag&oacute; la &uacute;ltima luz que
+ alumbraba el cuadro solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se
+ abri&oacute; la puerta del sal&oacute;n y pasaron dos bultos. Las pisadas
+ las apag&oacute; en seguida la alfombra. Por toda claridad la poca de la
+ calle, producto de la luna nueva y de un farol de enfrente, adulaci&oacute;n
+ del municipio nuevo a la casa del Marqu&eacute;s. Al abrirse la puerta se
+ oy&oacute; a lo lejos el ruido de la servidumbre en la cocina; carcajadas
+ y el <i>run, run</i> de una guitarra ta&ntilde;ida con timidez y cierto
+ respeto a los amos; este rumor se mezclaba con otro m&aacute;s apagado, el
+ que ven&iacute;a de la huerta, atravesaba los cristales de la estufa y
+ llegaba al sal&oacute;n como murmullo de un barrio populoso lejano.
+ </p>
+ <p>
+ Los dos bultos eran Mes&iacute;a y Quintanar, que ebrio de confidencias
+ persegu&iacute;a a su amigo &iacute;ntimo con el relato de las aventuras
+ de su juventud, all&aacute; en la Almunia de don Godino.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro se dej&oacute; caer en el sof&aacute;, so&ntilde;oliento
+ y so&ntilde;ador; no o&iacute;a a don V&iacute;ctor, o&iacute;a la voz del
+ deseo ardiente, brutal, que gritaba: &laquo;&iexcl;hoy, hoy, ahora, aqu&iacute;,
+ aqu&iacute; mismo!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del sal&oacute;n y
+ aquella discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parec&iacute;an
+ muy a prop&oacute;sito para confesar sus picard&iacute;as er&oacute;ticas,
+ continuaba el relato, para decir de cuando en cuando, a manera de
+ estribillo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pero qu&eacute; fatalidad! &iquest;Cree usted que por fin la
+ hice m&iacute;a? &iexcl;pues, no se&ntilde;or! p&aacute;smese usted.... Lo
+ de siempre, me falt&oacute; la constancia, la decisi&oacute;n, el
+ entusiasmo... y me qued&eacute; a media miel, amigo m&iacute;o. No s&eacute;
+ qu&eacute; es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento cr&iacute;tico
+ me falta el valor... y estoy por decir que el deseo....
+ </p>
+ <p>
+ Una vez, al repetir esta canci&oacute;n don V&iacute;ctor, a Mes&iacute;a
+ se le antoj&oacute; atender; oy&oacute; lo de quedarse a media miel, lo de
+ faltarle el valor... y con suprema resoluci&oacute;n, casi con ira pens&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Este idiota me est&aacute; avergonzando, sin saberlo.... Ya que
+ &eacute;l lo quiere, que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo,
+ aqu&iacute; mismo....
+ </p>
+ <p>
+ Poco despu&eacute;s, los dos amigos, cansado hasta el mismo don V&iacute;ctor
+ de confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de
+ las buenas digestiones despu&eacute;s de las cenas grandiosas. No estaba
+ all&iacute; Anita.
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; &Aacute;lvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie
+ pensara en si sal&iacute;a o no, y entr&oacute; de nuevo en el caser&oacute;n.
+ En la cocina segu&iacute;a la algazara. Lo dem&aacute;s todo era silencio.
+ Volvi&oacute; al sal&oacute;n. No hab&iacute;a nadie. &laquo;No pod&iacute;a
+ ser&raquo;. Entr&oacute; en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio
+ entre las sombras ning&uacute;n cuerpo humano. Todo era sillas y butacas.
+ Sobre ellas ning&uacute;n bulto de mujer. &laquo;No pod&iacute;a ser&raquo;.
+ Con aquella fe en sus corazonadas, que era toda su religi&oacute;n,
+ &Aacute;lvaro busc&oacute; m&aacute;s en lo obscuro... lleg&oacute; al
+ balc&oacute;n entornado; lo abri&oacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ana!&mdash;&iexcl;Jes&uacute;s!
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXIXmdash" id="XXIXmdash"></a>&mdash;XXIX&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ &laquo;El d&iacute;a de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros.
+ Me lo han mandado de Le&oacute;n lleno de nueces. Ser&aacute; cosa
+ exquisita. Adem&aacute;s, tengo vino de mi tierra, un Valdi&ntilde;&oacute;n
+ que se masca...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a no falt&oacute; a su promesa, y el d&iacute;a de Navidad comi&oacute;
+ en el caser&oacute;n de los Ozores. El sal&oacute;n estaba ahora
+ empapelado de azul y oro a cuadros; la gran chimenea churrigueresca se hab&iacute;a
+ conservado con sus ondulantes sirenas de abultado seno de yeso. Don V&iacute;ctor
+ se content&oacute; con pintar de un blanco gris <i>discreto</i>, como
+ &eacute;l dec&iacute;a, todas aquellas cornisas, volutas, acantos,
+ escocias y hojarasca.
+ </p>
+ <p>
+ A los postres, el amo de la casa se qued&oacute; pensativo. Segu&iacute;a
+ con la mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que serv&iacute;a
+ a la mesa. Despu&eacute;s del caf&eacute; pudo notar don &Aacute;lvaro que
+ su amigo estaba impaciente. Desde aquel verano, desde que hab&iacute;an
+ vivido juntos en la fonda de La Costa, don V&iacute;ctor se hab&iacute;a
+ acostumbrado a la comensal&iacute;a de don &Aacute;lvaro; le encontraba a
+ la mesa m&aacute;s decidor y simp&aacute;tico que en ninguna otra parte y
+ le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces, despu&eacute;s de charlar
+ cuanto quer&iacute;a, Quintanar sol&iacute;a levantarse, dar una vuelta
+ por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar as&iacute; media hora
+ larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se mov&iacute;a. Ana y
+ &Aacute;lvaro se miraban, pregunt&aacute;ndose con los ojos qu&eacute;
+ novedad ser&iacute;a aquella.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta se inclin&oacute; un instante para recoger una servilleta del
+ suelo, y don V&iacute;ctor hizo a Mes&iacute;a una se&ntilde;a que quer&iacute;a
+ decir claramente:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Me estorba esa; si se fuera... hablar&iacute;amos.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a encogi&oacute; los hombros.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Ana levant&oacute; la cabeza sonriendo a don &Aacute;lvaro, este,
+ sin verlo Quintanar, apunt&oacute; a la puerta sin mover m&aacute;s que
+ los ojos.
+ </p>
+ <p>
+ Ana sali&oacute; en seguida.&mdash;&iexcl;Gracias a Dios!&mdash;dijo su
+ marido, respirando con fuerza&mdash;. Cre&iacute; que no se marchaba hoy
+ esa muchacha.
+ </p>
+ <p>
+ Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ahora podremos hablar.&mdash;Usted dir&aacute;&mdash;respondi&oacute;
+ tranquilamente &Aacute;lvaro, chupando su habano y tap&aacute;ndose la
+ cara con el humo, seg&uacute;n su costumbre de <i>enturbiar el aire</i>
+ cuando le conven&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Qu&eacute; tripa se le habr&aacute; roto a este?&raquo;,
+ pens&oacute; con un vago recelo, que no se explicaba siquiera.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor acerc&oacute; su silla a la del otro, y tom&oacute; el
+ tono de las grandes revelaciones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Actualmente&mdash;dijo&mdash;todo me sonr&iacute;e. Soy feliz en mi
+ hogar, no entro ni salgo en la vida p&uacute;blica; ya no temo la invasi&oacute;n
+ absorbente de la iglesia, cuya influencia delet&eacute;rea... pero esa
+ Petra me parece que me quiere dar un disgusto.
+ </p>
+ <p>
+ Movimiento de sobresalto en Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Expl&iacute;quese usted. &iquest;Ha vuelto usted a las andadas?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos...
+ explicaciones... treguas... promesas de respetar... lo que esa grand&iacute;sima
+ tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella est&aacute; picada
+ porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de mi lecho, de
+ mi t&aacute;lamo... como si dij&eacute;ramos, a la satisfacci&oacute;n de
+ ef&iacute;meros placeres.... &iquest;Me entiende usted? Finge que se
+ alborota por defender su honor que, en resumidas cuentas, aqu&iacute;
+ nadie se atreve a amenazar seriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi
+ frialdad....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; hace? vamos a ver....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mire usted, &Aacute;lvaro, por nada de este mundo dar&iacute;a yo
+ un disgusto a mi Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena,
+ pero antes ten&iacute;a sus caprichos, ya recuerda usted....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, s&iacute;... al grano.&mdash;Ahora la pobrecita coincide
+ con mis gustos en todo. Por aqu&iacute;, digo, y por aqu&iacute; se va.
+ Hasta le ha pasado aquella exaltaci&oacute;n un poco selv&aacute;tica,
+ aquel amor excesivo a los placeres buc&oacute;licos, aquella exclusiva
+ preocupaci&oacute;n de la salud al aire libre, del ejercicio, de la
+ higiene en suma.... Todos los extremos son malos, y Ben&iacute;tez me ten&iacute;a
+ dicho que la verdadera curaci&oacute;n de Ana vendr&iacute;a cuando se la
+ viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por pienso, al
+ cuidado excesivo y loco de su alma. &iexcl;Aquello era lo peor!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero... no me dice usted...&mdash;All&aacute; voy; Ana vive ahora
+ en un equilibrio que es garant&iacute;a de la salud por la que tanto
+ tiempo hemos suspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da
+ aquellos sustos; no tiene jam&aacute;s veleidades de santa, ni me llena la
+ casa de sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero
+ perderla a ning&uacute;n precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo que
+ quiere comprometernos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero vamos a ver, &iquest;qu&eacute; hace Petra?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos prevali&eacute;ndose
+ de mi situaci&oacute;n falsa, fals&iacute;sima... lo confieso. &iquest;No
+ comprende usted que para Ana tendr&iacute;a que ser un golpe terrible
+ cualquier revelaci&oacute;n de esa... ramerilla hip&oacute;crita?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; sucede, se&ntilde;or? &iexcl;hable usted
+ claro y pronto!&mdash;grit&oacute; Mes&iacute;a impaciente, m&aacute;s
+ interesado en el asunto de lo que su amigo pod&iacute;a suponer.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;M&aacute;s bajo, &Aacute;lvaro, m&aacute;s bajo. &iquest;Qu&eacute;
+ sucede? Mucho. Petra sabe que yo quiero evitar a toda costa un disgusto a
+ mi mujer, porque temo que cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar
+ y volvi&eacute;ramos a las andadas. Un desenga&ntilde;o, mi escasa
+ fidelidad descubierta, de fijo la volver&iacute;a a sus antiguas
+ cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscar&iacute;a consuelo en la
+ religi&oacute;n y ah&iacute; ten&iacute;amos al se&ntilde;or Magistral
+ otra vez.... &iexcl;Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a
+ toda costa que Ana sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y
+ sensual fu&iacute; capaz de solicitar los favores de esa <i>scortum</i>,
+ como las llama don Saturnino.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;por qu&eacute; ha de saber Ana eso? Si, despu&eacute;s
+ de todo, no hay nada que saber....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;; lo que hay basta para clavarle un pu&ntilde;al a la
+ pobrecita. La conozco yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi
+ esposa pensar&aacute; lo dem&aacute;s, lo que no hay.&mdash;&iquest;Pero
+ Petra?... Acabe usted. &iquest;Ha dicho algo? &iquest;Ha amenazado con
+ decir?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Esa es la cuesti&oacute;n. Habla gordo, es insolente, trabaja poco,
+ no admite ri&ntilde;as y aspira a ponerse en un pie de igualdad
+ absurdo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Absurdo...&mdash;Y la infame &iquest;con qui&eacute;n creer&aacute;
+ usted que est&aacute; m&aacute;s altiva, m&aacute;s soberbia, m&aacute;s
+ insolente? &iquest;Conmigo? Eso parecer&iacute;a lo natural. &iexcl;Pues
+ no se&ntilde;or, con Ana! &iexcl;P&aacute;smese usted, con Ana!
+ </p>
+ <p>
+ Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don &Aacute;lvaro contest&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal
+ vez celos!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso digo yo.... &laquo;Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que
+ quisiste hacer tu concubina... o se lo cuento todo&raquo;. Este es el
+ lenguaje de la conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo;
+ soluci&oacute;n; &iquest;qu&eacute; hago? &iquest;sufrir en silencio?
+ Absurdo. Adem&aacute;s, puede acab&aacute;rsele la paciencia a Anita, que
+ si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que le queda de cuando fue
+ casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si sospecha... si... &iexcl;triste
+ de m&iacute;!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Calma, hombre, calma.&mdash;&iquest;Qu&eacute; hacemos, &Aacute;lvaro,
+ qu&eacute; hacemos?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es muy sencillo.&mdash;&iexcl;Sencillo!&mdash;S&iacute;, hay que
+ echar a Petra de esta casa.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor salt&oacute; en su silla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso es cortar el nudo...&mdash;Pues no hay m&aacute;s soluci&oacute;n.
+ Echarla.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero
+ don &Aacute;lvaro prometi&oacute; allanarlo todo. &laquo;&Eacute;l sab&iacute;a
+ c&oacute;mo se trataba a esta gente. Daba la casualidad feliz de que en la
+ fonda en que &eacute;l viv&iacute;a como ni&ntilde;o mimado hac&iacute;a
+ tantos a&ntilde;os, se necesitaba una muchacha para servir a los hu&eacute;spedes.
+ Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagar&iacute;a la
+ proposici&oacute;n; se la har&iacute;a el mismo don &Aacute;lvaro, y si
+ por caso extra&ntilde;o resist&iacute;a, &eacute;l sabr&iacute;a
+ amenazarla de suerte que...&raquo; etc., etc. En fin, don V&iacute;ctor lo
+ dej&oacute; en manos de su amigo y se fue al Casino, algo m&aacute;s
+ tranquilo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Usted se queda a preparar el terreno, eh?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, hombre, a arreglarlo todo.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto don V&iacute;ctor cerr&oacute; de un golpe la puerta de la
+ escalera, Ana entr&oacute; asustada en el comedor. Iba a hablar, pero lleg&oacute;
+ Petra a recoger el servicio del caf&eacute; y call&oacute; fingiendo leer
+ <i>El L&aacute;baro</i>. Sali&oacute; la doncella y Ana dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay, &Aacute;lvaro?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No te entiendo...&mdash;Petra marcha de esta casa. Adi&oacute;s esp&iacute;as.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Petra! &iquest;qu&eacute; marcha Petra?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, &eacute;l me ha encargado de despedirla; dice que es
+ insolente, que te trata mal....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Dios m&iacute;o! &iquest;ha notado &eacute;l?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, boba, pero no te asustes... &eacute;l lo toma... por
+ donde no quema....
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a explic&oacute; a la Regenta el caso. La hab&iacute;a enterado
+ de todo y de mucho m&aacute;s. Las tentativas del m&iacute;sero don V&iacute;ctor
+ eran para la Regenta, gracias a las calumnias de &Aacute;lvaro, delitos
+ consumados. Pero ella no atribu&iacute;a a esto la insolencia de la
+ criada; tem&iacute;a que hubiese descubierto sus amores con Mes&iacute;a y
+ que aquella soberbia, aquel desaf&iacute;o constante de sus miradas, de
+ sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don V&iacute;ctor
+ su secreto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ya ves como no era lo que t&uacute; tem&iacute;as, aprensiva.... Es
+ muy posible, probable que la pobre chica no sospeche nada, que su
+ atrevimiento no sea m&aacute;s que una amenaza al amo....
+ </p>
+ <p>
+ Ana se ruboriz&oacute;. Todo aquello le repugnaba. &laquo;&iexcl;Aquel
+ marido a quien ella hab&iacute;a sacrificado lo mejor de la vida, no s&oacute;lo
+ era un man&iacute;aco, un hombre fr&iacute;o para ella, insustancial, sino
+ que persegu&iacute;a a las criadas de noche por los pasillos, las sorprend&iacute;a
+ en su cuarto, les ve&iacute;a las ligas!... &iexcl;Qu&eacute; asco! No
+ eran celos, &iquest;c&oacute;mo hab&iacute;an de ser celos? Era asco; y
+ una especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a
+ semejante hombre la vida. S&iacute;, la vida, que era la juventud&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&Aacute;lvaro&mdash;segu&iacute;a pensando Ana&mdash;hab&iacute;a
+ hecho mal en revelarle aquellas miserias, en hacer traici&oacute;n a
+ Quintanar, por indigno que este fuera, y sobre todo en avergonzarla a ella
+ con las aventuras rid&iacute;culas y repugnantes del viejo&raquo;. Pero
+ como ten&iacute;a empe&ntilde;o en limpiar de toda culpa a su Mes&iacute;a,
+ a su se&ntilde;or, al hombre a quien se hab&iacute;a entregado en cuerpo y
+ en alma <i>por toda la vida</i>, seg&uacute;n ella, pronto le disculpaba,
+ reflexionando que &laquo;el pobre &Aacute;lvaro hac&iacute;a aquello por
+ amor, por arrojar del pensamiento de su Ana todo escr&uacute;pulo, todo
+ miramiento que pudiera atarla al viejo que hab&iacute;a hecho de lo mejor
+ de su vida un desierto de tristeza&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Tampoco le agradaba a Anita ver a su &Aacute;lvaro metido en
+ aquellos cuidados dom&eacute;sticos de despedir criadas; y menos
+ encontrarle tan experto en el asunto; todo aquello, de puro prosaico y
+ bajo, era repugnante, pero &iquest;qu&eacute; remedio? &Aacute;lvaro lo
+ hac&iacute;a por ella, por gozar tranquilamente de aquella felicidad que
+ tantos a&ntilde;os de martirio le hab&iacute;a costado...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Estos y todos los dem&aacute;s lunares que en Mes&iacute;a le obligaba a
+ descubrir de poco ac&aacute; el endiablado esp&iacute;ritu de an&aacute;lisis,
+ camino de la locura seg&uacute;n ella, procuraba Ana convertirlos en otras
+ tantas estrellas luminosas de pura hermosura. Si alguna vez le sobrecog&iacute;a
+ la ida de perder a don &Aacute;lvaro, temblaba horrorizada, como en otro
+ tiempo cuando tem&iacute;a perder a Jes&uacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevi&oacute; a
+ murmurar con voz apasionada y tierna al o&iacute;do de su vencedor, no el
+ d&iacute;a de la rendici&oacute;n, mucho despu&eacute;s, fueron para
+ pedirle el juramento de la constancia...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Para siempre, &Aacute;lvaro, para siempre, j&uacute;ramelo; si no
+ es para siempre, esto es un bochorno, es un crimen infame, villano...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a hab&iacute;a jurado, y segu&iacute;a jurando todos los d&iacute;as,
+ una eternidad de amores.
+ </p>
+ <p>
+ La idea de la soledad <i>despu&eacute;s de aquello</i>, le parec&iacute;a
+ a la Regenta m&aacute;s horrorosa que en un tiempo se le antojara la
+ imagen del Infierno.
+ </p>
+ <p>
+ Con amor se pod&iacute;a vivir donde quiera, como quiera, sin pensar m&aacute;s
+ que en el amor mismo...; pero sin &eacute;l... volver&iacute;an los
+ fantasmas negros que ella a veces sent&iacute;a rebullir all&aacute; en el
+ fondo de su cabeza, como si asomaran en un horizonte muy lejano, cual
+ primeras sombras de una noche eterna, vac&iacute;a, espantosa. Ana sent&iacute;a
+ que acabarse el amor, aquella pasi&oacute;n absorbente, fuerte, nueva, que
+ gozaba por la primera vez en la vida, ser&iacute;a para ella comenzar la
+ locura.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, &Aacute;lvaro; si t&uacute; me dejaras me volver&iacute;a
+ loca de fijo; tengo miedo a mi cerebro cuando estoy sin ti, cuando no
+ pienso en ti. Contigo no pienso m&aacute;s que en quererte&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Esto sol&iacute;a decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocres&iacute;a,
+ sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mes&iacute;a,
+ pero que al desaparecer no dej&oacute; en su lugar fingimiento. Ana se
+ entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento, y
+ con una especie de furor que groseramente llamaba Mes&iacute;a, para s&iacute;,
+ hambre atrasada.
+ </p>
+ <p>
+ &Eacute;l estuvo el primer mes asustado. Si los primeros d&iacute;as
+ renegaba del miedo, de la ignorancia y de los escr&uacute;pulos (<i>absurdos
+ en una mujer casada de treinta a&ntilde;os</i>, seg&uacute;n la filosof&iacute;a
+ del Presidente del Casino), pronto vio tan colmada la medida de sus
+ deseos, que lleg&oacute; a inquietarle &laquo;otro aspecto&raquo; de sus
+ amores. Nunca hab&iacute;a sido m&aacute;s feliz. &iquest;Quer&iacute;a
+ satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos
+ disgustos? Pues Ana, la mujer m&aacute;s hermosa de Vetusta, le adoraba; y
+ le adoraba por &eacute;l, por su persona, por su cuerpo, por <i>el f&iacute;sico</i>.
+ Muchas veces, si a &eacute;l le daba por hablar largo, y tendido, ella le
+ tapaba la boca con la mano y le dec&iacute;a en &eacute;xtasis de amor:
+ &laquo;No hables&raquo;. Mes&iacute;a no echaba esto a mala parte; tambi&eacute;n
+ &eacute;l reconoc&iacute;a que lo mejor era callar, dejarse adorar por
+ buen mozo. &iquest;Quer&iacute;a satisfacer caprichos de la carne ah&iacute;ta,
+ gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma ignorancia de Ana
+ y la fuerza de su pasi&oacute;n y las circunstancias de su vida anterior y
+ las condiciones de su temperamento y la de su hermosura facilitaban estos
+ alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero capaz de morir de
+ placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mes&iacute;a estaba
+ intranquilo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Est&aacute; usted desmejorado&mdash;le dec&iacute;a Somoza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Cuidado&mdash;repet&iacute;a Visitaci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Y &eacute;l mismo notaba que su rostro perd&iacute;a la lozana apariencia
+ que hab&iacute;a recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y
+ abstinencia que &eacute;l, prudentemente, hab&iacute;a observado antes de
+ dar el ataque decisivo a la fortaleza de la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, sent&iacute;a que dentro de su cuerpo hab&iacute;a algo
+ que hac&iacute;a <i>crac</i> de cuando en cuando. Hab&iacute;a polilla por
+ all&aacute; dentro. Y lo que &eacute;l tem&iacute;a no era la enfermedad
+ por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen soldado del amor, h&eacute;roe
+ del placer, sabr&iacute;a morir en el campo de batalla. Su inquietud era
+ por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en presencia de Ana
+ era horroroso; era rid&iacute;culo y era infame. S&iacute;; &eacute;l
+ faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con
+ escalofr&iacute;os &eacute;pocas pasadas en que decadencias pasajeras,
+ producidas por excesos de placer, le hab&iacute;an obligado a recurrir a
+ expedientes bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el
+ Casino, a &uacute;ltima hora, a Paco, a Joaqu&iacute;n y dem&aacute;s
+ trasnochadores, para referirlos despu&eacute;s de pasados, cuando el vigor
+ volv&iacute;a y ya las trazas c&oacute;micas no eran necesarias; pero
+ expedientes odiosos como la miseria y sus enga&ntilde;os. Aquel fingir
+ juventud, virilidad, constancia en el amor corporal, parec&iacute;ale a
+ don &Aacute;lvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa que
+ describe Quevedo en el <i>Gran Taca&ntilde;o</i>. &Eacute;l tambi&eacute;n
+ hab&iacute;a sido m&aacute;s de una vez, despu&eacute;s de pr&oacute;digo,
+ el Gran Taca&ntilde;o del amor.... Pero las trazas antiguas ser&iacute;an
+ imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas.... &laquo;No, antes
+ huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, ten&iacute;a derecho a una
+ juventud eterna e inagotable&raquo;. Pero estas ideas tristes, aprensiones
+ de la edad, ven&iacute;an de tarde en tarde; lo m&aacute;s del tiempo
+ semejante inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos
+ amores que reputaba la gloria m&aacute;s alta de su vida. Por su parte se
+ confesaba todo lo enamorado que &eacute;l pod&iacute;a estarlo de quien no
+ fuese don &Aacute;lvaro Mes&iacute;a. Despu&eacute;s del Presidente del
+ Casino ning&uacute;n ser de la tierra le parec&iacute;a m&aacute;s digno
+ de adoraci&oacute;n que su d&oacute;cil Ana, su Ana fren&eacute;tica de
+ amor, como &eacute;l hab&iacute;a esperado siempre aun en los d&iacute;as
+ de mayor apartamiento. Don &Aacute;lvaro no se confesaba a s&iacute;
+ mismo, que hab&iacute;a habido un tiempo en que perdiera la esperanza de
+ vencer a la Regenta. &iexcl;La ten&iacute;a ahora tan vencida!
+ </p>
+ <p>
+ Mejor que nunca lo conoci&oacute; cuando hubo que dar la gran batalla para
+ trasladar al caser&oacute;n de los Ozores el nido del amor ad&uacute;ltero.
+ Ana se opuso, llor&oacute;, suplic&oacute;... &laquo;no, no; eso no,
+ &Aacute;lvaro, por Dios no, eso nunca&raquo;. Y resisti&oacute; muchos d&iacute;as
+ a las s&uacute;plicas del amante que se quejaba de lo poco y deprisa y sin
+ comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre se ve&iacute;an en casa de
+ Vegallana; all&iacute; eran sus cari&ntilde;os furtivos, precipitados;
+ pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa intimidad no era
+ posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos expuesto a sobresaltos,
+ intermitencias y disimulos. Ana se negaba a acudir a un rinc&oacute;n de
+ amores que &Aacute;lvaro promet&iacute;a buscar; el mismo &Aacute;lvaro
+ confesaba que era dif&iacute;cil encontrar semejante rinc&oacute;n seguro
+ en un pueblo <i>tan atrasado</i> como Vetusta. Adem&aacute;s, el lugar que
+ &eacute;l pudiera encontrar, al cabo ten&iacute;a que parecerle repugnante
+ a ella; y como en Ana la imaginaci&oacute;n influ&iacute;a tanto, el
+ desprecio del albergue pod&iacute;a llevarla a la repugnancia del
+ adulterio.... No hab&iacute;a m&aacute;s remedio que tomar por asilo el
+ caser&oacute;n de los Ozores. Era lo m&aacute;s seguro, lo m&aacute;s
+ tranquilo, lo m&aacute;s c&oacute;modo. Comprend&iacute;a &Aacute;lvaro
+ los escr&uacute;pulos de Ana, pero se propuso vencerlos y los venci&oacute;.
+ Sin embargo, si los obst&aacute;culos del orden puramente moral, los <i>escr&uacute;pulos
+ m&iacute;sticos</i>, como se dec&iacute;a &Aacute;lvaro con frase tan
+ impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a fuerza de
+ pasi&oacute;n, los <i>inconvenientes materiales</i>, las precauciones del
+ miedo opusieron dificultades de m&aacute;s importancia. A don &Aacute;lvaro
+ se le ocurr&iacute;a que sin tener de su parte a una criada, a la doncella
+ mejor, era todo sino imposible muy dif&iacute;cil; pero ni siquiera se
+ atrevi&oacute; a proponer a Anita su idea; la vio siempre desconfiada,
+ mostrando antipat&iacute;a mal oculta hacia Petra, y comprendi&oacute;
+ adem&aacute;s que era muy nueva la Regenta en esta clase de aventuras,
+ para llegar al cinismo de ampararse de dom&eacute;sticas, y menos sabiendo
+ de ellas que eran solicitadas por su marido.
+ </p>
+ <p>
+ Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama.
+ &iquest;No era Petra muy tentada de la risa? La aventura de la liga y
+ otras de que &eacute;l ten&iacute;a noticia &iquest;no probaban que era
+ muy f&aacute;cil interesar en su favor a aquella muchacha? S&iacute;. Y
+ dicho y hecho. En ausencia de Ana y de don V&iacute;ctor, detr&aacute;s de
+ la puerta, en los pasillos, donde pod&iacute;a, don &Aacute;lvaro comenz&oacute;
+ el ataque de Petra que se rindi&oacute; mucho m&aacute;s pronto de lo que
+ &eacute;l esperaba. Pero hab&iacute;a un inconveniente muy grave. A la
+ chica se le ocurri&oacute; ser, o fingirse, desinteresada, preferir los
+ locos juegos del amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discret&iacute;simas
+ medias palabras y buenas obras, a cambio de un cari&ntilde;o que Mes&iacute;a
+ no estaba en circunstancias de prodigar. &laquo;&iexcl;Pobre Ana, qu&eacute;
+ sab&iacute;a ella de todas estas complicaciones!&raquo;. No sab&iacute;a
+ tampoco don &Aacute;lvaro tanto como &eacute;l cre&iacute;a. Ignoraba por
+ ejemplo que Petra pod&iacute;a permitirse el lujo de servirle bien a
+ &eacute;l sin pensar en el inter&eacute;s, sin m&aacute;s pago que el del
+ amor con que el gallo vetustense ya no pod&iacute;a ser manirroto: no era
+ Petra enemiga del vil metal, ni la ambici&oacute;n de mejorar de suerte y
+ hasta de <i>esfera</i>, como ella sab&iacute;a decir, era floja pasi&oacute;n
+ en su alma, concupiscente de arriba abajo; pero en Mes&iacute;a no buscaba
+ ella esto; le quer&iacute;a por buen mozo, por burlarse a su modo del ama,
+ a quien aborrec&iacute;a &laquo;por hip&oacute;crita, por guapetona y por
+ orgullosa&raquo;; le quer&iacute;a por vanidad, y en cuanto a servirle en
+ lo que &eacute;l deseaba, tambi&eacute;n a ella le conven&iacute;a por
+ satisfacer su pasi&oacute;n favorita, despu&eacute;s de la lujuria acaso,
+ por satisfacer sus venganzas. Veng&aacute;base protegiendo ahora los
+ amores de Mes&iacute;a y Ana, &laquo;del idiota de don V&iacute;ctor&raquo;
+ que se pon&iacute;a a comprometer a las muchachas sin saber de la misa la
+ media; veng&aacute;base de la misma Regenta que ca&iacute;a, ca&iacute;a,
+ gracias a ella, en un agujero sin fondo, que estaba, sin saberlo la
+ hipocritona en poder de su criada, la cual el d&iacute;a que le conviniese
+ pod&iacute;a descubrirlo todo. Ten&iacute;a entre sus u&ntilde;as a la se&ntilde;ora
+ &iquest;qu&eacute; m&aacute;s quer&iacute;a ella? Todas las noches pasaba
+ unas cuantas horas, la honra y tal vez la vida del amo, pendiente de un
+ hilo que ten&iacute;a ella, Petra, en la mano, y si ella quer&iacute;a, si
+ a ella se le antojaba, &iexcl;zas! todo se aplastaba de repente... ard&iacute;a
+ el mundo. Y como si esto en vez de un placer, en vez de una gloria fuese
+ para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de Vetusta le pagaba el
+ servicio con <i>amores de se&ntilde;orito</i> que eran los que ella hab&iacute;a
+ saboreado siempre con m&aacute;s delicia, por un instinto de se&ntilde;or&iacute;o
+ que siempre la hab&iacute;a dominado. Pero adem&aacute;s gozaba de otra
+ venganza m&aacute;s suculenta que todas estas la endiablada moza. &iquest;Y
+ el Magistral? El Magistral la hab&iacute;a querido enga&ntilde;ar, la hab&iacute;a
+ hecho suya; ella se hab&iacute;a entregado creyendo pasar en seguida a la
+ plaza que m&aacute;s envidiaba en Vetusta, la de Teresina. Petra sab&iacute;a
+ lo bien que colocaba do&ntilde;a Paula a todas las que eran por alg&uacute;n
+ tiempo doncellas en su casa. Teresina, a quien esperaba para muy pronto
+ una colocaci&oacute;n de <i>se&ntilde;orona</i> all&aacute; en cierta
+ administraci&oacute;n de bienes del amo, casada con un buen mozo, Teresina
+ la hab&iacute;a enterado de lo que ella no hab&iacute;a podido observar y
+ adivinar, le hab&iacute;a abierto los ojos y llenado la boca de agua;
+ Petra comprend&iacute;a que la casa del Magistral era el camino m&aacute;s
+ seguro para llegar a casarse y ser <i>se&ntilde;ora</i> o poco menos....
+ La ocasi&oacute;n hab&iacute;a llegado; despu&eacute;s de la romer&iacute;a
+ de San Pedro cre&iacute;a ella que todo era cuesti&oacute;n de semanas, de
+ esperar una oportunidad; Teresina saldr&iacute;a pronto bien colocada y
+ entrar&iacute;a ella en su puesto.... Pero no fue as&iacute;; el Magistral
+ no volvi&oacute; a solicitar a Petra; cuando tuvo que hablarla, no fue
+ para asuntos que a ella directamente le importasen, fue... &iexcl;qu&eacute;
+ verg&uuml;enza! para comprarla como esp&iacute;a. Cierto es que el
+ Provisor le prometi&oacute; para muy pronto la plaza de Teresina, con
+ todas las ventajas que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar; pero de
+ todas suertes a ella se la hab&iacute;a enga&ntilde;ado; o mejor, se hab&iacute;a
+ enga&ntilde;ado ella; pero esto no quer&iacute;a reconocerlo la orgullosa
+ rubia. Era el caso que, en su opini&oacute;n, el Magistral era amante de
+ do&ntilde;a Ana hac&iacute;a mucho tiempo, y que la escena del bosque del
+ Vivero la interpret&oacute; la vanidad de la criada como una victoria de
+ su belleza que hab&iacute;a hecho caer en pecado de inconstancia al can&oacute;nigo.
+ Crey&oacute; Petra que don Ferm&iacute;n la quer&iacute;a a ella ahora
+ despu&eacute;s de haber querido a su ama. Caprichos as&iacute; hab&iacute;a
+ visto ella muchos. Cuando se convenci&oacute; de que don Ferm&iacute;n,
+ por mucho que disimulase, estaba enamorado como un loco de la Regenta,
+ furioso de celos, y de que no hab&iacute;a sido su amante ni con cien
+ leguas, y de que a ella, a Petra, s&oacute;lo la hab&iacute;a querido por
+ instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se sublevaron
+ dentro de ella saltando como sierpes; pero las acall&oacute; por de
+ pronto, disimul&oacute;, y por entonces s&oacute;lo dio satisfacci&oacute;n
+ a la avaricia. Acept&oacute; las proposiciones del can&oacute;nigo. Ella
+ entrar&iacute;a en casa de don Ferm&iacute;n el d&iacute;a que fuese
+ necesario salir del caser&oacute;n de los Ozores, pero entre tanto prestar&iacute;a
+ all&iacute; sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo que pod&iacute;a
+ pensar. El can&oacute;nigo sabr&iacute;a todo lo que pasaba; si do&ntilde;a
+ Ana recib&iacute;a visitas, qui&eacute;n entraba cuando no estaba don V&iacute;ctor
+ o se quedaba despu&eacute;s de salir el amo, etc., etc&eacute;tera.
+ </p>
+ <p>
+ Petra prometi&oacute; decir todo lo que hubiera. Fingi&oacute; no recordar
+ siquiera ciertas promesas de otro orden que a don Ferm&iacute;n se le hab&iacute;an
+ escapado en el calor de la improvisaci&oacute;n en aquella dichosa ma&ntilde;ana
+ del Vivero, de que estaba avergonzado. Cuando vio don Ferm&iacute;n a
+ Petra tan propicia para servirle por dinero, sinti&oacute; m&aacute;s y m&aacute;s
+ haber comenzado por el camino absurdo, vergonzoso de una seducci&oacute;n...
+ rid&iacute;cula. Aquella aventura que le recordaba las de anta&ntilde;o,
+ le sonrojaba ahora, porque contradec&iacute;a en cierto modo aquel
+ andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasi&oacute;n por la
+ Regenta. &laquo;El amor pur&iacute;simo que yo tengo, todo lo disculpa&raquo;.
+ &laquo;&iquest;Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque?
+ Claro que no&raquo;, le dec&iacute;a la conciencia. Por eso le repugnaba
+ Petra ahora. Pero no hab&iacute;a m&aacute;s remedio que valerse de ella.
+ </p>
+ <p>
+ Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola
+ ten&iacute;a el cabo. Por ahora a quien serv&iacute;a con lealtad era a
+ Mes&iacute;a; este pagaba en amor, aunque era algo remiso para el pago, y
+ ella le ayudaba cuanto pod&iacute;a, porque ayudarle era satisfacer los
+ propios deseos: hundir al ama, tenerla en un pu&ntilde;o, y burlarse
+ sangrientamente, del <i>idiota del amo</i> y del indino del can&oacute;nigo.
+ Para m&aacute;s adelante se reservaba la astuta moza el derecho de vender
+ a don &Aacute;lvaro y ayudar a su se&ntilde;or, al que pagaba, al que hab&iacute;a
+ de hacerla a ella se&ntilde;orona, a don Ferm&iacute;n. &iquest;Cu&aacute;ndo
+ hab&iacute;a de ser esto? Ello dir&iacute;a. Si don &Aacute;lvaro no se
+ portaba bien, pod&iacute;a ocurrir el caso, llegar la oportunidad; si ella
+ se cansaba, o si Teresina dejaba la plaza y por miedo de que otra la
+ ocupase le conven&iacute;a correr a ella, tambi&eacute;n pod&iacute;a
+ convenir echarlo a rodar todo. Entre tanto don Ferm&iacute;n no sab&iacute;a
+ por Petra nada m&aacute;s que noticias vagas, suficientes para tenerle
+ toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco furioso que
+ ten&iacute;a adem&aacute;s el tormento de disimular sus furores delante
+ del mundo, y de do&ntilde;a Paula singularmente.
+ </p>
+ <p>
+ De modo que si don &Aacute;lvaro pod&iacute;a decir con raz&oacute;n:
+ &iexcl;Pobre Ana, que no sabe nada de esto! tambi&eacute;n Petra pod&iacute;a
+ exclamar: &iexcl;Pobre don &Aacute;lvaro, que no sabe ni la cuarta parte
+ de lo que tanto le importa!
+ </p>
+ <p>
+ El presidente del Casino de Vetusta no tuvo inconveniente en enga&ntilde;ar
+ a la Regenta. Era, seg&uacute;n &eacute;l, muy justo respetar los escr&uacute;pulos
+ de aquella ad&uacute;ltera primeriza (otra frase grosera del seductor),
+ que no pod&iacute;a avenirse a tomar por encubridora a Petra; pero tambi&eacute;n
+ era equitativo que &eacute;l, sin dec&iacute;rselo a do&ntilde;a Ana,
+ fingiendo desconfiar tambi&eacute;n de la doncella, aprovechase los
+ servicios de esta, preciosos en tales circunstancias. La cuesti&oacute;n
+ era entrar todas las noches en la habitaci&oacute;n de la Regenta por el
+ balc&oacute;n. Esto se dec&iacute;a pronto, pero hacerlo ofrec&iacute;a
+ serias dificultades. &iquest;A d&oacute;nde daba el balc&oacute;n del
+ tocador? Al parque. &iquest;C&oacute;mo se pod&iacute;a entrar en el
+ parque? Por la puerta. &iquest;Pero qui&eacute;n ten&iacute;a la llave de
+ la puerta? Una, Fr&iacute;gilis; con esta no hab&iacute;a que contar.
+ &iquest;Y la otra?
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor. Esta pod&iacute;a sustra&eacute;rsele, pero Petra dijo
+ que a tanto no se compromet&iacute;a, que aquello de andar llaves en el
+ ajo era delicado y pod&iacute;a comprometerla. Lo mejor era que el se&ntilde;orito
+ saltase por la pared. Justamente don &Aacute;lvaro ten&iacute;a las
+ piernas muy largas. De esta manera la comedia se representaba mejor;
+ segura do&ntilde;a Ana de que don &Aacute;lvaro saltaba por el muro, no
+ pod&iacute;a sospechar tan f&aacute;cilmente que ten&iacute;a c&oacute;mplices
+ dentro de casa. Despu&eacute;s llegar bajo el balc&oacute;n, trepar por la
+ reja del piso bajo y encaramarse en la barandilla de hierro era cosa f&aacute;cil
+ para tan buen mozo.
+ </p>
+ <p>
+ Todo esto lo hac&iacute;a don &Aacute;lvaro sin la ayuda directa,
+ inmediata de Petra, y do&ntilde;a Ana encontraba as&iacute; muy veros&iacute;mil
+ todo lo que su amante dec&iacute;a de su industria para entrar en el
+ cuarto de ella. Para lo que serv&iacute;a Petra era para vigilar, para
+ evitar que don &Aacute;lvaro pudiera ser sorprendido al entrar o al salir,
+ y para darse tales trazas que do&ntilde;a Ana creyese que ella, la
+ doncella, no hab&iacute;a estado durante toda la noche en circunstancias
+ de poder notar la presencia del amante. Estaba adem&aacute;s all&iacute;
+ para dar el grito de alarma si llegaba el caso, y para combinar las horas.
+ En el servicio de Petra hab&iacute;a algo de la responsabilidad de un jefe
+ de estaci&oacute;n de ferrocarril. Don &Aacute;lvaro sab&iacute;a, porque
+ don V&iacute;ctor se lo hab&iacute;a confesado, que el ex-regente y Fr&iacute;gilis,
+ en cuanto llegaba el tiempo, sal&iacute;an de caza mucho m&aacute;s
+ temprano de lo que Ana cre&iacute;a. Petra era la encargada de despertar
+ al amo, porque Anselmo se dorm&iacute;a sin falta y no cumpl&iacute;a su
+ cometido: Fr&iacute;gilis llegaba al parque a la hora convenida,
+ ladraba... y bajaba don V&iacute;ctor. Lleg&oacute; a quejarse don Tom&aacute;s
+ de que sus ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que
+ se le hac&iacute;a esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y
+ plantones, se acord&oacute; que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a
+ la misma hora sin necesidad de ladrar a nadie. Para mayor seguridad don V&iacute;ctor
+ compr&oacute; un reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este
+ aviso autom&aacute;tico, como &eacute;l dec&iacute;a, acudi&oacute; en
+ adelante a la hora se&ntilde;alada para la cita. Casi todas las ma&ntilde;anas
+ Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la misma hora. El tren que los
+ llevaba a las marismas y montes de Palomares sal&iacute;a este a&ntilde;o
+ un poco m&aacute;s tarde y no necesitaban levantarse antes del ser de d&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Todo esto necesit&oacute; saber don &Aacute;lvaro para no exponerse a un
+ choque en la v&iacute;a con Fr&iacute;gilis o con el mism&iacute;simo don
+ V&iacute;ctor. Este mismo, sin saber lo que hac&iacute;a, le enter&oacute;
+ de sus horas de salida; y lo dem&aacute;s que necesitaba saber de los
+ pormenores se lo refiri&oacute; Petra. As&iacute; pues no hab&iacute;a
+ miedo. Lo de saltar la tapia ofreci&oacute; algunas dificultades; pero una
+ noche, por la parte de fuera en la solitaria calleja de Traslacerca, el
+ Tenorio prepar&oacute; removiendo piedras y quitando cal, dos o tres
+ estribos muy disimulados en el muro, hacia la esquina; hizo tambi&eacute;n
+ con disimulo fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y
+ ayudar la ascensi&oacute;n, y qued&oacute; as&iacute; vencido el principal
+ obst&aacute;culo. Por la parte de dentro todo fue como coser y cantar. Un
+ tonel viejo arrimado al descuido a la pared, y los restos de una
+ espaldera, fueron escalones suficientes, sin que nadie pudiese notarlo,
+ para subir y bajar don &Aacute;lvaro por la parte del parque con toda la
+ prisa que pudieran aconsejar las circunstancias. Aquella escalera
+ disimulada, la comparaba don &Aacute;lvaro con esas cajas de cerillas que
+ ostentan la popular leyenda, &iquest;d&oacute;nde est&aacute; la pastora?
+ &iquest;d&oacute;nde estaba la escala? Despu&eacute;s de verla una vez no
+ se ve&iacute;a otra cosa; pero al que no se la mostraban no se le aparec&iacute;a
+ ella.
+ </p>
+ <p>
+ No faltaba m&aacute;s que lo peor, persuadir a la Regenta a que abriera el
+ balc&oacute;n. Como a ella no se le pod&iacute;a hablar de las garant&iacute;as
+ de seguridad que don &Aacute;lvaro ten&iacute;a dentro de casa, nada o
+ poco se pod&iacute;a oponer a sus argumentos relativos a las sospechas
+ probables de la antip&aacute;tica Petra. Pero al fin don &Aacute;lvaro que
+ hab&iacute;a triunfado de lo m&aacute;s, triunf&oacute; de lo menos: lleg&oacute;
+ a comprender Ana que era imposible, y tal vez rid&iacute;culo, negarse a
+ recibir en su alcoba a un hombre a quien se hab&iacute;a entregado ella
+ por completo. Mucho val&iacute;a la castidad del lecho nupcial, o
+ ex-nupcial mejor dicho, pero &iquest;no val&iacute;a m&aacute;s la
+ castidad de la esposa misma? Entre estos sofismas y la pasi&oacute;n y la
+ constancia en el pedir dieron la victoria a Mes&iacute;a, que si no pudo
+ acallar los sobresaltos de Ana, quien a cada ruido cre&iacute;a sentir el
+ espionaje de Petra, consegu&iacute;a a menudo hacerla olvidarse de todo
+ para gozar del delirio amoroso en que &eacute;l sab&iacute;a envolverla,
+ como en una nube envenenada con opio.
+ </p>
+ <p>
+ Y as&iacute; pasaban los d&iacute;as, asustada Ana de que tan poco despu&eacute;s
+ de la ca&iacute;da fuese ella capaz de recibir a un hombre en su alcoba,
+ ella, que tantos a&ntilde;os hab&iacute;a sabido luchar antes de caer.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella tarde de Navidad, despu&eacute;s de recoger el servicio del caf&eacute;,
+ Petra sali&oacute; de casa y se dirigi&oacute; a la del Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ La recibi&oacute; do&ntilde;a Paula. Eran ahora muy buenas amigas. La
+ madre del Provisor conoc&iacute;a la estrecha simpat&iacute;a que exist&iacute;a
+ entre Teresina y la doncella de la Regenta; y por la actual criada del <i>se&ntilde;orito</i>,
+ de su hijo, sab&iacute;a que en el &aacute;nimo de Ferm&iacute;n, Petra
+ era la persona destinada a sustituir a Teresa el d&iacute;a, pr&oacute;ximo
+ ya, en que esta alcanzara el premio consabido de salir de all&iacute;
+ casada para administrar ciertos bienes de los <i>Provisores</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula, que entend&iacute;a a medias palabras, y aun sin
+ necesidad de ellas, ganosa de satisfacer aquel deseo de su hijo, seg&uacute;n
+ su pol&iacute;tica constante, y de satisfacerle de una manera pulcra,
+ intachable en la forma, anticip&aacute;ndose a &eacute;l, hab&iacute;a
+ resuelto tomar la iniciativa y ofrecer a Petra ella misma aquel puesto que
+ la rubia l&uacute;brica tanto ambicionaba. La proposici&oacute;n se hizo
+ aquella tarde. Teresina iba a salir de casa de un d&iacute;a a otro. Petra
+ acept&oacute; sin titubear, temblando de alegr&iacute;a. Hasta que estuvo
+ en el caser&oacute;n de vuelta, no se le ocurri&oacute; pensar que aquella
+ felicidad suya acarreaba la desgracia de muchos, y hasta cierto punto su
+ propio da&ntilde;o. Adi&oacute;s amores con don &Aacute;lvaro, amores cada
+ vez m&aacute;s escasos, m&aacute;s escatimados por el libertino gracioso,
+ que iba menudeando las propinas y encareciendo las caricias, pero al fin
+ <i>amores</i> se&ntilde;oritos, que la ten&iacute;an orgullosa. &iquest;Qu&eacute;
+ hacer? No cab&iacute;a duda, ser prudente, coger el codiciado fruto,
+ entrar en aquella <i>canonj&iacute;a</i>, en casa del Magistral. Para esto
+ era preciso echar a rodar todo lo dem&aacute;s, romper aquel hilo que ella
+ ten&iacute;a en la mano y del que estaban colgadas la honra, la
+ tranquilidad, tal vez la vida de varias personas. Al pensar esto Petra se
+ encogi&oacute; de hombros. Se le figur&oacute; ver que ca&iacute;a la
+ Regenta y se aplastaba, que ca&iacute;a el Magistral y se aplastaba, que
+ ca&iacute;a don V&iacute;ctor y se convert&iacute;a en tortilla, que el
+ mismo don &Aacute;lvaro rodaba por el suelo hecho a&ntilde;icos. No
+ importaba. Hab&iacute;a llegado el momento. Si perd&iacute;a la ocasi&oacute;n,
+ la vacante de Teresina, pod&iacute;a entrar otra y adi&oacute;s <i>se&ntilde;or&iacute;o</i>
+ futuro. No hab&iacute;a m&aacute;s remedio que ocupar la plaza
+ inmediatamente. Pero entonces hab&iacute;a que dec&iacute;rselo todo al
+ Provisor, porque en saliendo de aquella casa ya no pod&iacute;a ser esp&iacute;a,
+ ni ayudar al que la pagaba a abrir los ojos de aquel est&uacute;pido de
+ don V&iacute;ctor, que, como era natural, querr&iacute;a vengarse,
+ castigar a los culpables; que ser&iacute;a lo que necesitaba el can&oacute;nigo,
+ puesto que &eacute;l no pod&iacute;a con sus manteos al hombro ir a
+ desafiar a don &Aacute;lvaro. Petra discurr&iacute;a perfectamente en
+ estas materias, porque le&iacute;a folletines, la colecci&oacute;n de <i>Las
+ Novedades</i>, que dejara en un desv&aacute;n do&ntilde;a Anuncia, y sab&iacute;a
+ qui&eacute;n desaf&iacute;a a qui&eacute;n, llegado el caso de descubrirse
+ los amores de una se&ntilde;ora casada. El que desaf&iacute;a es el
+ marido, no un pretendiente desairado, y mucho menos siendo cura. No hab&iacute;a
+ duda, el Magistral la necesitaba a ella en el caser&oacute;n llegado el
+ momento cr&iacute;tico... si sal&iacute;a antes y despu&eacute;s no le
+ serv&iacute;a, pod&iacute;a echarla de casa por in&uacute;til. Hab&iacute;a
+ que hacerlo todo pronto, inmediatamente. &iquest;Y qu&eacute; iba a hacer?
+ Una traici&oacute;n, eso desde luego, pero &iquest;c&oacute;mo...?
+ </p>
+ <p>
+ En esto pensaba cuando entr&oacute; en el comedor, ya al obscurecer, a
+ preparar la l&aacute;mpara. Sinti&oacute; que la sujetaban por la cintura
+ y le daban un beso en la nuca.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era el otro; &iexcl;pobre, no sab&iacute;a lo que le aguardaba!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro, despu&eacute;s de su conversaci&oacute;n con Ana, la
+ hab&iacute;a hecho retirarse y se hab&iacute;a quedado solo en el comedor
+ para &laquo;dar el ataque&raquo; a Petra y proponerle, entre caricias, de
+ que cada d&iacute;a le pesaba m&aacute;s, el cambio de amos. No era cierto
+ que hubiese vacante en la fonda, pero all&iacute; era &eacute;l amo y se
+ crear&iacute;a la vacante. Con toda la diplomacia que pudo emplear un
+ hombre que se cre&iacute;a principalmente pol&iacute;tico y era seductor
+ de oficio, ofreci&oacute; a la doncella la nueva posici&oacute;n, &laquo;que
+ ser&iacute;a divertid&iacute;sima, y lucrativa como pocas&raquo;. Don V&iacute;ctor
+ le ten&iacute;a miedo, do&ntilde;a Ana tambi&eacute;n, cada cual por su
+ motivo, y &eacute;l, don &Aacute;lvaro, ser&iacute;a mucho mejor servido
+ si Petra consent&iacute;a en salir de la casa.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ya ves, hija, t&uacute; has cometido una falta, tratar a la se&ntilde;ora
+ con altivez, con insolencia; esto, que es feo de por s&iacute;, la asust&oacute;
+ a ella haci&eacute;ndole creer que sabes algo y que abusas de tu secreto;
+ le asust&oacute; a &eacute;l que teme que vas a cantar, y me perjudica a m&iacute;,
+ como comprendes, porque... ya ves... estando asustada ella... recelosa...
+ pago yo. A ti ya no te necesito en esta casa, porque yo entro y salgo ya
+ sin gu&iacute;as... y all&aacute; en casa... en la fonda puedes sernos
+ &uacute;til.... Adem&aacute;s...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, don &Aacute;lvaro comprend&iacute;a que ya no pod&iacute;a
+ pagar a Petra sus servicios con amor, porque cada d&iacute;a era m&aacute;s
+ urgente economizarlo; y llevando a la chica a la fonda, all&iacute; otros
+ hu&eacute;spedes hambrientos de esta clase de bocados la distraer&iacute;an
+ y &eacute;l cumplir&iacute;a con propinas en adelante. En suma, ya le
+ estorbaba Petra en el caser&oacute;n de los Ozores por muchos conceptos.
+ Pero a ella no se le pod&iacute;an dar tales razones.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;orito&mdash;dijo Petra, que a pesar de su resoluci&oacute;n
+ reciente, sinti&oacute; en el orgullo una herida de tres pulgadas&mdash;no
+ necesita apurarse tanto para convencerme de que debo irme de esta casa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, hija, lo que es, si t&uacute; lo tomas por donde quema, yo no
+ insisto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No se&ntilde;or, si no me deja usted explicarme.... Si yo quiero
+ salir de aqu&iacute;; si precisamente... pero en cuanto a lo de irme a la
+ fonda, no se&ntilde;or. Una cosa es que una tenga sus caprichos y una
+ buena voluntad, &iquest;entiende usted? y otra cosa que a una la regalen a
+ los amigos, y la lleven y la traigan... y....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien....
+ </p>
+ <p>
+ Don &Aacute;lvaro bajaba la voz y Petra la levantaba.
+ </p>
+ <p>
+ Pero la astuta moza, que sab&iacute;a contenerse, cuando era por su bien,
+ se reprimi&oacute;, y cambiando el tono, y el estilo se disculp&oacute;,
+ disimul&oacute; el enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella
+ misma pedir&iacute;a la soldada, y se ir&iacute;a tan contenta, no a la
+ fonda, sino a otra casa; una proporci&oacute;n que ten&iacute;a, y que no
+ pod&iacute;a decir todav&iacute;a cu&aacute;l era. Por lo dem&aacute;s,
+ tan amigos, y si el se&ntilde;orito, don &Aacute;lvaro, la necesitaba, all&iacute;
+ la ten&iacute;a, porque la ley era ley; y en lo tocante a callar, un
+ sepulcro. Que ella lo hab&iacute;a hecho por afici&oacute;n a una persona,
+ que no hab&iacute;a por qu&eacute; ocultarlo, y por l&aacute;stima de
+ otra, casada con un viejo chocho, in&uacute;til y <i>chiflao</i> que era
+ una compasi&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Petra enga&ntilde;&oacute; otra vez a Mes&iacute;a. Hasta le consinti&oacute;
+ nuevas caricias de gratitud que &eacute;l se jur&oacute; ser&iacute;an las
+ &uacute;ltimas, por lo de la econom&iacute;a, que le ten&iacute;a mani&aacute;tico.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor supo aquella noche en el Casino que al d&iacute;a
+ siguiente Petra pedir&iacute;a la cuenta, se marchar&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Oh placer! Quintanar respir&oacute; con fuerza de fuelle y abraz&oacute;
+ a su amigo. &laquo;Le deb&iacute;a algo mejor que la vida, la tranquilidad
+ de su hogar dom&eacute;stico&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Trabajaba don Ferm&iacute;n en su despacho, envueltos los pies en el mant&oacute;n
+ viejo de su madre; escrib&iacute;a a la luz blanquecina y mon&oacute;tona
+ de la ma&ntilde;ana nublada. Un ruido le distrajo, levant&oacute; los ojos
+ y vio en medio del umbral a do&ntilde;a Paula, p&aacute;lida, m&aacute;s p&aacute;lida
+ que sol&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay, madre?&mdash;Est&aacute; ah&iacute; esa
+ Petra, la de Quintanar, que quiere hablarte.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hablarme!... &iquest;tan temprano? &iquest;qu&eacute; hora
+ es?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene
+ asustada... le tiembla la voz....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por m&aacute;quina:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Que entre, que entre.... Do&ntilde;a Paula dio media vuelta y sali&oacute;
+ al pasillo. Antes acarici&oacute; a su hijo con una mirada de compasi&oacute;n
+ de madre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza
+ inclinada sobre el pecho.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula quer&iacute;a comerse con los ojos el secreto de la
+ criada. &iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a? Dud&oacute; un momento... estuvo
+ casi resuelta a preguntar... pero se contuvo y dijo otra vez:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Anda, hija m&iacute;a, entra. &laquo;Hija m&iacute;a&mdash;pens&oacute;
+ Petra&mdash;esta me quiere en casa; segura es mi suerte&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;grit&oacute; el Magistral acerc&aacute;ndose
+ a la criada, como queriendo salir al paso a las noticias....
+ </p>
+ <p>
+ Petra vio que estaban solos... y se ech&oacute; a llorar.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque
+ ten&iacute;a los ojos humillados. Hab&iacute;a querido hablar el can&oacute;nigo,
+ pero no hab&iacute;a podido; sent&iacute;a en la garganta manos de hierro,
+ y por el espinazo y las piernas sacudimientos y un temblor tenue, fr&iacute;o
+ y constante.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Pronto! &iquest;qu&eacute; pasa?...&mdash;pudo preguntar al
+ cabo.
+ </p>
+ <p>
+ Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en confesi&oacute;n,
+ que no sab&iacute;a si era una buena obra o un pecado lo que iba a hacer,
+ que ella quer&iacute;a servirle a &eacute;l, servir a su amo, servir a
+ Dios, que al fin religi&oacute;n era tambi&eacute;n el inter&eacute;s del
+ pr&oacute;jimo, pero... tem&iacute;a... no sab&iacute;a si deb&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Habla!... &iexcl;habla!... te digo que hables pronto...
+ &iquest;qu&eacute; hay, Petra?... &iquest;qu&eacute; hay?...&mdash;Don
+ Ferm&iacute;n, con disimulo, apoy&oacute; una mano en la mesa. Hubo una
+ pausa&mdash;. Habla, por Dios....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;En confesi&oacute;n?&mdash;Petra, habla... pronto...&mdash;Se&ntilde;or,
+ yo he prometido decir a usted... todo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, todo, habla.&mdash;Pero ahora no s&eacute;... no s&eacute;...
+ si debo....
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n corri&oacute; a la puerta, la cerr&oacute; por dentro, y
+ volvi&eacute;ndose r&aacute;pido y con adem&aacute;n descompuesto, grit&oacute;,
+ sujetando con fuerza el brazo de la criada:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;D&eacute;jate de disimulos, habla o te arranco yo las
+ palabras!
+ </p>
+ <p>
+ Petra le mir&oacute; cara a cara, fingiendo humildad y miedo; &laquo;quer&iacute;a
+ ver el gesto que pon&iacute;a aquel can&oacute;nigo al saber que la se&ntilde;orona
+ se la pegaba&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra dijo, sin rodeos, que hab&iacute;a visto ella, con sus propios ojos,
+ lo que jam&aacute;s hubiera cre&iacute;do. El mejor amigo del amo, aquel
+ don &Aacute;lvaro que de d&iacute;a no se separaba de don V&iacute;ctor...
+ entraba de noche en el cuarto de la se&ntilde;ora por el balc&oacute;n y
+ no sal&iacute;a de all&iacute; hasta el amanecer. Ella le hab&iacute;a
+ visto una noche, creyendo que so&ntilde;aba, porque se hab&iacute;a puesto
+ a espiar creyendo as&iacute; desvanecer ciertas sospechas, pero &iexcl;ay!
+ era verdad, era verdad.... Aquel infame hab&iacute;a pervertido a la se&ntilde;orita,
+ una santa.... &iexcl;Bien tem&iacute;a don Ferm&iacute;n!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra segu&iacute;a hablando, pero hac&iacute;a rato que De Pas no la o&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto comprendi&oacute; de qu&eacute; se trataba, antes de o&iacute;r
+ las frases crudas con que pint&oacute; la rubia l&uacute;brica el asalto
+ del caser&oacute;n de los Ozores por el Tenorio vetustense, don Ferm&iacute;n
+ gir&oacute; sobre los talones, como si fuera a caer desplomado, dio dos
+ pasos inciertos y lleg&oacute; al balc&oacute;n contra cuyos cristales
+ apoy&oacute; la frente. Parec&iacute;a mirar a la calle. Pero ten&iacute;a
+ los ojos cerrados.
+ </p>
+ <p>
+ O&iacute;a a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de
+ la voz aguda y lacrimosa, no lo que dec&iacute;a, que ya no llegaba a la
+ atenci&oacute;n del can&oacute;nigo; quer&iacute;a mandarla callar, pero
+ no pod&iacute;a, no pod&iacute;a hablar, no pod&iacute;a moverse....
+ </p>
+ <p>
+ Petra habl&oacute; todo lo que quiso. Cuando call&oacute;, se oyeron nada
+ m&aacute;s los ruidos apagados de la calle; las ruedas de un coche que
+ corr&iacute;a muy lejos, la voz de un mercader ambulante que pregonaba a
+ grito limpio pa&ntilde;os de manos y encajes finos.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprim&iacute;a su
+ frente parec&iacute;a un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y
+ pensaba adem&aacute;s que su madre al meterle por la cabeza una sotana le
+ hab&iacute;a hecho tan desgraciado, tan miserable, que &eacute;l era en el
+ mundo lo &uacute;nico digno de l&aacute;stima. La idea vulgar, falsa y
+ grosera de comparar al cl&eacute;rigo con el eunuco se le fue metiendo
+ tambi&eacute;n por el cerebro con la humedad del cristal helado. &laquo;S&iacute;,
+ &eacute;l era como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa
+ repugnante de puro rid&iacute;cula.... Su mujer, la Regenta, que era su
+ mujer, su leg&iacute;tima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante
+ ellos dos, ante &eacute;l sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de
+ hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del
+ alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa... le hab&iacute;a enga&ntilde;ado,
+ le hab&iacute;a deshonrado, como otra mujer cualquiera; y &eacute;l, que
+ ten&iacute;a sed de sangre, ansias de apretar el cuello al infame, de
+ ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de
+ pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; &eacute;l
+ atado por los pies con un trapo ignominioso, como un presidiario, como una
+ cabra, como un roc&iacute;n libre en los prados, &eacute;l, mis&eacute;rrimo
+ cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, &eacute;l ten&iacute;a
+ que callar, morderse la lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada del
+ otro, nada del infame, del cobarde que le escup&iacute;a en la cara porque
+ &eacute;l ten&iacute;a las manos atadas.... &iquest;Qui&eacute;n le ten&iacute;a
+ sujeto? El mundo entero.... Veinte siglos de religi&oacute;n, millones de
+ esp&iacute;ritus ciegos, perezosos, que no ve&iacute;an el absurdo porque
+ no les dol&iacute;a a ellos, que llamaban grandeza, abnegaci&oacute;n,
+ virtud a lo que era suplicio injusto, b&aacute;rbaro, necio, y sobre todo
+ cruel... cruel.... Cientos de papas, docenas de concilios, miles de
+ pueblos, millones de piedras de catedrales y cruces y conventos... toda la
+ historia, toda la civilizaci&oacute;n, un mundo de plomo, yac&iacute;an
+ sobre &eacute;l, sobre sus brazos, sobre sus piernas, eran sus
+ grilletes.... Ana que le hab&iacute;a consagrado el alma, una fidelidad de
+ un amor sobrehumano, le enga&ntilde;aba como a un marido idiota, carnal y
+ grosero.... &iexcl;Le dejaba para entregarse a un miserable lechuguino, a
+ un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso... a una estatua
+ hueca!... Y ni siquiera l&aacute;stima le pod&iacute;a tener el mundo, ni
+ su madre que cre&iacute;a adorarle, pod&iacute;a darle consuelo, el
+ consuelo de sus brazos y sus l&aacute;grimas.... Si &eacute;l se estuviera
+ muriendo, su madre estar&iacute;a a sus pies mes&aacute;ndose el cabello,
+ llorando desesperada; y para aquello, que era mucho peor que morirse,
+ mucho peor que condenarse... su madre no ten&iacute;a llanto, abrazos,
+ desesperaci&oacute;n, ni miradas siquiera... &Eacute;l no pod&iacute;a
+ hablar, ella no pod&iacute;a adivinar, no deb&iacute;a.... No hab&iacute;a
+ m&aacute;s que un deber supremo, el disimulo; silencio... &iexcl;ni una
+ queja, ni un movimiento! Quer&iacute;a correr, buscar a los traidores,
+ matarlos... &iquest;s&iacute;? pues silencio... ni una mano hab&iacute;a
+ que mover, ni un pie fuera de casa.... Dentro de un rato s&iacute;,
+ &iexcl;a coro a coro! &iexcl;Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!&raquo;.
+ El Provisor sinti&oacute; una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; s&iacute;,
+ el diablo se le hab&iacute;a re&iacute;do en las entra&ntilde;as...
+ &iexcl;y aquella risa profunda, que ten&iacute;a ra&iacute;ces en el
+ vientre, en el pecho, le sofocaba... y le asfixiaba!...
+ </p>
+ <p>
+ Abri&oacute; el balc&oacute;n de un pu&ntilde;etazo y el aire fr&iacute;o
+ y h&uacute;medo le trajo la idea lejana de la realidad, y oy&oacute; la
+ tos discreta de Petra, que aguardaba all&iacute;, detr&aacute;s, clav&aacute;ndole
+ los ojos en la nuca.
+ </p>
+ <p>
+ Cerr&oacute; el balc&oacute;n don Ferm&iacute;n, volviose y mir&oacute;
+ con ojos de idiota a la rubia que enjugaba l&aacute;grimas villanas.
+ &laquo;&iquest;No necesitaba un instrumento para luchar, para hacer da&ntilde;o?
+ Aquel era el &uacute;nico que ten&iacute;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Petra callaba inm&oacute;vil, esperando servir a su due&ntilde;o.
+ </p>
+ <p>
+ Gozaba voluptuosa delicia viendo padecer al can&oacute;nigo, pero quer&iacute;a
+ m&aacute;s, quer&iacute;a continuar su obra, que la mandasen clavar en el
+ alma de su ama, de la orgullosa se&ntilde;orona, todas aquellas agujas que
+ acababa de hundir en las carnes del cl&eacute;rigo loco.
+ </p>
+ <p>
+ Una voz lenta, ronca, mate, que no parec&iacute;a haber sonado en el
+ despacho, voz de ventr&iacute;locuo, pregunt&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y t&uacute;, qu&eacute; piensas hacer... ahora?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Yo?... dejar aquella casa, se&ntilde;or... &laquo;&iquest;No
+ quiere ser franco?&mdash;pens&oacute; Petra&mdash;pues que padezca;
+ &eacute;l vendr&aacute; a buscarme donde quiero que me busque&raquo;.
+ Dejar aquella casa&mdash;repiti&oacute;&mdash;&iquest;qu&eacute; he de
+ hacer? Yo no quiero ayudar con mi silencio a la verg&uuml;enza del amo;
+ remediarlo no puedo, pero puedo salir de aquella casa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y a ti... no te importa el honor de don V&iacute;ctor? As&iacute;
+ agradeces el pan... que comiste tantos a&ntilde;os....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or, yo &iquest;qu&eacute; puedo hacer por &eacute;l?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;En saliendo nada.&mdash;Pues me echan.&mdash;&iquest;Ellos?&mdash;S&iacute;,
+ ellos; ayer el se&ntilde;orito &Aacute;lvaro, que es el que manda all&iacute;...
+ porque el amo est&aacute; ciego, ve por sus ojos: el se&ntilde;orito
+ &Aacute;lvaro me puso de patitas en la calle. Hoy debo despedirme. Me
+ ofreci&oacute; colocaci&oacute;n en la fonda; pero yo prefiero quedar en
+ la calle....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vendr&aacute;s a esta casa, Petra&mdash;dijo la voz de caverna, con
+ esfuerzos in&uacute;tiles por ser dulce.
+ </p>
+ <p>
+ Petra volvi&oacute; a llorar. &laquo;&iquest;C&oacute;mo pagar&iacute;a
+ ella tal caridad, etc., etc.?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella ternura facilit&oacute; el tratado; cediendo cada cual un poco de
+ su tes&oacute;n, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga
+ asquerosa y vil; al principio fingiendo pulcritud, invocando santos
+ intereses, despu&eacute;s olvidando estas f&oacute;rmulas; y por fin el
+ Magistral ofreci&oacute; a la moza asegurar su suerte, colmar su ambici&oacute;n,
+ y ella poner ante los ojos de Quintanar su verg&uuml;enza de modo tan
+ evidente, tan palpable que aquel se&ntilde;or, si corr&iacute;a sangre de
+ hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a los traidores como ten&iacute;an
+ bien merecido.
+ </p>
+ <p>
+ Al terminar aquella conferencia hablaban como dos c&oacute;mplices de un
+ crimen dif&iacute;cil. El Magistral excusaba palabras, pero no las que
+ aclaraban su proyecto. &laquo;&iquest;Qu&eacute; iba a hacer Petra para
+ poner a la vista del est&uacute;pido Quintanar aquella verg&uuml;enza?
+ &iquest;Revelaciones? no pod&iacute;an hac&eacute;rsele. &iquest;An&oacute;nimos?
+ eran expuestos...&raquo;. &laquo;&iexcl;Qu&eacute;! no se&ntilde;or, nada
+ de eso; ha de verlo &eacute;l&raquo;, repet&iacute;a Petra, olvidada de
+ sus fingimientos, con placer de artista.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a all&iacute; dos criminales apasionados, y ning&uacute;n
+ testigo de la ignominia; cada cual ve&iacute;a su venganza, no el crimen
+ del otro ni la verg&uuml;enza del pacto.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Petra sali&oacute; de casa del Magistral, este sinti&oacute; dentro
+ de s&iacute; un hombre nuevo; el hombre que her&iacute;a de muerte por
+ venganza, el criminal, el ciego por la pasi&oacute;n, &laquo;el asesino, s&iacute;,
+ el asesino; la otra era su instrumento, el asesino &eacute;l. Y no le
+ pesaba, no... cien muertes, cien muertes para los infames&raquo;. &laquo;&iquest;Qu&eacute;
+ har&iacute;a don V&iacute;ctor? &iquest;De qu&eacute; comedia antigua se
+ acordar&iacute;a para vengar su ultraje cumplidamente? &iquest;La matar&iacute;a
+ a ella primero? &iquest;Ir&iacute;a antes a buscarle a &eacute;l?...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Al d&iacute;a siguiente, 27 de Diciembre, don V&iacute;ctor y Fr&iacute;gilis
+ deb&iacute;an tomar el tren de Roca&mdash;Tajada a las ocho cincuenta para
+ estar en las Marismas de Palomares a las nueve y media pr&oacute;ximamente.
+ Algo tarde era para comenzar la persecuci&oacute;n de los patos y
+ alcaravanes, pero no hab&iacute;a de establecer la empresa un tren
+ especial para los cazadores. As&iacute; que se madrugaba menos que otros a&ntilde;os.
+ Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte que le llamase con un
+ estr&eacute;pito horr&iacute;sono a las ocho en punto. En un decir Jes&uacute;s
+ se vest&iacute;a, se lavaba, sal&iacute;a al parque donde sol&iacute;a
+ esperar dos o tres minutos a Fr&iacute;gilis, si no le encontraba ya all&iacute;,
+ y en esto y en el viaje a la estaci&oacute;n se empleaba el tiempo
+ necesario para llegar algunos minutos antes de la salida del tren mixto.
+ </p>
+ <p>
+ De un sue&ntilde;o dulce y profundo, poco frecuente en &eacute;l, despert&oacute;
+ Quintanar aquella ma&ntilde;ana con m&aacute;s susto que sol&iacute;a,
+ aturdido por el estridente repique de aquel estertor met&aacute;lico, r&aacute;pido
+ y descompasado. Venci&oacute; con gran trabajo la pereza, bostez&oacute;
+ muchas veces, y al decidirse a saltar del lecho no lo hizo sin que el
+ cuerpo encogido protestara del madrug&oacute;n importuno. El sue&ntilde;o
+ y la pereza le dec&iacute;an que parec&iacute;a m&aacute;s temprano que
+ otros d&iacute;as, que el despertador ment&iacute;a como un deslenguado,
+ que no deb&iacute;a de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. No
+ hizo caso de tales sofismas el cazador, y sin dejar de abrir la boca y
+ estirar los brazos se dirigi&oacute; al lavabo y de buenas a primeras
+ zambull&oacute; la cabeza en agua fr&iacute;a. As&iacute; contestaba don V&iacute;ctor
+ a las sugestiones de la m&iacute;sera carne que pretend&iacute;a volverse
+ a las ociosas plumas.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando ya ten&iacute;a <i>las ideas m&aacute;s despejadas</i>, reconoci&oacute;
+ imparcialmente que la pereza aquella ma&ntilde;ana no se quejaba de vicio.
+ &laquo;Deb&iacute;a de ser en efecto bastante m&aacute;s temprano de lo
+ que dec&iacute;a el reloj. Sin embargo, &eacute;l estaba seguro de que el
+ despertador no adelantaba y de que por su propia mano le hab&iacute;a dado
+ cuerda y pu&eacute;stole en la hora la ma&ntilde;ana anterior. Y con todo,
+ deb&iacute;a de ser m&aacute;s temprano de lo que all&iacute; dec&iacute;a;
+ no pod&iacute;an ser las ocho, ni siquiera las siete, se lo dec&iacute;a
+ el sue&ntilde;o que volv&iacute;a, a pesar de las abluciones, y con m&aacute;s
+ autoridad se lo dec&iacute;a la escasa luz del d&iacute;a&raquo;. &laquo;El
+ orto del sol hoy debe de ser a las siete y veinte, minuto arriba o abajo;
+ pues bien, el sol no ha salido todav&iacute;a, es indudable; cierto que la
+ niebla espes&iacute;sima y las nubes cenicientas y pesadas que cubren el
+ cielo hacen la ma&ntilde;ana muy obscura, pero no importa, el sol no ha
+ salido todav&iacute;a, es demasiada obscuridad esta, no deben de ser ni
+ siquiera las siete&raquo;. No pod&iacute;a consultar el reloj de bolsillo,
+ porque el d&iacute;a anterior al darle cuerda le hab&iacute;a encontrado
+ roto el muelle real.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Lo mejor ser&aacute; llamar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; a los pasillos en zapatillas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Petra! &iexcl;Petra!&mdash;dijo, queriendo dar voces sin
+ hacer ruido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Petra, Petra.... &iexcl;Qu&eacute; diablos! c&oacute;mo ha de
+ contestar si ya no est&aacute; en casa... la p&iacute;cara costumbre, el
+ hombre es un animal de costumbres.
+ </p>
+ <p>
+ Suspir&oacute; don V&iacute;ctor. Se alegraba en el alma de verse libre de
+ aquel testigo y semi-v&iacute;ctima de sus flaquezas; pero, as&iacute; y
+ todo, al recordar ahora que en vano gritaba &laquo;&iexcl;Petra!&raquo;,
+ sent&iacute;a una extra&ntilde;a y po&eacute;tica melancol&iacute;a.
+ &laquo;&iexcl;Cosas del coraz&oacute;n humano!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Servanda! &iexcl;Servanda! &iexcl;Anselmo! &iexcl;Anselmo!
+ </p>
+ <p>
+ Nadie respond&iacute;a.&mdash;No hay duda, es muy temprano. No es hora de
+ levantarse los criados siquiera. &iquest;Pero entonces? &iquest;Qui&eacute;n
+ me ha adelantado el reloj?... &iexcl;Dos relojes echados a perder en dos d&iacute;as!...
+ Cuando entra la desgracia por una casa....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor volvi&oacute; a dudar. &iquest;No pod&iacute;an haberse
+ dormido los criados? &iquest;No pod&iacute;a aquella escasez de luz
+ originarse de la densidad de las nubes? &iquest;Por qu&eacute; desconfiar
+ del reloj si nadie hab&iacute;a podido tocar en &eacute;l? &iquest;Y qui&eacute;n
+ iba a tener inter&eacute;s en adelantarle? &iquest;Qui&eacute;n iba a
+ permitirse semejante broma? Quintanar pas&oacute; a la convicci&oacute;n
+ contraria; se le antoj&oacute; que bien pod&iacute;an ser las ocho, se
+ visti&oacute; deprisa, cogi&oacute; el frasco del an&iacute;s, bebi&oacute;
+ un trago seg&uacute;n acostumbraba cuando sal&iacute;a de caza aquel
+ enemigo mortal del chocolate, y ech&aacute;ndose al hombro el saco de las
+ provisiones, repleto de ricos fiambres, baj&oacute; a la huerta por la
+ escalera del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el
+ silencio de la casa. &laquo;Pero a los criados ya los compondr&iacute;a
+ &eacute;l a la vuelta. &iexcl;Perezosos! Ahora no hab&iacute;a tiempo para
+ nada.... Fr&iacute;gilis deb&iacute;a de estar ya en el Parque esper&aacute;ndole
+ impaciente...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues se&ntilde;or, si en efecto son las ocho no he visto d&iacute;a
+ m&aacute;s obscuro en mi vida. Y sin embargo, la niebla no es muy densa...
+ no... ni el cielo est&aacute; muy cargado.... No lo entiendo.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; Quintanar al cenador que era el lugar de cita.... &iexcl;Cosa
+ m&aacute;s rara! Fr&iacute;gilis no estaba all&iacute;. &iquest;Andar&iacute;a
+ por el parque?... Se ech&oacute; la escopeta al hombro, y sali&oacute; de
+ la glorieta.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres
+ campanadas. Don V&iacute;ctor se detuvo pensativo, apoy&oacute; la culata
+ de su escopeta en la arena h&uacute;meda del sendero y exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Me lo han adelantado! &iquest;Pero qui&eacute;n? &iquest;Son
+ las ocho menos cuarto o las siete menos cuarto? &iexcl;Esta obscuridad!...
+ </p>
+ <p>
+ Sin saber por qu&eacute; sinti&oacute; una angustia extra&ntilde;a,
+ &laquo;tambi&eacute;n &eacute;l ten&iacute;a nervios, por lo visto&raquo;.
+ Sin comprender la causa, le preocupaba y le molestaba mucho aquella
+ incertidumbre. &laquo;&iquest;Qu&eacute; incertidumbre? Estaba antes
+ obcecado; aquella luz no pod&iacute;a ser la de las ocho, eran las siete
+ menos cuarto, aquello era el crep&uacute;sculo matutino, ahora estaba
+ seguro.... Pero entonces &iquest;qui&eacute;n le hab&iacute;a adelantado
+ el despertador m&aacute;s de una hora? &iquest;Qui&eacute;n y para qu&eacute;?
+ Y sobre todo, &iquest;por qu&eacute; este accidente sin importancia le
+ llegaba tan adentro? &iquest;qu&eacute; present&iacute;a? &iquest;por qu&eacute;
+ cre&iacute;a que iba a ponerse malo?...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a echado a andar otra vez; iba en direcci&oacute;n a la casa,
+ que se ve&iacute;a entre las ramas deshojadas de los &aacute;rboles, api&ntilde;ados
+ por aquella parte. Oy&oacute; un ruido que le pareci&oacute; el de un balc&oacute;n
+ que abr&iacute;an con cautela; dio dos pasos m&aacute;s entre los troncos
+ que le imped&iacute;an saber qu&eacute; era aquello, y al fin vio que
+ cerraban un balc&oacute;n de su casa y que un hombre que parec&iacute;a
+ muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la
+ reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y despu&eacute;s
+ saltar sobre un mont&oacute;n de tierra.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;El balc&oacute;n era el de Anita&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El hombre se emboz&oacute; en una capa de vueltas de grana y esquivando la
+ arena de los senderos, saltando de uno a otro cuadro de flores, y
+ corriendo despu&eacute;s sobre el c&eacute;sped a brincos, lleg&oacute; a
+ la muralla, a la esquina que daba a la calleja de Traslacerca; de un salto
+ se puso sobre una pipa medio podrida que estaba all&aacute; arrinconada, y
+ haciendo escala de unos restos de palos de espaldar clavados entre la
+ piedra, lleg&oacute;, gracias a unas piernas muy largas, a verse a caballo
+ sobre el muro.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor le hab&iacute;a seguido de lejos, entre los &aacute;rboles;
+ hab&iacute;a levantado el gatillo de la escopeta sin pensar en ello, por
+ instinto, como en la caza, pero no hab&iacute;a apuntado al fugitivo.
+ &laquo;Antes quer&iacute;a conocerle&raquo;. No se contentaba con
+ adivinarle.
+ </p>
+ <p>
+ A pesar de la escasa luz del crep&uacute;sculo, cuando aquel hombre estuvo
+ a caballo en la tapia, el due&ntilde;o del parque ya no pudo dudar.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Es &Aacute;lvaro!&raquo; pens&oacute; don V&iacute;ctor, y
+ se ech&oacute; el arma a la cara.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a estaba quieto, mirando hacia la calleja, inclinado el rostro,
+ atento s&oacute;lo a buscar las piedras y resquicios que le serv&iacute;an
+ de estribos en aquel descendimiento.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Es &Aacute;lvaro!&raquo; pens&oacute; otra vez don V&iacute;ctor,
+ que ten&iacute;a la cabeza de su amigo al extremo del ca&ntilde;&oacute;n
+ de la escopeta.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&Eacute;l estaba entre &aacute;rboles; aunque el otro mirase hacia
+ el parque no le ver&iacute;a. Pod&iacute;a esperar, pod&iacute;a
+ reflexionar, tiempo hab&iacute;a, era tiro seguro; cuando el otro se
+ moviera para descolgarse... entonces&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero tardaba a&ntilde;os, tardaba siglos. As&iacute; no se pod&iacute;a
+ vivir, con aquel ca&ntilde;&oacute;n que pesaba quintales, mundos de plomo
+ y aquel fr&iacute;o que com&iacute;a el cuerpo y el alma no se pod&iacute;a
+ vivir.... Mejor suerte hubiera sido estar al otro extremo del ca&ntilde;&oacute;n,
+ all&iacute; sobre la tapia.... S&iacute;, s&iacute;; &eacute;l hubiera
+ cambiado de sitio. Y eso que el otro iba a morir&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Era &Aacute;lvaro, &iexcl;y no iba a durar un minuto! &iquest;Caer&iacute;a
+ en el parque o a la calleja?...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No cay&oacute;; descendi&oacute; sin prisa del lado de Traslacerca,
+ tranquilo, acostumbrado a tal escalo, conocido ya de las piedras del muro.
+ Don V&iacute;ctor le vio desaparecer sin dejar la punter&iacute;a y sin
+ osar mover el dedo que apoyaba en el gatillo; ya estaba Mes&iacute;a en la
+ calleja y su amigo segu&iacute;a apuntando al cielo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Miserable! &iexcl;deb&iacute; matarle!&mdash;grit&oacute;
+ don V&iacute;ctor cuando ya no era tiempo; y como si le remordiera la
+ conciencia, corri&oacute; a la puerta del parque, la abri&oacute;, sali&oacute;
+ a la calleja y corri&oacute; hacia la esquina de la tapia por donde hab&iacute;a
+ saltado su enemigo. No se ve&iacute;a a nadie. Quintanar se acerc&oacute;
+ a la pared y vio en sus piedras y resquicios <i>la escalera de su deshonra</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, ahora lo ve&iacute;a perfectamente; ahora no ve&iacute;a
+ m&aacute;s que eso; &iexcl;y cu&aacute;ntas veces hab&iacute;a pasado por
+ all&iacute; sin sospechar que por aquella tapia se sub&iacute;a a la
+ alcoba de la Regenta!. Volvi&oacute; al parque; reconoci&oacute; la pared
+ por aquel lado. La pipa medio podrida arrimada al muro, como al descuido,
+ los palos del espaldar roto formaban otra escala; aquella la ve&iacute;a
+ todos los d&iacute;as veinte veces y hasta ahora no hab&iacute;a reparado
+ lo que era: &iexcl;una escala! Aquello le parec&iacute;a s&iacute;mbolo de
+ su vida: bien claras estaban en ella las se&ntilde;ales de su deshonra,
+ los pasos de la traici&oacute;n; aquella amistad fingida, aquel sufrirle
+ comedias y confidencias, aquel malquistarle con el se&ntilde;or
+ Magistral... todo aquello era otra escala y &eacute;l no la hab&iacute;a
+ visto nunca, y ahora no ve&iacute;a otra cosa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Y Ana? &iexcl;Ana! Aquella estaba all&iacute;, en casa, en
+ el lecho; la ten&iacute;a en sus manos, pod&iacute;a matarla, deb&iacute;a
+ matarla. Ya que al otro le hab&iacute;a perdonado la vida... por horas,
+ nada m&aacute;s que por horas, &iquest;por qu&eacute; no empezaba por
+ ella? S&iacute;, s&iacute;, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro,
+ hab&iacute;a que matar, &iquest;qui&eacute;n lo dudaba? pero antes...
+ antes quer&iacute;a meditar, necesitaba calcular... s&iacute;, las
+ consecuencias del delito... porque al fin era delito...&raquo;. &laquo;Ellos
+ eran unos infames, hab&iacute;an enga&ntilde;ado al esposo, al amigo...
+ pero &eacute;l iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que se
+ quiera, pero asesino&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se sent&oacute; en un banco de piedra. Pero se levant&oacute; en seguida:
+ el fr&iacute;o del asiento le hab&iacute;a llegado a los huesos; y sent&iacute;a
+ una extra&ntilde;a pereza su cuerpo, un ego&iacute;smo material que le
+ pareci&oacute; a don V&iacute;ctor indigno de &eacute;l y de las
+ circunstancias. Ten&iacute;a mucho fr&iacute;o y mucho sue&ntilde;o; sin
+ querer, pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se refer&iacute;an
+ a su desgracia, a su deshonra, a su verg&uuml;enza, se mostraban reacias,
+ hu&iacute;an, se confund&iacute;an y se negaban a ordenarse en forma de
+ raciocinio.
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute; en el cenador y se sent&oacute; en una mecedora. Desde all&iacute;
+ se ve&iacute;a el balc&oacute;n de donde hab&iacute;a saltado don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ El reloj de la catedral dio las siete.
+ </p>
+ <p>
+ Aquellas campanadas fijaron en la cabeza aturdida de Quintanar la triste
+ realidad.... &laquo;Le hab&iacute;an adelantado el reloj. &iquest;Qui&eacute;n?
+ Petra, sin duda Petra. Hab&iacute;a sido una venganza. &iexcl;Oh! una
+ venganza bien cumplida. Ahora le parec&iacute;a absurdo haber tomado la
+ poca luz del alba por d&iacute;a nublado. Y si Petra no hubiera adelantado
+ el reloj o si &eacute;l no lo hubiese cre&iacute;do, tal vez ignorar&iacute;a
+ toda la vida la desgracia horrible... aquella desgracia que hab&iacute;a
+ acabado con la felicidad para siempre. La pereza de ser desgraciado, de
+ padecer, unida a la pereza del cuerpo que ped&iacute;a a gritos colchones
+ y s&aacute;banas calientes, entumec&iacute;an el &aacute;nimo de don V&iacute;ctor
+ que no quer&iacute;a moverse, ni sentir, ni pensar, ni vivir siquiera. La
+ actividad le horrorizaba.... &iexcl;Oh, qu&eacute; bien si se parase el
+ tiempo! Pero no, no se paraba; corr&iacute;a, le arrastraba consigo; le
+ gritaba: mu&eacute;vete; haz algo, tu deber; aqu&iacute; de tus promesas,
+ mata, quema, vocifera, anuncia al mundo tu venganza, desp&iacute;dete de
+ la tranquilidad para siempre, busca energ&iacute;a en el fondo del sue&ntilde;o,
+ de los bostezos arranca los ap&oacute;strofes del honor ultrajado,
+ representa tu papel, ahora te toca a ti, ahora no es Perales quien
+ trabaja, eres t&uacute;, no es Calder&oacute;n quien inventa casos de
+ honor, es la vida, es tu p&iacute;cara suerte, es el mundo miserable que
+ te parec&iacute;a tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos....
+ Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, despu&eacute;s desaf&iacute;a al
+ gal&aacute;n y m&aacute;tale tambi&eacute;n... no hay otro camino. &iexcl;Y
+ a todo esto sin poder menear pie ni mano, muerto de sue&ntilde;o,
+ aborreciendo la vigilia que presentaba tales miserias, tanta desgracia,
+ que iba a durar ya siempre!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero hab&iacute;a llegado la suya. Aquel era su drama de capa y
+ espada. Los hab&iacute;a en el mundo tambi&eacute;n. &iexcl;Pero qu&eacute;
+ feos eran, qu&eacute; horrorosos! &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;a ser que
+ tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes, aquellos rencores
+ en verso y en el teatro? &iexcl;Qu&eacute; malo era el hombre! &iquest;Por
+ qu&eacute; recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto
+ dol&iacute;an cuando eran propias? &iexcl;Y &eacute;l, el miserable,
+ hombre indigno, cobarde, estaba filosofando y su honor sin vengar todav&iacute;a!...
+ &iexcl;Hab&iacute;a que empezar, volaba el tiempo!... &iexcl;Otro
+ tormento! &iexcl;el orden de la funci&oacute;n, el orden de la trama!
+ &iquest;Por d&oacute;nde iba a empezar, qu&eacute; iba a decir; qu&eacute;
+ iba a hacer, c&oacute;mo la mataba a ella, c&oacute;mo le buscaba a
+ &eacute;l?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El reloj de la catedral dio las siete y media.
+ </p>
+ <p>
+ De un brinco se puso Quintanar en pie.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Media hora! media hora en un minuto; y no he o&iacute;do el
+ cuarto....
+ </p>
+ <p>
+ Y Fr&iacute;gilis va a llegar... y yo no he resuelto....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte,
+ no pod&iacute;a resolver. Se despreci&oacute; profundamente, pero m&aacute;s
+ profundo que el desprecio fue el consuelo que sinti&oacute; al comprender
+ que no ten&iacute;a valor para matar a nadie, as&iacute;, tan de repente.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;O subo y la mato ahora mismo, antes que llegue Tom&aacute;s, o ya
+ no la mato hoy....
+ </p>
+ <p>
+ Volvi&oacute; a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la
+ laxitud del &aacute;nimo, que ya no luchaba con la impotencia de la
+ voluntad, recobr&oacute; parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de
+ la traici&oacute;n le pinch&oacute; por la vez primera con fuerza bastante
+ para arrancarle l&aacute;grimas.
+ </p>
+ <p>
+ Llor&oacute; como un anciano, y pens&oacute; en que ya lo era. Jam&aacute;s
+ se le hab&iacute;a ocurrido tal idea. Su temperamento le enga&ntilde;aba,
+ fingiendo una juventud sin fin; la desgracia al herirle de repente le
+ deste&ntilde;&iacute;a, como un chubasco, todas las canas del esp&iacute;ritu.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ay, s&iacute;, era un pobre viejo; un pobre viejo, y le enga&ntilde;aban,
+ se burlaban de &eacute;l. Llegaba la edad en que iba a necesitar una compa&ntilde;era,
+ como un b&aacute;culo... y el b&aacute;culo se le romp&iacute;a en las
+ manos, la compa&ntilde;era le hac&iacute;a traici&oacute;n, iba a estar
+ solo... solo; le abandonaban la mujer y el amigo...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ El dolor, la l&aacute;stima de s&iacute; mismo, trajeron a su pensamiento
+ ideas m&aacute;s naturales y oportunas que las que despertara, entre
+ fantasmas de fiebre y de insomnio, la indignaci&oacute;n contrahecha por
+ las lecturas rom&aacute;nticas y combatida por la pereza, el ego&iacute;smo
+ y la flaqueza del car&aacute;cter.
+ </p>
+ <p>
+ No sent&iacute;a celos, no sent&iacute;a en aquel momento la verg&uuml;enza
+ de la deshonra, no pensaba ya en el mundo, en el rid&iacute;culo que sobre
+ &eacute;l caer&iacute;a; pensaba en la traici&oacute;n, sent&iacute;a el
+ enga&ntilde;o de aquella Ana a quien hab&iacute;a dado su honor, su vida,
+ todo. &iexcl;Ay, ahora ve&iacute;a que su cari&ntilde;o era m&aacute;s
+ hondo de lo que &eacute;l mismo creyera; quer&iacute;ala m&aacute;s ahora
+ que nunca, pero claramente sent&iacute;a que no era aquel amor de amante,
+ amor de esposo enamorado, sino como de amigo tierno, y de padre... s&iacute;,
+ de padre dulce, indulgente y deseoso de cuidados y atenciones!
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Matarla!&mdash;eso se dec&iacute;a pronto&mdash;&iexcl;pero
+ matarla!... Bah, bah... los c&oacute;micos matan en seguida, los poetas
+ tambi&eacute;n, porque no matan de veras... pero una persona honrada, un
+ cristiano no mata as&iacute;, de repente, sin morirse &eacute;l de dolor,
+ a las personas a quien vive unido con todos los lazos del cari&ntilde;o,
+ de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y &eacute;l sent&iacute;a
+ su deshonra como la siente un padre, quer&iacute;a castigar, quer&iacute;a
+ vengarse, pero matar era mucho. No, no tendr&iacute;a valor ni hoy ni ma&ntilde;ana,
+ ni nunca, &iquest;para qu&eacute; enga&ntilde;arse a s&iacute; mismo? Mata
+ el que se ciega, el que aborrece, &eacute;l no estaba ciego, no aborrec&iacute;a,
+ estaba triste hasta la muerte, ahog&aacute;ndose entre l&aacute;grimas
+ heladas; sent&iacute;a la herida, comprend&iacute;a todo lo ingrata que
+ era ella, pero no la aborrec&iacute;a, no quer&iacute;a, no podr&iacute;a
+ matarla. Al otro s&iacute;; &Aacute;lvaro ten&iacute;a que morir; pero
+ frente a frente, en duelo, no de un tiro, no; con una espada lo matar&iacute;a,
+ aquello era m&aacute;s noble, m&aacute;s digno de &eacute;l. Fr&iacute;gilis
+ ten&iacute;a que encargarse de todo. Pero &iquest;cu&aacute;ndo? &iquest;ahora?
+ &iquest;en cuanto llegase? No... tampoco se atrev&iacute;a a dec&iacute;rselo
+ as&iacute;, de repente. Despu&eacute;s de hablar con alma humana de tan
+ vergonzoso descubrimiento, ya no hab&iacute;a modo de volverse atr&aacute;s,
+ esto es, de cambiar de resoluci&oacute;n, de aplazar ni modificar la
+ venganza. En cuanto alguien lo supiera hab&iacute;a que proceder de prisa,
+ con violencia; lo exig&iacute;a as&iacute; el mundo, las ideas del honor;
+ &eacute;l era al fin un marido burlado.... Y a ella habr&iacute;a que
+ llevarla a un convento. Y &eacute;l, se volver&iacute;a a su tierra, si no
+ le mataba Mes&iacute;a; se esconder&iacute;a en La Almunia de don Godino&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Al llegar aqu&iacute; se acord&oacute; el infeliz esposo que Ana, meses
+ antes, le propon&iacute;a un viaje a La Almunia. &laquo;&iexcl;Tal vez si
+ &eacute;l hubiera aceptado, se hubiese evitado aquella desgracia...
+ irreparable! S&iacute;, irreparable, &iquest;qu&eacute; duda cab&iacute;a?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Y Petra? &iexcl;Maldita sea! Petra.... &iexcl;Es ella quien
+ me hace tan desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza,
+ de donde ya no saldr&eacute; aunque mate al mundo entero; aunque haga
+ pedazos a Mes&iacute;a y entierre viva a la pobre Ana!... &iexcl;Ay, Ana
+ tambi&eacute;n va a ser bien infeliz!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La catedral dio ocho campanadas. &laquo;&iexcl;Las ocho! Ahora deb&iacute;a
+ yo despertar... y no sabr&iacute;a nada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Este pensamiento le avergonz&oacute;. En su cerebro estall&oacute; la
+ palabra grosera con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que
+ toleran su deshonra... y la ira volvi&oacute; a encenderse en su pecho,
+ sopl&oacute; con fuerza y barri&oacute; el dolor tierno.... &laquo;&iexcl;Venganza!
+ &iexcl;venganza!&mdash;se dijo&mdash;o soy un miserable, un ser digno de
+ desprecio...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sinti&oacute; pasos sobre la arena, levant&oacute; la cabeza y vio a su
+ lado a Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hola! parece que se ha madrugado&mdash;dijo Crespo, que
+ gustaba de ser siempre el primero.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vamos, vamos&mdash;contest&oacute; don V&iacute;ctor, volviendo a
+ levantarse y despu&eacute;s de colgar la escopeta del hombro.
+ </p>
+ <p>
+ La presencia de Fr&iacute;gilis le hab&iacute;a asustado; sac&oacute;
+ fuerzas de flaqueza para tomar un partido de repente. Se resolvi&oacute;
+ por fin. Resolvi&oacute; callar, disimular, ir a caza. &laquo;All&aacute;
+ en los prados de las marismas, cuando se quedara solo en acecho, en todo
+ aquel d&iacute;a triste que iba a ser tan largo, meditar&iacute;a... y a
+ la vuelta, a la vuelta acaso tendr&iacute;a ya formado su plan, y
+ consultar&iacute;a con Tom&aacute;s y le mandar&iacute;a a desafiar al
+ otro, si era esto lo que proced&iacute;a. Por ahora callar, disimular.
+ Aquello no pod&iacute;a echarse a volar as&iacute; como quiera. El
+ descubrimiento que deb&iacute;a a Petra no era para revelado sin su cuenta
+ y raz&oacute;n. A Fr&iacute;gilis pod&iacute;a dec&iacute;rsele todo, pero
+ a su tiempo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerr&oacute; la verja con su
+ llave. Crespo iba delante. Mir&oacute; don V&iacute;ctor hacia el fondo de
+ la huerta, hacia el caser&oacute;n que ya le parec&iacute;a otro...
+ &laquo;&iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a? &iquest;Era un cobarde aplazando
+ su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no escapar&iacute;an,
+ no hab&iacute;a miedo. Silencio y disimulo, esto hac&iacute;a falta ahora.
+ Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera &iexcl;iba a ser tan
+ grave!&raquo;. Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus
+ pr&oacute;ximos actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza,
+ impresionable y d&eacute;bil iban ahora a depender sucesos tan
+ importantes, la suerte de varias personas, le sum&iacute;a en una especie
+ de p&aacute;nico taciturno y desesperado. Veleidades ten&iacute;a de
+ llamar a Fr&iacute;gilis, dec&iacute;rselo todo, ponerlo en sus manos
+ todo.... &laquo;Fr&iacute;gilis, aunque era un so&ntilde;ador, llegado el
+ caso ten&iacute;a mejor sentido que &eacute;l; sabr&iacute;a ser m&aacute;s
+ pr&aacute;ctico.... &iquest;Qu&eacute; har&iacute;a?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Por lo pronto seguir a Tom&aacute;s a la estaci&oacute;n. Y callar. Para
+ hablar siempre era tiempo.
+ </p>
+ <p>
+ La ma&ntilde;ana segu&iacute;a cenicienta; nubes y m&aacute;s nubes
+ plomizas sal&iacute;an como de un telar de los picos y mesetas del Corf&iacute;n,
+ ca&iacute;an sobre la sierra, se arrastraban por sus cumbres, resbalaban
+ hacia Vetusta y llenaban el espacio de una tristeza gris, muda y sorda.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No hace fr&iacute;o&raquo;, observ&oacute; Fr&iacute;gilis al
+ llegar a la estaci&oacute;n. No llevaba m&aacute;s abrigo que su bufanda a
+ cuadros. Pero dec&iacute;a &eacute;l que su cazadora val&iacute;a por la
+ piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros.
+ </p>
+ <p>
+ En cambio Quintanar, ce&ntilde;ido al cuerpo el capot&oacute;n espeso, ten&iacute;a
+ que hacer esfuerzos para no dar diente con diente.&mdash;&iexcl;No, no
+ hace mucho fr&iacute;o!&mdash;dijo, por miedo de delatarse.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Afortunadamente &eacute;ste es un son&aacute;mbulo que no se fija
+ nunca en si los dem&aacute;s tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo
+ de estar p&aacute;lido, desencajado... pero este ego&iacute;sta no ve nada
+ de eso&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Fr&iacute;gilis encontr&oacute;
+ antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volv&iacute;an de Castilla y
+ despu&eacute;s de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar all&aacute;
+ en la aldea. Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que
+ se ahogaban en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le
+ inspiraba a &eacute;l la helada en las ma&ntilde;anas m&aacute;s fr&iacute;as
+ del a&ntilde;o, frotaba las manos y hablaba del precio de las reses, y de
+ las ventajas de la parcer&iacute;a, locuaz, como nunca se le ve&iacute;a
+ en Vetusta. Parec&iacute;a que, seg&uacute;n el tren se alejaba de los
+ tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en sue&ntilde;o
+ y en niebla, el alma de Fr&iacute;gilis se ensanchaba, respiraba a su
+ gusto aquel pulm&oacute;n de hierro.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor,
+ que su amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren hab&iacute;a
+ tenido tentaciones de arrojarse al and&eacute;n; y despu&eacute;s, de
+ tirarse por la ventanilla a la v&iacute;a, y correr, correr desalado a
+ Vetusta, entrar en el caser&oacute;n de los Ozores y coser a pu&ntilde;aladas
+ el pecho de una infame...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ S&iacute;, todo esto hab&iacute;a querido hacer don V&iacute;ctor que se
+ sinti&oacute; morir de verg&uuml;enza y de c&oacute;lera contra los
+ infames ad&uacute;lteros y contra s&iacute; mismo, en cuanto not&oacute;
+ que el tren se mov&iacute;a y le alejaba del lugar del crimen, de su
+ deshonra y de su venganza necesaria...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Soy un miserable, soy un miserable!&raquo; gritaba por
+ dentro Quintanar mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba all&aacute;
+ lejos; tan lejos, que detr&aacute;s de las lomas y de los &aacute;rboles
+ desnudos ya s&oacute;lo se ve&iacute;a la torre de la catedral, como un
+ gallardete negro destac&aacute;ndose en el fondo blanquecino de Corf&iacute;n,
+ envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba de soslayo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella...
+ esto no tiene nombre, &iexcl;oh!... s&iacute; lo tiene...&raquo;. Y
+ &iexcl;zas! el nombre que ten&iacute;a aquello, seg&uacute;n Quintanar,
+ estallaba como un cohete de dinamita en el cerebro del pobre viejo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Soy un tal, soy un tal!&raquo; y se lo dec&iacute;a a s&iacute;
+ mismo con todas sus letras, y tan alto que le parec&iacute;a imposible que
+ no le oyeran todos los presentes.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero el tren hu&iacute;a de Vetusta, silbaba, le silbaba a &eacute;l;
+ y &eacute;l no ten&iacute;a el valor de arrojarse a tierra, de volver al
+ pueblo... iba a tardar m&aacute;s de doce horas en ver el caser&oacute;n,
+ &iexcl;aplazaba su venganza m&aacute;s de doce horas!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pasaron un t&uacute;nel y no qued&oacute; ya nada de Vetusta ni de su
+ paisaje. Era otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes
+ rojizos, lomas mon&oacute;tonas como oleaje sim&eacute;trico se extend&iacute;an
+ cerrando el horizonte a la izquierda de la v&iacute;a. El cielo estaba
+ obscuro por aquel lado, bajas las nubes, que como grandes sacos de ropa
+ sucia se deshilachaban sobre las colinas de lontananza; a la derecha
+ campos de ma&iacute;z, ahora vac&iacute;os, ense&ntilde;aban la tierra,
+ negra con la humedad; entre las manchas de las tierras desnudas aparec&iacute;an
+ el monte bajo, de trecho en trecho, las pomaradas ahora tristes con sus
+ manzanos sin hojas, con sus ramos afilados, que parec&iacute;an manos y
+ dedos de esqueleto. Por aquel lado el cielo promet&iacute;a despejarse, la
+ niebla hac&iacute;a palidecer las nubes altas y delgadas que empezaban a
+ rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se extend&iacute;a una franja
+ lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los casta&ntilde;ares que
+ semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en verano misterios
+ de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los campos desnudos y
+ las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en tri&aacute;ngulo
+ maced&oacute;nico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como n&aacute;ufragos
+ de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lament&aacute;ndose con
+ graznar l&uacute;gubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja
+ subterr&aacute;nea.
+ </p>
+ <p>
+ Mientras Fr&iacute;gilis hablaba de la conveniencia de abandonar el
+ cultivo del ma&iacute;z y de cultivar los prados con intensidad, don V&iacute;ctor,
+ apoyada la cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo
+ pardo y ve&iacute;a desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por
+ aquel desierto de aire. Ya parec&iacute;an polvos de imprenta, despu&eacute;s
+ aprensi&oacute;n de la vista, despu&eacute;s nada.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Lugarejo, dos minutos!&raquo; grit&oacute; una voz r&aacute;pida
+ y ronca.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor asom&oacute; la cabeza por la ventanilla. La estaci&oacute;n,
+ triste caba&ntilde;a muy pintada de chocolate y muerta de fr&iacute;o,
+ estaba al alcance de su mano o poco m&aacute;s distante. Sobre la puerta,
+ asomada a una ventana una mujer rubia, como de treinta a&ntilde;os, daba
+ de mamar a un ni&ntilde;o.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos&raquo;
+ pens&oacute; Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ Pas&oacute; el jefe de la estaci&oacute;n que parec&iacute;a un
+ pordiosero. Era joven; m&aacute;s joven que la mujer de la ventana parec&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Se querr&aacute;n. Ella por lo menos le ser&aacute; fiel&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de esta conjetura don V&iacute;ctor se dej&oacute; caer
+ otra vez en su asiento. Cerr&oacute; los ojos, tap&oacute; el rostro
+ cuanto pudo con una mano. El tren volvi&oacute; a moverse. El ruido del
+ hierro y de la madera y la trepidaci&oacute;n uniforme eran como canci&oacute;n
+ que atra&iacute;a el sue&ntilde;o. Quintanar, sin pensar en ello, med&iacute;a
+ el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes con el comp&aacute;s de una
+ marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de la casa.... Despu&eacute;s
+ midi&oacute; el paso del tren con los de cierta polka... y despu&eacute;s
+ se qued&oacute; dormido.
+ </p>
+ <p>
+ Media hora despu&eacute;s llegaban a la estaci&oacute;n en que dejaban el
+ tren para tomar a pie la carretera que los conduc&iacute;a a las marismas
+ de Palomares.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor despert&oacute; asustado, gracias a un golpe que le dio
+ en el hombro Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a so&ntilde;ado mil disparates inconexos; &eacute;l mismo,
+ vestido de can&oacute;nigo con traje de coro, casaba en la iglesia
+ parroquial del Vivero a don &Aacute;lvaro y a la Regenta. Y don &Aacute;lvaro
+ estaba en traje de cl&eacute;rigo tambi&eacute;n, pero con bigote y
+ perilla.... Despu&eacute;s los tres juntos se hab&iacute;an puesto a
+ cantar el Barbero, la escena del piano; &eacute;l, don V&iacute;ctor, se
+ hab&iacute;a adelantado a las bater&iacute;as para decir con voz cascada:
+ </p>
+ <p>
+ Quando la mia Rosina... el p&uacute;blico de las butacas hab&iacute;a
+ graznado al o&iacute;rle como un solo espectador.... Todas las butacas
+ estaban llenas de cuervos que abr&iacute;an el pico mucho y retorc&iacute;an
+ el pescuezo con ondulaciones de culebra.... &laquo;Una pesadilla&raquo;
+ pens&oacute; Quintanar, y entre dormido y despierto emprend&iacute;a la
+ marcha a pie por la carretera de Palomares abajo. Estaban en Roca&mdash;Tajada;
+ a la derecha, a pico, se elevaba el monte Arco partido por aquel
+ desfiladero; estrecha garganta por donde s&oacute;lo cab&iacute;an la
+ angosta carretera y el r&iacute;o Abro&ntilde;o que se cruzaban en mitad
+ de la hoz pasando el camino, perpendicular al r&iacute;o, por un puente de
+ piedra blanca.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de almorzar en Roca&mdash;Tajada, en la taberna de
+ Matiella, estanquero y alba&ntilde;il, grande amigo de Fr&iacute;gilis,
+ los dos amigos cazadores dejaron el camino real, y por prados fangosos de
+ hierba alta, de un verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abro&ntilde;o,
+ all&iacute; m&aacute;s ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las
+ ondas verdes que le mandaba el mar ya vecino.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis y Quintanar pasaron el r&iacute;o en una barca, comenzaron
+ a subir una colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por
+ pomaradas y laureles, pinos de copa redonda y ancha y &aacute;lamos
+ esbeltos. El verde de los pinares y de los laureles y de algunos naranjos
+ de las huertas, sobre el verde m&aacute;s claro de las praderas en
+ declive, limpias y como recortadas con tijeras, alegraba la cumbre
+ resaltando bajo el cielo lechoso y entre las paredes blancas, que se com&iacute;an
+ toda la luz del d&iacute;a, difusa y como cernida a trav&eacute;s de las
+ nubes delgadas. Seg&uacute;n sub&iacute;an por la falda de la loma que era
+ como primer escal&oacute;n para la colina, el terreno se afirmaba, la
+ hierba aclaraba su color y menguaba. Fr&iacute;gilis se detuvo y contempl&oacute;
+ el monte Arco que ten&iacute;a enfrente, el r&iacute;o ondulante que
+ quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que se ve&iacute;a
+ en un rinc&oacute;n del horizonte, en apariencia m&aacute;s alto que el r&iacute;o,
+ como una pared obscura que sub&iacute;a hacia las nubes.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar se sent&oacute; sobre una pe&ntilde;a que dejaba descubierta el
+ prado. De la parte de Areo, cruzando sobre el r&iacute;o a mucha altura,
+ vieron venir un bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Fr&iacute;gilis
+ dispar&oacute; los de su escopeta con tan mala suerte, que no consigui&oacute;
+ m&aacute;s que dispersar las apretadas filas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Tira t&uacute;, bobo!&mdash;grit&oacute; Crespo furioso.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar se levant&oacute;, apunt&oacute;, dispar&oacute; y cuatro tordos
+ de agua cayeron heridos por los perdigones que, seg&uacute;n pens&oacute;
+ en aquel instante don V&iacute;ctor, deb&iacute;a tener en los sesos el
+ amigo traidor, el infame don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, aquel tiro era el de &Aacute;lvaro, los tordos,
+ inocentes, ca&iacute;an a pares, y el ladr&oacute;n de su honra viv&iacute;a&raquo;.
+ Y &iexcl;cosa extra&ntilde;a! cuando all&aacute; en el parque hab&iacute;a
+ estado apuntando a la cabeza de Mes&iacute;a, no recordaba que el cartucho
+ mort&iacute;fero ten&iacute;a carga de perdig&oacute;n; supon&iacute;alo
+ lleno de postas o de balas.
+ </p>
+ <p>
+ Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que ten&iacute;a encima,
+ el cazador sinti&oacute; el placer de la vanidad satisfecha. &laquo;Fr&iacute;gilis
+ hab&iacute;a disparado dos tiros y... nada; disparaba &eacute;l uno solo
+ y... cuatro.... S&iacute;, cuatro, all&iacute; estaban, sangrando sobre el
+ prado, mezclando las gotas rojas con la escarcha blanca de la hierba&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Media hora despu&eacute;s Fr&iacute;gilis tomaba el desquite matando un
+ soberbio pato marino. Quintanar, por gusto, mat&oacute; un cuervo que no
+ recogi&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de Fr&iacute;gilis
+ se aburr&iacute;an. Aquella caza en que ellos representaban un papel
+ secundario, les parec&iacute;a una verg&uuml;enza; bostezaban y obedec&iacute;an
+ mal a la voz del amo.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don V&iacute;ctor
+ sinti&oacute; su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo ve&iacute;a
+ claro, toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le
+ aparec&iacute;a como un tratado cl&aacute;sico de historia. Lo que hab&iacute;a
+ sucedido, lo que iba a suceder, lo ve&iacute;a como en un panorama. Y sent&iacute;a
+ comez&oacute;n de hablar y ansias de llorar. &iquest;Por qu&eacute; no abr&iacute;a
+ el pecho al amigo del alma, al verdadero, al &uacute;nico? No se lo abri&oacute;.
+ &laquo;No era tiempo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado, siempre
+ alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se com&iacute;an, pero Fr&iacute;gilis
+ les ten&iacute;a declarada la guerra porque se burlaban de los cazadores
+ con una especie de iron&iacute;a, de sarcasmo que parec&iacute;a racional.
+ Esperaban, <i>fing&iacute;an</i> estar descuidados, disimulaban su
+ vigilancia, y al ir Fr&iacute;gilis a disparar, escondido tras un seto...
+ volaban los condenados gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por
+ eso los persegu&iacute;a tenaz, irritado.
+ </p>
+ <p>
+ Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que
+ cubr&iacute;an ti&ntilde;&eacute;ndolo de negro, se encontraban con la
+ descarga de Crespo; si tomaban por el otro lado, disparaba don V&iacute;ctor.
+ </p>
+ <p>
+ El cual se qued&oacute; solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no
+ hab&iacute;a conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detr&aacute;s
+ de un toldo blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un
+ poco de aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de
+ invierno, que despu&eacute;s aparec&iacute;an bajo las nubes, volando
+ fuera de tiro, sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida,
+ supon&iacute;a Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;El campo estaba melanc&oacute;lico. El invierno parec&iacute;a una
+ desnudez. Y a pesar de todo, &iexcl;qu&eacute; hermosa era la naturaleza!
+ &iexcl;qu&eacute; tranquilamente reposaba!... &iexcl;Los hombres, los
+ hombres eran los que hab&iacute;an engendrado los odios, las traiciones,
+ las leyes convencionales que atan a la desgracia el coraz&oacute;n!&raquo;.
+ La filosof&iacute;a de Fr&iacute;gilis, aquel pensador agr&oacute;nomo que
+ despreciaba la sociedad con sus <i>falsos principios</i>, con sus
+ preocupaciones, exageraciones y violencias, se le present&oacute; a
+ Quintanar, a quien el cuerpo repleto le ped&iacute;a siesta, como la
+ filosof&iacute;a verdadera, la sabidur&iacute;a &uacute;nica, eterna.
+ &laquo;Vetusta quedaba all&aacute;, detr&aacute;s de montes y montes,
+ &iquest;qu&eacute; era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto. Y
+ todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga,
+ fabricaba su albergue, &iquest;qu&eacute; eran comparados con los bosques
+ v&iacute;rgenes, los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?...
+ Nada. Y las leyes de honor, las preocupaciones de la vida social todas,
+ &iquest;qu&eacute; eran al lado de las grandes y fijas y naturales leyes a
+ que obedec&iacute;an los astros en el cielo, las olas en el mar, el fuego
+ bajo la tierra, la savia circulando por las plantas?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Vivos deseos sinti&oacute; Quintanar por un momento de echar ra&iacute;ces
+ y ramas, y llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que ve&iacute;a
+ coronando las cimas del monte Areo. &laquo;Vegetar era mucho mejor que
+ vivir&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Oy&oacute; un tiro lejano, despu&eacute;s el estr&eacute;pito de las
+ peguetas que volaban ri&eacute;ndose con estridentes chillidos; las vio
+ pasar sobre su cabeza. No se movi&oacute;. Que se fueran al diablo.
+ &Eacute;l estaba pensando en Tom&aacute;s Kempis. S&iacute;, Kempis, a
+ quien hab&iacute;a olvidado, ten&iacute;a raz&oacute;n; donde quiera
+ estaba la cruz. &laquo;Arregla, dec&iacute;a el sabio asceta, arregla y
+ ordena todas las cosas seg&uacute;n tu modo de ver y seg&uacute;n tu
+ voluntad, y ver&aacute;s que siempre tienes algo que padecer de grado o
+ por fuerza; siempre hallar&aacute;s la cruz&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y tambi&eacute;n recordaba lo de: &laquo;Algunas veces parecer&aacute; que
+ Dios te deja, otras veces ser&aacute;s mortificado por el pr&oacute;jimo;
+ y lo que es m&aacute;s, muchas veces te ser&aacute;s molesto a ti mismo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, el pr&oacute;jimo me mortifica, y yo mismo me molesto,
+ me hago da&ntilde;o hasta sangrar el alma.... No s&eacute; lo que debo
+ hacer, ni lo que debo pensar siquiera. Anita me enga&ntilde;a, es una
+ infame s&iacute;... pero &iquest;y yo? &iquest;No la enga&ntilde;o yo a
+ ella? &iquest;Con qu&eacute; derecho un&iacute; mi frialdad de viejo
+ distra&iacute;do y soso a los ardores y a los sue&ntilde;os de su juventud
+ rom&aacute;ntica y extremosa? &iquest;Y por qu&eacute; alegu&eacute;
+ derechos de mi edad para no servir como soldado del matrimonio y pretend&iacute;
+ despu&eacute;s batirme como contrabandista del adulterio? &iquest;Dejar&aacute;
+ de ser adulterio el del hombre tambi&eacute;n, digan lo que quieran las
+ leyes?&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Le daba ira encontrarse tan fil&oacute;sofo, pero no pod&iacute;a otra
+ cosa. Comprend&iacute;a que aquellas meditaciones le alejaban de su
+ venganza, que en el fondo del alma &eacute;l no quer&iacute;a ya vengarse,
+ quer&iacute;a castigar como un juez recto y salvar su honor, nada m&aacute;s.
+ Y esto mismo le irritaba. Despu&eacute;s volv&iacute;a la l&aacute;stima
+ tierna de s&iacute; mismo, la imagen de la vejez solitaria... y los
+ alcaravanes, all&aacute; en el cielo gris, iban cantando sus ayes como
+ quien recita el <i>Kempis</i> en una lengua desconocida.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;S&iacute;, la tristeza era universal; todo el mundo era
+ podredumbre; el ser humano lo m&aacute;s podrido de todo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y siempre sacaba en consecuencia que &eacute;l no sab&iacute;a lo que deb&iacute;a
+ hacer, ni siquiera lo que deb&iacute;a pensar, ni aun lo que deb&iacute;a
+ sentir.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;De todas suertes, las comedias de capa y espada ment&iacute;an como
+ bellacas; el mundo no era lo que ellas dec&iacute;an: al pr&oacute;jimo no
+ se le atraviesa el cuerpo sin darle tiempo m&aacute;s que para recitar una
+ rendondilla. Los hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan
+ deprisa&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ De noche, en el tren, cuando volv&iacute;an solos a Vetusta en un coche de
+ segunda, por miedo al fr&iacute;o de los de tercera, Fr&iacute;gilis que
+ miraba el paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez hab&iacute;a
+ podido m&aacute;s que el sol y hab&iacute;a roto las nubes, Fr&iacute;gilis
+ sinti&oacute; un suspiro como un barreno detr&aacute;s de s&iacute;, y
+ volvi&oacute; la cabeza diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; te pasa, hombre? Todo el d&iacute;a te he visto
+ preocupado, trist&oacute;n... &iquest;qu&eacute; pasa?
+ </p>
+ <p>
+ La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas romp&iacute;a
+ las tinieblas de aquel coche que parec&iacute;a caja de muerto.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis no pod&iacute;a ver bien el rostro de don V&iacute;ctor,
+ pero le oy&oacute;, de repente, llorar como un chiquillo, y sinti&oacute;
+ la cabeza fuerte y blanca de Quintanar apoyada en el hombro del amigo. S&iacute;,
+ se apoyaba el pobre viejo con cari&ntilde;o, confianza, y con la fuerza
+ con que se deja caer un muerto. Parec&iacute;a aquello la abdicaci&oacute;n
+ de su pensamiento, de toda iniciativa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Tom&aacute;s, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado;
+ escucha...
+ </p>
+ <hr style="width: 65%;" />
+ <h2>
+ <a name="XXXmdash" id="XXXmdash"></a>&mdash;XXX&mdash;
+ </h2>
+ <p>
+ &mdash;Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;T&uacute; no entras?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Me dejas solo ahora!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Volver&eacute; si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Ma&ntilde;ana
+ vendr&eacute; temprano.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Te advierto que no te he dicho que s&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, bueno... adi&oacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Espera, espera... no me dejes solo... todav&iacute;a. No te he
+ dicho que s&iacute;; tal vez... lo piense m&aacute;s y... me decida por
+ seguir el camino opuesto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero por de pronto, V&iacute;ctor, prudencia, disimulo.... Es
+ decir, si no quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;S&iacute;, s&iacute;! Ben&iacute;tez cree que un gran susto,
+ una impresi&oacute;n fuerte....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso; puede matarla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Est&aacute; enferma!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, m&aacute;s de lo que t&uacute; crees.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Est&aacute; enferma! Y un susto, un susto grande... puede
+ matarla.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso, as&iacute; como suena.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y yo debo subir, y guardar para m&iacute; todos estos rencores,
+ toda esta hiel trag&aacute;rmela... y disimular, y hablar con ella para
+ que no sospeche y no se asuste... y no se me muera de repente....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, V&iacute;ctor, s&iacute;; todo eso debes hacer.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero confiesa, Tom&aacute;s, que todo eso se dice mejor que se
+ hace; y comprende que ese aldab&oacute;n me inspire miedo, expl&iacute;cate
+ la raz&oacute;n que tengo para tenerle el mismo asco que si fuera de
+ hierro l&iacute;quido....
+ </p>
+ <p>
+ Call&oacute; a esto Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ Llegaban de la estaci&oacute;n; estaban en el portal del caser&oacute;n de
+ los Ozores, que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del
+ techo.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar no ten&iacute;a valor para subir a su casa. No quer&iacute;a
+ llamar. &laquo;Iban a abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se
+ atrever&iacute;a a sonre&iacute;r como siempre, tal vez a ponerle la
+ frente cerca de los labios para que la besara.... Y &eacute;l tendr&iacute;a
+ que sonre&iacute;r, y besar y callar... y acostarse tan sereno como todas
+ las noches.... Tom&aacute;s deb&iacute;a comprender que aquello era
+ demasiado...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y adem&aacute;s, las revelaciones de Fr&iacute;gilis respecto a la salud
+ de Ana le hab&iacute;an ca&iacute;do al pobre ex-regente como una maza
+ sobre la cabeza. &laquo;Aquella alegr&iacute;a, aquella exaltaci&oacute;n
+ que la hab&iacute;an llevado... al crimen, a la infamia de una traici&oacute;n...
+ eran una enfermedad; Ana pod&iacute;a morir de repente cualquier d&iacute;a;
+ una impresi&oacute;n extraordinaria lo mismo de dolor que de alegr&iacute;a,
+ mejor si era dolorosa, pod&iacute;a matarla en pocas horas...&raquo;. Esto
+ hab&iacute;a contestado Fr&iacute;gilis a la historia de su amigo. A Mes&iacute;a
+ fusil&eacute;mosle, hab&iacute;a dicho, si eso te consuela; pero hay que
+ esperar, hay que evitar el esc&aacute;ndalo, y sobre todo hay que evitar
+ el susto, el espanto que sobrecoger&iacute;a a tu mujer si t&uacute;
+ entraras en su alcoba como los maridos de teatro.... Ana, culpable seg&uacute;n
+ las leyes divinas y humanas, no lo era tanto en concepto de Fr&iacute;gilis
+ que mereciera la muerte.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n quiere matarla? &iexcl;Yo no quiero eso!&mdash;hab&iacute;a
+ interrumpido don V&iacute;ctor al o&iacute;r esto.
+ </p>
+ <p>
+ Pero Fr&iacute;gilis hab&iacute;a replicado:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute; quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay
+ que hacer hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la
+ &uacute;nica soluci&oacute;n; pero confiesa que el perdonar es una soluci&oacute;n
+ tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Perdonarla es transigir con la deshonra....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso ya lo ver&iacute;amos. &iquest;T&uacute; eres cristiano?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, de todo coraz&oacute;n, m&aacute;s cada d&iacute;a....
+ Como que ya no veo m&aacute;s refugio para mi alma que la religi&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no.
+ Pero no se trata de esto todav&iacute;a; se trata de no cortar el camino
+ al perd&oacute;n, antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa pu&ntilde;alada
+ mortal al entrar en su cuarto y gritar: &laquo;&iexcl;Muera la esposa
+ infiel!&raquo; para que ella conteste: &laquo;&iexcl;Jes&uacute;s mil
+ veces!&raquo; y caiga redonda. Yo no s&eacute; si dir&iacute;a &laquo;Jes&uacute;s
+ mil veces&raquo; pero de que caer&iacute;a estoy seguro. Y ya ves, antes
+ de matarla hay que ver si tenemos derecho para ello.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada tr&aacute;gico.
+ Cuando te cas&eacute; con ella, porque yo te cas&eacute;, V&iacute;ctor,
+ bien te acordar&aacute;s, cre&iacute; hacer la felicidad de ambos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y no parec&iacute;a que te hab&iacute;as equivocado. La m&iacute;a
+ la hab&iacute;as hecho. La de ella... durante m&aacute;s de diez a&ntilde;os
+ pareci&oacute; que tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, pareci&oacute;; pero la procesi&oacute;n andaba por
+ dentro....
+ </p>
+ <p>
+ Diez a&ntilde;os fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Mira, Fr&iacute;gilis, tu filosof&iacute;a no es para consolar a un
+ marido en mi situaci&oacute;n.... Ya s&eacute; yo todo lo que t&uacute;
+ puedes decirme, y mucho m&aacute;s.... Eso no es consolarme....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ni yo creo que tu situaci&oacute;n admita consuelos m&aacute;s que
+ el del tiempo y la reflexi&oacute;n lenta y larga.... Pero ahora no se
+ trata de ti, se trata de ella. &iquest;Te empe&ntilde;as en coser el
+ cuerpo con un florete o con una espada a Mes&iacute;a? Sea; pero hay que
+ ver cu&aacute;ndo y c&oacute;mo. Hay que tener calma. Despu&eacute;s de lo
+ que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Ben&iacute;tez me impuso y
+ que rompo por lo apurado del caso, despu&eacute;s de saber que puede
+ sucumbir ante una revelaci&oacute;n semejante....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo s&eacute;?
+ &iquest;Qui&eacute;n te asegura a ti que no me despreciar&aacute;, que no
+ procurar&aacute; huir con el otro?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;V&iacute;ctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil.
+ No hizo m&aacute;s que esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no
+ est&aacute; enamorada de Mes&iacute;a.... En cuanto vea que es un cobarde
+ y que la abandona antes que pelear por ella... le despreciar&aacute;, le
+ maldecir&aacute;... y en cambio los remordimientos la volver&aacute;n a
+ ti, a quien siempre quiso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Que quiso!&mdash;S&iacute;, m&aacute;s que a un padre.
+ &iquest;Qu&eacute; mejor prueba quieres que todo lo pasado? &iquest;Por qu&eacute;
+ se hizo m&iacute;stica?... Y la pobre... tambi&eacute;n tuvo que sufrir
+ ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de esto no
+ hablemos. &iquest;Por qu&eacute; luch&oacute;, como luch&oacute; sin duda?
+ Porque te quer&iacute;a... porque te quiere... te quiere mucho....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Y me vende!&mdash;&iexcl;Te vende! &iexcl;te vende!... En
+ fin, no hablemos de eso... ya has dicho que no quieres mis filosof&iacute;as.
+ Ello es, que si armas arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay
+ otra de entierro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Hombre dices las cosas de un modo!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La verdad. Un drama completo. Pero en &uacute;ltimo caso, si tan
+ irritado est&aacute;s, si tan ciego te ves, si no puedes atender a
+ razones, ni a tu conciencia que bien claro te habla; llama, sube,
+ alborota, quema la casa.... O no hagas tanto, que bastar&aacute; con que
+ la espantes con tu noticia para que Ana caiga de espaldas y le estalle
+ dentro una de esas cosas en que t&uacute; no crees, pero que son para la
+ vida como los alambres para el tel&eacute;grafo. Si est&aacute;s furioso,
+ si no puedes contenerte, tambi&eacute;n t&uacute; tendr&aacute;s disculpa
+ hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes perd&oacute;n
+ de Dios.
+ </p>
+ <p>
+ Esto &uacute;ltimo lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que
+ hizo a su amigo estremecerse.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de este di&aacute;logo, parte del cual mantuvieron por el
+ camino de la estaci&oacute;n a casa, y parte dentro del portal, fue cuando
+ Quintanar se acerc&oacute; a la puerta para coger el aldab&oacute;n, y
+ cuando Fr&iacute;gilis exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis ten&iacute;a prisa, quer&iacute;a dejar a don V&iacute;ctor
+ cuanto antes para correr en busca de don &Aacute;lvaro y advertirle de que
+ Quintanar sab&iacute;a su traici&oacute;n, para que se abstuviera de
+ asaltar el parque aquella noche y acudir a la cita, si la ten&iacute;a
+ como era de suponer. Pensaba Crespo que a V&iacute;ctor no se le hab&iacute;a
+ ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que aquella noche
+ se repetir&iacute;a la escena de la anterior, que deb&iacute;a de ser ya
+ antigua costumbre; pod&iacute;a don &Aacute;lvaro, que no hab&iacute;a
+ visto a su v&iacute;ctima cuando le acechaba en el parque, volver a las
+ andadas, sorprenderle Quintanar, y entonces era imposible evitar una
+ tragedia. Adem&aacute;s, Fr&iacute;gilis ten&iacute;a la convicci&oacute;n
+ de que don &Aacute;lvaro escapar&iacute;a de Vetusta en cuanto &eacute;l
+ le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban motivos para
+ creer muy cobarde al don Juan Tenorio.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Pero aquel V&iacute;ctor no le dejaba marchar!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Por fin, despu&eacute;s de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor,
+ su ira, lo que fuera, pero s&oacute;lo por aquella noche, llam&oacute; el
+ digno regente jubilado con el mismo aldabonazo en&eacute;rgico y conciso
+ con que hac&iacute;a retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el
+ jefe de familia respetado y tal vez querido.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Adi&oacute;s, adi&oacute;s, hasta ma&ntilde;ana temprano!&mdash;dijo
+ Fr&iacute;gilis libr&aacute;ndose de la mano tr&eacute;mula que le
+ sujetaba un brazo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iexcl;Ego&iacute;sta, pens&oacute; don V&iacute;ctor al
+ quedarse solo&mdash;; es la &uacute;nica persona que me quiere en el
+ mundo... y es ego&iacute;sta!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se abri&oacute; la puerta. Vacil&oacute; un momento.... Se le figur&oacute;
+ que del patio sal&iacute;a una corriente de aire helado....
+ </p>
+ <p>
+ Entr&oacute;, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que
+ dejaba atr&aacute;s; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo;
+ que paso a paso, por el portal adelante, se acercaba a &eacute;l y que se
+ le quitaba el sombrero que era de teja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Mi se&ntilde;or don V&iacute;ctor!&mdash;dijo una voz melosa
+ y temblona.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;C&oacute;mo! &iquest;usted? &iexcl;es usted... se&ntilde;or
+ Magistral!... Un temblor fr&iacute;o, como precursor de un s&iacute;ncope,
+ le corri&oacute; por el cuerpo al ex-regente, mientras a&ntilde;ad&iacute;a,
+ procurando una voz serena:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A qu&eacute; debo... a estas horas... la honra...? &iquest;qu&eacute;
+ pasa?... &iquest;Alguna desgracia?...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero este hombre &iquest;no sabe nada?&raquo; se pregunt&oacute; De
+ Pas que parec&iacute;a un desenterrado.
+ </p>
+ <p>
+ Mir&oacute; a don V&iacute;ctor a la luz del farol de la escalera y le vio
+ desencajado el rostro; y don V&iacute;ctor a &eacute;l le vio tan p&aacute;lido
+ y con ojos tales que le tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del
+ mal incierto. Hasta llegar all&iacute;, el Magistral no hab&iacute;a
+ hablado, no hab&iacute;a hecho m&aacute;s que estrechar la mano de don V&iacute;ctor
+ e invitarle con un adem&aacute;n gracioso y en&eacute;rgico al par, a
+ subir aquella escalera.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;qu&eacute; pasa?&mdash;repiti&oacute; don V&iacute;ctor
+ en voz baja en el primer descanso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Viene usted de caza?&mdash;contest&oacute; el otro con voz
+ d&eacute;bil.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, con Crespo; &iquest;pero qu&eacute;
+ sucede? Hace tanto tiempo... y a estas horas....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al
+ despacho....
+ </p>
+ <p>
+ Anselmo alumbraba por los pasillos del caser&oacute;n a su amo a quien
+ segu&iacute;a el Magistral.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;No pregunta por Ana&raquo;&mdash;pens&oacute; De Pas.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La se&ntilde;ora no ha o&iacute;do llamar, est&aacute; en su
+ tocador... &iquest;quiere el se&ntilde;or que la avise?&mdash;pregunt&oacute;
+ Anselmo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Eh? no, no, deja... digo... si el se&ntilde;or Magistral
+ quiere hablarme a solas...&mdash;y se volvi&oacute; el amo de la casa al
+ decir esto.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien, s&iacute;; al despacho... entremos en su despacho....
+ </p>
+ <p>
+ Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. &laquo;&iquest;Qu&eacute;
+ iba a decirle aquel hombre? &iquest;A qu&eacute; ven&iacute;a?...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Anselmo encendi&oacute; dos luces de esperma y sali&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Oye, si la se&ntilde;ora pregunta por m&iacute;, que all&aacute;
+ voy... que estoy ocupado... que me espere en su cuarto.... &iquest;No es
+ eso? &iquest;No quiere usted que estemos solos?
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral aprob&oacute; con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la
+ puerta por donde sal&iacute;a Anselmo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ya estaba all&iacute;, ya hab&iacute;a que hablar... &iquest;qu&eacute;
+ iba a decir? Terrible trance; ten&iacute;a que decir algo y ni una idea
+ remota le acud&iacute;a para darle luz; no sab&iacute;a absolutamente nada
+ de lo que pod&iacute;a convenirle decir. &iquest;C&oacute;mo hablar sin
+ preguntar antes? &iquest;Qu&eacute; sab&iacute;a don V&iacute;ctor? esta
+ era la cuesti&oacute;n... seg&uacute;n lo que supiera, as&iacute; &eacute;l
+ deb&iacute;a hablar... pero no, no era esto... hab&iacute;a que comenzar
+ por explicarse. Buen apuro&raquo;. Estaba el Magistral como si don V&iacute;ctor
+ le hubiera sorprendido all&iacute;, en su despacho, rob&aacute;ndole los
+ candeleros de plata en que ard&iacute;an las velas.
+ </p>
+ <p>
+ Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos y
+ pasmados.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;&iquest;Usted dir&aacute;?&raquo; dec&iacute;an aquellas
+ pupilas brillantes y en aquel momento sin m&aacute;s expresi&oacute;n que
+ un tono interrogante.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Hab&iacute;a que hablar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Tendr&iacute;a usted... por ah&iacute;... un poquito de
+ agua?...&mdash;dijo don Ferm&iacute;n, que se ahogaba, y que no pod&iacute;a
+ separar la lengua del cielo de la boca.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor busc&oacute; agua y la encontr&oacute; en un vaso, sobre
+ la mesilla de noche. El agua estaba llena de polvo, sab&iacute;a mal. Don
+ Ferm&iacute;n no hubiera extra&ntilde;ado que supiera a vinagre. Estaba en
+ el calvario. Hab&iacute;a entrado en aquella casa porque no hab&iacute;a
+ podido menos: sab&iacute;a que necesitaba estar all&iacute;, hacer algo,
+ ver, procurar su venganza, pero ignoraba c&oacute;mo. &laquo;Estaba, cerca
+ de las diez de la noche, en el despacho del marido de la mujer que le enga&ntilde;aba
+ a &eacute;l, a De Pas, y al marido; &iquest;qu&eacute; hac&iacute;a all&iacute;?,
+ &iquest;qu&eacute; iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral
+ pasaron todas las estaciones de aquel d&iacute;a de Pasi&oacute;n.
+ Mientras beb&iacute;a el vaso de agua, y se limpiaba los labios p&aacute;lidos
+ y estrechos, sent&iacute;a pasar las emociones de aquel d&iacute;a por su
+ cerebro, como un amargor de purga. Por la ma&ntilde;ana hab&iacute;a
+ despertado con fiebre, hab&iacute;a llamado a su madre asustado y como no
+ pod&iacute;a explicarle la causa de su mal hab&iacute;a preferido fingirse
+ sano, y levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos
+ como un resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces
+ sonaban apagados, los cuerpos s&oacute;lidos parec&iacute;an todos huecos;
+ todo parec&iacute;a tener la fragilidad del sue&ntilde;o. Antoj&aacute;basele
+ una crueldad de fiera, un ego&iacute;smo de piedra, la indiferencia
+ universal; &iquest;por qu&eacute; hablaban todos los vetustenses de mil y
+ mil asuntos que a &eacute;l no le importaban, y por qu&eacute; nadie
+ adivinaba su dolor, ni le compadec&iacute;a, ni le ayudaba a maldecir a
+ los traidores y a castigarlos? Hab&iacute;a salido de las calles y hab&iacute;a
+ paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena h&uacute;meda
+ bordada por las huellas del agua corriente, con sus &aacute;rboles
+ desnudos y helados. Hab&iacute;a paseado pisando con ira, con pasos
+ largos, como si quisiera rasgar la sotana con las rodillas; aquella sotana
+ que se le enredaba entre las piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un
+ trapo de carnaval colgado al cuello.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&Eacute;l, &eacute;l era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que
+ a&uacute;n no hab&iacute;a matado a nadie (y ya era medio d&iacute;a) y
+ que deb&iacute;a de saberlo todo desde las siete. Las leyes del mundo
+ &iexcl;qu&eacute; farsa! Don V&iacute;ctor ten&iacute;a el derecho de
+ vengarse y no ten&iacute;a el deseo; &eacute;l ten&iacute;a el deseo, la
+ necesidad de matar y comer lo muerto, y no ten&iacute;a el derecho.... Era
+ un cl&eacute;rigo, un can&oacute;nigo, un prebendado. Otras tantas
+ carcajadas de la suerte que se le re&iacute;a desde todas partes&raquo;.
+ En aquellos momentos don Ferm&iacute;n ten&iacute;a en la cabeza toda una
+ mitolog&iacute;a de divinidades burlonas que se conjuraban contra aquel
+ miserable Magistral de Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ La sotana, azotada por las piernas vigorosas, dec&iacute;a: <i>ras, ras,
+ ras</i>; como una cadena estridente que no ha de romperse.
+ </p>
+ <p>
+ Sin saber c&oacute;mo, De Pas hab&iacute;a pasado delante de la fonda de
+ Mes&iacute;a. &laquo;Sab&iacute;a &eacute;l que don &Aacute;lvaro estaba
+ en casa, en la cama. Si, como tem&iacute;a, don V&iacute;ctor no le hab&iacute;a
+ cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada hab&iacute;a ocurrido,
+ en el lecho estaba don &Aacute;lvaro tranquilo, descansando del placer.
+ Pod&iacute;a subir, entrar en su cuarto, y ahogarle all&iacute;... en la
+ cama, entre las almohadas.... Y era lo que deb&iacute;a hacer; si no lo
+ hac&iacute;a era un cobarde; tem&iacute;a a su madre, al mundo, a la
+ justicia.... Tem&iacute;a el esc&aacute;ndalo, la novedad de ser un
+ criminal descubierto; le sujetaba la inercia de la vida ordinaria, sin
+ grandes aventuras... era un cobarde: un hombre de coraz&oacute;n sub&iacute;a,
+ mataba. Y si el mundo, si los necios vetustenses, y su madre y el obispo y
+ el papa, preguntaban &iquest;por qu&eacute;? &eacute;l respond&iacute;a a
+ gritos, desde el p&uacute;lpito si hac&iacute;a falta: Idiotas &iquest;que,
+ por qu&eacute; mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha enga&ntilde;ado
+ mi mujer, porque yo hab&iacute;a respetado el cuerpo de esa infame para
+ conservar su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el
+ alma porque no le he tomado tambi&eacute;n el cuerpo.... Los mato a los
+ dos porque olvid&eacute; lo que o&iacute; al m&eacute;dico de ella, olvid&eacute;
+ que <i>ubi irritatio ibi fluxus</i>, olvid&eacute; ser con ella tan
+ grosero como con otras, olvid&eacute; que su carne divina era carne
+ humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la pega; la cre&iacute; cuerpo
+ santo y la podredumbre de su cuerpo me est&aacute; envenenando el alma....
+ Mato porque me enga&ntilde;&oacute;; porque sus ojos se clavaban en los m&iacute;os
+ y me llamaban hermano mayor del alma al comp&aacute;s de sus labios que
+ tambi&eacute;n lo dec&iacute;an sonriendo, mato porque debo, mato porque
+ puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy fiera...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero no mat&oacute;. Se acerc&oacute; a la porter&iacute;a y pregunt&oacute;...
+ por el se&ntilde;or obispo de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ha salido&mdash;le dijeron. Y don Ferm&iacute;n sin ver lo que hac&iacute;a,
+ dobl&oacute; una tarjeta y la dej&oacute; al portero.
+ </p>
+ <p>
+ Y volvi&oacute; a su casa. Se encerr&oacute; en el despacho. Dijo que no
+ estaba para nadie y se pase&oacute; por la estrecha habitaci&oacute;n como
+ por una jaula.
+ </p>
+ <p>
+ Se sent&oacute;, escribi&oacute; dos pliegos. Era una carta a la Regenta.
+ Ley&oacute; lo escrito y lo rasg&oacute; todo en cien pedazos. Volvi&oacute;
+ a pasear y volvi&oacute; a escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba
+ las u&ntilde;as en la cabeza.
+ </p>
+ <p>
+ En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gem&iacute;a, imprecaba,
+ deprecaba, rug&iacute;a, arrullaba; unas veces parec&iacute;an aquellos
+ regueros tortuosos y estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias
+ que ten&iacute;a el Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia
+ enga&ntilde;ada y sofocada y provocada, sal&iacute;an a borbotones, como
+ podredumbre l&iacute;quida y espesa. La pasi&oacute;n hablaba entonces con
+ el murmullo ronco y gutural de la basura corriente y encauzada. Otras
+ veces se quejaba el idealismo fant&aacute;stico del cl&eacute;rigo como
+ una t&oacute;rtola; recordaba sin rencor, como en una eleg&iacute;a, los d&iacute;as
+ de la amistad suave, tierna, &iacute;ntima, de las sonrisas que promet&iacute;an
+ eterna fidelidad de los esp&iacute;ritus; de las citas para el cielo, de
+ las promesas fervientes, de las dulces confianzas; recordaba aquellas ma&ntilde;anas
+ de un verano, entre flores y roc&iacute;o, m&iacute;sticas esperanzas y
+ sabrosa pl&aacute;tica, felicidad presente comparable a la futura. Pero
+ entre los quejidos de t&oacute;rtola el viento volv&iacute;a a bramar
+ sacudiendo la enramada, volv&iacute;a a rugir el hurac&aacute;n, estallaba
+ el trueno y un sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo
+ negro un rayo. &laquo;&iexcl;Y por qui&eacute;n dejaba Ana la salvaci&oacute;n
+ del alma, la compa&ntilde;&iacute;a de los santos y la amistad de un coraz&oacute;n
+ fiel y confiado...! &iexcl;por un don Juan de similor, por un elegant&oacute;n
+ de aldea, por un parisi&eacute;n de temporada, por un busto hermoso, por
+ un Narciso est&uacute;pido, por un ego&iacute;sta de yeso, por un alma que
+ ni en el infierno la querr&iacute;an de puro insustancial, sosa y
+ hueca!...&raquo;. &laquo;Pero ya comprend&iacute;a &eacute;l la causa de
+ aquel amor; era la impura lascivia, se hab&iacute;a enamorado de la carne
+ fofa, y de menos todav&iacute;a, de la ropa del sastre, de los primores de
+ la planchadora, de la habilidad del zapatero, de la estampa del caballo,
+ de las necedades de la fama, de los esc&aacute;ndalos del libertino, del
+ capricho, de la ociosidad, del polvo, del aire.... Hip&oacute;crita... hip&oacute;crita...
+ lasciva, condenada sin remedio, por vil, por indigna, por embustera, por
+ falsa, por...&raquo; y al llegar aqu&iacute; era cuando furioso contra s&iacute;
+ mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral, airado porque no sab&iacute;a
+ escribir de modo que insultara, que matara, que despedazara, sin insultar,
+ sin matar, sin despedazar con las palabras. &laquo;Aquello no pod&iacute;a
+ mandarse bajo un sobre a una mujer, por m&aacute;s que la mujer lo
+ mereciera todo. No, era m&aacute;s noble sacar de una vaina un pu&ntilde;al
+ y herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre
+ perfumado&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero escrib&iacute;a otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la
+ indignaci&oacute;n, la franqueza necesaria a su pasi&oacute;n estallaban
+ por otro lado; y entonces era &eacute;l mismo quien aparec&iacute;a hip&oacute;crita,
+ lascivo, enga&ntilde;ando al mundo entero. &laquo;S&iacute;, s&iacute;,
+ dec&iacute;a, yo me lo negaba a m&iacute; mismo, pero te quer&iacute;a
+ para m&iacute;; quer&iacute;a, all&aacute; en el fondo de mis entra&ntilde;as,
+ sin saberlo, como respiro sin pensar en ello, quer&iacute;a poseerte,
+ llegar a ense&ntilde;arte que el amor, nuestro amor, deb&iacute;a ser lo
+ primero; que lo dem&aacute;s era mentira, cosa de ni&ntilde;os, conversaci&oacute;n
+ in&uacute;til; que era lo &uacute;nico real, lo &uacute;nico serio el
+ quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hac&iacute;a falta; y arrojar yo
+ la m&aacute;scara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aqu&iacute;
+ donde no lo puedo ser: s&iacute;, Anita, s&iacute;, yo era un hombre
+ &iquest;no lo sab&iacute;as? &iquest;por eso me enga&ntilde;aste? Pues
+ mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene miedo, s&aacute;belo,
+ hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos frente a frente,
+ escapar&iacute;a de m&iacute;... Yo soy tu esposo; me lo has prometido de
+ cien maneras; tu don V&iacute;ctor no es nadie; m&iacute;rale como no se
+ queja: yo soy tu due&ntilde;o, t&uacute; me lo juraste a tu modo; mandaba
+ en tu alma que es lo principal; toda eres m&iacute;a, sobre todo porque te
+ quiero como tu miserable vetustense y el aragon&eacute;s no te pueden
+ querer, &iquest;qu&eacute; saben ellos, Anita, de estas cosas que sabemos
+ t&uacute; y yo...? S&iacute;, t&uacute; las sab&iacute;as tambi&eacute;n...
+ y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por todas las
+ mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la org&iacute;a, los labios
+ que pasaron por todas las p&uacute;stulas del adulterio, por todas las
+ heridas del estupro, por...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y don Ferm&iacute;n rasg&oacute; tambi&eacute;n esta carta, y en mil
+ pedazos m&aacute;s que todas las otras. No acertaba a arrojar en el cesto
+ los pedacitos blancos y negros, y el piso parec&iacute;a nevado; y sobre
+ aquellas ruinas de su indignaci&oacute;n art&iacute;stica se paseaba
+ furioso, deseando algo m&aacute;s suculento para la ira y la venganza que
+ la tinta y el papel mudo y fr&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ Sali&oacute; otra vez de casa; pase&oacute; por los soportales que hab&iacute;a
+ en la Plaza Nueva, enfrente de la casa de los Ozores.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Qu&eacute; habr&iacute;a pasado? &iquest;Habr&iacute;a
+ descubierto algo don V&iacute;ctor? No; si hubiera habido algo, ya se sabr&iacute;a.
+ Don V&iacute;ctor habr&iacute;a disparado su escopeta sobre don &Aacute;lvaro,
+ o se estar&iacute;a concertando un desaf&iacute;o y ya se sabr&iacute;a;
+ no se sab&iacute;a nada, nada; luego nada hab&iacute;a sucedido&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Dos, tres veces, ya al obscurecer, entr&oacute; el Magistral en el zagu&aacute;n
+ obscuro del caser&oacute;n de la Rinconada. Quer&iacute;a saber algo,
+ espiar los ruidos... pero a llamar no se atrev&iacute;a... &laquo;&iquest;A
+ qu&eacute; iba &eacute;l all&iacute;? &iquest;Qui&eacute;n le llamaba a
+ &eacute;l en aquella casa donde en otro tiempo tanto val&iacute;a su
+ consejo, tanto se le respetaba y hasta quer&iacute;a? Nadie le llamaba. No
+ deb&iacute;a entrar&raquo;. No entr&oacute;. &laquo;Adem&aacute;s, iba
+ pensando mientras se alejaba, si yo me veo frente a ella, &iquest;qu&eacute;
+ s&eacute; yo lo que har&eacute;? Si ese marido indigno, de sangre de
+ horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la tuviera entre mis
+ manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo que har&iacute;a. No,
+ no debo entrar en esa casa; me perder&iacute;a, los perder&iacute;a a
+ todos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y volvi&oacute; a la suya. Do&ntilde;a Paula entr&oacute; en el despacho.
+ Hablaron de los negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de
+ muchas cosas m&aacute;s; pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y
+ a la madre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;No se pod&iacute;a hablar de aquello&raquo; pensaba &eacute;l.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;No se pod&iacute;a hablar de aquello, ni a solas&raquo;
+ pensaba ella.
+ </p>
+ <p>
+ La madre lo sab&iacute;a todo. Hab&iacute;a comprado el secreto a Petra.
+ </p>
+ <p>
+ Adem&aacute;s, ya ella, por su servicio de polic&iacute;a secreta, y por
+ lo que observaba directamente, hab&iacute;a llegado a comprender que su
+ hijo hab&iacute;a perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldec&iacute;a
+ porque la cre&iacute;a querida de su Fermo, ahora la aborrec&iacute;a
+ porque el desprecio, la burla, el enga&ntilde;o, la her&iacute;an a ella
+ tambi&eacute;n. &iexcl;Despreciar a su hijo, abandonarle por un barbilindo
+ mustio como don &Aacute;lvaro! El orgullo de la madre daba brincos de c&oacute;lera
+ dentro de do&ntilde;a Paula. &laquo;Su hijo era lo mejor del mundo. Era
+ pecado enamorarse de &eacute;l, porque era cl&eacute;rigo; pero mayor
+ pecado era enga&ntilde;arle, clavarle aquellas espinas en el alma....
+ &iexcl;Y pensar que no hab&iacute;a modo de vengarse! No, no lo hab&iacute;a&raquo;.
+ Y lo que m&aacute;s tem&iacute;a do&ntilde;a Paula era que el Magistral no
+ pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese alg&uacute;n delito
+ escandaloso.
+ </p>
+ <p>
+ La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle.
+ </p>
+ <p>
+ A do&ntilde;a Paula se le ocurr&iacute;a un medio de castigar a los
+ infames, sobre todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el
+ crimen, propalar el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don V&iacute;ctor
+ para que saliera lanza en ristre a matar a don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y nada de esto se le pod&iacute;a decir a Fermo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula entraba, sal&iacute;a, hablaba de todo, observaba todos
+ los gestos de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor
+ de manos, aquel ir y venir por el despacho.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Qu&eacute; no hubiera dado ella por insinuarle el modo de
+ vengarse! S&iacute;, bien merec&iacute;a aquel hijo de las entra&ntilde;as
+ que se le arrancasen aquellas espinas del alma. &iexcl;Hab&iacute;a sido
+ tan buen hijo! &iexcl;Hab&iacute;a sido tan h&aacute;bil para conservar y
+ engrandecer el prestigio que le disputaban!&raquo;. Desde que do&ntilde;a
+ Paula vio que &laquo;no estallaba un esc&aacute;ndalo&raquo;, que don Ferm&iacute;n
+ mostraba discreci&oacute;n y cautela incomparables en sus extra&ntilde;as
+ relaciones con la Regenta, se lo perdon&oacute; todo y dej&oacute; de
+ molestarle con sus amonestaciones. Y despu&eacute;s del triunfo de su hijo
+ sobre la impiedad representada en don Pompeyo Guimar&aacute;n, despu&eacute;s
+ de aquella conversi&oacute;n gloriosa, su madre le admiraba con nuevo
+ fervor y procuraba ayudarle en la satisfacci&oacute;n de sus deseos
+ &iacute;ntimos, guardando siempre los miramientos que exig&iacute;a lo que
+ ella reputaba decencia.
+ </p>
+ <p>
+ No, no se pod&iacute;a hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y
+ al fin do&ntilde;a Paula dej&oacute; solo a don Ferm&iacute;n; subi&oacute;
+ a su cuarto. Y desde all&iacute;, en vela, se propuso espiar los pasos de
+ su hijo, que continuaba movi&eacute;ndose abajo: le o&iacute;a ella
+ vagamente.
+ </p>
+ <p>
+ S&iacute;, don Ferm&iacute;n, que cerr&oacute; la puerta del despacho con
+ llave en cuanto se qued&oacute; solo, se mov&iacute;a mucho: ten&iacute;a
+ fiebre. Se le ocurr&iacute;an proyectos disparatados, cr&iacute;menes de
+ tragedia, pero los desechaba en seguida. &laquo;Estaba atado por todas
+ partes&raquo;. Cualquier atrocidad de las que se le ocurr&iacute;an, que
+ pod&iacute;a ser sublime en otro, en &eacute;l se le antojaba, ante todo,
+ grotesca, rid&iacute;cula.
+ </p>
+ <p>
+ Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de man&iacute;aco de que
+ estaba vestido de m&aacute;scara lleg&oacute; a ser una obsesi&oacute;n
+ intolerable. Sin saber lo que hac&iacute;a, y sin poder contenerse, corri&oacute;
+ a un armario, sac&oacute; de &eacute;l su traje de cazador, que sol&iacute;a
+ usar algunos a&ntilde;os all&aacute; en Matalerejo, para perseguir alima&ntilde;as
+ por los vericuetos; y se transform&oacute; el cl&eacute;rigo en dos
+ minutos en un monta&ntilde;&eacute;s esbelto, fornido, que luc&iacute;a
+ apuesto talle con aquella ropa parda ce&ntilde;ida al cuerpo fuerte y de
+ elegancia natural y varonil, lleno de juventud todav&iacute;a. Se mir&oacute;
+ al espejo. &laquo;Aquello ya era un hombre&raquo;. La Regenta nunca le hab&iacute;a
+ visto as&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;En el armario hab&iacute;a un cuchillo de monta&ntilde;a&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Lo busc&oacute;, lo encontr&oacute; y lo colg&oacute; del cinto de cuero
+ negro. La hoja reluc&iacute;a, el filo se&ntilde;alado por rayos
+ luminosos, parec&iacute;a tener una expresi&oacute;n de armon&iacute;a con
+ la pasi&oacute;n del cl&eacute;rigo. El Magistral le encontraba <i>una m&uacute;sica</i>
+ al filo insinuante.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pod&iacute;a salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habr&iacute;a
+ poca gente por las calles, nadie le reconocer&iacute;a con aquel traje de
+ cazador monta&ntilde;&eacute;s; pod&iacute;a ir a esperar a don &Aacute;lvaro
+ a la calleja de Traslacerca, a la esquina por donde dec&iacute;a Petra que
+ le hab&iacute;a visto trepar una noche. Don &Aacute;lvaro, si don V&iacute;ctor
+ no hab&iacute;a descubierto nada o si no sab&iacute;a que don V&iacute;ctor
+ le hab&iacute;a descubierto, volver&iacute;a otra vez, como todas las
+ noches acaso... y &eacute;l, don Ferm&iacute;n, pod&iacute;a esperarle al
+ pie de la tapia, en la calleja, en la obscuridad... y all&iacute;, cuerpo
+ a cuerpo, oblig&aacute;ndole a luchar, vencerle, derribarle, matarle....
+ &iexcl;Para eso servir&iacute;a aquel cuchillo!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Do&ntilde;a Paula se movi&oacute; arriba. Crujieron las tablas del techo.
+ </p>
+ <p>
+ Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y ca&iacute;do
+ en el cerebro del hijo, don Ferm&iacute;n pens&oacute; de repente:
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un
+ pu&ntilde;al a ese infame.... No tengo el valor de ese g&eacute;nero.
+ Estas son necedades de novela. &iquest;Para qu&eacute; pensar en lo que no
+ he de hacer nunca? No hay m&aacute;s remedio que utilizar el valor y las
+ ideas rom&aacute;nticas y caballerescas de don V&iacute;ctor; guardar&eacute;
+ el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y don Ferm&iacute;n se despoj&oacute; del chaquet&oacute;n pardo, dej&oacute;
+ el sombrero de anchas alas, desci&ntilde;&oacute; el cinto negro, guard&oacute;
+ todas estas prendas, m&aacute;s el cuchillo, en el armario y se visti&oacute;
+ la sotana y el manteo, como una armadura. &laquo;S&iacute;, aquella era su
+ loriga, aqu&eacute;llos sus arreos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar
+ a Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora
+ del tren. Voy a su casa...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y sali&oacute;. &laquo;Si mi madre me sale al paso le dir&eacute; que me
+ espera un enfermo, que quiere confesar conmigo sin falta...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo baj&oacute; do&ntilde;a Paula
+ corriendo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A d&oacute;nde vas? &Eacute;l dijo su mentira. Y ella fingi&oacute;
+ creerla y le dej&oacute; marchar, porque adivin&oacute; en el rostro, en
+ la voz, en todo, que su hijo no iba ciego, no iba a dar esc&aacute;ndalo.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Acaso se le hab&iacute;a ocurrido lo mismo que a ella&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y don Ferm&iacute;n de Pas lleg&oacute; al caser&oacute;n de los Ozores,
+ vio a don Tom&aacute;s Crespo desaparecer por la plaza, entr&oacute; en el
+ portal y se decidi&oacute; a saludar a don V&iacute;ctor, que abr&iacute;a
+ la puerta, y subi&oacute; con &eacute;l; y estaba dispuesto a hablarle, a
+ preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la venganza necesaria... y no
+ sab&iacute;a c&oacute;mo empezar.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando acab&oacute; de beber el vaso de agua que sab&iacute;a a polvo, el
+ Magistral a&uacute;n no sab&iacute;a lo que iba a decir.
+ </p>
+ <p>
+ Pero los ojos de Quintanar segu&iacute;an preguntando pasmados, y don Ferm&iacute;n
+ habl&oacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Amigo m&iacute;o, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia
+ de usted y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es
+ espinoso, y por desgracia, por mucho que se suavice la expresi&oacute;n,
+ de poco agradable acceso....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Al grano, se&ntilde;or Magistral.&mdash;La hora de mi visita, el
+ hacer yo pocas a esta casa hace alg&uacute;n tiempo; todo esto contribuir&aacute;...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, contribuye...; pero adelante. &iquest;Qu&eacute;
+ pasa, don Ferm&iacute;n? &iexcl;Por los clavos de Cristo!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De Cristo tengo yo que hablarle a usted tambi&eacute;n, y de sus
+ clavos, y de sus espinas y de la cruz....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por compasi&oacute;n...&mdash;Don V&iacute;ctor, yo necesito antes
+ de hablar que usted me declare el estado de su &aacute;nimo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere usted decir?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Est&aacute; usted p&aacute;lido, visiblemente preocupado, bajo el
+ peso de un gran disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del
+ farol de la escalera....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y usted tambi&eacute;n... est&aacute;.
+ </p>
+ <p>
+ La voz de Quintanar temblaba.&mdash;Pues eso quiero saber; si usted conoce
+ la causa de mi visita, en parte a lo menos, podr&eacute; ahorrarme el
+ disgusto de abordar los preliminares enojos&iacute;simos de una cuesti&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, &iquest;de qu&eacute; se trata? &iexcl;por las once mil!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;or Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si
+ usted tiene algo que... decir... alg&uacute;n consejo que buscar.... Yo
+ tambi&eacute;n vengo a hablarle a usted de lo que s&eacute; como
+ sacerdote, pero la conciencia de quien me lo comunic&oacute; exige
+ precisamente que yo d&eacute; este paso....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor se puso en pie de un salto.
+ </p>
+ <p>
+ En aquel momento estaba muy satisfecho de s&iacute; mismo el Magistral,
+ porque acababa de ver claro. Ya sab&iacute;a qu&eacute; camino era el
+ suyo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a
+ mi casa?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Don V&iacute;ctor, confi&eacute;seme usted si usted sabe algo de un
+ asunto que le interesa much&iacute;simo, y si el saberlo es la causa de
+ esa alteraci&oacute;n de su semblante.... Necesito empezar por aqu&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; hoy s&eacute; algo que no sab&iacute;a
+ ayer... que me importa much&iacute;simo &iexcl;ya lo creo! m&aacute;s que
+ la vida.... Pero, si usted no habla m&aacute;s claro, yo no s&eacute; si
+ debo... si puedo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ahora, s&iacute;; ahora ya puedo hablar m&aacute;s claro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Una persona... dec&iacute;a usted....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted...
+ ha acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su
+ complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la hab&iacute;a
+ acusado, y que por medida perentoria de reparaci&oacute;n... hab&iacute;a
+ puesto en poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero
+ temiendo nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se
+ apresuraba a declararme lo que hab&iacute;a, para ver si pod&iacute;an
+ evitarse m&aacute;s cr&iacute;menes... que al cabo, crimen ser&iacute;a
+ una violencia... una venganza sangrienta....
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n se interrumpi&oacute; para callar, respetando as&iacute;
+ el dolor de don V&iacute;ctor, que se hab&iacute;a dejado caer sobre un
+ sof&aacute;, y apretaba la cabeza entre las manos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Petra... ha sido Petra?&mdash;dijo don V&iacute;ctor
+ preguntando con el tono especial del que ya sabe lo mismo que pregunta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La infeliz no comprendi&oacute; al principio que su conducta pod&iacute;a
+ causar nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don V&iacute;ctor, a impedirlos
+ si es tiempo.... En nombre del Crucificado, don V&iacute;ctor, &iquest;qu&eacute;
+ ha sucedido aqu&iacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada, &iexcl;pero a&uacute;n estamos a tiempo!&mdash;contest&oacute;
+ el marido burlado, puesto en pie, con los pu&ntilde;os apretados,
+ avergonzado, como si se viera en camisa en medio de la plaza; furioso ante
+ la idea de que no hab&iacute;a habido all&iacute; <i>nada</i>, ning&uacute;n
+ crimen cuyo autor deb&iacute;a ser &eacute;l, seg&uacute;n exig&iacute;an
+ las leyes del honor... y del teatro.&mdash;Nada, nada... pero habr&aacute;,
+ habr&aacute; sangre.... &iquest;Y usted lo sabe? &iquest;Esa mujer ha
+ divulgado mi deshonra?... Eso ha sido tambi&eacute;n una venganza, no es
+ arrepentimiento; es venganza... pero esto importa poco. &iexcl;Lo que
+ importa es que el mundo sabe!... &iexcl;Desgraciado Quintanar! &iexcl;M&iacute;sero
+ de m&iacute;!...
+ </p>
+ <p>
+ Y volvi&oacute; a caer sobre el sof&aacute; el pobre viejo, que volv&iacute;a
+ a sentir el mismo sue&ntilde;o sopor&iacute;fero que le hab&iacute;a
+ encogido el &aacute;nimo por la ma&ntilde;ana.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;El mundo sabe&raquo;&mdash;hab&iacute;a dicho don V&iacute;ctor&mdash;y
+ estas palabras sugirieron a don Ferm&iacute;n otra mentira provechosa.
+ </p>
+ <p>
+ Pero antes dijo:&mdash;Don V&iacute;ctor, no extra&ntilde;o que en su
+ dolor usted no tenga tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he
+ dicho que el mundo supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero cree usted que Petra no habr&aacute; dicho?...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Petra no; pero... por desgracia...&mdash;Adem&aacute;s, lo que
+ importa aqu&iacute; es mi honra, no que el mundo sepa o ignore.... De
+ todas maneras, pronto sabr&aacute; de mi venganza y se podr&aacute;
+ enterar de todo.
+ </p>
+ <p>
+ Y se puso a dar vueltas por el despacho.
+ </p>
+ <p>
+ De Pas se levant&oacute; tambi&eacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Por desgracia&mdash;continu&oacute;&mdash;la maledicencia se ha
+ apoderado hace tiempo de ciertos rumores, de algo aparente....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor rugi&oacute; al gritar:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Dios m&iacute;o! &iquest;qu&eacute; es esto? &iquest;esto m&aacute;s?
+ &iquest;El mundo dice?... &iquest;Vetusta entera habla?...
+ </p>
+ <p>
+ Y se clavaba las u&ntilde;as en la cabeza, mes&aacute;ndose las canas.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n, mientras el otro se entregaba a los arranques m&iacute;micos
+ de su dolor, de su verg&uuml;enza, habl&oacute; largo y tendido del
+ asunto. &laquo;S&iacute;, por desgracia, hac&iacute;a meses ya, desde el
+ verano, desde antes acaso, se murmuraba de la confianza y de la frecuencia
+ con que don &Aacute;lvaro entraba en el palacio de los Ozores. Esto era lo
+ peor, despu&eacute;s de la desgracia en s&iacute; misma. Era lo peor
+ porque el Magistral, que conoc&iacute;a las exaltadas ideas de don V&iacute;ctor
+ respecto al honor, tem&iacute;a que obedeciendo a impulsos disculpables,
+ pero no justos, y sordo a la voz de la religi&oacute;n, se arrojase a
+ tomar venganza terrible, sobre todo de don &Aacute;lvaro, cuyo crimen no
+ pod&iacute;a ser m&aacute;s repugnante y digno de castigo. Pero, amigo,
+ aunque &eacute;l, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se
+ explicaba la vehemente c&oacute;lera que deb&iacute;a de dominar a don V&iacute;ctor,
+ y comprend&iacute;a, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta
+ y terrible venganza; si tal hac&iacute;a como hombre, en cuanto sacerdote
+ de una religi&oacute;n de paz y de perd&oacute;n, ten&iacute;a que
+ aconsejar y procurar, en cuanto pudiese, la suavidad, los procedimientos
+ que la moral recomienda para tales casos&raquo;. Don V&iacute;ctor, con el
+ rostro entre las manos hac&iacute;a signos de protesta; negaba como si
+ quisiese arrancarse la cabeza del tronco.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero qu&eacute; le dir&iacute;a, o le podr&iacute;a decir Quintanar
+ al Magistral, que &eacute;l no comprendiera.... S&iacute;, s&iacute;,
+ mirando las cosas como las mira el mundo, aquello ped&iacute;a sangre, es
+ m&aacute;s, no ya s&oacute;lo por satisfacer el deseo de vengarse, hasta
+ para poder vivir entre las gentes con lo que llama el mundo decoro, era
+ necesario, seg&uacute;n las leyes sociales, seg&uacute;n lo que las
+ costumbres y las ideas corrientes exig&iacute;an, que don V&iacute;ctor
+ buscase a Mes&iacute;a, le desafiase, le matase si posible le era, o si le
+ cog&iacute;a <i>in fraganti</i> en el delito, o cerca de &eacute;l, que le
+ sacrificase sin miramientos, con justicia pronta. As&iacute; lo hab&iacute;an
+ hecho varones esclarecidos que eran asombro del mundo y se ve&iacute;an
+ cantados y alabados en poemas y tragedias. Todo esto lo sab&iacute;a el
+ Magistral perfectamente&raquo;. Y en efecto, con tal calor y elocuencia
+ expon&iacute;a &laquo;las <i>razones</i> que, desde el punto de vista
+ mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre&raquo; que despu&eacute;s,
+ cuando recordaba que ten&iacute;a que defender el partido contrario, el de
+ caridad, perd&oacute;n y amor al pr&oacute;jimo, olvido de los agravios y
+ conformidad con la cruz; cansado ya por los esfuerzos anteriores era otro
+ el Magistral, se volv&iacute;a premioso, dec&iacute;a con frialdad
+ vulgaridades de serm&oacute;n de aldea. Su prop&oacute;sito no lo
+ penetraba don V&iacute;ctor, pero sent&iacute;a los efectos de la perfidia
+ del can&oacute;nigo. &laquo;S&iacute;&raquo;, pensaba el ex-regente,
+ mientras el Magistral volv&iacute;a a enumerar los sacrificios de amor
+ propio, pundonor y otras muchas cosas que exig&iacute;a la religi&oacute;n
+ a un buen cristiano a quien su mujer enga&ntilde;aba: &laquo;s&iacute;, he
+ estado ciego, me he portado indignamente, he debido matar a Mes&iacute;a
+ de una perdigonada, sobre la tapia, o si no correr en seguida a su casa y
+ obligarle a batirse a muerte acto continuo; el mundo lo sabe todo, Vetusta
+ entera me tiene por... un... por un...&raquo; y saltaba don V&iacute;ctor
+ cerca del techo al o&iacute;rse a s&iacute; mismo en el cerebro la
+ vergonzosa palabra.
+ </p>
+ <p>
+ Y entonces las frases fr&iacute;as, desmadejadas, con que el Magistral
+ recomendaba el perd&oacute;n, el olvido, le sonaban a hueco, a ret&oacute;rica
+ vana: &laquo;Aquel santo var&oacute;n no sab&iacute;a lo que era un
+ ultraje de aquella especie; ni lo que exig&iacute;a la sociedad&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Para que el cl&eacute;rigo le dejase en paz y no le cansase m&aacute;s con
+ sus sermones sosos y desprovistos de vida, de unci&oacute;n, don V&iacute;ctor
+ fingi&oacute; ceder; y dijo que no har&iacute;a ning&uacute;n disparate,
+ que meditar&iacute;a, que procurar&iacute;a armonizar las exigencias de su
+ honor y aquello que la religi&oacute;n le ped&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ Entonces se alarm&oacute; don Ferm&iacute;n; crey&oacute; que hab&iacute;a
+ perdido terreno, y volvi&oacute; a la carga. Con vivos colores pint&oacute;
+ el desprecio que el mundo arroja sobre el marido que perdona y que la
+ malicia cree que consiente....
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre m&aacute;s
+ despreciable del mundo si no hac&iacute;a una que fuese sonada.... &laquo;Oh,
+ s&iacute;, cuanto antes... en cuanto fuera de d&iacute;a dar&iacute;a sus
+ pasos, mandar&iacute;a dos padrinos a don &Aacute;lvaro; hab&iacute;a que
+ matarle&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don Ferm&iacute;n volvi&oacute; a tranquilizarse, viendo la exaltaci&oacute;n
+ de la ira pintada en el magistrado. &laquo;S&iacute;, hab&iacute;a hombre;
+ la m&aacute;quina estaba dispuesta; el ca&ntilde;&oacute;n con que
+ &eacute;l, don Ferm&iacute;n, iba a disparar su odio de muerte, ya estaba
+ cargado hasta la boca&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor no hablaba. Gru&ntilde;&iacute;a arrimado a la pared, en
+ un rinc&oacute;n...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Ya no hab&iacute;a qu&eacute; hacer all&iacute;&raquo;. El
+ Magistral se despidi&oacute;. Pero al salir, al llegar a la puerta, se
+ volvi&oacute; de repente y con adem&aacute;n solemne, como sacerdote de
+ &oacute;pera, exclam&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy
+ todav&iacute;a, de usted, le exijo en nombre de Dios... que... si esta...
+ noche... sorprendiera usted... alg&uacute;n nuevo... atentado... si ese
+ infame, que ignora que usted lo sabe todo, volviera esta noche.... Yo s&eacute;
+ que es mucho pedir... pero un asesinato no tiene jam&aacute;s disculpa a
+ los ojos de Dios, aunque la tenga a los del mundo.... Evite usted que ese
+ hombre pueda llegar aqu&iacute;... pero... &iexcl;nada de sangre, don V&iacute;ctor,
+ nada de sangre en nombre de la que verti&oacute; por todos el
+ Crucificado!...
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Es verdad, pens&oacute; don V&iacute;ctor cuando se qued&oacute;
+ solo, es verdad! &iquest;Y yo, est&uacute;pido, tonto, no hab&iacute;a
+ dado en ello? Ese hombre debe volver esta noche.... &iexcl;Y yo, por no
+ matarla a ella con el susto, iba a dejar que otra vez... otra vez!...
+ &iexcl;Y no pensaba en ello!...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Se abri&oacute; la puerta y entr&oacute; la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ Ven&iacute;a p&aacute;lida, vest&iacute;a un peinador blanco, y no hac&iacute;a
+ ruido al andar. Sus ojos parec&iacute;an m&aacute;s grandes que nunca, y
+ miraban con una fijeza que daba escalofr&iacute;os. A lo menos los sinti&oacute;
+ don V&iacute;ctor, que dio un paso atr&aacute;s, y tuvo terror, como en
+ presencia de un fantasma. Antes que en la traici&oacute;n de aquella mujer
+ pens&oacute; en el gran peligro que corr&iacute;a la vida de Ana, si una
+ emoci&oacute;n fuerte la espantaba. No le pareci&oacute; su mujer a don V&iacute;ctor,
+ le pareci&oacute; la Traviata en la escena en que muere cantando. Sinti&oacute;
+ el pobre viejo una compasi&oacute;n supersticiosa; aquel ser vaporoso que
+ se le aparec&iacute;a de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo
+ quer&iacute;a &eacute;l en aquel instante con amor de padre que teme por
+ la vida de su hija, y lo tem&iacute;a al mismo tiempo como a cosa del otro
+ mundo.... &laquo;&iexcl;Qu&eacute; f&aacute;cil era asesinar con una
+ palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de su delito!
+ Oh, no, lo que es a ella no la matar&iacute;a, ni con pu&ntilde;al, ni con
+ bala, ni con palabras fulminantes...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qui&eacute;n estaba ah&iacute;?&mdash;pregunt&oacute; Ana
+ tranquila.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;El Magistral&mdash;respondi&oacute; don V&iacute;ctor, que supon&iacute;a
+ a su mujer enterada de lo mismo que preguntaba.
+ </p>
+ <p>
+ Ana se turb&oacute;.&mdash;&iquest;A qu&eacute; ven&iacute;a... a estas
+ horas?&mdash;pregunt&oacute; disimulando sus temores.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;A qu&eacute;? Cosas de pol&iacute;tica.... Eso del obispo y
+ el gobernador... lo de las votaciones que corre prisa... en fin... cosas
+ de pol&iacute;tica.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta no insisti&oacute;. Se retir&oacute; sin acercarse a su marido,
+ que no la busc&oacute; tampoco para darle el beso en la frente con que sol&iacute;an
+ despedirse todas las noches.
+ </p>
+ <p>
+ Respir&oacute; Quintanar cuando se vio solo. &laquo;Aquello hab&iacute;a
+ salido bien. No se hab&iacute;a descubierto. Anita no hab&iacute;a podido
+ sospechar.... Ten&iacute;a la conciencia tranquila, se&ntilde;al de que
+ hab&iacute;a hecho bien por lo pronto&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pidi&oacute; el t&eacute; que era su cena los d&iacute;as de caza y de
+ comida de fiambre; dio orden a los criados de acostarse, y a las once y
+ media, de puntillas y sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, baj&oacute;
+ al parque en zapatillas, armado de escopeta. La hab&iacute;a cargado con
+ postas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Oh, s&iacute;! el Magistral le hab&iacute;a sugerido, sin
+ querer, una buena idea. &iquest;Qu&eacute; no hubiera sangre, eh? Oh, lo
+ que es como volviese aquella noche... &iexcl;mor&iacute;a don &Aacute;lvaro!
+ Y que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que cayera redonda, que le
+ prendieran a &eacute;l.... Cualquier cosa... pero como volviera, mor&iacute;a&raquo;.
+ As&iacute; como poco antes hab&iacute;a sentido la conciencia tranquila al
+ contener su c&oacute;lera delante de Ana, ahora se sent&iacute;a
+ satisfecho ante su resoluci&oacute;n de matar al ladr&oacute;n de su honra
+ si volv&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ La noche era obscura, el fr&iacute;o intenso. Don V&iacute;ctor no tuvo m&aacute;s
+ remedio que volver a su cuarto por la capa. Se expon&iacute;a a hacer
+ ruido, o que el otro tuviera tiempo de venir y escalar el balc&oacute;n
+ entre tanto... pero a cuerpo no se pod&iacute;a estar all&iacute;. Se
+ quedar&iacute;a helado. Fue, con la prisa que pudo, a buscar la capa, y
+ bien embozado volvi&oacute; a su puesto de centinela en el cenador, desde
+ el cual ve&iacute;a el perfil de la tapia, destac&aacute;ndose borrosa en
+ el cielo negro; y ver&iacute;a tambi&eacute;n el balc&oacute;n del tocador
+ si se abr&iacute;a para dar paso a don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ Oy&oacute; las doce, la una, las dos... no oy&oacute; las tres, porque
+ debi&oacute; de dormitar un poco, aunque &eacute;l se lo negaba a s&iacute;
+ mismo.... Y a las cuatro no pudo resistir ya el fr&iacute;o y el sue&ntilde;o;
+ y delirante, sin conciencia de s&iacute; mismo ni del mundo ambiente,
+ tropezando en todo, subi&oacute; a su cuarto, busc&oacute; la cama a
+ tientas, se desnud&oacute; por m&aacute;quina, se envolvi&oacute; entre
+ las s&aacute;banas y se qued&oacute; dormido en un sopor de fiebre lleno
+ de fantasmas ardientes, de monstruos dolorosos.
+ </p>
+ <p>
+ Aquella tarde no asistieron al Casino a la hora del caf&eacute;, como sol&iacute;an,
+ ni Mes&iacute;a, ni Ronzal, ni el capit&aacute;n Bedoya ni el coronel
+ Fulgosio.
+ </p>
+ <p>
+ Lo cual notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son de
+ misterio:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Se&ntilde;ores, cuando yo digo que hay gato....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; gato?&mdash;pregunt&oacute; don Frutos Redondo
+ el americano.
+ </p>
+ <p>
+ Estaban, como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo, el
+ del tresillo.
+ </p>
+ <p>
+ Todos los presentes rodearon a Foja que a&ntilde;adi&oacute;:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Noten ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capit&aacute;n
+ ni el coronel. Ciertos son los toros. Cuando el r&iacute;o suena....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero &iquest;qu&eacute; suena?&mdash;pregunt&oacute; Orgaz padre,
+ que algo sab&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Joaquinito, que se daba aires de saber muchas cosas, dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada, se&ntilde;ores, yo digo a ustedes que no hay nada....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues con permiso de usted yo s&eacute; que hay grandes novedades.
+ Lo s&eacute; de buena tinta.... Quintanar debe de haber mandado a estas
+ horas sus padrinos a don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Padrinos! &iquest;por qu&eacute;?&mdash;pregunt&oacute;
+ Redondo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bah! Est&aacute; usted buen cazurro. Demasiado sabe usted
+ por qu&eacute;. La verdad es que aquello era un esc&aacute;ndalo.
+ </p>
+ <p>
+ Joaqu&iacute;n Orgaz defendi&oacute; a don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ Pero Foja no atacaba a Mes&iacute;a, atacaba a don V&iacute;ctor que hab&iacute;a
+ consentido tanto tiempo aquella desverg&uuml;enza.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero qu&eacute; sabe usted si consent&iacute;a? No sab&iacute;a
+ nada. Y si ahora desaf&iacute;a al otro, ser&aacute; que descubri&oacute;
+ algo....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;O que se ha cansado de aguantar...&mdash;O no habr&aacute; tal
+ desaf&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ Toda la tarde se habl&oacute; all&iacute; de lo mismo. Al obscurecer lleg&oacute;
+ Ronzal. Nadie se atrevi&oacute; a interrogarle al principio. Foja se cans&oacute;
+ de ser prudente y pregunt&oacute; a Trabuco d&aacute;ndole un golpecito en
+ el hombro:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Es usted padrino?&mdash;&iquest;Padrino de qu&eacute;?&mdash;dijo
+ Ronzal con ce&ntilde;o adusto, aire misterioso, y como hombre prudent&iacute;simo
+ que opone un muro de hielo a una indiscreci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Padrino del duelo a muerte entre Mes&iacute;a y Quintanar....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Pero a usted qui&eacute;n le ha dicho?... Palabra de...
+ quiero decir... yo no s&eacute;... yo niego.... Es usted un mentecato y un
+ hablador insustancial &iquest;Cree usted que asuntos tan serios se vienen
+ a tratar al caf&eacute;?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Ven ustedes? Lo que yo dec&iacute;a&mdash;grit&oacute; Foja
+ triunfante sin hacer caso de los insultos.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal neg&oacute;, se obstin&oacute; en callar; pero se conoc&iacute;a
+ que le costaba grandes esfuerzos.
+ </p>
+ <p>
+ Mir&oacute; el reloj muchas veces y pregunt&oacute; a Joaquinito Orgaz,
+ aparte, pero de modo que lo oyeran los dem&aacute;s:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Sabe usted si don Pedro el picador tiene todav&iacute;a
+ sables de...?
+ </p>
+ <p>
+ Y lo dem&aacute;s lo dijo en voz baja.
+ </p>
+ <p>
+ Orgaz no sab&iacute;a nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y sali&oacute;
+ del Casino, diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Adi&oacute;s, se&ntilde;ores.&mdash;&iquest;Ven ustedes? Lo que yo
+ dec&iacute;a. Duelo tenemos. Aquellos se&ntilde;ores se declararon en sesi&oacute;n
+ permanente. Los mozos encendieron el gas, y continu&oacute; el tertul&iacute;n
+ de la tarde empalm&aacute;ndose con el de la noche. Algunos fueron a cenar
+ y volvieron. A las ocho en todo el Casino no se hablaba m&aacute;s que del
+ duelo. Los del billar dejaron los tacos para venir a la sala de las
+ mentiras a cazar noticias; hasta <i>los de arriba</i>, los del cuarto del
+ crimen, que sol&iacute;an dejar que pasaran revoluciones sin darse por
+ entendidos, mandaron sus emisarios abajo para saber lo que ocurr&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Un desaf&iacute;o en Vetusta era un acontecimiento de los m&aacute;s
+ extraordinarios. De tarde en tarde algunos se&ntilde;oritos se daban de
+ bofetadas en el Espol&oacute;n, en alg&uacute;n sitio p&uacute;blico, pero
+ no pasaba de ah&iacute;. Los insultos no ten&iacute;an jam&aacute;s
+ consecuencias. Nunca hab&iacute;a habido en Vetusta una sala de armas. Hac&iacute;a
+ a&ntilde;os, un comandante retirado hab&iacute;a querido ganarse la vida
+ dando lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y
+ otros varios comenzaron con gran afici&oacute;n a dejarse dar de palos,
+ pero pronto se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro
+ prestado a cualquiera.
+ </p>
+ <p>
+ No se recordaba en la poblaci&oacute;n m&aacute;s que dos desaf&iacute;os
+ en que se hubiera llegado <i>al terreno</i>; uno de Mes&iacute;a, all&aacute;,
+ muchos a&ntilde;os atr&aacute;s, cuando era muy joven; hab&iacute;a sido
+ padrino del contrario Fr&iacute;gilis, &uacute;nico vetustense que asisti&oacute;
+ al lance.
+ </p>
+ <p>
+ Nunca hab&iacute;a querido decir lo que hab&iacute;a pasado all&iacute;,
+ pero era lo cierto que ni Mes&iacute;a ni su adversario hab&iacute;an
+ guardado cama un solo d&iacute;a despu&eacute;s del duelo.
+ </p>
+ <p>
+ El otro desaf&iacute;o hab&iacute;a sido entre un jefe econ&oacute;mico y
+ un cajero por cuestiones de la caja. Sobre si sacaste t&uacute; o saqu&eacute;
+ yo. Se hab&iacute;an batido a primera sangre. El cajero hab&iacute;a
+ recibido un ara&ntilde;azo en el cuello, porque el jefe econ&oacute;mico
+ daba sablazos horizontales con el prop&oacute;sito de degollar al
+ contrario. Y no hab&iacute;a m&aacute;s desaf&iacute;os <i>llevados al
+ terreno</i> en las cr&oacute;nicas vetustenses.
+ </p>
+ <p>
+ Se discuti&oacute; mucho aquella noche, para pasar el rato mientras
+ llegaban noticias, sobre la legitimidad de esta <i>costumbre b&aacute;rbara
+ que hab&iacute;amos heredado de la Edad media</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Orgaz padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, asegur&oacute;
+ que el duelo era resto de las ordal&iacute;as.
+ </p>
+ <p>
+ Don Frutos dijo que s&iacute; ser&iacute;a, pero que ni ordal&iacute;as ni
+ san ordal&iacute;as le hac&iacute;an a &eacute;l batirse. &Eacute;l acud&iacute;a
+ al juez si le ofend&iacute;an, y si no hab&iacute;a modo, ventilaba la
+ cuesti&oacute;n a palos.&mdash;Eso de que me mate un espadach&iacute;n,
+ que no ha tenido que trabajar para ganarse la comida, no lo consentir&aacute;
+ el hijo de mi madre.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Sin embargo&mdash;dec&iacute;a Orgaz padre&mdash;hay
+ circunstancias... el honor... la sociedad.... Ya ve usted, F&iacute;garo
+ condena el duelo, y confiesa que &eacute;l se batir&iacute;a llegado el
+ caso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Es que yo no soy un mal barbero, se&ntilde;or m&iacute;o&mdash;grit&oacute;
+ don Frutos&mdash;tengo algo que perder.
+ </p>
+ <p>
+ Hubo que explicarle a don Frutos qui&eacute;n era F&iacute;garo; pero a&uacute;n
+ despu&eacute;s de enterado, Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y
+ gritar, vocifer&oacute; diciendo, que de todas maneras, al que le
+ desafiase, &eacute;l le romp&iacute;a el alma....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues yo&mdash;dijo el ex-alcalde&mdash;a la justicia me atengo...
+ una querella criminal, la ley est&aacute; terminante....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues yo&mdash;exclam&oacute; solemnemente Orgaz padre, puesto en
+ pie y con voz temblorosa&mdash;yo no hago nada de eso. Al que me desaf&iacute;e,
+ si es un diestro, le obligo a aceptar un duelo en las condiciones
+ siguientes: (Atenci&oacute;n general.) A dos pasos de distancia (se
+ coloca, midiendo dos pasos largos, enfrente de don Frutos que se pone muy
+ serio y erguido) una pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz palidece
+ ante la idea de que aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos,
+ tres (da las tres palmadas) &iexcl;plun! &iexcl;y al que Dios se la d&eacute;
+ San Pedro se la bendiga! As&iacute; me bato yo. La cuesti&oacute;n no es
+ ser diestro, es tener valor.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Bravo, bravo! &iexcl;eso, eso!&mdash;grit&oacute; gran parte
+ del concurso, como si oyera aquello por primera vez.
+ </p>
+ <p>
+ Siempre que se hablaba de desaf&iacute;os dec&iacute;an lo mismo que aquel
+ d&iacute;a Foja, don Frutos, Orgaz y otros caballeros.
+ </p>
+ <p>
+ En vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron por
+ all&iacute; ni Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, seg&uacute;n se dec&iacute;a,
+ eran los padrinos, am&eacute;n de Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ Era verdad. Por m&aacute;s que Crespo encarg&oacute; el secreto m&aacute;s
+ absoluto a todas las personas que tuvieron que intervenir en el triste
+ negocio, no se sabe c&oacute;mo, aunque se sospecha que por culpa de
+ Ronzal, pronto corri&oacute; por Vetusta el rumor de lo cierto. Petra y
+ Ronzal hab&iacute;an sido los indiscretos. Petra, por venganza, por mala
+ &iacute;ndole, hab&iacute;a hablado, hab&iacute;a dicho a alguna amiga <i>lo
+ de</i> su antigua ama. &laquo;&iquest;Que por qu&eacute; hab&iacute;a
+ dejado aquella casa? Por tal y por cual&raquo;. Trabuco, a quien la honra
+ de merecer la confianza de Quintanar hab&iacute;a llenado de vanidad, no
+ hab&iacute;a podido resistir la tentaci&oacute;n de dejar <i>transparentarse</i>
+ su secreto. Ello era que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa.
+ </p>
+ <p>
+ El Gobernador dec&iacute;a en su casa que no se le hablase de aquello, que
+ su deber de autoridad estaba en abierta contradicci&oacute;n con su deber
+ de caballero, que deb&iacute;a tener o&iacute;dos de mercader, ojos de
+ topo, y los tendr&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ Pas&oacute; aquel d&iacute;a, y pas&oacute; el siguiente y no se sab&iacute;a
+ nada.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Era <i>una papa</i> lo del duelo?&mdash;preguntaba Foja en
+ el Casino.
+ </p>
+ <p>
+ Y entonces revent&oacute; Joaquinito Orgaz, que lo sab&iacute;a todo por
+ el Marquesito.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte.
+ </p>
+ <p>
+ Pero los padrinos se hab&iacute;an portado mal, eran torpes, a pesar de
+ las &iacute;nfulas del coronel Fulgosio que dec&iacute;a tener el c&oacute;digo
+ del honor en la punta de los dedos: no parec&iacute;an armas, se hab&iacute;a
+ hablado del sable primero, pero no parec&iacute;an sables de desaf&iacute;o;
+ no hab&iacute;a en Vetusta sables as&iacute;, o no quer&iacute;an darlos
+ los que los ten&iacute;an. Se hab&iacute;a recurrido a la pistola... y
+ tampoco parec&iacute;an pistolas a prop&oacute;sito. &laquo;Yo creo&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a
+ Joaquinito, y Paco cree lo mismo, que esto es inveros&iacute;mil y que Fr&iacute;gilis
+ quiere dar largas al asunto a ver si convence a Mes&iacute;a y lo hace
+ marcharse de Vetusta&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Qu&eacute; indignidad!&mdash;grit&oacute; Foja.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pues &eacute;sa hab&iacute;a sido la primera soluci&oacute;n. La
+ misma noche del d&iacute;a en que, al parecer (esto se cuenta por lo
+ menos) don V&iacute;ctor descubri&oacute; su deshonra, Fr&iacute;gilis fue
+ a ver a Mes&iacute;a y le suplic&oacute; que saliera del pueblo cuanto
+ antes. Mes&iacute;a se lo cont&oacute; <i>ce</i> por <i>be</i> a Paco.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, &iquest;y qu&eacute; m&aacute;s?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada, que Mes&iacute;a, como era natural, se opuso; dijo que
+ Quintanar y todo Vetusta pod&iacute;an atribuir a miedo su ausencia.&mdash;Pero
+ Fr&iacute;gilis, que tiene cierta influencia sobre don &Aacute;lvaro, le
+ oblig&oacute; a darle palabra de honor de que al d&iacute;a siguiente
+ tomar&iacute;a el tren de Madrid. Parece ser que Quintanar tuvo en sus
+ manos la vida de &Aacute;lvaro; que pudo matarle de un tiro y no le mat&oacute;.
+ Y Fr&iacute;gilis invocaba esto y los derechos del marido ultrajado para
+ obligar a Mes&iacute;a a huir. &laquo;Eso no es cobard&iacute;a&mdash;dice
+ que le dijo&mdash;eso es hacerse justicia a s&iacute; mismo, usted merece
+ la muerte por su traici&oacute;n y yo le conmut&oacute; la pena por el
+ destierro&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Eso dijo Crespo?&mdash;Eso.&mdash;&iexcl;Miren Fr&iacute;gilis!&mdash;Tiene
+ mucha confianza con &Aacute;lvaro, que le respeta mucho.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno, &iquest;y qu&eacute; m&aacute;s?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada, que &Aacute;lvaro dio palabra. Pero al d&iacute;a siguiente,
+ ayer por la ma&ntilde;ana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el
+ equipaje para largarse, se le presentaron Fr&iacute;gilis y Ronzal en son
+ de desaf&iacute;o. Parece ser que muy temprano don V&iacute;ctor llam&oacute;
+ a Fr&iacute;gilis y le oblig&oacute; a buscar a Trabuco para ir juntos a
+ desafiar al burlador; Fr&iacute;gilis no tuvo m&aacute;s remedio que
+ obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba escapar, amenaz&oacute;
+ con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los peri&oacute;dicos,
+ en la calle.... Estaba furioso.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Claro, las comedias!&mdash;Ello es, que Fr&iacute;gilis tuvo
+ que devolver a &Aacute;lvaro la promesa de huir y mandarle buscar
+ padrinos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y Mes&iacute;a?&mdash;Es claro; dej&oacute; el viaje y busc&oacute;
+ padrinos; quer&iacute;an que yo fuese uno (mentira) pero despu&eacute;s...
+ como yo soy muy amigo de ambos... en fin, se busc&oacute; otros... y no
+ parec&iacute;an.... S&oacute;lo Fulgosio, que siempre se presta a tales
+ enredos... y Bedoya, que al fin es militar....
+ </p>
+ <p>
+ En general, Joaquinito estaba bien enterado. Mes&iacute;a se lo hab&iacute;a
+ dicho todo al Marquesito que hab&iacute;a ido a verle a la fonda.
+ </p>
+ <p>
+ Lo que no le hab&iacute;a dicho era que &eacute;l ten&iacute;a mucho
+ miedo; que as&iacute; como se alegraba de ver rotas aquellas relaciones
+ que iban a acabar con la poca salud que le quedaba y a dejarle en rid&iacute;culo
+ a los mismos ojos de Ana, le horrorizaba la idea de verse frente a frente
+ de don V&iacute;ctor con una espada o una pistola en la mano.
+ </p>
+ <p>
+ La proposici&oacute;n primera de Fr&iacute;gilis la acept&oacute;
+ inmediatamente.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Era natural! deb&iacute;a huir, &iquest;con qu&eacute;
+ derecho iba &eacute;l a procurar la muerte del hombre que le hab&iacute;a
+ perdonado la vida aquella ma&ntilde;ana y a quien &eacute;l hab&iacute;a
+ robado la honra? Huir&iacute;a; al d&iacute;a siguiente, sin falta tomar&iacute;a
+ el tren&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ya lo esperaba Fr&iacute;gilis, que sab&iacute;a a qu&eacute; atenerse
+ respecto del valor de &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ Como que hab&iacute;a sido testigo de aquel duelo misterioso, a que alud&iacute;an
+ los socios del Casino. Don &Aacute;lvaro, por culpa de una mujer, hab&iacute;a
+ sido retado a singular combate por un forastero; todos los padrinos eran
+ de la guarnici&oacute;n menos Fr&iacute;gilis, &uacute;nico vetustense que
+ presenci&oacute; el lance. El duelo era a sable, en el Montico, en una
+ arboleda, de tarde, cerca del obscurecer. Mes&iacute;a y su adversario
+ estaban en mangas de camisa (se acordaba Fr&iacute;gilis como si hubiese
+ sido el d&iacute;a anterior), estaban en mangas de camisa, sable en
+ mano... ambos p&aacute;lidos y temblando de fr&iacute;o y de miedo. El
+ cielo encapotado amenazaba desplomarse en torrentes de lluvia. Los dos <i>combatientes</i>
+ miraban a las nubes. Fr&iacute;gilis comprendi&oacute; lo que deseaban.
+ Comenz&oacute; la lid soltera y al primer choque de los aceros estall&oacute;
+ un trueno y empezaron a caer gotas como pu&ntilde;os. Mes&iacute;a y su
+ adversario temblaban como las ramas de los &aacute;rboles que bat&iacute;a
+ el viento.... Tan grande fue el chaparr&oacute;n que los padrinos
+ suspendieron el duelo... que no se continu&oacute;. &laquo;No hab&iacute;an
+ ido a batirse contra los elementos&raquo;. Mes&iacute;a qued&oacute; inc&oacute;lume
+ y Crespo impl&iacute;citamente le dio seguridades de que guardar&iacute;a
+ el secreto de aquel trance rid&iacute;culo y de la cobard&iacute;a del
+ Tenorio vetustense.
+ </p>
+ <p>
+ Recordando todo esto, Fr&iacute;gilis trat&oacute; como un zapato a Mes&iacute;a
+ aquella noche memorable en que le intim&oacute; la huida. Pero&mdash;dec&iacute;a
+ bien Joaqu&iacute;n Orgaz&mdash;al d&iacute;a siguiente tuvo que devolver
+ su palabra a don &Aacute;lvaro. Ya no deb&iacute;a huir. Quintanar se empe&ntilde;aba
+ en batirse; era aragon&eacute;s y no cejar&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No s&eacute; qui&eacute;n me le ha cambiado. Anoche parec&iacute;a
+ resuelto o poco menos a una soluci&oacute;n pac&iacute;fica, se contentaba
+ con que usted desapareciera; y hoy, cuando fui a verle me encontr&eacute;
+ al se&ntilde;or de Ronzal, que est&aacute; presente, al lado del lecho de
+ mi amigo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ronzal salud&oacute;. Mes&iacute;a se hab&iacute;a puesto muy p&aacute;lido.
+ Estaba metiendo ropa blanca en un mundo y suspendi&oacute; la tarea.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De modo que...&mdash;Que tiene usted que buscar padrinos.
+ </p>
+ <p>
+ A Fr&iacute;gilis le hab&iacute;a disgustado que don V&iacute;ctor, sin
+ consultar con &eacute;l, hubiese llamado a Ronzal. Quintanar cre&iacute;a
+ en la energ&iacute;a del diputado por Pernueces y sab&iacute;a que no
+ estimaba a don &Aacute;lvaro. Seg&uacute;n el ex-magistrado, era un buen
+ padrino. Error, seg&uacute;n Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ Lo peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ni un d&iacute;a se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra
+ es p&uacute;blica, que la reparaci&oacute;n lo sea, y adem&aacute;s
+ terrible y r&aacute;pida&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Pero si tienes fiebre, si est&aacute;s malo...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;No importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me
+ levanto y busco yo mismo otros padrinos&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ No hubo m&aacute;s remedio. Mes&iacute;a, a rega&ntilde;adientes, y
+ ocultando el pavor como pod&iacute;a, busc&oacute; sus dos padrinos.
+ </p>
+ <p>
+ Se convino que el duelo fuese a sable. Pero no parec&iacute;an sables
+ &uacute;tiles. Adem&aacute;s, surgieron dificultades sobre ciertos
+ pormenores. Y as&iacute; pas&oacute; un d&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Al siguiente por la ma&ntilde;ana se acord&oacute; que se batieran a
+ pistola.
+ </p>
+ <p>
+ Don V&iacute;ctor form&oacute; entonces su plan. Se alegr&oacute; de que
+ fuese el duelo a pistola.
+ </p>
+ <p>
+ Pero tampoco parec&iacute;an pistolas de desaf&iacute;o.
+ </p>
+ <p>
+ Y pas&oacute; otro d&iacute;a. Don V&iacute;ctor se levant&oacute; al
+ siguiente despu&eacute;s de pasar setenta horas en la cama, con fiebre un
+ d&iacute;a entero, impaciente a ratos, angustiado otros, y siempre
+ disimulando en presencia de Ana, que le cuidaba sol&iacute;cita.
+ </p>
+ <p>
+ Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedi&oacute;
+ a la calentura vinieron accesos de melancol&iacute;a, y meditaciones filos&oacute;fico-religiosas.
+ Don V&iacute;ctor sinti&oacute; que el &aacute;nimo aflojaba, no por amor
+ a la vida propia, que no cre&iacute;a en gran peligro ante don &Aacute;lvaro,
+ sino por miedo a los remordimientos. Cuando supo lo de las pistolas,
+ resolvi&oacute; no matar a su contrario. &laquo;Le dejar&iacute;a cojo.
+ Tirar&iacute;a a las piernas. El otro no era probable que le hiriese a
+ &eacute;l tirando a veinte pasos; tendr&iacute;a que ser por una
+ casualidad&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Sin que Ana sospechase nada, porque Mes&iacute;a hab&iacute;a cumplido su
+ palabra, dada a Fr&iacute;gilis, de despedirse por escrito para un viaje
+ electoral, urgent&iacute;simo y breve; sin que Ana sospechase por lo menos
+ que se trataba de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, sali&oacute;
+ de casa don V&iacute;ctor por la puerta del parque acompa&ntilde;ado de Fr&iacute;gilis,
+ a la hora en que sol&iacute;an ir de caza.
+ </p>
+ <p>
+ En la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La ma&ntilde;ana estaba
+ fr&iacute;a y la helada sobre la hierba imitaba una somera nevada.
+ </p>
+ <p>
+ En la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de &eacute;l
+ estaba Ben&iacute;tez, el m&eacute;dico de Ana. Al verle don V&iacute;ctor
+ palideci&oacute;, pero en nada m&aacute;s se pudo notar su emoci&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero. Se
+ apearon, y rodeando la quinta del Marqu&eacute;s, entraron en el bosque de
+ robles donde meses antes don V&iacute;ctor hab&iacute;a buscado a su mujer
+ ayudado del Magistral. &laquo;&iexcl;Cu&aacute;ntas cosas se explicaba
+ ahora que no hab&iacute;a comprendido entonces!&raquo;. No importaba; la
+ verdad era que del furor que en su coraz&oacute;n hab&iacute;a hecho
+ estragos despu&eacute;s de la visita nocturna de don Ferm&iacute;n, ya no
+ quedaban m&aacute;s que restos apagados: ya no aborrec&iacute;a a don
+ &Aacute;lvaro, ya no se figuraba imposible la vida mientras no muriese
+ aquel hombre: la filosof&iacute;a y la religi&oacute;n triunfaban en el
+ &aacute;nimo de don V&iacute;ctor. Estaba decidido a no matar.
+ </p>
+ <p>
+ Llegaron a lo m&aacute;s alto del bosque; all&iacute; hab&iacute;a una
+ meseta, y en un claro sitio suficiente para medir m&aacute;s de treinta
+ pasos. Las &uacute;ltimas condiciones del duelo eran estas: veinticinco
+ pasos, pudiendo avanzar cinco cada cual. Val&iacute;a apuntar en los
+ intervalos de las palmadas que hab&iacute;an de ser muy breves. Lo cierto
+ era que Fulgosio, el coronel, nunca hab&iacute;a presenciado un duelo a
+ pistola, aunque &eacute;l aseguraba haber asistido a muchos, y Ronzal y
+ Bedoya en su vida hab&iacute;an intervenido en semejantes negocios. Fr&iacute;gilis
+ s&oacute;lo hab&iacute;a visto el duelo frustrado de Mes&iacute;a.
+ Aquellas condiciones las hab&iacute;a copiado el coronel de una novela
+ francesa que le hab&iacute;a prestado Bedoya. Lo &uacute;nico original all&iacute;
+ era que Fulgosio juraba que su honor de soldado no le permit&iacute;a
+ autorizar un simulacro de desaf&iacute;o, y que el duelo a pistola y a tal
+ distancia y a la voz de mando sin apuntar y entre dos <i>primerizos</i>,
+ pues primerizo era tambi&eacute;n Mes&iacute;a a pistola, ser&iacute;a la
+ carabina de Ambrosio.
+ </p>
+ <p>
+ Bedoya pens&oacute; que don V&iacute;ctor era buen tirador, pero no se
+ atrevi&oacute; a presentar objeciones a su colega. La parte contraria
+ tampoco tuvo nada que decir.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando llegaron a la meseta, lugar del duelo, don V&iacute;ctor y los
+ suyos encontraron solo el terreno. Quince minutos despu&eacute;s
+ aparecieron entre los &aacute;rboles desnudos don &Aacute;lvaro y sus
+ padrinos, m&aacute;s el se&ntilde;or don Robustiano Somoza. Mes&iacute;a
+ estaba hermoso con su palidez mate, y su traje negro cerrado, elegante y
+ pulqu&eacute;rrimo.
+ </p>
+ <p>
+ A don V&iacute;ctor se le saltaron las l&aacute;grimas al ver a su
+ enemigo. En aquel instante hubiera gritado de buena gana: &iexcl;perdono!
+ &iexcl;perdono!... como Jes&uacute;s en la cruz. Quintanar no ten&iacute;a
+ miedo, pero desfallec&iacute;a de tristeza; &laquo;&iexcl;qu&eacute;
+ amarga era la iron&iacute;a de la suerte! &iexcl;&Eacute;l, &eacute;l iba
+ a disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera hecho feliz a Anita, si diez
+ a&ntilde;os antes la hubiera enamorado! &iexcl;Y &eacute;l... &eacute;l,
+ Quintanar, estar&iacute;a a estas horas tranquilo en el Tribunal Supremo o
+ en La Almunia de don Godino!... Todo aquello de matarse era absurdo....
+ Pero no hab&iacute;a remedio. La prueba era que ya le llamaban, ya le pon&iacute;an
+ la pistola fr&iacute;a en la mano...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis, sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de
+ que Mes&iacute;a tuviera valor para disparar y, por casualidad tambi&eacute;n,
+ herir a V&iacute;ctor, Fr&iacute;gilis apret&oacute; la mano a Quintanar
+ al dejarle en su puesto de honor.
+ </p>
+ <p>
+ Y se separaron testigos y m&eacute;dicos a buena distancia, porque todos
+ tem&iacute;an una <i>bala perdida</i>. Don &Aacute;lvaro pens&oacute; en
+ Dios sin querer. Esta idea aument&oacute; su pavor; record&oacute; que
+ aquella piedad s&oacute;lo le acud&iacute;a en las enfermedades graves, en
+ la soledad de su lecho de solter&oacute;n....
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis estaba asustado del valor de aquel hombre.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a mismo se explicaba mal c&oacute;mo hab&iacute;a llegado hasta
+ all&iacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Pensando en esto, y mientras apuntaba a don V&iacute;ctor, sin verle, sin
+ ver nada, sin fuerza para apretar el gatillo, oy&oacute; tres palmadas r&aacute;pidas
+ y en seguida una detonaci&oacute;n. La bala de Quintanar quem&oacute; el
+ pantal&oacute;n ajustado del petimetre.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a sinti&oacute; de repente una fuerza extra&ntilde;a en el
+ coraz&oacute;n; era robusto, la sangre bull&oacute; dentro con energ&iacute;a.
+ El instinto de conservaci&oacute;n despert&oacute; con &iacute;mpetu.
+ &laquo;Hab&iacute;a que defenderse. Si el otro volv&iacute;a a disparar
+ iba a matarle; &iexcl;era don V&iacute;ctor, el gran cazador!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Mes&iacute;a avanz&oacute; cinco pasos y apunt&oacute;. En aquel instante
+ se sinti&oacute; tan bravo como cualquiera. &iexcl;Era la corazonada! El
+ pulso estaba firme; cre&iacute;a tener la cabeza de don V&iacute;ctor
+ apoyada en la boca de su pistola; suavemente oprimi&oacute; el gatillo fr&iacute;o
+ y... crey&oacute; que se le hab&iacute;a escapado el tiro. &laquo;No, no
+ hab&iacute;a sido &eacute;l quien hab&iacute;a disparado, hab&iacute;a
+ sido la <i>corazonada</i>&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ello era que don V&iacute;ctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba
+ cubierta de escarcha, y mord&iacute;a la tierra.
+ </p>
+ <p>
+ La bala de Mes&iacute;a le hab&iacute;a entrado en la vejiga, que estaba
+ llena.
+ </p>
+ <p>
+ Esto lo supieron poco despu&eacute;s los m&eacute;dicos, en la casa nueva
+ del Vivero, adonde se traslad&oacute;, como se pudo, el cuerpo inerte del
+ digno magistrado. Yac&iacute;a don V&iacute;ctor en la misma cama donde
+ meses antes hab&iacute;a dormido con el dulce sue&ntilde;o de los ni&ntilde;os.
+ </p>
+ <p>
+ Alrededor del lecho estaban los dos m&eacute;dicos, Fr&iacute;gilis que
+ ten&iacute;a l&aacute;grimas heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y
+ el coronel Fulgosio lleno de remordimientos. Bedoya hab&iacute;a acompa&ntilde;ado
+ a Mes&iacute;a, que pocas horas despu&eacute;s tomaba el tren de Madrid,
+ tres d&iacute;as m&aacute;s tarde de lo que Fr&iacute;gilis hab&iacute;a
+ pensado.
+ </p>
+ <p>
+ Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y
+ triste, esperaba &oacute;rdenes en la habitaci&oacute;n contigua a la del
+ moribundo. Vio salir a Fr&iacute;gilis que ense&ntilde;aba los pu&ntilde;os
+ al cielo, crey&eacute;ndose solo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Qu&eacute; hay, se&ntilde;or? &iquest;C&oacute;mo est&aacute;
+ ese bendito del Se&ntilde;or?...
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis mir&oacute; a Pepe como si no le conociera; y como
+ hablando consigo mismo dijo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La vejiga llena.... La peritonitis de... no s&eacute; qui&eacute;n....
+ Eso dicen ellos.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;La qu&eacute;, se&ntilde;or?
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Nada... &iexcl;que se muere de fijo!
+ </p>
+ <p>
+ Y Fr&iacute;gilis entr&oacute; en un gabinete, que estaba a obscuras para
+ llorar a solas.
+ </p>
+ <p>
+ Poco despu&eacute;s Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detr&aacute;s a
+ Somoza el m&eacute;dico.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Y trasladarle a Vetusta?...&mdash;dec&iacute;a el militar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Imposible! &iexcl;Ni so&ntilde;arlo! &iquest;Y para qu&eacute;?
+ Morir&aacute; esta tarde de fijo.
+ </p>
+ <p>
+ Somoza sol&iacute;a equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos.
+ </p>
+ <p>
+ Esta vez se equivoc&oacute; d&aacute;ndole a don V&iacute;ctor m&aacute;s
+ tiempo de vida del que le otorg&oacute; la bala de don &Aacute;lvaro.
+ </p>
+ <p>
+ Muri&oacute; Quintanar a las once de la ma&ntilde;ana.
+ </p>
+ <hr style="width: 45%;" />
+ <p>
+ El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel a&ntilde;o en Vetusta. &iexcl;Cosa
+ rara!
+ </p>
+ <p>
+ Las nubes eternas del Corf&iacute;n hab&iacute;an vertido todos sus
+ humores en Marzo y en Abril. Los vetustenses sal&iacute;an a la calle como
+ el cuervo de No&eacute; pudo salir del arca, y todos se explicaban que no
+ hubiera vuelto. Despu&eacute;s de dos meses pasados debajo del agua,
+ &iexcl;era tan dulce ver el cielo azul, respirar aire y pasearse por
+ prados verdes cubiertos de belloritas que parecen chispas del sol!
+ </p>
+ <p>
+ Toda Vetusta paseaba. Pero Fr&iacute;gilis no pudo conseguir que Ana
+ pusiera el pie en la calle.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Pero, hija m&iacute;a, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha
+ dicho Ben&iacute;tez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios
+ no se callar&aacute;n mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el
+ sol... vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable... tenga usted
+ caridad... consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer si usted
+ quiere; &iexcl;est&aacute; el paseo grande tan hermoso a tales horas! O si
+ no al obscurecer, a tomar el fresco, por una carretera.... Por Dios, hija,
+ va usted a enfermar otra vez.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No, no salgo...&mdash;y Ana mov&iacute;a la cabeza como los ciegos&mdash;.
+ Por Dios, don Tom&aacute;s, no me atormenten, no me atormenten con ese
+ empe&ntilde;o.... Ya saldr&eacute; m&aacute;s adelante... no s&eacute; cu&aacute;ndo.
+ Ahora me horroriza la idea de la calle.... &iexcl;Oh, no, por Dios... no!
+ por Dios me dejen.
+ </p>
+ <p>
+ Y juntaba las manos y se exaltaba; y Fr&iacute;gilis ten&iacute;a que
+ callar.
+ </p>
+ <p>
+ Ocho d&iacute;as hab&iacute;a estado Ana entre la vida y la muerte, un mes
+ entero en el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente,
+ padeciendo ataques nerviosos de formas extra&ntilde;as, que a ella misma
+ le parec&iacute;an enfermedades nuevas cada vez.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis hab&iacute;a dicho a la Regenta que Quintanar estaba
+ herido all&aacute; en las marismas de Palomares, que se le hab&iacute;a
+ disparado la escopeta y.... Pero Ana, espantada, adivinando la verdad, hab&iacute;a
+ exigido que se la llevase a las marismas de Palomares inmediatamente....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;No pod&iacute;a ser, no hab&iacute;a tren hasta el d&iacute;a
+ siguiente...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&laquo;Pues un coche, un coche.... Se me enga&ntilde;a; si eso
+ fuera cierto, usted estar&iacute;a al lado de V&iacute;ctor...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis explic&oacute; su presencia lo menos mal que pudo.
+ </p>
+ <p>
+ Las mentiras piadosas fueron in&uacute;tiles; Ana se dispuso a salir sola,
+ a correr en busca de su V&iacute;ctor.... Hubo que decirle una verdad; la
+ muerte de su esposo. Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cay&oacute;
+ sin sentido y despert&oacute; en el lecho. Dos d&iacute;as crey&oacute; Fr&iacute;gilis
+ tenerla enga&ntilde;ada, atribuyendo la desgracia a un accidente de la
+ caza. Pero Ana cre&iacute;a la verdad, no lo que le dec&iacute;an; la
+ ausencia de Mes&iacute;a y la muerte de V&iacute;ctor se lo explicaron
+ todo.
+ </p>
+ <p>
+ Y una tarde, a los tres d&iacute;as de la cat&aacute;strofe, en ausencia
+ de Fr&iacute;gilis, Anselmo entreg&oacute; a su ama una carta en que don
+ &Aacute;lvaro explicaba desde Madrid su desaparici&oacute;n y su silencio.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Crespo, al obscurecer, entr&oacute; en la alcoba de Ana, la llam&oacute;
+ en vano dos, tres veces.... Pidi&oacute; luz asustado y vio a su amiga
+ como muerta, supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de
+ Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ Y poco despu&eacute;s, mientras Ben&iacute;tez tra&iacute;a a la vida con
+ antiespasm&oacute;dicos a la Regenta y recetaba nuevas medicinas para
+ combatir peligros nuevos, complicaciones del sistema nervioso, Fr&iacute;gilis
+ en el tocador le&iacute;a la carta del que siempre llamaba ya para sus
+ adentros cobarde asesino; y despu&eacute;s de leer el papel asqueroso, lo
+ arrugaba entre sus pu&ntilde;os de labrador y dec&iacute;a con voz ronca:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Idiota! &iexcl;infame! &iexcl;grosero! &iexcl;idiota! Don
+ &Aacute;lvaro en aquel papel que ol&iacute;a a mujerzuela, hablaba con
+ frases rom&aacute;nticas e incorrectas de su crimen, de la muerte de
+ Quintanar, de la <i>ceguera de la pasi&oacute;n</i>. &laquo;Hab&iacute;a
+ huido porque...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Porque tuviste miedo a la justicia, y a m&iacute; tambi&eacute;n,
+ cobarde!&mdash;se dijo Fr&iacute;gilis.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Hab&iacute;a huido porque el remordimiento le arrastr&oacute; lejos
+ de <i>ella</i>... Pero que el amor le mandaba volver. &iquest;Volv&iacute;a?
+ &iquest;Cre&iacute;a Ana que deb&iacute;a volver? &iquest;O que deb&iacute;an
+ juntarse en otra parte, en Madrid por ejemplo?&raquo;. Todo era falso, fr&iacute;o,
+ necio, en aquel papel escrito por un ego&iacute;sta incapaz de amar de
+ veras a los dem&aacute;s, y no menos inepto para saber ser digno en las
+ circunstancias en que la suerte y sus cr&iacute;menes le hab&iacute;an
+ puesto.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, que no hab&iacute;a podido terminar la lectura de la carta, que hab&iacute;a
+ ca&iacute;do sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos
+ renglones fangosos la confirmaci&oacute;n terminante de sus sospechas, no
+ pudo por entonces pensar en la peque&ntilde;ez de aquel esp&iacute;ritu
+ miserable que albergaba el cuerpo gallardo que ella hab&iacute;a cre&iacute;do
+ amar de veras, del que sus sentidos hab&iacute;an estado realmente
+ enamorados a su modo. No, en esto no pens&oacute; la Regenta hasta mucho m&aacute;s
+ tarde.
+ </p>
+ <p>
+ En el delirio de la enfermedad grave y larga que Ben&iacute;tez combati&oacute;
+ desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento
+ mezclado con los disparates pl&aacute;sticos de la fiebre.
+ </p>
+ <p>
+ Otra vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el p&aacute;nico de la locura,
+ la horrorosa aprensi&oacute;n de perder el juicio y conocerlo ella; y otra
+ vez este terror superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y
+ seguir las prescripciones de aquel m&eacute;dico fr&iacute;o, siempre
+ fiel, siempre atento, siempre inteligente.
+ </p>
+ <p>
+ D&iacute;as enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar;
+ pero esto fue al principio de la mejor&iacute;a; cuando el cuerpo d&eacute;bil
+ volvi&oacute; a sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un n&aacute;ufrago
+ cansado de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga.
+ </p>
+ <p>
+ Con el alimento y la nueva fuerza reapareci&oacute; el fantasma del
+ crimen. &iexcl;Oh, qu&eacute; evidente era el mal! Ella estaba condenada.
+ Esto era claro como la luz. Pero a ratos, meditando, pensando en su
+ delito, en su doble delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al
+ remordimiento, que era una cosa s&oacute;lida en la conciencia, un mal
+ palpable, una desesperaci&oacute;n definida, evidente, se mezclaba, como
+ una niebla que pasa delante de un cuerpo, un vago terror m&aacute;s
+ temible que el infierno, el terror de la locura, la aprensi&oacute;n de
+ perder el juicio; Ana dejaba de ver tan claro su crimen; no sab&iacute;a
+ qui&eacute;n, discut&iacute;a dentro de ella, inventaba sofismas sin
+ contestaci&oacute;n, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hac&iacute;an
+ dudar de todo, de que hubiera justicia, cr&iacute;menes, piedad, Dios, l&oacute;gica,
+ alma.... Ana. &laquo;No, no hay nada, dec&iacute;a aquel tormento del
+ cerebro; no hay m&aacute;s que un juego de dolores, un choque de
+ contrasentidos que pueden hacer que padezcas infinitamente; no hay raz&oacute;n
+ para que tenga l&iacute;mites esta tortura del esp&iacute;ritu, que duda
+ de todo, de s&iacute; mismo tambi&eacute;n, pero no del dolor que es lo
+ &uacute;nico que llega al que dentro de ti siente, que no se sabe c&oacute;mo
+ es ni lo que es, pero que padece, pues padeces&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Estas logomaquias de la voz interior, para la enferma eran claras, porque
+ no hablaba as&iacute; en sus adentros sino en vista de lo que
+ experimentaba; todo esto lo pensaba porque lo observaba dentro de s&iacute;:
+ llegaba a no creer m&aacute;s que en su dolor.
+ </p>
+ <p>
+ Y era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los
+ pies, volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la
+ evidencia de la vida, de la l&oacute;gica, del orden y la consistencia del
+ mundo; aunque fuera para volver a encontrar el recuerdo de un adulterio
+ infame y de un marido burlado, herido por la bala de un miserable cobarde
+ que hu&iacute;a de un muerto y no hab&iacute;a huido del crimen.
+ </p>
+ <p>
+ Y este mismo placer, esta complacencia ego&iacute;sta, que ella no pod&iacute;a
+ evitar, que la sent&iacute;a aun repugn&aacute;ndole sentirla, era nuevo
+ remordimiento.
+ </p>
+ <p>
+ Se sorprend&iacute;a sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en
+ ella la l&oacute;gica regularmente y cre&iacute;a en las leyes morales y
+ se ve&iacute;a criminal, claramente criminal, seg&uacute;n principios que
+ su raz&oacute;n acataba. Esto era horrible, pero al fin era vivir en
+ tierra firme, no sobre la masa enferma movediza de disparates del capricho
+ intelectual, no en una especie de <i>terremoto</i> interior que era lo
+ peor que pod&iacute;a traer la sensaci&oacute;n al cerebro.
+ </p>
+ <p>
+ Ana explic&oacute; todo esto a Ben&iacute;tez como pudo, eludiendo el
+ referirse a sus remordimientos.
+ </p>
+ <p>
+ Pero &eacute;l comprendi&oacute; lo que dec&iacute;a y lo que callaba y
+ declar&oacute; que el principal deber por entonces era librarse del
+ peligro de la muerte.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Quiere usted un suicidio?&mdash;&iexcl;Oh, no, eso no!&mdash;Pues
+ si no hemos de suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del
+ cuerpo exige otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted se&ntilde;ora
+ cree que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y
+ aborreciendo lo que no debi&oacute; haber sido.... Todo esto ser&iacute;a
+ muy bueno si usted tuviera fuerzas para soportar ese teje maneje del
+ pensamiento. No las tiene usted. Olvido, paz, silencio interior,
+ conversaci&oacute;n con el mundo, con la primavera que empieza y que viene
+ a ayudarnos a vivir.... Yo le prometo a usted que el d&iacute;a en que la
+ vea fuera de todo cuidado, sana y salva, le dir&eacute;, si usted quiere:
+ Anita, ahora ya tiene usted bastante salud para empezar a darse tormento a
+ s&iacute; misma.
+ </p>
+ <p>
+ Y Fr&iacute;gilis hablaba en el mismo sentido.
+ </p>
+ <p>
+ Y nadie m&aacute;s hablaba, porque Anselmo apenas sab&iacute;a hablar,
+ Servanda iba y ven&iacute;a como una estatua de movimiento... y los dem&aacute;s
+ vetustenses no entraban en el caser&oacute;n de los Ozores despu&eacute;s
+ de la muerte de don V&iacute;ctor.
+ </p>
+ <p>
+ No entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a
+ otros, con cara de hip&oacute;crita compunci&oacute;n, se ocultaban los
+ buenos vetustenses el &iacute;ntimo placer que les causaba <i>aquel gran
+ esc&aacute;ndalo que era como una novela</i>, algo que interrump&iacute;a
+ la monoton&iacute;a eterna de la ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos
+ se alegraban de lo ocurrido. &iexcl;Era un esc&aacute;ndalo! &iexcl;Un
+ adulterio descubierto! &iexcl;Un duelo! &iexcl;Un marido, un ex-regente de
+ Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En Vetusta, ni aun en los
+ d&iacute;as de revoluci&oacute;n hab&iacute;a habido tiros. No hab&iacute;a
+ costado a nadie un cartucho la conquista de los derechos inalienables del
+ hombre. Aquel tiro de Mes&iacute;a, del que ten&iacute;a la culpa la <i>Regenta</i>,
+ romp&iacute;a la tradici&oacute;n pac&iacute;fica del crimen silencioso,
+ morigerado y precavido. &laquo;Ya se sab&iacute;a que muchas damas
+ principales de la Encimada y de la Colonia enga&ntilde;aban o hab&iacute;an
+ enga&ntilde;ado o estaban a punto de enga&ntilde;ar a su respectivo
+ esposo, &iexcl;pero no a tiros!&raquo;. La envidia que hasta all&iacute;
+ se hab&iacute;a disfrazado de admiraci&oacute;n, sali&oacute; a la calle
+ con toda la amarillez de sus carnes. Y result&oacute; que envidiaban en
+ secreto la hermosura y la fama de virtuosa de la Regenta no s&oacute;lo
+ Visitaci&oacute;n Ol&iacute;as de Cuervo y Obdulia Fandi&ntilde;o y la
+ baronesa de la <i>Deuda Flotante</i>, sino tambi&eacute;n la Gobernadora,
+ y la de P&aacute;ez y la se&ntilde;ora de Carraspique y la de Rianzares o
+ sea el Gran Constantino, y las criadas de la Marquesa y toda la
+ aristocracia, y toda la clase media y hasta las mujeres del pueblo... y
+ &iexcl;qui&eacute;n lo dijera! la Marquesa misma, aquella do&ntilde;a
+ Rufina tan liberal que con tanta magnanimidad se absolv&iacute;a a s&iacute;
+ misma de las <i>ligerezas</i> de la juventud... &iexcl;y otras!
+ </p>
+ <p>
+ Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la
+ envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas
+ mujeres. Glocester en el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de esc&aacute;ndalo,
+ de hipocres&iacute;a, de perversi&oacute;n, de extrav&iacute;os babil&oacute;nicos;
+ y en el Casino, Ronzal. Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos
+ sobre la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro
+ paredes.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia Fandi&ntilde;o, pocas horas despu&eacute;s de saberse en el pueblo
+ la cat&aacute;strofe, hab&iacute;a salido a la calle con su sombrero m&aacute;s
+ grande y su vestido m&aacute;s apretado a las piernas y sus faldas m&aacute;s
+ crujientes, a tomar el aire de la maledicencia, a olfatear el esc&aacute;ndalo,
+ a saborear el dejo del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina
+ que lam&iacute;an todos, disimulando el placer de aquella dulzura
+ pegajosa.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Ven ustedes? dec&iacute;an las miradas triunfantes de la
+ Fandi&ntilde;o. Todas somos iguales&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y sus labios dec&iacute;an:&mdash;&iexcl;Pobre Ana! &iexcl;Perdida sin
+ remedio! &iquest;Con qu&eacute; cara se ha de presentar en p&uacute;blico?
+ &iexcl;Como era tan rom&aacute;ntica! Hasta una cosa... como esa, tuvo que
+ salirle a ella as&iacute;... a ca&ntilde;onazos, para que se enterase todo
+ el mundo.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Se acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo?&mdash;preguntaba
+ el bar&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, comparen ustedes.... &iexcl;Qui&eacute;n lo dir&iacute;a!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo lo dir&iacute;a&mdash;exclamaba la Marquesa&mdash;. A m&iacute;
+ ya me dio mala espina aquella desfachatez... aquello de ir ense&ntilde;ando
+ los pies descalzos... <i>malorum signum</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, <i>malorum signum</i>&mdash;repet&iacute;a la baronesa,
+ como si dijera: <i>et cum spiritu tuo</i>.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Y sobre todo el esc&aacute;ndalo!&mdash;a&ntilde;ad&iacute;a
+ do&ntilde;a Rufina indignada, despu&eacute;s de una pausa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;El esc&aacute;ndalo!&mdash;repet&iacute;a el coro.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;La imprudencia, la torpeza!&mdash;&iexcl;Eso! &iexcl;Eso!&mdash;&iexcl;Pobre
+ don V&iacute;ctor!&mdash;S&iacute;, pobre, y Dios le haya perdonado...
+ pero &eacute;l, merecido se lo ten&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Merecid&iacute;simo.&mdash;Miren ustedes que aquella amistad tan
+ &iacute;ntima....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Era escandalosa.&mdash;Aquello era...&mdash;&iexcl;Nauseabundo!
+ Esto lo dijo el Marqu&eacute;s de Vegallana, que ten&iacute;a en la aldea
+ todos sus hijos ileg&iacute;timos.
+ </p>
+ <p>
+ Obdulia asist&iacute;a a tales conversaciones como a un triunfo de su
+ fama. Ella no hab&iacute;a dado nunca esc&aacute;ndalos por el estilo.
+ Toda Vetusta sab&iacute;a qui&eacute;n era Obdulia... pero ella no hab&iacute;a
+ dado ning&uacute;n esc&aacute;ndalo.
+ </p>
+ <p>
+ S&iacute;, s&iacute;, el esc&aacute;ndalo era lo peor, aquel duelo funesto
+ tambi&eacute;n era una complicaci&oacute;n. Mes&iacute;a hab&iacute;a
+ huido y viv&iacute;a en Madrid.... Ya se hablaba de sus amores <i>reanudados</i>
+ con la <i>Ministra</i> de Palomares.... Vetusta hab&iacute;a perdido dos
+ de sus personajes m&aacute;s importantes... por culpa de Ana y su torpeza.
+ </p>
+ <p>
+ Y se la castig&oacute; rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue
+ a verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le hab&iacute;a
+ pasado por las mientes recoger aquella herencia de Mes&iacute;a.
+ </p>
+ <p>
+ La f&oacute;rmula de aquel rompimiento, de aquel cord&oacute;n sanitario
+ fue esta:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la <i>hija
+ de la bailarina italiana</i>!
+ </p>
+ <p>
+ El honor de haber resucitado esta frase perteneci&oacute; a la baronesa de
+ la Barcaza.
+ </p>
+ <p>
+ Si Ripamil&aacute;n hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado
+ aquel acuerdo cruel del <i>gran mundo</i>. Pero el pobre don Cayetano hab&iacute;a
+ ca&iacute;do en su lecho para no levantarse. All&iacute; vivi&oacute;,
+ siempre contento, dos a&ntilde;os m&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ Acab&oacute; su peregrinaci&oacute;n en la tierra cantando y recitando
+ versos de Villegas.
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caser&oacute;n a nadie, como
+ se hab&iacute;a prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba
+ muy mala, y los m&aacute;s caritativos se contentaron con preguntar a los
+ criados y a Ben&iacute;tez c&oacute;mo iba la enferma, a quien sol&iacute;an
+ llamar <i>esa desgraciada</i>.
+ </p>
+ <p>
+ Ana prefer&iacute;a aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se
+ hubiera adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente,
+ volvi&oacute; a pensar en el mundo que la rodeaba, en los a&ntilde;os
+ futuros, sinti&oacute; el hielo ambiente y sabore&oacute; la amargura de
+ aquella maldad universal. &laquo;&iexcl;Todos la abandonaban! Lo merec&iacute;a,
+ pero... de todas maneras &iexcl;qu&eacute; malvados eran todos aquellos
+ vetustenses que ella hab&iacute;a despreciado siempre, hasta cuando la
+ adulaban y mimaban!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ La viuda de Quintanar resolvi&oacute; seguir hasta donde pudiera los
+ consejos de Ben&iacute;tez. Pensaba lo menos posible en sus
+ remordimientos, en su soledad, en el porvenir triste, mon&oacute;tono en
+ su negrura.
+ </p>
+ <p>
+ En cuanto se lo permiti&oacute; la fortaleza del cuerpo redivivo trabaj&oacute;
+ en obras de aguja, y se empe&ntilde;&oacute;, con voluntad de hierro, en
+ encontrarle gracia al punto de crochet y al de media.
+ </p>
+ <p>
+ Aborrec&iacute;a los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la
+ llevaba a pensar en sus desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo
+ consegu&iacute;a. Entonces se le figuraba que lo mejor de su alma se dorm&iacute;a,
+ mientras quedaba en ella despierto el esp&iacute;ritu suficiente para ser
+ tan mujer como tantas otras.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el
+ patio, sentado en cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin
+ hacer m&aacute;s que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo,
+ tal vez lo mejor. Por all&iacute; deb&iacute;a de irse a la muerte.... Y
+ Ana iba sin miedo. El morir no la asustaba, lo que quer&iacute;a era morir
+ sin desvanecerse en aquellas locuras de la debilidad de su cerebro....
+ </p>
+ <p>
+ Cuando Ben&iacute;tez la sorprend&iacute;a en estas horas de calma triste
+ y muda, le preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iquest;Est&aacute; usted contento?
+ </p>
+ <p>
+ Y con otra sonrisa fr&iacute;a, triste, contestaba el m&eacute;dico:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente....
+ </p>
+ <p>
+ Pero cuando se quedaban solos Ben&iacute;tez y Crespo, el doctor dec&iacute;a:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;No me gusta Ana...&mdash;Pues yo la veo muy tranquila a ratos....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;S&iacute;, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a
+ distraerse.
+ </p>
+ <p>
+ Y Fr&iacute;gilis se propuso conseguir que se distrajera.
+ </p>
+ <p>
+ Y por eso la rogaba que saliese con &eacute;l a paseo cuando lleg&oacute;
+ aquel Mayo risue&ntilde;o, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado
+ en Vetusta.
+ </p>
+ <p>
+ Pero como no consigui&oacute; nada, como Anita le ped&iacute;a con las
+ manos en cruz que la dejasen en paz, tranquila en su caser&oacute;n,
+ Crespo resolvi&oacute; divertir a su pobre amiga en su misma casa.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Si &eacute;l pudiera hacer que se aficionara a los &aacute;rboles
+ y a las flores!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Por ensayar nada se perd&iacute;a. Ensay&oacute;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en &eacute;l,
+ sonriente, y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones pr&aacute;cticas.
+ Fr&iacute;gilis lleg&oacute; a entusiasmarse, y una tarde cont&oacute; la
+ historia de su gran triunfo, la aclimataci&oacute;n del Eucaliptus
+ globulus en la regi&oacute;n vetustense.
+ </p>
+ <p>
+ Durante la enfermedad de su amiga, don Tom&aacute;s Crespo, desconfiando
+ del celo de Anselmo y de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instal&oacute;
+ en el caser&oacute;n de los Ozores. Traslad&oacute; su lecho de la posada
+ en que viv&iacute;a desde el a&ntilde;o sesenta, a los bajos del caser&oacute;n.
+ El tocador y la alcoba de Ana estaban encima del cuarto que escogi&oacute;
+ Fr&iacute;gilis. All&iacute;, con el menor aparato posible, sin molestar a
+ nadie se instal&oacute; para velar a la Regenta y acudir al menor peligro.
+ </p>
+ <p>
+ Com&iacute;a y cenaba en la posada, pero dorm&iacute;a en el caser&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Esto no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quej&oacute; un d&iacute;a
+ de aquella soledad. Confes&oacute; que de noche ten&iacute;a a veces
+ miedo. Y poni&eacute;ndose como un tomate el buen Fr&iacute;gilis advirti&oacute;
+ t&iacute;midamente que hac&iacute;a m&aacute;s de mes y medio &eacute;l se
+ hab&iacute;a tomado la libertad de venirse a dormir debajo de la Regenta.
+ Los criados ten&iacute;an orden de no dec&iacute;rselo a la se&ntilde;ora.
+ </p>
+ <p>
+ Desde que esto supo Ana se crey&oacute; menos sola en sus noches tristes.
+ Roto el secreto, Fr&iacute;gilis tos&iacute;a fuerte abajo a prop&oacute;sito,
+ para que le oyera Ana, como diciendo: &laquo;No temas, estoy yo aqu&iacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Pero como la malicia lo sabe todo, tambi&eacute;n supo esto Vetusta. Se
+ dijo que Fr&iacute;gilis se hab&iacute;a metido a vivir de pupilo en casa
+ de la Regenta, en el caser&oacute;n nobil&iacute;simo de los Ozores.
+ </p>
+ <p>
+ Y dec&iacute;an unos:&mdash;Ser&aacute; una obra de caridad. La pobre
+ estar&aacute; mal de recursos y con la ayuda de Fr&iacute;gilis... podr&aacute;
+ ir tirando.
+ </p>
+ <p>
+ Y el <i>gran mundo</i> echaba por los dedos la cuenta de lo que le habr&iacute;a
+ quedado a Anita. &laquo;No deb&iacute;a de haberle quedado nada&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ella rentas no las tiene.&mdash;Las de su marido, las de don V&iacute;ctor
+ all&aacute; en Arag&oacute;n no le pertenecen.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;La viudedad no la habr&aacute; pedido....
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ser&iacute;a ignominioso!...
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Ya lo creo! &iexcl;Reclamar la viudedad... ella... causa de
+ la muerte del digno magistrado!
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Ser&iacute;a indigno.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Indigno.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Y ya no est&aacute; bien que viva en el caser&oacute;n de los
+ Ozores.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Claro, porque aunque se lo regal&oacute; su esposo, seg&uacute;n
+ dicen, &eacute;l fue quien se lo compr&oacute; a las t&iacute;as de Ana, y
+ no con bienes gananciales, sino vendiendo tierras en la Almunia.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Sea como sea, ella no deb&iacute;a vivir en esa casa.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De modo que no se sabe de qu&eacute; vive.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Vivir&aacute; de eso. De mantener en su casa a Fr&iacute;gilis, que
+ pagar&aacute; bien.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Eso s&iacute;, porque &eacute;l es un chiflado, que no tiene escr&uacute;pulos...
+ pero es bueno.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Bueno... relativamente&mdash;dec&iacute;a el Marqu&eacute;s que con
+ la gota que le empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un
+ humor negro como un carb&oacute;n.
+ </p>
+ <p>
+ Y recordando aquel gerundio que tanto efecto hab&iacute;a hecho en otra
+ ocasi&oacute;n, resum&iacute;a diciendo:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;De todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la
+ viuda infiel de su mejor amigo es... &iexcl;es nauseabundo!
+ </p>
+ <p>
+ Y nadie se atrev&iacute;a a negarlo.
+ </p>
+ <p>
+ Todos aquellos escr&uacute;pulos que ten&iacute;a la tertulia de los
+ Vegallana, hab&iacute;an atormentado tambi&eacute;n a la Regenta. En
+ cuanto se sinti&oacute; bastante fuerte para salir a la huerta, se atrevi&oacute;
+ a decir a Fr&iacute;gilis lo que la atormentaba tiempo atr&aacute;s.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;Yo... quisiera salir de esta casa.... Esta casa... en rigor... no
+ es m&iacute;a.... Es de los herederos de V&iacute;ctor, de su hermana do&ntilde;a
+ Paquita, que tiene hijos... y....
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis se puso furioso. &iexcl;C&oacute;mo se entiende! Todo lo
+ hab&iacute;a arreglado &eacute;l ya. Hab&iacute;a escrito a Zaragoza y la
+ do&ntilde;a Paquita se hab&iacute;a contentado con lo de la Almunia.
+ &laquo;Bastante era. El caser&oacute;n era de Ana legalmente y moralmente&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ana cedi&oacute; porque no ten&iacute;a ya energ&iacute;a para contrariar
+ una voluntad fuerte.
+ </p>
+ <p>
+ Con m&aacute;s ah&iacute;nco se neg&oacute; a firmar los documentos que Fr&iacute;gilis
+ le present&oacute;, cuando se propuso pedir la viudedad que correspond&iacute;a
+ a la Regenta.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Eso no, eso no, don Tom&aacute;s; primero morir de hambre!
+ </p>
+ <p>
+ Y en efecto, s&iacute;, el hambre, una pobreza triste y molesta amenazaba
+ a la viuda si no solicitaba sus derechos pasivos.
+ </p>
+ <p>
+ Ana dijo que prefer&iacute;a reclamar la orfandad que le pertenec&iacute;a
+ como hija de militar.
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&Eacute;chele usted un galgo.... Si eso no valdr&aacute; nada.... Y
+ no s&eacute; si podr&iacute;amos....
+ </p>
+ <p>
+ Y Fr&iacute;gilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsific&oacute; la
+ firma de Ana, y despu&eacute;s de algunos meses le present&oacute; la
+ primera paga de viuda.
+ </p>
+ <p>
+ Y era tal la necesidad; tan imposible que por otro camino tuviera ella lo
+ suficiente para vivir, que la Regenta, despu&eacute;s de llorar y rehusar
+ cien veces, acept&oacute; el dinero triste de la viudez y en adelante firm&oacute;
+ ella los documentos.
+ </p>
+ <p>
+ Ben&iacute;tez y Fr&iacute;gilis ve&iacute;an en esto s&iacute;ntomas
+ tristes. &laquo;Aquella voluntad se mor&iacute;a, pensaba Crespo; en otro
+ tiempo Ana hubiera preferido pedir limosna.... Ahora cede... por no luchar&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y se le ca&iacute;an las l&aacute;grimas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Si yo fuera rico... pero es uno tan pobre...&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Y, a&ntilde;ad&iacute;a, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos
+ no es vergonzoso... a ella se lo parece... pero no lo es.... Ese dinero es
+ suyo&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ As&iacute; viv&iacute;a Ana. Ben&iacute;tez desde que desapareci&oacute;
+ el peligro inminente, visit&oacute; menos a la viuda.
+ </p>
+ <p>
+ Servanda y Anselmo eran fieles, tal vez ten&iacute;an cari&ntilde;o al
+ ama, pero eran incapaces de mostrarlo. Obedec&iacute;an y serv&iacute;an
+ como sombras. Le hac&iacute;a m&aacute;s compa&ntilde;&iacute;a el gato
+ que ellos.
+ </p>
+ <p>
+ Fr&iacute;gilis era el amigo constante, el compa&ntilde;ero de sus
+ tristezas.
+ </p>
+ <p>
+ Hablaba poco. Pero a ella la consolaba el pensar: &laquo;est&aacute;
+ Crespo ah&iacute;&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Paso a paso volv&iacute;a la salud a ense&ntilde;orearse del cuerpo
+ siempre hermoso de Ana Ozores.
+ </p>
+ <p>
+ Y con algo de remordimiento de conciencia, sent&iacute;a de nuevo apego a
+ la vida, deseo de actividad. Lleg&oacute; un d&iacute;a en que ya no le
+ bast&oacute; vegetar al lado de Fr&iacute;gilis, vi&eacute;ndole sembrar y
+ plantar en la huerta y oyendo sus apolog&iacute;as del Eucaliptus.
+ </p>
+ <p>
+ Se hab&iacute;a prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle
+ una c&aacute;rcel demasiado estrecha.
+ </p>
+ <p>
+ Una ma&ntilde;ana despert&oacute; pensando que aquel a&ntilde;o <i>no hab&iacute;a
+ cumplido</i> con la Iglesia. Adem&aacute;s ya pod&iacute;a salir de su
+ caser&oacute;n triste para ir a misa. S&iacute;, ir&iacute;a a misa en
+ adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la capilla de la
+ Victoria que estaba all&iacute; cerca.
+ </p>
+ <p>
+ Y tambi&eacute;n ir&iacute;a a confesar.
+ </p>
+ <p>
+ Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en aquellas
+ <i>grandes cosas</i> que la volv&iacute;an loca, Anita Ozores volvi&oacute;
+ a las pr&aacute;cticas religiosas, jur&aacute;ndose a s&iacute; misma no
+ dejarse vencer ya jam&aacute;s por aquel <i>misticismo falso</i> que era
+ su verg&uuml;enza. &laquo;La visi&oacute;n de Dios.... Santa Teresa....
+ Todo aquello hab&iacute;a pasado para no volver.... Ya no le atormentaba
+ el terror del infierno, aunque se cre&iacute;a perdida por su pecado, pero
+ tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que en otro tiempo
+ le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Ahora nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad mec&aacute;nica,
+ aquel rezar y o&iacute;r misa como las dem&aacute;s le parec&iacute;a
+ bien, le parec&iacute;a la religi&oacute;n compatible con el marasmo de su
+ alma. Y adem&aacute;s, sin darse cuenta de ello, la <i>religi&oacute;n
+ vulgar</i> (que as&iacute; la llamaba para sus adentros), le daba un
+ pretexto para faltar a su promesa de no salir jam&aacute;s de casa.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y
+ caliente, Ana sali&oacute; del caser&oacute;n de los Ozores y con el velo
+ tupido sobre el rostro, toda de negro, entr&oacute; en la catedral
+ solitaria y silenciosa. Ya hab&iacute;a terminado el coro.
+ </p>
+ <p>
+ Algunos can&oacute;nigos y beneficiados ocupaban sus respectivos
+ confesonarios esparcidos por las capillas laterales y en los
+ intercolumnios del &aacute;bside, en el trasaltar.
+ </p>
+ <p>
+ &iexcl;Cu&aacute;nto tiempo hac&iacute;a que ella no entraba all&iacute;!
+ </p>
+ <p>
+ Como quien vuelve a la patria, Ana sinti&oacute; l&aacute;grimas de
+ ternura en los ojos. &iexcl;Pero qu&eacute; triste era lo que la dec&iacute;a
+ el templo hablando con b&oacute;vedas, pilares, cristaler&iacute;as,
+ naves, capillas... hablando con todo lo que conten&iacute;a a los
+ recuerdos de la Regenta!...
+ </p>
+ <p>
+ Aquel olor singular de la catedral, que no se parec&iacute;a a ning&uacute;n
+ otro, olor fresco y de una voluptuosidad &iacute;ntima, le llegaba al
+ alma, le parec&iacute;a m&uacute;sica sorda que penetraba en el coraz&oacute;n
+ sin pasar por los o&iacute;dos.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iexcl;Ay si renaciera la fe! &iexcl;Si ella pudiese llorar como
+ una Magdalena a los pies de Jes&uacute;s!&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ Y por la vez primera, despu&eacute;s de tanto tiempo, sinti&oacute; dentro
+ de la cabeza aquel estallido que le parec&iacute;a siempre voz
+ sobrenatural, sinti&oacute; en sus entra&ntilde;as aquella ascensi&oacute;n
+ de la ternura que sub&iacute;a hasta la garganta y produc&iacute;a un
+ amago de estrangulaci&oacute;n deliciosa.... Salieron l&aacute;grimas a
+ los ojos, y sin pensar m&aacute;s, Ana entr&oacute; en la capilla obscura
+ donde tantas veces el Magistral le hab&iacute;a hablado del cielo y del
+ amor de las almas.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;&iquest;Qui&eacute;n la hab&iacute;a tra&iacute;do all&iacute;? No
+ lo sab&iacute;a. Iba a confesar con cualquiera y sin saber c&oacute;mo se
+ encontraba a dos pasos del confesonario de aquel hermano mayor del alma, a
+ quien hab&iacute;a calumniado el mundo por culpa de ella y a quien ella
+ misma, aconsejada por los sofismas de la pasi&oacute;n grosera que la hab&iacute;a
+ tenido ciega, hab&iacute;a calumniado tambi&eacute;n pensando que aquel
+ cari&ntilde;o del sacerdote era amor brutal, amor como el de &Aacute;lvaro,
+ el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no hab&iacute;a
+ comprendido por culpa de la propia torpeza&raquo;.
+ </p>
+ <p>
+ &laquo;Volver a aquella amistad &iquest;era un sue&ntilde;o? El impulso
+ que la hab&iacute;a arrojado dentro de la capilla &iquest;era voz de lo
+ alto o capricho del histerismo, de aquella maldita enfermedad que a veces
+ era lo m&aacute;s &iacute;ntimo de su deseo y de su pensamiento, ella
+ misma?&raquo;. Ana pidi&oacute; de todo coraz&oacute;n a Dios, a quien
+ claramente cre&iacute;a ver en tal instante, le pidi&oacute; que fuera voz
+ Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien tanto
+ tiempo hab&iacute;a cre&iacute;do y no el solicitante lascivo que le hab&iacute;a
+ pintado Mes&iacute;a el infame. Ana or&oacute;, con fervor, como en los d&iacute;as
+ de su piedad exaltada; crey&oacute; posible volver a la fe y al amor de
+ Dios y de la vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que
+ era peor que el infierno; crey&oacute; salvarse cogida a aquella tabla de
+ aquel caj&oacute;n sagrado que tantos sue&ntilde;os y dolores suyos sab&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y
+ misteriosos de la l&aacute;mpara de la capilla se mezclaban en el rostro
+ an&eacute;mico de aquel Jes&uacute;s del altar, siempre triste y p&aacute;lido,
+ que ten&iacute;a concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que
+ reflejaban una idea inm&oacute;vil, eterna.... Cuatro o cinco bultos
+ negros llenaban la capilla. En el confesonario sonaba el cuchicheo de una
+ beata como rumor de moscas en verano vagando por el aire.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral estaba en su sitio. Al entrar la Regenta en la capilla, la
+ reconoci&oacute; a pesar del manto. O&iacute;a distra&iacute;do la ch&aacute;chara
+ de la penitente; miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel perfil
+ conocido y amado, se hab&iacute;a presentado como en un sue&ntilde;o. El
+ talle, el contorno de toda la figura, la genuflexi&oacute;n ante el altar,
+ otras se&ntilde;ales que s&oacute;lo &eacute;l recordaba y reconoc&iacute;a,
+ le gritaron como una explosi&oacute;n en el cerebro:
+ </p>
+ <p>
+ &mdash;&iexcl;Es Ana! La beata de la celos&iacute;a continuaba el rum rum
+ de sus pecados. El Magistral no la o&iacute;a, o&iacute;a los rugidos de
+ su pasi&oacute;n que vociferaban dentro.
+ </p>
+ <p>
+ Cuando call&oacute; la beata volvi&oacute; a la realidad el cl&eacute;rigo,
+ y como una m&aacute;quina de echar bendiciones desat&oacute; las culpas de
+ la devota, y con la misma mano hizo se&ntilde;as a otra para que se
+ acercase a la celos&iacute;a vacante.
+ </p>
+ <p>
+ Ana hab&iacute;a resuelto acercarse tambi&eacute;n, levantar el velo ante
+ la red de tablillas oblicuas, y a trav&eacute;s de aquellos agujeros pedir
+ el perd&oacute;n de Dios y el del hermano del alma, y si el perd&oacute;n
+ no era posible, pedir la penitencia sin el perd&oacute;n, pedir a fe
+ perdida o adormecida o quebrantada, no sab&iacute;a qu&eacute;, pedir la
+ fe aunque fuera con el terror del infierno.... Quer&iacute;a llorar all&iacute;,
+ donde hab&iacute;a llorado tantas veces, unas con amargura, otras
+ sonriendo de placer entre las l&aacute;grimas; quer&iacute;a encontrar al
+ Magistral de aquellos d&iacute;as en que ella le juzgaba emisario de Dios,
+ quer&iacute;a fe, quer&iacute;a caridad... y despu&eacute;s el castigo de
+ sus pecados, si m&aacute;s castigo merec&iacute;a que aquella obscuridad y
+ aquel sopor del alma....
+ </p>
+ <p>
+ El confesonario cruj&iacute;a de cuando en cuando, como si le rechinaran
+ los huesos.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral dio otra absoluci&oacute;n y llam&oacute; con la mano a otra
+ beata.... La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos
+ negros, todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y
+ al fin quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor
+ dentro del confesonario.
+ </p>
+ <p>
+ Ya era tarde. La catedral estaba sola. All&iacute; dentro ya empezaba la
+ noche.
+ </p>
+ <p>
+ Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la se&ntilde;a que la llamase
+ a la celos&iacute;a....
+ </p>
+ <p>
+ Pero el confesonario callaba. La mano no aparec&iacute;a, ya no cruj&iacute;a
+ la madera.
+ </p>
+ <p>
+ Jes&uacute;s de talla, con los labios p&aacute;lidos entreabiertos y la
+ mirada de cristal fija, parec&iacute;a dominado por el espanto, como si
+ esperase una escena tr&aacute;gica inminente.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, ante aquel silencio, sinti&oacute; un terror extra&ntilde;o....
+ </p>
+ <p>
+ Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba....
+ </p>
+ <p>
+ La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso
+ que en las grandes crisis le acud&iacute;a... y se atrevi&oacute; a dar un
+ paso hacia el confesonario.
+ </p>
+ <p>
+ Entonces cruji&oacute; con fuerza el caj&oacute;n sombr&iacute;o, y brot&oacute;
+ de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la l&aacute;mpara
+ un rostro p&aacute;lido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, at&oacute;nitos
+ como los del Jes&uacute;s del altar....
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral extendi&oacute; un brazo, dio un paso de asesino hacia la
+ Regenta, que horrorizada retrocedi&oacute; hasta tropezar con la tarima.
+ Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cay&oacute; sentada en la
+ madera, abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia
+ el enemigo, que el terror le dec&iacute;a que iba a asesinarla.
+ </p>
+ <p>
+ El Magistral se detuvo, cruz&oacute; los brazos sobre el vientre. No pod&iacute;a
+ hablar, ni quer&iacute;a. Tembl&aacute;bale todo el cuerpo, volvi&oacute;
+ a extender los brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y despu&eacute;s
+ clav&aacute;ndose las u&ntilde;as en el cuello, dio media vuelta, como si
+ fuera a caer desplomado, y con piernas d&eacute;biles y temblonas sali&oacute;
+ de la capilla. Cuando estuvo en el trascoro, sac&oacute; fuerzas de
+ flaqueza, y aunque iba ciego, procur&oacute; no tropezar con los pilares y
+ lleg&oacute; a la sacrist&iacute;a sin caer ni vacilar siquiera.
+ </p>
+ <p>
+ Ana, vencida por el terror, cay&oacute; de bruces sobre el pavimento de m&aacute;rmol
+ blanco y negro; cay&oacute; sin sentido.
+ </p>
+ <p>
+ La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las b&oacute;vedas
+ se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.
+ </p>
+ <p>
+ Celedonio, el ac&oacute;lito afeminado, alto y escu&aacute;lido, con la
+ sotana corta y sucia, ven&iacute;a de capilla en capilla cerrando verjas.
+ Las llaves del manojo sonaban chocando.
+ </p>
+ <p>
+ Lleg&oacute; a la capilla del Magistral y cerr&oacute; con estr&eacute;pito.
+ </p>
+ <p>
+ Despu&eacute;s de cerrar tuvo aprensi&oacute;n de haber o&iacute;do algo
+ all&iacute; dentro; peg&oacute; el rostro a la verja y mir&oacute; hacia
+ el fondo de la capilla, escudri&ntilde;ando en la obscuridad. Debajo de la
+ l&aacute;mpara se le figur&oacute; ver una sombra mayor que otras
+ veces....
+ </p>
+ <p>
+ Y entonces redobl&oacute; la atenci&oacute;n y oy&oacute; un rumor como un
+ quejido d&eacute;bil, como un suspiro.
+ </p>
+ <p>
+ Abri&oacute;, entr&oacute; y reconoci&oacute; a la Regenta desmayada.
+ </p>
+ <p>
+ Celedonio sinti&oacute; un deseo miserable, una perversi&oacute;n de la
+ perversi&oacute;n de su lascivia: y por gozar un placer extra&ntilde;o, o
+ por probar si lo gozaba, inclin&oacute; el rostro asqueroso sobre el de la
+ Regenta y le bes&oacute; los labios.
+ </p>
+ <p>
+ Ana volvi&oacute; a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le
+ causaba n&aacute;useas.
+ </p>
+ <p>
+ Hab&iacute;a cre&iacute;do sentir sobre la boca el vientre viscoso y fr&iacute;o
+ de un sapo.
+ </p>
+ <h3>
+ FIN DE LA NOVELA
+ </h3>
+<pre xml:space="preserve">
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas
+
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+used on or associated in any way with an electronic work by people who
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+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
+located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
+copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
+works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
+are removed. Of course, we hope that you will support the Project
+Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
+freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
+this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
+the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
+keeping this work in the same format with its attached full Project
+Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
+
+1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
+what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
+a constant state of change. If you are outside the United States, check
+the laws of your country in addition to the terms of this agreement
+before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
+creating derivative works based on this work or any other Project
+Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
+the copyright status of any work in any country outside the United
+States.
+
+1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
+
+1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate
+access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
+whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
+phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
+Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
+copied or distributed:
+
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+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
+from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
+posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
+and distributed to anyone in the United States without paying any fees
+or charges. If you are redistributing or providing access to a work
+with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
+work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
+through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
+Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
+1.E.9.
+
+1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
+with the permission of the copyright holder, your use and distribution
+must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
+terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
+to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
+permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
+
+1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
+License terms from this work, or any files containing a part of this
+work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
+
+1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
+electronic work, or any part of this electronic work, without
+prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
+active links or immediate access to the full terms of the Project
+Gutenberg-tm License.
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+1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
+compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
+word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
+distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
+"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
+posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
+you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
+copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
+request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
+form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
+License as specified in paragraph 1.E.1.
+
+1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
+performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
+unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
+
+1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
+access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
+that
+
+- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
+ the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
+ you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
+ owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
+ has agreed to donate royalties under this paragraph to the
+ Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
+ must be paid within 60 days following each date on which you
+ prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
+ returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
+ sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
+ address specified in Section 4, "Information about donations to
+ the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
+
+- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
+ you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
+ does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
+ License. You must require such a user to return or
+ destroy all copies of the works possessed in a physical medium
+ and discontinue all use of and all access to other copies of
+ Project Gutenberg-tm works.
+
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+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
+ electronic work is discovered and reported to you within 90 days
+ of receipt of the work.
+
+- You comply with all other terms of this agreement for free
+ distribution of Project Gutenberg-tm works.
+
+1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
+electronic work or group of works on different terms than are set
+forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
+both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
+Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
+Foundation as set forth in Section 3 below.
+
+1.F.
+
+1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
+effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
+public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
+collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
+works, and the medium on which they may be stored, may contain
+"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
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+is also defective, you may demand a refund in writing without further
+opportunities to fix the problem.
+
+1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
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+1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
+warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
+If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
+law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
+the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
+
+1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
+trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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+with this agreement, and any volunteers associated with the production,
+promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ https://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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