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diff --git a/17073-8.txt b/17073-8.txt new file mode 100644 index 0000000..92f9d40 --- /dev/null +++ b/17073-8.txt @@ -0,0 +1,34659 @@ +The Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La Regenta + +Author: Leopoldo Alas + +Release Date: November 16, 2005 [EBook #17073] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + +La Regenta + +por + +Leopoldo Alas «Clarín» + +Librería de Fernando Fé, Madrid + +1900. + + + + +Prólogo + + +Creo que fue Wieland quien dijo _que los pensamientos de los hombres +valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género +humano_. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador. +Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al +otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos +más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano el hábito de pasar +fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen +de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo. +También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano +recreándonos en ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas +que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo +es más intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar +siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de +lo que llamaremos creación, por no tener mejor nombre que darle. + +Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una +labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas en vez de +amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo +se intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades +vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es +buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la +admiración, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u +oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiración del arte, y el +que no admira corre el peligro de morir de asfixia. + +El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo, +con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la +crítica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno, +guardándonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y +tonterías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los +órdenes, que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de +creernos un pueblo de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta +crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negación de +las cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un estado de +temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo +de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por +padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y +que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos +agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son +ilusorios, no sería malo suspender la crítica negativa, dedicándonos +todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al enfermo, +diciéndole: «Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia proviene del +sedentarismo. Levántate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la +engaña, sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea errónea de que +para nada sirves ya, y de que vives muriendo». Convendría, pues, que los +censores disciplentes se callarán por algún tiempo, dejando que alzasen +la voz los que repartan el oxígeno, la alegría, la admiración, los que +alientan todo esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz, +todo acierto artístico, o de cualquier orden que sea. + +Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación +especialísima de la raza española, las aplico a las cosas literarias, +pues en este terreno estamos más necesitados que en otro alguno de +prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que +muchas veces no he cogido el aparato de aereación (a que impropiamente +hemos venido dando el nombre de _incensario_) por tener las manos +aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la +primera ocasión de descanso, que felizmente coincide con una dichosa +oportunidad, la publicación de este libro, salgo con mis alabanzas, +gozoso de dárselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los más +señalados en mis preferencias. Así, cuando el editor de _La Regenta_ me +propuso escribir este prólogo, no esperé a que me lo dijera dos veces, +creyéndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en +letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me +cautivó, creía y creo deber mío celebrarla y enaltecerla como se merece, +en esta tercera salida, a la que seguirán otras, sin duda, que la lleven +a los extremos de la popularidad. + +Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la +estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su +asunto, no se concreten a los días más o menos largos de su aparición. +Por desgracia nuestra, para que la obra poética o narrativa alcance una +longevidad siquiera decorosa no basta que en sí tenga condiciones de +salud y robustez; se necesita que a su buena complexión se una la +perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en +obscuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten, +arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un +público, no tan malo por escaso como por distraído. El público responde +siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y +tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan, +pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los plantones +_aguardando el paso del público_, si la Prensa diera calor y verdadera +vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a +conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a +los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente +estado social y político la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y +de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados +mejores no le infundan la devoción del Arte. Debemos, pues, resignarnos +al plantón, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos +incómoda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las +muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasará; no dudemos que +pasará: todo es cuestión de paciencia. En los tiempos que corren, esa +preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artística; sin +ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida +miserable después de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes, +sufridos, tenaces en la esperanza, benévolos con nuestro tiempo y con la +sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos +como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorarán por virtud de +nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su +propio seno. Y como esto del público y sus perezas o estímulos, aunque +pertinente al asunto de este prólogo, no es la principal materia de él, +basta con lo dicho, y entremos en _La Regenta_, donde hay mucho que +admirar, encanto de la imaginación por una parte, por otra recreo del +pensamiento. + +Escribió Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andábamos en aquella +procesión del _Naturalismo_, marchando hacia el templo del arte con +menos pompa retórica de la que antes se usaba, abandonadas las +vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos +comunes de la vida. A muchos imponía miedo el tal Naturalismo, +creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su +mano veían un gran plumero con el cual se proponía limpiar el techo de +ideales, que a los ojos de él eran como telarañas, y una escoba, con la +cual había de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el +lenguaje decente. Creían que el Naturalismo substituía el Diccionario +usual por otro formado con la recopilación prolija de cuanto dicen en +sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos +más desvergonzados. Las personas crédulas y sencillas no ganan para +sustos en los días en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de +una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era +peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del +Naturalismo lo teníamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y +modernos conocían ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a +la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas, +caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan sólo novedad la +exaltación del principio, y un cierto desprecio de los resortes +imaginativos y de la psicología espaciada y ensoñadora. + +Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los españoles en +el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con +toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseñanza los noveladores +ingleses y franceses. Nuestros contemporáneos ciertamente no lo habían +olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista, +que no significaba más que la repatriación de una vieja idea; en los +días mismos de esta repatriación tan trompeteada, la pintura fiel de la +vida era practicada en España por Pereda y otros, y lo había sido antes +por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del +Naturalismo que acá volvía como una corriente circular parecida al _gulf +stream_, traía más calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la +corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un +humorismo que era quizás la forma más genial de nuestra raza. Al volver +a casa la onda, venía radicalmente desfigurada: en el paso por Albión +habíanle arrebatado la socarronería española, que fácilmente +convirtieron en _humour_ inglés las manos hábiles de Fielding, Dickens y +Thackeray, y despojado de aquella característica elemental, el +naturalismo cambió de fisonomía en manos francesas: lo que perdió en +gracia y donosura, lo ganó en fuerza analítica y en extensión, +aplicándose a estados psicológicos que no encajan fácilmente en la forma +picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos +del símil comercial) la mercancía que habíamos exportado, y casi +desconocíamos la sangre nuestra y el aliento del alma española que aquel +ser literario conservaba después de las alteraciones ocasionadas por sus +viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos +imponía una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra; +aceptámosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolviéndole lo que +le habían quitado, el humorismo, y empleando este en las formas +narrativa y descriptiva conforme a la tradición cervantesca. + +Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no podía tener en +Francia el eco que aquí tuvo la interpretación seca y descarnada de las +purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley +en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que +aquí damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de +esta pobre casa. Pero al fin, consolémonos de nuestro aislamiento en el +rincón occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la +naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo cómico responde +mejor que el francés a la verdad humana; que las crudezas descriptivas +pierden toda repugnancia bajo la máscara burlesca empleada por Quevedo, +y que los profundos estudios psicológicos pueden llegar a la mayor +perfección con los granos de sal española que escritores como D. Juan +Valera saben poner hasta en las más hondas disertaciones sobre cosa +mística y ascética. + +Para corroborar lo dicho, ningún ejemplo mejor que _La Regenta_, muestra +feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su +origen, empresa para _Clarín_ muy fácil y que hubo de realizar sin +sentirlo, dejándose llevar de los impulsos primordiales de su grande +ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opinión +literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admitió +estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena +de su graciosa picardía. Picaresca es en cierto modo _La Regenta_, lo +que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la +descripción acertada de los más graves estados del alma humana. Y al +propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas +juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión +equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero +en el arte seduce y enamora más cuando entre sus distintas vestiduras +poéticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la +que mejor cortan españolas tijeras, la que tiene por riquísima tela +nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de +los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que +_Clarín_ ha derramado en las páginas de _La Regenta_ da fe la tenacidad +con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo +camino desde el primero al último capítulo. De mí sé decir que pocas +obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y +la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las +dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por +delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o +reencarnación de los propios personajes. + +Desarróllase la acción de _La Regenta_ en la ciudad que bien podríamos +llamar patria de su autor, aunque no nació en ella, pues en _Vetusta_ +tiene _Clarín_ sus raíces atávicas y en _Vetusta_ moran todos sus +afectos, así los que están sepultados como los que risueños y alegres +viven, brindando esperanzas; en _Vetusta_ ha transcurrido la mayor parte +de su existencia; allí se inició su vocación literaria; en aquella +soledad melancólica y apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas +literarias y filosóficas: allí estuvieron sus maestros, allí están sus +discípulos. Más que ciudad, es para él _Vetusta_ una casa con calles, y +el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de +clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien +el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista encarcelado durante +los años en que las impresiones son más vivas, ni un sedentario la +estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los años maduros. +Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de +pasiones o chismes, figures graves o ridículas pasan de la realidad a +las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente +del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra +sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transeúntes que +andan por la _Encimada_, o al pie de la gallardísima torre de la Iglesia +Mayor. + +Comienza _Clarín_ su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de +verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida de casino +provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico de viejos +recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros +de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, llenan estas +admirables páginas, en las cuales el narrador hace gala de una +observación profunda y de los atrevimientos más felices. En medio del +grupo presenta _Clarín_ la figura culminante de su obra: el Magistral +don Fermín de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el +lado de sus méritos físicos, como por el de sus flaquezas morales, que +no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera +proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre +llaman _Glocester_, el Arcipreste don Cayetano Ripamilán, el beneficiado +D. Custodio, y el propio Obispo de la diócesis, orador ardiente y +asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermúdez, +al modo de transición zoológica (con perdón) entre el reino clerical y +el laico, ser híbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez +embarazosa parece inocencia: tras él vienen las mundanas, descollando +entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, tipo feliz de la +beatería bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias, +descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso. +La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy +restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y +desplieguen sus dotes de seducción en el terreno eclesiástico, toleradas +por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde +viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso +admitir en ellos para hacer bulto _lo peor de cada casa_. + +Por fin vemos a doña Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa +del ex-regente de la Audiencia D. Víctor Quintanar. Es dama de alto +linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla, +soñadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado +en los años críticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con +esto se completa la pintura, en la cual pone _Clarín_ todo su arte, su +observación más perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y +revueltas del alma humana. Doña Ana Ozores tiene horror al vacío, cosa +muy lógica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza, +y este vacío que siente crecer en su alma la lleva a un estado +espiritual de inmenso peligro, manifestándose en ella una lucha +tenebrosa con los obstáculos que le ofrecen los hechos sociales, +consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Engañada por la idealidad +mística que no acierta a encerrar en sus verdaderos términos, es víctima +al fin de su propia imaginación, de su sensibilidad no contenida, y se +ve envuelta en horrorosa catástrofe.... Pero no intentaré describir en +pocas palabras la sutil psicología de esta señora, tan interesante como +desgraciada. En ella se personifican los desvaríos a que conduce el +aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el +espíritu de la mujer por medio de una educación fuerte, y la deja +entregada a la ensoñación pietista, tan diferente de la verdadera +piedad, y a los riesgos del frívolo trato elegante, en el cual los +hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz, +estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de +reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron _La Regenta_ cuando se +publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella +conocimiento, y unos y otros verán que nunca ha tenido este libro +atmósfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado +social, repetición de las luchas de antaño, traídas del campo de las +creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las +intenciones escondidas. + +No referiré el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector +verá cómo se desarrolla el proceso psicológico y por qué caminos corre a +su desenlace el problema de doña Ana de Ozores, el cual no es otro que +discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y +estilo de esta perdición constituyen la obra, de un sutil parentesco +simbólico con la historia de nuestra raza. Verá también el lector que +_Clarín_, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por +el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesiástico, pues +tratándose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan, +natural es que sea postergado el que se vistió de sotana para sus +audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la +dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al +interés de los lectores, sólo mencionaré los caracteres, que son el +principal mérito de la obra, y lo que le da condición de duradera. La de +Ozores nos lleva como por la mano a D. Álvaro de Mesía, acabado tipo de +la corrupción que llamamos de buen tono, aristócrata de raza, que sabe +serlo en la capital de una región histórica, como lo sería en Madrid o +en cualquier metrópoli europea; hombre que posee el arte de hacer amable +su conducta viciosa y aun su tiranía caciquil. ¡Con que admirable fineza +de observación ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el +cotorrón guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos +partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder +fácil, sin ningún ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se +compenetran, formando la aleación más eficaz y práctica para grandes +masas de _distinguidos_, que aparentan energía social y sólo son +_materia inerte_ que no sirve para nada. + +De D. Álvaro, fácil es pasar a la gran figura del Magistral D. Fermín de +Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan +el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la +dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y +alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que +atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en +transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el +descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín +de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus +grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad +inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen. +Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por +rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la +humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino +de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor +grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de +los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía, +como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas +un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura +que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha +del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno +levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre, +modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las +páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino +de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz, +son de las más bellas de la obra. + +Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Víctor +Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su +compañero de empresas cinegéticas el graciosísimo _Frígilis_; los +marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las +pizpiretas señoras que componen el femenil rebaño eclesiástico; los +canónigos y sacristanes y el prelado mismo, apóstol ingenuo y orador +fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al +graciosísimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la +total impresión de la vida colectiva, heterogénea, con picantes matices +y espléndida variedad de acentos y fisonomías. Bien quisiera no +concretar el presente artículo al examen de _La Regenta_, extendiéndome +a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero +esto sería trabajo superior a mis cortas facultades de crítico, y además +rebasaría la medida que se me impone para esta limitada prefación. +Escribo tan sólo un juicio formado en los días de la primera salida de +la hermosa novela, y lo que intenté decir entonces, tributando al +compañero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en +esta manifestación tardía el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad. +Pero no entraré en el estudio integral del carácter literario de +_Clarín_, como creador de obras tan bellas en distintos órdenes del arte +y como infatigable luchador en el terreno crítico. Su obra es grande y +rica, y el que esto escribe no acertaría a encerrarla en una clara +síntesis, por mucho empeño que en ello pusiera. Otros lo harán con el +método y serenidad convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al +ilustre hijo de Asturias la consagración solemne, oficial en cierto +modo, de su extraordinario ingenio, consagración que cuanto más tardía +será más justa y necesaria. Como un Armando Palacio, está la literatura +oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparación, +toda España y las regiones de América que son nuestras por la lengua y +la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y valía en +el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo +de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de +inspiración, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo, +diciendo: «No son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril como +afirman los de fuera y más aún los de dentro de casa. Quizás no demos +todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y viéndolas y +admirándolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas, +obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el árbol». + + +B. Pérez Galdós Madrid, enero de 1901. + + + + +Tomo I + + + + + +--I-- + + +La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, +empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el +Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los +remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en +arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y +persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire +envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas +migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, +parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, +dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales +temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado +a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla +que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un +escaparate, agarrada a un plomo. + +Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la +digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre +sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que +retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La +torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de +dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, +aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por +un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares +exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando +horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una +de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, +amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era +maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos +corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose +desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y +proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en +la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el +aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se +mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra +más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos. + +Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre +con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en +las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la +inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme +botella de champaña.--Mejor era contemplarla en clara noche de luna, +resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su +aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que +velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies. + +Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los +de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al +badajo formidable de la _Wamba_, la gran campana que llamaba a coro a +los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades +y privilegios. + +Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era _de la tralla_, +según en Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus aficiones le +llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio, hombre de +iglesia, acólito en funciones de campanero, aunque tampoco en propiedad, +el ilustre diplomático _de la tralla_ disfrutaba algunos días la honra +de despertar al venerando cabildo de su beatífica siesta, convocándole a +los rezos y cánticos de su peculiar incumbencia. + +El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el +badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando +_posaba_ para la hora del coro--así se decía--Bismarck sentía en sí algo +de la dignidad y la responsabilidad de un reloj. + +Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba +asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el +colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas sobre +algún raro transeúnte que le parecía del tamaño y de la importancia de +un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y +les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas. + +--¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!--dijo el monaguillo, +casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a +la calle apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle. + +--¡Qué ha de poder!--respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a +Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva +fuerza las llaves para subir a tocar las _oraciones_--. Tú pués más que +toos los delanteros, menos yo. + +--Porque tú echas la zancadilla, mainate, y eres más grande.... Mia, +chico, ¿quiés que l'atice al señor Magistral que entra ahora? + +--¿Le conoces tú desde ahí? + +--Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No +ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se +me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el beneficiao a don Pedro el +campanero el otro día: «Ese don Fermín tié más orgullo que don Rodrigo +en la horca», y don Pedro se reía; y verás, el otro dijo después, cuando +ya había pasao don Fermín: «¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te +conoce el colorete!». ¿Qué te paece, chico? Se pinta la cara. + +Bismarck negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía envidia. Si +Bismarck fuera canónigo y _dinidad_ (creía que lo era el Magistral) en +vez de ser delantero, con un mote _sacao_ de las cajas de cerillas, se +daría más tono que un zagal. Pues, claro. Y si fuese campanero, el de +verdad, vamos don Pedro... ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con +el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo. + +--Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que +en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la +gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene; y si no, +ahí está el Papa, que es... no sé cómo dijo... así... una cosa como... +el criao de toos los criaos. + +--Eso será de boquirris--replicó Bismarck--. ¡Mia tú el Papa, que manda +más que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en +su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro +de _carcas_ (curas según Bismarck), y lo cual que le iban espantando las +moscas con un paraguas, que parecía cosa del teatro... hombre... ¡si +sabré yo! + +Se acaloró el debate. Celedonio defendía las costumbres de la Iglesia +primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto. +Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión. El de +la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas probables _pa en_ +bajando. Pero una campana que sonó en un tejado de la catedral les llamó +al orden. + +--¡El _Laudes_!--gritó Celedonio--, toca, que avisan. + +Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable +badajo. + +Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía +alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos +leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la +torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra +vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos, +con cien matices. + +Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y +vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos, +robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados +por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos +obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura. +Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas, +esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel +verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la +sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube +invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la +vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra estaba +al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se alejaba el +horizonte, señalado por siluetas de montañas desvanecidas en la niebla +que deslumbraba como polvareda luminosa. Al Norte se adivinaba el mar +detrás del arco perfecto del horizonte, bajo un cielo despejado, que +surcaban como naves, ligeras nubecillas de un dorado pálido. Un jirón de +la más leve parecía la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul +blanquecino. + +Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor +abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de +colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo obscuro de +la tierra constantemente removida y bien regada. + +Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos. +¿Quién era el osado? + +--¿Será Chiripa?--preguntó Celedonio entre airado y temeroso. + +--No; es un _carca_, ¿no oyes el manteo? + +Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor +silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo +apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, Magistral de +aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispo. El delantero +sintió escalofríos. Pensó: + +«¿Vendrá a pegarnos?». + +No había motivo, pero eso no importaba. Él vivía acostumbrado a recibir +bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don +Fermín era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba +Bismarck usando y abusando de la autoridad de repartir cachetes. No +discutía la legitimidad de esta prerrogativa, no hacía más que huir de +los grandes de la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los +polizontes. Se avenía a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si él +hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del Jardín +Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera +hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más que Bismarck, un +delantero, y sabía su oficio, huir de los _mainates_ de Vetusta. + +Pero allí no había modo de escapar. O tirarse por una ventana, o esperar +el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. Bismarck no +tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás de la Wamba, +encaramado en una viga, y aguardar así los acontecimientos. + +Celedonio no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas +tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después de coro. + +¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan respetable? Esto preguntaban los +ojos del delantero a los del acólito. También lo sabía Celedonio, pero +callaba y sonreía complaciéndose en el pavor de su amigo. + +El continente altivo del monaguillo se había convertido en humilde +actitud. Su rostro se había revestido de repente de la expresión +oficial. Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía ajustar los +músculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia. Sus ojos +eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en +funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de +arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y +trataba. + +Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada, +como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los +ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral +pública. La boca muy abierta y desdentada seguía a su manera los +aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresión de humildad +beatífica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso. + +Así como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de contornos +turgentes las elegantes líneas del sexo, en el acólito sin órdenes se +podía adivinar futura y próxima perversión de instintos naturales +provocada ya por aberraciones de una educación torcida. Cuando quería +imitar, bajo la sotana manchada de cera, los acompasados y ondulantes +movimientos de don Anacleto, familiar del Obispo--creyendo manifestar +así su vocación--, Celedonio se movía y gesticulaba como hembra +desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo había notado el _Palomo_, +empleado laico de la Catedral, perrero, según mal nombre de su oficio. +Pero no se había atrevido a comunicar sus aprensiones a ningún superior, +obedeciendo a un criterio, merced al cual había desempeñado treinta años +seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y +vigilancia. + +En presencia del Magistral, Celedonio había cruzado los brazos e +inclinado la cabeza, después de apearse de la ventana. Aquel don Fermín +que allá abajo en la calle de la Rúa parecía un escarabajo ¡qué grande +se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados +ojos de su compañero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al +canónigo. Veía enfrente de sí la sotana tersa de pliegues escultóricos, +rectos, simétricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor delgado, +y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos pliegues y +vuelos. + +Bismarck, detrás de la Wamba, no veía del canónigo más que los bajos y +los admiraba. ¡Aquello era señorío! ¡Ni una mancha! Los pies parecían +los de una dama; calzaban media morada, como si fueran de Obispo; y el +zapato era de esmerada labor y piel muy fina y lucía hebilla de plata, +sencilla pero elegante, que decía muy bien sobre el color de la media. + +Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermín, le +hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar +la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida +sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad +estereotipada en los labios. Tenía razón el delantero. De Pas no se +pintaba. Más bien parecía estucado. En efecto, su tez blanca tenía los +reflejos del estuco. En los pómulos, un tanto avanzados, bastante para +dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un +ligero encarnado que a veces tiraba al color del alzacuello y de las +medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni pregonero del +alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de +amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que +parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de +congestión también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo. +En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de +rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en +medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era +una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas. +Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco; +pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola +con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes, +como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin corrección +ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se +inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era +la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego, +porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y +pensaba. Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían +obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir, +amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta +de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto +apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en +cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse +que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que +jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado +de aquel tesoro. La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello +negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de +recios músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y +extremidades del fornido canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor +jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el +más apuesto azotacalles de Vetusta. + +Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio +doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano derecha, +blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuera la de +aristocrática señora. Celedonio contestó con una genuflexión como las de +ayudar a misa. + +Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo +interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro. Vio que el +tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se convertía en dos, y +luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un +cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante +como él. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y +hacía con él puntería. Bismarck respiró: no iba con su personilla aquel +disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El +acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había acercado por detrás al +Provisor y procuraba seguir la dirección del catalejo. Celedonio era un +monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores +casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un +fusil, se le reiría en las narices. + +Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a +las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los +montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había +visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más +soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de +pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas +acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o +a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la +provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes +de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados +ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más +experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga +sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de +fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso +para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, +contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a +los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los +parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, +mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu +altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en +sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía +saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la +torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o +por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión, +aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor, +sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores, +mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la +Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta +que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como +si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la +rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en +medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San +Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del +casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio, +había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el +anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una +grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que +se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el +Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas +por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación +los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como +el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los +cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes +y nubes; sus miradas no salían de la ciudad. + +Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio +teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de +Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y +por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los +rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad +era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere +estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no +aplicaba el escalpelo sino el trinchante. + +Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas +había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como +recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo, +guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado +en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en +Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le +pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era +seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban +haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. «Así son las +perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos +acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto +deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos +delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás, +en el lejano día del sueño...». No renunciaba a subir, a llegar cuanto +más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de +la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los +treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos +idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo +necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto +que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir +la fuente que está lejos en lugar desconocido. + +Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en +sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso +él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el +límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la +vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para +vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente, +del poderío que tenía en la mano; devoraba su presa, la Vetusta +levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el +domador le arroja. + +Concentrada su ambición entonces en punto concreto y tangible, era mucho +más intensa; la energía de su voluntad no encontraba obstáculo capaz de +resistir en toda la diócesis. Él era el amo del amo. Tenía al Obispo en +una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones. +En tales días el Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo +bíblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrísima. + +Estas crisis del ánimo solían provocarlas noticias del personal: el +nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus cuentas: él +estaba muy atrasado, no podría llegar a ciertas grandezas de la +jerarquía. Esto pensaba, en tanto que el beneficiado don Custodio le +aborrecía principalmente porque era Magistral desde los treinta. + +Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero +que acabaría de devorar él solo. ¡Qué! ¿También aquel mezquino imperio +habían de arrancarle? No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para +qué eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la cabeza; +también él veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas +y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y +eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo.... ¿Qué +habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la +Encimada que él tenía allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. ¿Y +él? ¿Qué había hecho él? Conquistar. Cuando era su ambición de joven la +que chisporroteaba en su alma, don Fermín encontraba estrecho el recinto +de Vetusta; él que había predicado en Roma, que había olfateado y +gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve +tiempo, se creía postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces, +las más, era el recuerdo de sus sueños de niño, precoz para ambicionar, +el que le asaltaba, y entonces veía en aquella ciudad que se humillaba a +sus plantas en derredor el colmo de sus deseos más locos. Era una +especie de placer material, pensaba De Pas, el que sentía comparando sus +ilusiones de la infancia con la realidad presente. Si de joven había +soñado cosas mucho más altas, su dominio presente parecía la tierra +prometida a las cavilaciones de la niñez, llena de tardes solitarias y +melancólicas en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a +despreciar un poco los años de su próxima juventud, le parecían a veces +algo ridículos sus ensueños y la conciencia no se complacía en repasar +todos los actos de aquella época de pasiones reconcentradas, poco y mal +satisfechas. Prefería las más veces recrear el espíritu contemplando lo +pasado en lo más remoto del recuerdo; su niñez le enternecía, su +juventud le disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy +querida, que nos hizo cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de +olvido y desprecio. Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho +de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del +ánimo. + +El Magistral había sido pastor en los puertos de Tarsa ¡y era él, el +mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este salto de la +imaginación estaba la esencia de aquel placer intenso, infantil y +material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia. + +¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto y airoso cuerpo el +roquete, cándido y rizado, bajo la señoril muceta, viendo allá abajo, en +el rostro de todos los fieles la admiración y el encanto, había tenido +que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y +le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en +silencio, respirando apenas, a que la emoción religiosa permitiera al +orador continuar, él oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo +de los cirios y de las lámparas; aspiraba con voluptuosidad extraña el +ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las +emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas que le +rodeaban; sentía como murmullo de la brisa en las hojas de un bosque el +contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en aquel +silencio de la atención que esperaba, delirante, creía comprender y +gustaba una adoración muda que subía a él; y estaba seguro de que en tal +momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz +melodiosa, de correctos ademanes a quien oían y veían, no en el Dios de +que les hablaba. Entonces sí que, sin poder él desechar aquellos +recuerdos se le presentaba su infancia en los puertos; aquellas tardes +de su vida de pastor melancólico y meditabundo.--Horas y horas, hasta el +crepúsculo, pasaba soñando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas +del ganado esparcido por el cueto ¿y qué soñaba? que allá, allá abajo, +en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como cien veces +el lugar de Tarsa, y más; aquella ciudad se llamaba Vetusta, era mucho +mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, que él tampoco +había visto. En la gran ciudad colocaba él maravillas que halagaban el +sentido y llenaban la soledad de su espíritu inquieto. Desde aquella +infancia ignorante y visionaria al momento en que se contemplaba el +predicador no había intervalo; se veía niño y se veía Magistral: lo +presente era la realidad del sueño de la niñez y de esto gozaba. + +Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando +con vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la +visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en jardín. + +Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo +recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la +_Encimada_ y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por +Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, en algunos patios y +jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla, +convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales. +La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más +linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros, +aquellos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustente era de la +Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa, +por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de +la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro, las dos +antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se +dividían el noble territorio de la Encimada. El Magistral veía a sus +pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios; +conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe +vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá +abajo, en el Campo del sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba +sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros +había surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas, +tortuosas, húmedas, sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de +aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones +por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las +cocinas pobres de los hospicios; parecía que la escoba municipal y la +escoba de la nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y +callejas las huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había por +allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía la +historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el +recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban +cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta +parte del área total de la Encimada: seguía en tamaño las Recoletas, +donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos +comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y +huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San Vicente estaba +convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la indiscreta voz +de la corneta, profanación constante del sagrado silencio secular; del +convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había hecho el Estado un +edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San Benito era +lóbrega prisión de mal seguros delincuentes. Todo esto era triste; pero +el Magistral que veía, con amargura en los labios, estos despojos de que +le daba elocuente representación el catalejo, podía abrir el pecho al +consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste +y al Norte, gráficas señales de la fe rediviva, en los alrededores de +Vetusta, donde construía la piedad nuevas moradas para la vida +conventual, más lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan +sólidas ni tan grandes. La Revolución había derribado, había robado; +pero la Restauración, que no podía restituir, alentaba el espíritu que +reedificaba y ya las Hermanitas de los Pobres tenían coronado el +edificio de su propiedad, tacita de plata, que brillaba cerca del +Espolón, al Oeste, no lejos de los palacios y _chalets_ de la Colonia, o +sea el barrio nuevo de americanos y comerciantes del reino. Hacia el +Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte, +se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las +Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los +vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa +vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino. Allí, como en nichos, +habitaban las herederas de muchas familias ricas y nobles; habían +dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y +cómodo de allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga, +mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso +cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la +Encimada. No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las +piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de +pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y +jardines y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área +del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques, +cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana. Y +mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los +árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como +querían, los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido +huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas +de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era +de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas +sobre otras, y se metían los tejados por los ojos, o sean las ventanas. +Parecían un rebaño de retozonas reses que apretadas en un camino, +brincan y se encaraman en los lomos de quien encuentran delante. + +A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de +sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la +catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos. La Encimada +era su imperio natural, la metrópoli del poder espiritual que ejercía. +El humo y los silbidos de la fábrica le hacían dirigir miradas recelosas +al Campo del Sol; allí vivían los rebeldes; los trabajadores sucios, +negros por el carbón y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban +con la boca abierta a los energúmenos que les predicaban igualdad, +federación, reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando les +hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era +que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los menos. +Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica arraigaba, era +con robustas raíces, como con cadenas de hierro. Pero si moría un obrero +bueno, creyente, nacían dos, tres, que ya jamás oirían hablar de +resignación, de lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hacía +ilusiones. El Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendían allí las +últimas trincheras. Poco tiempo antes del día en que De Pas meditaba +así, varias ciudadanas del barrio de obreros habían querido matar a +pedradas a un forastero que se titulaba pastor protestante; pero estos +excesos, estos paroxismos de la fe moribunda más entristecían que +animaban al Magistral.--No, aquel humo no era de incienso, subía a lo +alto, pero no iba al cielo; aquellos silbidos de las máquinas le +parecían burlescos, silbidos de sátira, silbidos de látigo. Hasta +aquellas chimeneas delgadas, largas, como monumentos de una idolatría, +parecían parodias de las agujas de las iglesias.... + +El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la _Colonia_, +la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con +reflejos acerados; parecía un pájaro de los bosques de América, o una +india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes. + +Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas. En los tejados +todos los colores del iris como en los muros de Ecbátana; galerías de +cristales robando a los edificios por todas partes la esbeltez que podía +suponérseles; alardes de piedra inoportunos, solidez afectada, lujo +vocinglero. La ciudad del sueño de un indiano que va mezclada con la +ciudad de un usurero o de un mercader de paños o de harinas que se +quedan y edifican despiertos. Una pulmonía posible por una pared maestra +ahorrada; una incomodidad segura por una fastuosidad ridícula. Pero no +importa, el Magistral no atiende a nada de eso; no ve allí más que +riqueza; un Perú en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro +espiritual. Y ya empieza a serlo. Los indianos de la Colonia que en +América oyeron muy pocas misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a +la piedad de sus mayores: la religión con las formas aprendidas en la +infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella España que +veían en sueños al otro lado del mar. Además los indianos no quieren +nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda +recordar los orígenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descreídos +no son más que cuatro pillos, que no tienen sobre qué caerse muertos; +todas las personas pudientes creen y practican, como se dice ahora. +Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los Argumosa y otros y +otros ilustres Américo Vespucios del barrio de la Colonia siguen +escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres _distinguidas_ +de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y demás +familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy +rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio impulso los Páez, los +Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, hijas y demás familia del +sexo débil obligaríanles a imitar en religión, como en todo, las +maneras, ideas y palabras de la envidiada aristocracia. Por todo lo cual +el Provisor mira al barrio del Noroeste con más codicia que antipatía; +si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha +tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones +hechas, las _factorías_ establecidas han dado muy buen resultado, y no +desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella +su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas +de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero. + +Pero, entre tanto, De Pas volvía amorosamente la visual del catalejo a +su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la +soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allí debajo tenía, como +dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquísimas que +la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores +que ellas jamás alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa María y +San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista, +y gloriosamente se pudren poco a poco víctimas de la humedad y hechas +polvo por los siglos. En rededor de Santa María y de San Pedro hay +esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor +gloria sería poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos. +Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su +arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de +muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está +ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda no +dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera. + +Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al +inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona, +era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de +aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales. +Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera +el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por +utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba +en _El Lábaro_, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos +artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de +haberlos leído; en ellos ponía por las nubes el mérito arqueológico de +cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era +todo un monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera +fuese por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico y de +lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, y más de una vez +hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared +fabricada por algún modesto cantero, vivo todavía. Estos lapsus del +erudito no lastimaban su reputación, porque los pocos que podían +descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos +beneméritos, y los demás vetustenses no leían nada de aquello. Mas no +por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retórica, en que creía, +ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energía, entre las que +descollaban las más temerarias personificaciones y las epanadiplosis más +cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solían decir: «tiemblan +mis cimientos y mis almenas tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que +hizo llorar con sus discursos patéticos; por lo cual solía terminar el +artículo del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión de +obras, _sunt lacrimae rerum!_». + +Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio aquella tarde. +Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza +Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, separose de la ventana, +redujo a su mínimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente +en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros, +descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En +cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la +iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro, +cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con +cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y +más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba +juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los +rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de +muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El +manteo que el canónigo movía con un ritmo de pasos y suave contoneo iba +tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento, +tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecía cola de pavo real; +algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo +teñían con un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le +daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un +cadáver. + +En la gran nave central del trascoro había muy pocos fieles, esparcidos +a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos +muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de mujeres +arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aquí +y allí se oía el leve rumor de la plática secreta de un sacerdote y una +devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte, +la más obscura, don Fermín distinguió dos señoras que hablaban en voz +baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, pero no se +atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin él. + +--Va al coro--dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que +rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del +Magistral. En el altar había dos candeleros de bronce, sin velas, +sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús +Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la +obscuridad; los reflejos del vidrio parecían una humedad fría. Era el +rostro el de un anémico; la expresión amanerada del gesto anunciaba una +idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pómulos +afilados, como gastados por el roce de besos devotos. + +Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del coro; +llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba +cerrada. Don Fermín, que iba a la sacristía, dio el rodeo de la nave del +trasaltar flanqueada por otra crujía de capillas. Frente a cada una de +estas, empotrados en la pared del ábside había haces de columnas entre +los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento +de colocarse enfrente de ellos. Allí comúnmente ataban y desataban +culpas los beneficiados. De uno de estos escondites salió, al pasar el +Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don +Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas +encendidas con un tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El +Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas +agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos. Humilló los suyos +don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, aturdido en dirección al coro. +Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido +con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo +ceñía, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda +mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su +beneficio. Este don Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de +la oposición. Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que +se quería derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber +de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la +envidia de aquel pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo, +los propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creía en su +porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte, +influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y +magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don Fermín más +grandezas que el mismo Magistral veía en sus esperanzas. La mirada de +este fue en seguida, rápida y rastrera, al confesonario de que salía el +envidioso. Arrodillada junto a una de las celosías vio una joven pálida +con hábito del Carmen. + +No era una señorita; debía de ser una doncella de servicio, una +costurera, o cosa así, pensó el Magistral. Tenía los ojos cargados de +una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha; se santiguó, como +si quisiera comerse la señal de la cruz, y se recogió, sentada sobre +los pies, a saborear los pormenores de la confesión, sin moverse del +sitio, pegada al confesonario lleno todavía del calor y el olor de don +Custodio. + +El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la +sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con +cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la +cajonería, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos del culto. +Encima de los cajones pendían cuadros de pintores adocenados, antiguos +los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y +cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna +reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio +de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del +país. Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas +pluviales en los armarios. El _Palomo_, con una sotana sucia y escotada, +cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de +barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabía +cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba +furioso. Los monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin +mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos, +repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió +adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan +extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que en el otro +extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada de la +conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos +señoras y dos caballeros. Los cuatro tenían la cabeza echada hacia +atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas +abiertas en la bóveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada. +El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y parecía una gran mancha +de negro mate. De otro color no se veía más que el frontal de una +calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco +minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito +de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con +la boca abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi +todos los días a don Saturnino en semejante ocupación. En cuanto llegaba +un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o +por otro una recomendación para que Bermúdez fuese tan amable que le +acompañara a ver las antigüedades de la catedral y otras de la Encimada. +Don Saturnino estaba muy ocupado todo el día, pero de tres a cuatro y +media siempre le tenían a su disposición cuantas personas decentes, como +él decía, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su +inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la +provincia, creía ser--y esto era verdad--el hombre más fino y cortés de +España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los +pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que +encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la +influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan +atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya +diácono por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, traía el +pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes +entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz le hubiera +lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo», +decía él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo +mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las +leyes naturales, don Saturno--así le llamaban--después de haber perdido +ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo, +se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como +el boj de su huerto. Tenía la boca muy grande, y al sonreír con +propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por +qué entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se quejaba de +vicio al quejarse del pícaro estómago, de digestiones difíciles y sobre +todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que +equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que +Bermúdez quería pasar por el hombre más _espiritual_ de Vetusta, y el +más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe +advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos +alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y +psicológicas que se escribían por entonces en París. Lo de parecer +clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de +tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que +vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno. +Siempre parecía que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas +veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda +la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de +pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su +pasión por la arqueología era un sentimiento de la clase de sucedáneos. +Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los +personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas +comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le +había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran +incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se +atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en +materia de amores. + +Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La +primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero +volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que +saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras +sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y +dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si +el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En +efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con +ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. Con los +ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías +que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus +amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las +alegorías ni las parábolas; no hacía más que decir a espaldas de +Bermúdez: + +--No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato. + +Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora +jubilado, había sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente +pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y amante del saber se +cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso, +aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio +hombre más aturdido que él en cuanto una mujer quería marearle con una o +dos miradas. Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de +confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le +veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka) +repetían: + +--¡Pero este Bermúdez está desconocido! + +¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le desesperaba. +Cierto que jamás había probado las dulzuras groseras y materiales del +amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? Cierto que primero +faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devoción, así +como el comulgar dos veces al mes, en nada empecía (su estilo) a los +títulos de hombre de mundo que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran! +¿Quién era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como +dicen en Vetusta, salía muy recatadamente por la calle del Rosario, +torcía entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a +los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por +la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez, +doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en +filosofía y letras y bachiller en ciencias: el autor ni más ni menos, de +_Vetusta Romana_, _Vetusta Goda_, _Vetusta Feudal_, _Vetusta Cristiana_, +y _Vetusta Transformada_, a tomo por Vetusta. Era él, que salía +disfrazado de capa y sombrero flexible. No había miedo que en tal guisa +le reconociera nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al aire +libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también a +olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía seguridad +de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible +pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso +en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y solía ser +una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algún callejón +inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la +tentación; entonces retrocedía el sabio más pronto, ganaba el terreno +perdido, volvía a las calles anchas y respiraba con delicia el aire +puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal +que eran su propio ambiente, cantaba la _Casta diva_ o _el Spirto +gentil_ o _el Santo Fuerte_, y pensaba en sus amores de niño o en alguna +heroína de sus novelas. + +¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara +y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo +así debía de ser el éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el +paso volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa +con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de idealidad, como él +decía para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso, +sobre todo en las noches de luna. + +Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribía +versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes; y por fin se +acostaba, satisfecho de sí mismo, contento con la vida, feliz en este +mundo calumniado donde, dígase lo que se quiera, aún hay hombres buenos, +ánimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a +la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho, +convertía poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el +imaginar aventuras románticas, de amores en París, que era el país de +sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. Solía volver a sus novelas de +la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o +con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponía el +ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre +estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas +promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño al arqueólogo, y +la lógica se hacía disparatada, y hasta el sentido moral se pervertía y +se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al +doctor en teología. + +A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de +estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el +cuerpo.--¡Memento homo!--decía el infeliz, y se arrojaba del lecho con +tedio, procurando una reacción en el espíritu mediante agudos y +terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con +chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas. Tal vez era +la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que +positivamente tenía el ilustre autor de _Vetusta Transformada_. Después +de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide +el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venía; y por vanidad o por fe +creía en su regeneración todas las mañanas aquel devoto del Corazón de +Jesús. Por eso el espíritu no envejecía: era el estómago, el pícaro +estómago el que no hacía caso de la fervorosa contrición del pobre +hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y +grosera! + +Aquel día había recibido antes de comer un billete perfumado de su +amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué emoción! No quiso abrir +el misterioso pliego hasta después de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar? + +¿Qué era aquello? O. F. decían dos letras enroscadas como culebras en el +lema del sobre.--De parte de doña Obdulia, había dicho el criado. +Aquella señora, todo Vetusta lo sabía, era una mujer despreocupada, tal +vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... ¿por qué no?... +una cita.... Ellos, al fin, se entendían algo, no tanto como algunos +maliciaban, pero se entendían.... Ella le miraba en la iglesia y +suspiraba. Le había dicho una vez que sabía más que el Tostado, elogio +que él supo apreciar en todo lo que valía, por haber leído al ilustre +hijo de Ávila. En cierta ocasión ella había dejado caer el pañuelo, un +pañuelo que olía como aquella carta, y él lo había recogido y al +entregárselo se habían tocado los dedos y ella había dicho:--«Gracias, +Saturno». Saturno, sin don. + +Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había +tocado con una rodilla en una pierna. Él no había retirado la pierna ni +ella la rodilla; él había tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella +no lo había retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió +vino y abrió la carta. + +Decía así: «Saturnillo: usted que es tan bueno ¿querrá hacerme el +obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero +con...». Hubo que dar vuelta a la hoja. + +--Impaciencia--pensó el sabio. Pero decía: «...Le espero con unos amigos +de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona +inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso colorado como si +estuviera en ridículo delante de una asamblea. + +--No importa--se dijo--esta visita a la catedral es un pretexto. + +Y añadió:--¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me +invita! + +Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo +como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a +casa de doña Obdulia. + +Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero el +mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veía apenas una +calavera de color de aceituna y el talón de un pie descarnado. +Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el pintor era un +vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de los especialistas en +antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor +eran tan notables para Bermúdez. + +El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy largo, de color de +pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación, +pero de cuatro o cinco onzas--su precio en la Habana--y por esto pensaba +que podía usarlo todo el otoño. Se creía el señor Infanzón en el caso de +comprender el entusiasmo artístico del sabio mejor que las señoras, +quien por su natural ignorancia tenían alguna disculpa si no se pasmaban +ante un cuadro que no se veía. Buscó alguna frase oportuna y por de +pronto halló esto: + +--¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme! + +Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en +realidad de verdad--estilo de Bermúdez--para descansar, con una reacción +proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un +cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó: + +--Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo cuadro del ilustre.... + +--Cenceño.--Pues; del ilustrísimo Cenceño; luciría más si.... + +--Si se pudiera ver--interrumpió la esposa del señor Infanzón. + +Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó +diciendo: + +--Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la +cera... el incienso.... + +--No señor; ¡qué ahumado!--respondió el sabio, sonriendo de oreja a +oreja--. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el +encanto de los cuadros antiguos. + +--¡La pátina!--exclamó el del pueblo convencido--. Sí, es lo más +probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para +saber qué era pátina. + +En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno; +reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al +saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los +de Palomares que le fueron presentados por el sabio. + +--El señor don Fermín de Pas, Magistral y provisor de la diócesis.... + +--¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!--exclamó Infanzón que hacía mucho admiraba de +lejos al señor Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de +besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra +vez, y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El +Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las +bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. Pronto +las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba +don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de +que había infestado la sacristía desde el momento de entrar. Era el olor +del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio +soñaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le sabía a +gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar así los olores místicos y +los eróticos, mediante una armonía o componenda, que creía él debía de +ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habían +sabido resistir toda clase de tentaciones. + +Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de +cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no +había entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien +era hija de confesión, por más que él había procurado varias veces +entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella +mujer le crispaba los nervios a don Fermín; era un escándalo andando. No +había más que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras +desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de terciopelo +carmesí, debajo de la cual salían abundantes, como cascada de oro, rizos +y más rizos de un rubio sucio, metálico, artificial. ¡Ocho días antes el +Magistral había visto aquella cabeza a través de las celosías del +confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de +particular mientras la dama no se movía; era negra, de raso. Pero lo +peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponía el grito en el +cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón (no podía ser +menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la +naturaleza de los atributos de su sexo. ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo +parecía que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras +irritaba al Magistral, que no quería aquellos escándalos en la iglesia. +Aquella señora entendía la devoción de un modo que podría pasar en otras +partes, en un gran centro, en Madrid, en París, en Roma; pero en Vetusta +no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como podía referírselas +en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el +Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; proponía rifas católicas, +_organizaba_ bailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada, +para las personas decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la +mano siempre que podía, pero no podía siempre. Su autoridad, que era +absoluta casi, no conseguía sujetar aquel azogue que se le marchaba por +las junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. ¡Y +ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel +prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel +de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más +negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas; +los adoradores de la viuda lo sabían y le envidiaban. Pero él maldecía +de aquel bloqueo. + +--«Necia, ¿si creerá que a mí se me conquista como a don Saturno?». + +A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés con la +viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y enemigos. Era +menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para +que don Fermín no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad +era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermúdez, pero sacaban +de ella muy diferente partido. + +Mientras se hablaba de lo mucho bueno que había en la catedral y el +lugareño se pasmaba y su señora repetía aquellas admiraciones, Obdulia +se miraba como podía, en las altas cornucopias. + +El Magistral se despidió. No podía acompañar a aquellas señoras, lo +sentía mucho... pero le esperaba la obligación... el coro. Todos se +inclinaron. + +--Lo primero es lo primero--dijo el de Palomares, aludiendo a la +Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la Divinidad o +ante el Provisor.) + +Afortunadamente, según don Fermín, nada les serviría su inutilidad, +mientras que Bermúdez era una crónica viva de las antigüedades +vetustenses. + +Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar el suelo; +después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda, +como diciéndole: + +--Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según la opinión +del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir +con los ojos; pero ella no debió de entenderlo, porque se despidió del +Magistral dejándole el alma, por conducto de las pupilas, entre los +pliegues amplios y rítmicos del manteo. De este se despojó don Fermín, +después de acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado +roquete, la señoril muceta y la capa de coro. + +--¡Qué guapo está!--dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños +admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino. + +Dieron vuelta a toda la sacristía. Cerca de la puerta había algunos +cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. A +la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas de Cenceño, sin +duda porque se veían mejor. Pero su prudente esposo, considerando que +Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y +flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por +allí se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros había una +copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro +de Murillo _San Juan de Dios_, del Hospital de incurables de Sevilla. A +la señora de pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde +que se ve una vez no se olvida. + +--¡Oh, qué hermoso!--exclamó sin poder contenerse. + +Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo: + +--Sí, es bonito; pero muy conocido. + +Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al +pordiosero enfermo, entre las tinieblas. + +El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en +voz baja la reprendió de esta suerte: + +--Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina? + +Salieron de la sacristía.--Por aquí--dijo Bermúdez señalando a la +derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo de algunas beatas que +interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego +de Obdulia. La falda de raso, que no tenía nada de particular mientras +no la movían, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba +a andar. Ajustábase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecía +apretado calzón ciñendo esculturales formas, que así mostradas, no +convenían a la santidad del lugar. + +--Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes--murmuró muy quedo el +arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de su _Vetusta Goda_ y +de su _Vetusta Cristiana_. Y en honor de la verdad se ha de decir que un +rey se le iba y otro se le venía; esto es, que los mezclaba y confundía, +siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el +sabio no podía menos de admirar aquella atrevidísima invención, nueva en +Vetusta, mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y +significativas curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran +pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del lugar +sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar +sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como +si a una hoguera la echasen petróleo.... + +Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, fría, de tosca +fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo +irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba Obdulia +debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la seda frotando +las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos de nieve y espuma +que tal se le antojaban a don Saturno, quien los había visto otras +veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de siglos a los reyes +allí sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo dijo respecto del +descanso eterno de tan respetables señores: + +--Aquí descansan desde la octava centuria los señores reyes don..., y +pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las +vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares, +decía _ue_ en vez de _oi_ y otros adefesios. + +Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y +elocuencia de don Saturnino. + +Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, había un sepulcro de +piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones ilegibles. +Entre el sepulcro y el muro había estrecho pasadizo, de un pie de ancho +y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte +interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los +lugareños. Bermúdez, y en pos de él Obdulia, se perdieron de vista en el +pasadizo sumido en tinieblas. Después de la enumeración de don Saturno, +hubo un silencio solemne. El sabio había tosido, iba a hablar. + +--Encienda usted un fósforo, señor Infanzón--dijo Obdulia. + +--No tengo... aquí. Pero se puede pedir una vela. + +--No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de memoria... y +además, no se pueden leer. + +--¿Están en latín?--se atrevió a decir la Infanzón. + +--No señora, están borradas. + +No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de hora. +Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos 1.º, 2.º, 3.º +y 4.º de una de sus _Vetustas_ y ya iba a terminar con el epílogo que +copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo: + +--¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones? Yo creo sentir.... + +Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las +tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía el hombro; +y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de +esta suerte: + +--Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque +de ricas preseas, envidiables privilegios y pías fundaciones a esta +Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica +para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depósito creció +tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonía, +digámoslo así, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga, +Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas _et sic de +coeteris_. + +--¡Amén!--exclamó la lugareña sin poder contenerse; mientras Obdulia +felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra. + + + + +--II-- + + +El coro había terminado: los venerables canónigos dejaban cumplido por +aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo. Uno tras +otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo +funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del +mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de +cada día. El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el +roce continuo de los cánticos canónicos, como la mayor parte de los +roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo. +Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas +corporaciones: algunos señores prebendados no se hablaban; otros no se +saludaban siquiera. Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta +de armonía: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto +reinaba la mayor y más jovial concordia. Había apretones de mano, +golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos +al oído. Algunos, taciturnos, se despedían pronto y abandonaban el +templo; no faltaba quien saliera sin despedirse. + +Cuando entraba el Magistral, el ilustrísimo señor don Cayetano +Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano en el mármol de la +mesa, porque los codos no llegaban a tamaña altura, y exclamaba después +de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro: + + --Hame dado en la nariz olor de... + +La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, cortando la +cita, añadió: + +--¿Parece que hemos tenido faldas por aquí, señor De Pas? + +Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco +verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita. + +Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, +alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino +al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a +punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque, +según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y +despeluznado. Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más, +visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de +los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio, +y como lo echaba hacia el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un +telescopio; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en +nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos +inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo +estudiante, solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era +de asunto teológico o canónico, extendía la mano derecha y formaba un +anteojo con el dedo pulgar y el índice. Como el interlocutor solía ser +más alto, para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un +ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque +era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de +arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha +del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por +estos vulgares títulos, ni por la cruz que le hacía ilustrísimo, sino +por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático. Sus dioses +eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a +Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio. Había venido a Vetusta de +beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis había asistido al coro +de aquella iglesia y podía tenerse por tan vetustense como el primero. +Muchos no sabían que era de otra provincia. Además de la poesía tenía +dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la última había +renunciado; no a la primera, que seguía adorando con el mismo pudibundo +y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo vetustense, aun +contando a los librepensadores que en cierto restaurant comían de carne +el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad +casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tenía +que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto +poético, como él decía, pues se preciaba de hablar como los poetas de +mejores siglos y al asunto solía llamarlo sujeto. Sentía desde su +juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar +su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención, +cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo +épocas de negra intransigencia en que se persiguió la manía de Ripamilán +como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de quemar un libro +de versos que publicó el Arcipreste a costa del marqués de Corujedo, +gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso +excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje que se encontrará más +adelante. + +Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era +entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas, +bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero +¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién se acordaba ya de +Meléndez Valdés, ni de las _Églogas y Canciones por un Pastor de +Bílbilis_, o sea don Cayetano Ripamilán? El romanticismo y el +liberalismo habían hecho estragos. Y había pasado el romanticismo, pero +el género pastoril no había vuelto, ni los epigramas causaban efecto por +maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigos +_laudatores temporis acti_, como decía él; no alababa el tiempo pasado +por sistema, pero en punto a poesía era preciso confesar que la +revolución no había traído nada bueno. + +--Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada--solía él +decir a los jóvenes de Vetusta, que le querían mucho--. Ustedes, por +ejemplo, no saben bailar. Díganme, si no, ¿de dónde se sacan que puede +ser buena crianza el coger a una señorita por la cintura y apretarla +contra el pecho? + +Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que él, años atrás, +había visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso. + +--En mi tiempo bailábamos de otra manera. + +El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había bailado más que +con alguna silla. Eso sí; allá, cuando seminarista, había sido gran +tañedor de flauta y bailarín sin pareja. De todas maneras, figurándose +con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los +rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en _petit +comité_--según decía--terciar el manteo, colocar la teja debajo del +brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y +conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados. + +Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en +sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba +en los tiempos de prosa a que habíamos llegado. + +Esto de los bailes solía acontecer en las tertulias a donde el setentón +acudía sin falta, porque desde que los médicos le habían prohibido +escribir y hasta leer de noche, no podía pasar sin la sociedad más +animada y galante. El tresillo le aburría y los conciliábulos de +canónigos y obispos de levita, como él decía siempre, le ponían triste. +«No era liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraía y +prefería su trato al de los más sesudos vetustenses. Los poetillas y +gacetilleros de la _localidad_ tenían en él un censor socarrón y +malicioso, aunque siempre cortés y afable. Encontrábase en la calle, por +ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el +eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba +con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y +decíale: + +--He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo de +_versate manu_. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo! +¿Dónde hay sencillez como aquella: + + Yo he visto un pajarillo + posarse en un tomillo? + +Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con +lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayoría del cabildo +absolvía de esa falta de formalidad al Arcipreste a condición de que se +le tuviera por chocho. + +--Y aun así y todo--decía un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y +en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia--aun así y todo +no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta +la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones +impropias de una dignidad. + +A este mismo señor canónigo que embozadamente le había reprendido +algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solía taparle la boca el +Arcipreste diciendo: + +--Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridísimo poeta Marcial dejó +escrito para casos tales, es a saber: + + _Lasciva est nobis pagina, vita proba est._ + +Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en +la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte. Y no era +de estos días el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino +que toda la vida había sido un boquirroto en tal materia, pero nada más +que un boquirroto. Y esta era la traducción libre del verso de Marcial. + +El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la +catedral había despertado sus instintos anafrodíticos, su pasión +desinteresada por la mujer, diríase mejor, por la señora. Aquel olor a +Obdulia, que ya nadie notaba, sentíalo aún don Cayetano. + +El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se +marchaba. Algo tenía que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que +solían quedarse al tertulín, como llamaban a la sabrosa plática de la +sacristía después del coro. Si hacía bueno, los del tertulín +acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espolón. Si +llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el _Palomo_ hacía +un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a +su casa. No se crea por esto que eran íntimos amigos los aficionados a +platicar después del coro. Acontecía allí lo que es ley general de los +corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no +tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida +hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban +cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debía de estar en su casa +el temerario, alguno de los que quedaban, decía de repente: + +--Como ese otro.... Y todos sabían que aquel gesto de señalar a la puerta +y tales palabras significaban: + +--¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a _ese otro_. + +El Arcipreste no era de los que menos murmuraban. + +Él le había puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al +señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba +Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro +derecho don Restituto--por lo demás buen mozo, casi tan alto como el +pariente del ministro--, y como este defecto incurable era un obstáculo +a las pretensiones de gallardía que siempre había alimentado, discurrió +hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad +de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de +disimularlo subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más hacia la +derecha, inclinándose como un sauce llorón. Resultaba de aquella extraña +postura que parecía Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantándose +a los rumores, avanzada de sí mismo para saber noticias, cazar +intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras. +Encontraba el Arcediano, sin haber leído a Darwin, cierta misteriosa y +acaso cabalística relación entre aquella manera de _F_ que figuraba su +cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y +hasta el maquiavelismo canónico que era lo que más le importaba. Creía +que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba +al mundo entero. Sí, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos +caras: iba con los de la feria y volvía con los del mercado; disimulaba +la envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que +no incurría nunca.--Pero, decía el Arcipreste, ni su amabilidad engaña a +todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como él +supone. + +Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba los ojos +alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera +intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que +fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su +piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvía secretos. Decía +él que abría el corazón por única vez al primero que quería oírle. + +--Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que olvidan que +en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente +en ser explícito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues +bien, oiga usted el secreto. + +Y lo decía. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacristía +muchas veces diciendo de modo que apenas se le oía: + +--¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure! + +Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro alguna rara vez, +escondiéndose en las sombras de una platea de proscenio o sea _bolsa_, +vio una noche el drama titulado: _Los hijos de Eduardo_, arreglado por +Bretón de los Herreros, y en cuanto salió a escena Glocester, el Regente +jorobado y torcido y lleno de malicias, exclamó: + +--¡Ahí está el Arcediano! + +La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo +para toda Vetusta ilustrada. Allí estaba, oyendo con fingida +complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía, +presente y ausente. Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba +girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al +Deán y barrenaba con un dedo la frente. Quería aludir a la locura del +poeta bucólico. El cual continuaba diciendo: + +--No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida que llevaba esta +señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de +Nauplia, a quien yo traté allí con gran intimidad. En una fonda de la +calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien +antes apenas saludaba aquí, a pesar de que éramos contertulios en casa +del Marqués de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No +cree en el sexto. + +Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con sonreír, +inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo +de los oídos. El Arcediano rio sin ganas. + +La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la sacristía, como +poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes. + +El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho +Marcial, salvo el latín. + +--Señores, a mí me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce +en el Espolón esa señora.... + +--Son bien escandalosos...--dijo el Deán. + +--Pero muy ricos--observó el pariente del ministro. + +--Y muchos; nunca lleva el mismo; cada día un perifollo nuevo--añadió el +Arcediano--; yo no sé de dónde los saca, porque ella no es rica; a pesar +de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más que una renta +miserable y una viudedad irrisoria.... + +--Pues a eso voy--interrumpió triunfante don Cayetano--. Me ha dicho el +chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico en San Carlos, que estos +últimos años Obdulita servía en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la +célebre querida del célebre.... + +--Sí ¿qué?--Que le servía de trotaconventos, digámoslo así. Es decir, +no tanto: pero vamos, que la acompañaba y... claro, la otra, +agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja +nuevos y tiene tantos y tan ricos.... + +El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, al Arcipreste, se +interesaba de veras con la crónica. Ripamilán saboreaba la plática +lasciva sólo por lo que tenía de gracejo. Los demás empezaron a +estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba +los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia; +parecía buscar su testimonio. + +El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con don Cayetano. +Sufría sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos +inocentes alardes de erotismo retórico porque conocía sus costumbres +intachables y su corazón de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamilán el +más decidido y entusiástico partidario de don Fermín en las luchas del +cabildo. Otros le seguían por interés, muchos por miedo; don Cayetano, +incapaz de temer a nadie, le servía y le amaba porque, según él, era el +único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito, +Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un sabio, +un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valía más que +todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los +supuestos cohechos del Provisor, de su tiranía, de su comercio sórdido, +se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simonía +más probables. Si le traían a cuento el capítulo de las aventuras +amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que +hiciera prueba, el Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que +aquello era posible, pero importaba menos. + +--La verdad es que don Fermín es muy buen mozo, y, si las beatas se +enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un +Crisóstomo en el púlpito, él no tiene la culpa ni la cosa es contraria a +las sabias leyes naturales. + +El Magistral sabía todo lo que Ripamilán pensaba de él y le consideraba +el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. Tenía que hacerle +ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrían ser +peligrosas. Glocester había olido algo. + +--«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo sufría aquella jaqueca? No, +pues él tampoco dejaba el puesto». Era el de Mourelo el más cordial +enemigo que tenía el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo +más refinado del Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas +relaciones con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle el +terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón. +Vastísimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas, +emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas infernales. +Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le había dado +aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del +Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy +principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, Regente en varias +Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el +pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas +incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podía vivir +holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió +llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo +conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora y aquí fue ella. +La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre +familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la _advenediza_ tuvo que +perdonar y contentarse con ser: la _otra_ Regenta. Además, el conflicto +duraría poco; ya empezaba a usarse el nombre de «Presidente» y pronto +habría nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de +Ozores. La cual siempre había sido hija de confesión de don Cayetano, +pero este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a algunas +pocas personas, señoras casi todas, de alta categoría, escogidísimos +amigos y amigas, al cabo se había cansado también de esta leve carga, +pesada para sus años; y resuelto a retirarse por completo del +confesonario, había suplicado a sus hijas de confesión que le librasen +de este trabajo y hasta señalado sucesor en tan grave e interesante +ministerio; sucesor diferente según las personas. Esta especie de +herencia, o mejor, sucesión _inter vivos_, era muy codiciada en el +cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la +reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habían producido +los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y +congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada, +porque tenía la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda había +cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral +que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por +costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por +seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas +continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo +se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas. + +Don Custodio, joven ardentísimo en sus deseos, creía demasiado en los +milagros de fortuna que hace la confesión auricular y atribuía a ellos +sin razón los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesión del +Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente. Había +averiguado que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno de los +más ricos americanos de _La Colonia_ había pasado, tiempo atrás, del +confesonario de Ripamilán al de don Fermín. Esto era ya una gollería. +Pero ¡oh escándalo! ahora (don Custodio lo había averiguado escuchando +detrás de una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al +Magistral la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin +duda la digna y virtuosa y hermosísima esposa de don Víctor Quintanar. +¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de la envidia manar de sus +labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se +había dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del _otro_, +había visto, mirando de soslayo, dos señoras; _nuevas_ sin duda, pues no +sabían que aquella tarde no _se sentaba_ don Fermín. Había vuelto a +pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las +sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en +persona. + +Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta +sucesión particular; creía pertenecerle por razón de su dignidad el +honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con el Obispo no había que contar; +el Deán era un viejo que no hacía más que comer y temblar; en una +procesión de desagravios cuatro borrachos le habían dado un susto, del +que sólo se repuso su estómago; digería muy bien, pero no discurría; no +pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al +coro; tampoco había que contar con él. El Arcipreste renunciaba a la +Regenta, ¿pues qué dignidad seguía? la suya; la jerarquía indicaba al +Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que +clamaba al cielo, y no podía clamar al Obispo, porque este era esclavo +de don Fermín». Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no +tenía el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan buen +bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba +a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos. +Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído del +confidente: + +--¿Será libre elección de esa señora?--Y separándose un poco, para ver +el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de +picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados +delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de +los labios. + +--Puede ser--contestó don Custodio, subrayando las palabras, para darse +por enterado de la intención del otro. + +Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que +era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia +Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podía tener el +Magistral para oír a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al +pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble. + +Se juraba a sí mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto +sin saber a qué atenerse. + +El Magistral había resuelto no entrar aquel día en la capilla que +llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción, +motivo para dar que decir. ¿Estarían allí todavía aquellas señoras? Al +bajar de la torre y pasar por el trascoro las había visto, las había +conocido, eran la Regenta y Visitación; estaba seguro. ¿Cómo habían +venido sin avisar? Don Cayetano debía de saberlo. Cuando una señora de +las principales, como era la Regenta, quería hacerse hija de confesión +del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedía hora. Las +personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a tanto, y +las pocas de esta clase que confesaban con él acudían en montón a la +capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; allí esperaban el +turno de las penitentes anónimas. Estas humildes devotas ya sabían +cuáles eran los días de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por +eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos señoras. +Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo +los días _fastos_ y _nefastos_, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y +cuándo no. La Regenta venía por primera vez, «¿por qué no le había +avisado? El suceso era bastante solemne y había de sonar lo suficiente +para merecer preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que +aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar +cuándo vendría a favorecerle con su visita?... ¿Era humildad? ¿Era que +con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de +Vetusta, quería confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una +de tantas?». Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecía +un rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de Obdulias y +Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacía ser +irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en general +con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones; +adquirían pronto una familiaridad importuna que daba ocasión a las +calumnias de los necios y de los mal intencionados». + +«No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de +ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, que tal vez se gana +en el confesonario, para que le halagasen todavía revelaciones +imprudentes, que sólo servían para inundarle el alma de hastío. Esperaba +algo nuevo, algo más delicado, algo selecto». Sabía, por rumores, que el +Arcipreste había aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del +Magistral, puesto que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano +nada le había dicho. Además, como en materia de confesión los buenos +clérigos son muy reservados, Ripamilán, que sabía tratar en serio los +asuntos serios, nunca había hablado al Magistral de lo que podía ser la +Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De +Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de +Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo; +y Glocester no se movía. Se habían ido despidiendo todos los señores +canónigos; quedaban los tres y el _Palomo_, que abría y cerraba cajones +con estrépito y murmuraba; maldiciones sin duda. + +Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba decirle +el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente que él también +quería hablar al Provisor, y como en casos tales no se mordía la lengua, +cortó la conversación diciendo: + +--¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una palabra, con permiso del señor +Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo... +son intereses espirituales. + +Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido tronco, haciéndose +un arco de puente, y salió de la sacristía diciendo para su alzacuello +morado y blanco: + +--«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!». + +El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del +Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros +expedientes por el estilo. + +--«Si todos fueran como yo, Glocester no sabría qué hacer de su +habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen +gallinas!». + +Glocester salía siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo +Norte del crucero; por allí llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso +salir por la puerta de la torre, porque así pasaba junto a la capilla +del Magistral. Miró; no había nadie. Entonces se detuvo, volvió a mirar +con ahínco, dio un paso dentro de la capilla; no había nadie; estaba +seguro. «¡Luego aquellas señoras se habían ido sin confesión; luego el +Magistral se permitía el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!». +El Arcediano vio un mundo de intrigas que podían fundarse en este +descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una pila grande de mármol +negro, y mientras se santiguaba, inclinándose frente al altar del +trascoro, decía para sí: + +--Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará caro. Lo +explotaré. + +Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que se le +antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos +secretos y escaleras subterráneas. + +El Arcipreste había abierto la boca al oír a De Pas que la Regenta +estaba en la catedral, según le habían dicho, y que él no había corrido +a saludarla y a confesarla, si a eso venía, como era de suponer. + +--¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?--gritaba don Cayetano, asustado +de veras. + +--A ver, Rodríguez (el _Palomo_) corre a la capilla del señor Magistral, +y si está allí una señora.... + +Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito que se metió +en la conversación diciendo: + +--No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora Regenta. Se han +ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el señor +Magistral; y doña Visita que ya quería irse antes, cogió del brazo a +doña Ana y se la llevó. + +--¿Y qué decían?--preguntó don Cayetano. + +--Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora +Regenta había querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron +a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón. + +--¡Al Espolón!--gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del +Magistral y con la otra la teja--. ¡Al Espolón! + +--¡Pero don Cayetano!--Es cuestión de honra para mí; de ese desaire +tengo yo culpa en cierto modo. + +--Pero si no fue desaire--repetía el Provisor dejándose llevar, y con el +rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo +inundaba. + +--Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una +explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino +hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente, +como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad +como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo. + +--Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía.... + +Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la +catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de este lado era +la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después que las +otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en el centro; +las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y +otros cosméticos del género decadente a que pertenecía. + +El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas +no paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, olfateando, y +tendió el cuello en actitud de escuchar. + +--¡Así Dios me valga, son ellos!--dijo pasmado. + +--¿Quién?--Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de +ese grillo destemplado. + +Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del +templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El Magistral le siguió, +para ocultar su deseo de llegar al Espolón cuanto antes. + +Eran _ellos_, en efecto. + +En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la +levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas las +orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección de +la bóveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignación la comunicaba +de grado o por fuerza a los Infanzones. + +--Señores--exclamaba--ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el +feo lunar, el borrón diré mejor, de esta joya gótica. Han visto ustedes +el panteón, de severa arquitectura románica, sublime en su desnudez; han +visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda, +de un gótico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta llamada +Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las +primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del +relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero +sublime artífice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y +gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo decir, +del cincel de un Grijalte; y _reasumiendo_, en toda la Santa Basílica +han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo, +puro, sencillo, delicado... _Empero_ aquí, señores, forzoso es +confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la redundancia se han +dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la +mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. Esta Santa +Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia +de la catedral de Vetusta. + +Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el +pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo +hacía en elocuencia liquefacta. + +Los Infanzones sudaban también. El marido tenía en la cabeza una olla de +grillos. Había oído en hora y media un curso peripatético--¡a pie y +andando todo el tiempo!--de arqueología y arquitectura y otro curso de +historia pragmática. El desgraciado ya confundía a los califas de +Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más +de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el +jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya +dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al +arco de medio punto; _reasumiendo_, como decía el sabio; sentía náuseas +invencibles y apenas oía al arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos +por contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido una +irreverencia. + +--Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno--pensaba--¡pero +en una catedral! + +El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía decir +la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía al +frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea. +Pero el pobre lugareño seguía diciendo que sí a todo. + +«Estaba conforme, aquello era una profanación. ¡Qué pesadez la de +aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya si eran pesados! +Como que el Infanzón temía que se le cayeran encima; porque se meneaban, +sin duda. Pero ¡buen Dios! añadía para sus adentros; si el género +plateresco es cargante y pesadísimo ¿dónde habrá cosa más plateresca que +este señor don Saturnino?». + +Se le pasó por la imaginación si estaría burlándose de ellos porque eran +de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no debía de mentir; +hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la emigración +de la piña pérsica a las columnas árabes; sólo que todo aquello ¡qué le +importaba a él que era un compromisario! + +La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, aburrida, despeada, +pero no aturdida. Hacía más de una hora que no oía palabra de cuanto +hablaba aquel charlatán, sin vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera +porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de +educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba +escandalizada, furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el +bobalicón de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. Él +pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía el distraído. ¿Y +la doña Obdulita? No, y que parecía maestra en aquel teje maneje. No +habían desperdiciado ni una sola ocasión. ¡Claro! y así les habían +traído y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto +estaba obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto una +vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y siempre juntos; y +en cuanto había algo estrecho querían pasar a la una... y pasaban ¡qué +desenfreno! ¿Pero de dónde le venía a su marido la amistad de aquella +señorona?». Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra; +y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el +Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y +cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó su discurso. Se trataba de +probar sus injuriosas afirmaciones. + +--Véase si no--continuaba--lo que salta a los ojos, a los del alma +quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el dignísimo Obispo, +salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo Obispo don García Madrejón +que consintió este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia +de lo barroco, de la profusión manirrota y de la falsedad. Cartelas, +medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones +rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por +las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre +del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e +inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia! + +--Pues oiga usted--se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su +esposo--; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a mí muy +bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... ¡blasfemando +así de Dios y sus santos! + +Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y escogía, con +un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado. +Además le gustaba de veras la capilla y no quería más contemplaciones. + +El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca. + +«Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no lo consiguió en cuanto +quiso. Obdulia soltó al aire una carcajada, que oyó don Cayetano desde +fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella +inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer +la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al +espejo. Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras. +Sólo contestó: + +--Señora... yo no profano nada.... El Arte.... + +--¡Sí profana usted!--¡Pero mujer, pero Carolina!--¡Oh! déjela usted, +señor Infanzón; yo respeto todas las opiniones. + +Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar o no +profanar, se apresuró a añadir: + +--Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, que yo sigo los cánones +de la belleza clásica condenando enérgicamente el gusto barroco.... Esto +es plateresco.... + +--¡Churrigueresco!--exclamó el compromisario queriendo así compensar la +protesta disparatada de su mujer. + +--¡Churrigueresco!--repitió--¡da náuseas!--y se vio claramente que las +sentía. + +--¡Churrigueresco!--pudo decir otra vez. + +--¡Rococó!--concluyó Obdulia. + +En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera +a besarle las botas color bronce. + +Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresuró a despedirse. +De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tenía mucho frío. El +viento caliente le sabía a cierzo. + +--¡Temo una pulmonía!--dijo, mientras escapaba abrochándose la levita +por la cintura. + +Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde. + +«Amaba y creía ser amado». + + + + +--III-- + + +Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El +Arcipreste procuró que se encontraran y por su confianza con la Regenta +facilitó la entrevista. + +Pocas veces habían cruzado la palabra la hermosa dama y el Provisor, y +nunca había pasado la conversación de los lugares comunes a que obliga +el trato social. + +Doña Ana Ozores no era de ninguna cofradía. Pagaba una cuota mensual en +las Escuelas Dominicales, pero no asistía a las lecciones ni a las +conferencias; vivía lejos del círculo en que el Provisor reinaba. Este +visitaba poco a las personas que no podían o no querían servirle en sus +planes de propaganda. Cuando el señor don Víctor Quintanar era Regente +de Vetusta, el Magistral le visitaba en todas las solemnidades en que +exigían este acto de cortesía las costumbres del pueblo; estas visitas +las pagaba con la exactitud que usaba en estos asuntos el señor +Quintanar, el más cumplido caballero de la ciudad, después de Bermúdez. +Los cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qué, +cuando se jubiló don Víctor, y por fin cesaron las visitas. Don Víctor y +don Fermín se hablaban algunas veces en la calle, en el Espolón; se +saludaban siempre con la mayor amabilidad. Se estimaban mutuamente. Las +calumnias con que la maledicencia perseguía a De Pas tenían un aislador +en don Víctor; por su conducto no se propagaban, y aun tomaba a su cargo +deshacer su perniciosa influencia. Doña Ana jamás había hablado a solas +con el Magistral, y después que cesaron las visitas apenas volvió a +verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que sabía +esto, hizo un simulacro de presentación diplomática en el tono jocoserio +que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, habían hablado +poco; todo casi se lo había dicho Ripamilán y lo demás Visitación, que +acompañaba a la de Quintanar. Doña Ana volvió pronto a su casa. Se +recogió temprano aquella noche. + +De la breve conversación de la tarde no recordaba más que esto: que al +día siguiente, después del coro, el Magistral la esperaba en su capilla. +Le había indicado, aunque por medio de indirectas, que convenía, al +mudar de confesor, hacer confesión general. + +Había hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, con +cierto tono frío, y algo distraído al parecer. No le había visto los +ojos. No le había visto más que los párpados, cargados de carne blanca. +Debajo de las pestañas asomaba un brillo singular. + +Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta. + +Después se sentó en una mecedora junto a su tocador, en el gabinete, +lejos del lecho por no caer en la tentación de acostarse, y leyó un +cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la +penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a las hojas. Dejó +de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que decían: _Si comió +carne_... + +Mentalmente y como por máquina repetía estas tres voces, que para ella +habían perdido todo significado; las repetía como si fueran de un idioma +desconocido. + +Después, saliendo de no sabía qué pozo negro su pensamiento, atendió a +lo que leía. Dejó el libro sobre el tocador y cruzó las manos sobre las +rodillas. Su abundante cabellera, de un castaño no muy obscuro, caía en +ondas sobre la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por +delante le cubría el regazo; entre los dedos cruzados se habían enredado +algunos cabellos. Sintió un escalofrío y se sorprendió con los dientes +apretados hasta causarle un dolor sordo. Pasó una mano por la frente; se +tomó el pulso, y después se puso los dedos de ambas manos delante de los +ojos. Era aquella su manera de experimentar si se le iba o no la vista. +Quedó tranquila. No era nada. Lo mejor sería no pensar en ello. + +«¡Confesión general!». Sí, esto había dado a entender aquel señor +sacerdote. Aquel libro no servía para tanto. Mejor era acostarse. El +examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde +la víspera. El examen para aquella confesión general podía hacerlo +acostada. Entró en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada. +La separaba del tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de +_satín_ granate. La Regenta dormía en una vulgarísima cama de matrimonio +dorada, con pabellón blanco. Sobre la alfombra, a los pies del lecho, +había una piel de tigre, auténtica. No había más imágenes santas que un +crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera; inclinándose hacia el +lecho parecía mirar a través del tul del pabellón blanco. + +Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias veces entrar +allí. + +--«¡Qué mujer esta Anita! + +»Era limpia, no se podía negar, limpia como el armiño; esto al fin era +un mérito... y una pulla para muchas damas vetustenses». + +Pero añadía Obdulia:--«Fuera de la limpieza y del orden, nada que +revele a la mujer elegante. La piel de tigre, ¿tiene un _cachet_? Ps... +qué sé yo. Me parece un capricho caro y extravagante, poco femenino al +cabo. ¡La cama es un horror! Muy buena para la alcaldesa de Palomares. +¡Una cama de matrimonio! ¡Y qué cama! Una grosería. ¿Y lo demás? Nada. +Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante. +Ni un objeto de arte. Ni un mal _bibelot_; nada de lo que piden el +_confort_ y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el estilo es el +hombre. Dime cómo duermes y te diré quién eres. ¿Y la devoción? Allí la +piedad está representada por un Cristo vulgar colocado de una manera +contraria a las _conveniencias_». + +--«¡Lástima--concluía Obdulia, sin sentir lástima--, que un _bijou_ tan +precioso se guarde en tan miserable joyero!». + +«¡Ah! debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa. +¡Qué sabanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo +aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no +sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas». + +Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y allá en el +fondo del corazón, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta no había +tigres; la viuda no podía exigir a sus amantes esta prueba de cariño. +Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en +tapiz miserable! + +Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien +pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul +con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don +Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez +podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no +habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre, +hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las +manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada, +y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de +la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en +una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni +confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de +distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del +aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había +creído ella que tal abandono fuese materia de confesión. + +Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella +blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana +y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que +corría desde la cintura a las sienes. + +--«¡Confesión general!»--estaba pensando--. Eso es la historia de toda +la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta +mojar la sábana. + +Se acordó de que no había conocido a su madre. + +Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados. + +«Ni madre ni hijos». Esta costumbre de acariciar la sábana con la +mejilla la había conservado desde la niñez.--Una mujer seca, delgada, +fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de +tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada, +después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y +pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora, +acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también. +Aquella blandura de los colchones era todo lo _maternal_ con que ella +podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía +de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían +pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había +tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su +memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo +aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de +acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba +todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a +quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a +levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de +blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana +sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían +oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la +chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un +perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova.--¿Qué +habría sido de él?--. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre +las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el +lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente. +En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de +yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por +buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de +caricias. Era el caso que ella tenía una mamá que le daba todo lo que +quería, que la apretaba contra su pecho y que la dormía cantando cerca +de su oído: + + Sábado, sábado, morena, + cayó el pajarillo en trena + con grillos y con cadenaaa.... + +Y esto otro: + + Estaba la pájara pinta + a la sombra de un verde limón.... + +Estos cantares los oía en una plaza grande a las mujeres del pueblo que +arrullaban a sus hijuelos.... + +Y así se dormía ella también, figurándose que era la almohada el seno de +su madre soñada y que realmente oía aquellas canciones que sonaban +dentro de su cerebro. Poco a poco se había acostumbrado a esto, a no +tener más placeres puros y tiernos que los de su imaginación. + +Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y +le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel +angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a +obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza +interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las +injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban. + +--«¡Vaya una manera de hacer examen de conciencia!»--pensó doña Ana algo +avergonzada. + +Salió descalza de la alcoba, cogió el devocionario que estaba sobre el +tocador y corrió a su lecho. Se acostó, acercó la luz y se puso a leer +con la cabeza hundida en las almohadas. _Si comió carne_, volvieron a +ver sus ojos cargados de sueño; pero pasó adelante. Una, dos, tres +hojas... leía sin saber qué. Por fin, se detuvo en un renglón que decía: + +--«Los parajes por donde anduvo...». + +Aquello lo entendió. Había estado, mientras pasaba hojas y hojas, +pensando, sin saber cómo, en don Álvaro Mesía, presidente del casino de +Vetusta y jefe del partido liberal dinástico; pero al leer: «Los parajes +por donde anduvo», su pensamiento volvió de repente a los tiempos +lejanos. Cuando era niña, pero ya confesaba, siempre que el libro de +examen decía «pase la memoria por los lugares que ha recorrido», se +acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que +había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca +con aquel Germán, su amigo.... ¡Infames! La Regenta sentía rubor y +cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro sobre la mesilla de +noche--otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia--apagó +la luz... y se encontró en la barca de Trébol, a medianoche, al lado de +Germán, un niño rubio de doce años, dos más que ella. Él la abrigaba +solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la +barca. Ella le había rogado que se abrigara él también. Debajo del saco, +como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablado de +la barca, cuyas bandas obscuras les impedían ver la campiña; sólo veían +allá arriba nubes que corrían delante de la cara de la luna. + +--¿Tienes frío?--preguntaba Germán. + +Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría, +detrás de las nubes: + +--¡No!--¿Tienes miedo?--¡Ca!--Somos marido y mujer--decía él. + +--¡Yo soy una mamá! Y oía debajo de su cabeza un rumor dulce que la +arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la corriente. + +Se habían contado muchos cuentos. Él había contado además su historia. +Tenía papá en Colondres y mamá también. + +--¿Cómo era una mamá? + +Germán lo explicaba como podía. + +--¿Dan muchos besos las mamás? + +--Sí.--¿Y cantan?--Sí, yo tengo una hermanita que le cantan. Yo ya soy +grande. + +--¡Y yo soy una mamá! Después venía la historia de ella. Vivía en +Loreto, una aldea, algo lejos de la ría por aquel lado, pero tocando con +el mar por allá arriba, por el arenal. Vivía con una señora que se +llamaba aya y doña Camila. No la quería. Aquella señora aya tenía +criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba besos a doña +Camila, que le pegaba y decía: «Delante de ella no, que es muy +maliciosa». + +Le decían que tenía un papá que la quería mucho y era el que mandaba los +vestidos y el dinero y todo. Pero él no podía venir, porque estaba +matando moros. La castigaban mucho, pero no la pegaban; eran encierros, +ayunos y el castigo peor, el de acostarse temprano. Se escapaba por la +puerta del jardín y corría llorando hacia el mar; quería meterse en un +barco y navegar hasta la tierra de los moros y buscar a su papá. Algún +marinero la encontraba llorando y la acariciaba. Ella le proponía el +viaje, el marinero se reía, le decía que sí, la cogía en los brazos, +pero el pícaro la llevaba a casa del aya y la volvían al encierro. Una +tarde se había escapado por otro camino, pero no encontraba el mar. +Había pasado junto a un molino; un perro le había cerrado el paso al +atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castaño; +Ana se había echado sobre el tronco porque se mareaba viendo el agua +blanca que ladraba debajo como el perro enfrente de ella. El perro había +pasado por encima de Anita; no había querido morderla. Ella entonces, +desde la otra orilla, le llamó y le dijo: + +--Chito, toma, ahí tienes eso. + +Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca +mojado en lágrimas. + +Casi siempre comía el pan de la merienda salado por las lágrimas. Cuando +estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y del +hombre, lloraba de rabia. Había encontrado después del molino un bosque +y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos +llenos de llanto, pero cantaba de miedo. Al salir del bosque había visto +un prado de yerba muy verde y muy alta.... + +--¿Y allí estaba yo, verdad?--gritó Germán. + +--Es verdad.--Y te dije si querías embarcarte en la barca de Trébol, +que el barquero había sido mi criado, y yo era de Colondres, que está al +otro lado de la ría. + +--Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso el +diálogo; pero creía que, en rigor, de lo que se acordaba no era de las +palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la niña había animado +y puesto en forma de novela los sucesos de aquella noche. + +Después se habían dormido. Ya era de día cuando los despertó una voz que +gritaba desde la orilla de Colondres. Era el barquero que veía su barca +en un islote que dejaba el agua en medio de la ría al bajar la marea. El +barquero los riñó mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel +hombre; pero en el camino los halló un criado del aya. Andaban +buscándola por todo el mundo. Creían que se había caído al mar. Doña +Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya +cogió a Anita por un brazo y se lo apretó hasta arrancarle sangre. Pero +ella no lloró. + +Le preguntaron dónde había pasado la noche y no quiso contestar por +temor de que castigaran a Germán si se sabía. La encerraron, no le +dieron de comer aquel día, pero no declaró nada. A la mañana siguiente +el aya hizo llamar al barquero de Trébol. Según aquel hombre, los niños +se habían concertado para pasar juntos una noche en la barca. ¿Quién lo +diría? Ana confesó al cabo que habían dormido juntos, pero que había +sido sin querer. Su propósito había sido hacerse dueños de la barca una +noche, aunque los riñeran en casa, pasar de orilla a orilla ellos solos, +tirando por la cuerda, y después volverse él a Colondres y ella a +Loreto. Pero el agua de la ría se había marchado, la barca tropezó en +el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por más esfuerzos que +habían hecho no habían conseguido moverla. Y se habían acostado y se +habían dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha +se hubieran ido a la tierra del moro, porque Germán sabía el camino por +el mar; ella hubiera buscado a su papá y él hubiera matado muchos moros; +pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron romperla y se acostaron para +contarse cuentos de dormir. + +Lo mismo había referido Germán al barquero, pero no se creyó la +historia. + +¡Qué escándalo! doña Camila cogió a Anita por la garganta y por poco la +ahoga. Después dijo un refrán desvergonzado en que se insultaba a su +madre y a ella, según comprendió mucho más tarde, porque entonces no +entendía aquellas palabras. + +Doña Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardías de la +niña. + +--Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias. + +Anita no entendía y el hombre, el señor del aya, reía a carcajadas. + +Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y +sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a +ella, pero nunca quiso dárselos. + +Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y le preguntó +unas cosas que ella no sabía lo que eran. Más adelante meditando mucho, +acabó por entender algo de aquello. Se la quiso convencer de que había +cometido un gran pecado. La llevaron a la iglesia de la aldea y la +hicieron confesarse. No supo contestar al cura y este declaró al aya que +no servía la niña para el caso todavía, porque por ignorancia o por +malicia, ocultaba sus pecadillos. Los chicos de la calle la miraban +como el hombre que besaba a doña Camila; la cogían por un brazo y +querían llevársela no sabía a dónde. No volvió a salir sin el aya. A +Germán no había vuelto a verle. + +--He escrito a tu papá diciéndole lo que tú eres. En cuanto cumplas los +once años, irás a un colegio de Recoletas. + +Esta amenaza de doña Camila no pasó de amenaza, pero Ana no sentía salir +de Loreto, ir donde quiera. + +Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien +de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los +pecados que la atribuían a ella.... + +Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se +sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha +pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas +bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha +quedó arrugada a los pies. + +Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron, +a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos. + +--«¡Qué vida tan estúpida!»--pensó Ana, pasando a reflexiones de otro +género. + +Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto +de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que se había +impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como poética +misión que explicaba el por qué de la vida. Entonces pensaba: + +--«La monotonía, la insulsez de esta existencia es aparente; mis días +están ocupados por grandes cosas; este sacrificio, esta lucha es más +grande que cualquier aventura del mundo». + +En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión sojuzgada; +protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia y decía:--¡Qué +vida tan estúpida! + +Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se +irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no +compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber +voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro +Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, ni +más ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los +balcones de Rosina: + +_Ecco ridente il ciel..._ La respiración de la Regenta era fuerte, +frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de +fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su +cuerpo ceñido por la manta de colores. + +Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la +aspereza de espíritu que la mortificaba. + +--¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, cantándole.... + +Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don +Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey +Amadeo. + +Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella +imperiosos, imponentes. + +Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la +mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo.... + +_Ya no era mala_, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su +sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una +corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don Álvaro +también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía +más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban +destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y +oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy +espesas... y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y +familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno. +Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana Ozores +depositó un casto beso en la frente del caballero. + +Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al +cuadro disolvente. + +Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el +anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las manos; no veía +bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le +estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí, +estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de +la campanilla, llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió a +empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos precipitados. Al mismo tiempo que +por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi +desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente, +el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la +mano. + +--¿Qué tienes, hija mía?--gritó don Víctor acercándose al lecho. «Era +el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato +nervioso de costumbre; pero los síntomas los de siempre; no veía, le +estallaban chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le +enfriaban las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió +a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se necesitaba, tila y +azahar. + +Don Víctor se tranquilizó. «Estaba acostumbrado al ataque de su querida +esposa; padecía la infeliz, pero no era nada». + +--No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor. + +--Sí, tienes razón; acércate, háblame, siéntate aquí. + +Don Víctor se sentó sobre la cama y _depositó_ un beso paternal en la +frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y +derramó algunas lágrimas. Notadas que fueron las cuales por don Víctor +exclamó este: + +--¿Ves? ya lloras; buena señal. La tormenta de nervios se deshace en +agua; está conjurado el ataque, verás como no sigue. + +En efecto, Ana comenzó a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifestó una +ternura que él le agradeció en lo que valía. Volvió Petra con la tila. + +Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su +traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de +lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al +cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran +encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que +sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes +debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia +azafranada.... + +Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse. Respiró con fuerza; +sintió un bienestar que le llenó el alma de optimismo. + +«¡Qué solícita era Petra! y su Víctor ¡qué bueno!». + +«Y había sido hermoso, no cabía duda. Verdad era que sus cincuenta y +tantos años parecían sesenta; pero sesenta años de una robustez +envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas grises le +daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de general. +No parecía un Regente de Audiencia jubilado, sino un ilustre caudillo en +situación de cuartel». + +Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos +brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala +contigua esperando órdenes. + +Ana se empeñó en que Quintanar--casi siempre le llamaba así--bebiese +aquella poca tila que quedaba en la taza. + +¡Pero si don Víctor no creía en los nervios! ¡Si estaba sereno! Muerto +de sueño, pero tranquilo. + +«No importaba. Era un capricho. No lo conocía él, pero se había +asustado». + +--Que no, hija mía; que te juro.... + +--Que sí, que sí... Don Víctor tomó tila y acto continuo bostezó +enérgicamente. + +--¿Tienes frío?--¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de +amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque--la huerta de +los Ozores--. Entonces sí que haría frío, sobre todo, cuando llegaran al +Montico, él y su querido Frígilis, su Pílades cinegético, como le +llamaba. + +Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita +no dejó a Víctor tan pronto como él quisiera. Estaba muy habladora su +querida mujercita. Le recordó mil episodios de la vida conyugal siempre +tranquila y armoniosa. + +--¿No quisieras tener un hijo, Víctor?--preguntó la esposa apoyando la +cabeza en el pecho del marido. + +--¡Con mil amores!--contestó el ex-regente buscando en su corazón la +fibra del amor paternal. No la encontró; y para figurarse algo parecido +pensó en su reclamo de perdiz, escogidísimo regalo de Frígilis. + +--«Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos horas y media de +descanso, me dejaría volver a la cama». + +Pero la pobrecita lo ignoraba todo, debía ignorarlo. Más de media hora +tardó la Regenta en cansarse de aquella locuacidad nerviosa. ¡Qué de +proyectos! ¡qué de horizontes de color de rosa! Y siempre, siempre +juntos Víctor y ella. + +--¿Verdad?--Sí, hijita mía, sí; pero debes descansar; te exaltas +hablando.... + +--Tienes razón; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir. + +Él se inclinó para besarle la frente, pero ella echándole los brazos al +cuello y hacia atrás la cabeza, recibió en los labios el beso. Don +Víctor se puso un poco encarnado; sintió hervir la sangre. Pero no se +atrevió. Además, antes de tres horas debía estar camino del Montico con +la escopeta al hombro. Si se quedaba con su mujer, adiós cacería.... Y +Frígilis era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar +o llegar tarde a un madrugón por el estilo. + +--«Sálvense los principios»--pensó el cazador. + +--¡Buenas noches, tórtola mía! + +Y se acordó de las que tenía en la pajarera. + +Y después de _depositar_ otro beso, por propia iniciativa, en la frente +de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano; con la +izquierda levantó el cortinaje granate; volviose, saludó a su esposa con +una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas +zapatillas, se restituyó a su habitación que estaba al otro extremo del +caserón de los Ozores. + +Atravesó un gran salón que se llamaba el estrado; anduvo por pasillos +anchos y largos, llegó a una galería de cristales y allí vaciló un +momento. Volvió pies atrás, desanduvo todos los pasillos y discretamente +llamó a una puerta. + +Petra se presentó en el mismo desorden de antes. + +--¿Qué hay? ¿se ha puesto peor? + +--No es eso, muchacha--contestó don Víctor. + +«¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba que estaba casi +desnuda?». + +--Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal de don +Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que tú me llames +si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Tomás.... + +--Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto ladre don Tomás iré a +llamarle. ¿No hay más?--añadió la rubia azafranada, con ojos +provocativos. + +--Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la ligera y hace mucho frío. + +Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y volvió la +espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo +apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella +chica. + +Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió de nuevo +su majestuosa marcha por los pasillos. + +Pero antes de entrar en su cuarto se dijo: + +--«Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente». + +En un extremo de la galería de cristales había una puerta; la empujó +suavemente y entró en la casa-habitación de sus pájaros que dormían el +sueño de los justos. + +Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la +palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera. No había novedad. +Su visita inoportuna no fue notada más que por dos o tres canarios, que +movieron las alas estremeciéndose y ocultaron la cabeza entre la pluma. +Siguió adelante. Las tórtolas también dormían; allí hubo ciertos +murmullos de desaprobación, y don Víctor se alejó por no ser indiscreto. +Se acercó a la jaula «del tordo más filarmónico de la provincia, sin +vanidad». El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, _con los hombros +encogidos_; pero no dormía. Sus ojos se fijaron de un modo impertinente +en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la noche se hubiera estado +el animalejo mira que te mirarás, con aire de desafío, sin bajar la +mirada; «le conocía bien; era muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a +Ripamilán!». Siguió adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje +africana se daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su +jaula chata y la dejó tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz quedó +extasiado. Si algún pensamiento impuro manchara acaso su conciencia poco +antes, la contemplación del reclamo, aquella obra maestra de la +naturaleza, le devolvió toda la elevación de miras y grandeza de +espíritu que convenía al primer ornitólogo y al cazador sin rival de +Vetusta. + +Equilibrado el ánimo, volvió don Víctor al amor de las sábanas. + +En aquella estancia dormían años atrás, en la cama dorada de Anita, él y +ella, amantes esposos. Pero... habían coincidido en una idea. + +A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador; a él le molestaba +ella porque le hacía sacrificarse y madrugar menos de lo que debía, por +no despertarla. Además, los pájaros estaban en una especie de destierro, +muy lejos del amo. Traerlos cerca estando allí Anita sería una crueldad; +no la dejarían dormir la mañana. Pero él ¡con qué deleite hubiera +saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las +tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofónico, +dulce al cazador, de la perdiz huraña! + +No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió a manifestar +el deseo de una separación en cuanto al tálamo--_quo ad thorum_--. Fue +acogida con mal disimulado júbilo la proposición tímida, y el matrimonio +mejor avenido del mundo dividió el lecho. Ella se fue al otro extremo +del caserón, que era caliente porque estaba al Mediodía, y él se quedó +en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la mañana, sin que nadie +interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la aurora y +recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices, +tordos, perdices, tórtolas y canarios. Si algo faltaba antes para la +completa armonía de aquella pareja, ya estaba colmada su felicidad +doméstica, por lo que toca a la concordia. + +Y a este propósito solía decir don Víctor, recordando su magistratura: + +--«La libertad de cada cual se extiende hasta el límite en que empieza +la libertad de los demás; por tener esto en cuenta, he sido siempre +feliz en mi matrimonio». + +Quiso dormir el poco tiempo de que disponía para ello, pero no pudo. En +cuanto se quedaba trasvolado, soñaba que oía los tres ladridos de +Frígilis. + +¡Cosa extraña! Otras veces no le sucedía esto, dormía a pierna suelta y +despertaba en el momento oportuno. + +¡Habría sido la tila! Volvió a encender luz. Cogió el único libro que +tenía sobre la mesa de noche. Era un tomo de mucho bulto. «Calderón de +la Barca» decían unas letras doradas en el lomo. Leyó. + +Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba +especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las +costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y +mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques del +puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones +tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo era, le +llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y +sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había +discurrido como nadie y sin quitar a «El castigo sin venganza» y otros +portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como +«El médico de su honra». + +--Si mi mujer--decía a Frígilis--fuese capaz de caer en liviandad digna +de castigo.... + +--Lo cual es absurdo aun supuesto...--Bien, pero suponiendo ese +absurdo... yo le doy una sangría suelta. + +Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos, +con todo lo demás del argumento. Tampoco le parecía mal lo de prender +fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto adulterio de su mujer. +Si llegara el caso, que claro que no llegaría, él no pensaba prorrumpir +en preciosa tirada de versos, porque ni era poeta ni quería calentarse +al calor de su casa incendiada; pero en todo lo demás había de ser, dado +el caso, no menos rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de +aquella España de mejores días. + +Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que +en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones +fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al +seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento. + +--¡Absurdo! ¡absurdo!--gritaba don Víctor--jamás se hizo cosa por el +estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas. + +--Afortunadamente--añadía calmándose--yo no me veré nunca en el doloroso +trance de escogitar medios para vengar tales agravios; pero juro a Dios +que llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en +décimas calderonianas. + +Y lo pensaba como lo decía. Todas las noches antes de dormir se daba un +atracón de honra a la antigua, como él decía; honra habladora, así con +la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la +espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por +el teatro. Cuando _trabajaba_ como aficionado, había comprendido en los +numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con +tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser +poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar +a nadie; era un espadachín lírico. Pero su mayor habilidad estaba en el +manejo de la pistola; encendía un fósforo con una bala a veinticinco +pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por +el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi +nadie sabía de ella. Lo principal era tener aquella sublime idea del +honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. Él era pacífico; +nunca había pegado a nadie. Las muertes que había firmado como juez, le +habían causado siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que +se creía irresponsable. + +Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver +cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que +pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos. «¡Era +Frígilis!». + +Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente, +desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los +pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la +independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que +ella estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no +continuar el sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una +calumnia capaz de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente. +Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol. +Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de +aquella injusta persecución de la calumnia, más adelante, gracias a +ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado, +que para el mundo no hay más virtud que la ostensible y aparatosa. Su +alma se regocijó contemplando en la fantasía el holocausto del general +respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se le tributaba. En +Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita +la _estúpida existencia_ de antes. Recordaba que la llamaban madre de +los pobres. Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban +buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades, +bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal +vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía.... Aquel mismo don Álvaro +que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la +adoraba sin duda alguna, estaba segura; más de dos años hacía que ella +lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde +Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen. + +Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas semanas +a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo imprudente, él que +era la prudencia misma, y sólo por esto digno de que ella no se irritara +contra su infame intento... pero ya sabría contenerle; sí, ella le +pondría a raya helándole con una mirada.... Y pensando en convertir en +carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego, +se quedó dormida dulcemente. + +En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado del tocador +de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, como si saliera de una +orgía; daba pataditas en el suelo para sacudir el frío y decía a +Frígilis, su amigo.... + +--¡Pobrecita! ¡cuán ajena estará, allá en su tranquilo sueño, de que su +esposo la engaña y sale de casa dos horas antes de lo que ella +piensa!... + +Frígilis sonrió como un filósofo y echó a andar delante. Era un señor ni +alto ni bajo, cuadrado; vestía cazadora de paño pardo; iba tocado con +gorra negra con orejeras y por único abrigo ostentaba una inmensa +bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello. Lo demás todo +era utensilios y atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod. + +Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar hacia el +balcón, lleno de remordimientos. + +--Anda, anda, que es tarde--murmuró Frígilis. + +No había amanecido. + + + + +--IV-- + + +La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el +tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la +ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan +ilustre linaje. + +Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de +Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su +padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama +principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada. + +El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que +heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso +de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas +batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó +duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a +coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas, +cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue +perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas: +prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales +ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo +se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos +amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que +ya no es joven. + +Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con +una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin +cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se +quedó sin ella. + +--«¡Menos mal!»--pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón +de Vetusta. + +Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia. +Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones. + +--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio +desigual. + +--¡Si viviera padre, moriría del disgusto!--decían las solteronas +implacables. + +Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas, +que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista +italiana, su cuñada indigna. + +El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron +en otra carta fría y lacónica: + +«Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo le pedían que +pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta +nobleza». + +El coronel contestó «que por Dios y todos los santos continuasen +viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la +misma finca, que sin ellas se vendría a tierra». Las solteronas, sin +contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio +para que no se derrumbara. + +A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su +hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la +rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente +para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la +suerte de su hija. + +Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la dignidad, si, +como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la +pobreza. Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho +masón, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de +negro y en el gran salón, en el estrado, recibieron a toda la +aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo. + +La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se +dejaba pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se +oía el aleteo de los abanicos. + +--¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclamó el +marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta. + +--¡Qué... loco!--contestó una de las hermanas, doña Anunciación--. Diga +usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así. + +Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se inclinaron +lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello del republicanismo no +necesitaba comentarios. + +Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los +estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de +resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha +excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella +muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía +poco de tranquila. Don Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para +lo cual creyó oportuno pedir la absoluta. + +--«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía en el espíritu de +cuerpo); como particular puedo procurar la salvación del país por los +medios más adecuados». + +No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático, +bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana +biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice. +Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que +se necesitaba para conspirar con progresistas. + +Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de don +Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y +se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se +distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de +libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo en que sólo +se admite lo que uno crea para sí mismo. De todas maneras, era +simpático. + +De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar mucho la +muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos que a él se +le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de +círculo determinado de españoles; procurar el triunfo del sistema +representativo en toda su integridad. Tanto valía entonces esto como +dedicarse a bandolero sin protección, por lo que toca a la necesidad de +vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una niña +sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborrecía. Tomó un aya, +una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no +tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía, +hacía mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en +calidad de católica liberal. Se le había dicho: + +--«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en Inglaterra donde +ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia». + +Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras +de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias. +Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les +gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término +medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser. La hipocresía de +doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues +siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo, +su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria +que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanación. + +Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que +por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de +la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las +conspiraciones cuestan caras al que las paga. + +Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña y el aya +escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le había +recomendado a doña Camila, vendía en una provincia del Norte, limítrofe +de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de +mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio órdenes para que se +vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda +que no había malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca +enajenación la dedicó a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte. +La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas más o menos +auténticos. En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban, +sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la +rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía presumir el +conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él no paraba +mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos que su patria; +pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él +entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba +poco. No era todo desprendimiento; vagamente veía en lontananza un +porvenir de indemnizaciones patrióticas que aunque estaban en el +programa de su partido, a él no le alcanzaron. + +A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los +criados y tras ellos el _hombre_, como llamó siempre la niña al +personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era +Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa de campo. + +El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su difunta esposa +era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía +descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana. +Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre +que se casaba con la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le +trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para +hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, don +Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red amorosa. Por +aquella época era él casi sansimoniano. Emigró Ozores y doña Camila juró +odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas +ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había +conseguido casarse con aquel estuco. Anita pagó por los dos. + +El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la +educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy +especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a +la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de +educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales +concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la madre de Anita tal vez +antes que modista había sido bailarina». + +De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y +preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad +inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra +se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya +aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada +a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno +fueron sus disciplinas. + +Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, se dio a +soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento de perder la +libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban secando al fuego de +la imaginación, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La niña +fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran +una muerte, figurábase vuelos imposibles. + +«Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como +esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba volando por el +azul que veía allá arriba. + +Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la +llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los +pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella +creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa +que centelleaba en su cerebro. + +Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del encierro pensativa, +altanera, callada; seguía soñando; la dieta le daba nueva fuerza para +ello. La heroína de sus novelas de entonces era una madre. A los seis +años había hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro. +Aquel poema estaba compuesto de las lágrimas de sus tristezas de +huérfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oía a los criados y a +los pastores de Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría +sola por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y +acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los +pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el +jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin cogía +yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al +lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la +fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida. A +los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde +el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una +parte. En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro +clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que +no parecía. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían +ser una madre, según la lógica poética de Anita. + +La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la +revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición +fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo padecer antes +de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos ella de todo +corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no +le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les +haría hablar de lo que quisiese. + +Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones fatigosas de ríos y +montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus +pinos altísimos y soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla, +porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. La +historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez de las +lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas concretas, ya no fue +nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas +de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna +desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido, +triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros. + +La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en +la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una +Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le +encontró: Germán, el niño de Colondres. Sin que él sospechara las +aventuras peligrosas en que su amiga le metía, se dejaba querer y acudía +a las citas que ella le daba en la barca de Trébol. + +Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en +el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de +reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso, +hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países remotos que él ni de +nombre conocía. Germán aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a +convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa. +No era eso. La niña quería ir a tierra de moros de verdad, a matar +infieles o a convertirlos, como Germán quisiera. Germán prefería +matarlos; y dicho y hecho se metían en la barca, mientras el barquero +dormía a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes +sudores conseguían un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y +entonces era cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca +navegados. + +Germán gritaba:--¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!... +¡un tiburón!... + +Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras, +muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán +correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado +Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna +desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable +que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la +grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal +índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que +el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con +tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos. + +--«¡Como su madre!--decía a las personas de confianza--. _¡improper! +¡improper!_ ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la +educación contra la naturaleza». + +Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si +cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba +nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila +refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz, +rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la +naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino +se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el +caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía +ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante. + +--Créanlo ustedes--decía el amante de doña Camila--el hombre nace +naturalmente malo, y la mujer lo mismo. + +Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos. + +--«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá». + +Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus +gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo. + +--Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...--decía el +hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo +porvenir. + +--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se +deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no +estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino. + +A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían quince años. «Por +este lado no había dificultad». Doña Camila se creyó obligada en +conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sería un golpe de +muerte. Escribió a las tías de Vetusta. + +«¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores deshonrado! porque al +fin Ozores era la niña, aunque indigna». + +Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don Carlos, porque +el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra _c_ por _b_, +porque ni sabía cómo había sido, ni era decente referir a un padre tales +escándalos, ni una señorita, una soltera, aunque tuviese más de cuarenta +años, podía descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos +nada más que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la +niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba +en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no +podía restituirse a la patria, como él decía. + +Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió desengañado. +Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí vivían parte del año +los tres juntos, pero el verano y el otoño los pasaban en la quinta de +Loreto. + +La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza +virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante +absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba +de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía +esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al +principio la calumnia habíale hecho poco daño, era una de tantas +injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu +una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma +que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones +obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban, +y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de +esta mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo en qué +consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender +que su aventura de la barca de Trébol había sido una vergüenza, su +ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia +perdió el último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella +edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo +distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido +culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal +cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas +culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era +la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres +opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de +su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los +impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse +al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le +impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer +traición nunca. + +Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. No le satisfizo +aquel carácter. + +¿No se le había dicho que la niña era un peligro para el honor de los +Ozores? Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y +reservada, de una prudencia exagerada para sus años. Ya le pesaba de +haber entregado su hija a la gazmoñería inglesa que, según él, no +servía para la raza latina. Volvía de la emigración muy latino. +Afortunadamente allí estaba él para corregir aquella educación viciosa. +Despidió a doña Camila y se encargó de la instrucción de su hija. En el +extranjero se había hecho don Carlos más filósofo y menos político. Para +España no había salvación. Era un pueblo gastado. América se tragaba a +Europa, además. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían +de los Estados Unidos. + +--«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que +sólo entendemos de tomar el sol». + +Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la +decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates. +Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y los amigos, nuevos, por +supuesto. + +Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, al tomar café, la +divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demócrata. Otros decían +que era un símbolo del sol y los apóstoles las constelaciones del +Zodiaco. + +Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la +susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué +tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su +padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo +papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá +que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el +telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar, +y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos +religiosos. + +Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de +las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del +mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; pero +no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella. +Así como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasía para huir de +la prosaica y necia persecución de doña Camila, ya adolescente se +encerraba también dentro de su cerebro para compensar las humillaciones +y tristezas que sufría su espíritu. No osaba ya oponer los impulsos +propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a +sus solas se desquitaba. El enemigo era más fuerte, pero a ella le +quedaba aquel reducto inexpugnable. + +Nunca le habían enseñado la religión como un sentimiento que consuela; +doña Camila entendía el Cristianismo como la Geografía o el arte de +coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad +doméstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús +procuró explicársela con un beso de madre. María Santísima era la Madre +de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del campo diciendo que +la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en el río los pañales del +Niño Jesús, doña Camila, indignada, exclamó: + +--_¡Improper!_ ¿quién le inculcará a esta chiquilla estas sandeces del +vulgo? + +En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila; +precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación era como la +lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, en virtud de la Mitología +comparada, encontraba en la religión de los indios dogmas parecidos. + +Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en +cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos. + +Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que +ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo. +¿Por qué no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la +educación _omnilateral_ y _armónica_, como la entendía él. + +--Yo quiero--concluía--que mi hija sepa el bien y el mal para que +libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito tendrán sus obras? + +Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, don +Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el ejercicio. + +De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se +trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía +leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por +Italia. + +--¡El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi +hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las +bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos. ¡Ya no +hay desnudo! Y suspiraba. + +La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de +Israel. + +--_¡Honni soit qui mal y pense!_--repetía don Carlos; y lo otro de: _Oh, +procul, procul estote prophani_. + +Y no tomaba más precauciones. + +Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte +antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su +fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel +inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos. + +La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había +soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas +aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa. + +También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con +la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con +cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia +ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de +abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había +originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba +todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto +hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún +placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y +de inocencia, en que la habían sumergido las calumnias del aya y los +groseros comentarios del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para +todo lo que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado +sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se aparta del +fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba como si fuera un +polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de la niñez; aquella +amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era +huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su +espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más +amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores; +estos caballeros debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y +mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía +amigas. Además don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si +no tuviera sexo. Era aquella una educación neutra. A pesar de que +Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada +vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante, +en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como +un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar +Anita. A su madre la había querido mucho, le había besado los pies +desnudos durante la luna de miel, que había sido exagerada; pero poco a +poco, sin querer, había visto él también en ella a la antigua modista, y +la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que +fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la +Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos +libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez +pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta +especie de varones, aunque parece rara, abunda más de lo que pudiera +creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que +habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto +hacían; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna +palmera del Mediodía. + +Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como mujer, +no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña +Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella +turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban +chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento; Anita iba a +transformarse en mujer cuando parecía muy lejos aún de esta crisis; +estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran ingratos: a los diez +tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos +menos. Como todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a +los filósofos, don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo +y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica. + +--«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la vida», según él, y +no se le ocurrió buscar trabajo; no quería trabajar más. Prefirió +retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que +se lo pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría mucho en +Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el +Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que +vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le +caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían llevarla a paseo, a una +tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza +en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran +cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus +teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis +meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su +antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia +subsiguiente. Pero de cuantos podrían recordarle aquella _vergüenza_, +sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don +Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger +los frutos. + +Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer +economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero +la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser +trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila. Otros años se +llevaba a la aldea algún cajón de libros; esta vez se mandó con el +maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos. + +Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por +dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la +quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles el +polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por don Carlos. + +Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una +de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el +libro cuando leyó en el lomo: _Confesiones de San Agustín_. + +¿Qué hacía allí San Agustín? + +Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni de +curas, ni de _neos_, como él decía. Pero San Agustín era una de las +pocas excepciones. Le consideraba como filósofo. + +Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro +inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un pagano libertino, a +quien habían convertido voces del cielo por influencia de las lágrimas +de su madre Santa Mónica. No sabía más. Dejó caer el plumero con que +sacudía el polvo; y en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña +y rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don Carlos no +estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; fue a la +huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las +sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban sobre las hojas +del libro, blancas y negras y brillantes; se oía cerca, detrás, el +murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corría despacio +calentándose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos +álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que +brillaban como lanzas de acero. + +Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página, +ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo. +Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor, +lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien +había hecho ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos +estudiantes le habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su +única aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. El santo +decía que los niños son por instinto malos, que su perversión innata +hace gozar y reír a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el +egoísmo, la ira, la vanidad los impulsan. + +--«Es verdad, es verdad»--pensaba ella arrepentida. + +Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de su corazón iba a +llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo +porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y necedades ¿iba a terminar? +Como si fuera un estallido, sintió dentro de la cabeza un «sí» tremendo +que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto +mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella +voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo +refiere que paseándose él también por un jardín oyó una voz que le decía +«_Tole, lege_» y que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la +Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y +en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó +erizados muchos segundos. + +Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo.... +Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente +que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las +lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista. + +Y lloró sobre las _Confesiones de San Agustín_, como sobre el seno de +una madre. Su alma se hacía mujer en aquel momento. + +Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos capítulos que no +entendía. + +De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo de Loreto y +varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, que prodigaba el +arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía que pensar a +solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El capellán quería +dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las +noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera. + +Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de +gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta, +soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles. Pensaba en +San Agustín; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro, +recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de +palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un +delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo con recordar la dulzura +de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a +oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía +amar al universo entero en aquel obispo. + +En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una +importación de la Bactriana. + +No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus +disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos, +porque contaba con la ignorancia del concurso. + +El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así le parecía el más +ridículo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de allí el +cristianismo. + +Y muerto de risa decía:--Pero hombre, buena _Batrania_ te dé Dios; +¿dónde ha leído eso el señor Ozores? + +«El capellán no era un San Agustín--pensaba Anita--; no, porque San +Agustín no bebería sidra ni refutaría tan mal argumentos como los de su +padre. No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba; decía grandes +verdades sin saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a +los maniqueos. + +--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer +en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco. + +«¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que +también había creído errores así. Pero su padre llegaría a convertirse; +como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios +y en el santo obispo de Hiponax». + +Después, buscando en la biblioteca, halló el _Genio del Cristianismo_, +que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le +pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los +argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y +con ella el albedrío. + +--«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según don Carlos. Él +tenía sus obras porque el estilo no era malo».--Se hablaba muy mal de +Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después leyó Ana _Los +Mártires_. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía +pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a +Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro? +Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él? + +Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que +hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del _Parnaso +Español_ estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más eran versos +pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor +impresión que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de +León comenzaban así: + + Si quieres, como algún día, + alabar rubios cabellos, + alaba los de María, + más dorados y más bellos + que el sol claro al mediodía. + +El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los de +María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco versos +despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el _sentimiento +de la Virgen_, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue su +locura de amor religioso. + +María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los +afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La +devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de +Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo +en mujer. El Ave María y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido. +Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quería más, quería inventar +ella misma oraciones. + +Don Carlos tenía también el _Cantar de los cantares_, en la versión +poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para +Anita. + +--A mí no me la dan--decía don Carlos guiñando un ojo--; esta _amada_ +podrá ser la Iglesia, pero... yo no me fío... no me fío.... + +Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus +semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba de +más. + +Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita +para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos +solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía a pico sobre +el mar. + +Versos _a lo San Juan_, como se decía ella, le salían a borbotones del +alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba +con la Virgen de aquella manera. + +Notaba Anita, excitada, nerviosa--y sentía un dolor extraño en la cabeza +al notarlo--una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y +aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte. + +Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que +ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas, +y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca +aguda. + +Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre +quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de +empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos +que ella conocía bien; era _una obra_ que días antes había imaginado, +una colección de poesías «A la Virgen». + +Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía al monte de los +tomillares por la puerta del jardín; por allí no podía verla nadie, y al +monte no se subía más que a buscar leña. + +Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta era ardua, +el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían a +pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que +llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la izquierda los +tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos +entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible +del océano. Ana subía a paso largo. El esfuerzo que exigía la cuesta la +excitaba; se sentía calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre +heladas, brotaba fuego, como en lejanos días. Subía con una ansiedad +apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba. + +Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de repente nuevo +panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oía +sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico, +más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una +fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de +placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En +los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de montañas que +parecían escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se +confundían, y se mandaban reflejados sus colores. En lo más alto de +aquel _cumulus_ de piedra azulada Ana divisó un punto; sabía que era un +santuario. Allí estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del +ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola +a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del +sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en +la sombra del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre las +aguas. + +Al fin llegó Ana a la _hondonada de los pinos_. Era una cañada entre dos +lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos +del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su +fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un pájaro, que a la +niña se le antojó ruiseñor, cantaba escondido en los arbustos de la loma +de poniente. Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco. Se +creía en el desierto. No había allí ruido que recordara al hombre. El +mar, que ya no veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; los +pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. Estaba segura de +su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y +escribió con lápiz en la primera página: «A la Virgen». + +Meditó, esperando la inspiración sagrada. + +Antes de escribir dejó hablar al pensamiento. + +Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, dentro del +alma, la primera estancia. Siguió el lápiz corriendo sobre el papel, +pero siempre el alma iba más deprisa; los versos engendraban los versos, +como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban +enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y +perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado. + +Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, tuvo la mano +que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía escribir; los +ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas. +Sentía latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que +apretaba. + +Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en la cañada; +calló el supuesto ruiseñor, y los versos de Ana, recitados como una +oración entre lágrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias +del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia +voz la entusiasmó, sintió escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron +sus rodillas, apoyó la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó +un momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo +sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados +cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza despavorida... no +tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía... y con los ojos +abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral +y pasar sobre su frente. + + + + +--V-- + + +La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete +años sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran +molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de +diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La +acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por +su condición y sus años, y una antigua criada de los Ozores. + +Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, sin ningún +sacramento. El médico decía que algún derrame, algún vaso.... +Materialismo puro. Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin +palo ni piedra. Esto no impidió que durante el viaje manifestase la +señorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado +por la resignación cristiana. + +«Ana, la hija de la modista, había caído en cama; estaba sola, en poder +de criados; no había más remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte +concluían las diferencias de familia». + +--«Muerto el perro se acabó la rabia»,--había dicho uno de los nobles de +Vetusta. + +Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte. +Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho el médico; la +enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la +edad; propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la +claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano podía +oírlo todo, pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis. +«El desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa metamorfosis», «la +crisálida que se rompe», todo eso estaba bien; pero el médico añadía +unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros. + +--«¡Qué gentes trataba mi hermano!»--decía poniendo los ojos en blanco. + +Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña, +huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje +de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre +de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogió la +catástrofe. Su enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se +explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que la afligió al +principio. No lloraba; pasaba el día temblando de frío en una +somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sintió un egoísmo +horrible lleno de remordimientos. Más que la muerte de su padre le dolía +entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareció; se +sintió esclava de los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio, +ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo. +Sabía que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había +vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el +último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había servido +para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba +hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En manos del +filósofo no había hecho más que ir perdiendo. + +--«Es decir, que estoy casi en la miseria». + +Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda irrisoria, +poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía quien le explicase +cómo y dónde se pedían. Estaba sola, completamente sola; ¿qué iba a ser +de ella? Los amigos del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más +que discutir. El capellán no apareció por allí; la muerte repentina de +don Carlos olía un poco a azufre. + +Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana quiso +levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La +noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de +frío. Había querido escribir a sus tías de Vetusta y no había podido +coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografía. + +Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el +mal pudo más, la rindió. El médico habló de fiebre, de grandes cuidados +necesarios; le hizo preguntas a que ella no sabía ni quería contestar. +Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tenía con quien +entenderse; añadió pestes de la incuria de los criados. + +--«La dejarán a usted morir, hija mía». + +Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; llorando y con +las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su +padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas +cristianas. + +Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del caserón. +Comprendían que valía más, mucho más de lo que habían pagado por él, +abusando de la situación apurada de don Carlos, que además era un +aturdido en materia de intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de +los Ozores!--«Por no ser víctima de una mixtificación». + +Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la +desventurada hija del hermano de sus pecados. + +Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio +que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La quinta que ellas habían +imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de +aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas +utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar +con lo que ella valía. Estaba fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse +el infeliz ateo. ¡Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra! +Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho. + +Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién no +tiene su cruz? + +Ana tardó un mes en dejar el lecho. + +Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había sociedad; y el +viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los consejos del +mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos más +transparentes. + +En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en su +convalecencia», según el médico de la casa, que era comedido y no +llamaba las cosas por su nombre. + +El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo. + +Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio +que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana +hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la +vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su conducta. + +En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni +contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo +lo que le daban, y si se le preguntaba: + +--¿Cómo estás, Anita? + +--Algo mejor, señora--contestaba la joven siempre que podía. + +Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a +veces no oía siquiera. + +Durante la nueva convalecencia no fue impertinente. + +No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos. + +En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían naturalmente +las señoritas de Ozores, no se hablaba más que de la abnegación de estas +santas mujeres. + +Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía +con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana: + +--Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula filantropía +moderna. Las señoritas de Ozores están llevando a cabo una obra de +caridad que, si quisiéramos analizarla detenidamente, nos daría por +resultado una larga serie de buenas acciones. No sólo se trata de echar +sobre sí la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar, +a una persona que las sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga +que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa +joven representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una +abdicación de su señor padre.... + +--Una abdicación abominable--se atrevió a decir un barón tronado. + +--Abominable--añadió Glocester inclinándose--. Representa una alianza +nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló +en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... según todos +sabemos, representa esa niña la poco meticulosa moralidad de su madre, +de su infausta.... + +--Sí, señor--interrumpió la marquesa de Vegallana, que no toleraba los +discursos de Glocester--; sí señor, su madre era una perdida, corriente; +pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías; es muy dócil y muy +callada. + +--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura debilidad. + +Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que asistía a +Anita. + +Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don Carlos +como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría para +nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería considerada +como sobrina de quien tantos elogios merecía. + +Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda al saber por el +médico esta resolución de la nobleza vetustense. + +Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de +trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la +sobrina estaba al otro extremo de la casa. + +Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste caserón +de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al +Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistían a todas +las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradías, y a todas las +tertulias de buen tono. Comían dos o tres veces por semana fuera de +casa. Lo más del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la +ocupación a que daban más importancia entre todas las de su atareada +existencia. No pagar una visita _de clase_, les parecía el mayor crimen +que se podía cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión, +porque éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su +corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido +incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de Vegallana, +María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas +hubieran asistido a la tertulia. + +La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por que se +gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía celeste. + +Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían +probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la sobrinita? Esta era la +cuestión. Las miradas de doña Águeda, algo más gruesa, más joven y más +bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se +clavaban en Anita al darle un caldo. + +La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme +con todo. Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado. +La niña no acababa de sanar, ni recaía; no se presentaba ninguna +solución. Además, así no se podía conocer su verdadero carácter. Aquella +sumisión absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo +que eso era. + +Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar que +estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos +hermanas de un asunto muy importante. + +--Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?--decía doña Anuncia. + +--¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa? + +--¿Qué es?--Si esa chica...--Si aquella vergüenza...--¡Eso!--¿Te +acuerdas de la carta del aya? + +--Como que yo la conservo.--Tenía la chiquilla doce o catorce años, +¿verdad? + +--Algo menos, pero peor todavía. + +--Y tú crees... que...--¡Bah! Pues claro.--¿Si será una Obdulita? + +--O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con +aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos? + +--Todo era inocencia--decían los bobalicones de aquí. + +--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes +(juntando y separando los dedos.) + +--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme... +--¡Si sabrá una!...--¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año +pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...--¡A mí, +que soy tambor de marina! + +--¡Si sabrá una!--¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de +Ozores. Suspiró su hermana también. + +Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de él a las +primeras palabras de aquella conversación. Pálida como una muerta, con +dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó +todo el diálogo de sus tías. + +No hablaban a solas como delante de los señores _de clase_; no eran +prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña Anuncia +decía palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La +conversación tardó en volver al pecado de Ana, a la vergüenza de que les +hablaba la carta de doña Camila. La huérfana oía, desde su alcoba, +historias que sublevaban su pudor, que le enseñaban mil desnudeces que +no había visto en los libros de Mitología. Pero aquellas mujeres ya se +habían olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que +se escapaba por el balcón en compañía de su novio, la misma marquesa de +Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de +clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en aquella venganza +solitaria de las dos señoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de +flaquezas, de escándalos, ¿quién recordaba ya la aventura, poco conocida +al cabo, de la sobrinilla enferma? + +Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según ellas, +se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia o de la +precocidad de la niña. Se discutió, como en el casino de Loreto, la +verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiológico. Hablaron +aquellas señoritas como dos comadronas matriculadas. ¡Qué riqueza de +datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la +boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana +que estaba a los pies de su butaca. + +«En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta +nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella muchacha hubiera +seguido con vida tan disoluta. Pero no había motivo para creerlo. Nada +más habían sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se había de ver». + +Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió que +sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en +adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo eran +ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más. + +Había habido algunos minutos de silencio. + +Doña Águeda lo rompió diciendo: + +--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa. + +--Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco desarrollada.... + +--Eso no importa; así fuí yo, y después que...--Ana sintió brasas en las +mejillas--empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de +manteca. + +Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose del rollo que había sido. + +Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos amores +románticos rabiosos. De aquellos amores le habían quedado varias +canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma +acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo: + + Esa luna que brilla en el cielo + melancólicamente me inspira: + es el último son de mi lira + que por última vez resonó. + +Se trataba de un condenado a muerte. + +El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con +un amante; pero una vez que el siglo estaba _metalizado_ y las muchachas +no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura +de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los +Ozores, pues lo traían de raza. Sí, era preciso darle bien de comer, +engordarla. Después se le buscaba un novio. Empresa difícil, pero no +imposible. En un noble no había que pensar. Estos eran muy finos, muy +galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las +hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una +dolorosa experiencia. Los chicos _innobles_, que pudiera decirse, de +Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera +apencar--apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza--, con +algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar +a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un +americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían más, +confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por consiguiente un +americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase. + +Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto. + +La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó en +procurar cuanto antes la salud. + +Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno, +ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. A no haber oído +aquella conversación de las tías, la pobre huérfana no se hubiera +atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso +de aquella carga: ella. Pero ya sabía a qué atenerse. Querían engordarla +como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque +costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados. + +La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la +voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quería +poder librar pronto a sus tías de su presencia. El cuidarse mucho, el +alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo. El estado de su +ánimo no contradecía estos propósitos. + +Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído revelación +providencial de una vocación verdadera, habían desaparecido. Ellos +determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero +al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traía. + +En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el +delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, los +enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas veces y +de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe suya era +demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo en qué; su desgracia +más grande, la muerte de su padre, no había tenido consuelo tan fuerte +como ella lo esperaba en la piedad que había creído tan firme y tan +honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que +sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo +la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para +remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento +que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de su abandono, que fue +el sentimiento que venció a todos, no lo curaba la fe. + +--«La Virgen está conmigo»--pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y +acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza +las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevenía un ataque +nervioso, sentía la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del +abandono sordo y mudo, y entonces las imágenes místicas no acudían. +Hacía falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien no +conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su presencia, creyó +firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia. + +Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que +tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías +sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por +ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al fin +era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y al +contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que +lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del +Niño Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión serena +examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan +profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza +artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de +Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran religiosos? ¿O era que en +la vanidad, en el egoísmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De +todas suertes ella padecía mucho. Se le figuraba que toda la vida se le +había subido a la cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el +cerebro un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar +sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado, +exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó envidiar a los +animales, a las plantas, a las piedras. + +En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta +actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después de +comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que +unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más +despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba tantos héroes y +heroínas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantásticos, sus +sentimientos menos alambicados, y se complacía en describir su belleza +exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan +todas las aventuras en batallas o en escenas de amor. + +Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el +alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías le permitían levantarse +tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no +estaba ya en aquel caserón de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la +tierra; estaba flotando en el aire, no sabía dónde. Ella se dejaba +columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar aéreo de sus +ensueños.... Y mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas, +ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias +purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas +ideales de sus visiones turgentes. + +Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas +o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de +cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del +hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se +despedía de la señora de sus pensamientos diciendo: + +--«Adiosito. Ahorita vuelvo»,--con un balanceo de hamaca en los +diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza ella y las tías. + +Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el empirismo del arte, y +además lo profesaba por principios. Sabía de memoria «_El Cocinero +Europeo_», un libro que contiene el arte de confeccionar todos los +platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, española y otras. +Pero salía por un ojo de la cara el guisar como el _Europeo_, según doña +Águeda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la +aristocracia, ella dirigía las operaciones en la cocina del marqués de +Vegallana y entonces recurría al _Europeo_. En su casa había muy poco +dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores. +Maravillas y primores de la cocina casera comió Anita en cuanto el +estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda con unos ojos dulzones, +inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a +la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores. +Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la +cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su +vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos +llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la +sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su obra se +dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato. + +Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo +mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático +de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y +de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus +sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doña Anuncia +y la ayudaba a regatear. + +La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para +pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo +al mundo. + +--Si ustedes la vieran--decía--está desconocida; se la ve engordar. +Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella +Águeda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cómo +guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la niña. En casa no entendemos la +caridad a medias. Todos los días se ve recoger a un pariente pobre, +¿para qué? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un +mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de +otro modo. En fin, ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya +verán ustedes. + +En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver engordar a +la niña. + +El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria +belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido +milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía +orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo +aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases. +Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder +de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había +recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era +hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media +era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella +hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del +pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la +catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de +Ozores. Eran las tres maravillas de la población. + +Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido +la admiración que el mundo tributó a su Minerva. + +--¡Es una estatua griega!--había dicho la marquesa de Vegallana, que se +figuraba las estatuas griegas según la idea que le había dado un +adorador suyo, amante de las formas abultadas. + +--¡Es la Venus _del Nilo_!--decía con embeleso un pollastre llamado +Ronzal, alias el Estudiante. + +--Más bien que la de Milo la de Médicis--rectificaba el joven y ya sabio +Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos. + +--¡Es _un_ Fidias!--exclamaba el marqués de Vegallana, que había viajado +y recordaba que se decía: «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc., +tratándose de cuadros. + +Y Bermúdez se atrevía a rectificar también: + +--En mi opinión más parece de Praxíteles. + +El marqués se encogía de hombros. + +--Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían juzgar mejor, porque +muchas de ellas habían conseguido ver a Anita como se ven las estatuas. +No sabían si era _un_ Fidias o _un_ Praxíteles, pero sí que era una real +moza; un _bijou_, decía la baronesa tronada que había estado ocho días +en la Exposición de París. + +Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en _la clase_, +en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la +modista italiana.--Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden +expresa de las tías--. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo +del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba +con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la +caballeriza y hasta la casa de un potentado. + +Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para +ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a +los vestidos, y creían que las proporciones--los novios +aceptables--harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en +los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a _la sobrina_ +adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos +más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se +casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que +prohibir a su novio formal--el futuro esposo--_hacer el amor_ a la +huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba, +pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad. +Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos +buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres +buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india, +como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano +plebeyo, un _vespucio_--como también los apellidaban--pagaba caro el +placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo +menos. + +El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había +modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se +casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un +ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener +advertida a la niña. + +--En el gran mundo de Vetusta--decía doña Anuncia--es preciso un ten +con ten muy difícil de aprender. + +Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco +embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo +todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en +que era indispensable dar instrucciones a la chica. + +Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y +menos estas, tratándose de los gustos y predilecciones de sus tías; pero +una noche no pudo menos de expresar su opinión al volver sola de la +tertulia íntima de Vegallana. + +--¿Te has divertido mucho?--preguntó doña Anuncia, que se había quedado +en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletín de _Las +Novedades_. (Era liberal en materia de folletines.) + +--No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá sin alguna +de ustedes. Cuando voy sola.... + +--¿Qué?--exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero +de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra +la tertulia de su predilección. + +--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos. + +No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería +más claridad y replicó: + +--¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco +fina la sociedad de Vetusta? + +Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había +disgustado. + +--No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se +figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña.... + +--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les +consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero. + +--Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una +cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse +tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por +todo. Tú eres de la clase. + +--Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero +tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas.... + +--¡No me toques a las hijas del marqués!--gritó la tía, poniéndose en +pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra. + +--«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». Cada vez que faltaba a su +propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de +remordimiento, como el del artista que se equivoca. + +Entró doña Águeda. Había oído la conversación desde el gabinete. Las dos +hermanas se miraron. Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con +ten. + +--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; tú eres una +niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna +experiencia, por lo que se observa. + +--Eso es; por lo que observamos en los demás. + +--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es +necesario... un ten con ten especial. + +--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. Tú +habrás notado que en público los de la clase jamás faltan a la más +estricta y meticulosa... eso, decencia. + +--Que es lo principal--dijo doña Anuncia, como quien recita el decálogo. + +--Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al +vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse +en lo más mínimo.... Pero en el trato íntimo, el que no es más que de la +clase, ya es otra cosa. + +--Otra cosa muy distinta--dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella, +por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten. + +--Como todos somos parientes--continuó--de cerca o de lejos, nos +tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni +porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la +hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo de +pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni +aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni +escandalizarte, ni darte por ofendida. + +--De ninguna manera--apoyó doña Águeda. + +--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu +inocencia te sirve para tolerar todo eso. + +--Así hacen Pilar, Emma y Lola. + +--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar.... + +--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama +mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la +juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes; +déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores +formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo. +Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna +cosa.... + +--Es una falta de educación entre la clase.... + +--Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de +ellos.... + +--Ni gana, tía--dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de +haberlo dicho. + +Doña Águeda sonrió. + +--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclamó doña Anuncia, puesta en +pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo. + +--Eres muy orgullosa--añadió. + +--Déjala; el que no se consuela.... + +--Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides +lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la +marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una +impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te +alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no +menos elogios del público que tu palmito y buen talle. + +--Sí, hija mía--interrumpió doña Águeda--. Es necesario sacar partido +de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas. + +Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se +figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana +trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella +hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana +era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como +pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la +esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de +esbelta, porque era delgada. + +Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón, +que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la +figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la +chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas +señoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían +en la sombra un embrión de aquelarre. + +Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les +gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que +no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre +concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la +observación en cabeza ajena. + +--Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo manifestamos nunca afición al +matrimonio. + +Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten. + +Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doña +Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió la deliciosa +pereza que era casi el único placer en aquella vida. Como entonces ya no +había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa +desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para +gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de +las sábanas. + +Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban +los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían; +pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían +su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos +labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel +perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda +Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba +exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era +verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos, +con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de +Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso estaba en un +porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado +hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba, +entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no +vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación +aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de +que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior +de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba +debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban +más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella +carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más +solemnemente las viejas. + +Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida +trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera +decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento. + +Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la +autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel +misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la +falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo +defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este +el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se +le había cortado de raíz. + +Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno +de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si +hubiera visto un _rewólver_, una baraja o una botella de aguardiente. +Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. +Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas +solteronas. «¡Una Ozores literata!». + +--«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en +efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su +célebre carta». + +El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la +aristocracia y del cabildo. + +El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido, +declaró que los versos eran libres. + +Doña Anuncia se volvía loca de ira. + +--¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina.... + +--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no +tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos +no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna +literata que fuese mujer de bien. + +Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido +por una poetisa traductora de folletines. + +El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso +buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba. + +--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan, +aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben +ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran. + +La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular +deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella +lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en +literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería +las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría +ella lo que era el mundo! En cuanto a la _sobrinita_, era indudable que +había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para +ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido +a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y +recordaba unas _Aventuras de una cortesana_, que había ella proyectado +allá en sus verdores, ricos de experiencia. + +Tan general y viva fue la protesta del _gran mundo_ de Vetusta contra +los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y +engañada por la vanidad. + +A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, +volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el +papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del +delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales +disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus +penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma +no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba +en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles. + +Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en +Ana, aprovecharon este flaco para _ponerla en berlina_ delante de los +hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién--pero se creía que +Obdulia--había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los +jóvenes desairados _Jorge Sandio_. + +Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún +se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas. +Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera +descubierto. + +--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--decía el +baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla. + +--¿Y quién se casa con una literata?--decía Vegallana sin mala +intención--. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que +yo. + +La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un +idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!»--pensaba satisfecha de lo +pasado. + +--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--añadía el afeminado +baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:--Pues +hijo mío, serán ustedes un matrimonio _sans-culotte_. + +Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la +opinión: la literata era un absurdo viviente. + +--«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no +escribiría más». Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y +desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos +aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su hermosura, pero +como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a +los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para ella eran +incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes, +cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula en cuanto se +refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que vivía; para +tales materias prefería las advertencias de doña Anuncia al propio +criterio. Al principio se le había figurado que ella, con un poco de +arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos +que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le +pareció una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató +de ensayar sus recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas +interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y miraba +a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: en +efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le antojaban de papel +marquilla. + +Los _pollos_ de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una +excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era una virtud +efectiva. + +--«¡Qué diablo, alguna había de haber!». Los seductores de la clase +media que anhelaban siempre _meter la cabeza_ en la aristocracia, +declararon lo mismo: «Ana era invulnerable». + +--Esperará algún príncipe ruso--decía Alvarito Mesía, que vivía entre +plebeyos y nobles. Alvarito no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos +tienes». Eran dos orgullos paralelos. + +Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya +en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los +mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta. + +La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con +sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. Álvaro las +vio y saludó desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de +Mesía. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto +bien. + +--«Buenos ojos--pensó el Tenorio--no sabía yo a lo que saben, hasta +ahora». + +Y continuó:--«Esa será una de las primeras». + +Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en +medio los ojos de _la sobrina_. + +La _sobrina_ también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y +ceja. + +Y pensaba:--«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no +era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con +elegancia... el menos tonto sin duda». + +El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos: + +--«Se ha ido el menos tonto». + +Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en +cuanto llegó a Madrid.--«¡Oh! el convento, el convento; ese era su +recurso más natural y decoroso. El convento o el americano». + +El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como +quien oye llover. + +--¡Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la +iglesia--. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita. +Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones +improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas +escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con +plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo +para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te +hablaré del asunto. Aquí sería una profanación. + +El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven +para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la +señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor +Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana +suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción, +hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia +sabía algo, impondría al novio sin más examen. + +--«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazón; +Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña gallardamente en su comedia +inmortal: _El sí de las niñas_». + +Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio +soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas, +en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada +de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas +las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y +un caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de las +pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él prendas +morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría expansiva, +y la despreocupación en materias supersticiosas. + +El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía a +saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no +estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simpático. + +«Era _un forastero_, palabra de sentido especial en Vetusta, para las +señoritas de Ozores, que no le habían visto aún en ninguna casa _de las +suyas_». + +--Es un magistrado--les había dicho Crespo un día--; un aragonés muy +cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de +comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro +antiguo es lo que hay que ver. + +Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les preparaba a +escondidas. + +Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin +encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera +de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado. +Las acompañaron aquellos señores durante el paseo y hasta dejarlas en el +sombrío portal del caserón de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don +Víctor. Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, y al +día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó a las nobles damas. +Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció muy simpático. + +La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le +pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las +preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas. + +Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba +que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella +quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta +era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta, +inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello +era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se +reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueños. + +Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía a medias +palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no hubieran entendido en +tomos como casas. + +A don Tomás le llamaban _Frígilis_, porque si se le refería un desliz de +los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de +moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia, +sino por filosofía, y exclamaba sonriendo: + +--¿Qué quieren ustedes? Somos _frígilis_; como decía el otro. + +_Frígilis_ quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la +fragilidad humana. + +Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la +adaptación al medio. Pero de esto ya se hablará en su día. Ocho años más +adelante brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo +todo. + +Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había +adivinado en Anita tesoros espirituales. + +--Mire usted, don Víctor--le decía a su amigo--esa niña merece un rey, y +por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted, v. gr. +Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las +minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es +el arbolado. + +--Deje usted la flora, don Tomás. + +--Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es una mujer de primer +orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho +un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese +caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para mí un alma buena +no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud. + +--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía usted que +la niña.... + +--¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí no hay que ponerme +motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo creo en la bondad +que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las +raíces... pues es lo mismo, el alma.... + +Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor +muchacha de Vetusta. + +Crespo, según él dijo, tomó un día por su cuenta a la joven para +recomendarle al señor Quintanar. + +«Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y pico eran como +los de los árboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud. +Más viejo es un perro de diez años que un cuervo de ciento, si es cierto +que los cuervos duran siglos». + +Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el trato de +Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones +que había impuesto a don Cayetano; no sabrían nada las tías. Don Víctor +aceptó aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--decía +Frígilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará +más pronto... ya verá usted como pica.... + +Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar. + +«Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas». + +No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo +declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de +Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como +Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso. + +Pero a solas se decía Anita:--«¿No es una temeridad casarse sin amor? +¿No decían que su vocación religiosa era falsa, que ella no servía para +esposa de Jesús porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don +Víctor, tampoco debía casarse con él». + +Consultado Ripamilán, contestó: + +--«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el +Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No confesaba Anita que le +agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día le encontraría más gracia. +Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada». + +Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró +convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una +mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro. + +--«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San +Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que +atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso +de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el +teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen +conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz +a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano +y amigo». + +Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le +gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. El claustro +era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quien iba a +vivir, sino con _hermanas_ más parecidas de fijo a sus tías que a San +Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de +las «veleidades místicas» de Anita, y las que la habían llamado _Jorge +Sandio_ no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el +nuevo antojo. + +Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún +_trapicheo_; pero esto era poco para creerse con vocación de santa. + +«¿Por ventura las demás eran unas tales?». + +--Es guapa, pero orgullosa--decía la baronesa tronada, que tenía a su +marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita. + +No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; fueron +las tías que descubrieron un novio para la niña. El nuevo pretendiente +era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de +Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto a edificar el mejor +_chalet_ de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser +diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta. Vio +a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sintió +herido de punta de amor. Se le advirtió que no le bastaban sus onzas +para conquistar aquella plaza. Entonces se enamoró mucho más. Se hizo +presentar en casa de las Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la +sobrina. + +Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y +terminada la conferencia compareció Anita. Doña Anuncia se puso en pie +al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó caer sobre la alfombra _La +Etelvina_, novela que había encantado su juventud, y exclamó: + +--Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede ser decisivo en +tu existencia. (Era el estilo de _La Etelvina._) Tu tía y yo hemos hecho +por ti todo género de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas +disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las +comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son +nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás lo que nos debes +(se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), nosotras hemos +perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha +sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra +ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que +vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable. + +--Incalificable--repitió doña Águeda--. Pero creo inútil todo este +sermón--añadió--porque la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo +que se trata. + +--Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo. + +--Todo.--Sí, todo, querida tía. + +--Como supongo--prosiguió doña Anuncia--que ya no te acordarás siquiera +de aquella locura del monjío.... + +--No señora...--En ese caso--interrumpió doña Águeda--como no querrás +quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos.... + +--Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente.... + +--Y como nosotras no podemos más.... + +--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece.... + +--Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico +del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano. + +Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló; +no se atrevía a dar una negativa categórica. + +Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco +que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la +pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces, +multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y +contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había +momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en +la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas +salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola. + +Doña Águeda misma estaba horrorizada. + +La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después de +aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo +tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a +leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la bailarina--¿quién +dudaba ya que la modista había bailado?--no le faltaría una cama en el +palacio de sus mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a la +mesa; todo lo había comido la niña». + +Ana escribió a Frígilis. + +Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, como el día de +la primera visita, entró en el estrado de los Ozores. Venía a pedir la +mano de Ana, «a quien creía no ser indiferente». + +«Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser +ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería +llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su +sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino. +Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y +hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una _aurea +mediocritas_, como había dicho el latino». + +Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... _mediocritas_... la +cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación. + +Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la cruz al pecho, que +a doña Anuncia la enamoraban los discursos que no entendía y las +condecoraciones. + +Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la vieja estaba +fascinada. + +«Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de +Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto en mangas de +camisa». + +La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la mano de su +sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia +de la nobleza, de la clase». + +Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda +aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días. + +La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos +siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de +anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la +Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas: + +--¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía +una boda loca. + +La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es +decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa. + +Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía +por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que +había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino. + +Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis +tenía lágrimas en los ojos. + +--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--decía con un +pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Será usted la Regenta +de Vetusta, Anita. + +--No lo permite la ley, por causa de las tías--contestaba don Víctor. + +--¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta. + +Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo. + +Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en el estrado, casi a +obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quizá los +mismos que les dieran en otra ocasión aquel pésame por la muerte civil +de don Carlos. + +--Y ella va contenta--decía el barón. + +--¡Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Señores, que va a +arrancar, _desapartarse_--gritó el zagal de la diligencia. + +Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas las manos de +aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero. + +Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: era un adiós triste de +verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa +veía marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que +le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla. + +Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre +que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla que aquel don +Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso. + +Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado +tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por +su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la +cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso +abandono: + +--Sí, sí, el primero, el único. + +«No le amaba, no; pero procuraría amarle». + +Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de +aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido +atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia +desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos +gritos de la despedida. + +Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había hablado +de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. Repasando todos los +años de la inútil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera +cargarse al capítulo de amor tal vez, alguna mirada de algún desconocido +en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de árboles poblados +de gorriones y jilgueros. + +Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto había +puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo. + +«No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre; +pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y +adocenados». + +Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había encontrado +un desdén altivo y una ironía cruel capaces de helar una brasa. + +«Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres +que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno +de ser querido... pero las tías se encargaban de mantener las distancias +que exigía el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez +demócratas teóricos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban +a su pesar, de ellas. No se acercaban». Todos los que habían producido +en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran +cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe +ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se +comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero _lo dejan_; falta +una posición; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas; +los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa +y se hacen jugadores. + +Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más ricos que los +que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta Vetusta. + +«Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos +hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo dijera don Frutos +Redondo.... Pero además, ¿para qué engañarse a sí misma? No estaba en +Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el +héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San +Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien +nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y +escogida...». + +«Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como +el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor era la +muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que +rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al +lado, era un delito. Todo había concluido... sin haber empezado». + +Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de +viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente, +algo arrugado el entrecejo, _El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca +de Jerusalén_, del inmortal Calderón de la Barca. + + + + +--VI-- + + +El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida +por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de +San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. Los socios +jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de +la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el +Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de +abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas +y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía +trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del +pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el Casino deja de +residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata. + +Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo; +lo demás se confesaba que valía poco. + +Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la +policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía +creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían tener +los camareros muy mala educación, también heredada. El uniforme se les +había puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados. + +En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de pino. Era +costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que +entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había +visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al +pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien +interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la +Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se +levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de +la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas. + +Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos +en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó, +todo ello junto y como quiera. Más adelante había otra sala más lujosa, +con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como +decían los mozos. Aquella leña suscitaba graves polémicas en las juntas +generales de fin de año. En tal estancia se prohibía el estridente +dominó, y allí se juntaban los más serios y los más importantes +personajes de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de +oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, estaba +la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había de +reinar el silencio, y si era posible también en la sala contigua. Antes +estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y +los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo, +donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca +de los billares. La sala del tresillo jamás recibía la luz del sol: +siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que hacían palpables las +tristes llamas de las bujías semejantes a lámparas de minero en las +entrañas de la tierra. + +Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, llamaba a los +del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel +antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda +alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito. Los +más bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se +revestían de una seriedad prematura; parecían sacerdotes jóvenes de un +culto extraño. Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga +pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún +joven pálido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres +hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo. +Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este +culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a +Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos. + +En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses +eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al +_cuarto del crimen_ en busca de más pingües y rápidas ganancias; porque +jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era +famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque +si no ¿quién ganaría a quién? Pero contra la afirmación del jefe de +Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron +aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas más altas, +tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la +administración del Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches. + +Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las +ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios +mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más veces para +pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no +sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor _espada_ +de los presentes. Es pálido y flaco. No se sabe si viste de artesano o +de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para +sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se +le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco; +apenas contesta si le hablan. Él va a su negocio: una casa de tres pisos +que está construyendo a costa del tresillo junto al Espolón. A su lado +está don Matías el procurador: juega al tresillo para huir del _monte_. +Cuando la suerte le es adversa _arriba_, baja y se expone a ganar al +tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo +deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las +cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del +Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un +mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo +durante las ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado +provincial para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo +vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos _espadas_ a quien +admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El tresillo de +su pueblo no le divertía. + +Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana, +sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y +el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban; +pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era +cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. Jugaban +muchos forasteros, casi todos empleados. + +Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había allí +muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza +solía oírse frases como estas: + +--Le digo a usted, que me lo ha dado usted. + +--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que sí.--Pues +miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted.... +Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera subsistir, por +una especie de equilibrio que la naturaleza establecía entre los +temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un +genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como corderos y +miedosos como palomas. + +Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza +necesaria. + +Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba +el del Ayuntamiento: + +--¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la mesa. + +Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos. + +Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos +instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un templo +jamás profanado por ríos de sangre. + +El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, era estrecho y +no muy largo. En medio había una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y +rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consistía en +un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban +representando la sabiduría de la sociedad el _Diccionario_ y la +_Gramática_ de la Academia. Estos libros se habían comprado con motivo +de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes +respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras. +Había además una colección incompleta de la _Revue des deux mondes_, y +otras de varias ilustraciones. La _Ilustración francesa_ se había dejado +en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecían +no se sabe qué reyes de España matando toros. Con ocasión de esta medida +radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy +buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de +Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En los cajones +inferiores del estante había algunos libros de más sólida enseñanza, +pero la llave de aquel departamento se había perdido. + +Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba de +mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la demanda. + +--Sí señor, la crónica de Vetusta.... + +--Pero ¿usted, sabe que está ahí? + +--Sí, señor, ahí está... + +--El caso es...--y se rascaba una oreja el señor conserje--como no hay +costumbre.... + +--¿Costumbre de qué?--En fin, buscaré la llave. El conserje daba media +vuelta y marchaba a paso de tortuga. + +El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales +pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia +y Turquía y el _Padre nuestro_ en grabados, que adornaban las paredes de +aquel centro de instrucción y recreo. Volvía el conserje con las manos +en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios. + +--Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave. + +Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en +la pared. + +De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; tanto que aquellos +desaparecían casi todas las noches y los grabados de mérito eran +cuidadosamente arrancados. Esta cuestión del hurto de periódicos era de +las difíciles que tenían que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se les +ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se +llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar los periódicos +libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. Don Frutos +Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el +_Imparcial_ del Casino. Y no había de trasladar su lecho al gabinete de +lectura. Se llevaba el periódico. Aquellos cinco céntimos que ahorraba +de esta manera, le sabían a gloria. En cuanto al papel de cartas que +desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un +pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El +conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato. +Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa probidad; les +guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acudía, y +solía negarse a mudar las plumas oxidadas. + +Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había tantos +lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios +amantes del saber no leían más que noticias. + +El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de +lectura, era un caballero apoplético, que había llevado granos a +Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera. +Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba _Le Figaro_, +después _The Times_, que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y +arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba +dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho +que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de apoplejía, +sobre _The Times_, se averiguó que no sabía inglés. Otro lector asiduo +era un joven opositor a fiscalías y registros que devoraba la _Gaceta_ +sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: sabía de memoria +cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra +administración pública. + +A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto: +escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más +contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» y siempre que un papel de +Madrid decía «Lo de Vestusta» era cosa de él. Al día siguiente desmentía +en otro periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» no era +nada. Así se había hecho un redomado escéptico en materia de prensa. +«¡Si sabría él cómo se hacían los periódicos!». Cuando franceses y +alemanes vinieron a las manos, _El Corresponsal_ dudaba de la guerra: +era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había hasta +la rendición de Metz. + +El poeta Trifón Cármenes también acudía sin falta a la hora del correo. +Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en +seguida con un desengaño más en el alma. Era que «no se lo habían +publicado». Se trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había +mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, que +en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no +podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas +madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las +composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía ser esta: «Muy +señor mío y de mi más distinguida consideración: adjuntos le remito unos +versos para que, si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz +pública en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin +pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, después de +un año, que se los devolvieran. Pero «no se devolvían los originales». +Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en _El Lábaro_, el periódico +reaccionario de Vetusta. + +Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se acostaba +sin haber leído todos los _fondos_ de la prensa que llegaba al Casino. +Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía +fama de hábil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales +eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de +sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches. + +--¡Qué habilidad!--decía sin entender palabra. + +Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara de ver ya no +la habría. + +Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo: + +--Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú entiendes esto +que he leído hoy en el periódico. «No deja de dejar de parecernos +reprensible...». ¿Lo entiendes tú, Paca? ¿Es que les parece reprensible +o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir.... + +Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en mano, +en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez +papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la +noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal +parte se ha escapado con los fondos. + +Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros +respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la +servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más de la mitad del caudal +fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la +_Correspondencia_ que los periódicos pobres se van echando, como +pelotas, de tijeras en tijeras. + +Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que +parecía oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos +lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar el piso y +los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los +ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando +ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los señores del +billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial +el ingenioso buen humor de los señores socios. + +A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El +conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la +llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a +dormir a la conserjería. + +Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, en +traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba +bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se acercaba al +estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el cajón inferior, +tomaba un libro, dejaba otro que venía oculto bajo la esclavina, +escondía el primero entre sus pliegues y cerraba el cajón. Se acercaba a +la mesa, después de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y fingía +echar un vistazo a los periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que +hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No era un ladrón, +era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la que el conserje había +perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez de tropa. Había sido +un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser +elegido presidente de un _Ateneo de infantería_, y vístose en la +necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran +sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en +otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse +solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de +la patria, ser un erudito. Empezó a llamar la atención de los +vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y +el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le +antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a poco llegó a +ser miembro, ya correspondiente, ya de número, de muchas sociedades +científicas, artísticas y literarias. Despuntaba en la Arqueología y en +la Botánica, sobre todo en la relación de esta a la Horticultura. Era +un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo +sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. También le +daba el naipe por la biografía militar. Sabía de varios tenientes +generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo +sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que +si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera +conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones, +como en efecto las había perdido el general inepto. + +De esta clase de biografías de personas que pudieron ser importantes, +estaban las fuentes en libros como aquellos que había en el cajón +inferior del estante del Casino. Más ejemplares habría por el mundo, +pero no se sabía de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que +encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto +él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con +aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le +antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades. +Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de +Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma, +el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía, +necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar! +Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y _tutti quanti_». Pero +no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en +puridad, tenía...--y miraba a los lados al decirlo--tenía un precioso +manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo +había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo. + +Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del +hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio. + +El _cuarto del crimen_, la sala de los juegos de azar, y más +concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se +llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos. +La autoridad no había turbado jamás la calma de aquel refugio repuesto y +escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad +pública. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del _Lábaro_, se +perseguía cruelmente la prostitución, pero el juego no se podía +perseguir. En cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como +decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del _Lábaro_, ¿cómo +no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones +de este género en la prensa local? + +Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se titulaba, por +ejemplo: _¡Esas palomas!_ o _¡Fuego en ellas!_ y en una ocasión el +mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente +que se llamaba a secas: _Meretrices_, y acababa diciendo: «de la +impúdica _scortum_». + +Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los +socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le +habían pronosticado una cesantía. Lo ordinario siempre fue que hiciese +la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más +decorosa posible, como decían las partes contratantes. Los jugadores +vetustenses tenían una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados +que tenían que madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de +perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana, +recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve, +el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo trabajo, volvía, +como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde +las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes, +industriales, empleados, propietarios, todos hacían lo mismo. En el +tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de +conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas, +los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar +donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas, +todos los gustos, todos los temperamentos. + +No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado +patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La +religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición +al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los +socios, si no se podía pasear? Por eso proponía don Pompeyo Guimarán, el +filósofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. «_¡Risum +teneatis!_» contestaba Cármenes en la gacetilla del _Lábaro_. + +La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, se +manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el Casino +portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un comerciante, +liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro +de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los +zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. Juraba que jamás +llevando botas nuevas le había favorecido la suerte. Venía a ser un +jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa +experiencia le daban ganancias seguras. Un año hizo una espléndida +novena a San Francisco, a la cual acudió toda _Vetusta edificada_, como +decía Bermúdez. + +Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto de los +porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más socios que ocho o +diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran +personajes averiados que habían contraído la costumbre de trasnochar en +Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de +esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a +ella asistían personajes importantes de esta historia. + +Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al +gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a +nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el +respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de +la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba +entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la +llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en +la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un +diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios +fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar +café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un +aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los +hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba, +sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de +lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que +sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna. +Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de +una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de +señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de +animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante, +aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor +fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay +inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros +irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato, +etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se +refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en +lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera, +y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba: + +--¿Quién es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era +hermana de.... + +Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los +vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase: + +--Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes. + +La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las +conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los +socios beneméritos. El invierno actual siempre era más frío que todos +los que recordaban, menos uno. + +También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento, +sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades. + +A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables +ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más +grato palique el silencio; y a él se consagraba principalmente aquella +especie de siesta que dormían despiertos. Casi siempre callaban. + +No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había dos +o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático +estrépito del dominó, que habían desterrado de su sala los venerables. +Los del dominó eran siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros +civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero +siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble, +hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar +a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía +jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros +personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de mucha agua, +cuando él no podía dar sus paseos. + +La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados. + +--«Allí no se respetaba nada ni a nadie»--decían los viejos del +rincón.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las +conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban. + +--¡Qué atolondramiento!--dijo un _venerable_ en voz baja. + +--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses +reales de la provincia. + +--Únicamente cuando viene el señor Mesía.... + +--Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa. + +--Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman +Economía política. + +--Yo también creo en la Economía política. + +--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, a quien +he conocido. + +Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba +tierra encima y a callar todos. + +En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal +y era usurero con todos los sistemas políticos; malicioso, y enemigo de +los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo. + +--Pero, vamos a ver--decía--¿quién le ha asegurado a usted que el +Magistral no ha querido confesar a la Regenta? + +--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la +capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta. + +--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón. + +--Es verdad--gritó un tercero--yo también los vi. De Pas iba con el +Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy +colorado. + +--¡Hombre, hombre!--exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse. + +--Pues yo sé más que todos ustedes--vociferó un pollo que imitaba a +Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de +Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina. + +Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro +se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una +mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el +respaldo en la mesa, dijo: + +--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don +Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque.... + +--¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?--interrumpió el enemigo del +clero--. ¡El secreto de la confesión! + +--¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho. +Mesía--y bajó mucho más la voz--Mesía le pone varas a la Regenta. + +Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro. + +«Aquello era demasiado». + +«Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el +Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero tocar a la Regenta! Era un +imprudente aquel sietemesino, sin duda». + +--Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que Álvaro quiere +ponérselas; lo cual es muy distinto. + +Todos negaron la probabilidad del aserto. + +--Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho! + +El pollo se encogió de hombros. + +--«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el íntimo de Mesía». + +--Y, vamos a ver--preguntó el señor Foja, el ex-alcalde--¿qué tiene que +ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el +Magistral y la confesión? + +No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía hablar mal de +los curas. + +--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al +otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra. + +--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirtió el padre del +deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo, +adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa. + +--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y seguía +bajando la voz, y los demás acercándose, hasta formar un racimo de +cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya +notado las miradas... y demás ¿eh? del otro... y querrá curar en +salud... y el Arcipreste no está para casos de conciencia complicados, y +el Magistral sabe mucho de eso. + +El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación. + +Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba un ojo a un amigo. +No cabía duda que los chicos sólo en Madrid se despabilaban. Caro +cuesta, pero al fin se tocan los resultados. + +El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía +la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de +sus gestos y acento. + +Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en +ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía +pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se +llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre +las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería. + +Se llamaba Joaquín Orgaz y _se timaba_ con todas las niñas casaderas de +la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y +tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había acabado la carrera aquel +año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella +aportaría el dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades +flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía parecer +más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en +Vetusta no podía temer a más de cinco o seis rivales importadores de +semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo +buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se había +hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le +tocaba del esplendor que irradiaba el célebre Mesía, flor y nata de los +elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba Álvaro por lo muy familiar que +era el trato de Paco y de Mesía, y como él tuteaba a Paquito... por eso. + +Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que +era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta. + +--Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de talento, +digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me apuran diré que +es una mujer superior--si hay mujeres así--pero al fin es mujer, _et +nihil humani_... + +No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de +quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles. + +Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe maldecir el +pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios +que le costaba aquel enemigo. + +Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que +había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su gloria cantando +algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró sobre un tacón y +cantó, o _se_ cantó, como él decía: + + Ábreme la puerta, + puerta del postigo.... + +--«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. ¡La Regenta! +¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y Álvaro siempre había sido +irresistible...». Orgaz hijo suspendió el baile, que había emprendido +mientras hacía observaciones. En la sala vecina habían sonado unas +pisadas que hacían temblar el pavimento. + +--Ahí está el inglés--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco +pálido. + +En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por +qué--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un +ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios +fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo, +desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a +Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la +carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que +Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos. + +Una vez le preguntaron en un examen: + +--¿Qué es un testamento, hijo mío? + +--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos. + +Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica +que él no comprendía. + +Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el +Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser +hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué. + +Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del +Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si +nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el +vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y +se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo +agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en +adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores +de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario +de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y +las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía +que esto le daba cierto aspecto de noble inglés. + +--«Yo soy muy inglés en todas mis cosas--decía con énfasis--sobre todo +en las botas». + +«_Militaba_» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el +poder. + +--«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal». + +Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra +cosa que no pertenece a esta historia. + +Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la +frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía +siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él +animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar +que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que +miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte, +daba escalofríos. + +Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que +se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía +muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen +oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la +finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban +las manos. + +Aborrecía lo que olía a plebe. Los _republicanitos_ tenían en él un +enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso colgaduras en los +balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso +arrojar por uno de aquellos balcones al mísero dependiente. + +--¡Señor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula! + +--¿Qué importa, animal?--respondió Trabuco furioso--. ¡No hay Paula que +valga: en siendo San Francisco es día de gala y se cuelga! + +Así entendía él que servía a las Instituciones. + +Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco. + +Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia +para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el +Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y +leían más periódicos del día. Y se dijo: + +«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio. +Afortunadamente tengo energía--tenía muy buenos puños--y a testarudo +nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por +supuesto.) Sin más que esto y leer _La Correspondencia_ seré el +Hipócrates de la provincia». + +Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó +Sócrates Trabuco, ni le hacía falta. + +Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de +Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con +atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo +procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima. + +Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no +puede llamarse el Cristo, porque era un _rotin_, y blandiéndolo gritaba: + +--¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los +terrenos! + +Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en +el tropo y en el garrote y se diera por vencido. + +Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más +bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior. +Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le +convenía. En tal caso el peligro estaba en los _lapsus_ geográficos. +Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos +invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con +el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol. + +También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando +sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde +que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas +piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo. + +--¡Este va a reina!--exclamó clavando con los suyos los ojos del +adversario. + +--No puede ser.--¿Cómo que no puede ser? + +Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del +peón que debía ir a reina. + +--A reina va, y lo hago cuestión personal--añadió envalentonado Trabuco, +dándose un puñetazo en el pecho. + +Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre. + +Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el +peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de +Pernueces. + + + + +--VII-- + + +Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito +Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín +imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Además, +Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran +amigos suyos. Joaquín era uña y carne del Marquesito--el hijo del +marqués de Vegallana--y este el amigo íntimo de don Álvaro. + +--Buenas tardes, señores--dijo Ronzal sentándose en el corro. + +Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso a mirar de hito en +hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse invisible. + +--¿De quién se murmura, pollo?--preguntó el diputado dando una palmada +en el muslo no muy lucido del sietemesino. + +Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del joven +para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín contestó:--De +nadie. Y encogió los hombros.--No lo creo. Estos madrileñitos siempre +tienen algo que decir de los infelices provincianos. + +--Así es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor, +era hoy la víctima. + +Ronzal se puso serio.--¡Hola!--dijo--¿también _espifor_? (Espíritu +fuerte en el francés de Trabuco.) + +--Se trataba--añadió Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama, +hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su +atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don +Fermín.... ¡Je, je!... + +Ronzal no entendía.--A ver, a ver; exijo que se hable claro. + +Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio. + +El señor Orgaz se atrevió a murmurar: + +--Hombre, eso de exigir...--Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión +personal! + +--Pero ¿qué es lo que usted exige?--preguntó el muchacho agotando su +valor en este rasgo de energía. + +--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la +cuestión personal. + +--¿Pero qué cuestión? + +--¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto. +Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le +echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo +que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor. + +--¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro! + +Ni él mismo sabía lo que exigía. + +Foja se encargó de poner las cosas claras. + +--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien +pone las varas que esa señora toma o deja de tomar. + +--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió +halagado con la suposición. + +--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela +de juicio la virtud de esa señora tan respetable.... + +--Pero ¿qué señora? + +--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie. + +La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables +del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por +unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba +demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le +enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos +prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de +la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y +virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el +señor Ronzal.... + +--Es Mesía--interrumpió Joaquín. + +--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la +noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que +la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales +cuentos a un establecimiento público.... + +--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja. + +--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y +eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz +hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera +de sí al bárbaro de Pernueces. + +No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y +dijo: + +--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara +a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en +el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños +crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que +escandalizó a los señores del rincón obscuro. + +--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la +puerta. + +--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito! + +Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso +Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con +los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco +Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este +había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el +café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del +corro. Quería decir que callaba por pura discreción. + +Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía +en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la +ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le +sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba +muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía +el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en +perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en +inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente +del Casino. + +Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el +valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el +prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que +confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el +Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema. +Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo, +su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno +modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz +e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable +patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este +pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos +que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al +Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese +adquirido de mala fe. + +Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico +también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba +las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor. +Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y +sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la +sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde +el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro +para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que +no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera +enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara. + +¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el +público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde +la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel +_gallo_ rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero +candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel +_plastón_ (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían +sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos +del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía +supersticiosamente al _plastón_ gran parte en las victorias de amor de +su enemigo. + +Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía +al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera +del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y +si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin +ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba +las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de +una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía +paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el +movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de +mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino +de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o +deshonrada cuando menos. + +Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba +haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba +sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una +vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama +para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción +ronzalesca. + +En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda +mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito. + +Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie. + +Negaba las conquistas de Mesía. + +--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando +las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que +entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el +actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la +moralidad de nuestras familias es el mejor escudo. + +Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la +murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto +nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo +diría. + +Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación. +Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de +Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y +le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de +que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas +cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él +le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase +en un espejo de _la Rigolade_. No le quería mal. Le hubiera hecho un +favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el +otro lo supiera. + +Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres +casadas. + +Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad +presente, debida a la restauración. + +--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo +el alcalde, con su malicia de siempre. + +Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó: + +--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene +incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las +ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero +catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral.... + +--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo +hablara.... Además, todos ustedes saben.... + +El que empleaba estas reticencias era Foja. + +--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no +es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante. + +--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz. + +Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no +Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja, +Joaquinito y otros dos. + +Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del +Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era +la simonía». + +El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar +la palabreja. + +Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales +del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso +el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el +Obispo. + +--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice +de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus +relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y +conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas +esas calumniosas especies. + +(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.) + +--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí. + +--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de +don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja, +y que don Manuel autoriza esto, y.... + +--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja. + +--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña? + +--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró +aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable +sonrisa. + +--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se +convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por +todos conceptos. + +--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una +pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz. + +Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo +contestar al liberalote. + +Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero +también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido. + +--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la +provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha +hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de +Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de +Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las +Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más +vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin, +que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el +día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre +saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho. + +El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía +al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La +libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés. +Todavía era más usurero que clerófobo. + +Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan +desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro. + +¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar +de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su +papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía; +y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja +le constaba que no le quería bien ni mucho menos. + +--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él +hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha +dicho. + +--_Vox populi_... + +--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a +Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates. + +--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la +presencia de don Álvaro. + +--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis.... + +--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja. + +Y cogiendo el sombrero añadió: + +--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes. + +Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don +Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--. +Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará +usted... aquella palabreja. + +--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con _h_... + +--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal. + +--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado +unos callos.... + +--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que +hay en la biblioteca. + +--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran +frecuentes. + +--Búsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a +Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de +aplastar al de Pernueces. + +Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que +tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más +bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos. + +--¡Qué callada! ¡qué callada! + +Orgaz, solemnemente, buscó avena con _h_. No pareció. + +--Será que la busca usted con _b_; búsquela usted con _v_ de corazón. + +--Nada, señor Ronzal, no parece. + +--Ahora búsquela usted sin _h_--exclamó don Frutos, ya muy serio, +queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria. + +Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído. + +Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie +en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de +Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre +un diván y gritando dijo: + +--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra +de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_. + +Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo: + +--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la +cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe +cómo se arreglan estas cosas. + +Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir: + +--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a +dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva +_h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario +será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades.... + +--Sí señor; es el diccionario del Gobierno.... + +--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la +avena con la Habana, donde hizo su fortuna.... + +Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la +avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido. + +--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada. + +Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal +objeto de burla general, le puso muy contento. + +Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de +don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la +economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de +energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de +vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había +diccionario. Pero ya que Foja lo decía.... + +Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la +noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios +trasnochadores. + +La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas +ocupaciones. + +¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían +interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de +amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió +espiarlos. + +Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El +Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz. + +--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa? + +--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes +razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia. + +--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene +usted en asedio a la viudita? + +--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena. + +Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco. +Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque +ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz +sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que +no. + +--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien +reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo +en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a +escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las +carboneras? Pues también en los palacios y en los templos... + + _Pauperum tabernas, regumque turres._ + +Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó: + +--Pero tú ¿cómo sabes todo eso? + +--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es. + +--Sí--dijo Mesía--la de Palomares.... + +--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en +la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas +partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a +mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre, +para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas +cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué +cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se +disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación +para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia +de la otra.... + +--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y... +ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles. + +--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales +circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil +blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire +y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota.... + +El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--. +¿Y él?--añadió. + +--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue +a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las +suyas, que parecen de _cocotte_ de sacristía.... + +--¿Qué contestó? + +--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta +de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería +feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las +vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas +bromas y se despidió. + +--¡Pobre diablo!--dijo Mesía. + +--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su +amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de +esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos. + +Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata +como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su +Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta, +ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco +tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más +contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro +Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los +mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en +ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las +maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don +Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y +cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos +de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito +original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que +le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de +mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy +holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de +los sombreros. + +Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier +figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas +compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería +los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La +esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el +peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin +rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha +salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la +mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder +todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de +ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las +queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño +a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la +_Historia de la prostitución_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y +sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída. +Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la +corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no +venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro. +Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido. + +Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas +aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como +virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le +dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen +marido. + +La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta: + +--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha +una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para +disfrutar de otras lozanías? + +No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose: +pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un +criminal? + +Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo. + +Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el +Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas +mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y +esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos, +su manera de entender los placeres. + +--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y +mejor, y quieren a uno por sus prendas personales. + +Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas, +Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y +Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le +admiraba. + +Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía +bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces. + +--¿A dónde vamos?--preguntó Vegallana, queriendo provocar así la +confidencia que esperaba. + +Don Álvaro se encogió de hombros. + +--Puede ser que esté ella en mi casa. + +--¿Quién?--Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal +a Paco. + +Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía: +--Muchacho, ¡tú eres _l'enfant terrible_! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién +te ha dicho a ti?... + +--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos. + +--¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido +indiscreto. + +--¿Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta. + +--¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que le gustas tú. + +Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de Vegallana. + +El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes +esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del _dandy_ se animaron. +Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de +sus emociones. + +Anduvieron algunos pasos en silencio. + +--¿Qué has visto tú... en ella? + +--¡Hola, hola! Parece que pica. + +--¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica? + +Vegallana se volvió para mirar a Mesía. + +Este señaló el corazón con ademán joco-serio. + +--¡Puf!--hizo con los labios Paco. + +--¿Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. ¿Tú no crees en la posibilidad +de enamorarse? + +--Yo me enamoro muy fácilmente.... + +--No es eso.--¿Y te pones colorado?--Sí; me da vergüenza, ¿qué +quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, ¿qué sientes? + +Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas +mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del +Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión +de su sentido moral le hacían afeminado en el alma en el sentido de +parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores, +ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del +vicio fácil y corriente. + +Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba +por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para +damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa +que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin +pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como +el de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo buscarlo y +se declaraba escéptico en esta materia; pero allá adentro, en regiones +de su espíritu en que él entraba rara vez, veía vagamente _algo mejor_ +que el ordinario galanteo, algo más serio que los apetitos carnales +satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera +a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasía más poderosa +que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de +Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En un +cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo +sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era +la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito. + +«Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad; +pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se +para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras +casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro +y el ordinario». + +Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que +Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se +convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La +amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había +dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo +poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros; +en la casa del Marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas +pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir +de Paquito. Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a +solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? Imposible, pensaba el +seductor; esto ya sería una traición formal, de las que asustan más a +las mujeres; semejantes enredos no podía admitirlos la Regenta: por lo +menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar más +a propósito para comenzar en regla un asedio y esperar los +acontecimientos. Don Álvaro lo sabía por larga experiencia. En casa de +Vegallana había ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le +aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a +todo Vetusta le parecería indispensable. + +Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran. + +Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón amarillo. ¿Qué +sabía Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las demás; +¿por qué se empeñaban todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje +llevaba en el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía +incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía en la virtud +absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la superioridad que +todos le reconocían. Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con +tales ideas tenía que ser irresistible. + +«Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa. + +Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta +la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el +deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que +verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito. + +«Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que +aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». Este era +su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora +con su cuenta y razón; por algo y para algo. Precisamente tenía entre +manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un +personaje político que había conocido en los baños de Palomares. Era +otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien, +había empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en +el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las +cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había +rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el +que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el +Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un +estudiante tímido que ama platónicamente. Había mujeres que sólo así +sucumbían; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos +con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del +rendimiento. La señora del personaje de Madrid era de las que exigían +años. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la +carrera, y esto era lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se +empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la +Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía +que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de +prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia +que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora +de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor +vergüenza todavía! otros dos años había empleado en merecer el poeta +Trifón Cármenes, enamorado líricamente de la Regenta. Bien lo había +conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy +ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y +en el sistema de ataque. Pero al principio no había más remedio, había +que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy atrás; no +había pasado de esta situación, poco lisonjera: la Regenta no sabía que +aquel chico estaba enamorado de ella. Le veía a veces mirarla con fijeza +y pensaba: + +«¡Qué distraído es ese poetilla de _El Lábaro_! deben de tenerle muy +preocupado los consonantes». Y en seguida se olvidaba de que había +Cármenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta más testigo de +su dolor que Mesía, la única persona del mundo que entendía el sentido +oculto y hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías +parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don Álvaro dueño de la +clave. + +Esta parte ridícula, según él, de su empeño, ponía furioso unas veces al +gentil Mesía y otras de muy buen humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de +Trifón! Había que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante +preparado. Aquello era el corazón de la Regenta. + +El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la +lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo +primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores. Verdad +era que en aquellos dos años había rendido otras fortalezas. Pero +ninguna aventura había sido de las ruidosas; nada podía saber la Regenta +de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador debían de ser +para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran +dotes positivas de don Álvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales +pocos las conocían; las que sonaban y hasta refería él siempre eran +antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse +querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el +Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino, +constante y platónico amador de su gentileza. Esto era lo que él quería +saber a punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría la tranquilidad de +la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar +honrado? + +Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno, +y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta. + +«Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don Álvaro. «La +devoción sería un rival más temible que Cármenes; el Magistral un +cancerbero más respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo». + +No había más remedio que jugar el todo por el todo. + +Había llegado la época de la recolección: ¿serían calabazas? No lo +esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a sí +mismo, no las tenía todas consigo. Por eso le irritaba más la +supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella señora; le irritaba +más porque él, sin querer, participaba de aquella fe estúpida. + +«Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y +además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si hasta la Biblia lo dice! +¿Mujer fuerte? ¿Quién la hallará?». + +Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que +probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en +la conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía +disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. Queriendo +tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en +corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo +una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete. + +--«¡Esta es la moral positiva!--decía el Marquesito muy serio cuando +alguien le oponía cualquier argumento--. Sí, señor, esta es la moral +moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica +otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño +se le hace a un marido _que no lo sabe_?». + +Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él +estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen +conservador, no la quería en las Universidades. + +«¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos». + +Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño +tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había ablandado el alma la +elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro! +Mucho más grande que nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre +frío, el _dandy_ desengañado, tenía otro hombre dentro? ¡Quién lo +pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices +delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente +indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si +es no es romántico!». Si en vez de la _Historia de la prostitución_ +Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don +Álvaro no hacía más que imitar--y de mala manera, porque él era ante +todo un hombre político--a los héroes de aquellos libros elegantes. Sin +embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesía; era este +una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por +amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa. + +«Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, frío y +prosaico por fuera, romántico y dulzón por dentro». + +Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más partido +entre las mozas del ídem, estaba resuelto: + +1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por seguros, +de la Regenta y Mesía. Y + +2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una _pasión +verdad_, compatible con su afición a las formas amplias y a las +turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto. + +--¿Quién está arriba?--preguntó a un criado, seguro de que estaría la +Regenta «porque se lo daba el corazón». + +--Hay dos señoras.--¿Quiénes son? El criado meditó.--Una creo que es +doña Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la +otra... no sé. + +--Bueno, bueno--dijo Paco, volviéndose a Mesía--. Son ellas. Estos días +Visita no se separa de Ana. + +A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo. + +--Oye--dijo--llévame primero a tu cuarto. Quiero que allí me expliques, +como si te fueras a morir, la verdad, nada más que la verdad de lo que +hayas notado en ella, que puede serme favorable. + +--Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había notado... no +era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... y precisamente +él estaba tan excitado en aquel momento.... + +Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al +vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina. +Era la carcajada eterna de Visita. + +--¡Están en la cocina!--dijo Mesía asombrado y recordando otros tiempos. + +--Oye--observó Paco--¿no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer +empanadas y no sé qué mas? + +--Sí, ella lo dijo.--Entonces... ¿cómo está aquí Visitación? + +--¿Y qué hacen en la cocina? + +Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía, +apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la +casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos +negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y +habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos +y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por +encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la +muerte; del pico caían gotas de sangre. + +Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán de retorcer +el pescuezo a su víctima y gritó triunfante: + +--¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos los hombres!... + +«¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra». + + + + +--VIII-- + + +El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más +reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición a la política y +más servía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre un favorito que era +el jefe verdadero. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego +natural de las instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don +Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. El reaccionario +creía resolver sus propios asuntos y en realidad obedecía a las +inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como +un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los +blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba de los negocios +conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si +mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y +licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran +gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales, el marqués de +Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y +daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico +en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los +soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las +aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo +sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble, +aprovechando el secreto. + +Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse leguas», o sea dar +paseos de muchos kilómetros. + +Le aburrían las intrigas de politiquilla. + +Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía. +Don Álvaro era al Marqués en política lo que a Paquito en amores, su +Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de +pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aquí +estaba el secreto de la política de Vegallana, conocido por pocos. + +Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», solían +exclamar: + +--¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació para amaños electorales, para +manejar pueblos. + +--No, y los años no le rinden; siempre es el mismo. + +Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía. + +Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía enfrente de +un candidato reaccionario a quien había que dejar el triunfo. El Marqués +agradecía a don Álvaro su abnegación, y le pagaba diciéndole, por +ejemplo: + +--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí me +carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y +entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor fidelísimo. + +¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía el verse diputado de la +Comisión a una de estas sabias combinaciones! + +El Marqués decía que «la fatalidad le había llevado a militar en un +partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su +temperamento era de liberal». Tenía grandes «amistades personales» en +las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la +redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían +manejando la complicada máquina de las influencias, el único servicio +positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía un +puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por las parroquias +electorales que visitaba en sus paseos de Judío Errante. + +Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, contaba los +pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los +kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los señalaba +con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana. Llegaba +a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar más +satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se +hablaba en primer término del paseo de Vegallana. + +--¿A dónde bueno, Marqués?--le preguntaba un amigo que le encontraba en +el campo. + +--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos... +tres... cuatro...--y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con +nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra. + +Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas +eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo el orgullo +y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense, +pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas. + +Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y +medidas. Sabía en números decimales la capacidad de todos los teatros, +congresos, iglesias, bolsas, circos y demás edificios notables de +Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo, +y tantos de altura»; y hallaba el cubo en un decir Jesús. El Real tiene +tantos metros cúbicos menos que la Gran Ópera. Mentía cuando quería +deslumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si +se le antojaba. «A mí hechos, datos, números--decía--; lo demás... +filosofía alemana». + +En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese +proporción entre la catedral y la plazuela, convendría retirar tres o +cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto de buen grado. Era +el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en materia de monumentos +históricos y ornato público. Todo lo quería alineado. Soñaba con las +calles de Nueva York--que nunca había visto--y si le sacaban este +argumento: + +--«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades». + +Contestaba:--«Señor mío, _distingue tempora_... (no quería decir eso) +no tergiversemos, no involucremos, _post hoc ergo propter hoc_ (tampoco +quería decir eso.) La verdadera desigualdad está en la sangre, pero los +tejados deben medirse todos por un rasero. Así lo hace América, que nos +lleva una gran ventaja». + +La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa +del Marqués, por un rasero se había medido. + +No había una casa más alta que otra. + +Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho pisos +para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el +Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los tejados +«dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la +sociedad en que vivimos», como decía el Marqués en un artículo anónimo +que publicó en _El Lábaro_. + +La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que +ella creía casi universal en los maridos. Ella sí que era liberal. Muy +devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devoción +consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a +la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco +duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer, +mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran +conservas. La libertad, según esta señora, se refería principalmente al +sexto mandamiento. «Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas +las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más +amplia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que la aristocracia de +ahora podía hacer era divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la +nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa +no había más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo y +la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles, +según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la +Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo grandes +modificaciones en el salón Regencia. + +El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón amarillo +diciendo: + +--«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la Regencia; ¿por +dónde? como no sea de la regencia de Espartero...». Los muebles eran +lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de +vista arqueológico, convertidos en flagrantes anacronismos. + +Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del +amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después, +y últimamente con raso basteado, _capitoné_ que ella decía, en +almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le +antojaban impúdicas. El tapicero protestó en tiempo oportuno; en el +salón sentaba mal lo _capitoné_, según su dogma, pero la Marquesa se +reía de estas imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón, +espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que +entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, según +el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal +gusto, contestaba que la moda moderna era lo _confortable_ y la +libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero +al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al +segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha +manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez +hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada +artísticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el día la Marquesa, la +anarquía de los muebles era completa, pero todos eran cómodos; casi +todos servían para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas, +confidentes, taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en +entrando allí daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza +anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como +pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con +los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a +todos los vientos. + +La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana, +se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía +novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete. +La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al +teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran +rayos; para eso tenía carruajes. _Si no había teatro_, y esto era muy +frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los +amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía +periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo +intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género +de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves +interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y +un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más +pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no +dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no +lo admitía ella. Cuando alguno _salía garante_ de una virtud, la +Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un +lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase +negaciones. A veces pronunciaba claramente: + +--A mí con esas... que soy tambor de marina. + +No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las +costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían +referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV. + +En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si había +pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara +de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante +altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los +demás se quejaban. Era una injusticia. + +--«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»--decían algunos un tanto +ofendidos. + +Doña Rufina se encogía de hombros. + +--«Cosas de ese»--respondía--aludiendo a su marido. + +No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero una +noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón y +llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó con +una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer--estaba seguro--y +sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por +discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara. +Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad +irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba todavía a la +llave del gas. + +De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían casado +y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella +escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas +vivían con ella, había desaparecido. Era el único consuelo de tanta +soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de +las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas +linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba +el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como +temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de +lo _mejorcito_ de la capital. Algunos padres timoratos oponían algunos +argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués, +pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la +señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de +las hijas ausentes;--el de Emma no volvió a ser habitado, pero se +entraba en él cuando hacía falta--. Las muchachas animaban por algunas +semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas +y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De +noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera +sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche había aventuras, pero +silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba +sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre +femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. _Videor meliora_, +le decía don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la +Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las +muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer +compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas. +Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los +acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón +amarillo habían salido muchos matrimonios _in extremis_, como decía +Paquito creyendo que _in extremis_ significaba una cosa muy divertida. +Pero lo que salía más veces, era asunto para la crónica escandalosa. Se +respetaba la casa del Marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se +contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre: + +--«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales +una casa tan respetable, tan digna». Los liberales avanzados, los que no +se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor. + +Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa +donde había tantas aventuras. + +Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan +estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q. e. p. d.) el +_de la clase_, aún no era para todos el entrar en la tertulia de +confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las +puertas, porque se daban tono así, y además no les convenían testigos. +«Estaban mejor en _petit comité_». El espíritu de tolerancia de la +Marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual +a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia, +las mamás que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a +las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de +cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y +quién duda que estas se harían respetar? Allí estaba Visitación por +ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las +ridículas, así como los maridos que seguían conducta análoga. Algún +canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia, +aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí +mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la Marquesa de día. A +los escrupulosos se les llamaba hipócritas y adelante. + +La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo +vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con +gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba +Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía a mirar, faltaba +Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía leyendo. Y pensaba: «Todos son personas +decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestión de +_peccata minuta_... allá los interesados». Y encogía los hombros. Este +criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces +seguía pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las +conozco, me avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías; +mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían casado y +nadie se las había devuelto quejándose de lesión enormísima. Si había +habido algo, serían niñerías. Y la otra había muerto porque Dios había +querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de +sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con +franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin +rodeos. + +Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no +tomaba ninguna precaución. + +--«Madres tienen», decía, o «con su pan se lo coman». + +Y añadía siempre lo de: + +--«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...». + +Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y +de su tertulia era Mesía. + +«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué +prudencia! ¡qué discreción!». + +«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un +escándalo». + +A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la +habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en +brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa. + +Su Paco era torpe, no sabía.... + +--«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No +llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser +cauto y después... tu alma tu palma». + +Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente: + +--«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a +Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que +tributaba al Tenorio vetustense. + +La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de subir +siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos. + +En la época en que venían las sobrinas, había además de tertulia +conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores +tiempos. La alegría corría otra vez por toda la casa; no había rincones +seguros contra el atrevimiento de los amigos íntimos; y en los +gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba aún el lecho virginal de +las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos, +delatores de los juegos en que consistía la vida de aquella Arcadia +casera. + +Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; en aquella +casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una +historia en íntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de +los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una +garantía del eterno silencio que les recomendaba. Parecía decirle la +madera de fino barniz blanco: No temas; no hablará nadie una palabra. +En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias +dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las +prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los +asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se +parecía al mismo Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos +amorosos. + +El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer. + +«Si no había podido moralizarla a ella, mal había de moralizar a sus +tertulios». Él vivía en el segundo piso. + +Había comprendido que el salón amarillo había ido perdiendo poco a poco +la severidad propia de un estrado, y se había decidido a convertir en +_sala de recibir_ la del segundo, que estaba sobre el salón Regencia. + +La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien +fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando eran de cumplido, se +morían de frío en el salón de antigüedades. El salón de antigüedades y +el despacho del Marqués, «constituían, como él decía, la parte seria de +la casa». En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente +nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana tenía en mucho la +severidad de su despacho; nada más serio que el roble para casos tales. +La «sobriedad del mueblaje» rayaba en pobreza. + +--¡Mi celda!--decía el Marqués con afectación. + +Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes +del _salón de antigüedades_ pendían tapices más o menos auténticos, pero +de notoria antigüedad. + +Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno de respeto en aquel +museo de trampas, según su expresión. El Marqués tenía la vanidad de ser +anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba +al cabo obra de los _truqueurs_, palabra del capitán. El implacable +Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta +le despreciaba; pero por no disgustarle, no había querido darle pruebas +inequívocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II +del salón de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este +los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero; ¡los +había comprado él mismo en París!... Pues Bedoya, al que le aducía este +argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los +viera, subía con él al segundo piso; se encerraba en el salón de +antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del +Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba +cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había hecho él varios +agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la +silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh +triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas, +pero no en polvo. + +--¿Ve usted?--decía Bedoya. + +--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone, +se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los +roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen +más que dinero y credulidad; ¡esto es _truquage_, puro _truquage_! + +Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía +triunfante diciendo por la escalera: + +--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay +que decirle una palabra! + +Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa +a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de +don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera +ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas +cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él +en semejante disposición de ánimo. + +Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio, +les llamaban a grandes voces, riendo como locas. + +--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose +los dedos llenos de almíbar. + +--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita +preparando la merienda? + +Visita se ruborizó levemente. + +Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito +Orgaz, que había ido _a caza_ de Obdulia.... + +Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto +flan invención de la difunta doña Águeda Ozores; además, el horno de la +cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin, +no le adornaban otras condiciones técnicas, que no entendían ellos. +Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se +habrían podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va! +habían trasladado su campamento a casa de Vegallana. + +La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían +sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. Salvo el +haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin moverse había +dado sus órdenes. + +--A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, que ayuden +a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten. + +Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho sonriente: + +--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz. + +Y se había enfrascado en la lectura de _Los Mohicanos_ de Dumas. + +Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier +amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero si su cocina era infernal! La +chimenea devolvía el humo; no se podía entrar allí sin asfixiarse, ni en +el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podían jactarse de haber +visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y +se presentaban charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba +ciertas puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los +estrechos y obscuros pasadizos: + +--Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra +esa puerta. + +Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía a +entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que los +_pollos_ de imaginación se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas +prendas se depositaban en una alcoba donde había una cama de excusa, +pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al aire. Aquél era el +vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestían todos juntos +porque todo se ponía sobre el propio traje. Además Visita no alumbraba +el cuarto, ¿para qué? Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las +cortinillas de tafetán verde: + +--Pepe que le doy a usted un cachete. + +--Hola, hola, eso no estaba en el programa.... + +--Niños, niños, formalidad. + +--¿Por qué no les da usted una luz, Visita? + +--Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa.... + +--Tiene razón Visita, tiene razón--gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o +el Pepe de la bofetada. + +Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y +trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras. + +Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había +alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los +treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le +decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala +crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había +querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo +era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo +y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún +dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía +creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza. + +--Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí +el otro día. + +--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted. + +--¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono! + +--No vale nada.--¡Es precioso!--Está a su disposición. + +--No me lo diga usted dos veces...--Está a su disposición... ¡vaya una +alhaja! + +--¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca.... + +Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca +ladrona. + +Donde hacía estragos era en los comestibles. + +Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas. + +--¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del +armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a +ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre. + +Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana. +Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una +comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente +Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el +pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección, +los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina. +Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro +humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios +la perdonara. + +El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de +buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía +de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por +lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa; +mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos +coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que +viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo +cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués. +Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la +merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios. + +--Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado? + +--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada +más justo.--A escote.--Dejen ustedes, ¿se quieren ustedes callar? No +se hable de eso, no merece la pena. + +Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses. Su +esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia, +pariente de títulos. Si Visita no se ingeniara ¿cómo se mantendría aquel +decente pasar que era indispensable para continuar siendo parientes de +la nobleza? + +Cuando Visitación era soltera, se dijo--¡de quién no se dice!--si había +saltado o no había saltado por un balcón... no por causa de incendio, +sino por causa de un novio que algunos presumían que había sido Mesía. +Todas eran conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no +guardaba las apariencias.... + +Ya nadie se acordaba de aquello; seguía siendo aturdida, tenía fama de +golosa y de _gorrona_--según la expresión que se usaba en Vetusta como +en todas partes--pero nada más. Era insoportable con su alegría +intempestiva; mas en materia grave, en lo que no admite parvedad de +materia, nadie la acusaba, a lo menos públicamente. Por supuesto, que no +se cuenta tal o cual descuidillo.... + +Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus +ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos invisibles, +tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que +ella suponía. Al tocarla la mano cuando no tenía guante, notaba el +tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer. + +Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de +Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco. Aseguraba que tenía +un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podría esperarse; +pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban mucho que desear... ya se +le entendía. Y solía limpiar los labios con el pañuelo después de decir +esto. + +Paco Vegallana, juraba que usaba aquella señora ligas de balduque, y que +él le había conocido una de bramante. Todo esto, por supuesto, se decía +nada más entre hombres, y habían de ser discretos. + +Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no así su +conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin +embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones +anteriores, menos las de Mesía. Eran su orgullo. Aquel hombre la había +fascinado, ¿para qué negarlo? Pero sólo él. Era viuda y jamás recordaba +al difunto; parecía la viuda de Alvarito; «¡era su único pasado!». + +Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo +menos Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a +consagrar el resto del día al idealismo, en buen hora despertado por las +relaciones de su amigo, consintió el Marquesito en pasar a la cocina de +su casa, al oler lo que guisaban aquellas señoras. + +En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no +eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero, +refinamiento en el arte culinario, todo esto y más se notaba desde el +momento de entrar allí. + +Pedro, el cocinero, y Colás, su pinche, preparaban la comida ordinaria, +y parecía que se trataba de un banquete. Por toda la provincia tenía +esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí +se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el +lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo +de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza +de los montes. Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas, +capones, gallinas, acudían mal de su grado a la cocina del Marqués, como +convocados a nueva Arca de Noé, en trance de diluvio universal. A todas +horas, de día y de noche, en alguna parte de la provincia se estaban +preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; podía asegurarse. + +A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dormía Pedro, y +dormía el amo, y nadie pensaba en comer, allá a dos leguas de Vetusta, +en el río Celonio velaba un pobre aldeano tripulando miserable barca +medio podrida y que hacía mucha agua. Debajo de peñón sombrío, que como +torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, y hace más obscura la +obscuridad del río en el remanso, acechaba el paso del salmón, empuñando +un haz de paja encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela +de fuego. Aquel salmón que pescaba el colono del magnate a la luz de una +hoguera portátil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas, +esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de +pino, blanca y pulcra. + +También de noche, cerca del alba, emprendía su viaje al monte el casero +que se preciaba de regalar a su _señor_ las primeras arceas, las mejores +perdices; y allí estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo +el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmón +despedazado. Allí cerca, en la despensa, gallinas, pichones, anguilas +monstruosas, jamones monumentales, morcillas blancas y morenas, chorizos +purpurinos, en aparente desorden yacían amontonados o pendían de +retorcidos ganchos de hierro, según su género. Aquella despensa devoraba +lo más exquisito de la fauna y la flora comestibles de la provincia. Los +colores vivos de la fruta mejor sazonada y de mayor tamaño animaban el +cuadro, algo melancólico si hubiesen estado solos aquellos tonos +apagados de la naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras +amarillentas, otras de asar, casi rojas, manzanas de oro y grana, +montones de nueces, avellanas y castañas, daban alegría, variedad y +armoniosa distribución de luz y sombra al conjunto, suculento sin más +que verlo, mientras al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de +la química culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas, +limones, manzanas y heno, que era el blando lecho de la fruta. + +Y todo aquello había sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en el +bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas, +luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en +vega, prados, ríos, montes.... «¡Indudablemente Vegallana sabía ser un +gran señor!», pensaba suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia +con aquella despensa, exposición permanente de lo más apetecible que +cría la provincia. + +El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el sufragio. «¿Y qué? +¿no son casi todos colonos míos? ¿no me regalan sus mejores frutos? ¿los +que me dan los bocados más apetitosos me negarán el voto insustancial, +_flatus vocis_?». + +El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despedía rayos desde +todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno de +la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz +imperiosa; mandaba allí como un tirano. Comía lo mejor; mantenía las +tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el servicio del comedor +desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo de pucheros y +peroles, sino un capitán general metido en el fuego y atento a la mesa. +No era viejo. Tenía cuarenta años muy bien cuidados; amaba mucho, y se +creía un lechuguino, en la esfera propia de su cargo, cuando dejaba el +mandil y se vestía de señorito. + +Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, de ojos +maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a más de la robusta +montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su +tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de sus amos, +colaboraba sabiamente. Había empezado por tolerar nada más aquella +irrupción de la merienda. La cocina daba espacio para todo; aquello no +valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable permiso con un desdén +mal disimulado. Poco a poco pasó del estado de tolerancia al de +protección: primero se rebajó hasta dar algunos consejos a la montañesa, +después le dio un pellizco. Se animó aquello. + +--Colás, ponte a la disposición de esas señoras--dijo Pedro con voz +solemne. + +Porque el mandato de la Marquesa no había bastado; el pinche obedecía a +Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo +contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido más que +su dimisión. Era su lenguaje. Leía muchos periódicos antes de +convertirlos en cucuruchos. + +Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó a +seducirle con miradas de medio minuto y algún choque involuntario, Pedro +se rindió, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la +merienda de Visita. + +Llegó a más; quiso enamorar a doña Obdulia con pruebas de su habilidad, +y acudía siempre que se presentaba una cuestión teórica o una dificultad +práctica. + +«¿Qué se echa ahora? + +»¿Qué se tuesta primero? + +»¿Cuántas vueltas se les da a estos huevos? + +»¿Cómo se envuelve esta pasta? + +»¿Lleva esto pimienta o no la lleva? + +»¿Será una indiscreción poner aquí canela? + +»El almíbar ¿está en su punto? + +»¿Cómo se baten estas claras?». + +A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro. +Cuando no bastaba una explicación, ponía él la mano en el asunto y era +cosa hecha. + +Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con +sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de +la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de +placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición +arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al +cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír +una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al +parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el +mismo recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer +de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía +al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo +le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con +sus labios de rubí (este rubí es del cocinero.) + +Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista de +aquella señora como una recompensa final, digna de una vida entera +consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que +gracias a él habían encontrado más fácil y provocativo el camino de los +dulces y sustanciales amores. + +Pedro llegó a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la casa +intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. Él amaba +a la mujer, a todas las mujeres, pero no creía en sus facultades +culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son términos +antitéticos, palabras que había aprendido en sus cucuruchos de papel +impreso. La libertad y el gobierno son antitéticos, había leído en un +periódico rojo, y aplicaba la frase a la cocina y a la mujer. Lo que +pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba Pedro de las +cocineras. Las llamaba marimachos. + +Si se le decía que los cocineros son más caros y gastan más, respondía: + +--Amigo, el que no sea rico que no coma. + +Por lo demás, él era socialista, pero en otras materias. + +Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a su continente +habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los +_caseros_ que traían las provisiones desde la aldea, remota a veces. El +fogón era un dios y él su Pontífice Máximo; los demás sacrificaban en +las aras del fogón y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio. +Volvió a su gesto desdeñoso, porque así entendía el respeto a los amos. +Apenas contestaba si le hablaban. No tardó en ver por sus ojos que _la +donna è movile_, como cantaba él a menudo. Obdulia, en cuanto entraron +los otros, le olvidó por completo. ¡Antes había olvidado a don +Saturnino, que yacía en «el lecho del dolor» con sendos parches de sebo +en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de +aquella tarde arqueológica! + +La conversación de metafísica erótica que Mesía y Paco acababan de dejar +no les permitía, al principio, participar de aquel entusiasmo +gastronómico y culinario a que estaban entregadas las damas. Verdad es +que la hora de comer se acercaba y aquellos olores excitaban el apetito. +Pero el ideal no come. Mesía gozaba del arte supremo de entrar en +carboneras, cocinas y hasta molinos, sin coger tiznes, grasa, ni harina. +Estaba en la cocina del Marqués como en el salón amarillo, a sus anchas +y sin tropezar con nada. Allí mismo había repartido él besos en muy +distintas y apartadas épocas. No había tal vez un rincón de aquella casa +libre de semejantes recuerdos para don Álvaro. En cuanto a Paquito, no +se diga. Su primer amor había sido una criada que tenía su dormitorio en +lo que hoy era despensa. Sabía el Marquesito andar por la cocina a +obscuras, a gatas, y ya había medido con su agazapado cuerpo las +dimensiones de la carbonera provisional que había cerca del fogón. + +No tardaron los señoritos, a pesar del ideal, en tomar parte más activa +en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. También ellos +eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del pinche y +de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron probar +sus habilidades metiendo la mano en pastas y almíbares y en cuanto se +preparaba. Paco se puso perdido. Mesía estaba como un armiño metido a +marmitón. + +Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito; se rozaban +sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y +fingían no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traía +falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal +blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un +gusto nuevo. Siempre había considerado el joven aristócrata como una +antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la escultura humana +con velos, sobre el desnudo puro. ¿Por qué le excitaba más el velo que +la carne? No se lo explicaba. Veía la rolliza pantorrilla de una aldeana +descalza de pie y pierna ¡y nada! ¡veía una media hasta ocho dedos más +arriba del tobillo... y adiós idealismo! Y así fue esta vez. Es más; si +la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no hubiese +perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos cuadros +rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a +la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida que triunfaba. + +Para la viuda, uno de los placeres más refinados era «una sesión» alegre +con uno de sus antiguos amantes; aquello de no principiar por los +preliminares le parecía delicioso. ¡Después, los recuerdos tenían un +encanto! ¡Saborear como cosa presente un recuerdo! ¿Qué mayor dicha? +Paco había sido su amante. Ella hubiera preferido a Mesía, que estaba en +las mismas condiciones y era mucho más antiguo. ¡Pero Álvaro estaba +hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de atreverse; +con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría y honrada +con que la miraba el señor Obispo. Estaba segura de que ni al Obispo ni +a Mesía les sugería su presencia jamás un deseo carnal. Era intratable +aquel don Álvaro. También lo era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sabía +Dios, ella le había sido fiel--a Mesía, por supuesto--; todavía le amaba +o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero él no quería +ya. Aquello se había acabado. + +Se habían cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todavía +encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y +alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro notó que +guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de azafrán +puro, que se consumía en la cocina del Marqués, con gran envidia de la +urraca ladrona. También almacenó entre las faldas un paquete de té +superior. + +Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones +humorísticas que ya no hacían reír. Todos sabían que aquél era el vicio +de doña Visita. + +Las señoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se fueron +a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sabían dónde estaba el +tocador para tales casos. Era la habitación donde había muerto la hija +segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. Allí estaba el +lecho, pero no quedaba de la pobre niña ni una prenda, ni un recuerdo. + +Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué no? Se conocían demasiado +para fingir escrúpulos. Además, «no se les había de ver nada» como dijo +Obdulia. Paco y la viuda se lavaron juntos las manos en una misma +jofaina; los dedos se enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un +placer muy picante, según ella. Esto les recordó mejores días. El sol +que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía +en una aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogón, las +bromas y la faena habían encendido brasas en las mejillas de Obdulia; +una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quería algo y no sabía qué. +No era cosa de comer de fijo, porque había probado de cien golosinas y +hasta algo de la comida del Marqués por chanza. + +Visitación y Mesía, más tranquilos, conversaban al balcón, apoyados en +el hierro frío del antepecho. «No volverían la cara; estaba ella +segura». Entre estos camaradas, jamás se falta a ciertos pactos tácitos. + +El Marquesito soltó una carcajada. + +--¿De qué te ríes?--dijo Obdulia. + +--De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andará buscándote por todas +partes. Es chusco ¿eh? + +Obdulia meditó y al fin rió a carcajadas. «Era chusco en efecto». Se +había sentado sobre la cama de la difunta. Los pies de la viuda se +movían oscilando como péndulos. Se veía otra vez la media escocesa. +Ahora se veían dos. Obdulia suspiró. Se habló de lo pasado. «En rigor, +siempre se habían querido; había _algo_ que les unía a pesar suyo. Se +tronaba porque la constancia es imposible y hastía al cabo; eran +ridículas unas relaciones muy largas; esto lo habían aprendido los dos +en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos años, a más tardar; +los arreglos pueden tirar algo más, poco». + +--Pero ¿verdad--dijo Obdulia, poniéndose más guapa--que esto de +encontrarse de vez en cuando se parece un poco a un buen día de sol en +invierno, en esta tierra maldita del agua y la niebla? + +--¡Magnífico!--exclamó Paco--es verdad; una cosa sentía yo que no sabía +explicarme... y era eso. + +Y como le pareciera alambicado y poético este sentimiento, se consagró a +enamorar de todo corazón a la viuda por aquella tarde. + +Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos. + +Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los +habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma, +arrancándoles reflejos de fingida pasión. Su pelo de un rubio obscuro +era rizoso y caía en mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y +don Álvaro como hermanos cariñosos. Él había sido su primer amor serio, +es decir, el primero que le había hecho cometer imprudencias, como, v. +gr., saltar de noche por un balcón. ¡Pero estaba ya tan lejos todo +aquello! La vida había puesto por medio todos sus prosaicos cuidados. + +La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las +heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el +espíritu de _aquella loca_ al positivismo vulgar, y había atajado las +demasías eróticas de su fantasía juvenil. + +Hacía muy buena casada, en opinión de las gentes; esto es, atendía con +gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domésticos. + +Mesía y Visita no tenían en el invierno de sus amores aquellos días de +sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se veían a solas y alguno de +ellos tenía algún cuidado o preocupación, de esos que piden confidentes +y consejeros, se lo decían todo, o casi todo; se hablaban en voz baja, +muy cerca uno de otro, y volvían a llamarse de tú como antaño. Parecían +un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años. + +--¡Bah!--decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba +interés al ocaso de su hermosura--; ¡bah! tú has caído esta vez de +veras, te lo conozco yo. Pero también te digo una cosa: que te va a +costar tu trabajo.... + +Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que con Paco. +Su _política_ tenía que ser diferente. Al Marquesito había que hablarle +de amor puro, por los motivos explicados antes; a Visita de una +conquista más. Comprendía don Álvaro que Visitación quería precipitar a +la Regenta en el agujero negro donde habían caído ella y tantas otras. +Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a Vetusta con su tía +doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste. Admiraba a su +amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la +molestaba como a todas, y la virtud la volvía loca. Quería ver aquel +armiño en el lodo. La aburría tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo: +«¡La Regenta, la Regenta es inexpugnable!». Al cabo llegaba a cansar +aquella canción eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. ¡La +Regenta! ¿Por qué? ¿No había otra? Ella lo había sido en Vetusta poco +tiempo. Su marido había dejado la carrera muy pronto, ¿a qué venía +aquello de Regenta por aquí, Regenta por allí? Poco tiempo tenía la +mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de +pura fantasía y mala intención; necesitaba la atención para la prosa de +la vida que era bien difícil; pero algún desahogo había de tener: pues +bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas. No se +separaba de ella en cuanto podía: a la iglesia, al paseo, al teatro, +iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La del Banco, +desde que había descubierto algún interés por don Álvaro en su amiga y +en Mesía deseos de vencer aquella virtud, no pensaba más que en +precipitar lo que en su concepto era necesario. No creía a nadie capaz +de resistir a su antiguo novio. + +En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto. + +Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte +arraigado en él por las dificultades. + +Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; disimulaba el +placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del otro. + +--Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades. + +--No hablemos de eso.--Se quiere una vez y después... se las arregla +uno como puede. + +Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación +humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy +interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.) + +--Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo. + +--Sí, eso a la vista está. + +--No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo +que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el +cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y +poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... ¡Si la vieras! + +--Me lo figuro.--No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó Visita: + +--¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de pasión en los +ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, contenida...? + +--¿Verdad que tiene razón Frígilis? + +--¿Qué dice ese sonámbulo? + +--Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla. + +--Es verdad; la cara sí...--Y la expresión; y aquel modo de inclinar la +cabeza cuando está distraída; parece que está acariciando a un niño con +la barba redonda y pura.... + +--¡Hola, hola! ¡el pintor! + +Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero +aventado. + +--¡Dice que no está enamorado y la compara con la Virgen!... + +--Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo. + +Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en +la garganta, dijo con voz ronca y rápida: + +--Que lo tenga. Mesía disimuló la repugnancia que le produjo aquella +frase. + +--Pero, ¡ay, Alvarín! ¡si la pudieras ver en su cuarto, sobre todo +cuando le da un ataque de esos que la hacen retorcerse!... ¡Cómo salta +sobre la cama! Parece otra.... Entonces, no sé por qué, me explico yo el +capricho de la piel de tigre que dicen que le regaló un inglés +americano. ¿Te acuerdas de aquel baile fantástico que bailaban los Bufos +que vinieron el año pasado? + +--Sí, ¿qué?--¿Te acuerdas de aquella danza de las Bacantes? Pues eso +parece, sólo que mucho mejor; una bacante como serían las de verdad, si +las hubo allá, en esos países que dicen. Eso parece cuando se retuerce. +¡Cómo se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de +lágrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la +remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas +subterráneas; parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado +y en prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da unos abrazos a las +almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! Cualquiera diría que en los +ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.... Ese +estúpido de don Víctor con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el +de los gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia; +el mundo no debía ser así. Y no es así. Sois los hombres los que habéis +inventado toda esa farsa. + +Calló un poco, perdido el hilo del discurso, y añadió: + +--Yo me entiendo. Después de calmarse volvió a su asunto. + +--¡Si la vieras! Es que no es así como se quiera. Verás... tiene los +brazos.... + +Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía explicar a +un hombre que había sido su amante y era su camarada, todas las +turgencias de Ana, su perfección plástica, los encantos velados, como +decía Cármenes en el _Lábaro_. Pero les daba su nombre propio unas +veces, y cuando no lo tenían, o ella lo ignoraba, usaba caprichosos +diminutivos inventados en otro tiempo por Álvaro en el entusiasmo de las +más dulces confianzas. Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen +masculinos, estaban grabados como si fuesen de fuego en la memoria de +Visita; no salían a sus labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces. +Le sabían a gloria a la del Banco. Pero después le quedaba un dejo +amargo.... «Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza, +los criados, el casero... ¡diablos coronados!». + +Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin pensar en lo que +hacía, las partes correspondientes de la Regenta, que describía con +entusiasmo; y dijo al terminar su descripción apuntando hacia atrás: + +--Se precia «esa otra» de buenas formas.... ¡Buena comparación tiene! + +La cita era sabia y oportuna. Visitación suponía a don Álvaro enterado +de lo que era aquella otra ¡y no había comparación! + +Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como +una amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas +que saltaban de los de Visita. + +--Pero te ha de costar mucho trabajo.... + +--Puede que no tanto--dijo Mesía, sin contenerse. + +--Ella tragar... ya tragó el anzuelo. + +--¿Crees tú?--Sí, estoy segura. Pero no te fíes; puedes marcharte con +una tajada y dejar el pez en el agua. + +--Como yo vea el momento de tirar...--Mucho tiempo llevas pensándolo. + +--¿Quién te lo ha dicho? + +--Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.--Y lo de ella, ¿cómo lo +sabes? + +--¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!... + +--¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cómo +está ella... para echar mis cuentas. + +--Ella no está como un guante, pero por dentro andará la procesión. +Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando se casó cesaron, +que después volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora. Su humor +es desigual. Exagera la severidad con que juzga a las demás, la aburre +todo. ¡Pasa unas encerronas! + +--¡Ta, ta, ta! eso no es decir nada. + +--Es mucho.--Nada en mi favor.--¿Tú qué sabes? Mira, si le hablan de +ti palidece o se pone como un tomate, enmudece y después cambia de +conversación en cuanto puede hablar. En el teatro, en el momento en que +tú vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el público está más +atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los +gemelos. Pero la observo yo; por curiosidad, claro; porque a mí, en +último caso ¿qué? Su alma su palma. + +--¿No eres su amiga íntima? + +--Su amiga, sí. ¿Íntima? Ella no tiene más intimidades que las de dentro +de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy cavilosa y todo se lo guarda. +Por ella no sabré nunca nada. + +Un momento de silencio.--A no ser que ahora se lo cuente todo al +Magistral.... Ya sabrás que le ha tomado de confesor. + +--Sí, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa de asistir +al confesonario. + +--No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo. + +Visita llamaba misticismo a toda devoción que no fuera como la suya, que +no era devoción. + +--Ana, cuando chica, allá en Loreto, tuvo ya, según yo averigüé, +arranques así... como de loca... y vio visiones... en fin desarreglos. +Ahora vuelve; pero es por otra causa (y señaló al corazón.) Está +enamorada, Alvarico, no te quepa duda. + +Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo agradecimiento. ¡Le daban una +fe en sí mismo aquellas palabras! + +No quería saber más: o mejor, comprendió que nada positivo podía añadir +Visita. + +Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos +músculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz +temblaba un poco. Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía. + +--Deja eso--dijo, acercándose a su amiga--. No hablemos de otros; +hablemos de nosotros. Estás guapísima.... + +--¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua metálica.) + +--Tontina... si tú no fueras tan desconfiada.... + +--¿Qué novedades son estas?--preguntaron los labios y la lengua de +placas de acero. + +--Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata? + +Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la +calle. Era de las más desiertas; crecía yerba entre las piedras. Aquel +silencio era el que llamaba solemne y aristocrático don Saturnino. + +Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don Álvaro estaba +seguro. Se aproximó más a Visita. + +Sonó una bofetada; y después la carcajada estrepitosa de la del Banco, +que dio un paso atrás, huyendo de don Álvaro. + +--¡Loca!... ¡idiota!...--gimió Mesía limpiando su mejilla que sintió +húmeda y pegajosa. + +--¡Vuelve por otra! A mí que soy tambor de marina, como dice la +Marquesa. + +La dama, completamente tranquila, sonriente, se metió un terrón de +azúcar en la boca. + +Era su sistema. Se prohibía a sí misma, por desconfianza, las dulzuras +de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas, que «se pegaban +al riñón». + +Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que +aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y enamorada. + +Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareció una +señora que los del balcón reconocieron al momento. Era la Regenta. Venía +de negro, de mantilla; la acompañaba Petra, su doncella. Pronto +estuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, porque no levantó la +cabeza. + +--Anita, Anita--gritó Visitación. + +Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía y saludaba. +Nunca la había visto tan hermosa. Traía las mejillas sonrosadas, y ella +era pálida; también parecía haber estado al lado de un fogón como Visita +y Obdulia; en sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se +difundían en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a +sus ideas. + +Y además de esto notó Mesía que le había mirado sin conmoverse, sin +turbarse, como a Visita, ni más ni menos; hasta en su saludo, más franco +y expansivo que otras veces, había visto una especie de desaire, la +expresión de una indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera +dicho: gozquecillo, tú no muerdes, no te temo. Se vería. Por lo pronto +aquella afabilidad era desprecio. ¿Qué había pasado en la catedral? ¿Qué +hombre era aquel don Fermín que en una sola conferencia había cambiado +aquella mujer? + +Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de +dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó con su aire +grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su +admirador y mortal enemigo. + +--¿Has confesado?--Sí, ahora mismo. + +--¿Con el Magistral, por supuesto? + +--Sí, con él.--¿Qué tal? ¿Excelente, verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No +subes? + +--No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón, sin +cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado. + +--¡Ana, sube, anda, tonta!--gritó la viuda mientras devoraba a la +Regenta con los ojos de pies a cabeza. + +Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí +de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo demás, los hombres. + +Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con graciosa sonrisa y +siguió adelante. Un momento se habían encontrado sus ojos con los de +Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces; le +habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar _el contacto_ de +aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado, +confundido con el deseo. + +Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía +por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló +la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso: + +--Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.--¡Cómetela!...--gritó al +oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y añadió +muy seria: + +--¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología parda!... + + + + +--IX-- + + +En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el +palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia, +de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa +hasta el tejado por las paredes. + +Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera frío. +Miró hacia la bocacalle próxima; por allí el horizonte se abría lleno de +resplandores. La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba +ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y +relucientes entonces. Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados +golondrinas gárrulas, inquietas, que iban y venían, como si hiciesen sus +visitas de despedida, próximo el viaje de invierno. + +--Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo.... + +--¿Las dos solas?--Sí, las dos... por los prados... a campo traviesa. + +--Pero, señorita, los prados estarán muy mojados.... + +--Por algún camino... extraviado... por donde no haya gente. Tú que eres +de esas aldeas, y conoces todo eso, ¿no sabes por dónde podremos ir sin +que encontremos a nadie? + +--Pero, si estará todo húmedo.... + +--Ya no; el sol habrá secado la tierra.... ¡Yo traigo buen calzado. +Anda... vamos, Petra! + +Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como +una mística que solicita favores celestiales. + +Petra miró asombrada a su señora. Nunca la había visto así. ¿Qué era de +aquella frialdad habitual, de aquella tranquilidad que parecía recelo y +desconfianza disimulados? + +Tenía la doncella algo más de veinticinco años; era rubia de color de +azafrán, muy blanca, de facciones correctas; su hermosura podía excitar +deseos, pero difícilmente producir simpatías. Procuraba disimular el +acento desagradable de la provincia y hablaba con afectación +insoportable. Había servido en muchas casas principales. Era buena para +todo, y se aburría en casa de Quintanar, donde no había aventuras ni +propias ni ajenas. Amos y criados parecían de estuco. Don Víctor era un +viejo tal vez amigo de los amores fáciles, pero jamás había pasado su +atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algún piropo +envuelto en circunloquios que no le comprometían. El ama era muy +callada, muy cavilosa; o no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien. +Sin embargo, Petra había adquirido la convicción de que aquella señora +estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella las pocas ocasiones que se +le ofrecían para procurarse la confianza de la Regenta. Era solícita, +discreta, y fingía humildad, virtud, la más difícil en su concepto. + +Un paseo a campo traviesa, después de confesar, solas, en una tarde +húmeda, daba mucho en qué pensar a Petra. Ella no deseaba otra cosa, +pero insistía en su oposición por ver adónde llegaba el capricho del +ama. Otras habían empezado así. + +Bajaron por la calle del Águila. A su extremo, pasaba, perpendicular, la +carretera de Madrid. + +--Por ahí no--dijo el ama--. Por aquí; vamos hacia la fuente de +Mari--Pepa. + +--A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará seco; +todavía da el sol. Mire usted, allí está la fuente. + +Petra mostró a su señora allá abajo, en la vega, una orla de álamos que +parecía en aquel momento de plata y oro, según la iluminaban los rayos +oblicuos del poniente. El camino era estrecho, pero igual y firme; a los +lados se extendían prados de yerba alta y espesa y campos de hortaliza. +Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son más fértiles +que toda la campiña; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles +azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los +rayos del sol en el ocaso deslumbran. Así brillaban entonces. Ana +entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por +aquella frescura del suelo. + +Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho +se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme +cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la calvicie, +varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo resonar como castañuelas +las hojas solitarias de sus extremos. + +--Mire usted, señora, ¡cosa más rara! a ninguna de esas ramas le queda +más hoja que la más alta, la de la punta.... + +Después de esta observación, y otras por el estilo, Petra se paraba a +coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se enganchaba el +vestido en las zarzas, daba gritos, reía; iba tomando cierta confianza +al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala +fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas dignas de ser +calladas. + +Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta. + +«¡Más de una hora de confesión! La carita como iluminada al levantarse +con la absolución encima... y ahora este paseo por los campos... y +reír... y permitirle ciertas libertades.... No me fío; esperemos». + +La doncella de Ana era amiga de llegar en sus cálculos y fantasías a las +últimas consecuencias. Ya veía en lontananza propinas sonantes, en +monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa--daba por +supuesto que había algo--traía complicaciones que ofrecían novedad para +la misma Petra, que había visto lo que ella y Dios y aquellos y otros +caminos solitarios sabían. + +Llegaron a la fuente de Mari--Pepa. Estaba a la sombra de robustos +castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en forma de +iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de álamos que se +veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más +escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se +levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la +naturaleza en torno del manantial. Aunque situado en una hondonada, +desde allí se veía magnífico paisaje, porque a la parte de occidente +otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban +contemplar los lejanos términos, y allá confundido con la neblina el +Corfín, una montaña que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico +sobre valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos. El sol +sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, detrás del +cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno. + +Ana se sentó sobre las raíces descubiertas de un castaño que daba sombra +a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaña iluminada como por +luces de bengala, y casi entre sueños oía a su lado el murmullo discreto +del manantial y de la corriente que se precipitaba a refrescar los +prados. Sobre las ramas del castaño saltaban gorriones y pinzones que no +cerraban el pico y no acababan nunca de cantar formalmente, distraídos +en cualquier cosa, inquietos, revoltosos y vanamente gárrulos. Hojas +secas caían de cuando en cuando de las ramas al manantial; flotaban +dando vueltas con lenta marcha, y, acercándose al cauce estrecho por +donde el agua salía, se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la +corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata. Una +nevatilla (en Vetusta _lavandera_) picoteaba el suelo y brincaba a los +pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba vueltas, +barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, de un salto +llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas bajas de la +zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, siempre alegre, +pizpireta; quedó inmóvil un instante como si deliberase; y de repente, +como asustada, por aprensión, sin el menor motivo, tendió el vuelo recto +y rápido al principio, ondulante y pausado después y se perdió en la +atmósfera que el sol oblicuo teñía de púrpura. Ana siguió el vuelo de la +_lavandera_ con la mirada mientras pudo. «Estos animalitos, pensó, +sienten, quieren y hasta hacen sus reflexiones.... Ese pajarillo ha +tenido una idea de repente; se ha cansado de esta sombra y se ha ido a +buscar luz, calor, espacio. ¡Feliz él! Cansarse ¡es tan natural!». Ella +misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que había +vivido siempre. ¿Sería algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que +el Magistral le había prometido? Cuando ella le había dicho que en la +adolescencia había tenido antojos místicos, y que después sus tías y +todas las amigas de Vetusta le habían hecho despreciar aquella vanidad +piadosa ¿qué había contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba +todavía en los oídos aquella voz dulce que salía en pedazos, como por +tamiz, por los cuadradillos de la celosía del confesonario. Le había +dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir al +pie de la letra, algo parecido a esto: «Hija mía, ni aquellos anhelos de +usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los +desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de +prudencia». Pizca había dicho, estaba ella segura. La elocuencia del +Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el púlpito; +ahora lo notaba. En el confesonario aprovechaba las palabras familiares +que dicen tan bien ciertas cosas que jamás había visto ella en los +libros llenos de retórica. Y le había puesto una comparación: «Si usted, +hija mía, se baña en un río, y revolviendo el agua al nadar, por juego, +como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro, +pequeñísima que no vale una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria? +¿pensará que aquel descubrimiento la va a hacer rica? ¿que todo el río +va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y +que todo va a ser para usted? Eso sería absurdo. Pero, por esto ¿va a +tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo +los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin +pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la +arena?». Estaba muy bien puesta la comparación. Ella se había visto con +su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de +avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete +blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no +arrojase la pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar así, que se +viera lo que se decía. Se había entusiasmado con aquel fluir de palabras +dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial; había abierto su +corazón delante de aquel agujero con varillas atravesadas. También ella +había dicho muchas palabras que no había usado en su vida hablando con +los demás. Entonces el Magistral, allá dentro, callaba; y cuando ella +terminó, la voz del confesonario temblaba al decir: «Hija mía, esa +historia de sus tristezas, de sus ensueños, de sus aprensiones merece +que yo medite mucho. Su alma es noble, y sólo porque en este sitio yo no +puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de señalar dónde está +el oro y dónde está el lodo... y de hacerle ver que hay más oro de lo +que parece. Sin embargo, usted está enferma; toda alma que viene aquí +está enferma. Yo no sé cómo hay quien hable mal de la confesión; aparte +de su carácter de institución divina, aun mirándola como asunto de +utilidad humana ¿no comprende usted, y puede comprender cualquiera que +es necesario este hospital de almas para los enfermos del espíritu?». El +Magistral había hablado de las consultas que los periódicos protestantes +establecen para dilucidar casos de conciencia. «Las señoras +protestantes, que no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. ¿No es +esto ridículo?». El Provisor había sonreído con la voz. + +Y había continuado diciendo lo que en sustancia era esto: «No debía ella +acudir allí sólo a pedir la absolución de sus pecados; el alma tiene, +como el cuerpo, su terapéutica y su higiene; el confesor es médico +higienista; pero así como el enfermo que no toma la medicina o que +oculta su enfermedad, y el sano que no sigue el régimen que se le indica +para conservar la salud, a sí mismos se hacen daño, a sí propios se +engañan; lo mismo se engaña y se daña a sí propio el pecador que oculta +los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de prisa y +mal, o falta al régimen espiritual que se le impone. No bastaba una +conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y +descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deducía +racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar +a menudo. No se trataba de cumplir con una fórmula: confesar no era eso. +Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de +ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como +lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido +religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan +y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se +desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religión, lo mandaría el +sentido común. La religión es toda razón, desde el dogma más alto hasta +el pormenor menos importante del rito». + +Aquella conformidad de la fe y de la razón encantaba a la Regenta. +¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás había oído esto? No se había +atrevido a preguntárselo al Magistral, pero tiempo habría. + +Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y +se atrevió a mirarla con insolencia. La dama se acordó del Arcipreste, +que tenía el don de parecerse a los pájaros. + +«Era un buen señor Ripamilán; pero ¡qué manera de confesar! Una rutina +que nunca le había enseñado nada. A no ser su matrimonio, nada había +sacado de aquellas confesiones. Decía el pobre hombre que se sabía de +memoria los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su +eterno:--'Bien, bien, adelante: ¿qué más? adelante... reza tres +Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. ¡Qué hombre tan raro! +¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía ella este o el otro +temperamento? Pues el Magistral en seguida: le había dicho que era un +temperamento especial, que todo esto y más había que tener en cuenta. +Esto era completamente nuevo». + +Además, la había halagado mucho el notar que don Fermín le hablaba como +a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le había citado +autores, dando por supuesto que los conocía, y al usar sin reparo +palabras técnicas se guardaba de explicárselas. + +«¡Y qué _elevación_! ¿Qué era la virtud? ¿Qué era la santidad? Aquello +había sido lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la +cosa más fácil para los espíritus nobles y limpios. Para un perezoso +enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un +imposible; para una persona decente (así había dicho) una necesidad de +las más imperiosas de la vida. La religión no presentaba como una senda +ardua la de la virtud, sino para los que viven sumidos en el pecado; +pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en nosotros; no había más +que darle una voz y acudía. La virtud comienza por un esfuerzo ligero, +si bien contrario al hábito adquirido; al día siguiente el esfuerzo era +menos costoso y su eficacia mayor por la _velocidad adquirida_, por la +_inercia del bien_, esto era mecánico (así lo había dicho el señor De +Pas.) La virtud podía definirse; el equilibrio estable del alma. Además, +era una alegría; un buen día de sol; ráfagas de aire fresco embalsamado; +el alma virtuosa se convertía en una pajarera donde gorjeaban alegres +los dones del Espíritu Santo animando el corazón en las tristezas de la +vida. Aquella melancolía de que ella se quejaba, era nostalgia de la +virtud a que llegaría, y por la que suspiraba su espíritu como por su +patria. La virtud era cuestión de arte, de habilidad. No sólo se +conseguía por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo, +pero había otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede +aspirar también a la perfección». (En aquel momento se figuraba la +Regenta como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan +pequeña, tan monótona y triste.) «Ella que había leído a San Agustín ¿no +recordaba que el santo Obispo gustaba de la música religiosa, no por el +deleite de los sentidos, sino porque elevaba el alma? Pues así todas las +artes, así la contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras +históricas, y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y +ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la virtud. ¿Por qué +no? ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí +mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se +encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos. +Así, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, veneno para los +débiles, era purga para los fuertes. Al que llega a cierto grado de +fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por el contraste». +El Magistral no había dicho si él era tan fuerte como todo eso, pero +ella suponía que sí. De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas +bien diferentes de lo que le habían enseñado sus tías y la devoción +vulgar (así la llamó para sus adentros) que había aprendido como una +rutina. Sí, la religión verdadera se parecía en definitiva a sus +ensueños de adolescente, a sus visiones del monte de Loreto más que a la +sosa y estúpida disciplina que la habían enseñado como piedad seria y +verdadera. ¡Y cuántas más lecciones le había prometido el Magistral para +otro día! ¡Cuántas cosas nuevas iba a saber y a sentir! ¡Y qué dicha +tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales +asuntos, los más interesantes, los más altos sin duda! + +De la _cuestión personal_, esto es, de los pecados de Ana, se había +hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. «No tenía datos, +necesitaba conocer la mujer». + +Al recordar esto sintió la Regenta escrúpulos. ¡Le había dado la +absolución y ella no había dicho nada de su inclinación a don Álvaro! +--«Sí, inclinación. Ahora que consideraba vencido aquel impulso +pecaminoso, quería mirarlo de frente. Era inclinación. Nada de disfrazar +las faltas. Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos, +pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero, +personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo +hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero ¿debía +haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, ¿no hubiera sido poner en berlina a +don Víctor sin por qué ni para qué, puesto que ella le era fiel de hecho +y de voluntad y se lo sería eternamente? Y con todo, debió haber +especificado más en aquella parte de la confesión. ¿Estaba bien +absuelta? ¿Podría comulgar tranquila al día siguiente? Eso no, de ningún +modo; no comulgaría; se quedaría en la cama fingiendo una jaqueca: de +tarde iría a reconciliar, y al otro día la comunión. Este era el mejor +plan. La resolución de no comulgar a la mañana siguiente le dio una +alegría de niña; era como un día de asueto. Podía pasar la noche +pensando en la religión, en la virtud en general, por aquel sistema +nuevo, y no preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor +dignamente. Era una prórroga; un respiro. Y ya no le parecía impropio +dar rienda suelta a su alegría, aquella alegría causada por fuerzas +morales puramente y que tal vez era la alborada del día esplendoroso de +la virtud. + +»¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa, +llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro +del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto +garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus +pequeños y... vetustenses. ¡Y qué color de salud! + +»¡Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! ¿Cómo no sería Obispo el +Magistral? ¡Quién sabe! ¿Por qué era ella, aunque digna de otro mundo, +nada más que una señora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era +lo de menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese +pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y +volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro, +radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió a la realidad. +Todo quedó en la sombra. El sol ocultaba entre nubes pardas y espesas, +detrás de la cortina de álamos, el último pedazo de su lumbre que se le +había quedado atrás, como un trapillo de púrpura. La sombra y el frío +fueron repentinos. Un coro estridente de ranas despidió al sol desde un +charco del prado vecino. Parecía un himno de salvajes paganos a las +tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta recordó las carracas +de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo misterioso y se +rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito horrísono. + +--¡Petra! ¡Petra!--gritó. + +Estaba sola. ¿Adónde había ido su doncella? + +Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raíz gruesa, +que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su +vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había +estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones. + +--¡Petra! ¡Petra! La doncella no respondía. El sapo la miraba con una +impertinencia que le daba asco y un pavor tonto. + +Llegó Petra. Venía sudando, muy encarnada, con la respiración fatigosa. +Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como había visto tan +ensimismada a la señora, se había llegado al molino de su primo Antonio +que estaba allí cerca, a un tiro de fusil. + +Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de +inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la +doncella; el ama lo sabía. Petra pensaba casarse con él, pero más +adelante cuando fuera más rico y ella más vieja. De vez en cuando iba a +verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para +calentarse en la vejez. Miraba el molino como una caja de ahorros donde +ella iba depositando sus economías de amor. Ana sin saber por qué, +sintió un poco de ira. «¿Cómo serían aquellos amores de Petra y el +molinero? ¿Qué le importaba a ella...?». Pero la manera de mirar a +Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo descompuesto, la +fatiga que no podía ocultar, el sudor, el color de sus mejillas, +revelaba una curiosidad que quería ocultar en vano la Regenta. «¿Qué +había hecho en el molino aquella mujer?». Este pensamiento baladí, +obsesión estúpida que era casi un dolor, absorbía toda la atención de +Ana, a su pesar. + +--Vamos, vamos, que es tarde.--Sí, señora; es tarde. Entraremos en casa +cuando ya estén encendidos los faroles. + +--No, no tanto.--Ya verá usted.--Si no te hubieras detenido en la +fragua de tu primo.... + +--¿Qué fragua? Es un molino, señora. + +A Petra le supo a malicia lo que era una equivocación. + +Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurecía. La luz +amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas +polvorientas de las raquíticas acacias que adornaban el boulevard, +nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo. + +--¿Cómo me has traído por aquí? + +--¿Qué importa? Petra se encogió de hombros. En vez de subir por la +calle del Águila habían dado un rodeo y entraban por una de las pocas +calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de +galerías con cristales de colores chillones y discordantes. La acera de +tres metros de anchura, una acera hiperbólica para Vetusta, estaba +orlada por una fila de faroles en columna, de hierro pintado de verde, y +por otra fila de árboles, prisioneros en estrecha caja de madera, verde +también. Por esto se llamaba _El boulevard_, o lo que era en rigor, +_Calle del Triunfo de 1836_. Al anochecer, hora en que dejaban el +trabajo los obreros, se convertía aquella acera en paseo donde era +difícil andar sin pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras, +planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros, +zapateros, sastres, carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar +otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del +Triunfo y paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras +con estridente sonsonete. + +Había comenzado aquel paseo años atrás como una especie de parodia; +imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las +conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes se fingían +caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia. Poco a +poco la broma se convirtió en costumbre y merced a ella la ciudad +solitaria, triste de día, se animaba al comenzar la noche, con una +alegría exaltada, que parecía una excitación nerviosa de toda la +«pobretería», como decían los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de +los talleres que salía al aire libre; los músculos se movían por su +cuenta, a su gusto, libres de la monotonía de la faena rutinaria. Cada +cual, además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho +algo útil, de haber trabajado. Las muchachas reían sin motivo, se +pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los +grupos de obreros crecía la algazara; había golpes en la espalda, +carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, de falso pudor, no +por hipocresía, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los +remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con +las mejillas ardiendo. Las virtudes que había allí sabían defenderse a +bofetadas. En general, se movía aquella multitud con cierto orden. Se +paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos señoritos se mezclaban con los +grupos de obreros. A ellas les solía parecer bien un piropo de un +estudiante o de un hortera; pero la indignación fingida era mayor cuando +un _levita_ se propasaba y siempre acompañaba a la protesta del pudor el +sarcasmo. Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al +volver a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas, +suponiendo que el _futraque_ tenía _carpanta_, o sea hambre. A lo sumo +concedían que comería cañamones. Los expertos no se aturdían por estos +improperios convencionales, que eran allí el buen tono; insistían y +acababan por sacar tajada, si la había. La virtud y el vicio se codeaban +sin escrúpulo, iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque +había algunas jóvenes limpias, de aquel montón de hijas del trabajo que +hace sudar, salía un olor picante, que los habituales transeúntes ni +siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un olor de miseria +perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo respiraban muchas +mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras delicadas, dulces, pero +todas mal vestidas, mal lavadas las más, mal peinadas algunas. El +estrépito era infernal; todos hablaban a gritos, todos reían, unos +silbaban, otros cantaban. Niñas de catorce años, con rostro de ángel, +oían sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír +como locas. Todos eran jóvenes. El trabajador viejo no tiene esa +alegría. Entre los hombres acaso ninguno había de treinta años. El +obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegría expansiva, sin +causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios. + +Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se podía +salir de la acera. Había mucho lodo y pasaban carros y coches sin cesar; +era la hora del correo y aquel el camino de la estación. + +Los grupos se abrían para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes más +osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza +bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía admiración y +respeto. + +Las chalequeras no murmuraban ni reían al pasar Ana. + +--¡Es la Regenta!--¡Qué guapa es! Esto decían ellas y ellos. Era una +alabanza espontánea, desinteresada. + +--¡Olé, salero! ¡Viva tu mare!--se atrevió a gritar un andaluz con +acento gallego. + +Su entusiasmo le costó una _galleta_--un coscorrón--de un su amigo, más +respetuoso. + +--¡So bruto, mira que es la Regenta! + +Era popular su hermosura. A Petra también le decían los pollastres que +era un arcángel; iba contenta. Ana sonreía y aceleraba el paso. + +--Dónde nos hemos metido...--¿Qué importa? ya ve usted que no se la +comen. + +Muchas señoritas podrían aprender crianza de estos pela-gatos. + +Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas, pero en +esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en +aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor picante de la _chusma_, en +la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor; del amor +que era por lo visto una necesidad universal. También había cuchicheos +secretos, al oído, entre aquel estrépito; rostros lánguidos, ceños de +enamorados celosos, miradas como rayos de pasión.... Entre aquel cinismo +aparente de los diálogos, de los roces bruscos, de los tropezones +insolentes, de la brutalidad jactanciosa, había flores delicadas, +verdadero pudor, ilusiones puras, ensueños amorosos que vivían allí sin +conciencia de los miasmas de la miseria. + +Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pensó en sí +misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibición absoluta +del placer, y se tuvo esa lástima profunda del egoísmo excitado ante las +propias desdichas. «Yo soy más pobre que todas estas. Mi criada tiene a +su molinero que le dice al oído palabras que le encienden el rostro; +aquí oigo carcajadas del placer que causan emociones para mí +desconocidas...». + +En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Había un +drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno, +vestido con blusa azul, gritaba: + +--¡La mato! ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla. + +Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El mozo echaba fuego +por los ojos. + +--¿Qué es eso?--preguntó Petra. + +--Nada--dijo uno--celucos.--Sí--gritó una joven--pero si ella se +descuida la ahoga. + +--Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul salió +del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto +a la Regenta la miró cara a cara, distraído, pensando en su venganza; +pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un contacto violento. +¡Eran los _celucos_! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal, +sin duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana! + +Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del +Comercio. De las tiendas salían haces de luz que llegaban al arroyo +iluminando las piedras húmedas cubiertas de lodo. Delante del escaparate +de una confitería nueva, la más lujosa de Vetusta, un grupo de _pillos_ +de ocho a doce años discutían la calidad y el nombre de aquellas +golosinas que no eran para ellos, y cuyas excelencias sólo podían +apreciar por conjeturas. + +El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos +cerrados. + +--Esa se llama _pitisa_--dijo uno en tono dogmático. + +--¡Ay qué farol!; si eso es un _pionono_, si sabré yo.... + +También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía apretada +la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres +admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para +ellos; esto le parecía la más terrible crueldad de la injusticia. Pero, +además, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no +habían de comer, se le antojaban compañeros de desgracia, hermanitos +suyos, sin saber por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse +por todo la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa». + +--Corre, Petra, corre--dijo con voz muy débil. + +--Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a +nosotras es. Ah, son ellos, sí...--¿Quién?--El señorito Paco y don +Álvaro. + +Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía. + +--¿Dónde están? A ver si podemos, antes que.... + +Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de ellas. El +Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, que era una de +sus maneras de _hacer esprit_, como decía ya el mismo Ronzal. Mesía +saludó muy formalmente. + +De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban a los +vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don Álvaro +veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de batería de teatro y +notó en la primer mirada que no era ya la mujer distraída de aquella +tarde. Sin saber por qué, le había desanimado la mirada plácida, franca, +tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida, +rápida, miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de Ana, el +triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba de verse animado. Sin fe +en sí mismo no daría un paso. Y había que dar muchos y pronto». + +En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos se +aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están +concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas pobres, que son +las más, no se resignan a enseñar el mismo vestido una tarde y otra y +siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se recorre la parte +nueva, la calle del Comercio, la plaza del Pan, que tiene soportales, +aunque muy estrechos, el boulevard un poco más tarde, cuando ya está +durmiendo la _chusma_. Y el pretexto es comprar algo. ¡En una casa hacen +falta tantas cosas! Se entra en las tiendas, pero se compra poco. La +calle del Comercio es el núcleo de estos paseos nocturnos y algo +disimulados. Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con +mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador. Con un +ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los +precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo. Los mancebos son casi todos +catalanes; pero pronuncian el castellano con suficiente corrección. Son +amables, guapos casi todos. Los más tienen la barba cortada a lo +Jesucristo. Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas. +Inclinan la cabeza con una languidez entre romántica y cachazuda; +aquello lo mismo puede significar: «Señorita, _abrigo_ una pasión +secreta, que...». «Señorita, ni la paciencia de Job... pero tendré +paciencia». + +--¡Oh, le estoy cansando a usted!--dice Visitación a un rubio con +cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de +percal. + +--¡Ah, no señora! Es mi obligación... y además lo hago con la mejor +voluntad.... «El mancebo ha de ser incansable, para eso está allí». + +Visitación siempre tiene que hacer un mandilón para la criada, pero no +se decide nunca. Otras noches es ella la que está desnuda. + +--«Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo». + +El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado a la dama +delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de +una nevada.... + +--«¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material!»--responde ella, +turbándose como una niña aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y +clava en el mancebo los ojos risueños, arrugaditos, que Visitación cree +que echan chispas. El catalán finge que se deja seducir por aquellos +ojos y en cada vara rebaja un perro chico. + +Visitación triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió a +Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que +podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío. + +Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de _El Lábaro_, no +saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y +les queda tiempo para _marear_ a los horteras y tomar varas al sesgo +(frase de Orgaz) de los señoritos que pasean por la acera disputando en +voz alta para anunciar su presencia. Domina allí una alegría bulliciosa, +la alegría sin motivo que es la más expansiva y contentadiza. ¿Quién lo +diría? No sólo _el elemento joven de ambos sexos_ (de _El Lábaro_) sino +las personas formales; magistrados, catedráticos, autoridades, abogados, +hasta clérigos, están deseando todo el día, sin darse cuenta, la hora de +las tiendas, los días que _hace bueno_ y pueden las damas +«decorosamente» coger la mantilla y echarse a la calle. Es aquella una +hora de cita que, sin saberlo ellos mismos, se dan los vetustenses para +satisfacer la necesidad de verse y codearse, y oír ruido humano. Es de +notar que los vetustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se +desprecian. Uno por uno el vetustense maldice de sus conciudadanos, pero +defiende el carácter del pueblo _en masa_, y si le sacan de allí suspira +por volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo +menos así lo llama don Saturnino, hay además el atractivo que le presta +la fantasía. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento lleno de +deudas, y un farol aquí, otro a cincuenta pasos (si no hace luna; en las +noches románticas no hay gas) no deslumbran ni quitan a la noche su +misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, según su imaginación, atribuye +a los que pasan la figura que quiere. + +--Parecen otras las chicas--dicen los pollos. + +Los vetustenses gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir de +su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que después no son nuevas. + +--¿Quién son ésas?--y resulta que son las de Mínguez, es decir, las +eternas Mínguez, las de ayer, las de antes de ayer, las de siempre. +¡Pero mientras la ilusión dura!... En los pueblos donde pocas veces se +tienen espectáculos gratuitos lo es y más interesante el de contemplarse +mutuamente. Un paseo, _cogido por los cabellos_, es un placer delicado, +intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la +honrada clase media española. + +Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas +recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón o por la +calle del Comercio; y niña casadera que tiene para ocho días con una +flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y que saborea a sus +solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días mortales, +detrás del cristal que azota la lluvia incansable. Así se explica aquel +entrar y salir en los comercios, aquel reír por cualquier cosa, aquel +encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un +estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. Todo es +movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste +silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido, +cabizbajo, lleno de unción (de _El Lábaro_), a los sermones, a las +novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al miserere. Ana creía +ver en cada rostro la llama de la poesía. Las vetustenses le parecían +más guapas, más elegantes, más seductoras que otros días: y en los +hombres veía aire distinguido, ademanes resueltos, corte romántico; con +la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según +pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas, +costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros, +estudiantes y militares de la reserva. + +Sólo ella no tenía amor; ella y los niños pobres que lamían los +cristales de las confiterías eran los desheredados. Una ola de rebeldía +se movía en su sangre, camino del cerebro. Temía otra vez el ataque. + +--«¿Qué era aquello, Señor, qué era aquello?». ¿Por qué en día +semejante, cuando su espíritu acababa de entrar en vida nueva, vida de +víctima, pero no de sacrificio estéril, sin testigos, si no acompañado +por la voz animadora de un alma hermana; por qué en ocasión tan +importuna se presentaba aquel afán de sus entrañas, que ella creía cosa +de los nervios, a mortificarla, a gritar ¡guerra! dentro de la cabeza, y +a volver lo de arriba abajo? ¿No había estado en la fuente de Mari--Pepa +entregada a la esperanza de la virtud? ¿No se abrían nuevos horizontes a +su alma? ¿No iba a vivir para algo en adelante? ¡Oh! ¡quién le hubiera +puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó con la de un hombre. +Sintió un calor dulce y un contacto pegajoso. No era el Magistral. Era +don Álvaro, que venía a su lado hablando de cualquier cosa. Ella apenas +le oía, ni quería atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura +moral, que lamentaba para sus adentros, en tanto que veía a las jóvenes +y a las jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas +deslumbrantes de gas. Don Álvaro opinaba lo contrario, que bastaba su +presencia y su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener +idea de lo que Mesía pensaba del prestigio de su _físico_, hay que +figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede echar +chispas. Él se creía una máquina eléctrica de amor. La cuestión era que +la máquina estuviese preparada. Era fatuo hasta ese extremo, pero dígase +en su abono que nadie lo sabía, y que podía citar numerosos hechos que +acreditaban el motivo de aquella vanidad monstruosa. Se creía hombre de +talento--«él era principalmente un político»--; confiaba en su +experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero +humildemente se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado +con el prestigio de su belleza corporal. «Para seducir a mujeres +gastadas, ahítas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no +basta la figura, ni es lo principal siquiera; pero las vírgenes +_honradas_ (conocía él otra clase) y las casadas honestas se rinden al +buen mozo». + +--No conozco seductores corcovados ni enanos--decía, encogiéndose de +hombros, las pocas veces que con sus amigos íntimos hablaba de estas +cosas: solía ser después de cenar fuerte--. ¿Se me habla de extravíos +del gusto? Eso es lo excepcional. Pero nadie querrá ser en el amor lo +que es el asafétida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de +la decadencia.... + +Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas +técnico-escandalosas. Describía todas las aberraciones de la lubricidad +femenil en lo antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No +había nada nuevo. «Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas, +lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de Cerbatana». Paco +padecía distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua. +Esta Cerbatana era Ecbátana, pero él la llamaba así por equivocación +indudablemente. Ya sabía a qué ciudad se refería. Era una que tenía +muchas murallas de colores diferentes. Lo había leído en la _Historia de +la prostitución_; en la de Dufour no, en otra que conocía también. Era +un sabio. + +--Yo he leído--añadía don Álvaro en casos tales--que ha habido +princesas y reinas encaprichadas y _metidas_ con monos, así como suena, +monos. + +--Sí señor--acudía Paco a decir--, lo afirma Víctor Hugo en una novela +que en francés se llama _El hombre que ríe_ y en español _De orden del +rey_. + +--Pero fuera de eso, que es lo excepcional--continuaba Mesía +diciendo--hay que desengañarse, lo que buscan las mujeres es un buen +_físico_. + +--Eso creo yo--solía afirmar Ronzal--la mujer es así _urbicesorbi_ (en +todas partes, en el latín de Trabuco.) + +Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba +a nadie. Como en él lo principal era el político, transigía con la +religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia +y el Estado. Es más, le parecía de mal tono llevar la contraria a los +católicos de buena fe. En París había aprendido ya en 1867, cuando fue a +la exposición, que lo _chic_ era el creer como el carbonero. Sport y +catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro +que lo de creer era decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni +bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte. +Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo +cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar de haber corrido +tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: «¡Bah! todo +eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, bueno era _ilustrarse_, +fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás +ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Había pedido a un +amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empezó +por aprender que ya no había tal metafísica, idea que le pareció +excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Leyó _Fuerza y materia_ +de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron; +hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y +precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era _chic_. +También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con +papel de color de azafrán. No entendió mucho pero se iba al grano: todo +era masa gris; corriente, lo que él quería. Lo principal era que no +hubiese infierno. También leyó en francés el poema de Lucrecio _De rerum +natura_: llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era muy +largo. Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz +conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las +mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así estaba por dentro Mesía +en punto a creencias, pero a estos subterráneos no había llegado el +mismo Paco, que era buen católico, según Mesía. Aquello era para él +solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a París sacaba el fondo +del baúl y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran +demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus +ideas acerca del átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil +de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se +convencía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro. +Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir +don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos: + +--«¡Qué mujer aquella!».--Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido +una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no +sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas. + +Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba +para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo +creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él +también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras +circunstancias; más adelante. + +Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba +hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las +clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con +ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni +mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y +por algo se empieza. + +--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--decía don Álvaro. + +Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por +lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión +oportuna. + +--Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto! + +--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte. + +--Será que usted no se fija en mí; bastante salgo. + +Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella +quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los hombres; ¡pero +ella, Ana! + +Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía aquella señora? ¿Provocar +una conversación para aludir a lo que había entre ellos, que en rigor +no era nada que mereciese comentarios? ¿Debía él extrañar aquella +inadvertencia de Ana? ¡Que no se fijaba en ella! ¿Era coquetería vulgar +o algo más alambicado que él no se explicaba? ¿Quería dar por nulo todo +lo que ambos sabían, las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el +teatro, en el paseo? ¿Quería negar valor a las miradas fijas, intensas, +que a veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse? + +El primer impulso de Ana había sido inconsciente. + +Había hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero +después pensó que aquella respuesta podía servir para desanimar a Mesía +dándole a entender que ella no había entrado en aquel pacto de +sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era demasiado negar, era +negar la evidencia. + +Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó lo menos +ridículo «hacerse el interesante», según el estilo que empleaban los +vetustenses para tales materias. Y dijo con el tono de una galantería +vulgar, obligada: + +--Señora, usted donde quiera tiene que llamar la atención, aun del más +distraído. + +Y como esto le pareció cursi y algo anfibológico, añadió algunas +palabras, no menos vulgares y frías. + +No comprendía él todavía que aquello de _hacerse el interesante_, si +hubiera sido ridículo tratándose de otras mujeres, era la mejor arma +contra la Regenta. Ana lo olvidó todo de repente para pensar en el dolor +que sintió al oír aquellas palabras. «¿Si habré yo visto visiones? ¿Si +jamás este hombre me habrá mirado con amor; si aquel verle en todas +partes sería casualidad; si sus ojos estarían distraídos al fijarse en +mí? Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de +impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo--¡ay! +¡sí, esto era lo cierto, con el rabillo!--¿serían ilusiones mías, nada +más que ilusiones? ¡Pero si no podía ser!». Y sentía sudores y +escalofríos al imaginarlo. Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las +ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia; sería +virtuosa siempre, consumaría el sacrificio, su don Víctor y nada más, es +decir, nada; pero la nada era su dote de amor. ¡Mas renunciar a la +tentación misma! Esto era demasiado. La tentación era suya, su único +placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse +tentar! + +La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le +parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba llenando de +vacío. «¡No, no; la tentación era suya, su placer el único! ¿Qué haría +si no luchaba? Y más, más todavía, pensaba sin poder remediarlo, ella no +debía, no podía querer; pero ser querida ¿por qué no? ¡Oh de qué manera +tan terrible acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día en +que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el confesor que +le decía que era tan fácil la virtud! Sí, era fácil, bien lo sabía ella, +pero si le quitaban la tentación no tendría mérito, sería prosa pura, +una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía...». + +Don Álvaro, que si no era tan buen político como se figuraba, de +diplomacia del galanteo entendía un poco, comprendió pronto que, sin +saber cómo, había acertado. + +En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, notó que le +había hecho efecto la sequedad de la vulgarísima galantería. «¿Esperaba +ya una declaración? ¡Pero si mañana va a comulgar! ¿Qué mujer es esta? +¡Una hermosísima mujer!»--añadió el materialista en sus adentros al +mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas. + +Habían llegado al portal del caserón de los Ozores, y se detuvieron. El +farol dorado que pendía del techo alumbraba apenas el ancho zaguán. +Estaban casi a obscuras. Hacía algunos minutos que callaban. + +--¿Y Petra? ¿Y Paco?--preguntó la Regenta alarmada. + +--Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina. + +Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la +lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la Regenta, y +sin poder contenerse, fuera de su plan, _natura naturans_, exclamó: + +--¡Qué monísima! ¡qué monísima! + +Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin +alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo +importaba más que una flor insípida, y no era una desfachatez. Podía +tomarse por una declaración, por una brutalidad de la naturaleza +excitada, por todo, menos por una osadía impertinente, imposible en el +más cumplido caballero. + +Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra, +buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le +pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como +lluvia benéfica en el alma de la Regenta. + +--Es mía--pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba +en el día del triunfo. + +--¿Quieren ustedes subir a descansar?--preguntó la dama a los +caballeros, al ver llegar a Paco. + +--No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte. + +--¿A buscarme?--Sí; ¿no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con +nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Calderón de la +Barca, el ídolo de tu marido. ¿No sabes? Ha venido un actor de Madrid, +Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen _La vida +es Sueño_... ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá se +empeña. Espera vestida. + +--Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar.... + +--¿Eso qué importa?--¡Vaya si importa!--Lo dejas para otro día. En +fin, ya arreglarás eso con mamá; porque ella viene a buscarte. + +Y sin atender a más, salió del portal el aturdido Marquesito. + +Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. «Ya sabía +a qué atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la +había entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conocía en +que estaba tan frío. No le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro». +Escuchó. Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy +humilde. + +--¿Irá usted al teatro? + +--No, de fijo no--contestó la Regenta, cerrando detrás de sí la puerta y +entrando en el patio. + + + + +--X-- + + +A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas +por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y +se detenía delante del caserón arrinconado. + +La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy +mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de +blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con +estrépito. + +--¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido? + +--¡Qué terca!--exclamó Paquito, que acompañaba a su madre. + +Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que +no era responsable de aquella terquedad. + +«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía +su levita de tricot muy ajustada. + +Ana sonrió a la Marquesa.--Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se +ha molestado usted? + +--¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he +molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo, +delante de estos señores te peino, te calzo y te visto. + +--Eso es--dijo Paco--te vestimos, te peinamos.... + +Don Víctor instó también. + +--_La vida es Sueño_, hija mía, es el portento de los portentos del +teatro.... Es un drama simbólico... filosófico. + +--Sí, ya sé, Quintanar.... + +--Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales. + +--Y que habrá tanta gente--añadió la Marquesa. + +--Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera.... ¿No voy otras veces? +¡Pero si mañana tengo que comulgar! + +--¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú +al teatro a pecar? + +--¡El arte es una religión!--advirtió don Víctor consultando el reloj, +temeroso de perder lo de + + Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento. + +Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué escándalo!». + +--Pero, niña--prosiguió--demasiado nos honra la Marquesa. + +--¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir. + +--No señora; es inútil insistir. + +Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también quería ver +empezar, cedió y se llevó a don Víctor, que hizo algunos remilgos. + +--Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.--¡No faltaba más! +--exclamó la Regenta asustada--. ¿No vas otras noches? + +Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel drama de +dramas. + +Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de +campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con +colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros +días tantos folletines la señorita doña Anunciación Ozores, que en paz +descansa. Ahora no había allí fuego; la hornilla, descubierta, era un +agujero de tristeza. + +Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró y salió +muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, sin mover los +párpados, a la hornilla negra y fría. La doncella se comía con los ojos +a la señora. «¡No va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me +necesitará?». + +--¿Querrá algo la señora?--preguntó. + +Sobresaltada la Regenta, respondió: + +--¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete. + +«Después de todo, era una tontería haber dado aquel desaire a la +Marquesa, estando decidida a no comulgar al día siguiente. Pero, ¿y por +qué no había de comulgar? ¿Era ella una beata con escrúpulos necios? +¿Qué tenía que echarse en cara? ¿En qué había faltado? Todo Vetusta en +aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, música, alegría; y ella +sola, sola, allí en aquel comedor obscuro, triste, frío, lleno de +recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasión de dar pábulo a una +pasión que halagaría a la mujer más presuntuosa. ¿Era esto pecar? Nada +tenía ella que ver con don Álvaro. Podía él estar todo lo enamorado que +quisiera, pero ella jamás le otorgaría el favor más insignificante. +Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. ¿Qué había que +confesar? Nada. ¿Para qué reconciliar? Para nada. Podía comulgar sin +miedo; sí, madrugaría, comulgaría. ¡Pero bastaba, bastaba por Dios, de +pensar en aquello! Se volvía loca. Aquel continuo estudiar su +pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas inocentes, de +malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía a los que la +vida le había traído y seguía trayendo sin buscarlos. Pero ¿qué había de +hacer sino cavilar una mujer como ella? ¿En qué se había de divertir? +¿En cazar con liga o con reclamo como su marido? ¿En plantar eucaliptus +donde no querían nacer, como Frígilis?». + +En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo, +entregados unos al vicio, otros a cualquier manía, pero todos +satisfechos. Sólo ella estaba allí como en un destierro. «Pero ¡ay! era +una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual +suspirar. Había vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez, y +en Valladolid; don Víctor siempre con ella; ¿qué había dejado ni a +orillas del Ebro, el río del Trovador, ni a orillas del Genil y el +Darro? Nada; a lo más, algún conato de aventura ridícula. Se acordó del +inglés que tenía un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de +ella y le regaló la piel del tigre cazado en la India por sus criados. +Había sabido más adelante que aquel hombre, que en una carta--que ella +rasgó--la juraba ahorcarse de un árbol histórico de los jardines del +Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesía y voluptuosa frescura', +aquel pobre Mr. Brooke se había casado con una gitana del Albaicín. Buen +provecho; pero de todas maneras era una aventura estúpida. La piel del +tigre la conservaba, por el tigre, no por el inglés». Esta historia no +la sabía bien Obdulia; creía que se trataba de un norte-americano; se lo +había dicho Visitación... + +«¿Por qué no había ido al teatro? Tal vez allí hubiera podido alejar de +sí aquellas ideas tristes, desconsoladoras que se clavaban en su cerebro +como alfileres en un acerico. Si estaba siendo una tonta. ¿Por qué no +había de hacer lo que todas las demás?». En aquel instante pensaba como +si no hubiera en toda la ciudad más mujeres honestas que ella. Se puso +en pie; estaba impaciente, casi airada. Miró a la llama de la lámpara +suspendida sobre la mesa.... La ofendía aquella luz. Salió del comedor; +entró en su gabinete; abrió el balcón, apoyó los codos en el hierro y la +cabeza en las manos. La luna brillaba en frente, detrás de los soberbios +eucaliptus del _Parque_, plantados por Frígilis. Duraba aquel viento sur +blando, templado, perezoso; a veces ráfagas vivas movían como sonajas de +panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre +metálico. Eran como estremecimientos de aquella naturaleza próxima a +dormir su sueño de invierno. + +Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas, +melancólicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. Todo +desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la +niebla tenue que se cernía sobre Vetusta, y parecía el cuerpo del viento +blando y caliente. Miró al cielo, a la luz grande que tenía en frente, +sin saber lo que miraba; sintió en los ojos un polvo de claridad +argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas +de araña; las lágrimas refractaban así los rayos de la luna. + +«¿Por qué lloraba? ¿A qué venía aquello? También ella era bien necia. +Tenía miedo de estos enternecimientos que no servían para nada». La +luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los +eucaliptus de Frígilis inclinando leve y majestuosamente su copa, se +acercaban unos a otros, cuchicheando, como diciéndose discretamente lo +que pensaban de aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin +amor, que había jurado fidelidad eterna a un hombre que prefería un buen +macho de perdiz a todas las caricias conyugales. + +«Aquel Frígilis, el de los eucaliptus, había tenido la culpa. Se lo +había metido por los ojos. Y hacía ocho años y todavía pensaba en esta +mala pasada de Frígilis como si fuera una injuria de la víspera. ¿Y si +se hubiera casado con don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel. +¡Pero aquel don Víctor era tan bueno, tan caballero! Parecía un padre, y +aparte la fe jurada, era una villanía, una ingratitud engañarle. Con don +Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido más remedio. +¡Sería tan brutal, tan grosero! Don Álvaro entonces la hubiera robado, +sí, y estarían al fin del mundo a estas horas. Y si Redondo se +incomodaba, tendría que batirse con Mesía». Ana contempló a don Frutos, +el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre, +como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi +negra, muy espesa y con espuma... + +«¡Qué horror!». Tuvo asco de aquella imagen y de las ideas que la habían +traído. + +«¡Qué miserable soy en estas horas de desaliento! ¡Qué infamias estoy +pensando!...». Se ahogaba en el balcón. Quiso bajar a la huerta, al +_Parque_; sin pedir luz ni encenderla, alumbrada por la luna, atravesó +algunas habitaciones buscando la escalera del parterre; pero al pasar +cerca del despacho de Quintanar, cambió de propósito y se dijo: «Entraré +ahí; ese debe de tener fósforos sobre la mesa. Voy a escribir al +Magistral; le diré que me espere mañana de tarde; necesito reconciliar; +yo no puedo recibir la comunión así; se lo contaré todo, todo, lo de +dentro, lo de más adentro también». + +El despacho estaba a obscuras; allí no entraba la luna. Ana avanzó +tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepintió +de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un pie +cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrás. Dio +un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las manos de +avanzada para evitar un choque.... + +--¡Ay! ¡Jesús! ¿Quién va? ¿quién es? ¿quién me sujeta?--gritó +horrorizada. + +Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la +opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos +en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían +la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo +para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando: + +--¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí? + +Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió +un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el +pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con +el piso. No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la +oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo. +Buscó la puerta, tropezó mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a +tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con +estrépito por el suelo. Llegó Petra con luz. + +--¡Señora!, ¡señora! ¿qué es esto? ¡Ladrones!--¡No, calla! Ven acá, +quítame esto que me oprime como unas tenazas. + +Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación tan grande +como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo. + +Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que había +caído. + +Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus inventores, +serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de +vencer cierta dificultad de mecánica que retardaba la aplicación del +artefacto. + +Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado; +si tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica y otra +idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del +resorte no era suficiente para matar al ladrón de corral, pero sí para +detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni +Frígilis ni Quintanar querían sangre; no pretendían más que tener bien +sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran +sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la +sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la +Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda +del culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara +sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese perfecta, más que +esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del +resorte endiablado, como había tropezado aquella señora. + +Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron que +destrozar--y buenos sudores les costó--para separarlo del brazo que +magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se contentó con decir: + +--¡Qué _estropicio_!--apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras +materias incalificables que yacían sobre el piso. + +--Si hubiera sido yo, me despedía don Víctor.... ¡Ay, señora! si ha roto +usted tres de esos tiestos nuevos... ¡y el cuadro de las mariposas se ha +hecho pedacitos! ¡y se ha roto una vitrina de herbario! y.... + +--¡Basta! deja esa luz ahí, vete--interrumpió la Regenta. + +Petra insistió gozándose en la disimulada cólera de su ama. + +--¿Quiere usted, que traiga árnica, señora? Mire usted, tiene el brazo +amoratado... ya lo creo... apenas mordería con fuerza ese demonio de +guillotina... pero, ¿qué será eso? ¿usted lo sabe? + +--Yo... no... no; déjame. Tráeme un poco de agua. + +--Ya lo creo; y tila, si está usted pálida como una muerta. ¿Pero por +qué andaba usted a obscuras, señora? ¡Qué susto! ¡pero qué susto!... +¿Qué demonches de diablura será eso? Pues para cazar gorriones no es.... +Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio. + +Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la Regenta; +después vino con tila, recogió los restos de los cachivaches y los puso +sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas. Sentía un júbilo +singular viendo aquella ruina de objetos que ella tenía que considerar +como vasos sagrados de un culto desconocido. + +--¡Si hubiera sido yo!--repetía entre dientes, al juntar los últimos +pedazos, puesta en cuclillas. + +Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista de su +irresponsabilidad. + +Ana bajó a la huerta, olvidada ya de la carta que quería escribir. Le +dolía el brazo. Le dolía con el escozor moral de las bofetadas que +deshonran. Le parecía una vergüenza y una degradación ridícula todo +aquello. Estaba furiosa. «¡Su don Víctor! ¡Aquel idiota! Sí, idiota; en +aquel momento no se volvía atrás. ¡Qué diría Petra para sus adentros! +¿Qué marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?». Miró a la +luna y se le figuró que le hacía muecas burlándose de su aventura. Los +árboles seguían hablándose al oído, murmurando con todas las hojas; +comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, como decía +Petra. + +«¡Qué hermosa noche! Pero ¿quién era ella para admirar la noche serena? +¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con +lo que le sucedía a ella?». + +«Si pensaría Quintanar que una mujer es de hierro y puede resistir, sin +caer en la tentación, manías de un marido que inventa máquinas absurdas +para magullar los brazos de su esposa. Su marido era botánico, +ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias, +cómico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quería más a Frígilis que a +su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero +ahora completamente _ido_, intratable; un hombre que tenía la manía de +la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que +injertaba perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y +pretendía que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había +llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos +españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta +despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda, +sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y +hacía tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, sin más +relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía más; aquello era la gota +de agua que hace desbordar... ¡caer en una trampa que un marido coloca +en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto el colmo de lo +ridículo!». + +La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, pueril, la +hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel +modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió contra sí todo +el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en +su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no +había pretexto, no había pretexto para la ingratitud...». + +«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la +juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a +que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias +del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y +hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, +había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba ese +amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su +luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los +sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí +misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al +despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un +magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que +estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga +de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias +materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo +tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le +sonaba como la frase del miércoles de ceniza, _¡quia pulvis es!_ eres +polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de +todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a +criados y pastores murmurar con malicia.... ¡Lo que aquello era y lo que +podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el +consuelo de ser tenida por mártir y heroína.... Recordaba también las +palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e. p. +d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás +decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse +para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello +continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada +otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de +hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto +de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le +sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso +sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero +llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca; +le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus +caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo +aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor +irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos; +era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en +Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de +confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era +confesarlo». + +«Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que +pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban plateadas, +pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y +caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin +esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas +de aves cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta +el horizonte. Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna +era la que corría a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su +luz en aquel mar de tinieblas». + +«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el mundo a +abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin +esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!». + +Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban +con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la +carne, derechos de la hermosura. Y la luna seguía corriendo, como +despeñada, a caer en el abismo de la nube negra que la tragaría como un +mar de betún. Ana, casi delirante, veía su destino en aquellas +apariencias nocturnas del cielo, y la luna era ella, y la nube la vejez, +la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. Tendió las manos al +cielo, corrió por los senderos del _Parque_, como si quisiera volar y +torcer el curso del astro eternamente romántico. Pero la luna se anegó +en los vapores espesos de la atmósfera y Vetusta quedó envuelta en la +sombra. La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se +destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus +encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros, +en la obscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo; más sombra en +la sombra. + +Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en las barras frías +de la gran puerta de hierro que era la entrada del _Parque_ por la calle +de Tras-la-cerca. Así estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de +fuera, abstraída en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como +las del pensamiento que iba y venía, sin saber por dónde, a merced de +impulsos de que no tenía conciencia. + +Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un +bulto por la calle solitaria pegado a la pared del _Parque_. + +«¡Es él!» pensó la Regenta que conoció a don Álvaro, aunque la aparición +fue momentánea; y retrocedió asustada. Dudaba si había pasado por la +calle o por su cerebro. + +Era don Álvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto se +le ocurrió salir a satisfacer una curiosidad intensa que había sentido. +«Si por casualidad estuviese en el balcón.... No estará, es casi seguro, +pero ¿si estuviese?». ¿No tenía él la vida llena de felices accidentes +de este género? ¿No debía a la buena suerte, a la _chance_ que decía don +Álvaro, gran parte de sus triunfos? ¡Yo y la ocasión! Era una de sus +divisas. ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía que sin ella ya no podía +vivir, que venía a rondar su casa como un enamorado de veinte años +platónico y romántico, que se contentaba con ver por fuera aquel +paraíso.... Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se +le ocurriría a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad, +estuviese en el balcón. Salió del teatro, subió por la calle de Roma, +atravesó la Plaza del Pan y entró en la del Águila. Al llegar a la Plaza +Nueva se detuvo, miró desde lejos a la rinconada... no había nadie al +balcón.... Ya lo suponía él. No siempre salen bien las corazonadas. No +importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas.... +Nadie; no se asomaba ni un gato. «Una vez allí ¿por qué no continuar el +cerco romántico?». Se reía de sí mismo. ¡Cuántos años tenía que remontar +en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole! +Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la +calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de +la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a +la calle a que daba la puerta del _Parque_. Allí no había casas, ni +aceras ni faroles; era una calle porque la llamaban así, pero consistía +en un camino maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones, +uno de la Cárcel y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la +puerta, pegado a la pared, por huir del fango, Mesía creyó sentir la +corazonada verdadera, la que él llamaba así, porque era como una +adivinación instantánea, una especie de doble vista. Sus mayores +triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada +verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor +insólito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las +mejillas, angustia en la garganta.... Se paró. «Estaba allí la Regenta, +allí en el Parque, se lo decía aquello que estaba sintiendo.... ¿Qué +haría si el corazón no le engañaba? Lo de siempre en tales casos; ¡jugar +el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que abriera; y +si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que imposible; +pero, sí, la saltaría. ¡Si volviera a salir la luna! No, no saldría; la +nube era inmensa y muy espesa; tardaría media hora la claridad». + +Llegó a la verja; él vio a la Regenta primero que ella a él. La conoció, +la adivinó antes. + +--«¡Es tuya!--le gritó el demonio de la seducción--; te adora, te +espera». + +Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su víctima. La +superstición vetustense respecto de la virtud de Ana la sintió él en sí; +aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo después de muerta +acaso; él huir; ¡lo que nunca había hecho! Tenía miedo... ¡la primera +vez! + +Siguió; dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver pie atrás, +por más que el demonio de la seducción le sujetaba los brazos, le atraía +hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al oído +llamándole: «¡Cobarde, seductor de meretrices!... ¡Atrévete, atrévete +con la verdadera virtud; ahora o nunca!...». + +--«¡Ahora, ahora!»--gritó Mesía con el único valor grande que tenía--; +y ya a diez pasos de la verja volvió atrás furioso, gritando: + +--¡Ana! ¡Ana! Le contestó el silencio. En la obscuridad del _Parque_ no +vio más que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaños de Indias; +y allá a lo lejos, como una pirámide negra el perfil de la +_Washingtonia_, el único amor de Frígilis, que la plantó y vio crecer +sus hojas, su tronco, sus ramas. + +Esperó en vano.--Ana, Ana--volvió a decir quedo, muy quedo--; pero sólo +le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la +arena de los senderos. + +Ana había huido. Al ver tan cerca aquella tentación que amaba, tuvo +pavor, el pánico de la honradez, y corrió a esconderse en su alcoba, +cerrando puertas tras de sí, como si aquel libertino osado pudiera +perseguirla, atravesando la muralla del _Parque_. Sí, sentía ella que +don Álvaro se infiltraba, se infiltraba en las almas, se filtraba por +las piedras; en aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle +aparecer de pronto, como ante la verja del _Parque_. + +«¿Será el demonio quien hace que sucedan estas casualidades?», pensó +seriamente Ana, que no era supersticiosa. + +Tenía miedo; veía su virtud y su casa bloqueadas, y acababa de ver al +enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen había +despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor +había dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a +infestarse. + +«¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la +obscuridad.... Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡sí! +aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos, +era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la +vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo, +la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo entre fango. +Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un +conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una +aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella. +Lucharía». + +Don Víctor volvió del teatro y se dirigió al gabinete de su mujer. Ana +se le arrojó a los brazos, le ciñó con los suyos la cabeza y lloró +abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot. + +La crisis nerviosa se resolvía, como la noche anterior, en lágrimas, en +ímpetus de piadosos propósitos de fidelidad conyugal. Su don Víctor, a +pesar de las máquinas infernales, era el deber; y el Magistral sería la +égida que la salvaría de todos los golpes de la tentación formidable. +Pero Quintanar no estaba enterado. Venía del teatro muerto de sueño--¡no +había dormido la noche anterior!--y lleno de entusiasmo +lírico-dramático. Francamente, aquellos enternecimientos periódicos le +parecían excesivos y molestos a la larga. «¿Qué diablos tenía su +mujer?». + +--Pero, hija, ¿qué te pasa? tú estás mala.... + +--No, Víctor, no; déjame, déjame por Dios ser así. ¿No sabes que soy +nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho y acariciarte... y que +tú me quieras también así. + +--¡Alma mía, con mil amores!... pero... esto no es natural, quiero +decir... está muy en orden, pero a estas horas... es decir... a estas +alturas... vamos... que.... Y si hubiéramos reñido... se explicaría +mejor... pero así sin más ni más.... Yo te quiero infinito, ya lo sabes; +pero tú estás mala y por eso te pones así; sí, hija mía, estos +extremos.... + +--No son extremos, Quintanar--dijo Ana sollozando y haciendo esfuerzos +supremos para idealizar a D. Víctor que traía el lazo de la corbata +debajo de una oreja. + +--Bien, vida mía, no serán; pero tú estás mala. Ayer amagó el ataque, te +pusiste nerviosilla... hoy ya ves cómo estás.... Tú tienes algo. + +Ana movió la cabeza negando.--Sí, hija mía; hemos hablado de eso en el +palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El doctor opina que la vida que +llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y +hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que +eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire +libre, ir y venir... y yo, por último, opino lo mismo, y estoy +resuelto--esto lo dijo con mucha energía--estoy resuelto a que termine +la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus +sueños.... Basta, hija mía, basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te +pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más +que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando +moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no +me trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste la +salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía mal +disimulada seguía, los nervios erre que erre.... Volvemos a Vetusta, casi +pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda +que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este +caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como +si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que riño pocas +veces; pero ya que ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es, +todo. Frígilis me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz». + +--¿Qué sabe él?--Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor +amigo. + +--Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?... + +--No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya me voy +inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas.... + +--Son los nervios, Quintanar. + +--Pues guerra a los nervios ¡caracoles! + +--Sí...--Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces, +y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras, +le mando a Paco o al mismísimo Mesía, el Tenorio, el simpático Tenorio, +que te enamoren. + +--¡Qué atrocidad!...--¡Programa!--gritó don Víctor--: al teatro dos +veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco +o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno; a las reuniones +de confianza del Casino en cuanto se inauguren este año; a las meriendas +de la Marquesa, a las excursiones de la _high life_ vetustense, y a la +catedral cuando predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el +verano a Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar +el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un +programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La +Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y +Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara +con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, saldremos de +nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero que Frígilis diga +que no eres feliz.... + +--¿Qué sabe él?--Ni quiero llantos que me quitan a mí el sueño. Cuando +lloras sin saber por qué, hija mía, me entra una comezón, un miedo +supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia. + +Ana tembló, como sintiendo escalofríos. + +--¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; todos a la cama; yo +me estoy cayendo. + +Bostezó don Víctor y salió del gabinete después de depositar un casto +beso en la frente de su mujer. + +Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella enfermedad +misteriosa de Ana--porque era una enfermedad, estaba seguro--le +preocupaba y le molestaba. No estaba él para templar gaitas: los nervios +le eran antipáticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban +compasión, le irritaban, le parecían mimos de enfermo; él quería mucho a +su mujer, pero a los nervios los aborrecía.... Además en el teatro había +tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que +estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no +debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el +verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil! +¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin +distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas +sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el +ilustre Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal +quiere quitarme la honra + + a obscuras, como el ladrón + de infame merecimiento; + +pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con +Tirso de Molina (representando): + + A satisfacer la fama + que me habéis hurtado vengo: + mi agravio es león que brama; + un león por armas tengo, + y Benavides se llama. + De vuestros torpes amores + dará venganza a mi enojo, + mostrando a mis sucesores + la nobleza de un león rojo + en sangre de dos traidores...?». + +Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba a +concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa: + + Desde que sois mi cuñado + ni de palabras me afrento..., etc., + +cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus +tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos +delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de +jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y +botánico, y otras no menos respetables. + +--¡Dios mío! ¡qué es esto!--gritó en prosa culta--¿quién ha causado esta +devastación...? ¡Petra! ¡Anselmo!--y se colgó del cordón de la +campanilla. + +Entró Petra sonriente.--¿Qué ha sido esto?--Señor, yo no he sido.... +Habrán entrado los gatos. + +--¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a mí? + +Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de +su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se +transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello, +comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la +escena y gritando como un energúmeno. + +--¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcón si +no me explica esto. + +Anselmo compareció. Tampoco había sido él. + +En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa de los +zorros, despedazada, inservible. + +--¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.... ¡Pero, +señor, quién anduvo aquí! + +Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido. + +Lo explicó todo.--Pero tú, Petra--añadió--¿por qué no le has dicho la +verdad al señor? + +--Señora, yo... no sabía si debía.... + +--¿Si debías qué?--preguntó don Víctor con expresión de no comprender. + +--Si debía...--Al amo no hay que ocultarle nunca nada--dijo la Regenta +clavando los ojos altaneros en la criada. + +Petra sonrió torciendo la boca, y bajó la cabeza. + +Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se quedó +solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, máquinas +y colecciones. + +--«¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita!»--decía entre suspiros +Quintanar, con las manos en la cabeza. Se acostó decidido a consultar +seriamente _lo_ de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos +Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano, +espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas. + +«Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... En aquella +casa iba a pasar algo. ¿Qué habría hecho la señora en la huerta? ¿No se +le había figurado a ella oír allá, hacia la puerta del _Parque_, una +voz...? Sería aprensión... pero... algo, algo había allí. ¿Qué papel la +reservarían? ¿Contarían con ella? ¡Ay de _ellos_ si no!». Y con una +delicia morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar, +oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; «otro estúpido que jamás +había venido a buscarla en el secreto de la noche»... + + + + +--XI-- + + +El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy +distinto género, no le dejaba libre para el estudio más que las horas +primeras del día y las más altas de la noche. Dormía muy poco. Su doble +misión de hombre de gobierno en la diócesis y sabio de la catedral le +imponía un trabajo abrumador; además, era un clérigo de mundo; recibía y +devolvía muchas visitas, y este cuidado, uno de los más fastidiosos, +pero de los más importantes, le robaba mucho tiempo. Por la mañana +estudiaba filosofía y teología, leía las revistas científicas de los +jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos literarios. Preparaba +una _Historia de la Diócesis de Vetusta_, obra seria, original, que +daría mucha luz a ciertos puntos obscuros de los anales eclesiásticos de +España. De este libro, sin conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino +Bermúdez, cuando estaba un poco alegre, después de comer. Uno de sus +secretos era, que «el Magistral merecía el nombre de sabio, pero no +precisamente el de arqueólogo; nadie sirve para todo». + +Don Fermín escribía a la luz tenue y blanca del crepúsculo; la mañana +estaba fresca; de vez en cuando, por vía de descanso, De Pas se +entretenía en soplarse los dedos. Meditaba. Tenía los pies envueltos en +un mantón viejo de su madre. Cubríale la cabeza un gorro de terciopelo +negro, raído; la sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y +las mangas de la chaqueta que vestía debajo de la sotana relucían con el +brillo triste del paño muy rozado. Aquel traje sórdido, que tal +contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el +mundo lucía el Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al +aproximarse la hora de las visitas probables. Entonces vestía don Fermín +un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la +alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; el +zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba +como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante +personaje. En su despacho sólo recibía a los que quería deslumbrar por +sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabiduría no deslumbraba a casi +nadie, y así la mayor parte de las visitas pasaban al salón inmediato. + +Pocos podían jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba abajo; +casi nadie había visto más que el vestíbulo, la escalera, un pasillo, la +antesala y el salón de cortinaje verde y sillería con funda de tela +gris; y aun el salón medio se veía porque estaba poco menos que a +obscuras. Uno de los argumentos que empleaban los que defendían la +honradez del Provisor, consistía en recordar la modestia de su ajuar y +de su vida doméstica. + +Justamente se había hablado de esto la tarde anterior en el Espolón, en +un corrillo de murmuradores, clérigos unos, seglares otros. + +--Entre su madre y él, puede que no gasten doce mil reales al año--decía +muy serio Ripamilán, el venerable Arcipreste--. Él viste bien, eso sí, +con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la +cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser +insignificante. Recuerden ustedes, señores, lo que nos duraba un +sombrero de teja en los ominosos tiempos en que no nos pagaba el +Gobierno. Y en lo demás, ¿qué gastan? Doña Paula con su hábito negro de +Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su +pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está +vestida para todo el año. ¿Y comer? Yo no les he visto comer, pero todo +se sabe; el catedrático de Psicología, Lógica y Ética, que saben ustedes +que es muy amigo mío, aunque partidario de no sé qué endiablada escuela +escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello +fuese la Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha visto a +la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo cuando está barato, +muy barato. Pues ¿y la casa? La casa, todos ustedes lo saben, es una +cabaña limpia, es la casa de un verdadero sacerdote de Jesús. Lo mejor +es lo que conocemos todos, el salón; ¡y válgate Dios por salón! A la +moda del rey que rabió: solemne, pulcro, eso sí; ¡pero qué de trampas +tapa aquella obscuridad! ¿Quién nos dice que las sillas de damasco verde +no tienen abiertas las entrañas? ¿Las han visto ustedes alguna vez sin +funda? ¿Y la consola panzuda, antiquísima, de un dorado que fue, con su +reloj de música sin música y sin cuerda? Señores, no se me diga: el +Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonías es infame +calumnia. + +--Todo esto es verdad--contestó Foja, el ex-alcalde usurero, que estaba +presente siempre en conversaciones de este género. Parecía nacido para +murmurar. + +--No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el +señor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los más +ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doña Paula esconde su gato, ¡un +gatazo! ¿Y las casas que compra el Magistral por esos pueblos? ¿Y las +fincas que ha adquirido doña Paula en Matalerejo, en Toraces, en Cañedo, +en Somieda? ¿Y las acciones del Banco? + +--¡Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; usted no +ha visto las pólizas; usted no ha visto nada.... + +--Pero sé quien lo ha visto.--¿Quién?--¡El mundo entero!--gritó don +Santos Barinaga, que siempre acudía a maldecir de su mortal enemigo el +Provisor--. ¡El mundo entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero +ya hablaré! + +--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este +proceso. + +--¿Por qué?--Porque usted aborrece al Magistral. + +--Claro que sí...--Y enseñaba los puños apretados. + +--¡Y ya me las pagará!--Pero usted, le aborrece por aquello de «¿quién +es tu enemigo? El de tu oficio». Usted vende objetos del culto: cálices, +patenas, vinajeras, lámparas, sagrarios, casullas, cera y hasta +hostias.... + +--Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste. + +--Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y.... + +--¡Hola! ¡hola!--interrumpió Foja--. ¡Preciosa confesión! ¡Dato +precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermín son +enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente +Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las +leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el +verdadero dueño de _La Cruz Roja_, el bazar de artículos de iglesia, al +que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del +obispado han de venir _velis nolis_ a comprar lo que necesitan y lo que +no necesitan. + +--Permítame usted, señor Foja o señor diablo.... + +--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara casualidad de +que _La Cruz Roja_ ocupa los bajos de la casa contigua a la del +Provisor; y como da la picarísima casualidad de que sabemos todos que +hay comunicación por los sótanos, entre casa y casa.... + +--Hombre, no sea usted barullón ni embustero. + +--Poco a poco, señor canónigo, yo no soy barullero, ni miento, ni soy +obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura. + +--No será usted obscurantista, pero tiene la moliera a obscuras para +todo lo que no sea picardía. ¿Qué tiene que ver que al señor Barinaga, +al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio +de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, según +él, le hace el Provisor? ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con +que el bazar, como lo llama, de _La Cruz Roja_, tenga sótanos y el +Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de +comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea +usted un boquirroto y mire más lo que dice. + +--Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragonés, le dan a +usted derecho para desvergonzarse.... + +--¡Poco ruido! ¡Poco ruido! señor Fierabrás--repuso el canónigo +terciando el manteo. + +Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se +decían les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen +humor consiste en soltarse pullas y _frescas_ todo el año, como en +perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal +educado. + +--Es que yo--gritó el ex-alcalde--mato un canónigo como un mosquito.... + +--Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, viborezno +libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; según ese +disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también se podrá asegurar +lo que dice el vulgo de los préstamos del Magistral al veinte por +ciento. + +--_Non capisco_--respondió el ex-alcalde, que sabía italiano de óperas. + +--Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. ¿No es usted otro libelo +infamatorio con lengua y pies--que viera yo cortados--de los muchos que +sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque +le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá +por lo de la usura; ¿quién es tu enemigo? + +--Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo a las narices. + +--Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos. + +--¡Me ha llamado usted usurero! + +--Eso; clarito.--Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al +empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y +recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas +de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la +Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y, +cuando hay caso, la prima del seguro.... + +--Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas.... + +--Yo contribuyo a la circulación de la riqueza.... + +--Como una esponja a la circulación del agua.... + +--Y los curas son los zánganos de la colmena social.... + +--Hombre, si a zánganos vamos.... + +--Los curas son los mostrencos...--Si a mostrencos vamos, conocía yo un +alcaldito en tiempos de la _Gloriosa_... + +--¿Qué tiene usted que decir de la _Gloriosa_? Me parece que la +Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor.... + +--¡Hizo un cuerno! Me hicieron mis méritos, mis trabajos, mis... ¡seor +ciruelo! + +--Déjese usted de insultos y explique por qué he de ser yo enemigo +personal del Provisor. ¿Reparto yo dinero por las aldeas al treinta por +ciento? Y el dinero que yo presto ¿procede de capellanías _cuyo soy_ el +depositario sin facultades para lucrar con el interés del depósito? ¿Mis +rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver +con la curia eclesiástica? ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se +llaman _Palacio_? + +--De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo +le dejo con la palabra en la boca.... + +--Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podrá ser un +viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un +Candelas eclesiástico. + +Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era +demasiado fuerte: + +--¡Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga gritó:--No señores, no +es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy +generoso, y robaba con exposición de la vida. + +Además, robaba a los ricos y daba a los pobres. + +--Sí, desnudaba a un santo para vestir a otro. + +--Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él. Es un +pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya sé yo de qué muerte va a morir. + +Barinaga olía a aguardiente. Era el olor de su bilis. + +Don Cayetano se encogió de hombros y dio media vuelta. Y mientras se +alejaba iba diciendo: + +--Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora +rabian porque no les dejan decir esas picardías en los periódicos.... + +Conversaciones de este género las había a diario en Vetusta; en el +paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacristía de la +Catedral. + +De Pas sabía todo lo que se murmuraba. Tenía varios espías, verdaderos +esbirros de sotana. El más activo, perspicaz y disimulado, era el +segundo organista de la Catedral, que ya había sido delator en el +seminario. Entonces iba al paraíso del teatro a sorprender a los +aprendices de cura aficionados a Talía o quien fuese. Era un presbítero +joven, chato, favorito de la madre del Provisor doña Paula. Se +apellidaba Campillo. + +A don Fermín no le importaba mucho lo que dijeran, pero quería saber lo +que se murmuraba y a dónde llegaban las injurias. + +No pensaba en tal cosa el Magistral aquella mañana fría de octubre, +mientras se soplaba los dedos meditabundo. + +Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin +poder remediarlo. Quería buscar dentro de sí fervor religioso, acendrada +fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo sonoro, +rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción; pero la voluntad no +obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le +asediaban. La mano fina, aristocrática, trazaba rayitas paralelas en el +margen de una cuartilla, después, encima, dibujaba otras rayitas, +cruzando las primeras; y aquello semejaba una celosía. Detrás de la +celosía se le figuró ver un manto negro y dos chispas detrás del manto, +dos ojos que brillaban en la obscuridad. ¡Y si no hubiese más que los +ojos! + +--«¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por la emoción +religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento, +pero no sin vergüenza ante un confesonario!...». + +«¿Qué mujer era aquella? ¿Había en Vetusta aquel tesoro de gracias +espirituales, aquella conquista reservada para la Iglesia, y él el amo +espiritual de la provincia, no lo había sabido antes?». + +El pobre don Cayetano era hombre de algún talento para ciertas cosas, +para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero ¿qué +sabía él de dirigir un alma como la de aquella señora? + +Don Fermín no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho +antes aquella joya que él, Ripamilán, no sabía apreciar en todo su +valor. Y gracias que, por pereza, se había decidido a dejarle aquel +tesoro. + +Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta. + +--«Don Fermín--le había dicho--usted es el único que podrá entenderse +con esta hija mía querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba +contándome sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la +entiendo siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que +eso no. ¿Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no +sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le +indiqué la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que +yo no daba más de mí. No doy, no. Yo entiendo la religión y la moral a +mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me parece que la +piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita--ya sabe usted que ha +escrito versos--es un poco romántica. Eso no quita que sea una santa; +pero quiere traer a la religión el romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no +me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro. A usted le será +fácil». + +El Arcipreste se había acercado más al Provisor, y estirando el cuello, +de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al oído, había +dicho después: + +--«Ella ha visto visiones... pseudo-místicas... allá en Loreto... al +llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, cuando tuvo +aquella fiebre y fuimos a buscarla su tía doña Anuncia y yo. Después... +pasó aquello y se hizo literata.... En fin, usted verá. No es una señora +como estas de por aquí. Tiene mucho tesón; parece una malva, pero otra +le queda; quiero decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre +protesta. Ella misma se me ha acusado de esto, que conocía que era +orgullo. Aprensiones. No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es +desgraciada, aunque nadie lo sospeche. En fin, usted verá. Don Víctor es +como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como +no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él--aquí volvió a +reír don Cayetano--lo mejor será que ustedes se entiendan». + +El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se +acordó también de que él se había puesto como una amapola. + +«¡Lo mejor será que ustedes se entiendan!». En esta frase que don +Cayetano había dicho sin asomos de malicia, encontraba don Fermín motivo +para meditar horas y horas. + +Toda la noche había pensado en ello. Algún día ¿llegarían a entenderse? +¿Querría doña Ana abrirle de par en par el corazón? + +El Magistral conocía una especie de Vetusta subterránea: era la ciudad +oculta de las conciencias. Conocía el interior de todas las casas +importantes y de todas las almas que podían servirle para algo. Sagaz +como ningún vetustense, clérigo o seglar, había sabido ir poco a poco +atrayendo a su confesonario a los principales creyentes de la piadosa +ciudad. Las damas de ciertas pretensiones habían llegado a considerar en +el Magistral el único confesor de buen tono. Pero él escogía hijos e +hijas de confesión. Tenía habilidad singular para desechar a los +importunos sin desairarlos. Había llegado a confesar a quien quería y +cuando quería. Su memoria para los pecados ajenos era portentosa. + +Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un año en acudir al +tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba +las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido +haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeñaba +a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su +manera. La _Encimada_ era toda suya; la _Colonia_ la iba conquistando +poco a poco. Como los observatorios meteorológicos anuncian los +ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en +Vetusta, dramas de familia, escándalos y aventuras de todo género. Sabía +que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse delata +flaquezas de todos los suyos. + +Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, los vicios y hasta +los crímenes a veces, de muchos señores vetustenses que no confesaban +con él o no confesaban con nadie. + +A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular, +hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que +había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su +mujer, con otros secretos más íntimos. Muchas veces, en las casas donde +era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas +de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo; y mientras +su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprendía, +acaso era el único que estaba en el secreto, el único que tenía el cabo +de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a los +vetustenses. «Era aquello un montón de basura». Pero muy buen abono, por +lo mismo, él lo empleaba en su huerto; todo aquel cieno que revolvía, le +daba hermosos y abundantes frutos. + +La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su +propia heredad. Era suyo, bien suyo; ¿quién osaría disputárselo? + +Recordaba minuto por minuto aquella hora--y algo más--de la confesión +de la Regenta. + +«¡Una hora larga!». El cabildo no hablaría de otra cosa aquella mañana +cuando se juntaran, después del coro, los señores canónigos del +tertulín. + +Don Custodio, el beneficiado, había pasado la tarde anterior sobre +espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después +espiando la confesión, que duraba, duraba «escandalosamente». Iba y +venía, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y pasaba ya +lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Había visto primero a otras +mujeres junto a la celosía y a doña Ana en oración, junto al altar. Al +pasar otra vez había visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el +confesonario, cubierta con la mantilla... y vuelta a pasar y ella +quieta... y otra vez... y siempre allí, siempre lo mismo. + +--Don Custodio--le decía Glocester, el ilustre Arcediano, que había +notado sus paseos--¿qué hay?, ¿ha venido esa dama? + +--¡Una hora! ¡una hora!--Confesión general. Ya usted ve.... + +Y más tarde:--¿Qué hay?--¡Hora y media!--Le estará contando los +pecados de sus abuelos desde Adán. + +Glocester había esperado en la sacristía «el final de aquel escándalo». + +El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y +juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan +descomunal noticia. + +«No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. ¡Dos +horas!». + +En efecto, había sido mucho tiempo. El Magistral no lo había sentido +pasar; doña Ana tampoco. La historia de ella había durado mucho. Y +además, ¡habían hablado de tantas cosas! Don Fermín estaba satisfecho de +su elocuencia, seguro de haber producido efecto. Doña Ana jamás había +oído hablar así. + +«Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en secreto con +aquella señora, había sido un anuncio de la realidad. Sí, sí, era +aquello algo nuevo, algo nuevo para su espíritu, cansado de vivir nada +más para la ambición propia y para la codicia ajena, la de su madre. +Necesitaba su alma alguna dulzura, una suavidad de corazón que +compensara tantas asperezas.... ¿Todo había de ser disimular, aborrecer, +dominar, conquistar, engañar?». + +Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se +preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. «Allí, +por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había +orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a +sacrificarse _en Jesús_... ¡Todo aquello estaba lejos! No le parecía ser +el mismo. ¿No era algo por el estilo lo que creía sentir desde la tarde +anterior? ¿No eran las mismas fibras las que vibraban entonces, allá en +las orillas del Bernesga, y las que ahora se movían como una música +plácida para el alma?». En los labios del Magistral asomó una sonrisa de +amargura. «Aunque todo ello sea una ilusión, un sueño, ¿por qué no +soñar? Y ¿quién sabe si esta ambición que me devora no es más que una +forma impropia de otra pasión más noble? Este fuego, ¿no podrá arder +para un afecto más alto, más digno del alma? ¿No podría yo abrasarme en +más pura llama que la de esta ambición? ¡Y qué ambición! Bien mezquina, +bien miserable. ¿No valdrá más la conquista del espíritu de esa señora +que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma tiara...?». + +El Magistral se sorprendió dibujando la tiara en el margen del papel. + +Suspiró, arrojó aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales +pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se +puso a escribir. + +El último párrafo decía: + +«El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición del dogma +de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en el glorioso día +de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: _haec dies quam fecit +Dominus_...». + +El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne modo la doctrina +del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: _Prima salus est rectae +fidei regulam custodire_; confirmábase la doctrina que los griegos +profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba +y definía, _sacro approbante Concilio_, que el Romano Pontífice, _quum +ex cathedra loquitur_, goza plenamente, _per assistentiam divinam_, de +aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su +Iglesia...». + +Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre las manos. + +«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso +no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La +infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable +de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como +estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas.... +¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la +batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la +voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica, +parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el +mar». + +Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia +entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él. Llamaba a +Dupanloup cobarde. En Madrid había llamado mucho la atención predicando +en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El +tema había sido también la infalibilidad. Los periódicos le habían +comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con +Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada, +legos. + +«Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, pensaba De Pas, +con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado +ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como +ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia +de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré a los +fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré Obispo cuando +llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no +aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores, +los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que +hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser +impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y +respeto. ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!... +Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que es +mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No quedábamos en +que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el +templo cristiano? Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima +el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, señor Cardenal, +¿en qué quedamos?». + +El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo sobre la +mesa. + +--Voy, señorito--gritó una voz dulce y fresca desde una habitación +contigua. + +El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el despacho una joven +de veinte años, alta, delgada, pálida, pero de formas suficientemente +rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La +palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con +el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos +bruscos; unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y +noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza +y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon +griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía. En +esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne, +hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un +perfume elocuente de todo el cuerpo. + +Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del despacho y de +la alcoba del _señorito_. Esta proximidad había sido siempre una +exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no +quería ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco +consentía que su hijo, su pobre Fermín, que para ella siempre sería un +niño a quien había que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura +cristiana. La doncella había de tener su lecho cerca del _señorito_, por +si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente. + +En casa el Magistral era _el señorito_. Así le nombraba el ama delante +de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenían que +darle. + +A doña Paula, que no siempre había sido _señora_, le sonaba mejor _el +señorito_ que un usía. Las doncellas de doña Paula venían siempre de su +aldea; las escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las +conservaba mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por +si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni las +muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. Los ojos +azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la +posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía que no toleraba +que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la +inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media +palabra de protesta, ni una leve objeción en nombre del qué dirán. ¿Qué +habían de decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su +hijo, que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una +evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín +continuaba siendo un niño que jamás crecería para la malicia». Este era +un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía que se creyera que ella +creía en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio. + +Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo de su +hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca de la cintura en la +espalda el pañuelo de seda también negro que le cruzaba el pecho. + +--¿Qué quería el señorito? ¿se siente mal? ¿traeré ya el café? + +--¿Yo?... hija mía... no... no he llamado. + +Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un +poco la boca, y añadió: + +--Apostaría... haber oído.... + +--No, yo no. ¿Qué hora es? + +Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo +la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta +coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea. + +--¿Y madre?--Duerme. Se acostó muy tarde. Como están con las cuentas +del trimestre.... + +--Bien; tráeme el café, hija mía. + +Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de +insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día anterior; +también tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que +yacían sobre las sillas y en el suelo. Aquéllos no se tocaban. Mientras +Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la +mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para +seguir trabajando o meditando. + +Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía decir misa; que +era un señor cura. ¿La tenía? ¿Había prometido decirla? No pudo resolver +sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó. + +Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. Ellas eran las +encargadas de oír la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto +se refería a los asuntos del rito. De Pas cumplía con estos deberes +rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. ¡Tenía tantas cosas +en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba +de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba +frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias. + +Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por el despacho; +quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le +permitían adelantar en su trabajo. + +Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí como el +silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó el servicio del +café, volvió a buscar un jarro de estaño y el cubo del lavabo; entró de +nuevo con ellos y una toalla limpia. Entró en la alcoba, dejando las +puertas de cristales abiertas, y se puso a _levantar_ la cama, operación +que consistía en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las +sábanas y la colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una +manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas, +pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, y doña +Paula, por economía, le preparaba así la cama. Hacerla formalmente +hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado. + +Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí veía, distraído, +los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las +piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados +colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a +cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las +enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral +seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su +pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de +brazos sobre la cama, Teresina dejó ver más de media pantorrilla y +mucha tela blanca. De Pas sintió en la retina toda aquella blancura, +como si hubiera visto un relámpago; y discretamente, se levantó y volvió +a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de +un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre +la cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas. + +--¿Le molesta el ruido, señorito? + +El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba +ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en el dintel de la puerta +de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada: + +--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es +igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no esté. + +--Bien está, señorito, bien está--respondió la criada, muy seria, con +voz gangosa y tono de canto llano. + +Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de +levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito. + +El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el +suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de +teología y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a sentarse. +Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le metió por los +puntos de la pluma, levantó la cabeza, satisfecho de su tarea. + +Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale +más por lo raro. El Magistral se frotó las manos suavemente. Estaba +contento. Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, _calamo +currente_, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica +que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan +de ataque. + +Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que iba a +tener un alma hermana. + +Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una +poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de +Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la +memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a +través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de +sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada +parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la +verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico, +incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por qué +recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver +con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la +Edad-media... y sueco? Él era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo +diecinueve, un _carca_, un obscurantista, un zángano de la colmena +social, como decía Foja el usurero...». + +Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De +Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le +quedaba de sus reflexiones de poco antes. + +Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más +fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la +postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos +cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y +fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus +músculos de acero, de una fuerza inútil. + +Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de +color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía +gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de +revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras, +cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del +aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no +se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don +Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que +corrían contra _La Cruz Roja_, como él llamaba, colectivamente, al +Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando +odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al +murmurar del Magistral añadían: + +--«¡Si yo hablara!». + +Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se +acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando +aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo +por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en +el espejo, le parecía un _otro yo_ que se había perdido, que había +quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de +Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba +muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En +cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de +la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía +siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida +torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y +bizarra, mística; pero de piedra. Quedó satisfecho, con la conciencia +de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante +y escultural. + +Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el +suelo, con la expresión de los santos de cromo. + +--¿Qué hay?--Una joven pregunta si se puede ver al señorito. + +--¿A mí?--don Fermín encogió los hombros--. ¿Quién es? + +--Petra, la doncella de la señora Regenta. + +Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su +amo. + +--¿No dice a qué viene? + +--No ha dicho nada más.--Pues que pase. Petra se presentó sola en el +despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin +rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa +en los labios. + +El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en +confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y +paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para +que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que +la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas +de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso +arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había +alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo +impidiesen. + +Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan +insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan +alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen +recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el +clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura +sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no +reconocerla. + +Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El +Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos. + +--¿Es usted criada de la señora de Quintanar? + +--Sí, señor; su doncella. + +--¿Viene usted de su parte?--Sí, señor; traigo una carta para Usía. + +Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno. + +--¿Y no es más que eso? + +--No, señor.--Entonces...--La señora me ha dicho que entregara a Usía +mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o +tardar en entregarla a Usía. + +Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo: + +--En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un +recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda +confianza. + +Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del +delantal. + +--Perdóneme Usía...--dijo con voz temblorosa y ruborizándose. + +--No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo. + +Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía +él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte, +sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la +imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de +aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con +despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a +atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta +casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la +figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la +madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de +cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza, +atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso; +la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos +de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un +contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella +mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del +Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda +angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña +con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una +amortajada. + +Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin +disimulo. + +--¿Qué quería usted?--preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared. + +Petra se repuso y, casi con altanería, contestó: + +--Era un recado para el señor Magistral. + +Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió con afable +sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas, +como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de +la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra +envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral. +Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento +de las maneras finas y de la vida de ciudad. + +--¿Qué te quiere esa señora?--preguntó doña Paula en cuanto se vio a +solas con su hijo. + +--No sé; aún no he abierto la carta. + +--¿Una carta?--Sí, esa. Don Fermín hubiera deseado a su madre a cien +leguas. No podía ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre sí +mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta, +y temía ruborizarse delante de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo, +sin saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel sobre +delante de doña Paula, se pondría como una cereza. Cosas de los nervios. +Pero su madre era como era. + +Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó los codos sobre la +mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió la difícil tarea +de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doña Paula fumaba; +pero «desde que eran de la catedral» fumaba en secreto, sólo delante de +la familia y algunos amigos íntimos. + +El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió +disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo +interior, debajo de la sotana. + +--Adiós, madre; voy a dar los días al señor de Carraspique. + +--¿Tan temprano?--Sí, porque después se llena aquello de visitas y +tengo que hablarle a solas. + +--¿No la lees?--¿Qué he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no +será urgente. + +--Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar en seguida o +dejar algún recado; ¿no comprendes? + +De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta. + +Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba +su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, ¿qué +podía decir la Regenta? Nada de particular». + + «Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted + antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrúpulos de esos + contra los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria. + Si usted fuera tan amable que consintiera en oírme esta tarde un + momento, mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma. + amiga, q.b.s.m., + + ANA DE OZORES DE QUINTANAR». + +--¡Jesús, qué carta!--exclamó doña Paula con los ojos clavados en su +hijo. + +--¿Qué tiene?--preguntó el Magistral, volviendo la espalda. + +--¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doña +Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una +tonta o de una loca. + +--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía.... +Me escribe como a un amigo cualquiera. + +--Vamos, es una pagana que quiere convertirse. + +El Magistral calló. Con su madre no disputaba. + +--Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal. + +--Se me pasó la hora de la cita.... + +--Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el señor +Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación que dar al señor +Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que tú y Ronzal y yo y todos +somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los +necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada. + +--Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se los han +llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay tiempo.... + +--Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y qué dirá Ronzal? +Si tú que estás más interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él? + +--Pero, señora, el deber es primero. + +--El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se +le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa +herencia? + +--¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de +alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de +salir pronto. + +--¿Qué herencia?--repitió. + +--Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no +tiene más que hacer que verla a ella. + +--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú... +eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes. + +Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a +las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosiguió--hicieron +anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación, +esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la +otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas.... + +El Magistral se santiguó y dijo: + +--¿Ya murmuran? ¡Infames! + +--Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te +acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer +aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te +lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber +aparentarla. + +--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--¿No ve usted cómo a +pesar de sus dicharachos yo los piso a todos? + +--Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la +fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un +borrego, pero.... + +--¡Le tengo en un puño!--Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es +ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da +otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian, +estás perdido. + +--Don Fortunato no se mueve sin orden mía. + +--No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver +tus escándalos.... + +--¿Cómo ha de ver eso, madre? + +--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día estamos +perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un tigre, y del +Provisorato te echa a la cárcel de corona.--Madre... está usted +exaltada... ve usted visiones. + +--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y arrojó la +punta del pitillo apurada y sucia. + +Prosiguió:--No quiero más cartitas; no quiero conferencias en la +catedral; que vaya al sermón la señora Regenta si quiere buenos +consejos; allí hablas para todos los cristianos; que vaya a oírte al +sermón y que me deje en paz. + +--¿Con que Glocester?...--Sí, y don Custodio.--Y a usted ¿quién le ha +dicho?... + +--El Chato.--¿Campillo?--El mismo.--Pero ¿qué han visto? ¿Qué pueden +decir esos miserables? ¿cómo se habla de estas cosas en una tertulia de +señoras? ¿cómo entiende esta gente el respeto a las cosas sagradas? + +--¡Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. ¿Respeto? Dios lo dé. El +Arcediano querría confesar a la de Quintanar, es natural, él es muy +amigo de darse tono, y de que digan.... ¡Dios me perdone! pero creo que +le gusta que murmuren de él, y que digan si enamora a las beatas o no +las enamora.... ¡Es un farolón... y un malvado! + +--Madre, usted exagera; ¿cómo un sacerdote?... + +--Fermo, tú eres un papanatas; el mundo está perdido: por eso todos +piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay que aparentar +más virtud que se tiene, aunque se sea un ángel. ¿No sabes que de +nosotros dicen mil perrerías? Glocester, don Custodio, Foja, don Santos +y el mismísimo don Álvaro Mesía, con toda su diplomacia, pasan la vida +desacreditándote. Si hacemos y acontecemos en palacio (doña Paula empezó +a contar por los dedos); si nos comemos la diócesis; si entramos en el +Provisorato desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco; +si tú cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ahí como +esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la +alberca de casa; si el Obispo es un maniquí en nuestras manos; si +vendemos cera, si vendemos aras, si tú hiciste cambiar las de todas las +parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don +Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si tú robas a +los que piden dispensas; si te comes capellanías; si yo cobro diezmos y +primicias en toda la diócesis; si.... + +--¡Basta, madre, basta por Dios! + +--Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero espiritual. Tú +(vuelta a contar por los dedos, pero además con pataditas en el suelo, +como llevando el compás) tienes fanatizado a medio pueblo; las de +Carraspique se han metido monjas por culpa tuya, y una de ellas está +muriendo tísica por culpa tuya también, como si tú fueras la humedad y +la inmundicia de aquella pocilga; tú tienes la culpa de que no se case +la de Páez, la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que +le agrade... por culpa tuya. + +--Madre...--¿Qué más? Hasta les parece mal que enseñes la doctrina a +las niñas de la Santa Obra del Catecismo.... + +--¡Miserables!--Sí, miserables; pero van siendo muchos miserables, y el +día menos pensado nos tumban. + +--Eso no, madre--gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las +mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas, +erizadas como dispuestas a la defensa--. ¡Eso no, madre! Yo los tengo a +todos debajo del zapato, y los aplasto el día que quiero. Soy el más +fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, son unos estúpidos; ni mala +intención saben tener. + +Doña Paula sonrió, sin que su hijo lo notase. «Así te quiero» pensó, y +siguió diciendo: + +--Pero el único flaco que podemos presentarles es este, Fermo; bien lo +sabes; acuérdate de la otra vez. + +--Aquella era una... mujer perdida.--Pero te engañó ¿verdad? + +--No, madre; no me engañó; ¿qué sabe usted? + +Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la +Brigadiera nunca había podido aclararlo. Sólo sabía, por su mal, que +había sido un escándalo que apenas se pudo sofocar antes que fuera +tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. Eran cosas de la +juventud. ¡Qué necedad temer que él volviese a descuidarse ahora, a los +treinta y cinco años! Entonces, en la época de la Brigadiera no tenía él +experiencia, le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso +de la adulación. + +«Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con que ahora +me mortifica». + +Doña Paula insistió en pintarle los peligros de la calumnia; sabía que +le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque +temía para su hijo la caída de Salomón. + +La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella era +buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa +contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella, +doña Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición, +el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula +se figuraba la diócesis como un lagar de sidra de los que había en su +aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto, +oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por +la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella +de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural. +«Era mecánico» como decía don Fermín explicando religión. «Pero a una +mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven todavía, +podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso +conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba +de su virtud. «¡La Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz +de pecar, pero ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo que se murmuraba. +Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y +otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces +aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más o menos, y sin +estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos días antes: +que don Álvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quería +enamorarla, como a tantas otras. «Aquel don Álvaro era un enemigo de su +hijo. Lo sabía ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por +más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de +Vetusta. Pero doña Paula tenía superior instinto; veía más que nadie en +lo que interesaba al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen +mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el prestigio del +amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de +Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres; +era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los +Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el +dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y +cuando no lo tenía se quejaba de la falta «_de carácter_» de los hombres +importantes. Y ¿por qué no había de estar ya Mesía disputando ese +dominio? ¿No cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don +Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre +Fermo?». Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las +suponía fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la +vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no +comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle contra la +Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre de Mesía. En +los labios le retozaba esta pregunta: + +«¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?». + +No se atrevió a tanto. «Al fin su hijo era un sacerdote y ella era +cristiana». + +Preguntar aquello le parecía una irreverencia, un sacrilegio que hubiera +puesto a Fermo fuera de sí, y no había para qué. + +--Adiós, madre--dijo don Fermín cuando doña Paula calló por no atreverse +con la pregunta sacrílega. + +Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oyó a su madre que decía: + +--¿De modo que hoy tampoco vas a coro? + +--Señora, si ya habrá concluido.... + +--¡Bueno, bueno!--quedó murmurando ella--no ganamos para multas. + +Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un +estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable. + +El sol brillaba acercándose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola nube. El +cielo parecía andaluz. + +Sí, pero el buen humor del Magistral se había nublado; su madre le había +puesto nervioso, airado, no sabía contra quién. + +«Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero +formidable a veces. ¿Y cómo romper aquellas cadenas? A ella se lo debía +todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su voluntad de acero +que iba derecha a un fin rompiendo por todo ¿qué hubiera sido él? Un +pastor en las montañas, o un cavador en las minas. Él valía más que +todos, pero su madre valía más que él. El instinto de doña Paula era +superior a todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido él arrollado +algunas veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se +enredaban en redes sutiles que le tendía un enemigo, ¿quién le libraba +de ellas? Su madre. Era su égida. Sí, ella primero que todo. Su +despotismo era la salvación; aquel yugo, saludable. Además, una voz +interior le decía que lo mejor de su alma era su cariño y su respeto +filial. En las horas en que a sí mismo se despreciaba, para encontrar +algo puro dentro de sí, que impidiera que aquella repugnancia llegase a +la desesperación, necesitaba recordar esto: que era un buen hijo, +humilde, dócil... un niño, un niño que nunca se hacía hombre. ¡Él que +con los demás era un hombre que solía convertirse en león!». + +«Pero ahora sentía una rebelión en el alma. Era una injusticia aquella +sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta creía toda Vetusta, y +en efecto era un ángel. Él sí que no merecía besar el polvo que pisaba +aquella señora. ¿Quién podía temer de quién?». + +En este momento comprendió la causa de su malhumor repentino. «La madre +había hablado de las calumnias con que le querían perder... de las +demasías de ambición, orgullo y sórdida codicia que le imputaban, de la +influencia perniciosa en la vida de muchas familias que se le +achacaba... pero ¿era todo calumnia? Oh, si la Regenta supiese quién era +él, no le confiaría los secretos de su corazón. Por un acto de fe, +aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos +le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado +a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a +pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la +vida. Si él hubiera sido un hombre honrado, le hubiera dicho allí +mismo:--¡Calle usted, señora! yo no soy digno de que la majestad de su +secreto entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a +decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro +palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel +con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido; +el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de +acíbar;... yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor, +infinitamente peor, yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas, +sí, mal adquiridas; yo soy un déspota en vez de un pastor; yo vendo la +Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que arrojó del +templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, señora; yo no soy digno +de ser su confidente, su director espiritual. Aquella elocuencia de ayer +era falsa, no me salía del alma, yo no soy el _vir bonus_, yo soy lo +que dice el mundo, lo que dicen mis detractores». + +Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sintió una +reacción en su conciencia, reacción favorable a su fama. + +«Hagámonos más justicia» pensó sin querer, por el instinto de +conservación que tiene el amor propio. + +Y entonces recordó que su madre era quien le empujaba a todos aquellos +actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro. + +«Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo debía todo, había +él llegado a manosear y mascar el lodo de aquella sordidez poco +escrupulosa. Su pasión propia, la que espontáneamente hacía en él +estragos era la ambición de dominar; pero esto ¿no era noble en el +fondo? y ¿no era justo al cabo? ¿No merecía él ser el primero de la +diócesis? El Obispo ¿no le reconocía de buen grado esta superioridad +moral? Bastante hacía él contentándose, por ahora, con no mandar más que +en Vetusta. ¡Oh! estaba seguro. Si algún día su amistad con Ana Ozores +llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál +era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería +de los pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le había +arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenían disculpa, los +feos, los vergonzosos, los inconfesables». + +Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente, +iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles +tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas +encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según +costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso, +flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha. + +Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos, +doblando la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni +veía al que saludaba. + +Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don de estar +hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa. + +Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registró la +alcoba. Vio la cama _levantada_, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue; +salió de la alcoba; en el despacho reparó el sofá de reps azul, las +butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas +por todas partes; se fijó en el orden de la mesa, en el del sillón, en +el de las sillas. Parecía olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le +preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la +mirada, como quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje, +correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo +hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La +despidió. + +--Oye...--volvió a decir--. Nada, vete. + +Se encogió de hombros.--«Es imposible--dijo entre dientes--; no hay +manera de averiguar nada». + +Y, saliendo del despacho, dijo todavía: + +--«¡Qué capricho de hombres!». + +Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió: + +--«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!». + + + + +--XII-- + + +Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más +importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más +_sacrificios pecuniarios_ en tiempo oportuno. Era político porque se le +había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los +buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su +mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá +en la otra guerra, los _cristinos_ habían ahorcado de un árbol a su +padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los +sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de +gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que +tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su +religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él +toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces +naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su +piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para +los suyos y para muchos de fuera. + +Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice +infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique; +todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido +educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos +primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas. + +El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un +noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de +los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja. + +El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona, +que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería +los pies de buen grado. + +--Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el +señor está allá dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y +agria.) Está ahí el médico... ese empecatado primo de la señora. + +--Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, Fulgencia? + +--Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto alarmar a +los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor Magistral, que la pobre señorita +no está de cuidado? + +--Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? ¿Viene de allá? + +--Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba gritos... viene furioso... es un +loco. No sé cómo le llaman a él. El parentesco, es cosa del parentesco. + +El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin +lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la +limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El único +mueble nuevo era un piano de cola de Erard. + +Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes. + +El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía con el +arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en +su porte su buena posición social. Era una hermosa figura que se +defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía. Don +Robustiano era el médico de la nobleza desde muchos años atrás; pero si +en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en +religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses +entendían por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le admiraba tanto +como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo había leído +tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano +no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían +de hambre en Vetusta. Había estudiado poco, pero había ganado mucho. Era +un médico de mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para él +todo era flato; ahora todo era _cuestión de nervios_. Curaba con buenas +palabras; por él nadie sabía que se iba a morir. Solía curar de balde a +los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhibía, mandaba +llamar a otro y no se ofendía. «Él no servía para ver morir a una +persona querida». + +Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma. + +--«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que +lo hemos de ver..., etc.». + +Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había +hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los +profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante, +pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el +sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de +policía. + +«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro». + +Y no se le había de replicar. + +Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía +apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre +de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador. + +Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas +nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa. + +De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la +cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre +majaderos y hombres de talento. + +--¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno.... Llega usted a tiempo, amigo +mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la +verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio, +se desespera.... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas +exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza, +porque es una persona ilustrada. + +--¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas? + +--Sí, señor; de aquella pocilga vengo. + +--¿Cómo está Rosita? + +--¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor +Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas. + +Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a +todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo: + +--¡Aquello es el acabose! + +El Magistral sintió un escalofrío. + +--¿Usted cree?--Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo, +distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada +bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña +sigue respirando en aquel _medio_... no hay salvación, pero si se la +saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un +crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja.... +Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la +religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es +una letrina; sí señor, una cloaca. + +--Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están +haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora. + +--Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan +trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto. + +--Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor +de lo que es. + +--¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá usted saber más que la ciencia? Ya +le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen +de lesa humanidad.... ¡Oh! ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa +de todo esto! Porque aquí anda un cura, señor Magistral, estoy seguro... +y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y +clero; si todos fueran como usted.... ¿A que mi señor don Fermín no +aconseja a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que +las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de +Panurgo? + +El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros de +Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repetía lo +de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado era aquel, como no +sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que él no leía libros: le +faltaba tiempo. + +Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las necedades de este majadero?». + +--Yo sospecho--continuó el doctor--que mi pobre Carraspique está +supeditado a la voluntad de algún fanático, v. gr. el Rector del +Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser el señor Escosura, ese +Torquemada _pour rire_, el que ha traído a esta casa tanta desgracia? + +--No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta +desgracia como usted dice. + +--¡Van ya dos niñas al hoyo! + +--¿Cómo al hoyo?--O al convento, llámelo usted hache. + +--Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo +opinar en este punto.... + +--Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen +conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo +fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la +ciencia. La higiene pública prescribe.... + +El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la +renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de +folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa. + +--¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo. + +--No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen.... + +--¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted, +que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe +libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más +que uno de los términos en que ha de consistir? + +Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba. + +--Si a mí no se me engaña--continuó--; si yo conozco bien esta comedia. +¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que +las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de +su existencia? Verá usted el sistema. + +Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo: + +--Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de mis primos no +ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí sabe Dios lo +que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben +las dictan las monjas y están siempre cortadas por el mismo patrón, +según el cual, «aquello es el Paraíso». A los quince años vuelven a +casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda +en el convento como un trasto inútil. Para dar una satisfacción al +mundo, a la opinión pública, desde los quince a los dieciocho o +diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo... +por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi señor +don Fermín. ¿Recuerda usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las +niñas ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los +bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la novena, al +sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el +Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en +seguida a casa. Después viene la gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se +ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería; +nada de teatros ni de bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta: +correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las +niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido +en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían +allí con las Madres y las compañeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se +enamora de cualquiera de las niñas... _¡Vade retro!_ Se le despide con +cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas canónicas; +maitines, vísperas... después el rosario con su coronilla, un +padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y +nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas.... Eso +sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción. Como artículo de +lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del +Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen +mozo torcido una gracia babosa, las niñas la ríen, al papá se le cae la +baba también ¡mísero Carraspique! y _tutti contenti_. El Arcediano no es +el cura que hay aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el +demonio o el mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el +atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en +cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor, +cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo +llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, señor de Pas, fácil +victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de +templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo +rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con +chistes de cura por todo encanto, resuelven _libremente_ meterse +monjas, para gozar un poco de... de autonomía, como dicen los +liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas +de Carraspique. + +El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo, +dijo: + +--No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a +cien leguas de toda gazmoñería. + +--¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado a mi prima esta comedia. +El que entra aquí piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez +monástica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engañan. +Esta alegría sin saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted +dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para +tapar la boca a los profanos. + +El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro. +«¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces discurría así en tal materia? +¿Sabía Somoza que era él y nadie más el _cura oculto_, el jefe +espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le hablaba así? ¿También +los tontos tenían el arte de disimular?». + +Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos de recientes +lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó fervorosamente que fuese a +las Salesas a ver cómo estaba su hija; él no tenía valor para ir en +persona. Don Fermín prometió ir aquel mismo día. + +Somoza volvió a describir la falta de _condiciones higiénicas_ del +convento. + +--Pero ¿qué quieres que haga, primo mío? + +--Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo sois. Pero lo que +digo es lo siguiente: la niña está muy enferma, y no por culpa suya; su +naturaleza era fuerte; en su _constitución_ no hay vicio alguno; pero no +le da el sol nunca y se la está comiendo la humedad; necesita calor y +no lo tiene; luz y allí le falta; aire puro y allí se respira la peste; +ejercicio y allí no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen +alimento y allí come mal y poco..., pero no importa; Dios está +satisfecho por lo visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos +alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a vivir metiditos en +un... inodoro. + +Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él +quería, sino lo contrario, añadió: + +--En un inodoro... que es la _antítesis_--así dijo--de un inodoro. + +--En fin, señores--prosiguió--ustedes defienden el absurdo y ahí no +llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con +aires de aldea, allá junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne +y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada. + +Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó con una cabezada al +Magistral y salió murmurando: + +--A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, pero no era +una columna... de este orden; no era un estercolero. + +Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las +palabras de su primo que había oído desde lejos: + +--Es un loco, hay que dejarle.--Pero nos quiere mucho--advirtió +Carraspique. + +--Pero es un loco... haciéndole favor. + +El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había que +hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento +provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un +barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol; +allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la +Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las +paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los olores eran +insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. Pero todo aquello +duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el médico decía. El de las +monjas aseguraba que no, y que sacarla de allí, sola, separarla de sus +queridas compañeras, de su vida regular, hubiera sido matarla». + +Después don Fermín consideró la cuestión desde el punto de vista +religioso. «Había algo más que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente +humanos, mundanos, que se podían oponer a Somoza y otros como él, eran +lo de menos. Lo principal era mirar si había escándalo en precipitarse y +tomar medidas que alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa +de un excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo a +la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se +diría que el convento de las Salesas era un matadero; que la religión +conducía a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse.... ¡Se +dirían tantas cosas! No, no era posible tomar todavía ninguna medida +radical. Había que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor +Teresa...». + +--¡Sí, don Fermín, por Dios!--exclamó doña Lucía, juntando las +manos--segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si +usted le lleva el consuelo de su palabra. + +No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios. + +Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca +directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que +las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación +superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio +era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo. +La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía +a desahuciarlo. «Era un impío». + +--¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!--se atrevió a decir Carraspique. + +--Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo +sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes. + +Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la +casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran +dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan +pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó +antes que asomara. + +La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el +nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un +defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien +hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal +hombre, a aquel santo, pensaría mejor». + +Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual +fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos +disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy +bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos. + +--¿Un impío Ronzal?--preguntó asustado Carraspique. + +--Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los +labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en +la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas +veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa. +Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen +cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la +Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el +ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad +suficiente.... ¿Daría usted una hija a don Álvaro? + +--¡Antes muerta!--Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la +unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es +buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una +Carraspique. + +Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia, +les llegaba al alma a los amos de la casa. + +Ronzal fue desahuciado. El Magistral habló todavía de otros asuntos. +Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para +Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa; +limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la +Concepción, porque habría que pagar caro un predicador, jesuita, que +vendría de lejos. «Era mucho, sí; pero si los buenos católicos que +todavía tenían algo no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si otros +pudieran!». + +Suspiró doña Lucía al oír esto. Había comprendido. El Magistral quería +decir que si él fuese rico, su dinero sería de San Pedro y de las +instituciones piadosas. «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel +santo suponiéndole cargado de oro!». + +Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía +límites, volvió a prometer una visita a las Salesas. + +«Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia». + +--En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno, +suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una +prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de cristiano obliga a eso +y a mucho más. + +Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil. + +Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a costa de mucho +padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo +terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también melosas. +La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al decir «Dios +misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba el susurro del aura +entre las flores.... + +Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos +de la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no +salvarse, a pesar de tantos disgustos. + +Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella mañana. No hablaba +con la sublime unción de otras veces. Su pesimismo piadoso le salía a +duras penas de los labios. Notó la buena señora que su director +espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa. + +Salió el Magistral. + +Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un +puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo de la suntuosa +escalera. + +--«¡No hay remedio, no hay remedio!--dijo entre dientes--no he de +empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo». + +Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer fuerte, +picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí +ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia.... +Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había procurado abreviar la +visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas. + +«Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. Eso debía +de ser». + +«Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar +algo con ira...». Se dirigió a _Palacio_. + +Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la +Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y estrecha que +llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice de la Basílica, +coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el +siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro +parecía un inválido de la arquitectura; y la fachada principal, +renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta +y el balcón de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde. + +El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío y desnudo, no muy +limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y +parterres de flores mustias; subió una escalera cuyo primer tramo era de +piedra y los demás de castaño casi podrido; y después de un corredor +cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala +donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del +Provisor interrumpió el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno +de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de +pulquérrimo traje talar, perfumado, abrió una mampara forrada de damasco +color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio +entonces y que atravesó De Pas sin detenerse. + +--¿Dónde estará, don Anacleto? + +--Creo que tiene visitas--respondió el paje--. Unas señoras.... + +--¿Qué señoras? Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y +sonrió. + +Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero en seguida volvió +a adelantarlo y abrió una puerta de escape por donde desapareció. + +Después de cruzar salas y pasadizos llegó al _salón claro_, como se +llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas +particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo por veinte de +ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal +obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a +cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que +entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría. +Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también, +de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus +contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en +columnas salomónicas. Los brazos de las butacas parecían puestos en +jarras, los pies de las consolas hacían piruetas. No había estera ni +alfombra, a no contar la que rendía homenaje al sofá; era de moqueta y +representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el +gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de +Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los +otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano. +Allí estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de +su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una +consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba +sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño que él, +colocada sobre la consola de enfrente. No había más santos en el salón +ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado. + +El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo de Vetusta, dejaba +al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; pero en su salón no había +de tocar. Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín +para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas +pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo, +jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos. + +--«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para que canten el +Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco de las +Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban +en el coro y era una delicia oírlos». + +Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se +podía admirar y amar una obra de Dios. + +Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo--pero este +era su secreto--no estaba a la altura de su cargo». + +--«No basta ser bueno--decía--para gobernar una diócesis. Ni los +poetas sirven para ministros, ni los místicos para Obispos». + +Esta opinión era la más corriente entre el clero del Obispado. Los +señores de la junta carlista creían lo mismo. ¡Jamás habían podido +contar para nada con el Obispo! + +¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en +brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la diócesis. +Esto, según unos, era la perdición del clero y el culto, según otros una +gran fortuna; pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía +voluntad. + +Era cierto que había aceptado la mitra a condición de escoger, sin que +valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar +los cuidados del gobierno eclesiástico. El Magistral era sin duda el +hombre de más talento que él había conocido. Además, doña Paula, cuando +su hijo era un humilde seminarista, había servido en calidad de ama de +llaves a Camoirán, a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces +aquella mujer de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo, +ayudado por la madre, continuó la tiranía, y, como decían ellos, «le +tenían en un puño». Y él estaba así muy contento. + +¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga, +de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se +buscó un santo a quien dar una mitra y se encontró al canónigo Camoirán. + +Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del pueblo. Con gran +escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su +virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasión, cuando hacía +su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña, +jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó +una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había +mordido al niño. + +--¡Sálvamelo, sálvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el +paso al borrico. + +--¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo +por la vida del angelillo. + +--¡Sí, sí, tú que eres santo!--replicaba la madre con alaridos. + +--¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé... + +--¡Un milagro! ¡un milagro!...--repetía la madre. + +La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la +Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario. + +Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se +abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya +había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las +alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia +predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a +la Mujer _sine labe concepta_. De memoria hubiera podido repetir cuanto +han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y +sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto, +del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo +romántico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases +de cariño paternal, filial y fraternal. + +Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después +se regalaban, titulados así: _El Rosal de María_ (en verso)--_Flores de +María_--_La devoción_ _de la Inmaculada_--_El Romancero de Nuestra +Señora_--_La Virgen y el dogma_. + +Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los +daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de una +alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las desdichas del +mundo, al menos las que él había padecido. + +En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y +mucho de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le quería +engañar cobrándole caros los remiendos de sus pantalones! ¿No sabía él +lo que eran remiendos? ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I. +muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes, +aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los +zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas. + +--Pero, señor--gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el +cargo de doña Paula--; si usted pide milagros. ¿Cómo no se han de +conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda, +y será mejor. + +--¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos +nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese remendón supiera su +oficio, parecerían estos una gloria. + +El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no +se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba revista, como a un +recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía distraído: y si +notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un +mitrado, le reprendía con acritud. + +--Esto es absurdo--decía De Pas--. ¿Quiere usted ser el Obispo de _Los +miserables_, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos +en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como +exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos +pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas, +llegaría la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita? + +--No es eso, hijo mío, no es eso--respondía el Obispo sofocado, con +ganas de meterse debajo de tierra. + +Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo sé. +¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del +ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro +sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si +eso es una bendición de Dios; si así debe ser.... ¿Pero sabes tú quién +es Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas +medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la +piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen; +¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor? + +Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en +Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la +cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad +primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su +elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador +verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión. +Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su +cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa +cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar +en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía +el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La +caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el +mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la +gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el +templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los +cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la +conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los +vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos. + +Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a +cansarse. Decían que el Obispo _se prodigaba demasiado_. «El Magistral +no se prodigaba». + +--Estudia más los sermones--decían unos. + +--Es más profundo, aunque menos ardiente. + +--Y más elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el púlpito. + +--El Magistral es un artista, el otro un apóstol. + +Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué +gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía +aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de _mera +retórica_ aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco». + +--«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de +nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra +revolucionaria, ni un satánico _non serviam_ librepensador». + +En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en +los _sermones de la Audiencia_. Todos los viernes de Cuaresma la Real +Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística +somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense +predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima. + +--«Pues bien--decía Glocester--allí no se habla por hablar, ni lo +primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es +necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos +señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y +hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo +había hablado a los _señores del margen_, a la Audiencia Territorial ni +más ni menos mal que al común de los fieles». + +El actual regente--que no era Quintanar--había dicho, en confianza, a un +oidor que _el sermón no tenía miga_. El oidor había corrido la noticia, +y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano. + +Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había +hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su +sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días +antes. + +--«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo +no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso, +leer entre líneas». + +La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se +presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había +desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se +dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de +la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún +libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven +podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me +alegro; ahora veréis lo que es bueno». El regente--que no era +Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio +de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador, +preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo. +Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir +disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la +experiencia de estrados. + +Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la +alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía +solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a +Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre +Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún +apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el +grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los +establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero +nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo, +esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester. + +Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato. +Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la +antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose +de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que +procuraba excitar Glocester. + +Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le +hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el +pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso +por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la +idolatría. + +--«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes +de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan +admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla». +_«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!»_ repetía encarándose con el perro +de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El +perro no se reía. + +Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con +tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que +adoraban tales inmundicias?». + +Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba +partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y +decía: + +--«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si +proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto +volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios, +adoradores de Isis y _Busilis_; una gata y un perro según creo». + +El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo, +arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió +por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza +de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los +sermones del prelado, que no se preparase y que _se prodigara tanto_. + +Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de +Glocester: + +--«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el +Magistral». + +Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces +la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en +Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria +prevaleciese. + +Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato +estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo. + +Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto +estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por +los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en +el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos, +lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el +sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba +con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se +veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se +extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho +del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que +llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía, +todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban; +ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras +su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos +se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies.... +Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de +Jesús.... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro, +el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos +crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar; +temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese +tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la +sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el +horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de +maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable, +como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su +voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo, +aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba +siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí, +y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia +del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por +vez primera oía la descripción de la escena del Calvario. + +A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba +al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de +ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del +auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los +mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros, +mitad eruptos de la vigilia. + +Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta +pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había +descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo». +El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba +para sus adentros. «¡Pero _eso_ es un cómico!» pensaba; y pensaba +repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero _eso_ es +un cómico!». + +El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar +el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya +cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los +lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De +Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar +las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor. +Cada vez que necesitaba repetir lo de: «_Y el verbo se hizo carne_» en +lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras +encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de +un altar: _Et Verbum caro factum est_. + +En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le +había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería +figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía +de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué +pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de +las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los +cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del +dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería +la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la +controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había +empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al +entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había +despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los +_Caracteres de La Bruyère_; de los libros de Balmes sólo admiraba _El +Criterio_ y--¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!--en las +novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba +costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su +experiencia con la ajena. + +¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un +autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos! +¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de +remordimientos! Estos liberales--añadía para sí--ni siquiera saben tener +mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de +teatro se parecen a los reyes». + +Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con +la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y +virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en +cuando, para conservar su fama de sabio entre las _personas ilustradas_ +de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se +remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que +descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se +burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de +sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los +Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos +desgraciados están locos!». + +No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el +error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del +predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola; +nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes. + +«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las +tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento +natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral, +alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho». + +El empeño constante del Magistral en la _cátedra_ era demostrar +«matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del +auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón.... Ella basta para +probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no +explica los misterios, es verdad: pero explica que no se +expliquen».--«Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo +familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía +entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su +_a+b_ teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor, +con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba +los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se +bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento +contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se +arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los +ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca.... +Pero ¡ay! esto era perderse. _Su_ público no entendía aquello... y De +Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y +tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de +allí con jaqueca y diciendo: + +«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días +deben de ser de cuarenta y ocho horas!». + +Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los +alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o +seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del +orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus +_sermones de costumbres_ y él también prefería agradar a las señoras. +Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de _la sana razón_, en +los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era +un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito. +«El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es _entenderla_». +Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante +aquellas fórmulas de la salvación. + +«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en +América, ahora en el _país natal_, sin moverse de casa, podían ganar +fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los +malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era +mecánico, también lo demostraba por _a+b_. Pintaba a veces, con rasgos +dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del +embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las +vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que _lo peor era +para él_. + +Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le +presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de +gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria... +y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil. + +Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del +vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las +señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en +sus adentros era este: + +«¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle +hablar del adulterio. Las más de estas eran _mujeres honradas_ que no +habían sido adúlteras, que no habían hecho más que _tontear, como +todas_. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que +el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en +el confesonario. + +También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al +Obispo. + +Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el _bello sexo_ de +todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en +el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y +tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba +mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado +madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras +delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día. + +Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la +capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas +pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por _rigorosa +antigüedad_, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o +criadas. «Era demasiado _hacer el apóstol_». Se le dejó. + +Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros, +albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas +de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este +fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy +afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos +que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!». + +En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil: + +--Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de +la zapatilla? + +Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el _Boulevard_, entre luz +y luz. + +Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la +corrupción creciente de Vetusta. + +Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de +Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor +en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo. + +El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá. + +Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano, +el segundo millonario de la Colonia. + +El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín +sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina. + +«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a +las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas +señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era +nuevo». + +Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que +fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la +virtud, _organizado_ por cierto circulo filantrópico. El círculo se +llamaba _La Libre Hermandad_, nombre feo, poco español y con olor nada +santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra _agregada_ +de damas _protectrices_ (gramática del Presidente del círculo.) + +_La Libre Hermandad_ se había fundado con ciertos aires de institución +independiente _de todo yugo religioso_, y su primer presidente fue el +señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que +no comulgaba jamás. + +Era el círculo algo como una oposición a _Las Hermanitas de los +Pobres_, a la _Santa Obra del Catecismo_, a las _Escuelas Dominicales_, +etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso +y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta +que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de _La Libre +Hermandad_. + +Las niñas de las _Escuelas Dominicales_ y los chiquillos del +_Catecismo_, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el + + Santo Dios, Santo Fuerte, + Santo Inmortal, + +y lo de + + Venid y vamos todos + con flores a María, + +inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así: + + Los niños pobres no quieren + ir a la Libre Hermandad, + los niños pobres prefieren + la Cristiana Caridad. + +La _cristiana caridad_ y la perfección de la rima revelaban el estilo de +don Custodio el beneficiado, que era--a tanto había llegado--director de +las Escuelas Dominicales de niñas pobres. + +La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso +sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los +tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y +presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del +fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de +don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas +_protectrices_ ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo +guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que +llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo. + +Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a +todo. Actualmente era la tesorera de las _protectrices_. + +Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que +fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que +presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le +ponía el cascabel al gato?--Visitación, la del Banco». ¿Quién más a +propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su +visita le acompañase otra dama de _viso_. Ninguna quiso ir, no se +atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su +papá y lo bienquista que era la joven en Palacio. + +--«Sí--decía en la junta Visitación--que venga Olvido; así no creerá el +Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede +ver...». + +Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una +grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al +Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo, +Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de +este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se +llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó». + +--«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba +la correveidile de Glocester». + +Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La +Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota, +agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y +lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación +se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes, +y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca +del estómago». + +--Pero, señoras mías--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento. + +--¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga +S. I.? + +--Creo, que...--¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos +vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo... +no oigo.... + +Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba +como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de +_protectrices_. + +Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de +Páez. + +El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un +ateo, era enemiga de la Iglesia...». + +--No hay tal--gritó desde la puerta Visita--; si así fuera, no +figuraríamos nosotras como damas agregadas. + +--Yo lo soy--advirtió la de Páez--por empeño de esta que convenció a +papá. + +--Pero, señores, si _La Libre Hermandad_ ha cantado ya la palinodia; si +desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda +esa jarana.... + +--Tiene razón--se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el +aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razón esa loquilla.... + +--¡No tiene tal!--gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo +menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia. + +Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó, +envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo. + +Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al +Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados, +se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar +explicaciones. + +El Magistral no pensó en buscarle. + +La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del +prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para +saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y +acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad: + +--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca. + +--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Papá +espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted +por convidado. + +--Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades? + +--Lo que digo es que papá...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy +convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos +dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo.... + +Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró, +dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno +eclesiástico. + +Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que +allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de +una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los +codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le +esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una +de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así +humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos +pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis +le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le +habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder +aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse +alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un +chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las +noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella +Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y +sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad, +recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una +historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia +suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era +poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato +sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca. +Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada +enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que +sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles, +qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su +culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué +prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo! +«¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!». + +--¿Qué hay?--gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los +escarabajos que tenía enfrente. + +Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal +afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de +púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de +aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino +tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también +un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote. + +Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres +cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las +personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del +señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para +arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las +garras de la disciplina. Había habido _un soplo_, cosa de envidiosos, y +el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de +convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido +echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas +sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había +consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el +párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero +arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado, +que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen +partidario de la causa óptima. + +--¿Qué hay?--repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario. +Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas +muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego, +boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez. +Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como +de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las +mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había +visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba, +pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien +puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que +Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un +gruñido, y el Provisor no contestó siquiera. + +El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para +dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el +lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía +bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no +era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y +como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló +con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las +hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el +resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes +sonrió como un oso que supiera hacerlo. + +El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes +que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se había +hablado palabra del _negocio_ y hasta el mismo Peláez comprendió que +había que abordar la _cuestión espinosa_. Don Fermín, recordando de +repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y +encarándose con el párroco--que también se levantó como si fueran a +atacarle--dijo con voz áspera: + +--Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que +su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el +delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si +usted sabrá que la Constitución _Universi Domini_ de 1622, dada por la +santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables +traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar _ad turpia_ a las +penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y +entregado al brazo secular. + +El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a +espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo. + +--Benedicto XIV--continuó el Magistral--confirmó respecto de los +solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin, +por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido.... + +--Yo creía...--¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi +palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «_Expositio juris +Pontificii_ que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran +copia de datos...». + +El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca +era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima. + +--Señor--se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo +mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no +es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte +que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco +resbalan pero no caen. + +El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la +espalda. + +--¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en +Vetusta!...--gritó. + +--Pero, señor...--¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted +en la cárcel de la corona.... + +Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio. + +--¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!--gritó Contracayes, +no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había +previsto aquel choque de dos malos genios. + +--Pero, señores, calma...--¡Fuera de aquí, so tunante!--gritó el +Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su +costumbre...--. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo.... + +--¿Pero yo qué he dicho, señor?--exclamó el párroco, que se asustó un +poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad +moral de un Júpiter eclesiástico. + +En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el +oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena: + +--Salga usted--dijo señalando a la puerta--, salga usted... libre por +ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con +alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable, +yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él +le comunicará lo que resolvamos. + +El clérigo quiso humillarse, pedir perdón.... + +--Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se +atrevió a decir: + +--¡Cuánto siento!... señor Magistral.... + +--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso. +Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi +mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira.... + +--¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje.... + +--Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo. + +--Lo que yo no perdono es el disgusto.... + +--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no +puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores +de la ley que está terminante. + +--Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica.... + +--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En +fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo.... + +Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó +que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza... + +«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como +una fiera en su jaula. + +Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto, +tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del +Magistral que hacía allí veces de secretario. + +--¿Qué habéis oído? + +--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje.... + +--Sí, ya sé...--¿Qué hay?--Nada urgente.--¿De modo que puedo irme? No +me necesitáis.... + +--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy +para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el +despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo.... + +--Sí, sí, eso sí. + +--¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya? + +--Sí.--¿Está corriente, puedo llevármela ahora? + +--Ahí la tienes, en ese cartapacio. + +--¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?... + +--Todo va en regla.--Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A +qué vino? + +--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura +de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha +hecho decir don Saturno.... + +--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Está empeñado con todo el +clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con +violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus +_ingleses_. + +--El cura de Tamaza es un vocinglero.... + +--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada.... +¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita? + +--Eso no. Lo pagaríamos en el _Lábaro_ que él inspira y que ahora te +trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «_La Caridad_» de +Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella +andaba la mano de Glocester. + +--¿Qué decía?--Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de +algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los +que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que +por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores +jerárquicos hacían la vista gorda. + +--De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general? + +--Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los +prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los +Papas.... + +--Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV. +¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural +de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos +católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho; +esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos! +¡bestias, nada más que bestias! + +El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel +ambiente de necedad.... + +Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban +en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de +las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta.... + +--¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir. + +Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de +Preces; y algunos asuntos de capellanías.... + +Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El +Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y +allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy +afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo +parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos; +era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de +sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los +empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero +producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y +malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas. + +Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que +hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor +de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían, +contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina +como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de +hipocresía impasible y cruel. + +Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él, +pero el _jefe_ se contentó con poner una mano delante de la cara como +rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un +expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda +pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño +eterno, cubiertos de polvo». + +El señor Carraspique daba pataditas en el suelo. + +--¡Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral. + +--¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con +distintos collares.... + +--El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay +concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada.... + +Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea; +también ellos querían saber si los expedientes de mansos.... + +--Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta, +para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más--en las +oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno +a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se +resolverán nunca los expedientes dichosos.... + +De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las +fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se +encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su +gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios +intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina, +muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos, +puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna +cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato, +congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas, +derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras +iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre +sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba +agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su +espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica. +Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas; +el Magistral era su instrumento inteligente. + +Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias +que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio +de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con +pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver +una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba +nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su +madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su +frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza +de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de +siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el +Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para +engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su +hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al +leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un +sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le +importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se +hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con +la codicia la sed de ambiciones fallidas?». + +«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva +manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba». + +--«¡Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre +avergonzado y contento--; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte +minutos!». + +Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró +con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir +de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga +y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de +monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la +parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus +resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su +hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro +encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle +del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre +anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la +piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo. + +Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín, +azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas, +medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el +hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín +grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de +preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier +cosa?». + +Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y +siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de +bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las +Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico +respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo? +¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire +fresco--el viento había cambiado del mediodía al noroeste--le llenaba +los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de +observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en +los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta +debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el +Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás +_Vespucios_ de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos +jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas +doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de +los pájaros. + +El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle +Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que +parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la +provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los +Normandos. + +El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar +estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la +«_elegancia sólida_ consistía en fabricar muros muy espesos, en +desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos _ciclopios_», según su +incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un +escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y +en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: _1868_, que no +indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas +del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas +de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas +águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la +alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico +americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al +_Vespucio_ de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía +el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía +visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien +a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud, +corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la +Corte. + +Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír misa, y el único +libro religioso que trajo de América fue el _Evangelio del pueblo_ del +señor Henao y Muñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase! +sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que +Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había +Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque +guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el +Magistral le fueron convenciendo de que la religión era un freno para el +socialismo y una señal infalible de buen tono. Al cabo llegó Páez a ser +el más ferviente partidario de la religión de sus mayores. +«Indudablemente, decía, la Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo +religioso; daba todo el dinero que se le pedía para el culto, y si +muchas veces al disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre +estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro +inofensivo. + +Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma de Magistral, +en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y berroqueño: los dos +flacos de Páez eran el amor a su hija y la manía del buen tono. + +Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión: + +--«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba de aquello que antes +le pareciera excelente. + +El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su +papá por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban +allí buen tono. + +Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos; +no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo +actividad y conciencia en el ídolo. La servían negros y negras y un +blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un capricho había dejado de +satisfacer en su vida la niña. A los dieciocho años se le ocurrió que +quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por +inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en +figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía +quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una +desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena +posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a +Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a +todos con una fórmula invariable. «El amor no era su lote»; no creía en +el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa +inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas; +renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el +alma. Amó el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en +paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión el traje. +No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro +vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse +jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de +merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniquí cargado de +artículos de moda, que sólo divertía a las señoritas. «Era una gran +proporción» en quien no había que pensar. + +«Olvido espera un príncipe ruso» era la frase consagrada. + +Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba +«el príncipe ruso» por ironía hasta que salía con las manos en la +cabeza. + +A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no tener en el corazón +más que trapos, hacerse devota. Buscó al Magistral con buenos modos, +como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró. Se +entendieron. Para don Fermín aquella muchacha delgada, fría, seca, no +era más que el camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus +millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de +enamorarse místicamente (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo +el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar +al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la +pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su +lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles +para la carne. De Pas tenía un proyecto: casar a Olvido con quien él +quisiera; creía poder conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella +proporción debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le +hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué necesidad fuerte. + +Aquella mañana se le recibió en el _hotel--Páez_ como siempre, bajo +palio, según la frase de don Francisco. + +Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan grandes +como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas +blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo y +deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que creía +adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba con orgullo, había nacido +para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente +para tanto esplendor, el estado eclesiástico, la necesidad de aparentar +modestia y casi estrechez, le tenían alejado del ambiente natural... que +era aquel.... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes +suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el +manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una +distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que +reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo... +o sus sucedáneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero +demostraba, sin más que moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin +dejar de serio, podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase +esta gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama +de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía la +marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable». + +Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con +ellos; no tenían a nadie, sería una comida de familia... los tres solos. + +--¡Los tres solos!--decía Olvido dejando de ser sorbete por un momento. + +El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de +terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con +gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo: +_no_ con el gesto... con cierta coquetería _epicena_. + +--¡Anda, papá! sujétale--decía Olvido con voz suplicante, arrastrando +las sílabas que parecían salir de la nariz. + +--Imposible.--Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le +agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa +para don Anselmo. + +--Agradézcaselo usted a Su Santidad. + +--Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia.... + +El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle. + +--Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón--gritó Olvido, otra +vez restituida a su natural frigorífico. + +El Magistral se puso un poco encarnado. + +Tuvo que mentir.--Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres +días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son +estos pueblos... qué dirían.... + +No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su +madre como todos los días. + +Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial, +que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un +presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar +en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le +habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina +solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas +suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con +_gaudeamus_, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita +para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses +a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a +esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los +oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta +come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque +a ella la miran como una de la familia». + +«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de +los marqueses?». + +Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata, +el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los +pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de +Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana, +que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz +temblorosa: + +--¿Está el señorito? + +En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban +dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba: + +--¡Pues no señor! no son azules.... + +--Sí, señora, azules con listas blancas--respondía Paco, batiendo +palmas. + +--¿A que no? ¿a que no? + +--Tonta, tonta--decía otra voz más suave desde una ventana del primer +piso--no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no +vi nada.... + +Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... y +entró en el patio. + + + + +--XIII-- + + +El sol entraba en el salón amarillo y en el gabinete de la Marquesa por +los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado también, +así como el vientecillo indiscreto que movía los flecos de los +guardamalletas de raso, los cristales prismáticos de las arañas, y las +hojas de los libros y periódicos esparcidos por el centro de la sala y +las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, salían +corrientes de alegría, carcajadas que iban a perder sus resonancias por +las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas +almidonadas, de manteos crujientes, de sillas traídas y llevadas, de +abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el salón y el +gabinete. Doña Rufina vestida de azul eléctrico, empolvada la cabeza que +adornaban flores naturales que parecían, sin que se supiera por qué, de +trapo, doña Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su +gusto, donde canónigos reían, aristócratas fatuos hacían el pavo real, +muchachuelas coqueteaban, jamonas lucían carne blanca y fuerte, +diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua +imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid. + +La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satén, estaba en la +galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la +calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un +abanico de nácar en la mano derecha, dándose aire voluptuosamente, +ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano izquierda +sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que caía +con gracia camino del suelo, deteniéndose en brillante montón de tela +negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia +Fandiño; quien a los pies de la Marquesa y a los pies del Arcediano, +sentada en un taburete histórico (robado al salón arqueológico del +Marqués) se inclinaba más graciosa que recatada y honesta sobre el +regazo de su noble amiga. Estas tres personas formaban grupo en el +balcón de galería, y desde el gabinete, sentados aquí y allá, y algunos +en pie, oían a Glocester tres canónigos más, el capellán de la casa, don +Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito Orgaz, y +otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte. + +Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de +generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases hechas +inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en +el claustro; y si se necesita más virtud para atreverse a resistir las +tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel esposa, que +para encerrarse en un convento. + +Todas las señoras menos una, alta, gruesa y vestida con hábito del +Carmen (una señora que parecía un fraile) sostenían que tiene más +mérito la buena casada del siglo que la esposa de Jesús. + +La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su +cabeza y llamaba _señor mío_ al Arcediano. + +Glocester defendía el claustro, pero batiéndose en retirada por +galantería, sonriendo y abanicándose. + +En el salón se hablaba de política local. Gran conflicto habían creado +al Gobierno, en opinión de todos los del corro, el alcalde presidente +del Ayuntamiento y la viuda del marqués de Corujedo exigiendo el mismo +estanquillo, el importante estanquillo del Espolón para sus respectivos +recomendados. + +El jefe económico había dicho que allá el gobernador; lo estaba +refiriendo él a los presentes. El gobernador había consultado al +Gobierno por telégrafo (lo acababa de decir la gobernadora), y el +Gobierno tenía que decidir entre desairar a la dama conservadora que +disponía de más votos en Vetusta o a uno de los más firmes apoyos de la +causa del orden, que era el señor alcalde. + +Los pareceres se dividían. El marqués de Vegallana y Ripamilán, que +estaban en medio del grupo, volviéndose a todos lados, opinaban que +_ellos gobierno_, darían el estanco a la viuda. «¡Primero que todo eran +las señoras!». + +Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisión provincial, creía con la +mayoría de los presentes, el jefe económico inclusive, que la razón de +Estado aconsejaba preferir la pretensión del alcalde, aunque este, según +malas lenguas, quería el estanco para una su ex-concubina. + +--¡Ya ven ustedes, eso es un escándalo!--decía el Marqués, que tenía +todos sus hijos ilegítimos en la aldea--; ese hombre no sabe +recatarse.... + +--Yo paso por eso--decía el Arcipreste--; lo malo no es que él quiera +pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contraído.... ¡Pero la otra +es una dama!... + +Mientras en el salón y en el gabinete se discutía así y de otras muchas +maneras, por las habitaciones interiores del primer piso, por el +comedor, por los pasillos, por la escalera que conducía al patio y a la +huerta, corrían alegres, revoltosos, Paco Vegallana, que celebraba sus +días, Visitación, Edelmira, sobrina de la Marquesa (una niña de quince +años que parecía de veinte), don Saturnino Bermúdez y el señor de +Quintanar; la Regenta y don Álvaro Mesía presenciaban los juegos +inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio. + +Quintanar le había pedido a Paco un batín para reemplazar la levita de +tricot que se le enredaba en las piernas. El batín le venía ancho y +corto. Era de alpaca muy clara. + +El Magistral se encontró en la escalera con Visitación y Quintanar que +buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que Edelmira y Paco +habían escondido. Don Saturnino Bermúdez, pálido y ojeroso, con una +sonrisa cortés que le llegaba de oreja a oreja, venía detrás, solo, +también hecho un loquillo de la manera más desgraciada del mundo. Daba +tristeza verle divertirse, saltar, imitar la alegría bulliciosa de los +otros. Pero, amigo, era su obligación: era pariente, era de los íntimos +de la casa, de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que +los demás, correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las señoras, si a +mano venía. Siempre se quedaba solo; si quería decir algo a la Regenta, +a Visitación o a Edelmira, le dejaban las damas con la palabra en la +boca, sin poder remediarlo, distraídas. No era falta de educación, sino +que los párrafos de Bermúdez eran tan complicados, constaban de tantos +incisos y colones, que oírle uno entero sería obra de regla. Cuando vio +al Magistral vio el cielo abierto; ya tenía pretexto para volver a ser +formal. Le saludó con la finura «que le era característica» y se dispuso +a acompañarle al salón. Paco le había saludado de lejos, deprisa y mal, +porque en aquel momento huía con la petaca de Quintanar a esconderla en +la huerta, seguido de Edelmira, su más rolliza y vivaracha y colorada +prima. + +--Es loco ese chico, cuando se pone a enredar--dijo Bermúdez disculpando +a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los marqueses al +señor Magistral. + +Don Fermín miró de soslayo a la Regenta y a don Álvaro que hablaban en +la ventana del comedor. Hizo como que no los veía, y con un poco de +fuego en las mejillas, se dejó llevar por don Saturnino hasta el salón. + +Los señores graves le recibieron con las más lisonjeras muestras de +respeto y estimación. + +--¡Oh, señor Magistral!--¡Oh cuánto bueno!--Aquí está el Antonelli de +Vetusta. + +El Marqués le dio un abrazo que envidió un cura pequeño, paniaguado de +la casa. + +Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño efusivo; y juntos +pasaron al gabinete. + +Los tres canónigos se levantaron; la señora que parecía un fraile sonrió +satisfecha y murmuró: + +--¡Ah, señor Provisor!... + +--Gracias a Dios, señor perdido...--gritó la Marquesa incorporándose un +poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena +estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco +sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo +parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos +negros.--El Arcediano se quedó con el abanico abierto, inmóvil, como +aspa de molino sin aire. Comprendió de repente que acababa de ser +desbancado; de papel principal se convertía en partiquino. En efecto, su +discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que +nadie lo echase de menos. Glocester se sintió eclipsado de tal modo, que +hasta creyó tener frío, como si de pronto se hubiera escondido el sol. + +«Siempre sucedía lo mismo; había motivo para aborrecer a aquel hombre». +Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de mundo, ocultó una vez más +sus sentimientos y tendió la mano a su enemigo, acompañando la acción +con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa +alegría. + +--¡Hola, hola, hola!...--y daba palmaditas en el hombro al otro. + +El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar, +ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del +comedor. Mientras respondía con modestia y discreción a todos aquellos +amigos, su imaginación estaba fuera. + +Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venían. + +«¿Comería en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no iría a reconciliar +aquella tarde, como rezaba su carta...». + +La aparente cordialidad y la alegría expansiva de todos los presentes, +ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas señoras, clérigos y +caballeros particulares estaban divididos en dos bandos enemigos en +aquel instante; el bando de los envidiados y el de los envidiosos; el de +los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no convidados. +Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que preocupaba a todos +era la del convite. No se aludía a él y no se pensaba en otra cosa. +Empezaron las despedidas, y los que se iban disimulaban el despecho, +cierta vergüenza; se creían humillados, casi en ridículo. Muchacho había +que saludaba torpemente y salía como corrido. Las señoras eran las que +peor fingían tranquilidad e indiferencia. Algunas salían ruborizadas. +Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que le +mortificaba era esta: «¿Y él? ¿estaba convidado De Pas?». No lo sabía, y +no quería marcharse sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya +gabinete y salón quedaban poco a poco despejados, el Magistral creyó que +debía irse. Se acercó a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse +y le habló de cualquier cosa. En aquel momento entró Visitación en el +gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y «con +permiso de aquellos señores» a la Marquesa y a Obdulia: las tres +rodearon al Magistral y con permiso de los señores--que ya no eran más +que el Arcediano y dos pollos vetustenses insignificantes--, tuvieron +con él un conciliábulo en que hubo risas, protestas del Magistral, +mimosas y elegantes en los gestos que las acompañaban. En los murmullos +de las damas había súplicas en quejidos, coqueterías sin sexo, otras con +él, aunque honestamente señaladas; Glocester, que fingía atender a lo +que le decían los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo a +los del grupo. «No cabía duda, le estaban suplicando que se quedase a +comer». Terminó el conciliábulo, salieron Obdulia y Visitación, +corriendo, alborotando, haciendo alarde de la confianza con que trataban +a los marqueses, y los jóvenes se despidieron. Quedaban en el gabinete +la Marquesa, el Magistral y Glocester. Hubo un momento de silencio. El +Arcediano se dio un minuto de prórroga para ver si el otro se despedía +también. En el salón se oyó la voz de algunos que decían adiós al +Marqués... ya no quedaban en la casa más que los convidados.... +Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levantó, tendió la mano a +doña Rufina, y salió diciendo chistes, haciendo venias y prodigando +risas falsas. Iba ciego; ciego de vergüenza y de ira. «¡Convidar al +otro... a un prebendado de oficio... y desairarle a él... que era +dignidad! ¡Siempre el enemigo triunfante!... Pero ya las pagaría todas +juntas». + +En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que hacía +calor) pensó esta frase: «¡esta señora Marquesa es una... +trotaconventos, es una Celestina!... ¡Se quiere perder a esa joven! ¡Se +quiere _metérselo_ por los ojos!...». Y salió a la calle pensando +atrocidades y buscando fórmula _decorosa_ para comunicar al prójimo lo +que pensaba. + +Los convidados eran: Quintanar y señora, Obdulia Fandiño, Visitación, +doña Petronila Rianzares (la señora que parecía un fraile), Ripamilán, +Álvaro Mesía, Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, y a última hora el +Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el médico +Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era huésped. + +Otros años no se celebraban de esta manera los días de Paco; los +celebraba él fuera de casa. Pero esta vez se había improvisado aquella +fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para +visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero, +donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una +fábrica de curtidos, montada a la antigua. Se trataba de ir a ver los +perros de caza y uno del monte de San Bernardo que Paco había comprado +días antes. Eran su orgullo. Después de las mujeres venales, el +Marquesito adoraba los animales mansos, sobre todo perros y caballos. + +Lo de convidar al Magistral había sido un _complot_ entre Quintanar, +Paco y Visitación. La idea se debía a la del Banco. Era una broma que +quería darle a Mesía; quería ver al confesor y al diablo, al tentador, +uno en frente de otro. A Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas +para ver a Obdulia coquetear con el clérigo, y al pobre Bermúdez, +enamorado de la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareció bien +la ocurrencia, pero dijo «que él se lavaba las manos, por lo que había +de irreverente en el propósito; a pesar de que ya se sabía que él +consideraba a los curas tan hombres como los demás». + +--Por otra parte--añadió el ex-regente--me alegro de que don Fermín coma +con nosotros, porque de este modo se le quitará a mi mujer la idea +empecatada de ir a reconciliar esta tarde.... Quiero que se acostumbre a +ver a su nuevo confesor de cerca, para que se convenza de que es un +hombre como los demás.... Eso es... y salvo el respeto debido... a ver si +ustedes me lo emborrachan.... + +Paco no quería perjudicar a Mesía en sus planes, a los cuales tal vez +obedecía en parte la fiesta de aquel día; pero encontró muy gracioso y +picante el molestar al señor Magistral, si, como Visitación sospechaba, +a este ilustre canónigo le disgustaba ver a la Regenta entregada al +brazo secular de Mesía. + +Visitación había dicho a Paco de buenas a primeras, que ella lo sabía +todo, que Álvaro tampoco para ella tenía secretos. + +--¿Pero y Ana? ¿Te ha dicho algo? + +--¿Ana? En su vida; buena es ella. Pero déjate.... + +--Por supuesto que no se trata más que de una _cosa_... _espiritual_... + +--Ya lo creo... espiritualísima.... + +--Porque sino, nosotros... no nos prestaríamos... ya ves... el pobre don +Víctor.... + +--¡Ya se ve!... Bromas, chico, nada más que bromas; pero ya veras como +al Provisor le saben a cuerno quemado (así hablaba Visitación con sus +amigos íntimos.) + +--Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al +mitrado y a mi amigo Joaquín. + +--Pero él la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan así... + +--Tú sí que le odias a él.... + +--Me cargan los hipócritas, chico.... Y oye; a ti te conviene que el +Magistral se quede. + +--¿Por qué?--Porque Obdulia te dejará en paz, y podrás cultivar a la +primita.... ¡Oh, eso sí que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo +vigilaré... + +--No seas boba... basta que esté en mi casa para que yo la respete.... + +--¡Ay, ay! qué bueno es eso... mire el señor del respeto... no me +fío.... + +Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se convino en rogar a +la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, si era preciso, al +señor Magistral. + +Visitación lo arregló todo en un minuto. + +Como siempre. Donde ella estaba, nadie hacía nada más que ella. Pasaba +la vida ocupada en su gran pasión de tratar asuntos de los demás, de +chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. Allá quedaba el modesto +marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeño, de rostro de +ángel envejecido, atusando el bigotillo gris y cuidando de la prole. +Visitación lo exigía así. No había de hacerlo ella todo. ¿Quién guiaba +la casa? ¿Quién la salvaba en los apuros? ¿Quién conjuraba las +cesantías? ¿Quién sorteaba las dificultades del presupuesto? ¿Quién era +allí el gran arbitrista rentístico? Visitación. Pues que la dejasen +divertirse, salir; no parar en casa en todo el día. Además, era mujer de +tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el día, la casa +limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un +escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila +la conciencia, salía a caza de noticias, de chismes, de terrones de +azúcar y de recomendaciones la señora del Banco que estaba en todas +partes y siempre en activo servicio. + +Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la llamaba ella +_para meterle por los ojos a ese_: el dativo que se suplía era Anita. +Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación +de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa. Por la mañana +había ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en +mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando: representaban, en +colores vivos de seda fina, todos los accidentes de la caza de un +ciervo fabuloso de cornamenta inverosímil. Ocupábase don Víctor en +abrochar un botón del cuello; mordía el labio inferior, y estiraba la +cabeza hacia lo alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino. +Visitación entró en el despacho equivocada.... + +--¡Ah! usted dispense--dijo--¿estorbo? + +--No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pícaro botón.... + +Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botón del +cuello, don Víctor comenzó a darle cuenta de sus propósitos irrevocables +de distraer a su mujer.... + +--Mi programa es este. Y se lo expuso _c_ por _b_. + +Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron al tocador +de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel instante la +carta que poco después don Fermín leía delante de su madre. + +Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se +vistiera, «como Dios manda», y saliese con ellos. Visita se había +separado en la plaza de la Catedral para ir al asunto de la _Libre +Hermandad_. En casa de Vegallana se volverían a ver. La Marquesa había +escrito muy temprano a los Quintanar convidándoles a comer y +anunciándoles el programa del día. Ana disputó con su marido; quería ir +a reconciliar, se lo había dicho así en una carta al Provisor, no era +cosa de traerle y llevarle.--«¡Nada, nada! Don Víctor estaba dispuesto a +ser inflexible...». + +--Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después de +comer en casa del Marqués; y pronto, para ir en seguida al Vivero.... +¡No transijo! + +Y se fueron a dar los días a varios Franciscos y Franciscas. A la una y +cuarto estaban en casa del Marqués. + +Lo primero que vio Ana fue a don Álvaro. + +Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar +al cortés saludo de Mesía. Miró a su marido, algo asustada, pero +Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa efusión. Le era +muy simpático, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban +estrechaban los lazos de una amistad incipiente que _amenazaba_ ser +íntima y duradera. Don Álvaro tenía para Quintanar el raro mérito de no +ser terco: en Vetusta todos lo eran según el buen aragonés; pero aquel +modelo de caballeros elegantes no insistía en mantener una opinión +descabellada, siempre concluía por darle la razón a Quintanar, quien +decía a espaldas del buen mozo: «¡Si este se fuera a Madrid haría +carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... ¡Oh, ha +de ser un hombre!». + +Ana tomó la resolución repentina de dominarse, de tratar a don Álvaro +como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en rigor nada +había, ni podía, ni debía haber entre los dos. + +Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana +del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a +ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para +mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel +hombre; que las miradas que podían haberle envalentonado no eran +compromisos de los que echa en cara ningún hombre de mundo. Ana hablaba +de los hombres de mundo por lo que había leído en las novelas; ella no +los había tratado en este terreno de prueba. + +Don Álvaro se guardó de aludir al encuentro de la noche anterior; nada +dijo de la escena rápida del parque; pero habló con más confianza; en un +tono familiar que nunca había empleado con ella. Se habían hablado pocas +veces y siempre entre mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con +los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones. Sólo Paco y +Frígilis eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad +invariable no animaba, contenía. Visita aseguraba que aquel corazoncito +no tenía puerta. Ella no había encontrado la llave, por lo menos. + +Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando +agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el +brillo y originalidad de las ideas. Se veía claramente que buscaba +simpatía, cordialidad, y que se ofrecía como un hombre de corazón sano, +sin pliegues ni repliegues. Reía con franca jovialidad, abriendo +bastante la boca y enseñando una dentadura perfecta. Ana encontró de muy +buen gusto el sesgo que Mesía daba a su extraña situación. Cuando don +Álvaro callaba, ella volvía a sus miedos; se le figuraba que él también +volvía a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la aparición diabólica +de la noche anterior, en el paseo por las calles, y en tantas citas +implícitas, buscadas, indagadas, solicitadas sin saber cómo por él; +cobarde, criminalmente consentidas por ella. + +Don Víctor era poco más alto que Ana; don Álvaro tenía que inclinarse +para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y +pequeña de la dama. Parecía una sombra protectora, un abrigo, un apoyo; +se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza. Ana, mientras +oía, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, sólo podía +vislumbrar de soslayo el gabán claro, pulquérrimo del buen mozo. Don +Álvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana +la primera vez que lo sintió reputó delicioso, después temible; un +perfume que debía marear muy pronto; ella no lo conocía, pero debía de +tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente masculinas, pero de +hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor se apoyaba sobre +el antepecho de la ventana; Ana veía, sin poder remediarlo, unos dedos +largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y +bien cortadas. Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que +le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva +sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra-vetustense. No +podía haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era +agradable, parecía bien y debía ser así. + +Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía con voces +de mando los preparativos de la comida; el rumor de los surtidores del +patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y +de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los corredores, por la +huerta, por toda la casa. + +No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la ventana para +decirle al oído: + +--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes al padre +espiritual... ya comerá contigo. + +Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle. + +--Hola, hola--dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y +colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con +ese caballero?... + +Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza. + +Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad. Pasaron todos +al salón donde estaban los demás convidados. Obdulia hablaba con el +Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués discutía con Bermúdez, que +inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas +sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las +afirmaciones del magnate. + +--Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y hacía el +mercado.... + +--¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que usted... se atreviera... +sus ideas. + +--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir +al aire libre, a la intemperie. + +--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia. + +--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia, +que le asediaba ya, según habían previsto Paco y Visita. + +Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una frase pausada y +elegante, porque no pudo menos, y se inclinó saludando sin gran +confianza. + +Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la mejilla izquierda algo +encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. Venía mirando al +frente, como quien ve lo que va pensando y no lo que tiene delante. El +Magistral le alargó la mano que Mesía estrechó mientras decía: + +--Señor Magistral, tengo mucho gusto.... + +Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos +altos, un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual según +su género; más fornido el Magistral, más noble de formas don Álvaro, +más inteligente por gestos y mirada el clérigo, más correcto de +facciones el elegante. + +Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía; el +Provisor no sospechaba que don Álvaro pudiera ser el enemigo tentador de +la Regenta; si no le quería bien, era por considerar peligrosa para la +propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía que sin ser +adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba. Cuando +le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos de los demás, +sintió don Fermín un malestar que fue creciendo mientras tuvo que +esperar su presencia. + +Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que +aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados +la tarde anterior. Recordó todo lo que se habían dicho y que había +hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le había +halagado el oído y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con +promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno, +grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo +del alma. En los libros algunas veces había leído algo así, pero ¿qué +vetustense sabía hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan +buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que tenía +en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, y miel en +palabras y movimientos. También recordó Ana la carta que pocas horas +antes le había escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que +hacía cosquillas a su modo. La carta era inocente, podía leerla el mundo +entero; sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que +no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su +cuerpo y en la que pensaba tal vez. + +No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se +compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que +iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía a ciencia cierta +era que en don Fermín estaba la salvación, la promesa de una vida +virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poéticas, que +exigían esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y +grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la +ofreciera hasta el día. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la +tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín, +quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos +ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que +de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus +llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. Si Ana, +asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de +los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los +cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban +siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza. + +Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las +mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran +más que un modo de puntuación de las palabras; allí no había +sentimiento, no había más que inteligencia y ortografía. En silencio y +cara a cara era como él no miraba a las señoras si había testigos. + +Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba a todos los +convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, la voz que les +llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y +junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras +sonreía ruborosa. + +Mesía recordó lo que Visitación le había dicho la tarde anterior: +_cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda_. Sin que nadie +le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y +mujeres. No creía en la virtud; aquel género de materialismo que era su +religión, le llevaba a pensar que nadie podía resistir los impulsos +naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la +lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y +cuando podía. Don Álvaro, que sabía presentarse como un personaje de +novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias, +era en lo que llamaba _El Lábaro_ el santuario de la conciencia, un +cínico sistemático. En general envidiaba a los curas con quienes +confesaban sus queridas y los temía. Cuando él tenía mucha influencia +sobre una mujer, la prohibía confesarse. «Sabía muchas cosas». En los +momentos de pasión desenfrenada a que él arrastraba _a la hembra_ +siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de veras con algo +nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en su presencia, y las +aberraciones de los sentidos se transmitían a la lengua, y brotaban +entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas, +secretos de mujer que Mesía saboreaba y apuntaba en la memoria. Como un +mal clérigo, que abusa del confesonario, sabía don Álvaro flaquezas +cómicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus +antecesores, y en el número de aquellas crónicas escandalosas entraban, +como parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones +lúbricas de los _solicitantes_, sus extravíos, dignos de lástima unas +veces, repugnantes, odiosos las más. Orgulloso de aquella ciencia, Mesía +generalizaba y creía estar en lo firme, y apoyarse en «hechos repetidos +hasta lo infinito» al asegurar que la mujer busca en el clérigo el +placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras +el clérigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una +institución «cuyo carácter sagrado don Álvaro no discutía...» delante de +gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en octavo +francés, de materialista a lo _commis-voyageur_. + +No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija +de penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos; ni él se +atrevería a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar +semejantes atropellos... pero «por lo fino, por lo fino» (repetía +pensándolo) es lo más probable que pretenda seducir a esta hermosa +mujer, desocupada, en la flor de la edad y sin amar. «Sí, este cura +quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los +recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.... ¡Oh! +debía acudir antes para impedirlo, pero ahora no puedo, aún no tengo +autoridad para tanto». Estas y otras reflexiones análogas pusieron a +Mesía de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en +Vetusta, especialmente sobre el sexo débil y devoto, le molestaba mucho +tiempo hacía. + +--¿De modo que esta tarde ya no puede ser?--decía Ana con humilde voz, +suave, temblorosa. + +--No señora--respondió el Magistral, con el timbre de un céfiro entre +flores--; lo principal es cumplir la voluntad de don Víctor, y hasta +adelantarse a ella cuando se pueda. Esta tarde, alegría y nada más que +alegría. Mañana temprano.... + +--Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la +Catedral a esa hora.... + +--No importa, iré mañana, es un deber... y es para mí una satisfacción +poder servir a usted, amiga mía.... + +No era en estas palabras, de una galantería vulgar, donde estaba la +dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oía: era en la voz, en los +movimientos, en un olor de _incienso espiritual_ que parecía entrar +hasta el alma. + +Quedaron en que a la mañana siguiente, muy temprano, don Fermín +esperaría en su capilla a la Regenta para reconciliar. + +--«Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, alborotar, +como manda el señor Quintanar, que además de tener derecho para +mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que sus... tristezas de +usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso levemente sonrosado, y +le tembló algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la +tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan +mucho de nerviosas y también puedan curarse, en la parte que al mal +físico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen. Sí, +señora, ¿por qué no? Oh, hija mía, cuando nos conozcamos mejor, cuando +usted sepa cómo pienso yo en materia de _placeres mundanos_... (Eran sus +frases) los _placeres del mundo_ pueden ser, para un alma firme y bien +alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante; distracción +útil, que se aprovecha como una medicina insípida, pero eficaz.... + +Ana comprendía perfectamente. «Quería decir el Magistral que cuando ella +gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que podía +solazarse el cuerpo le parecerían juegos pueriles, vulgares, sin gracia, +buenos sólo porque la distraían y daban descanso al espíritu. +Entendido. Después de todo, así era ahora; ¡la divertían tan poco los +bailes, los teatros, los paseos, los banquetes de Vetusta!». + +Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que era higiénico +el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, aplaudió al +Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su satisfacción cuando supo que +ya no reconciliaría Ana aquella tarde. + +--¡Absurdo!--dijo don Fermín--; esta tarde al campo... al Vivero.... + +--¡A comer, a comer!--gritó la Marquesa desde la puerta del salón donde +acababa de recibir la noticia. + +--¡Santa palabra!--exclamó el Marqués. + +Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando, +contentos, «sin ceremonias», que eran excusadas en casa de doña Rufina, +pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sabían tratar a sus +convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la +aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos íntimos, de +que a propósito se excluía a los parientes linajudos que no gustaban de +ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier plebeyo rico, +aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos aires de +distinción y señorío vetustense que les eran ingénitos. El Marqués tenía +el arte de saber darse tono _a la pata la llana_, como él decía en la +prosa más humilde que habló aristócrata. + +«La comida era de confianza, ya se sabía». Esto quería decir que el +Marqués y la Marquesa, no prescindirían de sus manías y caprichos +gastronómicos en consideración a los convidados; pero estos serían +tratados a cuerpo de rey; la confianza en aquella mesa no significaba +la escasez ni el desaliño; se prescindía de la librea, de la vajilla de +plata, heredada de un Vegallana, alto dignatario en Méjico, de las +ceremonias molestas, pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos +y entremeses en que era notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo +mejor que producía la fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y +aire. Otros aristócratas disputaban a Vegallana la supremacía en +cuestión de nobleza o riqueza, pero ninguno se atrevía a negar que la +cocina y la bodega del Marqués eran las primeras de Vetusta. + +Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte +abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias +como el oro. + +--«Ello será de mal tono--decía--cosa de pobretes, pero todos mis +convidados quedan contentos de tal servicio». + +--«Porque tengo observado--añadía--que a las señoras no les gustan, por +regla general, los criados; no se fijan en ellos, y a los hombres +siempre les gustan las buenas mozas, aunque sea en la sopa». + +Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá diciendo: +«¡Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que alegra; me recuerda +las horchaterías y algunos cafés de la Exposición...». Al Marqués le era +indiferente el cambio. De todas suertes él no pecaba en casa ni siquiera +dentro del casco de la población. + +El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio mediante +cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto. En +cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras, +jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores +vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del +nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en +molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que +rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y +un gran sofá arrimado a un testero. También adornaban las paredes, allí +donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples +industrias que tienen relación con el comer bien. Allí la caza del +tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la castellana en +el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño levantado sobre +su cabeza; la garza allá en las nubes, de color de yema de huevo; más +atrás el amo de aquellos bosques, del castillo roquero y del pueblecillo +que se pierde en lontananza.... En frente una escena de novela de +Feuillet; caza también; pero sin garza, ni azor, ni señor feudal: un +rincón del bosque, una dama que monta a la inglesa, y un jinete que le +va a los alcances dispuesto, según todas las señas, a besarle una mano +en cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; más allá un +bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por último, en el +techo, en la vertical del centro de mesa, en un medallón, el retrato de +don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué ni para qué. ¿Qué hace allí el +filósofo catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A +Bermúdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es «_un anacronismo_»; +pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón a +Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta. + +A la Marquesa le parece esta una de las tonterías menos cargantes de su +marido. + +Se sentaron los convidados: no hubo más sillas destinadas que las de la +derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha de +doña Rufina se sentó Ripamilán y a su izquierda, el Magistral; a la +derecha del Marqués doña Petronila Rianzares y a la izquierda don Víctor +Quintanar. Los demás donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre +Edelmira y Visitación; la Regenta entre Ripamilán y don Álvaro; Obdulia +entre el Magistral y Joaquín Orgaz, don Saturnino Bermúdez entre doña +Petronila y el capellán de los Vegallana. Don Víctor tenía a su +izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la nobleza, +que comía con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo. + +El Marqués, antes que los demás comiesen la sopa se sirvió un gran plato +de sardinas, mientras hablaba con doña Petronila del derribo de San +Pedro, que a la dama le parecía ignominioso. Los convidados en tanto se +entretenían con los variados, ricos y raros entremeses. ¡Ya lo sabían! +estaban en confianza y había que respetar las costumbres que todos +conocían. Vegallana empezaba siempre con sus sardinas; devoraba unas +cuantas docenas, y en seguida se levantaba, y discretamente desaparecía +del comedor. Siguiendo uso inveterado todos hicieron como que no notaban +la ausencia del Marqués; y en tanto llegó y se sirvió la sopa. Cuando el +amo de la casa volvió a su asiento, estaba un poco pálido y sudaba. + +--¿Qué tal?--preguntó la Marquesa entre dientes, más con el gesto que +con los labios. + +Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería decir: + +--¡Perfectamente!--y en tanto se servía un buen plato de sopa de +tortuga. El Marqués ya no tenía las sardinas en el cuerpo. + +Otro misterio como el de Balmes en el techo. + +La Marquesa hacía sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba ya +tampoco; comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con +vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocían sus caprichos de +la mesa y la servían solícitos, con alardes de larga experiencia en +aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de +la casa. Ripamilán, mientras discutía acalorado con su querido amigo don +Víctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la +ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de máquina en buen +uso, y la señora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de +sus manos, segura del acierto exacto del diminuto canónigo. + +--¡Señor mío!--gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de +doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un +cuchillo--; ¡señor mío! yo creo que el señor de Carraspique está en su +perfecto derecho; y no sé de dónde le vienen a usted esas ideas +disolventes, que en cuarenta años que llevamos de trato no le he +conocido.... + +--¡Oiga usted, mal clérigo!--exclamó Quintanar, que estaba de muy buen +humor y empezaba a sentirse rejuvenecido--; yo bien sé lo que me digo, y +ni tú ni ningún calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de +moralidad. Pero yo soy liberal.... + +--Pamplinas.--Más liberal hoy que ayer, mañana más que hoy.... + +--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Paco y Edelmira, que también se sentían muy +jóvenes; y obligaron a don Víctor a chocar las copas. + +Todo aquello era broma; ni don Víctor era hoy más liberal que ayer, ni +trataba de usted a Ripamilán, ni le tenía por calavera; pero así se +manifestaba allí la alegría que a todos los presentes comunicaba aquel +vino transparente que lucía en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya +con misteriosos tornasoles de gruta mágica, en el amaranto y el violeta +obscuro del Burdeos en que se bañaban los rayos más atrevidos del sol, +que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las +ventanas del patio. ¿Por qué no alegrarse? ¿por qué no reír y +disparatar? Todo era contento: allá en la huerta rumores de agua y de +árboles que mecía el viento, cánticos locos de pájaros dicharacheros; de +las ventanas del patio venían perfumes traídos por el airecillo que +hacía sonajas de las hojas de las plantas. Los surtidores de abajo eran +una orquesta que acompañaba al bullicioso banquete; Pepa y Rosa vestidas +de colorines, pero con trajes de buen corte ceñido, airosas, limpias +como armiños, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueñas, rubia la +una, morena como mulata la que tenía nombre de flor, servían con gracia, +rapidez, buen humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de +perlas, inclinándose con las fuentes con coquetona humildad, de modo +que, según Ripamilán, aquella buena comida presentada así era miel sobre +hojuelas. + +Los de la mesa correspondían a la alegría ambiente; reían, gritaban ya, +se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, por medio +de antífrasis; ya se sabía que una censura desvergonzada quería decir +todo lo contrario: era un elogio sin pudor. + +En la cocina había ecos de la alegría del comedor; Pepa y Rosa cuando +entraban con los platos venían sonriendo todavía al espectáculo que +dejaban allá dentro; en toda la casa no había en aquel momento más que +un personaje completamente serio: Pedro el cocinero. + +Ya se divertiría después; pero ahora pensaba en su responsabilidad; iba +y venía, dirigía aquello como una batalla; se asomaba a veces a la +puerta del comedor y rectificaba los ligeros errores del servicio con +miradas magnéticas a que obedecían Pepa y Rosa como autómatas, +disciplinadas a pesar de la expansión y la algazara, cual veteranos. + +Después de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el Magistral; a +veces se miraban, se sonreían, De Pas dirigía la palabra a Anita de rato +en rato, tendiendo hacia ella el busto por detrás de la Marquesa, para +hacerse oír; don Álvaro los observaba entonces, silencioso, cejijunto, +sin pensar que le miraba Visitación, que estaba a su lado. Un pisotón +discreto de la del Banco le sacaba de sus distracciones. + +--Pican, pican--decía Visita.--¿El qué?--preguntaba la Marquesa que +comía sin cesar y muy contenta entre el bullicio--¿qué es lo que pica? + +--Los pimientos, señora. Y don Álvaro agradecía a Visitación el aviso y +volvía a engolfarse en el palique general, ocultando como podía su +aburrimiento que para sus adentros llamaba soberano. + +«¡Cosa más rara! Estaba tocando el vestido y a veces hasta sentía una +rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba--¿cuándo se vería él en +otra?--y sin embargo se aburría, le parecía estar allí de más, seguro de +que aquella comida no le serviría para nada en sus planes, y de que la +Regenta no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por +ahora». + +«Sería una gran imprudencia dar un paso más; si yo aprovechase la +excitación de la comida me perdería para mucho tiempo en el ánimo de +esta señora; estoy seguro de que ella también se siente excitadilla, de +que también está pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es +tiempo todavía de aprovechar estas ventajas fisiológicas.... Esta ocasión +no es ocasión.... Veremos allá en el Vivero; pero aquí nada, nada; por +más que pinche el apetito». Y estaba más fino con Anita, la obsequiaba +con la distinción con que él sabía hacerlo, pero nada más. Visitación +veía visiones. «¿Qué era aquello?». Miraba pasmada a Mesía, cuando nadie +lo notaba, y abría los ojos mucho, hinchando los carrillos, gesto que +daba a entender algo como esto: + +«Me pareces un papanatas, y me pasma que estés hecho un doctrino cuando +yo te he puesto a su lado con el mejor propósito...». + +Mesía, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba un +pie; pero la del Banco le recibía a pataditas, con lo que daba a +entender «que era tambor de marina» y que seguía dominando en ella el +criterio que había presidido a la bofetada de la tarde anterior. + +Paco no se atrevía a pisar a su _prima nueva_, pero la tenía encantada +con sus bromas de señorito fino, que vivió y _la corrió_ en Madrid. +Además ¡olía tan bien el primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo +tan delicadas y elegantes! Allá, en su pueblo Edelmira había pensado +mucho en el Marquesito, a quien había visto dos o tres veces siendo ella +muy niña y él un adolescente. Ahora le veía como nuevo y superaba en +mucho a sus sueños e imaginaciones; era más guapo, más sonrosado, más +alegre y más gordo. El Marquesito vestía aquella tarde un traje de +alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del mismo color de piqué y +calzaba unas babuchas de verano que Edelmira consideraba el colmo de la +elegancia, aunque parecía cosa de turcos. Los dijes del primo, la camisa +de color, la corbata, las sortijas ricas y vistosas, las manos que +parecían de señorita, todo esto encantaba a Edelmira que era también muy +amiga de la limpieza y de la salud. + +Paco había ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al fin +sintió una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la niña permaneció +tan tranquila, que el primo se dejó aquella pierna arrimada allí como si +la hubiese olvidado. La inocencia de Edelmira era tan poco espantadiza +que Paco hubiera podido propasarse a pisarle un pie sin que ella +protestase a no sentirse lastimada. «Además, pensaba la joven, estas son +cosas de aquí»; la tradición contaba mayores maravillas de la casa de +los tíos. + +Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante +pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. ¡Paco ya +lo había olvidado! no pensaba más que en aquella hermosura fresca, +oliendo a yerba y romero que le venía de la aldea a alegrarle los +sentidos. Pero la viuda, después de consagrar un recuerdo triste a sus +devaneos de la víspera, se volvió al Magistral insinuante, provocativa; +procuraba marearle con sus perfumes, con sus miradas de _telón rápido_ y +con cuantos recursos conocía y podían ser empleados contra semejante +hombre y en tales circunstancias. De Pas respondía con mal disimulado +despego a las coqueterías de Obdulia y no le agradecía siquiera el +holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaquín Orgaz +que ella desdeñaba con mal disimulado énfasis. + +A Joaquinito le llevaban los demonios. «Aquella mujer era una... tal... +y lo decía en flamenco para sus adentros. + +¿Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?». Esto que no lo notaban, +o fingían no verlo, los demás convidados, lo estaba observando él por lo +que le importaba. Pero no se daba por vencido, insistía en galantear a +la viuda, fingiendo no ver lo del Magistral. Ordinariamente Obdulia y +Joaquinito se entendían. «¡Señor! ¡si había llegado a darle cita en una +carbonera! Verdad era que él no podía vanagloriarse de haber tomado +aquella plaza... desmantelada; no había gozado los supremos favores... +todavía; pero, en fin, anticipos... arras... o como quiera llamarse, eso +sí. ¡Oh! como él llegara a vencer por completo, y así lo esperaba, ya le +pagaría ella aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y +aquella humillación de posponerle a un _carca_». + +El que no esperaba nada, el que estaba desengañado, triste hasta la +muerte, era don Saturnino Bermúdez. Después de la escena de la Catedral +donde creía haber adelantado tanto--bien a costa de su conciencia--no +había vuelto a ver a Obdulia; y aquella mañana, al acercarse a ella para +decirle cuánto había padecido con la ausencia de aquellos días (si bien +ocultando los restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al +ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado--estilo Feuillet +pasado por la sacristía--Obdulia le había vuelto la espalda y no una +vez, sino tres o cuatro, dándole a entender claramente, que _non erat +hic locus_, que a él sólo se le toleraría en la iglesia. + +«¡Así eran las mujeres! ¡así era singularmente aquella mujer! ¿Para qué +amarlas? ¿Para qué perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, ¿para +qué amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era soñar, seguir +soñando». Así pensaba melancólico Bermúdez, que tenía el vino triste, +mientras contestaba distraído, pero muy fríamente, a doña Petronila +Rianzares que se ocupaba en hacer en voz baja un panegírico del +Magistral, su ídolo. Bermúdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a +quien había amado en secreto, y otras veces a Visitación, a quien había +querido siendo él adolescente, allá por la época en que la del Banco, +según malas lenguas, se escapó con un novio por un balcón. Ni siquiera +Visitación le había hecho caso en su vida; jamás le había mirado con los +ojillos arrugados con que ella creía encantar; no era desprecio; era que +para las señoras de Vetusta, Bermúdez era un sabio, un santo, pero no un +hombre. Obdulia había descubierto aquel varón, pero había despreciado en +seguida el descubrimiento. + +El Magistral, Ripamilán, don Víctor, don Álvaro, el Marqués y el médico +llevaban el peso de la conversación general; Vegallana y el Magistral +tendían a los asuntos serios, pero Ripamilán y don Víctor daban a todo +debate un sesgo festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqués +en cuanto se sintió fuerte, merced al sabio equilibrio gástrico de +líquidos y sólidos que él establecía con gran tino, insistió en su +espíritu de reformista de cal y canto. «¡Ea! que quería derribar a San +Pedro; y que no se le hablase de sus ideas; aparte de que él no era un +fanático, ni el partido conservador debía confundirse con ciertas +doctrinas ultramontanas, aparte de esto, una cosa era la religión y otra +los intereses locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una +necesidad. ¿Emplazamiento? uno solo, no admitía discusión en esto, la +plaza de San Pedro; ¿pero cómo? ¿dónde? Mediante el derribo de la +ruinosa iglesia». + +Doña Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El +Magistral votaba con doña Petronila, pero no esforzaba sus argumentos. +Ripamilán, que tenía los ojillos como dos abalorios, gritaba: + +--¡Fuera ese iconoclasta! ¡Las hortalizas, las hortalizas! ¿Eso quiere +decir que a V. E., señor Marqués, la religión, el arte y la historia le +importan menos que un rábano? + +--¡Bravo, paisano!--gritó don Víctor, en pie, con una copa de Champaña +en la mano. + +--No hay formalidad, no se puede discutir--decía el Marqués--; este +Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal. + +--¿Pero qué tiene que ver? + +--No quiere usted derribar la iglesia, pero quería exclaustrar a las +hijas de Carraspique.... + +--Una sencilla secularización. + +--Víctor, Víctor, no disparates...--se atrevió a decir sonriendo la +Regenta. + +--Son bromas--advirtió el Magistral. + +--¿Cómo bromas?--gritó el médico--. A fe de Somoza, que sin don Víctor +ataca a mi primo Carraspique en broma, yo empuño la espada, le ataco en +serio y las cañas se vuelven lanzas. Señores, aquella niña se pudre.... + +Se acabó la discusión, sin causa, o por causa de los vapores del vino, +mejor dicho. Todos hablaban; Paco quería también secularizar a las +monjas; Joaquinito Orgaz comenzó a decir chistes flamencos que hacían +mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira. Visitación llegó a levantarse +de la mesa para azotar con el abanico abierto a los que manifestaban +ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y las demás criadas sonreían +discretamente, sin atreverse a tomar parte en el desorden, pero un poco +menos disciplinadas que al empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a +la puerta. Se habían roto dos copas. + +Los pájaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las ventanas +para ver qué era aquello y mezclaban sus gritos gárrulos y agudos al +general estrépito. + +--¡El café en el cenador!--ordenó la Marquesa. + +--¡Bien, bien!--gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y +a los acordes de la marcha real (decía el ex-regente), que tocaba allá +dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a +la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor +con una corona de azahar. La había encontrado en un armario de la alcoba +de su hermana Emma. Allí iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la +huerta, que era grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de +árboles altos y de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte +del recinto. Don Víctor, Paco y Edelmira corrían por los senderos allá +lejos entre los árboles. Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y +delante de ellos, detenida por la conversación de doña Rufina iba Anita, +mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los +ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se había quedado +atrás, en poder de doña Petronila Rianzares que le hablaba de un asunto +serio: la casa de las Hermanitas de los Pobres que se construía cerca +del Espolón, en terrenos regalados por doña Petronila con admiración y +aplauso de toda Vetusta católica. Era la de Rianzares viuda de un +antiguo intendente de la Habana, quien la había dejado una fortuna de +las más respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la +empleaba en servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas, +levantar conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en +armas el partido. Creíase poco menos que papisa y se hubiera atrevido a +excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa +sancionaría su excomunión; trataba de potencia a potencia al Obispo, y +Ripamilán, que no la podía ver porque era un marimacho, según él, la +llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegió a la +Iglesia. «Piensa la buena señora que por haber sabido conservar con +decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para obras pías +es una santa y poco menos que el Metropolitano». Tenía razón el +Arcipreste; doña Petronila no pensaba más que en su protección al culto +católico y opinaba que los demás debían pasarse la vida alabando su +munificencia y su castidad de viuda. + +No reconocía entre todo el clero vetustense más superior que el +Magistral, a quien consideraba más que al Obispo; «era todo un gran +hombre que por humildad vivía postergado». El Magistral trataba a la de +Rianzares como a una reina, según el Arcipreste, o como si fuera el +obispo-madre; ella se lo agradecía y se lo pagaba siendo su abogado más +elocuente en todas partes. Donde ella estuviera, que no se murmurase; no +lo consentía. + +Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la de +Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del +Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca: + +--¡Vamos! ¡amigo mío!... se lo suplico yo... acompáñeme al Vivero... sea +amable... por caridad.... + +El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer aquel +incienso, detrás del cual habría tantas talegas. + +--Señora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que hacer, a +las siete he de estar.... + +--Oh, no, no valen disculpas.... Ayúdeme usted, Marquesa, ayúdeme usted a +convencer a este pícaro. + +La Marquesa ayudó, pero fue inútil. Don Fermín se había propuesto no ir +al Vivero aquella tarde; comprendía que eran allí todos íntimos de la +casa menos él; ya había aceptado el convite porque... no había podido +menos, por una debilidad, y no quería más debilidades. ¿Qué iba a hacer +él en aquella excursión? Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos, +Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a +imitar muy a lo vivo los juegos infantiles. Ripamilán se lo había dicho +varias veces. Ripamilán iba sin escrúpulo, pero ya se sabía que el +Arcipreste era como era; él, De Pas, no debía presenciar aquellas +escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para vistas +por un canónigo formal. No, no había que prodigarse; siempre había +sabido mantenerse en el difícil equilibrio de sacerdote sociable sin +degenerar en mundano; sabía conservar su buena fama. La excesiva +confianza, el trato sobrado familiar dañaría a su prestigio; no iría al +Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, eso sí; porque aquel señor Mesía +se había vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don +Fermín a sospechar si tendría propósitos _non sanctos_ el célebre don +Juan de Vetusta. + +La Marquesa, sin malicia, como ella hacía las cosas, llamó a su lado a +Anita para decirla: + +--Ven acá, ven acá, a ver si a ti te hace más caso que a nosotras este +señor displicente. + +--¿De qué se trata?--De don Fermín que no quiere venir al Vivero. + +El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de +las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza +cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena: + +--Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un disgusto; +acompáñenos usted, señor Magistral.... + +En el gesto, en la mirada de la Regenta podía ver cualquiera y lo vieron +De Pas y don Álvaro, sincera expresión de disgusto: era una contrariedad +para ella la noticia que le daba la Marquesa. + +Por el alma de don Álvaro pasó una emoción parecida a una quemadura; él, +que conocía la materia, no dudó en calificar de celos aquello que había +sentido. Le dio ira el sentirlo. «Quería decirse que aquella mujer le +interesaba más de veras de lo que él creyera; y había obstáculos, y ¡de +qué género! ¡Un cura! Un cura guapo, había que confesarlo...». Y +entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en +el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la +suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura. +A don Fermín le asustó la impresión que le produjo, más que las +palabras, el gesto de Ana; sintió un agradecimiento dulcísimo, un calor +en las entrañas completamente nuevo; ya no se trataba allí de la vanidad +suavemente halagada, sino de unas fibras del corazón que no sabía él +cómo sonaban. «¡Qué diablos es esto!» pensó De Pas; y entonces +precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro; fue una +mirada que se convirtió, al chocar, en un desafío; una mirada de esas +que dan bofetadas; nadie lo notó más que ellos y la Regenta. Estaban +ambos en pie, cerca uno de otro, los dos arrogantes, esbeltos; la ceñida +levita de Mesía, correcta, severa, ostentaba su gravedad con no menos +dignas y elegantes líneas que el manteo ampuloso, hierático del clérigo, +que relucía al sol, cayendo hasta la tierra. + +«Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como San +Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todavía; el Diablo +Arcángel también; los dos pensaban en ella, era seguro; don Fermín como +un amigo protector, el otro como un enemigo de su honra, pero amante de +su belleza; ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno, +que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía +bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser +debajo de una sotana. Se tenía que confesar la Regenta, aunque pensando +un instante nada más en ello, que la complacía encontrar a su salvador, +tan airoso y bizarro; tan distinguido como decía Obdulia, que en esto +tenía razón. Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así por ella, +reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su +voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo +que interesaba, que podía ser dramático, que ya empezaba a serlo. El +honor, aquella quisicosa que andaba siempre en los versos que recitaba +su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no había que pensar en él; pero +bueno sería que un hombre de tanta inteligencia como el Magistral la +defendiera contra los ataques más o menos temibles del buen mozo, que +tampoco era rana, que estaba demostrando mucho tacto, gran prudencia y +lo que era peor, un interés verdadero por ella. Eso sí, ya estaba +convencida, don Álvaro no quería vencerla por capricho, ni por vanidad, +sino por verdadero amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido +encontrarla soltera. En rigor, don Víctor era un respetable estorbo. + +Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un cariño +filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía por lo menos +tanto, a su modo, como una pasión de otro género. Y además, si no fuera +por don Víctor, el Magistral no tendría por qué defenderla, ni aquella +lucha entre dos hombres _distinguidos_ que comenzaba aquella tarde +tendría razón de ser. No había que olvidar que don Fermín no la quería +ni la podía querer para sí, sino para don Víctor». + +Cuando Ana se perdía en estas y otras reflexiones parecidas, se oyó la +voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que +tomaban pacíficamente café bajo la glorieta, acudieron al extremo de la +huerta. + +--¿Dónde están? ¿dónde están?--preguntaba asustada la Marquesa. + +--¡En el columpio! ¡en el columpio!--dijo el médico don Robustiano. + +Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público madrileño +en la romería de San Isidro, aunque más elegante y fabricado con esmero; +en uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en +cuclillas, sonriente y pálido, don Saturnino Bermúdez, como a una vara +del suelo inmóvil, hacía la figura más ridícula del mundo, con plena +conciencia de ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo, +procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía +tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se había +enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra +reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante +persona Obdulia Fandiño agarrada a la nave como un náufrago del aire, +muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto y de lo +que ella creía peligro. + +--No se mueva usted, no se mueva usted--gritaba don Víctor, haciendo +aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a +Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar. + +--No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...--decía +Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio. + +--Tres metros y medio--dijo el Marqués que llegó a tiempo de dar la +medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él hacía siempre los +cálculos geométricos. + +El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por su propia +industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a +Obdulia. + +--Tuvo la culpa Paco--decía Visitación, ceñidas con una cuerda las +piernas, por encima del vestido--. Empujó demasiado fuerte, para que se +cayera Saturno y, ¡zas! subió la barquilla allá arriba y al bajar... se +enganchó en ese palo. + +Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar. + +--No grites, hija--decía la Marquesa, que ya no la miraba por no +molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás--; ya +te bajarán.... + +Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos +travesaños, que servía al jardinero para recortar la copa de los +arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun subido al palo +más alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que +pudiera hacer fuerza para descolgarla. + +--Que llamen a Diego... a Bautista...--decía la Marquesa. + +--¡Sí, sí; que venga Bautista!...--gritaba Obdulia recordando la fuerza +del cochero. + +--Es inútil--advirtió el Marqués--. Bautista tiene fuerza pero no +alcanza; es de mi estatura... no hay más remedio que buscar otra +escalera.... + +--No la hay en el jardín...--Sabe Dios dónde parecerá... + +--¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo. + +Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada animadora y +suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había ocurrido que él, +gracias a su estatura, podría coger cómodamente la barquilla y +arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le importaba a él Obdulia? +Podía hacer una figura ridícula, mancharse la levita. La mirada de Ana +le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era ágil. La Regenta le vio +tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situación de farolero como +paseando por el Espolón. + +--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen +mozo entre los palos de la barquilla del columpio. + +--¡No me tires! ¡No me tires!--gritó Obdulia que sintió las manos de su +ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a +quien ya tuteaba. La chica se fijó en la intención del pellizco porque +se había fijado en el tratamiento. ¡Le había llamado de tú! + +--Esté usted tranquila; no va con usted nada--respondió don Álvaro... ya +arrepentido de haber cedido al ruego tácito de Anita. + +Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera +la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el +primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó en la cara que +estaría poniendo el Magistral. + +--¡Aúpa!...--gritó abajo Visitación para mayor ignominia. + +--¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, es peor!... +¡Me voy a matar!--gritó la Fandiño. + +Los demás callaban.--¡Estate quieta!--dijo en voz baja, ronca y furiosa +don Álvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza. + +E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna. + +Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de cansancio. Un hombre +como él debía poder levantar a pulso aquel peso. + +--Deje usted, deje usted, a ver si Bautista--dijo la Marquesa--... +¡demonio de chicos! + +--Bautista no alcanza--observó otra vez el Marqués--. Otra escalera... +que vayan a las cocheras.... Allí debe de haber.... + +Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró hacia abajo como +buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajón, debajo de +sus narices, en actitud humilde y ridícula, vio a don Saturnino en +cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los presentes. Mesía no pudo +menos de sonreír, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con +deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo +con calma forzada: + +--¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted? ¿usted se piensa que +yo hago juegos de Alcides y se me pone ahí en calidad de plomo?... + +Carcajada general.--Sí, ríanse ustedes--clamó Obdulia--pues el lance +es gracioso. + +--Yo...--balbuceó Bermúdez--usted dispense... como nadie me decía +nada... creí que no estorbaba... y además... creía que al bajarme... +pudiese empeorar la situación de esa señora... alguna sacudida. + +--¡Ay, no, no! no se baje usted--gritó la viuda con espanto. + +--¿Cómo que no?--rugió furioso don Álvaro--. ¿Quiere usted que yo +levante este armatoste con los dos encima y a pulso? + +--Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan alto +esto.... + +--Una vara escasa--advirtió el Marqués. + +Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón nefando. + +--Ahora--dijo--nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí abajo.... + +--Eso es inútil--observó el Magistral con una voz muy dulce--; como el +madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se +alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar. + +--Es claro--bramaba desde arriba el otro; y probó otra vez su fuerza. + +Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro no movió +el pesado artefacto. + +El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un brinco, que +procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de +las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo: + +--¡Es imposible! Que se busque otra escalera. + +--Ya podía estar buscada...--Si yo alcanzase...--insinuó entonces el +Magistral, con modestia en la voz y en el gesto. + +--Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto. + +--Sí llega, sí llega--gritó Paco, que quiso verle hacer títeres. + +--Sí, alcanza usted--concluyó Vegallana padre--. Como tenga usted +fuerza.... Y aquí nadie le ve. + +Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura +con el traje talar. + +--Quítese usted el manteo--observó Ripamilán. + +--No hace falta--contestó De Pas, horrorizado ante la idea de que le +vieran en sotana. + +Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia, +subió como una ardilla al travesaño más alto, mientras el manteo flotaba +ondulante a su espalda. + +--Perfectamente--dijo metiendo los brazos por donde poco antes había +introducido los suyos Mesía. + +Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género. + +Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo: + +--¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera! + +Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió +en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en su +descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó majestuosamente. +Somoza, Paco y Joaquín Orgaz ayudaron a Obdulia a salir del cajón +maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovación. Paco le admiró en +silencio: la fuerza muscular le inspiraba un terror algo religioso; él +había malgastado la suya en las lides de amor. Tenía bastante carne, +pero blanda. Don Álvaro disimuló difícilmente el bochorno. «¡Mayor +puerilidad! pero estaba avergonzado de veras». Además, él, que miraba a +los curas como flacas mujeres, como un sexo débil especial a causa del +traje talar y la lenidad que les imponen los cánones, acababa de ver en +el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle de un puñetazo si +llegaba esta ocasión inverosímil. Recordaba Mesía que muchas veces +(especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) había él +dicho, v. gr.: «Pues el señor cura que no se divierta, que no abuse de +la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y +le tiro por el balcón». Siempre se le había figurado, por no haberlo +pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se +les podía abofetear impunemente; no les suponía valor, ni fuerza, ni +sangre en las venas.... «Y ahora... aquel canónigo, que tal vez era un +poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien +podía ser una saludable advertencia». + +La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó +necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que +«no lo había hecho por ella». La viuda, sin embargo, insistió en +sostener que le debía la vida. + +--¡Indudablemente!--corroboraba doña Petronila, que no sospechaba cómo +quería pagar Obdulia aquella vida que decía deber al Magistral. + +Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que no +vio más que un símbolo físico de la fortaleza del alma; fortaleza en que +ella tenía, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las +tentaciones que empezaban a acosarla. + +Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no +quería que se le viesen los bajos. + +Obdulia protestó.--¿Cómo? ¿pues se veía algo? ¡no quiero! ¡no quiero! +¿por qué no se me ha advertido? Esto es una traición. + +--Tiene razón esta señora--dijo don Víctor--igualdad ante la ley; fuera +esa cuerda. + +Edelmira subió al columpio sin atarse. No había para qué tomar +precauciones, no se veía nada. + +Don Víctor y Ripamilán se columpiaron también, pero se mareaban. + +--Ya están los coches--gritó la Marquesa desde lejos; y corrieron todos +al patio. + +La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron a la +carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido excelente pero +que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos +negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un coche antiguo de +viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el +que servía ordinariamente al Marqués en sus excursiones por la +provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar +acaso en terreno vedado. ¡Se decían tantas cosas del coche de camino! Su +figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todavía hacen +el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo +llamaban la _Góndola_ y el _Familiar_ y con otros apodos. + +Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con +palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a +cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su +propósito de no ir al Vivero.) + +--Le secuestramos--había dicho Obdulia.... + +--Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará apearse--añadió +doña Petronila. + +--No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió +arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas +de la Encimada. Detrás iba la _Góndola_, atronando al vecindario con +horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y +voces y carcajadas que sonaban dentro. + +Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con +las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y +al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas de doña +Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su +contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo +sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los +abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco +menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de +Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo. + +El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado--y por otro +no--la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando +apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. Él estaba turbado, ella +no; iba satisfecha a su lado; seguía figurándoselo como un escudo bien +labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y él la defendía de don +Álvaro. «Si este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal +vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí +cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y +Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le +temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. ¡Si +este quisiera venir!...». + +--Don Fermín--le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el +respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre--. Don Fermín ¿por +qué no viene usted con nosotros? Poco más de una hora... creo que +volveremos hoy más pronto... ¡venga usted... venga usted! + +De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo al oír a la +Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imán. +Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en +una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre +Obdulia. Ripamilán citaba, como solía en tal materia, al Obispo de +Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc., +etc. No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de +quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y +temió además lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer el +cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del +columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su +manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a +ponerse en ridículo. No, no iría. Y sintió al afirmarse en su propósito +una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien +sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que +salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos; por lo +mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que +«indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar +con obscuros vetustenses». + +Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de +cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que +había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el +Magistral muy quedo: + +--No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a entender +que lo sentía, pero que como él era cura... y ella se había confesado +con él... y Paco y Obdulia y Visita eran un poco locos, y en Vetusta +los ociosos, que eran casi todos, murmuraban de lo más inocente.... + +Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendió la Regenta; +y se resignó a habérselas otra vez con Mesía sin el amparo del Provisor. + +No hablaron más. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levantó y saludó +a las damas. La Regenta le sonrió como hubiera sonreído muchas veces a +su madre si la hubiera conocido. De Pas no sabía sonreír de aquella +manera; la blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó +mirando con chispas de que él no se dio cuenta... ni Ana tampoco. + +Estaban en la entrada del Espolón, _el paseo de los curas_, según +antiguo nombre. Allí se apeó don Fermín entre lamentos de doña +Petronila. + +--Es usted muy desabrido--dijo la Marquesa, permitiéndose un tono +familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don Fermín. + +Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano. Quería +significar así su deseo de estrechar la amistad algo fría que mediaba +entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendió y lo agradeció De +Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don Víctor y su esposa, +ya lo sabía él; siempre estaban juntos unos y otros, en el teatro, en +paseo, en todas partes, y la Regenta comía en casa del Marqués muy a +menudo. De modo que, para verla, allí mucho mejor que en la catedral. +Todo esto se le pasó por las mientes al Magistral en el poco tiempo que +necesitó para quitar el pie del estribo y hacer el último saludo a las +señoras dando un paso atrás. + +--¡Anda, Bautista!--gritó la Marquesa; y la carretela siguió su marcha +ante la expectación de sacerdotes, damas y caballeros particulares que +paseaban en el Espolón, chiquillos que jugaban en el prado vecino y +artesanos que trabajaban al aire libre. + +Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La +Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco +antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico.... +Después no se vio más que el anguloso perfil de Ripamilán, que movía los +brazos como las aspas de un molino de muñecas. + +El otro coche pasó como un relámpago. De Pas vio una mano enguantada que +le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, la viuda +eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la izquierda se +la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jamás hizo +ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos. + + + + +--XIV-- + + +Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos +del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy +alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su +arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura, +revelando su origen en el ablativo absoluto _Rege Carolo III_, grabado +en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza +años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de +piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser +el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla +triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos +clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por +invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de +ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado, +solitario y lo que llamaban allí _recogido_, pero esto cuando la Colonia +no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba +por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron, +a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los +hoteles que se construían, de la barriada _colonial_ que se levantaba +como por encanto, según _El Lábaro_, para el cual diez o doce años eran +un soplo por lo visto. + +Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su +intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias, +y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la +proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se +_transformase de día en día_, de modo que a la vuelta de veinte años _no +hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilización bien +entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la +_Vetusta católica_ de Bermúdez. + +Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de +sacerdotes, magistrados melancólicos y _familias de luto_, como algunas +señoras notasen que el _Paseo de los curas_ era más caliente que todos +los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de +si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano +Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes: + +--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo; +pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo. +Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han +cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor +sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico.... + +En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a +romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía +Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras +aquéllas fueron atreviéndose otras; los _pollos_ advirtieron que el +Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y +esto les convenía. Y en un año se transformó en _Paseo de invierno_ el +apetecible Espolón, secularizándose en parte. + +Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por +abandonar _su_ Espolón desparramándose por las carreteras. + +--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo +lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras +calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles. + +Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que +vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de +canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la +invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo +disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos +no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían +_en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia +de los intrusos. + +Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el +gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos +sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la +capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos +mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta +todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba +lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie +tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes +elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del +amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y +rubores. Pero nada más. + +Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato, +según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas +mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto +que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas +escasas de ancho. + +--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa +inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas +las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas +eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del +boulevard, las chalequeras...». + +Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario. + +--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un +hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me +echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del +Corazón de Jesús! + +--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una +columna.... + +--Como San Simón _Estilista_--acudió Trabuco, que estaba presente. + +Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los +curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían +algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a _la influencia del +arbolado_ allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje +de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban +allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero +pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con +abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el +Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios +ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En +nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la +carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso +_inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en +medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don +Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal +usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los +tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos. + +--¡Qué desfachatez!--decía Foja. + +--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es +disimulo--advertía Mourelo. + +--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado +a comer con ellos.... + +--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante. + +--¿Y a dónde van los otros? + +--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros.... + +--¡Esas son las clases conservadoras! + +--No, señor; esa es la excepción.... + +--Y mire usted que venir en carruaje descubierto.... + +--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado. + +--Justo; tiene razón este... apearse aquí... + +--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está +dejado de la mano de Dios. + +--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito +señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con +malicia. + +En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio +con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los +otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a +voces: + +--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios! + +Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el +Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le +saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le +acarició con una palmadita familiar sobre el hombro. + +La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos +disimulo. O era diplomático o no lo era. + +El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros. + +Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la +amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba. +Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y +mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que +buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr... +detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora +desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los +más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro. +«¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio +habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que +dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le +pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de +murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a +él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como +hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las +posesiones de Vegallana». + +Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del +Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al +ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su +sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a +los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a +don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le +veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su +rostro. + +Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su +costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba +entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no +hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió +como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del +ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un _obispo de levita_ +(frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó; +se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le +parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes. +«¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril, +ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque +iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en +los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no +parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella +indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando +vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él +otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una +abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las +piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que +lleva debajo el cura». + +--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante, +deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta. + +No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los +cortes de la sotana. + +--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse. + +--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir +andando. + +--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece +estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo! + +El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta +_inopinada_, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores +asegurando que tenía que hacer en Palacio. + +No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba; +toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier +desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada +fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto +desaparecer entre nubes de polvo los coches. + +«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar +nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era +aquello que a él le pasaba? + +No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión +especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor; +esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había +recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil +formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la +conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo? +¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí». + +«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber +desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el +Vivero?». + +Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la +puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo +que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había +hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco +Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el +Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles +y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la +boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces +dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su +respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto +que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía +aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a +Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos +¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella +tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín +estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas. + +Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su +casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el +paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la +Corralada. + +«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde». + +¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta +falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los +cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más. + +«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era +ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no +como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí, +contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo. +Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había +pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su +madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le +horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su +madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las +necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he +comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar +aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la +miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días +todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de +malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué +había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión +general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo +cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué +tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis! +¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era +indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar +apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no +era un niño, despreciaba la calumnia, etc». + +Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los +tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo; +mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos +lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando +llamaradas en los cristales. + +El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las +pruebas de una pastoral. + +Fortunato levantó la cabeza y sonrió. + +--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco +mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad +pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le +había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin +saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no +sabía qué, servida por la Marquesa. + +Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al +Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que +le reprendiese por su condescendencia con las señoras _protectrices_ de +la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio. + +--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo +no veo bien. + +De Pas se acercó y leyó. + +--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido? + +Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo. + +--¿Que apesto? ¿por qué? + +--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo. + +De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era +impertinente y baladí. Se apartó de la mesa. + +--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre? + +--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo, +hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde +estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que +salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había +pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de +saber algo.... + +El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba +mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera +disimularlos. + +--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías +comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de +días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido? + +--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata +como a un niño! + +--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado.... + +--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no +has vuelto a casa? + +El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho: + +--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con +más fuerza de la necesaria. + +--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al +Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a +todos como muñecos. + +Y continuó corrigiendo la Pastoral. + +De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar +cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que +fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo +que le olía mal la boca. + +«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo +era un borracho...». + +«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír +sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa +anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es +insufrible!...». + +El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro +agudos, después otros graves, roncos, vibrantes. + +De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se +decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por +la que más pronto podría volver al Espolón. + +Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más +que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta. + +El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero, +después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón +cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba +en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran +indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo +tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado; +apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...». + +«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor, +este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales +murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en +que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente +de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de +hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus +ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la +vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente, +iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo +paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no +quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana +volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol +podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que +esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos +de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad +cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que +pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no había podido +secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus +colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi. + +--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque +añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no +le importaba nada. + +Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce +años, _pillos de la calle_, que jugaban allí cerca, alrededor de un +farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los +espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres +había una niña, que hacía de _madre_. Se trataba del _zurriágame la +melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_ +estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro; +un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por +el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La +niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de +mano en mano por el corro de chiquillos. + +--¡Na!...--decía la _madre_. + +--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía, +que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista. + +El pañuelo pasó a otro. + +--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es +Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y +poniéndole un codo delante de las narices. + +--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro. + +--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera! + +--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por +farolero. + +--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el +otro. ¿Na? ¿na? + +--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno. + +--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador. + +Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de +los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la +mano y añadió: + +--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma! + +Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la +_madre_. + +--Señas... señas... ¿a que no aciertas? + +--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy +rica! ¡muy rica! ¡muy rica! + +--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La +comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen +los señores? + +--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto. + +--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el +pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a +latigazos con sus compañeros. + +--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!... + +Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la +carretera y el Espolón. + +--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la _madre_. + +--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las +naranjas?... ¿y no son cosa rica? + +--Pero naranjas las comes tú también. + +--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto.... + +--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo, +tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la +voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo: + +--¡Natillas!...--_¡Zurriágame la melunga!_--gritó entusiasmada la +_madre_--, _¡castañas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el +vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a +sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza. + +El _Rojo_ no quería correr: protestaba. + +--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la +cara, mientras tímidamente el _Ratón_ le castigaba con simulacros de +azotes. + +Y añadía furioso el _Rojo_: + +--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo! + +--¡A la oreja! ¡a la oreja! + +El _Ratón_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de +las orejas. + +--_¡Zurriágame la melunga!_--volvió a gritar la _madre_, y los pillos se +dispersaron otra vez. + +En aquel momento el Magistral se acercó a la niña. + +La _madre_ dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a +recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía. + +--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches? + +--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie. + +--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con +cascabeles... hace poco.... + +--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si +esos... _¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!_--gritó, y la bandada de +mochuelos acudió al farol delante del _Ratón_. Al ver al Provisor, +todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que +tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se +limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no. + +--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba? + +--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te +inflo!... Para arriba, señor cura. + +--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te +rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se +inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando +vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho +el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los +dedos. + +Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que +volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas +diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba +volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo. + +«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al +animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo. + +La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades +pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja +de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa +mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más +alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta +del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo +de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado. +Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de +silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba. + +Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido +mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros +años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas +tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida +le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre... una +aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra. +Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él +años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... ¡Las estrellas! ¡qué pocas +veces las había mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se +detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a +los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo +alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio +oía los latidos de la sangre de su cabeza... y también se le figuró oír +otro ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran +ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles, +pero los caballos de la Góndola sí... ¿O serían cigarras, grillos... +ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el +silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba +seguro... ya sonaban más cerca, con cierto compás... cada vez más cerca. + +--¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!--dijo en voz alta, acercándose a la +cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo. + +Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero, +espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la obscuridad lejana, +después cuatro... eran ellos, los dos coches.... El ruido rítmico de los +cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con él otros +que parecían gritos, fragmentos de canciones. + +--«¡Qué locos, vienen cantando!». + +Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas... el aliento +fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona de +Ripamilán.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a +pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de hierro, para no +ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En +el lugar de Ripamilán vio a don Víctor de Quintanar, y en el de la +Regenta a Ripamilán; sí, los vio perfectamente. ¡No venía la Regenta en +el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a +la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!... Luego don +Álvaro y ella venían juntos... ¡y acaso venían todos borrachos, por lo +menos alegres! + +«¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el despecho atravesado en la +garganta. + +Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió: + +--«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa Marquesa es una Celestina de +afición!». + +«¡Y venían cantando!». + +Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la Colonia, sin +algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y +volvían a aparecer, cada vez más pequeñas... + +«¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, mucho peor!». + +Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras +en noche de estío.... + +El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y subió a buen +paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de +Vegallana. + +Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba. +«¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo +aquella fuerza que sentía en sus músculos, en su alma ociosa, molesta +como un hormigueo...». + +Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba entre las +filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo +ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la polvorienta +carretera. + +Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el paso. + +«Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no faltaba más, +siempre he sido dueño de mí... y ahora había de empezar a ser... un +majadero...». + +Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su furor sordo. +«Pronto es mañana.... A las ocho ya sabré yo.... Sí lo sabré... porque se +lo preguntaré todo. ¿Por qué no? A mi manera.... Tengo derecho...». + +Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el paseo de los +Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al +llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el caserón de los Ozores +no vio más luz que la del portal. + +--«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están juntos todavía?». Y sin pensar +lo que hacía, siguió hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que +había andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban +también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía a cortar +las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles +de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces roncas y +metálicas del piano desafinado. + +--«¡Sigue la broma!--se dijo mordiéndose los labios--. Pero yo ¿qué hago +aquí? ¿Qué me importa todo esto?... Si ella es como todas... mañana lo +sabré. ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!... ¡Si me viera mi madre!». En la +pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones +interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad +descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna +mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego +un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcón del +gabinete; frente a los del salón las sombras de la pared eran más +pequeñas, pero muchas y confusas; y se movían y mezclaban hasta marear +al canónigo. + +«No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba. + +Más allá del balcón del gabinete había otro cerrado. Era el de la +habitación en que había muerto la hija de los Marqueses. El Magistral +recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la +mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor. Hacía mucho tiempo. +Aquel balcón se abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se +apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como +si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos +que oprimían a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse. +«¿Quién era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo +mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la Regenta no podía +ser; no faltaba más! ¿Y el de los brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía +al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa +obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían +pasar... y ¿qué se pensaría si le veían allí, espiando a los convidados +del Marqués?... Debía marcharse... sí; pero hasta que aquellos bultos se +retirasen del balcón no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a +la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible, +hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves +manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla +por los hombros. + +«¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación... ¡qué escándalo!», +pensó don Fermín, que seguía inmóvil. + +La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por +la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo. + +«Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal. + +A pesar de estas reflexiones que no podían ser más racionales, no +estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le sofocaba, como si fuese +falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareció un momento; +hubo un silencio solemne y en medio de él sonó claro, casi estridente, +el chasquido de un beso bilateral, después un chillido como el de Rosina +en el primer acto del _Barbero_. + +El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el balcón no +quedaba nadie; Don Fermín salió del portal arrimado a la pared y se +alejó a buen paso. «No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era +la otra». + + + + +--XV-- + + +En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña Paula, +con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en +la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir lentamente con la +cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas. + +Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura de que +tenía que ser él. Ni una palabra al verle. El hijo subía y la madre no +se movía, parecía dispuesta a estorbarle el paso, allí en medio, tiesa, +como un fantasma negro, largo y anguloso. + +Cuando De Pas llegaba a los últimos peldaños, doña Paula dejó el puesto +y entró en el despacho. Don Fermín la miró entonces, sin que ella le +viese. + +Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las sienes; +unos parches grandes, ostentosos. + +«Lo sabe todo» pensó el Provisor. Cuando su madre callaba y se ponía +parches de sebo, daba a entender que no podía estar más enfadada, que +estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con +dos cubiertos. Era temprano para cenar, otras noches no se extendía el +mantel hasta las nueve y media; y acababan de dar las nueve. + +Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué de aceite con +que velaba su hijo. + +Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un lado y se limpió la frente +con el pañuelo. Miró a doña Paula. + +--¿Le duele la cabeza, madre?--Me ha dolido. ¡Teresina!--Señora.--¡La +cena! Y salió del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia y +salió tras ella. «No era todavía hora de cenar, faltaban más de cuarenta +minutos... pero ¿quién se lo decía a ella?». + +Doña Paula se sentó junto a la mesa, de lado, como los cómicos malos en +el teatro. Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller +con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tenía servilletero; la de su +madre no. + +Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer plato, +que era una ensalada. + +--¿No te sientas?--preguntó al Provisor su madre. + +--No tengo apetito... pero tengo mucha sed.... + +--¿Estás malo?--No, señora... eso no.--¿Cenarás más tarde? + +--No, señora, tampoco.... El Magistral ocupó su asiento enfrente de doña +Paula, que se sirvió en silencio. + +Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas +contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida +que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un +pensamiento que debía de ver ella en el suelo. + +Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien educado. +Acercó la ensalada al señorito. + +--Ya he dicho que no ceno.--Déjale, no cena. Ella no lo había oído, +hombre. + +Y acarició a la criada con los ojos. + +Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusión inmediatamente. +Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba sintiendo náuseas y no +se atrevía a pedir una taza de té. Se moría de sed, pero temía beber +agua. + +Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad +que usaba muy pocas veces. + +La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en +parte tuviera la misma doña Paula la culpa. Esto al menos creyó notar el +Magistral. + +Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traía +ella misma. + +Pidió azúcar don Fermín para echarlo en el vaso de agua y su madre dijo: + +--Está arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, iré yo por ella. + +--Pero, madre...--Déjame. Teresina quedó a solas con su amo y mientras +le servía agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspiró +discretamente. + +De Pas la miró, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parecía una +virgen de cera. Ella no levantó los ojos. De todas maneras, le era +antipática. Su madre la mimaba y a los criados no hay que darles alas. + +Bajó doña Paula y cuando salió Teresina dijo, mientras miraba hacia la +puerta: + +--La pobre no sé cómo tiene cuerpo. + +--¿Por qué?--preguntó don Fermín que acababa de oír el primer trueno. + +Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar en el vaso, +le miró desde arriba con gesto de indignación. + +--¿Por qué? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del +Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, otra a casa +del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las +Paulinas, otra... ¡qué sé yo! Está muerta la pobre. + +--¿Y a qué ha ido?--contestó De Pas al segundo trueno. + +Pausa solemne. Doña Paula volvió a sentarse y haciendo alarde de una +paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las +sílabas: + +--A buscarte, Fermo, a eso ha ido.--Mal hecho, madre. Yo no soy un +chiquillo para que se me busque de casa en casa. ¿Qué diría Carraspique, +qué diría Páez?... Todo eso es ridículo.... + +--Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si está mal hecho, +ríñeme a mí. + +--Un hijo no riñe a su madre.--Pero la mata a disgustos; la compromete, +compromete la casa... la fortuna, la honra... la posición... todo... por +una... por una.... ¿Dónde ha comido usted? + +Era inútil mentir, además de ser vergonzoso. Su madre lo sabía todo de +fijo. El Chato se lo habría contado. El Chato que le habría visto +apearse de la carretela en el Espolón. + +--He comido con los marqueses de Vegallana; eran los días de Paquito; se +empeñaron... no hubo remedio; y no mandé aviso... porque era ridículo, +porque allí no tengo confianza para eso.... + +--¿Quién comió allí? + +--Cincuenta, ¿qué sé yo? + +--¡Basta, Fermo, basta de disimulos!--gritó con voz ronca la de los +parches. Se levantó, cerró la puerta, y en pie y desde lejos prosiguió: + +--Has ido allí a buscar a esa... señora... has comido a su lado... has +paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has +apeado en el Espolón; ya tenemos otra Brigadiera.... Parece que necesitas +el escándalo, quieres perderme. + +--¡Madre! ¡madre!--¡Si no hay madre que valga! ¿te has acordado de tu +madre en todo el día? ¿No la has dejado comer sola, o mejor dicho, no +comer? ¿te importó nada que tu madre se asustara, como era natural? ¿Y +qué has hecho después hasta las diez de la noche? + +--¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño.... + +--No, no eres un niño; a ti no te duele que tu madre se consuma de +impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un mueble que +sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da su +sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero tú no eres +un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación... por una +mujerota.... + +--¡Madre!--¡Por una mala mujer!--¡Señora!--Cien veces, mil veces +peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas +cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las señoras chupan la +vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte años.... +¡Fermo... eres un ingrato!... ¡eres un loco! + +Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la cabeza improvisó una +banda para las sienes. + +--¡Va a estallarme la frente!--¡Madre, por Dios! sosiéguese usted. +Nunca la he visto así... ¿Pero qué pasa? ¿qué pasa?... Todo es +calumnia.... ¡Y qué pronto... qué pronto... la han urdido! ¡Qué +Brigadiera ni qué señoronas... si no hay nada de eso... si yo le juro +que no es eso... si no hay nada! + +--No tienes corazón, Fermo, no tienes corazón. + +--Señora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro.... + +--¿Qué has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la casa de esa +gigantona... de fijo.... + +--¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted. Está usted insultando a +una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado con ella tres +veces... es una santa.... + +--Es una como las otras.--¿Cómo qué otras? + +--Como las otras.--¡Señora! ¡Si la oyeran a usted! + +--¡Ta, ta, ta! Si me oyeran me callaría. Fermo... a buen entendedor.... +Mira, Fermo... tú no te acuerdas, pero yo sí... yo soy la madre que te +parió ¿sabes? y te conozco... y conozco el mundo... y sé tenerlo todo en +cuenta... todo.... Pero de estas cosas no podemos hablar tú y yo... ni a +solas... ya me entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he +callado, bastante he visto. + +--No ha visto usted nada...--Tienes razón... no he visto... pero he +comprendido y ya ves... nunca te hablé de estas... porquerías, pero +ahora parece que te complaces en que te vean... tomas por el peor +camino.... + +--Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y yo +hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas.... + +--Ya lo veo, Fermo, pero tú lo quieres. Lo de hoy ha sido un escándalo. + +--Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada que +ver con todas esas otras calumnias de antaño.... + +--Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro se +entere, que Camoirán crea todo eso que ya dicen. + +--¡Que ya dicen! ¡En dos días! + +--Sí, en dos; en medio... en una hora.... ¿No ves que te tienen ganas? +¿que llueve sobre mojado?... ¿Hace dos días? Pues ellos dirán que hace +dos meses, dos años, lo que quieran. ¿Empieza ahora? Pues dirán que +ahora se ha descubierto. Conocen al Obispo, saben que sólo por ahí +pueden atacarte.... Que le digan a Camoirán que has robado el copón... no +lo cree... pero eso sí; ¡acuérdate de la Brigadiera!... + +--¡Qué Brigadiera... madre... qué Brigadiera!... Es que no podemos +hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a usted.... + +--No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo sé... a mi +modo. Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar por tu madre, en +estas cosas miserables de tejas abajo? ¿Te fue bien? + +--¡Sí, madre mía, sí! + +--¿Te saqué yo o no de la pobreza? + +--¡Sí, madre del alma!--¿No nos dejó tu pobre padre muertos de hambre y +con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido? + +--Sí, señora, sí... y eternamente yo.... + +--Déjate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que sigas +creyéndome a mí; yo sé lo que hago. Tú predicas, tú alucinas al mundo +con tus buenas palabras y buenas formas... yo sigo mi juego. Fermo, si +siempre ha sido así, ¿por qué te me tuerces? ¿Por qué te me escapas? + +--Si no hay tal, madre.--Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, dices... +es verdad... pero peor si eres un tonto.... Sí, un tonto con toda tu +sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas por la espalda, en la honra? Pues +mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro... ahí tienes +un ignorante que sabe más que tú. + +Doña Paula se había arrancado los parches, las trenzas espesas de su +pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos apagados +casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos +parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de +experiencia. + +La tempestad se había deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya no +se reñía, se discutía con calor, pero sin ira. Los recuerdos evocados, +sin intención patética, por doña Paula, habían enternecido a Fermo. Ya +había allí un hijo y una madre, y no había miedo de que las palabras +fuesen rayos. + +Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja. Llamaba mojigangas a las +caricias, y quería a su hijo mucho a su manera, desde lejos. Era el suyo +un cariño opresor, un tirano. Fermo, además de su hijo, era su capital, +una fábrica de dinero. Ella le había hecho hombre, a costa de +sacrificios, de vergüenzas de que él no sabía ni la mitad, de vigilias, +de sudores, de cálculos, de paciencia, de astucia, de energía y de +pecados sórdidos; por consiguiente no pedía mucho si pedía intereses al +resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo era de su +hijo, porque él era el de más talento, el más elocuente, el más sagaz, +el más sabio, el más hermoso; pero su hijo era de ella, debía cobrar los +réditos de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, podía +reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a exigir que Fermo continuase +produciendo. + +En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de +las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que +ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la +ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían de las cuevas negros, +sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como +demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos +que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y +amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos. El dinero estaba +en las entrañas de la tierra; había que cavar hondo para sacar provecho. +En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los niños rubios +de tez amarillenta que pululan a orillas del río negro que serpea por +las faldas de los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de +sueños de avaricia. Paula era de niña rubia como una mazorca; tenía los +ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de +razón, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fábricas +que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden sostener en +la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que ganan así los +hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de la avaricia arrojada +en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que se incrusta en las +entrañas y jamás se arranca de allí. Paula veía en su casa la miseria +todos los días; o faltaba pan para cenar o para comer; el padre gastaba +en la taberna y en el juego lo que ganaba en la mina. + +La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran pena con que +los suyos lo lloraban ausente. A los nueve años era Paula una espiga +tostada por el sol, larga y seca; ya no se reía: pellizcaba a las amigas +con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía cuartos en un agujero del +corral. La codicia la hizo mujer antes de tiempo; tenía una seriedad +prematura, un juicio firme y frío. + +Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y vivía +con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero +¿cómo? Las alas tenían que ser de oro. ¿Dónde estaba el oro? Ella no +podía bajar a la mina. + +Su espíritu observador notó en la iglesia un filón menos obscuro y +triste que el de las cuevas de allá abajo. «El cura no trabajaba y era +más rico que su padre y los demás cavadores de las minas. Si ella fuera +hombre no pararía hasta hacerse cura. Pero podía ser ama como la señora +Rita». Comenzó a frecuentar la iglesia; no perdió novena, ni rogativas, +ni misiones, ni rosario y siempre salía la última del templo. Los +vecinos de Matalerejo habían enterrado la antigua piedad entre el +carbón; eran indiferentes y tenían fama de herejes en los pueblos +comarcanos. Por esto pudo notar la señorita Rita la piedad de Paula bien +pronto. «La hija de Antón Raíces, le dijo al señor cura, tira para +santa, no sale de la iglesia». El cura habló a la chicuela, y aseguró a +Rita que era una Teresa de Jesús en ciernes. En una enfermedad del ama, +el párroco pidió a Raíces su hija para reemplazar a Rita en su servicio. +Rita sanó pero Paula no salió de la Rectoral. Se acabó el ir y venir +con el cesto de tierra. Se vistió de negro, y por amor de Dios se olvidó +de sus padres. A los dos años la señora Rita salía de la casa del cura +enseñando los puños a Paula y llevándose en un cofre sus ahorros de +veinte años. El cura murió de viejo y el nuevo párroco, de treinta años, +admitió a la hija de Raíces como parte integrante de la casa Rectoral. +Paula era entonces una joven alta, blanca, fresca, de carne dura y piel +fina, pero mal hecha. Una noche, a las doce, a la luz de la luna salió +de la Rectoral, que estaba en lo alto de una loma rodeada de castaños y +acacias, cien pasos más abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un +pañuelo negro que envolvía ropa blanca. Detrás de ella salió una sombra, +con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la seguían, +Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la +alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó a detenerse; +hablaron; él abría los brazos, ponía las manos sobre el corazón, besaba +dos dedos en cruz; ella decía no con la cabeza. Después de media hora de +lucha, los dos volvieron a la Rectoral; entró él, ella detrás y cerró +por dentro después de decir a un perro que ladraba: + +--¡Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura desde aquella +noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la soledad le +costó al párroco, sin saciar el apetito, muchos años de esclavitud. +Tenía fama de santo; era un joven que predicaba moralidad, castidad, +sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo. Y una +noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, angulosa, sintió +una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, excitada por aquellos +ángulos de carne y hueso, por aquellas caderas desairadas, por aquellas +piernas largas, fuertes, que debían de ser como las de un hombre. A la +primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por +palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo +que le pedían; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin +arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula +dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su +cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí +muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo +desde la escalera: + +--¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre. + +La transacción le costó al clérigo humillarse hasta el polvo, una +abdicación absoluta. Vivieron en paz en adelante, pero él vio siempre en +ella a su señor de horca y cuchillo; tenía su honor en las manos; podía +perderle. No le perdió. Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde, +después de estudiar, Paula se acercó a él y le pidió que la oyese en +confesión. + +--Hija mía ¿a estas horas? + +--Sí, señor, ahora me atrevo... y no respondo de volver a atreverme +jamás. + +Le confesó que estaba encinta. + +Francisco De Pas, un licenciado de artillería, que entraba mucho en casa +del cura, de quien era algo pariente, la había requerido de amores y +ella le había contestado a bofetadas--el cura se puso colorado; se +acordó de la patada que había recibido él--pero el licenciado había sido +terco, y había vuelto a requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto +sacaran el estanquillo que le tenían prometido los del Gobierno; ella se +había tranquilizado y desde entonces admitía al habla aquel buque +sospechoso. Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar +con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo, +sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por +anchos pilares a dos o tres varas del suelo. Allí dormía ella en el +verano. Francisco faltó una noche a lo convenido, fue audaz, pasó del +corredor al interior de la panera; luchó Paula, luchó hasta caer +rendida--lo juraba ante un Cristo--, rendida por la fuerza del +artillero. Desde aquella noche le tomó ojeriza, pero quería casarse con +él. De aquella traición acaso nació Fermín a los dos meses de haber +unido el buen párroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos +los vecinos dijeron que Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con +buenas peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre había +tenido intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían +llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía el cura +estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero aquella noche +que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le convenció de la +inocencia del párroco y de la virtud de Paula. Aquello no se fingía; +mucho sabía el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas +falsas, pero él se fue a su casa al alba persuadido de que había +vencido, bien o mal, una honra verdadera. Y volvió a su proyecto de +casarse con el ama del cura. Así se lo juró a ella, de rodillas, como él +había visto a los galanes en los teatros, allá por el mundo +adelante.--«Yo te pediré a tus padres y al cura mañana mismo.--No--dijo +ella--, ahora no». Y siguieron viéndose. Cuando Paula estuvo segura de +que había fruto de aquella traición, o de las concesiones subsiguientes, +dijo a su novio: «Ahora se lo digo al amo y tú, cuando él te llame, te +niegas a casarte, dices que dicen que no eres tú solo... que en +fin...--Sí, sí, ya entiendo.--¡Lo que sospechabas, animal!--Sí, ya +sé.--Pues eso.--¿Y después?--Después deja que el cura te ofrezca... y +no digas que bueno a la primer promesa; deja que suba el precio... ni a +la segunda. A la tercera date por vencido...». + +Y así fue. Paula arrancó de una vez al pobre párroco de Matalerejo, el +más casto del Arciprestazgo, el resto del precio que ella había puesto +al silencio. ¡Con qué fervor predicaba el buen hombre después la +castidad firme! «¡Un momento de debilidad te pierde, pecador; basta un +momento! Un deseo, un deseo que no sacias siquiera, te cuesta la +salvación» (y todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad +de toda la vida, añadía para sus adentros.) + +Paula compró grandes partidas de vino y lo vendía al por mayor a los +taberneros de Matalerejo; empezó bien el comercio gracias a su +inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. Francisco era +muy _fantástico_, según su mujer. Le gustaba contar sus hazañas, y hasta +sus aventuras, esto en secreto, después de colocar unos cuantos pellejos +de Toro, al beber en compañía del parroquiano. Era rumboso y en el calor +de la amistad improvisada en la taberna, abría créditos exorbitantes a +los taberneros, sus consumidores. Esto originó reyertas trágicas; hubo +sillas por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de +pino, amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del +artillero; secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer. La manía +de dar al fiado llegó a ser un vicio, una pasión del manirroto +licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con +gran prosopopeya. «¡Los países que él había visto! ¡las mujeres que él +había seducido, allá muy lejos!». Sus amigos los taberneros que no +habían visto más río que el de su patria, le engañaban al segundo vaso. +Mientras él se perdía en sus recuerdos y en sus sueños pretéritos, que +daba por realizados, sus compadres interrumpiéndole, entre alabanzas y +admiraciones, le sacaban pellejos y más pellejos de vino pagaderos.... +«De eso no había que hablar». «El hombre es honrado» decía el artillero +y añadía: «Si yo tengo un duro pongo por ejemplo, y un amigo, por una +comparación, necesita ese duro... y quien dice un duro dice veinte +arrobas de vino, pongo por caso...». Pocos años necesitó, a pesar de la +prosperidad con que el comercio había empezado, para tocar en la +bancarrota. Se atrevió un parroquiano a no pagar y tras él fueron otros, +y al fin no le pagaba casi nadie. Paula que había dominado a dos curas, +y estaba dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido. «Lo que +tú quieras, tienes razón», decía él, y a la media hora volvía a las +andadas. Si ella se irritaba, se le acababa a él lo que llamaba la +paciencia, y una vez en el terreno de la fuerza el artillero vencía +siempre; fuerte era como un roble Paula, pero Francisco había sido el +más arrogante mozo de nuestro ejército, y tenía músculos de oso. Había +nacido en lo más alto de la montaña y hasta los veinte años había +servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza llamó a las +puertas, y Paula se decidió a dejar su comercio, De Pas decretó dedicar +los pocos cuartos que sacaron libres a la industria ganadera. Tomó vacas +en parcería y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del +pastoreo, en los más empinados vericuetos. Allí pasó la niñez y llegó a +la adolescencia Fermín, a quien su madre había deseado hacer +clérigo.--«Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre», +gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a +aprender latín con el cura de Matalerejo. El comercio de ganado no fue +mejor que el de vino. A Francisco se le ocurrió que él había sido +siempre un gran tirador; se consagró a la caza y perseguía corzos, +jabalíes, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se +atrevía. Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro +hombres que conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en +unas angarillas improvisadas con ramas de roble. Había caído de lo alto +de una peña abrazado a la osa mal herida que perseguían los vaqueros +hacía una semana. Murió con gloria el artillero, pero su viuda se +encontró abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte, +dueña de créditos sin fin que no se cobrarían jamás. Volvió a +Matalerejo, después de perder por embargo cuanto tenía. Llevaba aquellos +papeles inútiles y el hijo que había de ser clérigo. Era Fermín ya un +mozalbete como un castillo; sus 15 años parecían veinte; pero Paula +hacía de él cuanto quería, le manejaba mejor que a su padre. Le hizo +estudiar latín con el cura, el mismo que había dado la dote perdida por +el difunto. Había que adelantar tiempo y Fermín lo adelantó; estudiaba +por cuatro y trabajaba en los quehaceres domésticos de la Rectoral; +cuidaba la huerta además y así ganaba comida y enseñanza. Iba a dormir a +la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había levantado cuatro +tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no +subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, quien hizo el +desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no temía lo que pudiera +decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un +tiempo había amenazado terrible, cruel y fría. + +La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la +claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la +pasión del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que +dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las +noches de invierno interminables el _hijo del cura_, como le llamaban +cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermín, +que había probado a muchos que el estudio no le había debilitado los +brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento +le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera +piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su +madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que +le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos +aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor, +una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en +su espíritu. Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y +muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella +explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella +turba de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de +fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna pendencias, +brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energía de +Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con +más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio. +También ponía en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escándalo. A +veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas +trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía: + +--Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver sangre. Si te ven +entre estos ladrones, creerán que eres uno de ellos. + +Fermín, por respeto y por asco obedecía, y cuando el estrépito era +horrísono, tapaba los oídos y procuraba enfrascarse en el trabajo hasta +olvidar lo que pasaba detrás de aquellas tablas, en la taberna. Algo más +que las reyertas entre los parroquianos ocultaba Paula a su hijo. Aunque +ya no era joven, su cuerpo fuerte, su piel tersa y blanca, sus brazos +fornidos, sus caderas exuberantes excitaban la lujuria de aquellos +miserables que vivían en tinieblas. «_La Muerta_ es un buen bocado», se +decía en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura pálida; y +creyendo fácil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban sobre +ella como sobre una presa; pero Paula los recibía a puñadas, a patadas, +a palos; más de un vaso rompió en la cabeza de una fiera de las cuevas y +tuvo el valor de cobrárselo. Estos ataques de la lujuria animal solían +ser a las altas horas de la noche, cuando el enamorado salvaje se +eternizaba sobre su banco, para esperar la soledad. Fermín estudiaba o +dormía. Paula cerraba la puerta de la calle, porque la autoridad le +obligaba a ello. No despedía al borracho, aunque conocía su propósito, +porque mientras estaba allí hacía consumo, suprema aspiración de Paula. +Y entonces empezaba la lucha. Ella se defendía en silencio. Aunque él +gritase, Fermín no acudía; pensaba que era una riña entre mineros. +Además, le temían unos por fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer +sin que él se enterase. Pero nunca vencían. A lo sumo un abrazo furtivo, +un beso como un rasguño. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Más asco +le daba barrer las inmundicias que dejaban allí aquellos osos de la +cueva. + +Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quería teólogo, +nada de misa y olla. Allí estaba ella para barrer hacia la calle aquel +lodo que entraba todos los días por la puerta de la taberna; a ella la +manchaba, pero a él no; él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo +en los libros de la ciencia que le había de hacer señor; y su madre allí +fuera, manejando inmundicia entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo +el porvenir de su hijo; el de ella, también, pues estaba segura de que +llegaría a ser una señora. Allá en la Montaña, en cuanto Fermín había +aprendido a leer y escribir, le había obligado a enseñarle a ella su +ciencia. Leía y escribía. En la taberna, entre tantas blasfemias, entre +los aullidos de borrachos y jugadores, ella devoraba libros, que pedía +al cura. + +Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo +iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto. + +El cura, Fermín, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, la +habían aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tráfico +repugnante; ¿no la aburría pasar la vida entre borrachos y jugadores que +se convertían tan a menudo en asesinos? + +«¡No, no y no!». Que la dejasen a ella. Estaba haciendo bolsón sin que +nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria que emprendiese, con +sus pocos recursos, no podría ganar la décima parte de lo que iba +ganando allí. Los mineros salían de la obscuridad con el bolsillo +repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban bien, derrochaban y +comían y bebían veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y +caros. En la taberna de Paula todo era falsificado; ella compraba lo +peor de lo peor y los borrachos lo comían y bebían sin saber lo que +tragaban, y los jugadores sin mirarlo siquiera, fija el alma en los +naipes. + +El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable. Por eso +no había prendido ya fuego a la taberna con todos _los ladrones_ dentro. + +No dejó el tráfico hasta que los estudios y la edad de Fermín lo +exigieron. Hubo que dejar el país y por recomendaciones del párroco de +Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen del +Camino, a una legua de León, en un páramo. Fermín, también por +influencia de Matalerejo (el cura), y del párroco de la Virgen del +Camino, entró en San Marcos de León en el colegio de los Jesuitas, que +pocos años antes se habían instalado en las orillas del Bernesga. El +muchacho resistió todas las pruebas a que los PP. le sometieron; +demostró bien pronto gran talento, sagacidad, vocación, y el P. Rector +llegó a decir que aquel chico había nacido jesuita. Paula callaba, pero +estaba resuelta a sacar de allí a su hijo en tiempo oportuno, cuando +ella pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le +quería jesuita. Le quería canónigo, obispo, quién sabe cuántas cosas +más. Él hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, de los mártires +del Japón, de imitar su ejemplo; leía a su madre, con los ojos +brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros +del P. Sevillano, de la compañía, allá en tierra de salvajes. Paula +sonreía y callaba. ¡Bueno estaría que después de tantos sacrificios el +hijo se le convirtiera en mártir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la +locura de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja +mucha plata el día que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de +la Autoridad civil; pero el cura es pobre. + +Paula veía pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero aquello era +como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio de revolver +trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama de cura +corrió por toda la provincia; el párroco de la Virgen tenía la +imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad, +su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a +la mesa, después de comer bien y beber mejor. Cundió la fama de Paula, y +un canónigo de Astorga se la arrebató al cura de la Virgen. Fue una +traición y Paula una ingrata. Sin embargo, el canónigo era un santo, la +traición no había sido suya. Don Fortunato Camoirán no era capaz de +traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la aceptó, sin sospechar +que a los pocos meses sería él su esclavo. + +Nada convenía a Paula como un amo santo. Al año de servir al canónigo +Camoirán se vanagloriaba de haberle salvado varias veces de la +bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: todo hubiera +sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con +la ganzúa de la caridad. Paula puso en orden todo aquello. Camoirán se +lo agradeció y siguió dando limosna a hurtadillas, pero poca; lo que +podía sisar al ama. Era el canónigo incapaz de gobernarse en las +necesidades premiosas de la vida, no entendía palabra de los intereses +del mundo, y al poco tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos, +sus manos, sus oídos, hasta su sentido común. Sin Paula acaso, acaso le +hubieran llevado a un hospital por loco y pobre. + +Aquel imperio fue el más tiránico que ejerció en su vida el ama de +llaves. Lo aprovechó para la carrera de Fermín: el canónigo comprendió +que debía mirar al estudiante como a cosa suya; si Paula le consagraba +la vida a él, él debía consagrar sus cuidados y su dinero y su +influencia al hijo de Paula. Además, el mozo le enamoraba también; era +tan discreto, tan sagaz como su madre y más amable, más suave en el +trato. Pero había que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, el mozo +lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de jesuita lo +exigía. Se le sacó y entró en el Seminario, a terminar la teología. Fue +presbítero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a +predicar en San Isidro de León, y en Astorga, y en Villafranca y donde +quiera que el canónigo Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía +influencia. Cuando a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, él +vaciló; mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz: +pero Paula le amenazó con abandonarle.--«¡Eso era absurdo!». Solo ya no +podría vivir. «No por usted, señor; por el chico es necesario aceptar». +--«Acaso tenía razón». Camoirán aceptó por el chico... y fueron todos a +Vetusta. Pero allí se le buscó al Obispo una ama de llaves y Paula +siguió ejerciendo desde su casa sus funciones de suprema inspección. +Fermín fue medrando, medrando; el muchacho valía, pero más valía su +madre. Ella le había hecho hombre, es decir, cura; ella le había hecho +niño mimado de un Obispo, ella le había empujado para llegar adonde +había subido, y ella ganaba lo que ganaba, podía lo que podía... ¡y él +era un ingrato! + +A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después de +larga conversación con su madre, se encerró en su despacho a repasar en +la memoria todo lo que él sabía de los sacrificios que aquella mujer +fuerte había emprendido y realizado por él, porque él subiera, porque +dominase y ganara riquezas y honores. + +--«¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato!» y el amor filial le arrancaba dos +lágrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en +aquellas fuentes secas por tantos años. + +«¿Cómo lloraba él? ¡Cosa más rara! ¿Sería el alcohol la causa de aquel +llanto? Acaso. ¿Sería... lo que había sucedido aquel día? Tal vez todo +mezclado. Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era +cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos». + +Abrió el balcón del despacho de par en par. Ya había salido la luna, que +parecía ir rodando sobre el tejado de enfrente. La calle estaba +desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos pálidos de la +luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. «¡Qué cosas +tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas estaba +sintiendo! Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al +mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así había él +empezado a ponerse enfermucho, allá en los Jesuitas: pero entonces sus +anhelos eran vagos y ahora no; ahora anhelaba... tampoco se atrevía a +pedir claridad y precisión a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas +místicas, ansiedades de filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba +y producía aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las +fibras más hondas...». La sonrisa de la Regenta se le presentó unida a +la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y recordó una +a una todas las veces que le había sonreído. En los libros aquello se +llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras. +No; estaba seguro que aquello no era amor. El mundo entero, y su madre +con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa +aquella amistad inocente. ¡Si sabría él lo que era bueno y lo que era +malo! Su madre le quería mucho, a ella se lo debía todo, ya se sabe, +pero... no sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos finos, +sublimes... había que perdonarla. Sí, pero él necesitaba amor más blando +que el de doña Paula... más íntimo, de más fácil comunión por razón de +la edad, de la educación, de los gustos... Él, aunque viviera con su +madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha +suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el +nombre de grandes. Le faltaba compañía en el mundo; era indudable. + +De una casa de la misma calle, por un balcón abierto, salían las notas +dulces, lánguidas, perezosas de un violín que tocaban manos expertas. Se +trataba de motivos del tercer acto del _Fausto_. El Magistral no conocía +la música, no podía asociarla a las escenas a que correspondía, pero +comprendía que se hablaba de amor. El oír con deleite, como oía, aquella +música insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso: +pero... ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba +sintiendo él! + +De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que +había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez +menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu. Se tuvo una +lástima tiernísima; y mientras el violín gemía diciendo a su modo: + + _Al palido chiaror_ + _che vien degli astri d'or_ + _dami ancor contemplar il tuo viso..._ + + +el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas +telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos.... Mirábala ni +más ni menos como decía Trifón Cármenes en _El Lábaro_ que la +contemplaba él, todos los jueves y domingos, los días de folletín +literario. + +«¡Medrados estamos!» pensó don Fermín al dar en idea tan extravagante. Y +entonces volvió a ocurrírsele que en aquel sentimentalismo de última +hora debía de tener gran parte la copa de cognac, o lo que fuese. + +Abajo era día de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doña Paula al buen +Froilán Zapico, el propietario de _La Cruz Roja_ ante el público y el +derecho mercantil. Froilán era un esclavo blanco de doña Paula; a ella +se lo debía todo, hasta el no haber ido a presidio; le tenía agarrado, +como ella decía, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño +del comercio, sin miedo de una traición. Le llamaba de tú y muchas veces +animal y pillastre. Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la +boca, y decía con una calma de filósofo cínico: «Cosas del alma». Vestía +de levita, y hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tenía que +parecer un señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de _La +Cruz Roja_, el comercio más próspero de Vetusta, el único en su género, +desde que el mísero de don Santos Barinaga se había ido arruinando. + +Doña Paula había casado a Froilán con una criada de las que ella tomaba +en la aldea, una de las que habían precedido a Teresa en sus funciones +de doncella cerca del señorito. Había dormido como Teresa ahora, a +cuatro pasos del Magistral. + +Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froilán. +Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón. Creía +comprender. Pero él era muy filósofo: no se paraba en ciertos requisitos +que otros miran mucho. El ama, al proponerle el matrimonio, había +pensado: «Esto es algo fuerte; pero ¡ay de él si se subleva!». Froilán +no se sublevó. Juana era muy buena moza y sabía cuidar a un hombre. Se +casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de +soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida «de +haber estirado mucho la cuerda» observó que el novio estaba muy +contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer. + +«Gordas las tragas, Froilán, eres un valiente», pensaba ella admirándole +y despreciándole al mismo tiempo. + +Y él sonreía con más socarronería que nunca. + +«Buen chasco se había llevado la señora; si ella supiera...» pensaba él +fumando su pipa. Pero es claro que jamás dijo a doña Paula el secreto de +aquella noche en que hubo sorpresas muy diferentes de las que suponía la +señora. + +Era el único secreto que había entre ama y esclavo; la única mala pasada +que ella le había querido jugar.... Y como tampoco había tenido mal +resultado, sino muy beneficioso para Zapico, este seguía estimando a +doña Paula. Ella, al verle tan contento, nada resentido, rabiaba por +atreverse a preguntar; y él, muy satisfecho con el engaño del ama que +había sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos +callaban. No había más que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendían +a veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el +rostro del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Doña +Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la mano por las barbas +de puerco-espín que tenía debajo del mentón afeitado. + +Allí lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, limpias. +Froilán era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella casa el +recuento de la moneda era un culto. Desde niño se había acostumbrado don +Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de +dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la +plata. Allá abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la que no se +pasaba, desde la casa del Magistral por sótanos, como suponía la +maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la medianería en el piso +terreno, doña Paula, subida a una plataforma, ante un pupitre verde, +repasaba los libros del comercio y en serones de esparto y bolsas +grasientas contaba y recontaba el oro, la plata y el cobre o el bronce +que Froilán iba entregándole, en pie, en una grada de la plataforma, más +baja que la mesa en que el ama repasaba los libros. Parecía ella una +sacerdotisa y él un acólito de aquel culto platónico. El mismo don +Fermín, las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sentía un vago +respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre, +más pálido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una +Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusología. + +Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la +trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo había un gran foco de +podredumbre, aguas sucias estancadas. Oía vagos rumores lejanos del +chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino +timbre. Aquellos ruidos apagados por la distancia subían por el hueco de +la escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violín volvió a +rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían titilar +como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto +en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista +arrastraba perezosamente por las cuerdas del violín los quejidos de la +Traviata momentos antes de morir. + +El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se +acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el +arroyo. Era don Santos Barinaga, que volvía a su casa,--tres puertas más +arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente--. De Pas no le +conoció hasta que le vio debajo de su balcón. Pero antes, al pasar junto +a la casa donde sonaba el violín, Barinaga, que venía hablando solo, se +detuvo y calló. Se quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono +truncado, y alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente. De vez en +cuando hacía signos de aprobación.... «Conocía aquello; era la +_Traviata_ o el _Miserere del Trovador_, pero en fin cosa buena». + +«Perfecta... mente», dijo en voz alta; que sea muy enhorabuena, +Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada de +comercio... en esta tierra de ladrones. ¿Eh...? + +«Es el hijo del cerero», añadió mirando a un lado, hacia el suelo; como +contándoselo a otro que estuviese junto a él y más bajo. El violín calló +y don Santos dio media vuelta, como buscando las notas que se habían +extinguido. Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un +rótulo de letras doradas que decía: «La Cruz Roja». + +Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y +extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo, +gritó:--¡Ladrones! Sí, señor--dijo en voz más baja--, no retiro una sola +palabra... ladrones; usted y su madre señor Provisor... ¡ladrones! + +Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió +brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el +vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó +las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír +sin ser visto. Para mayor seguridad bajó la luz del quinqué y lo metió +en la alcoba. Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos +de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche, +sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la +misma hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones, +mientras él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse para +oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les atribuía a él y a +su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía; pero ¿quién +hacía caso de un miserable, víctima del aguardiente? + +Barinaga seguía diciendo:--Sí, señor Provisor, es usted un ladrón, y un +simoniaco, como le llama a usted el señor Foja... que es un liberal... +eso es, un liberal probado.... + +Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose a su propia +sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se acercaba a la +puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo señor De Pas, le +dijo: + +--¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!... usted ha arruinado a mi +familia... usted me ha hecho a mí hereje... masón, sí, señor, ahora soy +masón... por vengarme... por... ¡abajo la clerigalla! + +Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta +a la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y +desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe, +su buen amigo. + +El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin acelerar el +paso. + +--Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado... y te aprecio... +pero este carcunda, este comehostias, este _rapa-velas_, este maldito +tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrón, y lo sostengo.... +Toma un pitillo. + +Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y +dijo con voz grave: + +--Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la puerta? + +--¿Qué puerta?--La de su casa...--Yo no tengo ya casa... yo soy un +pordiosero... ¿no lo ves? ¿no ves qué pantalones, qué levita?... Y mi +hija... es una mala pécora... también me la han robado los curas, pero +no ha sido este.... Este me ha robado la parroquia... me ha arruinado... +y don Custodio me roba el amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo +no tengo hogar... ni tengo puchero a la lumbre.... ¡Y dicen que bebo!... +¿qué he de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el +aguardiente... ¿qué sería de este anciano?... + +--Vamos, don Santos, vamos a casa...--Te digo que no tengo casa... +déjame... hoy tengo que hacer aquí... Vete, vete tú... Es un secreto... +ellos creen... que no se sabe... pero yo lo sé... yo les espío... yo les +oigo.... Vete... no me preguntes... vete.... + +--Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de +usted los vecinos... y yo... qué quiere usted.... + +--Sí, tú... es claro, como soy un pobre.... Vete, déjame con esta ralea +de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza. + +El sereno cantó la hora y siguió adelante. + +Don Santos le convidaba a veces a _echar_ una copa... ¿qué había de +hacer? Además, no solía alborotar demasiado. + +Quedó solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrás de las +vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para sus +adentros su víctima.... + +Don Santos volvió a su monólogo, interrumpido por entorpecimientos del +estómago y por las dificultades de la lengua. + +--¡Miserables!--decía con voz patética, de bajo +profundo--¡miserables!... ¡Ministro de Dios!... ¡ministro de un +cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado +comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el pan a +nadie... que no obligo a los curas de toda la diócesis... eso, eso, a +comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, casullas, lámparas +(iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y demás, +con otros artículos... como aras; sí señor ¡que nos oigan los sordos, +señor Magistral! usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias +del obispado... y yo que lo supe... adquirí una gran partida de +ellas..., porque creí que era usted... una persona decente... un +cristiano.... ¡Buen cristiano te dé Dios! ¡Jesús... que era un gran +liberal, como el señor Foja... eso es... un republicano... no vendía +aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy +empeñado, embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras +al precio que ha querido... ¡se sabe todo, todo, señor apaga-luces... +_don_ Simón el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... ¿Ven ustedes este +santurrón? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado también +al cerero.... Y papel pintado... Él mismo ha hecho empapelar el Santuario +de Palomares... que lo diga la sociedad de Mareantes de aquel puerto... +si es un ladrón... si lo tengo dicho... un ladrón, un Felipe segundo... +Óigalo usted, ¡so pillo! yo no tengo esta noche qué cenar... no habrá +lumbre en mi cocina... pediré una taza de té... y mi hija me dará un +rosario.... ¡Sois unos miserables!... (Pausa.) ¡Vaya un siglo de las +luces! (señalando al farol) me río yo... de las luces... ¿para qué +quiero yo faroles si no cuelgan de ellos a los ladrones?... ¡Rayos y +truenos! ¿y esa revolución?... ¡el petróleo!... ¡venga petróleo!... + +Calló un momento el borracho, y a tropezones llegó a la puerta de La +Cruz Roja. Aplicó el oído al agujero de una cerradura, y después de +escuchar con atención, rió con lo que llaman en las comedias risa +sardónica. + +--¡Ja, ja, ja!--venía a decir, con la garganta y las narices--... ¡Ya +están dándole vueltas!... Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os +ocultéis... bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío; +esa plata es del cerero.... ¡Venga mi dinero, señora doña Paula... venga +mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi dinero es +mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga! + +Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura. + +El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó sobre la barandilla +para ver a don Santos. + +--¿Oirá algo? Parece imposible.... + +Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa +escuchó también con atención profunda.... Sí, él oía algo... era el +choque de las monedas, pero el ruido era confuso, podía conocerse +sabiendo antes que estaban contando dinero... pero desde la calle no +debía de oírse nada... era imposible.... Mas la idea de que la +alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más +todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso.... + +--¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!... Y todo +eso es mío y del cerero.... ¡Ladrones!... Caballero Magistral, +entendámonos; usted predica una religión de paz... pues bien, ese dinero +es mío.... + +Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre el sombrero +verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, exclamó: + +--Nada de violencias... ¡Ábrase a la justicia! ¡En nombre de la ley, +abajo esa puerta! + +--¡Señor don Santos, a la cama!--dijo el sereno, ya de vuelta--. No +puedo consentir que usted siga escandalizando.... + +--Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. Usted representa +la ley... pues bien... ahí están contando mi dinero. + +--Ea, ea, don Santos basta de desatinos. + +Y le cogió por un brazo, para llevárselo por fuerza. + +--Porque soy pobre... ¡ingrato!--dijo Barinaga cayendo en profundo +desaliento. + +Se dejó arrastrar. El Magistral, desde su balcón, escondido en la +obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo +entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había estado arrojando +lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa. + +Don Fermín estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes de +aquel borracho, de las palabras que más eructaba que decía: «¿Podía una +copa de cognac, una comida algo fuerte, un poco de Burdeos, producir +aquella irritación en la conciencia, en el cerebro o donde fuera?». No +lo sabía, pero jamás la presencia de una de sus víctimas le había +causado aquellos escalofríos trágicos que se le paseaban ahora por el +cuerpo. Se figuraba la tienda vacía, los anaqueles desiertos, mostrando +su fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus +muertos.... Y veía el hogar frío, sin una chispa entre la ceniza.... +¡Quién pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de té por que +suspiraba en su extravío; o caldo caliente... algo de lo que sirve a los +enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos! + +Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta de la +tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El Magistral oyó +retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abrían. Al Provisor +le consumía la impaciencia. «¿Se habrá dormido esa beatuela?», pensó. + +A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las palabras del +sereno y de Barinaga; parecía que hablaban un idioma extraño. + +Repitió Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abrió un balcón y +una voz agria dijo desde arriba. + +--¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con estrépito. Entró don Santos +en la tienda, que era como el Magistral se la había representado, y +dejándose alumbrar por el sereno atravesó el triste almacén donde +retumbaban los pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera +lentamente, respirando con fatiga. El sereno salió, después de entregar +la llave al amo de la casa. Cerró de un golpe y se fue calle arriba. +Obscuridad y silencio. El Magistral abrió entonces su balcón de par en +par y tendió el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa de Barinaga, +pretendiendo oír algo. + +Al principio parecía aprensión lo que oía, como si sonara dentro del +cerebro... pero después, cuando se vio luz detrás de los cristales, el +Magistral pudo asegurar que allí dentro reñían, arrojaban algo sobre el +piso de madera.... + +Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con +don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El +bando del Arcediano y del beneficiado había querido sacar gran partido +de la situación del infeliz don Santos para combatir al Magistral; para +ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su +padre. Bebía el señor Barinaga y en esto ya no se podía culpar de su +miseria al Provisor. «Es claro, dirían los partidarios de don Fermín, +todo lo gasta en aguardiente, está siempre borracho y espanta la +parroquia ¿cómo se quiere que el clero consuma los géneros de un +perdido... que además es un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar +de las amonestaciones y malos tratos de su hija, Barinaga no había +querido pasarse al partido contrario; se había hecho libre-pensador y +renegaba de todo el culto y de todo el clero.--Nada, nada; repetía, +todos son iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarán; el mal está en la +raíz; ¡fuego en la raíz! ¡abajo la clerigalla!». Y cuanto más borracho, +más de raíz quería cortar. En vano su hija le daba tormento doméstico +para convertirle. Sólo conseguía hacerle llorar desesperado, como el +infeliz rey Lear, o que montase en cólera y le arrojase a la cabeza +algún trasto. Ella pasaba plaza de mártir, pero el mártir era él. + +Como don Santos había sospechado, Celestina no quiso darle té, ni tila, +ni nada; no había nada. No había fuego, ni eran aquellas horas.... Hubo +gritos, llantos y trastos por el aire. El Magistral, gracias al silencio +de la noche, oía vagos rumores de la reyerta, que se alargaba, como si +no hubiera sueño en el mundo. A él se le cerraban los ojos, pero no +sabía qué fuerza le clavaba al balcón.... + +Aborrecía en aquel momento a Celestina. Recordó que era la joven que +había visto días antes a los pies de don Custodio junto a un +confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la había reconocido. Tenía +facha de sabandija de sacristía... de cualquier cosa. + +Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un golpe +seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo +obscuro. + +El sereno cantó las doce a lo lejos. + +Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces. + +El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían». + +La claridad de la vidriera desapareció de repente. + +El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz. + +El sereno volvió a cantar las doce... más lejos. + +De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes: + +--¡Ya estará durmiéndola! + +Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de +turbar el silencio de la noche. + +Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba. + +Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que +dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso. + +El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho. + +«Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! es decir, ya era hoy; +dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus pies confesando culpas que +había olvidado el otro día». + +--¡Sus pecados!--dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en +la llama del quinqué--¡si yo tuviese que confesarle los míos!... ¡Qué +asco le darían! + +Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don +Santos: + +«¡Ladrón... ladrón... _rapavelas_!». + +FIN DE LA PRIMERA PARTE + + + + + +La Regenta + +por + +Leopoldo Alas «Clarín» + +Librería de Fernando Fé, Madrid + +1900. + + + + +TOMO II + + + + +--XVI-- + + +Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele +lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa +y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del +viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo +que se llama el _veranillo de San Martín_. Los vetustenses no se fían de +aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar +de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta +fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo +del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos +protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve +usted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a +las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el +cielo o el suelo, todo no puede ser». + +Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las +campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía +una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, +y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de _otro_ invierno +húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos +bronces. + +Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre. + +Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de +estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, +que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la +taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo +impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con +pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos +objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran +símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro +abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el +marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una +mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había +servido para uno y que ya no podía servir para otro. + +Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las +campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en +toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos +martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune, +irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad +irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de +molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran _fúnebres +lamentos_, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versos +del _Lábaro_ del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazo +de su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino +de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; _¡tan, tan, tan!_ +¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos? +tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel _otro_ invierno. + +La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró _El +Lábaro_. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que +hacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los +acendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran los +placeres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». En +opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como había +dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo no +había que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas +_decididamente_. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, el +redactor, que había comenzado lamentando lo _solos que se quedaban_ los +muertos, concluía por envidiar su buena suerte. _Ellos_ ya sabían lo que +había _más allá_, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: _to be +or not to be_. ¿Qué era el más allá? Misterio. De todos modos el +articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y +firmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas en +lugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad, +aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, más +mecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué +triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original +sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad +convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por +las inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo del +mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas +con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!». +Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía de +tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglones +desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía +leer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí +los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros +versos, sin saber lo que querían decir.... Y de repente recordó que ella +también había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también. +«¿Si habría sido ella una _Trifona_? Probablemente; ¡y qué desconsolador +era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con +qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas, +místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray +Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos +fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los sentimientos +que los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? No +mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a +sentir una reacción de religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería ella +más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni +prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de la +poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!». + +Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la +exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de +todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a Frígilis, y +concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan +indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas. + +Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la +Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá del +Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de +cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran +la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres; +de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban +también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros +adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de +cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de +siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era +el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus +muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las _personas +decentes_ no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no +tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando, +luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año. +Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes +eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre, +el gesto algo más compuesto.... Se paseaba en el Espolón como se está en +una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún +pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegría +contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era en +la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofo +vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus +conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene +con los otros; cualquiera menos él. + +Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses; +aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que +se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el +rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza +ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta +de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a +la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada +de hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que +sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido no +había que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablaba +de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de +los nervios o lo que fuera. + +Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre +Quintanar y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocos +días, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se +había dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la +tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se +declaró cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D. +Víctor y la del Banco. + +Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué mujer era +Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguía +su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito +le ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer... y nada. +Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no +adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en el ajo?». Visita se impuso +la obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de las +tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí, +mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la _otra_. +Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a las +siete. «¡Hola! allí había gato». No presumía la del Banco las +atrocidades que se le habían pasado por la imaginación a Mesía; no +pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura +como la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que +despreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana era +también romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita +romanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre todo tan +pronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía era que el +Provisor, por hacer guerra al otro--las razones de pura moralidad no se +le ocurrían a la del Banco--empleara su grandísimo talento en convertir +a la Regenta y hacerla beata. ¡Qué horror! Era preciso evitarlo. Ella, +Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella +había caído; por lo menos verla padecer con la tentación. Nunca se le +había ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos +intensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había descubierto, +quería gozar aquellos extraños sabores picantes de la nueva golosina. +Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por +lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta +apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas, +asperezas en los labios. «Él dirá lo que quiera, pero está _chiflado_», +pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad +como la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía +en el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, los +necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al +gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía en +aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce +no la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nueva +pasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a la +impecable, en brazos de D. Álvaro; y también le gustaba ver a D. Álvaro +humillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por la +caída de la otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarse +sin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la +mala intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la +primer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo +Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas +visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus +tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros +artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las +excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa +fortuna. Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D. +Álvaro que no le temía. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes; +sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo. + +Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo +Octubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había declarado maestra +de la niña colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de robles +seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín Orgaz y otros +_íntimos_; veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado y +embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólica +picante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos, +saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentación +grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de +lejos, vista a sangre fría. D. Álvaro había notado que por este camino +poco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.--Nada más ridículo +en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no +fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel +dogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era +romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... ídem; +respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la +brisa... ídem; decir algo de las estrellas... ídem; encontrar expresión +amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla... ídem; tener +lástima de los niños pobres... ídem; comer poco... ¡oh! esto era el +colmo del romanticismo. + +--La de Páez no come garbanzos--decía Visita--porque eso no es +romántico. + +La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, era +romanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía ella a don +Álvaro: + +--Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, la +platónica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que +luego se van _dando pisto_ al Casino con sus demasías, no tiene nada de +particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivo +para desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a atrever a tocarle el +pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a mí no me la da; por +aquello de «_pulvisés_». + +En eso confiaba Mesía, en el _pulvisés_ de Visita; pero se impacientaba +ante aquel _romanticismo_ de la Regenta. Él creía firmemente que «no +había más amor que uno, el material, el de los sentidos; que a él había +de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser +tarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar ni +un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo». + +«Además pensaba don Álvaro, el día que yo me atreva, por tener ya +preparado el terreno, a intentar un ataque franco, _personal_ (era la +palabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo, +aunque parece que es el lugar más a propósito. He notado que esta mujer +enfrente de la naturaleza, de la bóveda estrellada, de los montes +lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchón, calla, y +se _sublimiza_, allá a sus solas. Está hermosísima así, pero no hay que +tocar en ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas +con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; se le había figurado +que aquella señora, a quien estaba seguro de gustar en el salón del +Marqués, allí le despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantar +después los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho: +«Esta mujer me está midiendo; me está comparando con los árboles y me +encuentra pequeño; ¡ya lo creo!». + +Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lo +presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas las +noches con él. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de sus +ensueños. ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerza +todo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a +despreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada +del espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del +enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas +pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, y +pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus +esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma. +Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía de juguete a +una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía la fe, que +se afanaba en conservar y hasta fortificar--con el terror de quedarse a +obscuras y abandonada si la perdía--volvía a desmoronar aquella +torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía mil +veces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplina +religiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto +desaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha se +recobraba.... Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contener +los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con +gran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado, +si daba un mal paso. + +Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes de +comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni en +las demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritual +dudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al +determinarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir: +no habló de la gran tentación que la empujaba al adulterio--así se +llamaba--mucho tiempo hacía. + +Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó a sí misma, y el +Magistral sólo supo que Ana vivía de hecho separada de su marido, _quo +ad thorum_, por lo que toca al tálamo, no por reyerta, ni causa alguna +vergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella. +Sí, esto lo confesó Ana, ella no amaba a su don Víctor como una mujer +debe amar al hombre que escogió, o le escogieron, por compañero; otra +cosa había: ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de la +naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde no +quería caer; sentía tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objeto +conocido; ansiedades inefables; sequedades del ánimo repentinas, agrias +y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y +buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel +estado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el +particular; nada de acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía a +preguntar a la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sido +necesariamente parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad le +quemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus +conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza más +de lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, lo primero +era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgares +de la humanidad. + +«En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aún +de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por +la grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del espíritu y después... +ella hablará... y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nada +entre dos platos». + +De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asís +y en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones que +tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajón sagrado no +había modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer como +Anita. + +La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. Veía con +placer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vida +virtuosa mediante la consabida _higiene espiritual_, que a escudriñar lo +pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como él +las había llamado hablando de estas cosas. + +«Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta; +había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo +notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese +camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchas +curvas, andar mucho y subir poco... pero no había remedio; después, más +arriba, sería otra cosa; ya se le haría subir por la línea de máxima +pendiente». Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en +tal asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapase +aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo. + +Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; cada palabra iba +cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; la +interrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultas +con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; y +aquel día pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicada +en la forma como todas las anteriores. Pero él entró en el coro menos +tranquilo que solía. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando +los relieves lúbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras los +colegiales ponían el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las +revelaciones de la Regenta. + +«¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase por la noche, y sin +que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensaciones +importunas, que a tener responsabilidad de ellas serían pecado +cierto.... «En plata, que doña Ana soñaba con un hombre...». Don Fermín +se revolvía en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno +de brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo índice de la mano derecha +frotaba dos prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve, +que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, sin pensar +en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignorancia +el secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba la Regenta? ¿Era +una persona determinada...? Y poniéndose colorado como una amapola en la +penumbra de su asiento, que estaba en un rincón del coro alto, pensaba: +¿seré yo? + +Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves del +sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que allá +abajo gruñía recitando de mala gana los latines de _Prima_. + +«No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistad +naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, en +vulgar escándalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le habían +acusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de los +ensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo, +¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la +tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver +con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de +los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su +voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era +aquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, lo que él quería era +una afición poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambición, +que le parecía ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis. +Ya lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle. + +»¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, quería que su +interés por doña Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado de +aquellos otros anhelos de volar más alto, de ser obispo, jefe de la +iglesia española, vicario de Cristo tal vez. Esta ambición de algunos +momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía, +quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la +vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.... Y sólo por +medio de una pasión noble, ideal, que un alma grande sabría comprender, +y que sólo un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerar +pecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr tan alto y tan +loable intento.--Sí, sí--concluía el Magistral: yo la salvo a ella y +ella, sin saberlo por ahora, me salva a mí». + +Y cantaban los del coro bajo: _Deus, in ajutorium meum intende_. + +La tarde de _Todos los Santos_ Ana creyó perder el terreno adelantado en +su curación moral; la aridez del alma de que ella se había quejado a D. +Fermín, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le había demostrado +ser debilidad común, y hasta de los santos, y general duelo de los +místicos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolvía el +espíritu como una cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo de +luz del cielo. + +«¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba que las tenía dentro del +cerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgia +que quería enseñorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos mal +avenidos. + +Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez, +fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias de +escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las +había oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecían +materia digna de atención. + +«De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vez +el mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos y +los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podía +asegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes antes +había pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, llevándola +consigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz. +«Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía mucho +talento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caía de +lo alto a lo mejor, la que volvía a aquel enojo, a la aridez que le +secaba el alma en aquel instante». + +Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni +chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en el +cementerio o en el Espolón.... + +Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza +de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía, +jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y +ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el +animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear, +revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; como si el +caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitado +por las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía de lejos y no vaciló +en acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcón de la +Regenta. + +El estrépito de los cascos del animal sobre las piedras, sus graciosos +movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de repente +de vida y alegría, y la Regenta sintió un soplo de frescura en el alma. +¡Qué a tiempo aparecía el galán! Algo sospechó él de tal oportunidad al +ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente +sonrisa. + +No le negó la delicia de anegarse en su mirada, y no trató de ocultar el +efecto que en ella producía la de don Álvaro. Hablaron del caballo, del +cementerio, de la tristeza del día, de la necedad de aburrirse todos de +común acuerdo, de lo inhabitable que era Vetusta. Ana estaba locuaz, +hasta se atrevió a decir lisonjas, que si directamente iban con el +caballo también comprendían al jinete. + +Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que +aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día +siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que +ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el +ataque _personal_, como llamaba al más brutal y ejecutivo. Pero ni +siquiera se atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo +caso muy difícil, pues no había de dejar el caballo en la plaza. Lo que +hacía era aproximarse lo más que podía al balcón, ponerse en pie sobre +los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella tuviese que +inclinarse sobre la barandilla si quería oírle, que sí quería aquella +tarde. + +¡Cosa más rara! En todo estaban de acuerdo: después de tantas +conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción de gustos +idénticos. En un incidente del diálogo se acordaron del día en que Mesía +dejó a Vetusta y encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía +de paseo con sus tías. Se discutió la probabilidad de que fuese el mismo +coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella cuando salió +para Granada con su esposo.... + +Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de +aquel hombre que tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le +subía a la cabeza, que las ideas se mezclaban y confundían, que las +nociones morales se deslucían, que los resortes de la voluntad se +aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia +en hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, +en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se +arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer, +como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias +sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez +vetustense que condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y +necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana sentía +deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no +como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta, +ideal, en propósitos de vida santa, en anhelos de abnegación y +sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica, de otras veces +quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos, +desabridos, infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al +dilacerar la voluntad, al vencerla, causaba en las entrañas placer, como +un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de los huesos. + +«Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a +mis pies, en este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo +decía con los ojos. Se le secaba la boca y pasaba la lengua por los +labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la +señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras +las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla +en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta. + +Callaron, después de haber dicho tantas cosas. No se había hablado +palabra de amor, es claro; ni don Álvaro se había permitido galantería +alguna directa y sobrado significativa; mas no por eso dejaban de estar +los dos convencidos de que por señas invisibles, por efluvios, por +adivinación o como fuera, uno a otro se lo estaban diciendo todo; ella +conocía que a don Álvaro le estaba quemando vivo la pasión allá abajo; +que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el +agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el +agradecimiento y con el señuelo de la ocasión le derretían; y Mesía +comprendía y sentía lo que estaba pasando por Ana, aquel abandono, +aquella flojedad del ánimo. «¡Lástima, pensaba el caballero, que me coja +tan lejos, y a caballo, y sin poder apearme decorosamente, este _momento +crítico_!...». Al cual momento groseramente llamaba él para sus adentros +el _cuarto de hora_. + +No había tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de la +hora a que aludía el materialista elegante. + +Todo Vetusta se aburría aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por lo +menos; parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no por agua ni +fuego sino por hastío, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando +Mesía apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, venía a +interrumpir tanta tristeza fría y cenicienta con una nota de color vivo, +de gracia y fuerza. Era una especie de resurrección del ánimo, de la +imaginación y del sentimiento la aparición de aquella arrogante figura +de caballo y caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la +plaza de repente. Era un rayo de sol en una cerrazón de la niebla, era +la viva reivindicación de sus derechos, una protesta alegre y +estrepitosa contra la apatía convencional, contra el silencio de muerte +de las calles y contra el ruido necio de los campanarios.... + +Ello era, que sin saber por qué, Ana, nerviosa, vio aparecer a don +Álvaro como un náufrago puede ver el buque salvador que viene a sacarle +de un peñón aislado en el océano. Ideas y sentimientos que ella tenía +aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras; y fue un +motín general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo +visto, lo que la Regenta sintió con deleite dentro de sí. + +Don Álvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel día la +fiesta de Todos los Santos; había salido a paseo porque le gustaba el +campo de Vetusta en Otoño y porque sentía opresiones, ansiedades que se +le quitaban a caballo, corriendo mucho, bañándose en el aire que le iba +cortando el aliento en la carrera... + +«¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, pensando en su +placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la +vida que se complace en sí misma; los otros, los que tocaban las +campanas y _conmemoraban_ maquinalmente a los muertos que tenían +olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que había +aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de +preocupaciones absurdas; la Vetusta que la había hecho infeliz.... ¡Oh, +pero estaba aún a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; que lo supieran +sus tías difuntas; que lo supiera su marido; que lo supiera la hipócrita +aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos... toda la +clase... se sublevaba...». Así era el cuarto de hora de Anita, y no como +se lo figuraba don Álvaro, que mientras hablaba sin propasarse, estaba +pensando en dónde podría dejar un momento el caballo. No había modo; sin +violencia, que podía echarlo todo a perder, no se podía buscar pretexto +para subir a casa de la Regenta en aquel momento. + +Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía del Casino, +encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático y +caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición que, según +frase suya, «no solía prodigar». + +--Estoy por decir--aseguraba--que después de Frígilis, Ripamilán y +Vegallana, ya es don Álvaro el vecino a quien más aprecio. + +No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía +saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó a mirar +volviendo un poco la cabeza al humilde infante. + + --Hola, hola, hipógrifo violento + que corriste parejas con el viento-- + +dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos +del Príncipe _de nuestros ingenios_ o de algún otro de los _astros de +primera magnitud_. + +--A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales +nos da por fin _Don Juan Tenorio_?... Algunos beatos habían intrigado +para que hoy no hubiera función.... ¡Mayor absurdo!... El teatro es +moral, cuando lo es, por supuesto; además la tradición... la +costumbre.... Don Víctor habló largo y tendido de la moralidad en el +arte, separándose a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con +aquella disertación académica. + +Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para suplicar a +Quintanar que obligase a su esposa a ver el _Don Juan_. + +--Calle usted, hombre... vergüenza da decirlo... pero es la verdad.... Mi +mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que hay en la vida... +¡nunca ha visto ni leído el _Tenorio_! Sabe versos sueltos de él, como +todos los españoles, pero no conoce el drama... o la comedia, lo que +sea; porque, con perdón de Zorrilla, yo no sé si.... ¡Demonio de animal, +me ha metido la cola por los ojos!... + +--Sepárese usted un poco, porque este no sabe estarse quieto.... Pero +dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable! + +Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso, +absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de +Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular +y lo hizo con frases de gacetillero agradecido. + +Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo +con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan +con doña Inés de Pantoja. «Así cualquiera es conquistador». Pero fuera +de esto juzgaba _hermosa creación_ la de Zorrilla... aunque las había +mejores en nuestro teatro moderno. A don Álvaro se le antojaba muy +verosímil y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis +y meterse en casa de su novia en calidad de prometido.... + +Aventuras así las había él llevado a feliz término, y no por eso se +creía deshonrado; pues el amor no se anda con libros de caballerías, y +unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria; cuando +se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos +los requisitos del punto de honor.--Pero esta opinión también se la +calló el jefe del partido liberal dinástico de Vetusta, y unió sus +ruegos a los de don Víctor para obligar a doña Ana a ir al teatro +aquella noche. + +--Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las andadas, +a las encerronas... y... pero... ¡lo que es hoy no tienes escape!... + +En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía, +prometió solemnemente ir al teatro. + +Y fue. Entró a las ocho y cuarto (la función comenzaba a las ocho) en el +palco de los Vegallana en compañía de la Marquesa, Edelmira, Paco y +Quintanar. + +El teatro de Vetusta, o sea _nuestro Coliseo de la plaza del Pan_, según +le llamaba en elegante perífrasis el gacetillero y crítico de _El +Lábaro_, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba +entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. Si soplaba el +Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la +lucerna. Al levantarse el telón pensaban los espectadores sensatos en la +pulmonía, y algunos de las butacas se embozaban prescindiendo de la +buena crianza. Era un axioma vetustense que al teatro había que ir +abrigado. Las más distinguidas señoritas, que en el Espolón y el Paseo +Grande lucían todo el año vestidos de colores alegres, blancos, rojos, +azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro +y matices infinitos del castaño, a no ser en los días de gran etiqueta. +Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de +malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con +diente debajo de los polvos de arroz. + +Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde +predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. Como en +la comedia que representan en el bosque los personajes del _Sueño de una +noche de verano_, la fantasía tenía que suplir en el teatro de Vetusta +las deficiencias del lienzo y del cartón. No había ya más bambalinas que +las del _salón regio_, que figuraban en sabia perspectiva artesonado de +oro y plata, y las de cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte +de nuestros dramas modernos se exige _sala decentemente amueblada_, sin +artesones ni cosa parecida, los directores de escena solían decidirse en +tales casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se +hacían los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el buen +Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró de repente en +el camarín de doña Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo +inverosímil a todas luces. La decoración de bosque se había desplomado. + +Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal +anacronismos, y pasaban por todo, en particular las _personas decentes_ +de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función, +sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no +quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de señoras, ni +butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y alguna dama de +aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la +sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y plateas +donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan, interrumpen la +representación, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitación de +lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros de Madrid. Las mamás +desengañadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son o se tienen +por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de +ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la +lengua cortan los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en +general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos +noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas. +No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; únicamente +cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una +de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y +enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes +alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para +ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad. No es mucho +más atento ni impresionable el resto del público ilustrado de la culta +capital. En lo que están casi todos de acuerdo es en que la zarzuela es +superior al _verso_, y la estadística demuestra que todas las compañías +de _verso_ truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio +suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno +con ropa de verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y +se dedican a coristas endémicos para todas las óperas y zarzuelas que +haya que cantar, y otros consiguen un beneficio en que ellos pasan a +primeros papeles y, ayudados por varios jóvenes aficionados de la +población representan alguna obra de empeño, ganan diez o doce duros y +se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de _verso_ +también paran a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los +destinos de la Nación. Suele tener la culpa el empresario que no paga y +además insulta el hambre de los actores. Al considerar esta mala suerte +de las compañías dramáticas en Vetusta, podría creerse que el vecindario +no amaba la escena, y así es en general: pero no faltan clases enteras, +la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan +en teatros caseros _el difícil arte de Talía_, y con _grandes +resultados_ según _El Lábaro_ y otros periódicos _locales_. + +Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de +preferencia, que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas y +principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba +y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la +curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas que se hablaba +mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto +coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas +partes. Se discutía si el Magistral haría de su partido a la de Ozores, +si llegaría a dominar a don Víctor por medio de su esposa, como había +hecho en casa de Carraspique. Algunos más audaces, más maliciosos, y que +se creían más enterados, decían al oído de sus _íntimos_ que no faltaba +quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. Visitación y +Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento, guardaban +prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas +que no había. + +--«¡La Regenta, bah! la Regenta será como todas.... + +Las demás somos tan buenas como ella... pero su temperamento frío, su +poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos expansiva +y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como ella son +muchas...». + +Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza, +en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría +de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes. +Obdulia meditaba poco lo que decía, hablaba siempre aturdida, por +máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole filo a la calumnia sin +sospecharlo. Además el mayor crimen que podía haber en la Regenta, y no +creía ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. «En Madrid y en +el extranjero, esto es el pan nuestro de cada día; pero en Vetusta +fingen que se escandalizan de ciertas libertades de la moda, las mismas +que se las toman de tapadillo, entre sustos y miedos, sin gracia, del +modo cursi como aquí se hace todo. ¡Pero qué se puede esperar de unas +mujeres que no se bañan, ni usan las esponjas más que para lavar a los +_bebés_!». Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su +desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las +mujeres de Vetusta. + +--«Créame usted, repetía, no sabe su cuerpo lo que es una esponja, se +lavan como gatas y se la pegan al marido como en tiempo del rey que +rabió. ¡Cuánta porquería y cuánta ignorancia!». + +Ana, acostumbrada muchos años hacía, a la mirada curiosa, insistente y +fría del público, no reparaba casi nunca en el efecto que producía su +entrada en la iglesia, en el paseo, en el teatro. Pero la noche de aquel +día de Todos los Santos, recibió como agradable incienso el tributo +espontáneo de admiración; y no vio en él como otras veces, curiosidad +estúpida, ni envidia ni malicia. Desde la aparición de don Álvaro en la +plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío +negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas +las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía +supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los +sucesos preparándolos, como experto autor de comedias, según convenía al +destino de los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los +demás, la creía evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba +segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba +coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y +consejos. Tal vez era esto lo más profundo en la fe religiosa de Ana; +creía en una atención directa, ostensible y singular de Dios a los actos +de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin esta creencia no +hubiera sabido resistir las contrariedades de una existencia triste, +sosa, descaminada, inútil. Aquellos ocho años vividos al lado de un +hombre que ella creía vulgar, bueno de la manera más molesta del mundo, +maniático, insustancial; aquellos ocho años de juventud sin amor, sin +fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras, +rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no +pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y +tener en qué fundar la predilección con que la miraba. Se creía en sus +momentos de fe egoísta, admirada por el Ojo invisible de la Providencia. +El que todo lo ve y la veía a ella, estaba satisfecho, y la vanidad de +la Regenta necesitaba esta convicción para no dejarse llevar de otros +instintos, de otras voces que arrancándola de sus abstracciones, le +presentaban imágenes plásticas de objetos del mundo, amables, llenas de +vida y de calor. + +Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un _alma hermana_, un +espíritu _supra-vetustense_ capaz de llevarla por un camino de flores y +de estrellas a la región luciente de la virtud, también creyó Ana que el +hallazgo se lo debía a Dios, y como aviso celestial pensaba +aprovecharlo. + +Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un +gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el +silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo +que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría, +voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes. Sus horas de +rebelión nunca habían sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningún +momento había dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida +pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que +Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de +tutor muy respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el +fondo de su espíritu que era una especie de subsuelo, que él no +sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor llamaba los +nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el +fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no +tenía que darle cuenta. «Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré +como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la +tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no +es capaz de comprenderlas». Estos pensamientos, que sentía Ana volar por +su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen +voces de otro que retumbaban allí, la llenaban de un terror que la +encantaba. Si algo en ella temía el engaño, veía el sofisma debajo de +aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos +derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose a sí misma, la +voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, de «_dejarse ir_». + +Así llegó al teatro. Había cedido a los ruegos de D. Álvaro y de D. +Víctor sin saber cómo; temiendo que aquello era una cita y una promesa; +y sin embargo iba. Cuando se vio sola delante del espejo en su tocador, +se le figuró que la Ana de enfrente le pedía cuentas; y formulando su +pensamiento en períodos completos dentro del cerebro, se dijo: + +--«Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no +dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno; no sé lo que +pasará allí, no sé hasta qué punto alcanza este aliento de libertad que +ha venido de repente a inundar la sequedad de dentro; pero el ir yo al +teatro es prueba de que allí no ha de haber pacto alguno que ofenda al +decoro; no saldré de allí con menos honor que tengo». + +Y después de pensar y resolver esto, se vistió y se peinó lo mejor que +supo, y no volvió a poner en tela de juicio puntos de honra, peligros, +ni compromisos de los que D. Víctor tanto gustaba ver en versos de +Calderón y de Moreto. + +El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en +Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda +aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente--izquierda del actor--, +era la de Mesía y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un +título y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos +Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perdía función; a este le +gustaba el verso, «el verso y tente tieso» como él decía, y se declaraba +a sí mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, _inteligente de +primera fuerza_, en achaques de comedias y dramas. «¡No veo la tostada!» +decía D. Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco +inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio. «No veo la +tostada», decía, refiriéndose a cualquier comedia en que no había una +lección moral, o por lo menos no la había al alcance de Redondo; y en no +viendo él la tostada, condenaba al autor y hasta decía que defraudaba a +los espectadores, haciéndoles perder un tiempo precioso. De todas partes +quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que decía, por +ejemplo: + +«Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde también se enamora, y +se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amén de la +gitana, se van al otro barrio, ¿y qué? ¿qué enseña eso? ¿qué vamos +aprendiendo? ¿qué voy yo ganando con eso? Nada». + +A pesar de D. Frutos y sus altercados de crítica dramática, la bolsa de +D. Álvaro, que así se llamaba en todas partes, era la más _distinguida_, +la que más atraía las miradas de las mamás y de las niñas y también las +de los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser +abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se reunían los +_hombres de mundo_ (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por +el jefe del partido liberal dinástico. La mayor parte de los allí +congregados, habían vivido en Madrid algún tiempo y todavía imitaban +costumbres, modales y gestos que habían observado allá. Así es que a +semejanza de los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su +palco, conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías o +desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes +ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos +de poesía. Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no +creían en virtud de mujer nacida--salvo D. Frutos, que conservaba +frescas sus creencias--, y despreciaban el amor consagrándose con toda +el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos; creían que un +hombre de mundo no puede vivir sin querida, y todos la tenían, más o +menos barata; las cómicas eran la carnaza que preferían para tragar el +anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres +corrompidas de pueblos grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices +inválidas, matronas del género serio demasiado sentimentales en su +juventud pretérita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta +aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los más de +intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los +humores herpéticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad +física o moral que la hiciesen fácil, traída y llevada. + +El único conquistador serio del bando era D. Álvaro y todos le +envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero nadie +como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la +bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el +núcleo de la que se llamaba _la otra bolsa_ y había procurado rivalizar +en elegancia, _sans façon_ y _mundo_ con los de Mesía. Pero a su palco +concurrían _elementos heterogéneos_, muchos de los cuales lo echaban +todo a perder; y no eran escépticos sino cínicos, ni seductores más o +menos auténticos, sino compradores de carne humana. Los abonados de esta +_otra bolsa_ eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su +hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho +dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus +buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no +comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones +de arqueólogo embustero; el juez de primera instancia, que se dividía a +sí mismo en dos entidades, 1.º el juez, incorruptible, intratable, +puerco-espín sin pizca de educación, y 2.º el hombre de sociedad, +perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de todas las que lloraban +desengaños de amores desgraciados; y tres o cuatro vejetes verdes del +partido conservador, concejales, que todo lo convertían en política. +Pero si estos eran los que pagaban el palco, a él concurrían cuantos +socios del Casino tenían amistad con cualquiera de ellos. Ronzal había +protestado varias veces.--¡Señores, parece esto la _cazuela_! había +dicho a menudo, pero en balde. Allí iba Joaquinito Orgaz, y cuantos +sietemesinos madrileños pasaban por Vetusta, y hasta los que habían +nacido y crecido en el pueblo y no lucían más que un barniz de la corte. +Y como la bolsa del _otro_ era respetada y sólo se atrevían a visitarla +personas de posición, a Ronzal le llevaban los diablos. Desde su bolsa +hasta se arrojaban perros-chicos a la escena, para exagerar la falta de +compostura de los de enfrente. Algunos insolentes fumaban allí a vista +del público y dejaban caer bolas de papel sobre alguna respetable calva +de la orquesta. De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraíso +o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban +con aires de desafío. Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas +de los palcos principales, y hacían señas ostentosas y nada pulcras a +ciertas señoritas cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud +eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las +preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayoría pecaban +por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se veían expuestas a +la contemplación del público, tomaban gestos y posturas de estatuas +egipcias de la primera época. + +Cuando había estreno de algún drama o comedia muy aplaudidos en Madrid, +en el palco de Ronzal se discutía a grito pelado y solía predominar el +criterio de un acendrado provincialismo, que parecía allí lo más natural +tratándose de arte. No había salido de Vetusta ningún dramaturgo +ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que +Madrid se quisiera imponer en todo, no lo toleraban en la bolsa de +Ronzal. Se llegó en alguna ocasión a declarar que se despreciaba la +comedia porque los madrileños la habían aplaudido mucho, y «en Vetusta +no se admitían imposiciones de nadie», no se seguía un juicio hecho. La +ópera, la ópera era el delirio de aquellos escribanos y concejales: +pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se les antojaba +contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por +el suelo con motivo de un desestero. + +--¡Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! ¡Qué voz de arcángel!--decía +Foja, socarrón, escéptico en todo, pero creyente fanático en la música +de los cuartetos de ópera de lance. + +--¡Oh, como el barítono Battistini, yo no he oído nada!--respondía el +escribano, que estimaba la voz de barítono, por lo _varonil_, más que +la del tenor y la del bajo. + +--Pues más varonil es la del bajo--decía Foja. + +--No lo crea usted. ¿Y usted qué dice, Ronzal? + +--Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a mí no me vengan +ustedes con música... ¿saben ustedes lo que yo digo? «Que la música es +el ruido que menos me incomoda.... ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Además, para tenor ahí +tenemos a Castelar... ¡ja! ¡ja! ¡ja!». + +El escribano reía también el chiste y los concejales sonreían, no por la +gracia, si no por la intención. + +Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces +los abonados del último se atrevían a entablar conversación con los +Vegallana o quien allí estuviera convidado. Además de que el tabique +intermedio dificultaba la conversación, los más no se atrevían, de +hecho, a dar por no existente una diferencia de clases de que en teoría +muchos se burlaban. + +«Todos somos iguale, decían muchos burgueses de Vetusta, la nobleza ya +no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el valor, etc., +etc.»; pero a pesar de tanta alharaca, a los más se les conocía hasta en +su falso desprecio que participaban desde abajo de las preocupaciones +que mantenían los nobles desde arriba. + +En cambio los de la bolsa de don Álvaro saludaban a los Vegallana; +sonreían a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacían señas +al Marqués, y a Paco, que solían visitar aquel rincón _comm'il faut_. + +También esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo político de Vegallana; +pero trataba poco a la Marquesa. + +--¡Es demasiado borrico!--decía doña Rufina cuando le hablaban de +Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratándole con frialdad +ceremoniosa. + +Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que +escribía en _La Flaca_ de Barcelona, y que había sido una cualquier cosa +en su juventud. Estas calumnias le servían de desahogo y si le +preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: «Señores, yo me debo a +la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda +tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, _en una palabra_, +desacredita el partido conservador-dinástico de Vetusta». + +Después de saborear el tributo de admiración del público, Ana miró a la +bolsa de Mesía. Allí estaba él, reluciente, armado de aquella pechera +blanquísima y tersa, la envidia de las envidias de Trabuco. En aquel +momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable +padre; Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita +demasía de don Juan había producido buen efecto en el público del +paraíso que aplaudía entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo, +saludaba con modesto ademán algo sorprendido de que se le aplaudiese en +escena que no era de empeño. + +--¡Mire usted el pueblo!--dijo un concejal de la _otra bolsa_, +volviéndose a Foja, el ex-alcalde liberal. + +--¿Qué tiene el pueblo? + +--¡Que es un majadero! Aplaude la gran felonía de arrancar la careta a +un enmascarado.... + +--Que resulta padre--añadió Ronzal--; circunstancia agravante. + +--El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y como +el pueblo no tiene educación.... + +El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con +que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres +almohadones en un palco contiguo al de Mesía. + +Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales decía +con un desdén gracioso y elegante: + + Son pláticas de familia + de las que nunca hice caso... + +Era el cómico alto, rubio--aquella noche--flexible, elegante y suelto, +lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantástico, con +pretensiones de arqueológico, que ceñía su figura esbelta. Don Víctor +estaba enamorado de Perales; él no había visto a Calvo y el imitador le +parecía excelente intérprete de las comedias de capa y espada. Le había +oído decir con énfasis musical las décimas de _La vida es sueño_, le +había admirado en _El desdén con el desdén_, declamando con soltura y +gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan así: + + Y porque veáis que es error + que haya en el mundo quien crea + que el que quiere lisonjea, + escuchad lo que es amor. + +y concluyen: + + A su propia conveniencia + dirige amor su fatiga, + luego es clara consecuencia + que ni con amor se obliga + ni con su correspondencia. + +Y don Víctor le reputaba excelentísimo cómico. No paró hasta que se lo +presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer fuera otra. En +general don Víctor envidiaba a todo el que dejaba ver la contera de una +espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en las tablas y sólo de +noche. Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura +de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con +voz trémula por la emoción: + +--¿Verdad, hijita, que es un buen mozo? ¡Y qué movimientos tan +artísticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es falso, que los hombres +no andamos así... ¡Pero debiéramos andar! y así seguramente andaríamos y +gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños +del mundo; esto ya lo decía más alto para que lo oyeran todos los +presentes. Bueno estaría que ahora que vamos a perder a Cuba, resto de +nuestras grandezas, nos diéramos esos aires de señores y midiéramos el +paso.... + +La Regenta no oía a su marido; el drama empezaba a interesarla de veras; +cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué +paraba la apuesta de don Juan y Mejía. + +En el primer entreacto D. Álvaro no se movió de su asiento; de cuando en +cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y prudencia, que +ella notó y le agradeció. Dos o tres veces se sonrieron y sólo la última +vez que tal osaron, sorprendió aquella correspondencia Pepe Ronzal, que, +como siempre, seguía la pista a los telégrafos de su aborrecido y +admirado modelo. + +Trabuco se propuso redoblar su atención, observar mucho y ser una tumba, +callar como un muerto. «¡Pero aquello era grave, muy grave!». Y la +envidia se lo comía. + +Empezó el segundo acto y D. Álvaro notó que por aquella noche tenía un +poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor +artístico del D. Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de +Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de +Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una +mercancía.... La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doña +Ana... los desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de +Mejía; la traición _interina_ del Burlador, que no necesitaba, por una +sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran +aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con +todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben +apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para +saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de +tinteros; Ana estaba admirada de la poesía que andaba por aquellas +callejas de lienzo, que ella transformaba en sólidos edificios de otra +edad; y admiraba no menos el desdén con que se veía y oía todo aquello +desde palcos y butacas; aquella noche el paraíso, alegre, entusiasmado, +le parecía mucho más inteligente y culto que el _señorío_ vetustense. + +Ana se sentía transportada a la época de D. Juan, que se figuraba como +el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido; y entonces +volviendo al egoísmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido +cuatro o cinco siglos antes.... «Tal vez en aquella época fuera +divertida la existencia en Vetusta; habría entonces conventos poblados +de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores +en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas +y calles tendrían, como ahora, aspecto feo, pero las llenaría la poesía +del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de +hierro, los soportales sombríos, las tinieblas de las rinconadas en las +noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de +vecindad, todo sería dramático, digno del verso de un Zorrilla; y no +como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda». Comparar aquella Edad +media soñada--ella colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa +de Perales--con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel +instante, era un triste despertar. Capas negras y pardas, sombreros de +copa alta absurdos, horrorosos... todo triste, todo negro, todo +desmañado, sin expresión... frío... hasta D. Álvaro parecíale entonces +mezclado con la prosa común. ¡Cuánto más le hubiera admirado con el +ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón de punto de Perales!... +Desde aquel momento vistió a su adorador con los arreos del cómico, y a +este en cuanto volvió a la escena le dio el gesto y las facciones de +Mesía, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y melódica y demás +cualidades artísticas. + +El tercer acto fue una revelación de poesía apasionada para doña Ana. Al +ver a doña Inés en su celda, sintió la Regenta escalofríos; la novicia +se parecía a ella; Ana lo conoció al mismo tiempo que el público; hubo +un murmullo de admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver +el rostro al palco de Vegallana con disimulo. La González era cómica por +amor; se había enamorado de Perales, que la había robado; casados en +secreto, recorrían después todas las provincias, y para ayuda del +presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos, +se decidió a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la había mandado +imitar, pero en algunas ocasiones se atrevía a ser original y hacía +excelentes papeles de virgen amante. Era muy guapa, y con el hábito +blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas +las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en +postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la +figura, interesaba profundamente. Decía los versos de doña Inés con voz +cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba +llevar por la pasión cierta--porque se trataba de su marido--y llegaba a +un realismo poético que ni Perales ni la mayor parte del público eran +capaces de apreciar en lo mucho que valía. + +Doña Ana sí; clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de +todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía +de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las +paredes. «¡Pero esto es divino!» dijo volviéndose hacia su marido, +mientras pasaba la lengua por los labios secos. La carta de don Juan +escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con +terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba +su bujía al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el +espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree +sentirlos, todo, todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba, +producía en Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo +contener las lágrimas que se le agolpaban a los ojos. + +«¡Ay! sí, el amor era aquello, un filtro, una atmósfera de fuego, una +locura mística; huir de él era imposible; imposible gozar mayor ventura +que saborearle con todos sus venenos. Ana se comparaba con la hija del +Comendador; el caserón de los Ozores era su convento, su marido la regla +estrecha de hastío y frialdad en que ya había profesado ocho años +hacía... y don Juan... ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba +por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su +presencia!». + +Entre el acto tercero y el cuarto don Álvaro vino al palco de los +marqueses. + +Ana al darle la mano tuvo miedo de que él se atreviera a apretarla un +poco, pero no hubo tal; dio aquel tirón enérgico que él siempre daba, +siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; pero no apretó. Se +sentó a su lado, eso sí, y al poco rato hablaban aislados de la +conversación general. + +Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar con los +pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a +Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte. + +Ana, sin dar tiempo a don Álvaro para buscar buena embocadura a la +conversación, dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre, el +chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo, +fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla. + +La pobre Regenta estuvo elocuente; se figuró que el jefe del partido +liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de +cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos +«bonitos, sonorosos, pero sin miga», según aseguró don Frutos en el +palco de la marquesa. + +A Mesía le extrañó y hasta disgustó el entusiasmo de Ana. ¡Hablar del +_Don Juan Tenorio_ como si se tratase de un estreno! ¡Si el _Don Juan_ +de Zorrilla ya sólo servía para hacer parodias!... No fue posible tratar +cosa de provecho, y el tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda +de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las +comedias y en las novelas de Feuillet: mucho _sprit_ que oculta un +corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad... +esto era el colmo de la _distinción_ según lo entendía don Álvaro, y así +procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien «estaba visto +que había que enamorar por todo lo alto». + +Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba +sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltación +notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su +interlocutor; apenas le oía, hablaba ella sin cesar, creía que lo que +estaba diciendo él coincidía con las propias ideas; este espejismo del +entusiasmo vidente, que suele aparecer en tales casos, fue lo que valió +a don Álvaro aquella noche. También le sirvió mucho su hermosura varonil +y noble, ayudada por la expresión de su pasioncilla, en aquel momento +irritada. Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía una +expresión espiritual y melancólica, que era puramente de apariencia; +combinación de líneas y sombras, algo también las huellas de una vida +malgastada en el vicio y el amor.--Cuando comenzó el cuarto acto, Ana +puso un dedo en la boca y sonriendo a don Álvaro le dijo: + +--¡Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... déjeme usted oír. + +--Es que... no sé... si debo despedirme.... + +--No... no... ¿por qué?--respondió ella, arrepentida al instante de +haberlo dicho. + +--No sé si estorbaré, si habrá sitio.... + +--Sitio sí, porque Quintanar está en la bolsa de ustedes... mírele +usted. + +Era verdad; estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que +el _Don Juan Tenorio_ carecía de la miga suficiente. + +Don Álvaro permaneció junto a la Regenta. + +Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador con +su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño que subía +por la nuca arriba con graciosa tensión y convergencia del cabello. +Dudaba don Álvaro si debía en aquella situación atreverse a acercarse un +poco más de lo acostumbrado. Sentía en las rodillas el roce de la falda +de Ana, más abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. «Ella +estaba aquella noche... _en punto de caramelo_» (frase simbólica en el +pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió. No se acercó ni más ni +menos; y eso que ya no tenía allí caballo que lo estorbase. «¡Pero la +buena señora se había _sublimizado_ tanto! y como él, por no perderla de +vista, y por agradarla, se había hecho el romántico también, el +_espiritual_, el _místico_... ¡quién diablos iba ahora a arriesgar un +ataque _personal y pedestre_!... ¡Se había puesto aquello en una +_tessitura_ endemoniada!». Y lo peor era que no había probabilidades de +hacer entrar, en mucho tiempo, a la Regenta por el aro; ¿quién iba a +decirle: «bájese usted, amiga mía, que todo esto es volar por los +_espacios imaginarios_»? Por estas consideraciones, que le estaban dando +vergüenza, que le parecían ridículas al cabo, don Álvaro resistió el +vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus +rodillas.... + +Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La +robusta virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don +Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era verdad que en +aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba +saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, cerca de la oreja, +palabras que parecían chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no haber +desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro. Se +abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en +medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse +a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas.... + +Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los +acontecimientos de su propia vida... ella aún no había llegado al cuarto +acto. «¿Representaba aquello lo porvenir? ¿Sucumbiría ella como doña +Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba; +creía tener valor para no entregar jamás el cuerpo, aquel miserable +cuerpo que era propiedad de don Víctor sin duda alguna. De todas +suertes, ¡qué cuarto acto tan poético! El Guadalquivir allá abajo.... +Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo del +balcón... la _declaración_ a la luz de la luna.... ¡Si aquello era +romanticismo, el romanticismo era eterno!...». Doña Inés decía: + + Don Juan, don Juan, yo lo imploro + de tu hidalga condición... + +Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos con +su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por sus labios +viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de Ana aquella noche +como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe +en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, entonces, no pudo +evitarlo, lloró, lloró, sintiendo por aquella Inés una compasión +infinita. No era ya una escena erótica lo que ella veía allí; era algo +religioso; el alma saltaba a las ideas más altas, al sentimiento +purísimo de la caridad universal... no sabía a qué; ello era que se +sentía desfallecer de tanta emoción. + +Las lágrimas de la Regenta nadie las notó. Don Álvaro sólo observó que +el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar. Se +equivocó el hombre de mundo; creyó que la emoción acusada por aquel +respirar violento la causaba su gallarda y próxima presencia, creyó en +un influjo _puramente fisiológico_ y por poco se pierde.... Buscó a +tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella, de una en +otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal +que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna para él, Mesía no +encontró, entre la hojarasca de las enaguas, ningún pie de Anita, que +acababa de apoyar los dos en la silla de Edelmira. + +El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la +realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se +había empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba en +Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió supersticioso miedo al ver +el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz; el +pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le +hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de repente, como a +la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con +jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con +una pistola en la mano, enfrente del cadáver. + +La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no aguantaba más +Tenorio. + +--Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos; +demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. Vosotros quedaos si +queréis.... ¡Jesús! las once y media, no se acaba esto a las dos.... + +Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del +drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía +encantada, y salió con la Marquesa y Mesía. + +Edelmira se quedó con don Víctor y Paco. + +--Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa en casa, señora +Marquesa--dijo Quintanar. + +Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apretó +un poco la mano de Anita que la retiró asustada. + +Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar conversación a don +Víctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a +Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesía, que tantas +veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir +con su deber. + +Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar +su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima, +andando el tiempo, o poco había de poder él. + +Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en +punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del +honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en +nuestros dominios. + +--Mire usted--decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don +Álvaro--mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que +yo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más +sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honor +quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajo +llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que +si mi mujer--hipótesis absurda--me faltase... se lo tengo dicho a Tomás +Crespo muchas veces... le daba una sangría suelta. + +(--¡Animal!--pensó don Álvaro.) + +--Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... Por de +pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era +aficionado a representar en los teatros caseros--es decir cuando mi edad +y posición social me permitían trabajar, porque la afición aún me +dura--comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomé +maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguida +grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad, +nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño... pero figúrese +usted... el día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la +pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice lo +traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es +prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a mi +tesis.... Mi tesis era... ¿qué?... ¿usted recuerda? + +Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le +había alarmado un poco. + +Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de +llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía +convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista +de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y +bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates del +ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la +espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes. + +Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmió +profundamente. + +Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella +rubia y taimada, que sonreía discretamente. + +--Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes? + +--Como la señorita pasó mala noche.... + +--¿Mala noche?... ¿yo?--Sí, hablaba alto, soñaba a gritos.... + +--¿Yo?--Sí, alguna pesadilla.--¿Y tú... me has oído desde?... + +--Sí, señora no me había acostado todavía; me quedé a esperar por el +señor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme.... Vino el amo a las +dos. + +--Y yo he hablado alto...--Poco después de llegar el señor. Él no oyó +nada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. Yo volví a ver si +dormía... si quería algo... y creí que era una pesadilla... pero no me +atreví a despertarla.... + +Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía los amagos de la +jaqueca. + +--¡Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido.... + +--No, pesadilla mala... no sería... porque sonreía la señora... daba +vueltas.... + +--Y... y... ¿qué decía? + +--¡Oh... qué decía! no se entendía bien... palabras sueltas... +nombres.... + +--¿Qué nombres?...--Ana preguntó esto encendido el rostro por el +rubor--... ¿qué nombres?--repitió. + +--Llamaba la señora... al amo. + +--¿Al amo?--Sí... sí, señora... decía: ¡Víctor! ¡Víctor! + +Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a su marido +Quintanar. + +Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas +de la señora. + +Calló y procuró ocultar su confusión. + +Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya +seria: + +--Han traído esto para la señora.... + +--¿Una carta? ¿De quién?--preguntó en voz trémula Ana, arrebatando el +papel de manos de Petra. + +«¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo». + +Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en el +rostro del ama, añadió: + +--De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresina +la doncella de doña Paula. + +Ana afirmó con la cabeza mientras leía. + +Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos. + +La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una +cruz morada sobre la fecha, decía así: + + «Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a + cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única + persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha + parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le + explicará su atento amigo y servidor, + + FERMÍN DE PAS». + +No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistral +desde la tarde anterior; ¡ni una vez sola, desde la aparición de don +Álvaro a caballo había pasado por su cerebro la imagen grave y airosa +del respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora se +presentaba de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecado +de infidelidad. Por la primera vez sintió Ana la vergüenza de su +imprudente conducta. Lo que no había despertado en ella la presencia de +don Víctor, lo despertaba la imagen de don Fermín.... Ahora se creía +infiel de pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un hombre a quien +no debía fidelidad ni podía debérsela». + +«Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana temprano iría a +confesar... ¡y se me había olvidado! y ahora él adelanta la confesión.... +Quiere que vaya esta tarde. ¡Imposible! No estoy preparada.... Con estas +ideas... con esta revolución del alma.... ¡Imposible!». + +Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el del +Magistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulce +con mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía. Le engañaba; +le decía que se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicaba +que la dispensase; que ella le avisaría.... + +Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su +destino inmediatamente, y sin que el señor se enterase. + +Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como él +decía, con aquella frecuencia del sacramento de la confesión; como temía +que se le tuviese por poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casa +en efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba. + +Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba +que su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la +catedral. + +«¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!». + +Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentes +tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que alegaba su +ama para ocultar la devoción, sospechaba horrores. + +Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba: + +«Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otro +santo. _¡Así en la tierra como en el cielo!_». + +Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no se +arrepentía de haber puesto en peligro su honor, dando alas (siquiera +fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don Álvaro; no +le pesaba de engañar al pobre don Víctor, porque le reservaba el cuerpo, +su propiedad legítima... pero ¡pensar que no se había acordado del +Magistral ni una vez en toda la noche anterior, a pesar de haber estado +pensando y sintiendo tantas cosas sublimes! + +«Y por contera, le engañaba, le decía que estaba enferma para excusar el +verle... ¡le tenía miedo!... y hasta el estilo dulce, casi cariñoso de +la carta era traidor... ¡aquello no era digno de ella! Para don Víctor +había que guardar el cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarle +el alma?». + + + + +--XVII-- + + +Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anunció +a la Regenta, que paseaba en el _Parque_, entre los eucaliptus de +Frígilis, la visita del Sr. Magistral. + +--Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la +huerta...--dijo Ana sorprendida y algo asustada. + +El Magistral pasó por el patio al + +_Parque_. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa la +tarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego se +caería el cielo hecho agua sobre Vetusta...». + +Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral se +atrevió a preguntarle por la jaqueca. + +«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo su +presencia en el Parque a pesar de la jaqueca. + +El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga. + +Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sin +cesar en la mecedora en que se le había invitado a sentarse. + +Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don +Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita. + +El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido un arranque +de mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa de +ningún modo podía él explicar a aquella señora. + +El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el vicio +de ir al teatro disfrazado. Había cogido esta afición en sus tiempos de +espionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al _paraíso_ +para delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba por +cuenta propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había visto +a la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña Paula, y al +comer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad para darle la +noticia a su hijo. + +--No creo que esa señora haya ido ayer al teatro. + +--Pues yo lo sé por quien la ha visto. + +El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse en +ridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos y +todo el _mundo devoto_ consideraban el teatro como recreo prohibido en +toda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de _Todos +los Santos_. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto la +noche anterior, sin permitir la entrada en él a nadie para señalar así +mejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El Gran +Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas, +tampoco les había consentido asistir. + +«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, por +devota en ejercicio, se había presentado en el teatro en noche +prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos +escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio.... Y +precisamente aquella noche...». + +El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importaba +que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría en que sería otra +cosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el Arcediano, todos sus +enemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistral +ejercía sobre sus penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía él +que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción a +doña Ana». + +Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán, +disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y +manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo, +que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota +de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de _Todos los +Santos_. + +Ripamilán gritaba:--Señor mío, los deberes sociales están por encima de +todo.... + +El Deán se escandalizó. + +--¡Oh! ¡oh!--dijo--eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos... +los religiosos... eso es.... + +Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Así +solía él terminar los períodos complicados. + +--Los deberes sociales... son muy respetables en efecto--dijo el +canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecido +regalista, y por consiguiente digna de aprobación por parte de un primo +del Notario mayor del reino. + +--Los deberes sociales--replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las +palabras, pausadas y subrayadas--los deberes sociales, con permiso de +usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita +bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos.... + +--¡Absurdo!--exclamó Ripamilán dando un salto. + +--¡Absurdo!--dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar. + +--¡Absurdo!--afirmó el canónigo regalista. + +--Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser +tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetable +Taparelli.... + +--¿Tapa qué?--preguntó el Deán--. No me venga usted con autores +alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un hereje.... + +--Señores, estamos fuera de la cuestión--gritó Ripamilán--el caso es.... + +--No estamos tal--insistió Glocester, que no quería en presencia de don +Fermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta. + +Tuvo habilidad para llevar la disputa al _terreno filosófico_, y de allí +al teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables +dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que +consistía en no querer hablar nunca de _cosas altas_. + +A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía para +comprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue en +aumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdido +crédito... y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a +una cita». Él se la había dado para decirle que no debía confesar por +las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público +de las beatas con atención exclusiva.... «Debe usted confesar entre +todas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo le +avisaré a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo esto +había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que.... «¡estaba +con jaqueca!».--En casa de Páez también le hablaron del escándalo del +teatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido +Ana Ozores que nunca asistía». + +El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa burlona de +Olvido, que se celaba ya, le había puesto furioso.... + +Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza Nueva, se +había metido en la Rinconada y había llamado a la puerta de la +Regenta.... Por eso estaba allí. + +¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita? + +Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había buscado un +embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín rayó en ira +y necesitó toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguir +sonriente. + +«¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla si +quería sublevarse? No había modo. ¿Por el terror de la religión? +Patarata. La religión para aquella señora nunca podría ser el terror. +¿Por la persuasión, por el interés, por el cariño? Él no podía jactarse +de tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la manera +espiritual a que aspiraba». + +No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate y ya te ensalzarás», +era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica. + +En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas de +sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sin +hacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausa +larga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.--Estaba +sentado a la entrada del cenador. + +Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, o por lo menos no +lo sentían. Ana había contestado a Petra, al anunciar esta que había luz +en el gabinete: + +--Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña Ana se sentía +ya bien, no era malo estar al aire libre. + +El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a la +dama que se iba a tratar de algo grave. + +Así fue. El Magistral dijo:--Todavía no he explicado a usted por qué +pretendía yo que fuese a la catedral esta tarde. Quería decirle, y por +eso he venido, además de que me interesaba saber cómo seguía, quería +decirle que no creo conveniente que usted confiese por la mañana. + +Ana preguntó el motivo con los ojos. + +--Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me ha dicho, no gusta +de que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, se +alarmará menos si usted va de tarde... y hasta puede no saberlo siquiera +muchas veces. No hay en esto engaño. Si pregunta, se le dice la verdad, +pero si calla... se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hay +engaño ni asomo de disimulo. + +--Eso es verdad.--Otra razón. Por la mañana yo confieso pocas veces, y +esta excepción hecha ahora en favor de usted hace murmurar a mis +enemigos, que son muchos y de infinitas clases. + +--¿Usted tiene enemigos?--¡Oh, amiga mía! cuenta las estrellas si +puedes--y señaló al cielo--el número de mis enemigos es infinito como +las estrellas. + +El Magistral sonrió como un mártir entre llamas. + +Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado y olvidado a +aquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera se +quejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las estrellas le llegaron +al alma a la Regenta. «¡Tenía enemigos!» pensó, y le entraron vehementes +deseos de defenderle contra todos. + +--Además--prosiguió don Fermín--hay señoras que se tienen por muy +devotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se divierten +en observar quién entra y quién sale en las capillas de la catedral; +quién confiesa a menudo, quién se descuida, cuánto duran las +confesiones... y también de esta murmuración se aprovechan los enemigos. + +La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué. + +--De modo, amiga mía--continuó De Pas que no creía oportuno insistir en +el último punto--de modo, que será mejor que usted acuda a la hora +ordinaria, entre las demás. Y algunas veces, cuando usted tenga muchas +cosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de los +que no me toca confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de ser +tan miserables que nos sigan los pasos.... + +A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más arriesgado +que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín en nada. + +--Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré cuando usted me indique; +mi confianza absoluta está puesta en usted. A usted solo en el mundo he +abierto mi corazón, usted sabe cuanto pienso y siento... de usted espero +luz en la obscuridad que tantas veces me rodea.... + +Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía entonado, impropio de +ella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decir +de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva. + +El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un consuelo oyendo a +su amiga hablar así. + +Se animó... y habló de lo que le mortificaba. + +--Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional +(sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted un +poco.... + +Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba. + +Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y notó +De Pas. + +--Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos mucho, +como diciendo irreflexivamente:--¿Y eso qué? + +--Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones +que toman por religión muchos espíritus apocados.... A usted no sólo le +es lícito ir a los espectáculos, sino que le conviene; necesita usted +distracciones; su señor marido pide como un santo; pero ayer... era día +prohibido. + +--Ya no me acordaba.... Ni creía que.... La verdad... no me pareció... + +--Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el teatro era +espectáculo tan inocente, para usted, como el resto del año. El caso es +que la Vetusta devota, que después de todo es la nuestra, la que +exagerando o no ciertas ideas, se acerca más a nuestro modo de ver las +cosas... esa respetable parte del pueblo mira como un escándalo la +infracción de ciertas costumbres piadosas.... + +Ana encogió los hombros. «No entendía aquello.... ¡Escándalo! ¡Ella que +en el teatro había llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un +entusiasmo artístico religioso que la había edificado!». + +El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él era un +médico del espíritu») se resistía a tomar la medicina; y pensó, +recordando la alegoría de la cuesta:--«No quiere tanta pendiente, +hagámosela parecida a lo llano». + +--Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido nada; su virtud de +usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... (vuelta al tono +festivo) ¿y mi orgullito de médico? Un enfermo que se me rebela... ¡ahí +es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión del +Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al _Don +Juan Tenorio_, en vez de rezar por los difuntos. + +--¿Se ha hablado de eso?--¡Bah! En San Vicente, en casa de doña +Petronila--que ha defendido a usted--y hasta en la catedral. El señor +Mourelo dudaba de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar.... + +--¿De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted en +ridículo?... + +--¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita, +esa imaginación! ¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!... +A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que aquellos de que soy +responsable, no entiendo el ridículo de otro modo... usted no ha sido +imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todo +ello es nada, y figúrese usted el caso que yo haré de hablillas +insustanciales.... Todo ha sido broma...; para llegar a un punto más +importante, que atañe a lo que nos interesa, a la curación de su +espíritu de usted... en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yo +creo que un buen médico (no precisamente el señor Somoza, que es persona +excelente y médico muy regular), podría ayudarme mucho. + +Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su +mecedora a la Regenta y prosigue: + +--Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como un +médico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, por razones +muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he llegado a +conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted... +sin embargo, creo...--le temblaba la voz; temía arriesgar +demasiado--creo... que la eficacia de nuestras conferencias sería mayor, +si algunas veces habláramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia. + +Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y por +la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, un +hombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadas +de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras del +Provisor, se oyó la respiración agitada de su amiga. + +D. Fermín continuó tranquilo: + +--En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos +puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo +prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio. +Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas +para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ocioso +hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer la +cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no se +trata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es también +indispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchos +clérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujer +de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de +negro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus +extravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es +allí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser, +sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y +otros muchos.... + +Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con la +suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba. +Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya +no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo, +sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los +caballeros en los tranvías de Nueva--York. + +--Pues bien--prosiguió don Fermín--nosotros necesitamos toda la verdad; +no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curar +lo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he +notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de +que me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y esas +confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos. +Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sino +que la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha parte +buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree +completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese +análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia.... Y +basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero +perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De ese +modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que +usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta o +no frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar más +pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión. + +El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía +preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por +temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber +asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su +confesor. Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando las +palabras de Ana. + +Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones +expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde, +y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de +sus poéticas ideas. + +Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la +buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba +aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar +consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo. + +El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la +cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de la +glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; la +locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de +partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus +tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del +Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, la +tirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decía +el clérigo, bendita sea tu boca!». + +No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de +hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removía +sobre la arena de los senderos. + +Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo. + +--Sí, tiene usted cien veces razón--decía ella--yo necesito una palabra +de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me +arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la +desesperación.... + +--Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra! + +--Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo. + +--Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?... + +El Magistral sonrió...--No se ría usted: serán los nervios, como dice +Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio +horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar. + +--No debe decirse así--interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la +mayor suavidad que pudo--. No sería un pecado ese tedio si se pudiera +remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios +gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía. + +Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía +su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se +decidió a decir al Magistral _lo demás_, lo que había venido detrás del +hastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa +puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco. + +--Otras veces--decía--aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia +de sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer, +la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé... no sé explicarlo bien... si +lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una +rebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no.... + +El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante +aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la +historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con +exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente. + +Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en +Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio. + +«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella; +que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada +tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad +consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin +límites y una fe que era una evidencia.... Un día después de dar una +peseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros que +acababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostro +para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy +amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su +cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz +potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... ¿Qué sabía +ella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese. +«Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la +pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan... ya veía el +Magistral qué situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una en +otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada... había llegado a +pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más ni +menos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Qué +era aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con +semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, ¿no serían +tampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu +aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?». + +«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que le +había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia. +«Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovechar +para la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior el +peligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la +presencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la +repetición de accesos por el estilo». + +Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar +más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más +fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; había +hablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que se +burlasen de él los que no lo comprendían... había llegado a decir que +sería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que +sentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar, +entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a su +escopeta.... + +--Todo aquello--añadió el Magistral después de presentarlo en +resumen--de puro peligroso rayaba en pecado. + +--Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero como lo siento, no; +¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es +pecado... sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo +demás (cambio de voz) dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismo +necio, vulgar, ya lo sé... pero no es eso, no es eso! + +--Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo +siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como +es.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser +peligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos. +El peligro que hay, decía, raya en pecado... pero añado, será pecado +claramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a un +objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que +vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio +sano... ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted, +Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un +globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted +la presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted +dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, en +todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. No +es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celda +de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos, +usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos +sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales +de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral, +pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a +donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispénseme si hablo +con esta severidad: en este momento es indispensable. + +Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad +aquella pendiente que le ponía en el camino. + +Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria, +abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba +aquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más que +halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral. + +El cual prosiguió, aflojando la cuerda: + +--Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas +tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porque +no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la +gracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía que hay que aprovechar +esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy +antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... y +por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchas +ocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible y +hasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesiones +protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de +Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que +satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Pues +todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida, +aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de +una mujer piadosa, de una... _beata_, para emplear la palabra fea, +_escandalosa_. Sí, amiga mía--el Magistral reía al decir esto--lo que +usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser _beata_. +Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la +letra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que +contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano, +creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las +menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus +pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma es +fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle: +«Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le +haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi +templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la +oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad +que son todo mi culto en resumen...». + +Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con +motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas +mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca. + +La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a +los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que +empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como un +aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeron +la señal de la torre que vigilaba. + +Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio: + +--¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse.... + +La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas +hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer +ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde +donde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo +abría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su +encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, a +decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a +tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita del +Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado el +caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿No +le habían hecho llevar cartas _sin necesidad de que lo supiera don +Víctor_? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de +una hora de palique en el cenador, y a obscuras?». + +Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solía +olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para el +despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima +del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina de +cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacía +tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la +prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojos +penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó. + +--Oye.--¿Señor?...--Nada.... Oye...--¿Señor?...--¿Anda ese reloj? +--Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer.... + +--¿De modo que son las ocho menos diez? + +--Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si le +preguntaba por el ama. + +--Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más +cartuchos. + +En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a +entender con lo de la vida beata. + +«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la +perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; si +otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de +la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la +perfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacar +gran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismos +lugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, una +fundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habían +pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la +rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para +satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa +Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dado +aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si +somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupaciones +de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las +fiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera a +las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa, +que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo; +al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas, +insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de +la piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan +humildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la +oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en +las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada +más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente +devoción profunda». + +--Verá usted--decía el Magistral--como llega un día en que no necesita a +Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en +otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia, +amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas! Verá +usted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos +ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden +antojársele indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosa +más hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena y +usted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas de +pura poesía del Nacimiento de Jesús.... Volverán a ser para usted las que +ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de +ternura, y llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá entonces +si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le +arrancaba el bueno de don Juan Tenorio.... + +--A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir--prosiguió De +Pas--por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra +en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicas +admirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevas +dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a +los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en los +días que él quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores +que hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí +algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí, +porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, que +exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la +cátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla... por ejemplo, +algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y +aparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija mía, de panteísmo, +sin que usted se dé cuenta de ello. + +Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había +de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y +terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas. + +Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa +Teresa y algunos místicos. + +«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal, +Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para +perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al principio es un +gran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propia +vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para +Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará +usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho +antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del +diablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay que +comparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algún +tiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez el +libro sabrá mejor, y dará más frutos. + +»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la +infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar, +eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo que +importa. + +»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro +compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la +inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del +mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no es +cosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos? +¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando +del espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre, +distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se +necesite y que indicarán las circunstancias. + +Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas +secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le +hubieran pinchado, y dijo con voz de susto: + +--¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí +charlando... charlando... + +«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el +parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Pero +esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en +voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero +temiéndolo. + +Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo +maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para +hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo. + +El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del +patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y +pasar por las habitaciones de Quintanar. + +En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que +había recibido al Provisor. + +--¿Ha venido el señor?--preguntó la Regenta. + +--Sí, señora--respondió en voz baja la doncella--; está en su despacho. + +--¿Quiere usted verle?--dijo Ana volviéndose al Magistral. + +Don Fermín contestó:--Con mucho gusto...--¡Disimulan, disimulan +conmigo!--, pensó Petra con rabia. + +--Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho en +palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme... +salúdele usted de mi parte. + +--Como usted quiera.--Además, estará abismado en sus trabajos... no +quiero distraerle... saldré por aquí... Buenas noches, señora, muy +buenas noches. + +--Disimulan--volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que +conducía al zaguán. + +Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja +dijo: + +--Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósito +para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos. + +--Bien--contestó la Regenta.--Lo he pensado, es el mejor.--Sí, sí, +tiene usted razón. + +Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la +puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los +ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que +pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició +con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo: + +--Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la +mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde. + +--¿Estás contenta con los señores? + +--Doña Ana es un ángel. + +--Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay +corrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor.... + +--Salga usted, salga usted, y por mí no tema. + +--Cierra ya, hija mía, puedes cerrar. + +--No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina.... + +--Muchas gracias... adiós, adiós. + +--Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la +cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier +ruido. + +«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín? +¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla +propicia como a la otra». + +La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador +de doña Ana sin ser llamada. + +--¿Qué quieres?--preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal +porque sentía mucho frío. + +--El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho... que +estaba aquí D. Fermín. + +--¿Quién?--Don Fermín.--¡Ah! Bien, bien... ¿para qué? ¿qué importa? + +Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando: + +--¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?... Pues si a una no le +diera la gana... pero yo lo hago por el otro.... + +Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien quería agradar +a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica. + +Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con +manchas de pólvora en la frente y en las mejillas. + +No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó nada: +¿para qué decírselo?». + +A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el +Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para +su uso particular. El amigo íntimo de Quintanar, era el dictador en +aquel pueblo de árboles y arbustos. Los días que no iban de caza, el +señor Crespo se los pasaba recorriendo sus _dominios_, que así llamaba +al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba, +según las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el +mundo, incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba +Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió al cenador. Recordaba +haber dejado encima de la mesa de mármol o de un banco, en fin, allí +dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposición de +floricultura. Buscó, y sobre una mecedora encontró un guante de seda +morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el +suelo. + +Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo +hasta los ojos. + +--¿Quién diablos ha andado aquí?--preguntó a las auras matutinas. + +Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había +llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los +granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos +monocromos, invención suya. + +Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos. + +--¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!... + +Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un +mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero +Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora. + +--Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche +a destrozarme las semillas?... + +--¿Qué dice usted que no le entiendo?--contestó Petra desde el patio. + +--Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé +allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro +la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este +guante de canónigo.... ¿Quién ha estado aquí de noche? + +--¡De noche! Usted sueña, D. Tomás. + +--¡Ira de Dios! De noche digo.... + +--A ver el guante...--Toma--contestó Frígilis, arrojando desde lejos la +prenda.... + +--Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios.... Lo que +entiende usted de modas, don Tomás.... ¿Pues no dice que es un guante de +canónigo?... + +--¿Pues de quién es?--De mi señora.... No ve usted la mano... qué +chiquita... a no ser que haya _canónigas_ también. + +--¿Y se usan ahora guantes morados? + +--Pues claro... con vestidos de cierto color.... + +Frígilis encogió los hombros. + +--Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar? + +--El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que +habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!... + +En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero. + +--¡El gato! ¡El moreno!...--dijo Frígilis, moviendo la cabeza--qué +gato... ni qué... + +Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a +Petra, señaló a la galería: + +--¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y +tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero... +oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo +viese vencer... ¡es mi macho! + +Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el +repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores. + +Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del +Magistral. + + + + +--XVIII-- + + +Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste, +tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en +agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como +latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas, +tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y +después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al +mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La tierra fungosa se +descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar +por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un +penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, desnuda, se +extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver de un náufrago que chorrea +el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada, +fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresión muda del +valle y del monte; la naturaleza muerta parecía esperar que el agua +disolviera su cuerpo inerte, inútil. La torre de la catedral aparecía a +lo lejos, entre la cerrazón, como un mástil sumergido. La desolación del +campo era resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza +de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y +paredes agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como +canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino +un tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y +arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las +praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde +fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo +espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas, +melancólicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de +agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para +estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su +esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se llegaba a Roca +Tajada una hora después, y a las diez de la noche entraban en Vetusta +silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. Allá +en las marismas de Palomares, don Víctor solía echar de menos el teatro. +«¡Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de +menos nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo, +en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar +compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario. +Frígilis en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las +corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña, +que no tiene puertas. + +Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la naturaleza; +Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál era su destino en la +tierra», como él decía, usando el lenguaje del tiempo romántico, del que +le quedaban algunos resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda +cera; fácilmente tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por +otras nuevas. Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un +lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más que +una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así se +explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión de mostrar +su valor luchando contra una voluntad contraria. Él sostenía que en su +casa no se hacía más que lo que él quería, y no echaba de ver que +siempre acababa por querer lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores +hubiera tenido un carácter dominante, don Víctor se hubiese visto en la +triste condición de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen +esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con +negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel +programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había +publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y +por el tiempo que a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar +en casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había prometido y hasta +jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que la retirada fuese +honrosa, fingía transigir y creía a salvo su honor de hombre enérgico y +amo de su casa, permitiéndose la audacia de gruñir un poco, entre +dientes, cuando ya nadie le oía. Los criados le imponían su voluntad, +sin que él lo sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado. +Amante, como buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de +la clásica abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y +comía ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos que +suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los +impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí +veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador +que les aburría con sermones que no entendían. Hasta en el estilo se +notaba que Quintanar carecía de carácter. Hablaba como el periódico o el +libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras +cualidades de su oratoria, que parecían señales de una _manera_ +original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas. +Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la +conversación familiar el tecnicismo jurídico, y esto era lo único que en +él quedaba del antiguo magistrado. No poco había contribuido en +Quintanar a privarle de originalidad y resolución, el contraste de su +oficio y de sus aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda, +para cómico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si +la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera +suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo +hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a _trabajar_, frase suya, +tan bien como cualquiera de esos _otros primeros galanes_ que recorren +las capitales de provincia, a guisa de buhoneros. + +Pero don Víctor comprendió que el cómico en España no vive de su honrado +trabajo si no se entrega a la vergüenza de servir al público el arte en +las compañías de comediantes de oficio; comprendió además que él +necesitaba con el tiempo _crear una familia_, y entró en la carrera +judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas +relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y +se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una +edad en que todavía se sentía capaz de representar el _Alcalde de +Zalamea_ con toda la energía que el papel exige. Pero la espina la +llevaba en el corazón; reconocía que el cargo de magistrado es +delicadísimo, grande su responsabilidad, pero él... «era ante todo un +artista». ¡Aborrecía los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas +_dignamente_! Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido +lícito representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la +vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de +serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón de +ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; y era +cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo lo que querían +hacer de él su amigo Frígilis y los vientos del azar y del capricho. + +Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo de tantos años de +trato íntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Salía +Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el +poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás Crespo, aquel pedazo de su +corazón, a quien no sabía si quería tanto como a su Anita del alma. La +simpatía había nacido de una pasión común: la caza. Pero la caza antes +no era más que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba +sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por +dentro; Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que +cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba +poco, y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión +lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oía. Así la +influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de +Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro +las ideas de aquel _buen hombre_, de quien los vetustenses decían que +era un _chiflado_, un tontiloco. + +Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza +de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El +_oidium_ consumía la uva, el _pintón_ dañaba el maíz, las patatas tenían +su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su +oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis +disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del +contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba +pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil +en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos los +_parques_ y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del +marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba +de tarde en tarde el jardín inglés de doña Petronila; pero ni conocía de +vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el +gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato +que el del Casino. Se entendía con los jardineros.--En cuanto las +lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San +Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto +los días en que le reclamaban sus árboles y sus flores. + +Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de +cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en +el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte, +claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos +alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra +la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel, gordos; y +más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos +del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño; si la +conversación degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba +de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña triste +ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a palmo. + +Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a +los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de +un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía una +inmundicia. + +«¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación de su alma, a +buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto mejor se hubiera +abierto su espíritu a estas grandezas religiosas en un escenario más +digno de tan sublime poesía! ¡Cuán difícil era admirar la creación para +elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de +humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles +estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo +de abandono--, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de +monótono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros +puntiagudos!...». + +No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía de casa en casa, +alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni menos al fango del +arroyo... sin pensar siquiera en que llovía, sin acordarse de que el +cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita +era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en él, y sólo le servía de +tópico de conversación en las visitas de cumplido. + +La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra, +esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las +enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor +media.--Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía: +también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, desafiando los +más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta +mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus +bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno, +inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de +espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo espiritualista. + +Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se +resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran +parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera. Cada cual +buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a +las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas. + +La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su +lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba +deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de +viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia +o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y +la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de +sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban +por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña +Rufina. Oír el agua que azota los cristales allá fuera, y estar +compadeciéndose de un pobre niño perdido en los hielos... ¡qué delicia +para un alma tierna, _a su modo_, como la de la señora Marquesa! + +--Yo no soy sentimental--decía ella a D. Saturnino Bermúdez, que la oía +con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a +oreja--yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería... +pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco... +lloro... pero no hago alarde de ello. + +--Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,--respondía +el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de los +secretos sentimentales. + +El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía por temporadas +de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. Pero sus _íntimos_ +le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a +la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que +el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto del agua y la nieve». +Y como sus aventuras eran todas rurales, salía el buen Vegallana a +desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y +nieve en su coche de camino. Y así preparaba las elecciones, buscando +votos para un porvenir lejano, según frase picaresca de D. Cayetano +Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravíos. + +La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el tiempo se +metía en agua. Los que tenían el privilegio envidiable y envidiado de +penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían los chubascos que daban +pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doña Rufina. ¿Qué +habían de hacer si no? ¿A dónde habían de ir?--En la chimenea ardían los +bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas feudales +se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban +_antiguas consejas_, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder +por fuerza en todo _hogar señorial_, pero se murmuraba del mundo +entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza +prosaica y sensual que, según Bermúdez, «era la característica del +presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética».--El +gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se +tocaban, se rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién +pensaba en los aguaceros? + +En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad +excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de +oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa +de Visita «los que la favorecían una vez por semana honrando sus +salones», que eran sala y gabinete; eran de oír las carcajadas, las +bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con +estrépito las duchas de los tremendos _serpentones_ de hojalata.... Todos +despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos de la lotería +y de las charadas representadas. + +--En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del _Lábaro_) se +metían en novenas así que el tiempo se metía en agua. El elemento devoto +era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios _de +Viernes santo_, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de +Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si +bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor +religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco +popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que +se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos +favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta +última. Pero además de las Novenas tenían las almas piadosas otras +muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan +notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en +los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los +viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según Cármenes. + +El temporal retrasó no poco el cumplimiento de aquel plan de higiene +moral, impuesto suavemente por don Fermín a su querida amiga. Ana +aborrecía el lodo y la humedad; le crispaba los nervios la frialdad de +la calle húmeda y sucia, y apenas salía del sombrío caserón de los +Ozores. Había confesado otras dos veces antes de terminar Noviembre, +pero no se había decidido a ir a casa de doña Petronila, ni el Magistral +se atrevió a recordarle aquella cita. El Gran Constantino sabía ya por +su querido y admirado señor De Pas, quien la visitaba más a menudo +ahora, que doña Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y en la +administración de tantas obras piadosas como ella dirigía y pagaba +sabiamente. + +--«¿Cuándo viene por acá ese ángel hermosísimo?»--preguntaba el Obispo +madre, en estilo de novena, cargado de superlativos abstractos. + +Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran +Constantino, las del _cónclave_, como las llamaba Ripamilán, esperaban +con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera, +que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa +y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús; pues nada +menos que esto se proponían aquellas devotas de armas tomar, militantes +como coraceros. + +Pero Ana, sin saber por qué, sentía una vaga repugnancia cuando pensaba +en ir a casa de doña Petronila; le parecía mejor ver al Magistral en la +iglesia, allí encontraba ella el fervor religioso necesario para +confesar sus ideas malas, sus deseos peligrosos. El Magistral comenzó a +impacientarse; la Regenta no subía la cuesta, persistía en sus +peligrosos anhelos panteísticos, que así los calificaba él, se empeñaba +en que era piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos +profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían +reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito +para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación +absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los +libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o en una +especie de marasmo intelectual que parecía estupidez. En cuanto a la +oración, Ana decía que recitar de memoria plegarias era un ejercicio +inútil, soporífero, que irritaba los nervios; las repetía cien veces, +para fijar en ellas la atención, y llegaba a sentir náuseas antes de +conseguir un poco de fervor.... «Nada, nada de eso; no hay cosa peor que +rezar así, respondía el Magistral; a la oración ya llegaremos; por ahora +en este punto basta con sus antiguas devociones». Y, aunque temiendo los +peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla +abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían +sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que +ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas. El miedo a las +expansiones naturales de aquel espíritu ardiente le había hecho cambiar +el plan suave de los primeros días por aquel otro expuesto en el cenador +del Parque, más parecido a la ordinaria disciplina a que él sometía a +los penitentes; pero ya veía don Fermín que era preciso volver a la +blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de +ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal. +Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a +él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de +aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no +pasaba de ser una idolatría disimulada, según don Fermín. No, él no se +dejaba seducir por panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el +de su amiga. + +De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en +semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que +ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones +místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas +noticias tenía ya el confesor diligente. + +Cuando ella volvía a hablarle de aburrimiento, del dolor del hastío, de +la estupidez del agua cayendo sin cesar, él repetía: «A la iglesia, hija +mía, a la iglesia; no a rezar; a estarse allí, a soñar allí, a pensar +allí oyendo la música del órgano y de nuestra excelente capilla, oliendo +el incienso del altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo +cuanto allí brilla y se mueve, contemplando las altas bóvedas, los +pilares esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poéticas de los +cristales de colores...». Poca gracia le hacía a don Fermín esta +retórica a lo Chateaubriand; siempre había creído que recomendar la +religión por su hermosura exterior, era ofender la santidad del dogma, +pero sabía hacer de tripas corazón y amoldarse a las circunstancias. +Además, sin que él quisiera pensar en ello, le halagaba la esperanza de +encontrar a menudo en la catedral, en las Conferencias de San Vicente, +en el Catecismo, a su amiga, que allí le vería triunfante luciendo su +talento, su ciencia y su elegancia natural y sencilla. + +Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; la +humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, al +lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y horas, de +día y de noche. Don Víctor no paraba en casa. Si no estaba de caza, +entraba y salía, pero sin detenerse; apenas se detenía en su despacho. +Le había tomado cierto miedo. Varias máquinas de las que estaban +inventando o perfeccionando se le habían sublevado, erizándose de +inesperadas dificultades de mecánica racional. Allí estaban cubiertos de +glorioso polvo sobre la mesa del despacho diabólicos artefactos de acero +y madera, esperando en posturas interinas a que don Víctor emprendiese +el estudio _serio_ de las matemáticas, de todas las matemáticas, que +tenía aplazado por culpa de la compañía dramática de Perales. En tanto +Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos juguetes +irónicos que se le reían en las barbas, esquivaba su despacho siempre +que podía; y ni cartas escribía allí. Además; las colecciones botánicas, +mineralógicas y entomológicas yacían en un desorden caótico, y la pereza +de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y +mosquitos también le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y a +jugar al ajedrez; hacía muchas visitas y buscaba modo de no aburrirse +metido en casa. «Mejor», pensaba Ana sin querer. Su don Víctor, a quien +en principio ella estimaba, respetaba y hasta quería todo lo que era +menester, a su juicio, le iba pareciendo más insustancial cada día: y +cada vez que se le ponía delante echaba a rodar los proyectos de vida +piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a +ser, en cuanto mejorase el tiempo, una _beata_ en el sentido en que el +Magistral lo había solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto +todo iba bien; sabía ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle; +pero se presentaba el señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda +negra torcido, junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de +pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando +con todo el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin +poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía un +rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al +universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante +hombre. Salía don Víctor dejando tras sí las puertas abiertas, dando +órdenes caprichosas para que se cumplieran en su ausencia; y cuando Ana +ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado, +quería volver a su propedéutica piadosa, a los preparativos de vida +virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fábrica +de su religiosidad, y calificaba de hipocresía toda su resignación. «¡Oh +no, no! ¡yo no puedo ser buena! yo no sé ser buena; no puedo perdonar +las flaquezas del prójimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. Ese +hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que +quiera don Fermín, para volar hacen falta alas, aire...». Estos +pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro +volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable, +brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había +clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante _dandy_ la +tarde memorable de _Todos los Santos_. Entonces Ana se ponía en pie, +recorría el comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del +chal apretado al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y +acababa por acercarse a los vidrios del balcón y apretar contra ellos la +frente. Salía, cruzando el estrado triste, pasillos y galerías; llegaba +a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con +ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los +castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas +largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes. Si no +llovía mucho, Frígilis solía andar por allí; más tiempo faltaba +Quintanar de casa que Frígilis de la huerta. Ana acababa por verle. +«Aquel había sido su único amigo en la triste juventud, en el tiempo de +la servidumbre miserable; y ahora casi le odiaba; él la había casado; y +sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba +ahora a sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su gusto, +sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos tajos y +aquellos injertos...». «¡Y pensar que aquel hombre había sido +inteligente, amable! Y ahora... no era más que una máquina agrícola, +unas tijeras, una segadora mecánica, ¡a quién no embrutecía la vida de +Vetusta!». + +Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los cristales, la saludaba +con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre la tierra; aplastaba un +caracol, cortaba un vástago importuno, afirmaba un rodrigón y seguía +adelante, arrastrando los zapatos blancos sobre la arena húmeda de los +senderos.... Y Ana veía desaparecer entre las ramas aquel sombrero +redondo, flexible, siempre gris, aquel tapabocas de cuadros de pana +eternamente colgado al cuello, aquella cazadora parda y aquellos +pantalones ni anchos ni estrechos, ni nuevos ni viejos, de ramitos +borrosos de lana verde y roja alternando sobre fondo negro. + +A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.--Paco +estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprendía +él que su ídolo, su don Álvaro tardase tanto en conquistar una voluntad, +en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya conquistada. + +--«Ella está enamorada de ti, de eso estoy seguro»--decía Paco a Mesía +en el Casino, a última hora, cuando sólo quedaban allí los +trasnochadores de oficio. + +Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca +servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y +llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias; Mesía +melancólico, pasando a tragos la nostalgia de lo infinito, que también +tienen los _descreídos_ a su modo, inclinaba mustia la gallarda y fina +cabeza de un rubio pálido, y parecía un poco más viejo que de ordinario. +Callaba, y comía y bebía. Paco, con la boca llena, pero no por modo +grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las +mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote. + +--Ella está enamorada, de eso estoy seguro... pero tú... tú no eres el +de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres venir conmigo a su +casa... y eso que don Víctor nunca está, siempre anda con el espiritista +de Frígilis por esos montes. + +Paco creía que Frígilis era espiritista, opinión muy generalizada en +Vetusta. + +--En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara... +histérica... hay que estudiarla bien. Dejadme a mí. + +No quería confesar que se tenía por derrotado: creía firmemente que Ana +estaba entregada al Magistral. No quería aquella conversación; se sentía +ahora humillado con la protección de Paco, solicitada meses antes por +él. Sin saberlo, el Marquesito le hacía daño cada vez que le hablaba de +tal asunto y le proponía planes de ataque y medios para entrar en la +plaza por sorpresa. «¿Cuándo había necesitado él, Mesía, socorros por el +estilo? ¿Cuándo había permitido a nadie saber el cómo y a qué hora +vencía a una mujer?... ¡Y esta señora le humillaba así! ¡Cómo se reiría +de él Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo Paco! ¿qué pensaría? ¡Ah +Regenta, Regenta, si venzo al fin!... ¡ya me las pagarás!». Pero ya no +esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo +permitía, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza española; +pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces veía detrás de los +cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba amable y +tranquila; pero no era el caballo talismán como él había creído, porque +la escena de la tarde aquélla no se repitió nunca. «Sí, lo que yo temía, +no fue más que un cuarto de hora que no pude aprovechar». Creía con fe +inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión dificilísima, +casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, coincidiendo con otro +cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no satisfacía su amor +propio, sería un placer efímero y una venganza... ¡y además era casi +imposible! Pocas veces se había atrevido a visitar a la Regenta, que no +le recibía si no estaba don Víctor en casa. Quintanar, en cambio, le +abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado, +como él decía, de aquel hermoso figurín: ¡qué arrogante primer galán en +comedia de costumbres haría el dignísimo don Álvaro! Pero ya que las +tablas no le llamasen ¿por qué no se hacía diputado a Cortes? Mesía +había nacido para algo más que cabeza de ratón; era poco ser jefe de un +partido, que nunca era poder, en una capital de segundo orden. ¿Por qué +no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo? + +Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro inclinaba la +cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo: + +--«¡Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este miserable +rincón!». + +--Usted es de la madera de los ministros.... + +--Oh... don Víctor... no crea usted que eso me halaga.... ¡Ministro! +¿Para qué? Yo no tengo ambición política.... Si milito en un partido es +por servir a mi país, pero la política me es antipática... tanta +farsa... tanta mentira.... + +--Efectivamente, en los Estados Unidos sólo son políticos los +perdidos... pero en España... es otra cosa... un hombre como usted.... +Subiría mi don Álvaro como la espuma. + +Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta.... Por lo +demás, él seguía considerando que ante todo era un hombre político. Lo +de ir a Madrid lo dejaba para más adelante. Ahora hacía diputados desde +Vetusta y se quedaba allí; pero en cuanto tuviera más blanda a la señora +del ministro, él volaría, él volaría... seguro de no dar un batacazo. +Estos eran sus planes. Pero además aquella resistencia de Ana, que había +creído vencer si no en pocas semanas en pocos meses, era un nuevo motivo +para retrasar el cambio de vecindad. + +¿Cómo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella mujer parecía ya +invencible. + +Desde la noche de Todos los Santos, Mesía, vergüenza le daba +confesárselo a sí mismo, no había adelantado un paso. Ocho días había +estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logró +tal intento fue para convencerse de que aquella exaltación de la tarde +dichosa había pasado acaso para siempre. + +Visitación se volvía loca. Su marido, el señor Cuervo, y sus hijos +comían los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella había +salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver. «¿Cómo +había de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y +resistía al hombre irresistible con heroicidad de roca?». El mísero +empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de tiple +decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa: + +--Silencio, niños, que mamá riñe si se come sin ella. + +Y la sopa se enfriaba, y al fin aparecía Visitación, sofocada, +distraída, de mal humor. Venía de casa de Vegallana donde había +conseguido que Ana y Álvaro se hablaran a solas un momento, por +casualidad... que había preparado ella. ¡Pero buena conversación te dé +Dios! Él había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a ella, a +Visita: «¡Déjame en paz! al querer darle una broma. ¡Déjame en paz!» +señal de que no daba un paso. Visitación sentía ahora una vergüenza +retrospectiva; recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, lo +comparaba con la resistencia de Ana y... se le encendían las mejillas de +cólera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le decía en la conciencia +que el oficio que había tomado era miserable... pero buena estaba ella +para oír consejos de comedia moral y gritos interiores; aquel anhelo +villano era una pasión cada día más fuerte, era de un saborcillo +agridulce y picante que prefería ya a todas las dulzuras de la +confitería. Era una pasión, una cosa que recordaba la juventud, aunque +al mismo tiempo parecía síntoma de la vejez. En fin, ella no trataba de +resistir, y había llegado a creer que sería capaz de arrojar a su amiga +a la fuerza en brazos del antiguo amante. De todos modos, en casa de +Visita faltaba la limpieza de suelo y muebles, de sala y cocina, y no +era su hogar una taza de plata, y día hubo que el marido no encontró +camisa en el armario y se fue al Banco... con un camisolín de su mujer, +que simulaba bien o mal un cuello marinero. + +Pero tanto afán era inútil; ni Visita, ni Paco, ni los paseos a caballo +de Mesía, conseguían rendir a la Regenta. ¡Y si al menos se viera que +era indiferencia aquella fortaleza! Pero, no; a leguas se veía, según +los tres, que Ana estaba interesada. Esto era lo que les irritaba más, +sobre todo a Visita. Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la +del Banco, por más que ella le hurgaba. Con Paco únicamente desahogaba, +y pocas veces.--Pero Ana creía en un complot y esto la ayudaba no poco +en su defensa. Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de +protestas pesadas, insufribles de Quintanar, que repetía: + +--¡Qué dirán esos señores, Anita, qué dirán los Marqueses! + +Si don Álvaro perdía la esperanza, el Magistral tampoco estaba +satisfecho. Veía muy lejos el día de la victoria; la inercia de Ana le +presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado. +Además, su amor propio estaba herido. Si alguna vez había ensayado +interesar a su amiga descubriéndole, o por vía de ejemplo o por alarde +de confianza, algo de la propia historia íntima, ella había escuchado +distraída, como absorta en el egoísmo de sus penas y cuidados. Más +había; aquella señora que hablaba de grandes sacrificios, que pretendía +vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus +costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la +lluvia; se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de +cosa santa, las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios. +«El madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una máquina +eléctrica». Esto era humillante para la religión y _depresivo_ para don +Fermín; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma al +Provisor y le quitaba el sueño. + +Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que +Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe violento. +Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía de vez en cuando, +había estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de +las huertas. Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un +libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él +mismo le había regalado. Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos, +había arrojado el libro con desdén sobre un banco. + +--¡Oh! ¡oh! ¡estamos mal!--había exclamado el clérigo desde la torre: +conteniendo en seguida la ira, como si Ana pudiera oír sus quejas. +Después habían aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar. +Don Álvaro había estrechado la mano de la Regenta que no la había +retirado tan pronto como debiera; «¡aunque no fuese más que por estar +viéndolos él!». Don Víctor había desaparecido y el seductor de oficio y +la dama se habían ocultado poco a poco entre los árboles, en un recodo +de un sendero. El Magistral sintió entonces impulsos de arrojarse de la +torre. Lo hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco +después había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor, +con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado de don +Tomás Crespo, el del tapabocas; los dos se habían ido en busca de los +otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el objetivo del +catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del canónigo. Don +Víctor levantaba la cabeza, extendía el brazo, señalaba a las nubes y +daba pataditas en el suelo. Ana había desaparecido otra vez, había +entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y +a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero; y los cuatro +habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave. +¡Iban al campo! + +Cuando don Fermín se vio encerrado entre las cuatro tablas de su +confesonario, se comparó al criminal metido en el cepo. + +Aquel día las hijas de confesión del Magistral le encontraron distraído, +impaciente; le sentían dar vueltas en el banco, la madera del armatoste +crujía, las penitencias eran desproporcionadas, enormes. + +En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la +capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese, +presentarse, que era lo que él quería, lo que él necesitaba. Verdad era +que no habían quedado en tal cosa; ocho días faltaban para la próxima +confesión, ¿por qué había de venir? «Por que sí, por que él lo +necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien, +que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad +no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén +sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre los árboles de +Frígilis sin más ni más, en compañía de un buen mozo materialista y +corrompido». Pero, no, no pareció por la capilla Ana. «Sabe Dios dónde +estarían. ¿Qué expedición era aquella? Necedades de don Víctor; había +levantado el brazo señalando a las nubes; aquello parecía como responder +del buen tiempo; en efecto, la tarde estaba hermosa, podía asegurarse +que no llovería... pero ¿y qué? ¿Era esa razón suficiente para salir con +el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, sí, don Fermín volvía +a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jamás se había acusado de una +afición singular; hablaba de tentaciones en general y de ensueños +lascivos, pero no confesaba amar a un hombre determinado. Y Ana, su +dulce amiga, no mentía jamás y menos en el tribunal santo. Pero entonces +¿con quién soñaba? El Magistral recordó la dulcísima hipótesis que había +acariciado algún día... y ahora se oponía esta otra que le hacía saltar +dentro del cajón de celosías: supongamos que sueña con... ese +caballero». Salió de la capilla furioso, sin disimularlo apenas. +Encontró en el trascoro a don Custodio y no le contestó al saludo; entró +en la sacristía y amenazó al _Palomo_ con la cesantía, porque el gato +había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pasó después al palacio +y el Obispo sufrió una fuerte reprensión de las que en tono casi +irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía enderezarle su Provisor. El +buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía dinero para pagar una cuenta +de un sastre que había hecho sotanas nuevas a los familiares de S. I. Y +el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un +papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los +dedos. El alfayate llamaba serenísimo señor al prelado, pero pedía lo +suyo. + +Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un préstamo. El Magistral se +hizo rogar, y ofreció anticipar el dinero después de humillar cien veces +al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metáforas religiosas. + +«¿A qué habían venido las sotanas nuevas? Y sobre todo, ¿por qué las +pagaba él, Fortunato, de su bolsillo? Si sabía que no tenía un cuarto, +porque toda la paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se +comprometía?». Fortunato confesó que parecía un subteniente de los +sometidos a descuento; dijo que quería salir de aquella vida de trampas. + +--«Yo no sé lo que debo ya a tu madre, Fermín, ¿debe de ser un +dineral?». + +--«Sí, señor, un dineral, pero lo peor no es que usted nos arruine, sino +que se arruina también, y lo sabe el mundo y esto es en desprestigio de +la Iglesia.... Empeñarse por los pobres.... Ser un tramposo de la caridad. +Hombre, por Dios, ¿dónde vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus +bienes y sígueme, pero no ha dicho: reparte los bienes de los demás...». + +--Hablas como un sabio, hijo mío, hablas como un sabio, y si no fuera +indecoroso, pedía al ministro que me pusiera a descuento, a ver si me +corregía. + +Después entró en las oficinas De Pas y allí tuvieron motivo para +acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontró mal; revolvió +expedientes, descubrió abusos, sacudió polvo, amenazó con suspender +sueldos, negó todo lo que pudo, preparó dos o tres castigos, para varios +párrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que «no daba un +cuarto» para una suscripción de los marineros náufragos de Palomares. + +--Señor--le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un +gorro catalán en la mano--¡señor, que este año nos morimos de hambre! +¡que no da para borona la costera del besugo!... + +Pero el Magistral salió sin responder siquiera, pensando en Ana y en +Mesía; y a la media hora, cuando paseaba por el Espolón solo y a paso +largo, olvidando el compás de su marcha ordinaria, le repetía en los +sesos, no sabía qué voz: ¡besugo, besugo! + +«¿Por qué se acordaba él del besugo?». Y encogió los hombros irritado +también con aquella obsesión de estúpido. + +--No faltaba más que ahora me volviera loco. + +Pasaron ocho días y a la hora señalada Anita se presentó de rodillas +ante la celosía del confesonario. + +Después de la absolución enjugó una lágrima que caía por su mejilla, se +levantó y salió al pórtico. Allí esperó al Magistral y juntos, cerca ya +del obscurecer, llegaron a casa de doña Petronila. + +Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la _Madre del +Amor Hermoso_, con sus ojazos de color de avellana asomados a los +cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda, +los párpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo +áspero que ceñía su cabeza; barba redonda y carnosa, nariz de corrección +insignificante, boca grande, labios pálidos y gruesos. Era alta, ancha +de hombros, y su larga viudez casta parecía haber echado sobre su cuerpo +algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen +vetusta. El vestido era negro, hábito de los Dolores, con una correa de +charol muy ancha y escudo de plata chillón, ostentoso, en la manga, +ceñida a la muñeca de gañán con presillas de abalorios. + +Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras +chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra. Se levantó, abrazó a +la Regenta y besó la mano del Magistral. Les suplicó, después de +agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen terminar aquel +embrollo de números; y dama y clérigo se vieron solos en el salón +sombrío, de damasco verde obscuro y de papel gris y oro. Ana se sentó en +el sofá, el Magistral a su lado en un sillón. Las maderas de los +balcones entornados dejaban pasar rayos estrechos de la luz del día +moribundo; apenas se veían Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha +salió un gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se +acercó al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a la +Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y después de frotar +el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, salió al pasillo +con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones. Ana tuvo +aprensión de que olía a incienso el blanquísimo gato; de todas maneras, +parecía un símbolo de la devoción doméstica de doña Petronila. En toda +la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era +tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a +estoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce pero +algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia. + +Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, entró con +una lámpara antigua de bronce, que dejó sobre un velador después de +decir con voz de monja acatarrada: «¡Buenas noches!» sin levantar los +ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises. + +Volvieron a quedar solos Ana y su confesor. + +Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una +voz que se parecía a la del gato blanco: + +--No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le agradezco esta +resolución.... + +--Hubiera usted hablado antes...--Bastante he hablado, picarilla... +--Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un desaire que yo le +hacía y que ya sabían estas señoras el negarme a venir.... ¡Llovía +tanto!... Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada me +horroriza.... Yo estoy enferma... sí, señor, a pesar de estos colores y +de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me +figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona.... No sé +cómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de +mí... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendría +lástima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado como +hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don Fermín, yo seré +cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que debo a usted, y que +nunca podré pagárselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en que +yo vivía, no puede usted figurarse lo que valía para mí... y la voz de +usted vino tan a tiempo.... Yo no he tenido madre, viví como usted +sabe... no sé ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino es +pura poesía, y la poesía de la virtud parece prosa al que no es +virtuoso... ya lo sé... Por eso quiero que usted me guíe.... Vendré a +esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas me +impongan.... Haré todo lo que usted manda; no ya por sumisión, por +egoísmo, porque está visto que no sé disponer de mí; prefiero que me +mande usted.... Yo quiero volver a ser una niña, empezar mi educación, +ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como +ahora.... Y además necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se +lo he dicho a usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro +alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia. «Si Él está +aquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero no vale, porque, ya se lo +he dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, como +dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelión, argumentos impíos, +preocupaciones necias, tercas, que no sé cuándo aprendí, que vagamente +recuerdo haber oído en mi casa, cuando vivía mi padre. Y a veces se me +antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso +doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por +probarme a mí misma la presencia de Dios?... + +--¡Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! Sí, sí, +hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos, estoy +seguro de ello; usted es buena, el Señor está con usted... y yo daría mi +vida por sacarla de esas aprensiones.... Todo ello es enfermedad, es +flato, nervios... ¿qué sé yo? Pero es material, no tiene nada que ver +con el alma... pero el contacto es un peligro, sí, Anita; no ya por mí, +por usted es necesario entrar en la vida devota práctica.... ¡Las obras, +las obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. Si +a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas +buenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no las condene +ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide +de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si usted pudiera +penetrar en mi alma, Anita! yo sí que jamás podré pagarle esta hermosa +resolución de esta tarde.... + +--¡Habló usted de un modo! + +--Hablé con el alma...--Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo.... + +--Pero al fin... vida nueva; ¿no es verdad, hija mía? + +--Sí, sí, padre mío, vida nueva.... + +Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió una +mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadón de crochet, y la +oprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana sintió fuego en el rostro, +pero le pareció absurdo alarmarse. Los dos se habían levantado, y +entonces entró doña Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de +la Regenta.... + +--Señora mía, llega usted a tiempo; usted será testigo de que la oveja +ofrece solemnemente al pastor no separarse jamás del redil que escoge.... + +El Gran Constantino besó la frente de Ana. + +Fue un beso solemne, apretado, pero frío.... Parecía poner allí el sello +de una cofradía mojado en hielo. + + + + +--XIX-- + + +Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía las +enfermedades de sus clientes a la _Primavera médica_, de la que no tenía +muy claro concepto; pero como su misión principal era consolar a los +afligidos y solía satisfacerles esta explicación climatológica, el +médico buen mozo no pensaba en buscar otra. La _Primavera médica_ fue la +que _postró en cama_, según don Robustiano, a la Regenta, que se acostó +una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la +cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al día siguiente, +saliendo de sueños poblados de larvas, comprendió que tenía fiebre. + +Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvería hasta +las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al médico y Petra se instaló +a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La cocinera, Servanda, iba +y venía con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia; +era nueva en la casa y venía del monte. Mucho tiempo hacía que Anita no +había tenido uno de aquellos impulsos cariñosos de que solía ser objeto +don Víctor, pero aquel día, a la tarde, sobre todo al obscurecer, lloró +ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. «¡Cuánto deseaba su +presencia! sólo él podría acompañarla en la soledad de enfermo que +empezaba aquel día». En vano la Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilán +acudieron presurosos al tener noticia del mal; a todos los recibió +afablemente, sonrió a todos, pero contaba los minutos que faltaban para +las diez de la noche. «¡Su Quintanar! Aquél era el verdadero amigo, el +padre, la madre, todo». La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga +enferma; le tocó la frente y dijo que no era nada, que tenía razón +Somoza, la primavera médica... y habló de zarzaparrilla y se despidió +pronto. Paco admiraba en silencio la hermosura de Ana, cuya cabeza +hundida en la blancura blanda de las almohadas le parecía «una joya en +su estuche». Observó Visita que más que nunca se parecía entonces Ana a +la Virgen de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la +Regenta, y a su rostro rosas encarnadas; y en el sonreír parecía una +santa. Paco pensó sin querer, «que estaba apetitosa». Se ofreció mucho, +como su madre, y salió. En el pasillo dio un pellizco a Petra que traía +un vaso de agua azucarada. Visita dejó la mantilla sobre el lecho de su +amiga y se preparó a meterse en todo, sin hacer caso del gesto +impertinente de Petra. «¿Quién se fiaba de criados? Afortunadamente +estaba ella allí para todo lo que hiciera falta». + +«Por lo demás, tu Quintanar del alma hemos de confesar que tiene sus +cosas; ¿a quién se le ocurre irse de caza dejándote así?». + +--Pero qué sabía él.... + +--¿Pues no te quejabas ya anoche? + +--Ese Frígilis tiene la culpa de todo.... + +--Y quien anda con Frígilis se vuelve loco ni más ni menos que él. ¿No +es ese Frígilis el que injertaba gallos ingleses? + +--Sí, sí, él era. + +--¿Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente mono mal +educado está él... pero, mujer, si ni siquiera viste de persona +decente.... Yo nunca le he visto el cuello de la camisa... ni +_chistera_... + +Somoza volvió a las ocho de la noche; a pesar de la primavera médica, no +estaba tranquilo; miró la lengua a la enferma, le tomó el pulso, le +mandó aplicar al sobaco un termómetro que sacó él del bolsillo, y contó +los grados. Se puso el doctor como una cereza.... Miró a Visita con torvo +ceño y echándose a adivinar exclamó con enojo: + +--¡Estamos mal!... Aquí se ha hablado mucho.... Me la han aturdido, +¿verdad? ¡Como si lo viera... mucha gente, de fijo... mucha +conversación!... + +Entonces fue Visita quien sintió encendido el rostro. Somoza había +adivinado. No sabía medicina, pero sabía con quién trataba. Recetó; +censuró también a don Víctor por su intempestiva ausencia; dijo que un +loco hacía ciento; que Frígilis sabía tanto de darwinismo como él de +herrar moscas; dio dos palmaditas en la cara a la Regenta, +complaciéndose en el contacto; y cerrando puertas con estrépito salió, +no sin despedirse hasta mañana temprano, desde lejos. + +Visitación, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una buena +ración de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que Somoza y la +carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco creía en la medicina casera +y renegaba de los médicos. Dos veces la había sacado a ella de peligros +puerperales una famosa matrona sin matrícula ni Dios que lo fundó: «Di +tú que todo es farsa en este mundo. ¡Cómo decir que estás peor porque +se ha procurado distraerte! ¡animal! ¡qué sabrá él lo que es una mujer +nerviosa, de imaginación viva! De fijo que si no estoy yo aquí, te +consumes todo el día pensando tristezas, y dándole vueltas a la idea de +tu Quintanar ausente; 'que por qué no estará aquí, que si es buen +marido, que ya no es un niño para no reflexionar'... y qué sé yo; las +cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con motivo +para quejarse de alguno». + +Ana estudiaba el modo de oír a Visita sin enterarse de lo que decía, +pensando en otra cosa, única manera de hacer soportable el tormento de +su palique. A las diez y cuarto entró en la alcoba don Víctor, +chorreando pájaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturón de +cuero; detrás venía don Tomás Crespo, Frígilis, con sombrero gris +arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de triple suela. +Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la +capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal hizo, saltó a los +brazos de su mujer, llenándole de besos la frente, sin acordarse de que +había testigos. + +«¡Ay, sí! aquello era el padre, la madre, el hermano, la fortaleza dulce +de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor casero; no, no +estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo». Eterna fidelidad le +juró callando, en el beso largo, intenso con que pagó los del marido. El +bigote de don Víctor parecía una escoba mojada; con la humedad que traía +de las marismas roció la frente de su esposa; pero ella no sintió +repugnancia, y vio oro y plata en aquellos pelos tiesos que parecían un +cepillo de yerbas hechas ceniza por la raíz y tostadas por las puntas. +También don Víctor opinó que «aquello no sería nada», pero de todos +modos, lamentó en el alma no haber venido en el tren de las cuatro y +media. + +--Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. Sí, +señora--añadió dirigiéndose a Visita--que lo diga este, no sé por qué se +me figuró que debía volver más temprano a casa.... + +--Oh, sí, de eso esté usted seguro. Hay presentimientos--gritó la del +Banco, que se disponía a narrar tres o cuatro adivinaciones suyas. + +--Pero este tuvo la culpa.... Frígilis encogió los hombros y tomó el +pulso a la enferma, que le apretó la mano, perdonándoselo todo. La +verdad era que don Víctor había querido volver temprano... para no +perder el teatro. Pero esto no se podía decir. Frígilis, en silencio, +tuvo una vez más ocasión de negar la existencia de los avisos +sobrenaturales.--Se había destocado y su cabello espeso, de color +montaraz, cortado por igual, parecía una mata, una muestra de las +breñas. Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo; le enojaba la +luz, tropezaba con los muebles, olía al monte; traía pegada al cuerpo la +niebla de las marismas y parecía rodeado de la obscuridad y la frescura +del campo. Tenía algo de la fiera que cae en la trampa, del murciélago +que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de +Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el símbolo de la salud +queriendo _contagiar_ con sus emanaciones a la enferma. + +Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin +trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a su +amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en +que temblaba el llanto: + +--No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, estáte +aquí, por Dios, Quintanar.... + +--Sí, hija, sí, pues no faltaba más...--Y solícito, cariñoso le ceñía el +embozo de las sábanas a la espalda sonrosada, de raso, que él no miraba +siquiera. Pero la Regenta notó luego que su marido estaba preocupado. + +--¿Qué tienes? ¿Tienes aprensión? Crees que estoy peor de lo que +dicen... y quieres disimular.... + +--No, hija, no... por amor de Dios... no es eso.... + +--Sí, sí; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te aseguro que esto +pasará; lo conozco yo; ya sabes cómo soy, parece que me amaga una +enfermedad... y después no es nada.... Ahora, sí, estoy muy nerviosa, se +me figura a lo mejor que me abandona el mundo, que me quedo sola, +sola... y te necesito a ti... pero esto pasa, esto es nervioso.... + +--Sí, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levantó diciendo: + +--Vida mía, soy contigo. Y salió por la puerta de escape. + +--A ver--gritó en el pasillo--; Petra, Servanda, Anselmo, cualquiera... +¿se llevó la perdiz don Tomás? + +Anselmo registró las aves muertas, depositadas en la cocina, y contestó +desde lejos: + +--¡Sí, señor; aquí no hay perdices! + +--¡Ira de Dios! ¡Pardiez! ¡Malhaya! ¡Siempre el mismo! Si es mía, si la +maté yo... si estoy seguro de que fue mi tiro.... ¡Es lo más +vanidoso!... ¡Anselmo! oye esto que digo: mañana al ser de día, +¿entiendes? te _personas_ en casa de don Tomás, y le pides de mi parte, +con la mayor energía y seriedad, la perdiz, esté como esté, ¿entiendes? +y que no es broma, y aunque esté pelada, que quiero que me la +restituya... _Suum cuique_. Ana oyó los gritos y se apresuró a perdonar +aquella debilidad inocente de su esposo. «Todos los cazadores son así», +pensó con la benevolencia de la fiebre incipiente. + +Volvió don Víctor y la sonrisa dulce, cristiana de su esposa, le +restituyó la calma, ya que la perdiz no podía. + +Hasta la una y media no _concilió el sueño_ su mujer, y _entonces y sólo +entonces_, pudo don Víctor disponerse a dormir. + +Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consideró que era un +contratiempo serio la enfermedad de su queridísima Ana. «Él no estaba +alarmado, bien lo sabía Dios; no había peligro; si lo hubiese lo +conocería en el susto, en el dolor que le estaría atormentando; no había +susto, no había dolor, luego no había peligro. Pero había contratiempo; +por de pronto, adiós teatro para muchos días, y aunque se trataba ahora +de una compañía de zarzuela, que era un _género híbrido_, sin embargo, +él confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y sencillas de +la zarzuela seria, y había encontrado noches pasadas cierto _color local +en Marina_, y _sabor_ de época en _El Dominó Azul_, sin contar con los +amores contrarios del _Juramento_, que eran cosa delicada. Pero ¿y la +expedición con el Gobernador de la provincia, para inaugurar el +ferrocarril económico de Occidente? ¿Y las partidas de dominó con el +Ingeniero jefe en el Casino? ¿Y los paseos largos que necesitaba para +hacer bien la digestión?». La idea de no salir de casa en muchos días, +le aterraba.... Se acostó de muy mal humor. Apagó la luz. La obscuridad +le sugirió un remordimiento. «Era un egoísta, no pensaba en su pobrecita +mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos». Y, como en desagravio, +para engañarse a sí propio, suspiró con fuerza y exclamó en voz alta: + +--¡Pobrecita de mi alma! Y se durmió satisfecho. Despertó con la cabeza +llena de proyectos, como solía; pero de repente pensó en Ana, en la +fiebre y se llenó su alma de tristeza cobarde.... «¡Sabe Dios lo que +sería aquello!». La botica, los jaropes que él aborrecía, el miedo a +equivocar las dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas, +creyendo que podían ser veneno (para don Víctor el veneno, a pesar de +sus estudios físico-químicos, siempre era verde o amarillo), las +equivocaciones y torpezas de las criadas, las horas de hastío y silencio +al pie del lecho de la enferma, las inquietudes naturales, el estar +pendiente de las palabras de Somoza, el hablar con todos los que +quisieran enterarse de la misma cosa, de los grados de la enfermedad... +todas estas incomodidades se aglomeraron en la imaginación de don +Víctor, que escupió bilis repetidas veces, y se levantó lleno de lástima +de sí mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvidó de repente de todo +aquello: Ana estaba mal, había delirado; no habían querido despertarle, +pero la señora había pasado una noche terrible según Petra, que había +velado. + +Somoza llegó a las ocho.--¿Qué es? ¿qué tiene? ¿hay gravedad? + +Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas +cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía. + +El médico no contestó. Recetó y salió al gabinete. + +--¿Qué hay? ¿qué hay?--repetía allí Quintanar con voz trémula y muy +bajo--... ¿Qué hay? + +Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación... + +«¡Qué hay! ¡qué hay! eso pronto se pregunta»; don Robustiano no sabía +lo que iba a hacer, pero parecía algo gordo por las señas; esto pensó, +pero dijo: + +--Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder +de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara...; eso hay. + +--Pero ¿es cosa grave, es cosa grave? + +--Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es +grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto.... ¿Se +trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis... tal +vez... pero hay fenómenos reflejos que engañan.... + +--¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la primavera médica?... + +--Hombre, los nervios siempre andan en el ajo... y la primavera... la +sangre... la savia nueva... es claro... todo influye... pero usted no +puede entender esto.... + +--No, señor, no puedo. En mis ratos de ocio he leído libros de medicina, +conozco el Jaccoud... pero semejante lectura me daba ganas de... vamos, +sentía náuseas y se me figuraba oír la sangre circular, y creía que era +así... una cosa como el depósito del Lozoya, con canales, compuertas en +el corazón.... + +--Bueno, bueno; por mí no disparate usted más. Hasta la tarde; si hay +novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni dejar... que +entre Visitación... que la aturde. ¡La ciencia prohíbe terminantemente +que esa señora protectora de comadronas parteras meta aquí la pata!... + +Cuatro días después, don Robustiano mandaba en su lugar a un médico +joven, su protegido; creía llegado el caso de inhibirse; ya se sabía, él +no podía asistir a las personas muy queridas cuando llegaban a cierto +estado.... + +El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declaró que la +enfermedad no era grave, pero sí larga, y de convalecencia penosa. No le +gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades, y +empleaba los técnicos si le apuraban, no por ridícula pedantería, sino +por salir con su gusto de no enterar a los profanos de lo que no importa +que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello fue que Anita creyó que se +moría, y padeció aún más que en el tiempo del mayor peligro, cuando +empezaron a decirle que estaba mejor. Al saber que había pasado seis +días en aquella torpeza con intervalos de exaltación y delirio, extrañó +mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio. + +La debilidad la tenía aún más que rendida, exaltada y vidriosa. Todo lo +veía de un color amarillento pálido; entre los objetos y ella, flotaban +infinitos puntos y circulillos de aire, como burbujas a veces, como +polvo y como telarañas muy sutiles otras: si dejaba los brazos tendidos +sobre el embozo de su lecho y miraba las manos flacas, surcadas por +haces de azul sobre fondo blanco mate, creía de repente que aquellos +dedos no eran suyos, que el moverlos no dependía de su voluntad, y el +decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran esfuerzo. Sus +mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos caldos +insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe +y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de +soplar. El ideal del caldo, según Quintanar, nunca lo _realizaban_ las +criadas de Vetusta. De esto hablaba él, mientras Ana sentía sudores +mortales que parecían sacarle de la piel la última fuerza, y hasta el +ánimo de vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por +dentro; a veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a +verse repartida en mil, y el horror dominándola producía una reacción de +energía suficiente a volverla a su _yo_, como a un puerto seguro; al +recobrar esta conciencia de sí, se sentía padeciendo mucho, pero casi +gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era +quien era. Si don Víctor hablaba a su lado, sin querer Ana seguía +entonces el pensamiento de su esposo, y contra su deseo, la atención se +fijaba en los juicios de Quintanar, y la inteligencia les aplicaba +rigorosa crítica, un análisis sutil y doloroso para la enferma, que al +pulverizar a pesar suyo las sinrazones del marido, padecía tormento +indescriptible, en el cerebro según ella. + +Veía al médico muy preocupado con el _tronco_ y sin pensar en los +dolores inefables que ella sentía en lo más suyo, en algo que sería +cuerpo, pero que parecía alma, según era íntimo. Todos los días había +que palpar el vientre y hacer preguntas relativas a las funciones más +humildes de la vida animal; don Víctor, que no se fiaba de su memoria, +siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que +asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al +médico importaba saber de estos pormenores. + +Mientras duró el temor de la gravedad, el amante esposo no pensó más que +en la enferma y cumplió como bueno; si era a veces importuno, +descuidado, o poco hábil, era sin conciencia. Después empezó a +aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba al decir las +horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidió tomarle +afición al oficio de enfermero y lo consiguió: llegó a ser para él tan +divertido como hacer pórticos ojivales de marquetería, el preparar +menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer con yodo; soplar y limpiar +caldos y consultar el reloj para contar los minutos y hasta los +segundos; operación en que llegó a poner una exactitud que impacientaba +a Petra y a Servanda. Esperaba con afán la visita del médico, primero +para hacerse decir veinte veces que Ana iba mejor, mucho mejor, y +además, para gozar con la conversación alegre, ajena a todas las +enfermedades del mundo, que seguía a la parte facultativa de la visita. +El sustituto de Somoza no era hablador, pero se divertía oyendo a +Quintanar, y este llegó a profesar gran cariño a Benítez, que así se +llamaba. El contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la +alcoba estrecha y llena de una atmósfera pesada; de la vida monótona de +casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el +aire libre, la última zarzuela, encantaba a don Víctor, que llevaba la +conversación a cosas frescas, grandes y de muchos accidentes. También le +gustaba discutir con Benítez y sondearle, como él decía. Uno de los +problemas que más preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad +de los mundos habitados. Él creía que sí, que había habitantes en todos +los astros, la generosidad de Dios lo exigía; y citaba a Flammarión, y +las cartas de Feijóo y la opinión de un obispo inglés, cuyo nombre no +recordaba «Mister no sé cuántos», porque para él todos los ingleses eran +Mister. + +Desde que el médico declaró que la mejoría, aunque lenta, sería continua +probablemente, Quintanar, muy contento, no permitió que se dudase de +aquella no interrumpida marcha en busca de la salud. Su egoísmo +candoroso, pero fuerte, estaba cansado de pensar en los demás, de +olvidarse a sí mismo, no quería más tiempo de servidumbre, y si Ana se +quejaba, su marido torcía el gesto, y hasta llegó a hablar con voz +agridulce de la paciencia y de la formalidad. + +--No seamos niños, Ana; tú estás mejor, eso que tienes es efecto de la +debilidad... no pienses en ello... es aprensión; la aprensión hace más +víctimas que el mal. Y repetía infaliblemente la parábola del cólera y +la aprensión. + +La idea de una recaída, de un estancamiento siquiera, le parecía +subversiva, una maquinación contra su reposo. «Él no era de piedra. No +podría resistir...». + +Ya no tenía compasión de la enferma; ya no había allí más que nervios... +y empezó a pensar en sí mismo exclusivamente. Entraba y salía a cada +momento en la alcoba de Ana; casi nunca se sentaba, y hasta llegó a +fastidiarle el registro de medicinas y demás pormenores íntimos. El +médico tuvo que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y +hasta mentiras para estar fuera, en su despacho, en el Parque. «¡Qué +gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el +autor de todo». Y respiraba don Víctor las auras de abril con placer +voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvió a componer sus +maquinillas, soñó con nuevos inventos, y envidió a Frígilis la +aclimatación del Eucaliptus globulus en Vetusta. + +La Regenta notó la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y horas +que a él le parecían minutos. Cuando las congojas la anegaban en mares +de tristeza, que parecían sin orillas, cuando se sentía como aislada del +mundo, abandonada sin remedio, ya no llamaba a Quintanar, aunque era el +único ser vivo de quien entonces se acordaba; prefería dejarle tranquilo +allá fuera, porque si venía le hacía daño con aquel desdén gárrulo y +absurdo de los padecimientos nerviosos. + +Una tarde de color de plomo, más triste por ser de primavera y parecer +de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas de +almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban +posturas trágicas abrigos de ella y unos pantalones que don Víctor +dejara allí; sin fe en el médico creyendo en no sabía qué mal incurable +que no comprendían los doctores de Vetusta, tuvo de repente, como un +amargor del cerebro, esta idea: «Estoy sola en el mundo». Y el mundo era +plomizo, amarillento o negro según las horas, según los días; el mundo +era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas, +monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los +cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el +gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol +dando vueltas muy rápidas alrededor de la tierra, y esto eran los días; +nada. Las gentes entraban y salían en su alcoba como en el escenario de +un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de fuera: +su realidad era otra, aquello la máscara. «Nadie amaba a nadie. Así era +el mundo y ella estaba sola». Miró a su cuerpo y le pareció tierra. «Era +cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podía; se parecía +más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella». «Yo soy mi +alma», dijo entre dientes, y soltando las sábanas que sus manos +oprimían, resbaló en el lecho, y quedó supina mientras el muro de +almohadas se desmoronaba. Lloró con los ojos cerrados. La vida volvía +entre aquellas olas de lágrimas. Oyó la campana de un reloj de la casa. +Era la hora de una medicina. Era aquella tarde el encargado de dársela +Quintanar y no aparecía. Ana esperó. No quiso llamar y se inclinó hacia +la mesilla de noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo +tomó y bebió. Entonces leyó distraída en el lomo del libro voluminoso: +_Obras de Santa Teresa. I_. + +Se estremeció, tuvo un terror vago; acudió de repente a su memoria +aquella tarde de la lectura de San Agustín en la glorieta de su huerto, +en Loreto, cuando era niña, y creyó oír voces sobrenaturales que +estallaban en su cerebro; ahora no tenía la cándida fe de entonces. «Era +una casualidad, pura casualidad la presencia de aquel libro místico +coincidiendo con los pensamientos de abandono que la entristecían, y +despertando ideas de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma, +serias, profundas, no impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto +con abrazos del deseo.... Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo, +ella tomaba la lección, aprovechaba la coincidencia, entendía el sentido +profundo del azar. ¿No se quejaba de que estaba sola, no había caído +como desvanecida por la idea del abandono?... Pues allí estaban aquellas +letras doradas: _Obras de Santa Teresa. I_. ¡Cuánta elocuencia en un +letrero! «¡Estás sola! pues ¿y Dios?». + +El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón; +todo ardió allí dentro en piedad; y Ana, con irresistible ímpetu de fe +ostensible, viva, material, fortísima, se puso de rodillas sobre el +lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos juntas temblando +sobre la cabeza, balbuciente, exclamó con voz de niña enferma y amorosa: + +--¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dios de mi alma! + +Sintió escalofríos y ondas de mareo que subían al cerebro; se apoyó en +el frío estuco, y cayó sin sentido sobre la colcha de damasco rojo. + +A pesar de la prohibición de don Víctor, vino el retroceso, recayó la +enferma, y se volvió a los sustos, a los apuros, a las noches en vela; +el médico volvió a ser un oráculo, los pormenores de alcoba negocios +arduos, el reloj un dictador lacónico. + +Ana tuvo aquellas noches sueños horribles. Al amanecer, cuando la luz +pálida y cobarde se arrastraba por el suelo, después de entrar laminada +por los intersticios del balcón, despertaba sofocada por aquellas +visiones, como náufrago que sale a la orilla.... Parecíale sentir todavía +el roce de los fantasmas groseros y cínicos, cubiertos de peste; oler +hediondas emanaciones de sus podredumbres, respirar en la atmósfera +fría, casi viscosa, de los subterráneos en que el delirio la +aprisionaba. Andrajosos vestiglos amenazándola con el contacto de sus +llagas purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien +veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cabía +sin darle tormento. Entonces creía morir. Una noche la Regenta reconoció +en aquel subterráneo las catacumbas, según las descripciones románticas +de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de vírgenes de blanca túnica, +vagaban por las galerías húmedas, angostas y aplastadas, larvas, +asquerosas, descarnadas, cubiertas de casullas de oro, capas pluviales y +manteos que al tocarlos eran como alas de murciélago. Ana corría, corría +sin poder avanzar cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto, +queriendo antes destrozar en él sus carnes que sufrir el olor y el +contacto de las asquerosas carátulas; pero al llegar a la salida, unos +la pedían besos, otros oro, y ella ocultaba el rostro y repartía monedas +de plata y cobre, mientras oía cantar responsos a carcajadas y le +salpicaba el rostro el agua sucia de los hisopos que bebían en los +charcos. + +Cuando despertó se sintió anegada en sudor frío y tuvo asco de su propio +cuerpo y aprensión de que su lecho olía como el fétido humor de los +hisopos de la pesadilla... + +«¿Iría a morir? ¿Eran aquellos sueños repugnantes emanaciones de la +sepultura, el sabor anticipado de la tierra? ¿Y aquellos subterráneos y +sus larvas eran imitación del infierno? ¡El infierno! Nunca había +pensado en él despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella +como en los más de los fieles; creía en el Infierno como en todo lo que +mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había +revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había dicho +«creo a ciegas», tomando las palabras y la resolución de creer por la +creencia. Pero otra cosa era en esta ocasión: el Infierno ya no era un +dogma englobado en otros: ella había sentido su olor, su sabor... y +comprendía que antes, en rigor, no creía en el Infierno. Sí, sí, era +material o lo parecía, ¿por qué no? ¡Qué vana se le antojaba ahora a la +Regenta la filosofía superficial del optimismo bullanguero, del +espiritualismo abstracto, bonachón, sin sentido de la realidad triste +del mundo! ¡Había infierno! Era así... la podredumbre de la materia para +los espíritus podridos.... Y ella había pecado, sí, sí, había pecado. +¡Qué diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que +el mundo solía tener y con el cual ella se había absuelto de ciertas +_ligerezas_ que ya le pesaban como plomo!». Y recordaba máximas y +aforismos religiosos que había oído al Magistral, sin penetrar su +terrible severidad, aquel sentido lúgubre y hondo que no parecían tener +en los labios finos, suaves, llenos de silbantes sonidos del pulquérrimo +canónigo. + +Ya había subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la mañana con +tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa creían postrada o +dormida a la Regenta y no abrían las maderas del balcón, ni interrumpían +el descanso de la enferma. Ana sentía el día en el melancólico regalo +que su mismo lecho, tantas veces aborrecido, le prestaba en aquellas +horas de la mañana de primavera; otra vez volvía la vida a moverse en +aquel cuerpo mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba +avanzando por aquel terreno de su victoria, dudosa de ella todavía. El +cerebro recobraba los dominios de la lógica, su salud; la memoria, +firme, no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates. + +Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en +sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quería +acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginación, y poco a poco, +según las olas de salud subían en su marea, la enferma, perdido el +terror con que despertara, oía la acusación con dulce curiosidad +creciente; la idea del infierno se desvanecía, como mueren las +vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de asco y terror; +aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad ordinaria, +pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor, fuerza al +ánimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el relato adquiría +más y más interés. + +Pasaron entonces por el recuerdo todos los días que siguieron al +entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el espíritu de Ana había +dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Recordó la romería +de San Blas, en la carretera de la Fábrica Vieja; aquella tarde de sol +que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral allá arriba, como +en la cúspide de un monumento, encaje de piedra obscura sobre fondo de +naranja y de violeta de un cielo suave, listado, de nubes largas, +estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo, como esperando a que se +acostara el sol para cerrar el horizonte.... Sin saber cómo, San Blas +anunciaba la primavera; Ana esperaba ya aquellos días en que, con largos +intervalos de mal tiempo, aparece un poco de luz que arranca vibraciones +de alegría y resplandor al verde dormido de los campos vetustenses; +aquellos días que son algo mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las +ideas tristes habían volado como pájaros de invierno, Ana se había visto +en el paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba +don Álvaro Mesía, enamorado, triste de tanto amor, resignado, cariñoso +sin interés, suave y tierno, sin esperanza. Algo así como el mismo +encanto del día; en rigor, el invierno, nada, pero en la tranquilidad y +tibia y vaga alegría del ambiente, una delicia que saboreaba con +inefable gozo la Regenta. + +Así don Álvaro; no sería jamás suya, eso no; ese verano ardiente no +vendría, ni siquiera le consentiría hablarle claro, insistir en sus +pretensiones; pero tenerle a su lado, _sentirle_ quererla, adorarla, eso +sí: era dulce, era suave, era un placer tranquilo, profundo.... Ella le +miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como +una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal, +llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego. Tal había sido el +paseo de San Blas. + +Desde aquella tarde Mesía había recobrado parte de sus esperanzas; creyó +otra vez en la influencia _del físico_ y se propuso estar al lado de Ana +la mayor cantidad de tiempo posible. Era una villanía, pero recurrió a +la ciega amistad de don Víctor. En el Casino se sentaba a su lado, tenía +la paciencia de verle jugar al dominó o al ajedrez, y terminada la +partida le cogía del brazo, y, como solía llover, paseaban por el salón +largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las +cinco o seis parejas que lo medían de arriba abajo a grandes pasos, que +tenían por el furor de los tacones, algo de protesta contra el mal +tiempo. Veterano del Casino había que llevaba andado en aquel salón +camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos amigos, y +Mesía iba entrando, entrando por el alma del jubilado regente y tomando +posesión de todos sus rincones. + +Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más +negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle, +tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las +tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del +relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo. Don +Álvaro sufría el tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se había +resistido su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino +subterráneo y traidor, pero ya no podía menos. Además «¡qué diablo! +mayores bellaquerías había en la historia de sus aventuras». + +Don Víctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la +cabeza para mirarle cara a cara, y decía, por ejemplo: + +--Mire usted, aquí en el secreto de la... pues... contando con el sigilo +de usted.... Frígilis tiene también sus defectos. Yo le quiero más que un +hermano, eso sí, pero él... él me tiene en poco... créalo usted.... No me +lo niegue usted, es inútil, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se +cree muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe más +arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es más constante que yo en el +trabajo... pero ¡tirar mejor que yo! ¡hombre por Dios! ¿Y el talento +mecánico? Él es torpe de dedos y tardo de ingenio.--Y don Víctor, +parándose otra vez, casi al oído de don Álvaro añadía--: Diré la +palabra: ¡un rutinario! + +Quintanar era inagotable en el capítulo de las quejas y de la envidia +pequeña, al pormenor, cuando se trataba de su amigo íntimo, de su +Frígilis; se sentía dominado por él y desahogaba la colerilla sorda, +cobarde, bonachona en el fondo, en estas confidencias; Mesía era una +especie de rival de Frígilis que asomaba; don Víctor encontraba cierta +satisfacción maligna en la infidelidad incipiente. + +Don Álvaro callaba y oía. Sólo cuando trataba don Víctor de su buena +puntería se quedaba un poco preocupado. Le parecía imposible que se +pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como don Tomás +Crespo, a quien él creía loco de nacimiento. + +Anochecía, seguía lloviendo, los mozos de servicio encendían dos o tres +luces de gas en el salón, y Quintanar conocía por esta seña y por el +cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que había hablado mucho; +sentía entonces remordimientos, se apiadaba de Mesía, le agradecía en el +alma su silencio y atención, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso +de cerveza alemana en su casa. + +La frase era:--¿Vamos a la Rinconada? Mesía, callando, seguía a don +Víctor. + +Una intuición singular le decía al ex-regente que pagaba bien al amigo +su atención llevándoselo a casa. ¿Por qué don Álvaro había de tener +gusto en seguirle? Si se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese +podido responder. Pero se lo daba el corazón; lo había observado, sin +fijarse en la observación: a Mesía le gustaba entrar en la casa de la +Rinconada. + +Solía llevarle al despacho, a su museo como él decía; allí le explicaba +el mecanismo de aquellos intrincados maderos y resortes y, convencido de +la ignorancia de su amigo, le engañaba sin conciencia. Lo que no +consentía don Álvaro era que se pasase revista a las colecciones de +yerbas y de insectos: le mareaba el fijar sucesiva y rápidamente la +atención en tantas cosas inútiles.--El único _bicho_ que le era +simpático a don Álvaro era un pavo real disecado por Frígilis y su +amigo.--Solía acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba: + +--Bueno--decía don Víctor--pues pasaremos a mi gabinete, ya que usted +desprecia mis colecciones.--Anselmo, la cerveza al gabinete. + +El gabinete era otro museo: estaban allí las armas y la indumentaria. +Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy brillantes y +bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas épocas y tamaños +llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios guardaba don +Víctor con el cariño de un coleccionador los trajes de aficionado que +había lucido en mejores tiempos. Si se entusiasmaba hablando de sus +marchitos laureles, abría las arcas, abría los armarios, y seda, galones +y plumas, abalorios y cintajos en mezcla de colores chillones saltaban a +la alfombra, y en aquel mar de recuerdos de trapo perdía la cabeza +Quintanar. En una caja de latón, entre yerba, guardaba como oro en paño, +un objeto, que a primera vista se le antojó a Mesía una serpiente; en +efecto, yacía enroscado y era verdinegro el bulto.... No había que +temer... don Víctor domaba fieras; aquello era la cadena que él había +arrastrado representando el Segismundo de _La vida es sueño_, en el +primer acto. + +--Mire usted, amigo mío, a usted puedo decírselo; no es inmodestia; +reconozco, ¿cómo no? la superioridad de Perales en el teatro antiguo, su +Segismundo es una revelación, concedo, revela mejor que el mío la +filosofía del drama, pero... no me gustaba su modo de arrastrar la +cadena; parecía un perro con maza; yo la manejaba con mucha mayor +verosimilitud y naturalidad; arrastraba la cadena, créame usted, como si +no hubiese arrastrado otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en +Calatayud, me arrojaron todo ese hierro al escenario, como símbolo de mi +habilidad. Por poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor +recuerdo de mi efímera vida artística. + +Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía resistir la conversación +de su amigo, pero muchas veces la Regenta no parecía por el gabinete de +su marido, y el galán tenía que contentarse con el bock de cerveza y el +teatro de Calderón y Lope. + +Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atreviéndose a ir a cualquier +hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontró a su lado como un objeto +familiar. Iba siendo Mesía al caserón lo que Frígilis a la huerta. + +Aquel procedimiento rastrero, de villano, debió irritarla, pero no la +irritó; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborrecía a don Álvaro, +a pesar de que sus intenciones eran torcidas, miserables; quería abusar +de la confianza de don Víctor. «Pero ¿y si no quería? ¿Si se contentaba +con estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por +amiga? Veríamos. Si él se propasaba, estaba segura de resistir y hasta +valor sentía para echarle en cara su crimen, su bajeza y arrojarle de +casa». + +Pasaron días y Ana cada vez estaba más tranquila. «No, no se propasaba; +no hacía más que admirarla, amarla en silencio. Ni una palabra +peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar ocasiones, nada de buscar +_escenas_; una honradez cabal; el amor que respeta la honra, la pasión +que se alimenta de ver y respirar el ambiente que rodea al ser amado. El +placer que ella sentía, también tenía que confesárselo, era el más +intenso que había saboreado en su vida. Poco decir era por que ¡había +gozado tan poco!». Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura de que no +había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu en una +somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio. Comparaba ella +la situación a la aventura de flotar sobre mansa corriente perezosa, +sombría, a la hora de la siesta; el agua va al abismo, el cuerpo +flota... pero hay la seguridad de salir de la corriente cuando el +peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los brazos y se +está fuera, en la orilla.... Ya sabía Ana en sus adentros que aquello no +estaba bien, por que ella no podía responder de la prudencia de don +Álvaro. «Pero, ¿no estaba segura de sí misma? sí ¡pues entonces! ¿por +qué no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de una +madre, la fidelidad de un perro?». «Además, quien mandaba en casa era su +marido, no era ella. ¿Buscaba ella a Mesía? No. ¿Mandaba ella a +Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba. Obrar de otro modo hubiera +sido alarmar al esposo sin motivo, infundir sospechas sin fundamento, +tal vez robar a don Víctor para siempre la paz del alma. Lo mejor era +callar, estar alerta, y... gozar la tibia llama de la pasión de soslayo; +que con ser poco tal calor era la más viva hoguera a que ella se había +arrimado en su vida». + +«Y al Magistral no se le decía nada de esto. ¿Para qué? No había pecado. +Había ocasión, pero no se buscaba». Además, Ana, puesto que defendía su +virtud, creía prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al +confesor. «Si crecía el peligro, hablaría. Mientras tanto, no». + +Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario +de la catedral, los preparativos de una expedición al campo en la que +acompañaban a la Regenta Mesía, Frígilis y Quintanar. No fue aquella +sola; muchas veces, en cuanto veía un rayo de sol, a don Víctor se le +antojaba aprovechar el buen tiempo y echar una cana al aire en los +ventorrillos de la carretera de Castilla o en los de Vistalegre, en +compañía de las personas que más quería en Vetusta, a saber: su cara +esposa, Frígilis... y don Álvaro. El pobre Ripamilán era invitado, pero +decía que si no le llevaban en coche.... «El espíritu no faltaba, pero +los huesos no tienen espíritu». + +Se comía, allá arriba, lo que salía al paso, lo que daban los pasmados +venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas migas, huevos +fritos, cualquier cosa; el pan era duro, ¡mejor! el vino malo, sabía a +la pez, ¡mejor! esto le gustaba a Quintanar: y en tal gusto coincidía +con su esposa, amiga también de estas meriendas aventuradas, en las que +encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegría +infantil. En aquellos altozanos se respiraba el aire como cosa nueva; +se calentaban a los rayos del sol con voluptuosa pereza, como si el sol +de Vetusta, de allá abajo, fuera menos benéfico. Notaba Ana que en +aquella altura, en aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela +picaresca, entre arrieros, maritornes y señores de castillos, a lo don +Quijote, se despertaba en ella el instinto del arte plástico y el +sentido de la observación; reparaba las siluetas de árboles, gallinas, +patos, cerdos, y se fijaba en las líneas que pedían el lápiz, veía más +matices en los colores, descubría grupos artísticos, combinaciones de +composición sabia y armónica, y, en suma, se le revelaba la naturaleza +como poeta y pintor en todo lo que veía y oía, en la respuesta aguda de +una aldeana o de un zafio gañán, en los episodios de la vida del corral, +en los grupos de las nubes, en la melancolía de una mula cansada y +cubierta de polvo, en la sombra de un árbol, en los reflejos de un +charco, y sobre todo en el ritmo recóndito de los fenómenos, divisibles +a lo infinito, sucediéndose, coincidiendo, formando la trama dramática +del tiempo con una armonía superior a nuestras facultades perceptivas, +que más se adivina que de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de +que tenía conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos +de Vistalegre, camino de Corfín, le inundaba de visiones el cerebro y la +sumía en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser una +fatiga. Entonces la sacaban de sus éxtasis naturalistas una atención +delicada de Mesía o una salida de buen humor intempestivo de Quintanar. +Don Víctor creía que en el campo, sobre todo si se merienda, no se debe +hacer más que locuras; y, por supuesto, era según él indispensable que +alguien se disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. Él solía en +tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del país; +se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana +negra al respetable concurso. Se reían por complacerle. Se merendaba +casi siempre al aire libre, contemplando allá abajo el caserío parduzco +de Vetusta; la catedral parecía desde allí hundida en un pozo, y muy +chiquita; esbelta, pero como un juguete; detrás el humo de las fábricas +en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y más allá los campos +de maíz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de +castaños y robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por +fin, confundiéndose con los picachos de los puertos lejanos. Se +filosofaba mientras se comía, tal vez con los dedos, salchichón o +chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamón, lo que fuese; +se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las +que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual +se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño; se hablaba +de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el +tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la +infancia, las fechas lejanas en que había una memoria común; y un +sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfín, se +extendía sobre los comensales bucólicos y su filosofía de sobremesa. + +Comenzaba la brisa; picaba un poco y tenía sus peligros, pero halagaba +la piel; salía una estrella; el cuarto de luna (que a don Víctor le +parecía la plegadera de oro que le habían regalado en Granada), tomaba +color, es decir, luz. La conversación, ya perezosa, daba entonces en la +astronomía y se paraba en el concepto de lo infinito; se acababa por +tener un deseo vago de oír música. Entonces Quintanar recordaba que se +cantaba aquella noche _El Relámpago_ o _Los Magyares_; levantaba el +campo, y paso a paso, volvían a la soñolienta Vetusta dejándose resbalar +por la pendiente suave de la carretera. Frígilis dejaba el brazo a la +Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mesía resignado, firme en +su propósito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con +don Víctor, que tal vez se permitía cantar a su modo el _spirto gentil_ +o la _casta diva_; aunque prefería recitar versos, sin que jamás se le +olvidase decir con Góngora: + + A su cabaña los guía + que el sol deja el horizonte, + y el humo de su cabaña + les va sirviendo de Norte. + +Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas +desnudas, que chocaban alegres, inclinándose, preñadas ya de las nuevas +hojas; y Ana, apoyándose tranquila en el brazo fuerte del mejor amigo, +olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la primavera. De esto +hablaban ella y Frígilis. Crespo, satisfecho, tranquilo, apacible, en +voz baja, como respetando el primer sueño del campo, su ídolo, dejaba +caer sus palabras como un rocío en el alma de Ana, que entonces +comprendía aquella adoración tranquila, aquel culto poético, nada +romántico, que consagraba Frígilis a la naturaleza, sin llamarla así, +por supuesto. Nada de _grandes síntesis_, de cuadros disolventes, de +filosofía panteística; pormenores, historia de los pájaros, de las +plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida natural +llena de lecciones de una observación riquísima. El amor de Frígilis a +la naturaleza era más de marido que de amante, y más de madre que de +otra cosa. En aquellos momentos, al volver a Vetusta con Ana del brazo, +se hacía elocuente, hablaba largo y sin miedo, aunque siempre +pausadamente; en su voz había arrullos amorosos para el campo que +describía, y temblaba en sus labios el agradecimiento con que oía a otra +persona palabras de cariño y de interés por árboles, pájaros y flores. +Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de árbol inteligente, y +se apoyaba y casi recostaba en Frígilis como en una encina venerable. Y +detrás venía el otro, ella lo sentía. A veces hablaba con Ana don Álvaro +y Ana contestaba con voz afable, como en pago de su prudencia, de su +paciencia y de su martirio.... «Porque, sin duda, sufrir tanto tiempo a +Quintanar era un martirio». + +Don Álvaro sudaba de congoja. Don Víctor se le colgaba del brazo, +levantaba los ojos al cielo y se divertía en encontrar parecidos entre +los nubarrones de la noche y las formas más vulgares de la tierra. + +--«Mire usted, mire usted, aquel cúmulus es lo mismo que Ripamilán; +figúreselo usted con la teja en la mano.... + +--»Aquel cirrus negro parece la moña de un torero...». + +Don Álvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante a +don Víctor, que traía llavín, levantaba el puño cerrado sobre la cabeza +del insoportable amigo.... No descargaba el golpe... no... pero.... «¡Ya +lo descargaría!». + +«¡Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por ojo». + +Así vivía Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes +remordimientos, aunque no satisfecha de sí misma. Ni permitía a don +Álvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni le +rechazaba con el categórico desdén que la virtud, lo que se llama la +virtud, exigía. Estas medias tintas de la moralidad le parecían entonces +a ella las más conformes a la flaca naturaleza humana. «¿Por qué he de +creerme más fuerte de lo que soy?». + +También volvió a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy bien recibida; +la del Banco se la comía a besos, le hablaba de modas, le mandaba +patrones a casa, y le recordaba visitas que tenía que pagar y a que ella +la acompañaba, porque don Víctor se negaba a perder el tiempo en estos +cumplidos. + +--Señor--gritaba él--yo no sirvo para eso; no se me haga a mi hablar del +tiempo, del mal servicio de criadas, de la carestía de los comestibles. +¡Exíjase de mí cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido! + +--Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades--decía para sus +adentros. + +Visitación procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, por la +boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el buen +tiempo la ayudaba. + +La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las +prefería a su estéril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba +tristezas, un hastío hondo y el rencoroso espíritu de protesta de la +carne pisoteada, que bramaba en cuanto podía. «Era mejor vivir como +todos, dejarse ir, ocupar el ánimo con los pasatiempos vulgares, sosos, +pero que, al fin, llenan las horas...». + +En esta situación estaba cuando el Magistral le dijo en el confesonario +que se perdía; que él la había visto arrojar con desdén sobre un banco +de césped la historia de Santa Juana Francisca.... Aquella tarde De Pas +estuvo más elocuente que nunca; ella comprendió que estaba siendo una +ingrata, no sólo con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo +fuego, razón luminosa, lengua de oro, de oro líquido.... La voz del +sacerdote vibraba, su aliento quemaba, y Ana creyó oír sollozos +comprimidos. «Era preciso seguirle o abandonarle; él no era el capellán +complaciente que sirve a los grandes como lacayo espiritual; él era el +padre del alma, el padre, ya que no se le quería oír como hermano. Había +que seguirle o dejarle». Y después había hablado de lo que él mismo +sentía, de sus ilusiones respecto de ella. «Sí, Ana (Ana la había +llamado, estaba ella segura), yo había soñado lo que parecía anunciarse +desde nuestra primer entrevista, un espíritu compañero, un hermano +menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en armónica +unión; yo había soñado que ya no era Vetusta para mí cárcel fría, ni +semillero de envidias que se convierten en culebras, sino el lugar en +que habitaba un espíritu noble, puro y delicado, que al buscarme para +caminar en la vía santa de salvación, sin saberlo, me guiaba también por +esa vía; yo esperaba que usted fuese lo que aquella historia que +llorando me contaba, prometía... lo que usted me prometió cien veces +después.... Pero no, usted desconfía de mí, no me cree digno de su +dirección espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que +siente, tal vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su +confidente». + +--No, no--repetía Ana llorando; pero él había seguido hablando de su +despecho, cada vez más triste, cada vez con más ardor en las palabras y +en el aliento.... Y habían concluido por reconciliarse, por prometerse +nueva vida, verdadera reforma, eficaz cambio de costumbres; y ella +exaltada le había dicho: «¿Quiere usted que hoy mismo le acompañe a casa +de doña Petronila?». «Sí, sí; eso, lo mejor es eso», había contestado +él. Y habían ido juntos sin pensar ni uno ni otro lo que hacían. + +Desde aquella tarde había empezado para la Regenta la vida de la devota +práctica; pero duró poco la eficacia de aquel impulso en que no había +piedad acendrada sino gratitud, el deseo de complacer al hombre que +tanto trabajaba por salvarla, y que era tan elocuente y que tanto valía. +Ana a veces, no pudiendo elevar su atención a las cosas invisibles, a la +contemplación piadosa, procuraba preparar este viaje místico pensando en +el Magistral. «¡Oh, qué grande hombre! ¡Y qué bien penetraba en el +espíritu, y qué bien hablaba de lo que parece inefable, de los +subterráneos de las intenciones, de las delicadezas del sentimiento! ¡Y +cuánto le debía ella! ¿Por qué tanto interés si aquella pecadora no lo +merecía?». Las lágrimas se agolpaban a los ojos de Ana. Lloraba de +gratitud y de admiración. Y no pudiendo meditar sobre cosas santas, +piadosas, poníase la mantilla y corría a la conferencia de San Vicente, +o a la Junta del Corazón o al Catecismo, o a misa... donde +correspondiera. Pero la fe era tibia; por allí no se iba a donde ella +había deseado. Además, se conocía; sabía que ella, de entregarse a Dios, +se entregaría de veras; que mientras su devoción fuese callejera, +ostentosa y distraída, ella misma la tendría en poco, y cualquier pasión +mala, pero fuerte, la haría polvo. + +Mas resuelta a huir de los extremos, a ser _como todo el mundo_, +insistió en seguir a las _demás beatas_ en todos sus pasos, y aunque sin +gusto, entró en todas las cofradías, fue hija y hermana, según se +quiso, de cuantas juntas piadosas lo solicitaron. + +Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni menos que doña +Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio +en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo, +en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de +hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Álvaro, +y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares +había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en +cuanto mujer de sociedad. + +Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer, +pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo. + +--Esta mujer--decía don Álvaro--es _peor_ que Troya. + +--El remedio ha sido peor que la enfermedad--pensaba don Fermín. + +Ana veía en los pormenores de la vida de beata mil motivos de +repugnancia; pero prefería apartar de ellos la atención: no dejaba que +el espíritu de contradicción buscase las debilidades, las groserías, las +miserias de aquella devoción exterior y bullanguera. No quería censurar, +no quería ver. + +Pero a sí misma se comparaba al cadáver del Cid venciendo moros. No era +ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia. + +Y volvió la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya otra +época de luchas interiores, de aridez y rebelión. + +Una noche, después de oír un sermón soporífero, entró en su tocador casi +avergonzada de haber estado dos horas en la iglesia como una piedra; +oyendo, sin piedad y sin indignación, sin lástima siquiera, necedades +monótonas, tristes; viendo ceremonias que nada le decían al alma.... + +--Oh, no, no--se dijo, mientras se desnudaba--yo no puedo seguir así... + +Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo, +había añadido en voz alta, para dar más solemnidad a su protesta: + +--¡Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de idiota.... +¡Cualquier cosa... menos ser como _todas esas_! + +Y a los pocos días cayó enferma. + +Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas +transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas +plásticas, teatrales--gracias a la salud que volvía a rodar con la +sangre--, sentía la débil convaleciente remordimientos que ella se +complacía en creer intensos, punzantes. «¡Oh! ¡qué diferencia entre +aquel sopor moral en que vivía pocas semanas antes, y la agudeza de su +conciencia ahora, allí postrada, sin poder levantar el embozo de la +colcha con la mano, pero con fuerza en la voluntad para levantar el +plomo del pecado, que la abrumaba con su pesadumbre!». + +«¡Esta sí que era resolución firme! Iba a ser buena, buena, de Dios, +sólo de Dios; ya lo vería el Magistral. Y él, don Fermín, sería su +maestro vivo, de carne y hueso; pero además tendría otro; la santa +doctora, la divina Teresa de Jesús... que estaba allí, junto a su +cabecera esperándola amorosa, para entregarle los tesoros de su +espíritu». + +Ana, burlando los decretos del médico, probó en los primeros días de +aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido: iba a él como +un niño a una golosina. Pero no podía. Las letras saltaban, estallaban, +se escondían, daban la vuelta... cambiaban de color... y la cabeza se +iba.... «Esperaría, esperaría». Y dejaba el libro sobre la mesilla de +noche, y con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía en +imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía corporal; se +contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la +arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. «¡Qué de cosas la diría +ahora que ella no había sabido comprender cuando la leyera distraída, +por máquina y sin gusto!». + +La impaciencia pudo más que las órdenes del médico, y antes de dejar el +lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez incorporarse entre +almohadones, algo más fuerte ya, Ana hizo nuevo ensayo y entonces +encontró las letras firmes, quietas, compactas; el papel blanco no era +un abismo sin fondo, sino tersa y consistente superficie. Leyó; leyó +siempre que pudo. En cuanto la dejaban sola, y eran largas sus +soledades, los ojos se agarraban a las páginas místicas de la Santa de +Ávila, y a no ser lágrimas de ternura ya nada turbaba aquel coloquio de +dos almas a través de tres siglos. + + + + +--XX-- + + +Don Pompeyo Guimarán, presidente dimisionario de la _Libre Hermandad_, +natural de Vetusta, era de familia portuguesa; y don Saturnino Bermúdez, +el arqueólogo y etnógrafo, que dividía a todos sus amigos en celtas, +íberos y celtíberos, sin más que mirarles el ángulo facial y a lo sumo +palparles el cráneo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la +gente lusitana, no precisamente en el cráneo, sino más bien en el +abdomen. Don Pompeyo no decía que sí ni que no; cierto era que el tenía +un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida sedentaria; que +andaba muy tieso, porque creía que «quien era recto como espíritu, +digámoslo así, debía serlo como físico»; pero en punto a los vestigios +de raza y nación él se declaraba neutral: quería decir que le era +indiferente esta cuestión, toda vez que tan español consideraba a un +portugués como a un castellano como a un extremeño. De modo, que siempre +que se le hablaba de tal asunto acababa por hacer una calorosa defensa +de la unión ibérica, unión que debía iniciarse en el arte, la industria +y el comercio para llegar después a la política. + +Además ¿qué le importaban a don Pompeyo estos accidentes del nacimiento? +Su inteligencia andaba siempre por más altas regiones. Él en este mundo +era principalmente un _altruista_, palabreja que, preciso es confesarlo, +no había conocido hasta que con motivo de una disputa filosófica de la +que salió derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llevó a leer +las obras de Comte. Allí vio que los hombres se dividían en egoístas y +_altruistas_ y él, a impulsos de su buen natural, se declaró _altruista_ +de por vida; y, en efecto, se la pasó metiéndose en lo que no le +importaba. Tenía algunas haciendas, pocas, la mayor parte procedentes de +bienes nacionales; y de su renta vivía con mujer y cuatro hijas +casaderas. + +Comía sopa, cocido y principio; cada cinco años se hacía una levita, +cada tres compraba un sombrero alto lamentándose de las exigencias de la +moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso. A esto lo llamaba +él su _aurea mediocritas_. Pudo haber sido empleado; pero «¿con quién? +¡si aquí nunca hay gobiernos!». Cargos gratuitos los desempeñaba siempre +que se le ofrecían, porque sus conciudadanos le tenían a su disposición, +sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo suyo. A pesar de tanta +modestia y parsimonia en los gastos, los maliciosos atribuían su +exaltado liberalismo y su descreimiento y desprecio del culto y del +clero a la procedencia de sus tierras. «¡Claro, decían las beatas en los +corrillos de San Vicente de Paúl, y los ultramontanos en la redacción de +_El Lábaro_, claro, como lo que tiene lo debe a los despojos impíos de +los liberalotes! ¿Cómo no ha de aborrecer al clero si se está comiendo +los bienes de la Iglesia?». A esto hubiera objetado don Pompeyo, si no +despreciara tales hablillas, «abroquelado en el santuario de su +conciencia», hubiera contestado que don Leandro Lobezno, el obispo de +levita, el Preste Juan de Vetusta, el seráfico presidente de la Juventud +Católica, era millonario gracias a los bienes nacionales que había +comprado cierto tío a quien heredara el don Leandro». Pero no, don +Pompeyo no contestaba. Él aborrecía el fanatismo, pero perdonaba a los +fanáticos. + +«¿No era él un filósofo? Bien sabía Dios que sí».--Esto de que bien lo +sabía Dios era una frase hecha, como él decía, que se le escapaba sin +querer, porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarán no creía en +Dios. No hay para qué ocultarlo. Era público y notorio. Don Pompeyo era +el ateo de Vetusta. «¡El único!» decía él, las pocas veces que podía +abrir el corazón a un amigo. Y al decir ¡el único! aunque afectaba +profundo dolor por la ceguedad en que, según él, vivían sus +conciudadanos, el observador notaba que había más orgullo y satisfacción +en esta frase que verdadera pena por la falta de propaganda. Él daba +ejemplo de ateísmo por todas partes, pero nadie le seguía. + +En Vetusta no se aclimataba esta planta; él era el único ejemplar, +robusto, inquebrantable eso sí, pero el único. Y don Pompeyo sentía +remordimientos cuando se sorprendía deseando que jamás cundiese _la +doctrina racional, salvadora_, que por tal la tenía. Todos le llamaban +el _Ateo_, pero la experiencia había convencido a los más fanáticos de +que no mordía. «Era el león enamorado de una doncella», decía +elegantemente Glocester, «una fiera sin dientes». Hasta las más +recalcitrantes beatas pasaban al lado del _Ateo_ sin echarle una mala +maldición: era como un oso viejo, ciego y con bozal que anduviese +domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los chiquillos; olía mal +pero no pasaba de ahí. Sin embargo, varias veces se había pensado en +darle un disgusto serio para que se convirtiera o abandonase el pueblo. +Esto dependía del mayor o menor celo apostólico de los obispos. Uno hubo +(después llegó a cardenal), que pensó seriamente en excomulgar a don +Pompeyo. Este recibió la noticia en el Casino--todavía iba al Casino +entonces--. Una sonrisa angelical se dibujó en su rostro: así debió de +sonreír el griego que dijo: pega, pero escucha. La boca se le hizo agua: +aquella excomunión le hacía cosquillas en el alma: ¡qué más podía +ambicionar! En seguida pensó en tomar una postura moral digna de las +circunstancias. Nada de aspavientos, nada de protestas.--Se contentó con +decir--: El señor obispo no tiene derecho de excomulgar a quien no +comulga; pero venga en buen hora la excomunión... y ahí me las den +todas. + +Su mujer y cuatro hijas pensaban de muy distinta manera. En vano quiso +ocultarlas que el rayo amenazaba su hogar tranquilo. La casa de don +Pompeyo se convirtió en un mar de lágrimas; hubo síncopes; doña +Gertrudis cayó en cama. El infeliz Guimarán sintió terribles +remordimientos: sintió además inesperada debilidad en las piernas y en +el espíritu. «¡No que él se convirtiera! ¡eso jamás! pero ¡su Gertrudis, +sus niñas!» y lloraba el desgraciado; y volviéndose del lado hacia donde +caía el palacio episcopal enseñaba los puños y gritaba entre suspiros y +sollozos:--«¡Me tienen atado, me tienen atado esos hijos de la +aberración y la ceguera! ¡desgraciado de mí! ¡pero más dignos de +compasión ellos que no ven la luz del medio día, ni el sol de la +Justicia». Ni aun en tan amargos instantes insultaba al obispo y demás +alto clero. Tuvo que transigir; tuvo que tolerar lo que al principio le +sublevaba sólo pensado, que sus hijas se _moviesen_, que sus amigos +pusieran en juego sus relaciones para que el obispo se metiera el rayo +en el bolsillo.... Se consiguió, no sin trabajo, y sin necesidad de que +don Pompeyo se retractase de sus errores. Se echó tierra al ateísmo de +Guimarán. Él calló una temporada, pero luego volvió a la carga, +incansable en aquella propaganda, que, en el fondo de su corazón, +deseaba infructuosa, por el gusto de ser el único ejemplar de la, para +él, preciosa especie del ateo. Sus principales batallas las daba en el +Casino, donde pasaba media vida (después lo abandonó por motivos +poderosos.) Los vetustenses eran, en general, poco aficionados a la +teología; ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas _de +tejas arriba_. Los _avanzados_ se contentaban con atacar al clero, +contar chascarrillos escandalosos en que hacían principal papel curas y +amas de cura; en esta amena conversación entraban también con gusto +algunos conservadores muy ortodoxos. Si creían haber llegado demasiado +lejos y temían que alguien pudiera sospechar de su acendrada +religiosidad, se añadía, después de la murmuración escandalosa:--«Por +supuesto que estas son las excepciones.--No hay regla sin excepción, +decía don Frutos el americano.--La excepción confirma la regla, añadía +Ronzal el diputado. Y hasta había quien dijera:--Y hay que distinguir +entre la religión y sus ministros.--Ellos son hombres como nosotros...». +Los avanzados presentaban objeciones, defendían la solidaridad del dogma +y el sacerdote, y entonces el mismo don Pompeyo tenía que ponerse de +parte de los reaccionarios, hasta cierto punto y decir:--Señores, no +confundamos las cosas, el mal está en la raíz.... El clero no es malo ni +bueno; es como tiene que ser.... Al oír tal, todos se levantaban en +contra, unos porque defendía al clero y otros porque atacaba el dogma. +Bien decía él que estaba completamente solo, que era el _único_.--De +aquellas discusiones, que buscaba y provocaba todos los días, afirmaba +él que «salía su espíritu, llamémosle así, lleno de amargura (y no era +verdad, el remordimiento se lo decía), lleno de amargura porque en +Vetusta nadie pensaba; se vegetaba y nada más. Mucho de intrigas, mucho +de politiquilla, mucho de intereses materiales mal entendidos; y nada de +filosofía, nada de elevar el pensamiento a las regiones de lo ideal. +Había algún erudito que otro, varios canonistas, tal cual jurisconsulto, +pero pensador ninguno. No había más pensador que él». «Señores, decía a +gritos después de tomar café, cerca del gabinete del tresillo, si aquí +se habla de las graves cuestiones de la inmortalidad del alma, que yo +niego por supuesto, de la Providencia, que yo niego también, o toman +ustedes la cosa a broma, a guasa, como dicen ustedes, o sólo se +preocupan con el aspecto utilitario, egoísta, de la cuestión: si Ronzal +será inmortal, si don Frutos prefiere el aniquilamiento a la vida futura +sin recuerdo de lo presente.... Señores ¿qué importa lo que quiera don +Frutos ni lo que prefiera Ronzal? La cuestión no es esa; la cuestión es +(y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios; si caso de haberlo, +piensa para algo en la mísera humanidad, si...». + +--«¡Chitón! ¡silencio!» gritaban desde dentro los del tresillo; y don +Pompeyo bajaba la voz, y el corro se alejaba de los tresillistas, lleno +de respeto, obedientes todos, convencidos de que aquello del juego era +cosa mucho más seria que las teologías de don Pompeyo, más práctica, más +respetable.--Miren ustedes, decía Ronzal, que todavía no era sabio, yo +creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la verdad, eso de que +el cielo ha de ser una contemplación eterna de la Divinidad... hombre, +eso es pesado.--¿Y qué? objetaba el americano don Frutos, en voz baja +también, temeroso de nuevo aviso de los tresillistas; ¿y qué? Yo me +contento con pasar la vida eterna mano sobre mano. Bastante he trabajado +en este mundo. ¡Peor sería eso que dicen que dice _Alancardan_, o san +Cardan, o san Diablo! pues... que.... No sabía cómo explicarlo el pobre +don Frutos. «Ello venía a ser que en muriéndonos íbamos a otra estrella, +y de allí a otra, a pasar otra vez las de Caín, y ganarnos la vida». La +idea de volver, en Venus o en Marte, a buscar negros al África y +comprarlos y venderlos a espaldas de la ley, le parecía absurda a +Redondo y le volvía loco. «¡Antes el aniquilamiento, como dice el ateo!» +concluía limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por aquel +esfuerzo intelectual, tan fuera de sus hábitos.--Con esta cuestión de la +inmortalidad, era con la que abría don Pompeyo brecha en el alcázar de +la fe de los socios, pero siempre concluían por cerrar aquella brecha +con las salvedades de rúbrica.--«Por supuesto. Dios sobre todo.... +Doctores tiene la Iglesia...». + +Y en último caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teologías. +Le dejaban solo. Los tresillistas se quejaron a la junta. Tuvo que +cambiar de mesa y de sala, si quiso seguir predicando ateísmo. + +«¡Este era el estado del libre examen en Vetusta!» pensaba Guimarán con +tristeza mezclada de orgullo. + +En el billar tampoco querían teología racional. Don Pompeyo, más +abandonado cada día, se colocaba taciturno, como Jeremías podría pararse +en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de piernas, delante de +la mesa pequeña, la de carambolas, y largo rato contemplaba a aquellos +ilusos que pasaban las horas de la brevísima existencia, viendo chocar +o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces tropezaba la maza de un +taco con el abdomen de don Pompeyo. + +--Usted dispense, señor Guimarán. + +--Está usted dispensado, joven--respondía el pensador rascándose la +barba con una ironía trágica, profunda, y sonriendo, mientras movía la +cabeza dando a entender que estaba perdido el mundo. + +Aburrido de tanta _superficialidad_ subía al _cuarto del crimen_, a ver +a los partidarios del azar. Allí oía el nombre de Dios a cada momento, +pero en términos que no le parecían nada filosóficos. + +--¡Don Pompeyo, tiene usted razón!--gritaba un perdido al despedirse de +la última peseta--¡tiene usted razón, no hay Providencia! + +--¡Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas! + +Y salía furioso del Casino. «No se podía ir allí». + +Cuando _estalló la Revolución de Septiembre_, Guimarán tuvo esperanzas +de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada. ¡Todo era hablar mal +del clero! Se creó una sociedad de filósofos... y resultó espiritista; +el jefe era un estudiante madrileño que se divertía en volver locos a +unos cuantos zapateros y sastres. Salió ganando la Iglesia, porque los +infelices menestrales comenzaron a ver visiones y pidieron confesión a +gritos, arrepintiéndose de sus errores con toda el alma. Y nada más: a +eso se había reducido la _revolución religiosa_ en Vetusta, como no se +cuente a los que _comían de carne_ en Viernes Santo. + +Don Pompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia. En +figurándosela con J mayúscula, tomaba para él cierto aire de divinidad, +y sin darse cuenta de ello, era idólatra de aquella palabra abstracta. +Por la _justicia_ se hubiera dejado hacer tajadas. + +«La Justicia le obligaba a reconocer que el actual obispo de Vetusta, +don Fortunato Camoirán, era una persona respetable, un varón virtuoso, +digno; equivocado, equivocado de medio a medio, pero digno. ¿Tenía un +ideal? pues don Pompeyo le respetaba». + +Don Pompeyo no leía, meditaba. Después de las obras de Comte (que no +pudo terminar), no volvió a leer libro alguno; y en verdad, él no los +tenía tampoco. Pero meditaba. + +Algunas veces discutía con Frígilis, en quien reconocía la _madera de un +libre pensador_, pero mal educado. No le quería bien. «¡Ese es +panteísta!» decía con desdén. «Ese adora la naturaleza, los animales, y +los árboles especialmente... además, no es filósofo; no quiere pensar en +las grandes cosas, sólo estudia nimiedades.... Está muy hueco porque +después de cien mil ensayos ridículos, aclimató el Eucaliptus en +Vetusta.... ¿Y qué? ¿Qué problema metafísico resuelve el Eucaliptus +globulus? Por lo demás yo reconozco que es íntegro... y que sabe... que +sabe... por más que su decantado darwinismo... y aquella locura de +injertar gallos ingleses...». + +Guimarán fue varias veces derrotado por Frígilis en sus polémicas. +Frígilis era apóstol ferviente del transformismo; le parecía absurdo y +hasta ridículo hacer ascos al abolengo animal.... Don Pompeyo, aunque se +sentía seducido por aquella teoría que _dejaba_ un subido y delicioso +olor a herética y atea, no se decidía a creerse descendiente de cien +orangutanes; sonreía como si le hiciesen cosquillas... pero no se +determinaba a decir sí ni a decir no. + +«Mi última afirmación es la duda.... Se me hace cuesta arriba». Pero de +todas suertes su ateísmo quedaba en pie; para negar a Dios con la +constancia y energía con que él lo negaba, no hacía falta leer mucho, ni +hacer experimentos, ni meterse a cocinero químico. «¡Mi razón me dice +que no hay Dios; no hay más que Justicia!». + +Frígilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba sonriendo +con benevolencia; y con un poco de burla, en que había algo de caridad, +le decía: + +--«¿Pero, señor Guimarán, tan seguro está usted de que no hay Dios?». + +--«¡Sí, señor mío! ¡mis principios son fijos! ¡fijos! ¿entiende usted? Y +yo no necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de +animales, para llegar a mi conclusión categórica.... Si su ciencia de +usted, después de tanta retorta, y tanto protoplasma y demás zarandajas, +no da por resultado más que esa duda, ¡guárdese la ciencia de los libros +en donde quiera, que yo no la he menester!». + +El honrado Guimarán daba media vuelta y se iba furioso, llena el alma de +rencores y envidias pasajeras, y Frígilis seguía sonriendo y movía la +cabeza a un lado y a otro. + +Si le preguntaban qué opinaba del + +_Ateo_, decía: + +--«¿Quién, don Pompeyo? Es una buena persona. No sabe nada, pero tiene +muy buen corazón». + +Guimarán juró--tenía que parar en ello--juró no poner jamás los pies en +el Casino. + +--«Lo que se ha hecho allí conmigo no se hace con ningún cristiano». + +Tenía el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, pero +protestaba en seguida contra «aquellas metáforas y solecismos del +lenguaje». + +Lo que habían hecho con él había sido celebrar el aniversario 25 de la +exaltación de Pío Nono al Pontificado, colgando los tapices de gala y +sacando a relucir los aparatos de gas, con que iluminaban la fachada en +las grandes solemnidades. + +Don Pompeyo se dirigió a la junta en papel de oficio citando los +artículos del Reglamento que, en su opinión, «prohibían semejantes +muestras de júbilo por parte de una corporación que, por su calidad de +círculo de recreo, no debía, no podía tener religión positiva +determinada». + +Y en el salón daba gritos, mientras los mozos colgaban los tapices de +los balcones; hacía aspavientos, e invocaba la tolerancia religiosa, la +libertad de cultos y hasta la sesión del juego de pelota. + +--Pero, hombre--le decía Ronzal, con deseos de pegarle--¿qué le importa +a usted que el Casino cuelgue e ilumine? ¿Qué le ha hecho a usted la +Santidad de Pío Nono? + +--¿Qué me ha hecho la Santidad?... Se lo diré a usted, sí señor, se lo +diré a usted. Pío Nono me era... hasta simpático... reconocía en él un +hombre de buena fe.... Pero la infalibilidad ha puesto entre los dos una +muralla de hielo; un abismo que no se puede salvar.... ¡Un hombre +infalible! ¿Comprende usted eso, Ronzal? + +--Sí, señor, perfectamente. Es la cosa más clara.... + +--Pues explíquemelo usted.--Entendámonos, señor Guimarán, si usted +quiere examinarme... ¡sepa usted que yo... no aguanto ancas!... + +--No se trata aquí de la grupa de nadie... sino de que usted pruebe la +infali.... + +--¿La _infalibidad_? + +--Sí, señor... la infalibilidad... la in... fa... li... bi... li.... + +--¡Oiga usted, señor don Pompeyo, que a mí las canas no me asustan! y si +usted se burla, yo hago la cuestión personal.... + +--¿Cómo personal? ¿También usted es infalible? + +--¡Señor Guimarán! + +--En resumen, señor mío.... + +--Eso es, _reasumiendo_... + +--Yo me borro de la lista...--¡Pues tal día hará un año! + +Ronzal no demostró el por qué de la infalibilidad, pero don Pompeyo se +borró de la lista del Casino. + +Perdió aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y anduvo +como alma en pena vagando de café en café hasta que al cabo de algunos +años tropezó con don Santos Barinaga en el _Restaurant y café de la +Paz_, donde todas las noches el enemigo implacable del Magistral se +preparaba a mal morir bebiendo un cognac con honores de espíritu de +vino. + +Entablaron amistad que llegó a ser íntima. Don Santos había sido siempre +un buen católico; es más, de la Iglesia vivía, pues su comercio era de +objetos del culto. + +Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de «La Cruz +Roja» había empezado a _labrar su ruina_, iba sintiendo cada día más +vacilante el alcázar de su fe... y más vacilantes las piernas. Empezaba, +como otros muchos, por negar la virtud del sacerdocio y, además--esto no +se sabe que lo hayan hecho otros heresiarcas--, coincidía en él aquel +desprecio de los ordenados _in sacris_ con la afición desmesurada al +alcohol en sus varias manifestaciones. + +Poco trabajo le costó a Guimarán hacer un prosélito de don Santos. De +día en día y de copa en copa avanzaba la impiedad en aquel espíritu; y +llegó a creer que Jesucristo no era más que una constelación; disparate +que había leído don Pompeyo en un libro viejo que compró en la feria. +Guimarán tenía la impiedad fría del filósofo, Barinaga los rencores del +sectario, la ira del apóstata. + +Cuando le parecía al buen tendero que iba demasiado lejos en sus +negaciones, para ocultar el miedo, se ponía de pie, copa en mano, y +decía solemnemente: + +--En último caso, si me equivoco, si blasfemo... toda la responsabilidad +caiga sobre ese pillo... sobre ese _rapavelas_... ¡sobre ese maldito don +Fermín!... + +El café de la Paz era grande, frío; el gas amarillento y escaso parecía +llenar de humo la atmósfera cargada con el de los cigarros y las +cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban estaba desierto +el salón; los mozos, de chaqueta negra y mandil blanco, dormitaban por +los rincones. Un gato pardo iba y venía del mostrador a la mesa de don +Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero convencido de que no +decía más que disparates, bostezaba, y daba media vuelta. + +Guimarán veía con gran satisfacción los progresos de la impiedad en +aquel espíritu lleno de pasión; no había llegado don Santos al ateísmo, +«pero este era un grado de perfección filosófica que tal vez le venía +muy ancho al antiguo comerciante de cálices y patenas». Don Pompeyo se +contentaba con arrancarle las raíces y retoños de toda religión +positiva. No le agradaba verle cada vez más _enfrascado_ en el +aguardiente y el cognac; pero don Santos si no bebía no daba pie con +bola, no entendía palabra de lugares teológicos. Había que dejarle +beber. + +A las diez y media de la noche salían juntos; don Pompeyo daba el brazo +a don Santos y le acompañaba hasta dejarle bastante lejos del café, +porque si no se volvía solo. En la esquina de una calleja se despedían +con largo apretón de manos, y Guimarán, sereno y satisfecho, se +restituía a su hogar tranquilo donde le esperaban su amante esposa y +cuatro hijas que le adoraban. + +Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con +nieblas en el pensamiento y en los ojos. Su pie vacilaba; el pudor +entregado a sí mismo, luchaba por encontrar una marcha y un continente +decoroso; pero en vano, un movimiento en zig-zag agitaba todo el cuerpo +del enfermo; cada paso era un triunfo; la cabeza se tenía mal sobre los +hombros... y de la faringe del borracho salían, como arrullos de +tórtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta monótona, +inarticulada, que era a su modo expresión de una idea fija, o mejor, de +un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de la manía. A todas +las manchas de las paredes, a todas las sombras de los faroles les +contaba, gruñendo, la historia de su ruina, y no había piedra de aquel +camino, que no supiese la escandalosa leyenda de la fortuna del +Magistral. + +Si Barinaga tomó de don Pompeyo su apostasía, Guimarán se contagió con +el odio de don Santos al Provisor y a doña Paula. «¡Era escandaloso, +ciertamente, aquel tráfico indigno!». Los dos viejos fueron trompas de +la fama contra la honra del Provisor. Don Santos alborotó la vecindad +muchas noches; no bastó la intervención del sereno; llegó a dar puñadas, +bastonazos y hasta patadas en la puerta de la _Cruz Roja_. El dueño del +establecimiento se quejó a la autoridad, creció el escándalo, los +enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se +gritaba: «¿Cómo se entiende? ¿van a prender a don Santos después de +haberle arruinado? + +¿Se atrevería la autoridad a tomar una _medida represiva_?». + +En el cabildo, Glocester, el maquiavélico Arcediano, hablaba al oído de +los canónigos «de descrédito colectivo, de lo que la iglesia, y la +catedral sobre todo, perdían con aquellas _algaradas_ (frase de +Glocester)». El beneficiado don Custodio apoyaba al señor Mourelo. + +--¡Y si fuera eso lo peor!--decía el Arcediano. + +Y entonces comenzaba el segundo capítulo de la murmuración. + +«Lo peor era que, con razón o sin ella, pero no sin que las apariencias +diesen motivo para las hablillas, se decía que el Magistral quería +seducir, y en camino estaba, nada menos que a la Regenta». + +--¡Hombre, eso no!--gritaba el chantre--¡ella está hecha una santa; +después de su enfermedad, desde que estuvo si la entrega o no la +entrega, su vida es ejemplar. Si antes era una señora virtuosa, como hay +muchas, ahora es una perfecta cristiana. Está más delgadilla, más +pálida, pero hermosísima... quiero decir, que edifica, que es una +santa... vamos... una santa.... + +--Señor, yo quiero hechos... y el público no se fía de santidades... se +fía de hechos.... + +Y Glocester citaba muchos hechos: la frecuencia de las confesiones de +Anita Ozores, lo mucho que duraban las visitas del Provisor al Caserón, +las visitas de la Regenta a doña Petronila.... + +--¡Cómo! ¿Y qué? ¿qué tenemos con esas visitas? ¿También va usted a +creer que doña Petronila se presta?... + +--Señor... yo no creo ni dejo de creer... yo cito hechos y digo lo que +dice el público.... El escándalo crece.... + +Era verdad. Tal maña se daban Glocester y don Custodio y otros señores +del cabildo, algunos empleados de la curia eclesiástica, y entre el +elemento lego Foja y don Álvaro; este por debajo de cuerda y +conteniéndose en lo que se refería a la simonía y despotismo que se +achacaba al Provisor. En el Casino tampoco se hablaba de otra cosa. Ya +todos aseguraban haber encontrado a don Santos dando patadas a la puerta +de la Cruz Roja y desafiando a gritos al Magistral. Había bandos: unos +reclamaban la intervención de la autoridad, otros sostenían _el derecho +del pataleo_ de Barinaga. + +El Chato iba y venía, espiaba en todas partes, y dos o tres veces al día +entraba en casa del Provisor a dar parte de las murmuraciones a su jefe, +a doña Paula, que le pagaba bien. + +La madre de don Fermín vivía en perpetua zozobra; pero no desmayaba. «Ya +que él quería perderse, allí estaba ella para salvarle». Era lo +principal visitar al Obispo, conseguir que la murmuración, la calumnia o +lo que fuese, no llegara a su Ilustrísima. Doña Paula pasaba gran parte +del día y de la noche en palacio. Su lugarteniente Úrsula, el ama de +llaves del Obispo, tenía orden de no dejar a ninguna persona sospechosa +llegar a la cámara de su dueño; los familiares, gente devota de doña +Paula, hechuras suyas, obedecían a la misma consigna. El Magistral, +aunque le disgustaba emplearse en tal oficio, también espiaba y +vigilaba; el instinto de conservación le obligaba a secundar los planes +de su madre. + +Doña Paula y don Fermín hablaban poco; se defendían por acuerdo tácito; +empleaban el mismo sistema de resistencia sin comunicárselo. Estaba la +madre irritada. «Su hijo la engañaba, la perdía. Para ella doña Ana +Ozores, la dichosa Regenta, era ya _barragana_ (esta palabra decía en +sus adentros) barragana de su Fermo. + +Por allí iba a romper la soga; por allí hacía agua el barco. Si se +hablaba tanto de los abusos de la curia eclesiástica, de la _Cruz Roja_ +y de don Santos, era porque el _otro negocio_, el más escandaloso, el de +las _faldas_ traía consigo los demás». Esto pensaba ella. «Lo otro es +antiguo; ya nadie hacía caso de esas hablillas por viejas, por gastadas, +pero con el escándalo nuevo, con lo de esa mala pécora, hipócrita y +astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un +mucho. Si Fortunato sabe algo, cree algo, nos hundimos». Al dueño de la +Cruz Roja se le prohibió oír los golpes que descargaba en la puerta +todas las noches el borracho de don Santos. No se volvió a pensar en +pedir auxilio a la autoridad. Se compró al sereno y se le dio orden de +que evitara el ruido ante todo. Era inútil. Muchos vecinos ya esperaban +con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y salían a los balcones a +presenciar la escena. + +Pero doña Paula tenía además que seguir los pasos a su hijo. + +El Chato había visto a la Regenta y al Magistral entrar juntos al +anochecer en casa de doña Petronila. Y ya lo sabía doña Paula. Pero +también les había visto don Custodio y se lo había dicho a Glocester y +después los dos a toda Vetusta. + +En tanto, en el café de la Paz había ya público para oír a don Pompeyo y +a don Santos maldecir de las religiones positivas y especialmente del +señor Vicario general, como llamaba siempre a De Pas el señor Guimarán. +Entre el _pueblo bajo_ corría la historia de las aras, de la ruina de +don Santos, de los millones del Magistral depositados en el Banco; con +tal motivo algunos obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al +clero en masa. A esto lo llamaban cortar por lo sano. + +Los trabajadores carlistas dudaban; tenía entre ellos amigos el +Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le temían por rico... y +sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del asunto de +_las faldas_. Allá cuando la Revolución, se había dicho si tenía o no +tenía don Fermín aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se +acordaba por allí de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la +voz en la propaganda revolucionaria habían muerto, o habían envejecido, +o se habían dispersado, o estaban desengañados de _la idea_; la +generación nueva no era clerófoba más que a ratos; era amiga de la +taberna, no del club. Se hablaba sólo de revolución social; y ya se +decía que los curas no son ni más ni menos malos que los demás +_burgueses_. Malo era el fanatismo, pero el _capital_ era peor. No había +en los barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las +sotanas. El Magistral era allí más despreciado que aborrecido. Pero el +escándalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o tres +rasgos de despotismo en la curia eclesiástica, el dineral que costaba +casarse--como si antes no costara lo mismo--y las acciones del Banco, +volvieron a encender los odios, y esta vez se habló de colgar al +Provisor y _demás clerigalla_. + +Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después de Glocester +que la creía obra suya exclusivamente, era don Álvaro Mesía. Ya +aborrecía de muerte al Magistral. «Era el primer hombre ¡y _con faldas_! +que le ponía el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba una +presa, y con trazas de llevársela!». «Tal vez se la había llevado ya. +Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario había podido más que +su sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual +el _arte_ decía que estaba la rendición de la más robusta fortaleza. Yo +pongo el cerco, pero ¿quién sabe si él ha entrado por la mina?». El +dandy vetustense sudaba de congoja recordando lo mucho que había +padecido bajo el poder de don Víctor Quintanar, que según su cuenta, en +pocos meses de íntima amistad le había _declamado_ todo el teatro de +Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcón. Y todo, ¿para qué? «Para +que el diablo haga a esa señora caer en cama, tomarle miedo a la muerte, +y de amable, sensible y condescendiente (que era el primer paso), +convertirse en arisca, timorata, mística... pero mística de verdad. ¿Y +quién se la había puesto así? El Magistral, ¿qué duda cabía? Cuando él +comenzaba a preparar la escena de la declaración, a la que había de +seguir de cerca la del _ataque personal_, cuando la próxima primavera +prometía eficaz ayuda... se encuentra con que la señora tiene fiebre». +«La señora no recibe», y estuvo sin verla quince días. Se le permitía +llegar al gabinete, preguntarle cómo estaba... pero no entrar en la +alcoba. Él había ido a visitarla todos los días, pero como si no, no le +dejaban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin +obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual». Durante la +primera convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él también +entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con +Ana. Y lo más triste había sido después; cuando la segunda arremetida +del mal, que fue tan peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud. +Ana le recibió en su gabinete. ¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante +delgada, y pálida como una muerta. «Hermosísima, eso sí, hermosísima... +pero a lo romántico. Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre +no luchaba él. Estaba entregada a Dios. ¡Claro! ¡Apenas comía! No podía +levantar un brazo sin cansarse». Don Álvaro calculaba, furioso de +impaciencia, cuánto tiempo tardaría aquella _naturaleza_ en adquirir la +fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos sensuales, que eran +la fe viva del señor Mesía y su esperanza. Tardaría mucho. Mientras +tanto él no podría emprender nada de provecho. «Y el Magistral estaba +haciendo allí su agosto; embutiendo aquel cerebro débil de visiones +celestes.... Ana era otra para él. No le miraba jamás, y las pocas +palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, eran +corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón. A veces se le +ocurría a él si se las dictaría el Magistral». Una tarde comía la +Regenta en presencia de su esposo, don Álvaro y De Pas. Le costaba +lágrimas cada bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no debía +comer. Entonces Mesía tomó con mucho calor la defensa del alimento +obligatorio. + +--Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo principal aquí es +sentirse bien; y pronto, para que no se apodere la anemia de ese +organismo.... + +--Oh, amigo mío--replicó el Magistral, sonriendo con mucha +amabilidad--la anemia, usted sabe mejor que yo que puede venir a pesar +del alimento.... Además, comer no es lo mismo que alimentarse.... + +--Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría carne cruda, +mucha carne a la inglesa... + +«¡Oh! le corría prisa; hubiera dado sangre de un brazo por verla correr +por aquellas venas que se figuraba exhaustas. ¡La vida, la fuerza a todo +trance, para aquella mujer!». Hasta habló un día don Álvaro de +transfusiones. «La ciencia había adelantado mucho en esta materia». + +Somoza solía aprobar moviendo la cabeza y diciendo: + +--¡Mucho! ¡mucho! ¡oh, sí, la ciencia! ¡mucho!... ¡la transfusión!... +¡claro! Tenía cierto miedo a los conocimientos médicos de don Álvaro. +Aquel hombre que iba a París y traía aquellos sombreros blancos y citaba +a Claudio Bernard y a Pasteur... debía de saber más que él de medicina +moderna... porque él, Somoza, no leía libros, ya se sabe, no tenía +tiempo. + +Pero la Regenta mejoraba; volvía la sangre, aunque poco a poco; los +músculos se fortalecían y redondeaban... y la frialdad y la reserva no +desaparecían. Don Víctor siempre el mismo para su don Álvaro; seguían +las confidencias acompañadas de cerveza... pero Ana jamás se presentaba. +Si don Álvaro se atrevía a preguntar por ella, don Víctor fingía no oír, +o mudaba de conversación; si el otro insistía, Quintanar suspiraba y +encogiendo los hombros decía: + +--¡Déjela usted... estará rezando! + +--¡Rezando!... Pero tanto rezar puede matarla.... + +--No... si... no reza... es decir... oración mental... ¿qué sé yo?... +cosas de ella. Hay que dejarla. + +Y suspiraba otra vez. Sí, había que dejarla. Pero a solas, don Álvaro se +mesaba los rubios y finos cabellos ¡quién lo diría! se llamaba animal, +bestia, bruto, como si no fuera todo lo mismo, y se decía: + +--¡Me he portado como un cadete! Me ha perdido la timidez.... Debí dar el +_ataque personal_ una noche que la encontré a obscuras... o aquella +tarde del cenador.... + +Pero no lo había dado.... Y ahora no había remedio. Un día llegó Ana _al +extremo_ de retirar la mano, que él solicitaba con la suya extendida. +Buscó un pretexto con la habilidad rápida que tienen las mujeres... y... +no le dio la mano. No volvió a tocarle aquellos dedos suaves. Y es más, +apenas la veía. + +--«¡Oh, a él, a don Álvaro Mesía le pasaba aquello! ¿Y el ridículo? ¡Qué +diría Visita, qué diría Obdulia, qué diría Ronzal, qué diría el mundo +entero! + +»Dirían que un cura le había derrotado. ¡Aquello pedía sangre! Sí, pero +esta era otra». «Si don Álvaro se figuraba al Magistral vestido de +levita, acudiendo a un duelo a que él le retaba... sentía escalofríos». +Se acordaba de la prueba de fuerza muscular en que el canónigo le había +vencido delante de Ana misma. Aquel valor que él sentía ante una sotana, +por la esperanza irreflexiva de que la mansedumbre obliga al clérigo a +no devolver las bofetadas, aquel valor desaparecía pensando en los puños +de don Fermín. «No había salida. No había más que acabar con él ayudando +a Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano +eclesiástico». + +Por las tardes, paseándose en el Espolón, donde ya iban quedándose a sus +anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la sombra +de los árboles frondosos del Paseo Grande, don Álvaro solía cruzarse con +el Provisor; y se saludaban con grandes reverencias, pero el seglar se +sentía humillado, y un rubor ligero le subía a las mejillas. Se le +figuraba que todos los presentes les miraban a los dos y los comparaban, +y encontraban más fuerte, más hábil, más airoso al vencedor, al cura. +Don Fermín era el de siempre; arrogante en su humildad, que más quería +parecer cortesía que virtud cristiana; sonriente, esbelto, armonioso al +andar, enfático en el sonsonete rítmico del manteo ampuloso, pasaba +desafiando el qué dirán, con imperturbable sangre fría. Solían juntarse +en el Espolón los tres mejores mozos del Cabildo: el chantre, alto y +corpulento; el pariente del ministro, más fino, más delgado, pero muy +largo también, y don Fermín, el más elegante y poco menos alto que la +dignidad. Gastaban entre los tres muchas varas de paño negro reluciente, +inmaculado; eran como firmes columnas de la Iglesia, enlutadas con +fúnebres colgaduras. Y a pesar de la tristeza del traje y de la seriedad +del continente, don Álvaro adivinaba en aquel grupo una seducción para +las vetustenses; iba allí el prestigio de la Iglesia, el prestigio de la +gracia, el prestigio del talento, el prestigio de la salud, de la fuerza +y de la carne que medró cuanto quiso... Él se figuraba tres monjas +hermosas, buenas mozas, que tuviesen además talento, gracia; se las +figuraba paseando por el Espolón... y estaba seguro de que los ojos de +los hombres se irían tras ellas. Pues lo mismo debía de suceder trocados +los sexos. Y, en efecto, en los saludos que las señoras que todavía +paseaban en el Espolón dedicaban a los tres buenos mozos del Cabildo, a +las tres torres davídicas, creía ver el Presidente del Casino ocultos +deseos, declaraciones inconscientes de la lascivia refinada y +contrahecha. + +Cada día aumentaba en don Álvaro la superstición del confesonario, cada +día creía más poderosa la influencia del cura sobre la mujer que le +cuenta sus culpas. Y mirando a las damas que iban y venían, unas +elegantes, lujosas, otras enlutadas o con hábito humilde, todas deseando +a su modo agradar, todas procurándolo, Mesía imaginaba secretos hilos +invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basquiña, del +cura a la hembra. + +En suma, don Álvaro tenía celos, envidia y rabia. Su materialismo +subrepticio era más radical que nunca. «Nada, nada, fuerza y materia, no +hay más que eso», pensaba. + +Y si no fuera porque los partidos avanzados nunca son poder o lo son +poco tiempo, se hubiera declarado demagogo y enemigo de la religión del +Estado. + +Llegó al extremo de proponer en la Junta del Casino que no se celebrara +en adelante ninguna fiesta de orden religioso colgando e iluminando los +balcones. Ronzal se opuso, pero el Presidente se impuso y se votó +aquella abstención. ¡Había triunfado al cabo don Pompeyo Guimarán! + +Don Álvaro quería que el ateo volviese al Casino, hacía falta aquel +refuerzo a los que se empeñaban en deshonrar al Magistral. Foja y +Joaquinito Orgaz, que capitaneaban la partida de los murmuradores, +propusieron a don Álvaro que fuera una comisión a buscar a don Pompeyo +para restituirlo al Casino, «de donde nunca debió haber salido». Se +celebraría la _restauración_ de Guimarán con una buena cena. Paco el +Marquesito, que como buen aristócrata se creía obligado a ser religioso +_en la forma por lo menos_, se opuso al principio a los proyectos de +Foja y Orgaz, pero considerando que su amigo, su ídolo Mesía deseaba +tener allí al otro para que le ayudara a desacreditar al Provisor, y +considerando que iban a divertirse de veras en el _gaudeamus_ de la +noche, falló que debía ayudar y ayudaba a los enemigos del Magistral y +se agregó a la comisión que fue a buscar a don Pompeyo. + +Fueron: el señor Foja, ex-alcalde, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz. + +Los recibió el señor Guimarán en su despacho, lleno de periódicos y +bustos de yeso, baratos, que representaban bien o mal a Voltaire, +Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden de colocación +sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros viejos. + +Usaba don Pompeyo en casa bata de cuadros azules y blancos, en forma de +tablero de damas. Acogió a los comisionados con la amabilidad que le +distinguía y ocultando mal la sorpresa. + +«¿A qué vendrían aquellos señores? ¿Querrían darle alguna broma? No lo +esperaba». De todos modos el ver allí al hijo del marqués de Vegallana +le inundaba el alma de alegría, aunque él no quisiera reconocerlo. + +Cuando supo de lo que se trataba, por boca de Foja, tuvo que levantarse +para ocultar la emoción. Sintió que la hebilla del chaleco estallaba en +su espalda. + +--Señores--pudo decir al cabo con voz temblorosa--si un juramento +solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que voluntariamente +me impuse hace tantos años, o mejor dicho, que me impusieron el +fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volvería con mil amores +al seno de aquella sociedad de la que fuí fundador con otros seis o +siete amigos. ¿Y cómo no, señores, si allí corrieron los mejores días, +para mí, en pláticas provechosas y amenas con el elemento más culto de +la población? Allí la tolerancia solía tener su asiento; y las personas, +los personajes en quien más arraigadas están ciertas ideas venerables al +fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta cierto punto de +abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes, entre los cuales +cuento al papá de este joven ilustrado, a mi buen amigo y condiscípulo +el excelentísimo señor marqués de Vegallana, respetaban mis opiniones, +como yo las suyas. Lo que ustedes hacen ahora nunca lo agradeceré yo +bastante. Pero lo principal ya se ha logrado; la libertad del +pensamiento vuelve a brillar en el Casino.... Mi aspiración se ha +realizado. Ahora, por lo que a mí toca, señores, debo declarar que no +puedo romper un voto solemne, un juramento... y no iré con ustedes, +aunque bien quisiera. + +La comisión insistió, conociendo en la cara de don Pompeyo que +vencerían. + +Foja presentó un argumento de mucha fuerza. + +--Dice usted, señor don Pompeyo, que por su gusto vendría con nosotros, +se restituiría al Casino. + +--¡Con mil amores! Esa es la palabra... me restituiría.... + +--Que únicamente le retrae el juramento.... + +--Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida allí los pies. + +--¿Pero qué solemnidad ni qué castañuelas? y usted dispense que me +exprese así. El que jura, pone a Dios por testigo; pero usted no cree en +Dios... luego usted no puede jurar. + +--Perfectamente--dijo Joaquinito Orgaz; de _p_ y _p_ y _w_ y se puso en +pie para hacer una pirueta flamenca. + +Creía Joaquín que en casa de un ateo de profesión, de un loco, en otros +términos, la buena crianza estaba de más. + +Don Pompeyo se quedó mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez, +mientras consideraba el argumento de Foja. + +No tenía qué contestar. + +Al cabo dijo:--La verdad es... que jurar... yo no puedo jurar... +pero... metafóricamente.... Además, puedo prometer por mi honor.... + +--Pero amigo, en aquella ocasión usted no prometió por su honor; juró +usted no poner allí los pies... todo Vetusta recuerda sus palabras de +usted. + +Don Pompeyo sintió vapores en la cabeza al oír que todo Vetusta +recordaba sus palabras. + +Pero insistió, aunque más débilmente cada vez, en su negativa. + +Foja guiñó el ojo al Marquesito. Empezó entonces este el ataque, y +Guimarán no pudo resistir más. Se rindió. + +¡El hijo de Vegallana, del primer aristócrata, venía a suplicarle que +volviera al Casino! Oh, aquello era demasiado. No pudo sostener la +fortaleza de su resolución. + +--Después de todo--dijo--en el mero hecho de haberse restablecido la +legislación que yo invocaba... ya puedo pisar sin desdoro aquel +pavimento.... + +--Pues claro que puede usted pisar. Nada, nada; póngase usted la levita, +que la cena espera. + +--¿Qué cena?--Sí, señor; se ha acordado por el elemento vencedor, por +los que solicitan la presencia de usted, obsequiarle con un banquete... +y vamos a cenar juntos unos doce amigos.... + +Don Pompeyo no sabía si debía aceptar.... No le dejaron ser modesto; y +corrió aturdido a ponerse la levita y el sombrero de copa alta. Estaba +deslumbrado y creía sentir alrededor de su cuerpo un baño; un baño de +agua rosada. + +La presencia del Marquesito era el principal factor de aquella alegría. +«¡Oh! al fin la aristocracia era algo, algo más que una palabra, era un +elemento histórico, una grandeza positiva... podía haber nobleza y no +haber Dios... ¿qué duda cabía?». + +Una hora después en el comedor del Casino que ocupaba una crujía del +segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa +presidida por don Pompeyo Guimarán, don Álvaro Mesía, enfrente del +protagonista, y en agradable confusión después, sin pensar en +preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, Foja, don +Frutos Redondo (que acudía a todas las cenas fuesen del partido +religioso o político que fuesen), el capitán Bedoya, el coronel +Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas pulgas y +buena espada, un tal Juanito Reseco, que escribía en los periódicos de +Madrid y venía a Vetusta, su patria, a darse tono de vez en cuando, y +además un banquero y varios jóvenes de la _bolsa_ de Mesía, +trasnochadores abonados del Casino. + +Pocas veces comía en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones con los +poderosos de la tierra eran muy poco íntimas, casi nunca veía una mesa +bien puesta. Así le parecía digno de Baltasar aquel vulgarísimo aparato +de restaurant provinciano. El mantel adamascado, más terso que fino; los +platos pesados, gruesos; de blanco mate con filete de oro; las +servilletas en forma de tienda de campaña dentro de las copas grandes, +la fila escalonada de las destinadas a los vinos; las conchas de +porcelana que ostentaban rojos pimientos, cárdena lengua de escarlata, +húmedas aceitunas, pepinillos rozagantes y otros entremeses; la gravedad +aristocrática de las botellas de Burdeos, que guardaban su aromático +licor como un secreto; los reflejos de la luz quebrándose en el vino y +en las copas vacías y en los cubiertos relucientes de plata Meneses; el +centro de mesa en que se erguía un ramillete de trapo con guardia de +honor de dos floreros cilíndricos con pinturas chinescas, de cuya boca +salían imitaciones groseras de no se sabía qué plantas, pero que a don +Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna _miss_ de +circo ecuestre; las cajas de cigarros, unas de madera olorosa, otras de +latón; los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y vinagre +y con más especias que un barco de Oriente...; todo contribuía a +deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y fascinado el +conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de la mesa aún +pulcra, correcta, intacta. + +Se comenzó a comer sin mucho ruido; todos se esforzaban en decir +chistes. Joaquinito se burlaba del servicio y hablaba de Fornos... y de +La Taurina y el Puerto, donde se cenaba _por todo lo flamenco_. + +Todos comían mucho, menos don Pompeyo, a quien la emoción apretaba la +garganta. Desde el segundo plato comenzó a atormentarle un cuidado. +«Estoy, pensó, en el ineludible compromiso de brindar; tengo que +improvisar un discurso». Y ya no comió bocado que le aprovechase. Oía +hablar como quien oye llover: sonreía a derecha e izquierda, contestaba +con monosílabos, pero él pensaba en su brindis; las orejas se le +convertían en brasas y a veces sentía náuseas y temblor de piernas. En +resumidas cuentas, estaba pasando un mal rato. Él esperaba que las cosas +sucedieran así: hablaría primero don Álvaro, haría un elogio de la +constancia con que él, don Pompeyo, había sostenido la idea santa de la +libertad de pensamiento, y prometería en nombre de la Junta que el +Casino jamás tendría religión, como no debía tenerla el Estado. Después +hablarían Foja, el Marquesito y otros, abundando en las mismas ideas... +y por último él, Guimarán, tendría que levantarse a... _hacer el +resumen_. Y mientras comía y bebía por máquina preparaba su arenga, sin +poder pasar del exordio, que quería original, sin afectación, modesto +sin falsa humildad.... «Estos jóvenes... debieron haberme avisado +ayer... y entonces tendría yo tiempo». + +Contra lo que esperaba el _ateo_, la conversación, al llegar el +Champaña, había tomado un rumbo que no podía llevarla a los asuntos +serios que él creía propios de aquella solemnidad. Se hablaba de +mujeres. Casi todos echaban de menos la edad de las ilusiones, no por +las ilusiones, sino por la secreta fuerza, que según ellos era su +origen. Se declaraban, aun los jóvenes, en la edad triste en que el amor +es de cabeza, pura imaginación. Sólo Paco, franco y noble, confesaba que +se sentía mejor que nunca, a pesar de haber vivido tanto como +cualquiera. + +Uno de los compañeros de bolsa de Mesía, viejo verde de cincuenta años, +el señor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y +con lágrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vacía en la mano, +exponía su sistema filosófico de un pesimismo desgarrador, como decía el +capitán Bedoya. Hubo interrupciones y entonces la conversación tomó un +vuelo más alto; Guimarán se dignó prestar atención. Se hablaba ya de la +otra vida, y de la moral, que era relativa según la opinión de la +mayoría. + +Foja, pálido, desencajado, con voz temblorosa, sostenía que no había +moral de ninguna clase--y también se puso de pie--; que el hombre era un +animal de costumbres; que cada cual barría para adentro. + +--_Homo homini lupus_--advirtió Bedoya el capitán. + +El coronel Fulgosio le miró con respeto y aprobó la proposición sin +entenderla. + +--Eso es la lucha por la existencia--dijo muy serio Joaquinito Orgaz. + +--No hay más que materia...--añadió Foja, que sólo en sus borracheras +exponía sus opiniones filosóficas. + +--Fuerza y materia--dijo Orgaz padre--que lo había oído a su hijo. + +--Materia... y pesetas--rectificó Juanito Reseco--con voz aguda, +estridente y cargada de una ironía que Orgaz padre no podía comprender. + +--Eso es--gritó el orador Palma; y siguió brindando por todas las +excelencias naturales que él echaba de menos en su miserable cuerpo de +anémico incurable. + +Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones, +coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón. Entre la +ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y vino, +rodaron el nombre y el honor de muchas señoras. «Allí se podía decir +todo, estaban solos, todos eran unos». Mesía hablaba poco, era su +costumbre en tales casos. Temía estas expansiones en que se toma por +amigo a cualquiera y en que se dicen secretos que en vano después se +querría recoger. Mientras los demás referían aventuras vulgares, sin +gloria, él atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y +la barba apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco +con cariño y voluptuosa calma; los ojos animados, húmedos, llenos de +reflejos de la luz y de reflejos eléctricos del vino, se fijaban en el +techo. Las demás figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no +tenía dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mesía estaba +hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armonía de sus formas +de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la gula no +imprimían groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre melancólica +y lasciva; se veía al hombre del vicio, pero sacerdote, no víctima: +dominaba él a su borrachera, _morigerada_, señoril, discreta. Don +Álvaro, a solas entre aquellos pobres diablos, soñaba despierto, +enternecido. En aquellos momentos se creía enamorado de veras, y se +creía y se sentía de veras interesante. Aunque él era sensualista ¡qué +diablo! la sensualidad, pensaba, también tiene su romanticismo. El +_claire de lune es claire de lune_ aunque la luna sea un cacho de hierro +viejo, una herradura de algún caballo del sol. + +Y pasaban por su memoria y por su imaginación recuerdos de noches de +amor, no todas claras ni todas poéticas, pero muchas, muchas noches de +amor. Y sintió comezón de hablar, de contar sus hazañas. Este prurito +era nuevo en él; no lo había sentido hasta que la Regenta le había +humillado con su resistencia. + +Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno +de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a él, y +callaron los demás para oírle. Entonces habló, sin poder remediarlo, +para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su historia. Habló +el maestro. Quitó el codo de la mesa y apoyó en ella los dos brazos +cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía el cigarro, cargado con +una pulgada de ceniza; inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo +báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra +suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con +silencio de iglesia. Los que estaban lejos se incorporaban para +escuchar, apoyándose en la mesa o en el hombro del más cercano. +Recordaba el cuadro, por modo miserable, la _Cena_ de Leonardo de Vinci. + +La atención profunda del auditorio, el interés que se asomaba a las +miradas y a las bocas entreabiertas, sedujeron al Tenorio de Vetusta, le +halagaron y habló como podría hablar sobre el pecho de un amigo. Joaquín +Orgaz y el Marquesito oían con recogimiento de sectario al maestro. +Aquella era palabra de sabiduría. + +Unas veces las aventuras eran románticas, peligrosas, de audacia y +fortuna; las más probaban la flaqueza de la mujer, sea quien sea; otras +demostraban la necesidad de prescindir de escrúpulos; muchas el buen +éxito de la constancia, de la astucia y de la rapidez en el ataque. + +De vez en cuando el silencio era interrumpido por carcajadas +estrepitosas; era que una aventura cómica alegraba al concurso, +sacándole de su estupor malsano y corrosivo. Entre la admiración general +serpeaba la envidia abrazada a la lujuria: las tenias del alma. Los ojos +brillaban secos. + +El arte del seductor se extendía sobre aquel mantel, ya arrugado y +sucio; anfiteatro propio del cadáver del amor carnal. + +Mesía se dejaba ver por dentro, más que por complacer a sus oyentes, por +oírse a sí mismo, por saber que él era todavía quien era. + +«Las trazas del amor eran casi siempre malas artes; era un soñador el +que pensase otra cosa. Alguna vez se le había arrojado a Mesía a los +brazos una mujer loca de puro enamorada; pero estas aventuras eran muy +raras. Además: si la mujer no fuera tan lasciva a ratos, las victorias +escasearían; por amor puro se entregan pocas. Más hace la ocasión que la +seducción. La seducción debe transformarse en ocasión». + +Llegó el caso de contar cómo había podido don Álvaro vencer a la hija de +un maestro de la Fábrica vieja, muy honrado, que velaba por el honor de +su casa como un Argos. Angelina tenía padre, madre, abuela, hermanos; +ella era pura como un armiño.... Mesía había empezado por seducir a los +parientes. En cada casa entraba según lo exigía la vida de aquel hogar. + +Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de papel, +jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de devanadera, oía con +paciencia y fingida atención las lucubraciones socialistas y +humanitarias del padre, encantaba a todos; llegaba a ser el tertulio +necesario, el paño de lágrimas, el consejero, el mejor ornamento de la +casa; la llenaba con su hermosa presencia; era dulce, cariñoso, tenía +blanduras de padrazo; cuidaba de los intereses domésticos como si fueran +propios, hasta ponía paz entre los criados y los amos. Así iba entrando, +entrando en el corazón de todos; los amores con Angelina (o quien fuera, +pues de tales aventuras había tenido muchas) comenzaban en secreto; y +poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran tapete +debajo del cual hay un brasero; en el balcón al obscurecer, en cuantas +ocasiones podía, se acercaba, se apretaba contra su víctima, la llenaba +de deseos de él, de su arrogante belleza varonil y simpática; después +hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal amparo que +parecía la misma inocencia; y cualquier día o cualquiera noche, en una +merienda en el campo, después de la cena de Noche-buena, mientras los +demás de la familia reían alegres, descuidados, la pasión de Angelina +llegaba al paroxismo, la ocasión echaba el resto y la deshonra entraba +en la casa, y el amigo íntimo, el favorito de todos, salía para no +volver nunca. + +Los que oían a don Álvaro se figuraban presenciar aquellas escenas de +amistad íntima, tranquilas, dulces, llenas de expansión y confianza; en +el rostro del seductor, en sus ademanes, en las sonrisas, en la voz, se +reflejaban, por virtud del recuerdo, la bondad suave, el aire bonachón y +entrañable, la franqueza sencilla, noble, familiar, la habilidad +casera, todas las artes y cualidades que hacían vencer a Mesía en lides +tales. + +--Otras veces, amigos, había que recurrir a la fuerza. Renunciar a una +victoria que se consigue con los puños y sudando gotas como garbanzos, +entre arañazos y coces, es ser un platónico del amor, un _cursi_; el +verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como +puede; es romántico, caballeresco, pundonoroso cuando conviene; grosero, +violento, descarado, torpe si hace falta. + +Nunca se le olvidaría a don Álvaro un combate de amor que duró tres +noches, y fue más glorioso para la vencida que para el vencedor. La +escena representaba una panera, casa de madera sostenida por cuatro pies +de piedra, como las habitaciones palúdicas sustentadas por troncos, y +las de algunos pueblos salvajes. En la panera dormía Ramona, aldeana, y +cerca de su lecho de madera pintada de azul y rojo, que rechinaba a cada +movimiento del jergón, yacía la cosecha de maíz de su casería, en montón +deleznable que subía al techo. + +Allí fue la batalla. Y don Álvaro, como si lo estuviera pasando todavía, +describía la obscuridad de la noche, las dificultades del escalo, los +ladridos del perro, el crujir de la ventana del corredor al saltar el +pestillo; y después las quejas de la cama frágil, el gruñir del jergón +de gárrulas hojas de mazorca, y la protesta muda, pero enérgica, brutal +de la moza, que se defendía a puñadas, a patadas, con los dientes, +despertando en él, decía don Álvaro, una lascivia montaraz, desconocida, +fuerte, invencible. + +«Hubo momentos en que peleé, como César en Munda, por la vida. Era +Ramona, señores, morena; su carne de cañón, dura, tersa, y aquellos +brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en arrebato amoroso, me +probaban su fuerza dando tortura a los míos, oprimidos, inertes. Mi +deseo era más poderoso, porque tenía un incentivo más picante que la +pimienta: conocía yo que Ramona gozaba, gozaba como una loca en la +refriega. Segura de no ser vencida por la fuerza, enamorada a su modo +del _señorito_, sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos +mudos, gimnásticos, callaba, forcejeaba, mordía con deleite, magullaba +con voluptuosidad bárbara, y encontraba placer de salvaje en el martirio +de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sentían dominados por ella. +La cama se hundió; rodamos por el suelo; y rodando llegamos al monte de +maíz. Entonces salió la luna; entraron sus rayos por la ventana que yo +dejara abierta, y vi a mi robusta aldeana, en pie, hundida una pierna +entre los granos de oro y la rodilla de la otra clavada sobre mi pecho. +Me intimaba la muerte o la huida, amenazándome con una medida para +áridos, cajón enorme de madera con chapas de hierro. Huí, huí por la +ventana; del corredor de la panera salté al callejón como pude, y tuve +que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. (Pausa.) Pero +volví a la noche siguiente. El perro ladró menos. La ventana no estaba +cerrada, el pestillo estaba descompuesto; Ramona no dormía, me esperaba; +en cuanto me sintió, descargó tremendo bofetón sobre mi rostro. No +importaba. Volvimos a la lucha; los mismos incidentes; rodamos, nos +anegamos en maíz; yo tragué muchos granos. Y tampoco vencí aquella +noche. Salí de allí por un armisticio, con promesas de futura victoria. +Y a la noche tercera luché todavía; me había engañado; el premio me +costó batalla nueva, y sólo pude recogerlo entre molestias sin cuento, +por culpa del maíz deleznable, curioso, importuno, entremetido. Ramona, +ya rendida, se quejaba también. Nos hundíamos, olvidados de todo; y si +no estuviera mandado que lo cómico no acabe en trágico, en buena +retórica, en aquel montón inquieto hubieran encontrado sepultura Álvaro +y Ramona sofocados por uno de nuestros más humildes cereales». + +Aplausos y carcajadas ahogaron la voz del narrador. Y entonces don +Álvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con el +contraste de aventuras románticas, en que él aparecía como un caballero +de la Tabla Redonda. + +Y a todo esto don Pompeyo Guimarán olvidaba su exordio, interesado a su +pesar en las aventuras eróticas del _frívolo_ Presidente del Casino. +Paco Vegallana había hecho beber al ateo, sin que este lo sintiera, más +de lo que la justicia manda. No estaba borracho, pero se sentía mal y a +su pesar encontraba cierto deleite en oír aquellas escenas escandalosas +que en otra ocasión le hubieran indignado. + +Mesía al fin, cansado, y algo arrepentido de haber hablado tanto, puso +término a sus confesiones, y volviéndose a don Pompeyo le invitó a usar +de la palabra. + +--Don Pompeyo--dijo, y se puso en pie tambaleándose, lo cual probaba +que, si no el vino, sus recuerdos le habían embriagado--don Pompeyo; +puesto que ésta es la hora de las grandes revelaciones, es preciso que +usted nos diga cuál es el fondo de su alma.... + +--Señores--interrumpió el ateo--el fondo de mi alma lo traigo en la +superficie para que el mundo se entere. + +--¡Bravo! ¡bravo!--gritó el concurso. + +Y se vertieron y rompieron algunas copas. + +--Propongo--gritó Juanito Reseco, encaramado en una silla--que en vista +de ese rasgo de genio... se le permita llamarnos de tú y estar a la +recíproca. + +--¡Admitido! ¡Aprobado!--Pues bien--prosiguió Juanito--; oh tú, +Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un disgusto. Tú piensas que en +Vetusta no hay más ateos que tú... + +--¡Caballerito!--Pues yo soy otro; _anch'io... so pittore_. Sólo que tú +eres un ateo progresista, un ateo fanático, un teólogo patas arriba.... +Tú pasas la vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por +debajo de tus piernas. Y aunque hay contradicción aparente en eso de +patas arriba y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la +antinomia como dicen los filósofos cursis, considerando que el ser +bípedo no es para todos.... + +--Caballerito... no comprendo esa jerga filosófica. Antes que usted +naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone es +insultar mis canas, y mi consecuencia.... + +--Decía que eres un teólogo patas arriba; pues sabe que en el mundo +civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La cuestión +de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve. Tú no puedes +entender esto, pero oye lo que te importa; tú, fanático de la negación, +morirás en el seno de la Iglesia, del que nunca debiste haber salido. +_Amen dico vobis_. + +Y cayó Juanito debajo de la mesa. + +A todos había indignado su discurso, menos a Mesía que extendiendo su +mano hacia él, exclamó: + +--¡Perdonadle... porque ha bebido mucho! + +--Ese Juanito--decía el coronel a don Frutos el americano--me parece un +gran pedante. + +--Es un hambriento con más orgullo que don Rodrigo en la horca. + +Se habló de religión otra vez. Don Frutos expuso sus creencias con una +palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto +sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las +cláusulas. + +Insistía don Frutos en que él sentía que su alma era inmortal: había +otro mundo, además de las Américas, otro mundo mejor al cual iban las +almas de los que no habían robado en las carreteras. Además Dios era +misericordioso, hacía la vista gorda. Y por supuesto, quería don Frutos +ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si +no, ¡vaya una gracia! + +--¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la +haz de la tierra?--preguntaba Foja al oído de Orgaz hijo. + +--¡Señores--gritó Joaquín--si en la otra vida no hay _cante_ o es cante +adulterado, renuncio al más allá! + +Y dio un salto sobre la mesa agarrándose a una columna y comenzó un +baile flamenco con perfección clásica. No faltaron jaleadores, y sonaban +las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancolía de +chulo: + + a coooosa + que maravilla mamá + ver al Frascueeeelo + la pantorriiiilla mamá... + +Don Pompeyo sentía escalofríos. ¡Qué degradación! Meditaba y veía dos +Orgaz hijo sobre la mesa. + +--Me han embriagado con sus herejías... quiero decir... con sus +blasfemias...--dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo +aquello era muy soso sin mujeres. + +Joaquín gritó:--Allá va una a la salud de don Pompeyo. + +Y comenzó una copla impía y brutal alusiva a una sagrada imagen. + +--¡Alto ahí, señor mío!--exclamó indignado el buen Guimarán al oír el +penúltimo verso--. Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo +que ustedes hacen con tamañas blasfemias indecorosas es la causa, el +caldo gordo del clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y +procaz, que por el mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy +se ha creído esto y mañana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido +los pueblos cultos, ni ahora, ni en la antigüedad, es de la buena +crianza, y del respeto que nos debemos todos. + +--¡Bien, muy bien!--dijeron todos, incluso Joaquín. + +--Y yo estoy cansado de que se me tome a mí por un iconoclasta; sí, +iconoclasta soy, pero iconoclasta del vicio, apóstol de la virtud y +heresiarca de las tinieblas que envuelven la inteligencia y el corazón +de la humanidad. + +--¡Bravo!¡bravo!--Y si por alguien se ha creído que yo puedo +fraternizar con el escándalo, aunarme con la desfachatez y adherirme a +la orgía, protesto indignado, que a muy otra cosa he venido aquí. Y creo +llegado el momento de que se hable con alguna formalidad. + +--Perfectamente--interrumpió Foja--el señor Guimarán ha hablado como un +libro, y eso que no los lee, pero no importa, ha hablado como el libro +de su conciencia, según él dice. Aquí, señores, nos hemos reunido para +celebrar la vuelta del señor Guimarán al hogar doméstico, llamémoslo +así, del Casino. Pero ¡ah! señores diputados, ¿por qué ha vuelto al +Casino el señor Guimarán? _Tatiste question_, como dice Trabuco, a quien +siento no ver entre nosotros. (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque +nos hemos emancipado de la repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto +a fundar una sociedad cuya sesión inaugural estáis celebrando, acaso sin +saberlo. Esta sociedad que, desde luego, no se llamará de la templanza, +se propone perseguir a los fariseos, arrancar las caretas de los +hipócritas y arrancar del cuerpo social de Vetusta las sanguijuelas +místicas que chupan su sangre. (Estrepitosos aplausos. Paco se abstiene +y piensa lo mismo que antes: que faltan chicas.) Señores... guerra al +clero usurpador, invasor, inquisidor; guerra a esa parte del clero que +comercia con las cosas santas, que se vale de subterráneos para entrar +con sus tentáculos de pólipo en las arcas de la _Cruz Roja_... + +--¡Ahí, ahí le duele!... + +--A ese clero que condena a la tisis del hambre a dignos comerciantes, a +padres de familia; a ese clero que dispersa los hogares y hunde en +alcantarillas inmundas, mal llamadas celdas, a las vírgenes del Señor, y +que entiende que las entrega a Jesús entregándolas a la muerte. +(Frenéticos aplausos.) Juremos todos ser trompetas del escándalo, para +que tanto sea, y a tales oídos llegue, que la ruina del enemigo común +sea un hecho. Porque, señores, nadie como yo respeta al clero +parroquial, ese clero honrado, pobre, humilde... pero el alto clero... +muera... y sobre todo... muera el señor Provisor... el.... + +--¡Muera! ¡muera!--contestaron algunos: Joaquín, el coronel, que +estaba sereno, pero quería que muriese el Magistral, y otros dos o tres +comensales borrachos. + +Cuando se levantaron de la mesa amanecía. Se había hablado mucho más; se +había contado la historia del Provisor tal como la narraba la leyenda +escandalosa. Convinieron, hasta los más prudentes, en que era preciso +fundar seriamente aquella sociedad propuesta por Foja. Se acordó +juntarse a cenar una vez al mes y hacer gran propaganda contra el +Magistral. Al salir, repartidos en grupos, se decían en voz baja: + +--«Todo esto lo ha preparado Mesía; don Fermín es su rival y él quiere +arruinarle, aniquilarle. + +--»¿Pero ¿quién llevará el gato al agua? + +--»¿Qué gato?--»¿O la gata?--»El Magistral.--»Álvaro.--»O los dos... +--»O ninguno.--»En fin--advirtió Foja--yo ni quito ni pongo rey.... + +--»Pero ayudo a mi señor»--concluyó el coro. + +Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz acompañaron a don Pompeyo a su +casa. Era una mañana de Junio alegre, tibia, sonrosada. El sol anunciaba +sus rayos en los colores vivos de las nubes de Oriente. Los pasos de los +trasnochadores retumbaban en las calles de la Encimada como si +anduvieran sobre una caja sonora. Aunque no hacía frío, todos habían +levantado el cuello de la levita o lo que fuese. Don Pompeyo iba +taciturno. Abrió la puerta de su casa con su llavín; entró sin hacer +ruido; y a poco cerraba los ojos, metido en su lecho, por no ver la +claridad acusadora que entraba por las rendijas de los balcones +cerrados. Aquello de acostarse de día era una revolución que mareaba a +Guimarán; dudaba ya si las leyes del mundo seguían siendo las mismas. Al +cerrar los ojos sintió que su lecho, siempre inmóvil, también se +sublevaba bajando y subiendo. Poco después se creía en el Océano, +encerrado en un camarote, víctima del mareo y corriendo borrasca. + +Se levantó a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de la +cena, de la dichosa cena. Sin embargo, aunque se prometió no verse en +otra; pocas horas después, en el Casino, donde le recibieron con +muestras de simpatía y de júbilo, ofrecía solemnemente volver a las +andadas, acudir a los _gaudeamus_ mensuales en que se daría cuenta de +los trabajos de la _sociedad innominada_ que había fundado +_inter-pocula_. + +Doña Paula supo por el Chato, a quien se lo contó un mozo del restaurant +del Casino, cuanto se había hablado en la cena inaugural, y lo que +pretendían aquellos señores. Cuando el Magistral oyó a su madre que se +había gritado: «Muera el Provisor» encogió los hombros, se levantó y +salió de casa. + +--Este chico anda tonto... yo no sé lo que tiene; parece que no está en +este mundo.... ¡Oh, maldita Regenta! ¡Esa mala pécora me lo tiene +embrujado! + +Al mes siguiente se celebró la segunda sesión de la _Innominada_; se +bebió, se emborracharon los que solían y se dio cuenta de los trabajos +de propaganda. Foja participó que se había entendido en secreto con el +Arcediano, don Custodio y otros _enemigos capitulares_ (así dijo) del +Provisor. Se sabían muchos escándalos nuevos; el elemento eclesiástico y +el secular, de común acuerdo para librar a Vetusta del enemigo general, +tramaban la ruina del monstruo; pronto se llegaría a poner en manos del +Obispo las pruebas de aquellas prevaricaciones de todas clases de que +se acusaba a don Fermín de Pas. Lo peor de todo, lo que haría saltar al +Obispo, era lo que se refería al abuso indecoroso del confesonario. Se +contaban horrores; en fin, ello diría. + +Don Álvaro propuso que las cenas mensuales se suspendiesen hasta el +Otoño y suplicó que se guardase el más profundo secreto. Además, él, +sintiéndolo, tenía que privarse en adelante de asistir a tales +reuniones; su espíritu allí quedaba, pero él, don Álvaro, por razones +poderosas, que suplicaba a los presentes respetaran, se abstendría de +acudir a tan agradables banquetes. + +Quince días después, a mediados de Julio, entraba una tarde el +Presidente del Casino en el caserón de los Ozores. Iba a despedirse. Don +Víctor le recibió en el despacho. Estaba el amo de la casa en mangas de +camisa, como solía en cuanto llegaba el verano, aunque no tuviera mucho +calor. Para él venían a ser ideas inseparables el estío y aquel traje +ligero. Quintanar al ver a don Álvaro suspiró, le tendió ambas manos, +después de dejar un libro negro sobre la mesa y exclamó: + +--¡Oh mi queridísimo Mesía! ¡Ingrato! cuánto tiempo sin parecer por +aquí... + +--Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias, +después a los baños de Sobrón y a mediados de Agosto estaré de vuelta en +Palomares, por no perder la costumbre. + +--De modo que hasta Septiembre...--Hasta fines de Septiembre no nos +veremos.... + +Don Álvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la casa. + +Don Víctor lamentó aquella ausencia. Suspiró. «Era un nuevo +contratiempo, nuevo asunto de tristeza». + +Notó don Álvaro que su amigo estaba menos decidor que antes, que se +movía y gesticulaba menos. + +--¿Ha estado usted malo?--¡Quiá! ¿quién? ¿yo? ¡ni pensarlo! Pues qué, +¿tengo mala cara? Dígame usted con franqueza... ¿tengo mala cara?... +Pálido... ¿tal vez? ¿pálido?... + +--No, no, nada de eso. Pero... se me figura que está usted menos alegre, +preocupado... qué sé yo.... + +Don Víctor suspiró otra vez. Tras una pausa preguntó, con tono +quejumbroso: + +--¿Ha leído usted eso?--¿Qué es eso?--Kempis, la _Imitación de +Jesucristo_... + +--¿Cómo? ¡usted! ¿también usted?... + +--Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas cosas... +que no se le habían ocurrido nunca.... No importa. La vida, de todas +maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero. Usted se nos va.... +Los marqueses se van.... Visita se va.... Ripamilán ya se marchó... +Vetusta antes de quince días se quedará sola; de la Colonia... ni un +alma queda.... De la Encimada se ausenta lo mejor... quedan los pobres... +los jornaleros... y nosotros. Nosotros no salimos este año. ¡Y qué +triste es un verano entero en Vetusta! El césped del paseo grande se +pone como un ruedo de esparto... no se ve un alma por allí, en las +calles no hay más que perros y policías.... Mire usted, prefiero el +invierno con todas sus borrascas y su agua eterna... qué sé yo... a mí +el frío me anima.... En fin, felices ustedes los que se van.... + +Y don Víctor suspiró otra vez. + +--Voy a llamar a mi mujer. ¿Querrá usted decirla adiós, verdad? Es +natural. + +--No... si está ocupada... no la moleste usted.... + +--No faltaba más. Ocupada... ella siempre está ocupada... y +desocupada... qué sé yo. Cosas de ella. + +Salió. Don Álvaro tomó en las manos el Kempis; era un ejemplar nuevo, +pero tenía manoseadas las cien primeras páginas, y llenas de registros. +Nunca había leído él aquello. Lo miraba como una caja explosiva. Lo dejó +sobre la mesa con miedo y con ciertas precauciones. + +Ana entró en el despacho. Vestía hábito del Carmen. Seguía pálida, pero +había vuelto a engordar un poco. A Mesía le latió el corazón y se le +apretó la garganta, con lo que se asustó no poco. + +Aquella mujer despertaba en él, ahora, una ira sorda mezclada de un +deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un +continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez +para siempre, antes de poner el pie en tierra. «¿Qué sabía él si jamás +aquella mujer sería suya?». Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras +voces le decían: «Renuncia para siempre a la Regenta». Ya se vería. Pero +era doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo, toda +esperanza, todo proyecto de conquista. + +Quería observar en el rostro de Ana la huella de una emoción, al decirle +que se marchaba sin saber cuándo volvería. Pero Ana oyó la noticia como +distraída; ni un solo músculo de su rostro se movió. + +--Nosotros--dijo--nos quedamos este verano en Vetusta. Yo no puedo +bañarme y el médico me ha dicho que el aire del mar más podría hacerme +daño que provecho por ahora. + +--Vetusta se pone muy triste por el verano.... + +--No... no me parece.... Don Víctor los dejó solos. + +Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantó +los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, a +la tentación de años y años. Sintió él que perdía el aplomo, creyó que +iba a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en +pie delante de ella. + +--¿Se marcha usted ya? «Si yo me arrojo a sus pies ahora, ¿qué pasa +aquí?» se preguntó don Álvaro. Y sin saber lo que hacía, tendió la mano +enguantada y dijo temblando: + +--Anita... si usted quiere... algo para las provincias.... + +--Que usted se divierta mucho, Álvaro...--contestó ella sin asomo de +ironía. Pero a él se le figuró que se burlaba de su torpeza ridícula, de +su miedo estúpido... y sintió vehementes deseos de ahogarla. La mano de +la Regenta tocó la de Mesía sin temblar, fría, seca. + +Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después con la +puerta. En el pasillo se despidió de su amigo Quintanar. + +La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y +amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lágrimas, buscaban +el cielo azul entre las nubes pardas. + + + + +--XXI-- + + +Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los cuarenta capítulos +de la _Vida de Santa Teresa escrita por ella misma_. + +Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y +crisis nerviosas. Don Víctor, a quien los remordimientos, durante la +recaída de su mujer, habían hecho jurar que hasta verla salva, sana, +jamás se apartaría de ella, faltó al juramento en cuanto la creyó fuera +de peligro. Un día se aventuró a dar una vuelta por el Casino; después +iba a ver los periódicos: más adelante jugaba una partida de ajedrez, y +«ya se sabe lo pesado que es este juego». Al fin, sin dar pretexto +alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le caía encima. «Empezaba +el calor--porque don Víctor, en cuestión de temperatura, se regía por el +calendario--y ya se sabía que él no podía trabajar en su despacho en +cuanto el sudor le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo, +mucha naturaleza». + +La Marquesa, Visitación, Obdulia, doña Petronila y otras amigas que +habían hecho compañía a la Regenta mientras duró el mal tiempo, ahora la +visitaban cada dos o tres días y las visitas eran breves. Hacía un sol +hermoso, días azules, sin una nube en el cielo; había que aprovechar el +buen tiempo; era la época del año en que Vetusta se anima un poco: había +teatro, paseos concurridos, con música, forasteros... una exposición de +minerales.--Hasta Petra pidió una tarde permiso a la señora para ir a +ver un arco de carbón que habían construido.... + +Ana pasaba horas y más horas en la soledad de su caserón: a su lecho +llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensión de los +sentidos. Allá abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a veces Petra. +Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola, su único +amigo. + +La Regenta sentía más la soledad con tal compañía; aquellos criados +indiferentes, mudos, respetuosos, sin cariño, le hacían echar de menos +la humanidad que compadece. Petra le era antipática. La temía sin saber +por qué. Para tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la +invadían, preguntaba a la doncella: + +--¿Anda don Tomás por la huerta? + +Si Frígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cerca de sí. Se +calmaba. Crespo subía una vez cada tarde a verla; pero no se sentaba +casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcón a +la puerta, y se despedía con un gruñido cariñoso. + +Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad +en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo, +cuando estaba serena, sobre todo después de dormir algunas horas o de +tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi +voluptuoso en aquella soledad. El balcón del gabinete daba al Parque: +incorporándose en el lecho, veía detrás de los cristales las copas de +algunos árboles que brillaban con la hoja nueva, rumorosa, tersa y +fresca. Gorjeos de pájaros y rayos de un sol vivo, fuerte y alegre la +hablaban de la vida de fuera, de la naturaleza que resucitaba, con +esperanza de salud y alegría para todos. + +«Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a qué mundo tan +diferente! ¡Cuán otra vida iba a ser de la que había sido! se preparaba +a sí misma una vida de sacrificios, pero sin intermitencias de malos +pensamientos y de rebelión sorda y rencorosa, una vida de buenas obras, +de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en +Dios y por Dios». Pero entretanto, mientras no podía moverse de aquella +prisión de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al espíritu +sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de +Cristo. + +Ana vivía ahora de una pasión; tenía un ídolo y era feliz entre +sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, miserias del barro +humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces leyendo se +mareaba; no veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar la +cabeza sobre las almohadas y _dejarse desvanecer_. Pero recobraba el +sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la lectura, a devorar +aquellas páginas por las cuales en otro tiempo su espíritu distraído, +creyéndose, vanamente, religioso, había pasado sin ver lo que allí +estaba, con hastío, pensando que las visiones de una mística del siglo +dieciséis no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste. + +La debilidad había aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba con +la razón y con el sentimiento en los más recónditos pliegues del alma +mística que hablaba en aquel papel áspero, de un blanco sucio, de letra +borrosa y apelmazada. Pasmábase de que el mundo entero no estuviese +convertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzas +de la santa de Ávila. «Oh, bien decía aquel bendito, dulce, triste y +tierno fray Luis de León: la mano de Santa Teresa, al escribir, era +guiada por el Espíritu Santo, y por eso enciende el corazón de quien la +saborea». + +«Sí, bien encendido tenía el suyo Ana; no más, no más ídolos en la +tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto de la santa, de la adorada +heroína de tantas hazañas del espíritu, de tantas victorias sobre la +carne». + +Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo +de Santa Teresa; o si no: ¡qué placer celestial si ella viviese ahora! +Ana la hubiera buscado en el último rincón del mundo; antes la hubiera +escrito derritiéndose de amor y admiración en la carta que le dirigiese. +No estaba la Regenta acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos +en oraciones mentales, según los prudentes consejos del Magistral; su +educación pagana, dislocada, confusa, daba extrañas formas a la piedad +sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza +después de tantos años. + +Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de +Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se veía +los pensamientos que la mística dedicaba a las vicisitudes de su +historia. + +El espíritu de imitación se apoderaba de la lectora, sin darse ella +cuenta de tamaño atrevimiento. + +La Santa había encontrado refuerzo de piedad en el _Tercer Abecedario_ +por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mandó a Petra a las librerías a buscar +aquel libro. No pareció el _Tercer Abecedario_, el Magistral no lo tenía +tampoco. Pero mejor era su suerte en lo tocante al confesor. Veinte +años lo había buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y no +parecía. Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida. +«¡Qué grande hombre era y cuánto le debía! ¿Quién sino él había sembrado +aquella piedad en su alma?». + +En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a +don Fermín una carta con que había soñado ella muchas noches, que era +uno de sus caprichos de convaleciente. La escribió sin que lo supiera +Quintanar, que le tenía prohibidos _toda clase de quebraderos de +cabeza_. + +De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los +progresos que la piedad más pura hacía en aquel espíritu. Pero ella +quería escribirle; de palabra no se atrevía a decir ciertas cosas +íntimas, profundas; además no podía decirlas; y sobre todo, la retórica, +que era indispensable emplear, porque a ideas grandes, grandes palabras, +le parecía amanerada, falsa en la conversación, de silla a silla. + +La carta, de tres pliegos, la llevó Petra a casa del Provisor; la +recibió Teresina sonriente, más pálida y más delgada que meses atrás, +pero más contenta. El Magistral se encerró en su despacho para leer. +Cuando su madre le llamó a comer, don Fermín se presentó con los ojos +relucientes y las mejillas como brasas. Doña Paula miraba a su hijo y a +Teresina alternativamente, encogía los hombros cuando no la veían ni la +doncella, que iba y venía con platos y fuentes, ni su hijo que miraba al +mantel distraído, comiendo por máquina y muy poco. Teresina era ya toda +del señorito; nada decía al ama de las cartas que a don Fermín +entregaba. Las traía Petra que llamaba a la puerta con seña particular, +bajaba Teresa, en silencio se besaban como las señoritas, en ambas +mejillas, cuchicheaban, reían sin ruido y se daban algún pellizco. Petra +reconocía cierta superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de +pelo negro, los ojos de Dolorosa, el cutis y demás prendas envidiables +de su amiga. Teresina prometía futuras ventajas a Petra, y se despedían +con más besos. + +--¿Quién ha estado ahí?--preguntaba doña Paula. + +Era un pobre o uno del pueblo.--Nunca se decía la verdad. Doña Paula no +sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registrándole el baúl, +en su ausencia, había encontrado varias alhajas que bien valdrían dos +mil reales. Había sonreído entre satisfecha y envidiosa. «Dos mil reales +valdría aquello... sí... era demasiado... era un escándalo. Si el decoro +lo permitiese... si no fuese por vergüenza... exigiría que se le dejase +a ella recompensar a las gentes como merecían, sin despilfarros ociosos. +El descubrimiento la satisfacía; aquello era obra suya al fin y al cabo, +pero los dos mil reales le dolían: también eran suyos». + +Al día siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral salió +de casa, fue al Paseo Grande, buscó un lugar retirado en los jardines +que lo rodean; y sin más compañía que los pájaros locos de alegría, y +las flores que hacían su tocado lavándose con rocío, volvió a leer +aquellos pliegos en que Ana le mandaba el corazón desleído en retórica +mística. Ya casi sabía de memoria algunos párrafos de los que le +parecían más interesantes y para él más halagüeños; y como la alegría le +inundaba el corazón, se sentía hecho un chiquillo aquella mañana +sonrosada de un día de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el +sol rasgara el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubría la +lontananza por Oriente. + +Se puso de pie el Magistral, miró a todos lados por encima del seto de +boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le +ocurrió mezclar a la cháchara insustancial y armoniosa de los pájaros +que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz más dulce y +melódica, recitando aquellas palabras de espiritual hermosura que la +Regenta le había escrito. + +«Ya tengo el don de lágrimas, leyó el Magistral en voz alta como +diciéndoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y demás vecinos de la +enramada, ya lloro, amigo mío por algo más que mis penas; lloro de amor, +llena el alma de la presencia del Señor a quien usted y la santa querida +me enseñaron a conocer. No tema que vuelva la pereza a detenerme en casa +olvidada de mi salvación; ya sé que la tibieza es muerte, leído tengo lo +que dice nuestra querida Madre y Maestra hablando de sus pecados: «no +hacía caso de los veniales y esto fue lo que me destruyó». Yo ni de los +mortales hice caso, y aunque usted me advertía del peligro, seguí mucho +tiempo ciega; pero Dios me mandó a tiempo (creo yo que era a tiempo; +¿verdad, hermano mío?) me mandó a tiempo el mal; vi en las pesadillas de +la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra Santa en agujero angustioso, +donde mi cuerpo estrujado padecía tormentos que no se pueden describir; +y a mí además, por la carne aterida y erizada me pasaban llagas +asquerosas unos fantasmas que eran diablos vestidos por irrisión, de +clérigos, con casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le hablé. +Pero no sólo del terror nació mi piedad, que ahora creo que va de veras, +sino también de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a +millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo +todo, sepa que en mucho, en mucho, debo al afán de no ser ingrata esta +voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivió muchos años sin +encontrar quien pudiera guiarla como ella quería; yo, más débil, recibí +más pronto amparo de Dios por mano de quien quisiera llamar mi padre y +prefiere que no le llame si no hermano mío; sí, hermano mío, hermano muy +querido, me complazco en llamárselo, aquí, ahora, segura del secreto, +sin oídos profanos que entenderían las palabras con la impureza ruin que +ellos llevarán dentro de sí, feliz yo mil veces que a la primera ocasión +en que tuve idea de ser buena, hallé quien me ayudara a serlo. ¡Y cuánto +tiempo tardé en entenderle del todo! Pero mi hermano, mi hermano mayor +querido me perdona ¿verdad? Y si necesita pruebas, si quiere que sufra +penitencias, hable, mande, verá como obedezco. Mas no extraño haber +querido tanto tiempo lo que la Santa declara haber querido también +«concertar vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos +sensuales». Ahora esto se acabó. Usted dirá por dónde hemos de ir; yo +iré ciega. De la confianza cariñosa de que me hablaba el otro día, al +salir yo de aquel paroxismo, estoy también enamorada, quiero también que +sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, además de esos +monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma Teresa de +Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta +bromas alegres que tenía, con purísima intención, con un clérigo amigo +suyo, consiguió apartarle del pecado. Recuerdo lo que dice: aquel +confesor le tenía gran afición, pero estaba perdido por culpa de unos +amores sacrílegos; habíale hechizado una mujer con malas artes, con un +idolillo puesto al cuello, y no cesó el mal hasta que la Santa, por la +gran afición que su confesor le tenía, logró que él le entregase el +hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame; y usted sabe que +ella lo arrojó al río y el clérigo dejó su pecado y murió después libre +de tan gran delito. Amistades así ayudan en la vida, que sin ellas es +como un desierto, y los que de ellas pudieran sospechar son los +malvados, que no han de saberlas, porque son incapaces de entender como +se debe cosa tan buena y que tanto sirve para la salvación de los +débiles. Aquí el débil no es el confesor, sino la penitente; usted no +tiene hechizos colgados del cuello, ni tenemos ídolos que echar al +río... yo soy la pecadora, aunque ningún hombre me hizo el mal que +aquella mujer al clérigo hechizado; sólo quise a mi marido, y de este ya +sabe usted de qué modo estoy enamorada; no con pasión que quite a Dios +cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le +deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de León me enseñó en +su _Perfecta casada_ que en cada estado la obligación es diferente; en +el mío mi esposo merecía más de lo que yo le daba, pero advertida por el +sabio poeta y por usted, ya voy poniendo más esmero en cuidar a mi +Quintanar y en quererle como usted sabe que puedo. Y por cierto que he +de poner por obra un proyecto que tengo, que es convertirle poco a poco +y hacerle leer libros santos en vez de patrañas de comedias. Algo he de +conseguir, que él es dócil y usted me ayudará. También en esto imitaré a +nuestra Doctora, que puso empeño en traer a mayor piedad a su buen +padre, que ya tenía mucha...». + +Estos últimos párrafos ya no los leía el Magistral en voz alta, sino que +había vuelto a sentarse y leía sin ruido y para dentro. Aunque algunos +celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga, +estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios. +«Aquello era vivir; lo demás era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello +que él había soñado, lo que una voz secreta le había dicho el día en que +ella se había acercado por primera vez a su confesonario». Seguía el +Magistral ocultándose a sí mismo las ramificaciones carnales que pudiera +tener aquella pasión ideal que ya se confesaban los dos _hermanos_; no +quería pensar en esto, no quería sustos de conciencia ni peligros de +otro género, no quería más que gozar aquella dicha que se le entraba por +el alma. + +Al leer lo de «hermano mayor querido», le daba el corazón unos brincos +que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la emoción más +fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba, esto era el hecho, la +realidad; ¿qué falta hacía darle un nombre? Lo que importaba era la +cosa, no el nombre. Además, acabase aquello como acabase, él estaba +seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar +satisfacción de apetitos que a él no le atormentaban. Cuando pensaba +así, oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba, +al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturia de +escuela «_Veritas in re est res ipsa, veritas in intellectu..._» Era un +seminarista de primer año de filosofía que repasaba la primera lección +de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto, +pensando entonces en los años en que él también aprendía que «la verdad +en la cosa es la cosa misma». Ahora le importaba muy poco la cosa misma, +y la verdad y todo... no quería más que hundir el alma en aquella pasión +innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo, +las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias, +las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo, +menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores. +¡Cuántos años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin +sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba el +Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia; nada de +teología, nada de quebraderos de cabeza que habían hecho de su +adolescencia y primera juventud un desierto estéril por donde sólo +pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. Bastaba +para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había seguido: la +ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas, +subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, más +que por nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en que +había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, sin tormentos +del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una mañana de Mayo +cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con +deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las +enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres +ocultos y encogidos en su cuna de pétalos. El Magistral arrancó un botón +de rosa; con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto +fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a +nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus +deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar +misterios naturales debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral, +perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta +cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volvía a caer en +su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón ya +no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo +metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad +refinada de que él no se daba cuenta. + +Llegó a la catedral. Entró en el coro. El Palomo barría. Don Fermín le +habló con caricias en la voz. Le debía muchos desagravios. ¡Cuántos +sofiones inútiles había sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba, +alababa su celo, su amor a la catedral; el Palomo, pasmado y agradecido, +se deshacía en cumplidos y buenas palabras. De Pas se acercó al +facistol, hojeó los libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en +voz baja, leyendo la música señalada con notas cuadradas, de un +centímetro por lado. Todo estaba bien. Los órganos allá arriba extendían +su lengüetería en rayas verticales y horizontales, deslumbrantes; +parecían dos soles cara a cara. Ángeles dorados tocaban el violín cerca +de la bóveda, a la que trepaban los relieves platerescos de los órganos; +detrás del coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y +rosetones dejaban pasar la luz deshaciéndola en rojo, azul, verde y +amarillo. + +En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una cuarta, +partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde +sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el pesebre de Belén +cuadriculado también por rayas opacas. Jesús sonreía a la mula y al buey +en su cuna de heno color naranja. Don Fermín miraba todo aquello como +por la primera vez de su vida. Hacía un fresco agradable en la iglesia y +el olor de humedad mezclado con el de la cera le parecía fino, +misteriosamente simbólico y a su modo voluptuoso. Aquella mañana cumplió +en el coro como el mejor, y sintió no ser hebdomadario para lucirse. +Glocester, al verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos +ocultos se dijo: «¡Disimula! ¡Pues a disimulo no me ha de ganar este +simoníaco!». Y se deshizo en amabilidad, cortesía y bromas lisonjeras. +«Bueno era él». + +--¿Ha visto usted--decía al salir de la catedral don Custodio--qué +satisfecho está el Provisor? + +Y contestaba Glocester, al oído del beneficiado: + +--Es que ya no tiene vergüenza; se ha puesto el mundo por montera. + +--Debe de haber pasado algo gordo...--¿A qué crimen alude usted? + +--Al de adulterio...--Ps... yo creo que... todavía están algo verdes. +Sin embargo, por él no quedará, y el crimen es el mismo.... + +A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta. +Era caso de envidia. Pero convenía suponerlo, para cargar el delito a la +cuenta de los muchos que atribuían al enemigo. + +Don Fermín, a las once, recordó que era día de conferencia en la Santa +Obra del Catecismo de las Niñas. Él era el director de aquella +institución docente y piadosa, que celebraba sus sesiones en el crucero +de la Iglesia de Santa María la Blanca. Sentía el humor más apropósito +para el caso. Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, con +sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa. En medio del recinto +se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; sobre ella +a un lado había tres filas de bancos sin respaldos, y enfrente de ellos +una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera, presidida por un +sillón de pana roja y varios taburetes de igual paño. El sillón era para +el Magistral, los taburetes para los capellanes catequistas, y en los +bancos se sentaban las niñas de siete a catorce años que aprendían la +doctrina cristiana, más algo de liturgia, historia sagrada y cánticos +religiosos. + +Cuando De Pas entró en el templo hubo un murmullo en los bancos de la +plataforma, semejante al rumor de una ráfaga que rueda sobre las copas +de los árboles. + +Tomó el amado director agua bendita, y después de santiguarse, subió, +radiante de alegría evangélica, las gradas de la plataforma; se frotó +las manos y a una niña de ocho años que encontró de pie al paso, la +sujetó suavemente; y mientras él miraba a la bóveda y mordía el labio +inferior, oprimía contra su cuerpo la cabeza rubia, y entre los dedos de +la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada. + +--¿Qué pájaro me habrá dicho a mí que doña Rufinita no quiere ser buena, +y enreda en la iglesia y descompone el coro cuando canta? + +Carcajada general. Las niñas ríen de todo corazón y el templo retumba +devolviendo el eco de la alegría desde la bóveda blanca, llena de luz +que penetra por ventanas anchas de cristales comunes. + +Todo lo que dice allí el Magistral se ríe; es un chiste. Niños y +clérigos están como en su casa. Los pocos fieles esparcidos por la +Iglesia son beatas que rezan con devoción; no se piensa en ellas. A +veces son espectadores de aquella algazara algunos adolescentes y pollos +con cascarón que tienen en los bancos de la plataforma sus amores. Los +catequistas, jóvenes todos, no ven con buenos ojos a tales señoritos que +vienen con propósitos profanos. + +El Magistral no se sentó en el sillón de la presidencia. Prefería pasear +por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo con ondulaciones de +palmera, acercándose de vez en cuando a los bancos llenos de alegría +para azotar una mejilla con suave palmada, o decir al oído de un +angelito con faldas un secreto que excita la curiosidad de todas y +origina siempre una broma de las que sabe preparar don Fermín de modo +que acaben en lección moral o religiosa. También los catequistas +alegres, graciosos, vivarachos, van y vienen, reprenden a las educandas +con palabras de miel y sonrisas paternales, y se meten entre banco y +banco mezclando lo negro de sus manteos redundantes con las faldas +cortas de colores vivos, y el blanco de nieve de las medias que ciñen +pantorrillas de mujer a las que el traje largo no dio todavía patente de +tales. En la primera fila se mueven, siempre inquietas, sobre la dura +tabla, las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más, hombrunas +casi en gestos, líneas y contornos, algunas rodeadas de precoces +turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes; algo +avergonzadas, sin conciencia clara de ello, de su desarrollo temprano. +Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa +que acababa de mascar, del que un fragmento arrugado se le asomaba a los +labios todavía. En las siguientes filas estaban las educandas de doce y +trece primaveras, presumidillas, entonadas; y detrás de estas las +señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura +vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios +legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación +natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias, +mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de +malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los ensayos de +coro, las niñas se levantaban, se repartían en secciones por el +tablado, formaban círculos, los deshacían, como bailarinas de ópera; y +los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban, +entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad +quinti-esenciada con cierta dentera moral que les encendía las mejillas +y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos análogos a los +del kirschen o del ajenjo. + +El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran +suyas y no del Ayuntamiento como las del _Paseo grande_, se recreaba en +los ojos de las que ya los tenían transparentes de malicia; y, más +sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de ángeles menores. +Llegó la hora de los discursos, después de los cánticos, en que la voz +de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios fisiológicos por +que estaban pasando. Una joven de quince años, catorce oficialmente, se +adelantó, y colocada cerca de la mesa recitó con desparpajo una filípica +un tanto moderada por los eufemismos de la retórica jesuítica, contra +los materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era +rubia, de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepción de la +barba, que apuntaba hacia arriba; tenía el torso de mujer, y debajo de +la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas +armoniosas, de seducción extraña. Tenía los ojos azules claros; el metal +de la voz, vibrante, poco agradable, hierático en su monotonía, +expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de un alma que preparaban +para el convento. La rubia hermosa, con brazos de escultura griega, no +entendía cabalmente lo que iba diciendo, pero adivinaba el sentido de su +arenga, y le daba el tono de intolerancia y de soberbia que le +convenía. También ella parecía una estatua de la soberbia y de la +intolerancia: una estatua hermosísima. Sus compañeras, los catequistas, +el escaso público esparcido por la nave la oían con asombro, sin pensar +en lo que decía, sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente +de su voz metálica. Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el +símbolo del fanatismo sentimental, la iniciación del _eterno femenino_ +en la eterna idolatría. El Magistral, con la boca abierta, sin sonreír +ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella +arrogante amazona de la religión, que labraba con arte la naturaleza, +por fuera, y él por dentro, por el alma. Sí, era obra suya aquel +fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su museo de +beatas; pero todavía estaba en el taller. Cuando aquel vestido gris, que +no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver dos dedos de +pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de su estudio +saldría a luz, el público la admiraría y para sí la guardaría la +Iglesia. + +La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones +finas, de expresión dulce, tímida y nerviosa. Apretaba con el cuerpo del +vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza; y más +que en su oración pensaba en que los muchachos que miraban desde abajo, +podían verla las pantorrillas, que tapaba mal la falda, a pesar de los +esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo terminar la historia de los +Macabeos que tenía a su cargo. Se le puso un nudo en la garganta, le +zumbaron los oídos y todo el lado derecho de la cabeza se quedó de +repente frío y el cutis pálido. Se ponía enferma de vergüenza. Tuvo que +salir de la Iglesia. El desparpajo de otras oradoras precoces hizo +olvidar la escena triste y desairada de la niña pusilánime, que había +salido llorando. El Magistral reanimó también el espíritu de la escuela +con chascarrillos morales y apólogos joco-místicos. Las muchachas se +morían de risa, se retorcían en los bancos, y dejaban ver a los profanos +y a los catequistas, relámpagos de blancura debajo de las faldas que +movían indiscretas, sin pensar en ello muchas, algunas sin pensar en +otra cosa. + +Cuando salió don Fermín de Santa María la Blanca, tenía la boca hecha +agua engomada. Aquellas sensaciones, que le habían invadido por +sorpresa, le recordaban años que quedaban muy atrás. No le gustaba +aquello; era poca formalidad. «¡Diablo de chicas!» iba pensando. De +todas suertes, lo que le pasaba probaba que aún era joven, que no era +por necesidad disfrazada de idealismo por lo que se juraba ser +platónico, siempre platónico, o por lo menos indefinidamente, en sus +relaciones con la fiel y querida amiga. Volvió su pensamiento a la +Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se +convirtió en deseo fuerte y definido de ver a doña Ana, de agradecerle +su carta y decírselo con la más eficaz elocuencia que pudiera. + +Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde +la visita. Su madre le habló como siempre, de lo que se murmuraba, y él +encogió los hombros. Oía la voz dura y seca de doña Paula anunciando, +por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de su honra, como +si le hablase de los cataclismos geológicos del tiempo de Noé. Le +parecía que era otro Provisor aquel de quien el público se quejaba. +«¡Ambición, simonía, soberbia, sordidez, escándalo!... ¿qué tenía él que +ver con todo aquello? ¿Para qué perseguían a aquel pobre don Fermín si +ya había muerto? Ahora el don Fermín era otro, otro que despreciaba a +sus vecinos y ni siquiera se tomaba la molestia de quererlos mal. Él +vivía para su pasión, que le ennoblecía, que le redimía. Si le apuraban, +daría una campanada». El Magistral gozaba encontrando dentro de sí +semejante hombre, más fuerte que nunca, decidido a todo, enamorado de la +vida que tiene guardados para sus predilectos estos sentimientos +intensos, avasalladores. La realidad adquiría para él nuevo sentido, era +más realidad. Se acordaba de las dudas de los filósofos y los ensueños +de los teólogos y le daban lástima. Los unos negando el mundo, los otros +_volatilizándolo_, parecíanle desocupados dignos de compasión. «La +filosofía era una manera de bostezar». «La vida era lo que sentía él, él +que estaba en el riñón de la actividad, del sentimiento. Una mujer +deslumbrante de hermosura por alma y cuerpo, que en una hora de +confesión le había hecho ver mundos nuevos, le llamaba ahora su _hermano +mayor querido_, se entregaba a él, para ser guiada por las sendas y +trochas del misticismo apasionado, poético.... Afortunadamente él tenía +arte para todo: sabría ser místico, hasta donde hiciera falta, perderse +en las nubes sin olvidar la tierra». Recordaba que años atrás había +pensado en escribir novelas, en hacer una _sibila_ verdaderamente +cristiana, y una _Fabiola_ moderna; lo había dejado, no por sentirse con +pocas facultades, sino porque le hacía daño gastar la imaginación. «Las +novelas era mejor vivirlas». + +Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de +pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester y las +maquinaciones de los _conjurados_ del Casino. + +En cuanto pudo el Magistral escapó de casa, prometiendo ir a sondear al +Obispo. Tomó el camino de la Plaza Nueva. El caserón de la Rinconada le +pareció envuelto en una aureola. + +Le recibieron Ana y don Víctor en el comedor. Ya era amigo de confianza. +Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral había prestado +muchos servicios a don Víctor, y este aunque le era algo antipático el +Magistral, se los había agradecido. Pero ya empezaba Quintanar, que +siempre había sido regalista, a sospechar algo malo de la _influencia +del sacerdocio_ en su hogar, o sea el _imperio_. «El clero era +absorbente». Sobre todo don Fermín había sido un poco jesuita. +«¡Jesuita! ¡El casuismo!... ¡El Paraguay!... _¡Caveant consules!_». +Aunque la cortesía, ley suprema, le obligaba al más fino trato, no menos +que la gratitud, don Víctor estuvo un poco frío con el canónigo, pero de +modo que el otro no lo echó de ver siquiera. Notó que estorbaba allí el +amo de la casa, pero nada más. + +Ana afectuosa, lánguida todavía, había estrechado la mano a su confesor, +que sin darse cuenta, prolongó cuanto pudo el contacto. Don Víctor los +dejó solos a eso de las seis. Le esperaban en el Gobierno civil para una +junta de ganaderos. Se trataba de traer sementales del extranjero. Pero +don Víctor trataba principalmente de que le eligiesen segundo +vicepresidente y reclamaba para Frígilis la primera secretaría. +«Frígilis había jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes +la elección era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de +Tomás». Quintanar contaba con el gobernador. Salió. + +La Regenta sonrió a don Fermín y dijo: + +--Dirá usted que soy una loca; ¿para qué escribirle cuando podemos +hablar todos los días? No pude menos. ¡Soy tan feliz! ¡y debo en tanta +parte a usted mi felicidad! Quise contener aquel impulso y no pude. A +veces me reprendo a mí misma porque pienso que robo a Dios muchos +pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvió escoger para +salvarme. + +El Magistral se sentía como estrangulado por la emoción. La Regenta +hablaba ni más ni menos como él la había hecho hablar tantas veces en +las novelas que se contaba a sí mismo al dormirse. + +No vaciló en referir todo lo que había pasado por él desde que leyera +aquella carta. «El mundo sin una amistad como la suya era un páramo +inhabitable; para las almas enamoradas de lo Infinito, vivir en Vetusta +la vida ordinaria de los demás era como encerrarse en un cuarto estrecho +con un brasero. Era el suicidio por asfixia. Pero abriendo aquella +ventana que tenía vistas al cielo, ya no había que temer». + +La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra; el +Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que empleaba al +hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que veía ahora +en Anita. Don Fermín tenía celos de la Santa de Ávila. + +Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones +místicas, temía que cayera en el éxtasis, que tenía siempre +complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a +él de otra enfermedad probable, si Ana seguía aquel camino peligroso. +Aconsejó la actividad piadosa. «En su estado y en el tiempo en que vivía +la pura contemplación tenía que dejar mucho espacio a las buenas obras. +Si ahora sentía Anita cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se +debía a la convalecencia de que en rigor no había salido; pero cuando +el vigor volviera por completo ya no la asustaría la acción, el ir y +venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba». + +Desde aquel día el Magistral influyó cuanto pudo en aquel espíritu que +dominaba por entonces, para arrancarle de la contemplación y atraerle a +la vida activa. «Si se remontaba demasiado, le olvidaría a él, que al +fin era un ser finito. Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada +momento que tenía: '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que +se acaba', y como don Fermín había de acabarse, le espantaba la idea de +que por eso Ana llegase a tenerle en poco». + +No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los +primeros meses. Aunque tanto quería a su confesor, Ana muchas horas le +olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo. + +Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio, +sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del +alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre, +con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de +imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella. +Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía deseos vehementes de +levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrándole la +verdad que ella palpaba; y entonces le costaba trabajo reconocer la +realidad de las criaturas. «¡Qué pequeñas eran! ¡qué frágiles! ¡cuánto +más tenían de apariencia que de nada! Lo único que en ellas valía no era +de ellas, era de Dios, era cosa prestada. ¡Dichas! ¡dolores! palabras +nada más; ¿cómo apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que +duraban no daba tiempo a ello?». Ana recordaba la vida de unos mosquitos +muy pequeños que crecían todas las mañanas a la orilla del río, volaban +desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas morían y eran pasto +de unos peces que contaban todos los días con aquel alimento. Pues así +era el vivir para todas las criaturas, un rayo de sol que se cruza, para +volver a la sombra de que se vino. Y estos pensamientos, que +antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegría. Porque el vivir +era el estar sin Dios, el morir renacer en Él, pero renunciando a sí +mismo. + +Y como si sus entrañas entrasen en una fundición, Ana sentía +chisporroteos dentro de sí, fuego líquido, que la evaporaba... y llegaba +a no sentir nada más que una idea pura, vaga, que aborrecía toda +determinación, que se complacía en su simplicidad. Prolongaba cuanto +podía aquel estado; tenía horror al movimiento, a la variedad, a la +vida. + +Entonces solía don Víctor asomar la cabeza, con su gorro de borla +dorada, por la puerta de escape que abría con cautela, sin ruido.... +Anita no le oía; y él, un poco asustado, con una emoción como creía que +la tendría entrando en la alcoba de un muerto, se retiraba, de +puntillas, con un respeto supersticioso. A dos cosas tenía horror: al +magnetismo y al éxtasis. ¡Ni electricidad ni misticismo! Una vez le +había dado una bofetada a un chusco que le había cogido por la levita, +en el gabinete de física de la Universidad, para hacerle entrar en una +corriente eléctrica. Don Víctor había sentido la sacudida, pero acto +continuo ¡zas! había santiguado al gracioso. El magnetismo, en que +creía, (aunque estaba en mantillas, según él, esta ciencia) le asustaba +también; y en cuanto a ver a su Divina Majestad, o figurársele, le +parecía emoción superior a sus fuerzas. «Yo no necesito de eso para +creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer +que hay un más allá y un Juez Supremo. Al que no le convence un rayo, no +le convence nada». + +«Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que veía que +iba de veras». + +Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... subía la +escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solían, y +preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste: + +--¿Y la señora? ¿dónde está? + +Como si preguntara ¿cómo va la enferma?--Así andaba por todo el caserón, +como si estuviera muriendo alguno. Sin darse cuenta del porqué, don +Víctor se figuraba el misticismo de su mujer como una cefalalgia muy +aguda. Lo principal era no hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba +abajo, en el patio, don Víctor se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba +con timbre apagado y gutural: + +--¡A ver! ¡ese gato! ¡que se calle o que lo maten! + +Entraba en su despacho. Volvía entonces a sus máquinas y colecciones; a +veces tenía que clavar, serrar o cepillar. ¿Cómo no hacer ruido? Sobre +todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo forró con bayeta negra, +como un catafalco, y así clavaba, los martillazos apagados tenían una +resonancia mate, fúnebre, de mal agüero, que llenaba de melancolía a don +Víctor. Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hacían +demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus +cánticos profanos al tocador-oratorio de la Regenta. + +Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en +la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus palabras un rumorcillo +leve. + +--Pero, hombre, parece que hablas con sordina...--decía Crespo +malhumorado. + +Quintanar le consultaba acerca del _estado_ de Ana. + +--¿A ti qué te parece de esto? + +--Ps... allá ella. Sus razones tendrá. + +--Yo creo Tomás, aquí para _interinos_... que Anita se nos hace santa, +si Dios no lo remedia. A mí me asusta a veces. ¡Si vieses qué ojos en +cuanto se distrae! Ello sería un honor para la familia... +indudablemente, pero... ofrece sus molestias.... Sobre todo, yo no sirvo +para esto. Me da miedo lo sobrenatural. ¿Tendrá apariciones? + +Frígilis se permitía la confianza de no contestar a las que estimaba +sandeces de su amigo. + +También él pensaba en Anita. La veía muchas veces desde la huerta, en su +gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcón mirando al cielo. +Ella casi nunca reparaba en él; no era como antes que le saludaba +siempre. Aquello de Ana también era una enfermedad, y grave, sólo que él +no sabía clasificarla. Era como si tratándose de un árbol, empezara a +echar flores, y más flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara +delgado, delgado, y cada vez más florido; después se secaban las raíces, +el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas, +venían al suelo con la leña seca; y en el suelo... en el suelo... si no +había un milagro, se marchitaban, se pudrían, se hacían lodo como todo +lo demás. Así era la enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que +debía de haberlo habido, él lo atribuía al Magistral. Se acordaba del +guante morado. Mucho tiempo lo había tenido olvidado, pero un día se le +ocurrió preguntar a la Regenta si las señoras usaban guantes de seda +morada y ella se había reído. Era, por consiguiente, un guante de +canónigo. Ripamilán no los usaba casi nunca. No quedaba más canónigo +probable que el Magistral; el único bastante listo para meter aquellas +cosas en la cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y +Petra andaba en el ajo. Era encubridora. ¿De qué? Esta era la cuestión. +De nada malo debía de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era +relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Frígilis no +temía lo presente si no lo futuro; lo que podía suceder. No veía una +falta sino un peligro. Algo había oído de lo que se murmuraba en +Vetusta, aunque en su presencia no se atrevían las malas lenguas a poner +en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se le miraba como hermano +de don Víctor. «De todas maneras, él estaría alerta». Y seguía velando +por los árboles de don Víctor y por su honor «tal vez en peligro». + +Petra tampoco veía claro. Estaba desorientada. La conducta de su ama le +parecía propia de una loca. «¿A qué venía aquella santidad? ¿A quién +engañaba? ¡Oh! si no fuera porque ella quería tener contento al +Magistral, no serviría más tiempo a la hipócrita que la utilizaba como +correo secreto y no le daba una mala propina, ni le decía palabra de sus +trapicheos ni le ponía una buena cara, a no ser aquella de beata +bobalicona con que engañaba a todos». + +Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su +cama de madera, tenía una cartera de viaje, sucia y vieja. Allí guardaba +con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuantía, y algunos papeles +que podían comprometerla. De allí sacaba el guante morado del Magistral, +del que a nadie había hablado. Era una prueba, no sabía de qué, pero +adivinaba que sin saber ella cómo ni cuándo, aquella prenda podía llegar +a valer mucho. + +«¿Y qué probaba aquel guante respecto a la santidad de la señora? Que +era una hipócrita. ¡Si no fuera por el Magistral!». + +Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqués creía en la +santidad de Anita; la Marquesa encogía los hombros; temía por la cabeza +de aquella chica. Visitación estaba _volada_, furiosa. «¡Sus planes por +tierra! ¡Ana resistía! ¡No era de tierra como ella!». Obdulia Fandiño no +envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino _el ruido que metía_, +lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jamás había hecho +_tanta sensación_ ella, la viudita, con el vestido más escandaloso, como +Ana con su hábito y su _beatería_. «¡Qué atrasado, pero qué atrasado +estaba aquel miserable lugarón!». + +Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volvía a borbotones. Tenía +sueños castos, tales se le antojaban, sin sujeto humano, como decía +Ripamilán, pero dulces, suaves. Sentía, medio dormida, a la hora de +amanecer sobre todo, palpitaciones de las entrañas que eran agradable +cosquilleo; otras veces, como si por sus venas corriese arroyo de leche +y miel, se le figuraba que el sentido del gusto, de un gusto exquisito, +intenso, se le había trasladado al pecho, más abajo, mejor, no sabía +dónde, no era en el estómago, era claro pero tampoco en el corazón, era +en el medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin +falta, era para el Señor. Oía los gritos de los pájaros en la huerta, +encontraba en ellos sentido místico, y la piedad matutina de Ana era +optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su obra. Cada día +encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea de las cosas +finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su realidad: volvían +los seres materiales a tener para ella la poesía inefable del dibujo; +la plasticidad de los cuerpos era una especie de bienestar de la +materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se sentía bien en +medio de la vida. Pensaba en las armonías del mundo y veía que todo era +bueno, según su género. La idea de Dios, la emoción profunda, intensa +que le causaba la evidencia de la divinidad presente, no se deslucían, +no se borraban; pero Dios ya no se le aparecía en la idea de su soledad +sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la +creación infinita. Empezó a olvidar algunas noches la lectura de Santa +Teresa. Seguía enamorada de la Doctora sublime, pero algunas opiniones +de la Santa prefería pasarlas por alto, estaban en pugna con las ideas +propias; «al fin no en balde habían pasado tres siglos». Empezó Ana a +comprender mejor lo que el Magistral le quería decir al hablarle de +actividad piadosa. + +«Es verdad, se decía, no he de vivir en este egoísmo de recrearme en +Dios; necesito, sí, trabajar más y más en la oración mental y en la +contemplación, para ver más y más cada día en esa región de luz en que +el alma penetra, pero... ¿y mis hermanos? La caridad exige que se piense +en los demás. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el +prójimo; ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido». + +El Magistral, mientras duraba la debilidad, le había prohibido +incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la mañana. Pero +ella en cuanto sintió aquella bienhechora fortaleza de los músculos, que +es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros que +volvían a cubrirse de rosas pálidas, otra vez repletos de vida +circulante. Y sin descender del lecho, sobre las sábanas tibias, +levemente mecida por los muelles del colchón al incorporarse, rezaba, +toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de raso en la blandura +apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su fervor religioso +acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera, y besaba las +llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas lágrimas +dulces eran la miel mezclada que corría dentro y ahora saltaba por los +ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, aún más fuerte, huyó la +pereza del colchón y saltó al suelo y rezó sobre la piel de tigre. Aún +quería más dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el +pavimento hincaba las rodillas. Pensó en el cilicio, lo deseó con fuego +en la carne, que quería beber el dolor desconocido, pero el Magistral +había prohibido tales tormentos sabrosos. + +El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la +conversión de su marido. Santa Teresa había trabajado por la piedad de +su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habíale ella querido +más piadoso todavía. Ana se propuso emplear su celo en ganar para Dios +el alma de su don Víctor, «que venía también a ser su padre». + +La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios, +lícitos todos, que empleó con arte de maestro. Quintanar tardó en +conocer que su Anita, su querida Anita quería convertirle a la piedad +verdadera. Al principio sólo notó que su mujer se hacía más +comunicativa, cariñosa a todas horas, como antes lo era después de los +ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades. «¿Quería discutir por +pasar el rato? Enhorabuena; él amaba la discusión». Y sostenía la tesis +contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta había +ido haciendo la cuestión personal; ya no se trataba de si Cristo había +redimido a todas las _Humanidades_ repartidas por los planetas, de una +sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en todas muerte de +cruz; ahora se trataba ya de si don Víctor confesaba muy de tarde en +tarde, si perdía o no muchas misas, (y sí que las perdía). «Además, los +libros en que apacentaba el espíritu eran vanos; comedias, mentiras +fútiles y peligrosas». + +--¿Tú nunca has leído vida de santos, verdad? + +--Sí, hija, sí, y autos sacramentales.... + +--No es eso.... Quintanar; hablo de _La Leyenda de Oro_ y del _Año +Cristiano_ de Croiset, por ejemplo. + +--¿Sabes, hija mía?... Yo prefiero los libros de meditación.... + +--Pues toma el _Kempis_, la _Imitación de Cristo_... lee y medita. + +Y se lo hizo leer. Y entre _Kempis_ y la Regenta, y el calor que +empezaba a molestarle, y la prohibición de los baños le quitaron el +humor al digno magistrado. Ya no leía, al dormirse, a Calderón, sino a +Job y al dichoso Kempis. «¡Vaya unas cosas que decía aquel demonche de +fraile o lo que fuese! No, y lo que es razón tenía, es claro; el mundo, +bien mirado, era un montón de escorias. Él no podía quejarse, en su vida +no había habido desengaños terribles, grandes contrariedades, aparte de +la muy considerable de no haber sido cómico; pero en tesis general, el +mundo estaba perdido. Y además, esto de hacerse viejo, que le tocaba a +él como a cada cual, era un gravísimo inconveniente. En la muerte no +quería pensar, porque eso le ponía malo, y Dios no manda que enfermemos. +La muerte... la muerte... él tenía así... una vaga y disparatada +esperanza de no morirse.... ¡La medicina progresa tanto! Y además, se +podía morir sin grandes dolores, por más que Frígilis lo negaba». En +fin, no quería pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue +tiznándole el alma de negro y don Víctor llegó a despreciar las cosas +por efímeras. Una tarde, en su _Parque_, contemplaba a Frígilis que +estaba a sus pies agachado plantando cebolletas, embebecido en su +operación. + +«¡Valiente filósofo era Frígilis!». Don Víctor le miraba desde la altura +de su pesimismo prestado, y le despreciaba y compadecía. «¡Plantar +cebolletas! ¿No prohibía San Alfonso Ligorio plantar árboles en general +y edificar casas, que al cabo de los años mil se caen? Pues entonces, +¿para qué plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?...». + +«Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido. ¿Qué +iba él a hacer mano sobre mano un verano entero sin baños, ni bromas en +las aguas de Termasaltas?». + +«Y quedaba el rabo por desollar. La cuestión de salvarse o no salvarse. +Aquello era serio. A él le daba el corazón que se salvaría; pero los +santos escritores presentaban como tan difícil la cosa, que ya le +inquietaban ciertas dudas.... ¿Si no habría sido él toda su vida +bastante bueno? Había que pensar en esto; pero ¡Dios mío! ¡él no quería +quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en una +enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo arreglar sus +papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era cosa temporal... +con que la salvación del alma, la jubilación eterna como quien decía +¡apenas iba a exigir esfuerzos, expedientes, y también recomendaciones! +Era preciso entregarse a su esposa para que le ayudase en tan arduo +negocio». + +La Regenta conoció bien pronto que don Víctor se entregaba. Aunque ella +hubiera querido más acendrada piedad, tuvo que contentarse con el dolor +de atrición que claramente manifestaba su marido. Y no tuvo escrúpulo en +asustarle un poco más de lo que estaba, recordándole las penas del +Infierno, aunque estos recursos de terror le repugnaban a ella. +Quintanar mostraba gran empeño en sostener que el fuego de que se +trataba no era material, era simbólico. + +--No es de fe--repetía--en mi opinión, creer que ese fuego es físico, +material; es un símbolo, el símbolo del remordimiento. + +Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con símbolos en el caso +desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente. + +El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto +llevar a su don Víctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el +Magistral. + +A don Víctor al comulgar le atormentaba la idea de que no había +confesado un pecadillo considerable: tenía sus dudas respecto de la +infalibilidad pontificia. + +El canónigo Döllinger, de quien no sabía más sino que existía y que se +había separado de la Iglesia, le seducía por su tenacidad, que le +recordaba la de su tierra, Aragón, el reino más noble y testarudo del +Universo. + +Los días para la Regenta se deslizaban suavemente. + +El Magistral, su maestro, y don Víctor, su discípulo, eran los +compañeros de su vida al parecer sosa, monótona, pero _por dentro_ llena +de emociones. Seguía encontrando en la oración mental delicias +inefables. Dios era no menos amable como Padre de las criaturas, como +Director de la gran «fábrica de la inmensa arquitectura», que en la pura +contemplación de su Idea. Además, pensaba Anita, fuera orgullo aspirar +ahora a la visión de la Divinidad directamente; me faltan muchos pasos, +muchas _moradas_. Ya llegaré si el Señor lo tiene así dispuesto. Ahora +debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi +cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que él llama +higiene del espíritu. La ociosidad me volvería al pecado, como volvía a +la misma Santa Teresa. Si para ella tenía tan grave peligro ¡qué será +para mí!». + +Anita recibía las pocas visitas que don Álvaro se atrevía a hacerle, sin +alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila después que se +marchaba. Procuraba apartar de él su pensamiento, con la conciencia de +que era aquel recuerdo una llaga del espíritu que tocándola dolería. +Tuvo valor para mostrarse fría con él, para cortar el paso a la +confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para verle +despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, «ciego de amor y +pena», creía ella, una lástima infinita le inundó el alma, y tembló de +miedo; su seno se hinchó con un suspiro... y la carne flaca tropezó con +el Cristo amarillento de marfil que el Magistral había regalado a su +amiga para que lo llevase sobre el pecho. + +Ana besó la imagen y volvió los ojos al cielo. + +--Jesús, Jesús, tú no puedes tener un rival. Sería infame, sería +asqueroso.... + +Y recordó la ira de Jesús cuando se aparecía a Teresa que le olvidaba. + +--Sería engañar a Dios, engañar al Magistral pensar en ese hombre ni un +solo instante, ni siquiera para compadecerle.... ¡Oh! ¡qué hipócrita, +qué gazmoña miserable sería yo si tal hiciera! ¡Qué romanticismo del +género más ridículo y repugnante sería el mío, si después de tanta +piedad que yo creí profunda, vocación de mi vida en adelante, volviera +una pasión prohibida a enroscarse en el corazón, o en la carne, o donde +sea!... ¡No, no! ¡Ridículo, villano, infame, vergonzoso, además de +criminal! ¡Mil veces no! Quiero morir, morir, Señor, antes que caer otra +vez en aquellos pensamientos que manchan el alma y le clavan las alas al +suelo, entre lodo.... + +Pero al día siguiente de la despedida de don Álvaro, Ana despertó +pensando en él. «Ya no estaba en Vetusta. Mejor. La terrible tentación +le volvía la espalda, huía derrotada.... Mejor... era un favor especial +de Dios». + +Aquella tarde bajó al parque, a la hora en que don Álvaro se había +despedido el día anterior. + +«Veinticuatro horas hacía ya». Otras veces había estado días y días sin +verle, y le parecía muy tolerable la ausencia y corta. Pero estas +veinticuatro horas eran de otra manera, se contaban por minutos... que +es como se cuentan las horas. «Y bien, lo normal, lo constante, lo que +debía ser ya siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y +después otras tantas... y así... toda la vida». + +Hacía mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los castaños de Indias, +ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, podía Ana respirar +una ráfaga de aire fresco. Su pensamiento quería elevarse, volar al +cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta es mucho, le +derretía las alas al pensamiento y caía en la tierra, que ardía, en +concepto de Ana. + +Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó en +el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano _sentaba_ bien, +y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y baratos. Venía alegre, +vaporosa, y con las apariencias de un torbellino; daba gana de cerrar +los ojos al verla acercarse. En la calle la había querido abrazar un +mozo de cordel. La aventura, ridícula y todo, la había rejuvenecido, +había encendido chispas en sus ojuelos, y «¡ea! venía con afán de +abrazar ella también». Abrazó a la Regenta, se la comió a besos... y +después de contarla el _paso de comedia_ del mozo de cordel, gritó de +repente: + +--A propósito, ¿no te ha contado Víctor lo de Álvaro? + +Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga. Estaba tomándola el +pulso a su modo. + +Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió: + +--¿No sabes lo de Álvaro? + +El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción. «A mí con +santidades, pensó; _pulvisés_, como dijo el otro». + +--¿Qué le pasa? ¿qué se ha marchado? Ya lo sé. + +--No, no es eso.--¿Qué? ¿No se ha marchado? + +Nueva alteración del pulso, según Visita. + +--Sí, hija, sí, se ha marchado, pero verás cómo. Ya sabes que tenía +relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en +fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares. + +--Sí, sí, bien...--Pues bueno; esta mañana, lo ha visto medio Vetusta, +al ir Mesía a tomar el tren de Madrid, el correo, el que sube... ¿estás? +se encontró con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del +andén. ¡Figúrate! Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha +comprado una especie de chalet o demonios; bueno, pues, cátate que +nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma +el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el +equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón +con cama y demás. Y el marido no venía, por supuesto; ella, dos criados +y los _bebés_ como dice Obdulia. ¡Figúrate! Todo Vetusta, que estaba en +la estación esta mañana por casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho +Álvaro. ¿Pero ella? ¿qué te parece de ella? A eso vamos; a lo +escandalosas que son esas señoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama +de virtuosa, ¡uf! ¡yo lo creo!... La virtuosísima señora ministra de +Gracia y salero... ¡pero, señor, cómo demonches se llama ese tipo de +ministro!... + +Ana recordaba perfectamente cómo se llamaba aquel «tipo de ministro», +pero no quiso decirlo; sintió que palidecía, por un frío de muerte que +le subió al rostro; dio media vuelta, y disimulando cuanto pudo, se +recostó en un árbol. Fingió entretenerse en rayar la corteza del tronco, +y mudando de conversación, preguntó a Visita por un niño que tenía +enfermo. + +Pero Visita era tambor de marina, como decían ella y la Marquesa; de +otro modo, que nadie se la pegaba; conoció la turbación de Ana, y con +gran júbilo, confirmó para sus adentros la teoría del _pulvisés_ o sea +de la ceniza universal. + +«Ana tenía celos; luego, tenía amor; no hay humo sin fuego». + +Se despidió al poco rato; ya había dado su noticia, ya sabía lo que +quería; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en otra parte +otra buena obra por el estilo. Se marchó, como la marejada que se +retira. Dejó los senderos blancos como si los hubiesen peinado. La +escoba almidonada de enaguas y percal engomado dejó su rastro de rayas +sinuosas y paralelas grabado en la arena. + +Ana tuvo miedo. La tentación, la vieja tentación de don Álvaro, le había +sabido a cosa nueva; se le figuró un momento que aquel dolor que +sintiera al saber lo de la ministra, era más de las entrañas que sus +demás penas; era un dolor que la aturdía, que pedía remedio a gritos +desde dentro.... Por la primera vez, después de su enfermedad, sintió la +rebelión en el alma. + +«Oh, no; no quería volver a empezar. Ella era de Jesús, lo había jurado. +Pero el enemigo era fuerte, mucho más de lo que ella había creído. Otras +veces había desafiado el peligro; ahora temblaba delante de él. Antes la +tentación era bella por el contraste, por la hermosura dramática de la +lucha, por el placer de la victoria; ahora no era más que formidable; +detrás de la tentación no estaba ya sólo el placer prohibido, +desconocido, seductor a su modo para la imaginación; estaban además el +castigo, la cólera de Dios, el infierno. Todo había cambiado; su +vocación religiosa, su pacto serio con Jesús la obligaban de otro modo +más fuerte que los lazos demasiado sutiles del deber vagamente admitido +por la conciencia, sin pensar en sanción divina. Antes no quería pecar +por dignidad, por gratitud, porque... no. Ahora el pecado era algo más +que el adulterio repugnante, era la burla, la blasfemia, el escarnio de +Jesús... y era el infierno. Si caía en los lazos de la tentación, ¿quién +la consolaría cuando viniese el remordimiento tardío? ¿cómo llamar a +Jesús otra vez? ¿cómo pensar en Teresa, que jamás había caído? No, no la +llamaría, preferiría morir desesperada y sola. ¿Pero después? El +infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal sin término». + +--«Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás--exclamó en voz alta, hablando con +las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en +calma». + +Aquella noche lloró la Regenta lágrimas que salían de lo más profundo de +sus entrañas, de rodillas sobre la piel de tigre, con la cabeza hundida +en el lecho, los brazos tendidos más allá de la cabeza, las manos en +cruz. + +Desde el día siguiente el Magistral notó con mucha alegría, que Ana +volvía su piedad del lado por donde él quería llevarla. «Menos +contemplación y más devociones, obras piadosas y culto externo, que +entretiene la imaginación». + +Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las voluntades, +Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de caridad, a la +enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de la devoción complicada y +bizantina, que era la que predominaba en Vetusta. Aquellas +exageraciones, que tal le habían parecido en otro tiempo, ahora las +encontraba justificables, como los amantes se explican las mil tonterías +ridículas que se dicen a solas. + +«¿No había en los amores humanos un vocabulario infantil, ridículo, sin +sentido para los profanos? Sí, lo había, ella no podía asegurarlo por +experiencia, pero lo había leído y el corazón se lo confirmaba. Pues +bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus +nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes». Hasta llegó a +comprender los superlativos de letanía de doña Petronila o sea el gran +Constantino. + +Al Magistral mismo se atrevía la Regenta a hablarle con cierto mimo, con +una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, con un +estilo que podría llamarse humorismo piadoso. Y además se permitía Ana +interesarse por los bienes puramente temporales de su confesor. No le +dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado. «¡Buena la haríamos +si usted se me muriese! todo esto, señor mío, es egoísmo, ni Dios ni +usted han de agradecerlo». + +Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el Magistral +tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable. «Sí, inefable. Él no +se explicaba qué era aquello. No sospechaba que en el mundo, en el +pícaro mundo se podía gozar así. A los treinta y seis años, cuando él +creía que ya nadie podía enseñarle nada, una señora inocente, joven, sin +mundo, venía a mostrarle un universo nuevo, donde sin más que una +sonrisita, una palabra que era como la letra de una música que había en +el modo de decirla, se veía uno de repente entre los ángeles, gozando +como en el Paraíso, sin querer nada más, sin pensar en nada más. +¡Gozando, gozando y gozando!». + +Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situación. ¿Era +aquello pecado? ¿Era aquello amor del que está prohibido a un sacerdote? +Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermín de tales preguntas. Peor +para ellas si se hubiera acordado. + +--¡Usted nunca me habla de sí mismo!--le decía Ana con tono de +reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de +Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban +solos. Tácitamente habían convenido en que aquellas expansiones de la +amistad eran inocentes. Ellos eran dos ángeles puros que no tenían +cuerpo. Anita estaba tan segura de que para nada entraba en aquella +amistad la carne, que ella era la que se propasaba, la que daba primero +cada paso nuevo en el terreno resbaladizo de la intimidad entre varón y +hembra. + +El Magistral con la cara llena del rocío de la flor y el corazón más +fresco todavía, contestó: + +--¿Hablarle de mí mismo? ¡Para qué! Yo tengo, por razón de mi oficio en +la Iglesia militante, la mitad de mi vida entregada a la calumnia, al +odio, a la envidia, que la devoran y hacen de ella lo que quieren: se me +persigue, se me preparan asechanzas, hasta hay sociedades secretas que +tienen por objeto derribarme, como ellos dicen, de lo que llaman el +poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo desprecio. Puedo asegurar a +usted que yo no pienso más que en la otra mitad de mí mismo, que es la +que traigo aquí, la que vive en la paz dulce de la fe, acompañada de +almas nobles, santas, como la de una señora... que usted conoce... y a +quien no aprecia en todo lo que vale.... + +Y el Magistral sonrió como un ángel, mientras aspiraba con delicia el +perfume de rosa de Alejandría, que Ana sin resistencia había dejado en +manos del clérigo. + +Ella se puso seria, quiso explicaciones. «Se le perseguía, se le +calumniaba... tenía enemigos... y él sin decir nada a su amiga. ¡Estaba +bueno!». Algo había oído ella mucho tiempo hacía, pero vagamente. Se +acusaba al Magistral, a lo que podía entender, de vicios tan torpes, de +tan miserables delitos, que lo grosero de la calumnia la hacía de puro +inverosímil inofensiva casi. + +La Regenta había despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que +llegaban de tarde en tarde a sus oídos. Pero ya que el Magistral mismo +se quejaba, daba a entender que aquella persecución le dolía, era +necesario saber más, procurar el consuelo de aquel corazón atribulado, +buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido, calumniado, que +además del justo era el padre espiritual, el hermano mayor del alma, el +faro de luz mística, el guía en el camino del cielo. + +Aquella mañana de Agosto el Provisor la señaló como una de las más +felices de su vida. Ana le obligó a hablar, a contárselo todo. Él, +elocuente, con imaginación viva, fuerte y hábil, improvisó de palabra +una de aquellas novelas que hubiera escrito a no robarle el tiempo +ocupaciones más serias. Se sentaron en el cenador. Don Fermín dijo, +primero, sonriendo, que él también quería confesarse con ella. «¿Creía +Ana que era perfecto? ¿Que no había pasiones debajo de la sotana? ¡Ay +sí! Demasiado cierto era por desgracia». La confesión del Magistral se +pareció a la de muchos autores que en vez de contar sus pecados +aprovechan la ocasión de pintarse a sí mismos como héroes, echando al +mundo la culpa de sus males, y quedándose con faltas leves, por confesar +algo. + +De aquella confidencia, Ana sacó en limpio que el Magistral, como ella +creía, era un alma grande, que no había tenido más delito que cierta +vaga melancolía en la juventud y una ambición noble, _elevada_, en la +edad viril. Pero aquella ambición había desaparecido ante otra más +grande, más pura, la de salvar las almas buenas, la de ella por ejemplo. +Ana, al oír aquello, cerraba los ojos para contener el llanto, y se +juraba en silencio consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a +quien tanto debía, que tan grande se le mostraba, que prefería vivir +cerca de ella para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo, +cardenal, pontífice. «¡Y le calumniaban! ¡Y tenía enemigos! ¡Y había +habido tiempo en que querían ponerle en ridículo, por que ella, Anita, +seguía entregada a las vanidades del mundo, a pesar de ser hija de +confesión de don Fermín! ¡Oh, ya verían, ya verían en adelante!». + +«¿Qué cosa mejor que aquella pasión ideal, aquel afán por una buena +obra, aquella abnegación, a que se proponía entregarse, para combatir la +tentación cada vez más temible del recuerdo de Mesía, que estaba en +Palomares enamorado de la ministra?». + +De Pas ya no sabía dónde iba a parar aquello. + +Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal +suerte, que el peligro cada día era mayor. «Aunque la pasión que él +sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello) +ni era amor a lo profano, ni tenía nombre ni le hacía falta, podía ir a +dar no se sabía dónde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor +descuido de la carne, intrusa, temible, la Regenta saltaría hacia atrás, +se indignaría y él perdería el prestigio casi sobrenatural de que estaba +rodeado. Además, suponiendo que aquello parase en un amor sacrílego y +adúltero, miserablemente sacrílego, por haber tenido tales comienzos, +¡adiós encanto! Ya sabía él lo que era esto. Una locura grosera de +algunos meses. Después un dejo de remordimiento mezclado de asco de sí +mismo; verse despreciable, bajo, insufrible; y después ira y orgullo, y +ambición vulgar y huracanes en la Curia eclesiástica.--No, no. La +Regenta debía de ser otra cosa. Había que hacer a toda costa que aquello +no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre todo, lo +de antes, que la Regenta se llamaría a engaño; era seguro». + +Y después de una pausa, pensaba el Magistral: + +«Y en último caso, ello dirá». + +Don Víctor estaba cada día más triste. Por una parte aquel dolor de +atrición, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser tan bueno, de no +haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel sudor continuo, +aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la yerba agostada +del Paseo grande, la falta de espectáculos.... «Y además que nadie le +comprendía. Frígilis era un estuco: en tratándose de cosas espirituales +ya se sabía que no había que contar con él. Ni el verano le sofocaba, ni +el invierno le encogía: era un marmolillo. ¡Y a su mujer y al Magistral +el estío de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos no les +disgustaba!». Iba don Víctor al Casino: ni un alma. Algún magistrado sin +vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa. En el gabinete +de lectura, Trifón Cármenes repasando _Ilustraciones_ antiguas; en el +tresillo ni un socio; no le quedaba más que el dominó, que le era +antipático por el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin +parar. Su contendiente de ajedrez estaba en unos baños. «¡Claro! _todo +el mundo_ se estaba bañando». Aunque don Víctor otros veranos, si bien +pasaba junto al mar un mes, no se bañaba más que dos o tres veces, ahora +echaba de menos todos los días la frescura de las olas. En el Casino +leía los periódicos de _La Costa_: conciertos nocturnos al aire libre, +giras campestres, regatas, de todo esto hablaban; ¡cuánta gente! ¡cuánta +música! ¡teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar... +el mar inmenso.... ¡Aquello era divertirse! Don Víctor suspiraba y se +volvía a casa. + +--«No estaba la señora». + +Pero estaba Kempis. Allí, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin poder +resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, después de quitarse el +_chaquet_ de alpaca y quedarse en mangas de camisa: tomaba el libro y +leía.... «¡Vuelta al miedo! a la tristeza, a la languidez espiritual. +Era en efecto el mundo una lacería, como decía el texto, y sobre todo en +el verano. Vetusta era un pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los +árboles, tan desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero +causaba ahora hastío: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor +dibujo». Hasta era capaz de hacerse artista de veras don Víctor a fuerza +de triste y aburrido. + +Y Ana volvía contenta de la calle. «Mejor, más valía que alguno lo +pasara bien: él no era egoísta». + +«¿Pero qué gracia le encontraría su mujer a la soledad de Vetusta? +Además, ¿no estaba allí el Kempis sangrando, probando, como tres y dos +son cinco, que en el mundo nunca hay motivo para estar alegre? Verdad +era que su Anita era feliz por razones más altas. Él no podía llegar a +tal grado de piedad. Temía a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro! +¡había hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez +reconocido este Infinito Poder, él, Víctor Quintanar, seguía +aburriéndose en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin +mar, sin regatas, sin nada de este mundo. ¡Oh, si no fuera por sus +pájaros!». + +En tanto Ana, cada día más activa, procuraba olvidar, y muchas veces lo +conseguía, lo que llamaba la tentación, que cada vez era más formidable; +y cuanto más temida más fuerte. Pero huía de ella, acogíase a la piedad, +y visitaba con celo apostólico y ardiente caridad las moradas miserables +de los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la +religión para el espíritu y la limosna para el cuerpo; solían +acompañarla doña Petronila Rianzares o alguna otra dama de su cónclave; +pero también iba sola. De cuantas ocupaciones le imponía la vida devota, +esta era la que más le agradaba. + +El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ejércitos +piadosos del Corazón de Jesús, la Corte de María, el Catecismo, las +Paulinas y demás instituciones análogas; muchas señoras iban a baños o a +la aldea. Pero el núcleo quedaba: era el grupo numeroso y considerable +de beatas ilustres que rodeaban al Gran Constantino, a doña Petronila. +Durante los meses del calor disminuían bastante las limosnas, pero se +hablaba mucho en las cofradías, preparando las fiestas de Otoño y de +Invierno; y además, se murmuraba un poco de las ausentes. La Regenta, +sin entrar jamás en estos conciliábulos, los perdonaba como falta leve, +«que ella, cargada de otras más graves, no tenía derecho a censurar». + +Don Fermín y Ana se veían todos los días; en el caserón de los Ozores, +unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San Vicente de +Paúl, y más a menudo en casa de doña Petronila. El obispo madre siempre +estaba ocupada; los dejaba solos en el salón obscuro, y ella, con +permiso de sus amigos, se iba a arreglar sus cuentas o lo que fuese. + +Vetusta era de ellos: la soledad del verano parecía darles posesión del +pueblo; hablaban en el pórtico de la catedral mucho tiempo para +despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la +iglesia se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de +Vetusta más tolerable que en invierno. En este particular no se +entendían ella y su marido. + +Don Fermín hubiera deseado que la estación no pasara, que los ausentes +se quedaran por allá. Su madre había ido a Matalerejo a cobrar rentas y +preparar la recolección; a recoger intereses de mucho dinero esparcido +por aquellas montañas. Teresina era el ama de casa. Alegre todo el día, +activa, solícita, llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos +a los que daba, sin saber cómo, sentido profano, aire de la calle. Aquel +tono alegre era más picante por el contraste con el rostro de Dolorosa +de la joven. Teresina había tomado un poco de color, y los ojos, +rodeados de ligeras sombras, eran más profundos, más hermosos que nunca +en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y criada +estaban contentos. La libertad les sabía a gloria. Cada cual hacía lo +que quería. No estaba doña Paula, no había que dar cuentas a nadie. Y no +faltaba nada. El señorito lo tenía todo a su tiempo y en su sitio como +siempre. Ya podía vivir sin la señora. + +El Magistral salía y entraba sin temor de interrogatorios insidiosos; si +volvía tarde, no importaba. Todo, todo le sonreía. ¡Ojalá fuera eterno +el verano! Hasta sus enemigos habían cedido en la calumnia; ya no se +murmuraba tanto; muchos de los calumniadores veraneaban; a los que +quedaban les faltaba auditorio. Don Santos Barinaga no salía de casa, +estaba enfermo. Sólo Foja, que no veraneaba, por economía, procuraba +mantener el fuego sagrado de la murmuración en el Casino, entre cuatro o +cinco socios aburridos, que iban allí media hora a tomar café. En fin, +parecía aquello una suspensión de hostilidades. «Bien venido fuera; don +Fermín aceptaba la lucha, si se ofrecía, pero prefería la paz. Sobre +todo ahora, que tenía más que hacer, algo mejor y más dulce que odiar y +perseguir a miserables, dignos de desprecio y de lástima». + +Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los bocados, +aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía más +voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de amor sin nombre, +la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus +ojos y oírla dulcísimas palabras de una amistad misteriosa, casi +mística, hacían desear a don Fermín que el sol se detuviera otra vez, +que el tiempo no pasara. Aquel agosto, tan triste para don Víctor, era +para el Magistral el tiempo más dichoso de su vida. + +Cuando oía, desde su despacho, muy temprano, el «Santo Dios, Santo +Fuerte», que cantaba como si fueran malagueñas, Teresina, que hacía la +limpieza allá fuera, tentaciones sentía de cantar él también. No +cantaba, pero se levantaba, salía al pasillo. + +--Teresina, el chocolate--gritaba alegre, frotándose las manos. + +Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en +reluciente jícara de china con ramitos de oro. Cerraba tras sí la +puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extendía +la servilleta delante del señorito... y esperaba inmóvil a su lado. + +Don Fermín, risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa acercaba el +rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abría la boca de labios +finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más de lo preciso la lengua, +húmeda y colorada; en ella depositaba el bizcocho don Fermín, con +dientes de perlas lo partía la criada, y el _señorito_ se comía la otra +mitad. + +Y así todas las mañanas. + + + + +--XXII-- + + +Alegre, rozagante, como nuevo volvió de los baños de Termasaltas el +señor Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a emprender otra +campaña, que esperaba fuese la última y decisiva, «contra el despotismo +del simoníaco y lascivo y sórdido enemigo de la Iglesia que, apoderado +del ánimo del señor Obispo, tenía sojuzgada a la diócesis». Con esta +perífrasis aludía al señor Provisor el diplomático Glocester. + +El primer disgustillo que tuvo De Pas aquel verano fue esta noticia, que +le dieron en el coro, por la mañana. + +«Ha llegado Glocester». «No le temía, ni a él ni a nadie... ¡pero estaba +tan cansado de luchar y aborrecer!». + +Mourelo se encontró con otros muchos murmuradores de refresco y con los +_de depósito_ que no estaban menos ganosos de romper el fuego contra el +común enemigo. Todos ardían en el santo entusiasmo de la maledicencia. +Los que venían de las aldeas y pueblos de pesca, traían hambre de +cuentos y chismes; la soledad del campo les había abierto el apetito de +la murmuración; por aquellas montañas y valles de la provincia, ¿de +quién se iba a maldecir? «¡Su Vetusta querida! Oh, no hay como los +centros de civilización para despellejar cómodamente al prójimo. En los +pueblos se habla mal del médico, del boticario, del cura, del alcalde; +pero ellos, los vetustenses, los de la capital ¿cómo han de contentarse +con tan miserable comidilla?». _¡Civis romanus sum!_ decía Mourelo: +«Quiero murmuración digna de mí. Aplastemos, con la lengua, al coloso, +no al médico de Termasaltas por ejemplo». + +Y Foja y los demás que se habían quedado, también ansiaban la vuelta de +los ausentes, para contarles las novedades y comentarlas todos juntos. +La animación de Vetusta renacía en cabildo, cofradías, casinos, calles y +paseos cuando los del veraneo empezaban a aparecer. Las amistades +falsas, gastadas hasta hacerse insoportables durante el común +aburrimiento de un invierno sin fin, ahora se renovaban; los que volvían +encontraban gracia y talento en los que habían quedado y viceversa; +todos reían los chistes y las picardías de todos. Poco a poco los +círculos de la murmuración se animaban, la calumnia encendía los hornos, +y los últimos que llegaban, los regazados, encontraban aquello hecho una +gloria. «¡Qué ocurrencias, qué fina malicia, qué perspicacia! ¡Oh, el +ingenio vetustense!». + +El Magistral fue aquel año la víctima de las dionisíacas de la injuria; +no se hablaba más que de él. + +«Don Santos Barinaga, el rival mercantil de _La Cruz Roja_, la víctima +del monopolio ilegal y escandaloso de doña Paula y su hijo; el pobre don +Santos, se moría sin remedio, según don Robustiano Somoza, el médico de +la aristocracia cuyas ideas no eran sospechosas». + +--¿Y de qué dirán ustedes que se muere?--preguntaba Foja en un +corrillo, delante de la catedral, al salir de misa de doce. + +--Se morirá de borracho--contestaba Ripamilán. + +--No señor, ¡se muere de hambre!... + +--Se muere de aguardiente.--¡De hambre!... Y llegaba don Robustiano al +corro y _hablaba la ciencia_: + +--Yo no acuso a nadie, la ciencia no acusa a nadie; otra es su misión. +Yo no niego que el alcoholismo crónico tenga parte en la enfermedad de +Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido _cohonestarse_ +(así decía) con una buena alimentación. Además, hoy día el pobre don +Santos ya no tiene dinero ni para emborracharse, ya no puede beber de +pura miseria.... Y aunque ustedes no comprendan esto, la ciencia declara +que la privación del alcohol precipita la muerte de ese hombre, enfermo +por abuso del alcohol.... + +--¿Cómo es eso, hombre?--preguntaba el Arcipreste. + +--A ver explíquese usted--decía Foja. + +Don Robustiano sonreía; movía la cabeza con gesto de compasión y se +dignaba explicar aquello. «Don Santos, aunque se pasmasen aquellos +señores, a pesar de morir envenenado por el alcohol, necesitaba más +alcohol para _tirar_ algunos meses más. Sin el aguardiente, que le +mataba, se moriría más pronto». + +--Pero don Robustiano, ¿cómo puede ser eso? + +--Señor Foja, ahí verá usted. ¿Conoce usted a Todd? + +--¿A quién?--A Todd.--No señor.--Pues no hable usted. ¿Sabe usted lo +que es el poder hipotérmico del alcohol? Tampoco; pues cállese usted. + +¿Sabe usted con qué se come el poder diaforético del citado alcohol? +Tampoco; pues sonsoniche. ¿Niega usted la acción hemostática del alcohol +reconocida por Campbell y Chevrière? Hará usted mal en negarla; se +entiende, si se trata del uso interno. De modo que no sabe usted una +palabra.... + +--Pues por eso pregunto.... Pero oiga usted, señor mío, por mucho que +usted sepa y diga lo que quiera el señor Todd; ni la ciencia, ni santa +ciencia, tienen derecho para calumniar a don Santos Barinaga; harto +tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin que usted por +haber leído, sabe Dios dónde y con cuánta prisa, un articulillo acerca +del aguardiente, digámoslo así, se crea autorizado para insultar a mi +buen amigo y llamarle borrachón en términos técnicos. + +--Poco a poco--gritó Ripamilán--en eso estoy yo conforme con la ciencia +y con el señor Somoza su legítimo representante. No sé si un clavo saca +otro clavo en medicina, ni si la mancha de la borrachera con otra verde +se quita, pero don Santos es un tonel en persona y tiene más espíritu de +vino en el cuerpo que sangre en las venas; es una mecha empapada en +alcohol... prenda usted fuego y verá... + +--Yo, señor Ripamilán, para confundir a este progresista trasnochado no +necesito que me ayude la Iglesia; me sobra y me basta con la ciencia que +es, en definitiva, mi religión. + +Y volviéndose a Foja añadía el médico: + +--Oiga usted, señor decurión retirado, ¿conoce usted la acción del +alcohol en las flegmasías de los bebedores? no mienta usted, porque no +la conoce. + +--¡Váyase usted a paseo, señor Fraigerundio de hospital! ¡El embustero +será usted! ¡Pues hombre! bonita manía saca el señor doctor; hacérsenos +el sabio ahora. A la vejez viruelas. + +--Menos insultos y más hechos. + +--Menos botarga y más sentido común.... + +--Caballero miliciano, yo soy el hombre de ciencia y usted es un +doceañista en conserva.... Chomel admite, y con él todo el que tenga dos +dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es +imprescindible la administración de los espirituosos.... + +--¡Pero si yo niego la menor, so alcornoque! + +--En medicina no hay mayores ni menores, ni judías ni contrajudías, +señor tahúr. + +--La menor es que sea borracho Barinaga.... + +--De modo que si usted me niega los... prodromos del mal.... + +Don Robustiano se puso colorado al pensar que había dicho un disparate. + +--Qué hipódromos ni qué hipopótamos; yo defiendo a un ausente.... + +--En fin, una palabra para concluir: ¿niega usted que si a un borracho +se le priva por completo del alcohol, es lo más fácil que se presente un +decaimiento alarmante, un verdadero colapso?... + +--Mire usted, señor pedantón, si sigue usted rompiéndome el tímpano con +esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil versos y sentencias en +latín y le dejo bizco; y si no oiga usted: + + _Ordine confectu, quisque libellus habet:_ + _quis, quid, coram quo, quo jure petatur et a quo._ + _Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas..._ + + +Ripamilán se retorcía de risa. Somoza, furioso, gritaba; y se oía: +colapso... flegmasía... cardiopatía... y el ex-alcalde, sin atender, +continuaba mezclando latines: + + Masculino es fustis, axis + turris, caulis, sanguis collis... + piscis, vermis, callis follis. + +El médico y el prestamista estuvieron a punto de venir a las manos. No +se pudo averiguar de qué se moría don Santos, pero a la media hora se +corría por Vetusta que, por culpa del Provisor, se habían pegado y +desafiado Foja y Somoza, y no se sabía si el mismo Ripamilán había +recogido alguna bofetada. + +Por algunos días vino a eclipsar al valetudinario Barinaga, que, en +efecto, se consumía en la miseria, un suceso de gravedad suma, según +Glocester y Foja y bandos respectivos: «La hija de Carraspique, sor +Teresa, agonizaba en el _inmundo asilo_ de las Salesas, en la celda que +era, según Somoza, un _inodoro_, por no decir todo lo contrario». + +Y dicho y hecho. Rosa Carraspique en el mundo, sor Teresa en el +convento, murió de una tuberculosis, según Somoza, de una tisis caseosa, +según el médico de las monjas, que era dualista en materia de tisis. + +Pero lo que no dudó ningún enemigo del Provisor fue que la culpa de +aquella muerte la tenía don Fermín, fuese lo que quiera de los pulmones +de la chica. + +Doña Paula y don Álvaro llegaron a Vetusta el mismo día, aquel en que +_voló al cielo un ángel más_, en opinión de Trifoncito Cármenes, que +seguía siendo romántico, contra los consejos de don Cayetano. + +Un periódico liberal del pueblo, _El Alerta_, publicaba una tras otra +estas dos gacetillas, que pusieron a don Fermín de un humor endiablado. + +«_Bien venido_.--De vuelta de su excursión veraniega ha llegado a esta +capital el ilustre caudillo del partido liberal dinástico de Vetusta, el +Ilmo. Sr. D. Álvaro Mesía. Dicen los numerosos amigos que han acudido a +visitar a nuestro distinguido correligionario, que viene dispuesto a +proseguir su campaña de propaganda sensatamente liberal, así en el orden +político como en el moral y canónico y religioso. Cuente con nuestro +humilde apoyo para vencer los obstáculos tradicionales que aquí opone al +verdadero progreso un despotismo teocrático de que está ya todo Vetusta +hasta los pelos, como se dice vulgarmente». + +«_En paz descanse_.--Ha fallecido en su celda del convento de las +Salesas la señorita doña Rosa Carraspique y Somoza, hija del conocido +capitalista ultramontano don Francisco de Asís, monja profesa con el +nombre de sor Teresa. Mucho tendríamos que decir si quisiéramos hacernos +eco de todos los comentarios a que ha dado lugar esta desgracia +inopinada. Sólo diremos que, en concepto de los facultativos más +acreditados, no ha sido extraña a la pérdida que lamentamos la falta de +condiciones higiénicas del edificio miserable que habitan las Salesas. +Pero además, se nos ocurre preguntar: ¿Es muy higiénico que _ciertos +roedores_ se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a +poco y con influencia deletérea y _pseudo-religiosa_, la paz de las +familias, la tranquilidad de las conciencias? + +»Si todos los elementos liberales, sin exageraciones, de nuestra culta +capital no aúnan sus esfuerzos para combatir al poderoso tirano +hierocrático que nos oprime, pronto seremos todos víctimas del fanatismo +más torpe y descarado.--R. I. P.». + +Ripamilán, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se +decidió a tomar la pluma y publicar en el _Lábaro_ un articulejo, sin +firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramática, +maltratada por el periódico progresista, según el canónigo. «Aparte, +decía entre otras cosas, de que no sabemos si la monja profesa es el +señor Carraspique o su hija, ¿quiere decirme el periodista +cascaciruelas, etc., etc...?». + +Aquel cascaciruelas delató al Arcipreste; era su estilo humorístico: lo +conocieron todos. + +En Vetusta los insultos y murmuraciones en letras de molde llamaban +mucho la atención. En vano publicaba Cármenes odas y elegías, nadie las +leía; pero la gacetilla más insignificante que pudiera molestar un poco +a cualquier vecino, era leída, comentada días y días, y cuando había +tiroteo de sueltos o comunicados, los _habituales abonados_ no querían +mejor diversión. + +Por todo lo cual fue mayor el escándalo, y no se habló en mucho tiempo +más que de la _influencia deletérea_ del Magistral y de la muerte de sor +Teresa. + +--Sobre su conciencia tiene esa desgracia. + +--Es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas. + +--Esto es una especie de contribución de sangre que pagamos al +fanatismo. + +--Esto es una especie de tributo de las cien doncellas. + +El Magistral hubiera querido poder despreciar tantos disparates, tales +absurdos, pero a su pesar le irritaban. Creyó al principio que «su +pasión noble, sublime, le levantaría cien codos sobre todas aquellas +miserias», pero el oleaje de la falsa indignación pública salpicaba su +alma, llegaba tan arriba como su deliquio sin nombre; y la ira le +borraba del cerebro muchas veces las más puras ideas, las impresiones +más dulces y risueñas. Se ponía loco de cólera, y más y más le irritaba +el no poder dominar sus arrebatos. Además, el mal era cierto; no por +ser desatinada la acusación de los necios era menos poderosa y temible. +Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba, que el esfuerzo de +tantos y tantos miserables servía para minarle el terreno.... En muchas +casas empezaba a notar cierta reserva; dejaron de confesar con él +algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien +tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle con ojos fríos y llenos de +preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de +acero. + +Volvió la época del paseo en el Espolón, y don Fermín al pasear allí su +humilde arrogancia, su hermosa figura de buen mozo místico, observaba +que ya no era aquello una marcha triunfal, un camino de gloria; en los +saludos, en las miradas, en los cuchicheos que dejaba detrás de sí, como +una estela, hasta en la manera de dejarle libre el paso los transeúntes, +notaba asperezas, espinas, una sorda enemistad general, algo como el +miedo que está próximo a tener sus peculiares valentías insolentes. + +Y en casa, doña Paula ceñuda, silenciosa, desconfiada, preparándose para +una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero, realizando cuanto +podía, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse de los géneros de la +_Cruz Roja_. «No parecía sino que se preparaba una liquidación. ¿A qué +venía aquello?». Doña Paula no daba explicaciones. «Sabía a qué +atenerse: su hijo, su Fermo, estaba perdido; aquella _pájara_, aquella +Regenta, santurrona en pecado mortal, le tenía ciego, loco; ¡sabía Dios +lo que pasaría en aquel caserón de los Ozores! ¡Qué escándalo! Todo se +lo iba a llevar la trampa. Había que prepararse. Oh, podrían arrojarla +de Vetusta, pero ella no se iría sin llevarse medio pueblo entre los +dientes». + +Por eso mordía con aquel furor que asustaba a su hijo. + +Fermo, el _señorito_, pensaba a solas, en su despacho de Fausto +eclesiástico. «¡Solo, estoy solo, ni mi madre me consuela! ¿Qué he de +hacer? Entregarme con toda el alma a esta pasión noble, fuerte.... ¡Ana, +Ana y nada más en el mundo! Ella también está sola, ella también me +necesita.... Los dos juntos bastamos para vencer a todos estos necios y +malvados». + +Pálido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al lado de +su amiga mística, cada vez más hermosa, de nuevo fresca y rozagante, de +formas llenas, fuertes y armoniosas. La dulzura parecía una aureola de +Anita. La salud había vuelto, purificada con cierta unción de idealidad, +al cuerpo de arrogante transtiberina de aquel modelo de _madona_. + +Don Víctor Quintanar se había restituido a su amistad íntima con don +Álvaro Mesía, en cuanto regresó este de Palomares, y al poco tiempo notó +el Magistral que el converso se le rebelaba. Si bien seguía creyéndose +profundamente piadoso, don Víctor hacía distinciones sospechosas entre +la religión y el clero, entre el catolicismo y el ultramontanismo. «Yo +soy tan católico como el primero», esta era su frase cada vez que decía +alguna herejía o algo parecido; pero se metía a interpretar a su modo +los textos del Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atrevía a decir +delante de curas y señoras, que el hombre virtuoso es siempre un +sacerdote, y que un bosque secular es el templo más propio de la +religión pura, y que Jesucristo había sido liberal, con otros +disparates. No era esto lo peor, sino que la Regenta y don Fermín +notaban en Quintanar cierta frialdad cada vez que los veía juntos y el +Magistral tuvo que fingirse distraído ante algunos desaires +disimulados. + +Don Álvaro no iba a casa de los Ozores sino muy de tarde en tarde y sólo +hacía visitas de cumplido, muy breves. ¿Por qué así? preguntaba don +Víctor. Y con medias palabras, su amigo le daba a entender que la +Regenta le recibía con mala voluntad y que a él no le gustaba estorbar. +Además, no era él solo el que se retraía. El mismo Paco, el Marquesito, +que en otro tiempo no hacía más que entrar y salir, ahora apenas parecía +por aquella casa. Visitación también iba de tarde en tarde, la Marquesa +casi nunca, y así de todos los amigos y amigas; el Magistral y sólo el +Magistral. Aquel buen señor «hacía el vacío» en derredor de la Regenta. +Ella estaba contenta, no parecía echar de menos a nadie; pero él, don +Víctor, no era de la misma opinión; quería trato, conversación, amena +compañía. + +Seguía confesando y comulgando cada dos meses, pero _Kempis_ seguía +cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo al infierno +Quintanar, «pero no quería prescindir por completo de las ventajas +positivas que le ofrecía su breve existencia sobre el haz de la tierra». +«Y sobre todo no quería que el fanatismo se enseñorease de su casa». Los +consejos que para excitarlo le daba Mesía, allá en el Casino, los tomaba +muy en cuenta don Víctor, y siempre se estaba preparando para ponerlos +por obra, pero no se atrevía. No llegaba a más su audacia que a poner un +gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde en tarde, al enemigo, +al Magistral; pero como este fingía no comprender aquellas indirectas +mímicas, no se adelantaba nada. + +Don Víctor llegó a reconocer, pero sin confesarlo a nadie, que él era +menos enérgico de lo que había creído; «no, no tenía fuerza para +oponerse al _jesuitismo_ que había invadido su hogar». ¡Oh, por algo él +vacilaba antes de consentir a De Pas apoderarse del ánimo de su esposa! +Sí... al fin había sido jesuita...». Quintanar acabó por comparar el +poder del Provisor en el caserón de los Ozores, con el que tuvieron los +jesuitas en el Paraguay. «Sí, mi casa es otro Paraguay». Y cada día se +encontraba más incapaz de oponerse a la _perniciosa influencia_. No +sabía más que poner mala cara y parar poco en casa. + +Con esto sólo consiguió que la Regenta y el Magistral conviniesen en +verse más a menudo fuera del caserón y menos veces en él. «Mejor era +hablarse en casa de doña Petronila. ¿Para qué molestar al pobre don +Víctor? Ya que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y +le envenenaban el alma con insinuaciones malévolas, con sospechas torpes +e impías, más valía dejarle en paz, apartar de su vista el espectáculo +inocente, mas para él poco agradable, de dos almas hermanas que viven +unidas, con lazo fuerte, en la piedad y el idealismo más poético». + +En casa de doña Petronila, en el salón de balcones discretamente +entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban horas y horas +los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales, como decía +el gran Constantino, sin más testigo que el gato blanco, cada vez más +gordo, que iba y venía sin ruido, y se frotaba el lomo contra las faldas +de la Regenta y el manteo del Magistral, cada día más familiarmente. + +Anita notaba en don Fermín una palidez interesante, grandes cercos +amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que +la ponía en cuidado. + +Le suplicaba que se cuidase, se lo pedía con voz de madre cariñosa que +ruega al hijo de sus entrañas que tome una medicina. Él respondía +sonriendo, echando fuego por los ojos, «que no tenía nada, que era +aprensión, que no había que pensar en su cuerpo miserable». + +Algunos días había en sus diálogos pausas embarazosas; el silencio se +prolongaba molestándoles como un hablador importuno. + +Los dos guardaban un secreto. Cuando creían conocerse uno a otro hasta +el último rincón del alma, estaba pensando cada cual en la mala acción +que cometía callando lo que callaba. + +El Magistral padecía mucho siempre que Ana le hablaba de la salud que él +perdía. «¡Si ella supiera!». + +Resuelto a que su amistad «con aquel ángel hermoso» no acabase de mala +manera, en una aventura de grosero materialismo llena de remordimientos +y dejos repugnantes; seguro de que aquella mujer ponía en aquel lazo +piadoso toda la sinceridad de un alma pura, y que degradarla, caso de +que se pudiera, sería hacerle perder su mayor encanto; el Magistral que +vivía ya nada más de esta refinada pasión que según él no tenía nombre, +luchaba con tentaciones formidables, y sólo conseguía contrarrestar las +rebeliones súbitas y furiosas de la carne con armisticios vergonzosos +que le parecían una especie de infidelidad. En vano pensaba: ¿qué le +importa a mi doña Ana que mi corpachón de cazador montañés viva como +quiera cuando me aparto de ella? Nada de mi cuerpo me pide ella; el alma +es toda suya, y nada del alma pongo al saciar, lejos de su presencia, +apetitos que ella misma sin saberlo excita; en vano pensaba esto, porque +agudos remordimientos le pinchaban cada vez que Ana, solícita, dulce y +sonriente le pedía con las manos en cruz que se cuidara, que no +entregase todas sus horas al trabajo y a la penitencia. «¿Qué sería de +ella sin él?». + +--«Figurémonos que usted se me muere: ¿qué va a ser de mí?». + +«Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de santo +a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha de +vivir. Engañar a los demás no me duele; ¡pero a ella! Y no hay más +remedio». Quería que le consolase el reflexionar que _por ella_ era todo +aquello, que por ella había él vuelto a sentir con vigor las pasiones de +la juventud que creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza, +se encenagaba él en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no +apagaba el remordimiento. + +Algunas semanas pasaba Teresina triste, temerosa de haber perdido su +dominio sobre el _señorito_; entonces era cuando el Magistral vivía al +lado de Ana libre de congojas, tranquilo en su conciencia; pero poco a +poco el tormento de la tentación reaparecía; sus ataques eran más +terribles, sobre todo más peligrosos, que los del remordimiento; la +castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa, su piedad sincera, la +fe con que creía en aquella amistad espiritual, sin mezcla de pecado, +eran incentivo para la pasión de don Fermín y hacían mayor el peligro; +por que ella que no temía nada malo, vivía descuidada sin ver que su +confianza, su cariñosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que +decía y hacía era leña que echaba en una hoguera. Y volvía De Pas, para +evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el contento de +Teresina, lo que ella creía con orgullo su victoria. + +Ana también tenía su secreto. Su piedad era sincera, su deseo de +salvarse firme, su propósito de ascender de morada en morada, como decía +la santa de Ávila, serio; pero la tentación cada día más formidable. +Cuanto más horroroso le parecía el pecado de pensar en don Álvaro, más +placer encontraba en él. Ya no dudaba que aquel hombre representaba para +ella la perdición, pero tampoco que estaba enamorada de él cuanto en +ella había de mundano, carnal, frágil y perecedero. Ya no se hubiera +atrevido, como en otro tiempo, a mirarle cara a cara, a verle a su lado +horas y horas, a probarle que su presencia la dejaba impasible: no, +ahora huir de él, de su sombra, de su recuerdo; era el demonio, era el +poderoso enemigo de Jesús. No había más remedio que huir de él; esto era +humildad, lo de antes orgullo loco. A la gracia y sólo a la gracia debía +el vivir pura todavía; abandonada a sí misma, Ana se confesaba que +sucumbiría; si el Señor aflojara la mano un momento, don Álvaro podría +extender la suya y tomar su presa. Por todo lo cual no quería ni verle. +Pero, sin querer, pensaba en él. Desechaba aquellos pensamientos con +todas sus fuerzas, pero volvían. ¡Qué horrible remordimiento! ¿Qué +pensaría Jesús? y también ¿qué pensaría el Magistral... si lo supiera? A +la Regenta le repugnaba, como una villanía, como una bajeza aquella +predilección con que sus sentidos se recreaban en el recuerdo de Mesía +apenas se les dejaba suelta la rienda un momento. ¿Por qué Mesía? El +remordimiento que la infidelidad a Jesús despertaba en ella, era de +terror, de tristeza profunda, pero se envolvía en una vaguedad ideal que +lo atenuaba; el remordimiento de su infidelidad al amigo del alma, al +hermano mayor, a don Fermín era punzante, era el que traía aquel asco de +sí misma, el tormento incomparable de tener que despreciarse. Además, +Anita no se atrevía a confesar aquello con el Magistral. Hubiera sido +hacerle mucho daño, destrozar el encanto de sus relaciones de pura +idealidad. Volvía a valerse de sofismas para callar en la confesión +aquella flaqueza: «ella no quería» en cuanto mandaba en su pensamiento, +lo apartaba de las imágenes pecaminosas; huía de don Álvaro, no pecaba +voluntariamente. ¿Habría pecado involuntario? De esto habló un día con +el Magistral, sin decirle que la consulta le importaba por ella misma. +Don Fermín contestó que la cuestión era compleja... y le citó autores. +Entre ellos recordó Ana que estaba Pascal en sus _Provinciales_; ella +tenía aquel libro, lo leyó... y creyó volverse loca. «Oh, el ser bueno +era además cuestión de talento. Tantos distingos, tantas sutilezas la +aturdían». Pero siguió callando el tormento de la tentación. Arma +poderosa para combatirla fue la ardiente caridad con que la Regenta se +consagró a defender y consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron +contra él los huracanes de la injuria, que Ana creía de todo en todo +calumniosa. + +La idea de sacrificarse por salvar a aquel hombre a quien debía la +redención de su espíritu, se apoderó de la devota. Fue como una pasión +poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogió con placer, porque así +alimentaba el hambre de amor que sentía, de amor, que tuviese objeto +sensible, algo finito, una criatura. «Sí, sí, pensaba, yo combatiré la +inclinación al mal, enamorándome de este bien, de este sacrificio, de +esta abnegación. Estoy dispuesta a morir por este hombre, si es +preciso...». Pero no había modo de poner por obra tales propósitos. Ana +buscaba y no encontraba manera de sacrificarse por el Magistral. ¿Qué +podía ella hacer para contrarrestar la violencia de la calumnia? Nada. +Nada por ahora. Pero tenía esperanza; tal vez se presentaría un modo de +utilizar en beneficio del _pobre mártir_ aquella abnegación a que estaba +resuelta.... Mientras llegaba el momento, no podía más que consolarle, y +esto sabía hacerlo de modo que el Magistral tenía que emplear esfuerzos +de titán para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de +rodillas y besándole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien +calzados. + +Y en tanto Foja, Mourelo, don Custodio, Guimarán, _El Alerta_ y, entre +bastidores, don Álvaro y Visitación Olías de Cuervo, trabajaban como +titanes por derrumbar aquella montaña que tenían encima; el poder del +Magistral. + +Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en +aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por +algún tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de +algunas semanas este volvió a brillar dentro de su aureola de víctima y +la compasión fementida del público marrullero se volvió a él, solícita, +con cuidados de madrastra que representa la comedia de la _segunda +madre_. A los vetustenses, en general, les importaba poco la vida o la +muerte de don Santos; nadie había extendido una mano para sacarle de su +miseria; hasta seguían llamándole borracho; pero en cambio todos se +indignaban contra el Provisor, todos maldecían al autor de tanta +desgracia, y quedaban muy satisfechos, creyendo, o fingiendo creer, que +así la caridad quedaría contenta. + +«Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo calumniado +por los enemigos de todo progreso, en este siglo _materialista_ y +_corrompido_, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos +filantrópicos del pueblo, sin que una voz unánime se levante a protestar +en nombre de la humanidad ultrajada. El pobre don Santos Barinaga, +víctima del monopolio escandaloso de la _Cruz Roja_, muere de hambre en +los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los vasos sagrados, +patenas y copones, lámparas y candeleros con otros cien objetos del +culto; muere en aquel rincón y muere de inanición, señores, por culpa +del simoniaco que todos conocemos: muere, sí, morirá; pero el que se +burla con artificios de nuestro código mercantil y de las leyes de la +Iglesia, comerciando a pesar de ser sacerdote; el que mata de hambre al +pobre ciudadano señor Barinaga, ¡ese no se gozará en su obra mucho +tiempo, porque la indignación pública sube, sube, como la marea... y +acabará por tragarse al tirano!... + +Pero a pesar de este discurso y otros por el estilo, a Foja no se le +ocurría mandar una gallina a don Santos para que le hiciesen caldo. + +Y como él obraban todos los defensores teóricos del comerciante +arruinado. Decían a una que moría de hambre y nadie al visitarle le +llevaba un pedazo de pan. Y hasta le visitaban pocos. Foja solía entrar +y salir en seguida; en cuanto se cercioraba de la miseria y de la +enfermedad del pobre anciano, ya tenía bastante; salía corriendo a decir +pestes del _otro_, del Provisor: así creía servir a la buena causa del +progreso y de la _humanidad solidaria_. + +La fama bien sentada de hereje que había conquistado en los últimos +tiempos el buen don Santos, retraía a muchas almas piadosas que de buen +grado le hubieran socorrido. + +Y solamente las _Paulinas_ fueron osadas a acercarse al lecho del vejete +para ofrecerle los auxilios materiales de la sociedad y los espirituales +de la Iglesia. + +Fue en vano. «Afortunadamente decía don Pompeyo Guimarán al referir el +lance, afortunadamente estaba yo allí para evitar una indignidad». + +Don Santos había dado plenos poderes a su amigo don Pompeyo para +rechazar en su nombre _toda sugestión del fanatismo_. + +Guimarán estaba muy satisfecho con «aquella _misión delicada_ e +importante, que exigía grandes dotes de energía y arraigadas +convicciones por su parte». + +En efecto, llegaron al zaquizamí desnudo y frío en que yacía aquella +víctima del alcoholismo crónico los enviados de _San Vicente de Paúl_, +que eran doña Petronila, o sea el gran Constantino, y el beneficiado don +Custodio, la hija de Barinaga, la beata paliducha y seca, los recibió +abajo, en la tienda vacía, lloriqueando. Hablaron los tres en voz baja; +don Custodio decía las palabras, llenas de silbidos suaves--imitación +del Magistral--al oído de su hija de penitencia; la consolaba, y ella +levantando los ojos llenos de lágrimas los fijaba como quien se acomoda +en sitio conocido y frecuentado, en los del clérigo de almíbar. +Subieron, de puntillas, dispuestos a intentar un ataque contra el +enemigo. + +--¿Con que está arriba don Pompeyo?--preguntó en la escalera don +Custodio. + +--Sí; no sale de casa estos días; mi padre me arroja a mí de su lado y +clama por ese hereje chocho.... + +Don Pompeyo Guimarán oyó la voz del beneficiado y le sonó a cura. Se +preparó a la defensa, y procuró tomar un continente digno de un +libre-pensador convencido y prudentísimo. Echó las manos cruzadas a la +espalda, y se puso a medir la pobre estancia a grandes pasos, haciendo +crujir la madera vieja del piso, de castaño comido por los gusanos. En +la alcoba contigua, sin puerta, separada de la sala por una cortina +sucia de percal encarnado, se oían los quejidos frecuentes y la +respiración fatigosa del enfermo. + +--¿Quién está ahí?--preguntó don Santos con voz débil, sin más energía +que la de una ira impotente. + +--Creo que son ellos; pero no tema usted. Aquí estoy yo. Usted silencio, +que no le conviene irritarse. Yo me basto y me sobro. + +Entró el enemigo; y aunque venía de paz y don Pompeyo se había propuesto +ser muy prudente, en cuanto doña Petronila abrió el pico, el ateo +extendió una mano y dijo interrumpiendo: + +--Dispénseme usted, señora, y dispense este digno sacerdote católico... +vienen ustedes equivocados; aquí no se admiten limosnas condicionales.... + +--¿Cómo condicionales?...--preguntó don Custodio, con muy buenos modos. + +--No se sulfure usted, amigo mío, que otra me parece que es su misión en +la tierra; mire usted como yo hablo con toda tranquilidad.... + +--Hombre, me parece que yo no he dicho.... + +--Usted ha dicho ¿cómo condicionales? y a mí no se me impone nadie, +vista por los pies, vista por la cabeza. Yo no odio al clero +sistemáticamente, pero exijo buena crianza en toda persona culta.... + +--Caballero, no venimos aquí a disputar, venimos a ejercer la caridad.... + +--Condicional...--¡Qué condicional, ni qué calabazas!--gritó doña +Petronila, que no comprendía por qué se había de tener tantos +miramientos con un ateo loco--. Usted no tiene--añadió--autoridad alguna +en esta casa; esta señorita es hija de don Santos y con ella y con él es +con quien queremos entendernos. Venimos a ofrecer espontáneamente los +auxilios que nuestra sociedad presta.... + +--A condición de una retractación indigna, ya lo sé. Don Santos ha +delegado en mí todos los poderes de su autonomía religiosa, y en su +nombre, y con los mejores modos les intimo la retirada.... + +Y don Pompeyo extendió una mano hacia la puerta y estuvo un rato +contemplando su brazo estirado y su energía. + +Pero tuvo que bajar el brazo, porque doña Petronila replicó que no +estaba dispuesta a recibir órdenes de un entrometido.... + +--Señora, aquí los entrometidos son ustedes. No se les ha llamado, no se +les quiere; aquí sólo se admite la caridad que no pide cédula de +comunión. + +--Nosotros tampoco pedimos cédula.... + +--Señor cura, a mí no me venga usted con argucias de seminario; la +filosofía moderna ha demostrado que el escolasticismo es un tejido de +puerilidades, y yo sé a lo que vienen ustedes. Quieren comprar las +arraigadas convicciones de mi amigo por un plato de lentejas; una taza +de caldo por la confesión de un dogma; una peseta por una apostasía... +¡esto es indigno! + +--¡Pero, caballero!...--Señor cura, acabemos. Don Santos está dispuesto +a morir sin confesar ni comulgar, no reconoce la religión de sus +mayores. Estas son sus condiciones irrevocables; pues bien, a ese precio +¿consienten ustedes en asistirle, cuidarle, darle el alimento y las +medicinas que necesita? + +--Pero, señor mío...--¡Ah!... ¡señor de usted... ya decía yo! ¿Ve usted +como a mí la escolástica no me confunde? + +--Todo eso y mucho más--dijo el Gran Constantino--queremos tratarlo con +el interesado. + +--Pues no será....--Pues sí será....--Señora, salvo el sexo, estoy +dispuesto a arrojarles a ustedes por las escaleras si insisten en su +procaz atentado.... + +Y don Pompeyo se colocó delante de la cortina de percal para cortar el +paso al obispo-madre. + +--¿Quién va? ¿quién va?--gritó desde dentro Barinaga ronco y jadeante. + +--Son las Paulinas--respondió Guimarán. + +--¡Rayos y truenos! fuera de mi casa.... ¿No tiene usted una escoba, don +Pompeyo? Fuego en ellas... infames... ¿y no anda ahí un cura también?... + +--Sí, señor, anda...--¡Será el Magistral, el ladrón, el _rapavelas_, el +que me ha despojado... y vendrá a burlarse... oh, si yo me levanto!... +¿pero usted qué hace que no les balda a palos? Fuera de mi casa.... La +justicia... ¿ya no hay justicia? ¿no hay justicia para los pobres? + +--Tranquilícese usted, que no es el Magistral. + +--Sí es, sí es; lo sé yo; ¿no ve usted que es el amo del cotarro, el +presidente de las Paulinas?... Entre usted, entre usted, so bandido... y +verá usted con qué arma digna de usted le aplasto los cascos.... + +--Calma, calma, amigo mío; yo me basto y me sobro para despedir con +buenos modos a estos señores. + +--No, no, si es el Provisor déjele usted que entre, que quiero matarle +yo mismo.... ¿Quién llora ahí? + +--Es su hija de usted.--¡Ah grandísima hipocritona, si me levanto, mala +pécora! la que mata a su padre de hambre, la que echa cuentas de rosario +y pelos en el caldo, la que me echa en las narices el polvo de la sala, +la que se va a misa de alba y vuelve a la hora de comer... ¡infame, si +me levanto! + +--Padre, por Dios, por Nuestra Señora del Amor Hermoso, tranquilícese +usted.... Está aquí doña Petronila, está un señor sacerdote.... + +--Será tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo del +cabildo... ¡ah, barragana, si os cojo a los dos!... + +--¡Jesús, Jesús! vámonos de aquí--gritó doña Petronila buscando la +escalera. + +Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cayó +desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos +y de las injurias de su padre. Quedó el campo por don Pompeyo, que +volvió a sus paseos y después fue a la cocina a espumar el puchero +miserable de don Santos. + +«Allí no había más caridad que la de él. Cierto que no podía ser pródigo +con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tenía apenas lo +necesario; pero solicitud, atenciones no le faltarían al enfermo». + +Volvió a poco soplando un líquido pálido y humeante en el que flotaban +partículas de carbón. + +Se lo hizo beber a don Santos, sujetándole la cabeza que temblaba y sin +permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba también. + +De esta manera quedó el campo libre y por don Pompeyo, el cual no +pensaba más que en asegurar _el triunfo de sus ideas_, para lo que era +necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del enfermo, y +así evitar que la hija de don Santos introdujese allí subrepticiamente +«el elemento clerical». + +Guimarán madrugaba para correr a casa de Barinaga; estaba allí casi +siempre hasta la hora de cenar, y esta _necesidad material_ la +despachaba en un decir Jesús, dando prisa a la criada, a su mujer, a las +niñas. + +--Ea, ea... menos cháchara, la sopa... que me esperan.... + +Comía, recogía los mendrugos de pan que quedaban sobre la mesa, un poco +de azúcar y otros desperdicios, se los metía en un bolsillo y echaba a +correr. + +Algunas noches entraba en su hogar gritando: + +--¡A ver! ¡a ver! las zapatillas y el frasco del anís, que hoy velo a +don Santos. + +La esposa de don Pompeyo suspiraba y entregaba las zapatillas suizas y +el frasco del aguardiente, y el amo de la casa desaparecía. + +Foja, los Orgaz, Glocester «como particular, no como sacerdote», don +Álvaro Mesía, los socios librepensadores que comían de carne +solemnemente en Semana Santa, algunos de los que asistían a las cenas +secretas del Casino, los redactores del _Alerta_ y otros muchos enemigos +del Provisor visitaban de vez en cuando a don Santos; todos compadecían +aquella miseria entre protestas de cólera mal comprimida. «Oh el hombre +que había reducido a tal estado al señor Barinaga era bien miserable, +merecía la pública execración». Pero nada más. Casi nadie se atrevía a +dejar allí una limosna «por no ofender la susceptibilidad del enfermo». +Muchos se ofrecían a velarle en caso de necesidad. + +Don Pompeyo recibía las visitas como si él fuera el amo de casa; +Celestina tenía que tolerarlo porque su padre lo exigía. + +--Él es mi único hijo... descastada... mi único padre... mi único +amigo... tú eres la que estás aquí de más... ¡mala entraña!... +¡mojigata!...--gritaba desde su alcoba el borracho moribundo. + +La enfermedad se agravó con las fuertes heladas con que terminó aquel +año noviembre. + +El primer día de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don +Custodio, dar el último ataque para conseguir que su padre admitiera los +Sacramentos. + +Al entrar, por la mañana, a eso de las ocho, don Pompeyo Guimarán, que +venía soplándose los dedos, la beata le detuvo en la tienda abandonada, +fría, llena de ratones. + +Empleó la joven toda clase de resortes; pidió, suplicó, se puso de +rodillas con las manos en cruz, lloró... Después exigió, amenazó, +insultó: todo fue inútil. + +--Hable usted con su papá--decía Guimarán por toda contestación--. Yo +no hago más que cumplir su voluntad. + +Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró otra vez, +de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, mientras don +Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía una majestad especial, +compuesta de dolor, locura, abyección y miseria: + +--¡Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, abomino +de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la tienda, +que no me dejarán un copón... ni una patena.... ¡Esa lámpara, seor +bandido! y tú, hija de perdición, no ocultes debajo del mandil... eso... +eso... ese sacramento.... ¡Fuera de aquí!... + +--¡Padre, padre, por compasión... admita usted los santos +sacramentos!... + +--Me los han robado todos... y las lámparas... y tú los ayudas... eres +cómplice.... ¡A la cárcel! + +--Padre, señor, por compasión de su hija... los Sacramentos... tome +usted... tome usted.... + +--No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos... +¿para qué? Si la tomo... ahí se pudrirá en la tienda.... El Provisor les +prohíbe comprar aquí... Ellos, los pobrecitos curas de aldea... ¿qué han +de hacer?... ¡Infelices!... Le temen... le temen.... ¡Infame! +¡Infelices! + +Y don Santos se incorporó como pudo, inclinó la cabeza sobre el pecho, y +lloró en silencio. + +Y repetía de tarde en tarde:--¡Infelices!... Celestina salió de la +alcoba sollozando. + +«Su padre había perdido la cabeza. Ya no podría confesar si no recobraba +la razón... sólo por milagro de Dios». + +--Ni puede, ni quiere, ni debe--exclamó don Pompeyo cruzado de brazos, +inflexible, dispuesto a no dejarse enternecer por el dolor ajeno. + +El día de la Concepción, muy temprano, el médico Somoza dijo que don +Santos moriría al obscurecer. + +El enfermo perdía el uso de la poca razón que tenía muy a menudo; se +necesitaba alguna impresión fuerte para que volviese a discurrir lo poco +que sabía. La entrada de don Robustiano, o sea de la ciencia, le hacía +volver la atención a lo exterior. Al medio día le anunció Celestina que +quería verle el señor Carraspique. Aquel honor inesperado puso al +moribundo muy despierto, Carraspique, sin saludar a don Pompeyo, que se +quedó, siempre cruzado de brazos, a la puerta de la alcoba, se colocó a +la cabecera de Barinaga en compañía de un clérigo, el cura de la +parroquia. Era este un anciano de rostro simpático, de voz dulce, +hablaba con el acento del país muy pronunciado. Carraspique, a quien en +otro tiempo había pedido dinero prestado don Santos, tenía alguna +autoridad sobre el enfermo; no se hablaban muchos años hacía, pero se +estimaban a pesar de las ideas y de la frialdad que el tiempo había +traído. Barinaga, con buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era +ordinario en él, se negó a las pretensiones del ilustre carlista y +sincero creyente D. Francisco Carraspique. + +--«Todo es inútil... la Iglesia me ha arruinado... no quiero nada con la +Iglesia.... Creo en Dios... creo en Jesucristo... que era... un grande +hombre... pero no quiero confesarme, señor Carraspique, y siento... +darle a usted este disgusto. Por lo demás... yo estoy seguro... de que +esto que tengo... se curaría... o por lo menos... se... se... con +aguardiente.... Crea usted que muero por falta de líquidos... gaseosos... +y sólidos.... + +Don Santos levantó un poco la cabeza y conoció al cura de la parroquia. + +--Don Antero... usted también... por aquí... Me alegro... así... podrá +usted dar fe pública... como escribano... espiritual... digámoslo así... +de esto que digo... y es todo mi testamento: que muero, yo, Santos +Barinaga... por falta de líquidos suficientemente... alcohólicos... que +muero... de... eso... que llama el señor médico.... Colasa... o Colás... +segundo.... + +Se detuvo, la tos le sofocaba. Hizo un esfuerzo y trayendo hacia la +barba el embozo sucio de la sábana rota, continuó: + +--Ítem: muero por falta de tabaco.... Otrosí... muero... por falta de +alimento... sano.... Y de esto tienen la culpa el señor Magistral, y mi +señora hija.... + +--Vamos, don Santos--se atrevió a decir el cura--no aflija usted a la +pobre Celesta. Hablemos de otra cosa. Ni usted se muere, ni nada de eso. +Va usted a sanar en seguida.... Esta tarde le traeré yo, con toda +solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a +solas un rato. Y después... después... recibirá usted el Pan del alma.... + +--¡El pan del cuerpo!--gritó con supremo esfuerzo el moribundo, irritado +cuando podía--. ¡El pan del cuerpo es lo que yo necesito!... que así me +salve Dios... ¡muero de hambre! Sí, el pan del cuerpo... ¡que muero de +hambre... de hambre!... + +Fueron sus últimas palabras razonables. Poco después empezaba el +delirio. Celestina lloraba a los pies del lecho. Don Antero, el cura, se +paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable, haciendo +rechinar el piso. Guimarán con los brazos cruzados también, entre la +alcoba y la sala, admiraba lo que él llamaba la muerte del justo. +Carraspique había corrido a Palacio. + +Llegó y todo se supo; el Obispo rezaba ante una imagen de la Virgen, y +al oír que don Santos se negaba a recibir al Señor, y a confesar, +levantó las manos cruzadas... y con voz dulcemente majestuosa y llena de +lágrimas, exclamó: + +--¡Madre mía, madre de Dios, ilumina a ese desgraciado!... + +Estaba pálido el buen Fortunato; le temblaba el labio inferior, algo +grueso, al balbucear sus plegarias íntimas. + +El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en +la cámara roja, cubierta de damasco. + +Carraspique, que vestía el luto reciente de su hija, miraba a don Fermín +con los ojos arrasados en lágrimas. + +«Don Fermín padecía», pensaba el pobre don Francisco y sin querer, con +gran remordimiento, él se alegraba un poco, gozaba el placer de una +venganza... «irracional... injusta... todo lo que se quiera... pero +gozaba acordándose de su hija muerta». + +Sí, don Fermín padecía. «Aquella necedad del tendero de enfrente era una +complicación». + +De Pas ya no era el mismo que sentía remordimientos románticos aquella +noche de luna al ver a don Santos arrastrar su degradación y su miseria +por el arroyo; ahora no era más que un egoísta, no vivía más que para su +pasión; lo que podría turbarle en el deliquio sin nombre que gozaba en +presencia de Ana, eso aborrecía; lo que pudiera traer una solución al +terrible conflicto, cada vez más terrible, de los sentidos enfrenados y +de la eternidad pura de su pasión, eso amaba. Lo demás del mundo no +existía. «Y ahora don Santos moría escandalosamente, moría como un +perro, habría que enterrarle en aquel pozo inmundo, desamparado, que +había detrás del cementerio y que servía para los _enterramientos +civiles_; y de todo esto iba a tener la culpa él, y Vetusta se le iba a +echar encima». Ya empezaba el rum rum del motín, el Chato venía a cada +momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se llenaban de +gente, de enemigos del Magistral... que se le llamaba asesino en los +grupos--porque él obligaba al Chato a decirle la verdad sin +rodeos--asesino, ladrón.... El Magistral al llegar a este pasaje de sus +reflexiones, sin poder contenerse, golpeó el pavimento con el pie. +Carraspique dio un salto. El Obispo, saliendo de su oratorio, con las +manos en cruz, se acercó al Provisor. + +--Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes.... + +--¿Qué?...--Ir yo mismo; ver a ese hombre... quiero verle yo... a mí me +ha de obedecer... yo he de persuadirle.... Que traigan un coche si no +quieres que me vean, una tartana, un carro... lo que quieras.... Voy a +verle, sí, voy a verle.... + +--¡Locuras, señor, locuras!--rugió el Provisor sacudiendo la cabeza. + +--¡Pero Fermo, es un alma que se pierde!... + +--No hay que salir de aquí... Ir... el Obispo... a un hereje +contumaz..., absurdo.... + +--Por lo mismo, Fermo...--¡Bueno! ¡bueno! _Los Miserables_, siempre la +comedia.... La escena del Convencional, ¿no es eso? don Santos es un +borracho insolente que escupiría al Obispo con mucha frescura; don +Pompeyo discutiría con Su Ilustrísima si había Dios o no había Dios.... +No hay que pensar en ello. ¡Absurdo moverse de aquí! + +Hubo algunos momentos de silencio. Carraspique, único testigo de la +escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su +energía. + +«Era verdad, tenía a S. I. en un puño». Después continuó don Fermín: + +--Además, sería inútil ir allá. El señor Carraspique lo ha dicho.... +Barinaga ya ha perdido el conocimiento, ¿verdad? Ya es tarde, ya no hay +que hacer allí. Está ya como si hubiese muerto. + +Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su afán piadoso de +salvar a don Santos, se atrevió a decir: + +--Sin embargo, tal vez.... Se ven muchos casos.... + +--¿Casos de qué?--preguntó el Magistral con un tono y una mirada que +parecían navajas de afeitar--. ¿Casos de qué?--repitió porque el otro +callaba. + +--Puede pasar el delirio y volver a la razón el enfermo. + +--No lo crea usted. Además, allí está el cura... para eso está don +Antero.... ¡Su Ilustrísima no puede... no saldrá de aquí! + +Y no salió. El que entraba y salía era el Chato, Campillo, que hablaba +en secreto con don Fermín y volvía a la calle a recoger rumores y a +espiar al enemigo. El cual se presentaba amenazador en la calle estrecha +y empinada en que vivía don Santos, casi enfrente de la casa del +Magistral. Era la calle de _los Canónigos_, una de las más feas y más +aristocráticas de la Encimada. + +Al obscurecer de aquel día no se podía pasar sin muchos codazos y +tropezones por delante de la tienda triste y desnuda de Barinaga. Sus +amigos, que habían aumentado prodigiosamente en pocas horas, +interceptaban la acera y llegaban hasta el arroyo divididos en grupos +que cuchicheaban, se mezclaban, se disolvían. + +Por allí andaban Foja, los dos Orgaz y algunos otros de los socios del +Casino que asistían a las cenas mensuales en que se conspiraba contra el +Provisor. El ex-alcalde se multiplicaba, entraba y salía en casa de don +Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos. + +--Está espirando.--¿Pero conserva el conocimiento? + +--Ya lo creo, como usted y como yo. Era mentira. Barinaga moría +hablando, pero sin saber lo que decía; sus frases eran incoherentes; +mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija. Unas veces +se lamentaba como el rey Lear y otras blasfemaba como un carretero. + +--Y diga usted, señor Foja, ¿hay arriba algún cura? Dicen que ha venido +el mismo Magistral.... + +--¿El Magistral? ¡No faltaba más! Sería añadir el sarcasmo a la... +al.... No vendrá, no. Quien está arriba es don Antero, el cura de la +parroquia, el pobre es un bendito, un fanático digno de lástima y cree +cumplir con su deber... pero como si cantara. Don Santos era un hombre +de convicciones arraigadas. + +--¿Cómo era? ¿pues ha muerto ya?--preguntó uno que llegaba en aquel +momento. + +--No señor, no ha muerto. Digo eso, porque ya está más allá que acá. + +--También don Pompeyo se ha portado con mucha energía, según dicen.... + +--También...--Pero estando sano es más fácil. + +--Y como no va con él la cosa.... + +--Morirá esta noche.--El médico no ha vuelto.--Somoza aseguraba que +moriría esta tarde. + +--Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado.... + +--El cura dice que durará hasta mañana. + +--Y muere de hambre.--Dicen que lo ha dicho él mismo. + +--Sí, señor, fueron sus últimas palabras sensatas, advirtió Foja +contradiciéndose. + +--Dicen que dijo: «--¡El pan del cuerpo es el que yo necesito, que así +me salve Dios muero de hambre!». + +A Orgaz hijo se le escapó la risa, que procuró ahogar con el embozo de +la capa. + +--Sí, ríase usted, joven, que el caso es para bromas. + +--Hombre, no me río del moribundo... me río de la gracia. + +--Profundísima lección debía llamarla usted. Se muere de hambre, es un +hecho; le dan una hostia consagrada, que yo respeto, que yo venero, +pero no le dan un panecillo.--Así habló un maestro de escuela perseguido +por su liberalismo... y por el hambre. + +--Yo soy tan católico como el primero--dijo un maestro de la Fábrica +Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista cristiano a su +manera--soy tan católico como el primero, pero creo que al Magistral se +le debería arrastrar hoy y colgarlo de ese farol, para que viese salir +el entierro.... + +--La verdad es, señores--observó Foja--que si don Santos muere fuera +del seno de la Iglesia, como un judío, se debe al señor Provisor. + +--Es claro.--Evidente.--¿Quién lo duda?--Y diga usted, señor Foja, +¿no le enterrarán en sagrado, verdad? + +--Eso creo: los cánones están sangrando; quiero decir que la Sinodal +está terminante.--Y se puso algo colorado, porque no sabía si los +cánones sangraban o no, ni si la Sinodal hablaba del caso. + +--¡De modo que le van a enterrar como un perro! + +--Eso es lo de menos--dijo el maestro de la Fábrica--toda la tierra está +consagrada por el trabajo del hombre. + +--Y además en muriéndose uno.... + +--Más despacio, señores, más despacio--interrumpió Foja que no quería +desperdiciar el arma que le ponían en las manos para atacar al +Magistral--. Estas cosas no se pueden juzgar filosóficamente. +Filosóficamente es claro que no le importa a uno que le entierren donde +quiera. Pero ¿y la familia? ¿Y la sociedad? ¿Y la honra? Todos ustedes +saben que el local destinado en nuestro cementerio _municipal_--y +subrayó la palabra--a los cadáveres no católicos, digámoslo así... + +Orgaz hijo sonrió.--Ya sé, joven, ya sé que he cometido un _lapsus_. +Pero no sea usted tan material. + +Aquel grupo de progresistas y socialistas serios miró _en masa_ al +mediquillo impertinente con desprecio. + +Y dijo el socialista cristiano:--Aquí lo que sobra es la materia; la +letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que sobran en +España son oradores.... + +--Pues usted no habla mal ni poco; acuérdese del club difunto, señor +Parcerisa.... + +Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la fábrica. + +Parcerisa sonrió satisfecho. La conversación se extravió. Se discutió si +el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energía al Obispo la +administración del cementerio. + +En tanto subían y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a ver +al enfermo o a su hija. Don Pompeyo había hecho llevar a Celestina a su +cuarto y allí recibía la beata a sus correligionarias y a los sacerdotes +que venían a consolarla. Guimarán no dejaba entrar en la sala más que a +los espíritus fuertes, o por lo menos, si no tan fuertes como él, que +eso era difícil, partidarios de dejar a un moribundo «espirar en la +confesión que le parezca, o sin religión alguna si lo considera +conveniente». + +--¡Muerte gloriosa!--decía don Pompeyo al oído de cualquier enemigo del +Provisor que venía a compadecerse a última hora de la miseria de +Barinaga--. «¡Muerte gloriosa! ¡Qué energía! ¡Qué tesón! Ni la muerte +de Sócrates... porque a Sócrates nadie le mandó confesarse». + +Los que subían o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban una +mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y +cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas. + +Sobre el mostrador, pintado de color de chocolate, un velón de petróleo +alumbraba malamente el triste almacén cuya desnudez daba frío. Aquellos +anaqueles vacíos representaban a su modo el estómago de don Santos. Las +últimas existencias, que había tenido allí años y años cubiertas de +polvo, las había vendido por cuatro cuartos a un comerciante de aldea; +con el producto de aquella liquidación miserable había vivido y se había +emborrachado en la última parte de su vida el pobre Barinaga. Ahora los +ratones roían las tablas de los estantes y la consunción roía las +entrañas del tendero. + +Murió al amanecer. Las nieblas de Corfín dormían todavía sobre los +tejados y a lo largo de las calles de Vetusta. La mañana estaba templada +y húmeda. La luz cenicienta penetraba por todas las rendijas como un +polvo pegajoso y sucio. Don Pompeyo había pasado la noche al lado del +moribundo, solo, completamente solo, porque no había de contarse un +perro faldero que se moría de viejo sin salir jamás de casa. Abrió +Guimarán el balcón de par en par; una ráfaga húmeda sacudió la cortina +de percal y la triste luz del día de plomo cayó sobre la palidez del +cadáver tibio. + +A las ocho se sacó a Celestina de la «casa mortuoria» y _el cuerpo_, +metido ya en su caja de pino, lisa y estrecha, fue depositado sobre el +mostrador de la tienda vacía, a las diez. No volvió a parecer por allí +ningún sacerdote ni beata alguna. + +--Mejor--decía don Pompeyo, que se multiplicaba. + +--Para nada queremos cuervos--exclamaba Foja, que se multiplicaba +también. + +--Esto tiene que ser una manifestación--decía del ex-alcalde a muchos +correligionarios y otros enemigos del Magistral reunidos en la tienda, +al pie del cadáver--. Esto tiene que ser una manifestación: el gobierno +no nos permite otras, aprovechemos esta coyuntura. Además, esto es una +iniquidad: ese pobre viejo ha muerto de hambre, asesinado por los +acaparadores sacrílegos de la _Cruz Roja_. Y para mayor deshonra y +ludibrio, ahora se le niega honrada y cristiana sepultura, y habrá que +enterrarle en los escombros, allá, detrás de la tapia nueva, en aquel +estercolero que dedican a los entierros civiles esos infames.... + +--¡Muerto de hambre y enterrado como un perro!--exclamó el maestro de +escuela perseguido por sus ideas. + +--¡Oh, hay que protestar muy alto! + +--¡Sí, sí!--¡Esto es una iniquidad!--¡Hay que hacer una manifestación! + +Hablaban también muchos conjurados con trazas de curiales de Palacio; +eran amigos del Arcediano, del implacable Mourelo, que conspiraba desde +la sombra. + +--A ver usted, señor Sousa, usted que escribe los telegramas del +_Alerta_... es preciso que hoy retrasen ustedes un poco el número para +que haya tiempo de insertar algo.... + +--Sí, señor, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la mayor energía que +permite la ley, la pícara ley de imprenta, redactaré allí mismo un +suelto convocando a los liberales, amigos de la justicia, etc., etc.... +Descuide usted, señor Foja. + +--Llame usted al suelto: _Entierro civil_. + +--Sí, señor; así lo haré. + +--Con letras grandes.--Como puños, ya verá usted. + +--Eso podrá servir de aviso a todo el pueblo liberal.... + +--¿Vendrán los de la Fábrica? + +--¡Ya lo creo!--exclamó Parcerisa--. Ahora mismo voy yo allá a calentar +a la gente. Esto no nos lo puede prohibir el gobierno.... + +--Como no se alborote.... El entierro fue cerca del anochecer. Sólo así +podían asistirlos de la Fábrica. + +Llovía. Caían hilos de agua perezosa, diagonales, sutiles. + +La calle se cubrió de paraguas. + +El Magistral, que espiaba detrás de las vidrieras de su despacho, vio un +fondo negro y pardo; y de repente, como si se alzase sobre un pavés, +apareció por encima de todo una caja negra, estrecha y larga, que al +salir de la tienda se inclinó hacia adelante y se detuvo como vacilando. +Era don Santos que salía por última vez de su casa. Parecía dudar entre +desafiar el agua o volver a su vivienda. Salió; se perdió el ataúd entre +el oleaje de seda y percal obscuro. En el balcón que había sobre la +puerta, entre las rejas asomó la cabeza de un perro de lanas negro y +sucio: el Magistral lo miró con terror. El faldero estiró el pescuezo, +procuró mirar a la calle y se le erizaron las orejas. Ladró a la caja, a +los paraguas y volvió a esconderse. Lo habían olvidado en la sala, +cerrada con llave por don Pompeyo. + +Guimarán, de levita negra presidía el duelo. + +Delante del féretro, en filas, iban muchos obreros y algunos +comerciantes al por menor, con más, varios zapateros y sastres, rezando +Padrenuestros. + +Guimarán había propuesto que no se dijese palabra. + +«No había muerto el gran Barinaga, aquel mártir de las ideas, dentro de +ninguna confesión cristiana; luego era contradictorio...». + +--Deje usted, deje usted--había advertido Foja con mal gesto--. No +seamos intransigentes, no extrememos las cosas. Es de más efecto que se +rece. + +--Esto no es una manifestación anti-católica--observó el maestro de +escuela. + +--Es anti-clerical--dijo otro liberal probado. + +--El tiro va contra el Provisor--manifestó un lampiño, de la policía +secreta de Glocester. + +Así pues, se convino que se rezaría y se rezó. _Requiescat in pace_, +decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada +oración. + +Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas: +_Requiescat in pace_. + +Ni el latín ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero había que +transigir. + +«Todo aquello era una contradicción, pero Vetusta no estaba preparada +para un verdadero entierro civil». + +Las mujeres del pueblo, que cogían agua en las fuentes públicas, las +ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y por +el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal +calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena, +se arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayoría de votos +condenaban el atrevimiento de enterrar «a un cristiano» (sinónimo de +hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal pergeñadas, +alababan la idea en voz alta. + +Hubo una que gritó:--¡Así, que rabien los de la pitanza! + +Esta imprudencia provocó otra del lado contrario. + +--¡_Anday_, judíos!--exclamaba una moza del partido azotando con un +zueco la espalda de muchos de sus conocidos, peones de albañil y +canteros. + +Detrás del duelo iba una escasa representación del sexo débil; pero, +según las de la cesta y las de las fuentes públicas, «eran malas +mujeres». + +--¡Anda tú, _pendón_! + +--¿Adónde vais, _pingos_? + +Y las correligionarias de don Pompeyo reían a carcajadas, demostrando +así lo poco arraigado de sus convicciones. La noche se acercaba; el +cementerio estaba lejos, y hubo que apretar el paso. + +La lluvia empezó a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los +paraguas retumbaban con estrépito lúgubre y chorreaban por todas sus +varillas. Los balcones se abrían y cerraban, cuajados de cabezas de +curiosos. + +Se miraba el espectáculo generalmente con curiosidad burlona, con algo +de desprecio. «Pero por lo mismo se declaraba mayor el delito del +Magistral. Aquel pobre don Santos había muerto como un perro por culpa +del Provisor; había renegado de la religión por culpa del Provisor, +había muerto de hambre y sin sacramentos por culpa del Provisor». + +«Y ahora los revolucionarios, que de todo sacan raja, aprovechan la +ocasión para hacer una de las suyas...». + +«Y por culpa del Provisor...». + +«No se puede estirar demasiado la cuerda». + +«Ese hombre nos pierde a todos». + +Estos eran los comentarios en los balcones. Y después de cerrarlos, +continuaban dentro las censuras. Muchas amistades perdió De Pas aquella +tarde. + +Sin que se supiera cómo, llegó a ser un _lugar común_, verdad evidente +para Vetusta, que «Barinaga había muerto como un perro por culpa del +Magistral». + +Los amigos que le quedaban a don Fermín reconocían que no se podía +luchar, por aquellos días a lo menos, contra aquella afirmación injusta, +pero tan generalizada. + +El entierro dejó atrás la calle principal de la Colonia, que estaba +convertida en un lodazal de un kilómetro de largo, y empezó a subir la +cuesta que terminaba en el cementerio. El agua volvía a azotar a los del +duelo en diagonales, que el viento hacía penetrar por debajo de los +paraguas. Llovía a latigazos. Una nube negra, en forma de pájaro +monstruoso, cubría toda la ciudad y lanzaba sobre el duelo aquel +chaparrón furioso. Parecía que los arrojaba de Vetusta, silbándoles con +las fauces del viento que soplaba por la espalda. + +Se subía la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado el +féretro miserable se había abierto por dos o tres lados; se veía la +carne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que conducían el +cadáver le zarandeaban. La fatiga y cierta superstición inconsciente les +había hecho perder gran parte del respeto que merecía el difunto. Todos +los hachones se habían apagado y chorreaban agua en vez de cera. Se +hablaba alto en las filas. + +--¡De prisa, de prisa! se oía a cada paso. + +Algunos se permitían decir chistes alusivos a la tormenta. En el duelo +había más circunspección, pero todos convenían en la necesidad de +apretar el paso. + +Aquel furor de los elementos despertó muchas preocupaciones taciturnas. + +Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le +hacía mucho daño, le ponía nervioso y con esto se le achicaba el ánimo. + +--No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podría +creerse que nos está dando azotes con estos diablos de aguaceros. + +Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementerio +se destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del +horizonte. No se veía nada distintamente. Los cipreses, detrás de la +tapia, se balanceaban, parecían fantasmas que se hablaban al oído, +tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar la paz del +camposanto. + +En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades para +entrar. Se habían olvidado ciertos pormenores y la mala fe del +enterrador--tal vez la del capellán también--ponía obstáculos +reglamentarios. + +--¡A ver, dónde está Foja!--gritó don Pompeyo, que no se encontraba con +ánimo para dar otra batalla al obscurantismo clerical. + +Foja no estaba allí. Nadie le había visto en el duelo. + +Don Pompeyo sintió el ánimo desfallecer. «Estoy solo; ese capitán Araña +me ha dejado solo». + +Sacó fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignación general, se +impuso. El cortejo entró en el cementerio, pero no por la puerta +principal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia del +corralón inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que se +enterraba a los que morían fuera de la Iglesia católica. Eran muy pocos. +El enterrador actual sólo recordaba tres o cuatro entierros así. + +El duelo se despidió sin ceremonia; a latigazos lo despedía el viento +con disciplinas de agua helada. + +Don Pompeyo Guimarán salió del cementerio el último. «Era su deber». + +Había cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo alto +de la cuesta. «A su espalda, a veinte pasos tenía la tapia fúnebre. Allí +detrás quedaba el mísero amigo, abandonado, pronto olvidado del mundo +entero; estaba a flor de tierra... separado de los demás vetustenses que +habían sido, por un muro que era una deshonra; perdido, como el +esqueleto de un rocín, entre ortigas, escajos y lodo.... Por aquella +brecha penetraban perros y gatos en el cementerio civil.... A toda +profanación estaba abierto.... Y allí estaba don Santos... el buen +Barinaga que había vendido patenas y viriles... y creía en ellos... en +otro tiempo. ¡Y todo aquello era obra suya... de don Pompeyo; él, en el +café--restaurant de la Paz, había comenzado a demoler el alcázar de la +fe... del pobre comerciante!...». + +Un escalofrío sacudió el cuerpo de Guimarán. Se abrochó. «Había sido +_otra_ imprudencia venir sin capa». + +Entonces sintió que no sentía ya el agua.... «Era que ya no llovía». +Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios de sombra algunas luces +pálidas, las estrellas; y entre las sombras de la ciudad aparecían +puntos rojizos simétricos: los faroles. + +Guimarán volvió a temblar; sintió la humedad de los pies de nuevo... y +apretó el paso. Hubo más, se le figuró que le seguían; que a veces le +tocaban sutilmente las faldas de la levita y el cabello del cogote.... Y +como estaba solo, seguramente solo... no tuvo inconveniente en emprender +por la cuesta abajo un trote ligero, con el paraguas debajo del brazo. + +«No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estábamos +frescos...». + +Y más abajo: «Y de todas maneras, eso de que le han de enterrar a uno de +fijo, sin escape, en ese estercolero... no tiene gracia». + +Y corría, sintiendo de vez en cuando escalofríos. + +Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche. + +«Ya lo decía él; ¡la humedad!». + +Deliró. «Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en el +vientre y por allí entraban y salían gatos y perros, y alguno que otro +diablejo con rabo». + + + + +--XXIII-- + + +_«Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, ex +utero ante luciferum genui te»._ Esto leyó la Regenta sin entenderlo +bien; y la traducción del _Eucologio_ decía: «Tú poseerás el principado +y el imperio en el día de tu poderío y en medio del resplandor que +brillará en tus santos: yo te he engendrado de mis entrañas desde antes +del nacimiento del lucero de la mañana». + +Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario: +_Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui te. Alleluia._ +¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le gritaba el corazón a ella... y el órgano +como si entendiese lo que quería el corazón de la Regenta, dejaba +escapar unos diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban +los ámbitos obscuros de la catedral, subían a la bóveda y pugnaban por +salir a la calle, remontándose al cielo... empapando el mundo de música +retozona. Decía el órgano a su manera: + + Adiós, María Dolores, + marcho mañana + en un barco de flores + para la Habana. + +y de repente, cambiaba de aire y gritaba: + + La casa del señor cura + nunca la vi como ahora... + +y sin pizca de formalidad, se interrumpía para cantar: + + Arriba, Manolillo, + abajo, Manolé, + de la quinta pasada + yo te liberté; + de la que viene ahora + no sé si podré... + arriba, Manolillo, + Manolillo Manolé. + +Y todo esto era porque hacía mil ochocientos setenta y tantos años había +nacido en el portal de Belén el Niño Jesús.... ¿Qué le importaba al +órgano? Y sin embargo, parecía que se volvía loco de alegría... que +perdía la cabeza y echaba por aquellos tubos cónicos, por aquellas +trompetas y cañones, chorros de notas que parecían lucecillas para +alumbrar las almas. + +El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en +algún pilar, un quinqué de petróleo con reverbero, interrumpía las +tinieblas que volvían a dominar poco más adelante. No había más luz que +aquella esparcida por las naves, el trasaltar y el trascoro, y los +cirios del altar y las velas del coro que brillaban a lo lejos, en alto, +como estrellitas. Pero la música alegre botando de pilar en capilla, del +pavimento a la bóveda, parecía iluminar la catedral con rayos del alba. + +Y no eran más que las doce. Empezaba la _misa del gallo_. + +El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella hora sublime, +recordaba todos los aires populares clásicos en la tierra vetustense y +los que el capricho del pueblo había puesto en moda aquellos últimos +años. A la Regenta le temblaba el alma con una emoción religiosa dulce, +risueña, en que rebosaba una caridad universal; amor a todos los hombres +y a todas las criaturas... a las aves, a los brutos, a las hierbas del +campo, a los gusanos de la tierra... a las ondas del mar, a los suspiros +del aire.... «La cosa era bien clara, la religión no podía ser más +sencilla, más evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y amando su +obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios había nacido en la tierra +y por tal honor y divina prueba de cariño, el mundo entero se alegraba y +se ennoblecía; y no importaba que hubiesen pasado tantos siglos, el amor +no cuenta el tiempo; hoy era tan cierto como en tiempo de los Apóstoles, +que Dios había venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los +seres, el mismo. Por consiguiente, el organista hacía muy bien en +declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solía +alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes +bulliciosos a cielo abierto. Aquel recuerdo de canciones efímeras, que +habían sido un poco de aire olvidado, le parecía a la Regenta una +delicada obra de caridad por parte del músico.... Recordar lo más +humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pasó... y dignificar +las emociones profanas del amor, de la alegría juvenil, haciendo resonar +sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jesús... todo esto +era hermoso, según Ana; la religión que lo consentía, maternal, +cariñosa, artística». + +«No había allí barreras, en aquel momento, entre el templo y el mundo; +la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la iglesia; en la +música del órgano había recuerdos del verano, de las romerías alegres +del campo, de los cánticos de los marineros a la orilla del mar; y había +olor a tomillo y a madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del +monte, y dominándolos a todos olor místico, de poesía inefable... que +arrancaba lágrimas...». La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta.... +Su pensamiento al remontarse se extraviaba y al difundirse se +desvanecía.... Apoyó la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar +de piedra, nuevo, que era el principal de la capilla en que estaba, +sumida en la sombra. Apenas pensaba ya, no hacía más que sentir. + +La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se +interrumpía en ambos extremos para dejar espacio a los púlpitos de +hierro, todos filigrana. Servían de atriles para la Epístola y el +Evangelio, sendas águilas doradas con las alas abiertas. Ana vio +aparecer en el púlpito de la izquierda del altar la figura de Glocester, +siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela briscada +despedía rayos herida por la luz de los ciriales que acompañaban al +canónigo. El Arcediano, en cuanto calló el órgano, como quien quiere +interrumpir una broma con una nota seria, leyó la epístola de San Pablo +Apóstol a Tito, capítulo segundo, dándole una intención que no tenía. +Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención del +público, y leía despacio, señalando con fuerza las terminaciones en _us_ +y en _i_ y en _is_: por el tono que se daba al leer no parecía sino que +la epístola de San Pablo era cosa del mismo Glocester, una +composicioncilla suya. El órgano, como si hubiera oído llover, en cuanto +terminó el presuntuoso Arcediano, soltó el trapo, abrió todos sus +agujeros, y volvió a regar la catedral con chorritos de canciones +alegres, el fuelle parecía soplar en una fragua de la que salían chispas +de música retozona; ahora tocaba como las gaitas del país, imitando el +modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del Ayuntamiento +interpretaba el brindis de la _Traviata_ y el Miserere del _Trovador_. +Por último, y cuando ya Ripamilán asomaba la cabecita vivaracha sobre el +antepecho del otro púlpito para cantar el Evangelio, el organista la +emprendió con la _mandilona_: + + Ahora sí que estarás contentón + mandilón, + mandilón, + mandilón. + +Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia, +hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de +paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios +de todos, que nacía, las diferencias políticas eran nimiedades que se +olvidaban. + +Ripamilán no pudo menos de sonreír, mientras colocaba, con gran +dificultad, el libro en que había de leer el Evangelio de San Lucas, +sobre las alas del águila de hierro. + +El Arcediano, en la escalera del púlpito esperaba con los brazos +cruzados sobre la panza; cerca de él y haciendo guardia estaban dos +acólitos con los ciriales; uno era Celedonio. + +«_¡Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!_»... cantó Ripamilán, +muerto de sueño y aprovechándose del canto llano para bostezar en la +última nota. + +«_¡In illo tempore!_»... continuó... En aquel tiempo se promulgó un +edicto mandando empadronar a todo el mundo. Fue cosa de César Augusto, +muy aficionado a la Estadística. «Este empadronamiento fue hecho por +Cirino, que después fue gobernador de la Siria». Ripamilán se dormía +sobre el recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de José +se animó el Arcipreste, figurándose a los santos esposos camino de +Bethlehem (o mejor Belén.) «Y sucedió que hallándose allí le llegó a +María la hora de su alumbramiento; y dio a luz a su Hijo primogénito y +envolviole en pañales y recostole en un pesebre». Ripamilán leía ahora +pausadamente, a ver si se enteraba el público. Cuando llegó a los +pastores que estaban en vela, cuidando sus rebaños, don Cayetano recordó +su grandísima afición a la égloga y se enterneció muy de veras. + +Más enternecida estaba la Regenta, que seguía en su libro la sencilla y +sublime narración. «¡El Niño Dios! ¡El Niño Dios! Ella comprendía ahora +toda la grandeza de aquella Religión dulce y poética que comenzaba en +una cuna y acababa en una cruz. ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que le +pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo que tenía +un poco más abajo, más hacia el medio de su cuerpo!... ¡Y aquel +Ripamilán allá arriba, aquel viejecillo que contaba lo del parto como si +acabara de asistir a él! También Ripamilán estaba hermoso a su manera». + +En tanto el _público_ empezaba a impacientarse, se iba acabando la +formalidad, y en algunos rincones se oían risas que provocaba algún +chusco. En la nave del trasaltar, la más obscura, escondidos en la +sombra de los pilares y en las capillas, algunos señoritos se divertían +en echar a rodar sobre el juego de damas del pavimento de mármol +monedas de cobre, cuyo profano estrépito despertaba la codicia de la +gente menuda; bandos de pilletes que ya esperaban ojo avizor la +tradicional profanación, corrían tras las monedas, y al caer tantos +sobre una sola en racimo de carne y andrajos, excitaban la risa de los +fieles, mientras ellos se empujaban, pisaban y mordían disputándose el +ochavo miserable. + +Pero llegaba la _ronda_ y el racimo de pillos se deshacía, cada cual +corría por su lado. La _ronda_ la presidía el señor Magistral, de +roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas sobre el vientre, llevaba +el bonete; a derecha e izquierda, como dándole guardia caminaban con +paso solemne acólitos con sendas hachas de cera. La _ronda_ daba vueltas +por el trascoro, las naves y el trasaltar. Se vigilaba para evitar +abusos de mayor cuantía. La obscuridad del templo, los excesos de la +colación clásica, la falta de respeto que el pueblo creía tradicional en +la _misa del gallo_, hacían necesarias todas estas precauciones. + +Había otra clase de profanaciones que no podía evitar la ronda. +Apiñábase el público en el crucero, oprimiéndose unos a otros contra la +verja del altar mayor, y la valla del centro, debajo de los púlpitos, y +quedaban en el resto de la catedral muy a sus anchas los pocos que +preferían la comodidad al calorcillo humano de aquel montón de carne +repleta. Como la religión es igual para todos, allí se mezclaban todas +las clases, edades y condiciones. Obdulia Fandiño, en pie, oía la misa +apoyando su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de +Vegallana, y en la nuca sentía la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que +no podía, ni tal vez quería, impedir que los de atrás empujasen. Para la +de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse sin distinción +de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia +conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy +confusa idea. Visitación estaba también allí, más cerca de la capilla, +con la cabeza metida entre las rejas. Paco Vegallana, cerca de +Visitación, fingía resistir la fuerza anónima que le arrojaba, como un +oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja como una cereza, con los +ojos en un San José de su devocionario y el alma en los movimientos de +su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual +amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí en lo obscuro +imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la negrura de su sombra. +Todo el _elemento joven_ de que hablaba _El Lábaro_ en sus crónicas del +pequeñísimo _gran mundo_ de Vetusta, estaba allí, en el crucero de la +catedral, oyendo como entre sueños el órgano, dirigiendo la colación de +Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza +pinchazos de la carne. El sueño traía impíos disparates, ideas que eran +profanaciones, y se desechaban para atenerse a los pecados veniales con +que brindaba la realidad ambiente. Miradas y sonrisas, si la distancia +no consentía otra cosa, iban y venían enfilándose como podían en aquella +selva espesa de cabezas humanas. Se tosía mucho y no todas las toses +eran ingenuas. En aquella quietud soporífera, en aquella obscuridad de +pesadilla hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas +señoritas hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es +claro que no lo decía sino en el seno de la mayor confianza, pensaba, +que el _hacer el oso_, que era a lo que llamaba _timarse_ Joaquín Orgaz, +si siempre era agradable, lo era mucho más en la iglesia, porque allí +tenía un _cachet_. Y para la viuda las cosas con _cachet_ eran las +mejores. + +«En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeración de malos +cristianos», estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarán, que, mal +curado de una fiebre, había consentido en cenar con don Álvaro, Orgaz, +Foja y demás trasnochadores en el Casino y había venido con ellos a la +misa del gallo. + +«¡Sí, le remordía la conciencia, en medio de su embriaguez!, pero el +hecho era que estaba allí. Habían empezado por emborracharle con un +licor dulce que ahora le estaba dando náuseas, un licor que le había +convertido el estómago en algo así como una perfumería... ¡puf! ¡qué +asco!; después le habían hecho comer más de la cuenta y beber, +últimamente, de todo. Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si +alguno de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle ¡oh colmo de +las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con él en medio de la +catedral, donde no había puesto los pies hacía muchos años. Había +protestado, había querido marcharse, pero no le dejaron, y él tampoco se +atrevía a buscar solo su casa; y en la calle hacía frío». + +--Señores--dijo en voz baja a don Álvaro y a Orgaz--conste que protesto, +y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera de ustedes, +al permanecer en semejante sitio. + +--¡Bien, hombre, bien!--Conste que esto no es una abdicación.... + +--No... qué ha de ser... abdicación.... + +--Ni una profanación. Yo respeto todas las religiones, aunque no profeso +ninguna.... ¿Qué dirá el mundo si sabe que yo vengo aquí... con una +compañía de borrachos matriculados? Reconozco en el _Palomo_ el derecho +de arrojarme del templo a latigazos o a patadas.... + +--Ya lo sabemos, hombre...--pudo balbucear Foja--. + +En resumen: don Pompeyo reconoce que él aquí representa lo mismo... que +los perros en misa. + +--Comparación exacta... eso, yo aquí lo mismo que un perro.... Y además +esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista, borracho como ustedes +probablemente: convierte el templo del Señor, llamémoslo así, en un +baile de candil... en una orgía.... Señores, ¿en qué quedamos, es que ha +nacido Cristo o es que ha resucitado el dios Pan? + +--¡Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum. + +Esto lo cantó bajito Joaquín Orgaz, tocando el tambor en la cabeza de +Guimarán. Y acto continuo el mediquillo salió de la capilla obscura +donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una aguja en un +pajar, como él dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre la multitud. Y la +encontró, emparedada entre el formidable Ronzal y el cocinero de Paco. +Joaquín dio media vuelta y se volvió al lado de don Pompeyo. + +La capilla desde la que oía misa la Regenta estaba separada sólo por una +verja alta de la en que se habían escondido los trasnochadores del +Casino. Ana oyó la voz de Orgaz que disuadía al ateo de su propósito de +abandonar el templo. Pero de una capilla a otra no se distinguían las +personas, sólo se veían bultos. + +Cuando pasó la ronda fue otra cosa; las hachas de los acólitos dejaron a +Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del +Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don Álvaro, que +con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la cabeza inclinada, y +cogido a la verja que separaba las capillas, parecía atender a los +oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano. + +El Magistral también pudo ver a la Regenta y a don Álvaro, casi juntos, +aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembló el bonete en las manos; +necesitó gran esfuerzo para continuar aquella procesión que en aquel +instante le pareció ridícula. + +Mesía no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba medio +dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca +escandaloso. Nadie sospechaba su estado. + +Ana siguió viendo a don Álvaro aun después que la ronda se alejó con sus +luces soñolientas. Siguió viéndole en su cerebro; y se le antojó vestido +de rojo, con un traje muy ajustado y muy airoso. No sabía si era aquello +un traje de Mefistófeles de ópera o el de cazador elegante, pero estaba +el enemigo muy hermoso, muy hermoso.... «Y estaba allí cerca, detrás de +aquella reja, ¡si daba tres pasos podía tocarla a ella!». El órgano se +despedía de los fieles con las mayores locuras del repertorio; un aire +que Ana había oído por primera vez al lado de Mesía, en la romería de +San Blas, aquel mismo año.... Cerró los ojos, que se le habían llenado de +lágrimas.... «¡Por dónde la tomaba ahora la tentación! Se hacía +sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos, +que era siempre cosa sagrada, dulce, entrañable.... ¿Qué había pasado en +aquella romería de San Blas? Nada, y sin embargo, ahora recordando +aquella tarde, por culpa del organista, Ana veía a don Álvaro a su lado, +muerto de amor, mudo de respeto, y a sí misma se veía, contenta en lo +más hondo del alma... ¡ay sí, ay sí!... en unas honduras del alma, o del +cuerpo, o del infierno... a que no llegaban las suaves pláticas del +misticismo y fraternidad de que seguía gozando en compañía de aquel +señor canónigo que acababa de pasar por allí, con las manos cruzadas +sobre el vientre, rodeado de monaguillos». + +Cuando Ana procuró sacudir, moviendo la cabeza, aquellas imágenes +importunas y pecaminosas, el templo iba quedándose vacío. Tuvo ella frío +y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en que se apoyaba. Se +levantó y salió de la catedral, que empezaba a dormirse. + +El órgano se había callado como un borracho que duerme después de +alborotar el mundo. Las luces se apagaban.... + +En el pórtico encontró Ana al Magistral. + +Don Fermín estaba pálido; lo vio ella a la luz de una cerilla que +encendieron por allí. Cuando volvió la obscuridad, De Pas se acercó a la +Regenta y con una voz dulce en que había quejas le preguntó: + +--¿Se ha divertido usted en misa? + +--¡Divertirme en misa!--Quiero decir... si le ha gustado... lo que +tocan... lo que cantan.... + +Notó Ana que su confesor no sabía lo que decía. + +En aquel momento salían del pórtico; en la calle había algunos grupos de +rezagados. Había que separarse. + +--¡Buenas noches, buenas noches!--dijo el Magistral con tono de mal +humor, casi con ira. + +Y embozándose sin decir más, tomó a paso largo el camino de su casa. + +Ana sintió deseos de seguirle: ella no sabía por qué pero le tenía +enfadado: ¿qué había hecho ella? Pensar, pensar en el enemigo, gozar con +recuerdos vitandos... pero... de todo eso ¿cómo podía tener don Fermín +noticia?... ¡Y se había marchado así! Una profunda lástima y una +gratitud que parecía amor invadieron el ánimo de Ana en aquel +instante.... «¡Oh! ¿por qué ella no podía ahora ir con aquel hombre, +llamarle, consolarle... probarle que era la de siempre, que ella no le +volvía la espalda como tantas otras?...». «Sí, sí, le volvían la espalda +a él, el santo, el hombre de genio, el mártir de la piedad... le volvían +la espalda las que antes se le disputaban, y todo ¿por qué? por viles +calumnias. Ella no, ella creía en él... le seguiría ciega al fin del +mundo; sabía que entre él y Santa Teresa la habían salvado del +infierno...». Pero no se podía correr detrás de él para consolarle, para +decirle todo esto. «¡Qué hubiera pensado, sin ir más lejos, Petra la +doncella que estaba allí, a su lado, silenciosa, sonriente, cada día más +antipática, y más servicial... y más insufrible!». + +Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se había separado +discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con +tanto garbo, pensó la criada: + +«Están de monos» y sonrió. + +La Regenta tomó el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio dormida; +estaba como embriagada de sueño y música y fantasía.... Sin saber cómo se +encontró en el portal de su casa pensando en el Niño Jesús, en su cuna, +en el portal de Belén. Ella se figuraba la escena como la representaba +un _nacimiento_ que había visto aquella noche a primera hora. + +Cuando se quedó sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al +espejo; suelto el cabello, cayó sobre la espalda. + +«Era verdad, ella se parecía a la Virgen: a la Virgen de la Silla... +pero le faltaba el niño»; y cruzada de brazos se estuvo contemplando +algunos segundos. + +A veces tenía miedo de volverse loca. La piedad huía de repente, y la +dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para aquella +sequedad del alma en la oración o en las lecturas piadosas. Ya meditaba +pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar +abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía. + +«Creía que había muerto aquella Ana que iba y venía de la desesperación +a la esperanza, de la rebeldía a la resignación, y no había tal; estaba +allí, dentro de ella; sojuzgada, sí, perseguida, arrinconada, pero no +muerta. Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que +Herodías le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento, +gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el +cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía +todos los buenos propósitos de Ana la devota, la _hermana_ humilde y +cariñosa del Magistral. + +»¡El Niño Jesús! ¡Qué dulce emoción despertaba aquella imagen! ¿Pero por +qué había servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad +del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una +vaguedad tierna, anhelante». + +Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba frío.... +¡Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas aquellas +luchas de su espíritu ocioso, que buscaba fuera del centro natural de la +vida, fuera del hogar, pábulo para el afán de amor, objeto para la sed +de sacrificios!... + +Sin saber lo que hacía, Ana salió de sus habitaciones, atravesó el +estrado, a obscuras, como solía, dejó atrás un pasillo, el comedor, la +galería... y sin ruido, llegó a la puerta de la alcoba de Quintanar. No +estaba bien cerrada aquella puerta y por un intersticio vio Ana +claridad. No dormía su marido. Se oía un rum rum de palabras. + +«¿Con quién habla ese hombre?». Acercó la Regenta el rostro a la raya de +luz y vio a don Víctor sentado en su lecho; de medio cuerpo abajo le +cubría la ropa de la cama, y la parte del torso que quedaba fuera +abrigábala una chaqueta de franela roja; no usaba gorro de dormir don +Víctor por una superstición respetable; él incapaz de sospechar de su +Ana la falta más leve, huía de los gorros de noche por una preocupación +literaria. Decía que el gorro de dormir era una punta que atraía los +atributos de la infidelidad conyugal. Pero aquella noche había tenido +frío, y a falta de gorro de algodón o de hilo, se había cubierto con el +que usaba de día, aquel gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y +oyó que en aquel traje grotesco Quintanar leía en voz alta, a la luz de +un candelabro elástico clavado en la pared. + +Pero hacía más que leer, declamaba; y, con cierto miedo de que su marido +se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor, +entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño de +una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Víctor +leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera +armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada. + +Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy noble y +verosímil acción la de azotar el aire con el limpio acero. Se trataba de +defender en hermosos versos del siglo diez y siete a una señora que un +su hermano quería descubrir y matar, y don Víctor juraba en quintillas +que antes le harían a él tajadas que consentir, siendo como era +caballero, atrocidad semejante. + +Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en los +pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que +repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido, +la única persona de este mundo que tenía derecho a las caricias de ella, +a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella suponía en la +maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de +Belén y otros recuerdos análogos. + +Iba la Regenta al cuarto de su marido con ánimo de conversar, si estaba +despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, sobre el +lecho. Quería la infeliz desechar las ideas que la volvían loca, +aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la carne +rebelde y desabrida; quería palabras dulces, intimidad cordial, el calor +de la familia... algo más, aunque la avergonzaba vagamente el quererlo, +quería... no sabía qué... a que tenía derecho... y encontraba a su +marido declamando de medio cuerpo arriba, como muñeco de resortes que +salta en una caja de sorpresa.... La ola de la indignación subió al +rostro de la Regenta y lo cubrió de llamas rojas. Dio un paso atrás +Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda +meneó algo en el suelo, porque don Víctor gritó asustado: + +--¡Quién anda ahí! + +No respondió Ana.--¿Quién anda ahí?--repitió exaltado don Víctor, que +se había asustado un poco a sí mismo con aquellos versos fanfarrones. + +Y algo más tranquilo, dijo a poco: + +--¡Petra! ¡Petra! ¿Eres tú, Petra? + +Una sospecha cruzó por la imaginación de Ana; unos celos grotescos, tal +los reputó, se le aparecieron casi como una forma de la tentación que la +perseguía. + +«¿Si aquel hombre sería amante de su criada?». + +--«¡Anselmo! ¡Anselmo!»--añadió don Víctor en el mismo tono suave y +familiar. + +Y Ana se retiró de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus +sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba ridículo, de su +marido, de sí misma... + +«¡Oh, qué ridículo viaje por salas y pasillos, a obscuras, a las dos de +la madrugada, en busca de un imposible, de una grotesca farsa... de un +absurdo cómico... pero tan amargo para ella!...». Y Ana, sin querer, +como siempre, mientras iba a tientas por el salón, pero sin tropezar, +pensaba: Y si ahora, por milagro, por milagro de amor, Álvaro se +presentase aquí, en esta obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la +cintura... y me dijera: tú eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo +carne flaca, qué haría sino sucumbir... perder el sentido en sus +brazos.... «¡Sí, sucumbir!», gritó todo dentro de ella; y desvanecida, +buscó a tientas el sofá de damasco y sobre él, tendida, medio desnuda, +lloró, lloró sin saber cuánto tiempo. + +Una campanada del reloj del comedor la despertó de aquella somnolencia +de fiebre; tembló de frío y a tientas otra vez, el cabello por la +espalda, la bata desceñida, y abierta por el pecho, llegó Ana a su +tocador; la luz de esperma que se reflejaba en el espejo estaba próxima +a extinguirse, se acababa... y Ana se vio como un hermoso fantasma +flotante en el fondo obscuro de alcoba que tenía enfrente, en el cristal +límpido. Sonrió a su imagen con una amargura que le pareció diabólica... +tuvo miedo de sí misma... se refugió en la alcoba, y sobre la piel de +tigre dejó caer toda la ropa de que se despojaba para dormir. En un +rincón del cuarto había dejado Petra olvidados los zorros con que +limpiaba algunos muebles que necesitaban tales disciplinas; y pensando +ella misma en que estaba borracha... no sabía de qué, Ana, desnuda, +viendo a trechos su propia carne de raso entre la holanda, saltó al +rincón, empuñó los zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azotó +su hermosura inútil una, dos, diez veces.... Y como aquello también era +ridículo, arrojó lejos de sí las prosaicas disciplinas, entró de un +brinco de bacante en su lecho; y más exaltada en su cólera por la +frialdad voluptuosa de las sábanas, algo húmedas, mordió con furor la +almohada. A fuerza de no querer pensar, por huir de sí misma, media hora +después se quedó dormida. + +Aquella misma mañana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de la +casa del Magistral. ¿A qué había ido allí? Aquel no era camino de la +catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don Fermín, de verle al +balcón, de algo que ella no podía precisar, le había hecho tomar por la +calle de los Canónigos. No topó con el suyo. Se dirigió a la catedral y +se sentó sobre la tarima que había en medio del crucero, desde el coro a +la capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fría +como un carámbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos, rezando +oraciones que no terminaban y soñando despierta hasta que concluyó el +coro. Vio entrar en él a su amigo, a su De Pas, a quien sonrió cariñosa, +con la dulzura que a él le entraba por las entrañas como si fuera fuego; +el Magistral no sonrió, pero su mirada fue intensa; duró muy poco, pero +dijo muchas cosas, acusó, se quejó, inquirió, perdonó, agradeció... Y +pasó don Fermín. Entró en el coro y se fue a su rincón. Terminadas las +horas canónicas, el Magistral salió, se inclinó ante el Altar, se +dirigió a la sacristía, y a poco volvió a verle la Regenta, sin roquete, +muceta ni capa, con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se +miraron. + +Ahora sonrieron los dos. Ana se levantó cinco minutos después. Sin +necesidad de decírselo, ni por señas, acudieron ambos a una cita.... Se +encontraron a poco en el salón de doña Petronila Rianzares donde habían +muchas señoras y tres clérigos. Allí se había reunido la flor y nata de +lo que llamaba _El Alerta_ «_el elemento levítico_» de la población. +Aquellas señoras de respetable aspecto las más, guapas y jóvenes +algunas, celebraban con alegría evangélica el natalicio de Nuestro Señor +Jesucristo como si el Hijo de María hubiese venido al mundo +exclusivamente para ellas y otras cuantas personas distinguidas. La +Natividad del Señor se les antojaba algo como una fiesta de familia. +Doña Petronila, con una manteleta de raso negro, antiquísima, mal +cortada, recibía a su _mundo devoto_ como si estuviese ella de +cumpleaños. Todo se volvía allí sonrisas, apretones de manos, elogios +mutuos, carcajadas sonoras, que reflejaban el interior contento de +aquellas almas en gracia de Dios. El Magistral fue recibido en triunfo. +¡Qué fino! ¡qué atento! Una hora después tenía que subir al púlpito, en +la catedral, a predicar un sermón de los de tabla, ¡y sin embargo acudía +antes a dar las Pascuas a su amiga doña Petronila! «¡Qué hombre! ¡qué +ángel! ¡qué pico de oro! ¡qué lumbrera!». + +El descrédito de don Fermín no había llegado al círculo de doña +Petronila; allí nadie dudaba de la virtud del Provisor, nadie la +discutía. Si alguno de los presentes, fuera de aquel salón venerable, se +atrevía a calumniar a aquel santo, no se sabía, no se quería saber, pero +en casa del gran Constantino nadie osaría poner en tela de juicio la +santidad del Crisóstomo vetustense. + +Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermín. Fue en el +gabinete de doña Petronila. Ella los encontró...; pero sonriéndoles y +saludando con la mano les dijo, desde la puerta: + +--Nada, nada... venía por unos papeles.... Ya volveré... + +Ana iba a llamarla: «no había secretos, ¿por qué se retiraba aquella +señora?...» esto quería decirle, pero un gesto del Magistral la contuvo. + +--Déjela usted--dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta +siempre le sonaba bien. Eso quería ella, que el Magistral mandase, +dispusiera de ella y de sus actos. + +Ana volvió hacia De Pas, que estaba cerca del balcón y le sonrió como +poco antes en la catedral. Aquella sonrisa pedía perdón y bendecía. + +Don Fermín estaba pálido, le temblaba la voz. Estaba más delgado que por +el verano. En esto pensaba Anita. + +--¡Estoy tan cansado!--dijo él y suspiró con mucha tristeza. + +Ana se sentó a su lado, al verle dejarse caer en una butaca. + +--¡Estoy tan solo!--¿Cómo solo...? No entiendo. + +--Mi madre me adora, ya lo sé... pero no es como yo; ella procura mi +bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe todo +esto, Ana. + +--Pero... ¿por qué está usted solo? y... ¿los demás? + +--Los demás... no son mi madre. No son nada mío. ¿Qué tiene usted, Ana? +¿se pone usted mala? ¿qué es esto? llamaré... + +--No, no, de ningún modo.... Un escalofrío... un temblor... ya pasó... +esto no es nada. + +--¿Tendrá usted un ataque? + +--No... el ataque se presenta con otros síntomas... deje usted... deje +usted. Esto es frío... humedad... nada.... Callaron. De Pas vio que Ana +contenía el llanto que quería saltar a la cara. + +--¿Qué sucede aquí? yo necesito saberlo todo, tengo derecho... creo que +tengo derecho.... + +Ana cayó de rodillas a los pies de su _hermano mayor_, y sollozando pudo +decir: + +--Sí, todo, todo lo sabrá usted... pero aquí no, en la Iglesia.... +Mañana... temprano.... + +--¡No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese +ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos +y llevó los puños crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete. +Volvió a paso largo al lado de la Regenta que seguía de rodillas, +sollozando y ahogando el llanto para que no sonase. + +--Ahora, Ana, ahora es mejor... aquí... aún hay tiempo.... + +--Aquí no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde.... + +--Pero ¿qué es esto... qué pasa? por caridad... señora... por compasión, +Ana... no ve usted que tiemblo como una vara verde.... Yo no soy un +juguete.... ¿Qué pasa... qué debo temer...? Ayer ese hombre estaba +borracho... él y otros pasaron delante de mi casa... a las tres de la +madrugada.... Orgaz le llamaba a gritos: «¡Álvaro! ¡Álvaro! aquí vive... +tu rival... eso decía, tu rival...» ¡la calumnia ha llegado hasta +ahí!... + +Ana miró espantada al Provisor.... Parecía que no comprendía sus +palabras.... + +--Sí, señora, les pesa de nuestra amistad, y quieren separarnos, y así +podrán conseguirlo... echan lodo en medio... y se acabó... + +Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se habían +acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; él +pensaba en ella, pero no convenía a sus planes decir a la Regenta: yo +soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con la malicia.... Pero ahora, +sin poder contenerse, había dicho: _tu rival_, con fuerza... aunque +aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta. + +«Sí, sí, él también era hombre, podía ser rival, ¿por qué no?». No se +conocía; se paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula; +comprendía que en aquel momento diría todo lo que le sugiriese la pasión +exaltada, el amor propio herido.... Después le pesaría de haber +hablado... pero no importaba, ahora quería desahogar. «¡Ay! no era el +Fermín de antaño». + +Ana se levantó, esperó a que el Magistral llegase en sus paseos al +extremo del gabinete y dijo: + +--No me ha comprendido usted.... Yo soy la que está sola... usted es el +ingrato.... Su madre le querrá más que yo... pero no le debe tanto como +yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si hacía falta.... El mundo +entero le calumnia, le persigue... y yo aborrezco al mundo entero y me +arrojo a los pies de usted a contarle mis secretos más hondos.... No +sabía qué sacrificio podría hacer por usted.... Ahora ya lo sé... Usted +me lo ha descubierto.... Hablan de mi honra... ¡miserables! yo no +sospechaba que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo +no quiero separarme del mártir que persiguen con calumnias como a +pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a +mí... yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... ¡Ya sé para qué +sirvo yo! ¡Ya sé para qué nací yo! Para esto.... Para estar a los pies +del mártir que matan a calumnias.... + +--¡Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa señora.... + +El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos como brasas, se +acercó a la Regenta, le oprimió las manos y dijo ronco, estrangulado por +la pasión: + +--¡Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la catedral... junto +al altar de la Concepción... en frente del púlpito.... + +--Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tenía +que decir... está dicho.... + +--¡Pero ese hombre!...--De ese hombre... nada. La voz de doña Petronila +se había oído cuando el Magistral avisó que llegaba. Hablaba desde lejos +la señora de Rianzares, que decía: + +--Allá va, allá va el señor Magistral, está en mi gabinete solo, +repasando su sermón sin duda.... + +Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la +confusión que él hubiera leído en el rostro de ella, a no haber tenido +que atender a doña Petronila que gritaba: + +--Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado la +misa.... + +El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba, por donde había +entrado el ama de la casa. + +Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas +manos la besó con estrépito en la frente; y después dijo: + +--¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó! + +--¡A la catedral, a la catedral!--gritaron los del salón. + +Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas +subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán cantara al +comenzar el día el Evangelio de San Lucas. + +Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción. + +--Desde aquí se ve perfectamente--dijo doña Petronila. + +E inclinándose hacia Ana, añadió en voz baja y melosa: + +--¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los +gentiles! ¡Qué roquete! Parece de espuma.... En el nombre del Padre..., +del Hijo... y del Espíritu.... Santo... + + + + +--XXIV-- + + +--Pero, ¿y si él se empeña en que vaya? + +--Es muy débil... si insistimos, cederá. + +--¿Y si no cede, si se obstina? + +--Pero, ¿por qué?--Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la +cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy.... Y nos alude... habla +del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que +se la gobiernan desde fuera.... Y después, que la Marquesa está ya algo +fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo! + +--Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese +baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda +con él? ¿Tan amigotes siempre? + +--Ya se sabe que a casa no le lleva.... + +--¿Y es de etiqueta el baile?--Creo... que sí...--¿Hay que ir +escotada?--Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van +como quieren; algunas completamente _subidas_. + +--Nosotros iremos... _subidos_ ¿eh? + +--Sí, es claro.... ¿Cuándo toca la catedral? ¿pasado? pues pasado iré a +la capilla con el vestido que he de llevar al baile. + +--¿Cómo puede ser eso?... + +--Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la +falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a +confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos +satisfechos. + +--Así lo espero. Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de +que _fuéramos_ al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los +ojos a la celosía del confesonario, era bastante subido, no dejaba ver +más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes, +que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el +conjunto. + +Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don +Víctor se empeñó «en que se fuera, y se fue». + +Aquel acto de energía, verdaderamente extraordinario, le hacía pensar al +ex-regente, mientras subían la escalera del caserón negruzco del Casino, +que él, don Víctor, hubiera sido un regular dictador. «Le faltaba un +teatro, pero no carácter. Que lo dijera su mujer, que mal de su grado +subía colgada de su brazo, hermosísima, casi contenta, pese a todos los +confesores del mundo. Ya no estábamos en el Paraguay: ¡A él jesuitas!». + +Era lunes de Carnaval. El día anterior, el domingo se había discutido +con mucho calor en el Casino si la sociedad abriría o no abriría sus +salones aquel año. Era costumbre inveterada que aquel _círculo +aristocrático_ (como le llamaba el _Alerta_, a cuyos redactores no se +convidaba nunca, porque se empeñaban en asistir de _jaquet_) diese +baile, pero jamás de trajes, el lunes de Carnaval. + +--¿Por qué no ha de ser este año como los demás?--preguntaba Ronzal, que +acababa de hacerse un frac en Madrid. + +--Porque este año el Carnaval está muy desanimado por culpa de los +Misioneros, por eso--respondía Foja, a quien había metido en la Junta +directiva don Álvaro. + +--La verdad es--dijo el presidente, Mesía--que nos exponemos a un +desaire. La mayor parte de las señoritas _comm'il faut_ están entregadas +en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que muchas traen cilicios debajo +de la camisa. + +--¡Qué horror!--exclamó don Víctor, que estaba presente, aunque no era +de la Junta. (Pero por no separarse de Mesía.) + +--Sí, señor, cilicios--corroboró Foja--. Amigo, el Magistral no puede +tanto. No ha conseguido que sus hijas de confesión usen cilicios y otras +invenciones diabólicas. + +--Porque tampoco se lo ha propuesto--contestó Ronzal. + +Don Álvaro observó que Quintanar se ponía colorado. Le había sabido mal +la alusión de Foja. «Sí, aludía a su mujer al hablar del Magistral; con +él iba la pulla». + +--Lo cierto es--continuó el ex-alcalde--que nos exponemos a un desaire, +como dice muy bien el presidente. La flor y nata de la _conservaduría_, +que son las que animan esto, no vendrá; las conozco bien: ahora se +divierten en jugar a las santas. Ahora son místicas... zurriagazo y +tente tieso, ¡ja, ja, ja! + +--A mí se me ocurre una cosa--dijo Mesía--. Exploremos el terreno. +Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias +distinguidas se enteren de si las niñas vienen o no. Si ellas asisten, +las demás, las de reata, vendrán de fijo, _malgré_ todos los jesuitas y +padres descalzos del mundo. + +--¡Magnífico! ¡Magnífico! + +--Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreció traer a quien +pudiera. + +Don Víctor, a quien otra pulla de Foja había picado mucho, no pudo menos +de decir: + +--Yo, señores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila pero hace +bulto. + +--¡Oh, gran adquisición!--dijo un socio--; si doña Ana viene, será un +gran ejemplo, porque ella, hace tanto tiempo retirada... ¡oh! será un +gran ejemplo. + +--Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenará esto con +lo mejorcito. + +--Señor Quintanar--dijo el ex-alcalde--se le declara a usted benemérito +del Casino... si consigue traer a su señora la Regenta. + +--Pues sí señor ¡que vendrá!... En mi casa, señor Foja, una ligera +insinuación mía es un decreto sancionado.... + +Y don Víctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le había +ocurrido asistir a la Junta. + +«¿Por qué habría ofrecido él lo que no había de cumplir?». + +«Sin embargo, la palabra era palabra». + +Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el +infierno con horror. De su piedad pasajera sólo le quedaba la convicción +de que son necesarias las buenas obras además de la fe para salvarse, y +la costumbre de persignarse al levantarse, al salir de casa, al dormir, +etc., etc. Había vuelto a Calderón y Lope con más entusiasmo que nunca. +Se encerraba en su despacho o en su alcoba y recitaba grandes +_relaciones_ como él decía, de las más famosas comedias, casi siempre +con la espada en la mano. Así le había sorprendido su mujer, sin que él +lo supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que había cenado +fuerte el buen señor y se le había ocurrido celebrar a su modo el +Nacimiento de Jesús. + +Pero si la propia religiosidad había volado, o se había escondido en +pliegues recónditos del alma, donde él no la encontraba, don Víctor +respetaba la piedad ajena. + +«No obstante, se decía a sí mismo, animándose al ataque, mi mujer ya no +va para santa; respeto como antes su piedad, pero ya no me da miedo; ya +es una devota como otras muchas, va y viene, y no se detiene; la novena, +la misa, la cofradía, la visita al Santísimo... pero ya no tenemos +aquellas encerronas con que a mí me asustaba, como si tuviéramos un +para-rayos en casa. Ea, pues, me atrevo, se lo digo...». + +Y se lo dijo. Se lo dijo cuando acababan de comer. Con gran sorpresa del +enérgico marido «que no quería que su casa fuese un nuevo Paraguay» +(alusión que no entendió Ana), la esposa no resistió tanto como él +esperaba; se rindió pronto. Pero él lo achacó a la propia energía. +«Comprende que yo no he de ceder y no se obstina». + +Cuando Ana consultó con el Magistral en casa de doña Petronila, ya tenía +dado su consentimiento. Pero pensaba retirarlo si el canónigo decía _non +possumus_. + +Todo se arregló, menos la conciencia de Ana que siguió intranquila. +«¿Por qué había dicho que sí después de una débil resistencia? ¿A qué +iba ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero ¿por qué +estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora sí?». + +No lo sabía; no quería saberlo. No quería atormentarse más. + +«El baile y ella ¿qué tenían que ver? ¿qué le importaba a ella, a la +_hermana_ de don Fermín el santo, el mártir, que bailasen o no las +muchachas insulsas de Vetusta en el salón estrecho y largo del Casino? +Nada, nada». + +Así pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las propias +manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel +ángulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba ver. + +Ronzal, de la comisión que recibía a las señoras, se apresuró, en cuanto +asomaron los de Quintanar en el vestíbulo, a ofrecer a la Regenta su +brazo. ¿Cuál? «el derecho, sin duda el derecho pensó». Grande fue su +pena al notar que Paco Vegallana ofrecía a Olvido Páez que entraba al +mismo tiempo, no el brazo derecho, sino el izquierdo. De todos modos +entró en el salón triunfante con su pareja... de un minuto. Tuvo tiempo +suficiente, sin embargo, para participar del triunfo de Ana. Las +conversaciones se suspendieron, las miradas se clavaron en la hija de la +italiana. Hubo un rumor de asombro: + +--¡La Regenta!--¡La Regenta!--¡Quién lo diría! + +--¡Pobre Magistral!--¡Y qué hermosa!--¡Pero qué sencilla!... + +Esta exclamación fue de Obdulia. + +--¡Qué sencilla, pero qué hermosa!... + +--La virgen de la Silla...--La Venus del Nilo, como dice Trabuco. + +Esto lo dijo Joaquín Orgaz. El círculo de la nobleza se abrió para +acoger en su seno a la _Hija pródiga de la Sociedad_, como acertó a +decir el barón de la Barcaza, que _in illo tempore_ había estado muy +enamorado de Anita, a pesar de la señora baronesa e hijas. + +La marquesa de Vegallana, todavía de azul eléctrico, se levantó de su +silla de raso carmesí con respaldo de nogal, y abrazó sin que pareciera +mal, a su querida Anita. + +--Hija, gracias a Dios, creía que era el desaire ciento uno. + +La Marquesa también había puesto empeño en que Ana asistiera al baile y +a la cena, «que tendría la _élite_ en _petit comité_». Todos estos +galicismos los había importado Mesía. + +--¡Pero qué divina, Ana, pero qué divina!--le decía a la Regenta cara a +cara, y con voz gangosa, la hija mayor del Barón, Rudesinda, que según +don Saturnino Bermúdez, era una _belleza ojival_. En efecto, parecía una +torrecilla gótica, aunque, por ciertas curvas del busto, sobre todo del +cuello, a la Marquesa se le antojaba «un caballo de ajedrez». + +Por lo demás, a ella y a sus dos hermanas, las llamaban los plebeyos +«Las tres desgracias», y a su señor padre, barón de la Barcaza, el barón +de la _Deuda flotante_, aludiendo al título y a los muchos acreedores +del magnate. + +Solía esta familia, digna de mejores rentas, pasar gran parte del año en +Madrid, y las _niñas_ (de veintiséis años la menor) cuando estaban en +público ante los vetustenses fingían disimular su desprecio de todo lo +que les rodeaba. Refugiábanse en el círculo aristocrático, donde +también entraban, por especial privilegio, Visitación y Obdulia, +pariente de nobles. Las señoritas de la clase media (y cuenta que en +Vetusta el gobernador civil y familia entraban en la aristocracia) se +vengaban de aquel desdén mal disimulado contándoles los huesos de la +pechuga a las del barón y a otras jóvenes aristócratas. Daba la +casualidad de que casi todas las niñas nobles de Vetusta eran flacas. + +Ana se sentó al lado de la marquesa de Vegallana, única persona que le +era simpática entre todas las del corro. Entonces anunciaba la orquesta +un rigodón. + +Y no fue vana su amenaza; a los dos minutos aquellos violines y violas, +clarinetes y flautas, a quienes acompañaba en su laboriosa gestación +armónica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus acordes, +como se prometía decir en _El Lábaro_ del día siguiente Trifón Cármenes, +el cual había osado preguntar a la hija segunda del barón «si le +favorecía». Mal gesto puso Fabiolita, que así se llamaba, pero una seña +de su padre la obligó _a favorecer_ a Trifón, aunque se propuso no +contestarle, si él se atrevía a hablar, más que con monosílabos. El +barón de la Deuda Flotante creía en el poder de la prensa periódica, +pero su hija no. Enfrente de esta pareja se colocó resplandeciente +Ronzal, el gallardo Trabuco, diputado de la comisión y miembro de la +Junta directiva del Casino. La pechera que lucía Ronzal no podía ser más +brillante. Estaba él orgulloso de aquella pechera, de aquel frac +madrileño, de aquellas botas sin tacones que eran la última moda, lo más +_chic_, como ya empezaba a decirse en Vetusta. Pero no estaba tan +satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el _arte de Terpsícore_ +(otra frase que Trifón se proponía emplear.) Tenía a su lado Trabuco, +como pareja a Olvido Páez, que no le miraba siquiera. Pero él no +pensaba en esto, pensaba en que, según veía, tarde ya, le tocaba romper +la marcha; su _bis a bis_ era Trifón, y Trifón había empezado a ponerse +en movimiento. Trabuco sudaba antes de haber motivo para ello. A cada +momento se metía los dedos de la mano derecha entre el cuello de la +camisa y lo que él llamaba _mi pescuezo_ cuando «apostaba la cabeza» por +cualquier cosa. Aquel movimiento le parecía muy elegante y sobre todo +era muy socorrido. Mientras la de Páez daba a entender con su aire +melancólico y aburrido que su reino no era de este mundo, y que Ronzal +había hecho demasiado atreviéndose a invitarla a bailar, el diputado +ponía los cinco sentidos en no equivocarse, en no pisar el vestido ni +los pies a ninguna señorita y en imitar servilmente las idas y venidas y +las genuflexiones de Trifón. Mal poeta era Cármenes, pero el rigodón lo +conocía muy a fondo. Bien se lo envidiaba Ronzal. La de Páez y la del +barón al pasar cerca una de otra se sonreían discretamente, como +diciendo:--¡Vaya todo por Dios! o bien ¡qué par de cursis nos han +tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran; pensaba en la pechera, +en el cuello de la camisa, y en las colas de los vestidos. A su derecha +tenía Trabuco a Joaquín Orgaz que hablaba sin cesar con su pareja, una +americana muy rica y muy perezosa. Como el salón era estrecho y las +costumbres vetustenses un poco descuidadas, las parejas, mientras no les +tocaba moverse, se sentaban en la silla que tenían detrás de sí muy +cerca. Ronzal, que no podía sentarse, porque no tenía dónde, pensaba que +aquello era una corruptela, y era verdad. La de Páez y la del barón +apenas se tenían en pie; se dejaban caer sobre su silla respectiva, como +si cada figura del rigodón fuera un viaje alrededor del mundo. + +Después del rigodón vino un wals. Ronzal se retiró a fumar un cigarro de +papel. Él no bailaba wals, no había podido aprender nunca. Todas las +puertas del salón estaban atestadas de socios... que no tenían frac. Un +frac en Vetusta suponía _cierta posición_. Muchos _pollos_ se figuraban +que semejante prenda exigía la fortuna de un Montecristo. + +Y como el baile era de etiqueta, la más florida juventud se quedaba a la +puerta. Unos fingían desdeñar el ridículo placer de dar vueltas por allí +como una peonza... _para nada_. Otros hacían alardes de desidia, de +escepticismo, de cualquier cosa que fuera incompatible con el frac, +según ellos. Y algunos, más ingenuos, confesaban la penuria de su +presupuesto, maldecían de las exigencias sociales... y se reservaban +para «última hora». Porque a última hora bailaban, pese a Ronzal, los de +levita, los de _jaquet_ y hasta los de cazadora. «¡No faltaba más!». + +Saturnino Bermúdez, que tenía frac, y clac y todo lo necesario, llegó un +poco tarde al salón. Se detuvo en una puerta... y... tembló. No podía +remediarlo.... La emoción de entrar en los salones en día solemne era +para él semejante a la de echarse al agua. Y en efecto, cualquier +observador hubiera dicho que aquel hombre creía estar en aquel umbral a +la orilla del Océano. Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a las +bromas de los envidiosos sin frac que le decían: + +--¡Vamos, hombre, láncese usted... valor! + +--Ya... ya... voy... no si... ya voy.... + +Y sujetó bien los guantes, y se arregló el lazo de la corbata, y se +aseguró de que el pañuelo estaba en su sitio, y... también pasó dos +dedos por la tirilla de la camisola. Por último... a la una, a las +dos... (a las dos se compuso el peinado con los dedos, sin recordar que +traía la cabeza como un recluta) y después de este ademán automático, +muy frecuente en los que van a arrojarse al baño de cabeza... después de +esto ¡al agua! Saturno entra en el salón, saludando a diestro y +siniestro, y aunque parece que su propósito es enterarse de quién está +allí, en el _fuero interno_ bien sabe él que lo que busca es un rincón +de un diván o una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada +navegación por los mares del _gran mundo_. Pero poco a poco se +acostumbra al agua, es decir, al salón, y ya está allí muy tranquilo, y +baila y dice galanterías en unos párrafos tan largos y complicados, que +nadie se los agradece. + +Ana al principio tenía sueño. Eran las doce. No pensaba más que en lo +que pasaba ante sus ojos. No quería reflexionar. Al entrar en el Casino +se había dicho: «¿Se acercará don Álvaro a saludarme?». Y había sentido +miedo y estuvo tentada a fingirse enferma para volver a casa. Pero +aquella idea pasó. Álvaro no acababa de parecer por allí. La Marquesa +hablaba como una cotorra. Anita contestaba con sonrisas.... De pronto +apareció Visitación la del Banco, que vestía un traje de organdí con +flores de trapo por arriba y por abajo. El escote era exagerado. + +--Chica, vienes escandalosa--le dijo la Marquesa, mientras le mordía la +cara al besarla, para apagar así la risa. + +Visita miró como pudo hacia donde había mirado doña Rufina, y contestó +sin turbarse: + +--¡Bah, no me parece! Pero no sería extraño, porque ni tiempo he tenido +para mirarme al espejo.... ¡Aquellos demonios de hijos! ¡Su padre que no +tiene energía, que no sabe engañarlos!... no me los podía quitar de +encima. + +¿Pero Ana, qué es esto? ¿tú aquí? pero feísima mía, ¿qué es esto? ¿qué +bula tenemos?... + +Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a +la Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra. + +La que estaba de pie inclinaba el cuerpo hacia atrás. + +Media hora después, Visita, un poco escondida detrás del cortinaje de un +balcón, refería una historia a la Regenta, que la oía atenta, vuelta +hacia el rincón de su amiga. + +El baile se animaba, la maledicencia y los recelos ridículos de la +etiqueta fría e irracional de nobles y plebeyos codeándose, dejaban el +puesto a otros vicios y pasiones. Ronzal ya no parecía a la de Páez un +_hombre tosco_, sino un hombre; las del barón se humanizaban, las niñas +de _la clase media_ olvidaban los huesos que enseñaba la nobleza, y +pensaban en la alegría ambiente, se entregaban al baile con furor +invencible, como ansiando beber en aquella atmósfera perfumada, +demasiado perfumada tal vez, el licor desconocido que pudiera saciar sus +vagos anhelos. Las cursis, si eran bonitas ya no parecían cursis; ya no +se pensaba en la _reina del baile_, en el _mejor traje_, en las joyas +más ricas; la juventud buscaba a la juventud, algo de amor volaba por +allí; ya había miradas de fuego, sonrisas perezosas que presentían +imposibles, celos dramáticos que daban al conjunto un tono de grandeza. +Las niñas más recatadas, y hasta las más parecidas a muñecas de resorte, +hacían pensar en la mujer que traían debajo de aquellos vestidos +vulgares y de aquella educación falsa y desabrida. + +Ana, a las dos de la mañana se levantó de su silla por vez primera y +consintió en dar una vuelta por el salón, en un intermedio del baile. +Visita iba a su lado callada, pensativa, satisfecha de lo que acababa de +hacer. Había referido a la Regenta la historia de don Álvaro desde +principios del verano pasado hasta la fecha. La del Banco echaba fuego +por ojos y mejillas. Saboreaba el triunfo de su elocuencia. Ana +disimulaba mal la impresión viva y profunda que le causaron las palabras +de su amiga. «Don Álvaro había vencido la virtud de la _ministra_, había +sido su amante todo el verano en Palomares... y después se había burlado +de ella, no había querido seguirla a Madrid». Esta era en resumen la +historia. Y el final así, lo recordaba Ana palabra por palabra: + +«Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque +ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté: + +«Pero, chico, ¿cómo diablos dejaste a esa mujer siendo tan hermosa, +influyente... y tan lista como dices? ¿Por qué no seguirla a Madrid? + +Y Álvaro me contestó muy triste, ya sabes qué cara pone cuando habla +así, me contestó: + +«Pche... para amoríos basta el verano. El invierno es para el amor +verdadero. Además, la ministra, como tú la llamas, a pesar de todos sus +encantos no consiguió lo que yo quería... hacerme olvidar... lo que no +te importa. Y después de suspirar como tú sabes que él suspira, añadió +Álvaro: ¿Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor, +le dio un temblorcico así como un escalofrío.... Ya ves, dijo luego, +queriendo sonreír, me ofrecían un distrito, un distrito de cunero, _sine +cura_ admirable (sine cura, dijo)... apetitoso bocado... pero, ¡quiá!... +yo estoy atado a una cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apretó +la mano, chica, y se fue yo creo que para que no le viera llorar». + +Esto era lo más sustancial de las confidencias de Visita. Ana saludaba a +diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba más que +en aquella confesión de don Álvaro. «De que era verosímil respondía el +efecto que su presencia, la de Ana, había producido aquella noche en el +Casino.... Ahora, ahora mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus oídos +el rumor dulce, más dulce que todos los rumores, de la alabanza +contenida, de la admiración estupefacta... de la galantería sincera y +discreta.... ¿Por qué don Álvaro no había de estar tan enamorado como la +historia de Visita daba a entender?». + +--Oye, tú--dijo la del Banco, volviéndose de repente a la +Regenta--¿quién será esa cadena? + +--¿Qué cadena?--preguntó con voz temblorosa Anita. + +--Bah, la que sujeta a Mesía, la mujer que le tiene enamorado de veras. +¡Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero ¿quién será? + +--Qué... sé yo...--¿Te atreverías tú a preguntárselo? + +--Dios me libre.--Debe de ser casada...--¡Jesús!--Mira, esta noche le +voy a sentar junto a ti, a ver, si después de la cena se atreve a +decírtelo.... Pregúntaselo tú misma.... + +--¡Visitación! tú estás loca.... + +--Ja, ja, ja... ahí le tienes... ahí le tienes.... Ya me contarás.... + +La de Olías de Cuervo soltó el brazo de Ana y desapareció entre los +grupos que dificultaban el tránsito por el salón estrecho. + +La Regenta vio enfrente de sí a don Álvaro, del brazo de Quintanar, su +inseparable amigo. + +El frac, la corbata, la pechera, el chaleco, el pantalón, el clac de +Mesía, no se parecían a las prendas análogas de los demás. Ana vio esto +sin querer, sin pensar apenas en ello, pero fue lo primero que vio. Se +le figuraban ya todos los caballeros que andaban por allí, don Víctor +inclusive, criados vestidos de etiqueta; todos eran camareros, el único +señor Mesía. De todas maneras estaba bien don Álvaro; de frac era como +mejor estaba. En todas partes parecía hermoso, dominaba a todos con su +arrogante figura; allí, en el baile, debajo de aquella araña de cristal, +que casi tocaba con la cabeza, era más elegante, más bizarro, más airoso +que en cualquier otro sitio. El baile animado, ardiendo de voluptuosidad +fuerte y disimulada, era el cuadro propio para servir de fondo a la +figura que ella, la pobre Ana, había visto tantas veces en sueños. + +Todo esto pasó por el cerebro de la Regenta mientras Mesía, sin ocultar +la emoción que le ponía pálido, se inclinaba con gracia, y alargaba +tímidamente una mano. + +Antes que ella quisiera, Ana sintió sus dedos entre los del enemigo +tentador... debajo de la piel fina del guante la sensación fue más +suave, más corrosiva. Ana la sintió llegar como una corriente fría y +vibrante a sus entrañas, más abajo del pecho. Le zumbaron los oídos, el +baile se transformó de repente para ella en una fiesta nueva, +desconocida, de irresistible belleza, de diabólica seducción. Temió +perder el sentido... y sin saber cómo, se vio colgada de un brazo de +Mesía.... Y entre un torbellino de faldas de color y de ropa negra, +oyendo a lo lejos la madera constipada de los violines y los chirridos +del bronce, que a ella se le antojaba música voluptuosa, pudo comprender +que la arrastraban fuera del salón. Gritaba la Marquesa, reía a +carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Barón... y +atrás quedaba el ruido del wals que comenzaba. + +«¿A dónde la llevaban?». A cenar. + +--A cenar, hija mía--le dijo al oído Quintanar--. ¡Y por Dios, Anita, +que no se te ocurra negarte... sería un desaire!... + +La Marquesa de Vegallana y su tertulia, más la del barón de la Barcaza y +Pepe Ronzal cenaron en el gabinete de lectura. Todo fue cosa de Trabuco. +Convídesele, había dicho Mesía y la vanidad satisfecha le inspirará +maravillas. En efecto Ronzal, abusando de su cargo en la Junta +directiva, acaparó lo mejor del restaurant, tomó por asalto el gabinete +de lectura, quitó periódicos de la mesa y puso manteles, cerró con llave +la puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba +cerca del armario de libros, y allí pudo cenar la flor y nata de la +nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se +encargó desde el primer momento de premiar el celo y la actividad de +Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron por +su energía para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de la mesa. +Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movían. Obdulia le +sentó a su lado. ¡Feliz Ronzal aquella noche! + +Ana se encontró sentada entre la Marquesa y don Álvaro. Enfrente don +Víctor, un poco alegre, fingía enamorar a Visitación y recitaba versos +de sus poetas adorados y repetía hasta parecer un martillo: + + ¿Qué delito cometí + para odiarme, ingrata fiera? + quiera Dios... pero no quiera + que te quiero más que a mí. + +--Por Dios y por las once mil... cállese usted, Quintanar--decía la +Marquesa. + +Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitación: + + En fin, señora, me veo + sin mí, sin Dios y sin vos, + sin vos porque no os poseo... + +Y Visitación le tapaba la boca con las manos. + +--¡Escandaloso, escandaloso! gritaba. + +Las de la Deuda Flotante sonreían y se miraban como diciéndose:--¡Buena +sociedad la de la Marquesa! + +El Marqués le decía en tanto al barón: + +--¡Como estamos en confianza!... + +--¡Oh, perfectamente, perfectamente! + +Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristócrata que +estaba sola. + +Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y «le hacía el amor +por todo lo alto», aunque a su madre no le gustaba, porque era feo +engañar a una prima. + +Joaquín Orgaz había prometido cantar _por lo flamenco_ a los postres. + +La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena +champaña; en fin, como decía el Marqués, primero mar y pimienta, después +fantasía y alcohol. + +Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá fuera +seguían bailando y tenían que contentarse con los helados que se +servían sobre las mesas de billar. + +De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera. + +--¿Quién está ahí?--gritaba Ronzal con su alabada energía. + +--Mi abrigo... café con leche... tengo ahí dentro mi abrigo.... + +--Ja, ja, ja...--contestaban los de dentro. + +--¡Está esto que arde!--le decía Joaquín Orgaz a una niña del barón, que +sonreía y miraba al techo. + +«Sí ardía aquello, pero sin faltar a las reglas del buen tono +vetustense», decía el Marqués al Barón, que estaba ya como un tomate y +cada vez más cerca de la jamona. + +La Marquesa tenía sueño, pero así y todo le gustaba la broma. + +--Así debiera ser siempre--le decía a Saturnino que estaba decidido a +emborracharse para no desentonar. + +--Este poblachón se va poniendo lo más soso. ¿Verdad, pollo? + +--So... sí... si... mo...--Saturno bebió una copa de champaña acto +continuo. Lo de pollo le había halagado. + +A la Marquesa se le ocurrió el disparate, tal vez sugerido por las +nieblas del sueño, de mirar muy fijamente a Bermúdez, y ponerle unos +ojos que ella sabía que _in illo tempore_ mareaban a cualquiera. + +--¿Por qué no se casa usted?--preguntó doña Rufina seria y melancólica, +al parecer. + +Bermúdez sostuvo la mirada de la ilustre dama y olvidó por un momento +los cincuenta años de la Marquesa. Suspiró... y en seguida se le subió +la champaña a las narices, tosió, se puso casi negro, medio asfixiado y +la Marquesa tuvo que darle palmadas en la espalda. + +Cuando Saturnino volvió en sí, la de Vegallana tenía los ojos cerrados y +sólo los abría de tarde en tarde para mirar a la Regenta y a Mesía. + +¡El idilio senil con que soñó un instante Bermúdez se había deshecho... +y eso que él ya se había acordado de Ninon de Lenclós para justificar a +los ojos del mundo unas relaciones con doña Rufina! + +En tanto don Álvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia que +ella había oído ya a Visita, aunque en forma muy distinta. + +No había podido la Regenta resistir a la tentación de preguntarle si se +había divertido mucho aquel verano.... + +Mesía vio el cielo abierto en aquella pregunta. + +Supo _hacerse el interesante_, lo cual poco trabajo le costaba +tratándose de Ana, que cada día iba descubriendo en él, aun sin verle, +más encantos diabólicos. + +El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el +café... el ambiente, todo contribuía a embotar la voluntad, a despertar +la pereza y los instintos de voluptuosidad.... Ana se creía próxima a una +asfixia moral.... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos +aquellos vulgares placeres, en aquella seducción de una cena en un +baile, que para los demás era ya goce gastado.... Sentía ella más que +todos juntos los efectos de aquella atmósfera envenenada de lascivia +romántica y señoril, y ella era la que tenía allí que luchar contra la +tentación. Había en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza +de la piel nueva para el tacto. Todo le llegaba a las entrañas, todo era +nuevo para ella. En el _bouquet_ del vino, en el sabor del queso Gruyer, +y en las chispas de la champaña, en el reflejo de unos ojos, hasta en el +contraste del pelo negro de Ronzal y su frente pálida y morena... en +todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un +valor íntimo, una expresión amorosa.... + +--¡Qué colorada está Anita!--le decía Paco a Visitación por lo bajo. + +--Claro, de un lado la pone así la proximidad de Álvaro. + +--¿Y del otro?--Del otro la ponen así... las majaderías de su esposo +que me está dando jaqueca. + +En efecto, estaba inaguantable don Víctor con sus versos, por buenos que +fueran. + +Álvaro, en cuanto vio a la Regenta en el salón, sintió lo que él llamaba +la corazonada. _Aquella cara_, aquella palidez repentina le dieron a +entender que la noche era suya, que había llegado el momento de +arriesgar algo. + +Nunca había desistido de conquistar aquella plaza. + +¡No faltaba más! Pero comprendiendo que mientras reinase en el corazón +de Ana lo que él llamaba el misticismo erótico (era tan grosero como +todo esto al pensar) no podría adelantar un paso, se había retirado, +había levantado el campo hasta mejor ocasión. Además, esperaba que la +ausencia, la indiferencia fingida y la historia de sus amores con la +_ministra_ le prepararían el terreno. + +«Por supuesto, concluía, siempre y cuando que la fortaleza no se haya +rendido al caudillo de la iglesia. Si el Magistral es aquí el amo... +entonces no tengo que esperar nada... y además, ya no vale tanto la +victoria». + +«Sin buscar él la ocasión, se la ofrecía aquella noche: le habían puesto +a la Regenta a su lado... la corazonada le decía que adelante... pues +adelante. Lo primero que quería averiguar era lo del _otro_, si el +Magistral mandaba allí». + +En su narración tuvo que alterar la verdad histórica, porque a la +Regenta no se le podía hablar francamente de amores con una mujer casada +(«tan atrasada estaba aquella señora»), pero vino a dar a entender, como +pudo, que él había despreciado la pasión de una mujer codiciada por +muchos... porque... porque... para el hijo de su madre los amoríos ya no +eran ni siquiera un pasatiempo, desde que el amor le había caído encima +del alma como un castigo. + +El rostro de la dama al decir Mesía aquello y otras cosas por el estilo, +todas de novela perfumada, le dejó ver al gallo vetustense que el +Magistral no era dueño del corazón de Anita. Pero como en la anatomía +humana nos encontramos con muchos más órganos que el corazón, Mesía no +se dio por satisfecho porque pensó: «Suponiendo que Ana esté enamorada +de mí, necesito todavía saber si la carne flaca no me ha buscado un +sucedáneo». + +No, don Álvaro no se hacía ilusiones. A esta modestia material y grosera +le obligaba su filosofía, que cada vez le parecía más firme. + +Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces lo +apretaba. No recordaba en qué momento había empezado aquel contacto; mas +cuando puso en él la atención sintió un miedo parecido al del ataque +nervioso más violento, pero mezclado con un placer material tan intenso, +que no lo recordaba igual en su vida. El miedo, el terror era como el de +aquella noche en que vio a Mesía pasar por la calle de la Traslacerca, +junto a la verja del parque; pero el placer era nuevo, nuevo en absoluto +y tan fuerte, que le ataba como con cadenas de hierro a lo que ella ya +estaba juzgando crimen, caída, perdición. + +Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía bonachona, +familiar, con una pasión dulce, suave, insinuante.... Recordó mil +incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba también. Ella no +hablaba pero oía. Los pies también seguían su diálogo; diálogo poético +sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la +sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto. + +Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del +roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se presentó en seguida: +se oía a lo lejos la música del salón. + +--¡A bailar, a bailar!--gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y Ronzal. + +Para Trabuco era el paraíso aquel baile que él llamó clandestino, allí, +entre los mejores, lejos del vulgo de la clase media.... + +Se entreabrió la puerta para oír mejor la música, se separó la mesa +hacia un rincón, y apretándose unas a otras las parejas, sin poder +moverse del sitio que tomaban, se empezó aquel baile improvisado. + +Don Víctor gritó:--Ana ¡a bailar! Álvaro, cójala usted.... + +No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro ofreció el +brazo a la Regenta que buscó valor para negarse y no lo encontró. + +Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en el aire, como +en un rapto; sintió que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas dulces, +temblaba en sus brazos. + +Ana callaba, no veía, no oía, no hacía más que sentir un placer que +parecía fuego; aquel gozo intenso, irresistible, la espantaba; se dejaba +llevar como cuerpo muerto, como en una catástrofe; se le figuraba que +dentro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, la vergüenza; +estaba perdida, pensaba vagamente.... + +El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro +de belleza material que tenía en los brazos, pensaba.... «¡Es mía! ¡ese +Magistral debe de ser un cobarde! Es mía.... Este es el primer abrazo de +que ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay sí, era un abrazo disimulado, +hipócrita, diplomático, pero un abrazo para Anita! + +--¡Qué sosos van Álvaro y Ana!--decía Obdulia a Ronzal, su pareja. + +En aquel instante Mesía notó que la cabeza de Ana caía sobre la limpia y +tersa pechera que envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen mozo, miró a la +Regenta inclinando el rostro y vio que estaba desmayada. Tenía dos +lágrimas en las mejillas pálidas, otras dos habían caído sobre la tela +almidonada de la pechera. Alarma general. Se suspende el baile +clandestino, don Víctor se aturde, ruega a su esposa que vuelva en sí... +se busca agua, esencias... llega Somoza, pulsa a la dama, pide... un +coche. Y se acuerda que Visita y Quintanar lleven a aquella señora a su +casa, bien tapada, en la berlina de la Marquesa. Y así fue. En cuanto +Ana volvió en sí, pidiendo mil perdones por haber turbado la fiesta, don +Víctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llenó el cuerpo de pieles, la +embozó, se despidió de la amable compañía y con la del Banco se llevó a +la Regenta a la cama. + +«¡El humo! ¡el calor, la falta de costumbre, la polka después de cenar, +las luces!... Cualquier cosa, en fin, aquello no valía nada. Podía +continuar la fiesta». Y continuó. Los del salón se habían enterado: «A +la Regenta le había dado el ataque». «La habían hecho bailar a la +fuerza». Pero pronto se olvidó el incidente, para comentar la conducta +de aquellas señoras y caballeros que se encerraban en el gabinete de +lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos.... + +A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesía con un apretón +de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclamó: + +--¡Bravo! ¡Al fin! ¿Eh? + +Mesía tardó en contestar; se abrochó su gabán entallado de color de +ceniza, hasta el cuello; se apretó a la garganta un pañuelo de seda +blanco, y al cabo dijo: + +--Ps.... Veremos. Llegó a su casa, la fonda; llamó al sereno que tardó en +venir; pero en vez de reñirle como solía, le dio dos palmadas en el +hombro y una propina en plata. + +--¡Qué contento viene el señorito!... ¿Del baile, eh? + +--Señor Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una percha una +prenda de abrigo interior, de franela, murmuró a media voz don Álvaro, +como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba mano: + +--¡Lástima que la campaña me coja un poco viejo!... + + + + +--XXV-- + + +Al día siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasión, refería +en la catedral todo lo que había sucedido en el baile. «La aristocracia +se había encerrado en un gabinete, en el gabinete de lectura, para cenar +y bailar, y doña Ana Ozores, la mismísima Regenta que viste y calza, se +había desmayado en brazos del señor don Álvaro Mesía». + +El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba noticias +de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un recluta; era +la primera vez que el puñal de Glocester, aquella lengua, le llegaba al +corazón. Pálido, temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo el +labio inferior, don Fermín miró a su enemigo con asombro y con una +expresión de dolor que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano. +Aquella mirada quería decir «venciste, ahora sí, ahora me ha llegado a +las entrañas el veneno». De Pas estaba pensando que los miserables, por +viles, débiles y necios que parezcan, tienen en su maldad una grandeza +formidable. «¡Aquel sapo, aquel pedazo de sotana podrida, sabía dar +aquellas puñaladas!». Después don Fermín se acordó de su madre; su madre +no le había hecho nunca traición, su madre era suya, era la misma carne; +Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extraño que se le había +atravesado en el corazón.... + +Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el más hondo, +el más frío y sin consuelo que recordaba en su vida, salió De Pas de la +sacristía, y anduvo por las naves de la catedral vacilante, sin saber +encontrar la puerta. Ignoraba a dónde quería ir, le faltaba en absoluto +la voluntad... y al notar que algunos fieles le observaban, se dejó caer +de rodillas delante del altar de una capilla. Allí estuvo meditando lo +que haría. ¿Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano. +Pero su soledad le horrorizaba... tenía miedo del aire libre, quería un +refugio, todo era enemigo. «Su madre, su madre del alma». Salió del +templo, corrió, entró en su casa. Doña Paula barría el comedor; un +pañuelo de percal negro le ceñía la cabeza sobre la plata del pelo +espeso y duro, como un turbante. + +--¿Vienes del coro?--Sí, señora. Doña Paula siguió barriendo. + +Don Fermín daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su madre. +«Allí estaba el consuelo único posible, allí el regazo en que llorar... +allí la única compasión verdadera, allí el único contagio posible de la +pena; aquel veneno que a él le mataba sólo sería veneno, saliendo de él +para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta con +angustias de muerte.... Y no podía, no podía hablar.... Era una crueldad +de su madre no adivinar los tormentos del hijo. Doña Paula le miraba +como los demás, como la gente con que había tropezado en la calle, sin +conocer que moría desesperado. ¡Y no podía él hablar!». + +--¿Qué tienes, hombre? ¿qué haces aquí? te estoy llenando de polvo la +ropa nueva.... + +Don Fermín salió del comedor. Entró en el despacho. Teresina hacía la +cama del señorito. No le oyó entrar porque cantaba y la hoja del jergón +sacudida le llenaba de estrépito los oídos. El señorito como huyendo, +salió del despacho también. Salió de casa. Llegó a la de doña Petronila +Rianzares. «La señora estaba en misa». Esperó paseando por la sala, con +las manos a la espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre. El +gato pulcro y rollizo entró y saludó a su amigo con un conato de +quejido. Y se le enredó en los pies, haciendo eses con el cuerpo. +«Parecía que el gato sabía ya algo de aquella traición». El sofá donde +solía sentarse Ana llamó al Magistral con la voz de los recuerdos. En un +extremo del asiento había un muelle algo flojo, la tela estaba arrugada; +allí se sentaba ella. De Pas se sentó en la butaca al lado de aquella +tela floja. Cerró los ojos, y una pereza de vivir que parecía sueño o +sopor le embargó el ánimo. Quería detener el tiempo. Ya deseaba que +tardase en volver doña Petronila: le asustaba la actividad, tenía miedo +de cualquier resolución; todo sería peor. La muerte ya estaba en el +alma. Los recuerdos lejanos bullían en el cerebro, como preparándose a +bailar la danza macabra del delirio de la agonía. Sintió el olor de una +rosa muy grande que Ana oprimía contra los labios de su buen amigo, de +su hermano mayor; la música de las palabras se mezclaba con el aroma de +la flor en mística composición.... «Ay, sí, amor, y buen amor era todo +aquello.... Era _un enamorado_; el amor no era todo lascivia, era también +aquella pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor +dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave. +Deber... sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a +hueco: parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, le habían +pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo habían +inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella +enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley suprema de justicia. Ella, ella +misma lo había jurado; no se sabía para qué era suya, pero lo era...». +El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de +sentir él como un bofetón; podían estar conspirando los otros con el +tiempo y contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas.... +«¡Infame, infame! y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la +capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... sí a +deshonrar... él era allí el dueño, el esposo, el esposo espiritual... +don Víctor no era más que un idiota incapaz de mirar por el honor +propio, ni por el ajeno... ¡aquello era la mujer!». + +Salió al pasillo y gritó: + +--¿Vino doña Petronila? + +--Ahora llama, contestaron. Entró la de Rianzares. Don Fermín le cortó +el saludo en la boca. + +--Ahora mismo hay que llamarla--dijo. + +--¿A quién... a Ana?--Sí, ahora mismo. Don Fermín volvió a sus paseos. +No quería conversación. La de Rianzares, sierva de aquel hombre, calló y +entró en el gabinete. + +Pasó media hora. Sonó la campanilla de la puerta. Ana vio al gran +Constantino que abría. + +--¿Qué pasa?--Don Fermín... ahí en la sala.... + +--¡Ah!... me alegro. Entró la Regenta y doña Petronila se fue hacia la +cocina, al otro extremo de la casa. «Si llaman, que no estoy», dijo a la +criada. Y pasó al oratorio que tenía cerca de su alcoba. + +De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego +misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias +íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él +parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un +contorno adorado todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero, +infinito, de la pasión única. + +--¿Qué es esto?--dijo, ronco de repente, don Fermín, plantado, como con +raíces, en medio de la sala. + +--Lo que yo quería, que nos viéramos en seguida. Yo estoy loca, esta +noche creí que me moría... ayer... hoy... no sé cuándo.... Estoy loca.... + +Se ahogaba al hablar. De Pas sintió una lástima que le pareció +vergonzosa. + +--Ya lo sé todo; no necesito historias.... + +--¿Qué es todo?--Lo de ayer... lo de hoy.... El baile, la cena; ¿qué es +esto, Ana, qué es esto?... + +--¡Qué baile! ¡qué cena! no es eso.... Me emborracharon... qué sé yo... +pero no es eso.... Es que tengo miedo... aquí, Fermín, aquí, en la +cabeza.... ¡Tener lástima de mí! ¡Que tenga alguno lástima de mí! Yo no +tengo madre.... Yo estoy sola... + +«Era verdad, no tenía madre como él, estaba más sola que él». Entonces +el amor de don Fermín sintió la lástima inefable que sólo el amor puede +sentir; se acercó a la Regenta, le tomó las manos. + +--A ver, a ver, ¿qué ha sido? a mí me han dicho... pero qué ha sido... a +ver...--decía la voz trémula y congojosa del Magistral. + +Ana, entre sollozos, refirió lo que podía referir de sus angustias, de +sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre. «Después que +se vio en su lecho, mil espantosas imágenes la asaltaron entre los +recuerdos confusos del baile.... Creyó que volvía a caer de repente en +aquellos pozos negros del delirio en que se sentía sumergida en las +noches lúgubres de su enfermedad.... Después la idea del mal que había +hecho la había horrorizado...». Y Ana se interrumpía al ver al Magistral +quedarse lívido, y como rectificando añadía, «el mal... es decir... el +no haber sido bastante buena...». La enfermedad había sido una lección, +una lección olvidada, y aquella mañana, al sentir en el lecho la misma +flaqueza, aquel desgajarse de las entrañas, que parecían pulverizarse +allá dentro, aquel desvanecerse la vida en el delirio... la conciencia +había visto, como a la luz de un fogonazo, horrores de vergüenza, de +castigo, el espejo de la propia miseria, el reflejo del cieno triste que +se lleva en el alma... y después... la locura, sin duda la locura... un +dudar de todo espantoso, repentino, obstinado, doloroso. Dios, el mismo +Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se +movía en su cerebro royéndolo, como un sonido de tic-tac, como el del +insecto que late en las paredes y se llama el _reloj de la muerte_. + +--Oh sí, estuve loca--seguía Anita espantada todavía--estuve loca una +hora... ¿qué hora? un siglo.... Ya no pedía más que salud, reposo... la +conciencia clara de mí misma.... Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido... +yo... todo, todos desaparecíamos. ¡Todo era polvo allá dentro! + +Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una +imagen confusa del recuerdo formidable.... + +De Pas callaba. También él tuvo un momento la sensación fría del terror. +La locura pasó por su imaginación como un mareo. + +«¡Si se le volviera loca!». Una ola de púrpura inundó el rostro del +clérigo. Primero había visto desvanecerse dentro de aquella cabeza de +gracia musical lo que él amaba debajo de aquella hermosura, el alma de +la Regenta, su pensamiento; después pensó en aquella hermosura exterior +incólume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo, +solo él con un cuerpo adorado.... + +--¡Salvarme, quiero salvarme!--gritó Ana de repente volviendo a la +realidad--... quiero volver a nuestro verano, al verano dulce, +tranquilo... sí, tranquilo al cabo; a nuestro hablar sin fin de Dios, +del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... sí, quiero que +mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no +se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermín, esto +es confesar... aquí... no importa el lugar; donde quiera... sí, +confesar.... + +--Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo también padezco, yo +también creí morirme, aquí mismo... sentado ahí... donde otras veces +hablábamos del cielo... y de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso +también; yo también necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora.... +Sí, creí que moría.... + +--¿Por mí, por culpa mía, verdad? ¿Morir por ser yo traidora, si mentía, +si me manchaba?... + +--Sí, sí... hay que decirlo todo... pronto.... + +--No, no.--Sí... sí...--No... si no digo eso... si lo diré todo... +pero ¿qué es todo? Nada.... Si... yo no fuí... si me llevaron a la +fuerza... no, eso no. No sé cómo; no sé por qué cedí. Y allí... hay una +mujer muy mala.... + +--No, no acusemos a los demás.... Los hechos, quiero los hechos. Yo los +diré; los sé yo. + +--¿Pero qué?--Ese hombre, Mesía; Ana... ¿qué pasó con ese hombre?... + +Ana recogió sus fuerzas, atendió a la realidad, a lo que le preguntaban, +con intensidad, luchando con el confesor, batiéndose por su interés que +era ocultar lo más hondo de su pensamiento. «Al fin aquello no era el +confesonario; además, era caridad mentir, callar a lo menos lo peor». + +--Yo no le amo--fue lo primero que pudo decir después que consiguió +dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en defender su secreto. + +--Pero anoche... hoy... no sé a qué hora... ¿qué hubo? + +--Bailé con él.... Fue Quintanar... lo mandó Quintanar.... + +--¡Disculpas no, Ana! eso no es confesar. + +Ana miró en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. Este +sofisma de hipócrita era en ella candoroso. Estaba segura de que un +_deber superior_ la mandaba mentir. «¿Decirle al Magistral que ella +estaba enamorada de Mesía? ¡Primero a su marido!». + +--Bailé con él porque quiso mi marido.... Me hicieron beber... me sentí +mal... estaba mareada... me desmayé... y me llevaron a casa. + +--¿El desmayo fue... en los brazos de ese hombre? + +--¡En brazos!... ¡Fermín! + +--Bien, bien.... Así... lo oí yo.... ¡Oigámoslo todos! Quiere decirse... +bailando con él.... + +--Yo no recuerdo... tal vez...--¡Infame!...--¡Fermín... por Dios, +Fermín! + +Ana dio un paso atrás.--Silencio... no hay que gritar... no hay que +hacer aspavientos... yo no como a nadie... ¿a qué ese miedo?... ¿Doy yo +espanto, verdad?... ¿Por qué? yo... ¿qué puedo? yo ¿quién soy? yo... +¿qué mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no creía en +Dios.... + +--¡En mi Dios! Fermín, caridad.... + +--Sí, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios... no soy +nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se acabó... +Estoy en ridículo, Vetusta entera se ríe de mí a carcajadas.... Mesía me +desprecia, me escupirá en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un +pobre diablo. ¡Oh, pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque +estoy preso!... + +El Magistral se sacudió dentro de la sotana, como entre cadenas, y +descargó un puñetazo de Hércules sobre el testero del sofá. + +Después procuró recobrar la razón, se pasó las manos por la frente; +requirió el manteo; buscó el sombrero de teja, se obstinó en callar, +buscó a tientas la puerta y salió sin volver la cabeza. + +Creyó que Ana le seguiría, le llamaría, lloraría.... Pero pronto se +sintió abandonado. Llegó al portal. Se detuvo, escuchó... Nada, no le +llamaban. Desde la calle miró a los balcones. Ninguno se abría. «No le +seguían ni con los ojos. Aquella mujer se quedaba allí. Todo era +verdad. + +Le engañaba; era una mujer. ¡Pero cuál! ¡la suya! ¡la de su alma! ¡Sí, +sí, de su alma! Para eso la había querido. Pero las mujeres no entendían +esto.... La más pura quería otra cosa». Y pasaban por su memoria mil +horrores. La carnaza amontonada de muchos años de confesonario. La +conciencia le recordó a Teresina. A Teresina pálida y sonriente que +decía, dentro del cerebro: «¿Y tú...?». «Él era hombre»; se contestaba. +Y apretaba el paso. «Yo la quería para mi alma...». «Y su cuerpo también +querías, decía la Teresina del cerebro, el cuerpo también... acuérdate». +«Sí, sí... pero... esperaba... esperaría hasta morir... antes que +perderla. Porque la quería entera.... Es mi mujer... la mujer de mis +entrañas.... ¡Y quedaba allá atrás, ya lejos, perdida para siempre!...». + +Ana, inmóvil, había visto salir al Magistral sin valor para detenerle, +sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras había sonado +dentro de ella, cerca de los oídos. «¡Aquel señor canónigo estaba +enamorado de ella!». «Sí, enamorado como un hombre, no con el amor +místico, ideal, seráfico que ella se había figurado. Tenía celos, moría +de celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre +que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... ¡La +amaba un canónigo!». Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo +viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreír a ella misma con +amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas.--Su padre, don +Carlos el libre pensador, se le apareció de repente, en mangas de +camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y +varios amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de +oírlas, frases de su padre y de aquellos señores: «el clero corrompía +las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato +eclesiástico era una careta». Todo esto que había oído sin entenderlo +volvía a su memoria con sentido claro, preciso, y como otras tantas +lecciones de la experiencia.... ¡Querían corromperla! Aquella casa... +aquel silencio... aquella doña Petronila.... Ana sintió asco, vergüenza y +corrió a buscar la puerta. Salió sin despedirse. Llegó a su casa. Don +Víctor atronaba el mundo a martillazos. Construía un puente modelo que +pensaba presentar en la exposición de San Mateo. Ya no forraba el +martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el +estrépito era horrísono.--«Allí era él el amo, prueba de ello que su +mujer había ido al baile: se había acabado el Paraguay, no más +misticismo; una prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y +sobra. Por lo demás, actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha +caza, y mucho martillazo. ¡Zas, zas, zas, pum! ¡Viva la vida!». Así +pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te +clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta +al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar arrancando chispas de +los abalorios y cinta dorada de las babuchas semi-turcas. El carpintero +silbaba, el tordo, el mejor tordo de la provincia, que Quintanar llevaba +de habitación en habitación, silbaba también colgada de un alambre su +jaula. Ana contempló en silencio a su marido.--«¡Era su padre! ¡Le +quería como a su padre! Hasta se parecía un poco a don Carlos. Aquel sol +de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a +la actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos, +aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que servía +de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba». «¡Aquella era +su casa, allí era ella la reina, aquella paz era suya!». Al dejar el +martillo para coger la sierra don Víctor vio a su mujer. + +Se sonrieron en silencio. «El sol rejuvenecía a Quintanar. Además era un +gran carpintero. Sus inventos podían ser más o menos fantásticos, su +mecánica idealista, pero hacía de una tabla lo que quería. ¡Y qué +limpieza!». + +Ana alabó el arte de su marido. + +Él se animó: se puso colorado de satisfacción y le prometió un costurero +para la semana siguiente. «Todo, todo, obra de mis manos». + +La Regenta olvidó un momento el desencanto de aquella mañana. Cuando +volvió a su memoria se encontró con que no era don Fermín un malvado, +sino un desgraciado, pero de todas suertes le parecía absurdo enamorarse +siendo canónigo. En todas las combinaciones del amor romántico había +dado la imaginación de Ana muchas veces, menos en aquélla. «Se concebía +el amor sacrílego de un sacerdote de ópera, ¡pero el de un prebendado +con alzacuello morado!». Además la honradez protestaba también con su +repugnancia instintiva. «Pero De Pas era digno de compasión. Doña +Petronila era la que no tenía perdón. Oh, si alguna vez volvía ella a +hablar con el Magistral, como era probable, porque al fin debían mediar +explicaciones, no sería ciertamente en casa de aquella vieja. ¿Qué se +había propuesto aquella señora? ¿Qué estaría pensando de ella, de Ana?». + +Cuando volvió de la calle don Víctor muy contento, cantando trozos de +zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la súplica de la +Marquesa que los había convidado a tomar café, después de almorzar, para +ir juntos a paseo... a ver las máscaras. + +--¡Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval.... No +quiero más fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo daño el baile... no +quiero más... no quiero más.... ¿No te obedecí ayer...? Basta por Dios, +basta. + +--Bueno, hija, bueno... no insisto. Y calló don Víctor, perdiendo parte +de su alegría. No se atrevió a hacer uso de aquella energía que Dios le +había dado. «No había para qué estirar demasiado la cuerda». + +Pero él, por supuesto, fue a tomar café y a paseo. + +Ana se quedó sola. Desde el balcón abierto de su tocador se oía la +música lejana del Paseo Grande donde se celebraba el carnaval. Aquella +música confusa, que parecía ráfagas intermitentes, le llenó el alma de +tristeza. Pensó en Mesía, el tentador, y pensó en el Magistral +enamorado, celoso... indefenso. Ahora la compasión era infinita.... Al +fin había sido quien había abierto su alma a la luz de la religión, de +la virtud.... Ana pensó en la fe quebrantada, agrietada, como si la +hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado +unidos en su espíritu para que el desengaño no lastimara las creencias. +Además, ella siempre había amado más que creído. Don Fermín había +procurado asegurar en ella el temor de Dios y de la Iglesia, la +espiritualidad vaga y soñadora.... Pero de los dogmas había hablado poco. +Ana estaba sintiendo que la fantasía había tenido en su piedad más +influencia de la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya +estaban lejos los días del misticismo supuesto, de la contemplación.... +Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la +tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad.... +Pero con la salud había vencido la piedad activa, irreflexiva; el +Magistral había eclipsado a la santa, se había hablado más de aquella +dulce hermandad en la virtud que de Dios mismo.... Ahora comprendía +muchas cosas. Don Fermín la quería para sí... + +«Todo aquello era una preparación. ¿Para qué?». + +«Oh, Mesía era más noble, luchaba sin visera, mostrando el pecho, +anunciando el golpe.... No había abusado de su amistad con don Víctor, no +había insistido. ¡Pero los dos la amaban!». La tristeza de Ana +encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso. «Ella no +podría ser de ninguno; del Magistral no podía ni quería.... Le debía +eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. Daba +asco. Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los treinta +años... ¡y a un clérigo!... La vergüenza y algo de cólera encendían el +rostro de Ana. ¡Pero ese hombre esperaría que yo... en mi vida!...». + +Como aquella tarde pasó muchos días la Regenta. Las mismas ideas +cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado. + +Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía de ella +avergonzada, avergonzada también de que no fuera un remordimiento +punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto de don +Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo como un sueño; no se creía +responsable, claramente responsable de lo que había sucedido aquella +noche. La habían emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con +ruido... con champaña.... Pero ahora sería una miserable si consentía a +don Álvaro insistir en sus provocaciones. No quería venderse al sofisma +de la tentación que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es +canónigo; si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira, +gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín le quiero +con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo +no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis sentidos; pero de no +amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. Sí, bien segura. +Debo huir del Magistral, sí, pero más de don Álvaro. Su pasión es +ilegítima también, aunque no repugnante y sacrílega como la del otro.... +¡Huiré de los dos!». + +No había más refugio que el hogar. Don Víctor con su Frígilis y todos +los cacharros del museo de manías, don Víctor con el teatro español a +cuestas. + +«Pero la casa tenía también su poesía». Ana se esforzó en encontrársela. +¡Si tuviera hijos le darían tanto que hacer! ¡Qué delicia! Pero no los +había. No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana +comenzó a trabajar en casa con afán... a cuidar a don Víctor con +esmero.... A los ocho días comprendió que aquello era una hipocresía +mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas en poco tiempo. +¿Por qué fingirse a sí misma satisfecha con una actividad insuficiente, +insignificante, que no distraía el pensamiento ni media hora? Don Víctor +agradecía en el alma aquella solicitud doméstica, pero en lo que tocaba +a él hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta allí. Nadie le +cosía un botón a su gusto más que él mismo; limpiarle el despacho era +martirizarle a él, a don Víctor; la cama era inútil hacérsela con esmero +porque de todas maneras había de descomponerla él, sacudir las almohadas +y poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvió a dejar los quehaceres +domésticos en la antigua marcha, don Víctor se lo agradeció en el alma +también y respiro a sus anchas. «Aquellas injerencias de su querida +esposa eran dignas de eterno agradecimiento... pero molestas para él. +Más sabe el loco en su casa...» Don Álvaro no se apresuraba. «Esta vez +estaba seguro». Pero no quería _brusquer_--según pensaba él en +francés--un ataque. «La teoría del _cuarto de hora_ era una teoría +incompleta». Algo había de eso, pero en ciertos casos los cuartos de +hora de una mujer sólo los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que +pasara la Cuaresma. Al fin se trataba de una beata que ayunaría y +comería de vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofrecía la mejor +ocasión. El mundo, después de resucitar Nuestro Señor Jesucristo, parece +más alegre, más lícitos sus placeres; la primavera, ya adelantada, +ayuda... las fiestas, a que él haría que don Víctor llevase a su mujer, +serían aguijones del deseo. «¡Oh!... sí, en la Pascua nos veríamos». + +«Además, quería él prepararse para la campaña. Estaba debilucho. Aquel +verano en Palomares había hecho una especie de bancarrota de salud. La +señora ministra había amado mucho. Estas exageraciones de las mujeres +vencidas siempre estaban en razón directa del cuadrado de las +distancias. Es decir, que cuanto más lejos estaba una mujer del vicio, +más exagerada era cuando llegaba a caer. La Regenta, si caía iba a ser +exageradísima». Y se preparaba Mesía. Leyó libros de higiene, hizo +gimnasia de salón, paseó mucho a caballo. Y se negó a acompañar a Paco +Vegallana en sus aventurillas fáciles y pagaderas a la vista. «El diablo +harto de carne...» le decía Paco. Y don Álvaro sonreía y se acostaba +temprano. Madrugaba. El Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y +cánticos al amanecer. Los pájaros, saltando de rama en rama preparaban +los nidos para los huevos de Abril; se diría que eran tapiceros de la +enramada que adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de +la primavera. Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano +calentaba y picaba el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en +Vetusta, era una burla de la naturaleza; después volvía el invierno, +como en sus mejores días, con fríos, escarchas y lluvia, lluvia +interminable. Pero don Álvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y +calor, que no por efímero le agradaba menos; no era él de los que medían +la felicidad por la duración; es más, no creía en la felicidad, concepto +metafísico según él, creía en el placer que no se mide por el tiempo. +Una mañana, en el salón principal del Paseo Grande, solitario a tales +horas porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don +Álvaro allá lejos la silueta de un clérigo. Era alto, sus movimientos +señoriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo; tenían que +encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo lado. Se saludaron +sin hablar. Don Álvaro tuvo un poco de miedo, de aprensión de miedo. «Si +este hombre, pensó, enamorado de la Regenta, desairado por ella, se +volviera loco de repente al verme, creyéndome su rival y se echara sobre +mí a puñetazo limpio aquí, a solas...». Mesía recordaba la escena del +columpio en la huerta de Vegallana. + +El Magistral pensó por su parte al ver a don Álvaro: «¡Si yo me arrojara +sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder, le +arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entrañas!...». Y +tuvo miedo de sí mismo. Había leído que en las personas nerviosas, +imágenes y aprensiones de este género provocan los actos +correspondientes. Se acordó de cierto asesino de los cuentos de Edgar +Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Saludó como diciendo con +los ojos: «¡Toma! ahí tienes esa bofetada». Pero el saludo y la mirada +de Mesía quisieron decir: «Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de +eso que usted me quiere decir». + +Y siguieron cada cual por su lado, pero a la mañana siguiente no +volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban allí contrario +objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas inútiles; Mesía +para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen mucha falta +dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por sitios +extraviados. Temían otro encuentro. + +Pero pronto tuvieron que quedarse en casa. + +Como era de esperar, el invierno volvió con todos sus rigores, riéndose +a carcajadas de los incautos que se creían en plena primavera. Los +pájaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los árboles floridos +padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas damiselas que +en día de campo, vestidas con percales alegres, adornos vistosos y +delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un chubasco, al aire +libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las florecillas blancas y +rosadas de los frutales caían muertas sobre el fango: el granizo las +despedazaba; todo volvía atrás; aquel ensayo de primavera temprana había +salido mal; vuelta a empezar, cada mochuelo a su olivo. + +Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entregó con reduplicado +fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros habían pasado también +por allí como una granizada; las flores de amor y alegría que sembrara +el carnaval las destruyeron a penitencia limpia el Padre Maroto, un +artillero retirado que predicaba a cañonazos y sacaba el Cristo, y el +Padre Goberna, un melifluo padre francés que pronunciaba el castellano +con la garganta y las narices y hablaba de _Gomogga_ y citaba las +grandezas de Nínive y de Babilonia, ya perdidas, al cabo de los años +mil, como prueba de la pequeñez de las cosas humanas. Ello era que +Vetusta estaba metida en un puño. Entre el agua y los jesuitas la tenían +triste, aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza, +parda, disuelta en charcos y lodazales, más que a pensar en la brevedad +de la existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo +parecía que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus +contornos, más que un sueño efímero, parecía una pesadilla larga, llena +de imágenes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que sabía dar _color +local_ a sus oraciones, no decía en Vetusta que no somos más que un poco +de polvo, sino un poco de barro. ¿Polvo en Vetusta? Dios lo diera. + +El mal tiempo se llevó la resignación tranquila, perezosa de Anita +Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas +aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que +le pinchaban el alma. ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla! + +Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que +había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole +huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el +corazón como un dardo envenenado. «¿Por qué ella no había sentido más +aquel desengaño, aquella profanación de una amistad pura, desinteresada, +ideal?--Tal vez porque el ser amada, fuera por quien fuera, no podía +saberle mal aunque ella tuviese que desdeñar y hasta vituperar aquel +amor. Tal vez porque sabía que el remedio de aquella separación estaba +en sus manos. ¿No podía ella, el día tal vez próximo, en que necesitara +consuelo espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a +don Fermín, de que ella no era lo que él se figuraba?». Y acaso debía +hacerlo cuanto antes. «¿Por qué había de estar pensando De Pas lo que no +había? Sí, había que decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no +había; don Álvaro no había conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto +era lo cierto». + +Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el espíritu por +sí misma. Sentía la fe vacilante, los sofismas vulgares de don +Carlos--el libre-pensador--venían a atormentarla a cada instante. +Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a dudar de la +iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corría a la iglesia. Saltando +charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en parroquia, de novena +en novena, y pasaba también mucho tiempo en la nave fría de algún templo +a la hora en que los fieles solían dejarlos desiertos. Se sentaba en un +banco y meditaba. Sonaba y resonaba en la bóveda la tos de un viejo que +rezaba en una capilla escondida; los pasos de un monaguillo irreverente +retumbaban sobre la tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio +llegaba a los oídos un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana pedía a +la soledad y al silencio perezoso de la iglesia, algo como una +inspiración, o como un perfume de piedad que creía ella debía +desprenderse de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz +blanca del día ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como +gastados por el roce de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas +imágenes a la luz del día recordaban vagamente las decoraciones de un +teatro vistas al sol y a los cómicos en la calle sin los esplendores del +gas de las baterías. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba allí la fe +que se desmoronaba. «¿Por qué se desmoronaba? ¿Qué tenía que ver la +Iglesia con el Magistral? ¿No podía aquel señor haberse enamorado de +ella... y ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que +sí. Pero rezaba para creer. Oh, malo sería que el Magistral no saliese +inocente de aquella prueba.... Si él, si el hermano mayor no era más que +un hipócrita... había que dar la razón en muchas cosas a don Carlos, al +que después de todo era su padre. ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que +había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la +religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no +podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones +positivas, sino mucho mejor, mucho más grande!... ¡Era su padre quien +decía todas estas herejías!». Y rezaba, rezaba porque el meditar ya no +servía para nada bueno.--Y una voz interior severa y algo pedantesca +gritaba después de todo aquello: «Pero entendámonos, aunque don Carlos +tuviera razón, aunque Dios sea más grande, más bueno que todo lo que +pudieran decir y pensar los libros de los hombres, no por eso perdona +los pecados de que la conciencia acusa a todos. Don Álvaro estará +prohibido, sea Dios como sea. El mal es el mal de todas suertes. Eso sí, +se decía la Regenta, que encontraba consuelo en esta resolución; aunque +la fe caiga, yo seguiré combatiendo esta pasión de mis sentidos, que +seguirá siendo mala...». + +Empezó a notar que el templo solitario no excitaba su devoción; aquellas +paredes frías, aquella especie de descanso de los santos a las horas en +que cesa la adoración, le recordaban por extrañas analogías que +establecía el cerebro, enfermo acaso, le recordaban la fatiga de los +reyes, la fatiga de los monstruos de ferias, la fatiga de cómicos, +políticos, y cuantos seres tienen por destino darse en público +espectáculo a la admiración material y boquiabierta de la necia +multitud.... La iglesia sin culto activo, la iglesia descansando, llegó a +parecerle a ella también algo como un teatro de día. El sacristán y el +acólito subiendo al retablo, hombreándose con la imagen de madera, +colocando los cirios con simetría, consultando las leyes de la +perspectiva, le parecían al cabo cómplices de no sabía qué engaño.... +Además de todas estas aprensiones sacrílegas, tentación malsana del +espíritu enfermo, causa de tanta lucha, sentía el tormento de la +distracción; las oraciones comenzaban y no concluían; el estribillo de +tal o cual piadosa leyenda llegaba a darle náuseas; la soledad se +poblaba de mil imágenes, diablillos de la distracción; el silencio era +enjambre de ruidos interiores. Todo esto le obligó a dejar el templo +solitario. Volvió a las horas del culto. Conocía que en la nueva piedad +que buscaba debían tomar parte importante los sentidos. Buscó el olor +del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de +la oración común, el susurro del _ora pro nobis_ de las _masas +católicas_, la fuerza misteriosa de la oración colectiva, la parsimonia +sistemática del ceremonial, la gravedad del sacerdote en funciones, la +misteriosa vaguedad del cántico sagrado que, bajando del coro nada más, +parece descender de las nubes; las melodías del órgano que hacían +recordar en un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la +piedad antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de +esperanza mística. + +La novena de los Dolores tuvo aquel año en Vetusta una importancia +excepcional, si se ha de creer lo que decía _El Lábaro_. + +Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adornó como +nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa habían dejado los PP. +Goberna y Maroto. No se podía, como en la novena de la Concepción, +colgar el templo de azul y plata, ni colocar un templete de cartón +delante del retablo del altar mayor imitando capilla gótica de +marquetería; pero todo lo que fue compatible con los siete Dolores de la +Virgen se hizo: el lujo fue majestuoso, triste, fúnebre. Todo era negro +y oro. La capilla de la catedral se trasladó en masa al coro de San +Isidro reforzada por algunas partes rezagadas de la última compañía de +zarzuela, que había tronado en Vetusta.--Los sermones se encomendaron a +_otro jesuita_, el Padre Martínez, que vino de muy lejos y cobrando muy +caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al altar mayor a espaldas +del cancel de la puerta principal, pedían limosna y vendían libros +devotos, medallas y escapularios las damas de más alta alcurnia, las más +guapas y las más entrometidas. + +La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su +contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en +bote. No cabía un vetustense más. + +Los jóvenes laicos de la ciudad, estudiantes los más, no se distinguían +ni por su excesiva devoción ni por una impiedad prematura; no pensaban +en ciertas cosas; los había carlistas y liberales, pero casi todos iban +a misa a ver las muchachas. A la novena no faltaban; se desparramaban +por las capillas y rincones de San Isidro, y terciando la capa, el +rostro con un tinte romántico o picaresco, según el carácter, _se +timaban_, como decían ellos, con las niñas casaderas, más recatadas, +mejores cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban +_relaciones_. Mientras el P. Martínez repetía por centésima vez--y ya +llevaba ganados unos cinco mil reales--que como el dolor de una madre no +hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen enlutada +del altar, toda la retórica averiada de su oratoria de un barroquismo +mustio y sobado; el amor sacrílego iba y venía volando invisible por +naves y capillas como una mariposa que la primavera manda desde el campo +al pueblo para anunciar la alegría nueva. + +Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el espíritu +para sumirlo en acendrada piedad, oía el _rum rum_ lastimero del +púlpito, como el rumor lejano de un aguacero acompañado por ayes del +viento cogido entre puertas. No oía al jesuita, oía la elocuencia +silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos en millares +y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devoción común, aquella +elevación casi milagrosa de un pueblo entero prosaico, empequeñecido por +la pobreza y la ignorancia, a las regiones de lo ideal, a la adoración +de lo Absoluto por abstracción prodigiosa. En esto pensaba a su modo la +Regenta, y quería que aquella ola de piedad la arrastrase, quería ser +molécula de aquella espuma, partícula de aquel polvo que una fuerza +desconocida arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal +vagamente comprendido. + +Calló el P. Martínez y comenzó el órgano a decir de otro modo, y mucho +mejor, lo mismo que había dicho el orador de lujo. El órgano parecía +sentir más de corazón las penas de María.... Ana pensó en María, en +Rossini, en la primera vez que había oído, a los diez y ocho años, en +aquella misma iglesia, el _Stabat Mater_... Y después que el órgano dijo +lo que tenía que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien +ensayado el estribillo monótono, solemne, de varias canciones que caían +de arriba como lluvia de flores frescas. Cantaban los niños, cantaban +los ancianos, cantaban las mujeres. Y Ana, sin saber por qué, empezó a +llorar. A su lado un niño pobre, rubio, pálido y delgado, de seis años, +sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos, +cantaba sin pestañear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar portátil; +cantaba, y de repente, por no se sabe qué asociación de ideas, calló, +volvió el rostro a su madre y dijo:--¡Madre, dame pan! + +Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y +dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le +obligaba, contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el +órgano, como un padre, acompañaba el coro y le guiaba por las regiones +ideales de inefable tristeza consoladora, de la música. + +«¡Y había infames, pensó Ana, que querían acabar con aquello! ¡Oh, no, +no, yo no! Contigo, Virgen santa, siempre contigo, siempre a tus pies; +estar con los tristes, ésa es la religión eterna, vivir llorando por las +penas del mundo, amar entre lágrimas...». Y se acordó del Magistral. +«¡Oh qué ingrata, qué cruel había sido con aquel hombre! ¡Qué triste, +qué solo le había dejado!... Vetusta le insultaba, le escarnecía, le +despreciaba, después de haberle levantado un trono de admiración; y +ella, ella que le debía su honra, su religión, lo más precioso, le +abandonaba y le olvidaba también.... ¿Y por qué? Tal vez, casi de fijo, +por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y grosera. ¡Ah!, +porque ella estaba tocada del gusano maldito, del amor de los sentidos; +porque ella estaba rendida a don Álvaro si no de hecho con el +deseo--esta era la verdad--porque ella era pecadora ¿había de serlo +también el _hermano de su alma_, el padre espiritual querido? ¿qué +pruebas tenía ella? ¿No podía ser aprensión todo, no podía la vanidad +haber visto visiones? ¿Cuándo De Pas se había insinuado de modo que +pudiera sospecharse de su pureza? ¿No habían estado mil veces solos, muy +cerca uno de otro, no se habían tocado, no había ella, tal vez con +imprudencia, aventurado caricias inocentes, someros halagos que hubieran +hecho brotar el fuego si lo hubiera habido allí escondido?... ¡Y está +abandonado! Se burlan de él hasta en los periódicos; hasta los impíos +alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la +moda y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me +pongo a gritar también, ¡crucifícale, crucifícale!... ¿Y el sacrificio +que había prometido? ¿Aquel gran sacrificio que yo andaba buscando para +pagar lo que debo a ese hombre?...». + +En aquel momento cesaron los cánticos del pueblo devoto; siguió silencio +solemne; después hubo toses, estrépito de suelas y zuecos sobre la +piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia contenida. Hacia la +puerta sonaba el _tic, tac_, de las monedas con que Visitación y la +Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la atención de la caridad +distraída. Rechinaban los canceles; había en el aire un cuchicheo tenue. +En el coro daban señales de vida violines y flautas con quejidos y +suspiros ahogados; se oía el ruido de las hojas del papel de música. +Gruñó un violín. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra +vez.... Comenzó el _Stabat Mater_. + +La música sublime de Rossini exaltó más y más la fantasía de Ana; una +resolución de los nervios irritados brotó en aquel cerebro con fuerza de +manía: como una alucinación de la voluntad. Vio, como si allí mismo +estuviese, la imagen de su resolución, «sí... ella... ella, Ana a los +pies del Magistral, como María a los pies de la Cruz. El Magistral +estaba crucificado también por la calumnia, por la necedad, por la +envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volvía las espaldas y +le dejaba allí solo... y ella... ella... ¡estaba haciendo lo mismo! ¡Oh, +no, al Calvario, al Calvario! al pie de la cruz del que no era su hijo, +sino su padre, su hermano, el hermano y el padre del espíritu». + +«La Virgen le decía que sí, que estaba bien hecho; que aquella +resolución era digna de un cristiano. Donde quiera que hay una cruz con +un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era el que está +allí colgado; mejor se podrá llorar al pie de la cruz de un mártir. +Hasta del mal ladrón le estaba dando lástima en aquel momento. ¡Cuánta +mayor lástima le daría del Magistral que, según ella, no era ladrón, ni +malo ni bueno!». La forma del sacrificio, el día, la ocasión, todo +estaba señalado: se juró no volverse atrás; aquella exaltación era lo +que ella necesitaba para poder vivir; si más tarde el cansancio, la +relajación de aquellas fibras tirantes traían a su ánimo la cobardía, +los reparos mundanales, prosaicos, el miedo al qué dirán, no haría +caso... iría derecha a su propósito sin vacilar, sin deliberar más. +Haría lo que había resuelto. Y tranquila, segura de sí misma, volvió su +pensamiento a la Madre Dolorosa, y se arrojó a las olas de la música +triste con un arranque de suicida.... Sí, quería matar dentro de ella la +duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio, circunspecto, +_mirado_... quería volver al fuego de la pasión, que era su ambiente. + + + + +--XXVI-- + + +Desde el día en que presidió el entierro de don Santos Barinaga, don +Pompeyo no volvió a tener hora buena, de salud completa. Los escalofríos +que le hicieron temblar en el cementerio y se repitieron, cada vez más +fuertes, durante la enfermedad que siguió a la gran mojadura, volvían de +cuando en cuando. Guimarán estaba triste sin cesar; aquel sol de +Justicia que adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad +ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del +progreso definitivo de la Humanidad. «Laurent decía bien, estábamos +nosotros mucho más adelantados que los bárbaros. ¡Pero había cada pillo +todavía! ¿Y la amistad? La amistad era cosa perdida». Paquito Vegallana, +Álvaro Mesía, Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable +señor Foja, que se decían tan amigos suyos, le habían engañado como a un +chino; se habían burlado de él. Eran unos libertinos que renegaban en +sus comilonas de la religión positiva para seducirle a él y librarse del +miedo del infierno. Don Pompeyo rompió bruscamente sus relaciones con +todos aquellos «espíritus frívolos» y no volvió a poner los pies en el +Casino. Tomó esta resolución el día de Navidad, cuando supo que por +Vetusta se corría que él, don Pompeyo Guimarán, el hombre que más +respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno, había profanado la +catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se llegó a decir que había +llevado al templo, debajo de la capa, una botella de anís del mono.... +«¡Del mono!... ¡él... don Pompeyo!...». No volvió al Casino. «Aquellos +infames que le habían embriagado o poco menos, obligándole después a +penetrar en el templo, eran muy capaces de haber inventado en seguida la +calumnia con que querían perderle. ¿Qué autoridad iba a tener en +adelante aquel ateísmo que se emborrachaba para celebrar las fiestas del +cristianismo, y que asistía a los santos oficios a blasfemar y hacer +eses por las respetables naves de la basílica?». + +«¡Bastante tenía él sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la +consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo había tomado al señor +Magistral!». + +«No, no quería más luchas religiosas. Ya iba siendo viejo para tamañas +empresas. Mejor era callar, vivir en paz con todos». La muerte de +Barinaga le hacía temblar al recordarla. «¡Morir como un perro! ¡Y yo +que tengo mujer y cuatro hijas!». + +Se hizo misántropo. Siempre salía solo, al obscurecer, y volvía pronto a +casa. + +Una noche le llamó la atención un ruido de colmena que venía de la parte +de la catedral. Oyó cohetes. ¿Qué era aquello? La torre estaba iluminada +con vasos y faroles a la veneciana. A sus pies, en el atrio estrecho y +corto, de resbaladizo pavimento de piedra, cerrado por verja de hierro +tosco y fuerte, se agolpaba una multitud confusa, como un montón de +gusanos negros. De aquel fermento humano brotaban, como burbujas, +gritos, carcajadas, y un zumbido sordo que parecía el ruido de la marea +de un mar lejano. + +Don Pompeyo, que daba diente con diente, de frío con fiebre, se detuvo +en lo más alto de la calle de la Rúa para contemplar aquella muchedumbre +apiñada a los pies de la torre, en tan estrecho recinto, cuando podía +extenderse a sus anchas por toda la plazuela. «Ya sabía lo que era. _Los +católicos_ celebraban un aniversario religioso. ¿Pero cómo? ¡Oh +ludibrio!». Don Pompeyo se acercó al atrio: observó desde fuera. Lo +mejor y lo peor de Vetusta estaba allí amontonado; las chalequeras, los +armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del +andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero +con la _Vetusta elegante_ del Espolón y de los bailes del Casino: y para +colmo del escándalo, según don Pompeyo, _so capa_ de celebrar una fiesta +religiosa la juventud dorada del clero vetustense, todos aquellos +«_licenciados de seminario_» como él los llamaba con pésima intención, +«¡paseaban también por allí, apretados, prensados, con sus manteos y +todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que +respirar, sin más recreo que el poco honesto de sentir el roce de la +especie, el instinto del rebaño, mejor, de la piara!». Y separando los +ojos «de aquella podredumbre en fermento, de aquella _gusanera +inconsciente_», volviolos Guimarán a lo alto, y miró a la torre que con +un punto de luz roja señalaba al cielo.... «¡Aquí no hay nada cristiano, +pensó, más que ese montón de piedras!». + +Huyó de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de la +Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen +los de arriba con los de abajo. Entró en su casa.... Pidió tila, se +acostó... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas que le echaban +sobre el cuerpo cuantas mantas había en casa, el ateo empedernido sintió +una dulce ternura nerviosa, un calorcillo confortante y se dijo: «Al +fin, hay una religión, la del hogar». + +A la mañana siguiente despertó a toda la casa a campanillazos. «Se +sentía mal. Que llamasen a Somoza». Somoza dijo que aquello no era nada. +Ocho días después propuso a la señora de Guimarán el arduo problema de +lo que allí se llamaba «la preparación del enfermo». «Había que +prepararle», ¿a qué? «A bien morir». + +De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compañía de su +madre al oír la noticia. + +Las otras dos, más fuertes, deliberaron. ¿Quién le ponía el cascabel al +gato? ¿Quién proponía a su señor padre que recibiera los Sacramentos? + +Se lo propuso la hija mayor, Agapita. + +--Papá, tú que eres tan bueno, ¿querrías darme un disgusto, dárselo a +mamá, sobre todo, que te quiere tanto... y es tan religiosa?... + +--No prosigas, Agapita querida--dijo el enfermo con voz meliflua, débil, +mimosa--. Ya sé lo que pides. Que confiese. Está bien, hija mía. ¿Cómo +ha de ser? Hace días que esperaba este momento. El señor de Somoza es +tan angelical que no quería darme un susto; pero yo conocía que esto iba +mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de complaceros. Sólo +os pido una cosa... que venga el señor Magistral. Quiero que me oiga en +confesión el señor De Pas; necesito que me oiga, y que me perdone. + +Agapita lloró sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala habían +oído el diálogo Somoza y la hija menor de Guimarán, Perpetua. Media +hora después toda Vetusta sabía el milagro. «¡_El Ateo_ llamaba al +Magistral para que le ayudara a bien morir!». + +Don Fermín estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho, como un +perro, gruñía en cuanto olfateaba la presencia de algún importuno. El +Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido menor le sonaba a patadas en +la cabeza. Doña Paula había prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se +andaba de puntillas y se procuraba volar. + +Teresina creyó que el recado de las señoritas de Guimarán era cosa +grave, y merecía la pena de infringir la regla general. + +--Están ahí de parte de la señora y señoritas de Guimarán.... + +--¡De Guimarán!--dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tenía +los ojos cerrados. + +--¡De Guimarán! Tú estás loca...--dijo doña Paula muy bajo. + +--Sí, señora, de Guimarán, de don Pompeyo, que se está muriendo y quiere +que le vaya a confesar el señorito. + +Hijo y Madre dieron un salto; doña Paula quedó en pie, don Fermín +sentado en su lecho. + +Se hizo entrar a la criada de Guimarán y repetir el recado. + +La criada lloraba y describía entre suspiros la tristeza de la familia y +el consuelo que era ver al señor pedir los Santos Sacramentos. + +El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos. Se entendieron. + +--¿Te hará daño? + +--No. Que voy ahora mismo. + +--Salid. Que el señorito está muy enfermo, pero que lo primero es lo +primero y que va allá ahora mismo. + +Quedaron solos hijo y madre.--¿Será una broma de ese tunante? + +--No señora; es un pobre diablo. Tenía que acabar así. Pero yo no sabía +que estaba enfermo. + +De Pas hablaba mientras se vestía ayudado por su madre, que buscó en el +fondo de un baúl la ropa de más abrigo. + +--¿Fermo, y si tú te pones malo de veras... es decir, de cuidado?... + +--No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza sí. Es +preciso llegar allá antes que se sepa por ahí... ¿No comprende usted? + +--Sí, claro; tienes razón. + +Callaron. El Magistral se cogió a la pared y al hombro de su madre para +tenerse en pie. + +En su despacho se sentó un momento. + +--¿Mandamos por un coche?...--Sí, es claro; ya debía estar hecho eso. A +Benito, aquí en la esquina.... + +Entró Teresa.--Esta carta para el señorito. + +Doña Paula la tomó, no conoció la letra del sobre. + +Fermín sí; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano temblorosa.... + +--¿De quién es?--preguntó la madre al ver que Fermín palidecía. + +--No sé... ya la veré después. Ahora al coche... a ver a Guimarán.... + +Y se puso de pies, escondió la carta en un bolsillo interior, y se +dirigió a la puerta con paso firme. + +Doña Paula, aunque sospechaba, no sabía qué, no se atrevió esta vez a +insistir. Le daba lástima de aquel hijo que enfermo, triste, tal vez +desesperado, iba por ella a continuar la historia de su grandeza, de sus +ganancias; iba a rescatar el crédito perdido buscando un milagro de los +más sonados, de los más eficaces y provechosos, un milagro de +conversión. «Era un héroe». «¡Cuánto había padecido durante aquella +cuaresma!». Ella, doña Paula, había acabado por adivinar que su hijo y +la Regenta no se veían ya; habían reñido por lo visto. Al principio el +egoísmo de la madre triunfó y se alegró de aquel rompimiento que +suponía. Conoció que su hijo no se humillaría jamás a pedir una +reconciliación, que antes moriría desesperado como un perro, allí, en +aquel lecho donde había caído al cabo, después de pasear la cólera +comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de día y de noche. Pero +la desesperación taciturna de su Fermo, complicada con una enfermedad +misteriosa, de mal aspecto, que podía parar en locura, asustó a la madre +que adoraba a su modo al hijo; y noche hubo en que, mientras velaba el +dolor de su Fermo pensó en mil absurdos, en milagros de madre, en ir +ella misma a buscar a la infame que tenía la culpa de aquello, y +degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, allí, al +pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a +su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvación, de todo, a +salvarle o morir con él.... De estas ideas absurdas, que rechazaba +después el buen sentido, le quedaba a doña Paula una ira sorda, +reconcentrada, y una aspiración vaga a formar un proyecto extraño, una +intriga para cazar a la Regenta y hacerla servir para lo que Fermo +quisiera... y después matarla o arrancarle la lengua.... + +Los primeros días, después de separarse Ana y De Pas, era el Magistral +quien preguntaba más a menudo a Teresina, afectando indiferencia, pero +sin que su madre le oyera: «¿Ha habido algún recado, alguna carta para +mí?». Después, también doña Paula, a solas también, preguntaba a la +doncella, con voz gutural, estrangulada: «¿Han traído algún recado... +algún papel... para el señorito?». + +No, no habían traído nada. La cuaresma había pasado así, había comenzado +la semana de Dolores, estaba concluyendo... y nada. + +«Debe de ser de ella», pensó doña Paula cuando vio el papel que presentó +Teresina. Sintió ira y placer a un tiempo. + +El Magistral sentía en los oídos huracanes. Temía caerse. Pero estaba +dispuesto a salir. También se juró negarse a leer la carta delante de su +madre, aunque ella lo pidiera puesta en cruz. «Aquella carta era de él, +de él solo». Llegó el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada +por un caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y +sucios. + +Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el portal, dijo con +énfasis al cochero: + +--A casa de don Pompeyo Guimarán... ya sabes.... + +--Sí, sí... Dobló el coche la esquina; don Fermín corrió un cristal y +gritó: + +--Despacio, al paso. Miró la carta de Ana. Rompió el sobre con dedos que +temblaban y leyó aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se +confundían enganchadas unas con otras. Adivinó más que descifró los +caracteres que se evaporaban ante su vista débil. + +«Fermín: necesito ver a usted, quiero pedirle perdón y jurarle que soy +digna de su cariñoso amparo; Dios ha querido iluminarme otra vez; la +Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que yo le busque a usted, +que le llame. Pensé en ir yo misma a su casa. Pero temo que sea +indiscreción. Sin embargo, iré, a pesar de todo, si es verdad que está +usted enfermo y que no puede salir. ¿Dónde le podré hablar? Estoy segura +de que por caridad a lo menos no dejará sin respuesta mi carta. Y si la +deja, allá voy. Su mejor amiga, su esclava, según ha jurado y sabrá +cumplir.--ANA». + +De Pas dejó de sentir sus dolores, no pensó siquiera en esto; miró al +cielo, iba a obscurecer. Cogió con mano febril la blusa azul del cochero +que volvió la cabeza. + +--¿Qué hay señorito? + +--A la Plaza Nueva... a la Rinconada.... + +--Sí, ya sé... pero ¿ahora? + +--Sí, ahora mismo, y a escape. + +El coche siguió al paso. «Si está don Víctor, que no lo quiera Dios, +basta con que Ana me mire, con que me vea allí... Si no está... mejor. +Entonces hablaré, hablaré...». + +Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Fermín dejó caer la +cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rincón obscuro +del coche, ocultando el rostro en las manos que ardían, lloró como un +niño, sin vergüenza de aquellas lágrimas de que él solo sabría. + +No estaba don Víctor en casa. + +El Magistral estuvo en el caserón de los Ozores desde las siete hasta +más de las ocho y media. Cuando salió, el cochero dormía en el pescante. +Había encendido los faroles del coche y esperaba, seguro de cobrar caro +aquel sueño. Don Fermín entró en casa de don Pompeyo a las nueve menos +cuarto. La sala estaba llena de curas y seglares devotos. Todas las +hijas de Guimarán salieron al encuentro del Provisor, cuyo rostro +relucía con una palidez que parecía sobrenatural. Se hubiera dicho que +le rodeaba una aureola. + +Tres veces se había mandado aviso a casa del Magistral para que viniera +en seguida. Don Pompeyo quería confesar, pero con De Pas y sólo con De +Pas: decía que sólo al Magistral quería decir sus pecados y declarar sus +errores; que una voz interior le pedía con fuerza invencible que llamara +al Magistral y sólo al Magistral. + +Doña Paula contestaba que su hijo había salido a las siete, en coche, en +cuanto había recibido aviso, que había ido derecho a casa de Guimarán. +Pero como no llegaba, se repetían los recados. Doña Paula estaba +furiosa. ¿Qué era de su hijo? ¿Qué nueva locura era aquella? + +Al fin las de Guimarán, en vista de que el Provisor no parecía, llamaron +al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros +clérigos que más o menos trataban al enfermo. Todo inútil. Él quería al +Magistral; la voz interior se lo pedía a gritos. Glocester al lado de +aquel lecho de muerte se moría de envidia y estaba verde de ira, aunque +sonreía como siempre. + +--Pero, señor don Pompeyo, hágase usted cargo de que todos somos +sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversión de usted.... + +--Sí señor, sincera; yo nunca he engañado a nadie. Yo quiero +reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está de Dios que +muera.... + +--Oh, no, eso no...--Tal creo yo; pero de todas suertes... quiero +volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del señor +don Fermín; tengo motivos poderosos para exigir esto, son voces de mi +conciencia.... + +--Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese señor Magistral no +parece.... + +--Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesaré con cualquiera de +ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a esperar. + +El cura de la parroquia no consiguió más que el Arcediano. De don +Custodio no hay que hablar. Todos aquellos señores sacerdotes «estaban +allí en ridículo», según opinión de Glocester. La verdad era que un +color se les iba y otro se les venía. + +--¿Será esto un complot?--dijo Mourelo al oído de don Custodio. + +Después de tanto hacerse esperar llegó el Magistral. + +Las hijas de Guimarán le llevaron en triunfo junto a su padre. + +De Pas parecía un santo bajado del cielo; una alegría de arcángel +satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que había reflejos +de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la juventud +de la pasión, rozagante en aquel momento. Mientras Guimarán estrechaba +la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su pensamiento a +la realidad presente, seguía saboreando la escena de dulcísima +reconciliación en que acababa de representar papel tan importante. «¡Ana +era suya otra vez, su esclava! ella lo había dicho de rodillas, +llorando.... ¡Y aquel proyecto, aquel irrevocable propósito de hacer ver +a toda Vetusta en ocasión solemne que la Regenta era sierva de su +confesor, que creía en él con fe ciega!...». Al recordar esto, con todos +los pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermín sintió que +le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que +él llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de soplo +caliente. Pidió una silla. Se sentó al lado del enfermo y por primera +vez vio lo que tenía delante; un rostro pálido, avellanado, todo huesos +y pellejo que parecía pergamino claro. Los ojos de Guimarán tenían una +humedad reluciente, estaban muy abiertos, miraban a los abismos de ideas +en que se perdía aquel cerebro enfermo, y parecían dos ventanas a que se +asomaba el asombro mudo. + +Quedaron solos el enfermo y el confesor. + +De Pas se acordó de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de +Glocester, de Mesía, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia se +decidió a sacar todo el partido posible de aquella conversión que se le +venía a las manos. En un solo día ¡cuánta felicidad! Ana y la influencia +que se habían separado de él volvían a un tiempo; Ana más humilde que +nunca, la influencia con cierto carácter sobrenatural. Sí, él estaba +seguro de ello, conocía a los vetustenses; un entierro les había hecho +despreciar a su tirano, otro entierro les haría arrodillarse a sus pies, +fanatizados unos, asustados por lo menos los demás. Mientras hablaba con +don Pompeyo de la religión, de sus dulzuras, de la necesidad de una +Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el Magistral preparaba +todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya que aquel +tontiloco se le metía entre los dedos, no sería en vano. Los otros +tontos, los que creían que Guimarán era ateo de puro malvado y de puro +sabio, mirarían aquella conquista como cosa muy seria, como una ganancia +de incalculable valor para la Iglesia. + +«¡El ateo! Aunque todos le tenían por inofensivo, creían los más en su +maldad ingénita y en una misteriosa superioridad diabólica. Y aquel +diablo, aquel malhechor se arrojaba a los pies del señor espiritual de +Vetusta.... ¡Oh! ¡qué gran efecto teatral!... No, no sería él bobo, su +madre tenía razón, había que sacar provecho.... Y después, aquello no era +más que una preparación para otro triunfo más importante; ¿no se había +dicho que hasta la Regenta le abandonaba? Pues ya se vería lo que iba a +hacer la Regenta...». Don Fermín se ahogaba de placer, de orgullo; se le +atragantaban las pasiones mientras don Pompeyo tosía, y entre esputo y +esputo de flema decía con voz débil: + +--Puede usted creer... señor Magistral... que ha sido un milagro esto... +sí, un milagro.... He visto coros de ángeles, he pensado en el Niño +Dios... metidito en su cuna... en el portal de Belem... y he sentido una +ternura... así... como paternal... ¡qué sé yo!... ¡Eso es sublime, don +Fermín... sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!... +pero dice usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios, +hablando de Él... sólo que al revés... todo lo entendía al revés.... + +Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por +sollozos. + +Después el Magistral le hizo callar y escucharle. + +Habló mucho y bien don Fermín. Era necesario para obtener el perdón de +Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda sanaría--y eso +pensaba él también--diese un ejemplo edificante de piedad. Su conversión +debía ser solemne, para escarmiento de pícaros y enseñanza saludable de +los creyentes tibios. + +--Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos males +ha hecho.... + +--Pues usted dirá... don Fermín... yo soy esclavo de su voluntad.... +Quiero el perdón de Dios y el de usted... el de usted a quien tanto he +ofendido haciéndome eco de calumnias.... Y crea usted que yo no le quería +a usted mal, pero como mi propósito era combatir el fanatismo, al clero +en general... y además Barinaga sólo así podía ser conquistado.... ¡Oh +Barinaga! ¡infeliz don Santos! ¿Estará en el infierno, verdad, don +Fermín? ¡Infeliz! ¡Y por mi culpa! + +--Quién sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y además, +puede contarse con su bondad infinita.... ¡Quién sabe!... Lo principal +es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de piedad acendrada.... +Esta lección puede traer muchas conversiones detrás de sí. ¡Ah, don +Pompeyo, no sabe usted cuánto puede ganar la Religión con lo que usted +ha hecho y piensa hacer!... + +A la mañana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompañar el +Viático que por la tarde debía ser administrado al señor Guimarán. Era +Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del pueblo más que +religión. + +--¡El papel Provisor sube!--decía Foja furioso al oído de Glocester, a +quien encontró en el atrio de la catedral, al salir de misa. + +--¡Esto es un complot!--Lo que es un idiota ese don Pompeyo. + +--No, un complot.... La verdad era que el _papel Provisor_ subía mucho +más de lo que podían sus enemigos figurarse. + +Así como no se explicaba fácilmente por qué el descrédito había sido tan +grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora podía nadie darse cuenta de +cómo en pocas horas el espíritu de la opinión se había vuelto en favor +del Magistral, hasta el punto de que ya nadie se atrevía delante de +gente a recordar sus vicios y pecados; y no se hablaba más que de la +conversión milagrosa que había hecho. + +No importaba que Mourelo gritase en todas partes: + +--Pero si no fue él, si fue un arranque espontáneo del ateo.... Si así +hacen todos los espíritus fuertes cuando les llega su hora.... + +Nadie hacía caso del murmurador. «Milagro sí lo había, pero lo había +hecho el Magistral». Ya nadie dudaba esto. «Era un gran hombre, había +que reconocerlo».--Doña Paula, por medio del Chato y otros ayudantes, +doña Petronila, su cónclave, Ripamilán, el mismo Obispo, que había +abrazado al Magistral en la catedral poco después de bendecir las +palmas, todos estos, y otros muchos, eran propagandistas entusiastas de +la gloria reciente, fresca de don Fermín, de su triunfo palmario sobre +las huestes de Satán. + +Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesía que habló con el +ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de la +opinión, favorable hasta no poder más, a don Fermín. + +«Más valía esperar; ya pasaría aquella racha y volvería toda Vetusta a +ver al milagroso don Fermín de Pas tal como era, _en toda su horrible +desnudez_». + +Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las +circunstancias, teniendo a su lado al _cura de cabecera_, a don Fermín y +a Somoza, el médico, Vetusta entera, que había acudido a la casa y a las +puertas de la casa del converso, se esparció por todo el recinto de la +ciudad haciéndose lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien +ahora todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría +descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, su +influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de milagro. + +Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de médicos. Somoza se había +equivocado como solía. Don Pompeyo estaba enfermo de muerte, pero podía +durar muchos días: era fuerte... no había más que oírle hablar. + +Somoza mantuvo su opinión con energía heroica. «Cierto que podía durar +algunos días más de los que él había anunciado, el señor Guimarán; pero +la ciencia no podía menos de declarar que la muerte era inminente. Podía +durar, sí, el enfermo, mil y mil veces sí, pero ¿debido a qué? +Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No que él, don +Robustiano Somoza, hombre científico ante todo, creyese en la eficacia +material de la religión: pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba +con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tenía dicho, podía +admitir y admitía, aleccionado por la experiencia, que lo psíquico +influye en lo físico y viceversa, y que la conversión repentina de don +Pompeyo podría haber determinado una variación en el curso natural de su +enfermedad... todo lo cual era extraño a la ciencia médica como tal y +sin más». + +En efecto, don Pompeyo duró hasta el miércoles Santo. + +Trifón Cármenes, desde el día en que se supo la conversión de Guimarán, +concibió la empecatada idea de consagrar una _hoja literaria_ del +_lábaro_ al importantísimo suceso. Pero había que esperar a que el +enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto último era lo +más probable y lo que más convenía a los planes de Cármenes, el cual +desde el domingo de Ramos tenía a punto de terminar una larguísima +composición poética en que se _cantaba_ la muerte del ateo felizmente +restituido a la fe de Cristo. La oda elegíaca, o elegía a secas, lo que +fuera, que Trifón no lo sabía, comenzaba así: + + ¿Qué me anuncia ese fúnebre lamento...? + +El poeta iba y venía de la _casa mortuoria_ como él la llamaba ya para +sus adentros, a la redacción, de la redacción a la casa mortuoria. + +--¿Cómo está?--preguntaba en voz muy baja, desde el portal. + +La criada contestaba:--Sigue lo mismo. Y Trifón corría, se encerraba +con su elegía y continuaba escribiendo: + + ¡Duda fatal, incertidumbre impía!... + Parada en el umbral, la Parca fiera + ni ceja ni adelanta en su porfía; + como sombra de horror, calla y espera... + +Pasaban algunas horas, volvía a presentarse Trifón en casa del +moribundo; con voz meliflua y tenue decía: + +--¿Cómo sigue don Pompeyo? + +--Algo recargado--le contestaban. Volvía a escape a la redacción, +anhelante, «había que trabajar con ahínco, podía morirse aquel señor y +la poesía quedar sin el último pergeño...». Y escribía con _pulso +febril_: + + Mas ¡ay! en vano fue; del almo cielo + la sentencia se cumple; inexorable... + +No sabía Trifón lo que significaba almo, es decir, no lo sabía a punto +fijo, pero le sonaba bien. + +Cuando la criada de Guimarán le contestaba: «Que el señor había pasado +mejor la noche», Cármenes, sin darse cuenta de ello, torcía el gesto, y +sentía una impresión desagradable parecida a la que experimentaba cuando +llegaba a convencerse de que un periódico de Madrid no le publicaría los +versos que le había remitido. Él no quería mal a nadie, pero lo cierto +era que, una vez tan adelantada la elegía, don Pompeyo le iba a hacer un +flaco servicio si no se moría cuanto antes. + +Murió. Murió el miércoles Santo. El Magistral y Trifón respiraron. +También respiró Somoza. Los tres hubieran quedado en ridículo a suceder +otra cosa. En cuanto a Cármenes, terminó sus versos de esta suerte: + + No le lloréis. Del bronce los tañidos + himnos de gloria son; la Iglesia santa + le recogió en su seno... etc. + +Al pobre Trifón le salían los versos montados unos sobre otros: igual +defecto tenía en los dedos de los pies. + +El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. _Acompañaron a la +última morada el cadáver del finado_ las autoridades civiles y +militares; una comisión del Cabildo presidida por el Deán, la Audiencia, +la Universidad, y además cuantos se preciaban de buenos o malos +católicos. La viuda y las huérfanas recibían especial favor y consuelo +con aquella pública manifestación de simpatía. El Magistral iba +presidiendo el duelo de familia: no era pariente del difunto, pero le +había sacado de las garras del Demonio, según Glocester, que se quedó en +la sala capitular murmurando. «Aquello más que el entierro de un +cristiano fue la apoteosis pagana del pío, felice, triunfador Vicario +general». En efecto, el pueblo se lo enseñaba con el dedo: «Aquel es, +aquel es, decía la muchedumbre señalando al Apóstol, al Magistral». + +Los milagros que doña Paula había hecho correr entre las masas +impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo señor Obispo, +en su último sermón a las beatas pobres y clase de tropa, criadas de +servicio, etc., etc., había aludido al triunfo de aquel hijo predilecto +de la Iglesia.... + +--No habrá más remedio que agachar la cabeza y dejar pasar el +temporal--decía Foja. + +Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que comían de carne +en una fonda todos los viernes Santos. + +«¡Aquel don Pompeyo les había desacreditado! + +»¡Vaya un libre-pensador! + +»¡Era un gallina! »¡Murió loco! »¡Le dieron hechizos! »¿Qué hechizos? +Morfina. + +»El clero, milagros del clero... + +»Le convirtieron con opio... »La debilidad hace sola esos milagros... + +»Sobre todo era un badulaque...». + +El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los +anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un +profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la +jota Aragonesa. + +En casa de Vegallana la tal noticia _estalló como una bomba_. Volvía la +Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María con +Visitación; volvía también Obdulia Fandiño que había pedido en San +Pedro, a la hora en que visitaban los _monumentos_ los oficiales de la +guarnición; y todas aquellas señoras, en el gabinete de la Marquesa +reunidas, escuchaban pasmadas lo que solemnemente decía el gran +Constantino, doña Petronila Rianzares, que había recaudado veinte duros +en la mesa de petitorio de San Isidro. Y decía el obispo-madre: + +--Sí, señora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita está resuelta a +dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo.... + +--Pero Quintanar... no lo consentirá... + +--Ya ha consentido... a regañadientes, por supuesto. Ana le ha hecho +comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle cumplir su +promesa sería un acto de despotismo que ella no perdonaría jamás.... + +--¿Y el pobre calzonazos dio su permiso?--dijo Visita, colorada de +indignación--. ¡Qué maridos de la isla de San Balandrán!--añadió +acordándose del suyo. + +La Marquesa no acababa de santiguarse. «Aquello no era piedad, no era +religión; era locura, simplemente locura. La devoción racional, +_ilustrada_, de buen tono, era aquella otra, pedir para el Hospital a +las corporaciones y particulares a las puertas del templo, regalar +estandartes bordados a la parroquia; ¡pero vestirse de mamarracho y +darse en espectáculo!...». + +--¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría por +una demagoga, por una _Suñera_. + +--Pues yo, ¿qué he dicho? + +--¿Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una _nazarena_... + +La Marquesa encogió los hombros y volvió a santiguarse. Obdulia tenía la +boca seca y los ojos inflamados. Sentía una inmensa curiosidad y cierta +envidia vaga... + +«¡Ana iba a darse en espectáculo!» cierto, esa era la frase. ¿Qué más +hubiera querido ella, la de Fandiño, que darse en espectáculo, que +hacerse mirar y contemplar por toda Vetusta? + +--¿Y el traje? ¿cómo es el traje? ¿sabe usted...? + +--¿Pues no he de saber?--contestó doña Petronila, orgullosa porque +estaba enterada de todo--. Ana llevará túnica talar morada, de +terciopelo, con franja _marrón foncé_.... + +--¿Marrón foncé?--objetó Obdulia--... no dice bien... oro sería mejor. + +--¿Qué sabe usted de esas cosas?... Yo misma he dirigido el trabajo de +la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha dejado a mí el cuidado +de todos los pormenores. + +--¿Y la túnica es de vuelo? + +--Un poco...--¿Y cola?--No, ras con ras...--¿Y calzado? +¿sandalias...? + +--¡Calzado! ¿qué calzado? El pie desnudo.... + +--¡Descalza!--gritaron las tres damas. + +--Pues claro, hijas, ahí está la gracia.... Ana ha ofrecido ir +descalza.... + +--¿Y si llueve?--¿Y las piedras?--Pero se va a destrozar la piel... +--Esa mujer está loca...--¿Pero dónde ha visto ella a nadie hacer esas +diabluras? + +--¡Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto como este, +un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante.... + +--Pero, ¿cómo se le ha ocurrido... eso? ¿Dónde ha visto ella eso?... + +--Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los +muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sería +meritorio exponerse a los sarcasmos de los impíos, y a las burlas +disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo +que hizo el Señor por nosotros pecadores. + +--¡Descalza!--repetía asombrada Obdulia.--La envidia crecía en su pecho. +«Oh, lo que es esto--pensaba--indudablemente tiene _cachet_. Sale de lo +vulgar, es una _boutade_, es algo... de un buen tono superfino...». + +El Marqués entró en aquel momento con don Víctor colgado del brazo. + +Vegallana venía consolando al mísero Quintanar, que no ocultaba su +tristeza, su decaimiento de ánimo. + +Doña Petronila se despidió antes de que el atribulado ex-regente pudiera +echarle el tanto de culpa que la correspondía en aquella aventura que él +reputaba una desgracia. + +--Vamos a ver, Quintanar--preguntó la Marquesa con verdadero interés y +mucha curiosidad.... + +--Señora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el poeta... + + ¡No podían vencerme... y me vencieron...! + +--Déjese usted de versos, alma de Dios.... ¿Quién le ha metido a Ana eso +en la cabeza? + +--¿Quién había de ser? Santa Teresa... digo... no... el Paraguay. + +--¿El Para...?--No, no es eso. No sé lo que me digo.... Quiero decir.... +Señores, mi mujer está loca.... Yo creo que está loca.... Lo he dicho mil +veces.... El caso es... que cuando yo creía tenerla dominada, cuando yo +creía que el misticismo y el Provisor eran agua pasada que no movía +molino... cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a +lo mejor ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión. + +--Pero si en Vetusta jamás ha hecho eso nadie.... + +--Sí tal--dijo el Marqués--. Todos los años va en el entierro de Cristo, +Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de +Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas.... + +--Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre. + +--No, si yo no comparo...--Pero, señores, señores, digo yo--repetía +doña Rufina--¿cuándo ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro +detrás de la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?... + +--Sí, verlo, sí lo ha visto. Lo hemos visto en Zaragoza... por ejemplo. +Pero yo no sé si aquellas eran señoras de verdad.... + +--Y además, no irían descalzas--dijo Obdulia. + +--¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira de Dios! ¡eso sí que +no!... ¡Pardiez! + +Gran trabajo costó contener la indignación colérica de don Víctor. El +cual, más calmado, se volvió a casa, y entre tener _otra explicación_ +con su señora o encerrarse en un significativo silencio, prefirió +encerrarse en el silencio... y en el despacho. + +«A sí mismo no se podía engañar. Comprendía que la resolución de Ana era +irrevocable». + +El Viernes Santo amaneció plomizo; el Magistral muy temprano, en cuanto +fue de día, se asomó al balcón a consultar las nubes. «¿Llovería? +Hubiera dado años de vida porque el sol barriera aquel toldo ceniciento +y se asomara a iluminar cara a cara y sin rebozo aquel día de su +triunfo.... ¡Dos días de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo +convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín +triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos +tragando polvo, dispersos y aniquilados!». + +También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder remediarlo pensó +¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía la conciencia de este deseo. +Estaba asustada de su propia obra. «Yo soy una loca--pensaba--tomo +resoluciones extremas en los momentos de la exaltación y después tengo +que cumplirlas cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza +para querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había +ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su +adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había ocurrido +aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los +Dolores, oyendo el _Stabat Mater_ de Rossini, figurándose con +calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies +de su hijo, _dum pendebat filius_, como decía la letra. Había recordado, +como por inspiración, que ella había visto en Zaragoza a una mujer +vestida de Nazareno, caminar descalza detrás de la urna de cristal que +encerraba la imagen supina del Señor, y sin pensarlo más, había +resuelto, se había jurado a sí misma caminar así, a la vista del pueblo +entero, por todas las calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de +aquel Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado, +despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no había +remedio, don Fermín, después de una oposición no muy obstinada, había +accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doña +Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras +sacrílegas, se había ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores +del _sacrificio_... «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se +acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se +abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el +trance de la procesión!». + +Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, cierto; +era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero ¿no +había otra manera de ser piadosa? ¿No había sido un arrebato de locura +aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que +ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas +las calles de la Encimada, _dándose en espectáculo_ a la malicia, a la +envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y +balcones aquel _cuadro vivo_ que ella iba a representar? Buscaba Ana el +fuego del entusiasmo, el frenesí de la abnegación que hacía ocho días, +en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel proyecto; pero el +entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la fe siquiera la acompañaba. El +miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por +completo; ya no creía, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en +Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para +restaurar la fama del Magistral: no pensaba más que en _el escándalo_ de +aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la mujer de su casa, la esposa +honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectáculo próximo.... No, +no estaba segura de que su abnegación fuese buena siquiera; acaso era +una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con +silencio solemne...» y Ana sudaba de congoja.... «¡Lo que había +prometido!». + +No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el pueblo todo +el día. Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de +la iglesia de San Isidro. + +--«¡Ya llega, ya llega!»--murmuraban los socios del Casino apiñados en +los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del +cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de +contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada +de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni +menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela. + +Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar +la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas +de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la +Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba». +No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido +en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete +espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se +esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del +Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio +churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí +y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa, +Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada +aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba +pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de +los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus +gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, +admirados y compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de +Fandiño el bello ideal de la coquetería. + +Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a +negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas +vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían +atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un +pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y +también procesiones.... ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente, +significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que +dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo +del terciopelo morado de la _nazarena_! «Y era natural; todo Vetusta, +seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies +descalzos, ¿por qué? porque hay un _cachet_ distinguidísimo en el modo +de la exhibición, porque... esto es cuestión de _escenario_». «¿Cuándo +llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una +envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria +bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en +aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre. + +Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario, +que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre +inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás +días del año. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de +corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor +maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al +natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el +movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la +frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le +atravesasen el cráneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la +escuela. + +Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su +mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no +sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había +inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a +los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en +aquella exhibición anual la pícara vanidad. El saber que una vez al año, +él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la _espectación general_, le +llenaba el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo; +él era el único Nazareno de la población y gozaba de este privilegio +tranquilamente muchos años hacía. + +La competencia de doña Ana Ozores en vez de molestarle le colmó de +orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de +San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su +cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino +del Calvario, un cumplido caballero; si había charcos él era el que se +metía por ellos para evitar el fango a los pies desnudos y de nácar de +aquella ilustre señora, su compañera. Ana iba como ciega, no oía ni +entendía tampoco, pero la presencia grotesca de aquel compañero +inesperado la hizo ruborizarse y sintió deseos locos de echar a correr. +«La habían engañado, nada le habían dicho de aquella caricatura que iba +a llevar al lado». «Oh, si ella tuviese todavía aquel espíritu +sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva mortificación, este +escarnio, esta saturación de ridículo le hubiera agradado, porque así el +sacrificio era mayor, la fuerza de su abnegación sublime». + +Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los +pies descalzos de la Regenta. En cuanto a él lucía deslumbradora bota de +charol, con perdón de la propiedad histórica. Demasiado sabía Vinagre +que las botas de charol no existían en tiempo de Augusto, ni aunque +existieran las había de llevar Jesús al Calvario; pero él no era más que +un devoto, un devoto que en todo el año no tenía ocasión de lucirse; +había que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasión sus botas +como espejos, que sólo se calzaba en tan solemne día. + +«¡Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las señoras de la +Audiencia cuando la procesión llegaba de verdad. Ahora no era un rumor +falso, eran _ellos_, era el Entierro». + +Cesaron los comentarios en los balcones. + +Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos. + +Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal instante. + +El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto. + +Visitación, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle +estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las +cruces y ciriales, observaba el gesto de don Álvaro Mesía, que estaba +solo, al parecer, en el último balcón de la fachada del Casino, en el de +la esquina. Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello, +don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en +la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a +un interlocutor, invisible para Visita. + +Era don Víctor Quintanar. Los dos amigos se habían encerrado en la +secretaría del Casino, a ruegos del ex-regente, que quería ver, sin ser +visto, lo que él llamaba la _subida al Calvario de su dignidad_. Detrás +de Mesía, que daba buena sombra, temblando sin saber por qué, +impaciente, casi con fiebre, Quintanar se disponía a ver todo lo que +pudiera. + +--Mire usted--decía--si yo tuviera aquí una bomba Orsini... se la +arrojaba sin inconveniente al señor Magistral cuando pase triunfante por +ahí debajo. ¡Secuestrador! + +--Calma, don Víctor, calma; esto es el principio del fin. Estoy seguro +de que Ana está muerta de vergüenza a estas horas. Nos la han +fanatizado, ¿qué le hemos de hacer? pero ya abrirá los ojos; el exceso +del mal traerá el remedio.... Ese hombre ha querido estirar demasiado la +cuerda; claro que esto es un gran triunfo para él... pero Ana tendrá que +ver al cabo que ha sido instrumento del orgullo de ese hombre. + +--¡Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ahí como un triunfador +romano a una esclava... detrás del carro de su gloria.... + +Don Víctor se embrollaba en estas alegorías, pero lo cierto era que él +se figuraba a don Fermín de Pas, en medio de la procesión, y de pie en +un carro de cartón, como él había visto entrar al barítono en el +escenario del Real, una noche que cantaba el _Poliuto_. + +Don Álvaro no fingía su buen humor. Estaba un poco excitado, pero no se +sentía vencido; él se atenía a sus experiencias. «Aquel clérigo no había +tocado en la Regenta, estaba seguro». Sonreía de todo corazón, sonreía a +sus pensamientos, a sus planes. «Claro que les molestaba a los nervios +aquel espectáculo en que aparentemente el rival se mostraba triunfando a +la romana, según don Víctor, pero... no había tocado en ella». + +Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros +del balcón una cruz dorada, remate de un pendón viejo y venerable. Se +puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle, +y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos. + +Mesía, dejando detrás de sí a su amigo, ocupó el medio del balcón, +arrogante y desafiando las miradas de los clérigos que pasaban debajo de +él. + +Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en resucitar un dolor +muerto hacía diez y nueve siglos; a don Víctor sí le sonaba aquello a +himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patíbulo. + +El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono. + +En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepúsculo; +las largas filas de hachas encendidas, se perdían a lo lejos hacia +arriba, mostrando la luz amarillenta de los pábilos, como un rosario de +cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas +cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles, +subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras lucientes, en +confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin +ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas +que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de +ensueño. No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de +blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros +morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos, +preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer +religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería. +Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él; +a cumplir con el oficio. Después venían en las filas clérigos con +manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, algunos +carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también. Iba +allí Zapico, el dueño ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doña Paula. +El Cristo tendido en un lecho de batista, sudaba gotas de barniz. +Parecía haber muerto de consunción. A pesar de la miseria del arte, la +estatua supina, por la grandeza del símbolo infundía respeto +religioso.... Representaba a través de tantos siglos un duelo sublime. +Detrás venía la Madre. Alta, escuálida, de negro, pálida como el hijo, +con cara de muerta como él. Fija la mirada de idiota en las piedras de +la calle, la impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel +rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del +sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no +daba señales de sentirlas; no sentía más que la muerte que llevaba +delante. Se tambaleaba sobre las andas. También esto era natural. Desde +su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. La Madre de Jesús no +miraba a los vetustenses.... Don Álvaro Mesía, al pasar cerca de sus pies +la Dolorosa tuvo miedo, dio un paso atrás en vez de arrodillarse. El +choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don +Álvaro, todos profanación y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba +pensando que Ana, después de _aquella locura_ que cometía por el +confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía. + +Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a +los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto. +También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz. +Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los +pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de +que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían. +Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de +toda el alma. «¡Ella era una loca que había caído en una especie de +prostitución singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después de +aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la +tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca +sin vergüenza». Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en +todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel +calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la +_Perfecta Casada_, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo. +«Me cegó la vanidad, no la piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy +lo que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la +Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús no la miraba, no +hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí +porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, ¿a qué iba?...». + +Según el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermín no presidía +este entierro como el del miércoles, pero celebraba con él su nuevo +triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la tila derecha, entre +otros señores canónigos, con roquete, muceta y capa; empuñaba el cirio +apagado, como un cetro. «Él era el amo de todo aquello. Él, a pesar de +las calumnias de sus enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta +haciéndole morir en el seno de la Iglesia; él llevaba allí, a su lado, +prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada por su +hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta edificando +al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne +flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se le debía a +él sólo. ¿No se decía que los jesuitas le habían eclipsado? ¿Que los +Misioneros podían más que él con sus hijas de confesión? Pues allí +tenían prueba de lo contrario. ¿Los jesuitas obligaban a las vírgenes +vetustenses a ceñir el cilicio? Pues él descalzaba los más floridos pies +del pueblo y los arrastraba por el lodo... allí estaban, asomando a +veces debajo de aquel terciopelo morado, entre el fango. ¿Quién podía +más?». Y después de las sugestiones del orgullo, los temblores cardíacos +de la esperanza del amor. «¿Qué serían, cómo serían en adelante sus +relaciones con Ana?». Don Fermín se estremecía. «Por de pronto mucha +cautela. Tal vez el día en que dejé la puerta abierta a los celos la +asusté y por eso tardó en volver a buscarme. Cautela por ahora... +después... ello dirá». De Pas sentía que lo poco de clérigo que quedaba +en su alma desaparecía. Se comparaba a sí mismo a una concha vacía +arrojada a la arena por las olas. «Él era la cáscara de un sacerdote». + +Al pasar delante del Casino, frente al balcón de Mesía, Ana miraba al +suelo, no vio a nadie. Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el +topetazo de su mirada con la de don Álvaro; el cual reculó otra vez, +como al pasar la Virgen, y de pálido pasó a lívido. La mirada del +Magistral fue altanera, provocativa, sarcástica en su humildad y dulzura +aparentes: quería decir _¡Vae Victis!_ La de Mesía no reconocía la +victoria; reconocía una ventaja pasajera... fue discreta, suavemente +irónica, no quería decir: «Venciste, Galileo» sino «hasta el fin nadie +es dichoso». De Pas comprendió, con ira, que el del balcón no se daba +por vencido. + +--¡Va hermosísima!--decían en tanto las señoras del balcón de la +Audiencia. + +--¡Hermosísima!--¡Pero se necesita valor!--Amigo, es una santa.--Yo +creo que va muerta--dijo Obdulia--; ¡qué pálida! ¡qué _parada_! parece +de escayola. + +--Yo creo que va muerta de vergüenza--dijo al oído de la Marquesa, +Visita. + +Doña Rufina suspiraba con aires de compasión. Y advirtió: + +--Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho días +con los pies hechos migas. + +La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en +Vetusta, se atrevió a decir encogiendo los hombros: + +--Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de personas +decentes. + +El Marqués apoyó la idea muy eruditamente. + +--Eso es piedad de transtiberina.--Justo--dijo la baronesa, sin +recordar en aquel instante lo que era una transtiberina. + +Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, después de +pasar la procesión y haber contemplado y admirado la hermosura y la +valentía de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba inconvenientes +graves en aquel «rasgo de inaudito atrevimiento». + +Foja en el Casino, lejos de Mesía y don Víctor, decía pestes del +Magistral y la Regenta. «Todo eso es indigno. No sirve más que para dar +alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarán los curas de +aldea. Además, la mujer casada la pierna quebrada y en casa». + +--Sin contar--añadía Joaquín Orgaz--con que esto se presta a +exageraciones y abusos. El año que viene vamos a ver a Obdulia Fandiño +descalza de pie... y pierna, del brazo de Vinagre. + +Se rió mucho la gracia. Pero también se notó que Orgaz decía aquello +porque no había sacado nada de sus pretensiones amorosas, o por lo +menos, no había sacado bastante. + +El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de +aquella señora. «Aquello era imitar a Cristo de verdad. ¡Emparejarse, +como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno; y recorrer +descalza todo el pueblo!... ¡Bah! ¡era una santa!». + +En cuanto a don Víctor, al pasar debajo de su balcón el Magistral y Ana +preguntó a Mesía: + +--¿Están ya ahí? + +--Sí, ahí van.... Y el mismo esposo estiró el cuello... y asomó la +cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atrás. + +--¡Infame! ¡es un infame! ¡me la ha fanatizado! + +Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón que iba +de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre. + +Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró al oír +aquella música que estaba viudo, que aquello era el entierro de su +mujer. + +--Ánimo, don Víctor--le dijo Mesía volviéndose a él, y dejando el +balcón--. Ya van lejos. + +--No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño! + +--Ánimo.... Todo esto pasará... + +Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo. + +El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir con los +brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de +sollozo: + +--¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en +brazos de un amante! + +--Sí, mil veces, sí--añadió--¡búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo +antes que verla en brazos del fanatismo!... + +Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía. + +La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El _chin, chin_ de los platillos, +el _rum rum_ del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes +de Quintanar. + +--¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no +ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse! + +--_¡Chin, chin, chin! ¡bom, bom, bom!_--¡Sí, amigo mío! ¡Primero +seducida que fanatizada!... + +--Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para las +ocasiones son los hombres.... + +--Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre usted el balcón, porque se me +figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza! + + + + +--XXVII-- + + +--¡Las diez! ¿Has oído? el reloj del comedor ha dado las diez.... ¿Te +parece que subamos?... + +--Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral. + +--¡En la catedral! ¿Pero se oye desde aquí, muchacha? ¿Se oye el reloj +de la torre desde aquí?... Mira que es media legua larga.... + +--Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye. +¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás las campanadas... +tristes y apagadas por la distancia.... + +--La verdad es que la noche está hermosa.... + +--Parece de Agosto.--Cuando contemplo el cielo, + + de innumerables luces rodeado + y miro hacia el suelo... + +perdóname, hija mía, sin querer me vuelvo a mis versos.... + +--¿Y qué? mejor, Quintanar: eso es muy hermoso. _La Noche Serena_ ya lo +creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era niña y empezaba a leer +versos, mi autor predilecto era ese. + +El recuerdo de Fray Luis de León pasó como una nubecilla por el +pensamiento de Ana que sintió un poco de melancolía amarga. Sacudió la +cabeza, se puso en pie y dijo: + +--Dame el brazo, Quintanar; vamos a dar una vuelta por la galería de los +perales, mientras la señora torre de la catedral se decide a cantar la +hora.... + +--Con mil amores, _mia sposa cara_. + +La pareja se escondió bajo la bóveda no muy alta de una galería de +perales franceses en espaldar. La luna atravesaba a trechos el follaje +nuevo y sembraba de charcos de luz el suelo a lo largo del obscuro +camino. + +--Mayo se despide con una espléndida noche--dijo Ana, apoyándose con +fuerza en el brazo de su marido. + +--Es verdad; hoy se acaba Mayo. Mañana Junio. Junio la caña en el puño. +¿Te gusta a ti pescar? El río Soto, ya sabes, ese que está ahí en +pasando la Pumarada de Chusquin. + +--Sí, ya sé... donde se bañan Obdulia y Visita algunos veranos antes de +ir al mar. + +--Justo, ese... pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según me dijo +el Marqués. ¿Quieres que escriba a Frígilis, que nos mande dos cañas con +todos sus accesorios? + +--Sí, sí, ¡magnífico! Pescaremos. + +Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer que colgaba +del suyo, y la tomó la mano como un tenor de ópera. Y cantó: + + Lasciami, lasciami + oh lasciami partir... + +Calló y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Miró a su +esposa, que también volvió el rostro hacia su marido. + +--¿Te gustan los Hugonotes? ¿Te acuerdas? Qué mal los cantaba aquel +tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea... hermosa idea.... +Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, junto al estanque, figúrate a +Gayarre o a Masini cantando... en esta noche tranquila, en este +silencio... y nosotros aquí, debajo de esta bóveda... oyendo... +oyendo.... Las óperas deberían cantarse así... ¿Qué nos falta a nosotros +ahora? Música nada más que música.... El panorama hermoso... la brisa... +el follaje... la luna... pues esto con acompañamiento de un buen +cuarteto... y ¡el paraíso! Oh, los versos... los versos a veces no dicen +tanto como el pentagrama. Estoy por la canción, por la poesía que se +acompaña en efecto de la lira o de la forminge.... ¿Tú sabes lo que era +la forminge, _phorminx_? + +Ana sonrió y le explicó el instrumento griego a su buen esposo. + +--Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pasó por la frente de Ana. + +El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez, +pausadas, vibrantes, llenando el aire de melancolía. + +--Pues es verdad que se oye--dijo Quintanar. + +Y después de un silencio, comentario de la hora, añadió: + +--¿Vamos a cenar?--¡A cenar!--gritó Ana. Y soltando el brazo de don +Víctor corrió, levantando un poco la falda de la _matinée_ que vestía, +hasta perderse en la obscuridad de la bóveda. Quintanar la siguió dando +voces: + +--Espera, espera... loca, que puedes tropezar. + +Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de la +escalinata de mármol, con una mano apoyada en el cancel dorado de la +puerta de la casa, a su querida esposa que extendía el brazo derecho +hacia la luna, con una flor entre los dedos. + +--Eh, ¿qué tal, Quintanar? ¿Qué tal efecto de luna hago?... + +--¡Magnífico! Magnífica estatua... original pensamiento... oye: «La +Aurora suplica a Diana que apresure el curso de la noche...». + +Ana aplaudió y atravesó el umbral. Don Víctor entró detrás diciéndose a +sí mismo en voz alta: + +--¡Hija mía! Es otra.... Ese Benítez me la ha salvado.... Es otra.... +¡Hija de mi alma! + +Cenaron en la vajilla de los marqueses. Los dos tenían muy buen apetito. +Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia Quintanar que +sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía un cuchillo aprobaba con +la cabeza. + +--La casa es alegre hasta de noche--dijo ella. + +Y añadió:--Toma, móndame esa manzana.... + +--«Móndame la manzana, móndame la manzana...» ¿dónde he oído yo eso?... +Ah ya.... + +Y se atragantó con la risa.--¿Qué tienes, hombre?--Es de una +zarzuela.... De una zarzuela de un académico.... Verás... se trata de la +marquesa de Pompadour: un señor Beltrand anda en su busca; en un molino +encuentra una aldeana... y como es natural se ponen a cenar juntos, y a +comer manzanas por más señas. + +--Como tú y yo .--Justo. Pues bueno, la aldeana, como es natural +también, coge un cuchillo. + +--Para matar a Beltrand.... + +--No, para mondar la manzana.... + +--Eso ya es inverosímil. + +--Lo mismo opinan Beltrand y la orquesta. La orquesta se eriza de +espanto con todos sus violines en trémolo y pitando con todos sus +clarinetes; y Beltrand canta, no menos asustado: + +_(Cantando y puesto en pie)_ + + ¡Cielos! monda la manzana; + ¡es la marquesa + de Pompadour!... + ¡de Pompadour!... + +Ana soltó el trapo. Rió de todo corazón el disparate del académico y la +gracia de su marido. «La verdad era que Quintanar parecía otro». + +Petra sirvió el té.--¿Ha vuelto Anselmo de Vetusta?--preguntó el amo. + +--Sí, señor, hace una hora.... + +--¿Ha traído los cartuchos? + +--Sí, señor.--¿Y el alpiste?--Sí, señor.--Pues dile que mañana muy +temprano tiene que volver a la ciudad, con un recado para el señor +Crespo. Deja... voy yo mismo a enterarle.... Escribiré dos letras; ¿no te +parece, Ana? ese Anselmo es tan bruto.... + +Salió el amo del comedor. Petra dijo, mientras levantaba el mantel: + +--Si la señorita quiere algo... yo también pienso ir mañana al ser de +día a Vetusta... tengo que ver a la planchadora... si quiere que lleve +algún recado... a la señora Marquesa... o.... + +--Sí: llevarás dos cartas; las dejaré esta noche sobre la mesa del +gabinete y tú las cogerás mañana, sin hacer ruido, para no despertarnos. + +--Descuide usted. Una hora después don Víctor dormía en una alcoba +espaciosa, estucada, con dos camas. En el gabinete contiguo Ana escribía +con pluma rápida y que parecía silbar dulcemente al correr sobre el +papel satinado. + +--No tardes; no escribas mucho, que te puede hacer daño. Ya sabes lo que +dice Benítez. + +--Sí, ya sé; calla y duerme. + +Ana escribió primero a su médico, que era en la actualidad el antiguo +sustituto de Somoza. Benítez, el joven de pocas palabras y muchos +estudios, observador y taciturno, había permitido a su enferma, a la +Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distraía, a ciertas horas +en que la aldea no ofrece ocupación mejor. «Escríbame usted a mí, por +ejemplo, de vez en cuando, diciéndome lo que sabe que importa para mi +pleito. Pero si se siente mal de esas aprensiones dichosas no me dé +pormenores, bastan generalidades...». + +Ana escribía: «...Buenas noticias. Nada más que buenas noticias. Ya no +hay aprensiones: ya no veo hormigas en el aire, ni burbujas, ni nada de +eso; hablo de ello sin miedo de que vuelvan las visiones: me siento +capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus figuras de sesos y +demás interioridades, sin asco ni miedo. Hablo de mi temor a la locura +con Quintanar como de la manía de un extraño. Estoy segura de mi salud. +Gracias, amigo mío; a usted se la debo. Si no me prohibiera usted +_filosofar_, aquí le explicaría por qué estoy segura de que debo al plan +de vida que me impuso la felicidad inefable de esta salud serena, de +este placer refinado de vivir con sangre pura y corriente en medio de la +atmósfera saludable... pero nada de retórica; recuerdo cuánto le +disgustan las frases.... En fin, estoy como un reloj, que es la expresión +que usted prefiere. El régimen respetado con religiosa escrupulosidad. +El miedo guarda la viña, seré esclava de la higiene. Todo menos volver a +las andadas. Continúo mi diario, en el cual no me permito el lujo de +perderme en _psicologías_ ya que usted lo prohíbe también. Todos los +días escribo algo, pero poco. Ya ve que en todo le obedezco. Adiós. No +retarde su visita. Quintanar le saluda... roncando. Ronca, es un hecho. +_En aquel tiempo_ la Regenta hubiera mirado esto como una desgracia +suya, que le mandaba exprofeso el _destino_ para ponerla a prueba. ¡Un +marido que ronca! Horror... basta. Veo que tuerce usted el gesto. +Perdón. No más cháchara. A Frígilis que venga con usted o antes. Diga lo +que quiera mi esposo, si Crespo no viene a prepararme la caña y a +convencer a las truchas de que se dejen pescar no haremos nada. Adiós +otra vez. La esclava de su régimen, q. b. s. m., + + _Anita Ozores de Quintanar_». + +Después de firmar y cerrar esta carta, Ana se puso a continuar otra que +había empezado a escribir por la mañana. + +Ahora la pluma corría menos, se detenía en los perfiles. + +Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que +contestaba y que tenía delante de los ojos. + +«...No se queje de que soy demasiado breve en mis explicaciones. Ya le +tengo dicho, amigo mío, que Benítez me prohíbe, y creo que con razón, +analizar mucho, estudiar todos los pormenores de mi pensamiento. No ya +el hacerlo, sólo el pensar en hacerlo, en desmenuzar mis ideas, me da la +aprensión de volver a sentir aquella horrorosa debilidad del cerebro.... +No hablemos más de esto. Bastante hago si le escribo, pues prohibido me +lo tienen. Pero entendámonos. Lo prohibido no es escribir a usted. +¿Hablo ahora claro? Lo prohibido es escribir mucho, sea a quien sea, y +sobre todo de asuntos serios. + +»¿Qué cuándo volvemos a Vetusta? No lo sé. Fermín, no lo sé. + +»Que yo estoy mucho mejor. Es verdad. Pero quien manda, manda. Benítez +es enérgico, habla poco pero bien; ha prometido curarme si se le +obedece, abandonarme si se le engaña o se desprecian sus mandatos. Estoy +decidida a obedecer. Usted me lo ha dicho siempre: lo primero es que +tengamos salud. + +»¿Que hay tibieza tal vez? No, Fermín, mil veces no. Yo le convenceré +cuando vuelva. + +»¿Que rezo poco? Es verdad. Pero tal vez es demasiado para mi salud. ¡Si +yo dijera a Quintanar o a Benítez el daño que me hace, sana y todo, +repetir oraciones!... Que en mis cartas no hablo más que de don Víctor y +del médico. ¿Pero de qué quiere que le hable? Aquí no veo más que a mi +marido; y Benítez me acaba de salvar la vida, tal vez la razón.... Ya sé +que a usted no le gusta que yo hable de mis miedos de volverme loca... +pero es verdad, los tuve y le hablo de ellos, para que me ayude a +agradecer al médico (de quien tanto hablo) mi _salvación intelectual_. +¿Para qué me hubiera querido mi _hermano_ _mayor del alma_, sin el +alma, o con el alma obscurecida por la locura?... + +»¿Que se acabó esto y se acabó lo otro...? No y no. No se acabó nada. A +su tiempo volverá todo. Menos el visitar a doña Petronila. No me +pregunte usted por qué, pero estoy resuelta a no volver a casa de esa +señora. Y... nada más. No _puedo ser más larga_. Me está prohibido +(¡otra vez!). Acabo de cenar. Su más fiel amiga y penitente agradecida. + +_Ana Ozores_». + +«P. D.--¿Qué se conoce que tengo buen humor? También es verdad. Me lo da +la salud. Si lo tuviera malo y pensara mal, creería que a usted le pesa +de mi buen humor, a juzgar por el _tono_ con que lo dice. Perdón por +todas las faltas». + +Anita leyó toda esta carta. Tachó algunas palabras; meditó y volvió a +escribirlas encima de lo tachado. + +Y mientras pasaba la lengua por la goma del sobre, moviendo la cabeza a +derecha e izquierda, encogió los hombros y dijo a media voz: + +--No tiene por qué ofenderse. Se acostó en el lecho blanco y alegre que +estaba junto al de Quintanar. + +El viejo madrugaba más que Ana, y salía a la huerta a esperarla. A las +ocho tomaban juntos el chocolate en el invernáculo que él llamaba con +cierto orgullo enfático _la serre_. + +--¡Si esto fuera nuestro!...--pensaba a veces Quintanar contemplando +las plantas exóticas de los anaqueles atestados y de los jarrones +etruscos y japoneses más o menos auténticos. + +La Regenta no pensaba en los títulos de propiedad del Vivero; gozaba de +la naturaleza, de la salud y del relativo lujo que habían acumulado los +Vegallana en su famosa quinta, sin fijarse en nada más que gozar. Vivía +allí como en un baño, en cuya eficacia creía. + +Don Víctor salió de la huerta y atravesando prados, pumaradas y tierras +de maíz, buscó entre las casuchas vecinas la bajada al río Soto, y por +su orilla el lugar más a propósito para sentar sus reales y pescar, en +cuanto volviese Anselmo con los trastos necesarios. + +Ana, durante las horas del calor, que ya era respetable, subió a su +gabinete, y después de leer un poco, tendida sobre el lecho blanco, se +acercó al escritorio de palisandro, y hojeó su libro de memorias. +Siempre hacía lo mismo; antes de empezar a escribir en él repasaba +algunas páginas, a saltos.... + +Leyó la primera que casi sabía de memoria. La leyó con cariño de +artista. Decía así, en letra sólo para Ana inteligible, nerviosa y +rapidísima: + +«¡Memorias!... ¡Diario!... ¿por qué no? Benítez lo consiente». + +_Memorias de Juan García_, podría decir algún chusco.... Pero como esto +no ha de leerlo nadie más que yo.... ¿Qué es ridículo? ¡Qué ha de ser! +Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me +agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera +el _mundo_ me llamaría cursilona, literata... o romántica, como dice +Visita. A Dios gracias, estos miedos al qué dirán ya han pasado. La +salud me ha hecho más independiente. Sobre todo ¿qué han de decir si +nadie ha de leerlo? Ni Quintanar. Nunca ha entendido mi letra cuando +escribo deprisa. Estoy sola, completamente sola. Hablo conmigo misma, +secreto absoluto. Puedo reír, llorar, cantar, hablar con Dios, con los +pájaros, con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de mí. +Empecemos por un himno. Hagamos versos en prosa. «¡Salud, salve! A ti +debo las ideas nuevas, este vigor del alma, este olvido de larvas y +aprensiones... y el equilibrio del ánimo, que me trajo la calma +apetecida...». Suspendo el himno porque Quintanar jura que se muere de +hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna en la +boca.... ¡Ya bajo, ya bajo!... ¡Allá voy!.. + + * * * * * + +El Vivero, Mayo 1... Llueve, son las cinco de la tarde y ha llovido todo +el día. _In illo tempore_, me tendría yo por desgraciada sin más que +esto. Pensaría en la pequeñez--y la humedad--de las cosas humanas, en +el gran aburrimiento universal, etc., etc.... Y ahora encuentro natural y +hasta muy divertido que llueva. ¿Qué es el agua que cae sobre esas +colinas, esos prados y esos bosques? El tocado de la naturaleza. Mañana +el sol sacará lustre a toda esa verdura mojada. Y además, aquí en el +campo, la lluvia es una música. Mientras Quintanar duerme la siesta +(costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro +la ventana y oigo + + el rumor de la lluvia + sobre las hojas + y el ruido de las alas + de las palomas + +que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y +saliendo por las ventanas angostas. Ese palomar tiene algo de serrallo o +de casa de vecindad, según se mire. La vida común con sus horas de +hastío, de descuido, de pereza pública se refleja en las posturas de +esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las alas. Hay +parejas que se juntan por costumbre, _por deber_, pero se aburren como +si cada cual estuviese en el desierto. De repente el macho, supongo que +será el macho, tiene una idea, un remordimiento, _improvisa_ una pasión +_que está muy lejos de sentir_, y besa a la hembra, y hace la rueda y +canta el _rucutucua_ y se eriza de plumas.... Ella, sorprendida, sin +sacudir la pereza corresponde con tibias caricias, y a poco, ambos +fatigados, soñolientos, encontrando en la molicie de mojarse inmóviles, +inflados, mayor voluptuosidad que en los devaneos, vuelven a su +quietismo, tranquilos, sin rencores, sin engaño, sin quejarse de la +mutua displicencia. ¡Racionales palomas!--Quintanar ronca; yo escribo.... +Pie atrás. Esto no iba bien. Había algo de ironía; la ironía siempre +tiene algo de bilis.... Los amargos abren el apetito... pero más vale +tenerlo sin necesitarlos. A otra cosa. + + * * * * * + +Llueve todavía. No importa. Todo el diluvio no me arrancaría hoy un +gesto de impaciencia. La ventana está cerrada, los regueros del agua +resbalando por el cristal me borran el paisaje. Víctor ha salido con +Frígilis (segunda visita del buen Crespo, el único grande hombre que +conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pinón de Pepa--el casero de los +marqueses--recorren, como cobijados en una tienda de campaña, el bosque +de encinas que mi marido llama siempre seculares. Van a comprobar no sé +qué experimento de química, invención de Frígilis, según él. Dios les +haga felices y les conserve los pies secos. Hoy me siento inclinada a la +historia, a los recuerdos. No los temo. Poco más de cinco semanas han +pasado y ya me parece de la historia antigua todo aquello. + +¡Qué tres días! Yo me figuraba estar prostituida de un modo extraño +(aquí la letra de la Regenta se hace casi indescifrable para ella +misma.) ¡Todo Vetusta me había visto los pies desnudos, en medio de una +procesión, casi casi del brazo de Vinagre! ¡Y tres días con los pies +abrasados por dolores que me avergonzaban, inmóvil en una butaca! Llamé +a Somoza que se excusó. Vino el sustituto Benítez, silencioso, frío; +pero comprendí que me observaba con atención cuando yo no le miraba. +Debía de creer que yo me iba volviendo loca. Él lo niega, dice que todo +aquello lo explica la exaltación religiosa y la exquisita moralidad con +que decidí sacrificarme al bien del que creía ofendido por mis +pensamientos y desaires. Benítez cuando se decide a hablar parece +también un confesor. Yo le he dicho secretos de mi vida interior como +quien revela síntomas de una enfermedad. Conocía yo cuando le hablaba de +estas cosas, que él, a pesar de su rostro impasible, me estaba +aprendiendo de memoria.... El mal subió de los pies a la cabeza. Tuve +fiebre, guardé cama... y sentí aquel terror... aquel terror pánico a la +locura. De esto no quiero hablar ni conmigo misma. Lo dejo por hoy; voy +al piano a recordar la _Casta diva_... con un dedo». + + * * * * * + +Pasó Ana, sin querer leerlas, algunas hojas. En ellas había escrito la +historia de los días que siguieron al de la procesión, famosa en los +anales de Vetusta. Sí, se había creído prostituida; aquella publicidad +devota le parecía una especie de sacrificio babilónico, algo como +entregarse en el templo de Belo para la vigilia misteriosa. Además +sentía vergüenza; aquello había sido como lo de ser literata, una cosa +ridícula, que acababa por parecérselo a ella misma. No osaba pisar la +calle. En todos los transeúntes adivinaba burlas; cualquier murmuración +iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura. +«Había sido ridícula, había hecho una tontería»; esta idea fija la +atormentaba. Si quería huir de ella, se la recordaba sin cesar el dolor +de sus pies, que ardían, como abrasados de vergüenza; aquellos pies que +habían sido del público, desnudos una tarde entera. + +Si quería consolarse con la religión y el amparo del Magistral, su mal +era mayor, porque sentía que la fe, la fe vigorosa, puramente ortodoxa, +se derretía dentro de su alma. En cuanto a Santa Teresa había concluido +por no poder leerla; prefería esto al tormento del análisis irreverente +a que ella, Ana, se entregaba sin querer al verse cara a cara con las +ideas y las frases de la santa. ¿Y el Magistral? Aquella compasión +intensa que la había arrojado otra vez a las plantas de aquel hombre ya +no existía. Los triunfos habían desvanecido acaso a don Fermín. De todas +suertes, Ana ya no le tenía lástima; le veía triunfante abusar tal vez +de la victoria, humillar al enemigo...; ahora veía ella claro; por lo +menos no veía tan turbio como antes. Ella había sido tal vez un +instrumento en manos de su _hermano mayor_. Cierto que de Pas no había +vuelto a manifestar con movimientos patéticos que le descubrieran, ni +celos, ni amor, ni cosa parecida; Ana le observaba con miradas de +inquisidor, de las que algo le remordía la conciencia, y sin embargo no +pudo notar síntomas de pasión mundana. ¿Veía ella mal? ¿Disimulaba él +bien? ¿O era que no había nada? Ello fue que la devoción antigua no +volvió, que la fe se desmoronaba, que las antiguas teorías que sin darse +entonces cuenta de ellas había oído a su padre, Ana las sentía dentro de +sí. + +Un panteísmo vago, poético, bonachón y romántico, o mejor, un deísmo +campestre, a lo Rousseau, sentimental y optimista a la larga, aunque +tristón y un poco fosco; esto, todo esto mezclado era lo que encontraba +ahora Ana dentro de sí y lo que se empeñaba en que fuera todavía pura +religión cristiana. No quería ella ni apostatar, ni filosofar siquiera; +también esto le parecía ridículo, pero sin querer las ideas, las +protestas, las censuras venían en tropel a su mente y a su corazón. Esto +era nuevo tormento. A pesar de todo seguía confesando a menudo con don +Fermín. Le guardaba ahora una fidelidad consuetudinaria; temía los +remordimientos si faltaba a lo que creía deber a aquel hombre. Temía +sobre todo que si rompía sus relaciones devotas con él, volviese una +reacción de lástima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la +arrastrase a otra locura como la del viernes Santo. Tantas ideas y +sentimientos encontrados, la vida retirada, y la conciencia de que en +ella algo padecía y se rebelaba y amenazaba estallar, fueron concausas +que trajeron las crisis nerviosas que estaba curando Benítez lo mejor +que podía. + +Con toda el alma había creído Ana que iba a volverse loca. A una +exaltación sentimental sucedía un marasmo del espíritu que causaba +atonía moral; la horrorizaba pensar que en tales días eran indiferentes +para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal. «Dios, como decía +ella, se le hacía migajas en el cerebro y entonces sentía un abandono +ambiente y una flaqueza de la voluntad que la atormentaban y producían +pánico; el extremo de la tortura era el desprecio de la lógica, la duda +de las leyes del pensamiento y de la palabra, y por último el +desvanecimiento de la conciencia de su unidad; creía la Regenta que sus +facultades morales se separaban, que dentro de ella ya no había nadie +que fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el vértigo, +el terror, que traía la reacción con gritos y pasmos periféricos». + +Por muchos días lo olvidó todo para no pensar más que en su salud; la +horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor desconocido, +extraño, del cerebro descompuesto. Llamó a Benítez con toda el alma, y +principio de la cura fue este mismo afán y el obedecer ciegamente las +prescripciones del médico. + +Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta baños, lo más y lo +principal lo encomendó al cambio de vida, a la distracción, al aire +libre, a la alegría, a las emociones tranquilas. ¡Al campo, al campo! +fue el grito de salvación, y Ana y Quintanar (que buen susto había +llevado también), gritaron sin cesar desde la mañana a la noche: ¡Al +campo, al campo! + +Pero, ¿dónde estaba el campo? Ellos no tenían en la provincia de Vetusta +una quinta de recreo. Don Víctor continuaba siendo propietario en +Aragón. + +Ana en un arranque de valor, de un valor mucho más heroico de lo que +podía suponer su marido, se atrevió a decir: + +--Quintanar, ¿qué te parece esta idea...? irnos a pasar unos meses, +hasta que vuelva el invierno.... + +--¿A dónde?--A tu tierra, a la Almunia de don Godino. + +Don Víctor dio un salto.--¡Hija, por Dios!... ya soy viejo para un +traqueteo tan grande de mis pobres huesos.... ¡La Almunia!... ¡con mil +amores... en otro tiempo, pero ahora! Yo amo la patria, es claro, soy +aragonés de corazón, y digo lo que el poeta, que es muy feliz el que no +ha visto + + más río que el de su patria; + +pero yo soy a estas horas más vetustense que otra cosa, y otro poeta lo +ha dicho también, el príncipe Esquilache: + + Porque es la patria al que dichoso fuere + donde se nace no, donde se quiere. + +¡La Almunia de don Godino! Dónde íbamos a parar.... Y además separarnos +de Frígilis... de don Álvaro, de los Marqueses, de Benítez, ¡imposible! + +No se pensó más en ello. Ana en el fondo del alma, se alegró de lo muy +vetustense que era aquel aragonés. + +Esta alegría se la ocultó a sí propia. Creyó haber cumplido con su deber +en este punto. + +Pero ¿a dónde irían a pasar aquellos meses de campo que Benítez exigía +como condición indispensable para la salud de Ana? + +Un día se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a más +de Quintanar y los Marqueses, Álvaro y Paco. + +--El médico--decía el ex-regente--exige que la aldea a donde vayamos +ofrezca una porción de circunstancias difíciles de reunir. + +--Veamos--dijo de Marqués.--Ha de estar cerca de Vetusta para que +Benítez pueda hacernos frecuentes visitas y para trasladar a Ana pronto +a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante cómoda, amena, ofrecer +un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba fresca, leche de +vacas... ¡qué sé yo! + +Don Álvaro tuvo una inspiración en aquel momento. Se acercó al oído de +Paco y dijo: + +--¡El Vivero! Paco adivinó y admiró. «¡Sólo el genio tenía aquellas +revelaciones!». + +Sin pensar en que secundaba planes mefistofélicos, dijo en voz baja: + +--Papá, no conozco más quinta que reúna las condiciones de Benítez que +una... que está a nuestra disposición.... + +Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su +hijo: + +--¡El Vivero!--¡Bravo, bravo, eureka!--repetía el Marqués--. Paco +tiene razón, ¡al Vivero! se van ustedes al Vivero. + +Y la Marquesa:--¡Hermosa idea! ¡Qué gusto! Y nos veremos a menudo antes +de irnos a baños.... + +Don Víctor protestó.--¡Cómo el Vivero! ¿Y ustedes? + +--Nosotros no vamos este año.--O iremos mucho más tarde.--Y cuando +vayamos cabremos todos.--Allí hemos dormido, cada cual con entera +independencia, más de veinte personas--advirtió Álvaro. + +--Es claro; aquello es un convento.--No se hable más, no se hable más. + +--¿Cómo que no se hable más? ¿Y mi delicadeza? + +A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que su mujer y +él y los criados que quisieran llevar, irían a pasar aquellos meses que +pedía Benítez en el Vivero, donde serían dueños absolutos.... Nada, nada, +los Marqueses no admitieron objeciones. + +--«¿No eran parientes?». + +--«Cierto que sí»--tuvo que responder, muy orgulloso, Quintanar. + +Ana al saber la noticia, comprendió que aquello era todo lo contrario de +irse a la Almunia de don Godino. Pero no quiso pensar en los peligros +que la estancia en el Vivero podía tener. Aborrecía ahora las +cavilaciones. Sin embargo, sin investigar las causas de ello, sintió +durante todo aquel día una alegría de niña satisfecha en sus gustos más +vivos, y aún más intenso fue su placer al despertar a la mañana +siguiente con este pensamiento: «Voy al Vivero a hacer vida de aldeana, +a correr, respirar, engordar... alegrar la vida... allí el sol, el agua +corriente, el follaje... la salud...» y como un acompañamiento musical +que encantaba toda aquella perspectiva, Ana sentía una indecisa +esperanza que era como un sabor con perfumes... una esperanza... no +quería pensar de qué... Pero ello era que el mundo parecía alegrarse, +que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo, de los +que se gozan cuando duran las ilusiones. «Aquel Benítez la estaba +rejuveneciendo». + +Después de las hojas del libro de memorias que se referían, a su modo, a +la materia que va reseñada brevemente, Ana encontró, y en ella se +detuvo, la página en que rápidamente había reflejado sus impresiones al +entrar en el Vivero en un día de Abril que parecía de Junio, alegre, +ardiente, despejado. + +Leyó con deleite aquella página, no recreándose en el estilo, sino en +los recuerdos. Decía: + + * * * * * + +«El Romero y el Clavel torcieron de repente; el landó se dobló sin +ruido, nos sacudió un poco, dejamos la carretera de Santianes y las +ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del +Vivero; los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos +hacían cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la frente +como cabello movido por el viento. Se abrió la gran puerta de la cerca +vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de la +_quintana_ vieja, despertando con el ruido resonancias en el silencio +del _palación_ cerrado y vacío. Por mi gusto nos hubiéramos quedado a +vivir en aquella casa inmensa, con dos torres de piedra parda y +soportales con columnas... pero el coche siguió al trote; el Marqués +tiene la vanidad de hacer que la entrada al Vivero _habitable_ sea por +aquí, por delante de la antigua mansión señorial.... Las ruedas vuelven a +callar, como enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estrépito con los +cascos briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y +flanqueada de pretil de mármol con macetas y rosetones de verdura +exótica. + +La _casa nueva_ nos sonríe enfrente y delante de la coquetona marquesina +de la entrada nos detenemos; silencio general... un momento. Habla el +sol... nosotros gozamos; la limpieza, la corrección, la elegancia +parecen allí obra de la naturaleza, y el follaje, el esplendor de su +verdura, los susurros del aire discreto, la hermosura de la perspectiva, +los vuelos graciosos de miles de pájaros, parecen importación del lujo; +riqueza y naturaleza se juntan allí; el sol, cortesano del _confort_, +alumbra más.... ¡Cosa extraña! Yo no había visto el Vivero hasta ahora, +lo que se llama ver, hasta ahora nunca había comprendido esta armonía +íntima del lujo y del campo. Está bien así. Debe haber rincones en la +tierra en que no haya nada feo, ni pobre ni triste. + +Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesión del Vivero, comen +con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta. + +Ya estamos solos. Examino toda la casa. En el piso bajo, salón, billar, +gabinete-biblioteca, galería de costura sobre el jardín, rodeada de +cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de mármol +blanco. ¡Qué alegría! Todo es cristal, flores, plantas de hojas +gigantescas, de colores fuertes, raros. Lo que me agrada más es el +capricho del Marqués en el piso principal; una galería con cierre de +cristales rodea todo el edificio. He dado dos vueltas a todo el corredor +como si nunca hubiera visto el Vivero. ¿Qué será que todo me parece +nuevo, mejor, más elegante, más poético? Quintanar está encantado, y se +me figura que tiene un poco de envidia. + + * * * * * + +Vida excelente. La primavera entró en mi alma. Madrugo. El baño me +fortifica y me alegra el espíritu. Tendida en la pila, con la mano en el +grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantasía como en sopor se +detiene en imágenes plásticas tranquilas y suaves. Después tiemblo +dentro de la sábana y vuelvo gozosa al calor de mi cuerpo, contenta de +la vida que siento circular por mis venas. La cabeza está firme; jamás +vienen a mortificarme ideas sutiles, alambicadas.... Pienso poco, +vagamente, y los pormenores de los accidentes ordinarios que me rodean +absorben lo mejor de mi atención. Benítez puede estar satisfecho. Así la +salud volverá con más fuerza. Vivir es esto: gozar del placer dulce de +vegetar al sol. + + * * * * * + +Y sin embargo hay horas en que las vibraciones de las cosas me hablan de +una música recóndita de ideas sentimientos. ¿Qué es esta esperanza de +un bien incierto? A veces se me antoja todo el Vivero escenario de una +comedia o de una novela.... Entonces me parece más solitario el bosque, +más solitario el palacio. Esta soledad parece meditabunda. Está todo en +silencio reflexivo, recordando los ruidos de la alegría y del placer que +latieron aquí, o preparándose a retumbar con la algazara de fiestas +venideras.... Insisto en ello, hay aquí algo de escenario antes de la +comedia. Los vetustenses que tienen la dicha de ser convidados a las +excursiones del Vivero son los personajes de las escenas que aquí se +representan.... Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaquinito, Álvaro... y +tantos otros han hablado aquí, han cantado, corrido, jugado, bailado... +reído sobre todo.... Y algo olfateo de la alegría pasada o algo presiento +de la alegría futura. Sí, Quintanar dice bien, esto es el paraíso, ¿qué +nos falta a nosotros en él? Según Quintanar, nada más que música.... Oh, +pues por música que no quede. Corro al salón a tocar _la donna é +movile_, con el dedo índice, mi único dedo músico. ¡Qué cursi es esto +según Obdulia!... ¡Una dama que no sabe tocar el piano más que con un +dedo! + + * * * * * + +Quintanar es feliz. ¡Y es tan bueno! ¡Cómo me cuida! ¡qué agasajos, qué +mimos! Parece otro. Piensa más en mí que en la marquetería. ¡Pasa días +enteros sin serrar nada! No hay alma que no tenga su poesía en el fondo. +Su alegría es demasiado bulliciosa, pero es sincera. Yo no podría vivir +aquí sin él. Imagínole ausente, me veo aquí sola y tengo miedo y siento +la soledad.... Luego no me estorba, luego su compañía me agrada. + + * * * * * + +Petra, la misma Petra, me gusta aquí en el campo. + +Se viste como las aldeanas del país, canta con ellas en la _quintana_, +se mete en la danza y toca la _trompa_ con maestría. Ayer, al morir el +día, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la lengüeta de hierro vibrando +entre sus labios, los aires del país monótonos y de dulce tristeza. +Pepe, el casero, cantaba cantares andaluces convertidos en +vetustenses... y Petra tañía la _trompa_ quejumbrosa, y yo sentía +lágrimas dulces dentro del pecho... y la vaga esperanza volvía a +iluminar mi espíritu. Cuanto más triste la lengüeta de la _trompa_, más +esperanza, más alegría dentro de mí. Todo esto es salud, nada más que +salud. + + * * * * * + +He traído al Vivero algunos libros de mi padre. Hacía muchos años que no +los había abierto. Quintanar los tenía en los cajones más altos de sus +estantes. + +¡Qué impresiones! He encontrado entre las hojas de una _Mitología +ilustrada_, pedacitos de yerba de Loreto... eran polvo; papeles escritos +en que reconocí mis garabatos de niña... y un marinero dibujado por mi +pluma que, según la leyenda que tiene al pie, era _Germán_. + + * * * * * + +Probablemente Benítez condenaría este afán de leer y me prohibiría la +desmedida afición. ¡Oh, qué cosas tan nuevas encuentro en estos libros +que apenas entendía en Loreto! Los dioses, los héroes, la vida al aire +libre, el arte por religión, un cielo lleno de pasiones humanas, el +contento de este mundo... el olvido de las tristezas hondas, del +porvenir incierto... un pueblo joven, sano en suma.... Quisiera saber +dibujar para dar formas a estas imágenes de la Mitología que me +asedian». + + * * * * * + +Ana, después de leer estas y otras páginas, escribió sus impresiones de +aquellos días. Don Víctor vino a interrumpirla para anunciarle que ya +había instalado su tienda de campaña a la orilla del río, en el paraje +más ameno y fresco, junto a una mancha de sombra en el agua, donde +infaliblemente habría truchas. + +Desde aquella tarde pescaron. Pescaron poco, pero muy alabado. Ana leía +sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras +sujetaba la caña con la mano izquierda, sin más fuerza que la necesaria +para que la corriente no la llevase. + +Mientras ella, a orillas del río Soto, a media legua de Vetusta en +compañía de su Quintanar, dejaba a las truchas escapar muertas de risa, +su imaginación, vuelta a los tiempos y a los parajes clásicos, se bañaba +en el Cefiso, aspiraba los perfumes de las rosas del Tempé, volaba al +Escamandro, subía al Taigeto y saltaba de isla en isla de Lesbos a las +Cíclades, de Chipre a Sicilia.... + +Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien +navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente pendían +racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica +orilla del Soto, llamada por la voz del ex-regente que gritaba: + +--¡Pero muchacha, que te están comiendo el cebo! + +No importaba; Ana era feliz y Quintanar también. «¡Parece otro!» se +decía ella. «¡Parece otra!» pensaba él. + +El tiempo volaba. Junio se metió en calor. Vetusta en verano es una +Andalucía en primavera. Ana todas las mañanas, _por la fresca_ recorría +la huerta y sacudía las ramas cargadas de cerezas acompañada de don +Víctor, Pepe el casero y Petra; llenaban grandes cestas, forradas con +hojas de higuera, de aquellos corales húmedos y relucientes; y la +Regenta sentía singular voluptuosidad sana y risueña al pasar la +finísima mano blanca por las cerezas apiñadas sobre la verdura de las +hojas anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del +Marqués y a veces a las de sus amigos. Una mañana vio Ana que Petra y +Pepe llenaban de la más colorada fruta un canastillo de paja blanca y de +colores. Ana se acercó a ayudarlos. De pronto dijo: + +--¿Para quién es esto?--Para don Álvaro--contestó Petra. + +--Sí, voy a llevárselo yo mismo a la fonda--añadió Pepe sonriendo ya a +la propina que veía en lontananza. + +Ana sintió que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto le +pareció de repente más dulce y voluptuoso. + +Y cuando nadie la veía, a hurtadillas, sin pensar lo que hacía, sin +poder contenerse, como una colegiala enamorada, besó con fuego la paja +blanca del canastillo. Besó las cerezas también... y hasta mordió una +que dejó allí, señalada apenas por la huella de dos dientes. + +Y asustada de su desfachatez pensó todo el día en la aventura, sin +vergüenza. + +«¡También esto era cosa de la salud!». + +La víspera de San Pedro, por la noche, el Magistral recibió un B. L. M. +del marqués de Vegallana invitándole a pasar el día siguiente, desde la +hora en que le dejasen libre sus deberes de la catedral, en el Vivero en +compañía de los dueños de la quinta y de sus actuales inquilinos los +señores de Quintanar, más otros muchos buenos amigos. Pertenecía el +Vivero a la parroquia rural de San Pedro de Santianes; Pepe el casero +era aquel año factor de la fiesta de la parroquia, y pensaba echar la +casa por la ventana, «para no dejar mal al señor Marqués». + +Anita, en la postdata de su última carta decía al confesor: + +«El Marqués me ha dicho que piensa invitar a usted a la romería de San +Pedro. Somos nosotros _los factores_... Supongo que no faltará usted. +Sería un solemne desaire». + +«No, no faltaré, pensaba don Fermín dando vueltas en la cama. Ojalá +tuviera valor para faltar, para despreciaros, para olvidarlo todo... +pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesión que me vence +siempre. Sí, si he de acabar por ir, si estoy seguro de que al fin he de +tomar el camino del Vivero, más vale ahorrarme el tormento de la batalla +y declararme vencido. Iré». + +Y no pudo dormir una hora seguida en toda la noche. Pero esto era +achaque antiguo ya. Desde que Anita «_había vuelto a engañarle_» don +Fermín no gozaba hora de sosiego. + +Como el Marqués no le había invitado a hacer el viaje en su coche, lo +cual tal vez indicaba cierta frialdad premeditada, que De Pas fingía no +sentir, tuvo el señor canónigo que ir en persona a alquilar una berlina. +Mandó que le esperase fuera del Espolón a las diez en punto. Fue a la +catedral, pero no pudo parar allí y a las nueve y media ya estaba en +medio de la carretera de Santianes o del Vivero paseándola a lo ancho, +agitado, pálido, de un humor de mil diablos. + +«¿A qué voy yo allá? De fijo estará el otro. ¿Que voy yo a hacer allí? +¡Maldito Vivero!». La berlina tardaba. De Pas daba pataditas de +impaciencia. Por fin llegó el coche destartalado, sucio, a paso de +tortuga. + +--¡Al Vivero, a escape!--gritó don Fermín dejándose caer como un plomo +sobre el asiento duro que crujió. + +Sonrió el cochero, sacudió un latigazo al aire, el caballo extenuado +saltó sobre la carretera dos o tres minutos, y como si aquello fuese +una falta de formalidad indigna de sus años, que eran muchos, volvió al +paso perezoso sin protesta de nadie. + +El Magistral recordó que en aquella misma berlina u otro coche de la +misma casa por lo menos, pocas semanas antes iba él llorando de alegría, +llena el alma de esperanzas, de proyectos que le hacían cosquillas en +los sentidos y en lo más profundo de las entrañas. Y ahora un +presentimiento le decía que todo había acabado, que Ana ya no era suya, +que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero era ridículo; que si +estaba allí Mesía, como era casi seguro, todas las ventajas eran del +petimetre. Vestía el Provisor balandrán de alpaca fina con botones muy +pequeños, de esclavina cortada en forma de alas de murciélago. Tenía +algo su traje del que luce Mefistófeles en el _Fausto_ en el acto de la +serenata. Había deliberado mucho tiempo a solas: ¿qué ropa llevaría? +Cada vez le pesaba más la sotana y le abrumaba más el manteo. El +sombrero de teja larga era odioso; demasiado corto era cursi, ridículo, +parecía cosa de don Custodio; muy cerrado, antiguo, muy abierto, indigno +de un Vicario general. ¿Iría de levita? ¡Vade retro! No, el cura de +levita se convierte por fuerza en cura de aldea o en clérigo liberal. El +Magistral muy pocas veces recurría a tal indumentaria. Oh, si le fuera +lícito vestir su traje de cazador, su zamarra ceñida, su pantalón fuerte +y apretado al muslo, sus botas de montar, su chambergo, entonces sí, +iría de paisano, y la vanidad le decía que en tal caso no tendría que +temer el parangón con el arrogante mozo a quien aborrecía. Sí, a quien +aborrecía. Don Fermín ya no se lo ocultaba a sí mismo. No daba nombre a +su pasión, pero reconocía todos sus derechos y estaba muy lejos de +sentir remordimientos. «Él era cura, cura, una cosa ridícula, puestas +las cosas en el estado a que habían llegado». Había comprendido que Ana +sentía repugnancia ante el canónigo en cuanto el canónigo quería +demostrarle que además era hombre. «¡Y sí era hombre vive Dios que era +hombre, y tanto y más que el otro; capaz de deshacerle entre sus brazos, +de arrojarle tan alto como una pelota!...». Dejaba de pensar en sus +tristezas y en su cólera. Miraba como tonto los accidentes del paisaje, +los palos del telégrafo que iba dejando atrás de tarde en tarde. Tuvo +que levantar los vidrios de las ventanillas porque el polvo le sofocaba. +El sol le aburría y le picaba; no había cortinas. El viaje se hacía +interminable. Aquella media legua se había estirado indefinidamente. «El +Marqués se había portado como un grosero no ofreciéndole un asiento en +su coche. La culpa la tenía él que había aceptado el convite. ¿Pero qué +remedio?». + +Oyó el estrépito de cascos de caballo que machacaba la grava reciente +detrás de la berlina. Se asomó a ver quiénes eran los jinetes y +reconoció a don Álvaro y a Paco que pasaron al galope de dos hermosos +caballos blancos, de pura raza española. + +Ellos no le vieron; el placer de la carrera los llevaba absortos y no +repararon en la mísera berlina que seguía al paso. Incapaz de toda noble +emulación, el mísero jaco de alquiler siguió caminando lo menos posible, +seguro de que la felicidad no estaba en el término de ninguna carrera de +este mundo. Para comer mal siempre se llega a tiempo. Esta era toda su +filosofía. El cochero debía de ser discípulo del caballo. + +Cuando el Magistral llegó al Vivero no había ningún convidado en la +casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban tampoco. + +Petra se le presentó vestida de aldeana, con una coquetería provocativa, +luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana sujeto atrás, +sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy apretado al cuerpo +esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubría otra roja que se +vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela. Estaba hermosa +y segura de ello. Sonrió al Magistral, y dijo: + +--Los señores están en San Pedro. + +--Ya lo suponía, hija mía, pero vengo muerto de sed y.... + +La aldeana fingida sirvió en la glorieta del jardín al Magistral un +refresco delicioso que improvisó con arte. + +--Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hacían +allí los señores. + +Petra dijo que doña Ana parecía otra: ¡qué alegre! ¡qué revoltosa! nada +de encerrarse en la capilla horas y horas, nada de rezar siglos y +siglos, nada de leer a su Santa Teresa eternidades.... Vamos, era otra. +¿Y salud? Como un roble. + +--¿El señorito Paco vino?--preguntó de repente De Pas. + +--Sí, señor, hará un cuarto de hora. Llegaron él y el señorito Álvaro, a +caballo, a escape; tomaron un refresco como usted, y corrieron a San +Pedro.... Creo que no habían oído misa y quisieron coger la de la +fiesta.... + +En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de +cohetes cargados de dinamita. + +--Ya están al alzar--dijo la doncella. + +Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que +preguntó: + +--¿La iglesia está cerca, creo, saliendo por ahí por el bosque, verdad? + +--Sí, señor; pero hay tres callejas que se cruzan y puede darse en el +río en vez de... si quiere usted ir, le acompañaré yo misma; ahora no +tengo nada que hacer allá dentro.... + +--Si eres tan amable.... Petra echó a andar delante del Magistral. Por un +postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de corpulentas +encinas y robles retorcidos y ásperos. Ocupaba el bosque las laderas de +una loma y el altozano, que era lo más espeso. Subía un repecho y don +Fermín veía los bajos irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo +Petra, más algo de la muy bordada falda blanca y de una media de seda +calada, refinada coquetería que quitaba propiedad al traje y por lo +mismo le daba picante atractivo. + +--¡Qué calor, don Fermín!--decía la rubia, enjugando el sudor de la +frente con pañuelo de batista barata. + +--Mucho, rubita, mucho--respondía el Magistral, desabrochándose el +maldito balandrán y soplando con fuerza. + +--Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que allá en Matalerejo +tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos.... + +--¿Quién te lo ha dicho a ti? + +--¡Bah! Teresina...--¿Sois amigas, eh?--Mucho. Silencio. Los dos +meditan. El canónigo reanuda el diálogo. + +--No creas; yo, aquí donde me ves, soy un aldeano; juego a los bolos que +ya ya.... + +Petra se detuvo y se volvió para ver a don Fermín que hacía el ademán de +arrojar una bola de roble por la cóncava bolera adelante.... + +Rió la doncella y continuando la marcha, dijo: + +--No, que es usted fuerte no necesita decirlo: bien a la vista está. + +Callaron otra vez. Detrás de la loma, y ya más cerca, estallaron cohetes +de dinamita y en seguida la gaita y el tamboril de timbre tembloroso, +apagadas las voces por la distancia, resonaron al través de la hojarasca +del bosque. + +La gaita hablaba a las entrañas del Provisor y de Petra, ambos aldeanos. +Volvieron a mirarse y a sonreírse. + +--Ya vuelven--dijo Petra, deteniéndose de nuevo. + +--¿Llegamos tarde? + +--Sí, señor; la comitiva tomará el camino de la calleja de abajo y +cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estarán en el Vivero.... + +--De modo.... + +--De modo, que es mejor volvernos. ¡Ay, don Fermín, perdóneme usted este +paseo... esta molestia!... + +--No, hija, no hay de qué... al contrario.... Aquí se está bien... esta +sombra... pero yo estoy algo cansado... y con tu permiso... entre +aquellas raíces, sobre aquel montón verde y fresco de yerba segada... +¿eh? ¿qué te parece? voy a sentarme un rato.... + +Y lo hizo como lo dijo. Petra, sin atreverse a sentarse y sin querer +dejar el puesto, miró al suelo ruborosa, hizo movimientos felinos, y se +puso a retorcer una punta del delantal.... + +--¿Cansado? ¡bah!--se atrevió a decir--un mozo como usted.... + +La gaita y el tambor llenaban las bóvedas verdes con sus chorretadas, +alegres ahora, luego melancólicas, cargadas siempre de ideales perfumes +campestres, de recuerdos amables. + +El Magistral mordía yerbas largas y ásperas y meditaba con una sonrisa +amarga entre los labios. «¡Ironías de la suerte! El fruto que se +ofrecía, que le caía en la boca, allí... despreciado... y el imposible +codiciado... cuanto más imposible, más codiciado.... Sin embargo, para +que fuese menos ridícula su situación en el Vivero, le parecía muy +oportuno poner por obra lo que meditaba. Y además, a él le convenía +tener de su parte a la doncella de la Regenta, hacerla suya, +completamente suya...». + +--Petra.... + +--¿Señor?--gritó ella fingiendo susto. + +--¿Quieres crecer? Pues bastante buena moza eres. Mira, no seas tonta... +si no tienes prisa... puedes sentarte.... Así como así, yo quisiera +preguntarte... algunas cositas respecto de.... + +--Lo que usted quiera, don Fermín. Por aquí de fijo no pasa nadie; +porque, sobre que poca gente atraviesa el bosque para ir a la iglesia, +los que van siguen la trocha casa del leñador; es muy fresca y tiene +asientos muy cómodos. + +--Mejor que mejor. Hablaremos más a gusto. Vamos allá. + +Se levantó y emprendieron la marcha. Subían en silencio. El monte se +hacía más espeso. + +La gaita y el tambor sonaban ya muy lejos, como una aprensión de ruido. + +Petra, al llegar a la casa del leñador, se dejó caer sobre la yerba, +algo distante de don Fermín; y encarnada como su saya bajera, se atrevió +a mirarle cara a cara con ojos serios y decidores. + +El Magistral se sentó dentro de la cabaña. + +Hablaron. Por algo don Fermín temía el momento de encontrarse con la +comitiva, como decía Petra. Cuando media hora después entraba solo por +el postigo del bosque en la huerta, lo primero que vio fue a la Regenta +metida en el pozo seco, cargado de yerba, y a su lado a don Álvaro que +se defendía y la defendía de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira, +Paco, Joaquín y don Víctor que arrojaban sobre ellos todo el heno que +podían robar a puñados de una vara de yerba, que se erguía en la próxima +pomarada de Pepe el casero. + +El Marqués gritaba desde la galería del primer piso: + +--¡Eh, locos! ¡locos! que os echo los perros, que destrozáis la yerba de +Pepe.... ¿Qué va a cenar el ganado? ¡Locos!...--Pepe, no lejos del pozo, +vestido con los trapos de cristianar, más una corbata negra que había +creído digna de un factor, dejaba hacer, dejaba pasar, se rascaba la +cabeza y sonreía gozoso.... + +--Deje, señor, deje que _rebrinquen_ los señoritos, que la _erba_ yo la +apañaré... en sin perjuicio.... + +La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados, +no pudo ver al Magistral hasta que se acabó la broma y le tocó salir del +pozo... con ayuda de don Álvaro y los que estaban fuera. + +No se avergonzó de que su confesor la hubiera visto en tal situación.... +Le saludó amable, bulliciosa, y volvió con Obdulia, con Visita y con +Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaquín, don Álvaro +y don Víctor. + +Del Magistral se apoderó el Marqués que le llevó al salón donde estaban +la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa y su hija mayor, que no +quería correr con _aquellos locos_; el Barón, Ripamilán, Bermúdez, que +tampoco quería correr, Benítez el médico de Anita, y otros vetustenses +ilustres. + +--Mire usted, señor Provisor--dijo Vegallana--; la fiesta se ha dividido +en dos partes: como Pepe es el factor, ha convidado a todos los curas de +la comarca, catorce salvo error; yo les he propuesto venirse a comer +aquí con nosotros, pero como algunos de ellos son cerriles, comprendí +que preferían verse libres de damas y caballeretes de la ciudad y se les +ha puesto su mesa en el palacio viejo, donde yo pienso acompañarlos. +Ahora bien, yo proponía a Ripamilán que viniese conmigo, pero él no +quiere.... Si usted fuese tan amable que me acompañara, aquellos buenos +párrocos se creerían honrados infinitamente... ¡ya ve usted, como usted +es el señor Vicario general!... + +No hubo más remedio. El Magistral tuvo que comer con el Marqués y los +curas en el palacio viejo. + +Petra se encargó de presidir el servicio de la _mesa de aldea_, aún +vestida de aldeana del país, y colorada, echando chispas de oro de los +rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos, elocuentes, +llenos de una alegría maligna que robaba los corazones de los aldeanos y +de algunos clérigos rurales. + +A la hora del café don Fermín no pudo resistir más, se escapó como pudo +y volvió a la casa nueva, donde la algazara había llegado a ser +estrépito de los diablos. En el momento de entrar él, don Víctor (con +una montera _picona_ en la cabeza) cantaba un dúo con Ripamilán, +rejuvenecido, junto al piano, que tocaba como sabía don Álvaro, con un +puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos +brillantes que el humo del cigarro cegaba. + +Las señoras ya no estaban allí. La Marquesa, la gobernadora y la +Baronesa paseaban por la huerta; la gente _joven_, Obdulia, Visita, Ana, +Edelmira y la niña del Barón, corrían solas por el bosque. + +Se las oía gritar, desde la galería de cristales. Obdulia, Visita y +Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los hombres. + +Así lo comprendió Joaquín que propuso a Paco dejar el concierto de +Quintanar y don Cayetano y correr detrás de _aquellas_. + +--Deja, luego--decía Paco, que gozaba mucho con las canciones +antiquísimas de Ripamilán y ya se iba cansando a ratos de su prima. + +Cuando Quintanar y el Arcipreste se quedaron roncos, que fue pronto, se +dejó el piano y se cumplieron los deseos de Orgaz. Él, Paco, Mesía y +Bermúdez salieron de la casa y entraron en el bosque. «Ya no se oían los +gritos de _aquellas_». «¿Se habrían escondido?». «Eso debía de ser». + +«A buscarlas cada cual por su lado». + +«¡Magnífico! ¡magnífico!». + +Se dispersaron y pronto dejaron de verse unos a otros. + +Bermúdez, en cuanto se sintió solo, se sentó sobre la yerba. Un +encuentro a solas con cualquiera de aquellas señoras y señoritas en un +bosque espeso de encinas seculares, le parecía una situación que exigía +una oratoria especial de la que él no se sentía capaz. Y, sin embargo, +¡qué deliciosa podría ser una conferencia íntima con Obdulia o con Ana +_sobre la verde alfombra_! + +El Magistral tuvo que quedarse con Ripamilán, don Víctor, el gobernador, +Benítez y otros señores graves. Benítez era joven, pero prefería hacer +la digestión sentado y fumando un buen cigarro. + +Don Víctor se acercó al médico, en el hueco de un balcón y De Pas pudo +oír el diálogo que entablaron. + +--¡Oh! no puede figurarse usted cuánto le debo. + +--¿A mí, don Víctor? + +--Sí a usted; Ana es otra. ¡Qué alegría, qué salud, qué apetito! Se +acabaron las cavilaciones, la devoción exagerada, las aprensiones, los +nervios... las locuras... como aquella de la procesión.... Oh, cada vez +que me acuerdo se me crispan los... pues nada, ya no hay nada de +aquello. Ella misma está avergonzada de lo pasado. Se ha convencido de +que la santidad ya no es cosa de este siglo. Este es el siglo de las +luces, no es el siglo de los santos. ¿No opina usted lo mismo, señor +Benítez? + +--Sí señor--dijo el médico sonriendo y chupando su cigarro. + +--¿De modo que usted opina que mi mujer está curada del todo?... +¿radicalmente?... + +--Doña Ana, amigo mío, no estaba enferma; se lo he dicho a usted cien +veces; lo que tenía se curaba sin más que cambiar de vida; pero no era +enfermedad... por eso no puede decirse con exactitud que se ha curado... +por lo demás... esa misma exaltación de la alegría, ese optimismo, ese +olvido sistemático de sus antiguas aprensiones... no son más que el +reverso de la misma medalla. + +--¿Cómo? usted me asusta. + +--Pues no hay por qué. Doña Ana es así; extremosa... viva... +exaltada... necesita mucha actividad, algo que la estimule... +necesita.... + +Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los +ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca. + +--¿Qué necesita?--Eso... un estímulo fuerte, algo que le ocupe la +atención con... fuerza...; una actividad... grande... en fin, eso... que +es extremosa por temperamento.... Ayer era mística, estaba enamorada del +cielo; ahora come bien, se pasea al aire libre entre árboles y flores... +y tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la manía de la +salud.... + +--Es verdad; no habla más que de la salud la pobrecita. + +--¡Qué pobrecita! ¿Pobrecita por qué? + +--¿Por qué? por esos extremos... por esos estímulos que necesita.... + +--¿Y eso qué importa? Su temperamento exige todo eso.... + +--¿De modo que usted cree que ayer era devota, exageradamente devota +porque... tal vez había quien influía en su espíritu en cierto +sentido?... + +--Justo. Es muy probable. Don Víctor, aturdido como solía, hablaba sin +miedo de ser oído, sin ver al Magistral, que fingiendo leer un periódico +y a ratos atender a Ripamilán, se esforzaba en no perder ni una palabra +del diálogo del balcón. + +--¿De modo... que el cambio de Anita se debe a... otra influencia?... +¿su pasión por el campo, por la alegría, por las distracciones se +debe... a un nuevo influjo? + +--Sí señor; es un aforismo médico: _ubi irritatio ibi fluxus_. + +--¡Perfectamente! ¡_Ubi irritatio_... justo, _ibi_... _fluxus_! + +¡Convencido! Pero aquí el nuevo influjo... ¿dónde está? Veo el otro, el +clero, el jesuitismo... pero, ¿y este? ¿quién representa esta nueva +influencia... esta nueva _irritatio_ que pudiéramos decir?... + +--Pues es bien claro. Nosotros. El nuevo régimen, la higiene, el +Vivero... usted... yo... los alimentos sanos... la leche... el aire... +el heno... el tufillo del establo... la brisa de la mañana... etc., etc. + +--Basta, basta; comprendido... la higiene... la leche... el olor del +ganado... ¡magnífico!... ¡De modo que Ana está salvada! + +--Sí señor.--¿Porque esta nueva exageración no puede llevarnos a nada +malo?... + +Benítez escupió un pedazo del puro, que había roto con los dientes, y +contestó con la misma sonrisa de antes: + +--A nada.--¡Santa Bárbara!--gritó Quintanar cerrando los ojos y +poniéndose en pie de un salto. + +Y tras el relámpago, que le había deslumbrado, retumbó un trueno que +hizo temblar las paredes. Cesaron todas las conversaciones, todos se +pusieron en pie; Ripamilán y don Víctor estaban pálidos. Eran dos +hombres valientes de veras que se echaban a temblar en cuanto sonaba un +trueno. + +Ripamilán, aunque algo sordo de algunos años acá, había oído +perfectamente la descarga de las nubes y ya se sentía mal. No tenía +bastante confianza para pedir un colchón con que taparse la cabeza, +según acostumbraba hacer en su casa. + +Todos los convidados, menos los dos miedosos, se acercaron a los +balcones para ver llover. Caía el agua a torrentes. Allá al extremo de +la huerta se veía a la Marquesa y a las señoras que la acompañaban +refugiadas bajo la cúpula del Belvedere que dominaba el paisaje, en una +esquina del predio, junto a la tapia. + +--¿Y los chicos?--preguntó Ripamilán asustado, fingiendo temer por los +demás. + +Llamaba _los chicos_ a los que habían salido al bosque. + +--¡Es verdad! ¿Qué era de ellos? Hay que buscarlos.... Se van a poner +perdidos--exclamó Quintanar, acordándose de su mujer, lleno de +remordimientos por no haberlo dicho antes. + +El Magistral no pensaba en otra cosa, pero callaba. Estaba pasando un +purgatorio y aquello era ya el colmo. «Los otros en el bosque... y el +cielo cayendo a cántaros sobre ellos.... ¡A qué cosas no estaría +obligando la galantería de don Álvaro en aquel momento!». + +--Es preciso ir a buscarlos--decía el gobernador. + +--Hay que llevarles paraguas...--Y el caso es que la Marquesa está +sitiada por el chubasco allá abajo y no puede disponer.... + +--Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y +mandar.... + +Y se deliberó largamente qué se haría. + +--Hay que salvar a los náufragos--dijo el Barón a guisa de chiste. + +El Magistral, que había salido del salón, se presentó con dos paraguas +grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreció uno a don Víctor, diciendo: + +--Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que también lo soy... +¡al monte! ¡al monte! + +Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole +con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores. + +--¡Bravo, bravo!--gritaron aquellos señores, que aplaudían el heroísmo +ajeno. + +Un trueno formidable, simultáneo con el relámpago, estalló sobre la casa +y puso pálidos a los más valientes. + +--¡Vamos, vamos, pronto!--gritó el Magistral, cuya palidez no la +causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su mala suerte, +a sarcasmos del diablo que se burlaba de él y de su miserable condición +de clérigo. + +--Pero... don Fermín--se atrevió a decir Quintanar--por lo mismo que soy +cazador... conozco el peligro.... El árbol atrae el rayo.... Ahí arriba +también hay laureles, el laurel llama la electricidad; ¡si fueran pinos +menos mal! ¡pero el laurel!... + +--¿Qué quiere usted decir? ¿Que los parta un rayo a los otros? No ve +usted que con ellos está doña Ana.... + +--Sí, verdad es... pero ¿no podría ir Pepe con algún criado... con +Anselmo...? Usted va a mojarse el balandrán... y la sotana.... + +--¡Al monte! ¡don Víctor, al monte!--rugió el Provisor. + +Y la voz terrible fue apagada por un trueno más horrísono que los +anteriores. + +--Señores--dijo Ripamilán que estaba escondido en una alcoba--. No se +apuren ustedes, los chicos deben de estar a techo. + +--¿Cómo a techo?...--Sí, Fermín, no se asuste usted. A techo... en la +casa del leñador que usted no conoce; es una cabaña rústica, que el +Marqués se hizo construir con cañas y césped allá arriba, en lo más +espeso del monte.... + +El Magistral no quiso oír más. Salió con un paraguas bajo el brazo y +dejó caer el otro a los pies de don Víctor. + +El cual recogió el arma defensiva, que llamó escudo para sus adentros, y +siguió sin chistar «al loco del Magistral», sin explicarse por qué se +empeñaba en que fueran ellos a buscar a la Regenta y no los criados. + +Tampoco los señores del salón comprendían aquello; y sonreían con +discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un misterio la +conducta del Magistral. + +--Tenía razón don Víctor--advirtió el barón--¿por qué no habían de haber +ido los criados? + +--Además--dijo el gobernador--eso parece una lección a todos nosotros, +especialmente a usted que tiene por allá a su hija.... + +El trueno que estalló en aquel instante se le antojó a Ripamilán que +había metido cien rayos en la casa. + +El miedo ya era general.--Ea, ea, señores--dijo el Arcipreste desde la +alcoba--a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso de ustedes... _In +nomine Patris_... + + + + +--XXVIII-- + + +--¿Adónde van ustedes?--gritaba la Marquesa desde el _Belvedere_ al +Magistral y a don Víctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia, +corrían por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua +por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero. + +--¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don +Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que +tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas. + +La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por señas, pero don Víctor +ya no la entendía y don Fermín ni la oía siquiera. + +--Pero aguarde usted, santo varón; espere usted, ¡deliberemos; formemos +un plan!... ¿a dónde me lleva usted? + +Por lo visto tampoco oía a Quintanar aquel santo varón, porque +continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrás un momento. + +De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y +bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex-regente, +que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia. + +--¡Esto es un telar!--gritaba, y se envolvía en los hilos como si fueran +cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caía de hinojos, +blasfemando, contra su costumbre. + +--También es ocurrencia de chicos venir al monte a divertirse.... Si no +hay más que arañas y espinas.... Don Fermín, espere usted por las once +mil... de a caballo, que yo me pierdo y me caigo. + +Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto. + +No osó blasfemar otra vez.--¡Don Fermín! ¡don Fermín! ¡espere usted en +nombre de la humanidad! + +De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima y +disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría: + +--Parece mentira que sea usted cazador. + +--Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un +bombardeo... y las arañas se me meten en el estómago... y sobre todo a +mí me gustan las acciones heroicas que tienen alguna utilidad. _Nisi +utile est id quod facimus, stulta est gloria_ ha dicho Baglivio. ¿A +dónde vamos nosotros, a ver, dígalo usted si lo sabe? + +--A buscar a doña Ana que estará... poniéndose perdida.... + +--¡Quiá perdida! ¿Cree usted que son tontos? De fijo están a techo.... +¿Cree usted que han de estar papando... arañas y nadando como nosotros? +¿Además no tienen pies para volverse a casa? ¿No saben el camino? Dirá +usted que les llevamos paraguas; ¿y para qué sirven los paraguas? + +El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no servían de +nada en el bosque. + +--Haga usted lo que quiera--dijo--yo sigo. + +--Eso es darme una lección--replicó don Víctor algo picado y +continuando también la ascensión penosa. + +--No señor.--Sí señor; eso... es ser más papista que el Papa. Me parece +a mí que mi mujer me importa más a mí que a nadie.... Y usted dispense +este lenguaje... pero, francamente, esto ha sido una quijotada. + +Quintanar comprendió que aquello era una insolencia, pero estaba furioso +y no quiso recogerla. + +El primer impulso de don Fermín fue descargar el puño del paraguas sobre +la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en aquella ocasión; +pero se contuvo por multitud de consideraciones... y continuó subiendo +en silencio. + +A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonarían a +un náufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas llevaba +clavadas en el cerebro con clavos de fuego: _Ubi irritatio ibi fluxus_ +decía una; y la otra: ¡estarán en la casa del leñador! No creía el +Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte, +combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente +enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra, +con las escenas también campestres en que temía groseramente ver +enredada a la Regenta. + +«¡_Ubi irritatio ibi fluxus_!» iba pensando; es verdad, es verdad... he +estado ciego... la mujer siempre es mujer, la más pura... es mujer... y +yo fuí un majadero desde el primer día.... Y ahora es tarde... y la perdí +por completo. Y ese infame.... + +Echó a correr monte arriba. «¡Pero ese hombre está loco!», pensaba +Quintanar, que le seguía jadeante, con un palmo de lengua colgando y a +veinte pasos otra vez. + +El Magistral procuraba orientarse, recordar por dónde había bajado pocas +horas antes de la casa del leñador. Se perdía, confundía las señales, +iba y venía... y don Víctor detrás, librándose de las arañas como de +leones, de sus hilos como de cadenas. + +«Lo mejor es subir por la máxima pendiente, ello está hacia lo más +alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar...». + +Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don Víctor, con cara amable y voz +dulce y suplicante advirtió: + +--Señor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que separarnos; +hágame usted el favor de subir por ahí, por la derecha.... + +Don Víctor se negó, pero el Magistral insistiendo, y con alusiones +embozadas al miedo positivo de su compañero, logró picar otra vez su +amor propio y le obligó a torcer por la derecha. + +Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subió corriendo cuanto podía, +tropezando con troncos y zarzas, ramas caídas y ramas pendientes.... Iba +ciego; le daba el corazón, que reventaba de celos, de cólera, que iba a +sorprender a don Álvaro y a la Regenta en coloquio amoroso cuando menos. +«¿Por qué? ¿No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaquín, +Visita, Obdulia y los demás que habían subido al bosque?». No, no, +gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don Álvaro sabe mucho de +estas aventuras, ya habrá él aprovechado la ocasión, ya se habrá dado +trazas para quedarse a solas con ella. Paco y Joaquín no habrán puesto +obstáculos, habrán procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y +Edelmira respectivamente. Visitación los habrá ayudado. Bermúdez es un +idiota... de fijo están solos. Y vuelta a correr cuanto podía, +tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrán empapado +que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de lodo y +telarañas mojadas. También él llevaba la boca y los ojos envueltos en +hilos pegajosos, tenues, entremetidos. + +Llegó a lo más alto, a lo más espeso. Los truenos, todavía formidables, +retumbaban ya más lejos. Se había equivocado, no estaba hacia aquel lado +la cabaña. Siguió hacia la derecha, separando con dificultad las espinas +de cien plantas ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las +ramas la caseta rústica.... Alguien se movía dentro.... Corrió como un +loco, sin saber lo que iba a hacer si encontraba allí lo que +esperaba..., dispuesto a matar si era preciso... ciego.... + +--¡Jinojo! que me ha dado usted un susto...--gritó don Víctor, que +descansaba allí dentro, sobre un banco rústico, mientras retorcía con +fuerza el sombrero flexible que chorreaba una catarata de agua clara. + +--¡No están!--dijo el Magistral sin pensar en la sospecha que podían +despertar su aspecto, su conducta, su voz trémula, todo lo que delataba +a voces su pasión, sus celos, su indignación de marido ultrajado, +absurda en él. + +Pero don Víctor también estaba preocupado. No le faltaba motivo. + +--Mire usted lo que me encontrado aquí--dijo y sacó del bolsillo, entre +dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata. + +--¿Qué es eso?--preguntó De Pas, sin poder ocultar su ansiedad.--¡Una +liga de mi mujer!--contestó aquel marido tranquilo como tal, pero +sorprendido con el hallazgo por lo raro. + +--¡Una liga de su mujer! El Magistral abrió la boca estupefacto, +admirando la estupidez de aquel hombre que aún no sospechaba nada. + +--Es decir--continuó Quintanar--una liga que fue de mi mujer, pero que +me consta que ya no es suya.... Sé que no le sirven... desde que ha +engordado con los aires de la aldea... con la leche... etc., y que se +las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo que esta liga... es de +Petra. Petra ha estado aquí. Esto es lo que me preocupa.... ¿A qué ha +venido Petra aquí... a perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he +creído oportuno dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa, +está a mi servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es +de Petra. + +Don Fermín estaba rojo de vergüenza, lo sentía él. Todo aquello, que +había podido ser trágico, se había convertido en una aventura cómica, +ridícula, y el remordimiento de lo grotesco empezó a pincharle el +cerebro con botonazos de jaqueca.... Por fortuna don Víctor, según +observó también De Pas, no estaba para atender a la vergüenza de los +demás, pensaba en la suya; se había puesto también muy colorado. +Comprendió el Magistral por qué torcidos senderos conocía el ex-regente +las ligas de su mujer. + +También Quintanar tenía, además de vergüenza, celos. + +No podía saber De Pas hasta qué punto había llegado la debilidad de don +Víctor, que se decía a sí mismo: «Probablemente este clérigo, malicioso +como todos, estará sospechando... lo que no ha habido». + +Lo cierto era que don Víctor, al cabo, había cedido hasta cierto punto a +las insinuaciones de Petra. + +Pero acordándose de lo que debía a su esposa, de lo que se debía a sí +mismo, de lo que debía a sus años, y de otra porción de deudas, y sobre +todo, por fatalidad de su destino que nunca le había permitido llevar a +término natural cierta clase de empresas, era lo cierto que había +retrocedido en _aquel camino de perdición_ desde el día en que una +tentativa de seducción se le frustó, por fingido pudor de la criada. «No +había, en suma, llegado a ser dueño de los encantos de su doncella, pero +en aquellos primeros y últimos escarceos amorosos había podido adquirir +la convicción de que la Regenta le había regalado a Petra unas ligas que +el amante esposo le había regalado a ella». + +«¿Por qué se le había ido la lengua delante del Magistral?». + +«No podía explicárselo, los celos, si así podían llamarse, le habían +hecho hablar alto. Por lo demás, él despreciaba a la rubia lúbrica en el +fondo del alma... y sólo en un momento de exaltación... de la mente, +había podido...». + +La tempestad ya estaba lejos... los árboles continuaban chorreando el +agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul. + +Por decir algo, don Víctor dijo: + +--Verá usted como esto repite a la noche.... Por allá abajo viene otro +mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas.... + +Vamos a bajar antes que vuelva el agua--advirtió De Pas, que hubiera +querido estar cinco estados bajo tierra. + +Los dos se tenían miedo. + +Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra. + +Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los +llamó de lejos, entre los árboles. + +--Don Víctor, don Víctor... eh, don Víctor... por aquí. + +--¿Qué pasa? ¿Han parecido? ¿Alguna desgracia? + +--¿Qué desgracia? no señor, que los señoritos y las señoritas ya estaban +en casa muy tranquilos cuando ustedes estarían llegando a mitad del +monte... apenas se han mojado.... Yo salí, por orden de la señora +Marquesa, en su busca apenas comenzó a llover.... Fui con el carro y el +toldo encerado a la calleja de Arreo donde sabía yo que el señorito Paco +había de parecer, porque aquel es el camino más corto y la casa de +Chinto está allí, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban todas +las señoritas, que no se habían mojado apenas... porque en el monte +cuando empieza el chaparrón se está como a techo.... De modo que todos +están en casa muertos de risa, menos la señora doña Anita que teme por +usted y... por este señor cura.... + +--¿Pero y la señora Marquesa cómo no nos advirtió?... + +--Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hacía caso, +y que ella le decía que ya había salido el carro.... + +Y Pepe se reía a carcajadas.--No ha sido mala broma, je, je.... +Probecicos y da lástima verles... sobre todo este señor cura está hecho +un _eciomo_, perdonando la comparanza, es una sopa.... Anda, anda, y cómo +se le ha ponío too el melindrán este... y la sotana parece un charco.... + +Tenía razón Pepe. De Pas y don Víctor se miraban y se encontraban +aspecto de náufragos. + +--Anden, anden, ángeles de Dios, que la mojadura puede llegar a los +huesos y darles un romantismo.... + +--Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado. + +--La señorita Ana ya tié preparada ropa caliente pa usté y creo que no +falta pa este señor cura: y si no, yo tengo una camisa fina que podría +ponérsela una princesa.... + +El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde +habían salido, dio vuelta a la muralla y entró en las cocheras, de donde +hizo sacar su miserable berlina de alquiler. + +Don Víctor no le vio siquiera separarse de él. Tan absorto iba. + +Encontró el Magistral al Marqués que no quería dejarle marchar en aquel +estado.... + +--Pero si va usted a coger una pulmonía.... Múdese usted.... Ahí habrá +ropa.... + +No hubo modo de convencerle.--Despídame usted de la Marquesa. En una +carrera estoy en mi casa.... + +Y dejó el Vivero, no tan a escape como él hubiera querido, sino a un +trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos que +regular. + +--Pero, hombre, castigue usted a ese animal--gritaba don Fermín al +cochero--. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero llegar +pronto a mi casa. + +El cochero, ante la perspectiva de una propina, descargó dos tremendos +latigazos sobre los lomos del rocín, que vino a pagar así la ira +concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos +latigazos los hubiera descargado el canónigo de buen grado sobre el +rostro de Mesía. + +Cuando el miserable y desvencijado vehículo llegaba a las primeras +casas de los arrabales de Vetusta, obscurecía. La noche, según había +anunciado don Víctor, amenazaba con nueva tormenta. Todo el cielo se +cubría de nubes pardas que se ennegrecían poco a poco. Ya se veían +relámpagos extensos en el horizonte por Norte y Oeste, y de tarde en +tarde zumbaba rodando un trueno allá muy lejos. + +Don Fermín llevaba el alma sofocada de hastío, de desprecio de sí mismo. +¡Qué jornada! pensaba, ¡qué jornada! No le quedaba ni el consuelo de +compadecerse; merecido tenía todo aquello; el mundo era como el +confesonario lo mostraba, un montón de basura; las pasiones nobles, +grandes, sueños, aprensiones, hipocresía del vicio.... Buena prueba era +él mismo, que a pesar de sentirse enamorado por modo angélico, caía una +y otra vez en groseras aventuras, y satisfacía como un miserable los +apetitos más bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra era +de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del +maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada. «Con +unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo». «¿Y don +Víctor? Otro miserable y además un estúpido que merecía cuanto mal le +viniera encima, como él, como Ana lo merecían también, como lo merecía +el mundo entero que era un lodazal.... ¡Oh, aquellos relámpagos debían +quemar el mundo entero si se quería hacer justicia de una vez!». + +Lo que más le irritaba era que su conciencia le envolvía a él también en +el general desprecio.... «Todo era pequeño, asqueroso, bajo... y él como +todo». + +«¿Y lo que había dicho el médico? _Ubi irritatio_... es decir que Ana +caería en brazos de don Álvaro... ¡que era fatal aquella caída!... Y +tanto misticismo, y tanto hermano mayor del alma... ¿para qué había +servido? Farsa, hipocresía, hipocresía inconsciente, como la propia, +como la del universo entero...». + +El Magistral daba diente con diente. El frío le hizo pensar en la ropa, +la ropa en su madre. + +«Esta es otra. ¿Qué va a decir al verme entrar así? Tendré que inventar +una mentira. ¡Bah! una más, ¿qué importa?... Y los otros allá... a sus +anchas.... Podrán, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo +idiota del marido.... Oh, ¿quién es aquí el marido? ¿Quién es aquí el +ofendido? ¡Yo, yo! que siento la ofensa, que la preveo, que la huelo en +el aire... no él que no la ve aun puesta delante de los ojos...». + +Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso +al Vivero a sorprender «lo que el presentimiento le daba por seguro, lo +que no había pasado tal vez en el bosque, pero lo que estaría pasando en +la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas damas +lascivas, locas y encubridoras...». + +Un trueno que retumbó sobre Vetusta sirvió de acompañamiento a la cólera +del canónigo. + +--«¡Eso! ¡eso!--rugió mientras abría la portezuela y se apeaba frente a +su casa--. ¡Esto sólo se arregla con rayos!». + +Y entró en su casa después de pagar al cochero. + +Los rayos que quería le esperaban arriba dispuestos a estallar sobre su +cabeza. + +Cuando se acostó aquella noche, pensaba que en su vida había tenido tan +formidable reyerta con su señora madre, ni había visto jamás a doña +Paula ostentar mayores parches de sebo en las sienes. + +Y al dormirse, la última idea que le perseguía, la que más le +atormentaba con sus punzadas, era la del ridículo. + +«¡Qué aventuras tan grotescas... qué horrorosa ironía de lo cómico +durante todo el día! Y... la culpa de todo la tenía la odiosa, la +repugnante sotana...». + +Los últimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a pesar +de todo durmió, rendido por tanta fatiga. + +Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara, +y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos +otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde +al monte, que llamaba el clero del campo _la santina_, en la casa nueva +todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los +prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se +tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa. +Ya se sabía que al Vivero no se iba a otra cosa. Visitación, Obdulia y +Edelmira también, eran las que conocían mejor los lugares más +escondidos, dónde había puertas de escape, y todo lo que exigían +aquellos juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos +años que tenían varias de aquellas personas tan alegres. + +A don Víctor se le recibió en triunfo; triunfo burlesco. Algunos, Visita +y Paco entre ellos, querían coronarlo, pero él prefirió correr a su +cuarto para mudarse de pies a cabeza. + +Entró con él la Regenta para ayudarle. + +--¿Y don Fermín?--preguntó. + +--Tu don Fermín es un botarate, hija mía, y perdona--contestó Quintanar +de mal humor, mientras se mudaba los calcetines. + +Y refirió a su mujer todo lo que les había sucedido, menos el hallazgo +de la liga. + +Ana convino en que De Pas había llevado la galantería a un extremo +ridículo, sobre todo ridículo, en un sacerdote. + +--¿A quién le importará más mi mujer, a él o a mí?--repetía a cada +instante el marido, como supremo argumento contra el Magistral. + +«Sí, pensaba Ana, tiene razón don Álvaro, ese hombre... tiene celos, +celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido una imprudencia.... Debo +huir de él, tiene razón Álvaro». + +Mesía y Paco, en los días anteriores, habían venido varias veces al +Vivero, a caballo; Mesía había encontrado a la Regenta expansiva, +alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo conseguir que ella +escuchase consejos que él juraba higiénicos principalmente. + +«El misticismo era una exaltación nerviosa». + +En eso estaba Ana también, asustada todavía con los recuerdos de sus +aprensiones. + +«Además, el Magistral no era un místico; lo menos malo que se podía +pensar de él era que se proponía ganar a las señoras de categoría para +adquirir más y más influencia». + +Cuando don Álvaro se atrevió a decir esto, ya sus confidencias habían +sido muy íntimas. + +De amor no se hablaba; Mesía, aunque con trabajo, respetaba a la Regenta +hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo agradecía y, +como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar en los peligros +de aquella amistad; y lo conseguía mejor que antes. + +«Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre de +cavilaciones y propósitos quijotescos y excesivos: quiero paz, quiero +calma... seré como todas. Mi honor no padecerá... pero los escrúpulos +me volverían a la locura, a las aprensiones horrorosas...». + +Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados. + +La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía minando el +terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas. + +Cuando Quintanar refirió los pasos imprudentes del Magistral, Ana sintió +por un momento algo de odio. «¿Cómo? ¿Su mismo confesor la comprometía? +Si Víctor fuera otro, ¿no podría haber sospechado o de don Álvaro o del +canónigo mismo? ¿Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos? +¡No faltaba más! ¡qué horror! ¡qué asco! ¡amores con un clérigo!». + +Y ahora sí que la imagen de don Álvaro se le presentaba risueña, +elegante, fresca y viva. «Al fin aquello estaba dentro de las leyes +naturales y sociales... a lo menos era cosa menos repugnante... menos +ridícula; no, lo que es ridículo, nada... ¡pero un canónigo!...». + +Y le parecía que el pecado de querer a un Mesía era ya poco menos que +nada, sobre todo si servía para huir de los amores de un Magistral... +«¿Pero qué se habría figurado aquel señor cura?». + +No se acordaba la Regenta ahora de aquello del «hermano mayor del alma», +ni de la leña que ella, sin mala intención, sin asomo de coquetería, +había arrojado al fuego de que ahora se avergonzaba. La pasión, que +ahora halagaba con su nueva vida, vencedora, próxima a estallar, le +sugería sofisma tras sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal +la conducta del Provisor, y noble y caballeresca la de Mesía. + +El cual, aquella misma mañana en el pozo lleno de yerba, antes en el +patio de la iglesia, por las callejas, cuando venían detrás del tambor +y de la gaita, en el bosque, después en el carro de Pepe, donde venían +juntos, casi sentada ella encima de él, sin poder remediarlo, más tarde +en el salón, en todas partes y en todo el día le había estado dejando +ver que la adoraba, «pero no se lo había dicho, por respeto... a fuerza +de quererla tanto». + +Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del +clérigo. + +Y le faltó tiempo para decírselo a don Álvaro. + +En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue +diciendo, cuando pudo hablarle sin que los oyeran: + +--¿Qué le parece a usted la conducta del Magistral? + +¿Que le había de parecer a don Álvaro? ¡Abominable! ¿Pues qué era lo que +él, don Álvaro, tenía dicho? Que no había que fiarse del Provisor, etc., +etc. + +--«Sí, Ana, está enamorado de usted, loco, loco... eso se lo conocí yo +hace mucho tiempo... porque... porque...». + +Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo perfectamente, y hasta con +acompañamiento de una música dulcísima que la Regenta creía oír dentro +de sus entrañas; una música que le salía de los ojos y de la boca.... +«¡qué sabía ella! pero aquello era una delicia mucho más fuerte que +todas las del _misticismo_». + +Cuando hablaban así, como _otros dos hermanos del alma_, empezaba la +noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo los +relámpagos que a don Fermín le sorprendieron al entrar en Vetusta. Ana y +Mesía estaban solos apoyados en el antepecho de la galería del primer +piso, en una esquina de aquel corredor de cristales que daba vuelta a +toda la casa. La mayor parte de los convidados abajo, en el salón, se +preparaban a volver a Vetusta, otros preferían aceptar la hospitalidad +que los Marqueses les ofrecían en el Vivero por aquella noche. Todo era +abajo ruido, movimiento, órdenes confusas, broma, vacilaciones, unos que +se quedaban y de repente preferían emprender el viaje, otros que se +preparaban a ocupar un asiento en un coche y volvían a la casa +prefiriendo «dormir en el suelo aunque fuera». Ripamilán desde luego +aceptó la cama que le ofreció la Marquesa «para él solo». + +--Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me +consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo. + +Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Barón quería más +quedarse, pero tuvo que seguirlas. También se metió en el coche el +gobernador, pero su esposa se quedó con los Marqueses. Bermúdez volvió a +Vetusta; Visitación, Obdulia, Edelmira, Paco y Mesía se quedaban. + +Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas +materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaquín corrían como locos +por el corredor del primer piso. Visitación estaba un poco borracha, no +tanto por lo que había bebido como por lo que había alborotado; Obdulia +decía que tenía un clavo en la sien: había bebido mucho más, pero el +torbellino del baile, las emociones fuertes del escondite la mantenían +en pie firme de puro excitada. Edelmira, maestra ya en el arte de +divertirse al estilo de la casa de sus tíos, estaba como una amapola y +reía y gozaba con estrépito; su alegría era comunicativa y simpática. +Paco la pellizcaba sin compasión y ella despedazaba los brazos de Paco; +Joaquín Orgaz, que había conseguido aquella tarde algunas ventajas +positivas en el amor siempre efímero de Obdulia, pellizcaba también; y +había carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos, sorpresas. +Ahora, mientras Ana y Álvaro hablaban asomados a la galería, sin miedo +al agua que les salpicaba el rostro ni a los relámpagos que rasgaban el +horizonte negro enfrente de sus ojos, los demás, en la obscuridad del +corredor estrecho jugaban a un juego de niños que se llamaba en Vetusta +_el cachipote_, y que consiste en esconder un pañuelo convertido en +látigo y buscarlo por las señas conocidas de: frío y caliente. El que lo +encuentra corre detrás de los otros a latigazos hasta llegar a la madre. +Este juego inocente daba ocasión a multitud de sabrosos incidentes entre +aquellos jugadores todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y +otra de varón, buscaban en el mismo agujero el _cachipote_; los que +corrían se atropellaban, y la verdad histórica exige que se declare, por +más que parezca inverosímil, que muy a menudo aquellos _chicos_ que +corrían como locos todos juntos por la estrecha galería, huyendo del +látigo, caían al suelo en confuso montón, mientras el zurriago les medía +las espaldas. + +Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y gárrulo de las despedidas y +preparativos de marcha, y detrás el estrépito de los que corrían en la +galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno, +la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando +deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida una +declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda +idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el +estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para +aquella mujer que sentía las emociones de los quince años al frisar con +los treinta. + +No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que +se reportase, que mirase quién era ella. «Bastante lo miraba, bastante +se contenía para lo mucho que aseguraba sentir y sentiría de fijo». + +«No, no, que no calle, que hable toda la vida», decía el alma entera. Y +Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el presidente del +Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que +había sido _mística_, ni siquiera en que había maridos y Magistrales en +el mundo. Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí, +pero _caer al cielo_. + +Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo +presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que +había encontrado en la meditación religiosa. En esta última había un +esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor algo enfermizo, +una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era +pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer, +salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo +ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin +trascender a nada más que a la esperanza de que durase eternamente. «No, +por allí no se iba a la locura». + +Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una respuesta; +es más, lloraba, sin llorar por supuesto, «de pura gratitud, sólo porque +le oían». «¡Había callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones, +millones de obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo sabía él; +pero él no pedía más que lástima, y la dicha de que le dejaran hablar, +de hacerse oír y de no ser tenido por un libertino _vulgar_, necio, que +era lo que el _vulgo estúpido_ había querido hacer de él». + +Siempre le había gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo _estúpido_; +para ella la señal de la _distinción_ espiritual estaba en el desprecio +del vulgo, de los vetustenses. Tenía la Regenta este defecto, tal vez +heredado de su padre: que para distinguirse de la _masa de los +creyentes_, necesitaba recurrir a la teoría hoy muy generalizada del +_vulgo idiota_, de la _bestialidad humana_, etc., etcétera. + +Por fortuna, don Álvaro sabía perfectamente manejar este resorte: era él +capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol del medio día si se +oponía a sus pasiones. «Todo era preocupación, pequeñez de ánimo.... +Pero, ¿tenía él derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase +las maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya sabía que la +_letra_ estaba contra él.... Al fin, ¿qué era él? Un hombre que hablaba +de amor a una señora que era de otro, ante los hombres.... Ya lo sabía, +sí; no exigía que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y +costumbres, lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que +había en el mundo mujeres, virtuosas como la que más, que ya sabían a +qué atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel +amor de Mesía; pero ¿podía él pedir a Ana, educada por fanáticos, que +había pasado su juventud en un pueblo como Vetusta, podía pedirla que se +dignase siquiera alentar su pasión con una esperanza? Oh, no; demasiado +sabía que no... bastaba con que le oyera. ¡Cuántos años había estado sin +querer oírle! ¡Y lo que él había padecido!... Pero, en fin, de esto ya +no había que acordarse. El dolor había sido infinito... infinito... pero +todo lo compensaba la felicidad de aquel momento. Callaba Ana, oía... +¿pues qué más dicha podía él ambicionar?...». + +A la luz de un relámpago, la Regenta vio los ojos de Álvaro brillantes +y envueltos en humedad de lágrimas. + +También tenía las mejillas húmedas.... Ella no pensó que esto podía ser +agua del cielo. + +«¡Estaba llorando aquel hombre... el hombre más hermoso que ella había +visto, el compañero de sus sueños, el que debió haberlo sido de su +vida!...». + +«Pero ¿por qué hablaba de agradecimiento? ¿Porque ella no le +interrumpía? ¡Si él supiera... si él supiera que no podía ni +hablar!...». + +Ana sentía un placer _puramente material_, pensaba ella, en aquel sitio +de sus entrañas que no era el vientre ni el corazón, sino en el medio. +Sí, el placer era _puramente material_, pero su intensidad le hacía +grandioso, sublime. «Cuando se gozaba tanto, debía de haber derecho a +gozar». + +Cuando Álvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplicó que se le +dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaración, si se +le quería mal, si se había puesto en ridículo... si se burlaba de él, +etc., Ana, separándose del roce de aquel brazo que la abrasaba, con un +mohín de niña, pero sin asomo de coquetería, arisca, como un animal +débil y montaraz herido, se quejó... se quejó con un sonido gutural, +hondo, mimoso, de víctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor +de la virtud que expiraba en aquel espíritu solitario hasta entonces.... + +Y se alejó de Álvaro, llamó a Visita... la abrazó nerviosa y dijo, +pudiendo al fin hablar: + +--¿A qué jugáis, locos...? + +--Ahora ya a nada.... Jugábamos al cachipote, pero Paco y Edelmira están +allá en la esquina del otro frente disputando sobre quién tiene más +fuerza, si ella o él.... Ven, ven, verás qué puños los de Edelmira. + +En la más obscura de las galerías, en un rincón, amontonados estaban los +demás compañeros de broma; Edelmira y Paco espalda con espalda, como se +baila a veces la _muñeira_, sobre todo en el teatro, medían sus +fuerzas.... Paco resistía con dificultad el empuje violento de su prima, +que gozando lo que ella y el diablo sabían, se incrustaba en la carne de +su primo, más blanda que la suya, empeñada en vencerle y hacerle andar +hacia adelante mientras ella andaba hacia atrás. Al cabo Edelmira +venció, y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con +las manos apoyadas en los hombros del contrario. Así se hizo y esta vez +venció Paco. + +Joaquín propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevió a medir con +la Regenta sus fuerzas. Joaquín y Ana vencieron. A don Álvaro, que no +tenía con quién luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio +en que le venció el maldito De Pas.... «Pero ahora le tenía debajo de +los pies». + +«Más valía maña que fuerza». + +Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los +relámpagos, los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de +la comida, la estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a +la alegría aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia, +moderados en ellos por instintos de la educación. Pero volvieron los +pellizcos, los gritos, los puñetazos de las mujeres en la cabeza de los +varones. Ana jamás había asistido a escenas semejantes; ella y don +Álvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero al fin le +tocó a la Regenta algún pellizco, ninguno de Mesía, a este varios de +Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general contienda más de +una vez sintió su espalda oprimida por la de Álvaro, y aunque huía el +contacto delicioso, de un sabor especial, en cuanto lo notaba, el +contacto volvía, y Ana iba sintiendo emociones extrañas, nuevas del +todo, una inquietud alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de +sed de todo el cuerpo que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no +fuese aquel rincón obscuro, estrecho, donde cantaban, reían, saltaban.... +Como una música lejana, dulcísima en su suavidad, recordaba todos los +pormenores de la declaración amorosa de Mesía.... + +Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y +excitaciones vanas, Paco y Joaquín, antes que Edelmira, Obdulia y +Visita, dejaron de correr y _enredar_; y muy serios, con la melancolía +del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareció en el +horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que +yacían desgarradas por el cielo. + +Paco, con regular voz de barítono, cantó pedazos de _Favorita_ y de +_Sonámbula_ y Joaquín _salió por malagueñas_, como él decía; en su voz +había una tristeza que contrastaba con la alegría que le brillaba en los +ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto +dar el premio de sus favores, no el principal, al género flamenco. Por +fortuna Joaquín se conformaba con el _accèsit_. + +Don Víctor, que se aburría abajo, oyó cantar el _Spirto gentil_ y subió. +Le daba ahora por la música. Cantar óperas, a su modo, y oír cantar a +los que _afinaban_ más que él, era su delicia por aquella temporada, y +si todo esto se hacía a la luz de la luna, miel sobre hojuelas. + +Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la +luna que salía por la bóveda desgarrando jirones de nubes de forma +caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, como +respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del +cuerpo y del alma. + +Don Víctor era más soñador que ninguno de los presentes. Se acercó a +Mesía, consiguió entablar conversación particular con él; y como +encontró a su amigo más atento que nunca, más cordial, más afectuoso, no +tardó en abrirle el alma de par en par. + +Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas y las +malagueñas, don Víctor, que había comido bien y merendado con frecuentes +libaciones, seguía abriendo el pecho ante la atención de Mesía, atención +muda, intachable. + +--Mire usted--decía el viejo--yo no sé cómo soy, pero sin creerme un +Tenorio, siempre he sido afortunado en mis tentativas amorosas; pocas +veces las mujeres con quien me he atrevido a ser audaz, han tomado a mal +mis demasías... pero debo decirlo todo: no sé por qué tibieza o +encogimiento de carácter, por frialdad de la sangre o por lo que sea, la +mayor parte de mis aventuras se han quedado a medio camino.... No tengo +el don de la constancia. + +--Pues es indispensable.--Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis pasiones son +fuegos fatuos; he tenido más de diez mujeres medio rendidas... y muy +pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido mía, lo que se llama +mía.... Sin ir más lejos.... + +Don Víctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mesía había de ser +un pozo, le refirió las persecuciones de que había sido víctima, las +provocaciones lascivas de Petra; y confesó que al fin, después de +resistir mucho tiempo, años, como un José... habíase cegado en un +momento... y había jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre; +bastó que la muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor +exigía, para que él, seguro de vencer, enfriara, cejase en su +descabellado propósito, contentándose con pequeños favores y con el +conocimiento exacto de la hermosura que ya no había de poseer. + +Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin +decir que había sido de su mujer. Le parecía una debilidad indigna de un +marido «de mundo» regalarle ligas a su señora. Pidió consejo a Mesía +respecto de su conducta futura con Petra. + +--¿Debo despedirla?--¿Tiene usted celos?--No señor; yo no soy el perro +del hortelano... aunque he de confesar que algo me disgustó en el primer +momento el descubrir aquella prueba de su liviandad. + +--Pero ¿está usted seguro de que la liga es de Petra? + +--Ah, sí; estoy absolutamente seguro. + +Y siguió Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo. + +La alcoba en que dormían Ana y don Víctor tenía una ventana a la galería +precisamente del lado en que estaban conversando los dos amigos. + +La Regenta abrió de repente las vidrieras y llamó a su marido. + +--Pero, Víctor, ¿no te acuestas hoy? + +Los dos amigos se volvieron. Quintanar tenía los ojos inflamados y las +mejillas encendidas.... Sus confidencias le habían rejuvenecido.... + +--¿Pero qué hora es, hija mía? + +--Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los +Marqueses ya están recogidos. + +Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su +cuarto. + +--Bobadas de mamá--dijo Paco del mal humor--apareciendo por un extremo +de la galería. Edelmira prefería dormir con Obdulia, como es natural... +y ahora doña Rufina la hacía acostarse en su misma alcoba.... Bobadas.... +Tonterías de mamá... + +--Buena está Obdulia para dormir con nadie--dijo Visita que venía del +cuarto contiguo al de Ana. + +--¿Pues qué tiene?--Yo creo que una _mica_, una borrachera de mil +cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qué sé yo; ello es que +está en la cama dando ayes y dice que allí no se acuesta nadie, que +quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy a poner mi cama al +lado de la suya.... Buenas noches.... + +Y acercándose a la ventana sujetó a la Regenta por los hombros, le habló +al oído, le llenó de besos estrepitosos la cara y corrió a su cuarto, +haciendo antes una mueca de conmiseración burlesca a Joaquinito Orgaz +que, cabizbajo y tristón, rondaba por los pasillos. + +--Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. Víctor, a la cama. + +Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de +acostarse. + +--¿Y ustedes?--dijo Quintanar. + +--Nosotros--respondió Paco--nos hemos quedado sin cama porque a la +señora gobernadora le dio el capricho de tener miedo a los truenos y +quedarse a dormir.... + +--¿De modo?...--preguntó Ana risueña. + +--Que dormiremos en un sofá.--Vaya, vaya, pues buenas noches. + +--Espera un poco, tonta, mira qué buena noche está... hablemos aquí un +poco.... + +--Yo no tengo sueño; tiene razón Paco; hablemos--dijo don Víctor, que +había entrado en su cuarto y se había puesto las zapatillas y el gorro +de borla de oro. + +--¿Cómo hablar? no señor..., a la cama.... + +Y Ana, coqueta sin querer, amenazó graciosa, provocativa, con cerrar las +ventanas y las contraventanas.... + +Mesía con un mohín le suplicó que esperase.... + +Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del día, las +bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora +todavía; Ana y su marido dentro, Paco, Joaquín y Álvaro en la galería.... + +Don Víctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva, y +allí, cerca del propio lecho, a los amigos jóvenes en cuya compañía se +sentía él joven también, ¿qué mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha +se le asomaba al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la +casa, todos dormían, y sólo en aquel rincón de la galería, junto a +aquella ventana abierta había el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a +veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que parecía dar más +intimidad e interés a lo que se decían. Ana esquivaba unas veces las +miradas de don Álvaro, que fumaba apoyando un codo muy cerca de los de +Anita, también reclinada sobre el antepecho. Otras veces, las más, los +ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se +decían amores, cada vez más elocuentes. + +Álvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y codicia al +interior de la alcoba.... Ana sorprendió alguna de aquellas miradas +rápidas y compadeció al enamorado galán, sin tomar a mal su curiosidad +indiscreta. Don Víctor no llevaba traza de poner fin al palique y Ana +misma se creyó en el caso de decir: + +--Vaya, vaya... hasta mañana; Víctor, adentro, adentro. + +Y cerró las vidrieras en las narices de Álvaro y de los pollos. Paco y +Joaquín desaparecieron en lo obscuro del corredor. Quintanar ya estaba +de espaldas, allá en el fondo de la alcoba, en mangas de camisa. Don +Álvaro no se movía; y vio a la Regenta detrás de los cristales, cerrando +pausadamente las maderas; y ella en medio, en el hueco de luz, mirándole +seria, dulce... y después cuando ya sólo quedaba un intersticio le miró +risueña, juguetona. Volvió a abrir otro poco... y volvió a verle todo el +rostro. + +--Adiós, adiós, dormir bien--dijo Ana, detrás de las vidrieras; y cerró +las contraventanas de golpe y corrió el pestillo. + +Como la romería de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio por los +alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y sus +amigos. Quintanar y señora esperaban a los de Vetusta en la quinta; y +unas veces a pie, otras en coche, se emprendía la marcha, se recorría +aquellas aldeas pintorescas, se oían aquellos cánticos, monótonos, pero +siempre agradables, dulces y melancólicos de la danza indígena, y se +volvía al obscurecer, comiendo avellanas y cantando, entre labriegos y +campesinas retozonas, confundidos señores y colonos en una mezcla que +enternecía a don Víctor, el cual decía: «Vea usted, si se pudieran +realizar la igualdad y la fraternidad... no había cosa mejor ni más +poética». + +Mesía y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, además, +solían visitar a la Regenta cada tres o cuatro días. A veces Ana y +Quintanar, después de comer, a eso de las cuatro de la tarde, salían a +la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La soledad le iba +pesando un poco a don Víctor y aquellas visitas las agradecía en el +alma. Ana al divisar allá lejos, en el extremo de la cinta larga y +estrecha de carretera las siluetas de los dos poderosos caballos blancos +de Mesía y Vegallana, sentía un placer que se le antojaba infantil... y +se ponía nerviosa de ansiedad, que crecía según se acercaban los bultos +y se aclaraban las figuras de caballos y jinetes. + +Ni Visitación ni Paco se atrevían ya nunca a decir nada a don Álvaro +alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer; conocían en _la +cara de gloria_ del Tenorio que esperaba el triunfo, que tal vez lo +estaba tocando, y comprendían que el pudor, la vergüenza, mejor dicho, +exigía un silencio absoluto respecto del caso. Don Álvaro agradecía «la +delicadeza» de sus cómplices y callaba también, tranquilo y satisfecho. + +A fines del mes comenzó la dispersión general; todos los que tenían +cuatro cuartos, y muchos que no los tenían, dejaron la capital y +buscaron la frescura de la playa. + +Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer y con Petra +y se instaló en el puerto mejor de la provincia, _La Costa_, villa +floreciente más rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a +la moda. Otros años Quintanar pasaba el mes de Agosto en Palomares, a +donde iban también Visita, Obdulia y alguna vez los Marqueses y Mesía. + +--¡Dos años hace que no he veraneado!--decía Quintanar alegre como un +chiquillo. + +La Regenta prefirió La Costa a Palomares porque el Magistral había +suplicado que no se fuera a baños, y que si el médico lo exigía que por +lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana contradecir este deseo +del confesor y transigió. + +«Iremos a La Costa» dijo en la carta en que contestó a don Fermín. Tenía +éste pésima idea de los efectos morales de los baños de todo el +Cantábrico, y especialmente de los baños de Palomares. La mayor parte de +los penitentes volvían de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena +de pecadillos que, si tratándose de otros casi le hacían sonreír, en la +Regenta le hubieran hecho muy poca gracia. + +Comprendía don Fermín que su influencia iba disminuyendo, que la fe de +Ana se entibiaba y en cambio crecía la desconfianza en ella; y como +perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando tormento al +orgullo, a los celos, hacía de tripas corazón, fingía no ver, y mantenía +su poder espiritual claudicante «con puntales de tolerancia y estribos +de paciencia». La ira la desahogaba sobre el Obispo y con la curia +eclesiástica. Cada vez era su poder mayor y más cruel su tiranía. Las +ventajas de don Álvaro en el ánimo de Ana las pagaba el clero +parroquial, aquel clero que Foja decía respetar tanto. + +También Ana prefería aquel _modus vivendi_; no quería volver a las +andadas, temía que viniesen la compasión y los remordimientos y las +aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo +rompía con el Provisor. + +«Me conozco, pensaba; sé que, después de todo, le tengo cierto cariño, y +si abandonase su amistad, una voz insufrible me había de estar gritando +siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya que él disimula, y finge no ver +este cambio, y ya no se queja como al principio, dejémoslo todo así; +quiero paz, paz, no más batallas aquí dentro». + +Don Álvaro, en el tono confidencial que había adoptado después de su +declaración, había venido a indicar vagamente que no convenía irritar a +don Fermín, que él le creía capaz de hacer daño siempre de un modo o de +otro. Ana, aunque Álvaro no se atrevía a ser muy explícito en este +particular, comprendía lo que su amigo, _nuevo hermano_, quería decir y +aprobaba su prudencia. + +Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que +en otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposición de +motivos. + +Ana fue a La Costa. Mesía, por disimular, pasó cinco días en Palomares, +después se corrió a San Sebastián, y el día de Nuestra Señora de Agosto +se presentó en La Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente. + +A don Víctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda. Se +había instalado en la más lujosa, de más movimiento y ruido, situada en +el muelle. Allá se fue también Mesía, accediendo a los ruegos de su +amigo el ex-regente. + +Veinte días después volvían los tres juntos a Vetusta; Benítez felicitó +a la Regenta por su notable mejoría; ahora si que estaba la salud +asegurada; ¡qué color! ¡qué morbidez! ¡qué _sólidamente_ robusta volvía! + +A don Víctor se le caía la baba. «¡Oh, el mar, si no hay como el mar, y +la mesa redonda, y la casa de baños, y los paseos por el muelle, y los +conciertos al aire libre... y los teatros y circos!». ¡Qué contento +estaba con la vida Quintanar! Su mujer era una joya; la más hermosa de +la provincia, como había sido siempre, pero además ahora suya, +completamente suya, y de un humor nuevo, alegre, activo, como el que +Dios le había otorgado a él.... + +--¿Y yo? ¿eh? ¿qué tal vengo yo señor Benítez? + +--Magnífico, magnífico también; hecho un pollo. + +--¡Ya lo creo!--¿Y este galápago? Este galápago que ya va siendo viejo, +¿qué tal?--Y daba palmaditas en la espalda de Mesía--. Este sí que +parece un chiquillo. + +Y volviéndose a Frígilis que estaba presente, algo triste y desmejorado, +añadía Quintanar: + +--En cambio tú vas a escape para Villavieja.... Y eso que tanto tono +sabes darte con tu higiene, y tu vida de árbol secular. No, lo que es al +siglo no llegas, carcamal.... + +Y abrazaba y daba palmadas en la espalda también a su Frígilis para que +no tuviera celos de Mesía. Quintanar era feliz; quería que lo fueran +todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta los +conocidos, el mundo entero. + +Si Mesía le preguntaba en broma: + +--¿Qué tal _Kempis_? ¿Qué dice de esto _Kempis_? + +El otro contestaba:--¿Quién? ¡Qué + +_Kempis_ ni qué ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el caserón. Voy a +blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la +piedra de la fachada. Verán ustedes qué hermosa queda la piedra +amarillenta después que la piquemos. No quiero obscuridad, no quiero +negruras, no quiero tristezas. + +Mesía había convencido a la Regenta de que don Víctor, en rigor, venía a +ser una cosa así... como un padre. Siempre había pensado ella algo por +el estilo. + +Sin embargo, se le debía el honor; y a pesar de tanta intimidad, de +aquel amor confesado implícitamente, Ana podía decir que don Álvaro no +había puesto sus labios en aquella piel con cuyo contacto soñaba de +fijo. + +Mesía no se daba prisa. «Aquella casada no era como otras; había que +conquistarla como a una virgen; en rigor él era su primer amor y los +ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran robado mil ilusiones. +Además a él también le rejuvenecía aquella situación de amor platónico, +de intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor con la boca y +ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que era mudo y no era +deshonesto y grosero». + +«Así como así el verano siempre le tenía un poco lánguido y desmadejado. +Calculaba él, con aquella frivolidad afectada y natural al mismo tiempo +de materialista práctico, calculaba que allá para el invierno él se +sentiría fuerte como un roble y la Regenta estaría suave y dócil como +una malva. Además, una barbaridad podía, si no echarlo todo a perder, +retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que el que +llevaban. Ello diría, ello diría y no había de tardar». + +Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como él +decía, _était déjà sur le retour_, se sentía transformado por la +juventud y la pasión vehemente y soñadora de Anita. No recordaba don +Álvaro haber deseado tanto a una mujer ni haber gozado con los amores +platónicos, según él llamaba a todos los no consumados, como estaba +gozando entonces. + +La Regenta cayendo, cayendo era feliz; sentía el mareo de la caída en +las entrañas, pero si algunos días al despertar en vez de pensamientos +alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, algo como un +remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafísica naturalista que +ella, sin darse cuenta de ello, había creado a última hora para +satisfacer su afán invencible de llevar siempre a la abstracción, a las +generalidades, los sucesos de su vida. + +Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tenía poco tiempo para +ellas. Toda la vida era diversión, excursiones, comidas alegres, +teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se +había establecido una especie de convivencia de que participaban +Obdulia, Visita, Álvaro, Joaquín y algunos otros amigos íntimos. + +Se iba al Vivero muy a menudo; se corría por el bosque, por la galería +que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del río. Todos +parecían cómplices. Obdulia y Visita adoraban a la Regenta, eran +esclavas de sus caprichos, se la comían a besos; juraban que eran +felices viéndola tan tratable, tan _humanizada_. Y jamás una alusión +picaresca, ni una pregunta indiscreta, ni una sorpresa importuna. Nadie +hablaba allí del peligro que sólo ignoraba Quintanar. Muchas veces, +cuando una tormenta como la de San Pedro descargaba sobre el Vivero, se +quedaba allí toda la comitiva a pasar la noche. Ana se encontraba, sin +buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con Álvaro, +apretada contra él en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada +semana. + +Un día de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martín, se +emprendió la última excursión, por aquel año, al Vivero. + +La alegría era extremada, nerviosa. _Aquellos chicos_, como seguía +llamándolos Ripamilán, también expedicionario a pesar de los años, +aquellos chicos que tenían en la quinta de Vegallana los mejores +recuerdos de sus juegos alegres, se despedían con pesar de aquel rincón +de sus primaveras y sus otoños. Querían saborear hasta la última gota +de alegría loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas y +picantes del bosque. Jamás Visita _hizo la niña_ de mejor buena fe, +jamás Obdulia consintió a Joaquín _más tonterías_, según su vocabulario +lleno de eufemismos; Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho días +antes; hasta los viejos cantaron, bailaron un minué y corrieron por el +bosque; don Víctor hizo diabluras y se cayó al río, pretendiendo +saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho. + +Ana y Álvaro, al darse la mano por la mañana, al subir al coche, se +encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La noche +anterior Álvaro había dicho que él se quería morir. No pedía nada, pero +se quería morir. Ana en todo el camino de Vetusta al Vivero no dijo más +que esto, y bajo, al oído de Álvaro: «Hoy es el último día». + +Después de comer, a todos los amantes del Vivero les preocupó la idea de +que la tarde sería muy corta. Joaquín y Obdulia sabían que todo el mundo +era patria: «¡pero como allí!» Edelmira y Paco suspiraban también por +sus escondites de la quinta, que iban a dejar muy pronto.... Antes del +último arranque de locura, de las últimas carreras por el bosque y de la +última alegría hubo un cuarto de hora de melancolía... de cansancio +mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la última. Visita se +sentó al piano y tocó la polka de _Salacia_, un baile fantástico de gran +espectáculo que se representaba aquellas noches en Vetusta. _Salacia_, +la hija del mar, sacaba a sus hermanas del océano y no se sabe por qué a +las bacantes a bailar en la playa una danza infernal; Ana recordó la +impresión que aquella polka había causado en sus sentidos.... «¡Las +bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco».--Ana sabía +mucho de estos recuerdos mitológicos y pronto había dejado de ver el +pobre aparato escénico del teatro de Vetusta y las bailarinas prosaicas +y no todas bien formadas, para trasladarse a la imaginada región de +Oriente donde su fantasía, a medias ilustrada, veía bosques misteriosos, +carreras frenéticas de las bacantes enloquecidas por la música +estridente y por las libaciones de perpetua orgía, al aire libre. ¡La +bacante! la fanática de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida +lozana y salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo; +aquella carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos, +cayendo con delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de +precipicios y enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita +recordaba de mala manera en el piano aquella humilde polka de _Salacia_, +que tenía de bueno lo que tenía de copia, la Regenta dejaba bailar en su +cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueños y de su +pasión irritada. + +De pronto se le antojó mirar una _Ilustración_ que estaba sobre un +centro de sala. «La última flor» decía la leyenda de un grabado en que +clavó Ana los ojos. En un jardín, en Otoño, una mujer, hermosa, de unos +treinta años, aspiraba con frenesí y oprimía contra su rostro una +flor... la última.... + +--¡Ea, ea, al monte!--gritó en aquel momento Obdulia desde la +huerta--¡al monte, al monte! a despedirse de los árboles.... + +Visitación azotó con fuerza las teclas violentando el compás de su +polka... y en seguida cerró el piano con ímpetu: + +--¡Al monte! ¡al monte!--gritaron de arriba y de abajo. + +Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos, +zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la otoñada. + +Aquella noche se prolongó la fiesta en Vetusta; era la despedida del +buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la puerta.... +Y se improvisó una cena para todos aquellos señores. Muchos a las doce, +después de bailar y cantar y alborotar, ya tenían apetito; se había +comido temprano; otros no hicieron más que probar golosinas y beber. +Como la noche se había quedado tan serena y templada que parecía de las +primeras de Septiembre, se cenó en la estufa nueva que se inauguró en +este día; era grande, alta, confortable, construida por modelo de París. +Don Álvaro, inteligente en la materia, dijo que se parecía, en pequeño, +a la de la princesa Matilde. ¡Cómo envidió Obdulia aquel dato! Y sintió +orgullo. ¡Un hombre que había sido su amante podía hablar de la _serre_ +de la princesa Matilde! + +Se cenó allí. En el salón amarillo, donde se había bailado después de +volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de refresco, se apagaban +solas las velas de esperma, en los candelabros, corriéndose por culpa +del viento que dejaba pasar un balcón abierto. Los criados no habían +apagado más que la araña de cristal. Las sillas estaban en desorden; +sobre la alfombra yacían dos o tres libros, pedazos de papel, barro del +Vivero, hojas de flores, y una rota de Begonia, como un pedazo de +brocado viejo. Parecía el salón fatigado. Las figuras de los cromos +finos y provocativos de la Marquesa reían con sus posturas de falsa +gracia violentas y amaneradas. Todo era allí ausencia de honestidad; los +muebles sin orden, en posturas inusitadas, parecían amotinados, +amenazando contar a los sordos lo que sabían y callaban tantos años +hacía. El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con más +experiencia que todo, callaba, conservando su puesto. + +Una ráfaga de viento apagó la última luz que alumbraba el cuadro +solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se abrió la puerta del +salón y pasaron dos bultos. Las pisadas las apagó en seguida la +alfombra. Por toda claridad la poca de la calle, producto de la luna +nueva y de un farol de enfrente, adulación del municipio nuevo a la casa +del Marqués. Al abrirse la puerta se oyó a lo lejos el ruido de la +servidumbre en la cocina; carcajadas y el _run, run_ de una guitarra +tañida con timidez y cierto respeto a los amos; este rumor se mezclaba +con otro más apagado, el que venía de la huerta, atravesaba los +cristales de la estufa y llegaba al salón como murmullo de un barrio +populoso lejano. + +Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidencias +perseguía a su amigo íntimo con el relato de las aventuras de su +juventud, allá en la Almunia de don Godino. + +Don Álvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a don +Víctor, oía la voz del deseo ardiente, brutal, que gritaba: «¡hoy, hoy, +ahora, aquí, aquí mismo!». + +Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del salón y aquella +discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían muy a +propósito para confesar sus picardías eróticas, continuaba el relato, +para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo: + +--¡Pero qué fatalidad! ¿Cree usted que por fin la hice mía? ¡pues, no +señor! pásmese usted.... Lo de siempre, me faltó la constancia, la +decisión, el entusiasmo... y me quedé a media miel, amigo mío. No sé qué +es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crítico me falta el +valor... y estoy por decir que el deseo.... + +Una vez, al repetir esta canción don Víctor, a Mesía se le antojó +atender; oyó lo de quedarse a media miel, lo de faltarle el valor... y +con suprema resolución, casi con ira pensó: + +--Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.... Ya que él lo quiere, +que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo, aquí mismo.... + +Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Víctor de +confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de +las buenas digestiones después de las cenas grandiosas. No estaba allí +Anita. + +Salió Álvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en si +salía o no, y entró de nuevo en el caserón. En la cocina seguía la +algazara. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. No había nadie. +«No podía ser». Entró en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio entre +las sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellas +ningún bulto de mujer. «No podía ser». Con aquella fe en sus +corazonadas, que era toda su religión, Álvaro buscó más en lo obscuro... +llegó al balcón entornado; lo abrió... + +--¡Ana!--¡Jesús! + + + + +--XXIX-- + + +«El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros. Me lo han +mandado de León lleno de nueces. Será cosa exquisita. Además, tengo vino +de mi tierra, un Valdiñón que se masca...». + +Mesía no faltó a su promesa, y el día de Navidad comió en el caserón de +los Ozores. El salón estaba ahora empapelado de azul y oro a cuadros; la +gran chimenea churrigueresca se había conservado con sus ondulantes +sirenas de abultado seno de yeso. Don Víctor se contentó con pintar de +un blanco gris _discreto_, como él decía, todas aquellas cornisas, +volutas, acantos, escocias y hojarasca. + +A los postres, el amo de la casa se quedó pensativo. Seguía con la +mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que servía a la +mesa. Después del café pudo notar don Álvaro que su amigo estaba +impaciente. Desde aquel verano, desde que habían vivido juntos en la +fonda de La Costa, don Víctor se había acostumbrado a la comensalía de +don Álvaro; le encontraba a la mesa más decidor y simpático que en +ninguna otra parte y le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces, +después de charlar cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar una +vuelta por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar así media hora +larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se movía. Ana y Álvaro +se miraban, preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella. + +La Regenta se inclinó un instante para recoger una servilleta del suelo, +y don Víctor hizo a Mesía una seña que quería decir claramente: + +--Me estorba esa; si se fuera... hablaríamos. + +Mesía encogió los hombros. + +Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, sin verlo +Quintanar, apuntó a la puerta sin mover más que los ojos. + +Ana salió en seguida.--¡Gracias a Dios!--dijo su marido, respirando con +fuerza--. Creí que no se marchaba hoy esa muchacha. + +Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él. + +--Ahora podremos hablar.--Usted dirá--respondió tranquilamente Álvaro, +chupando su habano y tapándose la cara con el humo, según su costumbre +de _enturbiar el aire_ cuando le convenía. + +«¿Qué tripa se le habrá roto a este?», pensó con un vago recelo, que no +se explicaba siquiera. + +Don Víctor acercó su silla a la del otro, y tomó el tono de las grandes +revelaciones. + +--Actualmente--dijo--todo me sonríe. Soy feliz en mi hogar, no entro ni +salgo en la vida pública; ya no temo la invasión absorbente de la +iglesia, cuya influencia deletérea... pero esa Petra me parece que me +quiere dar un disgusto. + +Movimiento de sobresalto en Mesía. + +--Explíquese usted. ¿Ha vuelto usted a las andadas? + +--He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos... +explicaciones... treguas... promesas de respetar... lo que esa +grandísima tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella está +picada porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de mi +lecho, de mi tálamo... como si dijéramos, a la satisfacción de efímeros +placeres.... ¿Me entiende usted? Finge que se alborota por defender su +honor que, en resumidas cuentas, aquí nadie se atreve a amenazar +seriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi frialdad.... + +--¿Pero qué hace? vamos a ver.... + +--Mire usted, Álvaro, por nada de este mundo daría yo un disgusto a mi +Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena, pero antes +tenía sus caprichos, ya recuerda usted.... + +--Sí, sí... al grano.--Ahora la pobrecita coincide con mis gustos en +todo. Por aquí, digo, y por aquí se va. Hasta le ha pasado aquella +exaltación un poco selvática, aquel amor excesivo a los placeres +bucólicos, aquella exclusiva preocupación de la salud al aire libre, del +ejercicio, de la higiene en suma.... Todos los extremos son malos, y +Benítez me tenía dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando +se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por +pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma. ¡Aquello era lo peor! + +--Pero... no me dice usted...--Allá voy; Ana vive ahora en un +equilibrio que es garantía de la salud por la que tanto tiempo hemos +suspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da aquellos +sustos; no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena la casa de +sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero +perderla a ningún precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo que quiere +comprometernos. + +--Pero vamos a ver, ¿qué hace Petra? + +--Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos +prevaliéndose de mi situación falsa, falsísima... lo confieso. ¿No +comprende usted que para Ana tendría que ser un golpe terrible cualquier +revelación de esa... ramerilla hipócrita? + +--¿Pero qué sucede, señor? ¡hable usted claro y pronto!--gritó Mesía +impaciente, más interesado en el asunto de lo que su amigo podía +suponer. + +--Más bajo, Álvaro, más bajo. ¿Qué sucede? Mucho. Petra sabe que yo +quiero evitar a toda costa un disgusto a mi mujer, porque temo que +cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar y volviéramos a las +andadas. Un desengaño, mi escasa fidelidad descubierta, de fijo la +volvería a sus antiguas cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscaría +consuelo en la religión y ahí teníamos al señor Magistral otra vez.... +¡Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a toda costa que Ana +sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y sensual fuí capaz de +solicitar los favores de esa _scortum_, como las llama don Saturnino. + +--Pero ¿por qué ha de saber Ana eso? Si, después de todo, no hay nada +que saber.... + +--Sí; lo que hay basta para clavarle un puñal a la pobrecita. La conozco +yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi esposa pensará lo +demás, lo que no hay.--¿Pero Petra?... Acabe usted. ¿Ha dicho algo? +¿Ha amenazado con decir?... + +--Esa es la cuestión. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, no admite +riñas y aspira a ponerse en un pie de igualdad absurdo.... + +--Absurdo...--Y la infame ¿con quién creerá usted que está más altiva, +más soberbia, más insolente? ¿Conmigo? Eso parecería lo natural. ¡Pues +no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana! + +Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó: + +--¡Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal vez celos! + +--Eso digo yo.... «Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que quisiste +hacer tu concubina... o se lo cuento todo». Este es el lenguaje de la +conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; solución; +¿qué hago? ¿sufrir en silencio? Absurdo. Además, puede acabársele la +paciencia a Anita, que si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que +le queda de cuando fue casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si +sospecha... si... ¡triste de mí! + +--Calma, hombre, calma.--¿Qué hacemos, Álvaro, qué hacemos? + +--Es muy sencillo.--¡Sencillo!--Sí, hay que echar a Petra de esta +casa. + +Don Víctor saltó en su silla. + +--Eso es cortar el nudo...--Pues no hay más solución. Echarla. + +Don Víctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero don +Álvaro prometió allanarlo todo. «Él sabía cómo se trataba a esta gente. +Daba la casualidad feliz de que en la fonda en que él vivía como niño +mimado hacía tantos años, se necesitaba una muchacha para servir a los +huéspedes. Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagaría la +proposición; se la haría el mismo don Álvaro, y si por caso extraño +resistía, él sabría amenazarla de suerte que...» etc., etc. En fin, don +Víctor lo dejó en manos de su amigo y se fue al Casino, algo más +tranquilo. + +--¿Usted se queda a preparar el terreno, eh? + +--Sí, hombre, a arreglarlo todo. + +En cuanto don Víctor cerró de un golpe la puerta de la escalera, Ana +entró asustada en el comedor. Iba a hablar, pero llegó Petra a recoger +el servicio del café y calló fingiendo leer _El Lábaro_. Salió la +doncella y Ana dijo: + +--¿Qué hay, Álvaro?... + +--Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche. + +--No te entiendo...--Petra marcha de esta casa. Adiós espías. + +--¡Petra! ¿qué marcha Petra? + +--Sí, él me ha encargado de despedirla; dice que es insolente, que te +trata mal.... + +--¡Dios mío! ¿ha notado él?... + +--Sí, boba, pero no te asustes... él lo toma... por donde no quema.... + +Mesía explicó a la Regenta el caso. La había enterado de todo y de mucho +más. Las tentativas del mísero don Víctor eran para la Regenta, gracias +a las calumnias de Álvaro, delitos consumados. Pero ella no atribuía a +esto la insolencia de la criada; temía que hubiese descubierto sus +amores con Mesía y que aquella soberbia, aquel desafío constante de sus +miradas, de sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don +Víctor su secreto. + +--Ya ves como no era lo que tú temías, aprensiva.... Es muy posible, +probable que la pobre chica no sospeche nada, que su atrevimiento no sea +más que una amenaza al amo.... + +Ana se ruborizó. Todo aquello le repugnaba. «¡Aquel marido a quien ella +había sacrificado lo mejor de la vida, no sólo era un maníaco, un hombre +frío para ella, insustancial, sino que perseguía a las criadas de noche +por los pasillos, las sorprendía en su cuarto, les veía las ligas!... +¡Qué asco! No eran celos, ¿cómo habían de ser celos? Era asco; y una +especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a semejante +hombre la vida. Sí, la vida, que era la juventud». + +«Álvaro--seguía pensando Ana--había hecho mal en revelarle aquellas +miserias, en hacer traición a Quintanar, por indigno que este fuera, y +sobre todo en avergonzarla a ella con las aventuras ridículas y +repugnantes del viejo». Pero como tenía empeño en limpiar de toda culpa +a su Mesía, a su señor, al hombre a quien se había entregado en cuerpo y +en alma _por toda la vida_, según ella, pronto le disculpaba, +reflexionando que «el pobre Álvaro hacía aquello por amor, por arrojar +del pensamiento de su Ana todo escrúpulo, todo miramiento que pudiera +atarla al viejo que había hecho de lo mejor de su vida un desierto de +tristeza». + +«Tampoco le agradaba a Anita ver a su Álvaro metido en aquellos cuidados +domésticos de despedir criadas; y menos encontrarle tan experto en el +asunto; todo aquello, de puro prosaico y bajo, era repugnante, pero ¿qué +remedio? Álvaro lo hacía por ella, por gozar tranquilamente de aquella +felicidad que tantos años de martirio le había costado...». + +Estos y todos los demás lunares que en Mesía le obligaba a descubrir de +poco acá el endiablado espíritu de análisis, camino de la locura según +ella, procuraba Ana convertirlos en otras tantas estrellas luminosas de +pura hermosura. Si alguna vez le sobrecogía la ida de perder a don +Álvaro, temblaba horrorizada, como en otro tiempo cuando temía perder a +Jesús. + +Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a murmurar +con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el día de la +rendición, mucho después, fueron para pedirle el juramento de la +constancia... + +«Para siempre, Álvaro, para siempre, júramelo; si no es para siempre, +esto es un bochorno, es un crimen infame, villano...». + +Mesía había jurado, y seguía jurando todos los días, una eternidad de +amores. + +La idea de la soledad _después de aquello_, le parecía a la Regenta más +horrorosa que en un tiempo se le antojara la imagen del Infierno. + +Con amor se podía vivir donde quiera, como quiera, sin pensar más que en +el amor mismo...; pero sin él... volverían los fantasmas negros que ella +a veces sentía rebullir allá en el fondo de su cabeza, como si asomaran +en un horizonte muy lejano, cual primeras sombras de una noche eterna, +vacía, espantosa. Ana sentía que acabarse el amor, aquella pasión +absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por la primera vez en la vida, +sería para ella comenzar la locura. + +«Sí, Álvaro; si tú me dejaras me volvería loca de fijo; tengo miedo a mi +cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en ti. Contigo no pienso +más que en quererte». + +Esto solía decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocresía, +sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mesía, +pero que al desaparecer no dejó en su lugar fingimiento. Ana se +entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento, +y con una especie de furor que groseramente llamaba Mesía, para sí, +hambre atrasada. + +Él estuvo el primer mes asustado. Si los primeros días renegaba del +miedo, de la ignorancia y de los escrúpulos (_absurdos en una mujer +casada de treinta años_, según la filosofía del Presidente del Casino), +pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que llegó a inquietarle +«otro aspecto» de sus amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería +satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos +disgustos? Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y le +adoraba por él, por su persona, por su cuerpo, por _el físico_. Muchas +veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la +boca con la mano y le decía en éxtasis de amor: «No hables». Mesía no +echaba esto a mala parte; también él reconocía que lo mejor era callar, +dejarse adorar por buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne +ahíta, gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma +ignorancia de Ana y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su +vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura +facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero +capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesía +estaba intranquilo. + +--Está usted desmejorado--le decía Somoza. + +--Cuidado--repetía Visitación. + +Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había +recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia +que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a +la fortaleza de la Regenta. + +«Sí, sentía que dentro de su cuerpo había algo que hacía _crac_ de +cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no +era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen +soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla. +Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en +presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él +faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con +escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por +excesos de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes +bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a +última hora, a Paco, a Joaquín y demás trasnochadores, para referirlos +después de pasados, cuando el vigor volvía y ya las trazas cómicas no +eran necesarias; pero expedientes odiosos como la miseria y sus engaños. +Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal, +parecíale a don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa +que describe Quevedo en el _Gran Tacaño_. Él también había sido más de +una vez, después de pródigo, el Gran Tacaño del amor.... Pero las trazas +antiguas serían imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas.... +«No, antes huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tenía derecho a +una juventud eterna e inagotable». Pero estas ideas tristes, aprensiones +de la edad, venían de tarde en tarde; lo más del tiempo semejante +inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos amores +que reputaba la gloria más alta de su vida. Por su parte se confesaba +todo lo enamorado que él podía estarlo de quien no fuese don Álvaro +Mesía. Después del Presidente del Casino ningún ser de la tierra le +parecía más digno de adoración que su dócil Ana, su Ana frenética de +amor, como él había esperado siempre aun en los días de mayor +apartamiento. Don Álvaro no se confesaba a sí mismo, que había habido un +tiempo en que perdiera la esperanza de vencer a la Regenta. ¡La tenía +ahora tan vencida! + +Mejor que nunca lo conoció cuando hubo que dar la gran batalla para +trasladar al caserón de los Ozores el nido del amor adúltero. Ana se +opuso, lloró, suplicó... «no, no; eso no, Álvaro, por Dios no, eso +nunca». Y resistió muchos días a las súplicas del amante que se quejaba +de lo poco y deprisa y sin comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre +se veían en casa de Vegallana; allí eran sus cariños furtivos, +precipitados; pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa +intimidad no era posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos +expuesto a sobresaltos, intermitencias y disimulos. Ana se negaba a +acudir a un rincón de amores que Álvaro prometía buscar; el mismo Álvaro +confesaba que era difícil encontrar semejante rincón seguro en un pueblo +_tan atrasado_ como Vetusta. Además, el lugar que él pudiera encontrar, +al cabo tenía que parecerle repugnante a ella; y como en Ana la +imaginación influía tanto, el desprecio del albergue podía llevarla a la +repugnancia del adulterio.... No había más remedio que tomar por asilo el +caserón de los Ozores. Era lo más seguro, lo más tranquilo, lo más +cómodo. Comprendía Álvaro los escrúpulos de Ana, pero se propuso +vencerlos y los venció. Sin embargo, si los obstáculos del orden +puramente moral, los _escrúpulos místicos_, como se decía Álvaro con +frase tan impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a +fuerza de pasión, los _inconvenientes materiales_, las precauciones del +miedo opusieron dificultades de más importancia. A don Álvaro se le +ocurría que sin tener de su parte a una criada, a la doncella mejor, era +todo sino imposible muy difícil; pero ni siquiera se atrevió a proponer +a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, mostrando antipatía mal +oculta hacia Petra, y comprendió además que era muy nueva la Regenta en +esta clase de aventuras, para llegar al cinismo de ampararse de +domésticas, y menos sabiendo de ellas que eran solicitadas por su +marido. + +Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama. ¿No +era Petra muy tentada de la risa? La aventura de la liga y otras de que +él tenía noticia ¿no probaban que era muy fácil interesar en su favor a +aquella muchacha? Sí. Y dicho y hecho. En ausencia de Ana y de don +Víctor, detrás de la puerta, en los pasillos, donde podía, don Álvaro +comenzó el ataque de Petra que se rindió mucho más pronto de lo que él +esperaba. Pero había un inconveniente muy grave. A la chica se le +ocurrió ser, o fingirse, desinteresada, preferir los locos juegos del +amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discretísimas medias +palabras y buenas obras, a cambio de un cariño que Mesía no estaba en +circunstancias de prodigar. «¡Pobre Ana, qué sabía ella de todas estas +complicaciones!». No sabía tampoco don Álvaro tanto como él creía. +Ignoraba por ejemplo que Petra podía permitirse el lujo de servirle bien +a él sin pensar en el interés, sin más pago que el del amor con que el +gallo vetustense ya no podía ser manirroto: no era Petra enemiga del +vil metal, ni la ambición de mejorar de suerte y hasta de _esfera_, como +ella sabía decir, era floja pasión en su alma, concupiscente de arriba +abajo; pero en Mesía no buscaba ella esto; le quería por buen mozo, por +burlarse a su modo del ama, a quien aborrecía «por hipócrita, por +guapetona y por orgullosa»; le quería por vanidad, y en cuanto a +servirle en lo que él deseaba, también a ella le convenía por satisfacer +su pasión favorita, después de la lujuria acaso, por satisfacer sus +venganzas. Vengábase protegiendo ahora los amores de Mesía y Ana, «del +idiota de don Víctor» que se ponía a comprometer a las muchachas sin +saber de la misa la media; vengábase de la misma Regenta que caía, caía, +gracias a ella, en un agujero sin fondo, que estaba, sin saberlo la +hipocritona en poder de su criada, la cual el día que le conviniese +podía descubrirlo todo. Tenía entre sus uñas a la señora ¿qué más quería +ella? Todas las noches pasaba unas cuantas horas, la honra y tal vez la +vida del amo, pendiente de un hilo que tenía ella, Petra, en la mano, y +si ella quería, si a ella se le antojaba, ¡zas! todo se aplastaba de +repente... ardía el mundo. Y como si esto en vez de un placer, en vez de +una gloria fuese para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de +Vetusta le pagaba el servicio con _amores de señorito_ que eran los que +ella había saboreado siempre con más delicia, por un instinto de señorío +que siempre la había dominado. Pero además gozaba de otra venganza más +suculenta que todas estas la endiablada moza. ¿Y el Magistral? El +Magistral la había querido engañar, la había hecho suya; ella se había +entregado creyendo pasar en seguida a la plaza que más envidiaba en +Vetusta, la de Teresina. Petra sabía lo bien que colocaba doña Paula a +todas las que eran por algún tiempo doncellas en su casa. Teresina, a +quien esperaba para muy pronto una colocación de _señorona_ allá en +cierta administración de bienes del amo, casada con un buen mozo, +Teresina la había enterado de lo que ella no había podido observar y +adivinar, le había abierto los ojos y llenado la boca de agua; Petra +comprendía que la casa del Magistral era el camino más seguro para +llegar a casarse y ser _señora_ o poco menos.... La ocasión había +llegado; después de la romería de San Pedro creía ella que todo era +cuestión de semanas, de esperar una oportunidad; Teresina saldría pronto +bien colocada y entraría ella en su puesto.... Pero no fue así; el +Magistral no volvió a solicitar a Petra; cuando tuvo que hablarla, no +fue para asuntos que a ella directamente le importasen, fue... ¡qué +vergüenza! para comprarla como espía. Cierto es que el Provisor le +prometió para muy pronto la plaza de Teresina, con todas las ventajas +que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar; pero de todas suertes a ella +se la había engañado; o mejor, se había engañado ella; pero esto no +quería reconocerlo la orgullosa rubia. Era el caso que, en su opinión, +el Magistral era amante de doña Ana hacía mucho tiempo, y que la escena +del bosque del Vivero la interpretó la vanidad de la criada como una +victoria de su belleza que había hecho caer en pecado de inconstancia al +canónigo. Creyó Petra que don Fermín la quería a ella ahora después de +haber querido a su ama. Caprichos así había visto ella muchos. Cuando se +convenció de que don Fermín, por mucho que disimulase, estaba enamorado +como un loco de la Regenta, furioso de celos, y de que no había sido su +amante ni con cien leguas, y de que a ella, a Petra, sólo la había +querido por instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se +sublevaron dentro de ella saltando como sierpes; pero las acalló por de +pronto, disimuló, y por entonces sólo dio satisfacción a la avaricia. +Aceptó las proposiciones del canónigo. Ella entraría en casa de don +Fermín el día que fuese necesario salir del caserón de los Ozores, pero +entre tanto prestaría allí sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo +que podía pensar. El canónigo sabría todo lo que pasaba; si doña Ana +recibía visitas, quién entraba cuando no estaba don Víctor o se quedaba +después de salir el amo, etc., etcétera. + +Petra prometió decir todo lo que hubiera. Fingió no recordar siquiera +ciertas promesas de otro orden que a don Fermín se le habían escapado en +el calor de la improvisación en aquella dichosa mañana del Vivero, de +que estaba avergonzado. Cuando vio don Fermín a Petra tan propicia para +servirle por dinero, sintió más y más haber comenzado por el camino +absurdo, vergonzoso de una seducción... ridícula. Aquella aventura que +le recordaba las de antaño, le sonrojaba ahora, porque contradecía en +cierto modo aquel andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasión +por la Regenta. «El amor purísimo que yo tengo, todo lo disculpa». +«¿Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque? Claro que +no», le decía la conciencia. Por eso le repugnaba Petra ahora. Pero no +había más remedio que valerse de ella. + +Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola +tenía el cabo. Por ahora a quien servía con lealtad era a Mesía; este +pagaba en amor, aunque era algo remiso para el pago, y ella le ayudaba +cuanto podía, porque ayudarle era satisfacer los propios deseos: hundir +al ama, tenerla en un puño, y burlarse sangrientamente, del _idiota del +amo_ y del indino del canónigo. Para más adelante se reservaba la astuta +moza el derecho de vender a don Álvaro y ayudar a su señor, al que +pagaba, al que había de hacerla a ella señorona, a don Fermín. ¿Cuándo +había de ser esto? Ello diría. Si don Álvaro no se portaba bien, podía +ocurrir el caso, llegar la oportunidad; si ella se cansaba, o si +Teresina dejaba la plaza y por miedo de que otra la ocupase le convenía +correr a ella, también podía convenir echarlo a rodar todo. Entre tanto +don Fermín no sabía por Petra nada más que noticias vagas, suficientes +para tenerle toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco +furioso que tenía además el tormento de disimular sus furores delante +del mundo, y de doña Paula singularmente. + +De modo que si don Álvaro podía decir con razón: ¡Pobre Ana, que no sabe +nada de esto! también Petra podía exclamar: ¡Pobre don Álvaro, que no +sabe ni la cuarta parte de lo que tanto le importa! + +El presidente del Casino de Vetusta no tuvo inconveniente en engañar a +la Regenta. Era, según él, muy justo respetar los escrúpulos de aquella +adúltera primeriza (otra frase grosera del seductor), que no podía +avenirse a tomar por encubridora a Petra; pero también era equitativo +que él, sin decírselo a doña Ana, fingiendo desconfiar también de la +doncella, aprovechase los servicios de esta, preciosos en tales +circunstancias. La cuestión era entrar todas las noches en la habitación +de la Regenta por el balcón. Esto se decía pronto, pero hacerlo ofrecía +serias dificultades. ¿A dónde daba el balcón del tocador? Al parque. +¿Cómo se podía entrar en el parque? Por la puerta. ¿Pero quién tenía la +llave de la puerta? Una, Frígilis; con esta no había que contar. ¿Y la +otra? + +Don Víctor. Esta podía sustraérsele, pero Petra dijo que a tanto no se +comprometía, que aquello de andar llaves en el ajo era delicado y podía +comprometerla. Lo mejor era que el señorito saltase por la pared. +Justamente don Álvaro tenía las piernas muy largas. De esta manera la +comedia se representaba mejor; segura doña Ana de que don Álvaro saltaba +por el muro, no podía sospechar tan fácilmente que tenía cómplices +dentro de casa. Después llegar bajo el balcón, trepar por la reja del +piso bajo y encaramarse en la barandilla de hierro era cosa fácil para +tan buen mozo. + +Todo esto lo hacía don Álvaro sin la ayuda directa, inmediata de Petra, +y doña Ana encontraba así muy verosímil todo lo que su amante decía de +su industria para entrar en el cuarto de ella. Para lo que servía Petra +era para vigilar, para evitar que don Álvaro pudiera ser sorprendido al +entrar o al salir, y para darse tales trazas que doña Ana creyese que +ella, la doncella, no había estado durante toda la noche en +circunstancias de poder notar la presencia del amante. Estaba además +allí para dar el grito de alarma si llegaba el caso, y para combinar las +horas. En el servicio de Petra había algo de la responsabilidad de un +jefe de estación de ferrocarril. Don Álvaro sabía, porque don Víctor se +lo había confesado, que el ex-regente y Frígilis, en cuanto llegaba el +tiempo, salían de caza mucho más temprano de lo que Ana creía. Petra era +la encargada de despertar al amo, porque Anselmo se dormía sin falta y +no cumplía su cometido: Frígilis llegaba al parque a la hora convenida, +ladraba... y bajaba don Víctor. Llegó a quejarse don Tomás de que sus +ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que se le +hacía esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y plantones, se +acordó que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a la misma hora sin +necesidad de ladrar a nadie. Para mayor seguridad don Víctor compró un +reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este aviso +automático, como él decía, acudió en adelante a la hora señalada para la +cita. Casi todas las mañanas Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la +misma hora. El tren que los llevaba a las marismas y montes de Palomares +salía este año un poco más tarde y no necesitaban levantarse antes del +ser de día. + +Todo esto necesitó saber don Álvaro para no exponerse a un choque en la +vía con Frígilis o con el mismísimo don Víctor. Este mismo, sin saber lo +que hacía, le enteró de sus horas de salida; y lo demás que necesitaba +saber de los pormenores se lo refirió Petra. Así pues no había miedo. Lo +de saltar la tapia ofreció algunas dificultades; pero una noche, por la +parte de fuera en la solitaria calleja de Traslacerca, el Tenorio +preparó removiendo piedras y quitando cal, dos o tres estribos muy +disimulados en el muro, hacia la esquina; hizo también con disimulo +fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y ayudar la +ascensión, y quedó así vencido el principal obstáculo. Por la parte de +dentro todo fue como coser y cantar. Un tonel viejo arrimado al descuido +a la pared, y los restos de una espaldera, fueron escalones suficientes, +sin que nadie pudiese notarlo, para subir y bajar don Álvaro por la +parte del parque con toda la prisa que pudieran aconsejar las +circunstancias. Aquella escalera disimulada, la comparaba don Álvaro con +esas cajas de cerillas que ostentan la popular leyenda, ¿dónde está la +pastora? ¿dónde estaba la escala? Después de verla una vez no se veía +otra cosa; pero al que no se la mostraban no se le aparecía ella. + +No faltaba más que lo peor, persuadir a la Regenta a que abriera el +balcón. Como a ella no se le podía hablar de las garantías de seguridad +que don Álvaro tenía dentro de casa, nada o poco se podía oponer a sus +argumentos relativos a las sospechas probables de la antipática Petra. +Pero al fin don Álvaro que había triunfado de lo más, triunfó de lo +menos: llegó a comprender Ana que era imposible, y tal vez ridículo, +negarse a recibir en su alcoba a un hombre a quien se había entregado +ella por completo. Mucho valía la castidad del lecho nupcial, o +ex-nupcial mejor dicho, pero ¿no valía más la castidad de la esposa +misma? Entre estos sofismas y la pasión y la constancia en el pedir +dieron la victoria a Mesía, que si no pudo acallar los sobresaltos de +Ana, quien a cada ruido creía sentir el espionaje de Petra, conseguía a +menudo hacerla olvidarse de todo para gozar del delirio amoroso en que +él sabía envolverla, como en una nube envenenada con opio. + +Y así pasaban los días, asustada Ana de que tan poco después de la caída +fuese ella capaz de recibir a un hombre en su alcoba, ella, que tantos +años había sabido luchar antes de caer. + +Aquella tarde de Navidad, después de recoger el servicio del café, Petra +salió de casa y se dirigió a la del Magistral. + +La recibió doña Paula. Eran ahora muy buenas amigas. La madre del +Provisor conocía la estrecha simpatía que existía entre Teresina y la +doncella de la Regenta; y por la actual criada del _señorito_, de su +hijo, sabía que en el ánimo de Fermín, Petra era la persona destinada a +sustituir a Teresa el día, próximo ya, en que esta alcanzara el premio +consabido de salir de allí casada para administrar ciertos bienes de los +_Provisores_. + +Doña Paula, que entendía a medias palabras, y aun sin necesidad de +ellas, ganosa de satisfacer aquel deseo de su hijo, según su política +constante, y de satisfacerle de una manera pulcra, intachable en la +forma, anticipándose a él, había resuelto tomar la iniciativa y ofrecer +a Petra ella misma aquel puesto que la rubia lúbrica tanto ambicionaba. +La proposición se hizo aquella tarde. Teresina iba a salir de casa de un +día a otro. Petra aceptó sin titubear, temblando de alegría. Hasta que +estuvo en el caserón de vuelta, no se le ocurrió pensar que aquella +felicidad suya acarreaba la desgracia de muchos, y hasta cierto punto su +propio daño. Adiós amores con don Álvaro, amores cada vez más escasos, +más escatimados por el libertino gracioso, que iba menudeando las +propinas y encareciendo las caricias, pero al fin _amores_ señoritos, +que la tenían orgullosa. ¿Qué hacer? No cabía duda, ser prudente, coger +el codiciado fruto, entrar en aquella _canonjía_, en casa del Magistral. +Para esto era preciso echar a rodar todo lo demás, romper aquel hilo que +ella tenía en la mano y del que estaban colgadas la honra, la +tranquilidad, tal vez la vida de varias personas. Al pensar esto Petra +se encogió de hombros. Se le figuró ver que caía la Regenta y se +aplastaba, que caía el Magistral y se aplastaba, que caía don Víctor y +se convertía en tortilla, que el mismo don Álvaro rodaba por el suelo +hecho añicos. No importaba. Había llegado el momento. Si perdía la +ocasión, la vacante de Teresina, podía entrar otra y adiós _señorío_ +futuro. No había más remedio que ocupar la plaza inmediatamente. Pero +entonces había que decírselo todo al Provisor, porque en saliendo de +aquella casa ya no podía ser espía, ni ayudar al que la pagaba a abrir +los ojos de aquel estúpido de don Víctor, que, como era natural, +querría vengarse, castigar a los culpables; que sería lo que necesitaba +el canónigo, puesto que él no podía con sus manteos al hombro ir a +desafiar a don Álvaro. Petra discurría perfectamente en estas materias, +porque leía folletines, la colección de _Las Novedades_, que dejara en +un desván doña Anuncia, y sabía quién desafía a quién, llegado el caso +de descubrirse los amores de una señora casada. El que desafía es el +marido, no un pretendiente desairado, y mucho menos siendo cura. No +había duda, el Magistral la necesitaba a ella en el caserón llegado el +momento crítico... si salía antes y después no le servía, podía echarla +de casa por inútil. Había que hacerlo todo pronto, inmediatamente. ¿Y +qué iba a hacer? Una traición, eso desde luego, pero ¿cómo...? + +En esto pensaba cuando entró en el comedor, ya al obscurecer, a preparar +la lámpara. Sintió que la sujetaban por la cintura y le daban un beso en +la nuca. + +«Era el otro; ¡pobre, no sabía lo que le aguardaba!». + +Don Álvaro, después de su conversación con Ana, la había hecho retirarse +y se había quedado solo en el comedor para «dar el ataque» a Petra y +proponerle, entre caricias, de que cada día le pesaba más, el cambio de +amos. No era cierto que hubiese vacante en la fonda, pero allí era él +amo y se crearía la vacante. Con toda la diplomacia que pudo emplear un +hombre que se creía principalmente político y era seductor de oficio, +ofreció a la doncella la nueva posición, «que sería divertidísima, y +lucrativa como pocas». Don Víctor le tenía miedo, doña Ana también, cada +cual por su motivo, y él, don Álvaro, sería mucho mejor servido si Petra +consentía en salir de la casa. + +«Ya ves, hija, tú has cometido una falta, tratar a la señora con +altivez, con insolencia; esto, que es feo de por sí, la asustó a ella +haciéndole creer que sabes algo y que abusas de tu secreto; le asustó a +él que teme que vas a cantar, y me perjudica a mí, como comprendes, +porque... ya ves... estando asustada ella... recelosa... pago yo. A ti +ya no te necesito en esta casa, porque yo entro y salgo ya sin guías... +y allá en casa... en la fonda puedes sernos útil.... Además...». + +Además, don Álvaro comprendía que ya no podía pagar a Petra sus +servicios con amor, porque cada día era más urgente economizarlo; y +llevando a la chica a la fonda, allí otros huéspedes hambrientos de esta +clase de bocados la distraerían y él cumpliría con propinas en adelante. +En suma, ya le estorbaba Petra en el caserón de los Ozores por muchos +conceptos. Pero a ella no se le podían dar tales razones. + +--Señorito--dijo Petra, que a pesar de su resolución reciente, sintió en +el orgullo una herida de tres pulgadas--no necesita apurarse tanto para +convencerme de que debo irme de esta casa. + +--No, hija, lo que es, si tú lo tomas por donde quema, yo no insisto. + +--No señor, si no me deja usted explicarme.... Si yo quiero salir de +aquí; si precisamente... pero en cuanto a lo de irme a la fonda, no +señor. Una cosa es que una tenga sus caprichos y una buena voluntad, +¿entiende usted? y otra cosa que a una la regalen a los amigos, y la +lleven y la traigan... y.... + +--Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien.... + +Don Álvaro bajaba la voz y Petra la levantaba. + +Pero la astuta moza, que sabía contenerse, cuando era por su bien, se +reprimió, y cambiando el tono, y el estilo se disculpó, disimuló el +enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella misma pediría +la soldada, y se iría tan contenta, no a la fonda, sino a otra casa; una +proporción que tenía, y que no podía decir todavía cuál era. Por lo +demás, tan amigos, y si el señorito, don Álvaro, la necesitaba, allí la +tenía, porque la ley era ley; y en lo tocante a callar, un sepulcro. Que +ella lo había hecho por afición a una persona, que no había por qué +ocultarlo, y por lástima de otra, casada con un viejo chocho, inútil y +_chiflao_ que era una compasión. + +Petra engañó otra vez a Mesía. Hasta le consintió nuevas caricias de +gratitud que él se juró serían las últimas, por lo de la economía, que +le tenía maniático. + +Don Víctor supo aquella noche en el Casino que al día siguiente Petra +pediría la cuenta, se marcharía. + +¡Oh placer! Quintanar respiró con fuerza de fuelle y abrazó a su amigo. +«Le debía algo mejor que la vida, la tranquilidad de su hogar +doméstico». + +Trabajaba don Fermín en su despacho, envueltos los pies en el mantón +viejo de su madre; escribía a la luz blanquecina y monótona de la mañana +nublada. Un ruido le distrajo, levantó los ojos y vio en medio del +umbral a doña Paula, pálida, más pálida que solía. + +--¿Qué hay, madre?--Está ahí esa Petra, la de Quintanar, que quiere +hablarte. + +--¡Hablarme!... ¿tan temprano? ¿qué hora es? + +--Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene asustada... +le tiembla la voz.... + +El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por máquina: + +--Que entre, que entre.... Doña Paula dio media vuelta y salió al +pasillo. Antes acarició a su hijo con una mirada de compasión de madre. + +--Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza +inclinada sobre el pecho. + +Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la criada. ¿Qué +sería? Dudó un momento... estuvo casi resuelta a preguntar... pero se +contuvo y dijo otra vez: + +--Anda, hija mía, entra. «Hija mía--pensó Petra--esta me quiere en casa; +segura es mi suerte». + +--¿Qué hay?--gritó el Magistral acercándose a la criada, como queriendo +salir al paso a las noticias.... + +Petra vio que estaban solos... y se echó a llorar. + +Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tenía +los ojos humillados. Había querido hablar el canónigo, pero no había +podido; sentía en la garganta manos de hierro, y por el espinazo y las +piernas sacudimientos y un temblor tenue, frío y constante. + +--¡Pronto! ¿qué pasa?...--pudo preguntar al cabo. + +Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en +confesión, que no sabía si era una buena obra o un pecado lo que iba a +hacer, que ella quería servirle a él, servir a su amo, servir a Dios, +que al fin religión era también el interés del prójimo, pero... temía... +no sabía si debía.... + +--¡Habla!... ¡habla!... te digo que hables pronto... ¿qué hay, Petra?... +¿qué hay?...--Don Fermín, con disimulo, apoyó una mano en la mesa. Hubo +una pausa--. Habla, por Dios.... + +--¿En confesión?--Petra, habla... pronto...--Señor, yo he prometido +decir a usted... todo.... + +--Sí, todo, habla.--Pero ahora no sé... no sé... si debo.... + +Don Fermín corrió a la puerta, la cerró por dentro, y volviéndose rápido +y con ademán descompuesto, gritó, sujetando con fuerza el brazo de la +criada: + +--¡Déjate de disimulos, habla o te arranco yo las palabras! + +Petra le miró cara a cara, fingiendo humildad y miedo; «quería ver el +gesto que ponía aquel canónigo al saber que la señorona se la pegaba». + +Petra dijo, sin rodeos, que había visto ella, con sus propios ojos, lo +que jamás hubiera creído. El mejor amigo del amo, aquel don Álvaro que +de día no se separaba de don Víctor... entraba de noche en el cuarto de +la señora por el balcón y no salía de allí hasta el amanecer. Ella le +había visto una noche, creyendo que soñaba, porque se había puesto a +espiar creyendo así desvanecer ciertas sospechas, pero ¡ay! era verdad, +era verdad.... Aquel infame había pervertido a la señorita, una santa.... +¡Bien temía don Fermín!...». + +Petra seguía hablando, pero hacía rato que De Pas no la oía. + +En cuanto comprendió de qué se trataba, antes de oír las frases crudas +con que pintó la rubia lúbrica el asalto del caserón de los Ozores por +el Tenorio vetustense, don Fermín giró sobre los talones, como si fuera +a caer desplomado, dio dos pasos inciertos y llegó al balcón contra +cuyos cristales apoyó la frente. Parecía mirar a la calle. Pero tenía +los ojos cerrados. + +Oía a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de la +voz aguda y lacrimosa, no lo que decía, que ya no llegaba a la atención +del canónigo; quería mandarla callar, pero no podía, no podía hablar, no +podía moverse.... + +Petra habló todo lo que quiso. Cuando calló, se oyeron nada más los +ruidos apagados de la calle; las ruedas de un coche que corría muy +lejos, la voz de un mercader ambulante que pregonaba a grito limpio +paños de manos y encajes finos. + +El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente +parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además +que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan +desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de +lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el +eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad del +cristal helado. «Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de +risa, una cosa repugnante de puro ridícula.... Su mujer, la Regenta, que +era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante +ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, +ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su +mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había +deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre, +ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, +seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de +reducirle a cachos, a polvo, a viento; él atado por los pies con un +trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín +libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado +de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el +alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le +escupía en la cara porque él tenía las manos atadas.... ¿Quién le tenía +sujeto? El mundo entero.... Veinte siglos de religión, millones de +espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía +a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era suplicio +injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel.... Cientos de +papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de +catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la +civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos, +sobre sus piernas, eran sus grilletes.... Ana que le había consagrado el +alma, una fidelidad de un amor sobrehumano, le engañaba como a un marido +idiota, carnal y grosero.... ¡Le dejaba para entregarse a un miserable +lechuguino, a un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso... +a una estatua hueca!... Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo, +ni su madre que creía adorarle, podía darle consuelo, el consuelo de sus +brazos y sus lágrimas.... Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a +sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que +era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse... su madre no +tenía llanto, abrazos, desesperación, ni miradas siquiera... Él no podía +hablar, ella no podía adivinar, no debía.... No había más que un deber +supremo, el disimulo; silencio... ¡ni una queja, ni un movimiento! +Quería correr, buscar a los traidores, matarlos... ¿sí? pues silencio... +ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa.... Dentro de un +rato sí, ¡a coro a coro! ¡Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!». El +Provisor sintió una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; sí, el +diablo se le había reído en las entrañas... ¡y aquella risa profunda, +que tenía raíces en el vientre, en el pecho, le sofocaba... y le +asfixiaba!... + +Abrió el balcón de un puñetazo y el aire frío y húmedo le trajo la idea +lejana de la realidad, y oyó la tos discreta de Petra, que aguardaba +allí, detrás, clavándole los ojos en la nuca. + +Cerró el balcón don Fermín, volviose y miró con ojos de idiota a la +rubia que enjugaba lágrimas villanas. «¿No necesitaba un instrumento +para luchar, para hacer daño? Aquel era el único que tenía». + +Petra callaba inmóvil, esperando servir a su dueño. + +Gozaba voluptuosa delicia viendo padecer al canónigo, pero quería más, +quería continuar su obra, que la mandasen clavar en el alma de su ama, +de la orgullosa señorona, todas aquellas agujas que acababa de hundir en +las carnes del clérigo loco. + +Una voz lenta, ronca, mate, que no parecía haber sonado en el despacho, +voz de ventrílocuo, preguntó: + +--¿Y tú, qué piensas hacer... ahora? + +--¿Yo?... dejar aquella casa, señor... «¿No quiere ser franco?--pensó +Petra--pues que padezca; él vendrá a buscarme donde quiero que me +busque». Dejar aquella casa--repitió--¿qué he de hacer? Yo no quiero +ayudar con mi silencio a la vergüenza del amo; remediarlo no puedo, pero +puedo salir de aquella casa. + +--¿Y a ti... no te importa el honor de don Víctor? Así agradeces el +pan... que comiste tantos años.... + +--Señor, yo ¿qué puedo hacer por él? + +--En saliendo nada.--Pues me echan.--¿Ellos?--Sí, ellos; ayer el +señorito Álvaro, que es el que manda allí... porque el amo está ciego, +ve por sus ojos: el señorito Álvaro me puso de patitas en la calle. Hoy +debo despedirme. Me ofreció colocación en la fonda; pero yo prefiero +quedar en la calle.... + +--Vendrás a esta casa, Petra--dijo la voz de caverna, con esfuerzos +inútiles por ser dulce. + +Petra volvió a llorar. «¿Cómo pagaría ella tal caridad, etc., etc.?». + +Aquella ternura facilitó el tratado; cediendo cada cual un poco de su +tesón, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga asquerosa y +vil; al principio fingiendo pulcritud, invocando santos intereses, +después olvidando estas fórmulas; y por fin el Magistral ofreció a la +moza asegurar su suerte, colmar su ambición, y ella poner ante los ojos +de Quintanar su vergüenza de modo tan evidente, tan palpable que aquel +señor, si corría sangre de hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a +los traidores como tenían bien merecido. + +Al terminar aquella conferencia hablaban como dos cómplices de un crimen +difícil. El Magistral excusaba palabras, pero no las que aclaraban su +proyecto. «¿Qué iba a hacer Petra para poner a la vista del estúpido +Quintanar aquella vergüenza? ¿Revelaciones? no podían hacérsele. +¿Anónimos? eran expuestos...». «¡Qué! no señor, nada de eso; ha de verlo +él», repetía Petra, olvidada de sus fingimientos, con placer de artista. + +Había allí dos criminales apasionados, y ningún testigo de la ignominia; +cada cual veía su venganza, no el crimen del otro ni la vergüenza del +pacto. + +Cuando Petra salió de casa del Magistral, este sintió dentro de sí un +hombre nuevo; el hombre que hería de muerte por venganza, el criminal, +el ciego por la pasión, «el asesino, sí, el asesino; la otra era su +instrumento, el asesino él. Y no le pesaba, no... cien muertes, cien +muertes para los infames». «¿Qué haría don Víctor? ¿De qué comedia +antigua se acordaría para vengar su ultraje cumplidamente? ¿La mataría +a ella primero? ¿Iría antes a buscarle a él?...». + +Al día siguiente, 27 de Diciembre, don Víctor y Frígilis debían tomar el +tren de Roca--Tajada a las ocho cincuenta para estar en las Marismas de +Palomares a las nueve y media próximamente. Algo tarde era para comenzar +la persecución de los patos y alcaravanes, pero no había de establecer +la empresa un tren especial para los cazadores. Así que se madrugaba +menos que otros años. Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte +que le llamase con un estrépito horrísono a las ocho en punto. En un +decir Jesús se vestía, se lavaba, salía al parque donde solía esperar +dos o tres minutos a Frígilis, si no le encontraba ya allí, y en esto y +en el viaje a la estación se empleaba el tiempo necesario para llegar +algunos minutos antes de la salida del tren mixto. + +De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó Quintanar +aquella mañana con más susto que solía, aturdido por el estridente +repique de aquel estertor metálico, rápido y descompasado. Venció con +gran trabajo la pereza, bostezó muchas veces, y al decidirse a saltar +del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugón +importuno. El sueño y la pereza le decían que parecía más temprano que +otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, que no debía +de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. No hizo caso de tales +sofismas el cazador, y sin dejar de abrir la boca y estirar los brazos +se dirigió al lavabo y de buenas a primeras zambulló la cabeza en agua +fría. Así contestaba don Víctor a las sugestiones de la mísera carne que +pretendía volverse a las ociosas plumas. + +Cuando ya tenía _las ideas más despejadas_, reconoció imparcialmente que +la pereza aquella mañana no se quejaba de vicio. «Debía de ser en efecto +bastante más temprano de lo que decía el reloj. Sin embargo, él estaba +seguro de que el despertador no adelantaba y de que por su propia mano +le había dado cuerda y puéstole en la hora la mañana anterior. Y con +todo, debía de ser más temprano de lo que allí decía; no podían ser las +ocho, ni siquiera las siete, se lo decía el sueño que volvía, a pesar de +las abluciones, y con más autoridad se lo decía la escasa luz del día». +«El orto del sol hoy debe de ser a las siete y veinte, minuto arriba o +abajo; pues bien, el sol no ha salido todavía, es indudable; cierto que +la niebla espesísima y las nubes cenicientas y pesadas que cubren el +cielo hacen la mañana muy obscura, pero no importa, el sol no ha salido +todavía, es demasiada obscuridad esta, no deben de ser ni siquiera las +siete». No podía consultar el reloj de bolsillo, porque el día anterior +al darle cuerda le había encontrado roto el muelle real. + +«Lo mejor será llamar». + +Salió a los pasillos en zapatillas. + +--¡Petra! ¡Petra!--dijo, queriendo dar voces sin hacer ruido. + +--Petra, Petra.... ¡Qué diablos! cómo ha de contestar si ya no está en +casa... la pícara costumbre, el hombre es un animal de costumbres. + +Suspiró don Víctor. Se alegraba en el alma de verse libre de aquel +testigo y semi-víctima de sus flaquezas; pero, así y todo, al recordar +ahora que en vano gritaba «¡Petra!», sentía una extraña y poética +melancolía. «¡Cosas del corazón humano!». + +--¡Servanda! ¡Servanda! ¡Anselmo! ¡Anselmo! + +Nadie respondía.--No hay duda, es muy temprano. No es hora de +levantarse los criados siquiera. ¿Pero entonces? ¿Quién me ha adelantado +el reloj?... ¡Dos relojes echados a perder en dos días!... Cuando entra +la desgracia por una casa.... + +Don Víctor volvió a dudar. ¿No podían haberse dormido los criados? ¿No +podía aquella escasez de luz originarse de la densidad de las nubes? +¿Por qué desconfiar del reloj si nadie había podido tocar en él? ¿Y +quién iba a tener interés en adelantarle? ¿Quién iba a permitirse +semejante broma? Quintanar pasó a la convicción contraria; se le antojó +que bien podían ser las ocho, se vistió deprisa, cogió el frasco del +anís, bebió un trago según acostumbraba cuando salía de caza aquel +enemigo mortal del chocolate, y echándose al hombro el saco de las +provisiones, repleto de ricos fiambres, bajó a la huerta por la escalera +del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el +silencio de la casa. «Pero a los criados ya los compondría él a la +vuelta. ¡Perezosos! Ahora no había tiempo para nada.... Frígilis debía de +estar ya en el Parque esperándole impaciente...». + +--Pues señor, si en efecto son las ocho no he visto día más obscuro en +mi vida. Y sin embargo, la niebla no es muy densa... no... ni el cielo +está muy cargado.... No lo entiendo. + +Llegó Quintanar al cenador que era el lugar de cita.... ¡Cosa más rara! +Frígilis no estaba allí. ¿Andaría por el parque?... Se echó la escopeta +al hombro, y salió de la glorieta. + +En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres +campanadas. Don Víctor se detuvo pensativo, apoyó la culata de su +escopeta en la arena húmeda del sendero y exclamó: + +--¡Me lo han adelantado! ¿Pero quién? ¿Son las ocho menos cuarto o las +siete menos cuarto? ¡Esta obscuridad!... + +Sin saber por qué sintió una angustia extraña, «también él tenía +nervios, por lo visto». Sin comprender la causa, le preocupaba y le +molestaba mucho aquella incertidumbre. «¿Qué incertidumbre? Estaba antes +obcecado; aquella luz no podía ser la de las ocho, eran las siete menos +cuarto, aquello era el crepúsculo matutino, ahora estaba seguro.... Pero +entonces ¿quién le había adelantado el despertador más de una hora? +¿Quién y para qué? Y sobre todo, ¿por qué este accidente sin importancia +le llegaba tan adentro? ¿qué presentía? ¿por qué creía que iba a ponerse +malo?...». + +Había echado a andar otra vez; iba en dirección a la casa, que se veía +entre las ramas deshojadas de los árboles, apiñados por aquella parte. +Oyó un ruido que le pareció el de un balcón que abrían con cautela; dio +dos pasos más entre los troncos que le impedían saber qué era aquello, y +al fin vio que cerraban un balcón de su casa y que un hombre que parecía +muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la +reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y después saltar +sobre un montón de tierra. + +«El balcón era el de Anita». + +El hombre se embozó en una capa de vueltas de grana y esquivando la +arena de los senderos, saltando de uno a otro cuadro de flores, y +corriendo después sobre el césped a brincos, llegó a la muralla, a la +esquina que daba a la calleja de Traslacerca; de un salto se puso sobre +una pipa medio podrida que estaba allá arrinconada, y haciendo escala +de unos restos de palos de espaldar clavados entre la piedra, llegó, +gracias a unas piernas muy largas, a verse a caballo sobre el muro. + +Don Víctor le había seguido de lejos, entre los árboles; había levantado +el gatillo de la escopeta sin pensar en ello, por instinto, como en la +caza, pero no había apuntado al fugitivo. «Antes quería conocerle». No +se contentaba con adivinarle. + +A pesar de la escasa luz del crepúsculo, cuando aquel hombre estuvo a +caballo en la tapia, el dueño del parque ya no pudo dudar. + +«¡Es Álvaro!» pensó don Víctor, y se echó el arma a la cara. + +Mesía estaba quieto, mirando hacia la calleja, inclinado el rostro, +atento sólo a buscar las piedras y resquicios que le servían de estribos +en aquel descendimiento. + +«¡Es Álvaro!» pensó otra vez don Víctor, que tenía la cabeza de su amigo +al extremo del cañón de la escopeta. + +«Él estaba entre árboles; aunque el otro mirase hacia el parque no le +vería. Podía esperar, podía reflexionar, tiempo había, era tiro seguro; +cuando el otro se moviera para descolgarse... entonces». + +«Pero tardaba años, tardaba siglos. Así no se podía vivir, con aquel +cañón que pesaba quintales, mundos de plomo y aquel frío que comía el +cuerpo y el alma no se podía vivir.... Mejor suerte hubiera sido estar al +otro extremo del cañón, allí sobre la tapia.... Sí, sí; él hubiera +cambiado de sitio. Y eso que el otro iba a morir». + +«Era Álvaro, ¡y no iba a durar un minuto! ¿Caería en el parque o a la +calleja?...». + +No cayó; descendió sin prisa del lado de Traslacerca, tranquilo, +acostumbrado a tal escalo, conocido ya de las piedras del muro. Don +Víctor le vio desaparecer sin dejar la puntería y sin osar mover el dedo +que apoyaba en el gatillo; ya estaba Mesía en la calleja y su amigo +seguía apuntando al cielo. + +--¡Miserable! ¡debí matarle!--gritó don Víctor cuando ya no era tiempo; +y como si le remordiera la conciencia, corrió a la puerta del parque, la +abrió, salió a la calleja y corrió hacia la esquina de la tapia por +donde había saltado su enemigo. No se veía a nadie. Quintanar se acercó +a la pared y vio en sus piedras y resquicios _la escalera de su +deshonra_. + +«Sí, ahora lo veía perfectamente; ahora no veía más que eso; ¡y cuántas +veces había pasado por allí sin sospechar que por aquella tapia se subía +a la alcoba de la Regenta!. Volvió al parque; reconoció la pared por +aquel lado. La pipa medio podrida arrimada al muro, como al descuido, +los palos del espaldar roto formaban otra escala; aquella la veía todos +los días veinte veces y hasta ahora no había reparado lo que era: ¡una +escala! Aquello le parecía símbolo de su vida: bien claras estaban en +ella las señales de su deshonra, los pasos de la traición; aquella +amistad fingida, aquel sufrirle comedias y confidencias, aquel +malquistarle con el señor Magistral... todo aquello era otra escala y él +no la había visto nunca, y ahora no veía otra cosa». + +«¿Y Ana? ¡Ana! Aquella estaba allí, en casa, en el lecho; la tenía en +sus manos, podía matarla, debía matarla. Ya que al otro le había +perdonado la vida... por horas, nada más que por horas, ¿por qué no +empezaba por ella? Sí, sí, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro, +había que matar, ¿quién lo dudaba? pero antes... antes quería meditar, +necesitaba calcular... sí, las consecuencias del delito... porque al +fin era delito...». «Ellos eran unos infames, habían engañado al esposo, +al amigo... pero él iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que +se quiera, pero asesino». + +Se sentó en un banco de piedra. Pero se levantó en seguida: el frío del +asiento le había llegado a los huesos; y sentía una extraña pereza su +cuerpo, un egoísmo material que le pareció a don Víctor indigno de él y +de las circunstancias. Tenía mucho frío y mucho sueño; sin querer, +pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se referían a su +desgracia, a su deshonra, a su vergüenza, se mostraban reacias, huían, +se confundían y se negaban a ordenarse en forma de raciocinio. + +Entró en el cenador y se sentó en una mecedora. Desde allí se veía el +balcón de donde había saltado don Álvaro. + +El reloj de la catedral dio las siete. + +Aquellas campanadas fijaron en la cabeza aturdida de Quintanar la triste +realidad.... «Le habían adelantado el reloj. ¿Quién? Petra, sin duda +Petra. Había sido una venganza. ¡Oh! una venganza bien cumplida. Ahora +le parecía absurdo haber tomado la poca luz del alba por día nublado. Y +si Petra no hubiera adelantado el reloj o si él no lo hubiese creído, +tal vez ignoraría toda la vida la desgracia horrible... aquella +desgracia que había acabado con la felicidad para siempre. La pereza de +ser desgraciado, de padecer, unida a la pereza del cuerpo que pedía a +gritos colchones y sábanas calientes, entumecían el ánimo de don Víctor +que no quería moverse, ni sentir, ni pensar, ni vivir siquiera. La +actividad le horrorizaba.... ¡Oh, qué bien si se parase el tiempo! Pero +no, no se paraba; corría, le arrastraba consigo; le gritaba: muévete; +haz algo, tu deber; aquí de tus promesas, mata, quema, vocifera, +anuncia al mundo tu venganza, despídete de la tranquilidad para siempre, +busca energía en el fondo del sueño, de los bostezos arranca los +apóstrofes del honor ultrajado, representa tu papel, ahora te toca a ti, +ahora no es Perales quien trabaja, eres tú, no es Calderón quien inventa +casos de honor, es la vida, es tu pícara suerte, es el mundo miserable +que te parecía tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos.... +Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, después desafía al galán y +mátale también... no hay otro camino. ¡Y a todo esto sin poder menear +pie ni mano, muerto de sueño, aborreciendo la vigilia que presentaba +tales miserias, tanta desgracia, que iba a durar ya siempre!». + +«Pero había llegado la suya. Aquel era su drama de capa y espada. Los +había en el mundo también. ¡Pero qué feos eran, qué horrorosos! ¿Cómo +podía ser que tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes, +aquellos rencores en verso y en el teatro? ¡Qué malo era el hombre! ¿Por +qué recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto dolían +cuando eran propias? ¡Y él, el miserable, hombre indigno, cobarde, +estaba filosofando y su honor sin vengar todavía!... ¡Había que empezar, +volaba el tiempo!... ¡Otro tormento! ¡el orden de la función, el orden +de la trama! ¿Por dónde iba a empezar, qué iba a decir; qué iba a hacer, +cómo la mataba a ella, cómo le buscaba a él?». + +El reloj de la catedral dio las siete y media. + +De un brinco se puso Quintanar en pie. + +--¡Media hora! media hora en un minuto; y no he oído el cuarto.... + +Y Frígilis va a llegar... y yo no he resuelto.... + +Don Víctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte, no +podía resolver. Se despreció profundamente, pero más profundo que el +desprecio fue el consuelo que sintió al comprender que no tenía valor +para matar a nadie, así, tan de repente. + +--O subo y la mato ahora mismo, antes que llegue Tomás, o ya no la mato +hoy.... + +Volvió a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la +laxitud del ánimo, que ya no luchaba con la impotencia de la voluntad, +recobró parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de la traición le +pinchó por la vez primera con fuerza bastante para arrancarle lágrimas. + +Lloró como un anciano, y pensó en que ya lo era. Jamás se le había +ocurrido tal idea. Su temperamento le engañaba, fingiendo una juventud +sin fin; la desgracia al herirle de repente le desteñía, como un +chubasco, todas las canas del espíritu. + +«Ay, sí, era un pobre viejo; un pobre viejo, y le engañaban, se burlaban +de él. Llegaba la edad en que iba a necesitar una compañera, como un +báculo... y el báculo se le rompía en las manos, la compañera le hacía +traición, iba a estar solo... solo; le abandonaban la mujer y el +amigo...». + +El dolor, la lástima de sí mismo, trajeron a su pensamiento ideas más +naturales y oportunas que las que despertara, entre fantasmas de fiebre +y de insomnio, la indignación contrahecha por las lecturas románticas y +combatida por la pereza, el egoísmo y la flaqueza del carácter. + +No sentía celos, no sentía en aquel momento la vergüenza de la deshonra, +no pensaba ya en el mundo, en el ridículo que sobre él caería; pensaba +en la traición, sentía el engaño de aquella Ana a quien había dado su +honor, su vida, todo. ¡Ay, ahora veía que su cariño era más hondo de lo +que él mismo creyera; queríala más ahora que nunca, pero claramente +sentía que no era aquel amor de amante, amor de esposo enamorado, sino +como de amigo tierno, y de padre... sí, de padre dulce, indulgente y +deseoso de cuidados y atenciones! + +«¡Matarla!--eso se decía pronto--¡pero matarla!... Bah, bah... los +cómicos matan en seguida, los poetas también, porque no matan de +veras... pero una persona honrada, un cristiano no mata así, de repente, +sin morirse él de dolor, a las personas a quien vive unido con todos los +lazos del cariño, de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y él +sentía su deshonra como la siente un padre, quería castigar, quería +vengarse, pero matar era mucho. No, no tendría valor ni hoy ni mañana, +ni nunca, ¿para qué engañarse a sí mismo? Mata el que se ciega, el que +aborrece, él no estaba ciego, no aborrecía, estaba triste hasta la +muerte, ahogándose entre lágrimas heladas; sentía la herida, comprendía +todo lo ingrata que era ella, pero no la aborrecía, no quería, no podría +matarla. Al otro sí; Álvaro tenía que morir; pero frente a frente, en +duelo, no de un tiro, no; con una espada lo mataría, aquello era más +noble, más digno de él. Frígilis tenía que encargarse de todo. Pero +¿cuándo? ¿ahora? ¿en cuanto llegase? No... tampoco se atrevía a +decírselo así, de repente. Después de hablar con alma humana de tan +vergonzoso descubrimiento, ya no había modo de volverse atrás, esto es, +de cambiar de resolución, de aplazar ni modificar la venganza. En cuanto +alguien lo supiera había que proceder de prisa, con violencia; lo exigía +así el mundo, las ideas del honor; él era al fin un marido burlado.... Y +a ella habría que llevarla a un convento. Y él, se volvería a su tierra, +si no le mataba Mesía; se escondería en La Almunia de don Godino». + +Al llegar aquí se acordó el infeliz esposo que Ana, meses antes, le +proponía un viaje a La Almunia. «¡Tal vez si él hubiera aceptado, se +hubiese evitado aquella desgracia... irreparable! Sí, irreparable, ¿qué +duda cabía?». + +«¿Y Petra? ¡Maldita sea! Petra.... ¡Es ella quien me hace tan +desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza, de donde +ya no saldré aunque mate al mundo entero; aunque haga pedazos a Mesía y +entierre viva a la pobre Ana!... ¡Ay, Ana también va a ser bien +infeliz!». + +La catedral dio ocho campanadas. «¡Las ocho! Ahora debía yo despertar... +y no sabría nada». + +Este pensamiento le avergonzó. En su cerebro estalló la palabra grosera +con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que toleran su +deshonra... y la ira volvió a encenderse en su pecho, sopló con fuerza y +barrió el dolor tierno.... «¡Venganza! ¡venganza!--se dijo--o soy un +miserable, un ser digno de desprecio...». + +Sintió pasos sobre la arena, levantó la cabeza y vio a su lado a +Frígilis. + +--¡Hola! parece que se ha madrugado--dijo Crespo, que gustaba de ser +siempre el primero. + +--Vamos, vamos--contestó don Víctor, volviendo a levantarse y después de +colgar la escopeta del hombro. + +La presencia de Frígilis le había asustado; sacó fuerzas de flaqueza +para tomar un partido de repente. Se resolvió por fin. Resolvió callar, +disimular, ir a caza. «Allá en los prados de las marismas, cuando se +quedara solo en acecho, en todo aquel día triste que iba a ser tan +largo, meditaría... y a la vuelta, a la vuelta acaso tendría ya formado +su plan, y consultaría con Tomás y le mandaría a desafiar al otro, si +era esto lo que procedía. Por ahora callar, disimular. Aquello no podía +echarse a volar así como quiera. El descubrimiento que debía a Petra no +era para revelado sin su cuenta y razón. A Frígilis podía decírsele +todo, pero a su tiempo». + +Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerró la verja con su llave. +Crespo iba delante. Miró don Víctor hacia el fondo de la huerta, hacia +el caserón que ya le parecía otro... «¿Qué hacía? ¿Era un cobarde +aplazando su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no +escaparían, no había miedo. Silencio y disimulo, esto hacía falta ahora. +Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera ¡iba a ser tan grave!». +Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus próximos +actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza, impresionable y +débil iban ahora a depender sucesos tan importantes, la suerte de varias +personas, le sumía en una especie de pánico taciturno y desesperado. +Veleidades tenía de llamar a Frígilis, decírselo todo, ponerlo en sus +manos todo.... «Frígilis, aunque era un soñador, llegado el caso tenía +mejor sentido que él; sabría ser más práctico.... ¿Qué haría?». + +Por lo pronto seguir a Tomás a la estación. Y callar. Para hablar +siempre era tiempo. + +La mañana seguía cenicienta; nubes y más nubes plomizas salían como de +un telar de los picos y mesetas del Corfín, caían sobre la sierra, se +arrastraban por sus cumbres, resbalaban hacia Vetusta y llenaban el +espacio de una tristeza gris, muda y sorda. + +«No hace frío», observó Frígilis al llegar a la estación. No llevaba más +abrigo que su bufanda a cuadros. Pero decía él que su cazadora valía por +la piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros. + +En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía que +hacer esfuerzos para no dar diente con diente.--¡No, no hace mucho +frío!--dijo, por miedo de delatarse. + +«Afortunadamente éste es un sonámbulo que no se fija nunca en si los +demás tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo de estar pálido, +desencajado... pero este egoísta no ve nada de eso». + +Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Frígilis encontró +antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volvían de Castilla y después +de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar allá en la aldea. +Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que se ahogaban +en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le inspiraba a él la +helada en las mañanas más frías del año, frotaba las manos y hablaba del +precio de las reses, y de las ventajas de la parcería, locuaz, como +nunca se le veía en Vetusta. Parecía que, según el tren se alejaba de +los tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en +sueño y en niebla, el alma de Frígilis se ensanchaba, respiraba a su +gusto aquel pulmón de hierro. + +«No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor, que su +amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren había tenido +tentaciones de arrojarse al andén; y después, de tirarse por la +ventanilla a la vía, y correr, correr desalado a Vetusta, entrar en el +caserón de los Ozores y coser a puñaladas el pecho de una infame...». + +Sí, todo esto había querido hacer don Víctor que se sintió morir de +vergüenza y de cólera contra los infames adúlteros y contra sí mismo, en +cuanto notó que el tren se movía y le alejaba del lugar del crimen, de +su deshonra y de su venganza necesaria... + +«¡Soy un miserable, soy un miserable!» gritaba por dentro Quintanar +mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba allá lejos; tan lejos, que +detrás de las lomas y de los árboles desnudos ya sólo se veía la torre +de la catedral, como un gallardete negro destacándose en el fondo +blanquecino de Corfín, envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba +de soslayo. + +«Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella... esto +no tiene nombre, ¡oh!... sí lo tiene...». Y ¡zas! el nombre que tenía +aquello, según Quintanar, estallaba como un cohete de dinamita en el +cerebro del pobre viejo. + +«¡Soy un tal, soy un tal!» y se lo decía a sí mismo con todas sus +letras, y tan alto que le parecía imposible que no le oyeran todos los +presentes. + +«Pero el tren huía de Vetusta, silbaba, le silbaba a él; y él no tenía +el valor de arrojarse a tierra, de volver al pueblo... iba a tardar más +de doce horas en ver el caserón, ¡aplazaba su venganza más de doce +horas!...». + +Pasaron un túnel y no quedó ya nada de Vetusta ni de su paisaje. Era +otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes rojizos, lomas +monótonas como oleaje simétrico se extendían cerrando el horizonte a la +izquierda de la vía. El cielo estaba obscuro por aquel lado, bajas las +nubes, que como grandes sacos de ropa sucia se deshilachaban sobre las +colinas de lontananza; a la derecha campos de maíz, ahora vacíos, +enseñaban la tierra, negra con la humedad; entre las manchas de las +tierras desnudas aparecían el monte bajo, de trecho en trecho, las +pomaradas ahora tristes con sus manzanos sin hojas, con sus ramos +afilados, que parecían manos y dedos de esqueleto. Por aquel lado el +cielo prometía despejarse, la niebla hacía palidecer las nubes altas y +delgadas que empezaban a rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se +extendía una franja lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los +castañares que semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en +verano misterios de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los +campos desnudos y las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en +triángulo macedónico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como +náufragos de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentándose con +graznar lúgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja +subterránea. + +Mientras Frígilis hablaba de la conveniencia de abandonar el cultivo del +maíz y de cultivar los prados con intensidad, don Víctor, apoyada la +cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo pardo y +veía desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por aquel +desierto de aire. Ya parecían polvos de imprenta, después aprensión de +la vista, después nada. + +«¡Lugarejo, dos minutos!» gritó una voz rápida y ronca. + +Don Víctor asomó la cabeza por la ventanilla. La estación, triste cabaña +muy pintada de chocolate y muerta de frío, estaba al alcance de su mano +o poco más distante. Sobre la puerta, asomada a una ventana una mujer +rubia, como de treinta años, daba de mamar a un niño. + +«Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos» pensó +Quintanar. + +Pasó el jefe de la estación que parecía un pordiosero. Era joven; más +joven que la mujer de la ventana parecía. + +«Se querrán. Ella por lo menos le será fiel». + +Después de esta conjetura don Víctor se dejó caer otra vez en su +asiento. Cerró los ojos, tapó el rostro cuanto pudo con una mano. El +tren volvió a moverse. El ruido del hierro y de la madera y la +trepidación uniforme eran como canción que atraía el sueño. Quintanar, +sin pensar en ello, medía el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes +con el compás de una marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de +la casa.... Después midió el paso del tren con los de cierta polka... y +después se quedó dormido. + +Media hora después llegaban a la estación en que dejaban el tren para +tomar a pie la carretera que los conducía a las marismas de Palomares. + +Don Víctor despertó asustado, gracias a un golpe que le dio en el hombro +Frígilis. + +Había soñado mil disparates inconexos; él mismo, vestido de canónigo con +traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don Álvaro y +a la Regenta. Y don Álvaro estaba en traje de clérigo también, pero con +bigote y perilla.... Después los tres juntos se habían puesto a cantar el +Barbero, la escena del piano; él, don Víctor, se había adelantado a las +baterías para decir con voz cascada: + +Quando la mia Rosina... el público de las butacas había graznado al +oírle como un solo espectador.... Todas las butacas estaban llenas de +cuervos que abrían el pico mucho y retorcían el pescuezo con +ondulaciones de culebra.... «Una pesadilla» pensó Quintanar, y entre +dormido y despierto emprendía la marcha a pie por la carretera de +Palomares abajo. Estaban en Roca--Tajada; a la derecha, a pico, se +elevaba el monte Arco partido por aquel desfiladero; estrecha garganta +por donde sólo cabían la angosta carretera y el río Abroño que se +cruzaban en mitad de la hoz pasando el camino, perpendicular al río, por +un puente de piedra blanca. + +Después de almorzar en Roca--Tajada, en la taberna de Matiella, +estanquero y albañil, grande amigo de Frígilis, los dos amigos cazadores +dejaron el camino real, y por prados fangosos de hierba alta, de un +verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abroño, allí más +ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las ondas verdes que le +mandaba el mar ya vecino. + +Frígilis y Quintanar pasaron el río en una barca, comenzaron a subir una +colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por pomaradas y +laureles, pinos de copa redonda y ancha y álamos esbeltos. El verde de +los pinares y de los laureles y de algunos naranjos de las huertas, +sobre el verde más claro de las praderas en declive, limpias y como +recortadas con tijeras, alegraba la cumbre resaltando bajo el cielo +lechoso y entre las paredes blancas, que se comían toda la luz del día, +difusa y como cernida a través de las nubes delgadas. Según subían por +la falda de la loma que era como primer escalón para la colina, el +terreno se afirmaba, la hierba aclaraba su color y menguaba. Frígilis se +detuvo y contempló el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante +que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que +se veía en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río, +como una pared obscura que subía hacia las nubes. + +Quintanar se sentó sobre una peña que dejaba descubierta el prado. De la +parte de Areo, cruzando sobre el río a mucha altura, vieron venir un +bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Frígilis disparó los +de su escopeta con tan mala suerte, que no consiguió más que dispersar +las apretadas filas. + +--¡Tira tú, bobo!--gritó Crespo furioso. + +Quintanar se levantó, apuntó, disparó y cuatro tordos de agua cayeron +heridos por los perdigones que, según pensó en aquel instante don +Víctor, debía tener en los sesos el amigo traidor, el infame don Álvaro. + +«Sí, aquel tiro era el de Álvaro, los tordos, inocentes, caían a pares, +y el ladrón de su honra vivía». Y ¡cosa extraña! cuando allá en el +parque había estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el +cartucho mortífero tenía carga de perdigón; suponíalo lleno de postas o +de balas. + +Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tenía encima, el +cazador sintió el placer de la vanidad satisfecha. «Frígilis había +disparado dos tiros y... nada; disparaba él uno solo y... cuatro.... Sí, +cuatro, allí estaban, sangrando sobre el prado, mezclando las gotas +rojas con la escarcha blanca de la hierba». + +Media hora después Frígilis tomaba el desquite matando un soberbio pato +marino. Quintanar, por gusto, mató un cuervo que no recogió. + +Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de +Frígilis se aburrían. Aquella caza en que ellos representaban un papel +secundario, les parecía una vergüenza; bostezaban y obedecían mal a la +voz del amo. + +Después de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Víctor +sintió su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo veía claro, +toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le aparecía +como un tratado clásico de historia. Lo que había sucedido, lo que iba +a suceder, lo veía como en un panorama. Y sentía comezón de hablar y +ansias de llorar. ¿Por qué no abría el pecho al amigo del alma, al +verdadero, al único? No se lo abrió. «No era tiempo». + +Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado, +siempre alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se comían, pero +Frígilis les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los +cazadores con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional. +Esperaban, _fingían_ estar descuidados, disimulaban su vigilancia, y al +ir Frígilis a disparar, escondido tras un seto... volaban los condenados +gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por eso los perseguía +tenaz, irritado. + +Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que +cubrían tiñéndolo de negro, se encontraban con la descarga de Crespo; si +tomaban por el otro lado, disparaba don Víctor. + +El cual se quedó solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no +había conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detrás de un toldo +blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un poco de +aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de +invierno, que después aparecían bajo las nubes, volando fuera de tiro, +sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida, suponía +Quintanar. + +«El campo estaba melancólico. El invierno parecía una desnudez. Y a +pesar de todo, ¡qué hermosa era la naturaleza! ¡qué tranquilamente +reposaba!... ¡Los hombres, los hombres eran los que habían engendrado +los odios, las traiciones, las leyes convencionales que atan a la +desgracia el corazón!». La filosofía de Frígilis, aquel pensador +agrónomo que despreciaba la sociedad con sus _falsos principios_, con +sus preocupaciones, exageraciones y violencias, se le presentó a +Quintanar, a quien el cuerpo repleto le pedía siesta, como la filosofía +verdadera, la sabiduría única, eterna. «Vetusta quedaba allá, detrás de +montes y montes, ¿qué era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto. +Y todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga, +fabricaba su albergue, ¿qué eran comparados con los bosques vírgenes, +los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?... Nada. Y las leyes +de honor, las preocupaciones de la vida social todas, ¿qué eran al lado +de las grandes y fijas y naturales leyes a que obedecían los astros en +el cielo, las olas en el mar, el fuego bajo la tierra, la savia +circulando por las plantas?». + +Vivos deseos sintió Quintanar por un momento de echar raíces y ramas, y +llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que veía coronando +las cimas del monte Areo. «Vegetar era mucho mejor que vivir». + +Oyó un tiro lejano, después el estrépito de las peguetas que volaban +riéndose con estridentes chillidos; las vio pasar sobre su cabeza. No se +movió. Que se fueran al diablo. Él estaba pensando en Tomás Kempis. Sí, +Kempis, a quien había olvidado, tenía razón; donde quiera estaba la +cruz. «Arregla, decía el sabio asceta, arregla y ordena todas las cosas +según tu modo de ver y según tu voluntad, y verás que siempre tienes +algo que padecer de grado o por fuerza; siempre hallarás la cruz». + +Y también recordaba lo de: «Algunas veces parecerá que Dios te deja, +otras veces serás mortificado por el prójimo; y lo que es más, muchas +veces te serás molesto a ti mismo». + +«Sí, el prójimo me mortifica, y yo mismo me molesto, me hago daño hasta +sangrar el alma.... No sé lo que debo hacer, ni lo que debo pensar +siquiera. Anita me engaña, es una infame sí... pero ¿y yo? ¿No la engaño +yo a ella? ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo distraído y soso a +los ardores y a los sueños de su juventud romántica y extremosa? ¿Y por +qué alegué derechos de mi edad para no servir como soldado del +matrimonio y pretendí después batirme como contrabandista del adulterio? +¿Dejará de ser adulterio el del hombre también, digan lo que quieran las +leyes?». + +Le daba ira encontrarse tan filósofo, pero no podía otra cosa. +Comprendía que aquellas meditaciones le alejaban de su venganza, que en +el fondo del alma él no quería ya vengarse, quería castigar como un juez +recto y salvar su honor, nada más. Y esto mismo le irritaba. Después +volvía la lástima tierna de sí mismo, la imagen de la vejez solitaria... +y los alcaravanes, allá en el cielo gris, iban cantando sus ayes como +quien recita el _Kempis_ en una lengua desconocida. + +«Sí, la tristeza era universal; todo el mundo era podredumbre; el ser +humano lo más podrido de todo». + +Y siempre sacaba en consecuencia que él no sabía lo que debía hacer, ni +siquiera lo que debía pensar, ni aun lo que debía sentir. + +«De todas suertes, las comedias de capa y espada mentían como bellacas; +el mundo no era lo que ellas decían: al prójimo no se le atraviesa el +cuerpo sin darle tiempo más que para recitar una rendondilla. Los +hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan deprisa». + +De noche, en el tren, cuando volvían solos a Vetusta en un coche de +segunda, por miedo al frío de los de tercera, Frígilis que miraba el +paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez había podido más que +el sol y había roto las nubes, Frígilis sintió un suspiro como un +barreno detrás de sí, y volvió la cabeza diciendo: + +--¿Qué te pasa, hombre? Todo el día te he visto preocupado, tristón... +¿qué pasa? + +La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas rompía +las tinieblas de aquel coche que parecía caja de muerto. + +Frígilis no podía ver bien el rostro de don Víctor, pero le oyó, de +repente, llorar como un chiquillo, y sintió la cabeza fuerte y blanca de +Quintanar apoyada en el hombro del amigo. Sí, se apoyaba el pobre viejo +con cariño, confianza, y con la fuerza con que se deja caer un muerto. +Parecía aquello la abdicación de su pensamiento, de toda iniciativa. + +--Tomás, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado; escucha... + + + + +--XXX-- + + +--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer. + +--¿Tú no entras? + +--No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer. + +--¡Me dejas solo ahora! + +--Volveré si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Mañana vendré +temprano. + +--Te advierto que no te he dicho que sí. + +--Bueno, bueno... adiós. + +--Espera, espera... no me dejes solo... todavía. No te he dicho que sí; +tal vez... lo piense más y... me decida por seguir el camino opuesto. + +--Pero por de pronto, Víctor, prudencia, disimulo.... Es decir, si no +quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes.... + +--¡Sí, sí! Benítez cree que un gran susto, una impresión fuerte.... + +--Eso; puede matarla. + +--¡Está enferma! + +--Sí, más de lo que tú crees. + +--¡Está enferma! Y un susto, un susto grande... puede matarla. + +--Eso, así como suena. + +--Y yo debo subir, y guardar para mí todos estos rencores, toda esta +hiel tragármela... y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y +no se asuste... y no se me muera de repente.... + +--Sí, Víctor, sí; todo eso debes hacer. + +--Pero confiesa, Tomás, que todo eso se dice mejor que se hace; y +comprende que ese aldabón me inspire miedo, explícate la razón que tengo +para tenerle el mismo asco que si fuera de hierro líquido.... + +Calló a esto Frígilis. + +Llegaban de la estación; estaban en el portal del caserón de los Ozores, +que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo. + +Quintanar no tenía valor para subir a su casa. No quería llamar. «Iban a +abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se atrevería a sonreír +como siempre, tal vez a ponerle la frente cerca de los labios para que +la besara.... Y él tendría que sonreír, y besar y callar... y acostarse +tan sereno como todas las noches.... Tomás debía comprender que aquello +era demasiado...». + +Y además, las revelaciones de Frígilis respecto a la salud de Ana le +habían caído al pobre ex-regente como una maza sobre la cabeza. «Aquella +alegría, aquella exaltación que la habían llevado... al crimen, a la +infamia de una traición... eran una enfermedad; Ana podía morir de +repente cualquier día; una impresión extraordinaria lo mismo de dolor +que de alegría, mejor si era dolorosa, podía matarla en pocas horas...». +Esto había contestado Frígilis a la historia de su amigo. A Mesía +fusilémosle, había dicho, si eso te consuela; pero hay que esperar, hay +que evitar el escándalo, y sobre todo hay que evitar el susto, el +espanto que sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su alcoba como +los maridos de teatro.... Ana, culpable según las leyes divinas y +humanas, no lo era tanto en concepto de Frígilis que mereciera la +muerte. + +--¿Quién quiere matarla? ¡Yo no quiero eso!--había interrumpido don +Víctor al oír esto. + +Pero Frígilis había replicado: + +--Sí quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay que hacer +hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la única +solución; pero confiesa que el perdonar es una solución también. + +--Perdonarla es transigir con la deshonra.... + +--Eso ya lo veríamos. ¿Tú eres cristiano? + +--Sí, de todo corazón, más cada día.... Como que ya no veo más refugio +para mi alma que la religión.... + +--Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. Pero +no se trata de esto todavía; se trata de no cortar el camino al perdón, +antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa puñalada mortal al entrar +en su cuarto y gritar: «¡Muera la esposa infiel!» para que ella +conteste: «¡Jesús mil veces!» y caiga redonda. Yo no sé si diría «Jesús +mil veces» pero de que caería estoy seguro. Y ya ves, antes de matarla +hay que ver si tenemos derecho para ello. + +--No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia.... + +--Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada +trágico. Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te +acordarás, creí hacer la felicidad de ambos.... + +--Y no parecía que te habías equivocado. La mía la habías hecho. La de +ella... durante más de diez años pareció que también. + +--Sí, pareció; pero la procesión andaba por dentro.... + +Diez años fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco. + +--Mira, Frígilis, tu filosofía no es para consolar a un marido en mi +situación.... Ya sé yo todo lo que tú puedes decirme, y mucho más.... Eso +no es consolarme.... + +--Ni yo creo que tu situación admita consuelos más que el del tiempo y +la reflexión lenta y larga.... Pero ahora no se trata de ti, se trata de +ella. ¿Te empeñas en coser el cuerpo con un florete o con una espada a +Mesía? Sea; pero hay que ver cuándo y cómo. Hay que tener calma. Después +de lo que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Benítez me impuso y +que rompo por lo apurado del caso, después de saber que puede sucumbir +ante una revelación semejante.... + +--¿Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo sé? ¿Quién te +asegura a ti que no me despreciará, que no procurará huir con el otro? + +--¡Víctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil. No hizo más que +esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no está enamorada de +Mesía.... En cuanto vea que es un cobarde y que la abandona antes que +pelear por ella... le despreciará, le maldecirá... y en cambio los +remordimientos la volverán a ti, a quien siempre quiso. + +--¡Que quiso!--Sí, más que a un padre. ¿Qué mejor prueba quieres que +todo lo pasado? ¿Por qué se hizo mística?... Y la pobre... también tuvo +que sufrir ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de +esto no hablemos. ¿Por qué luchó, como luchó sin duda? Porque te +quería... porque te quiere... te quiere mucho.... + +--¡Y me vende!--¡Te vende! ¡te vende!... En fin, no hablemos de eso... +ya has dicho que no quieres mis filosofías. Ello es, que si armas +arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay otra de entierro. + +--¡Hombre dices las cosas de un modo!... + +--La verdad. Un drama completo. Pero en último caso, si tan irritado +estás, si tan ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu +conciencia que bien claro te habla; llama, sube, alborota, quema la +casa.... O no hagas tanto, que bastará con que la espantes con tu noticia +para que Ana caiga de espaldas y le estalle dentro una de esas cosas en +que tú no crees, pero que son para la vida como los alambres para el +telégrafo. Si estás furioso, si no puedes contenerte, también tú tendrás +disculpa hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes +perdón de Dios. + +Esto último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a +su amigo estremecerse. + +Después de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la +estación a casa, y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se +acercó a la puerta para coger el aldabón, y cuando Frígilis exclamó: + +--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer. + +Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr +en busca de don Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición, +para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la +cita, si la tenía como era de suponer. Pensaba Crespo que a Víctor no se +le había ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que +aquella noche se repetiría la escena de la anterior, que debía de ser ya +antigua costumbre; podía don Álvaro, que no había visto a su víctima +cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas, sorprenderle +Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia. Además, +Frígilis tenía la convicción de que don Álvaro escaparía de Vetusta en +cuanto él le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban +motivos para creer muy cobarde al don Juan Tenorio. + +«¡Pero aquel Víctor no le dejaba marchar!». + +Por fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su +ira, lo que fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el digno regente +jubilado con el mismo aldabonazo enérgico y conciso con que hacía +retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el jefe de familia +respetado y tal vez querido. + +--¡Adiós, adiós, hasta mañana temprano!--dijo Frígilis librándose de la +mano trémula que le sujetaba un brazo. + +--«¡Egoísta, pensó don Víctor al quedarse solo--; es la única persona +que me quiere en el mundo... y es egoísta!». + +Se abrió la puerta. Vaciló un momento.... Se le figuró que del patio +salía una corriente de aire helado.... + +Entró, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que dejaba +atrás; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a +paso, por el portal adelante, se acercaba a él y que se le quitaba el +sombrero que era de teja. + +--¡Mi señor don Víctor!--dijo una voz melosa y temblona. + +--¡Cómo! ¿usted? ¡es usted... señor Magistral!... Un temblor frío, como +precursor de un síncope, le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras +añadía, procurando una voz serena: + +--¿A qué debo... a estas horas... la honra...? ¿qué pasa?... ¿Alguna +desgracia?... + +«Pero este hombre ¿no sabe nada?» se preguntó De Pas que parecía un +desenterrado. + +Miró a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado +el rostro; y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le +tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta +llegar allí, el Magistral no había hablado, no había hecho más que +estrechar la mano de don Víctor e invitarle con un ademán gracioso y +enérgico al par, a subir aquella escalera. + +--Pero ¿qué pasa?--repitió don Víctor en voz baja en el primer +descanso. + +--¿Viene usted de caza?--contestó el otro con voz débil. + +--Sí, señor, con Crespo; ¿pero qué sucede? Hace tanto tiempo... y a +estas horas.... + +--Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al despacho.... + +Anselmo alumbraba por los pasillos del caserón a su amo a quien seguía +el Magistral. + +--«No pregunta por Ana»--pensó De Pas. + +--La señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor +que la avise?--preguntó Anselmo. + +--¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral quiere hablarme a +solas...--y se volvió el amo de la casa al decir esto. + +--Bien, sí; al despacho... entremos en su despacho.... + +Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle +aquel hombre? ¿A qué venía?...». + +Anselmo encendió dos luces de esperma y salió. + +--Oye, si la señora pregunta por mí, que allá voy... que estoy +ocupado... que me espere en su cuarto.... ¿No es eso? ¿No quiere usted +que estemos solos? + +El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la +puerta por donde salía Anselmo. + +«Ya estaba allí, ya había que hablar... ¿qué iba a decir? Terrible +trance; tenía que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle +luz; no sabía absolutamente nada de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo +hablar sin preguntar antes? ¿Qué sabía don Víctor? esta era la +cuestión... según lo que supiera, así él debía hablar... pero no, no era +esto... había que comenzar por explicarse. Buen apuro». Estaba el +Magistral como si don Víctor le hubiera sorprendido allí, en su +despacho, robándole los candeleros de plata en que ardían las velas. + +Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos +y pasmados. + +--«¿Usted dirá?» decían aquellas pupilas brillantes y en aquel momento +sin más expresión que un tono interrogante. + +«Había que hablar». + +--¿Tendría usted... por ahí... un poquito de agua?...--dijo don Fermín, +que se ahogaba, y que no podía separar la lengua del cielo de la boca. + +Don Víctor buscó agua y la encontró en un vaso, sobre la mesilla de +noche. El agua estaba llena de polvo, sabía mal. Don Fermín no hubiera +extrañado que supiera a vinagre. Estaba en el calvario. Había entrado en +aquella casa porque no había podido menos: sabía que necesitaba estar +allí, hacer algo, ver, procurar su venganza, pero ignoraba cómo. +«Estaba, cerca de las diez de la noche, en el despacho del marido de la +mujer que le engañaba a él, a De Pas, y al marido; ¿qué hacía allí?, +¿qué iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral pasaron todas +las estaciones de aquel día de Pasión. Mientras bebía el vaso de agua, y +se limpiaba los labios pálidos y estrechos, sentía pasar las emociones +de aquel día por su cerebro, como un amargor de purga. Por la mañana +había despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no +podía explicarle la causa de su mal había preferido fingirse sano, y +levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un +resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces sonaban +apagados, los cuerpos sólidos parecían todos huecos; todo parecía tener +la fragilidad del sueño. Antojábasele una crueldad de fiera, un egoísmo +de piedra, la indiferencia universal; ¿por qué hablaban todos los +vetustenses de mil y mil asuntos que a él no le importaban, y por qué +nadie adivinaba su dolor, ni le compadecía, ni le ayudaba a maldecir a +los traidores y a castigarlos? Había salido de las calles y había +paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena húmeda bordada +por las huellas del agua corriente, con sus árboles desnudos y helados. +Había paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera rasgar +la sotana con las rodillas; aquella sotana que se le enredaba entre las +piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un trapo de carnaval colgado +al cuello. + +«Él, él era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que aún no había +matado a nadie (y ya era medio día) y que debía de saberlo todo desde +las siete. Las leyes del mundo ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho +de vengarse y no tenía el deseo; él tenía el deseo, la necesidad de +matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho.... Era un clérigo, un +canónigo, un prebendado. Otras tantas carcajadas de la suerte que se le +reía desde todas partes». En aquellos momentos don Fermín tenía en la +cabeza toda una mitología de divinidades burlonas que se conjuraban +contra aquel miserable Magistral de Vetusta. + +La sotana, azotada por las piernas vigorosas, decía: _ras, ras, ras_; +como una cadena estridente que no ha de romperse. + +Sin saber cómo, De Pas había pasado delante de la fonda de Mesía. «Sabía +él que don Álvaro estaba en casa, en la cama. Si, como temía, don Víctor +no le había cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había +ocurrido, en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del +placer. Podía subir, entrar en su cuarto, y ahogarle allí... en la cama, +entre las almohadas.... Y era lo que debía hacer; si no lo hacía era un +cobarde; temía a su madre, al mundo, a la justicia.... Temía el +escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le sujetaba la +inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras... era un cobarde: +un hombre de corazón subía, mataba. Y si el mundo, si los necios +vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban ¿por qué? él +respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas ¿que, por +qué mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha engañado mi +mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para conservar +su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma +porque no le he tomado también el cuerpo.... Los mato a los dos porque +olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que _ubi irritatio ibi +fluxus_, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su +carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la +pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me está +envenenando el alma.... Mato porque me engañó; porque sus ojos se +clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de +sus labios que también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato +porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy +fiera...». + +Pero no mató. Se acercó a la portería y preguntó... por el señor obispo +de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta. + +--Ha salido--le dijeron. Y don Fermín sin ver lo que hacía, dobló una +tarjeta y la dejó al portero. + +Y volvió a su casa. Se encerró en el despacho. Dijo que no estaba para +nadie y se paseó por la estrecha habitación como por una jaula. + +Se sentó, escribió dos pliegos. Era una carta a la Regenta. Leyó lo +escrito y lo rasgó todo en cien pedazos. Volvió a pasear y volvió a +escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba las uñas en la cabeza. + +En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gemía, imprecaba, deprecaba, +rugía, arrullaba; unas veces parecían aquellos regueros tortuosos y +estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias que tenía el +Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia engañada y +sofocada y provocada, salían a borbotones, como podredumbre líquida y +espesa. La pasión hablaba entonces con el murmullo ronco y gutural de la +basura corriente y encauzada. Otras veces se quejaba el idealismo +fantástico del clérigo como una tórtola; recordaba sin rencor, como en +una elegía, los días de la amistad suave, tierna, íntima, de las +sonrisas que prometían eterna fidelidad de los espíritus; de las citas +para el cielo, de las promesas fervientes, de las dulces confianzas; +recordaba aquellas mañanas de un verano, entre flores y rocío, místicas +esperanzas y sabrosa plática, felicidad presente comparable a la futura. +Pero entre los quejidos de tórtola el viento volvía a bramar sacudiendo +la enramada, volvía a rugir el huracán, estallaba el trueno y un +sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo negro un rayo. +«¡Y por quién dejaba Ana la salvación del alma, la compañía de los +santos y la amistad de un corazón fiel y confiado...! ¡por un don Juan +de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de temporada, por +un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por +un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y +hueca!...». «Pero ya comprendía él la causa de aquel amor; era la impura +lascivia, se había enamorado de la carne fofa, y de menos todavía, de la +ropa del sastre, de los primores de la planchadora, de la habilidad del +zapatero, de la estampa del caballo, de las necedades de la fama, de los +escándalos del libertino, del capricho, de la ociosidad, del polvo, del +aire.... Hipócrita... hipócrita... lasciva, condenada sin remedio, por +vil, por indigna, por embustera, por falsa, por...» y al llegar aquí era +cuando furioso contra sí mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral, +airado porque no sabía escribir de modo que insultara, que matara, que +despedazara, sin insultar, sin matar, sin despedazar con las palabras. +«Aquello no podía mandarse bajo un sobre a una mujer, por más que la +mujer lo mereciera todo. No, era más noble sacar de una vaina un puñal y +herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre +perfumado». + +Pero escribía otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la indignación, +la franqueza necesaria a su pasión estallaban por otro lado; y entonces +era él mismo quien aparecía hipócrita, lascivo, engañando al mundo +entero. «Sí, sí, decía, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para +mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro +sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor, +nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de +niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el +quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la +máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí donde no lo +puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre ¿no lo sabías? ¿por eso me +engañaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene +miedo, sábelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos +frente a frente, escaparía de mí... Yo soy tu esposo; me lo has +prometido de cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se +queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma +que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como tu +miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer, ¿qué saben +ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo...? Sí, tú las sabías +también... y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por +todas las mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la orgía, los +labios que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las +heridas del estupro, por...». + +Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas +las otras. No acertaba a arrojar en el cesto los pedacitos blancos y +negros, y el piso parecía nevado; y sobre aquellas ruinas de su +indignación artística se paseaba furioso, deseando algo más suculento +para la ira y la venganza que la tinta y el papel mudo y frío. + +Salió otra vez de casa; paseó por los soportales que había en la Plaza +Nueva, enfrente de la casa de los Ozores. + +«¿Qué habría pasado? ¿Habría descubierto algo don Víctor? No; si hubiera +habido algo, ya se sabría. Don Víctor habría disparado su escopeta sobre +don Álvaro, o se estaría concertando un desafío y ya se sabría; no se +sabía nada, nada; luego nada había sucedido». + +Dos, tres veces, ya al obscurecer, entró el Magistral en el zaguán +obscuro del caserón de la Rinconada. Quería saber algo, espiar los +ruidos... pero a llamar no se atrevía... «¿A qué iba él allí? ¿Quién le +llamaba a él en aquella casa donde en otro tiempo tanto valía su +consejo, tanto se le respetaba y hasta quería? Nadie le llamaba. No +debía entrar». No entró. «Además, iba pensando mientras se alejaba, si +yo me veo frente a ella, ¿qué sé yo lo que haré? Si ese marido indigno, +de sangre de horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la +tuviera entre mis manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo +que haría. No, no debo entrar en esa casa; me perdería, los perdería a +todos». + +Y volvió a la suya. Doña Paula entró en el despacho. Hablaron de los +negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de muchas cosas más; +pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y a la madre. + +--«No se podía hablar de aquello» pensaba él. + +--«No se podía hablar de aquello, ni a solas» pensaba ella. + +La madre lo sabía todo. Había comprado el secreto a Petra. + +Además, ya ella, por su servicio de policía secreta, y por lo que +observaba directamente, había llegado a comprender que su hijo había +perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldecía porque la creía +querida de su Fermo, ahora la aborrecía porque el desprecio, la burla, +el engaño, la herían a ella también. ¡Despreciar a su hijo, abandonarle +por un barbilindo mustio como don Álvaro! El orgullo de la madre daba +brincos de cólera dentro de doña Paula. «Su hijo era lo mejor del mundo. +Era pecado enamorarse de él, porque era clérigo; pero mayor pecado era +engañarle, clavarle aquellas espinas en el alma.... ¡Y pensar que no +había modo de vengarse! No, no lo había». Y lo que más temía doña Paula +era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese +algún delito escandaloso. + +La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle. + +A doña Paula se le ocurría un medio de castigar a los infames, sobre +todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el crimen, propalar +el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don Víctor para que +saliera lanza en ristre a matar a don Álvaro. + +«Y nada de esto se le podía decir a Fermo». + +Doña Paula entraba, salía, hablaba de todo, observaba todos los gestos +de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor de manos, +aquel ir y venir por el despacho. + +«¡Qué no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! Sí, bien +merecía aquel hijo de las entrañas que se le arrancasen aquellas espinas +del alma. ¡Había sido tan buen hijo! ¡Había sido tan hábil para +conservar y engrandecer el prestigio que le disputaban!». Desde que doña +Paula vio que «no estallaba un escándalo», que don Fermín mostraba +discreción y cautela incomparables en sus extrañas relaciones con la +Regenta, se lo perdonó todo y dejó de molestarle con sus amonestaciones. +Y después del triunfo de su hijo sobre la impiedad representada en don +Pompeyo Guimarán, después de aquella conversión gloriosa, su madre le +admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción de sus +deseos íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que ella +reputaba decencia. + +No, no se podía hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y al +fin doña Paula dejó solo a don Fermín; subió a su cuarto. Y desde allí, +en vela, se propuso espiar los pasos de su hijo, que continuaba +moviéndose abajo: le oía ella vagamente. + +Sí, don Fermín, que cerró la puerta del despacho con llave en cuanto se +quedó solo, se movía mucho: tenía fiebre. Se le ocurrían proyectos +disparatados, crímenes de tragedia, pero los desechaba en seguida. +«Estaba atado por todas partes». Cualquier atrocidad de las que se le +ocurrían, que podía ser sublime en otro, en él se le antojaba, ante +todo, grotesca, ridícula. + +Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de maníaco de que +estaba vestido de máscara llegó a ser una obsesión intolerable. Sin +saber lo que hacía, y sin poder contenerse, corrió a un armario, sacó de +él su traje de cazador, que solía usar algunos años allá en Matalerejo, +para perseguir alimañas por los vericuetos; y se transformó el clérigo +en dos minutos en un montañés esbelto, fornido, que lucía apuesto talle +con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte y de elegancia natural y +varonil, lleno de juventud todavía. Se miró al espejo. «Aquello ya era +un hombre». La Regenta nunca le había visto así. + +«En el armario había un cuchillo de montaña». + +Lo buscó, lo encontró y lo colgó del cinto de cuero negro. La hoja +relucía, el filo señalado por rayos luminosos, parecía tener una +expresión de armonía con la pasión del clérigo. El Magistral le +encontraba _una música_ al filo insinuante. + +«Podía salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría poca +gente por las calles, nadie le reconocería con aquel traje de cazador +montañés; podía ir a esperar a don Álvaro a la calleja de Traslacerca, a +la esquina por donde decía Petra que le había visto trepar una noche. +Don Álvaro, si don Víctor no había descubierto nada o si no sabía que +don Víctor le había descubierto, volvería otra vez, como todas las +noches acaso... y él, don Fermín, podía esperarle al pie de la tapia, en +la calleja, en la obscuridad... y allí, cuerpo a cuerpo, obligándole a +luchar, vencerle, derribarle, matarle.... ¡Para eso serviría aquel +cuchillo!». + +Doña Paula se movió arriba. Crujieron las tablas del techo. + +Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y caído +en el cerebro del hijo, don Fermín pensó de repente: + +«Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal +a ese infame.... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de +novela. ¿Para qué pensar en lo que no he de hacer nunca? No hay más +remedio que utilizar el valor y las ideas románticas y caballerescas de +don Víctor; guardaré el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...». + +Y don Fermín se despojó del chaquetón pardo, dejó el sombrero de anchas +alas, desciñó el cinto negro, guardó todas estas prendas, más el +cuchillo, en el armario y se vistió la sotana y el manteo, como una +armadura. «Sí, aquella era su loriga, aquéllos sus arreos». + +«Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar a +Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora +del tren. Voy a su casa...». + +Y salió. «Si mi madre me sale al paso le diré que me espera un enfermo, +que quiere confesar conmigo sin falta...». + +En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula corriendo. + +--¿A dónde vas? Él dijo su mentira. Y ella fingió creerla y le dejó +marchar, porque adivinó en el rostro, en la voz, en todo, que su hijo no +iba ciego, no iba a dar escándalo. + +«Acaso se le había ocurrido lo mismo que a ella». + +Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás +Crespo desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a +saludar a don Víctor, que abría la puerta, y subió con él; y estaba +dispuesto a hablarle, a preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la +venganza necesaria... y no sabía cómo empezar. + +Cuando acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el Magistral +aún no sabía lo que iba a decir. + +Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín +habló... + +--Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted +y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y +por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, de poco agradable +acceso.... + +--Al grano, señor Magistral.--La hora de mi visita, el hacer yo pocas a +esta casa hace algún tiempo; todo esto contribuirá... + +--Sí, señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué pasa, don Fermín? ¡Por +los clavos de Cristo! + +--De Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus clavos, y de +sus espinas y de la cruz.... + +--Por compasión...--Don Víctor, yo necesito antes de hablar que usted +me declare el estado de su ánimo.... + +--¿Qué quiere usted decir? + +--Está usted pálido, visiblemente preocupado, bajo el peso de un gran +disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del farol de la +escalera.... + +--Y usted también... está. + +La voz de Quintanar temblaba.--Pues eso quiero saber; si usted conoce +la causa de mi visita, en parte a lo menos, podré ahorrarme el disgusto +de abordar los preliminares enojosísimos de una cuestión.... + +--Pero, ¿de qué se trata? ¡por las once mil!... + +--Señor Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si usted tiene +algo que... decir... algún consejo que buscar.... Yo también vengo a +hablarle a usted de lo que sé como sacerdote, pero la conciencia de +quien me lo comunicó exige precisamente que yo dé este paso.... + +Don Víctor se puso en pie de un salto. + +En aquel momento estaba muy satisfecho de sí mismo el Magistral, porque +acababa de ver claro. Ya sabía qué camino era el suyo. + +--¿Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a mi casa?... + +--Don Víctor, confiéseme usted si usted sabe algo de un asunto que le +interesa muchísimo, y si el saberlo es la causa de esa alteración de su +semblante.... Necesito empezar por aquí. + +--Sí, señor; hoy sé algo que no sabía ayer... que me importa muchísimo +¡ya lo creo! más que la vida.... Pero, si usted no habla más claro, yo no +sé si debo... si puedo.... + +--Ahora, sí; ahora ya puedo hablar más claro. + +--Una persona... decía usted.... + +--Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... ha +acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su +complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la había +acusado, y que por medida perentoria de reparación... había puesto en +poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero temiendo +nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se apresuraba a +declararme lo que había, para ver si podían evitarse más crímenes... que +al cabo, crimen sería una violencia... una venganza sangrienta.... + +Don Fermín se interrumpió para callar, respetando así el dolor de don +Víctor, que se había dejado caer sobre un sofá, y apretaba la cabeza +entre las manos. + +--¿Petra... ha sido Petra?--dijo don Víctor preguntando con el tono +especial del que ya sabe lo mismo que pregunta. + +--La infeliz no comprendió al principio que su conducta podía causar +nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don Víctor, a impedirlos si es +tiempo.... En nombre del Crucificado, don Víctor, ¿qué ha sucedido aquí? + +--Nada, ¡pero aún estamos a tiempo!--contestó el marido burlado, puesto +en pie, con los puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa +en medio de la plaza; furioso ante la idea de que no había habido allí +_nada_, ningún crimen cuyo autor debía ser él, según exigían las leyes +del honor... y del teatro.--Nada, nada... pero habrá, habrá sangre.... +¿Y usted lo sabe? ¿Esa mujer ha divulgado mi deshonra?... Eso ha sido +también una venganza, no es arrepentimiento; es venganza... pero esto +importa poco. ¡Lo que importa es que el mundo sabe!... ¡Desgraciado +Quintanar! ¡Mísero de mí!... + +Y volvió a caer sobre el sofá el pobre viejo, que volvía a sentir el +mismo sueño soporífero que le había encogido el ánimo por la mañana. + +«El mundo sabe»--había dicho don Víctor--y estas palabras sugirieron a +don Fermín otra mentira provechosa. + +Pero antes dijo:--Don Víctor, no extraño que en su dolor usted no tenga +tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he dicho que el mundo +supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor. + +--¿Pero cree usted que Petra no habrá dicho?... + +--Petra no; pero... por desgracia...--Además, lo que importa aquí es mi +honra, no que el mundo sepa o ignore.... De todas maneras, pronto sabrá +de mi venganza y se podrá enterar de todo. + +Y se puso a dar vueltas por el despacho. + +De Pas se levantó también. + +--Por desgracia--continuó--la maledicencia se ha apoderado hace tiempo +de ciertos rumores, de algo aparente.... + +Don Víctor rugió al gritar: + +--¡Dios mío! ¿qué es esto? ¿esto más? ¿El mundo dice?... ¿Vetusta entera +habla?... + +Y se clavaba las uñas en la cabeza, mesándose las canas. + +Don Fermín, mientras el otro se entregaba a los arranques mímicos de su +dolor, de su vergüenza, habló largo y tendido del asunto. «Sí, por +desgracia, hacía meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se +murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don Álvaro entraba +en el palacio de los Ozores. Esto era lo peor, después de la desgracia +en sí misma. Era lo peor porque el Magistral, que conocía las exaltadas +ideas de don Víctor respecto al honor, temía que obedeciendo a impulsos +disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la religión, se +arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo +crimen no podía ser más repugnante y digno de castigo. Pero, amigo, +aunque él, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se +explicaba la vehemente cólera que debía de dominar a don Víctor, y +comprendía, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta y +terrible venganza; si tal hacía como hombre, en cuanto sacerdote de una +religión de paz y de perdón, tenía que aconsejar y procurar, en cuanto +pudiese, la suavidad, los procedimientos que la moral recomienda para +tales casos». Don Víctor, con el rostro entre las manos hacía signos de +protesta; negaba como si quisiese arrancarse la cabeza del tronco. + +«Pero qué le diría, o le podría decir Quintanar al Magistral, que él no +comprendiera.... Sí, sí, mirando las cosas como las mira el mundo, +aquello pedía sangre, es más, no ya sólo por satisfacer el deseo de +vengarse, hasta para poder vivir entre las gentes con lo que llama el +mundo decoro, era necesario, según las leyes sociales, según lo que las +costumbres y las ideas corrientes exigían, que don Víctor buscase a +Mesía, le desafiase, le matase si posible le era, o si le cogía _in +fraganti_ en el delito, o cerca de él, que le sacrificase sin +miramientos, con justicia pronta. Así lo habían hecho varones +esclarecidos que eran asombro del mundo y se veían cantados y alabados +en poemas y tragedias. Todo esto lo sabía el Magistral perfectamente». +Y en efecto, con tal calor y elocuencia exponía «las _razones_ que, +desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre» +que después, cuando recordaba que tenía que defender el partido +contrario, el de caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los +agravios y conformidad con la cruz; cansado ya por los esfuerzos +anteriores era otro el Magistral, se volvía premioso, decía con frialdad +vulgaridades de sermón de aldea. Su propósito no lo penetraba don +Víctor, pero sentía los efectos de la perfidia del canónigo. «Sí», +pensaba el ex-regente, mientras el Magistral volvía a enumerar los +sacrificios de amor propio, pundonor y otras muchas cosas que exigía la +religión a un buen cristiano a quien su mujer engañaba: «sí, he estado +ciego, me he portado indignamente, he debido matar a Mesía de una +perdigonada, sobre la tapia, o si no correr en seguida a su casa y +obligarle a batirse a muerte acto continuo; el mundo lo sabe todo, +Vetusta entera me tiene por... un... por un...» y saltaba don Víctor +cerca del techo al oírse a sí mismo en el cerebro la vergonzosa palabra. + +Y entonces las frases frías, desmadejadas, con que el Magistral +recomendaba el perdón, el olvido, le sonaban a hueco, a retórica vana: +«Aquel santo varón no sabía lo que era un ultraje de aquella especie; ni +lo que exigía la sociedad». + +Para que el clérigo le dejase en paz y no le cansase más con sus +sermones sosos y desprovistos de vida, de unción, don Víctor fingió +ceder; y dijo que no haría ningún disparate, que meditaría, que +procuraría armonizar las exigencias de su honor y aquello que la +religión le pedía.... + +Entonces se alarmó don Fermín; creyó que había perdido terreno, y +volvió a la carga. Con vivos colores pintó el desprecio que el mundo +arroja sobre el marido que perdona y que la malicia cree que +consiente.... + +Don Víctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre más despreciable +del mundo si no hacía una que fuese sonada.... «Oh, sí, cuanto antes... +en cuanto fuera de día daría sus pasos, mandaría dos padrinos a don +Álvaro; había que matarle». + +Don Fermín volvió a tranquilizarse, viendo la exaltación de la ira +pintada en el magistrado. «Sí, había hombre; la máquina estaba +dispuesta; el cañón con que él, don Fermín, iba a disparar su odio de +muerte, ya estaba cargado hasta la boca». + +Don Víctor no hablaba. Gruñía arrimado a la pared, en un rincón... + +«Ya no había qué hacer allí». El Magistral se despidió. Pero al salir, +al llegar a la puerta, se volvió de repente y con ademán solemne, como +sacerdote de ópera, exclamó: + +--Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy +todavía, de usted, le exijo en nombre de Dios... que... si esta... +noche... sorprendiera usted... algún nuevo... atentado... si ese infame, +que ignora que usted lo sabe todo, volviera esta noche.... Yo sé que es +mucho pedir... pero un asesinato no tiene jamás disculpa a los ojos de +Dios, aunque la tenga a los del mundo.... Evite usted que ese hombre +pueda llegar aquí... pero... ¡nada de sangre, don Víctor, nada de sangre +en nombre de la que vertió por todos el Crucificado!... + +«¡Es verdad, pensó don Víctor cuando se quedó solo, es verdad! ¿Y yo, +estúpido, tonto, no había dado en ello? Ese hombre debe volver esta +noche.... ¡Y yo, por no matarla a ella con el susto, iba a dejar que +otra vez... otra vez!... ¡Y no pensaba en ello!...». + +Se abrió la puerta y entró la Regenta. + +Venía pálida, vestía un peinador blanco, y no hacía ruido al andar. Sus +ojos parecían más grandes que nunca, y miraban con una fijeza que daba +escalofríos. A lo menos los sintió don Víctor, que dio un paso atrás, y +tuvo terror, como en presencia de un fantasma. Antes que en la traición +de aquella mujer pensó en el gran peligro que corría la vida de Ana, si +una emoción fuerte la espantaba. No le pareció su mujer a don Víctor, le +pareció la Traviata en la escena en que muere cantando. Sintió el pobre +viejo una compasión supersticiosa; aquel ser vaporoso que se le aparecía +de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quería él en aquel +instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo temía +al mismo tiempo como a cosa del otro mundo.... «¡Qué fácil era asesinar +con una palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de +su delito! Oh, no, lo que es a ella no la mataría, ni con puñal, ni con +bala, ni con palabras fulminantes...». + +--¿Quién estaba ahí?--preguntó Ana tranquila. + +--El Magistral--respondió don Víctor, que suponía a su mujer enterada de +lo mismo que preguntaba. + +Ana se turbó.--¿A qué venía... a estas horas?--preguntó disimulando sus +temores. + +--¿A qué? Cosas de política.... Eso del obispo y el gobernador... lo de +las votaciones que corre prisa... en fin... cosas de política. + +La Regenta no insistió. Se retiró sin acercarse a su marido, que no la +buscó tampoco para darle el beso en la frente con que solían despedirse +todas las noches. + +Respiró Quintanar cuando se vio solo. «Aquello había salido bien. No se +había descubierto. Anita no había podido sospechar.... Tenía la +conciencia tranquila, señal de que había hecho bien por lo pronto». + +Pidió el té que era su cena los días de caza y de comida de fiambre; dio +orden a los criados de acostarse, y a las once y media, de puntillas y +sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, bajó al parque en +zapatillas, armado de escopeta. La había cargado con postas. + +«¡Oh, sí! el Magistral le había sugerido, sin querer, una buena idea. +¿Qué no hubiera sangre, eh? Oh, lo que es como volviese aquella noche... +¡moría don Álvaro! Y que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que +cayera redonda, que le prendieran a él.... Cualquier cosa... pero como +volviera, moría». Así como poco antes había sentido la conciencia +tranquila al contener su cólera delante de Ana, ahora se sentía +satisfecho ante su resolución de matar al ladrón de su honra si volvía. + +La noche era obscura, el frío intenso. Don Víctor no tuvo más remedio +que volver a su cuarto por la capa. Se exponía a hacer ruido, o que el +otro tuviera tiempo de venir y escalar el balcón entre tanto... pero a +cuerpo no se podía estar allí. Se quedaría helado. Fue, con la prisa que +pudo, a buscar la capa, y bien embozado volvió a su puesto de centinela +en el cenador, desde el cual veía el perfil de la tapia, destacándose +borrosa en el cielo negro; y vería también el balcón del tocador si se +abría para dar paso a don Álvaro. + +Oyó las doce, la una, las dos... no oyó las tres, porque debió de +dormitar un poco, aunque él se lo negaba a sí mismo.... Y a las cuatro no +pudo resistir ya el frío y el sueño; y delirante, sin conciencia de sí +mismo ni del mundo ambiente, tropezando en todo, subió a su cuarto, +buscó la cama a tientas, se desnudó por máquina, se envolvió entre las +sábanas y se quedó dormido en un sopor de fiebre lleno de fantasmas +ardientes, de monstruos dolorosos. + +Aquella tarde no asistieron al Casino a la hora del café, como solían, +ni Mesía, ni Ronzal, ni el capitán Bedoya ni el coronel Fulgosio. + +Lo cual notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son +de misterio: + +--Señores, cuando yo digo que hay gato.... + +--¿Qué gato?--preguntó don Frutos Redondo el americano. + +Estaban, como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo, +el del tresillo. + +Todos los presentes rodearon a Foja que añadió: + +--Noten ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capitán ni el +coronel. Ciertos son los toros. Cuando el río suena.... + +--Pero ¿qué suena?--preguntó Orgaz padre, que algo sabía. + +Joaquinito, que se daba aires de saber muchas cosas, dijo: + +--Nada, señores, yo digo a ustedes que no hay nada.... + +--Pues con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades. Lo sé de +buena tinta.... Quintanar debe de haber mandado a estas horas sus +padrinos a don Álvaro. + +--¡Padrinos! ¿por qué?--preguntó Redondo. + +--¡Bah! Está usted buen cazurro. Demasiado sabe usted por qué. La verdad +es que aquello era un escándalo. + +Joaquín Orgaz defendió a don Álvaro. + +Pero Foja no atacaba a Mesía, atacaba a don Víctor que había consentido +tanto tiempo aquella desvergüenza. + +--¿Pero qué sabe usted si consentía? No sabía nada. Y si ahora desafía +al otro, será que descubrió algo.... + +--O que se ha cansado de aguantar...--O no habrá tal desafío. + +Toda la tarde se habló allí de lo mismo. Al obscurecer llegó Ronzal. +Nadie se atrevió a interrogarle al principio. Foja se cansó de ser +prudente y preguntó a Trabuco dándole un golpecito en el hombro: + +--¿Es usted padrino?--¿Padrino de qué?--dijo Ronzal con ceño adusto, +aire misterioso, y como hombre prudentísimo que opone un muro de hielo a +una indiscreción. + +--Padrino del duelo a muerte entre Mesía y Quintanar.... + +--¿Pero a usted quién le ha dicho?... Palabra de... quiero decir... yo +no sé... yo niego.... Es usted un mentecato y un hablador insustancial +¿Cree usted que asuntos tan serios se vienen a tratar al café? + +--¿Ven ustedes? Lo que yo decía--gritó Foja triunfante sin hacer caso de +los insultos. + +Ronzal negó, se obstinó en callar; pero se conocía que le costaba +grandes esfuerzos. + +Miró el reloj muchas veces y preguntó a Joaquinito Orgaz, aparte, pero +de modo que lo oyeran los demás: + +--¿Sabe usted si don Pedro el picador tiene todavía sables de...? + +Y lo demás lo dijo en voz baja. + +Orgaz no sabía nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y salió del +Casino, diciendo: + +--Adiós, señores.--¿Ven ustedes? Lo que yo decía. Duelo tenemos. +Aquellos señores se declararon en sesión permanente. Los mozos +encendieron el gas, y continuó el tertulín de la tarde empalmándose con +el de la noche. Algunos fueron a cenar y volvieron. A las ocho en todo +el Casino no se hablaba más que del duelo. Los del billar dejaron los +tacos para venir a la sala de las mentiras a cazar noticias; hasta _los +de arriba_, los del cuarto del crimen, que solían dejar que pasaran +revoluciones sin darse por entendidos, mandaron sus emisarios abajo para +saber lo que ocurría. + +Un desafío en Vetusta era un acontecimiento de los más extraordinarios. +De tarde en tarde algunos señoritos se daban de bofetadas en el Espolón, +en algún sitio público, pero no pasaba de ahí. Los insultos no tenían +jamás consecuencias. Nunca había habido en Vetusta una sala de armas. +Hacía años, un comandante retirado había querido ganarse la vida dando +lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y otros +varios comenzaron con gran afición a dejarse dar de palos, pero pronto +se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro prestado +a cualquiera. + +No se recordaba en la población más que dos desafíos en que se hubiera +llegado _al terreno_; uno de Mesía, allá, muchos años atrás, cuando era +muy joven; había sido padrino del contrario Frígilis, único vetustense +que asistió al lance. + +Nunca había querido decir lo que había pasado allí, pero era lo cierto +que ni Mesía ni su adversario habían guardado cama un solo día después +del duelo. + +El otro desafío había sido entre un jefe económico y un cajero por +cuestiones de la caja. Sobre si sacaste tú o saqué yo. Se habían batido +a primera sangre. El cajero había recibido un arañazo en el cuello, +porque el jefe económico daba sablazos horizontales con el propósito de +degollar al contrario. Y no había más desafíos _llevados al terreno_ en +las crónicas vetustenses. + +Se discutió mucho aquella noche, para pasar el rato mientras llegaban +noticias, sobre la legitimidad de esta _costumbre bárbara que habíamos +heredado de la Edad media_. + +Orgaz padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, aseguró +que el duelo era resto de las ordalías. + +Don Frutos dijo que sí sería, pero que ni ordalías ni san ordalías le +hacían a él batirse. Él acudía al juez si le ofendían, y si no había +modo, ventilaba la cuestión a palos.--Eso de que me mate un espadachín, +que no ha tenido que trabajar para ganarse la comida, no lo consentirá +el hijo de mi madre. + +--Sin embargo--decía Orgaz padre--hay circunstancias... el honor... la +sociedad.... Ya ve usted, Fígaro condena el duelo, y confiesa que él se +batiría llegado el caso. + +--Es que yo no soy un mal barbero, señor mío--gritó don Frutos--tengo +algo que perder. + +Hubo que explicarle a don Frutos quién era Fígaro; pero aún después de +enterado, Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y gritar, vociferó +diciendo, que de todas maneras, al que le desafiase, él le rompía el +alma.... + +--Pues yo--dijo el ex-alcalde--a la justicia me atengo... una querella +criminal, la ley está terminante.... + +--Pues yo--exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz +temblorosa--yo no hago nada de eso. Al que me desafíe, si es un diestro, +le obligo a aceptar un duelo en las condiciones siguientes: (Atención +general.) A dos pasos de distancia (se coloca, midiendo dos pasos +largos, enfrente de don Frutos que se pone muy serio y erguido) una +pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz palidece ante la idea de que +aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos, tres (da las tres +palmadas) ¡plun! ¡y al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga! Así me +bato yo. La cuestión no es ser diestro, es tener valor. + +--¡Bravo, bravo! ¡eso, eso!--gritó gran parte del concurso, como si +oyera aquello por primera vez. + +Siempre que se hablaba de desafíos decían lo mismo que aquel día Foja, +don Frutos, Orgaz y otros caballeros. + +En vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron +por allí ni Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, según se decía, eran +los padrinos, amén de Frígilis. + +Era verdad. Por más que Crespo encargó el secreto más absoluto a todas +las personas que tuvieron que intervenir en el triste negocio, no se +sabe cómo, aunque se sospecha que por culpa de Ronzal, pronto corrió por +Vetusta el rumor de lo cierto. Petra y Ronzal habían sido los +indiscretos. Petra, por venganza, por mala índole, había hablado, había +dicho a alguna amiga _lo de_ su antigua ama. «¿Que por qué había dejado +aquella casa? Por tal y por cual». Trabuco, a quien la honra de merecer +la confianza de Quintanar había llenado de vanidad, no había podido +resistir la tentación de dejar _transparentarse_ su secreto. Ello era +que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa. + +El Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su +deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de +caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de topo, y los +tendría.... + +Pasó aquel día, y pasó el siguiente y no se sabía nada. + +--¿Era _una papa_ lo del duelo?--preguntaba Foja en el Casino. + +Y entonces reventó Joaquinito Orgaz, que lo sabía todo por el +Marquesito. + +--No, no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte. + +Pero los padrinos se habían portado mal, eran torpes, a pesar de las +ínfulas del coronel Fulgosio que decía tener el código del honor en la +punta de los dedos: no parecían armas, se había hablado del sable +primero, pero no parecían sables de desafío; no había en Vetusta sables +así, o no querían darlos los que los tenían. Se había recurrido a la +pistola... y tampoco parecían pistolas a propósito. «Yo creo--añadía +Joaquinito, y Paco cree lo mismo, que esto es inverosímil y que Frígilis +quiere dar largas al asunto a ver si convence a Mesía y lo hace +marcharse de Vetusta». + +--¡Qué indignidad!--gritó Foja. + +--Pues ésa había sido la primera solución. La misma noche del día en +que, al parecer (esto se cuenta por lo menos) don Víctor descubrió su +deshonra, Frígilis fue a ver a Mesía y le suplicó que saliera del pueblo +cuanto antes. Mesía se lo contó _ce_ por _be_ a Paco. + +--Bueno, ¿y qué más? + +--Nada, que Mesía, como era natural, se opuso; dijo que Quintanar y todo +Vetusta podían atribuir a miedo su ausencia.--Pero Frígilis, que tiene +cierta influencia sobre don Álvaro, le obligó a darle palabra de honor +de que al día siguiente tomaría el tren de Madrid. Parece ser que +Quintanar tuvo en sus manos la vida de Álvaro; que pudo matarle de un +tiro y no le mató. Y Frígilis invocaba esto y los derechos del marido +ultrajado para obligar a Mesía a huir. «Eso no es cobardía--dice que +le dijo--eso es hacerse justicia a sí mismo, usted merece la muerte por +su traición y yo le conmutó la pena por el destierro». + +--¿Eso dijo Crespo?--Eso.--¡Miren Frígilis!--Tiene mucha confianza +con Álvaro, que le respeta mucho. + +--Bueno, ¿y qué más? + +--Nada, que Álvaro dio palabra. Pero al día siguiente, ayer por la +mañana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el equipaje para +largarse, se le presentaron Frígilis y Ronzal en son de desafío. Parece +ser que muy temprano don Víctor llamó a Frígilis y le obligó a buscar a +Trabuco para ir juntos a desafiar al burlador; Frígilis no tuvo más +remedio que obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba +escapar, amenazó con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los +periódicos, en la calle.... Estaba furioso. + +--¡Claro, las comedias!--Ello es, que Frígilis tuvo que devolver a +Álvaro la promesa de huir y mandarle buscar padrinos. + +--¿Y Mesía?--Es claro; dejó el viaje y buscó padrinos; querían que yo +fuese uno (mentira) pero después... como yo soy muy amigo de ambos... en +fin, se buscó otros... y no parecían.... Sólo Fulgosio, que siempre se +presta a tales enredos... y Bedoya, que al fin es militar.... + +En general, Joaquinito estaba bien enterado. Mesía se lo había dicho +todo al Marquesito que había ido a verle a la fonda. + +Lo que no le había dicho era que él tenía mucho miedo; que así como se +alegraba de ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca +salud que le quedaba y a dejarle en ridículo a los mismos ojos de Ana, +le horrorizaba la idea de verse frente a frente de don Víctor con una +espada o una pistola en la mano. + +La proposición primera de Frígilis la aceptó inmediatamente. + +«¡Era natural! debía huir, ¿con qué derecho iba él a procurar la muerte +del hombre que le había perdonado la vida aquella mañana y a quien él +había robado la honra? Huiría; al día siguiente, sin falta tomaría el +tren». + +Ya lo esperaba Frígilis, que sabía a qué atenerse respecto del valor de +Álvaro. + +Como que había sido testigo de aquel duelo misterioso, a que aludían los +socios del Casino. Don Álvaro, por culpa de una mujer, había sido retado +a singular combate por un forastero; todos los padrinos eran de la +guarnición menos Frígilis, único vetustense que presenció el lance. El +duelo era a sable, en el Montico, en una arboleda, de tarde, cerca del +obscurecer. Mesía y su adversario estaban en mangas de camisa (se +acordaba Frígilis como si hubiese sido el día anterior), estaban en +mangas de camisa, sable en mano... ambos pálidos y temblando de frío y +de miedo. El cielo encapotado amenazaba desplomarse en torrentes de +lluvia. Los dos _combatientes_ miraban a las nubes. Frígilis comprendió +lo que deseaban. Comenzó la lid soltera y al primer choque de los aceros +estalló un trueno y empezaron a caer gotas como puños. Mesía y su +adversario temblaban como las ramas de los árboles que batía el +viento.... Tan grande fue el chaparrón que los padrinos suspendieron el +duelo... que no se continuó. «No habían ido a batirse contra los +elementos». Mesía quedó incólume y Crespo implícitamente le dio +seguridades de que guardaría el secreto de aquel trance ridículo y de la +cobardía del Tenorio vetustense. + +Recordando todo esto, Frígilis trató como un zapato a Mesía aquella +noche memorable en que le intimó la huida. Pero--decía bien Joaquín +Orgaz--al día siguiente tuvo que devolver su palabra a don Álvaro. Ya no +debía huir. Quintanar se empeñaba en batirse; era aragonés y no cejaría. + +«No sé quién me le ha cambiado. Anoche parecía resuelto o poco menos a +una solución pacífica, se contentaba con que usted desapareciera; y hoy, +cuando fui a verle me encontré al señor de Ronzal, que está presente, al +lado del lecho de mi amigo». + +Ronzal saludó. Mesía se había puesto muy pálido. Estaba metiendo ropa +blanca en un mundo y suspendió la tarea. + +--De modo que...--Que tiene usted que buscar padrinos. + +A Frígilis le había disgustado que don Víctor, sin consultar con él, +hubiese llamado a Ronzal. Quintanar creía en la energía del diputado por +Pernueces y sabía que no estimaba a don Álvaro. Según el ex-magistrado, +era un buen padrino. Error, según Frígilis. + +Lo peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar. + +«¡Ni un día se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra es pública, que la +reparación lo sea, y además terrible y rápida». + +«Pero si tienes fiebre, si estás malo...». + +«No importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me +levanto y busco yo mismo otros padrinos». + +No hubo más remedio. Mesía, a regañadientes, y ocultando el pavor como +podía, buscó sus dos padrinos. + +Se convino que el duelo fuese a sable. Pero no parecían sables útiles. +Además, surgieron dificultades sobre ciertos pormenores. Y así pasó un +día. + +Al siguiente por la mañana se acordó que se batieran a pistola. + +Don Víctor formó entonces su plan. Se alegró de que fuese el duelo a +pistola. + +Pero tampoco parecían pistolas de desafío. + +Y pasó otro día. Don Víctor se levantó al siguiente después de pasar +setenta horas en la cama, con fiebre un día entero, impaciente a ratos, +angustiado otros, y siempre disimulando en presencia de Ana, que le +cuidaba solícita. + +Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedió a la +calentura vinieron accesos de melancolía, y meditaciones +filosófico-religiosas. Don Víctor sintió que el ánimo aflojaba, no por +amor a la vida propia, que no creía en gran peligro ante don Álvaro, +sino por miedo a los remordimientos. Cuando supo lo de las pistolas, +resolvió no matar a su contrario. «Le dejaría cojo. Tiraría a las +piernas. El otro no era probable que le hiriese a él tirando a veinte +pasos; tendría que ser por una casualidad». + +Sin que Ana sospechase nada, porque Mesía había cumplido su palabra, +dada a Frígilis, de despedirse por escrito para un viaje electoral, +urgentísimo y breve; sin que Ana sospechase por lo menos que se trataba +de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, salió de casa don +Víctor por la puerta del parque acompañado de Frígilis, a la hora en que +solían ir de caza. + +En la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La mañana estaba fría +y la helada sobre la hierba imitaba una somera nevada. + +En la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de él estaba +Benítez, el médico de Ana. Al verle don Víctor palideció, pero en nada +más se pudo notar su emoción. + +Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero. +Se apearon, y rodeando la quinta del Marqués, entraron en el bosque de +robles donde meses antes don Víctor había buscado a su mujer ayudado del +Magistral. «¡Cuántas cosas se explicaba ahora que no había comprendido +entonces!». No importaba; la verdad era que del furor que en su corazón +había hecho estragos después de la visita nocturna de don Fermín, ya no +quedaban más que restos apagados: ya no aborrecía a don Álvaro, ya no se +figuraba imposible la vida mientras no muriese aquel hombre: la +filosofía y la religión triunfaban en el ánimo de don Víctor. Estaba +decidido a no matar. + +Llegaron a lo más alto del bosque; allí había una meseta, y en un claro +sitio suficiente para medir más de treinta pasos. Las últimas +condiciones del duelo eran estas: veinticinco pasos, pudiendo avanzar +cinco cada cual. Valía apuntar en los intervalos de las palmadas que +habían de ser muy breves. Lo cierto era que Fulgosio, el coronel, nunca +había presenciado un duelo a pistola, aunque él aseguraba haber asistido +a muchos, y Ronzal y Bedoya en su vida habían intervenido en semejantes +negocios. Frígilis sólo había visto el duelo frustrado de Mesía. +Aquellas condiciones las había copiado el coronel de una novela francesa +que le había prestado Bedoya. Lo único original allí era que Fulgosio +juraba que su honor de soldado no le permitía autorizar un simulacro de +desafío, y que el duelo a pistola y a tal distancia y a la voz de mando +sin apuntar y entre dos _primerizos_, pues primerizo era también Mesía a +pistola, sería la carabina de Ambrosio. + +Bedoya pensó que don Víctor era buen tirador, pero no se atrevió a +presentar objeciones a su colega. La parte contraria tampoco tuvo nada +que decir. + +Cuando llegaron a la meseta, lugar del duelo, don Víctor y los suyos +encontraron solo el terreno. Quince minutos después aparecieron entre +los árboles desnudos don Álvaro y sus padrinos, más el señor don +Robustiano Somoza. Mesía estaba hermoso con su palidez mate, y su traje +negro cerrado, elegante y pulquérrimo. + +A don Víctor se le saltaron las lágrimas al ver a su enemigo. En aquel +instante hubiera gritado de buena gana: ¡perdono! ¡perdono!... como +Jesús en la cruz. Quintanar no tenía miedo, pero desfallecía de +tristeza; «¡qué amarga era la ironía de la suerte! ¡Él, él iba a +disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera hecho feliz a Anita, si diez +años antes la hubiera enamorado! ¡Y él... él, Quintanar, estaría a estas +horas tranquilo en el Tribunal Supremo o en La Almunia de don Godino!... +Todo aquello de matarse era absurdo.... Pero no había remedio. La prueba +era que ya le llamaban, ya le ponían la pistola fría en la mano...». + +Frígilis, sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de que +Mesía tuviera valor para disparar y, por casualidad también, herir a +Víctor, Frígilis apretó la mano a Quintanar al dejarle en su puesto de +honor. + +Y se separaron testigos y médicos a buena distancia, porque todos temían +una _bala perdida_. Don Álvaro pensó en Dios sin querer. Esta idea +aumentó su pavor; recordó que aquella piedad sólo le acudía en las +enfermedades graves, en la soledad de su lecho de solterón.... + +Frígilis estaba asustado del valor de aquel hombre. + +Mesía mismo se explicaba mal cómo había llegado hasta allí. + +Pensando en esto, y mientras apuntaba a don Víctor, sin verle, sin ver +nada, sin fuerza para apretar el gatillo, oyó tres palmadas rápidas y en +seguida una detonación. La bala de Quintanar quemó el pantalón ajustado +del petimetre. + +Mesía sintió de repente una fuerza extraña en el corazón; era robusto, +la sangre bulló dentro con energía. El instinto de conservación despertó +con ímpetu. «Había que defenderse. Si el otro volvía a disparar iba a +matarle; ¡era don Víctor, el gran cazador!». + +Mesía avanzó cinco pasos y apuntó. En aquel instante se sintió tan bravo +como cualquiera. ¡Era la corazonada! El pulso estaba firme; creía tener +la cabeza de don Víctor apoyada en la boca de su pistola; suavemente +oprimió el gatillo frío y... creyó que se le había escapado el tiro. +«No, no había sido él quien había disparado, había sido la +_corazonada_». + +Ello era que don Víctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba cubierta +de escarcha, y mordía la tierra. + +La bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba llena. + +Esto lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva del Vivero, +adonde se trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado. +Yacía don Víctor en la misma cama donde meses antes había dormido con el +dulce sueño de los niños. + +Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que tenía lágrimas +heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de +remordimientos. Bedoya había acompañado a Mesía, que pocas horas después +tomaba el tren de Madrid, tres días más tarde de lo que Frígilis había +pensado. + +Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y +triste, esperaba órdenes en la habitación contigua a la del moribundo. +Vio salir a Frígilis que enseñaba los puños al cielo, creyéndose solo. + +--¿Qué hay, señor? ¿Cómo está ese bendito del Señor?... + +Frígilis miró a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo +mismo dijo: + +--La vejiga llena.... La peritonitis de... no sé quién.... Eso dicen +ellos. + +--¿La qué, señor? + +--Nada... ¡que se muere de fijo! + +Y Frígilis entró en un gabinete, que estaba a obscuras para llorar a +solas. + +Poco después Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrás a Somoza el +médico. + +--¿Y trasladarle a Vetusta?...--decía el militar. + +--¡Imposible! ¡Ni soñarlo! ¿Y para qué? Morirá esta tarde de fijo. + +Somoza solía equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos. + +Esta vez se equivocó dándole a don Víctor más tiempo de vida del que le +otorgó la bala de don Álvaro. + +Murió Quintanar a las once de la mañana. + + * * * * * + +El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa rara! + +Las nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus humores en Marzo y +en Abril. Los vetustenses salían a la calle como el cuervo de Noé pudo +salir del arca, y todos se explicaban que no hubiera vuelto. Después de +dos meses pasados debajo del agua, ¡era tan dulce ver el cielo azul, +respirar aire y pasearse por prados verdes cubiertos de belloritas que +parecen chispas del sol! + +Toda Vetusta paseaba. Pero Frígilis no pudo conseguir que Ana pusiera el +pie en la calle. + +--Pero, hija mía, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha dicho +Benítez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios no se +callarán mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el sol... +vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable... tenga usted caridad... +consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer si usted quiere; ¡está +el paseo grande tan hermoso a tales horas! O si no al obscurecer, a +tomar el fresco, por una carretera.... Por Dios, hija, va usted a +enfermar otra vez. + +--No, no salgo...--y Ana movía la cabeza como los ciegos--. Por Dios, +don Tomás, no me atormenten, no me atormenten con ese empeño.... Ya +saldré más adelante... no sé cuándo. Ahora me horroriza la idea de la +calle.... ¡Oh, no, por Dios... no! por Dios me dejen. + +Y juntaba las manos y se exaltaba; y Frígilis tenía que callar. + +Ocho días había estado Ana entre la vida y la muerte, un mes entero en +el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente, padeciendo +ataques nerviosos de formas extrañas, que a ella misma le parecían +enfermedades nuevas cada vez. + +Frígilis había dicho a la Regenta que Quintanar estaba herido allá en +las marismas de Palomares, que se le había disparado la escopeta y.... +Pero Ana, espantada, adivinando la verdad, había exigido que se la +llevase a las marismas de Palomares inmediatamente.... + +--«No podía ser, no había tren hasta el día siguiente...». + +--«Pues un coche, un coche.... Se me engaña; si eso fuera cierto, usted +estaría al lado de Víctor...». + +Frígilis explicó su presencia lo menos mal que pudo. + +Las mentiras piadosas fueron inútiles; Ana se dispuso a salir sola, a +correr en busca de su Víctor.... Hubo que decirle una verdad; la muerte +de su esposo. Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cayó sin sentido +y despertó en el lecho. Dos días creyó Frígilis tenerla engañada, +atribuyendo la desgracia a un accidente de la caza. Pero Ana creía la +verdad, no lo que le decían; la ausencia de Mesía y la muerte de Víctor +se lo explicaron todo. + +Y una tarde, a los tres días de la catástrofe, en ausencia de Frígilis, +Anselmo entregó a su ama una carta en que don Álvaro explicaba desde +Madrid su desaparición y su silencio. + +Cuando Crespo, al obscurecer, entró en la alcoba de Ana, la llamó en +vano dos, tres veces.... Pidió luz asustado y vio a su amiga como muerta, +supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de Mesía. + +Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a +la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos, +complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la +carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino; y +después de leer el papel asqueroso, lo arrugaba entre sus puños de +labrador y decía con voz ronca: + +--¡Idiota! ¡infame! ¡grosero! ¡idiota! Don Álvaro en aquel papel que +olía a mujerzuela, hablaba con frases románticas e incorrectas de su +crimen, de la muerte de Quintanar, de la _ceguera de la pasión_. «Había +huido porque...». + +--¡Porque tuviste miedo a la justicia, y a mí también, cobarde!--se dijo +Frígilis. + +«Había huido porque el remordimiento le arrastró lejos de _ella_... Pero +que el amor le mandaba volver. ¿Volvía? ¿Creía Ana que debía volver? ¿O +que debían juntarse en otra parte, en Madrid por ejemplo?». Todo era +falso, frío, necio, en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de +amar de veras a los demás, y no menos inepto para saber ser digno en las +circunstancias en que la suerte y sus crímenes le habían puesto. + +Ana, que no había podido terminar la lectura de la carta, que había +caído sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos renglones +fangosos la confirmación terminante de sus sospechas, no pudo por +entonces pensar en la pequeñez de aquel espíritu miserable que albergaba +el cuerpo gallardo que ella había creído amar de veras, del que sus +sentidos habían estado realmente enamorados a su modo. No, en esto no +pensó la Regenta hasta mucho más tarde. + +En el delirio de la enfermedad grave y larga que Benítez combatió +desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento +mezclado con los disparates plásticos de la fiebre. + +Otra vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el pánico de la locura, la +horrorosa aprensión de perder el juicio y conocerlo ella; y otra vez +este terror superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y seguir +las prescripciones de aquel médico frío, siempre fiel, siempre atento, +siempre inteligente. + +Días enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar; pero +esto fue al principio de la mejoría; cuando el cuerpo débil volvió a +sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un náufrago cansado +de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga. + +Con el alimento y la nueva fuerza reapareció el fantasma del crimen. +¡Oh, qué evidente era el mal! Ella estaba condenada. Esto era claro como +la luz. Pero a ratos, meditando, pensando en su delito, en su doble +delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al remordimiento, que era +una cosa sólida en la conciencia, un mal palpable, una desesperación +definida, evidente, se mezclaba, como una niebla que pasa delante de un +cuerpo, un vago terror más temible que el infierno, el terror de la +locura, la aprensión de perder el juicio; Ana dejaba de ver tan claro su +crimen; no sabía quién, discutía dentro de ella, inventaba sofismas sin +contestación, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hacían +dudar de todo, de que hubiera justicia, crímenes, piedad, Dios, lógica, +alma.... Ana. «No, no hay nada, decía aquel tormento del cerebro; no hay +más que un juego de dolores, un choque de contrasentidos que pueden +hacer que padezcas infinitamente; no hay razón para que tenga límites +esta tortura del espíritu, que duda de todo, de sí mismo también, pero +no del dolor que es lo único que llega al que dentro de ti siente, que +no se sabe cómo es ni lo que es, pero que padece, pues padeces». + +Estas logomaquias de la voz interior, para la enferma eran claras, +porque no hablaba así en sus adentros sino en vista de lo que +experimentaba; todo esto lo pensaba porque lo observaba dentro de sí: +llegaba a no creer más que en su dolor. + +Y era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los +pies, volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la +evidencia de la vida, de la lógica, del orden y la consistencia del +mundo; aunque fuera para volver a encontrar el recuerdo de un adulterio +infame y de un marido burlado, herido por la bala de un miserable +cobarde que huía de un muerto y no había huido del crimen. + +Y este mismo placer, esta complacencia egoísta, que ella no podía +evitar, que la sentía aun repugnándole sentirla, era nuevo +remordimiento. + +Se sorprendía sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en ella +la lógica regularmente y creía en las leyes morales y se veía criminal, +claramente criminal, según principios que su razón acataba. Esto era +horrible, pero al fin era vivir en tierra firme, no sobre la masa +enferma movediza de disparates del capricho intelectual, no en una +especie de _terremoto_ interior que era lo peor que podía traer la +sensación al cerebro. + +Ana explicó todo esto a Benítez como pudo, eludiendo el referirse a sus +remordimientos. + +Pero él comprendió lo que decía y lo que callaba y declaró que el +principal deber por entonces era librarse del peligro de la muerte. + +--¿Quiere usted un suicidio?--¡Oh, no, eso no!--Pues si no hemos de +suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del cuerpo exige +otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted señora cree +que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y +aborreciendo lo que no debió haber sido.... Todo esto sería muy bueno si +usted tuviera fuerzas para soportar ese teje maneje del pensamiento. No +las tiene usted. Olvido, paz, silencio interior, conversación con el +mundo, con la primavera que empieza y que viene a ayudarnos a vivir.... +Yo le prometo a usted que el día en que la vea fuera de todo cuidado, +sana y salva, le diré, si usted quiere: Anita, ahora ya tiene usted +bastante salud para empezar a darse tormento a sí misma. + +Y Frígilis hablaba en el mismo sentido. + +Y nadie más hablaba, porque Anselmo apenas sabía hablar, Servanda iba y +venía como una estatua de movimiento... y los demás vetustenses no +entraban en el caserón de los Ozores después de la muerte de don Víctor. + +No entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a +otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos +vetustenses el íntimo placer que les causaba _aquel gran escándalo que +era como una novela_, algo que interrumpía la monotonía eterna de la +ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido. +¡Era un escándalo! ¡Un adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un +ex-regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En +Vetusta, ni aun en los días de revolución había habido tiros. No había +costado a nadie un cartucho la conquista de los derechos inalienables +del hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la _Regenta_, +rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y +precavido. «Ya se sabía que muchas damas principales de la Encimada y de +la Colonia engañaban o habían engañado o estaban a punto de engañar a su +respectivo esposo, ¡pero no a tiros!». La envidia que hasta allí se +había disfrazado de admiración, salió a la calle con toda la amarillez +de sus carnes. Y resultó que envidiaban en secreto la hermosura y la +fama de virtuosa de la Regenta no sólo Visitación Olías de Cuervo y +Obdulia Fandiño y la baronesa de la _Deuda Flotante_, sino también la +Gobernadora, y la de Páez y la señora de Carraspique y la de Rianzares o +sea el Gran Constantino, y las criadas de la Marquesa y toda la +aristocracia, y toda la clase media y hasta las mujeres del pueblo... y +¡quién lo dijera! la Marquesa misma, aquella doña Rufina tan liberal que +con tanta magnanimidad se absolvía a sí misma de las _ligerezas_ de la +juventud... ¡y otras! + +Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la +envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas +mujeres. Glocester en el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de +escándalo, de hipocresía, de perversión, de extravíos babilónicos; y en +el Casino, Ronzal. Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos sobre +la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro paredes. + +Obdulia Fandiño, pocas horas después de saberse en el pueblo la +catástrofe, había salido a la calle con su sombrero más grande y su +vestido más apretado a las piernas y sus faldas más crujientes, a tomar +el aire de la maledicencia, a olfatear el escándalo, a saborear el dejo +del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina que lamían +todos, disimulando el placer de aquella dulzura pegajosa. + +«¿Ven ustedes? decían las miradas triunfantes de la Fandiño. Todas somos +iguales». + +Y sus labios decían:--¡Pobre Ana! ¡Perdida sin remedio! ¿Con qué cara +se ha de presentar en público? ¡Como era tan romántica! Hasta una +cosa... como esa, tuvo que salirle a ella así... a cañonazos, para que +se enterase todo el mundo. + +--¿Se acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo?--preguntaba el barón. + +--Sí, comparen ustedes.... ¡Quién lo diría!... + +--Yo lo diría--exclamaba la Marquesa--. A mí ya me dio mala espina +aquella desfachatez... aquello de ir enseñando los pies descalzos... +_malorum signum_. + +--Sí, _malorum signum_--repetía la baronesa, como si dijera: _et cum +spiritu tuo_. + +--¡Y sobre todo el escándalo!--añadía doña Rufina indignada, después de +una pausa. + +--¡El escándalo!--repetía el coro. + +--¡La imprudencia, la torpeza!--¡Eso! ¡Eso!--¡Pobre don Víctor!--Sí, +pobre, y Dios le haya perdonado... pero él, merecido se lo tenía. + +--Merecidísimo.--Miren ustedes que aquella amistad tan íntima.... + +--Era escandalosa.--Aquello era...--¡Nauseabundo! Esto lo dijo el +Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea todos sus hijos ilegítimos. + +Obdulia asistía a tales conversaciones como a un triunfo de su fama. +Ella no había dado nunca escándalos por el estilo. Toda Vetusta sabía +quién era Obdulia... pero ella no había dado ningún escándalo. + +Sí, sí, el escándalo era lo peor, aquel duelo funesto también era una +complicación. Mesía había huido y vivía en Madrid.... Ya se hablaba de +sus amores _reanudados_ con la _Ministra_ de Palomares.... Vetusta había +perdido dos de sus personajes más importantes... por culpa de Ana y su +torpeza. + +Y se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue a +verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le había pasado por +las mientes recoger aquella herencia de Mesía. + +La fórmula de aquel rompimiento, de aquel cordón sanitario fue esta: + +--¡Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la _hija de la +bailarina italiana_! + +El honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de la +Barcaza. + +Si Ripamilán hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado aquel +acuerdo cruel del _gran mundo_. Pero el pobre don Cayetano había caído +en su lecho para no levantarse. Allí vivió, siempre contento, dos años +más. + +Acabó su peregrinación en la tierra cantando y recitando versos de +Villegas. + +La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como se +había prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba muy +mala, y los más caritativos se contentaron con preguntar a los criados y +a Benítez cómo iba la enferma, a quien solían llamar _esa desgraciada_. + +Ana prefería aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se hubiera +adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente, volvió a +pensar en el mundo que la rodeaba, en los años futuros, sintió el hielo +ambiente y saboreó la amargura de aquella maldad universal. «¡Todos la +abandonaban! Lo merecía, pero... de todas maneras ¡qué malvados eran +todos aquellos vetustenses que ella había despreciado siempre, hasta +cuando la adulaban y mimaban!». + +La viuda de Quintanar resolvió seguir hasta donde pudiera los consejos +de Benítez. Pensaba lo menos posible en sus remordimientos, en su +soledad, en el porvenir triste, monótono en su negrura. + +En cuanto se lo permitió la fortaleza del cuerpo redivivo trabajó en +obras de aguja, y se empeñó, con voluntad de hierro, en encontrarle +gracia al punto de crochet y al de media. + +Aborrecía los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la llevaba +a pensar en sus desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo +conseguía. Entonces se le figuraba que lo mejor de su alma se dormía, +mientras quedaba en ella despierto el espíritu suficiente para ser tan +mujer como tantas otras. + +Llegó a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el +patio, sentado en cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin +hacer más que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo, tal +vez lo mejor. Por allí debía de irse a la muerte.... Y Ana iba sin miedo. +El morir no la asustaba, lo que quería era morir sin desvanecerse en +aquellas locuras de la debilidad de su cerebro.... + +Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le +preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda: + +--¿Está usted contento? + +Y con otra sonrisa fría, triste, contestaba el médico: + +--Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente.... + +Pero cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía: + +--No me gusta Ana...--Pues yo la veo muy tranquila a ratos.... + +--Sí, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a distraerse. + +Y Frígilis se propuso conseguir que se distrajera. + +Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel Mayo +risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta. + +Pero como no consiguió nada, como Anita le pedía con las manos en cruz +que la dejasen en paz, tranquila en su caserón, Crespo resolvió divertir +a su pobre amiga en su misma casa. + +«¡Si él pudiera hacer que se aficionara a los árboles y a las flores!». + +Por ensayar nada se perdía. Ensayó. + +Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente, +y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas. Frígilis +llegó a entusiasmarse, y una tarde contó la historia de su gran triunfo, +la aclimatación del Eucaliptus globulus en la región vetustense. + +Durante la enfermedad de su amiga, don Tomás Crespo, desconfiando del +celo de Anselmo y de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instaló +en el caserón de los Ozores. Trasladó su lecho de la posada en que vivía +desde el año sesenta, a los bajos del caserón. El tocador y la alcoba de +Ana estaban encima del cuarto que escogió Frígilis. Allí, con el menor +aparato posible, sin molestar a nadie se instaló para velar a la Regenta +y acudir al menor peligro. + +Comía y cenaba en la posada, pero dormía en el caserón. + +Esto no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quejó un día de +aquella soledad. Confesó que de noche tenía a veces miedo. Y poniéndose +como un tomate el buen Frígilis advirtió tímidamente que hacía más de +mes y medio él se había tomado la libertad de venirse a dormir debajo de +la Regenta. Los criados tenían orden de no decírselo a la señora. + +Desde que esto supo Ana se creyó menos sola en sus noches tristes. Roto +el secreto, Frígilis tosía fuerte abajo a propósito, para que le oyera +Ana, como diciendo: «No temas, estoy yo aquí». + +Pero como la malicia lo sabe todo, también supo esto Vetusta. Se dijo +que Frígilis se había metido a vivir de pupilo en casa de la Regenta, en +el caserón nobilísimo de los Ozores. + +Y decían unos:--Será una obra de caridad. La pobre estará mal de +recursos y con la ayuda de Frígilis... podrá ir tirando. + +Y el _gran mundo_ echaba por los dedos la cuenta de lo que le habría +quedado a Anita. «No debía de haberle quedado nada». + +--Ella rentas no las tiene.--Las de su marido, las de don Víctor allá +en Aragón no le pertenecen. + +--La viudedad no la habrá pedido.... + +--¡Sería ignominioso!... + +--¡Ya lo creo! ¡Reclamar la viudedad... ella... causa de la muerte del +digno magistrado! + +--Sería indigno. + +--Indigno. + +--Y ya no está bien que viva en el caserón de los Ozores. + +--Claro, porque aunque se lo regaló su esposo, según dicen, él fue quien +se lo compró a las tías de Ana, y no con bienes gananciales, sino +vendiendo tierras en la Almunia. + +--Sea como sea, ella no debía vivir en esa casa. + +--De modo que no se sabe de qué vive. + +--Vivirá de eso. De mantener en su casa a Frígilis, que pagará bien. + +--Eso sí, porque él es un chiflado, que no tiene escrúpulos... pero es +bueno. + +--Bueno... relativamente--decía el Marqués que con la gota que le +empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un humor negro +como un carbón. + +Y recordando aquel gerundio que tanto efecto había hecho en otra +ocasión, resumía diciendo: + +--De todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la +viuda infiel de su mejor amigo es... ¡es nauseabundo! + +Y nadie se atrevía a negarlo. + +Todos aquellos escrúpulos que tenía la tertulia de los Vegallana, habían +atormentado también a la Regenta. En cuanto se sintió bastante fuerte +para salir a la huerta, se atrevió a decir a Frígilis lo que la +atormentaba tiempo atrás. + +--Yo... quisiera salir de esta casa.... Esta casa... en rigor... no es +mía.... Es de los herederos de Víctor, de su hermana doña Paquita, que +tiene hijos... y.... + +Frígilis se puso furioso. ¡Cómo se entiende! Todo lo había arreglado él +ya. Había escrito a Zaragoza y la doña Paquita se había contentado con +lo de la Almunia. «Bastante era. El caserón era de Ana legalmente y +moralmente». + +Ana cedió porque no tenía ya energía para contrariar una voluntad +fuerte. + +Con más ahínco se negó a firmar los documentos que Frígilis le presentó, +cuando se propuso pedir la viudedad que correspondía a la Regenta. + +--¡Eso no, eso no, don Tomás; primero morir de hambre! + +Y en efecto, sí, el hambre, una pobreza triste y molesta amenazaba a la +viuda si no solicitaba sus derechos pasivos. + +Ana dijo que prefería reclamar la orfandad que le pertenecía como hija +de militar. + +--Échele usted un galgo.... Si eso no valdrá nada.... Y no sé si +podríamos.... + +Y Frígilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsificó la firma de +Ana, y después de algunos meses le presentó la primera paga de viuda. + +Y era tal la necesidad; tan imposible que por otro camino tuviera ella +lo suficiente para vivir, que la Regenta, después de llorar y rehusar +cien veces, aceptó el dinero triste de la viudez y en adelante firmó +ella los documentos. + +Benítez y Frígilis veían en esto síntomas tristes. «Aquella voluntad se +moría, pensaba Crespo; en otro tiempo Ana hubiera preferido pedir +limosna.... Ahora cede... por no luchar». + +Y se le caían las lágrimas. + +«Si yo fuera rico... pero es uno tan pobre...». + +«Y, añadía, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos no es vergonzoso... +a ella se lo parece... pero no lo es.... Ese dinero es suyo». + +Así vivía Ana. Benítez desde que desapareció el peligro inminente, +visitó menos a la viuda. + +Servanda y Anselmo eran fieles, tal vez tenían cariño al ama, pero eran +incapaces de mostrarlo. Obedecían y servían como sombras. Le hacía más +compañía el gato que ellos. + +Frígilis era el amigo constante, el compañero de sus tristezas. + +Hablaba poco. Pero a ella la consolaba el pensar: «está Crespo ahí». + +Paso a paso volvía la salud a enseñorearse del cuerpo siempre hermoso de +Ana Ozores. + +Y con algo de remordimiento de conciencia, sentía de nuevo apego a la +vida, deseo de actividad. Llegó un día en que ya no le bastó vegetar al +lado de Frígilis, viéndole sembrar y plantar en la huerta y oyendo sus +apologías del Eucaliptus. + +Se había prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle una +cárcel demasiado estrecha. + +Una mañana despertó pensando que aquel año _no había cumplido_ con la +Iglesia. Además ya podía salir de su caserón triste para ir a misa. Sí, +iría a misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la +capilla de la Victoria que estaba allí cerca. + +Y también iría a confesar. + +Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en +aquellas _grandes cosas_ que la volvían loca, Anita Ozores volvió a las +prácticas religiosas, jurándose a sí misma no dejarse vencer ya jamás +por aquel _misticismo falso_ que era su vergüenza. «La visión de Dios.... +Santa Teresa.... Todo aquello había pasado para no volver.... Ya no le +atormentaba el terror del infierno, aunque se creía perdida por su +pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que +en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino». + +Ahora nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad +mecánica, aquel rezar y oír misa como las demás le parecía bien, le +parecía la religión compatible con el marasmo de su alma. Y además, sin +darse cuenta de ello, la _religión vulgar_ (que así la llamaba para sus +adentros), le daba un pretexto para faltar a su promesa de no salir +jamás de casa. + +Llegó Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y +caliente, Ana salió del caserón de los Ozores y con el velo tupido sobre +el rostro, toda de negro, entró en la catedral solitaria y silenciosa. +Ya había terminado el coro. + +Algunos canónigos y beneficiados ocupaban sus respectivos confesonarios +esparcidos por las capillas laterales y en los intercolumnios del +ábside, en el trasaltar. + +¡Cuánto tiempo hacía que ella no entraba allí! + +Como quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de ternura en los +ojos. ¡Pero qué triste era lo que la decía el templo hablando con +bóvedas, pilares, cristalerías, naves, capillas... hablando con todo lo +que contenía a los recuerdos de la Regenta!... + +Aquel olor singular de la catedral, que no se parecía a ningún otro, +olor fresco y de una voluptuosidad íntima, le llegaba al alma, le +parecía música sorda que penetraba en el corazón sin pasar por los +oídos. + +«¡Ay si renaciera la fe! ¡Si ella pudiese llorar como una Magdalena a +los pies de Jesús!». + +Y por la vez primera, después de tanto tiempo, sintió dentro de la +cabeza aquel estallido que le parecía siempre voz sobrenatural, sintió +en sus entrañas aquella ascensión de la ternura que subía hasta la +garganta y producía un amago de estrangulación deliciosa.... Salieron +lágrimas a los ojos, y sin pensar más, Ana entró en la capilla obscura +donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del amor de +las almas. + +«¿Quién la había traído allí? No lo sabía. Iba a confesar con +cualquiera y sin saber cómo se encontraba a dos pasos del confesonario +de aquel hermano mayor del alma, a quien había calumniado el mundo por +culpa de ella y a quien ella misma, aconsejada por los sofismas de la +pasión grosera que la había tenido ciega, había calumniado también +pensando que aquel cariño del sacerdote era amor brutal, amor como el de +Álvaro, el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no había +comprendido por culpa de la propia torpeza». + +«Volver a aquella amistad ¿era un sueño? El impulso que la había +arrojado dentro de la capilla ¿era voz de lo alto o capricho del +histerismo, de aquella maldita enfermedad que a veces era lo más íntimo +de su deseo y de su pensamiento, ella misma?». Ana pidió de todo corazón +a Dios, a quien claramente creía ver en tal instante, le pidió que fuera +voz Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien +tanto tiempo había creído y no el solicitante lascivo que le había +pintado Mesía el infame. Ana oró, con fervor, como en los días de su +piedad exaltada; creyó posible volver a la fe y al amor de Dios y de la +vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que +el infierno; creyó salvarse cogida a aquella tabla de aquel cajón +sagrado que tantos sueños y dolores suyos sabía.... + +La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y +misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro +anémico de aquel Jesús del altar, siempre triste y pálido, que tenía +concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que reflejaban una +idea inmóvil, eterna.... Cuatro o cinco bultos negros llenaban la +capilla. En el confesonario sonaba el cuchicheo de una beata como rumor +de moscas en verano vagando por el aire. + +El Magistral estaba en su sitio. Al entrar la Regenta en la capilla, la +reconoció a pesar del manto. Oía distraído la cháchara de la penitente; +miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel perfil conocido y +amado, se había presentado como en un sueño. El talle, el contorno de +toda la figura, la genuflexión ante el altar, otras señales que sólo él +recordaba y reconocía, le gritaron como una explosión en el cerebro: + +--¡Es Ana! La beata de la celosía continuaba el rum rum de sus pecados. +El Magistral no la oía, oía los rugidos de su pasión que vociferaban +dentro. + +Cuando calló la beata volvió a la realidad el clérigo, y como una +máquina de echar bendiciones desató las culpas de la devota, y con la +misma mano hizo señas a otra para que se acercase a la celosía vacante. + +Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de +tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de +Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la +penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada, +no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno.... +Quería llorar allí, donde había llorado tantas veces, unas con amargura, +otras sonriendo de placer entre las lágrimas; quería encontrar al +Magistral de aquellos días en que ella le juzgaba emisario de Dios, +quería fe, quería caridad... y después el castigo de sus pecados, si más +castigo merecía que aquella obscuridad y aquel sopor del alma.... + +El confesonario crujía de cuando en cuando, como si le rechinaran los +huesos. + +El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata.... La +capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos +absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin +quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor +dentro del confesonario. + +Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche. + +Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la seña que la llamase a la +celosía.... + +Pero el confesonario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la +madera. + +Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de +cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una +escena trágica inminente. + +Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño.... + +Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba.... + +La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso +que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar un paso hacia +el confesonario. + +Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una +figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, +unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del Jesús +del altar.... + +El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta, +que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso +gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta la +boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el +terror le decía que iba a asesinarla. + +El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre el vientre. No podía +hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo, volvió a extender los +brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después clavándose las +uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y +con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando estuvo en el +trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no +tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar +siquiera. + +Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol +blanco y negro; cayó sin sentido. + +La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se +iban juntando y dejaban el templo en tinieblas. + +Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y +sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del +manojo sonaban chocando. + +Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito. + +Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el +rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en +la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor +que otras veces.... + +Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, +como un suspiro. + +Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada. + +Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de +su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, +inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios. + +Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba +náuseas. + +Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo. + +FIN DE LA NOVELA + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA *** + +***** This file should be named 17073-8.txt or 17073-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/7/0/7/17073/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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