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Y todos los granos, envidiosos, + quisieran también piruetear sobre las palmas del viento. Pero solo + unos pocos se deciden a lanzarse a la risueña aventura. Solo unos + pocos tejerán, a la orilla de las eras, un felpudillo verde para + que duerman en él las margaritas. Por esta locura de los granitos + impacientes se vestirá el sendero de fino plumón, y, al verano, de + espiguillas generosas. Otros granitos rubios se dispersarán por los + nidos del contorno, para ser banquete de pájaros recién nacidos. + + Me gusta ver al margen de las eras estos granitos locos, envidiosos + de las briznas de paja, glorificados por el sol. Tienden su cunita + fresca para que allí se enrosquen los gusanillos, para que los ojos + del viajero reposen en la tierna seda verde tejida por la gozosa + aventura. + + + + +I + + +Toda idea, claramente engendrada, nace vestida con su propia túnica +verbal. La vaga forma de expresión arguye siempre balbuceos del +pensamiento. + +Pero la palabra es materia, en lucha tenaz con el espíritu. +Transfigurar valores ideales en el puñado de monedas de la prosa, +es siempre entablar una penosa escaramuza. Concebir es placentero, +realizar arguye muchas resistencias vencidas. El idioma es un antiguo +enemigo, más temible cuando se nos acerca lamiéndonos las manos. +_Cave canem_ escribiríamos en el dintel de esos libros donde la frase +devino tan dócil y el estilo tan «fluido» —según la vieja adjetivación +retórica—. Fluidez equivale hartas veces a facilidad, a hemorragia +incontenida: algún tropel de palabras ya solo nos sugiere la intención +de cerrar el arcaduz. + +Por sus delitos de elocuencia, el tribunal del arte condenó a la +prosa a trabajos forzados. No puede ya salvarla ni la música, ni la +decoración. Solo escucharemos al que sepa hacer de la estrofa o del +período no el chorreante cangilón de noria, sino el bello fanal. Pasó +el tiempo del sublime torbellino. Ni gárgola, ni surtidor, ni catarata. +Queremos agua filtrada en un vaso muy limpio de cristal. + +La idea nace vestida, pero es preciso ajustar bien los paños y recortar +los arambeles; imantar los hilos más robustos de la trama, haciéndola +metálica y vibrátil armadura; polarizar los bordes, haciéndolos +engarces del pensamiento —y del período— venidero. Y escamotear +vocablos puentes, cuando no podamos hacer de ellos finas pasarelas. + +Entre frase y frase, dar alguna vez un ágil salto, aunque la cadena +lógica sufra el peligro de quebrarse. Bueno es burlar alguna vez al +implacable centinela que nos lanza su alerta, invitándonos a rastrear +por el foso. Brota el pensamiento como un proyectil: no es preciso +señalar todos los puntos del trayecto. Más nos interesa el certero +impacto. + + + + +II + + +Hay palabras eslabones y palabras gemas. La prosa escoge buena porción +de los primeros, dejando al verso cofres casi intactos de brillantes. +El verso puede crear aéreos engranajes, metáforas sutilmente engarzadas +por voluptuosos contactos. La prosa —menos afortunada— no logró nunca +prescindir de serviles engranajes sintácticos. Tampoco el tren de +unidades más ricas y bellamente iluminadas, puede nunca desdeñar las +cadenas oscuras, rechinantes, que hacen de él, en medio de la noche, +un compacto y espléndido alud. + +Se deben terminar los dibujos y las frases. Cada período limita cierta +zona verbal íntegra, aislable, donde se cumple una intención del +artista. Y debe ser trabajado como la columna en un peristilo. Que el +aire y la luz discurran a su antojo por entre los fustes, refloreciendo +la gracia del contorno, arañándole toda granalla intersticial, +desnudándole de toda hiedra retórica. Pero en la prosa, muchas palabras +han de resignarse a su función de esclavos. + +Para que florezca más gallardo el haz de palmas en la bóveda ojival, es +preciso que quede a la intemperie un botarel. + +Brota del gracioso vientrecillo de cada capitel la rama flexible, +armoniosa, que se lanza a recoger el ímpetu de otra rama; pero la onda +de savia venía ya del humilde zócalo, aunque solo en la copa cincelada +se desborde. Solo el oscuro enlace de las raíces, mantiene erguida la +más aérea arquitectura. + + + + +III + + +Por fin, crear el ritmo de los pliegues. Que el viento no arrastre la +túnica por el barro, ni la hinche de humo y de nube, haciendo de ella +ese globo grotesco, que da tumbos risibles por los aleros. + +No crear huecos para incrustar palabras recién venidas, sino seguir el +surco con el arado vigilante por si la reja hace sonar la caja metálica +del tesoro. Cuando surja el hallazgo, recogerlo sin detenerse mucho, y +dejar bien arado el bancal. Quede la fruición para el lector. El buen +creador solo goza del deleite de engendrar. + +Y, menos, detenerse en el modismo —falso hallazgo—, banco de ripios +a flor de tierra, donde choca el arado sin que estalle el haz de +chispas. Allí el ímpetu armonioso se quiebra y el período se entumece. +Todo modismo es cierta petrificación del idioma; y suele ser el léxico +del sentido común. Si salta el ingenio, nunca se apoye en el idioma +sino en la idea. Que, al apartar las ramas del florecido arabesco, +reposen los ojos en una serena, en una profunda perspectiva. Es penoso +hundir las manos en la fronda, asomar los ojos y no hallar nada detrás. + +Una rica maraña oscurece bellamente el contenido; pero, a veces, suele +disimular el caos. + + + + +IV + + +La sorpresa pierde su alta jerarquía estética al convertirse en +_leit-motiv_. + + + + +V + + +Se habla de una gran «amplitud de onda», y es cierto que todo +movimiento vibratorio del espíritu produce ondas indefinidas. También +lo es que la amplitud crece con el ímpetu de la masa vibrante. Pero +no nos importe seguir la sucesión, la multiplicación, de las ondas. +Basta con el encanto de la primera, la más cercana al diapasón mental. +A medida que los círculos se ensanchan, van perdiendo sugerencia; van +muriendo, olvidados, en el confín. + +Lo que importa es repetir el ímpetu armonioso. Que la campana no cese +de lanzar sus guijarros al viento. Así la viva ondulación se renueva y +al eco borroso que envía el aro de montañas, sale a recibirlo un nuevo +tañido. Que otra nota explote en las cuerdas, y nadie siga el viaje +monótono de las ondas. + +Hay libros donde solo unos pocos guijarros han roto el diáfano +silencio. Todo el resto es amplitud de onda, sucesión, multiplicación +de onda. Libros que no provocan un solo comentario, porque, aun los más +lejanos y difusos, ya están allí, como enormes nimbos retóricos, en +torno al guijarro hundido y perdido en el cauce. + +Se habla —aún— de la «llama de la inspiración». Los enemigos del puro +contorno sienten la voluptuosidad de sumergirse en el agua y en el +fuego. La refracción y el humo desfiguran bien toda impureza de líneas. +Y ni la llama ni el torrente purifican nada. O dejan esqueletos y +cenizas de las cosas, o ciegan de lodo y despojos de suburbio el cauce +limpio y luminoso. Un chisporroteo de hoguera hace mover, sí, las +figuras, pero el incauto afirma que viven, cuando solo oscilan. + +Brasa, brasa lenta del esfuerzo cotidiano; fuego escondido de +disciplina, para que el arte madure y la prosa se dore como un fruto +en la rama ofrecida al sol. + + + + +VI + + +Se habla de la flecha que rasga el aire. Pero hay parábolas rasantes +que apenas se comban sobre la ruta, y es preciso elevarse para no +perder la gracia. La línea del arte es la espiral. + +Y huir del tedio: La línea curva es la más corta entre dos puntos. + + + + +VII + + +No todo libro puede ser manantial, y el lector insaciable ha de acudir +muchas veces a la cisterna —libro muerto— que presume de serenidad u +hondura y solo contiene turbios residuos de ruidosos meteoros. Y es +bueno amar el claro estanque bien nutrido de acequias vivas. + +Asomados al aro verde que lo ciñe, nos volvemos niños, nos complacemos +en seguir la curva de ideas ya gozadas, en sorprender la cuna de algún +personal hallazgo que zigzaguea —pececillo verde o rojo— bajo el +cristal. + + + + +VIII + + +El libro estanque nos hace pensar siempre en un laborioso Montaigne, +_homo plurimorum librorum_, sumergido en esa multitud, tan sujeta al +barómetro como todas, que se apiña en los estantes. Paradójica soledad. +Y nociva cuando no está bien arraigado el instinto de eliminación. + +Quería Tolstoy, aún muy joven, elaborarse un estilo con dos sumandos: +buen empleo del tiempo y un cuaderno. Bastan para formar un erudito. +Pero el escritor acaso necesita algo menos. Y algo más. + + + + +IX + + +Hay una prosa dócil, maleable, amante otoñal que conoce su inminente +ruina. Otra dura, huidiza, virgen huraña que se resiste al beso. +Moldear carne tan macerada es fácil. Trabajar en mármol virgen es muy +penoso. + +Hay prosa instrumento y prosa forma. Medio y fin. Estilo común y estilo +singular. + + + + +X + + +Se suele fustigar al mal escritor, sin advertir que el mal escritor no +existe, al menos como objeto de crítica. Sí existe el estilo común, es +decir, el estilo del que no lo tiene. En arte es nada el mal escritor +y solo es atendible la turba compacta, el engrudo aglutinante de la +masa. Porque un grito más bronco solo determina una mayor capacidad +para el insulto, una alusión más procaz es solo cierto afán mal +embozado de cotizar deprisa su vehemencia. + +La turba espesa del estilo común merece atención como dolencia, como +veneno lento del ingenuo lector. Suprimido en las letras el estado +llano, el lector llegaría siempre al estilo singular, es decir, al +individuo-escritor. Primero habría asombro. Luego, labor comprensiva. +Por último, fruición de haber gustado buena fruta mental. + +Ahora, la gran masa de lectores llega a la masa-escritora que escribe +«llanamente», es decir, sin relieve alguno, y, primero, siente la +fruición de tropezar con un igual, luego la gratitud que reclama un +sujeto resignado a sacrificar su individualidad por escribir en el +estilo común de su lector. + + + + +XI + + +El beso y la palabra —se ha escrito— se secan siempre en unos labios +mercenarios. Solo el amante y el artista pueden hacerlos reflorecer. +Apurar el zumo de un beso, como sorber la médula de una palabra, es +algo fuera del comercio. Por eso hay prosa industrial y prosa de lujo. +La prosa de lujo debe ser siempre un regalo. + +Hay otras prosas, como hay otros besos. Prosa decorativa, ornamental, +besos de protocolo, emoción de cancillería. Y prosa «castiza» donde +cada palabra se provee, para entrar en la frase, de un pasaporte +firmado por el inspector de policía del idioma. + +Hay también la prosa dócil de la ciencia que se resigna a su papel de +instrumento, a andar siempre de bata. Si alguna vez quiere endosarse +la levita, se ve que le ha quedado estrecha. Mientras el sabio +engruesaba, se iba la levita estilizando. + +Queda incluido entre los sabios el filólogo. Y el gramático, el +cronista puntual... Todos son fieles servidores de la palabra. Unos +la visten y otros la acicalan. Unos la administran y casi todos +—solapadamente— la cortejan. + +Solo el artista la desnuda, y, amorosamente, la posee. + + + + +XII + + +En todos los escrutinios hay una ventana. Nosotros —tenaces +inquisidores de nuestra propia obra— debemos arrojar por ella todo +lastre inútil. Primero, el cofre de los símbolos —¡ya hay abiertos al +gran público bazares enormes!—: luego, todos nuestros ficheros, para ir +aprendiendo a pensar en soledad. + +Y parte de nuestro arcón metafórico, que aún creemos nuevo, debemos +regalarlo a los sencillos fabricantes de género bordado. (Ellos aún +construyen telas «recamadas» para cubrir la «desnudez de la realidad». +Velos de «fantasía», a precios económicos). + +No hay que bordar, sino tejer. Y con hilos de la propia entraña. Hilos +con que trenzar la red caliente y armoniosa de un poema, tan vivos +como los de un pentagrama. Y tan pronto salte en las cuerdas el loco +chisporroteo de un trino, como un reflexivo y lento bordoneo las combe. +Siempre ondule la emoción, derramada a lo largo de las fibras en copas +de imágenes. + + + + +XIII + + +Bajo la ventana, el estanque, no la hoguera. + +«La llama es bella». El fuego purifica y glorifica. Si arrojamos a la +hoguera nuestros libros envejecidos, nuestras olvidadas estampas, el +suplicio hará, de todo, antorchas. + +Hay que destruir muchas cosas, pero escogiendo bien el arma y el +patíbulo. La tea es grande. Tiene un bello sentido trágico. Pira es +tanto como altar. Es mejor el agua. Es mejor un estanque. Ni siquiera +el mar: un plácido estanque. Y, barquitos, ¡barquitos de papel! + +Una mañana quedará limpia nuestra mesa de todos esos libros y papeles +que hicieron de nuestro cerebro un bazar. Todo lo llevaremos a +orillas del estanque. Allí vendrán los niños. Mientras llegan, iremos +descosiendo los volúmenes. Hojas en cuarto, para barcos de vela; hojas +en octavo para góndolas. Con los folios de grandes revistas, haremos +lindos trasatlánticos. + +Cuando los niños lleguen, se apoderarán de los barquitos, y lanzarán +su juguete al agua quieta o levemente rizada. Pronto, unos barquitos +se perderán de vista; otros se hundirán, al ser botados. No importa. +Seguiremos construyendo escuadras. Y los niños, sin pensar que +cada barquito lleva dentro un gran ensueño o una vanidosa norma, +irán arrojando al agua sus lanchitas, sus góndolas. Luego, una +ráfaga hundirá el último poema o el último sistema de filósofo. El +agua borrará dulcemente todo rastro de lo pintado o escrito. Sin +chisporroteos, sin trágica apoteosis, todo habrá terminado. + + + + +XIV + + +La llama se precipita. Va muy deprisa y siempre olvida algo. Todo no +se quema en la hoguera. Siempre queda intacto ese trozo de carta que +el detective se apresura a examinar cuando el ladrón huyó después de +quemar los papeles. Todo no se borra en la hoguera. + +El agua, sí, lo borra todo. Es más serena, más inflexible. Mansamente +lo destruye todo. Es la gran niveladora. Y no deja en pie dramáticos +esqueletos, ni risibles armazones. No entiende de tragedia, ni conoce +la ironía. Como los niños, es risueña e implacable. Engulle lo mismo +un costoso acorazado que un barquito de papel. Después, queda tan +reposada, tan azul. + +Dulce muerte la de una metáfora, la de una teoría que se disgrega +silenciosamente, una mañana, sumergida en el estanque, entre risas de +niños. Leve ataúd para la momia de una emoción, este gracioso velero. + +Nada de hogueras, Glosador amigo, nada de hogueras. Tal vez no puede +hacer Nerón lo que bien puede hacer un niño. + +Barquitos, ¡barquitos de papel! + + + + +XV + + +La buena prosa no ordena ya sus huestes a la luz de ajenos reflectores: +Bruñe cada vocablo, y, a su propia luz, alza los muros de la frase. + +El alerta más vibrante para lanzarlo contra la sofística penumbra del +concepto, el clarín más sagaz para ir rasgando el velo que encubría +tantas viejas tablas de valores. En los recodos del idioma solo deben +ya ocultarse esas ideas vestidas de harapos, o esas ideas desnudas, +de raquítica o deforme anatomía. El pensamiento de gran contorno, +de lozano contenido, desnudo o vestido con la túnica polícroma de +las imágenes, no pide escolta alguna retórica o erudita. Así, en el +ejército de conceptos desnudos no habrá otra jerarquía, no se saludarán +otros valores, que la bella y ágil musculatura o la clara emoción de +una virilidad potente. + +No es ya la palabra cierta cifra mágica. Pasó el tiempo de la cábala y +del símbolo, refugios del cerebro estéril. Solo el pobre rezagado, o el +humilde filólogo necesitan excavar al pie del tronco para sorprender en +el subsuelo las últimas raíces, ya que las ramas no se encienden para +ellos en graciosas floraciones ni en jugosos frutos. + +Es preciso alzar una valla entre el maravilloso universo que la +intuición crea y recrea en cada hora, y toda fatigosa labor de esteva, +de pesquisa de marañas subterráneas, de redes jeroglíficas de sencillo +filólogo. Para estos, del manojo verbal nunca salta el pájaro de la +sorpresa. Ven en la palabra, no un hallazgo, sino copia de ciertos +originales mohosos y dormidos en los museos del idioma. Para ellos, +la palabra tiene un valor de papel moneda, que oscila con el montón +escondido en las criptas del Banco emisor. + +Y la palabra no es ese arrugado papel, límite de complicadas +manipulaciones financieras, sino un disco luminoso, de calidad +independiente, con el cual podremos adquirir el buen regalo de la +imagen, el vino delicioso de la emoción pura, en las posadas del azar. + + + + +XVI + + +Ironía: Algo que suelen escribir, al margen de un texto, quienes no +saben escribir el texto. + +Ironía: Amargura dorada. Insulto de frac. No podréis verle de frente, +porque nunca da el rostro. Como todos los débiles, apela a su propia +impotencia. Esparce humaredas en torno de las cosas para borrar +contornos. Quiebra las líneas de las cosas para que inspiren lástima +o risa. Ya que no puede herir, araña. No canta ni grita, su voz es +delicada. Prefiere la sordina y el color de la niebla. + +Ironía: Primor intelectual, negación de genialidad. El arte verdadero +rechazará siempre la ironía, pero esta forcejea por asirse del coche y +dictar desde allí sus últimos primores. + +Ironía: Invención de un hombre raquítico que sintió de pronto su +lamentable desnudez. + + + + +XVII + + +Va finando el tiempo de los cultos idolátricos. Nadie vendrá al +templo a contemplar atónico los pesados tapices, a bañarse en el +espeso torrente melódico de los monumentales órganos, sino a quemar +incienso ante el dios verdadero, si en el templo ha surgido la divina +«claridad». Desconfiemos de las capillas en sombra, donde se apelotonan +lienzos y tapices, como de los torbellinos orquestales. La melomanía +en el arte es siempre infantil. + +Los anchos tapices y la gran trompetería son buenos para el absorto +feligrés que recuerda ante los muros historiados todo lo aprendido en +las aulas, y en la turbia catarata musical halla idénticas emociones +a las gozadas junto al río doméstico, bajo «la luna de plata» +neurasténica. Él ve en un tapiz que Benjamín y José se abrazan, como +en el texto emocionado, y en otro a la mujer de Lot trocada en bloque +de sal. En uno Andrómeda es liberada por Perseo, y en otro salta de la +espuma el pez dorado de Afrodita. También conoce el ronco estruendo del +mar tempestuoso, y gusta de que se lo repita, infantilmente, un violón. + + + + +XVIII + + +La prosa, entre las manos del artista se convierte de instrumento +en creación. El pensamiento es la maroma tensa, vibrátil —acaso de +alambre robusto de acero— que mantiene enhiesta la arquitectura de la +frase; pero de uno al otro extremo se entrelazan armoniosamente las +cintas paralelas de la imagen. No de otro modo, la voluptuosa ligazón +de los colores nos hace olvidar toda intención temática del pintor. + +El error académico estriba en engrosar infantilmente un acervo de +vocablos para mejor disponer la aparatosa epifanía de un trivial +concepto. En la vaga región de la fantasía brotan borrosas intenciones +inútiles para el arte. En el oscuro subsuelo se dan la mano muchas +«ideas poéticas» —hay zonas del sentimentalismo abiertas al sabio y al +mozo de cordel—. Pero nada de eso existe, mientras no logre su bella y +peculiar estructura. Con la forma comienza a vivir la intención. + +Otros hicieron de la prosa cierto sudoroso remero que empuja +penosamente la nave: Prosa ancilaria que el arte desdeña. De la obra, +aun de la lograda con más fatiga, debe restañarse toda gota de sangre y +de sudor. + +Lo mejor es hacer de la prosa una ágil góndola empujada por el aliento +de la idea. Y si el viento «sopla donde quiere» y cuando quiere, que +halle siempre a su paso esa cuna primorosa donde marcar el contorno de +su ritmo invisible, de su voluptuosa ondulación. Solo la ciencia cruza +las ondas, muy a cubierto de la inquietud de los meteoros, encerrada en +monótonos camarotes, o sentada entre fardos y emigrantes. La ciencia +prefiere a la gracia de un velero, la pesadez de un acorazado. + +Pocas veces surca la alta serenidad esa deliciosa góndola bergsoniana, +trayendo a bordo, entre mástiles y festones encendidos, el arcón bien +labrado del pensamiento. + + + + +XIX + + +Hay una suerte de prosistas —de exploradores del idioma— que cazan +sinónimos para sustituirlos por otros menos gastados. Cambian un traje +viejo por otro de bazar. + +Tiene la palabra un valor de moneda viva que desaparece rodando. +No vale hacerla retroceder. Ya se acuñarán otras nuevas, más +resplandecientes. Jugar siempre con las que están a nuestro alcance. La +obra del artista no pide muchas excursiones a los museos del idioma. +Mejor es que el arte tenga dentro su troquel. + +No necesita el idioma sacerdotes ni orfebres; a estos los fue agotando +el ochocientos, y apenas queda de ellos algún diácono o aprendiz +canijo. Gustan las palabras de esas manos que las hacen saltar al +viento, hasta que el milagro de un choque arranque de ellas el haz de +chispas; hasta que la frase vibre y en su diáfano torbellino se torne +incandescente. + +El sacerdote —el académico— y el orfebre cuidaron con pulcra solicitud +de embalsamar las palabras, de forjar féretros suntuosos para +incrustarlas, de cincelar demasiadas piedras tumulares. Aún quedan +en la feria muchas «frases lapidarias»... lapidables. El período fue +entonces un pobre cuerpo ligado, con fajas de seda o de cáñamo, tal vez +con hilos de oro, pero siempre rígido y mudo. + +Y la frase ha de ser ese cuerpo vivo, que brinca y retoza por un prado +vestido de tiernas humaredas verdes; que unas veces corre tras el +choque luminoso y otras se sumerge en el agua clara, para atrapar en el +fondo las floraciones coralinas del pensamiento. + +Si cada frase ha de gozar de su singular contorno y organismo, el +estilo será moverlas graciosamente en la danza del período, hallando +para todas las hermanas un ágil engarce. O, quizá el agua clara, +purísima, a la que nos asomamos para contemplar el rítmico ir y venir +de las ideas. + + + + +XX + + +Es preciso forjar una prosa que solo pueda ser leída a media voz. + + + + +XXI + +Bueno es llamar a las cosas por sus nombres, pero es mejor hallar para +las cosas nombres bellos. + + + + +XXII + + +Los que cantan al compás de un aristón —o de una pianola— el himno +clásico al arte petrificado —al arte «eterno», según ellos—, quedan +invitados a asistir a una misma farsa, en dos tablados diferentes. + +Se trata de dos jóvenes desdeñados por su amante: tema ni trascendente +ni pueril, porque en arte el tema es nada, o casi nada. El primer +doncel se adelanta, desmelenado, hasta la batería, y nos recita cinco +páginas de endecasílabos chorreantes de amargura. Si es discreto, nos +recita una sola, pero en ella nos habla de los mares, de los cielos, +de los montes y del mismo eje de la tierra que «podrá romperse como +un frágil cristal» sin que por eso se apague el fuego de aquel amor +infortunado. El otro novio, que espera en vano la visita de la mujer +frívola, _se limita_ a cruzar por la puerta del cabaret donde ella ríe +y bebe, y a escrutar un momento en su interior. Después, abatida la +cabeza, con un solo y definitivo gesto dramático, desaparece. + +El impetuoso torrente que en el primer enamorado —Bécquer— nos +salpicaba con su abanico de románticas espumas, en el segundo —Charlot— +se va apretando, adelgazando, hasta fundirse en un hilo tembloroso, +porción refinada de materia vibrante de donde el arco genial arranca +la clara frase patética que todos conocemos. Un poeta de hoy, Pedro +Garfias, nos referiría la escena de este modo: + + «Entre el cortejo de tus risas, pasa + mi voz enlutada». + +Si se prefiere un tema de más objetividad —ya que en el del amor todos +«pusimos nuestras manos» y nuestros pechos— recordemos «Las bodas del +Caná». El poeta de la paráfrasis nos hubiera pintado toda la Galilea +en torno a Jesús, nos hubiera insuflado en versículos del bello pasaje +evangélico, toda su peculiar carrocería metafórica. Del sencillo pasaje +hubiera hecho un canto a la dicha conyugal. Hubiera añadido al puro +vino lírico algunas ánforas de agua de cualquier Jordán retórico. El +auténtico poeta contempla el sugerente episodio, lo exprime, lo limpia +de adherencias domésticas, despide a la histórica comparsería, deja +frente a Jesús al agua azorada ante el milagro, y ya toda la escena le +cabe en el maravilloso verso: + + «El agua púdica vio a su Dios, y enrojeció». + + + + +XXIII + + +Tú, consecuente amigo de la gran trompetería, te sentirás defraudado +al oír vibrar la eterna variación en una sola cuerda. Un verso es +nada para ti, que no sueles saciarte sino con espléndidos lotes de +cuartetas. No nos prestarás oídos, y volverás «a tus clásicos» —y a +tus neoclásicos—, lleno de altanería y suficiencia. Vete enhorabuena. +Ya sabemos que tampoco has de acudir a los verdaderos clásicos. O +los leerás «por tradición», como aún llevas hongo. Quien desdeña la +sobriedad en arte está siempre muy cerca de adquirir un kilométrico +para «El tren expreso». + +Y si me preguntas por qué el arte se despojó de tan ostentosas +hopalandas, contestaré: Es, sencillamente, que el arte se ha limitado. + +Eso es todo. Al limitarse, se amputó injertos extraños, se trazó en +torno la mágica circunferencia que no pueden saltar ni la ciencia +ni el oficio. Cuando se le pidió, declaró su intrascendencia. Le +era indiferente infiltrarse en la política, en las normas del buen +vivir. Un día balbuceó como un niño, volvió a leer ingenuamente en las +cuartillas del pasado, y declaró —también ingenuamente— que tal lección +era estúpida y tal otra era incomprensible. + +Nada le importó que las gentes no le saludasen, al pasar, como a los +príncipes del Renacimiento y a los histriones del ochocientos. Se +perdió a sí misma todo respeto, y no lo exigió tampoco a los demás. +Se miró serenamente al espejo y aprendió a desechar todo ademán +desmesurado. Asesinó deliciosamente la tragedia, y resolvió llevar por +dentro las melenas. Dejó en paz los cielos y la tierra, los bosques y +los mares, sin hacerlos ya cómplices de cualquier trivial intemperancia +femenina. Cuando Charlot cruza la pantalla, todo su bagaje va con él. +Charlot se nos ofrece siempre aislado, hermético, dentro de la urna de +su propia creación, que es él. + +No conozco nada más opuesto a un «virtuoso». El «virtuoso» irradia +siempre, como las devotas imágenes de bazar, haces de melifluos rayos +de purpurina. Su emoción es cierto grifo que salpica de iluminado +aljófar al resto de los satélites actores, a todos los embobados +espectadores. Charlot recoge en sí mismo todas las vibraciones de +la escena. Es un condensador de energías emocionales. Pero nos da +perennemente la impresión de hombre desplazado, de niño perdido entre +la turba, aunque puede sentarse entre los definidores de la ley +estética. Charlot desdeña todo apoyo en la moldeable realidad que acude +a ofrecerle a cada paso su vaso de vino sentimental, tomando de ella, +siempre receloso viajero, los sorbos precisos para poder seguir andando. + +Para poder seguir soñando. + +Charlot sueña siempre. En «La quimera del oro», sueña, efectivamente, +que le rodea un grupo de amigas. Para divertirlas inventa un inocente +espectáculo. Organiza un baile. No una fácil mascarada de trajes de +ayer o de mañana, sino un ingenuo baile de panecillos de la cena. Está +sentado a la mesa, extiende las manos y, con lo primero que tropieza, +realiza su intuición genial. + +Lo mismo podría realizarla con un frutero o con una servilleta. No +dejemos al alcance del falso artista una moneda de oro, porque nos +la devolverá trocada en un pesado saco de mohosa calderilla. Es mal +agente de cambio. El arte verdadero todo lo devuelve trocado en el +mismo artista, porque toda materia goza en él del milagro de la +transustanciación. Decimos Charlot, como podríamos decir Strawinsky +o Picasso; todos ellos lograron convertir los humildes panecillos en +encantadores zapatitos de hada. + + + + +XXIV + + +El buen bailarín solo necesita una baldosa. Como el buen novelista +solo necesita un gesto o la ausencia de un gesto. Proust construye una +espléndida arquitectura sobre la frágil primera piedra de un beso +fracasado. Charlot enlaza una sutil cadena de emociones a un primer +brote, a una primera sombra de emoción. + +Es que en ellos la limitación es creadora. Hundidos voluntariamente en +cualquier grieta abierta en la roca viva, siguen rasgando el corazón +de la montaña, hasta dejarla toda socavada por un maravilloso túnel. +En vez de recorrer vagamente el paisaje, ellos enfilan sus prismáticos +a una parcela cualquiera de terreno. En una excursión, el viajero más +curioso es siempre aquel que ha visto menos cosas, porque se contentó +con detenerse ante una sola. + +_Non multa, sed multum_ —decían ya los viejos dómines—. Nadie es menos +viajero que el poseedor de un coche ostentoso. El viaje consiste para +él en ir de prisa. Lo mismo, en el arte. «La vuelta al mundo de un +novelista» es la excursión de un colono que sale a recorrer sus +plantaciones de novela, para calcular la próxima recolección. Nadie +menos curioso de las maravillas de la tierra que un agricultor, como +nadie menos curioso de las bellezas orográficas que un ingeniero de +montes. Es preferible un alpinista. + +Por fortuna, el arte va aprendiendo ya a andar con lentitud, a +detenerse a subrayar cualquier minuto, cualquier fugitivo escorzo. +Charlot, al parecer, solo intentaba divertirnos con un juego de manos, +pero sus encantadores panecillos trenzaron en el aire el sutil andamio +de una inesperada arquitectura. De lo que apenas fue siempre un humilde +desayuno, él creó un gracioso surtidor de peregrinos ritmos. + + + + +XXV + + +Hay palabras abejas. Otras son palomas errantes que vienen a posarse +sobre nuestros hombros estremecidos. También hay palabras resortes, +sésamo ábrete de subterráneos palacios de gnomos y princesas. El arte +nuevo va siempre buscando por el bosque la anilla de hierro que alza la +tapa de la cima fulgurante. + + + + +XXVI + + +Conservar la línea del cuerpo y del espíritu. No amputar un solo +miembro, aunque nos escandalice, pero reducirlo a ley de armonía. +Ese imperioso anhelo de extirparse al alma y esparcirla destrenzada, +desmelenada, por el éter, que acomete a tantos espíritus centrífugos, +es solo un penacho generoso que debemos conservar para los días de gran +gala del espíritu, en que nos desperezamos sobre los muelles cojines de +la «azul fantasía». + +Días de gran gala, días de ocio, días de ostentación... Recuérdese que +para el buen artista, todos son días de labor. + +Al buen escritor se le conoce por su traje de diario. + + + + +XXVII + + +El hipérbaton es un modo infantil de musicalizar el período. Música +fácil y antigua. Ya Cicerón solía colocar al fin del período «musical» +un ingenuo calderón. + + + + +XXVIII + + +Mucho cuidado antes de coincidir con cualquier vecino de butaca. Una +noche Stendhal escuchaba indignado una mala ejecución de «Armida». De +pronto oye decir: + +—¡Esto es intolerable, es indigno! + +Y Stendhal, agrega, complacido: + +—Tiene usted razón. + +—Es indigno —continúa el vecino— ¡que esos músicos no vistan de calzón +corto! + +No fiarse tampoco de las llamadas «lecciones de la vida» —tan útiles +siempre a algunos grandes novelistas, a un tiempo «grandes vividores»—. +Cuenta el mismo Stendhal que Voltaire intentaba hacer aprender el arte +de declamar a una bella amiga aficionada al teatro. La joven comenzó, +al fin, a recitar el papel de Amenaida; pero el maestro, sorprendido al +ver una extraña frialdad en su discípula, le dijo: + +—Pero, amiga mía, si un amante te hubiese traicionado, huyendo de ti +cobardemente, ¿qué harías tú? + +—Buscarme otro —respondió sencillamente la muchacha. + + + + +XXIX + + +Puede el aforismo ser cuna o ataúd, alfa u omega del pensamiento: +Semilla hirviente de vidas futuras o postre refinado por hábiles +manipulaciones. Pero siempre nos defrauda un poco. Si el aforismo +es solo grano rubio de trigo, quisiéramos ver la espiga crujiente, +en campo ondulante, de oro viejo. Si el aforismo es fruta madura y +sabiamente preparada por artes de repostería, quisiéramos ver mejor +un huerto en pleno abril, recostarnos en un tronco estremecido por +la savia, hundir los dientes curiosos en la primera fruta, en agraz. +Es bello seguir la ágil curva del pensamiento; saltar unas veces +el gracioso alcor y hundirnos otras en la dulce penumbra de las +hondonadas. Llegar cansados, pero alegres de haber vivido cada momento +del viaje. + +Es el aforismo una amante infantil que salta a nuestro cuello, +secretea deliciosamente, en nuestro oído, un instante, y huye. Quizá +luego retorne, trayéndonos oculto el cucurucho del ingenio, para hundir +en nuestra boca, de modo insospechado, un delicioso bombón. Pero es +mejor que ella se ciña a nuestro pecho desde el inicio del viaje, y +llevarla gentilmente todo él, hasta la última estación. No importa que +con los postreros chisporroteos de su risa —cohetes ya agotados— vaya +posándose en nuestros hombros un poco de ceniza. + +Un libro de aforismos es nada, si no es un bello cofrecillo de +sorpresas. Tal vez de menudos cristales que no lograron tejer nunca +la presentida y luminosa araña. Pero, a un estuche de sorpresas, es +preferible casi siempre una cadena de oro. A la fruta cogida al azar, +el cestillo bien repleto donde no falte el vino vehemente y el pan +en sazón. Dejemos a los que prefieren llenar su cestillo de esas +pardas madejas académicas, de lazadas previstas, de nudos ingenuos, +que tanto embarazan el limpio camino del arte: ovillos manufacturados, +tan distantes de la fina urdimbre nueva donde la imagen no debe hacer +sombra; donde la imagen no debe ser injerto, sino brote acelerado por +la rítmica onda de savia, espuma verde, paralela al ímpetu del aliento +vital. + +En esta urdimbre nueva, el alto pensamiento no debe ser tienda alzada +en un páramo del espíritu, con pretexto de cobijar en ella cierto +borroso tropel de palabras. + +Es el aforismo, alfa u omega de ese tablero donde la mente engarza sus +ideales polinomios. Puede estar en el umbral de una intuición o a la +zaga de una lenta cabalgata reflexiva. Pero es tan pobre recoger en un +libro un haz de promesas, como un puñado de frutas caídas de la rama, +en evidente caducidad. Excesiva inquietud o notoria decadencia. O +pereza de alzar una sólida arquitectura, aun teniendo ya esparcidos en +torno bloques magníficos. + +Solo perdonaremos al aforismo cuando su ráfaga prenda en nuestros ojos +una llama tan viva que ya no se advierta el negror del intervalo. Si +al extremo de un radio hay engarzada una auténtica estrella, cuando la +rueda gire, solo veremos un aro luminoso. Solo el poeta puede atravesar +«de un brinco» lo que el pensador debe «franquear al paso». + +Y, entonces, que no nos hablen de pequeño y gran poema. El buen poema +no tiene extensión. El malo no vale la pena de medirlo. Si el viejo +filósofo cuenta por «términos» —se han contado hasta cuatro, y el tedio +es el cuarto—, el poeta solo cuenta un «término»: el primero y el +único. Su proposición es siempre una «mayor» indemostrable. + +Pero ha de olvidarse toda borla doctoral. Del aforismo cuelgan +siempre, solapadamente, algunos flecos. Entonces debemos condenarle +al laborioso desarrollo de todo el silogismo. El que sube a la tarima +del aula, debe explicar bien toda la lección. Aunque se duerman los +discípulos. + + + + +XXX + + +De los banquetes filosóficos suelen caer migajas que Lázaro recoge al +punto en su zurrón. He aquí el origen de muchos aforismos. Esto es más +fácil que preparar la levadura, heñir lentamente la masa, dorarla al +fuego y ofrecerla en esponjosos gajos blancos, sobre el mantel. + + + + +XXXI + + +Iniciarse en las luchas del espíritu con unos ingeniosos ejercicios +de tiro, salir al campo con el rifle gallardamente enfilado hacia la +guerrilla mejor atrincherada es correr el albur de ofrecer una silueta +desnuda, fácilmente vulnerable por cualquier proyectil. Sumergirse +en la zona peligrosa es querer ser batido con igual vehemencia. +(Concedamos un poco a la moda profesional, a quien parece complacer tal +metafórica pirotecnia de polígono). + +Dos suertes de blancos se ofrecen al ataque: los amplios y cercanos +de las triviales opiniones, y los de ciertas siluetas espirituales de +contorno definido por su patente labor, reconocida o no como eficaz. Ni +en estas ni en aquellos es fácil lograr una bella rosa de tiro, una de +esas apretadas rosas geométricas que los impactos, unidos entre sí por +mentales ligaduras, limitan en el blanco. Importa poco ver abrirse esta +rosa en zonas distantes del triángulo batido —defecto bien corriente, y +subsanable en un recluta—. Importa mucho una tal dispersión del haz de +proyectiles. + +Son dos las fuentes de dispersión: Débil pulso o voluble pupila. Aunque +algún proyectil horade el corazón del blanco, pudo ser el azar quien +trazó la trayectoria. Es ley inflexible de polígono... y de libro: Dar +muchas veces, y armoniosamente. La armonía no es fruto del azar, que +solo produce simetría. + +Máxima agudeza es necesaria si el blanco es silueta viva. El perfil +oscila, sufre relumbres de sol, se sumerge en negras proyecciones +de nube. En este difícil ejercicio, la dispersión es casi siempre +inevitable. Aun siendo blanco toda la silueta —juego siempre malogrado, +por excesivo, pues en ella quedan siempre inexpugnables zonas—, la rosa +geométrica es difícil de trazar. Habría que señalar bien un foco, el +más vulnerable; quizá el «talón» donde dirigir la bala. + +Es infantil lanzar proyectiles al pecho de las siluetas, para que +apenas logren alzar a los pies del blanco... una graciosa nubecilla de +polvo. + + + + +XXXII + + +Simetría: refugio de la armonía fracasada. + + + + +XXXIII + + +El libro más bello sería aquel donde un niño nos hablase de su primer +asombro ante los guiños de las cosas, de su primera inquietud ante la +belleza desnuda. Esos libros siempre los escriben los viejos, y, entre +una infancia y una caducidad, hay muchos muros de vidrio que irisan o +borran la pura perspectiva. + +Hay un momento en el niño en que ya puede ser loco, porque ya le es +dado razonar. El más bello momento de la vida quizá sea el de este +nacimiento de la locura, anterior a la fiebre de los sentidos. El niño +ya persigue el misterio de la belleza femenina, aunque apenas conoce +los signos de lo bello. Entre dos mujeres, aún no acierta a elegir la +más hermosa. De las cosas solo ve el color más agrio, la arista más +aguda. + +Pero el niño presiente algo más que el frenético voltear de una +campana. Un día se le revela el ritmo de una boca, la rosa de luz de +una frente, el escorzo de unos brazos que se trenzan en la nuca. Otro +se le revelan los misterios de la línea en el curvo perfil de unos +senos. El niño comienza a preferir. Fiesta de la epifanía del buen +gusto. Luego los maestros le enseñarán a dudar, a cerrar los ojos, le +prohibirán el himno de la Venus Armoniosa. Le hablarán de una carne +procaz a quien es preciso declarar la guerra. Y a la ingenua gracia +del ritmo la llamarán «vil acicate». + + + + +XXXIV + + +La retórica —la musical como la literaria— solía venir cubierta con +una bella máscara: el virtuosismo. El «virtuoso» musical es retórico +del ritmo, como el seudoimpresionista es el retórico del color. El +«virtuoso» literario pretende hacer de la prosa una cadena de fáciles +primores. Mientras el creador sincero se desgarra silenciosamente la +carne para hundir la mirada en sus entrañas y hallar dentro el reflejo +del mundo circundante, el «virtuoso» apenas se araña la epidermis. +No suele ver en sí imagen alguna, porque prefiere hallar en el arte +ciertos luminosos rafagueos, cierta vibración comunicable a todas las +membranas, provocadora del torbellino de aplausos. + +El «virtuoso» reparte en torno suyo puñados de bengalas, para ocultar +bien la ausencia de una estrella. El «virtuoso» es un paciente +sembrador de luciérnagas que quiere hacer pasar por brillantes. Su obra +será siempre un caracoleo en derredor de sí mismo, un monótono carrusel +de primores capaces de seducir a la gran multitud. Haya o no en el +carrusel talcos deslumbradores, la obra del «virtuoso» está muy lejos +de la obra del artista. + +Es muy fácil romper el equilibrio entre el bello contenido —si acaso +existió— y los medios de expresión que falsamente suele poner en juego +el «virtuoso». Hay siempre en el platillo muchos gramos de impureza, +inútiles injertos, amorosas fruiciones. Si puede el artesano gozarse en +el hallazgo de un magnífico instrumento, el artista solo ha de ver en +el suyo cierta limitación por superar. + +No vale complacerse en el brillo del arado, sino en la hondura del +surco. Allá el gran «divo» con sus piruetas de laringe y el poeta +arrobador de multitudes, conocedor de todas las válvulas del aplauso. +Ellos conocen la gloria inmediata, apremiante. Para ellos la obra es +una amante por rendir, no un mundo de materia vibrante por modelar. +Para el artista verdadero, la obra es siempre un edificio por alzar, y, +ante cada primera piedra, debe sentirse aprendiz. + + + + +XXXV + + +En arte —como en la vida— la materia asesina al espíritu. El exceso +de fruición en los medios expresivos es siempre fruto del canto de +sirena con que la materia —palabra, color, sonido, mármol— nos atrae. +Fruición es decir primor. Primor es decir virtuosismo. + +Un convidado que prefiriese andar por la cocina catando salsas y +charlando con los cocineros, pierde toda la emoción del festín. + + + + +XXXVI + + +Tertulia: zoco de ideas. + +«Se venden, se cambian y... se roban». + + + + +XXXVII + + +Es en vano querer cosechar fuera de nosotros. Nos hallaríamos vacías +las manos, o llenas de espigas hueras. Tientan nuestro afán creador +muchos caminos, pero solo hay uno nuestro, aunque después se bifurque: +El del hallazgo del propio autor. + +Cada mujer, cada libro, cada paisaje, traza su huella en nuestro +tablero emocional. Puede ser un hondo surco, que no logre borrar +esponja alguna; puede ser leve estela disipada con la primera ráfaga +de una hora nueva que se nos va saltando. Surco o caricia, tienen un +auténtico valor vital, son gérmenes de emoción en la lejanía del arte, +donde han de ser fecundados. Pero es preciso amar a esa mujer, a ese +libro, a ese paisaje, hasta hacerlos nuestros. Es preciso recoger +en nosotros toda su luz. No podríamos revelarlo en nuestra cámara +interior, si la visión fuese borrosa o ligera. + +El arte es todo amorosa vigilia. La emoción es la amante que no llega +sino después de soñarla mucho. Ella espera largamente la fiesta +nupcial. Y puede no amarse a las mujeres, a los libros, al paisaje; +pero, entonces, al tratar de filtrar la emoción de unas y de otros, +veremos el vacío en nuestra obra. O será una obra de ironía o de +piedad, virtudes o estados de las cumbres. Y el artista nada ha de +mirar desde la cumbre. Aunque en la lejanía, todo debe quedar «a la +altura del pecho». + +La ironía y la piedad fueron inventadas por unos hombres muy sagaces +que no sabían amar, o se cansaban de amar. + + + + +XXXVIII + + +Se ha proclamado la buena salud en todo. También el arte debe de +gozarla, aunque sin apelar mucho al deporte. Ni hambre ni sed: +Serenidad perfecta y pulsación normal. Con las recetas nuevas podemos +ya cocinar en el arte sin quemarnos los dedos, si sabemos dar el punto +de calor. Hay quien, por huir de la fiebre, nos sirve un témpano. Y +serenidad no es congelación. La nieve solo podría ser serena teniendo +dentro una brasa. Pero el arte seguirá teniendo un poco de fiebre, +aunque pudorosamente escondida. Fallarán a veces las recetas. Sí, el +arte seguirá teniendo siempre calentura. + +Queda un camino: Abrir las ventanas al viento y al sol. Si nuestra obra +no se salva de la fiebre, se salvará al menos del moho —que tantos +confunden con la pátina—. Del moho y de la mueca trágica. A pleno sol, +baño y sonrisa. Limpieza y alegría pueden no ser serenidad, salud +perfecta; pero ya pueden ser arte, y arte nuevo. + + + + +XXXIX + + +Aún tiene su culto lo enorme. Siempre rodean a Goliat los filisteos. + + + + +XL + + +Hay gran diferencia entre el proscenio y la pista. Arte de proscenio +es arte de proyecciones, de enfoques, de bambalinas. Arte de dos +dimensiones. En el arte de proscenio, unas tiras de papel pintado +pueden dar al ingenuo la emoción de un bosque. El escenario puede +fiarlo todo a un plano. + +Arte de pista es arte de irradiación, de limpieza y desnudez, de +músculos auténticos. Arte de tres dimensiones, de innumerables +perfiles. La luz, que en el proscenio podría ser para algún ser +raquítico túnica encantada, en la pista es un verdugo que lo desnuda +todo, implacablemente. En el ruedo, el arte se sumerge en un baño de +claridad y de sinceridad. + +Por eso, en la pista, el arte ha de ser más reflexivo, más a prueba de +todas las flechas críticas. Allí el torbellino creador ha de ofrecerse +más cribado, y las gentiles acrobacias deben de gozar de ritmo más puro. + + + + +XLI + + +El arte nuevo prefiere la pista al escenario. Por eso Ramón Gómez de la +Serna pudo escribir en su tarjeta: «Cronista oficial del Circo». + +Con _Ramón_, el arte nuevo prefirió subir a un trapecio a hundirse en +los académicos sillones. Y cambió su concepto de la gloria. Gloria no +es cierta corona de laurel, sino cierta diadema de sonrisas. Cuando el +hombre ríe, se abre de par en par, y entonces —la observación es de +Jean Cocteau— vemos dentro de él un tesoro o un vacío. + +Pero antes de que _Ramón_ subiese al trapecio, ya su arte era glorioso. +Glorioso en el más tremendo sentido: en sentido teológico. No le +faltaba dote alguna. Era ágil, claro, sutil, impasible. Ni siquiera le +faltaba esta cuarta dote, tan peligrosa... + +Pupila impasible de _Ramón_. Despiadada, serena, inatacable por los +ácidos de todo eso que un filósofo llamaría el «no yo». Pupila de +espectador, no del que se sienta en la terraza, sino del que se sienta +en medio de la calle, aunque evite el roce de la calle. Materia hecha +pedazos, implacablemente, en la clínica silenciosa de un torreón. +Desentrañada, desarticulada. No vaciló en invertebrar las cosas por +temor de volver a las viejas arquitecturas. + +Ágil pupila la de _Ramón_. Ubicua. Ir tras ella es rendirse de +cansancio. Arte que brinca en derredor de las cosas sin dejar en ellas +plano alguno donde no trace una rúbrica, es decir, una greguería. Arte +de gran malabarista que sabe sorprender en el aire todas las caras +de las cosas. Tenía que ser cronista oficial del circo, porque solo +en el circo se juega con los hombres y las cosas en el confín de la +vida, más allá del cual está la nada, el puñado de vidrios rotos. +Solo allí la carne pierde su turbia irradiación y se convierte en un +objeto más que puede ser volteado y zarandeado alegremente por un ágil +malabarista de sensaciones. Solo en el circo puede exprimirse bien la +ternura, arrojándola fuera de los hombres y las cosas, para que riegue +los huertos sentimentales del burgués, franciscano u horaciano. Así en +el arte de _Ramón_ apenas hay posos. Ni siquiera le queda en el fondo +ese residuo romántico, tan denso de negaciones, negación él mismo, +que llaman «infinito». En el arte de _Ramón_ solo hay arterias vivas, +rebosantes de fresca tinta roja. + +Sutil pupila la de _Ramón_. Ir tras ella es resignarse al zurrón de +Lázaro, porque solo deja migajas de las cosas. Arte que agudizó muchos +ojos, que pudo agudizar otros muchos escondidos bajo espesas gafas +doctorales. _Ramón_, monstruo de mil pupilas, ha abierto un ancho +polígono donde se aprende a abatir falsas siluetas. _Ramón_, campeón +de tiro. Primer espada en las corridas literarias europeas. + +Arte claro y cínico. Ajeno a todo sentido de esa moralidad, banco de +algas viscosas, donde tantas intenciones naufragan. Desnudó las cosas, +enseñándoles a no envanecerse de su fino contorno, a no avergonzarse de +sus perfiles grotescos. Lo desnudó todo, hasta esos frágiles relicarios +del amor, esos juguetes íntimos, que ya nunca podremos perseguir entre +batistas cómplices y encajes cosquilleantes. Porque _Ramón_ dio un +tirón de todas las camisas, y ha mostrado todos los senos —asustados, +trémulos— en la más pura e ingenua desnudez. Los ha bañado en la +piscina de la sinceridad, les ha cortado el falso nervio del pudor que +les hacía huir de nuestras manos codiciosas. Ahí están, ya inofensivos, +sobre el mármol, ¡los últimos idolillos que aún valía la pena de +adorar un poco! + +Arte limpio de lógica, el de _Ramón_: de esa lógica de la razón que +no es la lógica de las cosas. Ha cortado esos canales que enlazaban +cada realidad con los vagos focos del sentimiento. Ha cegado esos +otros que hacían desparramarse cada cosa por las tierras áridas de la +historia y de la ética. Ha dado, en suma, a todos los símbolos un viril +tijeretazo. Ha podado la maraña que el ayer fue juntando en torno a +las cosas. Ha podado esos tallos adventicios que chupan los jugos de +arte, esos injertos fáciles de la sensualidad y del huero didactismo. +Ha dejado las cosas en todo su contorno ilógico y cínico, como ellas +son. Quizá les ha robado, al agitarlas dentro de la piscina, un poco +de calor, un poco de esa misteriosa penumbra en que las envolvían +tantas vegetaciones esporádicas... No importa. Ahora en el arte de +_Ramón_ —que es, en suma, el arte nuevo— las cosas corren su propio +albur, sin otro amparo celestinesco, sin más lógica que la suya, sin +más irradiación que la de su propia llama. Ahora las cosas habrán de +_verse_. No a través de nada, sino con los ojos bien lavados y frescos. +Sin otra prolongación que la de su propia atmósfera. + +(«_Ramón_ o de la fecundidad». Tema sugestivo. Ahora, a esto que +llamamos arte nuevo le salieron muchos definidores. Hay un saldo enorme +de pautas. Después de muchas disquisiciones, ya casi aprendimos _cómo_ +ha de escribirse... Solo faltan los libros. + +Fueron amontonándose comentarios sobre libros inéditos, sobre libros +posibles, sobre libros en blanco, sobre esbozos de libros... + +_Ramón_ iba, entretanto, escribiéndolos). + + + + +XLII + + +El vigor y la gracia se besan en un grumo de piedra, y nace el capitel, +la historia de estos amores solo podría ser contada —y cantada— por un +alto juglar. + +Pero, a veces, la armoniosa pareja emprende un viaje por zonas de +mármol y va creando el friso. Acorde único, trocado en tema melódico. +Rompe su fanal el poema y se lanza a correr por la faja de piedra. Se +desparrama el lírico manojo produciendo una novela. + +Al esparcirse, claro está que pierde aroma. A la vibración intensa +suceden ondas más débiles, pero en cada una, aun en la más lejana, +percibiremos el primitivo ritmo, quizá más lento, más perezoso. Durante +todo el friso, viviremos dentro de la misma atmósfera del poema. Sube o +baja la temperatura según la calidad de la materia que vaya nutriendo +de anécdotas el viaje, pero nunca el friso sofocará el poema. Si el +poema se extingue, la buena novela morirá también. Si el friso es un +capitel desarrollado, la novela es un poema en marcha. + +Y el novelista debe de ser siempre un poeta viajero. Como todo viajero, +desfallecerá, se sentará a descansar, olvidará un poco al hermes +alado que le guía; pero, colgado al cinto, llevará siempre su pomo de +generoso vino lírico. Un sorbo le bastará para curarse del cansancio. Y +escondido en el pecho, el fiel termómetro. + +La novela se lanzó muchas veces al viaje sin proveerse de ese pomo de +ideales esencias. Contó con tropezar con el suceso, como si la alta +temperatura irradiase de un choque, no del viajero. Es pretender que a +un jinete le vayan iluminando, en una noche oscura, las chispas que al +pasar vayan arrancando los cascos del corcel. El clima estético en que +un poema ha de retoñar en brotes nuevos, solo puede ser producido por +esta máquina de maravillosa electricidad que es un artista. + +Un día Cervantes quiso burlarse de las febriles temperaturas de +Angélica, de Roldán, del Cid; pero, a poco de emprender su genial +romería, ya se había contaminado de la fiebre de Angélica, de Roldán, +del Cid. Fue empujado fuera del recinto de la Mancha y sumergido en las +regiones hiperbóreas adonde, efectivamente, voló el irreal Clavileño. + +Pero descartado Clavileño, quedan en España muchos rocines que +se atuvieron a la hierba rala, sin pensar nunca en peligrosas +exploraciones. Pocas páginas de la novela picaresca española dejan +de ser un catálogo pintoresco de sucesos. Llamaban a esto novela +realista... Como si solo fuera realidad eso que nos vamos encontrando +por un camino cualquiera. + +Creo en la excelsa realidad que Don Quijote afirma ante las +atropelladas realidades de carneros y molinos. Una realidad novelesca +es tal cuando ha sido cernida por la realidad del novelista. Si el +poeta suele ser un violín donde palpitan las ondas armoniosas que +golpean el maravilloso estuche, el novelista es el pulmón que purifica +el aire en torno, convirtiéndolo en materia artística respirable, +asimilable por el lector. Un novelista situado en medio de la realidad +cotidiana, sin otro objeto que reproducirla fielmente, hace profesión +de cronista, de historiador. Pero el historiador solo recibe la versión +oficial mientras el novelista recibe las más peregrinas confidencias. +«La confidencia no tiene sitio en la historia» —escribe Alain—. La +historia y la novela se nutren de hechos, pero los de la historia +necesitan de testigos, y la novela se complace en desdeñarlos. + +Creo en la sola realidad que inventa el novelista, tan lejana de la +reproducida por el historiador. Realidad que no la produce un suceso +—capaz de coincidir con el suceso del cronista—, sino el timbre y el +tono peculiares con que la voz de cada suceso habla al lector. Timbre +y tono que son, en definitiva, los mismos del novelista. Las novelas +no están repartidas por el mundo de modo que baste salir a recogerlas. +Las novelas dormitan en el regazo del autor, y es un suceso —una +llamada cualquiera exterior— el que acude inopinadamente a despertar en +el artista la novela dormida. Recordemos las gacetillas de periódico +que un día fueron a despertar en Stendhal «Le rouge et le noir», en +Flaubert, «Madame Bovary». + +El viejo novelista atendió más a agrupar hechos que a suministrarles un +acento. No se qué empeño de alejar entre sí los «géneros literarios», +le llevó a separar lo inseparable. A la novela —poema épico ya desnudo +de su enfático traje de gala— se le negaban la miel y el vino, líricos, +mientras era recargada de sal y de mostaza plebeyos... + +Era el tiempo en que no podía hablarse en verso de un atraco, porque +—apunta donosamente Stendhal— no era poética la voz «pistola». Era +mejor que cada personaje de novela picaresca fuese un héroe de presidio +y de albañal. La prosa y el verso tenían señalados sus ambientes, sus +climas, sus vehemencias. Así un novelador, metido a poeta, cuando +acabase de crear su soneto tendría que dejar largo tiempo reposando el +pulso, para que la fiebre del poema no contagiase el llano estilo de su +novela. + +Por fortuna, la novela española va pasando del estado llano de la +literatura a la aristocracia del poema. De un poema no sintético, no +grumo de capitel, sino faja vibrante de friso. + + + + +XLIII + + +«El Espectador» es ese buen amigo que nunca llega a la hora de la cita. +Una metódica frecuencia le hubiera convertido en el ente familiar a +que llamamos periódico o esposa, pero su insólita visita logra siempre +calidades de hallazgo y provoca las vivas ondas de toda bien renovada +intimidad. Al amigo constante, un recio vaso de vino de la tierra. Al +amigo olvidadizo, una fina copa de champagne. + +Cada sumario de «El Espectador» es cierta sugerente minuta donde se +nos ofrece un denso «plato del día», entre otras suculentas golosinas. +En el cuarto volumen, ese plato fuerte lo compone el ensayo «Las dos +grandes metáforas». Y hay un postre delicioso, «Conversación en el +_golf_, o la idea del _dharma_». Si el postre es una primorosa lección +de estilo, en el plato fuerte hay, además, un profundo pensamiento que +sería meditado largamente por creadores y reeditores de arquitecturas +metafóricas, si ellos atendiesen a algo más que a su propia creación o +reedición. + +Conceder al que atrapa una metáfora la misma jerarquía científica +concedida al inventor de una ley cósmica, es, evidentemente, algo muy +lisonjero que nadie se atrevió a confesar al poeta. «En una de sus +dimensiones —dice el maestro— la poesía es investigación, y descubre +hechos tan positivos como los habituales en la exploración científica». +No creó que estas palabras hayan sido suficientemente comentadas. Ni +las creo dictadas por el filósofo, sino por el artista. Del hombre +del laboratorio nunca podía esperar tal abrazo de camarada, el hombre +de los sueños. Del «Espectador», sí. Porque en él cada brazo soporta +un mundo distinto. Si con una mano arrastra el peso de muchos siglos +del firme pensamiento, con la otra sostiene la graciosa cometa de la +aventura que sabe crear, a cada ráfaga de viento, nuevas ondulaciones. +Solo el arte podía escribir su bella apología, exaltando así el frágil +instrumento metafórico. + +Y aquí «exaltar» era, no cantarle una oda, sino equipararle al +microscopio, fijar sus dominios, al mismo tiempo que sus prerrogativas. +No asignarle un origen divino, sino cierta suprema categoría humana. +(Y un claro sentido de limitación. «Ahora, de pronto, el mundo se +limita — se nos decía en _El tema de nuestro tiempo_—, es un huerto +con muros confinantes, es un aposento, un interior. ¿No sugiere este +nuevo escenario todo un estilo de vida opuesto al usado?». Exactamente. +Un estilo de vida, y un estilo de arte. Un horror al infinito, y un +sincero amor a la medida). + +Y no importe que el arte y la ciencia utilicen «al revés» el +instrumento metafórico, para que puedan alguna vez llamarse hermanos. +«La metáfora empieza a irradiar belleza donde su porción verdadera +concluye» —escribe José Ortega y Gasset—. Esta porción verdadera es la +porción de Marta, es la parte de la ciencia. Y es también la que pesa +en la otra mano de «El Espectador». Pero, cuidado con aventurarnos a +decir cuál es aquí la más noble. Estamos —excepcionalmente— ante una +balanza, de platillos de oro, en el fiel. + + + + +XLIV + + +Desdeñemos toda norma estética que no goce de su bello y peculiar +contorno, de una propia sustancia bien distinta. También la nota +marginal de un texto que por sí misma no puede aislarse como texto. Mal +arabesco el que no pueda hacernos olvidar un poco el muro donde se +trazó. Mala aquella pincelada que no era precisa en la tela. Lo demás, +no es ni literatura: Menos mal si es buena erudición. + +Quisiéramos que cada nota iniciase en el lector una inesperada melodía, +paralela a las ya gustadas en la obra glosada. Quisiéramos no tañer +viejas zampoñas, no repetir ajenos temas. ¡Quisiéramos tantas cosas! +También no tener miedo a perder el equilibrio. Un hombre equilibrado +suele ser necio o ruin. La balanza mental pocas veces está en el fiel: +Hay algo de plomo u oro en cada platillo. La vida lo fue amontonando +allí, insensiblemente. Cada vez que usamos de la balanza, hallamos en +ella pesos nuevos. + +Ser imparcial es no ser nada. Tanto da neutralidad como vacío. Hay que +resignarse a juzgar con muchos contrapesos, o a enmudecer. Todo artista +—sea o no crítico— debe ser apasionado. + + + + +XLV + + +Creo que la vuelta a la estrofa es la vuelta del vencido. Se vuelve a +la jaula cuando no se sabe qué hacer con las alas. + +El poema es un hallazgo, la estrofa es un cálculo..., a veces en el +peor sentido. + + + + +XLVI + + +Es bueno intentar alguna vez la fuga de toda red fascinadora; hurtarse +a la primera e inevitable sorpresa del arte, y avizorar serenamente en +la colmena silenciosa donde se elabora la forma inesperada de creación, +entrar en esa penumbra sensitiva donde las membranas se adelgazan y +estremecen esperando las vibraciones más lejanas. Sorprender la actitud +de cazador que adopta el artista ante las cosas transeúntes, su primer +gesto de saludo, de incorporación de la vida circundante a ese mundo +singular donde todo se somete a un nuevo molde, y aprende un nuevo +idioma. + +Y, sobre todo, fijar el instante en que la intuición alerta se +debilita o muere y se inicia o robustece la fantasía, en que la pupila +estética se cansa de perseguir el hondo latido de las cosas y fía a +las hermanas menores en la escala de percepción la tarea de cubrir +de músculos y de piel coloreada los finos organismos sorprendidos en +plena y vibrátil desnudez. Hay un momento de cansancio en todo creador, +que decide a favor de la memoria o de la fantasía ese tenaz dilema +entre la intuición indisciplinada, recreadora, y esas otras facultades +reproductoras, acopladoras de fáciles y más asequibles elementos. + +Aun en las grandes obras maestras, hay momentos de cansancio. El arte +nuevo, acotador de más breves y acaso más gratas parcelas, puede +asistir al desfile de las cosas sin sentir fatiga alguna. Él espera, +además, a que ellas le muestren sus aristas más finas, su curva más +ágil. Quiere situarse y escoger. Quiere ofrecernos un haz seleccionado +de todas las posibilidades estéticas de las cosas, eliminar lo intuido +con menos fragancia. Es un agudo geómetra que aspira a trenzar en la +red de su prosa las precisas coordenadas. + + + + +XLVII + + +Hay una poesía de alta tensión, por quien la imagen solo es querida +en relación con su calidad de honda. Inquietud del proyectil por +adelantarse a sí mismo. Célula viva que en cada instante sueña con una +metamorfosis. Anarquía creadora. Poesía que proyecta su luz sobre sí +misma, que se destruiría a sí misma cada minuto por renacer más bella +cada minuto. Hambre insaciado de pureza. Disciplina interior, esencial, +implacable. + +Hay otra poesía que acaricia los moldes redondeados por el roce del +tiempo; que a la célula informe de hoy prefiere el cristal elaborado +por muchos siglos de geología lírica. Afán de construirse panales, +aun a trueque de restarse energías para fabricar miel. Intención de +serenidad. Cansancio del vuelo. O temor de quebrarse las alas. Tender +los brazos hacia la estrofa, hacia la argolla. Disciplina exterior, +formal. Cristales en que la emoción se recorta simétricamente las +puntas de las alas. Poesía conservadora, que afirma cada minuto su +minuto anterior. + +Otra prefiere el sentido musical del poema. Danza de las palabras. +Gracia y sorpresa del choque. Gusta de encerrarse en el corazón de una +guitarra para salir proyectada, en cascabel de copla, hacia el seno de +una amante. Linda invención donde el pensamiento es apenas una ráfaga +de aire que mece un trino. Poesía que prefiere el encanto fugitivo a la +clara emoción duradera. + +Hay, en fin, una poesía que prefiere el sentido del color. Rúbrica +encendida. Glosa a veces abigarrada. Vivaz anécdota. Topografía lírica, +goce de bruñir temas del campo, del camino, de la aldea. Mejillas +lozanas, mares verdes, cumbres azules, blancos senderos. Poesía +reproductora. + +Arquitecturas donde la idea es apenas un poco de viento coloreado. +Espejo donde se refleja la piel iluminada de las cosas. Afán de +prender, en las redes de una imagen, todas las mariposas del globo. + +Cuatro banderines de enganche: Flecha. Estela. Música. Color. + + + + +XLVIII + + +Hay poetas de infinitos planos, como el cono, es decir, de un solo +plano infinito, que no admite dones de la luz, que nos la devuelve más +pura, más blanca. Hay otros que solo tienen muchos planos, como la +pirámide, y en ellos la luz incidente desparrama su gavilla de colores. +Hay poemas curvos, suaves, en que el alma no puede herirse al rozar +su contorno. Hay otros en cuyas aristas tememos sangrar, donde los +prismas irisados no dejan deleitarse con el puro cristal. Un cono es lo +más semejante a una colina viva, tan grata de recorrer en torno, tan +dulce para reposar en ella. Una pirámide es semejante a esos altivos +mausoleos donde una tenaz vehemencia fue juntando bloques. Ambas nos +incitan a escalar la cumbre, pero la vida es redonda y la muerte acecha +en las aristas. + +Podemos elegir entre el poeta que solo piensa en la vida y el poeta que +solo piensa en la inmortalidad. + + + + +XLIX + + +O se engendra o se injerta. Se engendra por placer, se injerta por +cálculo. Todo arte marginal es un injerto. + + + + +L + + +El peor enemigo del pensamiento es la prosa; como el peor enemigo del +poema es el verso. Toda la ambición de uno y otro debe cifrarse en +vencer a su enemigo, en encadenarlo, en convertirlo en escabel. + +Pero no olvidar que san Miguel debe todo su prestigio —y todo su +pedestal— al diablo. Pero no olvidar que el artista debe toda su altura +—y toda su firmeza— a sus días de artesano, a sus horas de aprendiz. + + + + + SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTE LIBRO + EN LA IMPRENTA DE LA CIUDAD LINEAL + EL DÍA XV DE JUNIO + DEL AÑO MCMXXVII + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78679 *** diff --git a/78679-h/78679-h.htm b/78679-h/78679-h.htm new file mode 100644 index 0000000..4ee8ebd --- /dev/null +++ b/78679-h/78679-h.htm @@ -0,0 +1,1720 @@ +<!DOCTYPE html> +<html lang="es"> +<head> + <meta charset="UTF-8"> + <meta name="viewport" content="width=device-width, initial-scale=1"> + <meta name="format-detection" content="telephone=no,date=no,address=no,email=no,url=no"> + <title> + Ejercicios | Project Gutenberg + </title> + <link rel="icon" href="images/cover.jpg" type="image/x-cover"> + <style> + +.formato { margin: 0 auto; width: 26em; max-width: 26em; font-size: 125%; } +.x-ebookmaker .formato { width: 100%; max-width: 100%; font-size: medium; } + +p { margin: 0; text-align: justify; 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height: auto;" + src="images/cover.jpg" + alt="Cubierta del libro"> + </figure> +</div> + + +<div class="chapter pt6"> + <hr class="chap"> + <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> + <h1 class="g1">EJERCICIOS</h1> + <hr class="chap"> +</div> + +<div class="chapter"> + <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> + <figure class="figcenter"> + <img style="width: 22em; height: auto;" + src="images/frontis.jpg" + alt="Dibujo en línea representando a Benjamín Jarnés"> + <figcaption>BENJAMÍN JARNÉS</figcaption> + </figure> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="tit pt6"> + <p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p> + <p class="fs120 g0 ws1">BENJAMÍN JARNÉS</p> + <p class="fs250 g2 mt1">EJERCICIOS</p> + + <figure class="figcenter mt3"> + <img style="width: 4em; height: auto;" + src="images/logo.jpg" + alt="Motivo ornamental"> + </figure> + + <p class="fs110 g2 mt3">MADRID</p> + <p class="fs110 g2">1927</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt6"> + <p><span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span></p> + <div class="legal"> + <p class="centra ws1">PROPIEDAD RESERVADA</p> + </div> + <p class="pie_imp ws1 mt6">Imp. de la Ciudad Lineal.—Madrid.—Teléfono 50.018.</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter ital pt6" id="Pres"> + + <blockquote> + + <p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span>Cae a tierra el + grano rubio, mientras el viento mece y esparce las briznas de paja + amarilla, desdeñada. Y todos los granos, envidiosos, quisieran + también piruetear sobre las palmas del viento. Pero solo unos pocos + se deciden a lanzarse a la risueña aventura. Solo unos pocos tejerán, + a la orilla de las eras, un felpudillo verde para que duerman en + él las margaritas. Por esta locura de los granitos impacientes se + vestirá el sendero de fino plumón, y, al verano, de espiguillas + generosas. Otros granitos rubios se dispersarán por los nidos del + contorno, para ser banquete de pájaros recién nacidos.</p> + + <p>Me gusta ver al margen de las eras estos granitos locos, + envidiosos de las briznas de paja, <span class="pagenum" + id="Page_10">p. 10</span>glorificados por el sol. Tienden su cunita + fresca para que allí se enrosquen los gusanillos, para que los ojos + del viajero reposen en la tierna seda verde tejida por la gozosa + aventura.</p> + + </blockquote> + +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span></p> + +<h2 class="nobreak" id="I">I</h2> + +<p>Toda idea, claramente engendrada, nace vestida con su propia túnica +verbal. La vaga forma de expresión arguye siempre balbuceos del +pensamiento.</p> + +<p>Pero la palabra es materia, en lucha tenaz con el espíritu. +Transfigurar valores ideales en el puñado de monedas de la prosa, +es siempre entablar una penosa escaramuza. Concebir es placentero, +realizar arguye muchas resistencias vencidas. El idioma es un antiguo +enemigo, más temible cuando se nos acerca lamiéndonos las manos. +<i>Cave canem</i> escribiríamos en el dintel de esos libros donde +la frase devino tan dócil y el estilo tan «fluido» —según la vieja +adjetivación retórica—. Fluidez equivale hartas veces a facilidad, +a hemorragia incontenida: <span class="pagenum" id="Page_12">p. +12</span>algún tropel de palabras ya solo nos sugiere la intención de +cerrar el arcaduz.</p> + +<p>Por sus delitos de elocuencia, el tribunal del arte condenó a la +prosa a trabajos forzados. No puede ya salvarla ni la música, ni la +decoración. Solo escucharemos al que sepa hacer de la estrofa o del +período no el chorreante cangilón de noria, sino el bello fanal. Pasó +el tiempo del sublime torbellino. Ni gárgola, ni surtidor, ni catarata. +Queremos agua filtrada en un vaso muy limpio de cristal.</p> + +<p>La idea nace vestida, pero es preciso ajustar bien los paños y +recortar los arambeles; imantar los hilos más robustos de la trama, +haciéndola metálica y vibrátil armadura; polarizar los bordes, +haciéndolos engarces del pensamiento —y del período— venidero. Y +escamotear vocablos puentes, cuando no podamos hacer de ellos finas +pasarelas.</p> + +<p>Entre frase y frase, dar alguna vez un <span class="pagenum" +id="Page_13">p. 13</span>ágil salto, aunque la cadena lógica sufra +el peligro de quebrarse. Bueno es burlar alguna vez al implacable +centinela que nos lanza su alerta, invitándonos a rastrear por el foso. +Brota el pensamiento como un proyectil: no es preciso señalar todos los +puntos del trayecto. Más nos interesa el certero impacto.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="II">II</h2> + +<p>Hay palabras eslabones y palabras gemas. La prosa escoge buena +porción de los primeros, dejando al verso cofres casi intactos +de brillantes. El verso puede crear aéreos engranajes, metáforas +sutilmente engarzadas por voluptuosos contactos. La prosa —menos +afortunada— no logró nunca prescindir de serviles engranajes +sintácticos. Tampoco el tren de unidades más ricas y bellamente +iluminadas, puede nunca desdeñar las cadenas <span class="pagenum" +id="Page_14">p. 14</span>oscuras, rechinantes, que hacen de él, en +medio de la noche, un compacto y espléndido alud.</p> + +<p>Se deben terminar los dibujos y las frases. Cada período limita +cierta zona verbal íntegra, aislable, donde se cumple una intención del +artista. Y debe ser trabajado como la columna en un peristilo. Que el +aire y la luz discurran a su antojo por entre los fustes, refloreciendo +la gracia del contorno, arañándole toda granalla intersticial, +desnudándole de toda hiedra retórica. Pero en la prosa, muchas palabras +han de resignarse a su función de esclavos.</p> + +<p>Para que florezca más gallardo el haz de palmas en la bóveda ojival, +es preciso que quede a la intemperie un botarel.</p> + +<p>Brota del gracioso vientrecillo de cada capitel la rama flexible, +armoniosa, que se lanza a recoger el ímpetu de otra rama; pero la +onda de savia venía ya del humilde zócalo, aunque solo en la copa +cincelada <span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span>se desborde. +Solo el oscuro enlace de las raíces, mantiene erguida la más aérea +arquitectura.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="III">III</h2> + +<p>Por fin, crear el ritmo de los pliegues. Que el viento no arrastre +la túnica por el barro, ni la hinche de humo y de nube, haciendo de +ella ese globo grotesco, que da tumbos risibles por los aleros.</p> + +<p>No crear huecos para incrustar palabras recién venidas, sino seguir +el surco con el arado vigilante por si la reja hace sonar la caja +metálica del tesoro. Cuando surja el hallazgo, recogerlo sin detenerse +mucho, y dejar bien arado el bancal. Quede la fruición para el lector. +El buen creador solo goza del deleite de engendrar.</p> + +<p>Y, menos, detenerse en el modismo —falso hallazgo—, banco de ripios +a flor de <span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span>tierra, +donde choca el arado sin que estalle el haz de chispas. Allí el ímpetu +armonioso se quiebra y el período se entumece. Todo modismo es cierta +petrificación del idioma; y suele ser el léxico del sentido común. Si +salta el ingenio, nunca se apoye en el idioma sino en la idea. Que, +al apartar las ramas del florecido arabesco, reposen los ojos en una +serena, en una profunda perspectiva. Es penoso hundir las manos en la +fronda, asomar los ojos y no hallar nada detrás.</p> + +<p>Una rica maraña oscurece bellamente el contenido; pero, a veces, +suele disimular el caos.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="IV">IV</h2> + +<p>La sorpresa pierde su alta jerarquía estética al convertirse en +<i>leit-motiv</i>.</p> + + +<h2 class="nobreak" id="V" title="V"><span class="pagenum" +id="Page_17">p. 17</span>V</h2> + +<p>Se habla de una gran «amplitud de onda», y es cierto que todo +movimiento vibratorio del espíritu produce ondas indefinidas. También +lo es que la amplitud crece con el ímpetu de la masa vibrante. Pero +no nos importe seguir la sucesión, la multiplicación, de las ondas. +Basta con el encanto de la primera, la más cercana al diapasón mental. +A medida que los círculos se ensanchan, van perdiendo sugerencia; van +muriendo, olvidados, en el confín.</p> + +<p>Lo que importa es repetir el ímpetu armonioso. Que la campana no +cese de lanzar sus guijarros al viento. Así la viva ondulación se +renueva y al eco borroso que envía el aro de montañas, sale a recibirlo +un nuevo tañido. Que otra nota explote en las cuerdas, y nadie siga el +viaje monótono de las ondas.</p> + +<p>Hay libros donde solo unos pocos <span class="pagenum" +id="Page_18">p. 18</span>guijarros han roto el diáfano silencio. Todo +el resto es amplitud de onda, sucesión, multiplicación de onda. Libros +que no provocan un solo comentario, porque, aun los más lejanos y +difusos, ya están allí, como enormes nimbos retóricos, en torno al +guijarro hundido y perdido en el cauce.</p> + +<p>Se habla —aún— de la «llama de la inspiración». Los enemigos del +puro contorno sienten la voluptuosidad de sumergirse en el agua y en +el fuego. La refracción y el humo desfiguran bien toda impureza de +líneas. Y ni la llama ni el torrente purifican nada. O dejan esqueletos +y cenizas de las cosas, o ciegan de lodo y despojos de suburbio el +cauce limpio y luminoso. Un chisporroteo de hoguera hace mover, sí, las +figuras, pero el incauto afirma que viven, cuando solo oscilan.</p> + +<p>Brasa, brasa lenta del esfuerzo cotidiano; fuego escondido de +disciplina, para <span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span>que +el arte madure y la prosa se dore como un fruto en la rama ofrecida al +sol.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="VI">VI</h2> + +<p>Se habla de la flecha que rasga el aire. Pero hay parábolas rasantes +que apenas se comban sobre la ruta, y es preciso elevarse para no +perder la gracia. La línea del arte es la espiral.</p> + +<p>Y huir del tedio: La línea curva es la más corta entre dos +puntos.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="VII">VII</h2> + +<p>No todo libro puede ser manantial, y el lector insaciable ha +de acudir muchas veces a la cisterna —libro muerto— que presume +de serenidad u hondura y solo contiene turbios residuos de +ruidosos meteoros. Y es bueno amar el claro <span class="pagenum" +id="Page_20">p. 20</span>estanque bien nutrido de acequias vivas.</p> + +<p>Asomados al aro verde que lo ciñe, nos volvemos niños, nos +complacemos en seguir la curva de ideas ya gozadas, en sorprender la +cuna de algún personal hallazgo que zigzaguea —pececillo verde o rojo— +bajo el cristal.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="VIII">VIII</h2> + +<p>El libro estanque nos hace pensar siempre en un laborioso Montaigne, +<i>homo plurimorum librorum</i>, sumergido en esa multitud, tan sujeta +al barómetro como todas, que se apiña en los estantes. Paradójica +soledad. Y nociva cuando no está bien arraigado el instinto de +eliminación.</p> + +<p>Quería Tolstoy, aún muy joven, elaborarse un estilo con dos +sumandos: buen empleo del tiempo y un cuaderno. Bastan para formar +un erudito. Pero el escritor <span class="pagenum" id="Page_21">p. +21</span>acaso necesita algo menos. Y algo más.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="IX">IX</h2> + +<p>Hay una prosa dócil, maleable, amante otoñal que conoce su inminente +ruina. Otra dura, huidiza, virgen huraña que se resiste al beso. +Moldear carne tan macerada es fácil. Trabajar en mármol virgen es muy +penoso.</p> + +<p>Hay prosa instrumento y prosa forma. Medio y fin. Estilo común y +estilo singular.</p> + + +<h2 class="nobreak" id="X">X</h2> + +<p>Se suele fustigar al mal escritor, sin advertir que el mal escritor +no existe, al menos como objeto de crítica. Sí existe el estilo común, +es decir, el estilo del que no lo tiene. En arte es nada el mal +escritor y solo es atendible la turba compacta, <span class="pagenum" +id="Page_22">p. 22</span>el engrudo aglutinante de la masa. Porque un +grito más bronco solo determina una mayor capacidad para el insulto, +una alusión más procaz es solo cierto afán mal embozado de cotizar +deprisa su vehemencia.</p> + +<p>La turba espesa del estilo común merece atención como dolencia, como +veneno lento del ingenuo lector. Suprimido en las letras el estado +llano, el lector llegaría siempre al estilo singular, es decir, al +individuo-escritor. Primero habría asombro. Luego, labor comprensiva. +Por último, fruición de haber gustado buena fruta mental.</p> + +<p>Ahora, la gran masa de lectores llega a la masa-escritora que +escribe «llanamente», es decir, sin relieve alguno, y, primero, siente +la fruición de tropezar con un igual, luego la gratitud que reclama +un sujeto resignado a sacrificar su individualidad por escribir en el +estilo común de su lector.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XI" title="XI"><span class="pagenum" +id="Page_23">p. 23</span>XI</h2> + +<p>El beso y la palabra —se ha escrito— se secan siempre en unos labios +mercenarios. Solo el amante y el artista pueden hacerlos reflorecer. +Apurar el zumo de un beso, como sorber la médula de una palabra, es +algo fuera del comercio. Por eso hay prosa industrial y prosa de lujo. +La prosa de lujo debe ser siempre un regalo.</p> + +<p>Hay otras prosas, como hay otros besos. Prosa decorativa, +ornamental, besos de protocolo, emoción de cancillería. Y prosa +«castiza» donde cada palabra se provee, para entrar en la frase, de un +pasaporte firmado por el inspector de policía del idioma.</p> + +<p>Hay también la prosa dócil de la ciencia que se resigna a su papel +de instrumento, a andar siempre de bata. Si alguna vez quiere endosarse +la levita, se ve que le ha quedado estrecha. Mientras el <span +class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>sabio engruesaba, se iba la +levita estilizando.</p> + +<p>Queda incluido entre los sabios el filólogo. Y el gramático, el +cronista puntual... Todos son fieles servidores de la palabra. Unos +la visten y otros la acicalan. Unos la administran y casi todos +—solapadamente— la cortejan.</p> + +<p>Solo el artista la desnuda, y, amorosamente, la posee.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XII">XII</h2> + +<p>En todos los escrutinios hay una ventana. Nosotros —tenaces +inquisidores de nuestra propia obra— debemos arrojar por ella todo +lastre inútil. Primero, el cofre de los símbolos —¡ya hay abiertos al +gran público bazares enormes!—: luego, todos nuestros ficheros, para ir +aprendiendo a pensar en soledad.</p> + +<p>Y parte de nuestro arcón metafórico, <span class="pagenum" +id="Page_25">p. 25</span>que aún creemos nuevo, debemos regalarlo a +los sencillos fabricantes de género bordado. (Ellos aún construyen +telas «recamadas» para cubrir la «desnudez de la realidad». Velos de +«fantasía», a precios económicos).</p> + +<p>No hay que bordar, sino tejer. Y con hilos de la propia entraña. +Hilos con que trenzar la red caliente y armoniosa de un poema, tan +vivos como los de un pentagrama. Y tan pronto salte en las cuerdas el +loco chisporroteo de un trino, como un reflexivo y lento bordoneo las +combe. Siempre ondule la emoción, derramada a lo largo de las fibras en +copas de imágenes.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XIII">XIII</h2> + +<p>Bajo la ventana, el estanque, no la hoguera.</p> + +<p>«La llama es bella». El fuego purifica <span class="pagenum" +id="Page_26">p. 26</span>y glorifica. Si arrojamos a la hoguera +nuestros libros envejecidos, nuestras olvidadas estampas, el suplicio +hará, de todo, antorchas.</p> + +<p>Hay que destruir muchas cosas, pero escogiendo bien el arma y el +patíbulo. La tea es grande. Tiene un bello sentido trágico. Pira es +tanto como altar. Es mejor el agua. Es mejor un estanque. Ni siquiera +el mar: un plácido estanque. Y, barquitos, ¡barquitos de papel!</p> + +<p>Una mañana quedará limpia nuestra mesa de todos esos libros y +papeles que hicieron de nuestro cerebro un bazar. Todo lo llevaremos a +orillas del estanque. Allí vendrán los niños. Mientras llegan, iremos +descosiendo los volúmenes. Hojas en cuarto, para barcos de vela; hojas +en octavo para góndolas. Con los folios de grandes revistas, haremos +lindos trasatlánticos.</p> + +<p>Cuando los niños lleguen, se apoderarán de los barquitos, y lanzarán +su juguete <span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>al agua +quieta o levemente rizada. Pronto, unos barquitos se perderán de vista; +otros se hundirán, al ser botados. No importa. Seguiremos construyendo +escuadras. Y los niños, sin pensar que cada barquito lleva dentro +un gran ensueño o una vanidosa norma, irán arrojando al agua sus +lanchitas, sus góndolas. Luego, una ráfaga hundirá el último poema o el +último sistema de filósofo. El agua borrará dulcemente todo rastro de +lo pintado o escrito. Sin chisporroteos, sin trágica apoteosis, todo +habrá terminado.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XIV">XIV</h2> + +<p>La llama se precipita. Va muy deprisa y siempre olvida algo. Todo +no se quema en la hoguera. Siempre queda intacto ese trozo de carta +que el detective se apresura a examinar cuando el ladrón <span +class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>huyó después de quemar los +papeles. Todo no se borra en la hoguera.</p> + +<p>El agua, sí, lo borra todo. Es más serena, más inflexible. +Mansamente lo destruye todo. Es la gran niveladora. Y no deja en pie +dramáticos esqueletos, ni risibles armazones. No entiende de tragedia, +ni conoce la ironía. Como los niños, es risueña e implacable. Engulle +lo mismo un costoso acorazado que un barquito de papel. Después, queda +tan reposada, tan azul.</p> + +<p>Dulce muerte la de una metáfora, la de una teoría que se disgrega +silenciosamente, una mañana, sumergida en el estanque, entre risas +de niños. Leve ataúd para la momia de una emoción, este gracioso +velero.</p> + +<p>Nada de hogueras, Glosador amigo, nada de hogueras. Tal vez no puede +hacer Nerón lo que bien puede hacer un niño.</p> + +<p>Barquitos, ¡barquitos de papel!</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XV" title="XV"><span class="pagenum" +id="Page_29">p. 29</span>XV</h2> + +<p>La buena prosa no ordena ya sus huestes a la luz de ajenos +reflectores: Bruñe cada vocablo, y, a su propia luz, alza los muros de +la frase.</p> + +<p>El alerta más vibrante para lanzarlo contra la sofística penumbra +del concepto, el clarín más sagaz para ir rasgando el velo que encubría +tantas viejas tablas de valores. En los recodos del idioma solo deben +ya ocultarse esas ideas vestidas de harapos, o esas ideas desnudas, +de raquítica o deforme anatomía. El pensamiento de gran contorno, +de lozano contenido, desnudo o vestido con la túnica polícroma de +las imágenes, no pide escolta alguna retórica o erudita. Así, en el +ejército de conceptos desnudos no habrá otra jerarquía, no se saludarán +otros valores, que la bella y ágil musculatura o la clara emoción de +una virilidad potente.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span></p> + +<p>No es ya la palabra cierta cifra mágica. Pasó el tiempo de la cábala +y del símbolo, refugios del cerebro estéril. Solo el pobre rezagado, o +el humilde filólogo necesitan excavar al pie del tronco para sorprender +en el subsuelo las últimas raíces, ya que las ramas no se encienden +para ellos en graciosas floraciones ni en jugosos frutos.</p> + +<p>Es preciso alzar una valla entre el maravilloso universo que la +intuición crea y recrea en cada hora, y toda fatigosa labor de esteva, +de pesquisa de marañas subterráneas, de redes jeroglíficas de sencillo +filólogo. Para estos, del manojo verbal nunca salta el pájaro de la +sorpresa. Ven en la palabra, no un hallazgo, sino copia de ciertos +originales mohosos y dormidos en los museos del idioma. Para ellos, +la palabra tiene un valor de papel moneda, que oscila con el montón +escondido en las criptas del Banco emisor.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span></p> + +<p>Y la palabra no es ese arrugado papel, límite de complicadas +manipulaciones financieras, sino un disco luminoso, de calidad +independiente, con el cual podremos adquirir el buen regalo de la +imagen, el vino delicioso de la emoción pura, en las posadas del +azar.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XVI">XVI</h2> + +<p>Ironía: Algo que suelen escribir, al margen de un texto, quienes no +saben escribir el texto.</p> + +<p>Ironía: Amargura dorada. Insulto de frac. No podréis verle de +frente, porque nunca da el rostro. Como todos los débiles, apela a su +propia impotencia. Esparce humaredas en torno de las cosas para borrar +contornos. Quiebra las líneas de las cosas para que inspiren lástima +o risa. Ya que no puede herir, araña. No canta ni grita, su voz es +delicada. <span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>Prefiere la +sordina y el color de la niebla.</p> + +<p>Ironía: Primor intelectual, negación de genialidad. El arte +verdadero rechazará siempre la ironía, pero esta forcejea por asirse +del coche y dictar desde allí sus últimos primores.</p> + +<p>Ironía: Invención de un hombre raquítico que sintió de pronto su +lamentable desnudez.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XVII">XVII</h2> + +<p>Va finando el tiempo de los cultos idolátricos. Nadie vendrá al +templo a contemplar atónico los pesados tapices, a bañarse en el +espeso torrente melódico de los monumentales órganos, sino a quemar +incienso ante el dios verdadero, si en el templo ha surgido la divina +«claridad». Desconfiemos de las capillas en sombra, donde se apelotonan +lienzos y tapices, como de los torbellinos <span class="pagenum" +id="Page_33">p. 33</span>orquestales. La melomanía en el arte es +siempre infantil.</p> + +<p>Los anchos tapices y la gran trompetería son buenos para el absorto +feligrés que recuerda ante los muros historiados todo lo aprendido en +las aulas, y en la turbia catarata musical halla idénticas emociones +a las gozadas junto al río doméstico, bajo «la luna de plata» +neurasténica. Él ve en un tapiz que Benjamín y José se abrazan, como +en el texto emocionado, y en otro a la mujer de Lot trocada en bloque +de sal. En uno Andrómeda es liberada por Perseo, y en otro salta de la +espuma el pez dorado de Afrodita. También conoce el ronco estruendo +del mar tempestuoso, y gusta de que se lo repita, infantilmente, un +violón.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XVIII">XVIII</h2> + +<p>La prosa, entre las manos del artista se convierte de instrumento +en creación. <span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span>El +pensamiento es la maroma tensa, vibrátil —acaso de alambre robusto de +acero— que mantiene enhiesta la arquitectura de la frase; pero de uno +al otro extremo se entrelazan armoniosamente las cintas paralelas de la +imagen. No de otro modo, la voluptuosa ligazón de los colores nos hace +olvidar toda intención temática del pintor.</p> + +<p>El error académico estriba en engrosar infantilmente un acervo +de vocablos para mejor disponer la aparatosa epifanía de un trivial +concepto. En la vaga región de la fantasía brotan borrosas intenciones +inútiles para el arte. En el oscuro subsuelo se dan la mano muchas +«ideas poéticas» —hay zonas del sentimentalismo abiertas al sabio y al +mozo de cordel—. Pero nada de eso existe, mientras no logre su bella y +peculiar estructura. Con la forma comienza a vivir la intención.</p> + +<p>Otros hicieron de la prosa cierto sudoroso <span class="pagenum" +id="Page_35">p. 35</span>remero que empuja penosamente la nave: Prosa +ancilaria que el arte desdeña. De la obra, aun de la lograda con más +fatiga, debe restañarse toda gota de sangre y de sudor.</p> + +<p>Lo mejor es hacer de la prosa una ágil góndola empujada por el +aliento de la idea. Y si el viento «sopla donde quiere» y cuando +quiere, que halle siempre a su paso esa cuna primorosa donde marcar +el contorno de su ritmo invisible, de su voluptuosa ondulación. Solo +la ciencia cruza las ondas, muy a cubierto de la inquietud de los +meteoros, encerrada en monótonos camarotes, o sentada entre fardos y +emigrantes. La ciencia prefiere a la gracia de un velero, la pesadez de +un acorazado.</p> + +<p>Pocas veces surca la alta serenidad esa deliciosa góndola +bergsoniana, trayendo a bordo, entre mástiles y festones encendidos, el +arcón bien labrado del pensamiento.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XIX" title="XIX"><span class="pagenum" +id="Page_36">p. 36</span>XIX</h2> + +<p>Hay una suerte de prosistas —de exploradores del idioma— que cazan +sinónimos para sustituirlos por otros menos gastados. Cambian un traje +viejo por otro de bazar.</p> + +<p>Tiene la palabra un valor de moneda viva que desaparece rodando. +No vale hacerla retroceder. Ya se acuñarán otras nuevas, más +resplandecientes. Jugar siempre con las que están a nuestro alcance. La +obra del artista no pide muchas excursiones a los museos del idioma. +Mejor es que el arte tenga dentro su troquel.</p> + +<p>No necesita el idioma sacerdotes ni orfebres; a estos los fue +agotando el ochocientos, y apenas queda de ellos algún diácono o +aprendiz canijo. Gustan las palabras de esas manos que las hacen saltar +al viento, hasta que el milagro de un choque arranque de ellas el haz +de <span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>chispas; hasta que +la frase vibre y en su diáfano torbellino se torne incandescente.</p> + +<p>El sacerdote —el académico— y el orfebre cuidaron con pulcra +solicitud de embalsamar las palabras, de forjar féretros suntuosos para +incrustarlas, de cincelar demasiadas piedras tumulares. Aún quedan +en la feria muchas «frases lapidarias»... lapidables. El período fue +entonces un pobre cuerpo ligado, con fajas de seda o de cáñamo, tal vez +con hilos de oro, pero siempre rígido y mudo.</p> + +<p>Y la frase ha de ser ese cuerpo vivo, que brinca y retoza por un +prado vestido de tiernas humaredas verdes; que unas veces corre tras el +choque luminoso y otras se sumerge en el agua clara, para atrapar en el +fondo las floraciones coralinas del pensamiento.</p> + +<p>Si cada frase ha de gozar de su singular contorno y organismo, +el estilo será moverlas graciosamente en la danza del <span +class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span>período, hallando para todas +las hermanas un ágil engarce. O, quizá el agua clara, purísima, a la +que nos asomamos para contemplar el rítmico ir y venir de las ideas.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XX">XX</h2> + +<p>Es preciso forjar una prosa que solo pueda ser leída a media voz.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXI">XXI</h2> + +<p>Bueno es llamar a las cosas por sus nombres, pero es mejor hallar +para las cosas nombres bellos.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXII">XXII</h2> + +<p>Los que cantan al compás de un aristón —o de una pianola— el himno +clásico <span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>al arte +petrificado —al arte «eterno», según ellos—, quedan invitados a asistir +a una misma farsa, en dos tablados diferentes.</p> + +<p>Se trata de dos jóvenes desdeñados por su amante: tema ni +trascendente ni pueril, porque en arte el tema es nada, o casi nada. +El primer doncel se adelanta, desmelenado, hasta la batería, y nos +recita cinco páginas de endecasílabos chorreantes de amargura. Si es +discreto, nos recita una sola, pero en ella nos habla de los mares, +de los cielos, de los montes y del mismo eje de la tierra que «podrá +romperse como un frágil cristal» sin que por eso se apague el fuego de +aquel amor infortunado. El otro novio, que espera en vano la visita +de la mujer frívola, <i>se limita</i> a cruzar por la puerta del +cabaret donde ella ríe y bebe, y a escrutar un momento en su interior. +Después, abatida la cabeza, con un solo y definitivo gesto dramático, +desaparece.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span></p> + +<p>El impetuoso torrente que en el primer enamorado —Bécquer— nos +salpicaba con su abanico de románticas espumas, en el segundo —Charlot— +se va apretando, adelgazando, hasta fundirse en un hilo tembloroso, +porción refinada de materia vibrante de donde el arco genial arranca +la clara frase patética que todos conocemos. Un poeta de hoy, Pedro +Garfias, nos referiría la escena de este modo:</p> + +<div class="poetry-container"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent2">«Entre el cortejo de tus risas, pasa</div> + <div class="verse indent0">mi voz enlutada».</div> + </div> + </div> +</div> + +<p>Si se prefiere un tema de más objetividad —ya que en el del amor +todos «pusimos nuestras manos» y nuestros pechos— recordemos «Las +bodas del Caná». El poeta de la paráfrasis nos hubiera pintado toda la +Galilea en torno a Jesús, nos hubiera insuflado en versículos del bello +pasaje evangélico, toda su peculiar carrocería metafórica. Del sencillo +pasaje hubiera hecho un canto a la dicha <span class="pagenum" +id="Page_41">p. 41</span>conyugal. Hubiera añadido al puro vino lírico +algunas ánforas de agua de cualquier Jordán retórico. El auténtico +poeta contempla el sugerente episodio, lo exprime, lo limpia de +adherencias domésticas, despide a la histórica comparsería, deja frente +a Jesús al agua azorada ante el milagro, y ya toda la escena le cabe en +el maravilloso verso:</p> + +<div class="poetry-container"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0">«El agua púdica vio a su Dios, y enrojeció».</div> + </div> + </div> +</div> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXIII">XXIII</h2> + +<p>Tú, consecuente amigo de la gran trompetería, te sentirás defraudado +al oír vibrar la eterna variación en una sola cuerda. Un verso es +nada para ti, que no sueles saciarte sino con espléndidos lotes de +cuartetas. No nos prestarás oídos, y volverás «a tus clásicos» —y a tus +neoclásicos—, lleno de altanería y suficiencia. Vete enhorabuena. Ya +sabemos que tampoco <span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>has +de acudir a los verdaderos clásicos. O los leerás «por tradición», como +aún llevas hongo. Quien desdeña la sobriedad en arte está siempre muy +cerca de adquirir un kilométrico para «El tren expreso».</p> + +<p>Y si me preguntas por qué el arte se despojó de tan ostentosas +hopalandas, contestaré: Es, sencillamente, que el arte se ha +limitado.</p> + +<p>Eso es todo. Al limitarse, se amputó injertos extraños, se trazó +en torno la mágica circunferencia que no pueden saltar ni la ciencia +ni el oficio. Cuando se le pidió, declaró su intrascendencia. Le +era indiferente infiltrarse en la política, en las normas del buen +vivir. Un día balbuceó como un niño, volvió a leer ingenuamente en las +cuartillas del pasado, y declaró —también ingenuamente— que tal lección +era estúpida y tal otra era incomprensible.</p> + +<p>Nada le importó que las gentes no le <span class="pagenum" +id="Page_43">p. 43</span>saludasen, al pasar, como a los príncipes +del Renacimiento y a los histriones del ochocientos. Se perdió a +sí misma todo respeto, y no lo exigió tampoco a los demás. Se miró +serenamente al espejo y aprendió a desechar todo ademán desmesurado. +Asesinó deliciosamente la tragedia, y resolvió llevar por dentro las +melenas. Dejó en paz los cielos y la tierra, los bosques y los mares, +sin hacerlos ya cómplices de cualquier trivial intemperancia femenina. +Cuando Charlot cruza la pantalla, todo su bagaje va con él. Charlot se +nos ofrece siempre aislado, hermético, dentro de la urna de su propia +creación, que es él.</p> + +<p>No conozco nada más opuesto a un «virtuoso». El «virtuoso» irradia +siempre, como las devotas imágenes de bazar, haces de melifluos rayos +de purpurina. Su emoción es cierto grifo que salpica de iluminado +aljófar al resto de los satélites actores, a todos los embobados <span +class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>espectadores. Charlot recoge +en sí mismo todas las vibraciones de la escena. Es un condensador de +energías emocionales. Pero nos da perennemente la impresión de hombre +desplazado, de niño perdido entre la turba, aunque puede sentarse entre +los definidores de la ley estética. Charlot desdeña todo apoyo en la +moldeable realidad que acude a ofrecerle a cada paso su vaso de vino +sentimental, tomando de ella, siempre receloso viajero, los sorbos +precisos para poder seguir andando.</p> + +<p>Para poder seguir soñando.</p> + +<p>Charlot sueña siempre. En «La quimera del oro», sueña, +efectivamente, que le rodea un grupo de amigas. Para divertirlas +inventa un inocente espectáculo. Organiza un baile. No una fácil +mascarada de trajes de ayer o de mañana, sino un ingenuo baile de +panecillos de la cena. Está sentado a la mesa, extiende las manos y, +con lo primero <span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span>que +tropieza, realiza su intuición genial.</p> + +<p>Lo mismo podría realizarla con un frutero o con una servilleta. +No dejemos al alcance del falso artista una moneda de oro, porque +nos la devolverá trocada en un pesado saco de mohosa calderilla. Es +mal agente de cambio. El arte verdadero todo lo devuelve trocado en +el mismo artista, porque toda materia goza en él del milagro de la +transustanciación. Decimos Charlot, como podríamos decir Strawinsky +o Picasso; todos ellos lograron convertir los humildes panecillos en +encantadores zapatitos de hada.</p> + + +<h2 class="nobreak" id="XXIV">XXIV</h2> + +<p>El buen bailarín solo necesita una baldosa. Como el buen novelista +solo necesita un gesto o la ausencia de un gesto. Proust construye +una espléndida arquitectura sobre la frágil primera piedra <span +class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>de un beso fracasado. Charlot +enlaza una sutil cadena de emociones a un primer brote, a una primera +sombra de emoción.</p> + +<p>Es que en ellos la limitación es creadora. Hundidos voluntariamente +en cualquier grieta abierta en la roca viva, siguen rasgando el corazón +de la montaña, hasta dejarla toda socavada por un maravilloso túnel. +En vez de recorrer vagamente el paisaje, ellos enfilan sus prismáticos +a una parcela cualquiera de terreno. En una excursión, el viajero más +curioso es siempre aquel que ha visto menos cosas, porque se contentó +con detenerse ante una sola.</p> + +<p><i>Non multa, sed multum</i> —decían ya los viejos dómines—. +Nadie es menos viajero que el poseedor de un coche ostentoso. El +viaje consiste para él en ir de prisa. Lo mismo, en el arte. «La +vuelta al mundo de un novelista» es la excursión de un colono que +sale a recorrer <span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>sus +plantaciones de novela, para calcular la próxima recolección. Nadie +menos curioso de las maravillas de la tierra que un agricultor, como +nadie menos curioso de las bellezas orográficas que un ingeniero de +montes. Es preferible un alpinista.</p> + +<p>Por fortuna, el arte va aprendiendo ya a andar con lentitud, a +detenerse a subrayar cualquier minuto, cualquier fugitivo escorzo. +Charlot, al parecer, solo intentaba divertirnos con un juego de manos, +pero sus encantadores panecillos trenzaron en el aire el sutil andamio +de una inesperada arquitectura. De lo que apenas fue siempre un humilde +desayuno, él creó un gracioso surtidor de peregrinos ritmos.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXV">XXV</h2> + +<p>Hay palabras abejas. Otras son palomas errantes que vienen a +posarse sobre <span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span>nuestros +hombros estremecidos. También hay palabras resortes, sésamo ábrete de +subterráneos palacios de gnomos y princesas. El arte nuevo va siempre +buscando por el bosque la anilla de hierro que alza la tapa de la cima +fulgurante.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXVI">XXVI</h2> + +<p>Conservar la línea del cuerpo y del espíritu. No amputar un solo +miembro, aunque nos escandalice, pero reducirlo a ley de armonía. +Ese imperioso anhelo de extirparse al alma y esparcirla destrenzada, +desmelenada, por el éter, que acomete a tantos espíritus centrífugos, +es solo un penacho generoso que debemos conservar para los días de gran +gala del espíritu, en que nos desperezamos sobre los muelles cojines de +la «azul fantasía».</p> + +<p>Días de gran gala, días de ocio, días <span class="pagenum" +id="Page_49">p. 49</span>de ostentación... Recuérdese que para el buen +artista, todos son días de labor.</p> + +<p>Al buen escritor se le conoce por su traje de diario.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXVII">XXVII</h2> + +<p>El hipérbaton es un modo infantil de musicalizar el período. Música +fácil y antigua. Ya Cicerón solía colocar al fin del período «musical» +un ingenuo calderón.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXVIII">XXVIII</h2> + +<p>Mucho cuidado antes de coincidir con cualquier vecino de butaca. Una +noche Stendhal escuchaba indignado una mala ejecución de «Armida». De +pronto oye decir:</p> + +<p>—¡Esto es intolerable, es indigno!</p> + +<p>Y Stendhal, agrega, complacido:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span></p> + +<p>—Tiene usted razón.</p> + +<p>—Es indigno —continúa el vecino— ¡que esos músicos no vistan de +calzón corto!</p> + +<p>No fiarse tampoco de las llamadas «lecciones de la vida» —tan útiles +siempre a algunos grandes novelistas, a un tiempo «grandes vividores»—. +Cuenta el mismo Stendhal que Voltaire intentaba hacer aprender el arte +de declamar a una bella amiga aficionada al teatro. La joven comenzó, +al fin, a recitar el papel de Amenaida; pero el maestro, sorprendido al +ver una extraña frialdad en su discípula, le dijo:</p> + +<p>—Pero, amiga mía, si un amante te hubiese traicionado, huyendo de ti +cobardemente, ¿qué harías tú?</p> + +<p>—Buscarme otro —respondió sencillamente la muchacha.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXIX" title="XXIX"><span class="pagenum" +id="Page_51">p. 51</span> XXIX</h2> + +<p>Puede el aforismo ser cuna o ataúd, alfa u omega del pensamiento: +Semilla hirviente de vidas futuras o postre refinado por hábiles +manipulaciones. Pero siempre nos defrauda un poco. Si el aforismo +es solo grano rubio de trigo, quisiéramos ver la espiga crujiente, +en campo ondulante, de oro viejo. Si el aforismo es fruta madura y +sabiamente preparada por artes de repostería, quisiéramos ver mejor +un huerto en pleno abril, recostarnos en un tronco estremecido por +la savia, hundir los dientes curiosos en la primera fruta, en agraz. +Es bello seguir la ágil curva del pensamiento; saltar unas veces +el gracioso alcor y hundirnos otras en la dulce penumbra de las +hondonadas. Llegar cansados, pero alegres de haber vivido cada momento +del viaje.</p> + +<p>Es el aforismo una amante infantil que <span class="pagenum" +id="Page_52">p. 52</span>salta a nuestro cuello, secretea +deliciosamente, en nuestro oído, un instante, y huye. Quizá luego +retorne, trayéndonos oculto el cucurucho del ingenio, para hundir en +nuestra boca, de modo insospechado, un delicioso bombón. Pero es mejor +que ella se ciña a nuestro pecho desde el inicio del viaje, y llevarla +gentilmente todo él, hasta la última estación. No importa que con los +postreros chisporroteos de su risa —cohetes ya agotados— vaya posándose +en nuestros hombros un poco de ceniza.</p> + +<p>Un libro de aforismos es nada, si no es un bello cofrecillo de +sorpresas. Tal vez de menudos cristales que no lograron tejer nunca +la presentida y luminosa araña. Pero, a un estuche de sorpresas, +es preferible casi siempre una cadena de oro. A la fruta cogida al +azar, el cestillo bien repleto donde no falte el vino vehemente y el +pan en sazón. Dejemos a los que prefieren llenar su cestillo <span +class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span>de esas pardas madejas +académicas, de lazadas previstas, de nudos ingenuos, que tanto +embarazan el limpio camino del arte: ovillos manufacturados, tan +distantes de la fina urdimbre nueva donde la imagen no debe hacer +sombra; donde la imagen no debe ser injerto, sino brote acelerado por +la rítmica onda de savia, espuma verde, paralela al ímpetu del aliento +vital.</p> + +<p>En esta urdimbre nueva, el alto pensamiento no debe ser tienda +alzada en un páramo del espíritu, con pretexto de cobijar en ella +cierto borroso tropel de palabras.</p> + +<p>Es el aforismo, alfa u omega de ese tablero donde la mente engarza +sus ideales polinomios. Puede estar en el umbral de una intuición o a +la zaga de una lenta cabalgata reflexiva. Pero es tan pobre recoger +en un libro un haz de promesas, como un puñado de frutas caídas de la +rama, en evidente caducidad. <span class="pagenum" id="Page_54">p. +54</span>Excesiva inquietud o notoria decadencia. O pereza de alzar +una sólida arquitectura, aun teniendo ya esparcidos en torno bloques +magníficos.</p> + +<p>Solo perdonaremos al aforismo cuando su ráfaga prenda en nuestros +ojos una llama tan viva que ya no se advierta el negror del intervalo. +Si al extremo de un radio hay engarzada una auténtica estrella, +cuando la rueda gire, solo veremos un aro luminoso. Solo el poeta +puede atravesar «de un brinco» lo que el pensador debe «franquear al +paso».</p> + +<p>Y, entonces, que no nos hablen de pequeño y gran poema. El buen +poema no tiene extensión. El malo no vale la pena de medirlo. Si el +viejo filósofo cuenta por «términos» —se han contado hasta cuatro, y el +tedio es el cuarto—, el poeta solo cuenta un «término»: el primero y el +único. Su proposición es siempre una «mayor» indemostrable.</p> + +<p>Pero ha de olvidarse toda borla doctoral. <span class="pagenum" +id="Page_55">p. 55</span>Del aforismo cuelgan siempre, solapadamente, +algunos flecos. Entonces debemos condenarle al laborioso desarrollo de +todo el silogismo. El que sube a la tarima del aula, debe explicar bien +toda la lección. Aunque se duerman los discípulos.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXX">XXX</h2> + +<p>De los banquetes filosóficos suelen caer migajas que Lázaro recoge +al punto en su zurrón. He aquí el origen de muchos aforismos. Esto es +más fácil que preparar la levadura, heñir lentamente la masa, dorarla +al fuego y ofrecerla en esponjosos gajos blancos, sobre el mantel.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXI">XXXI</h2> + +<p>Iniciarse en las luchas del espíritu con unos ingeniosos ejercicios +de tiro, <span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span>salir al +campo con el rifle gallardamente enfilado hacia la guerrilla mejor +atrincherada es correr el albur de ofrecer una silueta desnuda, +fácilmente vulnerable por cualquier proyectil. Sumergirse en la zona +peligrosa es querer ser batido con igual vehemencia. (Concedamos un +poco a la moda profesional, a quien parece complacer tal metafórica +pirotecnia de polígono).</p> + +<p>Dos suertes de blancos se ofrecen al ataque: los amplios y cercanos +de las triviales opiniones, y los de ciertas siluetas espirituales de +contorno definido por su patente labor, reconocida o no como eficaz. +Ni en estas ni en aquellos es fácil lograr una bella rosa de tiro, una +de esas apretadas rosas geométricas que los impactos, unidos entre +sí por mentales ligaduras, limitan en el blanco. Importa poco ver +abrirse esta rosa en zonas distantes del triángulo batido —defecto bien +corriente, y subsanable en un <span class="pagenum" id="Page_57">p. +57</span>recluta—. Importa mucho una tal dispersión del haz de +proyectiles.</p> + +<p>Son dos las fuentes de dispersión: Débil pulso o voluble pupila. +Aunque algún proyectil horade el corazón del blanco, pudo ser el azar +quien trazó la trayectoria. Es ley inflexible de polígono... y de +libro: Dar muchas veces, y armoniosamente. La armonía no es fruto del +azar, que solo produce simetría.</p> + +<p>Máxima agudeza es necesaria si el blanco es silueta viva. El perfil +oscila, sufre relumbres de sol, se sumerge en negras proyecciones +de nube. En este difícil ejercicio, la dispersión es casi siempre +inevitable. Aun siendo blanco toda la silueta —juego siempre malogrado, +por excesivo, pues en ella quedan siempre inexpugnables zonas—, la rosa +geométrica es difícil de trazar. Habría que señalar bien un foco, el +más vulnerable; quizá el «talón» donde dirigir la bala.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span></p> + +<p>Es infantil lanzar proyectiles al pecho de las siluetas, para que +apenas logren alzar a los pies del blanco... una graciosa nubecilla de +polvo.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXII">XXXII</h2> + +<p>Simetría: refugio de la armonía fracasada.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXIII">XXXIII</h2> + +<p>El libro más bello sería aquel donde un niño nos hablase de su +primer asombro ante los guiños de las cosas, de su primera inquietud +ante la belleza desnuda. Esos libros siempre los escriben los viejos, +y, entre una infancia y una caducidad, hay muchos muros de vidrio que +irisan o borran la pura perspectiva.</p> + +<p>Hay un momento en el niño en que ya puede ser loco, porque ya le es +dado <span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>razonar. El más +bello momento de la vida quizá sea el de este nacimiento de la locura, +anterior a la fiebre de los sentidos. El niño ya persigue el misterio +de la belleza femenina, aunque apenas conoce los signos de lo bello. +Entre dos mujeres, aún no acierta a elegir la más hermosa. De las cosas +solo ve el color más agrio, la arista más aguda.</p> + +<p>Pero el niño presiente algo más que el frenético voltear de una +campana. Un día se le revela el ritmo de una boca, la rosa de luz +de una frente, el escorzo de unos brazos que se trenzan en la nuca. +Otro se le revelan los misterios de la línea en el curvo perfil de +unos senos. El niño comienza a preferir. Fiesta de la epifanía del +buen gusto. Luego los maestros le enseñarán a dudar, a cerrar los +ojos, le prohibirán el himno de la Venus Armoniosa. Le hablarán de +una carne procaz a quien es preciso declarar <span class="pagenum" +id="Page_60">p. 60</span>la guerra. Y a la ingenua gracia del ritmo la +llamarán «vil acicate».</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXIV">XXXIV</h2> + +<p>La retórica —la musical como la literaria— solía venir cubierta con +una bella máscara: el virtuosismo. El «virtuoso» musical es retórico +del ritmo, como el seudoimpresionista es el retórico del color. El +«virtuoso» literario pretende hacer de la prosa una cadena de fáciles +primores. Mientras el creador sincero se desgarra silenciosamente la +carne para hundir la mirada en sus entrañas y hallar dentro el reflejo +del mundo circundante, el «virtuoso» apenas se araña la epidermis. +No suele ver en sí imagen alguna, porque prefiere hallar en el arte +ciertos luminosos rafagueos, cierta vibración comunicable a todas las +membranas, <span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>provocadora +del torbellino de aplausos.</p> + +<p>El «virtuoso» reparte en torno suyo puñados de bengalas, para +ocultar bien la ausencia de una estrella. El «virtuoso» es un paciente +sembrador de luciérnagas que quiere hacer pasar por brillantes. Su obra +será siempre un caracoleo en derredor de sí mismo, un monótono carrusel +de primores capaces de seducir a la gran multitud. Haya o no en el +carrusel talcos deslumbradores, la obra del «virtuoso» está muy lejos +de la obra del artista.</p> + +<p>Es muy fácil romper el equilibrio entre el bello contenido —si acaso +existió— y los medios de expresión que falsamente suele poner en juego +el «virtuoso». Hay siempre en el platillo muchos gramos de impureza, +inútiles injertos, amorosas fruiciones. Si puede el artesano gozarse +en el hallazgo de un magnífico instrumento, el artista solo ha <span +class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span>de ver en el suyo cierta +limitación por superar.</p> + +<p>No vale complacerse en el brillo del arado, sino en la hondura del +surco. Allá el gran «divo» con sus piruetas de laringe y el poeta +arrobador de multitudes, conocedor de todas las válvulas del aplauso. +Ellos conocen la gloria inmediata, apremiante. Para ellos la obra es +una amante por rendir, no un mundo de materia vibrante por modelar. +Para el artista verdadero, la obra es siempre un edificio por alzar, y, +ante cada primera piedra, debe sentirse aprendiz.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXV">XXXV</h2> + +<p>En arte —como en la vida— la materia asesina al espíritu. El exceso +de fruición en los medios expresivos es siempre fruto del canto de +sirena con que la materia —palabra, color, sonido, mármol— <span +class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span>nos atrae. Fruición es decir +primor. Primor es decir virtuosismo.</p> + +<p>Un convidado que prefiriese andar por la cocina catando salsas y +charlando con los cocineros, pierde toda la emoción del festín.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXVI">XXXVI</h2> + +<p>Tertulia: zoco de ideas.</p> + +<p>«Se venden, se cambian y... se roban».</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXVII">XXXVII</h2> + +<p>Es en vano querer cosechar fuera de nosotros. Nos hallaríamos vacías +las manos, o llenas de espigas hueras. Tientan nuestro afán creador +muchos caminos, pero solo hay uno nuestro, aunque después se bifurque: +El del hallazgo del propio autor.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span></p> + +<p>Cada mujer, cada libro, cada paisaje, traza su huella en nuestro +tablero emocional. Puede ser un hondo surco, que no logre borrar +esponja alguna; puede ser leve estela disipada con la primera ráfaga +de una hora nueva que se nos va saltando. Surco o caricia, tienen un +auténtico valor vital, son gérmenes de emoción en la lejanía del arte, +donde han de ser fecundados. Pero es preciso amar a esa mujer, a ese +libro, a ese paisaje, hasta hacerlos nuestros. Es preciso recoger +en nosotros toda su luz. No podríamos revelarlo en nuestra cámara +interior, si la visión fuese borrosa o ligera.</p> + +<p>El arte es todo amorosa vigilia. La emoción es la amante que no +llega sino después de soñarla mucho. Ella espera largamente la fiesta +nupcial. Y puede no amarse a las mujeres, a los libros, al paisaje; +pero, entonces, al tratar de filtrar la emoción de unas y de otros, +veremos <span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>el vacío en +nuestra obra. O será una obra de ironía o de piedad, virtudes o estados +de las cumbres. Y el artista nada ha de mirar desde la cumbre. Aunque +en la lejanía, todo debe quedar «a la altura del pecho».</p> + +<p>La ironía y la piedad fueron inventadas por unos hombres muy sagaces +que no sabían amar, o se cansaban de amar.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXVIII">XXXVIII</h2> + +<p>Se ha proclamado la buena salud en todo. También el arte debe +de gozarla, aunque sin apelar mucho al deporte. Ni hambre ni sed: +Serenidad perfecta y pulsación normal. Con las recetas nuevas podemos +ya cocinar en el arte sin quemarnos los dedos, si sabemos dar el punto +de calor. Hay quien, por huir de la fiebre, nos sirve un témpano. Y +serenidad no es congelación. La nieve solo podría ser serena teniendo +dentro una <span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span>brasa. +Pero el arte seguirá teniendo un poco de fiebre, aunque pudorosamente +escondida. Fallarán a veces las recetas. Sí, el arte seguirá teniendo +siempre calentura.</p> + +<p>Queda un camino: Abrir las ventanas al viento y al sol. Si nuestra +obra no se salva de la fiebre, se salvará al menos del moho —que tantos +confunden con la pátina—. Del moho y de la mueca trágica. A pleno sol, +baño y sonrisa. Limpieza y alegría pueden no ser serenidad, salud +perfecta; pero ya pueden ser arte, y arte nuevo.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XXXIX">XXXIX</h2> + +<p>Aún tiene su culto lo enorme. Siempre rodean a Goliat los +filisteos.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XL">XL</h2> + +<p>Hay gran diferencia entre el proscenio y la pista. Arte de +proscenio es arte de <span class="pagenum" id="Page_67">p. +67</span>proyecciones, de enfoques, de bambalinas. Arte de dos +dimensiones. En el arte de proscenio, unas tiras de papel pintado +pueden dar al ingenuo la emoción de un bosque. El escenario puede +fiarlo todo a un plano.</p> + +<p>Arte de pista es arte de irradiación, de limpieza y desnudez, +de músculos auténticos. Arte de tres dimensiones, de innumerables +perfiles. La luz, que en el proscenio podría ser para algún ser +raquítico túnica encantada, en la pista es un verdugo que lo desnuda +todo, implacablemente. En el ruedo, el arte se sumerge en un baño de +claridad y de sinceridad.</p> + +<p>Por eso, en la pista, el arte ha de ser más reflexivo, más a +prueba de todas las flechas críticas. Allí el torbellino creador ha +de ofrecerse más cribado, y las gentiles acrobacias deben de gozar de +ritmo más puro.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLI" title="XLI"><span class="pagenum" +id="Page_68">p. 68</span>XLI</h2> + +<p>El arte nuevo prefiere la pista al escenario. Por eso Ramón Gómez de +la Serna pudo escribir en su tarjeta: «Cronista oficial del Circo».</p> + +<p>Con <i>Ramón</i>, el arte nuevo prefirió subir a un trapecio a +hundirse en los académicos sillones. Y cambió su concepto de la gloria. +Gloria no es cierta corona de laurel, sino cierta diadema de sonrisas. +Cuando el hombre ríe, se abre de par en par, y entonces —la observación +es de Jean Cocteau— vemos dentro de él un tesoro o un vacío.</p> + +<p>Pero antes de que <i>Ramón</i> subiese al trapecio, ya su arte era +glorioso. Glorioso en el más tremendo sentido: en sentido teológico. No +le faltaba dote alguna. Era ágil, claro, sutil, impasible. Ni siquiera +le faltaba esta cuarta dote, tan peligrosa...</p> + +<p>Pupila impasible de <i>Ramón</i>. Despiadada, <span class="pagenum" +id="Page_69">p. 69</span>serena, inatacable por los ácidos de todo +eso que un filósofo llamaría el «no yo». Pupila de espectador, no +del que se sienta en la terraza, sino del que se sienta en medio de +la calle, aunque evite el roce de la calle. Materia hecha pedazos, +implacablemente, en la clínica silenciosa de un torreón. Desentrañada, +desarticulada. No vaciló en invertebrar las cosas por temor de volver a +las viejas arquitecturas.</p> + +<p>Ágil pupila la de <i>Ramón</i>. Ubicua. Ir tras ella es rendirse de +cansancio. Arte que brinca en derredor de las cosas sin dejar en ellas +plano alguno donde no trace una rúbrica, es decir, una greguería. Arte +de gran malabarista que sabe sorprender en el aire todas las caras de +las cosas. Tenía que ser cronista oficial del circo, porque solo en el +circo se juega con los hombres y las cosas en el confín de la vida, más +allá del cual está la nada, el puñado de vidrios rotos. Solo <span +class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span>allí la carne pierde su turbia +irradiación y se convierte en un objeto más que puede ser volteado y +zarandeado alegremente por un ágil malabarista de sensaciones. Solo en +el circo puede exprimirse bien la ternura, arrojándola fuera de los +hombres y las cosas, para que riegue los huertos sentimentales del +burgués, franciscano u horaciano. Así en el arte de <i>Ramón</i> apenas +hay posos. Ni siquiera le queda en el fondo ese residuo romántico, +tan denso de negaciones, negación él mismo, que llaman «infinito». En +el arte de <i>Ramón</i> solo hay arterias vivas, rebosantes de fresca +tinta roja.</p> + +<p>Sutil pupila la de <i>Ramón</i>. Ir tras ella es resignarse al +zurrón de Lázaro, porque solo deja migajas de las cosas. Arte que +agudizó muchos ojos, que pudo agudizar otros muchos escondidos +bajo espesas gafas doctorales. <i>Ramón</i>, monstruo de mil +pupilas, ha abierto un ancho <span class="pagenum" id="Page_71">p. +71</span>polígono donde se aprende a abatir falsas siluetas. +<i>Ramón</i>, campeón de tiro. Primer espada en las corridas literarias +europeas.</p> + +<p>Arte claro y cínico. Ajeno a todo sentido de esa moralidad, banco de +algas viscosas, donde tantas intenciones naufragan. Desnudó las cosas, +enseñándoles a no envanecerse de su fino contorno, a no avergonzarse de +sus perfiles grotescos. Lo desnudó todo, hasta esos frágiles relicarios +del amor, esos juguetes íntimos, que ya nunca podremos perseguir entre +batistas cómplices y encajes cosquilleantes. Porque <i>Ramón</i> dio un +tirón de todas las camisas, y ha mostrado todos los senos —asustados, +trémulos— en la más pura e ingenua desnudez. Los ha bañado en la +piscina de la sinceridad, les ha cortado el falso nervio del pudor que +les hacía huir de nuestras manos codiciosas. Ahí están, ya inofensivos, +sobre el mármol, ¡los últimos idolillos que aún <span class="pagenum" +id="Page_72">p. 72</span>valía la pena de adorar un poco!</p> + +<p>Arte limpio de lógica, el de <i>Ramón</i>: de esa lógica de la +razón que no es la lógica de las cosas. Ha cortado esos canales que +enlazaban cada realidad con los vagos focos del sentimiento. Ha +cegado esos otros que hacían desparramarse cada cosa por las tierras +áridas de la historia y de la ética. Ha dado, en suma, a todos los +símbolos un viril tijeretazo. Ha podado la maraña que el ayer fue +juntando en torno a las cosas. Ha podado esos tallos adventicios que +chupan los jugos de arte, esos injertos fáciles de la sensualidad y +del huero didactismo. Ha dejado las cosas en todo su contorno ilógico +y cínico, como ellas son. Quizá les ha robado, al agitarlas dentro +de la piscina, un poco de calor, un poco de esa misteriosa penumbra +en que las envolvían tantas vegetaciones esporádicas... No importa. +Ahora en el arte de <i>Ramón</i> —que es, en suma, el arte nuevo— las +<span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>cosas corren su propio +albur, sin otro amparo celestinesco, sin más lógica que la suya, sin +más irradiación que la de su propia llama. Ahora las cosas habrán de +<i>verse</i>. No a través de nada, sino con los ojos bien lavados y +frescos. Sin otra prolongación que la de su propia atmósfera.</p> + +<p>(«<i>Ramón</i> o de la fecundidad». Tema sugestivo. Ahora, a esto +que llamamos arte nuevo le salieron muchos definidores. Hay un saldo +enorme de pautas. Después de muchas disquisiciones, ya casi aprendimos +<i>cómo</i> ha de escribirse... Solo faltan los libros.</p> + +<p>Fueron amontonándose comentarios sobre libros inéditos, sobre libros +posibles, sobre libros en blanco, sobre esbozos de libros...</p> + +<p><i>Ramón</i> iba, entretanto, escribiéndolos).</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLII" title="XLII"><span class="pagenum" +id="Page_74">p. 74</span>XLII</h2> + +<p>El vigor y la gracia se besan en un grumo de piedra, y nace el +capitel, la historia de estos amores solo podría ser contada —y +cantada— por un alto juglar.</p> + +<p>Pero, a veces, la armoniosa pareja emprende un viaje por zonas de +mármol y va creando el friso. Acorde único, trocado en tema melódico. +Rompe su fanal el poema y se lanza a correr por la faja de piedra. Se +desparrama el lírico manojo produciendo una novela.</p> + +<p>Al esparcirse, claro está que pierde aroma. A la vibración intensa +suceden ondas más débiles, pero en cada una, aun en la más lejana, +percibiremos el primitivo ritmo, quizá más lento, más perezoso. Durante +todo el friso, viviremos dentro de la misma atmósfera del poema. Sube +o baja la temperatura según la calidad de la materia que vaya <span +class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>nutriendo de anécdotas el +viaje, pero nunca el friso sofocará el poema. Si el poema se extingue, +la buena novela morirá también. Si el friso es un capitel desarrollado, +la novela es un poema en marcha.</p> + +<p>Y el novelista debe de ser siempre un poeta viajero. Como todo +viajero, desfallecerá, se sentará a descansar, olvidará un poco al +hermes alado que le guía; pero, colgado al cinto, llevará siempre su +pomo de generoso vino lírico. Un sorbo le bastará para curarse del +cansancio. Y escondido en el pecho, el fiel termómetro.</p> + +<p>La novela se lanzó muchas veces al viaje sin proveerse de ese pomo +de ideales esencias. Contó con tropezar con el suceso, como si la +alta temperatura irradiase de un choque, no del viajero. Es pretender +que a un jinete le vayan iluminando, en una noche oscura, las chispas +que al pasar vayan arrancando <span class="pagenum" id="Page_76">p. +76</span>los cascos del corcel. El clima estético en que un poema ha de +retoñar en brotes nuevos, solo puede ser producido por esta máquina de +maravillosa electricidad que es un artista.</p> + +<p>Un día Cervantes quiso burlarse de las febriles temperaturas de +Angélica, de Roldán, del Cid; pero, a poco de emprender su genial +romería, ya se había contaminado de la fiebre de Angélica, de Roldán, +del Cid. Fue empujado fuera del recinto de la Mancha y sumergido +en las regiones hiperbóreas adonde, efectivamente, voló el irreal +Clavileño.</p> + +<p>Pero descartado Clavileño, quedan en España muchos rocines que +se atuvieron a la hierba rala, sin pensar nunca en peligrosas +exploraciones. Pocas páginas de la novela picaresca española dejan +de ser un catálogo pintoresco de sucesos. Llamaban a esto novela +realista... Como si solo fuera realidad eso que nos vamos encontrando +por un camino cualquiera.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span></p> + +<p>Creo en la excelsa realidad que Don Quijote afirma ante las +atropelladas realidades de carneros y molinos. Una realidad novelesca +es tal cuando ha sido cernida por la realidad del novelista. Si el +poeta suele ser un violín donde palpitan las ondas armoniosas que +golpean el maravilloso estuche, el novelista es el pulmón que purifica +el aire en torno, convirtiéndolo en materia artística respirable, +asimilable por el lector. Un novelista situado en medio de la realidad +cotidiana, sin otro objeto que reproducirla fielmente, hace profesión +de cronista, de historiador. Pero el historiador solo recibe la versión +oficial mientras el novelista recibe las más peregrinas confidencias. +«La confidencia no tiene sitio en la historia» —escribe Alain—. La +historia y la novela se nutren de hechos, pero los de la historia +necesitan de testigos, y la novela se complace en desdeñarlos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span></p> + +<p>Creo en la sola realidad que inventa el novelista, tan lejana de la +reproducida por el historiador. Realidad que no la produce un suceso +—capaz de coincidir con el suceso del cronista—, sino el timbre y el +tono peculiares con que la voz de cada suceso habla al lector. Timbre +y tono que son, en definitiva, los mismos del novelista. Las novelas +no están repartidas por el mundo de modo que baste salir a recogerlas. +Las novelas dormitan en el regazo del autor, y es un suceso —una +llamada cualquiera exterior— el que acude inopinadamente a despertar en +el artista la novela dormida. Recordemos las gacetillas de periódico +que un día fueron a despertar en Stendhal «Le rouge et le noir», en +Flaubert, «Madame Bovary».</p> + +<p>El viejo novelista atendió más a agrupar hechos que a suministrarles +un acento. No se qué empeño de alejar entre sí los «géneros +literarios», le llevó a separar <span class="pagenum" id="Page_79">p. +79</span>lo inseparable. A la novela —poema épico ya desnudo de su +enfático traje de gala— se le negaban la miel y el vino, líricos, +mientras era recargada de sal y de mostaza plebeyos...</p> + +<p>Era el tiempo en que no podía hablarse en verso de un atraco, porque +—apunta donosamente Stendhal— no era poética la voz «pistola». Era +mejor que cada personaje de novela picaresca fuese un héroe de presidio +y de albañal. La prosa y el verso tenían señalados sus ambientes, sus +climas, sus vehemencias. Así un novelador, metido a poeta, cuando +acabase de crear su soneto tendría que dejar largo tiempo reposando el +pulso, para que la fiebre del poema no contagiase el llano estilo de su +novela.</p> + +<p>Por fortuna, la novela española va pasando del estado llano de la +literatura a la aristocracia del poema. De un poema no sintético, no +grumo de capitel, sino faja vibrante de friso.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLIII" title="XLIII"><span class="pagenum" +id="Page_80">p. 80</span>XLIII</h2> + +<p>«El Espectador» es ese buen amigo que nunca llega a la hora de la +cita. Una metódica frecuencia le hubiera convertido en el ente familiar +a que llamamos periódico o esposa, pero su insólita visita logra +siempre calidades de hallazgo y provoca las vivas ondas de toda bien +renovada intimidad. Al amigo constante, un recio vaso de vino de la +tierra. Al amigo olvidadizo, una fina copa de champagne.</p> + +<p>Cada sumario de «El Espectador» es cierta sugerente minuta donde se +nos ofrece un denso «plato del día», entre otras suculentas golosinas. +En el cuarto volumen, ese plato fuerte lo compone el ensayo «Las +dos grandes metáforas». Y hay un postre delicioso, «Conversación en +el <i>golf</i>, o la idea del <i>dharma</i>». Si el postre es una +primorosa lección de estilo, en el plato fuerte hay, además, un <span +class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span>profundo pensamiento que +sería meditado largamente por creadores y reeditores de arquitecturas +metafóricas, si ellos atendiesen a algo más que a su propia creación o +reedición.</p> + +<p>Conceder al que atrapa una metáfora la misma jerarquía científica +concedida al inventor de una ley cósmica, es, evidentemente, algo muy +lisonjero que nadie se atrevió a confesar al poeta. «En una de sus +dimensiones —dice el maestro— la poesía es investigación, y descubre +hechos tan positivos como los habituales en la exploración científica». +No creó que estas palabras hayan sido suficientemente comentadas. Ni +las creo dictadas por el filósofo, sino por el artista. Del hombre del +laboratorio nunca podía esperar tal abrazo de camarada, el hombre de +los sueños. Del «Espectador», sí. Porque en él cada brazo soporta un +mundo distinto. Si con una mano arrastra el peso de muchos siglos del +<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>firme pensamiento, con +la otra sostiene la graciosa cometa de la aventura que sabe crear, a +cada ráfaga de viento, nuevas ondulaciones. Solo el arte podía escribir +su bella apología, exaltando así el frágil instrumento metafórico.</p> + +<p>Y aquí «exaltar» era, no cantarle una oda, sino equipararle al +microscopio, fijar sus dominios, al mismo tiempo que sus prerrogativas. +No asignarle un origen divino, sino cierta suprema categoría humana. (Y +un claro sentido de limitación. «Ahora, de pronto, el mundo se limita +— se nos decía en <i>El tema de nuestro tiempo</i>—, es un huerto con +muros confinantes, es un aposento, un interior. ¿No sugiere este nuevo +escenario todo un estilo de vida opuesto al usado?». Exactamente. +Un estilo de vida, y un estilo de arte. Un horror al infinito, y un +sincero amor a la medida).</p> + +<p>Y no importe que el arte y la ciencia utilicen «al revés» el +instrumento metafórico, <span class="pagenum" id="Page_83">p. +83</span>para que puedan alguna vez llamarse hermanos. «La metáfora +empieza a irradiar belleza donde su porción verdadera concluye» +—escribe José Ortega y Gasset—. Esta porción verdadera es la porción de +Marta, es la parte de la ciencia. Y es también la que pesa en la otra +mano de «El Espectador». Pero, cuidado con aventurarnos a decir cuál +es aquí la más noble. Estamos —excepcionalmente— ante una balanza, de +platillos de oro, en el fiel.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLIV">XLIV</h2> + +<p>Desdeñemos toda norma estética que no goce de su bello y peculiar +contorno, de una propia sustancia bien distinta. También la nota +marginal de un texto que por sí misma no puede aislarse como texto. +Mal arabesco el que no pueda hacernos olvidar un poco el muro <span +class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span>donde se trazó. Mala aquella +pincelada que no era precisa en la tela. Lo demás, no es ni literatura: +Menos mal si es buena erudición.</p> + +<p>Quisiéramos que cada nota iniciase en el lector una inesperada +melodía, paralela a las ya gustadas en la obra glosada. Quisiéramos no +tañer viejas zampoñas, no repetir ajenos temas. ¡Quisiéramos tantas +cosas! También no tener miedo a perder el equilibrio. Un hombre +equilibrado suele ser necio o ruin. La balanza mental pocas veces está +en el fiel: Hay algo de plomo u oro en cada platillo. La vida lo fue +amontonando allí, insensiblemente. Cada vez que usamos de la balanza, +hallamos en ella pesos nuevos.</p> + +<p>Ser imparcial es no ser nada. Tanto da neutralidad como vacío. Hay +que resignarse a juzgar con muchos contrapesos, o a enmudecer. Todo +artista —sea o no crítico— debe ser apasionado.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLV" title="XLV"><span class="pagenum" +id="Page_85">p. 85</span>XLV</h2> + +<p>Creo que la vuelta a la estrofa es la vuelta del vencido. Se vuelve +a la jaula cuando no se sabe qué hacer con las alas.</p> + +<p>El poema es un hallazgo, la estrofa es un cálculo..., a veces en el +peor sentido.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLVI">XLVI</h2> + +<p>Es bueno intentar alguna vez la fuga de toda red fascinadora; +hurtarse a la primera e inevitable sorpresa del arte, y avizorar +serenamente en la colmena silenciosa donde se elabora la forma +inesperada de creación, entrar en esa penumbra sensitiva donde las +membranas se adelgazan y estremecen esperando las vibraciones más +lejanas. Sorprender la actitud de cazador que adopta el artista ante +las cosas transeúntes, su <span class="pagenum" id="Page_86">p. +86</span>primer gesto de saludo, de incorporación de la vida +circundante a ese mundo singular donde todo se somete a un nuevo molde, +y aprende un nuevo idioma.</p> + +<p>Y, sobre todo, fijar el instante en que la intuición alerta se +debilita o muere y se inicia o robustece la fantasía, en que la pupila +estética se cansa de perseguir el hondo latido de las cosas y fía a +las hermanas menores en la escala de percepción la tarea de cubrir +de músculos y de piel coloreada los finos organismos sorprendidos en +plena y vibrátil desnudez. Hay un momento de cansancio en todo creador, +que decide a favor de la memoria o de la fantasía ese tenaz dilema +entre la intuición indisciplinada, recreadora, y esas otras facultades +reproductoras, acopladoras de fáciles y más asequibles elementos.</p> + +<p>Aun en las grandes obras maestras, hay momentos de cansancio. El +arte <span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>nuevo, acotador +de más breves y acaso más gratas parcelas, puede asistir al desfile +de las cosas sin sentir fatiga alguna. Él espera, además, a que +ellas le muestren sus aristas más finas, su curva más ágil. Quiere +situarse y escoger. Quiere ofrecernos un haz seleccionado de todas las +posibilidades estéticas de las cosas, eliminar lo intuido con menos +fragancia. Es un agudo geómetra que aspira a trenzar en la red de su +prosa las precisas coordenadas.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLVII">XLVII</h2> + +<p>Hay una poesía de alta tensión, por quien la imagen solo es +querida en relación con su calidad de honda. Inquietud del proyectil +por adelantarse a sí mismo. Célula viva que en cada instante sueña +con una metamorfosis. Anarquía creadora. Poesía que proyecta su luz +<span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>sobre sí misma, que +se destruiría a sí misma cada minuto por renacer más bella cada +minuto. Hambre insaciado de pureza. Disciplina interior, esencial, +implacable.</p> + +<p>Hay otra poesía que acaricia los moldes redondeados por el roce del +tiempo; que a la célula informe de hoy prefiere el cristal elaborado +por muchos siglos de geología lírica. Afán de construirse panales, +aun a trueque de restarse energías para fabricar miel. Intención de +serenidad. Cansancio del vuelo. O temor de quebrarse las alas. Tender +los brazos hacia la estrofa, hacia la argolla. Disciplina exterior, +formal. Cristales en que la emoción se recorta simétricamente las +puntas de las alas. Poesía conservadora, que afirma cada minuto su +minuto anterior.</p> + +<p>Otra prefiere el sentido musical del poema. Danza de las +palabras. Gracia y sorpresa del choque. Gusta de encerrarse <span +class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>en el corazón de una guitarra +para salir proyectada, en cascabel de copla, hacia el seno de una +amante. Linda invención donde el pensamiento es apenas una ráfaga de +aire que mece un trino. Poesía que prefiere el encanto fugitivo a la +clara emoción duradera.</p> + +<p>Hay, en fin, una poesía que prefiere el sentido del color. Rúbrica +encendida. Glosa a veces abigarrada. Vivaz anécdota. Topografía lírica, +goce de bruñir temas del campo, del camino, de la aldea. Mejillas +lozanas, mares verdes, cumbres azules, blancos senderos. Poesía +reproductora.</p> + +<p>Arquitecturas donde la idea es apenas un poco de viento coloreado. +Espejo donde se refleja la piel iluminada de las cosas. Afán de +prender, en las redes de una imagen, todas las mariposas del globo.</p> + +<p>Cuatro banderines de enganche: Flecha. Estela. Música. Color.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLVIII" title="XLVIII"><span class="pagenum" +id="Page_90">p. 90</span>XLVIII</h2> + +<p>Hay poetas de infinitos planos, como el cono, es decir, de un solo +plano infinito, que no admite dones de la luz, que nos la devuelve más +pura, más blanca. Hay otros que solo tienen muchos planos, como la +pirámide, y en ellos la luz incidente desparrama su gavilla de colores. +Hay poemas curvos, suaves, en que el alma no puede herirse al rozar +su contorno. Hay otros en cuyas aristas tememos sangrar, donde los +prismas irisados no dejan deleitarse con el puro cristal. Un cono es lo +más semejante a una colina viva, tan grata de recorrer en torno, tan +dulce para reposar en ella. Una pirámide es semejante a esos altivos +mausoleos donde una tenaz vehemencia fue juntando bloques. Ambas nos +incitan a escalar la cumbre, pero la vida es redonda y la muerte acecha +en las aristas.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span></p> + +<p>Podemos elegir entre el poeta que solo piensa en la vida y el poeta +que solo piensa en la inmortalidad.</p> + + +<h2 class="nobreak g0" id="XLIX">XLIX</h2> + +<p>O se engendra o se injerta. Se engendra por placer, se injerta por +cálculo. Todo arte marginal es un injerto.</p> + + +<h2 class="nobreak" id="L">L</h2> + +<p>El peor enemigo del pensamiento es la prosa; como el peor enemigo +del poema es el verso. Toda la ambición de uno y otro debe cifrarse en +vencer a su enemigo, en encadenarlo, en convertirlo en escabel.</p> + +<p>Pero no olvidar que san Miguel debe <span class="pagenum" +id="Page_92">p. 92</span>todo su prestigio —y todo su pedestal— al +diablo. Pero no olvidar que el artista debe toda su altura —y toda su +firmeza— a sus días de artesano, a sus horas de aprendiz.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt6"> + <p class="centra asc ws1"><span class="pagenum" id="Page_93">p. + 93</span>SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTE LIBRO<br>EN LA IMPRENTA DE LA + CIUDAD LINEAL<br>EL DÍA XV DE JUNIO<br> DEL AÑO MCMXXVII</p> +</div> + +<hr class="chap"> + + +<hr class="full"> + +</div> +<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78679 ***</div> +</body> +</html> diff --git a/78679-h/images/cover.jpg b/78679-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..0aa1c3e --- /dev/null +++ b/78679-h/images/cover.jpg diff --git a/78679-h/images/frontis.jpg b/78679-h/images/frontis.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..7685a05 --- /dev/null +++ b/78679-h/images/frontis.jpg diff --git a/78679-h/images/logo.jpg b/78679-h/images/logo.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..32d2985 --- /dev/null +++ b/78679-h/images/logo.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6c72794 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This book, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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